© Libro N° 9552. La Araña Negra. Tomo 5. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Araña Negra. Tomo 5/9. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © La Araña Negra. Tomo 5/9. Vicente Blasco Ibáñez
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LA ARAÑA NEGRA
Tomo 5
Vicente Blasco Ibáñez
La Araña Negra
Tomo 5
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La araña negra, t.
5/9
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: May 30, 2014
[EBook #45833]
Language: Spanish
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incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.) CUARTA PARTE: XXVIII, XXIX, XXX, XXXI. |
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
———
NOVELA
TOMO QUINTO
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030 MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros,
65.—MADRID.
CUARTA PARTE
EL CAPITAN ALVAREZ
(CONTINUACIÓN)
Dúo de amor
Desde las siete que el capitán Alvarez, fumando
cigarrillo tras cigarrillo, estaba en su cuarto, ocupado en escribir a la luz
de un mezquino quinqué.
En fino papel de seda escribía con gran cuidado
largas cartas que firmaba con un complicado garabato y que iban dirigidas a
otros tantos nombres simbólicos, sacados en su mayoría de la antigua historia
romana.
Aquello olía a conspiración, y los párrafos
numerados que formaban aquellas cartas, debían ser instrucciones dirigidas a
los conjurados.
Así era, efectivamente. Alvarez, que era el
secretario de la Junta Militar Revolucionaria, había recibido del general Prim,
aquella misma tarde, una minuta encargándole sacase copias en la forma
acostumbrada, y las remitiera, por tal sistema de comunicación que los
conspiradores habían establecido, a todos los compañeros de provincias que
estaban dispuestos a desenvainar su espada contra la reacción imperante.
Alvarez, cuando escribía, fumaba automáticamente,
sin darse cuenta del prodigioso número de cigarros que consumía, y en torno de
su persona formábase una espesa nube de humo, que empañaba la luz del quinqué y
envolvía todos los objetos de la habitación en una vaguedad brumosa.
Nada molestaba tanto al capitán como ejercer de
amanuense, copiando un sinnúmero de veces las mismas palabras. Su imaginación
se rebelaba contra aquella monótona y embrutecedora tarea, y como su memoria, a
las pocas copias, retenía ya todo el contenido del original, podía entretenerse
silbando y canturreando mientras la fina pluma corría diligente sobre el tenue
papel.
Tenía ya escritas el capitán cerca de la mitad de
las copias encargadas, cuando en la cerrada puerta del cuarto sonaron los
discretos golpes.
Alvarez levantó la cabeza con cierta alarma,
instintivamente puso su mano sobre los papeles, y gritó enérgicamente:
—¿Quién va?
—Soy yo, mi capitán—contestó la voz algo bronca de
Perico, su asistente—. Ahí fuera le buscan a usted.
—¿Quién es?
—Una señora vestida de negro.
—¿La conoces?
—No, mi capitán. Lleva el velo echado a la cara.
Dice que le es muy urgente hablar con usted.
—Déjala pasar.
Y el capitán se levantó a abrir la puerta,
volviendo después a su mesa para ocultar las copias bajo un montón de libros.
—Pase usted, señora—dijo el asistente—. En esa
habitación está el capitán.
Cuando éste miró a la puerta vió en ella a una
mujer de gallarda figura, con el rostro velado.
El nebuloso ambiente de aquella habitación parecía
turbarla y aparecía inmóvil en la puerta, sin atreverse a avanzar un paso.
El capitán creía ver brillar bajo aquel velo unos
ojos fijos en él.
—Pase usted, señora—dijo con galante acento—. Pase
usted y tome asiento. Dispense el desorden de esta habitación. Ya ve usted, en
mi estado nadie es, por lo regular, un modelo de arreglo.
Y Alvarez se esforzaba en aparecer galante y
ofrecía a la desconocida un sillón viejo y descosido, que era el mejor asiento
que tenía en su cuarto.
Avanzó aquella mujer, y antes de sentarse, echó
atrás su velo, diciendo con voz dulce y tímida:
—Soy yo.
El capitán Esteban Alvarez no supo hasta aquel
momento lo que era experimentar una de esas sorpresas en que lo inverosímil se
convierte en real.
Retrocedió como si se encontrara en presencia de
una visión, y mirando con ojos de espanto a Enriqueta, sólo supo decir:
—¡Tú!..., ¿pero eres tú?
Reinó un largo silencio. Enriqueta estaba con la
vista fija en el suelo, como avergonzada de su atrevimiento al llegar hasta
allí, y el capitán la contemplaba con ansia. Después de una ausencia para él
tan larga, sus ojos tenían hambre de contemplar al ser querido.
Estaba hermosa como siempre, pero la expresión
dolorosa impresa en su semblante y las huellas que en éste había dejado el
llanto, daban a su belleza tan esplendorosa un tinte ideal.
Los dos amantes permanecieron silenciosos.
Enriqueta estaba avergonzada al verse en presencia del hombre amado, y el
recuerdo de su injusto y cruel rompimiento la martirizaba ahora. El capitán se
hallaba tan emocionado por aquella situación inesperada, que no sabía qué decir
y parecía abstraído en la contemplación de Enriqueta.
Esta fué la que por fin rompió aquella situación
embarazosa, levantándose del sillón y dirigiéndose a la puerta.
—Me voy—dijo con tímida voz.
Aquello hizo que el capitán recobrara la serenidad.
—¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Dónde vas, Enriqueta?
Y avanzó hacia la joven, cogiendo con suavidad una
de sus manos.
—Me voy, sí—continuó diciendo Enriqueta—. Veo que
te molesto y que mi presencia te es embarazosa. Tal vez me hayas olvidado.
Haces bien; ¡fuí tan vil contigo cuando te escribí por última vez!...
Y la joven, llevándose una mano a los ojos, pugnaba
por desasir la otra, que cada vez oprimía más cariñosamente el capitán.
—No, ángel mío, no te irás—decía éste—. Después de
tanto tiempo sin verte, ¿crees que voy a dejarte marchar hoy que apareces aquí
como llovida del cielo? Vamos, reina mía, sé razonable, siéntate otra vez,
permanece tranquila. ¿Es posible que yo te olvide? ¡Si supieras cuánto he
pensado en ti!...
Y Esteban, turbado por la dulce emoción, sin saber
apenas lo que decía, y dejando escapar palabras sin ilación, pero que
respiraban profundo cariño, tiraba dulcemente de la mano de Enriqueta,
conduciéndola al sillón en que la joven volvió a sentarse.
El capitán colocóse junto a ella, y estrechando sus
manos entre las suyas, sintióse como embriagado por la mirada triste de la
joven.
Otra vez no sabía qué decir; pero de pronto se le
ocurrió pensar en lo extraña que era la aparición de Enriqueta, y se fijó en su
semblante de aflicción.
—¿Pero qué te sucede, ángel mío? ¿Cómo es que has
venido aquí? ¿Qué misterioso encanto es éste? Dí, ¿qué te ocurre? Yo soy tu
amante, tu esclavo; dí lo que quieres, para qué me necesitas, e inmediatamente
te obedeceré.
Alvarez sentía un entusiasmo sin límites. Aquella
inesperada aparición tenía mucho de novelesco, y él, creyendo adivinar una
aventura prodigiosa, se sentía capaz de los mayores esfuerzos y adoptaba un
tono caballeresco. Todo lo había olvidado: las órdenes del general, la
conspiración y la tarea que todavía le quedaba por hacer.
Enriqueta, al escuchar aquel ofrecimiento ingenuo,
lanzó una dulce mirada de agradecimiento a su amante, y murmuró:
—¡Cuán bueno eres, Esteban!
—Pero dí, ¿qué te sucede?
Aquella pregunta sacó a la joven de la felicidad
que sentía entregándose a la contemplación de su amado, y la arrojó en la
horrible realidad. Una densa palidez veló su rostro, y, sollozando, dijo al
capitán:
—Mi padre ha muerto esta mañana.
Alvarez experimentó una terrible impresión. Todo lo
esperaba menos aquello, y su asombro subió de punto cuando la joven le fué
relatando que el conde había sido conducido a un manicomio y cómo ella había
oído horas antes la conversación de la baronesa con el padre Claudio.
Aquella espantosa tragedia pasmaba al capitán, a
pesar de ser hombre incapaz de impresionarse por el terror.
Después la joven, siempre sollozando y con voz
balbuciente, interrumpiéndose muchas veces y volviendo a hablar cuando el
capitán se lo rogaba con cariñosas palabras, expuso la idea que la había
arrastrado hasta allí.
Ella no quería ser monja. Por cariño a su padre
había escrito aquella malhadada carta que produjo el rompimiento de sus
relaciones amorosas y de la que tan arrepentida estaba: pero ahora que su padre
no existía, ella quedaba libre en sus compromisos, no tenía ya por quién
violentar su pasión ni sacrificarla, y venía a buscar su amor, huyendo de su
hermana y del poderoso jesuíta, de aquellos seres tétricos, que la causaban
terror, sin poder explicarse el por qué.
Ella era una huérfana desamparada, que veía su
libertad en peligro, y corría a ponerse bajo el amparo del único hombre que la
amaba y podía protegerla.
Y al hablar así interrogaba con triste mirada al
capitán, como temerosa de que aquel hombre no la amara ya y la abandonase a su
triste suerte.
—¡Oh, sí, pobre Enriqueta mía! Yo te protegeré.
Descuida; tu hermana y todos los jesuítas juntos no lograrán meterte en un
convento; me basto yo para todos.
Y Alvarez levantaba con arrogancia su cabeza, como
si tuviera enfrente a toda la Compañía de Jesús y la desafiara con sus ojos.
Tan grande era la fe que le inspiraba su amor, que
no veía en el porvenir obstáculo alguno; y él, pobre, humilde y sin otra
protección que la que a sí mismo se pudiera proporcionar, creíase capaz de
vencer a aquellos poderosos enemigos que perseguían a Enriqueta.
—Has hecho bien, vida mía, en venir a buscarme. No
entrarás en un convento, y vivirás eternamente conmigo. Serás mi esposa. Tu
hermanastra, ya sabemos que se opondrá; pero como ella desea hacerte monja, y
tú, antes que entrar en un convento, quieres unirte al hombre que tanto te ama,
es seguro que saldremos vencedores, a pesar de la ayuda que prestará a la
baronesa ese padre Claudio, redomado perillán, que un día me ofreció su
protección, y que ahora conozco es uno de nuestros más temibles enemigos. Yo no
conozco las leyes; pero, ¡qué diablo!, algo habrá en ellas que se pueda aplicar
al presente caso y que libre a una huérfana de las persecuciones de esa gentuza
devota, que, sin duda, al preocuparse tanto de tu salvación eterna, va en busca
de tus millones.
Enriqueta sentíase dominada por la optimista
confianza que demostraba su amado y comenzaba ya a tranquilizarse.
Se felicitaba de su enérgica resolución, que la
había arrastrado allí, y creía que en adelante no tendría ya que luchar con
nadie. La ley protegería sus amores, se casaría ella con el capitán y serían
eternamente felices. Era aquello un cuento de color de rosa, que Enriqueta se
relataba a sí misma, allá en su imaginación.
La joven, acariciada por tales ilusiones, comenzó a
considerarse ya como en su propia casa, en un nido de amor fabricado por ellos,
para ocultar al mundo los arrebatos de su pasión, y librando sus manos de las
del capitán, que las oprimía cariñosamente, quitóse la mantilla, y, después de
colocarla doblada sobre una silla, volvió a ocupar aquel sillón, con una
graciosa majestad de dueña de casa.
Alvarez la contemplaba embelesado, y al ver en su
propia habitación, en aquel desarreglado cuarto de soltero, a la misma a quien algún tiempo antes sólo veía furtivamente
bajando de su coche en el vestíbulo del teatro Real o a la puerta de algún
palacio, donde se verificaba aristocrática fiesta, dudaba que aquello fuera
verdad y hacía esfuerzos de pensamiento para convencerse de que estaba
despierto.
Enriqueta, tranquilizada ya, paseaba su vista por
la habitación, fijándose en todos los detalles, con esa complacencia que
inspira lo perteneciente al ser amado.
Aquel nido de amor resultaba bastante desarreglado
y tenía demasiado humo. Varias veces tosió por no poder respirar bien en una
pesada atmósfera, que olía a tabaco.
—Abriré, vida mía—dijo el capitán dirigiéndose al
cerrado balcón—. Debe incomodarte el humo del cigarro.
—No; no abras. Fuma cuanto quieras. Me parece,
envuelta en este humo, que estoy rodeada de ti por todas partes.
Enriqueta decía la verdad. Todo lo que era de aquel
hombre, al que tan injustamente había abandonado, y al que amaba ahora con un
recrudecimiento de pasión, agradábale en extremo; le parecía un avance en su
intimidad, y por esto, aquel humo que producía grande molestia en sus pulmones,
parecíale a su imaginación grato perfume que causaba vértigos de placer.
Los dos amantes, con las manos cogidas, las miradas
fijas y embriagándose con sus alientos, entregábanse a esa charla insustancial
del amor, compuesta las más de las veces por palabras estúpidas, pero que
despiertan hondo eco en el corazón.
Ambos sentían verdadera ansia por saber lo que
había sido del otro, durante el tiempo que permanecieron alejados.
Enriqueta, con graciosa ingenuidad, pedía cuentas
al capitán sobre su conducta en dicho tiempo, y contrayendo lindamente su
entrecejo con cómico furor, le preguntaba cuántas novias había tenido desde que
ella accedió a escribir aquella maldita carta por satisfacer a su padre.
Esteban, por su parte, le asediaba a preguntas
sobre el género de vida que su hermana la había hecho sufrir desde el
rompimiento amoroso: interesábale también saber cómo ella había llegado hasta
allí, y escuchaba con atención el relato de Enriqueta, verdadera odisea
callejera que comprendía desde que salió, loca de dolor, de su elegante
vivienda, hasta que entró en aquella modesta casa de huéspedes.
Enriqueta había sufrido mucho en aquella
peregrinación por las calles de Madrid, que nunca había corrido sola. Recordaba
la calle y el número de la casa donde vivía Alvarez, por habérselo oído a éste
y a Tomasa en varias ocasiones; pero no sabía a punto fijo a qué lado de Madrid
se hallaba; y conocedora únicamente de las
principales vías de la capital, vagó sin rumbo fijo y sin darse cuenta de lo
que hacía, antes de que se le ocurriera rogar a un viejo guardia que la
orientara.
Para hacer mayor su desdicha, estaba en las
primeras horas de la noche, el momento en que el vicio levanta todas sus
esclusas y lanza en plena sociedad tropeles de desgraciadas, pasto cotidiano de
las virtudes hipócritas. Su aspecto misterioso de enlutada joven, con el rostro
cubierto, hacía que se fijaran en ella con marcada predilección los
transeúntes, y dos mozalbetes la siguieron mucho tiempo, asediándola con
infames proposiciones y deslizando en su oído palabras cuyo solo recuerdo la
hacía enrojecer.
¡Qué repugnante himno de obscenidades, de insultos
y de horribles proposiciones la había acompañado en su desesperada carrera por
las calles de Madrid, siempre en busca de aquel protector, de aquel hombre
amado, que le parecía ahora más adorable, comparándolo con el tropel de lobos
lujuriosos que le salían al paso! ¡Qué repugnancia le producían aquellos
hombres, que ella, desde su carruaje y a la luz del sol, había visto siempre
graves, estirados y con todo el aspecto de virtuosos incorruptibles! Estaba horrorizada
y aceleraba su paso, marchando siempre en la dirección indicada por el viejo
guardia, y así, después de muchas cavilaciones y no pocos equívocos, consiguió
encontrar la tan buscada casa de huéspedes, amparándose en ella como en un
refugio contra la impudencia pública.
El capitán Alvarez estaba admirado del valor y la
energía de una criatura tan delicada y débil, y esto aumentaba su amor. Aquel
hombre, nacido para la guerra, sentía inmensa satisfacción al ver que su futura
compañera era tan fuerte como él.
Hablaban los dos amantes sin pausa alguna, como si
temieran que acabasen sus existencias antes que ellos pudiesen decirse todo
cuanto pensaban, y así transcurrió veloz el tiempo, sin que llegasen a notarlo.
El “cuc-cuc” que la patrona de la casa tenía en lo
que llamaba la gran sala, dió las diez.
—¡Cómo pasa el tiempo!—murmuró Alvarez.
Y después, como si quisiera reparar una distracción
lamentable, dijo a Enriqueta:
—Pero tú no habrás comido. ¿Quieres algo? Habla con
entera confianza: piensa que en adelante hemos de vivir juntos.
No; Enriqueta no quería nada, no sentía la menor
necesidad; pero Alvarez creía que era una prueba de que la joven iba a quedarse
allí y a no desvanecerse como las apariciones fantásticas de las leyendas el
que comiese algo, y mostró tal empeño, repitiendo
varias veces lo que su asistente podría traer a aquellas horas, que al fin
accedió a tomar una copa de Jerez con bizcochos.
Salió el capitán a dar sus órdenes al asistente,
que, muy preocupado por aquella visita extraña, estaba ya dos horas paseándose
y atisbando cerca de la habitación.
Cuando Perico, un cuarto de hora después, entró con
su botella de Jerez y su paquete de bizcochos, al ver a aquella linda señorita,
experimentó una sorpresa, únicamente comparable con la grotesca impresión que
en el “Don Juan” sufre Ciutti sirviendo a la mesa, al verse ante la viviente
estatua del comendador.
El conocía bien a aquella señorita, y, al verla, se
quedó inmóvil en la puerta, con un aire de admiración tan estúpida, que aquélla
y el capitán no pudieron menos de reírse. Faltó poco para que la bandeja, con
su botella y sus copas, se escapara de las trémulas manos de Perico.
—¡Qué!, ¿conoces a esta señorita?—dijo el capitán
poseído de satisfacción infantil, al notar el asombro que causaba en su
asistente ver en el cuarto una mujer tan hermosa.
—Sí, mi capitán, la conozco. He visto muchas veces
a la señorita, aunque de paso, cuando iba en busca de mi tía Tomasa.
Enriqueta sonreía complacida por aquella turbación
respetuosa del sencillo muchacho.
—En adelante—continuó el capitán—has de
considerarla como tu dueña y obedecerla en todo.
—Está bien, mi capitán—contestó Perico con la misma
expresión que si recibiera una orden en el cuartel.
Salió el asistente muy preocupado por aquel
inesperado suceso, y calculando únicamente la parte que le haría perder en el
afecto de su amo aquel ser que se introducía en la inquebrantable sociedad
formada por el señor y el criado.
El capitán sirvió a Enriqueta una copa de Jerez, en
la que la joven apenas si mojó más de un bizcocho.
Pasada ya la primera impresión, la grata novedad
que en su ánimo había producido la presencia del hombre amado y aquella
intimidad protectora, volvían a su memoria los tristes recuerdos, y el suicidio
de su padre la obsesionaba de nuevo, haciéndola en ciertos momentos
arrepentirse de su audaz resolución.
Alvarez la veía palidecer y cómo de su rostro
desaparecía aquella animación que tanto la hermoseaba poco antes.
—¿Qué tienes, vida mía?—preguntaba con
ansiedad—.¿Por qué esa tristeza?
Pero Enriqueta, con la cabeza inclinada, negábase a
responder, y, por fin, comenzó a llorar.
Aquel llanto desconcertó al capitán.
—Pero, ¿qué te ocurre?—preguntó con angustia—.¿Te
incomoda algo? ¿He podido yo ofenderte?
No; ella no sentía el menor resentimiento contra
él, y bien lo demostraba estrechando cariñosamente sus manos. Era que los más
tristes recuerdos le asaltaban, que su imaginación evocaba sin cesar el trágico
fin de su padre, y que a ella le parecía un crimen encontrarse en la misma
noche en una casa extraña, en una habitación cerrada y al lado del hombre a
quien quería. ¡Cómo sufría su honradez! ¡Qué dirían de ella al saberlo las
gentes de su clase! ¿Y si su padre se levantara de la tumba y la viera en tal situación?
Y mientras la joven, después de decir esto con voz
entrecortada por los suspiros, gemía y lloraba, el capitán hacía esfuerzos por
alejar de su imaginación tan tristes ideas.
¿Por qué recordar desgracias que ya no podían
remediarse?
Había que tener calma y despreciar lo que el mundo
pudiera decir. Ellos se amaban, no tardarían en ser esposos, y todas las
murmuraciones acabarían muy pronto: el día en que los dos se unieran con el
lazo del matrimonio. Para conquistar la felicidad, había que despreciar lo que
las gentes pudieran decir en sus murmuraciones.
Además, él no pensaba oponer ningún obstáculo a la
voluntad de su amada, ni quería que su honra sufriera en lo más mínimo. Si
estaba arrepentida de su radical resolución, aún se hallaba a tiempo para
remediar lo hecho; él lloraría su decepción, su dicha, que sólo había durado
algunos instantes, pero se encontraba pronto a acompañarla a su casa, dejándola
en poder de la baronesa.
El infeliz decía esto con el mismo desaliento del
que se cree en plena felicidad y, al despertar, conoce que todo ha sido un
sueño. Se estremecía de temor al pensar que Enriqueta pudiera aceptar su
proposición, alejándose de su lado para siempre; pero, a pesar de esto, seguía
valerosamente instando a su amada a que se decidiera, si es que sentía
escrúpulos y permanecía violenta en aquel lugar.
La joven, al oír el nombre de su hermana,
experimentó una reacción. ¿Volver a aquella casa para vivir en una guerra
continua, ser martirizada, e ir, por fin, a encerrarse en un convento donde llorar un amor perdido voluntariamente? No;
antes la deshonra y sufrir todos los mordiscos de la maledicencia social.
Y Enriqueta, con un ademán, indicó a su amado que
no estaba dispuesta a salir de allí.
Aquello dió a Alvarez nuevas fuerzas para seguir
persuadiendo a su amada, instándola a que desechase todos sus escrúpulos. ¿Por
qué temer a su padre? Los muertos nunca volvían a este mundo, y, además, si el
conde veía desde la tumba lo que a su hija la ocurría, tal vez se tranquilizara
y durmiera mejor el sueño eterno contemplándola al lado de un hombre honrado,
que sabría protegerla. Esto siempre le satisfacería más que verla sometida a la
dirección de la baronesa con su cohorte de jesuítas, que bien pudieran ser los
verdaderos autores de su muerte.
Y al llegar aquí, Alvarez manifestó que, aunque
carecía de pruebas, tenía la convicción de que doña Fernanda y el padre Claudio
habían sido los que por sus fines particulares habían declarado loco al conde
sin estarlo. ¿Quién sabe si su suicidio había sido hijo de la desesperación,
propia de quien con sano entendimiento se ve encerrado en un manicomio? El
capitán se expresaba así únicamente por aumentar el odio que Enriqueta sentía
contra la baronesa y el poderoso jesuíta; ignoraba que aquello era la verdad de
todo lo ocurrido.
Tanto se extremó Alvarez en desvanecer los
escrúpulos de Enriqueta, que al fin ésta pareció más tranquila. Únicamente,
miró a su adorador con timidez, como si no se atreviera a formular una
exigencia.
—¿Qué quieres?—dijo con acento apasionado Esteban—.
Ordena lo que gustes, que te obedeceré inmediatamente. Pide, vida mía..., pero
no me abandones.
—Esteban—contestó la joven con gravedad—. Sé bien
lo que el mundo dirá de esta audaz aventura, de la que tú no tienes culpa
alguna. Pero aunque todos me injurien con sus murmuraciones, quiero tener mi
conciencia tranquila. Me basta ser honrada para ti, aunque a los ojos de los
demás no lo parezca. ¡Júrame, por la memoria de mi padre, que me respetarás,
que no te acercarás a mí hasta el instante en que seamos esposos! Si no te
sientes capaz de este juramento, me iré inmediatamente.
—Te lo juro—se apresuró a contestar el capitán con
solemne acento.
El no había pensado, ni por un solo momento,
aprovecharse de aquella desesperación de su amada, que la arrastraba hacia él;
era en todos sus actos un caballero y respetaba su amor lo suficiente
para no mancharlo, valiéndose de los medios que le proporcionaban las
circunstancias.
Hablaba el capitán con tal calor e ingenuidad, que
la joven le contemplaba con admiración, comparándolo interiormente con aquellos
hombres que en la calle la habían insultado con infames proposiciones.
—Sí, alma mía—siguió diciendo el capitán—: juro
respetarte y puedes descansar tranquila con la seguridad de que no intentaré
nada contra ti. Mañana mismo comenzaré a ocuparme de nuestro casamiento; no
faltará quien me ilustre sobre tal punto y pronto serás mi esposa. Yo no sé
cómo se arreglan esta clase de asuntos, pero no he de descansar hasta dejarlo
todo ultimado. Entretanto, vivirás aquí, pero separada de mí. Dormirás en esta
habitación, yo ya pediré a la patrona que me coloque en otro sitio de la casa.
Nuestra situación no es muy hermosa, pero, ¡qué diablo!, todo se arreglará con
el tiempo, y ya verás cómo un porvenir feliz nos compensa de todos los
contratiempos actuales. ¡Si supieras cuan brillante porvenir me está reservado!
Y Esteban Alvarez, poseído de entusiasmo, dió a
conocer a su amada todas sus gloriosas ambiciones, que iba a ver realizadas
después de la revolución que se estaba fraguando. El general Prim lo estimaba
como uno de sus más inteligentes y atrevidos subalternos; la revolución tenía
en él su más activo y audaz agente; estaba decidido a hacer heroicidades en la
próxima lucha por la libertad; en una palabra, era un hombre que, o dejaría su
cadáver tendido a la puerta de su cuartel, o llegaría a general muy joven.
Y Alvarez, al hablar así, estaba magnífico, con su
mirada centelleante y sus nerviosos ademanes, que delataban una gran agitación
interior. Enriqueta seguía contemplándolo con admiración, y sentía cierto
orgullo al pensar que iba a ser la esposa de un futuro héroe.
Ella, en su carácter de aristócrata de nacimiento,
no comprendía bien aquello de morir por el pueblo, que en su limitado concepto
era una masa de gentes desharrapadas y sin educación; no sabía lo que
significaba la palabra democracia, que tantas veces repetía Esteban; pero, en
cambio, le parecía muy bien que él fuese general dentro de breve plazo, y le
lisonjeaba mucho la ilusión de que algún día podría presentarse en los salones
del brazo del hombre amado, convertido ya en personaje ilustre, excitando la envidia
de las mismas amigas, que ahora tanto murmurarían contra ella, al saber que
había abandonado su casa para ir en busca de su amante.
Aquellas risueñas ilusiones sobre el porvenir, que
aún aumentaba Alvarez con sus optimismos revolucionarios, contribuyeron a que
Enriqueta comenzase a olvidarse de las tristes ideas que la obsesionaban
momentos antes.
A los veinte años, y sintiendo un verdadero amor,
se desechan con pasmosa facilidad los pensamientos fúnebres.
Enriqueta, acariciada por aquella sinfonía de
amorosas ilusiones, fué entrando en un período de restablecimiento moral. Sus
ojos, amortiguados por el llanto, volvían a recobrar su hermosa brillantez, y
sus mejillas se teñían nuevamente de un carmín pálido.
La momentánea alegría parecía devolverle algo de su
vigor, y como si con esto se diera cuenta de las necesidades de su estómago,
mojaba bizcochos en el Jerez que le servía su amante.
La conversación resultaba interminable, pues los
dos se enfrascaban cada vez más en embellecer su porvenir, presagiando la
felicidad que les esperaba.
Así transcurrió veloz el tiempo, sin que el capitán
pensara en retirarse, como lo había prometido, ni Enriqueta se lo exigiera.
Era ya la una; en la solitaria calle sólo sonaba la
estridente voz de algún vecino trasnochador llamando al sereno, para que le
abriera la puerta, y dentro de la casa se había extinguido ya todo ruido, pues
la mayoría de los huéspedes acababan de entregarse al sueño.
Aquel silencio absoluto envolvía a los dos amantes
en un misterio que les complacía, por dar a sus palabras cierto tono de
solemnidad.
Enriqueta, después de las continuas crisis de dolor
que había sufrido en pocas horas, se encontraba ahora decaída, y cierta plácida
languidez se posesionaba de todo su cuerpo.
Tenía los ojos abiertos y el rostro animado, pero
las impresiones sufridas en aquel día dormitaban ya; sentía su cerebro
embargado por un dulce sopor, y, a través de un velo de color de rosa, veía a
su amante, que seguía hablando con creciente apasionamiento.
El amor, la hora y aquel misterioso silencio que
les rodeaba, contribuía a que la joven fuese perdiendo lentamente su dolorosa
preocupación y olvidase qué serie de terribles acontecimientos la había
arrastrado hasta aquel lugar.
Ella misma era la que, soñolienta, inconsciente y
sin preocuparse de lo que hacía, había apoyado un brazo en los hombros de
Alvarez, e inclinaba hacia él su encantadora cabeza, como atraída
por el brillo viril de sus ojos, y deseosa de oír sus palabras de más cerca.
Aquella situación iba tomando el aspecto de una
noche de bodas, y ya no parecía la tranquila conversación de dos amantes a los
que separaban recientes tristezas y un juramento de respeto.
Esteban, agitado por el contacto del brazo robusto
y tibio, cuya satinada piel se notaba a través de la ropa, y embriagado por
aquella atmósfera de sana y atrayente belleza que envolvía a su amada, sentía
desvanecerse la fuerza de voluntad que poco antes poseía, y como un niño, poco
a poco, sin que se aperciba la madre, va acercándose a la golosina que
acaricia, iba lentamente, y sin cesar de hablar, llevando a sus labios aquella
mano pequeña y suave, que al fin rozó con ligeros besos.
Enriqueta sonreía. Aquello la parecía natural.
¡Besos en las manos! Esto era lo mismo que ocurría en aquella novela de
Joaquinito Quirós, que, por tener un epílogo moral, y ser el autor amigo de la
casa, era el único libro profano que le dejaba leer la baronesa de Carrillo.
La joven no hizo la menor resistencia, antes al
contrario, sintióse halagada por el homenaje, y se creyó toda una heroína de
novela, al estilo de aquella Eulalia que, ojerosa, pálida y siempre vestida de
blanco, ejercía de protagonista en el soporífero libro de Quirós.
Aquel silencioso consentimiento de la joven, y su
languidez marcada, excitaron la pasión de Alvarez, que se mostró cada vez más
audaz.
¡Adiós tristes ideas y formal juramento de respeto!
El fuego de la juventud, el ardor de los cuerpos exuberantes de vida derrite
las más firmes promesas.
Enriqueta no supo cómo fué aquello, pero despertó
de aquel ensueño de amor que la acariciaba despierta, al sentir en sus labios
una impresión ardiente.
Esteban la estrechaba entre sus brazos; Esteban la
besaba en la boca con interminable frenesí.
Enriqueta se revolvió como una fiera herida, y
librándose de aquellos brazos, que la oprimían cariñosamente, irguióse pálida,
altiva, y llevando en sus ojos la llamarada de la indignación.
Pero esta impresión no duró mucho tiempo. Vió casi
a sus pies al capitán, que parecía avergonzado y confuso, por su arranque, y se
sintió conmovida.
—¡Márchate! ¡Sal de aquí inmediatamente!—había
gritado en el primer arranque; pero al ver a Esteban en aquella actitud humilde, y como pidiéndole perdón, se conmovió, y las
lágrimas asomaron a sus ojos.
Lloraba una decepción sufrida, la pérdida de una
ilusión.
Ella había creído a Esteban un hombre diferente a
todos, un ser incapaz de dejarse dominar por la pasión y firme hasta el punto
de domar la carne y cumplir sus juramentos caballerescos, y ahora encontraba
que era semejante a la vulgaridad de su sexo; un organismo que se sublevaba,
ebrio de pasión, al sentir el contacto de un brazo femenil.
Enriqueta creía encontrarse con un ángel, y se
hallaba al lado de un hombre.
Desalentada por aquella decepción, profundamente
ofendida por lo que creía un abuso de su situación, y llorando con el
desconsuelo de ver que el protector sólo era un amante, se dirigió al fondo del
cuarto, sin saber lo que hacía, y se dobló, dejando caer su hermoso busto sobre
la cama de Esteban.
Su hermoso rostro chocó con aquellas ropas, e
inmediatamente sintió algo que la conmovió de pies a cabeza. Parecía como que
sus músculos y sus venas estallaban, abriendo infinitos orificios por donde
entraba algo extraño, punzante y embriagador, como esos licores fuertes que
abrasan en la garganta, pero que provocan una feliz locura en el cerebro.
Era el olor del macho. Su organismo virgen, pero
robusto y sanguíneo, abríase como la rosa que hace estallar sus rojos pétalos a
las caricias del ardiente sol.
El sexo se revelaba en ella con una fuerza
incontrastable, y parecía que de aquella cama surgía un vapor venenoso, que se
esparcía por sus venas como torrente de fuego.
Enriqueta se irguió loca y llevando en sus ojos una
extraña luz. Parecía una mujer fenicia, poseída de la lujuriosa demencia de las
fiestas de Adonis.
Alvarez seguía en el fondo de la habitación, en
actitud suplicante.
La voz trémula de Enriqueta le sacó de tal
situación.
—Ven, alma mía. ¿Para qué resistir?... Ya que el
mundo ha de hablar, que sea verdad.
Esteban corrió a ella.
¡Descansad en paz, juramentos de respeto! Ahora
podían hablar ya las lenguas maldicientes, seguras de que, por mucho que
dijeran, ni Enriqueta ni Esteban las desmentirían.
Los planes de Quirós.
A las diez de la noche salió Joaquinito Quirós del
Ministerio de la Gobernación.
Había esperado al ministro más de dos horas, por
estar éste reunido con sus compañeros en Palacio, y cuando al fin llegó, retuvo
al joven escritor católico otra hora larga, haciéndole que repitiera varias
veces la delación, como si temiera que algún detalle importante quedase
olvidado.
El alto funcionario despidió por fin a Quirós, a
quien había tratado algo en los aristocráticos salones, y le prometió hacer que
el Gobierno premiase con largueza sus servicios.
El escritor católico estuvo elocuente. ¡Oh! El no
hacía la delación únicamente por ser recompensado, sino que le impulsaban sus
principios políticos y religiosos, su afecto inmenso a la virtuosa Reina, su
adhesión incondicional al Gobierno, su amor a la causa del orden y del
catolicismo, puesta en peligro por los pícaros revolucionarios, su...
Y así siguió el hipócrita agente de los jesuítas,
enjaretando mentiras y lugares comunes. Después de dejar sobre la mesa
ministerial el papel en que estaban las señas del capitán Alvarez y el
domicilio donde se reunían los conspiradores, salió Quirós del despacho, y aún
pudo oír, antes de atravesar la sala, cómo el ministro daba órdenes para que
fuesen llamados con urgencia su colega en la cantera de la Guerra y el
gobernador de Madrid.
Cuando Quirós, pisando la gran acera de la Puerta
del Sol, miró el reloj del Ministerio y vió que eran más de las diez, púsose a
pensar cómo pasaría la noche.
No estaba de humor para asistir a ninguna reunión
aristocrática, pues le faltaba fuerza para vestirse, y prefería pasar la noche
de un modo más divertido que bailando con señoritas insufribles, que al fin y
al cabo no habían de casarse con un pobre como él, o entreteniendo a las
devotas mamás, que le consideraban como un juguete entretenido, con sus puntas
y ribetes de preceptor moral.
Ya estaba decidido lo que haría. Hasta media noche
se entretendría en un teatrillo por horas, donde se
representaban piezas bufas, con gran exhibición de pantorrillas, algunas de las
cuales había manoseado con intimidad el escritor católico, y después iría a
charlar hasta las primeras horas de la madrugada con los redactores de “La Voz
del Catolicismo”, diario en el que publicaba de vez en cuando artículos
críticos, y en los cuales magullaba a todos los grandes hombres
revolucionarios, aun cuando éstos nunca llegaban a enterarse.
Cuando a media noche salió Quirós del teatro, iba
pensativo y malhumorado.
Aquel género escénico, punzante afrodisíaco, que
conmovía de lujuria a todo el público culto, sensato y conservador que ocupaba
las butacas, no había conseguido divertirle, como en otras noches.
Le preocupaba la idea de que a aquellas horas la
autoridad estaba preparando la red para apresar al capitán objeto de su
denuncia. Y no es que él experimentase compasión alguna. Lo único que le
interesaba era la recompensa que le daría el Gobierno, y le era indiferente que
aquel desgraciado militar fuese fusilado, o, cuando menos, saliera para los
presidios de Africa; pero no dejaba de causarle cierto escozor la idea de que
había contribuído a la eterna ruina de un joven que, como él, era pobre y
trabajaba por conquistarse una posición.
El aventurero aristocrático no podía evitar cierta
simpatía a favor de aquel desconocido que, audazmente y con riesgo de su vida,
buscaba el engrandecerse. Quirós no se sentía capaz de buscar la fortuna de un
modo tan franco y peligroso.
Aquella preocupación era, pues, producto del
espíritu de clase y de la admiración que le inspiraba el valeroso desconocido.
Absorto en tales pensamientos caminaba Quirós,
hasta que una sensación de frío le hizo volver en sí. Soplaba un vientecillo
helado que punzaba la cara, y el joven levantóse el cuello del gabán, al mismo
tiempo que pensaba en la conveniencia de entrar en el café Suizo, ya que se
encontraba frente a él.
Con aquel frío no vendrían mal unas copitas de ron.
Además, en aquel café siempre se encontraban algunas tertulias de compañeros,
jóvenes periodistas, que, aunque liberales y poco afectos a la hipocresía, eran
buenos muchachos, y hacían pasar agradablemente el rato con sus chistes.
Quirós entró en el café, y allí permaneció hasta
las dos de la madrugada, hora en que se disolvió la tertulia. Aquella noche no
estaban en el Suizo más que unos cuantos escritores de perversas ideas,
mordaces hasta la crueldad, que se recrearon “tomándole el
pelo” al publicista católico, cuyas verdaderas costumbres conocían al dedillo.
El joven abandonó el café con un humor endiablado.
El fastidio le perseguía, y se encaminó a su querida Redacción con la esperanza
de pasar allí mejor el rato.
Cuando después de subir casi a tientas la mal
alumbrada escalera, tropezando con un aprendiz de la imprenta, que se llevaba
el último original, entró en la sala común de la Redacción, vió a sus
compañeros enfrascados en una discusión que debía ser violenta, a juzgar por el
calor con que se expresaban.
—Aquí está Joaquín—dijo con alegría uno de los
redactores, al verle entrar—. Es el amigo de la casa, y podrá ilustrarnos con
su opinión mejor que nadie.
—¿De qué se trata?—preguntó con tono indiferente
Quirós, que esperaba ser consultado sobre alguna murmuración del gran mundo.
—Vas a hablarnos con franqueza—continuó el
periodista—.¿Cuál es tu opinión verdadera sobre lo del conde de Baselga?
El joven hizo un gesto de extrañeza.
—¿Y qué es lo que le ha ocurrido al conde?
—Vamos, hombre, no te hagas el lila y contesta.
Estos dicen que Baselga se ha matado en un momento de locura, y yo aseguro que
ese suicidio ha sido preparado hábilmente por alguien. Es muy raro entrar en un
manicomio y matarse inmediatamente.
—¿Pero el conde de Baselga se ha suicidado?
Quirós dijo esto con tal expresión de sorpresa, que
los periodistas se convencieron de que recibía por primera vez la fatal
noticia.
¿Conque no lo sabía Joaquín, a pesar de ser íntimo
de la familia?
Pues, sí, señor; el conde se había suicidado aún no
hacía diez y seis horas, y su hija, la baronesa de Carrillo, había enviado la
esquela mortuoria para que la publicasen al día siguiente en la primera plana
del periódico, y al mismo tiempo rogaba al director, con una conmovedora
cartita, que se ocupara con gran prudencia del suceso y defendiera el honor de
la familia, si algún diario indiscreto, a pesar de sus súplicas, se atrevía a
decir que el conde habíase suicidado.
Quirós escuchaba con el mayor asombro aquellas
noticias que le comunicaban sus amigos.
Su sorpresa no tenía límites, y en su interior
surgía una sospecha que, poco a poco, iba adquiriendo certidumbre.
El no quería mediar en la discusión de los
periodistas, y se negaba a decir si el suicidio
había sido por voluntad propia y espontáneo, o hábilmente preparado por
enemigos; pero, en su interior tenía ya la opinión formada, y sentía cierto
respetuoso temor al pensar en el padre Claudio. ¡Oh, gigantesco maestro! ¡Y con
qué limpieza sabía barrer a un hombre del mundo, cuando le estorbaba!
A Quirós no le cabía duda de que en aquella
tragedia había intervenido el diabólico talento del padre Claudio. El no podía
precisar la verdadera causa de aquel hábil crimen y los procedimientos de que
se había valido el poderoso jesuíta, pero presentía la verdad del hecho y veía
el invisible brazo del padre Claudio moviendo la mano del conde, que empuñaba
la pistola suicida.
Las sospechas que le habían acometido al saber que
a Baselga lo declaraban loco y que iba a ser conducido a un manicomio, volvían
a reproducirse ya en su imaginación, como hechos indiscutibles. El tenía la
solución del obscuro problema. La Compañía deseaba los millones de los hijos de
Baselga, y era capaz el padre Claudio de suprimir a cuantos se interpusieran en
su camino.
Sentado junto a la gran mesa de la Redacción, con
la cabeza entre las manos, bajo la mancha de amarillenta luz de gas que
arrojaba una gran lámpara con colgantes de percalina verde, y dejando vagar su
mirada por el montón de periódicos de provincias revueltos con tinteros y
plumas, permaneció Quirós mucho tiempo, entregado a sus pensamientos y
arrullado por aquella discusión interminable que excitaba la bilis de los
periodistas.
¿Qué haría él? Esto era lo que se ocupaba en
reflexionar Quirós, pronto siempre a pensar en sus negocios, aun en los
momentos más difíciles.
El había tenido ciertos planes en otro tiempo, que
después desechó por imposibles. Viviendo el conde, resultaba absurdo abrigar,
un pobre como él, ciertas pretensiones acerca de Enriqueta; mas ahora, libre ya
de tal estorbo, y quedando la joven bajo la dirección de su hermana, tal vez
pudiera lograr algo. El se tenía por el hombre de confianza de la baronesa;
sabía que ésta le apreciaba, y no era aventurado esperar algún éxito en sus
pretensiones; pero... ¡maldición!, estaba en medio el padre Claudio, aquel
diabólico jesuíta, a quien siempre encontraba obstruyéndole el camino y al que
eternamente tendría que pedir permiso para intentar el menor avance. ¡No poder
él librarse de tal servidumbre! ¡Verse obligado a no trabajar jamás por su
cuenta y riesgo!
Pero Quirós no quería dejar pasar aquella ocasión,
que parecía venírsele a las manos, con la muerte del conde. Creía él que la
fatalidad colaboraba con sus ambiciones, y que sería una necedad imperdonable
despreciar sus favores.
Adelante, pues; ya se entendería con el padre
Claudio cuando llegase el momento, y buscaría el mejor medio de engañarlo, si
es que la baronesa acogía bien su plan. Ahora lo importante era tener de su
parte a la hermana de Enriqueta.
Y pensando en esto se le ocurrió a Quirós cuán
triste debía ser el estado de ánimo de doña Fernanda a aquellas horas.
Era una verdadera desgracia que él no hubiese
tenido antes noticias del triste fin del conde. En aquella casa debía reinar la
desolación, y en tales instantes es cuando se conocen los amigos verdaderos. Su
puesto, desde aquella tarde, estaba en la casa de Baselga, al lado de la
baronesa y de Enriqueta, prodigándolas cristianos consuelos. ¡Diablo! ¿Por qué
habían tenido tan oculta aquella noticia?
