© Libro N° 9043. También Paseamos Perros. Heinlein, Robert A.. Emancipación. Septiembre 11 de
2021.
Título
original: © También Paseamos Perros. Robert
A. Heinlein
Versión Original: © También Paseamos Perros. Robert A.
Heinlein
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Robert A. Heinlein
También Paseamos Perros
Robert A. Heinlein
- ¡Servicios Generales... miss Cormet al habla...!
Se dirigió a la placa luminosa con la dosis justa de afectuosa amistad
hospitalaria e impersonal eficiencia. La pantalla centelleó un momento, después
apareció en ella la imagen estereotipada de una viuda gorda y rolliza,
exageradamente vestida y enjoyada.
-¡Oh, amiga mía - decía la imagen -, ¡estoy tan desesperada! Me pregunto si
podrá usted ayudarme...
- Estoy segura que sí - dijo miss Cormet, valorando rápidamente el coste del
traje y las joyas (si eran buenas, se dijo haciendo una reserva mental) y
decidió que era una clienta que podía dejar un buen provecho. - Cuente usted
sus cuitas. Su nombre primero, si me hace el favor... - Apretó un botón sobre
la mesa en forma de herradura que la envolvía, sobre el que había marcado
DEPARTAMENTO DE CREDITO.
- Todo esto es tan complicado... - insistía la imagen. - A Peter se le ha
ocurrido romperse la cadera.
- Miss Cormet apretó inmediatamente el botón marcado SERVICIO MEDICO. - Ya le
había dicho que el polo era peligroso. No tiene usted idea, querida, de cómo
sufre una madre. Y ahora, precisamente. Es tan inoportuno...
-¿Quiere usted que nos ocupemos de él? ¿Dónde está ahora?
-¿Ocuparse de él? ¡Qué tontería! El Hospital Conmemorativo se encargará de
ello. Bastante lo hemos dotado, me parece. Es mi cena lo que me preocupa. La
Princesa estará tan contrariada...
La luz de respuesta del Departamento de Crédito centelleaba furiosamente. Miss
Cormet prosiguió el diálogo.
- Comprendo. Se lo arreglaremos nosotros. Y ahora deme su nombre, señora, y actual
residencia.
- Pero ¿es que no sabe usted mi nombre?
- Podemos saberlo - miss Cormet eludió diplomáticamente la respuesta -, pero
los Servicios Generales respetan siempre el incógnito de sus clientes.
-¡Ah, sí, claro! ¡Qué considerados! Soy mistress Peter van Hogbeín Johnson. -
Míss Cormet dominó su reacción. No había necesidad de consultar con el
Departamento de Crédito para esto. Pero su transparencia lanzó en el acto
destellos, marcando AAA... sin límite. - Pero no veo qué pueden ustedes hacer -
continuaba mistress Johnson -; no puedo estar en dos sitios a la vez.
- A los Servicios Especiales les gustan las misiones difíciles - le aseguró
miss Cormet -. Y ahora, si me hace el favor de darme detalles...
No sin dificultad consiguió que la buena señora le contase una historia
coherente. Su hijo, Peter III, una especie de Peter Pan ya crecidito, cuyas
facciones eran familiares a Grace Cormet a través de varios años de
estereograbado, ataviado con las más extravagantes indumentarias requeridas
para las diversiones de su ociosa existencia, había cometido la imprudencia de
elegir la víspera de la función social más importante de su madre para pegarse
un serio batacazo. Más aún, había sido tan imprevisor que lo había hecho a
medio continente de distancia de la autora de sus días.
Miss Cormet creyó comprender que la técnica de mistress Johnson para conservar
a su hijo a salvo bajo su tutela era correr al lado de su cama en el acto y de
paso seleccionar a sus enfermeras. Pero la cena que daba aquella noche
representaba la culminación de meses enteros de cuidadosas maniobras. ¿Qué
tenía que hacer?
Miss Cormet se dijo que la prosperidad de los Servicios Generales y sus propios
y considerables ingresos dependían en gran parte de la estupidez, falta de
iniciativa y desidia de personas como aquel parásito y le explicó que los
Servicios Generales se ocuparían de que su cena fuese un éxito social completo,
disponiendo una pantalla estereoscópica en su salón a fin de que pudiese
recibir a sus huéspedes y hacerles las explicaciones necesarias mientras corría
al lado de su hijo. Miss Cormet se ocuparía también de que el más apto de los
organizadores sociales se encargase de todo; se trataba de una persona cuya
posición en la sociedad era irreprochable y cuya relación con los Servicios
Generales era ignorada de todos. Con un poco de habilidad el desastre podía ser
convertido en un triunfo social que elevaría la reputación de mistress Johnson
como hospitalaria anfitriona y madre abnegada.
- Un vehículo aéreo estará a su disposición dentro de veinte minutos - añadió
mientras conectaba con el servicio marcado TRANSPORTES - y la llevará al
cohete-puerto. Uno de nuestros jóvenes colaboradores la acompañará para que le
dé usted más amplios detalles en el camino hasta el puerto. Se le reservará un
departamento para usted y una litera para su doncella en el cohete de las
16.45, para Newark. Y ahora descanse. Los Servicios Generales se ocuparán de
todo.
-¡Oh, gracias, gracias amiga mía! ¡Ha sido usted tan útil!... No tiene usted
idea de las responsabilidades que tiene una persona como yo.
Miss Cormet sonrió con simpatía profesional, diciéndose que aquella buena mujer
estaba madura para sacarle más cuartos.
- Parece usted extenuada, madame - dijo con solicitud -. ¿Quiere usted una
masajista para acompañarla en el viaje? ¿Está usted delicada de salud? Quizá un
médico sería todavía mejor...
-¡Cuán atenta es usted!
- Se los mandaré a los dos - decidió miss Cormet conectando, y con el vago
pesar de no haberle propuesto un cohete fletado expresamente. El servicio
especial, no incluido en las listas de tarifas fijas, era proporcionado con un
fuerte recargo. A veces este «fuerte» se elevaba a la totalidad de lo que el
tráfico podía soportar.
Conectó con EJECUTIVO y en la pantalla apareció un hombre joven de mirada viva.
- Tome nota, Steve - dijo ella -. Servicio Especial Triple A. He empezado el
servicio inmediatamente.
-¿Triple A... bonificación? - dijo el muchacho arqueando las cejas.
- Indudablemente. Dele a la vieja las cifras... con cuidado. Y otra cosa el
hijo de la clienta está en el hospital. Vigile las enfermeras. Si alguna de
ellas tiene la más pequeña pizca de sex-appeal, despídala y póngale un
esperpento.
- Entendido muchacha. Transcribo.
Limpió de nuevo la pantalla, el «hábil para el servicio» luminoso de su cabina
se volvió automáticamente verde, después, casi en seguida, se puso nuevamente
rojo y una nueva figura se formó en la pantalla.
No se andaba por las ramas, aquél. Grace Cormet vio a un hombre de unos
cuarenta años, bien vestido, de cintura estrecha y ojos penetrantes, duros,
pero corteses.
- Servicios Generales - dijo ella -. Miss Cormet al habla.
-¡Ah, miss Cormet! - empezó él -, quisiera ver a su jefe.
