© Libro N° 6141.
Fisica Y Filosofia. Heisenberg, Werner. Emancipación. Junio 22 de 2019.
Título
original: © Fisica Y Filosofia. Werner Heisenberg
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
FISICA Y FILOSOFIA
Werner Heisenberg
CONTENIDO
Perspectivas
del mundo
Tradición
antigua y tradición moderna
La
historia de la teoría cuántica
La
interpretación de Copenhague de la teoría cuántica
La
teoría cuántica y las raíces de la ciencia atómica
Desarrollo
de las ideas filosóficas a partir de Descartes, y su comparación con la actual
situación de la teoría cuántica
La
relación de la teoría cuántica con otras partes de la ciencia natural
La
teoría de la relatividad
Crítica
y contraproposiciones a la interpretación dada en Copenhague a la teoría
cuántica
La
teoría cuántica y la estructura de la materia
Lenguaje
y realidad en la física moderna
El
papel de la física moderna en el actual desarrollo del pensamiento humano
Perspectivas
del mundo
Sostiene
la tesis de esta colección que el hombre, a pesar de su aparente cautiverio
moral y espiritual, se halla en camino de desarrollar una nueva conciencia de
sí mismo, la cual puede elevar, finalmente, a la raza humana por encima y más
allá del miedo, la ignorancia y la soledad que la acosan en nuestros días. A
esta naciente conciencia, a este concepto del hombre nacido de un universo
percibido a través de una novísima visión de la realidad, se halla dedicada
Perspectivas del mundo.
Únicamente
aquellos conductores espirituales e intelectuales de nuestra época que poseen
una capacidad creadora en esta dilatación de los horizontes del hombre han sido
invitados a participar en esta Serie: son aquéllos que abrigan la certeza de
que más allá de las divisiones que separan a los hombres existe una primordial
fuerza unitiva, puesto que todos estamos unidos por una común conciencia de lo
humano, más fundamental que cualquier unidad de dogma; son aquéllos que
reconocen que la fuerza centrifuga que ha dispersado y atomizado a la humanidad
debe ser reemplazada por una estructura integral y un sistema capaces de
conferir sentido y finalidad a la existencia; aquellos pensadores, en fin, que
comprenden que la ciencia misma, cuando no se halla inhibida por las
limitaciones de su propia metodología, cuando es pura y humilde, concede al
hombre una ilimitada jerarquía de todavía no soñadas consecuencias que pueden
derivar de la misma.
Esta,
colección aspira a señalar una realidad de cuya teoría científica sólo se ha
revelado un aspecto. Es la sujeción a esta realidad la que presta proyección
universal a los más originales y aislados pensamientos de los hombres de
ciencia. Reconociendo paladinamente este concepto, reintegraremos la ciencia a
la gran familia de las aspiraciones humanas mediante las cuales los hombres
esperan realizarse, por sí mismos, en la comunidad universal como seres
pensantes y conscientes. Porque nuestro problema consiste en descubrir un
principio de diferenciación y a la vez de cohesión, lo suficientemente lúcido
como para justificar y purificar el conocimiento científico, filosófico y aun
cualquier otro, tanto discursivo como intuitivo, aceptando su interdependencia.
Esta es la crisis de la comprensión consciente que se ha ido articulando a
través de la crisis de la ciencia. Este es el nuevo despertar.
Cada
volumen presenta el pensamiento y las creencias de su autor, y señala el rumbo
en el cual la religión, la filosofía, el arte, la ciencia, la economía, la
política y la historia pueden constituir esa forma de actividad humana que toma
en cuenta las más completas y más precisas variedades, posibilidades,
complejidades y dificultades. De este modo, Perspectivas del mundose esfuerza
por definir el poder ecuménico de la inteligencia y del corazón, que capacita
al hombre, a través de su misteriosa grandeza, para volverá crear su vida.
Se
propone esta Serie reexaminar todos aquellos aspectos del esfuerzo humano de
los cuales el especialista había aprendido a pensar que podía prescindir
impunemente. Interpreta acontecimientos actuales y pasados que inciden sobre la
vida humana en una época que, como la nuestra, tiende cada vez más a la
universalidad, y encara lo que el hombre puede conseguir todavía, cuando un
impulso interior invencible lo alienta a la búsqueda de lo que hay en él de más
alto. Su finalidad es ofrecer enfoques nuevos de la evolución del mundo y del
hombre, pero negándose siempre a traicionar la vinculación entrañable entre
universalidad e individualidad, entre energía y forma, entre libertad y
predestinación. Cada autor va realizando su obra con la creciente convicción de
que espíritu y materia no son elementos separados y aparte; que la intuición y
la razón deben recobrar su importancia como los medios de percibir y fundir lo
que vive en nuestro interior con la realidad exterior.
Perspectivas
del mundo intenta demostrar que la concepción de totalidad, unidad, organismo
es una más alta y más concreta concepción que la de materia y energía. De este
modo, nos empeñamos por dar en esta Serie un sentido ampliado de la vida, de la
biología, no tal como ha sido revelado en el tubo de ensayo del laboratorio,
sino tal como se lo experimenta dentro del propio organismo de vida. Porque el
principio de vida consiste en la tensión que conecta lo espiritual con el reino
de la materia. El elemento vital tiene caracteres dominantes en la íntima
contextura de la naturaleza, por lo cual la vida, la biología, se vuelve una
ciencia más allá de lo empírico. Las leyes de la vida tienen su origen más allá
de sus simples manifestaciones físicas y nos compelen a considerar su fuente
espiritual. En realidad, el ensanchamiento del marco conceptual no ha servido
solamente para restaurar el orden en las respectivas ramas del conocimiento,
sino que también ha revelado analogías en la posición del hombre respecto del
análisis y la síntesis de la experiencia en dominios aparentemente separados
del intelecto, sugiriendo la posibilidad de una descripción del significado de
la existencia de contornos todavía más dilatados.
El
conocimiento, como se demuestra en estos libros, no consiste ya en una mera
manipulación del hombre y la naturaleza como fuerzas antagónicas, ni en la
reducción de los hechos a un mero orden estadístico, sino que es un medio de
liberar a la humanidad del poder destructor del medio, señalando el camino
hacia la rehabilitación de la voluntad humana y el renacimiento de la fe y de
la confianza en la persona humana. Las obras publicadas intentan mostrar,
asimismo, que la demanda de esquemas, sistemas y autoridades se va haciendo
menos insistente a medida que aumenta en Oriente y Occidente el anhelo de
recuperar la dignidad, la integridad y la autodeterminación: derechos
inalienables del hombre, que ahora podrá orientar el cambio mediante el
designio consciente, y a la luz de la experiencia racional.
Otras
de las cuestiones vitales exploradas se refieren a problemas de entendimiento
internacional o de prejuicios entre los pueblos, con las tensiones y los
antagonismos consiguientes. La visión y la responsabilidad crecientes de
nuestra época apuntan a la nueva realidad de que la persona individual y la
persona colectiva se integran y complementan entre sí; de modo que la
esclavitud totalitaria, tanto de derecha como de izquierda, ha sido sacudida
por la aspiración universal de reconquistar la autoridad de la verdad y la
unidad humana. La humanidad puede por fin poner su esperanza, no ya en un
autoritarismo proletario ni en un humanismo secularizado, que han traicionado
igualmente el derecho de propiedad espiritual de la historia, sino en una
fraternidad sacramental y en la unidad del conocimiento. Esta nueva conciencia
ha producido un ensanchamiento de los horizontes humanos que trasciende todo
sectarismo, y una revolución en el pensamiento humano, comparable a la premisa
básica, de la soberanía de la razón entre los antiguos griegos; similar a la
gran irradiación de la conciencia moral articulada por los profetas hebreos;
análoga a los enunciados fundamentales del cristianismo; o a la alborada de una
nueva era científica, la era de la ciencia de la dinámica, cuyos fundamentos
experimentales formuló Galileo en el Renacimiento.
Uno
de los esfuerzos importantes de esta Serie consiste en reconsiderar las
acepciones y aplicaciones contradictorias que se dan hoy a términos tales como
democracia, libertad, justicia, amor, paz, fraternidad y Dios. Y estas
investigaciones responden al propósito de despejar el camino para la fundación
de una auténtica historia universal no ya en términos de nación, de raza o de
cultura, sino en los términos del hombre en sus relaciones con Dios, consigo
mismo, con sus semejantes y con el universo, más allá de todo interés inmediato
y egoísta. Porque el sentido de esta Edad Mundial consiste en el respeto de las
esperanzas y los sueños del hombre; respeto que conduce a una comprensión más
profunda de los valores fundamentales de todos los pueblos.
Perspectivas
del mundo es una colección que intenta penetrar en el sentido verdadero del
hombre, sentido no sólo determinado por la historia, sino que a su vez la
determina. Y la historia, según aquí se la concibe, no se ocupa sólo de la vida
del hombre sobre nuestro planeta, sino también de las influencias cósmicas que
actúan en nuestro mundo humano.
Nuestra
generación está descubriendo que la historia no se somete al optimismo social
de la moderna civilización; y que la organización de las comunidades humanas y
el establecimiento de la libertad y la paz no son solamente realizaciones
intelectuales sino realizaciones de orden espiritual y moral, que exigen el
cultivo integral de la personalidad humana, la “inmediata integridad de
sentimiento y pensamiento” y acucian interminablemente al hombre para hacerlo
salir del abismo de su insensatez y de sus padecimientos a fin de que se
renueve y se reconstruya en la plenitud de su vida.
La
justicia misma, que ha padecido un “estado de peregrinación y de crucifixión”,
y ahora está siendo liberada poco a poco de las garras de la demonología social
y política, en el Este como en el Oeste, empieza a sentar sus propias premisas.
Los modernos movimientos revolucionarios que han desafiado a las sagradas
instituciones de la sociedad, protegiendo a la injusticia social en nombre de
la justicia social, son examinados y revaluados.
A la
luz de este punto de vista, no tenemos otra alternativa que admitir que la
servidumbre, con la cual la libertad es medida, debe ser mantenida con ella, es
decir, que el aspecto de la verdad fuera del cual parece emerger la noche, la
oscuridad de nuestro tiempo, es tan poco renunciable como el progreso subjetivo
del hombre. De este modo, las dos fuentes de la conciencia del hombre son
inseparables, no como un aspecto inerte sino como un aspecto viviente y
complementario, un aspecto de aquel principio de complementariedad mediante el
cual Niels Bohr ha buscado unir el cuanto y la onda, que constituyen la
verdadera fábrica de radiante energía vital.
Existe
hoy en la humanidad una fuerza contraria a la esterilidad y al peligro de la
cultura cuantitativa y anónima de la masa; un sentido espiritual nuevo, aunque
a veces imperceptible, de convergencia hacia la unidad del mundo, basada en el
carácter sagrado de cada persona humana y en el respeto por la pluralidad de
las culturas. Hay una conciencia, creciente de que la igualdad y la justicia no
pueden evaluarse en simples términos numéricos, ya que son en su realidad
proporcionales y analógicas. Porque cuando la igualdad es equiparada con lo
intercambiable, la individualidad es negada y la personalidad humana
aniquilada.
Estamos
en el umbral de una era del mundo en la cual la vida humana se empeña en
realizar formas nuevas. Reconocida la falsedad de la división entre hombres y
naturaleza, tiempo y espacio, libertad y seguridad, nos enfrentamos con una
imagen nueva del hombre en su unidad orgánica, y una visión nueva de la
historia que le atribuye una riqueza y variedad de contenido, y una magnitud de
alcances sin precedentes hasta ahora. Al vincular la sabiduría acumulada por el
espíritu del hombre, a la realidad de la Edad Mundial, articulando su
pensamiento con sus creencias, Perspectivas del mundo trata de estimular un
renacimiento de esperanza en la sociedad, y de altivez en la decisión del
hombre para determinar su destino.
Perspectivas
del mundo abriga, la convicción de que todos los grandes cambios son precedidos
por una vigorosa reorganización y revaluación intelectual. Nuestros autores
están informados de que el pecado de hybris puede ser evitado demostrando que
el proceso creador mismo no es tan libre actividad si por libre actividad
entendemos actividad arbitraria, o no relacionada con las leyes cósmicas.
Porque el proceso creador en la mente humana, el proceso evolucionista en la
naturaleza orgánica y las leyes básicas del reino inorgánico no pueden ser sino
variadas expresiones de un proceso formativo universal. De este modo,
Perspectivas del mundo espera demostrar que aunque el presente período
apocalíptico es de excepcional tensión, hay también en acción un excepcional
movimiento hacia una unidad compensadora que rehúsa violar el poder fundamental
que rige en el universo, el verdadero poder del cual todo esfuerzo humano debe
depender finalmente. De esta manera podemos llegar a comprender que existe una
independencia esencial del desarrollo espiritual y mental que, aunque está
condicionado por circunstancias, jamás es determinado por las circunstancias.
Así, la gran plétora de conocimientos humanos puede estar correlacionada con un
discernimiento en la índole de la naturaleza humana armonizándose con el
dilatado y profundo campo de actividad del pensamiento humano y de la humana
experiencia.
A
despecho de la infinita obligación del hombre y de su poder finito; a despecho
de la intransigencia de los nacionalismos; del desvalimiento espiritual y de la
profanación moral; por debajo del aparente torbellino y el caos del presente y
extrayendo de las trasformaciones de este dinámico período la revelación de una
conciencia de unidad universal, el propósito de Perspectivas del mundo es
contribuir a reanimar “el corazón inmóvil de la verdad perfecta” e interpretar
los elementos significativos de esta Edad Mundial que se está configurando
actualmente en la continuidad ininterrumpida del proceso creador que reintegra
el hombre a la humanidad, ahondando y fortaleciendo su comunión con el
universo.
Ruth
Nanda Anshen
Nueva
York, 1958.
Capítulo
1
Tradición
antigua y tradición moderna
Cuando
se habla hoy de física moderna, en lo primero que se piensa es en las armas
atómicas. Todos comprenden la enorme influencia de estas armas en la estructura
política de nuestro mundo actual, y no resulta difícil admitir que la
influencia de la física sobre la situación general es más grande que la que en
cualquier otra época ha tenido. Pero ¿es realmente el aspecto político el más
importante de la física moderna? Cuando el mundo haya ajustado su estructura
política a las nuevas posibilidades técnicas ¿qué quedará, entonces, de la
influencia de la física moderna?
Para
contestar estas preguntas, debe tenerse presente que toda herramienta lleva
consigo el espíritu con que ha sido creada. Puesto que todas las naciones y
todos los grupos políticos habrán de estar interesados en las nuevas armas,
independientemente del lugar y de las tradiciones culturales, el espíritu de la
física moderna penetrará en las mentes de mucha gente, y se relacionará de
diferentes maneras, con tradiciones más antiguas. ¿Cuál será el resultado de
este impacto de una rama especial de la ciencia sobre antiguas y poderosas
tradiciones? En aquellas partes del mundo en las que se ha desarrollado la
ciencia moderna, el interés principal se ha centrado, desde hace mucho tiempo,
en actividades prácticas, industria e ingeniería, combinadas con el análisis
racional de las condiciones externas e internas de esas actividades. A la gente
de esos países le será relativamente fácil hacer frente a las nuevas ideas,
puesto que han tenido tiempo de adaptarse lenta y gradualmente a los métodos
científicos del pensamiento moderno. En otras partes del mundo, estas ideas
habrán de confrontarse con los fundamentos religiosos y filosóficos de la
cultura local. Ya que los resultados de la física moderna afectan conceptos
fundamentales, como los de realidad, espacio y tiempo, la confrontación puede
conducir a desarrollos enteramente nuevos que no pueden preverse. Un rasgo
característico de este encuentro entre la ciencia moderna y sistemas de
pensamiento, más antiguos, será su internacionalismo. En este intercambio de ideas,
una de las partes, la vieja tradición, será diferente en cada región del mundo,
pero la otra será la misma en todas partes, y por lo tanto los resultados de
este intercambio se desparramarán sobre todas las áreas en que tengan lugar
estas discusiones.
Por
tal razón, puede no ser una tarea insignificante tratar de discutir estas ideas
de la física moderna en un lenguaje no demasiado técnico, estudiar sus
consecuencias filosóficas, y compararlas con algunas de las tradiciones
antiguas.
La
mejor manera de enfrentar los problemas de la física moderna quizá sea mediante
una descripción histórica del desarrollo de la teoríacuántica. Es verdad que la
teoría de los quanta o cuantos es sólo un pequeño sector de la física atómica,
y ésta a su vez es sólo una pequeña parte de la ciencia moderna. Sin embargo,
es en la teoría del cuanto donde se han producido los cambios más fundamentales
con respecto al concepto de realidad, y es en la forma final de esta teoría
cuántica donde las nuevas ideas de la física moderna se han concentrado y
cristalizado.
El
equipo experimental necesario para la investigación en el campo de la física
nuclear, enorme y extremadamente complicado, representa otro de los aspectos
impresionantes de esta parte de la ciencia moderna. Pero con respecto a la
técnica experimental, la física nuclear representa la extensión de un método de
investigación que ha determinado el crecimiento de la ciencia moderna desde
Huygens o Volta o Faraday. De manera similar, la desalentadora complicación
matemática de algunas partes de la teoría cuántica, puede considerarse las
últimas consecuencias de los métodos de Newton o Gauss o Maxwell. Pero el
cambio en el concepto de realidad que se manifiesta en la teoría de los quanta
no es una simple continuación del pasado; parece ser una verdadera ruptura en
la estructura de la ciencia moderna. Por lo tanto, el primero de los capítulos
siguientes, será dedicado al estudio del desarrollo histórico de la teoría del
cuanto.
Capítulo
2
La
historia de la teoría cuántica
El
origen de la teoría cuántica está vinculado con un fenómeno bien conocido que
no pertenece a la parte esencial de la física atómica. Cuando se calienta un
trozo de materia, éste comienza a tomarse candente, y llega al rojo blanco a
altas temperaturas. El color no depende mucho de la superficie del material, y
para un cuerpo negro depende sólo de la temperatura. Por lo tanto, la radiación
emitida por tal cuerpo a altas temperaturas es un tema adecuado para la
investigación física: es un fenómeno simple que debería explicarse en base a
las leyes conocidas de la radiación y el calor. Sin embargo, los intentos
efectuados a fines del siglo diecinueve por Jeans y Lord Rayleigh fallaron, y
pusieron de manifiesto serias dificultades. No sería posible describir aquí
estas dificultades en palabras sencillas. Baste saber que la aplicación de las
leyes conocidas no conducía a resultados razonables. Cuando en 1895, Planck
comenzó a trabajar en este tema, trató de trasformar el problema de la
radiación en el problema del átomo radiante. Esta trasformación no eliminaba
ninguna de las dificultades fundamentales, pero simplificaba la interpretación
de los datos empíricos. En esa misma época, durante el verano de 1900, Curlbaum
y Rubens hicieron en Berlín nuevas mediciones muy exactas del espectro de la
radiación térmica. Cuando Planck conoció esos resultados, trató de
representarlos mediante fórmulas matemáticas sencillas que resultaran
compatibles con sus investigaciones acerca de la relación entre calor y
radiación. Un día, Rubens fue a tomar el té a casa de Planck, y ambos
compararon las últimas conclusiones de aquél con la nueva fórmula sugerida por
Planck. Este fue el descubrimiento de la ley de Planck de radiación calórica.
Al
mismo tiempo, éste fue, para Planck el comienzo de un intenso trabajo de
investigación teórica. ¿Cuál era la correcta interpretación física de la nueva
fórmula? Puesto que a partir de sus primeros trabajos Planck pudo traducir
fácilmente su fórmula en una afirmación acerca del átomo radiante (llamado el
oscilador), pronto debió haber encontrado que su fórmula parecía indicar que el
oscilador sólo podía poseer cantidades discretas de energía [1] Este resultado
era tan diferente de todo lo que se conocía en física clásica, que seguramente
él debió haberse rehusado a aceptarlo en un principio. Pero en momentos del
trabajo más intenso, durante el mismo verano de 1900, se convenció finalmente
de que no había forma de escapar a esta conclusión. Cuenta el hijo de Planck,
que en un largo paseo por el Grunewald, parque de las afueras de Berlín, su
padre le habló de sus nuevas ideas. Durante el paseo, le explicó que pensaba
haber hecho un descubrimiento de gran importancia, comparable, quizá, con los
descubrimientos de Newton. De modo que Planck debió haber comprendido, ya en
esa época, que su fórmula afectaba los fundamentos de nuestra descripción de la
naturaleza, y que estos fundamentos habrían de comenzar, algún día, a moverse
de su actual situación tradicional hacia una nueva posición, aún desconocida,
de estabilidad. A Planck, que tenía todo el aspecto de un conservador, no le
gustaban nada estas consecuencias; pero publicó su hipótesis del cuanto en
diciembre de 1900.
La
idea de que la energía sólo podía ser emitida o absorbida en cuantos discretos
de energía era tan nueva que no se la podía incorporar a la estructura
tradicional de la física. Un intento de Planck de conciliar su hipótesis con
las antiguas leyes de radiación, falló en sus puntos más importantes. El
próximo paso en la nueva dirección tardó cinco años en darse.
Esta
vez fue el joven Albert Einstein, un genio revolucionario, el que no temió
avanzar apartándose de los viejos conceptos. Había dos problemas en los cuales
pudo hacer uso de las nuevas ideas. Uno era el llamado efecto fotoeléctrico: la
emisión de electrones por los metales bajo la influencia de la luz. Las
experiencias, especialmente las de Lenard, mostraban que la energía de los
electrones emitidos no dependía de la intensidad de la luz, sino solamente de
su color, o con más precisión, de su frecuencia. Esto no se podía entender
sobre la base de la teoría tradicional de la radiación. Einstein pudo explicar
las observaciones interpretando que la hipótesis de Planck asevera que la luz
consiste en cuantos de energía que atraviesan el espacio. La energía de un
cuanto de luz debía ser, de acuerdo con las suposiciones de Planck, igual a la
frecuencia de la luz multiplicada por la constante de Planck.
El
otro problema era el del calor específico de los cuerpos sólidos. La teoría
tradicional conducía a valores del calor específico que se ajustaban a las
observaciones a altas temperaturas, pero que no se ajustaban a las
observaciones a temperaturas bajas. Nuevamente, Einstein pudo demostrar que se
podía comprender este comportamiento aplicando la hipótesis cuántica a las
vibraciones elásticas del átomo del cuerpo sólido. Estos dos resultados
significaron un notable avance, puesto que revelaron la existencia del cuanto
de acción de Planck —como acostumbran los físicos a llamar su constante— en
varios fenómenos que no se relacionaban directamente con la radiación de calor.
Revelaban, al mismo tiempo, el carácter profundamente revolucionario de las
nuevas hipótesis, ya que la primera de ellas conducía a una descripción de la
luz completamente diferente de la imagen ondulatoria tradicional. Podía
interpretarse que la luz consistía, bien en ondas electromagnéticas, según la
teoría de Maxwell, bien en cuantos de luz, paquetes de energía que atraviesan
el espacio con la velocidad de aquélla. ¿Pero podía consistir en ambas cosas?
Einstein sabía, naturalmente, que los fenómenos bien conocidos de difracción e
interferencia sólo podían explicarse sobre la base de la imagen ondulatoria. No
podía refutar la contradicción que existía entre esta imagen ondulatoria y la
idea de cuantos de luz; y no intentó siquiera eliminar la inconsistencia de su
interpretación. Tomó, simplemente, la contradicción como algo que quizá habría de
entenderse sólo mucho más tarde.
Mientras
tanto, los experimentos de Becquerel, Curie y Rutherford habían clarificado, en
cierta medida, el conocimiento de la estructura del átomo. En 1911, las
observaciones de Rutherford sobre la interacción de los rayos alfa al pasar a
través de la materia lo condujeron a su famoso modelo de átomo: un núcleo,
cargado positivamente, y que contiene casi toda la masa del átomo, y
electrones, que giran alrededor del núcleo como planetas alrededor del sol. El
vínculo químico entre átomos de elementos diferentes se explica por la
interacción de electrones exteriores de átomos vecinos; nada tiene que ver con
los núcleos. El núcleo determina el comportamiento químico del átomo por su
carga, la que, a su vez, fija el número de electrones del átomo neutro. Inicialmente,
este modelo de átomo no conseguía explicar la característica más notable del
átomo: su enorme estabilidad. Ningún sistema planetario que siguiera las leyes
de la mecánica de Newton volvería jamás a su configuración inicial después de
una colisión con un sistema semejante, pero un átomo de carbón, por ejemplo,
seguirá siendo un átomo de carbón aun después de cualquier colisión o
interacción por vinculación química.
La
explicación de esta extraña estabilidad la dio Bohr en 1913, con la aplicación
de la hipótesis del cuanto, de Planck. Si el átomo sólo puede cambiar su
energía en cuantos discretos, esto debe significar que el átomo sólo puede
existir en estados estacionarios discretos, el más bajo de los cuales es su
estado normal. Por lo tanto, después de una interacción cualquiera, el átomo
volverá finalmente, siempre, a su estado normal.
Con
esta aplicación de la teoría cuántica al modelo de átomo, Bohr pudo no
solamente explicar la estabilidad del átomo, sino también, en algunos casos
simples, dar una interpretación teórica de las líneas de los espectros emitidos
por los átomos excitados por descargas eléctricas o calor. Su teoría se apoyaba
en una combinación de mecánica clásica para el movimiento de los electrones con
condiciones cuánticas impuestas para definir los estados estacionarios del
sistema. Sommerfeld dio, más tarde, una formulación matemática consistente de
estas condiciones. Bohr sabía bien que las condiciones cuánticas estropeaban en
cierto modo la consistencia de la mecánica de Newton. En el caso sencillo del
átomo de hidrógeno se pudieron calcular, con la hipótesis de Bohr, las
frecuencias de la luz emitida por el átomo, y la coincidencia con las
observaciones fríe perfecta. Sin embargo, estas frecuencias eran diferentes de
las frecuencias de rotación del electrón en su órbita alrededor del núcleo y de
sus armónicas, y este hecho mostraba que la teoría estaba aún llena de
contradicciones. Pero contenía una parte esencial de verdad. Explicaba
cualitativamente el comportamiento químico de los átomos y sus espectros
lineales; la existencia de estados estacionarios discretos fue verificada por
las experiencias de Franck y Hertz, Stern y Gerlach.
La
teoría de Bohr había abierto una nueva ruta de investigación. La gran cantidad
de material experimental recogido durante varias décadas estaba ahora
disponible como información acerca de las extrañas leyes cuánticas que
gobiernan el movimiento de los electrones en el átomo. Muchos experimentos
químicos podían usarse con el mismo propósito. Desde esta época, los físicos
aprendieron a formularse las preguntas correctas; y hacer la pregunta adecuada
es frecuentemente más de medio camino hacia la solución del problema.
¿Cuáles
eran esas preguntas? Prácticamente todas estaban relacionadas con las extrañas
contradicciones aparentes entre resultados de diferentes experimentos. ¿Cómo
puede ser que la misma radiación que produce interferencia, y que por lo tanto
debe consistir en ondas, produzca también el efecto fotoeléctrico, y en
consecuencia deba consistir en partículas móviles? ¿Cómo es posible que la
frecuencia del movimiento planetario del electrón en el átomo no se ponga de
manifiesto en la frecuencia de la radiación emitida? ¿Significa esto que no
existe tal movimiento planetario? Pero si la idea de ese tipo de movimiento es
incorrecta, ¿qué les sucede a los electrones dentro del átomo? Se puede ver el
movimiento de los electrones en una cámara de niebla, y, a veces, cómo se
produce una colisión con un átomo; ¿por qué no se habrían de mover también
dentro del átomo? Es verdad que podrían estar en reposo en el estado normal del
átomo, el estado de mínima energía. Pero hay muchos estados de mayor energía,
en los que la corteza de electrones tiene cierta cantidad de movimiento
angular. Por lo tanto, el electrón no puede estar en reposo. Se pueden agregar
muchos ejemplos similares. Una y otra vez nos encontramos con que el intento de
describir los acontecimientos atómicos en los términos tradicionales de la
física, nos conduce a contradicciones.
Gradualmente,
en los años que siguieron a 1920, los físicos se fueron acostumbrando a estas
dificultades; adquirieron un vago sentido de dónde se habrían de producir las
dificultades, y aprendieron a evitar las contradicciones. Sabían qué
descripción de un acontecimiento atómico habría de ser la correcta para la
experiencia especial en discusión. Esto no era suficiente para presentar un
cuadro de conjunto consistente de lo que sucede en un proceso cuántico, pero
hizo cambiar de criterio a los físicos de modo de hacerles aceptar, en cierta
manera, el espíritu de la teoría cuántica. Por lo tanto, aun algún tiempo antes
de formularse de manera coherente la teoría cuántica, se sabía más o menos cuál
habría de ser el resultado de cualquier experimento.
Se
discutía frecuentemente lo que se llaman experimentos ideales. Tales
experimentos tenían por objeto contestar preguntas críticas independientemente
de la posibilidad de llevarlos a cabo. Por supuesto, era importante que, en
principio, fuera posible realizar el experimento, pero la técnica podía ser
extremadamente complicada. Estos experimentos ideales podían ser muy útiles
para aclarar algunos problemas. Si no había acuerdo entre los físicos acerca
del resultado de tales experimentos ideales, era posible, frecuentemente,
encontrar un experimento similar pero, más simple, que pudiera llevarse a cabo,
de manera que la respuesta experimental contribuyera a la aclaración de la
teoría cuántica.
La
más extraña de las experiencias de aquellos años fríe que las paradojas de la
teoría cuántica no desaparecían durante el proceso de clarificación; al
contrario, se tomaban aún más agudas y más excitantes. Estaba, por ejemplo, el
experimento de Compton sobre la dispersión de rayos X. Desde los primeros
experimentos sobre interferencia por dispersión de la luz, no se pudo dudar que
la dispersión se producía, esencialmente, de la siguiente manera: la onda de
luz incidente hace vibrar a un electrón que encuentra el rayo, con la
frecuencia de la onda; el electrón oscilante emite, entonces, ondas esféricas
con la misma frecuencia, y produce, por tanto, la dispersión de la luz. Sin
embargo, Compton encontró en 1923 que la frecuencia de los rayos X de dispersión,
era distinta de la del rayo incidente. Podía entenderse formalmente este cambio
de frecuencia suponiendo que la dispersión consistía en la colisión de un
cuanto de luz con un electrón. La energía del cuanto de luz se modifica durante
el choque; y como la frecuencia multiplicada por la constante de Planck es la
energía del cuanto de luz, la frecuencia también debía modificarse. Pero ¿qué
sucede en esta interpretación con la onda luminosa? Las dos experiencias, una
la de interferencia por dispersión y la otra sobre el cambio de frecuencia,
parecían contradecirse mutuamente sin ninguna posibilidad de acuerdo.
En
esta época, muchos físicos se habían convencido de que estas contradicciones
aparentes pertenecían a la estructura intrínseca de la física atómica. Por lo
tanto, en 1924, de Broglie intentó, en Francia, extender el dualismo entre
ondas y partículas, a las partículas elementales de materia, especialmente al
electrón. Demostró que a un electrón en movimiento, le correspondía cierta onda
de materia, del mismo modo que una onda de luz corresponde a un cuanto de luz
en movimiento. No era claro, en ese tiempo, el significado de la palabra
corresponder, en esa relación. Pero de Broglie sugirió que la condición
cuántica en la teoría de Bohr debiera ser interpretada como una afirmación
acerca de ondas de materia. Una onda alrededor de un núcleo sólo puede ser, por
razones geométricas, una onda estacionaria; y el perímetro de la órbita debe
ser un múltiplo entero de la longitud de la onda. De esta manera, la idea de de
Broglie relacionaba la condición cuántica, que siempre había sido un elemento
formal en la mecánica del electrón, con el dualismo entre ondas y partículas.
En
la teoría de Bohr, la discrepancia entre la frecuencia orbital del electrón
calculada, y la frecuencia de la radiación emitida, debía ser interpretada como
una limitación del concepto de órbita electrónica. Este concepto había sido
algo dudoso desde el comienzo. En las órbitas más altas, sin embargo, los
electrones debían moverse a gran distancia del núcleo, del mismo modo que se
los ve mover en una cámara de niebla. Allí se podría hablar de órbita
electrónica. Era, por lo tanto, muy satisfactorio, que en esas órbitas las
frecuencias de la radiación emitida se aproximaran a la frecuencia orbital y a
sus armónicas más elevadas. También había sugerido ya Bohr, en sus primeros
artículos, que las intensidades de las líneas espectrales emitidas se
aproximaban a las intensidades de las correspondientes armónicas. Este
principio de correspondencia había demostrado ser muy útil para el cálculo
aproximado de la intensidad de las líneas espectrales. De esta manera, podía
tenerse la impresión de que la teoría de Bohr proporcionaba una descripción
cualitativa, y no cuantitativa, de lo que sucede dentro del átomo; que algún
nuevo aspecto del comportamiento de la materia se expresaba cualitativamente
con las condiciones cuánticas, el cual, a su vez, se relacionaría con el
dualismo entre ondas y partículas.
La
formulación matemática precisa de la teoría cuántica emergió, finalmente, de
dos desarrollos diferentes. Uno, partió del principio de correspondencia, de
Bohr. Había que abandonar el concepto de órbita del electrón, pero se lo debía
mantener, no obstante, en el límite de los grandes números cuánticos (órbitas
grandes). En estos casos, la radiación emitida, por medio de sus frecuencias e
intensidades, da una imagen de la órbita del electrón; representa lo que los
matemáticos llaman un desarrollo de Fourier de la órbita. Era como si se
debiese escribir las leyes mecánicas, no con ecuaciones entre las velocidades y
posiciones del electrón, sino entre las frecuencias y amplitudes de su
desarrollo en series de Fourier. Partiendo de tales ecuaciones, y con muy poco
cambio, podía esperarse llegar a relaciones entre esas cantidades que
correspondieran a frecuencias e intensidades de la radiación emitida, aun para
órbitas pequeñas, y para el estado normal del átomo. Este plan se llevó,
efectivamente, a cabo. En el verano de 1925 condujo a un formalismo matemático
llamado mecánica de las matrices o, más genéricamente, mecánica cuántica. Las
ecuaciones del movimiento de la mecánica de Newton frieron reemplazadas por
ecuaciones similares entre matrices. Fue una experiencia extraña ver cómo
muchos de los resultados de la antigua mecánica, como conservación de la
energía, etcétera, podían encontrarse también en el nuevo esquema. Más tarde,
las investigaciones de Born, Jordán y Dirac demostraron que las matrices que representan
la posición y la cantidad de movimiento del electrón, no pueden intercambiarse.
Este último hecho demuestra claramente la esencial diferencia entre mecánica
cuántica y mecánica clásica.
El
otro desarrollo siguió la idea de de Broglie acerca de ondas de materia.
Schrödinger trató de establecer una ecuación ondulatoria para las ondas
estacionarias de de Broglie, alrededor del núcleo. Primeramente, en 1926,
acertó a deducir los valores de la energía de los estados estacionarios del
átomo de hidrógeno, como valores propios de su ecuación ondulatoria, y pudo dar
una norma más general para trasformar un sistema de ecuaciones clásicas de
movimiento en una ecuación ondulatoria correspondiente, en un espacio de muchas
dimensiones. Después, él mismo demostró que este formalismo de la mecánica
ondulatoria era matemáticamente equivalente al de la ya conocida mecánica
cuántica.
De
manera que ya se disponía de un formalismo matemático coherente, al que se
podía llegar por dos caminos diferentes, partiendo, bien de relaciones entre
matrices, bien de ecuaciones ondulatorias. Este formalismo dio los valores
exactos de la energía del átomo de hidrógeno; y en menos de un año se vio que
también servía para el átomo de helio y los problemas tanto más complicados de
los átomos más pesados. Pero ¿en qué sentido describía al átomo el nuevo
formalismo? La paradoja del dualismo entre la imagen ondulatoria y la imagen
corpuscular no había sido resuelta; quedaban un poco escondidas en el esquema
matemático.
Un
primer paso, muy interesante, hacia el entendimiento total de la teoría
cuántica fue dado en 1924 por Bohr, Kramers y Slater.
Estos
autores trataron de resolver la aparente contradicción entre la imagen
ondulatoria y la corpuscular, mediante el concepto de onda de probabilidad. Las
ondas electromagnéticas se interpretaban no como ondas reales sino como ondas
de probabilidad, cuya intensidad determina, en cada punto, la probabilidad de
absorción (o emisión inducida) de un cuanto de luz por parte de un átomo en ese
punto. Esta idea condujo a la conclusión de que las leyes de conservación de la
energía y de la cantidad de movimiento no necesitaban ser ciertas para un
acontecimiento aislado, sino que son sólo leyes estadísticas, solamente exactas
en un promedio estadístico. Esta conclusión no era correcta, sin embargo, y la
relación entre el aspecto ondulatorio y el corpuscular resultaba aun más
complicada.