El era un ser imprescindible en ciertas familias,
tanto en las desgracias como en las alegrías. Por cosas menos importantes, por
un casamiento o un bautizo, lo llamaban, lo consultaban y encargábanle las
invitaciones, las formalidades consiguientes en los Centros públicos, y hasta
el arreglo de la mesa; y ¡ahora que se trataba de una familia por la que tanto
interés sentía, no encontraba hasta aquel momento una buena alma que le avisara
lo sucedido!
¡Cuánta falta haría allá, para aliviar a doña
Fernanda de las enojosas tareas de arreglar el entierro y demás formalidades!
¡Cómo hubiera él adquirido nuevo realce a los ojos de la baronesa, que le
consultaba continuamente sobre asuntos de las cofradías, encargándose de todas
esas comisiones engorrosas que produce la muerte en una familia del gran mundo!
Pero nada se había perdido; aún era tiempo de
acudir; y apenas Quirós formuló tal pensamiento en su mente, púsose en pie.
¿Que era tarde? ¿Que resultaría extemporánea su
visita? Mejor aún; así podría parecer espontánea e hija del cariño, y doña
Fernanda la agradecería más.
Quirós, sin despedirse apenas de sus amigos,
abandonó la Redacción, y con paso apresurado dirigióse a la calle de Atocha.
Al llegar frente a la casa de Baselga detúvose algo
cohibido al ver la obscura fachada, en la que no se notaba el menor signo de
vida interior.
De seguro dormían, y su visita iba a resultar
inoportuna en extremo.
Pero en Quirós la duda duraba muy poco y no era
hombre capaz de retroceder así que adoptaba una resolución.
Empuñó el pesado aldabón de bronce y dió un golpe,
no muy fuerte, como si procurara atenuar su inoportunidad.
—De seguro, no me oyen—pensó Quirós al dar el
golpe.
Pero, con gran sorpresa, oyó inmediatamente tardas
pisadas en el portal; abrióse el postigo y el obeso portero, sin otro traje que
pantalones, camisa y bordados tirantes, apareció con una luz en la mano y
tiritando de frío.
—¡Ah! Es usted, don Joaquín—dijo el portero,
después de cerrar el postigo tras el recién llegado—. Hace ya más de una hora
que lo espero a usted. Suba usted en seguida; la señora baronesa le espera con
gran impaciencia. Hace ya más de una hora que el ayuda de cámara fué a buscarle
a su casa. ¡Qué desgracias, Dios mío, qué desgracias! Cuando el diablo se mete
en una casa, tarde sale.
Y el obeso portero expresaba con ademanes trágicos
su desesperación, mientras subía la escalera, alumbrando a Quirós.
Este se sentía satisfecho y adquiría mayor
confianza al saber que la baronesa se había acordado de él mandando que le
llamaran. Por esto se felicitaba de su resolución, que resultaba oportuna.
La baronesa recibió a su amigo en un gabinete que
servía de antecámara a su dormitorio, y al verla Quirós no pudo reprimir un
movimiento de sorpresa.
Doña Fernanda tenía un aspecto de quebrantamiento
que, a los ojos del joven escritor, demostraba la cruel y profunda impresión
que en ella había producido la muerte de su padre.
Toda la casa estaba en conmoción, pues Quirós, en
las habitaciones exteriores, había visto a los criados que, vestidos y prontos
a acudir al servicio de la señora, aunque apoyándose en la pared o medio
tendidos en los divanes, cabeceaban de vez en cuando, entregándose al sueño.
La baronesa, que contraía su rostro con una mueca
natural e indefinible entre el dolor y la rabia, estrechó lánguidamente la mano
que le tendía el joven con ceremoniosa aflicción.
—Baronesa, he venido sin perder tiempo, porque en
estas ocasiones es cuando se conocen los verdaderos amigos.
—Gracias, Joaquinito. Ya sabrá usted mi desgracia
en toda su extensión. En esta casa se repiten los sucesos tristes con una
rapidez abrumadora.
—Efectivamente, baronesa. La muerte del conde es
una desgracia...
—Pues, ¿y lo otro?—exclamó la baronesa,
interrumpiendo a su amigo.
Este hizo un gesto de extrañeza, como preguntando
qué era lo otro. La baronesa le comprendió.
—¡Cómo! ¿Usted no sabe lo ocurrido aquí esta noche?
Pero, ¡Dios mío, cuán loca soy! Usted no puede saberlo, pues ninguno de mis
amigos, ni aun el padre Claudio, tiene noticia de lo sucedido.
—Pero, ¿qué ocurre, baronesa? ¿Otra desgracia,
después de la muerte del conde?
—Sí, Joaquinito. Mi hermana Enriqueta ha huído de
casa esta misma noche.
Quirós aún quedó más asombrado al escuchar aquello
que al saber el suicidio del conde.
Le resultaba el mayor de los absurdos la fuga de
aquella joven tan humilde y recatada, que él consideraba poco menos que tonta.
El inesperado suceso dejó absorto por mucho rato al
joven, que vió por el suelo sus más risueñas ilusiones. Después de esto
resultaba imposible aquel magnífico proyecto de casamiento que le había de
hacer rico y poderoso.
—¡Pero, baronesa! ¿Cómo ha sido eso?—preguntó
Quirós, cuando se repuso de aquella primera impresión.
—¡Dios mío! ¡Si yo misma no puedo explicármelo!
¿Quién había de esperar semejante cosa de Enriqueta? Yo no puedo comprender qué
idea ha enloquecido a esa muchacha hasta el punto de hacerla abandonar su casa.
—¿Sabe Enriqueta la muerte de su padre?
—No; es decir, yo creo que no, pues nadie en esta
casa le ha hecho la menor indicación. Vea usted lo que ha sucedido.
Y la baronesa relató a Quirós la inmensa y dolorosa
sorpresa que había producido en la casa la desaparición de Enriqueta.
Justamente a las ocho de la noche había llegado de
las posesiones que el conde tenía en Castilla la antigua ama de llaves, Tomasa,
a la cual la baronesa seguía profesando un odio irreconciliable. Había hecho el
viaje alarmada por cierta carta que una persona de la servidumbre (la doncella
de la baronesa) la había enviado, dándola cuenta de la locura del conde y
acudía presurosa la sencilla aragonesa, creyendo que con su presencia podía
aliviar el triste estado de doña Fernanda.
Cuando Tomasa supo la desgracia que acababa de
ocurrir y la habladora doncella le hubo relatado el suicidio con tantos
detalles como si lo hubiera presenciado, la pobre mujer, que era ruidosa en
extremo, tanto en sus alegrías como en sus tristezas, comenzó a dar alaridos,
al mismo tiempo que sus ojos se cubrían de lágrimas.
El único deseo que manifestó, en medio de su dolor,
fué ver a su señorita, a su querida Enriqueta; pero la baronesa se lo prohibió,
por no querer que su hermana conociera repentinamente el trágico fin de su
padre. A la hora de cenar, doña Fernanda no se alteró al ver que su hermana no
bajaba, y dió a las once y media orden a toda la servidumbre para que fuera a
descansar; pero entonces fué cuando la antigua ama de llaves, antes de ir a
recogerse en el cuarto de la doncella, se deslizó hasta la habitación de
Enriqueta.
Momentos después volvió asombrada, gritando que en
el cuarto no estaba la señorita.
A la baronesa, según sus propias palabras, le dió
un vuelco el corazón cuando supo que su hermana no estaba en el cuarto. Corrió
a éste, y al verlo vacío se lanzó con presteza por toda la casa, llamando a
gritos a Enriqueta.
Nada; el silencio más completo en todas partes; no
había ya duda: Enriqueta habíase fugado de la casa paterna.
Cuando la baronesa se convenció de aquella terrible
verdad, su indignación no tuvo límites, y deseosa, sin duda, de hacer
responsable a alguien de aquel suceso, fijó sus ojos en Tomasa, cuya inesperada
aparición ya le resultaba muy extraña.
Aquella mujer tenía, sin duda, su parte en la fuga,
y por evitar responsabilidades había ido allí a hacer una comedia, lamentándose
de un suceso que con anterioridad conocía.
Doña Fernanda, presa de una terrible indignación,
dirigióse contra Tomasa, insultándola con soeces palabras; pero procuró no irse
con ella a las manos, como en otras ocasiones había hecho, pues recordaba aún
los golpes que recibió el día en que el difunto conde hubo de separarlas a viva
fuerza, cuando se tiraban de los pelos por cuestión de los amoríos de
Enriqueta.
Tomasa apenas si contestó a los insultos de la
baronesa.
La muerte del conde y la fuga de su hija eran
terribles noticias que la habían dejado atolondrada, y por esto apenas si
desmintió con algunas palabras a la procaz doña Fernanda.
La suerte de Enriqueta era lo que a ella le
preocupaba, y únicamente pensaba en encontrarla,
aunque para ello tuviera que correr medio Madrid.
De pronto, y cuando la baronesa más recrudecía sus
injurias, Tomasa sonrió, como si hubiese visto el cielo abierto. ¡Qué torpe
era! ¡No habérsele ocurrido antes dónde podría estar Enriqueta!
Y apenas apareció en su imaginación la figura del
amo de su sobrino, salió corriendo para su casa. Era entonces la una de la
madrugada.
La baronesa, ante tan rápida fuga, se convenció más
aún de que la vieja sirvienta tenía participación en aquel suceso, que ella
calificaba de rapto.
Deseosa de vengarse y de evitar el escándalo que
produciría la fuga de Enriqueta al hacerse pública, quiso adoptar alguna
resolución que hiciera volver a la fugitiva a su hogar antes que amaneciera.
Para doña Fernanda no había duda sobre el lugar
donde estaba su hermana. Desde el primer momento había pensado en aquel odiado
capitán, cuya correspondencia amorosa tan grande indignación le había
producido, y la precipitada fuga de Tomasa había ratificado sus sospechas.
Acudir a la policía en demanda de auxilio era el medio más apropiado para que
el suceso se hiciera público, y por esto la baronesa pensó en sus amigos más
íntimos, para encargarlos de la delicada misión de volver la joven a su casa.
Al principio pensó en el padre Claudio, pero hacer
que despertasen a éste a altas horas de la noche, era empresa difícil, pues el
poderoso jesuíta daba a los suyos severas órdenes para que no turbasen su
descanso, y, al fin, la baronesa pensó que sería mejor llamar en su auxilio al
amable Quirós, y envió un criado a su casa.
—Mucho ha tardado usted, Joaquinito—siguió diciendo
la baronesa con precipitación—; pero aún es tiempo. Sobre todo, no se
entretenga usted. Piense que la honra de mi hermana va en ello. ¡Dios mío!
¡Cuánto agradeceré a usted cuanto haga en esta ocasión!
Quirós, que aún se sentía turbado por aquella
inesperada noticia, no pudo menos de fijarse en lo mucho que aumentaría la
simpatía de la baronesa hacia él si lograba devolverle a su hermana.
Además, por egoísmo, le interesaba mezclarse en
aquel asunto. Si Enriqueta era de otro, todos sus más hermosos planes, que le hacían entrever un porvenir de grandezas,
caerían inmediatamente, faltos de base.
El joven estaba resuelto a hacer cuanto le mandara
la baronesa, y así se lo manifestó, con entusiasmo teatral.
—Pues bien—dijo doña Fernanda—, corra usted
inmediatamente a casa de ese capitán, donde indudablemente se encuentra mi
hermana, y tráigala usted, sin reparar en medios. No vacile usted si ha de
emplear la fuerza; ya sabe usted que tenemos buenos amigos.
—Está bien, baronesa. Voy allá inmediatamente.
Pero, ¿dónde vive ese capitán?
Doña Fernanda hizo un cómico gesto de admiración.
—¡Dios mío! ¡Cuán loca soy!... Pues no lo sé.
Olvidaba que ignoro dónde vive el tal capitán.
—Esto no fuera obstáculo si el asunto no fuese tan
urgente y tuviéramos más tiempo; pero conviene encontrar a Enriqueta antes del
nuevo día, y esto es imposible, no sabiendo el lugar donde se encuentra. ¡Si
usted pudiera proporcionarme algún otro detalle! Por ejemplo, ¿cuál es el
nombre de ese capitán?
—¡Oh, eso sí que lo sé! Permítame que lo recuerde.
Le llaman... ¡ah!, ya me acuerdo. Le llaman Esteban Alvarez.
Unicamente por su gran fuerza de voluntad pudo
evitar Quirós hacer un movimiento de sorpresa; pero, a pesar de esto, murmuró
con extrañeza y admiración:
—¡Esteban Alvarez!
—Sí, señor; ese es su nombre. Lo recuerdo
perfectamente, pues lo leí en varias cartas que él dirigía a mi tonta hermana.
Mientras yo estaba de viaje tuvieron ciertas relaciones, de las que Tomasa era
cómplice. ¡Cosas de niños! ¡Tonterías ridículas, que yo evité a tiempo!
El joven estaba pensativo. Preocupábale aquella
extraña coincidencia. El que había delatado pocas horas antes para lograr un
ascenso en su carrera, salíale ahora al paso, como raptor de la mujer en que él
cifraba su definitivo engrandecimiento.
Pero una súbita alarma desvaneció inmediatamente
sus pensamientos. La policía caería de un momento a otro sobre el domicilio de
Alvarez, tal vez estaría ya allí en aquel momento, y Enriqueta sería detenida,
haciéndose visible su deshonra y quedando complicada en una causa por
conspiración, que seguramente sería ruidosa.
El joven quería evitar tal desgracia, no porque le
doliese la deshonra de la joven, sino porque tras un escándalo tan grande era ya imposible que él la hiciese su esposa,
quedando dueño de sus millones.
Había que obrar cuanto antes, y por esto Quirós se
despidió de la baronesa, diciéndola al salir:
—Descuide usted, antes que sea de día Enriqueta
estará aquí. Podrá costarme encontrar el sitio donde se ocultan, pero yo daré
con ellos.
—¡Adiós, Joaquinito! Que Dios le ayude y cuente
usted con mi agradecimiento. Estos servicios no se olvidan nunca.
Cuando Quirós se encontró en la calle, el frío
viento de la noche pareció refrescar sus ideas, desvaneciendo la preocupación
que en él había producido la noticia de aquella fuga.
Subía la calle de Atocha sin tener aún ningún plan
formado, y sin otra idea que ir a casa de Alvarez, cuyas señas había dado
algunas horas antes en el Ministerio de la Gobernación.
Hacía el joven los mayores esfuerzos intelectuales
por encontrar una idea que le gustase, y su cerebro sólo sabía producir
disparates, por lo que se indignaba contra sí mismo.
La soledad lóbrega de las calles parecía reinar en
su cerebro, y sus pasos, que resonaban con gigantesco eco sobre las desiertas
aceras, repercutían en la bóveda de su cráneo, como un taconeo incesante y
diabólico.
Urgíale formar un plan antes de llegar al punto
donde se dirigía, y su inteligencia, siempre tan pronta a servirle, se mostraba
ahora rebelde.
De repente Quirós encontró la solución a aquel
conflicto en que se hallaba.
Si avisaba al capitán de la llegada de la policía y
le incitaba a huir, fracasaba su plan, pues el Gobierno no le daría recompensa
alguna, y si dejaba que Alvarez cayese en poder de la autoridad, se descubriría
la falta de Enriqueta, en cuyo caso ésta sería objeto de la maledicencia
social, y ningún hombre incapaz de romper con las públicas conveniencias, se
atrevería a solicitar su mano.
El había adivinado el medio de salvar aquel
conflicto.
—La combinación es infalible—se decía el elegante
aventurero, apresurando el paso—. Con tal que llegue antes que la policía,
lograré que el amante se escape, dejándome en depósito la dama. Después ya
sabré yo arreglarme, y el temor al escándalo hará todo lo demás.
Y Quirós, halagado cada vez más por su plan, que
conceptuaba magnífico, corría por las desiertas
calles, temeroso de llegar demasiado tarde.
En su interior sentía la sonrisa de la fortuna
anhelada, que, aunque tarde, llegaba por fin a favorecerle.
Desenlace inesperado
La fiel Tomasa, al encontrarse frente a la casa
donde vivía el capitán Alvarez, hubo de sostener una breve discusión con el
vigilante de la calle y desprenderse de una peseta para que le abriera el
portal, y después pasó más de un cuarto de hora en la escalera, tirando del
cordón de la campanilla, sin que ninguno de los durmientes en aquella casa
acudiese a su llamamiento.
Por fin, oyó unos pasos pesados con acompañamiento
de bostezos, y tras la consiguiente pregunta de “¿quién va?”, dada por una voz
soñolienta, abrióse la puerta, apareciendo su sobrino Perico, casi en paños
menores, y alumbrándose con una candileja.
La sorpresa que experimentó el muchacho fué grande
al ver a su tía, a quien creía lejos de Madrid, a una hora tan intempestiva.
Tomasa entró prontamente en la habitación,
preguntando con ansiedad:
—¿Dónde están ésos?
—¿Quiénes son ésos, tía?
—¿Por quién he de preguntar, grandísimo tonto? Por
tu señorito y mi señorita Enriqueta.
—¡Ah! Luego sabe usted...—exclamó con sorpresa el
asistente.
—Yo lo sé todo—contestó Tomasa, interrumpiéndole—.
Dime al momento dónde están.
—En su cuarto, tía.
—Pues llamémosles inmediatamente.
Y la vieja y su sobrino encamináronse a la
habitación del capitán, cuya puerta golpearon repetidas veces.
Reinaba un silencio absoluto en el interior del
cuarto, y la mortecina luz del quinqué apenas si lograba disipar la densidad de
aquella nebulosa atmósfera que lo envolvía todo en espesa penumbra.
Después de golpear muchas veces la puerta y de
llamar Perico a su señor, éste se levantó, abriendo aquélla, aunque cuidándose
de obstruir con su cuerpo la entrada.
Al ver el capitán a la vieja aragonesa, experimentó
una sorpresa aún mayor que su asistente.
—¡Tomasa! ¡Usted aquí!—dijo avergonzado.
—Sí; aquí estoy. ¿Dónde está la señorita?
No necesitaba hacer tal pregunta, pues dentro sonó
un suspiro ahogado y el ruido de un cuerpo al caer sobre la cama.
—¡Oh, mi pobre señorita! ¿Qué le sucede? ¡Por Dios!
Don Esteban, déjeme usted el paso franco, o no respondo de mí.
Y la enérgica aragonesa, empujando rudamente al
capitán, entró en la habitación. Enriqueta estaba allí, tendida sobre la cama,
inerte e inanimada como un cadáver.
La pobre joven había despertado de su delirio de
amor al oír aquellos golpes en la puerta y notar que su amado se levantaba para
abrir.
Cuando la voz de Tomasa llegó a sus oídos,
experimentó una emoción sin límites.
Toda la enormidad de la falta cometida aparecióse
rápidamente en su imaginación; sintióse arrepentida y avergonzada, y el rubor
pudo sobre ella lo que el dolor no logró alcanzar.
Tan vehemente era su deseo de ocultarse a los ojos
de todos, tanto temía las acusadoras miradas de aquella antigua y cariñosa
doméstica, que, después de incorporarse sobre la cama, cayó nuevamente en ella
temblorosa y desalentada, sintiendo que rápidamente perdía la noción de su ser.
Aquel valor que la sostuvo al oír la relación del
trágico fin de su padre y que la impulsó a abandonar su casa, faltábale ahora,
quebrantada como estaba por la revelación de secretos de la Naturaleza, que
hasta poco antes le eran desconocidos y por el remordimiento de su falta. El
recuerdo de su padre y la consideración de que estando todavía caliente su
cadáver, ella había perdido su honra en los brazos de un hombre, fué lo que
produjo aquel desmayo, desvaneciendo los últimos restos de su energía.
Tomasa acudió inmediatamente en auxilio de su
señorita, a la que prodigó toda clase de cuidados.
Alvarez, en un extremo de la habitación, permanecía
absorto y como avergonzado de su anterior conducta.
La presencia de aquella vieja le llenaba de rubor, a pesar de que ésta no le
habia dirigido la menor recriminación.
En cuanto al fiel asistente, habia desaparecido
para demostrar su discreción, pero andaba por las habitaciones inmediatas,
pronto a acudir al menor llamamiento.
Por fin, volvió Enriqueta en si, y al ver junto al
lecho a su antigua doméstica, prorrumpió en tristes lamentos y se abrazó a ella
llorando copiosamente.
—Vamos; calma, señorita Enriqueta—dijo Tomasa con
expresión bonachona—. No se entristezca usted, pues al fin, lo mismo que usted
ha hecho, lo hacen otras muchas y con menos motivo. Todo tiene arreglo en este
mundo, y no es muy aventurado pensar que dentro de poco, usted podrá pasearse
del brazo de ese guapo mozo que ahí está, presentándose en todas partes como su
legítima esposa. No se apure usted, señorita, ¡Quién sabe si todo esto que le
sucede será por su bien! Tal vez éste sea el único medio de que usted se vea
libre de aquella arrastrada baronesa.
Y Tomasa seguía consolando a su señorita, que bien
fuese por las palabras de la animosa vieja o porque el dolor moral comenzaba a
calmarse naturalmente en ella, recobró un tanto su tranquilidad.
Aquel lecho parecía quemarle, pues le recordaba su
reciente deshonra, y pálida, ojerosa y quebrantada, se incorporó, bajando de él
apoyada en los hombros de Tomasa.
La embriaguez del amor se había disipado por
completo, y tanto Enriqueta como Esteban evitaban mirarse como avergonzados de
su falta.
Transcurrió mucho tiempo sin que ninguno de los
tres hablara; pero por fin, Tomasa rompió aquel silencio embarazoso:
—¡Vamos a ver! ¿Y qué piensan hacer ustedes? ¿Vamos
a permanecer de este modo hasta el día del juicio? Urge adoptar una resolución,
y es preciso que usted, don Esteban, que tanto sabe, nos diga qué será lo más
conveniente. Aquella mujer—continuó aludiendo a la baronesa—está hecha una
furia, y es muy capaz de llamar a la justicia para que les eche el guante a
ustedes, y esto... (y soltó un taco redondo, como era su costumbre cuando se
enfadaba), esto no lo puedo yo consentir. ¡Ver yo a mi Enriqueta tratada como
una cualquiera! Vamos, don Esteban; diga usted algo; aconséjenos qué es lo que
se ha de hacer.
¡Bueno estaba el capitán para dar consejos!
Encontrábase aturdido por lo que acababa de
sucederle, y los gozados placeres del amor, en vez de halagar su memoria,
punzábanle como terribles recuerdos. Sin embargo, tenía que satisfacer las
incesantes reclamaciones de Tomasa, y por esto, contestó:
—Yo creo que debíamos aguardar el nuevo día para
hacer algo. A la madrugada nos presentaremos a la autoridad y Enriqueta quedará
bajo su protección mientras yo sufriré todas las consecuencias. Yo creo que la
ley nos apoyará y a su amparo nos uniremos para siempre.
Tomasa aceptó aquella proposición como otra
cualquiera, pues con tal de que Enriqueta no volviera a casa de la baronesa,
cuyo genio conocía, todo le resultaba perfectamente bien.
Decidióse, pues, entre los tres, dejar que
transcurrieran las últimas horas de la noche, y sumidos en un embarazoso
silencio, permanecieron cerca de media hora, hasta que algunos vigorosos
campanillazos en la puerta de la escalera, los sacaron de su abstracción.
Momentos después, Perico asomó prudentemente la
cabeza, y dijo con gran alarma:
—Señorito, salga usted inmediatamente. Ahí fuera le
busca un amigo.
Salió el capitán muy extrañado por tal visita, y en
el comedor, que era una pieza inmediata, vió a un hombre envuelto en una capa
andaluza.
La luz de la lamparilla que el asistente había
puesto sobre la mesa, y que apenas si conseguía trazar en aquella sombra un
débil círculo de claridad no dejaba ver el rostro del recién llegado, pero éste
se adelantó diciendo al capitán:
—Soy yo, Esteban. Vengo de prisa, y únicamente por
hacerte un favor.
Alvarez reconoció a su amigo el insustancial
alférez Luidoro, vizconde del Pinar. Esto aumentó aún más su sorpresa:
—¿Qué te trae por aquí a estas horas?
—Tu salvación, desgraciado. Mira, no pierdas
tiempo, pues la policía va a llegar de un momento a otro, y si no quieres ir a
Melilla o morir fusilado, debes poner inmediatamente pies en polvorosa.
—Pero, ¿qué maldita broma se te ha ocurrido? ¿Qué
es eso? ¿Por qué debo huir?
—Ya sabes, Esteban, que te conozco bien, y hace
tiempo que noto te encuentras metido en terribles compromisos. Si nada te he
dicho, es porque no quería meterme voluntariamente en tus líos; pero ahora, que
te veo en peligro, el compañerismo me arrastra a
intervenir en tus asuntos; conque escápate sin perder tiempo.
—¿Pero, por qué? ¡Explícate, con mil demonios!
—Pues bien; tú eres de los que conspiran con Prim,
y hasta creo que posees todos los secretos de la conjuración. Esto lo sabe el
Gobierno, y a estas horas ya habrá dado orden para que te prendan.
Al capitán Alvarez le pareció que el cielo caía
sobre su cabeza, y como si sintiera una necesidad imprescindible de protestar
contra los sucesos, lanzó una terrible maldición contra la Providencia, capaz
de hacerla palidecer de horror, si es que realmente existiese.
¡Descubrirse sus trabajos revolucionarios,
justamente cuando tan comprometido se hallaba en una aventura amorosa! ¡Verse
obligado a huir, teniendo a pocos pasos de allí a la desconsolada Enriqueta,
que acababa de sacrificarle su honor!
El capitán se llevó las manos a la frente, como si
no pudiera con aquella fatalidad que sobre él caía.
El terror que mostraba en su rudo rostro aquel fiel
asistente, que mudo y sombrío presenciaba la conversación de los dos militares,
demostraba a Alvarez lo terrible de su situación.
Sin embargo, el infeliz capitán, como todos los
desgraciados, no se convencía por completo de su infortunio, y se asía a un
rayo de esperanza con la tenacidad desesperada del náufrago.
—¿Pero, cómo sabes tú eso? ¿No te habrán engañado?
—No; ¡mal rayo me parta si lo que te digo es
mentira! Aún no hace media hora que, cenando en Fornos con algunos amigos, uno
de éstos, que es ayudante del ministro de la Guerra, me ha dicho cómo su
superior había conferenciado con el de la Gobernación, ordenando, en vista de
pruebas claras y concluyentes, que te detuvieran esta misma noche. Ya ves que
la noticia no puede ser más auténtica. Conque no pierdas tiempo y escapa.
Alvarez estaba aturdido por la noticia. La idea de
que para salvarse había de abandonar a Enriqueta, le tenía clavado en aquel
sitio, y su indecisión parecía molestar mucho al aristocrático alférez.
—Mira, Esteban; yo no voy a estarme aquí como un
papanatas, esperando que llegue la Guardia civil y me prenda a mí también, sin
tener culpa de tus calaveradas. Ya sabes que mis convicciones de familia y mi
posición social me impiden mezclarme en aventuras revolucionarias y que sería
para mí un terrible descrédito el aparecer
complicado en tu proceso. Ahora ya estás avisado de lo que ocurre, y no puedes
decir de mí que he sido un mal amigo. Conque... ¡que Dios te proteja!
Y el vizconde, sin aguardar contestación de su
amigo, salió del comedor, y abriendo a tientas la puerta de la habitación, se
lanzó en la oscura escalera, bajándola con una rapidez no exenta de peligro en
aquellas tinieblas.
Preocupábale la idea de que los agentes del
Gobierno le pillasen dentro de aquella casa, y justamente en el instante que
más pavor sentía, oyó el ruido producido por la puerta de la calle al ser
abierta y en los primeros peldaños tropezó con un individuo que, a juzgar por
cierto roce, estaba ocupado en encender un fósforo.
El alférez, creyéndose ya cogido, tuvo un arranque
de firmeza, y empujando rudamente al desconocido, pasó adelante y ganó el
portal, desapareciendo inmediatamente.
Aquel desconocido quedó por algunos instantes
inmóvil y como indeciso, pero por fin encendió el fósforo y continuó subiendo
la escalera.
Mientras tanto, el capitán Alvarez seguía en el
comedor, absorto, con la cabeza inclinada, y creyendo que aquella calamidad que
sobre él caía, por ser tan inmensa, no podía ser real, sino producto de una
pesadilla que le dominaba en aquel instante.
—¿Pero, qué hacemos, mi capitán?
—¿Qué hacemos?—contestó Alvarez con desesperación—.
Pues no lo sé.
—Yo creo que debemos huir inmediatamente.
—¡Abandonar a Enriqueta!
—¡Bah! La vida es antes que todo. Piense usted en
que si lo cogen, lo fusilan antes de tres días. Bien mirado, esa gente que
ahora manda tiene motivos de sobra. Conque... ¿qué es lo que hago?
—Lo que quieras.
—Pues huir. Voy a arreglarlo todo en un momento y
usted, entretanto, puede despedirse de la señorita, si es que tiene fuerzas
para ello.
Desapareció el asistente, e iba ya a entrar el
capitán en la habitación, cuando oyó en la antesala ruido de pasos.
¡La policía! Este fué el pensamiento que se le
ocurrió inmediatamente a Alvarez. Ya estaban allí sus aprehensores. Sin duda, el aturdido vizconde había dejado abierta la
puerta de la habitación, y la policía entraba encontrando el paso franco.
Entró un hombre en el comedor con el gabán
abrochado, y al ver a Alvarez, que vestía de paisano, se quitó cortésmente su
sombrero de copa, preguntándole con rapidez:
—¿Don Esteban Alvarez? ¿Está visible a estas horas?
—Soy yo, caballero; ¿quién es usted?
—Mi nombre es Joaquín Quirós, y soy empleado en el
Ministerio de Estado. Vengo aquí comisionado por mi amiga, la baronesa de
Carrillo, para buscar a su hermana Enriqueta, y al mismo tiempo, por el deseo
de hacer un bien. Si dispusiéramos de más tiempo, le diría los motivos de
simpatía que me impulsaron a dar este paso; pero en vista del peligro inmediato
que le amenaza, me limito a rogarle que escape usted inmediatamente.
—¡Escapar!—dijo Alvarez con desesperación—. ¡Y
cómo! ¿Voy a dejar abandonada a esa mujer, que está ahí dentro? Eso sería
impropio de un caballero.
—Huya usted; todo tiene arreglo en este mundo. Lo
que no tendría apaño posible es que usted se dejase prender, pues antes de tres
días lo fusilarían. Pero, ¿por qué está usted tan quieto? Piense que la policía
va a llegar dentro de poco, tal vez ahora mismo, y que un hombre sólo debe
despreciar su vida hasta cierto punto. Usted tendrá papeles comprometedores en
su poder, y dejando que caigan en manos de la policía, puede causar la ruina de
muchas familias. Vamos, señor Alvarez, más decisión, y a huir inmediatamente.
La consideración de que quedándose en aquel lugar
causaba la pérdida de algunos centenares de compañeros, fué lo que hizo salir
al capitán de su inercia moral.
—Para huir—dijo mirando con expresión suplicante a
aquel desconocido—, necesito que alguien se encargue de Enriqueta. ¡Si yo
tuviera un verdadero amigo!
—¿No me tiene usted a mí?—contestó Quirós como
escandalizado de que se dudase de su afecto—. Es verdad que usted no me conoce;
pero día llegará en que, modestia aparte, me aprecie usted en lo que valgo. En
casa de Enriqueta me conocen bien y saben que me desvivo por servir a todo el
mundo. Además, entre jóvenes como nosotros, debe reinar siempre cierta
simpática solidaridad. Hoy por ti, mañana por mí. Yo me encargo de todo; pero
no perdamos el tiempo y resulte todo esto infructuoso. La policía va a llegar, y
no es cosa de que nos pille a todos aquí. ¡Vayamos listos, señor Alvarez!
—¡Oh! ¡Gracias, gracias!—dijo el capitán
enternecido, estrechando con efusión la mano de aquel joven que se le aparecía
como un ángel salvador.
Alvarez, decidido ya a escapar, se dirigió a su
cuarto; pero en la puerta encontró a Tomasa, que había estado escuchando la
conversación.
La llegada del vizconde había excitado ya su
curiosidad, y cuando oyó que en el comedor entraba otro hombre, no pudo
permanecer sentada por más tiempo, y salió a escuchar.
El capitán la interrogó con la mirada, al mismo
tiempo que decía angustiosamente:
—¿Qué hago, Tomasa?
—Huir sin perder tiempo. La vida es lo primero;
después, como ha dicho muy bien el señor Quirós, todo se puede arreglar.
Joaquinito saludó con una ceremoniosa inclinación
de cabeza al ama de llaves, a pesar de que ésta siempre lo había mirado con
marcada antipatía al verle visitar la casa del conde de Baselga.
Los dos hablaron con gran animación del peligro que
amenazaba al capitán, y éste, entretanto, entró en su cuarto, saliendo al poco
rato con un abultado fajo de papeles.
—¿Quién guarda esto?—preguntó—. Es lo más
comprometedor que tengo, y en ello va la muerte de muchos pobres infelices.
Pueden prenderme en la calle, y no conviene que me encuentren encima tan
terribles pruebas.
—Vengan aquí los papeles—dijo Tomasa con energía—.
Una mujer, en estos casos, resulta menos sospechosa que un hombre.
—Pero, ¿sabe usted a lo que se expone?—preguntó
Alvarez.
—¡Bah!—contestó la vieja con sencillez heroica—. De
cosas más grandes me siento capaz.
El capitán reflexionaba, temeroso de que se le
olvidase algún otro documento acusador.
No se había despedido de Enriqueta. ¿Para qué?
Sería aumentar su dolor, y ya había sentido honda impresión de tristeza, cuando
buscando aquellos papeles, la había visto en un extremo de la habitación,
cabizbaja, llorosa y con todo el aspecto de un ser infeliz, sin razón ni
voluntad.
No; él no se sentía con fuerzas para decirla que,
perseguido por los ideales políticos, huía de ella, tal vez para siempre.
Quirós y la vieja aragonesa, mientras el capitán se
arreglaba su traje en desorden y buscaba la capa y el sombrero, poníanse de
acuerdo sobre el medio de salir de allí.
Ella iba a ocultar los comprometedores papeles, y
saldría sola de allí, para ir a esperarlos a la
puerta de la casa de Baselga. El joven la había convencido de la necesidad de
que fuese completamente sola, para ser menos notada, encargándose él, por su
parte, de conducir a Enriqueta por otras calles a casa de su hermana, en cuya
puerta se reunirían los tres.
Tomasa aceptaba el plan, pues estaba tranquila de
la fidelidad de aquel beato, al que ella llamaba siempre en sus murmuraciones
con la servidumbre, “el perro de la baronesa”.
Acababan los dos de convenirse de este modo, cuando
entró Perico, embozado en su bufanda, y llevando en un pequeño fardo el poco
dinero y los escasos objetos de algún valor que constituían el tesoro de
aquella asociación de amo y criado.
El pobre muchacho tenía en su curtido rostro una
expresión de tranquila fiereza. Mientras recogía y empaquetaba efectos, habíase
hecho el propósito de morir antes de ver cómo su señorito caía en manos de sus
perseguidores.
—¡Adiós, hijo mío! Sé fiel siempre a tu señorito y
no le abandones, ni aun en los mayores peligros.
Algunas lágrimas se le escaparon a la valerosa
mujer, y su voz se hizo temblona por la emoción; pero inmediatamente hizo un
esfuerzo por recobrar su serenidad, y señalando la puerta de salida, dijo al
capitán:
—Huya usted al momento. No perdamos el tiempo
tontamente.
Alvarez estrechó nuevamente la mano de Tomasa, y la
de aquel útil amigo que tan inesperadamente acababa de presentársele, y
encargándoles con entrecortada voz que se interesaran por Enriqueta y la
explicasen el motivo de aquella huída, salió de la habitación, seguido de su
asistente.
—Ahora, don Joaquín—dijo la enérgica aragonesa,
cuando ya los pasos de los fugitivos sonaban en la escalera—, hagamos lo que
nos toca. No hay tiempo que perder.
Y seguida de Quirós, entró en el cuarto del
capitán.
Enriqueta, al ver al amigo y confidente de su
hermana, apenas si hizo el menor ademán de sorpresa.
Estaba tan quebrantada por su dolor y su
remordimiento, que ningún suceso podía herir vivamente su inteligencia, que
parecía embotada y dormida por la desgracia.
Tomasa, vuelta de espaldas, y mientras se escondía
aquel fajo de comprometedores papeles en el pecho, relataba en breves palabras
a su señorita el peligro que amenazaba a Alvarez y la necesidad en que éste se
había visto de huír, pero la vieja doméstica no
estaba muy segura de que Enriqueta la entendiese, según se mostraba de fría e
indiferente.
Quirós presenciaba silencioso la escena, y se decía
que aquella muchacha era una idiota rematada.
Unicamente cuando Tomasa, acabando de acomodarse
los papeles sobre el pecho, le repitió la necesidad que había de huír de allí
cuanto antes, aquella mujer, que parecía una muñeca con sus ojazos brillantes y
fríos, fijos, sin expresión alguna, en el suelo, dió muestras de pensar y
entender, levantándose inmediatamente del asiento y colocándose el velo, que
aún estaba sobre una silla, tal como ella lo había dejado algunas horas antes.
—Ya estamos arregladas, don Joaquín—dijo la
aragonesa, acabando de cruzarse la mantilla sobre el pecho—. Ahora, en marcha.
—Salga usted antes, señora Tomasa—contestó Quirós—,
pues usted es la más comprometida por llevar esos papeles. Ya sabe usted dónde
nos juntaremos.
—Hasta luego, señorita—dijo la vieja, besando a
Enriqueta—. Tenga usted confianza en don Joaquín, que es un buen amigo, y todo
cuanto hace es únicamente en bien de usted y de don Esteban.
Se fué la vieja, y Jos dos jóvenes permanecieron
algunos minutos en aquel cuarto, completamente solos y en el más absoluto
silencio, hasta que, por fin, dijo Quirós:
—Ahora nos toca a nosotros, ¡Vamos, Enriqueta!
Mucho ánimo, y obedézcame en todo, que cuanto haga será por salvarla.
Al pasar por el comedor, agarró Quirós la candileja
que había dejado encendida el asistente, y alumbrándose con ella bajó la
escalera, precediendo a Enriqueta, que andaba torpemente.
La patrona de la casa de huéspedes no había
percibido nada de aquella larga escena, en que tantas personas habían
intervenido. Tenía la buena costumbre de no inmiscuirse en las cosas de sus
huéspedes, y menos en las del capitán, que era su mejor pupilo. Había oído por
dos veces los campanillazos en la puerta de la escalera; pero siguió tranquila
en su lecho, pues en las llamadas nocturnas de tal clase se encargaba siempre
de acudir el servicial Perico, que tenía el sueño ligero. La pobre mujer estaba
muy lejos de pensar que el cuarto del capitán quedaba vacío a aquellas horas, y
que dentro de poco rato iba a recibir una desagradable visita.
Al hallarse los dos jóvenes en la calle, Quirós
ofreció su brazo a Enriqueta, que se apoyó en él trémula y silenciosa,
dejándose llevar con la paciente obediencia de un autómata.
Doblaron la esquina de la calle, y al entrar en
otra, encontráronse frente a un grupo de hombres, que marchaban
apresuradamente. Iban delante un teniente de la Guardia civil y un caballero
con bastón de autoridad, y tras ellos seguían algunos guardias civiles, con su
capilla azul y el fusil terciado, y un buen número de agentes de policía, unos
con uniforme y otros con descomunales garrotes y gorras de pelo, que aún hacían
más horrible su catadura de presidiarios.
Aquel encuentro pareció reanimar y volver en sí a
Enriqueta, cuyo brazo tembló convulsivamente.
Pasó la joven pareja junto al grupo, sufriendo las
recelosas miradas del oficial y el comisario, y cuando se hubo alejado un poco
del armado tropel, Enriqueta dijo con débil voz a su acompañante:
—¿Son ésos?
—Sí, ésos son. Buscan a Alvarez; pero llegan ya
tarde. A no ser por mi aviso, lo pillan, y en tal caso, tal vez pasado mañana
lo hubieran fusilado.
—¡Oh, Dios mío!—exclamó la joven, llevándose una
mano a los ojos, aunque sin dejar de andar, como si deseara alejarse lo antes
posible de aquel horrible grupo.
—Vamos, Enriqueta; ahora no es momento de llorar.
Hay que tener serenidad, y, sobre todo, obedecerme en este trance supremo. Ha
de callar usted y aprobar cuanto hago, o, de lo contrario, su suerte y la de
Alvarez corren peligro.
—¿Qué, adonde vamos?—objetó tímidamente la joven.
—Tenga usted en mí confianza; recuerde lo que hace
poco le dijo esa vieja criada que tanto la quiere. Vamos a salvar el buen
nombre de usted, y a evitar que la situación de Alvarez se empeore. Guárdese
usted de no aprobar cuanto yo diga, pues, de lo contrario, sería ya imposible
que yo pudiera seguir ejerciendo estas funciones de amigo desinteresado y
servicial.
Quirós comprendió que aquella desgraciada criatura
estaba dispuesta a obedecerle en todo, y que en su interior sentía un tierno
agradecimiento por el interés que la manifestaba a ella y al fugitivo capitán.
Esta convicción hizo asomar al rostro del elegante
aventurero una sonrisa de alegría diabólica.
Atravesaron calles y plazas, sin que Enriqueta
supiera darse cuenta de dónde estaba. La infeliz parecía en aquellos momentos
una idiota, y tal era su decaimiento, no sólo moral, sino físico, que
comenzaban ya a flaquearle las piernas, y casi se arrastraba cogida de aquel
brazo, que tiraba de ella hacia adelante.
Ella recordaba al día siguiente que se detuvieron
frente a una puerta abierta, alumbrada por un farol rojo, y que entraron en un
portal, donde, sentados en bancos de madera, estaban soñolientos y silenciosos
algunos hombres con uniforme.
Quirós preguntó por el inspector, y Enriqueta se
vió sentada en una vieja butaca en el interior de una sala pequeña y fea,
alumbrada por amarillenta llama de gas.
Un caballero calvo, de ojazos claros y bigote gris,
aparecía sentado tras una gran mesa, teniendo a su lado un joven barbudo, muy
entretenido en hacer pasar el contenido de una cafetera por el colador.
Eran el inspector de policía del distrito y un
amigo trasnochador, que iba a hacerle compañía.
Quirós estaba de pie junto a la mesa.
—Señor inspector—dijo—; antes de que mañana se
ordene a ustedes nuestra captura, venimos a presentarnos espontáneamente.
El funcionario hizo un gesto de extrañeza, no
pudiendo comprender por qué clase de delitos serían perseguidos una joven tan
hermosa y de porte distinguido, y un muchacho tan elegante.
—Nos presentamos voluntariamente—continuó Quirós—,
arrepentidos de una falta que no tiene remedio. Yo me llamo don Joaquín Quirós
y pertenezco al ministerio de Estado; mi nombre es bien conocido en la alta
sociedad de Madrid. Esta señorita es la hija del conde de Baselga, que anoche
huyó conmigo de su casa, cediendo voluntariamente a mis excitaciones.
El inspector miró a su amigo con malicioso guiño, y
después paseó su mirada de Quirós a la joven, y viceversa.
Dábale ganas de reir aquella presentación; pero
logró conservar su serenidad, y se limitó a decir:
—Eran ustedes novios, ¿eh?
—Sí, señor—contestó Quirós con aplomo—, nos amamos
hace ya mucho tiempo.
