© Libro N° 9674. Historia De Las Indias. Vol 2. De Las Casas, Bartolomé. Emancipación.
Marzo 5 de 2022.
Título original: © Historia
De Las Indias (Vol 2 De 5). Bartolomé De Las Casas
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Original: © Historia De Las Indias (Vol 2 De 5). Bartolomé De Las Casas
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HISTORIA DE LAS INDIAS
(Vol 2 De 5)
Bartolomé De Las Casas
Historia De Las Indias
(Vol 2 De 5)
Bartolomé De Las Casas
Title: Historia de las
Indias (2 de 5)
Author: Bartolomé de las
Casas
Release Date: October 31,
2015 [EBook #50351]
Language: Spanish
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—Se ha mantenido la
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—El libro original falta
del Capítulo CXXXI; ésta particularidad ha sido mantenida en éste proyecto.
—El transcriptor de este
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HISTORIA
DE
LAS INDIAS.
HISTORIA
DE
LAS INDIAS
ESCRITA POR
FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
OBISPO DE CHIAPA
AHORA POR PRIMERA VEZ DADA
Á LUZ
POR
EL MARQUÉS DE LA FUENSANTA
DEL VALLE
Y D. JOSÉ SANCHO RAYON.
TOMO II.
MADRID
IMPRENTA DE MIGUEL GINESTA
calle de Campomanes, núm. 8
1875
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Siendo muy pocos los capítulos que, del 83 en
adelante, tienen sumarios, hemos creido conveniente, para facilitar el uso del
Indice, dar aquí un ligerísimo extracto de lo más importante que se contiene en
este tomo.
Sale de Cádiz para su segundo viaje, el Almirante,
D. Cristóbal Colon, y llega á Santo Domingo, donde da principio á la fundacion
de la Isabela (capítulos 83 al 88). Descríbese parte de la isla; relátase el
viaje á Cuba y descubrimiento de Jamáica (89 al 96), la vuelta de Colon á la
Española, donde encuentra á su hermano D. Bartolomé (97 al 100), que poco ántes
habia llegado (101), y la visita del rey Guacanagarí al Almirante, enfermo, con
la prision de Caonabo por Hojeda (102). Batalla en la Vega Real, contra cien
mil indios (104), y escursion del Almirante por la isla, hasta sojuzgarla casi
por completo (105 y 106).
Para averiguar la verdad de ciertas quejas dadas en
Castilla contra Colon, mandan los Reyes á Juan Aguado; vuelve éste á dar cuenta
(107 al 109), y poco despues el Almirante, dejando hechas varias fortalezas y
encargado el gobierno á su hermano (110). Llegado á la presencia de los Reyes,
le confirman sus privilegios, le hacen nuevas mercedes y le dan instrucciones
para el gobierno (111-112 y 123 al 126); entre tanto, D. Bartolomé va á la
provincia de Xaraguá, y hace tributario al rey Behechio (113 al 116); sublévasele
el Alcalde de la Isabela, Francisco Roldan, con 70 españoles (117): cuéntanse
otros varios sucesos ocurridos en la isla (118 y 119) y la guerra con los reyes
Guarionex y Mayobanex, á quienes vence y prende el Adelantado, D. Bartolomé
Colon (120 y 121).
Disertacion histórico-crítica del autor sobre el
monte Sopora, la provincia de Ofir y la isla Taprobana (128); otra científica,
sobre el nacimiento del Nilo y su creciente y menguante (129), y otra, sobre el
Paraíso terrenal y sus rios (141 al 146).
Tercer viaje del Almirante (127 y 130 al 139), en
el cual descubre la tierra firme; su vuelta á la Española (147 al 149), donde,
sabido el levantamiento de Francisco Roldan (148 y 150), trata de reducirle por
medios pacíficos (152 al 154). No lo consigue por entónces, y da cuenta de ello
á los Reyes y del estado de la isla (155). Por fin, despues de varias
tentativas infructuosas (156 y 158 al 160), conciértanse, y concluye el
levantamiento de Roldan (161), acerca del cual y de una carta de Colon á los Reyes,
expone nuestro autor varias consideraciones (162 y 163).
Viaje á tierra firme de Hojeda con Américo Vespucio
(164 al 168), del cual ya ántes (140) se habia tratado; paso de Hojeda, á la
vuelta, por la isla de[vii] Santo Domingo, y
disturbios que en ella causa (168 al 170). Viajes de Peralonso Niño y Cristóbal
Guerra (171 y 172), de Vicente Yañez Pinzon (173), y de Diego de Lepe (174).
Nombran los Reyes Gobernador al comendador
Bobadilla, con poderes extraordinarios (177). Llega á Santo Domingo, prende al
Almirante y á sus hermanos, y los manda á España con grillos (178 al 181).
Carta notable de Colon, al ama del príncipe D. Juan (182), y su llegada á
presencia de los Reyes, quienes manifiestan gran sentimiento por lo que con él
se habia hecho (183).
HISTORIA
DE LAS INDIAS.
CAPÍTULO LXXXIII.
Cuando se partió de Barcelona el Almirante, dejó á
los Reyes un libro; no pude saber qué libro fuese, sino que presumo que debia
ser donde tenia colegidas muchas cosas secretas de los antiguos autores, por
las cuales se guiaba, ó el libro de toda su navegacion y rumbos ó caminos que
habia llevado y traido, en aquel su descubrimiento y primer viaje, para que se
sacase un traslado que quedase en los Archivos reales, y, despues de
trasladado, quedaron de enviárselo. Por este libro los Reyes, y las personas
que de su Consejo llamaban, colegian más firmeza y daban más crédito á las
cosas que el Almirante les afirmaba, y mayores las que habian de suceder
esperaban. Y, porque los Embajadores de Portugal mucho insistian en los
conciertos, y en impedir el camino segundo del Almirante, y, por otra parte,
los Reyes eran informados que el rey de Portugal hacia armada, los Reyes los
entretenian cuanto convenia y daban priesa en el despacho del Almirante, y,
juntamente, de todo lo que se hacia le avisaban. Finalmente, la respuesta que
llevaron los Embajadores fué que ellos enviarian los suyos al Rey, sobre ello,
los cuales[2] fueron dos caballeros, D. Pedro de
Ayala y D. García de Carbajal, hermano del Cardenal de Sancta Cruz; y fué la
respuesta, segun dice la dicha Historia portoguesa, que los Reyes enviaban
agora á saber del todo la cualidad y ser destas tierras, y que á la vuelta de
los navíos se trataria más dello, y se tomaria con el rey de Portugal el
concierto final y resolucion de todo ello. Desta embajada no hobo el rey de
Portugal placer alguno, y dijo á los Embajadores que aquella embajada de los
Reyes, sus primos, no traia piés ni cabeza; y como los Reyes eran avisados del
desabrimiento y dolor del rey de Portugal por haber perdido tal lance, proveian
en todo lo que les parecia convenir para referirlo al Almirante, y, á este
propósito, la Reina le escribió la siguiente carta:
«La Reina.—D. Cristóbal Colon, mi Almirante del mar
Océano, Visorey é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias:
Con este correo vos envio un traslado del libro que acá dejastes, el cual ha
tardado tanto porque se escribiese secretamente, para que estos que están aquí,
de Portugal ni otro alguno, no supiese dello; y, á causa desto, porque más
presto se hiciese, vá de dos letras, segun vereis. Ciertamente, segun lo que en
este negocio acá se ha platicado y visto, cada dia se cognosce ser muy mayor y
de gran calidad y substancia, y que vos nos habeis en ello mucho servido, y
tenemos de vos grande cargo; y así, esperamos en Dios, que, demas de lo
asentado con vos, que se ha de hacer y cumplir muy enteramente, que vos
recibais de Nos mucha más honra, merced y acrecentamiento, como es razon y lo
adeudan vuestros servicios y merecimientos. La carta del marear que habíades de
hacer, si es acabada, me enviad luego, y por servicio mio deis gran priesa en
vuestra partida, para que aquella, con la gracia de Nuestro Señor, se ponga en
obra sin dilacion alguna, pues vedes cuanto cumple al bien del negocio; y de
todo de allá nos escribid é faced siempre saber, que, de acá, de todo lo que
hobiere vos avisaremos é vos lo faremos saber. En el negocio de Portugal no se
ha tomado, con estos que aquí están, determinacion; aunque yo creo que el Rey
se[3] allegará á razon en ello, querria que
pensásedes lo contrario, porque por ello no vos descuidedes ni dejeis de ir
sobre aviso, á recaudo, que cumple, para que, en manera alguna, no podais
recibir engaño. De Barcelona á cinco dias del mes de Setiembre de noventa y
tres años.—Yo la Reina.—Por mandado de la Reina, Juan de la Parra.»
Esta parece haber sido la postrera carta que el
Almirante recibió de los Reyes, por aquel tiempo, ántes que se partiese, la
cual recibida, como andaba ya al cabo de aprestarse, allegado el número de la
gente, ordenados los Capitanes, hecha su alarde, mándalos todos embarcar, dada
á cada uno de los pilotos su derrota y camino que habia de hacer, con su
instruccion. Miércoles, á 25 dias de Setiembre del mismo año 1493, ántes que
saliese el sol, hizo soltar las velas y salieron todos 17 navíos y carabelas de
la bahía de Cáliz; mandó gobernar los navíos al Sudueste, camino de las
Canarias islas, y el miércoles siguiente, que se contaron 2 dias de Octubre,
llegó á surgir en la isla de la Gran Canaria, que es la principal de las siete,
pero no quiso parar allí, y por eso, á media noche, tornó á alzar las velas, y
el sábado siguiente, á 5 de Octubre, tomó la isla de la Gomera, donde estuvo
dos dias, en los cuales se proveyó á mucha priesa de algunos ganados, que él, y
los que acá venian, compraban, como becerras, y cabras, y ovejas; y, entre
otros, ciertos de los que venian allí, compraron ocho puercas á 70 maravedís la
pieza. Destas ocho puercas se han multiplicado todos los puercos que, hasta
hoy, ha habido y hay en todas estas Indias, que han sido y son infinitos;
metieron gallinas tambien, y esta fué la simiente de donde, todo lo que hoy hay
acá de las cosas de Castilla, ha salido, lo mismo de las pepitas y simientes de
naranjas, limones y cidras, melones y de toda hortaliza; proveyéronse de agua,
y leña, y refrescos para toda el armada. Allí dió á cada piloto su instruccion
cerrada y sellada, donde se contenia la derrota y camino que habian de hacer
para hasta llegar á la tierra del rey Guacanagarí, donde dejó hecha la
fortaleza y los 39 cristianos. Mandó á los pilotos que en ningun caso abriesen[4] la dicha instruccion, sino, en caso que el tiempo
les forzase apartarse de su compañía, entónces la abriesen para que supiesen
donde habian de ir; en otra manera nó, porque no queria que nadie supiese
aquellos caminos, porque no acaeciese, por ventura, ser avisado dellos el rey
de Portugal.
CAPÍTULO LXXXIV.
Lúnes, á 7 de Octubre, mandó hacer alzar velas á
toda su flota y armada, pasó la isla del Hierro, que está cerca de la Gomera y
es la postrera de las Canarias; de allí tomó su vía, y caminó más á la parte
austral, que es el primer viaje, cuando vino á descubrir; anduvo, hasta 24 del
mismo mes, que sentia que habria andado 450 leguas. Vieron una golondrina venir
á los navíos, y más adelante comenzaron á venir algunos nublados y aguaceros ó
turbiones de agua del cielo; sospechó que aquella mudanza no debia ser sino
haber por allí cerca alguna tierra, por lo cual mandó quitar algunas velas, y
estar sobre el aviso en la guarda del velar de noche. Domingo, 3 dias de
Noviembre, ya que amaneció, vieron tierra toda la flota, con harto regocijo y
alegría de todos, como si les abrieran los cielos. Esta tierra era una isla, á
la cual puso nombre la Dominica, porque la descubrió dia de domingo; luego vido
otra isla á la mano derecha de la Dominica, luego vieron otra, y escomenzaron á
aparecer muchas. Dando todos infinitas gracias á Dios, cantan la Salve
regina, luego, como la suelen cantar en los navíos cuando navegan, á prima
noche; comienzan á salir olores de las flores de las islas, de que se
maravillaban todos; ven infinitos papagayos verdes, que andan juntos como
zorzales en su tiempo, con mucha grita que siempre van dando. Juzgaban que,
desde la Gomera, en veintiun dias que la Dominica vieron, hasta 750 leguas, ó
pocas más, habrian andado. No pareció haber puerto en la Dominica, por la parte
del Levante, y por esto atravesó el Almirante á otra isla, que fué la segunda á
que puso nombre, y fué Marigalante, porque la nao en que iba el Almirante así
se llamaba. Salió allí en tierra con gente de su nao, y tomó posesion[6] jurídica por los reyes de Castilla y Leon, ante
todos, y autorizóla con fe de escribano. Partió de allí, otro dia, lúnes, y
vido otra gran isla, y á esta puso nombre Guadalupe, á la cual se llegaron; y,
hallando puerto, surgieron ó echaron anclas, y mandó que fuesen ciertas barcas
á tierra, y ver un poblezuelo que parecia en la costa junto al mar, donde no
hallaron á nadie, porque, como vieron los navíos, huyeron todos los vecinos dél
á los montes. Allí hallaron los primeros papagayos que llamaban guacamayos, tan
grandes como gallos, de muchos colores, y lo más es colorado, poco azul y
blanco; estos nunca chirrían ni hablan, sino de cuando en cuando dan unos
gritos desgraciados, y solamente se hallan en tierra firme en la costa de
Paria, y por allí adelante. Hallaron en las casas un madero de navío, que
llaman los marineros quodaste, de que todos se maravillaron, y no supieron
imaginar como hobiese allí venido, sino que los vientos y los mares lo hobiesen
allí traido, ó de las islas de Canaria, ó de la Española, de la nao que allí
perdió el Almirante el primer viaje. Mártes, 5 dias del mes de Noviembre, mandó
el Almirante salir dos barcas á tierra para ver si pudiesen tomar alguna
persona, para saber los secretos de la gente y de la tierra, y para si le
diesen nueva que tan léjos estaban de la isla Española; trujeron dos mancebos,
y, por señas, hicieron entender al Almirante, que no eran de aquella isla, sino
de Boriquen, y esta es la que agora llamamos la isla de Sant Juan; afirmaban,
cuanto ellos podian con manos y ojos, y ménos, mostrar, y con gestos de amargas
ánimas, que los de aquella isla eran caribes, y que los habian preso y traido
de Boriquen para los comer, como lo solian acostumbrar. Tornaron las barcas por
ciertos cristianos que se habian quedado, y hallaron con ellos seis mujeres que
se venian huidas de los caribes, á ellos, por se escapar. El Almirante, no
creyéndolo y por no alterar la gente de la isla, dió á las indias cuentas, y
cascabeles, y espejos y otras cosas de rescate, y tornólas á enviar á tierra,
las cuales los caribes despojaron de las cosas que les habia dado el Almirante,
á vista de los de las barcas; tornando las barcas por agua, tornaron las
mujeres á huirse[7] con otros dos muchachos y un
mozo, y rogaron á los cristianos que las llevasen á las naos. Dellas se coligió
haber por allí otras muchas islas, y tierra grande que parecian significar á
tierra firme, y nombraban á cada una por su nombre. Preguntóseles tambien por
señas por la isla Española, que en lengua della y de las comarcanas, se llamaba
Haytí, la última sílaba aguda; señalaron á la parte donde caia, y, aunque el
Almirante, por su carta del descubrimiento primero, entendia y podia ir derecho
allá, pero holgóse de óir dellas el paraje donde le demoraba. Quisiera luego
alzar las velas, sino que le dijeron que Diego Marquez, el veedor, que iba por
Capitan de un navío, habia saltado en tierra con ocho hombres, sin su licencia,
y, aún con harta indiscrecion, ántes que amaneciese, y no era vuelto á los
navíos. El Almirante hobo mucho enojo, y con justa razon; envió luego
cuadrillas de gente para lo buscar, fueron aquel dia y no lo hallaron por la
espesura de los muchos montes; acordó esperarlos todo aquel dia porque no se
perdiesen, y, porque si dejaba el navío, despues no acertase á ir á la
Española. Torna á enviar cuadrillas, cada una con su trompeta, porque oyesen donde
estaban, y tambien tirar espingardas; andando perdidas aquel dia las
cuadrillas, volviéronse, sin hallarlos, á los navíos. Hacíasele al Almirante
cada hora un año, y, con gran pena, quiso dejarlos, pero al cabo no lo quiso
hacer por no desmampararlos y los indios no los matasen ó padeciesen algun gran
desastre; y por no aventurar el navío y la gente dél, si, por esperarlos, lo
dejasen, mandó que todos los navíos se proveyesen de agua y leña, y los que
quisiesen salir, á se recrear en tierra y lavar su ropa, saliesen, y determina
enviar á Alonso de Hojeda, que iba por Capitan de una de las carabelas, que con
40 hombres los fuese á buscar, y de camino indagase lo que habia en la tierra.
Díjose que habian hallado almástiga, y jengibre, y cera, y incienso, y
gándalos, y otras cosas aromáticas, pero hasta agora no se ha sabido que tales
cosas haya, ni allí ni en las otras islas; algodon hallaron mucho, como lo hay
en todas estas islas y en tierra firme, donde es la tierra caliente y no fria.
Dijeron que[8] vieron alcones, y niblíes; milanos hay
hartos en todas estas partes, y garzas, y grajas, palomas, tórtolas y dorales,
ansares y ruiseñores; perdices, dijeron que habian visto, pero estas no se han
hallado, sino solamente en la isla de Cuba. Certificaban que en seis leguas
habian pasado veintiseis rios, muchos dellos hasta la cinta; bien podia ser uno
y pasarle muchas veces, como el rio que se pasa cuatrocientas veces y más, del
Nombre de Dios á Panamá. Finalmente, se volvieron aquestos sin hallarlos, y ellos,
el viernes á 8 de Noviembre, vinieron y aportaron á los navíos; dijeron, que
por los grandes montes y breñas se perdieron y no acertaron á volverse. El
Almirante mandó prender al Capitan, y á los demas dar alguna pena. Salió el
Almirante á tierra á unas casas que estaban por allí cerca, en las cuales
hallaron mucho algodon hilado y por hilar, y una manera nueva de telares en que
lo tejian, vieron muchas cabezas de hombres colgadas, y restos de huesos
humanos. Debian ser de señores ó personas que ellos amaban, porque, decir que
eran de los que comian, no es cosa probable, la razon es, porque si ellos
comian tantos como dicen algunos, no cupieran en las casas los huesos y
cabezas, y parece, que despues de comidos no habia para qué guardar las cabezas
y huesos por reliquias, si quizá no fuesen de algunos sus muy capitales
enemigos, y todo esto es adevinar. Las casas, dijeron que eran las de mejor
hechura, y más llenas de comida y cosas necesarias, que se habian visto en las
otras partes del primer viaje.
CAPÍTULO LXXXV.
El domingo siguiente, á 10 dias de Noviembre, mandó
levantar las anclas y dar las velas, y fué costeando la misma isla de
Guadalupe, la via del Norueste, en busca de la Española, y llegó á una isla muy
alta, y nombróla Monserrate, porque parecia que tenia la figura de las peñas de
Monserrate, y de allá descubrió cierta isla muy redonda, tajada por todas
partes, que, sin escalas ó cuerdas hechadas de arriba, parece que es imposible
subir á ella, y por esto púsole nombre Sancta María la Redonda, á otra llamó Sancta
María de la Antigua, que tenia 15 ó 20 leguas de costa; parecian por allí otras
muchas islas, hácia la banda del Norte, muy altas y de grandes arboledas y
frescuras; surgió en una, á la cual llamó Sant Martin, y cuando alzaban las
anclas salian pegados á las uñas dellas pedazos de coral, segun les parecia; no
dice el Almirante si era blanco ó colorado. El jueves, 14 de Noviembre, surgió
en otra isla que llamó Sancta Cruz; mandó allí salir en tierra gente y que
tomasen algunas personas para tomar lengua. Tomaron cuatro mujeres y dos niños,
y á la vuelta con la barca toparon una canoa, dentro de la cual venian cuatro
indios y una india, los cuales, visto que no podian huir, se comenzaron á
defender y la india tambien con ellos, y tiraron sus flechas y hirieron dos
cristianos de los de la barca, y la mujer pasó con la suya una adarga;
embistieron con la canoa, y trastornáronla, y tomáronlos, y uno dellos, no
perdiendo su arco, nadando tiraba los flechazos tan reciamente, poco ménos, que
si estuviera en tierra. Uno destos vieron que tenia cortado su instrumento
generativo, creian los cristianos que para que engordase mejor, como capon, y
despues comerlo los caribes. Desde allí, andando el Almirante su viaje para la
Española,[10] vido muchas islas juntas que parecian
sin número, á la mayor dellas puso nombre Sancta Ursula, y á todas las otras
las Once mill Vírgenes; llegó de allí á otra grande, que llamó de Sant Juan
Baptista, que ahora llamamos de Sant Juan, y arriba digimos que llamaban
Boriquen los indios, en una bahía della, al Poniente, donde pescaron todos los
navíos diversas especies de pescados, como sábalos, y sardinas algunas, y, en
mucha cantidad, lizas, porque destas es la mayor abundancia que hay en estas
Indias, en la mar y en los rios. Salieron en tierra algunos cristianos y fueron
á unas casas por muy buen artificio hechas, todas, empero, de paja y madera,
que tenian una plaza, con un camino, desde ella hasta la mar, muy limpio y
seguido, hecho como una calle, y las paredes de cañas cruzadas ó tejidas, y por
lo alto tambien con sus verduras graciosas, como si fueran parras, ó verjeles
de naranjos ó cidros, como los hay en Valencia ó en Barcelona, y junto á la mar
estaba un miradero alto, donde podian caber diez ó doce personas, de la misma
manera bien labrado; debia ser casa de placer del señor de aquella isla, ó de
aquella parte della. No dice aquí el Almirante que hobiesen visto allí alguna
gente; por ventura, debian de huir cuando los navíos vieron. El viérnes, á 22
del mismo mes de Noviembre, tomó el Almirante la primera tierra de la isla
Española, que está á la banda del Norte, y de la postrera de la isla de Sant
Juan, obra de 15 leguas, y allí hizo echar en tierra un indio de los que traia
de Castilla, encargándole que induciese á todos los indios de su tierra, que
era la provincia de Samaná, que estaba de allí cerca, al amor de los
cristianos, y contase la grandeza de los reyes de Castilla y las grandes cosas
de aquellos reinos; él se ofreció de lo hacer, con muy buena voluntad, despues
no se supo deste indio más, creyóse que se debió morir. Prosiguió su camino el
Almirante y viniendo al Cabo, que, cuando el primer viaje lo descubrió, le puso
nombre el cabo del Angel, como arriba en el capítulo 67 se dijo, vinieron á los
navíos algunos indios en sus canoas con comida y otras cosas, para rescatarlas
con los cristianos, y, yendo á surgir á Monte-Christi la
flota, salió una[11] barca, hácia tierra, á un rio
que allí parecia; vido muertos dos hombres, el uno mancebo y el otro viejo, á
lo que parecia, y el viejo tenia una soga de esparto, de las de Castilla, á la
garganta, tendidos los brazos y atadas las manos á un palo como en cruz, pero
no cognoscieron que fuesen indios ó cristianos, de donde el Almirante tomó gran
sospecha y pena que fuesen muertos los 39 cristianos, ó dellos alguna parte.
Otro dia, mártes, 26 de Noviembre, tornó á enviar el Almirante por algunas
partes algunos hombres, para saber qué nuevas habia de los de la fortaleza,
vinieron muchos indios á hablar con los cristianos; muy segura y libremente,
sin temor alguno, llegábanse á los cristianos y tocábanles al jubon y á la
camisa diciendo, «jubon, camisa,» mostrando que sabian los nombres de aquellas
cosas; con estas palabras y con no temer los indios aseguróse algo el Almirante
de que no fuesen los de la fortaleza muertos. A la entrada del puerto de la
Navidad surgió con los navíos, miércoles, á 27 de Noviembre; hácia la media
noche vino una canoa llena de indios y llegó á la nao del Almirante y
preguntáronles por él, diciendo, «¡Almirante, Almirante!» respondiéronles que
entrasen que allí estaba, ellos no quisieron hasta que el Almirante se paró al
bordo de la nao, y desque lo cognoscieron, que era harto bien cognoscible por
su autorizada persona, luego entraron en la nao dos dellos, y dánle sendas
carátulas, que llaman guayças, muy bien hechas y con algun oro, como arriba fué
dellas dicho, presentándoselas de parte del rey Guacanagarí con grandes
encomiendas, las que pudieron significar; preguntándoles el Almirante por los
cristianos, que era lo que le dolia, respondieron que algunos eran muertos de
enfermedad, y otros se habian ido la tierra dentro con sus mujeres y áun con
muchas mujeres. Bien sintió el Almirante que debian ser todos muertos, pero
disimuló por entónces y tornólos á enviar, dándoles un presente de bacinetas de
laton que siempre tuvieron en mucho, y otras menudencias que habian de agradar
al señor Guacanagarí, y tambien á ellos dió cosas conque se fueron alegres,
luego, aquella noche.
CAPÍTULO LXXXVI.
Entróse luego, el jueves, 28 de Noviembre, á la
tarde, con toda su flota, dentro del puerto de la Navidad, acerca de donde
habia dejado hecha la fortaleza, la cual vido toda quemada, de donde recibió
grandísimo pesar y tristeza, viendo cierto argumento de la muerte de todos los
39 cristianos que en ella habia dejado, y por aquel dia no pareció persona
alguna por todo aquello; otro dia salió en tierra el Almirante, por la mañana,
con grande tristeza y angustia de ver quemada la fortaleza, y ninguno de los que
con tanto placer y contentamiento de todos habia dejado. Habia algunas cosas de
los cristianos, como arcas quebradas, y bornias, y unos que llaman arambeles,
que ponen sobre las mesas los labradores; no viendo persona ninguna á quien
preguntar, el Almirante, con ciertas barcas entró por un rio arriba, que cerca
de allí estaba, y dejó mandado que limpiasen un pozo que dejó hecho en la
fortaleza, para ver si los cristianos habian escondido allí algun oro, pero no
se halló nada; el Almirante tampoco halló á quien preguntar, porque los indios
todos huian de sus casas. Hallaron, empero, en ellas vestidos algunos de los
cristianos, y dió la vuelta. Hallaron por cerca de la fortaleza siete ú ocho
personas enterradas, y cerca de allí, por el campo, otras tres, y cognoscieron
ser cristianos por estar vestidos, y parecia haber sido muertos de un mes
atras, ó poco más. Andando por allí buscando escripturas ó otras cosas, de que
pudiesen haber lengua de lo que habia pasado, vino un hermano del rey
Guacanagarí, con algunos indios que ya sabian hablar y entender nuestra lengua
algo, y nombraban por su nombre todos los cristianos que en la fortaleza
quedaron, y tambien por lengua de los indios que traia de Castilla el
Almirante, diéronle[13] nuevas y relacion de todo el
desastre. Dijeron que, luego que el Almirante se partió dellos, comenzaron
entre sí á reñir é tener pendencias, y acuchillarse, y tomar cada uno las
mujeres que queria y el oro que podia haber, y apartarse unos de otros; y que
Pero Gutierrez y Escobedo mataron á un Jacome, y aquellos, con otros nueve, se
habian ido con las mujeres que habian tomado y su hato, á la tierra de un señor
que se llamaba Canabo, que señoreaba las minas (y creo que está corrupta la
letra, que habia de decir Caonabo, señor y Rey muy esforzado de la Maguana, de
quien hay bien que decir abajo), el cual los mató á todos diez ú once; dijeron
más, que, despues de muchos dias, vino el dicho rey Caonabo con mucha gente á
la fortaleza, donde no habia más de Diego de Arana, el Capitan, y otros cinco
que quisieron permanecer con él para guarda de la fortaleza, porque todos los
demas se habian desparcido por la isla, y de noche puso fuego á la fortaleza y
á las casas donde aquellos estaban, porque no estaban, por ventura, en la
fortaleza, las cuales, huyendo hácia la mar, se ahogaron. El rey Guacanagarí
salió á pelear con él por defender los cristianos; salió mal herido, de lo que
no estaba sano. Esto concordó todo con la relacion que trajeron otros
cristianos, que el Almirante habia enviado por otra parte á saber nuevas de los
39 cristianos, y llegaron al pueblo principal de Guacanagarí, el cual vieron
que estaba malo de las heridas susodichas, por lo cual se excusó que no pudo
venir á ver al Almirante y darle cuenta de lo sucedido, despues que se partió
para Castilla; y que la muerte dellos habia sido, porque luego que el Almirante
se fué comenzaron á rifar y á tener discordias entre sí, tomaban las mujeres á
sus maridos y iban á rescatar oro cada uno por sí. Juntáronse ciertos vizcainos
contra los otros, y ansí se dividieron por la tierra, donde los mataron por sus
culpas y malas obras; y esto es cierto, que si ellos estuvieran juntos estando
en la tierra de Guacanagarí, é so su proteccion, y no exacerbaran los vecinos,
tomándoles sus mujeres, que es con lo que más se injurian y agravian, como
donde quiera, nunca ellos perecieran. Envió á rogar Guacanagarí al Almirante,[14] con aquellos cristianos, que le fuese á ver porque
él no salia de su casa por aquella indispusicion. El Almirante fué allá, el cual,
con rostro muy triste contó al Almirante todo lo que dicho es, mostrando sus
heridas, y de mucha de su gente que en aquella defensa habian sido heridos; y
bien parecian las heridas ser de las armas que los indios usaban, que eran las
tiraderas, como dardos, con un hueso de pescado por punta. Pasada la plática
hizo un presente al Almirante de ochocientas cuentas menudas de piedra, que
ellos preciaban mucho y las llamaban cibas, y ciento de oro, y una corona de
oro y tres calabacillas, que llaman hibueras, llenas de granos de oro, que todo
pesaria hasta cuatro marcos, que eran doscientos castellanos ó pesos de oro; el
Almirante dió á Guacanagarí muchas cosas de las nuestras de Castilla, como
cuentas de vidro, y cuchillos, y tijeras, cascabeles, alfileres, agujas,
espejuelos, que valdria todo hasta cuatro ó cinco reales, y con ello pensaba
Guacanagarí que quedaba muy rico. Quiso acompañar al Almirante á donde tenia su
real; hiciéronle muy gran fiesta, donde se regocijó mucho, admirándose de los
caballos, y de lo que los hombres con ellos hacian. Dice aquí el Almirante, que
entendió allí que uno de los 39, que dejó, habia dicho á los indios y al mismo
Guacanagarí algunas cosas en injuria y derogacion de nuestra sancta fe, y que
le fué necesario rectificarle en ella, y le hizo traer al cuello una imágen de
Nuestra Señora, de plata, que ántes no habia querido recibir. Dice más aquí el
Almirante, que aquel padre fray Buil, y todos los demas, quisieran que lo
prendiera, más no lo quiso hacer, aunque dice que bien pudiera, considerando
que, pues los cristianos eran muertos, que la prision del rey Guacanagarí, ni
los podia resucitar, ni enviar al Paraíso, si allá no estaban, y dice que le
pareció que aquel Rey debia ser acá como los otros Reyes, entre los cristianos,
que tienen otros Reyes parientes á quien con su prision injuriara, y que los
Reyes lo enviaban á poblar, en lo que tanto habian gastado, y que sería
impedimento para la poblacion, porque le saldrian de guerra y no dejarle
asentar pueblo, y mayormente[15] seria gran estorbo
para la predicacion y conversion á nuestra sancta fe, que era á lo que
principalmente los Reyes lo enviaban. Por manera, que, si era verdad lo que
Guacanagarí decia, hiciérale gran injusticia, y toda la tierra lo tuviera en
odio y rencor con todos los cristianos, teniendo al Almirante por ingrato del
gran bien que habia recibido de aquel Rey, en el primer viaje, y más en
defenderle los cristianos, con riesgo suyo, como sus heridas lo testificaban,
y, finalmente, queria primero poblar, y que, despues de poblado y hecho en la
tierra fuerte, y sabida la verdad, podria castigarlo si lo hallase culpado,
etc. Estas son las razones que, para no seguir el parecer de los que le
aconsejaban prenderle, dió el Almirante; y fué harta prudencia la suya, más que
la del parecer contrario.
CAPÍTULO LXXXVII.
Antes que pasemos más adelante, porque, por
ventura, no habrá otro lugar donde tan bien convenga ponerse, miéntras el
Almirante hacia esta su segunda navegacion, concertóse entre los reyes de
Castilla é Portugal que hobiese junta de la una parte y de la otra, para tratar
de concierto y dar asiento en lo que destas mares y tierras habia de quedar por
de cada uno de los reinos y de cada uno dellos; segun impropia y corrupta, y no
ménos injustamente se ha acostumbrado á nombrar, lo que, en la verdad, si habemos
de hablar y obrar como cristianos, no se ha de llamar conquista sino comision y
precepto de la Iglesia y del Vicario de Cristo, que á cada uno destos señores
se les manda y encarga que tengan cargo de convertir las gentes destos mundos
de por acá; otra cosa diferente es la conquista de los infieles que nos
impugnan y angustian cada dia. Así que, el rey de Portugal envió sus solenes
Embajadores, con mucha compañía y autoridad, á los católicos reyes, que ya eran
venidos de Barcelona y estaban en Medina del Campo, y presentada su embajada y
finalmente, dando y tomando, yendo postas y viniendo posta, de Portugal á
Castilla, hobo de haber fin y concluirse la siguiente determinacion y
concierto, entre los reyes de Castilla D. Fernando y Doña Isabel y el rey D.
Juan II de Portugal. El lugar que eligió para tratarse deste negocio fué la
villa de Simancas, dos leguas y media de Valladolid; allí mandaron ir los reyes
de Castilla á muchas personas que sabian de cosmografía y astrología, puesto
que habia harto pocos entónces en aquellos reinos, y las personas de la mar que
se pudieron haber (no pude saber los nombres dellas ni quién fueron), y allí
envió el rey de Portugal las suyas, que[17] debian
tener, á lo que yo juzgué, más pericia y más experiencia de aquellas artes, al
ménos de las cosas de la mar, que las nuestras. Ayuntáronse todos en la dicha
villa de Simancas, y determinaron y asentaron, en conformidad, lo siguiente, en
20 dias de Junio, año del Señor de 1494. Fué el concierto y asiento: «Que si
hasta los dichos 20 dias de Junio hobiesen descubierto tierras algunas la gente
ó navíos de los reyes de Castilla, dentro de 250 leguas, de 370 que se habian
señalado, que fuesen y quedasen para el rey de Portugal, y si las descubriesen
dentro de las 120 que restaban de las 370, quedasen para los reyes de Castilla.
Item, fué concierto y asiento, que dentro de diez meses enviasen cuatro
carabelas, una ó dos de cada parte, ó más ó ménos segun se acordase, las cuales
se juntasen en la isla de Gran Canaria, y en cada una enviasen, de cada una de
las partes, pilotos y astrólogos y marineros, con tanto que sean tantos de una
parte como de otra; y que algunas personas de las dichas vayan, de las de
Castilla, en los navíos de los portogueses, y otras de los portogueses vayan en
los navíos de Castilla, tantos de una parte como de otra. Los cuales juntamente
puedan ver y cognoscer la mar, y los vientos, y los rumbos, y los grados del
sol y del Norte, y señalar las 370 leguas y límites, segun se pudiese hacer; á
lo cual concurran todos juntos, y lleven los poderes de los Reyes. Y todos los
navíos concurran juntamente y vayan á las islas de cabo Verde, y desde allí
tomen su derrota derecha al Poniente, hasta las dichas 370 leguas, medidas como
las dichas personas acordaren que se deben medir, é allí, donde se acabaren, se
haga el punto é señal que convenga, por grados del sol ó del Norte, ó por
singladuras de leguas, ó como mejor se pudiere concordar; la cual dicha raya,
señalen de polo á polo. Y si caso fuere que la dicha raya ó límite de polo á
polo topare en algunas islas ó tierra firme, que, al comienzo della ó dellas,
se haga alguna señal ó torre donde topare la dicha raya, é que, en derecho de
la tal señal ó torre, se continúen dende adelante otras señales por la tal isla
ó tierra firme en derecha de la dicha raya, las cuales partan lo que á[18] cada una de las partes perteneciere della, etc.»
Este fué el concierto y asiento que en Simancas por aquel tiempo se hizo. Y es
aquí de considerar la bondad de los reyes de Castilla y amor de la paz que
tuvieron, que, como el Papa les concediese que todo lo que se contuviese del
Occidente y Austro, despues de pasadas 100 leguas, de las islas de Cabo Verde,
por bien de paz cedieron su derecho á concertarse con lo que se contuviese
pasadas las 370 leguas, con las demas condiciones á que quisieron subiectarse
por su propia voluntad. El traslado de los capítulos de este asiento enviaron
los Reyes al Almirante en los primeros navíos que enviaron, despues que él
partió con los 17 navíos, y quisieran que se hallaran él ó su hermano en tratar
de aquello y asentar los dichos límites ó torre que se habia de hacer, hecha la
línea que habian de imaginar, como abajo parecerá. Despues muchos años, el
tiempo andando, en tiempo del Emperador D. Cárlos y Rey nuestro señor, se
tractó de otra junta que se hizo en la ciudad de Badajoz, sobre los límites
destas Indias, entre castellanos y portogueses, decirse ha abajo, con el favor
de Dios, lo que en ello supiéremos que decir. Tratando deste asiento la
Historia portoguesa, que refiere la vida del dicho rey D. Juan, y que escribió
el susonombrado autor García de Reesende, en el cap. 166 dice, que deste
asiento y conclusion se hicieron por los Reyes contratos jurados, y, con gran
seguridad corroborados, de que mostraron ambas partes gran contentamiento, por
excusar las diferencias y discordias que ya se comenzaban á revolver,
contrarias de la paz que tenian asentada, y que cuando volvieron sus
Embajadores, por Julio, el rey de Portugal los recibió con mucha alegría.....[1] Este
historiador dice en el siguiente cap. 167, una cosa que quiero referir aquí,
para aviso de los Reyes, porque es muy notable, y es, que tenia el rey de
Portugal tanta parte en el Consejo de los reyes católicos de Castilla, Rey é
Reina, que ninguna cosa se trataba en él, por secreta é importante que fuese,
que no la supiese[19] luego el rey de Portugal, y
por esto, andando en estos tratos y conciertos, tenia el rey de Portugal muchas
postas y gran industria desta manera: Trataban el Rey y la Reina en su Consejo
lo que convenia tratar y determinarse; algunos traidores del Consejo, que allí
tenia el rey de Portugal bien salariados, avisábanle luego de todo lo que
pasaba; escribia luego el Rey á sus Embajadores, «mañana ó tal dia os han de
decir ó responder el Rey é la Reina tal y tal cosa, respondereis de mi parte
tal y tal cosa, y direis tales palabras;» los Embajadores, como veian que salia
así todo, sin faltar palabra, estaban espantados, y no ménos el Rey y la Reina
miraban en ello, viendo que los Embajadores daban tan determinadamente
respuesta en cosas que requerian que con su Rey las consultasen. Y tenia esta
industria el rey de Portugal, que enviaba al duque del Infantadgo y á otros
Grandes, que sabia que no le ayudaban ni habian de ayudar, muchas joyas y
presentes, públicamente para hacerlos sospechosos con los Reyes, y á los que
tenia por sí en el Consejo de los Reyes, enviaba muchos dones y dádivas muy
secretas, y pagaba sus salarios; y así no habia cosa que los Reyes hiciesen que
no se lo revelaban. De donde parece cuanta es la maldad de los infieles
consejeros, y como los Reyes viven y gobiernan en mucho trabajo.
CAPÍTULO LXXXVIII.
Visto por el Almirante que aquella provincia del
Marien era tierra muy baja, y que no le parecia que habia piedra y materiales
para hacer edificios, puesto que tenia muy buenos puertos y buenas aguas,
deliberó de tornar hácia atras la costa arriba, al leste, á buscar un buen
asiento donde provechosamente poblase; y, con este acuerdo, sábado, 7 dias de
Diciembre, salió con toda su flota del puerto de la Navidad, y fué á surgir
aquella tarde cerca de unas isletas que están cerca del Monte-Christi,
y, otro dia, domingo, sobre el monte, yendo mirando por la tierra donde Dios le
deparase la dispusicion que buscaba para poblar, pero su intincion,
principalmente, iba enderezada al Monte de Plata, porque se le figuraba, segun
él dice, que era tierra más cercana á la provincia de Cibao, donde, segun el
viaje primero habia entendido, estaban las minas ricas de oro, y quél estimaba
ser Cipango, como arriba se dijo. Fuéronle los vientos muy contrarios despues
que salió del puerto de Monte-Christi, que con muy grande trabajo y
de muchos dias, y con toda el armada, se vido en gran pena y conflicto, porque
la gente y los caballos venian todos con grande fatiga; por estas dificultades,
no pudo pasar del puerto de Gracia, en el cual arriba digimos que habia estado
Martin Alonso Pinzon, cuando en el primer viaje se apartó del Almirante, y que
agora se llama el puerto ó rio de Martin Alonso, y está cinco ó seis leguas del
puerto de la Plata; puesto que dice aquí el Almirante que está once, pero
entónces no se sabia la tierra como agora. Este puerto dice el Almirante ser
singularísimo, y quisiera, diz que, poblar en él, si sintiera que tenia rio
suficiente de agua, ó fuente (y creo que tiene un arroyo pequeño), ó si supiera
la buena tierra y[21] comarca que alrededor tenia,
como despues la supo. Por manera, que hobo de tornar atras tres leguas de allí,
donde sale á la mar un rio grande y hay un buen puerto, aunque descubierto para
el viento Norueste, pero para los demas bueno, donde acordó saltar en tierra,
en un pueblo de indios que allí habia; y vido por el rio arriba una vega muy
graciosa, y que el rio se podia sacar por acequias que pasasen por dentro del
pueblo, y para hacer tambien en él aceñas y otras comodidades convenientes para
edificar. Lo cual visto, en el nombre de la Sancta Trinidad, dice él, que
determinó de poblar allí, é así mandó luego desembarcar toda la gente, que
venia muy cansada y fatigada y los caballos muy perdidos, bastimentos y todas
las otras cosas de la armada, lo cual todo mandó poner en un llano, que estaba
junto á una peña bien aparejada para edificar en ella su fortaleza; en este
asiento comenzó á fundar un pueblo ó villa que fué la primera de todas estas
Indias, cuyo nombre quiso que fuese la Isabela, por memoria de la reina Doña
Isabel, á quien él singularmente tenia en gran reverencia, y deseaba más
servirla y agradarla que á otra persona del mundo. Dice aquí el Almirante, que,
despues de haber asentado allí, daba infinitas gracias á Dios, por la buena
dispusicion, que, para la poblacion, por aquel sitio hallaba; y tenia razon,
porque hobo por allí muy buena piedra de cantería, y para hacer cal, y tierra
buena para ladrillo y teja, y todos buenos materiales, y es tierra fertilísima
y graciosísima y bienaventurada. Por este aparejo dióse grandísima prisa, y
puso suma diligencia en edificar luego casa para los bastimentos y municiones
del armada, é iglesia y hospital, y para su morada una casa fuerte, segun se
pudo hacer; y repartió solares, ordenando sus calles y plaza, y avecindáronse
las personas principales, y manda que cada uno haga su casa como mejor pudiere;
las casas públicas se hicieron de piedra, las demas cada uno hacia de madera y
paja, y como hacerse podia. Mas, como la gente venia fatigada de tan largo
viaje, y no acostumbrado, de la mar, y luego, mayormente la trabajadora y
oficiales mecánicos, fueron puestos en los grandes trabajos[22] corporales
de hacer las obras y edificios susodichos, y materiales para ellos, y la
tierra, de necesidad, por la distancia tan grande que hay de España hasta aquí,
é mudanza de los aires y diferentísimas regiones, los habia de probar, puesto
que ella en sí es de naturaleza sanísima, como abajo se dirá en los capítulos
90 y 91, á lo cual se llegó la tasa de los bastimentos, que todos se daban por
estrecha órden y medida, como cosa que se traia de España, y que de los de la
tierra, por ser tan diferentes de los nuestros, mayormente el pan, no habia
esperanza que por entónces á ellos se arrostrase, comenzó la gente, tan de
golpe, á caer enferma, y, por el poco refrigerio que habia para los enfermos, á
morir tambien muchos dellos, que apénas quedaba hombre de los hidalgos y
plebeyos, por muy robusto que fuese, que, de calenturas terribles, enfermo no
cayese; porque á todos era igual, casi, el trabajo, como podrán bien adivinar
todos aquellos que saben qué cosa sea, en especial en estas tierras, poblar de
nuevo, lo cual en aquel tiempo, sin ninguna comparacion, más que en otro ni en
otra parte, fué laborioso. Sobreveníales á sus males la grande angustia y
tristeza que concebian de verse tan alongados de sus tierras, y tan sin
esperanza de haber presto remedio, y verse defraudados tambien del oro y
riquezas que se prometió á sí mismo, al tiempo que acá determinó pasar, cada
uno. No se escapó el Almirante de caer, como los otros, en la cama, porque como
por la mar solian ser sus trabajos incomparables, mayormente de no dormir, que
es lo que más en aquella arte se requiere que tengan los que llevan oficio de
pilotos, y el Almirante, no sólo llevaba sobre sí cargo de piloto, como quiera
y como los pilotos suelen llevar en las navegaciones, adonde muchas veces han
ido, pero en tal como esta, en aquel tiempo tan nueva y tan nunca otra tal
vista ni oida, y que ninguno la sabia sino él, y por consiguiente, sobre sus
hombros iba el cuidado de toda la flota, y que todos los otros pilotos habian
de llevar, y, sin esto, lo mucho que ya más le iba que á todos, teniendo
suspenso á todo el mundo, que esperaban como habia de responder la cosa
comenzada; que,[23] cierto, no era ménos, sino ántes
más y mayor la obligacion, que de satisfacer á los reyes de Castilla y á toda
la cristiandad, tenia, como mayores prendas se hobiesen ya metido, así de
gastos como de gente, que la del primer viaje, así que todas estas
consideraciones, que pasaban cada hora por su pensamiento, le compelian á que
fuese mártir por la mar; y, sin duda, sus cuidados, vigilias, solicitud,
temores, trabajos y angustias, no creo que se podrán comparar, de donde
necesariamente se habia de seguir caer en grandes enfermedades, como abajo
parecerá. Y de una cosa me parece que todos los que deste negocio tuvimos y
tenemos noticia, entre todas las demas, nos debiamos más que de otras
maravillar, y cognoscer la infalible providencia de Dios haber tenido singular
modo de proveer aquesta negociacion, conviene á saber, que no solamente hobiese
hecho tan fácil y breve, ansí en lo de la mar, sin tempestades, como en la
clemencia y suavidad y favor de los vientos, en el primer descubrimiento y
viaje, siendo, por la mayor parte, todos ó cuasi todos, los que despues se han
hecho y hacen, tan peligrosos, impetuosos y llenos de tantos trabajos, como
habemos muchas veces en nos y en otros experimentado, pero que nunca el
Almirante, por todo él, á ida ni á venida, ni en la estada de España, ni agora
en esta tornada de este segundo viaje, hasta que hobo enseñado á todos los
demas á navegar estas mares, y puso en estas tierras la gente que trajo, cuasi
como por arras de los que despues habian de venir á efectuar lo que Dios tenia
determinado, nunca, digo, el Almirante, caudillo y guiador de aquesta divina
hazaña, en todos los peligros y dificultades pasadas enfermase; y así, creo que
es particular cosa esta, de las muchas que podemos hallar en el descubrimiento
de estas Indias, no la menor que otra digna de profunda consideracion.
CAPÍTULO LXXXIX.
En el cual se tracta como el Almirante envió á un
Alonso de Hojeda con 15 hombres á descubrir la tierra, y saber de las minas de
Cibao.—Como recibian los indios á los cristianos con mucha alegría.—Volvió
Hojeda con nuevas de oro.—Alegróse el Almirante y toda la gente.—Como despachó
el Almirante, de los 17, los 12 navíos para Castilla, con la relacion larga
para los Reyes; y á quién envió por Capitan dellos, etc.
Miéntra él ordenaba y entendia en la edificacion de
la villa de la Isabela, porque no se perdiese tiempo ni se gastasen los
mantenimientos en balde, y se supiese alguna nueva de lo que en la tierra
habia, especialmente de su Cipango, informado de los indios que allí en un
pueblo junto vivian, quienes afirmaban estar cerca de allí Cibao, determinó de
enviar descubridores que supiesen lo que todos tanto deseaban, conviene á
saber, las minas del oro, y para este ministerio eligió á Alonso de Hojeda, de
quien arriba en el cap. 84 se hizo mencion. Con 15 hombres, luego, por el mes
de Enero siguiente, mandó el Almirante que fuese á buscar y saber donde eran
las minas de Cibao, y ver la dispusicion de la tierra, poblaciones y gentes
della. Entretanto que Hojeda iba, entendió tambien el Almirante en despachar
con brevedad los navíos que habian de ir á Castilla, y estos fueron 12 dejando
5, dos naos grandes y tres carabelas, que dejó consigo, de los 17, para las
necesidades que se ofreciesen, y para ir á descubrir, como abajo se dirá.
Volvió Alonso de Hojeda, á pocos dias, con buenas nuevas que á todos, en alguna
manera, entre sus trabajos y enfermedades, alegraron, puesto que más quisieran,
muchos y los más, y quizá todos, hallarse en el estado que estaban cuando se
embarcaron en Castilla, como ya viesen que el poder ser ricos de oro iba á la
larga, porque no pensaban sino que, á la costa de la mar, habian de hallar el
oro,[25] para hinchir sus costales, arrollado. Dió
relacion Hojeda, que hasta los dos dias que habia hecho de camino, salido de la
Isabela, habia tenido algun trabajo por ser despoblado, pero que, descendido un
puerto, habia hallado muchas poblaciones á cada legua, y que los señores dellas
y toda la gente los recibian como á ángeles, saliéndolos á recibir, y
aposentándolos, y dándoles de comer de sus manjares, como si fueran todos sus
hermanos. Este puerto es la sierra, que arriba digimos, fertilísima, que hace
la vega por la parte del Norte, la cual toda era poblada, sino que, por aquella
parte por donde fueron, debia ser el camino despoblado; como quiera que era
todo poca distancia, porque no podian ser obra de ocho ó diez leguas hasta
descender la vega abajo, la cual era, en admirable manera, poblada. Continuó
Hojeda su camino, llegó á la provincia de Cibao en cinco ó seis dias, que está
de la Isabela obra de 15 ó 20 leguas, porque se detenia por los pueblos por ser
tan bien hospedado; llegado á la provincia, que luego comienza, pasado el rio
grande que se llama Yaquí, al cual puso el Almirante Rio del Oro, cuando vido
la boca dél en el puerto del Monte-Christi, el primer viaje,
andando por los rios y arroyos della, los vecinos que en los puertos cercanos
estaban y los que consigo por guias llevaban, en presencia del Hojeda y de los
cristianos, cogian y cogieron muchas muestras de oro, que bastaron para creer y
afirmar que era tierra de mucho oro; como en la verdad lo fué despues, de donde
se sacó innumerable, y de lo más fino que hobo en el mundo, como, si Dios
quiere, abajo se contará más largo. Con esta nueva, todos, como dije,
recibieron un mezclado alegron; pero el Almirante fué el que más dello gustó, y
determinó, despachados los navíos para Castilla, ir á ver la dicha provincia de
Cibao, por los ojos, y dar á todos motivo de creer lo que viesen y palpasen,
como Sancto Tomás. Hecha relacion larga de la tierra y del estado en que
quedaba, y donde habia poblado, para los Reyes católicos, y enviándoles la
muestra del oro que Guacanagarí le habia presentado, y la que Hojeda habia
traido, é informándoles de todo lo que vido ser necesario,[26] despachó
á los 12 navíos dichos, poniendo por Capitan de todos ellos al susodicho
Antonio de Torres, hermano del ama del príncipe D. Juan, á quien entregó el oro
y todos sus despachos. Hiciéronse á la vela á los 2 dias de Febrero de 1494.
Alguno dijo que envió con estos navíos á un Capitan que se decia Gorbalan pero
no es así, lo cual ví, como está dicho, en una carta del mismo Almirante para
los Reyes, cuyo traslado tuve yo en mi poder escrito de su propia mano.
CAPÍTULO XC.
En el cual se tracta como el Almirante salió por la
tierra, con cierta gente española.—Dejó la gobernacion de la Isabela á su
hermano D. Diego.—Como salió en forma de guerra, y así entraba y salia en los
pueblos para mostrar su potencia y poner miedo en la gente indiana.—Como se
quiso amotinar un contador, Bernal de Pisa, y hurtar ciertos navíos.—Los
recibimientos que hacian los indios al Almirante y á los cristianos.—De su
bondad y simplicidad en la manera que tenian.—De la hermosura de la vega á que
puso nombre la Vega Real.—Los rios tan grandes y hermosos que habia, y el oro
que en ellos se hallaba, etc.
Partidos los navíos para España, y el Almirante, de
su indispusicion y enfermedad mejorado, acordando de salir á ver la tierra, en
especial la provincia de Cibao, porque, estando enfermos algunos de los
descontentos y trabajados, quisieron hurtar ó tomar por fuerza los cinco navíos
que quedaban, ó algunos dellos, para se volver á España, cuyo movedor, diz que,
habia sido un Bernal de Pisa, Alguacil de corte, á quien los Reyes habian hecho
merced del oficio de Contador de aquesta isla, puesto quel Almirante, no
pudiéndose la rebelion encubrir, hechó preso al Bernal de Pisa, y mandólo poner
en una nao para enviarlo á Castilla con el proceso de lo que habia ordenado, y
á los demas mandó castigarlos; por esta causa mandó poner toda la municion y
artillería, y cosas más necesarias de la mar de los cuatro navíos, en la
nao Capitana, y puso en ellas personas de buen recaudo. Y esta fué
la primera rebelion que en estas Indias fué intentada, aunque luego, ántes que
se perfeccionase, fué apagada. Tambien parece haber sido el origen de la
contradiccion, que el Almirante y sus sucesores siempre tuvieron, de los que
los Reyes proveian en estas tierras por sus oficiales, los cuales le hicieron,
como se verá, grandísimos daños. Hallóse á este Bernal de Pisa una pesquisa escondida
dentro de una boya, (que es un palo muy[28] grueso
que se echa con una cuerda, para que se sepa donde está el ancla, por si se le
rompiere el cable) hecha contra el Almirante; y no se yo qué podia el Almirante
haber cometido ó agravios hecho en tan pocos dias, que no habia dos meses que
en la tierra estaba. Asimismo de los castigos, que, quizá por esto, hizo en los
que por esta conjuracion halló culpados, comenzó la primera vez á ser tenido
por riguroso juez, y, delante de los Reyes, y cuasi en todo el reino, por
insufrible y cruel infamado; de lo cual yo bien me acuerdo, y áun ántes que
pasase á estas partes ni cognosciese al Almirante, por tal en Castilla
publicarse, y dado que no he visto los testigos que entónces hizo para
certificarlos, pero he leido cartas suyas escritas á los Reyes, excusándose del
rigor de la justicia que le imponian, de donde colijo que algun testigo debiera
en aquellos de haber ejecutado; y, en la verdad, digno era de gran castigo
aquel delito, siendo el primero y de tan mala y peligrosa especie y así muy
grave, pero como los delincuentes, por gravemente que ofendan, querrian, del
todo de las penas que merecen, escaparse, cuando se las ejecutan escuéceles, y
siempre sus causas justifican y repútanse por agraviados. Volviendo al
propósito, puesto recaudo en los cinco navios, y dejado cargo de la gobernacion
á D. Diego, su hermano, con personas que en ella le aconsejasen y ayudasen,
escogió toda la más gente y más sana que le pareció que habia de pié y de
caballo, y trabajadores, albañiles y carpinteros, y otros oficiales, con las
herramientas é instrumentos necesarios, así para probar á sacar oro, como para
hacer alguna casa fuerte donde los cristianos se pudiesen defender si los
indios intentasen algo. Salió de la Isabela, con toda su gente cristiana y con
algunos indios del pueblo que habia junto á la Isabela, miércoles, á 12 de
Marzo de 1494 años, y, por poner temor en la tierra, y mostrar que si algo
intentasen eran poderosos para ofenderlos y dañarlos los cristianos, á la salida
de la Isabela, mandó salir la gente en forma de guerra, con las banderas
tendidas, y con sus trompetas, y, quizá, disparando espingardas, con las cuales
quedarian los indios harto asombrados; y[29] así
hacia en cada pueblo al entrar y al salir, de los que en el camino hallaba. Fué
aquel dia tres leguas de allí á dormir, al pié de un puerto harto áspero, todas
de tierra llana, y porque los caminos, que los indios andaban, eran no más
anchos que los que llamamos sendas, como ellos tengan poco embarazo de ropa ni
de recuas ó carretas para tenerlos anchos, porque no lo son más de cuanto les
caben los pies, mandó el Almirante ir á ciertos hidalgos, con gente de trabajo,
delante, la sierra arriba, que dura obra de dos tiros buenos de ballesta, que
con sus azadas y azadones lo ensanchasen, y, donde habia árboles, los cortasen
y escombrasen, y por esta causa, puso nombre á aquel puerto, el Puerto de los
Hidalgos. Otro dia, jueves, 13 de Marzo, subido el Puerto de los Hidalgos,
vieron la gran vega, cosa que creo yo, y que creo no engañarme, ser una cosa de
las más admirables cosas del mundo, y más digna, de las cosas mundanas y
temporales, de ser encarecida con todas alabanzas, y por ella ir á prorumpir en
bendiciones é infinitas gracias de aquel Criador della y de todas las cosas que
tantas perfecciones, gracias y hermosura en ella puso; ella es de 80 leguas, y
las 20 ó 30 dellas de una parte y de otra, de lo alto de aquella sierra, donde
el Almirante y la gente estaban, se descubre; la vista della es tal, tan fresca,
tan verde, tan descombrada, tan pintada, toda tan llena de hermosura, que ansí
como la vieron les pareció que habian llegado á alguna region del Paraíso,
bañados y regalados todos en entrañable y no comparable alegría, y el
Almirante, que todas las cosas más profundamente consideraba, dió muchas
gracias á Dios, y púsole nombre la Vega Real. Cuanto bien merezca este nombre y
otro más digno si en la tierra lo hobiese, y que pudiese provocar las criaturas
á nunca cesar de bendecir al Criador, despues parecerá cuando habláremos della
en la descripcion desta isla. Descendieron luego la sierra abajo, que dura
mucho más que la subida, con grande regocijo y alegría, y atravesaron la
felicísima vega, cinco leguas que tiene de ancho por allí, pasando por muchas
poblaciones, que, como á venidos del cielo, los recibian hasta que llegaron[30] al rio grande y graciosísimo que los indios
llamaban Yaquí, de tanta agua y tan poderoso como Ebro, por Tortosa, ó como por
Cantillana, Guadalquivir; al cual llamó el Almirante el Rio de las Cañas, no se
acordando que en el primer viaje lo nombró el Rio del Oro, cuando estuvo á su
boca, que sale á Monte-Christi. A la ribera deste rio durmieron
aquella noche todos, muy alegres y placenteros, lavándose y holgándose en él, y
gozando de la vista y amenidad de tan felice y graciosa tierra y deleitosos
aires, mayormente por aquel tiempo, que era Marzo, porque, aunque hay poca
diferencia de un tiempo á otro en todo el año, en esta isla, como en otros
muchos lugares y por la mayor parte destas Indias, pero aquellos meses desde
Setiembre hasta Mayo, es su vivienda como de Paraiso, segun que, placiendo á
Dios, más largo abajo será dicho. Cuando llegaban y pasaban por los pueblos,
los indios de la Isabela que consigo el Almirante llevaba, entraban en las
casas y tomaban todo lo que bien les parecia, con mucho placer de los dueños,
como si todo fuera de todos, y los de los pueblos adonde entraban se iban á los
cristianos, y les tomaban lo que les agradaba, creyendo que tambien se debia de
usar entre nosotros en Castilla; de donde parece manifiesto, aunque despues se
cognosció y experimentó más claro en diez mil partes destas Indias, cuanta era
la paz, y amor, y liberalidad, y comunicacion benigna y fraternidad natural
que, entre estas gentes, viviendo sin cognoscimiento del verdadero Dios, habia,
y cuanto aparejo y dispusicion en ellos Dios habia puesto para imbuirlos en
todas las virtudes, mayormente con la católica y cristiana doctrina, si los
cristianos por fin principal lo tomáramos segun debiamos. Así que, otro dia,
jueves, 14 de Marzo, pasado el rio Yaquí, con canoas y balsas, gente y fardaje,
y los caballos por un vado hondo, aunque no nadando, sino fuera que viniera
avenido, legua y media de allí llegaron á otro gran rio que llamó Rio del Oro,
porque, diz que, hallaron ciertos granos de oro, en él, á la pasada; este rio
parece ser, ó el que llamaban los indios Nicayagua, que está del rio Yaquí, el
grande de atras y entra en él, obra de legua y media, pero[31] este
no es grande, salvo que debia de venir á la sazon, por ventura, avenido. Con
este rio Nicayagua, que por sí es pequeño arroyo, se juntan tres otros arroyos;
el uno Buenicún, que los cristianos, el tiempo andando, llamaron Rio Seco, el
otro Coateniquím, el tercero Cibú, las últimas sílabas agudas; los cuales
fueron riquísimos y del oro más fino, y estos fueron la principal riqueza de
Cibao. Ó por ventura, era otro muy grande que en lengua de indios se nombraba
Mao, que tambien mete su agua en el grande Yaquí. Este rio es muy gracioso y
deleitable, y tuvo tambien muchas y ricas minas de oro; y más creo que fué Mao
que no Nicayagua, considerando el camino del Puerto de los Hidalgos, por donde
pudo á la Vega Real descender. Pasado, pues, este rio, segun cuenta el
Almirante, con mucha dificultad, porque, cierto, debia de venir por las
avenidas muy crecido, como algunas veces yo lo vide, allende ser por sí grande,
fué á dar á una gran poblacion; de la cual, gran parte de la gente dió á huir,
metiéndose en los más cercanos montes, como sintió los cristianos, otra parte
de la gente quedó en el pueblo y se metian en sus casas de paja, y atravesaban
con toda simplicidad unas cañuelas á las puertas, como si pusieran algunos
carretones con culebrinas por las troneras de la muralla, haciendo cuenta, que,
visto aquel impedimento de las cañuelas atravesadas, habian de cognoscer los
cristianos que no era voluntad de los dueños que en sus casas entrasen, y que
luego se habian de comedir á no querer entrar. ¿Qué mayor argumento de su
inocencia y buena simplicidad? ¿qué más pudiera usarse en aquella edad dorada
de que tantas maravillas y felicidades cantan los antiguos auctores, mayormente
poetas? pero el Almirante, mandando que nadie entrase en las casas, y
asegurando, en cuanto podia, los indios, iban perdiendo el temor y salian poco
á poco á ver los cristianos; y porque pasando el rio Yaquí primero, grande,
luego están sierras, debian guiar los indios que llevaba por el rio abajo,
porque es todo llano, entre el rio y la sierra, obra de una legua, y á veces
media, por llevar los cristianos por las poblaciones principales[32] y grandes. Partió de aquella poblacion y llegó á
otro hermoso rio, que era de tanta frescura, que le puso nombre Rio Verde; y
tenia el suelo y ribera de unas piedras lisas guijeñas, todas redondas ó cuasi
redondas, que lucian, y desta manera son cuasi los rios de Cibao; en este
descansó toda la gente aquella noche. Otro dia, sábado, 15 de Marzo, entró por
algunas poblaciones grandes, y la gente toda dellas, sin la que se ausentaba,
ponian tambien palos atravesados á las puertas porque no entrase nadie, como en
los pueblos pasados; llegaron aquella noche al pié de un gran puerto que llamó
Puerto de Cibao, porque desde encima dél comienza la provincia de Cibao, por
aquella parte, que es cuasi lo postrero della, porque atras, sobre la mano
izquiérda, hácia el Mediodia, queda la mayor parte, y ellos iban la parte del
rio Yaquí abajo, que tiraba el camino hácia el Norte ó polo Ártico; hicieron
allí noche, porque ya la gente de pié iba fatigada. Estarian 11 leguas de la
descendida del puerto pasado que nombró, por la parte de la subida en él,
cuando salió de la Isabela, de los Hidalgos.
CAPÍTULO XCI.
En el cual se tracta como el Almirante subió á la
provincia de Cibao, y de la etimología della, segun la lengua de los indios; de
su hermosura, puesto que es aspérrima; los admirables y graciosísimos rios que
tiene; los pinos infinitos de que está adornada; de su sanidad, salubérrimas
aguas y aires, y alegría; del grandor della.—De los recibimientos y servicios
que los indios en los pueblos le hacian.—Como en un gracioso rio y tierra halló
minas de oro y de azul, y de cobre, y de ámbar, y especería.—Edificó una
fortaleza.—De unos nidos de aves que hallaron en las cavas que hicieron, de que
el Almirante se admiró, de lo cual tomó ocasion el auctor de decir como
pudieron estar sin podrirse, y descubre muchos secretos de naturaleza.—Colige
argumento de ser antiguas en estas tierras estas gentes.
Antes que subiese aquel puerto envió á hacer el
camino, como mejor adobarse pudo, para que los caballos pasasen, y desde aquí
despachó ciertas bestias de carga para que tornasen á traer bastimentos de la
Isabela; porque, como la gente no podia comer áun de los bastimentos de la
tierra, gastábase mucho pan y vino, que era lo principal, y dello era necesario
socorrerlos. Domingo, pues, de mañana, 16 de Marzo, subido el puerto, de donde
tornaron á gozar de la graciosísima vista de la vega, porque se parece desde
aquel puerto mejor áun que del primero, de cada banda sobre 40 leguas, entraron
por la tierra de Cibao, tierra aspérrima, de grandes y aspérrimas sierras,
todas de piedras grandes y chicas, cuan altas son; y bien la llamaron los
indios Cibao, de ciba, que es piedra, cuasi pedregal, ó tierra de muchas
piedras. Sobre la piedra hay nacida una corta hierba, que áun no cubre las
piedras, puesto que en unas partes la hay más que en otras crecida; tiene toda
aquella provincia infinitos rios y arroyos, en todos los cuales se halla oro;
hay en ella pocas arboledas frescas, ántes es sequísima, comunmente, si no es
en los bajos de los rios, salvo que abunda de infinitos pinos, muy raros y
esparcidos y altísimos, que no llevan piñas, por tal órden por natura compuestos,[34] como si fueran los aceitunos del Ajarafe de
Sevilla, es toda esta provincia sanísima, los aires suavísimos, y las aguas,
sin comparacion, delgadas y dulcísimas. Dice aquí el Almirante, que sería tan
grande como el reino de Portugal esta provincia, pero yo, que la he andado y sé
harto más y mejor que él, digo que creo ser mayor que tanto y medio que aquel
reino. En cada arroyo que pasaban, hallaban granos de oro chiquitos, porque
comunmente todo el oro de Cibao es menudo, puesto que en algunas partes y
arroyos se han hallado granos crecidos, y uno se halló de 800 pesos de oro, que
son diez y seis libras; y porque, como arriba en el cap. 89 se dijo, habia
enviado el Almirante á Alonso de Hojeda, pocos dias habia, que viese aquella
provincia, y la gente della estaba ya avisada de la venida de los cristianos, y
supieron que el Guamiquina de los cristianos venia (Guamiquina, llamaban al
señor grande), por esta causa, por todos los pueblos que pasaban, salian á
recibir al Almirante y á sus cristianos con grande alegría, trayéndoles
presentes de comida y de lo que tenian, y, en especial, de oro en grano, que
habian cogido despues que tuvieron noticia que aquella era la causa de su
venida. Llegó desta hecha el Almirante hasta distar de la Isabela 18 leguas; halló
y descubrió por allí, segun él dice en una carta que escribió á los Reyes,
muchos mineros de oro, y uno de cobre, y otro de azul fino, y otro de ámbar, y
algunas maneras de especería; destas no sabemos que haya otras sino la
pimienta, que llamaban los indios desta isla axí. El azul fué poco, y el ámbar
tambien, el oro, cierto, ha sido mucho; y como viese que cuanto más dentro de
Cibao entraba, más áspera tierra y dificilísima de andar, mayormente para los
caballos, se le ofrecia, porque no se pueden encarecer las sierras y altura, y
aspereza dellas, que Cibao tiene, deliberó de hacer por allí donde estaba una
casa fuerte, para que los cristianos tuviesen refugio y señoreasen aquella
tierra de las minas, y escogió un sitio alegrísimo, en un cerro, cuasi poco
ménos que cercado de un admirable y fresquísimo rio, no muy grande rio; el agua
dél[35] parece destilada, el sonido de sus raudales,
á los oidos, suavísimo, la tierra enjuta, desabahada, airosa, que puede causar
toda alegría, llámase Xanique aqueste rio, y de donde se ha sacado mucho oro,
pero está en medio y comarca de muchos rios ricos. Allí mandó edificar una casa
de madera y tapias, muy bien hecha, y, por la parte que no la cercaba el rio,
cercóla de una cava, que, para contra indios, la casa ó torre era fortísima; al
pié del asiento de esta fortaleza está un llano gracioso, que los indios llaman
çabana, en la cual, algunos años despues de despoblada, hice y tuve yo,
viviendo en otro estado, una heredad ó labranza, y, de un pequeño arroyo que
estaba de cara de la fortaleza y que entraba en el dicho rio Xanique, hice
coger algun oro; este arroyuelo hace á la entrada del rio una isleta de muy
fértil y gruesa tierra, en la cual se hicieron entónces, de la semilla que
aquellos primeros cristianos sembraron, traida de Castilla, las primeras
cebollas de toda esta isla Española. Puso nombre á esta fortaleza el Almirante,
la fortaleza de Sancto Tomás, dando á entender que la gente, que no creia que
en esta isla hobiese oro, despues que lo vido con los ojos y palpó con sus
mesmas manos, habia creido, como arriba se tocó. De una cosa hobo admiracion el
Almirante y los que con él estaban, conviene á saber, que, abriendo los
cimientos para una fortaleza, y haciendo la cava, cavando hondo bien un estado,
y áun rompiendo á partes alguna peña, hallaron unos nidos de paja, como si
hobiera pocos años que allí hobieran sido puestos, y, como por huevos, entre
ellos, habia tres ó cuatro piedras redondas, casi como unas naranjas, de la
manera que las pudieran haber hecho para pelotas de lombardas. Bien podia ser
que la virtud mineral hobiese convertido los huevos en aquellas piedras, y
ellas, despues, haber crecido, y los huevos estuviesen dentro dellas, por la
misma virtud mineral, conforme á lo que arriba, en el capítulo 6.º, trujimos de
Alberto Magno, puesto que, segun se puede colegir de Alberto Magno, las piedras
no crecen, porque no viven, pero segun otros, sí; Alberto Magno en el libro I.
cap. 7.º De Mineralibus, dice tambien, que en su tiempo[36] en la mar de Dácia, cerca de la ciudad lubicense,
se halló un ramo grande de árbol, en el cual estaba un nido de picazas, y en él
picazas convertidas en piedras, que declinaban algo á color bermejo, lo que no
pudo ser, segun dice, sino que, con alguna tormenta, las olas derrocaron el
árbol al tiempo que tenia el nido, y cayeron las avecillas chiquitas en el
agua, que no pudieron volar, y despues, por virtud del lugar en que cayeron,
fué todo convertido en piedra; cuenta más, de una fuente que hay en Gotia, de
la cual por virtud se certifica, que todo lo que en ella cae lo convierte en
piedra, en tanto grado, que el emperador Frederico envió un guante suyo,
sellado con su sello, para saber la verdad, del cual, como estuviese la mitad
en el agua, y la mitad del sello, algunos dias, fué convertida aquella mitad,
quedando la otra mitad cuero, como de ántes se era; y las gotas que caen á la
orilla de aquella fuente se hacen piedras del tamaño de la gota, y ella no deja
de correr. Vémoslo tambien manifiestamente, dice Alberto, en las altas sierras
que perpétuamente tienen nieve, lo cual no podria ser sino por virtud mineral
que abunda en aquellos lugares ó sierras; y Aristóteles en el libro De
Mineralibus dice, que algunas hierbas y plantas, y algunos animales
tambien, se convierten en piedras por la virtud mineral, que tiene tal fuerza y
virtud lapidificativa, conviene á saber, de convertir aquellas cosas en
piedras, y esto dice que acaece en los lugares pedregosos; y como aquella
provincia de Cibao fuese tan pedregosa, y tuviese y tenga tanta virtud mineral,
fácil cosa era, segun natura, convertir los huevos de aquellos nidos en
aquellas piedras, y despues, como dije, hacerse más grandes, si fuese verdad
que viviesen, ó que las piedras los abrazasen y concluyesen dentro de sí, y
esto parece lo más cierto, por lo que luego se dirá. La razon de engendrarse
las piedras es esta: que como las concavidades, que las sierras ó montes
tienen, sean naturalmente receptivas ó dispuestas para recibir en sí las aguas,
como parece que de las sierras ó montes altos vemos salir fuentes y exprimir ó
producir arroyos, ó caños de agua, y el agua cause ó haga lodo de la tierra,
mayormente cuando la tierra es gruesa en[37] sí é
pegajosa como el barro, por tanto, deste lodo jugoso, y grueso, y pegajoso, y
del calor ó vapor del lugar caliente que de su naturaleza es congregativo y
conservativo del calor, ó que aquel calor se engendre por el movimiento de los
vapores de la tierra, ó se engendre de los rayos del sol, destas dos cosas del
lodo grueso y pegajoso, y del dicho vapor, son engendradas las piedras; y
porque desto abundan los montes altos ó altas sierras, por eso en ellas se
hallan grandes y muchas piedras, lo cual, cierto, se verifica bien en las
sierras de Cibao. Esto es de Alberto Magno, en el cap. 5.º del tercero tratado
«De las propiedades de los elementos.» Y dice más, que la señal y argumento de
lo dicho es, que algunos miembros ó partes de animales de agua, como son
pescados, y algunos instrumentos de navíos, así como timon ó gobernario, se han
hallado dentro de algunas peñas, en lo hueco ó entrañas de algunas sierras ó
montes, los cuales, sin duda, dice él, el agua con el lodo grueso y pegajoso
allí los puso, y, por la frialdad y sequedad de la tal piedra ó peña, fueron
conservadas aquellas cosas que no se pudriesen ó corrompiesen; y así pudieron
estar dentro de las piedras los huevos, y si advirtiera el Almirante en esto y
las hiciera quebrar, quizá se halláran dentro. A lo cual ayuda lo que el
filósofo trae en el libro De propietatibus elementorum, que un
filósofo, haciendo un pozo en su casa, llegando cavando al barro muy duro, y
ahondando por él, halló un timon ó gobernario de una nao grande, como si allí
se hobiera nacido, sobre lo cual dice Alberto, que aquello pudo acaecer, ó
porque allí lo pusieron siendo entónces suelo aquel lugar ó la superficie de
tierra, y despues, por tiempos, por causa de terremotos, ó por otra causa,
echarse ó caer sobre aquel suelo mucha tierra, y, por la frialdad della, haber
sido allí sin corromperse conservado, ó que antiguamente hobiese sido aquello
mar, y por alguna causa accidental haberse desviado de allí la mar y quedar el
lugar seco; y testifica él, que en Colonia vido cavar grandísimos hoyos, y, en
lo más hondo dellos, hallarse paramentos con figuras de gran artificio y
hermosura, de los cuales, ninguna duda hay que antiguamente[38] los
hobiesen puesto allí hombres, sino que despues, con los tiempos, caerse los
edificios y sobrevenir mucha tierra, y así, lo que solia ser la superficie del
suelo parecer y estar en hondura profunda. Por esta razon no son imposibles
muchas cosas que se cuentan, puesto que, á los que no leen y saben estos
principios, lo parecen; como lo que cuenta Fulgoso en el libro I de sus Coletáneas,
que en el año de 1072, en los montes ó sierras de Suiza, léjos de la mar,
cavando bien hondo, más de cient brazas, en unas minas de metales hallaron un
navío enterrado con masteles y anclas de hierro, y, dentro del navío, los
huesos de 40 hombres; algunos de los que lo vieron, diz que, decian que debia de
quedar allí aquel navío desde el Diluvio, pero yo no lo creo, porque áun no se
tenia tanta experiencia de navegar en la Edad del mundo primera. Otros
afirmaban, que, anegado el navío, por las concavidades de la tierra la mar lo
debió llevar allí, é despues, por discurso de luengos tiempos, crecer la
tierra, desviándose el agua, y así quedar seca aquella comarca; y esto parece
llegarse á lo susodicho y tener más color de verdad. Otros cuentan haberse
hallado en una piedra de mármol una piedra preciosa, diamante, labrada y
polida, y en otra, un sapo vivo; todo lo cual se debe reducir á la manera
susodicha, y puede ser todo posible y certísimo. Yo he visto en las mismas
minas de Cibao, á estado y dos estados en hondo de tierra vírgen, en llanos, al
pié de algunos cerros, haber carbones y ceniza, como si hobiera pocos dias que
se hobiera hecho allí fuego, y por la misma razon hemos de concluir que, en
otros tiempos, iba por allí cerca el rio, y en aquel lugar hicieron fuego, y
despues, apartándose más el agua del rio, amontonóse la tierra sobre él que con
las lluvias descendia del cerro, y porque esto no pudo ser sino por gran
discurso de años y antiquísimo tiempo, por eso es grande argumento que las
gentes destas islas y tierra firme son antiquísimas. Tornando al propósito de
los nidos, que en la cava de la fortaleza de Sancto Tomás halló el Almirante,
queda bien averiguado, por los ejemplos naturales y razonables susodichos, que[39] pudieron conservarse y no corromperse, aunque de
paja eran, por la frialdad y sequedad de las piedras ó de la tierra. Dejó por
Capitan y Alcaide á un caballero aragonés, y Comendador, que se llamaba D.
Pedro Margarite, persona de mucha estima, y con él 52 hombres; despues envió
más, y estuvieron hasta 300, entre oficiales, para que la fortaleza se acabase,
y otros que la defendiesen. Y, dejada su instruccion y lo demas ordenado, tornó
á tomar el camino para la Isabela, con intincion de se despachar lo más presto
que pudiese para ir á descubrir, como se dirá; por lo cual, viérnes, 21 de
Marzo, se partió, y en el camino halló la recua, que volvia con los bastimentos
por qué habia enviado, la cual envió á la fortaleza, y porque los rios venian
muy grandes con las avenidas, porque llovia mucho en las sierras, hobo de andar
por los pueblos más despacio de lo que quisiera, y comenzó á comer la gente del
caçabí, ó pan y ajes, y de los otros mantenimientos de los indios, que los
indios les daban de muy buena voluntad, y mandábales dar por ellos de las
contezuelas y otras cosillas de poco valor, que llevaba.
CAPÍTULO XCII.
En el cual se tracta como halló el Almirante la
gente cristiana muy enferma, y muerta mucha della.—Como por hacer molinos y
aceñas compelió á trabajar la gente, y por la tasa de los mantenimientos, que
ya muy pocos habia, comenzó á ser aborrecido, y fué principio de ir siempre su
estado descreciendo y áun no habiendo crecido.—De los que mucho daño le
hicieron fué fray Buil, el legado que arriba se dijo.—Persuádese no tener hasta
entónces el Almirante culpas por qué lo mereciese.—Dícense muchas angustias que
allí los cristianos, de hambre, padecieron, y como morian cuasi
desesperados.—De cierta vision que se publicó que algunos vieron.—Como vino
mensajero de la fortaleza que un gran señor venia á cercarla.—De lo que el
Almirante por remedio hizo.
Sábado, 29 dias de Marzo, llegó el Almirante á la
Isabela, donde halló toda la gente muy fatigada, porque, de muertos ó enfermos,
pocos se escapaban, y los que del todo estaban sanos, al ménos estaban, de la
poca comida, flacos, y cada hora temian venir al estado de los otros; y que no
vinieran, sólo el dolor y compasion que habian en ver la mayor parte de todos
en tan extrema necesidad y angustia era cosa triste, llorosa é incurable.
Tantos más caian enfermos y morian, cuanto los mantenimientos eran ménos, y las
raciones dellos más delgadas; estas se adelgazaban más de dia en dia, porque,
cuando los desembarcaron, se hallaron muchos dañados y podridos; la culpa desto
cargaba el Almirante, ó mucha parte della, á la negligencia ó descuido de los
Capitanes de los navíos. Tambien los que restaron, con la mucha humedad y calor
de la tierra, ménos que en Castilla sin corrupcion se detenian, y porque ya se
acababa el bizcocho, y no tenian harina sino trigo, acordó hacer una presa en
el rio grande de la Isabela para una aceña, y algunos molinos, y dentro de una
buena legua no se hallaba lugar conveniente para ellos; y, porque de la gente
de trabajo y los oficiales mecánicos, los más estaban enfermos y flacos, y
hambrientos, y podian poco, por faltarles las fuerzas, era necesario que
tambien ayudasen los hidalgos[41] y gente del
Palacio, ó de capa prieta, que tambien hambre y miseria padecia, y á los unos y
á los otros se les hacia á par de muerte ir á trabajar con sus manos, en
especial no comiendo; fuéle, pues, necesario al Almirante añadir al mando
violencia, y, á poder de graves penas, constreñir á los unos y á los otros para
que las semejantes obras públicas se hiciesen. De aquí no podia proceder sino
que de todos, chicos y grandes, fuese aborrecido, de donde hobo principio y
orígen ser infamado, ante los Reyes y en toda España, de cruel y de odioso á
los españoles, y de toda gobernacion indigno, y que siempre fuese descreciendo,
ni tuviese un dia de consuelo en toda la vida, y, finalmente, desta semilla se
le originó su caida; por esta causa debió de indignarse contra él aquel padre,
que, diz que, venia por legado, fray Buil, de la órden de Sant Benito, ó
porque, como hombre perlado y libre, le reprendia los castigos que en los
hombres hacia, ó porque apretaba más la mano, el Almirante en el repartir de
las raciones de los bastimentos, que debiera, segun al padre fray Buil parecia,
ó porque á él y á sus criados no daba mayores raciones como se las pedian. Y
como ya fuese á todos ó á los más, por las causas susodichas, odioso, en
especial al contador Bernal de Pisa, y así debia ser á los otros oficiales y
caballeros, que más auctoridad en sí mismos presumian que tenian, á todos los
cuales, sobre todo, creo yo que desplacia la tasa de los bastimentos, como
parece por las disculpas que el Almirante á los Reyes por sus cartas de sí
traia, que como muchos le importunaron en Castilla que los trajese consigo, y
ellos trajesen más criados de los que podian mantener, no dándoles las raciones
tantas ó tan largas como las quisieran, consiguiente cosa era, que los habia en
ello, quien habia de cumplir con tantos, de desabrir. Allegábase otra calidad
que hacia más desfavorable su partido, conviene á saber, ser extranjero y no
tener en Castilla favor, por lo cual, de los españoles, mayormente de la gente
de calidad, que en sí son altivos, como no le amasen, era en poco estimado; así
que todo esto, junto con el descontento del padre fray Buil, hobo de hacer
harto efecto para dañarle,[42] y dende adelante su
favor fuese disminuido. Y verdaderamente, yo, considerando lo que desto por mí
sé, y á lo que á otros de aquellos tiempos he oido, y de propósito algo
inquirido, y lo que la razon que juzguemos nos dicta, yo no sé qué culpas en
tan poco tiempo (porque no habian pasado sino tres meses, y con tantas
dificultades y necesidad involuntaria, y que sólo el tiempo y la novedad del
negocio y de las tierras ofrecia), el Almirante, contra los españoles que
consigo trujo, por entónces hobiese cometido, para que tanta infamia y desloor
con razon incurriese, sino que fué guiado por oculto divino juicio. Tornando á
la infelicidad de los cristianos que allí estaban, como fuese creciendo de dia
en dia y de hora en hora, y disminuyéndoseles todo el socorro y refrigerio, no
sólo de los manjares que para enfermos y de graves enfermedades se requerian,
porque acaecia purgarse cinco con un huevo de gallina y con una caldera de
cocidos garbanzos, pero los necesarios para no morir aunque estuvieran sanos, y
lo mismo de cura y medicinas, puesto que algunas habia traido, pero no tantas
ni tales que hobiese para tantos, ni conviniesen á todas complisiones,
sobrevenia la carencia de quien los sirviese, porque ellos mesmos se habian de
guisar la comida, ya que alguna tuviesen, aunque, por falta de la cual, era este
su menor cuidado, y, finalmente, á sí mismos habian de hacer cualquiera
necesario servicio. Y lo que en estos dias, en aquella gente, mas llorosa y
digna de toda compasion hacia su desastrada suerte, fué, que como se veian,
distantísimos de todo remedio y consuelo, morir, principalmente de hambre y sin
quien les diese un jarro de agua, y cargados de muy penosas dolencias, que más,
cierto, la hambre y falta de refrigerio para enfermos, les causó allí, é
siempre (como se dirá placiendo á Dios), á los que han muerto y enfermado en
todas estas Indias se les ha causado; así que, con todo género de adversidad
afligidos, y que muchos dellos eran nobles y criados en regalos, y que no se
habian visto en angustias semejantes, y, por ventura, que no habia pasado por
ellos en toda su vida un dia malo, por lo cual, la menor de las penas que
padecian,[43] les era intolerable, morian muchos con
grande impaciencia, y á lo que se teme totalmente desperados. Por esta causa,
muchos tiempos, en esta isla Española, se tuvo por muchos ser cosa averiguada,
no osar, sin gran temor y peligro, pasar alguno por la Isabela, despues de
despoblada, porque se publicaba ver y oir de noche y de dia, los que por allí
pasaban ó tenian que hacer, así como los que iban á montear puercos (que por allí
despues hobo muchos), y otros que cerca de allí en el campo moraban, muchas
voces temerosas de horrible espanto, por las cuales no osaban tornar por allí.
Díjose tambien públicamente y entre la gente comun, al ménos, se platicaba y
afirmaba, que una vez, yendo de dia un hombre ó dos por aquellos edificios de
la Isabela, en una calle aparecieron dos rengleras, á manera de dos coros de
hombres, que parecian todos como de gente noble y del Palacio, bien vestidos,
ceñidas sus espadas, y rebozados con tocas de camino, de las que entónces en
España se usaban, y estando admirados aquel ó aquellos, á quien esta vision
parecia, como habian venido allí á aportar gente tan nueva y ataviada, sin
haberse sabido en esta isla dellos nada, saludándolos y preguntándoles cuando y
de donde venian, respondieron callando, solamente, echando mano á los sombreros
para los resaludar, quitaron juntamente con los sombreros las cabezas de sus
cuerpos, quedando descabezados, y luego desaparecieron; de la cual vision y
turbacion quedaron los que los vieron cuasi muertos, y por muchos dias penados
y asombrados. Tornando á tomar donde la historia dejamos, estando en estos
principios de sus tribulaciones y angustias el Almirante, vínole un mensajero
de la fortaleza de Sancto Tomás, enviado por el capitan Mosen Pedro Margarite,
avisándoles como todos los indios de la tierra se huian y desamparaban sus
pueblos, y que un señor de cierta provincia, que se llamaba Caonabo, se
apercibia para venir sobre la fortaleza y matar los cristianos. Oidas estas
nuevas por el Almirante, acordó enviar 70 hombres de los más sanos, y la recua
cargada de bastimentos y armas, y otras cosas necesarias; los 25 para guarda[44] de la recua, y los restantes para engrosar los que
la fortaleza guardaban, y, de camino, hiciesen camino por otra parte, porque
por el que habian comenzado á ir era muy áspero. Junto con esto deliberó enviar
toda la gente que no estaba enferma, y la que podia andar, aunque no del todo
muy sana, dejando solamente los oficiales mecánicos, y dióles por Capitan á
Alonso de Hojeda, para que los llevase hasta la fortaleza de Sancto Tomás, y
los entregase al dicho Mosen Pedro Margarite, para que con ella anduviesen por
la tierra y la allanasen, mostrando las fuerzas y poder de los cristianos para que
los indios temiesen y comenzasen á enseñarse á obedecerlos, mayormente por la
Vega Real, donde, dice el Almirante, que habia innumerables gentes, y muchos
Reyes y señores (y así era gran verdad, como se dijo en el cap. 90), y así
tambien andando, se hiciesen los cristianos á comer de los mantenimientos de la
tierra, pues ya todos los de Castilla se iban acabando, pero el Hojeda quedase
por Alcaide de la dicha fortaleza.
CAPÍTULO XCIII.
En el cual se tracta como Alonso de Hojeda salió de
la Isabela con 400 hombres, para poner miedo á la gente de la tierra y
sojuzgarla.—Como en llegando á un pueblo, pasado el Rio del Oro, prendió á un
Cacique y señor, y á su hermano y sobrino por una cosa que hizo un indio.—Como
cortó las orejas á un vasallo del mismo Cacique en su presencia.—Como condenó á
muerte á los mismos, Cacique, hermano y sobrino.—Dánse razones como ya tenian
los indios justa guerra contra los cristianos.—Cuán culpable fué deste hecho el
Almirante, y cuan al revés entró y comenzó en estas tierras del camino de la
ley evangélica, etc.
Miércoles, 9 de Abril del mismo año de 1494, salió
de la Isabela Alonso de Hojeda con la gente, que pasarian de 400 hombres, y, en
llegando que llegó, al rio, y pasado de la otra parte, que el Almirante habia
puesto Rio del Oro, que arriba digimos ser Mao, á lo que conjeturamos, porque
sabemos muy bien aquella tierra, y cuantos y cuales rios tiene, y como se
llamaban en lengua de indios, como, placiendo á Dios, abajo se nombrarán,
prendió Hojeda al Cacique y señor del pueblo que allí estaba, y á un hermano y
sobrino suyo, y presos, en cadenas, los envió á la Isabela, al Almirante; hizo
más, que á un indio ó vasallo del dicho Cacique y señor, mandó cortar las
orejas en medio de la plaza de su pueblo; la causa de hacer esta obra, diz que,
fué porque viniendo tres cristianos de la dicha fortaleza para la Isabela, el
dicho Cacique les dió cinco indios que les pasasen la ropa por el vado, y al
medio del rio los dejaron, y volviéronse con ella á su pueblo, y, diz que, el
Cacique no los castigó por ello, ántes la ropa se tomó para sí. Estaba otro
pueblo destotra parte del rio, y el Cacique y señor dél, como vido que llevaban
presos á aquel señor, su vecino, y á su hermano y á su sobrino, quísose ir con
ellos á rogar al Almirante que no los hiciese mal, confiando que habia hecho
muy buenas obras cuando el Almirante[46] pasó, y
ántes cuando Hojeda tambien, y que el Almirante recebiria sus ruegos. Llegados
los presos á la Isabela, y él con ellos, mandó el Almirante que los presos
llevasen á la plaza, y con voz de pregonero, les cortasen las cabezas; ¡hermosa
justicia y sentencia, para comenzar en gente tan nueva á ser amados los
cristianos, para traerlos al cognoscimiento de Dios, prender y atar á un Rey y
señor en su mismo señorío y tierra, y, pared por medio della, condenarlos á
muerte y á su hermano y sobrino, por una cosa en que, quizá, ninguna culpa
tuvieron, y ya que la tuviesen, siendo tan leve, y habiendo de preceder mil
comedimientos y justificaciones primero! Tambien ¿como se pudo averiguar,
prendiéndolos luego como Hojeda llegó, y no sabiendo cosa ninguna de la lengua,
que el Cacique tuviese la culpa, y su hermano y su sobrino que no fuesen
inocentes? lo mismo fué gentil ejecucion de justicia, la cual hizo en presencia
del mismo Cacique, y en su pueblo y señorío, cortando las orejas al vasallo
ajeno, Hojeda; ¡buenas nuevas cundirian de la mansedumbre y bondad de los
cristianos por toda la tierra! Así que, como vido el otro Cacique que llevaban
al señor, su vecino, y quizá su padre, ó hermano y pariente, á la muerte, con
muchas lágrimas rogaba al Almirante que no lo hiciese, prometiendo por señas,
en cuanto él podia dar á entender, que nunca más otro tanto se haria;
condescendió el Almirante á sus ruegos y alcanzólos la vida. En esto llegó uno
de caballo que venia de la fortaleza, y dió nueva, como pasando por el pueblo
del Cacique preso, sus vasallos tenian en mucho aprieto cercados, para matar, á
cinco cristianos, y él con su caballo los descercó y le huyeron más de 400
indios, fué tras ellos é hirió algunos, é yo no dudo sino que habria otros
muertos. Tambien se derramaría por toda la tierra buen rumor y buena fama de
los cristianos, que un poco ántes estimaban haber descendido del cielo. Esta
fué la primera injusticia, con presuncion vana y errónea de hacer justicia, que
se cometió en estas Indias contra los indios, y el comienzo del derramamiento
de sangre, que despues tan copioso fué en esta isla, como abajo parecerá,
placiendo á Dios, y despues[47] desta en todas las
otras infinitas partes dellas. Ya, desde este dia, ninguna duda se puede tener
por hombre que tenga buen seso, sino que aquel Cacique y su pueblo tenia justo
título y derecho para contra los cristianos mover y sostener justa guerra, y
este derecho comenzaban los indios de aquel pueblo justamente contra los cinco
cristianos á ejercer; pues veian que les habian llevado su Rey é señor á la
Isabela, preso, quisieron, por ventura, prenderlos, porque, por haberlos el
Almirante, creian ser en su señor restituidos. ¿Qué título, ó qué derecho, ó
qué razones tan necesarias que los convenciese, los podia haber dado el
Almirante cuando llegó á su pueblo, en obra de dos ó tres horas que estuvo en
él, mayormente los unos ni los otros no se entendiendo, para que no creyese el
Cacique que le hacia muy buena obra en dejarle pasar por su tierra, y hacelle,
como le hizo, buen recibimiento, entrando en ella sin pedirle licencia,
mayormente siendo los cristianos gente tan nueva y de su vista primera feroz, y
entrando en modo de armado ejército, y con caballos, animales tan fieros, que
en viéndolos les tiemblan las carnes, creyendo que los habian de sorber? lo
cual, en la verdad, injuria que se les hizo fué, y no hay gente hoy en el mundo
ni la hobo en tónces que por injuria no lo tuviera, y, de jure gentium,
resistir y vengar ó castigar por derecho natural no lo pudiera ó debiera. ¿Y
qué, no se estimaría tambien por superior suyo y de los cristianos que traia, y
á quién habia de ocurrir Hojeda que le hiciera justicia del indio que, del
medio del rio, con la ropa de los cristianos, afirmaba que se les habia vuelto,
y no hacerse juez supremo en tierra y jurisdiccion ajena, y, lo peor y
gravísimo que es, prender al mismo señor y Rey, y estando seguro y pacífico, y
en su señorío y jurisdiccion, casa y tierra, que fué hacer más atroz y feo el
crímen, echarle en cadenas? La razon clara lo muestra, que no se habia de
entrar tan de rondon ni como en su casa en estas tierras, ni en forma de
guerra, y que no habia de salir el Almirante tan presto de la Isabela, sin
primero enviar sus mensajeros por toda la tierra, dando cuenta de su venida á
todos los Reyes y señores della,[48] notificándoles
venir por su bien, convidándolos á que viniesen á verlo, y que para los ir á
ver le diesen licencia, enviándoles dádivas, como áun trajo en la instruccion y
mandado que le dieron los Reyes, y hacer todos cuantos comedimientos, y tomar
todos cuantos medios de paz, y amor, y dulzura, y para evitar escándalo y
turbacion de los pusilos inocentes, nos enseña y manda la suave ley evangélica,
cuyo ministro y mensajero él era; pero luego entrar poniendo temores y mostrar
potencia, y en forma de guerra, y violar la jurisdiccion y preeminencia que de
ley natural no era suya, sino ajena, paréceme á mí que no fué entrar por la
puerta. No parece, cierto, esta primera entrada, que fué otra sino como si nó
de los hombres, salvo de bestias fieras, estuvieran pobladas estas tierras; y,
verdaderamente, yo no osaria culpar la intincion del Almirante, por lo mucho
que dél conocí, porque, cierto, siempre la juzgué por buena, pero, como digimos
en el cap. 41, el camino que llevó, y muchas cosas que hizo, dellas, creyendo
que acertaba, de su voluntad, dellas, constreñido por las angustias que le
sucedieron, como, placiendo á Dios, diremos, fué por error grandísimo que tuvo
cerca del derecho. Es aquí mucho de considerar, para que se vea mejor el
principio que siempre llevó este negocio de las Indias, que, como ha parecido
en los capítulos precedentes, el Almirante y sus cristianos, y despues todos
cuantos en todas estas tierras y reinos entraron y anduvieron, lo primero que
trabajaron siempre, como cosa estimada dellos por principal y necesaria para
conseguir sus intentos, fué arraigar y entrañar en los corazones de todas estas
gentes su temor y miedo, de tal manera que, en oyendo cristianos, las carnes
les extremeciesen; para lo cual, efectuar hicieron cosas hazañosas, nunca otras
tales, ni tantas, vistas ni oidas, ni áun pensadas ni soñadas, como, Dios
queriendo, se verá. Obra muy manifiesta ser contraria y enemiga de la por donde
han de comenzar su camino, y su entrada, y su negociacion para inducir los
infieles á que vengan á la fe, los que profesan la verdad y la benignidad, la
suavidad y mansedumbre cristiana.
CAPÍTULO XCIV.
En el cual se tracta como el Almirante determinó de
ir á descubrir, como los Reyes le habían mucho encargado, cuando volvió el
segundo viaje.—Como constituyó un Presidente y un Consejo para el regimiento
desta isla.—Como partió de la Isabela y llegó á Cuba, por la parte del
Sur.—Llegó á surgir á un puerto.—Vinieron á los navíos muchos indios á traer á
los cristianos de lo que tenian, estimando que habian venido del cielo.—Como
desde allí descubrió la isla de Jamáica; púsole nombre Santiago.—Salieron muchas
canoas de indios, con alegría, para los navíos.—En un puerto salieron de
guerra, queriendo impedir á los cristianos la entrada.—Como lo hacian con razon
y justicia.—Como los cristianos asaetearon á ciertos indios, y cuan mal hecho
fué, y como no se habian de ganar por esta via.—Como no se han de hacer males
por algun fin bueno, aunque salgan dellos bienes.
Porque, como el rey de Portugal vido descubiertas
estas Indias, y hallarse burlado de no haber aceptado la empresa que la fortuna
le habia ofrecido y puesto en sus manos, alegaba que este orbe caia debajo de
su demarcacion y division que la Iglesia, los tiempos pasados, hecho habia,
entre los reyes de Castilla y Portugal (no se cual ella entónces pudo ser, no
teniendo de cosa, que por este mar Océano hobiese, noticia, más de Guinea), por
lo cual pretendia mover pleito, y áun tenia una armada aparejada para venir
acá, como arriba se dijo; por esta causa, el Rey é la Reina, al tiempo que este
segundo viaje de los 17 navíos para poblar despacharon, al Almirante le
mandaron y encargaron muy mucho, que lo más presto que pudiese trabajase de se
despachar para ir á descubrir, mayormente á la isla de Cuba, que hasta entónces
fué estimada por tierra firme, y descubriese cuanta más tierra firme ó islas
pudiese, porque el rey de Portugal fuese en tiempo y posesion, y en derecho por
consiguiente, prevenido, mayormente habiendo ya concedido la Sede Apostólica en
especie todo este orbe de las Indias, y puesto límites y demarcacion, ó
distribuido este mundo de por acá, entre ambos reyes de[50] Portugal
y de Castilla, segun que arriba queda en el capítulo 79 escrito. Así que, por
cumplir el mando de Sus Altezas, y ejercitar el apetito é inclinacion que Dios
le habia dado, y para lo que le habia escogido, determinó el Almirante de se
despachar para descubrir, y para dejar la gobernacion de los Españoles
ordenada, y lo demas que tocaba á los indios desta isla, segun la estima y
opinion que dellos, para sujetarlos, tenia. Instituyó un Consejo de las
personas que de mayor prudencia, y ser, y auctoridad le pareció, entre las
cuales puso á su hermano, D. Diego Colon, por Presidente. Las personas fueron,
el dicho padre fray Buil, que se dijo tener poder del Papa, como su legado, y
Pero Hernandez Coronel, Alguacil mayor, y Alonso Sanchez de Carabajal, Regidor
de Baza, y Juan de Luxan, de los caballeros de Madrid, criado de la Casa real;
á estos cinco encomendó toda la gobernacion, y á Mosen Pedro Margarite, que con
la gente que tenia, que eran, como dije, 400 hombres, anduviese y hollase y
sojuzgase toda la isla, dando á todos sus instrucciones, segun que por entónces
le pareció que, para el servicio de Dios y de Sus Altezas (como él dice,
hablando dello), convenia; el cual, con un navío ó nao grande y dos carabelas,
todos los tres bien aparejados, dejando los dos en el puerto para las
necesidades que se ofreciesen, partió, en nombre de la Sancta Trinidad, dice
él, jueves, 24 de Abril del mismo año de 1494, despues de comer, la vía del
Poniente, y fué al puerto de Monte-Christi á surgir. Otro dia
fué al puerto de la Navidad, donde dejó los 39 cristianos, tierra del rey
Guacanagarí, que tanta humanidad y buen acogimiento y caridad en el primer
viaje, señaladamente en la pérdida de la nao, le hizo; el cual, con miedo,
porque quizá no le viniese á hacer mal por la muerte de los cristianos, de que
no tuvo culpa, como se dijo arriba, se escondió, puesto que preguntando por él
el Almirante á los indios, sus vasallos, que luego á los navíos en sus canoas
vinieron, fingieron que habia ido cierto camino, y que luego vernia.
Finalmente, no curó de más esperar sino alzó sus velas el sábado; fué seis
leguas de allí á la isla de la Tortuga, en par[51] de
la cual estuvo con calma y mucha mar, que venia del Oriente, y las corrientes,
por el contrario, venian del Occidente, por lo cual toda la noche estuvo en
harto trabajo. El domingo, con viento contrario, que creo que era Norueste, y
con las corrientes que le venian por la proa, del Occidente, fué forzado tornar
á surgir atras en el rio que en el viaje primero llamó Guadalquivir, de que
arriba digimos; llegó al fin al puerto de Sant Nicolás, martes, 29 dias de
Abril. De allí vido la punta ó cabo de Cuba, que él llamó el primer viaje,
cuando la descubrió, Alpha et Omega, y agora se llama la Punta de
Bayatiquirí, en lengua de los indios; atravesó por aquel golfo, entre Cuba y
esta Española, que es de 18 leguas de punta á punta ó de cabo á cabo, y
comienza á costear la isla de Cuba por la parte del Sur ó Austro. Vido luego
una gran bahía y puerto grande, y así lo nombró Puerto Grande, cuya entrada era
muy honda; ternia de boca 150 pasos. Surgió allí, donde los indios vinieron con
canoas á los navios y trajeron mucho pescado, y de aquellos conejos de la isla,
que llamamos arriba, capítulo 46, guaminiquinajes. Tornó á alzar sus velas,
domingo, 1.º de Mayo, y fué costeando la isla, y vía, cada hora, maravillosos
puertos, cuales los tiene, cierto, aquella isla; vian montañas muy altas y
algunos rios que salian á la mar, y, porque iba muy cerca de tierra, eran sin
número los indios de la isla que venian con sus canoas á los navíos, creyendo
que habian descendido del cielo, trayéndoles del pan caçabí suyo, y agua, y
pescado, y de lo que tenian, ofreciéndoselo á los cristianos con tanta alegría
y regocijo, sin pedir cosa por ello, como si por cada cosa hobieran de salvar
las ánimas, puesto que el Almirante mandaba que todo se lo pagasen dándoles
cuentas de vidro, y cascabeles, y otras cosas de poco valor, de lo cual iban
contentísimos, pensando que llevaban cosas del cielo. Y porque los indios que
llevaba el Almirante consigo (que era, á lo que yo creo, un Diego Colon, de los
que el viaje primero habia tomado en la isla de Guanahaní y lo habia llevado á
Castilla y vuelto, el cual, despues vivió en esta isla muchos años conversando
con nosotros), hacian mucho[52] caso señalando hácia
la parte donde estaba la isla Jamáica, afirmando que habia mucho oro, (y creo,
cierto, que es la que llamaban el viaje primero Baneque, que tantas veces la
nombraban, puesto que no veo que aquí el Almirante haga mencion de Baneque),
así que, acordó el Almirante dar una vuelta hácia el Sueste, tomando parte del
Sur, sábado, 13 de Mayo, y el domingo, luego, la vido, y el lúnes llegó á ella
y surgió, aunque no en puerto. Desque la vido, dice el Almirante, que le
pareció la más hermosa y graciosa de cuantas hasta entónces habia descubierto;
eran sin número las canoas grandes y chicas que venian á los navíos. El lúnes
procuró de buscar puerto, yendo la costa abajo, y, como enviase las barcas para
que sondasen (esto es, echar la plomada para ver cuantas brazas tiene el
fondo), las entradas de los puertos, salieron muchas canoas llenas de gente
armada para les defender la tierra, y que en ella no saltasen; como gente
prudente, que, de ley natural, puede defender su tierra de cualquiera gente no
conocida, hasta ver quién es ó qué es lo que pretende, porque cada una
república ó persona particular puede temer y proveer en el daño que le puede
venir, de gente nueva ó personas que no conoce, como Josepho, con razon pudo
decir á sus hermanos, como á gente de otro reino, extraña y fingiendo que no la
conocia, «vosotros espías debeis de ser deste reino de Egipto para ver lo mas
flaco dél, etc.,» como parece en el Génesis, cap. 42. Por esta razon se hicieron
leyes por los Emperadores, que los romanos no fuesen osados, aunque fuese con
títulos de llevar mercaduría, de ir á tierra de persas con quien no tenian paz
ni que hacer, y la razon de la ley asignase en ella: «porque no parezca ó se
diga que los romanos son espías ó especuladores de los reinos extraños.» Así lo
dice la ley Mercatores, capítulo De mercatoribus. Así
que, visto por los que iban en las barcas que los indios venian denodados para
los impedir que no saltasen en tierra, y con armas, tornáronse á los navíos en
su paz. De allí fué á otro puerto, el cual nombró Puerto Bueno, y como saliesen
asimismo los indios con sus armas á resistir la entrada á los de las[53] barcas, diz que, porque, mostrando temor los
cristianos, sería causa que tuviesen mayor atrevimiento, acordaron de darles
tal refriega de saetadas con las ballestas, que, habiéndoles herido seis ó
siete (y Dios sabe cuantos más serian los heridos y muertos), que tuvieron por
bien de cesar de la resistencia, y vinieron de las comarcas gran número de
canoas llenas de indios á los navíos, pacíficos y humildes. Este fué otro yerro
no chico; cierto, mejor fuera por otras vías darles á entender como no iban á
hacerles mal ni daño, ó por señas, ó enviándoles de los indios que en los
navíos llevaban, como muchas veces se aseguraron en muchos lugares de Cuba y
desta isla Española y de las de los lucayos, en el primer viaje, como en
diversos capítulos arriba ha parecido, que no matar ni herir, ni quebrar por
ninguna manera con ellos; y cuando no pudieran por todas vías, eran obligados á
irse á otra parte y dejarlos, porque los indios tenian justo título y justicia
para defender su tierra de toda gente, y nunca se ha de hacer mal alguno, por
chico que sea, por fin que del hayan de salir cuan grandes bienes los hombres
pretendieren, cuanto más, que ya se tenia larga experiencia de la bondad y
pacabilidad de los indios, cuan fáciles eran de aplacar y contentar, dándoles
razon ó señales de que no venian á hacerles algun perjuicio, aunque al
principio se ponian, de puro miedo, en resistir la entrada. Traian aquí de sus
bastimentos y de lo que tenian, y lo daban á los cristianos por cualquiera cosa
que les daban; en este se adobó el navío del Almirante de un agua que hacia por
la quilla. Era este puerto de la forma de una herradura; puso nombre á esta
isla de Jamáica, el Almirante, Santiago. Viernes, 9 de Mayo, tornó á salir
deste puerto, yendo la costa de Jamáica abajo, la vía del Poniente, yendo tan
junto con la costa, que muchas canoas iban con los navíos dando de sus cosas y
recibiendo de las nuestras, con toda paz y alegría.
CAPÍTULO XCV.
En el cual se cuenta como el Almirante dejó á
Jamáica y tornó sobre la isla de Cuba.—De un indio, que, dejados sus parientes,
llamando, se quiso ir con los cristianos.—Como yendo por la costa de Cuba abajo
tuvo grandes aguaceros y bajos para encallarle los navíos, donde padecieron
grandes trabajos y peligros.—Hallaron infinitas islas pequeñas; púsoles nombre
el Jardin de la Reina.—Vieron unas aves coloradas de la manera y hechura de
grullas.—Vieron grullas, muchas tortugas, y de cierta pesquería dellas.—De la
mansedumbre de los indios.—Toparon otros indios mansísimos.—Detuvo
uno.—Informóle ser isla de Cuba, y nuevas que le dió de un Cacique que habla
por señas á su gente, sin ser mudo.—De otros peligros que por allí padecieron.
Y porque tenia los vientos muy contrarios, que no
le dejaron más costear aquella isla, por esto acordó de dar la vuelta sobre la
de Cuba, y ansí tornóse, mártes, 18 de Mayo, con intincion de andar por ella
500 ó 600 leguas, hasta experimentar si era isla ó tierra firme. El dia que dió
la vuelta, vino un indio mancebo á los navíos, hablando por señas que se queria
ir con ellos, tras él vinieron muchos parientes suyos y sus hermanos para
rogarle que no fuese con los cristianos, pero no lo pudieron acabar con él,
puesto que con muchas lágrimas se lo persuadian, ántes se metia en los lugares
secretos del navío, donde no los viese llorar, y finalmente se quedó, y ellos
se fueron desconsolados y tristes. Cierto, es de considerar, que no sin
misterio esta inclinacion le quiso dar Dios para salvarlo por esta vía, porque
es de creer que el Almirante le haria enseñar en las cosas de la fé y
baptizarle, lo que no alcanzara si en su tierra quedara. Partido, pues, de
Jamáica el Almirante con sus navíos, llegó á un Cabo de la isla de Cuba, que
nombró cabo de Cruz, miércoles, 18 de Mayo. Yendo la costa abajo, tuvo grandes
y contínuos aguaceros, con truenos y relámpagos, y con esta topaba muchos
bajos, donde á cada paso temia encallar; estas dos cosas, concurriendo juntas, le
pusieron en grandísimos peligros y trabajos, porque los[55] remedios
de ambas son contrarios, y, habiéndose de poner juntos, es imposible, sino por
casi milagro, salvarse; la razon es, porque el remedio de los aguaceros, tan
impetuosos como los hay en estas tierras, y de gran peligro, si en muy presto
no se pone, es amainar las velas muy luego, y para no encallar, ó para despues
de encallados salir de los bajos, es añadir á las veces velas; por manera, que
si ambos á dos peligros concurren en un tiempo, es necesario, en uno dellos, y
áun en ambos, perderse, sino por milagro. Cuanto más andaba la costa abajo,
tanto más espesas parecian infinitas islas bajas, unas todas de arena, otras de
arboleda, y muchas que no sobreaguaban nada; cuanto más estaban más cerca de la
isla de Cuba, más altas, y más verdes, y graciosas parecian. Eran de una legua,
y de dos, y de tres, y de cuatro; este dia vido muchas, y el siguiente muchas
más y más grandes, y porque eran innumerables y no podia á cada una ponerle
nombre, llamólas á todas juntas, el Jardin de la Reina; contáronse aquesta dia
más de 160, de una parte y de otra, digo, de la parte del Norte, y del
Norueste, y del Sudueste, y áun canales por entre ellas, con hondura, que
podian pasar los navíos, de dos brazas, y de tres, y más. En muchas dellas
hallaron unas aves como grullas, coloradas; estas aves no son grullas, sino de
la misma manera y tan grandes como grullas, excepto que son al principio
blancas (digo al principio, cuando áun no han llegado á cierta edad), y poco á
poco se van tornando coloradas, y cuando comienzan á colorarse no parecen, de
un poco léjos, sino manadas de obejas almagradas; solamente las hay estas aves
en Cuba y en estas isletas, y no se mantienen sino del agua salada y de alguna
cosa que en ella ó con ella hallan, y cuando alguna se toma y se tiene en casa,
no la mantienen sino echándole un poco de caçabí, que es el pan de los indios,
en un tiesto de agua con una escudilla de sal en ella. Hallaban eso mismo
muchas tortugas, tan grandes como una gran rodela, y poco ménos que una adarga;
destas hay infinitas entre aquellas isletas, de las cuales y de su nacimiento,
ó como se crian, diremos, placiendo[56] á Dios,
cuando de la isla de Cuba hablaremos. Vieron grullas de las mismas de Castilla,
y cuervos, y diversas aves que cantaban suavemente, y de las isletas salian
suavísimos olores que los deleitaban. En una destas isletas vieron una canoa de
indios que estaban pescando, los cuales, viendo á los cristianos que iban en la
barca á ellos, se estuvieron seguros como si vieran á sus hermanos, y
hiciéronles señas que se detuviesen; detuviéronse hasta que pescaron, y la
pesquería era, que toman unos peces que se llaman revesos, que los mayores
serán como una sardina, los cuales tienen en la barriga una aspereza, con la
cual, donde quiera que se pegan, primero que se despeguen los hacen pedazos;
estos ataban de la cola un hilo delgado, luengo de ciento y doscientas brazas,
y váse el pece cuasi por encima del agua ó poco más bajo, y en llegando que
llega adonde están las tortugas en el agua, pégansele en la concha baja, y
tiran del cordel y traen una tortuga que pesa cuatro y cinco arrobas, y, en
fin, allí se queda el pece pegado, si, como dije, no le despedazan; no sé si
quizá él despues se despegaria por sí, si le dejasen. Lo mismo vemos cuando se
toman tiburones, que son unas bestias crueles, carniceras, que comen hombres
cuando los hallan, que vienen muchos de los peces revesos, que dije, en las
barrigas de los tiburones pegados. Acabada la pesquería, vinieron los indios á
la barca y hicieron los cristianos señas, que se viniesen con ellos á los
navíos, los cuales vinieron de muy buena gana, y el Almirante les hizo dar de
los rescates, y supo dellos haber adelante, de aquellas isletas, infinitas;
daban todo cuanto tenian liberalísimamente, y así, se tornaron muy alegres.
Prosiguió su camino todavía al Poniente por las islas inmensas que habia, y por
los aguaceros y tormentas de aguas y truenos y relámpagos, cada tarde hasta el
salir de la luna, y con todos los susodichos peligros, con lo cual pasó grandes
trabajos y angustias, que sería dificultoso, como fueron, decirlas; y, puesto
que ponia grandísima diligencia, y guarda, y vigilias suyas, y de atalayas que
ponia en el mastel, muchas veces tocaba y áun atollaba la nao en que él venia,[57] donde padecian nuevos trabajos y peligros para
sacar la nao, tornando atras, y otras veces yendo adelante. Llegó a una isla
mayor que las otras, la cual llamó Sancta María, en la cual habia una
poblacion, y ninguno de los indios della osó parar por miedo de los cristianos.
Hallaron en ella mucho pescado, y perros de los mudos que no ladran; vian por
todas las islas muchas manadas de las grullas, muy coloradas, y papagayos y
otras muchas aves. Teniendo falta de agua, dejó de andar por aquellas isletas,
y llegóse á la costa de Cuba, á 3 dias de Junio, donde habia mucha espesura de
árboles, por lo cual no pudieron cognoscer si habia poblacion alguna; saliendo
un marinero con una ballesta, para matar alguna ave, topó con obra de 30
hombres con sus armas de lanzas y flechas, y unas como espadas, de forma de una
paleta hasta el cabo, y del cabo hasta la empuñadura se viene ensangostando, no
aguda de los cabos, sino chata; estas son de palma, porque las palmas no tienen
las pencas como las de acá, sino lisas ó rasas, y son tan duras y pesadas, que
de hueso y, cuasi de acero, no pueden ser más: llámanlas macanas. Dijo aquel
marinero, que entre aquellos habia visto un indio con una túnica blanca
vestido, y que hasta los piés le cubria. Dió voces el marinero á sus compañeros
viéndose solo cerca de tantos, los cuales dieron á huir, como si vieran mil
hombres tras ellos; y aunque otro dia envió el Almirante algunos cristianos
para ver si hallaban algo, y llagaron obra de media legua dentro en la tierra,
no pudieron, sino con trabajo, penetrar, por los montes ser espesos, y
mayormente que habia cienagas que duraban cuasi dos leguas, segun les parecia,
hasta llegar á los cerros y montañas. De allí prosigue al Poniente, y, andadas
10 leguas con sus navíos, vieron en la costa algunas casas, y la gente dellas
vinieron en sus canoas á los navíos con comida y con muchas calabazas llenas de
agua, todo lo cual mandó el Almirante que se les pagase, y hizo detener un
indio, rogándole á él y á ellos, por la lengua, que lo tuviesen por bien hasta
que les mostrase el camino y le preguntasen algunas cosas, y que despues le
dejarian volver á su casa; los[58] cuales, aunque
con alguna tristeza, mostraron tenerlo por bueno, pues podian juzgar, que si no
quisieran poco les aprovechara. Este le certificó que Cuba era isla que la mar
cercaba, y, segun entendió el Almirante, que el Rey della, de la costa del
Poniente abajo, con su gente, sino era por señas, no hablaba, pero que luego
era hecha cualquiera cosa que mandase; si el señor que entónces vivía era ó no
era mudo, ó quizá este hablar por señas acostumbraba, esto debe ser fábula,
porque los que primero fuimos á descubrir por dentro de la tierra y á poblarla
de cristianos, desde á quince á diez ó seis años, nunca tal cosa ni nueva de
ella hallamos. Andando ansí, entran los navíos en un banco de arena que ternia
una braza de agua, y de longura tanto trecho como dos navíos, donde se vieron
en grande angustia y trabajo, tanto, que para pasarlos á una canal honda, tuvieron
necesidad de armar con mucha dificultad todos los cabrestantes. Vieron
innumerables tortugas muy grandes, que parecia dellas estar la mar cuajada;
sobrevino una nubada de cuervos marinos, que cubrian la lumbre del sol, venian
de hácia la mar, y daban consigo en tierra de Cuba; lo mismo pasaban
innumerables palomas y gaviotas, y, de diversas especies, muchas aves. Otro dia
vinieron á los navíos tan espesas las mariposas, que parecian espesar el aire;
duraron hasta la noche y las disipó un gran aguacero de agua.
CAPÍTULO XCVI.
En el cual se tracta como determinó el Almirante
dar la vuelta para la Española.—De las leguas que descubrió de Cuba.—Que halló
por las reglas de la Astronomía, como se halló de Cáliz tantas otras por la
esfera.—Encalló con los navíos, padeció grandes angustias.—Del olor de
estoraque que sintieron.—De un indio viejo que vino á hablar al Almirante, y de
un teológico razonamiento que le hizo cerca de la otra vida; cosa es muy
notable, aunque breve, por ser dicha por un indio.
Como supo el Almirante por aquel indio, que duraban
por aquella costa tanta infinidad de islas, y que tantos peligros y daños cada
hora se le ofrecian, y tambien que los mantenimientos se le iban acabando,
acordó de dar la vuelta por la Española y visitar la gente, y proseguir la
villa de la Isabela, que dejó al mejor tiempo comenzada y no acabada, de lo
cual tenia noches y dias intenso cuidado; para proveerse de agua, y de lo que
pudiese haber de comida, fuése á una isla de hasta 30 leguas en torno, á la cual
habia puesto el Evangelista, y dice el Almirante, que distaba de la isla de la
Dominica, al pié de 700 leguas. Esta isla del Evangelista creo que es la isla
que despues llamamos, y hoy se llama, la isla de Pinos, que está cuasi frontero
Norte-sur del principio de la Habana, y terná de luengo 20 leguas, porque, por
toda la costa de la mar del Sur de Cuba, no hay isla sino aquella que sea tan
grande, por manera, que poco le quedaba de descubrir del cabo de Cuba, al
Almirante; quedar le habian obra de 35 ó 36 leguas por navegar hasta el cabo de
Cuba. Esto tambien parece, por lo que dice el Almirante, en la relacion que
deste descubrimiento de Cuba envió á los Reyes, que navegó y descubrió della
333 leguas, y midiendo su viaje por las reglas de la Astronomía, dice: «que
desde el cabo de Cuba que se ve con la Española, que llamó Fin de Oriente, y
por otro nombre Alpha et Omega, navegó hácia el Poniente, de la[60] parte del Austro, hasta haber pasado el término de
diez horas en la esfera, en manera que, estando él allí, cuando se le ponia el
sol á él, se levantaba á los que vivian en Cáliz, en España, desde á dos horas,
y dice que no pudo haber yerro alguno, porque hobo entónces eclipse de la luna,
á 14 de Setiembre, y que él estaba bien apercibido de instrumentos, y fué muy
claro el cielo aquella noche.» Todas estas son sus palabras. Tornando al
propósito, viernes, 13 de Junio, dió la vuelta por la vía del Sur ó del Austro,
por salir de aquella espesura de islas, y saliendo por una canal que le pareció
más honda y desembarazada, navegando por ella un poco del dia, hallaron la
canal cerrada y los navíos, de islas y tierras, como en un corral, todos
cercados; la gente toda quedó muy turbada y desmayada, viéndose en tanto
peligro y con falta de bastimentos: bien es de creer que su miedo y angustia
era muy grande, y la del Almirante mucho más que doblada. Confortóles á todos
con las mejores palabras que pudo, y con harto trabajo tornaron á salir por
donde entraron, y fueron á parar á la isla del Evangelista, donde habia
reparádose de agua. Miércoles, 25 de Junio, partió della por la vía del
Norueste, por ver unas isletas, que parecian de allí obra de cinco leguas, y,
un poco más adelante, dieron en una mar manchada de verde y blanco, que parecia
todo bajos, aunque habia de hondo dos brazas; desde á siete leguas, dan consigo
en otra mar muy blanca, que aína les parecia ser toda cuajada; de allí á siete
leguas, topan otra prieta como tinta, en que habia cinco brazas de fondo; por
esta anduvo hasta que se llegó á Cuba. Todas estas diferencias de mar eran á
los marineros grande espanto, como cosas que nunca habian visto ni
experimentado, y por tanto, en cada una temian ser perdidos y anegados. Salió
de Cuba la vía del Leste con vientos escasos, por canales, y todas llenas de
bajos, y, estando escribiendo, como solia, todo lo que le acaecia en su viaje,
á 30 de Junio, encalló su nao, la cual, no pudiéndola sacar con anclas y cables
por popa, sacáronla por proa, y, por los golpes que dió en el arena, con harto
daño; de allí, no llevando vía ordenada, sino[61] segun
los bajos y ranales y tambien el viento le daban lugar, navegaba todavía por la
mar muy blanca, y, sobre todos aquellos reveses é inconvenientes, cada dia eran
visitados al poner el sol de aguaceros terribles que los fatigaban. Con todo
esto el Almirante andaba muy penado y angustiado; llegóse á la tierra de Cuba,
por donde aquel camino hácia el Oriente habia comenzado, donde sintieron unos
suavísimos olores como los habian sentido de ántes, y, cierto, estos olores
mucho más se sienten y gozan en aquella isla que en ninguna destas otras, y
creíamos que debia haber por ella, como sea muy montuosa, árboles de estoraque,
porque ansí nos parecia olerlos, cuando en el descubrimiento della andábamos,
cuasi todas las mañanas, y era de los palos ó leña que los indios quemaban. En
7 de Julio, salió el Almirante á tierra por oir Misa, y estándola oyendo, llegó
un Cacique ó señor viejo, que parecia ser señor de toda aquella tierra ó
provincia, el cual, mirando todos aquellos actos y ceremonias que el sacerdote
hacia, y las señales de adoracion, y reverencia, y humildad que los cristianos
mostraban, viendo dar la paz al Almirante y las reverencias por los que le
servian, y tambien por la auctoridad de su persona, conoció que debia ser aquel
la persona á quien los demas obedecian, y ofreciéndole una calabaza de las que
llaman hibueras por aquellas islas, que sirven de escudillas, llena de cierta
fruta de la tierra, asentóse cabe el Almirante en coclillas, porque así era la
manera de asentar cuando no tenian los duhos, que eran unas bajas sillas, y
comenzó á hacer este razonamiento: «Tú has venido con gran poder á estas
tierras que nunca tú ántes viste, y, con tu venida, en todos los pueblos y
gentes dellas has puesto gran temor, hágote saber, que, segun lo que acá
sentimos, dos lugares hay en la otra vida donde van las ánimas de los cuerpos
salidas, uno malo y lleno de tinieblas, guardado para los que turban y hacen
mal al linaje de los hombres; otro lugar es alegre y bueno, donde se han de
aposentar los que, miéntras acá vivieren, aman la paz y quietud de las gentes,
y por tanto, si tú sientes que has de morir, y que á cada uno, segun lo que[62] acá hiciere acullá le debe de responder el premio,
no harás mal ni daño á quien contra tí mal ó daño no cometiere; y esto que aquí
habeis hecho es muy bueno, porque me parece que es manera de dar gracias á
Dios:» añidió, diz que, tambien como habia estado en la isla Española, y en la
de Jamáica, y que habia ido la isla abajo de Cuba, y que el señor de aquella
parte andaba como sacerdote vestido. Todo esto entendió el Almirante, segun le
pudieron interpretar los indios que desta isla llevaba, mayormente Diego Colon,
que habia llevado y tornado de Castilla. Maravillado el Almirante de tan
prudente oracion del indio viejo, más alta, cierto, que la pudiera orar un
filósofo gentil, sin fe, muy estudioso en filosofía, respondióle, que de muchos
dias atras tenia, lo que habia dicho, bien entendido, conviene á saber, las
ánimas vivir para siempre despues desta vida, y las malas ir á mal lugar, que
se llamaba infierno, y las buenas á bueno, que los cristianos nombraban
Paraíso, y que se holgaba mucho haber sabido que él y la gente de aquella
tierra tenian de las cosas del otro siglo tan buena noticia, lo que ántes él no
creia, y que le hacia saber que él era enviado por unos Reyes grandes, ricos y
poderosos, sus señores, que eran señores de los reinos de Castilla, para buscar
y saber de aquellas tierras, no para otro fin, sino para saber si algunos
hobiese que hiciesen mal á otros, como habia oido decir que habia por estas
mares algunas gentes que llaman caníbales ó caribes, que á otros mal hacian,
para los refrenar é impedir que no lo hiciesen, y á los buenos honrarlos y
defenderlos, y trabajar que todos viviesen, sin perjuicio de otros, pacíficos.
Rescibió las palabras del Almirante, el prudente viejo, con lágrimas y mucha
alegría, afirmando, que si no tuviera mujer y hijos se fuera con él á Castilla,
y recibidas del Almirante algunas cosillas de rescates, hincábase de rodillas,
haciendo meneos de grande admiracion, repitiendo muchas veces si era cielo ó si
era tierra el lugar donde aquellos tales hombres nascian; todo esto en
sentencia saqué, de lo que escribe D. Hernando Colon, hijo del dicho primer
Almirante, y de las Décadas de Pedro Mártir, que lo[63] dice
más largo que D. Hernando, porque en aquel tiempo don Hernando era muy niño, y
Pedro Mártir lo pudo muy bien saber del mismo Almirante, como supo mucho de lo
que escribió, porque entónces Pedro Mártir residia en la corte, y era de los
Reyes bien favorecido. No es de maravillar que aquel viejo dijese al Almirante
tales cosas de la otra vida, porque comunmente todos los indios destas Indias
tienen opinion de las almas no morir, mayormente aquellos de Cuba, de quien en
su lugar, placiendo á Dios, diremos cosas de notar de las opiniones que tenian.