-¿Al jefe de distribuciones?
- No, quisiera ver al presidente de Servicios Generales.
- ¿Quiere usted decirme de qué se trata? Quizá yo pueda serle útil.
- Lo siento, pero no puedo dar explicaciones. Tengo que verlo en seguida.
Y Servicios Generales lo siente también. Míster Clare es un hombre muy ocupado,
es imposible verlo sin estar citado y haber expuesto previamente el motivo de
la visita.
-¿Ha registrado usted?
- Ciertamente...
- Pues, por favor, deje de hacerlo.
Sobre la consola, a la vista del cliente cerró el registrador. Por debajo de su
mesa volvió a conectarlo. A los Servicios Generales se les pedía algunas veces
cometer actos ilegales y sus empleados confidenciales no querían correr
riesgos. El hombre buscó algo entre los pliegues de su camisa y se lo tendió.
El efecto estereoscópico hizo que diese la impresión de salir de la pantalla.
Sus entrenadas facciones acusaron la sorpresa. Era el sello de un oficial
planetario, y el color de la cubierta era verde.
- Esto lo arregla todo.
- Muy bien - dijo él -. ¿Puede usted encontrarme y hacerme entrar dentro de
diez minutos? ¿En la sala de espera?
- Allí estaré, míster... míster... -. Pero él había cortado.
Grace Cormet conectó con el jefe de distribución y pidió relevo. Después,
cortando su cuadro de servicios, sacó la bobina que llevaba la grabación
clandestina de su conferencia, la miró como indecisa y al cabo de un momento la
metió en un agujero de la tapa de su mesa, donde un fuerte campo magnético
borró los surcos no fijados del metal blando.
Por la puerta de atrás entró una muchacha en la cabina. Era rubia decorativa, y
parecía una muñeca. Pero no lo era.
- Bien, Grace - dijo -. ¿Algo que atender?
- No. Hoja limpia.
-¿Qué te pasa? ¿Enferma?
- No. - Sin más explicación Grace salió de su cabina, pasó por delante de las
demás que albergaban operadoras que anotaban los servicios prestados y entró en
un gran vestíbulo donde trabajaban centenares de redactores del catálogo. Estos
no disponían de un equipo tan completo como la cabina que miss Grace acababa de
abandonar. Un enorme volumen, ejemplar de la lista de precios corrientes en
todos los servicios y un dispositivo normal de visión y oído permitían a un
operador del catálogo informar al público de casi todo lo que un cliente
ordinario pudiese desear. Si una llamada salía del alcance del catalogo, era
transferida a los aristócratas de los recursos, como Grace.
Cortó por la sala de archivos, siguió un corredor por entre docenas de maquinas
de taladrar tarjetas y entró en una habitación. Un ascensor neumático la llevó
al piso donde se hallaba el despacho del presidente. La secretaria del
presidente no le detuvo ni al parecer la anunció. Pero Grace observó que las
manos de la muchacha manejaban las llaves de la caja de caudales.
Los operadores de distribución no entran en el despacho de un presidente de una
corporación de un billón de activo. Pero los Servicios Generales estaban
organizados como ningún otro negocio de este planeta. Era un negocio sui
generis, en el cual un entrenamiento especial era una comodidad digna de ser
tenida en cuenta, de ser comprada y vendida, pero una habilidad especial en los
recursos y un ingenio vivo eran de suma importancia. En su jerarquía, Jay
Clare, el presidente, tenía, en primer lugar, su mano derecha; Saunders Francis
era el segundo y el grupo de doce operadores, de los cuales Grace era uno de
ellos, que recibía llamadas en el cuadro de recepción ilimitado, venían
inmediatamente después. Ellos y los operadores de campo magnético, que
ejecutaban las tareas no clasificadas más difíciles, formaban un solo grupo, en
realidad, porque los operadores de recepción ilimitada y los de campo magnético
ilimitado alternaban en las plazas sin discriminación.
Después de ellos vienen centenares de miles de otros empleados diseminados por
todo el planeta, desde el jefe contable, el director del departamento jurídico,
el jefe de los servicios de archivos, hasta los directores locales, los
redactores del catálogo y hasta el último de los empleados; taquígrafas
dispuestas a tomar al dictado donde y cuando se les ordenase, galanes
profesionales dispuestos a ocupar un sitio vacante en una cena y el hombre que
alquilaba armadillos o pulgas amaestradas.
Grace Cormet entró en el despacho de míster Clare. Era la única habitación del
edificio no cerrada con mecanismo electromecánico y equipo de comunicación. No
contenía más que la mesa (vacía), un par de sillas y una pantalla
estereoscópica que, cuando no estaba en uso, recordaba la famosa pintura de
Krantz «El Buda llorando». El original estaba, en realidad, en el subterráneo,
trescientos metros más abajo.
-¡Hola, Grace! - la saludó el presidente tendiéndole una hoja de papel -.
Dígame usted qué piensa de esto. Sauce dice que no le gusta.
Saunder Francis volvió sus ojos abultados de su jefe a Grace Cormet, pero no
confirmó ni negó la declaración.
Miss Cormet leyó:
«¿PUEDE USTED SOPORTARLO?
¿Puede usted soportar los SERVICIOS GENERALES?
¿¿¿Puede usted soportar el no utilizar los SERVICIOS GENERALES???
En esta era de aviones a chorro ¿Puede usted soportar perder el tiempo haciendo
sus compras, pagando personalmente sus facturas, ocupándose de su departamento?
Nosotros distraeremos al niño y daremos de comer al gato.
Nosotros le alquilaremos un piso y compraremos sus zapatos.
Nosotros escribiremos a su madre política y sumaremos las matrices de sus
cheques.
No hay trabajo demasiado grande para nosotros No hay trabajo demasiado
pequeño... y todo asombrosamente barato!
SERVICIOS GENERALES
Marque D-E-S-E-P-R-I-S-A
P. S. TAMBIEN PASEAMOS PERROS.»
-¿Qué le parece?
- Sauce tiene razón. A mí tampoco me gusta.
-¿Por qué?
- Demasiado obvio. Demasiada verborrea. No va al fondo del asunto.
-¿Cuál es su idea para conquistar el mercado marginal?
Grace reflexionó un momento, después cogió una estilográfica y escribió:
¿QUIERE USTED VER ASESINADO A ALGUIEN?
(Entonces no llame a SERVICIOS GENERALES)
Pero para cualquier otro servicio, marque
D-E-S-E-P-R-I-S-A. Vale la pena.
P. S. También paseamos perros.
-¡Hem!... Quizá esté bien - dijo míster Clare cautelosamente -. Lo probaremos.
Sauce imprímalo en tipo B, dos semanas América del Norte, y dígame cómo sale. -
Francis metió el papel en su cartera, siempre sin cambiar su impasible
expresión. - Pues como iba diciendo...
- Jefe - interrumpió miss Grace -, le he fijado una entrevista. - Miró su reloj
sortija. - Hace exactamente dos minutos cuarenta segundos. Enviado del
Gobierno.
- Recíbalo bien y despídalo. Estoy ocupado.
- Consigna verde.
Clare levantó rápidamente la vista. Incluso Francis parecía interesado.
