© Libro N° 10075. Amelia Otero. Pitol, Sergio. Emancipación. Junio 25
de 2022.
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Sergio Pitol
Amelia Otero
Sergio Pitol
«El cuerpo no es más que un medio de volverse
temporalmente visible. Todo nacimiento es una aparición.» – Amado Nervo
Deberías verla ahora, ¡ay, Cata, sencillamente le
deshace a uno el corazón! Sabrás que la pobre se mantiene dando clases de
música; y eso, ahora que ni pianos quedan en este miserable pueblo, significa
medio morirse de hambre. ¿Recuerdas el suyo? Lo habían traído de Viena, o de
París, qué sé yo. ¿Te acuerdas de su pequeño paraíso? Arañas de Murano,
alfombras persas, mantelería de Brujas, chucherías del mundo entero para
realzar los muebles que los Otero conservaban desde la fundación de San Rafael.
Pues todo eso, Catalina, todo, no existe ya sino en la memoria. La inocente ha
tenido que ir desprendiéndose de una pieza tras otra hasta quedarse al fin,
como el arriero del cuento, con las manos vacías. Entras en esa casa que tú y
yo y todos sabemos lo que fue, y no resistes las ganas de echarte a llorar.
Sólo cuando la vean esos ojos que se comerá la tierra te convencerás de que no
exagero. Y mira que ni para ayudarla, porque eso sería concederle el mismo
derecho a todos los que un día fueron algo y hoy viven de milagro, sin un
centavo en la bolsa, sin un mendrugo que llevarse a la boca. De cuando en
cuando, eso sí, me la traigo a comer; no con la frecuencia que me gustaría,
porque bien conocemos la inmisericordia que muestran los hombres ante estas
situaciones; Cosme es de los que difícilmente olvidan, y aunque por lo general
guarda silencio, cuando el tema sale a la luz puedo advertir que le hiere mi
amistad con mujeres que, como ella, hicieron de su vida un homenaje decidido al
diablo. No le quepa duda, joven, la vida es cruel. ¡Horriblemente cruel! Me
imagino que ya por Catalina sabrá cómo se vivía hace cuarenta años en este San
Rafael que ahora no podrá sino parecerle un pueblucho. Eso es lo que es, una
aldea de medio pelo, una ranchería, arruinada. Nos cabe el orgullo de decir que
nuestros tiempos fueron verdaderamente tiempos. ¿Recuerdas las noches de
teatro? Mire, joven, desde aquí, por la ventana, puede ver la esquina donde se
levantaba el teatro Díaz. Ahí mismo donde los Alarcón, gente de fuera, construyen
una tienda de artículos eléctricos. Cada familia tenía un palco. La
concurrencia era un espectáculo. Los caballeros de oscuro y nosotras de gala:
plumas en los sombreros, en los abrigos, en las capas de colas soberbias, ¡y
qué joyas! Me acuerdo de una salida de teatro de terciopelo negro con dos hilos
de perlas falsas
Amelia Otero y otros cuentos (Sergio Pitol)
¡Corazón, lo que te envidié esa capa! Mas se dejó
llegar la Revolución, y, ¿no digo bien que la vida es cruel?, aquel esplendor
qué tanto nos confortaba fue cruelmente abajado y San Rafael quedó sumido en la
más apabullante de las miserias. ¡Villa Muerta debió haberse llamado desde
entonces! La mayor parte de la gente acomodada salió, como ustedes, hacia la
capital en busca de garantías y si se les volvió a ver por estos rumbos fue
sólo como turistas; quienes nos quedamos lo perdimos todo, o casi todo, a manos
de los bandoleros; hordas hirsutas y salvajes que al grito de ¡Viva mi general
Fulano!, o al de ¡Mueran los hombres de Perengano! Irrumpieron de pronto por
las calles. Escapada del monte, vomitada por la llanura, ¡sepa Dios de dónde
habrá salido esa turba infame…!, lo cierto es que un día la tuvimos aquí,
adentrándose violentamente en las casas, para acarrear con todo lo que les
cabía en las ajorcas; acusaron al mundo entero de ser federal, saquearon el
banco y las tiendas. Se volvieron los amos. Con la primera incursión de los
rebeldes se inició la agonía de San Rafael, y fue entonces cuando la pobre
Amelia se dejó tentar por el demonio. Te diré que yo tardé algún tiempo en
darme cuenta cabal de lo que ocurría; aunque ya estaba casada, ciertos temas, por
pudor, por delicadeza, no se ventilaban delante de una con la desvergüenza de
hoy, sino que se quedaban en la pura penumbra. Aquí y allá fui observando y
