© Libro N° 9495. Una Modesta Proposición. Sátira. Swift, Jonathan. Emancipación.
Enero 15 de 2022.
Título original: © Una Modesta Proposición. Sátira. Jonathan
Swift
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Original: © Una Modesta Proposición. Sátira. Jonathan Swift
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UNA MODESTA PROPOSICIÓN
Sátira
Jonathan Swift
Una Modesta Proposición
Sátira
Jonathan Swift
Una Modesta Proposición:
Para prevenir
que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el
país, y para hacerlos útiles al público
Sátira
Jonathan Swift
Dublín, Irlanda, 1729
Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o
viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas
atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños,
todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en
vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente,
se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de
sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de
trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en
España, o se venden a sí mismos en las Barbados.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número
prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus
madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual
del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que
encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros
cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como
para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por
los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en
cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de
hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra
caridad en las calles.
Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años
sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de
otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su
cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año
solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor
de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir
ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año
de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de
constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y
vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la
alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos
voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre
nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los
pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo
cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y
medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas
cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de
mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las
actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta
mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o
cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan
sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión
es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he
dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos
hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en
la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos
la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis
años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden
los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse
aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me
aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni
siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en
ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es
mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad
no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la
transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el
gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese
valor.
Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que
espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que
un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más
delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y
no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de
los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la
reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más
de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que
esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy
estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para
servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de
edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino;
aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el
último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un
niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia
cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y
sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy
bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce
libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las
veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy
apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de
los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.
Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y
un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico
francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos
romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma
que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de
Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el
número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y
entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas
entre nosotros.
Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que
incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los
campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún
caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño
gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne
nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él.
De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará
popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia
limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los
tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se
podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros
elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden
establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que
carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y
adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los
cerdos.
Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas
virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este
asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que,
puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus
ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los
cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de
doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el
país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si
estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la
debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo
mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los
machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia,
que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares
por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría
el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una
pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es
improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante
práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la
crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme
contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.
Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se
lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa
que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él
le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el
verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores,
y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue
crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer
Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la
corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar
que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que
sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y
aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán,
el reino no estaría peor.
Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran
cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que
dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un
estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy
sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el
hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede
razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una
situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de
hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no
tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente
librados de los males futuros.
He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que
las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como
de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número
de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores
de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con
el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de
la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el
país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura
episcopal.
Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley
podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente,
habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo
desconocido para ellos.
Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para
arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el
tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin
contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los
caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el
dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente
producidos y manufacturados por nosotros.
Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines
anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de
mantenerlos después del primer año.
Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los
venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores
recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas
frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con
justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa
cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a
ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas
las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes
y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus
hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por
vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual
en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres
casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los
hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora
a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las
amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un
aborto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de
algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión
de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que
tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado
frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia
con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel
considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público.
Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales
de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones,
especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían
anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde
probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.
No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra
esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy
disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo
para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi
remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro
que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente,
que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para
nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario
que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e
instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento,
vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de
parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo
cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de
abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos,
que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco
de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los
terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios.
De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros
comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras
mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el
precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se
les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.
Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos
expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se
hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo
que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas
vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito,
di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene
algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está
completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a
Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que
la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia
prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de
devorar toda nuestra nación aún sin ella.
Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia
opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que
fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que
alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que
el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como
están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para
cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino
alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de
subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas,
añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros
y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos
políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar
una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no
creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como
alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse
evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde
entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la
renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de
las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas
o mayores miserias a sus descendientes para siempre.
Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor
interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me
impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro
comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al
rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el
más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.
A Modest Proposal, 1729


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