-¿Sí? - preguntó Clare -. ¿Ha grabado usted su conversación con él?
- La he borrado.
-¿Lo ha...? En fin, usted sabrá por qué. Me gustan sus intuiciones. Hágalo
entrar.
Gloria asintió con la cabeza y salió.
Encontró a su hombre, que acababa de llegar, en la sala de espera y lo llevó a
través de doce habitaciones cuyos conserjes, de haber ido solo le hubieran
preguntado su identidad y el motivo de su visita. Una vez estuvo sentado en el
despacho de míster Clare, dirigió una mirada circular a la habitación.
-¿Puedo hablar con usted en particular, míster Clare?
- Míster Francis es mi mano derecha. Ha hablado usted ya con miss Cormet.
- Muy bien. - Sacó una insignia verde y se la tendió. - De momento no hay
necesidad de pronunciar nombres. Estoy seguro de su discreción.
El presidente de Servicios Generales se incorporó con impaciencia.
- Vamos al asunto. Es usted Pierre Beaumont. Jefe de Protocolo. ¿Es que la
Administración quiere encargarnos algún trabajo?
Beaumont permaneció impasible ante el cambio de actitud.
- Me conoce usted. Muy bien. Vamos, pues, al asunto. El Gobierno puede quizá
querer algún trabajo. En todo caso nuestra conversación no debe en modo alguno
salir de aquí...
- Todas las relaciones de Servicios Generales son confidenciales.
Hizo una pausa.
- Esto no es confidencial; es un secreto.
- Le entiendo - dijo Clare -. Siga.
- Tiene usted una Organización muy interesante, míster Clare. Tengo entendido
que se encarga usted de cualquier cosa que se le encargue... según el precio.
- Siempre que sea legal.
-¡Oh, sí, desde luego! Pero legal es una palabra susceptible de interpretación.
Admiré la forma como su compañía trató el asunto de la Segunda Expedición
Plutoniana. Algunos de sus métodos eran... sí, ingeniosos.
- Si tiene usted alguna critica que dirigir a nuestras acciones será mejor que
se dirija a nuestros departamentos jurídicos por las vías normales
acostumbradas.
Beaumont levantó la palma de la mano frente a él.
-¡Oh, no, míster Clare, por favor! No me ha entendido usted. No era ninguna
crítica, era admiración. ¡Qué recursos! ¡Qué gran diplomático hubiera sido usted!
- No hagamos más esgrima. ¿Qué quiere usted?
Míster Beaumont avanzó los labios.
- Vamos a suponer que tiene usted que mantener una docena de representantes de
cada raza inteligente de este sistema planetario y quiere usted que sean
completamente felices. ¿Podría usted hacerlo?
- Presión de aire, humedad... - dijo Clare como pensando en voz alta -,
densidad de radiación, química atmosférica, temperaturas, condiciones
culturales... todo esto es muy sencillo. Pero ¿y la gravedad? Podríamos utilizar
un centrífugo para los jupiterianos, pero los marcianos y los titanes ya es
otro asunto. No hay manera de reducir la gravedad normal de la Tierra. No;
seria necesario mantenerlos en el espacio o en la Luna. Esto no entra dentro de
nuestro ramo, no ofrecemos servicios más allá de la estratosfera.
- No seria más allá de la estratosfera - dijo Beaumont, moviendo negativamente
la cabeza -. Puede usted considerar como condición indispensable que tendría
que realizarlo todo sobre la superficie de la Tierra.
-¿Por qué?
-¿Es costumbre de los Servicios Generales informarse de la razón por la cual un
cliente quiere un servicio determinado?
- No, perdone.
- Perfectamente. Pero necesita usted más informaciones a fin de que pueda
comprender lo que debe ser llevado a cabo y el porqué tiene que ser secreto. Va
a celebrarse una conferencia en este planeta, en un próximo futuro, a noventa
días todo lo más. Hasta que la conferencia esté convocada, no debe transpirar
la sospecha de que tiene que celebrarse. Si estos planes fuesen anticipados en
ciertos lugares no valdría la pena celebrarla. Le propongo que considere usted
esta conferencia como una reunión de la mesa redonda de científicos eminentes
de nuestro Sistema, aproximadamente de la misma importancia y forma de la
sesión de la Academia, celebrada en Marte la primavera pasada. Debe usted hacer
todos los preparativos para el mantenimiento de los delegados, pero debe usted
ocultar estos preparativos a las ramificaciones de su organización hasta que se
las necesite. En cuanto a los detalles...
Pero Clare le interrumpió.
- Parece que usted supone que hemos aceptado este trabajo. Tal como lo ha
explicado usted; nos llevaría a un ridículo fracaso. A Servicios Generales no
le gustan los fracasos. Ya sabe usted, como sé yo también, que la gente de baja
gravedad no puede pasar más que algunas horas a alta gravedad sin poner
gravemente en peligro su salud. Las expediciones interplanetarias son siempre
realizadas a planetas de baja gravedad y lo serán siempre.
- Si contestó Beaumont pacientemente -, siempre ha sido así. ¿Se da usted
cuenta del tremendo handicap diplomático con que trabajarían Venus y la Tierra
como consecuencia?
- No le entiendo.
- No es necesario. Lo psicología política no es su ramo. Dé usted por
descontado que es así y que la Administración está decidida a que esta
conferencia tenga lugar en la Tierra.
-¿Por qué no en la Luna?
- No es lo mismo en absoluto - dijo Beaumont negando -. Aun cuando la
administremos, Luna City es un puerto del tratado. No es lo mismo
psicológicamente.
- Míster Beaumont - dijo Clare moviendo la cabeza -, creo que no comprende
usted la naturaleza de los Servicios Generales, aunque no consigo apreciar las
sutiles exigencias de la diplomacia. Ni hacemos milagros ni prometemos
hacerlos. Somos tan sólo los hombres útiles del último siglo, aumentando
velocidad y asociados. Somos el equivalente del último día de la vieja clase
sirviente, pero no somos el genio de Aladino. No mantenemos siquiera
investigaciones de laboratorio en el sentido científico. Nos limitamos a hacer
el mejor uso posible de los adelantos modernos en comunicación y organización,
para hacer lo que puede hacerse. - Levantó una mano en dirección al muro de
enfrente sobre el cual se encontraba en bajo relieve la marca insignia de la
organización; un poste. - Aquí tiene usted el espíritu de la clase de perro
Scotch tirando de la correa y husmeando un trabajo que hacemos. Paseamos
perros, por ejemplo, de gente que está demasiado ocupada para poderlos pasear.
Mi abuelo se abrió camino desde el colegio paseando perros. Yo sigo paseándolos
todavía. No prometo milagros ni hago juegos malabares con la política.
Beaumont juntó cuidadosamente las puntas de sus dedos.
- Ustedes pasean perros a cambio de una tarifa. Pero, desde luego, lo hacen
ustedes... paseen ustedes el mío. Cinco créditos mínimos parece realmente
barato.
- Lo es. Pero cien mil perros, dos veces al día, pronto Se elevan a una cifra
importante.
- La «cifra» para pasear este «perro» sería considerable.