escuchando cosas, de tal manera que cuando le abrieron proceso y fue a dar a la
cárcel con sus huesos y sus humos de emperatriz destronada, ya no me sorprendí,
casi me lo esperaba. ¡Parece que la veo!, ¡como si fuera ayer! Pasó frente a
esta ventana; yo tenía a Martita de meses y me causó tal impresión que por
varios días no pude darle el pecho. Caminaba erguida, vestido creo que de
morado, muy hermosa. A pesar de que aquellos léperos la llevaban sujeta de las
muñecas caminaba con la cabeza en alto, sin desviar la mirada, sin saludar a
nadie, como si en el mundo existieran sólo las puertas de la cárcel y su única
preocupación fuera alcanzarlas. Sólo mi comadre Merced Rioja se atrevió a
desafiar, no a los esbirros que la conducían, que eso, dado sus arrestos, no le
hubiera extrañado a nadie, sino a la opinión pública, pues si bien es cierto
que con el tiempo todas fuimos volviendo a tratarla (no crean, se necesitaría
tener el corazón muy de piedra para no compadecerse), en aquella época, los
hechos tan recientes, y siendo, para bien o para mal, tan rígida nuestra
conducta, resultaba espantoso que alguien se atreviera a acercársele y a
dirigirle la palabra; cuando mi comadre Merced se dio cuenta de que la llevaban
detenida se enfrentó al grupo y sin inmutarse por la mala catadura de aquellos
desalmados le dijo que no se preocupara por sus hijos, que ella los llevaría a
su casa y velaría por ellos el tiempo que fuera necesario. Su gestión resultó
en vano, ya que un sobrino de Concha Ramírez se había ingeniado para llevados
esa mañana al escondite de Julián, y éste desapareció para siempre con ellos;
unos dicen que salieron rumbo a los Estados Unidos, otros que a Europa; hasta
hay quienes sostienen que están viviendo en Mazatlán, lo cierto es que no
volvió a enterarse del paradero del marido ni de los hijos; pero ve tú a
indagar qué sabe y qué no sabe; con ella nunca se ha podido poner nada en
claro, o, al menos, no tan en claro como teníamos derecho a esperar. De
nosotras no se podrá quejar, si lo hace sería por pura ingratitud; la hemos
tratado como a una hermana, nos hemos apiadado de sus pesares, la ayudamos hasta
donde nuestros recursos nos lo permiten; hemos optado por perdonar y olvidar al
ver lo caro que le resultó el pago; y así y todo, ¿creerás que nos trata con
tales reservas que nadie hasta la fecha ha logrado enterarse de nada? ¿Dime si
esa falta de confianza no ha de ofenderme? Pues bien, decía que del marido y de
los hijos no volvimos a tener noticias, sólo que hace cosa de diez años, cuando
Rosa Guízar trabajaba aún en el correo, tuvo en sus manos un sobre dirigido a
Amelia, enviado del extranjero, y allí bien claro, la letra de Julián. Debió de
haberlo abierto, debió de haber leído la carta; en ese caso no hubiera sido
delito. No venía de los Estados Unidos, de eso Rosa estaba bien segura, pues
conocía de sobra las estampillas. En aquel maldito sobre no constaba ni nombre
ni remitente, ni dirección, ni nada. Rosa nos dijo cuál era la palabra impresa
en la estampilla y Osario, el boticario, la anotó para buscarla en su Atlas
Geográfico; pero has de creer que el estúpido perdió el apunte y como las desgracias
nunca vienen solas a la pobre Rosita le atacó la embolia una de esas noches y
ya no hubo posibilidad de sacarle una palabra ni de hacerle escribir una sola
letra. Lo único que supimos fue que aquella carta, fuese de Julián o de quien
fuera, perturbó terriblemente a Amelia; volvió a cerrar su casa a piedra e Iodo
y durante días no se le vio salir a la calle. Era Concha Ramírez la que iba al
mercado y a avisar a las alumnas que la señora no podía atender en esos días
las clases de piano, porque el reuma, ¡Su socorrido reuma!, la había atacado
con inusitada violencia y el menor movimiento le causaba dolores atroces;
luego, cuando al fin se decidió a aparecer, estaba deshecha; en menos de una
semana había envejecido siglos, y cuenta Julita Argüelles que mientras le daba
la clase se le escaparon algunas lágrimas, ¡vaya uno a saber si fue cierto!,
pues nadie, al menos nadie digno de crédito, ha visto llorar a Amelia Otero.