Enriqueta dirigió su vaga mirada al amigo de su
hermana; pero éste permanecía impasible. La joven, aunque sumida en aquel
anonadamiento doloroso, que apenas si la dejaba discurrir, creyó comprender el
significado de tan extrañas afirmaciones. Aquello era para salvar a su
idolatrado Esteban. Ella no comprendía la razón de tales embustes; pero
recordaba el sacrificio de asentir a todo, que poco antes le había recomendado
Quirós, y al mismo tiempo, sentía profundo agradecimiento por
el interés que éste se había tomado en salvar a su amante.
—Y usted, señorita—dijo el inspector—, ¿qué dice a
esto? ¿Reconoce como verdad cuanto declara este caballero?
Hizo Enriqueta una señal afirmativa con la cabeza,
y contestó con voz casi imperceptible:
—Sí, señor.
El funcionario reflexionó algunos instantes, y al
fin dijo a los dos:
—Muy bien. Ahora mismo enviaré a por un coche y los
conduciré a ustedes al Gobierno civil.
Creyó el inspector notar una expresión de terror en
el rostro de Enriqueta, y por esto añadió con benevolencia:
—No hay por qué asustarse. Usted, señorita, desde
el Gobierno civil será conducida a su casa, y en cuanto a este caballero,
quedará arrestado, aunque creo no será por muchas horas. Estas cosas se
arreglan siempre en familia. Un pequeño escándalo, y nada más.
Y después, volviéndose a su barbudo amigo, y como
si no estuvieran presentes los dos jóvenes, añadió en voz baja:
—Lo mismo que en las comedias, chico. Estos lances
acaban siempre en casamiento. Es el único arreglo posible.
Maestro y discípulo.
Cuando el criado del padre Claudio entró en el
despacho de éste, anunciándole la visita de don Joaquín Quirós, el poderoso
jesuíta, a pesar del gran dominio que tenía siempre sobre sus impresiones, no
pudo evitar un gesto de sorpresa e indignación.
—¡Cómo!—exclamó—. ¿Ese canalla se atreve aún a
venir aquí? Es más cínico de lo que yo creía.
Y después de reflexionar largo rato, dió orden al
criado para que dejase pasar al visitante, y volviéndose a su secretario, que
seguía escribiendo como si no hubiese oído a su superior, díjole así:
—Antonio, márchate. Conviene que hable a solas con
ese ingrato pillete. Tal vez sin testigos se espontanee y sepamos nosotros
cuáles son sus verdaderas intenciones, que tanto nos preocupan.
El padre Antonio obedeció, como un autómata; dejó
de escribir, sin terminar la palabra que estaba apuntando, hizo una reverencia,
y grave, estirado y con acompasado andar, salió por una puertecilla que estaba
en el fondo del despacho.
Entró Quirós, tranquilo, sonriente y con una
expresión de alegría en el rostro, como si fuera a comunicar a su poderoso
amigo la más grata de las noticias.
Eran las cuatro de la tarde, y el joven, que había
estado detenido en el Gobierno civil hasta bien entrada la mañana, acababa de
levantarse de la cama, después de resarcirse con algunas horas de sueño de
aquella noche de aventuras.
—Pase usted, granuja, pase usted—dijo el padre
Claudio al verle, aunque en su rostro no se notó ninguna señal de ira—. Se
necesita desvergüenza para venir aquí, después de lo ocurrido.
Quirós aguardaba un recibimiento todavía peor, y
por esto no se inmutó gran cosa al oír estas palabras.
Adoptó una actitud encogida; la sonrisa de su
rostro fué reemplazada por una expresión de arrepentimiento, y con voz
compungida dijo al jesuíta:
—Padre Claudio, vengo arrepentido, a solicitar su
perdón.
—¡Mi perdón! ¡Buena es esa!... A un pillo como
usted no se le perdona, pues resulta indudable que, perdonado o no, volverá a
hacer otra mala jugada así que se le presente ocasión. Nos conocemos, Quirós,
nos conocemos muy bien. ¡Qué!... ¿Y cómo fué el rapto?—continuó, con expresión
sarcástica—. ¿Desde cuándo era usted novio de Enriqueta? ¿Cómo se las arregló
usted para estar al mismo tiempo en casa de la baronesa y en el sitio donde se
hallaba Enriqueta? ¡Ah, farsante indigno! ¡Canalla redomado!
Y el padre Claudio, sin cuidarse ya de disimular
sus impresiones, miraba al joven con la expresión de un caníbal que siente
deseos de devorar al enemigo, y le lanzaba con voz entrecortada las mayores
injurias.
Quirós sonreía cínicamente.
—¡Muy bien! Así lo quiero ver a usted, reverendo
padre. Tenía deseos de contemplarlo alguna vez enfadado y sin esa sonrisita que
crispa los nervios. Me recreo en mi obra de anoche, viendo la indignación que
ha producido en usted. ¿Qué tal ha sido el
golpecito? ¡Eh! ¿Le parece a usted bueno? Vuestra paternidad debe estar
orgulloso de mi hazaña. Las glorias del discípulo honran al maestro, y yo todo
cuanto hago en estos casos lo he aprendido de usted.
El padre Claudio se incorporó en su asiento,
iracundo y amenazador al oír tales palabras; pero volvió a su primitiva
posición, murmurando:
—¡Miserable!
—Comprendo su enfado, reverendo padre—continuó
Quirós, siempre en el mismo tono irónico—. Soy un pedante insufrible al querer
compararme con usted, que es mi maestro. Mis actos nada valen comparados con
los de vuestra reverencia. ¿Querrá creer vuestra paternidad que anoche me sentí
poseído de santa admiración cuando supe la muerte de Baselga? ¡Vaya un modo
limpio de librarse de los enemigos! La mitad de esa sublime astucia quisiera yo
tener para apoderarme de los millones apetecidos. Mi negocio de anoche nada
vale comparado con ese trabajo lento, pero seguro, de vuestra paternidad, para
quitar de en medio al conde de Baselga.
El padre Claudio saltó de su sillón. Aquella
hermosura serena y aliñada que ostentaba en todas partes, había desaparecido; y
estaba horrible ahora, con sus ojos centelleantes, sus labios, que titilaban a
impulsos de la ira, y su palidez verdosa, que se transparentaba a través del
colorete de las mejillas.
Con las manos crispadas, y rugiendo, fué a caer
sobre Quirós; pero éste, que estaba preparado para todo, había retrocedido dos
pasos, introduciendo su diestra en el bolsillo del pantalón, con ademán poco
tranquilizador.
—¡Quieto ahí, padre Claudio! Si avanza usted un
paso, cae inmediatamente.
Y la culata de un revólver asomaba al bolsillo del
pantalón.
El jesuíta se detuvo ante la actitud resuelta del
joven, y después retrocedió lentamente, hasta volver a ocupar su sillón.
Quirós, aunque muy complacido al ver la fiera
domada, seguía afectando una humilde sencillez.
—Hace usted mal, reverendo padre, en irritarse de
tal modo. Yo he venido aquí a solicitar humildemente su perdón, y siento verme
obligado a adoptar cierta actitud violenta, por mi propia seguridad. Comprendo
que lo que hice anoche no puede ser del gusto de vuestra reverencia, y que
forzosamente me ha de odiar usted; pero, ¿no habría algún medio de que nos
entendiéramos? Yo deseo ver realizado el negocio que anoche emprendí; pero al mismo tiempo no quiero hacerme antipático a
vuestra paternidad, ni atraerme su odio, siempre terrible.
El padre Claudio, comprendiendo la clase de enemigo
que tenía enfrente, con el cual nada podía la violencia, habíase serenado,
recobrando su calma al ver que el miserable aventurero, después de serle
infiel, buscaba nuevamente su amistad.
Por esto, al escuchar aquellas proposiciones de
transacción, el padre Claudio lanzó a su antiguo discípulo una mirada de
desprecio, y le contestó con insolente expresión:
—Mira, niño; eres demasiado atrevido, y la fortuna
no siempre va con los audaces. El negocio de anoche no te saldrá bien. Le falta
la principal condición: la sencillez.
Y el jesuíta sonreía, con expresión de
superioridad, como retando a su insolente discípulo a que llevase a cabo su
repugnante intriga sin contar con su apoyo.
—¡Oh, reverendo padre! Está usted en un error, y no
conoce a fondo mi negocio si dice que no es sencillo. Yo seré de aquí a poco el
marido de Enriqueta. La baronesa, y hasta usted mismo, vendrán a pedírmelo.
—¡Está usted muy bien, Joaquinito! Después de
ingrato e insolente, ahora chistoso. Es usted un hombre como hay pocos.
—Ríase usted cuanto quiera; esto no evitará que yo
salga con la mía. He tomado bien mis precauciones; el escándalo no puede ser
mayor, y Enriqueta, o tendrá que ser mi esposa, o sufrirá el peso de una
deshonra por todos conocida. Juntos hemos estado en el Gobierno civil hasta
esta mañana, como dos amantes fugados de la casa paterna; los periódicos
comentarán pronto el suceso, en la alta sociedad no se habla de otra cosa que
de tal rapto, y tan conocida es la noticia, que ha quitado ya toda novedad e
importancia al suicidio del conde de Baselga. La fuga de Enriqueta Baselga con
Joaquinito Quirós pasa hoy como artículo de fe entre la gente del gran mundo, y
todos hablan ya de la necesidad de una boda, para poner a salvo el honor de una
familia respetable. A ver, padre Claudio, si usted con todo su inmenso poderío,
logra desvanecer esta creencia, que hoy está arraigada en la opinión pública.
Supe bien lo que me hacía al presentarme a la autoridad, acompañado de la joven
en cuestión. O el matrimonio conmigo, o el deshonor. Me parece que el asunto no
puede ser más sencillo.
El jesuíta oyó estas palabras con aparente
impasibilidad, pero al terminar Quirós, le dijo con desprecio:
—Joaquinito, es usted un canalla.
—Digno discípulo de mi querido maestro, reverendo
padre.
—El negocio no es tan sencillo y de éxito seguro
como usted cree. La baronesa dirá que no era usted el novio de Enriqueta, sino
el capitán Alvarez.
—Nadie lo creerá.
—Ella probará cómo usted, después de la fuga de
Enriqueta, estuvo en su casa, sin saber nada de lo ocurrido.
—¿Y qué?... Yo diré que la tal visita fué una
estratagema para saber lo que la baronesa pensaba, después de haber verificado
yo el rapto.
—Haremos saber que el amante de Enriqueta era el
capitán Alvarez.
—Y nadie lo creerá, porque resulta inverosímil
atribuir a Enriqueta relaciones amorosas con un militar pobre y desconocido de
la alta sociedad, y que, además, está fugitivo por revolucionario. Lo más
lógico es creer que tales relaciones las sostenía conmigo, que he bailado con
ella en los salones y soy asiduo visitante de su casa. Además, no hay que
perder de vista que yo fuí quien me presenté con ella en la oficina de la
policía, declarando ser su raptor.
—Todas esas suposiciones están muy bien, pero falta
lo principal, o sea que Enriqueta afirme que era usted su novio. Tenga usted la
seguridad que ella, así que se reponga de sus emociones de anoche, dirá la
verdad.
—Me tiene sin cuidado, reverendo padre. Al
presentarse a la autoridad, lo mismo en la comisaría de policía que en el
Gobierno civil, ella asintió a todas mis palabras, declarando que
voluntariamente había huido de su casa conmigo. La primera declaración es la
que más vale, por ser espontánea y natural, y si después Enriqueta dice eso que
usted llama la verdad, el mundo se encargará de no creerla y de decir que sus
palabras se las dictan usted o la baronesa. ¿Qué más obstáculos puede usted
presentarme, padre Claudio?
Y el perillán sonreía irónicamente, complaciéndose
en la confusión que su triunfo causaba en el poderoso jesuíta.
Este se convencía cada vez más de la ventaja que le
llevaba Quirós. ¡Buen discípulo había sacado! ¡Podía estar orgulloso de él!
—Oiga usted, Joaquinito, ¿y no teme usted la
venganza de ese militar a quien ha robado la dama?
—¡Bah! A estas horas debe hallarse ya muy lejos de
aquí, y no es fácil que vuelva para darse el gusto de que la policía lo prenda
y el Gobierno lo fusile. Además, si nuestro hombre tuviera algún día ocasión de
vengarse, no estaría usted tampoco muy seguro, pues
alguien se encargaría de decirle que quien le había delatado al Gobierno,
causando su perdición, era el reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.
—¿Y no me teme usted a mí?—dijo el jesuíta
sonriendo ferozmente.
—A usted le temo más que al capitán, pero estoy a
cubierto de todas sus asechanzas. No conspiro, y, por tanto, no puede usted
buscar otro “perdis”, como yo, para que me delate al ministro de la
Gobernación.
—Tengo otros procedimientos para vengarme—dijo el
padre Claudio, con expresión poco tranquilizadora.
—Los conozco; pero también estoy a cubierto de
ellos. Llevo siempre un revólver conmigo; en adelante seré más astuto y
prudente, pensando siempre que al menor descuido puede alcanzarme el puñal de
algunos de los muchos brazos que dirige el padre Claudio; y por si, a pesar de
todo esto, caigo víctima del furor de vuestra paternidad, he tenido la buena
idea, antes de venir aquí, de escribir un documento, que está ya en lugar
seguro, y que se publicaría después de mi muerte, en el cual señalo a quién
debe hacerse responsable de mi desgracia, y relato ciertos secretillos en los
que yo he mediado como simple instrumento, y que ni a usted ni a la Orden
convienen que se hagan públicos.
Y Quirós miró con aire triunfante al jesuíta, que
murmuraba:
—¡Canalla! ¡Canalla!
Quedaron silenciosos maestro y discípulo.
El padre Claudio deseaba variar el tema de la
conversación, y por esto preguntó a Quirós, tras un largo silencio:
—¿Y quién avisó al capitán Alvarez del peligro que
le amenazaba?
—Fuí yo.
—¿Y por qué? ¿Cómo se atrevió usted a sacrificar la
recompensa del Gobierno, que tanto ambicionaba?
—Me interesaba espantar al milano para apoderarme
de la paloma, y por esto fuí tan generoso con el capitán Alvarez.
—El registro que anoche efectuó en aquella casa la
autoridad, resultó infructuoso. No se encontró nada comprometedor, y, por
tanto, el Gobierno sólo puede agradecer a usted una falsa delación.
—Nada me importa el premio que pudiera darme el
Gobierno. ¡Valiente recompensa! ¡Un ascenso en la carrera! Yo pico más alto,
reverendo padre. Ahora aspiro a hacerme millonario por
medio del matrimonio, y lo lograré, aunque usted crea lo contrario. Además, a
la hora que quiera, lograré que el Gobierno agradezca mis servicios. Tengo en
mi poder los papeles del capitán Alvarez, y cuando lo juzgue pertinente podré
entregarlos al Gobierno, exigiendo la consabida recompensa.
—Cuidado, Quirós. Juega usted con el fuego, y se
expone a que el Gobierno, conociendo esa conducta extraña, lo considere a usted
como complicado en la conspiración.
—¡Bah! Aunque usted me niegue su protección, no por
esto carezco de buenos y poderosos amigos, que sabrán defenderme. Mire usted
qué pronto he encontrado esta mañana un duque que saliera fiador por mi
persona, pidiendo al gobernador de Madrid que me dejara en libertad. Además,
puedo acreditar mi adhesión inquebrantable a las instituciones.
—Todos sus hábiles preparativos no lograrán
oscurecer la verdad y que triunfe ese error, tan diabólicamente combinado.
Queda aún otra persona, que puede acreditar quién fué el verdadero raptor de
Enriqueta, y es esa testaruda aragonesa, antigua ama de llaves de casa de
Baselga.
—Esa no hablará, reverendo padre. Si dijera la
verdad, sería indirectamente a usted y a la baronesa, y ella, con tal de no dar
gusto a ustedes, a quienes odia con toda su alma, es capaz de coserse la boca.
Piense usted, reverendo padre, que ella, según yo creo, ha venido a Madrid
alarmada por lo ocurrido al conde de Baselga, y como de antiguo le tiene cierta
inquina a la Orden, nada tendría de extraño que, después de declarar ante los
Tribunales en mi asunto, y puesta ya a hablar, promoviera un escándalo, manifestando
la mucha intervención que la Compañía, o más bien dicho, usted, ha tenido en
los asuntos de aquella casa.
El padre Claudio perdía terreno ante aquel
discípulo rebelado, y veía arrollados todos los obstáculos con que procuraba
atemorizarlo. Reconocía en él facultades que hasta entonces no había adivinado,
y se lamentaba de no haber sabido emplearlo en asuntos de gran importancia para
la Orden. Casi se reconocía vencido, pero su orgullo y la necesidad de sostener
sus planes que estaban próximos a zozobrar, por la audacia de aquel aventurero,
le obligaban a permanecer altivo, negándose a toda transacción.
No; él no concedería ninguna protección al que tan
insolentemente se rebelaba, antes al contrario, le haría una guerra ruda, en la
cual no tardaría el desgraciado en pedir clemencia.
—Hace usted mal, reverendo padre—dijo Quirós—en ser
tan inexorable conmigo. ¡Qué gran discípulo va usted a perder! Juntos podríamos
hacer muy grandes cosas, y combatiéndonos resultará al fin que nos devoraremos
recíprocamente, como el gato y el ratón de la fábula. ¡Y a la verdad!, no sé
por qué me ha de tratar usted con tanta rudeza. Reconozco que he sido un mal
discípulo, un miembro rebelde de la Compañía trabajando por mi propia cuenta y
sin la autorización de usted; pero... ¡qué diablo!, algún día había yo de
emanciparme de esa tutela en que usted me tenía y que resultaba odiosa. Hombres
como yo, que se sienten con fuerzas para llegar sin descanso a la cumbre, no
pueden sufrir que un superior les vaya marcando a palmos lo que deben avanzar.
He visto una ocasión propicia para coger de los pelos a la fortuna, y la he
aprovechado. He aquí mi crimen. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo.
—Quirós, no se esfuerce usted. Es imposible que yo
transija con esa superchería inventada por usted.
—No transigirá porque es contra sus negocios.
—Mi conciencia me impide aceptar como buena una
falsedad tan censurable.
—No es su conciencia, sino su deseo de coger los
millones de Enriqueta, esos millones que yo también busco.
—Joaquinito, es usted un insolente; pero, a pesar
de todo su cinismo, no saldrá usted triunfante. Enriqueta se negará siempre a
ser su esposa.
—Tal vez me pidan que lo sea la baronesa y usted
dentro de poco tiempo; y hasta, si usted mucho me apura, la misma Enriqueta.
—¿Cuenta usted con algún mágico talismán para
operar tal prodigio?
—No se burle usted, padre Claudio. Cuento con un
suceso que tal vez ocurra dentro de pocos meses, y que hará llegar el escándalo
a su período álgido.
El jesuíta calló, y por algunos momentos pareció
entregado a la reflexión. Quirós seguía en pie, pues el jesuíta no le había
invitado a sentarse, y sonreía, mirando a su superior, como si gozara al verle
tan mortificado por sus palabras.
—Joaquinito—dijo el padre, saliendo de su
meditación—, usted ha dicho que la antigua ama de llaves está indignada contra
la baronesa y contra mí, y que se propone declarar cosas en perjuicio de
nuestra Orden.
—Así es, reverendo padre. Ella misma me lo ha
dicho.
El joven mentía, pues en la noche anterior sólo
había cruzado breves palabras con Tomasa; pero de
algunas de éstas había sacado la consecuencia de que la vieja veía en aquella
continua serie de desgracias la mano de los jesuítas, y, además, conocía él el
odio que profesaba a la baronesa.
—Usted, querido Quirós—continuó el padre Claudio—,
aunque en estos momentos se halle frente a mí, no por esto debe mirar con
indiferencia la honra y el prestigio de la Orden, que tanto le ha protegido, y
de la que es hermano laico hace mucho tiempo.
Quirós hizo una señal de asentimiento. Le agradaba
el tono de dulzura que tomaba la voz del padre Claudio, y, más aún, que le
llamase “querido”. Aquello hacía ya esperar una reconciliación.
—Celebro mucho—continuó el jesuíta—que usted esté
dispuesto, como siempre, a ayudar a la Orden. Esta necesita librarse
cautelosamente de esa vieja aragonesa, que puede comprometerla con sus
declaraciones. Nada puede probar contra nosotros, pero seguramente hablará de
ciertas indiscreciones que el ya difunto padre Renard cometió en cierto negocio
con los Avellanedas, o sea con el abuelo y la madre de Enriqueta, y aunque sus
palabras no producirían resultado, siempre conviene evitar el escándalo. Esta
mañana, Tomasa, que no se separa de la cama de su señorita desde que ésta,
enferma y avergonzada, llegó del Gobierno civil, ha tenido una disputa con la
baronesa, y a gritos nos ha amenazado a ella y a mí, diciendo que somos los
asesinos del conde de Baselga. ¡Vea usted qué lenguas tan pecadoras hay en el
mundo! ¡Que Dios perdone a la infeliz tan infernal pensamiento!
—Así sea—contestó Quirós, conteniendo a duras penas
una sonrisa sarcástica.
—La pobre Fernanda está indignada contra la
insolente vieja, y me ha llamado para rogarme que la libre de tal energúmeno. A
mí me sobran medios para alejarla y castigar su procacidad, pero no quiero
valerme para ello del poder de la Compañía, y deseo que sea otro, usted, por
ejemplo, el que se encargue de tal misión.
—Mándeme usted cuanto guste. Con tal de que vuestra
paternidad me devuelva su afecto, soy capaz de todo.
—Ya hablaremos de esto último más adelante. Por
ahora, lo que importa es librarse de esa vieja. Hace un rato, ha dicho usted
que poseía los papeles de la conspiración perseguida, y esto me ha sugerido una
idea. ¿No podríamos hacer que esos documentos los encontrase la Policía en
poder de Tomasa? Esto sería suficiente para que nos
libráramos de esa importuna, que iría a dar con su cuerpo en la galera de
Alcalá.
Quirós quedó sorprendido por esta idea... ¡No
habérsele ocurrido a él! Rápidamente la apreció en todo su valor, y la tuvo por
la más favorable a sus planes. Librándose de la pobre vieja por tan villano
procedimiento, suprimía la única persona que podía acreditar con datos quién
era el verdadero amante de Enriqueta, y que era capaz de desbaratar su negocio.
Esta consideración, más aún que el deseo de congraciarse con el padre Claudio,
fué lo que decidió a Quirós a aceptar la idea.
—Estoy conforme, padre Claudio; prestaré ese
servicio, y no es necesario devanarse los sesos buscando el medio de que los
papeles de Alvarez aparezcan en poder de la vieja. La verdad es que ella los
tiene en su poder y que los oculta en el pecho.
—¡Oh, magnífico!—exclamó el padre Claudio—.
Entonces sólo falta que repita usted su delación de ayer, señalando a Tomasa
como un agente secundario de la conspiración, que se encargaba de llevar los
documentos y avisos de un revolucionario a otro. La Policía irá a prenderla a
casa de la baronesa, la registrarán, y después ya me encargaré yo de que la
castiguen con mano fuerte. No pierda usted tiempo; haga la delación
inmediatamente, y evitemos que esa mujer siga por más tiempo dando escándalo e
insultando a nuestra Orden.
—Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad—dijo
Quirós, disponiéndose a salir—. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o
enemigos.
—Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su
negocio ya hablaremos más adelante.
Quirós adoptó una entonación zalamera:
—Vamos, padrecito; una palabra nada más, y me voy.
¿Puedo contar con su afecto y su protección?
—Veremos; ya se hablará de ello.
—Pero, ¿qué inconveniente tiene usted en transigir?
Es verdad que yo puedo hacerme dueño de los millones de Enriqueta, pero siempre
me tendrá a sus órdenes; y un agente rico y poderoso vale más que un pelagatos
como hoy soy yo. Además—añadió el joven guiñando un ojo—, siempre le quedan a
usted los millones de Ricardito, mi futuro cuñado, a quien usted trabaja
hábilmente para enfardarlo en la sotana de la Compañía.
El padre Claudio sonrió forzadamente, murmurando:
—¡Pero qué gracioso es este canalla!
Y Quirós, después de decir esto, haciendo una
reverencia, salió del despacho.
—¡Anda, pillete insolente!—murmuró el padre
Claudio, al quedarse solo—. ¡No tendrás tú mala protección! Bien has urdido la
trama, pero yo buscaré el medio de anularte.
Quirós también murmuraba al salir de aquella casa:
—¡Rabia, perro ladrón! ¡Serpiente despellejada! Te
sirvo porque me conviene eso mismo que me encargas. Estás fresco si crees que
me fío de tus medias palabras... ¡Veremos! ¡Veremos!... Siempre veremos... Lo
que tú verás es cómo yo me enriquezco, terminando mi negocio, a pesar de cuanto
contra mi hagas.
QUINTA PARTE
LA SEÑORA DE QUIRÓS
Propaganda jesuítica
En marzo de 1866, una de las notabilidades más de
moda en Madrid, era un reverendo padre jesuíta, que en las principales iglesias
predicaba sermones conmovedores, tomando por tema la aflictiva situación en que
se hallaba el Papa, y fustigando de paso con mano fuerte el espíritu del siglo,
que se alejaba rápidamente de la benéfica sombra de la Iglesia, para arrojarse
en el torrente de impiedad revolucionaria que inundaba al mundo.
Sus sermones valían tanto como las óperas del
teatro Real, y si para la alta sociedad era un sacrilegio no haber oído al
tenor Tamberlick, no se creía menos censurable ser mujer a la moda, buena
cristiana y amiga de las santas tradiciones, sin haber ido nunca a escuchar la
ardiente palabra de aquel buen padre jesuíta, que sabía ensartar los más
manoseados lugares comunes, poniendo los ojos en blanco y empleando todas las
rebuscadas artes de un actor afeminado y dulzón.
La iglesia donde el jesuíta dejaba oir su voz dos
veces por semana, veíase completamente llena desde algunas horas antes de la
anunciada para las conferencias, que tal título daba el buen jesuíta a sus
sermones.
El elocuente padre Luis vió, desde su primer
discurso, acrecentarse rápidamente su fama
oratoria, gracias al reclamo hábil que hacía fijarse en su persona la atención
pública.
Era la mano del padre Claudio quien movía aquella
máquina que hacía caer sobre la persona del orador de la Orden una lluvia de
aplausos y gloria. Había que batir a la revolución, que se mostraba ya próxima
y amenazante, y para ello convenía excitar el fervor y la devoción en las
clases poderosas y conservadoras por medio de tales predicaciones.
El padre Claudio lograba los fines que se había
propuesto, pues los sermones de su subordinado alcanzaban un éxito colosal, y
aquel público elegante, perfumado y vestido de riguroso luto, para dar más
solemnidad al acto, salía del templo más dispuesto que nunca a resistir la
impiedad, defendiendo sus santos y tradicionales privilegios, y pidiendo a los
Poderes públicos que no perdonaran ocasión alguna de zurrar al populacho,
revolucionario e irrespetuoso con los que gozaban de todas las delicias del mundo
sin deshonrarse con el trabajo.
La penúltima conferencia del padre Luis vióse aún
más concurrida que todas las anteriores, a pesar de que la tarde era muy
lluviosa y soplaba, un vientecillo helado que ponía en dispersión a los
transeúntes.
A las tres el templo estaba lleno por completo.
Desde el altar mayor al centro de la gran nave, estaba ese “todo Madrid” que
los revisteros de salones consignan en sus artículos; conjunto de mujeres
elegantes, con título nobiliario, o sin él, que antes de ir al templo del Señor
pasábanse media hora en su tocador pensando qué traje negro favorecería mejor
su hermosura y de qué modo sentaría bien a su rostro la clásica mantilla. El
resto de la iglesia ocupábalo la beatería de baja estofa: viejas rezadoras, ancianos
con facha de cura, obreros de rostro obtuso, infelices mujeres de aspecto
resignado, toda esa demagogia fanática, mil veces más terrible que las turbas
revolucionarias, y que vive a la sombra del clero, en la mayor miseria, mirando
sin odio el lujo y despilfarro de las clases elevadas, convencida por sus
protectores de que hasta en el cielo hay jerarquías, y de que eternamente han
de existir en el mundo ahitos y hambrientos, señores y esclavos.
Habían ya comenzado los cánticos que precedían
siempre a la conferencia, cuando entró en el templo una joven señora vestida de
negro y con mantilla de blonda, llevando en sus manos devocionario y rosario de
nácar y oro.
Para que no existiera en el templo una lamentable
confusión de clases y evitar que el pueblo, con su rudeza maloliente,
incomodara al público privilegiado, los padres de la Compañía, organizadores de
aquellas fiestas, habían colocado en la puerta algunos devotos oficiosos, que,
con gran medalla sobre el pecho y una pértiga rematada en cruz, iban a guisa de
bastoneros de baile, de un extremo a otro de la iglesia, alineando a la gente y
procurando embutirla en aquel espacio, que, aunque grande, resultaba mezquino
para tal aglomeración.
Uno de estos sacros celadores, vejete sonriente y
de cabeza blanca y sonrosada, salió al encuentro de la joven señora, justamente
cuando ésta, después de santiguarse junto a la pila del agua bendita,
permanecía indecisa ante un grupo de mujeres del pueblo, no sabiendo cómo
romper aquella apretada muralla de carne.
—Pase usted, señora—dijo el vejete—. Sígame, que yo
la conduciré al lugar de costumbre. Hoy se ha retrasado usted.
—Sí, señor—contestó la joven, con voz queda, no
atreviéndose a producirse en el templo con la desenvoltura que al viejo devoto
daba la costumbre—. He tardado un poco. Ocupaciones.
—¿Y la señora baronesa? ¿Cómo no ha venido?
—Está algo enferma. Por esto he tardado. Está muy
disgustada por no poder oír esta vez al padre Luis.
—Lo comprendo. Es una señora modelo de cristianas.
Yo me honro siendo amigo de ella. Hemos trabajado juntos en varios asuntos de
cofradía.
Y el devoto, que mientras decía esto iba haciendo
sonar su pértiga contra el suelo con aire de autoridad y repartiendo sendos
empujones a diestro y siniestro, consiguió abrirse paso y conducir a la joven,
a quien trataba con gran consideración, a un pequeño claro que existía entre
aquellos grupos de aristocráticas damas esparcidos al pie del púlpito.
La señora, después de arrodillarse y rezar breve
rato, sentóse en una silla que le buscó el oficioso viejo, y una vez habituada
a la difusa claridad que existía en el interior de la iglesia paseó su mirada
por las personas que la rodeaban, y contestó con graciosa inclinación de cabeza
al mudo y sonriente saludo de algunas caras conocidas.
Aquella aparición de la recién llegada parecía,
entretener e interesar mucho a las aristocráticas damas, que sólo en fiestas
como aquella conseguían ver a la joven señora de Quirós. Todas aquellas mujeres
que, mientras llegaba el instante de escuchar la
palabra de Dios, se entretenían en despellejarse unas a otras interiormente,
examinando los trajes de las demás y buscándoles los defectos, tenían idéntico
pensamiento contemplando a hurtadillas a la recién llegada.
¡Pobrecilla! ¡Cuán cambiada estaba! Todavía era
hermosa; eso sí; pero en ella no quedaba nada de aquella frescura juvenil, de
aquella vivacidad graciosa, que tan atractiva la hacían tres años antes.
Desde su casamienito, que tanto ruido produjo en la
alta sociedad madrileña, a causa de las circunstancias novelescas de que fué
precedido, la vida de la señora de Quirós se había oscurecido, encerrándose en
lo más sagrado del hogar. La hija del conde de Baselga procuraba el menor
contacto posible con la sociedad, como si se sintiera avergonzada ante aquellas
gentes que conocían el secreto de su vida.
Este mismo rubor envalentonaba a todas aquellas
damas que tenían en su vida faltas mayores que la cometida por Enriqueta, a
pesar de lo cual elogiaban con aire de compasión a aquella infeliz (así la
llamaban), que sufría el remordimiento producido por la ruidosa ligereza que la
había conducido al matrimonio.
Para nadie era un secreto la existencia que hacía
la señora de Quirós. Vivía separada por completo de su marido, que ya no era el
alegre y servicial Joaquinito de otros tiempos, pues desde que tenía millones
las echaba de personaje grave, había fundado un periódico ultramontano y
figuraba en las Cortes entre la minoría reaccionaria, con la que transigían
todos los Gobiernos, así los presidiera O’Donnell como Narváez, por saber éstos
que el tan grupo político estaba protegido por la gente del Palacio.
Enriqueta pasaba su existencia entregada al cuidado
de su hija, la pequeña María, que ella criaba, a pesar de que su naturaleza se
mostraba rebelde a cumplir las funciones de la maternidad.
Su cariño a aquella niña prueba palpable del
escándalo deshonroso que la había obligado a casarse con Quirós rayaba en los
límites de lo absurdo, y hacía creer a muchos que los incidentes novelescos de
su vida la habían perturbado la razón. No se separaba un solo instante de su
hija sin tomar antes grandes precauciones, v reñía muchas veces con su hermana,
la baronesa, cuando ésta mostraba empeño en acariciar a la niña o en
conservarla en sus habitaciones.
Tenía Enriqueta, en concepto de aquellas elegantes
señoras, la manía de las persecuciones, y por esto,
sin duda, se mostraba tan recelosa al tratarse de su hija, y profería ciertas
palabras que hacían pensar que la joven madre creía en alguna absurda
conspiración fraguada para robarle aquel pedazo de sus entrañas.
La historia de la joven, su novelesco casamiento,
la vida retirada y modesta que hacía, a pesar de sus riquezas y sus continuas
disensiones con la baronesa, aunque eran cosas que sólo incompletamente y
desfiguradas por la murmuración, conocían las gentes elegantes, hacían que
Enriqueta fuera mirada con interés, o, más bien, con curiosidad, siempre que se
presentaba en público entre las personas de su clase.
Aquella curiosidad resultaba justificada por la
conducta que observaba la joven. Si después de su casamiento hubiese vuelto a
los dorados salones solicitando con una sonrisa alegre el olvido de todo lo
anterior, Enriqueta hubiese sido una de tantas, y el bullicio de la vida
elegante, como onda de agua lustral, hubiese pasado sobre su vida, borrándolo
todo: pero era altiva obstinábase en no pedir clemencia a aquella sociedad
hipócrita, deslumbrante por fuera y corrompida por dentro, que tan mal había
hablado de ella, y esta soberbia era la principal causa de la despreciativa y
curiosa compasión que la rodeaba, siempre que se confundía entre las gentes de
su clase.
Aquellas mujeres, elegantes figuras de baile cuando
solteras y ornato de los salones y consuelo de célibes hermosos cuando casadas,
no podían comprender los sentimientos de una joven que, por cuidar una niña,
fruto de unos amores que tardaron en legalizarse más de lo conveniente,
renunciaba a todos los placeres y atractivos de la vida elegante.
La curiosidad de aquellas damas, sus cuchicheos y
miradas de inteligencia, no tardaron en extinguirse.
Habían ya terminado los cánticos en el coro, y a
los acordes misteriosos de un armonium, que entonaba una dulce melodía, acababa
de subir al púlpito el padre Luis, ni más ni menos que en el pasaje culminante
de una ópera aparece el tenor acompañado por vigoroso y fantástico trémolo de
violines.
¡Qué buena mano tenían los padres de la Compañía
para revestir la devoción de un aparato poético y teatral!
Las elegantes damas fijaron enternecidas sus ojos
en aquella figura cortesana, de rizado y alto sobrepelliz, que se erguía en el
púlpito, mirando como un sublime inspirado el rayo
de luz blanquecina y difusa que, filtrándose por un ventanal, venía a caer
sobre su cabeza, rodeándola de una aureola brillante.
Guapo mozo era el tal padre Luis, y razón tenían
las aristocráticas devotas para dividirse en bandos al tratar de sus prendas
físicas, discutiendo en los salones con gran calor qué era en él más notable:
si sus ojos grandes y ardientes, como los de un moro; su boca fresca y
entreabierta, como una rosa, que, en vez de perfumes, exhalaba torrentes
inagotables de mística elocuencia, o aquella postura majestuosa, que le hacía
lucir la sotana con la misma majestad que un patricio romano ostentara su toga
viril.
El padre Claudio había sabido escoger bien el
hombre encargado de conducir al cielo a aquellas buenas y delicadas católicas,
que no reconocían a Dios más que sentadas cómodamente en un templo bien
iluminado, que permitiera ver los trajes de las compañeras y al arrullo de una
música de opereta.
La voz meliflua del padre Luis, que modulaba todos
los sonidos de una de aquellas flautas pastorees de los melosos idilios sumió
de pronto al ilustrado concurso en un dulce estado de somnolencia, a través del
cual llegaban las palabras del orador vagas y halagadoras, como las notas
sueltas de una sinfonía fantástica.
¡Qué elocuencia tan dulce! ¡Qué facilidad para
convencer los ánimos más obstinados, haciéndoles comprender las ventajas de ser
fieles a Dios y lo poco que cuesta estar en gracia! Se necesitaba tener el
corazón muy duro y estar poseído del demonio, para no cumplir lo mandado por el
Señor y ganarse un puesto en el cielo.
El autor de todo lo creado, del que era en aquellos
momentos fiel representante el padre Luis, no quería el castigo del pecador,
sino su arrepentimiento; no era tan inexorable que por un crimen más o menos
cerrara para siempre a una criatura la puerta de la misericordia; el Señor era
iracundo, inflexible y justiciero algunas veces; pero sus cóleras sólo las
guardaba para los impíos que le desconocían, yendo contra la Iglesia v contra
sus ministros, que eran sus sacerdotes. Poco importaba ser bueno, si a esta
condición no iba unida la de hijo fiel y sumiso de la Iglesia. Se podía ser un
honrado padre de familia, un buen ciudadano, un hombre respetuoso con sus
semejantes e incapaz de cometer contra éstos el menor atentado, y, sin embargo,
caer de cabeza, en el infierno por el horripilante delito de no creer en el
dogma que enseña la Santa Madre Iglesia, y mirar
con la mayor indiferencia la triste suerte del Papa y denigrar a los sacerdotes
representantes del Altísimo; en cambio, se podía arrastrar una vida indigna, de
maldición, atentar contra todo lo humano, ser un peligro para la sociedad, y, a
pesar de esto, no desconfiar de la eterna salvación. Al más criminal le bastaba
para entrar en el cielo un acto de verdadera contrición, un arrepentimiento de
última hora, y, sobre todo, no haber atacado nunca la legitimidad de la Iglesia
y sus sacrosantos derechos; con esto, la salvación era segura, pues Dios es tan
infinitamente misericordioso con el pecador que nunca duda de las buenas ideas
que le inculcaron en su niñez, como inexorable con el impío, aunque éste no
cometa en su vida ningún acto reprobable. Con el escándalo basta para que arda
eternamente en las llamas del infierno.
¡Pero qué bien hablaba, el padre Luis! No había que
dudar que en la Compañía de Jesús estaban los sacerdotes de mayor talento,
santos varones, que no contentos con salvar las almas, cubrían de blandas
alfombras y de olorosas flores el camino del cielo, para que las gentes
distinguidas pudieran hacer con más comodidad el viaje.
Una emoción enternecedora se difundía por todos
aquellos aristocráticos pechos, cubiertos de raso y terciopelo, y las lágrimas
velaban las dulces miradas, que algunos cientos de ojos femeniles lanzaban al
elocuente orador.
¡Oh, qué delicia! ¡Si Arturo, Pepito o algún otro
pollo de sangre azul, en vez de hablar en el fondo de la alcoba, entre beso y
beso, de la yegua recién comprada, o del traje que fulanita iba a estrenar en
el próximo baile de la embajada, supiera expresarse con aquella dulce
elocuencia, que hacía amar más aún las cosas mundanas y reconciliaba con las
divinas!
En cuanto a los hombres, no se enternecían menos.
Aquellos condes y marqueses que, confundidos con banqueros y políticos de
oficio y formando grupos en torno de las columnas, o en el fondo de las
capillas, escuchaban el sermón, mirando a las mujeres, entre las que estaban
sus esposas e hijas, sentíanse invadidos por una seráfica tranquilidad oyendo
las palabras del padre Luis. ¡Oh, no debían ya tener miedo! Para ellos no
estaban cerradas las puertas del cielo. Nunca se les había ocurrido dudar de lo
que la Iglesia predica, ni atacar a sus sacerdotes; les bastaba, pues, con
arrepentirse a última hora, y entretanto podían, con toda tranquilidad,
escarbar por hábiles medios la bolsa del prójimo, jurar
en falso, mentir a todas horas y mirar sin cólera su casa convertida en un
burdel, mientras ellos iban en busca de la mísera obrera, para seducirla, o
robaban el pan a sus hijos para satisfacer los caprichos de una mundana. ¡Oh
cuán bueno era aquel Dios, bonachón y sencillo, que cerraba sus ojos a todos
los crímenes de sus criaturas, esperando pacientemente la hora de su
arrepentimiento! ¡Qué divino consuelo proporcionaba al alma aquella santa
doctrina! Que se presentaran allí esos impíos revolucionarios, que en su afán
demoledor quieren privar a las almas católicas de los consuelos que proporciona
la religión.
Ni con los muchos millones que representaban unidas
las fortunas de todos aquellos aristocráticos seres, podía pagarse la dulce
emoción, el angélico placer, producido por las palabras del orador de la
Compañía.
¡Y qué sencillez la suya al señalar los vicios de
la época, los escollos que levantaba el pecado para que naufragase toda virtud,
y de los cuales él rogaba a sus oyentes que se alejasen!
Huid, ¡oh, cristianos!, del teatro, de ese centro
de perversión y malas costumbres, donde se excitan las pasiones y se tienta de
mil modos la carne, siempre flaca; no presenciéis las representaciones de esas
operetas francesas, obras inmorales y corruptoras que bailando conducen a un
hombre al infierno; no repitáis esas canciones infames, que hacen asomar el
rubor a las mejillas: ese “¡ay, mamá, qué noche aquella!...”, y otras que hacen
pensar en cosas sucias y pecaminosas.
Y el elocuente jesuíta, deseoso de dar color a su
peroración, repetía las mismas canciones que anatematizaba, produciendo gran
contento en sus oyentes.
Francia, la impía Francia, la nación que produjo al
infernal Voltaire y a la horripilante Revolución del pasado siglo, era culpable
de aquella corrupción universal llevada a cabo por medio del “can-can” y de las
inmorales canciones, y el predicador se deshacía en denuestos contra el pueblo
galo, como si en él hubiese surgido espontáneamente tal podredumbre,
guardándose de hacer caer la responsabilidad sobre el segundo Imperio, que era
su verdadero autor, y sobre todo, aquel Napoleón III, al que respetaba la
Iglesia a pesar de todos sus crímenes, por ser el asesino de la segunda
República francesa y el protector interesado de Pío IX.
Pero cuando el padre Luis se remontaba a las
alturas de la sabiduría y hacía la crítica histórica de las naciones impías y
de todas las religiones falsas, el auditorio sentíase conmovido y apreciaba una
vez más la ciencia sublime de los padres de la Compañía.
¡Con qué sencillez y rápidos rasgos sabía retratar
el elocuente jesuíta todas las creencias que hacían la guerra al catolicismo!
¡Con qué sátira tan fina las ridiculizaba, desentrañando su verdadero
significado! Para el padre Luis no existían problemas históricos, y todas las
creencias, a excepción de la suya, eran producto del egoísmo o de las más bajas
pasiones.
La revolución religiosa del siglo XVI era para él
la obra de un frailecillo ignorante, llamado Lutero, gran aficionado al
escándalo que revolvió el mundo porque el Papa le había negado el monopolio de
las indulgencias, que producía muy buenos cuartos, y porque estaba harto de ser
célibe y buscaba casarse con una monja; el islamismo era una doctrina
fantástica inventada por un hombre sensual y lujurioso como un mico, que soñaba
en huríes de eterna virginidad, y quiso consagrar su insaciable apetito, dándole
un carácter religioso; los adoradores de Brahma eran unos indios imbéciles, que
se sentían poseídos de santo respeto en presencia de una vaca; y todos los
sectarios, en fin, de todas las religiones conocidas, eran una turba de
malvados o estúpidos, a juzgar por las palabras del padre Luis, quien punzaba
todos los dogmas con el fin de librarlos de la hinchazón del error y hacer que
el catolicismo surgiera victorioso por encima de ellos.
