© Libro N° 9056. Murmullo De Alas. Brown, Fredric. Emancipación. Septiembre 18 de 2021.
Título
original: © Murmullo De Alas. Fredric
Brown
Versión Original: © Murmullo De Alas. Fredric Brown
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Fredric Brown
Murmullo De Alas
Fredric Brown
El póquer no era exactamente una religión para el
abuelo, pero era casi lo más cercano a una religión que había tenido durante
los primeros cincuenta años o así de su vida. Así de viejo era más o menos
cuando fue a vivir con él y la abuela. Eso fue hace mucho tiempo, en una
pequeña ciudad de Ohio. Sé la fecha muy bien, porque fue justo después del
asesinato del presidente McKinley. No quiero decir que hubiera ninguna relación
entre el asesinato de McKinley y el hecho de que me fuera a vivir con la abuela
y el abuelo; simplemente pasó en la misma época. Yo tenía unos diez años.
La abuela era una buena mujer y una metodista que
nunca tocó una carta, excepto ocasionalmente para apartar una baraja que el
abuelo hubiera dejado tirada en cualquier parte, y entonces la sujetaba con
cautela, casi como si pensara que iba a explotar. Pero se había rendido años
antes, y ya no intentaba reformar al abuelo de sus costumbres paganas; quiero
decir, que había dejado de intentarlo en serio. No había dejado de darle la
lata por ello.
Si lo hubiera hecho, el abuelo hubiera echado de
menos que le diera la lata, supongo; para entonces estaba demasiado
acostumbrado a ello. Yo era demasiado joven en aquel momento para darme cuenta
de la extraña pareja que hacían, el ateo del pueblo y la presidenta de la
Sociedad de Misioneros Metodistas. Para mí entonces eran tan sólo el abuelo y
la abuela, y no había nada raro en que se quisieran y vivieran juntos a pesar
de sus diferencias.
Quizás no era tan raro después de todo. Quiero
decir que el abuelo era un buen hombre, bajo el caparazón de su cinismo. Era
uno de los hombres más amables que he conocido nunca, y uno de los más
generosos. Sólo se ponía cascarrabias en lo que se refería a supersticiones o
religión, incluso se negaba a distinguir entre ambas, y cuando iba a jugar al
póquer con sus amigotes, o, si vamos a eso, cuando iba a jugar al póquer con
cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier momento.
También era un buen jugador; ganaba unas pocas
veces más de las que perdía. Solía calcular que un diez por ciento de sus
ingresos provenía de jugar al póquer; el noventa por ciento restante venía de
la granja de cultivo que llevaba, justo al borde del pueblo. De todos modos,
podría decirse que quedaba empatado, porque la abuela insistía en pagar un
diezmo, dando una décima parte de sus ingresos a la iglesia metodista y sus
misiones.
Quizás ese hecho ayudaba a la conciencia de la
abuela con la cuestión de vivir con el abuelo: de todos modos yo recuerdo que
ella siempre se enfadaba más cuando perdía que cuando ganaba. Cómo conseguía
soslayar el hecho de que él fuera un ateo, no lo sé. Probablemente ella nunca
le creyó realmente, incluso ante sus más dogmáticas negativas.
Estuve con ellos unos tres años; debía tener unos
trece en el momento del gran cambio. Eso también fue hace muchísimo tiempo,
pero nunca olvidaré la noche que el cambio comenzó, la noche que oí el murmullo
de unas ásperas alas en el comedor. Fue la noche en la que el vendedor de
semillas cenó con nosotros y después jugó al póquer con el abuelo.
Su nombre, no lo olvidaré nunca, era Charley Bryce.
Era un hombre pequeño; recuerdo que era sólo tan alto como yo entonces, lo que
no pasaba en tres o cuatro centímetros del metro y medio. No pesaría más de 50
kg. y tenía el pelo negro y muy corto, que comenzaba en la parte baja de su
frente, pero que llevaba estirado para tapar una zona calva del tamaño de un
dólar de plata en su coronilla. También recuerdo bien esa zona calva; permanecí
detrás de él un rato mientras jugaban al póquer y recuerdo haber pensado la
perfecta forma de dólar de plata que tenía (rueda de carreta, los llamaban),
como los que tenía él sobre la mesa. No recuerdo su cara en absoluto.
No recuerdo la conversación durante la cena.