Pero veo que te canso, Catalina, ya tu nieto estas
historias le deben tener muy sin cuidado; qué quieres, a nosotras ya no nos
pertenecen sino los recuerdos. Es tanto lo que uno ha visto, joven, y todo tan
perverso, tan abrumadoramente triste, que tenemos que aireado a la menor
oportunidad para no enloquecer, para que el corazón no nos reviente de pronto.
El día anterior a nuestro regreso a México,
vagabundeando por las calles del pueblo, pasé frente a la casa de doña Carlota
y se me ocurrió entrar a despedirme. Al poco rato la veía yo, divertido,
ingeniársela para enhebrar el hilo de su historia favorita:
–Hacia 1910, San Rafael podía haberse erigido en un
símbolo de paz y tranquilidad. La vida se deslizaba por cursos apacibles, sin
angustias, sin sobresaltos de ninguna especie; las únicas penas las producían
las defunciones, o el hecho de que la cosecha de café fuera pobre o no
alcanzara un buen precio. No creo que usted, que seguramente ha aniquilado su
juventud en un estúpido salón de cine, pueda hacerse cargo de la situación.
Seguramente ha de parecerle tediosa e insípida la existencia que entonces cultivábamos,
pero créalo, no necesitábamos más: paseos por el campo, tertulias en las casas,
fines de semana en las haciendas de los alrededores; cuando nos visitaba una
compañía dramática, San Rafael creía conocer la gloria; éramos tan aficionados
a las tablas que hasta llegamos a patrocinar una que otra temporada de ópera.
Era una vida tersa y armoniosa, y Amelia, la luciérnaga que imprimía luz a
nuestros esparcimientos. Lo que más disfrutábamos eran las funciones de
aficionados, no tanto por las representaciones sino por la diversión diaria que
nos proporcionaban los ensayos. Durante las noches de verano su casa se
mantenía animada por nuestro entusiasmo; después del ensayo se servía la cena y
unas copas de aguardiente y de buen vino; a veces hasta se organizaba baile.
Todo el mundo, actuara o no, acudía esas noches a su casa. Su abuela y yo
aparecimos en los coros de La mascarada. ¡No sabe qué vestuario! Estaba aquí de
vacaciones el licenciado Galván y comentó que nunca había visto un espectáculo
de aficionados montado con tan buen gusto como aquella Mascarada que
representamos un sábado de gloria en el teatro Díaz. Como le he dicho, las
noches previas a la función tenían mucho encanto: en el salón grande, con
Santitos Gaspar al piano, cantábamos los jóvenes; en la sala de junto los
señores mayores jugaban a las cartas o al dominó y discutían sobre la situación
política que empezaba a enturbiar los ánimos, mientras que, refugiadas en el
comedor, las viejas no hacían sino comer a pasto y beber rompope y criticar a
todo el mundo. No había hecho que en San Rafael pasara inadvertido por la torva
mirada de aquella secta de momias; casi todas pasaban de los setenta: había
nietas de los fundadores del pueblo. Aquellas once o doce ancianas conocían no
sólo el más ligero desliz que alguna persona hubiera cometido, sino, lo que era
muchísimo peor, podían predecir el futuro con impresionante certidumbre; por
eso se les temía y respetaba como a vetustos e infalibles oráculos. Aquel grupo
de viejas comenzó a esparcir el rumor de que ni Amelia ni Julián eran felices,
que su matrimonio era un fracaso, que el hastío incubaba resentimientos entre
ellos, a lo que todas respondíamos que era mentira, que su casa era la más
alegre de la ciudad; pero cuando le expuse ese argumento a doña Victoria Fraga
me respondió que eso era precisamente lo que la hacía sospechar que las cosas
iban a acabar mal, pues si el matrimonio estuviera unido los cónyuges no
necesitarían buscar oportunidades para no quedarse a solas, para estar
aturdiéndose a toda hora, con gente, comidas, paseos y ensayos. “Acuérdate de
mis palabras –añadió–, nuestra encantadora Amelia no tarda en dar un traspié.”