Su crítica de las creencias impías, que germinaban
dentro de las naciones cristianas, no era acogida por aquel auditorio con menos
entusiasmo y respeto. ¡Qué inspirados acentos de indignación le arrancaba la
Revolución francesa, aquel nido de horribles ideas que como voraces serpientes,
se enroscaban a las más santas y tradicionales doctrinas, intentando
exterminarlas con el veneno de la impiedad! El republicanismo combatíalo con
una fiereza sin límites, demostrando hasta la saciedad al honorable concurso que
le escuchaba, cómo era imposible que las naciones subsistieran sin reyes que se
encargaran de guiarlas como el pastor a sus rebaños.
¡La República! ¡Horror! Había que estremecerse ante
tal nombre, pues recordaba el año 93 con todos sus crímenes.
La más cruel inflexibilidad no era aún suficiente
para los que defendían tan absurda forma de
gobierno; había que sellar para siempre sus bocas; había que exterminar a sus
audaces propagandistas, que, no contentos con despreciar a los reyes, atacaban
a los sacerdotes de Cristo, o, de lo contrario, se corría el peligro de que,
por arte del demonio, triunfase tan horripilante doctrina algún día, viéndose
obligadas a emigrar a Marruecos todas las personas decentes.
¿Y dónde estaba la causa infernal de aquella
propaganda revolucionaria e impía, que tanto agitaba a España?... ¿Dónde
estaba?
Y el padre Luis, después de hacer estas preguntas
con voz atronadora a su silencioso auditorio, que le escuchaba cada vez más
fervoroso y convencido, miraba a la bóveda del templo, paseaba sus ojos de
águila por aquel mar de cabezas, que, a impulsos de la emoción, se agitaba bajo
el púlpito, y, por fin, con la misma expresión de Arquímedes al hacer su
inmortal descubrimiento, manifestaba que el motivo de todos los males de la
Patria residía en la masonería, institución infernal que vivía en la sombra, congregándose
en lóbregos subterráneos, y allí, con el mismo aparato que las antiguas brujas
en los aquelarres, en torno de una peluda efigie de Satanás, juraban, puñal en
mano, todos los iniciados, el exterminio de los buenos, la destrucción de la
religión y hacer una guerra a muerte a Dios y a la virtud.
¡Qué imaginación la del padre Luis! ¡Con qué
colores tan vivos sabía pintar todos los crímenes y desafueros de los masones!
¡Cuán listamente había procedido para enterarse de todos los misterios de la
horrible sociedad secreta!
Lágrimas de triste emoción y suspiros angustiosos
escapábanse a todas aquellas señoras oyendo al predicador, y más de una condesa
delicada hubiera dado algo por tener al alcance de sus uñas a uno de aquellos
masones que se imponían la obligación de cometer un crimen todos los días; que
deseaban triunfasen sus ideas para comerse a los curas, y que en sus infernales
francachelas aullaban de placer cuando, en vez de vino, bebían la sangre de
algún acólito recién degollado o de un niño cristiano inmolado por saber al
dedillo el catecismo.
¡Oh! Aquéllo era abominable y producía escalofríos
de terror. Bien hacía el padre Luis en dolerse de que la impiedad del siglo
hubiese suprimido la Inquisición y en pedir a Dios que iluminase a los monarcas
cristianos, impulsándolos a exterminar a tales monstruos.
La muchedumbre que llenaba el templo estaba agitada por la ebullición del entusiasmo. Nunca el sacro
orador se había mostrado tan elocuente, y entre él y los oyentes existía esa
corriente simpática que hace que con la menor palabra se inflame al auditorio.
Podía ser momentáneo aquel entusiasmo, pero
resultaba altamente consolador para todo buen católico. Aquellos ojos
brillantes, aquel sordo rugido de indignación que se elevaba sobre la confusa
masa y aquella voz meliflua en unos pasajes y en otros tonante, como la
trompeta del Juicio, recordaban a Pedro el Ermitaño, predicando la primera
Cruzada.
Eran aquel tropel de hombres y mujeres los cruzados
de las santas ideas, prontos a caer sobre la impiedad, para exterminarla a la
voz de su tribuno; pero..., ¡ay!, había algo en aquella muchedumbre que olía a
muerto.
La fe se movía, se agitaba; pero con los
inconscientes y rígidos movimientos de un cadáver galvanizado.
Tal vez entre aquella demagogia negra, que estaba
en último término, surgieran hombres ignorantes y rudos, capaces de obedecer
automáticamente a la Iglesia y de defender su religión con todas las
intransigencias del fanatismo; pero bajo aquellas blondas que se movían a
impulsos de agitados pechos, no había un solo corazón que pudiera conservar
mucho tiempo el entusiasmo que allí sentía.
Cuando aquel público elegante y sensible se viera
en la calle, la insustancialidad de su existencia se encargaría de borrar las
impresiones recibidas en el templo, y, como único comentario, recordaría a la
noche en los aristocráticos salones el sermón del padre Luis junto con el “do
de pecho” de Tamberlick o la última estocada del Tato.
Sobre flojos cimientos elevaba la Compañía el
edificio de la nueva fe.
En medio de aquel entusiasmo, de aquella santa
agitación que predominaba en el templo, sólo una persona permanecía
indiferente.
Era la señora de Quirós.
Gustábale a Enriqueta la oratoria del padre Luis;
acudía a todas sus conferencias, ansiosa de gozar de cierta emoción artística y
de ser acariciada por aquella elocuencia dulzona y pegajosa, que le producía el
efecto de una embriaguez de jarabe; pero, en aquella tarde, se sentía tan
obsesionada por una idea, que apenas si atendía ni se daba cuenta del lugar
donde estaba.
Las palabras del jesuíta se estrellaban en sus
oídos, pues el pensamiento se negaba a admitirlas,
ocupado, como estaba, en ciertas reflexiones.
Al salir Enriqueta de su casa, y al ir a subir en
su elegante berlina, había visto parado en la acera de enfrente un hombre que,
inmediatamente, llamó su atención, sin que ella pudiera explicarse la causa.
Nada tenía aquel hombre que excitase la curiosidad.
Iba embozado en una capa, con vueltas de grana y llevaba el sombrero hongo tan
encasquetado, que apenas si se le veían los ojos.
En una tarde tan fría, no era extraño ver a un
hombre cubriéndose el rostro con tanto cuidado; pero, a pesar de esto,
Enriqueta le miró varias veces antes de entrar en su carruaje.
Parecíale adivinar en aquella figura que se
ocultaba bajo la nube de paño, algo que despertaba en ella antiguos y
adormecidos pensamientos. Pero apenas estuvo algunos minutos en el interior
abrigado de su berlina, que corría veloz por las calles de Madrid, se fué
borrando aquella impresión.
¡Cuán loca estaba! ¡Pensar que aquel hombre pudiera
ser...! ¡Bah! Aquello había sido un hermoso sueño de la juventud que se
desvaneció para no reproducirse jamás.
¡Qué ideas tan extrañas la acometían en aquella
tarde! Ya adivinaba lo que ocurría. Eran los nervios excitados por la
temperatura. Aquella lluvia incesante y el cielo oscuro y monótono la excitaban
de un modo horrible. Pronto pasaría aquello; necesitaba distraerse, y en la
iglesia lograría calmarse.
Cuando ya estaba próxima a la iglesia, pasó rozando
su berlina un veloz coche de alquiler, a través de cuyos cristales, empañados
por el frío y la lluvia, creyó distinguir la misma capa de embozos grana y algo
más, que le produjo un repentino estremecimiento.
¿Todavía aquella absurda ilusión?
Pasó el carruaje como visión fantástica,
arrastrando lejos, muy lejos, los retazos de grana y aquellos ojos que ella
había visto brillar por un instante, y cuando la joven señora, transcurridos
algunos minutos, se apeó a la puerta de la iglesia, vió, próximo a ésta, al
mismo hombre de la capa, en igual posición que lo había mirado por primera vez
en la calle de Atocha.
Enriqueta tuvo miedo al desconocido, y
apresuradamente entró en el templo, temorosa de que aquél fuese tras sus pasos.
Creía ella que la fiesta religiosa y aquella
oratoria, que otras veces tanto la deleitaba, borrarían de su ánimo la extraña
preocupación causada por tal encuentro; pero no pudo ni por un solo momento
despojarse del recuerdo de aquel embozado, que creía conocer.
¡Si fuera el!... Y Enriqueta, al formular tal
pensamiento, estremecíase, unas veces de alegría y otras de terror.
Parecíale grato el recordar aquella época pasada,
que había sido la mas feliz de su vida; pero, al mismo tiempo, experimentaba un
interno terror al imaginarse que se podía encontrar frente al hombre que tanto
había amado.
Reconocíase débil para resistir la impresión que el
antiguo amante causaría en ella, y su pudor sublevábase anticipadamente ante el
peligro que pudiera correr su virtud.
—Por fortuna—decíase Enriqueta, deseosa de aplacar
aquella indignación de mujer honrada que se apoderaba de ella al pensar en la
posibilidad de ser débil ante el amor—, por fortuna, todas estas ideas no son
más que ilusiones absurdas. ¡Cuán loca estoy! ¿Por qué ha de ser él ese
embozado desconocido que he visto? Algo hay en ese hombre que interesa a mi
corazón y le hace latir como en presencia de un ser conocido. Pero no...; esto
son locuras, cosas de mis nervios, que están hoy más excitados que de costumbre.
Aquél se halla muy lejos; nunca volverá, y tal vez a estas horas no se acuerde
de que yo existo en el mundo...
Y Enriqueta se esforzaba en tranquilizarse,
demostrando con valiosas razones a su exaltada imaginación, lo infundadas que
eran sus sospechas.
Preocupada con tales pensamientos, transcurrió para
Enriqueta más de hora y media, que fué el tiempo que el padre Luis invirtió en
su conferencia.
Por fin, el orador lanzó su párrafo final con los
brazos extendidos y los ojos fijos en la bóveda, pidiendo a Dios el exterminio
de la impiedad y que derramase su santa gracia sobre aquel cristiano auditorio,
y sus últimas palabras fueron acogidas con un gigantesco murmullo de
satisfacción, que exhaló aquella multitud, libre ya del encanto que obraba
sobre ella la elocuencia del jesuíta.
El público comenzó a desfilar, encaminándose a las
puertas del templo, en las cuales se estrujaba la muchedumbre, ansiosa de
salir. Tras la gente menuda, que ocupaba el fondo de la iglesia, salió el
público elegante, no sin antes formar corrillos en la nave central, en los que
se cambiaban saludos y se daban citas para las diversiones de la noche.
Enriqueta seguía inmóvil y cabizbaja en su asiento,
no habiéndose aún dado cuenta exacta del final del discurso.
El vacío que se fué extendiendo en torno de ella
hízole salir de su abstracción, y al ver la iglesia desocupada y casi desierta,
levantóse de su asiento, disponiéndose a salir.
Sólo quedaban algunos grupos de beatas, que,
arrodilladas cerca del altar mayor, rezaban las oraciones, y el sacristán, que,
seguido de sus acólitos, iba de una capilla a otra, apagando las luces de las
lámparas de cristal.
Enriqueta se arrodilló, para rezar una corta
oración, y un vez terminada ésta, dirigióse a la puerta del templo.
—Es tarde—iba pensando—; Fernanda me esperará, y,
además, ¡sabe Dios cómo habrán cuidado a la niña!
El temor que la inspiraba su hermana, la baronesa,
y sus alarmas maternales, la hicieron olvidar la impresión producida por la
presencia del desconocido.
Avanzó rápidamente, y en la obscuridad proyectada
por las dos columnas que orlaban la puerta interior, y al lado de la pila de
agua bendita, vió marcarse la silueta confusa de un hombre.
Enriqueta se estremeció, sintiendo que los
anteriores terrores volvían a reaparecer; pero siguió adelante, dirigiéndose a
la pila bendita y procurando aparentar indiferencia.
Conforme se acercaba iba aumentando su alarma.
No había duda. Era él: el hombre cuya misteriosa
presencia tanto la preocupaba aquella tarde, y que, aunque ahora, por hallarse
dentro del templo, tenía la cabeza descubierta, ocultaba su rostro inclinado,
entre los embozos de su capa, que sostenía con una mano.
La agitación de Enriqueta iba en aumento.
A la puerta de la iglesia
Fingiendo la joven señora de Quirós una serenidad
que no tenía, y con la vista fija en el suelo, para no ver a aquel hombre,
llegó a la pila, y al avanzar su mano para tomar agua, sintió en sus dedos el
contacto de una mano ardiente.
Levantó la cabeza, y a pesar de que después de las
anteriores reflexiones se encontraba preparada para recibir la más inesperada
emoción, no pudo contener un ligero grito de sorpresa, ni evitar el retroceder
algunos pasos.
Parecía fascinada por aquel hombre, que había
dejado caer el rojo embozo, mostrando su rostro y figura.
Era él; era Esteban Alvarez, que aún conservaba en
su rostro aquella belleza varonil, que ahora parecía realzada por las huellas
dolorosas que tremendas aventuras y luchas gigantescas habían impreso en su
rostro.
Silencioso, inmóvil y erguido, miraba a Enriqueta
fijamente, sin que en sus ojos se notara el menor signo de reproche, y la
joven, por su parte, no se atrevía a moverse, como si estuviera sugestionada
por la inesperada aparición de aquel hombre.
Transcurrieron algunos momentos, que parecieron
interminables a Enriqueta, y sólo recobró algo de su serenidad cuando Esteban
le dirigió la palabra.
—Soy yo, Enriqueta. Comprendo tu sorpresa; no es
fácil encontrar en una iglesia a un revolucionario emigrado, sobre el que pesa
una sentencia de muerte. Tranquilízate, Enriqueta. No vengo aquí a dar una
escena. Quería verte..., hablarte: nada más. Ahora mismo me iré.
La joven señora, aunque intranquila y temblorosa,
había ido acercándose a su antiguo amante, como cediendo a un poder
irresistible que la empujaba.
A pesar de esto, permanecía muda.
—Nada temas, Enriqueta, tranquilízate—continuó el
conspirador—. ¿Crees acaso que voy ahora a recordarte tiempos pasados, que son
ya para nosotros como bellos sueños, que se desvanecieron para no volver? No;
demasiado comprendo nuestra respectiva situación. Tú eres la señora de Quirós,
de un hombre respetable y digno, y no puedes permitirte volver la vista atrás,
para contemplar, aunque sólo sea por una vez, el corazón que pisoteaste, y yo
soy un desgraciado, un criminal fugitivo, que se oculta al ir por las calles,
con el que no se puede hablar, so pena de comprometerse, y que no puede pedir
cuentas a nadie de su conducta, pues se expone a ser conocido y a morir
inmediatamente. Hoy ni tú ni yo somos ya lo mismo. Tú eres un sol esplendoroso
y yo un astro errante y muerto; nos hemos encontrado en nuestro camino, nos
vemos, cruzamos un saludo, y a seguir cada uno su ruta para no volver a
tropezamos en toda una eternidad. ¿Qué importa lo que entre nosotros pueda
haber existido? ¿Qué importa que nos hayamos amado?
Ya te he visto, ya he podido recordarte que existo aún... Era mi único deseo.
Ahora... ¡adiós!
Y el desgraciado Alvarez no podía contener en su
pecho la amargura que rebosaban sus palabras, y sus ojos comenzaron a empañarse
de lágrimas.
Iba ya a alejarse con paso lento, pero la miraba
con indecisión, como esperando una palabra, un suspiro, algo que le demostrase
que su recuerdo no había muerto en la memoria de Enriqueta.
Esta se sintió más conmovida por el desaliento de
su amante que por la alarma que antes había experimentado.
Le pareció que en su interior se rompía algo,
inundando su pecho de súbita ternura; el pasado surgió con fuerza en su
imaginación, borrando el presente; se olvidó de su esposo y de la familia,
pensando únicamente en el desgraciado conspirador, y avanzando más, cogió sus
manos, diciendo con acento de ruego:
—No huya usted: antes tenemos que hablar.
Enriqueta notó el gesto de extrañeza que hizo su
antiguo amante al oir un tratamiento tan ceremonioso, y como si temiera que se
escapara, dijo, instintivamente, y sin comprender a lo mucho que se comprometía
con tales palabras:
—¡Esteban!... ¡Esteban mío! Quédate, te lo ruego.
No huyas de mí sin oirme antes.
El rostro de Alvarez se iluminó con una sonrisa de
alegría.
También para él parecía haberse desvanecido el
pasado, y oprimiendo las manos de Enriqueta, se creía aún en aquella feliz
época en que ambos se sentían acariciados por las más risueñas ilusiones.
Transcurrieron algunos minutos, sin que los dos se
atrevieran a hablar. Después de su separación habían ocurrido sucesos que ambos
temían abordar, aunque no por esto estaban menos deseosos de hablar de ellos.
La importuna presencia de dos beatas que,
cuchicheando y mirándolos maliciosamente, se dirigían hacia la puerta, los
obligó a retirarse al fondo de una capilla lateral, cuya oscuridad apenas si
disipaba el rojo chisporroteo de una lámpara de aceite.
Alvarez fué el primero en romper aquel silencio,
que se hacía embarazoso.
—Somos unos niños al permanecer de este modo, mudos
y temerosos, sin atrevernos a hablar de lo que deseamos. ¡Cuánto
tiempo sin vernos! Es posible que tú creyeses que ya jamás volveríamos a
encontrarnos en este mundo; pero la vida tiene sorpresas inesperadas, y a lo
mejor surge a nuestro paso la persona, a quien creíamos haber perdido para
siempre. Hace una semana estaba yo muy lejos de imaginarme que podría volver a
verte como ahora te veo. ¡Si supieras cuánto he sufrido desde que nos separamos
de un modo tan extraño en aquella aciaga noche!
Y el acento con que Alvarez decía estas palabras,
era todo un poema de tristeza. ¡Quién sabe las aventuras, las empresas
abortadas con riesgo de la vida y las audaces comisiones que habrían
constituído la existencia azarosa y novelesca de Esteban Alvarez en aquellos
años de ausencia!
—Tú, en cambio—continuó—, no debes haber sufrido.
Te casaste y eres feliz, porque de otro modo, no comprendo cómo te decidiste a
unirte con un hombre que no amabas. ¡Oh! No te alteres por esto que te digo; no
vayas a llorar. Te engañas si crees que abrigo algún resentimiento contra ti.
Todo pasó ya, y en las cosas que no tienen remedio, lo mejor es no hablar de
ellas.
Enriqueta lloraba al oir expresarse de tal modo a
su antiguo amante.
—¡Oh! ¡Si supieras!...—murmuró—. ¡Si supieras todo
lo sucedido desde aquella noche en que me abandonaste para ponerte en salvo!
¡Si conocieras todos mis sufrimientos desde entonces!
—Enriqueta, yo lo sé todo.
—¿Tú?—preguntó con extrañeza la joven.
—Sí, yo; allá en la triste emigración procuré
enterarme de tu suerte, y supe que ese... señor Quirós había fingido ser tu
raptor, logrando casarse mediante tan villana estratagema. Esto me hizo
comprender tu conducta, que no quiero calificar. Para que él apareciera como tu
raptor en aquella terrible noche, preciso es que tú accedieras a todo; que
afirmaras cuanto él dijera, y esto, Enriqueta, me ha producido aún mayor dolor
que la consideración de que ahora eres de otro. Esto me ha enseñado, para
siempre, la fuerza que el juramento tiene en los labios de mujeres.
La joven, que de vez en cuando se llevaba su
pañuelo a los ojos para secar las lágrimas, no protestó al escuchar las últimas
palabras, y únicamente dijo con ansiedad:
—¿Y no sabes más?
—Nada más. Sólo de tarde en tarde han llegado hasta
mí noticias de tu vida, y éstas siempre confusas. Estando en París,
supe tu casamiento; que habías tenido una niña y que tu marido iba en camino de
ser un personaje de estos que ahora se usan; pero estas fueron las únicas
noticias. Te escribí varias veces, y en vista de tu silencio, decidíme a hacer
lo mismo. Aunque entonces todavía eras soltera, comprendía que, o interceptaban
las cartas, o tú no querías saber más de mí. Esto último era lo más probable. Es
poco grato amar a un hombre perseguido por el Gobierno, sentenciado a muerte y
que se halla en extranjero suelo.
Enriqueta lloraba más aún al escuchar estas
palabras.
—¡Oh! ¡Si yo hubiese recibido esas cartas! Tal vez
hubiese repetido el sobrehumano esfuerzo que me condujo hasta tu casa en
aquella noche fatal. Yo no sabía nada de ti, Esteban. Puedes creerme. Ignoraba
cuál era tu suerte, y hasta muchas veces llegaba a dudar si existías. Desde el
instante en que me abandonaste, he ignorado tu paradero, sin duda porque en
torno de mi persona existían seres muy interesados en conservarme en tal
ignorancia. ¡Ah! ¡Si conocieses mi historia!... ¡De qué distinto modo me juzgarías!...
Y Enriqueta, deseosa de justificarse ante aquel
hombre del que le separaba su presente estado, pero al cual todavía amaba,
púsose a relatar su vida desde el instante en que Alvarez la abandonó en la
casa de huéspedes.
Ella se había confiado por completo a la
caballerosidad de Quirós, había obedecido todas sus órdenes, creyendo que así
salvaba a su novio, como su acompañante le aseguraba, y únicamente cuando en la
mañana siguiente, en el despacho del gobernador de Madrid, este funcionario la
dirigió un largo sermón de moral, reprochando la conducta que había observado
huyendo de su casa con Quirós, y explicándola las consecuencias que
forzosamente había de tener la fuga, fué cuando comenzó a comprender algo de
aquella horrible trama de la que era víctima.
Las emociones sufridas en la noche anterior y el
abatimiento moral que la producía el conocer, aunque vagamente, el conflicto en
que había puesto a su honra por obedecer fielmente las indicaciones de Quirós,
hiciéronla caer enferma en su lecho apenas llegó a su casa.
La fiel Tomasa, que en vano había estado
aguardándola toda la noche a la puerta de la aristocrática vivienda, era la
única persona que permanecía junto a su lecho, prodigándola los más exquisitos
cuidados, y sin separarse de ella un solo instante.
¡Infeliz Enriqueta! Su único consuelo no tardó en
serle arrebatado.
—Aquella misma tarde—siguió diciendo la joven
señora de Quirós—, unos hombres de aspecto horrible, que, según supe después,
eran de la policía, entraron en mi cuarto, para arrebatarme casi a viva fuerza
a la desgraciada Tomasa, que gritaba y se defendía como una loca.
—Conozco ese suceso—dijo Alvarez con voz temblorosa
por la emoción.
—¡Cómo! ¿Sabes tú lo ocurrido?
—Mi fiel compañero, Perico, averiguó en la
emigración todo lo ocurrido a su tía, y, del mismo modo, su triste fin. La
pobre Tomasa llevaba mis papeles comprometedores ocultos en el pecho; la
Policía los encontró, sentenciándola un Consejo de guerra a reclusión perpetua,
como agente de nuestra conspiración, y la infeliz fué conducida a la
cárcel-galera de Alcalá, donde murió al poco tiempo. La desgraciada,
quebrantada por el dolor, falta ya de su primitiva energía y agobiada por los
achaques de la vejez, no pudo resistir tan inmenso infortunio.
El recuerdo de su fiel doméstica, a la que
consideraba como una segunda madre, sumió a Enriqueta en un doloroso silencio,
del que le sacó la voz de su antiguo amante.
—Fué aquello un crimen, a cuyo autor le ha de pesar
algún día, pues hechos como éste no deben quedar sin venganza. Tú conoces al
criminal más aún que yo, y, acuérdate bien de lo que te digo: ese miserable
será castigado.
—¿A quién te refieres? ¿De quién sospechas?
—De ese hombre que se llama tu esposo, y cuyo
repugnante nombre llevas. Quirós era el único que sabía dónde estaban mis
papeles y cómo los guardaba Tomasa. El hecho de haber buscado al día siguiente
la Policía a la pobre vieja, sabiendo ya que los papeles los ocultaba en el
pecho, da a entender que tu marido fué quien hizo la delación.
—Tal vez sea así—dijo Enriqueta pensativa—. En ese
hombre todo es creíble, pues está acostumbrado a la delación. Es un monstruo.
Y los dos, impresionados por el recuerdo de la
infeliz vieja, quedaron en silencio algunos instantes, hasta que, por fin,
Enriqueta reanudó su relación.
Tardó mucho en salir de aquella enfermedad, que,
por ser más moral que física, los médicos no sabían cómo combatir.
Cuando entró en una penosa y difícil convalecencia,
la baronesa y el padre Claudio fueron las únicas
personas con las que pudo tratarse y que intentaban ejercer sobre ella una
influencia sin límites.
Al principio hablaron sencillamente de cosas
religiosas, olvidando el hacer la menor alusión a su huida, que tantos y tan
desfavorables comentarios había producido en el gran mundo; pero cuando ella
estuvo ya completamente restablecida, los dos compadres religiosos acometieron
francamente la realización de su plan, aconsejándola con acento dulce, pero
imperioso, lo que debía hacer. Ella había agraviado mucho a Dios con aquella
fuga impúdica, indigna de una joven cristiana y bien educada; por pecados menos
importantes iba un alma al infierno por toda una eternidad, y para que ella
alcanzase la salvación era preciso que expiase su crimen, cumpliendo, por fin,
aquella vocación religiosa que tan general estimación le valía antes de que
fuera tentada por el diablo, e ingresando en un convento, como ya se lo había
prometido al padre Claudio en el sagrado tribunal de la penitencia.
Enriqueta no opuso ninguna objeción. Estaba
demasiado abatida su voluntad por las desgracias para poder presentar una
oposición enérgica, y, además, comprendía que estando completamente sola y a
merced de la baronesa y su director, sería inútil su resistencia.
Por esto se limitó a responder evasivamente a todas
aquellas excitaciones, y con una astucia que sus dos consejeros no podían
recelar en ella, dióles a entender que estaba dispuesta a abrazar la vida
monástica, pero que deseaba un plazo para dedicarse a preparar su alma y
fortificar su débil cuerpo.
Enriqueta hacía una vida casi claustral, pues su
hermanastra era una especie de cancerbero que, interponiéndose entre ella y el
mundo, impedía a la joven todo contacto con la sociedad.
Quirós no visitaba ya a la baronesa, y Enriqueta
sorprendió a ésta hablando un día con su poderoso director y aplicando los más
denigrantes calificativos al escritor católico.
Dos meses después de aquella fatal noche, Enriqueta
salió por fin a la calle, acompañada de su hermanastra, la cual accedía por fin
a los consejos del doctor Peláez, que pedía para la joven muchos paseos y
ejercicios corporales, so pena de que volviese a aparecer la enfermedad con más
terrible carácter.
Enriqueta, a poco de entrar en el paseo de la
Castellana, conoció su situación social. Sus antiguas amigas volvían el rostro
por no saludarla; cientos de ojos se fijaban en ella insolentemente, con
maliciosa curiosidad, y varias veces sorprendió a muchas personas señalándola
con expresivo ademán, que la llenaba de rubor. La presencia de Quirós, que, con
aire triunfal, se paseaba a pie, siendo objeto de la curiosidad de la gente que
ocupaba los coches, dió a entender a Enriqueta el significado de aquella general
murmuración.
La virtuosa sociedad aristocrática, clase digna del
mayor respeto, por lo bien que sabe sofocar el escándalo, poniendo a un lado el
amante y al otro el confesor, señalaba a Enriqueta con el dedo, como la amante
de una noche del simpático Quirós, indignándose santamente al ver que su
familia no se apresuraba a remediar por medio del matrimonio aquel suceso, que
redundaba en desprestigio de la privilegiada clase.
La joven, irritada por aquel engaño general,
hubiese querido protestar; creía preciso decir que Quirós era un falsario, y
que el único hombre a quien ella había amado era el revolucionario Esteban
Alvarez...; pero, ¿para qué? Nadie la creería; resultaban muy novelescos e
inverosímiles los amoríos de una joven aristocrática con un conspirador que
estaba sentenciado a muerte, y, además, era ya tarde para hacer tal
declaración. Ella, vigilada por su hermana, no podía ir de una en otra persona
dando explicaciones que nadie la pedía, y Quirós había sabido manejarse tan
hábilmente, que era general y arraigada la opinión que le consideraba como
raptor de Enriqueta.
Tan terrible fué la impresión que experimentó la
joven, que ya no quiso salir más de paseo, y permaneció encastillada en su
cuarto, evitando hasta el entrar en el salón de la baronesa, como si las pocas
personas que visitaban a ésta pudieran hacer al verla los mismos comentarios
infamantes que la producían un terrible remordimiento.
Pero entonces comenzó a experimentar con mayor
fuerza ciertos síntomas que ya se habían marcado antes en su organismo, aunque
ella no les daba gran importancia.
Tuvo continuamente náuseas, vomitó con frecuencia,
y algunas noches sintió algo extraño y doloroso en sus entrañas.
Enriqueta no era tan inocente que no llegase a
comprender lo que aquello significaba, y por eso su terror fué inmenso cuando, a pesar de todas las precauciones
martirizantes a que obligaba su cuerpo, para ocultar su estado, doña Fernanda
se enteró de lo que ocurría.
La ira de la baronesa no tuvo límites. Dió dos
soberbias bofetadas a Enriqueta, y en este mismo tono hubiera seguido, a no ser
porque la detuvo alguna oculta consideración. Pero de palabra supo desahogar su
rabia.
—¡Ah, grandísima cochina! ¡En buena nos has metido!
Ahora te salen a la cara tus porquerías con aquel pillete, que debía estar en
España para que le dieran garrote.
Así nombraba doña Fernanda al capitán Alvarez, por
primera vez, después de la célebre noche de la fuga.
Desde que la baronesa hizo tan fatal descubrimiento
no hubo ya tranquilidad en aquella casa.
Sus conferencias con el padre Claudio fueron
numerosas, y Enriqueta no tardó en notar que algo muy importante inquietaba al
director y su penitenta.
Las desgracias, y, más que todo, aquella existencia
árida y monótona, habían modificado el carácter de la joven, haciéndola curiosa
hasta la imprudencia. Por mil medios procuraba ella escuchar los diálogos entre
el jesuíta y la baronesa, y así pudo saber lo que ocurría.
Aquel Quirós o era el mismo diablo, o, por lo
menos, tenía hecho pacto con Satanás, pues únicamente de este modo podía
comprender doña Fernanda que sin entrar en la casa ni mantener con su persona
la menor relación, tuviera conocimiento del estado en que se hallaba Enriqueta.
—Ese canalla—decía el padre Claudio a su penitenta,
refiriéndose a Quirós—se da buena maña en deshonrar a Enriqueta para conseguir
sus fines. Ahora va proclamando por todas partes el estado en que se halla la
niña, y dice a cuantos le quieren oir, que nosotros, por nuestro egoísmo, nos
oponemos a que él y Enriqueta se casen, a pesar de lo mucho que se aman.
La baronesa desesperábase al saber las tretas de su
antiguo amigo, que demostraba ser un perfecto aventurero.
Lo que más excitaba su rabia era el reconocer que
el padre Claudio se declaraba impotente para combatir a aquel travieso enemigo.
Recordaba el jesuíta lo mucho que el escritor católico podía decir contra la
Orden y sus negocios, y esto hacía que se limitase a lamentarse de su audacia,
sin atreverse a poner en juego contra él su poderosa influencia.
La cínica propaganda de Quirós dió pronto sus
resultados.
La baronesa apenas si podía salir de su casa sin
verse obligada a tratar tan enojoso asunto, emprendiendo agrias discusiones con
sus antiguas amigas, que en nombre de la moral, y para evitar un escándalo
deshonroso para la clase, la pedían que casase a la niña cuanto antes. En las
juntas de cofradía veíase obligada a disputar muchas veces con beatas
aristocráticas, a las que consideraba como amigas inseparables, las cuales,
llevadas de esa falsa bondad que obliga a mezclarse en todos los negocios que
nada importan, tomaban la defensa de Quirós, al cual elogiaban como buen
muchacho y de sanos principios, y dando por seguro que Enriqueta y él se amaban
desde mucho tiempo antes, pedían a doña Fernanda que remediase el terrible
escándalo e hiciese la felicidad de aquellos muchachos, casándolos.
Bien había sabido urdir su plan aquel infame
Joaquinito, impidiendo a la baronesa que lo deshiciera relatando la verdad de
todo lo ocurrido.
Doña Fernanda, para desenmascarar a aquel farsante,
podía decir que el verdadero amante de su hermana, el hombre tras el cual ésta
había huído, era un pobre militar, y, por añadidura, revolucionario; pero el
orgullo de clase—circunstancia sabiamente prevista por Quirós—se rebelaba,
impidiendo a la baronesa hacer tal declaración, que atacaba el prestigio de la
familia y su tradición religiosa y monárquica, y una vez que, hablando con la
más íntima de sus amigas, se atrevió a iniciar algo de lo ocurrido, revelando
el nombre del verdadero seductor, se detuvo, al ver la sonrisa incrédula con
que sus palabras eran acogidas.
Era inútil decir la verdad, pues aquel público,
preocupado de antemano y hábilmente influído por Quirós, la acogería como una
pura novela.
Conforme crecían el escándalo y la murmuración, la
rabia del jesuíta y su penitenta iban en aumento. Urgíales tomar una resolución
para poner término a aquel estado de cosas, que era el continuo tema de
conversación en los salones.
Llevar a Enriqueta a un convento, era imposible. La
joven se resistía, y, además, esto hubiera recrudecido la cruzada que Quirós
levantaba contra la baronesa y su director, pintándolos como monstruos que, por
egoísmo, se oponían a la unión santa de dos jóvenes amantes.
Pero el padre Claudio, conforme aumentaban los
obstáculos, se revolvía más furioso contra ellos, y, además, le ponía fuera de
sí el aire triunfal y la sonrisita de superioridad que Quirós ostentaba cada
vez que lo encontraba a su paso.
No eran ya sus planes sobre el porvenir de
Enriqueta lo que le hacía defenderse tercamente de las maniobras de aquel
aventurero; era su orgullo herido, pues la consideración de que el maestro
pudiera ser vencido por aquel intrigantuelo audaz, le ponía fuera de sí.
Casi al mismo tiempo se le ocurrió a él y a la
baronesa idéntica idea. Llamaron al doctor Peláez, y el padre Claudio, con la
“superi” confianza que le daba la superioridad sobre el protegido, ordenóle,
sin duda el aborto; pero Enriqueta estaba sobre aviso. Palabras sueltas, oídas
al descuido, y su instinto de mujer, que parecía haberse aguzado con tan
continuas peripecias, le hacían presentir lo que contra ella se tramaba, y por
esto se negó rotundamente a tomar cuantas medicinas le ordenaba Peláez, ni cumplir
muchos de los mandatos de su hermanastra.
Hubo a diario escandalosos altercados y golpes a
granel en la casa de Baselga; la servidumbre, siempre curiosa, se enteró de
cuanto ocurría entre las dos hermanas, y aquel endiablado Quirós, que estaba al
corriente de todo lo que sucedía (como si algún duende, en forma de doncella o
de lacayo, fuera a hablarle al oído a cambio de un billete de cinco duros),
extremó más que nunca sus ataques contra la baronesa y su director, diciendo
que querían envenenar a la pobre Enriqueta, o, por lo menos, hacerla abortar,
para lo cual recibía los más bárbaros tratamientos.
El daba detalles a cuantos se los pedían en los
salones, sobre los tormentos sufridos por Enriqueta, y aseguraba que la infeliz
cediendo a las amenazas de sus tiranos, tercos en su propósito de impedir el
casamiento, aseguraba que no era con él con quien se había fugado, sino con un
capitán que ahora estaba emigrado. Y todos los oyentes de Quirós sonreían
sarcásticamente al escuchar esto, confesando que la baronesa demostraba poca
imaginación al inventar una historia tan ridícula e inverosímil como era la de
los amores de su hermana con un revolucionario.
Por aquella afirmación, que la infeliz Enriqueta
hacía para contentar a su hermana, de que Quirós no había sido su raptor,
permanecía inactivo el escritor católico y no solicitaba el auxilio de los
Tribunales; pero ya que le era imposible valerse de su derecho, se defendía con
la pluma, su única arma, y ya estaba preparando un folleto, en el que relataría
todo lo ocurrido, demostrando quiénes eran la baronesa y su director.
Crecía con esto la importancia de Quirós que
considerado por muchos como un segundo Abelardo,
separado violentamente de su Eloísa, paseaba por los salones su romántica
aureola de amante desgraciado.
El padre Claudio rugía de furor contra aquel
farsante, que parecía gozarse en su desesperación.
Intentó poner en juego todos los ocultos resortes
de que disponía, para mover y transformar la opinión; pero fué en vano. Sus
subordinados, en los confesonarios, en las visitas y hasta en el púlpito, con
alusiones bastantes claras, intentaron hacer saber toda la verdad al
aristocrático público; pero el trabajo resultó infructuoso. Aquella sociedad
elegante respetaba mucho al padre Claudio, pero no tenía en menos aprecio el
satisfacer su curiosidad maligna, hambrienta de escándalos, y entre el jesuíta
y el placer que la proporcionaban el comentar aquella lucha, despreciaba al
primero y se ponía resueltamente al lado de Quirós.
Mientras tanto, adelantaba el embarazo, y aquel
escándalo del cual Enriqueta apenas si tenía noticias, se hacía cada vez más
intolerable para la baronesa, que casi había roto las relaciones con todas sus
amigas y evitaba el presentarse en público como si ella fuese la que se hallaba
en un estado deshonroso.
Un día Enriqueta recibió del padre Claudio, y como
a quemarropa, la proposición de casarse con Joaquinito Quirós.
Ella jamás supo la causa de aquella rápida
transformación, ni la baronesa pudo explicarse claramente el rápido cambio que
experimentó su director, antes tan tenaz en combatir a Quirós y “su infame
canallada”, como decía en sus momentos de desesperación impotente; pero todo se
explicaba sabiéndose que Joaquinito había estado el día anterior en el despacho
del padre Claudio.
Audaz era éste, y, sin embargo, quedó pasmado ante
la insolencia de aquel mozo, que, sin inmutarse, al ver la acogida casi feroz
que le hacía el jesuíta, le dijo así:
—Creo que ya nos hemos hecho bastante la guerra, y
que no es necesario pasemos adelante para saber quiénes son el vencedor y el
vencido. ¿No es lástima, querido maestro, que dos hombres de nuestro valor se
hagan la guerra y se destrocen para servir de diversión a toda esa gente
aristocrática, estúpida de nacimiento? Que esto cese y a ver si nos arreglamos.
Yo lo necesito a usted para que me proteja y encumbre y a vuestra paternidad le
resultan muy buenos mis servicios en ciertas ocasiones. Recuerde usted hace
pocos meses lo bien que le serví en el asunto de Tomasa, aquella vieja gruñona, ¡Vaya, querido maestro! Nos
acreditamos esta vez de imbéciles si no nos entendemos. Usted le busca a
Enriqueta sus millones y yo también; en este punto estamos de perfecto acuerdo;
a ver si nos ponemos del mismo modo en los demás. Usted tiene ya seguros los
millones de Ricardito Baselga, a quien ya me parece testar viendo embutido en
la sotana de la Compañía. Los de Enriqueta serán también de usted con el
tiempo; pero cáseme usted con ella: déjeme que goce sus riquezas en usufructo y
me proporcione otras con audaces especulaciones, que yo le aseguro ser su más
fiel discípulo, y antes que defraudarle, cuidaré de administrar acertadamente
los bienes de mi mujer. La fortuna de Enriqueta, será de la Orden: todo
consistirá en que ingrese en el tesoro de la Compañía algunos años después de
lo que usted había pensado. ¡Qué!... ¿Estamos acordes, querido maestro?
¿Volveremos a ser otra vez buenos amigos?
Y el aventurero tendió su mano al poderoso jesuíta.
Pudo ser convencimiento de la propia impotencia,
simpatía por un discípulo tan hábil y aprovechado, o ambas cosas a un mismo
tiempo, pero lo cierto es que el padre Claudio, cediendo repentinamente,
estrechó la mano de Quirós, y la unión de tambos quedó pactada.
El resultado de esta escena, que quedó en secreto
aun para la misma baronesa, fué que el jesuíta se declarara partidario
repentinamente de una solución antes tan odiada, como era la de casar a
Enriqueta con Quirós.
Doña Fernanda, acostumbrada a obedecer sin réplica
a su poderoso director, ayudóle en la tarea de convencer a Enriqueta, y hasta
el padre Felipe, el bonachón “caballo padre” de la Compañía, que, como de
costumbre, pegado a las faldas de la baronesa era el más sólido lazo que unía a
ésta con la Orden, puso de su parte cuanto pudo para convencer a la joven de
que debía dar su mano a un muchacho tan honrado y buen católico.
Enriqueta que, aunque no por completo, conocía algo
del escándalo que hacía trizas su nombre, y que sabía que el mundo la suponía
enamorada de Quirós, odiaba a éste, a pesar de que en aquella noche fatal él
había sido el salvador del capitán Alvarez.
La consideración de que aquel hombre aparecía a los
ojos del mundo ocupando el lugar que únicamente correspondía a Alvarez, era
suficiente para que ella lo mirase con marcada
antipatía, y por esto, cuando el jesuíta la propuso el casamiento con Quirós,
contestó con una negativa rotunda.
Cuando Enriqueta, en el fondo de la obscura
capilla, al relatar a su antiguo amante su vida durante tan larga ausencia,
llegó al punto de su matrimonio con Quirós, su voz se hizo aún más débil y
temblorosa, y las lágrimas volvieron a correr por su rostro.
Ella sabía bien que no podía justificar la locura y
la infidelidad con que había procedido al dar su mano a Quirós; pero quería
demostrar que no era por completo culpable de tal veleidad, y que a las
circunstancias era a quien debía hacerse responsables antes que a ella.
El padre Claudio la asedió a todas horas con sus
consejos, dichos en tono paternal, demostrando, bajo los más diversos aspectos,
que su casamiento con Quirós era lo único que podía poner a salvo su honra y la
de la familia. Era inútil que ella se extremase en demostrar que el capitán
Alvarez era su verdadero seductor, y que en aquella noche infausta Quirós no
había desempeñado otro papel que el de amigo oficioso. La sociedad creía
tenazmente lo contrario, y consideraba los amores de Enriqueta con un revolucionario
como una fábula ridícula inventada por la baronesa y su director. Tomasa, que
era el único testigo que podía probar lo contrario, había muerto.
Comprendía el jesuíta que la resistencia de la
joven descansaba principalmente en el amor que aún sentía por Alvarez, y a
combatir esta pasión dirigiéronse todos sus esfuerzos.
Con aquella facilidad de expresión que tan
convincentes hacia sus palabras, el padre Claudio turbó la firmeza amorosa de
la joven, haciéndola ver que era una locura seguir adorando a un hombre que la
abandonó en críticas circunstancias, y que ahora, viviendo en París, halagado
por todas las impúdicas seducciones de la gran metrópoli, no se acordaba de
ella.
Esto producía mucho daño a Enriqueta, la cual,
condoliéndose de que Alvarez no la hubiera escrito desde que huyó, se inclinaba
a creer en aquel olvido que, para martirizarla, le recordaba el padre Claudio.
Ignoraba la infeliz que la baronesa llevaba ya
quemadas unas cuantas cartas de Alvarez.
