© Libro N° 9494. El ‘Factor Dios’. Saramago, José. Emancipación. Enero 15 de 2022.
Título original: © El ‘Factor Dios’. José Saramago
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EL ‘FACTOR DIOS’
José Saramago
El ‘Factor Dios’
José Saramago
El ‘Factor Dios’
En algún lugar de la India. Una fila de piezas de
artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En
primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a
dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos,
pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá ‘ver’ cabezas y troncos
dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros
amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses
levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado
empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la
primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la
cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El
negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados
israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los
huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de
América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales
norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo
islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban.
Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio
del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados
entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por
millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos
lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de
la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York,
todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una
catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión
conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de
chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El
horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la
estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez
‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de
escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante
al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y
será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un
tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo
ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella
Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas
ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y
apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de
arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y
Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones
para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que
morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de
las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas,
la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es
aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda
matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin
excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que,
por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables,
de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen
uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos
en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en
todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de
los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se
yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más
que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le
pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real.
A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los
unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido
común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría
permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en
nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente
lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición
fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a
interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de
quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y
el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los
derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra
cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo
que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado
un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores
crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y
de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres
gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido
en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten
en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo,
sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo
universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la
vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el
`factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los
carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la
bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios
islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la
revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se
dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con
tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres
dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en
todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que
profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las
intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda
creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó
por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia…) que
haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas
palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito.
Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la
razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que
menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del
`factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los
más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente
seguirá demostrándose.
FIN
18 septiembre 2001
JOSÉ SARAMAGO
BIOGRAFÍA
José Saramago, años 70 © Archivo FJS / Derechos
reservados
AUTOBIOGRAFÍA
Nací en una familia de campesinos sin tierra, en
Azinhaga, un pequeño pueblo ubicado en la provincia de Ribatejo, en la margen
derecha del río Almonda, a unos cien kilómetros al noreste de Lisboa. Mis
padres se llamaban José de Sousa y Maria da Piedade. José de Sousa también
habría sido mi nombre si el funcionario del registro civil, por iniciativa
propia, no hubiera agregado el apodo por el que se conocía a la familia de mi
padre en el pueblo: Saramago. (Cabe aclarar que el saramago es una planta herbácea
espontánea, cuyas hojas, en aquellos tiempos, en tiempos de necesidad, servían
de alimento en la cocina de los pobres). Sólo cuando tenía siete años, cuando
tuve que presentar un documento de identidad en la escuela primaria, se supo
que mi nombre completo era José de Sousa Saramago… Sin embargo, este no fue el
único problema de identidad que tuve que enfrentar en la cuna. Aunque vine al
mundo el 16 de noviembre de 1922, mis documentos oficiales señalan que nací dos
días después, a los 18 años: fue gracias a este pequeño fraude que la familia
escapó al pago de la multa por falta de declaración de nacimiento. dentro del
plazo legal.
Quizás porque participó en la Gran Guerra, en
Francia, como soldado de artillería, y conocía otros entornos, distintos al
pueblo, mi padre decidió, en 1924, dejar el trabajo de campo y trasladarse con
su familia a Lisboa, donde se inició. ejercer la profesión de policía de
seguridad pública, para la cual ya no se requería “titulación literaria”
(expresión común entonces…) que la de leer, escribir y contar. A los pocos
meses de instalarnos en la capital, fallecería mi hermano Francisco, dos años
mayor que yo. Aunque las condiciones en las que vivíamos habían mejorado un
poco con el cambio, nunca llegaríamos a conocer un avance económico real. Tenía
13 o 14 años cuando finalmente vivimos en una casa (muy pequeña) solo para
nosotros: hasta entonces siempre habíamos vivido en partes de la casa, con
otras familias. Durante todo este tiempo, y hasta la mayoría de edad, fueron
muchos, y a menudo prolongados, períodos en los que viví en el pueblo con mis
abuelos maternos, Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha.