Quedé anonadada, pues, como le repito, cuando aquellas ancianas dirigidas
exacerbadas por los malísimos humores de Victoria Fraga, se decidían a lanzar
el anzuelo, era porque estaban seguras de la pesca. Y me dolió, porque yo, la
verdad, en aquel entonces quería mucho a Amelia. Le dije a doña Victoria que
esa vez se equivocaba, que le tenía mala voluntad por venir de la capital, por
disfrutar de la vida. Era tal mi furia que me atreví a decirle que hablaba de
ese modo por envidia, ya que Amelia era joven y elegante y, sobre todo, porque
se había casado con Julián a quien desde muchacho le había echado el ojo para
casado con una de esas gurbias abominables que tenía por nietas. La escena me
dejó muy lastimada y contrita, y las noches siguientes las dediqué a observar
detenidamente al matrimonio. ¡Era verdad! Una cortina de hielo se les había
interpuesto; procuraban mantener entre ellos la mayor distancia posible. Si
riñeran, decía yo para mis adentros, si se reclamaran cara a cara de todo lo
que se les está incubando, las cosas cambiarían. Pero nunca riñeron, y así les
fue… Poco después del estreno de La mascarada fuimos a Xalapa a que operaran a
Cosme y de ahí yo seguí con mi suegra en México con intención de pasar una
temporada con Maruja, la menor de mis cuñadas, lo que ya no fue posible, pues a
las pocas semanas la situación se volvió muy difícil: no se oía hablar sino de
levantamientos y de que del norte bajaba la Revolución. Antes de que, cortaran
los caminos decidimos volver a San Rafael, y no teníamos ni una semana de haber
llegado cuando los rebeldes asaltaron la población. Julián Otero tuvo que
salir, igual que varios otros señores de la localidad, entre ellos mi marido, a
esconderse en los alrededores. Me parece que fue en un rancho a Matalarga donde
pasó esos meses. Amelia se quedó sola con sus hijos Mamá, siempre al pendiente
de todo, fue a ofrecerle nuestra casa; pensó que era peligroso que una mujer
viviera, en días tan turbulentos, sin un hombre que velara por su seguridad;
pero ella se negó a aceptar todas las invitaciones que a ese respecto le
hicieron. Era como si presintiera su llegada. Lo más posible es que ya
estuviera enterada. Me acuerdo que al día siguiente de la toma de San Rafael
fuimos a visitada, se mostró más bien alegre, voluble y excitada. Se ha de
imaginar el sorpresón que nos llevamos cuando nos dijo que en México había
tratado con algunos revolucionarios Y que no había por qué alarmarse, que, tan
pronto como terminaran las escenas inevitables de violencia tendríamos la
oportunidad de conocer una vida mejor. Salimos de allí con el ánimo muy
perturbado. De repente nos enterábamos de que una a quien siempre habíamos
considerado de las nuestras, pertenecía al bando que obligaba a nuestros
maridos a vivir escondidos en algún rancho de mala muerte, disfrazados de
peones, medrosos y humillados. A los pocos días de la rendición del pueblo
llegó una nueva fracción del ejército; cerca de mil fulanos: muerte y
destrucción era su sino: ejecuciones en las haciendas, en los caminos, en los
solares mismos de las casas, saqueos, raptos, vejaciones. Nunca me cansaré de
reprocharle a Cosme el que no hubiéramos salido entonces de San Rafael, como
hizo su familia y tantas otras. ¡La de sufrimientos que nos hubiésemos
ahorrado! Los rebeldes, apenas llegados, comenzaron a repartirse en las casas.