Conforme se desvanecía la fe de la joven, el
jesuíta redoblaba sus ataques, pintando a Quirós como un dechado de perfecciones y caballerosidad. El padre Claudio se
enfadaba al notar la antipatía que la joven profesaba a Joaquinito. ¡Pobre
muchacho! ¡Odiarlo, justamente por una de sus nobles acciones! Porque ahora
resultaba, según las afirmaciones del jesuíta, que si Quirós había mentido,
presentándose en público como el raptor de Enriqueta, era tan sólo por salvar a
ésta, a la que amaba en silencio desde mucho tiempo antes, y evitar que fuese
complicada en la causa que se había formado a Alvarez como conspirador.
Además, su abnegación era sublime y digna de las
mayores consideraciones. Sólo un alma grande, un hombre verdaderamente
enamorado, era capaz de ofrecer su mano y su honor a una joven que casi había
visto en los brazos de otro.
Todo esto impresionaba poco a Enriqueta; pero
últimamente el jesuíta la conmovió profundamente con una proposición que le
hizo en nombre de la baronesa.
El honor de una familia tan ilustre no había de
quedar por los suelos. O se casaba con Quirós, lo que haría terminar tan
vergonzosa situación, cortando de raíz las murmuraciones, o entraba
inmediatamente en un convento, para expiar su falta con continuas oraciones.
Enriqueta, al llegar a este punto de su relación,
se detuvo, como si la vergüenza le impidiera seguir adelante, y al fin dijo con
voz temblorosa:
—Fuí débil y cedí. Los placeres del mundo me
atraían y temblaba solamente al pensar que podía verme encerrada en un convento
para siempre. Por otra parte, me movía una consideración de fuerza
irresistible. Sentía agitarse en mis entrañas un ser al que amaba con delirio
antes de haberlo visto, y con el cual conversaba como una loca en la soledad de
mi cuarto. ¿Iba a ser, por mi culpa, un desgraciado, sin nombre y sin padres
conocidos, al cual mirase la sociedad como un fruto de deshonra? Esto fué lo
que me impulsó a ser perjura, a olvidarme de ti por el momento, uniéndome a un
hombre a quien aborrezco. Fuí traidora, te ofendí del modo más villano; pero
todo lo hice con tal de borrar el deshonor de la frente de mi hija. Sacrifiqué
tu amor a cambio de la felicidad de un ser que lleva tu sangre.
Esteban, impresionado por las últimas palabras,
pareció olvidarse de todo lo dicho anteriormente por Enriqueta.
Parecía dudar ante una felicidad inesperada.
—¡Pero, esa
niña!... ¿Es realmente hija mía?
—Sí, Esteban. Mi María es tan hija tuya como mía.
Te lo juro por la memoria de mi madre, cuyo nombre lleva ella.
—¡Ah! ¡Hija mía!—murmuró Alvarez, con acento
inexplicable.
Y las lágrimas asomaron a los ojos de aquel hombre
enérgico, cuyo férreo carácter no habían logrado nunca enternecer las más
supremas emociones.
El presente de Enriqueta.
Quedaron silenciosos los dos antiguos amantes
durante algunos minutos, como saboreando el placer que les producía pensar en
el ser inocente venido al mundo, cual recuerdo de aquella noche de amor, tan
trágicamente interrumpida.
Enriqueta fué la primera en romper aquel silencio,
pues sentía deseos de hacer olvidar el pasado a Alvarez, hablando únicamente de
su hija.
—¡Si vieras cuán hermosa es! Su parecido contigo es
tan exacto, que hasta Fernanda, que te ha visto pocas veces, lo notó desde el
primer instante. Bastaría que vieses a mi Marujita un solo momento, para que
inmediatamente te convencieras de que es tu hija. Hay algo en aquellos ojitos
que es una chispa de la misma luz que brilla en los tuyos.
Alvarez seguía pensativo, y de vez en cuando
fruncía las cejas, como agobiado por una idea penosa. Por fin habló para
preguntar a Enriqueta con cierta rudeza:
—Y tú, ¿amas mucho a tu esposo?
—¡Quién!... ¿Yo? Le aborrezco. Es un infame.
—Entonces serás muy desgraciada.
—Tengo a mi hija, y esto me basta. Nunca he amado a
Quirós. En los primeros días de nuestro matrimonio, le miraba con indiferencia
benévola. Le consideraba como una persona amable, con la que estaba obligada a
vivir, y procuraba tratarle con cierto afecto, aunque evitando siempre la menor
intimidad.
—¿Y las costumbres matrimoniales?—preguntó Alvarez
con tono de incredulidad.
—No han existido nunca para nosotros. Cuando,
preparado ya el asunto por el padre Claudio, vino Quirós a casa a pedir mi mano
a Fernanda, yo le hablé con entera claridad, recordándole el amor que a ti te
profesaba. Fingió él gran desesperación por mis palabras; pero con todo se
conformó, con tal de ser mi esposo, diciendo que el tiempo se encargaría de
hacerle justicia y de procurar que yo le amase, aunque sólo fuese un poco. Las
condiciones que entonces pactamos se han observado hasta hoy. A la vista de la
sociedad somos un matrimonio cual todos, con nuestras alternativas de cariño y
enfado; pero, en la intimidad, dentro del hogar, Quirós y yo nos tratamos con
toda la ceremoniosa frialdad de los príncipes que, por razón de Estado, se unen
para siempre. Mis habitaciones están a un extremo de la casa y las suyas al
otro; pasan días sin que crucemos más palabras que las que nos obliga a fingir
la presencia de algún extraño. Los dos tenemos muy diversas ocupaciones, que
nos obligan a no pensar en nuestra situación. El sólo se ocupa de la política,
de su periódico y de todos los medios propios para convertirse en un personaje
importante, y yo dedico el día entero al cuidado de mi hija.
—¿Pero ese hombre nunca ha intentado hacer valer
sus derechos de marido?
—Sí; hubo una época, a raíz de nuestro casamiento,
en que emprendió la conquista de mi afecto en toda regla. Mostrábase amable
hasta la impertinencia, y me asediaba de mil modos; pero de entonces data el
odio que le profeso y que reemplazó a la antigua indiferencia con que le
miraba. Un día, creyendo con ello halagarme y demostrarme la intensidad de su
amor, me hizo una confesión monstruosa, horrible. Desde entonces le detesto,
considerándolo como un ser abyecto y repugnante.
—¿Qué te dijo?—se apresuró a preguntar
Alvarez—¿Dudas decírmelo? ¿No tengo yo derecho para saber todas tus cosas?
Enriqueta no disputaba a su antiguo amante el
derecho de saber cuanto le ocurría, aun aquello de carácter más íntimo; pero se
resistía a revelarle aquella declaración de Quirós, que ponía al descubierto
toda la ruindad de su alma.
Ella no quería crear conflictos ni aumentar la
desesperación de su antiguo amante. Aunque odiase a Quirós, al fin era su marido ante el mundo, y no debía concitar
contra él las iras de nadie.
Alvarez, como si adivinase lo mucho que le
importaba aquella declaración, importunaba a Enriqueta para que hablase.
Rogó, amenazó, manifestóse ofendido en su dignidad,
y, al fin, después de muchas vacilaciones y de hacerle prometer que no
intentaría nada contra Quirós, se decidió Enriqueta a hablar, vencida por la
curiosa tenacidad de su amante.
—Pues bien; ese hombre, que ahora se llama mi
esposo, es el autor de tu desgracia, y por tanto, de la mía. El fué quien te
delató al Gobierno como conspirador, facilitándote después la huída, para,
apoderarse mejor de mí.
Alvarez no esperaba aquella revelación; así es que
hizo un marcado ademán de sorpresa. Pero pronto la reflexión le hizo creer que
era imposible aquello que Enriqueta le revelaba.
—Eso no puede ser—dijo—. Quirós no me conocía, ni
sabía que tú me amabas, y mal pudo averiguar mis compromisos políticos, que yo
ocultaba con tanto cuidado.
—Mi marido fué el delator. Es inútil que te empeñes
en reflexionar sobre la certeza de lo que te digo. El mismo me confesó su
crimen un día que yo resistía, como siempre, a sus halagos amorosos. Me dijo
entonces que me amaba desde el primer día que entró en casa, haciéndose amigo
de mi padre, y, además, que conociendo mis relaciones contigo, y enloquecido
por los celos, te había delatado, con el deseo de que huyeses o perdieras la
vida, pudiendo él entonces dedicarse con entera libertad a mi conquista. El me
hizo tan horrorosa confesión con el propósito de demostrarme la inmensidad de
su amor, que le había conducido hasta el crimen; pero yo, desde entonces, le
odio, y siento ante él la misma repugnancia que en presencial de una inmunda
alimaña. Debe él haber conocido el horror que me inspira, por cuanto desde
entonces ha cesado de importunarme con sus demandas amorosas, y se dedica en
absoluto a sus aficiones políticas.
Esteban estaba convencido de la maldad de Quirós.
Aunque no podía comprender por qué medios el repugnante aventurero había
averiguado sus compromisos revolucionarios, la declaración de Enriqueta borraba
todas las dudas que pudieran ocurrírsele.
El, durante la época de su emigración en París, y
recordando sus desgracias, había llegado a creer que el delator era el padre
Claudio, terriblemente ofendido y ansioso de venganza por la conferencia, algo
violenta, que ambos habían tenido en la plaza de Oriente; pero ahora desechaba
sus anteriores sospechas, para hacer caer toda la responsabilidad sobre Quirós.
Ignoraba que el jesuíta y su discípulo iban
íntimamente unidos en el asunto de la delación.
Enriqueta, después de hacer aquella declaración,
mostrábase arrepentida de su femenil ligereza, y procuraba convencerse de que
su antiguo amante no intentaría nada contra Quirós.
—No te preocupes tanto en favor de ese canalla—dijo
Alvarez con rudeza—. Por más que te empeñes y ruegues en su favor, día ha de
llegar en que yo le exija severas cuentas por su infame conducta. Mas por el
momento, permanece tranquila. Pesan sobre mí peligros muy terribles y tengo
demasiado interés en permanecer oculto, para que vaya yo a comprometerme y a
poner en peligro una empresa casi santa presentándome ante ese miserable. Ya
vendrá el tiempo en que a la luz del día podré retar a tu marido, concediéndole
la honra de morir como un caballero.
El interés que manifestaba Alvarez en permanecer
oculto, hizo pensar a Enriqueta en la situación aventurada que atravesaba su
amante.
—Haces bien en ocultarte—le dijo—. Según he oído
varias veces a mi hermana, una sentencia de muerte pesa sobre ti, y es
realmente una imprudencia que te presentes en las calles en pleno día... ¿A qué
has venido a Madrid?
Alvarez sonrió con expresión algo feroz.
—No tardarás en saberlo, y contigo todo Madrid. Mi
presencia en España nada bueno indica para lo existente. Soy como esas aves
funestas que vuelan delante de la tempestad, anunciándola, y pronto estallará
el trueno sobre esas santas instituciones de que hablaba hace poco ese jesuíta
empalagoso, que no sé cómo escucháis con calma. Ya veremos si todo ese público
distinguido, que tanto se entusiasmaba hace poco, sabe salir a la defensa de lo
que va a perecer.
Enriqueta, que, a pesar de todo su amor, estaba
influída por las preocupaciones de clase, se estremeció al escuchar tales
palabras, y miró alarmada a Alvarez.
—Pero, ¡Dios mío! ¿Qué vais a hacer?
Esteban no contestó, limitándose a sonreír del
mismo modo que antes.
Quedaron silenciosos los dos amantes, y oyeron
sonar en el fondo de la iglesia un ruido de hierros que, poco a poco, iba
acercándose.
Era el sacristán que, agitando un gran manojo de
llaves, iba por las capillas, diciendo en alta voz a las beatas rezagadas:
—¡Se va a cerrar! ¡A la calle, pronto, que voy a
cerrar!
—Nos tiran de aquí—dijo Esteban.
—Sí; separémonos antes que nos vean juntos en esta
capilla oscura. Adiós, Esteban.
—¡Eh! Aguarda. ¿Crees que podemos separarnos así?
¿No he de volver a verte? ¿O es que quieres que pase espiando unas cuantas
tardes la puerta de tu casa, aguardando con ansia una ocasión propicia para
hablarte?
—No, Esteban; no conviene que nos veamos. En mi
estado no son muy regulares estos encuentros, y aunque yo permanezca fiel a mis
deberes, como estoy dispuesta a hacerlo siempre, nuestras entrevistas serán
conocidas y darán pábulo a la murmuración. Además, a ti te conviene permanecer
oculto.
—¿Y mi hija? ¿Crees tú que podré yo permanecer
tranquilo sabiendo que tengo una hija, y sin haberla visto nunca? No,
Enriqueta, es preciso que yo la vea, para besarla, para experimentar ese goce
paternal que hasta ahora sólo conozco a medias. Enriqueta, ya sabes que yo
nunca me detengo cuando me empeño en conseguir lo que deseo. Déjame ver a
nuestra hija, o me siento capaz de entrar en tu casa a viva fuerza y hacer una
locura, aunque esto me descubra y ponga en peligro mi vida.
Enriqueta sabía que Alvarez era capaz de cumplir su
promesa, y como al mismo tiempo viese en su rostro una expresión conmovedora de
súplica, se decidió en favor de lo que le pedía.
—Bien: verás a María. No debíamos hablarnos más;
pero ya que así te empeñas, volveremos a repetir muestras conferencias, aun
cuando tengo la convicción de que esto ha de producirnos alguna desgracia.
—¿Cuándo veré a la niña?
—No puedo decírtelo; pero buscaré ocasión propicia para ello. Por de pronto, quedemos acordes sobre el
punto donde volveremos a vernos.
—Aquí mismo: es el lugar más seguro para mí.
—Está bien. Pasado mañana dará el padre Luis su
última conferencia. Espérame como hoy, en este mismo sitio, y ya te diré
entonces lo que hemos de hacer para que tú veas a nuestra hija.
—¡Señores! ¡Que voy a cerrar! ¡Que se va a
cerrar!—gritó el sacristán, próximo a la capilla, agitando sus llaves
resonantes.
Los dos antiguos amantes se estrecharon las manos,
dándose un mudo adiós.
Alvarez, conmovido sin duda por la dulce tibieza de
aquellas finas manos, acercó su rostro al de Enriqueta; pero ésta se desasió,
separándose rápidamente, con las mejillas teñidas por el rubor.
—¡Aquí!... ¡Oh, no! ¡Qué horror! Piensa en mi
estado actual, y no intentes la menor cosa, si quieres que sigamos viéndonos.
Seremos dos buenos amigos, o, de lo contrario, si eres malo, te odiaré. ¡Adiós,
Esteban!
Cuando el sacristán agitó sus llaves frente a la
capilla, los dos amantes, uno en pos de otro, salían ya de la iglesia.
Renuévanse las relaciones.
Poco a poco fué restableciéndose entre los dos
antiguos amantes un afecto que, si no eran igual a la pasada pasión, equivalía
a algo más que a una intimidad amistosa.
El adormecido amor volvía a renacer en Enriqueta, y
aun cuando ella, en su interior, se dirigía a sí misma sermones morales,
recordando sus deberes y el peligro que corría cediendo a la pasión, lo cierto
es que muchas veces se olvidaba de que a los ojos de la sociedad pertenecía a
otro hombre, y se entregaba sin reserva al trato de Alvarez.
La vigilancia de la baronesa y el género de vida
que hasta entonces había hecho, no la permitían salir con frecuencia de su casa completamente sola; pero aprovechaba todas
las ocasiones que se le ofrecían para cambiar unas cuantas palabras con
Alvarez, unas veces ante el escaparate de una tienda elegante, otras en las
alamedas del Retiro, y las más en alguna iglesia donde no fuera muy grande la
concurrencia de fieles.
Tanto atrajo a Enriqueta aquel hombre, cuya
presencia y palabra parecían transportarla a la época más feliz de su vida, que
comenzaba a vigilar con menos cuidado a su idolatrada niña, y a permitir que la
baronesa la tuviera horas enteras en su salón, a pesar de que temía que aquel
pequeño ser fuera víctima de alguna asechanza infame.
Enriqueta recordaba aún con horror aquel período de
su embarazo, durante el cual su hermana y el doctor habían empleado todos los
medios para matar la criatura que llevaba en sus entrañas.
Aquella niña estorbaba a doña Fernanda, y, como
Enriqueta, conociendo los sentimientos de su hermana, sabía de lo que era
capaz, de ahí que temiera que con su hija se repitieran las mismas criminales
tentativas que contra ella.
El vehemente deseo que Alvarez sentía de ver a su
hija, cumplióse por fin una tarde, en que Enriqueta, aprovechando una ausencia
de su hermana, salió en coche con la pasiega encargada del cuidado de la niña.
En el paseo, Alvarez, fingiendo ser un amigo íntimo
de la familia, para no excitar las sospechas de los cocheros y de las
domésticas, saludó a Enriqueta, y después de una conversación sin importancia,
subió al carruaje, tomando en sus brazos la niña, que contemplaba aquel rostro
desconocido con marcada alarma.
¡Cuán dolorosos esfuerzos hubo de hacer aquel padre
para ocultar sus impresiones y no derramar lágrimas de alegría al estrechar la
niña en sus brazos!
Aunque muy torpemente, fingió esa indiferencia
cariñosa propia de las personas que por cortesía acarician niños ajenos; pero
cuando, molestada por el roce de sus recios bigotes, la niña rompió a gimotear,
agitándose furiosa en sus brazos, el infeliz padre estuvo próximo a llorar de
pena.
Parecíale que su hija se negaba a reconocerle, y
sintió impulsos de decirle, en acento de dulce reproche:
—¡Cállate, pequeñuela! ¿No sabes que soy tu padre?
Varias veces vió del mismo modo el emigrado a su
hija, y en todas ocasiones se separó entristecido, pues notaba en
la pequeña María un desvío y una alarma que le causaban daño.
Durante el tiempo que se verificaron aquellas
entrevistas, algunas de las cuales resultaban audaces, pues eran en puntos
donde Enriqueta podía ser fácilmente conocida, la joven señora notó en su
antiguo amante algo que, despertando sus preocupaciones de clase, la llenaba de
terror.
Semanas enteras transcurrían a veces sin que
Enriqueta, que salía muchas veces con la esperanza de ver a Alvarez, que
siempre surgía a su paso como un personaje fantástico, le hallara por parte
alguna.
Después, Esteban, durante muchos días, volvía a
rondar la calle, recatándose de ser visto, y aprovechaba la menor ocasión para
hablar con Enriqueta, y cuando ésta se atrevía a interrogarle sobre aquellas
extrañas ausencias, el conspirador sonreía de un modo feroz y hablaba de
tempestades que estaban próximas.
Enriqueta, a pesar de su inocencia en asuntos
políticos, comprendía que algún suceso grave iba a verificarse, y al pensar en
el peligro que iba a correr Alvarez, la figura de éste se agrandaba de un modo
heroico en su imaginación.
Ella, que por haber oído muchas veces a la escogida
sociedad que reunía su hermana hablar de los furores de la demagogia y del
salvajismo de las turbas, odiaba todo lo que significara revolución, no podía
menos de alterarse al ver al hombre adorado expresándose de un modo tan
terrible; pero la pasión hacía enmudecer todas sus preocupaciones, y Alvarez
era siempre para ella aquel ser que la había revelado la existencia del amor.
Podía ella, escudada en su estado, y recordando sus
deberes, oponerse con tenacidad indomable a aquellas pretensiones atrevidas que
renacían en Alvarez como retoños de la antigua pasión, y que la hacían acoger
con expresión ceñuda todos sus osados avances; pero, a pesar de esto, el
terrible conspirador era el único hombre que moralmente la poseía, y cuya
imagen ocupaba por completo su imaginación.
Mal encuentro.
Se hallaba Esteban Alvarez hacía ya dos horas en la
calle de Atocha, espiando desde alguna distancia la casa de Enriqueta.
Era domingo, habían ya dado las diez de la mañana,
y Alvarez esperaba, confiando en que Enriqueta saldría a misa, sola, como otras
veces, y podría cambiar con ella algunas palabras a la puerta de la iglesia.
Paseaba el conspirador embozado en su capa, para no
llamar la atención, y en una de sus vueltas, que le alejó bastante de casa de
Enriqueta, al desandar lo recorrido y volver hacia su punto de partida, o sea
cerca de la casa de Baselga, vió a pocos pasos, en el centro de la acera, a un
caballero que envolvía en un rico gabán de pieles una obesidad extraña en un
hombre joven.
A aquellas horas en que el Madrid elegante todavía
estaba en la cama, descansando de los placeres de la noche anterior, resultaba
algo raro ver en la calle un personaje tan elegantemente vestido, y tal vez por
esto Alvarez fijó en él su atención.
Parecióle en el primer momento al conspirador
encontrar algo en aquel hombre que le era conocido, y le recordaba algún suceso
del pasado, que él no podía explicarse tan de repente; pero pasado el efecto
que le produjo la primera ojeada, aquella reminiscencia fué desvaneciéndose, y
al cruzarse con el bien portado personaje, ya no notaba en él nada conocido.
No ocurría lo mismo a aquel caballero.
Cuando estaba aún separado de Alvarez por algunos
pasos de distancia, mirábalo con indiferencia, como a un transeúnte
desconocido; pero, al encontrarse junto a él, y fijarse en las facciones de
Alvarez, que en aquel instante dejaba al descubierto el embozo, su rostro
palideció, y toda su persona agitóse con esa conmoción que produce un encuentro
inesperado.
Esta impresión no pasó desapercibida para Alvarez,
que volvió a fijarse en el desconocido, haciendo esfuerzos mentales para
recordar quién era.
Ya había pasado el caballero de las pieles, y se
alejaba, volviendo la espalda, a pesar de lo cual, todavía Alvarez, parado y
con la mirada fija, siguió examinándolo.
Volvió la cabeza un poco el desconocido, para ver
si le miraba Alvarez, y entonces, al presentar su rostro de perfil, fué
reconocido inmediatamente.
Los rasgos típicos de Quirós surgieron a los ojos
de Alvarez, destacándose de aquel rostro grasoso y prematuramente marchito.
Aquel descubrimiento conmovió profundamente al
conspirador.
Era la primera vez que veía a aquel hombre después
de la triste noche en que le conoció, y el recuerdo de su infame traición
surgió inmediatamente en su cerebro.
Aquél era el hombre que le había robado la mujer
amada; el cínico aventurero que ahora gozaba la opulencia conquistada por medio
de sus infamias, y que salía de su casa contento y satisfecho, como un
ciudadano que siente tranquila su conciencia.
Esteban experimentó una repentina indignación, que
rápidamente se apoderaba de él, hasta embriagarlo de rabia, e instintivamente,
sin darse cuenta de lo que hacía, siguió a Quirós, quien había apresurado el
paso al notar que acababa de reconocerle aquel hombre a quien tanto temía.
En la plaza de Antón Martín fué alcanzado por
Esteban, quien se colocó familiarmente a su lado.
Quirós temblaba al sentir a sus espaldas los pasos
de aquel hombre que se acercaba rápidamente; pero al verle a su lado, hizo,
como vulgarmente se dice, de tripas corazón, y asomó a sus labios la más amable
de las sonrisas.
—¿Me conoce usted?—preguntó Alvarez con voz que
enronquecía la ira.
—No tengo el honor...—contestó Quirós, siempre
sonriente, y deseoso de prolongar aquella situación difícil con amables
palabras.
—Pues soy Esteban Alvarez—le interrumpió el
conspirador—. Ya sabe usted que tenemos una antigua cuentecita que saldar y
aprovecho la ocasión de encontrarle. A un canalla como usted hay derecho de
sobra para aplastarlo aquí mismo; pero soy generoso, y le doy tiempo para morir como un caballero. ¿Cuándo estará dispuesto a
romperse el bautismo conmigo?
—Pero, ¡por Dios!, señor Alvarez. ¿Por qué hemos de
reñir dos buenos amigos, como nosotros lo somos? Usted está en un error; no
conoce mis actos, y me toma por algo que yo no soy. Comprendo que usted esté
enfadado conmigo, pero esto es porque no conoce mi verdadera conducta. En el
momento que usted sepa la verdad de cuanto yo hice, me lo agradecerá, y hasta
es posible que se convierta en mi mayor amigo.
Alvarez quedó pasmado ante el cinismo de aquel
hombre.
—¡Cómo, miserable!—dijo indignado—. ¿Qué es lo que
yo te he de agradecer? Me pasma tu sangre fría, ¡gran canalla! Basta de
palabras. O te bates conmigo hoy mismo, o te estrangulo inmediatamente.
—Pero, señor Alvarez, ¡por la sangre de Cristo! No
se sulfure usted ni me trate de un modo que no merezco. Es cierto que yo soy
hoy el esposo de la mujer que usted amaba; pero esto ha sido contra mi
voluntad; a las circunstancias hay que culpar más que a mi persona. Por evitar
compromisos a Enriqueta, y buscando que no apareciera complicada en la causa
que a usted le formaron, creí útil el fingir que era yo su raptor; esto, sin
ninguna intención malvada; después, el mundo, con sus murmuraciones, agravó lo
que yo había hecho, sin proponerme ningún fin determinado, y merced a las
gestiones de respetables personas que querían evitar el escándalo, me vi en la
precisión de optar entre la deshonra de Enriqueta o el darla mi mano. ¿Qué
hubiera usted hecho en mi caso? Lo mismo que yo, indudablemente. Había que
salvar el honor de una mujer, a quien usted no podía devolvérselo, y usted
mismo debía agradecerme este noble sacrificio que hice.
—¡Mientes, miserable falsario!—rugió Alvarez, cada
vez más indignado por el cinismo de aquel hombre—. ¡Con qué facilidad sabes
disimular tus repugnantes traiciones! ¡Cómo intentas justificar tus actos, que
excitan la cólera de toda persona honrada! Tú eras un aventurero hambriento de
poder y de riqueza; pusiste tus ojos en Enriqueta, y aprovechaste una ocasión
suprema para perderme a mí y apoderarte de una pobre joven, para ser dueño de
su fortuna. Te has valido de todo cuanto de malo existe en el mundo para
realizar tus ambiciones. Has sido delator, cobarde, hipócrita y, sobre todo,
embustero; pero te ha llegado ya tu hora, como les
llega a todos los canallas, y te vas a ver conmigo, que he sido la víctima de
tus infamias. Admite este reto con que te honro, o te aplasto aquí mismo.
—Repórtese usted, señor Alvarez; serénese usted y
piense que estamos en la calle, llamando la atención, y que yo no tengo por qué
ocultarme ni estoy interesado en que nadie me conozca.
—¡Aún me insultas!—dijo Alvarez acercando su
rostro, congestionado por la ira, al de Quirós, que estaba cada vez más
pálido—. ¡Aún te atreves a hablar de mi desgraciada situación, que me obliga a
vivir oculto cuando tú eres el autor de mi infortunio!
—¡Yo, señor Alvarez!—exclamó Quirós abriendo sus
ojos cuanto pudo, para demostrar su extrañeza e inocencia—. ¡Yo el culpable de
que usted, por revolucionario, se halle fugitivo y sentenciado a muerte!
—Sí, tú—afirmó Alvarez con energía—. Tú, que fuiste
quien me denunció; tú, que entregaste a la infeliz Tomasa a la Policía,
causando su muerte; que hiciste llegar a manos del Gobierno mis papeles
políticos, por los cuales muchas familias lloran hoy a sus padres, que viven en
presidio, y que has hecho caer sobre mí una sentencia de muerte.
Y Alvarez, al recordar el cúmulo de desgracias que
había producido la traición de aquel hombre, y al verlo ante él, con la
expresión de un hombre feliz y la prosopopeya de un personaje, sintió que su
indignación llegaba al paroxismo, y, sin darse cuenta de lo que hacía, avanzó
sus manos, intentando estrujar aquel cuello grasoso y blanducho, que se hundía
en la solapa de ricas pieles.
Quirós se libró, retrocediendo algunos pasos, y en
sus mejillas pálidas notóse un temblor nervioso.
—Repórtese usted, señor Alvarez. Por interés a
usted se lo advierto: estamos llamando la atención de la gente, y a usted no le
conviene un escándalo en medio de la calle.
El conspirador recobró un poco la calma con esta
observación, y mirando a su alrededor vió parados a pocos pasos de distancia
algunos chicuelos y criadas de servicio, que esperaban con plácida curiosidad
que aquellos dos señoritos se dieran de mojicones.
Esta expectación le hacía correr el peligro de ser
detenido por los agentes de la autoridad, y tal pensamiento bastó para que
inmediatamente fingiera una fría calma, que estaba muy lejos de sentir.
—Es verdad—dijo el ex capitán—; estamos llamando la
atención, y esto no es conveniente. Acabemos pronto.
—Acabemos—dijo Quirós, que estaba más deseoso que
nunca de terminar aquella situación, saliendo escapado inmediatamente.
—¿Dónde ventilamos nuestro asunto?
—Ahora no puedo. Me esperan para una cuestión
política de gran importancia.
—Siento que retardemos el placer que indudablemente
ha de producirnos vernos los dos frente a frente. Sin embargo, me hallo
dispuesto a complacerle, retardando el encuentro. Nos veremos esta noche.
Señale usted punto y hora.
—Pero, señor Alvarez, esto es usurpar la misión de
nuestros respectivos padrinos. Ellos se encargarán de arreglar todos estos
detalles.
—¿Qué está usted diciendo? ¿Cree usted acaso que
vamos a perder un tiempo precioso incomodando a cuatro amigos con el asunto de
nuestras enemistades, que a ellos nada les importan? Quédense los padrinos y
las negociaciones de honor para aquellos lances que son susceptibles de
arreglo; aquí no son necesarios tales preparativos. Uno de nosotros sobra en el
mundo. El asunto no puede ser más sencillo; se trata de ver si un hombre
honrado puede matar noblemente a un pillo a quien podía en este mismo momento estrangular.
Tome usted un revólver esta noche y acuda al sitio que tenga a bien señalar.
—Pero... ¡don Esteban! ¡Eso es brutal! ¡Eso es
salvaje! Los caballeros como nosotros deben arreglar sus cuestiones de un modo
más distinguido. Dígame usted dónde vive, y yo le enviaré mis padrinos.
—¡Ea, basta de farsas! ¿Cree usted que un hombre
fugitivo, como yo, y sentenciado a muerte, está en circunstancias para perder
el tiempo y exhibirse en negociaciones que, por más que ocultáramos, no
tardarían en ser públicas? Yo, fugitivo, oculto y comprometido en importantes
empresas, no dispongo de amigos para mezclarlos en estos asuntos; ni puedo dar
mis señas a un hombre acostumbrado a las delaciones policíacas. ¡Acabemos ya! O
viene usted esta noche a matarse, o le abofeteo y le doy de puntapiés aquí mismo.
Y Alvarez se adelantaba hacia su enemigo, dispuesto
a unir la acción a la palabra.
Quirós, a pesar del miedo que experimentaba, sintió
sublevarse su dignidad ante aquella agresión, y
cobrando valor contestó con cierta firmeza.
—Está bien. ¡Basta ya de insultos! Nos batiremos
como a usted le parezca mejor. Estoy a sus órdenes esta noche.
—¿Punto y hora?
—Si le parece a usted, podríamos reunimos a las
nueve de esta noche, frente a las Caballerizas reales. De allí podemos
dirigirnos a la Casa de Campo, y junto a sus tapias podremos cambiar algunos
tiros, sin temor a que nadie nos estorbe.
—Conforme. Ahora sólo falta que usted me prometa no
olvidar ese compromiso que ahora contrae.
—¡Caballero! ¿Cree usted que yo falto en asuntos de
honor?
—Yo tengo derecho a esperarlo todo del hombre que
me delató, ¡Júreme usted no faltar esta noche a la cita!
—Lo juro—dijo Quirós, que deseaba cuanto antes
terminar aquella conversación, aunque para ello tuviera que aceptar las mayores
humillaciones.
—Está bien. Por su interés le advierto que si usted
falta a su juramento, no será ésta la última vez que nos veremos, y entonces
seré más exigente. Buenos días.
Apenas Alvarez volvió la espalda, Quirós se
apresuró a alejarse.
El diputado ultramontano estaba aún agitado por
aquella débil indignación que le habían producido los insultos de Esteban
Alvarez; pero, conforme se iba alejando, se desvanecía la animación que le
había sostenido momentos antes, y al llegar a la calle de Carretas. Quirós ya
comenzaba a estremecerse, pensando en lo prometido.
El esposo de Enriqueta aterrábase al imaginarse la
posibilidad de que aquella misma noche, en la obscuridad, y junto a una tapia
solitaria, se viera, revólver en mano, frente a Alvarez, que tenía para él la
supremacía del hombre honrado sobre el canalla.
El miedo le aturdía de tal modo, que le hacía
discurrir torpemente.
El no se batiría de aquel modo tan brutal y
desprovisto de probabilidades de arreglo, aunque una legión de hombres como
Alvarez le pateasen las costillas en medio de la calle.
Ante el mundo tenía él, para poner a salvo su
honor, el pretexto de que un personaje de su importancia no podía batirse con un revoltoso, sentenciado a muerte. Esto
encubría perfectamente su cobardía, y aun añadiría a su persona una gran dosis
de dignidad.
Pero apenas aceptaba la consoladora solución de no
acudir a la terrible cita, conmovíase pensando que al día siguiente, al salir
de su casa, volvería a encontrar a aquel enemigo, más amenazante e inflexible
que nunca.
¡Dios santo! ¿Qué iba a hacer? ¿Qué resolución
sería la más acertada?
¡Ah!... Ya lo tenía pensado. Iría inmediatamente a
consultar con el padre Claudio, que estaba tan interesado como él en librarse
de Alvarez, y entre los dos encontrarían el medio más adecuado de suprimir a
tan tenaz e iracundo enemigo.
En demanda de auxilio
El padre Claudio estaba aquel día dado a todos los
diablos, según se decía Quirós al salir de su despacho.
Apenas el diputado cambió con él las primeras
palabras, conoció que algún asunto de gran importancia, y no muy grato,
preocupaba al poderoso jesuíta, hasta el punto de hacerle olvidar aquel
disimulo sonriente, que era en él característico.
El padre Claudio, contra su costumbre, se mostraba
brusco y malhumorado, y tal era su distracción, que se le habían de repetir
muchas veces las mismas palabras para que llegase a fijarse en ellas.
Nunca había visto Quirós en tal estado al reverendo
padre, y no podía comprender que existiesen en el mundo asuntos suficientemente
graves para turbar de tal modo a aquel genio de la intriga, carácter férreo,
creado para salir invencible de las más difíciles luchas.
Sin embargo, aquel disgusto que experimentaba el
poderoso jesuíta, no podía ser más justificado.
Seguía dirigiendo los asuntos de la Orden en
España; era poderoso en el real Palacio, y ninguno
de sus subordinados oponía la menor resistencia a su despótica autoridad; pero,
a pesar de esto, el padre Claudio mostraba cierto azoramiento, y miraba a todas
partes con aire de alarma, presintiendo que en aquella atmósfera de
tranquilidad y sumisión que le rodeaba, existía algo hostil y amenazante, que
no tardaría en condensarse sobre su cabeza, como una nube tempestuosa.
Su fino oído creía percibir los sordos golpes de
ocultos zapadores, que lentamente iban minando su poder, para, en un momento
dado, hacer que le faltase tierra bajo los pies, y hábil para adivinar de dónde
procedía el peligro, así como enterado perfectamente de los procedimientos y
costumbres de la Orden, miraba a Roma, cerebro y centro directivo del
jesuitismo universal.
Allí estaba el peligro, al lado del general de la
Compañía, y apenas se convencía una vez más de que en Roma dirigía aquellos
subterráneos trabajos contra su autoridad, estremecíase de miedo, con la
certeza de que su ruina era segura, teniendo enfrente tan poderosos enemigos.
El padre Claudio repasaba toda su vida, deseoso de
encontrar el motivo que concitaba contra él las superiores iras.
El era en la Orden el personaje más apreciado por
los valiosos trabajos que había llevado a cabo, y recordaba el recibimiento
afectuoso con que siempre había sido acogido en sus viajes a Roma, para
conferenciar con el general.
¿Por qué, pues, aquella guerra sorda e inexorable
que le hacían desde la capital del mundo católico? ¿Conocería acaso el general
sus gigantescas ambiciones y sabría ya los trabajos llevados a cabo por él para
acelerar su muerte y sucederle en la dirección de la Compañía?
Aquel bandido teocrático, incapaz de conmoverse
ante el crimen más horroroso, con tal que le sirviera para la consecución de
sus fines, sentía un miedo sin límites al pensar que en Roma podían conocer sus
planes y ocultas maquinaciones. El había procedido con gran sigilo, hasta el
punto de abandonar procedimientos muy útiles, por temor a que se hicieran
públicos; pero esto no le proporcionaba tranquilidad alguna. Había trabajado en
el seno de la Compañía, y en ésta el espionaje y la delación constituyen las
mayores virtudes. Sabía que la fidelidad y el cariño entre jesuítas eran
absurdos mitos, y tenía el convencimiento de que su
secretario, el padre Antonio, aquel jesuíta al cual tanto había protegido, le
haría traición apenas se le presentara una ocasión favorable.
De aquí su intranquilidad y que se considerase
vencido a todas horas, sin otro apoyo que el que él mismo pudiera
proporcionarse con su diabólico talento, y a merced de las delaciones de
aquellos mismos sacerdotes que comparecían ante él humildes, con la frente
inclinada y los ojos bajos.
El día en que Quirós, después de su encuentro con
Alvarez, se presentó en el despacho del superior de la Orden en España, éste se
encontraba más intranquilo y malhumorado que de costumbre.
Había llegado a Madrid, procedente de Roma, un
jesuíta italiano, el padre Tomás Ferrari, varón de aspecto sencillo y cándido,
pero en quien el experto ojo del padre Claudio adivinó inmediatamente lo que se
llama un pájaro de cuenta.
Había estado ejerciendo sus funciones durante
muchos años en la secretaría del generalato, y llegaba a Madrid, según las
órdenes del supremo director de la Orden, desterrado por ciertos pecadillos;
pero el padre Claudio sabía bien el grado de credulidad con que debía acoger
tales manifestaciones.
El jesuíta italiano hablaba el español con bastante
corrección, y sin otro defecto que su acento; y Madrid no era el punto más
indicado para desterrar a un subordinado infiel. Pensando en esto, adivinaba a
lo que aquel hombre venía a Madrid, y aunque lo trataba con paternal
benignidad, no le perdía de vista, y en la casa-residencia tenía algunos
jesuítas fieles, que lo vigilaban de cerca.
Pensaba el padre Claudio sondear hábilmente su
ánimo, con el intento de adivinar sus propósitos; pero, por adelantado, se
prometía una derrota, pues comprendía que aquel italiano no era hombre capaz de
dejarse sorprender.
El hábil intrigante reconocía a su cofrade, bajo la
máscara hipócrita de mansedumbre y humildad con que se ocultaba el taimado
italiano.
Preocupado estaba el padre Claudio con las
reflexiones que le sugería la inesperada llegada del padre Tomás a Madrid,
cuando entró en su despacho su protegido Quirós.
Su aspecto azorado y la palidez de su rostro llamó
inmediatamente la atención del jesuíta, quien con una mirada pareció preguntar
a su discípulo lo que le ocurría.
—Reverendo padre—dijo el diputado con
precipitación—, ya tenemos aquí otra vez a ése.
—¡Ah!—contestó el jesuíta con displicencia—. ¿Y
quién es ése?
—¿Quién ha de ser? Esteban Alvarez, ese
descamisado, enemigo de Dios y de los reyes, que se encuentra en Madrid, sin
temor a la sentencia terrible que pesa sobre él.
Quirós esperaba que aquella noticia produciría
honda sensación en el padre Claudio, y por esto su sorpresa fué grande cuando
vió que la recibía sin pestañear y con una desesperante frialdad.
—Bueno, pues que esté en Madrid cuanto guste—dijo
el jesuíta con acento despreciativo—. Poco me importa su suerte, y, además,
bastante le ha castigado Dios convirtiéndolo en fugitivo sentenciado a muerte,
para que nosotros volvamos a ocuparnos de él.
La llegada del padre Tomás era lo que preocupaba al
jesuíta, y pensando en sus asuntos íntimos, todo lo demás le tenía sin cuidado.
—¡Pero qué tranquilo está usted, reverendo padre!
¡Parece mentira que conserve esa flema! ¿No recuerda usted lo terrible que es
el tal personaje, y el interés que usted tenía en otro tiempo en anularlo para
siempre?
—Sí, sí; lo recuerdo—contestó el jesuíta bastante
distraído—; pero ahora me tiene sin cuidado la tal persona. Vaya, Joaquinito,
deje usted en paz a ese infeliz, y pasemos a hablar de otra cosa, si es que
usted quiere algo de mí.
—¡Pero, reverendo padre! ¡Dejar en paz a ese
demagogo! ¡A ese energúmeno! Yo bien lo dejaría tranquilo, pero sería con tal
que él no se acordase de mí. Mas lo terrible es que él, a pesar de estar caído,
nos busca camorra, y dice que no ha de descansar hasta que consiga vengarse de
los que le han conducido a tan triste situación. ¡Si usted supiera lo que acaba
de sucederme! Lo encontré en la misma calle de Atocha, me abordó..., y aquello
fué escandaloso.
Y Quirós comenzó a relatar con lenguaje animado a
su poderoso protector todo lo ocurrido, cuidando de disimular el miedo que
sintió al hablar con Alvarez, y adornando con algunas mentiras su relación, con
el objeto de hacer creer al jesuíta en un valor que había estado muy lejos de
demostrar.
El padre Claudio, al oír a Quirós, se había
interesado algo, desapareciendo en él la anterior distracción.
—En resumen—dijo, cuando el diputado cesó de
hablar—, que Alvarez desea vengarse de las perrerías que usted hizo para
casarse con Enriqueta, y que le esperará esta noche con la intención de meterle
una bala en el cráneo.
—Eso es. ¿Qué le parece a usted que debo hacer?
—Asistir a la cita—contestó el padre Claudio con
cierta sorna—. Es lo propio en un caballero.
—Pero, padre Claudio: ¿cree usted que así puedo yo
exponer mi vida, ni más ni menos que porque se le ocurra matarme a un demagogo,
furioso por ciertos actos que ya no tienen remedio? Cualquiera, al oírle hablar
a usted de ese modo, creería que tiene ganas de librarse de mí, y que aprovecha
la ocasión.
Quirós había adivinado el pensamiento del padre
Claudio, y éste que, preocupado por sus asuntos dentro de la Orden, olvidaba el
disimulo, contestó con brutalidad:
—Tal vez acierta usted.
—Sí, ¿eh?—exclamó el diputado, indignado por
aquella ruda franqueza—. Pues en justa reciprocidad, también se me puede
ocurrir el librarme de un protector tan enojoso como lo es vuestra paternidad
en ciertas ocasiones, y, para ello, tal vez no tenga más que decir a ese
energúmeno toda la verdad, o sea que, si yo lo delaté al Gobierno, fué por
mandato del reverendo padre Claudio, de la Compañía de Jesús.
El jesuíta no se inmutó, limitándose a contestar
con desprecio:
—¡Bah! Estoy yo demasiado alto para que llegue
hasta mí la mano vengativa de ese sujeto.
—No hay enemigo pequeño. Más altos que vuestra
paternidad están los reyes, y, sin embargo, muchas veces ha llegado hasta ellos
la bala de una pistola.
El padre Claudio volvió a hacer un gesto de
desprecio.
—No sea usted tan altivo y confiado—continuó
Quirós—. Yo sé bien lo ocurrido entre usted y Alvarez, y tengo el
convencimiento de que el hombre que en medio de la plaza de Oriente estuvo a
punto de abofetearle, no vacilará en tratarlo de un modo más terrible así que
se convenza de que a usted debe todas sus desgracias y de que yo sólo he sido
un ejecutor de todos sus mandatos. Si a usted le parece bien, haremos la
prueba, revelando yo al tal Alvarez la
participación que usted tuvo en todo cuanto le ocurrió.