Fui un buen alumno en la escuela primaria: en la
segunda clase ya escribía sin errores de ortografía, y la tercera y cuarta
clases se hicieron en un año. Luego pasé al bachillerato, donde permanecí dos
años, con excelentes notas en el primero, mucho menos buenas en el segundo,
pero estimado por compañeros y profesores, hasta el punto de ser elegido (tenía
12 años…) tesorero de la asociación académica… Sin embargo, mis padres habían
llegado a la conclusión de que, por falta de medios, no podían seguir reteniéndome
en el bachillerato. La única alternativa que se ofrecía era ingresar a una
escuela de formación profesional, y así se hizo: durante cinco años aprendí el
oficio de cerrajero mecánico. Lo más sorprendente fue que el plan de estudios
de la escuela en ese momento, aunque obviamente orientado a la formación
técnica profesional, incluía, además de francés, una asignatura de Literatura.
Como no tenía libros en casa (mis libros, comprados por mí, incluso con dinero
prestado por un amigo, solo pude tenerlos a los 19 años), eran libros escolares
portugueses, por su carácter “antológico”. , que me abrió las puertas al
disfrute literario: aún hoy puedo recitar poesía aprendida en esa época lejana.
Después de terminar el curso, trabajé durante unos dos años como cerrajero
mecánico en un taller de reparación de automóviles.
También fue por esa época cuando comenzó a asistir
a una biblioteca pública en Lisboa durante las horas nocturnas de
funcionamiento. Y fue allí, sin ayuda ni consejo, solo guiado por la curiosidad
y las ganas de aprender, donde se desarrolló y afinó mi gusto por la lectura.
Cuando me casé, en 1944, ya había cambiado de
actividad, comencé a trabajar en una organización de la Seguridad Social como
empleado administrativo. Mi esposa, Ilda Reis, entonces mecanógrafa en Caminhos
de Ferro, se convertiría, muchos años después, en una de las grabadoras
portuguesas más importantes. Fallecería en 1998. En 1947, año del nacimiento de
mi única hija, Violante, publiqué el primer libro, una novela que titulé La
viuda, pero por conveniencia editorial saldría con el nombre Terra do Pecado.
Escribí otra novela, Clarabóia, que permanece inédita hasta hoy, y comencé
otra, que no pasaba de las primeras páginas: se llamaría O Mel y Fel o quizás
Luís, hijo de Tadeu ... El tema era resuelto cuando dejé el proyecto: me estaba
empezando a aclarar que no tenía que decir nada que valiera la pena. Durante 19
años, hasta 1966, cuando publiqué Os Poemas Possíveis, estuve ausente del mundo
literario portugués, donde debió de ser muy poca la gente que advirtiera mi
ausencia.
Con Ilda Reis
y su hija Violante, 50s © FJS Archive
Por razones políticas estuve en el paro en 1949,
pero gracias a la buena voluntad de mi antiguo profesor en el momento de la
escuela técnica, pude encontrar una ocupación en la empresa metalúrgica de la
que él era administrador. A finales de la década de 1950, comencé a trabajar en
una editorial, Estúdios Cor, como responsable de producción, volviendo así,
pero no como autor, al mundo de las letras que había dejado años atrás. Esta
nueva actividad me permitió conocer y entablar relaciones amistosas con algunos
de los escritores portugueses más importantes de la época. Para mejorar el
presupuesto familiar, pero también por placer, comencé, a partir de 1955, a
dedicar parte de mi tiempo libre al trabajo de traducción, actividad que
continuaría hasta 1981: Colette, Pär Lagerkvist, Jean Cassou, Maupassant, André
Bonnard, Tolstoi , Baudelaire, Étienne Balibar, Nikos Poulantzas, Henri
Focillon, Jacques Roumain, Hegel, Raymond Bayer fueron algunos de los autores
que traduje. Otra ocupación paralela, entre mayo de 1967 y noviembre de 1968,
fue la de crítico literario. Sin embargo, en 1966 publicó Os Poemas Possíveis,
una colección poética que marcó mi regreso a la literatura. A este libro le
siguió, en 1970, otra colección de poemas, Probablemente Alegría, y luego, en
1971 y 1973 respectivamente, con los títulos Deste Mundo e do Outro y A Bagagem
do Viajante, dos colecciones de crónicas publicadas en la prensa, que la
crítica ha considerado esencial para la comprensión completa de mi trabajo
posterior. Divorciado en 1970, inicié una relación, que duraría hasta 1986, con
la escritora portuguesa Isabel da Nóbrega.