Piénselo, joven, mil gentes más que hubo que alimentar. A casa de los Otero,
por ser una de las mejores, llegó a hospedarse el alto mando: el general Rubio
con sus ayudantes. Los recibimos a la fuerza, haciéndoles notar lo poco que nos
complacía ser sus anfitriones. ¡Qué días! Nos hacían comer en la cocina,
servirles la mesa, hacerles las camas; de mil y una objeciones fuimos objeto en
esos días. ¡A Amelia, en cambio!
Rubio daba la impresión de ser un muchacho decente
injertado en la bola; a leguas se le notaba la diferencia con la chusma que lo
rodeaba. Desde el primer momento la trató con atenciones. No la obligó a
cederle; pistola en mano, su casa, como lo hicieron con nosotros los matarifes
que nos tocó alojar, sino que fue a solicitar albergue para él y sus hombres
durante el tiempo que permanecieran en San Rafael; no vaya a creer que cedió de
inmediato, por el contrario, la muy ladina replicó al general que estando su
marido en la capital le parecía contrario al decoro alojar a un grupo de
militares; el hombre no cejó, siguió insistiendo con aplomo hasta que Amelia no
tuvo más remedio que dejados pasar. Ya en ese primer encuentro, si uno lo
piensa bien, se podía descubrir algo anómalo, un tono de comedia bien ensayada
en la solicitud y en las negativas, en las súplicas y en la aceptación final,
un aire de galanteo, tanto que a mí me latió que Amelia y Rubio se conocían
desde antes, desde sus tiempos de soltera en la capital. Pasaron varios días
durante los cuales nadie se preocupó más que de salvar el pellejo y las
pertenencias, lo que día a día se fue haciendo más problemático, pues en cada
casa había por lo menos cinco matarifes que todo lo acechaban, todo lo veían,
¡malditos mil veces los muy hijos de perra!, y a todo el mundo trataban de
comprometer. Durante esos primeros días, Amelia permaneció encerrada todo el
tiempo. Como no podíamos recibir en nuestros hogares por estar constantemente
vigilados, tomamos la costumbre de reunimos por la tarde en la alameda y tratar
ahí nuestros asuntos, consolamos por nuestros cotidianos pesares, cambiar
impresiones y ayudamos en todo lo posible. Amelia no asistía y cuando íbamos a
buscarla pretextaba un terrible dolor de cabeza, reuma cerebral nos decía a las
cándidas, pues ya sea en los pies, en los brazos o en el cerebro, siempre se ha
refugiado en el reuma para evitar explicaciones. Creíamos que realmente estaba
enferma y que sus dolores debían ser producidos por la zozobra que a una mujer
sola le produciría tener alojada en su casa a una banda de forajidos. ¡Qué
lejos estábamos de imaginar que el desagrado se lo causaban nuestras visitas y
que en aquel cabecilla tenía para su consumo un hombre de placer! Tampoco hay
que juzgarla del todo peor, muchachito: el general no era un cualquiera; no
era, ¡ay, no!, como aquellos indios cerreros que vivían en esta casa. Rubio era
un señor. Con decirle, que anciana como soy y pudiendo, por lo mismo, ver las
cosas en perspectiva y no espantarme de nada, creo que yo y mis hermanas, y las
Mendoza, y las muchachas García Rebolledo y todas, aunque no nos lo
confesáramos ni a nosotras mismas, andábamos de cabeza por él; si una noche
hubiera llegado a mi casa para decirme: “Ándele, güera, vaya empacando sus
trapos que ahí afuera nos espera el caballo para jalar al monte, ándele,
ándele”, o cualquier ordinariez por el estilo, me habría ido con él, con todo y
el respeto que guardé siempre a mis padres, y el que le he tenido a Cosme, y el
que he guardado toda la vida a mi honra y buen nombre, me habría ido con él,
habría sido su soldadera, su puerca, su escopeta, y aunque a los pocos días me
hubiera abandonado me habría sentido colmada, porque era un ángel, un sol, Una
profundidad, un demonio; nunca vi, ni antes ni después, otro hombre que se le
pareciera; era un ángel con cara de Caín. Lo odiábamos por lo que representaba,
pero no podíamos dejar de advertir que sus ojos eran los de un iluminado. A las
pocas semanas no se preocupaban en tener el menor recato; hacían frecuentes
paseos, por lo general al campo; no nos cansábamos de admirar su frescura y
desvergüenza cuando los encontrábamos caminando parias alrededores. Las cosas
llegaron a tal extremo de impudicia que doña Victoria Fraga, asistida por el
consenso público, fue a hablarle y a exigirle que modificaran su conducta.
