© Libro N° 9535. De Sobremesa. Crónicas. Primera Parte. Benavente, Jacinto. Emancipación.
Enero 29 de 2022.
Título original: © De Sobremesa. Crónicas. Primera Parte. Jacinto
Benavente
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE SOBREMESA
CRÓNICAS
Primera Parte
Jacinto Benavente
De Sobremesa
Crónicas
Primera Parte
Jacinto Benavente
Title: De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de
5)
Author: Jacinto Benavente
Release Date: March 5, 2017 [eBook #54283]
Language: Spanish
Character set encoding: UTF-8
***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DE
SOBREMESA; CRóNICAS, PRIMERA PARTE (DE 5)***
E-text prepared by Josep Cols Canals, Paul
Marshall,
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Jacinto Benavente
De Sobremesa
CRÓNICAS
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Puerta del Sol, 15
1910
ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS
MADRID.—Imprenta Española, calle del Olivar, 8
PRÓLOGO
uchas y celebres conversaciones de sobremesa
pasaron á la Historia ilustradas con grandes nombres, y aún grandes
acontecimientos de la Historia se decidieron entre la poir et le
fromage. De la panza sale la danza, y esta danza del bien comer, danza de
la vida, como aquellas famosas danzas de la muerte, evocadas por poetas y
pintores en la Edad Media, á nadie excusa de danzar y todos hacen en ella su
mudanza, unos con gentileza y garbo, otros con más presunción que gracia; otros
sin una ni otra, tímidos y encogidos; pero todos al mismo son, que es la
armonía bien concertada de la vida que nunca pierde el compás, aunque puede
parecerlo alguna vez—á los que más atiendan al moverse de los danzantes humanos
que al son de la música divina.
[6]Suelen ser mis comensales, muchas veces un
periódico, revista ó libro, sostenido entre la copa y el plato, cosa mal vista
de los higienistas, pero no se que más pueda perturbar la digestión, una
lectura agradable que un impertinente compañero de mesa ó que una orquesta
próxima, así sea la banda de alabarderos. Otras veces mis comensales son de las
más variadas condiciones y procedencias, y de todo se charla y de todo se opina
con la mayor disparidad de criterio, que no soy yo hombre de compromisos políticos
ni artísticos, ni mucho menos morales, para no permitir la libre emisión de
todos los disparates. Son juicios orales sin reo y sin sentencia: personas y
cosas son llamados á el, solo como testigos y al final es siempre la
absolución, sin más costas que haber amenizado la sobremesa. Y he aquí, que
como al terminar la comida recoge el doméstico las migajas materiales, recojo
yo las migajas del alimento espiritual, que son estas charlas de sobremesa en
que de todo se habla, de todo se opina y nada se condena. Y para que nunca nos
falte qué comer ni de qué hablar, empecemos piadosamente diciendo: el pan
nuestro de cada día dánosle hoy ...
DE SOBREMESA
I
Bizancio anda revuelto; del circo sale la
revolución, pero no se trata de guiadores de carros, sino de bailarinas; no de
verdes y azules, sino de verdes y más verdes. Ya lo dijo un moralista: lo
desnudo no es indecente, sino lo «remangado»; y estos renacimientos paganos que
de cuando en cuando florecen en nuestros teatros, no son más que un puro
«remangarse». No es la Venus de Milo la diosa majestuosa que preside en sus
altares, no; la Venus de Milo oculta sus piernas y no tiene brazos, y en esta
ocasión piernas y brazos (¡oh Pepita Sevilla!) han sido los perturbadores. ¿A
quien culparemos? ¿A empresas y autores, que dirán seguramente: el público lo
pide? ¡ay, no! El público es como los niños: sólo pide lo que le enseñan; eso
sí, como los niños también, cuando [8]pide, siempre
pide más, y empresas y autores son maternales. ¿Los artistas? Recuerdo siempre
una plegaria con aire de tango que cantaba la bella Belén en sus tiempos, y era
sólo la expresión poética de un deseo prosaico:
¡Padre nuestro que estas en los cielos!¿Por qué no
me das mil duros de renta,y la pobre Belén estaría sentada en su casatomando la
cuenta?
El público reía y pedía: ¡más, más! Seguramente en
tres mil pesetas hubiera podido dejarse la petición por no servirle más de
juguete. ¿Verdad que hay aplausos que deben sonar como bofetadas? ¡Pobres
mujeres! ¡Acaso las bofetadas de su casa les hacen preferir esos aplausos del
público!
¡El público! El público también es digno de
compasión. En sus bramidos bestiales, no hay alegría ni voluptuosidad; no es la
admiración desinteresada ó satisfecha á la belleza y á la gracia, es el rugido
del hambre, hambre de carne en todas sus manifestaciones; son las mismas caras
que se observa ante los escaparates de los «restaurants» ó casas de comidas; no
es la sonrisa plácida del sultán ante las danzas de sus [9]favoritas,
es la burla del eunuco ó la rabia del esclavo ante lo que nunca fué ni será
para ellos. Un conjunto lastimoso al que solo pone la nota ridícula, la
autoridad en clase de «encargada», encargada de que no haya escándalo en el
barrio. Como siempre, para los efectos muy solícita, para las causas ... Las
causas que las estudien los moralistas, los literatos, los periodistas; los que
gobiernan sólo están para prohibir y para castigar.[10]
II
Una querida amiga viene á visitarme después de misa
y se convida á almorzar conmigo. Es una casada joven que no se preocupa para
nada del feminismo, porque hace mucho tiempo que ella se ha conquistado, por sí
y para sí, todos los privilegios femeninos y masculinos. (No hay como la
neutralidad en esta lucha de sexos).
El principal objeto de su visita es preguntarme
quien hace los sombreros á Rosario Pino.
—¿Se los traen de París, como las comedias?
—No lo se. Vivo alejado de los teatros; no se nada
de comedias ni de sombreros.
Mi amiga encuentra deliciosas las comedias
francesas y admirables los sombreros de Rosario Pino.
¡Ah! una mujer no cuidará nunca bastante su
sombrero. El vestido puede engañarnos respecto á la clase y condición social de
una mujer, el [12]sombrero no engaña nunca. Desde
que las señoras asisten sin sombrero á los teatros, es más difícil distinguir
de personas. Nos dirían que tal señora no es la señora sino su cocinera, y lo
creeríamos. Con el sombrero no hay equivocación. Mi amiga se atreve á descubrir
en cualquier reunión de mujeres, sólo por el sombrero, á una «cocotte» entre
cien señoras, y viceversa. (Aunque el orden de factores altera el producto, no
altera la habilidad adivinatoria de mi amiga). Y del mismo modo se atreve á
clasificar á las idealistas, á las de sentido práctico, á las rebeldes, á las
resignadas ... (Esto me hace reparar en el sombrero de mi amiga, que es, en
efecto, un ¡viva la anarquía!).
Hablamos de otras cosas; de la temporada del Real
que ha terminado. Le preguntó si ha oído cantar á Anselmi, y cuando espero oir
un elogio del «bel canto» italiano que hiciera las delicias de Arana como
empresario retrospectivo, me deja atónito con un grito del corazón, vibrante
como un «sí» de la Barrientos ... ¡Qué hombre tan guapo!
—¿Quién?
—Anselmi.
[13]—Canta con mucho gusto—insinúo, para encauzar la
conversación, por respeto al criado que nos sirve.
—¡Guapísimo!—insiste con una valentía irrebatible.
—Dicen que volverán á traérselo á ustedes para el
año que viene.
—¿Cree usted que no habrá perdido voz?
—Si dependiera de ustedes, amiga mía. Pero creo que
no; esos tenores se cuidan mucho.
—¡Demasiado!—suspira con ingenuidad.
Procuro informarme de sus aficiones musicales; si
comprende á Wagner, si prefiere las óperas modernas, si ...
—Mire usted—me interrumpe.—La ópera es lo de menos.
Anselmi con el traje de Lohengrín, me haría soportar á Wagner.
—Sí, en efecto. La música entra mucho por los ojos.
Un santo bonito, un rey joven y un artista de buena
figura, harán siempre mucho por la Religión, por la Monarquía y por el Arte.
Cambia el tema.
—¿Qué le parece á usted de la «moción» que las
solteras de Dublín han elevado á la virreina de Irlanda, lamentándose de que
las casadas de por allá se traen un toreo que no deja colocarse en suerte á un
soltero?[14]
—Me parece que antes que las solteras, debían
haberse querellado los maridos de las acusadas, y no á la virreina
precisamente.
—¿Cree usted que aquí sucede algo semejante, y á
eso se deba la abundancia de solteras sin acomodo?
—¿Aquí? Aquí debíamos ser las casadas las que nos
quejáramos de que el coro de vírgenes no nos deja en paz á los maridos.
Y me refiere unas cuántas historias tan escabrosas,
tan escabrosas, que no puede por menos de creerse que son verdaderas.
—Ahí tiene usted asuntos para unas cuántas
comedias.
—¿Para sábados blancos? ¿Le parece á usted? ¿No es
el día de las solteras?
—¿Usted sabe el origen de los sábados blancos?
—No. Cuéntemelo usted. Con usted siempre se
aprende.
—Eso me dice todo el mundo. Verá usted. Es muy
verosímil.[15]
Una señora distinguidísima, opulenta belleza á lo
Rubens, mamá de dos espirituales «Boticellis», padecía con tanta frecuencia de
jaquecas, que apenas asistía á teatros ni á reuniones, y para no privar de
asistir á sus hijas, las confiaba á la autoridad de una señora de compañía muy
garantizada, á quien tenía muy recomendado que si alguna vez en el teatro, la
comedia representada no era de la más absoluta moralidad, se llevara á las
niñas inmediatamente. Sucedió que una noche, apenas levantado el telón, la primera
actriz anuncio tan resueltamente la decisión de engañar á su marido, que no
había duda de que así sucedería, á más tardar, en el segundo acto.
La buena señora creyó lo más conveniente levantarse
y salir del teatro con el mayor ruido posible, para marcar bien su desagrado.
Las muchachas hubieran querido terminar la noche en cualquier otro espectáculo,
pero la señora rabiaba por hacer presente á la mamá su escrupuloso celo, y más
que aprisa se las llevo á casa ... en mala hora, porque la mamá, ante tan
inesperado retorno, apenas tuvo tiempo de esconder la verdadera antipirina de
sus jaquecas, que era un íntimo amigo. Y para que no volviera á suceder tal
percance, al día siguiente [16]escribió al director
del teatro: Distinguido señor: Como las obras que se representan en su teatro,
no siempre son de una moralidad y una sana tendencia que puedan inspirar
confianza á una madre celosa de no ofrecer á sus hijas como recreo un
espectáculo peligroso, de acuerdo con otras distinguidas amigas en el mismo
caso, ruego á usted fije un día de abono en que todas, absolutamente todas las
obras, puedan ser vistas por nuestras hijas.
El director, amable, sometió á la censura de las
celosas madres la flor de azahar de su repertorio, las celosas madres aprobaron
... Y ese fué el origen de los sábados blancos ... en París. Aquí siguieron por
moda.
—Una huelga, un albañil muerto ...
—No hablemos de eso. Son cosas inevitables, viejas
como el mundo, hoy recrudecidas por la falta de creencias.
—¿De quien?
—De unos y de otros.[17]
—Diga usted de unos, porque los otros en algo deben
creer todavía. Les han dicho: No matarás, y no matan. Les han dicho: No te
matarás, y no se dejan morir de hambre. Les han dicho: Ganarás el pan con el
sudor de tu frente, y eso es lo que no pueden obedecer, porque trabajar sí
trabajan, pero no ganan el pan, y eso es lo triste.
—Yo creí que ya se había usted curado del sarampión
socialista que todos los escritores y políticos de estos tiempos han padecido
con mayor ó menor intensidad.
—Sí, en efecto. Fué como sarampión. ¡Oh! muy
benigno. Escritores y políticos buscaban en la idea socialista un medio fácil
de atraer hacia ellos el aura popular. Paso la moda; los burgueses fruncieron
pronto el ceño, aterrados por el fantasma anarquista, y escritores y políticos
tornaron hacia el sol que todavía calienta.
El anarquismo, con ser el mayor antagonista del
socialismo, proyecta sobre éste su sombra fatídica, que confunde á los dos para
la opinión vulgar en el mismo espanto.
Si en la región de las ideas todas son admisibles,
y acaso las más avanzadas son las más necesarias, porque impidiendo la «calma
chicha» de los espíritus, agitan, renuevan y fecundan, en el terreno
práctico, [18]una idea extremada es el mayor enemigo
de una idea razonable. Por eso cuando halléis un fanático en un partido,
sospechad siempre si estará de acuerdo con el partido contrario. No dijo ningún
disparate el que dijo que el santo es el mayor enemigo de la religión.
Muchas veces se disfrazan de grandes ideales ideas
muy pequeñas. El anarquismo, no hay duda, quiere un mundo transformado y
perfecto, pero con sus intransigencias estorba el andar reposado del socialismo
hacia ese mundo ideal. Desconfiemos de los grandes ideales y atengámonos á los
pequeños.
Como esos que dicen: Yo no soy español, soy algo
más; soy ciudadano del mundo.
Tened por seguro que en el fondo es un regionalista
que solo quiere ser ciudadano de su pueblo, y si es posible, vecino de su
calle.
Por ser ciudadanos del mundo antes que españoles,
regionalistas y anarquistas se confunden á veces, y entre la idea chica y la
idea grande, estorban el andar de la vida, que no tolera empujones hacia
adelante ni tirones hacia atrás de violentos ni de fanáticos, sino que va, va
siempre, segura, majestuosa, al paso reposado y firme de los hombres de buena
voluntad.
III
Se de una linda marquesa, por blasón de su
hermosura, rayos de sol en campo de rosas, de pura elegancia española—única
elegancia femenina á la que sientan bien todas las elegancias, lo mismo las de
Van-Dyck que las de Watteau, que las de Gainsborough que las de nuestro
Goya—que al salir del estreno de «Daniel» decía á sus amigos:
—Esta obra sólo puede gustar á los que no tienen
una peseta ó no tienen vergüenza.
¿Una peseta ó vergüenza? ¡Pícara peseta! En qué
poco ha estado que la obra no gustara por completo á cierto público.
¡Oh gentil marquesa, como aquellas de Versalles,
más inconscientes ó más atrevidas al representar con su reina y en la misma
corte, «Las Bodas de Fígaro», como si las burlas no fueran también amenazas; el
autor de «Daniel» no tuvo consideración con vosotras. Ha recargado de [20]negrura su obra, ¿verdad? Esas cosas no pasan en la vida
ó por lo menos pasan de tarde en tarde. ¿No es eso? Los ricos no son tan malos
ni los pobres tan desgraciados. Lo dices tu, lo dice la crítica. Sí, Dicenta ha
recargado los colores.
Suaves tintas de acuarela son las de ese embarque
de emigrantes de que pocos días después supimos. La realidad ha sido el mejor
crítico de la obra de Dicenta.
¡Oh, qué lindo embarquement pour Cythere,
como aquel de Watteau, el de ese barco de miseria, de dolor y de muerte! ¡Oh,
qué propio asunto para ser cantado en rimas ricas y metros dislocados por algún
exquisito poeta de los del Arte por el Arte y caiga el que caiga!
¡Heliópolis! ¿Puede darse más bello nombre para un
barco florido, bogador siempre por mares azules hacia tierras de sol y de
alegría?
Dice un crítico, que desde Edipo no se ha
presentado en el teatro un personaje sobre el que tantas desdichas se acumulen
como sobre Daniel. Sí, son muchas desdichas para un solo hombre si fuera un
hombre solo. Pero Daniel es algo más: no es un hombre, son muchos, son muchas
generaciones; sus desdichas no son las que caben en unas horas de [21]representación teatral: son las de muchos siglos, las de
muchas vidas. Y lo mismo la crueldad, la fuerza y la indiferencia de los otros.
La visión amplia, abarcadora de Dicenta concentra
lo esparcido. ¿No es un derecho del artista? La gentil marquesa estaba también
en su derecho al distraer cuanto podía su atención de la obra y á juzgarla con
frase ligera y desdeñosa. Pero la crítica, no; la crítica ante la obra de Arte
tiene otros deberes que las lindas marquesas.
Los artistas lamentan de continuo la falta de
ambiente artístico, increpan al filisteo y al beocio, que no sienten ni
admiran, como los artistas quisieran, la artística belleza, y cuando ellos
tratan de glorificar á otro artista no se les ocurre sino vulgaridades del más
prosaico burguesismo: el insustituible banquete á siete cincuenta, la
abominable estatua á cincuenta mil pesetas, la velada teatral ó académica. ¿No
habrá un poco de fantasía, señores artistas? ¡A ver si pué ser!—como
dicen los chulos.[22]
La escultura conmemorativa moderna, aplicada á
políticos, escritores y demás señores civiles, es francamente horrible. Si el
escultor se atiene á la realidad, un señor de levita ó gabán parecerá siempre
una figura de cera sin colores; si mezcla lo real con lo ideal, la mezcolanza
no es menos detestable: el buen señor rodeado de ninfas ó genios desnudos hace
la más triste figura. Recuerdo la estatua del gran Eça de Queiroz en Lisboa,
bailando un vals renversée con la Verdad desnuda entre sus
brazos; todo ello como interpretación escultórica del lema literario del
escritor: Sobre la fuerte desnudez de la verdad el velo diáfano de la fantasía.
No sospechaba artista de tan delicado gusto como
Eça de Queiroz, que tan al pie de la letra iban á tomarse sus palabras como
esculturales.
Quédese la estatua para perpetuar cuerpos bellos y
bellas actitudes, y de los grandes hombres que triunfaron por el espíritu,
perpetúese el espíritu en copiosas y artísticas ediciones de sus obras. De este
modo llegará su espíritu á todas partes y será la inmortalidad mejor que una
estatua ridícula ante la cual el hombre del vulgo preguntará ignorante: ¿Quién
será este? Para que su mujer le responda: ¿No lo ves? Un tío muy feo.[23]
Bombita regresa triunfador de Méjico, Madrid y
Sevilla le reciben con aclamaciones.
Los hombres graves exclaman una vez más: ¡Qué país
este! Y otros hombres que no parecen graves, porque nada les parece tan
antipático como las jeremiadas de esos que no encuentran mejor forma de
patriotismo que abominar por todo de su patria, decimos y creemos: Que por
muchos años vayan nuestros toreros á Méjico y por muchos años sean allí
aplaudidos, que peor señal de los tiempos sería para España si una ley en
idioma extranjero hubiera prohibido las corridas de toros en aquellas tierras.[24]
IV
Pérez Galdós es siempre admirable: terminados sus
cuarenta Episodios; después de haber estudiado para escribirlos, mejor dicho,
después de haber vivido para revivirlos, toda la historia contemporánea de
España con toda su lastimosa política, en lugar de quedar fatigado,
desilusionado y, si se quiere, empachado, con la mayor ilusión del mundo—¿no se
presenta como candidato republicano?—se lanza á la política activa.
Y es que Galdós, nuestro único gran historiador, al
escribir sus Episodios, ha podido comprender como nadie que, sobre todas las
desventuras de la patria, sobre sus luchas civiles y sus pronunciamientos, y
las intrigas de camarilla y de partido, sobre Carlos IV, y Godoy, y Fernando
VII, y Calomarde, y Espartero, y Narváez y todas las clases directoras que tan
malos pastores fueron de este pobre rebaño, esta siempre la masa,
la soberana masa, que dijo el [26]mismo Galdós, la
masa, verdadero héroe de esos cuarenta Episodios nacionales; y cuando un hombre
como Pérez Galdós, después de haber escrito los cuarenta episodios, hace
profesión de fe republicana, es porque espera mucho de esa masa; porque es de
creer que no será en Salmerón en quien espere.
De todos modos, Pérez Galdós, en lenguaje de
empresa teatral, es una excelente adquisición para el partido republicano; y si
no va á el sólo llevado de su curioso espíritu, á documentarse para futuras
novelas ó comedias, la significación de su nombre glorioso es de gran
importancia. Galdós cuenta con incondicionales adictos á su talento y á su
persona, cuenta con una juventud que le admira y le proclama maestro; todo eso
aporta Galdós á la causa de la República. ¡Ah! Y la espada de Machaquito. No la
tuvo mejor ningún partido español hace mucho tiempo.
Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la
Prensa, la Semana Santa, para terminar con la corrida de inauguración de
temporada, he aquí una [27]semana bien española. Lo
picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo sangriento en pintoresca mezcla: toda
la lira, mejor dicho, toda la guitarra.
Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla,
que es tanto como la bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras
actrices, de tan diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas
ellas.
D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá
por un barandal de la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la
Florida,—para sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que
con tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la
aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un
Diccionario.
Con el sainete vuelve el baile español, casi
perdido ya, degradado en esos tangos de un orientalismo de Exposición
universal; el baile clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero
verdadero baile de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que
es [28]siempre decente—porque siempre es un pretexto
para enseñar,—ni como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos
fines, más gimnasia que baile.—En Inglaterra el sport lo tapa
todo ó lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en
Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español es baile,
en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni todo espíritu.
¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres
de Lola Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se
asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes, el
Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!, dicen estos
respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces toreábamos!, lo que
quieren decir siempre estos recuerdos.
¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque
todavía alcancé los tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el
teatro del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de
toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no me
divertí en los toros hasta el advenimiento del Guerra con
todos sus modernismos tan censurados.[29]
Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y
el Guerra serán tan clásicos como la Nena y Montes, y con qué
desdeñoso gesto diré yo á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba
... y como se escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado
con el cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del porvenir al
paso que vamos.[30]
V
Las naciones que han convenido en llamarse
civilizadas, tienen, como suele decirse, cosas de á cuarto. Apenas en un pueblo
de los llamados salvajes se atropella de cualquier modo á un súbdito de alguna
de las susodichas naciones, ponen todas el grito en el cielo y el cañonazo en
la tierra, y amenazan con meterse todas como Pedro por su casa y el Kaiser por
la de todos, para hacer un ejemplar escarmiento en los infelices salvajes, y
mientras, en el propio territorio de esas grandes, fuertes y civilizadas naciones,
en sus mismísimas y civilizadísimas capitales, campan bandidos de toda especie
que asesinan, roban, estafan y atropellan á naturales y á extranjeros; y si
cada vez que esto sucede se hablara de intervenciones, no pasaría día sin una
conflagración mundial, como ahora se dice.[32]
Y al hablar de bandidos, no lo digo por el
Pernales, que España en esto también apenas puede llamarse civilizada, y
bandolerismo es éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance;
pero léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin
comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección especial
dedicada á las proezas de apaches, cambrioleurs, souteneurs y
demás productos de una civilización admirable. ¿Qué diríamos si aquí sucediera
algo parecido, ó qué dirían los franceses si los moros menudearan tanto y con
tal desahogo sus atropellos? Fuera del centro de París es más aventurado
pasearse á ciertas horas que explorar por el centro de Africa, y mucho más
ciertamente que pasear á cualquier hora por cualquier lugar de Marruecos.
De Londres no se diga; asustan las recomendaciones
y advertencias que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas
son pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras
menudencias.
En los Estados Unidos el robo á mano armada,
el chantage, el timo en todas sus manifestaciones, han llegado á
tan suprema perfección, que ya no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó
entre las bellas artes.[33]
Esos piratas modernistas de que nos habla la
prensa, que desalojan una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan
á un barco especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de
la civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.
En cambio, ya verán ustedes correr por toda la
prensa europea la leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices
moros, ¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que
no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?
Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no
la haya.
Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al
gato.—Si yo no le tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por
eso chilla.
Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del
rabo, no hace más que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna
vez araña. ¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya
si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que
aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel la han
agotado entre todas las naciones civilizadas para su diplomacia.[34]
Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se
detiene en las frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de
asistir á los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas
restauraciones se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con
excelente propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós, con
entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha notado siempre
el absentismo de la clase más distinguida de nuestra sociedad.
Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos ¿qué espectáculo
menos peligroso y de mejores garantías que éste?
¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay
música pecaminosa y una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden
turbar la limpidez lacustre de las almas cándidas?
¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que
estorbarían con sus protestas vuestra bulliciosa cháchara?[35]
¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó
arrullos de tenor, os aburre?
De cualquier modo, vuestra ausencia de los
conciertos no marca un buen punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por
el arte nacional. Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero
si la decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una
distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo. Podéis pagar
vuestro abono y regalarlo después á familias modestas que, sin duda,
agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo niego; pero yo os hablo
en nombre de la distinción, y eso es lo que hacen en otras partes las personas
distinguidas cuando se creen en el caso de proteger el arte de su patria:
pagan, y cuando el espectáculo les agrada, asisten, y cuando no, regalan su
localidad ó se quedan en casa, pero no chinchorrean á empresas
y á autores exigiendo obras especiales y cambios de función por no perder un
solo día y sacarle el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel,
eso es lo chic.
El dinero ya se que no os importa, ni el cartel
tampoco debe importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que
sobre la [36]taquilla del Circo aparezca todos los
jueves de moda el cartel de: «No hay palcos ni sillas», y en la de los
conciertos del Real: «Sólo quedan palcos y butacas».
Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración
están con el Circo. Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de
números más propios de Music-hall que del circo clásico, el de
los caballitos, el de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de
niños.
¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo
es toda el alma de su arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo
hay una edad en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la
fuerza, á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede
sobrevivirles.
No se da un salto mortal como se escribe un libro ó
se pinta un cuadro ó se compone una ópera, con recursos de la experiencia
cuando faltan alientos de la juventud.[37]
¡Ah, si para todo arte y toda gloria suya existiera
ese momento fatal y preciso que advirtiera llegado el fin de los saltos
mortales! Pero el espíritu se cree siempre joven, y mientras aletee ya le basta
para creer que vuela.
¡Felices los acróbatas del circo que sólo tienen la
juventud para su arte, aunque muchas veces sólo tengan el hospital para la
vejez![38]
VI
Tengo dos muchachas amigas, de estas madrileñitas
de la clase media, cuerpo corto y cabeza gorda, ojillos ratoniles y color de
piso tercero, izquierda ó derecha, con vistas á un patio sucio y obscuro y á
una calle más obscura y sucia que el patio. Pues con este físico y el
moral correspondiente, hete aquí que les ha dado por todo lo inglés, y
hoy vienen á verme acompañadas de una miss de lo más barato y
vestidas como no quieran ustedes saber. Cuando me aseguran que han llegado á
pie desde su casa y las contemplo incólumes, no puedo por menos de pensar que
este Madrid no es aquel Madrid.
Vienen á consultarme sobre lectura de novelas
inglesas. Traen dos ó tres tomos de la colección Tauchnitz; yo me
esfuerzo por persuadirlas de que la han errado de plano al principio: la
colección Tauchnitz no tiene entrada en Inglaterra. A ellas no
les cabe en la cabeza que un [40]libro inglés pueda
no ser inglés. Les indico los nombres de los novelistas ingleses más en
boga—norteamericanos casi todos;—ellas, en cambio, me informan de su nueva
vida. Todas las mañanas toman su ducha frío. Así están de roncas y con una tos
perruna que debe alarmar á los que llamen á su puerta en estos días de
hidrofobia y recogida de perros. Pero ellas no se acobardan. No comprenden como
se puede vivir sin ducha. Sus comidas todas á la inglesa, traducidas por una
cocinera de á cuatro duros. Un Támesis de te. En sociedad con otras amigas, han
alquilado un solar por las afueras, han plantado no se qué hierba, y sobre la
verde alfombra tienen su lawn-tennis con su poquito de flirt y
una variada exhibición de medias. La mamá cuida mucho de que varíe su color
todo lo posible, como dice ella, para que se vea que no son siempre las mismas.
¡Sólo el corazón de una madre tiene cabeza para pensar en todo!
Tienen una colección de perros y gatos para
hablarles en inglés, como si la miss no fuera bastante.
Procuran indignarse si algún corto de vista las piropea en la calle. El rey
Eduardo es para ellas como de la familia. Piensan mudarse hacia la calle del
Gobernador ó adyacentes, [41]para recibir bien los
humos de la fábrica de electricidad sita en aquel barrio y tener así una
sensación londinense.
Toda esto son tonterías sin importancia, pero
pensemos que á estas horas son muchos los políticos, los hombres de negocios,
los comerciantes, los literatos, hasta los filósofos, atacados de esta última
manía nacional. Hay que llamarla de algún modo.
Ya Francia con su París no nos dicen nada; ya sólo
creemos, todo lo esperamos de la que fué reina de los mares y aspira á serlo de
las tierras. La ballena (por algo es mamífero) pretende ser anfibio.
Pidamos que nuestra suerte sea á lo menos la de
Jonás en el vientre del enorme cetáceo: fué devorado, pero salió incólume. Y si
algo ha de sucedernos con el cambio de vida, que no pase de dar que reir, ó
todo lo más, de una tos perruna, como en mis amigas las madrileñitas cursis, á
las que sienta lo inglés como es posible que nos siente á todos. No tenemos
físico para ello.[42]
Por fin la lluvia. En Madrid, salvo por razón de
salud pública, se recibe como quien oye llover. Pero en esta pobre aldea donde
ahora escribo, es una fiesta para todos; la gente canta, baila, todos los ojos
se vuelven al cielo y el agua corre por los rostros curtidos mezclada con
lágrimas de alegría. Era la ruina y la miseria, y hoy es la esperanza.
En Madrid, los abastecedores cuidan amorosos como
padres de no bajar el precio del pan en los años buenos para que no sea tan
sensible la subida en los malos. De este modo, nos preocupamos poco de las
cosechas. Pero aquí el pan es el verdadero pan de comunión, el pan de vida que
es toda la vida. En familia se sembró el grano, en familia se labró la tierra,
en familia se recogió el fruto, y en familia se muele el trigo, y en familia se
amasa la harina, y en familia se cuece el pan que en familia se come; y el pan,
que es casi un adorno en la mesa de los ricos—la última moda es servir muy
poco, y lo más chic dejarlo casi intacto, leo en unos avisos
del buen tono,—es aquí todo el alimento y su carestía es el hambre para los que
muchos días sólo pan comen.[43]
Por eso el más incrédulo ó para rezar ó para
maldecir, pero esperando de la súplica ó de la amenaza, vuelve los ojos al
cielo cuando pasa la imagen santa en rogativa y mujeres y niños cantan:
¡Virgen, madre nuestra,Virgen del Rosario,envíanos
aguapara nuestros campos!
y luego, en estrofas de dulce espíritu franciscano,
piden por sus ganados también, y la voz de los niños tiembla al cantar: «Los
corderitos se mueren de hambre ...» Porque no serán sólo los corderitos, serán
ellos también los que tendrán hambre. ¡Oh, madrileños, vosotros no sabéis que
la lluvia puede hacer llorar de alegría!
La lluvia, que puede suspender una corrida de
toros, es necesaria para que los toros se críen lúcidos y pujantes.
Pensad en esto y os alegrará también la lluvia como
á las pobres gentes de la pobre aldea.[44]
VII
Me entusiasman esas personas que, sea cualquiera el
asunto de que se trata, son siempre de la opinión contraria. No hay que decir
si admiraré á D. Miguel de Unamuno. Por eso no pude por menos de abrazar al
amigo que después de leer las noticias de los últimos atentados de Barcelona,
exclamó con el mayor aplomo, sin dejó alguno de ironía:
—¡Qué agradable debe ser la vida en Barcelona!
Y como advirtió pronto la airada protesta de los
otros amigos y mi conformidad, que debió parecerle todavía más alarmante—no se
tiene en vano la reputación de mefistofélico,—no quiso esperar más para exponer
sus razones.
—Sí, señores; agradable agradabilísima: porque
cuando en todas partes y para todo el mundo y desde muy antiguo, ha sido una de
las más [46]intolerables molestias del trato humano
el curioseo y fisgoneo de toda casta de vecindades, vecinos de barrio, de calle
y de casa, hay que admirar la discreción y poca curiosidad de los vecinos en
Barcelona, cuando es allí posible que por tanto tiempo y tan continuadamente
puedan existir gentes dedicadas á la confección y colocación de explosivos sin
haber tropezado todavía con un vecino curioso investigador de vidas ajenas. Y
esto, cuando todos deben estar vigilantes como policías, con la indignación y
la alarma naturales ante la repetición de atentados que á todos amenazan. Ó
¿creen ustedes en cavernas, lugares subterráneos y recónditas guaridas en una
ciudad como Barcelona?
—Luego, ¿usted cree?...
—No creo nada. Sólo pienso que en este caso, como
en el de muchos enfermos crónicos, parece que el enfermo acaba por encariñarse
con su enfermedad que le coloca en una situación interesante. Creo también,
cuando se habla de anarquismo, que por algo es la industrial Cataluña famosa en
imitaciones de todo género de productos, y no estará de más la sabida
advertencia: Se méfier de contrefaçons.
—¿Entonces?...
[47]—¿No les parece á ustedes como á mí, que para
anarquismo es poco y para separatismo sería demasiado?
Y hubo un silencio que si no fué de aprobación, fué
por lo menos de solidaridad.
Entre los colores que la moda femenina ha impuesto
en esta temporada, hay uno que me seduce sobre todos: el color de humo; el
color de humo es adorable. Couleur fumé, digámoslo en francés, que
es el lenguaje de la modistería universal, como lo es de la diplomacia, y ya
que en modistería y en diplomacia de fuera ha de venirnos siempre la moda.
Dos tendencias opuestas dominan en el vestir de las
mujeres: el género sastre, vestimenta práctica para la calle, que es
democrática, y tanto quiere serlo que no se contenta con nivelar las clases,
sino que pretende nivelar los sexos. El gabán con vuelo y pliegue Watteau masculino,
y la falda redonda, troteusse, femenina, son una verdadera entente
cordiale de sastres y modistos.[48]
Pero en la casa, en los salones, en el teatro,
triunfa por contraste en la toilette de las mujeres, lo
dulcemente femenino. Nunca más delicada, más tenuemente vestidas, ¿vestidas? No
es exacto; envueltas apenas, acariciadas en la suavidad de gasas, tules y
encajes y telas flexibles, ondulantes, de matices descoloridos, esos tonos al
pastel, inconsistentes como pelusilla de alas de mariposa, como el polen de las
azucenas. No son aquellos terciopelos y brocados y rasos que se tenían de pie,
según ponderaban nuestras abuelas; aquellos trajes de aparatoso señorío que
podían transmitirse de madre á hijas en cinco ó seis generaciones. Estos de
ahora son gala de una noche, efímeros como flor ó mariposa, no admiten reformas
ni composturas, sus telas diáfanas, no se cortan, se cortiquean; no se cosen
con aquel fuerte pespunteado de la clásica costura española, se hilvanan ó se
prenden de alfileres. Un pisotón es bastante para destrozar una de estas
envolturas de ensueño que costó cuatro ó cinco mil francos; su misma fragilidad
es la mejor defensa de otras fragilidades. ¿Qué mujer se dejará acariciar con
pasión con uno de estos trajes? Ya eran nube, espuma, flor y mariposa, y ahora,
con el color de moda, son algo más tenue, más vaporoso, son [49]humo. ¿No es el color de nuestro tiempo? Humo por todas
partes. De la riqueza de las naciones es señal el humo de sus fábricas, de sus
trasatlánticos, de sus ferrocarriles; de su poderío, el humo de sus acorazados;
con el automóvil triunfa también el humo, porque el automóvil pasa pero el humo
queda. Si el siglo xix pudo llamarse de las luces, ¿no puede llamarse
este siglo xx el de los humos? Los humos de aquellas luces que no
brillaron tanto como había derecho á esperar.