Probablemente trató sobre semillas, porque el vendedor todavía no había
conseguido que el abuelo hiciera un pedido. Había llegado a última hora de la
tarde; el abuelo había estado en el pueblo a llevar al intermediario una parte
de su cosecha, pero la abuela esperaba que volviera enseguida y le dijo al
vendedor que esperara. Pero a la hora en que el abuelo y su carro volvieron era
tan tarde que la abuela le pidió al vendedor que se quedara a cenar con nosotros,
y él aceptó.
El abuelo y Charley Bryce todavía estaban sentados
a la mesa, recuerdo, mientras yo ayudaba a la abuela a quitarla, y Bryce tenía
la hoja de pedido en blanco frente a él, y estaba terminando de escribir en
ella el pedido del abuelo.
Hasta que no llevé los últimos platos y volví a
recoger las servilletas, no se mencionó el póquer; no sé cuál de los dos
hombres sacó el tema primero. Pero el abuelo estaba contándole animadamente una
mano que había tenido la última vez que había jugado, unas noches antes. El
extraño, (posiblemente he olvidado decir que Charley Bryce era un extraño; no
le habíamos visto nunca antes, y debió de ser destinado a una zona distinta,
porque no lo volvimos a ver), escuchaba con una sonrisa de interés. No, no recuerdo
en absoluto su cara, pero recuerdo que sonreía mucho.
Recogí las servilletas y servilleteros para que la
abuela pudiera recoger el mantel. Y mientras lo doblaba puse tres servilletas,
la de ella, la del abuelo y la mía, de vuelta en sus respectivos servilleteros,
y la servilleta del vendedor en el cesto de la ropa sucia. La abuela tenía esa
expresión en la cara de nuevo, la mirada de desaprobación y los labios
apretados que mostraba siempre que se hablaba o se jugaba a las cartas.
Y después el abuelo preguntó:
- ¿Dónde están las cartas, mamá?
La abuela contestó con desdén,
- Donde quiera que las pusieras, William.
Así que el abuelo sacó las cartas del cajón de la
alacena donde siempre las guardaba, y sacó un enorme puñado de plata de su
bolsillo, y él y el extraño, Charley Bryce, comenzaron a jugar un póquer a dos
manos en una esquina de la enorme mesa del comedor.
Estuve un rato en la cocina, ayudando a la abuela
con los platos, y cuando volví la mayor parte de la plata estaba frente a
Bryce, y el abuelo había sacado su cartera, y de ella un montón de billetes de
dólar que había puesto enfrente de él en vez de las ruedas de carreta. Los
billetes de dólar eran grandes en aquella época, no como los diminutos billetes
que tenemos ahora.
Me quedé allí observando el juego una vez que había
acabado de fregar los platos. No recuerdo ninguna de las manos que llevaban;
recuerdo el dinero pasando de unas manos a otras, aunque ninguno perdía o
ganaba más de diez o veinte dólares. Y recuerdo al extraño mirando el reloj
después de un rato y diciendo que quería coger el tren de las diez en punto, y
que podrían jugar hasta las nueve y media, a lo que el abuelo asintió.
Así lo hicieron, y a las nueve y media Charley
Bryce iba ganando. Contó el dinero que él mismo había puesto en juego y después
contó la pila de monedas de plata, y recuerdo que se sonrió. Dijo,
- Treinta dólares exactamente. Treinta piezas de
plata.
- Demonio - dijo el abuelo; era una de sus
expresiones favoritas.
Y la abuela dijo con desdén,
- Menta al demonio, y oirás el murmullo de sus
alas.
Charley Bryce se rió suavemente. Había recogido el
mazo de cartas de nuevo, y las estaba barajando suavemente, tan suavemente como
se había reído, y preguntó:
- ¿Así?
Ahí es donde comencé a asustarme.
La abuela simplemente volvió a mostrar su desdén.
Dijo:
- Sí, así. Y si me disculpan, caballeros... Y tú,
Johnny, mejor que no te quedes levantado mucho más.
Se fue escaleras arriba.
El vendedor se rió entre dientes y barajó las
cartas de nuevo. Esta vez más alto. No sé si fue el susurrante sonido que
hacían o las treinta monedas de plata o qué, pero estaba asustado. Ya no estaba
de pie detrás del vendedor; caminé alrededor de la mesa. Él vio mi cara y me
sonrió. Dijo,
- Hijo, parece como si creyeras en el demonio, y
pensaras que soy yo, ¿no?