Pero
el artículo de Bohr, Kramers y Slater puso en evidencia un rasgo esencial de la
interpretación correcta de la teoría cuántica. Este concepto de onda de
probabilidad era algo enteramente nuevo en la física teórica desde Newton.
Probabilidad, en matemáticas o en mecánica estadística, significa una
afirmación acerca de nuestro grado de conocimiento de la situación real. Al
arrojar los dados, no conocemos los detalles del movimiento de las manos que
determinan la caída de aquéllos, y decimos, por lo tanto, que la probabilidad
de obtener un número determinado es de uno en seis. La onda de probabilidad de
Bohr, Kramers y Slater, sin embargo, significaba más que esto; significaba una
tendencia hacia algo. Era una versión cuantitativa del viejo concepto de potentia
de la filosofía de Aristóteles. Introducía algo situado a mitad de camino entre
la idea de un acontecimiento y el acontecimiento real, una rara clase de
realidad física a igual distancia de la posibilidad y la realidad.
Más
tarde, cuando quedó fijada la estructura matemática de la teoría cuántica, Bohr
retomó esta idea de probabilidad, y dio una clara definición de la cantidad
matemática que, en el formalismo, debía ser interpretada como onda de
probabilidad. No era una onda tridimensional como las electromagnéticas, o las
elásticas, sino una onda en un espacio de configuración multidimensional, una
cantidad matemática más bien abstracta, pues.
Aun
en esta época, el verano de 1926, no era claro en cada caso, cómo debía usarse
el formalismo matemático para describir una situación experimental dada. Se
sabía describir los estados estacionarios del átomo, pero no un acontecimiento
mucho más simple, como por ejemplo el movimiento del electrón en una cámara de
niebla.
Cuando
en aquel verano Schrödinger demostró que su formalismo de la mecánica
ondulatoria era equivalente a la mecánica cuántica, trató, durante algún
tiempo, de abandonar la idea de cuantos y de saltos cuantificados y de
reemplazar los electrones del átomo por su onda de materia tridimensional. Lo
alentaba a intentarlo el resultado encontrado por él: que los niveles de
energía del átomo de hidrógeno parecían ser, con su teoría, simplemente las
frecuencias propias de las ondas estacionarias de materia. Pensó, por lo tanto,
que era un error llamarlas energía: eran simplemente frecuencias. Pero, en las
discusiones que tuvieron lugar en Copenhague, en el otoño de 1926, entre Bohr y
Schrödinger y el grupo de físicos de Copenhague, pronto resultó evidente que aquella
interpretación no era suficiente ni siquiera para explicar la fórmula de
radiación térmica, de Planck.
Durante
los meses que siguieron a estas discusiones, un estudio intenso de todas las
cuestiones concernientes a la interpretación de la teoría cuántica, realizado
en Copenhague, condujo finalmente a una clarificación completa, y satisfactoria
para muchos físicos, de la situación. Pero no fue una solución que pudiera
aceptarse fácilmente. Recuerdo algunas discusiones con Bohr, que proseguían
durante horas, hasta muy avanzada la noche, y que terminaban casi en
desesperación; y, cuando salía después a caminar por el parque vecino, me
repetía una y otra vez esta pregunta: “¿Es posible que la naturaleza sea tan
absurda como se nos aparece a nosotros en estos experimentos atómicos?”.
Se
llegó a la solución final por dos caminos distintos. Uno de ellos fue invertir
los términos de la pregunta. En lugar de interrogamos : “¿Cómo puede expresarse
una situación experimental dada con el esquema matemático conocido?” , debíamos
formulamos esta pregunta: “¿Es cierto, quizá, que sólo pueden presentarse
aquellas situaciones experimentales que pueden expresarse con el formalismo
matemático?”. La suposición de que esto fuera efectivamente cierto conducía a
limitaciones en el uso de los conceptos que habían constituido la base de la
física clásica desde Newton. Podía hablarse de la posición y de la velocidad de
un electrón, como en la mecánica de Newton, y podían observarse y medirse estas
cantidades. Pero no podían fijarse ambas cantidades simultáneamente, con una
exactitud arbitrariamente elevada. En realidad, el producto de estas dos
inexactitudes resultó ser no menor que la constante de Planck dividida por la
masa de la partícula. Relaciones similares podían formularse para otras
situaciones experimentales. Usualmente se las llama relaciones de incertidumbre
o principio de indeterminación [2].
Aprendimos,
pues, que los viejos conceptos se ajustaban a la naturaleza sólo
incorrectamente.
El
otro camino de acceso fue el concepto de complementariedad, de Bohr.
Schrödinger había descripto el átomo como un sistema formado no por un núcleo y
electrones, sino por el núcleo y ondas de materia. Esta imagen de ondas de
materia contenía también, por cierto, algún elemento de verdad. Bohr
consideraba que las dos imágenes —ondulatoria y corpuscular— eran dos
descripciones complementarias de la misma realidad. Cualquiera de esas
descripciones sólo podía ser parcialmente verdad; debía haber limitaciones en
el empleo del concepto de partícula, tanto como en el del concepto de onda; de
otro modo era imposible evitar contradicciones. Tomando en cuenta estas
limitaciones que pueden expresarse con las relaciones de incertidumbre, las
contradicciones desaparecen.
De
esta manera, desde la primavera de 1927 tenemos una interpretación coherente de
la teoría cuántica, que suele designarse frecuentemente “interpretación de
Copenhague”. Esta interpretación recibió su prueba crucial en el otoño de 1927,
en la conferencia de Solvay, en Bruselas. Una y otra vez, aquellos experimentos
que siempre habían conducido a las peores paradojas eran examinados
cuidadosamente, especialmente por Einstein. Se idearon nuevos experimentos
ideales para descubrir cualquier posible incoherencia de la teoría, pero ésta
era consistente y se ajustaba a los experimentos, según lo que se podía ver.
Los
detalles de esta interpretación de Copenhague serán tratados en el capítulo
siguiente. Debe hacerse notar, en este punto, que había pasado un cuarto de
siglo desde la primera idea de la existencia del cuanto de energía, hasta
lograrse un verdadero entendimiento de las leyes de la teoría cuántica. Esto
indica el gran cambio que debía introducirse en los conceptos fundamentales
concernientes a la realidad antes de que pudiera comprenderse la nueva
situación.
Capítulo
3
La
interpretación de Copenhague de la teoría cuántica
La
interpretación de Copenhague parte de una paradoja. Todo experimento de física,
refiérase a fenómenos de la vida diaria o a acontecimientos atómicos, debe ser
descripto en términos de la física clásica, con los cuales se forma el lenguaje
usado para describir la organización de nuestras experiencias y para expresar
sus resultados. No podemos, ni debemos reemplazar estos conceptos por otros.
Sin embargo, su aplicación está restringida por las relaciones de
incertidumbre. Debemos tener siempre presente esta limitación de los conceptos
clásicos mientras los usamos, pero no podemos ni debemos tratar de mejorarlos.
Para
comprender mejor esta paradoja, es conveniente comparar los procedimientos de
interpretación teórica de una experiencia de física clásica y de otro de teoría
cuántica. En la mecánica newtoniana, por ejemplo, podemos comenzar el estudio
del movimiento de un planeta midiendo su velocidad y posición. Se traducen los
resultados de la observación al lenguaje matemático, deduciendo números para
las coordenadas y las cantidades de movimiento del planeta, a partir de los
datos observados. Se emplean, entonces, las ecuaciones del movimiento, para
deducir de aquellos valores de las coordenadas y cantidades de movimiento
correspondientes a un instante dado, los valores de las coordenadas o cualquier
otra propiedad del sistema en un momento posterior. De esta manera, el
astrónomo puede pronosticar las propiedades del sistema correspondientes a
cualquier instante futuro, por ejemplo, la hora exacta de un eclipse de luna.
En
la teoría cuántica el procedimiento es ligeramente distinto. Podemos
interesamos, por ejemplo, en el movimiento de un electrón en una cámara de
niebla y podemos determinar, mediante algún tipo de observación, la posición y
velocidad iniciales del electrón. Pero esta determinación no habrá de ser
precisa; contendrá, por lo menos, las inexactitudes derivadas de las relaciones
de incertidumbre, y probablemente otros errores mayores debidos a dificultades
propias del experimento. Son las primeras inexactitudes las que nos permiten
traducir los resultados de la observación al lenguaje matemático de la teoría
cuántica. Se escribe una función de probabilidad que representa la situación
experimental en el momento de la medición, incluyendo también los probables
errores de medida.
Esta
función de probabilidad representa una mezcla de dos cosas: en parte, un hecho,
y en parte, nuestro conocimiento de un hecho. Representa un hecho en la medida
en que asigna a la situación inicial la probabilidad uno (es decir, certidumbre
completa) en el momento inicial: el electrón que se mueve con la velocidad
observada, en la posición observada; “observada” significa observada dentro de
la precisión del experimento. Representa nuestro conocimiento de un hecho, en
la medida en que otro observador podría quizá conocer la posición del electrón
con más exactitud. El error de la experiencia no representa, por lo menos hasta
cierto punto, una propiedad del electrón sino una deficiencia, en nuestro
conocimiento del electrón. Esta deficiencia de conocimiento también está
contenida en la función de probabilidad.
En
una investigación cuidadosa de física clásica, también deben considerarse los
errores de observación. Como resultado, se obtendrá una distribución
probabilística de los valores iniciales de las coordenadas y velocidades, de
manera similar a la función de probabilidad de la teoría cuántica. Sólo que en
física clásica faltará la incertidumbre necesaria, debida al principio de
indeterminación.
Cuando
se ha determinado, en física cuántica, la función de probabilidad, mediante la
observación en el momento inicial, puede calcularse según las leyes de la
teoría cuántica la función de probabilidad para un instante posterior, y puede
determinarse, por lo tanto, la probabilidad de que una cantidad medida arroje
un resultado establecido. Podemos pronosticar, por ejemplo, la probabilidad de
encontrar el electrón en un instante dado en un determinado punto de la cámara
de niebla. Debe hacerse notar, sin embargo, que la función de probabilidad no
representa por sí misma una serie de acontecimientos en el trascurso del
tiempo. Representa una tendencia hacia acontecimientos, y nuestro conocimiento
de ellos. La probabilidad puede relacionarse con la realidad sólo si se cumple
con una condición esencial: siempre que se efectúe una nueva medición para
determinar una determinada propiedad del sistema. Sólo entonces la función de
probabilidad nos permite calcular el probable resultado de la nueva medida. El
resultado de la medición será establecido, otra vez, en términos de la física
clásica.
Por
lo tanto, la interpretación teórica de un experimento requiere tres etapas
distintas: 1) la traducción de la situación experimental inicial en una función
de probabilidad; 2) seguir esta función en el curso del tiempo; 3) el
establecimiento de una nueva medición que habrá de hacerse, cuyo resultado
puede ser calculado mediante aquella función. Para el primer paso, es condición
necesaria el cumplimiento de las relaciones de incertidumbre. El segundo paso
no puede ser descripto mediante conceptos clásicos; no existe descripción de lo
que le sucede al sistema entre la observación inicial y la medición siguiente.
Sólo en el tercer paso volvemos de lo que está “en potencia” a lo que está “en
acto”.
Ilustraremos
estas tres etapas con un experimento ideal. Se ha dicho que el átomo consiste
en un núcleo y electrones que giran en tomo de él; también se ha manifestado
que el concepto de órbita electrónica es dudoso. Podría argüirse que, al menos
en principio, debiera ser posible ver al electrón moviéndose en su órbita. No
se alcanzará semejante poder de definición con un microscopio común, ya que la
inexactitud de la medida de la posición jamás podría ser menor que la longitud
de onda de la luz. Pero un microscopio de rayos gama, los cuales tienen una
longitud de onda menor que el tamaño del electrón, podría lograrlo. Tal
microscopio no ha sido construido aún, pero esto no nos impide imaginar un
experimento ideal.
¿Es
posible la primera etapa, esto es, la traducción de la observación en una
función de probabilidad? Es posible únicamente si se cumple la relación de
incertidumbre después de la observación. La posición del electrón será conocida
con una exactitud dada por la longitud de onda del rayo gama. El electrón podía
haber estado prácticamente en reposo antes de la observación. Pero en el acto
de la observación, por lo menos un cuanto de luz de los rayos gama debe haber
pasado, habiendo sido desviado antes por el electrón. Por lo tanto, el electrón
ha sido empujado por el cuanto de luz, y ha cambiado su cantidad de movimiento.
Se puede demostrar que la indeterminación de este cambio es exactamente lo
necesario para garantizar la validez de las relaciones de incertidumbre. No
hay, pues, dificultad con la primera etapa.
Al
mismo tiempo, puede verse fácilmente que no hay manera de observar la órbita
del electrón alrededor del núcleo. La segunda etapa muestra un paquete de ondas
moviéndose, no alrededor del núcleo, sino alejándose del átomo, por haber
chocado el primer cuanto de luz con el electrón. La cantidad de movimiento del
cuanto de luz del rayo gama es mucho más grande que la cantidad inicial del
electrón, si la longitud de onda del rayo es mucho menor que la dimensión del
átomo. Por lo tanto, el primer cuanto de luz es suficiente para expulsar al
electrón del átomo, y jamás podrá observarse más que un punto en la órbita del
electrón; no hay, pues, órbita en el sentido comente.
La
observación siguiente —la tercera etapa— mostrará al electrón en su trayectoria
alejándose del átomo. No hay manera de describir lo que ocurre entre dos
observaciones consecutivas. Naturalmente, es tentador decir que el electrón
debe de haber estado en algún lado entre las dos observaciones, y que, por lo
tanto, debe de haber descripto algún tipo de trayectoria u órbita, aun en el
caso en que resulte imposible llegar a conocerlas. Este sería un argumento
razonable, en física clásica. Pero en la teoría cuántica, éste sería un abuso
de lenguaje que, como veremos más adelante, no está justificado. Dejaremos en
suspenso, por el momento, el establecer si esta advertencia se refiere a la
manera en que se debe hablar acerca de acontecimientos atómicos, o si alude a
los mismos hechos, es decir, si se refiere a la epistemología o a la ontología.
De cualquier manera, debemos ser muy cautelosos acerca de los términos en que
hablemos del comportamiento de las partículas atómicas.
En
realidad, no necesitamos hablar de partículas. Para muchas experiencias es más
conveniente hablar de ondas de materia, por ejemplo de ondas estacionarias
alrededor del núcleo atómico. Tal descripción sería una contradicción directa
de la otra descripción, si no se prestara atención a las limitaciones dadas por
las relaciones de incertidumbre. Mediante las limitaciones se evita la
contradicción. El uso de “ondas de materia” es conveniente, por ejemplo, al
tratar de la radiación emitida por el átomo. Por medio de sus frecuencias e
intensidades, la radiación proporciona información acerca de la distribución de
la carga oscilante en el átomo, y entonces la imagen ondulatoria se acerca
mucho más a la verdad que la imagen corpuscular. Por ello, Bohr recomendaba el
uso de ambas imágenes, que él llama mutuamente “complementarias”. Las dos
imágenes se excluyen mutuamente, ya que una determinada cosa no puede ser al
mismo tiempo una partícula (es decir, sustancia confinada en un volumen
restringido) y una onda (es decir, un campo que se extiende sobre un gran
espacio), pero ambas se complementan entre sí. Bohr emplea el concepto de
“complementariedad” en varias partes de la interpretación de la teoría
cuántica. El conocimiento de la posición de una partícula es complementario del
conocimiento de su velocidad o cantidad de movimiento. Si conocemos una de
ellas con gran precisión, no podemos conocer la otra muy exactamente; y sin
embargo debemos conocer ambas para definir el comportamiento del sistema. La
descripción en el espacio-tiempo de un acontecimiento atómico, es
complementaria de su descripción determinista. La función de probabilidad
obedece a una ecuación de movimiento, como las coordenadas en la mecánica de
Newton; su cambio en el curso del tiempo está completamente determinado por la
ecuación de mecánica cuántica, pero no permite una descripción en el
espacio-tiempo. La observación, por el otro lado, hace valer la descripción en
el espacio y el tiempo, pero interrumpe la continuidad determinista de la función
de probabilidad alterando nuestro conocimiento del sistema.
Generalmente,
el dualismo entre dos descripciones diferentes de la misma realidad no es más
una dificultad, ya que sabemos, por la formulación matemática de la teoría, que
no pueden surgir contradicciones. El dualismo entre dos imágenes
complementarias —ondas y partículas— también es puesto de manifiesto en la
flexibilidad del esquema matemático. Normalmente, el formalismo se asemeja al
de la mecánica newtoniana, con ecuaciones de movimiento para las coordenadas y
las cantidades de movimiento de las partículas. Pero, mediante una simple
trasformación, se lo puede presentar de manera que se asemeje a una ecuación de
onda de materia, tridimensional. Por lo tanto, esta posibilidad de emplear
diferentes imágenes complementarias tiene su analogía en las diferentes
trasformaciones del esquema matemático; no conduce a dificultades, según la
interpretación de Copenhague respecto de la teoría cuántica.
Una
verdadera dificultad en la comprensión de esta interpretación se presenta
cuando se formula la famosa pregunta: ¿Pero qué ocurre realmente en un
acontecimiento atómico? Ya se ha dicho que el mecanismo y el resultado de una
observación puede siempre ser expresado en términos de la física clásica. Pero
lo que se deduce de una observación es una función de probabilidad, una
expresión matemática que combina afirmaciones acerca de posibilidades o
tendencias con afirmaciones sobre nuestro conocimiento de los hechos. De modo
que no podemos objetivar completamente el resultado de una observación; no
podemos describir lo qu e sucede entre esta observación y la siguiente. Esto
suena como si hubiéramos introducido un elemento de subjetivismo en la teoría,
como si dijéramos: lo que sucede depende del modo en que observemos, o del
hecho mismo de que hagamos la observación. Antes de discutir este problema de
subjetivismo, es necesario explicar con toda claridad por qué nos
encontraríamos con dificultades insalvables si tratásemos de explicar lo que
sucede entre dos observaciones consecutivas.
Con
este objeto, es conveniente analizar el siguiente experimento ideal: supongamos
que una pequeña fuente de luz monocromática envía un rayo de luz hacia una
pantalla negra con dos agujeros. El diámetro de los agujeros puede no ser mucho
mayor que la longitud de onda de la luz, pero la distancia entre ambos sí será
mucho más grande. A cierta distancia, del otro lado de la pantalla, una placa
fotográfica registra la luz incidente. Si se describe esta experiencia en
términos de la imagen ondulatoria, puede decirse que la onda primaria penetra
por los dos agujeros; habrá ondas esféricas secundarias que se interferirán
entre sí, y la interferencia producirá un espectro de intensidad variable sobre
la placa fotográfica.
El
oscurecimiento de la placa es un proceso cuántico, una reacción química
producida por cuantos de luz aislados. Por lo tanto, debe ser posible describir
el experimento en términos corpusculares. Si fuera lícito decir lo que le
sucede al cuanto de luz entre su emisión de la fuente luminosa y su absorción
por la placa fotográfica, podría razonarse de esta manera: El cuanto de luz
aislado puede llegar pasando por el primer agujero o por el segundo. Si pasa
por el primero y es dispersado allí, la probabilidad de que llegue a ser
absorbido en determinado punto de la placa no depende de que el otro agujero
esté abierto o cerrado. La distribución de probabilidad sobre la placa será la
misma que si el primero fuese el único agujero abierto. Si se repite el experimento
muchas veces y se superponen todos los casos en los que el cuanto de luz ha
pasado por el primer agujero, el oscurecimiento de la placa debido a estos
casos corresponderá a la distribución de probabilidad. Si se consideran sólo
los cuantos que llegan a través del segundo agujero, el oscurecimiento
corresponderá a la distribución de probabilidad deducida de la suposición de
que sólo este segundo agujero esté abierto. El oscurecimiento total, por lo
tanto, será simplemente la suma de ambos oscurecimientos parciales; en otras
palabras, no debiera haber espectro de interferencia. Pero sabemos que esto no
es correcto, y que el experimento mostrará que este espectro existe. Por lo
tanto, la afirmación de que un cuanto de luz debe pasar bien por un agujero, bien
por el otro es problemática y conduce a contradicciones. Este ejemplo muestra
claramente que el concepto de función de probabilidad no permite una
descripción de lo que sucede entre dos observaciones. Todo intento de encontrar
tal descripción conducirá a contradicciones; esto demuestra que el término
sucede debe limitarse a la observación.
Ahora
bien, este resultado es bien extraño, ya que parece sugerir que la observación
desempeña un papel decisivo en el suceso y que la realidad varía, según la
observemos o no. Para aclarar este punto debemos analizar más de cerca el
proceso de observación.
Para
comenzar, es importante que recordemos que en las ciencias naturales no nos
interesa el universo en conjunto, incluidos nosotros mismos, sino que dirigimos
nuestra atención hacia alguna parte del cosmos al cual hacemos objeto de
nuestros estudios. En física atómica, esta parte suele ser un objeto
pequeñísimo, una partícula atómica, o un grupo de tales partículas, a veces
mucho más grande; el tamaño no es importante, lo que interesa es que una gran
parte del universo, incluidos nosotros mismos, no pertenece al objeto.
Ahora
bien, la interpretación teórica de un experimento parte de las dos etapas que
han sido analizadas. En la primera debemos describir la organización del
experimento, y eventualmente una primera observación, en términos de la física
clásica, y traducirlos en una función de probabilidad. Esta función de
probabilidad seguirá las leyes de la teoría cuántica, y sus trasformaciones en
el curso del tiempo, que es continuo, pueden calcularse a partir de las
condiciones iniciales; ésta es la segunda etapa. La función de probabilidad
combina elementos objetivos y subjetivos. Contiene afirmaciones acerca de
posibilidades, o mejor dicho tendencias (la potencia en la filosofía de
Aristóteles), y estas afirmaciones son completamente objetivas, no dependen de
ningún observador; y contienen afirmaciones acerca de nuestro conocimiento del
sistema, las que, naturalmente, son subjetivas en la medida en que difieren
según el observador. En casos ideales, el elemento subjetivo de la función de
probabilidad puede llegar a ser prácticamente insignificante en comparación con
el elemento objetivo. El físico habla, entonces, de un “caso puro”.
Cuando
llegamos a la observación siguiente, cuyo resultado podrá ser pronosticado por
la teoría, es muy importante comprender que nuestro objeto habrá de ponerse en
contacto con el resto del mundo (el instrumental de medición, etc.) antes de la
observación, o por lo menos en el mismo instante. Esto significa que la
ecuación de movimiento para la función de probabilidad contiene ahora la
influencia de la interacción con el aparato de medida. Esta influencia
introduce un nuevo elemento de incertidumbre, ya que el aparato de medida debe
ser necesariamente descripto en términos de la física clásica; tal descripción
contiene todas las incertidumbres propias de la estructura microscópica del
instrumento, que conocemos por la termodinámica; y puesto que el instrumento
está conectado con el resto del mundo, contiene, de hecho, las incertidumbres
de la estructura microscópica del mundo entero. Estas incertidumbres pueden ser
llamadas objetivas en tanto que sean simplemente una consecuencia de la
descripción en término clásicos, y no dependan del observador. Pueden ser
llamadas subjetivas en la medida en que se refieren a nuestro incompleto
conocimiento del mundo.
Después
de esta interacción, la función de probabilidad contiene el elemento objetivo
correspondiente a la “tendencia”, y el subjetivo del conocimiento incompleto,
aun en el caso de que haya sido hasta entonces un “caso puro”. Por esta razón,
el resultado de la observación no puede, generalmente, ser pronosticado con
certeza; lo que se puede predecir es la probabilidad de obtener cierto
resultado de la observación, y esta afirmación acerca de la probabilidad puede
ser verificada repitiendo la experiencia muchas veces. A diferencia de lo que
ocurre en mecánica newtoniana, la función de probabilidad no describe un
acontecimiento determinado, sino un conjunto de posibles sucesos.
La
misma observación introduce en la función de probabilidad un cambio
discontinuo; selecciona, de entre todos los acontecimientos posibles, el que
efectivamente ha tenido lugar. Dado que nuestro conocimiento del sistema ha
cambiado discontinuamente, por la observación, su representación matemática
también sufrirá un cambio discontinuo, y hablamos entonces de un “salto
cuántico”. Cuando el viejo adagio Natura non facit saltus se emplea como
crítica de la teoría cuántica, podemos responder que nuestro conocimiento puede
cambiar repentinamente, por cierto; y esto es lo que justifica el uso del
término “salto cuántico”.
Por
consiguiente, la transición de lo “posible”, a lo que está “en acto”, se
produce en el momento de la observación. Si queremos describir lo que sucede en
un acontecimiento atómico, debemos comprender que el término “sucede” sólo
puede aplicarse a la observación, no al estado de cosas entre dos
observaciones. Se aplica al acto físico (no al psíquico) de la observación, y
podemos decir que la transición entre la “potencia” y el “acto” tiene lugar tan
pronto como se produce la interacción entre el objeto y el instrumento de
medida, y, con ello, el resto del mundo; no se relaciona con el acto de
registrar el resultado en la mente del observador. El cambio discontinuo en la
función de probabilidad se produce, sin embargo, con el acto de este
registrarse en la mente, porque es el cambio discontinuo de nuestro
conocimiento el que tiene su imagen en el cambio discontinuo de la función de
probabilidad.
¿Hasta
qué punto, pues, hemos llegado, finalmente, a una descripción objetiva del
mundo, especialmente del mundo atómico? En física clásica, la ciencia partía de
la creencia (¿o debiéramos decir la ilusión?) de que podíamos describir el
mundo, o al menos partes del mundo, sin referencia alguna a nosotros mismos.
Esto es efectivamente posible en gran medida. Sabemos que la ciudad de Londres
existe, veámosla o no. Puede decirse que la física clásica no es más que esa
idealización en la cual podemos hablar acerca de partes del mundo sin
referencia alguna a nosotros mismos. Su éxito ha conducido al ideal general de
una descripción objetiva del mundo. La objetividad se ha convertido en el
criterio decisivo para juzgar todo resultado científico. ¿Cumple la interpretación
de Copenhague con este ideal? Quizá se pueda decir que la teoría cuántica
corresponde a este ideal tanto como es posible. La verdad es que la teoría
cuántica no contiene rasgos genuinamente subjetivos; no introduce la mente del
físico como una parte del acontecimiento atómico. Pero arranca de la división
del mundo en el “objeto”, por un lado, y el resto del mundo por otro, y del
hecho de que, al menos para describir el resto del mundo, usamos los conceptos
clásicos. Esta división es arbitraria, y surge históricamente como una
consecuencia directa de nuestro método científico; el empleo de los conceptos
clásicos es, en última instancia, una consecuencia del modo humano de pensar.
Pero esto es ya una referencia a nosotros mismos, y en este sentido nuestra
descripción no es completamente objetiva.
Se
ha afirmado, al comenzar, que la interpretación de Copenhague parte de una
paradoja: describimos nuestras experiencias en los términos de la física
clásica y al mismo tiempo sabemos, desde el principio, que estos conceptos no
se ajustan con precisión a la naturaleza. La tensión entre estos dos puntos de
partida es la raíz del carácter estadístico de la teoría cuántica. Se ha
sugerido alguna vez, por lo tanto, que debiéramos dejar totalmente de lado los
conceptos clásicos, y que un cambio radical en los términos e ideas usados para
describir los experimentos podría conducimos nuevamente a una descripción
completamente objetiva de la naturaleza.
No
obstante, esta sugestión se apoya en un mal entendido. Los conceptos de la
física clásica son simplemente un refinamiento de los términos de la vida
diaria, y constituyen una parte esencial del lenguaje en que se apoya toda la
ciencia natural. Nuestra situación actual, en ciencia, es tal que empleamos los
conceptos clásicos para la descripción de los experimentos, y el problema de la
física cuántica era el de encontrar una interpretación teórica de sus
resultados sobre esta base. Es inútil discutir qué podríamos hacer si fuéramos
seres distintos. A esta altura debemos comprender, como lo ha expresado
Weizsäcker, que “la Naturaleza es anterior al hombre, pero el hombre es
anterior a la ciencia natural”. La primera parte de la sentencia justifica a la
física clásica, con su ideal de completa objetividad. La segunda, nos dice por
qué no podemos escapar a la paradoja de la teoría cuántica, o sea su necesidad
de usar conceptos clásicos.
Debemos
agregar algunos comentarios al modo en que la teoría cuántica interpreta los
acontecimientos atómicos. Se ha dicho que partimos siempre de una división del
mundo en dos partes, el objeto que vamos a estudiar, y el resto del mundo; y
que esta división es, hasta cierto punto, arbitraria. No habría ninguna
diferencia en el resultado final si considerásemos incluido en el objeto a una
parte del instrumento de medida (o todo), y si aplicásemos a este objeto más
complicado las leyes de la teoría cuántica. Se puede demostrar que tal
alteración del tratamiento teórico no alteraría las predicciones sobre un
experimento determinado. Esta es una consecuencia matemática del hecho de que
las leyes de la teoría cuántica son, para aquellos fenómenos para los que la
constante de Planck puede considerarse una cantidad muy pequeña, idénticas a
las leyes clásicas. Pero sería un error creer que esta aplicación de las leyes
de la teoría cuántica al instrumento de medida pudiera ayudamos a evitar la
paradoja fundamental de esta teoría.
Un
instrumento de medida merece este nombre sólo si está en íntimo contacto con el
resto del mundo, si existe una acción mutua entre el aparato y el observador.
Por lo tanto, la incertidumbre con respecto al comportamiento microscópico del
mundo entrará en el sistema de la teoría cuántica tanto en esta interpretación
como en la otra. Si se aislara al instrumento del resto del mundo, ni sería un
aparato de medida, ni se lo podría describir en los términos de la física
clásica.
Con
respecto a esta situación, Bohr ha insistido en que es más realista decir que
la división entre el objeto y el resto del mundo no es arbitraria. La situación
actual en los trabajos de investigación de física atómica es ésta: deseamos
comprender un fenómeno determinado, deseamos saber cómo se deriva este fenómeno
de las leyes generales de la naturaleza. Por lo tanto, la parte de materia o
radiación que forma parte del fenómeno es el “objeto” natural en el tratamiento
teórico, y debe separarse, en este aspecto, de los instrumentos utilizados para
estudiarlo. Esto introduce nuevamente un elemento subjetivo en la descripción
de los acontecimientos atómicos, ya que el instrumento de medición ha sido
construido por el observador; y debemos recordar que lo que observamos no es la
naturaleza en sí misma, sino la naturaleza presentada a nuestro método de
investigación. Nuestro trabajo científico en física consiste en hacer preguntas
acerca de la naturaleza con el lenguaje que tenemos, y en tratar de obtener respuestas
de la experimentación, con los métodos que están a nuestra disposición. De este
modo, la teoría cuántica nos recuerda, como dice Bohr, la vieja sabiduría que
aconseja no olvidar, al buscar la armonía de la vida, que en el drama de la
existencia somos al mismo tiempo actores y espectadores. Es comprensible que en
nuestra relación científica con la naturaleza nuestra propia actividad se tome
muy importante cuando debemos tratar con porciones del mundo en las cuales sólo
podemos penetrar por medio de los más elaborados.
Capítulo
4
La
teoría cuántica y las raíces de la ciencia atómica
El
concepto de átomo se remonta hacia mucho más allá del comienzo de la ciencia
moderna, en el siglo diecisiete; tiene su origen en la filosofía de la antigua
Grecia, y fue, en aquella temprana época, el núcleo del materialismo enseñado
por Leucipo y Demócrito. Por otra parte, la moderna interpretación de los
acontecimientos atómicos se parece muy poco a la genuina filosofía
materialista; de hecho, se puede decir que la física atómica ha desviado a la
ciencia de la tendencia materialista que tenía en el siglo diecinueve. Es, por
lo tanto, interesante, comparar el desarrollo de la filosofía griega, hacia el
concepto del átomo, con la posición actual de este concepto en la física
moderna.
La
idea de una última porción de materia, pequeñísima e indivisible, se presentó
por primera vez en relación con el desenvolvimiento de los conceptos de
materia, ser y devenir que caracterizó a la primera época de la filosofía
griega. Este período parte del siglo vi antes de Cristo, con Tales, el fundador
de la escuela de Mileto, a quien Aristóteles atribuye la afirmación de que “el
agua es la causa material de todas las cosas”. Esta afirmación, por extraña que
pueda parecemos, expresa, como lo ha señalado Nietzsche, tres ideas
fundamentales de la filosofía: primero, la pregunta sobre la causa material de
todas las cosas; segundo, la exigencia de que esta pregunta sea contestada de
conformidad con la razón, sin recurrir a mitos ni al misticismo; tercero, el
postulado de que debe ser posible reducir todo a un último principio. La
afirmación de Tales fue la primera expresión de la idea de una sustancia
fundamental, de la cual todas las otras cosas fueran formas transitorias. La
palabra “sustancia” no era interpretada en aquella época, por cierto, con el
sentido puramente material que actualmente acostumbramos a darle. La vida se
relacionaba con esta “sustancia”, o era inherente a ella, y Aristóteles también
atribuye a Tales la afirmación de que “todas las cosas están llenas de dioses”.
Sin embargo, la cuestión se planteaba en el sentido de la causa material de
todas las cosas, y no es difícil imaginar que Tales tomó su primera idea de
consideraciones meteorológicas. De entre todas las cosas, sabemos que el agua puede
tomar las más variadas formas: en el invierno puede adoptar el aspecto de nieve
y hielo; puede transformarse en vapor, y puede formar las nubes. Puede retomar
a la tierra, donde los ríos forman sus deltas, y puede brotar del suelo. El
agua es la condición para la vida. Por tanto, si tal sustancia fundamental
existía, era natural pensar primero en el agua.
La
idea de la sustancia fundamental fue llevada entonces más adelante por
Anaximandro, discípulo de Tales que vivía en la misma ciudad. Anaximandro negó
que la sustancia fundamental fuera el agua, o cualquiera otra de las sustancias
conocidas. Enseñaba que la sustancia primera era infinita, eterna y sin edad, y
que abarcaba todo el universo. Esta sustancia primera se trasforma en las
varias sustancias que nos son familiares. Teofrasto cita de Anaximandro: “En
aquello de que se originan las cosas, vuelven ellas a transformarse otra vez,
como está ordenado, porque ellas se dan mutuamente reparación y satisfacción de
sus mutuas injusticias, de acuerdo al orden de los tiempos”. En esta filosofía,
desempeña un papel fundamental la antítesis entre el Ser y el Devenir. La
sustancia primera, infinita y sin edad, el Ser indiferenciado, degenera en las
varias formas que conducen a luchas interminables. El proceso del Devenir es
considerado como una degradación del Ser infinito, una desintegración en la
lucha, expiada últimamente mediante un retomo a aquello que carece de forma y
de carácter. La lucha que aquí se menciona es la oposición entre caliente y
frío, fuego y agua, húmedo y seco, etcétera. La victoria temporaria de uno
sobre el otro es la injusticia que deben reparar finalmente en la ordenación de
los tiempos. De acuerdo con Anaximandro, existe un “movimiento eterno”, la
creación y desaparición de mundos, por toda la eternidad. Es interesante hacer
notar, a este respecto, que el problema —si la sustancia primera habrá de ser
alguna de las conocidas, o si deberá ser algo esencialmente diferente— surge en
forma ligeramente distinta en la parte más moderna de la física atómica. El
físico trata actualmente de encontrar una ley fundamental del movimiento de la
materia, de la cual puedan derivarse matemáticamente todas las partículas
elementales y sus propiedades. Esta ecuación fundamental del movimiento puede
referirse, bien a ondas de un tipo conocido (ondas del protón y el mesón), o a
ondas de un carácter esencialmente diferente que no tengan nada que ver con
ninguna de las ondas conocidas ni con las partículas elementales. En el primer
caso ello significaría que todas las otras partículas elementales podrían ser
reducidas, de algún modo, a algunos pocos tipos de partículas elementales
“fundamentales”; de hecho, la física teórica ha seguido esta línea de
investigación, principalmente, durante los últimos veinte años. En el segundo
caso, todas las diferentes partículas elementales podrían ser reducidas a
alguna sustancia universal a la cual podríamos llamar materia o energía, pero
ninguna de las diferentes partículas podría ser preferida a las otras por ser
más fundamental. Este último punto de vista corresponde a la doctrina de
Anaximandro, y yo estoy convencido de que, en física moderna, es el correcto.
Pero volvamos a la filosofía griega.
El
tercero de los filósofos de Mileto, Anaxímenes, compañero de Anaximandro,
enseñaba que la sustancia primera era el aire. “Así como el alma, que es aire,
nos mantiene unidos, el aliento y el aire circundan todo el universo”.
Anaxímenes introduce en la filosofía de Mileto la idea de que el proceso de
condensación o rarefacción provoca la trasformación de la sustancia primera en
otras sustancias. La condensación del vapor de agua en forma de nubes era un
ejemplo obvio, y, por supuesto, no se conocía la diferencia entre vapor de agua
y aire.