Yo os digo que hay trajes de mujer que son una
verdadera obra de arte; pero si un traje de estos es además de color de humo,
¡oh! entonces ya es filosofía.[50]
VIII
A estas horas son innumerables los Paturots que
andan por esos distritos en busca de una posición social. Unos, con lucida
escolta, se entran por los pueblos como conquistadores, á cosa hecha, les basta
con pasar. Otros, llegan humildes, desconfiados, prodigan sonrisas, apretones
de manos, prometen, regalan; los buenos aldeanos se muestran socarrones
...—Tocante á nosotros ...—Por nuestra parte ...
¿Pero qué más tiene un diputado que otro? Eso, lo
que tenga.
A dos pesetas, un cigarro y vino á indiscreción,
el voto ... Después de todo, un voto no es ninguna primogenitura que no esté
bien pagada con un plato de lentejas.
¿Quién engaña á quien? Nadie se engaña por lo
visto; todos están contentos. El diputado cuenta sus votos y triunfa con su
acta; los buenos aldeanos cuentan unas pesetas y ríen entre ellos ...[52]
Entre tanto se sigue labrando la tierra como debió
labrarla Adán á la salida del Paraíso, y cuando llueve, por el techo de la
escuela cae la lluvia benéfica sobre la cabeza de los chicos; y es la mejor
enseñanza que allí reciben, porque así aprenden que todo han de esperarlo del
cielo, hasta el sencillo acto de lavarse la cara algunas veces.
Uno de los clous del Salón de
París en este año es el retrato de Tomás Hardy, obra de Blanche. Como la aduana
francesa es el tránsito obligatorio para que llegue hasta nosotros todo nombre
y toda fama, es posible que con este motivo descubramos á Hardy.
Entre la balumba abrumadora de novelas inglesas,
acaso no sean las suyas las que tengan más lectores, aún en la misma
Inglaterra. Al francés tampoco creo que haya sido traducida ninguna, y en
España, donde nos extasiamos con D’Annunzio, donde Bourget, Prevost y Hervieu
nos parecen hondos psicológicos, y las Claudinas de Willy
nos [53]interesan como si aquí estuviéramos en el
secreto de los chismes del boulevard, que son todo su chiste, Hardy
es casi ignorado, como es ignorado Meredith, el más original estilista entre
los novelistas ingleses, á quien seguramente D’Annunzio ha leído mucho, porque
aquí nos pasamos el tiempo buscando los plagios en los de casa y mientras los
de fuera se despachan á su gusto.
Hardy es un admirable novelista, de esa raza
robusta de escritores que sólo es producto de una sociedad fuerte; no es de los
que salen á conquistar un público con colorines y fanfarrias.
Hay una firme serenidad en los escritores ingleses,
una despreocupación de la coterie literaria de muy buen
ejemplo para nuestros escritores jóvenes, que sólo saben andar en grupitos para
la recíproca admiración; hasta que alguno del grupo sobresale, que apenas eso
sucede, ya le declaran indigno por haber hecho concesiones al público; porque
la condición para formar parte de uno de esos grupos, es la de ser genio,
pero sólo para andar por el grupo.
Sucede como en esas pandillas de estudiantes
mozalbetes que emprenden reunidos la conquista de alguna agraciada muchacha, y
reunidos la [54]siguen y reunidos le pasean la calle
y entre todos se escribe una declaración, y cuando la favorecida, naturalmente,
desea saber en quien ha de fijarse, ó concluye aquel amor colectivo como por
encanto, ó se destaca uno más resuelto á terminar por su cuenta la conquista. Y
entonces los demás le llaman mal amigo.
Baby es terrible; tiene unas ocurrencias que dejan parado á cualquiera;
sus padres no saben á quien ha salido. Sus papás son dos jóvenes, aristócratas
de abolengo ilustre, que de sobremesa íntima tijeretean á los amigos sin
preocuparse por la presencia de Baby, muy entretenido en enseñar
las estampas de una ilustración extranjera á un tremendo danés que no parece
muy interesado por los sucesos mundiales.
Los papás hablan de unos parvenus con
flamantes títulos adquiridos en Roma, y ríen á su costa.
Baby pregunta muy grave:
—¿Quién es más, el Rey ó el Papa?
El padre se hace el desentendido, esta afiliado á
una de las cuarenta y nueve fracciones liberales.[55]
La madre se cree en el caso de afirmar sus
sentimientos católicos, y contesta sin vacilar:
—El Papa, hijo mío.
—Entonces, ¿por qué os burláis de los títulos
pontificios?
Los padres convienen en que delante de los niños no
se puede hablar de nada.
Ecos de las elecciones.
La marquesa de—— tiene á su marido diputado
conservador y á su mejor amigo, liberal. La gente ya la llama: el triunfo de la
solidaridad.
A un candidato á la diputación, de quien ya no se
cuenta las desventuras conyugales, como se lamentara de que le habían birlado
su distrito, le aconsejaba un amigo para consolarle:
—Si usted no necesita el distrito para nada. Usted
debía presentarse por acumulación.[56]
En casa del modisto:
La cliente, entusiasmada con un nuevo vestido que
favorece mucho su belleza algo vespertina, le dice al modisto:
—Crea usted que si aquí tuviéramos voto las
mujeres, todas las señoras le votaríamos á usted.
El modisto, confuso y galante:
—¡Oh, muy amable! Pero sería yo el que votaría
siempre con ustedes.
IX
Cuando creíamos que los norteamericanos estaban
como el pez en el agua, con sus instituciones democráticas—¿nos habrán
refregado el morro con ellas, hablando pronto y claro, nuestros sociólogos de
corrillo intelectual y lata libre?,—ahora salimos con que el pez es rana y el
agua de charca, y de las más corrompidas, y las ranas no se contentan con pedir
un rey para cambio de sus males, sino que piden nada menos que un emperador.
Mejor dicho, es posible que no sean las ranas, sino el único que no es rana quien
lo pide. Como aquel personaje de un fin de fiesta, interpretado por Mariano
Fernández, que, harto de las molestias que una finca de recreo le produce, se
decide á ponerla en venta, porque dice el: Mal vendida, ya podrán darme cinco
mil duritos por ella. Y al poco rato insiste en su propósito: Nada, nada, yo
vendo esta finca ... ¿Quién me dijo que me daba por ella cinco mil
duros?... [58]¡Ah! Fuí yo mismo. ¿Quién dijo que los
norteamericanos necesitaban un emperador? El mismo, Teodoro Roosevelt, de
imperial y sonoro nombre, ese Napoleón que, más afortunado que el primero,
recoge los laureles de la guerra y cobra en buenas coronas—¡oh, presagios!—la
oliva de la paz.
Yo celebraré la realización de esos imperiales
sueños, aunque no sea más que por ver á su alteza Alicia (así la llamaban de
antemano) de alteza imperial efectiva; porque es seguro que habrá de dar mucho
juego en clase de princesa, y á qué estamos los que hemos de agarrarnos al
clavo ardiendo de la actualidad, antes de que se enfríe, para escribir de
cosas, á los que más calienten, muevan y remuevan esa actualidad de ordinario
monótona.
Pero ¡ay! qué difícil es estar á la última moda en
nada y como hemos de vivir aquí siempre retrasados en literatura, en política,
en filosofía ...
En dramaturgia, cuando nos damos á imitar á Ibsen,
ya es Maeterlink lo que se lleva; cuando empezamos con éste, ya es D’Annunzio;
y lo mismo en filosofía: cuando empezamos á sentirnos superhombres con
Nietzche, ya es la filosofía rusa la que se cotiza por el mundo ó ya hemos
vuelto [59]á Platón; como decía aquel señor á quien
pretendían pasmar sus amigos con toda clase de sicalipsis exóticas.
Aquí ya hemos vuelto á lo de siempre. El caso es que siempre hemos de retrasar.
He aquí que cuando todo un D. Benito Pérez Galdós en España, se hace
republicano, todo un pueblo tan adelantado, tan práctico y tan vivo como
los Estados Unidos, declara que la república y la democracia están mandadas á
retirar.
Las buenas hadas de los infantiles cuentos madrinas
en todos los bautizos de príncipes, con sus carrozas voladoras y su cortejo de
elfos y silfos, minúsculos y alados, ya se apresuran para llegar en torno de la
regia cuna á predecir felicidad; y el hada de la Poesía, la que tiene su reino
en un rosal silvestre enrejado de zarzales, la que ni adula ni miente, sólo te
dirá: Príncipe ó princesita; cuando todas las hadas con su lenguaje cortesano
te predicen venturas, yo sólo te compadezco; te compadezco, por el odio y la
envidia que zumbarán alrededor de tu cuna, sólo por ser regia, cuando todo es
amor sobre [60]cunas humildes; te compadezco por los
preceptores que atormentarán tu inteligencia para cultivarla como flor de
invernadero, sabedora de muchas ciencias, ignorante de la vida; por las
adulaciones cortesanas que interpondrán siempre el velo encantado de Maya entre
tus ojos y la verdad; por tus pasos, siempre vigilados; por tus acciones de
todos sabidas, y cuando no sabidas, calumniadas; por tu corazón, del que
dispondrá la razón de Estado; por toda esa esclavitud de los reyes y de los
príncipes, que os hará sonreir con amargura cuando sepáis que vuestro pueblo
pide libertad. ¡Libertad, que para vosotros quisierais! Y por todo esto, cuando
todas las hadas con su lenguaje más cortesano te predicen felicidad, el hada de
la Poesía, la que tiene su reino entre los rosales, enrejados de zarzales, el
hada libre que ni miente ni adula, con todo su corazón compadece.
La fiesta de San Isidro es como la poesía lírica
eminentemente subjetiva. Hallar motivo de esparcimiento en un paisaje risueño,
á la sombra de árboles frondosos, sobre prados amenos y por fondo
montañas [61]siempre verdecidas y más lejos otras
que azulean, no tiene gracia alguna: la decoración pone la mejor parte. Lo
admirable es hallar ocasión de regocijo en un erial con cuatro estaquillas
hojosas por toda vegetación, entre sucios tenderetes, mendigos harapientos, y
allá arriba, como aviso supremo de un triunfo final de la muerte, digno de
figurar entre los frescos del Camposanto de Pisa, la vista de los cementerios.
Sólo un pueblo como el madrileño es capaz de poner
alegría sobre todo esto; esa alegría que tanto desconcierta á los extraños, que
quieren persuadirnos de que no es tal alegría. Bien esta, será humorismo si
ustedes quieren; pero es la misma que ríe del hambre, de la suciedad y de la
truhanería en nuestras novelas picarescas; es la misma que ríe en los mendigos
de Velázquez y de Goya, la misma que se desborda en la Plaza de Toros entre
horrores de sangre y peligros de muerte; alegría que solo puede comprender el
que sienta la espiritualidad de esos ascetas atormentados de los cuadros del
Greco, alegría que no comprenden los extraños, porque es la alegría del «no
importa», ese no importa que es toda la filosofía del alma castellana.[62]
Somos pobres, nuestra tierra es triste, sabemos que
hemos de morir, después ... nada sabemos; se reza ó se blasfema, según las
horas; pero como no pedimos razón para vivir ni para alegrarnos en la vida,
tampoco la pedimos para morir cuando es preciso; ya supo decirlo el pueblo del
Dos de Mayo; el mismo que acude á la fiesta de San Isidro á divertirse de su
propia alegría, en el erial desolado, entre mendigos harapientos y á la vista
de un Camposanto.
Después del éxito comercial de la exposición de
automóviles, en la que apenas queda coche sin vender, empezamos á ser
distinguidas las personas que nos hemos quedado sin comprar uno. Por llegar
tarde, no por otra cosa, porque según los jaleadores del democrático
sport, el que no tiene auto es porque no quiere.
Hay coches baratísimos, el verdadero carro
do povo, como llaman en Portugal al tranvía; el sostenimiento
insignificante, los chauffeurs de balde, un apostolado por
vocación, los neumáticos irrompibles, ¡Y los encantos del auto! ¡Higiene,
cultura, poesía! ¡El aire libre de [63]campos y
montañas, la geografía y la topografía aprendidas del modo más fácil y
práctico!... ¡El amor sano al paso! ¡Y qué paso! Aquí, sin exagerar, bien puede
sentirse en Cádiz repercutir un beso dado en Cantón.
Pero digan lo que quieran los propagandistas del
automóvil como panacea, no es su ejercicio muy propicio á los amores; desgasta
mucha fuerza nerviosa y absorbe la atención demasiado. El juego, el automóvil y
las corridas de toros, son los más terribles rivales de las mujeres. Un hombre
sentado á una mesa de juego ó con el guía de un 40 H. P. en la mano ó sentado
en una barrera de la plaza, ante una faena de Bombita ó de Machaquito, es
insensible á las seducciones femeninas. Las mujeres lo saben; por eso, ya que
no pueden competir con esas tres grandes aficiones de los hombres, han decidido
compartirlas con ellos; y cuando una mujer sale jugadora, automovilista ó
aficionada á toros, que se quiten todos los hombres, con la ventaja para las
mujeres de que ellas pueden llevar su pasión al extremo: en el juego, hasta
el croupier; hasta el chauffeur en el automóvil, y
en los toros hasta el torero.[64]
En la exposición de automóviles:
Un distinguido automovilista á una belleza recién
lanzada á la circulación.
—¿Vienes á ver los automóviles? ¿Quieres comprar
alguno?
—Ya lo creo.
—¿Pues sabes quien puede venderte uno?
—No; lo que quiero saber es quien puede
comprármelo.
Entre mujeres de hombres políticos:
Una de ellas se queja á su amiga del marcado desvío
que viene observando en su marido, desde algún tiempo. Su amiga, para
consolarla:
—Eso es por disciplina política.
—¿ ...?
—Como tu marido es de los liberales, esta en plena
abstención.
—Si es que ayer le sorprendí abrazando á la
doncella.
—Entonces es que se ha pasado á los demócratas.[65]
Dejemos al Congreso con sus discusiones de actas,
dejemos á los liberales en su abstención y á los carlistas en su incontinencia;
de todo eso se hace la Historia; la Historia, que va por encima, lo mismo en
las naciones que en los individuos; mientras la vida va por dentro, tan hondo á
veces que apenas percibimos sus pulsaciones. Por eso hay quien, atento sólo á
la superficie bullidora, no vacila en declarar: Aquí se muere algo; pero aún
vivimos, por lo menos aún queremos vivir.
La Agricultura, la Industria, el Comercio, alientan
en exposiciones y concursos, á los que debe atenderse con mayor interés que al
cubileteo de actas; esto es la Historia, mejor dicho, la chismografía de la
Historia; lo otro es la vida, en la que debemos esperar salvación.
Si algunas veces he fustigado (según cliché)
á nuestra aristocracia, no fué por prevención desfavorable contra ella, sino
que puesto á satirizar y dada la natural y pícara preferencia del público por
reir á costa de alguien, me pareció más piadoso hacer reir á costa de los que
gozan de muchas ventajas en la vida, que á costa de los humildes que trabajan y
padecen escasez de todo. Nunca me ha parecido [66]que
el tener hambre sea cosa de risa, y ya sabemos que en la mitad de nuestro
teatro cómico es el hambriento principal motivo de regocijo.
Pero como nunca me dolieron prendas, soy el primero
en reconocer que á nuestra aristocracia debe en primer lugar la agricultura
española sus mayores progresos y adelantos. Buena prueba es la actual
Exposición agrícola y de ganados.
En la sección de ganadería, hay ejemplares
magníficos. Toros dignos de ser amados por Pasifae; caballos, por Semíramis.
Un toro negro, de dulce y paternal mirada, como un
patriarca bíblico, nos promete dilatada sucesión y con ella pródigas
provisiones de sabrosa leche y suculentos solomillos.
Vacas suizas nos hablan de praderas idílicas,
ovejas y corderos de todas castas, al ser acariciados por manos de marquesas,
evocan pastorales de Versalles.
Allí están nuestros famosos merinos, y la oveja
castellana, y la andaluza, y las inglesas, de cabezota redonda (como los
puritanos de Cromwell) y de lana apretada, que parecen talladas en piedra por
escultores medioevales. Y razas cruzadas, muy dignas de consideración [67]en estos tiempos. Y el caballo Orlof, digna cabalgadura
de un héroe victorioso, para bracear sobre laureles y rosas. Y caballos
andaluces de jacarandosa estampa, y tantos bellos animales, á los que nunca
amaremos bastante.
Porque no hay animales fieros; si algunos lo
parecen, es porque el hambre ó el hombre (no es juego de palabras) los hostiga.
Pero ellos agradecen nuestros cuidados y nuestras caricias; ellos nos ofrecen
sumisos su fuerza, y al someterse al hombre, parecen someterse á su natural
destino. En su mirada, ó hay alegría ó dulce resignación; tristeza, sólo cuando
su dueño los maltrata.
¡Como nos enseñan á vivir y á morir los buenos
animales; algo hermanos nuestros porque son hijos también de la Tierra, madre
de todos!
Si el príncipe Hamlet, prototipo de la duda aunque,
como todos los escépticos, creyó en lo más dudoso, la eficacia de las
representaciones teatrales para descubrir secretos,—aseguraba que hay algo en
cielo y tierra á que no alcanza nuestra filosofía, ¿por qué no hemos de creer
en ese algo? Si toda fe nos falta, tengamos fe en la fe.[68]
Próximo el centenario de los Sitios de Zaragoza,
aquel milagro de heroísmo sobrehumano, en que todos pudieron admirar á un
pueblo más tullido que todos los tullidos, sin creencia y sin esperanzas en lo
humano, levantarse y andar y estremecer con su empuje al mayor imperio moderno,
¿por qué hemos de sonreir y burlarnos escépticos de un humilde milagro?
Bien se que las burlas de los descreídos hubieran
sido más irrespetuosas si de otra imagen se tratara. El Pilar es algo muy
respetable, y mal aconsejado estaría el que á estas fechas quisiera milagrear á
su costa, sin un hecho, todo lo maravilloso que se quiera, pero hecho al fin
indudable, que después cada uno puede explicarse á su manera: desde el milagro
divino hasta la sugestión hipnótica ó el histerismo, hay explicaciones para
todos los gustos. Hay cosas que parecen sobrenaturales y son las más naturales
del mundo.
Tengamos fe en la fe, no sonriamos demasiado
pronto. ¿Quién sabe si aún no veremos mayores milagros?[69]
Si algún día, un imperio absorbente ó un disolvente
anarquismo, hubieran conseguido borrar las fronteras de todos los pueblos, el
último patriota que sucumbiría sería un aragonés sobre la última piedra que
marcaría una frontera: el Pilar de Zaragoza.[70]
X
Si la felicidad se consiguiera por leyes, decretos,
reales órdenes, ordenanzas, bandos y demás literatura oficial, España sería la
nación bienaventurada entre todas; pero si el infierno, según dicen, esta todo
el empedrado de buenas intenciones, es posible que también esté empapelado de
leyes españolas.
Esta novísima de la colonización interior es otro
bello trozo de literatura, y por si no pasará de serlo, ¿por qué no añadirle
algunos comentarios poéticos?
Esa colonización interior sería una gran empresa si
para ella no se contara sólo con las naturales gentes del campo. La trasfusión
de sangre es de tanto interés para el organismo físico como para los organismos
sociales. Colonizar el campo con gente de la ciudad sería verdadera y meritoria
colonización.[72]
La tierra en España es sólo un lujo de ricos ó una
esclavitud de pobres. Grandes propiedades mal atendidas por sus dueños y otras
tan reducidas que apenas ofrecen la porción de tierra que basta, como suele
decirse, para tener donde caerse muerto, no digamos de qué vivir mientras se
muere.
Hay en las ciudades un proletariado burgués, el que
más padece y menos grita, que se consideraría dichoso con poseer un pedazo de
tierra en el campo. Es un gran error creer que el habitante de la ciudad no ama
el campo. Ofrecedle facilidades para llegar á el, dádselas para poseerlo y
veréis con cuánto más amor lo cultiva y hace suyo que quien vivió siempre en el
y ya lo mira como indiferente ó enemigo.
Sean donaciones de tierras el premio de los buenos
servidores del Estado, el pago de muchas de esas clases pasivas que acaso
llevan vida inútil y vergonzosa en las ciudades. Ellos llevarán al campo
cultura social y el campo les dará en cambio salud y alegría. La tierra no pide
sólo brazos fuertes que la trabajen con dureza, como quien golpea ó hiere, pide
también quien la mire con amor; y nadie la amaría tanto como esos proletarios
que vivieron siempre en vivienda alquilada, muy tasado el terreno, y el sol y
el aire aún más tasados. Esos que en un [73]día de
fiesta en Madrid, van en bandadas como peregrinos del sol, hacia el Retiro,
hacia la Moncloa, hacia los Cuatro Caminos, á emborracharse de luz para muchos
días, ¡como serían felices sobre un pedazo de tierra suyo, donde el sol es el
buen padre de la tierra que á su calor fructifica y florece, no el astro
avergonzador de la gente pobre con su luz indiscreta que descubre el brillo de
la ropa usada y las grietas del calzado viejo!
No me atrevería yo á censurar la prohibición de las
capeas en nombre de las sacrosantas costumbres nacionales, pero á trueque de
incurrir en el enojo de Mariano de Cávia, me atrevo á censurarla por exceso de
sensiblería mía, no de la orden, que á primera vista parece bien intencionada.
Pero considerando que en esas capeas tomaban la más
activa parte los más brutos de cada pueblo; considerando que en la mayoría de
los casos había cornadas providenciales; considerando que todo ello era indulto
de infelices mujeres, condenadas de por vida á marido bruto, alivio [74]para el Estado de candidatos al ingreso, aumentando sus
cargas, en establecimientos penitenciarios, considerando que, llegado el día de
la fiesta, habrá sus motines y algaradas que darán lugar á mayores
barbaridades, pues es casi seguro que en muchos pueblos no admitirán á la
Sociedad de Conciertos, como festejo digno de sustituir al toro, considerando
que las escuelas de casi todos los pueblos y aldeas de España no tienen mejor
uso que servir con sus ventanas de palcos y talanqueras para presenciar con
relativa seguridad la gallarda fiesta; considerando que si damos en lavarnos la
cara no van á conocernos, vengo en opinar que la orden sería más efectiva,
plausible y meritoria, de haber ido precedida de otra: la ley de Instrucción obligatoria;
porque los lugareños son gente maliciosa, y como sólo les llegan del poder
central órdenes prohibitorias, no será extraño que algún día se cansen y digan:
¡Todo es prohibir, prohibir! ¿Y qué nos dais en cambio? Que nos manden siquiera
un cinematógrafo.[75]
Todas las mujeres tienen una edad para parecer más
hermosas ó menos feas. No siempre es la juventud, como puede creerse. Hay
géneros de belleza que se acomodan mejor con la madurez y hasta con la
ancianidad. Cuántas veces la que conocimos francamente fea de joven, nos
sorprende á su declinar con un agradable aspecto.
Hay también bellezas por horas, á las que favorece
más ó la mañana ó la tarde ó la noche, sea por la luz, sea por los trajes
propios de aquellas horas.
Para ser hermosa á toda edad, á todas horas y á
todas luces, es preciso ser la forma de Arte que nunca pasa, como dijo Leonardo
de Vinci.
A las ciudades les sucede lo mismo que á las
mujeres. Hay de ellas que sólo parecen bien en invierno, otras que entonan
mejor con la suavidad otoñal, otras que sólo son bellas en verano.
A París, por ejemplo, le sientan bien las
estaciones crepusculares; primavera y otoño, como belleza cansada que se
defiende de la luz cruel con velos y pantallas. A las viejas ciudades flamencas
y castellanas les dice bien la lluvia, bajo un cielo como de cristal
esmerilado. Granada y Córdoba, á pesar de su oriental carácter, entonan mejor
en el invierno. Sevilla, en cambio, sólo se concibe inundada de luz.[76]
Madrid también es hijo predilecto del sol y
necesita de toda su luz para parecer algo. En los días de invierno, con sus
tejados parduzcos y la pobreza de su caserío, visto á lo lejos, parece de un
color de puchero viejo, y bajo la lluvia como lamentable trapo de mil remiendos
desteñido al mojarse.
Pero al sol es como prisma que rompe la luz en
destellos de pedrería. Ya sus remiendos parecen labores de tapiz oriental, los
revoques desconchados de sus fachadas reflejan el oro y el rosa como granitos y
mármoles preciosos. Su gente también parece engalanada: la mayor baratura de
las telas veraniegas pone en las calles la alegría de sus colores claros.
Esas pobres y simpáticas cursis, tan mal pergeñadas
en invierno con sus abriguillos de sutil pañete, que á nadie engañan, y al frío
mucho menos, con sus boas de pluma de pavo casero y sus manguitos ó sus estolas
de piel, en que aún palpita el último maullido de la víctima, con sus caritas
anémicas amoratadas y sus narices arreboladas y sus ojillos lacrimosos por el
frío, esas pobres cursis que tanto deben odiar el invierno, con ellas más que
con nadie despiadado, ahora son [77]reinas de calles
y paseos, ahora lucen con valentía batistas y gasas y muselinas y arrogantes
sombreros de paja con sus flores vistosas ó su golpe de guindas entre verde
hojarasca que la lluvia y el sol no han descolorido todavía.
Madrid es suyo en este tiempo. Son las mariposas de
su primavera. Pero como dijo el poeta: ¿Es que los pájaros se esconden para
morir? Digamos también: ¿Dónde se esconderá en invierno tanta pobre cursi?
Porque todas estas que véis ahora no las volveréis á ver hasta otra primavera y
otro verano, aunque las busquéis en el paraíso del teatro Real, en las galerías
de Palacio en los días de capilla pública ó en las funciones de sociedades de
aficionados.
En Copenhague, un actor y marido ha disparado unos
tiros sobre su dos veces compañera, en la vida y en el teatro, al terminar ella
de bailar con otro actor un vals que, por lo visto, se las traía. ¡Para que se
fíen ustedes del teatro del Norte![78]
Se atribuye á los celos el arrebato del marido;
pero como da la casualidad de que el valsecito había entusiasmado al público,
vaya usted á saber si no serían los aplausos los que pusieron al actor, antes
que marido, en el disparadero. ¡La psicología de los actores es tan complicada!
De cualquier modo, los matrimonios siempre son
ocasión de disgustos en el teatro; sólo sirven para dificultar el buen reparto
de las obras y para desilusionar al público.
Cuántas veces oye uno durante una
representación:—Me parece que la fulana (el nombre de una actriz) engaña á su
marido.
—No lo crea usted; si es un matrimonio modelo.
—Si digo en la comedia.
—¡Ah!
Y otras veces lo contrario.
—¡Qué buena es esta mujer para su marido!
—¿Pero usted no sabe ...?
—Ya lo se; si digo en este papel ...
Y con esta confusión de la vida doméstica con la
artística se embrolla á cada paso el asunto de las comedias. Los actores no
debían tener vida privada y las actrices mucho menos. A lo mejor hay aquello
de:[79]
—¿Ve usted aquellos cinco niños tan monos que están
en aquel palco?... Son de la que hace de Doña Inés de Ulloa.
Y, en efecto, al llegar la escena del rapto, los
chiquitines lloran que se las pelan porque se llevan á su mamita, y las buenas
mamás que están en el teatro cuchichean unas con otras ... ¡Pobrecitos! ¡Qué
ricos! ¡Lloran porque ven que se llevan á su mamá ...!
Y á un espectador que no esta en el secreto y los
manda á la Inclusa desde el paraíso, le advierte uno de la claque,
con muy malos modos:
—¡No sea usted bruto! ¿No ve usted que son los
niños de doña Fulana?
Y con todo esto, al llegar la escena del sofá, ya
el público sólo se interesa porque los niños van á volver á llorar más
desesperados, temiendo que con los arrumacos de Don Juan les van á traer otro
hermanito de París ... ó de Nápoles, rico vergel, que es de donde se los
traerían á Don Juan ...
En fin, que en el teatro como en la política cuando
la vida privada no casa con la pública, no hay modo de convencer á nadie,
aunque los versos sean de Zorrilla y los discursos de Demóstenes.[80]
Un libro de versos—Alma-Museo-Cantares—simpático
como su autor, Manolo Machado; un moro andaluz que, por no saber adónde iba, se
perdió en Montmartre y se encontró en Madrid, y en el fué bien hallado, porque
su espíritu es de chispero, aunque al cantar su serenata á la luna, su blancura
parece envolverle unas veces en el blanco alquicel de los árabes, otras en la
túnica blanca de Pierrot.
Es muy convencional la división de géneros en
poesía; porque si la poesía lírica es sincera, tiene siempre mucho de
dramática; en un solo monólogo nos dice el drama interior del poeta.
Los sonetos ¿no son una tragedia más de
Shakespeare? En las poesías de Manuel Machado también podemos seguir los pasos
de una interesante acción dramática, por fortuna no trágica. En este caso, ó yo
no se leer, ó todo acabará en boda, y la voluntad del poeta, su voluntad,
que murió en una noche luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer,
resucitará á la luz de otra luna ... de miel. ¿No es eso? Y el poeta nos dirá
entonces: que es muy hermoso pensar, pensar intensamente ... cuando se piensa
en lo que se quiere.[81]
Una madre con cinco hijas en cuenta corriente, esto
es, en espera de colocación, me decía: ¿Ha visto qué idea la de ese joven
mejicano? ¡Distinguido, millonario y dedicarse á torero! ¡Mire usted que si le
cogiera un toro!
—¡Qué envidia!, digo, ¡qué lástima!, contesto
distraído, pensando en las cinco hijas.
Lo cierto es que la gente de dinero es la que
arriesga la vida con mayor facilidad y por puro capricho.
¿Es aburrimiento de todo lo que el dinero puede
proporcionar, lo que les lleva á buscar emociones en peligros contra los que
nada puede el dinero? ¿Es la confianza que da el haber triunfado de todo en la
vida por el dinero, la que acaso les hace considerarse inmunes á todo peligro?
¿Ó es, como dice una amiga mía, que el dinero por sí solo es seco como un
sustantivo y los que lo poseen buscan á toda costa un adjetivo que lo califique
y lo decore?
¡La conquista del adjetivo! No basta tener dinero,
hay que llamarse distinguido, intrépido, inteligente; cuando no se puede otra
cosa, sportsman. No saben que una vez encasillados en un adjetivo,
no hay mayor esclavitud que la de sostenerlo y justificarlo.[82]
—¿Usted sabe, me dice esta amiga mía, la venganza
que tomó un cronista de salones de una señora muy distinguida, que en cierta
ocasión le hizo un pequeño desaire? Muy sencillo. En una de sus crónicas de
sociedad escribió:
«La elegantísima señora de——, que cada vez que se
presenta en sociedad luce una nueva toilette ...» Bastó con
esto; la elegante señora, que como cada hija de vecino, tenía sus cuatro ó
cinco trajes de luces para todas las soirées de una temporada,
se creyó desde entonces comprometida á sostener su reputación, y á fuerza de
exhibir toilettes, se arruinó en un par de años bonitamente. ¿Qué
le parece á usted?
—Que no debe uno preocuparse por adquirir adjetivos
ni por sostenerlos.
—Es mi opinión. Por eso verá usted que yo no vivo
para la galería; no me verá usted nunca danzar en fiestas de sociedad, ni en
funciones benéficas, ni en juntas piadosas ni feministas ... Renuncio á todos
los adjetivos.
—¿Se atiene usted al sustantivo?
—Al verbo, amigo mío, al verbo, que es el
fundamento de la oración y de la vida ... ¡Vivir, poseer, querer ... gozar ...![83]
—¡Basta, basta amiga mía! Temo que va usted á
traspasar los límites del Diccionario en un rapto lírico.
—¿Pero no esta usted de acuerdo conmigo?
—¡Ya lo creo! Yo tampoco me he preocupado nunca por
los adjetivos. Y sobre todo, ya sabe usted lo que dice el Génesis:
En principio era el Verbo ... El adjetivo fué después del Paraíso perdido ...
¡Y cuántas, cuántas veces puede perderse el estado de inocencia del Paraíso por
querer saber del bien y del mal de un adjetivo![84]
XI
Cuando Enrique III de Francia se vió venir
amenazadora aquella famosa liga dirigida por el duque de Guisa, como no era el
un rey para asustarse por liga más ó menos, se acordó del florentino que
llevaba dentro (¡tal madre tuvo!) y dió con una idea maquiavélica: proclamarse
el mismo como jefe supremo de la liga, que fué como decir á los que en ella
entraban: todo lo que vosotros queréis soy yo el primero en quererlo, no hay
por qué molestar.
No me atrevería yo á comparar á D. Antonio Maura
con Enrique III, aunque en su corte, como en la del último Valois, figuren muy
gentiles mignons; pero el también, como Enrique III, se ha visto
venir esta nueva liga de la solidaridad como un peligro más ó menos temible, y
ha querido salirle al encuentro con su proyecto de Administración local; con el
pensaba poco menos que parecer como el primer solidario.[86]
Naturalmente, como la historia es de una gran
monotonía, tanto ha convencido á los solidarios el proyecto como á los
partidarios del duque de Guisa la jefatura de Enrique III.
Hasta aquí la semejanza, y esperemos que de aquí no
pase, porque los sucesos que siguieron en la historia de Francia fueron muy
trágicos. Pero los tiempos no están para tragedias—como deplora D. Valentín
Gómez en su discurso de recepción en la Academia.—La vida, como el arte, sólo
recogen de la historia las pequeñas comedias. La política moderna, como el
teatro moderno, da poco en qué pensar y mucho de qué reir.
Este proyecto de Administración local, ni una cosa
ni otra; es de esas obras en que el aburrimiento no deja fuerzas para el pateo,
en opinión de los pocos que se han tomado el trabajo de leerlo, tan pocos que,
seguramente á su propio autor podría decírsele sin paradoja, lo que una dama de
la corte de Luis XV contestó á un obispo que le preguntaba si no había leído
sus últimas pastorales.
—No, no las he leído. ¿Y vos, monseñor?[87]
Los que conocemos al doctor Simarro, nunca pudimos
imaginar que no fuera el amado maestro de sus discípulos. Con su cara de amable
filósofo griego, con su indulgente escepticismo, sólo podemos creer que esa
severidad de examinador, que tanto ha soliviantado á sus alumnos, es sólo
bondadosa y fraternal solicitud, mal comprendida por ellos.
Creedlo, jóvenes estudiantes; cuando no se ama la
ciencia con toda verdad y todo desinterés; cuando solo se busca en la
indulgencia de un profesor el portillo de escape para llegar más pronto á la
declaración oficial de sabiduría, el maestro, y mucho más si lo es de
Fisiología psicológica, tiene el deber, no sólo de juzgar por vuestra
suficiencia en el examen, sino hasta por la expresión de vuestra fisonomía, que
no habéis elegido el mejor camino, aunque solo pretendáis de la ciencia un modo
de vivir; pero la Ciencia, como el Arte, sólo dan de vivir al que les dió toda
su vida; hay otras profesiones honrosas y lucrativas en que la impaciencia por
llegar pronto esta justificada.
Los sacerdocios exigen verdadera vocación y la
verdadera vocación no es nunca impaciente.[88]
Muchas veces, por la voz del maestro que nos
detiene con un suspenso en lo mejor de una carrera, habla la voz del destino
que nos llama por nuestra verdadera senda. ¡Hay tantos caminos en la vida! Pero
la Ciencia, que es la verdad, sólo tiene uno: ella misma.
Cada día es una nueva conquista de la libertad;
esta del voto obligatorio es una de las más preciosas. Cuando vivíamos en la
creencia de que ese voto era un derecho que la ley nos concedía graciosamente,
ahora resulta que es un deber ineludible, un deber del que no nos habían
hablado ni el Catecismo ni la Etica. Verdad es que cuando se escribió el
Catecismo y cuando nosotros estudiamos la Etica, era la ley la que impedía á la
mayoría de los ciudadanos el cumplimiento de ese deber, al que ahora cree que ninguno
debe faltar.