-¿Cuánto? - preguntó Francis, dando su primer signo de interés
Beaumont fijó su mirada en él.
- Señor mío, el resultado de esta... Mesa Redonda representaría una diferencia
de literalmente centenares de billones de créditos para este planeta. No
sellaremos la boca de la vaca que nos trilla el trigo, si me permite la forma
de expresarme.
-¿Cuánto?
-¿Sería razonable un treinta por ciento del coste?
- Podría no representar gran cosa - dijo Francis moviendo la cabeza.
- Bien, desde luego, no regatearé. Supongamos que dejásemos en sus manos,
caballeros... perdón miss Cormet... decidir lo que vale el servicio. Creo poder
confiar en su patriotismo racial y planetario para llegar a una valoración
adecuada.
Francis se sentó; no dijo nada, pero parecía contento.
- Un momento - respondió Clare -. No hemos aceptado esta misión.
- Hemos discutido el precio - observó Beaumont.
Clare miró de Francis a Grace Cormet y después examinó sus uñas.
- Deme veinticuatro horas para ver si es posible o no - dijo finalmente -, y le
diré si pasearé o no a su perro.
- Estoy seguro de que lo paseará - dijo Beaumont.
Y poniéndose el abrigo, se marchó.
- Okay, cerebros privilegiados - dijo Clare amargamente -, ustedes lo han
querido.
- Yo estaba deseando estar fuera de aquí - dijo Grace.
- Ponga un equipo en todo esto menos en el problema de la gravedad - propuso
Francis -. Es la Única pega. Lo demás es rutina.
- Ciertamente - asintió Clare -, pero hará mejor en encargarlo a alguien. Si no
puede usted, nos encontraremos con ciertos preparativos Onerosos de los cuales
no nos reembolsaremos nunca. ¿A quién quiere usted? ¿A Grace?
- Así lo supongo - respondió Francis -. Sabe contar hasta diez.
Grace Cormet lo miró fríamente.
- Hay momentos, Sauce Francis, en que lamento haberme casado contigo.
- Dejen sus asuntos domésticos fuera de este despacho - les advirtió Clare -.
¿Por dónde empiezan?
- Vamos a averiguar quién entiende más en cuestiones de gravitación - decidió
Francis -. Grace, será mejor que llamemos al doctor Krathwohl a la pantalla.
- Perfectamente - asintió ella, dirigiéndose a los controles de la estéreo -.
Tiene cierta belleza este asunto. No hay necesidad de saber nada; basta con
saber dónde averiguarlo.
El doctor Krathwohl formaba parte del personal permanente de los Servicios
Generales. No tenía trabajo fijo. La compañía consideraba que valía la pena
mantenerlo con todo lujo y comodidad suministrándole una cantidad ilimitada
para los periódicos científicos y asistencia a las reuniones que los sabios
daban de vez en cuando. El doctor Krathwohl carecía de la aptitud especializada
del científico investigador; era un dilettante por naturaleza.
De vez en cuando le hacían alguna pregunta. En esto consistía su trabajo.
- ¡Oh, hola qué tal! - dijo la afable cara del doctor Krathwohl sonriendo en la
pantalla -. Acabo de encontrarme con una cosa divertidísima en el último número
de Nature. Arroja la luz más interesante sobre la teoría de...
- Un momento, doctor - lo interrumpió ella -. tengo un poco de prisa...
- Diga, querida...
- ¿Quién entiende más en gravitación?
-¿En qué sentido lo dice? ¿Quiere usted un astrofísico o desea usted tratar el
tema bajo un punto de vista de mecánica teórica? En el primer caso, Farquarson
me parece que es su hombre.
- Quiero saber qué es lo que la crea.
- Teoría del campo gravitatorio, ¿verdad? En este caso no le conviene
Farquarson. Es, ante todo, un balístico descriptivo. La obra del doctor Julián
sobre este tema es de peso, posiblemente definitiva.
-¿Cuándo podemos ponernos en contacto con él?
- ¡Es imposible! Murió el año pasado, el pobre. Una gran pérdida...
Grace se abstuvo de decirle hasta qué punto era grande la pérdida y añadió:
-¿Y quién se ha calzado sus botas?
-¿Quién... qué? ¡Ah, está usted bromeando! Comprendo. Desea usted el nombre de
la primera personalidad actual en la teoría del campo magnético. Yo diría
O'Neil.
-¿Dónde está?
- Tengo que averiguarlo. Lo conozco sólo superficialmente... es un hombre
difícil.
- Hágalo, por favor. Entre tanto ¿con quién podríamos hablar para saber un poco
de qué se trata?
- ¿Por qué no prueba usted al joven Carson, de su departamento de ingeniería?
Se interesaba por estas cosas antes de aceptar un cargo con nosotros. Es un
muchacho inteligente, he tenido muchas conversaciones con él.
- Lo haré. Gracias, doctor. Llame al despacho del jefe en cuanto haya usted
localizado a O'Neil.
Cortó.
Carson estuvo de acuerdo con la opinión de Krathwohl, pero pareció perplejo.
- O'Neil es un hombre arrogante, que no coopera. He trabajado a sus órdenes.
Indudablemente sabe más acerca de la teoría del campo magnético y la estructura
del espacio que ningún otro hombre viviente.
Carson había sido llamado al círculo interior, donde se le puso al corriente
del problema. Confesó que no veía solución.
- Quizá ponemos las cosas demasiado difíciles - indicó Clare -. Tengo algunas
ideas. Interrúmpame si me equivoco Carson.
- Diga, jefe.
- Bien. El aumento de la gravedad se produce por la proximidad de una masa, ¿no
es así? La gravedad normal de la Tierra es producida, piles, por la proximidad
de la propia Tierra. Bien. ¿Cuál sería el efecto producido al situar una gran
masa sobre un punto determinado de la superficie de la Tierra; no serviría esto
para contrarrestar la atracción terrestre?
- Teóricamente, sí. Pero tendría que ser una masa de unas dimensiones
monstruosas.
- No importa.
- No lo entiende usted, jefe. La atracción ejercida sobre un punto determinado
de la Tierra requeriría otro planeta del tamaño de ella en contacto con ella en
aquel punto. Desde luego, puesto que no quiere usted anular enteramente la
atracción, sino sólo aminorarla, gana usted cierta ventaja utilizando una masa
menor que tendría su centro de gravedad más cerca del punto en cuestión que el
centro de gravedad de la Tierra. Pero esto no bastaría, sin embargo. La
atracción, al accionar inversamente al cuadrado de la distancia, en este caso la
mitad del diámetro, la masa y la subsiguiente atracción equivale directamente
al cubo del diámetro.
-¿Y qué resultado nos da esto?
Carson sacó una regla de cálculo y la manejó durante algunos segundos. Levantó
la vista.
- Casi tengo miedo de contestar. Para conseguir algún resultado, necesitarla
usted un asteroide, de tamaño considerable y de plomo.
- Los asteroides han sido ya desplazados otras veces
- Sí, pero ¿y detenerlo? No, jefe; no hay fuente concebible de energía ni
medios de aplicarla que nos permitan situar un gran planeta sobre un punto
determinado de la Tierra y mantenerlo allí.