En
la filosofía de Heráclito de Éfeso, el concepto de Devenir ocupa el lugar de
privilegio. Él considera aquello que se mueve, el fuego, como elemento básico.
Resuelve la dificultad de conciliaría idea de un principio fundamental con la
infinita variedad de fenómenos, admitiendo que la lucha entre opuestos es, en
realidad, una especie de armonía. Para Heráclito, el mundo es, a la vez, uno y
muchos; es simplemente la “opuesta tensión” de los opuestos lo que constituye
la unidad de lo Uno. Dice: “debemos saber que la guerra es común a todo, y que
la lucha es justicia, y que todas las cosas reciben el ser y desaparecen
mediante la lucha”.
Mirando
hacia atrás el desarrollo de la filosofía griega hasta ese momento, se
comprende que nació desde el principio hasta esa etapa, por la tensión entre lo
Uno y lo Mucho. Para nuestros sentidos, el mundo consiste en una infinita
variedad de cosas y sucesos, colores y sonidos. Pero para entenderlo, debemos
introducir alguna clase de orden, y orden significa reconocer lo que es igual,
e implica algún tipo de unidad. De aquí surge la creencia de que existe un
principio fundamental y, al mismo tiempo, la dificultad de deducir de él la
infinita variedad de las cosas. Puesto que el mundo se componía de materia, era
natural tomar como punto de partida la idea de que debiera existir una causa
material para todas las cosas. Pero cuando se llevaba la idea de unidad
fundamental hasta sus últimas consecuencias se llegaba al Ser infinito, eterno
e indiferenciado, el cual, fuese o no material, no podía explicar por sí mismo
la variedad de las cosas. Esto conduce a la antítesis de Ser y Devenir y,
finalmente, a la solución de Heráclito: que el cambio mismo es el principio
fundamental; “el cambio imperecedero, que renueva el mundo” como lo han llamado
los poetas. Pero el cambio en sí mismo no es una causa material y es
representado, por lo tanto, en la filosofía de Heráclito, por el fuego como el
elemento básico que es, al mismo tiempo, materia y fuerza móvil.
Podemos
hacer notar, en este punto, que la física moderna está, en cierto modo,
extremadamente cerca de la doctrina de Heráclito. Si reemplazamos la palabra
fuego por energía, podemos casi repetir sus afirmaciones palabra por palabra,
desde nuestro punto de vista moderno. La energía, en efecto, es la sustancia de
que están hechas todas las partículas elementales, todos los átomos y, por lo
tanto, todas las cosas, y la energía es aquello que se mueve. La energía es una
sustancia, ya que su suma total no varía, y las partículas elementales pueden
en realidad hacerse de esta sustancia, como se ve en muchas experiencias de
creación de partículas elementales. La energía puede transformarse en
movimiento, en calor, en luz y en tensión. La energía puede llamarse la causa
fundamental de todos los cambios del mundo. Pero esta comparación entre la
filosofía Griega y las ideas de la física moderna será analizada más adelante.
Con
Parménides de Elea, la filosofía griega volvió por algún tiempo al concepto de
lo Uno. Su mayor contribución al pensamiento griego fue, quizá, el haber
introducido en la metafísica un argumento puramente lógico. “No puede conocerse
lo que no es —ello es imposible— ni proferirlo; porque es la misma cosa poder
ser pensado y poder ser”. Por lo tanto, sólo el Uno es, y no hay devenir o
desaparición. Parménides negó la existencia del espacio vacío, por razones
lógicas. Ya que todo cambio requiere espacio vacío, según suponía, afirmó que
el cambio es una ilusión.
Pero
la filosofía no pudo permanecer mucho tiempo apoyándose en esta paradoja.
Empédocles, en la costa sur de Sicilia, abandonó por primera vez el monismo a
favor de una especie de pluralismo.
Para
evitar la dificultad de que una sustancia primera no pueda explicar la variedad
de cosas y acontecimientos, supuso cuatro elementos básicos: la tierra, el
agua, el aire y el luego. Estos elementos se mezclaban y separaban por la
acción del Amor y la Lucha. Por lo tanto, estos dos últimos, a los que de
varias maneras se los trata como si fueran corpóreos, son responsables del
cambio imperecedero. Empédocles explica la formación del mundo de esta manera:
Primero, existe la infinita esfera del Uno, como en la filosofía de Parménides.
Pero en la sustancia primera, las cuatro “raíces” están mezcladas con el Amor.
Entonces, cuando el Amor está desapareciendo y llega la Lucha, los elementos
son parcialmente separados y parcialmente combinados. Después, los elementos se
separan completamente y el Amor está fuera del mundo. Finalmente, el Amor junta
nuevamente los elementos, la Lucha desaparece, y se vuelve así a la esfera
originaria.
Esta
doctrina de Empédocles representa una vuelta bien definida hacia puntos de
vista materialistas. Los cuatro elementos son, más que principios
fundamentales, verdaderas sustancias materiales. Aquí se expresa por primera
vez la idea de que la mezcla y separación de unas pocas sustancias,
fundamentalmente diferentes, explican la infinita variedad de cosas y
acontecimientos. El pluralismo no atrae jamás a quienes están habituados a
pensar en principios fundamentales. Pero es una clase de compromiso razonable,
que evita la dificultad del monismo y permite el establecimiento de algún
orden.
El
paso siguiente hacia el concepto de átomo fue dado por Anaxágoras,
contemporáneo de Empédocles. Durante unos treinta años vivió en Atenas,
probablemente en la primera mitad del siglo v antes de Cristo. Anaxágoras
insiste en la idea de mezcla, en la suposición de que todo cambio es causado
por mezcla y separación. Supone una infinita variedad de infinitamente pequeñas
“simientes” de que se componen todas las cosas, y que en variedad infinita no
se relacionan con los cuatro elementos de Empédocles. Pero las simientes se
mezclan y se separan nuevamente, y de este modo se produce todo cambio. La
doctrina de Anaxágoras admite, por primera vez, una interpretación geométrica
del término “mezcla”: Ya que habla de semillas infinitamente pequeñas, su
mezcla puede ser imaginada como la mezcla de dos clases de avena de diferentes
colores. Las simientes pueden cambiar en número y en posición relativa.
Anaxágoras supone que todas las simientes están en todo, sólo que su proporción
varía de una cosa a otra. Dice: “Todo está en todo; y no es posible para ellas
apartarse, sino que todas las cosas tienen una porción de todo”. El universo de
Anaxágoras se pone en movimiento, no por el Amor y la Lucha, como el de
Empédocles, sino por “Nous”, que puede ser traducido como “Mente”.
De
esta filosofía al concepto del átomo sólo faltaba un paso, que fue dado por
Leucipo y Demócrito de Abdera. La antítesis de Ser y No-Ser de la filosofía de
Parménides se seculariza aquí en la antítesis de lo “lleno” y lo “vacío”. El
ser es no sólo Uno, sino que puede repetirse un número infinito de veces. Este
es el átomo, la más pequeña unidad indivisible de materia. El átomo es eterno e
indesmentible, pero tiene un tamaño finito. El movimiento es posible gracias al
espacio vacío que existe entre los átomos. Así, por primera vez en la historia,
fue mencionada la existencia de las más pequeñas partículas primarias
—podríamos decir de partículas elementales— sillares fundamentales de la
materia.
De
acuerdo con este nuevo concepto del átomo, la materia no consta sólo de lo
“lleno”, sino también de lo “vacío”, del espacio vacío en que se mueven los
átomos. La objeción lógica de Parménides al “vacío”: que el no-ser no puede
existir, fue sencillamente ignorada, para estar de acuerdo con la experiencia.
Desde
nuestro punto de vista moderno, podríamos decir que el espacio vacío entre
átomos, de la filosofía de Demócrito, no era la nada; era el soporte de la
geometría y la cinemática, el que hacía posible las distintas disposiciones y
los diferentes movimientos de los átomos. Pero la posibilidad del espacio vacío
ha sido siempre un tema filosófico controvertido. En la teoría de la
relatividad generalizada, la respuesta es que la geometría es producida por la
materia, o la materia por la geometría. Esta respuesta corresponde más bien a
los filósofos que sostienen el punto de vista de que el espacio está definido
por la extensión de la materia. Pero Demócrito se aparta claramente de esta
manera de pensar, para hacer posible el movimiento y el cambio.
Los
átomos de Demócrito eran todos de la misma sustancia, que tenía la propiedad
del ser, pero presentaban formas y tamaños diferentes. Eran divisibles, por lo
tanto, en un sentido matemático, pero no físico. Los átomos podían moverse y
ocupar diferentes posiciones en el espacio. Pero no tenían ninguna otra
propiedad física. Carecían de color, de olor y de gusto. Se suponía que las
propiedades de la materia que percibimos con los sentidos eran producidas por
los movimientos y posiciones de los átomos en el espacio. Así como se pueden
escribir tragedias y comedias con las mismas letras del alfabeto, la enorme
variedad de acontecimientos del universo pueden producirse con los mismos
átomos, mediante sus diferentes disposiciones y movimientos. La geometría y la
cinemática, posibles gracias al espacio vacío, resultaban en cierto modo más
importantes que el ser puro. Se cita de Demócrito: “las cosas simplemente
aparentan tener color, ser dulces o amargas. Sólo los átomos y el espacio vacío
tienen existencia real”.
Los
átomos de la filosofía de Leucipo no se mueven simplemente al azar. Parece que
Leucipo creía en un determinismo absoluto, pues se sabe que ha dicho: “nada
sucede por nada, sino que todo ocurre por una causa y por necesidad”. Los
atomistas no dieron ninguna razón que justificara el movimiento inicial de los
átomos, lo que demuestra que ellos simplemente pensaban en una descripción
causal del movimiento atómico; la causalidad sólo puede explicar sucesos
posteriores por sucesos anteriores, pero nunca puede dar razón del comienzo.
Las
ideas básicas de la teoría atómica fueron tomadas, y modificadas parcialmente,
por filósofos griegos posteriores. A fin de compararla con la física atómica
moderna, es importante mencionar la explicación de la materia dada por Platón
en su diálogo del Timeo. Platón no era atomista; al contrario, Diógenes Laercio
cuenta que a Platón le disgustaba tanto Demócrito, que quería hacer quemar
todos sus libros. Pero Platón combinaba ideas que estaban próximas al atomismo
con doctrinas pitagóricas y enseñanzas de Empédocles.
La
escuela pitagórica era una rama del orfismo, que a su vez procedía de los
cultos a Dionisio. En ella se estableció la relación entre religión y
matemáticas que tanta influencia ha tenido, desde entonces, en el pensamiento
humano. Los pitagóricos parecen haber sido los primeros en comprender la fuerza
creadora que poseen las formulaciones matemáticas. Su descubrimiento de que dos
cuerdas suenan en armonía si sus longitudes están en proporción simple
demuestra cuánto significan las matemáticas en la comprensión de los fenómenos
naturales. Para los pitagóricos no era tanto cuestión de comprensión: la simple
proporción matemática creaba la armonía de sonidos. Había también mucho
misticismo en las doctrinas de la escuela pitagórica, que nos resulta difícil de
comprender. Pero al hacer de las matemáticas una parte de su religión tocaron
un punto esencial en el desarrollo del pensamiento humano. Cito a Bertrand
Russell sobre Pitágoras: “No sé de otro hombre que haya sido tan influyente
como él en la esfera del pensamiento”.
Platón
conocía el descubrimiento de los sólidos regulares hecho por los pitagóricos, y
la posibilidad de combinarlos con los elementos de Empédocles. Comparó las
partes más pequeñas del elemento tierra con el cubo, del aire con el octaedro,
del fuego con el tetraedro y del agua con el icosaedro. No hay elemento que
corresponda al dodecaedro; Platón decía sólo que “había aún una quinta
combinación usada por Dios en la delineación del Universo”.
Si
de alguna manera los sólidos regulares que representan los cuatro elementos
pueden ser comparados con los átomos, Platón deja bien establecido que no son
indivisibles. Los construye a partir de dos triángulos básicos, el equilátero y
el isósceles, que colocados juntos forman la superficie de los sólidos. Por lo
tanto, los elementos pueden (al menos parcialmente) ser trasformados unos en
otros. Los sólidos regulares pueden descomponerse en sus triángulos y formar
nuevos sólidos regulares con ellos. Por ejemplo, un tetraedro y dos octaedros
pueden dividirse en veinte triángulos equiláteros que pueden volverse a
combinar en un icosaedro. Es decir: un átomo de luego y dos de aire pueden
combinarse para formar un átomo de agua. Pero los triángulos fundamentales no
pueden ser considerados materia ya que carecen de extensión en el espacio.
Solamente cuando se unen los triángulos para formar un sólido regular se crea
una unidad de materia. Las partes más pequeñas de materia no son entes
fundamentales, como en la filosofía de Demócrito, sino que son formas
matemáticas. Acá es bien evidente que la forma es más importante que la
sustancia de la cual es forma.
Luego
de este breve examen de filosofía griega hasta la formación del concepto de
átomo, podemos volver a la física moderna y preguntamos qué relación hay entre
lo ya visto y nuestros modernos puntos de vista sobre el átomo y la teoría
cuántica. Históricamente, la palabra “átomo” fue erróneamente utilizada en
física y química moderna durante el renacimiento de la ciencia en el siglo
XVII, ya que las partículas más pequeñas de los llamados elementos químicos,
son complicados sistemas de partículas más pequeñas. Hoy en día, se las llama
partículas elementales, y si hay algo en la física moderna que pueda ser
comparado con los átomos de Demócrito serían las partículas elementales, como
el protón, el neutrón, el electrón, el mesón.
Demócrito
consideraba acertadamente que si los átomos debían, por su movimiento y
distribución, explicar las propiedades de la materia (color, olor, gusto) no
podían ellos mismos tener esas propiedades. Por consiguiente, privó al átomo de
esas cualidades, convirtiéndolo así en una porción de materia bastante
abstracta. Pero Demócrito dejó al átomo la cualidad de “ser”, de extensión en
el espacio, de forma y de movimiento. Les dejó estas cualidades porque habría
resultado difícil llegar a hablar del átomo si no hubiera tenido alguna
cualidad. Esto implica, por otra parte, que su concepto del átomo no puede
explicar la geometría, la extensión en el espacio o la existencia, porque no
puede reducirlas a algo más fundamental. El concepto moderno sobre las partículas
elementales en relación con este punto parece más consistente y radical.
Examinemos la cuestión: ¿Qué es una partícula elemental?
Decimos,
por ejemplo, simplemente, “un neutrón”, pero no podemos dar una imagen precisa
de lo que significamos con la palabra. Podemos usar diversas imágenes y
describirlo, alternativamente, como una partícula, una onda o un paquete de
ondas. Pero sabemos que ninguna de esas definiciones es precisa. Por cierto, el
neutrón carece de color, de olor y de tacto. En este sentido se asemeja al
átomo de la filosofía griega. Pero aun se le han quitado las otras cualidades,
por lo menos en cierto sentido: los conceptos de geometría y cinemática, como
forma o movimiento en el espacio, no pueden aplicársele consistentemente. Si
uno desea dar una descripción precisa de la partícula elemental —y el énfasis
está en la palabra “precisa”— lo único que puede darse como descripción es una
función de probabilidad. Pero entonces uno ve que ni la cualidad de ser (si
esto puede llamarse una “cualidad”) pertenece a lo descripto. Es una
posibilidad de ser o una tendencia a ser. Por lo tanto, la partícula elemental
de la física moderna es mucho más abstracta que el átomo de los griegos y,
precisamente por esta misma propiedad, es más consistente como clave para
explicar el comportamiento de la materia.
En
la filosofía de Demócrito todos los átomos están formados por la misma
sustancia, si la palabra “sustancia” puede ser aplicada aquí. Las partículas
elementales en la física moderna llevan una masa en el mismo sentido limitado
en que tienen otras propiedades. Dado que masa y energía son, de acuerdo con la
teoría de la relatividad, esencialmente el mismo concepto, podemos decir que
todas las partículas elementales consisten en energía. Podría interpretarse que
esto define la energía como sustancia primaria del mundo. Tiene, en realidad,
la propiedad esencial que corresponde al término “sustancia”: lo que se
conserva. Hemos dicho antes que el punto de vista en este respecto está muy
cerca del de Heráclito, si su elemento fuego se considera con el significado de
energía. En realidad, energía es lo que mueve; puede llamársela la causa
primera de todo movimiento, y la energía puede transformarse en materia, calor
o luz. La lucha entre opuestos en la filosofía de Heráclito puede encontrarse
en la lucha entre dos formas diferentes de energía.
En
la filosofía de Demócrito los átomos son unidades de materia eternas e
indesmentibles y nunca pueden ser trasformados unos en otros. En este asunto,
la física moderna toma partido contra el materialismo de Demócrito y a favor de
Platón y los pitagóricos. Las partículas elementales no son, por cierto,
unidades de materia eternas e indesmentibles, por el contrario pueden
transformarse en otras. En realidad, si dos de tales partículas, moviéndose en
el espacio a una alta energía cinética, chocan, de la energía disponible pueden
crearse muchas nuevas partículas elementales y las antiguas partículas pueden
desaparecer en la colisión. Estos hechos han sido observados frecuentemente y
ofrecen prueba fehaciente de que todas las partículas están hechas de la misma
sustancia: energía. Pero el parecido entre los conceptos de la física moderna y
los de Platón y los pitagóricos puede llevarse más lejos. Las partículas
elementales, en el Timeo de Platón, no son en definitiva sustancia sino formas
matemáticas. “Todas las cosas son números”, es una frase atribuida a Pitágoras.
Las únicas formas matemáticas conocidas en esa época eran los sólidos regulares
o los triángulos que forman su superficie. No puede dudarse que en la moderna
teoría cuántica las partículas elementales serán también finalmente formas
matemáticas pero de naturaleza mucho más complicada. Los filósofos griegos
pensaban en formas estáticas y las hallaban en los sólidos regulares. En cambio
la ciencia moderna, desde sus principios en el siglo XVI y XVII ha partido del
problema dinámico. El elemento constante en la física, a partir de Newton, no
es una configuración o una forma geométrica sino una ley dinámica. La ecuación
de movimiento se cumple en todo momento, es en este sentido eterna; en tanto
que las formas geométricas, como las órbitas, están cambiando. Por
consiguiente, las formas matemáticas que representan a las partículas
elementales serán soluciones de alguna eterna ley del movimiento para la
materia. Hay en realidad un problema aún no resuelto: no se conoce todavía esta
ley fundamental y no es por lo tanto posible derivar matemáticamente las
propiedades de las partículas elementales de tal ley. Parece, sin embargo, que
la física teórica actual no está muy lejos de dicha meta, y al menos podemos decir
qué clase de ley esperamos. La ecuación final del movimiento para la materia
será probablemente una ecuación cuántica no lineal de onda para un campo
ondulatorio de operadores que representen simplemente la materia y no un tipo
específico de ondas o partículas. Esta ecuación de onda será equivalente a
sistemas bastante complicados de ecuaciones integrales, que tendrán “valores
propios” y “soluciones propias”, como los llaman los físicos. Estas soluciones
“propias” representarán finalmente a las partículas elementales: son las formas
matemáticas que reemplazarán los sólidos regulares de los pitagóricos.
Podríamos mencionar aquí, que estas “soluciones propias” surgirán de la
ecuación fundamental para la materia por un proceso matemático muy parecido al que
deduce las vibraciones armónicas de la cuerda pitagórica de la ecuación
diferencial de la cuerda. Pero como ya hemos dicho, estos problemas no han sido
resueltos aún. [3]
Si
seguimos la línea pitagórica de pensamiento podemos esperar que la ley
fundamental del movimiento resulte ser una ley matemática simple, aun cuando su
evaluación con respecto a los estados “propios” sea muy complicada. Es difícil
dar un buen argumento que justifique esta esperanza de simplicidad, fuera del
hecho de que siempre, hasta ahora, ha sido posible escribir las ecuaciones
fundamentales de la física con fórmulas matemáticas muy simples. Este hecho se
ajusta a la religión pitagórica, y muchos físicos comparten esta creencia, pero
no se ha dado todavía ningún argumento convincente.
Podemos
agregar, en este punto, otro argumento concerniente a una pregunta
frecuentemente formulada por los legos, sobre el concepto de la partícula
elemental en la física moderna. ¿Por qué sostienen los físicos que las
partículas elementales no pueden dividirse en partes menores? La respuesta
demuestra cuánto más abstracta es la ciencia moderna comparada con la filosofía
griega. El argumento es así: ¿Cómo podría dividirse una partícula elemental?
Por cierto que sólo usando fuerzas extremas o herramientas muy poderosas. Las
únicas herramientas disponibles son otras partículas elementales. Por
consiguiente, el choque entre dos partículas elementales de extremadamente alta
energía sería el único proceso que podría dividirlas. De hecho pueden dividirse
en tal proceso, a veces en muchos fragmentos, pero estos fragmentos son otra
vez partículas elementales y no trozos más pequeños de ellas, y el aumento de
masa se realiza a expensas de la altísima energía de las dos partículas que
chocan. En otras palabras, la transmutación de energía en materia hace posible
que los fragmentos sean otra vez partículas elementales enteras.
Después
de esta comparación de los modernos puntos de vista en física atómica con la
filosofía griega, debemos agregar una advertencia, para que esta comparación no
se interprete mal. Podría parecer, a primera vista, que los filósofos griegos
hubieran llegado, mediante alguna forma de ingeniosa intuición, a las mismas
conclusiones a que hemos llegado en los tiempos actuales, después de siglos de
trabajo intenso con experiencias y con matemáticas. Esta manera de interpretar
nuestra comparación sería totalmente errónea. Existe una diferencia enorme
entre la ciencia moderna y la filosofía griega: y ella es justamente la actitud
empírica de la ciencia moderna. Desde los tiempos de Galileo y Newton, la
ciencia se ha basado en el estudio detallado de la naturaleza y en el postulado
de que sólo se puede afirmar lo que ha sido verificado (o, al menos, puede ser
verificado) experimentalmente. La idea de que puedan aislarse algunos
acontecimientos de la naturaleza, mediante un experimento, a fin de estudiar
sus detalles y descubrir las leyes inmutables que rigen los cambios
ininterrumpidos, no se le ocurrió a los filósofos griegos. Cuando Platón dice,
por ejemplo, que las más pequeñas partículas de fuego son tetraedros, no se ve
fácilmente qué es lo que quería decir exactamente. ¿Se atribuye simbólicamente
esa forma al elemento fuego, o actúan mecánicamente las partículas más pequeñas
del luego como tetraedros rígidos, o elásticos, y mediante qué fuerza podrían
ellos ser descompuestos en triángulos equiláteros, etcétera? La ciencia moderna
habría preguntado, finalmente: ¿Cómo puede decidirse, experimentalmente, que
los átomos de fuego son tetraedros, y no cubos, por ejemplo? Por lo tanto,
cuando la ciencia moderna afirma que el protón es una cierta solución de una
ecuación fundamental de la materia, lo que quiere decir es que podemos deducir
matemáticamente, a partir de esa solución, todas las propiedades del protón, y
verificar la exactitud de la solución en cada uno de sus detalles, mediante
experiencias. Esta posibilidad de verificar experimentalmente la validez de una
afirmación, con altísima precisión y con todos los detalles que se desee, le da
un peso que no puede atribuirse a las afirmaciones de la primitiva filosofía
griega.
Y a
pesar de todo, algunas afirmaciones de la vieja filosofía griega están bastante
cerca de las de la ciencia actual. Esto muestra simplemente cuán lejos puede
llegarse combinando la experiencia que ordinariamente tenemos de la naturaleza
sin necesidad de experimentos, con el esfuerzo infatigable en busca de un orden
lógico que nos permita comprender esa experiencia a partir de principios
generales.
Capítulo
5
Desarrollo
de las ideas filosóficas a partir de descartes, y su comparación con la actual
situación de la teoría cuántica
Durante
los dos mil años que siguieron a la culminación de la ciencia y la cultura
griega, en los siglos V y IV antes de Cristo, la mente humana estuvo ocupada,
en gran parte, con problemas de un tipo diferente de los del periodo primitivo.
En los primeros siglos de la cultura griega, el impulso más fuerte venía de la
realidad inmediata del mundo en que vivimos y que percibimos con los sentidos.
Esta realidad estaba llena de vida, y no había ninguna razón para hacer
hincapié en la distinción entre materia y mente o entre cuerpo y alma. Pero en
la filosofía de Platón ya se ve otra realidad que comienza a hacerse más
fuerte. En el famoso símil de la cueva, Platón compara a los hombres con
prisioneros atados en una caverna que sólo pueden mirar en una dirección, y
sólo ven sus sombras y las de los objetos que los rodean, proyectadas sobre el
muro por un luego que arde detrás de ellos. Dado que no ven más que las
sombras, las consideran reales; y no advierten la existencia de los objetos que
las proyectan. Finalmente, uno de los prisioneros se escapa de la cueva hacia
la luz del sol. Por primera vez ve cosas reales, y comprende que ha sido
engañado, hasta entonces, por las sombras. Por primera vez conoce la verdad, y
sólo siente tristeza por el largo tiempo pasado en las tinieblas. El verdadero
filósofo es el prisionero que ha escapado de la cueva hacia la luz de la
verdad; él es el único que posee la verdadera sabiduría. Esta relación
inmediata con la verdad, o con Dios, podríamos decir en un sentido cristiano,
es la nueva realidad que ha comenzado a hacerse más poderosa que la realidad
del mundo tal como la perciben nuestros sentidos. La relación inmediata con
Dios sucede dentro del alma humana, no en el mundo, y éste fue el problema que
ocupó el pensamiento humano más que ningún otro, durante los dos mil años que
siguieron a Platón. En este período, los ojos de los filósofos se dirigieron
hacia el alma humana y sus relaciones con Dios, a problemas de ética, y a la
interpretación de la revelación, pero no hacia el mundo exterior. Sólo en la
época del Renacimiento comenzó a verse un cambio en la mente humana, que
terminó en un resurgimiento del interés por la naturaleza.
El
gran desarrollo de las ciencias naturales desde los siglos dieciséis y
diecisiete fue precedido y acompañado por ideas filosóficas estrechamente
relacionadas con los conceptos fundamentales de la ciencia. Puede resultar
instructivo, por lo tanto, comentar estas ideas desde la posición que
finalmente ha alcanzado la ciencia contemporánea.
El
primer gran filósofo de este nuevo período de la ciencia fue Renato Descartes,
que vivió en la primera mitad del siglo XVII. Aquellas de sus ideas que
resultaron más importantes para el desarrollo del pensamiento científico están
contenidas en el Discurso del Método. Sobre la base de la duda, y del
razonamiento lógico, trata de encontrar un fundamento completamente nuevo y,
según él cree, sólido para todo sistema filosófico. No acepta la revelación
como tal fundamento, ni quiere admitir sin crítica lo que se percibe con los
sentidos. Así, parte, en su método, de la duda. Proyecta sus dudas sobre todo
aquello que nos dicen los sentidos acerca del resultado de nuestros
razonamientos, y finalmente llega a su famosa frase: “cogito ergo sum”. No
puedo dudar de mi existencia, ya que se sigue del hecho de estar pensando.
Después de establecer así la existencia del Yo, procede a probar la existencia
de Dios, esencialmente sobre las líneas de la filosofía escolástica.
Finalmente, la existencia del mundo se deduce del hecho de haberme dado Dios
una fuerte tendencia a creer en la existencia del mundo; y es simplemente
imposible que Dios haya querido engañarme.
Esta
base de la filosofía cartesiana es radicalmente diferente de la de los antiguos
filósofos griegos. Aquí, el punto de partida no es un principio fundamental o
sustancia, sino el intento de lograr un conocimiento fundamental. Y Descartes
se da cuenta de que tenemos más certeza en lo que sabemos acerca de nuestra
mente que en lo que conocemos del mundo exterior. Pero ya su punto de partida
con el “triángulo” Dios-Mundo-Yo, simplifica de una manera peligrosa el
fundamento para ulteriores razonamientos. La división entre materia y espíritu
o entre cuerpo y alma, iniciada con la filosofía de Platón, es ahora completa.
Se separa a Dios del mundo y del Yo. De hecho se aleja a Dios tanto del mundo y
de los hombres que se termina por relegarlo a un punto de referencia común para
establecer la relación entre el Yo y el Mundo.
Mientras
que la antigua filosofía griega había tratado de descubrir un orden en la
infinita variedad de cosas y acontecimientos buscando algún principio
fundamental unificador, Descartes trata de establecer el orden mediante alguna
división fundamental. Pero las tres partes que resultan de la división pierden
algo de su esencia cuando se considera a cualquiera de ellas separadas de las
otras dos partes. Si se quiere usar, realmente, los conceptos fundamentales de
Descartes, es esencial que Dios esté, de alguna manera, en el mundo y en el Yo,
y que el Yo no esté totalmente separado del mundo. Descartes conocía, desde
luego, la necesidad de esta relación, pero la filosofía y la ciencia natural se
desarrollaron, en lo sucesivo, sobre la base de una polaridad entre la “res
cogitans” y la “res extensa”, y la ciencia natural concentró su interés en la
“res extensa”. La influencia que la división cartesiana tuvo en el pensamiento
humano de las centurias que siguieron difícilmente podrá ser sobrestimada; pero
es justamente esta división la que tendremos que criticar más adelante, desde
el punto de vista de la física contemporánea.
Por
supuesto, sería erróneo afirmar que Descartes dio un nuevo rumbo al pensamiento
humano con su nuevo método filosófico. Lo que realmente hizo fue formular por
primera vez una tendencia en el pensamiento humano que ya se vislumbraba
durante el Renacimiento y la Reforma: un renovado interés por las matemáticas
junto con una creciente influencia platónica en la filosofía, y la insistencia
en una religión personal. El interés creciente por las matemáticas favoreció un
sistema filosófico que partió del razonamiento lógico y procuró por medio de
este método llegar a alguna verdad tan cierta como una conclusión matemática.
La insistencia en una religión personal separó del mundo al Yo y a sus
relaciones con Dios. El interés en combinar el conocimiento empírico con las
matemáticas, como lo hizo Galileo, se debió quizá al intento de obtener, de
esta manera, alguna forma de conocimiento que pudiera mantenerse completamente
apartada de las disputas teológicas que levantó la Reforma. Este saber empírico
podría formularse sin hablar de Dios o de nosotros, y favorecía la separación
de los tres conceptos fundamentales: Dios-Mundo-Yo, o de la “res cogitans” de
la “res extensa”. Hubo en este período, en algunos casos, un acuerdo explícito
entre los pioneros de la ciencia empírica en el sentido de que en sus
discusiones no debía mencionarse el nombre de Dios o de alguna causa
fundamental.
Por
otra parte, las dificultades que originaba la separación podían verse desde un
principio. Al distinguir la “res cogitans” de la “res extensa”, por ejemplo,
Descartes se vio forzado a poner los animales enteramente del lado de la “res
extensa”. Los animales y las plantas no eran, por lo tanto, esencialmente
diferentes de las máquinas, y su comportamiento estaba completamente
determinado por causas materiales. Pero siempre ha sido difícil negar
completamente la existencia de algún tipo de alma en los animales, y nos parece
que el concepto más antiguo de alma, como el de la filosofía de Santo Tomás de
Aquino, por ejemplo, era más natural y menos forzado que el concepto cartesiano
de “res cogitans”, aun si estamos convencidos de que las leyes de la física y
la química son estrictamente válidas en los organismos vivientes. Otra de las
consecuencias posteriores de este punto de vista de Descartes fue que, si se
consideraba a los animales como simples máquinas, era difícil no pensar lo
mismo de los hombres. Puesto que la “res cogitans” y la “res extensa” eran
consideradas como completamente diferentes en su esencia, no parecía posible
que una de ellas pudiera actuar sobre la otra. Por lo tanto, para mantener un
paralelismo completo entre las experiencias de la mente y las del cuerpo, la
mente también debía quedar completamente determinada, en sus actividades, por
leyes que se correspondieran con las de la física y la química. Surgió así la
cuestión de la posibilidad del “libre albedrío”. Evidentemente, toda esta manera
de describir las cosas es algo artificial, y muestra los graves defectos de la
partición Cartesiana.
En
cambio, en las ciencias naturales esta partición resultó, durante siglos,
extremadamente exitosa. La mecánica de Newton y todas las otras partes de la
física clásica construidas según su modelo, partían de la suposición de que se
puede describir el mundo sin hablar de Dios ni de nosotros. Esta posibilidad
pareció pronto casi una condición necesaria para las ciencias naturales en
general.
Pero
en este punto la situación cambia, en cierto modo, al llegar a la teoría
cuántica y podemos, por lo tanto, intentar una comparación del sistema
filosófico de Descartes con la situación actual en la física moderna. Se ha
señalado ya que en la interpretación de Copenhague podemos proceder sin
mencionamos a nosotros como individuos, pero no podemos olvidar el hecho de que
las ciencias naturales han sido formadas por el hombre. Las ciencias naturales
no describen y explican a la naturaleza simplemente; forman parte de la
interacción entre la naturaleza y nosotros mismos; describen la naturaleza tal
como se revela a nuestro modo de interrogarla. Esta es una posibilidad en la
que Descartes no pudo haber pensado; pero hace que la separación neta entre el
mundo y el Yo resulte imposible.
Si
se analiza la gran dificultad que aun físicos eminentes como Einstein tuvieron
en entender y aceptar la interpretación de Copenhague, se ve que la raíz de las
dificultades está en la partición de Descartes. Esta partición ha penetrado
profundamente, durante tres siglos, en la mente humana, y tardará mucho en ser
reemplazada por una actitud realmente distinta frente al problema de la
realidad.
La
posición a la cual nos ha conducido la partición Cartesiana con respecto a la
“res extensa” es la que podríamos denominar realismo metafísico. El mundo, es
decir, las cosas extensas, existen. Éste debe ser distinguido del realismo
práctico, y las diferentes formas de realismo pueden describirse así:
“Objetivamos” un juicio si aceptamos que su contenido no depende de las
condiciones bajo las cuales puede ser verificado. El realismo práctico da por
sentado que hay juicios que pueden ser objetivados y que en realidad la mayor
parte de nuestra experiencia de la vida diaria consiste en tales juicios. El
realismo dogmático sostiene que no hay juicios concernientes al mundo material
que no puedan ser objetivados. El realismo práctico siempre ha sido y será una
parte fundamental de la ciencia natural. Sin embargo, el realismo dogmático no
es, según vemos, una condición necesaria de la ciencia natural. No obstante, en
el pasado ha desempeñado un papel muy importante en el desarrollo de la
ciencia; en realidad, la posición de la física clásica es la del realismo
dogmático. Cuando Einstein criticó la teoría cuántica lo hizo desde el punto de
vista del realismo dogmático. Ésta es una actitud muy natural. Todo científico
que realiza un trabajo de investigación siente que está buscando algo que sea
objetivamente verdadero. Sus juicios no han de estar sujetos a las condiciones
bajo las cuales pueden ser verificados. Especialmente en la física, el hecho de
que podamos explicar la naturaleza mediante simples leyes matemáticas nos dice
que hemos encontrado una imagen auténtica de la realidad y no algo inventado
por nosotros mismos. Ésta es la posición en que se colocó Einstein cuando
adoptó el realismo dogmático como base de la ciencia natural. Pero la teoría
cuántica es por sí misma un ejemplo de la posibilidad de explicar la naturaleza
por medio de simples leyes matemáticas, sin esa base. Tal vez estas leyes no
parezcan muy simples cuando se las compara con la mecánica de Newton. Pero
teniendo en cuenta la enorme complejidad de los fenómenos que deben ser
explicados (el espectro lineal de los complicados átomos, por ejemplo), el
esquema matemático de la teoría cuántica es comparativamente simple. La ciencia
natural es realmente posible sin la base del realismo dogmático.
El
realismo metafísico va un paso más allá que el realismo dogmático al decir que
“las cosas existen realmente”. Esto es, en realidad, lo que quiso probar
Descartes con el argumento de que “Dios no puede habernos engañado”. La
afirmación de que las cosas existen realmente difiere de la del realismo
dogmático al aparecer aquí la palabra “existen”, lo cual también está implícito
en la otra afirmación “cogito ergo sum”... “Pienso, luego soy”. Pero es difícil
ver qué es lo que aquí se quiere decir que no esté ya contenido en la tesis del
realismo dogmático; y esto nos conduce a un análisis general de la afirmación
“cogito, ergo sum”, que Descartes consideró como la base sólida sobre la cual
podía construir su sistema. Es indudable que esta afirmación tiene la seguridad
de una demostración matemática si las palabras “cogito” y “sum” se ajustan a su
definición habitual o, para decirlo con mayor prudencia y espíritu crítico, si
las palabras se definen de modo que se siga la consecuencia. Pero esto no nos
muestra hasta dónde podemos emplear los conceptos de “pensar’ y “ser” para
lograr nuestro propósito. Finalmente, en un sentido muy general, la medida en
que pueden aplicarse nuestros conceptos es siempre una cuestión empírica.