Amelia no se inmutó; salió con la nueva de que el general Rubio y ella eran
amigos de infancia, que hasta los unía un lejano parentesco –se parecían, eso
es cierto, se parecían muchísimo– y que por lo tanto no tenía que moderar
ninguna conducta; sus actos eran los de una vieja amiga, prima además, y que
como el general se encontraba desamparado, así dijo, ¿lo puede usted creer?,
¡desamparado!, en un pueblo tan oscuro y de gente tan aburrida, se sentía en la
obligación de hacerle lo más grata que fuera posible su estancia. Doña Victoria
le respondió que se alegraba muchísimo, que perdonara su error, y ya que el
general era su primo Julián no tendría problemas para volver a casa. Amelia la
dejó casi con la palabra en la boca, comenzó a quejarse de su bendito reuma y
de los dolores que le ocasionaba, y lo necesario que le era el reposo. No
obstante que la época nos había acostumbrado a que cualquier cosa nueva tenía
por fuerza que ser terrible, nadie se esperaba un desenlace tan estrambótico y
siniestro. Cuando Madero llegó a la presidencia, Rubio fue nombrado jefe
militar de la zona; luego, la verdad es que no me explico qué ocurrió, estos
rebeldes y los maderistas entraron en pugna, no lo sé bien, no me interesa, lo
cierto es que se hizo público que Rubio había sido desconocido en su cargo y
que las fuerzas gubernamentales tomarían la población. Otra vez la zozobra,
otra vez el miedo al imaginar que nuestras calles, nuestras casas, serían el
escenario en que habían de desarrollarse los combates, hasta que nos enteramos
que Rubio no opondría resistencia a las tropas del gobierno, que evacuaría San
Rafael por la paz. Se decía que Amelia saldría con él, que dejaría para siempre
casa, marido e hijos. Y así fue. La madrugada en que salió la tropa, la Otero
abandonó San Rafael. Pero a los tres días, para nuestro asombro, regresaron
ambos; a llevarse algo, pensamos, seguramente dinero, o las joyas de Amelia, o
a volver a ver a los niños. Fue un anochecer. Dejaron los caballos en la
alameda, caminaron a lo largo de la calle mayor, iban como perturbados, como
ebrios, uno al lado del otro sin siquiera tomarse la mano. Todos pudimos
verlos; las calles bullían de gente que comentaba la situación en que nos
encontrábamos; se iban unos, pero estaban otros por llegar cuya crueldad nadie
conocía. Amelia y Rubio caminaron sin vemos, sin reconocemos, agobiados, hasta
llegar al parque donde él se desplomó en una banca, como si ya no pudiera más,
pero ¿por qué?, ¿qué había pasado? Ni en el cine he visto una escena como
aquélla: Rubio sentado en la banca con la cara entre las manos, ella, de pie,
demacrada, martirizada, perdida. Unos minutos después lo tomó de la mano como a
un niño, como a un hermano pequeño, y siguieron caminando hasta llegar a su
casa. En esos momentos no estaba sino Concha; ella es la única que podría dar
un testimonió veraz de la tragedia, aunque como le he dicho, joven, jamás se le
ha podido sacar una palabra; es terca como una mula y no sabe sino responder
que no oyó ni vio ni supo nada; que lo que allí pasó a ella no le importa, ni a
nadie. Cuando se oyeron los disparos nadie les dio importancia, en aquel
entonces los balazos eran el pan nuestro de cada día. A la mañana siguiente,
Concha salió a comprar el ataúd. Todo el mundo estaba consternado y sin saber a
ciencia cierta cómo proceder, pues hasta que no negaran los destacamentos
maderistas pasamos por momentos rarísimos, sin autoridades, sin tribunales, sin
gendarmería siquiera, así que lo único que nos cupo fue dejamos invadir por el
horror y esperar las aclaraciones que jamás se nos dieron. Esa misma tarde, sin
autopsia, sin que nadie tratara de impedido, el general Rubio fue sepultado. A
las toscas manos de Concha correspondió el honor de echar el último puñado de
tierra al hombre que convirtió a nuestra Amelia en una adúltera y una criminal.