CAPÍTULO XCVII[2].
Arriba hemos apuntado y dicho, algunas veces, los
incomparables trabajos que el Almirante padeció en estos descubrimientos, y
despues, cuando pensaba que habia servido y que podia descansar en la tierra ó
en alguna parte ó rincon de los reinos que habia descubierto, muy mayores
angustias y tormentos de espíritu, como se verá, se le ofrecieron; de tal
manera, que en toda su vida fué como un luengo martirio. De donde los hombres,
si quisieren, cognoscerán, cuan poco fruto y cuan poco descanso se halla, y,
puesto que alguno parezca hallarse, cuan poco dura el placer dél en estos
bienes terrenos, mundanos y temporales, si dentro del espíritu no se negocia y
conversa el ánima con Dios; y porque aún restaban al Almirante otros pocos de
más amargos peligrosos trabajos, ántes que llegase á la Española, donde pensaba
un poquillo descansar, contaremos agora lo que, más que lo pasado, duro y
angustioso le sucedió. Salido de aquel lugar donde aquel indio viejo le habló,
parecia que todos los vientos y aguas se habian concordado para le fatigar y
añadir angustias sobre angustias, penas sobre penas, y sobresaltos á
sobresaltos, porque no tuviese tiempo ni sazon para poder resollar; entre
muchos que padeció, vino sobre él un tan súpito y tan horrible y peligroso
aguacero, que le hizo poner el bordo debajo del agua, y, con gran dificultad y
que pareció sólo socorro de Dios, poder amainar las velas, y, juntamente, con
las más pesadas anclas surgir. Entrábales mucha agua por el plan, que es lo más
bajo de la nao, que acrecentaba sus peligros, y apénas los marineros podian
vencerla con la bomba, porque, allende que andaban[65] todos
muy cansados de los continuos trabajos, faltábales la comida, que no comian
sino una libra de podrido bizcocho, y un cuartillo de vino, ó de su brebaje,
sino era cuando algun pescado acaso tomaban; esta era necesidad grande que
padecian, y muy mayor la del Almirante, sobre quien la de los otros y la suya
cargaba. Desta, dice él mismo en lo que escribió á los Reyes, desta navegacion,
estas palabras: «Yo estoy tambien á la mesma razon, plega á Nuestro Señor que
sea para su servicio, porque, por lo que á mí toca, no me pornia más á tantas
penas é peligros, que no hay dia que no vea que llegamos todos á dar por
tragada nuestra muerte.» Con estos peligros y aflicciones continuas llegó al
Cabo que llamó al principio cabo de Cruz, á 18 de Julio, adonde los indios le
hicieron muy buen recibimiento y luego le trujeron de su pan caçabí, y pescado,
y frutas de la tierra y de todo lo que tenian, con grande alegría y placer,
donde holgaron y descansaron dos ó tres dias. Y, mártes, 22 de Julio, aunque
siempre con vientos contrarios, que no le dejaron volver su camino derecho para
la Española, dió la vuelta sobre la isla de Jamáica; siguió la costa della por
el Occidente abajo, y, yendo mirando y alabando á Dios todos de ver tanta
frescura, y tan hermosa y felice tierra, vian toda la costa y tierra llena de
pueblos y los puertos bonísimos, de legua á legua; seguian los navíos infinitos
indios con sus canoas, trayéndoles y sirviéndoles con muchas cosas de comer,
como si fueran todos sus padres y ellos hijos. Dice el Almirante, que juzgaba
la gente ser muy mejores aquellos mantenimientos que cuantos hasta allí habian
visto, pero cada tarde les sucedian los sobresaltos y penas de los aguaceros.
Echábalo el Almirante á las muchas arboledas, y no hay duda dello; y dice, que
á los principios así acaecia en las islas de Canaria, y de la Madera, y de los
Azores, pero despues que fueron desmontadas y las humidades enjutas y consumidas,
cesaron en mucha parte los aguaceros, y desto, en esta isla Española, tenemos
larga experiencia. Encarecidamente loaba el Almirante la hermosura, y
fertilidad, y frutas, y lo demas que traian los indios[66] para
comer, y la muchedumbre de pueblos de la isla de Jamáica, diciendo que ninguna
otra se le igualaba de las que hasta entónces habia visto. Vido una bahía muy
hermosa con siete isletas á la ribera de la mar, y que tenia la isla tierra
altísima, que le parecia que excedia la media region del aire, donde se
congelan las impresiones; toda la tierra muy poblada por todas partes. Juzgaba
que bojaba 800 millas, pero despues que la vido bien, á otro viaje, declaró que
ternía de largo 50 leguas y de ancho 20; mucho quisiera descubrirla y verla
más, segun le parecia tan bien, sino por la falta de bastimentos y la mucha
agua que los navíos hacian. Hízole buen tiempo y volvió hacia el leste, camino
desta isla Española, mártes, 19 de Agosto, y la postrera tierra della, que fué
un Cabo que se mira con esta isla, le puso nombre el cabo del Farol; y
miércoles, 20 de Agosto, vido el cabo ó punta occidental desta isla Española,
al cual puso nombre cabo de Sant Miguel, que agora se llama el cabo ó punta del
Tiburon, dista de la punta oriental de Jamáica 25 ó 30 leguas. Sábado, 23 de
Agosto, vino á los navíos un señor ó Cacique de aquella tierra, nombrando
«Almirante, Almirante,» y otras palabras, de donde coligió el Almirante que
aquella tierra que llamó cabo de Sant Miguel debia ser toda una con esta isla,
porque hasta entónces no sabia que fuese esta isla Española. En fin deste mes
de Agosto fué á surgir á una isleta que está junto á esta isla, que parece
desde la mar como vela, porque es alta, y llamóla el Almirante Alto Velo, y
dista de la isleta Beata, que así se llama, 12 leguas; mandó subir en lo alto
de aquella isleta para descubrir los otros dos navíos que se le habian perdido
de vista, y volviéndose los marineros á embarcar, mataron ocho lobos marinos
que dormian en el arena descuidados, y muchas aves, porque no huian de la gente
por no estar poblada, y así esperaban que las tomasen ó matasen; esperó allí á
los otros dos navíos, los cuales, á cabo de seis dias, vinieron, y todos
juntos, los navíos, fueron á la Beata, isleta, y de allí, costeando, pasaron
hasta llegar á una ribera que tenia una muy hermosa vega toda llena de pueblos,
y tan[67] espesos que parecian todos ser uno, y esta
tierra debia ser la que agora llaman de Cathalina, por una Cacica ó señora, que
despues cognoscieron los cristianos, señora de aquella tierra; y es tierra
hermosísima. Vinieron los indios de por allí en sus canoas, y dijeron que
habian venido allí de los cristianos de la Isabela y que todos estaban buenos,
de lo cual el Almirante recibió gran gozo y consolacion. Pasado del paraje del
rio Hayna, que está tres leguas de Sancto Domingo, y por ventura fué allí
cerca, mandó echar nueve hombres en tierra que atravesasen á la Isabela, que
está derechamente de aquella costa Norte-sur, para que diesen nuevas de como
venia bueno y de su compañía; de allí pasó adelante, todavía por el camino del
leste ó Oriente, y parecia por allí una gran poblacion hácia la cual envió las
barcas, por agua, y salieron los indios contra los cristianos en sus canoas,
con arcos y flechas herboladas con hierba ponzoñosa, traian tambien unas
cuerdas, haciendo ademanes que los habian de atar con ellas, y por esto creo,
cierto, que esta tierra era la provincia de Higuey, porque la gente della era
más belicosa, y tenia de la dicha hierba, y tambien por la distancia que habia
andado y el paraje donde estaba; pero llegadas las barcas á tierra, dejaron los
indios todas las armas, y vinieron muy pacíficos á traer agua y pan, y todo lo
que tenian; preguntando que si venia allí el Almirante. Es de creer que
salieron con armas creyendo que fuese otra gente extraña y no cristianos, pero,
despues de cognoscido que era el Almirante y gente suya, tornaron á obras de
paz y amistad.
CAPÍTULO XCVIII.
De allí pasaron adelante la costa del leste arriba,
y ocurrióles, segun dice el Almirante, un pece admirable, tan grande como una
ballena mediana; tenia en el pescuezo una concha grande como una de tortuga,
que es poco ménos, como arriba se dijo, que un adarga; la cabeza dél, y que
tenia de fuera, era tan disforme, que poco ménos grande era que una pipa ó
bota, la cola como de atun y muy crecida, y con dos alas muy grandes á los
costados. Cognosció el Almirante por aparecer este pece y por otras señales del
cielo, que el tiempo queria hacer mudanza, por lo cual, trabajó de buscar algun
puerto para surgir y estar seguro si tormenta se recreciese, y plugo á Dios que
alcanzó á tomar una isleta que los indios llamaban Adamaney, que agora llamamos
la Saona, el cual nombre creo que le puso el mismo Almirante ó su hermano el
Adelantado. Esta isleta hace un estrecho de obra de una legua, ó poco más,
entre ella y esta isla Española, y paréceme, si no me he olvidado, que durará
en luengo este estrecho dos leguas, porque he estado yo en él, aunque há muchos
años; allí entró, ya con recia tormenta, él sólo y surgió, á 15 de Setiembre;
los otros dos navíos no pudieron entrar, y por eso pasaron harto peligro y
trabajo. Aquella noche vido el Almirante eclipse de la luna, y afirma que hobo
diferencia desde allí hasta Cáliz cinco horas y veintitres minutos, por lo
cual, decia que duró tanto el temporal recio ó la tormenta dicha; estuvo en
aquel puerto, por la tormenta, siete ó ocho dias, dentro de los cuales entraron
los otros dos navíos, y, á 24 de Setiembre, partieron juntos y llegaron al cabo
desta isla Española que agora se llama el cabo del Engaño, y el Almirante en su
primer viaje le puso nombre el cabo de Sant Rafael, como arriba[69] se
dijo. De allí llegaron á una isleta que está cerca desta isla diez leguas, y
ocho de la isla de Sant Juan, que llamaban los indios, á lo que yo creo, la
Mona, y así se llama hoy la isla de la Mona; ó quizá le puso el Almirante aquel
nombre Mona, por una isla que está cerca de Inglaterra, que tiene el mismo
nombre, de la cual hace mencion Cornelio Tácito, libro XIV, página 320, et
in Vita Agricolæ, página 693. Será de hasta seis leguas en circuitu; es
toda peñas, y en las peñas tiene unos hoyos con tierra bermeja, y en estos
hoyos se hacen las raíces de yuca y ajes, de que se hace el pan caçabí, tan
gruesas, que cuan grande y capaz es el hoyo tan grande es el aje ó la yuca, por
manera, que, partido por medio, acaece ser la mitad ó poco más, carga de un
indio. Hácense tambien los melones de España tan grandes como botijas de las de
media arroba de aceite, y finísimos; cierto, son cosa de ver y mejores de
gustar. De donde parece que es grande la humidad que causan aquellas peñas que
tienen cercada aquella tierra colorada, y por consiguiente, que la hacen ser
tan fértil; desto digimos arriba cap. 98, hablando de la provincia de Higuey.
CAPÍTULO XCIX.
Dice el Almirante en una carta que escribió á los
Reyes, que traia propósito deste viaje ir á las islas de los caníbales para las
destruir, pero como habian sido tan grandes y tan contínuos los trabajos y
vigilias, de noche y de dia sin una hora de descanso, que habia padecido en
este descubrimiento de Cuba y Jamáica, y rodear esta Española hasta llegar á
esta isleta de la Mona, especial, cuando andaba entre las muchas isletas y
bajos cercanas á Cuba, que nombró el Jardin de la Reina, donde anduvo treinta y
dos dias sin dormir sueño, que, salido de la Mona y ya que llegaba cerca de la
isla de Sant Juan, súpitamente le dió una modorra pestilencial, que totalmente
le quitó el uso de los sentidos y todas las fuerzas, y quedó muerto, y no
pensaron que un dia durara; por esta causa los marineros, con cuanta diligencia
pudieron, dejaron el camino que llevaba ó queria llevar el Almirante, y, con
todos tres navíos, lo llevaron á la Isabela, donde llegó á 29 dias de Setiembre
del mismo año 1494. Lo que aquí dice el Almirante, que iba por destruir las
islas de los caníbales, que eran de los que habia fama que comian carne humana,
por ventura no aplacia á Dios que los habia criado y con su sangre redimido,
porque ir á destruirlos no era el remedio que Dios pretendia para salvarlos,
los que con el tiempo, por medio de la predicacion de la fe y con industrias
humanas, como se tienen y saben tener muchas para alcanzar las cosas
temporales, pudieran ser reducidos á tal vida, que pudieran algunos dellos ser
salvos, ¿quién duda que dellos no tenga Dios algunos, y áun quizá muchos
predestinados? Así que, por ventura, por esta razon quiso Dios, con esta
enfermedad, estorbarlo,[71] y por ventura está
errada la letra, que por descubrir, dijo el que la escribió, destruir, lo cual
parece tener semejanza de verdad, porque no venia la gente ni él en disposicion
de destruir á nadie, por flaco que fuese, sino para descansar.
CAPÍTULO C.
Llegado á la Isabela de la manera dicha, estuvo
cinco meses malo, y, al cabo dellos, dióle Nuestro Señor salud, porque áun le
quedaba mucho de hacer por medio dél, y tambien, porque áun, con muchas más
angustias y tribulaciones, habia de ser ejercitado y golpeado, cuando creyó que
de sus tantos y tales trabajos con descanso habia de gozar y reposar. Dos cosas
halló, de que llegó, nuevas, que le causaron diversas afecciones en su ánimo;
la una, que era venido su hermano, D. Bartolomé Colon, con quien recibió grande
alegría, y la otra, que la tierra estaba toda alborotada, espantada y puesta en
horror y odio, y en armas contra los cristianos, por las violencias y
vejaciones y robos que habian dellos recebido, despues de haberse partido el
Almirante para este descubrimiento de Cuba y de Jamáica; por manera, que se le
aguó bien el alegría que habia recebido con la venida de D. Bartolomé Colon, su
hermano. La causa del alborotamiento y espanto de todas las gentes de la isla,
bien pudiera bastar la justicia é sinjusticia que habia hecho Hojeda el año
pasado, como se contó arriba en el cap. 93, como quiera que, por aquel agravio
y prision de los Caciques que allí se prendieron y trajeron á la Isabela, y que
el Almirante queria justiciar, y que al cabo, con dificultad, por ruego del
otro Cacique, hobo de soltar; pudieran todos los demas reconocer ó adivinar lo
que á todos, el tiempo andando, les podia y habia de venir; por lo cual, cuanto
más prudentes gentes fueran, tanto mayor diligencia y solicitud, y con mayor título
de justicia, pudieran y debieran poner en no sufrir en sus tierras gente tan
feroz, extraña y tan pesada, y de quien tan malos principios comenzaban á ver,
y agravios á recibir, lo cual era señal harto evidente[73] del
perjuicio que á sus reinos y libertad y vidas se les podia recrecer. Que fuesen
gentes sabias y prudentes, los indios vecinos y moradores de esta isla, parece
por lo que el mismo Almirante dellos testifica en una carta que escribió á los
Reyes, donde dice así: «Porque era de creer, dice él, que esta gente trabajaria
de se volver á su libertad primera, y que bien que ellos sean desnudos de ropa,
que en saber, sin letras, ninguna otra generacion los alcanza.» Estas son
palabras del Almirante. Así que, como dejase proveidas las personas del Consejo
el Almirante, al tiempo que para el dicho descubrimiento y para hacer lo que de
suso en el cap. 94 queda dicho, y á Mosen Pedro Margarite por Capitan general
de los 400 hombres, que anduviese por la tierra y sojuzgase las gentes de la
isla; el Almirante partido, fuése á la Vega Real con ella, que está de la
Isabela dos jornadas pequeñas, que son obra de diez leguas; como estuviese
plenísima de innumerables gentes, pueblos y grandes señores en ella, y la
tierra, como en el cap. 90 se dijo, fuese felicísima y delectabilísima, y la
gente sin armas, y de su naturaleza mansísima y humilde, diéronse muy de rondon
á la vida que suelen tener los hombres ociosos y que hallan materia copiosa y
sin resistencia de sensuales deleites, no teniendo freno de razon ni de ley
viva ó muerta que, á tanta libertad absoluta como gozaban, órden ni límites les
pusiese. Y, porque los indios comunmente no trabajaban ni querian tener más
comida de la que habian, para sí é para sus casas, menester (como la tierra
para sus mantenimientos fuése fertilísima, que, con poco trabajo, donde quiera,
tenian, cuanto al pan cumplido, y cuanto á la carne cabe casa, como en corral
habian las hutias ó conejos, y del pescado llenos los rios), y uno de los
españoles comia más en un dia, que toda la casa de un vecino en un mes, (¿qué
harian cuatrocientos?) porque, no solo se contentaban ni se contentan tener lo
necesario, pero mucho sobrado, y mucho que echan sin por qué ni para qué á
perder, y sobre que los indios cumpliesen con ellos á su voluntad lo que les
pedian, sobraban amenazas, y no faltaban bofetadas y palos, no solo á la gente
comun, pero tambien á los hombres[74] nobles y
principales que llamaban nitaynos, hasta llegar tambien á poner amenazas y
hacer grandes desacatos á los señores y Reyes; parecióles que aquella gente no
habia nacido sino para comer, y que en su tierra no debian tener
mantenimientos, y para salvar las vidas se vinieron á estas islas para se
socorrer, allende de sentirlos por intolerables, terribles, feroces, crueles y de
toda razon ajenos. Esto fué lo primero porque comenzaron á sentir los indios la
conversacion de los cristianos serles horrible, conviene á saber, maltratarlos
y angustiarlos por comerles y destruirles los bastimentos; y, porque no para y
sosiega el vicio y pecado en sola la comida, porque con ella, faltando
templanza y temor y amor de Dios, se derrueca y va á parar á los otros
sensuales vicios, y más injuriosos, por ende, lo segundo con que mostraron los
cristianos quién eran á los indios, fué tomarles las mujeres y las hijas por
fuerza, sin haber respeto ni consideracion á persona ni dignidad, ni á estado,
ni á vínculo de matrimonio, ni á especie diversa con que la honestidad se podia
violar, sino sólamente á quien mejor le pareciese, y más parte tuviese de
hermosura: tomábanles tambien los hijos para se servir, y todas las personas
que habian menester, teniéndolas siempre en su casa. Viendo los indios tantos
males, injurias y vejaciones sobre sí, no sufribles, haciendo tanto buen
acogimiento y servicios á los cristianos, y recibiendo dellos obras de tan mal
agradecimiento y galardon, y sobre todo, los señores y Caciques verse
afrentados y menospreciados, y con doblado dolor y angustia de ver padecer sus
súbditos y vasallos tan desaforados agravios é injusticias, y no los poder
remediar; dellos, se iban y ausentaban, escondiéndose por no ver lo que pasaba;
dellos, disimulaban, porque por la mucha gente cristiana y los caballos, que
era lo principal que les hacia temblar, no se atrevian ni curaban de resistirles
ni ponerse en armas para se vengar; y porque á los que no andan en el camino de
Dios no les han de faltar ocasiones, por el mismo juicio divino, que son
ofendículos en que caigan ó de pecados, porque un pecado permite Dios que se
incurra en pena de otro pecado, ó de[75] penas
corporales ó espirituales, lo cual todo es pena por las ofensas que se hacen á
Dios, y así paguen y áun en esta vida, ó para purgar en ella los crímines, ó
para comenzar á penar lo que se ha de penar para siempre, en este tiempo
comenzó á tener Mosen Pedro Margarite sus pundonores, y á se desgraciar con los
del Consejo, que el Almirante para gobernar dejó, ó porque no queria ser
mandado dellos, ó porque los queria mandar, ó porque le reprendian lo que hacia
y consentia hacer contra los indios, ó porque se estaba quedo no andando por la
isla señoreándola como el Almirante le habia dejado mandado por su instruccion.
Esta discordia fué causa de otros mayores daños, y de gran parte, ó de la
mayor, de la sedicion y despoblacion de esta isla que despues se siguió; y
porque se habia desmesurado en cartas contra los que gobernaban, y mostrado
quizá otras insolencias y cometido defectos dignos de reprehension; venidos
ciertos navíos de Castilla, que creo que fueron los tres que trajo el dicho Adelantado,
por no esperar al Almirante, dejó la gente que tenia consigo, que eran los 400
hombres, y viénese á la Isabela para se embarcar, y, con él, tambien se
determinó de ir el padre fray Buil, que era uno de los del Consejo, y otros
muchos, y ciertos religiosos con ellos. No sé si fueron los que arriba dije que
eran borgoñones, y pudiéralo yo bien saber dellos mismos, pero no miré entónces
en ello; los cuales, llegados á la corte, pusieron en mucho abatimiento é
infamia las cosas destas Indias, publicando que no habia oro ni cosa de que se
pudiese sacar provecho alguno, y que todo era burla cuanto el Almirante decia.
Viéndose la gente sin el capitan Mosen Pedro, desparciéronse todos entre los
indios, entrándose la tierra dentro de dos en dos y de tres en tres, y no
porque fuesen pocos dejaban de cometer las fuerzas é insultos, é agravios en
los indios que cuando estaban juntos cometian. Viendo los indios crecer sus
agravios, daños é sinjusticias, y que no tenian remedio para los atajar,
comenzaron á tomar por sí la venganza, y hacer justicia los Reyes y Caciques,
cada uno en su tierra y distrito, como les competiese de[76] derecho
natural y de derecho de las gentes, confirmado, cierto, por el divino, la
jurisdiccion; y así, mandaban matar á cuantos cristianos pudiesen, como á
malhechores nocivos á sus vasallos y turbadores de sus repúblicas. Considere
aquí el prudente lector, si aquellos Reyes y señores, siendo señores, y
teniendo verdadera jurisdiccion, como, sin duda, como dije, por derecho natural
y de las gentes, y confirmada por el divino les competia, hacian lo que debian
á buenos y rectos jueces y señores, mandando hacer justicia de gente que tantos
daños, y afrentas, y fuerzas, y turbaciones les causaban, y de su paz, y
sosiego, y libertad eran usurpadores ¿qué gente, por bárbara ó por mansa y
paciente, ó, por mejor decir, bestial, en el mundo fuera que lo mismo no
hiciera? Así que, por esta razon, un Cacique que se llamaba Guatiguaná, cuyo
pueblo era grande, puesto á la ribera del rio poderoso Yaquí, que, por ser
graciosísimo asiento, hizo el Almirante hacer cerca ó junto dél una fortaleza
que llamó la Magdalena, y estaba 10 ó 12 leguas de donde fué y es agora
asentada la villa de Santiago, mandó matar diez cristianos que pudo haber y
envió secretamente á poner fuego á una casa de paja donde habia ciertos
enfermos. En otras partes de la isla mandaron matar otros Caciques hasta seis ó
siete cristianos que se habian derramado, por los robos y fuerzas que les
hacian. Por estas obras excesivas, y tan contra razon natural y derecho de las
gentes, (que naturalmente dicta á todos que vivan en paz, y á poseer sin daño
ni turbacion sus tierras y casas, y haciendas suyas, pocas ó muchas, y que
nadie les haga fuerza, injuria, ni otro algun mal), que hacian los cristianos á
los vecinos naturales desta isla en cualquiera parte que estaban, ó por donde
quiera que andaban; derramáronse por todos los reinos, provincias, lugares y
rincones desta isla tan horribles y espantosas nuevas de la severidad y
aspereza, iniquidad, inquietud é injusticia de aquella gente recien venida, que
se llamaban cristianos, que toda la multitud de la gente comun temblaba, y sin
verlos los aborrecia y deseaba nunca verlos ni oirlos, mayormente los cuatro
reyes, Guarionex, Caonabo,[77] Vehechio y Higuanamá,
con todos los otros infinitos Reyes ó señores menores que á aquellos seguian y
obedecian, deseaban echarlos desta tierra y por la muerte sacarlos del mundo.
Sólo Guacanagarí, el rey del Marien, donde vino á perder la nao el Almirante el
primer viaje, y dejó la fortaleza y lugar que llamó la Navidad, nunca hizo cosa
penosa á los cristianos, ántes en todo este tiempo tuvo cien cristianos
manteniéndolos en su tierra, como si cada uno fuera su hijo ó su padre,
sufriéndoles sus injusticias ó fealdades, ó porque su bondad y virtud era
incomparable, como parece, por el acogimiento y obras que hizo el dicho primer
viaje al Almirante y á los cristianos, ó porque quizá era de ánimo flaco y
cobarde que no se atrevia á resistir la ferocidad de los cristianos; pero,
cierto, de creer es, que vivia harto amargo, y que de continuo sus aflicciones
y de sus vasallos gemia y las lloraba.
CAPÍTULO CI.
Tornando á la venida de Bartolomé Colon, hermano
del Almirante, ya digimos, mucho arriba, en el cap. 29, como cuando el
Almirante determinó de buscar un Rey cristiano, que le favoreciese y ayudase
para el descubrimiento que entendia hacer, envió á su hermano, Bartolomé Colon,
que fuese por su parte á proponer su demanda al rey Enrico, que entónces
reinaba en la isla de Inglaterra, el cual, por los naufragios é infortunios y
tribulaciones que le ocurrieron, no pudo llegar allá sino despues de muchos
años; dentro de los cuales, el Almirante, aunque tambien gastó años muchos
estando siete en la corte, fué acogido, favorecido y despachado de los Reyes
Católicos, y descubrió estas Indias, y despues tornó con los 17 navíos á
poblar, que es del negocio que agora tratamos. Propuesta, pues, su empresa,
Bartolomé Colon ante el rey de Inglaterra, no sabemos qué repulsas ó contrarios
tuvo, ó cuanto tiempo tardó en su despacho, despues que lo comenzó (puesto que
nos vimos en tiempo con D. Bartolomé Colon, que si nos ocurriera pensar
escribir esta Historia lo pudiéramos bien saber), mas de que al fin el Rey se
lo admitió y capituló con él, segun de ambas partes se concertaron; viniendo,
pues, para Castilla en busca de su hermano, don Cristóbal Colon, que ya era
Almirante y él no lo sabia (porque, cierto, debia el Almirante de tenerlo por
muerto, pues en los siete años no habia sabido dél, ó por sus enfermedades ó
porque, por sus infortunios, no habia todo aquel tiempo podido ir á
Inglaterra), viniendo por París, como ya estuviese tendida la fama de haberse
descubierto este Nuevo Mundo, el mismo rey de Francia Charles ó Cárlos, el que
decian el Cabezudo, le dijo como su hermano habia descubierto unas[79] grandes tierras que se decian las Indias: y,
porque los Reyes sabian primero las nuevas que otros, pudo haber sido que el
mismo rey de Inglaterra lo debia tambien saber, y no lo quiso decir al dicho
Bartolomé Colon, ó por lo atraer á sí, y él atrajese al Almirante, su hermano,
para su servicio, ó por dar á entender que para aceptar tan sumo y tan incierto
negocio no le faltaba magnanimidad. Besando las manos, Bartolomé Colon, al rey
de Francia por las buenas nuevas que le plugo dar, el Rey le mandó dar 100
escudos para ayuda á su camino. Oido que su hermano habia descubierto las
tierras que buscaban, dióse prisa creyendo de lo alcanzar, pero no pudo, porque
el Almirante ya era partido con sus 17 navíos, halló empero una instruccion que
le dejaba el Almirante para si en algun tiempo Bartolomé Colon pareciera. Vista
esta instruccion, partióse de Sevilla para la corte, que estaba en Valladolid,
por el principio del año de 1494, y llevó consigo á dos hijos que tenia el
Almirante, D. Diego Colon, el mayor, y que le sucedió en el estado y fué el
segundo Almirante de las Indias, y á D. Hernando Colon, hijo menor, para que
fuesen á servir al príncipe D. Juan, de pajes, porque así le habia hecho merced
la Reina al Almirante. Llegado á besar las manos á los Reyes, Bartolomé Colon
con los sobrinos, y ofrecidos todos á su servicio, recibiéronlo los católicos
Reyes con mucha alegría y benignidad; llamáronle luego D. Bartolomé, y mandaron
que fuese á servirles ayudando al Almirante, su hermano; para lo cual, le
mandaron aparejar tres navíos con bastimentos y recaudo para engrosar las
provisiones que habian dado al Almirante, su hermano; á los niños mandaron los
Reyes que sirviesen al príncipe don Juan, de pajes. Llegó á esta isla Española
en 14 dias de Abril del año de 1494. Así que, convalecido ya el Almirante de su
gravísima enfermedad, y consolado mucho con la venida de su hermano D.
Bartolomé Colon, acordó, como Visorey, pareciéndole tener auctoridad para ello,
de criarlo é investirlo de la dignidad ó oficio real de Adelantado de las
Indias como él lo era Almirante; pero los Reyes, sabido, no lo aprobaron,[80] dando á entender al Almirante no pertenecer al
oficio de Visorey criar tal dignidad, sino sólo á los Reyes, pero, por hacer á
ambos merced, Sus Altezas, por sus cartas reales, lo intitularon de las Indias
Adelantado, y, hasta que murió, por tal fué tenido y nombrado. La provision
real de la institucion desta dignidad de Adelantado, concedida por los Reyes al
dicho Bartolomé Colon, se hizo en Medina del Campo, á 22 dias del mes de Julio
de 1497 años, el tenor de la cual quizá ponemos abajo. Era persona de muy buena
dispusicion, alto de cuerpo, aunque no tanto como el Almirante, de buen gesto,
puesto que algo severo, de buenas fuerzas y muy esforzado, muy sabio y prudente
y recatado, y de mucha experiencia, y general en todo negocio; gran marinero, y
creo, por los libros y cartas de marear glosados y notados de su letra, que
debian ser suyos ó del Almirante, que era en aquella facultad tan docto, que no
le hacia el Almirante mucha ventaja. Anduvo viajes al cabo de Buena Esperanza,
cuando luego se descubrió, si no me olvido, el año de 1485, no sé si sólo él ó
en compañía del Almirante; era muy buen escribano, mejor que el Almirante,
porque en mi poder están muchas cosas de las manos de ambos. Parecíame á mí,
cuanto á la condicion del Adelantado, las veces que le comunicaba, que era de
más recia y seca condicion, y no tanta dulzura y benignidad como el Almirante.
Ayudóse mucho de su consejo y parecer, en las cosas que le pareció emprender y
en los trabajos del campo, el Almirante, y no hacia cosa sin él, y, por
ventura, en las cosas que se imputaron despues al Almirante de rigor y
crueldad, fué el Adelantado la causa; puesto que, como el Almirante y sus
hermanos eran extranjeros y solos, y gobernaban á gente española, que aunque á
sus naturales señores es subyectísima, pero ménos humilde y paciente y más dura
de cerviz para tener sobre sí superiores de estraña nacion que otra, mayormente
hallándose fuera de sus tierras, donde más muestran su dureza y ferocidad que
ninguna, y por tanto, cualquiera cosa que no fuese á sabor de todos, en
especial de muchos caballeros que con el Almirante habian[81] ido
y mucho más de los oficiales del Rey, que suelen subir con sus pensamientos más
que otros, habia de serles juzgada y tenida por dura y ménos sufrible que si la
hicieran ó ordenaran otros gobernadores de nuestra propia nacion, y así, quizá
parecia al Adelantado convenir, por entónces, usar de aquellos rigores: cuanto
al castigo de los españoles digo; porque, en los daños que se hicieron á los
indios, poco cuidado siempre hobo de sentir que fuesen daños, y pocas
acusaciones les pusieron dello.
CAPÍTULO CII.
En este tiempo de la indispusicion del Almirante,
pocos dias despues de llegado de su descubrimiento de Cuba y Jamáica, vínole á
visitar el rey del Marien, Guacanagarí, mostrando gran pesar de su enfermedad y
trabajos, y dando disculpa de sí, afirmando que él no habia sido en la muerte
de los cristianos, que se habian muerto por mandado de los otros Reyes y
señores, ni de los ayuntamientos de las gentes que estaban, en la Vega y en las
otras partes, de guerra; y que no podia traer argumento de su buena voluntad y
amor que tenia á él y á sus cristianos, que los tratamientos que les habia
mandado hacer en su tierra, y las obras buenas que de sus vasallos habian
recebido siempre, teniendo á la contina cient cristianos en ella, y siendo
proveidos y servidos de todas las cosas necesarias que ellos tenian, como si
fueran sus propios hijos, y que por esta causa estaba odioso á todos los Reyes
y señores y gentes de la isla, y le trataban y perseguian su persona y nombre y
vasallos como á enemigos, y habia recibido dellos muchos daños con este título.
Y, en tocando en hablar en los 39 cristianos que quedaron en la fortaleza, en
su tierra, cuando el Almirante tornó con las nuevas del descubrimiento destas
tierras á Castilla, lloraba como si fueran todos sus hijos, excusándose de
culpa, y acusándose por desdichado en no haberlos podido guardar hasta que
viniera, que los hallara vivos. El Almirante le recibia su satisfaccion y
cumplia con él lo mejor que le parecia, y no tenia duda de que no fuese verdad
todo, ó lo más y lo principal de lo que decia; y porque el Almirante determinó
de salir por la isla con la más gente cristiana que pudiese de guerra, para
derramar las gentes ayuntadas y sojuzgar toda la tierra, ofrecióse á ir con él[83] el rey Guacanagarí é llevar toda la gente suya que
pudiese, para favor y ayuda de los cristianos, y así lo hizo. Es aquí de notar,
para las personas que aman la verdad y justicia, que no son otras más, sino las
que están desnudas de toda pasion, mayormente de temporal interese, que aunque
para bien de los cristianos y para que pudiesen permanecer en la isla, el rey
Guacanagarí les echase cargo en favorecerles y ayudarlos, y así, parezca en la
superficie, á los que no penetran la razon del negocio, que el dicho
Guacanagarí hacia bien y virtuosamente, pero en la verdad, considerada la
obligacion que de ley natural todos los hombres tienen al bien comun, y
libertad, y conservacion de su patria y estado público della (como parece por
la Ley Veluti, párrafo De justitia et jure, donde dice
que de derecho de las gentes, y así, por natural razon, la religion se debe á
Dios, y la obediencia á los padres y á la patria, y así es uno de los preceptos
naturales, que somos obligados á guardar, so pena de gravísimo pecado mortal),
este rey Guacanagarí ofendia y violaba mucho la ley natural, y era traidor y
destruidor de su patria y de las de los Reyes de la isla y de toda su nacion, y
pecaba mortalmente ayudando y manteniendo, favoreciendo y conservando á los
cristianos, y por consiguente, todos los Reyes y señores, y toda la otra gente
de aquellos reinos, justa y lícitamente lo perseguian y tenian justa guerra
contra él y contra su reino, como á capital enemigo suyo y público de todos,
traidor y disipador de su patria y nacion, pues ayudaba, y favorecia, y conservaba
á los hostes ó enemigos públicos de la suya, y de todas las otras de los otros
reinos y repúblicas; gente áspera, dura, fuerte, extraña, que los inquietaba,
turbaba, maltrataba, oprimia, ponia en dura servidumbre y, al cabo, los
consumia, destruia y mataba, y era cosa probabilísima y certísima, que aquella
gente extraña y que tales obras hacia, y tales indicios de sí en cada parte
donde entraban daban, que, desque más se arraigasen y asentasen en la tierra,
todo el estado de sus repúblicas de todos los reinos desta isla, como
finalmente lo hicieron (segun es ya bien manifiesto), habian de subvertir ó
destruir é asolar,[84] y lo que más es, que su mismo
reino, y sus mismos vasallos y súbditos, como á tal proditor y destruidor de su
patria, y de todo el estado público de su reino, lo podian lícitamente matar, y
tenian justa guerra contra él, y él, si se defendiera, injusta contra ellos y
contra los otros Reyes que por esta causa le persiguieran. Por las razones
dichas, se pone cuestion entre los doctores teólogos, si Raab, meretriz, pecó
mortalmente encubriendo y salvando las espías ó exploradores de la tierra de
promision que habia enviado Josué, y el ejército de los hijos de Israel, y
concluyese que, en la verdad, fué traidora y destruidora de su patria y ciudad,
Hiericó, en encubrir y salvar los dichos exploradores, y hizo contra el
precepto del derecho natural, siendo obligada por el mismo derecho á
entregarlos al Rey ó al pueblo, y áun matarlos ella, porque por ello merecian
bien la muerte, por las leyes de cada república tácitas ó expresas que, sobre
este caso, por ley natural tiene promulgadas, y pecára mortalmente, si no
concurrieran otras causas que la excusaron; una de las cuales fué, porque,
movida é inspirada por Dios, cognosció clarísimamente que el Dios de los judíos
era omnipotentísimo, y que habia determinado de dar toda la tierra de los
cananeos á los judíos, pueblo suyo, y por esto, siendo para ello alumbrada,
quiso ayudar en ello y no repugnar á la voluntad de Dios, y tambien, ya que no
podia escapar su ciudad toda, quiso al ménos escaparse á sí é á su casa de la
muerte que esperaba que todos habian de pasar. Esto parece por el mismo texto
de la Escriptura divina, Josué, II; dijo ella: Novi quod Dominus
tradiderit vobis terram.... Audivimus quod siccaverit Dominus aquas Maris Rubri
ad vestrum introitum ... Et infra: Dominus enim Deus vester
ipse est Deus in cœlo sursum et in terra deorsum, etc. Así que, por lo
dicho, podrán cognoscer los leyentes algo de la justificacion que podrán tener
las obras que los cristianos hicieron en aquellas gentes, de que estaba
plenísima esta isla, que abajo se referirán. En estos dias envió el Almirante á
hacer guerra al Cacique ó rey Guatigana, porque habia mandado matar los 10
cristianos, en cuya gente hicieron cruel matanza los cristianos,[85] y él huyó. Tomáronse mucha gente á vida, de la
cual envió á vender á Castilla más de 500 esclavos en los cuatro navíos que
trujo Antonio de Torres, y se partió con ellos para Castilla, en 24 de Febrero
de 1495. Hobo esta determinacion entre los españoles, dende adelante, la cual
guardaban por ley inviolable, que por cada cristiano que matasen los indios
hobiesen los cristianos de matar 100 indios; y pluguiera á Dios que no pasáran
de 1.000 los que, por uno, desbarrigaban y mataban, y sin que alguno matasen,
como despues, inhumanamente, yo vide muchas veces. Por ventura, poco ántes de
lo dicho, fué Alonso de Hojeda, de quien arriba en el cap. 82 hicimos mencion,
y, si á Dios pluguiere, haremos adelante más larga; enviado por el Almirante
disimuladamente con nueve cristianos él solo, á caballo, para visitar de su
parte al rey Caonabo, de quien arriba digimos ser muy gran señor y muy más
esforzado que otro alguno de esta isla, y á rogarle que le fuese á ver á la
Isabela, y si pudiese prenderlo con un ardid que habia pensado. Porque á este
Rey ó Cacique temia más que á otro de la isla el Almirante y los cristianos,
porque tenia nuevas que trabajaba mostrar su valor y estado, en guerras y fuera
dellas, preciándose de que se viese y estimase su magestad y auctoridad real en
obras, y palabras, y gravedad; ayudábale á esto tener dos ó tres hermanos, muy
valientes hombres, y mucha gente que lo corroboraba, por manera que, por guerra
no se pensaba poderlo tan aína sojuzgar. El ardid fué aqueste: que como los
indios llamasen al laton nuestro, turey, é á los otros metales que habiamos
traido de Castilla, por la grande estima que dello tenian como cosa venida del
cielo, porque llamaban turey al cielo, y ansí hacian joyas dellos, en especial
de laton, llevó el dicho Alonso de Hojeda unos grillos y unas esposas muy bien
hechas, sotiles y delgadas, y muy bruñidas y acicaladas, en lugar de presente
que le enviaba el Almirante, diciéndole que era turey de Vizcaya, como si
dijera cosa muy preciosa venida del cielo, que se llamaba turey de Vizcaya.
Llegado Hojeda á la tierra y pueblo del rey Caonabo, que se decia la Maguana, y
estaria de la Isabela obra de 60 leguas[86] ó 70,
apeado de su caballo, y espantados todos los indios de lo ver, porque al
principio pensaban que era hombre y caballo todo un animal, dijeron á Caonabo
que eran venidos allí cristianos que enviaba el Almirante, Guamiquina de los
cristianos, que queria decir, el señor ó el que era sobre los cristianos, y que
le traian un presente de su parte, que llamaban turey de Vizcaya. Oido que le
traian turey alegróse mucho, mayormente que como tenia nueva de una campana que
estaba en la iglesia de la Isabela, y le decian los indios que la habian visto,
que un turey que tenian los cristianos hablaba, estimando que, cuando tañían á
misa y se allegaban todos los cristianos á la iglesia por el sonido della, que,
porque la entendian, hablaba, y por eso deseábala mucho ver y porque se la
trajesen á su casa la habia algunas veces, segun se dijo, enviado al Almirante
á pedir; así que, holgó que Hojeda entrase donde él estaba, y dícese que Hojeda
se hincó de rodillas y le besó las manos, y dijo á los compañeros: «hacé todos
como yo.» Hízole entender que le traia turey de Vizcaya, y mostróle los grillos
y esposas muy lucías y como plateadas, y, por señas y algunas palabras que ya
el Hojeda entendia, hízole entender que aquel turey habia venido del cielo y
tenia gran virtud secreta, y que los Guamiquinas ó reyes de Castilla se ponian
aquello por gran joya cuando hacian areytes, que eran bailes, y festejaban, y
suplicóle que fuese al rio á holgares y á lavarse, que era cosa que mucho
usaban (y estaria del pueblo media legua y más por ventura, y era muy grande y
gracioso, llamado Yaquí, porque nace de una sierra con el otro que digimos
arriba, que sale á Monte-Christi, y el Almirante le puso el Rio del
Oro), y que allí se los pondria donde los habia de traer, y que despues vernia
caballero en el caballo, y pareceria ante sus vasallos como los Reyes ó Guamiquinas
de Castilla. Determinó de lo hacer un dia, y fuese, con algunos criados de su
casa y poca gente, al rio, harto descuidado y sin temor que nueve cristianos ó
diez le podian hacer mal, estando en su tierra, donde tenia tanto poder y
vasallos. Despues de se haber lavado y refrescado, quiso, de muy cudicioso, ver
su[87] presente de turey de Vizcaya y probar su
virtud, y así Hojeda hace que se aparten, los que con él habian venido, un
poco, y sube sobre su caballo, y al Rey pónenle sobre las ancas, y allí échanle
los grillos y las esposas, los cristianos, con gran placer y alegría, y dá una
ó dos vueltas cerca de donde estaban por disimular, y da la vuelta, los nueve
cristianos juntos con él, al camino de la Isabela, como que se paseaban para
volver, y, poco á poco, alejándose, hasta que los indios que lo miraban de
léjos, porque siempre huian de estar cerca del caballo, lo perdieron de vista;
y así le dió cantonada y la burla pasó á las veras. Sacan los cristianos las
espadas y acometen á lo matar, sino calla y está quedo á que lo aten bien al
Hojeda, con buenas cuerdas que llevaban, y, con toda la prisa que se podrá bien
creer, dello por camino, dello por las montañas, fuera dél, hasta que despues
de muchos trabajos, peligros y hambre, llegaron y lo pusieron en la Isabela,
entregándolo al Almirante. Desta manera, y con esta industria, y por este
ardid, del negro turey de Vizcaya, prendió al gran rey Caonabo, uno de los
cinco principales reyes y señores desta isla, Alonso de Hojeda, segun era
público y notorio, y así se platicaba, y muchas veces, como por cosa muy cierta
lo hablábamos de que yo llegué á esta isla, que fué seis ó siete años despues
desto acaecido. Pudieron pasar otras más ó ménos particularidades, sin las que
yo aquí cuento, ó en otra manera, que en el rio lo prendiesen y echasen los
grillos y esposas, pero al ménos esto lo escribo como lo sé, y que por cosa
cierta teniamos en aquel tiempo, que el Hojeda lo habia preso y traido á la
Isabela con la dicha industria de los grillos, turey de Vizcaya; D. Hernando
dice, que cuando salió el Almirante á hacer guerra á la gente que estaba junta
en la Vega (de que luego se dirá), lo prendió con otros muchos señores
Caciques, pero yo, por lo dicho y por otras razones que hay, no lo tengo por
cierto; y una es, que no habia de venir Caonabo tan léjos de su tierra 70 y 80
leguas, y en tierra ajena, de Guarionex, y con grandes dificultades, á dar
guerra á los Españoles, no teniendo bestias para traer los bastimentos, cosa[88] muy contraria de la costumbre y posibilidad de los
indios, al ménos los destas islas. De otra manera lo cuenta esto Pedro Mártir
en la primera de sus Décadas, que el Almirante envió á Hojeda, solamente á
rogarle que le fuese á ver, y que determinó de irlo á ver con mucha gente
armada, para si pudiera matarlo con todos los cristianos, y que le amenazaba
Hojeda para provocarlo á que lo fuese á ver, con decirle, que sino tenia
amistad con el Almirante, que por guerra él y los suyos serian muertos y
destruidos. Estas no son palabras que sufriera Caonabo, segun era gran señor y
esforzado, y no habia experimentado las fuerzas y lanzas y espadas de los
españoles; y al cabo dice, Pedro Mártir, que yendo con su gente armado, en el
camino Hojeda le prendió y llevó al Almirante, pero todo esto es imágen de
verdad, por muchas razones, que de lo susodicho pueden sacarse; lo que
platicábamos, el tiempo que digo, era que Caonabo respondió á Hojeda; «venga él
acá y tráigame la campana ó turey que habla, que yo no tengo de ir allá;» esto
concuerda más con la gravedad y auctoridad de Caonabo. Confírmase lo que yo
digo por una cosa notable, que, por tan cierta como la primera se contaba dél,
y es esta: que estando el rey Caonabo preso con hierros y cadenas en la casa
del Almirante, donde á la entrada della todos le veian, porque no era de muchos
aposentos, y cuando entraba el Almirante, á quien todos acataban y
reverenciaban, y tenia persona muy autorizada (como al principio desta Historia
se dijo), no se movia ni hacia cuenta dél, Caonabo, pero cuando entraba Hojeda,
que tenia chica persona, se levantaba á él y lloraba, haciéndole gran
reverencia, y como algunos españoles le dijesen que por qué hacía aquello
siendo el Almirante Guamiquina y el señor, y Hojeda súbdito suyo como los
otros, respondia, que el Almirante no habia osado ir á su casa á lo prender
sino Hojeda, y por esta causa, á sólo Hojeda debia él esta reverencia y no al
Almirante. Determinó el Almirante llevarlo á Castilla y con él otros muchos
para esclavos que hinchiesen los navíos, por lo cual envió 80 cristianos hácia
Cibao y á otras provincias, que[89] tomasen por
fuerza los que pudiesen, y hallo en mis memoriales que trajeron 600 indios, y
la noche que llegó á la Isabela esta cabalgada, y teniendo ya embarcado al rey
Caonabo en un navío de los que estaban para partir, en la Isabela, para mostrar
Dios la injusticia de su prision y de todos aquellos inocentes, hizo una tan
deshecha tormenta, que todos los navios que allí estaban con toda la gente que
habia en ellos (salvo los españoles que pudieron escaparse), y el Rey Caonabo
cargado de hierros, se ahogaron y hobieron de perecer; no supe si habian
embarcado aquella noche los 600 indios. Vista por los hermanos de Caonabo su
prision, y consideradas las obras que los cristianos, en todas las partes donde
entraban ó estaban, hacian, y que los mismos, cuando no se catasen, habian de
padecer, juntaron cuanta gente pudieron y determinaron de hacer á los
cristianos guerra, cuan cruel pudiesen, para librar su hermano y señor, que ya
era ahogado, y echarlos de la tierra y del mundo si pudiesen hacerlo. Perdidos
los navíos, que fué gran angustia y dolor para el Almirante, dispuso luego de
que se hiciesen dos carabelas, la una de las cuales yo vide, y llamóse la India,
y él, porque era muy devoto de Sant Francisco, vistióse de pardo, y yo le vide
en Sevilla al tiempo que llegó de acá, vestido cuasi como fraile de Sant
Francisco.
CAPÍTULO CIII.
En el cual se tracta de la llegada á Castilla, con
los 12 navíos, de Antonio de Torres.
Llegó á Castilla con sus 12 navíos Antonio de
Torres, con muy buen viaje y breve, porque salió del puerto de la Isabela á 2
de Febrero, y llegó á Cáliz cuasi entrante ó á los 8 ó 10 de Abril. Recibieron
los Reyes inestimable alegría con la venida de Antonio de Torres, por saber que
el Almirante, con toda la flota, hobiese llegado á esta isla en salvamento, y
más con las cartas y relacion del Almirante, y el oro que les enviaba, cogido
de las mismas minas de Cibao con la gente que él habia enviado con Hojeda para
verlas é descubrirlas, y, por vista de ojos, experimentar que lo hobiese en la
misma tierra y sacado por mano dellos; y porque ya los Reyes, por ventura,
habian mandado aparejar tres navíos para que fuesen tras el Almirante y su
flota, por el deseo que tenian de saber dél, por el temor, quizá, quel armada
que se decia tener el rey de Portugal no hobiese topado con él, los dichos tres
navíos; llegado Antonio de Torres, mandaron, con muchas cosas de las que el
Almirante pidió por sus cartas, despacharlos. Y en aquestos creo que vino
Bartolomé Colon, porque por entónces no habian venido acá otros, y eran todos
bien contados y deseados cada vez que acá venian, como se verá. En ellos
escribieron los Reyes al Almirante, la presente carta ó epístola:
«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, nuestro
Almirante del mar Océano, é nuestro Visorey é Gobernador de las islas
nuevamente falladas en la parte de las Indias: Vimos las cartas[91] que
nos enviastes con Antonio de Torres, con las cuales hobimos mucho placer, y
damos muchas gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha hecho, y en
haberos en todo tan bien guiado. En mucho cargo y servicio vos tenemos lo que
allá habeis fecho, que no puede ser mejor, y asimismo oimos al dicho Antonio de
Torres, y recibimos todo lo que con él nos enviastes y Nos esperábamos de ver,
segun la mucha voluntad y aficion que de vos se ha cognoscido y cognosce en las
cosas de nuestro servicio. Sed cierto que nos tenemos de vos por mucho servidos
y encargados en ello, para vos hacer mercedes, y honra, y acrecentamiento como
vuestros grandes servicios lo requieren y adeudan; y porque el dicho Antonio de
Torres tardó en venir aquí hasta agora, y no habiamos visto vuestras cartas,
las cuales no nos habia enviado por las traer él á mejor recaudo, y por la
prisa de la partida destos navíos que agora van, los cuales, á la hora que lo
aquí supimos, los mandamos despachar con todo recaudo de las cosas que de allá
enviastes por memorial, que cuanto más cumplidamente se pudiera facer sin detenerlos,
y así se hará y cumplirá en todo lo otro que trujo á cargo, al tiempo y como él
lo dijere. No há lugar de os responder como quisiéramos, pero cuando él vaya,
placiendo á Dios, vos responderemos y mandaremos proveer en todo ello, como
cumple. Nos habemos habido enojo de las cosas que allá se han hecho fuera de
vuestra voluntad, las cuales mandaremos bien remediar é castigar. En el primer
viaje que para acá se hiciere enviad á Bernal de Pisa, al cual Nos enviamos á
mandar que ponga en obra su venida, y en el cargo que él llevó entienda en ello
la persona que á vos y al padre fray Buil pareciere, en tanto que de acá se
provee, que por la prisa de la partida de los dichos navíos no se pudo agora
proveer en ello, pero en el primer viaje, si place á Dios, se proveerá de tal
persona cual conviene para el dicho cargo. De Medina del Campo á diez y ocho de
noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é de la
Reina, Juan de la Parra.»
Parece por esta carta de los Reyes, que Antonio de
Torres[92] debia haber traido las quejas de Bernal
de Pisa, y á esto contradice lo que arriba en el cap. 90 se dijo, que despues
de partido de la Isabela con los 12 navíos, Antonio de Torres, se quiso
amotinar, con los cinco que quedaron, Bernal de Pisa. No tiene concordia
ninguna, sino es que él debia de causar algunas inquietudes y alborotos,
estando áun allí Antonio de Torres, y desto escribió quejas el Almirante á los
Reyes, y, despues de partido Antonio de Torres, pasó adelante en quererse alzar
con los cinco navíos; la razon es, porque no hobo navío alguno que volviese á
Castilla, sino los 12 que volvieron y los cinco que quedaron. Mandaron los
Reyes que, con toda la priesa y diligencia que posible fuese, se aparejasen
cuatro navíos en que tornase Antonio de Torres, con todas las provisiones y
recaudos que el Almirante, por su memorial, envió á suplicar y pedir á los
Reyes, todo lo cual, hizo muy cumplidamente el Arcediano de Sevilla susodicho,
D. Juan de Fonseca, y fué todo puesto á punto, por manera, que al fin de Agosto
ó en principio de Setiembre, á lo que creo, se hizo Antonio de Torres con los
cuatro navíos á la vela, con el cual escribieron los Reyes al Almirante la
carta siguiente.
«El Rey é la Reina.—D. Cristóbal Colon, Almirante
mayor de las islas de las Indias: Vimos vuestras letras é memoriales que nos
enviastes con Torres, y habemos habido mucho placer de saber todo lo que por
ellas nos escribistes, y damos muchas gracias á Nuestro Señor por todo ello,
porque, con su ayuda, este negocio vuestro será causa que nuestra sancta fe
católica sea mucho más acrecentada. Y una de las principales cosas porque esto
nos ha placido tanto, es, por ser inventada, principiada y habida por vuestra
mano, trabajo é industria, y parécenos que todo lo que al principio nos
dixistes que se podia alcanzar, por la mayor parte, todo ha salido cierto como
si lo hobiérades visto ántes que nos lo dixérades; esperanza tenemos en Dios,
que, en lo que queda por saber, así se continuará, de que por ello vos quedamos
en mucho cargo para vos facer mercedes, por manera que vos seais muy bien
contento: y, visto todo lo que nos escribistes, como quiera[93] que
asaz largamente decís todas las cosas, de que es mucho gozo y alegría verlas,
pero algo más querriamos que nos escribiésedes, ansí en que sepamos cuantas
islas fasta aquí se han fallado, y, á las que habeis puesto nombres, qué nombre
á cada una, porque aunque nombrais algunas en vuestras cartas, no son todas, y á
las otras, los nombres que les llaman los indios, y cuanto hay de una á otra, y
todo lo que habeis fallado en cada una dellas, y lo que dicen que hay en ellas,
y en lo que se ha enviado despues que allá fuistes, qué se ha habido, pues ya
es pasado el tiempo que todas las cosas sembradas se han de coger; y
principalmente, deseamos saber todos los tiempos del año qué tales son allá en
cada mes por sí, porque á Nos parece, que, en lo que decís que hay allá, hay
mucha diferencia en los tiempos á los de acá: algunos quieren decir si en un
año hay dos inviernos y dos veranos. Todo nos lo escribid por nuestro servicio,
y enviadnos todos los más halcones que de allá se pudieren enviar, y de todas
las aves que allá hay y se pudieren haber, porque querríamoslas ver todas; y
cuanto á las cosas que nos enviastes por memorial que se proveyesen y enviasen
de acá, todas las mandamos proveer, como del dicho Torres sabreis y vereis por
lo que él lleva. Querriamos, si os parece, que así para saber de vos y de toda
la gente que allá está, como para que cada dia pudiésedes ser proveidos de lo
que fuese menester, que cada mes viniese una carabela de allá, y de acá fuese
otra, pues que las cosas de Portugal están asentadas, y los navíos podrán ir y
venir seguramente; veldo, y si os pareciere que se debe hacer, haceldo vos, y
escribidnos la manera que os pareciere, qué se debe enviar de acá. Y en lo que
toca á la forma que allá debeis tener con la gente que allá teneis, bien nos
parece lo que hasta agora habeis principiado, y así lo debeis continuar,
dándoles el más contentamiento que ser pueda, pero no dándoles lugar que
excedan en cosa alguna de las que hobieren de hacer é vos les mandedes de
nuestra parte; y cuanto á la poblacion que hicistes, en aquello no hay quien
pueda dar regla cierta ni enmendar cosa alguna desde acá, porque allá[94] estariamos presentes, y tomariamos vuestro consejo
y parecer en ello, cuanto más en absencia; por eso á vos lo remitimos. A todas
las otras cosas contenidas en el memorial que trajo el dicho Torres, en las
márgenes dél va respondido lo que convino que vos supiésedes la respuesta, á
aquella vos remitimos; y cuanto á las cosas de Portugal, acá se tomó cierto
asiento con sus Embajadores, que nos parecia que era más sin inconvenientes, y
porque dello seais bien informado largamente, vos enviamos el treslado de los
capítulos que sobre ello se hicieron, y por eso, aquí no conviene alargar en
ello, sino que mandamos y encargamos que aquello guardeis enteramente, é fagais
que por todos sea guardado, así como en los capítulos se contiene; y en lo de
la raya ó límite que se ha de hacer, porque nos parece cosa muy dificultosa y
de mucho saber y confianza, querriamos, si ser pudiese, que vos os hallásedes
en ello, y la hiciésedes con los otros que por parte del rey de Portugal en
ello han de entender, y si hay mucha dificultad en vuestra ida á esto, ó podria
traer algun inconveniente en lo que ende estais, ved si vuestro hermano, ó otro
alguno teneis ende que lo sepan, é informadlos muy bien por escripto, y áun por
palabra, y por pintura, y por todas las maneras que mejor pudieran ser
informados, é inviádnoslos acá luego con las primeras carabelas que vinieren,
porque con ellos enviaremos otros de acá para el tiempo que está asentado; y
quier hayais vos de ir á esto, ó nó, escribidnos muy largamente todo lo que en
esto supiéredes y á vos pareciere que se debe hacer para nuestra informacion y
para que todo se provea como cumple á nuestro servicio, y faced de manera que
vuestras cartas y las que habeis de enviar vengan presto, porque puedan volver
á donde se ha de hacer la raya, ántes que se cumpla el tiempo que tenemos
asentado con el rey de Portugal, como vereis por la capitulacion. De Segovia á
diez y seis de Agosto de noventa y cuatro años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por
mandato del Rey é de la Reina, Fernandalvarez.»
Lo que en esto despues se hizo no lo pude saber,
sólo esto fué cierto, que ni el Almirante ni su hermano pudieron ir á[95] ello por el descubrimiento que hizo de Cuba y
Jamáica, y enfermedad del Almirante, y otras adversidades que luego les
vinieron, ó porque el tiempo del asiento era pasado, y áun creo que,
principalmente, por lo que se dirá en los capítulos siguientes.
CAPÍTULO CIV[3]
El Almirante, como cada dia sentia toda la tierra
ponerse en armas, puesto que armas de burla en la verdad, y crecer en
aborrecimiento de los cristianos, no mirando la grande razon y justicia que
para ello los indios tenian, dióse cuanta más priesa pudo para salir al campo
para derramar las gentes y sojuzgar por fuerza de armas la gente de toda esta
isla, como ya digimos; para efecto de lo cual, escogió hasta 200 hombres
españoles, los más sanos (porque muchos estaban enfermos y flacos), hombres de
pié y 20 de á caballo, con muchas ballestas y espingardas, lanzas y espadas, y
otra mas terrible y espantable arma para con los indios, despues de los
caballos, y esta fué 20 lebreles de presa, que luego en soltándolos ó
diciéndolos «tómalo,» en una hora hacian cada uno á cien indios pedazos; porque
como toda la gente desta isla tuviesen costumbre de andar desnudos totalmente,
desde lo alto de la frente hasta lo bajo de los piés, bien se puede fácilmente
juzgar qué y cuales obras podian hacer los lebreles ferocísimos, provocados y
esforzados por los que los echaban y açomaban en cuerpos desnudos, ó en cueros,
y muy delicados: harto mayor efecto, cierto, que en puercos duros de Carona ó
venados. Esta invencion comenzó aquí escogitada, inventada y rodeada por el diablo,
y cundió todas estas Indias, y acabará cuando no se hallare más tierra en este
orbe, ni más gentes que sojuzgar y destruir, como otras exquisitas invenciones,
gravísimas y dañosísimas á la mayor parte del linaje humano, que aquí
comenzaron y pasaron y cundieron adelante para total destruccion de estas
naciones, como parecerá. Es tambien aquí de[97] notar,
que como los indios anduviesen, como es dicho, desnudos en estas islas y en
muchas partes de tierra firme, y en todas las demas no pase su vestido de una
mantilla delgada de algodon, de vara y media, ó dos cuando más, en cuadro, y
estas sean cuasi en todas las Indias (los pellejos suyos, digo, y las dichas
mantillas), sus armas defensivas, las ballestas de los cristianos y las
espingardas de los tiempos pasados, y más sin comparacion los arcabuces de
agora, son para los indios increiblemente nocivas; pues de las espadas que
cortaban y cortan hoy un indio desnudo por medio, no hay necesidad que se diga;
los caballos, á gentes que nunca los vieron y que imaginaban ser todo, el
hombre y caballo, un animal, bastaban de miedo enterrarse dentro de los
abismos, vivos, y, por su mal, despues que los cognoscieron, vieron y ven hoy
por obra en sus personas, casas, pueblos y reinos, lo que padecen dellos ó por
ellos temian. Esto es cierto, que solos 10 de caballo, al ménos en esta isla (y
en todas las demas partes destas Indias, si no es en las altas sierras), bastan
para desbaratar y meterlos todos por las lanzas, 100.000 hombres que se junten,
contra los cristianos, de guerra, sin que 100 puedan huir; y esto se pudo bien
efectuar en la Vega Real desta isla, por ser tierra tan llana como una mesa,
como arriba en el cap. 90 se dijo. Por manera, que ninguna de nuestras armas
podemos contra los indios mover que no les sea perniciosísima: de las suyas,
ofensivas contra nosotros, no es de hablar, porque, como arriba digimos, son
las más como de juegos de niños.
Teniendo, pues, la gente aparejada y lo demas para
la guerra necesario, el Almirante, llevando consigo á D. Bartolomé Colon, su
hermano, y al Rey Guacanagarí (no pude saber qué gente llevó de guerra, de sus
vasallos), en 24 del mes de Marzo de 1495, salió de la Isabela, y á dos
jornadas pequeñas, que son diez leguas como se dijo, entró en la Vega, donde la
gente se habia juntado mucha, y dijeron que creian habia sobre 100.000 hombres
juntos. Partió la gente que llevaba con su hermano, el Adelantado, y dieron en
ellos por dos partes, y soltando las ballestas y escopetas y los perros
bravisimos, y[98] el impetuoso poder de los de
caballo con sus lanzas, y los peones con sus espadas, así los rompieron como si
fueran manada de aves; en los cuales no hicieron ménos estragos que en un hato
de ovejas en su aprisco acorraladas. Fué grande la multitud de gente que los de
á caballo alancearon, y los demas, perros y espadas hicieron pedazos; todos los
que le plugo tomar á vida, que fué gran multitud, condenaron por esclavos. Y es
de saber que los indios siempre se engañan, señaladamente los que áun no tienen
experiencia de las fuerzas y esfuerzo y armas de los cristianos, porque, como
por sus espías que envian, les traen por cuenta cuantos son en número los
cristianos, que es lo primero que hacen, y les traen por granos de maíz, que
son como garbanzos, contados los cristianos, y por muchos que sean, no suben ó
subian entónces de 200 ó 300, ó 400, cuando más, y caben en el puño esos
granos, como ven tan poco número dellos y de sí mismos son siempre tan
innumerables, paréceles que no es posible que tan pocos puedan prevalescer
contra tantos, pero despues, cuando vienen á las manos, cognoscen cuan con
riesgo y estrago suyo se engañaron. Aquí es de advertir lo que en su Historia
dice D. Hernando Colon en este paso, afeando primero la ida de Mosen Pedro
Margarite, y despues las fuerzas é insultos que hacian en los indios los
cristianos, por estas palabras: «De la ida de Mosen Pedro Margarite provino que
cada uno se fuese entre los indios por do quiso, robándoles la hacienda, y
tomándoles las mujeres, y haciéndoles tales desaguisados, que se atrevieron los
indios á tomar venganza en los que tomaban solos ó desmandados; por manera que
el Cacique de la Magdalena, llamado Guatiguana, mató 10 cristianos, etc.»
Aunque despues, vuelto el Almirante se hizo gran castigo, y bien que él no se
pudo haber, fueron presos y enviados á Castilla con los cuatro navíos que llevó
Antonio de Torres, más de 500 esclavos y son sus vasallos; asimismo se hizo
castigo por otros seis ó siete, que, por otras partes de la isla, otros
Caciques habian muerto. Y más abajo, dice D. Hernando así: «Los más cristianos
cometian mil excesos, por lo cual los indios les tenian entrañable ódio, y[99] reusaban de venir á su obediencia, etc.» Estas son
sus formales palabras; y dice más, que despues de vuelto el Almirante, hizo
gran castigo por la muerte de los cristianos, y por la rebelion que habian
hecho. Si confiesa D. Hernando que los cristianos robaban las haciendas y tomaban
las mujeres, y hacian muchos desaguisados, y otros mil excesos á los indios, y
no vian juez que lo remediase, otro, de ley natural y derecho de las gentes,
sino á sí mismos (cuanto más que esta era defension natural que áun á las
bestias y á las piedras insensibles es conocida, como prueba Brecio en el libro
I, De consolatione, prosa 4.ª; y lo pudieron hacer, aunque
recognoscieran por superior al Almirante ó á otro, pues él no lo remediaba),
¿como el Almirante pudo en ellos hacer castigo? Item, si áun entónces llegaba
el Almirante y no lo habian visto en la isla sino solos los diez, ó doce, ó
quince pueblos que estaban en 18 leguas, que anduvo cuando fué á ver las minas,
ni habia probado á alguno por razon natural, ni por escriptura auténtica, ni le
podia probar que le eran obligados á obedecer por superior, porque ni podia ni
la tenia, ni tampoco los entendia, ni ellos á él, ¿como iba y fué y pudo ir por
alguna razon divina ó humana á castigar la rebelion que D. Hernando dice? Los
que no son súbditos ¿como pueden ser rebeldes? ¿Podrá decir, por razon, el rey
de Francia á los naturales de Castilla, si, haciendo fuerzas y robos, insultos
y excesos, usurpándoles sus haciendas, y tomándoles sus mujeres y hijos en sus
mismas tierras y casas los franceses, si volviendo por sí ó por escaparse de
quien tantos males vienen á hacerles, podrá, digo, el rey de Francia, con
razon, decir que los Españoles le son rebeldes? Creo que no confesara esta
rebelion Castilla. Luego, manifiesto es, que el Almirante ignoró en aquel
tiempo, y áun mucho despues, como parecerá, lo que hacer debia, y á cuanto su
poder se extendia, y D. Hernando Colon estuvo bien remoto del fin, ignorando
muy profundamente el derecho humano y divino, al cual fin, el descubrimiento
que su padre en estas tierras hizo, y el estado y oficio (aunque bien trabajado
y bien merecido), que por ella alcanzó, y la comision y poderes que[100] les Reyes le dieron y todo lo demas, se ordenaba
y habia de ordenar y enderezar, como medios convenientes, segun arriba en el
cap. 93 digimos. Si este fin D. Hernando cognosciera, y penetrara la justicia y
derecho que los indios á defenderse á sí é á su patria tenian, mayormente
experimentando tantos males é injusticias cada dia, de nueva y extraña gente á
quien nunca ofendieron, ántes quien muchas y buenas obras les debia, y la poca
ó ninguna que los cristianos pudieron tener para entrar por sus tierras y
reinos por aquella vía, ciertamente, mejor mirara y ponderara lo que en este
paso habia de decir, y así, callara lo que incautamente para loa del Almirante
dijo, conviene á saber: «Que dieron los caballos por una parte y los lebreles
por otra, y todos, siguiendo y matando, hicieron tal estrago, que en breve fué
Dios servido tuviesen los nuestros tal victoria, que, siendo muchos muertos y
otros presos y destruidos, etc.» Cierto, no fué Dios servido de tan execrable
injusticia.
CAPÍTULO CV.
Anduvo el Almirante por gran parte de toda la isla,
haciendo guerra cruel á todos los Reyes y pueblos que no le venian á obedecer,
nueve ó diez meses, como él mismo, en cartas diversas que escribió á los Reyes
y á otras personas, dice. En los cuales dias ó meses, grandísimos estragos ó
matanzas de gentes y despoblaciones de pueblos se hicieron, en especial en el
reino de Caonabo, por ser sus hermanos tan valientes, y porque todos los indios
probaron todas sus fuerzas para ver si pudieran echar de sus tierras á gente
tan nociva y cruel, y que totalmente vian que, sin causa ni razon alguna, y sin
haberlos ofendido, que los despojaban de sus reinos y tierras, y libertad, y de
sus mujeres y hijos, y de sus vidas y natural ser; pero como se viesen cada dia
tan cruel é inhumanamente perecer, alcanzados tan fácilmente con los caballos y
alanceados en un credo tantos, hechos pedazos con las espadas, cortados por
medio, comidos y desgarrados de los perros, quemados muchos dellos vivos y
padecer todas maneras exquisitas de inmisericordia é impiedad, acordaron muchas
provincias, mayormente las que estaban en la Vega Real, donde reinaba
Guarionex, y la Maguana, donde señoreaba Caonabo, que eran de los principales
reinos y Reyes desta isla, como se ha dicho, de sufrir su infelice suerte,
poniéndose en manos de sus enemigos á que hiciesen dellos lo que quisiesen, con
que del todo no los extirpasen como quien no podia más; quedando muchas gentes
de muchas partes y provincias de la isla huidos por los montes, y otras que áun
los cristianos no habian tenido tiempo de llegar á ellas y las sojuzgar. Desta
manera (como el Almirante mismo escribió á los Reyes), allanada la gente de la
isla, la cual, dice, que era sin número, con[102] fuerza
y con maña, hobo la obediencia de todos los pueblos en nombre de Sus Altezas y
como su Visorey, é obligacion de como pagarian tributo cada Rey ó Cacique, en
la tierra que poseia, de lo que en ella habia; y se cogió el dicho tributo
hasta el año de 1496. Estas todas son palabras del Almirante. Bien creo que los
prudentes y doctos lectores cognoscerán aquí, cuan justamente fueron impuestos
estos tributos, y cuan válidos de derecho, y como los eran los indios obligados
á pagar, pues con tantas violencias, fuerzas y miedos, y precediendo tantas
muertes y estragos, y disminucion de sus estados, de sus personas, mujeres y
hijos, y libertad de todo su ser, y aniquilacion de su nacion, les fueron
impuestos y ellos concedieron á los pagar. Impuso el Almirante á todos los
vecinos de la provincia de Cibao y á los de la Vega Real, y á todos los
cercanos á las minas, todos los de catorce años arriba, de tres en tres meses
un cascabel de los de Flandes, digo lo hueco de un cascabel, lleno de oro, y
sólo el rey Manicao ex daba cada mes una media calabaza de oro, llena, que
pesaba tres marcos, que montan y valen 150 pesos de oro, ó castellanos; toda la
otra gente no vecina de las minas, contribuyese con una arroba de algodon cada
persona. Carga, cierto, y exaccion irracional, dificilísima, imposible é
intolerable, no sólo para gente tan delicada y no usada á trabajos grandes, y
cuidados tan importunos, y tan libre, y á quien no debia nada, y que se habia
de traer y ganar por amor y mansedumbre, y dulzura, y blanda conversacion, á la
fe y religion cristiana, pero áun para crueles turcos y moros, y que fueran los
hugnos ó los vándalos que nos hobieran despojado de nuestros reinos y tierras,
y destruido nuestras vidas, les fuera onerosísimo é imposible, y en sí ello
irracionable y abominable. Ordenóse despues de hacer una cierta moneda de cobre
ó de laton en la cual se hiciese una señal, y esta se mudase á cada tributo,
para que cada indio de los tributarios la trajese al cuello, porque se
cognosciese quién la habia pagado y quién no; por manera que, el que no la
trajese habia de ser castigado, aunque, diz que, moderadamente, por no haber[103] pagado el tributo. Pero esta invencion que
parece asemejarse á la que hizo, en tiempo de nuestro Redentor, Octaviano
Augusto, no pasó adelante, por las novedades y turbaciones que luego
sucedieron, con que, para mostrar Dios haber sido deservido con tan
intempestivas imposiciones, todo lo barajó, y así las deshizo; y es aquí de
saber, que los indios desta isla no tenian industria ni artificio alguno para
coger el oro, en los rios y tierra que lo habia, porque no cogian ni tenian en
su poder más de lo que en las veras ó riberas de los arroyos ó rios, echando
agua con las manos juntas y abiertas, de entre la tierra y cascajo, como acaso,
se descubria, y esto era muy poquito, como unas hojitas ó granitos menudos, y
granos más grandes que topaban, cuando acaecia; por lo cual, obligarlos á dar
cada tres meses un cascabel de oro, lleno, que cabria por lo poco tres y cuatro
pesos de oro, que valia y vale hoy cada peso 450 maravedís, érales de todo
punto imposible, porque ni en seis ni en ocho meses, y hartas veces en un año,
por faltarles la industria, no lo cogian, ni por manera alguna cogerlo ni
allegarlo podian Por esta razon el rey Guarionex, señor de la gran vega, dijo
muchas veces al Almirante, que si queria que hiciese un conuco, que era
labranza de pan, para el Rey de Castilla, tan grande que durase ó llegase desde
la Isabela hasta Sancto Domingo, que es de mar á mar, y hay de camino, buenas,
55 leguas, (y esto era tanto, que se mantuviera, cuanto al pan, diez años toda
Castilla), que él la haría con su gente, con que no le pidiese oro porque sus
vasallos cogerlo no sabian. Pero el Almirante, con el gran deseo que tenia de
dar provecho á los reyes de Castilla para recompensar los grandes gastos que
hasta entónces habian hecho y hacian, y eran menester cada dia hacerse en este
negocio de las Indias, y por refrenar los murmuradores y personas que estaban
cercanos á los Reyes, y que siempre desfavorecieron este negocio, que disuadian
á Sus Altezas que no gastasen, porque era todo mal empleado y perdido, y que no
habian de sacar fruto dello, y finalmente, daban al negocio cuantos disfavores
y desvíos podian, no creo sino que con buena intencion,[104] aunque,
á lo que siento, con harto poco celo y sin consideracion de lo que los Reyes,
aunque no sacaran provecho alguno, á la conversion y salud de aquellas ánimas,
como católicos, debian, querer cumplir el Almirante con esto temporal, y como
hombre extranjero y sólo (como él decia, desfavorecido), y que no parecia
depender todo su favor sino de las riquezas que á los Reyes destas tierras les
proviniesen, juntamente con su gran ceguedad é ignorancia del derecho que tuvo,
creyendo que por sólo haberlas descubierto y los reyes de Castilla enviarlo á
los traer á la fe y religion cristiana, eran privados de su libertad todos, y
los Reyes y señores de sus dignidades y señoríos, y pudiera hacer dellos como
si fueran venados ó novillos en dehesas valdías, como, y muy peor, lo hizo, le
causó darse más prisa y exceder en la desórden que tuvo que quizá tuviera;
porque, ciertamente, él era cristiano y virtuoso, y de muy buenos deseos, segun
dél, los que amaban la verdad ó no tenian pasion ó aficion á sus propios
juicios, cognoscian, así que no curaba de lo que Guarionex le importunaba y de
las labranzas que ofrecia, sino del cascabel de oro que impuesto habia.
Despues, cognosciendo el Almirante que los más de los indios, en la verdad, no
lo podian cumplir, acordó de partir por medio el cascabel, y que aquella mitad
llena diesen por tributo; algunos lo cumplian, y á otros no les era posible, y
así, cayendo en más triste vida, unos se iban á los montes, otros, no cesando
las violencias y agravios é injurias en ellos de los cristianos, mataban algun
cristiano por especiales daños y tormentos que recibian, contra los cuales
luego se procedia á la venganza que los cristianos llaman castigo, con el cual,
no sólo los matadores, pero cuantos podian haber en aquel pueblo ó provincia,
con muertes y con tormentos se punian, no considerando la justicia y razon
natural humana y divina, con cuya auctoridad lo hacian.
CAPÍTULO CVI.
Viendo los indios cada dia crecer sus no pensadas
otras tales, calamidades, y que hacian fortalezas ó casas de tapias y edificios
y no algunos navíos en el puerto de la Isabela, sino ya comidos y perdidos,
cayó en ellos profundísima tristeza, y nunca hacian sino preguntar si pensaban
en algun tiempo tornarse á su tierra. Consideraban que ninguna esperanza de
libertad ni de blandura, ni remision, ni remedio de sus angustias, ni quien se
doliese dellos, tenian, y como ya habian experimentado que los cristianos eran
tan grandes comedores, y que solo habian venido de sus tierras á comer, y que
ninguno era para cavar y trabajar por sus manos en la tierra, y que muchos
estaban enfermos y que les faltaban los bastimentos de Castilla, determinaron
muchos pueblos dellos de ayudarlos con un ardid ó aviso, ó para que muriesen ó
se fuesen todos, como sabian que muchos se habian muerto y muchos ido; no
cognosciendo la propiedad de los españoles, los cuales, cuanto más hambrientos
tanto mayor teson tienen, y más duros son de sufrir y para sufrir. El aviso fué
aqueste (aunque les salió al revés de lo que pensaron), conviene á saber, no
sembrar ni hacer labranzas de su conuco, para que no se cogiese fruto alguno en
la tierra, y ellos recogerse á los montes donde hay ciertas y muchas y buenas
raíces, que se llaman guayaros, buenas de comer, y nascen sin sembrarlas, y con
la caza de las hutias ó conejos de que estaban los montes y los llanos llenos,
pasar como quiera su desventurada vida. Aprovechóles poco su ardid, porque, aunque
los cristianos, de hambre terrible y de andar á montear y perseguir los tristes
indios padecieron grandísimos trabajos y peligros, pero ni se fueron, ni se
murieron, aunque algunos morian por las dichas causas, ántes,[106] toda
la miseria y calamidad hobo de caer sobre los mismos indios, porque, como
anduviesen tan corridos y perseguidos con sus mujeres é hijos á cuestas,
cansados, molidos, hambrientos, no se les dando lugar para cazar, ó pescar, ó
buscar su pobre comida, y por las humidades de los montes y de los rios, donde
siempre andaban huidos, y se escondian, vino sobre ellos tanta de enfermedad,
muerte y miseria, de que murieron infelicemente de padres y madres y hijos,
infinitos. Por manera, que, con las matanzas de las guerras, y por las hambres
y enfermedades que procedieron por causa de aquellas, y de las fatigas y
opresiones que despues sucedieron, y miserias, y sobre todo mucho dolor
intrínseco, angustia y tristeza, no quedaron de las multitudes que en esta
isla, de gentes, habia, desde el año de 94 hasta el de 6, segun se creia, la
tercera parte de todas ellas. ¡Buena vendimia, y hecha harto bien apriesa!
Ayudó mucho á esta despoblacion y perdicion, querer pagar los sueldos de la
gente que aquí los ganaba, y pagar los mantenimientos y otras mercadurías
traidas de Castilla, con dar de los indios por esclavos, por no pedir las
costas y gastos; y tantos gastos y costas, á los Reyes, lo cual el Almirante
mucho procuraba, por la razon susodicha, conviene á saber, por verse
desfavorecido y porque no tuviesen tanto lugar los que desfavorecian este
negocio de las Indias ante los Reyes, diciendo que gastaban y no adquirian:
pero debiera más pesar el cumplimiento de la ley de Jesucristo, que el disfavor
de los Reyes; mas la justicia contra tanta injuria y sinjusticia; mas la
caridad y amor de los prójimos, que enviar á los Reyes dineros; mas el fin, que
era la prosperidad y crecimiento temporal, y la conversion y salvacion
espiritual destas gentes, para la consecucion del cual se ordenaba el
descubrimiento que hizo destas Indias, y la vuelta suya á ellas, y todo lo
demas, que todos eran medios, que hacer por fuerza y violentamente y con tantas
matanzas y perdicion de ánimas y de cuerpos, y con tanta ignominia del nombre
cristiano, que diesen, los que eran Reyes y señores naturales y todos sus
súbditos, la obediencia y subyeccion[107] y
tributos al Rey, que nunca ofendieron, ni vieron, ni oyeron, ni le eran
obligados por razon alguna jurídica á lo hacer, pues los infestaban sin causa,
estando seguros en sus tierras, y sin darles razon por qué, y probársela, cosa
tan dura y tan nueva y con tanta violencia é imperio durísimo, les pedian. Y
puesto que se sacaron y enviaron muchos indios por esclavos á Castilla para lo
susodicho, y sin voluntad de los Reyes, sin alguna duda, como abajo se
mostrará, pero si nuestro Señor no ocurriera y á la mano fuera al Almirante,
con las adversidades que luego le sucedieron (que se contarán, si Dios
quisiere), para comenzar á mostrar ser injusto é inícuo cuanto contra estas inocentes
gentes, vidas y estados y ser, se hacia, por esta sola vía de hacer esclavos
para suplir las necesidades dichas, y relevar los Reyes de tantos gastos, en
muy más breves dias se despoblara y consumiera la más de la gente desta isla,
de la que restaba de la vendimia. Bien podria cualquiera que sea cuerdo, y
mayormente si fuere medianamente letrado, cognoscer y juzgar como los tales
indios padecian injusto captiverio, y uno ni ninguno no ser esclavo justamente,
pues todas las guerras que se les hacian eran injustísimas, condenadas por toda
ley humana, natural y divina.
CAPÍTULO CVII.
Antes que tratemos de la materia de los capítulos
siguientes, dos cosas quiero aquí referir, que debemos, cierto, á mí juicio,
muy bien de notar. La una es, que como ántes que el Almirante volviese de
descubrir, el cual, llegó á la Isabela, como arriba se dijo, á 29 dias de
Setiembre del año de 94, se fueron á Castilla en los tres navíos en que habia
venido don Bartolomé Colon, hermano del Almirante, aquel padre fray Buil y
Mosen Pedro Margarite, y otros principales, estos tales fueron los que
informaron y, con sus relaciones, atibiaron á los Reyes en la esperanza que
tenian de las riquezas destas Indias, diciendo que era burla, que no era nada
el oro que habia en esta isla, y que los gastos que Sus Altezas hacian eran
grandes, nunca recompensables, y otras muchas cosas en deshacimiento del
negocio y del crédito que los Reyes tenian del Almirante, porque luego, en
llegando, no se habian vuelto cargados de oro en los navíos en que habian
venido; no considerando que el oro no estaba ya sacado y puesto en las arcas, ó
era fruta que habian de coger de los árboles (como se queja y con razon el
Almirante), sino en minas y debajo de la tierra, y que nunca en parte del
mundo, plata ni oro, ni otro metal, se sacó sin grande trabajo, sino fuese á
sus dueños de sus arcas robado. Para testimonio de lo haber, bastaba y
sobrebastaba las grandes muestras de oro que el primer viaje habia el Almirante
llevado, y lo que con Antonio de Torres, cogido de las minas por propias manos
de los cristianos y de lo que le dió Guacanagarí cuando tornó, habia enviado. Y
ántes que fuese á descubrir, que fué á 24 de Abril del año de 94, como arriba
queda dicho en el cap. 94, habiendo llegado á donde dispuso hacer la poblacion
que llamó la Isabela, por[109] el mes de Diciembre,
año de 93, por manera, que no estuvo el Almirante en esta isla, estando
presentes el padre fray Buil y Mosen Pedro y los demas que se fueron ántes que
él volviese de descubrir, sino cuatro meses ó pocos dias más, ¿qué pudo el Almirante
hacer de malos tratamientos á los españoles, y qué mala gobernacion pudo tener
para que aquellos que así se fueron, y á los Reyes informaron, fuesen causa de
que la fortuna y estado del Almirante, tan presto, y tan recientes y frescos
sus grandes é incomparables servicios, diese la vuelta y á declinar comenzase?
Pero cierto, si consideramos la providencia del muy Alto, que sabe las cosas
futuras mucho ántes, y que á todas provee su reguardo, poco hay de que
maravillarnos. Parece que en los cuatro navíos que trujo Antonio de Torres, y
en que tornó á Castilla y llevó 500 indios, injustamente hechos esclavos, como
se dijo, debieran de ir muchas más quejas contra el Almirante y sus hermanos de
los agravios que decian que hacia á los españoles, lo cual ayudaria y moveria
con mas eficacia á los Reyes para lo que luego se dirá. La segunda cosa digna
de notar es esta: que en el mismo tiempo que el Almirante salia y salió á hacer
en los indios, contra toda justicia y verdad los grandes estragos, se le urdia
en Castilla la primera sofrenada y el primero, harto amargo, tártago. Él salió
de la Isabela en 24 de Marzo del año de 495, segun parece arriba en el cap.
104, y en aquel mismo mes y año, estaban los Reyes (porque escrito está: Cor
regis in manu domini, etc.), despachando á un repostero suyo de camas, que
se llamó Juan Aguado, natural de Sevilla, ó al ménos allí despues avecindado,
enviado sin jurisdiccion alguna, sino cuasi por espía y escudriñador de todo lo
que pasaba, con cartas de gran crédito para todos los que aquí estaban. Este
comenzó á aguar todos los placeres y prosperidad del Almirante, por manera, que
cuando el Almirante iba á ofender á Dios en las guerras injustas que contra los
indios mover queria, y así las movió, por las cuales tantas gentes mató y echó
á los infiernos, habiendo venido para convertirlos, en aquellos mismos dias le
ordenaba el comienzo de su castigo; y desta[110] manera
lo provee y ordena Dios con todos los hombres, y por eso todos, en no
ofenderle, debemos estar muy sobre aviso, y deberíamos suplicarle íntimamente
que nos dé á cognoscer por qué pecados contra nos se indigna, porque,
cognosciéndolo, sin duda nos enmendariamos más aína, pero cuando Dios nos azota
y aflige y el por qué no lo sentimos, verdaderamente mucho mayor y más cierto
es nuestro peligro. Tornando al propósito de nuestra historia, los Reyes
mandaron aparejar cuatro navíos y cargarlos de bastimentos y cosas que el
Almirante habia escrito, para la gente que ganaba su sueldo en esta isla, y
ordenaron que el dicho Juan Aguado, su repostero, fuese por Capitan dellos;
diéronle sus provisiones é instruccion de lo que habia de hacer, y, para todos
los que acá estaban, le dieron la siguiente carta de creencia:
«El Rey é la Reina.—Caballeros y escuderos y otras
personas que por nuestro mandado estais en las Indias, allá vos enviamos á Juan
Aguado, nuestro repostero, el cual, de nuestra parte, vos hablará. Nos vos
mandamos que le dedes fe y creencia. De Madrid á nueve de Abril de mil cuatro
cientos noventa y cinco años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é de
la Reina, nuestros Señores, Hernandalvarez.»
Llegó Juan Aguado á la Isabela por el mes de
Octubre del dicho año de 1495, estando el Almirante haciendo guerra á los
hermanos y gente del Caonabo, en la provincia de la Maguana, que era su reino y
tierra, donde agora está poblada, y siempre despues lo estuvo, una villa de
españoles que se llamaba Sant Juan de la Maguana; el cual mostró, por palabras
y actos exteriores de su persona, traer de los Reyes muchos poderes y autoridad
mayor de la que le dieron, y con esto se entremetía en cosas de jurisdiccion que
no tenia, como prender á algunas personas de la mar, de las que habian con él
venido, y en reprender los oficiales del Almirante, mayormente haciendo muy
poca cuenta y teniendo poca reverencia, á D. Bartolomé Colon, que habia[111] dejado por Gobernador el Almirante, por su
ausencia, como despues yo vide, con muchos testigos, probado. Quiso ir luego el
dicho Juan Aguado en busca del Almirante, y tomó cierta gente de pié y de
caballo. Díjose que por los caminos y pueblos de los indios, él, ó los que con
él iban, echaban fama que era venido otro nuevo Almirante que habia de matar al
viejo que acá estaba, y como los señores y gentes desta isla, en especial las
de la comarca de la Isabela y de la Vega Real, y todos los vecinos y gentes de
las minas, estaban agraviados y atribulados con las matanzas que en ellos habia
hecho el Almirante, y los tributos del oro que les habia puesto, que como no
tenian industria de cogerlo y ello se coge, donde quiera que está, con grandes
trabajos, les era intolerable, bien creo que de la venida del nuevo Almirante
se gozaban; porque apetito es comun de todos los que son pobres, y de los que
padecen adversidades y servidumbre injusta, y más de los que están muy opresos
y tiranizados, querer ver cada dia novedades, la razon es porque les parece,
por el apetito natural y ansía que tienen salir de sus trabajos, que es más
cierta la esperanza de que han de ser, poco que mucho, relevados, que el temor
de que vernán con la novedad á más trabajoso estado. Por esta causa se hicieron
algunos ayuntamientos de gentes de unos Caciques y señores con otros, en
especial en casa de un gran señor que se llamó Manicaotex, que yo bien conocí y
por muchos años, que señoreaba la tierra cerca del gran rio de Yaquí, tres
leguas ó poco más de donde se fundó la fortaleza y ciudad, que despues diremos,
de la Concepcion, donde trataban del Almirante viejo que los habia con tantos
daños subiectado y atributado, y del nuevo, de quien esperaban ser aliviados;
pero engañados estaban, porque cualquiera que fuera, y todos los que despues
fueron, segun la ceguedad que Dios por nuestros pecados y los suyos en esta
materia permitió, no librarlos ni darles lugar para resollar, sino añidirles
tormentos á sus males y á su trabajosa y calamitosa vida (vida infernal siempre,
hasta consumirlos á todos) procuraron. En este año de 1495, pidieron algunos
marineros[112] y otras personas, vecinos de
Sevilla, licencia á los Reyes para poder venir á descubrir á estas Indias,
islas y tierra firme que estuviesen descubiertas, la cual concedieron los Reyes
con ciertas condiciones: La primera, que todos los navíos que hobiesen de ir á
descubrir se presentasen ante los oficiales del Rey, que para ello estaban
puestos en la ciudad y puerto de Cáliz, para que de allí vayan una ó dos personas
por veedores; la segunda, que habian de llevar la décima parte de las toneladas
con cargazon de los Reyes, sin que se les pagase por ello cosa alguna; la
tercera, que aquello lo descargasen en la isla Española; la cuarta, que de todo
lo que hallasen, diesen á los Reyes la décima parte cuando volviesen á Cáliz;
la quinta, que habian de dar fianzas que así lo cumplirian todo; la sexta, que
con cada siete navíos pudiese el Almirante cargar uno para sí para rescatar,
como los otros que á ello fuesen, por la contratacion y merced hecha al
Almirante que en cada navío pudiese cargar la octava parte. En esta provision
tambien se contenia, que quien quisiese llevar mantenimientos á vender á los
cristianos que estaban en esta isla Española, y en otras partes que estuviesen,
los vendiesen francos de todo derecho, etc. Fué hecha en Madrid de diez dias de
Abril de mil y cuatrocientos y noventa y cinco años.
CAPÍTULO CVIII.
Sabido por el Almirante la venida de Juan Aguado,
determinó de volverse á la Isabela, y no creo que anduvo mucho camino para ir
donde estaba el Almirante, Juan Aguado. Despues de llegado dióle las cartas que
le traia de los Reyes, y, para que presentase la creencia y otras cartas de los
Reyes que traia, mandó el Almirante juntar toda la gente española que en la
Villa habia y tocar las trompetas, porque con toda solemnidad, cuanta fué por
entónces posible, la Cédula Real de su creencia, delante de todos y á todos se
notificase. Muchas cosas pasaron en estos dias y tiempo que Juan Aguado estuvo
en esta isla, en la Isabela, y todas de enojo y pena para el Almirante, porque
el Juan Aguado se entrometía en cosas, con fiucia y color de su creencia, quel
Almirante sentia por grandes agravios; decia y hacia cosas en desacato del
Almirante y de su auctoridad, oficios y privilegios. El Almirante, con toda
modestia y paciencia, lo sufria, y respondia y trataba al Juan Aguado siempre
muy bien, como si fuera un Conde, segun vide de todo esto, hecha con muchos
testigos, probanza. Decia Juan Aguado que el Almirante no habia obedecido ni
recibido las Cédulas y creencia de los Reyes, con el acatamiento y reverencia
debida, sino que, al tiempo que se presentaban, habia callado, y despues de
presentadas, cinco meses habia, pedia á los escribanos la fe de la
presentacion; y de la poca cuenta quel Almirante habia hecho dellas, y queria
llevar los escribanos á su posada porque le diesen la fe en su presencia. Ellos
no quisieron, sino que les enviase las Cédulas á su posada y que allí se la
darian, él decia que no habia de fiar de nadie las cartas del Rey, y así, de
dia en dia lo disimulaba; al cabo de cinco meses que se las envió, y dieron la
fe y testimonio[114] de como el Almirante las habia
obedecido y reverenciado, como á cartas de sus Reyes y señores, fuélos á
deshonrar con palabras injuriosas, diciendo que habian mentido y hecho y
cometido falsedad, y que ellos serian castigados. Los escribanos dieron la fe,
y despues, con juramento, confirmaron de nuevo el dicho testimonio y fe que
habian dado haber sido verdadero, y probáronse las injurias que Juan Aguado les
habia dicho. Destas y otras muchas cosas, y de la presuncion y auctoridad que
mostraba el Juan Aguado, y de atreverse al Almirante más de lo que debiera, y
de las palabras y amenazas que le hacia con los Reyes, toda la gente se
remontaba y alteraba, por manera que ya no era el Almirante ni sus justicias
tan acatado y obedecido como de ántes. Toda la gente que en toda esta isla
entónces estaba, increiblemente estaba descontenta, en especial la que estaba
en la Isabela, y, toda la más, por fuerza, por las hambres y enfermedades que
padecian, y no se juraba otro juramento sino, «así Dios me lleve á Castilla;»
no tenian otra cosa que comer sino la racion que les daban de la alhóndiga del
Rey, que era una escudilla de trigo que lo habian de moler en una atahona de
mano (y muchos lo comian cocido), y una tajada de tocino rancioso ó de queso
podrido, y no se cuantas habas ó garbanzos, vino, como si no lo hobiera en el
mundo; y con esto, como habian venido á sueldo de los Reyes, y tenia en ello
parte el Almirante, mandábalos trabajar, hambrientos y flacos, y algunos
enfermos, en hacer la fortaleza y la casa del Almirante y otros edificios, por
manera que estaban todos angustiados y atribulados y desesperados, por lo cual
se quejaban al Juan Aguado, y de allí tomaba él ocasion de tener que decir del
Almirante y amenazarlo con los Reyes. La gente sana era la mejor librada cuanto
á la comida, puesto que, á lo que tocaba al ánima, era la más malaventurada,
porque andaban por la isla haciendo guerra y fuerzas, y robando, y todos los
que tomaban á vida hacian esclavos. En este tiempo se perdieron en el puerto
los cuatro navíos que trajo Juan Aguado, con gran tempestad, que era lo que
llamaban los indios en su[115] lengua huracan, y
agora todos las llamamos huracanes, como quien, por la mar y por la tierra,
cuasi todos los habemos experimentado; y porque estoy dudoso si entre los seis
navíos, que arriba en fin del cap. 102 dijimos se perdieron en el puerto de la
Isabela, fueron los cuatro de Juan Aguado, porque se me ha pasado de la memoria
como há ya cincuenta y nueve años, no quiero afirmar que fuesen otros ó ellos,
mas de que, á lo que me parece, que en los tiempos que yo allá estaba, que fué
pocos años despues de perdidos, platicábamos que dos veces se perdieron navíos
en el dicho puerto, y si así es, como me parece que es así, los postreros que
se perdieron fueron los de Juan Aguado; pero que sea lo uno que sea lo otro,
para tornar á Castilla ningun navío habia, sino solas las dos carabelas que
mandó hacer allí, en el puerto de la Isabela, el Almirante.
CAPÍTULO CIX.
No dudando el Almirante que Juan Aguado habia de
llevar muchas quejas de los españoles que allí por fuerza estaban, y tan
necesitados, á los Reyes, contra el Almirante, y que no dejaria de añadir y
encarecer mucho sus defectos, y que de secreto llevaria informaciones hechas
contra él, y que sobre las relaciones ásperas y demasiadas, y por entónces,
cierto, segun yo creo, no muy verdaderas, que pudieron decir, si las dijeron
(lo cual se presume por haberse ido, tan sin tiempo y sin licencia del
Almirante, y descontentos), y tambien porque no parece que los Reyes enviaran á
Juan Aguado tan presto, sino por la relacion que harian en infamia desta isla y
destas tierras, y en deshacimiento y disfavor del servicio que el Almirante
habia hecho á los Reyes en su descubrimiento, el susodicho padre fray Buil y
Mosen Pedro Margarite, y los demas que, ántes que el Almirante volviese de
descubrir las islas, Cuba y Jamáica y las demas, se habian desta isla ido á
Castilla, moverian y exasperarian los ánimos de los Reyes y disminuírseles ía
la voluntad de hacer los gastos que eran necesarios para proseguir esta
empresa, determinó el Almirante de ir á Castilla para informar á los Reyes del
estado desta isla y del descubrimiento de Cuba y Jamáica, y de las cosas
sucedidas, y responder á los obiectos que se habian puesto contra la bondad y
felicidad y riquezas destas tierras, porque no hallaron tan á mano los montes
de oro, como en España (al ménos los seglares, salvando al dicho padre fray
Buil) se habian prometido, y, finalmente, para satisfacer á los Reyes y darles
cuenta de sí, é tractar esomismo sobre ir á descubrir lo que mucho deseaba, por
topar con tierra firme; por ventura, tambien pudo ser que los Reyes le
escribieron en[117] la carta que el dicho Juan
Aguado le trujo, que así lo hiciese, porque se querian informar dél en todo lo
susodicho. Pero que los Reyes le escribiesen que fuese á Castilla, nunca hombre
lo supo ni tal he podido descubrir, ántes, por cosas que pasaron entre el
Almirante y Juan Aguado públicas, que yo he visto en probanzas con autoridad de
escribanos, parece el contrario, porque el Almirante decia públicamente, «yo
quiero ir á Castilla á informar al Rey é á la Reina, nuestros señores, contra
las mentiras que los que allá han ido les han dicho,» y no tuve yo á Juan
Aguado por tal, que si él tuviera tal carta ó noticia della, qué no le dijera,
cuando reñian y él se desmesuraba contra el Almirante, que iba á Castilla á su
pesar, porque los Reyes así lo querian. Al ménos parece por esta razon claro un
error que dice en su Historia, entre otros muchos, Gonzalo Hernandez de Oviedo
en el cap. 13 del II, libro donde dice, que desde á pocos dias que llegó Juan
Aguado, apregonada la creencia de los Reyes y ofrecidos los españoles á le
favorecer en lo que de parte de los Reyes se dijese, dijo al Almirante que se
aparejase para ir á España, lo cual dice que el Almirante sintió por cosa muy
grave, é vistióse de pardo como fraile y dejóse crecer la barba, y que fué en
manera de preso, puesto que no fué mandado prender; y que mandaron los Reyes
tambien llamar al dicho padre fray Buil y á Mosen Pedro Margarite, y á otros
que allí cuenta, que fuesen á Castilla entónces cuando el Almirante fué. Dice
mas, que venido el Almirante de descubrir á Cuba y Jamáica, y pasados dos meses
y medio, mandó llamar á Mosen Pedro Margarite, que era Alcaide de la fortaleza
de Santo Tomás, y á otros que estaban con él, y venidos á esta ciudad de Santo
Domingo, donde por la fertilidad y abundancia de la tierra se repararon y
cobraron salud, y despues que todos fueron juntos, comenzaron á tener
discordias entre si el Almirante y el padre fray Buil, y que hobieron estas
discordias principio, porque el Almirante ahorcó á un aragonés que se llamaba
Gaspar Ferim, por lo cual, cuando el Almirante hacia cosa que al fray Buil no
pluguiese, ponia entredicho y cesacion del divino[118] oficio;
el Almirante quitaba la racion al fray Buil y á su familia, y que Mosen Pedro y
otros los hacian amigos, pero que duraba el amistad pocos dias: todo esto dice
Oviedo en el susodicho capítulo. Que todo sea falso, cuanto cerca desto dice,
no serán menester muchos testigos, pues parecerá por muchas cosas arriba
dichas; lo uno, porque cuando el Almirante partió para descubrir, áun no habia,
en obra de cinco meses que estuvo en esta isla despues que llegó de España y
enfermó, ahorcado hombre ninguno, ni nunca oí que tal dél se dijese, ni en las
culpas que le opusieron despues y hombres que le acusaron que ahorcó y
nombrados, el catálogo de los cuales yo vide y tuve en mi poder, pero nunca tal
hombre vide nombrado entre ellos; lo otro, porque como arriba en los capítulos
99 y 100 pareció, cuando el Almirante llegó á la Isabela de descubrir á Cuba y
Jamáica, que fué á 29 de Abril del mismo año de 1494, ya eran idos el dicho padre
fray Buil y Mosen Pedro Margarite, y otros, á Castilla, sin licencia del
Almirante, luego no tuvieron pendencias ni discordias el Almirante y el padre
fray Buil, para que el uno descomulgase y pusiese entredicho, y el otro negase
las raciones y la comida al padre fray Buil y á su familia; lo otro, porque
Oviedo, dice, que pasados dos meses y medio, poco más ó ménos, el Almirante
envió á llamar á D. Pedro Margarite, y no tornó en sí de la grande enfermedad
con que tornó del dicho descubrimiento de Cuba, en cinco meses, como parece
arriba en el cap. 100; lo otro, porque Oviedo dice que vino el Almirante, del
dicho descubrimiento, aquí á este puerto de Sancto Domingo, y no vino sino á la
Isabela, porque este puerto áun no se sabia si lo habia en el mundo, ni jamás
ántes el Almirante lo habia visto hasta el año de 1498 que volvió de Castilla,
y descubierta ya por él tierra firme, segun que parecerá abajo; lo otro, porque
dice Oviedo que llegó el Adelantado D. Bartolomé Colon á este puerto, dia de
Sancto Domingo, á 5 de Agosto del año 1494, y esto parece manifiesto ser falso,
porque él llegó á esta isla, en 14 dias de Abril del mismo año 94, ántes que el
Almirante viniese de[119] descubrir á Cuba, como
parece en el cap. 101, y no habia de volar luego á este puerto en tres meses,
sin ver al Almirante, ni sin tener cargo alguno, como si hubiera rebeládosele
estando en Castilla. Lo que dice de Miguel Diaz, que huyó del Adelantado por
cierta travesura, y vino á parar aquí á este puerto y provincia, pudo ser, pero
nunca tal oí, siendo yo tan propincuo á aquellos tiempos; mas de tener por
amiga á la Cacica ó señora del pueblo que aquí estaba, y rogarle que fuese á
llamar á los cristianos para que se pasasen de la Isabela á vivir aquí, es tan
verdad, como ser el sol obscuro á medio dia. Donosa fama los españoles, por sus
obras tan inhumanas tenian para que la Cacica ni hombre de todos los naturales
desta isla los convidasen á venir á vivir á su tierra, ántes se quisieran meter
en las entrañas de la tierra por no verlos ni oirlos. Así que, esto es todo
fábula y añadiduras que hace Oviedo suyas, ó de los que no sabian el hecho, que
se lo refirieron, fingidas; lo que desto yo puedo decir, es, que dejó mandado
el Almirante cuando se partió esta segunda vez á Castilla, que el Adelantado
enviase á Francisco de Garay y á Miguel Diaz á que poblasen á Sancto Domingo, y
esto siento ser más verdad, vistos mis memoriales que tengo de las cosas que
acaecieron ántes que yo viniese, de qué, los que las vieron ó supieron y
tuvieron por ciertas, me informaron. Lo postrero, porque dice Oviedo que el
Almirante, y el padre fray Buil, y Mosen Pedro Margarite, y Bernal de Pisa, y
otros caballeros fueron juntos en la misma flota á Castilla; esto no es así,
segun parece claramente por todo lo dicho, y mucho ménos es verdad que el
Almirante fuese á manera de preso, porque áun no estaban tan olvidados en los
corazones de los católicos Reyes sus grandes y tan recientes servicios.
CAPÍTULO CX.
En estos tiempos el Almirante ya habia mandado
hacer dos fortalezas, una que llamó la Magdalena, como dijimos en el cap. 100,
en la provincia del Macorix, que llamábamos el Macorix de abajo, dentro de la
Vega Real, que creo que fué asentada en un lugar y tierra de un señor que se
llamaba Guanaoconel, tres ó cuatro leguas, ó poco más, de donde está agora
asentada la villa de Santiago, en la cual puso por Alcaide á aquel hidalgo, que
arriba en el cap. 82 dijimos, Luis de Artiaga. Nombrábamos el Macorix de abajo,
á diferencia de otro Macorix de arriba, que era la gente de que estaba poblada
la cordillera de las sierras que cercaban la Vega por la parte del Norte, y
vertian las aguas en la misma provincia del Macorix de abajo; decíase Macorix
en la lengua de los indios mas universal de esta isla, cuasi como lengua
extraña y bárbara, porque la universal era mas pulida y regular ó clara, segun
que dijimos en la descripcion desta isla, puesta arriba en los capítulos 90 y
91. Hizo otra, cerca de donde fué puesta despues la villa de Santiago, en la
ribera ó cerca del rio Yaquí; otra hizo que llamó Sancta Catherina, fué Alcaide
della un Fernando Navarro, natural de Logroño; esta no sé donde la edificó, por
inadvertencia de en aquellos tiempos no preguntarlo. Otra hizo que llamó
Esperanza, creo que la puso en la ribera del rio Yaquí, á la parte de Cibao. La
otra fortaleza se edificó en la provincia y reino de Guarionex, 15 leguas, ó
algunas más, en la misma Vega, más al Oriente de la otra, donde se pobló
despues la ciudad que se dijo y dice de la Concepcion, que ya está cuasi del
todo despoblada, que tomó nombre de la misma fortaleza, á la cual el Almirante
puso nombre la Concepcion; en esta puso por Alcaide[121] á
un hidalgo que se llamó Juan de Ayala, despues la tuvo un Miguel Ballester,
catalan, natural de Tarragona, viejo y muy venerable persona. Por manera, que
hobo en esta isla tres fortalezas, despues que el Almirante vino el segundo
viaje á poblar con gente española, y si añidimos la que dejó hecha en el Puerto
de la Navidad, donde quedaron los 39 cristianos, fueron cuatro; pero desta no
es de hacer mencion, pues tan poco duró y ménos aprovechó, por culpa de los que
en ella quedaron. La mejor de todas ellas fué la de la Isabela, porque fué de
piedra ó cantería, de la cual, siendo yo Prior en Sancto Domingo de la villa de
Puerto de Plata, hice traer una piedra grande, la cual hice poner por primera
piedra del Monesterio que allí yo comencé á edificar, por memoria de aquella
antigüedad. Está la dicha piedra en la esquina oriental del cuarto de abajo,
que fué el primero que comencé á edificar más propincuo á la porteria y á la
iglesia. Despues de aquella fortaleza de la Isabela fué la mejor la de la
Concepcion de la Vega, que era de tapias y con sus almenas y buena hechura, la
cual duró muchos años, hasta el año de 1512, si bien me acuerdo; todas las
demas, muchos años ántes habia que se cayeron, y no hobo memoria dellas, como
se fueron consumiendo los indios, con las crueles guerras, contra quien se
procuraron hacer; la menor y ménos fuerte de las cuales, como no fuese de
madera, sino de tierra, era más inespugnable para los indios que Salsas para
franceses. Despues mandó hacer otra en la provincia del Bonao, que dista de la
Concepcion ocho ó diez leguas, camino de Sancto Domingo, en la ribera del rio,
que se llama en lengua de los indios desta isla, Yuna, pegada á la sierra que
recibe el sol luego en naciendo á la mañana; por manera, que tuvo el Almirante,
ántes que tornase á Castilla, hechas siete fortalezas en esta isla. Desta
postrera, que fué la quinta, no estoy cierto, que la mandase hacer ántes ó
despues de venido de Castilla el Almirante, y ántes creo, que despues de
partido él la hizo D. Bartolomé Colon, su hermano. Como Guarionex y los otros
señores se viesen tan fatigados con la carga de[122] los
tributos del cascabel de oro, que el Almirante á contribuir les forzaba, tenian
todas las maneras que podian para excusarse, afirmando que sus gentes no tenian
industria de cogerlo, sino lo que hallaban á caso ó buscándolo en las riberas
de los arroyos ó rios, como arriba se dijo, sobre la arena, y finalmente lo que
podian haber con poco trabajo. Avisaron al Almirante, que, hácia la parte del
Mediodia ó del Sur, habia minas de mucho oro, que enviase allá de sus
cristianos para buscallo. Deliberó el Almirante de hacerlo así, y díjose que
habia enviado á Francisco de Garay y á Miguel Diaz, con cierto número de gente,
para lo cual les dieron guías que los llevasen; partieron de la Isabela y
vinieron á la fortaleza de la Magdalena, y de allí á la de la Concepcion, todo
por la Vega Real, llano como la palma de la mano. De allí llegaron al puerto
grande, de sierra muy hermosa, por la misma vega, que está tres leguas, buenas,
de la dicha fortaleza de la Concepcion, la vega abajo por el pié de la sierra;
subidos arriba del puerto, vieron de allí gran pedazo, y más se parecen de 30
leguas della, cosa dignísima para della sacar materia de dar muchas gracias á
Dios, como arriba se dijo, hablando della. Dura el puerto hasta tornarlo á buscar
á la parte de la provincia del Bonao, dos leguas, no grandes. Asomaron luego á
otra vega, bien de 10 ó 12 leguas de largo y ancho, que, como arriba en la
descripcion destas islas dijimos, que se llamaba en lengua de indios el señor
della Bonao, y de aquí llamamos los españoles el pueblo que allí se hizo la
villa del Bonao. En todos los pueblos que topaban de indios, les hacian muy
buen acogimiento, dándoles de comer y haciéndoles todo el servicio, aunque los
tenian por hombres infernales. Del Bonao, las guías los llevaron hasta otras 12
leguas, las tres ó cuatro por tierra harto lodosa y áspera de cuestas y muchos
rios y arroyos, que despues llamamos las lomas del Bonao; llegaron á un rio
caudal que se llamaba y hoy le nombramos Hayna, gracioso y fertilísimo rio, en
el cual les dijeron que habia mucho oro, ó por aquella comarca, y así fué,
porque cavando en muchos lugares de los arroyos que entraban en el rio[123] grande de Hayna, hallaron muy gran muestra de
oro, de manera que juzgaron que un hombre trabajador, podia coger tres pesos de
oro, y más adelante. Estas minas llamó el Almirante las minas de Sant
Cristóbal, por una fortaleza que allí mandó hacer á su hermano, cuando se
partió para Castilla, so este nombre, despues se llamaron las minas viejas, y
hoy se llaman ansí, por respecto de otras que despues se descubrieron á la otra
parte del rio Hayna, frontero destas, que se nombraron las minas nuevas; las
viejas estaban al Poniente del rio, y las nuevas á la parte oriental. Estaba de
allí la costa de la mar, y el rio, en cuya boca despues se edificó la ciudad,
que hoy permanece, de Sancto Domingo, no más de ocho leguas. Anduvieron en este
camino, desde la Isabela hasta las dichas minas viejas y primeras, como se
dijo, 45 leguas. Finalmente, trujeron gran muestra de oro y granos algunos
grandes, de los cuales despues, muchos y grandes, por la mayor parte, en estas
y en las minas nuevas (como abajo parecerá), se hallaron, lo que no acaeció en
las de Cibao, donde todo el oro que se halló allí, por la mayor parte, no fué
sino como sal, menudo, puesto que hobo tambien algunos, buenos granos. Algunos
granos grandes se hallaron, los tiempos andando, adelante de la tierra que
propiamente se llamó Cibao, al cabo de las sierras mismas y cordillera que es
continua de Cibao, que va á parar á la parte de la isla del Norte ó
septentrional, mayormente en la provincia de Guahava, como, placiendo á Dios,
abajo tambien se dirá.
CAPÍTULO CXI.
Acabadas las dos carabelas que habia mandado hacer
el Almirante, y guarnecidas de bastimentos y agua, y de las otras cosas, segun
que se pudo aparejar, necesarias, ordenadas las que convenian á la isla,
encomendadas las fortalezas á las personas que le pareció ser para ellas,
constiyó por Gobernador y Capitan general desta isla, en su lugar, con
plenísimo poder, á D. Bartolomé Colon, su hermano, y desques dél á D. Diego
Colon, su segundo hermano, rogando y mandando á todos que los obedeciesen, y á
él, que, con su prudencia, con todo el contentamiento que se sufriese de la
gente, á todos agradase y gobernase, y bien tratase; dejó por Alcalde mayor de
la Isabela y de toda la isla, para el ejercicio de la justicia, á un escudero,
criado suyo, bien entendido aunque no letrado, natural de la Torre de don
Ximeno, que es cabe Jaen, que se llamó Francisco Roldan, porque le pareció que
lo haria segun convenia, y lo habia hecho siendo Alcalde ordinario, y en otros
cargos que le habia encomendado. Y porque los Reyes habian mandado que el
Almirante dejase ir á Castilla los más enfermos y necesitados que en la isla
estaban, y otros cuyos parientes y deudos y sus mujeres se habian á los Reyes
quejado que no les daba licencia el Almirante para irse á sus tierras y casas,
y otros por otros por ella suplicádoles, allegáronse hasta doscientos veinte y
tantos hombres que en ambas carabelas se embarcaron; sobre muchos dellos, quién
irian ó quién quedarian, teniendo iguales necesidades, y otros, que se
encomendaban á Juan Aguado, Juan Aguado creia que, por la creencia Real que
trujo, debia el Almirante conceder que fuesen los que nombraba ó queria, otras
veces parecia que lo rogaba, aunque no con mucha humildad, para con el
Almirante,[125] otras, que con que irian ante los
Reyes, lo amenazaba. Finalmente, tuvieron hartos enojos y barajas, pero al cabo
no se hacia ni podia hacer más que lo que el Almirante mandaba, lo que no
acaeciera, si Juan Aguado de los Reyes trajera, para ello, ni para otras cosas,
en lo público, alguna autoridad. Al cabo de todos estos contrastes, se hobo de
embarcar el Almirante en una destas dos carabelas, la principal, y Juan Aguado
en la otra, repartidos los doscientos y veinte y tantos hombres, y más 30
indios, segun la órden que el Almirante dió, en ambas. Salió del puerto de la
Isabela, jueves, á 10 dias de Marzo del año de 1496 años, y porque tenia
noticia ya del puerto de Plata, que estaba siete ú ocho leguas de la Isabela,
desde el primer viaje, quiso irlo á ver, y que fuese con él el Adelantado, y mandóle
salir en tierra con 10 hombres para ver si habia agua, con intincion de hacer
allí una poblacion. Hallaron dos arroyos de muy buen agua, pero el Adelantado,
dijeron, que negó haber agua, porque no se impidiese la poblacion de Sancto
Domingo; salióse para tornarse por tierra á la Isabela el Adelantado, y fuése
su camino el Almirante. Subió hácia el Oriente con gran dificultad por los
vientos contrarios Levantes y corrientes, que le desayudaban, hasta el Cabo de
la isla, que creo es el que hoy llamamos el cabo del Engaño; y, mártes, 22 de
Marzo, perdió de vista el dicho Cabo y tierra desta isla, y por tomar algun
caçabí y bastimento de comida, porque no sacó tanta cuanta hobiera menester de
la Isabela, quiso volver hácia el Sur por tomar las islas de por allí, é á 9 de
Abril, sábado, surgió en la isla de Marigalante. De allí, otro dia, domingo,
fué á parar y surgir á la isla de Guadalupe; envió las barcas en tierra bien
armadas, y, ántes que llegasen, salieron del monte muchas mujeres con sus arcos
y flechas para defender que no desembarcasen, y porque hacia mucha mar no
quisieron llegar á tierra, sino enviaron dos indios de los que llevaban desta
Española, que fuesen á nado, los cuales dijeron á las mujeres, que no querian
sino cosas de comer, y no hacer mal á nadie; respondieron las mujeres que se
fuesen á la otra parte de la isla[126] donde
estaban sus maridos en sus labranzas, y que allá hallarian recaudo. Yendo los
navíos junto con la playa, salieron infinitos indios dando alaridos y echando
millares de flechas á los navíos, aunque no alcanzaban; fueron las barcas á
tierra, los indios resistieron con sus armas, tiráronles de los navíos ciertas
lombardas, que derrocaron algunos; huyen todos á los montes viendo el daño,
desamparadas sus casas. Entran los cristianos destruyendo y asolando cuanto
hallaban, sino era lo que á ellos les habia de aprovechar; hallaron papagayos
de los grandes, colorados, que arriba dijimos llamarse guacamayos, que son como
gallos, aunque no tienen las piernas grandes, y dice el Almirante que hallaron
miel y cera. Esta no creo que fuese de la misma isla, porque nunca, que yo
sepa, se halló miel ni cera que en isla, sino en tierra firme, se criase;
hallaron aparejo para hacer caçabí y cerca las labranzas. Dánse todos prisa,
los indios que llevaba desta isla y los cristianos, á hacer pan; entretanto
envió el Almirante 40 hombres que entrasen en la tierra á especularla, y
tornaron otro dia con 10 mujeres y tres muchachos; la una era la señora del
pueblo, y, por ventura, de toda la isla, que cuando la tomó un canario que el
Almirante allí llevaba, corria tanto, que no parecia sino un gamo, la cual,
viendo que la alcanzaba, vuelve á él como un perro rabiando y abrázalo y dá con
él en el suelo, y, si no acudieran cristianos, lo ahogara. Creyó el Almirante
que estas mujeres debian tener las costumbres que se cuentan de las Amazonas,
por cosas que dice que allí vido y supo, las indias preguntadas; estuvo en esta
isla de Guadalupe nueve dias, en los cuales hicieron mucho pan caçabí, é
proveyéronse de agua y leña, y por dejar no tan agraviados los vecinos de la
isla, porque, diz que, aquella isla estaba en el paso, envió las mujeres á
tierra, con algunas cosillas de Castilla, de dádivas, sino sola la señora y una
hija suya que, dijo el Almirante, habia quedado de su voluntad; esta voluntad
sabe Dios que tal sería y qué consolados y satisfechos quedarian los vecinos,
llevándoles sus enemigos á su señora. Finalmente, hizo vela el Almirante, de
aquella isla, miércoles, á 20 dias de Abril, é comienza á seguir[127] su camino, segun le daban lugar los vientos
contrarios; fué mucho camino por 22°, más y ménos, segun el viento lugar le
daba, no cognosciendo aún la cualidad del aquel viaje, porque como cuasi
siempre todo el año corran por estas mares vientos brisas, y boreales y
levantes, para huir dellos conviene meterse los navíos en 30° y más, donde se
hallan los tiempos frescos y fríos, y así navegan por su propio camino hasta
dar en las islas de los Azores las naos: esta navegacion no pudo fácilmente y
luego en aquellos tiempos alcanzarse, la cual solamente la experiencia ha
mostrado, así que, por esta falta hízosele más largo al Almirante su viaje, y,
como iban mucha gente, padecieron última necesidad, de hambre, de manera que
pensaron perecer. Vieron la isla de Santiago, una de los Azores, no la debian
de poder tomar, segun creo; finalmente, plugo á Dios de darles la tierra,
habiendo habido diferentes pareceres de los pilotos, donde estaban, el
Almirante afirmando que se hallaba cerca del cabo de Sant Vicente, y así fué
como él lo certificaba. Llegó y surgió en la bahía de Cáliz á 11 de Junio, por
manera que tardó en el viaje tres meses menos un dia; halló en Cáliz tres
navíos, ó dos carabelas y una nao, para partir, cargados de bastimentos, trigo,
vino, tocinos y carne salada, habas y garbanzos, y otros cosas que los Reyes
habian mandado cargar y enviar para mantenimiento de la gente que en esta isla
estaba. Vistas las cartas y despachos que los Reyes enviaban al Almirante,
proveyó y escribió largo todo lo que convenia hacer allá, á D. Bartolomé Colon,
su hermano, con un Peralonso Niño, Maestre y Capitan de las dos carabelas y
nao; y, dados los despachos, partiéronse cuatro dias despues quel Almirante á
Cáliz habia llegado.
CAPÍTULO CXII.
El Almirante, con la mayor presteza que pudo, se
partió de Cáliz para Sevilla, y de Sevilla para Búrgos, donde la corte estaba,
ó los Consejos; el Rey estaba en Perpiñan en la guerra con Francia, porque el
rey de Francia pasaba otra vez á Italia; la Reina era en Laredo ó en Vizcaya,
despachando á la infanta Doña Juana para Flandes, que iba por archiduquesa de
Austria, á casar con el archiduque D. Felipe, hijo del emperador Maximiliano,
los cuales, despues fueron príncipes y reyes de Castilla, y engendraron al
emperador y rey D. Cárlos, nuestro señor, con los demas señores Rey é Reinas,
sus hermanos. La flota en que fué aquella señora Infanta y Archiduquesa, y
despues Reina, nuestra señora, Doña Juana, era de 120 naos. Desde algunos dias
que el Almirante llegó, los Reyes se volvieron á Búrgos á esperar á madama
Margarita, hermana del susodicho señor Archiduque, para casar con el príncipe
D. Juan. El Almirante besó las manos á Sus Altezas, con la venida del cual en
grande manera se holgaron, porque mucho lo deseaban por saber las cosas desta
isla y tierras, en particular de su misma persona, porque no lo habian sabido
sino por sus cartas. Hiciéronle mucha honra, mostrándole mucha alegría y gran
clemencia y benignidad. Dióles cuenta muy particular del estado en que estaba
esta isla, del descubrimiento de Cuba y Jamáica, y de las otras muchas islas
que descubiertas dejaba, y de lo que en aquel viaje habia pasado, y de la
dispusicion dellas, y lo que de cada una sentia y esperaba; dió tambien á Sus
Altezas noticia de las minas del oro y de las partes donde las habia hallado.
Hízoles un buen presente de oro, por fundir, como de las minas se habia cogido,
dello menudo, dello en granos como garbanzos, y dello[129] mayores
los granos, segun se dijo, que habas, y algunos, como nueces; presentóles
muchas guayças ó carátulas de las que arriba dijimos en el cap. 60, con sus
ojos y orejas de oro, y muchos papagayos y otras cosas de los indios, todo lo
cual con mucha alegría los Reyes recibieron, y daban á Nuestro Señor, por todo,
muchas gracias, y al Almirante, tenérselo todo en servicio, y en señalado
servicio, en palabras y honrarle se lo mostraban. De cada cosa de las dichas,
muchas particularidades y dudas le preguntaban, y á todas el Almirante les
respondia, y con sus respuestas les satisfacia y contentaba. De las
informaciones que Juan Aguado trujo y hizo á los Reyes contra el Almirante, muy
poco se airaron, y así no hay qué más contar ni gastar tiempo de Juan Aguado.
Propuso á Sus Altezas la intencion que tenia de servirlos mucho más de lo
servido, yendo á descubrir otra vez, afirmando que, segun esperaba en Dios, les
habia de dar descubierta, sin islas, grande tierra, que fuese otra, quizá,
tierra firme (aunque ya tenia creido que la habia descubierto, teniendo á Cuba
por tierra firme), lo cual les certificó que seria tan verdad como lo que les
afirmó ántes que comenzase el primer viaje. Mandaron los Reyes que diese sus
memoriales de todo lo que habia menester, así para su descubrimiento, como para
las provisiones de la gente que en esta isla estaba, y la que de nuevo decia
que convenia traer. Pidió ocho navíos; los dos, que viniesen luego cargados de
bastimentos derechos á esta isla, con el ansia que tenia de que la gente de los
cristianos estuviesen acá proveidos y contentos, para que la contratacion y
prosperidad del negocio destas Indias creciese, y en fama y obra se prosperase,
y los seis, tambien llenos de bastimentos, con la gente que habia de traer, él
los trujese, y en el viaje que entendia de camino hacer, descubriendo, le
acompañasen. Acordaron los Reyes, con parecer del Almirante, que estuviesen
siempre en esta isla á sueldo y costa de Sus Altezas, por su voluntad empero,
330 personas desta calidad y oficios, y forma siguiente: 40 escuderos, 100
peones de guerra é de trabajo, 30 marineros, 30 grumetes, 20 artífices, ó que
supiesen labrar de oro,[130] 50 labradores del
campo, 10 hortolanos, 20 oficiales de todos oficios y 30 mujeres. Á estos se
mandó dar 600 maravedís de sueldo cada mes, y una hanega de trigo cada mes, y
para lo demas 12 maravedís para comer cada dia; y, porque mejor se pudiesen
gozar, mandaron que se buscasen alguna persona ó personas que se obligasen á
traer y tener mantenimientos en esta isla, para que pudiesen la gente dellos,
los que hobiesen menester comprar. Habíaseles de prestar á las tales personas ó
mercaderes algunos dineros del Rey, segun pareciese al Almirante, para emplear
en los dichos bastimentos, dando fianzas que traerian los dichos mantenimientos
á esta isla, pero al riesgo de los Reyes, cuanto al riesgo de la mar, y despues
de hechos dineros, habian de volver al Tesorero de los Reyes lo que se les
habia prestado. Poníaseles tasa en los precios de las cosas que habian de
vender; el vino á 15 maravedís el azumbre, la libra de tocino é carne salada á
8 maravedís, é los otros mantenimientos y legumbres á los precios que al
Almirante pareciese, ó á su Teniente, por manera que ellos hobiesen alguna
ganancia y no perdiesen, y la gente no recibiese agravio comprando lo que
hobiesen menester muy caro. Mandaron asimismo los Reyes, que viniesen
religiosos é clérigos, buenas personas, para que administrasen los Sanctos
Sacramentos á los cristianos que acá estuviesen, y para que procurasen
convertir á nuestra sancta fe católica á los indios naturales destas Indias, é
que trajese el Almirante, para ello, los aparejos é cosas que se requerian para
el servicio del culto divino. Mandaron tambien traer un físico, é un boticario,
é un herbolario, y tambien algunos instrumentos músicos, para que se alegrasen
y pasasen tiempo la gente que acá habia de estar. Mandaron que en la Isabela y
en la poblacion que despues se edificase, se hiciese alguna labranza y crianza
para que mejor se mantuviese la gente que aquí estuviese, para lo cual, se
habian de prestar á los labradores 50 hanegas de trigo para que lo sembrasen,
y, á la cosecha, lo volviesen y pagasen el diezmo á Dios, y de lo demas se
aprovechasen, vendiéndolo á los vecinos y gente que allá estuviese[131] al precio razonable; para esto le mandaron
librar en las tercias del Arzobispado de Sevilla 600 cahices de trigo. Mandaron
tambien traer 50 cahices de harina, y 1.000 quintales de bizcocho para que
comiese la gente, entretanto que se hacian molinos y atahonas para moler el
trigo que traia, y el que se esperaba que daria la tierra; lo mismo se le mandó
que, sobre las vacas y yeguas que habia en esta isla, trajese para cumplimiento
de 20 yuntas de vacas y yeguas y asnos, para poder labrar los labradores la
tierra. Dieron comision los Reyes al Almirante, para que, si le pareciese que
convenia traer más gente de los 330 hombres, pudiese subir el número hasta 500,
con tanto que á los demas de 330, se les pagase el sueldo y mantenimiento de
cualesquier mercaderías é otras cosas de valor que hobiese en estas tierras,
sin que los Reyes mandasen proveer y pagarles de otra parte alguna. Hicieron
merced á todos los que quisiesen venir á estar y morar en esta isla, sin llevar
sueldo alguno de sus Altezas, con tanto que no pasasen acá sin su licencia ó
del que tuviese cargo de darla, que, de todo el oro que cogiesen y sacasen de
las minas, con que no fuese de rescate ó conmutacion con los indios, llevasen
la tercia parte, y con las dos acudiesen á los oficiales de sus Altezas. Bien
parece por esto el poco dinero que habia por aquellos tiempos en Castilla, y
por consiguiente, cuanto caso hacian los Reyes del oro destas Indias, lo poco
que hasta entónces habia parecido; poco digo por respecto de lo que despues
vimos. Hiciéronles tambien merced á los tales vecinos, que de todas las otras
cosas de provecho que hallasen, que no fuese oro, en esta isla, diesen á los
Reyes no más del diezmo. Estas cosas postreras se concedieron el año de 95 en
Madrid, á 10 dias de Abril; y porque el Almirante consideraba que habia
menester gente para su propósito en esta isla, y que la española era mal
contentadiza, y que no habia mucho de perseverar la que acá estaba y la que
agora traia, y por otra parte, temia que los Reyes se hartasen ó estrechasen en
los gastos que con los sueldos hacian, pensó esta industria, para traer alguna
parte de gente sin sueldo, y[132] que tuviesen por
bien, por trabajos que se les recreciesen, de vivir en esta isla: suplicó,
pues; á los Reyes, que tuviesen por bien, de que los malhechores que en estos
reinos hobiese, les perdonase sus delitos con tal condicion que viniesen á servir
algunos años en esta isla, en lo que el Almirante, de su parte, les mandase.
