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Libro N° 9048. La Melodía Ideal. Clarke, Arthur C.

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© Libro N° 9048. La Melodía Ideal. Clarke, Arthur C. Emancipación. Septiembre 11 de 2021.

Título original: ©  La Melodía Ideal. Arthur C. Clarke

 

Versión Original: © La Melodía Ideal. Arthur C. Clarke

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MELODÍA IDEAL

Arthur C. Clarke

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Melodía Ideal

Arthur C. Clarke

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 



 ¿Han observado alguna vez cómo, en una habitación en la que se encuentran
     reunidas veinte o treinta personas charlando animadamente, llega un
     momento en el que todo el mundo guarda silencio repentinamente? Se crea
     una especie de vacío vibrante que parece engullir todos los sonidos. No sé
     cómo afectará a otras personas, pero a mi me produce una sensación de
     frialdad que me domina por completo.
     Ni que decir tiene que el fenómeno está sujeto a las leyes de la
     probabilidad, pero, por alguna razón, parece algo más que una simple
     coincidencia en las pausas de las conversaciones. Es como si todos
     estuvieran pendientes de escuchar algo, aunque no sepan el qué. En estos
     momentos recuerdo aquellos versos:
     "Pero siempre a mi espalda presiento el carro alado y cercano del
     tiempo... "
     Así es como a mi me afecta, por muy animada que sea la compañía entre la
     que me encuentre. Sí, incluso en "El Ciervo Blanco".
     Me ocurrió esto mismo un miércoles por la noche en el que había menos
     aglomeración de la habitual. Se hizo el silencio tan inesperadamente como
     siempre. Entonces, posiblemente en un deliberado intento de romper ese
     desagradable suspense, Charlie Willis enpezó a silbar la última canción de
     moda; ni siquiera recuerdo su título. Sólo recuerdo que desencadenó uno de
     los relatos más inquietantes de Harry Purvis.
     - Charlie -dijo con calma-, esa maldita cancioncilla me está volviendo
     loco. Durante la última semana he tenido que escucharla cada vez que
     enchufaba la radio.
     John Cristopher emitió un sonoro sorbetón.
     - Deberías conectar siempre con el tercer programa. Estarias a salvo.
     - A algunos de nosotros - contestó secamente Harry - no nos satisface una
     dieta exclusiva a base de madrigales isabelinos. Pero no vamos a pelear
     por eso, por Dios. ¿Nunca se te ha ocurrido que hay algo extraño en esas
     canciones de éxito?
     -¿Qué quieres decir? -
     - Pues que aparecen misteriosamente, y durante semanas todo el mundo las
     tararea, como Charlie hace un momento. Las que poseen cierta calidad se te
     graban de tal forma que no puedes alejarlas de la cabeza; dan vueltas y
     más vueltas durante dias. Y, de repente, desaparecen sin más explicación.
     - Ahora te comprendo - dijo Art Vincent -. Algunas melodias pueden
     elegirse, pero otras se pegan como la melaza, tanto si lo deseas como si
     no.
     - Exactamente. Durante una semana entera me obsesionó el tema principal
     del final de la segunda sinfonía de Sibelius; incluso me dormía con él
     rondándome la cabeza. Despues le toco el turno a "El tercer hombre": da di
     da di daa, dida, didaa... Recuerda lo que fue aquello.
     Harry tuvo que callarse un momento hasta que la gente dejó de tararear.
     Cuando se desvanecieron los murmullos continuó:
     - ¡Exactamente! A todos os sucedió lo mismo. Entonces, ¿qué tienen esas
     tonadas para provocar tal efecto? Algunas son realmente buena música,
     otras, banalidades, pero evidentemente tienen algo en común.
     - Continúa -dijo Charlie-. Estamos impacientes.
     - Desconozco la respuesta -contestó Harry-. Y lo que es más, no quiero
     conocerla. Sé de un hombre que la encontró.
     Automáticamente, alguien le acercó una cerveza, para que el tono del
     relato no decayera. A mucha gente le fastidiaba que en medio de los más
     interesante se parase para pedir otra bebida.
     - No sé por qué a la mayoría de los científicos les interesa la música
     -prosiguió Harry Purvis-, pero es un hecho innegable. Conozco muchos
     laboratorios importantes que poseen orquestas sinfónicas de aficionados,
     algunas incluso muy buenas. Entre los matemáticos se podrían encontrar