Hasta ahora lo mejor de ese derecho, como de casi
todos los derechos, era la facultad de no usarlo; aparte que si es bueno que
todo ciudadano intervenga en la gobernación del Estado, el abstenerse de votar
era en política, como el sueño en cuestiones literarias, una opinión de tanto
peso como cualquiera otra.[89]
Porque veamos qué hace con su voto un ciudadano con
ideas propias y particulares. ¿Votar una de esas candidaturas impresas, de
candidatos encasillados, desconocidos para el, ó demasiado conocidos?
¿Manuscribir una candidatura de su gusto, con personas de su particular
confianza y aprecio? ¿Y qué adelantará con votarla el solo? Porque, supuesto
que haya otros ciudadanos que tampoco estén conformes con los papelitos
impresos, menos han de estarlo con el manuscrito por cualquier buen ciudadano
con los nombres de amigos muy apreciables para el, pero no tan apreciables para
su vecino.
¡Ay, bien dicen que nunca aprecia uno lo que tiene
ni sabe lo que pide!
Pedimos una gracia y nos encontramos con una
obligación. De este modo no sería extraño que el día en que se votara la ley
del divorcio, en vista de que la gente no hacia tampoco gran aprecio de ella,
se impusiera también como obligatorio; porque las libertades se conceden para
eso, para disfrutarlas, ya que tanto les cuesta á los gobiernos concederlas.[90]
Como todo se andará al paso que vamos, la
instrucción obligatoria, el servicio obligatorio, la vacuna obligatoria, el
matrimonio y el divorcio obligatorios, el voto obligatorio, prohibida la
emigración y el suicidio muy perseguido, no será ningún contrasentido que las
futuras revoluciones liberales se hagan al grito de: ¡Abajo la libertad! ¡No
más libertades!
El actual verano se presenta en Madrid como los más
clásicos de feliz memoria; mucho calor, crimen misterioso, y para que no le
faltará su poquito de epidemia, hemos padecido una de oratoria, más alarmante
por haber sido los casos más fulminantes justamente entre los encargados de
inocularnos el virus preservativo de la enfermedad.
Se conoce que por ahora su sistema de curación es
la homeopatía; no por las pequeñas dosis, sino por lo de similia,
etc., el mismo que ya recomendó Cervantes en su entremés de Los dos
habladores.
Como era de esperar, en el concurso de gorros
solidarios: frigio, barretina y boina, ha sobresalido la última; de modo que ya
sabemos por [91]dónde viene esa España viva
dispuesta á luchar con la España muerta. Con eso y con dividirnos,
subdividirnos y desmenuzarnos en castas, cada una con sus fueros particulares,
según su aplicación y comportamiento, pero siempre bajo la hegemonía de Atenas,
ya estamos arreglados para ir tirando otros cuántos siglos por esos andurriales
de la historia.
¡Buenos están los tiempos para jugar á los
estaditos! En Alemania—que es hoy por hoy la verdadera portería—darán razón; y
en la Haya, las mejores referencias.
Muy del tiempo y de los tiempos también, ese juez
que entrega al fuego purificador la biblioteca de Vicenta Verdier. Todo
cuestión de forma literaria; porque si esos libros los hubieran firmado
Bourget, D’Annunzio, Willy y Felipe Trigo, á estas horas la Vicenta figuraría
en el libro de oro de nuestros intelectuales.
¡Y qué reclamo para los autores! Como lo será, sin
duda, para los vendedores furtivos de esas amenidades galantes, el susurrar
al [92]ofrecernos su mercancía: ¡Un librito alegre!
¡De la biblioteca de la Vicenta! ¡El último que me queda!... ¡Qué idea! El
reclamo moderno no se detiene por nada. ¿Será esta una nueva pista del crimen?
Si estuviéramos en los Estados Unidos, no habría que dudarlo; aquí los crímenes
son de una vulgaridad tal, que lo único que puede darles un poco de poesía es
el misterio.
Después de un crimen de estos ¿quien no comprende
la emoción que deben sentir esas mujeres para quien el amor es un constante
juego de azar al encuentro, cuando piensen ante el desconocido de cada día:
¿Será éste el que mató?
¡Oh suprema voluptuosidad que no saboreó el marqués
de Sade y que tantas mujeres desgraciadas pueden saborear cada día, para
envidia de esas mundanas aburridas que, ansiosas de emociones, se despeñan en
un automóvil á 80 kilómetros por hora!
Las conveniencias sociales nos obligan á buscar
derivativos confesables á nuestras energías más íntimas. ¡Asusta pensar lo que
sería de algunas elegantes automovilistas que conocemos si aplicaran al amor
esas velocidades y ese desprecio á los peligros![93]
Rafael Calvo y Antonio Vico fueron los dos
intérpretes brillantes de ese teatro tan nuestro, sin sinuosidades
psicológicas, rotundo como un imperativo, todo altivez, todo arrogancias; con
impertinencia de bravucón á veces, sombrío acaso, nunca obscuro, en que la
imprecación es razonamiento y el rugido llanto. Ese teatro fué tan de Rafael
Calvo y de Antonio Vico, que bien puede dudarse si ellos fueron por el ó el fué
por ellos.
Hoy es otro teatro; el llamado de ideas, donde se
refugian como novedades las ideas ya viejas en el libro y en el pensamiento. Y
otras obras de chistes ingeniosos, de chismorreo malicioso; hay quien las
dispensa el favor de llamarlas satíricas y hasta quien las considera
demoledoras; nos asustamos por poco, quizás porque lo tememos todo.
Los buenos burgueses no quieren que los autores de
comedias asustemos á sus mujeres y á sus hijas: es un monopolio que quieren
conservarlas.
Yo lo encuentro muy natural; tan cuidadosos como
ellos de que sus hijas no oigan algunas de mis comedias, lo sería yo si tuviera
hijas de que no oyeran las conversaciones de las suyas. ¡Porque si uno se
limitara á copiar lo que oye, sin atenuaciones![94]
Y no es sólo en las clases altas; no cometeré yo
tal injusticia. En la primitiva aldea en que paso algunas temporadas, oí un día
de estos á una sencilla zagala que le decía al autor de sus días con la mayor
ingenuidad: ¡Pero cuando reventará usted, padre! ¡Para lo que sirve usted en el
mundo!
No digo que quedé consternado, porque hace tiempo
me sometí á un tratamiento muy enérgico para curarme de la consternación á que
era muy propenso desde pequeñito, pero sí pensé que tampoco queda el recurso de
refugiarse en la sencillez de los campos para llevar algo de realidad al teatro
sin miedo á escandalizar. Habrá que buscar asuntos de pura imaginación. ¡Pero
hay que ver como esta la imaginación muchas veces, sobre todo con estos
calores!
XII
El gobierno con las Cortés y los empresarios de
género chico con sus teatros, siempre se proponen lo mismo al empezar el
verano: no cerrar ó cerrar lo más tarde posible.
Los empresarios siquiera procuran refrescar la
vista del público con su golpe de cortinajes blancos y macetas de permanente
verdor, repartidas por el vestíbulo y los pasillos del teatro. Cuentan además
con la fantasía de autores y escenógrafos, para transportar á los espectadores
á una de esas playas de ensueño cómico-lírico en que todas las bañistas lucen
carnes de color de rosa—todos los rosas marítimos, desde el salmón al coral,
sin olvidar el salmonete ni la langosta cocida,—visten de raso, impermeabilizado
sin duda, calzan sandalias con tacones Luis XV, y no prescinden de corsé,
pendientes, sortijas, colorete, etc. Y no es cosa de lamentar la impropiedad;
desde muy antiguo, los poetas se permitieron con Galatea toda clase de
licencias al presentarla alegre y bulliciosa por la ribera arenosa ...[96]
¿No nos dijo por ella el poeta en sus quintillas
clásicas?
¿Qué pasatiempo mejororilla al mar puede
hallarseque escuchar al ruiseñor,coger la olorosa flory en clara fuente
bañarse?
Pasatiempos algo más difíciles de hallar á orillas
del mar que puede serlo el ver por esas playas á una bañista moderna, más
bulliciosa que Galatea, vestida como una tiple de juguete cómico-lírico
veraniego.
¡Así dispusiera el gobierno de estos recursos
teatrales para retener á su público durante el verano! Pero cualquiera detiene
á nuestros legisladores para estudiar y discutir leyes de tanto peso y abrigo,
con billete gratuito por todas las líneas, y, el que más y el que menos, con
dos ó tres sirenas en casa llamándole hacia el mar con voz, ya acariciadora y
mimosa, como de hija, ya terrible y conminadora, como de mujer ó de suegra, y
todas ellas mostrándole, no sólo un nuevo mundo como á Colón, sino muchos mundos,
tal vez viejos, pero llenos de cosas nuevas que descubrir y que enseñar por
esas playas y casinos.[97]
Como hay autores cómicos que no empiezan á escribir
una obra hasta tener apuntado el suficiente número de chistes con que
amenizarla, hay señoras que hasta no contar con buen número de toilettes no
empiezan á planear su viaje; de otro modo, tampoco tendría chiste. Después,
según la ropa, se piensa en un sitio ó en otro.
Yo se de un padre de familia que este año ha
decidido dar la vuelta al mundo con su mujer y sus hijas, según dice, por
economía.
—¡Pero, hombre!—le argumentan los amigos.—¿Por
economía? Si le costará á usted un dineral el viaje.
—No lo crean ustedes. Como estaremos poco tiempo en
cada sitio y sólo vamos de touristas, mi mujer y mis hijas se
contentan con llevar el preciso equipaje. Y no saben ustedes lo que esto
significa. Un verano me las lleve á Cercedilla con la idea de hacer economías,
y como la misma gente se reune catorce veces al día, y porque no creyeran que
estábamos allí por economizar ... ¡Aquello era una representación de [98]Frégoli diaria! En fin, tanto cambiaban de vestidos y
tan de pies á cabeza, que yo no entraba una vez en casa que no me las
encontrara en camisa ... ¿Pero por qué os desnudáis tanto? les decía; vais á
resfriaros ...
—Si no nos desnudamos, papá; nos vestimos.
¡Respuesta de una gran filosofía! Porque, en
efecto, las mujeres no se desnudan nunca, se visten siempre; si alguna vez en
su vida puede parecer que sólo se trata de desnudarse, no lo crean ustedes: es
por el gusto de vestirse luego ... y vestirse algo mejor, si es posible.
Lo que más siente el público—¡oh buen público,
lector de folletines y espectador de melodramas!—cuando no parece el autor de
un crimen, no es que éste quedé impune y pueda ser un peligroso ejemplo para
animar á más de cuatro indecisos que no han encontrado todavía su senda por el
mundo; lo que el público siente, es la desilusión de su curiosidad no
satisfecha. Como si un periódico de gran circulación cortara su gran novela de
crímenes en lo más interesante, y los fieles lectores [99]quedaran
sin saber lo que fué de Emma, después de encerrada en el subterráneo del
castillo, ó de la condesa, después de hipnotizada por el barón, para sugerirle
la idea de robar el Banco de Londres, ó cualquier otra friolera.
¡Ah! si la conciencia pública se manifestara con
sinceridad, cuántas veces en casos de crimen misterioso se votaría con general
satisfacción un plebiscito concediendo, no sólo el perdón, sino hasta una
pension vitalicia y algunas condecoraciones, al criminal, con la única
condición de presentarse á descifrarnos la charada y no dejarnos en la duda de
como y porqué fué el crimen.
No faltarían personas distinguidas que le invitaran
á sus comidas y soirées para oírselo referir de viva voz.
¡Esta pícara hipocresía social nos priva de los mayores placeres y hasta de
algunas buenas obras! Porque, ¿quien sabe si un criminal, por empedernido que
fuera, al verse así halagado y considerado por las gentes, no acabaría por ser
el hombre más sociable y más adaptado del mundo? Acaso
acabaría en filántropo. No sería el primer caso que conocemos, y no de
criminales misteriosos precisamente, sino muy notorios, aunque impunes.[100]
¡Los altos designios de la impunidad son tan
respetables! ¡Cuántas veces una condena prematura por un crimencito de
tres al cuarto, puede privar á la humanidad de un gran bienhechor, á la
sociedad de un hombre agradable!
Cuando llegan de algunas provincias tristes
lamentaciones por los perdidos fueros y andan esos regionalistas—como ciertas
mujeres que culpan siempre de todas sus desgracias al que las perdió, como
ellas dicen—maldiciendo todavía del señor rey Don Felipe II ó Don Carlos II ó
Don Felipe V—según regiones,—que fueron también la causa de su perdición
primera con quitarles sus fueros y privilegios, bueno sería que los madrileños,
tan despreocupados de nuestra historia, indagásemos si en algún tiempo tuvimos
también algún fuero ó siquiera fuerillo ó ventajilla de que ampararnos ahora
ante el nuevo impuesto que nos amenaza, digno de los mejores tiempos feudales.[101]
Nuestro alcalde quiere ejercer con los madrileños
algo así como el llamado por los franceses, con más delicadeza de frase que
entre nosotros, le droit du seigneur. ¡Y cuánto más seguras que en
el antiguo derecho de pernada, serán las primicias de la verdadera flor de
azahar, tratándose de que en Madrid trabajemos todos! ¡Cuántos brazos vírgenes
de toda faena!
Pero como los madrileños, no en balde gatos, somos
de natural rebeldes á imposiciones, tendrá que ver de lo que seremos capaces
antes de someternos á esa prestación personal. Los sablistas y pedigüeños ya
tienen un motivo oratorio más con qué conmovernos: «¡Dos días sin comer y
mañana al tajo; tengan compasión!» No faltarán tampoco funciones teatrales con
el objeto de redimir á un padre de familia, del azadón, del pico, y ¡qué se yo!
Habrá quien sea capaz ... hasta de trabajar por primera vez en su vida sólo por
reunir la cuota necesaria á redimirse del trabajo.
Pero no hay que alarmarse demasiado; si ello
llegase á ser ordenanza municipal, ya sabemos á lo que todo quedará reducido: á
que los días de elecciones vayan á trabajar al tajo todos los electores de
oposición.[102]
Entre la infinidad de compras, precursoras del
viaje veraniego, las mujeres no olvidan los libros. En Madrid no hay vagar para
la lectura: el periódico, la revista ilustrada, lo que basta para saber lo que
pasa por el mundo. Pero en estos días la librería á la moda se anima con el
charloteo femenino:—¿Qué novedades hay? ¿Qué novelas pueden leer estas niñas?
Algún libro de versos ...
Ya es la gran dama que presume de intelectual y
consulta catálogos y elige por sí misma, y en el mismo paquete une á Nietzsche
con Bourget, y á Tolstoï con D’Annunzio, sin olvidar algún estudio histórico
sobre algún personaje del siglo xviii, con preferencia alguna favorita del
Rey Sol ó del Bien Amado. Hay que documentarse, nadie sabe lo que puede ocurrir
en este mundo. Ya es la madre de severos principios que lleva de antemano
anotados los libros que recomienda ó permite el Padre Dulce, de la Compañía. Ya
es la institutriz que elige ante todo los libros de su gusto, muy convencida de
que las señoritas no han de leerlos, y para ella todos serán pocos en muchas
ocasiones cuando para una institutriz de buen tono no hay libro bastante [103]interesante si ha de absorber su atención por completo
ni bastante voluminoso si ha de ocultarla discretamente todo lo que sucede á su
alrededor.
Ahora son unas muchachas bullangueras, de esas que
quisieran á cada momento, sólo con pasar, exteriorizarse todas, y hablan y
ríen, pensando tanto en que las oyen, que apenas piensan lo que dicen. A la
rebatiña de palabras unas con otras, no suben á tranvía, ni hacen corro en la
calle con amigos, ni entran en tienda sin dar noticia de su nombre, y
parentescos, y relaciones, y gustos y disgustos ...
—Yo, como no puedo resistir á los hombres tontos
...
—Yo, como me vuelvo loca por la horchata de chufas
...
—Yo, como no soy como Fulanita ...
Y á propósito, traje cortado, hilvanado y cortado á
la medida de Fulanita en menos tiempo que un luto.
Estas revuelven la librería, con un comentario para
todos los libros, sin desatender por eso, desde la vidriera, á cuántos pasan
por la calle.
—Mira ... Becquer. ¡Qué preciosidad! ¡Es mi poeta!
—Y el mío.[104]
—¿Has leído esto?
—Es muy aburrido, una lata ... ¡Pero como va esa
criatura! ¿Habéis visto?
—¿Quién, quien?
—Juanita.
—¡A ver, á ver!
Se precipitan á la puerta. Risas. Comentarios al
traje de Juanita; del traje pasan á la piel. Vuelven á los libros.
—¿Habéis elegido ya?
—¿Qué decidís?
—Yo, éste.
—Yo, estos dos.
En un aparte furtivo, una de ellas señala un libro.
—¡Fijaos!
—¡Qué horror!
Es un libro de que oyeron hablar, como de tantas
cosas; un libro que ellas sólo pueden conocer así, por el forro, como tantas
cosas. Pero sus ojos acarician el libro cerrado y por su frente pasan
adivinaciones que se traslucen en un reir nervioso.
—¡Qué tonta! ¿De que te ríes ahora?
—¿Y tu?
—Me acuerdo de Juanita.[105]
Entra un criado de casa grande, entrega á un
dependiente una larga lista de libros. El dependiente busca, reune; entre ellos
va el libro. Sale el criado. Ellas, casi á coro:
—¿Para quien son esos libros, sabe usted?
—Para la duquesa de——.
—¡Fulanita!
Lanzan el nombre propio y familiar, para que se
entere el dependiente de que la duquesa es cosa muy suya. A continuación, traje
de corte y gran gala para la duquesa y algunos allegados.
Es un rato muy divertido el que puede pasarse en la
librería á la moda, en estos días en que tantas bellas y graciosas mujeres
acuden á proveerse de literatura.
Yo las deseo á todas que el primer libro abierto
ruede días y días por mesas y sillas y mecedoras de terrazas de hotel ó de
balneario, con un pico doblado, nunca más allá de las veinte primeras páginas.
Será la mejor señal de que el veraneo ha sido agradable para ellas. Que la
lectura sea el refugio de vuestras institutrices y señoras de compañía. Cuando
hayáis leído todos los libros del mundo, no seréis más bonitas y acaso seréis
tan ignorantes. Los libros no enseñan nada cuando, al leerlos, aún podemos preguntar:
¿Será verdad esto? ¿Será así?[106]
Y cuando podemos decir, al leerlos: ¡Qué verdad es
esto! ¡Así es!, ya es tarde; la vida nos ha enseñado más que todos los libros,
y tampoco pueden ya aprovecharnos de nada.
Las autoridades de algunas regiones de Francia
infestadas de lobos, acordaron en una ocasión conceder á los cazadores una
cantidad, bastante apetitosa, por cada lobo presentado. Y sucedió ... ¿Que todo
el mundo se dió á cazar lobos en aquellas regiones?, dirán ustedes. De ningún
modo; á lo que se dieron fué á criarlos como á hijos y á cuidar por todos los
medios de que no acabara la casta, para ir cobrando; hasta que las autoridades,
más que paternales, maritales siempre, en esto de ser las últimas en enterarse,
cayeron en la cuenta de que no es el mejor modo de acabar con los lobos el
convertirlos en fuente de ingresos saneados para mucha gente.[107]
He aquí un sucedido que debieran tener en cuenta
esas autoridades que se sirven de confidentes, delatores y todo linaje de
soplones, para descubrir y cazar malhechores de cualquier especie. Por natural
ley económica, la demanda crea la oferta. Paguen ustedes por descubrir
anarquistas y los anarquistas no se acabaran nunca y las confidencias se irán
complicando como novelas por entregas, y con todo esto les sucede á las
autoridades celosas lo que á esos maridos, celosos también, que acuden á una
agencia de informaciones para que le averigüen si su mujer le engaña, y al cabo
de gastarse muy buenos cuartos, confidencia va, confidencia viene, acaba por
enterarse de que precisamente el que trata de pegársela con su mujer es el
director de la agencia.[108]
XIII
¡Por qué se veranea? ¿Por huir del calor? Las
mismas ó mejores razones habría para huir del frío en invierno. Y aún el huir
del calor sería un motivo si los que veranean fueran á los polos ó á la América
del Sur, á empalmar invierno con invierno; pero la mayoría va á lugares en
donde el calor, cuando aprieta, no es menor que en Madrid, aunque exornado con
mosquitos, pulgas, orfeones y otros alicientes. En esos días de calor excepcional—los
fondistas y patronas del norte siempre le llaman excepcional—tienen los
veraneantes el consuelo de pensar como aquel espectador de toros en tendido de
sol: ¡Si aquí estamos así, como estarán los de enfrente con el resistero! Suele
suceder que los de enfrente estamos más frescos y más comodos, pero no es cosa
de telefonear ó telegrafiar para que rabien los de fuera, ya que se han gastado
su dinero. Ellos, en cambio, tienen días muy frescos; tan [110]frescos, que casi siempre van acompañados de ventiscas
ó chaparrones, y hay que pasarlos encerrado en casa ó en el cuarto de una fonda
y con los balcones cerrados; de modo que ... ¡fresco perdido!
¿Se veranea por cambiar de vida? Nada de eso; el
ideal de todo veraneante es encontrarse con el mayor número de gente conocida y
hay que ver con qué exclamaciones de júbilo se saluda á los que van llegando,
aunque sólo se los conozca de vista. ¡Dicha completa si la tertulia reunida es
la habitual de Madrid, sin faltar un amigo! Y si la compañía que actúa en el
teatro es también madrileña y representa las mismas obras que en Madrid nos
aburrieron; y si en la Plaza de Toros ocupamos localidad equivalente á la de
Madrid y alrededor se sientan los mismos aficionados con los mismos comentarios
y las mismas gracias, y en el redondel vemos á los mismos toreros las mismas
faenas.
De San Sebastián á Zarauz, de Zarauz á Biarritz, no
se oye otra pregunta: ¿Qué gente conocida hay? ¿Hay mucha gente conocida? Y se
va de un punto á otro para averiguarlo, y se pondera la excelencia de un sitio,
no por sus propias excelencias, sino porque esta cerca de otoros [111]sitios y es excelente base de operaciones: Nosotros
preferimos esto—dicen muchos—porque se esta cerca de todas partes. Y hay quien
dice con frase gedeónica: Nosotros lo pasamos muy bien aquí ¿sabe usted? porque
nunca estamos aquí.
A todas horas van por esas carreteras los
automóviles, lanzados como en montaña rusa, trayendo y llevando gente conocida.
Y esa es toda la psicología del veraneo: ¡Movimiento, movimiento!
Es gente de tan pocos recursos propios, que la
soledad y el reposo les llevaría al suicidio por aburrimiento.
En su cerebro sólo suena algo, como en los
cascabeles, cuando se agitan. Todo para que en Madrid pensemos al leer las
crónicas de los corresponsales: ¡Como se divierten por allí! Mientras los de
allí dirán al leerlas: ¿Pero será verdad que nos divertimos tanto?
¡Y Madrid es tan delicioso en verano! En primer
lugar deja uno de ver á mucha gente desagradable. La temperatura es la natural;
calor de verano, fresco de verano—nada de excepcional como en el Norte.[112]
La salud pública es excelente, como en ninguna
estación del año; la prueba es que casi todos los médicos veranean muy
descuidados; verdad que esto puede ser causa ó efecto. En la Exposición del
Retiro se da uno la satisfacción, por poco dinero, de proteger el Arte y la
Industria juntamente, y lo demás se nos da por añadidura. En Parisiana, con un
poco de imaginación, se figura uno estar en la terraza de algún casino de playa
á la moda, con su música de tziganes y su teatrillo. Y aún
queda la Bombilla para darnos la ilusión de que no nos ve nadie, aunque al otro
día le diga á uno todo el mundo: ¿Conque anoche en la Bombilla? ¡Ya esta usted
bueno! Y queda el boulevard para darnos la ilusión de un paseo
provinciano, y queda ... del Prado al Hipódromo para pasear en simón con
neumáticos, con tanta poesía como en góndola veneciana, amores propios de la
estación ... Y en fin, lo que dice un diputado, retenido en Madrid por la
discusión de los azúcares: ¡Si en Madrid se pasa el verano como en ninguna
parte! Yo no tengo prisa por que se cierren las Cortés; he mandado fuera á la
familia.[113]
—No siga usted—le atajé en seguida.—Usted lo
entiende. Si sigue usted en Madrid y la familia fuera, pasará usted el gran
verano. Créame usted; lo que sofoca no es el calor, es la familia. Y si los
senadores y diputados dan en mandar á la familia por delante, ya verá usted
como no hay tantas prisas porque se cierren las Cortés, y cuando se cierren,
todavía se harán algunos los remolones.
Para los que se presenta mal el año, es para esos
jóvenes que veranean en un pueblecito modesto y al regresar quieren hacernos
creer que han estado en todas partes y han alternado con la mejor gente; porque
este año no basta con tener la cara tostada como por el aire del mar, para
darse tono, hay que traer unos cuántos chichones y otros cuántos cardenales
bien repartidos, para demostrar que se ha cultivado los sports de
moda y con alternativa.
Permitida la fabricación y la venta de armas, no
sólo de las que puede considerarse como de caza entre las de fuego, ó como
utensilios de trabajo entre las blancas, sino de otras muchas que visiblemente
no pueden tener mejor uso y destino que el de mojar, según
tecnicismo, [114]más tarde ó más temprano, ¿no es
una contradicción ó contracción, mejor dicho, que la autoridad
proceda á impedir el uso de lo que no impidió la adquisición?
Un navajón tamaño de esos que vemos, ornato de
escaparates, con sus arabescos y lemas en la hoja, para mayor gala; un puñalito
de esos del precioso saca y mete, como cantan en una popular zarzuela, ¿para
qué pueden servir sino es para solucionar á un prójimo, en un abrir y cerrar de
muelles, el pavoroso problema la eternidad? ¿Se supone que sólo los compra el
coleccionista de armas para colocarlos en una panoplia, ó el extranjero para
llevarse un recuerdo más de España, con la pandereta, el abanico, el par de
castañuelas y el de banderillas? Y si sólo estos pueden ser los usos
materialmente inofensivos de estas armas, ¿no es hora de atajar la
superproducción? Y si tales armas tienen otra utilidad que no adivino, ¿no debe
por lo menos equiparárselas con las medicinas peligrosas y no despacharlas sino
con receta garantizada por algún doctor en medicina social?[115]
No son juguetes que pueda manejar cualquiera, pero
mientras cualquiera pueda adquirirlos, despojarle luego de una propiedad que
adquirió legalmente es ... por lo menos un contrasentido, y los contrasentidos
siempre desprestigian. ¿Que las autoridades tienen el deber y el derecho de
prevenir? Ya lo creo; pero antes de registrar el bolsillo del transeúnte que
compró el arma, debe registrar el bolsillo del fabricante que la vendió.
¡El acero tiene aplicaciones tan útiles! Además, á
la larga, no habría pérdidas para nadie. Cuando esas preciosas navajas de
muelle y esos puñales primorosos escasearan en el mercado, los coleccionistas y
los extranjeros los pagarían como curiosidades arqueológicas.
Entre tanto, ese procedimiento antipático del cacheo es
... lo de siempre: poner emplastos á los granitos en vez de purificarnos la
sangre.
En Valencia se ha vuelto loco un toro y en Córdoba
se ha vuelto loco todo un público. Los dos han hecho lo mismo: embestir con
cuanto se les ponía por delante. El público se puso en tal estado de
indignación por la mansedumbre de los toros. La locura del toro esta más
justificada: [116]fué de indignación por la fiereza
de los hombres. Se vió acosado, acorralado, enchiquerado, y pensaría: ¿Pero qué
va á ser esto? Y decidió morirse, dispensándonos un favor; porque si tanto se
indigno con los preliminares, si hubiera llegado á la lidia, ¿qué de cosas no
hubiera ido mugiendo de nosotros á los elíseos pastos? ¡«Azafrán», «Azafrán»!
Tu sangre de toro sería excelente, pero no era sangre española; los españoles
nos dejamos lidiar hasta el fin. Además, nunca te perdonarán los aficionados
sus ilusiones defraudadas. ¡Lo que hubiera hecho ese toro en la plaza! Menos
mal que á los pocos días pudimos consolarnos, diciendo: ¡lo que han hecho esos
animales en la plaza!
El caso es que veamos siempre bravura, ó en los
toros ó en los toreros ó en el público.
Esta vez sí que nos han dado una buena lección los
catalanistas, y no hay que ofenderse por ella, porque si es verdad que nuestra
policía les parece deficiente, no hay que decir que han acudido á ellos mismos
para [117]suplir la deficiencia. Se conoce que
entre los cráneos superiores no se da la protuberancia policiaca, y así lo han
reconocido con modestia al buscar un policía del mejor género inglés, tan
acreditado en esta especialidad. Así esta bien, y lo bueno debe buscarse donde
lo haya mejor. ¡Y ojalá en todo y siempre hubiéramos hecho lo mismo por aquí y
otro gallo nos cantara ó no cantara ninguno!
Los lujos hay que pagarlos, y este se paga bien y
tampoco hay que censurarlo; de este modo se puede exigir méritos en justa
relación con el precio; la verdad, pedir un Gorón ó un Sherlock Holmes por
treinta ó veinticinco duros al mes que cobrarán algunos de nuestros modestos
policías, es como pedir primores culinarios á una cocinera con tres duros de
salario y uno para la compra. La creencia en ultraterrenas recompensas esta muy
debilitada en los espíritus modernos, para que nadie haga apostolado de servirnos
por nuestra linda cara. Todos sabemos lo que podemos exigir, poco más ó menos,
según lo que pagamos á nuestros servidores particulares; sólo cuando se trata
de servicios sociales, nos creemos en el caso de pedir gollerías. Por mil
libras esterlinas y gastos de mise en scene, los barceloneses ya
tienen derecho á quejarse si M. Arrow no les deja aquello hecho un Paraíso
terrenal.[118]
En todas las grandes capitales quedan todos los
años más de uno y más de dos crímenes impunes; en Madrid, aunque quedaran por
docenas, no tendríamos razón para extrañarlo. Con los sueldos mezquinos de
nuestra policía, el personal escaso, y ese ocupado de continuo en velar por
existencias preciosas ¡quien lo duda! y que aún debieran estar mejor guardadas,
pero con personal aparte, lo admirable es que Madrid sea, y no lo duden
ustedes, una de las capitales en que menos sucesos ocurran.
Descuenten ustedes muchos de esos timos del portugués y de los perdigones, que
nos hacen pensar: ¿pero es posible que todavía haya gente tan cándida por el
mundo? Y, en efecto, muchas veces el dinero se perdió en el juego ó se gasto en
la aventurilla escabrosa, y el cándido forastero necesita que salga en
los periódicos la noticia del timo para justificarse con la parienta que le
sacará los ojos si otra cosa creyera. Del mismo modo hay muchos robos y atracos
de la más pura auto-sugestión, y las culpas son siempre para la policía, que no
diré [119]yo que sea perfecta, ni mucho menos, á
poco que se piense en como esta pagada. Aquí, donde para ser lógicos, ya que
hay maestros con cinco duros al mes, necesitaríamos policías con cinco mil al
año. En cambio, si tuviéramos maestros con cinco mil duros al año, acaso nos
bastara con policías á cinco. Para la gente pobre, ya se sabe, al cabo del año
lo que no va en alimentos, se va en botica, y la verdad ¡con cinco duros de
alimentación espiritual, todo debía ser poco después para remedios!
Esperemos esa segunda lección de los catalanistas.
¡Un maestro de escuela con mil libras esterlinas de sueldo! Eso sería ... como
el título de la última obra de Mark Twain: «Better than Sherlock Holmes»;
traducido para que no lo entienda míster Arrow y no quieran entenderlo sus
importadores: «Mejor que Sherlock Holmes».
¿Qué especie de curiosidad ha llevado á la vista
del juicio de Soleilland á tanta Eva, aunque en lo corporal vestidas por
Doucet, Redfern ó Paquín, en lo espiritual sin la menor hoja de parra para
encubrir su desvergüenza?[120]
¿Era como una tardía manifestación de protesta que
pudiera significar: ¡Ah, estos hombres! He aquí un crimen que cualquiera de
nosotras hubiera podido evitar á tiempo?
¿Era la figura simpática del criminal, divulgada
por la fotografía, la que acaso les hacia creer en una probable inocencia,
demostrada por alguna revelación imprevista en el transcurso del juicio?
¿Ó era este mismo picante contraste entre el físico
y el empleo, que dicen por allá, lo que constituía la mayor atracción de
Soleilland?
¡La psicología femenina es tan poco complicada como
complicada es su fisiología!
De todos modos, en estos tiempos de apacible
vulgaridad, sin sacudimientos pasionales, un criminal de cualquier género
siempre inspira admiración más ó menos disfrazada. Las mujeres lo disfrazan
todo de curiosidad.
Por este sentimiento no será extraño que leamos muy
pronto en los avisos particulares de algún periódico de París: «Señora del gran
mundo, otoño espléndido, desengaños sentimentales. Desearía ser violentada.
Todos los días, entre dos luces, se hallará sola en el [121]Bosque
de Vincennes». Lo peor es que no se hallaría sola; para una que se anunciara,
hay que pensar en las que acudirían por curiosidad á ver quien era ella y á ver
lo que pasaba, aunque las confundieran con la del anuncio y las dieran un buen susto;
un susto de esos que se recuerdan siempre en confidencias con las amigas: ¡Para
susto el mío! ¡Todavía no me ha salido del cuerpo!
¡Oh, Soleilland, Soleilland! La cabeza te cuesta;
pero cuántas lindas y soñadoras cabecitas se han estremecido por ti, como si
las acariciaras con tu mano estranguladora, tu mano de asesino, fría como el
cuchillo de la guillotina.
Por si no bastaba con el uso muy extendido de las
máquinas, han dado las mujeres en escribir con una letra tan impersonal, tan
sin carácter como letra de imprenta. Esa letra á la moda, toda líneas rectas,
que hace parecer una carta como plana de finos palotes, y todas las cartas
iguales, se presta, como los antiguos mantos en nuestras comedias del
siglo xvii, á todo género de confusiones y enredos teatrales. ¡Cualquiera
sabe qué mano pudo escribir, cuando todas escriben del mismo modo![122]
Yo no se lo que dirá la grafología de ese carácter
de escritura que, ante todo, muestra la falta de carácter de la escribidora.
¡Destruída la emoción de percibir sólo por el sobrescrito si la carta que llega
á nuestras manos es la carta esperada entre todas!
Confiad un poco más en nuestra discreción y en
nuestra lealtad. ¡Oh, mujeres! Escribid de ese modo á los indiferentes. No
hagáis á los que os aman que recuerden con pena aquellas divinas cartas de mala
letra y peor ortografía, pero cuyo estilo era una mujer, no todas las mujeres,
cualquier mujer, como estas de ahora que, en letra y estilo, parecen copiadas
de un solo modelo epistolar para uso de señoras y señoritas que no quieren
soltar prenda y siempre pueden tener el recurso de renegar de lo que escribieron:
¡Esa carta no es mía! ¡Es de Fulanita! Pensad que Fulanita es también vuestra
amiga y la comprometéis por salvaros.
Con la letra y la ortografía de antes podía
escribiros las cartas vuestra cocinera; vosotras tampoco os comprometíais,
nosotros nos divertíamos más, y alguna vez la cocinera podía hacer su suerte.[123]
—¿A dónde va usted este verano, marquesa?
—A mis baños, como siempre.
—¿Con el marqués?