El padre Claudio permaneció en apariencia
inmutable; pero Quirós comprendió que sus palabras le habían producido alguna
mella, cuando, poco después, le oyó expresarse de este modo, con acento
fingidamente burlón:
—¡Pero qué farsante es usted! ¡Cómo exagera las
cosas cuando se cree en peligro y ve en estado crítico la integridad de su
persona! ¡A qué hablar tanto! ¿Tiene usted miedo a Alvarez? ¿Quiere usted no
verse frente a él pistola en mano? Conforme; por ahí debía haber empezado. Teme
usted a ese enemigo y viene a buscar una ayuda, que yo no le puedo negar.
Quirós, conociendo que el jesuíta, por la
solidaridad que entre ambos existía, estaba dispuesto a ayudarle, y seguro ya
de su valioso apoyo, intentó echarlas de valiente, protestando contra aquella
opinión de cobardía en que le tenía el padre Claudio; pero éste le impidió
seguir adelante, diciéndole con la misma brusquedad de antes:
—Tonterías aparte, amigo Quirós: tiene usted miedo,
y no es necesario que se extreme en demostrarme lo que no es verdad. Por eso
mismo que lo veo tan apocado, me decido a prestarle mi auxilio.
—Es que usted también está interesado en librarse
de ese hombre.
El padre Claudio sonrió con expresión tan cínica
como feroz.
—¡Bah! Si yo no vistiera esta sotana y fuese lo que
usted es, ya sabría librarme por mi propia mano de un hombre que me estorbara,
sin necesidad de implorar la ayuda de nadie.
Y al hablar así, había tal expresión en el rostro
del jesuíta, que se adivinaba cómo, a pesar de sus años, era capaz aquel
perfumado bandido de cometer los más horripilantes actos sin el menor
remordimiento.
Quirós, que una vez más comprendía la superioridad
de aquel hombre, nacido para el mal, se abstuvo de reclamaciones y
fingimientos.
—Tranquilícese usted—continuó el jesuíta—, que yo
le libraré esta misma noche de ese enemigo que le ha salido. Además,
prestaremos un gran servicio al Gobierno y a la causa del orden. La aparición
de ese hombre en Madrid, nada bueno indica.
—Eso mismo he pensado yo. Alvarez debe haber
entrado en España para hacer algún trabajo
revolucionario.
—El general Prim, después del levantamiento
fracasado que le obligó a refugiarse en Portugal, conspira desde París con los
militares emigrados, y nos prepara otra insurrección. El Gobierno está sobre la
pista, y, prendiendo a un agente revolucionario tan acreditado como Alvarez,
tal vez se descubra todo el plan.
—Haga usted, pues, que lo prendan, padre Claudio, y
así me evitaré yo otro abordaje como el de hoy.
—Pero, ¿dónde está, criatura? ¿Dónde está ese
hombre, para que la Policía pudiera echarle el guante? Usted no sabe dónde se
oculta, y hay que aprovechar la cita de esta noche para prenderle. Yo creo
conocer su carácter, y tengo la seguridad de que no dejará de acudir al punto
citado y a la misma hora fijada por usted.
—¿Qué es, pues, lo que usted me aconseja que haga?
—Usted debe estar esta noche frente a las
Caballerizas Reales a la hora indicada, y allí aguardar la llegada de Alvarez.
Sin mostrar miedo alguno le recibirá usted, diciendo que está dispuesto a ir
junto a las tapias de la Casa de Campo, y, ¡no tema usted!, pues antes de
emprender la marcha, ya caerá sobre él la Policía, que estará oculta en las
inmediaciones. Yo me encargo de que el gobernador envíe allí esta noche los más
listos de sus agentes.
A Quirós no le agradaba la combinación.
—Mire usted, padre. Francamente, no me gusta eso de
que tenga yo que desempeñar siempre los más odiosos papeles, y repugnante
resulta el que en mis propias barbas prendan a un hombre que acude a un punto
citado por mí. Eso es proceder del mismo modo que un traidor de melodrama.
—¡Vaya unos escrúpulos! Está usted hecho un diablo
predicador, y, desde que es rico y aspira a convertirse en personaje político,
todo le parece denigrante y poco digno.
—Yo lo que quisiera es no mezclarme en el asunto,
tanto más cuanto que mi presencia no es necesaria. ¿No podía estar la Policía
oculta, y al ver llegar a Alvarez, buscándome en vano por el lugar indicado,
arrojarse sobre él?
—Eso estaría muy bien si la Policía conociera a
Alvarez; pero, aunque su nombre sea conocido por todos los agentes del
gobernador, como temible revolucionario, no hay uno solo que sepa cómo es él
personalmente.
—Eso no basta, y con ellas podría la Policía
equivocarse y prender a otro individuo, al primer transeunte que se le
ocurriera detenerse en la calle de Bailén, frente a las Caballerizas. Total,
que por un necio escrúpulo de usted, daríamos un golpe en vago, del que mañana
hablaría la prensa de oposición, y advertiríamos a Alvarez, el cual se pondría
en salvo.
Quirós pareció convencido.
—¡Bien! ¡Conforme, reverendo padre! Lo que usted
quiera. Vuestra reverencia siempre hace de mí lo que mejor le parece, y me
maneja como a un niño. Estaré en la calle de Bailén a la hora indicada. Usted
se encargará de enviar la Policía, ¿no es eso?
—Sí, señor. Esté usted tranquilo, que antes de que
ustedes se dirijan hacia la Casa de Campo, apenas la Policía vea a usted
hablando con Alvarez, se arrojará sobre éste, maniatándole, para que no se
escape ni se defienda.
El diputado ultramontano manifestóse muy alegre por
aquella solución, que evitaba todo peligro para su vida y le libraba de un
temible enemigo; pero, de pronto, sus ojuelos brillaron con cierta malicia, y
se rascó su colgante y grasosa sotabarba con expresión de incertidumbre.
Miró fijamente al padre Claudio, y después dijo con
lentitud:
—Reverendo padre: hablemos claro. ¿Es seguro que la
Policía vendrá esta noche?
El jesuíta extrañó mucho la pregunta.
—¿Y por qué no ha de ir? Yo en persona iré a hablar
con el gobernador. Me extrañan sus palabras.
—Tengo bastante memoria y recuerdo la franqueza con
que me habló usted hace poco. A vuestra paternidad no le parecería mal el
librarse de mí, y sería una jugada bonita el dejarme solo esta noche en poder
de ese bruto de Alvarez, para que me espachurrara sin compasión. Sería un golpe
que haría honor a la travesura de vuestra reverencia.
—¡Bah! Es usted un malicioso sin objeto. Yo nunca
empleo tales procedimientos para librarme de mis enemigos, y si usted me
estorbase realmente, crea que no me faltarían medios mejores para anularlo.
Vaya usted tranquilo esta noche, que yo no faltaré. Lo que dije antes fué
solamente un arranque propio del mal humor que hoy me domina. Aunque usted no
quiera creerlo, le aprecio a usted, por lo mismo
que lo necesito, y aún podemos hacer muchas cosas juntos.
Poco después, Quirós, ya más tranquilizado, salía
de la casa del padre Claudio.
Creía que éste cumpliría su palabra por estar tan
interesado como él en librarse de Alvarez.
¿Y si lo engañaba? ¿Y si no acudía la Policía, y
él, cumpliendo su palabra, se veía obligado a ir hasta la Casa de Campo para
cambiar algunos tiros?
Todo menos eso. Estaba él dispuesto a todo antes
que a ponerse en tan apurado trance, y con tal de no verse ante el revólver de
Alvarez, se creía capaz de echar a correr así que se convenciera de que su
protector no había preparado una Policía providencial que cortase el lance,
llevándose preso al temible revolucionario.
La abnegación de Perico
Comenzaba el crepúsculo a dejar flotante su manto
de sombras, y todavía don Esteban Alvarez, junto a la abierta ventana, escribía
sobre una mesilla cuyo tablero estaba manchado de tinta y de grasa.
La habitación era tan modesta, que le faltaba poco
para ser una mísera buhardilla.
No había encontrado el conspirador asilo más seguro
que aquella habitación, perteneciente a la vivienda de un pobre obrero,
entusiasta por las ideas avanzadas y comprometido en cuantos movimientos
revolucionarios se preparaban en Madrid.
Aquel pobre carpintero y su familia afanábanse por
servir al fugitivo capitán, y lo ocultaban con tanto cuidado como si se tratase
de un tesoro.
Cada una de las salidas que hacía Alvarez, producía
hondo disgusto al dueño de la casa, que temía que fuese el militar reconocido
por la Policía. El entusiasta obrero hablaba de
esto a Perico con la esperanza de que éste obligase a su amo a ser más
prudente.
En dicha tarde, por ser día de fiesta, había salido
el carpintero con su familia a dar un paseo, como la mayoría de los vecinos que
ocupaban aquella calle de la Ronda, y Alvarez se había quedado en la casa
acompañado de su fiel asistente.
Hacía ya más de una hora que escribía, teniendo a
la vista gran número de papeles, y Perico le contemplaba, observando un
respetuoso silencio, pues conocía bien el significado de aquellos trabajos.
El antiguo asistente había cambiado mucho. Ya no
era aquel mocetón aragonés, tan rudo en el carácter como en presencia, pues su
estancia en París había obrado en él grandes modificaciones.
En la gran metrópoli francesa habíase visto
obligado a desempeñar varios oficios, para atender a su subsistencia y muchas
veces a la de su amo, y el trato continuo con gentes de esmerada cultura, había
ido limando poco a poco las asperezas de su carácter, revestido de virginal
rudeza.
Hasta su exterior se había modificado mucho, y en
la actualidad era un muchacho de agradable aspecto, que vestía con esa
distinción propia de los domésticos extranjeros. Su rostro, antes curtido y de
rasgos sobradamente enérgicos, estaba ahora atenuado por las sombras de una
barba fina y escrupulosamente cuidada.
Se encontraba, como ya hemos dicho, el fiel criado
observando cómo su amo, a pesar de las sombras que invadían la habitación,
seguía trabajando en aquellos papeles revolucionarios, y, sentado en una silla
desvencijada, seguía atentamente todos los movimientos de su señor, con la
misma fruición del que contempla al ser amado.
Al ver que la oscuridad se hacía cada vez más
densa, y que Alvarez seguía escribiendo casi a tientas, sin darse cuenta de lo
que le rodeaba, salió Perico de la habitación, y, poco después, volvió trayendo
una palmatoria con una vela de sebo encendida, la cual colocó sobre la mesa,
procurando no distraer a su amo.
El capitán pareció volver en sí al sentir el roce
de su asistente y le habló con aquel acento breve e imperioso que le era
peculiar, y que al muchacho aragonés le parecía el más cariñoso del mundo:
—Perico, todos estos papeles los guardarás
inmediatamente.
El aragonés pareció extrañar aquella orden. Claro
era que debían guardarse con cuidado aquellos documentos tan comprometedores.
Pero, acostumbrado a obedecer ciegamente a su señor, se abstuvo de hacer la
menor objeción.
—Los guardarás, como te digo—continuó Alvarez—; y
por toda esta noche permanecerás en casa. Si mañana al amanecer no he vuelto,
los llevarás a la redacción de “La Iberia”, para entregarlos al director del
periódico, un señor cuyo apellido es Sagasta.
Perico acogía las órdenes de su superior con
señales de obediencia; pero aquello de que su amo podía no volver a la mañana
siguiente, causábale cierta inquietud.
Deseaba hacer una pregunta para desentrañar aquel
misterio; pero únicamente se atrevió a preguntar a su amo si deseaba alguna
otra cosa.
—Nada más. Recoge estos papeles inmediatamente,
guárdalos en lugar seguro, y ya sabes mis órdenes. Si mañana amanece sin que yo
esté aquí, entrégalos al director de “La Iberia”, que es de la confianza del
general Prim. Yo voy a marcharme ahora mismo.
El asistente se mostró aún más alarmado e indeciso
que antes, y, por fin, haciendo un supremo esfuerzo, como si rompiese una
barrera gigantesca que se opusiera a su paso, preguntó a Alvarez con expresión
humilde:
—Señor, ¿me permite usted una pregunta?
El capitán miró con sorpresa a su asistente, al ver
que, por fin, una vez se atrevía a preguntarle, y con un gesto le indicó que
podía hablar.
—Ya sabe usted, mi capitán, que nunca me he tomado
la menor libertad, que pudiera interpretarse como falta de respeto, ni me he
atrevido a preguntarle jamás lo que pensaba hacer. Me he limitado a obedecerle
y a seguirle a todas partes, y así seré en todas cuantas ocasiones se
presenten.
—¡Bien! ¡Adelante! Haz la pregunta pronto y déjate
de rodeos.
—Pues bien, mi capitán. Quisiera saber adónde va
usted esta noche, y porqué cree que es posible que mañana no se halle aquí.
Esto no me parece muy tranquilizador, y como usted es la única persona que
tengo en el mundo...
Y Perico, profundamente conmovido, terminaba su
oración con un gesto de dulce humildad, con el cual parecía pedir
perdón por su atrevimiento, y solicitar de su señor la revelación del peligro
que, indudablemente, iba a arrostrar en aquella noche.
Alvarez, que al principio había escuchado con
expresión ceñuda las palabras de su asistente, se humanizó al ver de un modo
tan patente el inmenso cariño que le profesaba.
—No hay motivo para asustarse, muchacho—dijo el
conspirador, intentando dar a sus palabras una expresión alegre—. Voy esta
noche a cambiar unos cuantos tiros con un canalla, y como uno de los dos ha de
quedar allí, y nadie está exento de sufrir una desgracia, de ahí que te haya
hecho el anterior encargo.
No era la primera vez que Perico veía partir a su
amo para ir a exponer su vida en un duelo; en dos distintas ocasiones había
tenido Alvarez iguales lances en París; pero, a pesar de esto, en la presente
circunstancia, el fiel aragonés sentía mayor alarma, como si su instinto le
anunciase un inmediato peligro.
—Pero, mi capitán—dijo con tono de reconvención
respetuosa—: ¿ha pensado usted en la situación en que estamos? Usted no se
pertenece y tiene graves compromisos con el general, que está allá, confiando
en sus servicios. Un hombre, en la situación que usted se encuentra, no debe
mezclarse en esos llamados lances de honor.
—¡Bah! Saldré con fortuna de él, como he salido de
otros; tengo la seguridad de ello, y sólo por una prudente medida de precaución
te he hecho el encargo antes.
Perico calló, pero aún manifestaba deseos de seguir
preguntando, por lo que le habló así su amo, el cual se reía de su confusa
actitud:
—¿Qué más quieres saber?
—Lo que quisiera es que usted me permitiese asistir
a ese encuentro.
—¡Imposible! El lance ha de ser sin testigos. He
sido yo mismo el que he obligado a mi enemigo a aceptar esta condición.
—Pues al menos, dígame usted quién es el hombre con
el que va a luchar.
—¿Para qué quieres saberlo? Bástete saber que tú no
eres ajeno a la cuestión, y que al meterle a ese hombre una bala en la cabeza,
tal vez te vengo a ti.
Perico quedó pensativo al escuchar estas palabras,
y, poco después, sonrió con satisfecha expresión.
—Me parece que sé quién es ese hombre.
—¿De veras? Haría honor a tu penetración el haberlo
adivinado.
—Indudablemente, ha tenido usted una cuestión con
aquel pillete, que es causa de nuestras desgracias y de la muerte de mi pobre
tía.
Alvarez no pudo desmentir la apreciación de su
asistente, y se limitó a decir:
—¿No te parece que tengo motivos de sobra para
matar a ese pillete, como tú dices?
—Sí, mi capitán. Vaya usted a castigar a ese
malvado, y crea que siento no encontrarme en situación para poder hacer lo
mismo.
Después de una breve pausa, continuó el asistente:
—Tengo la seguridad de que volverá usted mañana
antes del amanecer. Indudablemente, debe existir algo tejas arriba, que
castigue a los pillos y proteja a los hombres de bien, pues, de lo contrario,
sería imposible la vida en este mundo. No me cabe la menor duda: usted matará a
ese canalla.
Estas palabras halagaban a Alvarez, quien,
entretanto, arreglaba los papeles en un paquete, para que los guardase su
asistente, y después examinaba un revólver americano que había sacado del cajón
de la mesilla.
—Permítame usted otra pregunta, capitán, ya que tan
tolerante es conmigo. ¿Dónde va usted a encontrar a ese hombre?
—Frente a las Caballerizas Reales.
—No se batirán ustedes allí, por supuesto.
—No; iremos a matarnos junto a las tapias de la
Casa de Campo. Así lo hemos convenido Quirós y yo.
—¿Y es ese señor quien ha marcado el punto y la
hora?
—Sí; he dejado este asunto a su elección.
¡Miserable canalla! ¡Y cuán cobarde es! Apenas si el temblor le dejaba hablar
en mi presencia.
Perico quedóse pensativo, y por fin, dijo con
convicción:
—Mi capitán, ríñame usted cuanto quiera, dígame
bruto e imbécil; pero le aseguro a usted que hará muy mal si acude a esa cita.
—¿Y por qué no he de acudir? ¿Un hombre como yo va
a dejar que un Quirós pueda el día de mañana tacharle de cobarde, por no haber
acudido a una cita?
—Ese Quirós es un pillo redomado, que no debe tener
muchas ganas de verse otra vez frente a usted, y que, además, está
acostumbrado a librarse de un enemigo por medio de la delación. ¿Qué cosa más
fácil para él que librarse de un hombre que le amenaza de muerte, y que es
buscado por la Policía como prófugo y sentenciado a la última pena? Usted es
muy cándido, mi capitán, y cree que todos proceden como usted, con idéntica
nobleza. No me cabe duda alguna; me lo dicta el corazón. A estas horas ese
Quirós le ha delatado a usted a la Policía, que tiene ya armada la trampa para
cogerlo entre sus garras.
Estas afirmaciones de Perico produjeron gran
confusión en el capitán.
Su carácter, noble y resuelto, incapaz de imaginar
la menor traición, no había podido abrigar tales sospechas; pero las palabras
de su asistente tenían tal tinte de verosimilitud, que comenzó a recelar algo
malo en aquella cita de honor a la que iba a asistir.
Pero no tardó su carácter caballeresco en rebelarse
contra lo que le dictaba su instinto de conservación.
—Tal vez sea Quirós tan traidor como tú lo pintas;
pero, a pesar de todo, no faltaré a la cita.
—Pero es una locura, mi capitán. No hay hombre en
el mundo, por valiente que sea, que se presente solo y confiado en un punto
donde sabe le aguarda la traición para hacerlo su víctima. Usted no debe
asistir a la cita, y aunque me insulte y me golpee, yo me opondré a ello. ¡Don
Esteban! ¡Señorito! ¡Amo mío! Máteme usted, acabe conmigo, y únicamente así
podré consentir que vaya adonde le ha citado ese granuja, digno de la horca.
Y el pobre muchacho decía estas palabras casi
llorando, y en actitud suplicante, avanzando sus manos como para impedir que se
moviera su señor.
Perico agotó todos los argumentos que en poco rato
pudo proporcionarle su cerebro, para decidir al capitán a que no acudiese a la
cita.
La traición era clara. Aquel hombre infame le tenía
miedo, y nada más fácil para uno de su clase que una delación, tanto más cuanto
que sabía que Alvarez era muy buscado por la Policía. Y si por un falso
sentimiento de honor, y presintiendo lo que iba a ocurrirle, acudía a la cita,
y la Policía le apresaba, ¿cuál iba a ser la suerte de los preparativos
revolucionarios? ¿No produciría una terrible impresión en los conspiradores ver
en poder de la autoridad al poseedor de todos los secretos de la insurrección?
Además, el general Prim le había enviado a Madrid
como hombre de confianza, para que preparase un movimiento revolucionario y no
para comprometerse en asuntos particulares, dejándose arrastrar por una
quijotada de su carácter, que podía terminar en desastrosa prisión primeramente
y después en el cadalso.
Alvarez mostrábase convencido de la verdad que
encerraban las palabras de su asistente; pero, a pesar de esto, seguía
obsesionado por aquella idea que Perico calificaba de quijotesca.
—¿Y si no existiera esa traición que tú supones? ¿Y
si Quirós asistiera a la cita completamente solo, y con la intención de batirse
noblemente conmigo? Comprende en qué situación tan terriblemente desairada
quedaría yo en tal caso... No te opongas, Perico. Forzosamente he de asistir a
esa cita. Lo exige mi honor, y no faltaré.
El asistente, que conocía perfectamente la
tenacidad de su superior, al escuchar estas palabras se convenció de que era
inútil insistir en impedirle la salida, y mudó inmediatamente de actitud.
—Puesto que usted se empeña, acuda a la cita, aun
sabiendo que va a ser víctima de la traición; pero, al menos, permítame, señor,
que yo le acompañe.
—¿Para qué?
—Para evitar en lo posible las malas artes de ese
canalla.
—Imposible. Quirós irá solo, y nadie, por tanto,
debe acompañarme. El lance es entre los dos; ninguna persona extraña debe
mezclarse, y si yo te llevara conmigo, es indudable que si, por desgracia, me
tocara caer a mí, ese miserable tendría luego que batirse contigo, y eso no lo
juzgo digno.
—Bien pudiera suceder así—dijo el asistente con
malicia—; pero yo le prometo a usted no mezclarme para nada en el duelo. Yo
solicito acompañarle con distinto objeto.
—¿Qué es lo que deseas?
—Quiero ir con usted, desempeñando el mismo papel
que las descubiertas en campaña. Déjeme acompañado hasta el lugar donde le
espera ese hombre, y si allí me convenzo de que realmente es él sólo quien
aguarda, y de que no existe apostada gente dispuesta a caer sobre usted,
entonces le prometo retirarme, esperando con la consiguiente intranquilidad el
fin del lance.
—¿Me negará usted esto que le pido?—se apresuró a
decir el fiel muchacho—. ¿No merezco, por el interés y fidelidad con que
siempre le he servido, que usted me permita el acompañarle?
Alvarez estaba conmovido por aquellas muestras de
cariño que le daba su asistente; pero, a pesar de esto, no pareció dispuesto a
concederle el permiso solicitado con tanto ahinco.
—Pero, muchacho—dijo el capitán—: tú estás loco y
no piensas que si, efectivamente, ese hombre prepara una traición, el resultado
será más desastroso acompañándome tú. Los dos seremos entonces cogidos por la
Policía, y a la causa revolucionaria conviene que, por lo menos, quedes tú
libre, pues de lo contrario se perderían esos papeles, cuya importancia ya
conoces.
El asistente sonrió con expresión de confianza:
—¡Quiá, mi capitán! Yendo yo con usted no hay
cuidado de que a ninguno de los dos le agarre la Policía. Déjeme usted que le
acompañe y, aunque sólo sea por una vez, permítame que le ordene lo que debe
hacerse. Yo salgo garante del éxito.
Transcurrió más de media hora importunando Perico
con fervientes súplicas a su amo, y éste sin querer ceder; hasta que por fin,
Alvarez, cansado sin duda de la tenacidad de su fiel servidor, o pesaroso de
negarle aquel favor que tan cariñosamente le pedía, se decidió a darle el
anhelado permiso.
Perico dió muestras de la mayor satisfacción ante
la conformidad de su amo.
—Ahora va usted seguro. Usted es demasiado valiente
y confiado, y esto es lo que le pierde. Déjese guiar por mí, pues el mundo, con
todas sus perrerías, me ha enseñado a ser malicioso, y tenga la seguridad de
que si ese hombre le ha preparado alguna encerrona, va a quedar chasqueado. Yo
me encargo de ver por mí mismo lo que ese señor Quirós tenga dispuesto, y le
avisaré si existe algún peligro.
Alvarez guardó su revólver en el bolsillo del
pantalón envolviéndose después en su capa, y Perico se vistió un hermoso paletó
azul, prenda que constituía su orgullo, y que era producto de sus ahorros en
París.
Poco después salieron amo y criado de la casa, con
gran alarma del obrero revolucionario y su familia, que, vueltos ya de su
paseo, estaban en el taller, situado en la planta baja.
El fracaso de Quirós.
Aquella noche había gran función en el teatro Real,
y por todas las calles principales afluían a la plaza de Oriente lujosos
carruajes, en cuyo interior iban las más encopetadas familias de la
aristocracia madrileña.
En las puertas del célebre coliseo agolpábase gran
gentío, y los agentes de Policía se afanaban en establecer un turno riguroso en
la numerosa fila de carruajes que, lentamente, avanzaba hacia el vestíbulo,
para depositar en él sus elegantes cargamentos.
Contrastaba el bullicio, la animación y la luz que
existían en los alrededores del aristocrático coliseo, con la soledad, la
sombra y la quietud que reinaban en el resto de la plaza.
Alrededor del jardincillo, y en torno del cinturón
de estatuas, sólo se destacaba alguna que otra sombra, que marchaba veloz hacia
el teatro, o permanecía inmóvil, en actitud sospechosa; y frente al Real
Palacio, bajo los grandes faroles, paseaban cadenciosamente, y con el fusil al
brazo, los centinelas, y, de vez en cuando, haciendo retemblar el empedrado
bajo las resonantes herraduras, transcurrían veloces los jinetes encargados de
la ronda por las cercanías del regio Alcázar.
La noche era bastante apacible, para ser de
invierno, y únicamente el vientecillo helado que enviaba el Guadarrama hacía
incómodo el permanecer al raso paseando sobre aquel empedrado, que parecía
sudar frío.
A aquella hora llamaba la atención de los escasos
transeúntes que pasaban por la calle de Bailén, un caballero que paseaba con
lentitud por la acera existente a lo largo de las reales Caballerizas.
Era el diputado don Joaquín Quirós.
Tan confiado estaba en la promesa del padre
Claudio, que, no queriendo perder la función de aquella noche en el Real, se
había vestido con traje de etiqueta, que ocultaba su rico gabán de pieles.
El asunto era para él muy sencillo. Dentro de poco
rato llegaría el temible Alvarez; le entretendría él diciendo que estaba
dispuesto a ir al lugar del combate, aunque retardando en lo posible el momento
de la partida; llegaría, mientras tanto, la Policía, se apoderaría por sorpresa
del conspirador y él iría tranquilamente a oír la ópera y a visitar en su palco
a una duquesa, muy religiosa y todavía apetecible, con la cual estaba próximo a
entrar en relaciones.
Era tan cómodo y fácil aquel sistema de librarse de
un temible enemigo, que apenas si impresionaba a Quirós, el cual estaba
esperando que llegase cuanto antes Alvarez, para terminar el asunto, y entrar
en el teatro.
Cuando llegó a la plaza y comenzó a pasearse por el
lugar que él mismo había indicado, no pudo evitar una impresión de miedo, al
ver lo desierta que estaba la calle de Bailén y el trozo de plaza que desde
ella se veía.
Quirós, predispuesto siempre a imaginarse lo más
malo, no tardó en pensar que el padre Claudio se había olvidado de avisar a la
Policía, o que, intencionadamente, le dejaba desamparado en aquel punto
peligroso, para que Alvarez saciase en él su afán de venganza.
Esta última consideración le produjo tal pavor, que
estuvo a punto de huir, como si ya viera apuntando a su pecho el revólver de
Alvarez; pero, afortunadamente para el prestigio valeroso del reaccionario
diputado, pronto vió algo que fué devolviéndole una parte de su perdida
tranquilidad.
Varias veces destacáronse en la embocadura de la
calle, por la parte de Palacio, algunos hombres, que, por fin, desaparecieron,
como si se hubieran emboscado en la sombra que existía en las inmediaciones del
regio alcázar.
Aquellos hombres debían ser la Policía, y Quirós,
seguro ya del auxilio, continuó su paseo con el aplomo y la confianza de un
héroe, seguro de sus fuerzas.
Oyó pisadas tras él y se apartó, apoyándose en la
pared de las Caballerizas, para dejar paso franco a un embozado, que llevaba
sombrero de copa alta.
—Espere usted tranquilamente, don Joaquín—dijo el
embozado, sin detenerse—. Tengo ahí mi gente, y no tardaremos en aparecer, así
que el pájaro se presente.
Quirós reconoció en aquel hombre que se alejaba a
un comisario de Policía que gozaba de cierta celebridad, por ser el esbirro a
quien todos los Gobiernos reaccionarios encargaban la persecución de los
delincuentes políticos.
La tranquilidad que desde entonces gozó el diputado
fué completa, y, a pesar de aquella soledad que le rodeaba, se sintió seguro y
omnipotente, como si en la sombra tuviera ejércitos enteros dispuestos a acudir
en su auxilio al menor llamamiento.
Sonaron horas en el reloj de Palacio, y antes que
Quirós acabara de contarlas, se detuvo al ver que por el lado de la plaza de
San Marcial avanzaba un hombre de buen aspecto, que vestía un largo gabán.
Examinólo atentamente el diputado, y, cuando lo
tuvo cerca, convencióse de que no era Alvarez, por lo cual se apartó para
dejarle franco el paso; pero, con gran extrañeza, vió que aquel desconocido se
dirigía rectamente a él.
Quirós, temiendo que un importuno viniera a
estorbar su asunto, intentó evadirse, pasando a la otra acera; pero antes de
que pusiera el pie en el arroyo, ya tenía a su lado a aquel hombre.
Tuvo entonces que mirarlo, y vió que era un hombre
joven, de rostro enérgico, que acercó su boca para hablarle, lanzándole a las
narices su resuello, que olía a vino.
Parecióle a Quirós un extranjero importuno,
perturbado por el alcohol madrileño y dispuesto a incomodar con sus palabras al
primer transeúnte que encontrase.
—“Cabagerro”...—dijo tartamudeando, y con
pronunciación extranjera y dificultosa—. “Decirme osté ou est la Port del Sol.”
Quirós se impacientó al verse detenido por aquel
francés borracho, que le cortaba el paso y parecía dispuesto a entretenerle con
su charla.
Su primer impulso fué enviar al extranjero
enhoramala; pero aquel buen mozo parecía adivinar su pensamiento y se asía
familiarmente a sus solapas de piel repitiendo siempre con aquella voz
dificultosa, que olía a vino:
—“La Port du Sol, cabagerro... Diga osté ou est la
Port du Sol.”
Quirós se sentía cada vez más impaciente por la
pesadez de aquel borracho, que no quería soltarle, y que oía sus explicaciones
sin comprenderlas, volviendo nuevamente a hacer la misma pregunta.
En vano le marcaba el diputado a aquel ebrio
francés la ruta que debía seguir para llegar a aquella “Port du Sol”, que
repetía como un pesado estribillo, pues el maldito se empeñaba en no
comprender, y, siempre, agarrado a las solapas del
rico gabán, se estaba allí plantado, zarandeando a Quirós, que algunos momentos
sintióse dominado por la cólera y estuvo próximo a dar una bofetada a aquel
importuno.
Pero, no... ¿Qué iba a hacer? Golpear a aquel
hombre sería llamar inmediatamente la atención de la Policía y espantar a
Alvarez, que iba a llegar de un momento a otro.
Esta consideración aturdía a Quirós más aún que las
pegajosas libertades que se tomaba aquel borracho.
¿Y si llegaba Alvarez en aquel momento? ¡Maldito
francés! No poder librarse de él dándole dos buenos mojicones que le hiciesen
medir el suelo.
Pero, ¿quién era aquél que se acercaba?
Indudablemente Alvarez, que llegaba en la peor ocasión... Pero no; le seguían
de cerca cuatro hombres, y otros surgían de las sombras de la plaza,
apostándose en la desembocadura de la calle.
¡Maldición! Era la Policía, que, al ver a Quirós
hablar acaloradamente con un hombre que, cogiéndole de las solapas, lo
zarandeaba, había creído que éste era el revolucionario Alvarez.
Condolíase Quirós interiormente de aquella torpeza,
que ponía al descubierto su plan, e intentaba alejar con señas a aquellos
hombres, que avanzaban cautelosamente a espaldas del extranjero; pero todo fué
inútil.
El borracho se sintió de pronto cogido fuertemente
por sus dos brazos, y una voz le dijo con acento imperioso:
—Dese usted preso. Si intenta resistirse, es
muerto.
Era el inspector quien hablaba así, asomando por
bajo de la capa su diestra, armada de un revólver.
Dos agentes tenían fuertemente agarrado al francés,
que miraba con estupefacción a Quirós y al comisario de Policía.
El diputado estaba tan colérico, que, a pesar de
toda su religiosidad, lanzó una blasfemia.
—¿Qué es eso, don Joaquín?
—Que es usted un torpe, señor inspector. ¿Quién le
mandaba a usted venir tan pronto? ¡Buena la hemos hecho!
—¿Pero este señor no es...?—preguntó el policía con
asombro.
—Este señor—le interrumpió Quirós—es un borracho
impertinente, que ha venido a incomodarme, y del que yo me hubiera librado sin
necesidad de que ustedes se movieran.
El borracho afirmó, y soltó otra vez su resuello
vinoso, en el que iban envueltas palabras tan pronto españolas como francesas. El pedía perdón una y mil veces al señor
policía y a todos los presentes; pero él no era ningún criminal para que le
prendiesen: era un súbdito francés, como podia acreditarlo con su pasaporte y
el certificado del cónsul, y se había permitido el preguntar a aquel caballero
por dónde iría más pronto a la Puerta del Sol.
Tan marcada era la expresión de desaliento en el
rostro del inspector, y tan evidente la embriaguez e inocencia de aquel
extranjero, que los dos agentes, sin esperar orden alguna, soltaron los brazos
del detenido.
El comisario, furioso por la decepción sufrida, que
le ponía en ridículo ante un personaje como Quirós, y deseoso de venganza,
intentó dar un puntapié al francés; pero éste supo sortearlo hábilmente, y miró
a los dos agentes, como para ponerse a cubierto de una lluvia de golpes.
—¡Eh, señor inspector!—dijo Quirós, con acento
áspero—. No vayamos a empeorar su desacierto dando un escándalo. Ese hombre aún
no ha venido, y aunque esto empieza mal, podemos tener todavía alguna
esperanza. Cada uno a su puesto, y aguardemos.
El comisario aceptó sumiso la orden de Quirós, y
señalando imperiosamente el extremo de la calle, dijo al extranjero:
—¡Largo de aquí, borrachín, o por Cristo vivo
que...!
Y fué nuevamente a golpearle; pero el francés
anduvo listo, y salió escapado, marchando con dirección a la plaza de Oriente,
con el paso vacilante propio de un hombre que, aunque ebrio, no tiene aún
vencida completamente su energía por la fuerza del alcohol.
Los policías, que estaban apostados al extremo de
la calle, le dejaron escapar, y vieron cómo aquel hombre pasaba junto a los
carruajes que estaban a la puerta del teatro Real, cómo contemplaba un buen
rato, con expresión estúpida, la iluminada fachada, y cómo, por fin, después de
dudar un buen rato, cual hombre que no sabe el camino y teme preguntar, se
entraba en la calle de Felipe V.
Nadie pensó en seguirlo, y cuando el extranjero,
guareciéndose tras la esquina del coliseo, se convenció de que no iban tras sus
pasos espiándole, dirigióse a la plaza de Isabel II, con paso firme.
Apoyado en la verja del jardinillo, y con el embozo
de la capa subido hasta los ojos, estaba un hombre, que, al verle, se acercó a él, poniéndose a su lado y marchando a su
mismo paso.
—Perico—preguntó el embozado—, ¿aguardó solo ese
hombre?
—¡Solo! Buena soledad nos dé Dios—dijo Perico, con
su acento natural—. Ese canalla tiene allí apostada toda la Policía de Madrid.
Acabo de verlo.
Y el fiel asistente, sin dejar de andar, y
remontando la calle del Arenal, relató en voz baja a su amo, que marchaba a su
lado, todo lo que acababa de ocurrirle.
—Pero, ¿cómo te has hecho pasar por extranjero? ¿No
te habrán conocido?
—¡Bah! Hablaba aquel francés pésimo que tanto hacía
reír a usted cuando estábamos en París, y, además, había tenido la precaución
de entrar en cuantas tabernas encontré al paso desde que nos separamos,
enjuagándome la boca con un vaso del tinto. Olía a vino y chapurreaba como un
diablo; ni más ni menos que uno de esos gabachos que vienen aquí y se
entusiasman demasiado con el caldo del país.
—¿Y dices que me esperan aún?
—Sí, allí están aguardando que aparezca usted para
echarle la zarpa. Puede creer que de buena se ha salvado siguiendo mi consejo.
—Gracias, Perico. No olvidaré que te debo la vida
una vez más.
—¡Bah! Mucho he de hacer todavía para pagarle lo
que por mí hizo en Africa.
—Yo buscaré a ese miserable—dijo el conspirador,
tras un largo silencio—, y así que lo encuentre, no le valdrán sus malas artes.
Lo de esta noche es una traición más que he de añadir, a la cuenta de sus
infamias.
—Búsquelo usted, mi capitán; estoy conforme con
ello; pero no será por ahora. Con lo de esta noche, la autoridad sabe ya que
usted se halla en Madrid, y redoblará las persecuciones. Debe usted reservarse
para el asunto que más importa; lo demás, todo se alcanzará. En resumen, amo
mío: vámonos a casa, ocultémonos con más cuidado que antes, y pise usted la
calle únicamente en caso de necesidad, que el diablo anda suelto para nosotros
en forma de policía.
Triste amanecer.
Transcurrieron algunos meses, y llegó el verano.
La vida de Enriqueta, que antes se deslizaba
tranquila y monótona, dedicada por completo al cuidado de su hija, estaba ahora
turbada por un recuerdo tan continuo, que tomaba el carácter de una obsesión.
Mientras, Esteban Alvarez le salía al encuentro, y
conmovido por los recuerdos de la antigua pasión, intentaba, para recobrar la
felicidad pasada, audacias que eran siempre mal recibidas, y merecían enfados y
reprimendas, Enriqueta sólo había sentido por aquel hombre una tierna simpatía
y una imprescindible necesidad de hablar con él, para recordar el período más
dichoso de su vida; pero cuando, de repente, dejó de verlo; cuando
transcurrieron semanas enteras sin que ella, desde la ventana de su gabinete o tras
los vidrios de su berlina, columbrara la airosa capa con embozos de grana,
comenzó a sentir un hondo malestar que la mortificaba a todas horas.
Ella era honrada, se había jurado no faltar nunca a
sus deberes, accediendo a aquellas súplicas apasionadas que continuamente la
dirigía Esteban; no había pasado por su imaginación, ni aun remotamente, la
idea del adulterio, comprendiendo que con esto se rebajaría al nivel de Quirós,
perdiendo la superioridad moral que sobre éste tenía; pero Alvarez se había
hecho necesario para ella; sentía hacia él el mismo atractivo que la beldad
hacia el espejo que retrata su hermosura, pues hablando con él veía reflejarse
en su imaginación su pasado amoroso, con todas sus dulces impaciencias y sus
palabras celestiales.
Era Enriqueta como una niña que estima poco el
juguete cuando lo tiene en sus manos y lo trata a golpes, para llorar después
con desconsuelo cuando lo ve perdido.
Conforme transcurría el tiempo sin que Esteban
apareciera, Enriqueta sentía crecer el afecto hacia aquel hombre, y en sus
horas de soledad su imaginación se forjaba las más absurdas
suposiciones, para explicarse tan extraña ausencia.
Salía de casa con una frecuencia que alarmaba a la
baronesa, y el objeto de sus correrías por Madrid, que, aparentemente, eran con
un fin devoto, o para ir de compras, no tenían otro fin que el de encontrar a
Alvarez y reanudar las relaciones amistosas, interrumpidas tan extraña e
inesperadamente.
Nunca se le ocurría a la joven señora de Quirós
dudar de que Esteban se hallaba en Madrid.
Conocía ella, aunque superficialmente, el motivo
que había llevado a Esteban a Madrid, haciéndole trocar las seguridades de la
emigración por un continuo peligro, y esto mismo aumentaba las inquietudes de
Enriqueta, que se figuraba a Alvarez amenazado por los más terribles peligros.
Tales pensamientos sólo servían para aumentar el
amor que sentía la joven. La figura del conspirador, oculto y perseguido,
agrandábase ante sus ojos, revestida de un ambiente de sublime heroísmo, y
Enriqueta se sentía atraída por un sentimiento que no sabía si era amor o
admiración.
Obsesionada por aquel afecto, no se daba ya cuenta
exacta de sus sentidos, y muchas veces se creía juguete de absurdas ilusiones.
Más de una vez, al entrar en una iglesia, o al subir a su coche a la puerta de
una tienda, había creído ver entre el gentío aquella capa que se le aparecía en
sueños, y los ojos de Alvarez, fijos en ella; pero todo desaparecía
inmediatamente, y Enriqueta quedábase indecisa pensando si sería víctima de una
ilusión, o realmente Esteban, por el placer de verla, la seguía algunas veces
de lejos, recatándose para no llamar la atención de los que, indudablemente, le
perseguían.
Así transcurrió para Enriqueta todo el resto del
invierno y la primavera entera.
Su marido seguía siendo para ella un ser
indiferente en unas ocasiones y antipático en otras, y Quirós podía hacer la
vida que mejor le placiere, sin miedo a recriminaciones de su esposa ni a
tragedias conyugales.
No procedía de igual manera la baronesa. Entre ésta
y Quirós se había efectuado una reconciliación, que borró la malevolencia que a
raíz del casamiento mostraba doña Fernanda contra su cuñado.
Cuando la aristocrática señora olvidó un poco la
maquiavélica conducta observada por el aventurero para obtener la mano de
Enriqueta, y lo vió en camino de convertirse en un personaje
importante de “la buena causa”, doña Fernanda sintió renacer la antigua
simpatía, y se propuso ser nuevamente su directora, llevada de su ambición
devota.
En los salones hablábase alguna vez que otra de las
brillantes defensas del catolicismo y las sanas ideas que el diputado Quirós
hacía en el Congreso, y esto bastaba para trastornar los sentimientos de la
baronesa, que, ganosa siempre de figurar al lado de las personas que eran el
núcleo del movimiento religioso en España, sentía una inmensa satisfacción al
pensar que tenía en su casa un hombre destinado a ser, según decían las
aristocráticas beatas, el sucesor de Donoso Cortés y el rival de Aparisi y Guijarro.
El orgullo, más que el cariño, hizo que la baronesa
buscase el reanudar su antigua amistad con Quirós, y en adelante, los dos
cuñados tratáronse como buenos camaradas que, de sobremesa, hablaban del medio
mejor para salvar al mundo, volviéndolo, como oveja descarriada, al redil del
catolicismo.
Doña Fernanda experimentaba una satisfacción sin
límites al pensar que algunas de las ideas que ella emitía para hacer la
felicidad de España las podía repetir algún día en las Cortes el simpático
Joaquinito, y tanto la dominaba la pasión que ahora sentía por él, que hasta
trataba con menos cariño al padre Felipe, del que decía que era un santo varón,
muy ignorante, y no se afligía por las largas ausencias del padre Claudio.
Tanto era el cariño que sentía por Quirós, que la
irritaba la frialdad que Enriqueta mostraba a su marido, no pudiendo comprender
cómo no se conmovía ante el saber, la elocuencia y la naciente fama del
diputado ultramontano.
La fundación del periódico clerical que dirigía
Quirós, idea fué de doña Fernanda, la cual, todas las mañanas, al tomar el
chocolate, gozaba lo que no es decible leyendo, mientras se llevaba
distraídamente las sopas a la boca, las mismas ideas vertidas por ella el día
anterior, encerradas ahora bajo la berroqueña envoltura del estilo amanerado,
convencional y soporífero, propio del artículo doctrinal.
Unidos por esta fraternidad políticoliteraria, los
dos cuñados tratábanse del modo más cariñoso; en la intimidad de aquella
familia, lejos de las miradas de los intrusos, doña Fernanda más parecía la
esposa de Quirós que aquella Enriqueta que miraba a su marido y a su hermana,
unas veces, con frío desprecio, y otras, con ira, como si con su presencia turbasen su recogimiento interno, cuyo objeto era
recordar aquel amor que constituía las páginas más felices de su pasada vida.