Proveyeron Sus Altezas dos provisiones sobre esto: la primera, que porque de la
poblacion de cristianos en estas tierras, esperaban en Dios que saldria mucho
fruto en la conversion destas gentes, y dilatacion, y ensalzamiento de nuestra
santa fe, y sus reinos ensanchados, y para esto era más gente menester, sin la
que daban sueldo, que acá viniese, y por usar tambien de clemencia, que todas é
cualesquiera personas, hombres y mujeres, delincuentes, que hobiesen cometido
hasta el dia de la publicacion de sus cartas, cualquiera crímen de muerte ó
heridas, y otros cualesquiera delitos de cualquiera natura ó calidad que fuesen,
salvo de herejía, ó lesæ majestatis, ó perdulionis, ó
traicion, ó aleve, ó muerte segura, ó hecha con fuego ó con saeta, ó de falsa
moneda, ó de sodomía, ó de sacar moneda, ó oro, ó plata, ó otras cosas vedadas
fuera del reino, viniesen á servir acá, en lo que el Almirante, de parte de los
Reyes, les mandase, y sirviesen á su costa en esta isla, los que mereciesen
muerte, dos años, y los que no, un año, les perdonaban cualesquiera delitos, y
pasado el dicho tiempo se pudiesen ir á Castilla libres. Destos cognoscí yo en
esta isla á algunos, y áun alguno desorejado, y siempre le cognoscí harto
hombre de bien. La otra provision fué, que mandaron los Reyes á todas las
justicias del Reino, que todos los delincuentes que por sus delitos mereciesen
ser desterrados á alguna isla ó á cavar metales, segun las leyes, los
desterrasen para esta isla de la misma manera, y, lo mismo que los que no
mereciese pena de muerte pero que mereciesen ser desterrados para esta isla,
los desterrasen por el tiempo que les pareciese. Estas dos provisiones fueron
despachadas en Medina del Campo, á 22 de Junio de 1497. Concedieron tambien los
Reyes á los que se avecindasen en esta isla, de los que en ella estaban, y los
que viniesen á ella de[133] Castilla para se
avecindar, que el Almirante les repartiese tierras, y montes, y aguas, para
hacer casa, heredades, huertas, viñas, algodonales, olivares, cañaverales para
hacer azúcar y otros árboles, molinos é ingenios para el dicho azúcar, y otros
edificios necesarios para sí propios, y que dellos, en cualquiera manera, por
venta ó donacion, ó trueque ó cambio, se aprovechasen, con que estuviesen y
morasen en esta isla con su casa poblada cuatro años; con tanto, que las tales
tierras, y montes, y aguas, no tengan jurisdiccion alguna civil ni criminal, ni
cosa acotada, ni término redondo, más de aquello que tuvieren cercado de una
tapia en alto, y que todo lo otro descercado, cogidos los fructos y esquilmo
dellos, sea para pasto comun é valdío á todos. Reservaron para sí el oro y
plata, y brasil, é otro cualquiera metal que en las tales tierras se hallase,
ni que no hiciesen en ellas cargo ni descargo de oro y plata, ni de brasil, ni
de otras cosas que á los Reyes perteneciesen. Esta provision fué hecha en
Medina del Campo, mes é año susodicho. Para estos despachos, mandaron librar
los Reyes al Almirante seis cuentos, los cuatro, para los bastimentos
susodichos, y los dos para pagar la gente; estos seis cuentos, con grandísima
dificultad y con grandes trabajos suyos y angustias, por las grandes
necesidades de los Reyes, de guerras y los casamientos de sus hijas las señoras
Infantas, se le libraron; pero porque despues para cobrarlos, tuvo mayores
trabajos y dificultades, como se dirá adelante, dejemos aquí su despacho, y
contemos lo que se hizo en esta isla despues que los tres navíos, que halló en
Cáliz el Almirante para partir á la Isabela, llegaron.
CAPÍTULO CXIII.
Tornando á lo que en esta isla sucedió, ido el
Almirante y llegados los tres navíos que halló de partida, decimos que llegaron
al puerto de la Isabela por principio de Julio, con los cuales, y con lo que
dentro traian, que todo era bastimentos, y con saber que habia llegado el
Almirante con salud á Castilla, la gente y D. Bartolomé Colon y su hermano D.
Diego recibieron regocijo inestimable é incomparable alegría. No habia cosa en
aquellos tiempos que á la gente que acá estaba en tanto grado alegrase, aunque
fuese abundancia de oro, como saber que venian navíos, y bastimentos en ellos,
de Castilla; porque todos sus principales males eran de hambre, mayormente,
como arriba dijimos, los que no andaban por la tierra guerreando, sino que
estaban de contino en la Isabela en los trabajos en que allí los ocupaban, que
comunmente eran trabajadores y oficiales. Estas hambres y desventuras causaron
los malos tratamientos y angustias, que, desde luego que los cristianos
entraron en esta isla, comenzaron y prosiguieron siempre á hacer á los indios,
y querer el Almirante darse tanta prisa á subiectar Reyes y súbditos, y á todos
hacer tributarios de quien nunca cognoscieron, ni oyeron, ni supieron causa ni
razon por qué se los debian; porque si se entrara en esta isla como Cristo
quiso, y entrarse debia, los indios vinieran á mantener y ayudar y servir en
todas sus enfermedades y trabajos á los cristianos, con sus mujeres y hijos.
Bien se prueba esto por el humanísimo y admirable, y más que de hombres
comunes, hospedaje y obras paternales que hizo en el primer viaje al Almirante
aquel tan virtuoso rey Guacanagarí, en quien tanto abrigo, ayuda, favor,
mamparo y consuelo halló, pudiéndolo matar y que nunca hobiera memoria[135] en el mundo dél ni de todos los cristianos que
con él iban. Así que, volviendo á tejer nuestra historia, recibidas las cartas
del Almirante, y con ellas las que convino enviar de los Reyes, su hermano, D.
Bartolomé, con los dichos tres navios determinó de despacharlos con brevedad,
hinchirlos de indios, hechos esclavos con la justicia y razon que arriba se ha
dicho (y estos fueron 300 inocentes indios), porque dijeron que el Almirante
habia á los Reyes escrito que ciertos Reyes ó Caciques desta isla habian muerto
ciertos cristianos, y no dijo cuantos él y los cristianos habian hecho pedazos;
y los Reyes le respondieron, que todos los que hallase culpados los enviase á
Castilla, creo yo que por esclavos como en buena guerra captivos, no
considerando los Reyes ni su Consejo con qué justicia las guerras y males el
Almirante habia hecho contra estas gentes pacíficas, que vivian en sus tierras
sin ofensa de nadie, y de quien el mismo Almirante á Sus Altezas, pocos dias
habia, en su primer viaje, tantas calidades de bondad, paz, simplicidad y
mansedumbre habia predicado. Al ménos parece que se debiera de aquella justicia
ó injusticia dudar, pero creyeron solamente al Almirante, y como no hobiese
quien hablase por los indios, ni su derecho y justicia propusiese, defendiese y
alegase, como abajo parecerá más largo y claro, quedaron juzgados y olvidados
por delincuentes, desde el principio de su destruccion hasta que todos se
acabaron, sin que nadie sintiese su muerte y perdicion, ni la tuviese por
agravio. Debiera tambien haber escrito el Almirante á los Reyes como habia
hallado muy buenas minas de oro á la parte desta isla austral, y que entendia
de buscar por aquella costa de la mar algun puerto donde pudiesen las naos
estar, y poblar en él un pueblo, y que, si se hallaba, traería grandes
comodidades, porque, viniendo por aquella costa del descubrimiento de las islas
Cuba y Jamáica, le habia parecido muy hermosa tierra, como lo es, y algunas
entradas de la mar en la tierra, donde creia que habia muchos puertos;
especialmente que no podian estar léjos de allí las minas que últimamente
habian descubierto, á las cuales,[136] como arriba
se dijo, puso su nombre de Sant Cristóbal. Los Reyes le respondieron que
hiciese lo que en ello mejor le pareciese, y que aquello ternian Sus Altezas
por bueno, y se lo recibirian por servicio. Vista esta respuesta en Cáliz, el
Almirante, escribió á su hermano D. Bartolomé Colon que luego lo pusiese por la
obra y caminase á la parte del Sur, y con toda diligencia buscase algun puerto
por allí para poblar en él, y, si tal fuese, pasase todo lo de la Isabela en él
y la despoblase; el cual, visto el mandado del Almirante, determinó luego de se
partir para la parte del Sur, y, dejado concierto y órden en la Isabela, y en
su lugar, á su hermano D. Diego, como el Almirante hobo ordenado, y con la gente
más sana que habia y el número que le pareció, se partió derecho á las minas de
Sant Cristóbal. De allí, preguntando por lo más cercano de la mar, fué á
aportar al rio de la Hoçama, que así lo llaman los indios, rio muy gracioso, y
que estaba todo poblado de la una y de la otra parte; y este es el rio donde
agora está el puerto y la ciudad de Sancto Domingo. Entró en canoas, que son
los barquillos de los indios, sondó, que es decir experimentó con algun plomo ó
piedra y cordel la hondura que el rio tenia, vido que podian entrar en el rio
no sólo navíos pequeños, pero naos de 300 toneles, y más grandes, y,
finalmente, cognosció ser muy buen puerto; fué grande el gozo que él hobo y los
que con él iban. Determinó de comenzar allí una fortaleza de tapias sobre la
barranca del rio y á la boca del puerto, á la parte del Oriente, no donde agora
está la ciudad, porque está de la del Occidente; provee luego á la Isabela que
se vengan los que señaló, para que se comience una poblacion la cual quiso que
se llamase Sancto Domingo, porque el dia que llegó allí, fué domingo, y por
ventura, dia de Sancto Domingo; aunque el Almirante, segun creo, quiso que se
llamase la Isabela Nueva, porque así la nombró hasta que, el tercero viaje que
hizo á estas Indias, cuando descubrió á tierra firme, vino á desembarcar en
ella, como abajo parecerá. Quedaron en la Isabela los enfermos y oficiales de
ribera que hacian dos carabelas; dejó allí 20 hombres[137] comenzando
á cortar madera y aparejando lo demas para hacer la fortaleza, y, venida la
gente de la Isabela que mandó venir, la prosiguiesen, y él, con los demas, toma
guías de los indios, por allí vecinos, para ir á la tierra y reino del rey
Behechio, cuyo reino se llamaba Xaraguá, la última sílaba luenga, de quien y de
su estado y policía, y de una su hermana, notable mujer, llamada Anacaona,
maravillas habia oido.
CAPÍTULO CXIV.
Partido del rio de la Hoçama y por otro nombre, ya
nuestro, Sancto Domingo, D. Bartolomé Colon con su compañía, y, andadas 30
leguas, llegó á un rio muy poderoso, que se llamaba y hoy llamamos como los
indios, Neyba, donde halló un ejército de infinitos indios con sus arcos y
flechas, armados en son de guerra, puesto que desnudos en cueros; y notad qué
guerra pueden hacer con las barrigas desnudas por broqueles. Parece que como el
rey Behechio tuvo nueva que los cristianos venian, y habia oido las nuevas de
sus obras, contra el rey Caonabo y su reino, hechas, envió aquella gente ó vino
él tambien en persona con sus juegos de niños á resistirlos (que todas sus
guerras, comunmente, son tales, mayormente las desta isla). Los cristianos,
viendo el ejército, hizo D. Bartolomé señales de que no los venia á hacer mal,
sino á verlos y holgarse con ellos, y que deseaba ver á su rey Behechio y su
tierra, luego los indios se aseguraron como si ya tuvieran grandes prendas
dellos y fuera imposible faltarles la palabra. Van luego volando mensajeros al
rey Behechio, ó él, si allí iba, invia á mandar que salgan toda su corte y
gente con su hermana Anacaona, señalada y comedida señora, á rescibir á los
cristianos, y que les hagan todas las fiestas y alegrías que suelen á sus Reyes
hacer, con cumplimiento de sus acostumbrados regocijos. Andadas otras 30
leguas, llegan á la ciudad y poblacion de Xaraguá, porque 60 leguas dista de
Sancto Domingo, como arriba queda dicho; salen infinitas gentes, y muchos
señores y nobleza, que se ayuntaron de toda la provincia con el rey Behechio y
la Reina, su hermana, Anacaona, cantando sus cantares y haciendo sus bailes,
que llamaban areitos, cosa mucho alegre y agradable para ver,[139] cuando
se ayuntaban muchos en número especialmente; salieron delante 30 mujeres, las
que tenia por mujeres el rey Behechio, todas desnudas en cueros, sólo cubiertas
sus vergüenzas con unas medias faldillas de algodon, blancas y muy labradas, en
la tejedura dellas, que llamaban naguas, que les cubrian desde la cintura hasta
media pierna; traian ramos verdes en las manos, cantaban y bailaban, y saltaban
con moderacion como á mujeres convenia, mostrando grandísimo placer, regocijo,
fiesta y alegría. Llegáronse todas ante don Bartolomé Colon, y, las rodillas
hincadas en tierra, con gran reverencia, dánle los ramos y palmas que traian en
las manos; toda la gente demas, que era innumerable, hacen todos grandes bailes
y alegrías, y, con toda esta fiesta y solemnidad, que parece no poder ser
encarecida, llevaron á D. Bartolomé Colon á la casa real ó palacio del rey
Behechio, donde ya estaba la cena bien larga aparejada, segun los manjares de
la tierra, que era el pan de caçabí é hutias, los conejos de la isla, asadas y
cocidas, é infinito pescado de la mar y del rio, que por allí pasa. Despues de
cenar, vánse los españoles cada tres ó cuatro á las posadas que les habian
dado, donde tenian ya sus camas puestas, que eran las hamacas de algodon, muy
hermosas, y, para de lo que eran, ricas; destas, ya en el capítulo 42, queda,
como son hechas, dicho. El D. Bartolomé con media docena de cristianos quedóse
aposentado en la casa del rey Behechio. Otro dia tuvieron concertado en la
plaza del pueblo hacerle otras muchas maneras de fiestas, y así llevaron al D.
Bartolomé Colon y cristianos á verlas. Estando en ella salen súpitamente dos
escuadrones de gente armada con sus arcos y flechas, desnudos empero, y
comienzan á escaramuzar y jugar entre sí, al principio como en España cuando se
juega á las cañas, poco á poco comienzan á encenderse, y, como si pelearan
contra sus muy capitales enemigos, de tal manera se hirieron, que cayeron en
breve espacio cuatro dellos muertos, y muchos bien heridos. Todo, con todo el
regocijo y placer y alegría del mundo, no haciendo más caso de los heridos y muertos
que si les dieran[140] un papirote en la cara;
durara más la burla y cayeran hartos más sin vida, sino que, á ruego de D.
Bartolomé Colon y de los cristianos, mandó cesar el juego el rey Behechio. Esta
manera de juegos escaramuzales se usaban antiguamente en Castilla, la que
decimos Vieja, puesto que intervenian en Castilla caballos, que Estrabo
llama Gymnica certamina, y debia ser más que juegos de cañas: y
dice así en el libro III, pág. 104, de su Geografía: Gymnica etiam
conficiunt certamina, armis exercent ludos, et equis, et cæstibus, et cursibus,
et tumultuaria pugna, et instructo per cohortes prœlio.
Esta su hermana, Anacaona, fué una muy notable
mujer, muy prudente, muy graciosa y palanciana en sus hablas, y artes, y
meneos, y amicísima de los cristianos; fué tambien reina de la Maguana, porque
fué mujer del rey Caonabo susodicho, como arriba todo esto fué á la larga
dicho, cap. 86. Despues de todas estas fiestas y regocijos, habló D. Bartolomé
Colon al rey Behechio y á esta señora, su hermana, Anacaona, como su hermano,
el Almirante, habia sido enviado por los reyes de Castilla, que eran muy grandes
Reyes y señores, y tenian muchos reinos y gentes debajo de su imperio, y que
habia tornado á Castilla á verlos y notificarles, que muchos señores y gente
desta isla le eran ya tributarios, y los tributos les pagaban, y por tanto, él
venia á él y á su reino, para que lo mismo hiciese y los recibiese por señores,
en señal de lo cual en cosas convenientes les tributasen. Pero de oir es, y
notar, la respuesta que le dió (que como habian oido que el rey Guarionex y
Guacanagarí, é los reyes de Cibao y sus gentes, tributaban oro, como si ya le
hobiera mostrado y demostrado por naturales razones, que él no pudiera negar,
sino que convencido del todo quedaba ser obligado, á Reyes ó gentes que nunca
oyó ni creyó que eran en el mundo, tributar), respondió: «¿como puedo yo dar
tributo, que en todo mi reino ni en alguna parte ni lugar dél nace ni se coge
oro, ni saben mis gentes qué se es?» Creia, y no sin razon que no buscaban ni
venian por otro fin los cristianos, sino por llevar oro á sus Reyes y señores.
Respondió D. Bartolomé Colon: «no queremos[141] ni
es nuestra intencion imponer tributo á nadie, que no sea de aquellas cosas que
tengan en sus tierras y puedan bien pagar; de lo que en vuestra provincia y
reinos sabemos que abundais, que es mucho algodon y pan caçabí, queremos que
tributeis é de lo que más en esta tierra hobiese, pero no de lo que no hay.»
Oidas estas palabras, alegróse mucho, y respondió: «que de aquello cuanto él
quisiese le daria hasta que no quisiese más.» Mandó luego, enviando mensajeros
á todos los otros señores y pueblos, sus subiectos, que todos hiciesen sembrar
y sembrasen en sus tierras y heredades mucho algodon para que hobiese grande
abundancia dello, porque se habia de dar tributo á los reyes de Castilla, cuyo
criado y enviado era el Almirante y su hermano, que agora venido habia y estaba
en su casa. Dos cosas podemos aquí considerar y notar; la una, la innata bondad
y simplicidad del rey Behechio, la cual manifiesta dos cosas muy claras; la
una, que pudiera matar á D. Bartolomé y á todos los cristianos, los cuales, no
creo que podian llegar á número de ciento, y él tenia millones de gentes,
porque de gente, y términos de tierra larga, y corte y en muchas ventajas, era
en esta isla el Rey más principal; la otra, en conceder tan fácilmente, recognoscer
por superior y tributar á otro Rey extraño, que no sabia quién era ni quién no.
¿Quién de los reyes libres del mundo á la primer demanda ó palabra se querrá á
otro Rey que nunca vido ni oido subiectar, y servirle como súbdito y vasallo,
repugnando al apetito natural? Y si dijeres que fué por miedo y temor que hobo
de D. Bartolomé y de los cristianos que consigo llevaba, por haber oido las
guerras crueles, y estragos y muertes que el Almirante habia hecho en el Rey é
gente de Caonabo y en otras partes, parece que no, pues pudiera sin duda
matarlos, ó al ménos, acometerles y hacerles harto daño, lo cual nunca
intentaron; y si porfiares que sí, por ende fueron más injustos y más contra
ley natural los tributos que D. Bartolomé Colon le impuso, haciendo Rey libre,
tributario por miedo, contra su voluntad, no siendo su súbdito ni debiéndole
algo, lo que es propio de tiranos. La otra cosa que aquí se debe notar, es,[142] cuan al revés y preposteramente hizo su entrada
D. Bartolomé Colon en este reino de Xaraguá, dando, primeramente noticia á los
infieles simplicísimos de los reyes de Castilla y de su grandeza y
merecimientos que del verdadero Dios, y echarles ántes carga de tributos, que
dándoles algo que en su provecho y utilidad resultase; no habiendo otra causa
legitima para entrar cristianos en estos reinos y tierras, sino sólo para
darles noticias y cognoscimiento de un solo y verdadero Dios y de Jesucristo,
su hijo, universal Redentor; manifiesto es que aquellas gentes, ó habian de
tener á los reyes de Castilla por dioses, pues se les predicaba primero que
otra cosa su merecimiento y valor, y que se les debian de otros Reyes, tan
grandes señores en tierras y gentes como ellos, recognoscimiento de
superioridad y tributos, ó habian de creer que el fin que acá los cristianos, y
no otro, traian, como cosa dellos amada sobre todo, era su propio interese y
llevar á sus tierras, de los bienes agenos, tributos y oro. Muy por el
contrario del camino que Cristo llevó y sus Apóstoles para traer á sí al mundo,
que ante todas cosas predicaban á Dios, y no sólo no pedian tributo ni tomaban
de hombre cosa, mas hacíanles grandes bienes, y daban sus vidas y dieron, por
atraer y salvar á los que predicaban, y el hijo de Dios la suya por todos. Pero
entró por la misma puerta y llevó el mesmo camino D. Bartolomé Colon, que su
hermano el Almirante al principio entró y anduvo, cierto engañados no sé con
qué; mas creo que sí sé, de una culpabilísima, que á ninguno excusa, del
derecho natural y divino ignorancia.
CAPÍTULO CXV.
Dejó D. Bartolomé Colon muy contento, á lo que
parecia, y Dios sabe si era así, al rey Behechio, y tributario y solícito de
cumplir los tributos que se le habian pedido; y, con ánsia de saber lo que en
la Isabela y aquestas partes desta isla de la Vega y Cibao habia sucedido,
acordó partirse de Xaraguá para acá, y, llegado á la Isabela, halló que cerca
de 300 hombres habian fallecido de diversas enfermedades. Rescibió desto D.
Bartolomé grande trabajo, y aunmentábaselo tener muy pocos bastimentos y no venir
navíos de Castilla; determinó de repartir y enviar todos los enfermos y flacos
por las fortalezas que habia desde la Isabela hasta Sancto Domingo, y á los
pueblos de los indios que cerca dellas estaban, porque al ménos ternian, sino
médicos y boticarios, comida que los indios les darian y no les faltaria, y así
pelearian solamente con la enfermedad, y no con ella y juntamente con la
hambre: las fortalezas fueron la Magdalena, Santiago, la Concepcion, el Bonao,
como se dijo en el cap. 110. Dejó en la Isabela los hombres más sanos, en
especial oficiales, haciendo dos carabelas, y él tornó á visitar la fortaleza
que dejó haciendo sobre el rio de Sancto Domingo, yendo cogiendo los tributos,
por el camino, de los señores y sus vasallos á quien el Almirante y él los
habian impuesto; donde, como estuviese algunos dias, los señores y gentes de la
Vega y de las provincias comarcanas, no pudiendo sufrir la importuna carga de
los tributos del oro que cada tres meses se les pedia, y la más onerosa y á
ellos más intolerable, y aspérrima conversacion de los cristianos,[144] de comerles cuanto tenian y no se contentar con
lo que se les daban, sino, con malos tratamientos, miedos, amenazas, palos y
bofetadas, llevarlos de unas partes á otras cargados, andarles tras las hijas é
las mujeres, é otras vejaciones é injusticias semejantes, acordaron de se
quejar al rey Guarionex y á inducirle á que mirase y considerase su universal
captiverio y opresion, y vida tan malaventurada que pasaban con aquellos
cristianos, que trabajasen de matarlos si pudiesen y libertarse. Hacian cuenta
que mayor era el tormento que sufrian cuotidiano é inacabable que podian ser
las muertes de pocos dias, que, si no salian con lo pensado, esperaban; y en
fin, siempre creian de sí mismo haber vitoria de los cristianos, en lo cual
siempre se engañaban. Guarionex, como era hombre de su naturaleza bueno y
pacífico, y tambien prudente, y via y cognoscia las fuerzas de los cristianos,
y la ligereza de los caballos, y lo que habian hecho al rey Caonabo y á su reino
é á muchos otros de la provincia de Cibao, mucho lo rehusaba; pero al cabo,
importunado de muchos, y, por ventura, amenazado de que harian Capitan otro que
á él le pesase, con gran dificultad hobo de aceptarlo. Sintiéronse destos
movimientos algunas señales por los cristianos que estaban en la fortaleza de
la Concepcion; avisaron con indios que les fueron fieles á los cristianos de la
fortaleza del Bonao, y aquellos despacharon otros mensajeros á Sancto Domingo,
donde don Bartolomé estaba, el cual, á mucha prisa, vino á la Vega, ó á la
Concepcion, que así se llamaba.
Quiero contar una industria que tuvo un indio
mensajero, que creo que fué esta vez, para salvar las cartas que llevaba de los
cristianos de la Concepcion á los del Bonao. Diéronselas metidas en un palo que
tenian para aquello, hueco por una parte, y como los indios ya tenian
experiencia de que las cartas de los cristianos hablaban, ponian diligencia en
tomarlas; el cual, como cayó en manos de las espías, que los caminos tenian
tomados, fué cosa maravillosa la prudencia de que usó, que no fué á la del rey
David muy desemejable. Hízose mudo y cojo, mudo para que no le pudiesen[145] constreñir á que, lo que traia, ó de donde venia
ó qué hacian ó qué pensaban hacer los cristianos, hablase, y cojo, porque el
palo en que iban las cartas, que fingia traer por bordon necesario, no le
quitasen; finalmente, hablando y respondiendo por señas, y cojeando, como que
iba á su tierra con trabajo, hobo de salvarse á sí é á las cartas que llevaba,
las cuales, si le tomaran y á él prendieran ó mataran, por ventura, no quedara,
de los cristianos derramados por la Vega y aún de los de la fortaleza de la
Concepcion, hombre vivo ni sano. Llegó, pues, D. Bartolomé con su gente á la
fortaleza del Bonao, y allí fué, de lo que habia, avisado. De allí trasnocha y
vá á entrar en la fortaleza de la Concepcion, que 10 leguas buenas distaba;
sale con toda la gente sanos y enfermos á dar en 15.000 indios que estaban con
el rey Guarionex y otros muchos señores ayuntados, y, como estas tristes gentes
vivian pacíficos, sin pendencias, rencillas, ni trafagos, no tenian necesidad
de con muros y barbacanas, ni fosas de agua, tener sus pueblos cercados. Dieron
en ellos de súbito, á media noche, porque los indios, nunca de noche, ni
acometen, ni para guerra están muy aparejados, puesto que no dejan de tener sus
velas y espías, y, en fin, para contra españoles harto poco recaudo; hicieron
en ellos, como suelen, grandes estragos. Prenden al rey Guarionex y á otros
muchos; mataron á muchos señores de los presos, de los que les pareció que
habian sido los primeros movedores, no con otra pena, segun yo no dudo, sino
con vivos quemarlos, porque esta es la que comunmente, y siempre y delante de
mis ojos yo vide, muy usada. Traidos presos á la fortaleza de la Concepcion,
vinieron 5.000 hombres, todos desarmados, dando alaridos y haciendo dolorosos y
amargos llantos, suplicando que les diesen á su rey Guarionex y á los otros sus
señores, temiendo no los matasen ó quemasen. D. Bartolomé Colon, habiendo
compasion dellos, y viendo la piedad suya para sus señores naturales,
cognosciendo la bondad innata de Guarionex, cuan más inclinado era á sufrir y
padecer con tolerancia inefable los agravios, fuerzas é injurias que le hacian[146] los cristianos, que á pensar en hacer vengaza,
dióles su Rey é á los otros sus señores, con que quedaron de sus angustias y
miserias algo consolados, no curando del captiverio y opresion y vida infelice
en que quedaban, ni de sus, cierto, futuras mayores calamidades.
CAPÍTULO CXVI.
Pasados algunos dias, poco despues que aqueste
alboroto fué asosegado, aunque las gentes de aquella comarca de la Vega, con
las cargas y trabajos que los cristianos continuamente les daban, por tenerlos
en ménos, por haberlos guerreado y hostigado, como siempre lo han acostumbrado
hacer, no muy alegres ni descansadas, vinieron mensajeros del rey Behechio y de
Anacaona, su hermana, á D. Bartolomé Colon; haciéndole saber como los tributos
del algodon y caçabí, que habia impuesto ó pedido á su reino, estaban aparejados,
que viese lo que cerca dello mandaba; si no me he olvidado, creo que dentro de
seis ó ocho meses, sembradas las pepitas del algodon, dan fruto; los arbolillos
que dellos nacen, llegan á ser tan altos, los mayores, como un buen estado,
puesto que desde más chicos comienzan á darlo. Acordó luego D. Bartolomé ir á
Xaraguá, lo uno, por ver lo que Behechio, rey de aquel reino, le avisaba, y
como habia cumplido su palabra; lo otro, por ir á comer á aquella tierra que no
estaba trabajada, como tenian los cristianos la Vega y sus comarcas, puesto que
les daba Dios siempre el pago, en los descontentos que siempre tenian por la
falta de vestidos y de las cosas de Castilla, por las cuales siempre suspiraban
y vivian todos, ó todos los más, como desesperados. Llegado al pueblo ó ciudad
del rey Behechio, D. Bartolomé, sálenle á recibir el Rey y Anacaona, su
hermana, y 32 señores muy principales, que para cuando viniese habian sido
convocados, cada uno de los cuales habia mandado traer muchas cargas de algodon
en pelo y hilado, con su presente de muchas hutias, que eran los conejos desta
isla, y mucho pescado, todo asado; lo cual todo, cada uno le presentó, de que
se hinchió, de algodon digo, una grande[148] casa.
Dióles á todos los señores muchas gracias, y al rey Behechio y á la señora su
hermana, muchas más y más grandes, mostrando señales de grande agradecimiento,
como era razon dárselas; ofreciéronse á traerle tanto pan caçabí que hinchiese
otra casa y casas. Envia luego mensajeros á la Isabela, que, acabada la una de
las dos carabelas, viniese luego á aquel puerto de Xaraguá, que es una grande
ensenada ó entrada que hace la mar, partiendo esta isla en dos partes; la una,
como arriba se dijo cap. 50, hace el cabo de Sant Nicolás, que tiene más de 30
leguas, y la otra tenia más de 60, que hace el Cabo que ahora se llama del
Tiburon, y que llamaban de Sant Rafael cuando vino del descubrimiento de Cuba
el Almirante. El rincon desta particion ó abertura que la mar por allí hace,
distaba de la poblacion y casa real de Behechio, dos leguas, no más largo; allí
mandó venir la carabela, y que la tornarian llena de caçabí. Desto recibieron
los españoles, que en la Isabela estaban, grande alegría, por el socorro que
para su hambre esperaban; diéronse priesa, vinieron al puerto de Xaraguá, donde
los deseaban. Sabido por la señora reina Anacaona persuade al Rey, su hermano,
que vayan á ver la canoa de los cristianos, de quien tantas cosas se les
contaban. Tenia un lugarejo en medio del camino, Anacaona, donde quisieron dormir
aquella noche; allí tenia esta señora una casa llena de mil cosas de algodon,
de sillas y muchas vasijas y cosas de servicio de casa, hecha de madera,
maravillosamente labradas, y era este lugar y casa, como su recámara. Presentó
esta señora á D. Bartolomé muchas sillas, las más hermosas, que eran todas
negras y bruñidas como si fueran de azabache; de todas las otras cosas para
servicio de mesa, y naguas de algodon (que eran unas como faldillas que traian
las mujeres desde la cinta hasta media pierna, tejidas y con labores del mismo
algodon) blanco á maravilla, cuantas quiso llevar y que más le agradaban. Dióle
cuatro ovillos de algodon hilado que apénas un hombre podia uno levantar;
cierto, si oro tuviera y perlas, bien se creia entónces que lo diera con tanta
liberalidad, segun todos los indios desta[149] isla
eran de su innata condicion dadivosos y liberales. Vánse á la playa ó ribera de
la mar, manda D. Bartolomé venir la barca de la carabela á tierra; tenian al
Rey é la Reina, su hermana, sendas canoas, muy grandes y muy pintadas y
aparejadas, pero la señora, como era tan palanciana, no quiso ir en la canoa,
sino con D. Bartolomé en la barca. Llegando cerca de la carabela sueltan
ciertas lombardas; turbáronse los Reyes y sus muchos criados y privados en
tanto grado, que les pareció que el cielo se venia abajo, y aína se echaran
todos al agua, pero como vieron á D. Bartolomé reirse, algo se asosegaron.
Llegados, como dicen los marineros, al bordo, que es junto á la carabela,
comienzan á tañer un tamborino y la flauta, y otros instrumentos que allí
llevaban, y era maravilla como se alegraban; miran la popa, miran la proa,
suben arriba, descienden abajo, están, como atónitos, espantados. Manda D.
Bartolomé alzar las anclas, desplegar las velas, dar la vuelta por la mar: aquí
creo yo que no les quedó nada de sangre, temiendo no se los llevasen; pero
desque dieron la vuelta hácia casa, quedaron sin temor y demasiadamente
admirados, que sin remos, la carabela, tan grande, parecia que volase, y, sobre
todo, que con un viento sólo fuese á una parte, y á otra contraria tornase.
Tornáronse á Xaraguá; vinieron infinitos indios de todo el reino del pan caçabí
cargados. Hinchen la carabela del pan y del algodon y de las otras cosas que el
Rey é la Reina y los otros señores habian dado; partióse la carabela para hacer
á la Isabela su viaje, y D. Bartolomé, con su gente, tambien acordó irse para
allá con su compañía por tierra; dejó alegres al Rey é á la Reina, y, á todos
los señores y gentes suyas, muy contentos.
CAPÍTULO CXVII.
Entretanto que D. Bartolomé Colon estaba en el
reino de Xaraguá con el Behechio y hacia lo que en el precedente capítulo se
dijo, Francisco Roldan, á quien, como arriba en el capítulo 111 dijimos, dejó
el Almirante por Alcalde mayor en la Isabela, y, como tambien dije, de toda la
isla, por descontentos que tuvo del Gobernador, D. Bartolomé Colon, ó por no
sufrir las reglas y estrechura de los bastimentos de la Isabela, y querer vivir
más á lo largo andando por la isla (ó tambien, hallo en mis memoriales, que
tuvo principio este levantamiento porque uno de los principales, que consigo
siempre trujo, se echó con la mujer del rey Guarionex, y porque le quiso el
Adelantado castigar), ó porque era bullicioso y pretendia subir á más de lo que
era, imaginando que el Almirante nunca volveria, porque hacia ya quince meses
que era partido desta isla, y que era señal que los Reyes no lo dejarian volver
acá, segun, por ventura, debiera Juan Aguado haber dicho y así se decia, acordó
quitar la obediencia al dicho D. Bartolomé y levantarse contra él con hasta 70
hombres, los más sanos, gente comun, y algunos principales que él pudo atraer á
sí, que pretendian lo mismo que él, de los cuales yo cognoscí los más, ó cuasi
todos. Este Francisco Roldan fué, como dije, criado del Almirante y ganó su
sueldo, y debia ser su oficio, á lo que entendí, como hombre que tenia cargo de
andar sobre los trabajadores y oficiales para los hacer trabajar, salvo que,
como fuese hombre entendido y hábil, cognosciendo el Almirante que era para tener
cargos, y, por honrarlo y hacer en él, hízolo primero Alcalde ordinario de la
Isabela, y despues Mayor de toda la isla, y él quiso, por agradecimiento,
levantándose le dar el pago. La ocasion que para se desvergonzar tomar quiso,
fué en dos maneras,[151] para indignar é allegar y
atraer á sí á los indios y á los cristianos contra el Adelantado y el
Almirante. Para ganar los cristianos, fué esta su cálida industria: la carabela
que habia traido el algodon y pan, y otras cosas de la provincia de Xaraguá, mandóla
luego varar ó sacar en tierra fuera del agua, D. Diego Colon, porque, como la
gente estaba siempre demasiadamente descontenta, temíase que no la tomasen y se
fuesen muchos sin licencia y á pesar del D. Bartolomé, y de don Diego, y del
Almirante tambien, con ella á Castilla; Francisco Roldan comienza á murmurar
con la gente trabajadora y marineros, y la demas gente baja y que más
descontenta estaba, porque la carabela no estaba en el agua, y que sería bien
enviarla á Castilla con cartas á los Reyes, pues el Almirante no venia, para
hacerles saber sus hambres y necesidades y los proveyesen, y que sino se hacia,
que todos habian en esta isla de perecer, ó de hambre, ó que los indios los
habian de consumir, é que D. Diego ni D. Bartolomé no la querian enviar por
alzarse con la isla y tenerlos á todos ellos por esclavos, sirviéndose dellos
en hacer sus casas y fortalezas, y acompañarse y coger los tributos de los
indios y hacerse ricos del oro de la tierra, y, finalmente, para sólo su
provecho é particular interese. Viendo la gente que el Alcalde mayor y quien lo
mandaba todo, y á quien por la vara del Rey, como Justicia mayor, todos
obedecian, que estaba de la opinion dellos, comienzan despues con mayor
desenvuelta osadía y ménos temor, lo que en sí secretamente gruñian y no
osaban, sino por los rincones, boquear, públicamente y sin miedo ninguno á
decirlo. Vista la gente ya de su bando, persuadióles que le diesen las firmas
para que se pudiese dar á entender como era sentencia de todos, que convenia al
bien y salud comun de los cristianos que la carabela se echase al agua, aunque
pesase al D. Diego y á quien más se lo quisiese estorbar; y todo esto, que este
trabajaba ó porfiaba de echar la carabela al agua, no era porque se echase al
agua ni fuese á Castilla, porque á él no le convenia que supiesen los Reyes su
alzamiento y desobediencia á su Justicia[152] mayor,
que era D. Bartolomé y D. Diego, que al presente la Isabela gobernaba, sino por
indignar y mover á la gente contra el Almirante y los que gobernaban, y que él
tuviese gente y fuerzas para levantarse, y en su tiranía conservarse; hay desto
muchos argumentos claros, como parecerá abajo. La otra ocasion ó título que
tomó para atraer á sí, juntamente, indios y cristianos, fué, que decia á los
cristianos que para que los indios sirviesen mejor á los cristianos, estando en
paz con ellos, era cosa necesaria que se le quitasen los tributos que les habia
impuesto el Almirante, y esto muchas veces lo decia él á D. Bartolomé Colon
platicando; y, ciertamente, si él lo dijera con celo de virtud y de piedad para
con los indios, decia gran verdad, porque los indios y los Reyes y señores
suyos, vivian con los tributos que se les pedian cada tres meses, desesperados;
y áun fuera, sin comparacion, grande utilidad para los cristianos, porque ni
murieran de hambre ni padecieran de necesidad alguna en sus enfermedades, ni
anduvieran en guerras por sierras y valles á cazar y matar indios, ni dellos
algunos, los indios, como mataron, mataran, ántes los sirvieran de rodillas y adoraran,
pero no lo decia el pecador sino por robar más á los indios y más señorearlos,
y que á esto no le fuese Dios ni el Rey ni sus Ministros á la mano. Finalmente,
D. Diego mandó al dicho Francisco Roldan que fuese con cierta gente á la
Concepcion, por que se sonaba y temia que los indios y gente de Guarionex
andaba mal segura y alborotada, como no podian sufrir los tributos; el cual se
fué al pueblo del cacique Marque, donde tuvo lugar Roldan de concluir é
publicar su traicion, de donde se vinieron muchos, que no quisieron consentir
en ella, á la fortaleza de la Concepcion, á los cuales trató mal y tomó todas
las armas. De aquí del pueblo Marque, tornó á la Isabela, y váse á la Alhóndiga
del Rey, donde estaban los bastimentos y la municion de las armas, y, tomada la
llave por fuerza á quien la tenia, que era un criado de D. Diego Colon (ó hizo
las cerraduras pedazos, con 50 hombres, diciendo «viva el Rey»), toma todas las
armas que le pareció haber menester[153] para sí é
para sus compañeros tiranos; y de los bastimentos, que con la guarda y regla y
estrechura, porque así convenia, se guardaban y daban, y de todas cuantas cosas
allí habia, sin medida repartia, y para sí tomaba. Sale D. Diego á le ir á la
mano con ciertos hombres honrados á afearle tan grande insolencia y alboroto,
al ménos, de palabra; vino tras él, y el D. Diego se retrujo con ellos á una
casa fuerte, y miéntra en la Isabela estuvo Francisco Roldan y habia de hablar
D. Diego con él, habia de ser con seguro que primero Roldan le daba. De allí
fueron al hato de las vacas del Rey y mataron lo que dellas quisieron; que
matar una en aquel tiempo era por gran daño estimado, porque las tenian para
criar. Van tambien al hato de las yeguas, que eran tambien del Rey, y tomaron
las yeguas ó potros ó caballos que á todos plugo tomar. Esto hecho, vánse por
los pueblos de los indios, y á los señores y Caciques dellos, publícanles que
el Almirante y sus hermanos les han cargado de tributos, y que Francisco Roldan
y ellos han reñido con el D. Bartolomé Colon y D. Diego porque no se los
quitaban, y que han acordado ellos de se los quitar y que no curen dende
adelante darlos, que ellos se los defenderán del Almirante y sus hermanos, y
para ello, si fuere menester, los matarán. Desde allí, diciendo «viva el Rey,»
van por toda la Isla, y por toda se suena que el Alcalde Roldan es el que los
liberta; y así, el Roldan decia que los habia recibido debajo de su mamparo,
segun que un poco abajo se verá, y por todos los pueblos de los indios que
pasaba, publicaba mal de don Bartolomé y del Almirante, y á todos los
cristianos que topaba detraia y blasfemaba de D. Bartolomé, diciendo que era
hombre duro, áspero y cruel, y cudicioso, y que con él no podia alguno medrar,
y todos cuantos males podia decir acumulaba, dando por causas de se apartar
dél. Y cosa fué esta, cierto, maravillosa y juicio de Dios muy claro, si con
ojos limpios entónces lo vieran y agora lo miramos, que aquel Roldan, sin saber
quien lo movia mediatamente, que era la divina Providencia, pero inmediata su
propia ambicion cudicia y maldad, fuese profeta en la obra, como Caifás lo fué
en la palabra,[154] y á ambos movió la voluntad y
providencia de Dios; Caifás, diciendo que convenia que Cristo muriese por todo
el pueblo, porque toda la gente no pereciese, más por el odio que á Cristo
tenia que por la salud comun, empero, sin saber lo que decia, profetizó;
Roldan, por su propia malicia, permitida de lo alto, y por se hacer rico y
señor, tomó y se arreó del oficio y título, sin saber lo que hacia, de los pueblos
y gentes desta isla opresas, llamándose defensor y librador; manifiesto es por
la lumbre natural sola que tuviésemos, cuanto más añidida la ley divina de
justicia y de caridad, y aqueste Roldan y otro cualquiera cristiano, y áun
gentil que fuera ó moro, si por el bien sólo y liberacion destas gentes, por la
piedad natural se moviera, para las librar de las injurias y daños y tiranía
que padecian con los insoportables é, sin justicia, impuestos tributos, tenia
justísima guerra contra el Almirante y contra D. Bartolomé y D. Diego Colon; y
muy mayor justicia y mérito le favoreciera, si con la piedad natural juntara
hacerlo por la honra de Dios, porque como para entrar y tener que hacer en
estos reinos y gentes los cristianos, no haya habido otro título ni derecho,
chico ni grande, sino sólo la predicacion de la fe y conversion dellos, y
traerlos á Cristo, en lo cual, nunca se dió puntada, grande ni chica, sino
imponerles y cargarles y pedirles oro, y lo que se creia que valia oro, ¿quién
de los que fuesen cristianos osará dudar que juntamente con las injurias y
agravios tan grandes que hacian á los prójimos, no se ofendiese gravísimamente
Dios? Luego, mucho mereciera Roldan delante de Dios, allende ser obligado de
ley natural, moviendo guerra contra los que á estas gentes, con tantos y tan
graves tributos, impuestos tan sin justicia, oprimian y amargaban, por su
redencion, luego en tomar el oficio y apellido de redemptor; aunque por robar
él y ser señor, como Caifás diciendo y él haciendo, profetizó. Pero fueron
tantas las tiranías y maldades opresivas que en estas gentes despues hizo él y
su compañía, que no con celo de piedad, sino con título para se levantar y
señorear haberse movido, bien manifiestamente mostró.
CAPÍTULO CXVIII.
De la Isabela vino Francisco Roldan y su compañía á
la Vega, al pueblo de un señor Cacique, que se llamaba Marque (que habia tomado
el nombre de Diego Marque, el que dijimos arriba, cap. 82, que habia venido á
esta isla por Veedor), el cual pueblo estaba dos leguas de la fortaleza de la
Concepcion, para buscar tiempo y sazon para tomarla; la cual tomada, pensaba
mejor señorearse de toda esta isla y haber al Bartolomé Colon á las manos, al
cual temia él más que á otro, porque era hombre muy esforzado y de mucho valor,
y por esto era público que lo andaba por matar. Vino Francisco Roldan con 60 ó
70 hombres, muy armados en forma de guerra, al pueblo del gran señor y rey
Guarionex (cuya mujer y reina, se dijo, y el Almirante lo escribió á los Reyes,
este Roldan tomó y usó mal della), el cual pueblo distaba de la fortaleza de la
Concepcion obra de dos tiros de ballesta, donde estaba un capitan, García de
Barrantes, que yo bien cognoscí, é tenia 30 hombres á cargo (porque habia el
Almirante, y despues su hermano D. Bartolomé Colon, como arriba se ha tocado,
repartido la gente por los pueblos de los indios para comer, y tambien porque
sintiesen los indios que velaban sobre ellos), y dijo allí á algunos que se
pasasen á él. El capitan Barrantes metió dentro en una casa, por importunidad,
ó por fuerza, ó por grado, á los 30 hombres, requiriendo al Francisco Roldan
que se fuese con Dios, que ellos estaban en servicio del Rey, y él andaba como
le placia; y respondióle Roldan, que juraba á Dios que lo habia de quemar á él
y á[156] todos los 30 que allí tenia dentro en la
casa, y tomóle todas las cosas que tenia de comer, por fuerza. Fué á la
fortaleza de la Concepcion, y quisiera entrar en ella; el Alcaide, que era
Miguel Ballester, le cerró las puertas y no le quiso admitir, viéndole venir
con tanta gente y tan armada. En estos dias llegó Bartolomé Colon á la
fortaleza de la Magdalena, y allí supo la alteracion de Francisco Roldan, y á
un Diego de Escobar que allí estaba, y creo que era Alcaide entónces della, el
cual se habia desmesurado en palabras contra él (sospecho que porque sintió
excusar al Francisco Roldan, ó algo semejante á esto, porque este Diego de
Escobar fué de los principales alzados con Francisco Roldan), mandóle prender,
y despues dióle la fortaleza por cárcel, aquel dia, y mandóle que otro dia se
fuese tras él á la Isabela; el cual no curó de su mandado, sino envió un hombre
de caballo, y debia ser á llamar á un Pedro de Valdivieso, el cual topó en el
camino, y ambos se fueron al pueblo del Cacique Marque á juntar con el
Francisco Roldan, y desde á pocos dias, vino un hidalgo que se llamaba Adrian
de Muxica, con cierta gente, á la Magdalena, y toma al Diego de Escobar y vánse
á juntar, en el dicho pueblo, con el dicho Francisco Roldan. De donde parece,
que habia concierto entre todos ellos, dias habia ya tratado, de alzarse. Este
Pedro de Valdivieso y el Adriano y Diego de Escobar eran de los principales
hombres desta isla, los cuales yo cognoscí bien cognoscidos, y despues diré
cosas dellos. Ido D. Bartolomé á la Isabela, como halló robada el Alhóndiga del
Rey, é á su hermano desobedecido y maltratado, y supo los que seguian á Roldan,
y que cada dia sentia que crecian en número, no osaba salir de la Isabela,
temiendo que todos debian ser en la rebelion. Escribió á D. Bartolomé el
Alcaide Ballester, de la Concepcion, que se guardase, porque, cierto, creia que
lo habian de trabajar de matar, y que, si pudiese, lo más presto se viniese á
su fortaleza de la Concepcion. Hízolo así, é á mucha priesa vínose y metióse en
la fortaleza, que dista de la Isabela, como dije arriba, 15, ó pocas más
leguas. Desque lo supo Roldan, vínose al Guaricano, que así se[157] llamaba
el asiento donde se puso primero y estaba entónces la villa de los cristianos,
que llamaron especialmente la Vega, puesto que todo esto era en la Vega, y era
pueblo aquello del rey Guarionex; distaba de la Concepcion ó fortaleza, media
legua de muy llana tierra, que es alegría verlo, y parecíase lo uno de lo otro.
Sabido por D. Bartolomé, envió á un caballero que se llamaba Malaaver, que yo
cognoscí muy bien, al Francisco Roldan, que le hablase y de su parte le dijese
que ¿por qué causaba tan grande daño y escándalo y confusion en toda la isla?
que mirase cuanto deservicio se hacia á los Reyes haciendo cesar los tributos,
y cuan mal contado le seria de todos los que lo supiesen, y el daño que hacia á
todos los cristianos, porque los indios se ensoberbecerian y cobrarian ánimos
mayores para les hacer guerra, y otras cosas á éste propósito, que le podian mover
á cesar de su sedicioso propósito. Finalmente, le persuadió á que fuese á
hablar á la fortaleza con D. Bartolomé, y dióle para ello seguro, de lo cual
llevaba el dicho Malaaver comision. Vino á la fortaleza con su gente bien
armado, y habló con D. Bartolomé, debia ser por las ventanas, D. Bartolomé,
parado. Díjole, que ¿por qué juntaba con tanto escándalo aquella gente y
inquietaba la isla? respondió Roldan, que no la juntaba para de servicio de los
Reyes, sino para se defender del que le habian dicho que les queria cortar las
cabezas; responde que no le habian dicho verdad; añadió Francisco Roldan, que
él y sus compañeros estaban en servicio del Rey, por eso, que le dijese donde
mandaba que fuesen á servir al Rey. Dice D. Bartolomé, que se vayan y estén en
los pueblos del Cacique que tenia por nombre Diego Colon; responde Roldan, que
no queria ir allí, porque no habia que comer; mandóle y prohibióle que no fuese
mas Alcalde ni se llamase Alcalde, y que lo privaba del tal oficio, pues andaba
contra el servicio del Rey. De aquí se fué mofando y más soberbio que vino,
porque no pretendia sino proseguir su rebelion con los demas, y ser libres para
que sus vicios y ambicion alcanzasen impunidad, é colora su alzamiento con
alegar y sembrar, mentirosamente, que D. Bartolomé lo queria[158] matar,
estando 70 ó 80 leguas de allí, en Xaraguá, como ha parecido, cuando ellos se
alzaron. Tomando tambien por título y causa de su traicion, que porque no se
echaba la carabela al agua, y que á los indios no se quitaban los tributos de
que estaban muy cargados, como si se compadecieran más dellos que quien se los
habia impuesto, pues ellos los robaban, y despues mucho más los robaron y
hicieron incomparables daños y agravios, cuando el rey Manicaotex (de quien
arriba hemos hablado que daba una calabaza llena, o media, de oro por tributo
cada tres meses, que pesaba tres marcos), le daba otra tal medida, y mayor que
aquella, al dicho Francisco Roldan, porque, como era Alcalde y con vara, y
todos temblaban dél, no osaba hacer otra cosa. Desto hobo muchos testigos de
oidas, que lo habian sabido de indios, y viéronse muchas conjeturas y
argumentos dello; y una era, que tenia un hijo y un sobrino consigo del dicho
rey Manicaotex, como en rehenes de su tributo, y otra, que buscaba todas las
joyuelas y cositas que podia haber de Castilla, el Francisco Roldan, para darle
al dicho Cacique, y llamábalo su hermano. Cosa pareció muy pensada y platicada
de propósito, de muchos dias ántes y de algunas personas principales, con el
Francisco Roldan, este motin ó alzamiento, creyendo que el Almirante nunca á
esta isla volviera, segun lo que Juan Aguado habia dicho; y para mí tengo
creido, que dió el Juan Aguado harta ocasion para ello, de donde procedió á
toda esta tierra y gentes della tan grande daño y peligro. Luego que el
Almirante de la Isabela partió, procuró Francisco Roldan hacer gran cantidad de
herraje para los caballos, clavos y herraduras, lo que nunca ántes habia hecho,
ni era entónces tan necesario como de ántes lo fué, segun parecia, y así lo
juraron los testigos, en cierta probanza que, sobre esto de muchas y muy
honradas personas que yo cognoscí, que fueron testigos, se hizo, la cual yo
tuve muchos dias conmigo, y della saqué todo ó lo más que desta rebelion y
alzamiento de Francisco Roldan y sus secuaces aquí digo. Visto D. Bartolomé en
cuanto peligro estaba, por aficionar más á sí á los españoles mandóles[159] que daria á cada uno un esclavo ó tantos
esclavos; de aquí tomaron los que seguian á Francisco Roldan atrevimiento á más
robar y oprimir á los tristes indios. Lo mismo hacian los que seguian al D.
Bartolomé, y no osaba irles á la mano porque no lo dejasen y se alzasen con
Francisco Roldan.
CAPÍTULO CXIX.
Cada dia se le allegaba más gente á Francisco
Roldan y más se engrosaba su partido, como su vida y la de los que con él
andaban era tan ancha, gozando de todos los vicios que querian y, sobre todo,
libertad y señorío, porque temblaban dellos los indios, por lo cual los
adoraban y servian, y, con esto, él más soberbio y obstinado se hacia; y con
esta pujanza, segun dijeron muchas veces muchos de su compañía, de terminaba de
poner cerco á D. Bartolomé Colon, que estaba en la fortaleza de la Concepcion
susodicha; y hombre de los suyos, que se llamaba Gonzalo Gomez Collado, tomó
juramento á otro que habia nombre Gonzalo de la Rambla, y este fué de los que
no quisieron seguir á Roldan, que dijese á don Bartolomé, y sino pudiese á D.
Bartolomé, á D. Diego de Salamanca, que le avisase que mirase por sí, é que por
ninguna manera saliese de la fortaleza, y en ella de quién se fiaba, por que
supiese de cierto, que, de cualquiera manera que hacerlo pudiesen, lo habian de
matar. Estando en este estado estas cosas, y D. Bartolomé en medio destos
peligros y de sus angustias, cada dia esperando cuando habia de llegar
Francisco Roldan á cercarlo, como Dios en esta vida no da todos los trabajos
juntos, sino siempre, cognosciendo nuestra flaqueza, con alguna interpolacion,
quiso dar algun resuello á D. Bartolomé y á los que con él perseveraban, y así,
ordenó que llegaron dos carabelas con bastimentos llenas, y con 90 hombres de
trabajo, de Castilla, que el Almirante, con el ánsia que tenia de enviar
provision á los que acá estaban, creyendo que al ménos entre sí vivian en paz,
inviaba; el Capitan de las cuales fué un caballero que se llamó Pero Hernandez
Coronel, Alguacil mayor desta isla, que habia llevado consigo el Almirante, del[161] cual, en el cap. 82, se hizo mencion. Así como
el D. Bartolomé supo la venida de las carabelas, fué grande el consuelo que
recibió él y los que con él estaban, y determinó de partirse para Sancto
Domingo á poner recaudo en ellas y en lo que en ellas venia, y para saber
nuevas del Almirante y recibir las cartas del Rey é lo que más convenia; súpolo
tambien Francisco Roldan, y juntó la gente toda de sus alzados y rebeldes, que
le seguian, y acuerda de ir tambien á Sancto Domingo para saber qué nuevas
venian del Almirante y de Castilla, y qué gente de nuevo, y así proveer lo que
le cumplia. Detúvose cinco ó seis leguas de la villa, porque no osó llegar
allá, temiendo que contra D. Bartolomé no prevalesceria, por la gente que allí
habia y la que en las carabelas venia. Rescibidas las cartas del Almirante, y
visto el favor que los Reyes le habian dado, y mercedes de nuevo á él hechas,
que abajo diremos, y entre ellas fué una, que instituian al dicho don Bartolomé
por Adelantado de todas estas Indias, y como á mucha priesa el Almirante
entendia en se despachar con otros seis navíos; rescibió el Adelantado, D.
Bartolomé, ya constituido Adelantado, grandísimo favor y alegría, y los que le
seguian, como si resucitaran de muerte á vida; y, porque el Almirante hallase
la tierra sin los alborotos, confusion y daños en que estaba, como ya le
esperase cada dia, y venido pudiese descansar de sus tan prolijos trabajos
algo, con alegría, envió al dicho Capitan de las dichas carabelas y Alguacil
mayor desta isla, Pero Hernandez Coronel, porque era hombre prudente y de
auctoridad, y con él algunos otros que lo acompañasen, á que hablase á
Francisco Roldan y á los demas que le seguian, sobre que se redujesen á la
obediencia y so la gobernacion del dicho D. Bartolomé, que ya le podemos llamar
el Adelantado, y para ello les diese seguro y prometiese perdon de la
desobediencia y escándalos y daños pasados, y los que sustentaban de presente.
Llegado á ellos, queriéndoles hablar, dijeron los principales, temiendo que la
gente comun no se persuadiese oyéndolo, que se apartase y no hablase sino con
quien habia de hablar, y se probó que habian[162] dicho,
«apartaos allá traidores,» si nó, que les tirarian con las ballestas y que si
se tardaran las carabelas ocho dias, hobieran preso ó muerto al Adelantado, y
que todos fueran ya unos; el Coronel habló con el Francisco Roldan y con los
principales, encareciéndoles la desobediencia y escándalo, peligro y detrimento
en que ponian toda la isla, y lo que Dios se ofendia y eran deservidos los
Reyes, y otras cosas que les pudieron mover, pero, al cabo, con solas
respuestas, no honestas y áun más que deshonestas, y de soberbios y obstinados,
Pero Hernandez Coronel y los que fueron con él, se volvieron. Francisco Roldan
y sus alzados tomaron el camino del reino y provincia de Xaraguá, donde, para
cumplimiento de todos los vicios, hallaron el aparejo y paraíso, libertad é
impunidad que buscaban. Desque D. Bartolomé vido que por bien no podia
reducirlos, hizo proceso contra él y los que con él se alzaron, y, llamados por
sus pregones, al cabo sentenciólos en rebeldía dándolos por traidores. Estos 90
hombres de trabajo, que en estos dos navíos envió el Almirante, vinieron con
pacto y conveniencia de trabajar en todos los trabajos de las minas y en cortar
brasil, lo que entónces se creia que habia mucho, y así, escribió el Almirante
al Adelantado, su hermano, y yo ví la carta, que si hallase alguna persona de
los que estaban acá y sabian de las minas, que le diese una cuadrilla de
aquellos trabajadores, que sacasen oro, y que diesen cada dia cierta cantidad
de oro, y lo demas que sacasen fuese para ellos; 14 dellos venian señalados
para cultivar y labrar la tierra, y sembrar trigo y lo demas. De donde parece
que nunca pensó el Almirante echar indios á las minas, como despues la maldad y
cudicia inventó, sino que diesen tributo de oro ó de lo que tuviesen, como
arriba pareció. Parece tambien que en aquel tiempo no habia la soberbia en los
hombres de trabajo y labradores, que á estas tierras venian, como despues hobo,
que, en pasando acá, luego presumieron, y hoy presumen, por gañanes y rústicos
que sean, de no trabajar, sino holgazanear y comer de ajenos sudores; pero la
causa desta desórden, soberbia y ambicion,[163] y
haraganía desproporcionada de sus estados y de toda razon, fué la tupida y
cudiciosa y no excusable ceguedad del infelice inventor de aquella pestilencia
vastativa de tanta parte y tan grande del linaje humano, que fué repartir los
indios desta isla á los cristianos, como si fueran vacas ó cabras, como en el
libro II, placiendo á Dios, se contará. Esta levantó los corazones de las viles
y serviles personas á pensar y presumir de sí mismos, que habiendo nacido para
servir y trabajar corporalmente y ser mandados, en poniendo el pié en esta
tierra no asentaban con nadie, y ya que querian asentar, no para abajar el lomo
en servicio alguno corporal, sino para estar y andar enhiestos, y, con una
varilla en la mano, ser verdugos de los mansos y humildes indios, y mandar.
CAPÍTULO CXX.
Todos estos levantamientos y disensiones de entre
estos alzados y no alzados, resultaban en grandes aflicciones, angustias,
trabajos y daños de los indios, porque, donde quiera que llegaban los unos ó
los otros, les comian los bastimentos, los llevaban con cargas de tres ó cuatro
arrobas á cuestas, los hacian mil fuerzas y violencias en las personas y hijos
y mujeres, mayormente los de Francisco Roldan, que más perdida y desenfrenada,
en esto y en todo, tenian la vergüenza; en fin, los unos y los otros, sin temor
de Dios ni mancilla destas inocentes gentes, los mataban y destruian por
esquisitas y nuevas maneras de crueldad, y acaecia, no muy raras veces sino
muchas y cada dia, que por su pasatiempo, asaeteaba el indio para probar si le
pasaba con su ballesta, y hacian pasar un indio, para con su espada cortarlo
por medio; pasaba el cordero y dábale un revés, y, porque no le cortaba de un
golpe, tornaba á hacer que pasase otro y otros, y así despedazaban cuantos se
les antojaba, riendo. Si con la carga de cuatro arrobas que llevaban se
cansaban, dejarretábanlos, y echaban las cargas por sobrecargas á otros, y
tambien á las mujeres, las cuales, por no poder llevar la carga, darle de
estocadas y echar la carga de aquella sobre las otras, y caer otra con la que
llevaba, y luego tambien matarla; y otras execrables crueldades, que nunca
fueron por hombres imaginadas. Con estas vejaciones y malos tratamientos que
sobrevinieron á las cargas de los tributos, pasadas y presentes, y á otras
muchas que se les habian hecho (aunque Roldan publicaba santidad, que no
tributasen, y que por aquesta causa se apartaban del Adelantado él y aquella su
gente), los indios de toda la comarca de la Vega y del señorío del[165] rey Guarionex, viendo tambien que por parte del
Adelantado les pedian y amonestaban que pagasen el tributo al Rey, queriendo,
de aborridos, dar en el suelo con la carga, no quisieran hacer guerra á los
cristianos, ó porque tenian ya experimentado que les caia al cabo el daño sobre
la cabeza, ó porque, en la verdad, Guarionex era hombre pacífico y manso;
finalmente, acordó el Guarionex, é mucha de su gente, de se ir huyendo á
guarecer al reino de otro Rey, señor de las sierras y tierra, aguas vertientes
hasta la mar del Norte, pasado el anchor de la Vega, porque aguas vertientes al
Mediodia, que es el Sur, era el reino de Guarionex. Aquel Rey é señor de las
dichas sierras y tierra hasta la dicha mar, tenia por nombre Mayobanex, por
otro nombre le llamaban los españoles el Cabron no sé otra causa, sino por
escarnio, como solian poner nombres, á los señores, vituperiosos como los
hallaron desnudos; segun que yo cognoscí hombre español, que al Cacique y señor
con quien él pudiera vivir por mozo de espuelas llamaba Aon, que en la lengua
de los indios quiere decir perro. Pedro Mártir dice en su Década primera, que
Cabron se nombraba la casa, ó título de la casa, ó pueblo principal real del
dicho Mayobanex, lo cual, yo que muchas veces lo oí nombrar, y yo, yéndome al
hilo de la gente, lo nombré, no por honra sino por escarnio, Cabron entendí que
le habian puesto. Este era señor de gran número de gente, que habitaba toda
aquella grande serranía, que llamaban ciguayos, cuasi nazarenos como entre los
judíos, porque nunca se cortaban ó pelaban pelo alguno de sus cabellos, y así traian
las cabelleras crecidas hasta la cinta, y más abajo de sus cuerpos, y desta
manera solian en Castilla la Vieja, hácia el reino de Leon, los leoneses, ó
castellanos, antiguamente criar los cabellos como las mujeres, hasta abajo;
ansí lo cuenta en su libro III Strabo: longas ut fæminæ inferius
diffundunt comas. Estos ciguayos eran muy esforzados, aunque todos eran
gallinas, al ménos para con los nuestros, como ni tuviesen armas y anduviesen
desnudos en cueros, segun arriba, en la descripcion desta isla, de los ciguayos
dijimos. Llegado Guarionex á la[166] casa de
Mayobanex, las quejas de las calamidades que padecia él y sus gentes de los
cristianos, con lágrimas y dolor de su corazon, encarecidamente refiere,
ruégale que le tome y reciba so su amparo y fe, porque ya no quiere sino salvar
su persona sola y su mujer, y hijos, y parientes, desmamparados sus vasallos
todos, pues no los podia defender, ni á los cristianos resistir; tambien se
platicaba entre nosotros que cierto español le habia forzado y violado la
mujer. Recíbele Mayobanex con gran benignidad y placer, óyele bien la relacion
de sus fatigas, servidumbre y persecucion dél y los suyos tan cruel, y él, que
se las sabia por las nuevas que cada dia le iban de las obras los cristianos,
llora con él y prométele de lo defender y hacer todo cuanto pudiere por lo
libertar; dónde y con quien halló más gracia y defensa, con benigno
acogimiento, que en Alejandría con Ptolomeo, rey de Egipto, halló Pompeyo, como
cuenta Julio César en sus Comentarios de las guerras civiles, un poco ántes del
fin del lib. III. Hallado ménos Guarionex por los cristianos, y visto que mucha
gente faltaba de los pueblos, y cada dia se iba más, escriben de la fortaleza
de la Concepcion á Santo Domingo, al Adelantado, que era alzado el rey
Guarionex. Rescibidas las cartas, como Guarionex era tan gran señor y toda su
gente era vecina de las minas y de donde se cogia el mayor tributo, y, faltando
él de acudir con ello, todo lo de los demas era poco, tomó luego con gran
priesa el Adelantado 90 hombres de pié de los más sanos que habia en Sancto
Domingo y algunos de caballo, y partióse para la Vega ó fortaleza de la
Concepcion. Comienza luego á preguntar á los indios que topaba, y á otros que
hacia buscar, dónde se habia ido Guarionex, responden que no saben;
constríñenlos con amenazas, y, á lo que yo no dudo, con tormentos, como en
estas tierras á cada paso se hizo y suele hacer, y descubren que está en la
tierra de los ciguayos con el rey Mayobanex. Vá el Adelantado luego allá, sube
las sierras con su gente, desciende á un valle grande por donde corre un rio
caudaloso; halló dos indios espías, el uno se fué y el otro tomaron, quiérele
dar tormento, confiesa sin él la verdad, y esta[167] era,
que poco despues de pasado el rio estaba gran multitud de gente, ciguayos, en
un monte para dar en ellos esperándolos. Salieron con gran grita, y esta es,
cierto, muy temerosa, disparan millares de flechas juntas, que parecia lluvia,
pero como las tiran de léjos (porque, al ménos en esta isla, no osaban de, como
cognoscieron el cortar de las espadas y más el correr de los caballos, llegarse
mucho), ya llegaban cansadas y hacian poco fruto; van tras ellos, mayormente
los de caballo, matan algunos, porque los montes tenian cerca por refugio.
Desaparecieron aquella noche todos, y los cristianos durmieron en aquellos
montes. Otro dia, tórnanse á la sierra en busca de los indios, llegaron á un
pueblo que hallaron vacío, prendieron un indio que les dijo que de allí á tres
ó cuatro leguas estaba el pueblo de Mayobanex, y él allí con gran escuadron de
ciguayos, para pelear aparejado; llegaron á donde estaban. Desde los montes en
que estaban, muchos flecharon á los cristianos y hirieron á algunos que no les
dieron lugar á arrodelarse; fueron tras ellos, mataron muchos y asaetearon
muchos con las ballestas, y con las espadas desbarrigaron y cortaron brazos y
piernas á hartos, y no fueron pocos los que prendieron por esclavos; de los
presos envió el Adelantado uno que dijese á Mayobanex, que no venia á hacerle
guerra ni á los suyos, ántes deseaba tener su amistad, y la ternia siempre que
él quisiese, sino en busca de Guarionex, el cual sabia que tenia escondido, y á
su persuasion hacia á los cristianos guerra, por tanto, que le rogaba y
requería que le entregase á Guarionex, y que le seria siempre su buen amigo y
favoresceria siempre en lo que tocase á su reino y gentes dél, y si nó, que
creyese que lo habia de perseguir á fuego y á sangre hasta destruirlo. Bien
será, cierto, notar la respuesta de Mayobanex; respondió: «decidles á los
cristianos, que Guarionex es hombre bueno y virtuoso, nunca hizo mal á nadie,
como es público y notorio, y por eso dignísimo es de compasion de ser en sus
necesidades y corrimiento ayudado, socorrido y defendido; ellos, empero, son
malos hombres, tiranos, que no vienen sino á usurpar las tierras ajenas, y no[168] saben sino derramar la sangre de los que nunca
los ofendieron, y por eso, decidles que ni quiero su amistad, ni verlos, ni
oirlos, ántes, en cuanto yo pudiere, con mi gente, favoresciendo á Guarionex,
tengo de trabajar de destruirlos y echarlos desta tierra;» y porque aquesta
respuesta deste Rey no piense alguno que la finjo de mi casa, verla han los que
quisieren, en el cap. 6.º de la primera Década por Pedro Mártir, donde hace
mencion della. ¿Qué mayor humanidad, hospitalidad, y clemencia, y compasion de
la fortuna adversa ajena, pudo ser que aquesta? Cierto, no fué mayor la que el
Senado romano tuvo con el rey Ptolomeo, que, despojado del reino por un su
hermano menor, injustamente, viniendo por socorro á Roma, disimulado con viles
vestidos y con pocos criados suyos, como se fué á posar á casa de un pintor,
natural de Alejandría, sabido por el Senado, enviáronse á excusar de no haber
enviado un Questor, como era costumbre en Roma, ni hecho todo el recibimiento
que se debia, no por negligencia del Senado haber sido el defecto, sino por no
saber con tiempo su venida; el cual, venido, mandáronlo aposentar segun
merecia, y que le vistiesen de reales vestiduras, y cada dia se le diese lo que
convenia á su sustentacion y de los suyos, suntuosa y abundantemente,
prometiéndole tambien todo el favor y ayuda para recuperar su reino. Este
ejemplo cuenta Valerio Máximo, lib. V, cap. 4.º, y otro semejante de Tigrano,
rey de Armenia la mayor, al cual, como Mithridates, rey de Ponto, por el gran
Pompeyo vencido y echado del reino, huyendo, fuese á pedir socorro, no sólo con
benignidad señalada lo recibió, pero prometióle todo el favor necesario para
cobrar su reino, y como lo prometió así lo cumplió, que, juntado grande
ejército, hizo grandes estragos en los romanos ejércitos, segun cuenta Tullio
en la «Oracion Pompeyana,» y Valerio en el libro susocitado, cap. 481, hace
tambien mencion dello. Ciertamente, para entre aquellas gentes tan políticas y
delgadas en ingenio, y enseñadas en ciencias y doctrinas, no parece mucho de
maravillar todo esto, pero en estas tan ocultas y tan apartadas acá, desnudas,
en cueros,[169] sin letras, sin doctrina, bárbaras,
aunque no sin suficiente policía, hallarse tanto socorro y abrigo, tanta
defensa y clemencia con tanto su peligro, cosa es de admiracion, y de creencia
que no carecen de razon y humanidad como cualesquiera otros hombres, harto
digna.
CAPÍTULO CXXI.
Tornando á la prosecucion de la guerra, oida por el
Adelantado la intencion del rey Mayobanex, mandó quemar y destruir cuanto
hallasen; quemaron los pueblos que allí é por los alrededores habia. Fueron
adelante; tornó el Adelantado á embiar mensajeros á Mayobanex, diciendo que le
enviase algunas personas de sus mas privados, para tratar de paz, porque no
queria destruirle su gente y su tierra. Envióle un principal y otros dos que le
acompañasen, al cual el Adelantado habló largo, diciéndole que dijese á su señor
Mayobanex que ¿por qué queria, por Guarionex, perder á sí é á su gente y á su
reino, que era locura? no le pedia otra cosa, sino que le entregase á
Guarionex, que habia incurrido en muchas penas, porque no pagaba los tributos
que debia á los reyes de Castilla, impuestos por el Almirante, su hermano, y,
demás desto, habíase huido y escondido, y que si se lo entregase siempre serian
amigos, y que si nó que supiese de cierto que lo habia de destruir. Gentil
título alegaba el Adelantado, y grandes culpas habia Guarionex cometido contra
los reyes de Castilla; no haberles pagado los tributos que el Almirante le
habia impuesto, con violencia y tiránicamente, y huirse y esconderse por no
poder sufrir tan execrables injusticias, teniendo siempre justa guerra Guarionex
contra él y contra los que con él andaban, y contra los reyes de Castilla, si,
con su autoridad ó ratihabicion el Almirante se los imponia. Pero yo tengo por
cierto, que si los Reyes advirtieran en ello y supieran con cuanto
derramamiento de sangre humana, y escándalo de la fe y escarnio de la natural
justicia, y cuan contra razon de hombres se les impusieron, que ni los
consintieran, ni quisieran, ni de la aprobacion dellos ratihabicion tuvieran.
Así que, oidas las[171] palabras del mensajero,
llamó Mayobanex á su gente; dáles parte de la mensajería y sentencia del
Adelantado y de los cristianos, todos á una voz dicen que les entregue á
Guarionex, pues por él los cristianos los persiguen y destruyen. Respondió Mayobanex,
que no era razon entregarlo á sus enemigos, pues era bueno y á ninguno jamás
hizo daño, y allende desto, él lo tenia y habia sido siempre su amigo, y le era
en mucho cargo, porque á él y á la Reina, su mujer, habia enseñado el areyto de
la Magua, que es á bailar los bailes de la Vega, que era el reino de Guarionex,
que no se tenia ni estimaba en poco, mayormente habiéndose venido á socorrer
dél y de su reino, y él haberle prometido defenderlo y guardarlo, y por tanto,
que por ningun riesgo ni daño que le viniese, no lo habia de desmamparar. Llamó
luego á Guarionex y comienzan ambos á llorar; consuélalo Mayobanex y esfuérzalo
á no temer á los cristianos, porque él lo defenderá aunque sepa perder su
Estado con la vida. Mandó poner sus espías y gente aparejada en todos los
caminos por donde los cristianos podian venir, é cualesquiera mensajeros
cristianos ó indios, no dejasen alguno con la vida. Envió luego el Adelantado
dos mensajeros indios, uno de los captivos que habian tomado en la guerra,
natural ciguayo, vasallo de Mayobanex, y otro cognoscido suyo de los de la
Vega, y súbdito de Guarionex, y el Adelantado adelántase, algo tras ellos, con
10 hombres de pié y cuatro de caballo; desde á poco rato halla los dos
mensajeros muertos en el camino. Rescibió dello el Adelantado grande enojo y
aceleracion de ira contra Mayobanex y determina de lo destruir; allega toda la
gente, y vá al puelo principal de Mayobanex, donde estaba con mucha gente para
pelear, segun sus pocas ó ningunas armas, y en cueros vivos, con buen denuedo
dispuesto. Llega el furor de los cristianos cerca, desmampara toda la gente á
su propio Rey, como los que sabian por esperiencia que contra las ballestas y
espadas, y ménos contra los caballos, no podian prevalecer, sino todos perecer;
de que se vido sólo Mayobanex con los pocos que le quedaron, que eran sus
deudos y más allegados, acuerda tambien en las montañas se[172] valer.
Indignada la gente de los ciguayos contra Guarionex, por ser causa de sus
corrimientos y miserias, determinan de lo matar ó entregarlo á los cristianos,
porque cesen sus tribulaciones; pero Guarionex tuvo modo sólo de escaparse,
metiéndose entre peñas comiendo hierbas crudas ó unas raíces que se llaman
guayaros, llorando su infelicidad y que tan sin causa ni razon padecia. En
estas entremedias, los cristianos de deleites no curaban, quisieran mucho tener
sólo caçabí en abundancia, padecian mucha hambre y andaban muy trabajados,
porque, aunque ellos persiguen y fatigan los indios en aquellas estaciones
andando, Dios, que es juez justo, con sus mismas obras dellos los azota y
atribula, puesto que les parezca que andan de los míseros desnudos triunfando.
Padecen grandísimas necesidades de sed y hambre por los montes y sierras (que
son el refugio de los perseguidos y atribulados indios), padecen increibles trabajos,
los cuales, cierto, son tales y tan duros y tan intolerables, que con ningun
encarecimiento podrán ser significados; y, si como los pasan, por haber dineros
y buscar con dineros el temporal descanso, y al cabo por llevar el camino del
infierno, desembarazado, los padeciesen por conseguir el fin por el cual les
fué lícito, y no para otro, entrar en estas partes, que no es otro sino traer á
Cristo estas gentes, verdaderamente iguales se harian de verdaderos mártires.
Así que, como anduviesen ya estos, que en esta caza y muertes de hombres
andaban, cansados, hambrientos, y por tres meses muy fatigados, importunaban al
Adelantado, que pues los indios iban ya desbaratados, que les diese licencia
para irse á la Vega los que allí moraban, á descansar algun poco á sus casas;
dióles licencia, y quedóse con 30 hombres, con los cuales andaba de pueblo en
pueblo y de monte en monte buscando á ambos á dos señores, Mayobanex y
Guarionex, y, entretanto que no los hallaban, matando y captivando todas las
gentes que encontraban. El Adelantado traia indios hartos que le llevaban sus
cargas y buscaban de comer, cazando de las hutias, que dijimos que eran los
conejos desta isla, y los demas cristianos tambien traian los indios que
podian, donde[173] quiera que llegaban, por fuerza
ó por grado haber, y si hallaban un perro de los de Castilla, inviaban á cazar
miéntras ellos andaban hombres cazando; y acaso, ciertos destos cazadores topan
con dos espías, y, sino eran espías, dos hombres que enviaba Mayobanex por pan
y comida á algun lugar de sus vasallos, y estos tomáronlos. Tráenlos al
Adelantado, amenázalos con tormentos, y quizá dáselos, lo que ha sido siempre
en estas partes muy usado, porque los indios comunmente son tan obedientes á
sus señores, y guárdanles tanto secreto de lo que les mandan, mayormente que no
descubran donde están, que padecen y sufren grandes tormentos, ántes que
confiesen algo de lo que les mandan callar, y muchos consienten que por ello
los hagan pedazos; finalmente, á poder de tormentos ó de amenazas, confiesan
que saben donde su señor Mayobanex está. Ofrécense á ir á traerlo preso 12
cristianos; desnúdanse en cueros, y úntanse con tinta ó tizne negra, y parte de
colorado, que es una fruta de árboles que bixa se llama, como arriba se ha
tocado, de la manera que andan los indios cuando se ocupan en guerras y
ahuyentados. Tomaron sus guías con buen recaudo, llegaron á donde Mayobanex,
con sola su mujer é hijos y poca familia, estaba bien descuidado; echan mano á
sus espadas que llevaban envueltas en unas hojas de palmas que llamaban yaguas,
que llevaban en los hombros como que llevasen á cuestas cargas, segun los
indios las llevaban. Mayobanex, espantado, déjase prender por no verse á sí
mismo ó á su mujer y hijos hacerse pedazos; llévanlos todos al Adelantado
atraillados Rey é Reina é Infantes; huélgase de la presa más que puede ser
relatado. Viénense á la Concepcion con ellos, y echan en grillos y cadenas al
Rey é señor que por dar socorro é defensa y favor (segun que por la ley natural
y la virtud, y la piedad tambien, que debia á su patria, era obligado), á otro
Rey su vecino en suprema miseria y calamidad puesto, inhumanamente contra toda
razon y justicia, por lo que habia de ser loado de moros y judíos, y gentiles y
de bárbaros, y mucho más de los cristianos, era tan mal tractado, de su reino y
señorío y libertad, con impiedad[174] cruel,
despojado. Andaba en estos corrimientos, trabajos, y persecucion, con Mayobanex
y con su mujer é hijos, una su prima, ó hermana, que la habia dado por mujer á
otro señor, su vecino, de cierta parte de aquella provincia de los ciguayos;
díjose que era la más hermosa mujer de cuantas en esta isla se habian visto,
aunque en ella hobo muchas de hermosura señalada; esta fué presa cuando
Mayobanex y su casa, su marido della vivia por los montes, llorando y gimiendo
noches y dias, que ningun remedio de su angustia ni consuelo en cosa ninguna
hallaba. Determina de irse á la Vega y ponerse en las manos del Adelantado,
rogándole y suplicándole, con lágrimas y tristísimo semblante, que le diese su
mujer, y que él y toda su gente y casa le servirian como esclavos. Dióle
libremente su mujer y algunos principales, que le trajeron presos al
Adelantado. Comenzó luego á ser agradecido, y, de su propia voluntad, trae 4 ó
5.000 hombres, sin armas, sino solamente con sus coas, que son unos palos
tostados que usan por azadas, y pide al Adelantado, que dónde quiere que le
haga una gran labranza de pan. Señalándole el lugar, hinche de labranza un gran
campo, que en quince ó veinte dias que pudo estar, le pudieron hacer tanta
labranza de pan, que valiese entónces 30.000 castellanos. Sabido por la
provincia de los ciguayos que se habia restituido la señora, mujer de aquel
señor, que en toda la tierra era tan nombrada y tan estimada, parecia á todos
los señores y principales de toda la tierra, que tambien alcanzarian libertad á
su Rey é señor Mayobanex. Acuerdan de venir gran número dellos, y traen sus
presentillos de pan, y hutias, y pescado, todo asado, porque no tenian otras
riquezas, y porque nunca los indios jamás vienen á los cristianos, mayormente
cuando han de pedir algo, vacías las manos; llegados, ruegan, suplican,
importunan que su señor Mayobanex sea de las prisiones librado, y que siempre
serán obedientes, y servirán al Adelantado y á los cristianos. Soltó el
Adelantado á la Reina y á todos los presos de su casa, hijos y deudos y
criados, pero, en que se soltase su Rey é señor de las prisiones, ninguna cosa
los ruegos[175] y lágrimas aprovecharon. Desde á
pocos dias, como el rey Guarionex entre las peñas y cavernas de la tierra
habitaba, y no pudiese sufrir más la triste vida que vivia, ni disimular,
mayormente la hambre, salió á buscar de comer, donde no pudo sino mostrarse á
alguno. Como venian cada dia gentes de los ciguayos á visitar al Rey, su señor,
Mayobanex á la fortaleza de la Vega ó de la Concepcion, y traerle de comer, no
faltó quien diese aviso al Adelantado que Guarionex estaba en tal parte. Envia
cierta cuadrilla de españoles, y indios algunos, á buscarle; no con mucha dificultad
le hallan, y preso á buen recaudo le traen. Métenlo en la fortaleza de la
Concepcion, apartado de Mayobanex, y tiénenlo allí, de hierros, cadenas y
grillos, y de grandes angustias, cargado, el que la mayor y mejor parte de toda
esta grande isla señoreaba, sin culpa, y sin razon y justicia, en los lugares y
tierras de su jurisdiccion, sobre otras mil y diez mil vejaciones, agravios y
daños que desque los cristianos en esta isla entraron habia sufrido y pasado; y
así, en aquel argástulo y cárcel estrechísima y amarga vida, lo tuvieron tres
años, hasta que el año de 502 lo enviaron á Castilla en hierros, y fueron causa
que en la mar pereciese, muriendo ahogado, segun que, placiendo á Nuestro
Señor, en el libro siguiente será relatado. Del otro buen Rey é piadoso
Mayobanex no advertí en preguntar, cuando pudiera y tractábamos de ambos, en
qué habia parado, creo que murió en la cárcel; habria dos años que habia su
prision y miseria acaecido, cuando yo á esta isla llegué.
CAPÍTULO CXXII.
Estas cosas se hacian en tanto quel Almirante
negociaba en Castilla su despacho para venirse, y fueron semilla de donde nació
su caida, como parecerá; y parece que Dios las permitia (salvos sus secretos y
rectos juicios), por afligir al Almirante y á sus hermanos, por la injusticia,
injurias, daños y crueldad que en las guerras con estas inocentes gentes habian
cometido, y, despues dellas, en les imponer los tributos que no debian, y para
obviar tambien, que, en lo porvenir, más no le ofendiesen, y la total
consumacion dellas, que otros hicieron, á él ni á ellos no se imputase, usando
de misericordia con él y con ellos. Porque, segun el ánsia que tenia el
Almirante de que hobiesen provecho los Reyes, para que los gastos que habian
hecho recompensasen, y los que hacian no los sintiesen, (de donde procedia gran
disfavor y abatimiento y cuasi aniquilacion de la negociacion destas Indias,
tomando dello los émulos del Almirante, á quien nunca él habia ofendido,
ocasion para abatirlo, diciendo á los Reyes que era todo burla cuanto de las
riquezas y oro destas Indias afirmaba y ofrecia, pues no hacian sino gastar en
los sueldos de la gente que acá enviaban, y mantenimientos que proveian, y no
sacaban provecho alguno de todo ello, de donde temia que los Reyes alzasen las
manos del negocio, y así, sus grandes trabajos, y angustias, y malas noches, y
peores dias que en los descubrimientos destas partes habia padecido,
pereciesen, y él quedase ó cayese, del estado á que Dios le habia subido, en
perpétua pobreza y sin abrigo), tengo por cierto, que, si no le fuera impedido
con la gran adversidad que al cabo le vino, con hacer injusta y tiránicamente
destas gentes esclavos, y sacarlos y pagar con ellos la gente que acá venia,[177] y enviar dellos dineros á los Reyes, ó al ménos
suplir los gastos que los Reyes hacian, él acabará en muy poco tiempo de
consumir toda la gente desta isla, porque tenia determinado de cargar los
navíos que viniesen de Castilla de esclavos, y enviarlos á vender á las islas
de Canarias y de los Azores, y á las de Cabo Verde, y á donde quiera que bien
se vendiesen; y sobre esta mercadería fundaba principalmente los
aprovechamientos para suplir los dichos gastos y excusar á los Reyes de costa,
como en principal grangería. Y en este error y ceguedad caia por ignorancia,
como arriba creo que he dicho, no excusable, haciendo quizá cuenta que la gente
destas tierras, por ser solamente infieles, eran de derecho más nuestras que
las de Berbería, como, ni áun aquellas, si en paz con nosotros viviesen, tratarlas
como á estas, haciéndoles guerra y captivándolas, no chica sino grande ofensa
de Dios, ciertamente, sería. Pero pues ignoraban tan escura y perniciosamente
aquesta injusticia los que los Reyes por ojos y lumbre tenian, que el Almirante
la ignorase, que no era letrado, cierto, no era gran maravilla, puesto que,
pues ninguno experimentó primero la bondad, mansedumbre, y humildad, y
simplicidad y virtud destas gentes, ni la publicó á los Reyes, ni al Papa, ni
al mundo, sino él, juzgado sólo por la razon natural y por sí mismo, segun las
obras que al principio recibió dellas, y las que él despues, primero que otro,
les hizo, él mismo y á sí mismo de gran culpa convencería; y verdaderamente, yo
creo, segun que tambien arriba pienso que he dicho, que la intincion del
Almirante, simplemente considerada, sin aplicarla á la obra, sino supuesto su
error é ignorancia del derecho, que era rectísima. Y cosa es de maravillar, y,
si fuera otra materia que no requiriera lloro, de reir, que escribia á su
hermano sobrecargar los navíos de esclavos, y, para con la parte que habia de
caber á los Reyes, decia estas palabras: «En esto y en todo es de tener muy
justa cuenta, sin tomar á Sus Altezas nada, ni á otra persona, y mirar en todo
el cargo de la conciencia, porque no hay otro bien salvo servir á Dios, que
todas las cosas deste mundo son nada, y el otro es[178] para
siempre.» Estas son sus formales palabras en la carta que escribió al
Adelantado en los dos susodichos navíos, y yo la vide, y de su misma letra y
mano firmada; y no hacia cuenta, ni tenia por deservicio de Dios ni tomar á
persona nada, hacer tantos inocentes esclavos, y que para tener por principal
grangería y enviar los navíos llenos de esclavos, no sintiese que habia de
tener con los tristes indios continuas guerras, ó tomarlos seguros de sus
pueblos (como despues sucedió en muchas destas partes), para hinchir los navíos
de esclavos. Y, para que se vea cuanto fundada estaba esta grangería en esta
isla, de hacer esclavos, digo lo que ví é oí por mis mismos ojos y oidos: que
el dia que yo llegué á esta isla con otros que veniamos, y echamos anclas en
este puerto de Sancto Domingo, ántes que hombre de nosotros saltase en tierra,
llegáronse á la playa algunos de los aquí vecinos, y los de la nao, algunos que
habian estado acá, preguntando á los que cognoscian, á voz alta, «enhorabuena
esteis;» responden los de tierra, «enhorabuena vengais;» los de la nao, «¿qué
nuevas, qué nuevas hay en la tierra?» responden, «buenas, buenas, que hay mucho
oro, que se cogió un grano de tantas libras, y que hay guerra con los indios
porque habrá hartos esclavos, etc.» De las cuales nuevas hobo en la nao harta
alegría y regocijo, porque veniamos á buen tiempo. Por aquí se verá la ceguedad
que se habia, en todos los que aquí estaban, entablado, habiendo su orígen de
la del Almirante. Y es verdad que, cognosciendo lo que cognoscí é noticia que
tuve, fuera desta materia, de la bondad del Almirante y de su intincion, que
parecia todas las cosas referirlas y encaminarlas á Dios, á mi me hace grandísima
lástima verle, en esto, de la verdad y de la justicia tan remoto y desviado.
Toda esta digresion he hecho aquí para mostrar, como tambien, si place á Dios,
diré ó tocaré adelante, que no por lo que algunos pensaban, que era por el mal
tratamiento de los españoles y otros defectos y culpas que le imponian y
levantaban maliciosamente, los Reyes le desfavorecieron y quitaron el cargo y
administracion de la justicia,[179] que tan digna,
agradecida y remuneratoriamente le habian concedido, y él, tan justamente y con
tanta industria, sudores y laboriosísimos y ciertos peligros é incomparables
trabajos habia merecido y ganado, sino que de lo alto le vino el castigo,
divinalmente ordenado, por las injusticias susodichas, guerras primeras, y
muertes, y captiverios sin causa ni razon alguna, ántes contra toda razon y ley
natural, é imposicion de tributos indebidos que hizo y cometió, y fué causa que
otros hiciesen, contra éstas y en éstas é inocentes naciones, que á él ni á
otro del mundo nada debian, ántes él á ellos debia gran deuda, por el muy
señalado recibimiento y hospedaje que le hicieron en el puerto de la Navidad,
cuando se le perdió la nao, y Guacanagarí, el Rey de aquel reino, tanto lo
remedió y consoló, como el mismo Almirante, arriba en el cap. 59, lo ha bien
confesado y encarecido, pudiéndole, á él y á todos los cristianos que con él
venian, hacer pedazos, sin que hombre del mundo supiera dellos, le quiso Dios,
que es justo juez, afligir y derrocar en esta vida, y á sus hermanos, y áun á
su casa y sucesores en ella, hasta la segunda, al ménos, generacion (de que
somos testigos y adelante se verá, y tengo por cierto que ha de llegar á la
cuarta), y quitarle la posibilidad de hacer más daños que, cierto, hiciera y es
manifiesto, por lo que está dicho, con su buena intencion. Y es buena señal que
Dios le quiso para sí en la otra vida, pues en esta le corrigió, y placerá á
nuestro Señor, que es en todo bueno y piadoso para con los hombres, que acabado
de lastar y purgar los sucesores del Almirante, por algunas generaciones, lo
que les cupiere de las culpas pasadas, segun la medida del divino beneplácito,
su casa será crecida y prosperada en suma futura sucesion; porque tan ilustre y
preclara hazaña, que la Divina providencia quiso efectuar por él, parece ser
cosa creible que su memoria no la ha de consentir perder.
CAPÍTULO CXXIII.
Tornando, pues, al hilo de la historia, contado lo
que en esta isla sucedió, absente y en Castilla el Almirante, tornemos á coser
lo que se hizo en su despacho, con lo que arriba en el cap. 112 dejamos.
Dijimos allí como para el despacho del Almirante le mandaron librar los Reyes
seis cuentos, para ocho navíos que habia pedido que pudiese traer llenos de
bastimentos, y con 300 hombres y 30 mujeres, que acordaron los Reyes que
siempre habitasen en esta isla y ganasen sueldo de los Reyes, á 600 maravedís cada
mes, y 12 maravedís cada dia para su comida, y cada mes tambien una hanega de
trigo, como arriba se dijo; puesto que no trajo deste viaje todos 300,
considerando que algunos de los que acá estaban querrian por entónces quedar.
Para todos los más de 300 traia mandado que los dejase irse á Castilla, si irse
quisiesen, pagándoles los sueldos del tiempo que acá habian estado, y si
quisiesen quedar más de los 300, se quedasen, pero que sueldo no ganasen, sino
que trabajasen en la tierra de granjear y ayudarse de su industria y trabajo,
pues la isla era tan fértil, y, de grangerías y muchos bienes y riquezas de oro
y metales, capaz. Los cuatro cuentos, destos seis, eran para emplearlos en
bastimentos, y los dos para pagar la gente (porque á los que venian en los
navios, pagaron los seis meses), y lo que desto sobrase, para pagar á los que
acá estaban que se hobiesen de ir á Castilla. Librados estos cuentos, aunque no
cobrados, llegaron los tres navíos, que en el cap. 111 dijimos que halló el
Almirante en la bahía de Cáliz, para acá, donde vino por piloto y Capitan
Peralonso Niño, y en el cap. 113, que el Adelantado los habia hinchido de
indios por esclavos; estos navíos llegaron de vuelta en Cáliz á 29 de Octubre
de aquel año de 1496[181] años. Escribió luego, á
priesa, el dicho Peralonso Niño á los Reyes y al Almirante, pidiendo albricias
porque traia cantidad de oro, y debia llamar oro á los muchos indios que traia
por esclavos, como quien dijera, oro es lo que oro vale; hizo dos grandes
faltas y liviandades, indiscretamente, como marinero, y no como hombre criado
en la corte ó en palacio; el uno, que se fué luego á la villa de Moguer á
holgar á su casa, guardando siempre consigo las cartas que traia del
Adelantado, y no llegó á la corte hasta fin de Deciembre, que estaban los Reyes
ya enhadados de esperarlas, y el Almirante como de una escarpia colgado, porque
no sabian cosa de lo que acá habia ó pasaba; el otro fué, hacer grandes
asonadas que traia cantidad de oro, y despues hallóse que no traia cuasi nada.
No sirvió su escribir pidiendo albricias sino de que, como el rey de Francia
tomó aquellos dias una villa, creo que de Salses, del Condado, pienso, de
Ruisellon, y tuvieron los Reyes necesidad de proveer gente de nuevo para
fortalecer á Perpiñan, y no tenian dineros para ello, dijeron los Reyes al
Almirante, que, «pues el piloto Peralonso traia oro en cantidad, dello se
suplirá lo que os estaba librado, y más.» Tómanse los seis cuentos y gástanse
para Perpiñan; llega el piloto, dá las cartas, y parece su liviandad. Hobieron
harto enojo los Reyes, no tanto por no traer oro, cuanto por haber detenido
tantos dias las cartas, segun escribió el Adelantado, en los dos navíos que
arriba, cap. 119, se dijeron, al Almirante; y, á lo que yo conjeturo, hobieron,
no alegría, sino aumento de su enojo por saber que traian tantos indios por
esclavos, como en el libro II, placiendo á Dios, por buenos argumentos se
cognoscerá. Pero el enojo y pena que el Almirante rescibió de la burla y
vanidad del piloto, por no salir lo que habia escrito, de traer cantidad de
oro, verdad, bien creo que fué mayor, que aguó y enturbió el placer que pensó
recibir, ó recibió de haber enviado el Adelantado, su hermano, los navíos
llenos de esclavos. Aquí dió otro vaiven la negociacion indiana, y sobrevinieron
no chicos disfavores, de ser burla las cosas destas partes, como los émulos y
no émulos estimaban ó murmuraban, al[182] Almirante;
y así lo escribió el Almirante á su hermano, el Adelantado, que este negocio de
las Indias estaba en tanta infamia que era maravilla. ¿Como le habia de dar
Dios favor ni alegría con la venida de los tres navíos, viniendo como venian
llenos de inocentes hechos esclavos, que tantos moririan por la mar, sin fé y
sin sacramentos, y que tantos, despues de llegados allá, sin cognoscimiento de
su Criador, morian ántes que supiesen entender nuestra lengua, ni cosa hablar,
como es cierto morir los más luego, por ser gente tan delicada? Tornó el
Almirante á procurar los cuentos gastados para Perpiñan, con grandes angustias
y trabajos y amarguras, tanto, que dijo que le habian hecho aborrecer la vida.
A cabo de mucho tiempo, por las grandes necesidades que los Reyes tenian,
dieron saca de trigo para Génova, y, con venderla, se pudieron juntar dos
cuentos y ochocientos mil maravedís; faltaba lo demás para los cuatro cuentos
que se habian de emplear en los bastimentos de las ocho naos ó navíos que habia
de aparejar y llevar cargados; faltaban tambien los dineros, que se habian de
dar, de los sueldos y fletamentos de los navíos y soldadas de marineros.
Parecióme poner aquí las palabras que escribe cerca desto á su hermano: «Sabe
nuestro Señor cuantas angustias por ello he pasado, por saber como estaríades;
así que, estos inconvenientes, bien que yo los diga, prolijos, con péndola,
muchos más fueron en ser, atanto que me hicieron aborrir la vida por la gran
fatiga que yo sabia en que estaríades; en la cual me debeis de contar con vos
juntamente, porque, cierto, bien que yo estuviese acá absente, allá tenia y
tengo el ánima presente, sin pensar en otra cosa alguna, de contino, como
nuestro Señor dello es testigo, ni creo que vos pongais ni vuestra ánima duda
en ello, porque, allende la sangre y grande amor, el efecto del caso y la
calidad del peligro y trabajo, en tan longincuas partes, amonesta y constrinje
más el espíritu y sentido á doler cualquier fatiga que allá se pueda imaginar,
que nó si fuese en otra parte. Aprovecharia mucho á esto si este sufrimiento se
sufriese por cosa que redundase al servicio de[183] nuestro
Señor, por el cual deberíamos trabajar con alegre ánimo; ni desayudaría á
pensar que ninguna cosa grande se puede llegar á efecto salvo con pena, y
asimismo consuela á creer que todo aquello que se alcanza trabajosamente se
posée y cuenta con mayor dulzura. Mucho habria que decir en esta causa, mas
porque de vos no es la primera que hayais pasado ni yo visto, dejaré para
hablar en ello más despacio y de palabra, etc.» Esto escribió el Almirante á su
hermano. Ciertamente son de notar estas palabras, y, sobre todo, como todas sus
cosas ponia en Dios; y, allende desto, podemos notar que nunca hombre, en
muchos tiempos pasados, tanto trabajo padeció ni bebió tantas amarguras por
hacer grande hazaña y obras heróicas, que ménos con dulzura ni con más amargura
sus trabajos y sudores contase, ni pudiese contar, sino el Almirante. Del
poseer lo que habia ganado con aquellos trabajos, cuan poco y momentáneo fué el
tiempo desde que lo comenzó á gozar hasta que se lo quitaron, y aquello con
cuantas zozobras y vida tan amarga y atribulada, por lo que está dicho y por lo
que se dirá, se podrá bien adevinar. Finalmente, lo más que pudo trabajó, con
los dineros primeros que le libraron, de hacer aparejar las dos carabelas, que
arriba dijimos, que llevó Pero Hernandez Coronel con los 90 hombres, cargadas
de bastimentos, y que llegaron á buen tiempo, cuando bien hobo menester el
favor que llevaban el Adelantado, que Francisco Roldan determinaba en la
fortaleza de la Concepcion cercarlo; y estas despachadas, dió priesa en lo
demas que restaba para su despacho, que consistia en aparejar los seis navíos
que quedaban.
CAPÍTULO CXXIV.
Los católicos Reyes, como muy agradecidos y
virtuosísimos Príncipes, cognosciendo el gran servicio que habian del Almirante
recibido, y vistos y considerados sus grandes trabajos y el poco provecho que
habia hasta entónces habido, hiciéronle nuevas mercedes en todo aquello que él
les suplicó, y áun otras que él no habia pedido, allende que le confirmaron de
nuevo las viejas que le habian hecho, y todos sus privilegios al principio
concedidos; y, lo primero, confirmáronle todos los capítulos y mercedes del contrato
que hizo con los Reyes, ántes que viniese á descubrir, y todos los títulos y
preeminencias que en Sancta Fé le concedieron, y despues, desde á pocos dias,
se las ratificaron, entrados en la ciudad de Granada, y confirmaron en la
ciudad de Barcelona, segun que en los capítulos 33 y 80 largamente pusimos;
todo lo cual, agora de nuevo, en una Patente real referido y supuesto, los
Reyes dicen así:
«E agora, por cuanto vos el dicho D. Cristóbal
Colon, nuestro Almirante del mar Océano é nuestro Visorey é Gobernador de la
tierra firme é islas, nos suplicastes y pedistes por merced que, porque mejor é
mas cumplidamente vos fuese guardada la dicha Carta de merced á vos é á
vuestros hijos é descendientes, que vos la confirmásemos é aprobásemos é vos
mandásemos dar nuestra Carta de privilegio della, ó como la nuestra merced
fuese, é Nos, acatando lo susodicho é los muchos é buenos, é leales é grandes é
continuos servicios que vos, el dicho D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante é
Visorey é Gobernador de las islas é tierra firme descubiertas é por descubrir
en el mar Océano, en la parte de las Indias, nos habedes hecho y esperamos que
nos fareis, especialmente en[185] descubrir é traer
á nuestro poder é so nuestro servicio las dichas islas é tierra firme,
mayormente porque esperamos que, con ayuda de Dios, nuestro Señor, redundará en
mucho servicio suyo, é honra nuestra, é pro, é utilidad de nuestros reinos, porque
esperamos que los pobladores indios de las dichas Indias, se convertirán á
nuestra sancta fe católica, tuvímoslo por bien, é por esta nuestra Carta de
privilegio, ó por el dicho su treslado signado, como dicho es, de nuestro
propio motivo é cierta sciencia é poderio real absoluto, de que en esta parte
queremos usar, é usamos, é confirmamos, é aprobamos para agora é para siempre
jamás, á vos el dicho D. Cristóbal Colon é á los dichos vuestros fijos é nietos
é descendientes de vos é de los vuestros herederos, la sobredicha Carta nuestra
Carta, suso encorporada, é la merced en ella contenida. É queremos é mandamos,
y es nuestra merced é voluntad, que vos vala y sea guardada á vos é á los
dichos vuestros fijos é descendientes, agora é de aquí adelante, inviolablemente
para agora y para siempre jamás, é por todo bien é cumplidamente, segun é por
la forma é manera que en ella se contiene. Y, si necesario es, agora de nuevo
vos facemos la dicha merced, é defendemos firmemente que ninguno ni algunas
personas no sean osadas de vos ir ni venir contra ella, ni contra parte della,
por vos la quebrantar ni menguar, por tiempo alguno, ni por alguna manera,
sobre lo cual mandamos al príncipe D. Juan, nuestro muy caro y muy amado hijo,
é á los Infantes, Duques, Prelados, Marqueses, Condes, Ricos-homes, Maestres de
las Órdenes, Priores, Comendadores, é Socomendadores, é á los de nuestro
Consejo, Oidores de la nuestra Audiencia, Alguaciles é á otras Justicias
cualesquiera de la nuestra casa é corte é Chancellería, é Alcaides de los
castillos de casas fuertes é llanas, é todos los Concejos é Asistentes, é
Corregidores, Alcaldes, Alguaciles, Merinos, Prebostes é otras Justicias de
todas las ciudades, villas é lugares de los nuestros reinos é señoríos, é á
cada uno dellos, que vos guarden é fagan guardar esta dicha nuestra Carta de
priviligio é confirmacion, é la Carta de merced en ella contenida,[186] é contra el tenor é forma de ella non vos vayan
ni pasen, ni consientan ir ni pasar, en tiempo alguno, ni por alguna manera, so
las penas, etc. Dada en la ciudad de Búrgos á veintitres dias del mes de Abril,
año de mil y cuatrocientos y noventa y siete años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo
Fernandalvarez de Toledo, Secretario del Rey é de la Reina, nuestros señores,
lo hice escribir por su mandado, etc.»
Y porque el Almirante se agravió de haber dado los
Reyes licencia general para venir á descubrir los que quisiesen á estas Indias
(la cual licencia parece arriba en el cap. 107), alegando el Almirante haber
sido dada en perjuicio de las mercedes que le habian sido hechas y privilegios
sobre ellas concedidos, y los Reyes, como cristianísimos y agradecidos á tan
señalados servicios, no entendian ni querian perjudicarle ni substraerle cosa
de las concedidas, ántes confirmárselas, como ha parecido, por ende sobre esta
razon, hecha relacion de verbo ad verbum de la dicha licencia,
dieron la presente Carta, y dice así:
«La cual dicha nuestra Carta y provision, y lo en
ella contenido, el dicho Almirante D. Cristóbal Colon dice, que fué dada en
perjuicio de las dichas mercedes que de Nos tiene, é de las facultades que por
ellas les dimos, é nos suplicó é pidió por merced que cerca dello mandásemos
proveer de remedio como la nuestra merced fuese. É porque nuestra intincion é
voluntad no fué ni es en perjudicar en cosa alguna al dicho D. Cristóbal Colon,
nuestro Almirante del mar Océano, ni ir, ni en que se vaya, ni pase contra los
dichos asientos é privilegios é mercedes que le hicimos, ántes, por los
servicios que nos ha fecho, le entendemos de facer más mercedes, por esta
nuestra Carta, si necesario es, confirmamos é aprobamos los dichos asientos é
privilegios, é mercedes por Nos al dicho Almirante fechas, é es nuestra merced
é mandamos que en todo y por todo le sean guardadas y cumplidas segun en ellas
se contienen. É defendemos firmemente que alguna ni algunas personas no sean
osadas de ir ni pasar contra ellas ni contra parte dellas, en tiempo alguno, ni
por alguna manera, so las penas[187] en ellas
contenidas. É si el tenor é forma della parte dello en algo perjudica la dicha
provision que así mandamos dar, que de suso vá encorporada, por el presente la
revocamos é queremos é mandamos que no haya fuerza ni efecto alguno en tiempo
alguno, ni por alguna manera, en cuanto es en perjuicio del dicho Almirante é
de lo que así tenemos otorgado é confirmado. De lo cual mandamos dar la
presente, firmada de nuestros nombres é sellada con nuestro sello. Dada en la
villa de Medina del Campo á dos dias del mes de Junio de mil cuatrocientos
noventa y siete años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo Fernandalvarez de Toledo,
etc.»
Por esta provision como ha parecido, confirmaron
los Reyes los privilegios y mercedes y asiento que hicieron con él y al mismo
Almirante; y así son cinco veces las que, con la primera, cuando se hizo y
celebró el dicho asiento y capitulacion los Reyes las ratificaron y
confirmaron; la una, en la villa de Sancta Fé; la segunda, dentro en la ciudad
de Granada; la tercera, en la ciudad de Barcelona; la cuarta, en la ciudad de
Búrgos; la quinta, en la villa de Medina del Campo, sin otras muchas por
cédulas y cartas que le enviaban, certificándole que las mercedes hechas se le
habian de guardar y con otras acrecentárselas. La primera y segunda fueron en
el año de 1492; la tercera en el año de 1493; la cuarta y la quinta en el de
1497, como está visto en los capítulos precedentes. Hiciéronle merced los
Reyes, de nuevo, sin las concedidas al tiempo de la capitulacion y primero
asiento, de 50 leguas de tierra en esta isla Española, del leste al gueste, que
quiere decir de Levante hácia el Poniente; y de 25 del Ártico al Antártico, que
es del Norte al Sur, ó Setentrion al Meridion ó Mediodia, con acrecentamiento
de título, Duque ó Marqués y esto era grande y señalada merced. Y fuera mayor,
los tiempos andando, porque tuviera dueño aquella tierra, y pudiera crecer y ser
poblada de españoles, y lo estuviera ya y fuera riquísima, y esto, supuesto que
los indios se hobieran de acabar como se acabaron; cuanto más, que si fuera
suya propia y no hobiera de acudir á dar[188] cuenta
á los Reyes, y á darse prisa en suplir los gastos que hacian y darles
provechos, que fué causa, como arriba es dicho, de usar mal della,
imponiéndoles los tributos injustos é intempestivos, él la curara mejor y
temiera que los indios, sus naturales vecinos y pobladores, haciéndoles guerra
y captivándolos por esclavos, perecieran y menoscabaran. Dije «tuvieran dueño»,
porque nunca las Indias jamás lo tuvieron, como parecerá adelante. Dije «suya
propia», entendiendo con esta condicion, si los Reyes la pudieran dar al
Almirante por suya propia, pero no podian, porque era ajena, conviene á saber,
de los indios vecinos y moradores naturales dellas y de los Reyes naturales
suyos que en ellas reinaban; las cuales, ni los Reyes ni el Papa que les dió
poder para entrar en ellas (lo cual con toda reverencia quiero que sea dicho),
no los pudieron despojar de sus señoríos públicos y particulares, estados y
libertad, porque no eran moros ó turcos que tuviesen nuestras tierras
usurpadas, ó trabajasen de destruir la religion cristiana, ó con guerras
injustas nos fatigasen é infestasen; y la ceguedad de aqueste error hizo al
Almirante mucho mal, y á otros muchos que despues dél se han querido cegar,
pero mucho mayor á estas naciones desventuradas, que por el susodicho error las
han venido á estirpar. Suplicó el Almirante á Sus Altezas, que aquesta merced
que le hacian de las 50 leguas no se la mandasen aceptar, no porque hobiese
salido del dicho error y temiese tomar lo ajeno, sino por evitar pendencias con
los oficiales del Rey, las cuales sentia bien que no le habian de faltar,
levantándole que poblaba mejor su tierra y 50 leguas que no la del Rey, ó que
habia escogido la mejor; y en esto tenia, ciertamente, razon, porque,
principalmente oficiales del Rey, le perseguian siempre con harta falta de
justicia, y le quitaron su estado, y á su primer heredero despues dél, como yo
sé harta parte, y así dice él: «Supliqué á Sus Altezas que no me las mandasen
tomar, por evitar escándalo de maldecir y por no perder el resto, porque, por
poco que en ellas se poblase, siempre dirian las malas lenguas que yo poblaba
el mio y dejaba el[189] suyo, y asimismo que habia
tomado del mejor, por lo cual, nacerian enojos que redundarian á mi daño, que
pues Sus Altezas me tienen hecha merced del diezmo y ochavo del mueble de todas
las Indias, que no queria yo más.» Estas son sus palabras, y no muy polidas en
nuestro romance, pero, cierto, no por eso dignas de despreciar.
CAPÍTULO CXXV.
Este capítulo prosigue las mercedes que los Reyes
le hicieron este año de 1497.
Hiciéronle los Reyes otra merced, que, porque
habiéndose ocupado el Almirante hasta aquí en descubrir tierra por tierra y por
mar, como el descubrimiento de Cuba y Jamáica, y en esta isla Española, por
tierra, las provincias della, y otras ocupaciones que tuvo en ella (puesto que
las más fueron de injustas guerras, que hizo á estas gentes, como arriba está
dicho, lo cual los Reyes, ó no sabian cuantas y cuan malas eran, ó no lo
entendian), y así, no habia habido el Almirante sino poco provecho é interese,
y deseaban ayudarle y prosperarle, tuvieron por bien de le hacer merced, que,
puesto que era obligado á contribuir en los gastos que los Reyes hacian, por la
capitulacion primera, en la ochava parte, pues habia de gozar la ochava parte
de los provechos, que no pagase cosa alguna de los gastos hasta allí hechos,
sino que solamente bastase lo que puso en el primer viaje cuando vino á
descubrir estas Indias, que puso, sobre un cuento que los Reyes pusieron, como
se dijo arriba en el cap. 33, lo que más fué menester, que pasó de medio
cuento, para aparejar y despacharse con la nao y dos carabelas con que
descubrió esta isla y las demas, con que de lo que hasta entónces habia venido
á los Reyes, no pidiese diezmo ni ochavo, que si pusiera el ochavo de los
gastos, lo habia de haber de los provechos, y de lo que él se habia aprovechado
hasta entónces le hacian tambien merced dello; asimismo le hicieron merced de
que lo mismo fuese, que no pagase ochavo, de los gastos que en aqueste viaje
que llevaba los ocho navíos, con los dos que habia enviado adelante, como ya
hemos dicho,[191] hasta llegar á esta isla. Item,
le hicieron merced, que puesto que por la dicha primera capitulacion, de los
provechos que se hobiesen se habian de sacar primero los gastos y costas, y
despues habia de haber el Almirante el diezmo, y despues el ochavo, pero, por
hacerle merced, quisieron que, por tres años, se sacase primero el ochavo, de
los provechos de las cosas muebles, para él, sin costa alguna, y despues se
sacasen las costas, y de lo restante se sacase el diezmo para el Almirante,
pero pasados los tres años, quedase la órden dada en la dicha primera
capitulacion; y con tanto que ningun derecho se le añidiese ni quitase por esta
merced, sino que la dicha capitulacion quedase en su fuerza y vigor, como,
ántes que se hiciese, estaba; la Cédula destas mercedes fué hecha en Medina del
Campo á 2 dias de Junio de 1497 años.
Hiciéronle tambien merced, que, porque en el primer
capítulo de la dicha primera capitulacion se contenia, que le hacian y criaban
su Almirante, en todas las islas y tierras firmes que por su mano é industria
se descubriesen ó ganasen en las mares Océanas, para durante su vida, y de sus
sucesores perpétuamente, con todas aquellas preeminencias é prerogativas
pertenecientes al tal oficio, é segun que D. Alonso Enriquez, Almirante mayor
de Castilla y los otros predecesores lo tenian en sus distritos, mandáronle dar
treslado autorizado de las mercedes y privilegios, honras, prerogativas,
libertades, derechos é salarios que tenia y tiene y goza el dicho Almirante de
Castilla, porque le habian hecho merced que las tuviese é gozase dellas en las
Indias, como las gozaba el de Castilla en Castilla. Fué hecha esta Cédula en
Búrgos á 23 de Abril de 1497 años, cuya substancia fué, que mandaba á Francisco
de Soria, Lugarteniente del Almirante de Castilla, que residia en Sevilla, que,
luego, sin dilacion, le diese un treslado autorizado, en manera que hiciese fe,
de todos los privilegios é cartas de merced é confirmaciones que el Almirante
de Castilla tenia, pertenecientes al dicho cargo y oficio de Almirante, por
donde el Almirante de las Indias, é otros por él, llevasen é cogiesen los
derechos é otras cosas á él pertenecientes con el dicho cargo;[192] porque
habia hecho merced al dicho D. Cristóbal Colon que hobiese é gozase de las
mercedes, é honras, é prerogativas, é libertades, é derechos, é salarios, en el
Almirantazgo de las Indias, que habia y tenia y gozaba el Almirante de
Castilla, etc. Todo estaba y se contenia en la Cédula. Está una claúsula en el
dicho privilegio rodado del Almirante de Castilla, entre otras, por la cual le
hace merced el rey D. Juan, que, de todas las ganancias que en cualquiera flota
ó armada que por mandado del Rey se hiciese, yendo la persona en ella del dicho
Almirante, aunque la dicha flota, ó parte della se apartase por su mandado, ó
sin su mandado, llevase y ganase la tercera parte, y las dos otras terceras
partes fuesen del Rey. Por esta cláusula tuvo por cierto el Almirante don
Cristóbal Colon, que le pertenecia la tercia parte de las ganancias, no
solamente de los muebles, pero tambien de las tierras de todas las Indias; y
así de la tercera parte de todas ellas, si esto fuera verdad, era Señor. Pero á
esto se puede responder, que áun si fueran algunas dehesas de ganados que
hallara en la mar ó tierras despobladas, habia duda si por la dicha cláusula de
los privilegios del Almirante de Castilla le pertenecia la dicha tercia parte,
porque, por la dicha cláusula, no parece que se conceden al Almirante de
Castilla sino los muebles que por la mar se ganaren, como suelen ser los
despojos de los enemigos, y aquellas cosas que en las batallas navales los que
vencen suelen haber ó adquirir; ántes, creo yo, tener ménos duda que por los
mismos privilegios concedidos al mesmo Almirante D. Cristóbal Colon, le
perteneciera muy mejor la octava parte de las dichas dehesas, tierras, y raíces
y ganados, y otras cosas, que sin dueños se hallaran por su persona en la mar,
pero tener que le perteneciesen por cualquiera de los privilegios ó al
Almirante de Castilla, ó al de las Indias, la tercia, ni ochava, ni décima
parte destas tierras y gentes dellas, es error intolerable. La razon es clara:
porque son ajenos y tienen dueños y señores propios naturales dellas, y cuanto
al señorío particular de las cosas que cada persona privada tiene, y cuanto á
los bienes y cosas públicas[193] y jurisdicciones
de los pueblos y de los Reyes, que les competen de derecho natural, y de todas
las gentes, y conviniera que se le pidiera al Almirante, que ¿dónde halló tal
derecho y quién se lo pudo haber concedido, por el cual, solamente por
descubrir estos reinos y tierras, llenas de pacíficas y mansas gentes, que
tienen sus señores y Reyes libres, que á ninguno jámas, fuera de sí, por Rey ni
señor superior recognoscieron, se le trespasase luego todo el señorío
particular y público, y el ser y vidas, en él, de todos ellos? Todas las causas
que algunos asignar, de lo contrario desto, quisieron, son frívolas, vanas y de
hombres sin razon y áun sin Dios, como ya por la misericordia de Dios se va
entendiendo, así que, ni por la capitulacion de los Reyes que con el dicho
Almirante D. Cristóbal Colon hicieron, ni por la que pertenece de los Reyes
pasados al Almirante de Castilla, ni por los unos ni por otros privilegios, no
compete al Almirante de las Indias, ni se le pudo dar por nadie, destas tierras
ni reinos, ni de las gentes dellos, ni de otra cosa que sea raíz y se halle en
ellos, un sólo pelo ni valor dello; lo que á él pertenece y se le debe por
descubrirlas, es tanto, ante Dios y ante el mundo, y señaladamente ante los
reyes de Castilla, que, salvo el premio que Dios le dará en el cielo, como yo
espero, jámas en este mundo se le dará ni podrá dar digna ó igual recompensa.
Fué otra merced que Sus Altezas le hicieron esta:
que ninguna cosa se hiciese ni proveyese en los reinos de Castilla, tocante á
la negociacion destas Indias, sin que asistiesen á ella, con los oficiales de
los Reyes, la persona ó personas que el Almirante para ello nombrase y
deputase, y su poder para ello tuviesen, con que se hiciese saber á Sus Altezas
como tal ó tales personas eran deputadas y nombradas por el Almirante para
ello; y esto pidió y suplicó el Almirante, porque hobiese mejor recaudo en la
hacienda que á él pertenecia y habia de haber. Despachóse esta merced en Medina
del Campo á 30 de Mayo el mismo año de 1497.
Hicieron otra merced sin estas, que le dieron
licencia y facultad que pudiese hacer instituir uno y muchos mayorazgos,[194] cada y cuando quisiese; así en vida, por simple
contrato y manda, como por donacion entre vivos, como por su testamento y
postrimera voluntad, ó codicilo, por una ó dos ó tres escrituras, etc., de sus
bienes, vasallos, heredamientos, oficios perpétuos, para que quedase memoria
dél y de su casa y linaje, y porque los que dél viniesen fuesen honrados,
acatando los muchos y buenos, y leales, y grandes, y continuos servicios que
dél habian rescibido y rescibian cada dia, especialmente en descubrir y atraer
á su poder y señorío las islas y tierra firme que habia descubierto en el mar
Océano, mayormente porque esperaban que redundaria en mucho servicio de Dios, é
á honra de los Reyes, é pró y utilidad de sus reinos, é porque se esperaba que
los pobladores destas Indias se convertirian á nuestra sancta fe católica, y
porque consideraban que de los Reyes y Príncipes, que no recognoscen superior,
es propia cosa honrar y sublimar sus súbditos y naturales, especialmente
aquellos que fiel y lealmente les sirven, y porque tambien en se hacer los
tales mayorazgos es honra de la Corona real, etc. Y entre otras cláusulas,
muchas necesarias y favorables dicen, que los bienes que incluyese en el
mayorazgo ó mayorazgos, fuesen imprescriptibles é impartibles para siempre
jamás, y que la persona ó personas en quien les hiciere ó instituyere, no los
puedan vender, ni dar, ni donar, ni amenguar, ni dividir, ni apartar, ni los
puedan perder ni pierdan por ninguna deuda que deban, ni por otra razon ni
causa, ni por ningun delito ni crímen, ni exceso que cometan, salvo
crímen lesæ majestatis, ó perdulionis, ó traicion, ó
crímen de herejía, etc. Fué hecha en la ciudad de Búrgos á 23 de Abril del
mismo año de 1497. Y hemos aquí de notar, que en esta provision y otras muchas,
como de alguna parece arriba, hacen mencion los Reyes que les habia descubierto
y dado á tierra firme, y no era así, porque no habia descubierto sino solas
islas, cuasi teniendo por cierto que se la habia de descubrir, como agora en
este viaje lo hizo.
Finalmente, le hicieron los Reyes otra merced, que
instituyeron[195] á su hermano D. Bartolomé Colon,
Adelantado de todas estas Indias islas y tierra firme, y la provision comienza:
«D. Hernando y doña Isabel, etc., por Nos vistos y
considerados los muchos y buenos y leales servicios que vos don Bartolomé
Colon, hermano de D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, é
Visorey, é Gobernador de las islas nuevamente halladas en las Indias, nos
habedes hecho é facedes de cada dia, é esperamos que nos hareis de aquí
adelante, tenemos por bien y es nuestra merced y voluntad, que de aquí adelante
vos llameis é intituleis Adelantado de las islas dichas nuevamente halladas en
las dichas Indias, é podades usar é ejercer, é facer en las dichas islas é en
cada una dellas, todas las cosas que los otros Adelantados de los dichos
nuestros reinos pueden facer, é que hallades é gocedes, é vos sean guardadas
todas las honras, y gracias, y mercedes, y preeminencias, y prerogativas que
son debidas é se deben facer é guardar, segun las leyes por Nos fechas en las
Córtes de Toledo, ó las otras leyes de nuestros reinos, á los otros nuestros
Adelantados dellos, etc. Y Nos, por esta nuestra Carta, os criamos y facemos
Adelantado de las dichas islas y tierra firme que así nuevamente se han hallado
y descubierto en las Indias, é vos recibimos, é habemos por recibido al dicho
oficio é al uso y ejercicio dél, y mandamos que en ello, ni en parte dello, embargo
ni impedimento alguno vos non pongan, etc.»
Fué hecha en Medina del Campo á 22 de Julio del
dicho año 1497.
CAPÍTULO CXXVI[4].
Estando el Almirante para se despachar de la corte,
y los Reyes que lo deseaban ver partido, acaeció que murió el rey D. Juan de
Portogal, y sucedió en aquel reino el rey don Manuel, que era Duque de
Verganza. Tractaron los Reyes de casar la princesa Doña Isabel, que fué reina
de Portugal y princesa de Castilla, con el dicho rey D. Manuel, y, concluido,
la Reina Católica, su madre, la llevó en fin de Setiembre deste año de 97 á
Valencia de Alcántara, donde vino el rey de Portugal, y la recibió sin fiestas
ningunas. La razon fué, porque yendo el Rey y la Reina juntos á llevar la dicha
señora Reina Princesa á Ávila, por ver el monasterio de Sancto Tomás de Ávila,
de la órden de Sancto Domingo, y que habia hecho el Prior de Sancta Cruz,
fraile de la mesma órden, Inquisidor mayor, y el primero que hobo en España,
como obra insigne y señalada y hecha de los bienes que se habian confiscado á
los herejes que se habian quemado, supieron los Reyes que el príncipe D. Juan,
que de Medina del Campo, de donde salió la corte, se habia ido con la Princesa,
madama Margarita, su mujer, á Salamanca, se habia sentido enfermo; volvióse
luego el Rey, é sola la Reina prosigió el camino con la Princesa, como dije,
para Valencia de Alcántara. Desde á pocos dias ántes que la Reina volviese,
plugo á nuestro Señor de atribular y poner en luto y en lloro á toda España,
con la muerte del príncipe D. Juan, y desde á algunos dias, por el mes de
Deciembre, permitió la divina clemencia otro azote, que poco ménos amargó á los
Reyes y á los reinos que el primero, que[197] quedando
la princesa Margarita preñada, movió una hija muerta de siete meses. Los Reyes
mostraron grandes ánimos de paciencia, y, como prudentísimos y animosos
Príncipes, consolaban todos los pueblos por escrito y por palabra. Nombraron y
declararon luego al rey de Portugal y á la Reina, su mujer, por Príncipes de
aquellos reinos de Castilla, y así, aquella señora, Doña Isabel, hija de los
católicos Reyes, fué llamada la Reina Princesa. El luto que se mandó poner por
la muerte del Príncipe fué jerga blanca muy basta, que ver los grandes y
pequeños que la traian era cosa extraña y penosísima de ver; despues desto,
nunca se acostumbró más en España, por muerte de Rey ó Príncipe, traer por luto
jerga. Todos estos trabajosos acaecimientos que venian á los Reyes y á aquellos
reinos, eran penosísimos para el Almirante, por ser de su despacho
retardativos, no viendo la hora de su partida, como que sospechara la confusion
y perdicion que, por la rebelion de Francisco Roldan, en esta isla, entre los
cristianos y en destruccion de los humildes y desamparados indios, habia. É
fuele tambien impedimento, que acordaron los Reyes que no tuviese ya el cargo
de las cosas destas Indias, en Sevilla, el susodicho Arcediano de aquella
iglesia, D. Juan Rodriguez de Fonseca, que ya era Obispo de Badajoz, sino que
lo tuviese el hermano del ama del Príncipe, Antonio de Torres, y porque pidió
tantas condiciones y preeminencias si habia de tener aquel cargo, se enojaron
los Reyes y lo aborrescieron; tornaron á confirmar en el encargo al dicho
Obispo D. Juan de Fonseca, y como estaban hechos los despachos, suponiendo que
habia de tener el encargo dicho Antonio de Torres, y rezaban con él muchas de
las Cédulas y Cartas de los Reyes, hubiéronse de tornar á hacer, por manera que
hobo de tener más tardanza el despacho. Finalmente, hóbose de despachar de la
corte á 21 de Julio del dicho año de 1497, con sus provisiones é instrucciones
de los Reyes.
El primer capítulo de la Instruccion principal
decia desta manera:
Capítulo primero de la Instruccion que dieron los
Reyes[198] al Almirante el año de
1497.—Primeramente, que como seais en las dichas islas, Dios queriendo,
proveereis con toda diligencia de animar é atraer á los naturales de las dichas
Indias á toda paz é quietud, é que nos hayan de servir y estar so nuestro
señorío é sujeccion benignamente. É principalmente que se conviertan á nuestra
sancta fé católica, y que á ellos, y á los que han de ir á estas tierras en las
dichas Indias, sean administrados los Sanctos Sacramentos por los religiosos y
clérigos que allá están y fueren, por manera, que Dios nuestro Señor sea
servido y sus conciencias se aseguren.»