- En fin, la idea es buena mientras dura... - dijo Clare, pensativo.
La lisa frente de Grace se había fruncido mientras seguía la discusión.
Entonces intervino ella.
- Yo creo que podrían ustedes utilizar una pequeña masa sumamente pesada con
mayor eficacia. Creo haber leído algo acerca de un material que pesa toneladas
por centímetro cúbico.
- El núcleo de las estrellas enanas - asintió Carson -. Lo único que
necesitaríamos para ello seria una astronave capaz de recorrer algunos años de
luz en pocos días para minar el interior de una estrella, y una nueva teoría
del espacio-tiempo.
- Muy bien, desarróllela.
- Un minuto - observó Francis -. ¿El magnetismo es muy similar a la gravedad,
no?
- Pues...
- ¿Habría alguna manera de magnetizar estos miradores desde los pequeños
planetas? Puede haber algo curioso en su química corpórea.
- Excelente idea - asintió Carson -, pero aunque su economía interna sea
curiosa, no es esta forma de curiosidad. Siguen siendo orgánicos.
- No lo creo. Si los cerdos tuviesen alas, serían palomas.
El estéreo-anunciador funcionó. El doctor Krathwohl anunció que O'Neil podía
ser encontrado en su casa de campo de Portage, Wisconsin. No lo había llamado y
preferiría no hacerlo, a menos que el jefe insistiese.
Clare le dio las gracias y se volvió hacia los otros.
- Estamos perdiendo el tiempo - dijo -. Después de llevar años en este asunto
deberíamos hacer algo mejor que tratar de decidir cuestiones técnicas. No soy
físico ni me importa un comino en qué forma actúa la gravitación. Esto es
asunto de O'Neil. Y de Carson. Carson, váyase a Wisconsin y que O'Neil se ponga
al trabajo.
-¿Yo?
- Usted. Usted es un operador de este ramo, con la paga adecuada, tendrá usted
un cohete y una carta de crédito a su disposición. Tiene usted que despegar
dentro de siete u ocho minutos.
Carson parpadeó.
-¿Y mi trabajo aquí?
- El departamento de ingeniería será informado, lo mismo que la contabilidad.
En marcha.
Sin responder, Carson se dirigió hacia la puerta. Al llegar a ella ya corría.
La marcha de Carson los dejó sin nada que hacer hasta que, a su regreso,
presentase su informe; sin nada que hacer, es decir, como no fuese iniciar la
acción en los cuantiosos detalles de reproducir las particularidades físicas y
culturales de otros tres planetas y cuatro satélites mayores exclusivos por sus
características de aceleración gravitacional de la superficie normal. La tarea,
aunque nueva, no ofrecía verdaderas dificultades para los Servicios Generales.
En alguna parte había personas que conocían la solución a estas cuestiones. La
vasta organización llamada Servicios Generales estaba montada para
encontrarlas, contratarías y ponerlas a trabajar. Cualquiera de los
colaboradores del catálogo o de los ilimitados empleados de otras secciones
eran capaces de asumir esta tarea y resolverla sin excitación ni prisas.
Francis llamó a uno de los operadores ilimitados. No se tomó siquiera la
molestia de elegirlo, sino que llamó al primero que encontró a mano en el
cuadro de «disponibles». Todos ellos eran «capaces». Le explicó en detalle lo
que tenía que hacer y lo olvidó en el acto. Las máquinas de taladrar fichas
meterían un poco más de ruido, las pantallas estereoscópicas lanzarían
destellos y avispados muchachos de todas las regiones de la Tierra abandonarían
lo que estaban haciendo para encontrar a los especialistas que ejecutarían el
trabajo requerido. Se volvió hacia Clare, el cual le dijo:
- Me gustaría saber detrás de qué anda Beaumont. ¿Conferencia de
científicos?... ¡Puah!
- Creí que no le interesaba a usted la política, Jay.
- Y así es. Me tiene sin cuidado la política, sea interplanetaria o no, salvo
cuando afecta mi negocio. Pero si supiéramos lo que se trama, quizá hubiéramos
podido estrujarlo un poco más.
- Bien - intervino Grace -. Me parece que puede usted dar por sentado que los
verdaderos pesos pesados de todos los planetas van a encontrarse y dividir la
Galia en «partes tres».
- Sí, pero ¿quién queda al margen?
- Marte, supongo.
- Parece probable. Y a los venusianos les echarán un hueso. En este caso,
podemos especular un poco con la Corporación Comercial Pan-Jupiteriana.
- Despacio, amigo, despacio - avisó Francis -. Haga esto y puede usted tener
gente interesada. Este es un trabajo muy delicado...
- Me parece que tiene razón. Sin embargo, abra bien los ojos. Debe de haber
alguna manera de cortar una tajada del pastel antes de que todo esté listo.
El teléfono de Grace Cormet llamó. Lo sacó de su bolsillo y dijo:
- ¿Diga...?
- Mistress Hogbein Jonhson quiere hablar con usted.
- Atiéndala usted. Estoy fuera.
- No quiere hablar con nadie más que con usted
- Bien. Póngala en el estéreo del jefe, pero conserve el paralelo. Se entenderá
usted con ella cuando haya terminado yo.
La pantalla cobró vida, mostrando la carnosa cara de mistress Johnson enmarcada
en el centro del recuadro.
- ¡Oh, miss Cormet! - se lamentó -, ha habido algún error espantoso. En esta
nave no hay estéreo.
Se instalará en Cincinatti. Dentro de veinte minutos.
- ¿Está usted segura?
- Completamente segura.
- ¡Oh, gracias! ¡Es tan consolador hablar con usted! ¿Sabe usted? Estoy
pensando en nombrarla mi secretaria social
- Gracias - respondió Grace sin entonación -, pero estoy ligada por un
contrato.
- ¡Pero qué tontería! ¡Puede usted romperlo!
- No, lo siento, mistress Johnson. Usted lo pase bien. - Colgó la pantalla y
habló nuevamente por el teléfono. - Diga a Contabilidad que doblen su tarifa. Y
no quiero volver a hablar con ella. - De nuevo cortó y, furiosa, se metió el
aparato en el bolsillo.
- ¡Secretaria social!
Después de cenar, Clare se había retirado a sus habitaciones antes de que
Carson lo llamase de nuevo. Francis recibió la llamada desde su despacho.
- ¿Ha habido suerte? - preguntó, una vez hubo aparecido su imagen en la
pantalla
- Bastante. He visto a O'Neil.
- Bien. ¿Va a hacerlo?
- Quiere usted decir, puede hacerlo, ¿verdad?
- Bien... ¿puede?
- Esto es lo curioso. Yo no creía que fuese teóricamente posible. Pero después
de hablar con él, estoy convencido de que lo es. O'Neil tiene un nuevo concepto
de la teoría del campo magnético... algo que no ha sido nunca publicado. Este
hombre es un genio.
- No me importa - dijo Francis - que sea un genio o un idiota mongoloide.
¿Puede construir alguna especie de gravedad exterior?
- Creo que sí. Realmente, me parece que puede.
- Perfectamente. ¿Lo ha contratado usted?