     razones obvias para justificar esta afición; la música, especialmente la
     música clásica, es, formalmente, casi matemática. Ademas se apoya en la
     teoría: relaciones armónicas, análisis de ondas, distribución de la
     frecuencia, y cosas por el estilo. Constituye en sí misma un estudio
     apasionante que atrae fuertemente a mentes científicas, y que no excluye
     -auqnue muchas personas crean lo contrario- una apreciación puramente
     estética.
     Pero he de confesar que el interés musical de Gilbert Lister era
     completamente cerebral. Era, en primer lugar, un fisiólogo, especializado
     en el estudio del cerebro. Por eso la palabra cerebral debe tomarse
     literalmente.
     No distinguía entre una canción vaquera y la Sinfonía Coral. No le
     interesaban los sonidos por sí mismos sino por los efectos que causaban en
     el cerebro.
     Entre personas tan cultas como las presentes -dijo Harry, con tal énfasis
     que sonó a insulto-, no habrá nadie que ignore el hecho de que gran parte
     de la actividad cerebral se realiza por medio de la electricidad.
     Constantemente se producen pulsaciones de ritmo regular, que pueden
     detectarse y analizarse con la ayuda de modernos instrumentos. Este era el
     campo de Gilbert Lister. Adosaba electrodos en el cuello cabelludo de una
     persona, y un sistema de amplificadores registraba las ondas cerebrales en
     cinta magnética. Tras examinarlas, podía dar todo tipo de información
     sobre la persona en cuestión. En última instancia, afirmaba, es posible
     identificar a cualquiera a partir de un encefalograma -para utilizar el
     término correcto- con mayor precisión que a través de las huellas
     dactilares.
     Mediante una intervención quirúrgica, puede cambiarse la piel de una
     persona, pero si llegasemos a un avance tecnológico tal que pudiera
     cambiarse el cerebro -bueno, esa persona ya no sería la misma, de modo que
     no podría acusarse al sistema de haber fallado.
     Mientras estudiaba los ritmos alfa, beta y demás del cerebro, Gilbert
     empezó a interesarse por la música. Estaba seguro de que existía alguna
     conexión entre los ritmos musicales y los mentales. Se propuso tocar
     música ante sus pacientes, para analizar los efectos producidos en sus
     frecuencias cerebrales normales. Como era de esperar, los efectos fueron
     múltiples, y los descubrimientos de Gilbert le llevaron a adentrarse en
     campos más filosóficos.
     Sólo en una ocasión hablé con él extensamente sobre sus teorías. No porque
     fuera reservado -nunca he conocido a un científico que lo fuera,
     pensándolo bien-, sino porque no le gustaba discutir sobre su trabajo
     hasta saber a dónde le iba a llevar. Pero lo que dijo fue suficiente para
     demostrar que había abierto un campo muy interesante, y en consecuencia,
     me propuse ayudarle. Mi empresa suministró parte del equipo y yo no me
     mostré reacio a obtener un pequeño beneficio marginal. Se me ocurrió que
     si las teorías de Gilbert funcionaban, iba a necesitar un representante en
     menos que canta un gallo...
     Porque lo que Gilbert intentaba hacer era encontrar el fundamento
     científico para llegar a una teoría sobre las canciones de éxito. Por
     supuesto, no pensaba en el asunto en esos términos: él lo consideraba como
     un simple proyecto de investigación y su única ambición consistía en
     publicar su trabajo en las Actas de la Asociación de Fisica. Pero yo
     reconocí las implicaciones financieras enseguida. Eran asombrosas. Gilbert
     estaba seguro de que una melodía o una canción de moda impresionaba la
     mente porque de algún modo se adapta a los ritmos eléctricos fundamentales
     del cerebro. Utilizaba una analogía para explicarlo: "Es como meter una
     llave en una cerradura. Las guardas de una tienen que acoplarse a las de
     la otra para que funcione."
     Enfocó el problema desde dos ángulos. En primer lugar, recogió cientos de
     melodias populares y clásicas y analizó su estructura o, como él decía, su
     morfología.
     Un analizador de armonías realizaba esta operación automáticamente,
     clasificando las frecuencias. Por supuesto, era mucho más complicado, pero
     estoy seguro de que habréis entendido la idea básica.