Por este capítulo y por el de la Instruccion
primera del segundo viaje, que se puso arriba en el cap. 82 desta historia,
parece claro que nunca la intencion de los Reyes fué que se hiciese guerra á
estas gentes, ni tal jamás mandaron, por que fuera injustísima su entrada en
estas tierras, ni tal intincion y mando fuera digno de tales y tan católicos
Reyes, y no sólo ellos, pero ni sus sucesores, hasta estos tiempos del año de
1530, que su nieto, el rey D. Cárlos reina, como parecerá por el discurso desta
historia; sino sola la cudicia y ambicion de los que á estas tierras vinieron,
mayormente de los Gobernadores, fué la causa de inventar y mover las guerras
contra estas desarmadas y pacíficas naciones, con las cuales han destruido este
nuevo mundo.
Otra cláusula llevó en esta Instruccion, que dice
así:
«Item, se debe procurar que vengan á las dichas
Indias algunos religiosos y clérigos, buenas personas, para que allá
administren los Sanctos Sacramentos á los que allá están, é procuren de
convertir á nuestra sancta fé católica á los dichos indios naturales de las
dichas Indias, é llevar para ello los aparejos é cosas que se requieren para el
servicio del culto divino, é para la administracion de los Sanctos
Sacramentos.»
Otros capítulos, cuanto á la sustancia dellos,
aunque no por órden, pusimos arriba en el cap. 113.
Llegado el Almirante á la ciudad de Sevilla,
juntóse con el Obispo de Badajoz, D. Juan Rodriguez de Fonseca, y, cuan presto
pudieron, despacharon las dos carabelas, de que arriba,[199] en
el cap. 120, dijimos haber llegado á buen tiempo para favor del Adelantado
contra Francisco Roldan, y partiéronse de Sanlúcar, mediado Enero, año de 1498.
Despachadas las dos carabelas, daba priesa en proveer los seis navíos que
quedaban, que él habia de llevar consigo, y porque los negocios destas Indias
iban cayendo, de golpe, en fama y disfavores de muchos, como arriba se ha
tocado, en especial de los que más cercanos estaban de los Reyes, porque no
iban los navíos cargados de oro (como si se hobiera de coger, como fruta, de
los árboles, segun el Almirante se quejaba, y arriba se dijo); el acabar de
cargar los seis navíos de los bastimentos, y lo demas que los Reyes habian
mandado, fuéle laboriosísimo y dificilísimo, pasó grandes enojos, grandes
zozobras, grandes angustias y fatigas; y porque de los oficiales de los Reyes
algunos suelen ser más exentos y duros de atraer á la expedicion de los
negocios, sino es cuando ellos quieren, por presumir de mayor auctoridad de la
que quizá requieren sus oficios, algunos de los que en el despacho del
Almirante, con él y con el Obispo entendian, diéronle más pena y más trabajo y
dilacion que debieran, y quizá ponian de industria impedimentos en su partida,
no considerando ni temiendo el daño y riesgo que á los que acá estaban se
recrecia, y los gastos que con la gente que en Sevilla para pasar acá tenia, y
los desconsuelos y aflicciones que causaban al mismo Almirante. Parece que uno
debiera de, en estos reveses, y, por ventura, en palabras contra él y contra la
negociacion destas Indias, más que otro señalarse, y segun entendí, no debiera
ser cristiano viejo, y creo que se llamaba Ximeno, contra el cual debió el
Almirante gravemente sentirse y enojarse, y aguardó el dia que se hizo á la
vela, y, ó en la nao que entró, por ventura, el dicho oficial, ó en tierra
cuando queria desembarcarse, arrebatólo el Almirante, y dále muchas coces ó
remesones, por manera que lo trató mal; y á mi parecer, por esta causa
principalmente, sobre otras quejas que fueron de acá, y cosas que murmuraron
dél y contra él los que bien con él no estaban y le acumularon; los Reyes
indignados proveyeron de quitarle la gobernacion,[200] enviando
al comendador Francisco de Bobadilla, que esta isla y todas estas tierras
gobernase; y bien lo temió él, como parece por un capítulo de la carta primera
que escribió á los Reyes desque llegó á esta isla, donde dice:
«Tambien suplico á Vuestras Altezas, que manden á
las personas que entienden en Sevilla en esta negociacion, que no le sean
contrarios, y no la impidan; yo no sé lo que allá pasaria Ximeno, salvo que es
de generacion que se ayudan á muerte y vida, é yo ausente y invidiado
extranjero: no me desechen Vuestras Altezas, pues que siempre me sostuvieron.»
Estas son sus palabras, donde parece temer lo que
luego le vino, lo cual cansó al Almirante su total calamidad y caida, que es
harta lástima de oir, como se verá, con el favor de nuestro Señor, en el
principio del libro II.
En este año de 1497, envió el rey D. Manuel de
Portugal á descubrir la India, por la mar, cuatro navíos; salieron de Lisboa,
sábado, á 8 de Julio, habiendo primero el rey don Juan, su antecesor, enviado
ciertos hombres por tierra, el año 1487, á que hobiesen y le trajesen alguna
noticia del Preste Juan de las Indias, de quien tantas cosas y riquezas, por
fama, oia decir. Pasadas las islas de Cabo Verde, anduvieron en Agosto y
Setiembre y Octubre por la mar engolfados, por doblar el cabo de Buena Esperanza,
con grandes tormentas; cuando vido que era tiempo, dieron la vuelta los cuatro
navíos sobre la tierra, y á 4 de Noviembre, vieron tierra y gente, pequeños de
cuerpo, de color bazos, los vestidos que traian eran de pieles de animales,
como capas francesas, traian sus naturas y vergüenzas metidas en unas vainas de
palo, muy bien labradas; las armas que tenian eran varas tostadas, con unos
cuernos tostados por hierros; su mantenimiento era de unas raíces de hierbas y
de lobos marinos, etc.
CAPÍTULO CXXVII.
Embarcado el Almirante y toda la gente, que seria
cerca de 200 hombres, sin los marineros, en seis navíos, hízose á la vela en el
puerto de Sant Lúcar, el dia que abajo se dirá, y comenzó, como solia, á
escribir este su tercero viaje, hablando con los Reyes desta manera:
«Serenísimos é muy altos é muy poderosos Rey é
Reina, nuestros señores.—La Sancta Trinidad movió á Vuestras Altezas á esta
empresa de las Indias, y, por su infinita bondad, hizo á mí mesajero dello, al
cual vine con el embajada á su real conspectu, movido, como á los más altos
Príncipes de cristianos, y que tanto se ejercitaban en la fé y acrecentamiento
della. Las personas que entendieron en ello lo tuvieron por imposible, y el
caudal hacian sobre bienes de fortuna, y allí echaron el clavo. Pasé en esto seis
ó siete años de grave pena, amostrando, lo mejor que yo sabia, cuanto servicio
se podia hacer á nuestro Señor en esto, en divulgar su sancto nombre y fé á
tantos pueblos, lo que era todo cosa de tanta excelencia y buena fama y gran
memoria para grandes Príncipes. Fué tambien necesario de hablar del temporal, á
donde se les amostró el escrebir de tantos sabios dignos de fé, los cuales
escribieron historias, los cuales contaban que en estas partes habia muchas
riquezas; y asimesmo fué necesario traer á esto el decir y opinion de aquellos
que escribieron y situaron este mundo. En fin, Vuestras Altezas determinaron
que esto se pusiese en obra, á que mostraron el grande corazon que siempre
ficieron en toda cosa grande, porque todos los que habian entendido en ello y
oido esta plática, todos á una mano, lo tenian por burla, salvo dos frailes que
siempre fueron constantes. Yo, bien que llevase fatiga, estaba bien seguro[202] que esto no vernia á ménos, y estoy de contino,
porque es verdad que todo pasará, y no la palabra de Dios, y se complirá todo
lo que dijo; el cual tan claro habló destas tierras por la boca de Isaías en
tantos lugares de su Escritura, afirmando que de España les sería divulgado su
sancto nombre. É partí en nombre de la Sancta Trinidad, y volví muy presto, con
la experiencia, de todo cuanto dije, en la mano. Tornáronme á enviar Vuestras
Altezas, y en poco espacio digno, no de[5] le
descubrí, por virtud divina, 333 leguas de la tierra firme, fin de Oriente, y
700 islas de nombre, allende de lo descubierto en el primer viaje, y le allané
la isla Española, y boxa más que España, en que la gente della es sin cuento, y
que todos le pagasen tributo. Nació allí maldecir y menosprecio de la empresa
cometida en ello, porque no habia yo enviado luego los navíos cargados de oro,
sin considerar la brevedad del tiempo, y lo otro, que yo dije, de tantos
inconvenientes; y en esto, por mis pecados ó por mi salvacion creo que será,
fué puesto en aborrecimiento y dado impedimento á cuanto yo decia y demandaba,
por lo cual, acordé venir á Vuestras Altezas y maravillarme de todo, y
mostrarles la razon que en todo habia, y les dije de los pueblos que yo habia
visto, en qué, ó de qué, se podian salvar muchas ánimas; y les truje las
obligaciones[6] de
la gente de la isla Española, de como se obligaban á pagar tributo, y les
tenian por sus Reyes y señores; y les truje abastante muestra de oro, y que hay
mineros y granos muy grandes, y asimesmo de cobre; y les truje de muchas
maneras de especería de que sería largo de escrebir, y les dije de la gran
cantidad de brasil, y otras infinitas cosas. Todo no aprovechó para con algunas
personas que tenian gana y dado comienzo á maldecir[203] del
negocio, ni entrar con fabla del servicio de nuestro Señor, con se salvar
tantas ánimas[7],
ni á decir que esto era grandeza de Vuestras Altezas, de la mejor calidad que
hasta hoy haya usado Príncipe, porque el ejercicio é gasto era para el
espiritual y temporal, y que no podia ser que, andando el tiempo, no hobiese la
España de aquí grandes provechos, pues que se veian las señales que escribieron
de lo de estas partidas, tan manifiestas, que tambien se llegaria á ver todo el
otro cumplimiento, ni á decir cosas que usaron grandes Príncipes en el mundo
para crecer su fama, así como Salomon, que envió desde Jerusalen, en fin de
Oriente, á ver el monte Sopora, en que se detuvieron los navíos tres años, el
cual tienen Vuestras Altezas agora en la isla Española. Ni de Alexandre, que
envió á ver el regimiento de la isla de Taprobana en India, y Nero César á ver
las fuentes de Nilo, y la razon porque crecian en el verano cuando las aguas
son pocas, y otras muchas grandezas que hicieron Príncipes, y que á Príncipes
son aquestas cosas dadas de hacer; ni valia decir que yo nunca habia leido que
príncipes de Castilla jamás hobiesen ganado tierra fuera della, y que esta de
acá es otro mundo en que se trabajaron romanos, y Alexandre, y griegos para la
haber con grandes ejércitos, ni decir del presente, de los reyes de Portogal,
que tuvieron corazon para sostener á Guinea, y del descubrir della, y que
gastaron oro y gente, atanta, que quien contase toda la del reino, se hallaria
que otra tanta como la mitad son muertos en Guinea, y todavia la continuaron
hasta que les salió dello lo que parece; lo cual, todo, comenzaron de largo
tiempo, y há muy poco que les da renta. Los cuales tambien osaron conquistar en
África, y sostener la empresa, de Cepta, Tanjar, y Arguin, y Angola, y de
contino dar guerra á los moros, y todo esto con grande gasto, sólo por hacer
cosa de Príncipes, servir á Dios[204] y acrecentar
su señorío. Cuanto yo más decia, tanto más se doblaba á poner esto á vituperio,
amostrando en ello aborrecimiento, sin considerar cuanto bien pareció en todo
el mundo, y cuanto bien se dijo en todos los cristianos de Vuestras Altezas por
haber tomado esta empresa, que no hobo grande ni pequeño que no quisiese dello
carta; respondiéronme Vuestras Altezas riéndose y diciendo que yo no curase de
nada, porque no daban auctoridad á quien mal les decia desta empresa.»
Cerca de lo que hasta aquí ha dicho el Almirante
con su simple y humilde manera de hablar, es bien apuntar y notar y declarar,
para los que no tienen mucha noticia de antiguas historias, algunas cosas. Lo
primero reza lo que dice, que los antiguos que escribieron que en estas tierras
habia muchas riquezas, se ha de entender, segun que aquestas tierras son parte
de la India, y lo último della, de que á mí duda ninguna queda, y así el
Almirante lo sintia y en busca dellas venia; y dello se pueden colegir muchos
argumentos, y uno es, por la grandeza de la India, que, segun Pomponio Mela,
lib. III, cap. 7.º de su «Cosmografía,» y Plinio, que fué despues dél, libro VI
de su «Natural Historia,» que desde derecho del monte Tauro, yendo hácia el
Austro y volviendo al Occidente, tenian de ribera, de costa de mar, tanto
camino cuanto los navíos podian andar en sesenta dias con sus noches, que, al
ménos, podian ser más de 1.500 leguas y podian llegar á 2.000, (puesto que en
Plinio se diga cuarenta dias, puede haberse errado en poner cuarenta por
sesenta, poniendo la letra X atras de la letra L);
y por esta su grandeza fué muchos tiempos estimada la India por la tercera
parte de todas las tierras, como dice Plinio, lib. VI, cap 17, y Solino en su
Polistor, cap. 65. Dice más Pomponio Mela: que tanto se extienden las Indias
hácia el Mediodia, que en alguna parte dellas no se pueden ver la Osa Menor,
que llamamos la Bocina ó las Guardas, ni la Mayor, que es el Carro, que ambas á
dos, en veinte y cuatro horas, dan una vuelta á la estrella del Norte y al
mismo polo. Esto bien averiguado es ya en las islas de Mallorca y en algunas[205] partes de nuestra tierra firme y en otras
descubiertas por nos y por los portogueses. Es otro argumento, haber en estas
islas y tierra firme papagayos verdes, los cuales, en ninguna parte del mundo
se halla que sean verdes, segun dice Plinio, lib. X, cap. 42, y Solino en el
lugar ya dicho. El otro argumento es, las grandes riquezas de oro, y plata, y
perlas, y piedras que hay en estas islas y tierras firmes; y otro, las
costumbres destas gentes, que concuerdan con muchas de las que cuentan los
historiadores y cosmógrafos de las gentes de las tierras que se llamaron
siempre Indias; desto, mucho más largo queda dicho en otros capítulos. Dice
más, que estaba profetizado claro, por Isaías, que de España habia de ser el
nombre de Cristo divulgado en estas Indias. Bien creemos que está profetizado
por Isaías y por otros profetas, que de España habia de ser predicada nuestra
sancta fé de Jesucristo en ellas, porque ningun misterio, tocante á la
universal Iglesia, así ántes del advenimiento de Cristo, como despues de
venido, se obró en su principio y edad primera, como en su augmento, que se
celebra y perfecciona cuando los infieles son por conocimiento de Dios
convertidos, ya á Cristo por la fé unidos, que por los profetas, y
principalmente por Isaías, que más claro que otro, segun San Agustin y San
Jerónimo, de la conversion de las gentes hablo, no haya sido ántes dicho; y á
esto hace lo que dice San Gregorio en el lib. XXIII, cap. 19 de los Morales
sobre aquellas palabras de Job: Semel loquitur Deus, et secundo idipsum
non repetit, Job 33: Non ergo Dominus ad omnia verba nobis
respondet, quia semel loquitur et secundo idipsum non repetit, id est: his quæ
per Scripturam sacram ad patres protulit, nos erudire curavit. Por
manera, que ninguna cosa en su Iglesia se hace, ni á persona particular acaece,
que ya en la Sagrada Escriptura no esté comprehendida, y esto á la larga tracta
San Gregorio en aquel capítulo; y así, hemos de creer, que el Espíritu Sancto,
por boca de Isaías, habló que de España vernian los primeros que á estas gentes
convertirian, pero que lo podamos señalar con cierto lugar de su profecía, no
pienso que sin presuncion, sino fuese con nueva[206] lumbre
y nueva inteligencia divina, hacerlo podriamos. Dice otra cosa el Almirante,
que del viaje segundo, quiere decir del que descubrió á Cuba y á Jamáica, dejó
descubiertas 333 leguas de tierra firme, fin de Oriente, y 700 islas; de las
islas, ser muchas y casi no numerables las que vido por el renglen de la isla
de Cuba, á las cuales puso nombre Jardin de la Reina, y que fuesen 700, él que
las vido, y le costaron tantos trabajos, las contaria, pero en la verdad, estas
leguas no fueron de tierra firme, sino de isla, y esta era la isla de Cuba, que
agora llaman Fernandina, de donde parece que el Almirante, como no pudo pasar
adelante de las 333 leguas della, por faltarle los bastimentos, y las grandes
dificultades y peligros en que se vido cuando fué á descubrirla, como en el
cap. 97 queda escrito, siempre creyó que la isla de Cuba era tierra firme, y
nunca se averiguó ser isla, hasta que el Comendador mayor de Alcántara,
Gobernador desta isla, envió á un caballero gallego, de que arriba se hizo
mencion, que se llamaba Sebastian de Campo, á rodearla toda y descubrirla,
como, placiendo á Dios, se dirá en el siguiente libro. La especería que dijo,
no sabemos otra en estas islas de por aquí, sino la pimienta que los indios
desta isla Española llamaban axí, la sílaba postrera aguda. Almáciga creo yo
que hay mucha, digo árboles della, pero poco cuidado ha habido de gozar della,
por que siempre se ha tenido el oro por mas lucido; del brasil, creyó ser mucho
el Almirante y alguno se llevó á Castilla, pero despues no vide que se hiciese
cuento dello, como ni del almáciga se hizo.
CAPÍTULO CXXVIII.
Dice tambien, que para provocar é inducir á las
personas, que este su negocio desfavorescian, creyesen habian de salir dél
muchos y grandes provechos, así de las ánimas que podian ganarse destas gentes,
como tambiem utilidad corporal para los Reyes y para Castilla, persuadíalo
asimesmo con traer á la memoria hechos hazañosos, que hicieron con costas y
trabajos grandes y poderosos Príncipes, donde toca algunas historias que será
bien aquí, en particular, referirlas. La primera, es de Salomon, que enviaba su
flota de naos al monte Sopora, en fin de Oriente, desde Jerusalen, donde
tardaban tres años; deste monte Sopora, no he podido hallar donde sea, ni autor
cristiano ni gentil que dél haga mencion; lo que desta ida de la flota de
Salomon, y traida de oro en gran cantidad, se puede decir, que, segun la
Escritura Sagrada della refiere, ó á ella no contradiga, lo siguiente podemos
tener: la Escritura no dice que las naos de Salomon fuesen al monte Sopora sino
en Ophir; este Ophir, segun la glosa, era una provincia de las Indias, nombrada
de Ophir, uno de los del linaje de Heber, de quien hubo principio el linaje de
los judíos. Otros dicen que es isla, y Jacobo de Valencia, dice sobre aquel
verso Reges Tarsis et insule, del salmo LXXI, y afirma ser la isla
nominatisísima y riquísima de la Taprobana, de la cual Ptolomeo, Solino,
Pomponio, Plinio y Strabon, maravillas dicen; que sea isla, que sea provincia,
Salomon enviaba su flota que cargaba las naos de oro, y plata, y piedras
preciosas, y pavones, y dientes de elefantes, que es marfil. Josepho en el
libro III, De Antiquitatibus, cap. 7.º, dice, que tambien traian
elefantes y simias, que llamamos gatos paules ó monas. Y porque dice Josepho
que traian elefantes, y que trajese sólo los dientes[208] dellos,
parece concordar con lo susodicho, que aquella isla ó provincia de donde se
traia el oro fuese la isla Taprobana, por lo que San Isidro dice en el libro
XIV, cap. 3.º de las Etimologías, que la isla Taprobana hierve de perlas y de
elefantes; tambien lo dice Plinio, libro VI, cap. 22, y que los elefantes de
allí son mayores que los de las Indias, y el oro más fino, y las margaritas y
perlas más preciosas: tambien lo afirma Solino, en el cap. 66 de su Polistor,
en comarca de la Taprobana, ó al ménos por el sitio de las Indias. Estas dos
islas, la una, se llamaba Chrisa, que abundaba en oro, y la otra, Argyra, en
abundancia de plata; destas dos islas hacen mencion Pomponio Mela, libro III,
cap. 7.º, y Plinio, libro VI, capítulo 21, y Solino, cap. 65, y tambien Sant
Isidro, donde arriba se alegó, y todos los autores las ponen ó hablan de ellas,
junto, ántes, ó despues de la Taprobana, y es argumento que deben estar juntas.
En estas islas, como algunos dicen, y dellos es Sant Anselmo, donde abajo se
alegará, ó en la Taprobana, por lo que dice Solino, que parte della de bestias
y de elefantes es llena, y parte de hombres poblada, ó en cierta parte de la
misma tierra firme de las Indias ya dichas, como refiere Pomponio, donde
arriba, y concuerda la glosa última sobre el libro III, cap. 9.º de los Reyes,
y Sant Isidro, libro XIV, cap. 3.º, de las Etimologías, y Sant Anselmo, libro
I, cap. 10 De Imagine mundi, que aquella tierra se llama de oro ó
dorada, porque tiene los montes de oro por abundar tanto dél, que como sea
habitada de unas hormigas mayores que perros muy grandes, como dice Pomponio,
(Herodoto, libro III, de su Historia, dice que son mayores que zorras, dellas
hace mencion Strabon, libro II, y libro XV, y de grifos terribles y otras
bestias venenosísimas); sacan con las uñas inmenso oro debajo la tierra, y
puesto encima de la superficie, parécese desde la mar ser los montones todos de
oro. Llegaban las naos de la flota de Salomon, y aguardaban cuando las bestias
salian á buscar de comer, y con ímpetu, á gran priesa, cogian el oro y tierra
que estaba pegada en él, y tornábanse de presto á las naos; y así, por veces y
dias, cargaban las naos de oro y plata, ó de aquella[209] tierra
dorada y plateada, la cual despues con fuego, quemaban y apuraban. Esto siente
la dicha glosa última que es de Rábano, en el libro III, cap, 9.º, de los
Reyes; y Josepho dice que no se compraba ni vendia el oro y la plata, luego,
tomábase como á escondidas y hurtado de dichos animales. Por lo susodicho
parece que estos montes de oro y plata, debian estar en las dichas dos islas,
Chrise, que en griego significa oro, y Argyra, plata; y de ellas llevarse el
oro y la plata, y de la Taprobana los elefantes ó dientes dellos, que es el
marfil, y las perlas y margaritas, y pavos, y los ximios, y la madera de tina,
preciosísima, la cual, despues de labrada y acepillada, era tan blanca y tan
lucia, que se miraban en ella como en espejo. Y dice la Escritura que hacian un
viaje en tres años las naos, no porque estuviese tan léjos de Jerusalen que
tardase tres años en la ida y venida (porque en un año se podria navegar hasta
en cabo del mundo), sino que, ó no enviaba Salomon la flota sino de tres en
tres años, ó cuando los enviaba tardaban aquel tiempo, aguardando que las
bestias saliesen de sus cuevas para hurtarles el oro y la plata, y en contratar
con los habitadores de la Taprobana, y haber dellos sus perlas y piedras,
madera de tina, elefantes, ximios y pavos; lo que dice la Escritura que iban
las naos en Tharsis, más debia ser nombre de la region que de la ciudad, por lo
que dice Josepho, libro III, cap. 7.º De Antiquitatibus, que iba en
el mar társico, dentro el cual debian estar las dichas islas. Aquella isla de
Ophir ó monte de Sopora, dice aquí el Almirante ser aquesta isla Española que
ya tenian Sus Altezas, pero engañóse, como por lo dicho parece, aunque tuvo
alguna causa de se engañar, por ver esta isla tan grande y tan felice, y
hermosa, y él hobiese en ella tan poco estado, que no habia sino poco más de
año y medio, y eso en guerras y enfermedades ocupado; y creia que debia haber
muy gran cantidad de oro y otros secretos de riquezas en ella. Alega tambien el
Almirante á los Reyes el ejemplo de Alexandre, diciendo que habia inviado á
saber el regimiento de la isla susomemorada Taprobana. Esta historia muchos de
los antiguos la tocan, pero en especial Plinio libro[210] VI,
cap. 22, y Solino, cap. 66, y Strabo, libro XV y en otros lugares, hace mencion
della, los cuales dice (y algo toca tambien Pomponio, libro III, cap. 7.º), que
ántes que la isla Taprobana fuese descubierta, por nuevas algunas que de ella
se tenian, estimada era por el otro orbe todo entero y tierra firme que
habitaban los antípodas, y esto fué hasta el tiempo de Alexandre Magno, el cual
envió primero á descubrirla que otro, con una gran flota, por Capitan un
filósofo muy su querido, que se llamaba Onesecritus, del cual, dice Diógenes,
le creyó ser semejante á Xenofonte, en la privanza con Alexandre, que aquel con
Ciro, y en seguirlo y en escribir su vida y alabanzas. Fué, pues, Onesecritus,
enviado por Alexandre con su flota macedónica, para que supiese si era isla ó
tierra firme, qué gente habitaba en ella, qué criaba y en sí contenia. Halló
que isla era, y que tenia de luengo 7.000 estadios, que hacen 300 leguas, ó
cerca dellas, y de anchura 5.000 estadios, que llegan á 200; halló que una
parte de ella era llena de elefantes y otras bestias, como arriba se dijo, y lo
demas poblada de gentes; Sant Isidro y otros dicen haber diez notables ciudades
en ella. Contiene abundancia de margaritas y de perlas de todas especies; dista
veinte dias de navegacion de la tierra firme, pero más camino seria, dice
Strabon, si las naos fueran de las nuestras; hay entre ella y la tierra firme
muchas otras islas, las cuales, segun refiere Ptolomeo en la tabla 12 de Asia,
son mil y trescientas y setenta y ocho, puesto que ella es de todas
australísima; su sitio es, parece ser, de la otra parte del trópico de
Capricornio, porque dice Solino que en ella no se ven los Septentriones, que
son la Osa Menor, y esta es la Bocina cuya boca son las Guardas que llamamos
del Norte, y la Osa Mayor que llamamos el Carro; las cuales, ambas, se forman
de siete estrellas que rodean en veinticuatro horas una vez el polo y la
estrella dicha del Norte. Tampoco, segun Solino, se parecen las Siete Cabrillas
en ella, puesto que hay quien desto dude; y esto baste cuanto á la historia que
el Almirante toca de Alexandre, y de la Taprobana. Trae tambien otro ejemplo el
Almirante á los Reyes, del emperador Nero, el[211] cual
envió á ver las fuentes del Nilo, rio señalado en el mundo, y el secreto de
donde nascia, y como y por qué causas, contra la propiedad y naturaleza de
todos los rios, en el verano crescia y hoy crece, trayendo tanta abundancia de
aguas, que riega todo el reino de Egipto, como quiera que veamos todos los
otros rios y fuentes, y pozos, en aquel tiempo menguar por la sequedad; y
mengüe los inviernos cuando abundan las lluvias, que causan humidad grande, por
cuya causa, todos los otros del mundo vienen crecientes, rios y fuentes.
Aquesta Historia pone Séneca, en el libro VI, cap. 8.º, de las «Naturales
Cuestiones,» bien á la larga, donde dice así: Que Nero, deseoso y curioso por
saber la verdad de aquel secreto, envió dos Centuriones para inquirir el
nacimiento del dicho Nilo, y las causas de aquella novedad; estos fueron al rey
de Etiopía, y, dada cuenta de su embajada, el Rey los encaminó, y dió favor,
barcas y compañía para los otros Reyes por cuyos reinos y tierras el rio
pasaba, y, subiendo por él mucho arriba, llegaron á ciertos pueblos donde habia
ciertos lagos ó lagunas muy grandes, de hondura profundísima, tan cubiertos y
ocupados de hierba espesa, que les impidieron adelante pasar: vieron, empero,
donde estaban grandes piedras dentro del agua, por las cuales, ó debajo dellas,
manaba el agua con gran ímpetu, en abundancia, y preguntados los vecinos de la
comarca, si sabian que aquellas lagunas ó lagos comenzaban allí, ó les viniese
el agua de otra parte, respondieron que no sabian, y con sola esta noticia se
volvieron á Roma. Y esto dice Séneca que oyó de los mismos Centuriones.
CAPÍTULO CXXIX.
Porque habemos dado en el augmento y descrecimiento
del rio Nilo, y es una de las cosas que en el mundo hay admirables (admirable á
los que la ven, increible á los que la oyen, como dice Diodoro), pues el
Almirante D. Cristóbal Colon dió la ocasion á ello, donde muestra en esto y en
las otras historias tocadas tener noticia de muchas antigüedades, y así
convino, pues Dios le eligió para, por medio suyo, mostrar al mundo tan oculta
hazaña, paréceme no ser cosa inconveniente á nuestra Historia, enjerir en ella
lo que los antiguos sintieron diversamente del nascimiento del rio Nilo, y de
su creciente y menguante, y, al cabo de muchas y varias opiniones referidas,
colegir la falta que tuvieron ignorando la Divina Escritura, y dellas conocer
cual fué la más probable y más allegada á lo natural. Egipto es toda tierra muy
llana y campestre, y por eso la puede muy bien regar toda el rio Nilo; las
ciudades, villas y lugares, los cortijos de los labradores y majadas de los
ganados, están todas cercadas de valladares, no paredes de mucha resistencia,
por no haberlo menester para se defender de la creciente del rio, que nunca
crece sino con gran mansedumbre, suavemente. Cuando crece, como baña toda la
tierra, parecen todas las ciudades y habitaciones de los hombres como si fuesen
distintas islas; en tanto que dura la creciente tienen los ganados en establos,
ó dentro de sus cercadas, donde les tienen para aquel tiempo su hierba y su
comida; las otras bestias, no domésticas, si no se van con tiempo á buscar
lugares altos, todas se ahogan con el agua. Dos veces en el año cresce y mengua
el Nilo: la primera, comienza cuando el sol entra en el signo Cáncer, y esto es
á 16 de Junio, y dura esta creciente por todo aquel signo, hasta que[213] entra en el signo Leo; despues de entrado, y
llega á la estrella Canícula, que es cuando comienzan los dias caniculares,
cuasi mediado Julio, comienza poco á poco á descrecer de la manera que fué
creciendo, hasta quedar en su curso y agua ordinaria. La segunda creciente
hace, cuando entra el sol en el primer grado del signo Virgo, que es cuasi
mediado Agosto, y dura por un mes, hasta que el sol entra en Libra; de allí se
torna despues á su acostumbrado estado. Strabon dice que dura el agua más de
cuarenta dias, y, pasados sesenta, queda la tierra enjuta y dispuesta para
labrarla. Son estas crecientes tan necesarias para la tierra de Egipto, que
sino las hobiese tan abundantes, segun el calor grande que allí hay por ser la
tierra muy austral, y como nunca jamás llueva, la tierra seria toda polvo y
estéril arena, como es alguna parte del mismo Egipto. La justa creciente es,
cuando sube el agua de su curso ordinario 16 codos en alto; si son menores
aguas, no lo riegan todo; si mayores, no se enjuga con tiempo la tierra y
detiénese el fruto. Cuando sube no más de 12 padecen hambre, y cuando 13 lo
mismo; 14 codos causa alegría; 15 seguridad; 16 traen deleites con el
abundancia. La mayor creciente, fué cuando llegó á 18 codos, en tiempo que
imperaba Claudio, Emperador; y la más chica, de cinco, cuando andaba la guerra
Pharsálica, conviene á saber, la de entre César y Pompeyo, segun dice Plinio.
Los egipcios honran y adoran como Dios al rio Nilo, atribuyéndole algo de
deidad, lo cual prueban porque por sus crecientes y menguantes pronostican los
males ó bienes futuros, ó por mucha cantidad de agua, ó con la falta della. Con
el limo mucho que siempre trae el Nilo, queda la tierra engrosada, pingüísima y
fertilísima, de manera, que, con poco trabajo y costa ninguna, se reciben
ubérrimos frutos de pan y vino, y frutas y todas las otras cosas; por la virtud
y abundancia de la hierba paren dos veces las ovejas, y otras dos dan de sí
lana. Entre tanto que dura la creciente y menguante, los Reyes y los que
gobiernan, navegan por el rio: es cosa no decente; la gente comun toda se
emplea en bailes, placeres y deleites. Cuán presto la tierra se enjuga, luego
se ara y[214] se siembra, y más presto en aquella
parte donde más calor hace: todo lo susodicho es sacado de Plinio, libro V.
cap. 9.º, y de Solino, cap. 45 de su Polistor, y de Estrabon, libro XVII, y de
Diodoro, libro X, cap. 3.º En lo que toca al nascimiento deste rio Nilo,
concluyó Séneca, despues de haber mucho disputado, en el lugar en el precedente
capítulo dicho: Que como la tierra que está debajo de la superficie sea limosa
y llena de humidades, cuando concurren juntamente en un lugar son causa que se
hagan las grandes lagunas de mar, y donde los rios, despues, con impetuoso
curso manan, y desta manera siente Séneca que todos los rios tienen su principio;
pero como sea esta proposicion contra la Divina Escritura que suena otra cosa,
mayormente cerca deste rio Nilo, falso es lo que dice Séneca; pero no es de
maravillar, pues no se avalanzaba á más de lo que le parecia, segun su natural
juicio. Así que, como aquel rio Nilo sea uno de los cuatro que salen del
terrenal Paraíso y se llama Geon (como parece, Génesis, II, capítulo 4.º), que
comunmente se llama Nilo, deste vocablo nilon, griego, que quiere
decir, limoso, porque su agua es muy limosa, por lo cual hace por donde pasa
fertilísima la tierra; por ende las lagunas ó lagos que los Centuriones vieron
no era el nascimiento del Nilo, sino que salian allí sus aguas, que, más
arriba, debajo de tierra se habian sumido, y desta manera se sume en muchas
partes el mismo Nilo; y este discurso llevan Pomponio Mela, libro I, cap. 9.º,
y Plinio, libro V, cap. 9.º, y Solino, cap. 45, puesto que no atinan de dónde
traiga su orígen; y acá vemos en Castilla en el rio de Guadiana, que nasce bien
léjos de Estremadura, donde á ratos se sume y va por bajo de tierra mucho
camino, y, cuando sale descubierto, parece tener allí su principio. Cuanto á la
razon de por qué en verano crece, mayormente en el principio de los meses y en
sus fines, segun dice el Filósofo en el fin del libro II, de Metheoros, fueron
las opiniones de los antiguos como dijimos; segun cuenta el Filósofo en el
tractado especial que hizo del acrecentamiento del Nilo, y Solino en su
Polistor, cap. 45, Herodoto, en el segundo libro de su Historia, y[215] Diodoro en el primer libro, y Séneca en las
dichas Cuestiones naturales, y Strabon en el libro XVII de su Geografía. Tales
Milesius, uno de los siete sabios de Atenas, dice que los vientos que cada año
corren por aquel tiempo allegaban las aguas de una parte á otra, y así parecian
las aguas en mayor cantidad, puesto que, en la verdad, no fuesen mayores, como
en una olla que hierve; Anaxágoras y otros dijeron que la causa es por las
muchas nieves que están en los montes de Etiopía, que con el calor del sol en
verano se derriten, y aquellas hacen crecer tanto el Nilo; y esta opinion
fácilmente se derrueca, porque no podia haber tantas nieves, que tan gran
cantidad de agua en el Nilo causasen; y esta opinion, dice Herodoto, ser
falsísima puesto que, segun él dice, segun las otras, sea modestísima. La
sentencia de Thalero, filósofo, fué que cuando vientan los vientos etesios, que
son los que corren en los dias caniculares, los cuales, por su frialdad,
espesan las nubes que están sobre la fuente que imagina en Etiopía, en el monte
que se dice de la Luna, aquellas, con el aire, se convierten en agua, y que de
allí proviene en aquel tiempo crecer el Nilo, y en el invierno que los dichos
vientos no corren, menguar; á esto se dice que no parece posible, por viento
alguno, que tanto aire se pueda convertir en agua, porque como de un puño de
agua, cuando se convierte agua en aire, salgan diez de aire, manifiesto es que
si tal conversion se hiciese, habria de hacerse gran cantidad de aire agua, lo
que parece ser falso. Otra razon mejor: si aquellos vientos tanta cantidad de
aire y de nubes convirtiesen en agua que hiciesen crecer al Nilo, como aquellos
vientos no corran indivisiblemente, necesario se seguiria que las fuentes,
arroyos y los rios que estuviesen cerca, un tiro de ballesta y de piedra, del
Nilo, tambien crecerian; pues esto es falso, porque ninguna agua, por cercana
que esté al Nilo, cresce, sino sola del Nilo. Pomponio dice, que los vientos
etesios, ó ventando recio, detienen las aguas del Nilo que no salgan á la mar, y
entónces suben en alto las aguas del Nilo, ó que los mismos vientos sean causa
que cieguen las bocas del Nilo, por donde sale á la mar, con mucha arena, y
así, lo[216] hagan subir en alto; esta razon
refiere Herodoto. Lo mismo afirma el historiador Amianno en el lib. XXII de su
Historia. Esta sentencia siguió Beda en el libro de De Natura rerum,
capítulo 43: .....mense enim majo, dum ostiacius quibus in mare influit
zephiro flante, undis ejectis arenarum cummulo præstruuntur, paulatim
intumescens ac retro propulsus plana irrigat Egipti: vento autem cesante
ruptisque arenarum cumulis suo redditur alveo. Pero á esto se puede
responder con la razon de arriba, que lo mismo acaesceria en los otros rios,
pero pues no se hace no debe ser aquesta la causa en el Nilo, y esta respuesta
es de Herodoto, diciendo que muchos rios están en Siria y muchos en África, que
aquestos impedimentos padezcan; la misma respuesta da Diodoro, lib. I, cap.
4.º. San Gerónimo, sobre el profeta Amós, cap[8],
cuasi parece declinar en esta sentencia; dice allí que el rio Nilo, una vez en
el año, viene mucho avenido, tanto que riega toda Egipto, pero que esto se hace
por divino milagro, sin algun aumento de agua, sino que se hacen grandes
montones de arena en las bocas del Nilo por donde entra en la mar, y así el
agua de arriba vuelve atras, y por acequias grandes que están hechas en la
tierra de Egipto, vá el agua á la bañar. Solino da otra razon, y es, que el
calor derribado del sol y de los otros planetas, levantan el agua del Nilo,
haciéndola más sotil, de la manera que se levanta en la olla que hierve y hace
parecer más de la que es, pero no lo es; á esto se dice que no es suficiente
razon porque si por el calor que levanta el agua en alto, en tiempo de verano,
el Nilo cresce, luego en todas las partes donde hobiere calor crescerán los
rios; esto es falso, porque ántes vemos, con el calor, menguar los rios.
Ephorus decia, que la causa era esta: que como la tierra de Egipto fuese toda
de su natura seca y árida, y tenga muchas hendiduras y resquebrajaduras,
rescibe y atrae los inviernos la humedad y frio del cielo, la cual como en el
verano, por manera de sudor, la produzca, este sudor y humedad hace crecer al
Nilo en el verano; pero desta burla[217] Diodoro
diciendo que no solamente Ephoro ignoró la region y la naturaleza de Egipto,
pero ni áun oyó á los que la sabian, donde tambien prueba contra él haber mal
dicho. Agatharchides Cnidius, allegándose más cerca de la verdad, segun opinion
de Diodoro que lo recita, dice: que porque en los montes de Etiopía llueve
grandes aguas desde el solsticio estival, que es á 14 de Junio ó á 14 dél,
hasta el equinoccio del Otoño, que es á 14 de Setiembre, por esto no ser
maravilla que en el invierno traiga el Nilo sola el agua ordinaria natural que
mana de sus fuentes, y en el verano venga muy pujante; y en esta sentencia
parece Diodoro declinar. Herodoto, en el segundo libro de su Historia, desta
duda esta sentencia puso: que tiene quel sol en el verano, cuando está en medio
del cielo, conviene á saber, en la equinoccial, vientos frios causa y trae á sí
mucho humor, el cual humor derrama sobre la tierra hácia las fuentes del Nilo,
que están puestas so el circuito de Capricornio, cuando viene al solsticio
estival, que es, como se dijo, á 14 de Junio, cuando vientan los vientos Austro
y áfricos, que naturalmente son pluviosos, y de aquí el Nilo cobra su creciente
en los veranos; de aquí, cuando el sol torna al equinoccio autumnal, que es á
14 de Setiembre, trae á sí las lluvias y las aguas de la tierra y de los rios,
pero no las derrama sobre las fuentes dichas, porque hácia allá va el sol y
hace seca, secando los aires y las tierras, y en este tiempo, que es invierno,
es necesario menguar el Nilo en su agua. Desta sentencia tambien murmura
Diodoro, pero no responde á ella. Lucano, en el libro X, estima que deste
crecimiento del Nilo ninguna otra razon suficiente se puede dar, sino que Dios
quiso proveer al reino de Egipto del agua necesaria, por vía maravillosa, pues
allí no quiso que lloviese, sin la cual no podia pasar; y esta no es muy
indigna razon, y no discrepa mucho de la de San Jerónimo. Aristóteles en el
dicho Tractado de la inundacion ó creciente y menguante del Nilo, recitadas
muchas opiniones, dice la suya, y es: que en la madre del rio Nilo hay muchas
secretas fuentes que en el invierno están cerradas sin manar, y en el verano se
abren y manan, dando de sí tanta agua, que[218] hacen
al Nilo avenir con gran pujanza que toda la tierra de Egipto pueda bañar; pero
ni Aristóteles, ni Solino, ni Herodoto, ni Séneca, ni los demás, dan
suficientes razones, por ignorar el principio, que es el orígen del Nilo, el
cual estimaban estar en alguno de los lugares desta nuestra tierra habitable,
como nazca del Paraíso terrenal, el que todos ignoraron. Lo que más verdad
parece, y ser causa de esta creciente y menguante en ciertos tiempos, es alguna
virtud secreta natural, la cual se consigue allí inmediatamente, en su misma
fuente, en el Paraíso, de donde nasce. Otro rio hay en el mundo que sólo á
semejanza del Nilo cresce y mengua una vez en el año, conviene á saber, cuando
el sol está en el vigésimo grado del signo de Cancrio, y dura esta cresciente
por todo el Cancrio y el signo de Leon, hasta tanto que el sol quiere pasar al
signo de Virgen; la causa desto, dice Solino en el cap. 50 de su Polistor,
hablando del rio Euphrates, es porque Euphrates y el Nilo están constituidos
debajo de semejantes paralelos del mundo, aunque en diversos lugares, y de aquí
es que la misma virtud, en ambos á dos rios, el sol y todo el cielo influyen.
Alguno contradice que estén debajo de semejantes, y á Solino responden que
habla por opinion de otros, y así parece: Quod gnomonici similibus
paralellis accidere contendunt, quos pares et cœli et terrarum positione
æqualitas normalis efecit lineæ, unde apparet ista duo flumina, scilicet, Nilus
et Euphrates, admodum ejusdem perpendiculi constituta, licet e diversis manent
plagis easdem incrementi causas habere. Pero como, en la verdad, ambos
á dos, estos rios, más juntos sean entre sí que los otros rios del Paraíso,
parece que á la salida del Paraíso la misma virtud se les comunique; por manera
que, segun nos, el principio y orígen del Nilo, cierto es ser en el Paraíso,
pero segun los gentiles autores, que ingnoraron la Divina Escritura, diversas y
dudosas opiniones tuvieron de su origen, y así dice Solino: Ignari
siderum et locorum varias de excesibus ejus (excesus vocat Nili incrementum),
causas dederunt. Y Diodoro tambien lo mismo afirma: Itaque locorum
inscitia errandi materiam priscis scriptoribus præbuit, Nili fontes locaque ex
quibus fluit nullus[219] ad hoc tempus neque
vidisse se dicit, neque audisse ab aliis qui se assererent aspexisse, ex quo
res ad opiniones et conjeturas pervenit. La razon de la diversidad de
opiniones es la que se ha tocado, que aunque aquellos cuatro rios su primer
origen sea en el Paraíso pero como, despues de salidos dél, por algun espacio
se oculten debajo de tierra y otra vez parezcan, por esta causa los gentiles
creyeron que en aquellas bocas por donde salian estaban sus fuentes. Así que,
segun la opinion de los gentiles, certísima y famosísima, segun declara Solino,
cap. 45 De Egipto, cuanto á lo que ellos pudieron saber, ignorando
la Divina Escritura, el rio Nilo tiene su origen en el monte de Mauritania la
inferior, más cercana del mar Océano, que se llama el monte de la Luna, y hace
allí un profundo lago que Nilides se nombra; y así lo dice Plinio, libro V,
capítulo 9.º: Nilus incertis ortus fontibus; et infra: Lacu
protinus stagnante quem vocant Nilidem; y esto prueba, porque las mismas
hierbas y los mismos peces y bestias que cria y produce el Nilo, se hallan en
el lago dicho, do sale y corre por algunos dias, despues se torna á encubrir,
yendo por debajo de la tierra, y tórnase á descubrir en una gran cueva de
Mauritania cesariense, con mucho más ímpetu de aguas y con las mismas señales
de hierbas y peces y otras bestias, y allí se torna á encubrir, y no sale hasta
llegar á Etiopía, y de allí saliendo, aparece todo el rio negro como la pez.
Allí es el término y fin de África, y los vecinos de aquella region le llaman
Astapun, que quiere decir agua de las tinieblas salida; de allí, corriendo por
muchos y diversos lugares, hace muchas y diversas islas, la principal y más
nombrada de las cuales es la isla Menor, donde se situa el clima primero, segun
la division de los climas que hicieron los antiguos, que se dice Diameroes;
despues entra en la tierra de Egipto, y hace las maravillas dichas, y al fin
entra en la mar por siete bocas ó puertas, de las cuales se verá por Plinio en
el cap. X del libro 5.º Y esto baste cuanto á la historia que toca al rio Nilo.
CAPÍTULO CXXX.
Dejada la digresion donde referimos algunas
historias que tocó en sus palabras el Almirante, para dar noticia á quien no
las sabia, y acordarlas á los que las leyeron, mayormente los secretos del
Nilo, el fin que pretendemos dicta que tornemos á tomar nuestro hilo. Partió,
pues, nuestro primer Almirante en nombre de la Santísima Trinidad (como él
dice, y así siempre solia decir), del puerto de Sant Lúcar de Barrameda,
miércoles, 30 dias de Mayo, año de 1498, con intento de descubrir tierra nueva,
sin la descubierta, con sus seis navíos. Bien fatigado, dice él, de mi viaje,
que donde esperaba descanso cuando yo partí destas Indias, se me dobló la pena;
esto dice por los trabajos y nuevas resistencias y dificultades con que habia
habido los dineros para despacharse, y los enojos recibidos sobre ello con los
oficiales del Rey, y los disfavores y mal hablar que, las personas que le
podian con los Reyes dañar, á estos negocios de las Indias daban; para remedio
de lo cual le parecia que no le bastaba lo mucho trabajado, sino que de nuevo
le convenia, para cobrar nuevo crédito, trabajar; y, porque entónces estaba
rota la guerra con Francia, túvose nueva de una armada de Francia, que
aguardaba sobre el cabo de Sant Vicente al Almirante, para tomarlo, por esta
causa, deliberó de hurtarles el cuerpo, como dicen, y hace un rodeo enderezando
su camino derecho á la isla de la Madera. Llegó á la isla del Puerto Sancto,
jueves, 7 de Junio, donde paró á tomar leña, y agua, y refresco, y oyó misa, y
hallóla toda alborotada y alzadas todas las haciendas, muebles, y ganados,
temiendo no fuesen franceses; y luego, aquella noche, se partió para la isla de
la Madera, que, como arriba dejamos dicho, está de allí unas 12[221] ó 15 leguas, y llegó á ella el domingo
siguiente, á 10 de Junio. En la villa le fué hecho muy buen recibimiento y
mucha fiesta, por ser allí muy conocido, que fué vecino de ella en algun
tiempo; estuvo allí proveyéndose cumplidamente de agua y leña, y lo demas
necesario para su viaje, seis dias. El sábado, á 16 de Junio, partió con sus
seis navíos de la isla de la Madera, y llegó, mártes siguiente, á la isla de la
Gomera; en ella halló un corsario francés, con una nao francesa y dos navíos
que habia tomado de castellanos, y, como vido los seis navíos del Almirante,
dejó las anclas y el un navío, y dió de huir con el otro, el francés; envia
tras él un navío, y como vieron, seis españoles que iban en el navío que
llevaba tomado, ir un navío en su favor, arremeten con otros seis franceses que
los iban guardando, y, por fuerza, métenlos debajo de cubierta, y así los
trajeron. Aquí, en la isla de la Gomera, determinó el Almirante enviar los tres
navíos derechos á esta isla Española, porque, si él se detuviese, diesen nueva
de sí, é alegrar y consolar los cristianos con la provision de los bastimentos,
mayormente dar alegría á sus hermanos, el Adelantado y D. Diego, que estaban
por saber dél harto deseosos; puso por Capitan de un navío á un Pedro de Arana,
natural de Córdoba, hombre muy honrado, y bien cuerdo, el cual yo muy bien
cognoscí, hermano de la madre de D. Hernando Colon, hijo segundo del Almirante,
y primo de Arana, el que quedó en la fortaleza con los 38 hombres que halló á
la vuelta muertos el Almirante; el otro Capitan del otro navio, se llamó Alonso
Sanchez de Carabajal, Regidor de la ciudad de Baeza, honrado caballero. El
tercero, para el otro navío, fué Juan Antonio Columbo, ginovés, deudo del
Almirante, hombre muy capaz y prudente, y de autoridad, con quien yo tuve
frecuente conversacion; dióles sus instrucciones segun convenia, y en ellas les
mandó, que, una semana uno, otra semana otro, fuese cada uno Capitan general de
todos tres navíos, cuanto á la navegacion y á poner farol de noche, que es una
lanterna con lumbre que ponen en la popa del navío, para que los otros navíos
sepan y sigan por donde vá y guía la Capitana.[222] Mandóles
que fuesen al Oeste, cuarta del Sudueste, 850 leguas, y que entónces serian con
la isla Dominica; de la Dominica, que navegasen Oest-Noroeste, y tomarian la
isla de Sant Juan, y que fuesen por la parte del Sur della, porque aquel era el
camino derecho para ir á la Isabela Nueva, que agora es Sancto Domingo. La isla
de Sant Juan pasada, que dejasen la isla Mona al Norte, y de allí toparian
luego la punta desta Española, que llamó de Sant Rafael, el cual agora es el
cabo del Engaño; de allí á la Saona, la cual dice que hace buen puerto entre
ella y esta Española. Siete leguas hay otra isla adelante, que se llama Sancta
Catherina, y de allí á la isla Nueva, que es el puerto de Sancto Domingo, como
dicho es, hay 25 leguas. Mandóles que donde quiera que llegasen y descendiesen
á se refrescar, por rescate comprasen lo que hobiesen menester, y que á poco
que diesen á los indios, aunque fuesen á los caníbales, que decian comer carne
humana, habrian lo que quisiesen, y les darian los indios todo lo que tuviesen,
pero si fuese por fuerza, lo esconderian y quedarian en enemistad. Dice más en
la Instruccion, que él iba por las islas de Cabo Verde (las cuales, dice, que
antiguamente se llamaban Gorgodes, ó segun otros, Hespéridos), y que iba, en
nombre de la Santísima Trinidad, con propósito de navegar al Austro dellas
hasta llegar debajo de la línea equinoccial, y seguir el camino del Poniente
hasta que esta isla Española le quedase al Norueste, para ver si hay islas ó
tierras. Nuestro Señor, dice él, me guie y me depare cosa que sea su servicio y
del Rey y la Reina, nuestros señores, y honra de los cristianos, que creo que
este camino jamás le haya hecho nadie, y sea esta mar muy incógnita. Y aquí
acaba el Almirante su Instruccion.
Tomada, pues, agua y leña y otras provisiones,
quesos en especial, los cuales hay allí muchos y buenos, hízose á la vela el
Almirante con sus seis navíos, jueves, 21 dias de Junio, la vía de la isla del
Hierro, que dista de la Gomera obra de 15 leguas, y es, de las siete de las
Canarias, hácia el Poniente, la postrera. Pasando della, tomó el Almirante su
derrota, con[223] una nao y dos carabelas, para las
islas del Cabo Verde, y despidió los otros tres navíos en nombre de la Sancta
Trinidad, y dice que le suplicó tuviese cargo dél y de todos ellos; y al poner
del Sol se apartaron, y los tres navíos tomaron su vía para esta isla. Aquí el
Almirante hace mencion á los Reyes del asiento que habia tomado con el rey de
Portugal, que no pasasen los portugueses al Oeste de las islas de los Azores y
Cabo Verde, y hace tambien mencion como los Reyes lo enviaron á llamar para que
se hallase en los conciertos, con los que á la particion habian de concurrir, y
que no pudo ir por la grave enfermedad que incurrió en el descubrimiento de la
tierra firme de las Indias, conviene á saber, de Cuba, que tuvo siempre, como
no la pudo rodear, aún hasta agora, por tierra firme; añide más, que luego
sucedió la muerte del rey don Juan, ántes que pudiese aquello poner en obra.
Debia ser, que como aquello se trató el año de 93 y 94, habria entretanto de
entrambas partes impedimentos hasta el año de 97 que murió el rey D. Juan de
Portugal, como arriba se vido, cap. 126, y por esto dice aquí el Almirante, que
por la muerte del rey D. Juan no se pudo poner en obra. Siguiendo pues su
camino el Almirante, llegó á las islas de Cabo Verde, las cuales, segun él
dice, tienen falso nombre, porque nunca vido cosa alguna verde, sino todas
secas y estériles. La primera que vido fué la isla de la Sal, miércoles, 27 de
Junio, y es una isla pequeña; de allí fué á otra que tiene por nombre
Buenavista, y es esterilísima, donde surgió en una bahía, y cabe ella esta una
isleta chiquita; á esta isla se vienen á curar todos los leprosos de Portugal,
y no hay en ella mas de seis ó siete casas. Mandó el Almirante sacar las barcas
á tierra para se proveer de sal y carne, porque hay en ella gran número de
cabras. Vino un Mayordomo, de cuya era aquella isla, llamado Rodrigo Alonso,
escribano de la Hacienda del rey en Portugal, á los navíos á ofrecer al
Almirante lo que en ella hobiese, que él hobiese menester; agradescióselo é
hízole dar del refresco de Castilla con que se gozó mucho. Aquel le hizo
relacion de como venian allí los leprosos á se curar de su lepra, por la
abundancia grande[224] que hay de tortugas en
aquella isla, que comunmente son tan grandes como adargas; comiendo del pescado
dellas, y lavándose con la sangre dellas muchas veces, sanan de la lepra;
vienen allí tres meses del año, Junio, Julio y Agosto, infinitas tortugas de
hácia la tierra firme, que es Etiopía, á desovar en la arena, las cuales, con
las manecillas y piés, escarban en el arena y desovan sobre quinientos huevos y
más, tan grandes como de gallina, salvo que no tienen la cáscara dura, sino un
hollejo tierno que cubre la yema, como el hollejo que tienen los huevos de la
gallina quitada la cáscara dura; cubren los huevos con el arena como si lo
hiciese una persona, y allí el sol los ampolla, y, formados y vivos los
tortuguitos, luego se van á buscar la mar, como si vivos y por sus piés
hubieran salido della. Tomaban allí las tortugas de esta manera; que con lumbre
de noche, que son hachas de leña seca, van buscando el rastro de la tortuga,
que no lo hace chico, y hállanla durmiendo de cansada; llegan de presto y
trastórnanla, volviendo la concha de la barriga arriba, y la del lomo abajo, y
déjanla, porque segura queda que ella se pueda volver, y luego van á buscar
otra: y lo mismo hacen los indios en la mar, que si llegan estando durmiendo y la
vuelven, queda segura para tomarla cuando quisieren, puesto que otro mejor arte
tienen los indios en tomarlas en la mar, como se dirá, si Dios quisiere, cuando
trataremos de la descripcion de Cuba. Los sanos que vivian en aquella isla de
Buenavista, como ni áun agua no tienen, sino salobre de unos pozos, eran seis ó
siete vecinos, cuyo ejercicio era matar cabrones y salar los cueros para inviar
á Portogal en las carabelas que allí por ellos vienen, de los cuales, les
acaescia en un año matar tantos, y enviar tantos cueros, que valian 2.000
ducados al Escribano, cuya era la isla; habíanse criado tanta multitud de
cabras y machos de solas ocho cabezas. Acaecíales á aquellos que allí vivian,
estar cuatro y cinco meses que ni comian pan ni bebian vino, ni otra cosa, sino
aquella carne cabruna, ó pescado, ó las tortugas; todo esto dijeron aquellos al
Almirante. Partióse de allí, sábado, de noche,[225] 30
de Junio, para la isla de Santiago, y domingo, á hora de vísperas, llegó á
ella, porque dista 28 leguas; y esta es la principal de las de Cabo Verde.
Quiso en esta tomar ganado vacuno, para traer á esta Española, porque los Reyes
se lo habian mandado, y para ello estuvo allí ocho dias y no pudo haberlo; y
porque la isla es enfermísima, porque se asan en ella los hombres, y le
comenzaba su gente á enfermar, acordó de partirse. Torna el Almirante á decir
que quiere ir al Austro, porque entiende, con ayuda de la Santísima Trinidad,
hallar islas y tierras, con que Dios sea servido, y sus Altezas y la
cristiandad hayan placer, y que quiere ver cual era la intincion del rey D.
Juan de Portogal, que decia que al Austro habia tierra firme; y por esto dice
que tuvo diferencias con los reyes de Castilla, y en fin, dice, que se concluyó
que el rey de Portogal hobiese 370 leguas de las islas de los Azores y Cabo
Verde, del Oeste al fin del Norte, de polo á polo; y dice más, que tenia el
dicho rey D. Juan por cierto, que dentro de sus límites habia de hallar cosas y
tierras famosas. Viniéronle á ver ciertos principales de aquella isla de
Santiago, y dijéronle que al Sudoeste de la isla del Fuego, que es una de las
mismas de Cabo Verde, que está desta 12 leguas, se veia una isla, y que el rey
D. Juan tenia gran inclinacion de enviar á descubrir al Sudoeste, y que se
habian hallado canoas, que salian de la costa de Guinea, que navegaban al Oeste
con mercadurías. Aquí torna el Almirante á decir, como que hablara con los
Reyes: «Aquel que es trino y uno me guie, por su piedad y misericordia, en que
yo le sirva, y á Vuestras Altezas dé algun placer grande y á toda la
Cristiandad, así como fué de la fallada de las Indias, que sonó en todo el
mundo.»
CAPÍTULO CXXXII.
Miércoles, 4 dias de Julio, mandó alzar y dar las
velas de aquella isla de Santiago, en la cual, dice que, despues que á ella
llegó, nunca vido el sol ni las estrellas, sino los cielos cubiertos de tan
espesa neblina, que parecia que la podian cortar con cuchillo, y calor
intensísimo que los angustiaba, y mandó gobernar por la vía del Sudueste, que
es camino que lleva desde aquellas islas al Austro y Mediodia, en nombre, dice
él, de la Santa é individua Trinidad, porque entónces estaria Leste-Oeste con la
tierra de la Sierra Leona y cabo de Sancta Ana, en Guinea, que es debajo de la
línea equinoccial, donde dice que debajo de aquel paralelo del mundo se halla
más oro y cosas de valor; y que despues navegarian, placiendo á Nuestro Señor,
al Poniente, y de ahí pasaria á esta Española, en el cual camino veria la
opinion del rey D. Juan, susodicha. Y que pensaba experimentar lo que decian
los indios de esta Española, que habia venido á ella, de la parte del Austro y
del Sueste, gente negra, y que trae los hierros de las açagayas de un metal que
llaman guanin, de lo cual habia enviado á los Reyes hecho el ensayo, donde se
halló que de las treinta y dos partes, las diez y ocho eran de oro, y las seis
de plata, y las ocho de cobre. Prosiguiendo por este su camino del Sudoeste,
comenzó á hallar hierbas de las que se topan camino derecho destas Indias; y
dice aquí el Almirante, despues que anduvo 480 millas, que hacen 120 leguas,
que, en anocheciendo, tomó el altura, y halló que el estrella del Norte estaba
en 5°; pero á mí parece, que debia haber andado más de 200 leguas, y que está
errada la letra, porque más camino hay por aquel rumbo de 200, desde las islas
de Cabo Verde y de la de Santiago, de donde partió, hasta ponerse un navío en
5° de la equinoccial,[227] como verá cualquiera
marinero que lo mirare por la carta y por el altura lo mismo. Y dice que allí,
viernes, 13 dias de Julio, le desmamparó el viento, y entró en tanto calor y
ardor, y tan vehemente, que temió que los navíos se le encenderian y la gente
pereceria; fué todo tan de golpe y súbito, cesar el viento y sobrevenir el
calor excesivo y desordenado, que no habia persona que osase asomar á entrar
abajo de cubierta, para remediar la vasija del vino y agua, que se le reventaba
rompiéndose los aros de las pipas; el trigo ardia como fuego; los tocinos y
carne salada se asaban y podrecian; duróle aqueste ardor y fuego ocho dias. El
primero fué claro con sol que los asaba; proveyóle Dios con menor daño, porque
los siete siguientes llovió y hizo nublado, pero con todo esto no hallaban
remedio para que esperasen que no habian de perecer de quemados, y si, como el
primer dia hizo sol y claro, los siete lo hiciera, dice aquí el Almirante, que
fuera imposible escapar con vida hombre dellos, y así, fueron divinalmente
socorridos con lloverles algunos aguaceros y hacer aquellos dias nublados.
Determinó, de que si Dios le diese viento para salir de aquella angustia,
correr al Poniente algunos dias, y despues que se viese en alguna templanza,
tornar hácia el Austro, que era el camino que proseguir deseaba. Nuestro Señor,
dice él, me guie y dé gracia, que yo le sirva, y á Vuestras Altezas traiga
nuevas de placer; dice que se acordó estando en estas ardientes brasas, que
cuando venia á estas Indias en los viajes pasados, siempre que llegaba hácia el
Poniente 100 leguas, en paraje de las islas de los Azores, hallaba mudamiento
en la templanza de Septentrion al Austro, y por esto se queria ir al Poniente á
poner en el dicho paraje. En el mismo paralelo debia de ir el Almirante, ó por
mejor decir, meridiano, que llevó Hanon, Capitan de los cartagineses, con su
flota, que saliendo de Cáliz y pasando al Océano, á la siniestra de Libia ó
Etiopía, despues de treinta dias, yendo hácia el Mediodia, entre otras
angustias que pasó, fué tanto el calor y fuego que padeció, que parescia que se
asaban; oyeron tantos truenos y relámpagos, que los oidos les atormentaban y
los[228] ojos les cegaban, y no parecia sino que
llamas de fuego caian del cielo. Esto dice Amiano, entre los historiadores griegos,
seguidor de verdad, muy nombrado en la «Historia de la India» hácia el cabo, y
refiérelo Ludovico Celio, en el lib. I, cap. 22 de las «Lectiones antiguas.»
Así que, tornando á los dias trabajosos, el sábado, que se contaron 14 de
Julio, estando las Guardas en el brazo izquierdo, dice que tenia el Norte en
7.º; vido grajos negros y blancos, que son aves que no se alejan mucho de la
tierra, y por esto tiénense por señal de tierra. Enfermó en este camino de gota
y de no dormir, pero no por eso dejaba de velar y trabajar con gran cuidado y
diligencia. Domingo y lúnes vieron las mismas aves y más golondrinas, y
parecieron unos peces que se llaman botos, que son poco más ó ménos que grandes
terneras, que tienen la cabeza muy roma ó bota. Dice aquí el Almirante,
incidentemente, que las islas de los Azores, que antiguamente se llamaban
Casetérides, están situadas en fin del quinto clima. Juéves, 19 de Julio, hizo
tan grande é intenso calor, que pensaron arderse los hombres con las naos; pero
porque nuestro Señor, á vueltas de las aflicciones que dá, suele, con
interpolacion del contrario, alivianarlas; socorrióle con su misericordia al
cabo de aquellos siete ú ocho dias, dándole muy buen tiempo para desviarse de
aquel fuego, con el cual buen viento navegó hácia Poniente diez y siete dias,
siempre con intincion de tornar al Austro y ponerse, como arriba dijo, en tal
region, que le quedase aquesta Española al Norte ó Setentrion donde pensaba que
habia de hallar tierra, ántes ó despues del dicho paraje; y así entendia
remediar los navíos que ya iban abiertos del calor pasado, y los bastimentos
que en mucho tenia, por la necesidad que dellos tenia para traerlos á esta
isla, y los muchos trabajos que al sacar de Castilla le costaron, é iban
perdidos cuasi y dañados. El Domingo, 22 de Julio, á la tarde, ya que iba con
el buen tiempo, vieron pasar innumerables aves del Oesudueste hácia el
Nordeste; dice que era gran señal de tierra. Lo mismo vieron el lúnes siguiente
y los dias despues, uno de los cuales vino á la nao del Almirante un alcatraz y
otros muchos[229] parecieron otro dia, y las otras
aves que se llaman rabihorcados. Al décimo séptimo dia del buen tiempo que
llevaba esperaba el Almirante ver tierra, por las dichas señales de las aves
vistas, y como no la vido el lúnes, otro dia, mártes, 31 dias de Julio, como le
faltase ya el agua, deliberó de mudar derrota, y esta era el Oeste y se acostar
á la mano derecha, é ir á tomar á la isla Dominica, ó alguna de los caníbales,
que hoy llaman los caribes; y así mandó gobernar al Norte, cuarta del Nordeste,
y anduvo por aquel camino hasta medio dia, pero como su divina Majestad, dice
él, haya siempre usado de misericordia conmigo, por acertamiento, y acaso,
subió un marinero de Huelva, criado mio, que se llamaba Alonso Perez, á la
gavia, y vido tierra al Oeste, y estaba 15 leguas della, y lo que pareció della
fueron tres mogotes, ó tres montañas. Puso nombre á esta tierra, la isla de la
Trinidad, porque así lo llevaba determinado, que la primera tierra que
descubriese así se llamase, y plugo, dice él, á Nuestro Señor, por su alta
Magestad, que la vista primera fueron todos juntos tres mogotes, digo, tres
montañas, todas á un tiempo y en una vista. Su alta potencia por su piedad me
guie, dice él, y en tal manera, que haya él mucho servicio, y Vuestras Altezas
mucho placer; que es cierto que la fallada desta tierra, en esta parte, fué
gran milagro, atanto como la fallada del primer viaje. Estas son sus palabras.
Dió infinitas gracias á Dios, como tenia de costumbre, y todos alabaron á la
bondad Divina, y con gran regocijo y alegría, dijeron, cantada, la Salve
Regina, con otras coplas y prosas devotas que contienen alabanzas de Dios y
de Nuestra Señora, segun la costumbre de los marineros, al ménos los nuestros
de España, que con tribulaciones y alegrías suelen decirla. Aquí hace una
digresion y epílogo de los servicios que ha hecho á los Reyes, y de la voluntad
que siempre tuvo encendida de les servir, no como malas lenguas, dice él, y
falsos testigos por invidia dijeron; y cierto yo creo que estos tales tomó Dios
por instrumentos para le afligir, porque le quiso bien, porque muchos, sin por
qué ni para qué, le infamaron y estorbaron estos negocios, y hicieron que los[230] Reyes se atibiasen y cansasen de gastar y tener
aficion y estima de que estas Indias habian de dar provecho, al ménos que fuese
más que los gastos con augmento les viniesen. Repite el calor que padeció, y
como áun iba hoy por el mismo camino paralelo, sino que por se llegar á la
tierra por la vía que tomó cuando mandó gobernar al Poniente, porque la tierra
echa de sí frescores que salen de sus fuentes y rios, y de sus aguas, causan
templanza y suavidad, y por esta causa, dice que pueden navegar los portogueses
que van á la Guinea, que está debajo de la línea equinoccial, porque van de
luengo de tierra ó de costa, como es comun hablar; dice más, que agora estaba
en el mismo paralelo de donde llevan el oro al rey de Portogal, por lo cual
creyó que quien buscase aquellos mares hallaria cosas de valor. Confiesa aquí
que no hay hombre en el mundo á quien Dios haya echo tanta merced, y le suplica
que le depare cosa con que Sus Altezas reciban mucho placer y toda la
cristiandad; y dice que, aunque otra cosa de provecho no hobiese, sino estas
tierras tan hermosas, que son tan verdes y llenas de arboledas y palmas, que
llevan ventaja á las huertas de Valencia por Mayo, se deberian mucho de
estimar, y dice en esto verdad, y adelante lo encarecerá, con mucha razon, más.
Dice, que cosa es de milagro que tan cerca de la equinoccial, como á 6°, tengan
los reyes de Castilla tierras, estando la Isabela de la dicha línea distante
24°.
CAPÍTULO CXXXIII.
Vista, pues, la tierra, con gran consuelo de todos,
deja el camino que queria llevar en busca de alguna de las islas de los
caníbales para proveerse de agua, de que tenia gran necesidad, y da la vuelta
sobre la tierra que habian visto, hácia un cabo que parecia estar al Poniente,
al cual llamó cabo de la Galera, por una peña grande que tenia que desde léjos
parecia galera que iba á la vela; llegaron allí á hora de completas; vieron
buen puerto, sino que era hondo y pesóle al Almirante, por no poder en él entrar,
siguió su camino á la punta que habia visto, que era hácia el Austro siete
leguas, y no halló puerto. En toda la costa halló que las arboledas llegaban
hasta la mar, la cosa mas hermosa que ojos vieron. Dice que esta isla debe ser
grande; gente pareció, y una canoa cargada dellos de léjos, que debian estar
pescando, fuéronse huyendo á tierra á unas casas que allí parecian; la tierra
era muy labrada y alta, y hermosa. Miércoles, 1.º de Agosto, corrió la costa
abajo hácia el Poniente, cinco leguas, y llegó á una punta, donde surgió con
todos tres navíos, y tomaron agua de fuentes y de arroyos; hallaron rastro de
gente, instrumento de pescar, y rastro de cabras, pero no eran sino de venados,
que hay mucho por aquellas tierras; dice que hallaron lignaloes, y palmares
grandes, y tierras muy hermosas, de que sean dadas infinitas gracias á la
Sancta Trinidad; estas son sus palabras. Vido muchas labranzas por luengo de
costa, y muchas poblaciones; vido desde allí, hácia la parte del Sur ó Austro,
otra isla, que el luengo della iba más de 20 leguas; y bien pudiera decir 500,
porque esta es la tierra firme, de la cual, como vido un pedazo, parecióle que
seria isla, á esta puso nombre la isla Sancta. Dice aquí, que no quiso tomar
algunos[232] indios por no escandalizar la tierra.
Del cabo de la Galera á la punta donde tomó el agua, que creo que la nombró la
Punta de la Playa, dice que, habiendo sido gran camino, y corríase leste gueste
(debe decir de Levante á Poniente se andaba), no habia puerto en todo aquel
camino, pero era tierra muy bien poblada y labrada, y de muchas aguas y
arboledas muy espesas, la cosa más hermosa del mundo, y los árboles hasta la
mar. Es aquí de saber, que cuando los árboles de la tierra llegan hasta la mar,
es señal que aquella costa de mar no es brava, porque cuando es brava, no hay
árbol por allí ninguno, escombrado arenal. La corriente surgente, que es la que
viene de arriba, y la montante, que es la que para arriba sube de abajo, dice
que parece ser grande. La isla que le queda al Sur, dice ser grandísima, porque
va ya descubriendo la tierra firme, aunque no estimaba sino que isla era. Dice
que vino á buscar puerto de luengo de la isla de la Trinidad, jueves, 2 dias de
Agosto, y llegó hasta el Cabo de la isla de la Trinidad, que es una punta, á la
cual puso por nombre la Punta del Arenal, que está al Poniente; por manera que
ya era entrado en el Golfo que llamó de la Ballena, donde padeció gran peligro
de perder todos los navíos, y él aún no sabia que estaba cercado de tierra,
como se verá. Este Golfo es cosa maravillosa, y peligrosa por el rio grandísimo
que entra en él, que se llama Yuyaparí, la última sílaba luenga, este viene de
más de 300 y creo que de 400 leguas, y las 300 se han ido por él arriba, dello
con nao, y dello con bergantines, y dello con grandes canoas; y como sea
grandísimo el golpe del agua que trae siempre, mayormente en este tiempo de
Julio y Agosto, en que por allí el Almirante andaba, que es tiempo de muchas
aguas, como en Castilla por Octubre y Noviembre, y así queria naturalmente
salir á la mar, la mar con su ímpetu grande, de su misma naturaleza, querria
quebrar en la tierra, y como aquel Golfo esté cercado de tierra firme por una
parte, y por otra la isla de la Trinidad, y así sea estrechísimo para tan
impetuoso poder de aguas contrarias, es necesario que cuando[233] se
junten, haya entre ellas terrible pelea, y peligrosísimo para los que allí se
hallaren, el combate. Dice aquí que la isla de la Trinidad es grande, porque
desde el cabo de la Galera hasta la Punta del Arenal, donde al presente estaba,
dice que habia 35 leguas; digo yo que hay más de 45, como verá el que lo
quisiere ver por las cartas del marear, puesto que no tiene agora aquellos
nombres escritos en las cartas, porque ya se han olvidado, y verlo hán,
considerando el camino que el Almirante trujo hasta llegar allí, é por qué
parte vido la primera tierra della, y de allí dónde fué á parar, y así coligirá
cual llamó el cabo de la Galera, y cual la Punta del Arenal. No es de
maravillar que el Almirante no tasase puntualmente las leguas de la isla,
porque iba bajándola pedazo á pedazo. Mandó salir en esta Punta del Arenal y
fin de la isla, hácia el Poniente, la gente en tierra para que se holgasen y
recreasen, porque venian cansados y fatigados, los cuales hallaron la tierra
muy hollada de venados, aunque ellos creian que eran cabras. Este jueves, 2 de
Agosto, vino de hácia Oriente una gran canoa, en que venian 25 hombres, y
llegados á tiro de lombarda dejaron de remar, y á voces dijeron muchas
palabras; creia el Almirante, y yo así lo creo, que preguntarian qué gente
eran, así como suelen los otros de las Indias, á lo cual respondieron, no con
palabras, sino mostrándoles ciertas bacinetas de laton, y otras cosas lucias,
para que se llegasen á la nao, con meneos y señas halagándoles. Acercáronse
algo, y despues venian arredrados del navío; y, como no se quisiesen allegar,
mandó el Almirante subir al castillo de popa un tamborino, y á los mancebos de
la nao que bailasen, creyendo agradarles, pero no lo sintieron así, ántes como
vieron tañer y bailar, tomáronlo por señal de guerra, y como si fuera
desafiarlos; dejaron todos los remos y echaron mano á sus arcos y flechas,
embrazó cada uno su tablachina, y comenzaron á tirarles una buena nubada de
flechas. Visto esto por el Almirante, mandó cesar la fiesta de tañer y bailar,
y sacar sobre cubierta algunas ballestas, y tirarles con dos ballestas, no más
de para asombrarlos; los[234] cuales, luego,
tiradas las flechas, se fueron á una de las dos carabelas, y, de golpe, sin
temor, se pusieron debajo la popa, y el piloto de la carabela, sin temor
tambien alguno, se descolgó de la popa abajo, y entróse con ellos en la canoa
con algunas cosas que les dió; y entre ellas dió un sayo y un bonete á uno
dellos que parecia hombre principal. Ellos le tornaron en ella, y, como en
reagradecimiento de lo que les habia dado, por señas, le dijeron que se fuese á
tierra y que allí le traerian de lo que ellos tenian. Él aceptó que iria y
ellos se fueron á tierra; el Piloto entró en la barca y fué á pedir licencia al
Almirante á la nao, y desque vieron que no iba derecho á ellos, no lo esperaron
más, y así se fueron y nunca más el Almirante ni otro los vido. Por haberse así
alterado y enojado del tamborino y de los bailes, parece que aquello debian de
tener entre sí por señal de guerra. Díjome un criado del Almirante, que se
llamó Bernaldo de Ibarra, que vino este viaje allí con él, y me lo dió por
escrito, y hoy lo tengo de su letra en mi poder, que vino al navío del
Almirante un señor y Cacique desta isla de la Trinidad, que traia una diadema
de oro en la cabeza, y váse al Almirante que tenía una gorra de carmesí, é
hácele acatamiento é besa su diadema, y con la otra mano quita la gorra al
Almirante y él pónele la diadema, y él puso en su cabeza la gorra de carmesí
quedando muy rico y muy contento. Dice aquel Almirante, que estos todos eran
mancebos, y muy bien dispuestos y ataviados, aunque no creo que traian mucha
seda ni brocado, de lo cual, tambien creo que los españoles y el Almirante más
se gozaran, pero venian ataviados de arcos y flechas y tablachinas; no eran tan
bazos como otros, ántes más blancos que otros que hobiese visto en estas
Indias, y de muy buenos gestos y hermosos cuerpos, los cabellos largos y
llanos, cortados á la guisa de Castilla, traian la cabeza atada con un
pañezuelo de algodon tejido de labores y colores, el cual creia el Almirante
que era almaizar; otro destos pañezuelos, dice, que traian ceñido, y se
cobijaban con él en lugar de pañetes; dice que no son negros, puesto que estan
cerca de la equinoccial, sino de color indio, como todos los otros que ha
hallado. Son de[235] muy linda estatura, andan
desnudos, son belicosos, traen los cabellos muy largos como las mujeres en
Castilla, traen arcos y flechas con plumas, y al cabo dellas un hueso agudo con
espina, como un anzuelo, y traen tablachinas, lo que hasta aquí no habia visto;
y segun de las señas y meneos que hacian, dice que, lo pudo comprender, ellos
creian que venia el Almirante de la parte del Sur, por lo cual juzgaba que á la
parte del Sur debia haber tierras grandes, y decia bien, pues tan grande es la
tierra firme que gran parte ocupa del Sur. La templanza desta tierra, dice que
es muy grande, y muéstralo, segun él, la color de la gente y los cabellos que
son todos correntios, y el arboleda muy espesa, que en toda parte hay; dice que
es de creer, que pasada la comarca, 100 leguas al Oeste de los Azores, que
muchas veces ha dicho que hace mudamiento el cielo, y la mar, y la templanza, y
esto, dice, es manifiesto, porque aquí donde estaba, tan llegado á la
equinoccial, cada mañana dice que habia frio, y era el sol en Leon. Dice gran
verdad, porque yo que escribo esto, he estado allí ó cerca de allí, é habia
menester ropa las noches y las mañanas, en especial por Navidad. Las aguas
corrian al Poniente más que el rio de Sevilla, crecia y menguaba el agua de la
mar 65 pasos y más, que en Barrameda, que podian poner á monte carracas; dice
que aquella corriente va tan recia por ir entre aquellas dos islas, la Trinidad
y la que llamó Santa, y despues adelante llamó isla de Gracia. Y dice isla á
tierra firme, porque ya entraba por entrambas, que estan apartadas dos leguas,
que es como un rio, como parece por la carta; hallaron fuentes de las desta
Española, y los árboles y las tierras, y la templanza del cielo; en esta
Española, pocas frutas se hallaron de las naturales de la tierra. La templanza
mucha más es la de aquella tierra que no la desta Española sino es en las minas
de Cibao y en algunas otras provincias della, como ya arriba queda dicho.
Hallaron ostias ú ostras muy grandes, pescado infinito, papagayos grandes como
pollas; dice que en esta tierra y en toda la tierra firme son los papagayos
mayores que ninguno de los destas islas, y son verdes, la color muy clara como
blancaza, pero los de las islas[236] son más
verdes, y color algo más oscuro; tienen todos los de la tierra firme los
pescuezos de color amarillo como manchas, y las puntas de arriba de las alas
con manchas coloradas, y algunas plumas amarillas por las mismas alas; los de
estas islas, ninguna cosa tienen amarilla, los pescuezos tienen colorados á
manchas; los de esta Española, tienen un poco blanco encima del pico; los de
Cuba tienen aquello colorado y son más lindos; los de la isla de Sant Juan, creo
que tiran á los desta isla, y no he mirado si tambien los de Jamáica;
finalmente, parece que son en algo diferentes los de cada isla. En esta tierra
firme, donde agora está el Almirante, hay una especie de papagayos que creo que
no hay en otra parte, muy grandes, poco ménos que gallos, todos colorados con
algunas plumas, en las alas, azules y algunas prietas; estos jamás hablan, no
tienen otra cosa de que se goce dellos, sino de la vista, en lo demas son
desgraciados; llámanse por los indios guacamayas: todos los demas es cosa
maravillosa lo que parlan, si no son los muy chiquitos, que se llaman xaxaues,
como arriba dijimos.
CAPÍTULO CXXXIV.
Estando en esta Punta del Arenal, que es fin de la
isla de la Trinidad, vido hácia el Norte, cuarta del Nordeste, á distancia de
15 leguas, un cabo ó punta de la misma tierra firme y esta fué la que se llama
Paria. El Almirante, creyendo que era otra isla distinta, púsola nombre la isla
de Gracia; la cual, dice que va al Oeste, que es el Poniente, y que es altísima
tierra, y dijo verdad, porque por toda aquella tierra firme van grandes
cordilleras de sierras muy altas. Sábado, 4 dias de Agosto, determina ir á ver
la isla de Gracia, y levantó las anclas y dió las velas de la dicha Punta del
Arenal, donde surgido estaba; y por aquella como angostura, por donde entró en
el golfo de la Ballena (no era más de dos leguas, porque de una parte la
Trinidad y de otra la tierra firme), salia el agua dulce muy corriente. Vino de
hácia la del Arenal, de la isla de la Trinidad, una tan gran corriente, por la
parte del Sur, como pujante avenida (y era del poder grande del rio Yuyaparí
que al Sur está, y el áun no lo via), con tan grande estruendo y ruido que á
todos espantó, del cual no pensaron escapar; y como el agua del mar resistió,
viniendo por el contrario, se levantó la mar, haciendo una muy gran loma y muy
alta, la cual levantó la nao y púsola encima de la loma, cosa que nunca jamás
ni oyó ni vido, y al otro navío alzó las anclas, que áun debia de tener
echadas, y echólo más á la mar, y con las velas anduvo hasta que salió de la
dicha loma. Plugo á Dios que no les hizo daño, dice aquí el Almirante, y,
cuando escribió este caso á los Reyes, dijo: «Áun hoy en dia tengo el miedo en
el cuerpo, que no me trabucó la nao cuando llegó debajo della; por este gran
peligro puse á esta boca nombre, la Boca de la Sierpe.» Llegado á la[238] tierra firme que via por aquella parte, y creia
que era isla, vido cabe aquel Cabo dos isletas en medio de otra boca, que hacen
aquel Cabo de la tierra firme, el cual llamó cabo Boto por ser grueso y romo, y
otro cabo de la Trinidad que nombró Boto; la una isleta nombró el Caracol, la
otra el Delfin. Esta estrechura de la Punta ó cabo de la Punta de Paria, y el
cabo Boto de la Trinidad, no tiene sino cinco leguas, y están en medio las
dichas isletas; por la cual estrechura y el ímpetu del gran rio Yuyaparí, é las
olas procelosas de la mar, hacen esta entrada y salida en grande manera
peligrosa, y porque el Almirante con trabajo y peligro suyo tambien, lo
experimentó, llamó aquella entrada angostura la Boca del Drago, y así se llama
comunmente hoy. Fué de luengo de costa de la tierra firme de Paria, quél creia
ser isla, y la nombró isla de Gracia, hácia la parte del Oeste, á buscar
puerto. Desde la Punta del Arenal, que es el un cabo de la Trinidad, como se
dijo, y está la vuelta del Sur, hasta el otro cabo Boto, que es de la misma
isla de la Trinidad, que está á la mar, dice el Almirante haber 26 grandes
leguas, y por aquesta parte parece ser el ancho de la dicha isla, y están los
dichos cabos Norte y Sur. Habia grandes hileros de corrientes, el uno al
contrario del otro; sobrevenian muchos aguaceros como era el tiempo de las
aguas, como arriba dijimos. La isla de Gracia es, como está dicho, tierra
firme, y dice el Almirante que es tierra altísima y toda llena de árboles, que
llega hasta la mar; esto porque como aquel golfo está cercado de tierra, no hay
resaca ni olas que quiebren en la tierra como donde están descubiertas las
playas. Dice que, estando á la punta ó cabo della, vido una isla altísima al
Nordeste, que estaría dél 26 leguas, púsole nombre la Bellaforma, porque debia
tener de léjos buen parecer, pero todo esto es la tierra firme, que como se
mudaba con los navíos de una parte á otra dentro del golfo, cercado de tierra,
hacíanse algunas abras que parecian hacer distincion de tierras que estuviesen
apartadas, y estas llamaba el Almirante islas, porque ansí lo juzgaba. Navegó,
domingo, 5 de Agosto, cinco leguas de la[239] punta
del cabo de la Paria, que es el cabo oriental desta isla de Gracia; vido muy
buenos puertos, juntos unos de otros, y casi toda esta mar dice que es puerto,
porque está cercada de islas y no hace ola alguna. Llamaba islas á las partes
que se le abrian de tierra firme, porque no hay más de sola la isla de la
Trinidad, y tierra firme, que cercan á este golfo quél dice agora mar. Envió á
tierra las lanchas, y hallaron pescado y fuego, y rastro de gente, y una casa
grande descubierta; de allí anduvo ocho leguas, donde halló puertos buenos.
Esta parte desta isla de Gracia dice ser tierra altísima y hace muchos valles,
y todo debe de ser poblado, dice él, porque lo vido todo labrado; los rios son
muchos, porque cada valle tiene el suyo de legua á legua; hallaron muchas
frutas y unas como uvas y de buen sabor, y mirabolanos muy buenos, y otras como
manzanas, y otras, dice, como naranjas y lo de dentro es como higos; hallaron
infinitos gatos paules; las aguas, dice, las mejores que se vieron. Esta isla,
dice, es toda llena de puertos, esta mar es dulce, puesto que no del todo, sino
salobre como la de Cartagena; más abajo dice que es dulce como la del rio de
Sevilla, y esto causaba cuando topaba con alguna hilera del agua de la mar, que
salobraba la del rio. Navegó á un ancon, lúnes, 6 dias de Agosto, cinco leguas,
donde salió y vido gente, y vino luego una canoa con cuatro hombres á la
carabela que estaba más cercana á tierra, y el piloto della llamó los indios
como que queria ir á tierra con ellos, y, en allegando y entrando, anególes la
canoa, y ellos andando nadando, cogió y trújolos al Almirante. Dice que son de
la color de todos los otros de las Indias; traen dellos los cabellos muy
largos, otros así como nosotros, ninguno hay tresquilado como en la Española y
en las otras tierras. Son de muy linda estatura, y todos sobrecrecidos; traen
el miembro genital atado y cubierto, y las mujeres van todas desnudas, como sus
madres las parieron. Esto dice el Almirante, pero yo he estado, como arriba
dije, cerca de aquella tierra, 30 leguas, pero nunca vide que las mujeres no
tuviesen sus vergüenzas, al ménos, cubiertas; debe de querer decir el
Almirante, que[240] andaban como sus madres las parieron
cuanto á lo demas del cuerpo. Estos indios, dice el Almirante, luego que aquí
fueron, diles cascabeles y cuentas, y azúcar, y los invié á tierra, á donde
estaba dellos una gran batalla, y despues que supieron el buen tratamiento
todos querian venir á los navíos; vinieron los que tenian canoas, y fueron
muchos, y á todos se les hizo buen acogimiento, y se les mostró amorosa
conversacion, dándoles de las cosas que les agradaban; preguntábales el
Almirante, y ellos respondian, pero no se entendian; trujéronles pan y agua, y
unos brebajes, como vino verde; andan muy ataviados de arcos, flechas y
tablachinas y las flechas traen casi todos con hierba. Mártes, 7 de Agosto,
vinieron infinitos indios por mar y por tierra, y todos traian de su pan y
maíz, y cosas de comer, y cántaros de brebaje, dello blanco como leche, de
sabor de vino; dello verde, y dello de color colorado; cree que todo sea de
frutas. Lo más ó todo hacen de maíz, sino que el maíz es blanco y morado y
colorado, de aquí viene ser el vino de diversas colores; el verde, no sé de qué
se haga. Traian todos sus arcos y flechas con hierba, muy á punto; no se daban
nada por cuentas, dieran cuanto tuvieran por cascabeles, y otra cosa no
demandaban. Hacian mucho por el laton; esto es cierto que lo estimaban mucho, y
daban en esta Española por un poco de laton cuanto les pidieran de oro, que
tuvieran, y así creo que fué siempre en todas estas Indias, á los principios;
llamábanlo turey, cuasi venido del cielo, porque al cielo llamaban tureyro;
hallan en él no se qué olor que á ellos mucho les agrada. Aquí dice ahora el
Almirante que todo cuanto les daban, de Castilla, lo olian luego que se lo
daban. Trajeron papagayos de dos ó tres maneras, en especial de los muy grandes
que hay en la isla de Guadalupe, dice él, con la cola larga; trajeron
pañizuelos de algodon muy labrados y tejidos, con colores y labores como los
llevan de Guinea, de los rios á la Sierra Leona, sin diferencia, y dice que no
debe comunicar con aquellos, porque hay de aquí donde él agora está, allá, más
de 800 leguas; abajo dice que parecen almayzares.
CAPÍTULO CXXXV.
Deseaba, dice, tomar media docena de indios para
llevar consigo, y dice que no pudo tomarlos, porque se fueron todos de los
navíos ántes que anocheciese; pero mártes, luego, 8 de Agosto, vino una canoa
con 12 hombres á la carabela, y tomáronlos todos, y trajéronlos á la nao del
Almirante, y dellos escogió seis y los otros seis invió á tierra; esto parece
que lo hacia el Almirante sin escrúpulo, como otras muchas veces en el primer
viaje lo hizo, no le pareciendo que era injusticia y ofensa de Dios y del prójimo,
llevar los hombres libres contra su voluntad, quitando los padres á los hijos,
y las mujeres á sus maridos, y que segun ley natural estaban casados, y que
ellas otros, ni otras ellos, podian tomar sin pecar y quizá mortalmente, de lo
cual era el Almirante causa eficaz; y otra circunstancia, que venian á los
navíos aquellos so tácita seguridad y confianza prometida, la cual les debian
guardar, allende el escándalo y aborrecimiento de los cristianos, que se podia
seguir, no sólo en los de allí, pero de toda la tierra y gentes que lo
supiesen. Dió luego la vela hácia una punta que dice del Aguja, el cual nombre
no dice cuando le puso, y de allí, dice, que descubrió las más hermosas tierras
que hayan visto y las más pobladas, y, en llegando á un lugar, al cual por su
hermosura llamó Jardines, donde habia infinitas casas y gentes, los que habia
tomado dijéronle que habia gente vestida, por lo cual acordó de surgir, y
vinieron á los navíos infinitas canoas. Estas son sus palabras. Cada uno, dice,
que traia su pañezuelo tan labrado de colores, que parecia un almayzar, con uno
atada la cabeza, y con el otro cubrian lo demas, como ya se ha tocado; destas
gentes que hoy vinieron á los navíos, algunos, dice, que traian algunas hojas
de oro al[242] pescuezo, y uno de aquellos indios
que habia tomado le dijo que por allí habia mucho oro, y que hacian dello
espejos grandes, y mostraba como lo cogian; dice espejos, porque debia dar el
Almirante algunos espejos, y por señas debia el indio decir que del oro hacian
de aquellos, no porque les entendiesen palabra. Dice que, porque andaba por
allí de corrida, porque se le perdian los bastimentos que tanto trabajo
alcanzar le habian costado, y esta isla Española estaba más de 300 leguas de
allí, no se detenia, lo cual mucho él quisiera por descubrir mucha más tierra,
y dice que todo es lleno de islas, y muy hermosas, y muy pobladas, y tierras
muy grandes; la gente muy más política que la desta Española y guerreros, y
casas hermosas. Si el Almirante hobiera visto el reino de Xaraguá como su
hermano el Adelantado, y la corte del rey Behechio alguna excepcion hiciera en
esto. Llegando á la Punta de la Aguja, dice que vido otra isla al Sur, 15
leguas, que iba al Sueste Norueste, muy grande, y tierra muy alta y llamóla
Sabeta, y en la tarde vido otra al Poniente, tierra muy alta; todas estas islas
entiendo ser pedazos de la tierra firme, por las abras y valles que se abrian,
que parecian islas distintas, como quiera que él anduviese todavía por dentro
del golfo que llamó de la Ballena, cercado, como dicho es, de tierra; y esto
parece claro, porque estando como estaba dentro del dicho golfo ninguna tierra
tenia al Sur, sino la tierra firme, luego las islas que decia no eran islas,
sino pedazos de la misma tierra firme, que juzgaba ser islas. Surgió adonde
llamó los Jardines, y luego vinieron infinitas canoas, grandes y pequeñas,
llenas de gente, segun dice. Despues, á la tarde, vinieron más de toda la
comarca, muchos de los cuales traian al pescuezo piezas de oro de hechura de
herraduras; pareció que lo tenian en mucho, pero todo lo dieran, dice, por
cascabeles y no los llevaba, y fué cosa esta de notar que un hombre tan
proveido como el Almirante, y teniendo voluntad de venir á descubrir, no
trujese rescates de diversas maneras, como trujo el primer viaje: todavía hobo
alguno dellos, y era muy bajo que parescia sobredorado. Decian, segun podian
entender por[243] señas, que habia por allí algunas
islas, donde habia mucho de aquel oro, pero que la gente eran caníbales, y dice
aquí el Almirante, que este vocablo caníbales, tenian todos por allí por causa
de enemistad, ó quizá porque no querian que fuesen allá los cristianos, sino
que se estuviesen allí toda su vida. Vieron los cristianos á un indio un grano
de oro tan grande como una manzana. Vinieron otra vez infinitas canoas cargadas
de gente, y todos traian oro y collares, y cuentas de infinitas maneras, y
atados los pañezuelos á las cabezas que les tienen los cabellos, y bien
cortados, y paréceles muy bien; llovió mucho, y por eso cesaban gentes de ir y
venir. Vinieron unas mujeres que traian en los brazos sartales de contezuelas,
y entre ellas perlas ó aljófar, finísimas, no como las coloradas que se
hallaron en las islas de Babueca; rescatáronse aquellas, y dice que las
inviaria á Sus Altezas. Nunca supe destas perlas que se hallaron en las islas
de Babueca, que son cerca del Puerto de Plata, en esta Española, y estas más
son bajos debajo del agua, que no islas, que hacen harto daño á los navíos que
por allí pasan, si no están sobre el aviso, y así tienen título Abre el Ojo.
Preguntó el Almirante á los indios dónde las hallaban ó pescaban, y mostráronle
de las nácaras donde nacen, y respondiéronle, por bien claras señas, que nacian
y se cogian hácia el Poniente detras de aquella isla, que era el cabo de la
playa de la Punta de Paria y tierra firme, que creia ser isla; y decian verdad,
que 25 ó 30 leguas de allí, hácia el Poniente, está la isla de Cubagua, de que
luego se dirá, donde las cogian. Envió las barcas á tierra para saber si habia
cosa nueva que no hubiesen visto, y hallaron la gente tan tratable, dice el
Almirante, que, «aunque los marineros no iban con propósito de salir en tierra,
pero vinieron dos personas principales con todo el pueblo y les hicieron salir;
llegaron á una casa grande, hecha á dos aguas, y no redonda, como tienda de
campo, de la manera que son las de las islas, donde los recibieron muy bien y
les hicieron fiesta y les dieron colacion, pan y frutas de muchas maneras, y el
beber fué un brevaje[244] blanco que tienen en gran
precio, de que todos estos dias trujeron allí, y hay dello tinto, y mejor uno
que otro, como entre nosotros el vino. Los hombres todos estaban juntos á un
cabo de la casa, y las mujeres á otro. Recibida la colacion en aquella casa del
más viejo, llevóles el más mozo á otra casa é hizo otro tanto; pareció que el
uno debia ser el Cacique y señor, y el otro debia ser su hijo; despues se
volvieron los marineros á las barcas, y con ellas á los navíos muy contentos
desta gente.» Estas todas son palabras del Almirante. Dice más: «ellos son de
muy linda estatura, y todos grandes á una mano, y más blanca gente que otra que
hobiese visto en estas islas, y que ayer vido muchos tan blancos como nosotros,
y mejores cabellos y bien cortados, y de muy buena conversacion; las tierras,
en el mundo, no pueden ser más verdes y hermosas y pobladas; la templanza, otra
tal, que desque estoy en esta isla, dice él, hé cada mañana frio, digo, para
ropon enforrado, bien que esté tan cerca de la línea equinoccial; la mar todavía
dulce; á la isla llaman Paria.» Todas son palabras del Almirante. Llama isla á
tierra firme todavía, porque así lo creia.
CAPÍTULO CXXXVI.
Viérnes, 10 de Agosto, mandó dar las velas y fué al
Poniente de la que pensaba ser isla, y anduvo cinco leguas y surgió; por temor
de no hallar fondo, andaba á buscar boca por donde saliese de aquel golfo,
dentro del cual andaba cercado de tierra firme y de islas, aunque él no creia
ser tierra firme, y dice que es cierto que aquella era isla, que así lo decian
los indios y así parece que no los entendian. De allí vido otra isla frontero
al Sur, á la cual llamó Isabela, que va del Sueste á Norueste, despues otra que
llamó la Tramontana, tierra alta y muy hermosa, y parecia que iba de Norte á
Sur, parecia muy grande; todo esto era tierra firme. Decíanle los indios que él
habia tomado, á lo quél entendia, que la gente de allí eran caníbales, y que
allí habia ó nascia el oro, y las perlas de la parte del Norte de Paria, la vía
del Poniente, se pescaban y habian habido las que al Almirante dieron. El agua
de aquella mar era tan dulce, dice, como la del rio de Sevilla, y así turbia.
Quisiera ir á aquellas islas, sino por no volver atras, por la prisa que tenia
que se le perdian los bastimentos que llevaba para los cristianos de la
Española, que con tanto trabajo, dificultad y gran fatiga los habia alcanzado;
y, como cosa en que padeció grandes aflicciones, repite esto de estos
bastimentos muchas veces. Dice, que cree que en aquellas islas que habia visto
debe haber cosas de valor, porque todas son grandes y tierras altas, y valles y
llanos, y de muchas aguas, y muy labradas, y pobladas, y la gente de muy buena
conversacion, así como lo muestran sus gestos. Estas son palabras del
Almirante. Dice tambien, que si las perlas nacen como dice Plinio del rocío que
cae en las ostias que están abiertas, allí mucha razon hay para las haber,
porque allí cae mucha rociada y hay infinitísimas[246] ostias
y muy grandes, y porque allí no hace tormenta, sino la mar esta siempre
sosegada, señal de lo cual es haber los árboles hasta entrar en la mar, que
muestran nunca entrar allí tormenta, y cada rama de los árboles que entran (y
están tambien ciertas raíces de árboles en la mar, que, segun la lengua desta
Española, se llaman mangles), estaban llenos de infinitas ostias, y tirando de
una rama sale llena de ostias á ella pegadas; son blancas de dentro y el
pescado dellas, y muy sabrosas, y no saladas sino dulces y que han menester
alguna sal, y dice que no sabe si nacen en nácaras; donde quiera que nazcan,
son, dice, finísimas, y las horadan como dentro, en Venecia; á esto que dice el
Almirante que están llenas las ramas de ostias por allí, decimos que no son
aquellas ostias que él vido, y están por aquellas ramas fuera de la mar y un
poco dentro en el agua, las que crian las perlas, sino de otra especie, porque
las que paren las perlas más cuidado tienen, por su natural instinto, de se esconder
cuanto más bajo del agua pueden, que aquellas que vido en las ramas. Tomada
ocasion desto que dice aquí el Almirante, quiero mezclar un poco de los
secretos naturales que hay cerca del criar ó nacer de las perlas, lo que no
creo que será á los leyentes desagradable; las perlas de que hablamos, en latin
se llaman propiamente margaritas, porque se hallan en las conchas de la mar,
segun dice Sant Isidro, libro XVI, cap. 10 de las «Ethimologías,» y es la
primera y más principal de las piedras preciosas que son blancas, y las más
blancas son las más finas y ménos rubias.
Engéndranse desta manera: En ciertos tiempos del
año, cuando tienen la inclinacion y apetito de concebir, sálense á la playa y
ábrense, y allí esperan el rocío del cielo, cuasi como si esperasen y deseasen
su marido; reciben aquel rocío del cual conciben y se empreñan, y tales
producen sus hijos, que son las perlas ó margaritas, cual fuere la calidad del
rocío; si puro fuere, nascen las perlas blancas, si fuere turbio, salen pardas
ó escuras, y de aquí, dice Plinio y Solino, se colije tener el cielo más parte
en este concebimiento que el agua de la mar[247] tiene.
Cuanto más el rocío fuere del alba ó de la mañana, tanto más blancas salen
ellas, y cuanto más á la tarde ó noche llegaren á recebirlo, tanto más serán
escuras; la edad tambien mucho ayuda á la blancura: cuanto más viejas fueren,
tanto ménos blancas, y tanto más blancas, cuanto las conchas fueren más mozas ó
más nuevas, y cuanto mayor cantidad de rocío recibieren, tanto mayor ternán la
grandeza. Nunca mayores se dice hallarse que pesen más de media onza, ni pase
de media nuez su medida; tienen las conchas tal sentido, naturalmente, que
siempre temen no salgan maculadas sus perlas, y por tanto, cuando hace sol
recio, porque no salgan negras ó rubias ó pardillas, ó su blancor en alguna
manera se amancille, vánse al profundo huyendo del calor del sol cuanto más
pueden; si hace relámpagos ó truena ántes que las conchas estén cerradas y del
todo estén las perlas formadas, súbitamente, de temor, se afligen y aprietan y
malparen, ó del todo echándolas de sí ó saliendo al cabo las perlas imperfectas
y muy chiquitas. En el agua están las perlas tiernas, y sacadas de la ostia se
endurecen; temen mucho las conchas la diligencia é instrumentos de los
pescadores, y por eso se afijan y apegan y esconden siempre dentro de las más
ásperas peñas; andan ó nadan en compañia, y tienen su rey como las abejas,
segun dice Plinio y Solino, y otros filósofos. El rey ó guiador dellas es la
mas vieja y la mayor; presa la guiadora ó guiadoras que van delante, fácilmente
las demás con las redes son presas, y si se escapan algunas, á sus comarcas se
vuelven. Desto dice Megastenes, filósofo: Conchas in quibus margaritæ
el uniones gignuntur retibus capi gregatimque multas veluti apes depasci,
regemque suum habere. Ac si contingat regem comprehendi á piscatoribus, eas
protinus circumfundi nec vim effugere: fugiente rege et ipsas effugere. Cuando
una sola perla se halla en la ostia es mas fina, y por esto se llama unio,
y nunca se hallan dos juntas de aquella especie y excelencia; cuando muchas, no
son uniones, sino gemas ó margaritas, pero no dejan de ser preciosas si son
blancas, y redondas y pesadas, y mas preciosas si de sí mesmas son horadadas.[248] Crecen y descrecen con la luna miéntras están
vivas en las conchas; nacen dentro de la pulpa de la carne y debajo, y en
cualquiera parte de la ostia; cuando la concha siente la mano de la persona,
luego se encoge y cubre cuanto puede de sus riquezas, y porque siente que por
ellas le tocan, apriétase cuanto puede, lastima y muerde. La virtud dellas es,
que confortan los espíritus, y para restriñir el flujo de sangre y contra el
flujo lientérico, y contra cardiaca, y sincopin y contra diaria; nacen las
mejores en las Indias, y, no tales, en Bretaña, que es agora Inglaterra, y por
haberlas tomó ocasion Julio César de pasar á ella, y por tiranía y violencia
sojuzgarla. Todas las cosas dichas son sacadas de Fisiólogo, de Arnoldo, de
Megastenes, de Plinio, lib. VI, cap. 35; de Solino, cap. 16 de su Polistor; de
Sant Isidro, lib. XVI, cap. 10; de Alberto el Magno, lib. II, cap. 2.º De
mineralibus; del Vincencio, Speculo natural, lib. IX, capítulos
81 y 82, y del libro De propietatibus rerum, lib. XVI, cap. 62; y
lo que dice postrero de Julio César, refiérelo Suetonio, en la vida del mismo
Julio César, cap. 47, Britanniam petisse spe margaritarum, quarum
complitudinem conferentem interdum sua manu egisse pondus. Algunos hay que
duden, modernos, empero, y no de mucha auctoridad, criarse las perlas del rocío
del cielo, como arriba se ha dicho, diciendo ser mas fábula que verdad; pero ni
dan razon en contrario, ni asignan la causa de donde tengan orígen las perlas ó
margaritas, y por tanto parece temeridad refragar sentencia de tantos y tales
autores, que tan diligentes y solícitos fueron en inquirir é manifestar los
secretos de la naturaleza. Pudieran, los que no admiten que del rocío se crien
las perlas, asignar algunas causas naturales de donde pudiesen proceder; y es
una, poderse criar en las mismas conchas por virtud de algun lugar, en el cual
impriman los cuerpos celestiales virtud mineral y de la misma agua de la mar,
de la manera que se crian las otras piedras preciosas y comunes. Para
entendimiento desto débese saber, segun Alberto Magno en el lib. I, capítulos
7.º, 8.º y 9.º, que las estrellas, por su cantidad y su lumbre, y por su sitio
y por su[249] movimiento, mueven y ordenan el
mundo, segun toda materia y todo lugar, de las cosas que se engendran y
corrompen. Esta virtud, así determinada, de las estrellas, se infunde y derrama
en el lugar de la generacion de cada cosa que se engendra; el lugar recibe las
virtudes de las estrellas, cuasi como la matriz ó la madre, que dicen, de las
mujeres, rescibe la virtud formativa del embrion. Embrion es la criatura que
tiene la hembra en el vientre, luego que comienza á vivir ántes que tenga la
figura señalada de macho ó de hembra, segun su especie, y puédese decir, que es
el parto crudo é imperfecto que la hembra tiene en el vientre; de aquí es que,
segun los filósofos, el lugar es principio activo de la generacion. Esta virtud
de las estrellas no en todas partes es una, ni es igual en todos los lugares,
que sea tierra ó que sea agua, porque en unos lugares se influye y derrama más
que en otros indiferentemente, como parece, que en unos se crian leones y no
elefantes y en otros elefantes y no leones, y en unos oro y en otros plata y
por el contrario; por esta manera, en unos lugares se halla virtud mineral para
engendrar perlas y piedras preciosas, ó de las otras comunes, y en otras no,
como es manifiesto. La virtud, pues, determinada á la generacion de las piedras
en materia terrestre ó en materia de agua, es en la cual concurren todos los
lugares, en los cuales las piedras se engendran; y así como en los animales que
son engendrados de putrefaccion ó pudrimento y cosas podridas, como los
ratones, segun la materia que se trata en el libro IV de los «Metauros,» las
estrellas infunden su virtud vivificativa que les dá vida, por esta manera
acaesce en la materia de que se engendran las piedras, sea agua ó sea tierra,
se les infunde virtud formativa ó lapidificativa. Obra por esta manera la dicha
virtud, conviene á saber, que así como los elementos se trasmutan ó traspasan
unos en otros, como cuando la tierra convierte al agua en sí para que sea
tierra, lo primero que se hace es, que la virtud de la tierra entra en la
sustancia del agua, y altérala, y lo segundo, cuasi señoreándose de ella,
tiénela, y entónces comienza el agua á estar queda y ponerse términos,[250] como encogiéndose y embebiéndose, y hasta
entónces no pierde su perspicuidad ó clareza, ó traslucimiento, pero de allí vá
corrompiéndose, y así se hace tierra que ya rescibe las calidades de la tierra,
que son, ser opaca ó espesa, y escura y seca, lo mismo es de los otros
elementos. Por esta misma manera acaece de la virtud lapidificativa cuando se
infunde en algun lugar, sea agua ó sea tierra, porque la materia agua ó tierra
que la dicha virtud toca, primeramente la altera, y lo segundo señoréala y
tiénela, y despues que la tiene y vence señoreándola, conviértela en piedra;
por esta manera se pueden engendrar y criar las margaritas, uniones y perlas
sin ser de rocío, como los autores nombrados dicen, que dentro de las ostias, ó
en la misma peña, ó en el arena, ó en aquellos lugares donde las conchas se
apacientan, infundan virtud, que comunmente se llama mineral, las estrellas;
que la misma agua de la mar, ó alguna cosa que las mismas ostias coman para su
mantenimiento altere y entre en la sustancia de aquella, y detenga y venza y
señoree, y al cabo la convierta en margarita ó perla, porque como Platon dice,
y Alberto, donde arriba en el cap. 5.º, lo alega, que, segun los méritos y
disposicion de cada materia, se influyen las virtudes celestiales que obran las
cosas de naturaleza, secundum merita (inquit) materiæ infunduntur
virtutes cœlestes quæ res naturæ operantur, ó tambien la misma agua de la
mar suele tener tal virtud, en sólo aquel lugar y comarca, que dentro de las
ostias, de sus mismas gotas ó de otras cosas que en ellas haya, engendre las
perlas. Y la señal desto Alberto Magno allí refiere, que hay algunas aguas, por
la virtud mineral que aquel lugar donde corren contiene, tan fuertes, que
corriendo por tales materias se embeben en las cosas minerales, ó que tienen
vecindad con ellas, por lo cual el agua misma y las cosas que están en ella se
convierten en piedras más presto ó más tarde, segun que es más fuerte ó más
débil la virtud que forma las piedras, ó lapidificativa; pero si aquella misma
agua la sacan de aquel lugar y la echan en otro, no se convertirá en piedras:
la causa es, porque como esté fuera del lugar donde hay virtud[251] mineral,
evapórase y corrómpese, así como cualquiera otra cosa se corrompe estando fuera
del lugar de su propia generacion. Por esta manera, dice Alberto allí, en el
cap. 7.º, haberse experimentado en los montes Pirineos, que dividen á España de
Francia, ser algunos lugares en los cuales el agua lluvia que cae se convierte
en piedras, y si la misma lluvia cae ó echan en otro lugar, fuera de aquellos,
quédase en agua como era. Por la misma razon hay algunas plantas y palos que
están dentro de algunas aguas ó mares que se convierten en piedras, quedándoles
la figura de palos ó de plantas, y algunas veces las plantas y arbolillos
nascidas dentro de la mar son tan vecinas de la naturaleza de las piedras, que
un poco secas al aire, se convierten en piedras; y la señal desto es bien
manifiesto en el coral, el cual, sin duda ninguna, se engendra de palillos y
plantas que están dentro de la mar. Plinio, en el libro XXXI, cap. 2.º, pone
haber una fuente en Asia la Menor, que regando la tierra con su agua la torna
piedra, y un rio, que los árboles con sus hojas hacia lo mismo. Ésto no puede
en alguna manera ser sino por la virtud mineral en aquella tierra ó piedras ó
peñas que están dentro del agua ó en la misma mar, como tambien vemos en
sierras muy altas, que siempre hay perpétuas nieves, y en ellas se engendra el
cristal, lo cual no seria posible, si no fuese por la virtud mineral que allí
las estrellas infunden y derraman; desto, algo dejamos ya dicho arriba. Así que
no es cosa imposible criarse las perlas en aquella mar sin rocío, de la manera
que es dicha de suso. Las perlas que aquí el Almirante hobo se criaban y crian
en la mar de una isleta, y al derredor della, que se llama Cubagua, que no
tiene agua dulce, sino estéril y seca, y en toda ella habrá obra de dos leguas
de tierra inhabitable, puesto que las perlas la hicieron habitada con más de 50
vecinos, españoles; miéntras duraron, iban por el agua siete leguas de allí, á
la tierra firme. Dista esta isleta, de donde el Almirante agora andaba, 50
leguas abajo al Poniente; podia ser que allí en aquel golfo de la Ballena, por
donde andaba, ó en la mar allegada á la Trinidad, ó á la tierra firme, que[252] llamaba isla de Gracia, hobiese quizá algunas
perlas, pero parece que no, pues los indios señalaban que al Poniente las
cogian. Yo estuve en la dicha isleta y vide las conchas, y en ellas las perlas
que tenian debajo de la carne; no era uniones sino margaritas, porque tenian
cuatro ó cinco juntas, unas grandes y otras chicas; las ostias son del tamaño
que las de Castilla, y la carne ó pescado dellas la misma, bien sabrosa: yo
comí hartas de ellas. Adelante, placiendo á Dios, en el libro IV se dirá más
desta isleta de Cubagua, y de las perlas, y lo que en ella en los tiempos
pasados se ha hecho y ha acaecido.
CAPÍTULO CXXXVII.
Tornando á donde quedó el hilo de la historia, en
este paso hace mencion el Almirante de muchas puntas de tierra é islas, é
nombres que les habia puesto, pero no parece cuando, y en esto y en otras cosas
que hay en sus Itinerarios, parece ser natural de otra lengua, porque no
penetra del todo la significacion de los vocablos de la lengua castellana, ni
del modo de hablar della; hace mencion aquí de la Punta Seca, de la isla
Isabela, de la isla Tramontana, de la Punta Llana, de la Punta Sara,
suponiéndolas, empero ninguna cosa ha dicho dellas, ó de alguna dellas. Dice
que toda aquella mar es dulce, y que no sabe de donde proceda, porque no
parecia haber disposicion de grandes rios (y que los hobiese, dice, que no
dejaria de ser maravilla), pero engañábase en pensar que no habia rios, porque
aquel rio Yuyaparí era tan caudal y poderoso, como está dicho, y otros que
salen por allí. Deseando ya salir deste golfo de la Ballena, donde andaba
cercado de tierra firme y de la Trinidad, como dicho queda, navegando al Poniente
por aquella costa de tierra firme, que él llamaba de Gracia, hácia la Punta
Seca, que no dice donde era, halló dos brazos de agua no más; envió la carabela
pequeña para ver si habia salida al Norte, porque, frontero de la tierra firme
y de la otra que llamó Isabela, al Poniente, parecia una isla muy alta y
hermosa; volvió la carabela, y dijo que halló un golfo grande y en él cuatro
grandes aberturas que parecian golfos pequeños, y á cabo de cada uno un rio. Á
este golfo puso nombre Golfo de las Perlas, aunque no hay, creo yo, ninguna.
Esto parece que era al rincon de todo este golfo grande, donde andaba el
Almirante cercado de la tierra firme y de la isla de la Trinidad; aquellas
cuatro abras ó oberturas, creia el Almirante[254] que
eran cuatro islas, y que no parecia que hobiese señal de rio que hiciese todo
aquel golfo, de más de 40 leguas de mar todo dulce; pero los marineros
afirmaban que aquellas aberturas eran bocas de rio, y decian verdad, al ménos
en las dos, porque por la una salia el gran rio Yuyaparí, y por la otra sale
otro grande que hoy se llama el rio de Camarí. Quisiera en gran manera el
Almirante ver la verdad de este secreto, cual era la causa de haber 40 leguas
en luengo y 26 de ancho, como tiene el dicho golfo, de agua dulce, lo cual,
dice él, era cosa de admiracion, y razon, cierto, tenia; y tambien por penetrar
los secretos de aquellas tierras, que no creia ser posible que no tuviesen
cosas de valor, ó que no las habia en las Indias, mayormente habiendo hallado
allí muestra de oro y de perlas, y las nuevas dellas, y descubierto tales
tierras y tantas y tales gentes en ellas, por lo cual fácilmente las cosas
dellas, y riquezas que habia se supieran; pero porque los mantenimientos que
llevaba para la gente que estaba en esta Española, y la que traia para que
comiesen en las minas, cogiendo oro, se le perdian, los cuales habia alcanzado
con gran dificultad y fatiga, no le dejaban detenerse, y dice que, si tuviera
esperanza de haber otros tan presto, todos los pospusiera, por descubrir más
tierras y ver los secretos dellas. Y al fin acuerda seguir lo más cierto, y
venir á esta isla y enviar della dineros á Castilla para traer bastimentos y
gente á sueldo, y lo más presto que pudiese enviar tambien á su hermano el
Adelantado á proseguir su descubrimiento y hallar grandes cosas, como esperaba
que se hallarian, por servir á Nuestro señor y á los Reyes; pero al mejor
tiempo se le cortó el hilo, como parescerá, destos sus buenos deseos, y dice
así: «Nuestro Señor me guie por su piedad y me depare cosa con que él sea
servido y Vuestras Altezas hayan mucho placer; y, cierto, débenlo de haber,
porque acá tienen cosa tan notable y real para grandes Príncipes, y es gran
yerro creer á quien les dice mal desta empresa, salvo aborrecerles, porque no se
halla que Príncipe haya habido tanta gracia de Nuestro Señor, ni tanta victoria
de cosa tan señalada, y dé tanta honra á su[255] alto
Estado y reinos, y por donde pueda recibir Dios eterno más servicios, y la
gente de España más refrigerio y ganancias, que visto está que hay infinitas
cosas de valor, y bien que agora no se conozca esto que yo digo, verná tiempo
que se contará por grande excelencia, y á grande vituperio de las personas que
á Vuestras Altezas son contra esto, que bien que hayan gastado algo en ello, ha
sido en cosa más noble y de mayor estado que haya sido cosa de otro Príncipe
hasta agora, ni era de se quitar de ella secamente, salvo proceder y darme
ayuda y favor, porque los reyes de Portugal gastaron y tuvieron corazon para
gastar en Guinea, fasta cuatro ó cinco años, dineros y gente, primero que
recibiesen provecho, y despues les deparó Dios ganancias y oro. Que, cierto, si
se cuenta la gente del reino de Portugal y las personas de los que son muertos
en esta empresa de Guinea, se fallaria que son más de la mitad del reino; y,
cierto, fuera grandísima grandeza atajar una renta en España, que se gastase en
esta empresa, que ninguna cosa dejaran Vuestras Altezas de mayor memoria, y
miren en ello; y que ningun Príncipe de Castilla se halla, ó yo no he hallado
por escrito ni por palabra, que haya ganado jamás tierra alguna fuera de
España, y Vuestras Altezas ganaron estas tierras que son otro mundo, y adonde
habrá la cristiandad tanto placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto
acrecentamiento. Todo esto digo con muy sana intincion, y porque deseo que
Vuestras Altezas sean los mayores señores del mundo, digo señores de todo él; y
sea todo con mucho servicio y contentamiento de la Santísima Trinidad, porque
en fin de sus dias hayan la gloria del Paraíso, y no por lo que á mí propio
toca, que espero en su alta Majestad, que Vuestras Altezas presto verán la
verdad dello, y cual es mi cudicia.» Todas estas son palabras formales del
Almirante, sobre las cuales habria mucho que hablar, pero en breve quiero
anotar algunas cosas: lo primero, es manifiesto la buena intincion que siempre
tuvo el Almirante, para con Dios y con los Reyes, y con cuanta simplicidad de
ello hablaba, y creo para mí que algo y mucho excedió en la intencion[256] de agradarles á los Reyes, y por esta ser nimia
demasiada no se agradó mucho Dios; y él mismo lo confiesa en una carta que
escribió á los Reyes y á otras personas, que dice así: «Torno á decir con
juramento, que yo he puesto más diligencia á servir á Vuestras Altezas, que no
á ganar el Paraíso.» Estas son sus palabras. Lo segundo, se debe notar, que
cerca de lo que dice aquí el Almirante, ser cosa real y notable estas tierras y
riquezas dellas que habia descubierto, ciertamente, para encarecer la grandeza
y dignidad destas cosas de las Indias, que Dios puso en manos de los Reyes de
Castilla, necesario fuera tener la elocuencia y eficacia de Demóstenes, y para
escribirlo, la mano de Ciceron; un orbe tantos siglos escondido, amplísimo y
longuísimo, tan lleno y rebosante de inmensas y quietas gentes, todo él á una
mano, felicísimas, fertilísimas, sanísimas y riquísimas tierras, ¿quién lo
podrá explicar, loar y dar á entender? Lo tercero, que haya sido especial
gracia y don señalado de Dios, y no comparable á cualquiera concedido á los Reyes
de Castilla para grande honra suya y favor, y engrandecimiento de su alto
Estado y reinos, como el Almirante dice, mayor suficiencia que la dicha se
requiere para lo saber engrandecer, y esto, porque por disposicion divina
fueron elegidos, más que otros ningunos Reyes, para ser ministros medianeros de
los mayores servicios que Reyes cristianos á Dios eterno jamás hicieron. Desto
se sigue lo cuarto que notarse debe; la razon que tuvieron de se alegrar y
haber mucho placer, como el Almirante dice, y yo añido, que tienen estrechísima
obligacion de referir por ello inmensos loores y gracias á Dios. Lo quinto es,
que se note cuan indiscretamente se habian con los Reyes, y cuanto les
deservian los que á Sus Altezas disuadian, por unos pocos de gastos que se
hacian, que se dejasen desta empresa, pues habiendo parecido tierras tan
grandes y tan felices, y que habian dado muestra de oro, no chica, y de
temporales riquezas, mayormente no habiendo experimentado más de lo desta isla,
debieran creer y áun tener por cierto, que en tantos reinos grandes bienes
haber podria;[257] y ciertamente, no ménos
insensibles parece que eran, y que no les rebosaba mucho el cuidado, de la
dilatacion de la fe por estas tierras y gentes dellas, ni su celo, pues no
tenian el ojo á otro hito sino á que gastaban los Reyes y no recibian provecho,
faltándoles consideracion de aquestas tierras y gentes, no para esquilmar el
oro y riquezas temporales dellas, sino para divulgar el divino nombre, y
convertir todas estas racionales ánimas de que están llenas, y las habia puesto
Dios y su Iglesia en las manos de los católicos Reyes, y esto bien lo sentia y
lloraba el Almirante. Y con razon, de los tales émulos tenia grande queja, y,
como aquel que tantos sudores y trabajos le habia costado y costaba de presente
aqueste mundo nuevo que descubria, y habia descubierto, y juntamente la buena
intincion que en todo ello tenia; por lo cual todo le daba Dios claro
cognoscimiento para que acertase en lo que estaba por venir, como hombre de
gran prudencia, pues decia bien, «si que agora no se cognosce lo que yo digo,
verná tiempo que se contará por gran escelencia.» ¿Qué se podrá contar en todo
lo poblado del mundo, en este género, que se iguale con lo sucedido y procedido
en las Indias y de las Indias en nuestros tiempos? lo cual, todo, ántes y
despues de su descubrimiento, era estimado por vanísimo é increible, pero, como
dije, dábalo Dios á cognoscer y á decir ántes que se cumpliese, al que, para lo
principiar, y mostrar, con el dedo habia elegido. El ejemplo que trae de los
Reyes de Portugal, que gastaron muchos dineros y gentes en el descubrimiento y
trato de Guinea, ántes que della hobiesen provecho, verdad es; pero de las
ganancias que de allí ha habido y hoy hay, ruego yo á Dios que no tenga yo
parte ni quien bien ó mal me quiera. En aquello que dice que fuera grandísima
grandeza atajar (pone atajar por señalar ó reservar), alguna renta en España
para que se gastase en esta empresa, dice la mayor y más sustancial y prudente
razon de cuantas ha dicho, el fundamento de todo el bien y causa de evitar el
mal, mayormente á los principios, de todas estas Indias; porque si los
católicos Reyes, aunque siempre vivian con necesidad, situaran[258] ó
señalaran cierta renta (que no era menester muy mucha), para que se gastara en
la comunicacion y contratacion cristiana, humana, pacífica y razonable de
Castilla con estas gentes, y no hobiera tanta priesa en los que les aconsejaban
que fueran riquezas á aquellos reinos, ó en estimar que debian ir limpias de
polvo y de paja, como si estos reinos, no por otra razon ni título, sino
solamente porque acaeció ser descubiertos, lo debieran á aquellos, sin alguna
duda los gastos que los Reyes hicieran, les fueran, cuando ménos provecho en
estas tierras hubo, recompensados, y sobrepujara la recompensa, y poco á poco
se fueran descubriendo las grandes riquezas que en estas tierras habia, y se
ganaran todas para Castilla, ganadas primero las voluntades de los dueños
dellas que con antiguo derecho y justicia las poseian, y entrando por esta
puerta, que era la justa, verdadera y legítima, en estas tierras, estos reinos
y aquellos fueran felicísimos. Pero harto hicieron los católicos Reyes teniendo
consejeros, y los que en estos negocios entendian, tan ciegos, en no
desmamparar del todo la prosecucion de esta demanda, como ellos, precipitándose
inconsideradamente, les persuadian. Callo la ignorancia ó la inadvertencia no
muy saludable que tuvieron en no entender que á estas naciones, solamente por
ser hombres y gentiles, carecientes de lumbre de nuestra católica fé, de
precepto divino de la caridad el celo y obra de darlos doctrina y convertirlos
por la forma que Cristo estableció, se les debia; con tal parecer y consejo
fueran causa que, con ninguna otra hazaña (puesto que fueron muchas y
dignísimas las suyas), dejaran los Reyes mayor memoria, ni la cristiandad tanto
placer, y nuestra fé, por tiempo, tanto acrescentamiento, y la Santísima
Trinidad recibiera tanto servicio y contentamiento, como el Almirante con sus
sinceras palabras dice.
CAPÍTULO CXXXVIII.
Así que, para salir deste golfo dentro del cual
estaba de tierra por todas partes cercado, con el propósito ya dicho de salvar
los bastimentos que traia, que se le perdian, viniéndose á esta isla Española,
sábado, 11 de Agosto, al salir de la luna, levantó las anclas, y tendió las
velas y navegó hácia el leste, que es hácia donde sale el sol (porque estaba en
el rincon del rio Yuyaparí, como arriba se dijo), para ir á salir, por entre la
Punta de Paria y tierra firme, que llamó la Punta ó cabo de la Playa, á la
tierra isla de Gracia, y entre el Cabo á que dijo cabo Boto de la isla de la
Trinidad, como parece arriba en el cap. 134. Llegó hasta un puerto muy bueno,
que llamó Puerto de Gatos, que está junto con la boca donde están las dos
isletas del Caracol y Delfin, entre los cabos de Lapa y cabo Boto; y esto,
domingo, 12 de Agosto, surgió cerca del dicho puerto, para por la mañana salir
por la dicha boca. Halló otro puerto cerca de allí, donde envió á verlo la
barca; era muy bueno; hallaron ciertas casas de pescadores, y agua mucha y muy
dulce, y púsole por nombre el Puerto de las Cabañas; hallaron, dice,
mirabolanos en la tierra; junto á la mar, infinitas ostias pegadas á las ramas
de los árboles que entran en la mar, las bocas abiertas para recibir el rocío
que cae de las hojas, hasta que cae la gotera de que se engendran las piedras,
segun dice Plinio y alega al Vocabulario que se llama Catholicon;
pero ya queda dicho arriba en el cap. 136, que aquellas ostias no parece que
son de la especie que crian las perlas. Lúnes, 13 de Agosto, en saliendo la
luna, levantó las anclas de donde surgido estaba, y vino hácia el cabo de la
Playa, que es el de Paria, para salir al Norte por la boca que llamó del Drago,
por la siguiente causa y peligro en que allí se vido; la boca[260] del
Drago, dice, que es un estrecho que está entre la Punta de la Playa que es el
fin de la isla de Gracia, que como muchas veces está dicho, es la punta de la
tierra firme y de Paria, al Oriente, y entre el cabo Boto, que es el fin de la
isla de la Trinidad, al Poniente; dice, que habrá entre medias de los dos cabos
legua y media. Este debe ser pasadas cuatro isletas que dice haber allí en
medio, atravesadas, aunque agora no vemos más de dos, por las cuales no debe
haber salida, y sólo debe de quedar la angostura de la legua y media para poder
salir los navíos por ella, porque de la Punta de la Lapa al cabo Boto cinco
leguas hay, como en el cap. 134 dijimos. Llegando á la dicha boca á la hora de
tercia, halló una gran pelea entre el agua dulce por salir á la mar, y el agua
salada del mar por entrar dentro en el golfo, y era tan recia y temerosa, que
levantaba una gran loma, como un cerro muy alto, y con esto traian un estruendo
y ruido ambas aguas, de Levante á Poniente, muy largo y espantoso, con hilero
de aguas, y tras uno venian cuatro hileros uno tras otro, que hacian corrientes
que peleaban; donde pensaron perecer, no ménos que en la otra boca de la Sierpe
del cabo del Arenal, cuando entraban en el golfo. Fué doblado este peligro más
que el otro, porque les calmó el viento con que esperaban salir, y quisieran
surgir, que les fuera algun remedio, aunque no sin peligro por los combates de
las aguas, pero no hallaron fondo, porque era muy honda allí la mar; temieron,
calmado el viento, no les echase el agua dulce ó salada á dar en las peñas con
sus corrientes, donde no hubiesen algun remedio. Dicen, que dijo aquí el
Almirante, aunque no lo hallé escrito de su mano, como hallé lo susodicho, que
si de allí se escapaban, podian hacer cuenta que se escapaban de la boca del
drago, y por esto se le quedó este nombre, y con razon. Plugo á la bondad de
Dios que del mismo peligro les salió la salud y liberacion, porque la misma
agua dulce, venciendo á la salada, echó sin sentir los navíos fuera, y así
fueron puestos en salvo; porque cuando Dios quiere que uno ó muchos sean de
vida, el agua les es medicina. Así que, salió, lúnes á 13 de Agosto, del dicho[261] golfo y de la boca del Drago, peligrosa. Dice
que hay desde la primera tierra de la Trinidad hasta el golfo que descubrieron
los marineros que invió en la carabela, donde vieron los rios y él no los
creia, al cual golfo llamó de las Perlas, y esto es al rincon de todo el golfo
grande, que nombró de la Ballena, donde tantos dias anduvo, de tierra cercado, 48
leguas; yo le añido que son buenas 50, como aparece de la carta del marear.