—No; el va á los suyos. Ya sabe usted que todos los
veranos nos separamos por incompatibilidad ... de humores.
En la playa.
Doña Patro, á quien han recomendado los baños de
mar para adelgazar, se presenta en la playa con un amplio traje que borra todos
sus contornos. Su ilusión de haber disminuido desde el año anterior es
completa; porque el bañero, que es el mismo de otras temporadas, no la reconoce
á pesar de las buenas propinas.
A la media hora del baño, ceñido ya el traje y
entregada por completo á las olas, dejando fuera de la línea de flotación una
enorme boya natural, el bañero, asaltado por un recuerdo imborrable, exclama:
¡Perdone usted, doña Patro! ¡Qué habrá dicho usted! ¡Hasta ahora no la había
conocido!
Doña Patro se sumerge de golpe como para ahogarse.[124]
XV
¡Por qué extraño contraste cuanto más intensa se
muestra la vida á nuestro alrededor, más se impone á nuestro pensamiento la
idea de la muerte! Y como Jerjes lloraba ante la inmensidad de sus ejércitos,
al pensar como dentro de pocos años toda aquella multitud de hombres habría
dejado de existir sobre la tierra, así nos entristece el mismo pensamiento
cuando el hormiguero humano parece más afanoso por la vida, en esos pueblos de
la vida intensa, en esas grandes ciudades emporios de la civilización en que las
gentes van presurosas siempre, apartando á empujones al que estorba el paso.
En cambio, esos pueblos petrificados que parecen
muertos, de raros paseantes sin prisa, que van lentos, majestuosos, como quien
nada tiene que hacer en ninguna parte, por su misma quietud nos dan una
sensación de eternidad que aleja la idea de la muerte. Pero estos son los
pueblos [126]atrasados á los que es necesario
llevar, á cañonazos si es preciso, esa vida intensa que llamamos civilización.
Vivir ó morir; dormir, no. La civilización, como Macbeth, ha asesinado el
sueño.
Y no obstante, no fué en las calles de la gran
capital civilizada donde nos pareció entrever la silueta de algún hombre
dichoso. Fué en la calleja moruna, sobre una esterilla raída, entre el humo
aromado del café y de la pipa, envuelto en su jaique color de pedrusco, el moro
inmóvil, anulado el pensamiento, sabedor de toda sabiduría; la inutilidad de
todo paso nuestro en la vida cuando todos, lentos ó presurosos, nos llevan á la
muerte.
Nuestros gobernantes, tan dicharacheros y sábelo
todo cuando de los asuntos caseros se trata, tratándose de asuntos
internacionales se tornan graves y silenciosos; y ya se sabe, cuando ellos se
encierran en la mayor reserva, ó no piensan nada ó piensan hacer una tontería.
Desde Felipe II, llamado el Prudente, que no hizo más que cometer imprudencias,
que todavía colean, en toda su vida, debíamos echarnos á temblar cada vez que
en España se invoca la prudencia para algo.[127]
Los pies de plomo no fueron nunca buenos para ir á
ninguna parte, sobre todo donde sería mejor no ir de ningún modo. La frase
vulgar «Con Fulano ni á coger monedas de cinco duros», debía ser un axioma de
política internacional con respecto á Francia. ¡Porque cuidado si tuvo siempre
mala mano para estas andanzas! Dicen sus admiradores incondicionales que es la
única nación que hizo pura política internacional de corazón y por ideal. Será
que estas cosas de la política estén reñidas con los arranques cardiacos. Si
aún para coger monedas de cinco duros había que tener reparo, ¿qué será por
ochavos morunos, que es todo lo que podemos ganar en la compañía, viniendo muy
bien dadas?
Entre tanto allá vamos, y quiera Dios que no sea la
mil y una salida que hizo ... alguien más loco que Don Quijote; porque Don
Quijote, hay que hacerle justicia, embistió alguna vez con rebaños pensando que
eran ejércitos, pero no se le ocurrió nunca embestir con ejércitos creyéndolos
rebaños.[128]
La competencia de Bombita con Machaquito vuelve á
poner sobre el ruedo la eterna cuestión taurómaca: si es preferible un buen
torero á un buen matador.
Los públicos meridionales siempre han sido más
admiradores de los arabescos con capote y muleta; los públicos del Norte
estiman en más la estocada; la hora de la verdad. Los madrileños en esto nos
inclinamos más al Norte. Los buenos matadores han tenido siempre entre nosotros
mayor partido que los buenos toreros. El madrileño de raza fué gran
frascuelista, como sería hoy machaquista si la espada del valiente cordobés
contrapesara la muleta de Bombita tanto como contrapesó la espada de Salvador
la muleta soberana de Lagartijo.
Por ahora la balanza oscila por días para mayor
interés del público, que en España siempre necesita de estas competencias para
sostener sus admiraciones.
Como el Guerra no tuvo competidor en su tiempo, el
público no podía tolerarlo, y consiguió aburrirle. A lo que esta muy expuesto
el Sr. Maura si continúa toreando sin competencia. En España la admiración se
cansa pronto. La alternativa de solidaridad, que hizo concebir tantas
esperanzas, las defraudó por completo. El espectáculo languidece.[129]
Los toreros viejos cansan al público; entre los
novilleros no apunta ningún astro ... ¡Y es tan aburrido torear sin
competidores! ¡Y tan triste tener que decir, parodiando al Guerra: Después de
mí, naide; después de naide ... Rodríguez San
Pedro. Ó aquello otro más expresivo: ¡Qué malos seis toos!
No hay que ser escépticos; como dijo nuestro gran
dramaturgo: Algunas veces aquí halla la virtud su recompensa,
y no sólo la virtud, sino también el talento, con ser cosa menos estimable.
Gracias á nuestras sabias instituciones oficiales, podemos lograr de cuando en
cuando este anticipo del reino de Dios sobre la tierra.
La Real Academia de la Historia anuncia un concurso
de premios á la virtud y al talento. A primera vista parece que la virtud y la
historia habían de andar algo reñidas, porque siempre se dijo de la gente
escasa de virtudes que era gente de historia, y por lo general, las personas
virtuosas, como los pueblos felices, no tienen historia.[130]
El premio es de mil pesetas, y bien se advierte la
sabia previsión de los donantes; con esa cantidad es seguro que el favorecido
con el, persevere en la virtud. Con mil pesetas no hay para entregarse á muchos
vicios. También se advierte como quiere alejarse toda idea de cálculo al
aspirar al premio; porque mil pesetillas, cualquier vicio bien administrado
puede dejarlas, más ó menos en limpio, al cabo del año.
Pasemos á las condiciones, y copio textualmente
porque no quiero malograr ningún primor de estilo: Este premio será adjudicado
á la persona de quien se cuenten más actos virtuosos, ya salvando náufragos,
apagando incendios ó exponiendo de otra manera su vida por la humanidad.
Aquí se ve como los señores académicos consideran
el valor como virtud; porque á nadie se le oculta que bien puede uno salvar
náufragos, apagar incendios y exponer de otras mil maneras su vida, sin ser por
eso ejemplar de virtudes. ¿Ven ustedes la incompatibilidad entre ser [131]bombero espontáneo y emborracharse de cuando en
cuando? ¿Ó entre arrojarse á las olas procelosas para salvar hasta media docena
de náufragos y darle luego en casa una paliza diaria á la parienta?
Tampoco me parece muy bien eso de apreciar como
mérito la acumulación de estas proezas. Creo que para cualquier persona de bien
ya es bastante asistir en su vida á uno de estos casos lastimosos. Yo
desconfiaría del que me dijera haber asistido á seis incendios, diez naufragios
y doce epidemias, con alguna que otra tragedia, aunque en todo ello hubiera
realizado heroicas hazañas. Más que virtud me parecería ... mala pata. Y
perdone la Academia.
Sigamos leyendo, que ahora se entra ya sin
equívocos en el verdadero terreno de la virtud. Copio otra vez: Ó al que
luchando con escaseces y adversidades, se distinga en el silencio del orden
doméstico por una conducta perseverante en el bien, ejemplar por la abnegación
y laudable por el amor á sus semejantes y por el esmero en el cumplimiento de
los deberes con la familia y con la sociedad, llamando apenas la atención de
algunas almas sublimes como la suya.[132]
Tomemos un buen aliento y reflexionemos. Todo esta
muy bien; sólo que á esas almas sublimes capaces de apreciar otra alma sublime
... ¿qué otra alma sublime las garantiza? ¿Y á usted quien le presenta?, puede
aquí decirse. Y en caso de que esas almas sublimes que garantizan estén á su
vez garantizadas, ¿no será cosa de premiarlas también con algo, siquiera con el
tanto por ciento que suele corresponder á los denunciadores de la riqueza
oculta? ¿Es cosa de premiar á los acusones de culpas y de dejar sin premio á
los descubridores de virtudes? No, no esta bien, y es más de lamentar cualquier
humana injusticia cuando se trata de anticiparnos algo de justicia divina.
El talento ya es tenido en menos que el valor por
los académicos, y en la convocatoria parece por completo deslindado de la
virtud. Eso sí, en lo material el aprecio es el mismo: mil pesetas; es la
cifra: mil pesetas á la virtud, mil al talento. Sólo que aquí no se exige la
acumulación de méritos; una monografía histórica, y listos. No es tampoco
preciso el concurso de otras almas sublimes, etc ... Los académicos son
modestos; para aquilatar virtudes, necesitan del auxilio de esas almas
sublimes, etc.; para juzgar del talento, ellos solos se bastan.[133]
¡Héroes, santos y sabios! ¡Vayan, vayan llegando
... ¡Mil pesetas á la virtud, mil pesetas al talento! ¡Ocasión única! El premio
no compromete á nada. Una vez cobrado, puede uno dejar de ser virtuoso ó puede
uno dejar de tener talento. En el primer caso, tendrá abiertas todas las
puertas, y en el segundo ... de par en par las de la Academia.
Lo de hacer su Agosto, no debía decirse tanto por
los labradores como por los toreros. Nadie como ellos en España hace su
verdadero Agosto. Aunque en el preside el signo del Zodiaco más contrario á los
cuernos, Agosto es el mes taurino por excelencia. No hay capital, villa ni
lugarejo que no arda en fiestas en su coso, con grandes corridas, novilladas,
ó, de no poder más, capeas. La sangre torera hierve al sol canicular.
Y no es sólo en España; Europa entera asiste
emocionada á esa interesante corrida que en el ruedo mundial se
juega. En ella, Francia y España, con entusiasmo de principiantes, se las
entienden con [134]un ganado de mucho peso y de
mucho sentido. En localidad de preferencia, Eduardo VII preside sonriente, y
entre barreras Guillermo II hace números: el arrastre y la contrata de la carne
van por su cuenta.
Así como así, la crónica del veraneo ha sido en
este año de lo más precario. Los pequeños escándalos de siempre á cargo de las
mismas de siempre, vestales au rebours del fuego sagrado de la
murmuración.
Sin embargo, la buena sociedad, mostrándose con
ellas muy desagradecida, parece ser que por parte de algunas distinguidas
señoras, se ha permitido este verano sus pinitos de boycottage,
creemos que como ensayo de un nuevo sport inglés que no puede
prosperar en nuestras costumbres.
Esos alardes de severidad sólo pueden estar
justificados por el deseo de hacer economías; porque si las señoras dan en
seleccionar sus relaciones, sus comidas de más aparato quedarán reducidas á
seis cubiertos y sus bailes más concurridos á unas veinte personas.[135]
Sin contar con que si los invitados dan también en
escrupulizar, habrá señora que coma sola todos los días del año y tenga que
bailar el rigodón de honor con su portero, si es hombre despreocupado.
¡Cuánto mejor, para evitar complicaciones y
comparaciones, es atenerse á la evangélica indulgencia, sin la cual no sería
posible en sociedad ni tener una mala partida de tresillo!
Los reyes, como todo el que hace un regular papel
en la mundanal comedia, no pueden tener vida privada; y me parece muy justa
compensación, ya que ellos suelen privarse de menos cosas en su vida que el
resto de los insignificantes mortales.
Por ejemplo: vida menos privada, en todos los
sentidos y extensión de la palabra, que la del rey Eduardo ...
Según noticias, que hoy son chismografía y mañana
serán historia, su graciosa majestad no se ha aburrido nada durante su
permanencia en Marienbad.[136]
Aparte la interesante aventura de la dama del velo,
todos los periódicos franceses nos han dado cuenta, unos en su sección de
teatros, otros en su sección política—según la procedencia del reclamo,—de su
afectuosa despedida á Lina Cavalieri, próxima á emprender una gran tournée por
los Estados Unidos.
Esa despedida significa para la celebrada
intérprete de Tais, tanto como llevar la bendición paternal de la Vieja á la
Nueva Inglaterra. ¡Bendición que caerá también en lluvia de dollars sobre la
ondulada cabecita de la gentil plenipotenciaria!
¡Los millonarios norteamericanos, cuando quieren
ennoblecerse, buscan con tanto afán un antecesor entre los reyes de Inglaterra!
Nadie como la Cavalieri puede ofrecerles ahora ese
lujo en las mejores condiciones de autenticidad.
Y no hay que discutir esa forma de ennoblecerse. De
menos hizo una voluntad soberana la más preciada orden caballeresca de
Inglaterra.
XVI
El Pernales ha muerto. ¡Viva el Pernales! No puede
extinguirse la dinastía. Si tarda en surgir un sucesor de carne y hueso, la
fantasía popular sabrá crearle y su espíritu vagará por los campos con todas
las apariencias de la realidad. Será sólo un nombre, pero es preciso que ese
nombre suene. Necesita de el mucha gente. El marido ó el hijo de familia que se
jugó en alguna feria las rentas cobradas, y al regresar, en una carta de letra
temblorosa: El Fulano me salió al paso ... sale del suyo. El administrador que
ha de justificar distracciones, el pastor á quien se le extravió alguna cabeza
de ganado, el cacique que se vale del temido nombre para amedrentar á enemigos
molestos ... No hay duda, un bandido es siempre de utilidad pública.
A pesar de la indudable identificación del cadáver,
es de creer que sólo ha muerto un fantasma, que volverá muy pronto con otro
nombre, con [138]otra apariencia, pero siempre el
mismo. ¡Como que á estas horas habrá quien le llore como á uno de la familia!
¡Pobrecillo! El algo robo, pero hay que pensar en lo que le habrán explotado.
En España es la condición, para uno que trabaja hay siempre diez holgazanes que
viven á su costa.
Hay quien al primer accidente entorpecedor,
quisiera dar por fracasado todo invento; al primer tropiezo, declarar inútil y
peligroso todo paso progresivo. ¿Que hubo un choque de trenes ó cualquier otro
siniestro ferroviario? Volvamos á las galeras y diligencias. ¿Que la luz
eléctrica dejó de lucir en unas horas por desperfectos de la maquinaria?
¡Quiten ustedes allá! ¡Donde esté un buen candil de aceite! ¿Que los obreros de
una gran fábrica se declaran en huelga y perturban por unos días la siesta y la
digestión de los señores? ¡Esas pícaras industrias modernas!
No hay que decir si el motín de los presos en la
Cárcel Modelo se habrá prestado á este género de consideraciones, á cargo de
nuestros más infatigables retrógrados.[139]
Las novísimas—á ellos les parecen
novísimas—doctrinas penales son buenas para el libro, para el gabinete de
estudio del hombre de ciencia, pero peligrosas en la práctica. ¿Qué tal? La
bancarrota de la ciencia. ¿No es eso?
Todos los penalistas, antropólogos, fisiólogos y
psicólogos modernos son unos soñadores utópicos al pretender llevar algo de luz
divina y con ella algo de calor humano á la clásica mazmorra carcelaria, la del
cantarillo, el haz de sucia paja y su buena argolla con su mejor cadena. Y como
procedimientos judiciales, el tormento y la pena de azotes son insustituibles.
¡Oh, el palo! Donde esté un buen palo, que se
quiten Lombroso, Ferri y toda la escuela italiana antropológica y el
modernísimo inglés Bernardo Shaw, con sus atinadas opiniones sobre el derecho á
castigar. Lean ustedes sus consideraciones sobre el último ruidoso atentado
anarquista en España, y verán ustedes lo que es demoler; aquí donde
se llama demoledor á cualquiera. Y no se trata de un escritor populachero, ni
mucho menos. Bernardo Shaw es hoy por hoy el escritor que más se lleva en la
sociedad aristocrática inglesa. ¡Pero cualquiera se atreve á [140]traducir lo que allí esta impreso y publicado y todo
el mundo lee y á nadie le parece punible! Tampoco tienen desperdicio sus
consideraciones sobre el militarismo. Pero todo teorías de gabinete, utopias,
locuras, como dirán muchos que, por su gusto, hubieran considerado fracasado el
cristianismo el día en que Cristo fué crucificado.
Acaso ignoran los partidarios de toda suavidad
penitenciaria que existe otra novísima escuela penal muy de su gusto, que no se
anda con rodeos y va derecha á la supresión del delincuente como medio el más
expeditivo de defensa social.
Pero aún estos, dentro de su lógica despiadada,
hablan de suprimir, no hablan de apalear, ni de atormentar, ni de todas esas
brutalidades, encanto aquí de muchos que aprovechan cualquier ocasión para
destapar su furia reaccionaria, como si no los tuviéramos bien conocidos.
En otoño es, más que el año nuevo, el verdadero
comienzo del año. El año político, el año teatral, el año social, en fin,
tienen en el [141]principio más determinado que en
el día 1.o de Enero.
Los propósitos de vida nueva son también más
decididos en este tiempo. Todo es planes propósitos para el invierno; casi
todos basados en el espantable desnivel de los presupuestos. ¡Hay que vivir de
otra manera! ¡Hay que cambiar de vida! Y en el reposo de los días otoñales
creemos, en efecto, que empezaremos otra vida.
Pero el invierno se aproxima, los teatros anuncian
sus abonos y sus estrenos, los salones sus fiestas, vuelven los rezagados con
las últimas modas y los últimos automóviles, la política, la Bolsa, la
literatura recobran su animación, y el torbellino de la vida, se lleva los
buenos propósitos como las hojas secas del otoño ... Y es un invierno más como
el pasado, como tantos otros, porque la vida es tan igual que sólo de tantos en
tantos años podemos fijar una fecha que diferencie un año de muchos en nuestro
recuerdo.
Y esa fecha señalada en nuestra memoria y en
nuestro corazón, lleva casi siempre una cruz encima, como las lápidas
mortuorias.[142]
Imponentes son en verdad los programas de
oposiciones para ingresar en los cuerpos de policía y de correos. Pocos
ministros y directores de los respectivos ramos serían capaces de contestar sin
un punto á un cuestionario de tantas y tan varias materias. Ya dijo
Beaumarchais por boca de Fígaro, que con las virtudes que exigimos á los
servidores habría pocos amos que pudieran ser criados.
¡Y todo por mil quinientas ó dos mil pesetas al
año! No hay duda que menos cuesta hacer oposiciones á ministro. Todo se reduce
á declararse adicto á un gran personaje, jefe de partido, y durante algunas
temporadas políticas hacer comedor ó biblioteca en su casa, según las aficiones
del conspicuo, hasta que le llegue el día de formar gabinete, en una de esas
crisis difíciles en que todos los ilustres del partido promueven dificultades,
y el gran señor en un arranque de despecho exclama:—¡Ea, voy á demostrarles que
no los necesito para nada! ¿A quien haría yo ministro? ¡Hombre! A Fulano.
Fulano es leal por lo menos. Y Fulano, que en aquel momento presenta respetuoso
una cerilla con la punta doblada, para que el jefe encienda una breva ó un
águila imperial, escucha con la mayor emoción estas palabras:—¡Hombre! Va usted
á ser ministro. Voy á demostrar que se puede gobernar con cualquiera.[143]
Ya ven ustedes si estas oposiciones son fáciles,
sin saber derecho penal, ni idiomas, ni geografía. ¡Ni logaritmos!
Nuestra municipalidad, haciendo una vez más de la
aseada de Burguillos, no ha querido que los puestos de libros viejos afrentaran
la suntuosa fachada del ministerio de Instrucción Pública. Y los pobres libros,
más traídos y llevados que leídos, han estado á punto de no asolearse este año
y seguir en el fondo de las obscuras tiendas, á donde sólo el parroquiano fiel
acude á visitarlos de cuando en cuando.
Después tratóse de llevarlos camino del Este,
camino que llevaría siempre por gusto de la grey conservadora todo lo que fuera
letra y espíritu. Por fin han ido á caer frente á unos cuarteles, para que
armas y letras fraternicen una vez más.[144]
Allí volveremos á ver en las estanterías á nuestros
buenos amigos de todos los años: la «Historia Natural», de Buffon; el «Teatro
crítico», del Padre Feijóo; la «Historia de los trovadores», de D. Víctor
Balaguer ... Y en el montón del baratillo, huesa común de los humildes, muchos
libros, unos de las más raras materias, pero con una misma historia triste
todo: la del autor que los compuso. Penosa historia que lo mismo dice el viejo
libro erudito aforrado en pergamino, que el flamante volumen de limpia impresión
y vistosa cubierta, con sus páginas sin abrir, virginales, sólo arrancada la
primera, donde tal vez campeaba la dedicatoria aduladora al crítico que le
pronosticó gloriosos destinos en una de sus más brillantes crónicas; «Este
libro es de los que quedan ...» Y en efecto, ha quedado.
Pero en la feria de cada año, al sentirse hojeado
por algún curioso, es una ilusión de inmortalidad para el triste libro, como
para una mujer fea es una ilusión de amor la mirada más indiferente.
Y para los que sabemos comprender estas tristezas
calladas hay en estos libros olvidados, como en las mujeres nunca amadas, un
lamento que parece decir: ¡Quién sabe! ¡Si alguien me leyera! ¡Si alguien me
amara![145]
No han de ser conferencias de la paz, ni acuerdos
internacionales de los socialistas lo que ha de concluir con las guerras. Las
guerras acabaran ... por artículo de lujo.
En unos doce millones de francos, sin contar
indemnizaciones ni otras menudencias, se calcula, muy por encima, lo que lleva
gastado Francia en su expedición á Casablanca. Millones que tardará en
cobrarse, dada la habilidad de los moros en el arte de no pagar al casero.
¡Pensar que toda la mise en scene de
la «Iliada», con sus carros de guerra, escudos, lanzas y hasta la maquinaria
final del pérfido caballo, supone cuatro cuartos si se compara con lo gastado
en cualquiera de estas epopeyas modernas!
Hasta para cantarlas, comparen el gasto de
corresponsales literarios y gráficos con lo que costó á Grecia el poema de
Homero. Lo que basta, como suele decirse, para hacer cantar á un ciego.[146]
Los tigres del Gran Teatro están presentados con
mucho arte. Si no fueran tigres, habría que convenir en que eran grandes
actores. Tal vez un poco exagerados. Más feroces que el natural. Pero el teatro
no es siempre copia de la realidad.
Como en los conflictos de muchos dramas, no puede
uno por menos de pensar: Si los personajes, en vez de esto, hicieran esto otro,
no habría drama ó el drama sería otro; con los tigres pensamos: Si uno solo de
los zarpazos con que amenazan al domador lo aplicaran á la débil jaula que los
encierra ..., el drama sería otro.
Pero, sin duda, los tigres saben que la fácil
libertad les duraría poco, porque detrás de los hierros no esta la selva, sino
la fuerza armada, por eso se contentan con bufar y enseñar los dientes al
opresor visible, que es el domador.
Los tigres no saben que el verdadero amo es el de
fuera, el público. Por eso se revuelven contra el domador, no contra la jaula.
Eso suelen hacer los pueblos oprimidos cuando se
revuelven. Por eso todas las revoluciones quedan reducidas á lo mismo, á un
cambio de domador.[147]
Si la virtud esta en un buen medio, no es de lo
alto ciertamente de donde nos llega á los mortales el mejor ejemplo de esa
virtud templada de los términos medios. Sabido es que aún no hemos terminado
lamentaciones, preces y rogativas para impetrar una benéfica lluvia que remedie
en algo los efectos de una pertinaz sequía, cuando hay que empezar á
lamentarse; implorar y rogativear para que cesen inundaciones,
tormentas y desbordamientos de todas aguas, amenazadoras de un nuevo diluvio
que, por no ser universal, es más desagradable. De donde pudiera deducirse que,
ó los mortales no sabemos lo que pedimos, ó los dioses inmortales no entienden
lo que se les pide.
Tengo además notado que las casas en que hay algún
individuo muy devoto, sin otra ocupación que la de implorar el favor divino
para toda la familia, suelen ser las más castigadas de enfermedades, quebrantos
de fortuna, matrimonios desgraciados, etc.
En los pueblos se advierte lo mismo; cuanta más
gente hay en ellos dedicada á implorar por su salud y bienestar, más desdichas
les afligen de continuo. Favor señalado y no castigo es esto, que de este modo
nos fortificamos en el desprecio de lo terrenal, y lo que perdemos en cosechas
de frutos materiales, lo ganamos en cosecha espiritual.[148]
Sin esta creencia sería para desesperar del todo
ver que en un pueblo como el nuestro, donde tantos son á rezar, hasta
desatender toda otra ocupación, sea siempre de los más azotados, mientras á
otros pueblos de herejes y descreídos todo se les vuelve prosperidad y
bienandanza.
¡Y como estas calamidades despiertan los más nobles
sentimientos! Podemos leer con indiferencia la noticia de que en tal parte han
empezado los trabajos para canalizar tal ó cual río, y leer á poco que las
obras se estancaron por falta de fondos ... ¿Pero quien no se conmueve al leer
que apenas ocurrió la inevitable inundación, todo el mundo inicia suscripciones
para remediarla y todo el mundo se apresura á ofrecer su dinero? ¡Oh dinero
español, siempre pronto para toda calamidad! Ese dinero que siempre llega para
tus hombres eminentes, á la hora del entierro; para tus soldados, á la hora del
desastre; para tus pueblos, á la hora de la epidemia ó de la inundación.[149]
A nuestro yermo nacional, como al de los santos
penitentes, siempre ha de venir el pan de vida en el pico de los cuervos,
agoreros de muerte.
La memoria de las mujeres.—Entre dos amigas:
—No se de quien me hablas.
—Sí, tienes que acordarte ... La mujer de aquel
ingeniero, primo de mi marido, que te estuvo hablando de tus hermanos y de tu
madre.
—Pues no recuerdo.
—Que llevaba un traje heliotropo con adornos de
terciopelo negro y un sombrero negro también con una amazona del mismo color
del vestido.
—¡Ah! Ya se quien dices.[150]
XVII
No puedo negar mi debilidad—verdad que esto de las
debilidades no sirve negarlo, se trasluce siempre:—me encantan la tiranía y la
reacción en los gobiernos. La demasiada libertad debilita y endulza los
caracteres, que nunca afirman con tanta energía en su individualidad como al
rebelarse contra la opresión del medio, ya sea social, política ó familiar.
Soy enemigo también de las protestas ruidosas y
colectivas. ¡Es tan fácil, sin molestar á nadie, hacer un noventa y tres para
nuestro uso particular! ¿Y puede haber nada más agradable que sentirse
revolucionario á tan poca costa, sólo con buscar un refugio en donde cenar ó
beber después de la una y media á despecho de severas leyes? ¿Y á quien le
faltará ese refugio? Donde cien puertas se cierran, una se abre, suave y
misteriosa, detrás de la cual suele aparecer como apoteosis de la rebelión
triunfante, en primer término, algún delegado [152]de
la autoridad como hada protectora del establecimiento. El sésamo que nos abre
el encantado lugar, tiene algo de santo y seña de conjuración, y todo ello es
sabroso como el fruto prohibido.
Siempre fuí de la opinión de aquella gran señora,
golosa de helados, que al saborearlos con fruición, decía á sus amigos:
¡Lástima que no sea pecado!
¡Agradezcamos á nuestros moralizadores que hayan
hecho pecado de tantas cosas inocentes.
Y no temamos por nuestras malas costumbres. Antes
que los gobiernos, el mismo Dios intentó reformarlas con diluvios, asolamientos
de ciudades, y, por última vez, con su presencia y predicaciones en la tierra,
y nada, la humanidad empecatada sigue lo mismo, los mismos pecados, los mismos
vicios. ¡Hay para rato!
Pero, en fin, los gobiernos están en su papel. Como
aquel fatalista que, creyendo que todo cuanto sucedía no podía por menos de
suceder así, y á pesar de ello, se indignaba cuando sucedía algo que le
desagradaba y al decirle los amigos: ¿Pero se cree usted que todo esta escrito
porque se incomode usted? Porque esta escrito también que yo me incomode.[153]
Del mismo modo, como son fatales las malas
costumbres de los gobernados, fatal es también la tontería de los gobiernos en
querer reformarlas. Pero no seamos intolerantes. Hay que justificar los cargos.
Si los gobiernos no molestan alguna vez, ¿se notaría que había gobierno?
A los que no acaba de convencernos la necesidad de
dividir las horas en morales é inmorales, se nos quiere convencer por la
materialidad de la conveniencia higiénica. Y eso sí que es ponerse fuera de la
realidad. En lo sano de los madrugones no es posible que nadie crea.
Salgan ustedes una mañanita tempranito, dénse una
vueltecita por esas calles, suban á un tranvía, entren en una iglesia, y oirán
ustedes toses perrunas y carrasperas y voces catarrosas, y verán ustedes caras
de desenterrados que les pondrán espanto. ¡Son los que madrugan![154]
Las primeras horas de la mañana son en Madrid las
más destempladas y variables de temperatura; hay un olor á cieno que penetra
hasta los huesos. En cambio á las altas horas de la noche, aún en las más frías
del invierno, parece como que el aire se suspende, hay una limpidez, una
serenidad en la atmósfera. Además, á esas horas el organismo nutrido por
completo (para los que no se nutren todas las horas son iguales), goza la plena
posesión de sus energías; el cerebro funciona más activo. Entréguense ustedes á
cualquier trabajo, sobre todo intelectual, en las primeras horas de la mañana,
con la costumbre española del desayuno frugal, y verán ustedes primores. Yo
creo que el mal humor de nuestros empleados y oficinistas no tiene otra causa.
Estoy seguro de que si las oficinas del Estado, las
particulares, empezaran á esas horas pecaminosas en que todo ha de cerrarse,
sería aquello un anticipo del teatro poético: tan afables y complacientes se
mostrarían los empleados.
La mañana es la hora del mal humor, de la
destemplanza, de las disputas, de los crímenes. Basta consultar cualquier
estadística, para ver que con ser más propicia la obscuridad de la noche,
abundan más los crímenes matutinos.[155]
La noche es toda amor, afectuosidad. Lo saben los
gatos, lo saben las señoras que dan bailes ... A propósito: ¿en la próxima
temporada de invierno terminarán los bailes de sociedad á la hora en que se
cierren los teatros ó á la hora en que se cierren los cafés? Hay que advertir
que cuando se celebra uno de esos grandes bailes, las molestias del ruido de
coches y de músicas es mayor para los vecinos que las que puede ocasionar
cualquier café abierto hasta la madrugada. Ó se reforma para todos, ó para ninguno.
Por lo menos, los escotes de las señoras sí deben
cerrarse: A las doce y media, si se consideran como espectáculo; á la una y
media, si se consideran como restaurant.
Todavía hay ancianos que nos hablan de la aparatosa
presentación de Listz en escena, seguido de un lacayo, al que arrojaba
desdeñosamente los guantes, antes de sentarse al piano.
Hoy, ningún concertista de reputación se dignaría
presentarse con un vulgar lacayo. Para firmar contratos ventajosos, es preciso
ir acompañado de una princesa, por lo menos.[156]
Dado el número de altezas reales é imperiales que
en estos últimos años han lanzado su corona par dessus les moulins,
pronto veremos como hasta en los circos no hay jongleur que no
lleve consigo una princesa para alargarle los chirimbolos. Cuando en los
carteles de algún teatro aparezca el anuncio: Asistirán sus majestades y
altezas, ya sabrá el público que no será en los palcos regios, sino en el
escenario.
¡Oh locas princesas! ¿No sabéis que en los cuentos
de hadas el amor hace príncipes á los pastores, pero nunca pastores á los
príncipes? ¿Tan poco puede la magia del amor en estos tiempos? ¿No pensáis que
algún día el pianista más enamorado podrá recriminaros por vuestra ligereza? Me
has estropeado la carrera, os dirá. Si no hubieras dejado de ser princesa, á
estas horas podía yo ser músico de cámara, director del Conservatorio y acaso
ministro de Bellas Artes.
Y tendrá razón. ¡Pobre Catalina de Rusia, si la
primera vez que se enamoró de un soldado, en vez de ascenderle á general,
hubiera ella [157]dejado de ser emperatriz para
hacerse cantinera del regimiento! ¡No hubieran sido bofetadas! ¡Oh locas
princesas! ¿No sabéis que aún en las más vulgares aventuras callejeras, el
amor, por fin, dice: ¡Sube! nunca dice: ¡Bajo!
Creedlo, bueno esta que perdáis todos los tornillos
de la cabeza, pero no el que sujeta la corona. El amor es gran revolucionario,
pero por eso mismo, si admira á los príncipes que saben morir, desprecia á los
que solo saben abdicar.
Sarah Bernard pública el primer volumen de sus
memorias. Esta mujer extraordinaria, que será sin duda una de las figuras
representativas del siglo xix—no comprendemos como Don Miguel de Unamuno
no la ha tomado ya ojeriza—al relatarnos su vida pone el mismo encanto de su
vida toda. Ese encanto prestigioso de una vida armoniosa, afirmación de su
arrogante divisa: Quand même.
Y no obstante, para curarnos de vanidades, ¡como en
esta vida en que todo parece fuerza de voluntad se muestra más claramente el
trazo señalado á nuestros destinos por una voluntad sobrehumana![158]
Todo, hasta lo que más parece desviar de la senda
marcada, es solo rodeo para llegar más pronto y con más brío. Y sobre las
luchas, los obstáculos, los desfallecimientos, siempre esa alegría íntima,
patrimonio del verdadero artista, que puede tener horas de desesperación en su
vida, pero nunca una vida desesperada, porque hay algo en el que se sobrepone á
todo, la seguridad en sí mismo. Pero los que crean que el camino es fácil, lean
la historia de los penosos comienzos de la artista, que ella recuerda con sonrisa
indulgente de triunfadora.
¡Las mezquindades de la envidia, la malevolencia de
los compañeros, las injusticias de la crítica, las veleidades del público,
tornadizo en sus admiraciones, deseoso siempre, como niño, de destrozar y de
cambiar sus juguetes!
Cuando se triunfa de todo esto, á pesar de todo—Quand
même—es preciso creer en la predestinación, y debemos agradecer á los
grandes elegidos de la gloria que nos cuenten su vida, porque si en ellos puede
haber orgullo al contarla, al leerla nosotros aprenderemos humildad. No triunfa
el que quiere, sino el que puede. Y si el querer es humano, el poder es divino.[159]
De otro modo, ¿quien triunfaría nunca de la
envidia, de la calumnia, de tanta y tanta miseria?... que esas ¡ay! sí son
humanas, demasiado humanas.
Uno que no quiere aburrirse, ó por lo menos cree
que no se aburrirá de ese modo, es un señor que anuncia en la cuarta plana de
un popular periódico lo siguiente: Deseo conocer á escritores de
verdadero talento. Y debajo: Deseo amistad con mujer
inteligente.
Así, poca cosa. Como poseedor de talismán en
comedia de magia, que no cesa de pedir gollerías, seguro de que el genio
protector ha de concedérselo todo.