- No. Este es el punto malo. Por esto lo llamo. La cosa es así. Lo encontré
casualmente de buen humor, y como habíamos trabajado juntos y no había
suscitado sus iras con tanta frecuencia como sus otros ayudantes, me invitó a
cenar. Hablamos de una serie de cosas (no hay que darle prisa) y le expuse la
proposición. Le interesó medianamente... me refiero a la idea, y discutió la
teoría conmigo o mejor dicho, contra mí. Pero no quiere intervenir en ella.
-¿Por qué no? No le ofrecería usted bastante dinero. Me parece que será mejor
que hable yo con él.
- No, míster Francis, no. No me entiende usted. El dinero no le interesa. Tiene
fortuna personal suficiente para sus investigaciones y todo lo que desee. Pero
en estos momentos se ocupa de la teoría de la mecánica ondulatoria y no quiere
que le molesten con nada más.
- ¿No le ha hecho usted comprender lo importante que era?
- Sí y no. Principalmente, no. Lo he intentado, pero para él lo único
importante es lo que él quiere. Es una especie de esnobismo intelectual. Las
demás gentes no cuentan, simplemente.
- Muy bien - dijo Francis -. Hasta ahora ha trabajado usted bien. Va usted a
hacer lo siguiente. En cuanto yo corte llamará usted a EJECUTIVA y dictará una
transcripción de todo lo que pueda recordar de lo que ha dicho acerca de la
teoría de la gravitación. Buscaremos al más ducho en materia después de él, se
lo transmitiremos y veremos si le da algunas ideas sobre las cuales trabajar.
Entre tanto, pondré un equipo al trabajo sobre el fondo de lo que haya dicho
O'Neil. Debe de haber un punto débil en alguna parte; es mera cuestión de
encontrar dónde. Quizá hay una mujer de por medio...
- Ya hace tiempo que le ha pasado esto.
-...o quizá lleva otra idea en la cabeza. Ya lo veremos. Quisiera que se
quedase usted aquí. Puesto que no puede contratarlo, quizá pueda usted
convencerlo de que lo contrate a usted. Es usted nuestro oleoducto, quiero
conservarlo abierto. Tenemos que averiguar qué es lo que quiere o qué es lo que
teme.
- No teme nada; en esto soy categórico.
- Entonces, quiere algo. Si no es dinero, ni mujeres, es algo más. Es la ley de
la naturaleza.
- Lo dudo - respondió Carson lentamente -. ¡Oiga! ¿Le he hablado a usted de su
manía?
- No. ¿Cuál es?
- La porcelana. En particular, la porcelana Ming. Tiene la mejor colección del
mundo, creo. ¡Pues sí sé lo que quiere!
- ¡Venga, pues, suéltelo, hombre, suéltelo!
- Un pequeño cuenco de porcelana, de unos diez centímetros de diámetro. Tiene
un nombre chino que quiere decir «Flor del Olvido».
- ¡Hem!... no me parece muy significativo. ¿Cree usted que tiene gran empeño en
él?
- Me consta. Tiene una litografía en colores en su estudio, donde puede mirarla
constantemente. Pero le duele hablar de él.
- Averigüe usted dónde está y de quién es.
- Lo sé. En el British Museum. Por esto no puede comprarlo.
- Ya... - dijo Carson, pensativo -. Bien, pues, olvídela. Adelante.
Clare bajó al despacho de Francis y los tres hablaron de lo mismo.
- Yo creo que tenemos que hacer intervenir a Beaumont - comentó una vez estuvo
al corriente de la situación -. Será necesario que el Gobierno se desprenda de
algo, del British Museum. ¿Y bien? - añadió al ver a Francis cariacontecido -.
¿Qué le pasa? ¿Qué hay de mal en ello?
- Yo lo sé - intervino Grace -. ¿Recuerda usted el tratado por el cual la Gran
Bretaña entró en la Confederación planetaria?
- No he estado nunca muy fuerte en historia.
- La cosa es así. Dudo de que el Gobierno planetario pueda disponer de nada
perteneciente al museo sin permiso del Parlamento británico.
- ¿Por qué no? Con tratado o sin tratado el Gobierno planetario es soberano. La
cosa quedó bien establecida en el Incidente Brasileño.
- Sí, desde luego. Pero podría ocasionar preguntas en la Cámara de los Comunes
y esto llevaría a una cosa que Beaumont quiere evitar a toda costa, la
publicidad.
- O. K. ¿Y qué propone usted?
- Yo propondría que Sance y yo demos un salto hasta Inglaterra y averigüemos si
tienen muy bien clavada la «Flor del Olvido», quién la custodia y qué debilidad
tiene...
Los ojos de Clare pasaron de Grace a Francis, el cual estaba pálido, síntoma en
él que indicaba asentimiento para sus íntimos.
- O. K. - asintió Clare - buena idea. ¿Toman un especial?
- No, tenemos tiempo de tomar el de medianoche de Nueva York. ¡Adiós!...
- Adiós. Llámeme mañana.
Cuando al día siguiente Grace apareció en la pantalla de su jefe, éste la miró
y lanzó una exclamación.
- ¡Válgame Dios, muchacha! ¿Pero qué le ha pasado a su cabello?
- Hemos localizado al sujeto - explicó ella sucintamente -. Su debilidad son
las rubias.
- Pero tiene usted la piel más pálida también...
- Desde luego. ¿Qué le parece?
- ¡Estupendo! Pero la prefería a usted como era. ¿Y qué dice Sance de todo
esto?
- No le importa, es el negocio. Pero volviendo al asunto, no tengo gran cosa
que comunicarle. Va a ser cosa de mucha mano izquierda. Por el procedimiento
ordinario se necesitaría un temblor de tierra para sacar algo de aquella tumba.
- No hagan nada que no sea efectivo.
- Ya me conoce usted, jefe. No lo pondré a usted en un compromiso. Pero será
caro.
- Desde luego.
- Eso es todo, por ahora. Llamaré mañana.
Al día siguiente volvía a ser morena.
- ¿Qué es esto? ¿Un baile de máscaras? - preguntó Clare.
- Parece que no era el tipo de rubia que le gusta - explicó Grace -. Pero he
encontrado el que le interesa.
- ¿Y ha surtido efecto?
- Creo que surtirá. Sance se está procurando un facsímil integral. Con suerte,
nos veremos mañana.
Aparecieron al día siguiente, al parecer con las manos vacías.
- ¿Y bien? - dijo Clare -. ¿Qué hay?
- Aísle la habitación, Jay - propuso Francis -. Hablaremos.
Clare hizo funcionar un interruptor que aislaba toda interferencia, haciendo la
habitación más hermética que un féretro.
- ¿Qué hay de aquello? ¿Lo han conseguido?
- Enséñaselo, Grace.
Grace le volvió la espalda, buscó por entre sus ropas durante un momento, se
volvió de nuevo y colocó suavemente el objeto sobre la mesa.
No era bello, era la belleza misma. Sus suaves curvas no tenían ornamentación
alguna, un decorado lo hubiera mancillado. En su presencia se hablaba en voz
baja por temor a que un súbito estallido lo quebrase.
Clare avanzó la mano para tocarlo, pero cambió de parecer y volvió a retirarla.