Salido del golfo y de la boca del Drago y su peligro, acuerda de ir al Poniente
por la costa abajo de la tierra firme, creyendo todavía que era isla de Gracia,
para emparajar en el derecho de dicho golfo de las Perlas, Norte Sur, y
rodearla y ver aquella abundancia de agua tan grande, de dónde venia, y si
procedia de rios, como los marineros afirmaban, lo que él dice que no creia,
porque ni el Ganjes, ni el Euphrates, ni el Nilo, no ha oido que tanta agua
dulce trajesen. La razon que le movia era, porque no habia tierras tan grandes
de donde pudiesen nacer tan grandes rios, salvo, dice él, si esta no es tierra
firme; estas palabras son suyas. Por manera, que ya va sospechando que es
tierra firme la tierra de Gracia que él creia ser isla, pero era y es, cierto,
tierra firme, y los marineros habian dicho bien; de la cual procedia tanto
golpe de agua por los rios Yuyaparí y el otro que sale cerca del que llamamos
hoy Camarí, é otros que por allí deben salir. Así que, yendo en busca de aquel
golfo de las Perlas, donde salen los dichos rios, creyendo de hallarlos
rodeando la tierra, por estimar ser isla y ver si habia entrada por allí, ó
salida para el Sur, y si no la hallase, dice, que afirmaria entónces que era
rio, y que lo uno y lo otro era gran maravilla, fué la costa abajo aquel lúnes
hasta el sol puesto. Vido que la tierra era llena de buenos puertos y tierra
altísima; por aquella costa abajo, vido muchas islas hácia el Norte y muchos
cabos en la tierra firme, á los cuales, todos, puso nombres: á uno, cabo de
Conchas; á otro, cabo Luengo; á otro, cabo de Sabor; á otro, cabo Rico, tierra
alta y muy hermosa; dice que en aquel camino hay muchos puertos y golfos muy
grandes que deben ser poblados, y[262] cuanto más
iba al Poniente, via la tierra más llana y más hermosa. Al salir de la boca,
vido una isla, al Norte, que estaria de la boca 26 leguas, púsole nombre la
isla de la Asuncion; vido otra isla y pusóle la Concepcion, y á otras tres
isletas juntas llamó los Testigos, y estas, se llaman hoy así; á otra cabe
ellas, llamó el Romero; á otras isletas pequeñas, nombró las Guardias. Despues
llegó cerca de la isla Margarita, y llamóla Margarita, y á otra cerca della,
puso nombre el Martinet. Esta Margarita es una isla que tiene de luengo 15
leguas, y de ancho cinco ó seis, y es muy verde y graciosa por de fuera, y por
dentro es harto buena, por lo cual está poblada; tiene cabe sí, á la luenga,
leste gueste, tres isletas, y dos detras dellas, Norte-Sur: el Almirante no
vido más de las tres, como iba de la parte del Sur de la Margarita. Está seis ó
siete leguas de la tierra firme, y por esto hace un golfete entre ella y la
tierra firme, y en medio del golfete están dos isletas, leste gueste, que es de
Levante á Poniente, junto la una á la otra; la una se llama Coche, que quiere
decir venado, y la otra Cubagua, que es la que arriba en el cap. 136 dije,
donde se han cogido infinitas perlas. De manera, que el Almirante, aunque no
sabia que en aqueste golfete se criaban las perlas, parece que adivinó en
llamarla Margarita; estuvo muy cerca della, puesto que no lo expresa, porque
dice estaba nueve leguas de la isla Martinet, la cual estaba junto, dice él, á
la Margarita, de la parte del Norte, y dice junto, porque como iba por la parte
del Sur de la Margarita, parecia estar junto, aunque estaba ocho ó nueve
leguas: y esta es la isleta de la parte del Norte, cercana á la Margarita, que
agora se llama isla Blanca, y dista las ocho ó nueve leguas de la Margarita,
como dije; por aquí parece que debia estar junto ó cerca de la Margarita, el
Almirante, y creo que, porque le faltó el viento, por allí surgió. Finalmente,
de todos los nombres que puso á islas y cabos de la tierra firme que tenia por
isla de Gracia, no han quedado ni se platican hoy sino la isla de la Trinidad,
y la boca del Drago, y los Testigos, y la Margarita. Aquí andaba el Almirante
muy malo[263] de los ojos, de no dormir, porque
siempre, como andaba entre tantos peligros dentre islas, así lo tenia de
costumbre, y lo debe de tener cualquiera que trae cargos de navío, por la mayor
parte, como son pilotos, y dice, que más fatigado se vido aquí que cuando
descubrió la otra tierra firme, que es la isla de Cuba (la cual áun pensaba que
era tierra firme hasta agora), porque se le cubrieron los ojos de sangre, y así
eran por la mar sus trabajos incomparables; por esta causa estuvo esta noche en
la cama y luego se halló más fuera en la mar de lo que se hallara si él velara,
por lo cual, no se descuidaba ni fiaba de los marineros, ni debe fiarse de
nadie el que es diligente y perfecto piloto, porque á su cuenta y sobre su
cabeza están todos los que van en la nao, y lo más propio y necesario que al
ejercicio de su oficio pertenece es velar y no dormir, todo el tiempo que
navega.
CAPÍTULO CXXXIX.
Parece haber andado el Almirante la costa abajo
desde que salió de la boca del Drago, ayer lúnes y hoy mártes, hasta 30 ó 40
leguas cuando más, puesto que no lo dice, porque (como él se queja que no
escrebia todo lo que debia describir), no podia por andar por aquí tan malo; y
como via que la tierra iba muy extendida para abajo al Poniente, y parecia más
llana y más hermosa, y el golfo de las Perlas que quedaba en la culata del
golfo ó mar dulce, donde salia el rio de Yuyaparí, en cuya busca iba, no tenia
salida, la cual esperaba ver, creyendo que esta tierra firme era isla, vino ya
en cognoscimiento que tierra tan grande no era isla, sino tierra firme, y, como
hablando con los Reyes, dice así: «Yo estoy creido que esta es tierra firme,
grandísima, de que hasta hoy no se ha sabido, y la razon me ayuda grandemente
por esto deste tan grande rio y mar, que es dulce, y despues me ayuda el decir
de Esdras en el libro IV, cap. 6.º, que dice que las seis partes del mundo son
de tierra enjuta, y la una de agua, el cual libro aprueba Sant Ambrosio en
su Examenon, y Sant Agustin sobre aquel paso, Morietur
filius meus Christus, como lo alega Francisco de Mayrones, y despues desto
me ayuda el decir de muchos indios caníbales que yo he tomado otras veces, los
cuales decian que al Austro dellos era tierra firme, y entónces estaba yo en la
isla de Guadalupe, y tambien lo oí á otros de la isla de Sancta Cruz y la de
Sant Juan, y decian que habia mucho oro, y, como Vuestras Altezas saben, muy
poco ha que no se sabia otra tierra más de la que Ptolomeo escribió, y no habia
en mi tiempo quien creyese que se podia navegar de España á las Indias, sobre
lo cual anduve siete años en su corte, y no fueron pocos los que entendieron en
ello; y en[265] fin, sólo el grandísimo corazon de
Vuestras Altezas lo hizo experimentar contra el parecer de cuantos lo
contradecian, y agora parece la verdad, y parecerá ántes de mucho tiempo más
larga: y, si esta es tierra firme, es cosa de admiracion, y será entre todos
los sabios, pues tan grande rio sale que haga una mar dulce de 48 leguas.»
Estas son sus palabras. Por manera, que la primera razon que le persuadia ser
tierra firme, la que llamó Sancta cuando entró en el golfo por la boca de la
Sierpe, cuando vido la Trinidad, y la que despues llamó isla de Gracia, fué
salir tanta agua dulce que endulzaba tan grande golfo, y argüia muy bien,
porque gran golpe de agua ó rio muy grande no se puede congregar, si no es de
muchas fuentes, las muchas fuentes causan muchas quebradas, son causa de muchos
arroyos, hacen muchos rios chicos y despues se ayuntan grandes; todo lo cual
presupone necesariamente, grandísimo discurso y longura de tierra. Esta parece
que no puede ser isla por grande que sea, luego parece que debe ser tierra
firme; y era bonísima la conjetura por este argumento. La segunda razon tomaba
de la autoridad de Esdras, que dice que las seis partes de la tierra quedaron
enjutas, mandando Dios que todas las aguas se encerrasen en un lugar, que es la
mar, y aquel testo dice así: Et tertia die imperasti aquis congregari
in septima parte terræ, sex vero partes siccasti et conservasti, etc.
Arguye, pues, así: la auctoridad de Esdras afirma ser las seis partes del mundo
tierra, y la una de agua; toda la tierra que sabemos parece ser poca, segun la
mar vemos tan grande; luego esta tierra debe ser grande, más que isla, que
llamamos firme para que concuerde con la autoridad de Esdras, que tenga seis
partes la tierra, respectivamente comparadas á una que ha de tener el agua, y
por esto no es mucho ni difícil creer que esta sea tierra firme. No solamente
el Almirante por la autoridad de Esdras se movia y argüia ser la tierra seis
veces más grande que el agua, pero tambien doctísimos varones en todas ciencias
hacian lo mismo, y della argüian ser la mayor parte del mundo tierra y
habitable, contra Ptolomeo, que tuvo que solamente la sexta[266] parte
del mundo era habitable, y las otras cinco partes estaban cubiertas de agua,
como parece en el libro de Ptolomeo, «De la disposicion de la esfera,» y en el
«Almagesto,» libro II; y de ellos es Pedro de Aliaco, doctísimo varon en todas
ciencias, el cual, en el libro De imagine mundi, cap. 8.º, alega la
dicha autoridad de Esdras, diciendo que aquel libro los Santos tuvieron en
reverencia, y por él las verdades sagradas confirmaron. Estas son sus palabras.
Desto dijimos en el capítulo 6.º Lo mismo de Esdras alega Jacobo de Valencia, no
poco docto en cosmografía, en el Salmo CIII, sobre el verso Hoc mare
magnum et spatiosum, etc., probando que la tierra es seis veces mayor que la
mar. Puede alguno decir á la autoridad de Esdras, que aquel libro IV es
apócrifo y de ninguna autoridad, y á lo que dice Pedro de Aliaco, que los
Santos lo tuvieron en reverencia, no lo probara con San Jerónimo, el cual, en
la «Epístola contra Vigilancio,» dice que nunca aquel libro leyó, porque no
conviene tomar en las manos lo que la Iglesia no recibe; estas son sus
palabras. Sant Agustin, libro XVIII, cap. 36 De Civitate, no
aprueba aquel lib. IV de Esdras, sino el III, cap. 3.º, diciendo que, por aventura,
Esdras fué profeta en aquello que dijo, «que la verdad es más fuerte y poderosa
que el Rey é las mujeres é el vino,» profetizando de Cristo, Nuestro Señor y
Redentor, que es la verdadera verdad. Esto es lo que dice Sant Agustin; que
escribiendo sobre aquellas palabras, morietur filius meus Christus,
tratase de Esdras y lo aprobase, no sé donde Francisco Mairones lo halló. Y
aquel lib. III tambien se pone por apócrifo, aunque no tanto como el IV, por no
tenerse por cierto que Esdras lo escribió; Sant Ambrosio, no en el Examenon,
como el Almirante dice, sino en el libro de Bono mortis, cap. 10,
contra los gentiles que creian morir las ánimas juntamente con los cuerpos,
parece aprobar tambien el IV, aunque da á entender con alguna condicion, sobre
aquel artículo de nuestra fé, que en el tiempo del universal juicio, los
muertos han, en sus cuerpos, propios, de resucitar; el cual toca allí en el
cap. 7.º, Esdras, hablando del juicio, y que la tierra los ha de restituir[267] á las ánimas: Terra reddet quæ in ea
dormiunt et pulvis quæ in eo silentio habitant et promptuaria reddent quæ in
eis comendatæ sunt animæ et revelabitur Altissimus super sedem judicii,
etc. Donde dice así Sant Ambrosio: Animarum autem superiora esse
habitacula scriptura testimoniis valde probatur, siquidem in Esdræ libris
legimus, quod cum venerit judicii dies reddet terra defunctorum corpora; et
pulvis reddet eas quæ in tumulis requiescunt reliquas mortuorum. Et
infra. Sed Esdræ usus sum scriptis ut cognoscant gentiles ea quæ in
philosophiæ libris mirantur translata de nostris, etc.; en esto que Sant
Ambrosio dice, á la postre, usado he de los escritos de Esdras, porque
cognoscan los gentiles que, de lo que se admiran de nuestras Escripturas salió,
parece, algo, que si no fuera por confundirlos á ellos, lo de aquel libro IV
alegará, pero puédese decir que ni contra los gentiles lícito era traer
testimonio de lo que no tenia autoridad. Finalmente, aunque aquel libro sea apócrifo,
que es tanto como sospechoso de contener algunos errores, no se sigue que no
tenga algunas y muchas verdades, como es aquella del final juicio, y
aquella morietur filius meus Christus; y así puede haber sido de la
dicha autoridad, que la tierra sea seis veces mayor que la mar, é por esta
razon se puede muy bien en esto alegar. Tuvo el Almirante otra razon para más
se persuadir á que esta era tierra firme: las nuevas que dice que le dieron los
vecinos de la isla de Guadalupe, y desta Española, y de la de Sant Juan.
CAPÍTULO CXL.
Por todo lo susodicho en los capítulos precedentes,
asaz parece manifiesto haber sido el primero el Almirante D. Cristóbal Colon,
por quien la divina Providencia tuvo por bien de descubrir aquesta nuestra
grande tierra firme, así como lo tomó por instrumento y eligió por medio de que
al mundo se mostrasen todas estas, tantos siglos, encubiertas océanas Indias.
Vídola, miércoles, 1.º dia de Agosto, un dia despues que descubrió la isla de
la Trinidad, año del nacimiento de nuestra salud, Jesucristo, de 1498 años, á
la cual llamó la isla Santa, creyendo que era isla, desque comenzó á llegarse
para entrar por la boca que llamó de la Sierpe, en el golfo de la Ballena, que
nombró, que halló todo dulce, la cual boca hace la isla de la Trinidad, por
aquella parte, y la misma tierra firme que llamó Santa; y el viérnes siguiente,
que se contaron 3 dias del dicho mes de Agosto, descubrió la Punta de Paria,
que llamó la Punta de la Paria, á la cual, estimando que tambien era isla,
púsole nombre la isla de Gracia; como todo fuese tierra firme, como por sus
dias y horas arriba ha parecido, y hoy más claramente, por la apariencia y
vista de ojos, ser toda inmensa tierra firme, parece. Y es bien aquí de
considerar, la injusticia y agravio que aquel Américo Vespucio parece haber
hecho al Almirante, ó los que imprimieron sus cuatro navegaciones, atribuyendo
á sí, ó no nombrando sino á sí sólo, el descubrimiento desta tierra firme; y
por esto todos los extranjeros que destas Indias en latin ó en su lenguaje
materno escriben, y pintan, ó hacen cartas ó mapas, llámanla América, como
descubierta y primero hallada por Américo. Porque como Américo era latino y
elocuente, supo encarecer el primer viaje que hizo, y aplicarlo[269] á sí mismo, como si fuera él por principal y
Capitan dél, habiendo ido por uno de los que fueron con el capitan Alonso de
Hojeda, del que arriba hemos hablado, ó por marinero, ó porque puso como
mercader alguna parte de dineros en el armada, mayormente cobró autoridad y
nombre por haber dirigido las navegaciones que hizo al rey Renato, de Nápoles.
Cierto, usurpan injustamente al Almirante la honra y honor y privilegios, que,
por ser el primero que con sus trabajos, sudores y industria dió á España y al
mundo el conocimiento desta tierra firme, como lo habia dado de todas estas
occidentales Indias; merece, el cual privilegio y honor reservó la divina
Providencia para el Almirante D. Cristóbal Colon, y no para otro, y por esto
nadie debe presumir de se lo usurpar ni dar á sí ni á otro, sin agravio é
injusticia y pecado, cometida en el Almirante, y, por consiguiente, sin ofensa
de Dios.
Y porque esta verdad manifiesta sea, referiré aquí
fielmente la noticia verídica y no aficionada que dello tengo. Para entender
esto, conviene presuponer la partida de Sant Lúcar del Almirante para hacer
este viaje, que fué á 30 de Mayo del año 1498, como arriba queda dicho, y llegó
á las islas de Cabo Verde, á 27 de Junio; y vido la isla de la Trinidad, mártes
31 dias de Julio, y luego, miércoles, 1.º de Agosto, vido al Sur la tierra
firme por la angostura de dos leguas, que hace con la isla de la Trinidad, que
llamó la boca de la Sierpe, y á la tierra firme, creyendo que era isla, nombró
la isla Sancta, y luego, el viérnes siguiente, vido y descubrió á Paria, y
llamóla isla de Gracia, por creer que tambien era isla. Toda esta navegacion y
la figura y la pintura de la tierra, envió el Almirante á los Reyes. Esto así
supuesto, veamos cuando partió Américo Vespucio, y con quién, para descubrir ó
negociar en estas partes; para entendimiento de lo cual, sepan los que esta
Historia leyeren, que en este tiempo estaba el susodicho Alonso de Hojeda en
Castilla, y llegó la relacion deste descubrimiento y la figura de la tierra que
el Almirante envió luego á los Reyes, lo cual todo venia á manos del Obispo D.
Juan Rodriguez de Fonseca, que ya creo que era[270] Obispo
de Palencia, que tenia cargo de la expedicion y negocios destas Indias desde su
principio, siendo él Arcediano de Sevilla, como arriba queda asaz dicho. El
dicho Alonso de Hojeda era muy querido del Obispo, y como llegó la relacion del
Almirante y la pintura dicha, inclinóse Alonso de Hojeda ir á descubrir más
tierra por aquel mismo camino que el Almirante llevado habia, porque,
descubierto el hilo y en la mano puesto, fácil cosa es llegar hasta el ovillo;
ayudóle á ello haber él colegido de los avisos que el Almirante procuraba saber
de los indios, cuando con el Almirante al primer viaje vino, que habia por
estas tierras, y despues destas islas, tierra firme; y como tuvo el favor y
voluntad del Obispo, buscó personas que le armasen algun navío ó navíos, porque
á él no le sobraban los dineros, y halló en Sevilla (y por ventura en el puerto
de Sancta María, y de allí partió para el dicho descubrimiento), donde él era
cognoscido, y porque por sus obras de hombre esforzado valeroso era señalado,
quien cuatro navíos le armase. Dánle los Reyes sus provisiones é instrucciones
y constitúyenle por Capitan para que descubriese y rescatase oro y perlas y lo
demas que hallase, dándoles el quinto á los Reyes, y tratase de paz y amistad
con las gentes adonde llegar le acaeciese. Y así, el primero que despues del
Almirante fué á descubrir, no fué otro sino Alonso de Hojeda; y, los que llevó
y quiso llevar en su compañía, trabajó de llevar todas las personas que pudo,
marineros, y que más de las navegaciones destas tierras sabian, que no eran
otros sino los que habian venido y andado con el Almirante. Estos fueron los
principales, en aquel tiempo: uno dellos, Juan de la Cossa, vizcaino, que vino
con el Almirante cuando descubrió esta isla, y despues fué tambien con él al descubrimiento
de las islas de Cuba y Jamáica, laboriosísimo viaje hasta entónces; llevó
tambien Hojeda consigo al piloto Bartolomé Roldan, que en esta ciudad de Sancto
Domingo fué muy nombrado y todos cognoscimos, el cual edificó desde sus
cimientos gran parte de las casas que se hicieron y son vivas en las cuatro
calles, y este habia venido con el[271] Almirante
en el viaje primero, y despues tambien al descubrimiento de Paria y tierra
firme; trujo tambien Hojeda al dicho Américo, no sé si por piloto ó como hombre
entendido en las cosas de la mar y docto en cosmografía, porque parece que el
mismo Hojeda lo pone entre los pilotos que trujo consigo. Y lo que creo y
colijo del prólogo que hace al rey Renato de Nápoles en el libro de sus «Cuatro
navegaciones,» el dicho Américo, él era mercader, y así lo confiesa; debia, por
aventura, poner algunos dineros en la armada de los cuatro navíos y tener parte
en los provechos que de allí se hubiesen, y aunque Américo encarama mucho que
el rey de Castilla hizo la armada y por su mandado iban á descubrir, no es así,
sino que se juntaban tres ó cuatro, ó diez que tenian algunos dineros, y pedian
y áun importunaban por licencia á los Reyes, para ir á descubrir é granjear,
procurando sus provechos é intereses. Así que Hojeda, por traer la figura que
el Almirante habia enviado, de la tierra firme que habia descubierto, á los
Reyes, y por pilotos á los marineros que habian venido con el Almirante, vino á
descubrir é descubrió la parte que abajo, cap. 166, se dirá, de tierra firme. Que
haya ido Américo con Alonso de Hojeda, y Hojeda despues de haber descubierto la
tierra firme el Almirante, es cosa muy averiguada y probada con muchos
testigos, y por el mismo Alonso de Hojeda, el cual fué presentado por el Fiscal
por testigo en favor del fisco, cuando el Almirante, D. Diego Colon, legítimo y
primero sucesor del dicho Almirante D. Cristóbal Colon, movió pleito al Rey por
todo su Estado de que habia su padre sido desposeido, y él lo estaba por esta
causa; el cual Alonso de Hojeda dice así en su dicho á la segunda pregunta, por
la cual era preguntado, ¿si sabia que el Almirante D. Cristóbal Colon no habia
descubierto en lo que agora llaman tierra firme, sino una vez que tocó en la
parte de la tierra que llaman Paria? etc., responde Hojeda, que el Almirante D.
Cristóbal Colon tocó en la isla de la Trinidad y pasó por entre la isla dicha y
Boca del Drago, que es Paria, é que vió la isla de la Margarita; preguntado
¿como lo sabe? dijo, que lo sabe porque vió este testigo la figura[272] que el dicho Almirante envió á Castilla, el
dicho tiempo, al Rey é Reina, nuestros señores, de lo que habia descubierto, y
porque este testigo luego vino á descubrir y halló que era verdad lo que dicho
tiene, que el dicho Almirante descubrió; á la quinta pregunta, que contiene lo
que el mismo Hojeda habia descubierto desde Paria abajo, dice así Hojeda, que
la verdad desta pregunta es, que él vino á descubrir el primero despues que el
Almirante descubrió, y que él fué hácia el Mediodia de la tierra firme, cuasi 200
leguas, y descendió despues hasta Paria y salió por la Boca del Drago, y allí
conoció que el Almirante habia estado en la isla de la Trinidad, junto con la
Boca del Drago; y abajo dice, que este viaje, que este testigo hizo, trujo
consigo á Juan de la Cossa y á Américo Vespucio, é otros pilotos, etc. Esto
dice Alonso de Hojeda, entre otras cosas, en su dicho y deposicion; por manera,
que quedan averiguadas por el mismo Hojeda dos cosas: la una, que trujo á
Américo consigo, y la otra, que vino á descubrir por la tierra firme despues de
la haber descubierto el Almirante; y esta postrera está muy probada, conviene á
saber, que el Almirante haya sido el primero que descubrió á Paria, y que en
ella estuvo ántes que cristiano alguno llegase á ella ni á parte alguna de toda
la tierra firme, ni tuviese noticia de cosa de ella, y esto tiene probado el
Almirante, don Diego, su hijo, con 60 testigos de oidas y 25 de vista, como
parece por el proceso deste negocio y pleito, el cual yo he visto, y bien
visto. Probó asimismo, que por haber el dicho Almirante D. Cristóbal Colon
descubierto estas Indias é islas, y despues á Paria, que es la tierra firme,
primero que otro alguno, se atrevieron á ir á descubrir los otros que despues
dél fueron descubridores, y que creen y tienen por cierto, que nunca hombre se
moviera á ir á descubrir, ni las Indias ni parte de ellas se descubrieran, si
el Almirante descubierto no las hobiera. Esto prueba con 16 testigos de oidas y
con 41 que lo creen, y con 20 que lo saben, y con 13 que afirman que descubrió
primero que otro alguno, y que por aquello lo creen; testifícalo tambien Pedro
Martir en su primera Década, capítulos[273] 8.º y
9.º, al cual se le debe más crédito que á otro ninguno de los que escribieron
en latin, porque se halló en Castilla por aquellos tiempos y hablaba con todos,
y todos se holgaban de le dar cuenta de lo que vian y hallaban, como á hombre
de autoridad, y él que tenia cuidado de preguntarlo, pues trataba de escribir,
como dijimos en el prólogo de la Historia. De haber llegado á Paria el Américo
en este su primer viaje, él mismo lo confiesa en su primera navegacion,
diciendo: Et provincia ipsa Parias ab ipsis nuncupata est. Despues
hizo tambien con el mismo Hojeda la segunda navegacion, como en el cap. 162
parecerá. Aquí es agora mucho de notar y ver claro el error que cerca de
Américo por el mundo hay, y digo así: que como ninguno ántes del Almirante
hobiese llegado ni visto á Paria, ni cosa de aquella tierra, ni despues dél no
llegó primero otro sino Hojeda, síguese, que Américo, ó fué con Hojeda, ó
despues dél; si fué con Hojeda, y Hojeda despues del Almirante, y el Almirante
partió de Sant Lúcar á 30 de Mayo, y llegó á ver la Trinidad y la tierra firme
postrero de Julio, y primero y tercero de Agosto, como todo queda y es ya
manifiesto, ¿como con la verdad se compadece que Américo diga en su primera
navegacion, que partió de Cáliz á 20 de Mayo, año de nuestra salud, de 1497?
Clara parece la falsedad, y si fué de industria hecha, maldad grande fué, y ya
que no lo fuese, al ménos parécelo, pues muestra llevar diez dias de ventaja en
el mes al Almirante, cerca de la partida de Cáliz, porque el Almirante partió
de Sant Lúcar á 30 de Mayo, y Américo dice haber partido de Cáliz á 20 del
dicho mes, y usúrpale tambien un año, porque el Almirante partió el año de
1498, y Américo finje que partió para su primera navegacion el año de 97.
Verdad es que parece haber habido yerro y no malicia en esto, porque dice
Américo que tardó en aquella su primera navegacion diez y ocho meses, y al cabo
della dice que tornó á entrar de vuelta en Cáliz á 15 de Octubre, año de 499.
Claro está, que si partieran de Cáliz á 20 de Mayo, año de 497, que tardaran en
el viaje veintinueve meses; siete del año de 97 y todo el año de 98, y más diez[274] meses del año de 99. Tambien se pudo errar la
péndola en poner el año de 99 por el de 98 al fin, cuando trata de su vuelta á
Castilla, y, si así fuera, era cierta la malicia. Desta falsedad ó yerro de
péndola, ó lo que haya sido, y de saber bien, por buen estilo, relatar y parlar
y encarecer Américo sus cosas y navegacion, y callar el nombre de su Capitan,
que fué Hojeda, y no hacer más mencion que de sí mesmo, y escribir al rey
Renato, han tomado los escritores extranjeros de nombrar la nuestra tierra
firme América, como si Américo sólo, y no otro con él, y ántes que todos la
hobiera descubierto; parece, pues, cuanta injusticia se hizo, si de industria
se le usurpó lo que era suyo, al Almirante D. Cristóbal Colon, y con cuanta
razon al Almirante D. Cristóbal Colon (despues de la bondad y providencia de
Dios, que para esto le eligió), este descubrimiento y todo lo sucedido á ello
se le debe, y como le pertenecia más á él, que se llamara la dicha tierra firme
Columba, de Colon ó Columbo que la descubrió, ó la tierra Sancta ó de Gracia,
que él mismo por nombre le puso, que no, de Américo, denominarla América.
CAPÍTULO CXLI.
Tornando al Almirante, no podia quitar de su
imaginacion la grandeza de aquella agua dulce que halló y vido en aquel golfo
de la Ballena, entre la tierra firme y la isla de la Trinidad, y dándose á
pensar mucho en ello, y hallando sus razones, viene á parar en opinion que
hácia aquella parte debia estar el Paraíso terrenal. De las razones que le
movian, una era la grande templanza que andaba por aquella tierra y mar donde
andaba, estando tan cerca de la línea equinoccial, la cual era juzgada de
muchos autores como inhabitable, ó por habitable con dificultad; ántes, por
allí, estando el sol en el signo Leo, por las mañanas hacia tanto frescor, que
le sabia bien tomar un ropon enforrado. Otra razon era, que hallaba que,
pasando 100 leguas de las islas de los Azores y en aquel paraje del
Septentrion, al Austro, nordesteaban una cuarta las agujas y más, y, con ellas
yendo al Poniente, iba creciendo la templanza y mediocridad de los tiempos
suaves, y juzgaba que la mar iba subiendo y los navíos alzándose hácia el cielo
suavemente; y la causa desta altura, dice ser la variedad del círculo que
describe la estrella del Norte con las Guardas, y cuanto más van los navíos al
Poniente, tanto más van alzándose, y subirán más en alto y más diferencia habrá
en las estrellas y en los círculos dellas, segun dice. De aquí vino á concebir
que el mundo no era redondo, contra toda la machina comun de astrólogos y
filósofos, sino que el hemisferio que tenian Ptolomeo y los demas era redondo,
pero este otro de por acá, de que ellos no tuvieron noticia, no lo era del
todo, sino imaginábalo como media pera que tuviese el pezon alto, ó como una
teta de mujer en una pelota redonda, y que esta parte deste pezon sea más alta
y más propincua[276] del aire y del cielo, y sea
debajo la equinoccial; y sobre aquel pezon, le parecia podia estar situado el
Paraíso terrenal, puesto que de allí, donde él estaba, estuviese muy léjos.
Daba otra razon: hallar, dice él, esta gente más blanca ó ménos negra, y los
cabellos largos y llanos, y gente más astuta y de mayor ingenio, é no cobardes;
y da razon de esta razon, porque cuando en este viaje llegó en 20°, era la
gente negra, y cuando á las islas de Cabo Verde, más negra, y cuando á los 5°,
en derecho la línea de la Sierra Leona, muy más negra, pero cuando declinó
hácia el Poniente y llegó á la Trinidad y tierra firme, que creyó ser el cabo
de Oriente, por respecto del lugar donde estaba, donde acababan la tierra toda
y las islas, halló mucha templanza y serenidad, y por consiguiente, de la
manera que ha dicho la gente. Otra razon es, la multitud y grandeza desta agua
dulce del golfo de la Ballena, que tiene 48 leguas della, la cual parece que
podia venir de la fuente del Paraíso terrenal y descender á este golfo, aunque
viniese desde muy léjos, y deste golfo nacer los cuatro rios Nilo, Tigre,
Euphrates y Gánges, ó ir á ellos por sus cataratas debajo de tierra y de la mar
tambien. Ciertamente, para estar este mundo destas Indias tan oculto y ser tan
reciente su descubrimiento, y ver las cosas tan nuevas que via, no es de
maravillar que el Almirante tanta, y de tan diversas y nuevas cosas, sospecha
imaginaciones y sentencia nueva tuviese. A lo que en la segunda razon dijo, que
yendo al Poniente iban los navíos alzándose, contradice lo que el Filósofo dice
en el II, de los «Mechaoros», cap. 1.º, conviene á saber, que la tierra y la
mar de Septentrion es más alta que la del Austro, y pruébalo, porque las mares
y corrientes dellas, que vienen de aquellas partes, corren á otras mares más
bajas, y de aquellas á este Océano; y da dello otra señal, que aquella tierra
es más alta, porque los meteorológios, que quiere decir los estudiosos de las
cosas altas, creyeron que el sol no andaba por debajo de aquella tierra, sino
por cerca della, porque en el Septentrion los lugares de la tierra son altos;
esto es del Filósofo. A lo que el Almirante infiere, que la tierra no es[277] redonda, Aristóteles en el II, De cœlo,
cap. 14, y Ptolomeo en su Almagesto, dictione 5.ª,
cap. 16, Plinio, libro II, capítulos 66 y 67, y Alberto Magno, II, De
cœlo, tractado III, capítulos 9, 10 y 11, y el autor de la «Esphera,» y
comunmente todos los más aprobados filósofos y astrólogos y matemáticos son en
contrario, lo cual se muestra y prueba por razones demostrativas que no pueden
por alguna manera negarse. Y una razon quiero aquí decir que experimentamos en
las Indias cada dia, y es, que cuando pasamos por la latitud de los climas, que
es del Norte ó Septentrion al Sur ó Austro, por poco que andemos, descubrimos
algunas estrellas que están en aquella parte, y que perpétuamente no vemos y
nunca vimos, y si tornamos de Austro al Septentrion, por poco que á él nos
acerquemos, se nos descubren estrellas que nunca vimos, y esto parece, porque
en Egipto y en la isla de Chipre y en Persia, que están hácia el Mediodia ó
Austro, vénse muchas estrellas meridionales, las cuales no ven los que están en
el sétimo clima, y por el contrario, muchas ven aquestos que los habitadores
del Austro no ven ni verán jamás, estando en sus tierras. Así parece arriba,
cap. 128, donde hablando de la isla de la Taprobana, dijimos, por sentencia de
los antiguos, que no se vian los Septentriones, que son las Osas Mayor y Menor,
ni las Cabrillas. Esto en ninguna manera podia ser si no fuese la tierra
redonda, porque la misma redondez y cuesta y lomo que hace, se interpone entre
las vistas nuestras y de los que están en aquellas partes, porque, sin duda, si
la tierra fuese llana, de igual superficie, como algunos hubieron, grandes
filósofos, y de los cristianos fué Lactancio en el libro de Falsa
sapitia, cap. 24, donde quiera que el hombre estuviese, y en cualquiera
parte de la tierra veria ambos á dos polos y todas las estrellas que están
cerca dellos. Esta razon es del Filósofo, en el libro II, De cœlo,
cap. 14, y Sancto Tomás, allí en la leccion última, y de Alberto Magno, donde
arriba, cap. 11, y del autor de la«Esphera.» Ponen otra razon, de los eclipses,
porque si la tierra fuera llana, en la misma hora que apareciera el eclipse á
los de Oriente lo vieran los habitadores de[278] Occidente,
pero porque unos á una y otros á otra lo ven, los de Occidente lo ven ántes y
los de Oriente despues, y por el contrario, porque primero les anochece á estos
que á aquellos, lo cual no seria sino por el lomo ó altor ó embarazo que hace la
tierra por ser redonda. Y ansí parece que el Almirante no argüia bien, por
aquellas razones, que la tierra no fuese redonda, pero no es de maravillar,
como viese tantas novedades, como dice, y tan admirables; y, por ventura, se
movia tambien por razon de que no total y propia y perfectamente la tierra es
esférica, de tal manera como lo es la propia y perfecta figura esférica, de
cuyo punto medio, todas las líneas rectas que proceden y van á la superficie
son iguales, como una bola que sea perfectamente redonda, pero la figura
redonda es, que va ó se quiere asemejar á lo esférico, puesto que no sea
esférico perfectamente como lo sea una manzana, aunque se puede decir redonda,
pero no se dirá propiamente esférica; y esta es la diferencia entre lo esférico
y lo redondo, y así, la tierra se dice redonda y no propiamente esférica. Esto
parece que siente Plinio en el cap. 66 del libro II, Orbem certe
dicimus terræ globum quem verticibus includi fatemur. Neque absoluti orbis est
forma in tanta montium excelsitate tanta camporum planicie. Las mismas
palabras dice Beda en el libro De natura rerum, cap. 46. En aquello
que dice, no de forma absoluta, da á entender, que absolutamente no es la
tierra esférica, sino con condicion, conviene á saber, si todas las partes de
la tierra juntamente se ayuntasen con el anchura de las líneas, de tal manera,
que las líneas vayan sobre toda la tierra en circuito, no descendiendo á los
llanos ni campos y montes, resultaria entonces un ayuntamiento que seria de
esférica figura; y porque el Almirante no ignoraba las razones que los antiguos
daban de la redondez de la tierra, segun él dice aquí: «Yo siempre leí que el
mundo, tierra y agua, era esférico, y las autoridades y esperiencias que
Ptolomeo y todos los otros que escribieron deste sitio daban y amostraban para
ello, así por eclipses de la luna y otras demostraciones que hacen de Oriente
hasta Occidente, como de[279] la elevacion del polo
de Septentrion al Austro; agora ví tanta deformidad, como ya dije, y por eso me
puse á tener eso del mundo, y fallé que no era redondo de la forma que
escriben, salvo que es de forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo que
allí donde tiene el pezon allí tiene más alto, etc.» Estas son sus palabras.
Donde muestra no ignorar en este caso lo que otros de la redondez de la tierra
sabian, así que, como esto supiese, tambien habria visto esto que se dijo de
Plinio, y con ello ayuntadas las mudanzas y novedades maravillosas que en la
mar y en la tierra veia, no parece que será razon de imputarle á falta de saber
porque dijese, que aunque sabia afirmar los pasados ser la tierra redonda, que
no ser del todo esférica le parecia.
CAPÍTULO CXLII.
Cuanto á sospechar que podia ser que el Paraíso
terrenal estuviera en parte de aquella region, tampoco el Almirante opinaba
fuera de razon, supuestas las novedades y mudanzas que se le ofrecian,
mayormente, la templanza y suavidad de los aires, y la frescura, verdura y
lindeza de las arboledas, la disposicion graciosa y alegre de las tierras, que
cada pedazo dellas parece un paraíso, la muchedumbre y grandeza impetuosa de
tanta agua dulce, cosa tan nueva; la mansedumbre y bondad, simplicidad,
liberalidad, humana y afable conversacion, blancura y compostura de la gente.
De lo cual dice así: «La Sacra Escriptura significa que Nuestro Señor hizo el
Paraíso terrenal, y en él puso el árbol de la vida, y dél sale una fuente de
donde resultan en este mundo cuatro rios principales, Ganges y Euphrates,
Tígris y Nilo. Yo no hallo ni jamás he hallado escritura de latinos ni de
griegos que certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso terrenal,
ni he visto en ninguna mapamundi, salvo situado con autoridad de argumento;
algunos le ponian allí donde son las fuentes del Nilo en Etiopía, mas otros
anduvieron todas estas tierras, y no hallaron conformidad dello en la
temperancia del cielo, en la altura hácia el cielo, porque se pudiese
comprender que era allí. Algunos gentiles quisieron decir, por argumentos, que
él era en las islas Fortunadas, que son las Canarias, etc.; Sant Isidro, y
Beda, y Strabon y el Maestro de la «Historia escolástica,» y Sant Ambrosio, y
Scoto, y todos los santos teólogos conciertan que el Paraíso está en el
Oriente. Ya dije lo que yo hallaba deste hemisferio y de la hechura, y creo que
si yo pasara por debajo de la línea equinoccial, que en llegando allí, en esto
más alto, que hallara muy mayor temperancia[281] y
diversidad en las estrellas y en las aguas, no porque yo crea que allí donde es
el altura del estremo sea navegable, ni agua, ni que se pueda subir allá,
porque creo que allí es el Paraíso terrenal, á donde no puede llegar nadie,
salvo por voluntad divina; y creo que esta tierra que agora mandaron descubrir
Vuestras Altezas, sea grandísima, y haya otras muchas en el Austro, donde jamás
se hobo noticia. Yo no tomo quel Paraíso terrenal sea en forma de montaña alta,
áspera, como el escribir dello nos amuestra, salvo que sea en el colmo, allí
donde dije la figura del pezon de la pera, y que poco á poco, andando hácia
allí desde muy léjos, se va subiendo á él, y creo que pueda salir de allí esa
agua, bien que sea léjos, y venga á parar allí, de donde yo vengo, y faga este
lago. Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal, porque el sitio es
conforme á la opinion destos santos é sacros teólogos, y asimismo las señales
son muy conformes, que nunca jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce
fuese así, dentro é vecina de la salada, y en ello ayuda asimismo la suavísima
temperancia; y si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla,
porque no creo que se sepa en el mundo de rio tan grande y tan fondo.» Todas
estas son palabras del Almirante, con su humilde, y falto de la propiedad de
vocablos, estilo, como que en Castilla no habia nacido, por las cuales no
parece muy oscuro, el Almirante no ser poco experimentado en la lectura divina
y de historias antiguas y doctrina de santos doctores, y de autores tambien
profanos. Para mostrar de esto algo, y para que se vea que no
irracionablemente, sino con probables y razonables motivos, podia opinar y
sospechar, al ménos, estar por aquella tierra firme, ó cerca, ó léjos della, la
region donde está situado el Paraíso terrenal, cuatro cosas cerca dello quiero
aquí, declarando algunas que toca el Almirante, decir: la una, lo que por los
autores, de la altura del Paraíso terrenal, se dice; la otra, en qué sitio
region ó parte de la tierra está, ó si en isla ó en tierra firme; la tercera, de
la grandeza ó tamaño y capacidad dél; la cuarta, de las calidades (algunas,
empero), que al propósito hacen, que tenia[282] y
hoy tiene. Cerca de lo primero, esta es sentencia comun de todos los doctores,
que es el más alto lugar de la tierra, y así lo dice Damasceno, libro II, cap.
2.º, De ortodoxa fide: In Oriente quidem omni terra celsior, etc.
Strabo, que fué hermano de Beda, sobre el «Génesis,» é pónese en la glosa
ordinaria, dice, que tan alto, que llega al cielo de la Luna: Locus
remotissimus pertingens usque ad circulum Lunæ, etc; y el Maestro de las
historias, en el cap. 13, sobre el «Génesis,» afirma lo mismo; el Maestro de
las Sciencias, en el II, distincion 17, lo refiere. Muchas sentencias y
diversas, nacieron de la altura del Paraíso, pero la verdadera es, que pues la
Sagrada Escritura no explica cuanta sea, ninguno puede naturalmente definirla,
y por esto lo que se ha de tener es, que tanta es su altura, cuanta convenia á
la buena y salubre vivienda de los hombres en el Paraíso; esta era la templanza
del lugar, que delectablemente allí se viviese, esto que ni hubiese calor ni
afligiese el frio, sino que estas calidades fuesen reducidas á el medio, de
donde procediese la sanidad, y las cosas que allí hobiese no se corrompiesen, ó
no fácilmente fuesen corrompidas. La corrupcion se hace por la accion de la
contrariedad, y, para impedir esta contrariedad, necesario era no estar el
Paraíso en lugar de accion vehemente para causar contrariedad; y porque en el
fuego hay extremo de contrariedad, que es el gran calor, y en el aire tambien
caliginoso hay extremo de contrariedad, que es gran frio, y en la tierra,
puesto que no hay extremo de contrariedad, sino una mezcla de frio y calor por
la incidencia y reflexion de los rayos del sol, y por esta causa hay alguna
templanza, pero es poca, y es con accion de contrariedad, por esta razon ni
pudo ponerse el Paraíso terrenal que llegase al cielo de la luna, porque el
elemento del fuego que llega al cóncavo de la luna quemara todas las cosas y á
todo el Paraíso terrenal, ni tampoco ponerse entre el aire turbio y caliginoso,
por la mucha frialdad, que todo tambien lo mortificara. En la tierra estuviera
con ménos daño, porque hay en ella un poco de templanza, pero todavía por la
mucha accion de contrariedad, muy presto en ella las cosas se[283] corrompen,
porque este lugar de nuestra habitacion tiene el aire turbulento, por los
vapores y exhalaciones que salen de la tierra y del agua, por lo cual no puede
haber mucha sanidad en él. Fué, luego, necesario dar tal sitio y lugar al
Paraíso donde no hobiese alguna accion de contrariedad, pero mayor y menor
temperancia y serenidad; este lugar, no es otro sino la tercera region del
aire, que está luego sobre la del aire caliginoso y turbio, porque allí hay
poca accion de contrariedad, la que basta para alguna generacion y corrupcion.
Que este lugar se pueda, como es dicho, persuadir el Paraíso donde esté
situado, conviene á saber, la tercera region del aire, parece así, porque otros
montes hay en la tierra que llegan hasta allí; uno es, aquel tan nombrado y
celebratísimo, y así admirable en altura, Olimpo, el cual es tan alto que
parece llegar al cielo, y por esta causa, entre los griegos, el nombre del
cielo y el del monte Olimpo, uno no más es, y así, la cumbre dél, llaman las
gentes de aquella tierra, cielo; dice Olimpo, cuasi olo lampus, que
quiere decir, cielo. Deste dice Sant Isidro, libro XIV, cap. 8º, de las
«Etimologías,» que Olimpo es un monte de Macedonia demasiadamente alto, que las
nubes se vean debajo dél; del cual canta Virgilio: Et nubes excesit
Olimpus, y así parece que aquel monte suba sobre las nubes que están en la
segunda region del aire, ó en el aire caliginoso; y más, se dice, que todas las
pasiones y turbulencias del aire sobrepuje, por lo cual los filósofos que allí
subian á contemplar los sitios y cursos de las estrellas, no podian vivir en
aquel monte sino llevaban consigo esponjas con agua bien imbuidas y empapadas,
de las cuales chupando y atrayendo á sí el agua, dice que espesaban el aire
para lo atraer y poder respirar y vivir, porque por su sotileza de aquel aire
superior y puro, no se podia atraer para respirar ó resollar, y así no podian
los hombres vivir, ni las aves pudieran allí volar, por no poder sostener el
peso del cuerpo dellas; así lo dice Sant Agustin sobre el Genesi, ad
literam, cap. 14, en la obra imperfecta. Esto se trata tambien en el
libro De propietatibus rerum, libro XIV, cap. 29, hablando del
monte Olimpo, y alega[284] al Maestro de las
Historias, y no señala en qué lugar. Y que este monte Olimpo trascienda el aire
caliginoso parece por un cierto argumento, porque allí ni hay jamás viento ni
lluvias, y estaba en él un templo dedicado á Júpiter, donde, cuando se ofrecian
los sacrificios, escribian ciertas letras en la ceniza ó en el polvo, y cuando
volvian otro año, al tiempo de hacer las ceremonias de los sacrificios, se
hallaban las mismas letras en la ceniza, sin haberse deshecho, lo que no
pudiera ser si viento ó lluvia allí cayera; así lo toca Sant Agustin, donde
dije arriba, y más largo lo dice Solino en su Polistor, cap. 13, y así parece
que el monte Olimpo sobrepuja las impresiones del aire caliginoso y oscuro, y
por consiguiente, llega á la tercia region del aire, que es toda serena, y con
todo eso, no es tanta su altura que no pudiesen subir á él los filósofos á especular
y los sacerdotes á ofrecer sacrificios. Y no solamente Olimpo, monte, sobrepuja
las nubes, pero tambien el monte Athos en Macedonia ó en Tracia, del cual dice
el mismo Solino en el cap 21, y Pomponio Mela, libro II, cap. 2.º, que es más
alto que el lugar de donde descienden las lluvias, y este lugar es la media
region del aire, de tal manera que: capit opinio fidem quod de aris
quas in vertice sustinet, non abluitur cinis sed quo relinquitur aggere manet.
Y tiene otra cosa que se tiene por una de las maravillas del mundo, que llega
con su sombra hasta la isla Lemno, una de las del Archipiélago, que está dél 86
millas, que son más de 28 leguas. Quod non frustra inter miracula
notaverunt cum Athos Lemno sex et octoginta millibus pasuum separaretur. Lo
mismo dice Sant Isidro, libro XIV, cap. 8.º de las «Etimologías». Y, cierto, la
isla de Tenerife en las Canarias, y la isla del Pico en las de los Azores, no
creo que son muy ménos altas que las dichas, como quiera que las veamos, á lo
ménos la del Pico, 40 leguas en la mar, y mucho más alta la cumbre dellas que
las nubes, y que parecen por debajo dél. Pues si estas sierras ó montes ya
dichos llegan á la tercera region del aire, que es toda serena y suave, no es
difícil cosa de creer y conceder que el Paraíso terrenal suba encima de los
vientos y de las lluvias en la region tercera del aire, al cual, con[285] más razon podemos dar mayor altura que á los
montes comunes de que ya tenemos cierta noticia. Finalmente, es de concluir que
el Paraíso terrenal está en lo más alto de toda la tierra, y sobrepuja todos
los otros altos montes por altos que sean, donde las aguas del Diluvio no
pudieron llegar, ó por su altura, ó porque no convino que llegasen, las cuales
sobrepujaron 15 codos á todos los más altos, parece. Génesis, 7.
Pues trayendo lo dicho al propósito, como el Almirante considerase la tierra no
ser esférica del todo, como ya se probó, y la necesidad del lugar ó altura del
Paraíso, pudo imaginar el dicho monte ó lugar ser como el pezon de la pera,
como lo más alto de toda la tierra, puesto que la semejanza de las cosas en
todas las particularidades no se pueda ni deba guardar, porque de otra manera,
una cosa no seria semejante á otra sino ella misma.
CAPÍTULO CXLIII.
Cuanto á lo segundo que propuse decir, en qué sitio
ó region ó parte de la tierra, ó si en isla ó tierra firme, puesto sea el
Paraíso terrenal, decimos: que en qué lugar ó debajo de qué parte del cielo sea
su sitio, cierta, determinada y precisamente, nadie de los que vivimos y
vivieron ántes de nos, miéntras vivian, ni lo sabemos ni lo supieron, sino
fuesen aquellos á quien la divina voluntad quiso revelarlo, porque la Escritura
divina no lo declara. Y por esta causa de incertidumbre, hubo diversas opiniones,
no sólo entre gentiles, pero tambien entre católicos. Lo que la Escritura
Sancta dice, es esto: Plantaverat auten dominus Deus Paradisum
voluptatis, à principio «Génesis. II.» Algunos exponen à
principio, por en el Oriente, porque de allí comienza el movimiento del
cielo que primero se mueve, ó que se llama primum mobile. De aquí
entienden que el Paraíso sea situado en Oriente, y así lo dice Sant Isidro,
cap. 3.º del libro XIV, de las «Etimologías:» Paradisus est locus in
Orientis partibus constitutus, cujus vocabulum ex græco in latinum vertitur,
hortus. Porro hebraice Edem dicitur, quod in nostra lingua delitiæ
interpretatur, quod utrumque junctum facit hortum delitiarum, etc. San Juan
Damasceno, De ortodoxa fide, libro II, cap. 2.º, inter
cetera, dice: Hic locus divinus est Paradisus, Dei manibus in Edem,
id est delitiis el voluptate, plantatus in Oriente quidem omni terra celsior,
etc. La «Historia scolástica,» en el cap. 13, sobre el Génesis: Plantavit
Deus Paradisum herbis et arboribus insitum, à principio creationis, scilicet
cum aparuit árida, et germinare terram fecit. Vel à principio id est à prima
orbis parte unde alia translatio habet Paradisum. In Edem ad Orientem. In Edem,
id est delitiis: à principio id est ad Orientem est autem locus amenissimus[287] longo terræ et maris tractu á nostra
habitabili zona secretus, etc. Strabo tambien á lo mismo concuerda: Paradisus
est locus in Oriente positus, interjecto Oceano et montibus appositis, à
regionibus quas incolunt homines secretus et remotissimus. Lo mismo
afirma Josefo, libro I, cap. 2.º, De Antiquitatibus: Dicit
autem etiam Deum plantasse ad Orientem Paradisum, etc. Todas estas
sentencias pretenden ser su asiento en las partes de Oriente, y ser secretísimo
y apartado de toda poblacion de hombres por mucha lejura de tierra y de mar que
esté en medio. Sancto Tomás dice en la primera parte, cuestion CII, art. 1.º, y
en otros lugares, que convenientemente se afirma estar puesto el Paraíso
terrenal en el Oriente, porque es de creer que en el más notable lugar de la
tierra esté situado, y este es el Oriente, como sea la diestra parte del cielo,
segun el Filósofo, en el libro II, De cœlo et mundo, y la diestra
es más noble que la siniestra, y así, fué cosa conveniente que Dios allí lo
pusiese. Estas son palabras de Sancto Tomás. Cerca de este punto es de notar,
que, en cualquiera sitio que el Paraíso esté, se puede entender estar al
Oriente; la razon es, porque cualquiera punto en la tierra se puede entender
estar al Oriente, por respecto y en comparacion del cielo, ó por respecto de
diversos sitios de la tierra, sino es por respecto de los dos polos, por ser
inmovibles ó movibles; y por eso, por decir estar al Oriente, no por eso se
determina cierto y preciso lugar de la tierra en que tenga su sitio el Paraíso.
Otros hobo que tuvieron por opinion que estaba el Paraíso terrenal en alguna
parte del Occidente, y este fué error de los gentiles que siguieron los versos
y ficciones de los poetas, los cuales afirmaron estar en las islas de Canaria,
por lo cual las llamaron Fortunadas y Bienaventuradas, cuasi diciendo que los
que en ellas vivian eran felices y bienaventurados. Así lo testifica Sant
Isidro en el libro XIV, cap. 6.º, de las Etimologias: Fortunatarum
insulæ vocabulo suo significant omnia fere bona quasi felices et beatæ fructuum
ubertate: sua enim natura pretiosarum poma silvarum parturiunt, fortuniis
vitibus juga colium vestiuntur. Ad herbarum vicem messis et[288] olus vulgo est, unde gentilium error et
secularium carmina poetarum, propter soli fecunditatem, easdem esse Paradissum
putaverunt, etc. Estas son sus palabras. Hesiodus, poeta que segun Plinio,
en principio del libro XIV de la «Natural Historia,» fué el primero que dió
preceptos ó reglas de agricultura, hace mencion que en las islas Canarias estaba
el Paraíso, que llamaban los gentiles los Campos Elíseos, como arriba en el
capítulo 20 largamente dijimos. Strabo, en el principio de su «Geografía,» hace
la misma mencion destas islas Canarias, y tambien que en España, por su
fertilidad, ponia Homero y tambien Platon los dichos Campos Elíseos, que
llamamos el Paraíso. Pero podrá preguntar alguno, ¿como adivinaban los gentiles
nuestro Paraíso por la suavidad y amenidad ó templanza y aspecto favorable de
los cielos, que trataban de los Campos Elíseos, donde creian ir las ánimas de
los que en esta vida justamente vivian? Responde Gregorio Nacianceno, en la
oracion octava sobre la muerte de Sant Basilio y Eusebio, en el libro XII De
Evangelica preparatione, que los griegos, y señaladamente Platon, aquello y
otras muchas cosas tomaron de los libros de Moisén y de nuestra antigua Sagrada
Escritura. Sapientes (inquit Gregorius), qui fuissent in Eliseos Campos
receptos aserebant terram sicilicet inmortalem, quo nomine appellabant nostrum
Paradisum ex Mosaicis libris edocti: licet in apellando eo discreparent, Campum
Elisium vel pratum herbosum illum vocantes, etc. Pero dejado el lugar ó el
sitio del Paraíso que aquestos decian, gran diferencia es la que hay entre la
felicidad del Paraíso á las islas de Canaria, que llamaban Fortunadas, porque
aunque muchas cualidades se cuentan por los antiguos dellas, fué por la gran
licencia que los poetas se tomaron de fingir muchas más de las que en la verdad
eran; lo cual se averigua, lo uno, por lo poco que las alaba de bienaventuradas
Solino en el capítulo último de su Polistor, donde dice, que mucho más dice la
fama que por sus nombres en la verdad tienen: De harum nominibus
expectari magnum mirum iror, sed infra famam vocabuli res est, y referidas
algunas buenas calidades suyas, dice al cabo: Ideoque non penitus ad[289] nuncupationem suam congruere insularum
calitatem. Y así, no son aquellas islas del nombre de Paraíso dignas, y por
esto parece claro, los muy antiguos ninguna noticia haber tenido destas Indias
sino fuese atinando, porque, si la tuvieran, con muy mayor razon pusieran en
ellas los Campos Elíseos que en las islas de Canaria, ni en España, pues es
manifiesta la ventaja, como cien mil partes á una, que á todas las del mundo,
en felicidad, templanza de aires, aspecto de los cielos, aguas, frutas,
frescura, suelo, disposicion de la misma tierra y otras naturales riquezas
hacen estas Indias, como arriba en muchos capítulos ha parecido, y es harto
buen argumento; y porque allí, donde el Almirante andaba, era maravillosa la
frescura y temperancia de aires, y alegría de la tierra, cielo, aguas y
arboledas, que por los ojos via, no era mucho que por allí concibiese, aunque
habia navegado hácia el Poniente (puesto que tambien sentia ser el fin de
Oriente), estar, no los Campos Elíseos como los gentiles, sino, como católico,
el terrenal Paraíso.
CAPÍTULO CXLIV.
Fueron algunos otros que tuvieron opinion que
estaba el Paraíso terrenal debajo de la línea ó en la línea equinoccial, y,
para prueba dello, señalaban algunas razones: una era, porque, segun muchos
filósofos, aquel lugar es temperatísimo por las razones que al principio el
Almirante propuso ante los Reyes católicos, probando ser posible el
descubrimiento deste orbe, las cuales pusimos en los capítulos 6.º y 7.º, y la
verdad desta temperancia, cierto, más vemos por nuestros ojos que podemos leer
en ningunos libros. Pues como el Paraíso haya de tener el más templado y felice
lugar que se pueda hallar en la tierra, segun que arriba se ha visto,
parecíales que allí debia estar situado el Paraíso terrenal, y confírmase por
esta razon, y sea la segunda, porque en la línea equinoccial, ó cerca della,
entre los trópicos, que se llama, segun Virgilio en el primero de las
«Georgicas,» y Sant Jerónimo en la Epistola ad Paulinum, al
principio, la Mesa del sol, está la ciudad de los filósofos, nombrada Arim, y
otros lugares cuyos habitadores todos, por la mayor parte, se ocupan en ciencia
de astrología y en especular los secretos de las cosas naturales; pues como,
para entender y ejercitarse en esta especulacion y estudio, se requiriese vivir
ó habitar en lugar suave y templado, ajeno de las perturbaciones é inquietudes
que causan el excesivo frio y calor, como en el capítulo 142, hablando del
monte Olimpo, se dijo, por esto les parecia que por aquella region debia de
estar el Paraíso; y porque el Almirante habia ejercitado estas antiguas
lecturas, y se via 5° de la línea equinoccial, y con tan maravillosa frescura,
verdura, templanza, y tan sensible serenidad, pudo no sin mucha causa ser
movido, al ménos, á sospechar que[291] aquella
tierra de Paria ó cerca della debia estar el Paraíso terrenal. Dícese allí la
Mesa del sol, por una manera de metáfora, porque los filósofos, como en mesa de
dulces manjares, se mantenian y recreaban del suave y deleitoso manjar de la
sabiduría y ciencia de filosofía, penetrando y entendiendo los secretos, por
ella, de los movimientos é influencias y virtudes de los cielos y estrellas, y
de las otras cosas naturales; pero, en el sentido literal, la Mesa del sol se
dice y dijo, porque en Etiopía, cerca de la isla Meroc, que hace el rio Nilo,
la cual está cerca de la línea equinoccial, donde viven la gente que se llaman
macrobios, gente amicísima de justicia, de verdad y de virtud, y que se adornan
con joyas hechas de cobre, y las prisiones á los delincuentes hacen de oro, por
tener en ménos estima el oro quel cobre, hay un prado ó campo en el cual de
noche, los que gobiernan, mandan proveer y hinchir de muchas y diversas carnes
asadas, en suma y grande abundancia, y, salido el sol, cada uno de los que
quiere van á él y toman lo que dellas quieren, á su voluntad; piensan los
ignorantes pueblos, que divinalmente aquello se les provee y nasce en aquel
campo, y porque adoran al sol, llaman la Mesa del sol, estimando que el sol se
lo provee. De aquí salió entre los antiguos este proverbio ó refran, que á toda
abundancia ó provision copiosa de comida, ó cuando los ricos daban en sus casas
bien de comer á los menesterosos, llamaban Mesa del sol. Por esto la llama Sant
Jerónimo, donde dije arriba, Famosissimam solis mensam. Della hace
mencion Herodoto en el libro III de su «Historia,» y Pomponio Mela, libro III,
cap. 10, y Solino, cap. 43. Por ver á esta Mesa del sol envió Embajadores
Cambises, rey de Persia, al rey de Etiopía, diciendo que la deseaba ver como
cosa tan maravillosa; pero hacíalo por usurpar aquel señorío de Etiopía; el
cual enviando sus Embajadores, más por espías para especular la tierra por
dónde habia de entrar con su ejército, que con embajada, dióles muchos dones,
ciertas vestiduras de carmesí, é collar de oro y ajorcas, que usaban los hombres
en aquellos tiempos, y un alabastro de ungüento, y vino de Fenicia, muy
precioso, que le presentasen de su[292] parte y
dijesen así: «Cambises, Rey de los persas, deseando ser tu amigo, querria
tambien ser huesped tuyo; nos ha enviado y mandado que vengamos á te hablar de
su parte, y te presentásemos estos dones, los cuales él tenia por muy preciosos
y usa dellos como en cosa de que él se deleita, y porque te ama quiso con ellos
agradarte.» Pero el rey de Etiopía, entendiendo que más por escudriñarle su
reino, para usurpárselo los enviaba, respondióles: «Vuestro señor, el Rey de
los persas, ni os envia porque él tenga en mucho ser mi huesped, ni vosotros
decís verdad, porque no venís sino á especular nuestro imperio, ni vuestro Rey,
que os envia, es bueno ni justo, porque, si justo fuese, no desearia usurpar el
reino y region ajena, sino estaria con la suya contento, ni á los hombres que
mal nunca le hicieron querria poner en servidumbre, y por tanto, vosotros tomad
este arco y decidle: «El rey de Etiopía da este consejo al Rey de los persas,
que cuando los persas trujeren tan fácilmente sus arcos, tan grandes como este,
entónces con mayores ejércitos mueva guerra contra los macrobios etiopes, y,
entretanto, haga gracias á los dioses que no inspiran ni mueven á los hijos de
los etiopes, que, fuera de la suya, cudicien adquirir otra region.» Y dicho
esto, dióles el arco. Y esto decia, porque eran todos aquellos macrobios
hombres de gran estatura, y los arcos usaban muy gruesos y grandes, y el Rey
siempre era elegido el que era mayor de cuerpo. Tomó la vestidura de púrpura, y
sabido que con sangre de ciertas conchas se teñia, dijo: «Los hombres dolosos
engañadores, de dolosos y engañosos vestidos se visten.» Preguntado para qué
eran aquellas ajorcas y collar de oro, y respondido que para atavío de los
Reyes, rióse creyendo que eran prisiones, y dijo: «Más fuertes son las
prisiones de mis cárceles.» Preguntado por el ungüento, y le dijesen que de
ciertas confecturas se hacia, dijo lo mismo que de la púrpura; cuando vinieron
al vino gustólo y maravillosamente se deleitó. Preguntó qué cosas tenia por
manjares su Rey, y qué tanto vivian en su tierra los hombres; respondiéronle
que comian pan de trigo, dándole á entender qué era y como se[293] hacia,
y que á lo más que llegaba la vida eran ochenta años; respondió: «No es
maravilla, pues comen estiércol, que vivan tan poco.» Preguntado el Rey por los
Embajadores, que tantos vivian los hombres en aquel su reino, respondió, que
ciento y veinte años, y más, porque no comian otra cosa sino carne cocida y
bebian leche. Finalmente, tornados los Embajadores al rey Cambises, y sabida la
respuesta, hecho furibundo y sin considerar lo que debiera hacer, junta grande
ejército para ir contra el rey de Etiopía, que mal nunca le habia hecho; y, no
proveyendo los mantenimientos necesarios, ántes que la quinta parte del camino
anduviese, pasando por dificultosísimos lugares, acabáronseles las talegas;
comenzó el ejército á comer hierba, y él no por eso dejó el camino hasta que
llegaron á ciertos arenales, donde faltándole del todo la comida, acuerda el
ejército de echar suertes sobre que de cada diez uno, dellos mismos, se
comiesen. Oido por Cambises, acuerda de tornarse, habiendo muchos del ejército
perecido. Vuelto á Thebas y de allí á Memphis, ciudad de Egipto, envió por la
mar otro grande ejército contra los etiopes, que nunca le habian, como dicho
es, ofendido, adonde hizo desatinos, y al cabo, allí, con rabia de no haber con
su locura salido, del todo perdió el seso. Todo esto cuenta Herodoto en su
libro III. Esto hemos referido por ocasion de la Mesa del sol que dijimos. De
otra manera, y por otros efectos hablan los astrólogos y astrónomos de la Mesa
del sol, y es esta: que partiendo y dividiendo la tierra toda en tres partes, la
una es la parte austral, la segunda la aquilonar, la tercera la Mesa del sol.
Todo lo que hay de tierra de esa parte del trópico de Capricornio hiemal,
nombran austral; toda la parte que hay desta de trópico de Cancro estival,
aquilonar; y todo lo que se contiene entre ambos á dos trópicos, llamaron la
Mesa del sol; la razon es, porque el sol no sale de entre los dos trópicos, y
entre ambos, cada dia natural de veinticuatro horas de Oriente á Poniente, por
el movimiento del primer movible, parece que se apascienta y recrea como en una
mesa; y en seis meses del año, con el movimiento propio, ándase del trópico[294] hiemal al estival, y los otros seis meses del
estival al hiemal; y así, por una manera de metáfora, llaman todo aquel aspacio
de tierra de entre ambos trópicos la Mesa del sol, como dicho es. La tercera
razon, que los que afirmaban estar el Paraíso en la línea equinoccial daban,
colegian de los nascimientos del rio Nilo, arguyendo así: cierto es que el rio
Nilo es Gion, uno de los cuatro que salen del Paraíso, pues vemos que este rio
aparece y mana teniendo sus principios y fuentes de la etiopal, cerca de la
línea equinoccial, el cual cerca toda la tierra de Etiopía, como dice la
Escritura «Génesis» cap. 2.º, y despues allí riega la tierra de Egipto; luego
señal es que debe allí, ó cerca de allí (conviene á saber, de la línea
equinoccial), estar el Paraíso terrenal, y parece venir derecho camino de hácia
allá. Destas tres razones aquí dichas, que alegan los que afirman estar el
Paraíso en la línea equinoccial, las dos, primera y tercera, refiere, con
aquellos, Sancto Tomás en el segundo escripto sobre las «Sentencias,»
distincion 17, cuestion 3.ª, art. 2.º In corpore. Y aunque la razon
postrera parece que arguye, con alguna sospecha, que por allí estará el
Paraíso, por aparecer Nilo cerca de la equinoccial, pero no es muy eficaz; la
razon es, porque muchos rios hay é fuentes que nacen en unas tierras y islas, y
viénense á tornar á nacer á otras, aunque ellas estén muy apartadas, y entre
ellas haya mucha distancia de tierra ó de mar, porque si la distancia es de
tierra, puede venir, é de hecho viene, el agua por venas y soterráneos ocultos
de la tierra, y en unas tierras aparecen, y en otras se sumen y corren sin
verse ni sentirse, y en otras parece que de nuevo nacen, como si allí fuese su
primer orígen; y si la distancia tambien es de mar, lo mismo acaece, porque
viene, ó por los caminos soterráneos de la tierra que está debajo de la mar, ó
por encima de la misma agua salada, porque el agua dulce anda siempre por
encima de la salada por ser más liviana, y va su camino, y si algo toma de lo
salobre, despues, pasando por las venas de la tierra, se torna á endulzorar.
Desto un asaz patente ejemplo tenemos del rio Alpheo, que su fuente y
nascimiento es en la Peloponense, provincia de Grecia, que[295] se
solia llamar Acaya, donde predicó Sant Andrés, agora se llama la Morea, y está
entre dos mares Jonio y Egeo, cuasi como isla, de allí corre aquel rio Alpheo y
va por la ciudad de Elide y por la de Pisa, ciudad de Arcadia; de allí se sume
y va mucho camino por debajo la tierra, despues por debajo de la mar por
grandes honduras, como son las del Archipiélago, y va á salir en la isla
Oritigia, que tambien se llama Délos, la principal del Archipiélago, en manera
de fuente, como si allí tuviese su primer nascimiento; despues deja á la
Grecia, y va por debajo de la mar y sale por la fuente Aretusa, muy nombrada,
que está en la isla de Cecilia, cerca de la ciudad Siracusana, y de allí entra
en la mar, lo cual es cosa admirable. Esto se experimenta echando pajas ó otra
cosa liviana en el principio y fuente del rio Alpheo, que es en Grecia, viene á
salir por la dicha fuente Aretusa, en Sicilia. Así lo cuenta Virgilio en el III
de las «Eneidas,» Alpheum fama est Elidis amnen ocultas egisse vias
subter mare; qui nunc ore Arethusa tuo confunditur undis, y en el VII de
«Las Bucólicas,» en la égloga última; y Ovidio, en el V de Metamorphoseos,
al fin, y Strabo en el libro VIII, y Séneca tambien en el libro V de las
«Cuestiones naturales.» Lo mismo y más eficazmente se prueba por los rios
Tigris y Euphrates que salen del Paraíso terrenal, los cuales no se nos
manifiestan luego como salen, ántes, por debajo de tierra y por mar, con luengo
discurso, y no salen hasta la region de Armenia, donde ambos juntos se muestran
por una fuente, como si allí fuese su primer principio, y de allí luego se
dividen, y el Tigris va más al Oriente, hácia los Asirios, y Euphrates hácia
los Caldeos; desto hace mencion Salustio y Boecio, libro V, metro primero, De
consolatione: Tigris et Euphrates uno se fonte resolvunt et mox
adjunctis disociantur aquis; si coeant cursumque iterum revocentur in unum,
confluat alterni quod trahit unda vadi, etc. Y Sant Agustin, libro IX, cap.
6.º, sobre Genesim ad literam. Lo mismo parece del mismo rio Nilo,
que en muchas partes se encierra y en muchas aparece, y nunca se ha podido
tener certidumbre dónde sea su nacimiento, despues de que sale del Paraíso,[296] segun arriba se ha visto. De todo lo dicho se
sigue, que podrá estar el Paraíso en alguna isla cercada de mar, porque ninguna
razon repugna, ántes parece apuntarse por el dicho de Strabo, y que dicen,
que, interjecto Oceano et montibus appositis, etc., estar cercado
de mar, y así ser isla; pero que sea en isla, ó esté situado en tierra firme,
ni se ha sabido ni se puede saber, si Dios, que lo asentó en su lugar, no lo
revela.
Tambien hace á la prueba de lo arriba dicho, lo que
refiere Sant Anselmo en el libro I, cap. 22, De imagine mundi,
concuerda Sant Augustin, sobre Genesim ad literam, libro V, cap.
10, el cual dice, que el agua, de todas las fuentes y rios del mundo, dulce, de
la fuente y cuatro rios del Paraíso procede, y que al abismo, que es la madre
de donde la dicha fuente nasce, otra vez se torna; la cual, puesto que por
todos los mares ande, no, empero, con el agua de la mar se mezcla, sino que
como el agua dulce sea liviana, corre por encima de la salada, que es pesada, y
por el discurso suyo, secreto, se torna; de aquí es lo que se dice Ecclesiastes
I: Ad locum unde exeunt flumina revertuntur ut iterum fluant: omnia
flumina intrant in mare et mare non redundat. Y así parece, que la postrera
de las tres razones que traen para probar que el Paraíso terrenal está en la
línea equinoccial, por nacer por allí cerca el rio Nilo, no urge mucho, puesto
que podria estar so ella. Desta opinion hace mencion Sancto Tomás, primera parte,
cuestion 102, art. 2.º, in fine, donde dice: Quidquid autem
de hoc sit credendum est: Paradisum in loco temperatissimo constitutum esse,
vel sub equinocciali ut alibi.
CAPÍTULO CXLV.
No faltaron algunos otros que sintieron estar el
terrenal Paraíso á la parte austral de Mediodia, pasados ambos trópicos, y para
persuadirlo trajeron algunas razones no fuera de razon, y principalmente hacen
esta razon y es la misma que arriba, cap. 143, trujimos de Sancto Tomás: A la
más noble parte de la tierra, como es el Paraíso terrenal, débensele, segun
toda órden y razon natural, la cual guarda siempre la divina Providencia, la
más noble parte del cielo, pues la más noble parte de toda la redondez de la
tierra es el Paraíso terrenal, como arriba se ha visto, y abajo, de aquí á
poco, en el cuarto artículo, se verá; luego el Paraíso terrenal está situado y
constituido en la parte del mundo austral. Que se le deba la más noble parte
del cielo á la más noble parte de la tierra, pruébase lo primero por el
Filósofo en el IV de los «Físicos,» que el lugar y lo que se ha de poner en él
han de ser ambas á dos cosas proporcionadas: Locus et locatum debent
proportionari. Lo segundo se prueba, porque la nobleza, bondad, fertilidad
y felicidad de la tierra, no le viene á la tierra principalmente, ni procede,
sino de las nobles y felices influencias de las estrellas y aspecto favorable y
benévolo del cielo, como de la causa universal, segun parece por lo que en los
capítulos 84 y otros se ha tractado, luego á la noble y felice tierra, noble y
felice parte se le debe del cielo, y á la más noble más noble, y á la
nobilísima nobilísima; pues el Paraíso y su tierra es la nobilísima parte del
mundo, luego nobilísimo asiento se le debe por respecto del cielo. Que la más
noble parte y más felice y felicísima del cielo sea la parte austral, de la
otra parte de los trópicos y Mesa del sol, como lo llamaban los poetas y
astrólogos, esto será menester probarlo; para la prueba de[298] lo
cual, debemos presuponer: Primero, que segun el Aristótel y Alberto Magno, en
el II De cœlo et mundo, y segun Ptolomeo y todos los filósofos y
astrólogos, comunmente todo el orbe juntamente es dividido con la tierra en dos
partes principales, iguales, segun que la línea equinoccial lo divide en dos
hemisferios, austral y aquilonar; y dicen que el austral es la cabeza y
eminencia del mundo, y el aquilonar son los piés y lo bajo y cuasi sentina del
mundo. La mano derecha es el Oriente, ó parte oriental donde comienza el
movimiento del primer móvile, como ya se ha tocado; y la izquierda es el
Occidente ó Poniente, donde va el movimiento. Esto supuesto, manifiesto es que
la cabeza de todas las cosas naturales y artificiales, y áun civiles, siempre vemos
ser más adornadas y de mejor hechura, y más dignas de donde procede la virtud é
influencia á los otros miembros del cuerpo, en las cosas, al ménos, que viven,
como una hormiga y un gusanito y en un árbol, que aunque tiene la cabeza debajo
de la tierra, si aquella cabeza no tuviese vida, no la ternia todo el árbol,
pues della depende al árbol el nutrimento y sustentacion con que vive, y,
porque el arte imita la naturaleza en cuanto puede, vemos en las cosas
artificiales tambien, que un pintor que pinta una imágen, cuanto más adorna y
se esmera en hacer más perfecto el rostro y la cabeza, y el carpintero una
arca, la cabeza, que parece ser la tapadera de encima, hace de mejor tabla y
madera, y más dolada y limpia y labrada parece. En las civiles ó inanimadas ó
ayuntamientos naturales de las gentes, tambien lo habemos experimentado y cada
dia vemos, las ciudades que son cabezas de los reinos, cuanto más excelentes
edificios y fuerzas, cuanto más labores y adornos tienen, cuanto más
privilegiadas y ennoblecidas y exentas de pechos, cargas y servicios y derechos
suelen ser por los Príncipes. Pues las civiles animadas, como entre los
hombres, no es menester tardar en esto más, como veamos cuan más nobles y
dignos son los que rigen, los Magistrados, los Príncipes, los Reyes, no por más
sino por ser cabezas de los pueblos; por manera, que en las cosas naturales y
en las artificiales, y en las civiles inanimadas y animadas, y, finalmente,[299] en todas las cosas criadas, las cabezas son las
más nobles, de más virtud y más dignas. Pues como los cielos sean la más
excelente parte de todo el universo (de las cosas que no son racionales ni
intelectuales hablando, y que no viven), como sin sus movimientos, ni los
árboles, ni los animales, ni tampoco los hombres podrian tener vida, y otras
muchas cosas no ternian ser, manifestísimo es que la parte que fuere su cabeza
será, sobre todas las otras sus partes, necesariamente nobilísima,
virtuosísima, y del mesmo Hacedor con abundancia de virtudes naturales y
vigorosas privilegiatísima; pues esta es la parte austral y que los marineros
llaman el Sur, luego aquella parte será y debe ser la más noble y más felice y
más digna que el Oriente, ni el Occidente, ni la del Norte ó Septentrional. De
aquí es, que Aristóteles y Alberto Magno en el II, cap. 2.º, De cœlo
et mundo, y todos los filósofos de Etiopía que se llaman Bragmanes, y
Gimnosophistas, que especulan aquella parte austral, mayormente Ptolomeo,
afirman que las estrellas de aquella parte son mayores y más resplandecientes y
más nobles y más perfectas, y, por consiguiente, de mayor virtud y felicidad y
eficacia que las aquilonares. Y asimismo, que aquel polo Antártico y austral,
es de mucha mayor cantidad y claridad y virtud que el nuestro, que llamamos el
Norte; y la razon es, porque toda aquella parte es cabeza del mundo, luego las
influencias y virtudes de allí son más nobles, y, por consiguiente, de mayor
felicidad, eficacia y virtud. Es luego manifiesto ser la más felice y noble y
digna parte del cielo la parte austral, y, por consiguiente, allí debe estar
situado el Paraíso terrenal, y no al Occidente ni al Norte ó Septentrion, ni
tampoco á la parte oriental, porque todas aquellas partes del cielo no tienen
tanta nobleza, ni tanta virtud natural que cause y corresponda á la suavidad,
templanza, deleite y felicidad que tuviéramos y hoy gozan Elías y Enoc en el
Paraíso terrenal. Y á esto parece consonar aquellas palabras del «Génesis,»
cap. 3.º, conviene á saber: que como Adan oyese la voz del Señor, que andaba
paseándose, ad auram post meridiem, hacia el aire suavísimo de esa
parte de Mediodia, escondióse, etc.,[300] porque el
aire de aquel lugar dice aura, que es blandísimo, suavísimo, y delectabilísimo
aire, y de temperatísima luz y deleitable. Dícese tambien estar despues del
Mediodia, por razon del lugar, porque aquella region está situada de esa parte
de ambos á dos trópicos, que decian los astrólogos Mesa del sol, como fué
arriba dicho, la cual se dice meridies ó Mediodia al ménos,
segun imaginaban los antiguos que hacian la línea equinoccial tórrida zona, y
calurosa demasiadamente. Esta es la diferencia por aquel respecto entre el
Mediodia y la region que allí parece la Escriptura llamar aura, que el Mediodia
es lo mismo que lumbre intensísima, con calor excesivo, lo cual imaginaban ser
entre los trópicos, pero el aura es lo mesmo que aire suavísimo y vital, y
templadamente lucido y cálido, como es el de aquel hemisferio, por el favor é
favorables influencias de las estrellas y cuerpos celestiales, y así parece que
por el aura, despues del Mediodia, donde aquestos afirmaban estar el Paraíso
terrenal, se entiende la parte austral que es situada desa parte del Mediodia,
que está pasado el trópico de Capricornio, en el cual se engendra fuego,
mayormente cuando el sol está en los signos australes y se apropincua al
opósito de auge. Y aquel trópico piensan algunos que es el gladio y cuchillo
ígneo versátil que puso Dios entre nosotros y el Paraíso, para que Adan ni Eva,
ni alguno de sus hijos pueda entrar allá. Pero el contrario es la verdad, que
vemos por experiencia, que debajo del mismo trópico hay tierra excelentísima y
muy poblada, en las provincias del Perú. Por todo lo que dicho es, parece
quedar harto probable la opinion que tienen los que ponen el Paraíso de los
deleites, de donde fueron echados nuestros primeros padres en este valle de
lágrimas y amarguras, en la parte y hemisferio austral. Y pues hobo varones
doctos que con tan probables razones quisiesen persuadirnos estar el Paraíso en
aquella parte del mundo austral, y el Almirante viese que la tierra firme, ó,
segun estimaba entónces, isla de Gracia, parecia en la parte austral, y la
tierra tan felice y aires tan suaves y aguas tan dulces, y juntas tantas, no
absurda ni no razonablemente, pudo pensar y[301] juzgar,
ó al ménos sospechar, estar por aquella parte el Paraíso terrenal. A lo que
estos opinadores dicen, que el trópico de Capricornio engendra fuego, y que
este debe ser ó es la espada ó cuchillo ígneo que defiende la entrada del
Paraíso terrenal, el contrario podemos afirmar los que habemos pasado el dicho
trópico, por estas Indias andando hácia la parte austral, donde no vemos el
exceso del fuego ó del calor, ántes, hallamos tierra y mar bien templada. Puede
ser por esta vía la contrariedad concordar: que, como luego se dirá, no parece
que todo aquel hemisferio era necesario, segun algunos quisieron decir, ocupar
el Paraíso terrenal, sino que alguna gran parte y aquella que ocupa, debe criar
el dicho fuego ó calor, y no lo más, pues no hay necesidad, y porque, segun
algunos escritores, en la region del Paraíso, fuera dél, muchos pueblos se cree
morar.
CAPÍTULO CXLVI.
Cuanto á lo tercero que dije en el cap. 142, que
entendia tratar, conviene á saber, de la grandeza ó tamaño y capacidad del
Paraíso, esto parece que es lo más probable: que aquel lugar del Paraíso es muy
grande, porque están en él inmensidad de árboles de todos géneros y de todas
especies, con toda amenidad y frescura; es tambien el rio que riega todo el
Paraíso muy grande, y dél se reparten los cuatro rios poderosos que arriba se
han nombrado, y esto, por fuerza es que requiera lugar de capacidad grande. Item,
si Adan no pecara habia de vivir y habitar en él todo el linaje de los hombres,
porque ninguno habia de vivir en el mundo, donde agora moramos, porque esto se
dejaba para habitacion de las bestias, pues para vivir y morar todos los
hombres juntos, gran capacidad de lugar era menester. Por esta razon tuvieron
algunos que el Paraíso terrenal era de tanta capacidad, cuanta tiene una gran
provincia ó una parte de las principales, como es África ó Europa; otros, que
todo aquel austral hemisferio era dado por Paraíso terrenal, por la razon en el
precedente capítulo dicha, por la cual sentian ser toda aquella parte amenísima
y felice; pero á estos se puede, segun parece, responder, que si tan grande y
tan capaz fuera el Paraíso, no se pudiera de algunas gentes, y áun de la mayor
parte de los hombres, encubrir. Item, lo de la multiplicacion de los hombres,
no fuerza á tener que por ello hobiese de ser tan capaz como una provincia
grande; la razon es, porque los hombres, aunque multiplicaran como ahora multiplican
y quizas más, no habian siempre de permanecer juntos, hasta cumplido el número
que Dios tenia determinado de salvar y fenecer el mundo, sino que, de
generacion en generacion, los habia Dios[303] de
traspasar en la vida eterna y estado celestial, por dos ó de dos maneras, segun
dice Sant Augustin en el libro IX, cap. 6.º sobre Genesim ad literam,
y tráelas el Maestro en el segundo de las «Sentencias,» distincion vigésima. La
una es, ó que nascidos los hijos, é instruidos y llegando á la edad de los
padres, los padres sin muerte fuesen transferidos; la otra, que á cabo de
cierto tiempo y número, unos fuesen y otros quedasen, y desta manera no fuera
tanta multitud de hombres en el Paraíso como es agora en el mundo. Puédese
tambien decir, que aunque hubiese entónces grande número de hombres habitando
en el Paraíso, no era necesario tener gran lugar como agora ocupamos, porque
agora tenemos necesidad de tener con nosotros muchos animales para poder vivir,
é para los animales tierra larga para en que quepan y hallen sus pastos, y
tierra tambien para labrarla y haber los frutos della, y esta suele ser por
tiempo estéril, y es menester por algunos dias mudar las labores y reservarla,
y así, para pocos hombres, grande tierra y espaciosa es necesaria; todo lo
cual, en el Paraíso cesaba, como los hombres se hubiesen de mantener de los
frutos de los árboles, y así, poca tierra les bastaba, puesto que el Paraíso
tiene un lugar bien capaz y grande, para que se pudiesen los hombres, con
alegría, gozo, delectacion y consuelo, por muchas partes espaciar. Algunos
sienten que terná espacio de 100 leguas en todo su ámbito, por manera que si
así es su longura, será 30 leguas ó poco más, porque en el círculo ó figura
redonda, desta manera sea la longura que es el diámetro á la línea
circunferencial. Finalmente, ninguna cosa de las dichas tiene certidumbre, como
quiera que la divina Escritura desto no haga mencion alguna, ni haya hombre que
lo haya visto ni pueda ver ni saber, si no le fuese divinalmente revelado,
porque segun Beda sobre el «Genesis,» de creer es que aquel lugar es remotísimo
de la noticia de los hombres. Puesto que hay quien diga que cerca dél haya
pueblos y poblaciones de hombres, sentencia es que no contradice á la
Escritura, pues presupone poder algunos venir á él, pero no entrar por el muro
de fuego, que llama Espada[304] en manos del
Cherubin. Parece que, si cerca de allí no hobiera pueblos algunos, no era
necesario sino supérfluo poner guarda para que no osara entrar ninguno; parece
tambien esto, porque segun el texto hebreo, «Genesis,» II, plantó Dios el
Paraíso en Edem, que significa la tierra ó lugar donde lo plantó, la cual
estaba poblada y habitada de gentes, como parece «Genesis,» cap. 4.º Egresus
Cain habitavit profugus ad Orientalem plagam Edem; salió Caín huyendo y fué
á morar á la provincia Edem, que está al Oriente: y en «Ezequiel,» cap. 27,
donde se cuentan muchos pueblos y naciones que traian mercadurías á Jerusalen,
entre ellos se nombran los pueblos de Edem y Charan, de donde se averigua ser
provincia ó region poblada por entónces. Dícese así en Ecequiel: Charam
et Edem negotiatores tui, etc., Edem cuasi provincia y region, donde está
el Paraíso. Así dice Sant Juan Damasceno: Hic locus divinus est
Paradisus Dei manibus in Edem, id est, delitiis et voluptatibus, etc. Y
Sant Agustin, en el libro VIII, cap. 3.º, sobre Genesim ad literam: Plantavit
ergo Dominus Paradisum in delitiis, hoc est enim in Edem, ad Orientem.
Donde se da á entender que toda aquella provincia ó region era delectable y
felice, donde moraban los hombres, pero, sobre todas las partes della, era
felicísimo y delectabilísimo el Paraíso que plantó el Señor donde puso el
hombre, el cual comunmente se nombra por los que escriben, Monte altísimo, como
ha parecido arriba. Toman tambien otro argumento para decir que cerca del
Paraíso estuvo, y por ventura está hoy, gente poblada, porque segun dicen que
refiere Sant Basilio en su Exameron, y Sant Ambrosio en el suyo,
que como el Paraíso esté constituido en monte altísimo, puesto que arriba sea
él todo llano, cae el agua de la fuente que sale dél en un lago grande, de
donde proceden despues los cuatro rios caudales, y es tanto y tan grande el
estruendo y sonido que hace al caer, que todos los moradores de los pueblos
vecinos del dicho lago ó laguna en que cae, nacen todos sordos por el exceso
grande, que corrompe el sentido del oir. Pero esto no lo dicen Sant Basilio ni
Sant Ambrosio en sus Examerones, ni en los libros que ambos
hicieron del[305] Paraíso terrenal; si en otra
parte quizá de sus obras no está escrito, que yo no haya visto, solamente hallo
que esto afirmaron decirlo los Sanctos susodichos á Bartolomé Anglico, autor
del libro De propietatibus rerum, en el libro XV, cap. 112, y á
otros que lo tomaron dél: como quiera que ello sea y cualquiera que lo diga,
como no lo contradiga la Escritura, bien podemos pasar con ello. Todas estas
cosas, puesto que remotas de nuestra Historia, he querido engerir aquí ofrecida
ocasion de haber hablado el Almirante del Paraíso, para que los que no saben
latin, de cosas que no leyeron tengan alguna noticia. Y por concluir con esta
intincion cerca de lo cuarto que arriba en el cap. 142 prometí, digo, que de
las cualidades del Paraíso dicen los Sanctos maravillas, porque en él habia
copia de todos los bienes que pueden al hombre, para su consuelo, gozo, alegría
y felice vida, en cuanto al cuerpo, convenir, de tal manera, que ninguna cosa
pudiese desear que no la tuviese, ni aborrecer que no estuviese ausente dél,
segun Sant Agustin, libro XIV, cap. 10, De civitate Dei: ¿Quid
timere aut dolere poterant in tantorum tanta affluencia bonorum, ubi non aberat
quicumque quod bona voluntas non adipisceretur; neque erat quod carnem vel
animam hominis feliciter viventis ofenderet vel mali quo molestaret? Allí
todos los sentidos se deleitaban, los ojos, con admirable claridad y en ver la
hermosura de los árboles y frutas y otras cosas; los oidos, del cantar y música
de las aves; el sentido del oler, con los aromáticos y diversos y suaves
olores, y así los demas, todos juntos, con la templanza y suavidad del aire y
amenidad del lugar, y templatísima concordia de los tiempos, donde concurrian
la frescura del aire, los alimentos del verano, la alegría del otoño, la
quietud de la primavera, la tierra gruesa y fructífera, las aguas delgadas y en
gran manera dulces y apacibles. Allí, no violencia de vientos, no molestia de
tiempos, no granizo ni nieve, no truenos ni relámpagos, no hielo de invierno,
no calor de verano, ni otra cosa que les pudiese dar angustia ni afliccion ó
fastidio; allí dicen que ninguna cosa puede morir. Estas y otras muchas,
dulcísimas y alegres calidades pone Sant Basilio en[306] el
libro suso tocado del Paraíso, lo demas se lea en los lugares donde
copiosamente, de propósito, la materia se escribe. Y así, queda largamente
persuadido de haber tenido el Almirante muy urgentes razones para entre sí
considerar, ó al ménos sospechar, que podia estar por allí, ó cerca, ó léjos de
allí, en aquel paraje ó region de tierra firme, que él juzgaba ser isla, aunque
ya iba creyendo que era tierra firme, el terrenal Paraíso; pues por otra parte
habia leido y entendido, que unos lo ponian al Oriente, otros al Occidente,
otros en la línea equinoccial, otros al Austro y Mediodia, y por otra sabia que
habia navegado al Occidente, y despues tornado algo al Oriente, y por esto
pensaba que aquello era el fin del Asia. Otra vez volvia al Sur ó Austro, y la
tierra grande que primero vido despues de la isla de la Trinidad, y que llamó
isla de Gracia, le pareció de hácia el Mediodia; de otra parte, hallábase 5° de
la línea; por otra, experimentaba tanta frescura de tierras, tan verdes y
deleitosas arboledas, tanta clemencia y amenidad de sotiles aires, tanta y tan
impetuosa grandeza, y lago y ayuntamiento tan capaz y tan largo de tan delgadas
y dulcísimas aguas, y allende todo esto, la bondad, liberalidad, simplicidad y
mansedumbre de las gentes, ¿qué podia otra cosa juzgar ni determinar, sino que
allí ó por allí, y áun cerca de allí, habia la divina Providencia constituido
el Paraíso terrenal, y que aquel lago tan dulce era donde caia el rio y fuente
del Paraíso y de donde se originaban los cuatro rios Euphrates, Gánges, Tigris
y Nilo? Y quien todas estas razones considerara, y hobiera lo que el Almirante
habia experimentado, leido y entendido, y entre sí, lo mismo no determinara ó
al ménos sospechara, de ser juzgado por mentecapto fuera digno.
CAPÍTULO CXLVII.
Tornemos, pues, acabada esta digresion, á nuestra
historia y á lo que el Almirante hacer, del lugar donde estaba, determina, y es
que, á más andar, quiere venirse á esta Española por algunas razones que mucho
le impelian; la una, porque andaba con grandísima pena y sospecha, como no
habia tenido nueva del estado desta isla, tantos dias habia, y parece que le
daba el ánima la desórden y los daños y trabajos, que, con el alzamiento de
Francisco Roldan, toda esta tierra y sus hermanos padecian; la otra, por despachar
luego á su hermano el Adelantado con tres navíos, para proseguir el
descubrimiento que él dejaba comenzado de tierra firme. Y es cierto, que si
Francisco Roldan con su rebelion y desvergüenza no lo impidiera, el Almirante,
ó su hermano por él, la tierra firme hasta la Nueva España descubriera; pero no
era llegada la hora de su descubrimiento, ni se habia de revocar la permision,
por la cual muchos habian de señalarse en obras injustas, con color de
descubrir, por la Providencia divina establecida. La tercera causa de darse
priesa el Almirante á venir á esta isla, era ver que se le dañaban y perdian
los bastimentos, de que tanta necesidad, para el socorro de los que aquí
estaban, tenia, los cuales torna á llorar, encareciendo que los hobo con grandes
angustias y fatigas, y dice, que si se le pierden que no tiene esperanzas de
haber otros, por la gran contradiccion que siempre padecia de los que
consejaban á los Reyes, los cuales, dice él aquí: «no son amigos ni desean la
honra del Estado de Sus Altezas las personas que les han dicho mal de tan noble
empresa, ni el gasto era tanto que no se pudiese gastar, puesto que tan presto
no hubiese provecho para se recompensar, pues era grandísimo el servicio que se[308] hacia á Nuestro Señor en divulgar su santo
nombre en tierras incógnitas; y, allende desto, fuera para más gran memoria,
que Príncipe hobo dejado, espiritual y temporal.» Dice más el Almirante: «y
para esto fuera bien gastado la renta de un buen Obispado ó Arzobispado, y digo
(dice él), la mejor de España, donde hay tantas rentas y no ningun Prelado,
que, aunque han oido que acá hay pueblos infinitos, que se haya determinado de
enviar acá personas doctas y de ingenio, y amigos de Cristo á tentar de los
tornar cristianos ó dar comienzo á ello; el cual gasto, bien soy cierto, que
placiendo á Nuestro Señor, presto saldrá de acá y para llevar allá.» Estas son
sus palabras. Cuanta verdad diga y cuan claro argumento haya sido de la
inadvertencia y remision, y atibiado hervor de caridad de los hombres de aquel
tiempo, espirituales ó eclesiásticos y temporales, que tenian poder y facultad,
no proveer al remedio y conversion destas tan dispuestas y aparejadas gentes
para recibir la fe, el dia del universal Juicio parecerá. Fué la cuarta causa
de venirse á esta isla y no detenerse en descubrir más, lo que mucho quisiera,
como dice él, porque no venian para descubrir proveidos, la gente de la mar,
porque dice, que no les osó decir en Castilla que venia con propósito de
descubrir, porque no le pusiesen algun estorbo y porque no le pidiesen más
dineros que él no tenia, y dice que andaba la gente muy cansada. La quinta
causa, porque los navíos que traia eran grandes para descubrir, que el uno era
de más de 100 toneles y el otro de más de 70, y no se requiere para descubrir
sino de ménos; y por ser grande la nao que trajo el primer viaje, se le perdió
en el Puerto de la Navidad, reino del rey Guacanagarí, como pareció arriba en
el cap. 59. Fué tambien la sexta, que mucho le constriñó á dejar el descubrir é
venirse á esta isla, tener los ojos cuasi del todo perdidos de no dormir, por
las luengas y continuas velas ó vigilias que habia tenido; y en este paso dice
así: «Plega á Nuestro Señor de me librar dellos (de los ojos dice), que bien
sabe que yo no llevo estas fatigas por atesorar ni fallar tesoros para mí, que,
cierto, yo conozco que todo es vano[309] cuanto acá
en este siglo se hace, salvo aquello que es honra y servicio de Dios, lo cual,
no es de ayuntar riquezas ni soberbias, ni otras cosas muchas que usamos en
este mundo, en las cuales más estamos inclinados que en las cosas que nos
pueden salvar.» Estas son sus palabras. Verdaderamente este hombre tenia buena
y cristiana intincion, y estaba harto contento con el estado que tenia, y
quisiera con mediana pasada en el sustentarse y de tantos trabajos reposar, al
cual habia subido tan meritamente, pero lo que sudaba y trabajaba era por echar
mayor cargo á los Reyes; y no se qué mayor era necesario del que habia echado,
y áun él los habia obligado, sino que via hacer tan poco caso de los señalados
servicios que habia hecho, y que de golpe iba cayendo y aniquilándose la
estimacion que destas Indias se habia comenzado, por los que á los oidos de los
Reyes estaban, que temia cada dia mayores disfavores, y que del todo desmamparasen
el negocio los Reyes, y así viese sus sudores y trabajos perdidos, y él, al
cabo, muriese en pobreza. Determinando, pues, de venirse cuan presto pudiese á
esta isla, miércoles, á 15 de Agosto, que fué de la Asuncion de Nuestra Señora,
despues del sol salido, mandó alzar las anclas de donde habia surgido, que
debia ser dentro del golfete que hace la Margarita y otras isletas con la
tierra firme (y debia estar cerca de la Margarita, como dijimos arriba, cap.
139), y dió la vela camino desta isla; y, viniendo su camino, vido bien vista
la Margarita y las isletas que por allí habia, y tambien, cuanto más se iba
alejando, más tierra alta descubria de la tierra firme, y anduvo aquel dia,
desde el sol salido hasta el sol puesto, 63 leguas, por las grandes corrientes
que ayudaban al viento. Dejémosle agora venir hácia acá, donde pensaba de tener
algun poco de descanso y placer de su tan laborioso camino é indisposicion
corporal, holgándose con sus hermanos y amigos, lo que no hallará sino materia
con que se le doblen nuevas y mayores angustias y amarguras, de donde se
cognoscerá, lo que arriba alguna ó algunas veces habemos dicho, conviene á
saber, que toda su vida fué un trabajoso martirio.
CAPÍTULO CXLVIII.
Ya dejamos salido el Almirante de la tierra firme y
de sus comarcanas islas; conviene al órden de nuestra historia, que contemos el
viaje que hicieron los tres navíos que el Almirante despachó de las islas de
Canaria, viniéndose él á las de Cabo Verde, para hacer el descubrimiento de la
tierra firme, que agora hizo. Ya dijimos arriba en el cap. 120, como Francisco
Roldan con los de su rebelion se fueron á la provincia de Xaraguá, reino del
rey Behechio, estando allí haciendo vida nefanda, y espurcísima y tiránica,
teniendo cada uno las mujeres que queria, tomadas por fuerza ó por grado á sus
maridos, y á los padres sus hijas para camareras, lavanderas cocineras, y
cuantos indios les parecia para servirse, y traer consigo, que le acompañasen,
como si hobieran nacido de ilustres padres, haciendo fuerzas é importunas
violencias donde quiera que estaban y andaban; matando y acuchillando
fácilmente á cualesquiera tristes indios por cualquiera desabrimiento que
dellos tuviesen. Así que, obrando estas heróicas obras y tales ejemplos de bien
vivir á los infieles, que por las obras de los cristianos debieran bendecir al
Padre celestial, dando por permision de Dios, que suele, segun los
desmerecimientos de los que están en pecados, desampararlos de su mano, y
ponerles ocasiones para que, perseverando en su malicia más profundamente,
caigan, por la ignorancia de los pilotos, que entónces era harta, y por las
corrientes grandes que por esta isla, al ménos por esta costa del Sur, van
abajo, habiendo de venir á este puerto de Sancto Domingo, los dichos tres
navíos fueron más de 170 leguas abajo, á donde estaban todos los alzados, donde
se hallaron sin saber dónde estaban ni por dónde venian; y paréceme á mí, que[311] aunque adrede lo quisieran hacer, no pudieran
peor errarlo. Y, cierto, si hubiera sido posible deste alzamiento en Castilla
haberse sabido algo, gran sospecha pudiera tenerse de malicia de los pilotos ó
de los Capitanes, pero no pudo haberse algo sabido. Pues como Francisco Roldan
y su compañía supieron de los navíos, parte temiendo y parte se alegrando, y
algo dudando, quedaron espantados; fueron al puerto, que estaba dos leguas,
disimularon estar en obediencia del Adelantado, preguntan como aportaron allí y
qué nuevas habia del Almirante; responden que por yerro y por las corrientes, y
que el Almirante sería presto en esta isla con otros tres navíos, que tantos
dias habia que se apartó para ir á descubrir tierra hácia el Austro: entraron
en los navíos y hablaron, y regocijáronse con los Capitanes, dos dias. Dióles
el Capitan Alonso Sanchez refresco, y tornados á salir con buena paz en tierra
como si no estuvieran rebelados, parecióles á los Capitanes que debia salir la
gente que traian de sueldo para trabajar, y que se viniese por tierra á esta
ciudad de Sancto Domingo, por la dificultad grande que habian de tener los
navíos por las corrientes y brisas que siempre corrian, y, para guiarla,
acordaron que el Capitan del un navío, Juan Antonio Columbo, los llevase, y el
Capitan Arana trujese los navíos á este puerto. Saltaron 40 hombres, todos con
sus ballestas, lanzas y espadas bien aderezadas, á los cuales fácilmente
provocó Francisco Roldan y los suyos á que con él se quedasen, afirmándoles que
los habian de hacer trabajar y cavar por fuerza, y con mucha hambre y laceria,
pero allí en su compañía habian de tener la vida que vian que ellos tenian, la
cual no era otra sino andar de pueblo en pueblo de los indios, cada uno con las
mujeres que le placia tener, y los sirvientes cuantos querian, fuesen hijas ó
hijos de los señores y Caciques, aunque les pesase, y haciendo cuanto querian
sin que nadie les fuese á la mano, y del todo corrompiendo y alborotando la
tierra y las gentes della, robándoles cuanto oro tenian y cualquiera cosa que
tuviesen de valor, y cortando las orejas y matando á los que no les servian á
su sabor, y otras cosas semejantes,[312] infinitas.
Con los cuales hobo poco que trabajar para haberlos de inducir, porque algunos,
y hartos, eran homicianos, delincuentes, condenados á muerte por graves
delitos, como en el cap. 112 dijimos, sino fueron siete ó ocho que no quisieron
cometer tan gran vileza. Desque cognoscieron los Capitanes que estaban
rebelados y andaban sin obediencia, perpetrando los daños que hacian, y
desvergonzándose á sosacar los que nuevamente venian de Castilla, fueron á
Francisco Roldan, en especial Juan Antonio, el Capitan, que parecia que más de
veras aquella maldad sentia, y díjole que por qué hacia cosa tan contraria al
servicio de los Reyes, pues tanto él afirmaba estar allí y andar en servicio
dellos, que mirase que aquella gente enviaban los Reyes, que ganaban su sueldo,
del cual en Castilla habian la mitad de un año recibido, para que le sirviesen
en sacar oro de las minas y en otras cosas y oficios, para los cuales dedicados
venian, y cuanto estorbo al servicio de los Reyes se causaria, por eso que no
diese lugar á tanto daño, escándalo y confusion como dello se creceria. Roldan
no curó de sus palabras ni de los daños que le ponian delante futuros, sino del
provecho que al presente con tan buen lance se le ofrecia, porque se engrosaba
y fortificaba para se defender del Almirante, á quien él harto temia (como á
quien tanto habia sido ingrato y ofendido), allegándosele gente más de la que
tenia. Estaban con él 75, y creo que algunos más hombres, y 40, pocos ménos,
que allí le habian recrescido, tenia ya 100 y más, por manera que Juan Antonio
acordó de volverse á los navíos, y él y Pedro de Arana pusieron recaudo en la
otra gente que quedaba en ellos no se les saliese; y acordaron partir para este
Puerto de Sancto Domingo, quedándose el Capitan Alonso Sanchez de Carvajal para
venirse por tierra y trabajar con el Roldan, si pudiera á la obediencia
reducirlo. En este tiempo alcanzó el Adelantado á saber, por nuevas y relacion
de indios, como andaban tres navíos hácia el Poniente, luego sospechó que
debian venir de Castilla y haber errado el camino; despachó luego una carabela
para buscarlos y traerlos. Antes que estos tres navíos llegasen,[313] habia escrito Francisco Roldan y los que con él
estaban, á algunos amigos suyos de los que estaban con el Adelantado, que
tuviesen manera con el Almirante, si viniese, de lo aplacar y reconciliar con
él, y que él queria á la obediencia pristina reducirse; aunque despues tuvo mil
mundanzas y engaños.
CAPÍTULO CXLIX.
Volvamos á la navegacion del Almirante, que dejamos
partido del paraje de la isla Margarita, y anduvo aquel dia, miércoles, 63
leguas de sol á sol, como dicen. Otro dia, jueves, 16 de Agosto, navegó al
Norueste, cuarta del Norte, 26 leguas, con la mar llana, gracias á Dios, como
él siempre decia. Dice aquí una cosa maravillosa, que cuando partia de Canaria
para esta Española, pasando 300 leguas al Oueste, luego nordesteaban las agujas
una cuarta, y la estrella del Norte no se alzaba sino 5°, y agora en este viaje
nunca le ha nordesteado, hasta anoche, que nordesteaba más de una cuarta y
media, y algunas agujas nordesteaban medio viento, que son dos cuartas; y esto
fué, todo de golpe, anoche. Y dice que cada noche estaban sobre el aviso
maravillándose de tanto mudamiento del cielo, y de la temperancia dél, allí,
tan cerca de la línea equinoccial, en todo este viaje, despues de haber hallado
la tierra; mayormente estando el sol en Leo, donde, como arriba ha dicho, por
las mañanas se vestia un ropon, y la gente de allí de Gracia ser más blancos
que otros que haya visto en las Indias. Halló tambien allí, donde agora venia,
que la estrella del Norte tenia en 14° cuando las Guardas habian pasado de la
cabeza el término de dos horas y media. Aquí torna á exhortar á los Reyes que
tengan este negocio en mucho, pues les ha mostrado haber en estas tierras oro,
y mineros ha visto sin número dél, y que se quiere sacar con ingenio, industria
y trabajo, porque áun el hierro, habiendo tanto como hay, no se saca sin él; y
les ha llevado granos de veinte onzas y otros muchos, y que donde hay esto,
algo se debe creer que[315] hay: y que llevó á Sus
Altezas grano de cobre de nacimiento, de seis arrobas, azul, lacar, ámbar,
algodon, pimienta, canela, brasil infinito, estoraque, sándalos blancos y
cetrinos, lino, aloes, jengibre, incienso, mirabolanos de toda especie, perlas
finísimas y perlas bermejas, de que dice Marco Paulo que valen más que las
blancas, y esto bien puede ser allá en algunas partidas, así como de las
conchas que se pescan en Canaria y se venden en tanto precio en la Mina de
Portugal; otras infinitas cosas he visto y hay de especería que no curo agora
de decir por la prolijidad. Todas estas son sus palabras. Cerca de lo que dice
de la canela, y aloes, y jengibre, incienso, mirabolanos, sándalos, nunca los
ví en esta isla, al ménos, no los conocí; lo que dice del lino, debe querer
decir la cabuya, que son unas pencas como las çavila, de que se hace hilo y se
puede hacer tela ó lienzo dello, pero más se asemeja al cáñamo que al lino; hay
dos maneras dello, cabuya y nequen: la cabuya es más gruesa y áspera, y el
nequen más suave y delgado; ambos son vocablos desta isla Española. Estoraque,
nunca lo olí sino en la isla de Cuba, pero no lo vide, y esto es cierto, que en
Cuba debe haber árboles dello ó de resina que huela como ello, porque nunca lo
olíamos sino en los fuegos que hacen los indios, de la leña que queman en sus
casas, el cual es olor perfectísimo, cierto; incienso, nunca yo supe que en
estas islas se hallase. Volviendo al camino, viernes, 17 de Agosto, anduvo 37
leguas, la mar llana, á Dios nuestro señor, dice él, sean dadas infinitas
gracias. Dice, que con no hallar ya islas se certifica, que aquella tierra de
donde viene sea gran tierra firme, ó á donde está el Paraíso terrenal, porque
todos dicen, dice él, que está en fin de Oriente, y es este, dice él. Sábado,
entre dia y noche, andaria 39 leguas. Domingo, 19 de Agosto, anduvo en el dia y
la noche 33 leguas, y llegó á la tierra; y esta era una isleta chiquita que
llamó Madama Beata, y hoy comunmente la nombran la Beata; es isleta de obra de
legua y media, junto con esta isla Española, y dista deste puerto de Sancto
Domingo cerca de 50 leguas, y del[316] puerto de
Yaquino 15, que está más al Poniente. Está junto á ella otra más chiquita que
tiene una serrezuela altilla, que desde léjos parece vela, y púsole nombre Alto
Velo; creyó que la Beata era una isleta que llamó él Sancta Catherina cuando
vino por esta costa del Sur, del descubrimiento de la isla de Cuba, y dista
deste puerto de Sancto Domingo 25 leguas, y está junto á esta isla. Pesóle de
haber tanto decaido, y dice que no se debe alguien de maravillar, porque como
en las noches estaba al reparo barloventeando, por miedo de topar algunas islas
ó bajos, como hasta entónces no estaban estos alrededores descubiertos, si
habia en ellos en qué tropezar, y así, no andaba camino, las corrientes, que
por aquí son muy grandes, que van para abajo hácia tierra firme y el Poniente,
hobieron de llevar los navíos, sin sentirse, tan abajo. Corren tanto por allí
hácia la Beata, que ha acaecido estar navío ocho meses en ella y por ella, que
no pudo venir á este puerto, y esto de tardar mucho de allí aquí ha acaecido
muy muchas veces; así que, surgió agora entre la Beata y esta isla, que hay dos
leguas de mar entremedias, lúnes, 20 de Agosto. Envió luego las barcas á tierra
á llamar indios, que por allí estaban poblaciones, para escribir al Adelantado
su venida; venidos á medio dia, los despachó. Vinieron á la nao seis indios, en
dos veces, y uno de ellos trujo una ballesta con su cuerda, y nuez y
armatostes, que no le causó chico sobresalto, y dijo, plega á Dios que no sea
de algun muerto, y porque debian de ver desde Sancto Domingo pasar los tres
navíos hácia abajo, teniendo por cierto que era el Almirante, como cada dia lo
esperaban, saltó el Adelantado luego en una carabela y alcanzó aquí al
Almirante. Holgáronse muy mucho de verse ambos; preguntado por el estado de la
tierra, dióle cuenta como Francisco Roldan era con 80 hombres levantado, con
todo lo demas que en esta isla, despues que salió de ella, habia pasado. Lo que
con tales nuevas sentiria, poca necesidad se ofrece de encarecerlo ni
recitarlo. Partióse de allí, miércoles, 22 de Agosto, y, finalmente, con alguna
dificultad por las muchas corrientes y las brisas que por allí son continuas y
contrarias,[317] llegó á este puerto de Sancto
Domingo, viérnes, postrero dia de Agosto del dicho año de 1498, habiendo
partido de la Isabela para Castilla, jueves, 10 dias del mes de Marzo, año de
1496 años. Por manera que tardó en volver á esta isla dos años y medio ménos
nueve dias.
CAPÍTULO CL.
Llegado el Almirante á este dicho puerto de Sancto
Domingo, todos sus amigos y criados salieron al desembarcadero, á esperarlo,
con D. Diego, su hermano; con su venida hobieron grande alegría y placer,
puesto que todo con gran tristeza, de partes dél y tambien dellos mezclado,
porque creyendo que venia á descansar de sus tan grandes trabajos, via por
delante cuanto para su descanso le faltaba, porque la Providencia divina tenia
ordenado, que no sólo sus angustias y fatigas no se le acabasen, pero que de
nuevo otras más duras y aflictivas, y de mayores desconsuelos y ménos sufribles
se le aparejasen. Quiso ver la informacion y proceso que el Adelantado contra
los alzados habia hecho, y las causas de su rebelde porfía, y, no contento con
ella, deliberó de hacer otra por sí mismo; la cual yo vide y cognoscí muchos de
los testigos, y todos confirmaron que nunca habian visto ni oido que el
Adelantado hubiere hecho injuria ni mal tratamiento á Francisco Roldan, sino
siempre honra y hacer mucha cuenta dél, y lo mismo afirmaron de los que con él
se alzaron, y como, estando el Adelantado ausente en la provincia y reino de
Xaraguá, se rebelaron é hicieron los desatinos y alborotos que arriba
referimos, en los capítulos donde hablamos de su alzamiento. Desde á pocos dias
que el Almirante llegó á este puerto y lugar, que entónces era villa y agora es
ciudad, llegaron los tres navíos y la carabela que el Adelantado habia enviado
para buscarlos. El uno dió en unos bajos y perdió el gobernario, y vino muy
maltratado; y, porque se detuvieron muchos dias por las corrientes y vientos
contrarios, perdiéronse cuasi todos los bastimentos que traian. Con la relacion
que los Capitanes trujeron de como Francisco Roldan[319] les
habia tomado los 40 hombres, y se habia más ensoberbecido y maleado, rescibió
el Almirante doblado pesar y vídose muy atribulado; comenzó á pensar si pudiese
traerlos por bien perdonándoles su maldad, mayormente que le dijeron algunos de
los que allí estaban, que, sin alguna duda Francisco Roldan, sabiendo que su
señoría era venido, se vernia á poner en sus manos, porque habian escrito
algunas cartas á sus amigos que fuesen intercesores, venido el Almirante, para
que lo perdonase, y que se queria meter por sus puertas como criado, y de quien
habia recibido siempre muchas honras y mercedes. En esto llega de Xaraguá
Alonso Sanchez Carvajal, y rectificó la pertinacia de Francisco Roldan,
diciendo lo que con él habia pasado. Como Francisco Roldan entendió que ya no
podia tardar en venir el Almirante, ó por ventura, luego que supo que era
venido, porque él tenia amigos en esta villa que le avisaban de todo lo nuevo
que sucedia, ó porque tenia sus espías de indios ó de cristianos, y los indios
vuelan donde quiera que están con nuevas, acordó de se acercar con buena parte
de su gente á esta villa; y así se vino hácia la provincia del Bonao, donde hay
una muy fértil y graciosa vega muy llena y poblada de gente de indios,
abundantísima de comida y pan caçabí, donde ya estaban algunos cristianos
poblados y despues se pobló la villa del Bonao. Esta provincia dista de Sancto
Domingo 20 leguas, y de la Vega grande, digo, de la fortaleza de la Concepcion,
que está en la Vega, 10. Y porque el Almirante deseaba por todas las vías y
maneras que le fuesen posibles, quitar tan gran escándalo y turbacion como
halló en esta isla, reduciendo aquellos á toda paz y obediencia suya, porque
siempre temblaba, en la verdad, de que los Reyes supiesen cosa de esta isla de
que hobiesen pesar, y via cada dia descrecer la estima desta su negociacion destas
Indias, que tantos sudores y angustias le habian costado, y descreciendo la
estima, como tenia tantos adversarios junto á los oidos de los Reyes, de
necesidad habian de menguar los favores y socorros reales, los cuales menguando
todo su estado se habia de deshacer; pensó comenzarlo[320] desta
manera. Ya está dicho arriba, que el mayor deseo que reinaba en todos los que
en esta isla estaban, de nuestra nacion, era que se les diese licencia para se
ir á Castilla, y que el juramento que más se usaba fué, «así Dios me lleve á
Castilla», porque estaban por fuerza, contra su voluntad, y no se les daba
licencia, por que no quedase la isla sola y los indios no matasen los pocos que
quedaran, si alguno quisiera de voluntad quedar con el Almirante; así que, para
dar alegría á todos los que habia en ella, y por consiguiente á los alzados con
Francisco Roldan, mandó el Almirante pregonar en 12 dias de Setiembre,
siguiente al mes de Agosto que él habia llegado, que en nombre de Sus Altezas
daba licencia á todos los que se quisiesen ir á Castilla, y que les daria los
bastimentos necesarios y navíos en que fuesen. Fué grande alegría la que todos,
chicos y grandes, recibieron en este pueblo, y por toda la isla despues que lo
supieron, mayormente que habia en este puerto de Sancto Domingo ocho ó diez
navíos, los seis que el Almirante habia sacado consigo de Sant Lúcar y las dos
carabelas que envió primero, y otra ó otras dos que el Adelantado aquí tenia;
destos estaban cinco ya cuasi despachados y de camino para Castilla, y dos las
vergas dalto, como dicen, ó al ménos muy propincuos á la partida, conque el
Adelantado estaba para ir á proseguir lo que el Almirante dejaba comenzado de
la tierra de Paria, para descubrir toda la tierra firme. Fué avisado el
Almirante como Francisco Roldan venia hacia la fortaleza de la Concepcion de la
Vega, y hácia el Bonao, donde tenian haciendas algunos de los de su cuadrilla.
Avisó luego el Almirante al Alcaide della, que se llamaba Miguel Ballester,
persona, como arriba me acuerdo haber dicho, muy honrada y venerable, porque
bien viejo y lleno de canas, que estuviese sobre aviso teniendo en la fortaleza
buen recaudo, y que, viniendo Francisco Roldan, de su parte le hablase, que él
habia recibido mucho enojo de que él, á quien habia dejado en tan preeminente
cargo de la justicia, que habia de tener y poner á los demas en paz y sosiego,
anduviese de la manera que andaba con tanto escándalo, por[321] sí,
en daño y confusion de toda la isla, de donde gran deservicio resultaba á los
Reyes; pero que no embargante todo lo acaecido, que él lo queria dar como si no
hobiera pasado, y que le rogaria que se viniese á él, que él le recibiria como
á criado que habia siempre amado como el más que todos, y todos eran dello
testigos, y que si le parecia ser necesario que le enviase seguro, que lo
escribiese él y se lo enviaria, conforme á su voluntad, firmado. El dicho
Alcaide rescibió esta carta del Almirante, y fué al Bonao y no halló nada;
tornóse á su fortaleza, y supo en la Vega como venian, uno que se llamaba
Gomez, y Riquelme, y Adriano, que eran los principales, que cada uno traia
gente, y Francisco Roldan venia por otra parte á la Vega con los demas, todos
los cuales se habian de juntar en casa de Riquelme, que la tenia en el Bonao.
Todo esto respondió el Alcaide al Almirante, y que él haria lo que más le
mandaba, venidos que fuesen; y yo tengo en mi poder hoy, originalmente, esta
respuesta ó carta.
CAPÍTULO CLI.
Porque el Almirante, ántes que se fuese á Castilla,
el año de 96, por Marzo, ó el Adelantado, despues del Almirante ido, allende
los tributos que los reyes y gentes suyas daban, ó quizá por tributos
principales (porque esto no lo pude averiguar), imponia á ciertos Reyes y
señores que tuviesen cargo de hacer las labranzas de los pueblos de los
cristianos españoles, y les sirviesen con toda su gente para su mantenimiento y
otros servicios personales, de aquí hobo orígen la pestilencia del
repartimiento y encomienda que ha devastado y consumido todas estas Indias,
como se verá, placiendo á Dios, en los libros siguientes. Cuando estos
servicios cesaban los Reyes y sus gentes de dar, porque no los podian sufrir ó
porque no los querian dar, porque se veian privados de su libertad y puestos en
dura servidumbre, allende mil otras ordinarias vejaciones y aflicciones crueles
y bestiales, é importunos tratamientos que de los cristianos cada hora
padecian, luego los tenian por rebeldes y que se alzaban, y, por consiguiente,
luego era la guerra tras ellos; y, muertos los que en ellas con increible
inhumanidad se mataban, todos los que se podian tomar á vida se hacian
esclavos, y esta era la principal granjeria del Almirante, con que pensaba y
esperaba suplir los gastos que hacian los Reyes sustentando la gente española
acá, y ofrecia por provechos y rentas á los Reyes, y por manera de que se
aficionasen mercaderes á venir con mercadurías y gente á vivir acá, sin que
quisiesen sueldo del Rey, ni de darlo á alguno hobiese necesidad. La segunda
granjeria, decia, que era el brasil que habia en la provincia de Yaquimo, que
es en esta costa del Sur, 80 ó pocas ménos leguas de aquí de Sancto Domingo, la
costa abajo; y de[323] ambas á dos granjerías
escribió á los Reyes, agora con estos cinco navíos, que abajo diremos, que
despachó, que de 4.000 esclavos y de otros 4.000 quintales de brasil le habian
certificado que se habrian 40 cuentos, y que fuesen 20 cuentos sería gran cosa;
y dice así en aquella carta el trasumpto, de la cual, escrito de su misma mano,
tengo en mi poder. «De acá se pueden, con el nombre de la Santísima Trinidad,
enviar todos los esclavos que se pudiesen vender, y brasil, de los cuales, si
la informacion que yo tengo es cierta, me dicen que se podrán vender 4.000, y
que, á poco valer, valdrán 20 cuentos, y 4.000 quintales de brasil, que pueden
valer otro tanto, y el gasto puede ser aquí seis cuentos; así que, á prima haz,
buenos serian 40 cuentos, si esto saliese así. Y cierto la razon que dan á ello
parece auténtica, porque en Castilla y Portugal, y Aragon y Italia, y Sicilia,
y las islas de Portugal, y Aragon y las Canarias, gastan muchos esclavos, y
creo que de Guinea ya no vengan tantos; y que viniesen, uno destos vale por
tres, segun se ve, é yo, estos dias que fuí á las islas de Cabo Verde, de donde
la gente dellas tienen gran trato en los esclavos, y de contino envian navíos á
los rescatar, y están á la puerta, yo ví que por el más ruin demandaban 8.000
maravedís, y estos, como dije, para tener en cuenta, y aquellos no para que se
vean. Del brasil, dicen que en Castilla, Aragon, Génova y Venecia hay grande
suma, en Francia y en Flandes y en Inglaterra; así que, destas dos cosas, segun
su parecer, se pueden sacar estos 40 cuentos, sino hubiese falta de navíos que
viniesen por esto, los cuales creo, con el ayuda de Nuestro Señor, que no
habrá, si una vez se ceban en este viaje.» Y un poco más abajo dice: «así que
aquí hay estos esclavos y brasil, que parece cosa viva, y aún oro, si place á
Aquel que lo dió y lo dará cuando viere que convenga, etc.;» y más abajo dice:
«acá no falta para haber la renta que encima dije, salvo que vengan navíos
muchos para llevar estas cosas que dije, y yo creo que presto será la gente de
la mar cebados en ello, que agora los Maestres y marineros (de los cincos
navíos habia de decir), van todos ricos y con intencion[324] de
volver luego y llevar los esclavos á 1.500 maravedís la pieza, y darles de
comer, y la paga sea de los mesmos, de los primeros dineros que dellos
salieren; y bien que mueran agora, así no será siempre desta manera, que así
hacian los negros y los canarios á la primera, y áun aventajen estos (quiere
decir que los indios hacen ventaja á los negros), que uno que escape no lo
venderá su dueño por dinero que le den, etc.» Estas son sus palabras, puesto
que defectuosas cuanto á nuestro lenguaje castellano, el cual no sabia bien,
pero más insensiblemente dichas; y cosa es de maravillar, como algunas veces
arriba he dicho, que un hombre, cierto no puedo decir sino bueno de su naturaleza,
y de buena intincion, estuviese tan ciego en cosa tan clara; bien se me podia
responder no ser maravilla que él se cegase, pues se cegaron tantos letrados
que los Reyes cabe si tenian, en no alumbrarlo á él y reprenderle tanta
ceguedad como tenia, en poner el principal fundamento de las rentas y provechos
temporales de los Reyes y suyos, y de los españoles, y la prosperidad deste su
negocio que habia descubierto, en la cargazon de indios inocentes (mejor diria
en la sangre), malísima y detestablemente hechos esclavos como si fueran
piezas, como él los llama, ó cabezas de cabras, como las que dijimos en el cap.
131 que habia monteses en las islas de Cabo Verde, y hinchir á Castilla, y á
Portugal, y Aragon y Italia, y Sicilia, é las islas de Portugal y de Aragon, y
las Canarias, donde dicen que gastan muchos esclavos; hinchir, digo, tantos
reinos y provincias de indios con la dicha justicia y sanctidad hechos
esclavos, y no tener escrúpulo de que se muriesen al presente algunos (y es
cierto que de cada 100, á cabo de un año, no escapaban 10), porque así morian,
dice él, los negros y los canarios, ¿qué mayor ni más supina insensibilidad y
ceguedad que esta? Y lo bueno dello es, que dice que, con el nombre de la
Sanctísima Trinidad se podian enviar todos los esclavos que se pudiesen vender
en todos los dichos reinos; y muchas veces creí que aquesta ceguedad y
corrupcion aprendió el Almirante y se le pegó de la que tuvieron y hoy tienen
los portogueses[325] en la negociacion, ó por
verdad decir, execrabilísima tiranía en Guinea, como arriba, hablando della, se
vido. Deste paso y de otros muchos en esta materia y granjería de esclavos que
se dél, tuve para mí por averiguado que deseaba que los tristes inocentes
indios dejasen de acudir con los tributos y servicios personales que les
imponia, ó se huyesen ó alzasen, como él y los demas decian, y hoy dicen los
españoles, ó resistiesen á él y á los demas cristianos, como justísimamente
podian y debian hacerlo, como contra sus capitales hostes y manifiestos enemigos,
por tener ocasion de hacerlos esclavos y cargar todos los navíos dellos, y
engrosar y prosperar su granjería; y porque los letrados que estaban á par de
los Reyes, que eran obligados á no ignorar tan gran tiranía y abyeccion y
perdicion del linaje humano, habiéndose cometido á los Reyes, como á
cristianísimos, aquesta parte dél tan sin número para atraerla y convertirla á
Cristo, no alumbraron á Sus Altezas de la verdad y de la justicia; los Reyes no
se lo reprendieron, pero proveyó por otra vía y con otra color, quitárselo de
las manos al Almirante, la divina Providencia, el negocio, porque con tan
vehemente vendimia no asolase en breve toda esta isla, sino que quedase algo
para que se fuesen al infierno muchos otros matadores destas gentes, cayendo de
ojos en tan lamentable ofendículo. He traido todo lo dicho en este capítulo
para que se suponga á lo que agora quiero decir, y lo que dijere á lo que se
dirá en el siguiente capítulo, y es: que porque cierto Cacique y gente suya, no
se si el dedicado al servicio de la fortaleza de la Vega, ó á otra parte donde
habia cristianos españoles, cesó de servir ó de traer la comida ó tributos, ó
las cosas que les eran impuestas, ó se fué á los montes huyendo, ó no quiso más
venir, luego, como el Almirante desembarcó, que lo supo, envió gente allá, y
traenle una buena presa ó cabalgada de inocentes, para echar en estos cinco
navíos, que agora cargar de esclavos y despachar para Castilla queria, y
enviarlos á no dudosa, sino certísima, carnecería.
CAPÍTULO CLII.