Es posible que á estas horas ya tenga en su poder
buen número de ofertas y aún es posible, si es hombre de buen humor, que con
todas ellas publique un curioso libro, como hizo un norteamericano, quien
también anuncio en los periódicos que deseaba correspondencia con señorita
distinguida, inteligente y bella, y después con los miles de cartas recibidas,
publicó un libro, con el agradecido título de Mujeres anormales que
contestan á los anuncios.[160]
En este caso más que las ofertas de las mujeres
inteligentes tendrán que leer las de los escritores de talento.
También es posible que el anunciante desee lo
contrario de lo que pide, y no hay duda que es el mejor medio para conseguirlo.
Porque bien puede asegurarse que si no logra su deseo de conocer á escritores
de verdadero talento y á una mujer inteligente, conocerá en cambio á mucho
majadero y á muchísima loca.
Lo que no quiere decir que deba dar por mal
empleado el dinero que le costó el anuncio. ¡Puede uno divertirse tanto con un
majadero! Y con una mujer loca, ¡no se diga! Desde la más remota antigüedad son
las que vienen dando mejor resultado.
Y las únicas capaces de amar con desinterés. Por
eso son locas. Las mujeres inteligentes solo aman al que puede ofrecerlas mucho
dinero. Por eso son inteligentes.
El paso de Mercurio ha servido, según nos dicen,
para descubrir y demostrar una ley astronómica, que era ya verdad demostrada en
las [161]esferas sociales de este bajo mundo. Que
los satélites son los que determinan el movimiento de los planetas y no lo
contrario, como se creía.
Con toda su luz, el planeta es un juguete de los
satélites, que le traen y le llevan, le acercan ó le alejan de un punto
determinado. ¡Pobres planetas! ¡Pensar que si alguno de ellos nos desmenuzara
en partículas por el espacio infinito, el se llevaría la culpa con nuestra
última maldición, cuando toda lo sería de los satélites.
¡Oh, los grandes planetas políticos, orgullosos por
contar con una mayoría compacta, los planetas del arte, ufanos con sus
admiradores, los planetas taurinos moñudos con sus aficionados
... ¡Satélites, satélites son todos que os marcarán el rumbo á pesar vuestro!
El planeta político se esta quietecito en casa,
comprendiendo cuánto le conviene el reposo para reponer averías, pero los
satélites imperan. ¡Hay que volver á la lucha! ¡Hay que aceptar el poder! Y
allá va el planeta ...
El planeta del arte duerme sosegado sobre sus
laureles, pero los satélites le despiertan y sacuden ... ¡Algo nuevo, más,
más!... Y el planeta se lanza por donde no pensaba.[162]
El planeta taurino no quiere competencias, pero los
satélites le vociferan: ¡A ver eso! ¡Que le pisan á usted el terreno! ¡Que se
lo comen!... Y el planeta taurino va á la enfermería.
¡Dichosos los planetas que no tienen satélites, así
en la tierra como en el cielo!
Mientras se discute el presupuesto de enseñanza y
el señor ministro de Instrucción Pública se permite finísimas ironías á
propósito de la nueva asociación de cultura, yo evoco una vez más el recuerdo
de aquella escuela de aldea que avergonzaría en el último aduar de Marruecos.
Lóbrega, sucia, desmantelada; lo único que allí
puede aprenderse—y esto las niñas, que tienen su escuela en el piso alto—es
gimnasia, para trepar por una escalera derrumbada, que es, por lo menos, una
tentativa de infanticidio en cada peldaño.
Y allí preside, bajo un dosel pingajoso, un Cristo
lúgubre, inquisitorial; ese Cristo á quien todos los días crucifica la maldad,
la ignorancia y la indiferencia de los hombres, ese Cristo que dijo: [163]Dejad á los niños que se acerquen á mí; y allí parece
decir, con más verdadero amor: No, no los dejéis que se acerquen aquí, no los
traigáis á esta mazmorra ...
Y recuerdo los versos de indignación, de santa ira,
con que el ilustre Guerra-Junqueiro maldijo de las escuelas portuguesas.
¡Y aún se discute y se regatea en el presupuesto de
enseñanza! Sí, es verdad, no debe pensarse en pensiones para estudios en el
extranjero, en grandes centros de enseñanza superior, mientras exista una, una
sola de esas escuelas de pueblo, que darían ganas de llorar si no las dieran de
matar ... ¿A quien? ¿Donde puede hallarse el verdadero responsable de ese
crimen tan nacional, tan de todos? El único castigo sería el de obligar á
muchos á llevar á sus hijos, á otros á ser maestros en ellas, á todos ... ¡Ah!
Ese castigo ya se realiza, el de respirar en un ambiente de incultura, de
atraso, en que solo viven y prosperan los que saben explotarlo en provecho
propio.[164]
XVIII
Si algún día se escribiera la historia de la
tontería, humana, que sería tanto como escribir la Historia de la Humanidad,
uno de sus capítulos más interesantes sería el de por qué los españoles hemos
de asistir todos los años en fecha fija á las representaciones de «Don Juan
Tenorio».
¿Es que el mérito de la obra la impone á la
admiración anual del público? Bueno sería entonces cualquier día del año. ¿Es
por el cementerio y los aparecidos que en ella figuran por lo que tiene lugar
apropiado al conmemorar la Iglesia á todos sus santos y á todos sus difuntos?
Con la misma razón podría representarse Hamlet, donde no faltan tampoco
apariciones de muertos y camposanto, y donde las consideraciones sobre la vida
y la muerte y la eternidad son más graves y austeras que en nuestro popular drama,
en que más parece tomarse á [166]broma todo esto
... ¿Pero qué digo? Justamente porque se toma á broma, es porque no hemos
encontrado nada mejor para distraernos de la seriedad que los días imponen.
¿No es toda la vida española la de Don Juan
Tenorio? Fanfarrona, despreocupada, altas frases, bajas acciones, el sentir y
el pensar afectados, mucha elocuencia, mucha retórica ... y sobre todo esto, la
esperanza en el punto de contrición, gustoso y fácil, y la salvación final por
mano de doña Inés, que por no faltar en nada al simbolismo, viste hábitos
monjiles. Porque ¿como puede salvarse nadie en España sin intervención de
monjío ó frailío?
Por algo, con ser tan popular en España la figura
de Don Juan Tenorio, no halló su consagración literaria definitiva hasta que el
genio archiespañol de Zorrilla supo españolizarlo del todo. Los españoles no
podíamos tolerar que Don Juan se condenase de ningún modo, ni con la música
divina de Mozart. Era como condenarnos nosotros mismos.
¿Y no merecía la salvación Don Juan Tenorio mejor
que el doctor Fausto, que es algo también del alma alemana, todo filosofía y
pesadez, hasta cuando enamora y ama?[167]
No, no puede condenarse á estos hombres que son el
alma de una raza. Don Juan Tenorio será siempre el héroe preferido de España,
solo por esto, por salvarse.
Lo hubiera sido Don Quijote, si Cervantes más
humano que español, ó quizás más de su tiempo que español, que humano, en vez
de curarle al morir de todos sus desatinos, para hacerle posible la salvación
como cristiano, le hubiera entrado valientemente en la gloria, de la mano de
Dulcinea, en la suprema exaltación de su locura triunfadora.
Madrid se aburre como nunca, desmintiendo así la
afirmación de que bajo gobiernos reaccionarios fué siempre cuando más se
divirtió la gente. Dígalo Roma en tiempos del poder temporal pontificio, dígalo
París en tiempos de Luis XIV, dígalo, en fin, Madrid mismo en tiempos de los
Austrias.
Madrid se aburre, sin que su aburrimiento logre
interesarse por nada, apenas por la reaparición de Gallito. Y eso que al decir
de algunos aficionados, nunca se vió fenómeno igual. ¡Un pase de muleta en dos
corridas![168]
Bien puede estar agradecido el susodicho diestro á
la afición madrileña y aún decirle como Marión Delorme al caballero Didier en
el drama de Víctor Hugo: Ton amour m’á refait une virginité. ¡Oh
afición madrileña, tu que hiciste temblar á Frascuelo, Lagartijo y Guerra,
entusiasmándote por un pase! Bien dicen que cuando nada interesa es cuando esta
uno en peligro de interesarse por cualquier cosa. Hay cosas que solo el
aburrimiento puede explicarlas.
Nada solícita nuestra atención ni nuestro interés.
Política, arte, vida de sociedad, todo languidece. Por algo nuestro nuevo
alcalde quiere obligarnos á marchar deprisita por esas calles, á ver si con la
celeridad de la circulación nos animamos un poquito.
Si la orden se cumple y los habituales plantones de
la Puerta del Sol se ven obligados á circular, aquello parecerá un Tío Vivo.
Hay allí losas que no mojaron nunca lluvias del cielo ni riegos municipales;
resguardadas de todas las inclemencias por el mismo grupo compacto que hizo de
ellas pedestal de un momento á la vagancia y al arte de residir en el sitio más
céntrico y más caro de Madrid, sin pagar al casero.[169]
Bien muestra el nuevo alcalde su procedencia
automovilista, y por las trazas su ideal es ponernos á los madrileños en cuarta
velocidad. No será malo, si lo consigue, porque en Madrid, donde moralmente, el
que no corre vuela, materialmente no se sabe andar por la calle.
Hay quien á más de ir á paso de procesión,
serpentea graciosamente para estorbar el paso al que viene detrás. Hay señor
que lleva el bastón ó el paraguas á guisa de pica, y al andar va marcando
puyazos á cuántos le preceden. Hay quien juguetea con dichos artefactos,
como jongleur de circo, y lo mismo le derriba á uno el
sombrero que le salta un ojo. Hay quien se emboza á todo vuelo, envolviendo
amorosamente al transeúnte más próximo. Hay quien es capaz de leer un drama á
un amigo en la acera más transitada, entre un coche parado y un escaparate
llamativo. Hay señoras que reciben á sus relaciones en una esquina y allí se
constituyen en sesión permanente.
Y es que en Madrid, cuando se anda, nadie va á
ninguna parte; hace tiempo para ir á ella y se sale siempre demasiado temprano
para ir á un sitio al que siempre se llega demasiado tarde.[170]
Cosa que también puede suceder al señor Maura en
sus concesiones á los solidarios. Salir á buscarlos; perder el tiempo y llegar
tarde.
Cuentan del gran Víctor Hugo, que cuando se hallaba
en alguna reunión de escritores, valíase de una inocente estratagema para
descubrir cuáles de entre ellos abrigaban la ilusión y la esperanza de ser
académicos. Para ello, soltaba alguna tremenda irreverencia contra la Academia
ó contra algún grupo ó individuo de ella. Los que francamente reían á coro con
el, era señal de que estaban limpios de toda ambición. Pero si alguno
permanecía serio ó reía para dentro, entonces Víctor Hugo, sonriente, advertía pronto:
Fulano no se ha reído. Quiere ser académico. Y así descubrió á más de un futuro
candidato.
A prueba semejante asistimos á cada paso, cuando
algún crimen de resonancia es preocupación general en todos los círculos
sociales.
Hay quien no puede ó no sabe ocultar sus simpatías
y su admiración. Se habla, por ejemplo, de la estafa al Banco de España:[171]
—¿Ha visto usted qué bien combinado todo? Y ya verá
usted como al verdadero autor no se le descubre. Y se extiende en todo género
de admiraciones á la habilidad y serenidad de los falsificadores, y cada
fracaso de las autoridades en descubrirlos lo considera como un triunfo
personal. ¡No los cogen, no; ya lo verán ustedes!
Parece como si se animara á sí propio con la
impunidad.
Se habla del crimen del «Hojalata», y el que no se
atreve á aclamarle por su crimen le admira por su muerte. ¿Han visto ustedes?
¡Qué valor! ¡Vaya un tío! La verdad es que ha conseguido imponerse el respeto
de la gente. El hombre que hace eso no es un criminal cualquiera ...
Lectores, desconfiad de estos panegiristas y cuando
oigáis á algunos expresarse así, como Víctor Hugo decía: Fulano quiere ser
académico, pensad vosotros: Fulano va para criminal. A cuatro delitos que
queden impunes, se lanza.
Todos hemos asistido alguna vez al estreno de una
obra dramática de interesantísima acción, situaciones de gran efecto, «cuajada»
de [172]pensamientos deslumbradores y frases
relampagueantes; todos nos hemos interesado, emocionado; hemos aplaudido,
aclamado, y al salir del teatro, apenas el aire de la noche ha refrescado
nuestra frente, al pretender recoger nuestra emoción, pensamos y no tardamos en
descubrir que la emoción desaparece. Aquella hermosa situación, recordamos ...
pero verdad es que era muy falsa, porque si el personaje aquel llega antes con
la carta ... Y lo natural era que hubiera llegado. ¿Y aquella frase?... Sí,
pero la verdad es que lo mismo puede significar lo contrario ... Y así ante el
análisis reposado, pronto nos damos cuenta de que nos habían robado la emoción,
habíamos sido víctimas de un atraco violento, más ó menos artístico, pero
atraco, al fin.
Una cosa parecida nos ha sucedido con la memorable
sesión que pudiéramos llamar patriótica. El entusiasmo de la representación no
ha resistido el frío de la calle. La obra ha sido de las efectistas.
Muchos millones, mucho patriotismo, hermosas
frases, pero muy poca escuadra. Todo ha sido decirnos: Tengamos marina y lo
demás se nos dará por añadidura; el común sentir dice más bien: Tengamos lo
demás y la marina se nos dará por añadidura.[173]
Nos dicen que de otro modo no podemos salir de
casa, y hay que asomarse al mundo. ¡Ay! Esto me hace pensar en esas gentes
cursis que viven de mala manera, y cuando se encuentran á algún conocido que
ofrece visitarlas se apresuran á decir: No se moleste usted, nosotros iremos á
verle á usted, no faltaba más. Todo porque no les descubran la modesta vivienda
donde falta toda comodidad y todo lujo. ¿Será por esto nuestro afán de salir á
Europa, como los cursis que con cuatro trapitos hacen su papel por esas calles
y paseos, aunque en casa no coman? ¿Y no sería mejor que ponernos en facha de
salir á visitar el mundo, ponernos en condiciones de que el mundo pudiera venir
á visitarnos?
¡El invierno se presenta terrible para los ricos!
Ha subido el precio del pan de lujo. Sólo falta que suba también el precio de
la gasolina y la vida será imposible para las clases acomodadas.[174]
Por fortuna, ahora es la última moda en comidas
aristocráticas probar apenas una cortecita de pan. La delgadez es el ideal
estético y casi todo el mundo esta á régimen. Los anfitriones están de
enhorabuena. Suprimidos los vinos «matusalenes» y las marcas de precio; con
buen surtido de aguas medicinales se sale del paso. Apolinaris, Vichy, Mondariz
... Los comensales se juntan por afinidades curativas.
—¡Usted es Vichy, verdad, marqués? Siéntese usted
aquí con la condesa.
—No, querida amiga. Ahora he cambiado. Vichy no me
iba nada ... Ahora soy Apolinaris.
—Entonces á mi lado.
—Es lo que yo quería.
—¿Cuántos kilos ha perdido usted este mes? Yo, kilo
y medio.
—Yo he aumentado en tres.
—¡Qué disparate!
—Pero no estoy seguro, porque me pesé con gabán de
pieles y después de oir «María di Rohan».
—Yo tengo báscula en mi cuarto y me peso con la
menor ropa posible.
—Avíseme usted.
—¿Y usted, marquesa? ¿Como va con su régimen?[175]
—Ya me ve usted. Ya no tengo nada que perder.
No hay duda, de los tres enemigos del alma, la
carne es el más combatido entre las personas distinguidas, y la subida del pan,
que tanto contribuye á aumentarlas, no puede afectarlas grandemente.
En cuanto á las clases menesterosas, ¿cuando no han
estado á régimen en España? Ahora, por lo menos, tienen el consuelo de pensar
que están á la última, siempre suena mejor que en las últimas.
La verdadera solidaridad española se muestra como
nunca en estos días anteriores á la gran lotería de Navidad. Hay número que,
como Don Juan Tenorio, recorre toda la escala social. Del ministro al último
ordenanza del Ministerio, de la gran señora al carbonero, de la primera actriz
al tramoyista. ¡Todos unidos en una misma aspiración y una misma esperanza! Hay
quien no puede ver un número sin pedir participación, y por lograrla es capaz
de todo. En estos días se descubre como nunca el [176]carácter
de las personas. El egoistón que compra su billete ó su décimo, según los
posibles, con el mayor sigilo, á nadie dice palabra, y así previene las
peticiones de participación antes y las de dinero después si logra un premio.
El altruísta que quisiera compartir su suerte con todo el mundo y acaba por
quedarse con veinticinco céntimos en cada número y aún piensa fundar un asilo
benéfico si le tocara el gordo. Y el supersticioso que coloca el papelito bajo
una imagen devota ó un amuleto diabólico, según sus inclinaciones agoreras, y
el pendolista que goza sobre todo con extender los recibos de su puño y letra
con arabescos y tintas de colores y toda clase de primores caligráficos, y el
matemático que luce toda su ciencia calculista repentizando operaciones al
tanto de lo que corresponde por fracción y por premio ... todos, todos
descubren su carácter en estos días de ilusiones, de esperanzas, en que toda
preocupación desaparece envuelta en ilusiones ... ¡Admirable institución esta
de la lotería! ¿No es acaso la única felicidad positiva que debemos á nuestros
gobiernos?
XIX
La propiedad histórica ha llegado hasta los
belenes. Las figuras de los modernos nacimientos se ajustan á ella con su
indumentaria, y no obstante este «modernismo» retrospectivo—valga el
contrasentido,—priva á los clásicos retablos de su carácter ingenuo. ¡Sientan
tan bien las graciosas impropiedades en la representación de un misterio que es
de todos los tiempos!
Yo he visto un nacimiento en que junto al portal de
Belén había una iglesia con su campanario y un monaguillo que tocaba á misa, y
más lejos una cuadrilla de toreros celebraba con una corrida—suponemos que
regia—el natalicio del Niño de Dios, y por un puente atravesaba un ferrocarril
y esta disparatada mezcla de tiempos y costumbres da la más clara impresión de
catolicismo, porque nos decía como Jesús nació para todos los siglos y para
todos los hombres.[178]
Estos nacimientos de ahora no emocionan tan
hondamente. Por algo los pintores antiguos, tan soberanos artistas, se atenían
en las pinturas sagradas á las figuras y trajes de su época y por ser de su
tiempo lograron ser de todos.
Respetemos el arte primitivo, ingenuo, de los
belenes. ¿Qué significan trajes y figuras? Para los belenes, la humanidad es
siempre la misma.
Los teatros aprovechan estos días de alegría
oficial para presentarnos lo más disparatado del repertorio francés. El
«vaudeville» es el pavo literario de las Pascuas. Como el pavo, los mejores son
los de más confianza, los más conocidos, con sus eternas combinaciones; el
personaje que pasa por otro durante los tres actos, sin hallar ocasión de decir
quien es, ni á qué vino, hasta la última escena; el segundo acto con su
decoración de veintidós puertas por donde los personajes entran y salen, se
buscan, se persiguen, se suceden, se huyen contra toda razón y toda lógica.
Y el público que ríe porque es Nochebuena, de lo
mismo que protestaría en otro cualquier día del año. ¿Como no ha pensado nadie
en publicar un [179]almanaque teatral, como el
almanaque del agricultor y el del empleado? Sería tan útil para los autores
novicios con sus recetas, consejos y pronósticos. Por ejemplo, Octubre: Bueno
para la comedia satírica. Noviembre: Excelente para el drama de tesis. Diciembre:
Disparate libre. Enero: Drama y comedia de amor, y así sucesivamente.
No hay idea de la influencia de la estación y de
los meses en la literatura dramática. ¡Cuántas obras que parecen detestables en
invierno hubieran parecido excelentes en primavera! ¡A cuántos habrá
perjudicado el estrenarse en Marzo en vez de estrenarse en Diciembre!
«Don Juan Tenorio», estrenado con mal éxito, no
logró el favor del público hasta que halló su día en el de los difuntos.
Estrenar en Apolo á la entrada de primavera es una seguridad de buen éxito.
¿Qué autor de experiencia no lo sabe?
¡Ah, el autor dramático debe entender de todo y
hasta la Astronomía y la Meteorología son de utilísima aplicación en su arte![180]
En estas fiestas de Pascua, en las funciones de
tarde de los teatros, en las fiestas familiares á ellas dedicadas, lo he
observado con pena una vez más; los niños de ahora son tristes, no saben reir,
parece que, como Musset, han venido muy tarde á un mundo muy viejo.
Nada les sorprende, como si todo lo supieran. En el
teatro son ellos los que preguntan á los mayores: ¿Por qué os reís? Ellos son
los primeros que dicen: ¡Me aburro!
En torno del árbol de Noël se muestran graves y
desdeñosos, y en los Reyes Magos ya no cree ninguno.
Una mamá se lamentaba de esta disposición de
espíritu en los niños.—Figúrese usted que hoy le digo al pequeño: Si no eres
bueno, no te llevó al teatro; y me dice: Mejor. ¡Para ver tonterías!
¡Esta seriedad española! Cuando aquí decimos de un
hombre que no es serio, le hemos imputado el mayor defecto ... Y los que, por
desgracia nuestra, hemos trasmutado los valores, y lo que todos juzgan serio es
lo que más risible nos parece, estamos perdidos.[181]
Yo creo, sin duda alguna, que la mayor superioridad
de los anglo-sajones, consiste en saber reir, en el desprecio al ridículo. Yo
he visto á señoras inglesas muy metidas en carnes y muy entradas en años,
lanzarse al vals y hasta al cake-walk, sin la menor idea de que estaban haciendo
el paso. A personajes de grave significación social ofrecerse
espontáneamente á cantar las más extravagantes canciones de negros, y á
distinguidos oficiales de guarnición en Gibraltar, representar una parodia del
«Fausto», interpretando papeles de hombres y mujeres: todo ello en presencia
del gobernador de la plaza y ante los soldados de la guarnición francos de
servicio. ¡Figurémonos el escándalo que esto hubiera producido en España!
¡Seriedad, seriedad! Es nuestra consigna. En estos
días he leído como algunos revisteros de toros aconsejan á la empresa de la
plaza el contrato de determinados toreros, para dar seriedad al cartel. Y digo
yo: ¿Para qué necesitará la seriedad un cartel de toros?[182]
El incendio de uno de los barracones destinados al
cultivo del arte barato, ha venido á dar un voto en pro de los que aconsejaban
á las autoridades la supresión de los que no estuvieran en condiciones de
seguridad. Aconsejaban otros en cambio, la mayor tolerancia, considerando
dichos teatrillos como un anticipo de teatro popular, muy conveniente para la
educación artística de las masas. No creo yo semejante cosa, y opino que la
única defensa que podía tener era el servir de modus vivendi á
mucha gente; pero en nombre del arte no son defendibles. El arte, ó debe darse
gratis, con la protección y espléndida subvención del Estado, y entonces puede
exigirse que sea verdadero arte, ó hay que pedir, mientras esté en manos de
empresas particulares, que sea lo más caro posible. El arte malo no puede ser
nunca educador, y antes pervertirá que afinará el gusto de la multitud. Bueno
esta compadecerse de los modestos artistas que no pueden, por ahora, aspirar á
mayores empresas; pero ¡ay! que el arte no tiene entrañas y el sentimiento de
compasión que inspiran unos pobres cómicos antes destruye que aumentan el
placer estético. El arte dramático necesita de bellas figuras con bellos
trajes; las caras de hambre y los trapos descoloridos sólo pueden emocionar
tristemente ó cruelmente, por perverso sadismo, y las dos emociones son las más
extrañas á la pura emoción artística.[183]
El Arte es como el sol; no hay uno para los pobres
y otro para los ricos. Día llegará en que, como el sol también, su luz llegue
por igual á todos; entretanto no se hable de arte barato, arte caro, arte
grande y arte chico, porque el arte es ó no es; no se falsifica con nada.
Ha muerto uno de los representantes más ilustres de
un arte francés; mejor dicho, parisiense por excelencia: el modisto Paquín.
El modisto y el literato han sido los creadores de
ese tipo convencional, trapos y literatura de mujer francesa; heroína de
novelas y comedias para la exportación.
Como los modistos imponen sus figurines á las más
rebeldes á la moda, los escritores imponen también sus figurines de almas aún á
los menos atacados de intelectualismo.
¡Bourget y Paquín habrán sido creadores de tantos
espíritus femeninos! Una lectura y una toilette basta á producir un estado de
alma. ¡Oh! ¡El Don Juan Tenorio que supiera el libro que acaba de leer una
mujer y sepa interpretar el sentido de un traje ó de un tocado femeninos,
atacaría siempre sobre seguro![184]
Hay toilettes que suponen una meditación previa
sobre el Kempis, otras que denuncian lecturas de poetas delicados, otras que
nos hablan de Claudina, Colette ...
Hay toilettes que por sí solas dicen al hombre más
atrevido: Hoy no estoy para nada. Hay otras que al más tímido le animan y le
dicen: Hoy estoy para todo.
Y advierto á los que pudieran cometer
equivocaciones lamentables, que la severidad y la ligereza del vestido
femenino, suelen estar en razón inversa del estado de ánimo. Ni debe uno
atreverse demasiado por su «deshabillé», todo trasparencias sugestivas, ni
acobardarse por un riguroso luto ó un severo hábito. ¡Oh, no! El luto sobre
todo si es de viudez reciente, no debe desanimar á nadie. ¡El dolor trastorna!
Los autores dramáticos, por nuestra parte, debemos
también una grata memoria al modisto.
¡Cuántas veces una de sus creaciones habrá
distraído al público de una pesada escena de relleno ó habrá permitido que las
elegantes abonadas perdonen alguna crudeza de frase, disimulando la atención al
diálogo con el examen de la toilette![185]
¡Y para cuántas actrices habrá sido también el
modisto gran inspirador, y lo que ellas no supieron poner de su alma en un
personaje, supo ponerlo el modisto, mejor intérprete de su carácter con sus
trajes, que la actriz con sus recursos teatrales!
Lloremos á un precioso colaborador y piensen
algunas actrices, quien va á proporcionarles ahora el talento que necesitan.
Por algo cuando un papel le va á un artista, se dice que es un traje á la
medida.
Y habrá actrices que no sepan de Ibsen; ¡pero de
Paquín!
Nadie como yo cree en la conveniencia de los
teatros populares como excelente medio de propaganda educadora; pero creo
también que los espectáculos ofrecidos en nuestros teatros baratos más
contrarian que favorecen la cultura del pueblo.[186]
Convengamos, en que la mayor parte de las obras en
ellos representadas no son escuela de buenas costumbres, ni siquiera de buen
lenguaje. El teatro ha contribuído no poco en España con sus exageraciones ya
cómicas, ya melodramáticas, á la profusión de ese tipo odioso del chulo
teatral, al que si fuera á buscarse cabal genealogía no sería difícil
hallársela en los galanes de nuestras comedias clásicas; pero allí era por lo
menos limpio el vocabulario y la chulada era retórica.
Grave es siempre la responsabilidad del autor que
es escuchado del público; pero si es al pueblo ó á los niños á quien se dirige,
su responsabilidad es mucho mayor.
Lo he dicho en otras ocasiones; calumnian al pueblo
los que le creen incapaz de comprender un arte superior á su inteligencia. El
sentimiento tiene un seguro instinto y estoy seguro de que solo ante un
auditorio popular sería hoy posible en España, sin temor á un fracaso, la
representación de las obras teatrales más sublimes; las mismas que no vacilaría
en calificar de «latosas» (algunas lo fueron ya), el selecto público del abono.
Sí; tratándose de ofrecer arte al pueblo, soy
radical. Nada mejor que algo, si ese algo es malo.[187]
Muy atendible es la consideración de que muchos
pobres artistas viven de ese teatro. Me parece muy bien que todo el mundo viva,
pero de lo que pueda vivir.
Harto es ya España el país en que decir ¡Pobrecito!
lo justifica todo. Menos compasión y más justicia. Los empleos están ocupados
por muchos ineptos, pero ... ¡Pobrecitos! Los escenarios soportan á muchos
cómicos detestables, pero ... ¡Pobre gente! Hay quien escribe una obra, no
porque sepa escribirla, sino porque lo necesita para comer. ¡Pobrecillo! Y
todos ellos encuentran en esta compasión mayor apoyo, mayor benevolencia, que
el fuerte, el valedor, el útil. Con todo esto hemos llegado á estimar como la mayor
prueba de cariño á nuestra tierra que los extranjeros nos digan: ¡La pobre
España!
La boda de una Vanderbilt ha epatado á
la noble y vieja Europa, con la verdadera explosión de lujo americano, lujo
bárbaro, que dicen los americanos latinos, pero lujo que en su misma barbarie
es de tanto [188]grandor, no diremos
grandeza, que sólo así salva los peligrosos linderos de la ordinariez y la
cursería. Un lujo así tiene algo de sobrehumano, eleva el dinero á la categoría
de fuerza ideal, única capaz de realizar en lo humano fantasías y caprichos
divinos. ¡Toda esa fuerza aplicada á un ideal de Justicia, de Belleza, en vez
de aplicarse á un lujo estéril que ni es justo ni es bello!
Cierto, que ese lujo da de comer á mucha gente; no
es dinero tirado, aunque lo parezca, esos miles de dollars gastados solamente
en orquídeas.
En la actual organización social, sin el lujo y sin
los vicios de los ricos la revolución social sería ya un hecho. Cuando gastan
su dinero tontamente, cuando se arruinan locamente, es tal vez cuando realizan
un principio de justicia.
Y lo que tiene ese lujo de insultante es también un
estímulo poderoso, de envidia ó de ira. Piensan unos: «Así quiero ser yo».
Piensan otros: «Nadie debe ser así». Y estos dos pensamientos, en apariencia
tan opuestos, llevan el germen de una futura y más perfecta organización
social.
Tal vez no sea posible que en todas las mesas haya
orquídeas. ¿Pero será tan difícil, estará tan lejano el día en que pueda haber
en todas pan y unas rosas?
XX
Las señoras de Nueva York andan alborotadas porque
recientes ordenanzas las prohiben fumar en lugares públicos. Creo que las
autoridades más han pretendido favorecerlas que molestarlas.
Nunca he comprendido ese furor que siente mucha
gente por obtener una consagración oficial y pública para una porción de cosas
que tiene su mayor encanto en no trascender del dominio privado.
El cigarrito femenino es una de estas. En la mujer
no se comprende el uso del cigarro por el cigarro. Ha de ser un detalle más de
una «mise en scene» muy cuidada en un cuadro muy íntimo. Decoración muy moderna
de tonos muy armonizados, tono sobre tono, la escala de los verdes ó de los
rosas ó de los grises. Aconsejaos de un buen pintor ... muerto. En el Museo del
Prado hallaréis excelentes motivos de inspiración. [190]Después,
uno de esos divanes, que una señora amiga mía, llamaba con gráfica expresión,
revolcaderos, pero que yo no me atreveré á nombrar de ese modo; un diván cama,
poco levantado del suelo, cubierto con una auténtica piel; camello, oso blanco,
cabra de Angora, zorros azules con sus cabecitas. Esto último no se recomienda
tanto, porque los amigos harían chistes. La piel puede sustituirse por un rico
paño de terciopelo, bien entonado con nuestra carnación. Hay que ponerse en
todo. Profusión de almohadones, no esos almohadones vulgares de telas
estampadas; almohadones muy personales. Cerca, lo necesario y lo superfluo
«pour en griller une». Todo como de juguete y todo ejemplar único, á ser
posible.
En estas condiciones el cigarrillo, el mismo
cigarro puro, parecen tan propiamente femeninos, que son los hombres los que
piensan entonces que acaso el fumar sea más propio vicio femenino y no tarden
en arrojar su cigarro, como avergonzados.
Para mí no hay duda de que el cigarro pasará en
fecha no muy lejana á ser de uso exclusivo de las mujeres, como el abanico, el
manguito, que en un principio usaban por igual hombres y mujeres; como será
con [191]tantas otras cosas á todas luces más
apropiadas al carácter femenino, por ejemplo, el arte, la política, todo
aquello en que sea elemento primordial la seducción. Porque vamos á ver. ¿A
ustedes les parece propia de hombres la actitud de un artista pensando siempre
como agradará al público? ¿Y la de Maura, pensando siempre como agradará á
Cambó?
Es la hora del te. La hora que en los largos
anocheceres de invierno sería para las mujeres la hora de los aburrimientos
peligrosos, si la moda no hubiera inventado esta costumbre.
En torno á la hervidera de plata, que es con su
llama azul temblorosa, como ara encendida en culto á la diosa Frivolidad, es un
charlotear incesante, apenas interrumpido por el picoteo en bocadillos y
golosinas. De un tema á otro, mariposea la charla femenina con frases que son
unas veces, batalla de flores; flores de trapo; otras, como cruzar de floretes
en juego de esgrima, todo galantería; alguna vez, aquel alfilerazo que busca y
acierta con el defecto de la armadura.[192]
Allí murmuran, como en parte alguna, los mil
arroyuelos por donde van las pequeñas historias á formar el mar de la historia
grande de una época.
¿Qué es la murmuración sino la historia de un día?
¿Qué es la historia sino la gran murmuración de los siglos?
—¡Como canta el Werther ese hombre! ¿Le habéis
oído?
—Pero la ópera es una tontería.
—Hay que oirla más de una vez.
—Eso dicen de todas las tonterías. ¿Será ese el
secreto del matrimonio?
—¿Has estado en estos bailes?
—En todos. No te he visto en ninguno.
—¿Olvidas mi luto?
—Por una tía ...
—Pero era de mi marido. Tengo que guardar más las
apariencias.
—¿Habéis visto la obra del Español?
—No quiere mamá. Creo que es una soltera que tiene
relaciones con un casado, lo mismo que dicen de ...
—¡Calla, que esta ahí su mujer!
—No, si iba á decir la de ...
—¡Calla! ¡Que esta ahí su hermana![193]
—No comprendo que haya quien no quiera recibir á
las que tienen historia, porque es no poder hablar de nadie en sociedad ...
Y así pasan dulcemente esas horas de los largos
anocheceres de invierno, que son tan peligrosas para las mujeres distinguidas
que no toman te en sociedad con sus mejores amigas.
Distinguidas señoras que preparaban bailes de
trajes, minués y otras fantasías propias de Carnaval, han tenido que desistir
de sus proyectos por no hallar suficiente personal masculino propicio á la
inocente diversión y al insignificante gasto que supone presentarse trasformado
por una noche, con propiedad de ópera, en mosquetero, marqués, Luis XIV ó XV,
petimetre del XIX, etc.
El sport lo absorbe todo, energías
físicas y pecuniarias. El automóvil, el polo, el golph, el tiro, el lawn-tennis,
con la apropiada indumentaria y los precisos accesorios, no dejan tiempo, ni
dinero, ni fuerzas á la juventud masculina.[194]
Para el ligero flirt que ha de
preceder á un matrimonio convenido en familia, tan bueno es el automóvil con
sus expediciones, como un salón de baile. Un moderno torneo de polo, mejor que
un cotillón con sus figuras grotescas. Dejemos á las cotorronas llorar por las
pérdidas costumbres de los pasados tiempos ... Sus hijas no parecen mal
avenidas con los alardes de fuerza, agilidad y destreza. Cierto que un valsador
infatigable era una garantía; pero en el baile, á la luz artificial de los
salones, es más bien fuerza nerviosa la que se gasta, y la fuerza nerviosa es
traicionera y puede faltar en el mejor momento, como todo lo que es
inspiración.
¡Fuerza, fuerza! Aunque el amor se despoetice. Esta
generación no es de novios; pero quien sabe si, por lo mismo, no nos prepara
una brillante generación de padres.