Quirós, por su parte, comprendiendo que la
superioridad teníala en aquella casa la dominante baronesa, halagábale estar en
tan buenas relaciones con ella, pues así tenía la seguridad de no ver turbada
la tranquilidad de su vida.
Pero aquel afecto tenía también sus inconvenientes,
y de éstos, el más principal era que doña Fernanda, con su genio arrebatado,
había venido a convertirse para él en una especie de amante moral, que se
mostraba celosa y quería tenerlo a todas horas a su disposición.
La vida agitada que llevaba Quirós, entregado de
lleno a la política y al periodismo, irritaba a la baronesa, que no podía
acostumbrarse a la idea de que el elocuente diputado volviera a casa todas las
madrugadas a las cuatro, por estar hasta tal hora en la Redacción, después de
la salida del teatro.
Además, pronto vinieran unas traidoras noticias a
exacerbar la bilis de la baronesa. Interesábala tanto su cuñado, cada vez más
reacio a conferenciar con ella y a pedirla humildemente consejos, que se dedicó
a averiguar la vida que hacía, y pronto supo, por boca de unas amigas de la
aristocracia, cosas que, según ella decía, poníanle los pelos de punta.
Quirós hacía el amor, o estaba en relaciones poco
santas (existían diversos pareceres en las noticieras), con una duquesa vieja,
que gozaba de gran fama por su estrecha amistad con la reina, y su gran
prestigio político, y, además, pasaba algunas noches con algunos chicos de las
principales familias, haciendo locuras en compañía de algunas coristas y
bailarinas del Real.
Doña Fernanda sintió un santo horror al saber tales
cosas; mas no por esto el diputado de la buena causa perdió en su concepto;
antes bien, pareció que adquiría un nuevo prestigio a los ojos de la baronesa,
pues en ésta, a pesar de toda su mojigatería, los calaveras siempre habían
producido cierta atracción.
Pero, a pesar de esta complacencia, sentía amargo
despecho al ver a Quirós en relaciones con una mujer como la duquesa, dedicada
a la política, y considerando que era su protección lo que buscaba en ella el
diputado, experimentaba gran indignación al imaginarse que algún día Joaquinito llegaría a ser célebre, no por sus consejos, sino por
la ayuda de aquella vieja rival.
Tan furiosa estaba doña Fernanda, y tal deseo
sentía de recobrar su superioridad sobre aquel futuro personaje, que, ansiosa
por hacerlo volver a la buena senda, llegó a cometer la tontería de revelárselo
todo a Enriqueta.
Doña Fernanda, a pesar de su afición a curiosear y
de su perspicacia, ignoraba el verdadero estado de los dos esposos.
Creía que éstos constituían uno de los tantos
matrimonios aristocráticos, que se tratan con frialdad; pero estaba lejos de
imaginarse que entre los dos no había mediado la menor intimidad cariñosa, y
que el dormitorio de Enriqueta había sido siempre para Quirós una región
desconocida.
En la creencia, pues, de que su hermana, aunque
falta de amor hacia su esposo, no dejaría de irritarse por sus infidelidades, y
pondría en juego todos sus derechos para separarlo de la duquesa, y volverlo a
la vida del hogar, reveló a Enriqueta todo cuanto sabía, aunque dando a sus
palabras un carácter desinteresado, propio de quien hace tan penosas
declaraciones por el honor de la familia y por restablecer la paz y la
moralidad en el seno de un matrimonio.
Fué aquello en la noche del 21 de junio; bien se
acordaba la baronesa muchos años después.
Acababan de cenar las dos hermanas y estaban en el
salón, donde la baronesa acostumbraba a recibir las visitas.
Había poca luz, y los balcones estaban abiertos,
para que el viento de la noche refrescase las caldeadas habitaciones.
Enriqueta había acostado a su hija, dejándola al
cuidado de una criada fiel, y, sentada en una mecedora junto al abierto balcón,
contemplaba con expresión soñadora el trozo de cielo estrellado y límpido que
quedaba visible entre las dos filas de tejados que formaban la calle.
Doña Fernanda abordó inmediatamente la cuestión.
Habló primero de lo agradable que era en verano la
vida nocturna, y esto fué como el exordio con que preparó la declaración de que
Quirós volvía siempre a casa muy entrada la mañana.
Enriqueta hizo un gesto de desprecio, para indicar
lo indiferente que le era la conducta que pudiera seguir su marido; pero la
baronesa, para remover el fuego de los celos en aquello que ella creía frialdad
aparente, añadió que Quirós, algunos meses antes, volvía de la Redacción a las
tres de la madrugada, pero que ahora tocaban muchas
veces las siete sin que él hubiese entrado en su cuarto.
Y puesta ya doña Fernanda en camino de hacer
revelaciones, desembuchó todo cuanto sabía de las relaciones del periodista con
la duquesa, no olvidando las bacanales famosas con las bailarinas del Real.
Enriqueta seguía mostrando la misma frialdad, y
únicamente acogía algunas de aquellas revelaciones, demasiado subidas de color,
con un gesto de asco.
Su indiferencia exasperaba a la baronesa, que
aguardaba una ruidosa explosión de celos.
—Haces mal, hija mía—decía a su hermana—, en tomar
las cosas con tanta calma. Yo bien sé que tú y Joaquinito no os queréis gran
cosa; pero, al fin, tu marido es, llevas su nombre, y no es muy grato hacer un
papel ridículo a los ojos de la sociedad, que conoce las locuras de tu señor
marido. Tus amigas manifiestan lástima al hablar de ti; pero ten la seguridad
de que en su interior se ríen del desairado papel que haces. Es necesario que
evites este escándalo, sobre todo porque, como mil veces te he dicho, en
nuestra esfera social es más preferible inspirar envidia que lástima.
Doña Fernanda, sin saberlo, había encontrado el
medio de interesar a Enriqueta, cuyo carácter era muy sensible a las heridas
del ridículo.
La joven señora de Quirós, a pesar de aquella
indiferencia natural que sentía hacia su esposo, y de que por nada del mundo
hubiese consentido franquearle la entrada de su dormitorio, sentíase indignada
por las revelaciones de su hermana, y estremecíase de rabia al pensar los
comentarios que ocasionaría en la alta sociedad aquella infidelidad conyugal.
La causaba repugnancia aquel aventurero, que por
medio de una maquiavélica trama había conseguido su mano; le era indiferente
que se encenagase con otras mujeres a puerta cerrada, en todas las
asquerosidades de una orgía sin término; pero lo que no podía consentir era el
escándalo, eran aquellas relaciones con una vieja duquesa, a la vista de todos,
para hacerla a ella, objeto de una compasión general, que la irritaba.
Había heredado de su padre aquel carácter
susceptible, que se descomponía a la menor suposición de hallarse en ridículo.
Además, la irritaba el libertinaje de aquel
hipócrita, que en público tenía siempre en sus
labios las palabras religión y moral católica, tildando a todos sus enemigos de
monstruos de impudicia y maldad, y sentía una secreta complacencia en poder
arrojar al rostro de aquel antipático personaje toda la doblez de su conducta.
Causábala náuseas la hipocresía de aquel campeón de la fe.
La baronesa adivinaba el efecto que sus palabras
producían en su hermana, y repetía las noticias que había adquirido para
convencer plenamente a Enriqueta de lo ciertas que eran las adúlteras
relaciones.
Escuchándola, la señora de Quirós forjóse
rápidamente, un plan. La halagaba el confundir a aquel miserable, sobre el cual
la importaba mucho tener cierta superioridad, y por esto se determinó a esperar
hasta la madrugada la vuelta de Quirós, para echarle en cara su conducta.
Adivinaba ella que su esposo podría excusar su
libertinaje, fundándose en el desvío y alejamiento que ella mostraba; pero
Enriqueta preparó su contestación.
Ella no se oponía a que su esposo fuese un
libertino, un hipócrita que en público predicase la moral católica y en la vida
privada sirviera de perro de lanas a las bailarinas de la ópera; lo que ella,
como esposa, no podía consentir, es que la pusiera en ridículo con unos amores
conocidos por todos y que tenían por ideal una duquesa vieja, una cortesana
averiada por las lides del amor, y que podía competir en impudicia con las más
degradadas mujeres que surgen de las sombras nocturnas para pegarse al primer
transeúnte desconocido.
Ese alarde de cinismo que Quirós hacía, sosteniendo
tales relaciones, no lo consentiría ella, y así se lo manifestó a doña Fernanda
con tono enérgico e imperioso. Aquella misma noche sabría su marido quién era
ella.
La baronesa estaba muy satisfecha de la energía de
su hermana. Conocía por experiencia los arranques tardíos, pero violentos, de
aquella mosquita muerta, como ella llamaba a Enriqueta; estaba segura de que la
reyerta conyugal sería tan grande como se la había imaginado, y sentíase
halagada por la esperanza de que Quirós abandonaría sus relaciones con la
duquesa, volviendo a ponerse bajo su protección y a seguir sus consejos.
Hasta después de media noche acompañó la baronesa a
su hermana, y cuando, satisfecha de su triunfo, se retiró a descansar,
Enriqueta abandonó el salón, entrando en un lindo
gabinete inmediato a la antecámara, y que tenía ventana a la calle.
Estaba decidida a aguardar a su marido, sin reparar
en la hora a que volviese, y desde allí, aunque la rindiera el sueño, oiría
perfectamente el ruido producido por Quirós al abrir con su llavín la puerta de
la escalera.
A la velada luz de una elegante lámpara, púsose a
leer “Los tres mosqueteros”, de Dumas, padre, única novela con la que transigía
su hermana, la devota baronesa, sin duda por su afición a las intrigas, y así
permaneció algunas horas procurando aturdirse en el torbellino de aquella
acción interesante, y haciendo muchas veces involuntariamente internas
comparaciones entre Athos y D’Artagnan y su amante de otros tiempos, Esteban
Alvarez. Donde no existían puntos de similitud, ella se encargaba de crearlos con
su imaginación.
Cuando llevaba ya leída una tercera parte del
volumen, la pesadez que sentía en su cerebro y el cansancio de sus ojos, la
obligaron a levantar la cabeza, y entonces notó que la lámpara alumbraba con
débil luz.
Una claridad lívida se difundía por la estancia, y
los vidrios de la ventana brillaban como láminas de pálido azul, dejando
adivinar confusamente los perfiles de las casas fronterizas.
Era la luz del nuevo día.
Enriqueta, fatigada, entumecida y molesta en
aquella habitación, caldeada por la luz artificial, abrió la ventana, para
respirar la brisa matutina.
El fresco hálito de la mañana la serenó, y sintió
la misma impresión de una sonámbula que despierta de improviso y no puede
explicarse cómo se halla fuera de su lecho.
¿Por qué estaba allí? Dirigióse esta pregunta, y
entonces recordó su conversación con la baronesa en la noche anterior,
arrepintiéndose de la resolución que había tomado, ¡Cuán tonta era! ¡Valiente
cosa le importaba a ella la conducta de su marido!
Cierto era que la escocía un poco la ridícula
situación en que la colocaba Quirós; pero, al mismo tiempo, ruborizábase de
vergüenza al pensar que aquel fatuo podía llegar de un momento a otro, y, al
ver que le había estado aguardando toda la noche, creyese que se hallaba
enamorada de él.
Era ya de día, y Quirós todavía, no había llegado.
¡Bueno estaría que aquel libertino hipócrita la viese a ella asomada a la ventana, lo mismo que una mujer enamorada, que,
tras larga noche de llanto e insomnio, aguarda ansiosa al esposo querido!
—Ahora mismo me acuesto—se decía Enriqueta; pero
permanecía inmóvil en la ventana, halagada por aquella frescura y el
espectáculo del amanecer, completamente desconocido para una joven
aristocrática, que jamás se había levantado de la cama a tal hora.
¡Qué bonita estaba la calle completamente desierta,
con sus dos filas de grandes casas, con sus puertas cerradas y sus ventanas, de
las cuales sólo la suya estaba abierta!
Tenía cierta sublime grandeza aquel silencio que se
deslizaba majestuoso por entre las casas, que encerraban un tesoro de vida y
animación, muerto ahora, y que, al resucitar pocas horas después, se derramaría
por todas partes, como ola de agitación y de estruendo.
La luz perdía poco a poco sus tonos de azulada
lividez; el cielo se aclaraba, y unas nubecillas que asomaban poco antes,
pardas y feas, sobre los lejanos tejados del extremo de la calle, tomaban ahora
cierta transparencia de grana y oro. Era el sol, que comenzaba a salir,
embelleciéndolo todo con sus caricias de fuego.
Enriqueta, ante aquel silencio, sentía caprichos de
niña, y casi estuvo a punto de gritar; pero otros se encargaron de esto: los
gorriones, en alegres bandadas, saltaban sobre los aleros de los tejados,
aleteaban en las copas de los árboles y bajaban hasta el desierto pavimento de
la calle, acompañando todas sus infantiles travesuras con un incesante piar en
infinitos tonos. Eran los violines que preludiaban la gran sinfonía del
amanecer.
Despertaba la vida con aquel toque de diana de la
Naturaleza, y Enriqueta veía ya por la parte de la plaza de Antón Martín pasar
alguna que otra mujer, con la cesta de buñuelos y el aguardiente, en busca de
parroquianos.
Una taberna de la calle acababa de abrir sus
puertas, pintadas de rojo, y el muchacho, gallego, de gruesos zapatos y
puntiagudos pelos, arreglaba en una mesilla las botellas de anisete y bala
rasa, para tomar la mañana.
A Enriqueta le encantaba aquel espectáculo.
De pronto avanzó la cabeza con expresión de
sorpresa, y como queriendo oír mejor.
Habían sonado a lo lejos sordos estampidos,
semejantes a descargas de fusilería. Esperó, para convencerse de la realidad de aquellos ruidos, y éstos no tardaron en repetirse.
Enriqueta no podía explicarse qué era aquello;
pero, sin saber por qué, experimentó cierta inquietud, y pensó en Esteban.
¿Qué haría a aquellas horas? ¿Estaría aún amenazado
por terribles peligros y empeñado en sus difíciles empresas?
El recuerdo de Alvarez sumió a la joven en honda
meditación, del que le sacó el estrépito producido en la desierta calle por
varios soldados de caballería que, en desorden y con visible azoramiento, iban
a todo galope de sus cabalgaduras.
Eran ordenanzas del Ministerio de la Guerra, y
Enriqueta los siguió con la vista, hasta que al extremo de la calle perdiéronse
en diversas direcciones.
La joven presentía algo terrible. Nada de extraño
tenía ver a tales horas un pelotón de jinetes; pero aquellos soldados llevaban
en sus rostros una marcada expresión de intranquilidad y marchaban con
demasiada rapidez, como temerosos de llegar tarde a su destino o de que alguien
les cortase el paso.
Poco después vió pasar, uno tras otro, varios
oficiales, con el mismo aspecto de intranquilidad, llevando en sus rostros un
gesto de inquietud, y en sus ojos las señales del sueño recientemente
interrumpido.
Marchaban apresuradamente, casi corrían, seguidos
de sus asistentes, y algunos de ellos todavía iban abrochándose el uniforme,
puesto con precipitación, o ajustándose el cinturón de la espada.
Pronto comprendió Enriqueta lo que aquello
significaba.
Por la plaza de Antón Martín entró en la calle un
grupo de hombres armados. Eran, en su mayoría, obreros; llevaban al hombro
viejos fusiles, escopetas de caza y algunos trabucos; y al frente de ellos, con
el revólver en la mano, iba un joven de rostro simpático, adornado por bigote,
perilla y melena romántica, y que vestía levita y sombrero de copa. Tenía el
tipo de un hombre dedicado a la literatura, y parecía el jefe de aquel pelotón,
que marchaba bulliciosamente, mirando a todas partes con expresión de triunfo.
Aquel grupo revolucionario, al entrar en la dormida
calle, prorrumpió en gritos:
—¡Viva la libertad!... ¡Viva Prim!... ¡Muera Isabel
II!... Y los más humildes del grupo, los que llevaban en su rostro
las huellas del sufrimiento, y en sus ropas los desgarrones de la miseria,
intercalaban en dichos gritos otro, que producía cierta alarma en aquellos del
grupo que tenían cierto aspecto burgués:
—¡Viva la República!
El grupo pasó frente a la ventana que ocupaba
Enriqueta, la cual sentía miedo al ver algunos de aquellos rostros, endurecidos
por esa expresión feroz que da la miseria.
El jovenzuelo de aspecto romántico, al ver una
mujer hermosa contemplando el paso del revolucionario pelotón, estiróse con la
petulancia de un mozo guapo, y la saludó con una amable sonrisa, creyéndose un
héroe.
Enriqueta pensaba en Alvarez, y cuando el grupo se
detuvo a la puerta de la taberna que estaba más abajo de su casa, fué
fijándose, uno por uno, en todos los hombres, como si esperase encontrar al ex
capitán disfrazado y confundido entre aquellos revolucionarios.
En esto la distrajo la presencia de un hombre que
venía, indudablemente, del Prado, y subía la calle apresuradamente. Era un
viejo general, conocido de Enriqueta, por haber sido amigo y compañero de armas
de su padre, el conde de Baselga.
Acababa de ser despertado, y aún iba por la calle
abrochándose la galoneada levita, sin dejar de correr.
Al verle se produjo un terrible movimiento a la
puerta de la taberna.
Muchos de aquellos hombres apuntaron con sus
fusiles a la acera de enfrente, por donde pasaba el general, y el anciano se
detuvo, pálido y altivo, llevando instintivamente la mano a la empuñadura de la
espada.
Fué una escena muda y terrible, que angustió a
Enriqueta, única espectadora, y que duró solamente algunos segundos.
El jefe del grupo, aquel joven de aspecto
interesante, púsose ante los fusiles de los suyos, y gritó con una energía que
no hacía esperar su delicadeza física:
—¿Qué vais a hacer? ¿Ahora que empieza la
revolución vamos a deshonrarnos, matando a un hombre que va solo? ¿Somos acaso
asesinos? ¡Abajo las armas!
Y aquel “dandy” literario hablaba con tan imperiosa
energía, que las armas asestadas contra el general se bajaron inmediatamente.
—Pase usted, general, y siga su camino—gritó el
jovenzuelo—. De aquí a un rato nos combatiremos; pero ahora le
respetamos a usted, porque es un hombre que va a cumplir con su deber, y
nosotros no somos asesinos.
El general quedó indeciso y como confuso ante
aquella inesperada nobleza, y, por fin, quitándose el galoneado ros, y
sonriendo con paternal benevolencia, les saludó, diciendo:
—¡Gracias, señores! Son ustedes unos valientes
dignos del nombre de españoles. ¡Que Dios les dé buena suerte!
Y saludando otra vez al grupo popular con visible
enternecimiento, siguió su camino apresuradamente, hasta que, al llegar frente
al palacio de Baselga, se fijó en Enriqueta, a la que conocía.
—¿Qué hace usted aquí, hija mía?—la gritó—. Adentro
en seguida, que va a haber tiros. Los artilleros del cuartel de San Gil se han
sublevado contra la reina, y Madrid está que arde. Escóndase, que la sarracina
va a ser gorda.
Y el anciano fué a seguir su marcha; pero aún se
detuvo, como cediendo a una necesidad interna de desahogar su pensamiento.
—Pero, ¿ha visto usted, Enriqueta, lo que acaba de
hacer esa gente? El diablo son esos descamisados y los escritores boquirrubios
que les levantan los cascos... ¡Lástima de valientes! Crea usted que me
remuerde la conciencia de tener que ametrallar a una gente que así procede.
Sonaron a lo lejos nuevas y más fuertes descargas,
y el general siguió su camino apresuradamente, sin despedirse de Enriqueta.
Mientras tanto, el grupo revolucionario continuaba
su marcha, y las dormidas gentes despertaban con gritos inesperados.
—¡Abajo los Borbones! ¡Viva la libertad!
El 22 de junio.
Comenzaba a clarear el alba, y los centinelas del
cuartel de la Montaña paseaban por las terrazas, para librarse del
entumecimiento que produce el frío del amanecer.
En el vasto edificio militar reinaba un silencio
absoluto, y únicamente las ventanas del cuarto de
banderas estaban iluminadas, sin duda porque en tal habitación se hallaban aún
despiertos y vigilantes los oficiales de guardia.
Un hombre de rostro enérgico, con gran barba, era
el único ser que rondaba por las inmediaciones del cuartel, que a aquella hora
estaban completamente desiertas.
Era don José Rivas Chaves, dueño de un acreditado
establecimiento de lencería y el principal hombre de acción del partido
progresista. Su fortuna y los grandes sacrificios que había prestado en varias
ocasiones a la causa revolucionaria, dábanle gran prestigio entre la gente
dispuesta a empuñar las armas, y como decidido propagandista en el elemento
militar, era el agente encargado de sostener las relaciones de los organismos
directores de la conspiración con los sargentos comprometidos.
Chaves, situándose a la espalda del cuartel de San
Gil, agitó su pañuelo, y desde una de las ventanas altas del edificio, le
contestó un sargento de la artillería acuartelada, haciendo ondear una sábana.
Era ésta la señal convenida.
Pasó después al cuartel de la Montaña, y parándose
junto a una reja, cambió breves palabras con otro que estaba dentro, y al
dirigirse al otro extremo del gran edificio, tropezó con un centinela, con el
que entabló conversación, ofreciéndole un cigarro, y mientras el soldado lo
encendía, el conspirador sacudió su sombrero con el pañuelo, seña a la que
alguien contestó también, agitando un lienzo blanco en las ventanas altas.
El aviso había circulado ya; no había novedad
alguna, y el volcán revolucionario iba a estallar, después de una preparación
tan larga como lenta.
Los sargentos de los Cuerpos de Artillería
acuartelados en San Gil, iban, por fin, a ver satisfecha aquella impaciencia
sediciosa que mostraban en todas las reuniones revolucionarias.
Chaves, satisfecho de la buena marcha que seguía la
conspiración, y agitado por esa emoción que siente todo hombre en un momento
decisivo, sentóse al borde de un abrevadero que existía en la plaza de San
Marcial, frente a la puerta del cuartel, esperando con nerviosa impaciencia los
acontecimientos.
El gigantesco edificio permanecía silencioso, y no
se notaba en él ningún signo que denunciase interna agitación.
El
conspirador miraba con ansiedad las largas filas de ventanas cerradas, de las
cuales, las más bajas, estaban casi cubiertas por una hilera de árboles que
rodeaba el edificio, y fijaba su vista en la cerrada puerta, a cuyos dos lados
alzábanse, solitarias y desiertas, las blancas garitas de madera.
De pronto, en aquellas ventanas, comenzaron a verse
soldados a medio vestir, que se asomaban con aire risueño, para volver a
ocultarse, y, de vez en cuando, algún sargento, ya uniformado y con armas,
lanzaba una mirada de inquietud a la desierta plaza.
Reinaba en ésta la calma y la soledad propias del
amanecer, y sólo un grupo de hombres del pueblo interrumpió con sus pasos aquel
silencio matinal, bajando por la calle de Bailén.
Iban todos ellos armados, y al frente marchaba un
caballero de rudo aspecto, con la capa terciada, quien los guió por la
escalerilla de la calle del Río.
—¡Allá va don Manuel Becerra con su gente!—murmuró
Chaves, viendo cómo desaparecía el armado grupo.
Transcurrieron algunos minutos, sonó en el interior
del cuartel el toque de diana, e inmediatamente se oyeron algunos tiros.
Se había iniciado ya la insurrección de los
artilleros del cuartel de San Gil.
El Gobierno, que hacía mucho tiempo sospechaba la
conspiración existente en Madrid, había ordenado grandes precauciones
militares, y entre éstas, la más importante era que una parte de la oficialidad
de los regimientos durmiese en los cuarteles, para evitar una insurrección.
Los oficiales de Artillería habían pasado toda la
noche en el cuarto de banderas, jugando al tresillo, sin que les rindiera el
sueño. Esperaban los sargentos comprometidos en el movimiento sorprenderlos
adormecidos a la madrugada; pero, en vista de que era llegada la hora de
iniciar la insurrección y los oficiales seguían entregados al juego, entraron
los conspiradores en el cuarto de banderas, apuntándoles con sus carabinas e
intimando la rendición.
No querían los sargentos derramar sangre; pero la
voz imperiosa del deber inclinó a los oficiales a la resistencia, y sobrevino
la catástrofe.
Disparó un oficial su revólver, e inmediatamente
sonó una descarga, que mató o hirió a casi todos los jugadores.
Horroroso era el hecho; pero no cabía ya
retroceder, y los sargentos, enardecidos por la vista de aquella sangre, se
apresuraron a poner en práctica el plan revolucionario.
En pocos minutos cambió el aspecto del cuartel,
que, conmovido de arriba abajo, comienzo a vomitar por sus puertas hombres,
mulas y cañones.
Iban los sargentos al frente de los pelotones de
los artilleros, revueltos por la indisciplina y la estupefacción que les
producía ver el cadáver de un oficial tendido en la puerta del cuarto de
banderas. El desorden era completo, y el entusiasmo que comenzaba a apoderarse
de los soldados, excitados por la proximidad del combate, contribuía a que las
órdenes de los sargentos apenas pudiesen ser oídas y que costase mucho verlas
ejecutadas.
Por fin, los tiros de mulas fueron enganchados a
los cañones, contribuyendo a acelerar la operación, la presencia del general
Pierrad, jefe militar de la insurrección, quien arengó a los artilleros, y las
órdenes del capitán Hidalgo, único oficial de Artillería comprometido en el
alzamiento.
Momentos después, las calles de Madrid conmovíanse
con el estruendo producido por los cañones que los artilleros sublevados
llevaban de una parte a otra, sin saber qué hacer de ellos, por falta de
dirección.
La capital estaba ya en plena insurrección, y
grupos de paisanos armados aparecían en todas las calles, saludando con vivas a
aquellos soldados, que, rojos por el entusiasmo, inclinados sobre el cuello de
sus mulas, y dejando flotar los encarnados cordones de sus roses, galopaban,
arrastrando las terribles bocas de hierro, cuyas ruedas botaban sobre el
empedrado, produciendo un sordo estremecimiento, semejante a la lejana
tempestad.
Surgían de todas partes los hombres armados; el
entusiasmo era general; había en la atmósfera esa agitación nerviosa propia de
las grandes revoluciones; veíanse esas caras feroces y extrañas cataduras que
sólo aparecen en los días de gran tormenta, cuando la espátula revolucionaria
revuelve hasta las últimas heces del líquido social; adivinábanse en un rasgo,
en una palabra, héroes y mártires, entre aquella entusiasmada muchedumbre, que
con una pistola vieja o un trabuco, se sentían capaces de luchar contra toda la
guarnición de Madrid; pero se notaba algo, por fortuna todavía oculto, y que,
de ser conocido, podía producir inmediatamente el desaliento: la falta de un
plan bien ejecutado, la carencia de una dirección rápida y acertada.
Muchos de los regimientos comprometidos,
acuartelados en diferentes puntos de la capital, no
podían unirse a los insurrectos, por estar ya sus sargentos arrestados y tener
al frente a sus jefes, fieles al Gobierno.
Los oficiales designados por el Comité
revolucionario para ir a ponerse al frente de dichos Cuerpos, habían esperado
en vano la orden, y cuando, por fin, cansados de aguardar, fueron a los
cuarteles, los soldados, a la voz de sus jefes, que habian sido más activos,
recibieron a tiros a los mismos que hubieran aclamado y seguido a llegar
algunos minutos antes.
Fué aquella revolución la más anárquica de cuantas
han ocurrido en España. Todos mandaban y ninguno obedecía. Los artilleros
emplazaban sus cañones donde mejor les parecía, y el pueblo levantaba
barricadas sin aguardar órdenes, con ese instinto estratégico que la masa
revolucionaria desarrolla, en los momentos difíciles.
Se sabía, a la media hora de haberse iniciado la
revolución, que ésta no podía contar ya con más fuerza que la artillería de San
Gil, y se tenía la certeza de que toda la guarnición iba a caer sobre los
sublevados; pero esto no lograba amilanar a ninguno de aquellos combatientes
por la libertad.
El pueblo no retrocede una vez iniciada una
revolución, aun teniendo conciencia de su derrota; y los sublevados del 22 de
junio únicamente experimentaban una amarga decepción, al ver aquella
artillería, que, como ruidoso meteoro de hierro y fuego, iba de un punto a
otro, sin saber qué hacer, ni en qué emplearse, por falta de dirección.
Mientras tanto, el Gobierno organizaba certeramente
la resistencia, y tomaba con rapidez la ofensiva.
El aviso de lo ocurrido en el cuartel de San Gil
llegó a la Presidencia del Gobierno cuando O’Donnell después de pasar la noche
en vela, disponíase a acostarse. El caudillo de Africa montó inmediatamente a
caballo, y con un batallón de Ingenieros se dirigió a la Puerta del Sol, de la
cual habían intentado apoderarse los revolucionarios sin éxito alguno.
Desde allí dirigióse a Palacio, para poner a la
Reina a cubierto de un golpe de mano; pero ya se le había adelantado su eterno
rival, el general Narváez, quien llegó al regio alcázar casi a medio vestir,
organizando inmediatamente la resistencia, y ametrallando, con dos cañones
emplazados en la calle de Bailén, la fachada del cuartel de la Montaña.
El héroe de Arlabán y verdugo de sus compatriotas,
excitado por el grandioso espectáculo de aquella revolución, que él mismo
calificaba de la más terrible que había conocido, recobró el valor ciego,
impetuoso y temerario de su juventud, y fué a colocarse en los puntos de mayor
peligro, sin temor al fuego que hacía el paisanaje desde las calles inmediatas.
Una bala perdida derribó a Narváez del caballo,
causándole una herida de poca gravedad; pero la débil senectud reapareció en el
veterano, al verse bañado en su propia sangre, y el general fué conducido a
Palacio, exánime, con la creencia de una próxima muerte.
La reina, consternada y temerona de una
insurrección que estallaba casi a las mismas puertas de su alcázar, se encargó
del cuidado de aquel antiguo amigo y defensor, que pálido, exánime y cubierto
de sangre, aparecía a sus ojos con todo el prestigio de un héroe de la causa
monárquica.
Narváez estaba alejado algunos años del Poder, por
el triunfo de la Unión Liberal, cada vez más omnipotente; pero, a pesar de
esto, las gentes de Palacio no se equivocaron:
—He aquí una bala—dijo un cortesano—que ha dado en
el general Narváez y ha matado al general O’Donnell.
La profecía fué exacta. Pocos días después la reina
destituía a O’Donnell, y la reacción, simbolizada por Narváez, volvía a ocupar
el Poder.
En el primer momento, el Gobierno no supo cómo
combatir aquella insurrección, que, a pesar de sus escasas fuerzas militares,
se presentaba imponente y magnífica.
El pueblo de Madrid se mostraba tan belicoso y
dispuesto al heroísmo, que únicamente podía ser comparada su insurrección con
aquella otra que inmortalizó la fecha del 2 de mayo.
El cuartel de San Gil habíase convertido en una
fortaleza, para cuya conquista se necesitaba derramar mucha sangre, y en los
barrios del norte y sur de la capital, miles de combatientes acosaban por todas
partes a las tropas del Gobierno, las cuales, después de sostener terribles
combates, donde creían encontrar vencidos, tropezaba con nuevos y tenaces
obstáculos.
Nada significaba que el coronel Camino se hubiese
apoderado de algunas piezas de artillería de los insurrectos, deshaciendo
muchas barricadas; nuevos baluartes amasados con
piedras, tierra y muebles, volvían a cortar las calles, y desde balcones y
ventanas se hacía sobre los asaltantes un fuego mortífero.
El ejército se revolvía como el león, acosado por
infinito enjambre de avispas, que, mientras destruye un venenoso insecto con su
robusta zarpa, recibe las picaduras de mil.
Pero, a las pocas horas de lucha, O’Donnell había
adivinado ya el punto flaco de aquella imponente insurrección. La falta de
relaciones entre unos puntos y otros, la carencia de dirección y la nulidad de
los jefes revolucionarios, saltó inmediatamente a su vista, y se propuso ahogar
la rebelión por partes, dirigiendo todas las fuerzas sucesivamente sobre las
diversas zonas donde se había localizado la resistencia.
El cuartel de San Gil era el más temible núcleo
revolucionario, y contra él se dirigió el primer ataque de la mayor parte de
las fuerzas. Los artilleros insurrectos habían cometido la torpeza de
encastillarse en el cuartel, a excepción de las fuerzas que habían salido en el
primer momento a recorrer las calles, y pronto se vieron bloqueados por las
fuerzas del Gobierno, y cortadas todas sus comunicaciones con los
revolucionarios, que se batían en el resto de Madrid.
El general Serrano había salvado al Gobierno y
decidido la victoria con un rasgo de temerario valor. La actitud de la
infantería acuartelada en la Montaña, junto al cuartel de San Gil, era
enigmática para el Gobierno, y para convencerse de su fidelidad, o, en caso
contrario, decidir a los batallones en favor de la reina, Serrano salió de
Madrid, dió un rodeo, hasta encontrarse frente al cuartel de la Montaña, y
subiendo con gran trabajo por una pendiente casi vertical, se introdujo en el
edificio, siendo recibido por los Cuerpos con vivas al Gobierno.
Esta hazaña fué la señal de derrota para los
sublevados de San Gil, que se vieron atacados por el frente por las tropas que
mandaba Zabala, teniendo a la espalda a Serrano, con toda la infantería del
inmediato cuartel.
Aquellos insurrectos, cogidos entre dos fuegos,
despreciaron todas las intimaciones que se les hicieron, y supieron resistirse
y perecer con esa sublime tenacidad que desarrolla el soldado español cuando se
ve frente a frente con la muerte.
Cañones y fusiles cruzaban en el espacio una
granizada de plomo; el rugido de las descargas ensordecía a los
combatientes, y en las bocacalles inmediatas, así
como en las ventanas del cuartel, flotaban jirones de blanco humo, que parecían
vellones arrancados a las nubecillas que adornaban un cielo hermoso y
esplendente, propio de un día de verano.
Hacía abominar de la humanidad ver cómo ante la
divina sonrisa de la naturaleza en todo su esplendor, se exterminaban
centenares de hombres, por los intereses de una familia de tiranos, degradada y
repugnante.
Un batallón de Zapadores, desafiando la fusilería y
la metralla, echó abajo la puerta del cuartel, y por aquella brecha arrojóse la
infantería, con bayoneta calada, a apoderarse del edificio.
La lucha tomó entonces un carácter horrible.
Callaron los cañones, cediendo el puesto al fusil y al machete, a la bayoneta y
al sable.
Combatíase cuerpo a cuerpo, hacíase fuego a
quemarropa, y el instinto de conservación, unido a la rabiosa sed de venganza,
utilizaba como baluarte y fortaleza el quicio de una puerta, el saliente de una
columna, la revuelta de un corredor, localizando el combate en estos detalles
arquitectónicos.
Cada habitación del piso bajo costaba ríos de
sangre, y los asaltantes atravesaban un umbral, esperando la descarga a
quemarropa, que aclaraba las filas, o el salvaje machetazo, que hendía el
cráneo.
Las oficinas, los armeros, los almacenes, eran
teatro de las más horrorosas escenas, y en las desiertas cuadras, chocando
contra los vacíos pesebres y tropezando con los montones de paja, se buscaban
los hombres con ciego furor, se herían con bárbara complacencia, y muchas
veces, rotas las armas o perdidas, caían fuertemente abrazados, y mordiéndose
en el rostro, se revolcaban a los pies de alguna mula vieja o caballo
abandonado, pobres bestias que, amedrentadas por la tempestad que rugía fuera,
miraban con ojos melancólicos aquellas escenas de horror, no pudiendo
comprender, sin duda, las locuras de una raza superior, que del asesinato en
masa hace un título de gloria.
Los asaltantes se hicieron, por fin, dueños del
piso bajo; pero la resistencia continuó arriba, en los pisos superiores, en
aquellos vastos dormitorios, cuyas paredes estaban acribilladas por los
metrallazos que enviaban las baterías sitiadoras, y de cuyas ventanas no
quedaban más vestigios que los rotos goznes y algunos jirones de madera, que se
bamboleaban al estrépito de cada descarga.
Las escaleras fueron cráteres de volcanes
invertidos, que despedían fuego hacia abajo, y los
peldaños desaparecieron bajo los cadáveres. El humo cegaba a los asaltantes;
las paredes trepidaban con el ruido de las descargas; las voces de mando apenas
si se oían en aquella confusión, y los asaltantes, cegados por el picante
hálito de la pólvora, rabiosos por aquella resistencia y enloquecidos por el
peligro a que les empujaban sus jefes, subían como una marea de agudas
bayonetas, sin fijarse en lo que ocurría a su lado, destrozando al muerto con
sus pies y desoyendo al compañero herido, que exhalaba alaridos de dolor...
Ya estaban las tropas del Gobierno en el primer
piso; ya cargaban a la bayoneta por los dormitorios, y los horribles detalles
de una lucha parcial volvían a reproducirse.
Las bayonetas hurgaban furiosas bajo las camas, de
donde salían tiros de revólver; el soldado recibía moribundo sobre su pecho al
compañero que le precedía al atravesar una puerta, y sobre las revueltas
sábanas y los rotos jergones, caía fusilado el mocetón que, machete en mano, se
defendía como una fiera acorralada.
Costó mucho a las tropas del Gobierno apoderarse
del cuartel de San Gil.
En cada piso fué necesario, primero, un asalto para
llegar a él, y después, una batalla para apoderarse de sus acribilladas
habitaciones.
En el segundo piso, defendiéronse los artilleros
con igual fiereza que en el primero, y cuando se vieron desalojados de él, aún
quedaron trescientos desesperados que se fortificaron en las buhardillas,
causando gran daño a los sitiadores.
Por fin, las tropas del Gobierno se hicieron dueñas
del edificio, y los insurrectos que sobrevivieron a la lucha, quedaron
desarmados y prisioneros.
O’Donnell respiró al ver vencida la insurrección
militar, y antes de dirigirse contra los elementos civiles que sostenían la
bandera revolucionaria, encaminóse a Palacio, para tranquilizar a Isabel II y a
su pusilánime y afeminado esposo, Don Francisco de Asís, que temblaba como una
damisela, a pesar de su categoría de capitán general del Ejército.
La reina dió las gracias a O’Donnell por el
servicio que acababa de prestarle, y le excitó a que, cuanto antes, exterminase
al paisanaje, que, en los barrios populares, defendía su terrible red de
barricadas. Hablando así, aquella mujer pensaba ya en destituir a O’Donnell,
que por ella exponía la vida, sustituyéndolo por
Narváez. Tan perfectamente sabía mentir Isabel II, que nadie podía dudar que
era legítima hija de Fernando VII.
El duque de Tetuán dirigió el grueso de sus tropas
contra los barrios del norte de Madrid, y tras un combate de muchas horas
consiguió vencer las fuerzas populares, que mandaba Contreras.
En el sur de la capital, la lucha se desarrolló en
las últimas horas de la tarde, y al anochecer, era tomada por las tropas la
barricada de la plaza de Antón Martín, último baluarte de los revolucionarios.
Así terminó la insurrección popular más heroica y
entusiasta y peor dirigida que ha existido en España.
Las tropas, enfurecidas por aquel combate tenaz que
diezmaba sus filas, fusilaron, al pie de las destruídas barricadas, a todos
aquellos prisioneros cuyo aspecto denunciaba el carácter de jefes
revolucionarios, y O’Donnell aún permaneció algunos días en el Poder, para
encargarse de la deshonrosa misión de “escarmentar” a los revolucionarios,
ejecutando sesenta y seis sargentos y cabos.
Después de esta hecatombe, la Monarquía, como el
bandido que luego de cometido el crimen arroja lejos de sí el puñal
ensangrentado, derribó a O’Donnell del Poder, lanzándolo al olvido, y
acelerando con sus desdenes el fin de su existencia.
La barricada de la plaza de Antón Martín
Era el más terrible de todos aquellos confusos
amontonamientos de adoquines, tierra, carruajes y muebles que la revolución
había hecho surgir, soplando sobre las calles de Madrid.
Sus diferentes baluartes, que por lo irregularmente
construídos parecían montones de basura, hacinados por colosal escobazo,
cerrando las diferentes entradas a la plaza, convertían a ésta en una
ciudadela, en cuyo interior estaba todo lo más
granado de Madrid en punto a guapeza revolucionaria y entusiasmo político a
prueba de decepciones.
Allí estaba la representación genuina de aquella
edad heroica de la democracia en sus diversas y conmovedoras manifestaciones.
El viejo menestral, que aún guardaba en su casa el
morrión de miliciano, de tiempos de la regencia de Espartero, y que hablaba,
como si fuesen sucesos del día anterior, de las tres jornadas del 54 y de la
protesta armada del 56; el agitador, de levita raída, que se había tuteado con
Sixto Cámara; el tendero, fervoroso progresista, que ponía a todos sus hijos el
nombre de Baldomero, y en la anaquelería de su tienda, tras las piezas de tela
o las cajas de azúcar, ocultaba las armas pertenecientes al club del barrio; el
obrero, que pasaba las veladas con su familia haciendo cartuchos, y al
acostarse ocultaba los paquetes de pólvora entre los colchones, para igualarse
con esto al Gobierno, que a todas horas dormía sobre un volcán; el escritor
bohemio, de mísero pelaje, que no sabía ya qué decir a la libertad, cuya figura
había ensalzado en cien odas, y que estaba ansioso de que los suyos “fuesen
pronto Poder”, para mudar de vida; el aprendiz entusiasta, gran aficionado al
barbero de su barrio, a quien oía leer los periódicos de oposición, y le
preguntaba cuándo llegaba “la gorda”; todos, en fin, los entusiastas y los
ilusos, los héroes y los desesperados, representando la parte del pueblo
español a la que aún le quedaban fuerzas y energía para atacar a una familia
que llevaba uncida a la nación al carro de sus vicios y sus crímenes,
hallábanse allí en aquella barricada, sin saber qué hacer, ni cuál era la
suerte de sus compañeros en los restantes distritos de Madrid, pero dispuestos
a resistir mientras les quedase un cartucho.
Los barrios populares, de los que era puerta la
célebre plaza, habían arrojado en tal punto su gente de más valía, que acudía
al olor de la pólvora, los más de ellos instintivamente y sin aviso alguno.
Predominaba en aquella barricada el elemento
avanzado. Eran pocos los progresistas y muchos los demócratas; y allí con el
fusil en la mano, figuraban todos los entusiastas que más gritaban y aplaudían
en las reuniones públicas del partido, cuando Orense, a quien llamaban por
antonomasia “el marqués”, soltaba alguna de sus agudas chuscadas, o Pi y
Margall y Castelar pronunciaban sus magníficos discursos.
El triunfo no era seguro; mas no por esto decrecía
el entusiasmo; además, aquellos revolucionarios confiaban en una providencia
extraña, y tenían la convicción de que, permaneciendo ellos a pie firme,
resistiendo los ataques de la tropa, no faltaría alguien que a sus espaldas
decidiera la victoria.
Desde las primeras horas de la mañana estaba
levantada aquella barricada, y, sin embargo, hasta muy entrada la tarde no
recibió ninguna embestida formal.
No por esto los que la defendían permanecían en la
inacción.
Algunos pelotones de la Guardia Civil la tiroteaban
desde puntos lejanos, y los insurrectos apenas si contestaban con alguno que
otro disparo, comprendiendo, sin duda, que necesitaban las municiones para más
adelante.
Durante horas enteras cesaban estas débiles
agresiones; pero, en cambio, los insurrectos estuvieron oyendo durante toda la
mañana un continuo y apagado estruendo, semejante al de una lejana tempestad.