Pero inclinó la cabeza y se quedó mirando el objeto. El fondo de la tacita era
sumamente difícil de enfocar, de mirar; daba la sensación de que al fijar la
vista en él iba hundiéndose más y más, como ahogándose en un océano de luz.
Echó la cabeza hacia atrás y pestañeó:
- ¡Dios!... - dijo -. ¡Dios mío! ¡No creí que estas cosas existiesen....!
Miró a Grace y después a Francis. Le pareció que éste tenía lágrimas en los
ojos, a menos que fuese en los suyos propios.
- Oiga, jefe - dijo Francis -, ¿no podríamos quedarnos con el objeto y
abandonar el asunto éste?
- Es inútil hablar más de ello - dijo Francis, desalentado.-. No podemos
guardarlo, jefe. No hubiera debido proponérselo y usted no hubiera debido
escucharme. Vamos a llamar a O'Neil.
- Podríamos esperar un día más antes de hacer nada - aventuró Clare, sin poder
separar sus ojos de la «Flor del Olvido».
Grace movió la cabeza.
- Es inútil. Sería más difícil todavía, lo sé.
Se dirigió deliberadamente al estéreo y manejó los controles.
O'Neil estaba contrariado de que lo hubiesen molestado y doblemente molesto de
que hubiesen utilizado la señal de urgencia en su pantalla desconectada.
- ¿Qué pasa? - preguntó -. ¿Qué pretenden ustedes al molestar a un ciudadano
particular mientras está desconectado? Hablen, y les deseo que valga la pena,
de lo contrario los mando a los tribunales.
- Quisiéramos que hiciese usted un pequeño trabajo para nosotros doctor -
comenzó Clare.
- ¿Cómo? - O'Neil parecía casi demasiado sorprendido para estar colérico. -
¿Pretenden ustedes no moverse de aquí y decirme que han invadido ustedes la
intimidad de mí hogar para pedirme que trabaje para ustedes?
- Lo paga será satisfactoria.
O'Neil pareció contar hasta diez antes de contestar.
- Oiga - dijo pausadamente -, hay hombres en el mundo que se imaginan que
pueden comprarlo todo a todo el mundo. Le concedo que tienen cierto fundamento
en su creencia. Pero yo no estoy en venta. En vista de que parece usted ser una
de estas personas haré cuanto pueda porque esta conferencia le cueste caro.
Recibirá usted noticias de mi abogado. ¡Buenas noches!
- ¡Un momento! - suplicó Clare -. Creo que le interesan a usted las
porcelanas...
- ¿Y qué importancia tiene eso?
- ¡Enséñeselo, Grace!
Grace acercó la «Flor del Olvido» a la pantalla manejándola cuidadosamente,
reverentemente.
O'Neil no decía nada. Se inclinó hacia adelante y miró. Daba la impresión de
que iba a salir de la pantalla.
- ¿De dónde han sacado ustedes esto? - dijo al final.
- Eso no tiene importancia.
- Se lo compro, al precio que sea.
- No está en venta. Pero podría ser suyo... si llegamos a un acuerdo...
- Es producto de un robo - dijo O'Neil, mirándolos.
- Se equívoca usted. No encontrará usted a nadie que se interese por tal
acusación. Respecto a su trabajo...
O'Neil apartó la vista del cuenco.
- ¿Qué es lo que quieren ustedes que haga?
Clare le explicó el problema y una vez hubo terminado O'Neil movió la cabeza.
- Es ridículo - dijo.
- Tenemos motivos para creer que es teóricamente posible.
- ¡Oh, ciertamente! ¡También es teóricamente posible vivir eternamente Pero
hasta ahora nadie lo ha conseguido.
- Creemos que usted puede hacerlo.
- ¡Muchas gracias! ¡Oiga! - O'Neil fijó un dedo sobre la pantalla. - Me han
mandado ustedes al joven Carson, ese...
- Obraba bajo órdenes mías.
- Entonces no me gusta su manera de obrar.
- ¿Y qué hay del trabajo?... ¿Y de esto? - dijo, señalando al cuenco.
O'Neil lo contemplaba, mordiéndose los bigotes.
- Supongamos... - dijo al final -, que hago una honrada tentativa, dentro de
mis limitadas facultades, para proporcionarles lo que desean y... fracaso.
- Pagamos sólo los resultados - dijo Clare moviendo negativamente la cabeza -.
¡Oh, su sueldo, sí, desde luego! Pero esto, no. Esto es una gratificación
extraordinaria de su trabajo, si triunfa usted.
O'Neil parecía estar dispuesto a aceptar y súbitamente, respondió:
- Pueden estar ustedes engatusándome con una colorografía. Por la pantalla no
puedo decirlo.
- Venga usted mismo a verlo - dijo Clare con indiferencia.
- Iré. Voy. No se muevan de donde están. ¿Quién es usted? ¡Maldita sea, hombre!
¿Cómo se llama usted?
Dos horas después llegaba como un huracán.
- ¡Me han estafado ustedes! ¡La «Flor» está todavía en Inglaterra! ¡He hecho
investigaciones!... ¡Les... les castigaré, señores, con mis propias manos!
- Véalo usted mismo - respondió Clare; apartándose de la mesa para no privar
más la vista de O'Neil.
Lo dejaron que mirase. Respetaban su necesidad de paz, sumido en su
contemplación. Al cabo de largo rato se volvió hacia ellos, pero no dijo nada.
- ¿Y bien? - preguntó Clare.
- Les construiré su maldito artefacto - dijo con voz sombría -. Voy a calcular
una aproximación al proyecto, aquí mismo.
Beaumont vino en persona a verlos el día anterior a la primera sesión de la
conferencia.
- Es una mera visita de cortesía, míster Clare - declaró -. Quería únicamente
expresarle mi reconocimiento por la obra que han realizado ustedes. Y a
entregar a ustedes esto.
«Esto» resultó ser un cheque sobre el Banco Central por el importe convenido.
Clare lo cogió, lo examinó, asintió y lo metió en un cajón de la mesa.
- Debo deducir, por consiguiente - dijo -, que el Gobierno está satisfecho de
los servicios prestados.
- Eso es decirlo muy modestamente - le aseguró Beaumont -. A ser perfectamente
sincero, no creí que pudiesen ustedes hacer tanto. Parece que hayan pensado
ustedes en todo. La delegación Callistán está fuera ahora, inspeccionando y
viendo los puntos de vista en uno de los pequeños tanques que nos han
preparado. Son deliciosos. Confidencialmente, creo que podemos depender de su
voto en las próximas sesiones.
- ¿Los protectores de gravedad funcionan perfectamente, no?
- Perfectamente. He entrado en un tanque de visión antes de entregárselo. Era
tan ligero como la proverbial pluma. Demasiado ligero, sentí casi el mareo del
espacio. - Sonrió medio irónicamente. - He entrado en los departamentos
jupiterianos también. Esto ya era otra cosa.
- Sí, desde luego - asintió Clare -. Dos veces y medio el peso normal es
opresivo, por no decir nada más.