D. Prudencio—nuestro Mr. Prudhomme,—ha tenido en
estos días ocasión de manifestarse. D. Prudencio abomina de las exageraciones,
y en su concepto—D. Prudencio no tiene opiniones, tiene siempre conceptos,—en
su concepto, los sucesos de Portugal han sido una lamentable y funesta [195]serie de exageraciones. Exagerado el dictador,
exagerados sus enemigos políticos, exagerada, ¿y como no? la prensa, exagerados
los regicidas, estos sobre todo. Los únicos que no le han parecido exagerados,
son los republicanos de allá, lavándose y aún perfumándose las manos, como
Pilatos, abominando del crimen y dejándolo todo para mejor ocasión, y los
ingleses enviando á modo de amistosa advertencia, unos cuántos barcos á la
vista de Lisboa.
No hay que decir si á D. Prudencio le habrá
parecido también exagerada la actitud de esa gente que se ha pasado las horas
en acecho y acoso del caído dictador, durante su estancia en Madrid.
D. Prudencio, en cambio, ante estas grandes
tragedias de los grandes, siente como nunca el efecto que, según retóricos
preceptistas, ha de producir la tragedia en el ánimo del espectador, el de
purgar nuestras pasiones. D. Prudencio se purga, de toda ambición en primer
término, de toda envidia y de toda codicia. ¡Oh su apacible medianía! ¿Quién
quiere ser rey ni dictador después de esto? Y D. Prudencio cree tener asegurada
la material inmortalidad solo con sentirse insignificante.[196]
También han sido gloriosos días estos para los
exaltados, para quienes todo es síntoma y anuncio precursor de trastornos
mundiales, para los que todo lo tenían previsto, porque la historia enseña ...
Y aquí un curso de filosofía de la historia ... Y
la historia no debe enseñar gran cosa cuando todavía no han aprendido algunos
gobernantes que se puede hasta tiranizar en pleno siglo xx, y lo que no se
puede es dejar sin voz á los pueblos para quejarse siquiera de la tiranía.
Carlyle, tan enamorado del silencio, consideraba,
no obstante, como pueblos muertos á los que, según el, no tenían voz, es decir,
á los que no habían expresado en forma artística sus sentimientos, sus
aspiraciones, sus esperanzas ó sus recuerdos. Fuera del arte existen en la vida
moderna otras muchas voces que son señales de vida, el Parlamento, la prensa,
la opinión pública en todas sus manifestaciones; gobernar sin ellos es gobernar
en silencio, el silencio del vacío es remedar al avestruz en lo de esconder la
cabeza bajo el ala, para no ver al cazador, porque lo que no se ve ni se oye,
es por un momento [197]como si no existiera ... No,
la historia no enseña nada, ni siquiera la Natural; hay gobernantes que no
aprenderán nunca que dejar á un pueblo sin voz es obligarle á que la acción sea
más violenta, y que la postura del avestruz no es postura airosa para hombres
de gobierno.
La rueca y la pluma. Apólogo.
Dijo la sartén al cazo, etc. Dijo el orador al
escritor: Quita de ahí, hablador.
Ya lo véis, escritores; con un poco de imaginación,
podéis pareceros, al escribir, á la mismísima Margarita del «Fausto» al surgir,
evocada por Mefistófeles, ante los ojos del viejo doctor, dándole á la rueca y
al huso.[198]
¿Con que el ejercicio de la pluma supone cierta
timidez y debilidad de carácter? Pruebe, pruebe el Sr. Maura por una vez á
estrenar, siquiera una piececita del género chico, sin mayoría, es decir,
sin claque, y verá lo que es bueno.
Y aún insisten los escritores en acudir al gobierno
en demanda de indultos para Nakens y Morato. Ya véis en lo que se nos estima, y
bien podemos suponer en lo que han de estimarse nuestras peticiones. ¡Gente de
pluma! De rueca como si dijéramos.
¡Si lo dijeran Hernán Cortés y el Gran Capitán!
Pero créanos el Sr. Maura: oradores y escritores,
todos somos unos. Plumas y lenguas, todas son ruecas.
Aparte de que la rueca no es tan despreciable por
ser su ejercicio ocupación de mujeres. Los ingleses tienen un proverbio que
dice: La mano que mece la cuna, mueve el mundo. Y esa mano es la de la mujer,
la misma que mueve la rueca.
Yo, por mi parte, prefiero figurarme al mover la
pluma que muevo una rueca y estoy hilando, que no una espada que corte los
hilos de algunas vidas. Pero es un modo de pensar, de sentir, mejor dicho.[199]
Por ser la primera vez que se ha tomado en
consideración el voto de las mujeres, el Congreso ha estado muy consecuente,
como dicen los chulos. Principio quieren las cosas.
Si los hombres fuéramos agradecidos, la votación
favorable hubiera sido más nutrida. ¡Habrá tantos que deban su carrera política
á las faldas y habrán votado en contra ó se habrán abstenido! Cuando en los
bastidores de la política, tan importante papel juegan las mujeres, ¿por qué
impedirles mostrarse en el escenario? ¿Qué se teme? ¿Sus tendencias
reaccionarias? ¡Ay! En otros tiempos no lejanos sí era la mujer la que
extremaba esas tendencias; pero ahora ¡hay tantos matrimonios en que es la
señora la que tiene que retrasar la hora del almuerzo porque el marido esta en
el sermón ó en la junta de cofradía! Será dichosa casualidad, pero yo conozco
muchas más liberalas que liberales. Cierto que cuando se trato la cuestión de
las asociaciones, las señoras dieron una acentuada nota reaccionaria; pero es
que esa cuestión no las importaba mucho. Pero que se votara la ley del divorcio
y ellas hubieran de decidir con sus votos: reforma implantada; bastaría con que
la votación fuera secreta. Y si había de ser pública, todas se [200]disculparían con sus amigas.—Yo por mí no hubiera
votado ¡qué horror!, he votado por Fulanita (aquí el nombre de alguna amiga).
¡Para verla vivir como vive con su marido, más vale que se divorcie!—¿Y qué
mujer no tiene una amiga á quien favorecer en ese caso?
XXI
Polichinela airado ha sido una vez más protagonista
de la tragedia tantas veces representada en el teatro, el drama verdadero de la
vida sobreponiéndose á la farsa, el payaso asesino.
Pero esta vez no han sido los celos, resorte
dramático, ha sido el arte mismo. Por torpeza ó malicia del apuntador—un autor
teatral hallará pronto el revuelo de faldas, móvil de la aventura,—fracaso un
chiste de Polichinela y ciego de ira le golpeó el cráneo, como suelen los
polichinelas de cartón golpear á sus interlocutores.
El público reía ... En las farsas de la vida es lo
mismo; hasta ver sangre y muerte tardamos en percibir que no va de burlas.
Actores, siempre queremos parecer trágicos; lo trágico es más noble.
Espectadores, siempre queremos serlo de farsas regocijadas.[202]
Hacer reir es la consigna del payaso. Robar un
chiste al público era faltar á su deber y el deber es antes que todo. ¡El
teatro agranda de tal manera las obligaciones y deberes! ¿No hemos visto dramas
en que el protagonista se cree el hombre más desgraciado por no poder casar á
su hija con el hombre á quien ama, por el terrible caso de conciencia de que
una abuela de la chica tuvo que ver con el abuelo del muchacho?
¡Qué extraño es que el Polichinela agrandara en su
imaginación, hecha á las exageraciones de la farsa, la importancia de aquel
conflicto! ¡Un chiste menos! ¿Como podía compensar al público? Ofreciéndole á
cambio del chiste una tragedia entera.
Lo que puede demostrar la superioridad del género
cómico sobre el trágico. Por un chiste una tragedia, y el público todavía no
saldría satisfecho y preguntaría: ¿Qué chiste era ese? ¡Nos hemos quedado sin
oir el chiste!
Esta vez nos llega de Inglaterra la leyenda del
bandido simpático, enamorador de mujeres y de multitudes, leyenda que parecía
patrimonio de países meridionales. Aunque los ingleses cuentan con su Robín
Hood, antecesor pintoresco y glorioso de Roque Guinart y Carlos Moore.[203]
No conozco Raffles, como novela; ignoro si en ella
triunfa la justicia sobre el ladrón «gentleman»; si así fuera, el autor de la
adaptación teatral ha comprendido el grave disgusto que hubiera dado al público
de teatro, más apasionado é irreflexivo que el lector, si Raffles no quedará
triunfante, por lo menos con ese triunfo de final de obra, que el público, sin
más discusiones, acepta como definitivo.
Y esta simpatía por los «out-laws»—que como vemos,
la historia literaria desmiente, localizada en países meridionales,—esta
simpatía universal por los rebeldes á la disciplina social, sobre todo si su
rebeldía solo es peligrosa y solo amenaza á lo que no tenemos ó tenemos seguro
de no perderlo, ¿no es prueba evidente de una protesta continúa de todos los
tiempos y de todos los hombres contra el orden social ... de los demás?
¡Ah, como celebran las hazañas de Raffles los que
nada poseen y de buena gana le imitarían! ¡Como le celebran también los que
tienen su dinero en valores seguros, resguardados en las cajas de algún
Banco [204]inquebrable! ¿Y las damas?... Darían por
bien robados sus collares por el gusto de haber conocido á ladrón tan
encantador. «¡So lovely!»
La chismografía teatral nos cuenta que en Londres
el intérprete del papel es el ídolo de las damas solo con representarlo.
¡No quiero pensar qué sería con el efectivo
Raffles! Estos simpáticos bandidos dejan huella muy honda en los corazones
femeninos. Por ellos suelen decir muchas, cuando el bandido les roba alguna
alhaja de precio y huye, como es natural, de la justicia: ¡Que le busquen, que
le prendan! Pero que no le hagan nada ... aunque no parezca la alhaja. Se ve
que todo el interés esta en que parezca el, para decirle:—¡Ingrato! ¿Qué
necesidad tenías de robarme nada? Yo te lo hubiera regalado todo.
Paréntesis cuaresmal. Meditación, recogimiento y
... ahorro. Los tés sin golosinas, las reuniones sin cena, suprimido el teatro;
sus turnos de moda se trasladan á las conferencias religiosas, á cargo de esos
buenos melífluos, y mundanos padres de la Compañía, que son una especie de
Fernando Díaz de Mendoza en lo de saber como agradar al abono.[205]
En esas conferencias se trata casi siempre de
ligeros temas sociales; sólo faltan los nombres propios para que más parezcan
prolongación de los chismorreos de sociedad. Su habilidad consiste en que
siempre se de por aludido ... el prójimo. De este modo nadie se molesta.
Recuerdo el tole tole producido años ha con el
famoso sermón de los descotes, refundición de otro no menos famoso, pronunciado
por el abate Boileau ante la corte de Luis xiv: «Sur l’abus des nudités de
gorge». Pero los tiempos eran otros y lo que las cortesanas del Rey Sol
escucharon con paciencia—claro esta que sin enmendarse,—las modernas devotas no
pudieron sufrirlo.
La religión como el arte deben ser ante todo un
consuelo, y si los predicadores como los artistas, dan en decir cosas
desagradables y en asustar con fieras amenazas ...
Bien lo saben los dulces padres; la severidad no
aparta del pecado y aparta de la Iglesia. Dulzura en el púlpito, dulzura en el
confesionario ... «¡De la douceur, de la douceur!», que dijo aquel gran [206]poeta y socarrón de Verlaine, que también supo
alternar lo pagano con lo cristiano, como nuestras bellas penitentes en estos
cuarenta días de «magdalenismo» y coqueteo á lo divino.
La «toilette» es más austera, las conversaciones
más graves; si se murmura es por moralizar. Desaparecen los libros profanos y
en su lugar se ostenta «La Imitación de Cristo», «El reloj de la Pasión» y
otros de serias meditaciones. El ayuno colabora con el régimen para adelgazar,
el flirt es compatible con todo, y luego ¡cuarenta días pasan tan pronto! Y el
sábado de Gloria las campanas repican, y las faldas, que por algo tienen forma
de campaña, revuelan también, y las bellas penitentes parecen rejuvenecidas,
como después de una temporada de baños ó de campo ... Porque, eso sí, veraneen
física ó espiritualmente, todas vuelven del veraneo y de la cuaresma. Ni el mar
ni el campo, ni la religión, pueden más con ellas que este Madrid de sus
fatigas y de sus pecados.[207]
Era un tiempo en que el más descreído y
despreocupado, sentía avivarse en su espíritu cierto fervor religioso al llegar
los días solemnes de la Semana Santa. Pero en estos tiempos de profunda piedad
que alcanzamos, tan pródigos en diarias manifestaciones religiosas, la Semana
Santa no es más de notar que otra cualquiera en cuanto á lo piadoso se refiere.
Más bien por lo mundano, si buen tiempo y buen sol ayudan. No son rostros
atormentados por mortificaciones y penitencias, ni siquiera ensombrecidos por
austeros pensamientos los que se ven por calles y por iglesias en esos días. Y
¿por qué entristecernos? Sabemos que el sábado han de tocar á gloria; creemos
en un Dios misericordioso y una legión de vírgenes y santos intercesores, que
han de salvarnos por muchos que sean nuestros pecados. El sentimiento religioso
pudo ser alguna vez cruel en España, pero nunca fué triste. No fué triste
porque supo mirar al dolor y á la muerte cara á cara. Fué cruel, porque si el
propio dolor y la propia muerte no importaban ¿qué habían de importar los
ajenos?[208]
Si esta confianza en Dios y esta despreocupación de
la muerte fueran tan conscientes ó tan hijas de una profunda fe religiosa como
son de irreflexivas y de inconscientes, la raza española sería la primera del
mundo. Pero ¡ay! que el despreciar la muerte no es más que la consecuencia de
despreciar la vida, y vida y muerte vienen á ser de este modo una sola negación
y sólo son verdaderamente grandes los hombres y los pueblos que toda su vida
afirman y el morir es para ellos la suprema afirmación de su vida.
Era un tiempo también en que las más bellas y
nobles damas turnaban en las mesas de petitorio, y las ofrendas eran
cuantiosas. Pero era acaso esta sola vez en el año, cuando las señoras ponían á
prueba el desprendimiento de sus buenos amigos. Hoy, todo el año es Jueves
Santo para el petitorio; las funciones benéficas, las cuestaciones caritativas
son un renglón de los más costosos en el capítulo de las relaciones sociales.
Media España vive de la beneficencia de la otra media y hay dudas sobre cual de
las dos mitades vive mejor.[209]
Cualquier persona de cierto viso, al abrir la
diaria correspondencia, puede estar segura de que entre diez cartas, las nueve
serán de peticiones; echarse á pie por esas calles es ir recogiendo memoriales
de palabra con toda suerte de peticiones. No son los mendigos más enojosos los
que le tienden á uno la mano, sino los que la dan. Y á esos, ¿quien los recoge?
No hay idea de lo que aumentarían los donativos para la Asociación de la
Caridad, si las autoridades se comprometieran á librarnos á cada uno de nuestros
pordioseros particulares.
Ya que nuestros legisladores andan tan remisos en
conceder á las mujeres derechos políticos, ¿por qué privarles también del más
elemental de los individuales, que consiste en poder hacer cada una de su capa
un sayo y de su pellejo un tamboril? Desde el punto de vista estético podrá
discutirse la intrusión del feminismo en el toreo. Y será muy discutible el
punto, porque desde el traje hasta las monadas inherentes al ejercicio de la
profesión, hay en todo ello mucho más de femenino que de propiamente masculino.
No digamos de la admiración que [210]el público
siente por sus toreros favoritos. Si el espíritu de las colectividades es
siempre femenino, el de un público de Plaza de Toros es hembra por
los cuatro costados. Acaso es esta la mejor razón de un espectáculo que con
otras razones no puede explicarse ni defenderse. Es parte de ese eterno
femenino, móvil supremo de todo lo humano.
Pero quedamos en que, por no ser costumbre fundar
leyes en motivos estéticos, el ministro de la Gobernación ha fundado en motivos
de moralidad y de protección al bello sexo la prohibición á las mujeres de una
profesión, no más arriesgada que el matrimonio en la mayoría de los casos y
mucho menos inmoral que otras, ¡ay! reglamentadas y patrocinadas por el
ministerio de la Gobernación.
Más cornadas da el hambre, y de la enfermería de la
Plaza de Toros á la enfermería de San Juan de Dios no vemos que la moralidad
ponga tanta distancia—la materialidad ha puesto muy poca.—Pero, en fin, el
legislador paternal os protege, ¡oh, mujeres! Os quitan un modo de vivir, pero
de morir todavía os quedan muchos. Ahora, que en una Plaza de Toros y ante todo
un público, se escandalizaría la gente; en un hospital no lo ve nadie, y los
que lo ven no se escandalizan; están acostumbrados.[211]
¡Mujeres toreras! Ya lo sabéis; vuelva el estoque á
la vaina. El señor ministro os priva del primer recurso; menos mal que os deja
el segundo.
¡Oh piadosa voluptuosidad de la justicia humana!
¿No han leído ustedes la noticia? ¿No les ha conmovido á ustedes? Se ha
suspendido la ejecución de un reo por hallarse muy delicado de salud. Temerían
que la impresión le fuera funesta.
En cambio, un doctor norteamericano propone que á
todo enfermo incurable se le anticipe la muerte. ¿Quién es más piadoso? ¡Vaya
usted á saber! Dado lo que tiene nuestra vida de lucha, desde que nos abre la
puerta del chiquero, hasta que nos arrastra por la de corrales—perdonen los
casados la comparación,—yo creo que siempre hemos de mirar con más simpatía al
puntillero que á los demás que intervienen en la lidia.[212]
Y ¿habrá pagado Madrid toda su deuda de admiración
y de gratitud con su madrileñísimo músico? ¿Nada más, madrileños? Si fuera así,
sería cosa de pensar una vez más en que Madrid es bien ingrata tierra para sus
naturales, y es preferible para toda gloria, viviente ó póstuma, ser cabeza de
ratón en cualquier lugarejo, que cola de león y hasta león entero, en esta
ciudad grande, que quizás por serlo, pone distancias de desierto en las gentes
para los nobles entusiasmos aunque las acerque y las una, como en Casino
provinciano ó solana lugareña, para el chismorreo, el despellejeo y
la maledicencia menuda.
Cuando por esas capitales de provincia, cabezas de
partido y hasta villorrios, con más partido que cabeza, se alzan estatuas y
monumentos á muertos y á vivos, que no hicieron cosa mejor que firmar
concesiones de momios á favor de caciques y mangoneadores, ¿no tendrá en Madrid
su monumento el maestro Chueca? ¿Merecerá menos el que alegró nuestra vida
honradamente que tantos como la entristecieron?
Y no nos vengan doctorales señores, de esos que
piensan haber depurado el gusto, cuando sólo han depurado la envidia y la
molestia que les produce cuanto brilla y triunfa, con lo de música ligera,
musiquilla, de teatrillo, de piano ...[213]
Los entendidos se extasían ahora con Peleas
y Melisenda de Debussy, como expresión exquisita del más puro arte
musical. Celebran en ella como el ritmo musical es fiel intérprete del ritmo de
la frase hablada. Secreto es este que la música de Chueca había encontrado por
genial instinto. Su música tiene todos los ritmos del habla madrileña, al
requebrar, al burlarse, al aclamar al torero en la plaza, á los soldados en la
calle; es desgarrada y fanfarrona en los chulos, picarescamente llorona en los
pobres, desgarbada en los agentes de la autoridad, cursi en los cursis, airosa
en los pasos dobles, con el gallardo andar de la gente madrileña, que aprendió
á andar al son de músicas callejeras, charangas, pianos de manubrio, guitarras
y panderas de estudiantinas, y al andar parece siempre marcar el paso al ritmo
de esas músicas de la calle, que espantan á los pobres sus cuidados y su tedio
á los ricos.
Si cada uno que se alegró un día á los sones de una
canción de Chueca, contribuye ... con poco, lo que se arroja desde el balcón al
pianista que alegra la calle, ¿no bastará para perpetuar en Madrid, no la
gloria del maestro, sino la gratitud del pueblo madrileño al que alegró su
vida? Y alegrar la vida, ¿no es el modo más sabio de hacerla mejor?[214]
Ya que se empeñan en levantarnos ese monumento
lúgubre, funerario de la calle Mayor, opongamos un monumento risueño, que no
evoque tristezas ni crímenes, por donde se cante al pasar, como la mejor
oración y el mejor recuerdo.
Por algo político y cortesía son sinónimos: en las
relaciones sociales, ambas obligan igualmente á transigir con el trato de
personas poco gratas. La visita de Eduardo VII, rey en el pueblo de las más
verdaderas y sólidas libertades políticas, al sombrío Zar de las persecuciones
neronianas, en pleno siglo xx, no es de seguro una visita de verdadero
afecto. La figura del zar Nicolás fué simpática durante algún tiempo, porque el
también parecía, como la primera víctima de su propio poder autocrático,
sometido á pesar suyo por la fuerza de una aristocracia feudal y bárbara,
contra la que era imposible rebelarse. Pero llegó un día en que tuvo de su
parte al [215]pueblo, que sólo le pedía justicia á
cambio de amor y lealtad, y su respuesta esta en esa estadística publicada
por La Tribuna rusa: sentencias de muerte, deportaciones á
millares, víctimas de todas clases, crueldades sin cuento, crueldades inútiles,
feroces ... Y la mano que firmó—horrible si firmó sin temblar, más horrible si
firmó con el temblor del miedo,—es la que estrecha el rey de un pueblo libre y
civilizado, por conveniencia política. ¿Quién se atreve á condenar las
abdicaciones de los pequeños ante estas abdicaciones de los grandes?[216]
XXII
En este mes se celebra la fiesta del santo—San
Roque es patrón favorito—en muchos pueblos y aldeas de España. La prohibición
de las capeas quita á la fiesta su mayor atractivo. Como que no suele haber
otro; de modo que suprimir la capea es suprimir la fiesta, esperada con
ilusión, que no pueden comprender los habitantes de grandes ciudades, durante
todo el año.
Las capeas eran una barbaridad. ¿Quién lo duda?
Pero no causa, sino efecto de otras barbaridades. Cuando se cultiva con
ensañamiento la incultura de un pueblo; ¿á qué pedirle cultura en un día
determinado? Buena esta la incultura para que no piensen, para que labren la
tierra sin protestar al sol y al frío, para que paguen su contribución á un
Estado al que nada deben ni para nada se preocupa por ellos; para que voten á
quien los cuatro caciques mangoneadores ordenan, y ¡ay del que [218]se resista! Buena para sufrir, buena para el servicio
de las armas y los embargos del fisco, buena para ser rebaño dócil, conducido á
gusto y provecho de cucos pastores ... Para todo eso bien están la ignorancia y
la incultura: cuanto más brutos mejor. ¿No es eso?... ¡Pero una capea! ¡Ah! Ese
espectáculo inculto, esa diversión bárbara no puede permitirse. Que tengan
educación siquiera un día. En las elecciones pueden desquitarse capeando al
candidato de oposición, presididos por la autoridad competente.
La fiesta de los pobres lugares y aldeas será
triste este año. La capea importará poco, ¡pero es toda la fiesta! Los pueblos
son humildes, son resignados, pero su fiesta es toda su alegría del año. ¿Sería
tan difícil alegrarles la fiesta y compensar con ventaja la prohibición de las
capeas enviando á los pueblos por cuenta del poder central—el odioso poder
central—alguna culta diversión; una compañía de actores modestos, un
cinematógrafo; poca cosa? ¡La alegría de los pueblos, como la de los niños, es
tan barata!
¡Prohibir! ¡Suprimir! ¡Castigar! ¡Pedir! ¿No han de
ser otras las palabras del Estado para esos pobres lugares y esas pobres
gentes? [219]¿Sería indecoroso para el Estado tener
comediantes y titiriteros á sueldo para alegrar un día la vida, cuando paga
tantos para entristecerla en todos los días del año?
Ya se que es demasiado pedir. El socialismo del
Estado no puede llegar á tanto. Por ahora se contenta con llevárselo todo y no
repartir nada. Quedan prohibidas las capeas. Quedan suprimidas las fiestas. El
Estado no esta para divertir á nadie.
La alta política de los estados europeos es
incomprensible para las inteligencias vulgares. Un día cualquiera, cuando
creemos que no hay mayores motivos para una conflagración internacional que en
la víspera de ese día y que en todos los días del año, resulta que sin saber
como ni cuando, ni porqué la situación es gravísima; que el conflicto de los
Dardanelos se ha complicado; que la supremacía sobre el mar Báltico ha de
dirimirse; que Alemania no ve con buenos ojos—los ojos del kaiser—el flirt de
Inglaterra con Rusia y con Francia; que Austria é Italia se despegan de la
triple alianza; que en vista de la pequeñez de [220]los
mares, hay nación que desea arrendar el Mediterráneo ó el Atlántico ó el
Pacífico, para uso particular de sus barcos, como si se tratara del estanque
del Retiro; problemas terribles todos ellos que, no preocupando ni poco ni
mucho á nadie en particular, en cuanto ciudadano inglés, alemán, francés, etc.,
tienen la virtud de preocupar á Inglaterra, Alemania, Francia, etc., en cuanto
naciones y estados. Váyase por los muchos problemas que preocupan cada día á
los ciudadanos de esos estados, sin que el Estado se preocupe de ellos para
nada.
De un lado va la historia grande, la que se escribe
á cañonazos. De otro la historia chica, la que no se escribe nunca, pero vive
siempre. El divorcio entre una y otra es mayor cada día; de tal modo, que bien
puede arriesgarse la siguiente definición. ¿Qué se entiende por grandes
cuestiones de política internacional?—Las que no le importan á nadie en el
mundo.
Y va de pintura. Con motivo del triunfo obtenido
por Zuloaga en el Salón de París, hemos lamentado una vez más la ingratitud de
España, en [221]donde es menos conocido y estimado
el nombre del insigne pintor, que en el extranjero. No es decir que no seamos
aquí capaces de algún desvío y de alguna injusticia, pero en este caso no sería
nuestra toda la culpa. El pintor—¡felices los pintores que por hablar en su
arte un lenguaje en todas partes comprendido pueden elegir ambiente para su
arte y mercado para sus obras!—no se ha dignado nunca presentar sus cuadros en
España; harto hacemos en admirarlos por la fe de fotograbados y de la
admiración que en todas partes los proclama por obras maestras. En cambio,
cuando llega la hora del entusiasmo no nos detenemos por nada. Para algunos los
últimos cuadros de Zuloaga son nada menos que símbolo de España. Esto ya me
parece simplificar el simbolismo como en las revistas teatrales, donde basta
que salga una tiple vestida con más ó menos fantasía y nos diga: yo soy esto ó
lo otro, para que lo demos por bueno. Pero francamente, un enano con un ojo
verde, y al fondo unas casucas verduzcas y un cielo verdinegro también, de una
parte, y de otra dos brujas, de nariz, barba y dedos retorcidos como de aves de
rapiña, podrán ser todo lo admirables que se quiera como pintura, ¡pero decir
que eso es toda España![222]
Bien esta que lo digan los franceses, tan
aficionados siempre á las grandes síntesis: el sintetizar ahorra de discurrir,
pero nosotros, ¿por qué hemos de decirlo? cuando el mismo pintor al triunfar
con sus cuadros de la más legítima escuela española es el primero en demostrar
que en España hay algo más que enanos y brujas.
Zaragoza triunfa con su Exposición. Saludemos á la
noble ciudad, entre todas las de España, hermana predilecta de Madrid. Entre
todos los cantos regionales, la jota, el verdadero himno nacional, fué siempre
el preferido de los madrileños; quizás porque nunca se manchó como otros aires
regionales, al ser demasiado traídos y llevados como enseña política más que
patriótica.
Sin arrogancias, sin bambolla, Zaragoza, que para
ser siempre grande, pudo más que ninguna reposar en sus gloriosas tradiciones,
ha sabido [223]agrandarse y prosperar y
engrandecerse sin molestar y sin presumir. Con sano equilibrio, no atendió solo
á los progresos materiales, y su Facultad de Medicina es gloria de una ciencia,
que es quizás hoy la mayor gloria de España, que ninguna sigue tan de cerca,
cuando no adelanta á la ciencia extranjera. Como en tiempos se dijo de los
Argensolas que habían venido de Aragón á Castilla á enseñar el castellano,
muchos son hoy los escritores aragoneses de que puede decirse lo mismo, y entre
todos ellos no es preciso nombrar en estas columnas al que todos tenemos por
maestro.
En la fe religiosa no hay asomos de clericalismo ni
de beatería. Ante tu Virgen del Pilar—su inicial es la de Patria,—rinde armas
toda impiedad y todo volterianismo. En días tristes, supiste decir que no
querías ser francesa, pero con estar tu pilar tan asentado en tierra aragonesa,
nadie te preguntó nunca si no querías ser española.
Por todo esto, noble Zaragoza, entre todas las
ciudades de España, hermana predilecta de Madrid: ¡Salud y gloria![224]
A estas horas, si el tiempo ó cualquier otro
accidente imprevisto no lo ha impedido, para el público madrileño habrá pasado
á la historia del toreo, acaso la más interesante en la historia de España, uno
de los toreros más aplaudidos y celebrados en los modernos tiempos.
Inteligente, elegante; de una elegancia un poco
afectada, poco vario en su repertorio, fué el torero de las cuatro cosas, pero
en esas cuatro, maestro. Tuvo las bastantes tardes felices para ser admirado, y
las bastantes tardes desdichadas para no llegar á ser odioso al público y á sus
compañeros. No llegó á fatigar la admiración como el Guerra.
Siempre recordaré la corrida en que éste, á lo que
se supo después, toreo por última vez, en Zaragoza. Había toreado toda la tarde
con el mismo arte, con la misma alegría de siempre; pero el público se resistía
al aplauso. A lo admirable decía: ¡Eso ya sabemos que lo hace bien! y no
aplaudía; á lo defectuoso se mostraba severo en demasía. Aquel año empezaba á
brillar el Algabeño, y el público, deseoso de inventar un torero, se excedía en
mostrarle su entusiasmo. Guerra había dado muerte á sus dos toros; intentó
ayudar en una de sus faenas al [225]Algabeño, y el
público, creyendo que trataba de deslucirle, le obligó con injustas protestas á
retirarse. Sentado en el estribo de la barrera, contemplaba la faena de su
compañero, el astro naciente. Los pases eran efectistas; esos pases llamados
del Celeste Imperio: el público los coreaba con olés, con ese rabioso regocijo
de la multitud cuando más que en aplaudir á uno, piensa en mortificar á otro.
Gritó una voz: ¡Aprende, Guerra! Y Guerra paseo una mirada en torno del circo,
una mirada de profunda melancolía, que era sin duda su adiós á las glorias del
triunfo, su amargura ante la ingratitud de la muchedumbre.
¡No fué más triste el adiós de Otelo á sus
victorias al dudar de la fidelidad de su amada!
¡Oh público, público; tu nombre puede ser
masculino, pero tu alma es siempre de mujer, y más que ella eres pérfido como
el mar!
Por suerte no reza contigo el refrán: «A muertos y
á idos ...» que para unos y otros guardas lo mejor de tu admiración, y una vez
desaparecido el artista, sabes depurar en tus recuerdos todo lo desagradable de
su memoria.
¡Feliz el artista que logra sobrevivir como hombre
y apartado de su arte puede oir todavía de sus contemporáneos como su nombre es
parangón constante á los que permanecen y á los que van llegando![226]
Antonio Fuentes ha pasado á la historia del toreo.
Ya lo sabéis, toreros del presente y del porvenir, los que más le silbaron en
su vida taurina, serán ahora los que no dejarán de deciros: ¡Como aquel
Fuentes, ninguno!
Salud á todos, el que se retira y los que quedan,
para oirlo por muchos años.
Más tarde ó más temprano siempre se recoge lo que
se siembra. Llevamos á América nuestro espíritu, que ella nos ha devuelto
pródigamente en admirables poetas que cantan en nuestro idioma, en inteligentes
y bellas mujeres, que son encanto de nuestra sociedad. Pero América nos debía
algo más, nos debía un torero, y si las señales no mienten llegó el torero y
llegó á su hora, cuando más necesitado estaba el arte taurino de algo que le
animara y renovara.[227]
No debe padecer el amor patrio por eso; aquí no hay
América que valga, y un torero no puede dudarse de que es cosa bien nuestra,
mejor que cualquier otra manifestación de nuestra influencia espiritual. Ya lo
dijo Voltaire: «C’est du nord aujourd’hui qui nous vient la lumière». Como el
sol taurino no nos falte, salga por Antequera. Justo era que de nuestros
antiguos dominios, en donde el sol no se ponía nunca, viniera siquiera algún
reflejo á confortar nuestro desmayado espíritu. ¡Aplaudamos á Gaona y no olvidemos
á Hernán Cortés!
El proceso Rull es interesante como una novela; no
de las llamadas novelescas; la intriga es poco interesante; mejor de las
psicológicas ó experimentales, y hasta si se quiere, docentes.
Su enseñanza, por no decir moralidad, es mostrarnos
bien claramente lo peligroso que ha sido siempre para toda autoridad valerse
como auxiliares de esos confidentes, delatores y espías, que antes de ser
frailes han sido cocineros y han jugado demasiado á ladrones antes de jugar á
policías, para olvidar tan pronto sus primeras mañas.[228]
Si hay casos en que el fin justifica los medios,
hay medios que no se justifican en ningún caso.
Siempre fué achaque de la policía española servirse
de esa clase de auxiliares que obligan á más de lo que sirven. Hay remedios
mucho peores que las enfermedades. Se ha probado á perseguir el terrorismo de
todas maneras. ¿Si se probara á no perseguirlo de ninguna? Por lo menos se
conseguiría lo mismo, salvo el ridículo.
Si hemos de caer alguna vez en falta, el Señor nos
libre de que esa falta pueda ser calificada de tontería. Locura y tontería son
igualmente disparates, pero según la definición de un amigo mío: tonterías son
los disparates que no producen dinero.
Ejemplos: Una joven honrada pierde su reputación
por un hombre rico. Todos dirán: ¡Qué locura la de esa muchacha!
Se casa con un pobre. Todos dirán: ¡Qué tontería!
Un hombre, en opinión de cumplidísimo caballero, se
alza de la noche á la mañana con unos fondos confiados á su honradez. Todos
dicen: ¿Ha visto usted qué locura la de ese hombre?[229]
Se arruina por completo: ¡Qué tontería!
No hay confusión posible entre el tono de compasión
del que dice: ¡Qué tontería!, y el de admiración envidiosa del que exclama:
¡Qué locura!
A propósito de ese desfalco de trescientas mil
pesetas. ¿A que no han oído ustedes decir á nadie: Qué tontería?
Todo, menos moralizar. Contemos las cosas como son
y la moralidad saldrá sola, si moralidad hubiere. Dígolo, porque esto de la
moralidad y del humorismo se ha puesto tan barato, que ya no es posible leer la
más sencilla noticia del más insignificante suceso sin su comentario, ya moral,
ya jocoso. Pase por la moralidad; pero lo de hacer donaire á costa del infeliz
que se suicidó, ó del que fué robado, ó del que sorprendió á su mujer con el
amigo, ya no me parece de tan buen gusto. Los sucesos no deben pesarse por sus
causas, sino por sus efectos, y es crueldad hacer sainete de estas pequeñas
tragedias de la vida humilde.[230]
¡Cuánto mejor empleado el humorismo á costa de las
ridiculeces de los grandes! ¿Por qué hablar en serio de los perifollos de la
marquesa X y de sus ridículos saraos y tomar el pelo, en cambio, á la infeliz
costurera que fracasa en su tentativa de suicidio? ¿Por qué tratar en grave
estilo la borrachera de vanidad del eminente imbécil Don Fulano, y en tono
ligero la simpática curda de algún alegre ciudadano?