     Al mismo tiempo, trataba de ver la adecuación entre las ondas resultantes
     y las vibraciones eléctricas naturales del cerebro. La teoría de Gilbert
     consistía -y aquí nos adentramos en aguas filosóficas más profundas- en
     que todas las melodias existentes son aproximaciones burdas a una melodía
     ideal. Los músicos de todos los tiempos han buscado a ciegas, porque
     ignoraban la relación entre música y mente. Una vez revelada esta
     relación, sería posible descubrir la Melodía Ideal.
     - ¡Eh! -exclamó John Christopher-. Eso es la refundición de la teoría
     Platónica de los Arquetipos. Ya se sabe: todos los objetos del mundo
     material son burdas copias de la silla o la mesa, o lo que sea, ideales.
     Así que tu amigo buscaba la melodía ideal ¿La encontró?
     - Lo sabrás a su debido tiempo -prosiguió Harry sin inmutarse-. Gilbert
     tardó un año en completar el análisis, y a continuación comenzó con la
     síntesis. Para entendernos: fabricó una máquina capaz de construir madelos
     de sonidos, automáticamente, acordes con las leyes que había descubierto.
     Tenía montones de osciladores y mezcladores; en realidad lo que hizo fue
     modificar un órgano electrónico ordinario para esta parte del aparato,
     controlado por la máquina compositora. De esta forma tan infaltil con que
     los científicos bautizan a sus bastardos, llamó al invento "Ludwig".
     Se entendería mejor el funcionamiento de Ludwig si se le concibe como una
     especie de kaleidoscopio sonoro, en lugar de visual. Pero el kaleidoscopio
     obedecería a unas ciertas leyes, y esas leyes -al menos Gilbert así lo
     creía- estaban basadas en la estructura fundamental de la mente humana.
     Con los arreglos necesarios Lugwig llegaría, tarde o temprano, a encontrar
     la melodía a través de todos los modelos musicales posibles.
     Tuve la oportunidad de escuchar a Ludwig, y fue una experiencia extraña.
     El equipo consistía en el lio electrónico indescriptible común a todos los
     laboratorios. Lo mismo podía haber sido la máquina de una nueva
     computadora que la mira de una pistola a radar, un sistema de control de
     tráfico o un aparato de radio construido por un aficionado. Era dificil
     aceptar que, si llegaba a funcionar, dejaría sin trabajo a todo los
     compositores del mundo. ¿O no? Quizá no: Ludwig podría proveer la materia
     prima, pero necesitaría orquestación.
     El sonido comenzó a salir del altavoz. Al principio me pareció como si
     escuchara ejecicios para cinco dedos ejecutados por un alumno eficiente,
     pero poco inspirado. La mayoría de los temas eran banales; la máquina
     tocaba uno y a continuación lo sometía a una serie de cambios, un compas
     tras otro, hasta agotar todas las posibilidades, y pasaba al siguiente
     tema. De vez en cuando, producía un pasaje notable, pero en general, no me
     impresionó lo más mínimo.
     Pero Gilbert se explicó que sólo era una prueba, porque los circuitos aún
     no estaban listos. Cuando lo estuvieran, Ludwig tendría mayor capacidad de
     selección: de momento, tocaba cualquier cosa -no poseía ningún sentido
     discriminatorio. Cuando lo adquiriese, las posibilidades serian ilimitadas.
     Fue la última vez que vi a Gilbert Lister. Había quedado en ir a su
     laboratorio una semana después, tiempo en el que esperaba haber conseguido
     grandes progresos. Llegué una hora más tarde de la cita, por suerte para
     mi....
     A mi llegada acababan de llevarse a Gilbert. Encontré a su ayudante, un
     hombre de edad que había trabajado con él desde hacía años, muy nervioso y
     desolado, sentado entre una maraña de cables de Ludwig. Tardé mucho en
     descubrir lo que había ocurrido, y aún más en entender los motivos. No
     cabía duda de que Ludwig, por fin, había funcionado. El ayudante había
     salido a almorzar mientras Gilbert terminaba los últimos preparativos, y
     cuando volvió al cabo de una hora, el laboratorio vibraba con frase
     melódica larga y compleja. O la máquina se había parado en ese punto, o
     Gilbert había pulsado el boton de REPETICION. Sea como fuere, estuvo
     escuchando, durante varios cientos de veces, al menos, la misma melodía.
     Cuando su ayudante le encontró parecía hayarse en trance. Los ojos