Dejé la editorial a finales de 1971, trabajé los
dos años siguientes en el Diário de Lisboa por la tarde como coordinador de un
suplemento cultural y como editorialista. Publicado en 1974 bajo el título Las
opiniones que tenía DL, estos textos representan una “lectura” muy certera de
los últimos tiempos de la dictadura que vendría a ser derrocada en abril de ese
año. En abril de 1975 comencé a desempeñarme como subdirector del diario
matutino Diário de Notícias, cargo que ocupé hasta noviembre de ese año y que
fui destituido como consecuencia de los cambios provocados por el golpe
político-militar del 25 de diciembre. ese mes, que puso fin al proceso
revolucionario. Dos libros marcan esta época: El año de 1993, un largo poema
publicado en 1975, que algunos críticos ya se plantearon anunciar las obras de
ficción que dos años después comenzarían con la novela Manual de pintura y
caligrafía, y, bajo el título Os Apontamentos. , los artículos de contenido
político que publiqué en el periódico del que había sido director.
Sin trabajo una vez más y, considerando las
circunstancias de la coyuntura política que se vivía entonces, sin la menor
posibilidad de encontrarlo, tomé la decisión de dedicarme de lleno a la
literatura: era el momento de saber qué podía valer realmente como un escritor.
A principios de 1976, me instalé en Lavre, un pueblo rural de la provincia de
Alentejo, durante unas semanas. Fue este período de estudio, observación y
registro de información el que dio lugar, en 1980, a la novela Levantado do
Chão, en la que nace la forma de narrar que caracteriza mi novela novelesca.
Mientras tanto, en 1978, había publicado una colección de cuentos, Objecto
casi, en 1979 la obra A Noite, que siguió, unos meses antes de la publicación
de Levantado do Chão, una nueva obra teatral, ¿Qué haré con este libro? ?. A
excepción de otra obra de teatro, titulada La segunda vida de Francisco de
Assis y publicada en 1987, la década de los ochenta estuvo íntegramente
dedicada a la novela: Memorial do Convento, 1982, El año de la muerte de
Ricardo Reis, 1984, A Jangada de Pedra. , 1986, Historia del Sitio de Lisboa,
1989. En 1986 conocí a la periodista española Pilar del Río. Nos casamos en
1988.
José Saramago en los años 70 © FJS Archive /
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A raíz de la censura ejercida por el Gobierno
portugués sobre la novela El Evangelio según Jesucristo (1991), vetando su
presentación al Premio Literario Europeo con el pretexto de que el libro era
ofensivo para los católicos, nos trasladamos, mi esposa y yo. , en febrero de
1993, nuestra residencia para la isla de Lanzarote, en el archipiélago canario.
A principios de ese año publiqué la obra In Nomine Dei, todavía escrita en
Lisboa, de la que se extraería el libreto de la ópera Divara, con música del compositor
italiano Azio Corghi, estrenada en Münster (Alemania), en 1993. Esta no fue mi
primera colaboración con Corghi: también es suya la música de la ópera
Blimunda, sobre la novela Memorial do Convento, estrenada en Milán (Italia) en
1990. En 1993 comencé a escribir un diario, Cadernos de Lanzarote, de que se
publican cinco volúmenes.
En 1995 publiqué la novela Ensayo sobre la ceguera
y en 1997 Todos os Nomes y O Conto da Ilha Desconocido.
En 1995 me concedieron el Premio Camões y en 1998 el Premio Nobel de
Literatura.
Como resultado de la concesión del Premio Nobel, mi
actividad pública se ha incrementado. Viajé por los cinco continentes,
impartiendo conferencias, obteniendo títulos académicos, participando en
reuniones y congresos, tanto de carácter literario, social y político, pero,
sobre todo, participé en acciones que demandan la dignificación del ser humano
y el cumplimiento de la Declaración de Derechos Humanos mediante la consecución
de una sociedad más justa, donde la persona sea una prioridad absoluta, y no el
oficio o las luchas por un poder hegemónico, siempre destructivo.
Creo que he trabajado duro durante los últimos
años. Desde 1998, he publicado Hojas políticas (1976-1998) (1999), La cueva
(2000), La flor más grande del mundo (2001), El hombre duplicado (2002), Ensayo
sobre la lucidez (2004), Don Giovanni o el Absoluto Disoluto (2005), Las
intermitencias de la muerte (2005) y Los pequeños recuerdos (2006). Ahora, este
otoño de 2008, aparecerá un nuevo libro: El viaje del elefante, un cuento, una
narración, una fábula.