No salió, de su casa sino hasta muchos días después, cuando las nuevas
autoridades ordenaron su aprehensión. Para nuestra desdicha no pudimos sacar
nada en claro. El proceso fue secretísimo y parece que nada quedó apuntado. El
licenciado Bustamante, que venía con los maderistas, le dijo un día a mi cuñado
Laureano que aquél era el caso más interesante que había juzgado en su vida.
“Un viento de tragedia griega –dijo muy
pomposamente– ha soplado en el caso de Xavier Rubio y Amelia Otero.” Declaró
que los había conocido antes en México cuando niños, y que ya entonces había
presentido el final. Eso fue todo lo que recabamos de aquel proceso que la
llevó quince días a la cárcel para resultar absuelta: que un viento de tragedia
griega había soplado en sus vidas, ¡hágame usted el favor! Y si salió libre,
¿qué debíamos suponer?, ¿que fue un suicidio?, ¿entonces por qué ni ella ni
Concha lo dicen? Al salir de la cárcel se encontró sin marido y sin hijos;
doña. Merced le entregó un sobre abierto en el que Julián le dejaba las
escrituras de la casa y de unas fincas que tenía aquí cerca, por el rumbo de La
Cuchilla. Las demás propiedades las malvendió Julián a don Cruz Vega. Amelia
llegó a su casa, tapó puertas y ventanas y durante muchos, muchísimos años,
permaneció oculta. Nada sabíamos de ella; yo, fantasiosa como soy, llegué a
temer que hubiera muerto y que Concha nos ocultara la noticia; hasta que un
día, unos quince años después ante el asombro general, sus ventanas se
abrieron, y a los pocos días la teníamos nuevamente por las calles. Era como un
espectro que nos recordara una época que todos queríamos olvidar. Era traernos
nuevamente al corazón aquellos años de despojos, de saqueos, de atropellos, y
lo más penoso, lo muy doloroso, es que nos recordaba también nuestro bienestar
anterior en un tiempo amargo en que todos teníamos que vivir al día. También
ella debía mantenerse entre grandes estrecheces; sus joyas habían ido a parar,
su fiel Ramírez se había encargado de llevarlas, a casa de Nabor Quintero, el
prestamista. Imagínese nuestro asombro al ver salir aquel fantasmón a la luz
después de tantos años de absoluta incomunicación. Parecía que fuésemos
espectadoras de una representación al aire libre. Dos rosas amarillas recién
cortadas adornaban su cabellera rubia. No creo que la agitación alcanzara
semejantes proporciones el día que sus vecinos vieron resucitar a Lázaro. No
hubo un alma que no se asomara a los balcones o saliera a la calle, y así, con
el pueblo entero haciéndole valla, reapareció en escena. ¿Se da usted cuenta?
En la primera salida se dirigió al despacho del licenciado de la Peña para
encargarle la venta de su finca en La Cuchilla, pues, según aclaró, eran
tierras que no podía atender y le estaban haciendo falta unos centavos para
algunos menesteres –menesteres que eran comer tres veces al día, me imagino–.