- Es un bello final a una tarea difícil. Tiene que seguir adelante. ¡Ah, sí,
otro pequeño detalle! He hablado con el doctor O'Neil de la posibilidad de que
la Administración se interesase en otros usos para su nuevo desarrollo. A fin
de simplificar las cosas sería conveniente que me diese usted el finiquito de
la actuación de O'Neil cerca de los Servicios Generales.
Clare lo miró meditabundo, como el «Buda llorando», y se mordió el pulgar;
- No - dijo lentamente -, temo que esto sea difícil.
- ¿Por qué no? - preguntó Beaumont -. Esto evitaría la necesidad de
adjudicación y la pérdida de tiempo consiguiente. Estamos dispuestos a
reconocer sus servicios y a recompensarlos.
- ¡Hem!... Me parece que no se hace usted pleno cargo de la situación, míster
Beaumont. Entre nuestro contrato con el Doctor O'Neil y su contrato con
nosotros hay una cierta cantidad de espacio libre. Usted nos pidió ciertos
servicios y ciertos utensilios con los cuales conseguir estos servicios.
Nosotros se los procuramos... por un precio. Listos. Pero nuestro contrato con
el doctor O'Neil lo convertía en un empleado permanente durante todo el tiempo
de su actuación. Los resultados de sus investigaciones y las patentes que las
afectan son propiedad de los Servicios Generales.
- ¿De veras? - dijo Beaumont -. El doctor tiene otra impresión.
- El doctor O'Neil se equívoca. En serio, míster Beaumont, nos pidió usted que
le proyectásemos un cañón de asedio, hablando en metáfora para matar un
mosquito. ¿Esperaba usted de nosotros, como hombres de negocios, que tirásemos
el cañón después de un solo disparo?
- No, supongo que no. ¿Y qué piensan ustedes hacer?
- Esperamos explotar comercialmente el modulador de gravedades. Imagino que
podríamos obtener un buen precio por ciertas adaptaciones del mismo en Marte.
- Sí, supongo que sí. Pero para ser brutalmente claro, míster Clare, temo que
sea imposible. Es una cuestión de política publica imperativa que este
desarrollo se limite a los terrestres. En realidad, la administración
considerará necesario intervenir y hacer de él un monopolio del Gobierno.
- ¿Ha pensado en como mantener a míster O'Neil en su sitio?
- En vistas a un cambio de circunstancia, no. ¿Cuál es su idea?
- Una sociedad, en la cual él sería tenedor de un bloque de acciones y
presidente. Uno de nuestros brillantes cerebros mas jóvenes ocuparía la
presidencia del Consejo de Administración. - Clare pensaba en Carson. - habría
acciones suficientes para seguir adelante - añadió, observando el rostro de
Beaumont.
- Supongo que esta sociedad estaría bajo contrato con el gobierno... ¿su único
cliente? - respondió Beaumont, haciendo como que no oía la pulla.
- Esa es la idea.
- ¡Hein!... sí, parece factible. Quizá será mejor que hable con el doctor
O'neil.
- Como usted quiera.
Beaumont convoco a O'Neil en la pantalla y habló con el a media voz. O mejor
dicho, Beaumont hablaba a medía voz. O'neil demostró una tendencia a hacer
añicos el micrófono. Clare mandó buscar a Francis y Grace y les explicó lo
ocurrido. Beaumont se aparto de la pantalla.
- El doctor desea hablar con usted, míster Clare.
- O'Neil lo miró con maldad.
- ¿Qué encerrona es esta que tengo que escuchar? ¿Qué cuento es éste de que los
efectos de O'neil sean de su propiedad?
- Estaba en su contrato, doctor, ¿no se acuerda usted?.
- ¡El contrato! ¡Jamás he leído esta tontería! Pero les diré a ustedes; los voy
a llevar a los tribunales. Los ataré con gruesos nudos antes de permitirles
burlarse de mí de esta manera.
- ¡Un momento, doctor, se lo ruego! - dijo Clare, conciliador -. No tenemos el
menor deseo de sacar ventajas de un mero punto técnico legal y nadie le discute
su interés. Permítame que le esboce cuál es mi plan.
Se inclinó rápidamente sobre los diseños. O'Neil escuchaba, pero su expresión
seguía sin haberse suavizado cuando termino.
- No me interesa - dijo bruscamente -. En cuanto a mí hace referencia, el
Gobierno puede quedarse con todo. Y ya me ocuparé de que así sea.
- No he mencionado todavía la otra condición - añadió Clare.
- No se moleste.
- Tengo que hacerlo. Será puramente una cuestión de acuerdo entre caballeros,
pero es esencial. Tiene usted en custodia la «Flor del Olvido»
O'Neil se puso en el acto en guardia.
- ¿Qué quiere usted decir, «en custodia»? Es mía. Entiéndame bien, mía.
- Es suya - repitió Clare -. Sin embargo, a cambio de las concesiones que le
hacemos referentes a nuestro contrato, queremos algo.
- ¿Qué? - preguntó O'Neil. La mención del cuenco le inquietó.
- Es suyo y conserva usted su posesión. Pero quiero su palabra de que yo, o
míster Francis, o miss Cormet, podremos ir a verla de vez en cuando...
frecuentemente.
- ¿Quiere usted decir que quieren meramente venir a verla? - dijo O'Neil, al
parecer incrédulo.
- Meramente.
- ¿Para gozar de ella?
- Exacto.
O'Neil lo miró con una nueva expresión de respeto.
- No le había entendido a usted al principio, míster Clare, le pido excusas. En
cuanto a la tontería esa de la sociedad, haga lo que quiera, me tiene sin
cuidado. Miss Cormet, míster Francis y usted pueden venir a ver la «Flor del
Olvido» siempre que quieran. Les doy mi palabra.
- Gracias, doctor O'Neil, en nombre de todos.
Cerró el interruptor en cuanto la más elemental cortesía se lo permitió.
Beaumont también miraba a Clare con redoblado respeto.
- Me parece - dijo -, que la próxima vez no intervendré en su organización de
detalles. Tomaré unas vacaciones. Adieu, caballeros... y miss Cormet.
Una vez la puerta se hubo bajado tras él, Grace observó:
- Me parece que lo hemos quitado de en medio.
- Sí - dijo Clare -. Le hemos «paseado el perro»; O'Neil ha tenido lo que
quería; Beaumont también... y más aún.
- ¿Detrás de qué anda exactamente?
- No lo sé, pero me parece que le gustaría ser el primer presidente de la
Federación del Sistema Solar, cuando exista una cosa semejante. Con los ases
que le hemos puesto en su juego, puede conseguirlo. ¿Se da usted cuenta de las
potencialidades del efecto de O'Neil?
- Vagamente - dijo Francis.
- ¿Ha imaginado usted su importancia en la navegación del espacio? ¿O las
posibilidades que añade como medio de colonización? ¿O su empleo recreativo? En
esto sólo hay una fortuna.
- ¿Y qué sacaremos de ello?
- ¿Qué sacaremos de ello? Dinero, muchacho. Sacos y sacos de dinero. El dinero
siempre procura satisfacer los caprichos de la gente.
Miró hacia la marca registrada del perro Scotch.
- Dinero - repitió Francis -. Sí, supongo que sí...
- En todo caso - añadió Grace - siempre podemos ir a ver la «Flor».


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