Venido Francisco Roldan, y Pedro de Gamez, y Adrian
de Muxica y otras principales, al Bonao, á la casa del Riquelme, donde se
habian concertado juntar, fué luego el Alcaide Miguel Ballester á hablarles,
como el Almirante le habia escrito, el cual les habló todo lo que convenia,
ofreciéndoles de parte del Almirante todo perdon y buen tratamiento y olvido de
todos los yerros pasados, exhortándolos con todas las razones que pudo,
poniéndole convenientes é inconvenientes, y daños y escándolos delante, y cuanto,
de la reduccion y obediencia dellos al Almirante, los Reyes serian servidos, y
deservidos de lo contrario; pero el Francisco Roldan y los demas mostraron
venir de otro propósito, diciéndole palabras, contra el Almirante, desvariadas,
y de gran soberbia obstinada; entre las cuales fueron, que no venian á buscar
paz sino guerra, y que él tenia al Almirante y á todo su estado en el puño para
sostenerle ó deshacerle, que ninguno le hablase en cosa que tocase á hacer
concierto y partido, hasta tanto que el Almirante le enviase la cabalgada que
habia hecho llevar de indios presos por esclavos, porque él los tenia, so su
mamparo y palabra, asegurados, y á él pertenecia el librarlos de quien tanto
agravio les hacia injustamente; por eso, que luego se los enviasen, sino que
haria y conteceria. Bien hay que notar aquí, como se dijo arriba en el cap.
117, que si este Francisco Roldan y los que con él andaban robando los indios,
y destruyendo por su parte toda la isla, se movieran contra el Almirante, bona
fide, solamente por celo de la justicia, ó de librar aquellos sus prójimos
de la servidumbre injusta en que el Almirante los condenaba, y de la muerte
cierta que habian de padescer llevándolos á vender á Castilla, justísima fuera[327] su guerra contra él, y merescieran que en esta
vida los Reyes se lo agradecieran y hicieran mercedes, y en la otra que Dios
les remunerara con eterno galardon; y así tuvieran mucha razon de no querer
tomar partido ni asiento de paz y amistad con el Almirante, hasta que les
enviara y restituyera en su libertad todos los indios de aquella cabalgada.
Pero como Francisco Roldan y todos los que con él andaban eran, cierto, tiranos
y rebeldes á su verdadero y jurídico superior, el Almirante, y no pretendian
sino libertad por andar triunfando de los indios y de toda la isla, señores y
súbditos, y gozar en sus vicios sin que hobiese quien les fuese á la mano, y
buscar ocasiones y colores para justificar y dorar su rebelion y desobediencia,
ni excusaban sus grandes pecados que, contra los indios, robándolos y
afligiéndolos por otras mil partes y vías y contra el Almirante y sus
mandamientos, que era su propio juez y superior, cometian; ni podian dorar ni
colorar la causa que alegaban de no venir en concierto y partido, que se les
diese la cabalgada por alguna vía. Tomada ocasion y color de su nueva
pertinacia deste pedir la cabalgada (digo nueva pertinacia, porque los amigos
que tenia con el Almirante le habian con instancia suplicado que les perdonase,
y creia que se acercaban para más presto venir á su obediencia y besarle las
manos), acuerda Roldan y otros tres, los principales, que eran propiamente
criados del Almirante y ganaban su sueldo, de se desistir y renunciar el ser
sus criados y el sueldo que ganaban, alegando muchos achaques, y estos fueron
Roldan, y Adriano, y Pedro Gamez, y Diego de Escobar, los cuales le escribieron
la siguiente carta:
«Ilustre y muy magnífico señor: Vuestra señoría
sabrá que por las cosas pasadas entre el Adelantado é mí, Francisco Roldan, é
Pedro Gamez, é Adrian de Muxica, é Diego de Escobar, criados de vuestra
señoría, é otros muchos que en esta compañía están, fué necesario de nos
apartar de la ira del Adelantado, é segun los agravios habiamos rescibido, la
gente que acá está proponia de ir contra él para le destruir; é mirando el
servicio de vuestra señoría, los dichos Pedro de[328] Gamez,
é Adrian de Muxica, é Diego de Escobar, é Francisco Roldan, hemos trabajado de
sostener en concordia y en amor toda la gente que en esta compañía está,
poniéndoles muchas razones é diciendo cuanto complia al servicio del Rey é de
la Reina, nuestros señores, no se entendiese en cosa ninguna, hasta que vuestra
señoría viniese, porque entendíamos, que, venido que fuese, miraria la razon
que ellos é nosotros teniamos de nos apartar, é con muchas razones que aquí no
se dicen, hemos estado á una parte de la isla esperando su venida, é agora, há
ya más de un mes que vuestra señoría está en la tierra y no nos ha escrito,
mandándonos qué es lo que hubiésemos de hacer; por lo cual creemos está muy
enojado de nosotros, é por muchas razones que se nos han dicho que vuestra
señoría dice de nosotros, deseándonos maltratar é castigar, no mirando cuanto
le hemos servido en evitar algun daño que pudiera hallar hecho. É pues que así
es, hemos acordado, por remedio de nuestras honras é vidas, de no nos consentir
maltratar, lo cual no podemos hacer limpiamente si fuésemos suyos, por ende
suplicamos á vuestra señoría nos mande dar licencia, que de hoy en adelante no
nos tenga por suyos, é así, nos despedimos de la vivienda que con vuestra
señoría teniamos asentada, aunque se nos hace muy grave, pero ésnos forzado por
cumplir con nuestras honras. Nuestro Señor guarde y prospere el estado de
vuestra señoría como por él es deseado. Del Bonao, hoy miércoles, 17 dias del
mes de Octubre de 98 años.—Francisco Roldan.—Y por Adrian de Muxica, Francisco
Roldan.—Pedro de Gamez.—Diego de Escobar.»
Esta es á la letra su carta, la cual originalmente
tuve yo en mi poder firmada de sus nombres y propias firmas.
CAPÍTULO CLIII.
Hablado que hobo el Alcaide Ballester á Roldan y á
su gente alzada, vínose para esta ciudad de Sancto Domingo á dar cuenta al
Almirante de la respuesta que dieron, y, por ventura, trujo él la dicha su
carta. Desque el Almirante supo la respuesta y cognosció no concordar con lo
que los amigos de Roldan le habian rogado y suplicado y certificado, que queria
venirse á él, y tambien porque habian dicho al Alcaide Ballester, que no
querian que alguno viniese á ellos, ni tratase con ellos de parte del Almirante,
sino Alonso Sanchez de Carvajal, comenzó el Almirante á sospechar
vehementemente contra la fidelidad del Carvajal, y los que con el Almirante
estaban, lo mismo, acumulando muchos indicios y conjeturas que parecian
concluir é averiguar lo que sospechaban; y uno fué, no haber hecho tanto como
parece que debiera, en no recobrar los 40 hombres, que de los que traia de
Castilla se le habian pasado; lo segundo, por muchas pláticas que ambos habian
tenido en el navío, estando juntos, y refrescos que le habia dado; el tercero,
porque habia, segun parece por una carta que el Almirante escribió á los Reyes,
habia procurado traer poder para ser acompañado del Almirante, como Juan Aguado
debia de haber referido muchas quejas de los malos tratamientos que decian que
habia hecho á los cristianos, y debia entónces, quizá, desto algo tratarse, y
donde quiera que el Carvajal se hallaba, dijeron que se jactaba, publicando que
venia por acompañado del Almirante; lo cuarto, porque idos los dos Capitanes
con los tres navíos, y el Carvajal quedado para se venir por tierra á esta
ciudad, envió Francisco Roldan con él cierta gente, y con ella por capitan á
Pedro de Gamez, que era de los principales[330] con
quien habia mucho hablado y comunicado, cuando estuvo en los navíos, para que
le acompañasen y guardasen, hasta seis leguas desta ciudad, por los indios que
habia en el camino; lo quinto, porque se dijo que el mismo Carvajal indujo y
provocó al Roldan y á los demas á que se viniesen hácia el Bonao, para que si
el Almirante se tardase ó nunca viniese, que el Carvajal, como acompañado del
Almirante, y Francisco Roldan, como Alcalde mayor, gobernasen esta isla, aunque
pesase al Adelantado; lo sexto, porque venidos al Bonao, se carteaba con el
Roldan, y los demas, y les enviaba cosas de las traidas de Castilla; lo sétimo,
porque decian que no querian que interviniese otro con ellos sino Carvajal, y
áun que lo tomarian por Capitan. Todos estos indicios parecian ser eficaces
para dél sospechar; pero con todo esto, el Almirante, creyendo que pues era
caballero haria como bueno, y tambien porque no podia más, porque se lo pedian
ellos, acordó enviarlo juntamente con el Alcaide Ballester, para que les
hablase de su parte y redujese á la razon, proponiéndoles los bienes que dello
se siguirian y los daños del contrario delante; y ántes que supiese la
respuesta de los dos escribió la presente carta á Francisco Roldan:
«Caro amigo: Rescibí vuestra carta luego que aquí
llegué. Despues de haber preguntado por el señor Adelantado y D. Diego,
pregunté por vos como por aquel en quien tenia yo harta confianza, é dejé con
tanta certeza de haber bien de temporar y asentar todas cosas que menester
fuesen, y no me supieron dar nuevas de vos, salvo que todos á una voz me
dijeron, que de algunas diferencias que acá habian pasado que por ello
deseábades mi venida, como la salvacion del ánima; y yo, ciertamente, así lo
creí, porque áun lo viera con el ojo y no creyera que vos habíades de trabajar
hasta perder la vida, salvo en cosa que á mí cumpliese, y á esta causa fablé
largo con el Alcaide, con mucha certeza que, segun las palabras que yo le habia
dicho y os dijo, que luego verníades acá. Allende la cual venida, creí ántes
desto que[331] aunque acá se hobiesen pasado cosas
más graves de las que estas puedan ser, que áun bien no llegaria, cuando
seríades conmigo á me dar cuenta con placer de las cosas de vuestro cargo, así
como lo hicieron todos los otros á quien cargo dejé, y como es de costumbre y
honra dellos; veramente, si en ello habia impedimentos por palabras que le
farian por escrito, y que no era menester seguro ni carta: y que fuera así, yo
dije, luego que aquí llegué, que yo aseguraba á todos que cada uno pudiese
venir á mí y decir lo que les placia, y de nuevo lo torno á decir y los
aseguro. Y cuanto á lo otro que decís de la ida de Castilla, yo á vuestra causa
y de las personas que están con vos, creyendo que algunos se querrian ir, he
detenido los navíos diez y ocho dias más de la demora, y detuviera más, salvo
que los indios que llevan les daban gran costa y se les morian; paréceme que no
os debeis creer de ligero y debeis mirar á vuestras honras más de lo que me
dicen que faceis, porque no hay nadie á quien más toque, y no dar causa que las
personas que os quieren mal acá ó en vuestra tierra, hayan en qué decir, y
evitar que el Rey é la Reina, nuestros señores, no hayan enojo de cosas en que
esperaban placer. Por cierto, cuando me preguntaron por las personas de acá, en
quien pudiese tener el señor Adelantado consejo y confianza, yo os nombré
primero que á otro, y les puse vuestro servicio tan alto, que agora estoy con
pena que con estos navíos haya de oir lo contrario; agora ved que es lo que se
puede ó convenga al caso, y avisadme dello pues los navíos partieron. Nuestro
Señor os haya en su guarda. De Sancto Domingo á 20 de Octubre.»
Esto contiene aquella carta, por la cual parece que
otra debiera el Almirante haber recibido de Roldan, la cual no vino á mis
manos. Llegados el alcaide Ballester y Alonso Sanchez de Carvajal al Bonao,
hablóles Carvajal muy elocuentemente á todos, y con tanta eficacia, que movió á
Francisco Roldan y á los más principales á que fuesen á hablar al Almirante,
donde todo se concluyera y asosegara sin duda, segun se creia; pero como la
gente que traia, toda por la[332] mayor parte, no
tomaba placer de dejar la vida haragana y libre que traia, por ser gente
viciosa y baja, mayormente los que habia tomado en Xaraguá, de los condenados
que el Almirante habia enviado, ya que queria Roldan y los demas venir aquí á
Sancto Domingo con Carvajal y el Almirante, saltan todos con voces altas,
diciendo, «que juraban á tal que no habia de ser así, y que no habian de
consentir que fuesen Roldan ni los demas, sino que si concierto se habia de
hacer fuese allí público á todos, pues á todos tocaba»; porfiando Carvajal y el
Alcaide por meterlos en razon por algunos dias, al cabo no aprovecharon nada.
Finalmente, acordó Roldan de escribir al Almirante, como quisiera venir con
Carvajal á le hacer reverencia él y otros de su compañía y que los demas no le
consintieron que fuese, pero que porque él tenia que el Adelantado, ó otro por
él, le haria alguna afrenta ó daño, no embargante el seguro que de palabra le
enviaba, y porque las cosas despues de hechas, dijo él, no tienen remedio, por
tanto, que le enviase un seguro firmado de su nombre, la forma del cual él
enviaba escrito para él y para algunos mancebos de los que él tenia consigo y
habia de traer; y allende desto, Carvajal y otros de los principales criados
del Almirante, tomasen la fe y palabra fuerte y firme al Adelantado, que él, ni
otra persona por él, les hará mal ni daño ni enojo alguno durante el seguro, y
lo firmasen de sus nombres, y con esto así concedido, él vernia á besarle las
manos y á hacer todo lo que mandase en el negocio, y que veria cuanto dél sería
servido en ello.
Con esta carta que debia traer Carvajal escribió el
alcaide Ballester al Almirante la siguiente carta, cuyos traslados originales y
firmados de sus propios nombres, tengo yo en mi poder; la cual dice así:
«Ilustre y muy magnífico señor: Ayer lúnes, al
medio dia, llegamos acá en el Bonao, y luego á la hora Carvajal habló
largamente á toda esta gente, y su habla fué tan allegada al servicio de Dios y
de Sus Altezas y de vuestra señoría, que Salomon ni doctor ninguno no hallara
enmienda ninguna, y[333] como quiera que la mayor
parte desta gente hayan mas gana de guerra que de paz, á los tales no les
parece bien, mas los que no querian errar á vuestra señoría, sino servirle, les
pareció que era razon y justa cosa todo lo que Carvajal decia, los cuales eran
Francisco Roldan, y Gamez, y Escobar, y dos ó tres otros, los cuales juntamente
acordaron que fuese el Alcaide y Gamez á besar las manos á vuestra señoría y á
concertar cosa justa y posible, por excusar y matar el fuego que se va
encendiendo, más de lo encendido; y acordado esto, que ya queriamos cabalgar, y
yo con ellos, porque á todos les pareció que yo debia volver con Carvajal y
ellos; en aquel instante vinieron todos á requerir á Francisco Roldan y á Gamez,
que habian acordado que no fuesen, sino que por escrito llevase Carvajal lo que
pedian; y si en aquello vuestra señoría viniese, que aquello se hiciese, y otra
cosa no. Y yo, señor, por lo que debe criado á su señoría, suplico á vuestra
señoría concierte con ellos en todo caso, especialmente para que se vayan á
Castilla, como ellos piden, porque otramente creo cierto que no se harian los
hechos de vuestra señoría como era de razon, y querria, porque me parece que lo
que dicen es verdad, que se han de pasar los más á ellos; y así me parece que
se vá mostrando por la obra, que despues que yo pasé para ir á vuestra señoría
se les han venido unos ocho, y diciéndoles que por qué no se acercan allá, que
ellos saben que se pasarán más de 30; y esto les ha dicho García, aserrador y
otro valenciano que se han pasado con ellos. Y yo, cierto, creo que despues de
los hidalgos y hombres de pró que vuestra señoría tiene junto con sus criados,
que aquellos que los terná vuestra señoría muy ciertos para morir en su servicio,
y la otra gente de comun yo pornia mucha duda. Y á esta causa, señor, conviene
al estado de vuestra señoría concierte su ida de una manera ú otra, pues ellos
lo piden, y quien otra cosa á vuestra señoría consejare no querrá su servicio ó
vivirá engañado, y si en algo de lo dicho he errado, será por dolerme del
estado de vuestra señoría viéndolo en tan gran peligro, no haciendo iguala con
esta gente; y quedo rogando[334] á Nuestro Señor dé
seso y saber á vuestra señoría, que las cosas se hagan á su sancto servicio y
con acrecentamiento y dura del estado de vuestra señoría. Fecha en el Bonao,
hoy mártes, á 16 de Octubre.—Miguel Ballester.»
Esta es su carta, y bien parece que era catalan,
porque hablaba imperfectamente, pero hombre virtuoso y honrado y de voluntad
sincera y simple; yo le cognoscí mucho.
CAPÍTULO CLIV.
Vista esta carta y la relacion que Carvajal dió,
grande fué el angustia que el Almirante recibió, y él sintió bien claro ser
verdad que tenia pocos consigo que en la necesidad le siguiesen, porque,
haciendo alarde para si conviniese ir al Bonao á prender á Francisco Roldan, no
halló 70 hombres que dijesen que harian lo que les mandase, de muchos de los
cuales no tenia confianza, sino que al mejor tiempo le habian de dejar; y de
los otros, uno se hacia cojo, y otro enfermo, y otro se excusaba con decir que
tenia con Francisco Roldan su amigo y otro su pariente, por manera que ningun
favor ni consuelo de alguna parte tenia.
Por esta necesidad extrema que padecia, y por el
ánsia que tenia de asentar la tierra, y que los indios tornasen á pagar los
tributos, injustamente impuestos, como arriba se dijo, por enviar dineros á los
Reyes y suplir, con rentas que acá tuviesen, los gastos que en proveer las
cosas desta isla hacian, todo cuanto razonablemente los alzados le pidiesen,
estaba para concederlo aparejatísimo; luego, pues, ordenó dos cosas, la una,
puesto que fué la postrera, y pónese aquí primera por ser más general, y es, que
hizo una carta de seguro general que todas las personas que se hobiesen llegado
y seguido á Francisco Roldan en las diferencias pasadas, y el dicho Francisco
Roldan, juntamente ó apartada, que quisiesen venir á servir á Sus Altezas como
de ántes, pudiesen venir juntamente ó cada uno de por sí, que él, como Visorey
de Sus Altezas, y en su nombre los aseguraba sus personas y bienes, y les
prometia de no entender en cosa alguna de los casos pasados hasta el dia de la
fecha; y en los casos venideros, si acaesciesen, les[336] prometia
que la justicia se habria humana y piadosamente con ellos, y les daba licencia
que los que quisiesen irse á Castilla, cada y cuando ellos quisiesen irse, y
les daria sus libranzas de los sueldos que se les debiesen; los cuales viniesen
á gozar deste seguro dentro de diez y seis dias, y los que estuviesen primeros,
siguientes, y si estuviesen algunos dellos distantes más de 30 leguas, fuesen
obligados á venir dentro de treinta dias; donde no viniesen dentro los dichos
términos, juntos ó cada uno por sí, que procederia contra ellos por la guisa
que hallase que cumplia al servicio de Sus Altezas y á su justicia. Y mandó que
se apregonase públicamente y estuviese fijada la dicha carta de seguro en la
puerta de la fortaleza. Fué hecha en esta ciudad de Sancto Domingo, que estaba
entónces de la otra parte del rio, viernes, 9 dias de Noviembre de 1498.
Lo segundo que proveyó fué, que envió otra carta de
seguro particular al dicho Roldan y á los que con él viniesen, del tenor que se
la envió el dicho Roldan, y decia así: «Yo D. Cristóbal Colon, Almirante del
Océano, Visorey y Gobernador perpétuo de las islas y tierra firme de las
Indias, por el Rey é la Reina nuestros señores, é su Capitan general de la mar
y del su Consejo: Por cuanto entre el Adelantado, mi hermano, y el Alcalde
Francisco Roldan y su compañía ha habido ciertas diferencias en mi ausencia,
estando yo en Castilla, é para dar medio en ello de manera que Sus Altezas sean
servidos, es necesario que el dicho Alcalde venga ante mí é me faga relacion de
todas las cosas, segun que han pasado, caso que yo de algo dello esté informado
por el dicho Adelantado. E porque dicho Alcalde se recela por ser el dicho
Adelantado, como es, mi hermano, por la presente, doy seguro en nombre de Sus
Altezas al dicho Alcalde y á los que con él vinieren aquí á Sancto Domingo,
donde yo estó, por venida y estada y vuelta al Bonao, donde él agora está, que
no será enojado ni molestado por cosa alguna, ni de los que con él vinieren
durante el dicho tiempo; lo cual prometo y doy mi fe y palabra, como caballero,
segun uso de España, de lo cumplir y guardar este dicho seguro, como dicho es;
en firmeza[337] de lo cual, firmé esta escritura de
mi nombre. Fecha en Sancto Domingo á 26 dias del mes de Octubre.—El Almirante.»
Andando en estos tratos, porque los cinco navíos no
traian demora, por concierto que se suele hacer cuando les fletan, si no un
mes, dentro del cual quedó el Almirante de despacharlos, y por esperar cada dia
que se concluyera el concierto de que se trataba y el Almirante tanto deseaba,
con venir Francisco Roldan y su compañía á la obediencia y sosiego que debian,
los habia detenido diez y ocho dias más por enviar á los Reyes buenas nuevas de
quedar la isla pacífica y dispuesta para tornar á enhilar los tributos en los
indios della, que era lo que mucho dolia y deseaba, como está dicho, el
Almirante; y los navíos tambien habia cargado de esclavos, de los cuales se
morian muchos y los echaban á la mar por este rio abajo, lo uno, por la grande
tristeza y angustia de verse sacar de sus tierras y dejar sus padres y mujeres
y hijos, perder su libertad, y cobrar su servidumbre, puestos en poder de gente
inhumana y cruel, como estimaban, y con justísima razon, los cristianos, y que
los llevaban á donde y de donde jamás habian de volver; lo otro, por la falta
de los mantenimientos, que no les daban sino un poco de caçabí seco, que, para
sólo y sin otra cosa, es intolerable, y áun agua no les daban cuanta habian
menester para remojarlo, porque, para el viaje tan largo, á los marineros no
faltase; lo otro, porque como metian mucha gente y la ponian debajo de
cubierta, cerradas las escotillas, que es como si en una mazmorra cerrasen
todos los agujeros, juntamente con las ventanas, y la tierra caliente, y debajo
de cubierta arden los navíos como vivas llamas, del ardor y fuego que dentro
tenian, sin poder resollar, de angustia y apretamiento de los pechos se
ahogaban; y desta manera han sido infinitos el número de las gentes destas
Indias que han perecido, como en el libro III, si place á Dios, será relatado.
Así que, por las razones susodichas fué constreñido el Almirante á despachar
los dichos cinco navíos de indios cargados, los cuales fueron[338] en
tal hora, que, de su llegada á Castilla y de la relacion que á los Reyes hizo
por sus mismas cartas el Almirante, luego se originó y proveyó que perdiese su
estado, y le sucedieron mayores amarguras y disfavores y desconsuelos que hasta
entónces habia padecido trabajos; no, cierto, por lo que habia ofendido á
Francisco Roldan ni á los que con él andaban alzados, sino por las injusticias
grandísimas, y no oidas otras tales, que contra estas inocentes gentes cometia
y habia perpetrado, y, por su ejemplo, Francisco Roldan y los demas, quizá fué
causa ocasional que perpetrasen. Porque, por ventura y áun sin ventura, si él
no hubiera impuesto los tributos violentos é intempestivos, é para estas gentes
más que insoportables, los Reyes desta isla y súbditos suyos no desamaran su
venida y estada de los cristianos en sus tierras, ni exasperados de las
vejaciones y fatigas que padecian, por defenderse de quien los oprimia, no se
pusieran en armas, si armas se podian decir las suyas, y no más armillas de
niños, por título que se alzaban á quien no debian nada, él no les hiciera
guerras, en las cuales, comenzaron y mediaron y perfeccionaron diversas
maneras, y muy nuevas, de crueldades en estos corderos, los cristianos, y para
presumir más de sí, como se vian contra las gallinas gallos tan aventajados,
crecíanles con la cruel ferocidad los ánimos, ni quizá cayera en él tanta ánsia
de enviar, de indios hechos esclavos tan malamente, los navíos cargados; y así,
lo primero cesante, lo último con lo del medio cesara, y, todo cesando, quizá
no permitiera Dios que Francisco Roldan ni los demas rebeldes y tiranos contra
él se levantaran, ni cometieran en estas mansas y humildes gentes tantos y tan
grandes extragos, lo cual, no obstante él, floreciera y gozara felicemente del
estado que misericordiosamente (como él siempre recognoscia y confesaba, y por
ello á Dios alababa), le habia concedido, que al fin permitió, para su
salvacion, cierto, segun creo, por las dichas causas fuese dél privado. Pero es
de haber gran lástima que no advirtiese cual fuese de sus angustias y caimiento
en la estima y nombre deste su negocio de las Indias, y de sus disfavores y
adversidades, la[339] causa; porque si la sintiera,
no hay duda sino que, como era de buena intincion y deseaba no errar, y todo lo
enderezaba á honor de Dios, y, como él siempre decia, de la Sanctísima
Trinidad, todo lo enmendara, y tambien la bondad divina su sentencia y castigo
ó lo revocara ó lo templara.
CAPÍTULO CLV.
Haciéndose á la vela los cinco navíos á 18 dias del
mes de Octubre de aquel año de 498, en los cuales fué mi padre á Castilla,
desta isla, y pasaron grandes trabajos y peligros, fueron, como es dicho,
cargados de indios hechos esclavos; y serian por todos 600, y, por los fletes
de los demas, dió á los Maestres 200 esclavos. En ellos escribió el Almirante á
los Reyes muy largo, en dos cartas, haciéndoles relacion de la rebelion de
Francisco Roldan y de los con él alzados, de los daños que habian hecho y hacian
por la isla, haciendo robos y violencias, y que mataba á los que se les
antojaba por no nada, tomando las mujeres ajenas y hijas, y otros muchos males
perpetrando por donde andaban; y escribióles que le habian dicho, que cuasi
toda la parte del Poniente desta isla, que es la donde reinaba el rey Behechio,
que se llamaba Xaraguá, tenian muy alborotada y maltratada: y no dudo yo dello
y que era mucho más que podia ser la fama. En todas las cartas que escribia,
decia que esta tierra era la más fértil y abundosa que habia en el mundo, y
para todos los vicios aparejada, y, por tanto, propia para hombres viciosos y
haraganes; y en todo decia gran verdad, porque despues que se hicieron á la
tierra los españoles, saliendo de las enfermedades que por fuerza los habia de
probar, no por ser enferma, como arriba en el cap. 88 dijimos, sino por ser los
aires más sotiles, y las aguas más delgadas, y los manjares de otras calidades,
y en fin, por estar de las nuestras tan distantes, andando de pueblo en pueblo,
y de lugar en lugar, comian á discrecion, tomaban los indios para su servicio,
que querian, y las mujeres que bien les parecia, y hacíanse llevar á cuestas[341] en hombros de hombres en hamacas, de las cuales
ya dije qué tales son; tenian sus cazadores que les cazaban, y pescadores que
les pescaban, y cuantos indios querian, como recuas, para les llevar las
cargas, y sobre todo, de puro miedo, por las crueldades que en los tristes
indios hacian, eran reverenciados y adorados, pero no amados, ántes aborrecidos
como si fueran demonios infernales; y porque esta vida el Almirante sabia que
aquí los españoles vivian, y hallaban en la tierra para ello aparejo cuanto
desear podian, con razon juzgaba que era la mejor del mundo para hombres
viciosos y haraganes. Entre otras viciosas desórdenes que en ellos abominaba,
era comer los sábados carne, á lo cual no podia irles á la mano, por cuya causa
suplicaba á los Reyes en muchas cartas, que enviasen acá algunos devotos
religiosos, porque eran muy necesarios, más para reformar la fe en cristianos
que para á los indios darla, y dice así: «Acá son muy necesarios devotos
religiosos para reformar la fe en nos, más que por la dar á los indios, que ya
sus costumbres nos han conquistado y les hacemos ventaja; y con esto un
letrado, persona experimentada para la justicia, porque sin la justicia real
creo que aprovecharán los religiosos poco.» Estas son sus palabras. Y en otra
carta dice á los Reyes: «Presto habrá vecinos acá, porque esta tierra es
abundosa de todas las cosas, en especial de pan y carne; aquí hay tanto pan de
lo de los indios, que es maravilla, con el cual está nuestra gente más sanos
que con el de trigo, y la carne es, que ya hay infinitísimos puercos y
gallinas, y hay unas alimañas que son atanto como conejos, y mejor carne, y
dellos hay tantos en toda la isla, que un mozo indio con un perro trae cada dia
15 ó 20 á su amo; en manera que no falta sino vino y vestuario, en lo demas es
tierra de los mayores haraganes del mundo; é nuestra gente en ella, no hay
bueno ni malo que no tenga dos y tres indios que le sirvan, y perros que le
cacen, y bien que no sea para decir, y mujeres atan fermosas, que es maravilla.
De la cual costumbre estoy muy descontento, porque me parece que no sea
servicio[342] de Dios, ni lo puedo remediar, como
del comer de la carne en sábado, y otras malas costumbres que no son de buenos
cristianos; para los cuales, acá aprovecharia mucho algunos devotos religiosos,
más para reformar la fe en los cristianos que para darla é los indios; ni yo
jamás lo podré bien castigar, salvo si de allá se me envia gente, en cada
pasaje 50 ó 60, y yo envie allá otros tantos de los haraganes y desobedientes,
como agora fago, y este es el mayor y mejor castigo, y con ménos cargo del
ánima, que yo, vea, etc.» Esto todo repite en otras cartas, como via que cada
dia se iban corrompiendo más la vida mala y nefanda de los españoles; y en la
verdad, como fueron grandes quejas y debialas de llevar Juan Aguado, de quien
en el cap. 107 hicimos larga mencion, de que habia tratado mal los españoles,
ahorcando ó azotando muchos, como en fin deste libro ó al principio del
segundo, placiendo á Dios, se verá, y tambien por estar levantado Francisco
Roldan y los demas, estaba acobardado y no osaba corregir las malas costumbres
ni castigar ó impedir los delitos y obras pésimas, de robos y crueldades, que
tambien cometian en los indios los españoles que le seguian, como los de
Francisco Roldan, y así llora mucho esto en sus cartas, y en una dice: «Yo he
sido culpado en el poblar, en el tratar de la gente, y en otras cosas muchas,
como pobre extranjero envidiado, etc.» Dice en el poblar, porque le imputaban
por malo haber poblado el primer pueblo en la Isabela, como si él hobiera visto
y andado toda esta isla, y de industria escoger aquel por el peor lugar; nunca
él hobiera herrado en otra cosa sino en aquello, porque él vino á dar allí con
los 17 navíos, cansados y molidos del viaje de Castilla, y los caballos y
bestias que traia, y toda la gente afligida y medio enferma de tan luengo
viaje, no acostumbrado, y tan nunca en la mar, sin ver tierra tantos dias,
hasta entónces hombres se haber hallado; y es muy excelente y graciosa tierra,
y harta digna de ser poblada, y más propincua y frontera de las minas de Cibao,
por lo cual, cierto, más merecia gracias que serle á mal poblar imputado, sino[343] que, segun le desfavorecian, los que podian
hacerle daño de todo cuanto podian hechaban mano.
Escribió tambien á los Reyes en la angustia en que
quedaba con el levantamiento y rebelion de Francisco Roldan, y en los tratos
que por atraerlo á obediencia y servicio de Sus Altezas andaba; escribió más á
los Reyes, que porque decia Francisco Roldan que no tenia necesidad de perdon,
porque no tenia culpa, y que el Almirante era hermano del Adelantado y era juez
sospechoso, que trabajaba de concertar con él que fuese á Castilla, y que Sus
Altezas fuesen los jueces; y que cuanto á la pesquisa é informacion sobre esto,
para enviar á Sus Altezas, para que se hiciese con ménos duda y sospecha,
estuviesen á hacerla presentes Alonso Sanchez de Carvajal con quien tenia
pláticas, y el Alcaide Miguel Ballester, y esta pesquisa fuese á Castilla, y
Roldan y sus compañeros enviasen un mensajero á la corte, y en tanto que
volviese respuesta de los Reyes, se viniesen á servir como de ántes solian, y
si esto no querian, que se fuesen á la isla de Sant Juan, que estaba cerca de
aquí, porque no anduviesen destruyendo esta isla, como robando de continuo la
tenian destruida. Dice más, que si estos Alcaides no venian en concierto, para
que cesasen tantos males, que habia de trabajar de poner diligencia para los
destruir; yo sospecho que esta cláusula y palabra, dió más prisa á los Reyes
para enviar muy más presto á quitarle el cargo, creyendo que como le habian
acusado de riguroso y cruel en la ejecucion de la justicia, que, si él pudiese,
habia de hacer grandes estragos en aquellos rebeldes. Dice asimismo en una de
sus cartas á los Reyes así: «Siempre temí del enemigo de nuestra sancta fe en
esto, porque se ha puesto á desbaratar este tan grande negocio con toda su
fuerza; él fué tan contrario en todo, ántes que se descubriese, que todos los
que entendian en ello lo tenian por burla; despues la gente que vino conmigo
acá, que del negocio y de mí dijeron mil testimonios, y agora se trabajó allá,
que hubiese tanta dilacion é impedimentos á mi despacho, y poner tanta cizaña á
que Vuestras Altezas hobiesen de temer la costa, la[344] cual
podia ser ya tan poca ó nada, como será, si place á Aquel que lo dió y que es
superior dél y de todo el mundo, y el cual le sacará al fin por qué hizo el
comienzo, y del cual se ve tan manifiesto que le sostiene y aumenta, que es
cierto, si se mirasen las cosas que acá han pasado, se podria decir como y
tanto como del pueblo de Israel.» Quiere decir, que así como los hijos y
pueblos de Israel eran incrédulos contra Moisén y Aaron, así todos los que
dudaron y creyeron ser burla y de poco fruto el descubrimiento destas Indias y
desta negociacion; y añide más. «Podria yo todo replicarlo, mas creo que no
hace mengua, porque hartas veces los he escrito bien largo, como agora, de la
tierra que nuevamente dió Dios este viaje á Vuestras Altezas, la cual se debe
creer que es infinita, de la cual y desta deben tomar grande alegría y darle
infinitas gracias, y aborrecer quien diz que no gasten en ello, porque no son
amigos de la honra de su alto Estado; porque allende de las tantas ánimas que
se pueden esperar que se salvarán, de que son Vuestras Altezas causa, y que es
el principal del caudal desto (y quiero fablar á la vana gloria del mundo, la
cual se debe tener en nada, pues que la aborrece Dios poderoso), y digo que me
respondan quién leyó las historias de griegos y romanos, si con tan poca cosa
ensancharon su señorío tan grandemente, como agora hizo Vuestra Alteza aquel de
la España con las Indias. Esta sola isla, que boja más de 700 leguas; Jamáica,
con otras 700 islas, y tanta parte de la tierra firme, de los antiguos muy
cognoscida y no ignota, como quieren decir los envidiosos ó ignorantes, y
despues desto, otras islas muchas y grandes de aquí hácia Castilla, y agora
esta, que es de grande excelencia, de la cual creo que se haya de hablar entre
todos los cristianos por maravilla, con alegría. ¿Quién dirá, seyendo hombre de
seso, que fué mal gastado, y que mal se gasta lo que en ello se despende? ¿qué
memoria mayor en lo espiritual y temporal quedó ni pueda más quedar de
Príncipes? Yo soy atónito y pierdo el seso cuando oigo y veo que esto no se
considera, y que nadie[345] diga que Vuestras
Altezas deban hacer caudal de plata ó oro, ó otra cosa valiosa, salvo de
proseguir tan alta y noble empresa, de que habrá Nuestro Señor tanto servicio,
y los sucesores de Vuestras Altezas y sus pueblos tanto gozo: mírenlo bien Vuestras
Altezas, que, á mi juicio, más le relieva (relieva dice por importa) que hacian
las cosas de Francia ni de Italia.» Estas todas son sus palabras, y, en verdad,
dignas de mucha consideracion, porque llenas de prudencia y de verdad, y
testigos de pecho harto virtuoso, y de muy recta intincion, y hiciera grandes
cosas y fruto inestimable en estas tierras, si no ignorara que estas gentes no
le debian nada á él ni á otra persona del mundo, sólo porque los descubrió,
aunque casi atinaba y confesaba el fin de haber podido jurídicamente volver
acá, que no era otro que el bien destas gentes, salud y conversion; y
finalmente ayudó á quél errase los disfavores que tenia de muchos, por zaherir
los gastos que los Reyes hacian, y por excusarlos ó recompensarlos.
CAPÍTULO CLVI.
El cual trata del principio ó principios de donde
hobo su orígen y procedió el repartimiento de los indios, que llamaron despues
encomiendas, que han destruido estas Indias, donde se prueba que nunca los
indios jamás se dieron para que los españoles los enseñasen, sino para que se
sirviesen dellos y aprovechasen.
Dice, allende lo susodicho, que ha de trabajar de
tornar á asentar la gente desta isla, en que tornen á la obediencia y que
paguen los tributos que solian pagar, y que Dios perdone á los que en la corte
y en Sevilla fueron causa de tardar él tanto en se despachar, porque si él
viniera con tiempo, como pudiera venir dentro de un año, y mucho ántes, ni se
alzaran los indios, ni dejaran de pagar los tributos como los pagaban, porque
siempre yo dije (dice él), que era necesario de andar sobre ellos tres ó cuatro
años, hasta que lo tuvieran bien en uso, porque se debia de creer que se les
haria fuerte. Mira que duda, digo yo, y añido, que aunque acá se hallara ántes,
no dejara de haber los inconvenientes que hobo, y quizá mayores, porque tenia
Dios determinado de lo afligir y quitarle el cargo, pues con tanta opresion y
jactura destas gentes, que no le debian nada, dél usaba; donde tambien añide,
haciendo relacion de que esta isla se iba en los mantenimientos mejorando,
porque los ganados iban creciendo y los españoles haciéndose al pan de la
tierra, que lo querian más que al de trigo, dice que agora tenian vida muy
descansada, segun la pasada, porque ellos no trabajaban ni hacian cosa, sino
que los indios lo trabajaban y hacian todo, casas y todo, y cuanta hacienda era
necesaria, y que no habia necesidad de otra cosa sino de gente que los tuviese
subyectos, por que si ellos viesen que éramos pocos, alzarian la[347] obediencia, y ellos nos siembran el pan y los
ajes y todo otro mantenimiento suyo, y el Adelantado tiene aquí más de 80.000
matas de yuca, de que hacen el pan, plantadas. Estas son palabras del
Almirante. Dijo que hacian pozos, porque como estaba junto á la mar este
pueblo, de la otra, como agora está desta, banda, no tenian agua dulce de rio,
sino salada, y por eso hacian pozos, no para beber, porque es algo salobre ó
gruesa, sino para el servicio de casa; para beber tenian una fuente, de que
tambien hoy beben los que no tienen algibes, que es buen agua. Es aquí de
notar, que estos fueron los principios de donde nació poco á poco el
repartimiento que agora llaman encomiendas, y, por consiguiente, la total
perdicion de todas estas tan infinitas naciones; porque como se enseñaron los
españoles, áun los labradores, y que venian asoldados para cavar y labrar la
tierra y sacar el oro de las minas (como arriba queda dicho), á haraganear y
andar el lomo enhiesto, comiendo de los sudores de los indios, usurpando cada
uno por fuerza tres y cuatro y diez que le sirviesen, por la mansedumbre de los
indios que no podian ni sabian resistir (y, segun dice el Almirante en una
destas cartas), Francisco Roldan y su gente alzada, traian más de 500 indios, y
cuando se mudaban de una parte á otra, serian más de 1.000 para llevarles las
cargas, y los que estaban con el Adelantado, y despues de venido el Almirante,
hacian lo mismo por aquella semejanza; y porque no se les pasasen á Roldan,
todo esto y mucho más, y otras cosas peores, como eran violencias y matanzas, é
infinitos desafueros, disimulaban, y no les osaban ir á la mano. Despues,
cuando Roldan se redujo á la obediencia del Almirante, como quedaban del holgar
y de la libertad que traian, y, de ser servidos de los indios y mandarles, mal
vezados, comenzó Roldan á pedir al Almirante que tuviese por bien de que el rey
Behechio, que, andando alzado el Roldan, lo tenia por sus tiranías amedrentado
y hacia lo que queria dél con su gente, tuviese cargo de le hacer sus
labranzas, como abajo, placiendo á Dios, se verá; ni poco ni mucho, como dicen,
sino el[348] rey Behechio, siendo de los mayores
Reyes y señores de toda esta isla, y la corte de toda ella, como arriba en el
cap. 114 se dijo, lo cual el Almirante no le pudo negar, porque todo estaba
reciente y vedriado y en peligro, al ménos duraba el temor, y no sin causa, que
no hobiese otra rebelion, y tambien hobo principio esta iniquidad, de aplicar
el Almirante ó el Adelantado, como se dijo arriba, ciertos Caciques y señores
que tuviesen cargo de hacer las labranzas y mantenimientos á las fortalezas y
pueblos de los españoles, como parece en las 80.000 matas ó montones que arriba
dijo el Almirante que habia hecho plantar el Adelantado aquí, cerca de Sancto
Domingo, y tenia cargo deste servicio, creo que un gran Cacique y señor, cuya
tierra y señorío era cinco ó seis leguas de aquí, la costa arriba hácia el
Oriente, y llamábase Agueybana, y otros hacian que tuviesen cargo de enviar
gente á las minas, así que despues de cesada la rebelion, mayormente cuando se
comenzaron á avecindar y hacer pueblos, cada uno de ambas partes, así los que
habian seguido á Roldan, como los que permanecido en la obediencia del
Almirante, aunque fuese un gañan, y de los desorejados y homicianos que, por
sus delitos, se habian desterrado de Castilla para acá, pedian que les diesen
tal señor y Cacique con su gente para que le labrasen sus haciendas ayudase á
granjear; y por le agradar y tener contento y seguro el Almirante, y porque
asentase en la tierra sin sueldo del Rey, lo que él mucho deseaba y trabajaba,
se lo concedia liberalmente, y á este fin enderezaba lo que en estas cartas de
agora, con los cinco navíos, escrebia á los Reyes, que les suplicaba tuviesen
por bien de que la gente que acá estaba se aprovechase un año ó dos, hasta que
este negocio de las Indias se levantase, porque ya se enderezaba; y cerca desto
dice así: «Suplico á Vuestras Altezas tengan por bien que esta gente se
aproveche agora un año ó dos, fasta que este negocio esté en pié, que ya se
endereza, que ven agora que esta gente de la mar y casi toda la de la tierra
están contentos, y salieron agora dos ó tres Maestres de navíos que pusieron á
la puerta[349] cédulas para quién se queria obligar
á les dar 1.500 maravedís en Sevilla, que les llevarian allí tantos esclavos y
les farian la costa, y la paga seria de los dineros que dellos se sacasen.
Plugo mucho á la gente toda, y yo lo acepté por todos y les protesto de les dar
la carga, y así vernán y traerán bastimentos y cosas que son acá necesarias, y
se aviará este negocio, el cual agora está muy perdido, porque la gente no
sirve, ni los indios pagan tributo con esto que pasó y mi absencia, ni el
Adelantado pudo más hacer, porque no tenia nadie consigo que no fuese en tal
guisa que no se podia fiar, que todos se congojaban y maldecian, diciendo que
eran cinco años que estaban acá y que no tenian para una camisa. Agora les he
ensanchado la voluntad y les parece que lleva razon lo que les digo, que serán
pagados presto, y podrán llevar su paga adelante.» Estas son sus palabras. Y en
otra cláusula dá por nuevas buenas á los Reyes, que ya todos los españoles no
querian estar por sueldo del Rey, sino avecindarse, y porque lo hiciesen, les
ayudaba en cuanto podia á costa de los desventurados indios; así que, por lo
dicho, parece que el aprovecharse la gente que acá estaba, española, era darles
esclavos para que enviasen á Castilla á vender, los cuales llevaban los
Maestres á 1.500 maravedís, y que les darian de comer; y negra comida seria la
que ellos les darian, pues lo es siempre la que suelen dar á los pasajeros de
su misma nacion. Item, el aprovechamiento tambien era dar Reyes y señores con
sus gentes á los desorejados y desterrados (por ser dignos de muerte por sus
pecados), que, sacada la crisma y ser bautizados, eran muy mejores que no
ellos, para que les sirviesen haciendo sus labranzas y haciendas, y en todo
cuanto ellos querian y decian que habian menester; concedida licencia que tal
Cacique ó señor á este fulano le hiciese tantas labranzas, porque no se le
daban para más, ellos se apoderaban y señoreaban tanto dellos, que á cabo de un
mes eran ellos los Caciques y los Reyes, y temblaban los mismos señores delante
dellos; de aquí tambien usurpaban enviarlos á las minas que les sacasen oro, y
en todos los otros servicios de que juzgaban poder cebar sus codicias y
ambiciones.[350] De las vejaciones y aperreamientos
y maltratarlos en todo género de rigor y austeridad, no quiero aquí decir más
de lo que abajo se dirá; finalmente, todo el interese y utilidad temporal de
los españoles, ponia en la sangre y sudores, y al cabo en perdicion y muerte desta
gente desmamparada, y aunque, segun parece, la intincion del Almirante debia
ser darles licencia para que les hiciesen las labranzas por algun tiempo, y no
para más, pues dice á los Reyes que tengan por bien que sean aprovechados un
año ó dos, en tanto que la negociacion estaba en pié ó se levantaba, pero como
al Almirante, luego quitaron el cargo y gobernacion, y sucedió otro, como
parecerá, ellos se encaminaron y apoderaron tanto de aquella licencia y
posesion tiránica, que los sucesores en esta gobernacion, no de quitarla ni
limitar, ántes cumplirla y confirmarla y estragarla más de lo que estaba, y
hacerla universal, estudiaron. Y así, parece claro, de dónde y cuando tuvo su
orígen y principio, y cuan sin pensarlo aquesta pestilencia vastativa de tan
gran parte del linaje humano, que tanta inmensidad de gentes ha estirpado, el
dicho repartimiento y encomiendas, digo, en el cual se encierran, y para
sustentarlo se han cometido, todos los males, como claramente parecerá abajo.
Tambien consta de lo arriba relatado, que nunca se dieron los indios á los
españoles para que los enseñasen, sino para que se sirviesen dellos, y de sus
sudores, y angustias, y trabajos se aprovechasen; porque manifiesto es, que,
pues el Almirante decia á los Reyes que enviasen devotos religiosos, más para
reformar la fe en los cristianos que para á los indios darla, que cognoscia el
Almirante no ser, los tan pecadores cristianos, para doctrinar y dar la fe á
los indios, capaces; luego no se los daba sino para que adquiriesen con ellos
las riquezas porque rabiaban. Lo mismo hicieron los siguientes gobernadores,
los cuales no ignoraban la vida que acá siempre hicieron los españoles, y sus
vicios públicos y malos ejemplos, que siempre fueron de hombres bestiales, y si
cuando se los daban les decian que con cargo que en las cosas de la fe los
enseñasen, no era otra cosa[351] sino hacer de la
misma fe y religion cristiana, sacrílego y inesplicable escarnio; y merecieran
los mismos gobernadores que los hicieran, no cuatro sino catorce cuartos. Todo
esto, placiendo á Dios, se cognoscerá mucho mejor en el lib. II y más abajo.
CAPÍTULO CLVII.
Suplicaba encarecidamente á los Reyes muchas veces,
y en todas sus cartas, que mandase á las personas que en Sevilla tenian cargo
de las cosas destas Indias, que las favoreciesen, ó al ménos, que no las
estorbasen ni infamasen, y esto creo yo que decia principalmente por el dicho
D. Juan Rodriguez de Fonseca, que ya era Obispo de Badajoz, y de los otros
oficiales; y, cierto, yo siempre oí y creí, y algo ví al dicho Obispo, haber
sido y ser contrario á las cosas del Almirante, no sé con qué espíritu ni por qué
causa, puesto que oí que dijo un dia el Almirante, cuando supo que era ya
Obispo: «Dovos á Dios (este era su comun hablar), no seais fator de las Indias
y non vos faran Obispo.» Y como tuvo el Almirante acá tantos desabridos,
mayormente despues que vino Juan Aguado, debíanselo de decir ó escribir al
Obispo (si, empero, lo uno y lo otro es verdad, que puede ser que no lo sea), y
de allí haberle tomado, como dicen, ojeriza. Quiero decir, que pudo ser no ser
por aquella causa ni con mal espíritu, pero de que justa ó injustamente el
Obispo le desfavoreciese, yo no dudo; y tambien que el Obispo, como era hombre
de linaje y de generoso ánimo, y de los Reyes muy privado y crecia cada dia en
mayor estado, bastábale tomar opinion siniestra, sin otra causa y con título de
que los Reyes gastaban y no se aprovechaban, para menospreciar ó no tener en la
estima que debiera los trabajos del Almirante; por lo cual, dice á los Reyes el
Almirante así: «Suplico á Vuestras Altezas manden á las personas que entienden
en Sevilla en esta negociacion, que no le sean contrarios y no la impidan,
porque ella estuviera más preciosa si mi dicha acertara á que allí hobiera
persona en el cargo deste negocio, que lo tuviera amor, ó al ménos que[353] no fuera contra ello y no se pusiera á lo
destruir é lo difamar, y favorecer á quien otro tanto hacia, y ser contrario á
quien decia bien dello, que, como se ve, la buena fama es aquella que despues
de Dios hace las cosas, y yo he sido culpado en el poblar, en el tratar de la
gente y en otras cosas muchas, como pobre extranjero envidiado, de lo cual todo
se veia el contrario, y que era por voluntad, y con malicia, y atrevimiento,
como ya parece en muchas cosas.» Estas son sus palabras. Escribió tambien á sus
Altezas, como tenia aparejados tres navíos para enviar al Adelantado á la
tierra de Paria que dejaba descubierta, y que estuviese por allá seis meses,
dentro de los cuales, cierto, creyó que hiciera el Adelantado gran
descubrimiento, y llevar al cabo la costa hasta la Nueva España, ó al ménos
bien cerca, y partiérase con los cinco navíos juntamente el mismo dia, segun
dice, sino por esperar la resolucion del concierto en que andaba con Roldan,
porque el Adelantado era muy esforzado y hombre de guerra, y hasta que Roldan
fuese reducido, no convenia al Almirante ni al bien de toda esta isla que
estuviese ausente. Finalmente, concluyó sus cartas, y con ellas envió á los
Reyes, un envoltorio en que iban unos pañezuelos de aquellos pintados que
traian los indios de Paria, que dejaba descubierta, y ciertas perlas, y creo,
segun entendí de otras partes, no de carta ni relacion del Almirante, fueron
las perlas que envió 160 ó 170, y ciertas piezas de oro y el envoltorio
sellado; y aquí dice, que aunque las perlas y oro que de allí envia sea en
cantidad poco, pero por la calidad las envia, pues, hasta entónces, ninguno
vido llevar perlas del Poniente; y así quiere dar á entender, que se deben
tener en mucho. Envió tambien á los Reyes la pintura ó figura de la tierra que
dejaba descubierta, con las islas distintas que cerca estaban, y, por escrito,
todo su viaje. Por esta pintura ó debujo que á los Reyes envió de la dicha
tierra de Paria, y por los rumbos y caminos que desde las islas de Cabo Verde
habia llevado, vino Alonso de Hojeda y ordenó su viaje hasta dar en la isla de
la Trinidad y la tierra firme de Paria, y allí halló[354] rastro
y nuevas del Almirante, como el mismo Hojeda confiesa y depone en su dicho
juramentado, segun arriba en el cap. 140 habemos declarado, y no segun Américo,
parece que quiso aplicarse á sí el descubrimiento de la dicha tierra firme,
Paria, de donde provino poner nombre á la dicha tierra firme, América, los
escritores que escriben fuera de España, lo cual, como allí se probó, es muy
grande engaño. Con las cartas y la figura ó pintura y relacion de aquel viaje,
y del estado en que todo lo de acá quedaba, se hicieron los dichos cinco
navíos, á la vela, á 18 de Octubre de 1498, en los cuales, sospecho yo, que
irian cartas de Francisco Roldan y de otras personas muchas, que eran sus
amigos ocultos ó públicos, llenas de quejas del Adelantado que no hicieron al
Almirante y á su estado, poco daño.
CAPÍTULO CLVIII.
Volviendo la pluma á contar el trato de Francisco
Roldan y sus secuaces, recibida pues la carta del Almirante, Roldan, segun el
cap. 155, salió del Bonao con algunos de los de su compañía, y vino aquí á
Sancto Domingo con su poca vergüenza, debajo del seguro, á hablar con el
Almirante, y segun pareció (porque no concluyó nada), más para sacar gente que
se le pasase, que para dar órden y concierto en su vida desordenada. No pude
saber lo que con su venida, cuando pareció ante su amo y señor, el Almirante, y
lo que dijo, ni como el Almirante le rescibió, porque de creer es que pasarian
cosas notables. Finalmente, hablaron y trataron de concierto y de medios, y de
creer es que él dió las quejas que tenia ó fingia tener del Adelantado, y que
el Almirante le satisfaria á todas ellas y exhortaria á la obediencia y
reconciliacion del Adelantado, y ofreceria largamente cuantos honestos partidos
hallar pudiese, para verlo á él reducido y á la isla asentada, como parece por
muchas cartas que ántes y despues desta vista le escribió el Almirante, algunas
de las cuales, y las respuestas del mismo Francisco Roldan, de su nombre
firmadas, he tenido é leido en mis manos. Despues de muy bien entre ambos, y
delante de muchos de los que aquí estaban personas principales, platicado,
pidiendo Roldan cosas que graves eran al Almirante, y respondídole lo que
parecia razonable, quedó que lo platicaria con su compañía, y, segun lo que
acordasen, su señoría lo sabria, y así se tornó al Bonao. Porque no se enfriase
lo que tanto el Almirante deseaba concluir, envió con él un mayordomo suyo que
se llamaba Diego de Salamanca, hombre cuerdo y bien honrado; llegados, trataron
dello, y al fin acuerdan de enviar al Almirante ciertos capítulos[356] muy indiscretos, no honestos, sino de hombres
que no se daban mucho por vivir en paz y sosiego, ántes no querian dejar la
vida que tenian de desmandados. El Almirante, desque los vió, cognoscido su
atrevimiento y presuncion, no quiso aceptarlos, porque ni á su honra, ni
autoridad, ni á servicio de los Reyes era cosa conveniente ni razonable, y para
dárselo á entender, acordó enviar al susodicho Alonso Sanchez de Carvajal,
señalándole razones claras y evidentes, por las cuales demostraba no ser cosa
honesta ni servicio de los Reyes que él aquellos capítulos firmase; pero que
mirasen cuanto él pudiese, salvo su honor y el servicio de los Reyes, firmar,
firmaria de buena gana, y les haria todo el bien y tratamiento que debiese
pidiendo cosas razonables. Fué Carvajal á la Concepcion, donde ya estaban y trataban
de tomar la fortaleza cercando al Alcaide, para lo cual dicen que habian
tirádole el agua; pero llegado Carvajal, moderáronse. Trató con Francisco
Roldan y con los principales, y al cabo con todos, y concluyeron ciertos
capítulos, el fin de los cuales, y que más deseaba el Almirante, fué, que se
fuesen á Castilla por quitar de sí y desta isla gente ya tan corrupta y
desmandada, con que les diese el Almirante dos navíos en el puerto de Xaraguá,
bien aparejados, con bastimentos, y que les dejase á cada uno un esclavo y las
mancebas que tenian preñadas y paridas en lugar de los esclavos que se les
habian de dar, y que les diese carta de bien servidos ó haber servido bien, y
se les restituyesen algunos bienes que se les habian tomado y otras cosas
semejantes. El Almirante se las otorgó y firmó con que no recibiesen más
españoles en su compañía de todos cuantos habia en la isla, y que dentro de
cincuenta dias se embarcarian, y que no llevarian esclavo alguno por fuerza de
los que se les habian de dar á merced, y que darian cuenta y razon á las
personas que el Almirante enviase al dicho puerto de lo que en los navíos
metiesen, y les entregarian todo lo que tuviesen de la hacienda del Rey.
Firmólo todo esto Roldan en nombre de todos los de su compañía en sábado, 17 de
Noviembre de 1498, pero porque el Almirante estaba en esta[357] villa
de Sancto Domingo y los capítulos se hicieron en la Vega ó Concepcion con
Alonso Sanchez de Carvajal y Diego de Salamanca, y habian de venir á que el
Almirante los firmase, dijo Roldan, que cuanto á no admitir más gente en su
compañía, lo firmaba con condicion, que, dentro de diez dias, le viniese la
respuesta de como el Almirante lo firmaba, lo cual hizo á 21 del dicho mes.
Envióles dentro de los diez dias la respuesta y firmados los capítulos, y ellos
partiéronse para Xaraguá, diciendo, que iban á aparejar su partida, puesto que
segun pareció, no tenian tal pensamiento; por ventura, el Roldan era el que lo
queria, y los otros no. El Almirante, por el ánsia que tenia de verse libre de
tan gran impedimento, para lo que queria y entendia hacer en la gobernacion y
asiento desta isla, y tornar á hacer tributarios á los indios della, suspendió
la ida del Adelantado á descubrir la tierra firme, que dejaba comenzada, como
no tenia más de aquellos tres navíos, y mandó luego aderezar los dos, sacado
dellos lo que tenia el Adelantado aparejado para su viaje, y puesto lo que les
era obligado por la capitulacion á dar, y porque supo que algunos de aquellos
de la compañía de Roldan decian que no querian ir á Castilla, mandó hacer un
seguro muy cumplido y general, diciendo y prometiendo, que todos los que no
quisiesen ir á Castilla y quedarse en esta isla, á sueldo, si sueldo del Rey
quisiesen ganar, darles vecindad si se quisiesen avecindar; y por cosas y
embarazos que ocurrieron, no se pudieron despachar los navíos hasta Enero del
año siguiente de 1499. Mandó que Carvajal se fuese á Xaraguá por tierra, que,
entretanto que los navíos llegaban, entendiese con él Francisco Roldan, en su
despacho y aparejo para su partida. Partióse tambien el Almirante para la
Isabela y la tierra dentro, á visitar la tierra y asegurar las gentes y
disponerlas para que tornasen á servir con los tributos que solian, para ellos
muy sabrosas nuevas. Dejó por su Teniente aquí en Sancto Domingo á su hermano
D. Diego, con su instruccion de lo que habia de hacer. Partidos los dos navíos,
dióles una dura tormenta que les hizo mucho daño,[358] en
especial al uno, por manera que se recogieron al puerto Hermoso, que está,
deste de Sancto Domingo, 16 leguas, ó al de Azua, que está 20 ó pocas más,
donde no pudieron reformarse para proseguir su viaje hasta Marzo y fin dél, y
como ni el Roldan ni todos, ó al ménos los más dellos, tenian poco deseo de ir
á Castilla, porque temian ser castigados por los Reyes, tomaron achaque de
haber sido libres del asiento dado, y no ser obligados á cumplirlo, diciendo
ser pasado el término de los cincuenta dias, é haber quedado por culpa é
industria del Almirante, porque los queria engañar é buscar maneras para
prenderlos, y otras alegaciones harto frívolas y desvariadas, y muy claramente
contrarias de la intencion y fin del Almirante, como no desease cosa más que
reducirlos, ó echarlos desta isla; y en todas estas dilaciones gastaba
bastimentos y ocupaba gente, y cesaba de enviar al Adelantado, y se impedia de
muchas cosas que hacer deseaba, mayormente asentar los tributos en los Caciques
é indios. Esto no podia hacer ni otra cosa de provecho estando toda la isla
turbada y desasosegada, estando ellos levantados y cometiendo en los indios
cada dia tantos insultos y tantos daños; ¿en qué juicio podia caer que se
pusiese el Almirante, en quedar, que enviaria los navíos con tantos gastos á
Xaraguá, 200 y más leguas por la mar, donde ellos estaban fuertes y eran
señores, y despues, de industria, detenerlos y retardarlos? Bien parece claro
que ellos eran los que andaban con cautelas mañosas, procrastinando y
vacilando, ó engañando. Esto escribió, afirmándolo, Alonso Sanchez de Carvajal,
que con ellos trataba su despacho, el cual les hizo requirimiento en forma,
delante de Francisco de Garay, á quien dió poder y crió para esto el Almirante
por escribano; pero ellos, como moros sin Rey, no curaron. Dice así Alonso de
Carvajal en su carta, la cual firmada de su firma, tuve en mis manos: «Juntos
Francisco Roldan y su compañía, yo acabé de cognoscer su voluntad, que era de
no ir á Castilla por agora en estos navíos, y en fin de muchas pláticas pasadas
entre ellos y mí, le requerí por ante Francisco Garay, y dije, como yo iba[359] allí por mandado de vuestra señoría, á cumplir
con él y con ellos, etc.» Estas son sus palabras. Escribió todo esto y la poca
verdad que guardaban, y como huian de concierto, al Almirante; á 15 de Mayo, el
Almirante escribió una carta á Roldan y otra á Adrian de Muxica, con toda
modestia, rogándoles y amonestándoles, que se quitasen de tan dañosa opinion
como seguian, porque cesasen tantos escándalos, que se destruia la isla y
cesaba el servicio de los Reyes, y otras muchas cosas buenas que moverlos
podian; pero el Roldan, como serpiente sorda á los consejos, respondió al
Almirante una carta harto arrogante y llena de presuncion, que le besaba las
manos por su consejo, pero que no tenia necesidad dél, y otras cosas que
mostraban su esencion y temeridad. Despues, dice Carvajal en aquella carta, que
pasaron muchas cosas que por vía de consejo les dijo, que mirasen los daños que
hacian en la tierra, y que les convenia tomar medios y reducirse; dice, que se
persuadieron, y que dijeron que les placia, trataron dellas, pero ninguno, sino
los que ellos daban, les agradaban. Pidieron una carabela para que enviasen sus
mensajeros á los Reyes, concedióselo, de partes del Almirante, Alonso Sanchez
de Carvajal, y venido, que se lo diesen por escrito, no quisieron, diciendo,
que él no tenia poderes para ello. Finalmente, partiéndose Carvajal por tierra
para aquí, donde ya estaba de vuelta de la tierra dentro el Almirante, y mandó
á los dos navíos que se tornasen á este puerto de Sancto Domingo, salió Roldan
con él á comer donde Carvajal comiese, despues no quiso llegar tanto léjos;
apeáronse debajo de una sombra, y, hablando mucho en ello, dijo Roldan que
queria tomar el consejo que muchas veces le habia dado, y que le enviase el
Almirante un seguro firme con provision Real y sellado con el Real sello, y
otro firmado de algunas personas principales que con el Almirante estaban, y
que él iria á hablar con el Almirante, y concluiria el medio y concierto para
que esto del todo se acabase, y que esto le decia en secreto, que no lo supiese
nadie. Plúgole dello mucho á Carvajal, y quedó de enviárselo.
CAPÍTULO CLIX.
Creyendo el Almirante que el concierto hecho de las
dos carabelas ó navíos que les envió se efectuara, acordó de escribir ciertas
cartas á los Reyes de todo lo que habia pasado con Francisco Roldan y los
demas, y avisando á Sus Altezas como lo que habia firmado habia sido contra su
voluntad, y porque todas las personas principales que deseaban el servicio de
Sus Altezas se lo habian aconsejado, segun vian en peligro esta isla de
perderse, en indios y en cristianos, si aquellos no se iban de la tierra ó no se
reducian, y aquel fuego desvergonzado, que cada dia se multiplicaba más, no se
atajaba. Estas cartas habian de ir en los dos navíos escondidas por alguna
persona fiel, que no lo sintiese Francisco Roldan ni alguno de su compañía:
escribió que habia quitado á todos los indios el tributo, con título que los
indios estaban para levantarse, para despues él haberlos por fuerza ó por
grado, ó por rescate, y que habian hecho, y agora hacen, más grandes males en
la tierra, porque roban y matan los indios, para los dejar todos alzados é
indignados contra los cristianos, para que, despues de idos ellos, á los que
quedasen matasen; y avisaba que era fama que llevaban mucho oro, porque habian
andado por toda la isla rescatándolo, y no sólo ellos, pero que tenian ya indios
amostrados que enviaban por otras partes á rescatarlo. Item, avisaba que
llevaban muchas mujeres, hijas de señores Caciques, y que los que vinieron
desterrados para acá por sus delitos, que él llama homicianos, eran los más
crueles y desmandados, y decia que debian Sus Altezas de mandar estar sobre
aviso, para que lo más presto que pudiere hacerse, les prendiesen y
secuestrasen lo que llevaban, oro y esclavos, y lo demas que se les[361] hallase, hasta que diesen cuenta de lo que acá
habian cometido, y por qué causas; puesto que tenia, segun dicen, que no habian
de osar ir al puerto de Cáliz, sino que forzarian los marineros para que los
llevasen á otra parte, porque segun los crímenes que habian cometido, habian de
rehusar que no los tomasen cuenta. Que ha padecido grandes angustias, enojos y
trabajos despues que agora vino, por causa deste Roldan, y que áun agora era
por el mes de Mayo de 1499, y no lo via comenzado. Llegado, pues, Carvajal á
esta villa, donde estaba el Almirante, dióle cuenta de todo lo que en Xaraguá,
con Roldan y los demas, habia pasado, y la última resolucion y secreta de
Roldan. El Almirante, como no viese la hora de ver el negocio acabado, luego
mandó hacer la patente real por D. Hernando y Doña Isabel, como se
acostumbraba, para lo cual le habian concedido los Reyes poder y facultad, y
sellada con el sello real, en que le daba el seguro muy cumplidamente, como
Roldan la demandaba; y allende la provision real, que no se pone aquí por ser
grande; ciertos caballeros de calidad, de los que estaban con el Almirante, por
su mandado, le enviaron el presente seguro, que yo vide de sus propias firmas
firmado: «Cognoscida cosa sea á todos los que la presente vieren, como, porque
cumple al servicio del Rey y de la Reina, nuestros señores, que venga Francisco
Roldan á Sancto Domingo á hablar é tomar asiento é concierto con el señor
Almirante, el cual se teme del dicho señor Almirante y de su justicia, y del
señor Adelantado, y los que aquí firmamos nuestros nombres, decimos que
protestamos y damos nuestra fe, cada uno de nos como quien es, de no hacer mal
ni daño al dicho Francisco Roldan ni á ninguno de los de su compañía, que con
él vinieren, ni á sus bienes, ni consentiremos, á toda nuestra posibilidad, que
le sea hecho ningun daño á las dichas sus personas y bienes, en todo el tiempo
que él y ellos vinieren y estuvieren en el dicho Sancto Domingo, con condicion
que él ni ninguno dellos no hagan cosa que sea deservicio de Sus Altezas ni del
dicho señor Almirante. Fecha en la villa de Sancto Domingo á 3 de Agosto[362] de 1499 años.—Alonso Sanchez de Carvajal.—Pero
Fernandez Coronel.—Pedro de Terreros.—Alonso Malaver.—Diego de Alvarado.—Rafael
Cataño.» Estos seguros, despachados á Francisco Roldan, porque más presto
Roldan al concierto viniese, y el negocio tan deseado y necesario para la paz y
sosiego desta isla se concluyese, acordó el Almirante de que lo hallasen más
cercano, como lo era en el cuidado de verlo todo apaciguado, y así, metióse en
un navío á 22 dias de Agosto; llevó tambien otro navío con él, en los cuales
llevó consigo algunas personas principales, como fué, Pero Hernandez Coronel,
Miguel Ballester, Alcaide, García de Barrantes, Alcaide, Juan Malaver, Diego de
Salamanca, Juan Dominguez, clérigo, Alonso Medel, piloto, y Cristóbal Rodriguez,
la lengua, y otros muchos, y vase la costa abajo, hácia el Poniente, 20 ó 25
leguas desta villa, al puerto que se llama Azua, todas las cuales fué
acercárseles. Donde vino Roldan y entró con algunos de los suyos en la carabela
donde estaba el Almirante, y allí platicaron en su reduccion y sosiego; y el
Almirante, induciéndoles y rogándoles á ellos que viniesen á servir á los Reyes
como de ántes, y que él les haria toda honra y ayudaria en todo lo que pudiese
que fuese servicio de los Reyes, como si ninguna cosa de las pasadas y
presentes hobiera pasado, respondieron que les placia, dando buena respuesta,
con que su señoría le concediese cuatro cosas, allende las otras que primero le
habian enviado á demandar, que sumariamente se pusieron en el precedente
capítulo. La primera, que en aquellos navíos queria enviar y fuesen á Castilla
algunas personas, que no pasarian de 15; la segunda, que á todos los que
quedasen, el Almirante les diese sus vecindades y tierras para labrar, y á cada
uno su labranza, para que se les pagase el sueldo del Rey que se averiguase
debérseles, como si todo el tiempo que habian sido rebeldes y anduvieron
robando hobieran servido; la tercera, que el Almirante mandase apregonar
públicamente, que si el dicho Francisco Roldan y su compañía habian hecho lo
que hicieron, fué por[363] falsos testimonios que
les levantaron, personas que mal los querian y que no amaban el servicio de Sus
Altezas; la cuarta, que el Almirante constituyese de nuevo, al dicho Francisco
Roldan, Alcalde mayor por provision real. Esto, así concertado en la carabela,
y el Almirante concedidas estas cosas por la necesidad en que se via, y
asentadas por escrito, salió Roldan de la carabela á tierra, donde estaban
aposentados él y su gente en el pueblo de los indios, donde dió parte á sus
secuaces de lo que traia concedido del Almirante. A cabo de dos dias, usando de
las industrias y reveses acostumbrados, que dél, ó quizá de los que con él
andaban, salian, los cuales no querian paz, sino andar como andaban, por desbaratar
lo concertado y nunca venir de conformidad, enviaron un tenor de una provision
real que ellos ordenaron, llena de muchas cláusulas que añidieron, deshonestas
y absurdas, creyendo que en ninguna manera las otorgara el Almirante, segun él
siempre creyó y afirmó. Contenia todos los capítulos, arriba en el capítulo
precedente y estas otras susodichas cuatro, y las que demas añidieron,
intolerables; la postrera de las cuales, fué, que si el Almirante no cumpliese
lo concertado cumplidamente á su voluntad, que les fuese lícito á él y á ellos
juntarse y poner todas sus fuerzas por cualquiera forma é guisa que mejor
pudiesen, para constreñir al Almirante para se las hacer por fuerza cumplir é
guardar. De donde parecia colegirse argumento claro, que no tenian gana de se
reducir á la obediencia del Almirante, por no tener superior que á la vida que
traian les estorbase, y así, el Almirante, con razon parece que lo podia
juzgar, pues tantas veces los asientos que se hacian, con nuevos motivos ó
colores, desbarataban.
Viéndose, pues, el Almirante, cercado de tantas
angustias y de todas partes, porque por una parte via perderse la isla con los
daños que aquellos hacian á los indios, por otra, cesar los provechos y
tributos de los Reyes, que él tenia en el ánima por hacer los gastos que acá
hacian con tanta dificultad y tan pesadamente; por otra, los disfavores y
émulos grandes[364] que tenia; por otra, que la
gente comun que estaba con él, ó que no seguia actualmente á Roldan, andaba
inquieta y en corrillos, y fué avisado que estaban dos cuadrillas dellos para
se alzar é ir robando por la tierra, diciendo con despecho, que habiéndose
alzado Francisco Roldan y los demas, cometiendo tan grandes crímenes y habiendo
destruido esta isla, estaban ricos y se salian con todo ello, tambien ellos
querian hacer lo mismo, y no andar en la obediencia del Almirante, perdidos, y
via que no tenia gente de quien se fiase, sino era de muy pocos para les ir á
la mano, prenderlos ó resistirlos, y queríanse ir á la provincia de Higuey, que
está esta costa del Sur, al Levante, al Cabo que llamó el Almirante, de Sant
Rafael, hácia la Saona, porque habian imaginado que allí serian ricos de oro.
Item, porque debia haber venido algun navío de Castilla en el cual debia
escribir el Obispo de Badajoz, don Juan Fonseca, al Almirante que estuviese la
cosa suspensa, porque los Reyes presto lo remediarian, y esto debia ser por las
nuevas que llevaron los cinco navíos, y esta suspension via el Almirante que no
podia sufrirse, pues tanto los daños y escándalos crescian. Así que,
considerando el Almirante todos estos inconvenientes, en medio de los cuales se
hallaba, como entre las ondas de la mar, que algunas veces habia experimentado,
cuasi zambullido, acordó de escoger, como menor mal, conceder todas las cosas,
que contra toda razon y honestidad y justicia le pedian, con esperanza que
tenia que los Reyes ternian informaciones de todo y cognoscerian las culpas
dellos y la fuerza que á él se hacia, y á la justicia real desacato, pidiéndole
cosas, estando en tan extrema necesidad, que toda razon aborrecian, y al fin,
por concedérselas no le culparian. Todavía puso una cláusula el Almirante, que
todo aquello que otorgaba, fuese con condicion que cumpliesen los mandamientos
de Sus Altezas, y suyos, y de sus justicias, y á este propósito, dice el
Almirante estas palabras: «Así que, por evitar este mal, con esperanza que Sus
Altezas remediarian todo, y que será bien visto y manifiesto á quien leyere la
dicha provision, que el tenor della ni lo que en ella está no[365] lleva
razon, y es contra toda órden de justicia y fuera della, y que forzosamente se
les firmó y otorgó, así como la otra del oficio de Alcaldia, sobre lo cual,
despues de asentado todo y firmado esta primera provision, porque él no queria
que en ella fablase que habia de tener el dicho Roldan superior, se alzó con
toda la gente dando voces, y que ahorcaria á mi gente que estaba en tierra, si
luego no se embarcasen, por lo cual, hobe de firmar la dicha provision, como
quiso, por el tiempo y causas susodichas.» Estas son sus palabras. Ciertamente,
manifiesta parece la ambicion y malos respetos que aquel pobre Roldan
pretendia, y la necesidad extrema en que el Almirante se via, y, cuan contra su
voluntad, lo que firmaba concedia.
CAPÍTULO CLX.
Firmadas á su voluntad las provisiones en que se
contenian los susodichos capítulos, y el Roldan Alcalde mayor constituido,
aunque ninguna jurisdiccion tenia, y siempre fué persona privada y no pública,
y tirano en todo cuanto hacia, porque determinacion es universal de todos los
juristas, que para dar ó transferir ó prorogar jurisdiccion, ha de haber en el
que la confiera, da ó proroga, consentimiento puro y totalmente libre, porque
de otra manera, mezclándose cualquiera fuerza ó miedo, por chica que sea, es
ninguna, y de ningun valor cosa que con ella se haga y nihil; pero
no curó Roldan destos escrúpulos de juristas, ni de mirar ó tener dello
escrúpulo fué digno, todo lo cual le trajo al fin que despues hizo. Así que,
alcanzado del Almirante todo lo que Roldan y los demas que se alzaron querian,
luego comenzó Francisco Roldan á usar el oficio de Alcalde mayor, y venido aquí
á Sancto Domingo, y con las gentes que trujo consigo, allegó mucha otra de la
que aquí estaba de su compañía, cuasi mostrando no estar descuidado, sino sobre
aviso cada y cuando se le ofreciese, y con esta presuncion y soberbia, por que
el Almirante tenia aquí un Teniente que se llamaba Rodrigo Perez, no lo
consintió Roldan, diciendo al Almirante que no habia de haber Teniente ni tener
vara ninguno en toda la isla sino los que el pusiese. El Almirante calló y
sufrió, y y mandó al dicho su Teniente, Rodrigo Perez, que no trujese más la
vara; por aquí se podrá ver la protervia y maldad de aquel, y la paciencia ó
sufrimiento y angustias del Almirante. Miéntras estuvieron aquí, nunca se
juntaban ni conversaban sino con los de su compañía, para con los otros siempre
se mostraban zahareños, no se fiando de nadie, y velándose de noche,[367] y no dejaban de hacer fieros y decir palabras
temerarias y de alboroto, por lo cual mostraban bien claro no estar
arrepentidos de sus maldades; y habiendo de enviar el Almirante cierta gente
fuera á ver ciertas labranzas y traer pan, ninguno dellos quiso ir ni hacer lo
que el Almirante enviaba á mandar; bien parece la vida quel Almirante podia
entónces tener, y lo que sufria, y por esto aunque mataban y hacian fuerzas y
robos á los indios, no osaba á ninguno castigar ni áun reprender. En 28 dias de
Setiembre de aquel año de 1499, se pregonó la provision del asiento que el
Almirante habia tomado con Roldan y con ellos; díjose que Francisco Roldan
habia repartido mucha cantidad de oro entre los que habian sido de su compañía.
Despachó el Almirante navíos á Castilla, no supe cuantos, para cumplir con lo
capitulado, y á los que Francisco Roldan envió, y se quisieron ir de su voluntad,
repartió el Almirante, á tres esclavos á algunos, y á otros á uno, segun le
pareció. En estos estuvo determinado el Almirante de se ir á Castilla y llevar
consigo el Adelantado, segun entendí, para informar á los Reyes de todo lo que
habia pasado con este Roldan, temiendo lo que no sabia que le estaba aparejado,
y en gran manera lo acertara, como abajo se verá; pero porque sintió que una
provincia desta isla, que era la de los Ciguayos, de que arriba se ha hecho
mencion, á la cual el Adelantado habia hecho cruel guerra é injusta, y prendido
al Rey della como se vido en el cap. 121, vino sobre los cristianos que estaban
esparcidos por la Vega, dice el Almirante, que se quedó, y por su quedada,
deliberó de enviar á Miguel Ballester, Alcaide de la Concepcion, y á García de
Barrantes, Alcaide de Santiago, por procuradores é informadores de las cosas
pasadas y presentes, como personas que habian sido testigos oculares de todo;
con estos envió los procesos y testimonios que se habian hecho contra Roldan y
los secuaces suyos, y escribió largo á los Reyes con ellos. Suplicaba á los
Reyes que viesen aquellos procesos y mandasen inquirir y examinar de todo la
verdad, y cognosciesen sus penas y trabajos, y hiciesen en ello lo que fuese su
servicio; escribióles las razones por las cuales no[368] debian
de ser guardadas á Francisco Roldan, y demas que le siguieron en aquella tan
escandalosa y dañosa rebelion, las condiciones y asiento que con ellos hizo el
Almirante, y para esto daba nueve razones. La primera, porque si las concedió,
no las hizo ni concedió de su propio motu y voluntad, sino, hechas y dictadas
por él y por ellos, se las envió hechas, y le constriñó la necesidad en que se
vido extrema, como ha parecido, á las firmar. La segunda, porque se firmaron en
la carabela, y así en la mar, donde no se usa el oficio de Visorey, sino de
Almirante. La tercera, porque sobre este alzamiento y rebelion estaban hecho
dos procesos y dada una sentencia contra Roldan y los de su compañía,
condenándoles por traidores, en lo cual no pudo el Almirante dispensar ni
quitarles la infamia. Cuarta, porque en la provision trata sobre cosas de la
hacienda de Sus Altezas, lo cual no se pudo hacer sin los oficiales de los
Contadores mayores, como estaba por los Reyes ordenado y mandado. La quinta,
porque pidieron que se diese pasaje á todos para Castilla y no se exceptuaron
ni sacaron los delincuentes que habia enviado de Castilla y homicianos. La
sexta, porque querian ser pagados del sueldo del Rey todos, y de todo el tiempo
que anduvieron alzados y en deservicio de Sus Altezas, siendo como son
obligados á pagar todos los daños y menoscabos que han hecho á los indios y á
los cristianos, y á toda la isla, y á la hacienda real, y el cesar de los
tributos que habian de pagar los indios, y la pérdida de las dos carabelas que
fueron por ellos, por el primer asiento que ellos quebrantaron, á Xaraguá, y el
sueldo y bastimento de los marineros, lo cual todo por su causa se perdió, y en
ello ni en parte dello el Almirante no pudo dispensar. La sétima, porque son
obligados á pagar, mayormente Roldan, los gastos que se hicieron en Castilla
con pagar el sueldo de seis meses á los 40 hombres que tomó en los tres navíos,
y los que despues se pasaron á él, venido el Almirante, los cuales venian
cogidos y á sueldo de los Reyes para servir ó trabajar en las minas, y en otras
cosas que se les mandasen para servicio de los Reyes, y más los bastimentos[369] que comieron y los fletes de los navíos,
trayéndolos acá, y fué causa que se engrosase con ellos y que no viniesen á
obedecer muchos de los de su compañía, como habian escrito sobre ello cartas, y
el mismo Roldan, y los primeros por quien negocia y pide partido é impunidad
son aquellos, y con ellos los homicianos. La octava, por que el Roldan no
mostró, ni señaló, ni nombró las personas de su compañía, porque, para que la
provision que sobre este asiento el Almirante les dió, tuviese valor y
alcanzase efecto, requeríase, segun dice el Almirante, que mostrase, por
escritura firmada por ellos, como se ayuntaban y por qué fin hacian su
ayuntamiento, y en qué tiempo, y las condiciones que todos pedian, los cuales
se entenderian ser de la compañía de Roldan y no otros. La novena, porque el
dicho Francisco Roldan, al tiempo que partió de Castilla él y los otros que
entónces en el segundo viaje á estas Indias vinieron, hicieron juramento sobre
un crucifijo y un misal, y dió la fe y hizo pleito homenaje de ser leal á Sus
Altezas y guardar el bien y pró de su hacienda, por ante el Obispo de Badajoz,
é yo y otros muchos (dice aquí el Almirante), que allí estaban, como más largo
parecerá por el dicho juramento, el cual está escrito en el libro de los
señores Contadores mayores; de lo cual, toda ha incurrido en el contrario,
porque no han sido leal ni leales, y ha echado á perder la hacienda y sido
causa que se haya perdido el tributo, y no solamente este, más el algodon de
Sus Altezas, que estaba en Xaraguá, le han tomado, y quemado el brasil que
estaba cogido y tomadas las velas y aparejos de los navíos y el ganado: estas
son palabras del Almirante. Pone tambien á lo que Roldan y los que se alzaron
eran obligados á guardar por virtud de la provision que del asiento dicho les
dió: lo primero, á pagar todos los daños y menoscabos que se han recibido en la
hacienda de Sus Altezas y las dos carabelas, por una cláusula que está, en
ella, que dice que sean obligados á pagar todo lo que por derecho se hallare
que deben; por otra cláusula son obligados á nunca jamás decir que fué bien
hecho se alzar; por otra cláusula[370] son obligados
á cumplir los mandamientos de Sus Altezas y del Almirante, y si no lo
cumpliesen no era nada el asiento ni seguro, y podiase proceder contra ellos, y
por todos los delitos y alzamiento pasados, é incurrian en las penas que
contenia la provision, y estas eran, perdimiento de la vida, de los bienes, de
los oficios. Por manera que, por el primer mandamiento que no obedeciesen, dice
el Almirante, que incurrian en todas las dichas penas, en perder las vidas, y
todo lo que en su favor les fué concedido por la provision no les vale nada, y
el Roldan pierde el Alcaldia. Puesto que por aquello no la perdiese, dice el
Almirante, no podia usar della, porque se le dió por fuerza, lo cual es contra
derecho, y tambien porque no habia de mandar en casos de justicia á la gente
que estaba y habia siempre seguido al Adelantado y al Almirante, y estado en su
obediencia y en servicio de los Reyes contra Roldan y sus secuaces, de los
cuales habian recibido muchos agravios. Suplicaba en estas cartas muy
afectuosamente á los Reyes que le enviasen un letrado, persona experimentada
para ejercer el oficio de la justicia, porque la gente que en esta isla estaba,
dice el Almirante, era muy desmandada, y como cognoscian quél no osaba irles á
la mano ni castigarlos, por los testimonios que en Castilla injustamente le
habian levantado, y fueron creidos (dice él), por tanto les suplicaba que
tuviesen por bien de se lo enviar, y que él queria pagarle el salario, y que
tambien con él juntamente proveyesen de dos personas virtuosas para Consejo, y
que pluguiese á Sus Altezas de no darles sus preeminencias. Tambien avisaba que
convenia enviar con ellos un Teniente de Contadores mayores y otro del
Tesorero, que fuesen personas cuales conviniese, con quien se negociasen las
cosas de la Hacienda real; por manera, que en aquel tiempo no habia en esta
isla oficiales del Rey principales ó propios, sino tenientes de los de
Castilla. Torna otra vez á decir en estas cartas, que muy necesaria era la
justicia en esta isla, y, para administrarla, la persona que habia dicho, y con
ella, dice, que suplicaba á Sus Altezas que mandasen mirar por su honra y
guardar sus preeminencias:[371] «yo no sé (dice
él), si yerro, mas mi parecer es que los Príncipes deben hacer mucho favor á
sus gobernadores en cuanto los tienen en el cargo, porque con disfavor todo se
pierde.» Por estas palabras parecen dos cosas: la una, que, cierto, el Almirante
deseaba tener ayuda en la gobernacion, mayormente cuanto á la administracion de
la justicia, porque no tuviesen los españoles que decir mal dél, y porque via
que, como extranjero, era dellos en ménos de lo que debieran tenido; porque
esta es, creo que, peculiar condicion ó soberbia de España. La otra era, que él
temia que los Reyes no le limitasen su oficio y preeminencia que le habian
concedido, que resultase en agravio suyo y violencia de sus privilegios, que
con tantos sudores y aflicciones habia ganado, como al fin aquello que temia, y
mucho más que aquello adverso, fué lo que le vino. Estando en esto, vinieron
nuevas al Almirante como habia llegado Alonso de Hojeda con ciertos navíos al
puerto de Yaquimo, que está, la costa abajo, 80 leguas deste puerto de Sancto
Domingo, donde hay ó habia brasil, y que habia llegado allí á 5 de Setiembre, y
así lo escribió el Almirante á los Reyes en estas cartas. Desta venida de
Hojeda tratará la historia en el cap. 164 y en el siguiente. Suplicó asimismo á
los Reyes, que porque él estaba ya muy quebrantado y pasaba la peor vida que
hombre del mundo, por lo cual iba descreciendo, y su hijo D. Diego Colon, que
está en la corte, crescia en fuerza, haciéndose hombre para poder acá
servirles, que le hiciesen merced le mandar que viniese acá á ayudarle, para
que él descansase algo y Sus Altezas fuesen mejor servidos.
CAPÍTULO CLXI.
Partidos estos navíos con los mensajeros ó
procuradores del Almirante, que fueron los dos Alcaides, Ballester y Barrantes,
de mí bien cognoscidos, y los de Francisco Roldan, que no ménos cognoscí, con
quien es de creer que se alargó en escribir sus quejas y ofensas, que partieron
cuasi al principio de Octubre; á los 19 del dicho mes vino Francisco Roldan al
Almirante con un memorial de toda la gente que habia andado con él, y entónces
áun estaba en su compañía, que eran 102 personas, y díjole que todos querian
vecindad, y que la escogian en Xaraguá, donde habian harto más reinado que el
Rey natural de aquella provincia, Behechio; y era la razon, porque allí, como
algunas veces se ha dicho, era cuasi la corte real de toda esta isla, donde en
la policía, y en la lengua, y en la conversacion, y en la hermosura de las
gentes, hombres y mujeres, y en los aires, y amenidad y templanza de la tierra,
á todas las provincias desta isla (aunque todas son admirables y dignísimas),
excedia, y así, en aquella más que en las otras (puesto que tambien en todas),
habia grande aparejo para vivir desenfrenadamente los pecadores hombres,
zabullidos en vicios. Por entónces no quiso el Almirante darle licencia para se
avecindar, porque temió quizá, que estando juntos no moviesen algun motin ó
rebelion, como despues algo desto paresció y decirse ha. Avecindáronse algunos
en el Bonao, y de aquí se comenzó allí la villa del Bonao; otros en la Vega, en
medio della, donde tenia Guarionex, Rey della, que llamaban el guaricano, media
legua abajo de la fortaleza que se nombraba la Concepcion, frontero cuasi hácia
el Norte de la sierra, á la ribera del rio que llamaron Verde; á otros dió
vecindad en Santiago, seis leguas[373] de allí en
la misma Vega, hácia el Norte, derechamente donde al presente está. A estos que
se avecindaban repartia el Almirante tierras en los mismos términos y heredades
de los indios, y de las mismas heredades y labranzas hechas y trabajadas por los
indios, que tenian para sustentacion suya y de sus mujeres y hijos, repartia
entre ellos, á uno 10.000, á otro 20.000, á otro más, á otro ménos, montones ó
matas, como si dijésemos, tantas mil cepas de viña; sólo en esto diferia,
porque las cepas de las viñas son perpetuas ó cuasi, pero las matas no duran ni
dan más de fruto de pan, y esto puede durar uno y dos y hasta tres años, que
pueden comer dello, como ya arriba dejamos dicho. Y este repartimiento destas
labranzas y tierras, dábalas el Almirante por sus cédulas, diciendo que daba á
fulano en el Cacique fulano tantas mil matas, ó montones, que es lo mismo, y lo
peor y miserando que es y era, de donde comenzó la tiránica pestilencia, como
arriba se dijo, del repartimiento que despues llamaron encomiendas, que decia
en la cédula «que mandaba que aquel Cacique fulano é sus gentes le labrasen
aquellas tierras», esto era, que acabadas aquellas matas y montones de comer,
le plantasen otras, sin señalar número ni cuento ni medida; y á los que
señalaba y daba de las labranzas de los indios ya plantadas, daba solo tierras
y los indios que se las hiciesen y plantasen en ellas, y juntaba dos españoles
ó tres en compañía, y aplicábales tal Cacique que les hiciese las dichas
labranzas de comun, y despues el provecho dellas repartiesen. De aquí nacieron
entre los españoles unas sanctas é inmaculadas compañías. Esta licencia dada
por el Almirante teníanse ellos cargo de gastar aquellas labranzas en las
minas, forzando á los indios que fuesen á coger oro, aunque les pesase, puesto
que no iban sin otra licencia expresa del Almirante, dada por escrito, que
decia que se daba licencia desde tal mes á tal mes, despues pedian que se les
acrecentase la dicha licencia, en tal dia á tantos de tal mes se le acrecentó
la licencia á fulano para coger oro hasta tal mes. Dada la licencia y señalado
que tal Cacique hiciese las labranzas de fulano, español,[374] de
tal manera del Cacique y de su pueblo ó pueblos ó gente aquel hidalgo español
se apoderaba, como si se los dieran todos por esclavos, ó por mejor decir, si
fueran bestias cazadas y habidas del campo, no haciendo más cuenta del Cacique
y señor natural que de sus vasallos; azotes, palos, cortar las orejas, y á
otros matarlos si en tantito dellos se enojaban ó no acudian á hacer tan presto
lo que se les mandaba; si los Caciques y señores tenian hijas, luego con ellas
eran abarraganados, y desta manera estuvieron todos, yo presente, muchos años.
Eran de todos los indios, por temor violentísimo, adorados, y, como de los
demonios, delante dellos temblaban, y guay de aquellos que se huian, ó, como
los españoles decian en su lenguaje, se alzaban, porque luego iban á buscarlos
y guerrearlos, y hacian en ellos crueles matanzas, y los que á vida se tomaban
vendian por esclavos, y destos iban á Castilla los navíos cargados; y porque
Francisco Roldan no era el postrero en deseo de ser rico y querer aprovecharse,
pidió al Almirante que le hiciese merced de las tierras que estaban en cierta
parte, cerca de la Isabela, que se llama el Bauruco, tierra de cierto Cacique,
y de las labranzas que en ellas estaban, porque dijo que ántes que se levantase
eran suyas. De ver fuera si las labró él ó los esclavos moros de su padre, y
tambien qué poder tenia el Almirante para darle las tierras ó labranzas ó
haciendas ajenas de los tristes indios; pero no embargante todo esto, el
Almirante se las dió en 29 de Octubre como hacia á los otros. Dióle tambien
otras labranzas que estaban hechas por los indios en una tierra ó pago, en que
habia hecho una estancia que en Castilla creo que llamaran casería, ó cortijo,
ó heredad, donde se hacian las labranzas y dellas el pan, y se criaban
gallinas, y hacian huertas, y todo lo demas que era menester para tener
hacienda ó heredad los españoles, y buena vida, excepto los ganados que se
tenian en otra parte; pienso que esta estancia era hecha en nombre del Rey, y
con este título mandaban á los indios que la labrasen, y pusiéronle nombre
Esperanza. Concedióle más el Almirante al Roldan, que el Cacique y señor que
habia desorejado Alonso[375] de Hojeda, como se
dijo en el cap. 93, y su gente se las labrasen; veis aquí como se va entablando
aquella tan justa gobernacion que llamaron repartimiento, y despues las
honestas encomiendas. Dice aquí el Almirante, que todo esto hacia y daba para
que hobiese tiempo de saber de Sus Altezas, qué es lo que mandaban hacer dél y
de su compañía, pues, como prometieron, no se apartaban. Dióle asimismo dos
vacas, y dos becerros, y dos yeguas, y veinte puercas, todo de lo del Rey, para
comenzar á criar, porque se lo pedia, y áun creo que fueron dos pavos de los de
Castilla; y no le osaba negar nada. Pero lo que más él pretendió por hinchir
mejor las manos, y le concedió el Almirante, fué aquel gran rey Behechio con
sus gentes y vasallos, en la provincia de Xaraguá, donde él, como dije, habia
más que Behechio reinado, porque aunque por allí no habia oro, tenia infinitas
gentes que pudiera enviar á las minas, donde todos los matara y cogiera
entónces mucho dello, si del estado que como Rey tenia tan presto el hilo no se
le cortara.
Partióse de aquí de Santo Domingo, para visitar, la
tierra adentro, con licencia del Almirante, la cual Dios sabe con qué corazon
se la daba, y, llegando al Bonao, instituyó por Alcalde de aquella provincia,
en su lugar, á Pedro de Riquelme, uno de los más á él llegados de los con él
alzados, reservando para sí la jurisdiccion en lo criminal, y que, siendo
necesario prender alguno en los criminales casos, lo prendiese y enviase á la
fortaleza de la Concepcion, donde, hasta que él mandase lo que se habia de hacer,
con prisiones le guardasen; cosa muy temeraria, y que él no podia hacer, aunque
en la verdad se le hobiera dado el oficio jurídica y voluntariamente por el
Almirante, cuanto más que ni en lo uno ni en lo otro tenia ni podia nada. Mucho
sintió esto el Almirante, porque le usurpaba la superioridad de Visorey y
Gobernador, y en la capitulacion y concierto hecho, y la provision á él dada,
no se le habia concedido sino que sólo fuese Alcalde, y no que criase á otros
Alcaldes. El Riquelme trabajaba, despues de ido Roldan, de hacer una fortaleza
en un lugar fuerte en aquella provincia[376] del
Bonao, lo que debia ser artificio de ambos para se hacer más fuertes, cuando
fuera menester, contra el Almirante; contradíjole un Pedro de Arana, hombre muy
honrado, tio de D. Hernando, segundo hijo del Almirante, y escribiólo al
Almirante, é yo vide la carta: luego el Almirante le envió á mandar que no
hiciese cosa en ello hasta que se lo mandase.
CAPÍTULO CLXII.
Quiero aquí volver el rayo de la consideracion,
ántes que pase adelante, á la infalible y menuda providencia de Dios y
sabiduría sempiterna, la cual, puesto que parece que no habla, clamores da,
empero, en las plazas y en las puertas de las ciudades, en medio de las
compañas, y en todas partes y lugar levanta su voz, como dice Salomon en el
primero de sus «Proverbios,» ¿en qué habia ofendido de nuevo el Almirante,
salido de Castilla con mucha gracia de los Reyes, y con poderes, favores y
mercedes más abundantes, de camino haber descubierto la tierra de Paria,
principio de toda la gran tierra firme de este orbe, con perlas y oro, con tan
inmensos sudores, peligros y trabajos? Despues de llegado á esta isla, donde
pensaba resollar y consolarse, halló materia de tanta tristeza y amarguras,
sabido el levantamiento de Francisco Roldan, sin haber sido causa del; con
cuanta diligencia, paciencia, solicitud, sufrimiento y cuidado trabajó de
asegurarlo, perdiendo tanto de su autoridad, recibiendo muchos descomedimientos
de los alzados, disimulando muchos defectos de los que consigo estaban, dignos
de castigar, padeciendo cada dia nuevos temores de que los que tenia consigo le
habian de dejar, como se ha contado. El dolor que sufria por el enojo que
habian de recibir los Reyes, que era lo que más le solia atormentar, el
disfavor que le habia de crecer de parte de los émulos y adversarios grandes
que tenia en la corte sin por qué ni para qué, á los cuales, con estos reveses,
se les ofrecia ocasion para, del todo, como lo hicieron, poderlo derrocar;
finalmente, con su mucha prudencia y perseverante sufrimiento, hobo de concluir
el reducimiento de Francisco Roldan. ¿En qué, pues, ofendió, y[378] á
quién de los españoles que allá estaban, y á los Reyes, desirvió despues que de
aquí salió hasta que tornó acá, y en los trabajos y cuidado que tuvo, miéntras
duró el atraimiento y reduccion de Roldan, que á 21 de Mayo estuviese leyendo,
con angustia de su ánima, la carta de Alonso Sanchez de Carvajal, de como
Roldan no cumplia el asiento de irse en las dos carabelas con sus alzados á
Castilla, y que aquí, el mismo año, mes y dia, firmasen los Reyes las
provisiones para quitarle la gobernacion, y por consiguiente le sucediesen
(sacada la muerte), todos los otros desastrados é infelices males y daños, y
que no bastasen para mover á los Reyes, á no del todo derrocarle, los servicios
tan irrecompensables pasados, y este de agora tan grande, como fué haber
descubierto la tierra firme y oro de nuevo hallado en ella, y más las perlas que
hasta entónces no habian parecido, y pudieran esperar que tambien habian de
haber de allí otras piedras y cosas preciosas? Esta cuestion no tiene otra
respuesta que cuadre, sino que la divina sapiencia, en esto que á nosotros
parece, parecia que callaba, y, en deponerle del estado que le habian dado,
clamaba y levantaba su voz en las plazas, que no por los daños é injusticias
que hacia á los cristianos (porque dado que le habian acusado de muchos que
habia justiciado de ántes, quizá lo habian bien merecido, y eran 10 ó 12, ó
quizá no tantos), sino por las grandes injusticias, y guerras, y imposicion de
tributos, y agravios y no por persona humana, ni con haber ni riquezas del
mundo, recompensables, que habia hecho á los indios, y actualmente hacia y
tenia propósito de hacerles, con la granjería que trataba, de querer hinchir
toda la Europa de estos inocentes indios, inícuamente hechos esclavos, aunque á
él parecia que con intincion santa, y es cierto, yo creer, quél creia que no
erraba. Por esta, digo, causa, verdaderamente no fué en mano de los Reyes, los
cuales sin duda, como agradecidos Príncipes, le amaban, sino por voluntad y
disposicion divina, el regimiento de este orbe, que muy bien al principio
merecido tenia, le quitaron de las manos. ¡Oh cuan léjos y distantes, son los
pensamientos y[379] juicios de los hombres, de los
del eterno é inmenso Dios! ¡Cuán engañosa ó engañable, incierta y variable
suele salir la sentencia de nuestro parecer! ¡Cuán cierta é infalible, la
provision universal de la divina sapiencia, que por una parte permitiendo y
disimulando calle, y por otra parte, obrando hable, por otra, callando parece
que aprueba, por otra, castigando, cuando ménos los hombres ofenden y más
seguros están, sin duda reprueba, por otra, quitándonos las ocasiones de
ofenderle, á los que no sienten por qué el azote les viene, concede señalado
bien para que lastar tanto en esta ó en la otra vida no tengan, y á los que por
don de su gracia lo entienden, misericordiosamente consuela! Así creo que se
hobo, en disponer el estado del Almirante, la divina Providencia, porque cuando
le permitia y disimulaba los males que á los indios hacia, parecia que,
callando se los aprobaba, y él, así creo que lo creia, pero cuando ménos
ofendia y en mayores angustias estaba, juntamente con enviarle algun castigo,
le quitó la ocasion certísima y veemente de su damnacion eterna, si mucho
tiempo más se lo disimulara. De aquí es de creer piadosamente, y dello hay
hartas conjeturas, que como Nuestro Señor le concedió tener buena voluntad, y
que todo lo que hacia y obraba parece que lo enderezaba finalmente al honor
divino, que despues le diese cognoscimiento para que sintiese, que, por los
grandes pecados que cometió contra estas gentes, y daños gravísimos, que con su
ignorancia no excusable, les hizo, privacion de su estado (aunque no por
sentencia pronunciada en contradictorio juicio, sino por voluntad de los
Reyes), y las otras calamidades con todo lo demas, le vino. Y este es el primer
principio, por el cual, de los celestiales bienes y de nuestra final salvacion,
supuesta la gracia divina, nos hacemos dignos. Teniendo ya determinado los
Reyes de quitarle la gobernacion, no creo que perpétuamente, y firmado las
provisiones á 21 de Mayo de aquel año de 1499, como dije, solamente movidos por
las nuevas que tuvieron, que él escribió en los cinco navíos, de que llegado á
esta isla halló que Francisco Roldan era levantado, puesto[380] que
creo tambien que debiera de escribir Francisco Roldan ó sus amigos, llegaron
estos dos navios postreros, donde fueron los mensajeros, por cerca de Navidad.
Los del Almirante hacen relacion á los Reyes del levantamiento y desobediencia
de Francisco Roldan, y de los que le siguieron ser hombres facinerosos,
viciosos, robadores, violentos, ladrones, forzadores de mujeres casadas,
corrompedores de vírgenes, homicidas, falsos, perjuros, fementidos; de los
robos, muertes, daños grandes y escándalos que en toda esta isla habian hecho,
y de los trabajos y peligros que, sobre esto, el Adelantado, y despues el Almirante,
padecieron. Los de Roldan, por el contrario, dieron del Almirante y de sus
hermanos terribles quejas, llamándolos tiranos, injustos, crueles, que por
cosas fáciles atormentaban los españoles, los degollaban, ahorcaban, azotaban,
cortaban manos, sediendo la sangre castellana como capitales enemigos,
deservidores de los Reyes, y que no procuraban sino alzarse con el imperio
destas Indias, y daban esta conjetura: que no dejaban cojer el oro de las minas
por haberlo todo ellos, y otras muchas abominaciones que afirmaban contra ellos
para excusar su alzamiento y desvergüenza, diciendo que por estas causas se
absentaron y apartaron dellos. Cerca de lo que yo sentí y entiendo de todo
esto, abajo diré mi sentencia. Oidos los clamores y quejas de ambas partes, los
Reyes, de lo que habian proveido y aún estaban proveyendo, en ningun cosa se
arrepintieron, ántes se confirmaron en su propósito, y muchas otras cosas para
el remedio, segun juzgaron ser necesario, proveyeron.
CAPÍTULO CLXIII.
Por este tiempo, en aquestos dos navíos ó en otros
que envió poco despues, escribió el Almirante á los Reyes una carta muy larga,
en la cual hizo un epílogo y abreviatura de todas las cosas que le habian
acaecido despues que vino y estuvo en la corte, y propuso su empresa ante los
Reyes de descubrir estas Indias, hasta estos presentes dias, de la cual quiero
aquí referir algunos pedazos, porque me parece convenir é testificar con él
mismo muchas cosas de las arriba dichas, y tambien porque sepan las quejas que
de su fortuna y adversarios, con razon, tenia, y las razones y disculpas que
para ello traia. Hablando de su venida deste viaje tercero que hizo, y de como
llegó á esta isla Española y halló levantado á Roldan, entre otras cosas, dice:
«Despues que vine, y, con tanta gente y poderes de Vuestras Altezas, él se
mudase de su primero propósito y dijese esto, yo quisiera salir á él, más hallé
que era la verdad, que la mayor parte de la gente que yo tenia eran de su
bando; y como fuese gente de trabajo, y yo para trabajo los hobiese asueldado,
este Roldan y los que con él eran, y los otros que ya estaban de su parte,
tuvieron forma de los emponer que se pasasen con ellos porque no trabajarian y
ternian rienda suelta y mucho comer y mujeres, y, sobre todo, libertad á hacer
todo lo que quisieren; é así, fué necesario que yo disimulase, y en fin, vine
en concierto que yo les diese, de las tres carabelas que habia de llevar el
Adelantado á descubrir, las cuales estaban de partida, las dos, y cartas para
Vuestras Altezas de bien servido y su sueldo, y otras cosas muchas deshonestas;
é así se las envié allá al cabo del Poniente desta isla, allí donde ya tenian
su asiento; é así he estado siempre en fatiga,[382] de
que yo vine hasta hoy dia, que es el mes de Mayo del 99, porque áun no se ha
ido, y tiene allá los navíos, y cada dia me hacen saltos y enojos: nuestro
Señor lo remedie como fuere su servicio. Muy altos Príncipes, cuando yo vine
acá, traje mucha gente para la conquista destas tierras, los cuales recibí
todos por importunidad, diciendo ellos que servirian en ello muy bien y mejor
que nadie, y era al revés, segun despues se ha visto; porque no venian, salvo
con creencia que el oro que se decia que se hallaba, y especerías, que era á
coger con pala, é las especias que eran dellas los lios hechos liados, y todo á
la ribera de la mar, que no habia más salvo hecharlo en las naos, tanto los
tenia ciegos la cudicia: é no pensaban, que, bien que hobiere oro, que sería en
minas, y los otros metales, y las especias en los árboles, y que el oro seria
necesario de cavarlo, y las especias cogerlas y curarlas. Lo cual todo les
predicaba yo en Sevilla, porque eran tantos los que querian venir, é yo les
cognoscia su fin, que hacia decirles esto, y todos los trabajos que suelen
sufrir los que van á poblar nuevamente tierras de muy léjos. Á lo cual todos me
respondian que á eso venian, y por ganar honra en ello, más como fuese el
contrario, como yo dije, ellos, en llegando acá, que vieron que yo les habia
dicho la verdad, é, que su cudicia no habia lugar de hartarse, quisiéranse
volver luego, sin ver que fuera imposible de conquistar y señorear esto, y
porque yo no se lo consentí, me tomaron odio, y no tenian razon, pues que por
importunidad los habia traido y, hablado claro que yo venia á conquistar, y no
por volver luego como aquel que ya habia visto otras semejantes, y que tenia
cognoscida su intincion; y asimismo me tomaron odio porque yo no los consentia
ir por la sierra adentro, derramados de dos en dos, ó tres en tres, y algunos
solos, por lo cual los indios habian muerto muchos, á esta causa, por andar así
derramados, y mataran más si yo no le remediara, como dije, y llegara su osadía
á tanto, que me echaran sin debate de la tierra, si Nuestro Señor no lo
proveyera. Rescibí en esto grande pena, así como en los bastimentos que yo les
habia de proveer; y algunos que no podian[383] dar
de comer en Castilla á un mozo, querrian tener acá seis é siete hombres, y que
yo se los gobernase y pagase sueldo, que no habia razon ni justicia que los
hiciese satisfechos. Otros habian venido sin sueldo, digo (bien la cuarta
parte), escondidos en las naos, á los cuales me fué necesario de contentar así
como los otros; en manera, que, desde entónces, en mayor pena con los
cristianos que con los indios, y hoy en dia no acabo, ántes por una parte se ha
doblado y por otra se me alivia. Dóblaseme por este ingrato desconocido,
Roldan, que vivia conmigo y los que con él son, á los cuales yo tenia hecha
tanta honra, y á este Roldan (que no tenia nada), dado en tan pocos dias, que
tenia ya más de un cuento, y á estotros que agora nuevamente se fueron
allegando de Castilla, dado dineros y buena compañía, así que estos me tienen
en pena; de otra parte estoy aliviado, porque la otra gente siembran y tienen ya
muchos bastimentos, é saben ya la costumbre de la tierra, é se comienza á
gustar de la nobleza della y fertilidad, muy al contrario de lo que hasta aquí
se decia: que creo que no haya tierra en el mundo tan aparejada para haraganes
como esta, é muy mejor para quien quisiere ayuntar hacienda, como despues diré,
por no salir del propósito. Así que nuestra gente que vino acá, visto que no
podian hinchir su cudicia, la cual era desordenada, y áun tanto que muchas
veces he pensado y creido, que ella haya sido causa que Nuestro Señor nos haya
cubierto el oro y las otras cosas; porque luego que acá salí al campo hice
experimentar á los indios cuanto dello podian coger, y hallé que algunos que
sabian bien dello cogian en cuatro dias una medida que cabia una onza y media,
y así tenia yo asentado con todos los desta provincia de Cibao, y les aplacia
de dar de tributo cada persona, hombre y mujer, de catorce años arriba hasta
setenta, una medida destas que yo dije de tres en tres lunas, y le cogí yo este
tributo hasta que fuí á Castilla, así que esto tengo yo imaginado que la
cudicia haya sido causa que se pierda. Mas estoy muy cierto que Nuestro Señor,
por su piedad, no mirará á nuestros pecados, é que en viendo tiempo para ello,
luego lo volverá con ventaja;[384] la cual gente
nuestra, despues que vido que su parecer no les salia como tenian imaginado,
siempre despues estaban con congoja para se volver á España, é así les daba yo
lugar que fuesen en cada pasaje, y por mi desdicha, bien que de mi hobiesen
recibido mucha honra y buen tratamiento, ellos, en llegando allá, decian de mí
peor que de un moro, sin dar á ello ninguna razon, y me levantaron mil
testimonios falsos, y dura esto hoy en dia: mas Dios Nuestro Señor, el cual
sabe bien mi intencion y la verdad de todo, me salvará, ansí como hasta aquí
hizo, porque hasta hoy no ha habido persona contra mí con malicia que no le
haya él castigado, y por esto es bien de echar todo el cuidado en su servicio,
que él le dará gobierno. Allá dijeron que yo habia asentado el pueblo en el
peor lugar de la isla, y es el mejor della, y dicho de boca de todos los indios
de la isla; y estos que esto decian, muchos dellos no habian salido fuera del
cerco de la villa un tiro de lombarda: no sé qué fe podian dar dello. Decian
que morian de sed, y pasa el rio allí junto por la villa, áun no tan léjos como
de Sancta María, en Sevilla, al rio; decian que este lugar es el más doliente,
y es el más sano; bien que toda esta tierra es la más sana y de más aguas y
mejores aires, que otra que sea debajo del cielo, y se debe creer que es así,
pues que en un paralelo y en una distancia de la línea equinoccial con las
islas de Canaria: las cuales en esta distancia son conformes, mas no en las
tierras, porque son todas sierras secas y altísimas, sin agua, ni sin fruto y
sin cosa verde, las cuales fueron alabadas de sábios por estar en tan buena
temperancia, debajo de tan buena parte del cielo, distantes de la equinoccial,
como ya dije, mas esta Española es grandísima, que boja más que España, y muy
llena de vegas, y campiñas, y montes, y sierras, y rios grandísimos, y otras
muchas aguas y puertos, como la pintura della, que aquí irá, hará manifiesto, y
toda populatísima de gente muy industriosa; así que creo que debajo del cielo
no hay mejor tierra en el mundo. Dijeron que no habia bastimentos, y hay carne
y pan y pescado, y de otras muchas maneras, en[385] tanta
abundancia, que despues de llegar acá, peones que se traen de allá para
trabajar acá, que no quieren sueldo, y se mantienen á ellos y á indios que les
sirven, y como se puede tomar por este Roldan, el cual va al campo, y es más de
un año, con 120 personas, las cuales traen más de 500 indios que los sirven, é
á todos los mantienen con mucha abundancia. Dijeron que yo habia tomado el
ganado á la gente que lo trujo acá, y no trajo nadie dello, salvo yo ocho
puercas, que eran de muchos; y porque estos eran personas que se querian volver
luego á Castilla y las mataban, yo se lo defendí porque multiplicasen, mas no
que no fuesen suyas, de que se ve agora que hay acá dellos sin cuento, que
todos salieron desta casta, y los cuales yo truje en los navíos y les hice la
costa, salvo el primer gasto, que fué 70 maravedís la pieza en la isla Gomera.
Dijeron que la tierra de la Isabela, adonde es el asiento, que era muy mala y
que no daba trigo; yo lo cogí y se comió el pan dello, y es la más fermosa
tierra que se pueda cudiciar: una vega de 14 leguas de largo y dos de ancho, y
tres y cuatro, entre dos sierras, y un rio muy caudaloso que pasa al luengo por
medio della, y otros dos, no grandes, así como muchos arroyos que de la sierra
vienen á ellos, ni por pan de trigo cura nadie, porque estotro es mucho y mejor
para acá y se hace con ménos trabajo. De todo esto me acusaban contra toda
justicia, como ya dije, y todo esto era porque Vuestras Altezas me aborreciesen
á mí y al negocio; mas no fuera así si el autor del descubrir dello fuera
converso, porque conversos, enemigos son de la prosperidad de Vuestras Altezas
y de los cristianos, mas echaron esta fama y tuvieron forma que llegase á se
perder del todo; y estos que son con este Roldan, que agora me da guerra, dicen
que los más son dellos. Acusáronme de la justicia, la cual siempre hice con
tanto temor de Dios y de Vuestras Altezas, más que los delincuentes sus feos y
brutos delitos, por los cuales Nuestro Señor ha dado en el mundo tan fuerte
castigo, y de los cuales tienen aquí los Alcaldes los procesos. Otros infinitos
testimonios dijeron de mí y de la tierra, la cual se ve[386] que
Nuestro Señor la dió milagrosamente, y la cual es la más hermosa y fértil que
haya debajo del cielo, en la cual hay oro y cobre, y de tantas maneras de
especias y tanta cantidad de brasil, del cual, sólo con esclavos, me dicen
estos mercaderes, que se puede haber cada año 40 cuentos, y dan razon dello,
porque es la carga ahí más de tres veces tanto cada año; y en la cual puede
vivir la gente con tanto descanso, como todo se verá muy presto. Y creo, que,
segun las necesidades de Castilla y la abundancia de la Española, se haya de
venir á ella muy presto de allá grande pueblo, y será el asiento en la Isabela,
adonde fué el comienzo, porque es el más idóneo lugar y mejor que otro ninguno
de la tierra, como se debe de creer pues que Nuestro Señor me llevó allí
milagrosamente, que fué que no pude ir atras ni adelante con las naos, salvo
descargar y hacer asiento; y la cual razon me movió á escribir esta escritura,
por la cual dirán algunos que no era necesario de relatar fechos pasados, y los
ternán por prolijos y son tan breves, mas yo comprendí que todo era necesario,
así para Vuestras Altezas, como para otras personas que habian oido el maldecir
con tanta malicia y engaño, lo cual se ha dicho sobre cada cosa de las
escritas, y no solamente de las personas que fueron de acá, é más, con mucha crueldad,
de algunos que no salieron de Castilla, los cuales tenian facultad de probar su
malicia al oido de Vuestras Altezas, y todo con arte, y todo por me hacer mala
obra, por envidia, como pobre extranjero; mas en todo me ha socorrido y socorre
Aquel que es eterno, el cual siempre ha usado misericordia conmigo, pecador muy
grande.» Todo lo dicho es del Almirante, y dice más abajo, describiendo ciertas
sierras: «Estas sierras, ambas, son pobladas y eran populatísimas cuando yo
vine acá, y se han algo despoblado, porque la gente dellas probaron guerra
conmigo y nuestro Señor me dió victoria siempre, las cuales sierras, ambas, lo
más dello son labradas y de preciosas tierras fertilísimas, etc.»
Muchas cosas habia en esta carta de notar, pero
porque[387] algunas quedan dichas en otros
capítulos, y por abreviar, solamente aquesta postrera que dice el Almirante se
debe notar: que la tierra halló populatísima cuando vino, pero que estaba algo
despoblada, porque probaron guerra contra él los indios; y quiere decir, que
por la guerra que él les hizo la habia despoblado algo. Y no es maravilla que
la despoblase, pues enviaba los navíos cargados de esclavos, y lo tenia y
entendia tener por granjería, ignorando tan malamente la justicia que los
indios tenian de hacerle á él guerra y echarlo de la tierra á él y á todos los
cristianos, y tambien del mundo, pues tantos agravios y males, él y ellos, les
hacian, y la servidumbre durísima en que los ponian estragándoles y
desordenándoles totalmente su mansedumbre, su concierto pacífico, su ser todo,
y humilde y natural policía, y finalmente con tanto daño de sus vidas, y de
mujeres, y hijos; y él ni los cristianos contra ellos no tenian alguna
justicia, ántes iniquísima y contra toda razon natural injusticia. A lo otro
que dijo arriba, que habia avisado en Sevilla á los que querian venir acá, que
no venia á esta isla, sino á conquistar, etc.; no mostrará el Almirante
provision ni mandado de los Reyes, que le mandasen conquistar estas gentes, por
vía de hacerles guerra y destruirlas por guerras, porque no se las encomendaba
la Sede Apostólica para esto, sino para convertirlas y salvarlas, trayéndolas á
Jesucristo muerto y vivo por ellas. Esto claro parece por el primer capítulo de
la Instruccion que le dieron, que arriba en el cap. 81 pusimos. Item, ¿como
habian de mandar los Reyes católicos y píos, que conquistase por guerras á
gente que el Almirante mismo habia loado, predicado y encarecido por
humilísimas, graciosas, humanas, hospitales, liberales, dadivosas, caritativas,
bonísimas y simplicísimas? Manifiesto es que no se debe creer, que teniendo tal
noticia, dada por el mismo Almirante, y con verdad y mucha razon, pues tan buen
acogimiento halló en todos los lugares destas islas donde llegó, mayormente
cuando perdió la nao en el puerto de la Navidad, reino del Rey piadoso
Guacanagarí, como parece en los capítulos 59 y 60 y en los siguientes,[388] y esta relacion hicieron los Reyes al Papa, de
la bondad y mansedumbre de estas naciones, que no le habian de mandar que las
conquistase con guerra; y si los Reyes le dieron tal provision, él no la habia,
como injusta, de cumplir, arbitrando que habian sido mal informados.
CAPÍTULO CLXIV.
Necesario es, ántes que pasemos adelante, tornar un
poco atras para que la historia no deje olvidada cosa de las que son señaladas.
Volviendo, pues, al efecto que salió, sin lo dicho, de los cinco navíos que
despachó con las nuevas, el Almirante, del descubrimiento de la tierra de Paria
y firme, y perlas, y del acaecimiento que mezcló el alegría que los Reyes
recibieran de las tales nuevas, sino supieran la rebelion de Francisco Roldan;
como Alonso de Hojeda, que ya estaba en Castilla, el cual, creo yo, que debiera
de irse cuando mi tio Francisco de Peñalosa, supo que el Almirante habia la
dicha tierra descubierto y las perlas, y vido la figura que el Almirante envió
á los Reyes della, y decia en sus cartas que era isla, y con duda (ó alguna
creencia) que era tierra firme, como le favorecia y era aficionado el Obispo de
Badajoz, D. Juan de Fonseca, que todo lo rodeaba y proveia, suplicóle que le
diese licencia para venir á descubrir por estas partes, islas ó tierra firme, ó
lo que hallase. El Obispo se la dió firmada de su nombre y no de los Reyes, ó
porque los Reyes se lo cometieron que él diese las tales licencias ó aquella
sola, lo cual es duro de creer, ó porque de su propia autoridad se la quiso dar
no dando parte á los Reyes dello, porque como el año de 95 el Almirante se
habia quejado á los Reyes ser contra sus privilegios dar licencia á alguno para
descubrir, porque muchos la pedian, y le dieron sobrecarta para que cerca de
aquello se le guardasen sus privilegios, si era contra ellos, y así se suspendió,
segun arriba en el cap. 125 dijimos, y dar esta licencia al Obispo de esta
manera, no sé como lo pudo hacer; puesto que tambien siento, que como era
hombre muy determinado y acelerado, y no estaba bien con[390] las
cosas del Almirante, que darla temerariamente, sin consultar los Reyes, pudo
ser, pero todavía dudo de ello, porque, aunque era muy privado de los Reyes,
cosa era esta que no osara por sola su autoridad hacer. Dióla, empero, con esta
limitacion, que no tocase en tierra del rey de Portugal, ni en la tierra que el
Almirante habia descubierto hasta el año de 95. Tambien ocurre aquí otra
dificultad, que ¿porqué no salvaba la tierra que agora el Almirante habia
descubierto, pues constaba por la pintura y cartas que della enviaba á los
Reyes? A esto no sabré responder. De traer su licencia solamente firmada del
dicho Obispo y no de los Reyes, ninguna duda hobo, porque Francisco Roldan la
vido y lo escribió al Almirante, y yo vide la carta original, como luego se
dirá. Habida, pues, la licencia Hojeda, hobo personas en Sevilla que le armasen
cuatro carabelas ó navíos, porque habia muchos ávidos y codiciosos de ir á
descubrir el ovillo por el hilo que le puso en las manos el Almirante, por
haber sido el primero que abrió las puertas deste, cerrado tantos siglos habia,
mar Océano. Partió del puerto de Sancta María ó de Cáliz, por el mes de Mayo,
y, sino dice contra la verdad Américo Vespucio en los dias del mes, como no la
dice cuanto al año, fué su partida á 20 de Mayo de 499; no de 97 como Américo
dice, usurpando la gloria y honra que al Almirante pertenecia, y aplicándosela
á sí mismo sólo, queriendo dar á entender al mundo, que él habia sido el primer
descubridor de la tierra firme de Paria, y no el Almirante, á quien todo el
descubrimiento de todas estas Indias, islas y tierra firme, justa y debidamente
se le debe, como arriba en el cap. 140 queda probado. En el cual capítulo
trabajé de poner por dudoso, si el Américo habia de industria negado,
tácitamente, este descubrimiento primero haber sido hecho por el Almirante y
aplicado á sí sólo, porque no habia mirado lo que despues colegí de los mismos
escritos del Américo, con otras escrituras que de aquellos tiempos tengo y he
hallado, por lo cual digo haber sido gran falsedad y maldad la del Américo,
queriendo usurpar, contra justicia, el honor[391] debido
al Almirante, y la prueba desta falsedad por esta manera y por el mismo Américo
quedará clarificada. Supongamos lo que arriba en el cap. 140 queda probado,
conviene á saber: Lo primero, el testimonio de tanta multitud numerosa de
testigos, que de vistas sabian que el Almirante fué el primero que descubrió la
tierra firme de Paria, y por consiguiente, ninguno por toda la tierra firme
llegó ántes, y esto afirma tambien Pedro Mártir, en los capítulos 3.º y 9.º de
su primera Década. Item, el mismo Hojeda, en su deposicion, tambien lo
testifica sin poder negarlo, diciendo que, desque vido la figura ó pintura en
Castilla, vino él á descubrir, é halló que habia llegado á Paria y salido por
la Boca del Drago el Almirante. Lo segundo, que Américo vino con Hojeda, ó por
piloto, ó que sabia algo de la mar, pues lo cuenta junto con Juan de la Cosa y
otros pilotos, ó, por ventura, que vino como mercader poniendo algunos dineros
y teniendo parte en el armada. Lo tercero, supongamos lo que Américo confiesa
en su primera navegacion, y es, que llegó á la tierra que llamaban los indios
moradores della, Paria; item, que en cierta parte ó provincia de la costa de la
tierra firme, ó en la isla donde hicieron guerra, los indios della le hirieron
22 hombres y matáronle uno, y esto acaesció en el año 99, como luego se
probará. Pues digamos así: el Almirante fué el primero que descubrió á tierra
firme y Paria, Hojeda fué el primero despues del Almirante, y Américo fué con
Hojeda, y confiesa que llegaron á Paria. Pues el Almirante partió de Sant Lúcar
á 30 de Mayo de 98 años, luego Hojeda y Américo partieron de Cáliz el año
siguiente de 99 años, porque si el Almirante partió á 30 de Mayo de Sant Lúcar,
y Hojeda y Américo á 20 de Mayo de Cáliz, y el Almirante partió primero, no
pudo ser la partida de Hojeda y Américo en aquel año de 98, sino en el
siguiente de 99 años; ni se pudo decir en contra que pudo ser haber partido
Hojeda y Américo primeramente á 20 de Mayo el año mesmo de 98, que partió el
Almirante, puesto que fuese verdad que el Almirante llegase primero y
descubriese á Paria, porque ya terniamos confesado el intento, conviene á
saber,[392] que el Almirante hobiese descubierto á
Paria, y quedaria el dicho de Américo falso tambien, por él confesado, que dice
que partió el año de 97 años; luego, sin duda, ni partieron de Cáliz el año de
97, ni tampoco el de 98, sino el de 99, y por consiguiente, queda manifiesto
que no fué Américo el que descubrió primero la tierra firme de Paria, ni otro
ninguno sino el Almirante. Esto se confirma, por lo que arriba en el capítulo
140 se vido, que Hojeda en su deposicion tomado por testigo en favor del Fisco,
dijo, conviene á saber, que despues que vido la pintura de la tierra, que el
Almirante habia descubierto, en Castilla, vino á descubrir y halló ser verdad
la tierra como en pintura la habia visto, y pues esta pintura y relacion envió
el Almirante á los Reyes el mismo año de 98, á 18 de Octubre que partieron los
dichos navíos y llegaron por Navidad, y en ellos fué mi padre, como parece en
el cap. 155, arriba. Luego si partió Hojeda y Américo por Mayo, á 20 dél, como
escribe Américo mismo, no pudo ser sino al año siguiente del 99. Item, por otra
razon se confirma: el Almirante fué avisado de los cristianos que estaban por
la provincia de Yaquimo, que se decia la tierra del Brasil, que habia llegado
allí Hojeda, á 5 de Setiembre, y así lo escribió el Almirante á los Reyes en
los navíos donde fueron los Procuradores del Almirante y de Roldan; y esto fué
en el año de 99, al tiempo que andaba acabándose ó era acabada la reduccion de
Francisco Roldan y de su compañía á la obediencia del Almirante, y este es el
primer viaje que Américo hizo con Hojeda; luego no pudo haber partido Hojeda ni
Américo de Cáliz el año de 97, sino de 99. Que fuese este el primer viaje que
hizo Hojeda y Américo en busca de la tierra firme, parece por las dos cosas que
arriba se pusieron, que el mismo Américo en su primera navegacion dice; la una,
que llegaron á la tierra que llamaban los moradores della, Paria; la segunda,
que les hirieron los indios en cierta isla 22 hombres y los mataron uno, y esto
dijeron á Francisco Roldan los de la compañía de Hojeda cuando entró en los
navíos de Hojeda el mismo Francisco Roldan, el cual envió el Almirante á ello
luego que supo que habia[393] llegado Hojeda á la
tierra del Brasil, desta isla, como se dirá en el cap. 168. Escribió Francisco
Roldan al Almirante, desde allá, estas, entre otras palabras, las cuales yo
vide, firmadas del Francisco Roldan, y era su firma bien cognoscida de mí;
comienza así la carta: «Hago saber á vuestra señoría, como yo llegué adonde
estaba Hojeda, el domingo, que se contaron 29 de Setiembre, etc.» Y más abajo:
«Así que, señor, yo hobe de ir á las carabelas y fallé en ellas á Juan
Velazquez y á Juan Vizcaino, el cual me mostró una capitulacion que traian para
descubrir, firmada del señor Obispo, en que le daba licencia para descubrir en
estas partes, tanto que no tocase en tierra del señor rey de Portugal, ni en la
tierra que vuestra señoría habia descubierto fasta el año de 95. Descubrieron
en la tierra que agora nuevamente vuestra señoría descubrió; dice que pasaron
por luengo de costa 600 leguas, en que hallaron gente que peleaba, tantos con
tantos, con ellos, y hirieron 20 hombres y mataron uno; en algunas partes
saltaron en tierra y les hacian mucha honra, y en otras no les consentian
saltar en tierra, etc.» Estas son palabras de Francisco Roldan al Almirante.