     abiertos sin ver, los miembros rígidos. Incluso cuando desconectaron a
     Ludwig, continuó igual. Gilbert no tenía remedio.
     ¿Que había ocurrido? Supongo que deberíamos haberlo tenido en cuenta,
     pero, ¡es tan fácil decirlo cuando ya ha pasado todo! Recordemos lo que
     dije al principio. Si un compositor que sabe música de oido puede inventar
     una melodía capaz de dominar la mente de una persona durante dias, ¿qué
     efecto tendría la Melodía Ideal que Gilbert buscaba? En el supuesto de que
     existiera -y no lo doy como un hecho seguro-, formaría un anillo infinito
     en los circuitos de la memoria. Daría vueltas y más vueltas, eliminando
     los demás pensamientos. Todas las melodías empalagosas del pasado se
     convertirian en simple bagatelas comparadas con ella. Una vez introducida
     en el cerebro, transformaría las formas en ondas circulares que
     constituyen la manifestación física de la conciencia -y éste sería el
     final. Ni más ni menos le ocurrió a Gilbert.
     Le sometieron a terapia de choque; lo intentaron todo. Pero no sirvió de
     nada; el patrón se había establecido y no podía romperse. Gilbert había
     perdido toda conciencia del mundo exterior, y tienen que alimentarlo por
     vía intravenosa. No se mueve jamas ni reacciona a estímulos esternos,
     pero, según me han dicho, de vez en cuando se contrae de forma extraña
     como marcando el ritmo.
     Me temo que no tiene curación. Y, sin embargo, no estoy seguro de si su
     destino es horrible o, por el contrario, digno de envidia. Quizá haya
     encontrado la realidad esencial que siempre a preocupado a los filósofos
     como Platón. No lo se, realmente. A veces me sorprendo preguntándome a mí
     mismo cómo sería la maldita melodía, casi deseando haber tenido la
     oportunidad de escucharla, al menos una vez. Debe existir alguna forma de
     hacerlo sin peligro: ¿recordais que Ulises escuchó el canto de las sirenas
     y no murió por ello...? Pero ya no habrá otra oportunidad.
     - Me lo temía -dijo Charles Willis maliciosamente-. Supongo que el aparato
     explotó, o algo así, y como de costumbre no podemos comprobar la veracidad
     de su relato.
     Harry le dirigió una mirada más de tristeza que de enfado.
     - El aparato apenas sufrió desperfectos -contestó con serenidad-. Lo que
     ocurrió a continuación fue una de esas cosas enloquecedoras por las que
     nunca dejaré de culparme. Me tomé tal interes en el experimento de Gilbert
     que no presté la debida atención a los intereses de mi empresa.
     Mucho me temo que Gilbert había amontonado deudas, y cuando el
     Departamento de Contabilidad se enteró de lo que había ocurrido, actuó
     inmediatamente. Tuve que salir de la ciudad durante un par de días en
     viaje de negocios, y cuando volví ¿sabeis lo que había pasado? Mediante
     una acciónn judicial, habían confiscado todos sus bienes, lo que
     significaba el desmantelamiento de Ludwig; cuando lo vi al día siguiente,
     se había convertido en un montón de chatarra. ¡Y todo por unas cuantas
     libras! Me hizo llorar.
     - Estoy seguro -dijo Eric Maine-. Pero has olvidado atar el Cabo Suelto
     Número Dos: El ayudante de Gilbert. Entró en el laboratorio mientras el
     artilugio funcionaba a pleno rendimiento. ¿Por qué no le afectó a él
     también? Has metido la pata en ésto Harry.
     El señor don Harry Purvis hizo una pausa para apurar la últi- mas gotas de
     un vaso y lo acercó a Drew.
     - ¡Vaya! -exclamó-. ¿Es un interrogatorio? No he mencionado ese punto
     porque no tiene mucha importancia. Pero explica por qué nunca tuve el
     menor indicio de la naturaleza de aquella melodía. Mira, el ayudante de
     Gilbert era un técnico de laboratorio muy cualificado, pero no pudo
     prestarle mucha ayuda en la fabricación de Lugwig. Era una de esas
     personas que carecen completamente de oido. Para él, la Melodía Ideal no
     significaba más que el maullido de un gato.
     Nadie hizo más preguntas: creo que todos sentimos el deseo de enfrascarnos
     en nuetros propios pensamientos. Hubo un silencio largo y profundo antes
     de que "El Ciervo Blanco" reanudara su actividad habitual. Pero a los
     pocos minutos, Charlie comenzó a silbar de nuevo "La Ronde".

 

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