La
dificultad del realismo metafísico se sintió muy pronto después de Descartes y
se convirtió en el punto de partida de la filosofía empírica, del sensualismo y
el positivismo.
Los
tres filósofos que pueden considerarse representativos de los comienzos de la
filosofía empírica son Locke, Berkeley y Hume. Contrariamente a Descartes,
Locke sostiene que todo conocimiento se funda últimamente en la experiencia.
Esta experiencia puede ser sensación o percepción de la operación de nuestra
inteligencia. El conocimiento, afirma Locke, es la percepción del acuerdo o
desacuerdo existente entre dos ideas. El paso siguiente fue dado por Berkeley.
Si nuestro conocimiento procede realmente de la percepción, la afirmación de
que las cosas existen realmente carece de sentido, porque si la percepción se
produce no es posible establecer ninguna diferencia sobre si las cosas existen
o no existen. Por consiguiente, el hecho de ser percibido se identifica con la
existencia. Esta línea argumental fue llevada entonces a un escepticismo
extremo por Hume, quien rechazó la inducción y la causalidad y de ese modo
llegó a una conclusión que, de ser tomada en serio, destruiría la base de toda
ciencia empírica.
La
crítica del realismo metafísico formulada por la filosofía empírica está
ciertamente justificada en cuanto pone en guardia contra el empleo ingenuo del
término “existencia”. Los juicios positivos de esta filosofía pueden ser
criticados de manera similar. Nuestras percepciones no son originariamente
conjuntos de colores o sonidos; lo que percibimos ya es percibido como alguna
cosa — correspondiendo aquí destacar la palabra “cosa”— y, en consecuencia, es
dudoso que podamos ganar algo tomando las percepciones, en vez de las cosas,
como elementos últimos de la realidad.
La
dificultad fundamental ha sido claramente reconocida por el moderno
positivismo. Esta manera de pensar previene contra el empleo candoroso de
términos tales como “cosa”, “percepción”, “existencia”, con el postulado
general de que si una determinada afirmación tiene verdaderamente algún sentido
debe ser analizada íntegramente y con espíritu crítico. Este postulado y su
actitud fundamental provienen de la lógica matemática. El procedimiento de la
ciencia natural se muestra como una adhesión de símbolos a los fenómenos. Los
símbolos pueden, como en las matemáticas, combinarse de acuerdo con ciertas
reglas, y de esta manera los juicios sobre los fenómenos pueden ser
representados por combinaciones de símbolos. Sin embargo, una combinación de
símbolos que no se ajusta a las reglas no es incorrecta, pero no tiene sentido.
En
este razonamiento la dificultad obvia reside en la falta de un criterio general
con respecto a cuándo puede una afirmación ser considerada como carente de
significación. Una decisión definida sólo es posible cuando la afirmación
pertenece a un rigoroso sistema de conceptos y de axiomas el cual, en la
evolución de la ciencia natural, será más bien la excepción que la regla. En
algunos casos, la conjetura de que una cierta afirmación carecía de sentido ha
llevado históricamente a realizar importantes progresos porque abrió la vía
hacia el descubrimiento de nuevas relaciones que habrían sido imposibles si la
afirmación hubiera tenido sentido. Un ejemplo tomado de la teoría cuántica, que
ya hemos tratado, es la siguiente frase: “¿En qué órbita se mueven los
electrones alrededor del núcleo?”. Pero, por lo general, el esquema positivista
tomado de la lógica matemática es demasiado estrecho para una descripción de la
naturaleza que inevitablemente emplea palabras y conceptos que están sólo
vagamente definidos.
La
tesis filosófica de que todo conocimiento se funda últimamente en la
experiencia ha terminado postulando la explicación lógica de cualquier
afirmación relativa a la naturaleza. Tal postulado puede haber parecido
justificado en el periodo de la física clásica, pero con la teoría cuántica
hemos aprendido que no se puede cumplir. Las palabras “posición” y “velocidad”
de un electrón, por ejemplo, parecían perfectamente definidas en cuanto a su
sentido y sus posibles relaciones, y en realidad eran conceptos claramente
definidos dentro del marco matemático de la mecánica de Newton. Pero no estaban
verdaderamente bien definidos, como se ve por las relaciones de incertidumbre.
Podría decirse que estaban bien definidos de acuerdo con su posición dentro de
la mecánica de Newton, pero que no lo estaban en relación con la naturaleza.
Esto nos muestra que nunca podemos saber por anticipado cuáles limitaciones se
presentarán para la aplicación de ciertos conceptos por la extensión de nuestro
conocimiento de las remotas partes de la naturaleza en las que sólo podemos
penetrar con las herramientas más perfeccionadas. Por consiguiente, en el
proceso de penetración nos vemos a veces obligados a emplear nuestros conceptos
en una forma que no está justificada y que no tiene sentido. La insistencia en
el postulado de la completa clarificación lógica haría la ciencia imposible. La
física moderna nos recuerda aquí la antigua sabiduría de que quién insiste en
jamás divulgar un error debe quedarse callado.
Una
combinación de estas dos maneras de pensar, que comenzaron con Descartes por
una parte, y con Locke y Berkeley por otra, fue intentada en la filosofía de
Kant, que fundó el idealismo germano. La parte de su trabajo que tiene
importancia en comparación con los resultados de la física moderna está
contenida en la Crítica de la Razón Pura. Allí aborda el problema de si el
conocimiento se funda únicamente en la experiencia o si puede provenir de otras
fuentes, y llega a la conclusión de que nuestro conocimiento es en parte “a
priori” y no inferido inductivamente de la experiencia. Establece, por
consiguiente, una diferencia entre el conocimiento “empírico” y el conocimiento
“a priori”. Al mismo tiempo plantea la distinción entre proposiciones
“analíticas” y “sintéticas”. Las proposiciones analíticas se deducen
simplemente por lógica y su negación llevaría a la propia contradicción. A las
proposiciones que no son “analíticas” las llama “sintéticas”.
¿Cuál
es, según Kant, el criterio para el conocimiento “a priori”? Kant acepta que
todo conocimiento comienza con la experiencia, pero agrega que no siempre
deriva de la experiencia. Es verdad que la experiencia nos enseña que una
determinada cosa posee tales o cuales propiedades, pero no nos enseña que no
pueda ser diferente. Por consiguiente, si una proposición es pensada juntamente
con su necesidad tiene que ser “a priori”. La experiencia nunca generaliza sus
juicios por completo. Por ejemplo, la frase “El sol se eleva todas las mañanas”
significa que sabemos que esta regla no tuvo excepción en el pasado y que
esperamos que no la tenga en el futuro. Pero sí podemos imaginamos excepciones
a la regla. Si un juicio se expresa en forma completamente general y, por
consiguiente, es imposible imaginar una excepción cualquiera, tiene que ser “a
priori”. Un juicio analítico siempre es “a priori”. Hasta cuando un niño
aprende aritmética jugando con bolitas no necesita después rehacer el
experimento para saber que “dos y dos son cuatro”. El conocimiento empírico,
por otra parte, es sintético.
¿Pero
es posible un juicio sintético a priori? Kant trata de demostrarlo con ejemplos
en los cuales parece cumplirse el criterio anterior. El espacio y el tiempo,
dice, son formas a priori de la intuición pura. Para el caso del espacio ofrece
los siguientes argumentos metafísicos:
1.
El espacio no es un concepto empírico, abstraído de otras experiencias, porque
se presupone que el espacio se refiere a sensaciones de algo exterior, y la
experiencia de lo exterior sólo es posible mediante la representación del
espacio.
2.
El espacio es una representación necesariamente a priori que sirve de
fundamento a todas las percepciones externas; porque no podemos imaginar una
ausencia de espacio aunque podemos imaginar que puede no haber nada en el
espacio.
3.
El espacio no es un concepto general o discursivo de las relaciones de las
cosas en general, porque solamente hay un espacio, del cual lo que llamamos
“espacios” son partes, no casos particulares.
4.
El espacio se presenta como una magnitud infinita que encierra en sí misma
todas las partes del espacio; esta relación es diferente de la que existe entre
un concepto y sus casos particulares y por lo tanto el espacio no es un
concepto sino una forma de intuición.
No
vamos a discutir aquí estos argumentos. Sólo los mencionamos como ejemplos de
las pruebas que Kant tiene presentes para su teoría de los juicios sintéticos a
priori.
Con
respecto a la física, Kant la considera como a priori, junto con el espacio y
el tiempo, la ley de la causalidad y el concepto de sustancia. En una etapa
posterior de su obra trató de incluir la ley de conservación de la materia, la
igualdad de “actio y reactio” y hasta la ley de la gravitación. Ningún físico
estaría ahora dispuesto a seguir a Kant si el término “a priori” se empleara en
el sentido absoluto que él le dio. En matemáticas, Kant considera la geometría
euclidiana como “a priori”.
Antes
de comparar estas doctrinas de Kant con los resultados de la física moderna,
debemos hacer mención de otra parte de su obra a la cual habremos de referimos
más adelante. La desagradable cuestión de si “las cosas existen realmente”, que
ha dado origen a la filosofía empírica, también se presentó en el sistema de
Kant. Pero Kant no siguió la línea de Berkeley ni de Hume, aunque ello hubiera
tenido consistencia lógica. Kant conservó la noción de la “cosa en sí” como
algo distinto de lo perceptible, y de esta manera guardó alguna conexión con el
realismo.
Si
ahora entramos a comparar las doctrinas de Kant con la física moderna se tiene
la impresión, en el primer momento, de que su concepto fundamental de los
“juicios sintéticos a priori” hubiera sido completamente destruido por los
descubrimientos de nuestro siglo. La teoría de la relatividad ha hecho cambiar
nuestras ideas sobre el espacio y el tiempo; en realidad nos ha mostrado
imágenes totalmente nuevas del espacio y del tiempo de las cuales nada se ve en
las formas a priori de la intuición pura de Kant. La ley de la causalidad ya no
se aplica en la teoría cuántica y la ley de conservación de la materia ha
dejado de ser verdad para las partículas elementales. Es obvio que Kant no pudo
prever los nuevos descubrimientos, pero puesto que estaba convencido de que sus
conceptos serían “la base de cualquier metafísica futura que pueda llamarse
ciencia”, es interesante averiguar dónde estaba el error de sus argumentos.
Tomemos
como ejemplo la ley de causalidad. Kant dice que cuando observamos un
acontecimiento aceptamos la existencia de un acontecimiento anterior al cual el
otro acontecimiento debe suceder de acuerdo con alguna regla. Ésta es, según
Kant sostiene, la base de todo trabajo científico. En este punto no tiene
importancia que siempre encontremos o no encontremos el acontecimiento
precedente al cual el otro siguió. En realidad, podemos encontrarlo en muchos
casos. Pero aun cuando no podamos encontrarlo, nada puede impedimos preguntar
cuál ha sido ese acontecimiento precedente y buscarlo. Por consiguiente, la ley
de causalidad se reduce al método de la investigación científica; es la
condición que hace posible la ciencia. Como en realidad aplicamos este método,
la ley de causalidad es “a priori” y no derivada de la experiencia.
¿Es
esto verdad en la física atómica? Consideremos un átomo de radio, que puede
emitir una partícula alfa. El tiempo de emisión de la partícula alfa no puede
ser predicho. Lo único que podemos decir es que, por término medio, la emisión
tendrá lugar en unos dos mil años. Por consiguiente, cuando observamos una
emisión no buscamos el acontecimiento anterior que debió precederla de acuerdo
con determinada regla. Lógicamente, sería muy posible buscar ese acontecimiento
anterior y no debe desanimamos el hecho de que no haya sido encontrado hasta
ahora. ¿Pero por qué ha cambiado realmente el método científico en este aspecto
tan fundamental de la cuestión desde la época de Kant?
Para
esto hay dos respuestas posibles. Una es que la experiencia nos ha convencido
de que las leyes de la teoría cuántica son correctas y, si lo son, sabemos que
no puede hallarse un acontecimiento anterior que pueda tomarse como causa de la
emisión. La otra respuesta es que conocemos el acontecimiento anterior pero no
con toda exactitud. Sabemos cuáles fuerzas del núcleo atómico son las
responsables de la emisión de una partícula alfa. Pero este conocimiento lleva
en sí la incertidumbre introducida por la interacción entre el núcleo y el
resto del mundo. Si quisiéramos saber por qué la partícula alfa fue emitida en
ese preciso momento tendríamos que conocer la estructura microscópica del mundo
entero, incluyéndonos nosotros mismos, y ello es imposible. Por consiguiente,
los argumentos de Kant en favor del carácter a priori de la ley de causalidad
ya no se aplican.
De
modo similar podría discutirse el carácter a priori del espacio y del tiempo
como formas de intuición. El resultado sería el mismo. Los conceptos a priori,
que Kant consideraba como una verdad indiscutible, han dejado de pertenecer al
sistema científico de la física moderna.
Sin
embargo, constituyen una parte esencial de este sistema en un sentido algo
diferente. Al discutirse en Copenhague la interpretación de la teoría cuántica,
se ha hecho notar que empleamos los conceptos clásicos para referimos a
nuestros medios de experimentación y, de un modo más general, para referimos a
esa parte del mundo que no pertenece al objeto del experimento. El empleo de
estos conceptos, incluyendo los de espacio, tiempo y causalidad, es, de hecho,
la condición para la observación de los acontecimientos atómicos y es, en este
sentido de la palabra, “a priori”. Lo que Kant no ha previsto es que estos
conceptos a priori pueden ser las condiciones de la ciencia y, al mismo tiempo,
tener sólo un limitado radio de aplicación. Cuando realizamos un experimento,
tenemos que aceptar una cadena causal de acontecimientos que, mediante el
instrumento apropiado, comienza en el acontecimiento atómico y termina en el
ojo del investigador. Si no se aceptara esta cadena causal, nada se podría
saber del acontecimiento atómico. No obstante, debemos tener presente que la
física clásica y la causalidad sólo tienen un radio limitado de aplicación. La
paradoja fundamental de la teoría cuántica fue que no pudo ser prevista por
Kant. La física moderna ha trasladado la afirmación de Kant sobre la
posibilidad de los juicios sintéticos a priori del campo metafísico al
práctico. De este modo los juicios sintéticos a priori tienen el carácter de
una verdad relativa.
Si
se reinterpreta de este modo el apriorismo kantiano, no hay razón para
considerar las percepciones más que las cosas como dadas. Como en la física
clásica, podemos hablar de esos acontecimientos que no se observan tal como lo
hacemos de aquellos que se observan. Considerando la “cosa en sí”, Kant señala
que no podemos llegar a ninguna conclusión con la percepción de la “cosa en
sí”. Como lo ha advertido Weizsäcker, esta afirmación tiene su analogía formal
en el hecho de que, no obstante el empleo de los conceptos clásicos, en todos
los experimentos es posible un comportamiento no-clásico de los objetos
atómicos. En último término, la “cosa en sí” es para el físico atómico, si es
que llega a emplear este concepto, una estructura matemática; pero esta estructura,
a pesar de Kant, se deduce indirectamente de la experiencia.
En
esta reinterpretación, el apriorismo kantiano está indirectamente relacionado
con la experiencia, en la medida en que se ha formado a través de la evolución
de la inteligencia humana en un pasado muy distante. Siguiendo esta
argumentación, el biólogo Lorentz ha comparado una vez los conceptos “a priori”
con formas de comportamiento que en los animales se llaman “heredados o
esquemas innatos”. Es en realidad muy probable que para ciertos animales
primitivos el espacio y el tiempo sean algo distinto de lo que Kant llama
nuestra “intuición pura” del espacio y el tiempo. Esto último puede
corresponder a la especie “hombre”, pero no al mundo considerado como
independiente de los hombres. Pero tal vez, siguiendo este comentario biológico
sobre los “a priori”, nos estamos empeñando en una discusión demasiado
hipotética. Los hemos mencionado tan sólo como un ejemplo de cómo los términos
“verdad relativa” pueden ser interpretados en relación con los “a priori” de
Kant.
Hasta
aquí hemos mencionado a la física moderna como un ejemplo o, si se quiere, como
un patrón para comprobar los resultados de algunos sistemas filosóficos del
pasado que, por supuesto, eran considerados válidos para un campo mucho más
extenso. Lo que hemos sacado particularmente en limpio del análisis de las
filosofías de Descartes y de Kant puede expresarse de la siguiente manera:
Cualesquiera
sean los conceptos o palabras que se han formado en el pasado en razón del
intercambio entre el mundo y nosotros mismos, la verdad es que no están
estrictamente definidos con respecto a su significado; es decir, que no sabemos
hasta dónde pueden ayudamos a encontrar nuestro camino en el mundo.
Frecuentemente sabemos que podemos aplicarlos a un extenso orden de
experiencias internas y externas, pero nunca sabemos con exactitud cuáles son
los límites precisos de su aplicabilidad. Esto es verdad hasta para los
conceptos más simples y generales, como “existencia” y “espacio y tiempo”. En
consecuencia, con la razón pura nunca será posible arribar a una verdad
absoluta.
Los
conceptos pueden, sin embargo, ser exactamente definidos con respecto a sus
relaciones. Tal es, realmente, el caso cuando los conceptos se convierten en
una parte de un sistema de axiomas y definiciones que pueden expresarse
consistentemente mediante un esquema matemático. Ese grupo de conceptos
relacionados entre sí puede ser aplicable a un extenso campo de la experiencia
y ayudamos a descubrir nuestro camino en ese campo. Pero los límites de
aplicabilidad no serán, por lo general, conocidos, o, por lo menos, no lo serán
completamente.
Aun
si comprobamos que el sentido de un concepto nunca está definido con precisión
absoluta, algunos conceptos constituyen una parte integral de los métodos
científicos, puesto que representan, por lo pronto, el resultado final de la
evolución del pensamiento humano del pasado, aun del pasado más remoto. Hasta
pueden ser heredados, y, en cualquier caso, constituyen las herramientas
indispensables para la labor científica de nuestro tiempo. En este sentido
pueden ser prácticamente a priori. Naturalmente, es posible que en el futuro
puedan encontrarse nuevas limitaciones a su aplicabilidad.
Capítulo
6
La
relación de la teoría cuántica con otras partes de la ciencia natural
Ya
hemos dicho que los conceptos de las ciencias naturales a veces pueden ser
exactamente definidos con respecto a sus relaciones. Esta posibilidad se
comprobó por primera vez en los Principia de Newton, y esa es precisamente la
razón por la cual las obras de Newton han ejercido una influencia tan enorme en
todo el desarrollo de la ciencia natural durante los siglos siguientes. Newton
comienza sus Principia con una serie de definiciones y axiomas que se hallan
interrelacionados de tal manera que constituyen lo que podemos llamar un
“sistema cerrado”. Cada concepto puede representarse mediante un símbolo
matemático, y las relaciones entre los diferentes conceptos se representan con
ecuaciones matemáticas que se expresan por medio de los símbolos. La imagen matemática
del sistema asegura que en él no puede haber contradicciones. De esta manera,
los posibles movimientos de los cuerpos bajo la influencia de las fuerzas
actuantes están representados por las posibles soluciones de las ecuaciones. El
sistema de definiciones y axiomas que puede escribirse con una serie de
ecuaciones matemáticas es considerado como una descripción de una estructura
eterna de la naturaleza, con independencia de un determinado espacio o de un
determinado tiempo.
La
relación entre los diferentes conceptos del sistema es tan íntima que, por lo
general, no sería posible cambiar uno solo de los conceptos sin destruir todo
el sistema.
Es
por esta razón que durante largo tiempo el sistema de Newton fue considerado
como definitivo, y parecía que la tarea que tenían ante sí los científicos del
período siguiente se reducía a extender la mecánica de Newton en más amplios
campos de experimentación. En realidad, la física se desarrolló sobre esas
bases durante unos dos siglos.
De
la teoría del movimiento de las masas podía pasarse a la mecánica de los
cuerpos sólidos, a los movimientos rotatorios, a los movimientos continuos de
un fluido o a los movimientos vibratorios de un cuerpo elástico. Todos estos
aspectos de la mecánica o la dinámica se desarrollaron gradualmente en estrecha
relación con la evolución de las matemáticas, especialmente con la del cálculo
diferencial, y los resultados fueron comprobados mediante experimentos. La
acústica y la hidrodinámica pasaron a ser una parte de la mecánica. Otra
ciencia, para la cual era obvia la aplicación de la mecánica de Newton, fue la
astronomía. Los perfeccionamientos de los métodos matemáticos llevaron
gradualmente a determinar con exactitud cada vez mayor los movimientos de los planetas
y de sus mutuas interacciones. Cuando se descubrieron los fenómenos de la
electricidad y del magnetismo, las fuerzas eléctricas o magnéticas se
compararon con las fuerzas gravitacionales, y sus efectos sobre el movimiento
de los cuerpos pudieron ser estudiados de acuerdo con los principios de la
mecánica de Newton. Finalmente, en el siglo diecinueve, hasta la teoría del
calor pudo reducirse a un aspecto de la mecánica mediante la aceptación de que
el calor consiste, en realidad, en un complicado movimiento estadístico de las
más diminutas partes de la materia. Combinando los conceptos de la teoría
matemática de probabilidad con los conceptos de la mecánica de Newton,
Clausius, Gibbs y Boltzmann pudieron mostrar que las leyes fundamentales de la
teoría del calor podían interpretarse como leyes estadísticas de acuerdo con la
mecánica de Newton aplicada a sistemas mecánicos muy complicados.
Hasta
aquí, el planteo propuesto por la mecánica de Newton fue celosamente observado
y condujo al conocimiento de un vasto campo de experiencia. La primera
dificultad se presentó en los estudios sobre el campo electromagnético de
Faraday y Maxwell. En la mecánica de Newton la fuerza gravitacional se había
considerado como dada y no como un objeto de posteriores estudios teoréticos.
En el trabajo de Faraday y Maxwell, el campo de fuerza en sí se convirtió en
objeto de investigación; los físicos deseaban saber cómo variaba este campo de
fuerza en función del espacio y del tiempo. En consecuencia, trataron de hallar
ecuaciones de movimiento para los campos y no fundamentalmente para los cuerpos
sobre los cuales los campos actúan. Este cambio llevó nuevamente al punto de
vista que había sido sostenido por muchos científicos antes de Newton. Según
parecía, una acción podía ser trasferida de un cuerpo a otro solamente cuando
los dos cuerpos se tocaban; por ejemplo, en una colisión o por medio de la
fricción. Newton había introducido una novísima y curiosa hipótesis aceptando
la existencia de una fuerza que actuaba a larga distancia. Ahora bien, en la
teoría de los campos de fuerza se podía volver a la antigua concepción de que
la acción se trasfiere de un punto a otro punto vecino, solamente si el
comportamiento de los campos se describía en términos de ecuaciones
diferenciales. Probóse que eso era realmente posible y, por consiguiente, la
descripción de los campos magnéticos tal como los dan las ecuaciones de Maxwell
parecieron una solución satisfactoria para el problema de la fuerza. Aquí se
había cambiado realmente el planteo propuesto por la mecánica de Newton. Los
axiomas y definiciones de Newton se habían referido a los cuerpos y su
movimiento; pero con Maxwell los campos de fuerza parecieron adquirir el mismo
grado de realidad que los cuerpos en la teoría de Newton. Naturalmente, esta
interpretación no fue fácilmente aceptada; y para evitar semejante cambio en el
concepto de realidad pareció aceptable comparar los campos electromagnéticos
con los campos de deformación o tensión elástica, las ondas luminosas de la
teoría de Maxwell con las ondas sonoras de los cuerpos elásticos. En
consecuencia, muchos físicos creyeron que las ecuaciones de Maxwell se referían
en realidad a las deformaciones de un medio elástico al que denominaron éter; y
este nombre se dio simplemente para explicar que el medio era tan ligero y fino
que podía penetrar en el interior de otra materia sin poder ser visto ni
percibido. Sin embargo, esta explicación no fue muy satisfactoria puesto que no
podía explicar la completa ausencia de cualquier onda longitudinal de luz.
Finalmente,
la teoría de la relatividad, que será analizada en el próximo capítulo,
mostraba de manera terminante que el concepto de éter como sustancia, al que se
referían las ecuaciones de Maxwell, debía ser abandonado. Los argumentos no
pueden ser discutidos en este momento; pero el resultado fue que los campos
debían ser considerados como una realidad independiente.
Un
resultado posterior y aún más sorprendente de la teoría de la relatividad
especial fue el descubrimiento de nuevas propiedades del espacio y el tiempo,
en realidad, de una relación entre espacio y tiempo que no fue antes conocida y
que no existió en la mecánica de Newton.
Bajo
la impresión de esta situación completamente nueva muchos físicos llegaron a la
siguiente conclusión, un tanto temeraria: la mecánica de Newton había quedado
desautorizada. La realidad primaria es el campo y no el cuerpo, y la estructura
del espacio y el tiempo está correctamente descrita en las fórmulas de Lorentz
y Einstein y no en los axiomas de Newton. En muchos casos la mecánica de Newton
constituyó una buena aproximación, pero tenía que ser perfeccionada para
ofrecer una descripción más rigurosa de la naturaleza.
Desde
el punto de vista al que finalmente hemos llegado con la teoría cuántica,
semejante afirmación se presentaría como una descripción muy pobre de la
situación real. En primer lugar, olvida el hecho de que la mayor parte de los
experimentos con los cuales se miden los campos se basan en la mecánica de
Newton y, en segundo lugar, que la mecánica de Newton no puede ser
perfeccionada; sólo puede ser reemplazada por algo fundamentalmente distinto.
El
desarrollo de la teoría cuántica nos ha enseñado que debemos más bien describir
la situación en los siguientes términos: allí donde los conceptos de la
mecánica de Newton pueden emplearse para describir los acontecimientos de la
naturaleza, las leyes formuladas por Newton son estrictamente correctas y no
pueden ser perfeccionadas. Pero los fenómenos electromagnéticos no pueden ser
adecuadamente descriptos mediante los conceptos de la mecánica de Newton. Por
consiguiente, los experimentos con los campos electromagnéticos y las ondas
luminosas, juntamente con sus análisis teoréticos de Maxwell, Lorentz y
Einstein, han conducido a un nuevo sistema riguroso de definiciones y axiomas y
de conceptos que pueden ser representados por símbolos matemáticos, lo cual es
coherente en el mismo sentido que el sistema de la mecánica de Newton, pero es
fundamentalmente diferente.
Por
consiguiente, hasta las esperanzas que acompañaron a los científicos a partir
de Newton tuvieron que tomar otra dirección. Aparentemente, no siempre podía
lograrse el progreso de la ciencia empleando las leyes conocidas de la
naturaleza para explicar los nuevos fenómenos. En algunos casos, los nuevos
fenómenos que se observaron sólo podían comprenderse mediante nuevos conceptos
que se adaptaron a los nuevos fenómenos del mismo modo que los conceptos de
Newton se adaptaron a los acontecimientos mecánicos. A su vez, estos nuevos
conceptos podían combinarse en un riguroso sistema y ser representados por
símbolos matemáticos. Pero si la física o, en un plano más general, la ciencia
natural procedía de tal modo se presentaba la siguiente interrogación: ¿Cuál es
la relación entre los diferentes planteos conceptuales? Si, por ejemplo, los
mismos conceptos o palabras se presentan en dos fórmulas diferentes y están
diferentemente definidos con respecto a sus relaciones y su representación
matemática, ¿en qué sentido representan los conceptos a la realidad?
Este
problema se presentó tan pronto como se descubrió la teoría de la relatividad
especial. Los conceptos de espacio y tiempo pertenecían a la vez a la mecánica
de Newton y a la teoría de la relatividad. Pero en la mecánica de Newton,
espacio y tiempo eran independientes; en la teoría de la relatividad estaban
relacionados por la trasformación de Lorentz. En este caso especial podía
mostrarse que las afirmaciones de la teoría de la relatividad se aproximan a
las de la mecánica de Newton dentro del límite en el que todas las velocidades
del sistema son muy reducidas comparadas con la velocidad de la luz. De aquí se
podía deducir que los conceptos de la mecánica de Newton no podían ser
aplicados a casos en los cuales ocurrían velocidades comparables a la de la
luz. Así se encontró finalmente una limitación fundamental a la mecánica de
Newton que no pudo ser advertida desde la serie coherente de conceptos ni
mediante la simple observación de los sistemas mecánicos.
Por
consiguiente, la relación entre dos diferentes series coherentes de conceptos
exige siempre una investigación muy cuidadosa. Antes de entrar en una discusión
general sobre la estructura de cualquiera de esos grupos rigurosos y coherentes
de conceptos y de sus posibles relaciones, daremos una descripción de aquéllos
que hasta aquí han sido definidos en física. Pueden distinguirse cuatro
sistemas que ya han alcanzado su forma final.
El
primero, la mecánica de Newton, ya ha sido analizado. Es adecuado para la
descripción de todos los sistemas mecánicos, el movimiento de los fluidos y la
vibración elástica de los cuerpos. Comprende la acústica, la estática y la
aerodinámica.
El
segundo sistema riguroso de conceptos se formó en el curso del siglo diecinueve
en relación con la teoría del calor. Aunque la teoría del calor pudo finalmente
ser vinculada con la mecánica mediante el desarrollo de la mecánica
estadística, no sería práctico considerarla como una parte de la mecánica. En
realidad, la teoría fenomenológica del calor emplea una cantidad de conceptos
que no tienen su equivalente en otras ramas de la física como: calor, calor
específico, entropía, energía libre, etc. Si de esta descripción fenomenológica
se pasa a una interpretación estadística, considerando el calor como energía,
distribuido estadísticamente entre los muchísimos grados de libertad debidos a
la estructura atómica de la materia, entonces el calor no tiene más relación
con la mecánica que con la electrodinámica u otras partes de la física. El
concepto fundamental de esta interpretación es el concepto de probabilidad,
estrechamente relacionado con el concepto de entropía en la teoría
fenomenológica. Al lado de este concepto, la teoría estadística del calor
necesita el concepto de energía. Pero, en física, cualquier sistema coherente
de axiomas y conceptos habrá de contener necesariamente los conceptos de
energía, cantidad de movimiento y cantidad de movimiento angular, y la ley de
estas cantidades tiene que conservarse bajo ciertas condiciones. Así ha de ser
si el sistema coherente pretende describir ciertas imágenes de la naturaleza,
exactas en todo momento y en todas partes; en otras palabras, imágenes que no
dependen del espacio y del tiempo o, como dicen los matemáticos, que no varían
por traslaciones arbitrarias en el espacio y el tiempo, las rotaciones en el
espacio y la trasformación de Galileo o Lorentz. Por consiguiente, la teoría
del calor puede combinarse con cualquiera de los otros rigurosos sistemas de
conceptos.
El
tercer sistema riguroso de conceptos y axiomas tiene su origen en los fenómenos
de la electricidad y el magnetismo y ha alcanzado su forma última en la primera
década del siglo veinte mediante la labor de Lorentz, Einstein y Minkowski.
Comprende la electrodinámica, la relatividad especial, la óptica, el
magnetismo, y puede incluirse la teoría de de Broglie de ondas de materia de
todas las diferentes clases de partículas elementales, pero no la teoría
ondulatoria de Schrödinger.
Finalmente,
el cuarto sistema coherente es esencialmente el de la teoría cuántica según ha
sido expuesto en los dos primeros capítulos. Su concepto central es la función
de probabilidad, o “matriz estadística” como la llaman los matemáticos.
Comprende el cuanto y la mecánica ondulatoria, la teoría del espectro atómico,
la química y la teoría de otras propiedades de la materia como conductividad
eléctrica, ferromagnetismo, etcétera.
Las
relaciones entre estos cuatro sistemas de conceptos puede expresarse de la
siguiente manera: El primer sistema está contenido en el tercero como caso
límite en el que la velocidad de la luz puede considerarse como infinitamente
grande, y está contenido en el cuarto como caso límite en el que la constante
de acción de Planck puede considerarse como infinitamente pequeña. El primero y
parcialmente el tercero pertenecen al cuarto como a priori para la descripción
de los experimentos. El segundo puede combinarse sin dificultad con cualquiera
de los otros tres y es especialmente importante por sus relaciones con el
cuarto. La existencia independiente del tercero y cuarto sugiere la existencia
de un quinto sistema del cual uno, tres y cuatro son casos límites. Este quinto
sistema se encontrará probablemente algún día en relación con la teoría de las
partículas elementales.
De
esta enumeración hemos omitido el sistema de conceptos relacionado con la
teoría de la relatividad general ya que este sistema quizá no ha alcanzado aún
su forma definitiva. Pero debe hacerse notar que éste es completamente distinto
de los otros cuatro sistemas.
Después
de este breve examen, podemos volver a la cuestión más general de lo que se
debe considerar como formas características de un riguroso sistema de axiomas y
definiciones. Tal vez la forma más importante sea la posibilidad de encontrarle
una representación matemática coherente. Esta representación debe asegurar que
el sistema no contiene contradicciones. Por lo tanto, el sistema debe ser
adecuado para describir un vasto campo de experiencia. La gran variedad de los
fenómenos en el campo debe corresponder al gran número de soluciones de las
ecuaciones de la representación matemática. Las limitaciones del campo pueden,
por lo general, no derivar de los conceptos. Los conceptos no están exactamente
definidos en su relación con la naturaleza a pesar de la exacta definición de
sus relaciones posibles. Por consiguiente, las limitaciones estarán señaladas
por la experiencia, por el hecho de que los conceptos no permiten una completa
descripción de los fenómenos observados.
Después
de este breve análisis de la estructura de la física de hoy podemos analizar
las relaciones de la física con las otras ramas de la ciencia natural. El
vecino más próximo de la física es la química. En realidad, en virtud de la
teoría cuántica estas dos ciencias han llegado a una completa unión. Pero cien
años atrás se hallaban ampliamente separadas, sus métodos de investigación eran
completamente diferentes, y los conceptos de la química no tenían sus
equivalentes en la física. Conceptos tales como valencia, actividad,
solubilidad y volatilidad tenían un carácter más cualitativo, y apenas si la
química pertenecía a las ciencias exactas. Cuando a mediados del siglo pasado
se desarrolló la teoría del calor, los científicos comenzaron a aplicarla a los
procesos químicos, y desde entonces el trabajo científico en este campo se ha
orientado con la esperanza de reducir las leyes de la química a la mecánica de
los átomos. Debe destacarse, sin embargo, que esto no era posible dentro del
marco de la mecánica de Newton. Para dar una descripción cualitativa de las
leyes de la química había que formular un más amplio sistema de conceptos para
la física atómica. Esto se logró finalmente con la teoría cuántica, que tiene
sus raíces tanto en la química como en la física atómica. Entonces fue fácil
ver que las leyes de la química no podían reducirse a la mecánica de las
partículas atómicas de Newton, puesto que los elementos químicos mostraban en
su comportamiento un grado de estabilidad que faltaba por completo en los
sistemas mecánicos. Pero esto no se comprendió claramente hasta que no se
formuló la teoría del átomo de Bohr, en 1913. Puede decirse que el resultado
final fue que los conceptos de la química son en parte complementarios de los
conceptos mecánicos. Si sabemos que un átomo determina sus propiedades químicas
en su más bajo estado estacionario, no podemos hablar al mismo tiempo del
movimiento de los electrones en el átomo.
La
relación actual entre la biología, por un lado, y la física y la química por
otro, puede ser muy similar a la que existía entre la química y la física hace
cien años. Los métodos de la biología son diferentes de los de la física y la
química, y los conceptos biológicos típicos son de un carácter más cualitativo
que los de las ciencias exactas. Conceptos tales como vida, órgano, célula,
función de un órgano, percepción, no tienen equivalentes en la física o la
química. Además, la mayor parte de los progresos realizados en la biología
durante los últimos cien años se han obtenido mediante la aplicación de la
química y la física a los organismos vivientes y, en la actualidad, la biología
tiende a explicar los fenómenos biológicos sobre la base del conocimiento de
las leyes físicas y químicas. La cuestión está en saber si esta tendencia está
o no justificada.
Lo
mismo que en el caso de la química, la simple experiencia biológica enseña que
los organismos vivos ostentan un grado de estabilidad que complicadas
estructuras generales, consistentes en varios tipos diferentes de moléculas, no
podrían tener solamente en base a las leyes físicas y químicas. Por
consiguiente, algo hay que agregar a las leyes de la física y la química antes
de que los fenómenos biológicos puedan ser íntegramente interpretados.