Yo respondí:
- No, señor.
Pero no debí decirlo de manera muy convincente. El
abuelo se rió con ganas, y no era un hombre que se riera a menudo.
- Me sorprendes, Johnny. Maldita sea, ¡suena como
si lo creyeras! - dijo el abuelo.
Y se rió de nuevo.
Charley Bryce miró al abuelo. Tenía un cierto
brillo en los ojos. Le preguntó:
- ¿Usted no cree en él?
El abuelo dejó de reír.
- Déjelo, Charley. Le está metiendo ideas tontas en
la cabeza. - Miró a su alrededor para asegurarse de que la abuela se había ido
- No quiero que crezca siendo un supersticioso. - dijo.
- Todo el mundo es supersticioso en mayor o menor
medida, - dijo Charley Bryce.
El abuelo sacudió al cabeza.
- Yo no.
Bryce dijo,
- Usted no cree que lo sea, pero si le enfrento a
ello, apuesto a que sí lo es.
El abuelo frunció el ceño.
- ¿Qué apostaría y por qué?
El vendedor barajó las cartas una vez más y después
las puso sobre la mesa. Cogió el montón de monedas de plata y las contó de
nuevo. Dijo:
- Le apuesto estos treinta dólares contra un dólar.
Estas treinta monedas dicen que le daría miedo probar que no cree en el diablo.
El abuelo había guardado su dinero, pero cogió su
cartera y sacó de ella un billete de dólar. Puso el billete sobre la mesa entre
ambos.
- Charley Bryce, acepto la apuesta. - dijo.
Charley Bryce puso el montón de dólares de plata a
un lado, y sacó una pluma de su bolsillo, con la que el abuelo había firmado el
pedido de semillas. Recuerdo la pluma, porque era una de las primeras
estilográficas que veía, y estaba interesado en ellas.
Charley Bryce le pasó la pluma al abuelo, sacó una
hoja de pedido de semillas vacía de su bolsillo y la puso sobre la mesa
enfrente del abuelo, con la cara impresa hacia abajo.
- Ahora escriba «Por treinta monedas vendo mi
alma», y después fírmelo. - dijo Bryce.
El abuelo se rió y cogió la estilográfica. Comenzó
a escribir rápidamente, pero después su mano se volvió cada vez más lenta,
hasta que paró; no pude ver cuánto había escrito.
Miró a Charley Bryce.
- ¿Y si...? - murmuró.
Después miró durante un rato al papel y luego al
dinero que estaba sobre la mesa; los catorce dólares en billetes, el papel y
las treinta monedas de plata.
Luego sonrió, pero era una sonrisa enfermiza:
- Coja el dinero, Charley. Supongo que ha ganado.
Allí acabó todo. El vendedor se rió entre dientes y
recogió el dinero, y el abuelo le acompañó a la estación.
Pero el abuelo no fue exactamente el mismo después
de aquello. Oh, siguió jugando al póquer, nunca cambió en eso. Ni siquiera
cuando comenzó a ir a la iglesia con la abuela cada domingo con regularidad, e
incluso después de que le dejara hacerle sacristán siguió jugando, y la abuela
siguió dándole la lata con ello. También me enseñó a jugar, a pesar de la
abuela.
Nunca volvimos a ver a Charley Bryce; debieron
trasladarle a otra zona o cambió de trabajo. Y no fue hasta el día del funeral
del abuelo en 1913 que supe que la abuela había oído la conversación y la
apuesta de aquella noche; había estado colocando cosas en el armario de la ropa
blanca en el pasillo y no había subido todavía. En el camino a casa desde el
funeral me lo contó, diez años después.
Recuerdo que le pregunté si ella hubiera entrado y
detenido al abuelo si hubiera seguido firmando, y ella me sonrió. Dijo,
- Él no lo hubiera hecho, Johnny. Y no hubiera
importado si lo hubiera hecho. Si realmente existe un diablo, Dios no le
dejaría pasearse por ahí disfrazado tentando a la gente.
- ¿Tú hubieras firmado, abuela? - le pregunté.
- ¿Treinta dólares por firmar algo tonto en un
trozo de papel, Johnny? Por supuesto que lo hubiera hecho. ¿Tú no?
- No lo sé - respondí.
Y ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero
todavía no lo sé.


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