Américo en su primera navegacion, dice aquestas: Ex nostris autem
interempto duntaxat uno, sed vulneratis vigint duobus; qui omnes ex Dei
adjutorio sanitatem recuperaverunt. Que Hojeda y Américo llegasen á esta
isla Española, cuenta luego el mismo Américo, como luego parecerá. Resta,
luego, claro, por el Américo dicho, y la concordancia de lo que dijeron sus
compañeros á Francisco Roldan, conviene á saber, que le habian herido 20 ó 22 y
muerto uno, que aqueste fué su primer viaje; y tambien por ambos que habian ido
y visto á Paria, y tierra nuevamente por el Almirante descubierta. Pues si este
fué su primer viaje de Américo y vino á esta isla el año de 99, á 5 de
Setiembre, partido de Castilla á 20 de Mayo en el mismo año de 99, como queda
claramente visto, síguese quedar Américo, de haber falsamente puesto que partió
de Cáliz el año de 97, confusamente convencido. Á este propósito hace lo que
escribió tambien á los Reyes el Almirante, como supo que era Hojeda[394] venido y que habia partido por Mayo cinco meses
habia, habiendo tan poco tiempo, y dijo así: «Hojeda llegó há cinco dias al
puerto adonde es el brasil; dicen estos marineros que, segun la brevedad del
tiempo que partió de Castilla, que no puede haber descubierto tierra, bien
pudieran cargar de brasil ántes que se lo pudieran prohibir, é así como es él, así
pueden hacer otros extranjeros.» Estas son palabras del Almirante, y yo las
vide escritas de su propia mano; quiso decir, que en cinco meses poca tierra
podia haber descubierto, y tambien, que si él no enviara á Francisco Roldan
para que le prohibiera que no cargase los navíos de brasil, que pudiera
cargarlos é irse, y que así podian hacer cualesquiera extranjeros, sino se
ponia en ello remedio. Todas estas probaciones traidas de las cartas de Roldan
y del Almirante, no pueden ser calumniadas porque son ciertísimas, y no hay que
dudar de algunas dellas, porque nunca se pensó haberse de alegar y traer á este
propósito, como haya cincuenta y seis ó cincuenta y siete años que fueron á
otro propósito, refiriendo la verdad, escritas, ni habia para qué fingirlas.
Pero lo que Américo escribia para cobrar nombre y aplicar á sí, usurpando
tácitamente el descubrimiento de la tierra firme, que al Almirante pertenecia,
de industria lo hacia; esto, por muchas razones puestas en este capítulo y en
el 140, arriba, se colije, y dejadas las dichas, quiero asignar otras
manifestísimas: una es, que trastrocó los viajes que hizo, aplicando lo del
primero al segundo, y las cosas que en el uno les acaescian, como si en el otro
acaescieran, las referia. Cuenta que en el primer viaje tardaron diez y ocho
meses, y esto no es posible, porque á los cinco meses que habia partido de
Castilla vino á esta isla, y de esta isla no podia volver á la tierra firme,
para andar tanto por ella, por los vientos que siempre corren contrarios, que son
las brisas y las corrientes, sino con grandísima dificultad y en mucho tiempo,
por manera, que lo que anduvo por tierra firme, fué dentro de cinco meses,
dentro de los cuales vino á ella, puesto que, como abajo se dirá, dijo el
Hojeda á algunos de los españoles que[395] aquí
estaban, ántes que desta isla se partiesen, que iba á hacer una cabalgada, la
cual hizo salteando los indios de algunas de las islas de estos alredadores, de
las cuales llevó á Castilla, segun cuenta el mismo Américo, 222 esclavos, y
esto dice en fin de su primera navegacion: Nosque, Hispaniæ viam
sequentes, Calicium tandem repetivimus portum, cum ducentis viginti duobus
captivatis personis, etc. Otra es, que ciertos daños y fuerzas que Hojeda
hizo y los que con él vinieron, á indios y á los españoles en Xaraguá, en su
primer viaje, púsolos en el segundo y segunda navegacion, en el fin de ella,
donde dice: Obplurimarun rerum nostrarum indigentiam venimusque ad
Antigliæ insulam, quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus discooperuit:
in qua reculas nostras ac navalia reficiendo, mensibus duobus et diebus totidem
permansimus: plures interdum Christicolarum in ibi conversantium contumelias
perpetrando, quas prolixas ne nimium fiam hic omitto. Antilla llamaban los
portugueses entónces esta isla Española, y porque este Américo escribia esto en
Lisboa, la llama Antiglia. Que estas injurias que dicen que pasaron allí de los
españoles, las cuales se excusa decir, porque no le cumple, y la causa por qué
se las hicieron, lo cual luego se dirá en el capítulo siguiente, acaesciesen en
el primer viaje, claro, luego, asimismo se verá. Otra es, que llegaron por 5 de
Setiembre, como se dijo, á esta isla, y dice que estuvieron dos meses y dos
dias en ella, y estos, de necesidad, habian de ser todo Setiembre y Octubre, y
algun dia andado de Noviembre; y dice allí, que salieron desta isla á 22 de
Julio y que tornaron al puerto de Cáliz á 8 de Setiembre; todo esto consta ser
falsísimo. Lo mismo se puede averiguar de todos los otros números de los años,
meses y dias que asigna de sus navegaciones, facilísimamente, y así, parece que
de industria quiso llevar sólo la gloria y nombre del descubrimiento de la
tierra firme, áun callando el nombre de su Capitan, Alonso de Hojeda, usurpando
tácitamente, como queda dicho, el honor y gracias que al Almirante se le debe
por este insigne hecho, engañando al mundo, como escribia en latin, y al rey
Renato de Nápoles, y para fuera de[396] España, y
no habia (cubiertos los que entónces esto sabian), quien los resistiese y
declarase. Y maravíllome yo de D. Hernando Colon, hijo del mismo Almirante, que
siendo persona de muy buen ingenio y prudencia, y teniendo en su poder las
mismas navegaciones de Américo, como lo sé yo, no advirtió en este hurto y
usurpacion que Américo Vespucio hizo á su muy ilustre padre.
CAPÍTULO CLXV.
Vista queda, porque largamente declarada, la
industriosa cautela, no en la haz ni, segun creo, con facilidad pensada, sino
por algun dia rumiada de Américo Vespucio, para que se le atribuyese haber
descubierto la mayor parte deste indiano mundo, habiendo concedido Dios este
privilegio al Almirante. De aquí conviene proseguir la historia de lo que
acaesció á Alonso de Hojeda, con quien iba el Américo, su primer viaje. Partió,
pues, con cuatro navíos, por el mes de Mayo, del puerto de Cáliz, Alonso de Hojeda,
y Juan de la Cosa por piloto ya experimentado por los viajes que habia ido con
el Almirante, y otros pilotos y personas que tambien se habian hallado en los
dichos viajes, y tambien Américo, el cual, como arriba queda dicho en el cap.
140, ó fué como mercader ó como sabio en las cosas de cosmosgrafía y de la mar;
partieron, digo, por Mayo, segun dice Américo, pero no como él dice año de
1497, sino el año de 99, como asaz queda averiguado. Su camino enderezaron
hácia el Poniente, primero, desde las islas Canarias, despues la vía del
Austro. En veintisiete dias llegaron (segun dice el mismo Américo) á vista de
tierra, la cual juzgaron ser firme, y no estuvieron en ello engañados; llegados
á la más propincua tierra, echaron anclas, obra de una legua de la ribera, por
miedo de no dar en algun bajo. Echaron las barcas fuera y aparéjanse de sus
armas, llegan á la ribera, ven infinito número de gente desnuda; ellos reciben
inestimable gozo. Los indios páranselos á mirar como pasmados, pónense luego en
huida al más propincuo monte; los cristianos, con señales de paz y amistad, los
alagaban, pero ellos no curaban de creerlos, y porque habian echado las anclas
en la playa y no en puerto, temiendo no padeciesen[398] peligro,
si viniese algun recio tiempo, alzaron y vánse la costa abajo á buscar puertos,
viendo toda la ribera llena de gente, y al cabo de dos dias lo hallaron bueno.
Surgieron media legua de tierra, pareció infinita multitud de gentes que venian
á ver cosa tan nueva. Saltaron en tierra 40 hombres bien aparejados, llamaron
las gentes como con señuelos, mostrándoles cascabeles y espejuelos y otras
cosas de Castilla; ellos, siempre temiendo no fuesen cebo de anzuelo ó carne de
buitrera no los creian, pero al cabo, algunos de los indios que se atrevieron,
llegáronse á los cristianos, y las cosillas que les daban recibieron. Sobrevino
la noche, volviéronse á las naos y los indios á sus pueblos, y, en
esclaresciendo, estaba la playa llena de gente, hombres y mujeres con sus niños
en los brazos, como unas ovejas y corderos, que era grande alegría verlos.
Saltan los cristianos en sus barcas para salir en tierra, échanse los indios al
agua, nadando, vienen á recibirlos un gran tiro de ballesta; llegados á tierra
de tal manera, los recibieron, y con tanta confianza y seguridad ó descuido se
juntaban los indios con ellos, como si fueran sus padres los unos de los otros,
y toda su vida hubieran vivido y conversado con ellos. Era esta gente de
mediana estatura, bien proporcionados, las caras no muy hermosas por tenerlas
anchas; la color de la carne que tira á rubia como los pelos del leon, de
manera que, á ser y andar vestidos, serian poco ménos blancos que nosotros;
pelo alguno no le consienten en todo su cuerpo, porque lo tienen por cosa
bestial; ligerísimos, hombres y mujeres, grandes nadadores, y más las mujeres
que los hombres, más que puede ser encarecido, porque nadan dos leguas sin
descansar. Entendieron los nuestros ser muy guerreros; sus armas son arcos y
flechas muy agudas de huesos de peces, y tiran muy al cierto; llevaban sus
mujeres á la guerra, no para pelear, sino para llevarles las comidas, y lo que
más suelen consigo llevar; no tienen Reyes, ni señores, ni capitanes en las
guerras, sino unos á otros se llaman y convocan y exhortan cuando han de pelear
contra sus enemigos; la causa de sus guerras entendieron ser contra los de[399] otra lengua, si les mataron algun pariente y
amigo, y el querelloso, que es el más antiguo pariente, en las plazas llama y
convoca á los vecinos que le ayuden contra los que tiene por enemigos. No
guardan hora ni regla en el comer, sino todas las veces que lo han gana, y esto
es porque cada vez comen poco, y siéntanse en el suelo á comer; la comida,
carne ó pescado, pónenla en ciertas escudillas de barro que hacen, ó en medias
calabazas; duermen en hamacas hechas de algodon, de las que arriba, hablando de
esta isla dijimos; son honestísimos en la conversacion de las mujeres, como
dijimos de los desta isla, que ninguna persona del mundo lo ha de sentir, y,
cuanto en aquello son honestos, usan de gran deshonestidad en el orinar ellos y
ellas, porque no se apartan, sino en presencia de todos; y lo mismo no se curan
de hacer el estruendo del vientre. No tenian órden ni ley en los
mantenimientos; tomaban ellos cuantos querian y ellas tambien, y dejábanse
cuando les placia, sin que á ninguno se haga injuria ni la reciba del otro. No
eran celosos ellos ni ellas, sino todos vivian á su placer, sin recibir enojo
del otro. Multiplicaban mucho, y las mujeres preñadas no por eso dejan de
trabajar; cuando paren tienen muy chicos y cuasi insensibles dolores. Si hoy
paren, mañana se levantan, tan sin pena, como si no parieran; en pariendo,
vánse luego al rio á lavar, y luego se hallan limpias y sanas. Si se enojan de
sus maridos, fácilmente, con ciertas hierbas ó zumos, abortan, echando muertas
las criaturas; y, aunque andan desnudas, lo que es vergonzoso de tal manera lo
tienen cubierto con hojas, ó con tela, ó con cierto trapillo de algodon, que no
se parece, y los hombres y las mujeres no se mueven más porque todo lo secreto
y vergonzoso se vea ó ande descubierto, que nosotros nos movemos viendo los
rostros ó manos de los hombres. Son limpísimos en todos sus cuerpos ellos y
ellas, por lavarse muchas veces. Religion alguna no les vieron que tuviesen, ni
templos ó casas de oracion. Las casas en que moraban eran comunes á todos, y
tan capaces, que cabian y vieron en ellas 600 personas, y ocho dellas que
cupieran[400] 10.000 ánimas. Eran de madera
fortísimas, aunque cubiertas de hojas de palmas; la hechura como á manera de
campana; de ocho á ocho años, dicen que se mudaban de unos lugares á otros,
porque con el calor del sol excesísimo se inficionaban los aires y causaban
grandes enfermedades. Todas sus riquezas eran plumas de aves de colores
diversos, y unas cuentas hechas de huesos de peces y de unas piedras verdes y
blancas, las cuales se ponian en las orejas y labios; el oro y perlas y otras
cosas ricas, ni las buscan ni las quieren, ántes las deshechan como cosas que
tienen en poco. Ningun trato y compra ni venta ni conmutaciones usan, sino sólo
aquellas cosas que para sus necesidades naturales les produce y ministra la
naturaleza; cuanto tienen y poseen dan liberalísimamente á cualquiera que se lo
pide; y así como en el dar son muy liberales, de aquella manera de pedir y
recibir, de los que tienen por amigos, son cupidísimos. Por señal de gran
amistad tienen entre sí, comunicar sus mujeres é hijas con sus amigos y
huéspedes. El padre y la madre tienen por gran honra que cualquiera tenga por
bien de llevarles su hija, aunque sea vírgen, y tenerla por amiga, y esto
estiman por confirmacion de amistad entre sí. Diversas maneras de enterrar los
difuntos entre sí tienen; unos los entierran con agua en las sepulturas,
poniéndoles á la cabecera mucha comida, creyendo que para el camino de la otra
vida, ó en ella, de aquello se mantengan; lloro, ninguno, ni sentimiento hacen
por los que se mueren. Otros tienen aqueste uso, que cuando les parece que el
enfermo está cercano á la muerte, sus parientes más cercanos lo llevan en una
hamaca al monte, y allí, colgada la hamaca de dos árboles, un dia entero les
hacen muchos bailes y cantos, y viniendo la noche, pónenle á la cabecera agua y
de comer cuanto le podrá bastar para tres ó cuatro dias, y, dejándolo allí,
vánse, y nunca más lo visitan. Si el enfermo come y bebe de aquello, y al cabo
convalece y se vuelve, de su casa con grandes alegrías y ceremonias lo reciben;
pero pocos deben ser los que escapan, pues nadie, despues de puestos allí, los
ayuda y[401] visita. En el curar los enfermos se
han desta manera: que cuando están con el mayor calor de calentura, métenlo en
agua muy fria, y allí lo bañan; despues pónenlo al fuego, que hacen muy grande,
por dos horas buenas, hasta que esté bien caliente; de aquí hácenle, aunque le
pese, dar grandes carreras en ida y venida; despues échanlo á dormir. Con esta
medicina y modo de curar, muchos escapan y sanan; usan mucho de la dieta,
porque se están tres y cuatro dias sin comer ni beber. Sángranse muchas veces,
no de los brazos, sino de los lomos y de las pantorrillas; tambien acostumbran
vómitos con ciertas hierbas que traen en la boca; abundan en mucha sangre y
flemático humor, por ser su comida de raíces y hierbas y cosas terrestres, y de
pescado; hacen el pan de las raíces que en esta Española llamaban yuca; grano,
dijeron que no tenian; carne pocas veces comian, sino era la humana, lo cual
mucho tenian en uso, y esta era la de sus enemigos, los cuales se maravillaban
de que los cristianos la de sus enemigos no comiesen. Hallaron en esta tierra
poca señal de oro, aunque alguna, ni de otra cosa que fuese de valor; echábanlo
á que no entendian la lengua, mayormente, que hallaban diversas lenguas en una
provincia. Del sitio y disposicion y hermosura de la tierra, dicen que no puede
ser mejor. Todas estas cosas cuenta Américo en su primera navegacion, muchas de
las cuales no era posible en dos ni tres, ni en diez dias que podian estar ó
estaban entre los indios, no entendiéndoles palabra una ni ninguna, como él
aquí confiesa, saberlas, como es aquella de que en ocho años se mudaban de
tierra en tierra por el ardor del sol, y que cuando se enojaban de sus maridos,
movian las criaturas las mujeres, y que no tenian ley ni órden en los
matrimonios, y ni Rey, ni señor, ni Capitan en las guerras, y otras semejantes;
y por eso, sólo aquello que por los ojos vian, y podian ver, como era lo que
comian y bebian, y andaban desnudos y eran de color tal, y grandes nadadores, y
otros actos exteriores, es lo que podemos creer; lo demas parece todo ficciones.
CAPÍTULO CLXVI.
Dejaron estas gentes y vánse la costa abajo, muchas
veces saltando en tierra y viendo y conversando diversas gentes, hasta que
llegaron á un puerto, en el cual, como entraron, vieron un pueblo sobre el agua
fundado como Venecia; en el cual, dice Américo, que habia 20 casas muy grandes
de la hechura de las otras, en forma de campana, puestas sobre postes
validísimos, á las puertas de las cuales tenian sus puentes levadizas, por los
cuales, como por calles, pasaban y andaban de una casa á otra. Los vecinos della,
así como vieron los navíos y la gente dellos, á lo que pareció, alzaron luego
sus puentes todas, y luego en sus casas se recogieron, y estando los cristianos
mirando y admirándose desto, ven venir 12 canoas ó barquillos de los de un
madero, llenas de gente que se venian á ellos; y, llegados, páranselos á mirar
rodeando los navíos de una parte á otra, maravillados y como pasmados de
verlos. Hiciéronles los cristianos señas de amistad y que se viniesen á ellos,
no quisieron; vánse los cristianos hácia ellos, pero no quisieron esperar, sino
dándose priesa á huir, y con las manos haciendo señas como que los esperasen y
volverian, salen de sus canoas y vánse á una sierra, y vuelven con 16
doncellas, y viénense con ellas á los navíos en sus canoas, y poniendo en cada
navío cuatro, ofrécenselas, y así de buena amistad, dentro de sus canoas,
entrando y saliendo á los navíos, conversaron con ellos. En esto salen de las
casas que habian visto mucha gente, y échanse á la mar, nadando veníanse hácia
los navíos, y ya que llegaban cerca, páranse ciertas mujeres viejas y dan
tantos gritos y voces, hacen tantos clamores, mesábanse los cabellos, mostraban
tanto dolor y angustia, que parecia que[403] rasgaban
los cielos; viendo esto las doncellas, súbito, se dejan caer á la mar, y los
indios que estaban en las canoas comenzaron á apartarse de los navíos y á
tirarles flechazos muy á menudo, y los que venian nadando, diz que, traian sus
lanzas con el agua encubiertas. Debia ser tirar las flechas y traer las lanzas
por defensa de las muchachas, ya que se arrepentian de se las haber dado,
porque no se las tornasen á tomar. Visto esto, los cristianos que no sufren á
los indios muchos juguetes, saltan en las barcas y van tras ellos; embisten las
canoas y anéganselas, matan 20 dellos, y acuchillan y alancéanles muchos, no
del todo muertos. Sálvanse á nado todos los que pudieron; de los cristianos
quedaron heridos cinco, pero no padecieron peligro alguno. Cogieron de las
muchachas dos, y tres de los hombres prendieron; van luego á las casas, no
hallaron más de dos viejas y un hombre enfermo; no quisieron quemar las casas
porque les pareció tener escrúpulo de conciencia, dice Américo. Harto fuera
mejor, y con ménos escrúpulo de conciencia se hiciera, dejarlos ir y mostrarles
mansedumbre, y darles á entender que no les querian hacer mal, por señas, ni
venian á eso, enviándoles de las cosillas de Castilla, y vencieran el mal con
bien, é fuera cristiano ejemplo, pero no iban á esto sino á buscar oro y
perlas. Volviéronse á sus navíos con sus cinco captivos, echaron los tres
hombres en hierros; una noche, las dos muchachas y uno de los presos, que se
soltó sotilmente, se echaron en la mar y dellos se descabulleron. Alzan las
velas de este puerto, y vánse 80 leguas la costa abajo, y esta fué la tierra de
Paria, que habia descubierto el Almirante, como pareció arriba, donde hallaron
otra gente, de aquella, en lengua y conversacion, muy diversa; surgieron con
sus anclas, saltaron en las barcas para ir á tierra, vieron sobre 4.000
personas en la ribera. No esperaron los indios de miedo, ántes á los montes,
dejando cuanto que tenian, huyeron. Salidos los cristianos á tierra vánse por
unos caminos, hallaron ciertas chozas y muchas, que fuesen de pescadores
creyeron; hallaron muchos fuegos, y en ellos pescados de diversas maneras,[404] y asándose una de las iguanas que arriba
dijimos, de que se asombraron, creyendo que era alguna bravísima sierpe. El pan
que comia esta gente, dice Américo, que lo hacian de pescado en agua hirviente
algo cocido, despues lo golpean y amasan, y, hecho de aquella masa panecillos,
pónenlo sobre las ascuas, y así allí los cuecen, y era muy buen pan, á su
juicio. Muchas maneras de manjares y de hierbas y de frutas de árboles
hallaron, y ninguna cosa dellas les tomaron, ántes les dejaron en sus ranchos y
chozas cosillas de las de Castilla, para, si pudiesen, asegurarles del miedo
que tenian, y volviéronse á sus navíos. Otro dia, en saliendo el sol, comienza
á venir á la playa infinita gente; salieron á tierra los cristianos de los
navíos, esperan los indios, aunque todavía muy tímidos; lléganse los
cristianos, y poco á poco pierden el miedo, y por señas les dicen que aquellas
chozas no son sus casas principales, más de para venir á pescar hechas, y que
les rogaban fuesen con ellos á sus pueblos. Vista la instancia que hacian é su
importunidad, y que parecia proceder de buena voluntad, acordaron de ir 23
hombres, bien armados, con determinacion de morir cuando la necesidad les
compeliese, empleando primero en ellos bien sus personas. Estuvieron allí con
ellos tres dias en gran conversacion de amistad, puesto que ni una palabra se
entendian. Fuéronse con ellos la tierra dentro, tres leguas, á un pueblo que
estaba allí, donde fueron recibidos con tantos bailes, cantares, alegría y regocijos,
y servidos de tantos manjares y comida de los que tenian, que dice Américo que
no tenia péndola que lo pudiese escribir. Dice más, que aquella noche durmieron
allí, y que sus propias mujeres, con toda prodigalidad les ofrecian, y esto con
tanta importunidad que no bastaban á resistirles; como allí estuviesen aquella
noche y otro dia hasta medio dia, fué tanto y tan admirable el pueblo que á
verlos de otras poblaciones de la tierra vino, y verlos absortos en mirarlos,
rodearlos y tocarlos, que era una cosa de maravilla. Ciertos hombres ancianos,
que debian ser los señores, les rogaron con la misma importunidad que se fuesen[405] con ellos á sus pueblos, lo cual les
concedieron, donde fácil cosa de contar no es, dice Américo, cuantos honores y
buen tratamiento les hicieron. Estuvieron en muchas poblaciones suyas, por
nueve dias, dentro de los cuales los que quedaron en los navíos estuvieron
harto penados, temiendo no les hobiese la ida sucedido mal. Despues de los
nueve dias, que gastaron andando por muchos pueblos, acordaron á sus navíos
volverse; fué cosa cuasi increible la gente que con ellos en su compañía vino
hasta la mar, hombres y mujeres; cuando se cansaba alguno de los cristianos,
ellos los levantaban, y en las hamacas los traian á cuestas, como quien anda en
litera, y áun con harto ménos peligro y más descanso, ellos los llevaban. Á las
pasadas de los rios, que habia muchos y muy grandes, con balsas y otros sus
artificios, con tanta seguridad y enjuteza los pasaban como si fueran por
tierra. Vinieron con muchas cosas cargados muchos, que á los cristianos en sus
pueblos dieron, como muchos arcos y flechas, muchas cosas de pluma; de
papagayos gran número, de diversas colores; otros traian sus alhajas cuantas
tenian para darles y dejarles cuando á sus casas se volviesen; otros, dice
Américo, traian sus animales consigo; estos animales no puedo yo entender
cuales fuesen. Y cuenta una cosa, entre las otras, muy admirable: que cada uno
de los indios se tenia por felice, si á las pasadas de los rios que se
vadeaban, pasa el cristiano en sus hombros, y aquel que más veces ó más
cristianos pasaba por más bienaventurado se estimaba. Así como llegaron á la
playa, que vinieron las barcas de los navíos á tomar los cristianos, y
quisieron entrar en ellas, y tanta gente cargó y con tanta prisa entrar
quisieran, unos primero que otros, que aína se anegáran las barcas; fueron
tantos los que entraron en las barcas con los cristianos y los que iban
nadando, que pasaban de mil, y daban alguna molestia con su importunidad y
frecuencia á los cristianos. Entraron en los navíos y estuvieron en ellos,
aunque desnudos y sin armas, dice Américo; de ver los navíos y las járcias y
todos los instrumentos y aparatos de las naos, y de su grandeza, no acababan de
se admirar.[406] Estando así admirados, acuerdan
los de un navío, y debia de ser del navío del capitan Hojeda, burlando ó de
veras espantarlos más; soltaron ciertas lombardas, pegando fuego, y, con el
terrible tronido que dieron, la mayor parte de todos ellos dan consigo en la
mar, de la misma manera que las ranas que estan en seco en la ribera, oyendo
algun estruendo, súbitamente saltan luego á zabullirse en el agua; y de tal
manera quedaron atónitos y sin habla, que ya á los cristianos de la burla les
comenzaba á pesar; comenzáronse á reir y alagarlos, hasta que vieron que
aquello era burlando, haciéndoles entender por señas, que aquellas armas eran
para las guerras que solian tener contra sus enemigos. Estuvieron allí todo
aquel dia, con gran contentamiento, y que no los podian despedir de sí hasta
que les dijeron por señas que se fuesen, porque aquella noche se querian
partir; fuéronse muy alegres y contentos, y con gran amor y benevolencia de los
cristianos. Dice Américo aquí, que aquella tierra era de gente muy poblada y de
muchos y diversos animales llena, pocos que se parecian á los nuestros de
España, sacados los leones, osos, ciervos, puercos, cabras monteses y gamos,
que tenian cierta deformidad, diferentes de los nuestros; pero, en la verdad,
yo no creo que él vido leones ni osos, porque leones son muy raros, y no
pudieron estar tanto que los viesen, ni osos; cabras, nunca hombre en estas
Indias las vido, ni sé como pudo ver la diferencia que hay de ciervos á los
gamos, si alguna es, ni puercos porque no los hay en estas partes; ciervos ó
gamos, de léjos, bien pudo ver muchos, porque los hay infinitos en toda la
tierra firme; caballos, mulas, asnos, vacas, ni ovejas, ni perros, dice que no
hay y dice verdad, puesto que perros de cierta especie, que no la de acá, háilos
en algunas partes. De otros muchos animales de varios géneros, silvestres, dice
que hay gran abundancia; pero si no eran conejos, pudo él dar poco verdadero
testimonio de haberlos visto. De aves de diversas colores y especies y
hermosura, dice que vieron muchas, y así lo creo, porque las hay infinitas. De
la region de la tierra, dice ser amenísima y fructífera, de selvas[407] y florestas grandes llena, las cuales en todo el
tiempo del año están verdes y con sus hojas que jamás se caen; frutos,
innumerables y diversos de los nuestros: y todo es verdad. Torna á repetir (no
sé si lo dice de aquella misma tierra, que parece que sí, ó de otra, y parece
que su decir confunde la relacion por lo que ha dicho arriba, que se habian de
partir aquella noche), que vino mucho pueblo á los contemplar por ver sus
gestos, personas y blancura, y que les preguntaban que de dónde venian, ellos
respondian que habian descendido del cielo por ver las cosas de la tierra, lo
cual sin duda los indios creyeron. Cometieron aquí los cristianos un grande
sacrilegio, estimando hacer á Dios agradable sacrificio, que como vieron
aquellas gentes tan tratables, mansuetas y benignas, no las entendiendo, ni
ellas á ellos, ni sola una palabra, por lo cual no pudieron darles alguna chica
ni grande doctrina, baptizaron, dice Américo, infinitos; de donde parece lo
poco que Américo y los que allí iban, de la práctica de los Sacramentos y la
reverencia que se les debia tener, y la disposicion y idoneidad que para
recibirlos se requeria, sabian, porque si el Sacramento del baptismo recibieron
y el carácter se les imprimió, como parece que sí, porque no tuvieron ficion
alguna, sino ántes voluntad positiva, expresa, de recibir lo que aquellos
hombres cristianos les daban, é implícita de lo que la Iglesia les diera si
fueran los ministros discretos, y si ellos supieran qué cosa era Iglesia y
baptismo, precediendo en ellos suficiente doctrina, sin duda tuvieran la
voluntad é intencion expresa. Es manifiesto que cometieron aquellos cristianos,
en baptizarlos, contra Dios gran ofensa; la razon es clara, porque fueron causa
aquellos que fueron ministros del baptismo, que aquellos indios ya cristianos,
que poco que mucho eran idólatras, y que estarian en muchos pecados, quizá de
diversas especies, como gente careciente de lumbre de fe y de doctrina, desde
adelante fuesen á idolatrar con injuria del Sacramento, y así, con gran
sacrilegio, imputable á los que tan indiscretamente los baptizaron, no á los
baptizados indios; y si no recibieron el carácter y baptismo,[408] tambien
ofendieron á Dios, porque administraron fuera del caso de necesidad en cuanto
en sí era el Sacramento en balde é indebidamente, por faltar la necesaria
disposicion en el sujeto, por lo cual se instituyeron, con culpable
indiscrecion, en idóneos ministros. Dice Américo, que, despues de baptizados,
decian los indios, charaybí, que suena en su lengua, llamando á sí mismos,
varones de gran sabiduría; cosa es esta de reir, porque áun no entendian qué
vocablo tenian por pan ó por agua, que es lo primero que de aquellas lenguas á
los principios aprendemos, y en dos dias ó diez que allí estuvieron, que quizá
no llegaron á seis, quiere Américo hacer entender que entendia que charaybí
queria decir varones de gran sabiduría. Aquí declara Américo, que aquella
tierra llamaban los naturales de ella, Paria, y disimula lo que allí pasó de
las nuevas que supieron, como habia estado allí tantos dias el Almirante, y
vieron las cosas que les habia dado de las de Castilla, y fuera razon que no lo
callara. Bien será que todos los que aqueste paso leyeren, y todo el discurso
de aquesta historia, hagan aquí pié, y noten como verdaderos cristianos y
prudentes, desembarazados y libres de afeccion, la bondad y mansedumbre y
hospitalidad natural de estas gentes, todas, digo, las de estas Indias, y como
resciben los cristianos en sus tierras al principio, ántes que los cognoscan
por sus obras no cristianas ni de cristianos, sino de hombres, puros hombres,
inventadas y adquiridas por sus corruptas costumbres; consideren tambien los
lectores, la disposicion tan buena y tan propíncua que tenian para recibir
nuestra católica fe, y con cuan poco trabajo, y con ninguna resistencia se
hicieran todas las naciones deste orbe, infinitas, cristianas, y se
convirtieran á su Criador y Redentor, Jesucristo, si entráramos en ellas como
verdaderos cristianos. Pero pasemos adelante, porque antigua cuestion y
lamentable materia es esta.
CAPÍTULO CLXVII.
Acordaron de salir deste puerto, y debia ser el
golfo dulce, de que arriba se ha hecho larga mencion, que hace la isla de la
Trinidad con la tierra de Paria, dentro de la boca del Drago, y sospecho que,
como cosa que era señalada y notorio haberla descubierto el Almirante, calló
Américo, de industria, el nombre de la boca del Drago; porque esto es cierto,
que Hojeda y Américo estuvieron dentro deste puerto, como el mismo Hojeda, en
la susodicha su deposicion, con juramento lo confiesa, y otros muchos testigos,
asimismo con juramento, en la probanza que hizo el Fiscal, lo afirman; y aquí
dice Américo, que habia ya trece meses que andaban por allí, pero yo no lo
creo, y si dice verdad en los meses, fueron en el segundo viaje, que despues
con el mismo Hojeda hizo, á lo que tengo entendido, y no en este primero, como
parece por muchas razones arriba traidas, y por las que más se trujeren.
Finalmente, salidos, desde Paria vánse la costa abajo, y llegan á la Margarita,
que el Almirante habia visto y nombrado Margarita, puesto que no llegó á ella,
y saltó en ella Hojeda, y paseó parte della por sus piés, como él mismo dice, y
estos mismos testigos, que con él fueron, tambien dicen que llegó á ella,
puesto que no niegan ni lo afirman que saltase en ella; y desto no hay que
dudar, sino que la pasearia, porque es muy graciosa isla, y tenia espacio para
ello: y poco hace al caso esto. Allí es de creer que rescataron perlas, puesto
que no lo dice, pues otros descubridores que luego despues de él vinieron, las
rescataron en la dicha Margarita. Extendió su viaje Hojeda hasta la provincia y
golfo de Cuquibacoa, en lengua de indios, que agora se llama en nuestro
lenguaje, Venezuela, y de allí al cabo de la Vela,[410] donde
agora se pescan las perlas, y él le puso aquel nombre, cabo de la Vela, y hoy
permanece, con una renglera de islas que van de Oriente á Poniente, alguna de
las cuales llamó Hojeda de los Gigantes. Por manera que anduvo costeando por la
tierra firme 400 leguas, 200 al Levante de Paria, donde recognosció la primera
tierra, y esta, él sólo primero que otro alguno, con los que con él iban y
fueron, la descubrió y descubrieron; y 200 que hay de Paria al cabo de la Vela.
Paria estaba descubierta, y la Margarita, por el Almirante, ocularmente, y
grande parte de las dichas 200 leguas de la Margarita al cabo de la Vela,
porque el Almirante vido como iba la tierra y la cordillera de las sierras
hácia el Poniente, y así todo este descubrimiento á él se le debe, porque no se
sigue que para que se dijese haber descubierto una tierra ó isla, era menester
que la paseara toda; como la isla de Cuba, claro está que la descubrió por su
persona, pero no se requeria que anduviese todos los rincones della, y lo mismo
desta isla Española y de las demas, y así de toda la tierra firme, cuanto
grande sea y cuanto más se extienda, el Almirante la descubrió. De lo dicho
parece, manifiestamente, que Américo se alargó en lo que en su primera
navegacion afirma, que costearon 860 leguas: esto no es verdad, por confesion
del mismo Hojeda, el cual no quiso perder algo de su gloria y derecho, empero,
dice en su dicho, como pareció en el cap. 140, que arriba de Paria descubrió
200 leguas, y de Paria á Cuquibacoa, que hoy es Venezuela; yo le añido hasta el
cabo de la Vela, porque lo hallé así depuesto en el susodicho proceso por
algunos testigos que supieron bien despues toda aquella tierra, é trataban con
los descubridores é iban en los descubrimientos, aunque no aquel viaje con
Hojeda, pero era todo esto entónces muy reciente, y por esto muy manifiesto. No
hizo mencion Hojeda del cabo de la Vela, porque está cerca del golfo de la
Venezuela y es toda una tierra, y del golfo y provincia, como cosa señalada y
notable, que, como se dijo, se llamaba por los indios Cuquibacoa,
principalmente la hizo. De toda esta tierra ó ribera de mar[411] que
anduvo Hojeda y Américo y su compañía, oro y perlas, por rescates y
conmutaciones, hobieron; la cantidad no la supe ni las obras que por la tierra
hicieron. Dejada, pues, la Margarita, vinieron á Cumaná y Maracapana, que está
de la Margarita, 7 leguas el primero y 20 el segundo. Estos son pueblos que
están á ribera de la mar, y ántes del Cumaná entra un golfo, haciendo un gran
rincon el agua del mar, de 14 leguas, dentro en la tierra; estaba cercado de
pueblos de infinita gente, y el primero, cuasi á la boca ó entrada, estaba
Cumaná, que dije ser el primer pueblo. Sale un rio junto al pueblo, poderoso, y
hay en él infinitos que llamamos lagartos, pero no son sino naturalísimos
cocodrilos de los del rio Nilo. Y, porque tenian necesidad de adobar los
navíos, porque estaban defectuosos para navegar á España tanto camino, y de
bastimentos para la mayor parte de su viaje, llegaron á un puerto que el
Américo dice que era el mejor del mundo, y no dice á qué parte ó lugar, ni tampoco
lo toca Hojeda, y segun yo me quiero, de cuarenta y tres años atras, acordar,
cuando hablábamos en el viaje de Hojeda (y áun quizá son más de cincuenta
años), sospecho que debia ser en el golfo que arriba dije de Cariaco, que entra
14 leguas la tierra dentro, y está la boca de él 7 leguas de la Margarita, en
la tierra firme, junto á Cumaná. Por otra parte, me parece que oí en aquel
tiempo que habia Hojeda entrado y adobado los navíos y hecho un bergantin en el
puerto y pueblo que nombré Maracapana; pero este, aunque es puerto, no es el
mejor del mundo.
Finalmente, surgieron allí donde quiera que sea,
dentro de aquellas 200 leguas de tierra firme, de Paria abajo; fueron recibidos
y servidos de las gentes de aquella comarca, que dice Américo eran infinitas,
como si fueran ángeles del cielo, y ellos, como Abrahan cognosció los tres, por
ángeles los conocieran. Descargaron los navíos, y llegáronlos á tierra, todo
con ayuda y trabajos de los indios; limpiáronlos y diéronles carena, y hacen un
bergantin de nuevo. Diéronles todo el tiempo que en esto estuvieron, que fueron
treinta y siete dias,[412] de comer de su pan y
venados y pescado, y otras cosas de sus comidas, que gastar de sus
mantenimientos de Castilla ninguna necesidad tuvieron, por manera que, sino no
les proveyeran, dice Américo, que no tuvieran para tornar en España, sin gran
necesidad de bastimentos, que comieran. En todo el tiempo que estuvieron, se
iban por la tierra dentro á los pueblos, en los cuales les hacian caritativos
recibimientos, honras, servicios y fiestas. Y esto es cierto, como abajo, en el
discurso desta historia, se verá, placiendo á Dios todo poderoso, que todas
estas gentes de las Indias, como sean de su naturaleza mitíssimas y
simplicísimas, así saben servir é agradar á los que en sus casas y tierras,
cuando los tienen por amigos, resciben, que ninguna otra les hace en esto
ventaja, y quizá ni llega á serles en esto vecina. Ya que determinaban,
remediados sus navíos y hecho el bergantin, partirse para Castilla, dice aquí
Américo, que aquellos sus buenos huéspedes les dieron grandes quejas de otra
cierta gente feroz y cruel, habitadora de cierta isla, que de allí 100 leguas
estaria, que venia en cierto tiempo del año por la mar á hacerles guerra y los
cautivaba, y llevándolos consigo, los mataba y los comia. Con tanta instancia y
afeccion y dolor parece que lo representaban, dice Américo, que los movió á
compasion y se ofrecieron á vengarlos dellos. Holgáronse, dice Américo, en gran
manera, y dijeron que querian ir con ellos, pero los cristianos, por muchas
consideraciones, consentir no lo quisieron, sino siete dellos, con tal
condicion que no fuesen obligados á volverlos á sus tierras, sino que ellos con
sus canoas sólos se volviesen, y así, dice que, con la condicion los unos y los
otros consintieron. No sé yo quién era destos contratos y de todas las demas
palabras, pues en treinta y siete dias no pudieron saber su lengua, el
intérprete. ¿Y qué sabian Hojeda y Américo y los de su compañía, si tenian los
de aquella isla contra estos, por alguna justa causa, justa guerra? ¿tan ciertos
estuvieron de la justicia destos, sólo porque se les quejaron, que luego, sin
más tardar, á vengarlos se se les ofrecieron? Plega á Dios que no les pluguiese[413] tener achaques, para hinchir los navíos de
gente, para venderlos por esclavos, como al cabo en Cáliz lo hicieron; obra que
siempre en estas desdichadas gentes y tierras, por los nuestros, á cada paso se
usó. Salieron, pues, de allí, y, en siete dias, topando en el camino muchas
islas, dellas pobladas y dellas despobladas, dice Américo, llegaron á la donde
iban. Estas islas no pudieron ser otras, sino las que topamos viniendo de
Castilla, como son la Dominica y Guadalupe, y las otras que están en aquella
renglera. Vieron luego en ella, dice él, gran monton de gente, la cual, como
vió los navíos y las barcas que iban á tierra, puesto que bien aparejadas con
sus tiros de pólvora, y los cristianos bien armados, llegáronse á la ribera
obra de 400 indios, desnudos, y muchas mujeres, con sus arcos y flechas, y con
sus rodelas, y, todos de diversos colores pintados, y con unas alas y plumas de
aves grandes, que parecian muy belicosos y fieros, y, como se acercasen las
barcas á un tiro de ballesta, entran en el agua y disparan infinitas flechas
para resistirles la entrada. Los cristianos, que no les popan, disparan los
tiros de pólvora en ellos, y derruecan muertos muchos dellos. Vistos los
muertos, y el estruendo del fuego y de los tiros, luego dejan el agua y se
meten todos en tierra. Saltan 42 hombres de las barcas, y van tras dellos;
ellos varonilmente, no huyeron, sino, como leones, hacen cara y resisten y
pelean fuertemente, defendiendo á sí y á su patria. Pelearon dos horas grandes,
y con las ballestas y espingardas, y despues con las espadas y lanzas, mataron
muy muchos, y no pudiéndolos más sufrir, por no perecer todos, los que pudieron
huyeron á los montes, y así quedaron los cristianos victoriosos. Tornáronse á
los navíos con gran alegría de haber echado al infierno los que nunca les
habian ofendido. Otro dia, de mañana, vieron venir copiosa multitud dellos,
atronando los aires con cuernos y bocinas, pintados y aparejados para la
segunda pelea, puesto que las barrigas y pellejos de fuera, porque desnudos
como suelen andar en cueros.
Determinaron salir á ellos 57 hombres hechos cuatro
cuadrillas,[414] cada una con su Capitan, con
intencion, dice Américo, que si los pudiese hacer sus amigos, bien, pero si no
que como á hostes y enemigos los tratarian y, cuantos dellos haber pudiesen,
harian sus esclavos perpétuos. Esto dice así Américo, y es de notar aquí el
escarnio que quiere hacer Américo de la verdad y justicia, y de los leyentes,
como si cuando se movieron á venir 100 leguas, habiendo prometido á los otros
de los vengar y hacer guerra, vinieran á tratar amistad con ellos, ó para tener
ocasion de cumplir con sus cudicias, que era á lo que de Castilla venian. Estas
son las astucias y condenadas cautelas que siempre se han tenido para consumir
estas gentes.
Salieron, pues, en tierra, pero los indios, por los
tiros de fuego, no les osaron impedir la salida, sino espéranlos con gran
denuedo: pelearon los desnudos contra los vestidos, fortísimamente, por mucho
tiempo, mataron é hirieron de los desnudos los vestidos, inmensos, porque las
espadas empléanse bien en los desnudos cuerpos; viéndose así hacer pedazos,
huyeron el resto. Van tras ellos hasta un pueblo; prenden los que pudieron, que
fueron 25; vuélvense con su victoria, puesto que aguada todavía, por dejar de
su compañía uno muerto y traer 22 heridos. Despidieron á los 7 que habian
venido con ellos de la tierra firme; partieron, dice Américo, con ellos la
presa, porque les dieron 7 personas, 3 hombres y 4 mujeres de los cautivos, y
los enviaron muy alegres, admirados de aquella hazaña que los cristianos
hicieron y de sus fuerzas. Todo esto cuenta Américo, añidiendo que de allí se
volvieron á España y llegaron á Cáliz con 222 indios cautivos, donde fueron,
segun él dice, con mucha alegría recibidos, y allí sus esclavos todos
vendieron. ¿Quién le preguntara agora que de dónde robaron y hobieron ó
saltearon los 200 de aquellos? porque esto, como otras cosas, pásalo en
silencio Américo. Nótese, pues, aquí, por los leyentes, que saben algo de lo
que contiene en sí la recta y natural justicia, aunque sean sin fe, gentiles,
con qué derecho y causa hicieron estos, con quien Américo iba, guerra á los de
aquella[415] isla, y hicieron y llevaron estos
esclavos, sin les haber injuria hecho, ni en cosa chica ni grande ofendido,
ignorando tambien si justa ó injustamente los de la tierra firme acusaban á los
desta isla, y qué fama y amor quedaria derramada y sembrada de los cristianos
en las gentes, y por los moradores della y de las comarcanas, quedando tan
asombrados, lastimados y ofendidos; pero vamos adelante, que, acerca
desto, grandis restat nobis via.
CAPÍTULO CLXVIII.
De aquí queda nuestro Américo asaz claramente de
falsedad convencido, porque, de aquesta isla que escandalizó y en ella tan gran
daño hizo, dice que se volvieron á Castilla, no haciendo mencion de haber
venido primero á esta Española, como vino; la cual venida á su segundo viaje
aplica, pero no es verdad, como en el cap. 162 probé arriba. Puesto que pudo
decir verdad, que de aquella isla que guerrearon y maltrataron fuese su venida
para Castilla, pero no por el discurso que hasta agora ha dicho; lo cual pruebo
y parece así, por los testigos que se tomaron por parte del Fiscal del Rey en
el pleito que el almirante D. Diego Colon trujo con el Rey, sobre la guarda y
cumplimiento de sus privilegios, de que he hecho muchas veces mencion arriba;
depusieron que Alonso de Hojeda, con quien venia Américo en su primer viaje,
corrió la costa de la mar hasta Cuquibacoa, que es Venezuela, y el cabo de la
Vela, y que de allí se vino á esta isla, y así lo juró un testigo que se llamó
Andrés de Morales, que yo bien cognoscí, principal piloto y viejo en estas
Indias, vecino desta ciudad de Sancto Domingo, el cual, en su dicho dice así:
«Andrés de Morales etc.,» á la quinta pregunta dijo: «Que la sabe como en ella
se contiene»; preguntado como la sabe, dijo: «Que la sabe porque se ha hallado
muchas veces con Juan de la Cosa é con Alonso de Hojeda en las navegaciones de
aquel viaje etc., y que los sobredichos partieron desta isla de Roquemes, en
las de Canaria, é fueron á dar en la tierra firme encima de la provincia de
Paria, é descubrieron por la costa abajo á la dicha provincia de Paria, é
pasaron más abajo á la dicha isla Margarita, y de ahí á Maracapana,
descubriendo la costa hasta el dicho Cacique Ayarayte, y desde allí, de puerto
en puerto, hasta la isla[417] de los Gigantes, y
desde allí descubrieron á la provincia de Cuquibacoa hasta el cabo de la Vela,
el cual nombre le pusieron el dicho Juan de la Cosa é Hojeda, é que de allí se
vinieron á la isla Española.» Estas son sus palabras. Luego no pudo de allí tan
abajo tornar á la isla que alborotaron, porque aquella no pudo ser sino alguna
de las que están hácia el Oriente, comenzando de donde ellos estaban, como es
la de Guadalupe y sus comarcanas, como arriba dijimos; y era dificilísimo subir
de bajo arriba, por las grandes corrientes y contrarios vientos que por allí
son continuos. Y esto se confirma porque fueron á parar al Brasil desta isla,
que es al puerto de Yaquimo, esta costa abajo de Sancto Domingo, y es la propia
y buena navegacion desde el cabo de la Vela hasta allí. Item, si habian, en
aquel puerto ó tierra susodicha, adobado tan poco, habia sus navíos y tomado
bastimentos, ¿como traian necesidad de adobarlos y de comida, como luego se
dirá, á esta isla? Item, ¿como los testigos, y especial el piloto Andrés de Morales,
que parece decir que iba con ellos, como no tocó ni otro ninguno en decir que
Hojeda habia en algun puerto de aquella tierra firme hecho el bergantin y
adobado sus navíos, siendo cosa señalada, y que daba más vigor á la verdad de
sus dichos, que les pedian para que constase haber él descubierto aquella
tierra firme, que era el fin que el Fiscal contra el Almirante pretendia?
Luego, cierto, Américo trastrueca las cosas que les acaecieron y obraron en el
primer viaje, al segundo, y las del segundo atribuye al primero, como arriba en
el cap. 142 mostramos evidentemente, callando muchas y añidiendo otras que no
convienen. De aquí parece, que el hacer del bergantin y adobar los navíos en
aquella tierra firme, lo cual cierto fué, y yo lo sé por ser en aquel tiempo
notoriamente manifiesto, esto hicieron en el segundo viaje y no en el primero;
y venir á esta isla Española, y donde acaecieron ciertos escándalos que causó
Hojeda en ella, que luego se dirán, fué en el primero y no en el segundo, como
quiso fingir Américo, y más digo, que nunca vino Hojeda á descubrir é rescatar,
é á poblar en tierra firme, que de vuelta no viniese á parar á[418] esta
isla, como abajo parecerá, y la venida del viaje primero niega ó disimula
Américo debajo de silencio. Item, despues que Hojeda salió de España, hasta
llegar á esta isla, no pasaron más de cinco meses, como arriba ha parecido,
luego no tuvo tiempo para todo lo que dice que hicieron en aquel primer viaje.
Tornando, pues, á proseguir el primer viaje de
Hojeda, con quien iba Américo, por recta vía, y no por el camino torcido ó
interpolado y confuso, como Américo lo escribe, decimos que, de la provincia de
Cuquibacoa, que ahora se nombra Venezuela, y del cabo de la Vela, vino á tomar
esta isla Española, y fué á surgir á 5 del mes de Setiembre, como arriba queda
dicho en el cap. 164, al Brasil, que es á la provincia de Yaquimo, y áun creo
que más abajo, cerca de la que se llama ahora la Çabana, tierra y reino de un
Rey y señor que se llamaba Haniguayabá; supiéronlo luego los españoles que
estaban por aquella provincia de Yaquimo, por indios, ó porque vieron venir los
navíos por la mar, y supieron que era Hojeda, y hacen luego mandado al
Almirante, que estaba aquí en Sancto Domingo, recien hecha la paz con Francisco
Roldan y su compañía; luégo el Almirante mandó aparejar dos carabelas ó tres, y
envió á Francisco Roldan con gente para que le prohibiese cortar brasil,
sospechando que los cargaria dello, y que no hiciese algun otro daño, como
sabia que Hojeda era más atrevido de lo que él quisiera, y dicho y hecho, como
dicen. Llegó Roldan al puerto de Yaquimo, ó, por allí cerca, más abajo, con sus
carabelas ó navíos, y saltó en tierra en 29 de aquel mes de Setiembre, y allí
supo, de los indios, como estaba cerca de allí Hojeda; Roldan, con 26 hombres
de su gente, púsose dél legua y media, y envió de noche por espías cinco
hombres para ver qué gente estaba con él; halláronlo alborotado y que venia ya
camino á ver á Francisco Roldan, porque le habian dado aviso los indios que
habian venido tres carabelas y en ellas Francisco Roldan con mucha gente; como
Roldan era por toda aquella tierra tan cognoscido, que temblaban[419] dél, y dijeron al Hojeda, que Roldan lo enviaba
á llamar y que fuese á donde él estaba, lo cual no fué así. Hojeda, como no
tenia consigo sino 15 hombres, porque los demas habia dejado en sus cuatro
navíos, que estaban en un puerto ocho leguas de allí, porque habia venido á
hacer en aquel pueblo del Cacique y señor Haniguayabá, pan, y lo estaba
haciendo hacer, no osó hacer otra cosa, y temió harto no lo viniese Roldan á
prender. Hojeda, con cinco ó seis hombres, venido á donde Roldan estaba, y
habladas cosas generales, pregúntale Roldan, que como venia á esta isla, y
mayormente por aquella trasera parte, sin licencia del Almirante, y no ir
primero á la parte donde el Almirante estaba; respondió Hojeda, que él venia de
descubrir é traia gran necesidad de comida, y los navíos para adobar y habia de
remediarlos, y no pudo ir á otra más cercana parte. Tornó Roldan á preguntarle,
que con qué licencia venia á descubrir, si traia provision Real que se la
mostrase para poder proveerse en esta isla, sin demandar licencia al que la
gobernaba; dijo que sí traia, pero que la traia en las carabelas, ocho leguas
de allí; dijo Roldan que se la mostrase, porque de otra manera no podia dar
buena cuenta, segun debia, al Almirante, pues para aquello habia sido por él
enviado. Cumplió Hojeda con él cuanto pudo, diciendo que, en despachándose de
allí, habia de ir á hacer reverencia al Almirante, y á hablarle muchas cosas
que le tocaban, de las cuales dijo algunas al Roldan; y estas eran, segun yo no
dudo, las que ya en la corte se trataban, quitar la gobernacion al Almirante,
porque segun le escribió el Roldan, eran cosas que no se habian de fiar de
cartas.
Roldan dejó allí á Hojeda, y váse con sus carabelas
á los navíos del Hojeda, y halló algunas personas de las que habian estado en
esta isla con el Almirante y venido al descubrimiento de Paria, y que se habian
tornado en los cinco navíos, en especial á un Juan Velazquez y Juan Vizcaino,
los cuales le mostraron la provision ó capitulacion, firmada del Obispo D. Juan
de Fonseca, que arriba en el cap. 164 dijimos, y allí[420] le
informaron de todo su viaje, y lo que habian por la tierra firme bojado y
navegado, y las señas de un hombre que les habian muerto, y los veinte y tantos
heridos, como pareció en el dicho 164 capítulo, en el cual se probó haber
aportado á esta isla el Hojeda, y la guerra, donde le mataron al hombre y los
demas heridos, en el primer viaje de Hojeda todo haber acaecido. Supo tambien
Francisco Roldan dellos, haber hallado oro y traerlo en guanines, que eran
ciertas joyas muy bien hechas y artificiadas, como se supieran labrar en
Castilla, puesto que el oro era bajo de valor; trujeron cuernos de venado, y
dijeron que los vieron, y conejos, y un cuero de onza, que debia de ser de
tigre, y un collar hecho de uñas de animales; todo lo cual fué muy nuevo de oir
para ellos y todos los que estaban en esta isla. Roldan, esto sabido, creyendo
que Hojeda cumpliera lo que le dijo, que en haciendo pan en aquel pueblo se
habia de partir á ver al Almirante, á este puerto de Sancto Domingo, debióse de
tornar al Almirante por tierra, ordenado á las carabelas lo que habian de
hacer, y creo yo que sería que se cargasen del brasil. Él vino de Yaquimo á
Xaraguá, que son 18 leguas, y visitó la gente de los cristianos, que repartida
estaba por los pueblos de los indios, y hizo lo que más le pareció, y vínose á
dar cuenta al Almirante de las cosas que le habia dicho Hojeda, que no debian
ser las mejores nuevas del mundo, pues se trataba entónces en la corte, despues
de llegados los cinco navíos con las nuevas de la rebelion de Roldan, la
deposicion del estado del Almirante; cosa que no fué Hojeda el postrero que lo
supiese, como fué favorecido del Obispo D. Juan de Fonseca, y ambos no
aficionados á las cosas del Almirante. Del Obispo, arriba queda dicho que así
era cuasi notorio, y yo lo vide con mis ojos, y sentí con mis sentidos, y
entendí con mi entendimiento. Del Hojeda, despues pareció que debia de irse
desta isla, del Almirante descontento.
CAPÍTULO CLXIX.
Despedido Roldan de Hojeda, creyendo que era todo
oro lo que relucia, Hojeda, hecho su pan segun vido que le convenia, en lugar
de tomar la vía de Sancto Domingo, á ver al Almirante y darle cuenta de lo que
habia hecho en su viaje, como mostró y quedó con Roldan, y á darle relacion de
las nuevas que habia en Castilla, váse con sus cuatro navíos hácia el Poniente
y da la vuelta al golfo y puerto de Xaraguá; los cristianos que por allí
estaban, por los pueblos de los Caciques, lo recibieron con alegría y le dieron
todo lo que hobo menester él y los suyos, aunque no de sus sudores propios,
sino del de los indios, porque deste suelen acá ser los españoles muy
liberales. Y, porque una de sus carabelas traia muy perdida, que no se podia
tener sobre el agua, hicieron hacer pez á los indios, y ayudáronle mucho hasta
que la restauró, con todo lo demas que menester hobo. Entre tanto que allí
estaba, como debia de haber por allí la gente mal vezada de las reliquias, que
áun eran muy frescas, de la vida suelta que tuvieron con Roldan, maldiciendo de
las cosas del Almirante, mayormente que siempre andaban descontentos, como no
hinchian las manos de lo que deseaban (y una queja ordinaria suya era, que no
se les pagaba el sueldo), comienza Hojeda, ó movido por el aparejo que en
aquellos halló, ó porque él lo tenia de su cosecha en voluntad, á derramar
mucha simiente de cizaña, diciendo que se juntasen con él, y, con la gente que
él traia, vernian al Almirante y le requeririan que les pagase, de parte de los
Reyes, y le constreñirian á pagar aunque no quisiese. Para lo cual, dijo, que
él traia poder de Sus Altezas para lo hacer, y que se lo habian dado á él y á
Alonso de Carvajal, cuando el Almirante tornó el año de 98, para que viniesen
con[422] él á constreñirle que luego pagase; y
otras muchas razones añidió, y palabras dijo demasiadas, segun dijeron, en
mucho perjuicio del Almirante, y para provocar la gente á lo que pretendia
inclinarla, de la cual, toda la mayor parte trujo á sí, como á hombres mal
asentados, amigos de bullicios é inquietud, y sin temor de Dios ni de los daños
y escándalos que, en esta isla, á indios y á cristianos habian de suceder. Y
porque algunos hobo que no quisieron seguir la locura y maldad de Hojeda, y
destos estaba parte en cierta estancia ó lugar cerca de Xaraguá, como todos,
segun dije, andaban y estaban á manadas, repartidos por los pueblos y lugares
de los indios, por comer y ser servidos dellos, porque muchos juntos no los
podian sufrir ni mantener, ó porque aquellos le debian de haber contradicho
cuando los provocaba por cartas ó por palabra, ó porque tenia entre ellos á
quien él bien no queria desde los tiempos pasados, acordó una noche, con el
favor de los que ya habia allegado á sí, dar en ellos y prenderlos ó hacer
dellos alguna venganza ó otro semejante mal recaudo, y así lo puso por obra; de
manera, que mató y le mataron, hirió y le hirieron ciertos hombres de ambas
partes. Causó grande escándalo en la tierra en indios y en cristianos, de donde
se comenzó otra turbacion muy peor que la pasada de Roldan, si Dios, por medio
del mismo Roldan, no la obviara. Tornaba ya Roldan de Sancto Domingo para
Xaraguá, y, ó porque el Almirante sospechó que Hojeda todavía podia revolver
algo y causar algunos daños á indios y á cristianos, como estuviese cierto que
era ido desta isla, ó porque dello fué avisado, porque en ocho dias y á cada
ocho dias lo podia saber por mensajeros indios que enviaban algunos cristianos
de los que le obedecian, envió, finalmente, al dicho Roldan á Xaraguá, el cual
en el camino supo el insulto, y daño y escándalo que habia intentado y causado
Hojeda, y el fin que pretendia. Proveyó luego Roldan de avisar á un Diego de
Escobar, hombre principal, de los que le habian siempre seguido, y que
recogiese la más gente que pudiese de los que creyese que no estaban
inficionados de Hojeda, y se viniese á Xaraguá; y él,[423] de
camino recogió, por los pueblos donde estaban derramados los cristianos, los
que pudo, y así llegaron los dos un dia despues del otro á Xaraguá: Hojeda ya
se habia recogido á los navíos. Escribióle una carta Francisco Roldan,
exajerando aquellos escándalos, muertes y daños que habia hecho, que mirase el
deservicio que recibian los Reyes, la turbacion y alborotos de la tierra, la
voluntad que tenia el Almirante para con él, que era buena, no quisiese dar
causa que todos se perdiesen, y, por tanto, que le rogaba que diese manera para
que se viesen ambos, porque los daños hechos se olvidasen, pues no se podian
restaurar, y, al ménos, los por venir se excusasen. No curó Hojeda de ponerse
en aquel peligro, porque debia cognoscer á Roldan, que era hombre bien
esforzado y astuto, y no poco entendido. Envió Francisco Roldan á Diego de
Escobar, á hablarle, y este no era ménos sábio que ambos, el cual yo bien y por
muchos años conocí, el cual afeó á Hojeda lo que habia hecho lo mejor que él
pudo, y persuadióle que se viese con Roldan; respondióle que él lo deseaba y
queria. Volvióse Escobar sin poder hacer concierto: creyendo Roldan que lo
haria, envióle, para entender en las vistas, á un Diego de Trujillo, al cual,
entrando en los navíos, prendió y echó en unos grillos. Sale luego con 20
hombres armados, y viene á Xaraguá, donde estaba un Toribio de Linares, que
tambien yo bien conocí, al cual prendió, y llévalo consigo á los navíos, donde
le echó otro par de grillos; vánlo á decir los indios luego á Roldan, que
estaba una legua de allí. Salió de presto Roldan con la gente que tenia, bien
aparejado, tras él, pero Hojeda ya estaba en su guarida. Tornó á enviar un
Hernando de Estepa, lo mismo muy conocido de mí, al cual respondió, que si no
le daban un Juan Pintor, que se le habia salido de los navíos, que no ménos yo
que á los demas conocí, y áun no tenia sino una mano, juraba que habia de
ahorcar á los dos que tenia, de la manera dicha, con grillos. Mirad qué culpa
tenian los otros, que mereciesen que él los ahorcase, porque el Juan Pintor se
le hubiese salido. Hízose á la vela Hojeda[424] con
sus navíos, y váse la costa abajo, hácia unos pueblos y provincia que llamaba
el Cahay, tierra y gente graciosísima, que estaria de Xaraguá 10 ó 12 leguas,
donde salió en tierra con 40 hombres y tomó por fuerza todo el bastimento que
quiso, en especial, ajes y batatas, que son las raíces de que arriba hablamos
en el cap. 45, y allí son las más nobles y delicadas de toda la isla, dejando á
los indios y cristianos, que allí estaban, muy desabridos. Viendo que se hacia
á la vela, envia Roldan tras él, por la ribera de la mar, á Diego de Escobar
con 25 hombres, y, porque llegaron noche, ya el Hojeda era en sus navíos
recogido; otro dia, luego, pártese Roldan tras él con 20 hombres, y llegado al
Cahay, Roldan halló una carta que Hojeda habia escrito á Diego de Escobar, en
la cual afirmaba que habia de ahorcar los susodichos, si su Juan Pintor no se
le restituia. Rogó Roldan á Diego de Escobar que entrase en una canoa
esquifada, como los marineros dicen, de remadores indios, y fuese hácia los
navíos atanto cerca que le oyesen, y dijese á Hojeda, de partes de Roldan, que
pues él no se queria fiar de él y venir á hablar con él, que él lo queria
hacer, é ir á los navíos, confiándose de él mismo, y para esto que le enviase
un batel. Pareció á Hojeda que tenia ya su juego hecho, pero otro piensa el que
lo ensilla, y este era Francisco Roldan, que los atabales á cuestas, como
dicen, traido habia. Envió, pues, Hojeda, un muy buen batel, que otro tal no
tenia, con ocho hombres muy valientes de la mar, dentro, con sus lanzas y
espadas y tablachinas, los cuales, llegando con su batel un tiro de piedra de
la ribera, dijeron que entrase Roldan. Preguntó Roldan, ¿cuantos mandó el señor
Capitan que entrasen conmigo? respondieron: cinco ó seis hombres. Mandó luego
Roldan que entrasen primero Diego de Escobar, y Pero Bello, y Montoya, y Hernan
Brabo, y Bolaños, y no consentian que entrasen más. Entónces dijo Roldan á un
Pedro de Illanes que le metiese acuestas en la barca, y, como que le iba
teniendo de un lado, llevaba otro que se decia Salvador. Entrados en el batel
todos, disimuladamente dijo Roldan á los que remaban que remasen hácia[425] tierra; ellos no quisieron. Echan él y los suyos
mano á las espadas, y dan tan de golpe en ellos, que, acuchillados y muertos, á
lo que se dijo, algunos, hácenlos saltar al agua y tórnanlos presos á todos, y
á un indio flechero que traia de las islas robado, escapándoseles otro nadando,
y llévanlos á tierra; y así, queda sin la principal barca ó batel de que mayor
necesidad tenia, y juntamente sin tanta soberbia y presuncion, Hojeda. Visto
Hojeda que se le habia desecho su artificio y salido en vano sus pensamientos,
acordó de llevar el negocio por más mansedumbre, y métese en un barquillo que
traia, y Juan de la Cosa, su principal piloto, con él, y un espingardero y
otros cuatro con él que remaban, y viénese hácia tierra. Francisco Roldan, como
le conocia ser travieso y valiente y atrevido, áun pensando que los osara
acometer, hace aparejar el batel con siete remeros y 15 hombres para pelear, y
una buena canoa en que podian ir otros 15, todos á pique, como es lenguaje de
marineros, ó aparejados, estuvieron á la lengua del agua. Teniéndose á fuera en
el agua, cuanto podia ser oido, dijo Hojeda, que queria hablar con Francisco
Roldan; llegóse más, y Francisco Roldan le dijo, que por qué hacia aquellas
cosas tan escandalosas y culpables; respondió, que porque le habian dicho que
tenia mandamiento del Almirante para lo prender. Roldan le certificó ser
falsedad, y que el Almirante no tenia propósito de dañarle, sino ántes de le
ayudar y honrar en lo que pudiera, y si él viniera á Sancto Domingo, como le
habia prometido, por experiencia lo viera; finalmente, vino á rogarle que le
restituyese su batel y sus hombres, que en él le habia prendido, no curando ya
del Juan Pintor, pues via que sin el batel no le era posible volver á Castilla.
Francisco Roldan, viendo la necesidad que Hojeda tenia, y porque en estos dias
habia hecho terrible tormenta y habia garrado, que quiere decir, arrastrado el
ancla, de donde la primera vez la echaron, el navío mayor que Hojeda tenia, más
de dos tiros de ballesta hácia la tierra, donde y cuando se suelen los navíos
perder y la gente con ellos, y porque, si daban al través y[426] Hojeda
y su gente se quedaban allí, era quedar la confusion en la isla para que fuera
peor que la pasada del mismo Roldan, acordó Roldan darle el batel y sus
hombres, y que él restituyese los dos que él habia malamente, al uno detenido y
al otro salteado, y así se hizo que destrocaron. Partióse luego á hacer una
cabalgada que decia que habia de hacer, y segun dijo un clérigo que traia
consigo, y otros tres ó cuatro hombres de bien que se quedaron, la cabalgada
que traia fabricada, era la que pensaba hacer en la persona y en las cosas del
Almirante, y este atrevimiento, creo yo, que cobró él, de saber que los Reyes
trataban de remover al Almirante de su estado, y con el favor que él tenia del
Obispo Fonseca, y, por el contrario, el disfavor que el mismo Obispo dió
siempre á el Almirante, justa ó injustamente, cuanto á los hombres digo, Dios
lo sabe. Y, á lo que yo sospecho, salido de allí Hojeda, fué á cargar los
navíos de indios en alguna parte desta isla, ó de la isla de Sant Juan, ó de
otra de las comarcanas, pues llevó á Castilla y vendió en Cáliz 222 esclavos,
como Américo arriba tiene y en su primera navegacion confesado; y esta fué, con
los otros daños y escándalos que á los indios y cristianos dejó hechos Hojeda,
su cabalgada. Por lo que en este capítulo se ha visto, parece la falsedad
industriosa de Américo, y su encubrir las tiranías que en aquel su primer viaje
hicieron, en las cuales él á Hojeda acompañaba, y su trastrocar de los hechos
que hicieron en sus dos viajes, como ya hemos dicho, más que el sol clara. Dice
de esta brega y escándalos que Hojeda causó, Américo, en el fin de su segunda
navegacion, y acaeció en la primera, desta manera: Necnon gente illa
quam nobis amicam efeceramus relicta hinc, ab eis excessimus ob plurimarum
rerum nostrarum indigentiam; venimus ad Antigliæ insulam, quam paucis nuper ab
annis Christophorus Columbus discooperuit; in qua reculas nostras ac navalia
reficiendo mensibus duobus et diebus totidem permansimus: plures interdum
Christicolarum inibi conversantium contumelias perpendimus, quas, prolixus ne
nimium fiam, hic omitto: eandem vero insulam vigessima secunda Julii deserentes,
etc. Todo esto es[427] falso, porque dice, que las
injurias ó afrentas que padecieron no las dice por no ser prolijo, dando á
entender que injustamente se le hicieron, y no dice por qué, y qué fueron los
insultos que ellos cometieron; lo segundo, cuanto á poner estos escándalos en
el segundo viaje, es muy falso, como arriba demasiadamente queda probado; lo
tercero, asimismo, decir que partieron desta isla á 22 de Julio, es más que
falso, porque no partieron sino cuasi en fin de Febrero, entrante el año de
500, y áun creo que en Marzo, como parece por las cartas que yo vide y tuve en
mi poder, y cognosco la firma de Francisco Roldan que escribia cada ocho ó
quince dias, cuando andaba revuelto con Hojeda, hasta que se fué, al Almirante.
De manera, que la fecha que debió ser en el segundo puso en el primero, y los
alborotos y daños que hicieron en el primero, puso por afrentas y contumelias,
recibidas sin culpa, en el segundo viaje.
CAPÍTULO CLXX.
Partido de allí del Cahay, donde le tomaron la
barca con sus navíos, Hojeda, Francisco Roldan, como hombre astuto, diligente y
de guerra, estúvose por allí algunos dias hasta ver si volvia á hacer algun
salto Hojeda en la tierra, porque cognoscia dél que era hombre para hacerlo, y
desde á pocos dias recibió aviso que habia saltado en cierta parte, la costa
abajo, creo yo, donde procuró de hacer pan para su camino. Escribiólo Roldan
luego al Almirante, y determina de ir á prenderle, y apareja seis canoas, en
las cuales dijo que podian caber 80 hombres; y, porque envió dos mancebos
hábiles y sueltos en una canoa por la mar para espiar y especular lo cierto
dello, y vide otras cartas de Roldan para el Almirante, escritas despues,
luego, desto, y no hacian mencion de la estada de Hojeda, estimo que debia de
ser ya ido cuando llegaron los mancebos. Con este favor de haber echado á
Hojeda de la tierra, dijeron algunos, ó los más que allí estaban, á Francisco
Roldan, que se querian allí avecindar; Roldan les dijo que se escribiesen y que
enviaria al Almirante la memoria, y enviaria quien les repartiese las tierras
en que hobiesen de labrar, y porque se les hacia grave esperar tanto, señálales
él á cada uno en que labrase, como si aquellas tierras no tuvieran dueños; y
¡ojalá aquí parara la tiranía! Pidiéronle más, porque ellos no entendian abajar
el lomo, que les diese quien les ayudase á labrar; él, viendo, dice él, que era
bien contentarlos, díjoles que queria hacer con ellos una liberalidad, conviene
á saber, que el Almirante le habia hecho merced de que el rey Behechio con toda
su gente le sirviesen de las cosas de sus labores, y no á otro ninguno, que los
tomasen ellos y se sirviesen dellos en sus labores y los contentasen: estas son
palabras[429] del mismo Roldan al Almirante, que yo
vide firmadas de su nombre. El contentamiento era, que les habian de servir
aunque les pesase, y darles despues un espejuelo y un cuchillo, ó unas tijeras;
veis aquí el repartimiento claro como se va entablando. Y que se diga que á un
tan gran Rey como Behechio, que el Almirante diese para que sirviese á Roldan,
y Roldan lo diese á los hombres viles, y quizá entre ellos azotados, para los
servir, é que repartiesen entre sí sus vasallos, ¿qué mayor tiránica maldad?
Pero pasemos adelante. Así que, tornando al propósito, todavía mandó el
Almirante á Roldan que estuviese por allí algunos dias, porque se queria ir á
donde el Almirante estaba, sospechando el Almirante que tornaria Hojeda. Muy
bien lo hizo Francisco Roldan en todo este negocio en aventar á Hojeda de la
tierra, porque, cierto, si Hojeda prevaleciera, yo creo que fueran peores los
escándalos y turbaciones, daños y destruccion más vehemente de indios que la
hobo, aunque mucha fué, en tiempo del alzamiento de Roldan, porque todos los
más de los españoles que acá estaban, estaban corruptísimos y depravados, y
cudiciosísimos de alborotos y guerras, enemigos de toda concordia y paz, y esto
no era sino porque Dios los habia dejado de su mano, por las guerras y
agravios, opresiones y muertes injustas, y violencias que hacian sin cesar á
los indios; la razon es, porque tiene Dios esta regla en su universal é
infalible providencia, que cada uno sea punido por lo que, y de la manera que,
peca y le ofende, y en aquello que él damnifica á su prójimo. El medio é
instrumento que aquellos tenian para nunca dejar de tratar de revueltas y
desasosiegos entre sí mismos, era la ociosidad y vida deliciosa y holgada que
tenian, y el señorío que habian usurpado sobre los indios humildes y
mansísimos, por lo cual se hacian elatos y soberbios y presumidores de sí
mismos, y menospreciadores de los otros, de donde se habia de seguir, de
necesidad, las disensiones, reyertas y confusion entre sí, y no pensar en otra
cosa sino en reñir y en supeditar los unos á los otros, como vemos cada dia en
la gente de guerra; y esta excedia todas[430] las
otras de aquella calidad y oficio, en tanto grado, cuanto más ofendian á Dios
en destruir estas inocentes gentes, sin causa ni razon, y más alongados estaban
de su Rey, á quien temiesen, y con mayor licencia y libertad estaban atollados
y zabullidos en las espurcicias y fealdades de los vicios bestiales, en que
conversaban con grandísima injuria de sus prójimos, tomándoles sus propias
mujeres y hijas, con toda ignominiosa violencia. Por aquí considerará
cualquiera, que sea fiel y verdadero cristiano, qué doctrina, qué ejemplo, qué
fama, qué estima cobrarian estas gentes de la religion cristiana, y qué amor, y
afeccion, y cudicia temian para recibirla, y cuan al revés, y por el contrario
de como se debia, se entró en estas tierras y reinos ajenos, no siendo otra la
causa legítima para poderse entrar en ellos, sino la paz, sosiego, edificacion,
conversion y salvacion dellos. Y porque no falte otro testigo de todo esto,
estaba entónces en esta isla un caballero que tenia por nombre D. Hernando de
Guevara, primo de Adrian de Muxica, que arriba nombramos y abajo diremos, y
este Adrian era uno de los alzados con Roldan; no me acuerdo si el D. Hernando,
que yo bien cognoscí en esta isla, y á sus hermanos en Castilla, si anduvo
alzado con Roldan; finalmente, por no andar muy quieto, el Almirante le mandó
que saliese de la tierra, y, en cumplimiento de su mandado, sabiendo como
Hojeda andaba por la provincia de Xaraguá, fuése allá, por irse con él, pero
cuando llegó ya Hojeda era ido. Francisco Roldan le dijo que viese y escogiese
la estancia donde le placia estar, con los cristianos que estaban por los
pueblos de los indios, haciendo la vida que arriba dijimos, repartidos, y que
allí se fuese hasta que el Almirante mandase otra cosa. El cual eligió el
Cahay, que arriba nombramos (donde Hojeda perdió el batel y blandeó su
entereza), porque Adrian, dijo D. Hernando, tiene allí ciertas aves y perros;
estos perros, traidos de Castilla, eran acá muy preciosos para cazar las
hutias, que arriba dijimos ser los conejos. Aceptada por Roldan la eleccion de
su estado, díjole que se fuese en hora buena á holgar á allí, é con esto se
despidió[431] D. Hernando de Roldan. D. Hernando se
fué por casa de la señora Anacaona, hermana del rey Behechio, y tomóle una hija
muy hermosa que tenia, que se llamó Higueymota, puesto que dijo D. Hernando que
su madre se la dió, y es de creer, porque creia que la daba por su mujer, y D.
Hernando era muy gentil hombre y de autoridad, y parecia bien ser de generosa
casta. Recibida ó tomada la señora Higueymota, detúvose allí con ella dos dias,
sin saberlo Roldan, y envió por un clérigo, para que la bautizase, porque desta
manera se administraban entónces los Sanctos Sacramentos, en especial el del
bautismo. Sabido por Roldan hobo mucho enojo, de quien tambien me dijeron que
la tenia el Roldan por amiga, y porque estaba enfermo de los ojos, envióle á
decir que se maravillaba dél, y lo mal que lo hacia, y que le rogaba que se
fuese á la estancia que habia escogido, y que mirase que habia defendido
aquella señora siempre, que no le fuese hecha injuria, y el daño que le hacia,
y cuanto enojo dello recibiria el Almirante. Vino D. Hernando, con poco
sentimiento y con poca vergüenza de su pecado, á contar á Francisco Roldan con
mucho placer lo que le habia acaecido, y que le rogaba que le dejase estar
allí; Roldan le dijo, como hombre prudente, que aquello era en sí malo, y,
allende de esto, que el Almirante se indignaria contra él porque se lo habia
consentido, y más, que como él estuviese en desgracia del Almirante, á él no le
convenia que allí estuviese con él porque el Almirante no sospechase que no
andaba en su obediencia con simplicidad, y otras razones con que se convenció D.
Hernando, y así se fué á donde le estaba señalado; pero, porque los que están
fuera de la gracia de Dios y en un pecado no pueden asosegar sin que cometan
otros peores y más graves, desde á tres dias, con cuatro ó cinco hombres,
tórnase á su querencia, como animal bruto, D. Hernando. Sabida por Roldan la
tornada de D. Hernando, envióle con dos hombres á decir cuan mal lo hacia, y
que le rogaba y mandaba, de parte de la justicia, que se fuese de allí adonde
le estaba señalado; D. Hernando comenzó á hablar desmandado, y, entre[432] otras palabras, decia que Roldan tenia necesidad
de tener amigos, porque él sabia de cierto que el Almirante le andaba tras
cortar la cabeza, y otras semejantes, indiscretas, escandalosas palabras y
desvariadas. Dícenlo á Roldan, envíale á mandar que se vaya luego de la
provincia, y se vaya á se presentar al Almirante. Humíllase á Roldan y ruégale
que lo deje por agora hasta que el Roldan fuese á donde el Almirante estaba;
concédeselo Roldan para más justificar su causa. Era necesario, por la regla
arriba dicha, que Dios dejase á D. Hernando derrumbarse á mayores pecados.
Acuerda de matar á Francisco Roldan, ó sacarle los ojos, por vengarse de la
injuria que le hizo en no haberle castigado y desterrado, luego que supo que á
la señora Higueymota habia por manceba tomado, y porque, para hacer cosa tan
atrevida y para salvarse, habia menester no pocos que contra el Almirante y la
justicia le ayudasen, él, por su parte, y otros que habia por sí y á sí
allegado, anduvieron persuadiendo y solevantando á muchos (que habia poco que
trabajar, para á rebelion cualquiera levantarlos), y así comenzaba otra peor
que las pasadas. No quiso Dios permitirlo, puesto que los unos y los otros
merecian que se consumieran y despedazaran, como habian hecho y hacian en los
indios á cada paso. Fué avisado Roldan, y, como diligente y astutísimo, y bien
proveido, prevínolos, y, con buena manera que en ello tuvo, prendió luego á D.
Hernando y siete de los más principalmente culpados. Hácelo saber al Almirante
para que le escriba lo que manda; porque, como hombre muy bien sabido, no quiso
hacer cosa por su autoridad; lo uno, por el acatamiento y preeminencia del
Almirante, la cual, mucho, despues de reducido, guardaba, lo otro, porque
reusaba ser juez en su causa propia, y con razon lo consideraba. El Almirante
le escribió mandándole que se los enviase presos á la fortaleza desta villa ó
ciudad de Sancto Domingo. Entretanto, como supiese Adrian de Muxica que estaba
preso su primo D. Hernando, andaba por la Vega y por los lugares donde estaban
los cristianos, por los pueblos de los indios; derramados, haciendo juntas y
bullicios, provocándolos[433] á levantamiento, ó
sólo para libertar á D. Hernando, ó con otros intentos que él hoy se sabe,
donde quiera que Dios le haya puesto, si es salvo ó condenado; la fama pública
fué, que tenia propósito de soltar á D. Hernando, y matar á Francisco Roldan y
al Almirante. Juntó en pocos dias muchos de pié y de caballo; el Almirante, que
estaba en la fortaleza de la Concepcion, fué avisado de uno dellos, que se
llamó Villasancta, que yo bien cognoscí por muchos años, y, no teniendo consigo
sino seis ó siete criados de su casa y tres escuderos de los que ganaban sueldo
del Rey, supo dónde estaban, y va una noche, y dá sobre ellos y desbarátalos,
donde prendió al Adrian y á otros, y, traidos á la fortaleza, mandó luego al
Adrian ahorcar; y, diciendo él que le dejasen confesar, dijo el Almirante que
le confesase un clérigo que allí estaba, y, cuando el clérigo se ponia á
confesarle, se detenia y no queria confesar, y esto hizo algunas veces. Viendo
el Almirante que lo hacia por dilatar su muerte, mandó que lo echasen de una
almena abajo, y así lo hicieron; daba voces que lo dejasen confesar, porque,
por temor de la muerte, no se acordaba de sus pecados, y que dejaba condenados
á muchos que no tenian culpa, pero no le aprovechó nada. Esto era entre
nosotros público, y se platicaba así por muchos como cosa cierta y fresca,
porque no habia obra de año y medio ó dos que habia acaecido cuando yo vine á
esta isla. Otros mandó tambien ahorcar, y prendió muchos el Adelantado, de los
del concierto, y fué tras otros que se huyeron, cuando prendió á Adrian, á
Xaraguá; despues vide yo cierto proceso, donde hobo muchos testigos que dijeron
lo que aquí he dicho. Prendió en Xaraguá, el Adelantado, muchos, y creo que oí
muchas veces que habian sido 16, los cuales metió en un hoyo, como pozo, hecho
para aquel fin, é los tenia para ahorcar, sino que vino á la sazon quien se lo
impidió, como se dirá, queriendo Dios. Mandó prender el Almirante á Pedro de
Riquelme, el muy amigo de Francisco Roldan, que tenia su casa en el Bonao, y á
otros, y ponerlos en la fortaleza de Sancto Domingo, los cuales estaban muy
propincuos para ahorcarlos con[434] D. Hernando;
todas estas cosas se hacian por el mes de Junio, y Julio, y Agosto del año de
1500. Y dejemos agora aquí el estado desta isla en estas inquietudes, y como
andaba el Almirante y el Adelantado á caza de los que se huian, que debian de
haber consentido, ó al ménos presumíase, en los alborotos que habia renovado
Adrian, y á todos los que tomaban se daban priesa en despacharlos; y será bien
tornar un poco atras, á lo que más sucedió en el año de 1499, y tratar de los
otros descubridores ó cudiciosos allegadores, que se movian en el tiempo que
Hojeda se movió, por las nuevas que fueron en los cinco navíos, de haber
descubierto á tierra firme y las perlas, el Almirante.
CAPÍTULO CLXXI.
Publicado en Sevilla el descubrimiento de la tierra
firme y de las perlas, hecho por el Almirante, las nuevas del cual llevaron,
como se ha dicho muchas veces, los cinco navíos, y visto que Hojeda tenia
licencia del Obispo Fonseca, y aparejaba navíos para venir por acá, hobo en
Sevilla algunos que se hallaban con alguna hacienda, más que otros, vecinos
especialmente de Triana, que presumieron de se atrever á tomar el hilo en la
mano que el Almirante les habia mostrado, y venir por este Océano á descubrir
adelante, más por allegar oro y perlas, como creo que no será pecado sospechar,
que por dar nuevas de las mercedes que de Dios habian recibido en traerlos
primero á su sancta fe, que á estas naciones que tuvo por bien llamar tan á la
tarde; y ojalá, ya que no iban á hacerles bien, no les hicieran males y daños.
Unos de los primeros que, á par cuasi de Hojeda, vinieron á descubrir, fueron,
un Peralonso Niño y un Cristóbal Guerra, vecinos, el Guerra, de Sevilla, y el
Peralonso, creo que era del Condado. Este Peralonso Niño, vino, cierto, con el
Almirante al descubrimiento de Paria, y debióse de tornar á Castilla en los
cinco navíos, y esto está probado con testigos contestes, y yo he visto sus
dichos en el susodicho proceso; y uno que dijo, que no habia ido en aquel viaje
Peralonso Niño con el Almirante, yo se que, para contra el Almirante, por
derecho de juicio, podia ser repelido. Así que, Peralonso Niño, habida licencia
del Rey ó del Obispo para descubrir, con instruccion y mandado que no surgiese
con su navío ni saltase en tierra, con 50 leguas, de la tierra que habia
descubierto el Almirante, como no tuviese dineros como habia menester, ó quizá
ningunos, tractó con un Luis Guerra, vecino de Sevilla, que[436] tenia
hacienda, que le armase un navío; el Luis Guerra se ofreció á hacerlo, y, entre
otras condiciones, fué con tanto que su hermano Cristóbal Guerra fuese por
Capitan dél. Partió, pues, Peralonso Niño por piloto, y Cristóbal Guerra por
Capitan, del Condado, que debia de ser de Palos ó de Moguer, poco tiempo
despues que Hojeda y Juan de la Cosa y Américo partieron del puerto de Sancta
María ó de Cáliz, y así lo testificaron los testigos que se tomaron por parte
del Fiscal en el su susodicho proceso. Fueron estos, como Hojeda, hácia el
rastro 200 ó 300 leguas, y allí vieron tierra, y, por la costa abajo
descendiendo, llegaron obra de quince dias despues que habia llegado Hojeda á
la provincia ó tierra de Paria, y, segun dice un testigo en su dicho, allí
saltaron en tierra, como los indios habia dejado el Almirante pacíficos, y
despues el mismo Hojeda, y cortaron brasil, contra lo que por la instruccion
llevaban mandado; de allí van la costa de la mar abajo, entraron en el golfo,
que llamó Hojeda de las Perlas, que hace la isla de la Margarita, y en ella rescataron
muchas perlas. De allí, lléganse á Cumaná, pueblo y provincia de la tierra
firme, siete ú ochos leguas de la Margarita; ven la gente toda desnuda, escepto
lo principal de las vergüenzas, que lo traen metido en unas calabacitas, con un
cordelejo delgado que las tienen ceñido al rededor de los lomos, y así los vide
yo, despues algunos años que estuve por algun tiempo en aquella tierra. Vieron
ellos tambien, y yo despues, que acostumbran los hombres traer en la boca
cierta hierba todo el dia mascando, la que, teniendo los dientes blanquísimos
comunmente, se les pone una costra en ellos más negra que la más negra azabaja
que puede ser; traen esta hierba en la boca por sanidad, y fuerzas, y
mantenimiento, segun yo entendido tengo, pero es muy sucia cosa y engendra
grande asco verla, á nosotros, digo; cuando la echan, despues de muy bien
mascada, lávanse la boca y tornan á tomar otra, y teniéndola en la boca hablan,
harto oscuramente, como quien la lengua tiene tan ocupada. Venian sin temor
alguno á los navíos con collares hechos de perlas, y dellas en las narices y[437] en las orejas. Comenzaron á cebarlos los
cristianos con cascabeles, y anillos, y manillas de laton, agujas, y alfileres,
y espejuelos, cuentas de vidrio de diversos colores; dábanlas por casi no nada,
no curaban de regatear, ni de muchas contiendas, sino daban todas las que
traian, y tomaban por ellas lo que les daban. De allí, de Cumaná y Maracapana,
que está de Cumaná 15 leguas, hobieron mucha cantidad de perlas. Navegan la
costa abajo, y llegaron hasta unas poblaciones que llamaban los indios Curianá,
junto donde agora es Coro; finalmente, hasta cerca de la provincia que agora
llamamos Venezuela, obra de 130 leguas abajo de Paria y de la boca del Drago.
Aquí surgieron en una bahía como la de Cáliz, donde en las gentes desta tierra
hallaron humanísima hospitalidad y gracioso recogimiento; vieron en tierra
pocas casas, que serian ocho ó diez, pero vinieron de una legua de allí, la
costa abajo, hasta 50 hombres desnudos, con una persona principal que debia ser
el señor, ó enviado por el señor, el cual, de parte de todos, le ruega con
importunidad al capitan Cristóbal Guerra y á los demas, que vayan con el navío
á surgir á su pueblo. Saltaron en tierra, dánles de sus cascabeles, cuentas y
bujerías; diéronles cuantas perlas, en los brazos y gargantas, y en todo su
cuerpo traian; pesaron, solas aquellas que en obra de una hora les dieron,
quince onzas, valdria lo que les dieron por ellas, obra de 200 maravedís.
Levantaron las anclas otro dia, y fueron á surgir junto con el pueblo. Concurre
todo el pueblo, rogando á los cristianos que salten en tierra, pero ellos, como
no eran más de 33, viendo gran multitud de gente, no osaron salir, ni fiarse
dellos, sino por señas les decian que viniesen al navío con sus canoas ó
barquillos; vinieron muchos sin temor alguno, trayendo consigo cuantas perlas
tenian, por haber los diges de Castilla. De que vieron su simplicidad, su
inocencia y humanidad, salieron los cristianos en tierra; hácenles mil
caricias, mil regalos, en tanta manera, que no lo sabian encarecer. Estuvieron
veinte dias con ellos dentro de sus mismas casas, como si fueran padres y
hijos; la abundancia de la comida, de venados, de[438] conejos,
ansares, ánades, papagayos, pescados, y el pan de maíz, no se podria fácilmente
todo decir; cuantos venados y conejos y otras cosas les pedian que trujesen,
tantos luego les traian. De ver ciervos ó venados y conejos, que fuese tierra
firme aquella, por cierto, creian, como aquellos animales no se hobiesen visto
hasta entónces en las islas; hallaron que tenian estos sus mercados ó ferias
donde, cada pueblo y vecinos dél, á vender lo que tenian, traian. Traian
tinajas, cántaros, ollas, platos y escudillas, y otros vasos de diversas
formas, para su servicio, á vender. Entre otras cosas, traian, á vueltas de las
perlas, hechas avecitas, ranas, y otras figuras muy bien artificiadas, de oro;
ver esto, no pesó á quien por haberlo pasaba tantas mares, y con tantos
peligros. Preguntaban á los indios, que dónde se cogia aquel estiercol;
respondieron que seis dias de allí, de andadura. Acordaron de ir allá con su
navío, y dijeron que hallaron la misma provincia; esta no supe dónde seria,
sino creo que fuese la provincia de Venezuela, que habria de Curianá los seis
dias de andadura de un indio, á siete ó ocho leguas cada dia, dijeron que se
llamaba Cauchieto. Como vieron venir el navío, sin sospecha ni temer mal
alguno, como si fueran sus hermanos, así se descolgaban con sus canoas llenas
dellos, y se entraban seguros en el navío, por verlos; el dia y la noche, nunca
cesaban de venir unos, y ir otros, entrar unos, y salir otros, con grande
alegría, seguridad y regocijo. Parecian celosos, cuando alguno que no
cognoscian les venia á visitar, siempre las mujeres ponian detras de sí.
Trajéronles algun oro, que rescataron, y joyas hechas dél, no tanto cuanto los
que lo buscaban querian; traian consigo perlas, pero estas no las querian
vender, como ni los de Curianá conmutaban el oro. Diéronles aquí gatos paules,
muy hermosos, y papagayos muchos, de diversas colores. Dejada esta provincia,
quisieron pasar más adelante, y llegaron á cierta parte, donde les salieron,
segun dijeron, sobre 2.000 hombres desnudos, con sus arcos y flechas, á
defenderles la saltada. Ellos, por señas, y mostrándoles las cosas de Castilla,
trabajaron de halagarlos,[439] pero nunca pudieron,
y con esto dijeron que se tornaron á Curianá, donde, con harta alegría y
placer, y abundancia de comidas, estuvieron otros veinte dias. Quiero aquí
decir una cosa graciosa que se me olvidaba, que cuando daban los alfileres y agujas
á los desta provincia de Curianá, cognoscian los indios que aquellos eran
instrumentos para coser ó tener una cosa con otra; decian á los cristianos por
señas, que aquello no sabian para qué lo habian menester, pues andaban
desnudos. Respondieron los cristianos, señalando, que aquellos eran buenos para
sacarse las espinas de los piés ó de otra parte, porque allí habia muchas, y es
así verdad; de que cayeron en ello, comenzáronse á reir, é á pedir más, y por
este aviso fueron dellos los alfileres y agujas, no ménos que las otras cosas,
estimadas. Toda esta tierra está en 7° y 8°; por Noviembre y por Navidad no
hace frio, ántes es temperatísima. Quedando los indios muy contentos, pensando
que iban los cristianos engañados, porque les habian dado gran número de
perlas, que, sino me engaño, pesaban más de ciento cincuenta libras ó marcos,
entre ellas, muchas eran tan grandes como avellanas, muy claras y hermosas,
puesto que mal horadadas por los indios, no tenian convenientes instrumentos
para las horadar, como careciesen de hierro, y habíanles dado por ellos valor
de hasta 10 ó 12 ducados, y los noventa y seis marcos ó libras, se dijo que les
costaron en Curianá obra de cinco reales, en aquellas cosillas de Castilla, y
los cristianos, teniéndose por bien pagados y cada hora consintieran en tal
engaño; acuérdanse de volver á Castilla, y dan la vuelta hácia Paria y la boca
del Drago. En el camino, subiendo la costa arriba, por donde habian bajado,
está una punta que se llama la Punta de Araya, Norte Sur con la puerta
occidental de la isla de la Margarita, donde vieron unas salinas, y las hay
hoy, porque son perpétuas, dignas de harta maravilla. Está en aquella punta una
laguna, á diez ó quince pasos de la ribera y agua de la mar toda salada, y
siempre debajo del agua llena de sal y encima tambien, cuando há dos dias que
no llueve. Algunos pensaron que el agua que está dentro la sacan los vientos de[440] la mar, como está tan propincua, y la echan en
la laguna, pero no parece que es así, sino que tiene ojos, á cuanto yo puedo
entender, por los cuales sube el agua y se ceba de la mar. Esta sal es muy
blanca y sala mucho, y, cuando hace tiempo de buenos soles, se pueden cargar y
cargan muchos navíos, y yo, en otro tiempo que estuve allí, los hice cargar.
Vienen á sus tiempos del año, de hácia abajo, á parar á esta punta infinitas
multitudes de lizas, que acá es muy bueno y sabroso pescado, y otra infinidad
de sardinas, como las que traen á Sevilla de Setubal y del Condado, salvo que
son pequeñas pero muy sabrosas, mayormente las lizas y ellas recien saladas; en
los barcos y por allí suelen andar. Saltan de la mar las lizas muchas veces,
que no es menester pescarlas, tantas hay. A cabo de dos meses que partieron de
Curianá, que fué á 6 de Febrero de 1501, llegaron á Galicia, donde Hernando de
Vega, varon en prudencia y virtud en Castilla señalado, era Gobernador, ante el
cual fué acusado Peralonso Niño, y no sé si tambien Cristóbal Guerra, de los
mismos que venian en su compañía, que habia encubierto cierto número de perlas
de gran precio, y así, defraudado el quinto que pertenecia á los Reyes; mandólo
prender Hernando de Vega, y estuvo mucho tiempo preso. Al cabo lo soltaron, y
vino á Sevilla, y no sé en qué paró lo que le imponian.
CAPÍTULO CLXXII.
Cerca de este Cristóbal Guerra, quiero aquí referir
algunas cosas estrañas que hizo por aquella costa de tierra firme, porque
despues, quizá, no caerán en su lugar, por no saber yo la certidumbre del año
en que las hizo, aunque tambien no dudo que no fuesen cometidas despues del año
de 500 y dentro de los diez, y perteneceria la historia dellas al libro
siguiente; pero, pues el capítulo precedente se ha ocupado en él, parecióme que
este presente no hable sino dél. Algunos indicios tengo que me daban sospecha
que, lo que diré, lo hobiese hecho en este primer viaje, porque, aunque parece,
por lo dicho en el precedente capítulo, que dejaba contentas las gentes que
tanta hospitalidad le hacian, como nunca los que cometian insultos, y robos, y
daños á los indios, en Castilla lo decian, sino que solos eran ellos los
malhechores juntamente, y testigos, y ellos no se acusaban delante de los Reyes
ni de otros jueces á sí mismos, podian estos en este viaje haber, las
abominaciones que hicieron, cometido, y publicado que dejaban muy contentos y
pagados, y en mucha amistad consigo unidos, los indios. Un indicio y conjetura
vehemente, hay de esto que aquí digo, conviene á saber, que, habiendo dejado el
Almirante la gente de la provincia de Paria en amistad de los cristianos,
segura y muy contenta, y á lo que yo he juzgado, de la mesma manera la dejó
Hojeda, puesto que no estoy muy seguro dello, el cual fué despues del
Almirante, como arriba se ha dicho, el que llegó á la dicha provincia primero
(lo mismo digo de Rodrigo de Bastidas, que fué tercero, como se dirá abajo),
cuando vino á ella, en breve, Vicente Yañez, de quien se tratará despues desto,
hallóla toda puesta en armas y brava, porque les habian muerto mucha[442] gente, no parece que hiciese otro matanza sino
Cristóbal Guerra. Así lo dicen los testigos en el susodicho proceso, conviene á
saber, que cuando vinieron Vicente Yañez y su compañía á Paria, querian saltar
en ella, y que no osaron, porque les habian muerto mucha gente ántes que
llegasen á ella; y dicen más, que los indios de allí no querian entrar dentro
de los navíos, salvo que decian, sal, Capitan, como si los llamaran para
vengarse dellos, á lo que parece; y dice más un testigo, que en esto vino otro
descubridor, que se dice Diego de Lepe, allí, é para probar el Fiscal, que
Diego de Lepe habia tambien descubierto tierra, y no toda el Almirante, dicen
los testigos, que llegaron á Paria el dicho Diego de Lepe y su compañía, y que
tomaron allí ciertos indios, los cuales despues él entregó en Sevilla al Obispo
D. Juan de Fonseca. Estos no los pudo él tomar sino haciendo escándalo,
injusticia y violencia, y fuera bien, que el Obispo lo examinara y áun ahorcara
sobre ello, pero nunca el señor Obispo de esto tuvo mucho cuidado en todo su
tiempo.
Así que, como Vicente Yañez fuese el cuarto
descubridor, y hallase así maltratados, y amedrentados, y escandalizados los
vecinos de aquella provincia, y hecha matanza en ella, y parezca haber
presuncion contra Cristóbal Guerra, por lo que contaremos que hizo, y de los
otros que ántes dél á aquella tierra fueron, haya probabilidad alguna que no lo
hicieron, parece que podria haber sido, aunque lo disimulase, y en Castilla,
entónces cuando él fué, no se supiese, como otras infinitas maldades, daños y
menoscabos, muertes y estragos execrables, allí, por muchos han sido
encubiertos, que tambien agora en este viaje Cristóbal Guerra, lo que diré,
hiciese y estuviese hasta hoy encubierto. Lo que haya en contrario son tres
cosas: la una, que, cierto, en el viaje, cuando cometió los daños y agravios
que diremos, traia dos navíos, y los testigos no afirman sino que trujo un
navío en este; la otra, el llevar á Castilla agora tantas perlas, porque en el
otro viaje se cree que no llevó ninguna, porque todas se le perdieron, segun
creo; la tercera, que en aquel viaje trujo á su hermano,[443] Luis
Guerra, y murió en la mar, y en este primero no haberle traido, por el dicho
que los testigos depusieron, parece que suena. Pero, como quiera y cuando
quiera que ello haya sido, el Almirante, quejándose á los Reyes por cierto
memorial que les dió de los daños que habia incurrido, por haber dado los Reyes
licencia para ir á rescatar sin que á él se le diese parte, como se le debia de
dar por sus privilegios, y por los escándalos que habian en la tierra aquellos
causado, señala el Almirante al dicho Cristóbal Guerra, y, despues de otros,
dice: «Las cuales personas que llevaron licencia para rescatar, han hecho
grandísimo daño en la tierra firme y islas, porque, en llegando que llegaban,
mataban los indios y los prendian por fuerza, y los atormentaban porque se
rescatasen, y algunos, cuando no hallaban rescate, acuchillábanlos y
matábanlos, diciendo, «pese á tal, pues de aquí no llevamos provecho, hagamos
que si aquí vinieren otros navíos tampoco lo hallen, como nosotros.» Otros
hobo, que despues que los indios humanamente les daban lo que tenian, y les
cargaban los navíos de brasil y de lo que mandaban, estando seguros, como
personas que les habian bien servido, y muy alegres y contentos, los mataron y
pusieron todos á espada, sin otra causa. Otros cargaban los navíos dellos, por
manera, que en cuanto vivan los vivos, los indios de aquella tierra no
obedecerán á Sus Altezas, ni serán amigos de los cristianos; por donde, dice el
dicho Almirante, que le redunda mucho daño, etc.» Estas son palabras formales
del dicho memorial que dió el Almirante; por aquí se verá qué principios
llevaron las cosas destas Indias. Vamos, pues, á contar el caso, segun que me
lo contó, más há de treinta años, persona que se halló en ello, y si fué en el
segundo viaje, lo que más probable parece, guióse desta manera: Como Cristóbal
Guerra y Peralonso Niño fueron riquillos á Castilla, y con el paladar dulce ó
endulzorado de las perlas, acordaron de tornar á armar, y armaron, dos buenas
carabelas; no sé si Peralonso Niño vino este segundo viaje con el Cristóbal
Guerra, porque no me acuerdo. Entónces, como[444] era
el principal en este negocio su hermano, Luis Guerra, porque él era rico, y
puso los gastos primeros del primer viaje, de su hacienda, determinó en el
segundo, con la hacienda arriesgar la vida. Partieron de Cáliz, ó de Sant
Lucar, el Luis Guerra, en un navío ó carabela, y el Cristóbal Guerra en el
otro, y llegados á Paria, porque aquella tierra llevaban todos por terrero é
hito, van la costa abajo, al golfo de las Perlas, que, como ya dijimos, aquel
golfo hace la isleta Margarita, de una parte, y de la otra tierra firme, y
comienzan á rescatar perlas y oro, y en la Margarita, y por Cumaná, y
Maracapana, y todos aquellos pueblos; y no sólo se contentaban con lo que
rescataban, pero hacian muchas fuerzas y robaban lo que podian, segun creo
queme informaron (porque, como creo há ya cerca de cuarenta años, porque sin
duda son treinta y nueve, y no lo oso afirmar esto absolutamente); por manera
que allegaron cuasi un costal de perlas. Pero lo que hace al caso, y dello no
tengo duda, porque bien me acuerdo, llegaron á cierta provincia, y creo que fué
entre la que llamamos Sancta Marta y Cartagena, y como los indios no habian
experimentado por allí las obras de los nuestros, veníanse á los navíos como
gentes simples y confiadas, como en muchos lugares desta historia habemos
visto. Vínose un señor ó Cacique, y creo que era el señor de aquella tierra de
Cartagena, á los navíos, con ciertas gentes, y á la entrada le recibió el
Cristóbal Guerra muy bien y halagadamente; y dijéronle por señas que trajese
oro y que le daria cosas de Castilla. Dijo el Cacique, que sí traeria, y
queríase salir fuera, pero prendiólo el Cristóbal Guerra, y díjole que enviase
de aquellos indios, sus criados, por ello, y que él no habia de salir de allí
hasta que lo trujesen, y hasta que le hinchiesen de piezas de oro un cesto de
los de uvas, grande, con que hacen las vendimias en Castilla, que traian en el
navío; y atraviesan un palo por el gollete del cesto, dándole aquello por
medida que hasta allí hinchiesen, y que luego lo soltarian. Desque el inocente
y confiado Cacique, más de lo que debiera, se vido preso, y que se habia de
rescatar con hinchir[445] de oro el cesto hasta el
gollete, mandó á sus criados que allí tenia, que fuesen luego y trujesen el oro
que hallar pudiesen para el cesto; van llorando y angustiados, y con gran
diligencia, y apellidan toda la tierra que el Rey y señor habian los cristianos
preso, y, que si querian verlo vivo y suelto, que habia de ser con rescatarlo á
oro, dando tanto que se hinchiese cierta gran medida. Traen sus criados de su
casa todo el oro que él tenia; vienen muchos de sus vasallos, cada uno con su
pedacillo de oro, segun que cada cual poseia, ofrécenlo en el gazofilacio del
cesto, pero apénas el suelo del cesto se cubria; tornan á salir fuera del navío
é ir pregonando por toda la tierra que trujesen todos el oro que tuviesen, si
querian ver á su señor vivo. Andan todos de noche y de dia; tornan al navío con
más oro, hecho muy lindas figuras y hermosas piezas, échanlas en el cesto, y
era poco lo que crecia, segun era barrigudo el cesto. Tornánse á tierra más
tristes y llorosos que venian, y entretanto, bien es de considerar, su mujer,
la Reina, y sus hijos, los Infantes, qué sentirian. Para meterlos mayor temor,
y porque se diesen más prisa á hinchir el cesto, ó para llegarse quizá más
cerca de algunos pueblos, de hácia donde venian los indios de buscar oro para
ofrecer al cesto, alzan las velas; el triste señor comienza á llorar y á
plantear, diciendo que por qué lo llevan. Sus gentes, que lo veian, daban
gritos pidiendo á Dios lícitamente, aunque no lo cognoscian, que le hiciese
justicia, pues, tan injustamente, tan gran injusticia le hacian. Tornan á
cargar los navíos ciertas leguas de allí, vienen los indios con su ofrenda para
el cesto; finalmente, yendo unos y viniendo otros, llegan con sus piezas de oro
al gollete del cesto, donde estaba el palo atravesado, por medida. No por eso
sueltan al Rey de la tierra, ni cumplieron la palabra de soltarlo como habian
prometido, ántes les dicen, que, pues tampoco les quedaba por hinchir del
cesto, que trujesen lo demas y que luego le soltarian. Van llorando y gimiendo
de nuevo, angustiados, no sabiendo qué se hacer, porque no tenian ni hallaban
que traer, y decir que no tenian ni hallaban má sera por demas creérselo.[446] Buscan por las casas y por los rincones dellas,
anclan por toda la tierra escudriñando el oro que pueden haber, traen lo que
hallaron, y entre ello, algunas piezas mohosas y escuras, que toparon por los
rincones, de muchos años ya olvidadas, afirmando con lágrimas que no tenian ni
podian haber más, que les diesen su señor. Desque vido Cristóbal Guerra que
traian aquellas piezas ahumadas y como cogidas del estiercol, acordó creerlos
que no tenian más, y sueltan al Cacique, y, en una canoa, sólo, con un hacha de
hierro que por satisfaccion le dieron, se fué á tierra; y por esto creo
habérseme dicho, cuando este caso se me contaba, que áun no quisieron darles, á
los que trujeron el oro postrero, á su señor, sino que fuesen por más, y desque
tan aína no volvieron, dejáronlo, como es dicho, ir sólo, creyendo que no
tenian más que dar. Y es cierto, que creo que yo dejo mucho por decir de las
fealdades y crueldad que con este Cacique usaron, porque, como há tanto tiempo
que lo supe, se me ha mucho más olvidado, y siempre tuve aqueste caso, aunque
muchos he visto y se han hecho crueles en estas gentes, é inhumanos, como abajo
asaz parecerá, por uno de los más injustos, feos, y en maldad más calificado.
Pesaria el oro del cesto seiscientos marcos, que valen 30.000 pesos de oro, ó
castellanos de á 450 maravedís. Pero porque no dormia Dios cuando estas
injusticias aquellos pecadores Guerras cometian, mayormente Cristóbal Guerra,
que debia ser el más sin piedad, ó, al ménos, el que debia guiar la danza,
porque no se fuesen mucho gozando de tanta impiedad, quiso la divina justicia,
luego, por el castigo temporal sin el eterno, si despues no les valió
penitencia, obra tan perversa y nefanda, reprobar. Debia de estar enfermo el
Luis Guerra, hermano mayor, y que habia dado los dineros y puesto de su
hacienda para armar la primera vez, y la segunda ayudar; luego, alzadas las
anclas y hechos á la vela, espiró, perdida la vida, y su sepultura fué en un
seron, y fuera mejor ponerlo en el cesto, en que le echaron á la mar. Desde á
pocos dias, navegando ambos navíos para España, por allí, cerca de la tierra
que habian robado, como[447] andaban poco, y
forcejando contra viento y corrientes, como entónces no sabian tanto como ahora
navegar, ni habia rodeos para la Habana, el un navío tropieza, creo que de
noche, ó de dia, en una peña ó isleta que no vieron, ni cognoscian en aquel tiempo
los peligros de por allí, y ábrese por medio, y vuestro cesto, de oro lleno, y
el costal de perlas, y la mucha parte de la gente, vá todo á los abismos á
parar. Divino y manifestísimo juicio de Dios, todo poderoso, por el cual, quiso
que tan poco se gozase lo que con tanta ignominia de la cristiana religion, y
contra la natural justicia, se habia usurpado, cometiendo contra su simple y
pacífico prójimo, y áun Rey, tanta fealdad. ¿Qué concepto formarian aquellas
gentes simplicísimas de nuestra cristiandad? ¿Qué nuevas volverian por la
tierra dentro, de nuestra justicia y bondad? Alguna gente de la del navío quedó
asida en la mitad dél, porque se abrió por medio, y otros algunos asiéronse á
las tablas, que cada uno cerca de sí pudo hallar. Como el otro navío vido
perdido á el otro, aunque estaba dél bien apartado, tuvo este aviso é industria
de ponerse hácia el medio, por donde las corrientes venian de la mar, y andando
barloventeando, llega el medio navío, con la gente que encima traia, y cógenla
toda, y cuantos venian en tablas desta manera se hobieron de salvar. Destos
acaeció, que un padre y un hijo, juntamente, tomaron una tabla, y no era tan
larga ó capaz que por ella, juntos ambos, pudiesen escapar; dijo el padre al
hijo: «hijo, sálvate tú con la bendicion de Dios, y déjame á mí, que soy viejo,
ahogar;» y así fué, que el hijo tomó la tabla y se salvó, y el padre se ahogó:
y este mismo hijo me refirió todo cuanto arriba he dicho deste caso, y otras
muchas cosas más.
CAPÍTULO CLXXIII.
Despues de Cristóbal Guerra, ó poco despues que
salió de Castilla para su primer viaje, por el mes de Diciembre y fin del año
de 1499, Vicente Yañez Pinzon, hermano de Martin Alonso Pinzon, que vinieron
con el Almirante al principio del descubrimiento de estas Indias, segun que
arriba se há largamente contado, con cuatro navíos ó carabelas, proveidas á su
costa porque era hombre de hacienda, salió del puerto de Palos, para ir á
descubrir, por principio de Diciembre, año de 1499; el cual, tomado el camino
de las Canarias, y de allí á las de Cabo Verde, y salido de la de Santiago, que
es una dellas, á 13 dias de Enero de 1500 años, tomaron la vía del Austro y
despues al Levante, y andadas, segun dijeron, 700 leguas, perdieron el Norte y
pasaron la línea equinoccial. Pasados della, tuvieron una terribilísima
tormenta que pensaron perecer; anduvieron por aquella vía del Oriente ó Levante
otras 240 leguas, y á 26 de Enero vieron tierra bien léjos; esta fué el Cabo
que agora se llama de Sant Agustin, y los portugueses la tierra del Brasil:
púsole Vicente Yañez, entónces, por nombre, cabo de Consolacion. Hallaron la
mar turbia y blancaza como de rio, echaron la sonda, que es una plomada con su
cordel ó volantin, y halláronse en 16 brazas; van á la tierra y saltaron en
ella, y no pareció gente alguna, puesto que rastros de hombres, que, como
vieron los navíos, huyeron. Allí Vicente Yañez tomó posesion de la tierra en
nombre de los reyes de Castilla, cortando ramas y árboles, y paseándose por
ella, y haciendo semejantes actos posesionales jurídicos; aquella noche,
hicieron cerca de allí muchos fuegos, como que se velaban. El sol salido, otro
dia, de los cristianos 40 hombres, bien armados, salieron en tierra,[449] y van á los indios; de los indios salen á ellos
treinta y tantos con sus arcos y flechas, con grande denuedo, para pelear, y
tras estos otros muchos. Los cristianos comenzaron á halagarlos, por señas, y
mostrándoles cascabeles, espejos y cuentas, y otras cosas de rescates, pero
ellos no curaban dello, ántes se mostraban muy feroces y á cada momento se
denodaban para pelear; eran, segun dijeron, muy altos de cuerpo, más que
ninguno de los que allí iban de los cristianos. Finalmente, sin reñir, se
apartaron los unos y los otros, los indios se volvieron la tierra dentro, y los
cristianos á sus navíos; venida la noche, los indios huyeron, que por todo
aquel pedazo de tierra, no pareció persona alguna; afirmaba Vicente Yañez, que
la pisada de los piés de aquellos era tan grande como dos piés medianos de los
de nosotros. Alzaron las velas y fueron más adelante, y hallaron un rio bajo,
donde no pudieron entrar los navíos; surgieron en la boca ó cerca della,
salieron en las barcas, con que entraron en el rio, la gente que pudo caber,
bien á recaudo, para tomar lengua y saber los secretos de la tierra; vieron
luego en una cuesta mucha gente desnuda, como es por allí toda ella, hácia la
cual enviaron un hombre bien aderezado de las armas que pudo llevar, para que,
con los meneos y señas de amistad que pudiese, los halagase y persuadiese á que
se llegasen á conversacion. El que enviaron, llegóse algo á ellos, y echóles un
cascabel para que con él se cebasen y se allegasen; ellos echáronle una vara de
dos palmos dorada, y, como él se abajase á tomarla, arremeten todos ellos á lo
prender, cercándolo todos al derredor, pero, con su espada y rodela, de tal
manera se dió priesa á se defender, que no les dejó llegar, hasta que los de
las barcas, que estaban á vista y cerca, vinieron á le socorrer; pero los
indios vuelven sobre los cristianos con tanta priesa, y disparan sus flechas
tan espesas, que, ántes que se pudiesen unos á otros guarecer, mataron dellos 8
ó 10, y algunos dijeron que 11, y otros muchos hirieron. Van luego á las
barcas, y, dentro en el agua, las cercan; llegan con gran esfuerzo hasta tomar
los remos[450] dellas. Tomáronles una barca y
asaetearon al que la guardaba dentro, y muere; pero los cristianos con sus
lanzas y espadas, desbarrigan y matan los más dellos, como no tuviesen otras
armas defensivas, sino los pellejos. Bien pudieran excusar los cristianos estas
muertes y revueltas; ¿qué necesidad tenian de poner aquel cristiano en aquel
peligro, y por consiguiente, á todos ellos, sino que, si vian que no querian
los indios trato ni conversacion con ellos, fuéranse? pero como no iban por fin
de Dios alguno, sino pretendiendo su provecho temporal, así curaban de llevar
los medios, y, por tanto, fueron reos de la perdicion suya y de aquellos.
Viendo, pues, los nuestros que tan mal les iba con aquellos, con harta tristeza
de perder los compañeros, alzaron las velas, y, por la costa abajo, 40 leguas
al Poniente descendieron; allí hallaron tanta abundancia, dentro en la mar, de
agua dulce, que todas las vasijas que tenian vacías hincheron. Llegaba este
agua dulce, como Vicente Yañez depone en su dicho, en el muchas veces alegado
proceso, dentro en la mar, 40 leguas, y otros de los que fueron con él, dicen
30 (y áun muchas más es cuasi comun opinion de los que yo via tratar deste rio
en aquellos tiempos); admirados de ver tan gran golpe de agua dulce, y,
queriendo saber el secreto della, llegáronse á tierra, y hallan muchas islas
que están en ella, todas graciosísimas, frescas y deleitables, y llenas de
gentes pintadas, segun dicen los que allí fueron, las cuales se venian á ellos
tan seguras como si toda su vida hobieran conversado amablemente con ellos.
Este rio es aquel muy nombrado Marañon; no sé por quién ni por qué causa se le
puso aquel nombre; tiene de boca y anchura, á la entrada, segun dicen, 30
leguas, y algunos dicen muchas más. Estando en él surtos los navíos, con el
gran ímpetu y fuerza del agua dulce y la de la mar, que le resistia, hacian un
terrible ruido, y levantaba los navíos cuatro estados en alto, donde no
padecieron chico peligro; parece aquí lo que acaeció al Almirante cuando entró
por la boca de la Sierpe y salió por la boca del Drago, y el mismo combate y
pelea juntamente, y peligro, hay donde el agua dulce se junta con[451] la de la mar, cuando la dulce corre con ímpetu y
es mucha, y la playa es descubierta, mayormente si la mar es de tumbo. Visto
que por aquella tierra y rio de Marañon, y gente della, no habia oro ni perlas,
ni cosa de provecho, que era el fin que los traia, acuerda tomar captivos 36
personas, que tomar pudieron, de aquellos humildes y mansos inocentes,
confesado por ellos, que á los navíos seguramente se les venian, para que no
quedase pedazo de tierra ni gente della, que no pudiese bien, y con verdad,
contar sus obras pésimas, y los que hoy, sin ceguedad, las oimos podamos
afirmar, sin escrúpulo de conciencia, haberse movido estos á hacer estos
descubrimientos, más por robar y hacerse ricos, con daños y escándalos,
captiverios y muertes destas gentes, que por convertirlos; harto ciego, sin
duda, de malicia será el que dudare desto, aunque poco ménos les dió Dios el
pago que á Cristóbal Guerra. De allí, del rio Marañon, vinieron la costa abajo,
la vuelta de Paria, y en el camino hallaron otro rio poderoso, aunque no tan
grande como el Marañon, y, porque se bebió el agua dulce otras 25 ó 30 leguas
en la mar, le pusieron el rio Dulce. Creo que es este rio un brazo grande del
gran rio Yuyaparí, el cual dijimos en el cap. 134, que hace la mar ó golfo
Dulce que está entre Paria y la isla de la Trinidad, que estimaba el Almirante
salir del Paraíso terrenal; y aquel brazo y rio dulce que de aqueste camino
halló Vicente Yañez, tambien juzgo que es el rio donde habita aquella gente
buena, que nombramos los aruacas. Pasaron adelante y entraron en Paria, y creo
que tomaron allí brasil; aunque, como hallaron la gente de Paria escandalizada
por haberles muerto mucha gente Cristóbal Guerra, ó otro salteador de los que
allí llegaron, segun arriba dijimos, y lo dijeron con juramento los mismos que
fueron con Vicente Yañez, y no osaban saltar en tierra, no sé como lo pudieron
tomar. De Paria navegaron á ciertas islas de las que están por el camino de la
Española, no supe con qué intencion, ni si en la costa de Paria, ó en alguna de
las islas dichas, le acaeció la tribulacion que le vino: por el mes de Julio, estando
surtos[452] todos cuatro navíos en la parte ó
tierra donde era, súbitamente vino una tan desaforada tormenta, que, á los ojos
de todos, se hundieron los dos navíos con la gente; el otro, arrebatólo el
viento, rompiendo las amarras de las anclas, y llévalo el viento con 18
hombres, y desaparece. El cuarto, sobre las anclas, que debian ser grandes y
buenos cables, tantos golpes dió en él la mar, que, pensando que se hiciera
pedazos, saltaron en la barca y viniéronse á tierra, no les quedando de él alguna
esperanza. Dijeron que comenzaron á tratar, los pocos que allí estaban, que
seria bien matar á todos los indios que por allí moraban, porque no convocasen
los comarcanos y los viniesen todos á matar. Ellos pensaban en aquella tierra
buscar manera para vivir y remediarse; gentil remedio habian hallado matando
las gentes que no les habian ofendido en nada, por ellos imaginar por aquella
vía de salvarse, para que Dios les ayudase; pero la bondad del misericordioso
Dios no dió lugar á que cometiesen tanta maldad, porque el navío que se habia
desaparecido con los 18 hombres, volvió, y el que estaba allí presente,
amansando la tormenta, no se hundió. Con los dos navíos, vinieron á esta isla
Española, donde se rehicieron de lo que habian menester, y de aquí tomaron el
camino y llegaron á España en fin de Setiembre de 1500 años, tristes,
angustiados, lesas las conciencias, pobres, gastados los dineros que puso de su
hacienda Vicente Yañez en el armada, muertos los más de los compañeros, dejando
alborotada y escandalizada la tierra por donde habian andado, é infamado la
gente cristiana, y agraviados los que habian hecho pedazos, y echándoles al
infierno las ánimas, sin causa, y los demas inocentes que captivaron, sacados y
traidos de sus tierras, privándoles de su libertad y de sus mujeres y hijos,
padres y madres, y de las vidas, por esclavos, solamente, que habian
descubierto 600 leguas de costa de mar hasta Paria, gloriándose.
CAPÍTULO CLXXIV.
Tras Vicente Yañez salió otro descubridor, ó quizá
destruidor, por el mismo mes de Diciembre y año de 1499 años. Este fué un Diego
de Lepe, vecino del Condado, no sé si de Lepe ó de Palos y Moguer, pero la más
gente que fué con él, dicen, haber sido de Palos; llevó dos navíos aderezados.
De la isla del Fuego, que es una de las de Cabo Verde, siguió hácia el Mediodia
algo, y despues al Levante, por el camino que hizo Vicente Yañez; llegaron al
cabo de Sant Agustin, y dicen que lo doblaron, pasando adelante algo. El Diego
de Lepe tomó posesion por los reyes de Castilla, haciendo en todos los lugares
que llegaba actos que se llaman posesionales, segun derecho necesarios; uno
dellos fué, que escribió su nombre en un árbol de grandeza extraña, del cual,
dijeron, que 16 hombres asidos de las manos, extendidos los brazos, no pudieron
abarcarlo. Cosa es esta increible pero posible, porque los mayores los hay en
estas islas y tierra firme, que parece no haberlos en otras partes del mundo
hallado, y todos los que por ellas hemos andado, y visto las ceynas, que son
muchos y grandes árboles, como los hay, no nos espantamos. Entraron en el rio
Marañon, y allí robaron y saltearon la gente que pudieron, donde Vicente Yañez
habia tambien tomado con injusticia las 36 ánimas, que se venian pacíficos é
confiados á los navíos, y traídolos por esclavos. Parece, que como quedaron del
Vicente Yañez agraviados y experimentados, llegando el Diego de Lepe,
pusiéronse en armas, matáronle 11 hombres, y porque siempre han de quedar los
indios más lastimados, debian de matar muchos dellos y prender los que más
pudiesen por esclavos. Del rio Marañon, viniéronse costeando la tierra firme
por el camino que habia hecho Vicente Yañez; de[454] creer
es que saltaria en algunos lugares, y lo que allí saltearon y mal hicieron
ellos se lo saben, y áun hoy mejor que entónces, que ya son todos en la mar ó
en la tierra sepultados. Llegaron á Paria, y como hallaron las gentes della
extrañadas y alborotadas, por los muchos que le habian muerto, en pocos dias
habia, de los pasados (segun lo dice hombre de los mismos de Diego de Lepe y en
el cap. 171 fué tocado), debian de hacerles guerra y captivar los que pudieron
haber á las manos; y así lo confiesa otro de los que con ellos se hallaron, y
debia el Obispo de Badajoz de sabello, D. Juan de Fonseca digo, y tomárselos,
por eso dice aquel en su dicho, que en la Paria tomó Diego de Lepe ciertos
indios, los cuales, el dicho Diego de Lepe, trajo en los navíos y los entregó
al Obispo D. Juan de Fonseca en esta ciudad de Sevilla. Estas son sus palabras;
y fuera justo que el Obispo lo castigara, y quizá lo hizo, si por ventura su
ceguedad, que en este negocio de las Indias siempre tuvo, no se lo estorbaba.
No supe destos qué más hicieron ni en qué pararon, porque, en estos dias
mismos, despues de los dichos descubridores castellanos de aquella tierra
firme, acaeció hacer el rey de Portugal armada para ir á la India, y acaso
descubrir la misma tierra, que ya los nuestros habian descubierto y bojado,
como dicen los marineros, y parecióme no dejar de dar aquí noticia dello,
puesto que sea obra de los portugueses, porque al ménos no pretendan, por sólo
su descubrimiento, aquella tierra pertenecerles, y en Castilla no lo ignoremos.
Envió, pues, el rey de Portugal, D. Manuel, el primero de aquel nombre, una
bien proveida armada de trece velas grandes y menores, en las cuales irian
hasta 1.200 hombres, entre marineros y gente de armas, toda gente muy lucida, y
á vueltas de las armas materiales, dice su historia, que mandó proveer de las
espirituales, y estas fueron ocho religiosos de la órden de San Francisco, cuyo
Guardian fué fray Enrique, el cual, despues, fué Obispo de Cepta y confesor del
Rey, varon de vida muy religiosa y gran prudencia. Envió eso mismo ocho
Capellanes y un Vicario para que administrasen los Santos Sacramentos en[455] una fortaleza que el rey de Portugal mandaba
hacer, todos varones escogidos, cuales convenia para aquella obra evangélica. Y
dice el historiador portugués, Juan de Barros, que el principal capítulo de la
instruccion que llevaba el Capitan de la Armada, que se llamaba Pedro Álvarez
Cabral, era, que primero que acometiese á los moros y á los idólatras, con el
cuchillo material y seglar, haciéndoles guerra, dejase á los religiosos y
sacerdotes usar del suyo espiritual, que era denunciarles el Evangelio con
amonestaciones y requirimientos de partes de la Iglesia romana, pidiéndoles que
dejasen sus idolatrías, y diabólicos ritos y costumbres, y se convirtiesen á la
fe de Cristo, para que todos fuésemos unidos y ayuntados en caridad de ley y
amor, pues todos éramos obra de un Criador y redimidos por un Redentor, que era
Jesucristo, prometido por los Profetas y esperado por los Patriarcas tantos mil
años ántes que viniese, para lo cual, trujesen todas las razones naturales y
legales, usando de aquellas ceremonias y actos que el derecho canónico dispone;
y cuando fuesen tan contumaces que no aceptasen esta ley de fe, y negasen la
ley de paz que se debe tener entre los hombres para conservacion de la especie
humana, y defendiesen el comercio ó conmutacion, que es el medio por el cual se
adquiere, y trata y conserva la paz y amor entre todos los hombres, por ser
este comercio el fundamento de toda humana policía, pero con que los
contratantes no difieran en ley y creencia de la verdad que cada uno es
obligado á tener y creer de Dios, que, en tal caso, les pudiesen hacer guerra
cruel á fuego y sangre. Esto dice aquella Historia de Juan de Barros, libro V,
cap. 1.º de su primera Década. Por manera, que á porradas habian de recibir la
fe, aunque les pesase, como Mahoma introdujo en el mundo su secta, y tambien
que, aunque no quisiesen, habian de usar el comercio y trocar sus cosas por las
ajenas, si no tenian necesidad dellas. Miedo tengo que los portugueses buscaban
achaques, con color de dilatar la religion cristiana, para despojar la India
del oro y plata y especería que tenia, y otras riquezas, y usurpar á los Reyes
naturales[456] sus señoríos y libertad, como
nosotros los castellanos habemos hallado para estirpar y asolar nuestras
Indias, y todo procede de la grande y espesa ceguedad, que, por nuestros
pecados, en Portugal y Castilla caer há Dios permitido; y es manifiesto, que
primero comenzó en Portugal que en Castilla, como parece clarísimo en los
principios, y medios, y fines que han tenido los portugueses en la tierra de
Guinea, como pareció arriba en los capítulos 19, 22, 24 y 25. Gran ceguedad es,
y plega á Dios que no intervenga grande malicia, querer que los infieles de
cualquiera supersticiosa religion que puedan ser, fuera de herejes, que la fe
católica una vez hayan voluntariamente recibido, la reciban con requerimientos
y protestaciones y amenazas que si no la reciben, aunque les sea persuadida por
cuantas razones naturales quisiéremos, por el mismo caso pierdan las haciendas,
los cuerpos y las ánimas, perdiendo miserandamente, por guerras crueles, las
vidas; ¿qué otra cosa esta se puede nombrar, sino que la paz, mansedumbre,
humildad y benignidad de Jesucristo, que, señaladamente y en particular, nos
mandó que de él aprendiésemos, y usásemos con todos los hombres
indiferentemente, y la religion cristiana, sin cesar, cada dia nos lo acuerda,
amonesta y predica, las convertiamos en la furibunda y cruel ferocidad y
costumbre espurcísima mahomética? Gentiles milagros se hallaban los portugueses
para confirmar la doctrina que los religiosos habian predicado, roballos,
captivallos, quemallos y hacellos pedazos; fuera bien preguntalles, si fueron
por esta vía y con estas amenazas, ellos á la fe llamados: perniciosísima y muy
palpable insensibilidad fué á los principios y agora es esta. Poco ménos
materia es decir ó creer que los comercios y conmutaciones hayan de hacer las
gentes con otros no cognoscidos hombres, no voluntaria, sino contra toda su
voluntad y libertad; pero porque desta materia y destos errores, y de la
averiguacion y claridad dellos, habemos, con el favor divino, largamente
grandes volúmenes escrito, no es cosa conveniente á la historia, en ello más
alargar de lo dicho.