A
este respecto dos distintos puntos de vista se han discutido con frecuencia en
la literatura biológica. Uno se refiere a la teoría de la evolución, de Darwin,
en sus relaciones con la genética moderna. De acuerdo con esta teoría, el único
concepto que hay que agregar a los de la física y la química para comprender la
vida es el concepto de historia. El enorme intervalo de tiempo de por lo menos
cuatro mil millones de años que han trascurrido desde la formación de la tierra
ha proporcionado a la naturaleza la posibilidad de ensayar una variedad
ilimitada de estructuras de grupos de moléculas. Entre estas estructuras se han
producido finalmente algunas que han podido reduplicarse aprovechando los más
pequeños grupos de materia circundante y, por consiguiente, tales estructuras
han podido crearse en gran cantidad. Los cambios accidentales de las
estructuras han producido una variedad aún más amplia de las estructuras ya
existentes. Las distintas estructuras tuvieron que disputarse los materiales
extraídos de la materia circundante y de este modo, a través de la
“supervivencia de los más aptos”, tuvo lugar finalmente la evolución de los
organismos vivos. No puede dudarse de que esta teoría contiene una gran parte
de verdad, y muchos biólogos sostienen que el agregado de los conceptos de
historia y evolución a la coherente formulación de los conceptos de física y
química será más que bastante para explicar todos los fenómenos biológicos. Uno
de los argumentos a los que constantemente se recurre en favor de esta teoría
destaca que siempre que las leyes de la física y la química han sido puestas a
prueba en los organismos vivientes han resultado ser correctas; parece así
definitivo que no hay lugar para admitir una “fiereza vital” distinta de las
fuerzas físicas.
Por
otra parte, es precisamente este argumento el que ha perdido mucho peso con la
teoría cuántica. Puesto que los conceptos de física y química forman un sistema
riguroso y coherente, especialmente el de la teoría cuántica, es indispensable
que cuando estos conceptos hayan de ser empleados para la descripción de los
fenómenos también sean válidas las leyes relacionadas con los conceptos. Por
consiguiente, cuando se trata a los organismos vivos como sistemas
fisicoquímicos es necesario que actúen como tales. Lo único que puede enseñamos
algo sobre la suficiencia de este primer examen es si los conceptos
fisicoquímicos permiten una descripción completa de los organismos. Los
biólogos, que responden a esto por la negativa, sostienen el segundo punto de
vista que ahora explicaremos.
Este
segundo punto de vista quizá pueda exponerse de la siguiente manera: es muy
difícil ver cómo conceptos tales como percepción, función de un órgano,
afección, pueden constituir una parte de la coherente formulación de los
conceptos de la teoría cuántica combinada con el concepto de historia. Por otra
parte, estos conceptos son necesarios para una descripción completa de la vida
hasta si por el momento excluimos al género humano como presentando nuevos
problemas más allá de la biología. En consecuencia, para una comprensión de la
vida, será probablemente indispensable ir más allá de la teoría cuántica y
construir un nuevo sistema coherente de conceptos al cual la física y la
química puedan pertenecer como “casos límites”. La historia puede ser una de sus
partes esenciales, y conceptos tales como percepción, adaptación, afección,
corresponderán también al sistema. Si este punto de vista es correcto, la
combinación de la teoría de Darwin con la física y la química no sería bastante
a explicar la vida orgánica; pero aun así sería cierto que los organismos vivos
pueden ser en gran parte considerados como sistemas fisicoquímicos —como
máquinas, según señalaron Descartes y Laplace— y, tratados como tales,
reaccionarían como tales. Al mismo tiempo podría aceptarse, como lo ha sugerido
Bohr, que nuestro conocimiento de una célula viva puede ser complementario del
total conocimiento de su estructura molecular. Como un conocimiento completo de
esta estructura sólo sería posible mediante operaciones que destruyen la vida
de la célula, es lógicamente posible que la vida impida una completa
determinación de su estructura fisicoquímica básica. Aun sosteniendo este
segundo punto de vista sería probablemente recomendable, para la investigación
biológica, no emplear otro método que el que se ha seguido durante las últimas
décadas: tratar de explicar cuanto sea posible sobre la base de las leyes
fisicoquímicas conocidas, y describir el comportamiento de los organismos
celosamente y sin prejuicios teoréticos.
El
primero de estos dos puntos de vista es más común que el segundo entre los
biólogos modernos, pero la experiencia actualmente disponible no es suficiente
para decidir entre ambos. La preferencia concedida por muchos biólogos al
primer punto de vista puede deberse a la partición cartesiana, que tan
profundamente ha penetrado en la mente humana durante los pasados siglos. Dado
que la “res cogitans” estaba limitada a los hombres, al “Yo”, los animales no
podían tener alma y pertenecían exclusivamente a la “res extensa”. En
consecuencia, los animales pueden ser comprendidos, según se arguye, en los
mismos términos que la materia en general, y las leyes de la física y la
química conjuntamente con el concepto de historia deben ser suficientes para
explicar su comportamiento. Es sólo cuando aparece la “res cogitans” cuando se
presenta una situación nueva que requerirá conceptos completamente nuevos. Pero
la partición cartesiana es una supersimplificación peligrosa y, por
consiguiente, es muy posible que el segundo punto de vista sea el correcto.
Al
margen de este asunto, que todavía no puede ser resuelto, es indudable que nos
hallamos aún muy lejos de semejante sistema coherente y riguroso de conceptos
para la descripción de los fenómenos biológicos. En biología, las
complicaciones son tan desalentadoras que aún no es posible imaginar ningún
sistema de conceptos en el que las relaciones puedan definirse tan exactamente
como para que sea posible una representación matemática.
Si
vamos más allá de la biología e incluimos en la discusión a la psicología,
entonces apenas puede dudarse de que los conceptos de la física, la química y
la evolución juntos no serán suficientes para describir los hechos. En este
punto, la existencia de la teoría cuántica ha hecho variar nuestra actitud con
respecto a lo que se creía en el siglo diecinueve. En ese período, algunos
científicos se sentían inclinados a pensar que los fenómenos psicológicos
podían explicarse, en último término, sobre la base de la física y de la
química del cerebro. Desde el punto de vista de la teoría cuántica no existe
ninguna razón para semejante suposición. No obstante el hecho de que las
manifestaciones físicas del cerebro pertenezcan a los fenómenos psíquicos, no
podríamos esperar que éstos bastaran a explicarlos. Jamás dudaríamos de que el
cerebro actúa como un mecanismo fisicoquímico si lo consideráramos como tal;
pero, para una comprensión de los fenómenos psíquicos tendríamos que partir del
hecho de que la mente humana es objeto y sujeto del proceso científico de la
psicología.
Revisando
los diferentes sistemas de conceptos que se han construido en el pasado, y que
posiblemente podrán construirse en el futuro en el intento de abrimos camino en
el mundo mediante la ciencia, vemos que se presentan ordenándose de acuerdo con
la parte cada vez mayor que en el sistema le corresponde al elemento subjetivo.
La física clásica puede considerarse como esa idealización en la que hablamos
del mundo como algo completamente aparte de nosotros mismos. Los tres primeros
sistemas corresponden a esta idealización. Sólo el primer sistema se acomoda
totalmente al “a priori” de la filosofía de Kant. En el cuarto sistema, el de
la teoría cuántica, el hombre, como sujeto de conocimiento científico, aparece
mediante las preguntas que se le formulan a la naturaleza en los términos
apriorísticos de la ciencia humana. La teoría cuántica no admite una
descripción exclusivamente objetiva de la naturaleza. En biología puede ser
importante, para un conocimiento completo, que los problemas se planteen con
respecto a la especie humana, que pertenece al género de los organismos vivos;
en otras palabras, que sepamos lo que es la vida aun antes de haberla definido
en forma científica. Pero no se debería, quizá, entrar en especulaciones sobre
la posible estructura de sistemas de conceptos que aún no han sido formulados.
Cuando
se compara este orden con las antiguas clasificaciones pertenecientes a las
primeras etapas de la ciencia natural, se advierte que ahora el mundo ha sido
dividido no en diferentes grupos de objetos sino en diferentes grupos de
relaciones. En una etapa primitiva la ciencia distinguía, por ejemplo, como
grupos diferentes a los minerales, las plantas, los animales, los hombres. De
acuerdo con su grupo, estos objetos eran considerados como de naturalezas
diferentes, constituidos por diferentes materiales, y con un comportamiento
determinado por diferentes fuerzas. Ahora sabemos que siempre se trata de la
misma materia; que la misma variedad de compuestos químicos puede pertenecer a
cualquier objeto, a los minerales lo mismo que a los animales o las plantas;
además, hasta las fuerzas que actúan entre las diferentes partes de la materia
son, en último término, las mismas en toda clase de objetos. Lo que puede
distinguirse es la clase de relación esencialmente importante en un determinado
fenómeno. Por ejemplo, cuando hablamos de la acción de las fuerzas químicas nos
referimos a una clase de relaciones que es más complicada o, en cualquier caso,
distinta de la que se expresa en la mecánica de Newton. El mundo se nos aparece
así como un complicado tejido de acontecimientos en los que las relaciones de
diferente clase alternan, o se superponen, o se combinan y determinan así la
contextura del todo.
Cuando
nos representamos un grupo de relaciones mediante un riguroso y coherente
sistema de conceptos, axiomas, definiciones y leyes, que a su vez está
representado por un esquema matemático, lo que en realidad hacemos es aislar e
idealizar este grupo de relaciones con un propósito de clarificación. Pero, aun
cuando por tal modo se logre una completa claridad, no se sabe en qué exacta
medida el sistema de conceptos describe la realidad.
Estas
idealizaciones pueden considerarse como parte del lenguaje humano formado por
el intercambio entre el mundo y nosotros, una respuesta humana al desafío de la
naturaleza. En este sentido, pueden compararse con los diferentes estilos
artísticos, como los de la arquitectura o la música. Un estilo artístico puede
también definirse como un sistema de reglas formales que se aplican al material
de un determinado arte. En un sentido estricto, tal vez estas reglas no puedan
representarse mediante un sistema de conceptos y ecuaciones matemáticas, pero
sus elementos fundamentales son muy similares a los elementos esenciales de las
matemáticas. Igualdad y desigualdad, repetición y simetría: ciertas estructuras
desempeñan un papel fundamental tanto en el arte como en las matemáticas.
Generalmente se necesita el trabajo de varias generaciones para desarrollar
—desde sus simples comienzos hasta las elaboradas formas que caracterizan su
plenitud— ese sistema formal que luego se llamará el estilo del arte. El interés
del artista está concentrado en este proceso de cristalización en el cual la
materia del arte toma, mediante su labor, las distintas formas inspiradas por
los primeros conceptos formales de ese estilo. Alcanzada la plenitud, el
interés vuelve a desvanecerse porque la palabra “interés” significa: estar con
algo, tomar parte en un proceso de vida; pero este proceso ya ha llegado a su
fin. Aquí vemos otra vez cuán lejos están las reglas formales del estilo de
representar esa realidad de la vida a que el arte alude. El arte es siempre
idealización; el ideal es algo distinto de la realidad —por lo menos de la
realidad de las sombras, como diría Platón—, pero la idealización es necesaria
para la comprensión.
Esta
comparación entre los diferentes sistemas de conceptos de la ciencia natural y
los diferentes estilos del arte puede parecer caprichosa para quienes prefieren
creer que los diferentes estilos artísticos son productos arbitrarios de la
inteligencia humana. Quienes así opinen, argumentarán que en la ciencia natural
estos diferentes sistemas de conceptos representan una realidad objetiva; que
nos han sido revelados por la naturaleza; que, por consiguiente, no son de
ninguna manera arbitrarios; y que son la consecuencia necesaria de nuestro
creciente conocimiento experimental de la naturaleza. Acerca de este punto,
muchos científicos estarán de acuerdo; ¿pero son los diferentes estilos
artísticos un producto arbitrario de la inteligencia humana? En esto tampoco
debemos dejamos engañar por la partición cartesiana. El estilo se produce por
el intercambio entre el mundo y nosotros mismos, o, más específicamente, entre
el espíritu de la época y el artista. El espíritu de una época es probablemente
un hecho tan objetivo como cualquier hecho de la ciencia natural, y este
espíritu da nacimiento a ciertas imágenes del mundo que hasta son
independientes de la época, y en este sentido eternas. Mediante su trabajo, el
artista busca que esas imágenes sean comprensibles, y este intento lo lleva a
las formas de estilo en que se expresa.
Por
consiguiente, los dos procesos, el de la ciencia y el del arte, no son muy
distintos. En el curso de los siglos, ambos, la ciencia y el arte, forman un
lenguaje humano mediante el cual podemos referimos a las más remotas partes de
la realidad; y los sistemas conceptuales coherentes, tanto como los diferentes
estilos del arte, son diferentes palabras o grupos de palabras de dicho
lenguaje.
Capítulo
7
La
teoría de la relatividad
En
el campo de la física moderna, la teoría de la relatividad ha representado
siempre un papel muy importante. Gracias a esta teoría se reconoció por primera
vez la necesidad de un cambio en los principios fundamentales de la física. Por
consiguiente, el examen de los problemas que se han planteado y que en parte se
han resuelto mediante la teoría de la relatividad corresponde,
fundamentalmente, a nuestro enfoque de las implicaciones filosóficas de la
física moderna. En cierto sentido puede decirse que —a la inversa de la teoría
cuántica— el desarrollo de la teoría de la relatividad, a partir del
reconocimiento final de las dificultades para su solución, ha necesitado muy
poco tiempo. La repetición del experimento de Michelson, realizada por Morley y
Miller en 1904, constituyó la primera evidencia definitiva de la imposibilidad
de detectar el movimiento de traslación de la tierra mediante métodos ópticos;
y el informe decisivo de Einstein se dio a conocer menos de dos años más tarde.
Por otra parte, el experimento de Morley y de Miller y las afirmaciones de
Einstein no fueron más que la última etapa de un desarrollo que había comenzado
mucho antes y que puede sintetizarse bajo el título de “electrodinámica de los
cuerpos móviles”.
Evidentemente,
la electrodinámica de los cuerpos móviles constituyó un importante campo de la
física y de la ingeniería desde que se construyeron motores eléctricos. En esta
materia, sin embargo, el descubrimiento por Maxwell de la naturaleza
electromagnética de las ondas luminosas introdujo una seria dificultad. Estas
ondas difieren de las demás, por ejemplo de las ondas sonoras, en una propiedad
esencial: pueden propagarse en lo que parece ser el espacio vacío. Cuando una
campana suena en un recipiente al vacío, el sonido no sale hacia afuera; pero
la luz penetra fácilmente a través del volumen vacío. Se aceptó, en
consecuencia, que las ondas luminosas podían ser consideradas como ondas
elásticas de una sustancia muy liviana, llamada éter, que no podía ser vista ni
percibida pero que llenaba el espacio vacío tanto como el espacio en que
existía otra materia, como aire o vidrio. La idea de que las ondas
electromagnéticas podían ser en sí mismas una realidad, con independencia de
cualquier otro cuerpo, no se les ocurrió, por entonces, a los físicos. Puesto
que esta sustancia hipotética —éter— parecía penetrar a través de otra materia,
se planteaba esta interrogación: ¿Qué sucede si la materia es puesta en
movimiento? ¿Participa el éter en este movimiento y, si es así, cómo se propaga
una onda luminosa en el éter en movimiento?
Los
experimentos que pueden aplicarse para ofrecer una respuesta son difíciles por
la siguiente razón: las velocidades de los cuerpos móviles son por lo general
muy pequeñas comparadas con la velocidad de la luz. Por consiguiente, el
movimiento de estos cuerpos sólo puede producir muy reducidos efectos, que son
proporcionales a la relación entre la velocidad del cuerpo y la velocidad de la
luz, o a una potencia mayor de esa relación. Numerosos experimentos efectuados
por Wilson, Rowland, Roentgen y Eichenwald, y Fizeau permitieron obtener la
medida de tales efectos con una exactitud correspondiente a la primera potencia
de este coeficiente. La teoría de los electrones desarrollada en 1895 por
Lorentz permitió describir estos efectos en forma completamente satisfactoria.
Pero entonces el experimento de Michelson, Morley y Miller provocó una nueva
situación.
Este
experimento será analizado con cierto detenimiento. Para obtener mayores
efectos y resultados consecuentemente más exactos, se creyó que lo mejor era
experimentar con cuerpos de muy alta velocidad. La tierra se mueve alrededor
del sol con una velocidad calculada en unos 32 kilómetros por segundo. Si el
éter estuviera quieto con respecto al sol y no se moviera con la tierra,
entonces este rápido movimiento del éter con respecto a la tierra tendría que
ponerse de manifiesto en un cambio de la velocidad de la luz. Esta velocidad
sería diferente según que la luz se propagara en una dirección paralela o
perpendicular a la dirección del movimiento del éter. Aun cuando el éter se
moviera parcialmente con la tierra, tendría que producirse algún efecto debido a
lo que podemos llamar viento del éter, y entonces dicho efecto probablemente
dependería de la altitud sobre el nivel del mar en la cual se realizara el
experimento. Un cálculo del efecto esperado mostró que sería muy reducido,
puesto que es proporcional al cuadrado de la relación entre la velocidad de la
tierra y la de la luz, y que, por consiguiente, habría que efectuar
experimentos muy delicados sobre la interferencia de dos rayos de luz
trasladándose paralela o perpendicularmente al movimiento de la tierra. El
primer experimento de esta naturaleza, llevado a cabo por Michelson en 1881, no
resultó suficientemente exacto. Pero las posteriores repeticiones del
experimento tampoco acusaron los más mínimos signos del efecto esperado. Sobre
todo, los experimentos de Morley y Miller, de 1904, pudieron considerarse como
una prueba definitiva de que un efecto del esperado orden de magnitud no
existe.
Este
extraño resultado presentaba otro aspecto que había sido discutido por los
físicos algún tiempo antes. En la mecánica de Newton figura un cierto
“principio de relatividad” que puede describirse como sigue: Si en un
determinado sistema de referencia el movimiento mecánico de los cuerpos cumple
las leyes de la mecánica de Newton, entonces eso también es cierto para
cualquier otro sistema de referencia que se encuentre en movimiento uniforme no
rotativo con respecto al primer sistema. O, en otras palabras, un movimiento de
traslación uniforme de un sistema no produce ninguna clase de efectos mecánicos
y, en consecuencia, no puede ser observado mediante tales efectos.
Semejante
principio de relatividad —así les parecía a los físicos — no podía ser cierto
en óptica ni en electrodinámica. Si el primer sistema está quieto con respecto
al éter, los demás sistemas no lo están y, por consiguiente, su movimiento con
respecto al éter tendría que comprobarse con efectos de la naturaleza del
considerado por Michelson. El resultado negativo del experimento de Morley y
Miller, de 1904, resucitó la idea de que tal principio de relatividad podía ser
cierto en electrodinámica tanto como la mecánica de Newton.
Por
otra parte, existía un viejo experimento realizado por Fizeau en 1851 que
parecía contradecir definitivamente el principio de relatividad. Fizeau había
medido la velocidad de la luz en un líquido en movimiento. Si el principio de
relatividad era correcto, la velocidad total de la luz en el líquido en
movimiento tendría que ser la suma de la velocidad del líquido y la velocidad
de la luz en el líquido en reposo. Pero no era así; el experimento de Fizeau
mostró que la velocidad total era algo menor.
No
obstante, los resultados negativos de todos los experimentos más recientes para
reconocer el movimiento “con respecto al éter” indujeron a los físicos y
matemáticos teóricos de entonces a buscar interpretaciones matemáticas que
conciliaran la ecuación de onda para la propagación de la luz con el principio
de relatividad. En 1904, Lorentz sugirió una trasformación matemática que
llenaba tales exigencias. Tuvo que introducir la hipótesis de que los cuerpos
móviles se contraen en la dirección del movimiento con un coeficiente
dependiente de la velocidad del cuerpo, y que en diferentes sistemas de
referencia existen diferentes tiempos “aparentes” que en muchos aspectos
remplazan al tiempo “real”. De esta manera pudo representar algo parecido al
principio de relatividad: la velocidad “aparente” de la luz era la misma en
todo sistema de referencia. Ideas similares fueron discutidas por Poincaré,
FitzGerald y otros físicos.
Sin
embargo, el paso decisivo fue dado por el estudio de Einstein, en 1905,
estableciendo que el tiempo “aparente” de la trasformación de Lorentz era el
tiempo “real” y aboliendo lo que Lorentz había denominado tiempo “real”. Esto
significaba un cambio en las bases mismas de la física; un cambio inesperado y
radical que requería todo el coraje de un genio joven y revolucionario. Para
dar este paso sólo se necesitaba la aplicación sistemática de la trasformación
de Lorentz a la representación matemática de la naturaleza. Pero con esa nueva
interpretación cambiaba la estructura del espacio y del tiempo y muchos
problemas de la física aparecían ante una nueva luz. La sustancia éter, por
ejemplo, también podía ser abolida. Puesto que todos los sistemas de referencia
que existen para un movimiento uniforme de traslación se equivalen unos a otros
en la descripción de la naturaleza, carece de sentido la afirmación de que
existe una sustancia, el éter, que se halla en reposo en sólo uno de esos
sistemas. Esa sustancia no es, en realidad, indispensable, y es mucho más
sencillo decir que las ondas luminosas se propagan a través del espacio vacío y
que los campos electromagnéticos constituyen una realidad por sí mismos y
pueden existir en el espacio vacío.
Pero
el cambio decisivo se producía en la estructura del espacio y el tiempo. Es muy
difícil describir este cambio con las palabras del lenguaje habitual, sin
recurrir al empleo de las matemáticas, puesto que los términos habituales,
“espacio” y “tiempo”, se refieren a una estructura del espacio y del tiempo que
es, en realidad, una idealización y una supersimplificación de la estructura
real. Pero aun así tenemos que tratar de describir la nueva estructura y quizá
podamos hacerlo del siguiente modo:
Cuando
empleamos la palabra “pasado”, nos referimos a todos aquellos acontecimientos
que podríamos conocer, por lo menos en principio, de los cuales podríamos haber
oído hablar por lo menos en principio. De manera similar, en el término
“futuro” comprendemos todos aquellos acontecimientos en que podríamos influir
al menos en principio, que podríamos tratar de cambiar o prevenir por lo menos
en principio. Para quien no sea un físico no es fácil ver por qué esta
definición de los términos “pasado” y “futuro” puede ser la más conveniente.
Pero puede observarse fácilmente que corresponde muy exactamente a nuestro
empleo habitual de los términos. Si empleamos los términos de esta manera se
advierte, como un resultado de numerosas experiencias, que el contenido de
“pasado” y “futuro” no depende del estado de movimiento o de otras propiedades
del observador. Podemos decir que la definición no varía con el movimiento de
aquél. Esto es verdad tanto en la mecánica de Newton como en la teoría de la
relatividad de Einstein.
Pero
la diferencia es ésta: en la teoría clásica aceptamos que pasado y futuro se
hallan separados por un intervalo de tiempo infinitamente corto al que podemos
llamar momento presente. En la teoría de la relatividad hemos aprendido que la
situación es distinta: futuro y pasado se hallan separados por un intervalo de
tiempo finito cuya longitud depende de la distancia a que se encuentra el
observador. Cualquier acto sólo puede propagarse con una velocidad menor o
igual a la velocidad de la luz. Por consiguiente, un observador no puede en un
determinado instante conocer ningún acontecimiento, ni influir en él, a una
distancia que tenga lugar entre dos tiempos característicos. Un tiempo
corresponde al instante en que debe darse la señal luminosa desde el punto del
acontecimiento para que llegue al observador en el instante de la observación.
El otro tiempo corresponde al instante en el que una señal luminosa producida
por el observador en el instante de la observación, llega al punto del
acontecimiento. Todo el intervalo de tiempo finito entre esos dos instantes
puede decirse que pertenece al “tiempo presente” para el observador en el
instante de la observación. Cualquier acontecimiento que tenga lugar entre los
dos tiempos característicos puede llamarse “simultáneo” con el acto de
observación.
El
uso de la frase “puede llamarse” señala una ambigüedad de la palabra
“simultáneo”, ambigüedad debida al hecho de que esta palabra se ha formado con
la experiencia de la vida diaria, en la cual la velocidad de la luz siempre
puede considerarse como infinitamente elevada. En realidad, este término
también puede definirse en física de manera ligeramente distinta y Einstein ha
empleado esta segunda definición en sus escritos. Cuando dos acontecimientos
suceden simultáneamente en el mismo punto del espacio decimos que coinciden;
ésta es una palabra completamente ambigua. Imaginémonos ahora tres puntos en el
espacio, colocados en línea recta, de modo que el punto del medio se encuentre
a la misma distancia de cada uno de los otros dos puntos extremos. Si dos acontecimientos
suceden en los dos puntos extremos en tiempos que hagan que las señales
luminosas originadas por los acontecimientos coincidan al llegar al punto
situado en el medio, podemos definir los dos acontecimientos como simultáneos.
Esta definición es más exacta que la primera. Una de sus consecuencias más
importantes es que cuando dos acontecimientos son simultáneos para un
observador pueden no ser simultáneos para otro observador, si éste se encuentra
en movimiento con relación al primer observador. La relación entre las dos
definiciones puede establecerse afirmando que cuando dos acontecimientos son
simultáneos en el primer sentido del término, siempre puede encontrarse un
sistema de referencia en el que también son simultáneos en el segundo sentido.
La
primera definición del término “simultáneo” parece corresponder más
aproximadamente al empleo que del término hacemos en la vida diaria, ya que la
cuestión de si dos acontecimientos son simultáneos no depende, en la vida
diaria, del sistema de referencia. Pero en las dos definiciones relativistas,
el término ha adquirido una precisión de que carece en el lenguaje de la vida
cotidiana. En la teoría cuántica los físicos tenían que aprender prontamente
que los términos de la física clásica sólo describen la naturaleza en forma
imprecisa, que su aplicación está limitada por las leyes cuánticas y, por
consiguiente, que hay que emplearlos con suma prudencia. En la teoría de la
relatividad los físicos han tratado de cambiar el significado de las palabras
de la física clásica, para dar a los términos una precisión mayor de modo que
se amolden a la nueva situación de la naturaleza.
La
estructura del espacio y del tiempo descubierta por la teoría de la relatividad
tiene muchas consecuencias en diferentes aspectos de la física. La
electrodinámica de los cuerpos en movimiento puede derivarse inmediatamente del
principio de relatividad. Este mismo principio puede ser formulado como una ley
completamente general de la naturaleza, perteneciendo no solamente a la
electrodinámica o la mecánica sino a cualquier grupo de leyes: las leyes toman
la misma forma en todos los sistemas de referencia que sólo difieran entre sí
por un movimiento uniforme de traslación; no varían con la trasformación de
Lorentz.
Quizá
la consecuencia más importante del principio de relatividad sea la inercia de
la energía, o de la equivalencia de masa y energía. Dado que la velocidad de la
luz es la velocidad limitativa que nunca puede ser alcanzada por ningún cuerpo
material, es fácil advertir que es más difícil acelerar un cuerpo que ya está
moviéndose muy rápidamente que un cuerpo en reposo. La inercia ha aumentado con
la energía cinética. Pero, en forma completamente general, cualquier clase de
energía, de acuerdo con la teoría de la relatividad, contribuirá a la inercia,
es decir a la masa, y la masa perteneciente a una determinada cantidad de
energía es precisamente esta energía dividida por el cuadrado de la velocidad
de la luz. Por consiguiente, toda energía lleva masa consigo; pero hasta una
energía más bien grande sólo lleva una masa muy pequeña, y esta es la razón por
la cual la relación entre masa y energía no fue observada con anterioridad. Las
dos leyes de la conservación de la masa y la conservación de la carga pierden
su validez respectiva y se combinan en una sola ley que puede llamarse ley de
conservación de la energía o masa. Hace cincuenta años, cuando se formuló la
teoría de la relatividad, esta hipótesis de la equivalencia de masa y energía
se presentó como una profunda revolución en la física, y sin embargo había muy
poca evidencia experimental al respecto todavía. En la actualidad muchos
experimentos nos muestran cómo pueden crearse partículas elementales a partir
de la energía cinética, y como esas partículas se aniquilan para convertirse en
radiación; por consiguiente, la trasformación de la energía en masa y viceversa
nada tiene de extraordinario. La enorme liberación de energía de una explosión
atómica es otra prueba, todavía más espectacular, de la validez de la ecuación
de Einstein. Pero aquí podemos agregar una observación histórica y crítica.
Alguna vez se ha afirmado que la enorme energía de las explosiones atómicas se
debe a una trasmutación directa de masa en energía, y que solamente sobre la
base de la teoría de la relatividad ha sido posible predecir esa energía. Esto
es, sin embargo, una equivocación. La enorme cantidad de energía disponible en
el núcleo atómico fue conocida desde los experimentos de Becquerel, Curie y
Rutherford sobre la desintegración radiactiva. Cualquier cuerpo que se
desintegra, como el radio, produce una cantidad de calor de más o menos un
millón de veces mayor que el calor liberado mediante un proceso químico en una
cantidad similar de material. La fuente de energía en el proceso de fisión del
uranio es exactamente la misma que en la desintegración alfa del radio, sobre
todo la repulsión electrostática de las dos partes en que el núcleo se divide.
Por consiguiente, la energía de una explosión atómica procede directamente de
esta fuente y no se deriva de una trasmutación de masa en energía. El número de
partículas elementales con masa finita no disminuye durante la explosión. Pero
también es cierto que en un núcleo atómico las energías de las partículas se
manifiestan en sus masas y, en consecuencia, la liberación de energía está
relacionada, en esta forma indirecta, con los cambios de las masas de los
núcleos. La equivalencia de masa y energía —además de su gran importancia en la
física— también plantea problemas concernientes a muy antiguos debates
filosóficos. Varios sistemas filosóficos del pasado han sostenido la tesis de
que la sustancia o materia no puede ser destruida. Sin embargo, muchos
experimentos de la física moderna han demostrado que las partículas
elementales, como los positrones y los electrones, pueden ser aniquiladas y
trasformadas en radiación. ¿Significa esto que esos viejos sistemas filosóficos
han sido desautorizados por la experimentación actual y que los argumentos por
ellos sostenidos han sido erróneos?
Esta
sería, sin duda, una conclusión precipitada e injustificada puesto que en la
filosofía antigua o medieval los términos “sustancia” y “materia” no pueden ser
simplemente identificados con el término “masa” de la física moderna. Si se
quisiera expresar nuestra experiencia moderna en el lenguaje de las filosofías
antiguas, habría que considerar masa y energía como dos formas diferentes de la
misma “sustancia” y, en consecuencia, conservar la idea de sustancia como
indesmentible.
Por
otra parte, apenas puede decirse que es mucho lo que se gana expresando el
conocimiento actual en un lenguaje antiguo. Los sistemas filosóficos del pasado
se formaron con el conjunto de conocimientos aprovechables de su tiempo y
siguiendo la línea de pensamiento que dichos conocimientos sugerían. No podía,
ciertamente, esperarse que los filósofos de hace varios cientos de años
pudieran prever el desarrollo de la física moderna o la teoría de la
relatividad. Por consiguiente, los conceptos hacia los cuales eran atraídos los
filósofos en el proceso de clarificación intelectual hace tanto tiempo no
pueden de ninguna manera adaptarse a los fenómenos que sólo pueden observarse
mediante las complicadas herramientas técnicas de nuestra época.
Pero
antes de entrar a examinar las implicaciones filosóficas de la teoría de la
relatividad hay que describir su posterior evolución.
La
hipotética sustancia “éter”, que ha representado un papel tan importante en las
primeras discusiones sobre las teorías de Maxwell, en el siglo diecinueve, ha
sido abolida —como antes se ha dicho— por la teoría de la relatividad. Esto se
expresa a veces diciendo que la idea del espacio absoluto ha sido abandonada.
Pero semejante juicio debe aceptarse con mucha precaución. Es verdad que no es
posible señalar un sistema de referencia en el que la sustancia éter se
encuentre en reposo y que pueda consiguientemente merecer el nombre de “espacio
absoluto”. Pero sería errado decir que el espacio ha perdido ahora todas sus
propiedades físicas. Las ecuaciones de movimiento para los cuerpos materiales o
campos, aún toman una forma diferente en un sistema “normal” de referencia, y
en otro que gira o se halla en un movimiento no uniforme con respecto al
“normal”. La existencia de las fuerzas centrífugas en un sistema rotatorio
prueba —hasta donde a la teoría de la relatividad de 1905 y 1906 concierne— la
existencia de propiedades físicas del espacio que permiten distinguir entre un
sistema rotatorio y otro que no lo es.
Esto
puede no parecer satisfactorio desde un punto de vista filosófico, desde el
cual podría preferirse atribuir propiedades físicas solamente a las entidades
físicas como cuerpos materiales o campos y no al espacio vacío. Pero en lo que
concierne a la teoría de los procesos electromagnéticos o a los movimientos
mecánicos, esta existencia de propiedades físicas del espacio vacío es
simplemente una descripción de hechos que no puede discutirse.
Unos
diez años más tarde, en 1916, un cuidadoso análisis de esta situación llevó a
Einstein, a una importantísima extensión de la teoría de la relatividad, que es
comúnmente llamada teoría de la “relatividad general”. Antes de comenzar una
descripción de las principales ideas de esta teoría, puede ser útil decir unas
palabras sobre el grado de certeza que podemos atribuir a estas dos partes de
la teoría de la relatividad. La teoría de 1905 y 1906 se basa en un gran número
de hechos bien establecidos: en los experimentos de Michelson y Morley y muchos
otros similares, sobre la equivalencia de masa y energía en innumerables
procesos radiactivos; en la dependencia de la vida de los cuerpos radiactivos
con respecto a sus velocidades, etcétera. En consecuencia, esta teoría
pertenece a los firmes fundamentos de la física moderna y, en nuestra presente
situación, no puede discutirse.
Con
respecto a la teoría de la relatividad general, la evidencia experimental es
mucho menos convincente dado que el material experimental es muy escaso. Sólo
se cuenta con unas pocas observaciones astronómicas que permiten controlar la
exactitud de las suposiciones. Por consiguiente, toda esta teoría es mucho más
hipotética que la primera.
La
piedra angular de la teoría de la relatividad general es la relación entre la
inercia y la gravedad. Mediciones muy cuidadosas han mostrado que la masa de un
cuerpo como fuente de gravedad es exactamente proporcional a la masa como
medida de la inercia del cuerpo. Ni las mediciones más exactas han mostrado
jamás una desviación de esta ley. Si la ley es en general verdadera, las
fuerzas gravitacionales pueden ser colocadas en el mismo nivel que las fuerzas
centrífugas u otras fuerzas que aparecen como reacción de la inercia. Dado que
las fuerzas centrífugas han de ser consideradas como debidas a las propiedades
físicas del espacio vacío, según antes se ha expresado, Einstein se inclinó
hacia la hipótesis de que las fuerzas gravitacionales también se deben a las
propiedades del espacio vacío. Este era un paso muy importante que requería
inmediatamente un segundo paso de igual importancia. Sabemos que las fuerzas de
la gravedad son producidas por las masas. Si, consiguientemente, la gravitación
se relaciona con las propiedades del espacio, estas propiedades del espacio
deben ser originadas por las masas o influidas por ellas. En un sistema
rotatorio, las fuerzas centrífugas deben ser producidas por la rotación
(relativa al sistema) de masas posiblemente muy distantes.
Para
llevar adelante el programa esbozado en estas pocas frases, Einstein tuvo que
relacionar las ideas fundamentales de la física con el esquema matemático de la
geometría general que había desarrollado Riemann. Puesto que las propiedades
del espacio parecían cambiar en forma continua con los campos gravitacionales,
su geometría tenía que ser comparada con la geometría de las superficies curvas
donde la línea recta de la geometría euclidiana debía ser reemplazada por la
línea geodésica, la línea de la distancia más corta, y donde la curvatura
cambia constantemente. Como resultado final, Einstein se halló en condiciones
de proponer una formulación matemática de la relación entre la distribución de
las masas y los determinantes parámetros de la geometría. Esta teoría
representó los hechos comunes de la gravitación. Era aproximadamente idéntica a
la teoría convencional de la gravitación y predecía, además, unos cuantos
efectos interesantes que se encontraban en el límite de lo mensurable.
Figuraba, por ejemplo, la acción de la gravedad sobre la luz. Cuando una luz
monocromática es emitida desde una estrella pesada, el cuanto de luz pierde
energía al moverse a través del campo gravitacional de la estrella; a ello
sigue una variante roja de la línea espectral emitida. Aún no existe una
evidencia experimental de esta variante roja, como lo ha demostrado claramente
el análisis de los experimentos de Freundlich. Pero sería también prematuro
concluir que los experimentos contradicen la predicción de la teoría de Einstein.
Un rayo de luz que pasara cerca del sol sería desviado por su campo
gravitacional. La desviación ha sido hallada experimentalmente por Freundlich
en el verdadero orden de magnitud; pero aún no se ha establecido si la
desviación se acuerda cuantitativamente con el valor predicho por la teoría de
Einstein. La mejor evidencia para la validez de la teoría de la relatividad
general parece ser la precesión en el movimiento orbital del planeta Mercurio
que, aparentemente, coincide muy bien con el valor predicho por la teoría.