Bien se, ¡oh apreciables humoristas! que esto del
humor es lo más subjetivo y es cualidad suya reir de lo triste y entristecerse
por lo alegre, pero haya á lo menos simpatía en nuestro humor. Bueno es reirse
de los que quieren entristecernos, pero es crueldad reir de los que realmente
están tristes. ¡Viva el humorismo sobre todo! Menos sobre el dolor ajeno.
Ninguna campaña tan injusta como la emprendida
contra los prestamistas; seguramente por gente que no les debe nada. El arte de
estimar á sus [231]acreedores es un arte de gran
señor. ¡Aquel admirable Don Juan de Molière, deshaciéndose en cortesías y en
agasajos con Mr. Dimanche! El dinero es mercancía cara y no se por qué ha de
estimarse al comerciante que gana un cincuenta por ciento vendiéndonos una
corbata, y hemos de maltratar al que vende su dinero con la misma ganancia.
Mucho más cuando la corbata no nos saca de ningún apuro, y de mejor ó peor
clase, nunca falta un amigo ó pariente que nos regale una flamante ó de
desecho, ó alguna amiga cariñosa que nos fabrique una de algún vistoso retal de
sus galas ... ¡Pero el dinero! Cuando ni amigos ni parientes os lo faciliten,
siempre hallaréis al prestamista, que sin razones de afecto ni de simpatía, ni
importarle dos cuartos de vuestras condiciones personales, solo por la garantía
de vuestro trabajo; ó de vuestros bienes presentes y futuros, incluida vuestra tumba,
si la poseéis á perpetuidad, os ofrezca, mediante unas ligeras formalidades, lo
bastante á pagarle comisión y el primer mes de intereses. Y es tanto su deseo
de serviros eternamente, que su mayor disgusto es verse pagado en breve plazo.
A los pocos días el mismo vendrá á ofreceros su bolsa, [232]siempre
repleta y siempre franca—salvo las pequeñas formalidades.—Su ideal es ligaros
por fin con algún contrato de carácter matrimonial, por lo sagrado y por lo
inrompible. Sólo así se considerará dichoso. Y ¡hay quien reniega de estos
vínculos, que ligan á una persona á nuestra vida por toda la suya! ¡Una persona
que se inquieta como ninguna otra por nuestra salud, por nuestra suerte, por
todas nuestras vicisitudes! Que será la primera en aconsejarnos y en
recomendarnos específicos y doctores; la primera en evitarnos toda clase de
disgustos y lances desagradables en que podamos arriesgar nuestra vida ... ¡Qué
horrible soledad la del que vive sin este calor afectuoso que nunca falta,
cuando acaso falta el de otras personas á quienes nada debemos y todo nos lo
deben! Esto nunca se paga bastante, no se paga con nada ... ¡Contar con una
lealtad á prueba, á cambio de dinero! ¡Cuando todos nos engañan, saber que
alguien no nos engaña nunca! ¡El prestamista! Y si alguna vez nos engaña, ¡qué
sublime engaño! Es que nos rebaja los intereses ó nos perdona parte de la deuda
... No comprendo como haya quien hable mal de los prestamistas. El que no haya
tenido acreedores, se morirá sin saber lo que es un verdadero afecto. Y el que
antes de morir haya pagado todas sus deudas, ¿como podrá tener la seguridad de
que alguien llora su muerte sinceramente.[233]
La respetable señora que paró el sol de sus
elegancias en las modas del segundo imperio, ve entrar á su nieta, moldeada en
un vestido tanagra y no puede contener su espanto.
—¡Jesús!
—¿Qué te pasa, abuelita?
—Nada. ¡Ese vestido, estas modas! ¡No puedo
acostumbrarme!
Una atrevida postura de la joven al sentarse,
redobla el espanto de la abuela.
—¡Si eso es como ir desnudas! Con estos trajes no
podrán decir los hombres que se casen, que fueron engañados al matrimonio,
respecto á lo físico ...
—Es verdad; el miriñaque y el polisón eran más
graciosos y más artísticos. No hay más que ver estos retratos ... ¡Como teníais
valor para vestiros de ese modo![234]
—¡Calla, calla! Esos trajes tenían un aire señorial
que marcaban con solo el modo de llevarlos la diferencia de clases, de
educación ... Eran imposibles las falsificaciones ... Pero ¡con estos! El aire
«cocotte» predomina. ¡Cualquiera distingue á una señorita de ... las que no lo
son! Esos trajes lo nivelan todo.
—No lo creas,—responde la joven, dándose unos
golpecitos en las caderas.
—Y ¡eso de haber suprimido la ropa interior, para
abultar lo menos posible! Eso ni es decente ni puede ser sano ...
—¿Sientes la nostalgia del refajo, abuelita?...
—¡No cruces las piernas de ese modo! ¡Jesús, Jesús!
Pero, ¿no te ves en el espejo?
—No veo nada de particular. Tu me has contado que
muchas veces se os levantaba el miriñaque al ir á sentaros y dabais un
espectáculo ... El abuelito contaba con mucha gracia que tía Vicenta en un
baile de Palacio ... Gracias á que el abuelito era general, hablaba en un grupo
cerca con sus ayudantes y muchos oficiales y mando formar el cuadro, mientras
se reparaba el desperfecto ...
—No se vió nada. Y, sin embargo, á tu pobre tía le
costó una enfermedad. ¡No quiero pensar si con un traje de estos os ocurriera
algo en la calle![235]
—Pues nada, abuelita. Lo que sorprende es lo
imprevisto ...
—Pues eso es lo que debiérais tener en cuenta para
no aceptar esa moda ... ¡Lo imprevisto! Ese es el secreto de la felicidad y del
amor, por lo tanto. ¡Como habéis de inspirar amor si dejáis de inspirar
curiosidad!
—Queda el reino espiritual, abuelita ... En ese
terreno todavía impera el miriñaque ... No hay vestido tanagra que moldee el
corazón como el cuerpo de las mujeres ... Ahora, siquiera, no engañamos en
cuestión de forma ...
—No, de seguro ... ¡Jesús, Jesús! ¡Si eso es como
ir desnudas![236]
XXIII
En un teatro de Italia se ha ensayado el sistema de
votación pacífica para que el público decida del éxito de las comedias, sin
molestarse en aplaudir ó patear, según el argumento requiera. Pero como siempre
que se pone el derecho de sufragio á disposición de un público, son más los que
se han abstenido de ejercerlo, y el autor se ha quedado sin saber lo que opina
la mayoría del público. Siempre he creído á despecho de los que abominan de la
masa neutra, que esto de la abstención es una opinión tan respetable como
cualquiera otra, lo mismo en política que en arte. ¿Hay que opinar de todo por
fuerza? Hay muchas cosas de las que no puede decirse ni que sí ni que no, que
ni están mal ni están bien, y acaso estarían mejor no estando de ninguna
manera. A este respetable orden de cosas pertenece casi todo lo que es
fundamento del tinglado social. Por instinto de conservación debemos impedir
las votaciones decisivas.[238]
Otra aplicación del sufragio universal al teatro es
la que ha iniciado M. de Brieux modificando el desenlace de su nueva obra
«Simone» á gusto del público.
¿Que las obras, y sobre todo las teatrales, se
escriben para el público? Indudable. ¿Que M. de Brieux estuvo en su perfecto
derecho al procurar complacerle por todos los medios? Indudable también. Solo
que cuando se usa de tal derecho y de tales procedimientos, no debe nadie, como
el autor de «La toga roja», de «Maternidad» y de los famosos ...—¿estaría mal
si tradujéramos «Averiados», puesto que de averías se trata?—presumir de autor
que hace tribuna y cátedra del teatro para defender ideas y doctrinas humanitarias.
Nada habría que decir de esos cambios y acomodos si
se tratara de obras á lo Sardou. Y no ha sido Sardou, hagámosle justicia, de
los autores menos intransigentes en sostener escenas y desenlaces contra las
indicaciones de sus intérpretes y aún del gusto del público.[239]
Pero, francamente, que un autor de ideas pueda dar
el mismo valor á las ideas opuestas, que un carácter humano pueda desenvolverse
con la misma lógica en un sentido ó en el contrario, que Otelo pueda perdonar á
Desdémona y que Yago pueda arrepentirse, todo sin más razón que el desagrado
del público ... No se, pero aún autorizándome con el ejemplo de Ibsen, no me
parece de una gran probidad artística.
Asuntos hay en la realidad, y no digamos en la
imaginación, en que sin detrimento de la verdad ni de la lógica, puede
cualquier autor garantizarse el completo agrado del público. Pero una vez
emprendido el camino de quitarle el hipo, no se debe retroceder ni rectificar.
A más de esto, es no conocer al público el creer que agradece esas concesiones.
El público es como las mujeres, sólo tolera los primeros atrevimientos con la
condición de que se llegue á los últimos. Todo menos defraudar.[240]
Cuando como el mejor pretexto para tirar un poco de
la cuerda á la mala prensa—toda la de oposición, en el más amplio sentido de la
frase,—se aduce el peligro del contagio que la publicidad puede producir en los
crímenes del terrorismo, no se compagina el interés en conmemorar uno de esos
crímenes con un monumento. ¿Puede darse mayor publicidad? Y de las cuatro caras
del monumento, una para la piedad, otra para la execración, otra para la
historia ... ¿no quedará una siquiera para la glorificación, cuando frente á el
se encaren los de la idea?
Hay cosas que mejor están olvidadas que recordadas
de ninguna manera. Ese monumento, como los que recuerdan discordias civiles y
luchas domésticas, no puede servir de ejemplo ni de enseñanza.
¿Qué se pretende con ese inoportuno monumento? ¿Un
alarde de monarquismo? Ahí esta el monumento á Alfonso XII esperando el óbolo
de los más leales monárquicos. ¿Un alarde de piedad religiosa? Sufragios tiene
la Iglesia que aplicar por las víctimas, sin olvidar al culpable, que para algo
somos cristianos. Todo, menos ese monumento antipático, odioso, recuerdo
perenne de algo que esta mejor no recordado.[241]
Todos los años al empezar la temporada taurina
leemos las mismas lamentaciones de los profesionales escritores
taurinos:—¿Como? La empresa se olvida del buen torero fulano, un torero serio,
un torero muy apañadito: es imperdonable que la empresa no de un lugar en el
cartel de abono al simpático diestro mengano, que tan desgraciado ha estado
siempre en esta plaza, pero á quien los verdaderos aficionados verían con gusto
por su toreo serio ...—Esto de la seriedad es muy apreciado en el toreo.
Sucede que la empresa suele conmoverse y atender
los clamores de la opinión, y sucede que la tarde en que anuncia á esos
diestros, la entrada no da ni para pagar las mulillas; sucede que el escaso
público se aburre, y sucede que los mismos que clamaban por que la empresa
diera un lugar en el cartel al torero serio y al torero apañadito, salen
renegando de ellos y de la empresa que los contrato. Es que en el toreo como en
la política hay quien sostiene la reputación á fuerza de fracasos. Por algo son
los dos espectáculos más nacionales. La cuestión esta en fracasar seriamente. Y
en esto de la seriedad el Quinito y Maura son insustituibles.[242]
A Fígaro, como á Espronceda le ha llegado su hora
de gloria. Si es cierto, como asegura un amigo mío, que cuando á un escritor le
llega esa hora es señal de que ya no lo lee nadie, no hay por qué celebrar el
tardío recuerdo, muy prematuro, si cuando más se recuerda al hombre más
olvidadas están las obras.
Pero, en fin, si recuerdo hubiere, Dios nos lo
depare bueno, y sobre todo, para nada se tenga en cuenta los
precedentes—¡nuestro gran tirano!—Hagan algo nuevo, y si á los precedentes hay
que atenerse, cerca esta el de los admiradores de Tolstoï, que se disponen á
celebrar el jubileo del gran escritor, publicando una copiosa edición de sus
obras en todos los idiomas del mundo.
Sin propagar previamente la lectura de sus obras,
¿podemos estar seguros de que el Larra más popular y conocido sea el primero de
la dinastía, cuando existe el celebrado actor cómico del mismo nombre y
apellido? Sin olvidar al aplaudido autor de «El barberillo de Lavapiés» y al no
menos aplaudido autor de «La trapera»; todos ellos más populares y conocidos
hoy que el inmortal Fígaro; para que los hombres [243]graves
puedan decir como el Rey Lear: «¡Take phisic pomp!» Y no traduzco, porque
dentro de pocos días tendremos aquí una compañía de opereta inglesa y todos nos
hemos de reir como si lo entendiéramos.
A los partidarios de un idioma universal, les
anticipo que las artistas son muy guapas. Tuve el gusto de verlas en Santos; el
barco que las conducía á Buenos Aires hacia allí escala, y las lindas artistas
se divertían en hacer un poco el muelle, y entre los negros cargadores y los
traficantes del puerto, ellas, con sus más claros trajes y sus más rubias
cabelleras daban una alegre nota de juventud y de belleza; la alegría del arte
que pasaba por aquel hormiguero de traficantes y especuladores ... y ellas reían,
reían, en la claridad de sus cabellos rubios, sus vestidos blancos y sus
sombrillas rojas, reían con esa risa fresca y sana que hace parecer siempre
niñas á las inglesas cuando pasan por tierras de sol y ellas son lindas.
La compañía de opereta inglesa ha sorprendido á
muchos con su repertorio y con su manera. ¿Qué esperaban ustedes? ¿Es peor
nuestro [244]género chico? ¿Se convencen ustedes de
como nuestro público es el más difícil de contentar, y eso que paga menos que
ningún otro por divertirse en el teatro? No es que me parezca mal esta opereta
inglesa, que desde luego supone un público bonachón, un público que ha
trabajado y ha pensado seriamente durante la jornada y quiere distraerse con el
menor esfuerzo intelectual posible. Es teatro para razas fuertes y
trabajadoras. Sucede también que en estas razas fuertes están más
especializadas las aptitudes y hay un respeto mutuo de unas profesiones á
otras, que aquí desconocemos, porque aquí todos servimos ó creemos servir para
todo. Aquí, el público se coloca siempre en actitud de superioridad sobre el
autor. Cada uno tanto como vos, y todos juntos más que vos.
Lo cierto es que por esos mundos teatrales el
público se contenta con menos, y cuatro chistes bastan para decorar una obra
cómica y una escena de fuerza para interesar en una obra dramática; de lo demás
se encarga la belleza de las actrices, el decorado y el vestuario. ¡Pensar que
aquí tenemos para ilustrar el género chico á un músico como Chapí [245]que en otras partes sólo hubiera escrito grandes
óperas, que muy contados entre los que las escriben por ahí pueden compararse
con nuestro glorioso maestro! Y entre los libretistas son muchos, por graciosos
y atinados observadores, por lo vario y fértil de su ingenio, los que pueden
compararse sin menoscabo, con tanto y tanto «vaudevillista» de universal
exportación y renombre.
Mientras nuestro más selecto público procura
convencerse de los encantos de la opereta inglesa,—el abono esta ya pagado y
qué remedio sino apencar y divertirse,—y mientras en París, una de las obras
maestras del teatro inglés—«Cándida», de Bernardo Shaw,—es acogida con el
eterno desdén de los parisienses por todo lo extranjero, nuestro género chico,
representado por «El pollo Tejada»—«Le beau Tejada»,—obtiene la más calurosa
acogida.
La música alegre de Quinito Valverde esta en París
como en su casa. Bueno es que autores y músicos nos vayamos preparando para la
emigración, porque como esa ley terrorista á todo llega y todo lo abarca, como
el dedo de la Providencia, no digo un Calderón, autor dramático, hasta un
calderón musical puede parecer subversivo.[246]
Dice Nietzsche que el imperio—donde dice Imperio
léase cualquier partido de fuerza,—mira en el fondo con gran simpatía al
socialismo—léase cualquier partido más ó menos perturbador ó avanzado,—porque
le da pretexto para extremar los medios de represión, en defensa del orden
social que á todo gobierno esta encomendada.
No diré yo que el terrorismo barcelonés fuera plato
de gusto para el gobierno conservador, pero no ha sido mal pretexto para
desatar de una vez toda su furia reaccionaria y sobre toda España, bien
inocente y bien ajena á lo que en una determinada provincia ocurra.
Si alguien dudaba que el terrorismo se había hecho
reaccionario, bien puede convencerse ahora. Y no hay que fiar en las buenas
palabras de estos conservadores al uso—harto ha confiado en ellas la opinión
liberal del país,—con que pretenden convencernos de que no es para tanto ni la
cosa es tan sería como parece; malo es dejar y permitir en manos de esta gente
leyes de estira y afloja. Sobre todo, hora es ya de no permitir que entre los
partidos reaccionarios y los liberales, suponiendo que los dos extremos constituyeran
un mismo peligro para el [247]orden conservador, no
digamos social, todos los halagos, complacencias y mimos sean para los
primeros, y todos los desdenes, represiones y alardes de fuerza contra los
últimos. Tanto va el cántaro ...
¿Son Rusia, Turquía y Marruecos, ejemplo de países
civilizados ni de tranquilidad siquiera en sus esferas gubernamentales?
¿Tan buen éxito tuvo el ensayo reaccionario en
Portugal con estar algo más justificado que en España? ¿Qué situación
excepcional del país reclama la aplicación de tantas leyes especiales? Porque
una persona de la familia esté enferma, ¿es para sujetar á un plan curativo á
toda la familia? Bastante es ya tolerar las impertinencias del enfermo, y mucho
más cuando la enfermedad es nerviosa y hay tantos motivos para creer que de
conveniencia.
¡Si á lo menos para compensación, lo que va en
retrocesos espirituales fuera en adelantos materiales! Pero sí; una vez más el
servicio de incendios ha demostrado que cuenta con todos los elementos más
modernos [248]y necesarios, exceptuando el agua,
detalle sin importancia. De la recogida de pobres, como si nada hubiéramos
hablado, porque al que no le molestan á cada paso, será porque no salga de su
casa ó vaya en coche galoneado. Las calles mal barridas y peor regadas; el
pavimento imitando á la naturaleza, y en todo así. Nuestros gobernantes no
tienen siquiera la delicada atención de esas mujeres que cuando más engañan á
su marido más procuran que no tenga que poner falta en el cuidado de la casa y
de la comida. Yo se de algunos. ¡Seres egoístas y regalones! que por ver una
población linda, con sus calles bien pavimentadas, sus jardines bien cuidados,
las gentes limpias en su aspecto y urbanas en su trato, la policía y todos los
servicios municipales de organización intachable, darían muy gustosos todas las
conquistas de la libertad y de la democracia, sufragio universal, jurado, hasta
la Constitución inclusive ... Pero la verdad, ¡tan abandonado y tan sucio todo
y encima leyes terroristas! No hay derecho, señores, no hay derecho.[249]
¡Quién te ha visto y quien te ve, corrida de
Beneficencia! ¡Aquella famosa, entre todas, en que reapareció Frascuelo,
después de no haber toreado por algún tiempo en Madrid! La víspera de la
corrida la gente velo toda la noche en larga fila esperando la apertura del
despacho de billetes. No bastaba el dinero sin buenas influencias para obtener
una localidad preferente, un coche y un ramo de claveles.
Por fortuna, en esta temporada, algo hemos tenido
evocador de aquellos pasados entusiasmos. La corrida en que tan bien se esta
toreando esa ley del terrorismo, bicho de mucho cuidado y sentido. Corrida que
puede considerarse de beneficencia; que tan necesitada de ella estaba la
pobrecita libertad española. Y gracias sean dadas á los sobresalientes
lidiadores que con el mayor desinterés y entusiasmo se han prestado á torear en
ella. Barcia, Grandmontagne, Iglesias, Dicenta, Costa y otros muchos, que han picado,
banderilleado y estoqueado con arte supremo; sin olvidar el soberbio quite
aguantando del maestro Burell; todo lo cual ha constituído una corrida
inolvidable, bastante á compensarnos de las mojigangas y novilladas que
presenciamos á diario.[250]
La intención de la empresa estaba vista; soltar
unos toros que acabaran de una vez con los primeros espadas que no se presten á
contratarse en las condiciones exigidas por el empresario. Pero la corrida
quedó bien despachada, y por ahora, la empresa no se saldrá con la suya, y en
el fondo, aunque se lastime un poco en su amor propio, debe alegrarse. Por ese
camino íbamos á las corridas á la portuguesa.
¡Quién te ha visto y quien te ve también, paseo de
coches del Retiro y de la Castellana, en estas tardes de primavera y entrada de
verano! Eras una de las delicias madrileñas, con tus trenes de lujo á paso
tranquilo, tus mujeres con alegres trajes y floridos sombreros que se dejaban
ver en los milores y sociables. El automóvil ha atropellado con todo.
La gente adinerada ha sustituído los arrogantes
troncos de caballos, los coches señoriales, por el ruidoso artefacto mecánico.
El coche de establecimiento, el de círculo y el alquilón democrático, quedan
como campeones vencidos del arrastre de sangre. El paseo esta convertido en
carretera, por donde entre nubes de polvo y de humo pestilente corren [251]los automóviles como tren de viaje ó de guerra. No
sabemos que admirar más, si la tolerancia de las autoridades consintiendo en el
paseo automóviles que no sean eléctricos, si la paciencia de los que reciben
polvo y humo, desde sus modestos carruajes ó la falta de ... diremos de buen
gusto, de los que hacen carretera de un paseo por ostentar un lujo, que en este
caso más parece economía; porque cada cosa en su lugar y el automóvil para una
prisa. ¡Pero para dar unas vueltas en el Retiro ó la Castellana! ¿No tendrán un
capítulo de esto esos libros que tratan del buen tono ó del arte de vivir en
sociedad?
Lo poco que hable de la Exposición de pinturas, fué
antes de haberla visto. Hoy, contra la opinión de muchos me atrevo á afirmar
que no puede calificarse de insignificante una Exposición en que figuran—no
cito otras obras de mérito—los cuadros de Romero Torres. No recuerdo á qué
Exposición habría que remontarse para encontrar algo parecido. Las frases
admirativas están mal gastadas por el abuso y no son obras que [252]puedan elogiarse como se han elogiado tantas otras.
Son piezas de museo; pero si á ese lugar son destinadas, no debe olvidarse que
tenemos dos; uno, ¡ay! llamado moderno—aunque ya va pareciendo prehistórico,—y
otro, el verdadero, el único, conocido en todo el mundo del arte y Madrid por
el, como Museo del Prado. Si los cuadros de Romero Torres han de figurar entre
sus iguales, solo en este Museo deben hallar lugar, sin temor al fallo de
revisión de los venideros.
¡Pero váyanle ó vénganle ustedes con exposiciones
al señor público! Después del día de inauguración, en el que acude la
concurrencia por motivos de curiosidad, ajenos al arte y sus vanidades, no hay
sitio más á propósito para citas misteriosas y entrevistas reservadas, que
cualquiera de nuestras exposiciones.
De la de Pinturas, según nos afirman, ha ahuyentado
al público bien, ¡muy bien! la abundancia de desnudos. ¡Siquiera hubieran
tenido los artistas la precaución de vestirlos con esos trajes directorio que
empiezan á lucir nuestras elegantes!
¡La moda de los trajes Directorio después de la
moda de los trajes Imperio! ¿Tendrá esto su filosofía? Solo un Carlyle en un
nuevo «Sartor [253]Resartus» pudiera explicárnoslo
... Pero si la serie continúa de este modo en sentido inverso á ese paso
regresivo, llegaremos á la Revolución. Todo, por supuesto, en las esferas
modistiles y femeninas, que tocante á los hombres, paso la moda Imperio sin un
Napoleón; pasará la Directorio sin un mal Barrás, y así todo ... La Historia,
en su mayor parte, es hechura de sastres y modistas. Sin la variedad de trajes,
¡sería tan difícil diferenciar los siglos unos de otros! ¡Modas en el vestir,
modas en el pensar! Desnudos cuerpos y pensamientos ... ¡el hombre siempre el
mismo!
El pasado día de la Ascensión fué en este año, con
doble motivo, uno de los jueves que relumbran más que el sol, según canta la
copla popular. Todo fué Ascensión; sursum corda de los
corazones liberales. Ni la corrida de toros con su cartel de Miura—casi en
aniversario de la muerte del Espartero, hay que estar en todo ¡oh,
empresarios!—pudo restar concurrencia y entusiasmo al meeting del
teatro de la Princesa. De Maura á Miura no va más que una letra, y desde luego
había más confianza en los diestros que habían de lidiar el ganado del primero
que en los anunciados para lidiar el del segundo.[254]
Plutocracia y Teocracia fueron bien despachadas. Si
esta moderna Teocracia tuviera algo de común con la doctrina predicada por
Cristo, El, que consideró más difícil el paso de un camello por el ojo de una
aguja que la entrada de un rico en el reino de los cielos, no dejaría de
sorprenderse al ver como á los mil novecientos ocho años de su nacimiento eran
los ricos de este mundo los más decididos apóstoles de su doctrina.
Es natural; en una buena y cómoda posición puede
esperarse más tranquilamente el reino de los cielos, y nadie más obligado á
creer en el poder de lo divino que los que tantos favores han recibido de su
bondad. Cuánto más ricos, más fervorosos creyentes. Los que pasaron su vida
dando con el mazo, aunque no hayan dejado de rogar á Dios por eso, saben muy
bien lo que razonablemente puede esperarse del trabajo honrado y del favor
divino.[255]
Pero los que se hallaron en posesión de grandes
riquezas, sin esfuerzo mayor de su parte, por cómodas herencias ó saneados
negocios, de esos que se vienen á la mano, sin buscarlos muchas veces, ¿como no
han de ver algo sobrenatural y milagroso en su suerte, y como no han de
protestar contra los rebeldes y los inquietos que, mal hallados con el orden
social, se atreven á pretender un arreglo más equitativo en las cosas del
mundo, fiando algo más en el esfuerzo humano y un poco menos en la intervención
divina? ¡Oh, gente impaciente y descreída! Como si todo no estuviera lo mejor
posible y los hombres pudiéramos atrevernos á trastornar esta divina armonía
del mundo.
Para estos plutócratas la Teocracia es un punto de
apoyo, no para mover, sino para inmovilizar el mundo.
No es ninguna tontería la de los señores:
Resignación, humildad, nada de rebeldías, nada de impaciencias ... Dios sabe
dónde vamos y adónde nos lleva ... Esperemos, esperemos ...
Todo esta bien: esperemos, pero ¿quieren ustedes
cambiar de sitio?[256]
XXIV
Desde Juan Pablo Rubens, el magnífico pintor de los
dioses paganos, no tuvo nación alguna por embajador á tan gran artista, como
ahora la república de Nicaragua, en la persona de Rubén Darío.
Mejor que de nación alguna, por noble y poderosa
que fuera, quisiéramos verle embajador por derecho propio, del reino ideal de
la Poesía, á este soberano poeta, rey mago de una región encantada, como
Próspero en la isla prodigiosa de Caliban y Ariel.
Y así ha de ser, que por mano de tal poeta nunca
han de cruzarse enfadosas notas diplomáticas, sino mensajes de paz y
salutaciones de amor.
¡Por bien empleados todos nuestros triunfos y todos
nuestros descalabros en tierra americana; por bien empleados, que por todo ello
hoy nos vuelve con nuestra propia lengua tan alto poeta, como flor suprema de
cuanto allí sembró nuestro espíritu en glorias y en tristezas.[258]
Las compañías de opereta inglesa é italiana ofrecen
al observador fecundo campo en comparaciones. Para que éstas no sean
odiosas—hemos convenido en que las comparaciones son odiosas, mejor dicho, han
convenido los que tienen que perder en ellas,—me limitaré á comparar estilo con
estilo, la manera.
En la opereta inglesa todo es candoroso, infantil;
se canta, se baila, se salta, se corre, se abraza y se besa también, sin que el
espectador más picardeado halle malicia en todo ello; es como juego de niños,
todo alegría inocente, salud y vida. Y no es que las artistas escatimen ninguna
exhibición; hay descotes valientes y piernas por el aire—verdad que tratándose
de inglesas, muchas veces es difícil descubrir dónde acaba el aire y donde
empiezan las piernas,—pero todo, ya digo, es como juego ó gimnasia, que aleja
del espectador las sugestiones maliciosas. Es un espectáculo confortador,
reconstituyente; sale uno del teatro con ganas de bailar, de saltar, más
fuerte, más ágil y más alegre.[259]
En la opereta italiana, todo es sensualidad y
maliciosa intención. Los artistas subrayan las frases más inocentes. Cuando una
artista italiana dice: Buona notte, arrivederci, el
espectador cree adivinar la promesa de una noche de amor, y así en todo;
música, baile, todo es sensual, todo con ese doble sentido erótico, tan aguzado
en los públicos latinos.
No hay que decir si el éxito de una compañía
italiana ha de ser siempre mayor entre nosotros que el de una compañía inglesa.
Nuestra sensualidad no es nada pagana, no es de
bellas formas y nobles ritmos de actitudes; es de desnudeces entrevistas, de
frases intencionadas, de malicias equívocas ...
La sensualidad de un pueblo de educación frailuna,
que se ha bañado poco y en muchos siglos no ha sabido de más desnudeces que las
de los Cristos crucificados, inquisitoriales y tétricos.[260]
¡Tanto puede decirse en defensa y apología del
automóvil! Aunque no le debiéramos más que el arreglo y mejora de muchas de
nuestras carreteras, ya sería para celebrarlo. No diremos lo que contribuye al
conocimiento de la geografía y topografía nacionales, al de las costumbres,
necesidades y escaseces de pueblos y lugares casi desconocidos antes de quien
debía conocerlos, que no toda España esta en sus capitales y ciudades de
importancia, y mucho menos cuando se engalanan para fiestas.
El automóvil es progreso y es civilización por
donde pasa. Alguna vez, al pasar, atropella; cierta señal del progreso y la
civilización que simboliza.
Nunca, á lo menos, podrá decirse por el: A salvo
esta el que repica; que si mucho han atropellado los automóviles, no han
volcado menos, y si no han sido avaros de la seguridad ajena, tampoco lo han
sido de la propia. Vaya en descargo de sus culpas.
Lo peor del automóvil es que ha venido á ser
juguete de «parvenus». El que viaja por necesidad ó por recreo, ya tiene buen
cuidado de no estropear el viaje con imprudencias. Pero el que solo viaja á
corre que te corre, sin que en ninguna parte le espere asunto que le importe,
ni [261]en el camino haya belleza natural ni
edificio histórico que le interese, el que no tiene más satisfacción al llegar
que poder decir: «Hemos venido en cinco horas, á 95 kilómetros por hora. ¿Qué
les parece á ustedes?» esos terribles traga kilómetros son el mayor enemigo del
automovilismo.
El automóvil utilizado por el industrial, por el
comerciante ó por personas de buen gusto para agradables é instructivas
expediciones ... Pero, ¿cuántas son las personas de buen gusto que en España
tienen dinero? Y el buen gusto sin dinero ... es una patarata, como diría algún
solidario.
Yo insistiría, atendiendo la indicación de muchas
personas, en lo del monumento á Chueca. En tan buena compañía como Mariano de
Cávia, se puede ir gustoso á todas partes, hasta el fracaso. Pero dicho lo que
se debía, á otros corresponde hacer lo que se debe, aunque se deba lo que se
hace, como dijo el otro. Ni una vez lanzadas estas ideas—¡y ojalá pudiera
darles uno la misma autoridad lanzándolas sin nombre!—conviene usufructuarlas
demasiado. ¡Hay gentes tan suspicaces que pudieran creer tenía uno interés especial
en aprovecharse, ó por lo menos en lucirse á su costa![262]
Bien se yo que no basta con el primer aviso y que
toda insistencia es poca para despertar entusiasmos tan dormidos. ¿Qué fué de
los monumentos proyectados á Zorrilla, á Campoamor? Pero váyale usted con
insistencias á nuestro publiquito. Mejor dicho, al público no; el verdadero
público—nunca nos falte—sabe estimar las buenas intenciones. Me refiero á los
maese Reparos, que si ya les molesta ver una firma con frecuente periodicidad,
¿qué será ello si además se repite el tema?—¿Ha visto usted? ¡Otra vez con la
misma lata! ¡No hay paciencia!
Estos maese Reparos son los mismos que en cuanto no
ven la firma de uno en ocho días empiezan á decir que esta uno agotado. Los
mismos, que si la prensa hubiera dejado pasar la ley del terrorismo, hubieran
clamado:—¡Eh, qué prensa! ¡Vea usted, toda á los pies de Maura! Y apenas los
periódicos llevaban tres días de campaña contra la ley, ya arrojaban el
periódico desdeñosos: ¡Vaya! ¡Ya tenemos lata! ¡No saben hablar de otra cosa![263]
No seré yo quien arrostre su enojo insistiendo en
la idea del monumento á Chueca. Tienen la palabra más señores. Mejor dicho,
palabras es lo que menos falta hace. Palabras sin dinero, patarata también. No
dirá el Sr. Cambó que no le tengo entre mis clásicos.
Aquella discretísima azafata, cuyas memorias nos
servía con tanta amenidad el buen Kasabal, no puede consolarse del cambio de
los tiempos. Y con ella, aquellas castizas señoras madrileñas, fieles
espectadoras de toda gala y de todo ceremonial cortesano, aquellas, tan bien
conocidas de D. Benito Pérez Galdós, que sabían describir tan puntualísimamente
las carrozas de corte, sus arneses y distintivos, aquellas que conocían á toda
nuestra grandeza por sus nombres y caras, y no había para ellas mejor día que
el de una jura, boda ó bautizo reales.
¡Como comparar aquellos magníficos cortejos de
pomposas carrozas, palafrenos empenachados, pelucas y casacones, por todo un
Madrid! ¡que sólo Madrid es corte! con este ajetreo de ahora tan sin ceremonia,
los automóviles por la carretera, las damas tocándose de prisa y corriendo, los
caballeros sin tiempo ni sitio acomodado para colgarse bandas y cruces y hasta
última hora, sin saber quien llevaría el mazapán, ni quien llevaría la vela ...[264]
¡Oh, tradiciones veneradas! ¡Oh, pompas! ¡Oh,
grandezas! Las viejas azafatas lloran sin consuelo. Las bocinas de los
automóviles las responden burlonas. El recién nacido sonríe á los tiempos
nuevos.
No se comprende que la empresa de la Plaza de Toros
madrileña haya puesto tantos obstáculos á la corrida llamada de la Prensa.
Nadie más interesado que esa empresa en que dicha corrida se celebre en las más
favorables condiciones. Si la corrida sale bien, sabido es que una buena
corrida es el mejor cartel para las siguientes, y nada pierde la empresa con el
buen sabor de boca del público. Si la corrida sale mala, ¡ay! como suele
verificarse, ¿dónde hallará mejor razón la empresa para protestar cuando á ella
la censuren por sus malas corridas? ¿No será bueno que esos diablos de chicos
de la Prensa aprendan en cabeza propia [265]lo
difícil que es organizar una corrida y divertir á un público que paga? Si con
la flor de los toreros—salvo el capullo de Gaona,—si con toros escogidos y
plaza nueva y camino regado, la corrida no dió mucho gusto, que digamos, ¿no
prueba esto lo difícil que es garantizar la diversión en fiestas de toros,
siendo el arte y valor de los toreros y el coraje de los toros imposibles de
contratar para fecha determinada? Por eso creo que nadie más interesado que las
empresas en que sus críticos sean, una vez al año, por lo menos, empresarios.
Si en todas las esferas sociales fuera posible de cuando en cuando este cambio
de papeles, la indulgencia, la tolerancia y la benevolencia mutuas, florecerían
naturalmente en los corazones.