—Se baten en la Montaña—decían los defensores de la
barricada en las primeras horas de la insurrección.
Después, el estruendo cesaba de sonar en el mismo
punto, trasladándose a otro lugar.
Esto hacía torcer el gesto a muchos, pues indicaba
que un foco de la revolución había sido extinguido y comenzaba a combatirse a
otro.
—Ahora deben estar batiéndose por la parte de
Fuencarral.
Y así era, pues el Gobierno se hallaba dedicado a
atacar la revolución en el norte de Madrid.
Aquella lucha lejana, excitaba a muchos de los
defensores de la barricada, que, irritados de permanecer inactivos, mientras
allá abajo mataban a sus hermanos, saltaban aquellos hacinamientos confusos,
que constituían los baluartes, y con el fusil al hombro perdíanse en las
vecinas calles, siempre con dirección al punto donde sonaban las descargas.
Era expuesto y difícil querer pasar de un extremo a
otro de Madrid, y, además, la plaza de Antón Martín era el punto avanzado de la
insurrección en el sur, y más allá de sus barricadas, resultaba lo más probable
recibir un traidor balazo o encontrarse con una patrulla de Guardia Civil, que
prendía a los transeúntes sospechosos, conduciéndolos a los sótanos del
Ministerio de la Gobernación.
Estos avances, hijos de la impaciencia y el
entusiasmo, disminuían el número de defensores;
pero la calma que, a pesar de los preparativos insurreccionales reinaba en la
calle de Atocha, difundía cierta confianza en el vecindario de los pisos bajos,
y algunos establecimientos de comidas y bebidas decidíanse a abrir sus puertas
a los revolucionarios.
Reinaba tal calma en aquella parte de Madrid, y con
tanta tranquilidad se paseaban los insurrectos por la plaza, que, a no ser por
el silbido de alguna bala que, de vez en cuando, enviaban los guardias
posicionados por la parte de la plaza de Santa Cruz, se hubiera creído que la
revolución había terminado y que el pueblo era el vencedor.
En las primeras horas de la tarde cambió por
completo la situación.
Viéronse llegar a todo correr algunos de los
hombres que antes habían abandonado la barricada, los cuales mostraban una
expresión de alarma, a la que se unía cierta alegría feroz.
—¡Ya están ahí!—gritaban—.¡Ya tenemos encima a la
tropa!
Y a estas palabras, aquel hacinamiento confuso,
levantado por el huracán revolucionario, conmovíase y parecía adquirir vida.
Los revolucionarios preparaban sus armas y escogían
a su gusto el lugar de la barricada desde donde habían de hacer fuego a los
asaltantes, y había quien buscaba estar lo más cómodamente posible, tomando
asiento en un montón de piedras y apoyando la carabina en algún saliente de la
dentada barricada.
Un grupo de jóvenes obreros, que, a causa del
calor, se habían quitado sus chaquetas e iban de un lado a otro en cuerpo de
camisa, con la carabina al hombro, saltaron fuera de la barricada, pues les
parecía poco digno batirse tras aquellos obstáculos y no dar francamente su
pecho al enemigo.
Reinaba en la plaza la misma animación que en la
cubierta de un buque cuando está próxima la tempestad, sólo que allí cada uno
se movía por impulso propio, y eran muy pocos los que obedecían las órdenes de
los jefes revolucionarios.
Entre los hombres que en revuelto grupo habían
asaltado la barricada, anunciando la proximidad de las tropas, llamó la
atención un caballero de arrogante figura, al que saludaron con
afectuosidad los más caracterizados de los insurrectos.
Los defensores de la plaza de Antón Martín tenían;
por principales jefes a don Nicolás María Rivero y al abogado valenciano don
José Cristóbal Sorní, hombres importantes del partido democrático y políticos
de acción, que, revólver en mano, iban rectamente al peligro, para poner en
práctica lo que mil veces habían predicado en el Club.
Bastó que los dos y algunos otros revolucionarios
de prestigio, cambiasen un apretón de manos con el recién llegado, para que al
momento todos los insurrectos lo calificasen de personaje de importancia, y se
mostrasen dispuestos a obedecerle.
Era Esteban Alvarez, que seguido de su asistente,
estaba desde las primeras horas de la mañana en los puntos de mayor peligros
dando muestras del más temerario valor, y librándose milagrosamente de la
muerte.
Había estado con otros oficiales expulsados del
Ejército por conspiradores, aguardando al amanecer la orden del Comité
revolucionario, para ir a los cuarteles de Infantería a sacar las fuerzas; y
cuando, en vista de la fatal tardanza, se decidió a no esperar más,
trasladándose a los puntos indicados, encontróse con que los jefes afectos al
Gobierno habían sido más activos, llegando antes que él.
Desesperado por el mal sesgo que tomaba el
movimiento, había intentado llegar al cuartel de San Gil para ponerse al frente
de la Artillería y organizar la defensa; pero era tarde ya también, pues
O’Donnell tenía bloqueado el edificio, y al fin el conspirador hubo de
resignarse a batirse como un simple soldado, pues en las barricadas reinaba tal
confusión que nadie obedecía sus indicaciones acertadas, hijas de su genio
militar.
Estaba convencido del fracaso de aquella
insurrección, pero ni un solo instante pensó en retirarse, y durante todo el
día estuvo en los puntos de mayor peligro.
Batióse en la plaza de Santo Domingo, donde vió
caer del caballo y quedar herido al general Pierrad; arrostró el fuego en la
calle de Hortaleza, y estuvo próximo a quedar prisionero en la puerta de
Bilbao, donde el general Contreras, con algunos centenares de paisanos y dos
cañones se defendió con gran bizarría; y al fin, cuando vió vencida la
insurrección en el norte de Madrid intentó pasar al sur, para unirse a los
elementos democráticos, temibles y valerosos, que a las órdenes de Rivero y
Sorní prolongaban aquella resistencia desesperada,
expendiendo su línea de combate desde la plaza de Antón Martín a la calle de
Segovia.
Era dificilísimo pasar de un extremo a otro de
Madrid, y, sin embargo, lográronlo Alvarez y su asistente, después de arrostrar
muchos peligros.
El centro de la capital estaba ocupado por las
tropas, que impedían la circulación; pero Alvarez se dirigió al sur por la
Ronda, y unas veces ocultándose al paso de una patrulla de caballería, y otras
sintiendo silbar junto a su cabeza las balas que dirigían a los escasos
transeúntes los pelotones de Guardia Civil posicionados en varios edificios
fuertes, el militar revolucionario pudo llegar al punto donde se proponía, y
después de una hora de continuos peligros, encontróse en la barricada de la
plaza de Antón Martín.
El y Perico habían tirado sus armas en la última
barricada que defendieron, para no hacerse sospechosos al transitar por la
Ronda, y únicamente Alvarez conservaba su revólver, que llevaba escondido en el
bolsillo del pantalón.
El asistente no tardó en proporcionarse un viejo
fusil, y se colocó respetuosamente a corta distancia de su amo, que, subido en
lo más alto de la barricada que cerraba la calle de Atocha por la parte del
Prado, contemplaba la casa de Enriqueta.
A Alvarez, conmovido todavía por las terribles
escenas de que había sido actor en aquella mañana, y zumbándole aún los oídos
con el estruendo de la fusilería, parecíale muy extraño encontrarse sano y
libre cerca de la casa habitada por la mujer querida.
Un presentimiento triste se revolvía en su
interior: ¿habríase salvado de tantos peligros para venir a morir allí, a la
vista de aquellos balcones, que otras veces había espiado, con la esperanza de
contemplar un solo instante el rostro de Enriqueta? ¿Sería su destino agonizar
sobre aquella acera, por la que tantas veces había paseado, imaginándose las
más risueñas esperanzas de amor?
Negra tristeza invadía el ánimo de Alvarez, quien,
sintiendo por primera vez en su vida tan extraño malestar, creyó ser víctima
del miedo.
Esto le avergonzó, y como si tuviera el
convencimiento de que la vista de aquella casa era lo que desvanecía todo su
valor, bajó de la barricada, y confundiéndose en la plaza con los grupos
revolucionarios, dijo a su asistente, que le seguía silencioso:
—Animo, Perico; aquí dispararemos el último tiro
por la revolución, y ¡quién sabe sí en esta parte
de Madrid seremos más afortunados que en la otra!
El pobre muchacho, que estaba de mal humor, por
haberse rasgado en las barricadas un traje de verano comprado días antes, no
participaba de ese esforzado optimismo.
Bien conocía él que aquello no marchaba
regularmente, y que la tropa iba a zurrarles la badana, como él decía; pero,
ciego observador de su deber, permanecía al lado de su amo, sin atreverse a
decirle que él pensaba que, supuesto la revolución había perdido la partida, lo
más prudente era ocultarse en cualquier parte, sin arrostrar nuevas aventuras.
Pero con Alvarez no valían tales razonamientos, y
buena prueba de ello era el ardor con que se dedicaba a organizar la defensa de
la plaza.
El fué quien, saltando fuera de la barricada,
obligó a entrar en ésta a los audaces obreros que pretendían batirse a cuerpo
descubierto.
El baluarte que cerraba la calle de Atocha, por la
parte que conducía a la plaza Mayor, estaba erizado de cañones de fusil, que
apuntaban aquella desierta vía.
Esperábase por tal parte el ataque, y reinaba en la
barricada el silencio que precede siempre a las grandes catástrofes.
Aquellos patriotas armados, que tan audaces se
mostraban antes, sentían en su mayoría una impresión semejante al miedo que se
experimenta ante lo desconocido. La mayoría de ellos no se habían batido nunca,
y empuñaban un fusil por primera vez; pero a pesar de su emoción, tenían
conciencia del sublime deber que cumplían, y estaban inmóviles y firmes en sus
puestos, sin pensar en retroceder, y procurando cada uno ocultar sus
sentimientos, para no excitar las burlas de los compañeros.
Alvarez, con el revólver en la mano, iba de un
punto a otro, para aconsejar con su larga práctica de soldado, y como un padre
cariñoso cuidaba de los inexpertos, alejándolos de los puntos donde quedaban al
descubierto, y colocándolos en otros, para que pudiesen hacer fuego,
ocultándose a las balas enemigas.
Todos, con el fusil apuntando, miraban aquella
larga y desierta calle, que, con sus casas cerradas e iluminadas por los
pálidos rayos de un sol que estaba ya en el ocaso, tenía el mismo aspecto de
una avenida de elegante cementerio.
El silencio que reinaba en la calle fué turbado por
un rumor sordo e imponente, que resonó al extremo
de ella. Nada se veía; pero Alvarez adivinó lo que era aquello.
—Atención, ciudadanos—gritó con su poderosa voz—.
La tropa está tomando posiciones y va a atacarnos.
Así era. Algunas compañías ocupaban las casas de
posición estratégica, desde las cuales había disparado antes la Guardia civil,
y al extremo de la calle apareció la cabeza de unía columna, brillando
vivamente los fusiles y los uniformes a la luz del sol.
Los insurrectos no llegaron a darse cuenta de cómo
empezó aquello.
Apenas aparecieron los soldados, una mano
impaciente disparó un tiro desde la barricada, e inmediatamente el
revolucionario baluarte se coronó de humo, y estalló un trueno sordo y
prolongado, como si se rasgase una colosal pieza de tela.
El combate se generalizó, y desde el fondo de la
calle salió una descarga, y después otras, sin interrupción.
En un breve momento de calma, se oyó en la
barricada la voz de Alvarez, que decía:
—Nos honran mucho, ciudadanos. Tenemos enfrente
tres regimientos, por lo menos.
En ninguna barricada se había hecho un fuego tan
horroroso. Las tropas del Gobierno, deseosas de terminar aquella revolución,
que se prolongaba demasiado, y comprendiendo que ésta podía revivir si llegaba
a la noche sin ser extinguida, extremaban su ataque de tal modo, que arrojaban
sobre aquella barricada, último baluarte de la insurrección, un verdadero
diluvio de plomo, antes de decidirse a tomarla a la bayoneta.
Por su parte, los insurrectos contestaban a la
agresión de los sitiadores con un fuego incesante.
La vista de algunos compañeros que habían caído a
las primeras descargas, manchando con su sangre los montones de adoquines, y
las balas, que zumbaban como abejas, junto a sus oídos, enloquecían a aquellos
bisoños de la revolución, que, aturdidos por la rabia y el peligro, tiraban a
ciegas y con fiera tenacidad, buscando el olvidar el peligro, embriagándose con
el estampido y el humo de la pólvora.
Tan continuas eran las descargas, y tantos disparos
se cruzaban entre ambas partes, que la calle parecía combatida por un huracán
de granito.
Las balas llegaban a todas partes. Chocaban contra
la barricada, levantando la tierra y haciendo saltar a esquirlas el borde de los adoquines; acribillaban las paredes
de las casas y rompían los cristales de los balcones, que venían abajo con
argentino estruendo e hiriendo con sus fragmentos a algunos de los insurrectos.
A pesar de los cuidados con que éstos se ocultaban
tras las desigualdades de la cresta de la barricada, las bajas eran ya muchas a
los pocos momentos del combate, pues aquel aguacero de plomo se introducía por
todas partes, y las balas lo mismo rozaban el dentellado borde del baluarte,
que penetraban por todas las rendijas y claros que los revolucionarios
utilizaban como aspilleras.
Alvarez, que tan cuidadoso se mostraba por la vida
de sus compañeros, procurando ponerlos a cubierto del fuego enemigo, se
olvidaba de su propia existencia, y, atento a los movimientos del enemigo,
estaba en el punto más elevado de la barricada, exponiéndose a ser blanco de
algún certero tirador.
—Pero, mi capitán—decía con acento angustiado su
fiel asistente, que hacía fuego al lado de él—. Baje usted de ahí; ocúltese, si
no, es muerto.
—¡Bah!—contestaba con desprecio Alvarez, que tenía
las supersticiones propias de los soldados—. Si allá abajo está en alguna
cartuchera la bala que ha de matarme, lo mismo me alcanzará ocultándome que
estando al descubierto.
El capitán, al hablar así miraba en derredor, y el
espectáculo no podía ser más horrible.
En el centro de la plaza, tendido de espaldas, y
con los brazos en cruz, desabrochada la levita y el sombrero de copa caído a
alguna distancia, estaba el cadáver de un jovencillo melenudo, con bigote y
perilla. Sobre el pecho tenía una gran mancha de sangre. Tal vez era el mismo
que aquella mañana había visto pasar Enriqueta al frente del primer grupo
revolucionario. Lo más probable es que a aquellas horas, una madre, allá, en
una alejada provincia, pensase con fruición en el hijo que tenía en Madrid, escribiendo
en los papeles públicos y en camino de convertirse en un grande hombre, y que
una señorita de aldea releyese las cartas, ilustradas con versos, que de vez en
cuando le enviaba el futuro personaje.
A los pies de Alvarez, un viejo obrero había caído
con la boca deshecha de un balazo, cuando apuntaba su fusil tras la estrecha
aspillera, y un chicuelo con blusa fresco y sonrosado como una muchacha, se
revolvía en el suelo, agarrándose el vientre con
ambas manos, y dejando tras sí un reguero de sangre.
Pero eran pocos los que tales horrores veían. Los
más hacían fuego como autómatas, y cediendo a una interna e imperiosa necesidad
de expansión, gritaban como unos condenados, acompañando cada disparo con vivas
a Prim y a la Libertad, y maldiciendo a la p... de la reina.
En medio de aquella confusión, cuando en la
barricada estaba en su período álgido la rabia popular, fué cuando Alvarez
gritó con voz de trueno:
—¡Atención! Van a atacarnos a la bayoneta. No
hagáis fuego. Esperad a que estén cerca.
Fuese instintiva obediencia de los insurrectos, o
prontitud de los jefes revolucionarios en imponer esta orden, lo cierto es que
la barricada cesó de disparan, quedando muda y silenciosa bajo aquel torbellino
de plomo que los sitiadores la enviaban con mayor furia.
Al amparo de este fuego, dos columnas avanzaban por
ambas aceras a todo correr, con las bayonetas bajas, como toros que al embestir
humillan sus terribles cuernos, mientras que por el centro de la ancha vía, una
batería que acababa de ser emplazada, enviaba algunos proyectiles.
Alvarez era el único que, despreciando el fuego, y
asomando su cabeza por encima de la barricada, espiaba en conjunto aquel
avance, al mismo tiempo que hablaba a los compañeros que tenía abajo:
—No disparéis hasta que yo os lo diga. Conviene
dejarlos que se acerquen.
Y cuando las cabezas de las dos columnas estaban a
unos cincuenta pasos de la barricada, y los jefes, agitando sus sables, daban
ya la voz de asalto, Alvafez gritó con energía:
—¡Fuego!—y disparó su revólver, apuntando al
coronel, que, con la espada desnuda, iba al frente de los asaltantes.
Vomitó la barricada toda la ira y la muerte que
había estado conteniendo durante algunos minutos, y el efecto fué terrible.
Cuando se hubo extinguido el último eco del
horroroso trueno, y se disipó la nube de humo, vieron los insurrectos muchos
soldados tendidos sobre las aceras, y a las dos columnas que revueltas y
confusas, retrocedían hasta el extremo de la calle, donde se detenían, para
hacer nuevamente un fuego graneado contra la barricada.
Los trabucos de que se servían algunos insurrectos,
y que hasta entonces, en el fuego a regular distancia sólo había servido para aumentar el estruendo, eran los que más
daño causaron a los asaltantes, disparando sobre ellos a boca de jarra su
terrible metralla.
Después de este asalto frustrado, las tropas
cesaron en sus hostilidades, y hasta los destacamentos que ocupaban las lejanas
casas, y que apoyaban con su fuego a los asaltantes, continuaron el tiroteo muy
débilmente.
Algunos insurrectos entusiastas, llevados de su
inexperiencia, creíanse ya vencedores y hablaban de salir en persecución de las
tropas que, indudablemente, se retiraban.
Alvarez sonreía ante tanta candidez.
—No os hagáis ilusiones y preparaos, que ahora
viene lo bueno—decía a todos aquellos entusiastas, que, admirados de su sereno
valor, le miraban con respeto—. Yo me engaño pocas veces en asuntos de esta
clase, y tengo la seguridad de que si han cesado de hacer fuego, es porque se
preparan a atacarnos por varios puntos a la vez.
Y Alvarez, a quien todos obedecían, colocó una
parte de los defensores en la barricada que cerraba la entrada de la calle del
León, donde hasta entonces sólo habían estado dos centinelas.
Ya no alumbraba el sol, y comenzaba uno de esos
lentos y claros crepúsculos del verano.
Alvarez, seguido de Perico, se trasladó a la
tercera barricada, que era la que cerraba la calle de Atocha por la parte del
Prado, y que, por ser la más grande y tener los sublevados escasos materiales
para su construcción, resultaba la más difícil de defender.
El capitán, teniendo al lado a su asistente,
exploraba con la vista aquel hermoso trozo de calle, con sus edificios cerrados
y sus dos filas de árboles con las ramas desgajadas por las balas perdidas que
hasta ellos habían llegado.
Algunas casas de aquella parte, a pesar de que aún
no había llegado hasta allí el combate, tenían en sus puertas y persianas
visibles huellas del fuego enemigo; pero el palacio de Enriqueta, desviado un
poco del otro lado de la calle, no había sufrido ningún desperfecto.
Esto alegraba a Alvarez, para el cual el choque de
una bala en aquellas paredes, tras las cuales se ocultaba el ser querido,
hubiera sido tan sensible como si la hubiera recibido él mismo.
Para aquel hombre, calenturiento por la lucha,
agitado por las terribles escenas de las que había sido actor, y que surtía
desordenadas por las circunstancias sus facultades mentales,
el vasto y aristocrático edificio, cerrado y silencioso, era como la imagen, de
Enriqueta, que, muda y melancólica, estaba allí para recibirle en sus brazos,
si moría.
Un hombre vino a turbar la soledad que reinaba en
la calle.
Era un caballero obeso, que caminaba pegado a la
pared, por la acera de enfrente a la casa de Enriqueta, y que, al llegar ante
el aristocrático edificio, miró con terror a la barricada, y, por fin, como
quien cede a una fuerza superior, atravesó a saltos la calle, yendo a llamar en
la gran puerta, con repetidos golpes de aldabón, al mismo tiempo que gritaba
algunas palabras y daba patadas en el postigo, para decidir a los de dentro a
que abriesen.
Alvarez y su asistente se miraron con sorpresa, y
en sus ojos leyóse el mismo pensamiento.
Habían conocido a aquel hombre que tan
angustiosamente llamaba: era Quirós.
El último día de Quirós
Después de cenar, a la salida del Casino, en un
gabinete reservado del café de Fornos, don Joaquín Quirós acompañó a su casa a
Lolita Pérez, una muchacha andaluza, algo averiada, pero muy graciosa, que
durante el invierno servía de figuranta en el Real y en el verano se quedaba en
Madrid o iba a San Sebastián, según la situación financiera, y en todo tiempo
se dedicaba a buscar un protector, porque, según ella, a una artista le era
imposible prosperar sin tener un arrimo.
Había estado de francachela con dos amigos de
Quirós, acompañados también de otras prójimas de la misma clase, y disuelta la
reunión a más de las tres de la madrugada, el diputado, como hombre de orden,
fuese con su querida a casa, mientras que las otras dos parejas, trastornadas
por el “champagne”, cantando y besuqueándose en medio de la calle de Alcalá,
dirigíanse hacia el Retiro, pausadamente, para ver amanecer y tomar un vaso de
leche.
La figuranta vivía en la calle de Hortaleza, en un
segundo piso, ricamente amueblado a expensas de
Quirós, quien dejaba tragarse a la graciosa andaluza gran parte de los fondos
destinados al periódico.
Aquel aventurero a quien la obesidad había quitado
algo de su antigua travesura, gustaba de ser acariciado, mimado y engañado como
un pachá, por aquella odalisca de guardarropía.
Después de sus entrevistas con la duquesa
influyente, ambicioso demonio con faldas, que conservaba una ternura
diplomática en medio de los transportes de amor, y que entre beso y beso
hablaba del estado de la política y de lo que pensaba la reina, gustábale a
Quirós el amor de aquella muchacha, viva como una ardilla y que con las ajadas
mejillas embadurnadas de polvos y colorete y los ojos pintados de negro, armaba
escándalos fenomenales en los restaurantes, rompía los platos y pellizcaba a
los camareros, y acababa por bailar el zapateado a los postres, sobre la blanca
mesa, todo para volver a recobrar su aspecto de sencillez y humildad, apenas
ponía los pies en la calle.
A Quirós, hipócrita en política y en religión,
gustábale extraordinariamente la falsía de aquella muchacha.
Cogidos del brazo, con paso reposado y todo el
aspecto de un matrimonio honrado y feliz, que se retiraba tarde a casa, aquel
par de buenas piezas llegaron a la calle de Hortaleza y se metieron en su
habitación.
Reinaba en la calle la calma propia de las últimas
horas de la noche, y Quirós pensó quedarse allí hasta las siete de la mañana,
como lo hacía otros días, para irse a tal hora a su casa y abrir con su llavín,
sin que la baronesa ni Enriqueta se apercibierais de nada, como venía
ocurriendo hacía mucho tiempo.
Acostáronse en la magnífica cama, capricho de “la
niña”, que el diputado había comprado en el principal almacén de muebles de
Madrid, disputándosela a una rica condesa; y transcurridas dos horas, cuando ya
había amanecido y el sol se filtraba por las rendijas de la cercana ventana,
Quirós oyó algo que le hizo saltar de los mullidos colchones.
Era que empezaba la revolución, y que allá lejos,
por la parte del cuartel de San Gil, sonaban las primeras descargas.
El diputado, a pesar de las súplicas vehementes de
la andaluza, que por su “salusita” le pedía que permaneciese quieto, abrió la
ventana, para enterarse de lo que ocurría, y vió la calle ocupada por varios
grupos armados, que, con febril actividad, estaban levantando barricadas.
En aquel mismo momento, unos cuantos artilleros,
dando vivas a la Libertad, colocaban un cañón al extremo de la calle, apuntando
a la Puerta del Sol.
Quirós palideció, experimentando mayor susto que la
andaluza, que, por la Virgen, de la “Soledá”, le pedía que cerrara pronto.
Ya estaba en pie la canalla; ya había salido de su
cubil el monstruo revolucionario, aquella hidra que tanto manoseaba en sus
discursos, cuando amenazaba al Gobierno con el diluvio final si no extremaba
las medidas revolucionarias y volvía a España a aquellos felices tiempos en que
todo le arreglaban y dirigían los frailes y jesuítas.
El, que con tan soberano desprecio hablaba desde su
asiento en el Congreso de la canalla revolucionaria; él, que conmovía a las
damas católicas de la tribuna, irguiéndose con audacia sublime a la mitad de
sus discursos, para desafiar las iras de la chusma masónica y avanzada, enemiga
de los reyes y los sacerdotes; ahora que tenía ante sus ojos a aquel enemigo,
tantas veces despreciado cuando lo veía lejos, sentíase agitado por tal miedo,
que se apresuró a seguir los consejos de su querida, y cerró la ventana.
Tan importante y temible se creía, que llegó a
pensar que alguno de aquellos “andrajosos” podía conocerle y caer en la
tentación de subir hasta allí, para degollarlo a él y a su Lolita, y hacer
morcillas con su sangre. Todo podía, esperarse de gentes sin religión y sin
moral.
Temblando de miedo volvió a meterse en la cama, y,
oprimido por los brazos de la andaluza, y sudando con el calor y la angustia,
pensó en aquel suceso, cuya importancia se agrandaba en su imaginación.
La presencia de aquellos artilleros entre los
sublevados, hacíale creer que toda la guarnición de Madrid se había adherido al
movimiento, y al imaginarse la posibilidad de que la revolución triunfase, el
diputado ultramontano estremecíase de horror, viendo ya a las turbas sin freno
armadas de latas de petróleo, y a él buscando un medio para escapar y
refugiarse en el extranjero, como si fuese un terrible personaje sobre el que
iban a descargar las cóleras populares.
Transcurrió una media hora, que a Quirós le pareció
un siglo, entregado, como estaba, a tan terroríficos pensamientos, y, de
pronto, retumbó la calle con una horrorosa descarga, que hizo temblar al
diputado y prorrumpir a la andaluza en una serie interminable de invocaciones a
todas las vírgenes conocidas.
Comenzaba el ataque de las barricadas, y ninguno de
los dos se atrevía a moverse de la cama, como si temiesen que una bala llegase
y tuvieran a la sábana que los cubría como un blindaje impenetrable.
Estrechamente abrazados, con las cabezas escondidas
bajo las almohadas y temblando a cada descarga, pasaron las dos largas horas de
la mañana, que en aquella parte de Madrid fueron de continua lucha.
A medio día cesó el combate; los insurrectos se
desbandaron y las tropas del Gobierno ocuparon las barricadas de aquel
distrito.
Quirós, a pesar del pavor que le dominaba,
comprendió lo que ocurría, y cuando, después de vestirse y de tomar grandes
precauciones, se asomó tímidamente a la ventana, respiró ruidosamente al ver en
la calle los rojos pantalones de la Infantería.
Se había salvado la causa del orden, la revolución
estaba agonizante y el diputado se sintió convertido en otro hombre.
Recobró su habitual insolencia, avergonzóse al
pensar que había tenido miedo, se demostró a sí mismo que era una locura el
creer en la posibilidad del triunfo de la revolución y que forzosamente había
de salir siempre victorioso el Gobierno y, ansioso por gozar tan consolador
espectáculo, se despidió de Lolita y salió a la calle.
Pensaba él que a su prestigio de hombre político
convenía que le viesen en las calles cuando aún estaba reciente la lucha, pues
esto sería motivo para que al día siguiente hablase la Prensa de él, pintándolo
como un hombre de acción, que, aunque no estaba conforme con la marcha del
Gobierno, sabía acudir al puesto de honor cuando estaban en peligro la
Monarquía y el orden.
Las angustias y temblores que había experimentado
en casa de su querida, eran detalles sin importancia, que quedarían en el
tintero.
Discutiendo con los jefes de los destacamentos que
ocupaban las calles, rogando a unos y dándose a conocer a otros, llegó hasta la
Puerta del Sol, y tuvo buen cuidado en hacerse visible ante varios generales
que estaban reunidos en el portal del Ministerio de la Gobernación, y a los
cuales conocía, relatándoles proezas aisladas que él había llevado a cabo en
varios puntos, y no teniendo el honor de que ninguno de ellos escuchase sus
sandeces y mentiras.
La insurrección continuaba aún en el más apartado
extremo de los barrios del Norte, y Quirós, entretenido en presenciar las disposiciones militares, y deseoso de que le
vieran los generales y los altos políticos que continuamente llegaban al
Ministerio de la Gobernación, permaneció en la Puerta del Sol hasta bien
entrada la tarde.
Hasta entonces, la excitación producida por el
espectáculo revolucionario y la magnífica cena de la madrugada anterior, le
habían sostenido, no dejándole sentir necesidad alguna; pero a tal hora comenzó
a experimentar desfallecimiento y deseó verse en su casa, en su lujoso comedor,
y ante una mesa bien servida. Además, el cansancio producido por una moche en
vela, aturdía a aquel hombre, a quien una obesidad cada vez más creciente había
hecho egoísta, y que no podía permanecer tranquilo así que le faltaba alguna de
sus habituales comodidades.
Sintió el deseo de verse cuanto antes en su casa, y
únicamente le detuvo la idea de que su distrito era el último refugio de la
insurrección, y que allí todavía estaban los revolucionarios dispuestos a
resistir al Gobierno.
Pero tan vehemente era la ansiedad que sentía por
verse en su domicilio, que casi estaba dispuesto a arrostrar los peligros que
podía correr al atravesar la última zona de la insurrección.
Además, según los informes que le daban, los
revolucionarios sólo ocupaban la plaza de Antón Martín, dejando libre la calle
de Atocha, hasta el Prado, y él, bajando hasta la plaza de las Cortes y
siguiendo la calle de San Agustín y la Costanilla de los Desamparados podía
llegar casi al frente de su casa, sin tener que atravesar ninguna barricada.
Este plan, que acababa de aconsejarle un oficial de
Estado Mayor, conocedor de la topografía de la insurrección, parecíale a Quirós
muy acertado; pero todavía dudaba, pensando en la posibilidad de ser alcanzado
por una bala perdida o de tropezar con algún aislado grupo de revolucionarios,
que, reconociéndole, hiciesen con él una herejía.
Pronto le sacó de su incertidumbre el movimiento
que se notó en la Puerta del Sol. Las tropas, que habían descansado ya de la
refriega en el norte de la capital, se disponían a emprender la marcha hacia el
sur, para batir los últimos baluartes de los insurrectos.
Según las noticias que llegaban, ya habían
comenzado el fuego en dichos puntos, y los revolucionarios presentaban tal
resistencia, que era muy posible que la lucha se formalizase de un modo
terrible, prolongándose hasta la noche.
Quirós, que comenzaba a experimentar un creciente
aturdimiento, sólo sabia pensar en la necesidad de
llegar a su casa cuanto antes, y, sin darse cuenta exacta de lo que hacia,
salió de la Puerta del Sol, siguiendo el itinerario que le había marcado su
amigo, el oficial de Estado Mayor.
Mientras andaba instintivamente, pensaba en la
conveniencia del acto audaz que realizaba, marchando hacia el punto donde
estaba en pie la insurrección, y donde los hombres se exterminaban.
Pero... había que ser atrevido y llegar a casa
antes que, avanzando todas las tropas sobre el sur de Madrid, cortasen las
comunicaciones y se viera él obligado a pasar la noche al raso.
Cuando Quirós llegó a la calle de San Agustín
sonaron las primeras descargas de la tropa, que atacaba la barricada de la
plaza de Antón Martín, y se detuvo horrorizado al escuchar tan terrible
estruendo.
Refugiado en el quicio de una puerta, como si
temiese que hasta allí llegase el plomo del combate, permaneció Quirós todo el
tiempo que duró la lucha, hasta que, por fin, al restablecerse el silencio, se
decidió a salir de aquel escondite.
Ya no tenía duda alguna. Aquella calma demostraba
que la insurrección había sido vencida, y que las fuerzas del Gobierno ocupaban
victoriosas las posiciones del enemigo.
Bajó corriendo la Costanilla de los Desamparados y
entró en la calle de Atocha.
¡Ah!... ¡Por fin! Allí estaba su casa, aquella casa
tan deseada durante todo el día.
Pero la calma que reinaba en la calle le produjo
inmenso pavor. No veía los rojos pantalones de la tropa, que eran garantía de
seguridad para él, y, en cambio, ante sus recelosas miradas, aparecía la
barricada en pie, y, sobre ella, dos hombres, en los que no se fijó, a causa de
la precipitación pavorosa que le embargaba.
La convicción de que los insurrectos estaban aún
triunfantes, a poca distancia de él, y que podían enviarle un balazo a guisa de
saludo, dió fuerzas a sus temblorosas piernas para pasar rápidamente de una
acera a otra, y agarrando el aldabón de su casa, dió furiosos golpes en la
puerta.
¡Cuánto tardaban en abrir! ¡Y el terrible enemigo
allí, a su vista, y pudendo hacer fuego sobre él, que estaba por completo al
descubierto!
Esto aumentaba su miedo, y hacía que golpease con
sus pies la puerta, al mismo tiempo que, mirando arriba, a los cerrados
balcones, gritaba con angustia:
—¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!...
Si Quirós hubiese sabido quiénes eran aquellos dos
hombres que le miraban desde lo alto de la barricada, de seguro que el pavor le
hubiese hecho caer al suelo. Alvarez y su criado le habían reconocido
instantáneamente, y así ge lo dieron a entender con la mirada que cambiaron.
El capitán, a la vista de aquel cobarde enemigo,
sintió que una oleada de furor invadía su cerebro, e inmediatamente fué a
saltar desde lo alto de la barricada, para correr al encuentro de Quirós; pero
en el mismo instante sus oídos se ensordecieron con una detonación que estalló
junto a ellos, y sintió un ligero zumbido en el espacio, al mismo tiempo que
veía pasar ante sus ojos una nubecilla de humo.
Perico acababa de disparar su fusil, y el diputado,
dando un salto prodigioso, había caído de bruces sobre la acera.
Alvarez quedó estupefacto ante aquel suceso.
Después miró a su asistente, con aire de
reconvención, y vió que Perico, con una calma feroz, volvía a cargar su fusil.
—Perdone usted, mi capitán—dijo el aragonés con
calma—. Ese canalla también tenía cuentas conmigo: no podía yo olvidar lo que
hizo con mi pobre tía. Ahora ya está todo pagado. El tiro ha sido bueno.
Alvarez no se atrevió a decir nada a su asistente,
y con un gesto de resignación, murmuró:
—Así había de ser.
El tiro había sido certero, y el enorme cuerpo de
Quirós, tendido, con el rostro sobre la acera, permanecía inmóvil al pie de un
árbol.
Alvarez estuvo contemplándolo durante algunos
minutos con estúpida fijeza, pero pronto le sacó de su abstracción una nutrida
descarga, a la que contestaron con otra los insurrectos.
La barricada era atacada por dos puntos, y las
tropas iban a entablar el ataque decisivo.
La última escena de la revolución
Reinó durante todo aquel día en el palacio de
Baselga la consternación y la alarma propia de las circunstancias.
Los criados, reunidos en la antecámara, hacían
animados comentarios sobre lo que ocurría en las calles, o se manifestaban
dominados por un cómico terror, y las señoras de la casa estaban en una
habitación apartada, evitando el peligro de alguna bala que atravesase los
cerrados balcones.
La baronesa sufría una terrible agitación nerviosa.
El ruido de las descargas producíala grandes estremecimientos, y su doncella
había de frotarle las sienes con éter, para evitar los desmayos.
Ella, tan animosa siempre que se tratabas en teoría
de combatir a la impía revolución, y que se desataba en denuestos contra los
“pícaros descamisados”, había perdido en aquel día todo su valor, y tan grande
era su carencia de fe, que daba ya por seguro el triunfo de la insurrección,
diciendo que Dios, o se había olvidado de España, o quería hacerla pasar por
las más rudas pruebas.
Si la revolución triunfaba, ¿qué iba a ser del
desgraciado país, dominado por la impiedad y el ateísmo?
Estas lamentaciones de la baronesa eran la única
distracción de Enriqueta, que estaba junto a su hermana, en aquella apartada
habitación, con el oído atento para escuchar lo que ocurría en la calle.
Sentía una curiosidad tan grande, que varias veces
había querido dirigirse a las habitaciones que daban al la calle, para ver lo
que ocurría en la cercana plaza; pero las aisladas detonaciones que durante
toda la mañana estuvieron sonando, y el lejano fragor de la lucha entablada al
otro extremo de Madrid, aterrorizaban de tal modo a la baronesa, que se opuso
tenazmente al capricho de su hermana.
Esta no experimentaba inquietud alguna por la
ausencia de su esposo.
A pesar de que en un momento de excitación de su
amor propio se había mostrado ofendida por la conducta de Quirós, ahora le era indiferente la suerte de este hombre. Su
pensamiento estaba fijo en Alvarez, que en aquellos instantes debía estar en
verdadero peligro, exponiendo su vida en defensa de sus ideales.
Agitada por tales pensamientos, pasó Enriqueta casi
todo el día al lado de su hermana o en la habitación donde estaba, al cuidado
de la nodriza, su hija, la pequeña María, que escuchaba con infantil curiosidad
el estrépito de la lejana lucha.
Cuando fué atacada la plaza de Antón Martín, las
descargas de fusilería y el fuego de cañón, hicieron llegar al período álgido
el terror que experimentaban todos los habitantes de aquella casa...
Enriqueta, cuyo carácter desplegaba en los momentos
supremos toda la energía de su padre, era la que mayor serenidad mostraba, y,
con varonil curiosidad, llegó hasta las cerradas habitaciones que daban a la
calle, para escuchar mejor los terribles incidentes de la lucha.
Despreciando los consejos de su servidumbre, que le
rogaba no permaneciera en unas habitaciones donde podían entrar los
proyectiles, se mantuvo en aquella parte de la casa, oyendo las descargas y los
vivas que daban los insurrectos en los momentos en que el fuego se debilitaba.
El silencio que se estableció después, y que sólo
fué interrumpido por aclamaciones a la libertad, la dió a entender el triunfo
momentáneo de los revolucionarios.
Ella, impulsada por su educación y las ideas que le
habían inculcado, estremecíase de horror al escuchar los gritos
revolucionarios, y, sin embargo, no podía evitar cierto instintivo movimiento
de gozo ante aquella ventaja que acababa de alcanzar la insurrección.
Era que el amor borraba las preocupaciones de
clase, y que había en ella un poderoso instinto que le anunciaba cómo entre
aquellos vencedores hallábase Esteban Alvarez.
Pensaba Enriqueta en lo raro de aquellos
sentimientos que la dominaban, cuando el aldabón de la calle sonó con ruidosa
precipitación, acompañando a sus golpes furiosas patadas dadas en la puerta.
La joven, señora de Quirós pensó inmediatamente en
Esteban, sin que se la ocurriera imaginar que quien llamaba pudiera ser el
aventurero odioso que a los ojos del mundo era su marido.
—¡Enriqueta!... ¡Abre, Enriqueta!
Así gritaba unja voz que ella no podía conocer, a
causa de que el miedo la desfiguraba, haciéndola
temblona e insegura.
Dirigíase ella a un balcón para abrirlo y ver quién
llamaba, cuando sonó un tiro, y el aldabón cesó de tocar.
Enriqueta retrocedió, adivinando el crimen que
acababa de perpetrarse; pero se repuso prontamente, y volvió de nuevo hacia el
balcón; pero, en el mismo instante, el trueno de la fusilería volvió a sonar,
más horroroso que antes.
Imposible asomarse. La barricada era atacada por
segunda vez, y el combate, a juzgar por el estrépito, era más tenaz y empeñado
que el anterior.
Sin saber qué resolución tomar, como un ser
imbécil, y oyendo sin inmutarse el continuo estampido, que, escuchado en el
centro de aquella sala cerrada y oscura, semejaba el fragor de una horrorosa
tempestad que descargaba sobre Madrid, permaneció Enriqueta más de un cuarto de
hora, que fué el tiempo que duró el decisivo combate.
La idea de que aquella voz desfigurada por el
miedo, podía ser la de Alvarez, que en un momento de peligro para su vida no
había vacilado en pedir su auxilio, martirizaba a Enriqueta de tal modo, que, a
no ser porque el instinto de conservación, alarmado ante aquella horrorosa
lucha, aprisionaba sus miembros y la impedía moverse, hubiera corrido a aquel
balcón, para ver quién era el desgraciado que acababa de caer muerto ante su
puerta.
Cuando cesaron las descargas, Enriqueta, como una
loca, y cediendo a un impulso instintivo, corrió al balcón, abrió sus maderas y
asomó todo su busto, sin miedo a un disparo traidor.
En lo alto de la barricada aparecían los rojos
pantalones de la tropa, y algunos hombres del pueblo, con la camiseta rota,
sudorosos, ennegrecidos por la pólvora y en el último paroxismo de furor,
disputaban el terreno palmo a palmo a los vencedores, riñendo a bayonetazos.
Enriqueta vió el cadáver tendido ante la puerta, y
al reconocer a Quirós, no pudo evitar un grito de dolorosa sorpresa.
El triste fin de aquel miserable borraba todo
resentimiento, y le hacía simpático a las ojos de la mujer que tanto le había
despreciado.
Enriqueta, anonadada por aquella emoción terrible,
sintió que las piernas le flaqueaban y se agarró a la balaustrada del balcón,
para no caer.
¿Fue visión o realidad lo que entonces pasó ante
sus ojos, anublados por las sombras del desmayo?
Dos hombres bajaban corriendo la calle. Enriqueta
los reconoció: eran Alvarez y su asistente; pero ajados por la lucha, tiznados
por el humo y con las ropas en desorden.
Los soldados, desde lo alto de la conquistada
barricada, hacían fuego sobre los fugitivos, y el revolucionario capitán, al
ver a su amada en el balcón, se detuvo un instante, para saludarla con un
desesperado ademán de despedida.
Fueron los dos, amo y criado, a escapar por una
callejuela que desembocaba en la calle de Atocha, pero en el mismo instante un
pelotón de la Guardia civil dobló la esquina, y los fugitivos viéronse
envueltos y cogidos.
Enriqueta exhaló un grito de horror, y fué ya muy
poco lo que vió.
Con la vaguedad incierta y fantástica de un sueño,
le pareció ver que los guardias colocaban, apoyados en la pared, a Alvarez y su
asistente, siempre erguidos y serenos, y que, retirándose algunos pasos, una
fila de fusiles apuntaba a sus pechos.
Después creyó distinguir que una compañía de
Infantería entraba por la misma callejuela, y que el oficial que la mandaba,
haciendo un movimiento de sorpresa, se arrojaba sobre el terrible grupo...
Y ya no vió más. Sus piernas se doblaron, su cabeza
se inclinó sobre el pecho, como si dentro sintiera un peso inmenso; sus ojos se
cerraron, sintió una suprema y avasalladora necesidad de descanso, y cayó,
chocando su cráneo contra los hierros del balcón.
FIN DEL TOMO QUINTO
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formalidaddes=> formalidades {pg 21} |
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actos nadan valen=> actos nada valen {pg
42} |
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ocurido=> ocurrido {pg 49} |
|
vagoroso=> vigoroso {pg 55} |
|
la produjo=> le produjo {pg 62} |
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como si=> oomo si {pg 78} |
|
insurección=> insurrección {pg 99} |
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su dos filas=> sus dos filas {pg 123} |
|
ordear una sábana=> ondear una sábana
{pg 126} |
|
sosprenderlos=> sorprenderlos {pg 128} |
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 5/9,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAÑA
NEGRA, T. 5/9 ***


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