Aunque
la base experimental de la relatividad general es aún más bien débil, la teoría
contiene ideas de la mayor importancia. Durante todo el período trascurrido
desde los matemáticos de la antigua Grecia hasta el siglo diecinueve, la
geometría euclidiana ha sido considerada como evidente; los axiomas de Euclides
fueron estimados como el fundamento de cualquier geometría matemática, un
fundamento que no podía discutirse. Luego, en el siglo diecinueve, los
matemáticos Bolyai y Lobachewsky, Gauss y Riemann encontraron que podían
inventarse otras geometrías susceptibles de ser desarrolladas con la misma
precisión matemática que la de Euclides, y, en consecuencia, la cuestión de
cuál geometría era la correcta pasó a ser una cuestión experimental. Pero sólo
fue mediante el trabajo de Einstein cómo el problema pudo ser encarado por los
físicos. La geometría en la teoría de la relatividad general no se relacionaba
solamente con el espacio tridimensional sino con un complejo cuatridimensional
formado por espacio y tiempo. La teoría establecía una relación entre la
geometría de estas concepciones y la distribución de las masas en el mundo. Por
consiguiente, esta teoría planteó en una forma enteramente nueva la vieja
cuestión del comportamiento del espacio y el tiempo en las máximas dimensiones;
podía sugerir diferentes respuestas susceptibles de ser verificadas por la
observación.
En
consecuencia, se encararon muy antiguos problemas filosóficos que habían
atraído la atención del hombre desde los comienzos de la filosofía y de la
ciencia. ¿Es el espacio finito o infinito? ¿Qué había antes del comienzo del
tiempo? ¿Qué pasará al término del tiempo? ¿O es que no hay ni comienzo ni fin?
Estas preguntas tuvieron diferentes respuestas en las diversas filosofías y
religiones. En la filosofía de Aristóteles, por ejemplo, el espacio total del
universo era finito (aunque era infinitamente divisible). El espacio se debía a
la extensión de los cuerpos; donde no había cuerpos no había espacio. El
universo estaba constituido por la tierra, el sol y las estrellas: un número
finito de cuerpos. Más allá de la esfera de las estrellas el espacio no existía;
en consecuencia, el espacio del universo era finito.
En
la filosofía de Kant este problema pertenecía a lo que él llamaba “antinomias”
—preguntas que no pueden contestarse dado que dos argumentos distintos conducen
a opuestos resultados—. El espacio no puede ser finito ya que no nos es posible
imaginar que pueda existir un límite para el espacio; en cualquier punto del
espacio en que nos encontremos podemos imaginar que siempre es posible ir más
allá. Al mismo tiempo, el espacio no puede ser infinito porque el espacio es
algo que podemos imaginamos (de lo contrario la palabra “espacio” no existiría)
y no podemos imaginar un espacio infinito. Por lo que hace a esta segunda tesis
el argumento de Kant no ha sido verbalmente reproducido. La afirmación “el
espacio es infinito” significa para nosotros algo negativo; no podemos llegar a
un final del espacio. Para Kant eso significa que la infinitud del espacio es
realmente dada, que “existe” en un sentido que difícilmente podemos reproducir.
La conclusión de Kant es que a la pregunta de si el espacio es finito o infinito
no se le puede dar una respuesta razonable porque la totalidad del universo no
puede ser objeto de nuestra experiencia.
Una
situación similar se presenta con respecto al problema de la infinitud del
tiempo. En las Confesiones de San Agustín, por ejemplo, la pregunta se formula
diciendo: ¿qué hacía Dios antes de que creara el mundo? Agustín no se satisface
con el chiste que dice que “Dios estaba ocupado preparando el Infierno para los
que hacen preguntas disparatadas”. Esto, dice, sería una respuesta muy cómoda,
y trata de hacer un análisis racional del problema. El tiempo sólo pasa para
nosotros; lo esperamos como futuro; pasa como momento presente y lo recordamos
como pasado. Pero Dios no está en el tiempo; para Él mil años son como un día,
y un día como mil años. El tiempo ha sido creado juntamente con el mundo,
pertenece al mundo, por consiguiente, el tiempo no existía antes de que
existiera el universo. Para Dios todo el curso del universo se da de una vez.
El tiempo no existía antes de que Él creara el mundo. Es obvio que en tales
afirmaciones la palabra “creara” plantea instantáneamente las principales
dificultades. Esta palabra, tal como generalmente se la entiende, significa que
algo que antes no existía ha cobrado existencia y, en este sentido, presupone
el concepto de tiempo. Por consiguiente, es imposible definir en términos
racionales lo que pudo significarse con la frase “el tiempo ha sido creado”.
Este hecho vuelve a recordamos la lección frecuentemente enseñada por la física
moderna: que toda palabra o concepto, por claro que parezca, sólo tiene un
limitado radio de aplicación.
En
la teoría de la relatividad general, estas preguntas sobre la infinitud del
espacio y el tiempo pueden ser formuladas y en parte contestadas sobre una base
empírica. Si la relación entre la geometría cuatridimensional del espacio y el
tiempo y la distribución de las masas en el universo ha sido correctamente
establecida por la teoría, entonces las observaciones astronómicas sobre la
distribución de las galaxias en el espacio nos procuran datos sobre la
geometría del universo como un todo. Es posible, por lo menos, construir
“modelos” del universo, imágenes cosmológicas, cuyas consecuencias pueden ser
comparadas con los hechos empíricos.
Con
los conocimientos astronómicos actuales no es posible distinguir definidamente
entre los varios modelos posibles. Puede ser que el espacio ocupado por el
universo sea finito. Esto no querría decir que en alguna parte existe un fin
del universo. Sólo significaría que avanzando cada vez más y más lejos en una
misma dirección del universo se podría, en último término, regresar al punto de
partida. Esta situación sería similar a la de la geometría bidimensional sobre
la superficie de la tierra donde, partiendo de un punto en una dirección este,
acabamos regresando al mismo punto por el oeste.
Con
respecto al tiempo parece existir algo así como un comienzo. Muchas
observaciones aluden a un origen del universo que habría tenido lugar hace unos
cuatro mil millones de años; por lo menos parecen indicar que hacia aquel
tiempo toda la materia del universo se hallaba concentrada en un espacio mucho
más reducido que ahora y que desde ese reducido espacio ha ido extendiéndose
constantemente con diferentes velocidades. El mismo tiempo de cuatro mil
millones de años se encuentra en muchas observaciones diferentes (por ejemplo,
con respecto a la edad de los meteoritos, o de los minerales en la tierra,
etcétera), y sería por consiguiente difícil encontrar una interpretación
fundamentalmente distinta de esta idea de un origen. Si ésta es la correcta,
ello significaría que más allá de ese tiempo el concepto de tiempo debería
sufrir cambios fundamentales. En el estado actual de las observaciones
astronómicas, las preguntas sobre la geometría espacio-tiempo no pueden aún ser
contestadas con ningún grado de certidumbre. Pero es muy interesante observar
que estas preguntas quizá puedan ser eventualmente contestadas con un sólido
fundamento empírico. Por el momento, hasta la teoría de la relatividad general
descansa sobre una base experimental muy escasa y debe ser considerada como
mucho menos cierta que la así llamada teoría de la relatividad especial
expresada por la trasformación de Lorentz.
Aun
dejando de lado la más amplia discusión de esta última teoría, no hay duda de
que la teoría de la relatividad ha hecho cambiar profundamente nuestras ideas
sobre la estructura del espacio y el tiempo. El aspecto más incitante de estos
cambios no reside quizás en lo especial de su naturaleza sino en el hecho de
que hayan sido posibles. La estructura del espacio y del tiempo, que ha sido
definida por Newton como base de su descripción matemática de la naturaleza,
era sencilla y coherente y se ajustaba estrechamente al empleo de los conceptos
de espacio y tiempo de la vida cotidiana. Esta correspondencia era
efectivamente tan estrecha, que las definiciones de Newton podían considerarse
como la exacta formulación matemática de estos conceptos comunes. Antes de la
teoría de la relatividad parecía completamente obvio que los acontecimientos
podían ordenarse en el tiempo independientemente de su ubicación en el espacio.
Ahora sabemos que esta impresión se produce en la vida cotidiana por el hecho
de que la velocidad de la luz es mucho mayor que la de cualquiera otra
velocidad registrada en la experiencia práctica; pero esta restricción, claro
está, no era reconocida en aquel tiempo. Y aun cuando ahora conocemos esta
restricción, apenas nos es posible imaginar que el orden temporal de los
acontecimientos pueda depender de su localización.
Posteriormente
la filosofía de Kant llamó la atención sobre el hecho de que los conceptos de
espacio y tiempo corresponden a nuestra relación con la naturaleza, y no a la
naturaleza misma; y que no podríamos describir la naturaleza sin emplear esos
conceptos. En consecuencia, estos conceptos son, en cierto sentido, “a priori”;
son la condición para, y no primariamente el resultado de la experiencia, y era
creencia general que no podían ser afectados por una nueva experiencia. Por
consiguiente, la necesidad del cambio se presentaba como una verdadera
sorpresa. Era la primera vez que los científicos comprendían hasta qué punto
debían ser precavidos en la aplicación de los conceptos de la vida diaria a la
refinada experiencia de la moderna ciencia experimental. Hasta la formulación
precisa y consistente de estos conceptos en el lenguaje matemático de la
mecánica de Newton o su cuidadoso análisis en la filosofía de Kant carecía de
protección contra el posible análisis crítico de las mediciones extremadamente exactas.
Posteriormente esta advertencia demostró ser verdaderamente útil para el
desarrollo de la física moderna, y seguramente habría sido todavía más difícil
comprender la teoría cuántica si el éxito de la teoría de la relatividad no
hubiera prevenido a los físicos contra un exagerado empleo de los conceptos
tomados de la vida diaria o de la física clásica.
Capítulo
8
Crítica
y contraproposiciones a la interpretación dada en Copenhague a la teoría
cuántica
La
interpretación de la teoría cuántica, de Copenhague, alejó muchísimo a los
físicos de las concepciones simplemente materialistas que prevalecieron en la
ciencia natural del siglo diecinueve. Como estas concepciones no sólo
estuvieron intrínsecamente relacionadas con la ciencia natural de ese período
sino que también contaron con el análisis metódico de algún sistema filosófico
y penetraron profundamente en la mentalidad general, hasta en la del hombre de
la calle, puede comprenderse que se efectuaran diversas tentativas para
criticar la interpretación de Copenhague y reemplazarla por otra más de acuerdo
con las ideas de la física clásica o de la filosofía materialista.
Estas
tentativas pueden dividirse en tres grupos diferentes. El primer grupo no
quiere cambiar la interpretación de Copenhague en lo que concierne a las
predicciones de los resultados experimentales; pero aspira a cambiar el
lenguaje de esta interpretación para hacerla más semejante a la física clásica.
En otras palabras, trata de cambiar la filosofía sin cambiar la física. Algunos
informes de este primer grupo limitan su acuerdo con las predicciones
experimentales de la interpretación de Copenhague a todos aquellos experimentos
hasta entonces efectuados o que pertenecían a la física electrónica normal.
El
segundo grupo encuentra que la interpretación de Copenhague es la única
adecuada, si los resultados experimentales están en un todo de acuerdo con las
predicciones de esta interpretación. Por consiguiente, los estudios de este
grupo tratan de cambiar en cierta medida algunos puntos críticos de la teoría
cuántica.
Finalmente,
el tercer grupo más bien expresa su general disconformidad con los resultados
de la interpretación de Copenhague y especialmente con sus conclusiones
filosóficas, sin formular contraproposiciones definidas. Los trabajos de
Einstein, von Laue y Schrödinger pertenecen a este tercer grupo que ha sido,
históricamente, el primero de los tres.
Sin
embargo, todos los adversarios de la interpretación de Copenhague están de
acuerdo en un punto. Sería deseable, en su opinión, volver al concepto de
realidad de la física clásica o, para emplear un término filosófico más
general, a la ontología del materialismo. Preferirían regresar a la idea de un
mundo real objetivo, cuyas partes más pequeñas existen objetivamente del mismo
modo que existen las piedras o los árboles, independientemente de si nosotros
las observamos o no.
Esto,
sin embargo, es imposible, o por lo menos no es completamente posible por la
naturaleza de los fenómenos atómicos, según se ha analizado en algunos
capítulos anteriores. A nosotros no nos corresponde decir cómo desearíamos que
fueran los fenómenos atómicos sino solamente comprenderlos.
Cuando
se analizan los estudios del primer grupo, es importante advertir desde el
principio que sus interpretaciones no pueden ser refutadas por la experiencia
ya que sólo repiten la interpretación de Copenhague en un lenguaje distinto.
Desde un punto de vista estrictamente positivista, hasta podemos decir que aquí
no nos encontramos con contraproposiciones a la interpretación de Copenhague
sino con su exacta repetición en un lenguaje diferente. Por consiguiente, lo
único que puede discutirse es la adecuación de ese lenguaje. Un grupo de
contraproposiciones desarrolla la idea de los “parámetros ocultos”. Puesto que
las leyes teoréticas cuánticas determinan, en general, los resultados de un
experimento sólo estadísticamente, habría que inclinarse a pensar, desde el
punto de vista clásico, que existen algunos parámetros ocultos que escapan a la
observación de cualquier experimento ordinario pero que determinan el resultado
del experimento en la forma causal normal. Por consiguiente, en algunos
estudios se intenta introducir tales parámetros dentro del sistema de la
mecánica cuántica.
Así,
por ejemplo, de acuerdo con esta regla, Böhm ha formulado una contraproposición
a la interpretación de Copenhague que recientemente ha sido también recogida,
hasta cierto punto, por de Broglie. La interpretación de Böhm ha sido elaborada
en detalle. Por consiguiente, aquí puede servir como una base para las
discusiones. Böhm considera las partículas como estructuras “objetivamente
reales”, como los puntos de masas en la mecánica de Newton. En su
interpretación, las ondas en el espacio de configuración también son
“objetivamente reales”, como los campos eléctricos. Espacio de configuración es
un espacio de muchas dimensiones que se refiere a las diferentes coordenadas de
todas las partículas pertenecientes al sistema. Aquí nos encontramos con una
primera dificultad: ¿qué significa llamar “reales” a las ondas de este espacio?
Este es un espacio muy abstracto. La palabra “real” se relaciona con la palabra
latina “res”, que significa “cosa”; pero las cosas están en el ordinario
espacio tridimensional, no en un abstracto espacio de configuración. A las
ondas del espacio de configuración se las puede llamar “objetivas” cuando se
desea expresar que esas ondas no dependen de ningún observador; pero
difícilmente se las puede llamar “reales” a menos que se quiera cambiar el
significado de la palabra. Böhm prosigue definiendo las líneas perpendiculares
a las superficies de fases de ondas constantes como las posibles órbitas de las
partículas. Cuál de estas líneas sea la órbita “real” depende, según él, de la
historia del sistema y de los aparatos de medición, y no puede ser decidida sin
un mayor conocimiento del sistema y de los equipos de medición que realmente
pueden ser conocidos. Esta historia contiene, de hecho, los parámetros ocultos,
la “órbita actual” antes del comienzo del experimento.
Una
consecuencia de esta interpretación es, tal como lo ha señalado Pauli, que los
electrones, en el estado básico de muchos átomos, tendrían que encontrarse en
reposo y no cumpliendo ningún movimiento orbital alrededor del núcleo atómico.
Esto aparece como una contradicción de los experimentos, puesto que la medida
de la velocidad de los electrones en el estado básico (por ejemplo, mediante el
efecto de Compton) revela siempre una distribución de la velocidad en el estado
fundamental, que — conforme a las reglas de la mecánica cuántica— está dada por
el cuadrado de la función de onda en el espacio de velocidad, o de cantidad de
movimiento. Pero aquí Böhm puede argüir que las mediciones ya no pueden ser
evaluadas por las leyes ordinarias. Acepta que la evaluación normal de la
medición conduciría realmente a una distribución de la velocidad; pero cuando
se toma en cuenta la teoría cuántica para el equipo de medición —sobre todo
algunos extraños potenciales cuánticos introducidos ad hoc por Böhm— entonces ya
es admisible la afirmación de que los electrones están siempre “realmente” en
reposo. En las mediciones de la posición de la partícula, Böhm adopta la
ordinaria interpretación del experimento como correcto; en las mediciones de
velocidad la rechaza.
A
este precio Böhm se considera a sí mismo en condiciones de poder asegurar: “No
necesitamos abandonar la descripción precisa, racional y objetiva de los
sistemas individuales en el reino de la teoría cuántica”. Sin embargo, esta
descripción objetiva se muestra a sí misma como una especie de “superestructura
ideológica” que tiene poco que hacer con la realidad física inmediata; en
cuanto a los parámetros ocultos de la interpretación de Böhm, son de tal
naturaleza que pueden no presentarse nunca en la descripción de los procesos
reales, si la teoría cuántica permanece invariable.
Para
eludir esta dificultad, Böhm expresa, en realidad, la esperanza de que en
futuros experimentos en el campo de las partículas elementales, los parámetros
ocultos puedan tener todavía una participación física, y que pueda así probarse
la falsedad de la teoría cuántica. Cuando se expresaban tan curiosas
esperanzas, Böhm acostumbraba decir que eran de estructura similar a la
afirmación: “Podemos esperar que algún día resulte que 2 x 2 = 5, porque esto
sería de gran beneficio para nuestras finanzas”. En realidad, el cumplimiento
de las esperanzas de Böhm dejaría sin fundamentos no sólo a la teoría cuántica
sino también a la interpretación de Böhm. Naturalmente, debe destacarse al
mismo tiempo que la analogía mencionada, aunque completa, no representa un compulsivo
argumento lógico contra una posible alteración futura de la teoría cuántica en
la forma sugerida por Böhm. Porque no sería fundamentalmente inimaginable, por
ejemplo, que una futura extensión de la lógica matemática pudiera dar un cierto
significado a la afirmación de que en casos excepcionales 2 x 2 = 5, y hasta
puede ser posible que esa extensión de las matemáticas fuera útil para los
cálculos en los planos de la economía. A pesar de todo, estamos realmente
convencidos, hasta sin poderosos fundamentos lógicos, de que en las matemáticas
tales cambios no servirían para ayudamos financieramente. Por consiguiente, es
muy difícil comprender cómo las proposiciones matemáticas señaladas en el
trabajo de Böhm como una posible realización de sus esperanzas puedan emplearse
para la descripción de los fenómenos físicos.
Si
nos desentendemos de esta posible alteración de la teoría cuántica, entonces el
lenguaje de Böhm, según ya lo hicimos notar, nada dice de la física que sea
distinto de lo dicho por la interpretación de Copenhague. Allí sólo queda pues,
la cuestión de la propiedad de este lenguaje. Además de la objeción ya
formulada de que al hablar de órbitas de partículas nos estamos refiriendo a
una “superestructura ideológica” superflua, cabe aquí mencionar particularmente
que el lenguaje de Böhm destruye la simetría entre posición y velocidad que
está implícita en la teoría cuántica; para las mediciones de posición, Böhm
acepta la interpretación usual; para las mediciones de velocidad o cantidad de
movimiento las rechaza. Dado que las propiedades de simetría siempre
constituyen la imagen fundamental de una teoría, resulta difícil ver qué se
habría ganado omitiéndolas en el lenguaje correspondiente. En consecuencia, no
es posible considerar las contraproposiciones de Böhm a la teoría de Copenhague
como un adelanto.
Una
objeción similar puede formularse de modo algo distinto contra las
interpretaciones estadísticas sostenidas por Bopp y (con leve diferencia) por
Fenyes. Bopp considera la creación o la aniquilación de una partícula como el
proceso fundamental de la teoría cuántica; la partícula es “real” en el sentido
clásico de la palabra, en el sentido de la ontología materialista, y las leyes
de la teoría cuántica son consideradas como un caso especial de correlaciones
estadísticas para tales acontecimientos de creación y aniquilación. Esta
interpretación, que contiene muchos comentarios interesantes sobre las leyes
matemáticas de la teoría cuántica, puede desarrollarse de tal manera que
conduzca, con respecto a las consecuencias físicas, a exactamente las mismas conclusiones
que la interpretación de Copenhague. Hasta allí es, en un sentido positivista,
tan isomorfa como la de Böhm. Pero en su lenguaje se destruye la simetría entre
partículas y ondas que de otro modo es rasgo característico del esquema
matemático de la teoría cuántica.
Ya
en 1928, Jordán, Klein y Wigner, mostraron que el esquema matemático puede
interpretarse no sólo como una cuantización del movimiento de partículas sino
también como una cuantización de ondas de materia tridimensional; por
consiguiente no hay razón para considerar estas ondas de materia como menos
reales que las partículas. La simetría entre ondas y partículas podría
asegurarse en la interpretación de Bopp solamente si la correspondiente
correlación estadística se desarrollara para las ondas de materia en espacio y
tiempo, y se dejara pendiente la cuestión de si partículas u ondas han de ser
consideradas como la realidad “verdadera”.
La
suposición de que las partículas son reales en el sentido de la ontología
materialista siempre hará caer en la tentación de considerar las desviaciones
del principio de incertidumbre como “básicamente” posibles. Fenyes, por
ejemplo, dice que “la existencia del principio de incertidumbre (que combina
con algunas relaciones estadísticas) de ningún modo hace imposibles las
mediciones simultáneas, con arbitraria exactitud, de posición y velocidad”. No
obstante, Fenyes no expone cómo esas mediciones serán llevadas a la práctica,
y, por consiguiente, sus reflexiones parecen reducirse a abstracciones
matemáticas.
Weizel,
cuyas contraproposiciones a la interpretación de Copenhague son similares a las
de Böhm y Fenyes, relaciona los “parámetros ocultos” con una nueva clase de
partícula introducida ad hoc, el “zerón”, que, por otra parte, no es
observable. Sin embargo, tal concepto hace correr el riesgo de que la
interacción entre las partículas reales y los zerones disipe la energía entre
los muchos grados de libertad del campo del zerón, de modo que toda la
termodinámica se convierta en un caos. Weizel no ha explicado cómo espera
evitar ese peligro.
El
punto de vista de todas las publicaciones mencionadas puede definirse mejor,
quizá, recordando un examen similar de la teoría de la relatividad especial.
Quienquiera estuviere disconforme con las negaciones del éter, del espacio
absoluto y del tiempo absoluto, expresadas por Einstein, podría argumentar como
sigue: La no existencia del espacio absoluto y del tiempo absoluto no está
probada de ningún modo por la teoría de la relatividad especial. Solamente se
ha demostrado que el espacio verdadero y el tiempo verdadero no actúan
realmente en ningún experimento ordinario; pero si este aspecto de las leyes de
la naturaleza ha sido debidamente tomado en cuenta, y de ese modo los tiempos
“aparentes” correctos han sido introducidos para sistemas coordenados movibles,
no habría argumentos contra la aceptación de un espacio absoluto. Hasta sería
probable aceptar que el centro de gravedad de nuestra galaxia está (al menos
aproximadamente) en reposo en el espacio absoluto. Esta crítica de la teoría de
la relatividad especial puede añadir que podemos esperar que futuras mediciones
permitirán una clara definición del espacio absoluto (es decir, de los
“parámetros ocultos” de la teoría de la relatividad) y que la teoría de la
relatividad será así refutada.
Se
ve en seguida que este argumento no puede ser refutado por vía experimental,
puesto que no contiene afirmaciones que difieran de las de la teoría de la
relatividad especial. Pero semejante interpretación destruiría, en el lenguaje
empleado, la decisiva simetría propia de la teoría, principalmente la
invariabilidad de Lorentz, y, por consiguiente, debe considerarse inapropiada.
La
analogía con la teoría cuántica es obvia. Las leyes de la teoría cuántica son
tales que los “parámetros ocultos”, inventados ad hoc, nunca pueden ser
observados. Las decisivas propiedades de la simetría resultan así destruidas si
introducimos los parámetros ocultos como una entidad ficticia en la
interpretación de la teoría.
El
trabajo de Blochinzev y Alexandrov es, en su planteo del problema,
completamente diferente de los analizados anteriormente.
Desde
el comienzo, estos autores limitan expresamente sus objeciones contra la
interpretación de Copenhague al aspecto filosófico de la cuestión. Lo físico de
esta interpretación es aceptado sin reservas.
No
obstante, la forma externa de la polémica es mucho más aguda: “Entre las
diferentes tendencias idealistas de la física contemporánea, la llamada escuela
de Copenhague es la más reaccionaria. El presente informe está dedicado a
desenmascarar las especulaciones idealistas y agnósticas de esta escuela sobre
los problemas básicos de la física cuántica”, escribe Blochinzev en su
introducción. La acritud de la polémica muestra que aquí no sólo tenemos que
vérnosla con la ciencia sino también con una declaración de fe, con la adhesión
a determinado credo. El propósito perseguido está expresado al final, en una
cita de la obra de Lenin: “Por maravillosa que pueda ser, para la inteligencia
común, la trasformación del imponderable éter en materia pesada; por extraña
que parezca la falta en los electrones de cualquier masa excepto la
electromagnética, por rara que parezca la limitación de las leyes mecánicas del
movimiento para sólo un ámbito de los fenómenos naturales y su subordinación a
las leyes más profundas de los fenómenos electromagnéticos; y así
sucesivamente, todo esto no es más que otra confirmación de la dialéctica
materialista”. Esta última afirmación parece reducir el interés del análisis de
Blochinzev sobre la relación de la teoría cuántica con la filosofía del
materialismo dialéctico por cuanto parece limitarlo al juicio de un tribunal
cuya sentencia se conoce antes de la iniciación del juicio. No obstante, es
interesante ver con toda claridad los argumentos sostenidos por Blochinzev y
Alexandrov.
Aquí,
donde la tarea consiste en conservar la ontología materialista, el ataque se
dirige principalmente a la introducción del observador en la interpretación de
la teoría cuántica. Alexandrov escribe: “Debemos por lo tanto entender como
resultado de la medición de la teoría cuántica solamente el efecto objetivo de
la interacción del electrón con un objeto apropiado. La mención del observador
debe ser evitada, y debemos ocupamos en las condiciones objetivas y en los
efectos objetivos. Una cantidad física es una característica objetiva del
fenómeno pero no el resultado de una observación”. Según Alexandrov, la función
de onda en el espacio de configuración caracteriza el estado objetivo del
electrón.
En
su presentación, Alexandrov descuida el hecho de que el formalismo de la teoría
cuántica no permite el mismo grado de objetivación de la física clásica. Por
ejemplo, si la interacción de un sistema con el aparato de medición se
considera como un todo, de acuerdo con la mecánica cuántica, y si ambos son
considerados como algo separado del resto del mundo, entonces el formalismo de
la teoría cuántica no conduce, por lo general, a un resultado definitivo; no
llevará, por ejemplo, al ennegrecimiento de la placa fotográfica en un punto
determinado. Si se quiere mantener el “efecto objetivo” de Alexandrov, diciendo
que “en realidad” la placa se ennegrece en un determinado punto después de la
interacción, la contrarréplica es que el tratamiento cuántico del sistema
consistente en el electrón, el aparato de medición y la placa, ha dejado de
aplicarse. Es el carácter “fáctico” de un acontecimiento expresable con los
términos propios de los conceptos de la vida diaria, lo que no está contenido
sin ulteriores comentarios en el formalismo matemático de la teoría cuántica, y
lo que aparece en la interpretación de Copenhague con la introducción del
observador. Naturalmente, no debe creerse que la introducción del observador
implique la aparición de una imagen subjetiva en la descripción de la
naturaleza. Al observador sólo le corresponde, más bien, la función de
registrar decisiones, es decir, procesos en el espacio y el tiempo, y no tiene
importancia el hecho de que el observador pueda ser un aparato o un ser humano;
pero el registro, es decir, la transición de lo “posible” a lo “real”, es aquí
absolutamente necesaria y no puede ser omitida en la interpretación de la
teoría cuántica. En este punto la teoría cuántica se halla intrínsecamente
relacionada con la termodinámica en cuanto todo acto de observación es, por
propia naturaleza, un proceso irreversible; sólo mediante tales procesos
irreversibles es como el formalismo de la teoría cuántica puede relacionarse
consistentemente con los acontecimientos reales del espacio y el tiempo. La
irreversibilidad vuelve a ser —cuando se proyecta en la representación
matemática del fenómeno— una consecuencia del conocimiento incompleto que el
observador tiene del sistema y deja de ser completamente “objetiva”.
El
planteo de Blochinzev difiere ligeramente del de Alexandrov: “En la mecánica
cuántica no describimos un estado de la partícula en sí sino el hecho de que la
partícula pertenece a este o aquel grupo estadístico. Esta pertenencia es
completamente objetiva y no depende de las condiciones establecidas por el
observador”. Tales declaraciones nos llevan muy lejos — probablemente demasiado
lejos— del materialismo ontológico. Para aclarar este punto es útil recordar
cómo esta dependencia de un grupo estadístico se utiliza para la interpretación
de la termodinámica clásica. Si un observador ha determinado la temperatura de
un sistema y desea extraer de sus resultados las conclusiones sobre los
movimientos moleculares del sistema, puede decir que el sistema es nada más que
una muestra de un conjunto canónico y por lo tanto puede considerar que posee
quizá diferentes energías. “En realidad” —así podríamos concluir en física
clásica— el sistema sólo tiene una energía definida en un determinado tiempo, y
ninguna de las otras es comprobada. El observador ha quedado decepcionado si en
ese momento consideró como posible una energía diferente. El conjunto canónico
no sólo contiene conclusiones sobre el sistema mismo sino también sobre el
incompleto conocimiento que del sistema tiene el observador. Si en la teoría
cuántica Blochinzev intenta reunir las pertenencias de un sistema en un grupo
“completamente objetivo”, emplea la palabra “objetivo” en un sentido distinto
del de la física clásica. Para la física clásica estas pertenencias significan,
como se ha dicho, no sólo conclusiones sobre el sistema sino también sobre el
grado de conocimiento que el observador tiene del sistema. En la teoría
cuántica puede hacerse una excepción a lo afirmado. Si en la teoría cuántica el
conjunto está caracterizado por sólo una función de onda en el espacio de
configuración (y no, como de costumbre, por una matriz estadística), nos
encontramos con una situación especial (el llamado “caso puro”) en el que la
descripción puede llamarse objetiva en cierto sentido y en el cual el elemento
del conocimiento incompleto no se muestra inmediatamente. Pero dado que toda
medición (de acuerdo con sus imágenes irreversibles) reintroduciría el elemento
del conocimiento incompleto, la situación no sería fundamentalmente diferente.
Sobre
todo, estas formulaciones nos permiten advertir lo difícil que es el intento de
introducir ideas nuevas en un antiguo sistema de conceptos perteneciente a una
filosofía anterior —o, para emplear una vieja metáfora, cuando intentamos poner
vino nuevo en odres viejos—. Tales tentativas son siempre desalentadoras porque
nos confundimos al preocupamos permanentemente con las fisuras de los odres en
lugar de regocijamos por el vino nuevo. No nos es posible suponer que aquellos
pensadores que hace un siglo introdujeron el materialismo dialéctico hubieran
podido prever el desarrollo de la teoría cuántica. Sus ideas sobre la materia y
la realidad no podían adaptarse a los resultados de la refinada técnica
experimental de nuestros días.
Tal
vez aquí podríamos agregar algunas observaciones generales sobre la actitud de
los científicos con respecto de un credo especial, que puede ser un credo
religioso o político. La diferencia fundamental entre un credo religioso y un
credo político —el último se refiere a la inmediata realidad material del mundo
que nos rodea, mientras que el primero tiene como objeto otra realidad más allá
del mundo material— no tiene importancia para esta cuestión particular; lo que
hay que analizar es el problema del credo en sí. Por lo dicho, nos sentiríamos
inclinados a exigir que el científico nunca se apoye en doctrinas especiales,
ni limite sus métodos de pensamiento a los de una filosofía particular. Debe
estar siempre dispuesto a reconocer que las bases de su conocimiento varían con
una nueva experiencia. Pero esta exigencia significaría, a la vez, una
supersimplificación de nuestra situación en la vida; por dos razones: la
primera es que la estructura de nuestro pensamiento se determina en nuestra
juventud con ideas que ya encontramos en esa época o poniéndonos en contacto
con personalidades destacadas de las cuales aprendemos. Esta estructura formará
una parte integrante de toda nuestra labor futura y bien puede hacer que nos
sea posteriormente difícil adaptamos a ideas completamente diferentes. La
segunda razón finca en el hecho de que pertenecemos a una comunidad o sociedad.
Esta comunidad se mantiene unida por ideas comunes, poruña escala común de
valores éticos, o por un lenguaje común en el que uno se expresa sobre los
problemas de la vida. Las ideas comunes pueden ser sustentadas por la autoridad
de una Iglesia, de un partido o del Estado y, aun si no es ese el caso, puede
ser difícil independizarse de las ideas comunes sin entrar en conflicto con la
comunidad. Sin embargo, los resultados del pensamiento científico pueden
contradecir algunas de las ideas comunes. No sería juicioso, por cierto,
pretender que un científico no sea por lo general un miembro leal de su
comunidad, que se le prive de la felicidad que puede corresponderle al
pertenecer a una comunidad, y tampoco sería juicioso querer que las ideas
comunes de la sociedad, que desde el punto de vista científico siempre son
simplificaciones, puedan cambiar instantáneamente con el progreso del
conocimiento científico, que puedan ser tan variables como necesariamente
tienen que ser las teorías científicas. Con esto volvemos, aun en nuestro
tiempo, al viejo problema de las “dos caras de la verdad” que ha llenado la
historia del cristianismo a lo largo de las postrimerías de la Edad Media.
Existe la doctrina, muy discutible, de que una “religión positiva —cualquiera
sea su forma — constituye una indispensable necesidad para la masa del pueblo,
mientras que el hombre de ciencia busca la verdad real al margen de la religión
y solamente allí”. “La ciencia es esotérica”, según se dice, “es solamente para
los menos”. Si en nuestro tiempo, las doctrinas políticas y las actividades
sociales substituyen, en algunos países, a la religión positiva, el problema
continúa siendo fundamentalmente el mismo. La primera aspiración del científico
siempre será la honestidad intelectual, mientras que la comunidad le pedirá
frecuentemente que —en vista de la variabilidad de la ciencia— espere por lo
menos algunas décadas antes de manifestar en público sus opiniones disidentes.
Es probable que no exista una solución fácil para este problema si la
tolerancia no basta por sí sola; pero puede significar algún consuelo el hecho
de que indudablemente se trata de un antiguo problema de la vida humana.
Volviendo
ahora a las contraproposiciones de la interpretación de la teoría cuántica de
Copenhague, debemos examinar el segundo grupo de proposiciones, el cual procura
cambiar la teoría cuántica para llegar a una interpretación filosófica
diferente. En este sentido, la tentativa más eficaz ha sido la de Janossy,
quien ha observado que la rigurosa validez de la mecánica cuántica nos compele
a apartamos del concepto de realidad de la física clásica. En consecuencia,
trata de alterar la mecánica cuántica de tal modo que, aun cuando muchos de los
resultados sigan siendo verdaderos, su estructura se aproxime a la de la física
clásica. Su punto de ataque es lo que se ha llamado “la reducción de paquetes
de ondas”, es decir, el hecho de que la función de onda o, de manera más
general, la probabilidad de la función cambie discontinuamente cuando el
observador conozca un resultado de medición. Janossy advierte que esta
reducción no puede ser deducida de las ecuaciones diferenciales del formalismo
matemático y cree que de esto puede inferir que hay inconsistencia en la
interpretación habitual. Es bien sabido que la “reducción de paquetes de ondas”
siempre aparece en la interpretación de Copenhague cuando se completa la
transición de lo posible a lo real. La función de probabilidad, que abarcaba un
amplio margen de posibilidades, es repentinamente reducida a un margen mucho
más estrecho por el hecho de que el experimento ha llevado a un resultado
definitivo, porque realmente ha ocurrido cierto acontecimiento. En el formalismo,
esta reducción requiere que la llamada interferencia de posibilidades, que es
el fenómeno más característico de la teoría cuántica, sea destruida por las
interacciones parcialmente indefinibles e irreversibles del sistema, con los
aparatos de medición y el resto del mundo. Janossy trata ahora de alterar la
mecánica cuántica introduciendo en las ecuaciones los llamados términos de
amortiguamiento, de tal modo que los términos de interferencia desaparecen por
sí mismos después de un tiempo finito. Aun si esto correspondiese a la realidad
—y no hay razón para suponerlo de acuerdo con los experimentos efectuados—
todavía quedaría una cantidad de consecuencias alarmantes de tal
interpretación, tal como Janossy mismo lo indica (por ejemplo, ondas que se propagan
más rápidamente que la velocidad de la luz, intercambio de la secuencia de
tiempo de causa y efecto, etcétera). Por consiguiente, difícilmente nos
decidiríamos a sacrificar la simplicidad de la teoría cuántica por este modo de
ver mientras no fuéramos obligados a ello por los experimentos.