¡Ah! Si cada espectador de una corrida hubiera sido
una vez siquiera empresario, otra presidente, otra torero, otra caballo y otra
toro, ¿quien se atrevería á llamar ¡ladrón! al empresario, ¡burro! al
presidente, ¡maleta! al torero, y mucho menos á pedir banderillas de fuego?[266]
El proverbio francés: «Les absents ont toujours
tort», no reza en modo alguno con nosotros, que nunca hacemos mejor papel que
cuando nos ausentamos. Dígalo el entusiasmo conque nuestros marinos han sido
recibidos en la Habana. No hay idea del amor que nos tienen en toda la América
española, desde que solo nos queda allí el reino de las almas. ¿No es el, bien
mirado todo, el inmortal seguro de que nos hablo el poeta?
¿Sabremos colonizar mejor estos espirituales
dominios que supimos colonizar los materiales? ¿Todo quedará reducido á
luminarias, brindis y salutaciones?
Ahora somos nosotros los que debemos desear más que
nadie la libertad de Cuba, que yendo para libre se quedó en protegida; cosa tan
triste, como ir para santo y quedarse en beato.
Pero cuando Cuba haya conquistado por completo su
independencia y haya aprendido á gobernarse por sí misma, ¿no será la peor
señal de que ha dejado de ser española?
El día en que esas hijas nuestras tengan juicio, no
las va á conocer su madre.[267]
Con las más persuasivas razones quieren
convencernos de que ese proyecto de administración local es, si no la felicidad
completa, que no es de este mundo, ni siquiera dividiéndole en regiones, lo más
parecido á la felicidad. Quieren, además, persuadirnos de que el más amplio
espíritu liberal lo informa, y siendo así no se comprende la tenaz oposición de
los elementos liberales á que el proyecto sea ley. Y puede que todo sea verdad,
pero, ¡«velay» ustedes! Nadie tiene la culpa de que la opinión liberal esté tan
desconfiada que de manos conservadoras y solidarias, de cien vueltas al duro
antes de tomarlo.
Las cosas son buenas ó malas por sí. ¿Quién lo
duda? Pero como la opinión general, de la que todos vivimos, no suele ir tan al
fondo y se detiene en la forma, y la forma en este caso deja tanto que desear
...
¡Oh, la manera! No es nada y es todo. En esta
superficialísima región central, corte del reino de la Bagatela, en este Madrid
del chiste y de la broma, nos pagamos tanto de la manera! Si los catalanistas
creen que nos asustamos de lo que piden, están equivocados; nadie se asusta ...
Nos desagrada la manera de pedirlo.[268]
En cuanto viéramos en ellos alguna indicación que
pareciera de un camino hacia Europa, por allí iríamos con ellos ...
Pero hasta ahora, ¿qué hemos visto? Lo mismo que
por aquí, con peores maneras. ¡Oh, la manera.
Con la culta Atenas á todas partes; con la ruda
Esparta, con la áspera Beocia, á ninguna; mejor estamos en Bizancio.
¿Por qué son tan poco áticas las maneras de los
catalanistas? ¡Oh, la manera, la manera! parece nada y es todo.
Desde Buenos Aires me envían con gran constancia un
interesante periódico—El Zoófilo Argentino,—dedicado como el nombre
indica, á la defensa y protección de los animales. Ese periódico y sus
propagandistas tienen todas mis simpatías. Como es natural, su campaña, contra
las corridas de toros es incesante, y como á escritor español, en todos los números
que me envían vienen señalados con lápiz rojo los [269]artículos
impugnadores de nuestra fiesta. ¿A quien predican ustedes? Los argumentos en
contra son muy razonables, cuando no se fundan en estadísticas caprichosas,
como el relacionar la proporción de criminalidad en una provincia con el número
de corridas de toros celebradas en ella.
Que en Madrid haya más delitos y que también haya
más corridas, es natural porque también hay mayor número de habitantes. Que en
Barcelona—ya pareció la oreja catalanista—haya menos delitos y menos corridas,
tampoco es cierto. Justamente, es la única capital en que existen dos grandes
plazas que funcionan constantemente; y en cuánto á delitos ... con los del
terrorismo basta para deducir consecuencias. Que en lugares de escasa población
haya pocos delitos, es tan natural como que haya pocas corridas. De modo que
toda esa sólida argumentación basada en la estadística, es ... líquido, como
dice el banderillero socialista de «Sangre y arena».
Pero no se apuren los zoófilos argentinos; sin que
las estadísticas nos convenzan, las corridas de toros se caen por sí solas. Es
cuestión de tiempo, de evolución. Si faltarán otros síntomas de su decadencia,
bastaría con ver el número de plazas nuevas en los alrededores de [270]Madrid. No hay quien tenga el ojo de nuestros
empresarios para perder el dinero. ¿Que la gente se cansa ya del cinematógrafo?
Pues ya se sabe, un cinematógrafo en cada esquina. ¿Que el género chico empieza
á estar agotado? Pues género chico en todos los teatros. Los empresarios no han
comprendido todavía que el secreto no esta en ofrecer al público lo que le
gusta, sino lo que le gustará. Plaza de toros en Madrid, plaza en Carabanchel,
plaza en Tetuán, plaza en las Ventas ... ¿Qué mejor propaganda contra las
corridas de toros?
XXV
Las impresiones que recibimos de niños, influyen
sobre nuestro espíritu para toda la vida. ¿Qué deberán pensar esas tiernas
criaturas tan traídas y llevadas en estos días alrededor de la estatua de
Mendizábal? Sus maestros, autoridad respetable: Es preciso que vayáis, niños
míos, á ofrecer el homenaje del porvenir, que sois vosotros, al grande hombre,
al hombre glorioso ... Y el gobierno, autoridad suprema que dice: No dejéis á
los niños que se acerquen; esas manifestaciones son peligrosas en edad temprana;
exponer á los niños á los rigores del calor, de las apreturas, de la oratoria
progresista ... Además, ¿quien os ha dicho que Mendizábal fuera tan grande
hombre? ¿Porque tenga una estatua en la plazuela del Progreso?
Esa estatua, mantenida sobre el pedestal gracias á
la tolerancia sin límites de los muchos gobiernos conservadores que no se han
dignado [272]concederla ninguna importancia,
significa muy poco. La historia no ha juzgado todavía y la moda ... ¡Ah! La
moda nos dijo hace tiempo que el figurín progresista era de lo más cursi, y
ninguna persona distinguida se atrevería hoy á presentarse en público con la
capa de Mendizábal. No saben muchos de los que así hablan, que acaso en el
infierno, círculo de los hipócritas, les aguardan aquellas capas de plomo con
que el poeta florentino vió pasar abrumados á los más célebres antecesores de
Tartufo. Pero, ¿qué pensarán los niños? De un lado, sus maestros; de otro, el
gobierno ... Un hombre que merece una estatua y no merece un homenaje ... Para
comprender la situación de esas criaturas hay que recordar cuando alguna vez en
nuestra infancia, al anunciarse una visita en nuestra casa, olmos murmurar:
—¡Ahí esta ese señor tan antipático!—Y cuando
nosotros, mal prevenidos, le mirábamos de reojo, alguno nos decía:—Vamos, da un
besito á este caballero, que es muy bueno y te quiere mucho ... Y estas
primeras impresiones que recibimos de niños, influyen sobre toda la vida ... No
se debe decir á los niños que un señor es antipático, cuando después hay que
decirles que le besen. No se deben levantar estatuas cuando después hay que
prohibir á las nuevas generaciones que las saluden con respeto.[273]
Las vacaciones del veraneo ... ¡Si fueran tales
vacaciones! ¡Pero son descanso para tan pocos! ¿Quién puede decir que deja sus
cuidados, sus preocupaciones, sus afanes, al tomar el tren ó el automóvil que
ha de llevarle lejos de todo menos de sí mismo? El hombre político á esperar
los periódicos y á prodigarse en declaraciones y conferencias, la dama elegante
á fatigar su belleza en bailes, comidas, excursiones, «flirts», á lucir media
docena de «toilettes» por día, á lanzar un atrevido «tanagra», ya que el
desnudo artístico ha sido sancionado por los tribunales franceses; el sportsman á
continuar pendiente del «poney» de polo, del balandro, del automóvil y del
tapete verde, el escritor á exprimir los sesos por estupendas crónicas,
artículos, comedias; el hombre de negocios á pensar en la futura escuadra, en
una nueva emisión de duros sevillanos, en los que se arruinan con el veraneo,
en las fincas de posible hipoteca; los novios en llenar [274]pliegos
de papel, si ausentes; si juntos, en continuar las interminables charlas de
cuello vuelto, el «allumage» sin escape de gases, tan perjudicial á los motores
... Las esposas á desesperarse porque el marido gasta mucho, y los maridos á
rabiar porque la mujer despilfarra. Y los pocos que pretenden descansar y olvidarse
de todo, los contados que cambian en absoluto de vida, ¿no son aquellos para
quienes se definió el veraneo: «Los ocho primeros días descansa uno del
cansancio, los siguientes se cansa uno de descansar»?
Si observamos la terraza del casino en cualquier
playa elegante, basta comprender lo que es el veraneo para muchos. De una
parte, el mar; de otra, la fachada del Casino: gente que pasa y entra y sale
... Todos se sientan de espaldas al mar, que con razón murmura más que nunca,
pero no tanto como los que le vuelven la espalda.
La exhibición de desnudeces en los escenarios de
París trae alarmados á los que no asisten nunca á los teatros. Fué siempre
condición humana la de preocuparnos más por la paja ajena que por la viga
propia. Los [275]tribunales intervinieron con un
tacto exquisito. El teatro y las «cocottes» son instituciones en París muy
respetables, para que la misma justicia no se mire mucho antes de dar un fallo
que pueda disminuirlas en sus prestigios. Y así fué en este caso, mejor dicho
en estos dos casos, pues fueron dos los sometidos á sentencia. En uno de ellos
la absolución fué completa y con todos los pronunciamientos favorables: se
trataba de arte, arte puro; los desnudos eran vivas esculturas, pero la carne
no es menos sagrada que el mármol cuando la carne copia del mármol blancura y
reposo. En el otro caso, ya hubo que estrechar la manga de la toga. Los
desnudos ya se animaban, ya no era posible confundirlos con estatuas, ya
pasaban á cuadros y demasiado vivos. En la moralidad hay grados. Primero, la
escultura sin color y sin movimiento; después, la pintura, que se anima con
colores; por último, la carne viva con toda la expresión del color y del
movimiento. Mientras la carne copia á la estatua, vamos pasando; si llega al
cuadro, fruncimos el entrecejo ... pero si se empeña en ser carne, ya no
podemos tolerarlo.[276]
La estática, buena; la dinámica, mala: esto es lo
que han fallado los jueces. Al contrario de muchos medicamentos, en el teatro
puede usarse el desnudo, pero sin agitarlo.
¿Qué dirá el público de nuestros teatros
sicalípticos, en donde anda el movimiento más que nada y por el movimiento se
disimulan algún tanto anatomías nada esculturales y muy poco pictóricas? ¿Qué
dirán los insaciables del molinete y de la cadera?
Todo no puede tenerse en este mundo. Ya lo saben
las apreciables tiples. No se puede ser á un tiempo mármol y artista. La que
tenga más de lo primero, que se contente con ser material de estatua: no se
mueva, no hable, no cante sobre todo. La que presuma de lo segundo, sienta todo
y lo mejor que pueda, subraye los equívocos, de á las coplillas la intención
posible, que si en ellas mienta la escarola ó la lechuga ó la chocolatera ó el
molinillo, la sola enunciación de dichas hortalizas ó utensilios abre á la
imaginación de los espectadores horizontes ilimitados ... Todo es arte; pero ya
lo han sentenciado los jueces franceses y antes lo había sentenciado el buen
gusto: lo que no se puede es promiscuar.[277]
Acostumbrados á que las guerras de los marroquíes
acaben siempre con pirámides de cabezas cortadas, mutilaciones crueles, cuando
más dulcemente, por cadenas y mazmorras, esta de ahora entre los dos hermanos
ha parecido poética y caballeresca relación del Romancero morisco. De tal modo,
que á cuántos conocen la tortuosa sencillez del espíritu moruno, más que lucha
entre hermanos parece juego de compadres.
No es el «Quítate tu, para ponerme yo» de otras
guerras y luchas fratricidas, sino el «Yo no puedo quitarme á esos franceses; á
ver como tu me los quitas». Por lo pronto, se abre un compás de espera y de
expectación. Pueblo que sabe esperar sentado á ver pasar el cadáver de su
enemigo por delante de su casa, sabrá esperar con calma en esta ocasión; mucho
más, cuando la silla la ofrece el kaiser, y cuando lo que ha de ser esta
escrito ... en la conferencia de Algeciras. Pero se ha volcado el tintero, y aunque
todo esté escrito, tardará en descifrarse. Para esto de echar borrones sobre la
correcta escritura de la diplomacia europea, se pintan solos los moritos.
Veremos si ese [278]borrón es cuenta nueva, si
basta con el papel secante, ó si el gran emperador vuelca toda la salvadera, y
entonces sí que podrá decir Francia, alterando nuestro refrán: «De aquellos
lodos, vienen estos polvos». ¡Con tal que no nos pongan perdidos las salpicaduras!
Como al desfallecido de estómago, por insuficiente
alimentación, solo el olor de la comida le produce mareos, así á los españoles,
tan desfallecidos de toda clase de receptáculos, estómago, bolsillo, etc., por
fuerza ha de producirles mareos y vértigos y delirios, nada más que el olor de
esa cifra fantástica de millones, destinados al principio del proemio del
prólogo de nuestra futura escuadra.
No es extraño que el concurso haya inspirado tanta
curiosidad y despertado tantas emociones como el sorteo de Navidad. El gordo
valía la pena. Sin embargo, ¿será cosa de compadecer á los agraciados? Me decía
una vez el propietario explotador de uno de esos admirables Tíos-vivos, que tan
bien simbolizan la marcha de la humanidad: Mire usted, esto podía ser un
negocio. ¡Pero si viera usted! Para que esta máquina ande, ¡hay que untar
tantas ruedas! Que la licencia del Ayuntamiento, que el inspector del distrito,
que el alcalde de barrio, [279]que los guardias,
que si se quejó un vecino y hay que callarle ... Crea usted que si me queda una
vuelta en limpio me doy por contento. Guardando las debidas proporciones, bien
puede ser que esto de la escuadra no sea negocio más saneado que el del Tío-vivo,
y los envidiados concesionarios sean al fin más dignos de lástima que de
envidia.
Entre tanto, hay quien no contribuye á las cargas
del Estado con más de una peseta de cédula, y anda por esos corrillos
vociferando como si los millones de la escuadra se los sacaran á el íntegros
del bolsillo. ¿Han visto ustedes? ¡qué modo de esquilmar al contribuyente! ¡No
se puede vivir en este país! ¡Eche usted millones! ¿Y de dónde salen esos
millones; ¿quieren ustedes decirme? Y el hombre se congestiona como si acabara
de entregar el cheque.
No, no hay razón para quejarse. Aún los mayores
contribuyentes, piensen como son muchas cosas las que el Estado les da por muy
poco dinero. ¡No digamos los de la cédula de á peseta y los que ni cédula
pagan! Y ellos tienen calles y paseos para esparcirse, alumbrado, museos,
iglesias [280]donde pasar el rato; disfrutan de
suntuosos espectáculos, como desfiles de corte, revistas militares,
procesiones; todo mejor presentado que en cualquier teatro ó cinematógrafo y
por menos dinero.
Y estos barcos de ahora, digo de mañana, ¿no son
también baratísimos? Si la canalización del Manzanares permite que lleguen un
día, siquiera hasta la Florida ... Solo el gusto de verlos no se paga. Y no hay
duda, una buena escuadra y un buen ejército son las mejores garantías de paz.
Con buena ropa tiene uno más cuidado de no meterse en pendencias, por no
estropearla. Sobre todo, cuando no se tiene más que lo puesto.
Anuncié que la prohibición de las capeas traería
algunos disgustos, como se ha verificado. Es lo que tienen esas leyes de
gabinete, tan bien intencionadas como desconocedoras del terreno en que han de
cumplirse.
La capea más bárbara no perturbará nunca tanto la
vida de un lugar, como esas colisiones entre la Guardia civil y los lugareños,
que dejan un rastro de odios y de venganzas para muchas generaciones.[281]
Ya lo dije; no se ha tenido en cuenta que en muchos
pueblos, la fiesta es la capea, y suprimida falta el pretexto para ir de los
pueblos comarcanos, y falta la alegría y falta el dinero.
Y entre los mozos del pueblo, que por necesidad han
de manejar todo el año vacas y toros, y por gusto los torean un día, y los
señoritos de la ciudad, que sin aplicación ninguna á sus necesidades, matan
pichones estúpidamente ... Dígase quien es más disculpable.
Civilizar por reales órdenes es muy cómodo y muy
fácil. Queda prohibido comer patatas. ¿Y qué comemos? dirán los que no tienen
otra cosa. Todos los españoles se bañarán diariamente. ¿Y donde no hay agua
bastante para beber siquiera?
Los ministros dan leyes desde su gabinete, la
«claque» aplaude. ¡Oh, qué ley tan sabia! En el terreno ya es otra cosa, ya es
la Guardia civil, ya es el Mauser ... El orden ha quedado restablecido. ¡Que se
lo pregunten á los muertos y á sus familias! Es la civilización que pasa. ¡Si
hubiera pasado antes en otra forma!
¡Mucha Guardia civil para impedir capeas y ni un
mal inspector para copar partidas de monte y otros recreos en esos casinos
burgueses y aristocráticos! La ley no puede estar en todas partes.[282]
Además, la capea es cosa de bárbaros, lo otro, de
pillos. ¡Aún hay clases!
El automóvil ha matado el veraneo estacionario; ya
no se esta en ninguna parte, se va de una parte á otra; del almuerzo al te, del
te á la comida, de la comida á la fiesta, y de la fiesta al descanso; ya no son
horas, sino kilómetros. La racha ó el tierce á tout, empezados á
jugar en San Sebastián, se continúa en Biarritz y quiebra en Luchón. El flirt,
iniciado en Cestona, termina en Bigorre, sobre todo para los acompañantes y
testigos, que en esto de flirts, de llevar la cestona ó ponerle á
uno el bigorre—¡chistes de verano!—no se sale nunca.
De este continuo ajetreo, que convierte el veraneo
en una especie de toboggan, se lamentan en primer lugar los que no
tienen dinero para hacer lo mismo; después, los que sólo van á un sitio con el
deseo de cultivar, fomentar y adquirir relaciones, allá para el invierno.
Pero [283]sucede que cuando los periódicos le han
dicho á usted que en tales aguas ó en tal playa están las duquesas de tal y
cual, y las marquesas de esto y de lo otro, y las distinguidas señoras de más
acá y de más allá, y el ilustre hombre público y el conocido sportsman,
y cuando llega usted con la lengua fuera para ofrecerles sus respetos y
alternar con ellos, siquiera en las correspondencias periodísticas, ya todos se
han dispersado en alas del taf-taf maldecido. ¡Es para
desesperarse!
Se lamentan también las madres de hijas casaderas:
el automóvil es todo lo más el amor que pasa, pero rara vez es el marido que
queda. Se lamentan los fondistas y hosteleros, aunque estos sin razón, porque
ellos bien saben practicar el refrán: «Al ave de paso cañazo». Pero no sólo del
libro de caja vive el hombre, y á ellos les agrada contar con una selecta
clientela fija que decore el libro de oro de su establecimiento.
La única verdad de estas andanzas es que se ha
subido el veraneo, y las modestas familias que esperaban hacer algún papel
instalándose por una temporada en las sillas más visibles del bulevar de San
Sebastián, tienen que resignarse, como las señoritas que veranean en
pueblecillos [284]y bajan á la estación todas las
tardes por ver pasar los trenes, á ver pasar también el gran tren de lujo, que
no se detiene á saludarlas ni siquiera se fija en ellas. ¡Haga usted
sacrificios para esto!
El progreso es cruel. Adelanta mucho ... el que
tiene dinero para adelantarse; los demás van quedando cada vez más rezagados y
más tristes. Unos van por el mundo en el tren de lujo; los otros son los
maquinistas, los fogoneros, los guarda-agujas, los que trabajan para que el
tren de unos pocos pueda llevarles con seguridad á sus placeres ... Luego
quedan las señoritas del pueblo, que ven pasar con envidia á las elegantes
viajeras; la pobre gente de los lugares que ni siquiera concibe adónde puede
irse con tanto lujo, y queda, por fin, el perro, ese perro sucio y humilde que
se pasea siempre por todas las estaciones por si cae algún resto de las
meriendas. Los perros conocen muy bien el corazón humano. Saben que de los
trenes de lujo sale siempre una voz femenina que dice: ¡Pobre perro! Voy á
echarle este pedazo de jamón y este panecillo.
En los otros trenes nadie se acuerda del perro; y
si algún corazón sensible procura socorrerle, no falta quien lo estorbe:—¡Deje
usted al perro! Cuando veamos á un pobre le daremos lo que ha sobrado de la
merienda.[285]
De ahí la simpatía de los perros por los trenes de
lujo y por la gente rica. ¡Quién sabe! Acaso estos pobres perros hambrientos
que se alimentan con las sobras de las meriendas, sean una fuerza para contener
la revolución social.[286]
XXVI
La ópera del Circo merece todas las simpatías;
ponerla «Africana» al precio de la «Cachunda», á más de ponerla en su justo
precio, es empresa laudable. ¡Cuando se piensa que Meyerbeer fué juzgado en sus
tiempos como un gran revolucionario de la música! Algo así, para los
italianistas de entonces como lo que había de ser Wagner años después. El
acaudalado israelita hubiera sido un excelente compositor de operetas. ¡Qué
deliciosos libros y qué deliciosas partituras las de «Hugonotes», «Africana» y
«Roberto el Diablo», tratados en cómico! Por eso Meyerbeer, que tan buena
pareja hizo con Scribe, como Puccini, en la actualidad, con Sardou, cuando
anduvo más cerca de acertar fué en «La estrella del Norte» y en «Dinorah». ¡Qué
tiempos, cuando «Los Hugonotes» eran la ópera capital para nuestro público,
pieza de concurso obligada para tenores y tiples dramáticas![288]
«La Africana», bilingüe, del Circo, adquiere algo
de ese carácter cómico que hubiera hecho por completo su fortuna. ¡Son tan
divertidas las aventuras de Vasco de Gama y sus indios!
De la moral, ya sabemos que gana mucho en la ópera
con ser cantada y en italiano; pero del arte, no sabemos que gane gran cosa con
la castellanización de la letra; si castellano puede llamarse esa especie de
Esperanto en que suele traducirse las óperas.
Aparte lo indiferente del idioma para la mayoría de
los cantantes, que en vez de vocalizar, se enfangan con las palabras, sin que
sea posible entenderles nunca una sola; yo creo que á la amplitud de líneas
dramáticas de la ópera, conviene mejor un idioma extraño, que dejándonos
percibir el sentimiento de la acción dramática, aleje de la imaginación toda
idea prosaica, con frases y palabras vulgares, desgastadas y pervertidas por el
uso corriente.
Por algo la Iglesia católica, gran maestra en
psicología de las multitudes, conserva el latín en sus ceremonias litúrgicas.
¿Nos impondría tanto el Miserere, cantado en castellano? Si entendiéramos de la
misa la media, ¿no asomaría alguna vez á los más devotos labios, [289]sonrisa irreverente, evocada por alguna palabra de
esas, que como suele decirse, nos hace pensar en otra cosa? Bien esta la ópera
en italiano; aunque según va siendo moda en los teatros, pronto será una torre
de Babel cada ópera, y cada artista cantara en lo que mejor sepa y pueda; uno
en italiano, otro en francés, otro en alemán, otro en ruso ... Y para el caso
será lo mismo. Yo he oído muchas veces «Marina» en castellano, y si me
preguntan ustedes el argumento me vería en un apuro para contárselo. Como decía
un buen señor, supongo que será el de todas las óperas; la tiple y el tenor se
quieren, el barítono se opone y al bajo le es indiferente.
Con motivo de unas apreciaciones, publicadas
en The Times, sobre Madrid y el carácter madrileño, se ha puesto
una vez más en evidencia lo inconsistente de esos juicios sintéticos de
viajero, en los que rara vez se conoce ó quiere conocerse el favorecido ó
desfavorecido, según los casos.
Eso de englobar á todo un pueblo en juicios tan
rotundos como estos: el inglés es frío y correcto, el parisiense es afable y
espiritual, el [290]español es valiente y
caballeroso ... Y llega usted á Londres y lo primero que se encuentra es un
buen golpe de curdas de lo más incorrecto, y en París, con un cochero, que no
es precisamente un Anatole France, y en España ... encuentra usted de todo, como
en todas partes. No hay virtudes, ni vicios, ni gracias, ni desgracias,
patrimonio exclusivo de ningún pueblo. Además, cada uno habla de la feria según
le va en ella, y si esto es así, aún entre los naturales, ¿qué no será con los
extranjeros, cuyo juicio puede estar influído por tantos accidentes? Desde la
comodidad del alojamiento y la calidad de los alimentos, hasta las relaciones
sociales que haya cultivado por su profesión ó por sus aficiones ¿puede hablar
lo mismo de un pueblo el que haya tratado con preferencia á sus clases
comerciales, que el que haya tratado á sus artistas ó á sus políticos ó á sus
militares?
El periodista inglés se lamenta de que los
madrileños nos preocupemos más por los asuntos más ligeros. Aparte de que todo
esta en todo y de lo más ligero puede desentrañarse la más profunda filosofía,
¿no se ha preocupado nunca toda Inglaterra por un boxeador ó por un caballo de
carreras ó el famoso elefante Jumlo? Y los graves alemanes, tan entusiasmados,
del kaiser abajo, con el travieso zapatero que tan graciosamente supo burlarse
de respetables autoridades?[291]
El articulista dice también que el madrileño tiene
muy buen humor. ¿Buen humor? Aquí donde todo el mundo gruñe y protesta y
discute por todo y se dice mil groserías y cada uno lleva dentro un
inquisidorcillo que quisiera imponer en todo su modo de pensar y su regla de
conducta ... ¿Buen humor en Madrid? Hay poco dinero para eso. Por lo visto el
articulista asistió á una junta de accionistas del Banco ó á la tertulia del
ministro de la Gobernación.
Sucede en esto del veraneo, que los últimos en
marcharse son los primeros en regresar. Los que no se han movido de Madrid, los
miran con cierto desprecio. Para el caso, tanto da no haber salido como volver
antes que la gente «chic». Justamente lo aristocrático del veraneo es la coda,
que supone dinero de largo; la estación otoñal en Biarritz, la excursión á
París en busca de los últimos figurines y de los primeros estrenos ... Todo lo
que no sea volver á Madrid envueltos en pieles, con los baúles llenos de modelos
y con noticias de la «première» de Donnay ó de Capús, es degradarse.[292]
¡Y andan algunas personas respetables tan afanadas
por ver de animar Madrid con fiestas y bullas! ¿No ven ustedes que la gente
pudiente solo viene á Madrid á hacer economías? Su única gracia es tener dinero
y se lo dejan por ahí; aquí solo nos traen religiosidad, que cuando se gasta el
dinero va también para Roma ... ¡Como que no saben en Barcelona la ganga que
tiene Madrid con ser la capital de España!
Nuestro querido amigo y compañero—como escriben en
las dedicatorias de sus obras, los autores eminentes que quieren halagar á un
autor novel,—Guillermo II, ha tenido un brillante éxito, en el baile de gran
espectáculo «Sardanápalo», estrenado en Berlín.
Ningún género teatral, tan propio para ser
cultivado por un emperador, como este de los grandes bailables pantomímicos,
tan parecidos por la [293]precisión de evoluciones
á las maniobras militares. Género, además, en que huelga toda literatura,
género sin palabras inútiles, en que todo ha de explicarse por la acción misma;
género de todo punto imperialista, en una palabra.
Ahora, si reparamos en que la elección de personaje
tan decadente y desfalleciente, como el sibarita Sardanápalo, más parece en los
gustos de un Luis de Baviera que en los de un Guillermo de toda Alemania ...
Claro es que un Alejandro Magno, un Aníbal, un
Julio César, no se prestan á pasos de bailes. Y ¡quien sabe si Guillermo II no
ha puesto en su obra una delicada ironía y una saludable advertencia! ¿No hay
en los desfallecimientos del mundo moderno, mucho de sardanapalesco? ¿No es el
Imperio Germánico, el gran mantenedor de energías, el gran director de baile,
cuya imperiosa voz de mando hace danzar á todos? Pero, ¿quien tendrá razón al
final de las humanas danzas que han de terminar todas en una general danza
macabra? Solo el hecho de haberse acordado un Guillermo II de un Sardanápalo,
para héroe de su obra, nos dice la obsesión interior de muchas cosas que
aparentamos aborrecer [294]exteriormente, pero que
en el fondo admiramos ... Moralizar, es querer convencernos de que no debemos
admirarlas; pero si no las admirásemos no tendríamos por qué moralizar. ¡Arde
Sardanápalo en su pira! Moralicemos ... Todos, chicos ó grandes, hemos quemado
á fuego lento nuestro Sardanápalo; unos por falta de medios para sostener sus
vicios, otros por falta de valor; pero de cuando en cuando Sardanápalo surge;
unas veces en una obra de arte, como el poema de Byron; otras, en un baile de
gran espectáculo, como el del emperador Guillermo II.
Una de las amenidades del verano para los que no
veranean, es leer las revistas de toros y confrontar las versiones de los
distintos corresponsales de provincias. En nada se muestra tanto la
falibilidad, no ya de los juicios humanos, de los mismos sentidos corporales.
Donde uno dice magistral faena, el otro dice: faena desdichada por la torpeza
del torero, y el otro: deslucida por las malas condiciones del toro. Donde uno
dice: volapié magno; el otro dice: bajonazo ignominioso, y el otro: bajonazo,
precedido de siete pinchazos.[295]
Yo no creo que las simpatías personales por este ó
el otro diestro, puedan modificar hasta ese punto las apreciaciones. Prefiero
atribuirlo, como dije, á error de la vista. De todos modos, debiera evitarse
esa disparidad de visiones. El asunto, salvo para las futuras crónicas de las
grandes figuras del toreo, no es de gran transcendencia. Pero hay gentes
suspicaces que por los pequeños asuntos juzgan de los grandes y no falta quien
diga: ¡Ah! la prensa; aquí tienen ustedes, si en estas cosas tan claras, que
entran por los ojos de miles de personas, dice cada uno lo que le parece, ¿qué
será en otros asuntos? ¡Cualquiera se fía!
Todos estamos interesados en sostener el prestigio
de una institución que cuenta con muchos fieles. No hagamos vacilar la fe de
los creyentes ni perdamos del todo la de los indecisos. ¡Ah! las menudencias,
las pequeñeces, parecen nada y son un mundo. Yo conocía una señora muy buena
cristiana y muy devota, que de pronto dejó de ir á misa y renunció á toda
práctica religiosa. Pero, ¿qué es eso? la preguntaban sus amigos ... Usted, tan
buena cristiana ...
—No me digan ustedes; ya no creo en nada; no vuelvo
á poner los pies en una iglesia ...[296]
—Pero, ¿ha leído usted algún libro, se ha hecho
usted protestante?...
—Nada de eso. Es que el otro día tuve una cuestión
con un monaguillo.
En esto, como en todo, ¡cuántas veces se pierde la
fe, no por dudar del dogma, ni de verdades fundamentales, sino por haber tenido
unas palabras con un monaguillo!
Conviene juzgar con imparcialidad á los toreros,
para que el público no pueda dudar de la imparcialidad con que se juzga á los
que torean al país.
Se juzgó siempre triste destino el del actor, el
cantante y el instrumentista, porque al morir sólo dejan el recuerdo de su
arte, sin otro testimonio de su gloria que la opinión de los contemporáneos.
Por algún tiempo, aún son muchos los que pueden
decir: Nosotros le hemos oído. Después, son unos pocos, algún anciano, reacio á
nuevas admiraciones, que pretende consolarse de lo que el no verá, con lo que
ha visto, y hay que oirle decir con fervorosa devoción, como testigo [297]electo de un milagro: ¡Yo le oí, señores, yo le oí! Y
ponderar definitivo: ¡No volverá á oirse nada semejante! Después ... ya no
queda ninguna voz viva que atestigüe la razón de la gloria; solo queda la
crónica escrita para asegurar la inmortalidad.
¿Triste? No; ¡envidiable destino! ¿Puede haber
gloria más espiritual que esta que solo deja el destello de un nombre glorioso?
Toda la obra es el nombre mismo. Toda su fama esta encerrada en ese nombre,
como en urna preciosa, de más segura permanencia que monumento cimentado en
obras.
¡Las obras! ¿No hemos visto por ellas al
aquilatarse muchas glorias, obscurecerse unas, desaparecer otras? En cambio,
estos nombres sin obra, van ganando en estimación cada día y los juicios de la
posteridad nada podrán sobre ellos. Por ellos tal vez, á pesar del automóvil y
del aeroplano, pensamos alguna vez con tristeza si no habremos nacido demasiado
tarde. Por ellos también nos envidiarán en lo venidero. ¿Quién nos quitará,
sobre las generaciones futuras, sobre la eternidad del tiempo, la gloria de estos
recuerdos, quizás los únicos sin sombra de tristeza en nuestra vida efímera?
¡Oimos á Julián Gayarre, oimos á [298]Adelina
Patti, oimos á Sarasate, oimos la voz de oro de Sarah y la admiramos, reina de
la actitud y princesa del gesto, como la proclama el poeta: nos conmovió
Leonora Dusse, dolorosa del Arte!... Y la gracia de esas divinas voces, que al
callarse callarán para siempre, es algo muy nuestro, porque ya otros no
volverán á escucharlas, y la emoción que nos causaron será eterna de toda
eternidad en lo humano: porque esa emoción es todo lo que queda de su arte, y
¿quien podrá decir en lo futuro, que ese arte no valía la pena de emocionarnos,
si su obra es solo un nombre y ese nombre es nuestra emoción eternizada?
¡La buena Prensa! ¡La mala Prensa! Que si la buena
no se lee y la mala cuenta por millares sus lectores ... Esto me recuerda algo
que ocurría hace años, y creo que sigue ocurriendo, en una capital de
provincia, que no he de nombrar, pero que bien pudiera no hallarse muy lejos de
donde en la actualidad se discute tan calurosamente la cuestión de la buena y
de la mala Prensa. Sucedía que eran allí dos comerciantes del [299]mismo apellido y los dos en géneros comestibles, y de
los dos, el uno era excelente persona, muy cristiano, muy buen esposo, muy buen
padre, y hasta dicen que pesaba corrido. Era el otro persona de mala reputación
y peores costumbres y mal mirado por todos; pero, por cuanto, los géneros que
expendía eran siempre de lo más selecto, mientras los del primero eran de
calidad muy inferior. Y nadie sabe las confusiones que esto originaba á cada
paso. Decían las señoras á sus criadas: ¿De dónde ha traído usted este
chocolate tan detestable?—De casa de Fulano.—¿Cuál de ellos? ¿el bueno ó el
malo?—El que la señora dice que es tan bueno.—Es que ese es el malo, el bueno
es el otro ... ¡nunca acabarás de entenderlo!—Que es lo mismo que les sucede á
los lectores con la Prensa; la buena, que es la mala; la mala, que es la buena
... Si los de la buena, que es la mala, procuran mejorar el género, quizás los
lectores de la mala, que es la buena, se decidieran á leerla.
FIN DE LA 1.a SERIE
Notas del Transcriptor:
La imagen de portada fue creada por la
transcripción, y está en el dominio público.
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del
original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DE SOBREMESA;
CRóNICAS, PRIMERA PARTE (DE 5)***


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