Partió, pues, la flota portuguesa, cuyo capitan fué
Pedro[457] Álvarez Cabral, de Lisboa, lunes, á 9
dias del mes de Marzo, año de 1500, y tomó su derrota para las islas de Cabo
Verde, y de allí, por huir de la costa Guinea, donde hay muchas y prolijas
calmerías, metióse mucho á la mar, que quiere decir á la mano derecha, hácia el
Austro, y tambien porque como sale muy mucho en la mar el cabo de Buena
Esperanza, para podello mejor doblar; y habiendo ya un mes que navegaba,
siempre metiéndose á la mar, en las ochavas de Pascua, que entónces fueron á 24
de Abril, fué á dar en la costa de tierra firme, la cual, segun estimaban los
pilotos, podia distar de la costa de Guinea 450 leguas, y en altura del Polo
antártico, de la parte de Sur, 10°. No podian creer los pilotos que aquella era
tierra firme, sino alguna gran isla, como esta isla Española, que llamaban los
portugueses Antella, y para experimentallo, fueron por luengo de la costa un
dia; echaron un batel fuera, llegaron á la tierra y vieron infinita gente desnuda,
no prieta ni de cabellos torcidos como los de Guinea, sino luengo y correntio y
como el nuestro, cosa que les pareció muy nueva. Tornóse luego el batel á dar
nuevas dello, y que parecia buen puerto donde podian surgir; llegóse la flota á
tierra, y el Capitan mandó que tornase allá, y, si pudiese, tomase alguna
persona, pero ellos fuéronse huyendo á un cerro, y juntos, esperaban qué
querrian los portugueses hacer; queriendo echar más bateles fuera y gente, vino
un grande viento y alzaron las anclas, y vánse por luengo de costa la vuelta
del Sur, donde les servia el viento, y surgieron en un buen puerto. Envió un
batel y tomó dos indios en una canoa; mandólos vestir de piés á cabeza y
enviólos á tierra: vinieron gran número de gente cantando, bailando y tañendo
ciertos cuernos y bocinas, haciendo saltos y bailes de grande alegría y
regocijo, que verlo era maravilla. Salió en tierra el Capitan con la más de la
gente, dia de Pascua, y al pié de un grande árbol hicieron un altar, y dijo
misa cantada el susodicho Guardian; llegáronse los indios muy pacíficos y
confiados, como si fuesen los cristianos de ántes sus muy grandes amigos, y
como vieron que los cristianos se hincaban de rodillas y daban en[458] los pechos, y todos los otros actos que les
veian hacer, todos ellos los hacian. Al sermon que predicó el Guardian estaban
atentísimos, como si lo entendieran, y con tanta quietud y sosiego y silencio,
que dice el historiador, que movia á los portugueses á contemplacion y
devocion, considerando cuan dispuesta y aparejada estaba aquella gente para
recibir doctrina y religion cristiana. Despachó luego de allí el Capitan un
navío al rey de Portugal, el cual dice que recibió grande alegría con las
nuevas de la tierra nuevamente descubierta, y todo el reino. Dió licencia el
Capitan á la gente de los navíos aquel dia, despues de comer, para que saliesen
en tierra y se holgasen, y rescatasen con los indios cada uno lo que quisiese;
á trueque de papel y de pedazos de paño, y de otras cosillas, les daban los
indios papagayos y otras aves muy pintadas y muy hermosas, de que habian
muchas, de las plumas de las cuales tenian sombreros y otras cosas muy lindas y
hermosas hechas: dábanles ajes ó patatas, y otras frutas, que habian, muchas.
Fueron algunos portugueses á las poblaciones, vieron infinitas arboledas, aguas
y frescuras, y tierra viciosísima y deleitable, muy abastada de maíz y otras
cosas de comer, y donde se hacia mucho algodon. Vieron allí un pece más grueso
que un tonel, de longura de dos toneles, la cabeza y ojos como de puerco, las
orejas como de elefante, no tenia dientes, en la parte de abajo tenia dos
agujeros, la cola de un codo y de ancho otro tanto, el cuero era como de puerco
de gordor de un dedo. En esta tierra mandó el Capitan poner una cruz muy alta y
muy bien hecha, y por esto se llamó aquella tierra de Sancta Cruz, por los
portugueses, algunos de años; despues, el tiempo andando, como hallaron en ella
brasil, llamaron y hoy se llama la tierra del Brasil. Traia el Capitan 20
hombres desterrados por malhechores, y acordó dejar allí dos dellos para que
supiesen los secretos de la tierra y aprendiesen la lengua, los cuales los
indios trataron muy bien, y, despues, el uno dellos sirvió de lengua ó
intérprete mucho tiempo en Portugal. Todo lo que aquí desto he dicho, lo saqué
de dos historiadores portugueses que escribieron toda la historia,[459] desde su principio, de la India; el uno es Juan
de Barros, en el libro V, cap. 2.º de su primera Década, y el otro es Fernan
Lopez de Castañeda, en el libro I, cap. 29 de la «Historia de la India.»
Parece, pues, bien probada manifiestamente la bondad natural, simplicidad,
hospitalidad, paz y mansedumbre de los indios y gente de cuasi toda esta
nuestra tierra firme, y cuan aparejados estaban, ántes que hobiesen recibido
agravios y daños de los cristianos, y experimentado sus injusticias, para
recibir la doctrina de nuestra fe, y ser imbuidos en la religion cristiana, y á
Cristo, criador universal, todos atraidos, no solamente por testimonio de
infinitos que los hemos experimentado y visto, y abajo, en muchas partes desta
historia, larguísimamente se verá, y de todos los mismos castellanos
descubridores, de los cuales muchos eran dellos escandalizadores y
destruidores, que para que lo confesasen de su propio motivo, la misma razon y
fuerza de la verdad los constreñia, pero tambien ordenó Dios que los
portugueses fuesen desta verdad, por vista de ojos y experiencia, testigos. Y
esto se verá bien claro en los siguientes capítulos.
CAPÍTULO CLXXV.
Si bien miramos, en todas las cosas que en este
mundo visible acaecen, hallaremos por experiencia lo que la Escritura divina
nos enseña cerca de la infalible providencia de Dios, conviene á saber, que uno
de los principales cuidados que Dios tiene, si se puede decir, porque con un
cuidado y un sólo acto lo gobierna y rige todo, es cerca de la prueba y de la
guarda y conservacion de la verdad; de aquí es lo que dice el salmista
David: qui custodit veritatem in sæculum, y por Esdras: veritas
manet, et invalescit in æternum et vivit et obtinet in sæcula sæculorum.
Por manera, que para que esta verdad, de ser estas gentes dóciles, pacíficas,
benignas de su natural, y aparejadas, tan bien y muy más que otras, para ser
doctrinadas y acostumbradas en toda virtud moral, y, por consiguiente, capaces
y fácilmente atraibles á la fe católica y religion cristiana, si les es
propuesta y predicada como Cristo lo estableció, y á todas las otras naciones
del mundo la Iglesia universal la ha propuesto siempre y predicado, ha tenido
por bien la divina Providencia, de que no sólo por experiencia los religiosos y
siervos de Dios castellanos, y descubridores seglares y profanos, que sólo han
venido á estas tierras por cudicia de amontonar riquezas temporales, y no sólo
tambien habiendo llegado á una parte destas Indias y visto una gente, pero á
muchas, y en muchas varias y diversas lenguas y naciones, pero que la gente
portuguesa, seglares y religiosos, y personas de todo trato y profesion,
confiesen todos, sin lo poder negar, que aquestas gentes no son otras sino
aquellas que sucedieron de nuestro primer padre Adan, y esto basta para que con
ellas se deban guardar los preceptos divinos y naturales, y las reglas de
caridad que[461] han sido guardadas y usadas con
nosotros, á quien Dios ha hecho tantos bienes y mercedes, que primero que ellas
fuésemos llamados y traidos á la cristiandad. Vista, pues, la disposicion tan
afable y apta para recibir todo bien moral y espiritual, que de aquellas
gentes, moradores y habitadores en aquella tierra firme, aquestos portugueses,
primeros que allí llegaron este año de 500, testificaron conforme á la que
hallaron, y no callaron nuestros castellanos, refiramos en este capítulo y en
el siguiente, la que vieron y trataron y experimentaron, y el fruto que por
ella, con el divino favor, hicieron ciertos predicadores portugueses, que se
llamaban de la Compañía de Jesus, despues deste tiempo muchos años; ciertos de
los cuales, haciendo relacion del fruto que Dios sacaba de sus manos,
escribieron á Portugal, á los de su profesion, las cosas siguientes, por muchas
cartas, y dicen así:
«La informacion que de aquestas partes del Brasil
se puede dar, padres y hermanos carísimos, es que tiene esta tierra 1.000
leguas de costa, poblada de gente que anda desnuda, así mujeres como hombres,
tirando algunas partes muy léjos, donde yo estoy, á donde las mujeres andan
vestidas al traje de gitanas, con paños de algodon, por la tierra ser más fria
que esta, la cual aquí es muy templada, de tal manera, que el invierno no es
frio ni caliente, y el verano, aunque sea más caliente, bien se puede sufrir; empero,
es tierra muy húmeda, por las muchas aguas que llueve en todo tiempo, muy á
menudo, por lo cual los árboles y las hierbas están siempre verdes, y por
aquesto es la tierra muy fresca. En parte es muy áspera, por los montes y matas
que siempre están verdes; hay en ella diversas frutas, que comen los de la
tierra, aunque no sean tan buenas como las de allá, las cuales tambien creo se
darian acá si se plantasen, porque veo darse parras, uvas, y áun dos veces en
el año, empero, son pocas, por causa de las hormigas, que hacen mucho daño, así
en esto como en otras cosas. Cidras, naranjas, limones, dánse en mucha
abundancia, y higos tan buenos como los de allá; el mantenimiento comun de la
tierra es una raíz de[462] palo, que llaman
mandioca, del cual hacen una harina de que comemos todos, y da tambien mijo
(este debe ser maíz), el cual, mezclado con la harina, hace un pan que excusa
el de trigo. Hay mucho pescado, y tambien marisco, de que se mantienen los de
la tierra, y mucha caza de matos y gansos, que crian los indios; bueyes, vacas,
ovejas, cabras y gallinas, se dan tambien en la tierra, y hay dellos mucha
copia. Los gentiles son de diversas castas, unos se llaman goyaneces, otros
carijos; este es un gentío mejor que hay en esta costa, á los cuales fueron, no
há muchos años, dos frailes castellanos á los enseñar, y tan bien tomaron su
doctrina que tenian ya casas de recogimiento para mujeres, como monjas, y otra
de hombres, como de frailes, y esto duró mucho tiempo, hasta que el demonio
llevó allí una nao de salteadores y captivaron muchos dellos. Trabajamos por
recoger los salteados, y algunos tenemos ya para los llevar á su tierra, con
los cuales iba un padre de los nuestros. Hay otra casta de gentiles, que se
llama caymures, y es gente que habita por los montes; ninguna comunicacion
tienen con los cristianos, por lo cual se espantan cuando nos ven, y dicen que
somos sus hermanos, por cuanto traemos barba como ellos, la cual no traen todos
los otros, ántes se rapan hasta las pestañas, y hacen agujeros en los bezos y
ventanas de las narices, y ponen unos huesos en ellos que parecen demonios, y
así, algunos, principalmente los hechiceros, traen el rostro lleno dellos.
Estos gentiles son como gigantes, traen un arco muy fuerte en la mano, y en la
otra un palo muy grueso, con que pelean con los contrarios, y fácilmente los
despedazan, y huyen para los montes, y son muy temidos entre todos los otros.
Los que comunican con nosotros, hasta agora, son dos castas, unos se llaman
tupeniques y los otros tupinambas. Estos tienen casas de palmas muy grandes, y
dellas en que posarán 50 indios casados con sus mujeres é hijos. Duermen en
redes de algodon, sobre sí, junto de los fuegos, que en toda la noche tienen
encendidos, así por el frio, porque andan desnudos, como tambien por los
demonios, que dicen huir[463] del fuego, por la
cual causa traen tizones de noche cuando van fuera. Esta gentilidad á ninguna
cosa adora, ni cognosce á Dios, solamente á los truenos llaman tupana, que es
como quien dice cosa divina; y así, nos no tenemos otro vocábulo más
conveniente, para los traer al cognoscimiento de Dios, que llamarle Padre
Tupana. Solamente, entre ellos, se hacen unas ceremonias de la manera
siguiente: de ciertos en ciertos años, vienen unos hechiceros de luengas
tierras, fingiendo traer santidad, y, al tiempo de su venida, los mandan á
limpiar los caminos y vánlos á recibir con danzas y fiestas segun su costumbre,
y, ántes que lleguen al lugar, andan las mujeres de dos en dos por las casas,
diciendo públicamente las faltas que hicieron á sus maridos, y unas á otras
pidiendo perdon dellas; en llegando el hechicero, con mucha fiesta, al lugar,
éntrase en una casa oscura, y pone una calabaza que trae en figura humana, en
parte más conveniente para sus engaños, y mudando su propia voz, como de niño,
y junto de la calabaza, les dice, que no curen de trabajar ni vayan á la roca,
que el mantenimiento por sí crescerá y que nunca les faltará que comer y que
por sí vendrá á casa, y que las aguijadas se irán á cavar, y las flechas se irán
al monte por caza para su señor, y que han de matar muchos de sus contrarios, y
captivarán muchos para sus comeres, y promételes larga vida, y que las viejas
se han de tornar mozas, y que las hijas que las den á quien quisieren; y otras
cosas semejantes les dice y promete, con que los engaña, de manera, que creen
haber dentro, en la calabaza, alguna cosa santa y divina, que les dice aquellas
cosas. Y acabando de hablar el hechicero, comienzan á temblar, principalmente
las mujeres, con grandes temblores en su cuerpo que parecen demoniadas, como de
cierto lo son, echándose en tierra, espumando por las bocas, y en aquesto les
suade el hechicero que entónces les da santidad; y á quien esto no hace
tiénenlo á mal, y despues le ofrecen muchas cosas, y en las enfermedades de los
gentiles usan tambien estos hechiceros de muchos engaños y hechicerías. Estos
son los mayores contrarios que acá tenemos, y hacen[464] creer
algunas veces á los dolientes que nosotros les metemos en el cuerpo cuchillos,
tijeras y cosas semejantes, y que con esto los matamos. En sus guerras,
aconséjanse con ellos, allende de agüeros que tienen de ciertas aves; cuando
captivan alguno, tráenle con grande fiesta, con una soga á la garganta, y dánle
por mujer la hija del principal ó cualquiera otra que más le contenta, y
pónenlo á cebar como puerco, hasta que lo han de matar, para lo cual se ajuntan
todos los de la comarca á ver la fiesta, y, un dia ántes que lo maten, lávanlo
todo, y el dia siguiente lo sacan y pónenlo en un terrero, atado por la cintura
con una cuerda, y viene uno dellos muy bien ataviado, y le hace una plática de
sus antepasados, y, acabada, el que está para morir le responde, diciendo, que
de los valientes es no temer la muerte, y que él tambien matara muchos de los
suyos, y que acá quedaban sus parientes que lo vengarán, y otras cosas
semejantes, y, muerto, córtanle luego el dedo pulgar, porque con aquel tiraba
las flechas, y lo demas hacen en pedazos para lo comer asado ó cocido. Cuando
muere alguno de los suyos, pónenles sobre las sepulturas platos llenos de
viandas, y una red en que ellos duermen, muy bien lavada, esto porque creen,
dicen, que despues que mueren, tornan á comer y descansar sobre su sepultura;
échanlos en cuevas redondas, y si son principales, hácenlos una choza de palma.
No tienen cognoscimiento de gloria ni infierno, solamente dicen, que, despues
de morir, van á descansar á un buen lugar, y en muchas cosas guardan la ley
natural. Ninguna cosa propia tienen que no sea comun, y lo que uno tiene ha de
partir con los otros, principalmente si son cosas de comer, de las cuales
ninguna cosa guardan para otro dia, ni curan de atesorar riquezas. A sus hijos
ninguna cosa dan en casamiento, ántes los yernos quedan obligados á servir á
sus suegros; cualquier cristiano que entra en sus casas, dánle á comer de lo
que tienen y una red lavada en que duerma. Son castas las mujeres á sus
maridos; tienen memoria del diluvio, empero, falsamente, porque dicen, que,
cubriéndose la tierra de agua, una mujer con su marido subieron[465] en un pino, y despues de menguadas las aguas
descendieron, y de aquestos procedieron todos los hombres y mujeres. Tienen muy
pocos vocablos para les poder bien declarar nuestra fe, mas con todo, dámossela
á entender lo mejor que podemos, y algunas cosas los declaramos por rodeos.
Están muy apegados con las cosas sensuales; muchas veces me preguntan, si Dios
tiene cabeza, y cuerpo, y mujer, y si come, y de qué se viste, y otras cosas
semejantes. Dicen ellos, que Sancto Tomás, á quien llaman Zome, pasó por aquí;
esto les quedó por dicho de sus antepasados, y que sus pisadas, están señaladas
cabe un rio, las cuales yo fuí á ver por más certeza de la verdad, y ví, con
los propios ojos, cuatro pisadas muy señaladas, con sus dedos, las cuales,
algunas veces, cubre el rio cuando hinche; dicen tambien, que cuando dejó estas
pisadas iba huyendo de los indios que le querian flechar, y llegando allí, se
le abrió el rio y pasara por medio dél, sin se mojar, á la otra parte, y de
allí fué para la India: asimismo cuentan, que cuando le querian flechar los
indios, las flechas se volvian para ellos, y los montes le hacian camino por do
pasase. Otros cuentan esto como por escarnio. Dicen tambien, que les prometió
que habia de tornar otra vez á verlos, ¡él los vea del cielo y sea intercesor
por ellos á Dios, para que vengan en cognoscimiento suyo y reciban la sancta
fe, como esperamos!» Todas estas son palabras de la dicha carta de los
predicadores portugueses.
CAPÍTULO CLXXVI.
Por esta carta, en el capítulo precedente referida,
parecen algunas malas costumbres de estas gentes, aunque otras hobo en el mundo
más depravadas, como arriba en el capítulo 7.º y en otros mostramos bien largo;
agora digamos el fructo que Dios sacó, por medio de sus ministros, de aquellos
que crió con ánimas racionales, capaces de su bienaventuranza, y por
consiguiente, del medio para alcanzalla, que es la fe y doctrina cristiana,
refiriendo otras cartas ó pedazos de cartas; y dice así otra carta: «La gracia
y amor de Nuestro Señor sea siempre en nuestro contino favor y ayuda, amen. Por
algunas cartas que el año pasado os escribimos, os dimos larga informacion
destas partes del Brasil, y de algunas cosas que Nuestro Señor, por sus
siervos, que, por la santa obediencia, de esas partes han sido enviados, ha
querido obrar, los cuales, al presente, estan repartidos por diversas
Capitanías desta costa; ya de las cosas quel Señor, por cada uno dellos, obra,
sereis por sus cartas sabidores, solamente os quiero yo dar cuenta de lo que en
la Bahía se ha acontecido despues que los postreros navíos se han partido, y
tambien desta Capitania de Perambuco, adonde habia pocos dias quel padre
Nobrega y yo somos llegados. Primeramente, sabreis quel padre Nobrega ha
llegado á esta Bahía de visitar y correr las Capitanías, y luego ordenó quel
padre Navarro fuese al puerto Seguro, á trasladar las oraciones y sermones en
la lengua desta tierra, con algunos buenos intérpretes, las cuales trasladó
bien; y es mucho para dar alabanzas al Señor, viéndole predicar, en lo cual á
todos nos lleva la ventaja, y en esto tenemos todos mucha falta en carecer de
la lengua y no saber declarar á los indios lo que queremos, por falta de
intérpretes. Muchos de los gentiles[467] piden el
agua del baptismo, mas el padre Nobrega ha ordenado, que primero se les hagan
los catecismos y exhorcismos, hasta tanto que cognoscamos en ellos firmeza y
que de todo corazon crean en Cristo, y tambien que primero enmienden sus malas
costumbres; son tales los baptizados que perseveran, que es mucho para dar
gracias á Nuestro Señor, porque, aunque deshonrados y vituperados de los suyos,
no dejen de perseverar en nuestra obediencia y crecer en buenas costumbres. El
pueblo gentil, al principio, nos daba poco crédito, y le parecia que les
mentiamos y engañábamos, que los padres y tambien los legos, ministros de
satanás, que al principio á esta tierra vinieron, les predicaban y decian por
interés de sus abominables rescates; agora que comienzan á cognoscer la verdad
y ver el continuo amor con que los padres los tratan y conversan (los padres
llama aquí los predicadores), y el trabajo que por la salvacion de sus ánimas
resciben, van cayendo en la cuenta y quieren ser cristianos con muy mayor
voluntad y más firme intencion que al principio. Tambien Nuestro Señor ha
mostrado cosas, y muestra cada dia, por donde se van desengañando á no nos
tener en la cuenta que ántes tenian; los cristianos que permanecen son tan
nuestros, que contra sus naturales hermanos pelearan por nos defender, y están
tan subjetos, que no tienen cuenta con padres ni parientes; saben muy bien las
oraciones, y tienen mejor cuenta con los domingos y fiestas que otros muchos
cristianos. En nuestra casa se disciplinan todos los viérnes, y algunos de los
nuevamente convertidos se vienen á disciplinar con grandes deseos. En la
procesion de la Semana Santa se disciplinaron algunos, así de los nuestros como
de los nuevos convertidos, y de aquí adelante se comenzarán á confesar con el
padre Navarro en su lengua, porque hay ya muchos que lo quieren y desean. Estos
han de ser un fundamento grande para todos los otros se convertir; ya empiezan
á ir por las aldeas con los padres, predicando la fe y desengañando á los suyos
de las malas costumbres en que viven. Muchas cosas en particular pudiera
escribir, que, por mi grande frieza y por no pensar haber de ser yo el
escriptor,[468] no las escribo, así por no las
tener en la memoria, como por no las saber estimar por falta de caridad. Grande
es la envidia que los gentiles tienen á estos nuevos convertidos, porque ven
cuan favorecidos son del Gobernador y de otras principales personas, y si
quisiésemos abrir la puerta al baptismo, cuasi todos se vernian, lo cual no
hacemos si no cognoscemos ser aptos para eso, y que vienen con devocion y
contricion de las malas costumbres en que se han criado, y tambien, porque no
tornen á retroceder, sino que queden contentos y firmes. Mucho más fructo se
pudiera hacer si hobiera obreros, así que mucha es la mies que se pierde por
falta de segadores. Entre otras cosas, os quiero contar una de un principal
desta tierra, el cual há algunos dias que pedia el agua del baptismo, y porque
tenia dos mujeres no se la queriamos dar, aunque sabiamos que la una dellas no
la tenia sino para se servir della; un dia con gran priesa y eficacia pidió el
baptismo, al cual baptizó el padre Navarro, y de ahí á seis ó siete dias
enfermó de cámaras, y se iba consumiendo hasta que cognosció que habia de
morir, y dos noches ántes que muriese envió á llamar al padre Navarro para lo
acompañar y enseñar como habia de morir, y decíale que nombrase muchas veces el
nombre de Jesus y de Sancta María, Nuestra Señora, y él tambien decia con el
padre estos santos nombres, hasta perder la habla, y, ántes que la perdiese,
vistió una ropa que tenia y mandó á los suyos que le enterrasen con ella y en
sagrado, como era costumbre de los cristianos, y dió el espíritu á Dios,
estando el padre Navarro diciendo misa por él, por lo cual no se pudo hallar
presente á su muerte. Dijo una su hermana, que se halló presente á su muerte,
al padre Navarro, que le habia dicho el muerto, ántes que perdiese el habla:
«hermana, ¿no veis?» y ella respondió que no veia nada, y tornándole á
preguntar lo mismo, ella respondió de la misma manera, hasta que él, con grande
alegría, le dijo: «veo, hermana mia, los gusanos holgando en la tierra, y en
los cielos grandes alegrías y placeres, quédate enhorabuena, que me quiero ir»;
y así acabó. Enterrámoslo en una iglesia que teniamos hecha para los nuevamente
convertidos. Este nos ha[469] dado entrada en esta
tierra, y en su manera de vivir no era fuera de la ley natural y de razon;
quedó un hermano suyo por principal, el cual há por nombre Simon, y el muerto
don Juan, con el cual metemos acá en vergüenza á los malos cristianos, porque
es muy virtuoso y fuera de las costumbres de los otros, y tambien su mujer y
hijos, los cuales nos tiene prometidos para que los enseñemos, y, por falta de
casa y mantenimientos, no lo podemos hacer.» Dice más abajo: «Ya comienzan los
hijos de los gentiles á huir de sus padres y venirse á nos, y, por más que
hacen, no los pueden apartar de la conversacion de los otros niños, y vino un
niño descalabrado y sin comer un dia todo, huyendo de su padre, á nos. Cantan
todos una misa cada dia, y ocúpanse en otras cosas semejantes. Es tan grande el
temor en algunos destas aldeas, y reverencia que tienen á los padres, que no
osan abiertamente comer carne humana; de manera, que están estos gentiles,
principalmente los de la Bahía, aparejados para se hacer en ellos grande fruto,
mas estamos acá tan pocos, y tan repartidos, y las necesidades son tantas entre
los cristianos, á las cuales somos más obligados á acudir, que no sé como
sufrís, carísimos hermanos, estar tanto tiempo en esa casa, estando acá tantas
necesidades esperando por vos, etc.» Otras muchas y notables cosas dice aquesta
carta, que por no alargar mucho, no las quiero referir. Otro de aquellos
predicadores dice así en otra: «En estas partes, despues que acá estamos,
carísimos padres y hermanos, se ha hecho mucho fruto. Los gentiles, que parece
que ponian la bienaventuranza en matar sus contrarios y comer carne humana, y
tener muchas mujeres, se van mucho enmendando, y todo nuestro trabajo consiste
en los apartar desto, porque todo lo demas es fácil, pues no tienen ídolos,
aunque hay entre ellos algunos que se hacen santos, y les prometen salud y
victoria contra sus enemigos. Con cuantos gentiles tengo hablado en esta costa,
en ninguno hallé repugnancia á lo que le decia, todos quieren y desean ser
cristianos, pero dejar sus costumbres les parece áspero; van, con todo, poco á
poco, cayendo en la verdad, hácense[470] muchos
casamientos entre los gentiles, los cuales, en la Bahía están junto á la ciudad
y tienen su iglesia cabe una casa á donde nos recogemos. Estos determinamos
tomar por medio de otros muchos, los cuales esperamos, con la ayuda del Señor,
hacer cristianos, etc.» Otro en otra carta dice: «Fuimos á una aldea de los
gentiles y procuramos que se ayuntasen todos, y, despues de juntos, les hicimos
una plática por una lengua, y acabada les enseñamos la doctrina cristiana, y
queriéndonos dellos despedir, yo les hice primero santiguar, y viendo las
piedras preciosas que traian en los bezos y en el rostro, les dije, como
riendo, que les estorbaban á se persignar, lo cual, ellos, tomaron de veras, y
siendo de mucho precio, las echaron á donde nunca más parecieron, lo cual me
consoló mucho. El dia del Angel se determinó que se baptizasen los que
quisiesen, y baptizamos muchos, así hombres como mujeres, y cuasi nos faltaban
nombres de santos para dar á cada uno el suyo. Entre ellos baptizamos un
hechicero, asaz viejo, y le pusimos por nombre Amaro.» Otro dice, en otra
epístola, estas palabras: «Despues desto nos fuimos dar con los indios á sus aldeas,
que estaban cuatro ó cinco leguas de ahí, y, yendo, hallamos haciendo el camino
por donde habiamos de ir, y quedaron muy tristes porque no lo tenian acabado;
llegando al aldea, se vino el principal de ahí y me llevó por fuerza á su casa,
y luego se hinchió la casa de indios, y otros que no cabian quedaron fuera, y
trabajaron mucho por me ver. Considerad vos, hermanos mios en Cristo, lo que mi
ánima sentiria, viendo tantas ánimas perdidas por falta de quien las
socorriese; algunas pláticas les hice aparejándolos para el cognoscimiento de
la fe, y les dije, por la tristeza que mostraban por me yo haber luego de ir,
que no iba sino á verlos, y que otras muchas veces los visitaria si tuviese
tiempo, etc.» Estas son las palabras. Otras muchas cosas notables se dicen en
las susodichas cartas, y en otras que no he querido relatar por dar fin á esta
relacion y testimonio de los portugueses, tocante á la prueba desta verdad,
conviene á saber, que estas gentes gentiles destas nuestras Indias,[471] son naciones humanas, razonables, dóciles,
conversables con otros hombres, reducibles á toda ley de razon y convertibles á
nuestra santa fe católica, si se les propone por el modo que la razon natural
dicta y enseña que debe ser propuesta y persuadida, á los principios, cualquiera
cosa nueva, mayormente difícil á los hombres racionales, los cuales
naturalmente son aptos y nacidos para ser atraidos á la virtud por bien, por
blandura y mansedumbre, y desta propiedad humana y universal ninguna nacion del
mundo excluyó la divina Providencia, por bárbaros, brutos, y agrestes y
corruptos en costumbres que sean, con que sean hombres; y esto más copiosa é
irrefragablemente pareció arriba, por razones, y parecerá en el discurso desta
historia, por obras y por ejemplos tan patentes y tan sin número, que no se
pueda más dudar dello, que dudar que todos los hombres desciendan de Adan.
CAPÍTULO CLXXVII.
Referido habemos los descubridores ó rescatadores
que vinieron el año de 1499 y 500 á la tierra firme, despues que supieron que
el Almirante la habia descubierto (aunque, creyendo que era isla, nombróla isla
ó tierra de Gracia, como se ha visto arriba), y tambien, como acaso
descubrieron los portugueses, yendo á la India, un pedazo della, que llaman
ellos hoy el Brasil, y nosotros el cabo de Sant Agustin, el cual, por concierto
de los reyes de Castilla y Portugal, cupo, y así es hoy, de los portugueses;
incidentemente, tambien trujimos lo que manifestaron de la condicion y
hospitalidad pacífica, y humana conversacion, que en los vecinos y moradores de
aquella tierra hallaron, conformándose con lo que los nuestros castellanos,
Vicente Yañez y Diego de Lepe, dellos, en la misma materia, dijeron; de allí
añadimos, infiriendo y probando por ejemplos, que testifican los predicadores
tambien portugueses, la disposicion é idoneidad para recibir nuestra sancta fe
que hay en ellos, por el fruto grande que Dios siempre saca, por medio de los
trabajos de sus predicadores: requiere, pues, la órden de los dias y meses del
dicho año de 500, tornar á tratar y continuar las angustias, y adversidades y
caida total del Almirante, y que, más amargas y aflictivas, entre todas las que
toda su vida tuvo, le lastimaron y afligieron. Ya dijimos arriba, en el cap.
161, como despues de llegados los cinco navíos á Castilla quel Almirante
despachó, venido del descubrimiento de Paria, con las nuevas del levantamiento
de Francisco Roldan, luego, por Mayo, determinaron los Reyes de enviar otro
Gobernador á esta isla, y quitalle á él la gobernacion, y tomaron los Reyes
color de que él mismo escribió á Sus Altezas, que les suplicaba que[473] enviasen Juez pesquisidor, para que hiciese
informacion de los delitos é insultos y levantamiento del dicho Roldan y de sus
secuaces, y tambien juez que tuviese cargo de la administracion de la justicia,
como se dijo en el cap. 159, y allí les suplicaba que tuviesen respecto á sus
servicios, y que no se le perjudicase á sus preeminencias; donde parece que
temia lo que le vino y no lo habia él por tanto. Eligieron á un Comendador de
la órden de Calatrava, que se llamó Francisco de Bobadilla, y diéronle
provisiones y nombre de Pesquisidor, con que al principio en esta isla entrase,
y tambien de Gobernador, que, cuando fuese tiempo, publicase y usase.
Comenzáronse los despachos en Madrid, por Mayo del año de 99, luego que
llegaron los cinco navíos, como algunas veces se ha dicho, pero no lo
despacharon hasta el mes de Junio del año siguiente de 1500, que vinieron el
Rey y la Reina á Sevilla, y de allí á la ciudad de Granada, sobre el
levantamiento de los moros ó moriscos del Lanjarón, ó Sierra Bermeja, donde
acaesció, que yendo sobre ellos D. Alonso de Aguilar, caballero muy señalado en
prudencia y esfuerzo, de quien procede la casa de Aguilar y marqués de Pliego,
lo mataron, desastre que mucho pesar dió á los Reyes y á todo el reino. Por
manera, que tardó su despacho todo un año, porque debian los Reyes, por ventura,
ó de esperar algun navío que fuese de acá con nueva de estar Roldan y su
compañía reducidos, y esta isla sosegada, ó, que como enviasen á deponer al
Almirante de su estado, quitándole la gobernacion, cosa, cierto, muy grande
para quien tanto se le debia y les habia merecido, y con tan inmensos trabajos,
querian muy bien mirallo, y hacíaseles de mal efectuallo; pero como llegaron
las dos carabelas donde venian los procuradores de los alzados y del Almirante,
aunque ya quedaba Francisco Roldan reducido y asosegado, vistas las quejas que
dieron del Almirante y los daños pasados, y supieron cosas muchas que los unos
y los otros relataban, y que convenia remediallas, determinaron, que el
comendador Bobadilla prosiguiese su viaje; diéronle muy cumplidos despachos, y,
entre ellos, muchas cartas y cédulas en blanco.[474] Como
por las cartas postreras del Almirante, que vinieron en los dos dichos navíos,
supiese la Reina, de gloriosa memoria, que el Almirante habia dado á cada uno
de los que allí venian un indio por esclavo, y que, si no se me ha olvidado,
eran 300 hombres, hobo muy gran enojo, diciendo estas palabras: «¿qué poder
tiene mio el Almirante para dar á nadie mis vasallos?» y otras semejantes;
mandó luego apregonar en Granada y en Sevilla, donde ya estaba la corte, que
todos los que hobiesen llevado indios á Castilla, que les hobiese dado el
Almirante, los volviesen luego acá, so pena de muerte, en los primeros navíos,
ó los enviasen; y mi padre, á quien el Almirante habia dado uno y lo habia
llevado en el susodicho viaje de los dos navíos ó carabelas, que yo en Castilla
tuve, y algunos dias anduvo conmigo, tornó á esta isla, con el mismo comendador
Bobadilla, y lo trajo, y despues yo lo vide y traté acá. Yo no sé por qué más
estos 300 indios quel Almirante habia dado por esclavos, mandó la Reina tornar
con tanto enojo y rigor grande, y no otros muchos que el Almirante habia
enviado, y el Adelantado, como arriba puede verse; no hallo otra razon, sino
que los que hasta entónces se habian llevado, creia la Reina, por las
informaciones erradas que el Almirante á los Reyes enviaba, que eran en buena
guerra tomados, pero esta ceguedad del Almirante, y suponer la Reina que podia
el Almirante hacelles guerra, procedia y siempre procedió de la del Consejo, y
letrados que en él los Reyes tenian, la cual en ellos era intolerable y más que
culpable, porque no les era lícito ellos ignorar el derecho y justicia destas
gentes, que consistia en ser pueblos libres que tenian sus reinos y Reyes y
señores, dominios y jurisdicciones, y que les pertenecian de derecho natural y
de las gentes, y que no los perdian solamente por carecer de fe y no ser
cristianos, ni los podian los reyes de Castilla dellos privar, solamente por
habellos descubierto el Almirante, ni tampoco porque la Sede apostólica se los
hobiese encomendado para convertillos, y que vivian en su paz en sus tierras y
casas, sin ofensa de nadie, y, por consiguiente, que no debian,[475] por guerra, ó daño, ó injuria, que fuera de sí
mismos hobiesen otros hecho, algo á alguien. Y si por 300 indios que dió el
Almirante, injustamente, á los españoles que por entónces vinieron, por
esclavos, la Reina, de buena memoria, tanto enojo recibió, y tan grave pena
como la de muerte mandó poner, porque todos los tornasen, y áun quizá fué
aqueste enojo, de indignarse más contra el Almirante, harta causa; ¿como
sintiera, y como sufriera, y qué indignacion recibiera, y qué penas pusiera
cuando llegara á su noticia que se hacian y se hicieron iniquísimamente, sobre
más de seis cuentos de ánimas, esclavos? Pero pasemos adelante, porque la
historia lo referirá, si á Dios place. Tornando al ristre la lanza, enviaron
los Reyes con el dicho comendador Bobadilla cierta gente á sueldo, para que
viniese acompañado, no supe el número cuanto; y, como dije, hízose á la vela
con dos navíos ó carabelas, creo que, mediado ó en fin de Junio de 1500 años.
Entre tanto andaba el Almirante, con toda solicitud, haciendo prender los
nuevamente alzados, como arriba dije, y el Adelantado por su parte, y, los que
podian prender, ahorcando, y para ahorcarlos, donde quiera que los hallase,
traia un clérigo consigo para confesarlos; todo á fin de, teniendo en
obediencia los cristianos, sojuzgar los indios y constreñilles á que pagasen el
tributo á que los habia obligado, y el Francisco Roldan hobo por su rebelion
quitado. Y el fin de los fines del Almirante no era otro, sino dar y enviar á
los Reyes dinero, por servillos y contentallos, y recompensarles los gastos que
hacian, para que tambien cerrasen las bocas sus adversarios. Y así, dijo él á
los Reyes que este año de 500, que habia traido toda la gente desta isla
Española, porque era, dice él, sin número, por virtud divinal, á que estuviese
debajo de su real señorío y obediendía, en tanto grado, que se iba por toda ella,
que es mayor, dice él, que toda España, sin temor alguno, un sólo cristiano, y
mandaba al mayor Cacique que en ella habia, y era obedecido; y dice más, que en
este año mismo de 500, tenia ordenado de juntar los pueblos de los indios en
pueblos gruesos, y que se tornasen todos[476] cristianos
y sirviesen á Sus Altezas como los vasallos de Castilla, en manera que, sin
agravio suyo, y sin premia desordenada, sino con muy mucha templanza, rentarian
cada un año 60 cuentos; y que el año de 503, hobiesen los Reyes de renta, en
oro, 120.000 pesos, y que hace juramento (y esta era su manera de jurar, «hago
juramento»), que lo tenia esto por tan cierto, como tener 10.000 pesos. Más
pensaba hacer en este año de 500; enviar á edificar una fortaleza en la tierra
de Paria, por la pesquería de las perlas, de donde pudiese á Sus Altezas enviar
cada un año una gran cantidad dellas, porque no se podia decir el número y peso
y valor que tenian, y que cuando las descubrió, sino fuera por los bastimentos
que se le dañaban, tenia por cierto que enviara una pipa, dellas llena; y
entónces, á mi parecer, no fuera mucho enviar grande número dellas. Todo lo
susodicho, y otras muchas cosas, dice el Almirante que habia de hacer aqueste
año de 500, sino que, cuando urdia, cortóle Dios la urdiente de la tela que
disponia tejer.
CAPÍTULO CLXXVIII.
Estando el Almirante en estos pensamientos, y en la
Vega, ó la Concepcion de la Vega, que era la fortaleza, ó en el Guaricano, que
estaba media legua, el llano abajo, donde habia algunas casas hechas en que
moraban algunos cristianos, y donde fué primero el asiento de la villa que
llamaron de la Concepcion, y el Adelantado en Xaraguá con Francisco Roldan,
prendiendo á los que podian haber de los que se conjuraron con D. Hernando para
matar á Francisco Roldan, y D. Diego, hermano del Almirante y Adelantado, en
esta ciudad, ó villa que entónces era, de Sancto Domingo, recogiendo los que
prendian y enviaban acá, y ahorcando, domingo que se contaron 23 de Agosto del
mismo año de 500, á la hora de las siete ó de las ocho de la mañana, asomaron
los dos navíos ó carabelas, que se llamaban, la una, la Gorda, y la
otra, el Antigua, donde venia el comendador Bobadilla; y andando
barloventeando de una parte á otra, porque no podian entrar en el puerto á
aquella hora, porque es el viento terral, ó de la tierra, hasta las diez ó las
once, que torna de la mar, mandó luego D. Diego que fuese una canoa; y en ella
tres cristianos: un Cristóbal Rodriguez, que tenia por sobrenombre, la Lengua,
porque fué el primero que supo la lengua de los indios desta isla, y era
marinero, el cual habia estado ciertos años, de industria, entre los indios,
sin hablar con cristiano alguno, por la aprender, y los otros se llamaban Juan
Arraez y Nicolás de Gaeta, y los indios que fueron menester para remar, y
fuesen á los navíos ó carabelas, que andaban obra de una legua de tierra, y
supiesen quién venia en ellas, y si venia el hijo mayor del Almirante, D.
Diego; porque, como arriba dijimos, el Almirante, por sus cartas,[478] envió á suplicar á los Reyes que se lo enviasen,
porque él se hallaba cansado, y para que le ayudase á servirles, pues le habia
en sus oficios de suceder. Llegaron, pues, en su canoa, los tres, y preguntando
quién venia en las carabelas, y si venia D. Diego, asomóse el comendador
Bobadilla, que venia en la carabela Gorda, y dijo que él venia
enviado por los Reyes, por Pesquisidor sobre los que andaban alzados en esta
isla; el Maestre de la carabela Gorda, que se llamaba Andrés Martin
de la Gorda, preguntóles por nuevas de la tierra, respondieron que aquella
semana habian ahorcado siete hombres españoles, y que en la fortaleza de aquí
estaban presos otros cinco para los ahorcar, y estos eran D. Hernando de
Guevara y Pedro Riquelme, y otros tres, que todos eran de los levantados. El
comendador Bobadilla preguntó á los de la canoa si estaba aquí el Almirante, y
sus hermanos; dijeron que no, sino sólo D. Diego, y el Almirante habia ido á la
Vega ó Concepcion, y el Adelantado á la provincia de Xaraguá tras los que
andaban alzados, para prendellos, y con propósito de, donde quiera que hallasen
á cada uno, ahorcallo, para lo cual llevaban un clérigo que los confesase.
Cristóbal de la Lengua preguntó al Pesquisidor, como se llamaba y quién diria
que era; respondió que tenia por nombre Francisco de Bobadilla, y así, se tornó
la canoa á dar nuevas á D. Diego y á los que las esperaban. Todos los que aquí
estaban, ó los más dellos, como se suele decir, de los pobres, que siempre
desean novedades, porque silogizan que no les puede venir cosa nueva que sea
peor que la pobreza que tienen á cuestas, y siempre se prometen con lo nuevo
mejoría, estaban muy ávidos y solícitos de que volviese la canoa por saber las
nuevas, porque pocos eran los que no estaban entónces por esta isla
descontentos, y muchos, por fuerza más que por voluntad, detenidos. Sabido que
venia Pesquisidor, los que sabian que cognoscian en sí culpas, no les faltó
temor y tristeza; los que se tenian por agraviados del Almirante y sus
hermanos, y todos los involuntarios, mayormente los que ganaban sueldo del Rey,
porque no se les pagaba,[479] y padecian gran
necesidad de comida y vestidos y cosas necesarias de Castilla, reventábales el
alegría, y así andaba toda la gente á cada paso haciendo corrillos. Desde á
tres ó cuatro horas, que cesó, como es ordinaria cosa, el viento terral, y tornó
el embate que llama virazon ó marero, entraron las carabelas en este rio y
puerto, y luego parecieron dos horcas, la una desta parte del rio, donde agora
está edificada esta ciudad, que es de la parte del Occidente, y la otra de la
otra banda, donde entónces estaba la villa, en las cuales estaban dos hombres
cristianos ahorcados, frescos de pocos dias; iban y venian gentes á los de los
navíos, hacian sus comedimientos y reverencia al pesquisidor Bobadilla,
preguntaban y respondian, pero todos siempre con recatamiento, hasta ver qué
mundo sucedia. No quiso salir el Comendador aquel dia, hasta otro dia, lúnes,
24 de Agosto, que mandó salir toda la gente que consigo traia, y con ellos
fuese á la iglesia á oir misa, donde halló á D. Diego, hermano del Almirante, y
á Rodrigo Perez, que era Teniente ó Alcalde mayor por el Almirante, y otros
muchos desta isla; y acabada la misa, salidos á la puerta de la iglesia,
estando presente D. Diego y Rodrigo Perez, y mucha gente de la isla, y la que
el Comendador traia, mandó leer el Comendador al Escribano del Rey, que consigo
trujo, que se llamaba Gomez de Rivera, una Patente firmada de los Reyes, y
sellada con su real sello, del tenor siguiente:
«D. Hernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios,
Rey y Reina de Castilla y Leon, etc.: A vos, el comendador Francisco Bobadilla,
salud y gracia: Sepades, que D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar
Océano de las islas y tierra firme de las Indias, nos envió á hacer relacion,
diciendo, que estando él absente de las dichas islas en nuestra corte, diz que,
algunas personas de las que estaban en ellas y un Alcalde con ellas, se
levantaron en las dichas islas contra el dicho Almirante y las Justicias que en
nuestro nombre tiene puestas en ellas, y que no embargante que fueron
requeridas las tales personas y el dicho Alcalde, que no hiciesen el dicho
levantamiento[480] y escándalo, diz que, no lo
quisieron dejar de hacer, ántes se estuvieron y están en la dicha rebelion, y
andan por las dichas islas robando y haciendo otros males, y daños y fuerzas en
deservicio de Dios, Nuestro Señor, y nuestro; lo cual, por Nos visto, porque
fué y es cosa de mal ejemplo y digno de punicion y castigo, y á Nos como Rey y
Reina y señores en ello pertenece proveer y remediar, mandamos dar esta nuestra
Carta para vos en la dicha razon, por la cual, vos mandamos que luego vades á
las dichas islas y tierra firme de las Indias, y hagais vuestra informacion, y,
por cuantas partes y maneras mejor y más cumplidamente lo pudiéredes saber, vos
informeis y sepais la verdad de todo lo susodicho, quién y cuales personas
fueron las que se levantaron contra el dicho Almirante y nuestras justicias, y
por qué causa y razon, y qué robos, y males y daños han hecho, y de todo lo
otro que cerca desto vos viéredes ser menester saber para ser mejor informado,
y, la informacion habida y la verdad sabida, á los que por ella halláredes
culpantes, prendedles los cuerpos y secrestadles los bienes, y así presos,
procedades contra ellos y contra los absentes, á las mayores penas civiles y
criminales que halláredes por derecho. Y mandamos á las personas, de quien
cerca de lo susodicho entendiéredes ser informado, que vengan y parezcan ante
vos á vuestros llamamientos y emplazamientos, y digan sus dichos y deposiciones
á los plazos y so las penas que vos de nuestra parte les pusiéredes, las cuales
Nos, por la presente, les ponemos y habemos por puestas; para lo cual, todo que
dicho es, y para cada una cosa y parte dello, vos damos nuestro poder complido
por esta nuestra Carta con todas sus incidencias, etc.; y si para hacer, y
cumplir y ejecutar todo lo susodicho, menester hobiéredes favor y ayuda, por
esta nuestra Carta mandamos al dicho nuestro Almirante y á los Concejos,
Justicias, Regidores, Caballeros, Escuderos, Oficiales y homes buenos de las
dichas islas y tierra firme, que vos lo den y hagan dar, y que en ello, ni en
parte dello, embargo ni contrario alguno vos no pongan, ni consientan poner, y
vos ni los otros, no fagades ni fagan ende[481] al
por alguna manera, so pena de la nuestra pena y de la nuestra merced, y de
10.000 maravedís para la nuestra Cámara, etc. Dada en la noble villa de Madrid,
á 21 dias del mes de Marzo año del nascimiento de Nuestro Señor Jesucristo de
1499 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo Miguel Perez de Almazán, Secretario del
Rey y de la Reina, nuestros señores, la hice escribir por su
mandado.—Registrada.—Gomez Xuarez, Chanciller.»
CAPÍTULO CLXXIX.
Notificada la dicha Carta patente real, dijo luego
el comendador Bobadilla, como Pesquisidor, que, pues allí no estaba el
Almirante, que requeria al dicho D. Diego, su hermano, y al Alcalde y Alcaldes,
en nombre de los Reyes, que por cuanto habia sabido que en la fortaleza de
aquella villa de Sancto Domingo estaban presos, para ahorcar, D. Hernando de
Guevara y Pedro de Riquelme y otros tres, que se los diesen y entregasen luego,
con los procesos que contra ellos estaban hechos, y pareciesen las partes que los
acusaban, y por cuyo mandado estaban presos, porque Sus Altezas lo enviaban acá
á sólo esto para los redimir; porque, vistos los dichos procesos y causas de
cada uno, él, como Pesquisidor, en nombre de Sus Altezas, queria tomar el
cognoscimiento de las causas y estaba presto de hacer todo cumplimiento de
justicia. Respondieron D. Diego y Rodrigo Perez, quel Almirante tenia de Sus
Altezas otras Cartas, y poderes mayores y más fuertes que podian mostrar, y que
allí no habia Alcalde alguno, y que D. Diego no tenia poder del Almirante para
hacer cosa alguna, y que pedian que les diese traslado de la Carta de Sus
Altezas para la enviar al Almirante, á quien todo aquello competia. Respondió
el Comendador, que pues no tenian poder para ninguna cosa, que no era menester
darles traslado, y que se lo denegaba; y como vido el Comendador que el nombre
y uso de Pesquisidor parecia que no tenia mucha eficacia, quiso darles á
entender á todos el nombre y obra de Gobernador, para que cognosciesen que ya
el Almirante allí no tenia nada en la jurisdiccion, y que sólo él habia de
tener la gobernacion, y les podia en todo mandar y vedar, no solamente á ellos,
pero tambien al Almirante, como á su súbdito,[483] para
lo cual, otro dia, mártes, 25 del mismo mes de Agosto, acabada la misa,
saliéndose á la puerta de la iglesia, estando presentes D. Diego y Rodrigo
Perez, y todos los demas, porque en estos dias era grande la devocion que todos
tenian de oir y ver novedades, y por eso ninguno ó pocos faltaban á la misa,
sacó el Comendador otra Patente ó provision Real, y mandóla leer y notificar en
presencia de todos, la cual decia así:
«D. Hernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios,
etc.: A vos, los Concejos, Justicias, Regidores, Caballeros y Escuderos,
Oficiales y homes buenos de todas las islas y tierra firme de las Indias, y á
cada uno de vos, salud y gracia: Sepades que Nos, entendiendo ser así
complidero al servicio de Dios y nuestro, y á la ejecucion de la nuestra
justicia y á la paz y sosiego y buena gobernacion desas dichas islas y tierra
firme, nuestra merced y voluntad es, que el comendador Francisco de Bobadilla
tenga, por Nos, la gobernacion y oficio del Juzgado desas dichas islas y tierra
firme, por todo el tiempo que nuestra merced y voluntad fuere, con los oficios
de justicia y jurisdiccion civil y criminal, Alcaldias y alguacilazgos dellas,
por que vos mandamos á todos y á cada uno de vos, que luego, vista esta nuestra
Carta, sin otra alegacion ni tardanza ni jusion, recíbades del dicho Comendador
el juramento y solemnidad que en tal caso se acostumbra hacer, el cual por él
hecho, le rescibais por nuestro Juez Gobernador desas dichas islas y tierra
firme, y lo dejeis y consintais libremente usar y ejercer el dicho oficio de
Gobernador, y cumplir y ejecutar la nuestra justicia en esas dichas islas y
tierra firme, y en cada una dellas, por sí y por sus Oficiales y Lugares
tenientes, que es nuestra merced que los dichos oficios de Alcaldias y
alguacilazgos, y otros oficios á la dicha gobernacion anejos, pueda poner, los
cuales pueda quitar y remover, cada y cuando viere que al nuestro servicio y á
la ejecucion de la nuestra justicia cumpla, y poner y subrogar otros en su
lugar, y oir y librar y determinar, y oigan y libren y determinen todos los
pleitos y causas, así civiles como criminales,[484] que
en las dichas islas y tierra firme están pendientes, comenzados y movidos, y se
movieren y comenzaren de aquí adelante cuando por Nos el dicho oficio trujere,
y haber y llevar los salarios acostumbrados y á los dichos oficios justamente
pertenecientes, y se hagan cualquier pesquisas en los casos de derecho,
permisos y todas las otras cosas al dicho oficio pertenecientes, y que entienda
él, ó quien su poder hobiere, que á nuestro servicio y á la ejecucion de
nuestra justicia cumpla; y para usar y ejercer el dicho oficio, y cumplir y
ejecutar la nuestra justicia, todos vos conformedes con él, y, con vuestras
personas y gentes, le dedes y fagades dar todo el favor y ayuda que vos pidiere
y menester hobiere, y que en ello, ni en parte dello, embargo ni contrario
alguno le non pongades ni consintades poner, ca Nos, por la presente, le rescibimos
y habemos por rescibido al dicho oficio y al uso y ejercicio dél, y le damos
poder cumplido para lo usar y ejercer y cumplir, y ejecutar la nuestra justicia
en las dichas islas y tierra firme, y en cada una dellas, caso que por
vosotros, ó por alguno de vos, no sea rescibido. Y, por esta nuestra Carta,
mandamos á cualesquier persona ó personas que tienen las varas de nuestra
justicia y de los oficios de Alcaldias y alguacilazgos de todas las dichas
islas y tierra firme, y de cada una dellas, que luego que por el dicho
comendador, Francisco de Bobadilla, fueren requeridos, se las entreguen y no
usen más dellas sin nuestra licencia y especial mandado, so las penas en que
caen é incurren las personas privadas que usan de oficios públicos para que no
tienen poder ni facultad, ca Nos por la presente los suspendemos y habemos por
suspensos. Y otrosi es nuestra merced, que si el dicho comendador Francisco de
Bobadilla entendiere ser cumplidero á nuestro oficio y á la ejecucion de
nuestra justicia, que cualesquier caballeros y otras personas de los que agora
están y de aquí adelante en las dichas islas y tierra firme, salgan dellas y
que no entren ni estén en ellas, y que se vengan y presenten ante Nos, que lo
él pueda mandar de nuestra parte y los haga dellas salir; á los cuales, y á
quien lo él mandáre, Nos por la presente mandamos, que[485] luego,
sin sobre ello nos requerir ni consultar, ni esperar otra nuestra Carta ni
mandamiento, y sin interponer dello apelacion ni suplicacion, lo pongan en
obra, segun que lo él dijere y mandáre, so las penas que les pusiere de nuestra
parte, las cuales, Nos, por la presente, les ponemos y habemos por puestas, y
le damos poder y facultad para las ejecutar en los que remisos é inobedientes
fueren, y en sus bienes. Para lo cual todo, que dicho es, y para cada una cosa
y parte dello, y para usar y ejercer el dicho oficio, y cumplir y ejecutar la
nuestra justicia en esas dichas islas y tierra firme, y en cada una dellas, le
damos, por esta nuestra Carta, poder cumplido, con todas sus incidencias y
dependencias, anexidades y conexidades, etc. Dada en la noble villa de Madrid,
á 21 dias del mes de Mayo, año del nascimiento de Nuestro Señor Jesucristo de
1499 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Yo Miguel Perez de Almazán, Secretario, etc.»
Despues de leida la susopuesta Carta, juró en forma
de derecho, y hizo la solemnidad que se requeria, el Comendador, como los Reyes
lo mandaban; y luego requirió al don Diego y á Rodrigo Perez, teniente del
Almirante, y á la otra gente que allí estaba, que la obedeciesen y cumpliesen,
y que, en cumplimiento della, el dicho D. Diego y Rodrigo Perez le diesen y
entregasen los presos que tenian para ahorcar, en la fortaleza, con los
procesos que contra ellos habia. Respondieron D. Diego y Rodrigo Perez, que la
obedecian como á Carta de sus Reyes y señores, y, cuanto al cumplimiento, que
decian lo que dicho tenian á la primera, que ellos no tenian poder del
Almirante para cosa ninguna, y que otras Cartas y poderes tenia el Almirante
más firmes y fuertes que aquella. Y porque parecia que la gente ponia duda en
todas las provisiones y requerimientos dichos, para provocalla y atraella más á
sí, y quitalle el temor que sospechaba que tenian del Almirante y de sus
hermanos, y porque lo que más ansiaban, por entónces, era que se les pagase lo
que se les debia del sueldo, y pagárselo era para ellos alegrísima nueva, y que
les podia mover á negar al Almirante, aunque mucho le quisiesen,[486] mandó leer en presencia de todos las Provision y
Cédula que se siguen:
«D. Fernando y Doña Isabel, por la gracia de Dios,
etc.: A vos, D. Cristobal Colon, nuestro Almirante del mar Océano, de todas las
islas y tierra firme de las Indias, y á vos, los hermanos del dicho Almirante,
que estais en ellas, y á otras cualesquier personas en cuyo poder están las
fortalezas, y casas, y navíos, y armas, y pertrechos, y mantenimientos, y
caballos, y ganados, y otras cualesquier cosas nuestras, que Nos tenemos en las
dichas islas y tierra firme, y á cada uno de vos, salud y gracia: Sepades que
Nos enviamos por nuestro Gobernador desas islas y tierra firme, al comendador
Francisco de Bobadilla, y es nuestra merced y voluntad, que el tiempo que él
tuviere por Nos el dicho oficio, tenga por Nos y en nuestro nombre las dichas
fortalezas, y casas y navíos, y las otras cosas susodichas, por que vos
mandamos á todos y á cada uno de vos, que luego que con esta nuestra Carta
fuéredes requeridos, que, sin otra excusa ni dilacion alguna, dedes y
entreguedes y fagades dar y entregar las dichas fortalezas, y casas, y navíos,
y armas, y pertrechos, y mantenimientos, y caballos, y ganados, y otras
cualesquier cosas nuestras que Nos tenemos en las dichas islas y están en
vuestro poder, al dicho Comendador ó á las personas ó persona que su poder
tuvieren para las rescibir, y lo apodereis en lo alto y bajo, y fuerte de las
dichas fortalezas, y casas, y navíos, y en todo lo otro susodicho, á toda su
voluntad; lo cual, todo, mandamos al dicho Comendador que tome y resciba por
inventario, y ante Escribano público, y no acuda con ello ni con cosa alguna,
ni parte dello á persona alguna sin nuestra licencia especial: lo cual todo vos
mandamos que hagades y cumplades, no embargante que en la dicha entrega de las
dichas fortalezas no intervenga portero cognoscido de nuestra Casa, ni las
otras solemnidades ni cosas que en tal caso se requieren. Y haciéndolo y
cumpliéndolo así, Nos, por la presente, vos alzamos cualquier pleito homenaje,
y seguridad, y solemnidad que á Nos ó á otra cualquier persona tengais fecho,[487] y vos damos por libres y quitos de todo ello, á
vosotros y á vuestros descendientes, y á vuestros bienes, y á los suyos, para
agora y para siempre jamás; lo cual, todo, vos mandamos que fagades, so pena de
caer en mal caso, y en las otras penas y casos en que caen y incurren los que
no entregan fortalezas y otras casas, siéndoles demandadas por su Rey y Reina,
y señores naturales, y los unos y los otros no fagades ni fagan ende al, por
alguna manera, so pena de la nuestra merced, y de 10.000 maravedís para la
nuestra Cámara, etc. Dada en la noble villa de Madrid, á 21 dias del mes de
Mayo, año del nascimiento de Nuestro Salvador, Jesucristo, de 1499 años.—Yo el
Rey.—Yo la Reina, etc.»
«Comendador Francisco de Bobadilla: Por que de la
gente que ha estado y está en las islas y tierra firme de las Indias, á donde
vais por nuestro mandado, ha estado y está alguna á nuestro sueldo, y la otra
está á cargo de pagar del Almirante, segun lo que con él se asentó por nuestro
mandado, y nuestra merced es que la que fuere á nuestro cargo, hasta agora, y
la que agora llevais á nuestro sueldo, se pague de lo que se ha cogido y
cobrado, y se cogiere y cobrare en las dichas islas de aquí adelante, y pertenece
y perteneciere á Nos; vos mandamos que averigüeis la gente que ha estado á
nuestro sueldo hasta aquí, y lo que le fuere debido de su sueldo, y, así
averiguado, lo pagueis, con la gente que agora llevais, de lo que se ha cogido
para Nos en las dichas islas, y cogiéredes y cobráredes de aquí adelante; y la
que halláredes que es á cargo de pagar del dicho Almirante la pague él, por
manera que la dicha gente cobre lo que le fuere debido, y no tenga razon de
quejarse, para lo cual, si necesario es, vos damos poder cumplido por esta
nuestra Cédula, y no fagades ende al. De Sevilla, á 30 dias de Mayo, de 500
años.—Yo el Rey.—Yo la Reina, etc.»
CAPÍTULO CLXXX.
Leidas esta Carta y Cédula reales, mucho gozo
rescibieron los que llevaban sueldo del Rey, porque esperaban ser pagados, y se
ofrecieron á todo lo que el Comendador mandase de parte de Sus Altezas, porque
no pudiera por entónces venirles otra mejor nueva. Tornó de nuevo una y más
veces el Comendador á requerir á D. Diego y á Rodrigo Perez, teniente del
Almirante, y á otros Alcaldes, si alguno más habia, que le diesen los presos y
los procesos, y que él queria determinar su justicia como los Reyes le mandaban,
donde no que protestaba de sacallos por fuerza; á todo y todas las veces
respondia D. Diego y Rodrigo Perez, que obedecian las provisiones y Cédula de
Sus Altezas, pero que, cuanto al cumplimiento, no tenian poder para los dar,
por estar presos por el Almirante, y que el Almirante tenia otras mejores y más
firmes Cartas y poderes que él traia, etc. De aquí fué á la fortaleza, y mandó
que las provisiones se notificasen al Alcaide, que era Miguel Diaz, el cual se
paró entre las almenas, y oida, y recognoscidas las firmas y sello de los
Reyes, desde arriba, y requerido que diese los presos y la fortaleza, como los
Reyes lo mandaban, respondió que le diesen traslado dellas: dijo el Comendador,
que no era tiempo, ni sufria dilacion para dalle traslado, porque aquellos
presos estaban en peligro de ser ahorcados, porque, segun habia sabido, el
Almirante habia mandado que los ahorcasen, por tanto que luego los diese y
entregase, sino que él haria lo que debia hacer hasta sacallos, por lo cual le
protestaba que, si daños ó muertes se siguiesen, fuese á su culpa, etc.
Responde el Alcaide, que pedia plazo y traslado para responder á dicha Carta,
por cuanto él tenia la dicha fortaleza por el Rey, por[489] mandado
del Almirante, su señor, el cual habia ganado estas tierras y isla, y que
viniendo él, él haria todo lo que le mandase. Despues que vido que no tenia
remedio que le diesen los presos por los requerimientos y protestaciones y
diligencias hechas, juntó toda la gente que de Castilla traia á sueldo del Rey,
é los marineros de las carabelas, y requirióles y mandóles, y á todas las otras
personas que en la villa estaban, que fuesen con él con sus armas, y le diesen
todo el favor y ayuda, y guardasen su persona, para entrar la fortaleza sin
hacer daño en ella ni en persona alguna, si no le fuese defendida la entrada.
Luego, toda la gente, dijeron que allí estaban prestos y aparejados para hacer
todo lo que de parte de los Reyes les mandase, con toda buena voluntad; y así,
aquel mártes, á hora de vísperas, fué con toda la gente á la fortaleza, y mandó
y requirió al Alcaide que le abriese las puertas. Paróse entre las almenas el
Alcaide, y con él, Diego de Alvarado, con las espadas sacadas, y dijo el
Alcaide que respondia lo que tenia dicho y en ello se retificaba; y como la
fortaleza no tenia tanta costilla como Salsas, por ser hecha contra gente
desnuda y sin armas, desventurada, llegó el Comendador y la gente, y, con el
gran ímpetu que dieron á la puerta principal, quebraron luego el cerrojo y
cerradura que tenia por de dentro; puestas escalas tambien por otras partes
para entrar por las ventanas, pero no fueron necesarias porque la puerta dió
libre, luego, la entrada. El Alcaide y Diego de Alvarado, que estaban dentro, y
que se mostraron á las almenas con las espadas sacadas, ninguna resistencia
hicieron. El Comendador, luego entrando, preguntó á dónde los presos estaban, y
hallólos en una cámara, con sus grillos á los piés; subióse á lo alto de la
fortaleza, é hízolos subir allá, donde les hizo algunas preguntas; despues los
entregó con los grillos al alguacil, Juan de Espinosa, mandándole que los
tuviese á buen recaudo. Cuando el Almirante supo la venida de Bobadilla, y lo
que comenzó hacer en Sancto Domingo y las provisiones que mostraba, y haber
tomado la fortaleza y lo demas, porque luego le avisaba de todo su hermano D.
Diego, no podia[490] creer que los Reyes tales
cosas hobiesen proveido, por las cuales, así totalmente lo quisieron deshacer
sin haber de nuevo en cosa ofendido, ántes obligádolos con nuevos trabajos y
servicios con el descubrimiento de la tierra firme, y perlas de Paria, y otras
islas, y sospechó no fuese algun fingimiento del Bobadilla, como fué el de
Hojeda, que, para revolver la gente contra el Almirante, fingia que traia
poderes de los Reyes para gobernar con él y constreñille á que pagase los
sueldos á los que lo ganaban del Rey, como arriba en el cap. 169 pareció. Y,
ciertamente, cosa fué aquesta de gran turbacion y sobresalto y amargura para el
Almirante, y fuera para cualquiera otra persona, por prudente que fuera, que
habiendo servido de nuevo tanto, y no delinquido hasta entónces de nuevo más de
lo que Juan Aguado habia á los Reyes notificado, el cual llevó cuanto llevar
pudo, de quejas y de los agravios que hasta entónces decian que habia hecho á
los cristianos, horribilísima y dolorosísima cosa era verse así, sin ser oido
ni vencido, de todo su estado, absolutamente, por los Reyes tan católicos, á
quien tanto tenia obligados, desposeido y despojado; pero como arriba en
algunos capítulos se ha dicho, hacello los Reyes no fué en su mano, ántes para
bien del mismo Almirante, divinal y misericordiosamente ordenado. Y por la
sospecha que hobo, de no fuese, por ventura, otra invencion como la de Hojeda,
dijeron que habia mandado apercibir á los Caciques y señores indios, que
tuviesen apercibida gente de guerra para cuando él los llamase; porque de los
cristianos, cuanto á la mayor parte, poco confiaba, como anduviese tras muchos
á caza que andaban levantados, y cada dia temia que se le habian de levantar
más, siendo tambien tan fresco el levantamiento de Francisco Roldan que tanto
habia durado. Finalmente acordó de acercarse á Sancto Domingo, para lo cual se
vino al Bonao, 10 leguas más cerca de la Vega donde estaba, donde estaban
algunos cristianos como avecindados, que tenian por allí labranzas que tomaban
á los indios, y otras que les forzaban á hacérselas aunque les pesase, y
comenzaba ya á llamarse la villa del Bonao. El comendador Bobadilla, que ya era
y lo[491] llamaban á boca llena, Gobernador, despachó
un Alcalde con vara, con sus poderes y los traslados de las provisiones, la
tierra adentro, para que las notificase al Almirante y á los que por allá
hallase, el cual lo tomó ya venido al Bonao: no le escribió carta ninguna
notificándole su venida. El Almirante le escribió diciéndole que fuese bien
venido, y nunca hobo respuesta dél, lo cual fué grande descomedimiento y señal
de traer contra el Almirante propósito muy malo; y lo peor que es, que escribió
á Francisco Roldan, que estaba en Xaraguá, y á otros quizá de los alzados, de
lo que mucho el Almirante se quejaba. Notificadas las provisiones reales,
dijeron que respondió el Almirante, que él era Visorey y Gobernador general, y
que las provisiones y poderes que el Comendador traia no eran sino para lo que
tocaba á la administracion de la justicia, y por tanto requirió al mismo
Alcalde que el Comendador enviaba, y á la otra gente del Bonao, que se juntasen
con él y á él obedeciesen en lo universal, y al Comendador en lo que le
perteneciese como á Juez y administrador de justicia, y que todo lo que
respondió fué por escrito. Desde á pocos dias llegaron, un religioso de San
Francisco, que se llamaba fray Juan de Trasierra, y Juan Velazquez, Tesorero de
los Reyes, con quien el Comendador le envió una carta de los Reyes que decia lo
siguiente:
«D. Cristóbal Colon, nuestro Almirante del mar
Océano: Nos habemos mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador de
esta, que vos hable de nuestra parte algunas cosas que él dirá; rogamos os que
le deis fe y creencia, y aquello pongais en obra. De Madrid á 26 de Mayo de 99
años.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Y por su mandado, Miguel Perez de Almazán.»
Rescibida esta carta y platicadas muchas cosas
entre él y el religioso y el Tesorero, que fueron los mensajeros, determinó de
venirse con ellos á Sancto Domingo; entretanto, el Comendador hizo gran
pesquisa y examinacion de testigos, sobre la hacienda que era del Rey, y quién
la tenia en cargo, y lo que era del Almirante, al cual tomó las arcas y toda la[492] hacienda que tenia de oro, y plata, y joyas, y
aderezos de su casa, y áun se aposentó en su misma casa y se apoderó en ella y
en todo lo que del Almirante era. Tomóle ciertas piedras doradas, que eran como
madres de oro, que por tiempo se convirtieran en oro, todas, como hemos visto
muchas dellas que, partiéndose por medio, está el oro entreverado, en unas
partes más oro que piedra, y en otras más piedra que oro, por manera que á la
clara parece que toda la tal piedra se va convirtiendo en oro; tomóle tambien
las yeguas y caballos y todo lo que más halló ser suyo, con todos los libros y
escrituras públicas y secretas que tenia en sus arcas, lo que más dolor le dió
que todo, y nunca le quiso dar una ni ninguna. Esto dijo que tomaba para pagar
el sueldo á los que se les debia, que pagarlo era á cargo del Almirante, por
las cláusulas que venian en los poderes que arriba quedan recitados. En estos
dias, toda la gente española que habia en la Vega y en el Bonao, y en otras
partes comarcanas, cuanto más podia, se descolgaba hácia Sancto Domingo á ver
al Gobernador nuevo y gozar de las novedades. Para atraer á toda la gente á sí,
mandó apregonar franqueza del oro, conviene á saber, que todos los que
quisiesen ir á cogerlo no pagasen al Rey más de la undécima parte por veinte
años, pero caro le costó, como en el siguiente libro se verá; la misma
franqueza concedió de los diezmos que entónces se pagaban al Rey. Item,
apregonó que venia á pagar los sueldos que se les debia por el Rey, y
constreñir que pagase el Almirante los que eran á su cargo; con estas nuevas
negaban y renegaban de sus padres. Vido buen aparejo el Comendador, como todos
los más estuviesen descontentos y muy indignados del Almirante y de sus
hermanos, y lo viesen ya caido de la Gobernacion y de su estado, y fuesen al
Gobernador con quejas y acusaciones, y representasen sus agravios; hizo de su
oficio pesquisa secreta contra él y ellos, para la cual halló á todos
voluntarios y bien aparejados. Y porque, como dice Boecio, lo primero que
desmampara á los infelices es la buena estimacion, y sucede el menosprecio y
corrimiento y disfavores, comenzando[493] á tomar
testigos, las piedras se levantaban contra sus hermanos y él: Quo fit
ut existimatio bona prima omnium deserat infelices. Qui nunc populi rumores,
quam dissonæ, multiplicesque sententiæ, piget reminisci. Hoc tantum dixerim,
ultimam esse adversæ fortunæ sarcinam, quod dum miseris aliquod crímen
affingitur, quæ perferunt, meruisse creduntur. Boecio, cuarta prosa
del libro I; la cual sentencia hace harto al propósito de la infelicidad y
desdicha del Almirante, que, desque se comenzó la pesquisa, no sólo
secretamente pero pública, era acusado y vituperado, y se decian y clamaban sus
defectos, afirmando que de todo mal y pena era dignísimo. Acusáronlo de malos y
crueles tratamientos que habia hecho á los cristianos en la Isabela, cuando
allí pobló, haciendo por fuerza trabajar los hombres sin dalles de comer,
enfermos y flacos, en hacer la fortaleza y casa suya, y molinos, y aceña, y
otros edificios, y en la fortaleza de la Vega, que fué la de la Concepcion, y
en otras partes, por lo cual murió mucha gente de hambre, y flaqueza, y
enfermedades, de no darles los bastimentos segun las necesidades que cada uno
padecia; que mandaba azotar y afrentar muchos hombres por cosas livianísimas,
como porque hurtaban un celemin de trigo, muriendo de hambre, ó porque iban á
buscar de comer. Item, porque se iban algunos á buscar de comer, á donde
andaban algunas Capitanías de cristianos, habiéndole pedido licencia para ello,
y él negándola, y no pudiendo sufrir la hambre, que los mandaba ahorcar; que
fueron muchos los que ahorcó por ésto, y por otras causas, injustamente. Que no
consentia que se baptizasen los indios que querian los clérigos y frailes
baptizar, porque queria más esclavos que cristianos; pero esto podia impedir
justamente, si los querian baptizar sin doctrina, porque era gran sacrilegio
dar el baptismo á quien no sabia lo que rescibia. Acusáronle que hacia guerra á
los indios, ó que era causa della injustamente, y que hacia muchos esclavos
para enviar á Castilla. Item, acusáronle que no queria dar licencia para sacar
oro, por encobrir las riquezas desta isla y de las Indias, por alzarse con
ellas con[494] favor de algun otro Rey cristiano.
La falsedad desta acusacion está bien clara, por muchas razones arriba dichas,
y algunas veces referidas, donde parece que ántes moria y trabajaba por enviar
á los Reyes nuevas de minas ricas, y por envialles oro para suplir los gastos
que hacian; y esto tenia por principal interés y provecho suyo, porque via que
todos los que lo desfavorecian para con los Reyes no alegaban otra causa sino
que gastaban y que no recibian utilidad ninguna, y así, estaba infamada y caida
toda la estimacion deste negocio de las Indias, de donde todo el mal y daño
suyo procedia: y así, no parece tener color de verdad este delito que le
imputaban. Acusáronle más, que habia mandado juntar muchos indios armados para
resistir al Comendador y hacelle tornar á Castilla, y otras muchas culpas é
injusticias y crueldades en los españoles cometidas, pero en la honestidad de
su persona ninguno tocó, ni cosa contra ella dijo, porque ninguna cosa dello
que decir habia; pero poca cuenta tenian los que le acusaban de hacer mencion
de las que habian ellos cometido, y él en mandallo, en las guerras injustas y
malos y asperísimos tratamientos en los tristes indios. Y esta fué
insensibilidad y bestialidad general de todos los jueces que han venido y
tenido cargo de tomar cuenta y residencia á otros jueces en estas Indias, que
nunca ponian por cargos (sino de muy pocos años atras, hasta que fueron
personas religiosas que clamaron en Castilla), muertes, ni opresiones, ni
crueldades cometidas en los indios, sino los agravios de nonadas que unos
españoles á otros se hacian, y otras cosas, que, por graves y gravísimas que
fuesen, eran aire y accidentes livianísimos, comparadas á las más chicas que
padecian los indios, las cuales, como sustanciales, asolaban como han asolado,
todas estas Indias. Muchas destas y otras, tambien acusaron á sus hermanos; yo
vide el proceso ó pesquisa y della muchos testigos, y los cognoscí muchos años,
que dijeron las cosas susodichas. Dios sabe las que eran verdad, y con qué
razon é intencion se tomaban y deponian, puesto que yo no dudo sino que el
Almirante y sus hermanos[495] no usaron de la
modestia y discrecion, en el gobernar los españoles, que debieran, y que muchos
defectos tuvieron, y rigores y escaseza en repartir los bastimentos á la gente,
pues no los daban los Reyes sino para mantenimientos de todos, y que se distribuyeran
segun el menester y necesidad de cada uno, por lo cual todo cobraron contra
ellos, la gente española, tanta enemistad; pero como el Almirante y ellos, tan
perniciosamente, cerca de la entrada en estas tierras y tratamientos destas
gentes, cuyas eran, y que ni pudieron, ni supieron, ni tuvieron á quien se
quejar, erraron, no podia ser ménos, por justo juicio divino, sino que tambien
cerca de la gobernacion y tratamiento de los españoles errasen, para que,
sabiendo y pudiendo y teniendo á quien quejarse, hobiese ocasion para cortar el
hilo que el Almirante llevaba de disminuirlas, y con quitárselas de las manos
con tanta pérdida, desconsuelo y deshonor suyo, por las culpas ya cometidas, se
castigase, y porque, al fin, otros las habian de consumir, permitiéndolo así la
divinísima justicia, por los secretos juicios que Dios se sabe, ménos parece
ser ordenado divinalmente para utilidad dellas, que del Almirante.
CAPÍTULO CLXXXI.
El Comendador, sabiendo que el Almirante venia para
Sancto Domingo, mandó prender á su hermano D. Diego, y, con unos grillos,
échalo en una carabela de las que él habia traido, sin decille por qué ni para
qué, ni dalle cargo ni esperar ni oir descargo; llegó el Almirante y vále á
ver, y el rescibimiento que le hizo fué mandalle poner unos grillos, y metelle
en la fortaleza, donde ni él lo vido ni le habló más, ni consintió que hombre
jamás le hablase. Cosa pareció esta absurdísima, descomedida, y detestable
juntamente, y miseranda y miserable, que una persona en tanta dignidad subida,
como era Visorey y Gobernador perpétuo de todo este orbe, y por muy remerecido
renombre Almirante del mar Océano, y que, con tantos trabajos, peligros y
sudores, aquellos títulos, por singular privilegio de Dios escogido, habia
ganado, y con mostrar al mundo este mundo, tantos siglos encubierto al mundo,
porque así lo diga y peculiarmente á los Reyes y reinos de Castilla, con
vínculo antidotal y por natural razon establecido, á perpétuo agradecimiento
habia obligado, que tan inhumana y descomedidamente, y con tanto deshonor haya
sido tratado, cosa, por cierto, indigna de razon recta fué, y más que
monstruosa. Tenia el Adelantado ya en Xaraguá y Francisco Roldan, presos, de
los que de nuevo se alzaban, pienso que oí por aquellos tiempos decir que eran
16, metidos en un hoyo ó pozo, para los ahorcar. Envió el Comendador á decir al
Almirante que escribiese al Adelantado que no tocase en ellos por manera del
mundo, y lo enviase á llamar, y así lo hizo, mandándole que viniese con toda
paz y obediencia á los mandamientos Reales, y no curase de su prision, que á
Castilla irian, y los Reyes remediarian sus[497] agravios.
Llegado el Adelantado á Sancto Domingo, halló en el Comendador el hospedaje que
habia dado al Almirante. Preso el Almirante con sus dos hermanos, y en las
carabelas aherrojados, los que más mal les querian tuvieron aparejo para
cumplidamente dellos vengarse, porque no les bastó gozarse de vellos con tanto
deshonor y abatimiento angustiados, pero áun por escrito y por palabras, con
larga licencia, de dia y de noche no cesaban, poniendo líbelos famosos por los
cantones y leyéndolos públicamente, de maldecir y escarnecer dellos, y
blasfemallos, y lo que más duro les pudo ser, que algunos de los que esto tan
temeraria é impiamente hacian, habian comido su pan y llevado su sueldo, y eran
sus criados; y, lo que no sin gran lástima y dolor se puede ni conviene decir,
cuando querian echar los grillos al Almirante, no se hallaba presente quien por
su reverencia y de compasion se los echase, sino fué un cocinero suyo
descognoscido y desvergonzado, el cual, con tan deslavada frente se los echó,
como si le sirviera con algunos platos de nuevos y preciosos manjares. Este yo
le cogsnoscí muy bien, y llamábase Espinosa, sino me he olvidado. Estos grillos
guardó mucho el Almirante, y mandó que con sus huesos se enterrasen, en
testimonio de lo quel mundo suele dar, á los que en él viven, por pago.
Ciertamente, cosa es esta digna de con morosidad ser considerada, para que los
hombres, ni confien de sus servicios y hazañas, ni esperen estar seguros,
porque mucho tengan los Príncipes ó Reyes por ellas obligados, porque al cabo
son hombres y mudables, y tanto más mudables, cuanto su ánimo real de muchos es
golpeado, y pocas veces complidamente á los verdaderos servicios, con mercedes
condignas satisfacen, y muchas con disfavores y amortiguada y obliviosa
gratitud las que han hecho deshacen. Por esta causa, el profeta David
clamaba: Nolite confidere in principibus in filiis hominum in quibus
non est salus. Sólo Dios es el que hace las mercedes y no las impropera ni
las deshace, como dice San Pablo, cuando verdaderamente dél no nos desviamos, y
el que no engaña ni puede ser engañado, aunque tenga muchos privados. Y puesto
que[498] los católicos Reyes fuesen mucho
agradecidos á los servicios del Almirante, y les pesase, como abajo se
declarará, de su prision y el mal tratamiento que el Comendador hizo á él y á
sus hermanos, empero, en la verdad, fueron tan largos y exorbitantes los
poderes que le dieron, y pusieron en él tanta confianza, que, si más de lo que
hizo contra el Almirante y sus hermanos hiciera, y peor de lo que los tractó
los tractara, para todo parece, por los mismos poderes, que tuvo poder y mando.
Parece que los católicos Reyes debieran exceptuar que no tocara en la persona
del Almirante, pero creo que, como cosa que de sí era manifiesta no incluirse
en los dichos poderes, segun buen juicio, y áun segun reglas del derecho, de
hacer tal excepcion no curaron. En fin, poco ménos calamitoso fué el fruto y
galardon que reportó el Almirante de sus tan grandes trabajos, y de haber
mostrado este orbe nuevo al mundo, que hobo aquel fortísimo é industriosísimo
Belisario, gran Capitan del emperador Justiniano, el cual, despues de vencidos
los persas en el Oriente y los vándalos en Africa, y traidos en triunfo, y los
godos en Italia, y otra vez los mismos vándalos postrados y echados de Africa,
y á Totila, rey de los godos, dos veces resistido, y Roma, otra vez que estuvo
cercada un año, de los mismos godos, la descercó y envió las llaves al
Emperador, y dejando de ser Rey de los godos, porque lo elegian por Rey y le
ofrecian todo servicio y favor para que tomase el reino de Italia, y hecho en
servicio y defensa y aumento del Imperio romano muchas otras hazañas, al cabo
rescibió el galardon que suelen haber muchas veces los varones meritísimos, que
por el bien universal se aventuran, y trabajan por las repúblicas; este fué,
que como fuese de los que no le amaban, envidiado, y levantádole que queria
alzarse con el ejército y quitar la obediencia á Justiniano, y señorearse de
Italia, no bastando que por esta sospecha que el Emperador tuvo, le envió á
llamar, él fué luego con muchos despojos y con Vittige, rey dellos, y otros
muchos presos de los godos principales, y quitada la sospecha que tuvo el
Emperador, del todo, por entónces,[499] finalmente,
ó porque se lo tornó á renovar, ó por odio que le tuvo, no se recordando de sus
generosos y dignos servicios, le mandó sacar los ojos y privar de cuanto tenia,
de donde vino á tal estado, que hobo de mendigar por la extrema necesidad. Esto
postrero, dice Volaterano en los comentarios de su Anthropología,
libro XXIII; lo demas, Procopio en los libros de la «Guerra de los godos,» y en
los de la «Guerra de Persia,» y en los de la «Guerra contra los vándalos en
África,» larguísimamente lo trata, y otros muchos, despues de él,
historiadores. Al Almirante, pues, no le mandaron sacar los ojos, ni creo que
su prision, pero ya que aquel Comendador le prendió, y con tanto deshonor en
hierros le envió, privado de todo su estado y honra, y de toda su hacienda,
hermanos, amigos y criados, como hiciera á Francisco Roldan ó á otro de los más
bajos hombres y delincuentes que con él habian estado rebelados, nunca,
miéntras vivió, los Reyes sus pérdidas y deshonra ni estado recompensaron,
ántes, habiendo añadido otros admirables acerbísimos y muchos trabajos y
peligros, en nuevos descubrimientos que despues hizo por servilles, al fin, en gran
necesidad, disfavor y pobreza, como en el siguiente libro se dirá, murió; y lo
que más amargo y más doloroso que sacarle los ojos sintió, y con razon, fué el
sobresalto y angustia, que, cuando de la fortaleza le sacaron para llevarle al
navío, creyendo que le sacaban á degollar, rescibió. Y así, llegando Alonso de
Vallejo, un hidalgo, persona honrada, de quien luego más se dirá, á sacalle y
llevalle al navío, preguntóle, con rostro doloroso y profunda tristeza, que
mostraba bien la vehemencia de su temor: «Vallejo ¿dónde me lleváis?» respondió
Vallejo: «señor, al navío vá vuestra señoría á se embarcar;» repitió, dudando
el Almirante: «Vallejo ¿es verdad?» responde Vallejo: «por vida de vuestra
señoría, que es verdad que se vá á embarcar.» Con la cual palabra se conhortó,
y cuasi de muerte á vida resucitó. ¿Qué mayor dolor pudo nadie sentir? ¿Qué más
vehemente turbacion le pudo cosa causar? Creo que tuviera entónces por pena
liviana que los ojos le sacaran como á Belisario,[500] si
de la muerte Vallejo le asegurara. Tan súpitamente derriballo de la dignidad de
Visorey, que á todos los gobernaba y mandaba, sin cometer, como arriba algunas
veces se ha dicho, nuevas culpas (cuanto á los españoles digo, que eran las que
por culpas se estimaban y porque le maltrataban), ántes él habia recibido,
despues que vino, ofensas y desobediencias y daños grandes, y sin ponelle
cargos ni él descargarse, á tan miserable y abatido estado, que temiese ser,
por un hombre, particular juez, justiciado, no pudo sino incomparable materia
de angustia, y amargura, y estupenda turbacion causarle. A Francisco Roldan,
autor de todos los alborotos y levantamientos pasados, y á D. Hernando de
Guevara, que ahora se habia alzado, y á los demas que estaban para ahorcar, no
supe que penase ni castigase en nada, los cuales yo vide pocos dias despues
desto, que yo á esta isla vine, sanos y salvos, y harto más que el Almirante y
sus hermanos prosperados, si llamarse puede, aquella vida que tenian
prosperidad y no más infelicidad. Metido en la carabela ó navío el Almirante y
sus hermanos, aherrojados, dió cargo dellos el Comendador y envió por Capitan
de las dos carabelas que habia traido, al dicho Alonso de Vallejo, mandándole,
que así, con sus hierros y los procesos ó pesquisas que hizo, los entregase al
obispo D. Juan de Fonseca en llegando á Cáliz. Este Alonso de Vallejo, persona,
como dije, prudente, hidalgo y muy honrado, y harto mi amigo, era criado de un
caballero de Sevilla, que se llamaba Gonzalo Gomez de Cervantes, tio, segun se
decia, del mismo obispo D. Juan, y de aquí debió de venir que el comendador
Bobadilla, quiso, por agradar al Obispo, dar cargo á Vallejo que llevase preso
al Almirante. Sospecha hobo harto vehemente quel Comendador hobiese hecho tanta
vejacion y mal tractamiento al Almirante, con favor y por causa del dicho
obispo D. Juan, y si así fué no le arrendaria al señor Obispo la ganancia.
CAPÍTULO CLXXXII.
Partieron las carabelas del puerto de Sancto
Domingo para Castilla, con el Almirante preso y sus hermanos, al principio del
mes de Octubre de 1500 años. Quiso Nuestro Señor de no alargalles mucho el
viaje, por acortalles la prision, porque llegaron á 20 ó 25 dias de Noviembre á
Cáliz. En el camino, del Alonso de Vallejo y del Maestre, que dije arriba
llamarse Andrés Martin de la Gorda, por su carabela que se llamó así, el cual
creo que tambien traia mandado el recaudo del Almirante y de sus hermanos, fué
el Almirante y sus hermanos bien tratados; quisieron quitarle los grillos, pero
no consintió el Almirante hasta que los Reyes se los mandasen quitar, y, segun
en aquel tiempo oí decir, el dicho maestre Andrés Martin, llegando á Cáliz, dió
lugar que saliese secretamente un criado del Almirante, con sus cartas para los
Reyes y para otras personas, ántes que los procesos entregase, creyendo que los
Reyes se moverian por sus cartas, rescibiéndolas primero que las del
Comendador, y proveerian lo que conviniese al Almirante, puesto que, como
católicos y agradecidos Príncipes, no dejaran, sin aquello, de proveer lo que
mandaron. No hallé original ni minuta de carta suya, que escribiese desde Cáliz
el Almirante á los Reyes; por ventura, no quiso escribilles, sino que de otros
lo supiesen, por verse así tan afrentado por sus poderes, creyendo quizá,
tambien, que de su voluntad su prision habia sucedido. Escribió, empero, una
carta larga al ama del príncipe D. Juan, que sea en gloria, la cual mucho
queria al Almirante, y en cuanto podia lo favorecia con la Reina, y el tenor de
la carta es el siguiente, por el principio de la cual parece la llaneza del
Almirante, y la poca presuncion que de la vanidad de los títulos, de que agora
usa España, entónces habia.
«Muy virtuosa señora: Si mi queja del mundo es
nueva, su uso de maltratar; es de antiguo; mil combates me ha dado, y á todos
resistí, fasta agora que no me aprovechó armas ni avisos; con crueldad me tiene
echado al fondo; la esperanza de Aquel que crió á todos, me sostiene; su
socorro fué siempre muy presto; otra vez, y no de léjos, estando yo más bajo,
me levantó con su brazo derecho, diciendo: «¡oh hombre de poca fe, levántate,
que yo soy, no hayas miedo!» Yo vine con amor tan entrañable á servir á estos Príncipes,
y he servido de servicio de que jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra
que decia Nuestro Señor, por Sant Juan, en el Apocalipsi, despues de dicho por
boca de Isaías, me hizo mensajero, y amostró aquella parte. En todos hobo
incredulidad, y á la Reina, mi señora, dió dello el espíritu de inteligencia y
esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera, como á cara y muy amada hija; la
posesion de todo esto fuí yo á tomar en su real nombre. La ignorancia en que
habian estado todos, quisieron enmendallo traspasando el poco saber á fablar en
inconvenientes y gastos, Su Alteza lo aprobaba, al contrario, y lo sostuvo
hasta que pudo. Siete años se pasaron en la plática, y nueve ejecutando cosas
señaladas y dignas de memoria, se pasaron en este tiempo; de todo no se fizo
concepto; llegué yo, y estoy que no hay nadie tan vil que no piense de
ultrajarme, por virtud se contará en el mundo, á quien puede no consentillo. Si
yo robara las Indias y tierra que fan faze en ello, de que agora es la fabla
del altar de Sant Pedro, y las diera á los moros, no pudieran en España
amostrarme mayor enemiga. ¿Quién creyera tal, á donde hobo tanta nobleza? Yo
mucho quisiera despedir del negocio, si fuera honesto para con mi Reina, el
esfuerzo de Nuestro Señor y de Su Alteza fizo que continuase, y por aliviarle
algo de los enojos en que á causa de la muerte estaba (esto dice, porque era
entónces muerto el príncipe D. Juan), cometí viaje nuevo al nuevo cielo y mundo
que fasta entónces estaba en oculto, y sino es tenido allí en estima, así como
los otros de las Indias, no es maravilla, porque salió á parecer de mi
industria.[503] Este viaje de Paria, creí que
apaciguara algo por las perlas, y la fallada del oro en la Española; las perlas
mandé yo ayuntar y pescar á las gentes, con quien quedó el concierto de mi
vuelta por ellas, y, á mi comprender, á medida de fanega; esto me salió como
otras cosas muchas, no las perdiera, ni mi honra, si buscara yo mi bien propio
y dejara perder la Española, ó se guardaran mis privilegios y asientos, y otro
tanto digo del oro que yo tenia agora junto, que con tantas muertes y trabajos,
por virtud divinal, he allegado á perfecto. Cuando yo fuí á Paria, fallé cuasi
la mitad de la gente en la Española, alzados, y me han guerreado fasta agora
como á moro, y los indios, por otro cabo, gravemente[9].
En esto vino Hojeda y probó á echar el sello, y dijo que Sus Altezas lo
enviaban con promesas de dádivas y franquezas y paga; allegó gran cuadrilla que
en toda la Española muy pocos hay, salvo vagabundos, y ninguno con mujer y
fijos. Este Hojeda me trabajó harto, y fuéle necesario de se ir, y dejó dicho
que luego sería de vuelta con más navíos y gente, y que dejaba la Real persona
de la Reina á la muerte; y en esto llegó Vicente Yañez, con cuatro carabelas;
hobo alboroto y sospecha, mas no daño. Despues, una nueva de seis otras
carabelas, que traia un hermano del Alcalde, mas fué con malicia, y esto fué ya
á la postre, cuando ya estaba muy rota la esperanza que Sus Altezas hobiesen
jamás de enviar navío á las Indias, y que vulgarmente decia que Su Alteza.....
Un Adrian, en este tiempo, probó alzarse otra vez, como de ántes, mas Nuestro
Señor no quiso que llegase á efecto su mal propósito; yo tenia propuesto en mí
de no tocar el cabello de nadie, y á este, por su ingratitud, con lágrimas, no
se pudo guardar así como yo lo tenia pensado; á mi hermano no hiciera ménos, si
me quisiera matar y robar el señorío que mi Rey é Reina me tenian dado en
guarda. Seis meses habia que yo estaba despachado para venir á Sus Altezas con
las buenas nuevas del oro, y huir de gobernar[504] gente
disoluta, que no teme á Dios, ni á su Rey y Reina, llena de achaques y de
malicias; ántes de mi partida supliqué tantas veces á Sus Altezas que enviasen
allá, á mi costa, quien tuviere cargo de la justicia, y despues que fallé
alzado al Alcalde, se lo supliqué de nuevo (ó por alguna gente, ó al ménos,
algun criado con cartas), porque mi fama es tal, que aunque yo faga iglesias y
hospitales, siempre serán dichas espeluncas para latrones. Proveyeron ya, al
fin, y fué muy contrario de lo que la negociacion demandaba; vaya en buena
hora, pues que es á su grado. Yo estuve allá dos años, sin poder ganar una
provision de favor para mí, ni por los que allá fuesen, y este llevó una arca
llena; si parirán todas á su servicio, Dios lo sabe. Ya, por comienzos, hay
franquezas por veinte años, que es la edad de un hombre, y se coge el oro; que
hobo persona de cinco marcos en cuatro horas, de que diré despues, más largo;
si pluguiese á Sus Altezas de desfacer un vulgo de los que saben mis fatigas,
que mayor daño me ha hecho el mal decir de las gentes, que no me ha aprovechado
el mucho servir y guardar facienda y señorío, sería limosna, é yo restituido en
mi honra, é se fablaria dello en todo el mundo, porque el negocio es de calidad
que cada dia ha de ser más sonado y en alta estima. En esto vino el comendador
Bobadilla á Sancto Domingo; yo estaba en la Vega, y el Adelantado en Xaraguá,
donde este Adrian habian hecho cabeza, mas ya todo era llano, y la tierra rica
y todos en paz. El segundo dia que llegó, se crió Gobernador y fizo oficiales y
ejecuciones, y apregonó franquezas del oro y diezmos, y, generalmente, de toda
otra cosa, por veinte años, que es la edad de un hombre; y que venia por pagar
á todos, bien que no habian servido llenamente hasta ese dia, y publicó que á
mí habia de enviar en fierros, y á mis hermanos, así como lo ha fecho, y que
nunca yo volveria más allí, ni otro de mi linaje, diciendo de mí mil
deshonestidades y descorteses cosas. Esto todo fué el segundo dia que llegó,
como dije, y estando yo léjos, absente, sin saber dél ni de su venida; unas
cartas de Sus Altezas, firmadas en blanco, de que él llevaba una[505] cantidad, hinchió y envió al Alcalde y á su
compañía, con favores y encomiendas; á mí nunca me envió carta ni mensajero, ni
me ha dado fasta hoy. Piense qué pensaría quien tuviere mi cargo, honrar y
favorecer á quien probó á robar á Sus Altezas y ha fecho tanto mal y daño, y
arrastrar á quien con tantos peligros se lo sostuvo[10].
Cuando yo supe esto, creí que esto sería como lo de Hojeda, ó uno de los otros,
templóme que supe de los frailes, de cierto, que Sus Altezas lo enviaban;
escribíle yo que su venida fuese en buena hora, y que yo estaba despachado para
ir á la corte y fecho almoneda de cuanto yo tenia, y que en esto de las
franquezas, que no se acelerase, que esto y el gobierno yo se lo daria luego
tan llano como la palma, y así lo escribí á los religiosos. Ni él ni ellos me
dieron respuesta, ántes se puso él en son de guerra, y apremiaba á cuantos allí
iban que le jurasen por Gobernador, dijéronme, que por veinte años. Luego que
yo supe estas franquezas, pensé de adobar un yerro tan grande, y que él seria
contento, las cuales dió sin necesidad y causa, de cosa tan gruesa, y á gente
vagabunda, que fuera demasiado para quien trujera mujer é hijos; publiqué por
palabra y por cartas que él no podia usar de sus provisiones, porque las mias
eran las fuertes, y les mostré las franquezas que llevó Juan Aguado. Todo esto
que yo fice era por dilatar, porque Sus Altezas fuesen sabidores del estado de
la tierra, que hobiesen lugar de tornar á mandar en ello lo que fuese de su
servicio. Tales franquezas excusado es de las apregonar en las Indias: los
vecinos que han tomado vecindad, es logro, porque se les dan las mejores
tierras, y á poco valerán 200.000 maravedís, de los cuatro años que la vecindad
se acaba, sin que den una azadonada en ellas. No diria yo así si los vecinos
fuesen casados, mas no hay seis entre todos que no estén sobre el aviso de
ayuntar lo que pudieren y se ir en buena hora[11].[506] De Castilla sería bien que fuesen, y áun saber
quién y como, y se poblase de gente honrada. Yo tenia asentado con estos
vecinos que pagarian el tercio del oro y los diezmos y esto á su ruego, y lo
recibieron en grande merced de Sus Altezas; é reprendíles cuando yo oí que se
dejaban dello y esperaban que el Comendador faria otro tanto, mas fué el
contrario, indignólos contra mí, diciendo que yo les queria quitar lo que Sus
Altezas les daban, y trabajó de me los echar á cuestas, y lo hizo, y que escribiesen
á Sus Altezas que no me enviasen más al cargo, y así se lo suplico por mí y por
toda cosa mia, en cuanto no haya otro pueblo; y me ordenó él, con ellos,
pesquisas de maldades, que al infierno nunca se supo de las semejantes. Allí
está Nuestro Señor que escapó á Daniel y á los tres muchachos, con tanto saber
y fuerza como tenia, y con tanto aparejo, si le pluguiere, como con su gana,
supiera yo remediar todo esto y lo otro de que está dicho y ha pasado despues
que estoy en las Indias, si me consintiera la voluntad á procurar por mi bien
propio, y me fuera honesto, mas el sostener de la justicia y acrecentar el
señorío de Sus Altezas fasta agora me tiene al fondo; hoy en dia que se falla
tanto oro, hay division en qué haya mas ganancia, ó ir robando, ó ir á las
minas. Por una mujer tambien se fallan 100 castellanos, como por una labranza,
y es mucho en uso, y há ya fartos mercaderes que andan buscando muchachas; de
nueve á diez son agora en precio, de todas edades ha de tener un bueno. Digo
que la fuerza del mal decir de desconcertados, me ha hecho más daño que mis
servicios fecho provecho, mal ejemplo es por lo presente y por lo futuro; fago
juramento que cantidad de hombres han ido á las Indias, que no merescian el
agua para con Dios y con el mundo, y agora vuelven allá. Enemistólos á ellos
conmigo, y él, parece, segun se hobo y segun sus formas, que ya lo tenia bien
entendido, ó es que se dice que ha gastado mucho por venir á este negocio; no
se dello más de lo que oigo. Yo nunca oí que el Pesquisidor allegase los
rebeldes y los tomase por testigos contra aquel que gobierna á ellos, y á otros
sin fe, ni dignos[507] della. Si Sus Altezas
mandasen hacer una pesquisa general, allí, vos digo yo, que verian por gran
maravilla como la isla no se funde; yo creo que se acordará vuesamerced cuando
la tormenta sin velas me echó en Lisboa, que fuí acusado falsamente que habia
yo ido allá al Rey para darle las Indias; despues supieron Sus Altezas el
contrario, y que todo fué con malicia. Bien que yo sepa poco, no sé quién me
tenga por tan torpe que yo no conozca que, aunque las Indias fuesen mias, que
yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe; si esto es así, ¿á dónde
pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad que en el Rey y Reina, nuestros
señores, que de nada me han puesto en tanta honra, y son los más altos
Príncipes, por la mar y por la tierra, del mundo, y los cuales tienen que yo
les haya servido, y me guardan mis privilegios y mercedes, y, si alguien me los
quebranta, Sus Altezas me los acrescientan con aventaja, como se vido en lo de
Juan Aguado, y me mandar hacer mucha honra; y, como dije, ya Sus Altezas
rescibieron de mí servicios, y tienen mis hijos sus criados, lo que en ninguna
manera pudiera esto llegar con otro Príncipe, porque á donde no hay amor todo
lo otro cesa? Dije yo ahora así contra un mal decir, con malicia y contra mi
voluntad, porque es cosa que ni en sueños debiera allegar á memoria, porque las
formas y fechos del comendador Bobadilla, con malicia las quiere alumbrar en
esto, mas yo le faré ver con el brazo izquierdo, que su poco saber y gran
cobardía con desordenada cudicia le ha fecho caer en ello. Ya dije como yo le
escribí y á los frailes, y luego partí, así como le dije, muy sólo, porque toda
la gente estaba con el Adelantado, y tambien por le quitar de sospecha. Él,
cuando lo supo, echó á D. Diego preso en una carabela, cargado de fierros, y á
mí, en llegando, hizo otro tanto, y despues al Adelantado cuando vino; ni le
fablé mas á él, ni consintió que hasta hoy nadie me haya fablado, y fago
juramento que no puedo pensar por qué sea yo preso. La primera diligencia que
hizo, fué á tomar el oro, el cual hobo sin medida ni peso, é yo absente; dijo
que queria él pagar dello á la gente, y segun[508] oí,
para sí fizo la primera parte, y envia por rescate rescatadores nuevos; deste
oro tenia yo apartado ciertas muestras, granos muy gruesos, como huevos, como
de ansar ó de gallina, y de pollos, y de otras muchas fechuras, que algunas
personas tenian cogido en breve espacio, con que se alegrasen Sus Altezas, y
por ello comprendiesen el negocio, con una cantidad de piedras grandes, llenas
de oro. Este fué el primero á se dar con malicia, porque Sus Altezas no
tuviesen este negocio en algo, que él tuviese fecho el nido de que se da buena
priesa. El oro que está por fundir, mengua al fuego, una cadena que pesaria
hasta 20 marcos, nunca se ha visto; yo he sido muy agraviado en esto del oro,
más áun que de las perlas, porque no las he traido á Sus Altezas. El
Comendador, en todo que le pareció que me dañaria, luego fué puesto en obra.
Con 600.000 maravedís pagara á todos, sin robar á nadie, y habia más de cuatro
cuentos de diezmos y alguacilazgo, sin tocar en el oro; hizo unas larguezas que
son de risa, bien que creo que encomenzó en sí la primera parte: allá lo sabrán
Sus Altezas cuando le mandaren tomar cuenta, en especial, si yo estuviese á
ella. Él no face sino decir que se debe gran suma, y es la que yo dije, y no
tanto. Yo he sido muy agraviado en que se haya enviado Pesquisidor sobre mí,
que sepa que si la pesquisa que él enviare fuere muy grave que él quedará en el
Gobierno. Pluguiera á Nuestro Señor, que Sus Altezas le enviaran á él ó á otro,
dos años há, porque sé que yo fuera ya libre de escándalo y de infamia, y no se
me quitara mi honra, ni la perdiera. Dios es justo, y ha de hacer que se sepa
por qué y como allí me juzgan, como Gobernador que fué á Cecilia ó ciudad ó
villa puesta en regimiento, y á donde las leyes se pueden guardar por entero,
sin temor que se pierda todo, y rescibo grande agravio. Yo debo ser juzgado
como Capitan, que fué de España á conquistar, fasta las Indias, á gente
belicosa[12],
y mucha, y de costumbres y secta muy contraria,[509] donde,
por voluntad divina[13],
he puesto so el señorío del Rey y de la Reina, nuestros señores, otro mundo, y
por donde la España, que era dicha pobre, es la más rica[14];
yo debo de ser juzgado como Capitan que de tanto tiempo fasta hoy trae las
armas á cuestas, sin las dejar una hora, y de caballeros de conquistas, y del
uso, y no de letras, salvo si fuesen griegos, ó de romanos, ó de otros
modernos, de que hay tantos y tan nobles en España, ó, de otra guisa, rescibo
grande agravio, porque en las Indias no hay pueblo ni asiento. Del oro y
perlas, ya está abierta la puerta, y cantidad de todo, piedras preciosas y
especería, y de otras mil cosas se pueden esperar firmemente. Las nuevas del
oro, que yo dije que daria, son que, dia de Navidad, estando yo muy afligido,
guerreado de los malos cristianos y de indios, en término de dejar todo y
escapar, si pudiese, la vida, me consoló Nuestro Señor milagrosamente, y dijo:
«esfuerza, no temas, yo proveeré en todos los siete años, del término del oro,
no son pasados, y en ellos y en lo otro, te dará remedio»: ese dia supe que
habia 80 leguas de tierra, y en todas, cabo ellas, minas: el parecer agora, es
que sea todavía. Algunos han cogido 120 castellanos en un dia, y otros 90, y se
han cogido fasta 250, y 50 fasta 70, y otros muchos de 20 fasta 50; es tenido
por buen jornal, y muchos lo continúan, el comun es de 6 fasta 12, y quien de
aquí abaja no va contento. Parece tambien que estas minas son como las otras,
que responden en los dias no igualmente, las minas son nuevas, y los cogedores;
el parecer de todos es que, aunque vaya allá toda Castilla, que, por torpe que
sea la persona, que no abajará de un castellano ó dos cada dia, y agora es esto
así en fresco; es verdad que el que tiene algun indio[15] coge
esto, mas el[510] negocio consiste en el cristiano[16].
Ved qué discrecion fué de Bobadilla dar todo por ninguno, y cuatro cuentos de
diezmos, sin causa ni ser requerido, sin primero lo notificar á Sus Altezas; y
el daño no es este sólo. Yo sé que mis yerros no han sido con fin de facer mal,
y creo que Sus Altezas lo tienen así, como yo lo digo, y sé y veo que usan de
misericordia con quien maliciosamente les sirve: yo creo y tengo por muy
cierto, que muy mejor y más piedad habrán conmigo, que caí en ello con
inocencia y forzosamente, como sabrá despues por entero, y el cual soy su
fechura, y mirarán á mis servicios y cognoscerán de cada dia que son muy
aventajados. Todo pornán en una balanza, así como nos cuenta la Sancta
Escritura que será el bien con el mal en el dia del juicio. Si todavía mandan
que otro me juzgue, lo cual no espero, y que sea por pesquisa de las Indias,
humilmente les suplico que envien allá dos personas de consciencia y honrados,
á mi costa, los cuales fallarán de ligero agora que se halla el oro cinco
marcos en cuatro horas; con esto y sin ello, es necesario que lo provean. El
Comendador, en llegando á Sancto Domingo, se aposentó en mi casa; así como la
falló, así dió todo por suyo. Vaya en buena hora, quizá lo habia menester;
corsario nunca tal usó con mercader. De mis escrituras tengo yo mayor queja,
que así me las haya tomado, que jamás se le pudo sacar una, y aquellas de más
mi disculpa, esas tenia más ocultas; ved qué justo y honesto Pesquisidor. Cosa
de cuantas él haya hecho, me dicen que haya seido con término de justicia,
salvo absolutamente. Dios, Nuestro Señor, está con sus fuerzas, como solia, y
castiga en todo cabo, en especial la ingratitud de injurias.» Esto, así todo,
contenia la carta del Almirante para el ama del Príncipe.
CAPÍTULO CLXXXIII.
Ciertamente, graves angustias padeció el Almirante,
y agravios, parece que le hizo el Comendador, muy grandes, y, si fuese cierto
que el fin de los hombres, felice ó desastrado, testifica estos ó aquellos
pecados, bien podriamos decir, que, porque los Reyes le habian enviado, no le
habian de castigar por estas cosas de que se queja el Almirante, si ante los
Reyes fueran culpables; por ellas quiso Dios por su mano castigallo, porque se
ahogó en la mar, salido de Sancto Domingo, como se dirá en el libro siguiente,
porque así lo diga, cuasi á cien pasos. Pero esto no es cosa cierta, como el
juicio Divino sea profundo, y considere los méritos de los hombres muy
diferentemente del humano; porque muchas veces dá Dios, por el abismo de su
sabiduría y bondad, fin á algunos, que parece malo, y no por los pecados que
acá juzgamos, sino por las virtudes que aquellos tuvieron, por las cuales
merecieron que lo que por otras sus culpas habian de penar con mayor costa en
la otra, en esta vida lo pagasen; á otros suele conceder airados fines ó
acabamientos, segun el juicio de los hombres, gloriosos, por pagalles acá
algunas buenas obras que viviendo hicieron, porque no merecieron que en el
siglo venidero se les remunerasen, y estos se cuentan con los malaventurados.
Tornando al propósito, como los Reyes, que á la
sazon estaban en Granada, supieron la llegada y prision del Almirante y de sus
hermanos, la cual debian saber, lo primero, del ama del Príncipe, porque á ella
debia de enviar el Almirante su criado, y tambien por carta del Alonso de
Vallejo, ó del corregidor de Cáliz; hobieron mucho pesar de que viniese preso y
mal tractado, y proveyeron luego que lo soltasen, y, segun[512] oí
decir, mandáronle proveer de dineros con que viniese á la corte, y áun que
fueron los dineros 2.000 ducados; mandáronle escrebir que se viniese á la
corte, á donde llegó él y sus hermanos, á 17 de Diciembre, y los recibieron muy
benignamente, mostrando compasion de su adversidad y trabajos, dándoles todo el
consuelo que al presente pudieron dalles, en especial al Almirante,
certificándole que su prision no habia procedido de su voluntad, y con palabras
muy amorosas é eficaces le prometieron que mandarian deshacer y remediar sus
agravios, y que en todo y por todo sus privilegios y mercedes, que le habian
hecho, le serian guardados; y en esto, la serenísima Reina era la que se
aventajaba en consolalle y certificalle su pesar, porque, en la verdad, ella
fué siempre la que más que el Rey lo favoreció y defendió, y así el Almirante
tenia en ella principalmente su esperanza. Él, no pudiendo hablar por un rato,
lleno de sollozos y lágrimas, hincado de rodillas, mandáronle levantar;
comienza su plática, harto dolorosa, mostrando y afirmando el entrañable amor y
deseo que siempre tuvo de les servir con toda fidelidad, y que nunca, de
propósito ni industria, hizo cosa en que ofender su servicio pensase, y si por
yerros algunas obras suyas eran estimadas y juzgadas, no las habia hecho sino
con no alcanzar más, y siempre creyendo que hacia lo que debia, y en hacerlo
que acertaba. Que sea verdad lo susodicho, cerca de no haber sido la prision
del Almirante hecha por voluntad y mandado de los Reyes, sino por sólo querer y
auctoridad del comendador Bobadilla, y que hobiese á Sus Altezas della mucho
pesado, mostráronlo bien expresamente los Reyes católicos, en una su real Carta
que le escribieron de Valencia de la Torre, cuando estaba de partida para su
cuarto viaje, de que abajo se dirá. Entre otras cosas, dice así en un capítulo
de la dicha Carta:
«Cuanto á lo otro contenido en vuestros memoriales
y letras, tocante á vos, y á vuestros hijos y hermanos, porque como vedes, á
causa que Nos estamos en camino y vos de partida no se puede entender en ello
fasta que paremos de asiento en[513] alguna parte,
é si esto hobiésedes de esperar, se perderia el viaje á que agora vais, por
esto es mejor, que, pues de todo lo necesario para vuestro viaje estais
despachado, vos partais luego sin detenimiento, y quede á vuestro hijo el cargo
de solicitar lo contenido en los dichos memoriales. Y tened por cierto, que de
vuestra prision nos pesó mucho, y bien lo vistes vos y lo cognoscieron todos
claramente, pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar; y sabeis el
favor con que vos habemos mandado tratar siempre, y agora estamos mucho más en
vos honrar y tratar muy bien, y las mercedes que vos tenemos fechas vos serán
guardadas enteramente, segun forma y tenor de nuestros privilegios, que dellas
teneis, sin ir en cosa contra ellas. Y vos y vuestros hijos gozareis dellas,
como es razon y, si necesario fuere confirmarlas de nuevo, las confirmaremos, y
á vuestro hijo mandaremos poner en la posesion de todo ello, y en más, que esto
tenemos voluntad de vos honrar y facer mercedes; y de vuestros fijos y
hermanos. Nos ternemos el cuidado que es razon. Y todo esto se podrá facer
yéndovos en buena hora, y quedando el cargo á vuestro fijo, como está dicho, y
así vos rogamos que en vuestra partida no haya dilacion. De Valencia de la
Torre á 14 dias de Marzo de 502 años.—Yo el Rey.—Yo la Reina, etc.»
Asaz manifiesto parece, por estas palabras reales,
no haber procedido de su voluntad, ni haberle dado poder al Comendador para la
prision del Almirante y de sus hermanos, y haberles en gran manera, della y de
su mal tractamiento, pesado, y parece que, para en cuenta y recompensa della y
descargo suyo, los felices Príncipes le escribian y hacian estas palabras como
regalos. Por consiguiente, parece que el Comendador excedió y fué muy
descomedido en gran manera contra la honra, persona y hacienda del Almirante y
sus hermanos; sólo me parece que aquí debemos considerar, juzgando este negocio
por las altísimas causas donde conviene ir á parar, que ni en mano de los
Reyes, ni del comendador Bobadilla, ni de los que al Almirante acusaron, ni
tampoco por los agravios que á los españoles hacia, que como arriba tocamos,
quizás los castigos y[514] daños hechos, que á
muchos dicen que hizo, los merecian por sus delitos, insultos ó inobediencias y
pecados, que los por hacer eran remediables, mayormente con haber escrito é
importunado á los Reyes que enviasen acá quien la justicia administrase, sino
solamente por la disposicion divina que quiso preservalle de muchos mayores
males, que, con la ignorancia que tuvo, á estas gentes inocentes hiciera, como
arriba tambien habemos tocado, determinó de le privar, como al cabo le privó,
de todo su estado, no sólo en su persona, pero tambien en sus herederos y
sucesores, como parecerá adelante. Señal y conjetura, segun la divina
Escriptura y sentencia de los Sanctos averiguada, de tenello Dios contado en el
número de los predestinados; y ¡guay de aquellos que la divina permision
escojió para castigo y azote destas miserables naciones, y en el tal oficio los
olvida y perseveran hasta que la vida se les acaba!
Y con esto, á gloria y honra de Dios, y para
provecho de las ánimas, y testimonio de la verdad de las cosas que en estas
Indias han pasado, que es el fin destos nuestros voluntarios trabajos, queremos
dar conclusion al primer libro desta nuestra historia, para que, así como este
libro tuvo principio y comienzo de los principios que contamos, y que tuvo en
las cosas destas Indias el Almirante, lo cerremos, y asimismo tenga su fin, en
lo tocante al Almirante. Por lo cual damos á nuestro Dios y Señor, no cuantas
debemos, pero al ménos las que podemos, y estas querriamos que fuesen
innumerables é infinitas, gracias.
FIN DEL TOMO SEGUNDO.
ÍNDICE.
|
Páginas. |
|
|
Advertencia preliminar. |
|
|
Libro primero— Capítulo LXXXIII. |
|
|
Cap. LXXXIV. |
|
|
Cap. LXXXV. |
|
|
Cap. LXXXVI. |
|
|
Cap. LXXXVII. |
|
|
Cap. LXXXVIII. |
|
|
Cap. LXXXIX.—En el cual se tracta como el
Almirante envió á un Alonso de Hojeda con 15 hombres á descubrir la tierra, y
saber de las minas de Cibao.—Como recibian los indios á los cristianos con
mucha alegría.—Volvió Hojeda con nuevas de oro.—Alegróse el Almirante y toda
la gente.—Como despachó el Almirante, de los 17, los 12 navíos para Castilla,
con la relacion larga para los Reyes; y á quién envió por Capitan dellos,
etc. |
|
|
Cap. XC.—En el cual se tracta como el
Almirante salió por la tierra, con cierta gente española.—Dejó la gobernacion
de la Isabela á su hermano D. Diego.—Como salió en forma de guerra, y así
entraba y salia en los pueblos para mostrar su potencia y poner miedo en la
gente indiana.—Como se quiso amotinar un contador, Bernal de Pisa, y hurtar
ciertos navíos.—Los recibimientos que hacian los indios al Almirante y á los
cristianos.—De su bondad y simplicidad en la manera que tenian.—De la
hermosura de la vega á que puso nombre la Vega Real.—Los rios tan grandes y
hermosos que habia, y el oro que en ellos se hallaba, etc. |
|
|
Cap. XCI.—En el cual se tracta como el
Almirante subió á la provincia de Cibao, y de la etimología della, segun la
lengua de los indios; de su hermosura, puesto que es aspérrima; los [516]admirables y graciosísimos rios que tiene; los pinos
infinitos de que está adornada; de su sanidad, salubérrimas aguas y aires, y
alegría; del grandor della.—De los recibimientos y servicios que los indios
en los pueblos le hacian.—Como en un gracioso rio y tierra halló minas de oro
y de azul, y de cobre, y de ámbar, y especería.—Edificó una fortaleza.—De
unos nidos de aves que hallaron en las cavas que hicieron, de que el
Almirante se admiró, de lo cual tomó ocasion el auctor de decir como pudieron
estar sin podrirse, y descubre muchos secretos de naturaleza.—Colige argumento
de ser antiguas en estas tierras estas gentes. |
|
|
Cap. XCII.—En el cual se tracta como halló
el Almirante la gente cristiana muy enferma, y muerta mucha della.—Como por
hacer molinos y aceñas compelió á trabajar la gente, y por la tasa de los
mantenimientos, que ya muy pocos habia, comenzó á ser aborrecido, y fué
principio de ir siempre su estado descreciendo y áun no habiendo crecido.—De
los que mucho daño le hicieron fué fray Buil, el legado que arriba se
dijo.—Persuádese no tener hasta entónces el Almirante culpas por qué lo
mereciese.—Dícense muchas angustias que allí los cristianos, de hambre,
padecieron, y como morian cuasi desesperados.—De cierta vision que se publicó
que algunos vieron.—Como vino mensajero de la fortaleza que un gran señor
venia á cercarla.—De lo que el Almirante por remedio hizo. |
|
|
Cap. XCIII.—En el cual se tracta como
Alonso de Hojeda salió de la Isabela con 400 hombres, para poner miedo á la
gente de la tierra y sojuzgarla.—Como en llegando á un pueblo, pasado el Rio
del Oro, prendió un Cacique y señor, y á su hermano y sobrino por una cosa
que hizo un indio.—Como cortó las orejas á un vasallo del mismo Cacique en su
presencia.—Como condenó á muerte á los mismos, Cacique, hermano y
sobrino.—Dánse razones como ya tenian los indios justa guerra contra los
cristianos.—Cuán culpable fué deste hecho el Almirante, y cuan al revés entró
y comenzó en estas tierras del camino de la ley evangélica, etc. |
|
|
Cap. XCIV.—En el cual se tracta como el
Almirante determinó de ir á descubrir, como los Reyes le habian mucho
encargado, [517]cuando volvió el segundo
viaje.—Como constituyó un Presidente y un Consejo para el regimiento desta
isla.—Como partió de la Isabela y llegó á Cuba, por la parte del Sur.—Llegó á
surgir á un puerto.—Vinieron á los navíos muchos indios á traer á los cristianos
de lo que tenian, estimando que habian venido del cielo.—Como desde allí
descubrió la isla de Jamáica; púsole nombre Santiago.—Salieron muchas canoas
de indios, con alegría, para los navíos.—En un puerto salieron de guerra,
queriendo impedir á los cristianos la entrada.—Como lo hacian con razon y
justicia.—Como los cristianos asaetearon á ciertos indios, y cuan mal hecho
fué, y como no se habian de ganar por esta vía.—Como no se han de hacer males
por algun fin bueno, aunque salgan dellos bienes. |
|
|
Cap. XCV.—En el cual se cuenta como el
Almirante dejó á Jamáica y tornó sobre la isla de Cuba.—De un indio, que,
dejados sus parientes, llamando, se quiso ir con los cristianos.—Como yendo
por la costa de Cuba abajo tuvo grandes aguaceros y bajos para encallarle los
navíos, donde padecieron grandes trabajos y peligros.—Hallaron infinitas
islas pequeñas; púsoles nombre el Jardin de la Reina.—Vieron unas aves
coloradas de la manera y hechura de grullas.—Vieron grullas, muchas tortugas,
y de cierta pesquería dellas.—De la mansedumbre de los indios.—Toparon otros
indios mansísimos.—Detuvo uno.—Informóle ser isla Cuba, y nuevas que le dió
de un Cacique que habla por señas á su gente, sin ser mudo.—De otros peligros
que por allí padecieron. |
|
|
Cap. XCVI.—En el cual se tracta como
determinó el Almirante dar la vuelta para la Española.—De las leguas que
descubrió de Cuba.—Que halló por las reglas de la Astronomía, como se halló
de Cáliz tantas otras por la esfera.—Encalló con los navíos, padeció grandes
angustias.—Del olor de estoraque que sintieron.—De un indio viejo que vino á
hablar al Almirante, y de un teológico razonamiento que le hizo cerca de la
otra vida; cosa es muy notable, aunque breve, por ser dicha por un indio. |
|
|
Cap. XCVII. |
|
|
Cap. XCVIII. |
|
|
Cap. XCIX. |
|
|
Cap. C. |
|
|
Cap. CI.[518] |
|
|
Cap. CII. |
|
|
Cap. CIII.—En el cual se tracta de la
llegada á Castilla, con los 12 navíos, de Antonio de Torres. |
|
|
Cap. CIV. |
|
|
Cap. CV. |
|
|
Cap. CVI. |
|
|
Cap. CVII. |
|
|
Cap. CVIII. |
|
|
Cap. CIX. |
|
|
Cap. CX. |
|
|
Cap. CXI. |
|
|
Cap. CXII. |
|
|
Cap. CXIII. |
|
|
Cap. CXIV. |
|
|
Cap. CXV. |
|
|
Cap. CXVI. |
|
|
Cap. CXVII. |
|
|
Cap. CXVIII. |
|
|
Cap. CXIX. |
|
|
Cap. CXX. |
|
|
Cap. CXXI. |
|
|
Cap. CXXII. |
|
|
Cap. CXXIII. |
|
|
Cap. CXXIV. |
|
|
Cap. CXXV.—Este capítulo prosigue las
mercedes que los Reyes le hicieron este año de 1497. |
|
|
Cap. CXXVI. |
|
|
Cap. CXXVII. |
|
|
Cap. CXXVIII. |
|
|
Cap. CXXIX. |
|
|
Cap. CXXX. |
|
|
Cap. CXXXII. |
|
|
Cap. CXXXIII. |
|
|
Cap. CXXXIV. |
|
|
Cap. CXXXV. |
|
|
Cap. CXXXVI. |
|
|
Cap. CXXXVII. |
|
|
Cap. CXXXVIII.[519] |
|
|
Cap. CXXXIX. |
|
|
Cap. CXL. |
|
|
Cap. CXLI. |
|
|
Cap. CXLII. |
|
|
Cap. CXLIII. |
|
|
Cap. CXLIV. |
|
|
Cap. CXLV. |
|
|
Cap. CXLVI. |
|
|
Cap. CXLVII. |
|
|
Cap. CXLVIII. |
|
|
Cap. CXLIX. |
|
|
Cap. CL. |
|
|
Cap. CLI. |
|
|
Cap. CLII. |
|
|
Cap. CLIII. |
|
|
Cap. CLIV. |
|
|
Cap. CLV. |
|
|
Cap. CLVI.—El cual trata del principio de
donde hobo su orígen y procedió el repartimiento de los indios, que llamaron
despues encomiendas, que han destruido estas Indias, donde se prueba que
nunca los indios jamás se dieron para que los españoles los enseñasen, sino
para que se sirviesen dellos y aprovechasen. |
|
|
Cap. CLVII. |
|
|
Cap. CLVIII. |
|
|
Cap. CLIX. |
|
|
Cap. CLX. |
|
|
Cap. CLXI. |
|
|
Cap. CLXII. |
|
|
Cap. CLXIII. |
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|
Cap. CLXIV. |
|
|
Cap. CLXV. |
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|
Cap. CLXVI. |
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|
Cap. CLXVII. |
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|
Cap. CLXVIII. |
|
|
Cap. CLXIX. |
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|
Cap. CLXX. |
|
|
Cap. CLXXI.[520] |
|
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Cap. CLXXII. |
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Cap. CLXXIII. |
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Cap. CLXXIV. |
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Cap. CLXXV. |
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Cap. CLXXVI. |
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Cap. CLXXVII. |
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Cap. CLXXVIII. |
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Cap. CLXXIX. |
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Cap. CLXXX. |
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Cap. CLXXXI. |
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Cap. CLXXXII. |
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Cap. CLXXXIII. |
FOOTNOTES:
[1]Aquí
falta medio renglon, cortado al encuadernarse el manuscrito.
[2]A
este y á los siguientes capítulos, hasta el 102, les falta el Sumario.
[3]Á
este y á los siguientes capítulos, hasta el 124, les falta el Sumario.
[4]Desde
este hasta el 182, y último de la primera parte, no hay más Sumario que el del
capítulo 156.
[5]Esta
palabra no pude sacar en limpio del original del mismo Almirante. (Nota
puesta al márgen, aunque no de letra de Las Casas.)
[6]Estas
obligaciones fueron violentas y tiránicas, y nunca de su voluntad hicieron ni
supieron obligarse ni á qué se obligaban, ni podian de derecho natural y de las
gentes obligarse, los súbditos sin sus Reyes, ni los Reyes sin sus súbditos, y
esto nunca lo hobo. (Idem, id.)
[7]Bien
creo yo cierto que se tuvo poco cuidado y miramiento en aquellos tiempos al
salvar estas ánimas, ni se tuvo esto por fin último y principal, como debiera
tenerse. (Nota al márgen, aunque no de letra de Las Casas.)
[8]Está
en blanco en el original.
[9]¿Para
qué los guerreábades y oprimíades injustamente? á los indios, digo. (Nota al
márgen, aunque no de letra de Las Casas.)
[10]Cierto,
en esto tuvo el Almirante más que razon. (Nota al márgen, aunque no de letra
de Las Casas.)
[11]Esto
ha sido causa grande para perderse más aína las Indias, no estar en ellas más
de cuanto pudieren apañar lo que desean. (Idem, id.)
[12]No
decia el Almirante que era belicosa cuando Guacanagarí le salvó la persona y
hacienda, perdida su nao; admirable fué la ignorancia del Almirante en esta
materia. (Nota al márgen, aunque no de letra de Las Casas.)
[13]Voluntad
permisiva, no agradable. (Nota al márgen, aunque no de letra de Las Casas.)
[14]Por
esa riqueza injusta, y de lo mal adquirida, verná á ser la más pobre del mundo.
(Idem, id.)
[15]No
tenian uno, sino muchos indios que lo sudaban y morian en ello. (Idem, id.)
[16]Consistir
el negocio en el cristiano era tenellos por fuerza y dalles de palos y azotes,
y no haber misericordia dellos. (Nota al márgen, aunque no de letra de Las
Casas.)
End of the Project Gutenberg EBook of Historia de
las Indias (2 de 5), by
Bartolomé de las Casas
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE
LAS INDIAS (2 DE 5) ***


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