Entre
los restantes adversarios de lo que a veces se designa interpretación
“ortodoxa” de la teoría cuántica, Schrödinger ha logrado una posición
excepcional en tanto atribuye la “realidad objetiva” no a las partículas sino a
las ondas y no se propone interpretar las ondas como “solamente ondas de
probabilidad”. En su trabajo titulado “¿Hay saltos cuánticos?” intenta negar la
existencia de los saltos cuánticos (puede discutirse lo apropiado del término
“salto cuántico” en este lugar y sustituirlo por el término menos provocativo
de “discontinuidad”). Pero, ante todo, el trabajo de Schrödinger contiene
algunas incomprensiones de la interpretación habitual. Desdeña el hecho de que
sólo las ondas del espacio de configuración (o las “matrices de trasformación”)
son ondas de probabilidad en la interpretación habitual, mientras que las ondas
de materia tridimensionales u ondas de radiación no lo son. Las últimas tienen
tanta y tan poca “realidad” como las partículas; carecen de relación directa
con las ondas de probabilidad, pero poseen una continua densidad de energía y
cantidad de movimiento, lo mismo que un campo electromagnético en la teoría de
Maxwell. Por consiguiente, Schrödinger afirma que, en cuanto a esto, los
procesos pueden concebirse como menos continuos de lo que realmente son. Pero
esta interpretación no puede eliminar el elemento de disconformidad que se
encuentra por todas partes en la física atómica; cualquier pantalla
centelleante o contador de Geiger demuestra la existencia de este elemento inmediatamente.
En la interpretación habitual de la teoría cuántica está contenido en la
transición de lo posible a lo real. El mismo Schrödinger no formula una
contraproposición acerca de cómo entiende introducir el elemento de
discontinuidad, observable en todas partes, de un modo distinto al de la
interpretación habitual.
Finalmente,
la crítica que Einstein, Laue y otros han formulado en varios trabajos, enfoca
la cuestión de si la interpretación de Copenhague permite una descripción
única, objetiva, de los hechos físicos. Sus argumentos esenciales pueden
expresarse como sigue: El esquema matemático de la teoría cuántica parece ser
una descripción perfectamente adecuada de las estadísticas de los fenómenos
atómicos. Pero aun si sus afirmaciones sobre la probabilidad de los
acontecimientos atómicos son completamente correctas, esta interpretación no
describe lo que realmente pasa independientemente de las observaciones o entre
ellas. Mas algo debe suceder; no podemos dudarlo; este algo no precisa ser
descripto en términos de electrones u ondas o cuantos de luz, pero a menos que
se lo describa de algún modo la tarea de la física no es completa. No puede
admitirse que se refiera únicamente al acto de observación. El físico debe
postular en su ciencia que está estudiando un mundo que él no ha construido, y
que estaría presente, sin cambio alguno, si él no estuviera allí. Por
consiguiente, la interpretación de Copenhague no ofrece una comprensión real de
los fenómenos atómicos.
Fácilmente
se advierte que lo que estas críticas reclaman es la antigua ontología
materialista. ¿Pero cuál puede ser la respuesta desde el punto de vista de la
interpretación de Copenhague?
Podemos
decir que la física es una parte de la ciencia y que, como tal, persigue una
descripción y una comprensión de la naturaleza. Cualquier clase de comprensión,
sea o no científica, depende de nuestro lenguaje, de la comunicación de las
ideas. Toda descripción de los fenómenos, de los experimentos y sus resultados,
descansa sobre el lenguaje como único medio de comunicación. Las palabras de
este lenguaje representan los conceptos de la vida diaria, lo que en el
lenguaje científico de la física puede purificarse en los conceptos de la
física clásica. Estos conceptos son las únicas herramientas para una clara
comunicación sobre los acontecimientos, sobre la preparación de los
experimentos y sobre sus resultados. Si, por consiguiente, al físico atómico se
le pide una descripción de lo que realmente sucede en sus experimentos, las
palabras “descripción” y “realmente” y “sucede” sólo pueden referirse a los
conceptos de la vida diaria o de la física clásica. Tan pronto como el físico
renuncia a estas bases pierde los medios de una comunicación clara y no puede
continuar en su ciencia. En consecuencia, cualquier afirmación sobre lo que ha
“sucedido realmente” es una afirmación que se hace en los términos de los
conceptos clásicos y —a causa de la termodinámica y las relaciones de
incertidumbre—, por su propia naturaleza, incompleta con respecto a los
detalles de los hechos atómicos involucrados. La aspiración a “describir lo que
sucede” en el proceso teorético cuántico entre dos observaciones sucesivas es
una contradicción in adjecto puesto que la palabra “describir" se refiere
al empleo de los conceptos clásicos, mientras que estos conceptos no pueden
aplicarse en el espacio comprendido entre observaciones; sólo pueden aplicarse
los puntos de observación.
Aquí
debe advertirse que la interpretación de Copenhague de la teoría cuántica no es
de ningún modo positivista. Pues, mientras el positivismo se funda en las
percepciones sensuales del observador como elementos de la realidad, la
interpretación de Copenhague considera las cosas y los procesos que pueden ser
descriptos en términos de conceptos clásicos, es decir, lo real como fundamento
de cualquier interpretación física.
Al
mismo tiempo vemos que la naturaleza estadística de las leyes de la física
microscópica no puede ser evitada, puesto que cualquier conocimiento de lo
“real” es —a causa de las leyes teoréticas cuánticas— por su propia naturaleza,
un conocimiento incompleto.
La
ontología del materialismo descansa sobre la ilusión de que el género de
existencia, la directa “realidad” del mundo que nos rodea, puede ser
extrapolada dentro del ámbito atómico. Esta extrapolación es, sin embargo,
imposible.
Pueden
agregarse unas cuantas observaciones acerca de la estructura formal de todas
las contraproposiciones hechas hasta aquí contra la interpretación de
Copenhague de la teoría cuántica. Todas estas proposiciones se han visto
obligadas por sí mismas a sacrificar las fundamentales propiedades de simetría
de la teoría cuántica (por ejemplo, la simetría entre ondas y partículas o
entre posición y velocidad).
Por
consiguiente, bien podemos suponer que la interpretación de Copenhague no puede
ser eludida si estas propiedades de simetría —como la invariancia de Lorentz en
la teoría de la relatividad— resultan constituir una genuina imagen de la
naturaleza; y todos los experimentos realizados sostienen este punto de vista.
Capítulo
9
La
teoría cuántica y la estructura de la materia
El
concepto de materia ha sufrido un gran número de cambios en la historia del
pensamiento humano. Se han dado distintas interpretaciones en diferentes
sistemas filosóficos. Todos estos diferentes significados de la palabra se
hallan aún presentes, en mayor o menor grado, en lo que nosotros, en nuestro
tiempo, concebimos mediante la palabra “materia”.
La
primitiva filosofía griega, desde Tales hasta los atomistas, al buscar el
principio unificador en la mutabilidad universal de todas las cosas, había
formado el concepto de materia cósmica, una sustancia del mundo que experimenta
todas estas trasformaciones de la que proceden todas las cosas individuales y
en la que todas vuelven a transformarse. Esta materia fue parcialmente
identificada con cierta materia específica como el agua, el aire o el fuego;
sólo parcialmente, porque no poseía otro atributo que el de ser el material del
cual están hechas todas las cosas.
Más
tarde, en la filosofía de Aristóteles, la materia fue referida a la relación
entre forma y materia. Todo cuanto percibimos en el mundo de los fenómenos, en
tomo nuestro, es materia formada. La materia no es en sí misma una realidad
sino solamente una posibilidad, una “potencia”; sólo existe mediante la forma.
En el proceso natural, la “esencia”, como Aristóteles la llama, deja de ser
mera posibilidad mediante la forma para ser realidad. La materia de Aristóteles
no es, por cierto, una materia específica como el agua o el aire, ni es
simplemente espacio vacío; es una especie de substrato corpóreo indefinido, que
posee la posibilidad de llegar a ser realidad mediante la forma. Los ejemplos
típicos de esta relación entre materia y forma, en la filosofía de Aristóteles,
son los procesos biológicos en los que la materia es formada para convertirse
en el organismo vivo, y la actividad creadora del hombre. La estatua está
potencialmente en el mármol antes de que éste sea trabajado por el escultor.
Después,
mucho más tarde, a partir de la filosofía de Descartes, la materia fue
primariamente concebida como opuesta al alma. Existían dos aspectos
complementarios del mundo, la “materia” y el “alma” o, como lo expresó
Descartes, la “res extensa” y la “res cogitans”. Desde que los nuevos
principios metódicos de la ciencia natural, particularmente los de la mecánica,
rechazaron todo vestigio de fuerzas espirituales en los fenómenos corpóreos, la
materia pudo ser considerada como una realidad en sí, independiente del alma y
de todo poder sobrenatural. La “materia” de este período es “materia formada”,
siendo el proceso de formación interpretado como una cadena causal de
interacciones mecánicas; ha perdido su relación con el alma vegetativa de la
filosofía aristotélica y, por consiguiente, el dualismo entre materia y forma
dejó de ser aplicable. Es esta concepción de la materia la que constituye, con
mucho, el ingrediente más poderoso de nuestro actual empleo de la palabra
“materia”.
Finalmente,
en la ciencia natural del siglo diecinueve hay otro dualismo que ha
representado cierto papel, el dualismo entre materia y fuerza. La materia es
aquello sobre lo cual pueden actuar las fuerzas; o la materia puede producir
fuerzas. La materia, por ejemplo, produce la fuerza de la gravedad, y esta
fuerza actúa sobre la materia. Materia y fuerza son dos aspectos bien
diferenciados del mundo corpóreo. En la medida en que las fuerzas pueden ser
fuerzas formativas, esta distinción se aproxima a la distinción aristotélica de
materia y forma. Por otra parte, en la manifestación más reciente de la física
moderna esta distinción entre materia y fuerza ha desaparecido completamente,
puesto que todo campo de fuerza contiene energía y por tanto constituye materia.
A cada campo de fuerza corresponde una clase específica de partículas
elementales que poseen fundamentalmente las mismas propiedades que todas las
demás unidades atómicas de materia.
Cuando
la ciencia natural investiga el problema de la materia, sólo puede hacerlo
mediante el estudio de las formas de la materia. La infinita variedad y
mutabilidad de las formas de la materia deben constituir el objeto inmediato de
la investigación, y los esfuerzos deben orientarse hacia la búsqueda de algunas
leyes naturales, de algunos principios unificadores que puedan servir de guía a
través de este inmenso campo. Por consiguiente, la ciencia natural —y
especialmente la física— ha concentrado su interés, durante largo tiempo, en un
análisis de la estructura de la materia y de las fuerzas responsables de esta
estructura.
Desde
los tiempos de Galileo, el método fundamental de la ciencia natural ha sido el
experimental. Este método hizo que fuera posible pasar de la experiencia
general a la experiencia específica, y aislar hechos característicos de la
naturaleza mediante los cuales se pudieron estudiar sus “leyes” en forma más
directa que mediante la experiencia general. Si se quería estudiar la
estructura de la materia había que hacer experimentos con la materia. Había que
exponer la materia a condiciones extremas para estudiar allí sus
trasmutaciones, con la esperanza de encontrar los aspectos fundamentales de la
materia, los cuales persisten bajo todos los cambios aparentes.
En
los primeros días de la moderna ciencia natural, éste fue el objeto de la
química, y tal empeño condujo bastante pronto a la idea del elemento químico.
Una sustancia que ya no podía disolverse o desintegrarse por ninguno de los
medios a disposición del químico —hervor, calentamiento, disolución, mezcla con
otras sustancias, etcétera— se designó con el nombre de elemento. La
introducción de este concepto fue un primer paso importantísimo hacia una
interpretación de la estructura de la materia. La enorme variedad de sustancias
fue por lo menos reducida a un número relativamente pequeño de sustancias más
elementales, los “elementos”, y así fue posible establecer cierto orden entre
los distintos fenómenos químicos. Como consecuencia, la palabra “átomo” se empleó
para designar la más pequeña unidad de materia de un elemento químico, y la
partícula más pequeña de un compuesto químico pudo concebirse como un pequeño
grupo de átomos diferentes. La partícula más pequeña del elemento hierro, por
ejemplo, fue un átomo de hierro, y la partícula más pequeña del agua, consistió
en un átomo de oxígeno y dos átomos de hidrógeno.
El
paso siguiente, y casi tan importante como aquél, fue el descubrimiento de la
conservación de la masa en el proceso químico. Por ejemplo, cuando la
combustión del elemento carbono lo trasforma en dióxido de carbono, la masa del
dióxido de carbono es igual a la suma de las masas del carbono y del oxígeno
anterior al proceso. Fue este descubrimiento el que dio una significación
cuantitativa al concepto de materia: independientemente de sus propiedades
químicas la materia podía ser medida por su masa.
Durante
el período siguiente, particularmente en el siglo diecinueve, se descubrió una
cantidad de nuevos elementos químicos; esa cantidad ha llegado actualmente al
centenar. Este desarrollo mostró claramente que el concepto del elemento
químico aún no había alcanzado el punto en el que fuera posible interpretar la
unidad de la materia. La creencia de que hay muchísimas clases de materia,
cualitativamente diferentes y sin ninguna relación entre unas y otras, no podía
satisfacer.
A
comienzos del siglo diecinueve se encontraron algunas pruebas de la relación
entre los diferentes elementos en el hecho de que los pesos atómicos de los
diferentes elementos parecían ser múltiplos enteros de la unidad más pequeña
próxima al peso atómico del hidrógeno. La similaridad del comportamiento
químico de algunos elementos fue otra manifestación que llevaba en la misma
dirección. Pero solamente el descubrimiento de fuerzas mucho más poderosas que
las aplicadas en los procesos químicos podía establecer realmente la relación
entre los diferentes elementos y, consecuentemente, conducir a una precisa
unificación de la materia.
En
realidad, estas fuerzas se encontraron en el proceso radiactivo descubierto por
Becquerel en 1896. Las investigaciones sucesivas de Curie, Rutherford y otros,
revelaron la trasmutación de los elementos en el proceso radiactivo. En esos
procesos, las partículas alfa eran emitidas como fragmentos de los átomos con
una energía de más o menos un millón de veces mayor que la energía de una sola
partícula atómica en un proceso químico. Por consiguiente, estas partículas
podían utilizarse como herramientas para la investigación de la estructura
íntima del átomo. El resultado de los experimentos de Rutherford sobre la
dispersión de los rayos alfa fue el modelo nuclear del átomo de 1911. La imagen
más importante de ese tan conocido modelo fue la separación del átomo en dos
partes bien diferenciadas, el núcleo atómico y los haces electrónicos de su
contorno. En el medio del átomo, el núcleo sólo ocupa una fracción
extremadamente reducida del espacio ocupado por el átomo (su radio es unas mil
veces más pequeño que el del átomo), pero contiene casi toda su masa. Su carga
eléctrica positiva, que es un múltiplo entero de la llamada carga elemental,
determina el número de los electrones del contorno —el átomo, como un todo,
debe ser eléctricamente neutro— y las formas de sus órbitas.
La
distinción entre el núcleo atómico y los haces electrónicos proporcionó al
mismo tiempo una explicación apropiada del hecho de que para la química los
elementos químicos son las últimas unidades de materia y que se requieren
fuerzas mucho más poderosas para que los elementos se trasformen unos en otros.
El enlace químico entre los átomos vecinos se debe a una interacción de los
haces electrónicos, y las energías de esta interacción son relativamente
pequeñas. Un electrón acelerado en un tubo de descarga por un potencial de sólo
varios voltios tiene energía suficiente para inducir a los haces de electrones
a la emisión de radiación, o para destruir el enlace químico en una molécula.
Pero el comportamiento químico del átomo, aunque consiste en el comportamiento
de sus haces electrónicos, está determinado por la carga del núcleo. Si se
desea cambiar las propiedades químicas hay que cambiar el núcleo, y esto exige
energías que pueden calcularse un millón de veces más grandes.
Sin
embargo, el modelo nuclear del átomo, si se lo concibe como un sistema
obediente a la mecánica de Newton, no podía explicar la estabilidad del átomo.
Como ya se ha dicho en un capítulo anterior, solamente la aplicación de la
teoría cuántica a este modelo, mediante el trabajo de Bohr, podía ser válida
para el hecho de que, por ejemplo, un átomo de carbono, después de haberse
hallado en interacción con otros átomos o después de haber emitido radiación
continuara finalmente siendo un átomo de carbono con los mismos haces
electrónicos que antes. La estabilidad podía explicarse simplemente por esos
esquemas de la teoría cuántica que evitan una simple descripción objetiva en el
espacio y el tiempo, de la estructura del átomo.
De
esta manera pudo finalmente obtenerse una base para la interpretación de la
materia. Las propiedades químicas y otras de los átomos podían explicarse con
la aplicación del esquema matemático de la teoría cuántica a los haces
electrónicos. Partiendo de esta base era posible extender el análisis de la
estructura de la materia en dos opuestas direcciones. Se podía estudiar la
interacción de los átomos, su relación con unidades más grandes, como las
moléculas, los cristales o los objetos biológicos; o se podía, mediante la
investigación del núcleo atómico y sus componentes, tratar de penetrar la
unidad final de la materia. Se han efectuado trabajos en ambas direcciones
durante las décadas pasadas, y en las próximas páginas nos referiremos al papel
de la teoría cuántica en estos dos campos.
Las
fuerzas existentes entre los átomos vecinos son primariamente fuerzas
eléctricas, las de la atracción de las cargas opuestas y las de repulsión de
las cargas iguales; los electrones son atraídos por los núcleos y se repelen
entre sí. Pero estas fuerzas no actúan de acuerdo con las leyes de la mecánica
de Newton sino según las de la mecánica cuántica.
Esto
conduce a dos diferentes tipos de relaciones entre los átomos. En uno de ellos
el electrón de un átomo se traslada al otro, por ejemplo, para llenar un hueco
en su corteza electrónica casi completa. En este caso, ambos átomos están
finalmente cargados y forman lo que los físicos denominan iones, y, puesto que
sus cargas son opuestas, se atraen mutuamente.
En
el segundo tipo, un electrón pertenece, de un modo propio de la teoría
cuántica, a ambos átomos. Usando la imagen de la órbita electrónica, puede
decirse que el electrón gira en tomo de ambos núcleos empleando una parecida
cantidad de tiempo tanto en uno como en otro átomo. Este segundo tipo de
relación corresponde a lo que los químicos llaman enlace de valencia.
Estos
dos tipos de fuerzas, que pueden presentarse en cualquier mezcla, provocan la
formación de varios grupos de átomos y parecen ser finalmente responsables de
todas las complicadas estructuras de la materia macroscópica, que se estudian
en la física y la química. La formación de los compuestos químicos tiene lugar
mediante la formación de pequeños grupos cerrados de átomos diferentes,
constituyendo cada grupo una molécula del compuesto.
La
formación de los cristales es debida al ordenamiento de los átomos en enrejados
regulares. Los metales se forman cuando los átomos están tan apretadamente
compactos que sus electrones exteriores pueden abandonar su corteza y errar por
todo el cristal. El magnetismo se debe al movimiento centrífugo de los
electrones, y así sucesivamente.
En
todos estos casos, el dualismo entre materia y fuerza puede aún ser retenido
puesto que los núcleos y los electrones pueden ser considerados como fragmentos
de la materia que se mantienen unidos en virtud de fuerzas electromagnéticas.
Mientras
que de este modo la física y la química han llegado a una unión casi completa
en sus relaciones con la estructura de la materia, la biología tiene que
habérselas con estructuras de un tipo más complicado y algo diferente. Es
verdad que no obstante la integridad del organismo viviente no puede en
realidad hacerse una distinción terminante entre la materia animada y la
inanimada. El desarrollo de la biología nos ha proporcionado un gran número de
ejemplos en los que puede verse que las funciones biológicas específicas son
efectuadas por moléculas especialmente grandes, o por grupos o cadenas de tales
moléculas; y en la moderna biología se ha registrado una creciente tendencia a
explicar los procesos biológicos como consecuencias de las leyes de la física y
la química. Pero la clase de estabilidad que muestran los organismos vivos es
de naturaleza un tanto diferente de la estabilidad de los átomos o los
cristales. Es una estabilidad de proceso o de función más bien que una
estabilidad de forma. No puede dudarse de que las leyes de la teoría cuántica
representan un papel muy importante en los fenómenos biológicos. Por ejemplo,
esas fuerzas específicas de la teorética cuántica que sólo pueden describirse
imprecisamente mediante el concepto de la valencia química son esenciales para
la comprensión de las grandes moléculas orgánicas y sus distintos moldes
geométricos; los experimentos de mutaciones biológicas por radiación muestran
al mismo tiempo la aplicabilidad de las leyes estadísticas de la teorética cuántica
y la existencia de mecanismos amplificadores. La estrecha analogía entre el
trabajo de nuestro sistema nervioso y el funcionamiento de las modernas
calculadoras electrónicas destacan una vez más la importancia de los simples
procesos elementales en el organismo vivo. Sin embargo, todo esto no prueba que
la física y la química, juntamente con el concepto de evolución, hayan de
ofrecer alguna vez una descripción completa del organismo vivo. Los procesos
biológicos deben ser tratados con una experimentación científica mucho más
cautelosa que los procesos de la física y la química. Tal como lo ha advertido
Bohr, puede ocurrir que no sea posible darse una descripción del organismo vivo
que pueda considerarse completa desde el punto de vista del físico ya que ello
requeriría experimentos que interfieren demasiado en las funciones biológicas.
Bohr ha descripto esta situación diciendo que en biología nos enfrentamos con
manifestaciones de las posibilidades de esa naturaleza a la cual pertenecemos
más bien que con los resultados de los experimentos que podemos efectuar. La
situación de complementariedad a que esta formulación alude está representada
como una tendencia de los métodos de la moderna investigación biológica que,
por una parte, hace un uso completo de todos los métodos y resultados de la
física y la química y, por otra parte, se funda en los conceptos que se
refieren a los aspectos de la naturaleza orgánica que no están contenidos en la
física o la química, como el concepto de la vida misma.
Hasta
aquí hemos seguido el análisis de la estructura de la materia en una dirección:
desde el átomo hasta las estructuras más complicadas consistentes en muchos
átomos; desde la física atómica hasta la física de los cuerpos sólidos, la
química y la biología. Ahora tenemos que emprender el camino inverso, y seguir
la línea de investigación desde las partes exteriores del átomo hacia las
interiores y desde el núcleo hasta las partículas elementales. Es esta
dirección la que posiblemente ha de conducimos a una comprensión de la unidad
de la materia; y aquí no tenemos por qué asustamos si destruimos las
estructuras características con nuestros experimentos. Al poner en marcha la
tarea de probar la unidad última de la materia, podemos exponer la materia a
las mayores fuerzas posibles y a las condiciones más extremas para ver si una
materia cualquiera puede ser finalmente trasmutada en cualquier otra materia.
El
primer paso en esta dirección fue el análisis experimental del núcleo atómico.
En el período inicial de estos estudios, que ocuparon casi las tres primeras
décadas de nuestro siglo, las únicas herramientas aprovechables para los
experimentos fueron las partículas alfa emitidas por los cuerpos radiactivos.
Con la ayuda de estas partículas, Rutherford consiguió, en 1919, la
trasmutación de los núcleos de los elementos livianos; pudo, por ejemplo,
trasmutar un núcleo de nitrógeno en un núcleo de oxígeno agregando la partícula
alfa al núcleo de nitrógeno y expulsando al mismo tiempo un protón. Este fue el
primer ejemplo de procesos en escala nuclear que recordaron los procesos
químicos, pero que condujeron a la trasmutación artificial de los elementos. El
siguiente progreso sustancial fue, como bien se sabe, la aceleración artificial
de los protones con equipos de alta tensión que les imprimían energías
suficientes para provocar la trasmutación nuclear. Para esto se requieren
voltajes de cerca de un millón de voltios, y Cockcroft y Walton lograron, en
sus primeros experimentos decisivos, trasmutar los núcleos del elemento litio
en los del helio. Este descubrimiento inició una rama de investigación
completamente nueva, que puede llamarse apropiadamente física nuclear, y que
muy pronto condujo a una comprensión cualitativa de la estructura del núcleo
atómico.
La
estructura del núcleo era verdaderamente muy simple. El núcleo atómico sólo
consiste en dos clases de partículas elementales. Una es el protón, que es al
mismo tiempo, simplemente, el núcleo del hidrógeno; la otra se llama neutrón,
una partícula que tiene casi la masa del protón pero que es eléctricamente
neutra. Cada núcleo puede ser individualizado por el número de protones y
neutrones que lo integran. El núcleo de carbono normal, por ejemplo, consiste
en 6 protones y 6 neutrones. Hay otros núcleos de carbono (a los primeros de
los cuales se los llama isótopos), que consisten en 6 protones y 7 neutrones,
etcétera. Así se ha obtenido finalmente una descripción de la materia en la
cual, en vez de los numerosos elementos químicos, sólo se presentan tres unidades
fundamentales: el protón, el neutrón y los electrones. Toda materia consiste en
átomos y, por consiguiente, está construida con esas tres piedras básicas. Esto
no era aún la unidad de la materia pero sí un gran paso hacia la unificación, y
quizá hacia algo todavía más importante: la simplificación. Quedaba todavía por
recorrer un largo trecho desde el conocimiento de las dos piedras básicas del
núcleo hasta la completa comprensión de su estructura. El problema era aquí
algo distinto del correspondiente a las envolturas atómicas exteriores que
había sido solucionado a mediados de la segunda década. En los haces
electrónicos, las fuerzas existentes entre las partículas se conocían con gran
exactitud, pero había que encontrar las leyes dinámicas, y éstas se hallaron en
la mecánica cuántica. Bien pudo suponerse que para el núcleo las leyes
dinámicas fueran precisamente las de la mecánica cuántica, pero las fuerzas
existentes entre las partículas no se conocían por anticipado; tenían que
derivar de las propiedades experimentales de los núcleos. Este problema aún no
ha sido solucionado por completo. Probablemente las fuerzas no tengan una forma
tan simple como las de las fuerzas electrostáticas de los haces electrónicos y,
en consecuencia, la dificultad matemática de computar las propiedades de esas
fuerzas complicadas y la imprecisión de los experimentos obstaculizó el
progreso. Pero se había logrado una definitiva comprensión cualitativa de la
estructura del núcleo.
Quedaba
entonces el problema final, el de la unidad de la materia. ¿Son estas piedras
básicas —protón, neutrón y electrón— unidades en última término indestructibles
de la materia, átomos en el sentido de Demócrito, sin ninguna relación como no
sea con las fuerzas que actúan entre ellas, o sólo son formas diferentes de la
misma clase de materia? ¿Pueden a su vez transmutarse unas en otras, y
posiblemente también en otras formas de materia? Un experimento con este
problema exige fuerzas y energías concentradas sobre las partículas atómicas
mayores que las que fueron necesarias para la investigación del núcleo atómico.
Puesto que las energías almacenadas en los núcleos atómicos no son
suficientemente grandes como para proporcionamos una herramienta para tales
experimentos, los físicos tienen que confiar ya sea en las fuerzas de
dimensiones cósmicas o en el ingenio y la habilidad de los ingenieros.
En
realidad, el progreso se ha manifestado en ambas direcciones. En el primer
caso, los físicos apelaron a la llamada radiación cósmica. Los campos
electromagnéticos de la superficie de las estrellas que se extienden sobre
vastos espacios pueden, en determinadas circunstancias, acelerar partículas
atómicas cargadas, electrones y núcleos. Los núcleos, debido a su mayor
inercia, parecen tener una mayor posibilidad de permanecer en los campos de
aceleración a larga distancia, y finalmente, cuando abandonan la superficie de
la estrella, cayendo en el espacio vacío, ya han viajado a través de
potenciales de varios miles de millones de voltios.
También
puede haber una posterior aceleración en los campos magnéticos entre las
estrellas; de todos modos, los núcleos parecen ser conservados dentro del
espacio de la galaxia durante mucho tiempo cambiando de campos magnéticos, y
por último ocupan ese espacio con lo que se llama radiación cósmica. Esta
radiación alcanza la tierra desde el exterior y consiste en núcleos de toda
clase, hidrógeno y helio y muchos elementos pesados, con energías de cerca de
cien o mil millones de electrón voltios y, en algunos casos excepcionales, de
un millón de veces esa cantidad. Cuando las partículas de esta radiación
cósmica penetran dentro de la atmósfera de la tierra, golpean a los átomos de
nitrógeno o de oxígeno de la atmósfera o pueden golpear los átomos de cualquier
equipo experimental expuesto a la radiación.
La
otra dirección seguida por la investigación fue la construcción de grandes
máquinas aceleradoras cuyo prototipo era el ciclotrón construido por Lawrence,
en California, a principios de la tercera década. La idea fundamental de estas
máquinas es la de hacer que, mediante círculos magnéticos, las partículas
cargadas giren en círculos un gran número de veces de modo que sean impelidas
una y otra vez por los campos magnéticos mientras giran. En Gran Bretaña se
emplean máquinas que desarrollan energías de varios cientos de millones de
electrón voltios, y mediante la cooperación de doce países europeos actualmente
se construye en Ginebra una enorme máquina de este tipo que esperamos pueda
alcanzar energías de 25 000 millones de electrón voltios. Los experimentos
realizados mediante la radiación cósmica o con los grandes aceleradores han
revelado nuevos aspectos interesantes de la materia. Además de las tres piedras
básicas de la materia — electrón, protón y neutrón—, se han encontrado nuevas
partículas elementales que pueden ser creadas en esos procesos de altísimas
energías para volver a desaparecer tras corto tiempo. Las nuevas partículas
poseen propiedades similares a las de las antiguas, excepto en lo que hace a su
inestabilidad. Hasta las más estables tienen una vida de casi sólo un
millonésimo de segundo, y la vida de las otras es hasta mil veces más reducida.
Actualmente se conocen alrededor de veinticinco diferentes partículas
elementales nuevas; la más reciente es el protón negativo.
A
primera vista estos resultados parecen sugerir el abandono de la idea de la
unidad de la materia, puesto que el número de unidades fundamentales parece
haber vuelto a aumentar hasta valores comparables con la cantidad de diferentes
elementos químicos. Pero esta no sería una interpretación apropiada. Al mismo
tiempo, los experimentos han mostrado que las partículas pueden crearse a
partir de otras partículas o simplemente de la energía cinética de tales
partículas, y pueden volver a desintegrarse en otras partículas. En realidad,
los experimentos han demostrado la completa mutabilidad de la materia. Todas
las partículas elementales pueden, sometidas a energías suficientemente
elevadas, ser trasmutadas en otras partículas o pueden ser simplemente creadas
de la energía cinética y desaparecer en energía, por ejemplo, en radiación. Por
consiguiente, con esto tenemos, en realidad, la prueba final de la unidad de la
materia. Todas las partículas elementales están hechas de la misma sustancia,
que podemos llamar energía o materia universal; ellas no son más que las
diferentes formas en que puede presentarse la materia.
Si
comparamos esta situación con los conceptos aristotélicos de materia y forma,
podemos decir que la materia de Aristóteles, que es mera “potencia”, tendría
que compararse con nuestro concepto de la energía, la cual accede a la
“realidad” por medio de la forma, cuando es creada la partícula elemental.
La
física moderna, por supuesto, no se satisface con una descripción solamente
cualitativa de la estructura fundamental de la materia; tiene que buscar, sobre
las bases de una celosa investigación experimental, una formulación matemática
de aquellas leyes naturales que determinan las “formas” de la materia, las
partículas elementales y sus fuerzas. En esta parte de la física ya no se puede
establecer una distinción entre materia y fuerza puesto que cada partícula
elemental no solamente produce algunas fuerzas y actúa mediante fuerzas, sino
que está representando, al mismo tiempo, un cierto campo de fuerza. El dualismo
teorético cuántico de las ondas y las partículas hace que la misma entidad
aparezca a la vez como materia y fuerza.
Todas
las tentativas para encontrar una descripción matemática de las leyes
concernientes a las partículas elementales han arrancado hasta aquí de la
teoría cuántica de los campos de ondas. El trabajo teorético sobre teorías de
este tipo comenzó a comienzos de la tercera década. Pero la primerísima
investigación efectuada en este sentido reveló serias dificultades cuyas raíces
se encuentran en la combinación de la teoría cuántica y la teoría de la
relatividad especial. A primera vista parecería que las dos teorías, la teoría
cuántica y la teoría de la relatividad, se refieren a aspectos de la naturaleza
tan distintos que prácticamente nada tiene que hacer una con otra, y que sería
fácil llenar los requisitos de ambas teorías con el mismo formalismo. Sin embargo,
observando más de cerca se advierte que las dos teorías interfieren en un
punto, y que es a partir de ese punto desde donde se presentan todas las
dificultades.
La
teoría de la relatividad especial ha revelado una estructura del espacio y del
tiempo un tanto diferente de la estructura generalmente aceptada a partir de la
mecánica de Newton. El rasgo más característico de esta estructura
recientemente descubierta es la existencia de una velocidad máxima que no puede
ser superada por ningún cuerpo móvil o señal viajera: la velocidad de la luz.
Como consecuencia de esto, dos acontecimientos que se produzcan en puntos
distantes no pueden tener ninguna relación causal inmediata si tienen lugar en
tiempos tales que una señal luminosa, partiendo en el instante del
acontecimiento en un punto, llega al otro después que el segundo acontecimiento
se haya producido allí; y viceversa. En este caso los dos acontecimientos pueden
denominarse simultáneos. Como ninguna clase de acción puede llegar a tiempo
desde un acontecimiento en un punto hasta el otro, los dos acontecimientos no
se hallan relacionados por ninguna acción causal.
Por
esta razón ninguna acción a distancia, digamos, del tipo de las fuerzas
gravitacionales de la mecánica de Newton era compatible con la teoría de la
relatividad especial. La teoría tenía que reemplazar esa acción por acciones de
punto a punto, desde un punto solamente a los puntos de una vecindad
infinitesimal. Las expresiones matemáticas más naturales para acciones de este
tipo eran las ecuaciones diferenciales de las ondas o campos que eran
invariantes para la trasformación de Lorentz. Tales ecuaciones diferenciales
excluyen cualquier acción directa entre acontecimientos “simultáneos”.
Por
consiguiente, la estructura del espacio y del tiempo expresada en la teoría de
la relatividad especial implicaba un límite infinitamente marcado entre la
región de la simultaneidad, en la que ninguna acción podía ser trasmitida, y
las otras regiones, en las que podía tener lugar una acción directa de un
acontecimiento sobre otro.
Por
otra parte, en la teoría cuántica las relaciones de incertidumbre ponen un
límite definido a la precisión con que posiciones y momentos, o tiempo y
energía, pueden ser medidos simultáneamente. Dado que un límite infinitamente
preciso significa una infinita precisión con respecto a la posición en el
espacio y el tiempo, las cantidades de movimiento o energías deben estar
completamente indeterminadas o de hecho, arbitrariamente, las altas cantidades
de movimiento y energías deben presentarse con incontenible probabilidad. En
consecuencia, cualquier teoría que trate de satisfacer las exigencias tanto de
la relatividad especial como de la teoría cuántica conducirá a inconsistencias
matemáticas, a divergencias en la región de las altas energías y cantidades de
movimiento. Esta secuencia de conclusiones quizá no parezca estrictamente
coherente puesto que cualquier formalismo del tipo en consideración es muy
complicado y podría tal vez ofrecer algunas posibilidades matemáticas para
evitar la ruptura entre la teoría cuántica y la relatividad. Pero hasta ahora
todos los esquemas matemáticos que se han ensayado han conducido de hecho a
divergencias, es decir a contradicciones matemáticas, o no han llenado los
requisitos de las dos teorías. Y es fácil ver que las dificultades proceden
realmente del punto que se ha examinado.
Muy
interesante fue por sí misma la manera como los esquemas matemáticos
convergentes no llenan los requisitos de la relatividad o de la teoría
cuántica. Por ejemplo, un esquema, cuando es interpretado en términos de
acontecimientos reales en el espacio y el tiempo, lleva a una especie de
reversión del tiempo; predeciría procesos en los que repentinamente se crean
partículas en algún punto del espacio, cuya energía es luego provista por algún
otro proceso de colisión entre partículas elementales en algún otro punto. Los
físicos se han convencido gracias a sus experimentos de que en la naturaleza no
ocurren procesos de este tipo, al menos si los dos procesos se hallan separados
por distancias mensurables en espacio y tiempo. Otro esquema matemático intentó
evitar las divergencias mediante un proceso llamado de renormalización; parecía
posible colocar los infinitos en un lugar del formalismo desde donde no
pudieran interferir con el establecimiento de las relaciones bien definidas
entre aquellas cantidades que pueden ser observadas directamente. En realidad,
este esquema ha conducido a un progreso muy sustancial en la electrodinámica
cuántica, por cuanto considera algunos detalles interesantes del espectro del
hidrógeno que antes no había sido comprendido. Un análisis más riguroso de este
esquema matemático ha hecho probable, sin embargo, que aquellas cantidades que
en la teoría cuántica normal han de interpretarse como probabilidades puedan,
bajo determinadas circunstancias, tomarse negativas en el formalismo de
renormalización. Esto impediría el empleo constante del formalismo en la
descripción de la naturaleza.