En 2007, decidió crear una Fundación con mi nombre
en Lisboa, que asume, entre sus principales objetivos, la defensa y difusión de
la literatura contemporánea, la defensa y la exigencia de cumplir con la Carta
de Derechos Humanos, además de la atención. que le debemos, como ciudadanos
responsables, al cuidado del medio ambiente. En julio de 2008 se firmó un
protocolo de concesión de Casa dos Bicos, en Lisboa, para la sede de la
Fundación José Saramago, donde seguirá intensificando y consolidando los objetivos
marcados en su Declaración de Principios, abriendo puertas a la vida. proyectos
de descontento cultural y propuestas transformadoras para la sociedad.
Nota - Después de A Viagem do Elefante, José
Saramago escribió Caín, O Caderno y O Caderno II, publicado en 2009 y que no
añadió a su Autobiografía.
Póstumamente se publicaron Claraboia (terminada en
1953 y publicada en 2011) y Alabardas, alabardas, Escopetas, escopetas (2014),
novela incompleta que escribía José Saramago en 2010.
BIOGRAFÍA
Autor de más de 40 títulos, José Saramago nació en
1922, en el pueblo de Azinhaga.
Las noches pasadas en la biblioteca pública del Palácio Galveias, en Lisboa,
fueron fundamentales para su formación. «Y fue allí, sin ayuda ni consejo, sólo
guiado por la curiosidad y las ganas de aprender, donde se desarrolló y afinó
mi gusto por la lectura».
En 1947 publicó su primer libro, titulado A Viúva, pero que, por motivos
editoriales, salió con el título de Terra do Pecado. Seis años más tarde, en
1953, terminaría la novela Claraboia, publicada sólo después de su muerte.
A finales de la década de 1950, asumió el cargo de responsable de producción en
Editorial Estúdios Cor, rol que compaginaría con el de traductor, desde 1955, y
crítico literario.
Vuelve a escribir en 1966 con Os Poemas Possíveis.
En 1971 asumió la función de redacción en el Diário de Lisboa y en abril de
1975 fue nombrado subdirector del Diário de Notícias.
A principios de 1976 se trasladó a Lavre para documentar su proyecto de
escribir sobre los campesinos sin tierra. Así nació la novela Levantado do Chão
y la forma de narrar que caracteriza su novela novelesca.
José Saramago recibió el Premio Camões en 1995 y el
Premio Nobel de Literatura en 1998.
Los libros de José Saramago se publican en los
siguientes países:
Albania, Alemania, Angola, Argentina, Austria, Azerbaiyán, Bangladesh, Bosnia y
Herzegovina, Brasil, Bulgaria, Canadá, China, Colombia, Corea del Sur, Croacia,
Cuba, Dinamarca, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Eslovaquia, Eslovenia, España,
Estados Estados de América, Estonia, Finlandia, Francia, Georgia, Grecia,
Guatemala, Países Bajos, Hungría, India, Irán, Irak, Islandia, Israel, Italia,
Japón, Letonia, Lituania, Macao, Macedonia, México, Mozambique, Montenegro,
Noruega, Perú, Polonia, Portugal, Reino Unido, República Checa, República
Dominicana, Rumania, Rusia, Serbia, Siria, Suecia, Suiza, Tailandia, Taiwán,
Turquía, Ucrania, Uruguay y Vietnam.
Los libros de José Saramago están traducidos a los
siguientes idiomas:
Albanés, alemán, árabe, azerbaiyán, bengalí, búlgaro, cantonés, castellano,
catalán, checo, coreano, croata (alfabeto latino), danés, eslovaco, esloveno,
esperanto, euskera, farsi, finlandés (suomi), francés, georgiano, griego ,
Hebreo, hindi, holandés, húngaro, inglés, islandés, italiano, japonés, letón,
lituano, malabar, malayo, mandarín, noruego, polaco, rumano, ruso, sardo,
serbio (alfabeto cirílico), sueco, tailandés, tamil, turco , Ucranianos,
valencianos y vietnamitas.
Fuente:
https://www.josesaramago.org/es/biografia/


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