Tendría entonces cerca de cincuenta años; ni una arruga en la piel, que se
había vuelto de una blancura sobrenatural, ni una cana en el espeso cabello
rubio, pero, le digo, ya no era hermosa; la soledad y el sufrimiento habían
dejado marcada. Después de aquella primera salida empezó a hacer algunos paseos
al atardecer y todas fuimos, poco a poco, volviéndola a tratar. Al principio
sólo un furtivo saludo, luego nos le fuimos acercando, después la admitimos en
nuestras casas, y así, cuando vendidas todas sus pertenencias se ofreció a dar
clases de piano, a nadie le supo mal encomendarle a sus hijas, máxime que nunca
hablaba del pasado ni, muchísimo menos, de sus extraños amores con aquel
apuesto general guerrillero. Los años pasaron sin añadir novedades a su vida, a
no ser esa misteriosa carta cuyo origen nunca logramos averiguar. Con la vejez
se le han agudizado las manías. A veces se pasa noches enteras sentada en el
balcón con la mirada fija en el parque, en aquella banca donde una noche de
otoño había llorado su amado pocas horas antes de que una bala le penetrara en
el corazón llueve, hace frío, y ahí la tiene, apostada en la baranda con sus
setentaitantos años a cuestas; Inmóvil, como si esperara oír algo, como si
pensara que de pronto iba a encontrarse con él, mientras sus ojos, alocados e
irredentos, se lanzan desesperadamente a buscarlo. ¡La pobre…! No quisiera
estar un solo minuto dentro de su piel, con esas cargas que debe llevar dentro,
con esos pecados que deben lacerarle todo el tiempo las entrañas; no sólo el
asesinato, si lo hubo, pues he negado a pensar que en este caso eso fue lo de
menos, y que el vínculo que la unía a Xavier Rubio era más sórdido y terrible
que el crimen mismo.
De pronto doña Carlota dejó de hablar. Algo visto a
través de la ventana la sacó de aquella abstracción de médium en que se había
mantenido a lo largo del relato. Me asomé yo también.
Una figura grotesca cruzaba la calle.
–Es ella –murmuró–. Llevaba un vestido de
principios de siglo, de grueso género verde; la cola larga y fluida parecía
atorarla a cada momento a los guijarros de la calle, haciendo más penosa aún la
marcha; un mantón desteñido y marchito se enredaba, con torpe gracia, a su
cuello; se apoyaba al caminar en un bastón tosco de madera con puño amarillo;
el cabello, desastrosamente teñido con reminiscencias de yodo, estaba recogido
en la parte superior en una informe madeja. Parecía absurdo suponer que aquella
estrambótica criatura, ridícula y grotesca, hubiera podido protagonizar un
drama pasional tan intenso; pero cuando se acercó y pude contemplar sus ojos
quedé sobrecogido. En ellos estaba fija una mirada salvaje y tierna que se
paseaba por todos los registros de la pasión, y que de modo impresionante podía
traslucirlos todos a la vez, de la ferocidad más animal a la más piadosa de las
ternuras, del arrojo más decidido al más conmovedor de los temes.
Nunca más volví a San Rafael. Amelia Otero debe
haber muerto; también Concha Ramírez, Su fiel sirvienta, y doña Carlota, la
obsesiva relatora. Es posible que a la muerte de Amelia se hubiesen podido al
fin conocer los pormenores de su tragedia, que hayan surgido cartas, papeles,
diarios, pero también es posible que a nadie le hubiera ya interesado leer
aquellos documentos. Muertos sus contemporáneos, moría su historia. Tal vez en
la planta baja de su casa, los Alarcón –gente de afuera– hayan abierto ya una discoteca.
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Nota: El cuento AMELIA OTERO, de Sergio Pitol, fue
extraído del libro Infierno de todos, tomado prestado de la
Biblioteca Viva (Plaza Egaña – Santiago de Chile) de la Fundación La Fuente.

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