La
solución final de estas dificultades todavía no ha sido encontrada. Algún día
surgirá del conjunto del material experimental cada vez más exacto sobre las
diferentes partículas elementales, su creación y aniquilación, y las fuerzas
entre ellas existentes. Al buscar posibles soluciones para las dificultades
habría que recordar, tal vez, que esos procesos con reversión del tiempo que
han sido antes analizados no pueden ser experimentalmente excluidos si sólo
tienen lugar dentro de las regiones extremadamente pequeñas del espacio y el
tiempo, fuera del marco de nuestro presente equipo experimental. Naturalmente,
uno se resistiría a aceptar tales procesos con reversión del tiempo si en una
etapa posterior de la física pudiera existir la posibilidad de seguir
experimentalmente tales acontecimientos en el mismo sentido que se siguen los
acontecimientos atómicos comunes. Pero aquí el análisis de la teoría cuántica y
el de la relatividad pueden volver a ayudamos para considerar el problema bajo
una nueva luz.
La
teoría de la relatividad se relaciona con una constante universal de la
naturaleza, la velocidad de la luz. Esta constante determina la relación entre
el espacio y el tiempo y por consiguiente se halla implícitamente contenida en
cualquier ley natural que cumpla con los requisitos de la invariabilidad de
Lorentz.
Nuestro lenguaje natural y los conceptos de la física clásica pueden aplicarse
solamente a los fenómenos para los cuales la velocidad de la luz pueda ser
considerada como prácticamente infinita.
Cuando
en nuestros experimentos nos acercamos a la velocidad de la luz, debemos estar
preparados para resultados que no pueden interpretarse con estos conceptos.
La
teoría cuántica se relaciona con otra constante universal de la naturaleza, el
cuanto de acción de Planck. Una descripción objetiva de los acontecimientos del
espacio y el tiempo sólo es posible cuando operamos con objetos o procesos en
una escala comparativamente amplia. Cuando nuestros experimentos se acercan a
la región en la que el cuanto de acción se hace fundamental nos encontramos con
todas esas dificultades de los conceptos comunes que han sido examinados en
anteriores capítulos de este libro.
Debe
existir una tercera constante universal en la naturaleza. Esto es obvio por
razones exclusivamente dimensionales. Las constantes universales determinan la
escala de la naturaleza, las cantidades características que no pueden ser
reducidas a otras cantidades. Se necesitan por lo menos tres unidades
fundamentales para un sistema completo de unidades. Esto se advierte más
fácilmente mediante convencionalismos tales como el empleo del sistema c-g-s
(centímetro, gramo, segundo) de los físicos. Una unidad de longitud, una de
tiempo y una de masa bastan para formar un sistema completo; pero hay que tener
por lo menos tres unidades. También se las podría sustituir por unidades de
longitud, velocidad y masa; o por unidades de longitud, velocidad y energía,
etcétera. Pero son imprescindibles por lo menos tres unidades fundamentales.
Ahora bien, la velocidad de la luz y la constante de acción de Planck sólo nos
proporcionan dos de estas unidades. Tiene que haber una tercera, y sólo una
teoría que contenga esta tercera unidad podrá ser capaz de determinar las masas
y demás propiedades de las partículas elementales. A juzgar por nuestro actual
conocimiento de estas partículas, el modo más apropiado para introducir esta
tercer constante universal sería mediante la aceptación de una longitud
universal cuyo valor sería de unos 10-13 cm., o sea algo más pequeña que los
radios de los núcleos atómicos livianos. Cuando a partir de estas tres unidades
se obtiene una fórmula cuya dimensión corresponde a la masa, su valor tiene el
orden de magnitud de las masas de las partículas elementales.
Si
aceptáramos que las leyes de la naturaleza contienen una tercer constante
universal de la dimensión de una longitud y del orden de 10 -13 cm., entonces
volveríamos a esperar que nuestros conceptos habituales se apliquen a regiones
de espacio y tiempo que son grandes comparadas con la constante universal.
Tendríamos que preparamos otra vez para fenómenos de un nuevo carácter
cualitativo cuando en nuestros experimentos nos aproximamos a regiones del
espacio y el tiempo más pequeñas que los radios nucleares. El fenómeno de
reversión del tiempo, que ha sido analizado y que sólo ha resultado como una
posibilidad matemática de consideraciones teoréticas, puede consecuentemente
pertenecer a estas pequeñas regiones. Si hiera así, no se lo podría observar de
manera que permitiera una descripción en los términos de los conceptos
clásicos. En la medida en que pueden ser observados y descriptos en términos
clásicos, tales procesos obedecerían al acostumbrado orden del tiempo.
Pero
todos estos problemas serán motivo de futuras investigaciones en la física
atómica. Es de esperar que el esfuerzo combinado de los experimentos en la
región de la alta energía y del análisis matemático conducirá alguna vez a una
inteligencia completa de la unidad de la materia. El término “inteligencia
completa” significaría que las formas de la materia, en el sentido de la
filosofía aristotélica, aparecería como el resultado, como las soluciones de un
acabado esquema matemático representativo de las leyes naturales de la materia.
Capítulo
10
Lenguaje
y realidad en la física moderna
A lo
largo de la historia de la ciencia, los nuevos descubrimientos y las ideas
nuevas siempre han provocado discusiones y han llevado a publicaciones
polémicas de crítica de las ideas nuevas, y tales críticas siempre han sido
provechosas para su desarrollo; pero estas controversias jamás han alcanzado el
grado de violencia a que han llegado después del descubrimiento de la teoría de
la relatividad y, en menor grado, después de la teoría cuántica. En ambos casos
los problemas científicos han terminado conectándose con tendencias políticas,
y algunos científicos han recurrido a métodos políticos para sostener sus
puntos de vista. Esta violenta reacción en el reciente desarrollo de la física
moderna, sólo puede entenderse cuando se advierte que los fundamentos de la
física han comenzado a vacilar; y esta vacilación ha provocado el temor de que
la ciencia pueda quedarse sin cimientos. Es probable que, a la vez, eso
signifique que aún no se ha encontrado un lenguaje correcto para hablar de la
nueva situación y que las expresiones incorrectas publicadas aquí y allá en el
entusiasmo de los nuevos descubrimientos hayan causado toda clase de
confusiones. Este es un problema verdaderamente fundamental. El progreso de la
técnica experimental de nuestro tiempo aporta al ámbito de la ciencia nuevos
aspectos de la naturaleza que no pueden ser descriptos con los términos de los
conceptos comunes. ¿Pero en qué lenguaje tienen, entonces, que ser descriptos?
El primer lenguaje que emerge del proceso de clarificación científica es por lo
general, en la física teorética, un lenguaje matemático, el esquema matemático,
que permite predecir los resultados de los experimentos. El físico puede
sentirse satisfecho cuando tiene el esquema matemático y sabe cómo usarlo para
la interpretación de los experimentos. Pero también tiene que comunicar sus
resultados a los que no son físicos, quienes no se sentirán satisfechos a menos
que les sea dada alguna explicación en un lenguaje claro, comprensible para
todo el mundo. Hasta para el mismo físico la descripción en un lenguaje claro
será, un criterio del grado de comprensión que se ha obtenido. ¿En qué medida
es posible una descripción semejante? ¿Es posible hablar del átomo mismo? Éste
es un problema de lenguaje tanto como de física y, por consiguiente, se
necesitan algunas observaciones referentes al lenguaje en general y al lenguaje
científico en particular. El lenguaje se ha formado durante la edad
prehistórica en la raza humana, como un medio de comunicación y como una base
para el pensamiento. Poco sabemos de las múltiples etapas de su formación; pero
ahora el lenguaje contiene un gran número de conceptos que constituyen útiles
herramientas para una comunicación más o menos ambigua de los acontecimientos
de la vida diaria. Estos conceptos se adquieren gradualmente mediante el empleo
del lenguaje, sin análisis crítico, y luego de haber empleado una palabra con
suficiente frecuencia, pensamos que sabemos más o menos lo que significa. Es,
por supuesto, un hecho bien conocido que las palabras no están tan claramente
definidas como lo parecen a primera vista y que sólo poseen un limitado radio
de aplicación. Podemos hablar, por ejemplo, de un pedazo de hierro o de un
pedazo de madera, pero no podemos hablar de un pedazo de agua. La palabra
“pedazo” no se aplica a las sustancias líquidas. O, para citar otro ejemplo: Al
discutir sobre la limitación de los conceptos, Bohr gusta relatar la siguiente
anécdota: “Un niño entra en una confitería llevando en la mano un penique, y
pregunta: ‘¿Puede darme un penique de caramelos mezclados?’ El confitero saca
dos caramelos y se los entrega al niño diciéndole: ‘Aquí tienes dos caramelos.
Puedes mezclarlos tú mismo’”. Un ejemplo más serio de la problemática relación
entre palabras y conceptos se advierte en el hecho de que las palabras “rojo” y
“verde” son empleadas hasta por personas incapacitadas para distinguir los
colores, aun cuando la aplicabilidad de tales términos tiene que ser muy
diferente para ellos y para el resto de la gente.
La
incertidumbre intrínseca del significado de las palabras se reconoció,
naturalmente, muy pronto y ha aumentado la necesidad de las definiciones, o
—como la palabra “definición” dice— para el establecimiento de límites que
determinen dónde ha de emplearse la palabra y dónde no. Pero las definiciones
sólo pueden darse con la ayuda de otros conceptos, y así habrá que apoyarse
finalmente en algunos conceptos que deben tomarse como son, indefinidos y sin
analizarlos.
El
problema de los conceptos del lenguaje ha constituido uno de los temas
principales de la filosofía griega desde los tiempos de Sócrates cuya vida fue
—si hemos de aceptar la artística representación que de sus diálogos hace
Platón— una continua discusión sobre el contenido de los conceptos en el
lenguaje y sobre las limitaciones de los modos de expresión. Con el fin de
obtener una base sólida para el pensamiento científico, Aristóteles comenzó, en
su lógica, por el análisis del lenguaje, la estructura formal de las
conclusiones y las deducciones independientemente de sus contenidos. De esta
manera logró un grado de abstracción y precisión que hasta ese tiempo fue
desconocido en la filosofía griega, y con ello contribuyó inmensamente a la
clarificación y al establecimiento de un orden en nuestros métodos de
pensamiento. Él fue quien, en realidad, echó las bases del lenguaje científico.
Por
otra parte, este análisis lógico del lenguaje también entraña el peligro de una
supersimplificación. En la lógica, la atracción se orienta hacia las
estructuras muy particularizadas, las relaciones sin ninguna ambigüedad entre
premisas y deducciones, los moldes sencillos del razonamiento; y todas las
demás estructuras del lenguaje son descuidadas. Estas estructuras restantes
pueden presentarse mediante asociaciones entre ciertos significados de las
palabras; por ejemplo, el significado secundario de una palabra que atraviese
sólo vagamente por la mente cuando la palabra es escuchada puede contribuir
fundamentalmente al contenido de la frase. El hecho de que cada palabra pueda
provocar en nuestra mente sólo movimientos semiconscientes puede emplearse para
representar alguna parte de la realidad en el lenguaje mucho más claramente que
con el empleo de los moldes lógicos. En consecuencia, los poetas han objetado
frecuentemente ese énfasis del lenguaje y del pensamiento en los moldes
lógicos, los cuales — si interpreto correctamente sus opiniones— pueden hacer
que el lenguaje sea menos apropiado a sus propósitos. Podemos recordar, por
ejemplo, las palabras de Goethe en Fausto, con las que Mefistófeles se dirige
al joven estudiante:
Aprovecha
tu tiempo, que rápido se va.
Sé
metódico, y eso te enseñará a ganarlo.
Por
eso, amigo mío, te aconsejo empezar
Poniendo
entre tus manos un buen texto de lógica.
Con
esas apretadas botas españolas
Formarás
bien tu mente, y así también sabrás
Avanzar
con prudencia, pensando lo debido,
Y no
a la manera de cualquier friego fatuo,
Por
entre los senderos donde el error te acecha.
También
te enseñará, a lo largo del día,
Que
para eso que haces de manera espontánea
Como
comer y beber hay también un proceso
—Uno,
dos, tres— indispensable.
La
red del pensamiento se parece al oficio
Del
tejedor que mueve un pedal y millares
De
hilos invisibles se combinan. Entonces
Llega
el filósofo y te prueba que así
Tiene
que ser. Que lo primero es esto
Y
estotro lo segundo, y pues que ello es así
Lo
tercero y lo cuarto es sólo consecuencia;
Pues
que si no hubiera primero ni segundo
Lo
tercero y lo cuarto tampoco existiría.
Todos
los estudiantes saben que esto es así
Y no
obstante ninguno se ha vuelto tejedor.
Quién
busca conocerlo que es el ser humano
Por
arrancarle el alma empieza, pero entonces
No
tiene entre las manos más que fragmentos muertos
Pues
se le ha escapado el alma que unifica.
Este
pasaje contiene una admirable descripción de la estructura del lenguaje y de la
estrechez de los simples moldes lógicos.
Por
otra parte, la ciencia tiene que basarse en el lenguaje como único medio de
comunicación y allí, donde el problema de la ambigüedad es de la mayor
importancia, los moldes lógicos deben cumplir su función. En este punto, la
dificultad característica puede describirse como sigue. En la ciencia natural
tratamos de deducir lo particular de lo general, para interpretar el fenómeno
particular como consecuencia de las simples leyes generales. Al ser formuladas
en el lenguaje, las leyes naturales sólo pueden encerrar unos cuantos conceptos
simples; de otro modo la ley no sería simple y general. De estos conceptos se
deriva una infinita variedad de fenómenos posibles, no sólo cualitativamente
sino también con completa precisión con respecto a todos los detalles. Es obvio
que los conceptos del lenguaje ordinario, imprecisos y sólo vagamente definidos
como son, nunca pueden permitir tales derivaciones. Cuando de determinadas
premisas se sigue una cadena de conclusiones, el número de posibles eslabones
de la cadena depende de la precisión de las premisas. Por consiguiente, en la
ciencia natural los conceptos de las leyes generales deben ser definidos con
absoluta precisión, y esto sólo puede lograrse mediante la abstracción
matemática.
En
las otras ciencias la situación puede ser algo similar mientras se requieren
definiciones más bien precisas; por ejemplo, en derecho. Pero aquí el número de
eslabones de la cadena de conclusiones no necesita ser muy grande, no se
necesita una precisión absoluta, y más bien bastan las definiciones precisas en
términos del lenguaje habitual.
En
la física teorética tratamos de interpretar grupos de fenómenos mediante la
introducción de símbolos matemáticos que pueden correlacionarse con los hechos,
principalmente con los resultados de las mediciones. A los símbolos les
asignamos nombres que representan su correlación con las mediciones. Los
símbolos quedan así vinculados al lenguaje. Entonces los símbolos se relacionan
recíprocamente en un riguroso sistema de definiciones y axiomas, y finalmente
las leyes naturales se expresan como ecuaciones entre los símbolos. La infinita
variedad de soluciones de estas ecuaciones corresponden, pues, a la infinita
variedad de fenómenos particulares posibles en esta parte de la naturaleza. De
este modo el esquema matemático representa el grupo de fenómenos mientras se
mantiene la correlación entre los símbolos y las mediciones. Es esta
correlación la que permite la expresión de las leyes naturales en términos del
lenguaje común, puesto que nuestros experimentos, que consisten en hechos y
observaciones, pueden siempre ser descriptos con el lenguaje común.
Sin
embargo, en el proceso de expansión del conocimiento científico, el lenguaje
también se expande; aparecen nuevos términos y los viejos se aplican a un campo
más amplio o diferentemente del lenguaje común. Términos tales como “energía”,
“electricidad”, “entropía”, constituyen ejemplos corrientes. De esta manera
desarrollamos un lenguaje científico que puede llamarse una extensión natural
del lenguaje común adaptado a los nuevos campos del conocimiento científico.
En
el pasado siglo, han sido introducidos en la física una cantidad de conceptos
nuevos, y en algunos casos ha trascurrido bastante tiempo antes que los
científicos se acostumbraran a su empleo. El término “campo electromagnético”,
por ejemplo, que en cierta medida estaba ya presente en los trabajos de Faraday
y que constituyó luego la base de la teoría de Maxwell, no fue fácilmente
aceptado por los físicos quienes dirigían principalmente su atención hacia el
movimiento mecánico de la materia. La introducción del concepto implicaba
realmente un cambio en las ideas científicas, y tales cambios no se cumplen muy
fácilmente.
No
obstante, todos los conceptos introducidos hasta el final del siglo pasado
formaron un perfecto sistema consistente, aplicable a un ancho campo de la
experiencia, y, juntamente con los conceptos anteriores, formaron un lenguaje
que no sólo los científicos sino también los técnicos y los ingenieros pudieron
utilizar con éxito para sus trabajos. En la base de las ideas fundamentales de
este lenguaje estaba la aceptación de que el orden de los acontecimientos en el
tiempo es completamente independiente de su orden en el espacio, que la
geometría de Euclides es válida en el espacio real, y que los acontecimientos
“suceden” en el espacio y el tiempo independientemente del hecho de si son
observados o no. No se negaba que toda observación tiene cierta influencia
sobre el fenómeno observado, pero se aceptaba, generalmente, que realizando
cuidadosamente los experimentos, esta influencia podía ser discrecionalmente
reducida. De hecho, esto parecía una condición necesaria para el ideal de
objetividad que era considerado como la base de toda ciencia natural.
En
medio de esta que diríamos pacífica situación de la física irrumpió la teoría
cuántica y la teoría de la relatividad especial, lentamente al principio y
creciendo luego gradualmente, como una repentina novedad para las bases de la
ciencia natural. La primera discusión violenta se desarrolló en tomo a los
problemas del espacio y el tiempo planteados por la teoría de la relatividad.
¿Cómo podía hablarse sobre la nueva situación? ¿Habría que considerar la
contracción de los cuerpos móviles de Lorentz como una contracción real o sólo
como una contracción aparente? ¿Habría que reconocer que las estructuras del
espacio y del tiempo eran efectivamente distintas de lo que se había creído o
solamente se diría que los resultados experimentales podían relacionarse
matemáticamente de un modo que correspondiera a estas nuevas estructuras,
mientras que el espacio y el tiempo, constituyendo los modos necesarios y
universales por los cuales se nos presentan las cosas, continuaban siendo lo
que siempre habían sido? En el fondo de estas controversias, el verdadero
problema era el hecho de que no existía un lenguaje con el cual se pudiera
hablar consistentemente sobre la nueva situación. El lenguaje habitual se
fundaba en los antiguos conceptos del espacio y el tiempo y este lenguaje
solamente ofrecía un medio preciso de comunicación sobre los planteos y los
resultados de las mediciones. Sin embargo, los experimentos mostraron que los
antiguos conceptos no eran aplicables en todas partes.
El
punto de partida indudable para la interpretación de la teoría de la
relatividad era el hecho de que en la condición límite de las pequeñas
velocidades (pequeñas en comparación con la velocidad de la luz), la teoría
nueva era prácticamente idéntica a la antigua. Por consiguiente, en este
aspecto de la teoría era evidente la forma en que los símbolos matemáticos
tenían que correlacionarse con las mediciones y con los términos del lenguaje
habitual; en realidad, sólo por esta correlación se encontró la trasformación
de Lorentz. En esta zona no existían dudas acerca del significado de las
palabras y de los símbolos. Esta correlación era ya de hecho suficiente para la
aplicación de la teoría a todo el campo de la investigación experimental
relacionado con el problema de la relatividad. Por consiguiente, las cuestiones
que se discutían sobre lo “real” o lo “aparente” de la contracción de Lorentz,
o sobre la definición de la palabra “simultáneo”, etcétera, no se referían
tanto a los hechos como al lenguaje.
Con
respecto al lenguaje, por otra parte, se ha reconocido, gradualmente, que quizá
no debiera insistirse demasiado sobre ciertos principios. Siempre es difícil
encontrar un criterio general convincente sobre cuáles términos han de
emplearse y cómo han de emplearse en el lenguaje. Sólo había que esperar el
desarrollo del lenguaje el cual, al cabo de algún tiempo, se ajusta a la nueva
situación. En realidad, en la teoría de la relatividad especial este ajuste se
ha producido en gran parte durante los últimos cincuenta años. La distinción
entre la contracción “real” y la “aparente”, por ejemplo, ha desaparecido. La
palabra “simultáneo” se emplea de acuerdo con la definición dada por Einstein,
mientras que para la más amplia definición analizada en un capítulo anterior,
el término “a una distancia de tipo espacial”, es comúnmente empleado.
En
la teoría de la relatividad general, la idea de una geometría no euclidiana del
espacio real ha sido violentamente discutida por algunos filósofos, quienes
señalaron que todo nuestro método de plantear los experimentos ya presuponían
la geometría euclidiana.
En
realidad, si un mecánico trata de preparar una superficie perfectamente plana,
puede hacerlo de la siguiente manera. Prepara primeramente tres superficies de
más o menos el mismo tamaño y de aspecto plano. Luego trata de poner en
contacto dos de esas tres superficies colocándolas una con otra en distintas
posiciones relativas. El grado en el cual ese contacto sea posible en la
superficie total es una medida del grado de exactitud por la cual las
superficies pueden llamarse “planas”. Quedará satisfecho con sus tres
superficies solamente si el contacto entre dos cualesquiera de ellas es
completo en todas partes. Si esto es así, puede probarse matemáticamente que la
geometría euclidiana rige en las tres superficies. De esta manera, se
argumentó, la geometría euclidiana resulta correcta por nuestras propias
medidas.
Desde
el punto de vista de la relatividad general, por supuesto, puede replicarse que
este argumento prueba la validez de la geometría euclidiana solamente en
pequeñas dimensiones, en las dimensiones de nuestro equipo experimental. La
exactitud con que en esta zona se conserva es tan grande, que el procedimiento
arriba indicado para obtener las superficies planas puede realizarse siempre.
Las desviaciones extremadamente ligeras con respecto a la geometría euclidiana
que aún existen en esta zona no se pondrán de manifiesto puesto que las
superficies están hechas de un material que no es estrictamente rígido, pero
permite algunas pequeñas deformaciones y puesto que el concepto de “contacto”
no puede definirse con absoluta precisión. El procedimiento que ha sido
descripto no serviría para superficies en una escala cósmica; pero ese no es un
problema de la física experimental.
Una
vez más es indudable que el punto de partida para la interpretación física del
esquema matemático en la relatividad general es el hecho de que la geometría es
muy aproximadamente euclidiana en las pequeñas dimensiones; la teoría se
aproxima, en esta región, a la teoría clásica. Por lo tanto, la correlación
entre los símbolos matemáticos y las mediciones y los conceptos del lenguaje
común es aquí evidente. Sin embargo, se puede hablar de una geometría no
euclidiana en las grandes dimensiones. En realidad, mucho tiempo antes de que
la teoría de la relatividad general hubiera sido desarrollada, la posibilidad
de una geometría no euclidiana del espacio real parece haber sido considerada
por los matemáticos, especialmente por Gauss, en Gotinga. Cuando efectuó
mediciones geodésicas muy exactas en un triángulo formado por tres montañas —la
Brocken en las montañas de Harz, la Inselberg en Turingia, y la Hohenhagen
cerca de Gotinga— se dice que observó muy cuidadosamente si la suma de los tres
ángulos era realmente igual a 180 grados; y que buscó una diferencia que
probaría la posibilidad de algunas desviaciones de la geometría euclidiana. De
hecho, no encontró desviaciones dentro de la exactitud de sus mediciones.
En
la teoría de la relatividad general, el lenguaje mediante el cual describimos
las leyes generales se acuerda realmente con el lenguaje científico de los
matemáticos, y para la descripción de los experimentos mismos podemos emplear
los conceptos comunes, puesto que la geometría euclidiana es válida con
suficiente exactitud en las pequeñas dimensiones.
Sin
embargo, el problema más difícil, con relación al empleo del lenguaje, se
plantea en la teoría cuántica. Aquí carecemos, en principio, de una guía
sencilla para correlacionar los símbolos matemáticos con los conceptos del
lenguaje común; y lo único que sabemos desde el comienzo, es el hecho de que
nuestros conceptos comunes no pueden ser aplicados a la estructura de los
átomos. Aquí también el punto de partida indudable para la interpretación
física del formalismo parece ser el hecho de que el esquema matemático de la
mecánica cuántica se aproxima al de la mecánica clásica en dimensiones que
resultan grandes comparadas con el tamaño de los átomos. Pero aun esta misma
observación debe ser formulada con algunas reservas. Hasta en las dimensiones
grandes hay muchas soluciones de las ecuaciones teoréticas cuánticas para las
cuales no pueden encontrarse soluciones análogas en la física clásica. En estas
soluciones el fenómeno de la “interferencia de probabilidades” se haría
presente, como se ha visto en anteriores capítulos; en la física clásica no
existe. Por consiguiente, hasta en el límite de las grandes dimensiones, la
correlación entre los símbolos matemáticos, las mediciones y los conceptos
comunes no tiene nada de trivial. Para llegar a una correlación tan evidente
hay que tomar en cuenta otra imagen del problema. Debe observarse que el
sistema tratado con los métodos de la mecánica cuántica es, en realidad, una
parte de un sistema mucho más grande (eventualmente el mundo entero); y hay
interacción con este sistema más grande; y debemos añadir que las propiedades
microscópicas del sistema más grande son (al menos en gran parte) desconocidas.
Esta afirmación constituye, indudablemente, una descripción correcta de la
situación actual. Dado que el sistema podía no ser el objeto de las mediciones
y de las investigaciones teoréticas, no pertenecería, en realidad, al mundo de
los fenómenos si careciera de interacciones con un sistema más grande del cual
el observador es una parte. La interacción con el sistema más grande y sus
indefinidas propiedades microscópicas introduce, entonces, un nuevo elemento
estadístico —la teorética cuántica y la clásica— en la descripción del sistema
que se considera. En la condición límite de las grandes dimensiones, este
elemento estadístico destruye los efectos de la “interferencia de
probabilidades” de tal modo que entonces el esquema de la mecánica cuántica se
aproxima realmente, en el límite, al de la clásica. Por consiguiente, en este
punto la correlación entre los símbolos matemáticos de la teoría cuántica y los
conceptos del lenguaje común es evidente, y esta correlación basta para la
interpretación de los experimentos. Los problemas restantes vuelven a referirse
al lenguaje más bien que a los hechos, puesto que pertenecen al concepto
“hecho”, que puede ser descripto en el lenguaje común.
Pero
los problemas del lenguaje son aquí verdaderamente serios. Deseamos hablar de
algún modo de la estructura de los átomos y no solamente de los “hechos” —estos
últimos pueden ser, por ejemplo, las manchas de una placa fotográfica o las
gotas de agua en una cámara de niebla, pero no podemos hablar de los átomos con
el lenguaje habitual.
El
análisis puede proseguir ahora en dos sentidos completamente diferentes.
Podemos preguntar qué lenguaje referente a los átomos se ha desarrollado
realmente entre los físicos en los treinta años que han trascurrido desde la
formulación de la mecánica cuántica; o podemos describir las tentativas
efectuadas para definir un lenguaje científico preciso que corresponda al
esquema matemático.
En
respuesta a la primera pregunta, puede decirse que el concepto de
complementariedad, introducido por Bohr en la interpretación de la teoría
cuántica, ha incitado a los físicos a emplear un lenguaje ambiguo más bien que
un lenguaje preciso; a emplear los conceptos clásicos de una manera algo vaga,
de conformidad con el principio de incertidumbre; a usar alternativamente
conceptos clásicos que, empleados simultáneamente, conducirían a
contradicciones. De este modo se habla de órbitas electrónicas, de ondas de
materia y densidad de carga, de energía y cantidad de movimiento, etc.,
teniendo siempre conciencia de que estos conceptos solo poseen un radio de
aplicabilidad muy limitado. Cuando este vago y desordenado empleo del lenguaje
produce dificultades, el físico tiene que conformarse con el esquema matemático
y su evidente correlación con los hechos experimentales.
Este
empleo del lenguaje es, en muchos sentidos, muy satisfactorio puesto que nos
recuerda el empleo similar del lenguaje en la vida diaria o en la poesía.
Comprobamos que la situación de complementariedad no está confinada solamente
al mundo atómico; lo descubrimos cuando reflexionamos sobre una decisión y los
motivos de nuestra decisión o cuando tenemos que elegir entre el goce de la
música o el análisis de su estructura. Por otra parte, cuando los conceptos
clásicos son empleados así, siempre conservan una cierta vaguedad; sólo
adquieren en su relación con la “realidad” la misma significación estadística
que los conceptos de la termodinámica clásica en su interpretación estadística.
Por consiguiente, un breve análisis de estos conceptos estadísticos de la
termodinámica puede ser de utilidad.
El
concepto “temperatura” parece describir en la termodinámica una imagen objetiva
de la realidad, una propiedad objetiva de la materia. En la vida diaria esto es
muy fácil de definir con el auxilio de un termómetro, lo que aceptamos diciendo
que un pedazo de materia posee una cierta temperatura. Pero cuando intentamos
definir lo que puede significar la temperatura de un átomo nos encontramos,
hasta en la física clásica, en una posición mucho más difícil. En realidad, no
podemos correlacionar este concepto “temperatura del átomo” con una propiedad
bien definida del átomo sino que tenemos que relacionarlo, al menos
parcialmente, con nuestro insuficiente conocimiento del mismo. Podemos
correlacionar el valor de la temperatura con ciertas suposiciones estadísticas
sobre las propiedades del átomo, pero parece muy dudoso que una suposición
pueda llamarse objetiva. El concepto “temperatura del átomo” no está mejor
definido que el concepto “mezcla” en la broma del niño que compró caramelos
mezclados.
De
una manera similar, en la teoría cuántica todos los conceptos clásicos, cuando
se aplican al átomo, están tan bien y tan poco definidos como el de
“temperatura del átomo”; están correlacionados por suposiciones estadísticas;
sólo en raros casos la suposición puede convertirse en un equivalente de la
certidumbre. Aquí también, como en la termodinámica clásica, es difícil llamar
objetiva a la suposición. Podría, quizá, dársele el nombre de tendencia
objetiva o de posibilidad, una potentia en el sentido de la filosofía
aristotélica. En realidad, creo que el lenguaje actualmente empleado por los
físicos cuando hablan sobre los acontecimientos atómicos produce en sus mentes
nociones similares a la del concepto potentia. De este modo los físicos se han
ido poco a poco acostumbrando a considerar las órbitas electrónicas, etcétera,
no como realidad sino más bien como una especie de potentia. El lenguaje ha
terminado acomodándose, al menos hasta cierto punto, a esta situación real.
Pero no es un lenguaje preciso con el que se pudieran emplear los moldes
lógicos normales; es un lenguaje que produce imágenes en nuestra mente, pero
juntamente con ellas la noción de que las imágenes sólo tienen una vaga
relación con la realidad, que representan solamente una tendencia hacia la
realidad.
La
vaguedad de este lenguaje en uso entre los físicos ha conducido, por
consiguiente, a tentativas de definir un lenguaje preciso, de acuerdo con
moldes lógicos definidos, en plena conformidad con el esquema matemático de la
teoría cuántica. El resultado de estas tentativas llevadas a cabo por Birkhoff
y Neumann, y más recientemente por Weizsäcker, puede establecerse diciendo que
el esquema matemático de la teoría cuántica puede ser interpretado como una
extensión o modificación de la lógica clásica. Es especialmente un principio
fundamental de la lógica clásica el que parece requerir una modificación. En la
lógica clásica está aceptado que si una afirmación tiene algún sentido, o la
afirmación o la negación de la afirmación tiene que ser correcta. En “aquí hay
una mesa” o “aquí no hay una mesa”, o la primera o la segunda afirmación tiene
que ser correcta. Tertium non datur, una tercera posibilidad no existe. Pudiera
ser que ignoráramos si la afirmación o su negación es la correcta; pero en
“realidad” una de las dos es correcta.
En
la teoría cuántica esta ley: tertium non datur tiene que ser modificada. Claro
está que contra cualquier modificación de este principio fundamental puede
argüirse que el principio está aceptado en el lenguaje común y que por lo menos
tenemos que hablar de una modificación eventual de la lógica en el lenguaje
natural. Por consiguiente, sería contradictorio describir en lenguaje natural
un esquema lógico que no se aplica al lenguaje natural. Aquí Weizsäcker
advierte, sin embargo, que pueden distinguirse varios niveles de lenguaje.
Un
nivel se refiere a los objetos; por ejemplo, a los átomos o los electrones. Un
segundo nivel se refiere a las afirmaciones sobre los objetos. Un tercer nivel
puede referirse a las afirmaciones sobre las afirmaciones hechas sobre los
objetos, etcétera. Así sería posible poseer entonces, diversos moldes lógicos a
diferentes niveles. Es indudable, por último, que tenemos que volver al
lenguaje natural, por consiguiente, a los moldes lógicos clásicos. Pero
Weizsäcker sugiere que la lógica clásica puede existir a priori con respecto a
la lógica cuántica de manera similar a como lo está la física clásica con
respecto a la teoría cuántica. La lógica clásica estaría entonces contenida
como una especie de condición límite en la lógica cuántica, pero esto constituiría
un molde lógico más general.
La
posible modificación del molde lógico clásico se referirá, entonces, en primer
término, al nivel concerniente a los objetos. Consideremos un átomo moviéndose
en una caja cerrada, dividida por una pared en dos partes iguales. La pared
puede tener un agujero pequeñísimo para que el átomo pueda atravesarla.
Entonces el átomo, según la lógica clásica, puede hallarse en la mitad
izquierda o en la mitad derecha de la caja. Una tercera posibilidad no existe:
tertium non datur. En la teoría cuántica, sin embargo, tenemos que admitir —en
caso de emplear las palabras “átomo” y “caja”— que existen otras posibilidades
que son, por modo extraño, combinaciones de las dos posibilidades anteriores.
Esto es indispensable para explicarlos resultados de nuestros experimentos.
Podríamos, por ejemplo, observar la luz que ha sido dispersada por el átomo.
Podríamos efectuar tres experimentos: primero, el átomo se encuentra (cerrando,
por ejemplo, el agujero de la pared) confinado en la mitad izquierda de la
caja, y la intensidad de la distribución de la luz dispersa es medida; luego se
halla confinado en la mitad derecha y la luz dispersa vuelve a ser medida; y,
finalmente, el átomo puede moverse libremente en toda la caja y la intensidad
de distribución de la luz dispersa vuelve a ser medida. Si el átomo hubiera de
encontrarse siempre en la mitad izquierda o en la mitad derecha de la caja, la
intensidad final de la distribución sería (según la fracción de tiempo que el
átomo se hallara en cada una de las dos partes) una mezcla de las dos
anteriores intensidades de distribución. Pero, en general, esto no es
experimentalmente cierto. La intensidad de distribución real está modificada
por la “interferencia de probabilidades”, ya expuesta anteriormente.
Para
hacer frente a esta situación, Weizsäcker ha introducido el concepto de “grado
de verdad”. Para la alternativa de cualquier simple afirmación como “El átomo
está en la mitad izquierda (o en la mitad derecha) de la caja” hay un número
complejo que define la medida de su “grado de verdad”. Si el número es 1,
quiere decir que la afirmación es verdadera; si el número es 0, quiere decir
que es falsa. Pero existen otros valores posibles. El cuadrado absoluto del
número complejo proporciona la probabilidad de que la afirmación sea cierta; la
suma de las dos probabilidades que se refieren a las dos partes de la
alternativa (o izquierda o derecha, en nuestro caso) debe ser una unidad. Pero
cada par de números complejos que se refieren a las dos partes de la alternativa
representa, según la definición de
Weizsäcker,
una “afirmación” que es ciertamente verdadera si los números tienen
precisamente estos valores; los dos números, por ejemplo, son suficientes para
determinar la intensidad de distribución de la luz dispersa en nuestro
experimento. Si se admite de este modo el empleo del término “afirmación”,
puede introducirse el término “complementariedad” con la siguiente definición:
toda afirmación que no sea idéntica a una de las dos afirmaciones alternativas
—en nuestro caso a las afirmaciones: “el átomo está en la mitad izquierda” o
“el átomo está en la mitad derecha de la caja”— se denomina complementaria de
estas afirmaciones. En cada afirmación complementaria, la cuestión de si el
átomo se halla en la izquierda o en la derecha no está decidida. Pero, de todos
modos, decir “no está decidida” equivale a decir “no conocido”. “No conocido”
significaría que el átomo está “realmente” a la izquierda o a la derecha, pero
que nosotros no sabemos dónde está. No obstante, “no decidida” indica una
situación diferente que sólo puede expresarse mediante afirmaciones
complementarias.
Este
molde lógico general, cuyos detalles no pueden ser aquí descriptos, corresponde
precisamente al formalismo matemático de la teoría cuántica. Constituye la base
de un lenguaje preciso que puede emplearse para describir la estructura del
átomo. Pero la aplicación de semejante lenguaje presenta un número de problemas
difíciles de los cuales aquí analizaremos sólo dos: la relación entre los
diferentes “niveles” de lenguaje y las consecuencias para la ontología
fundamental.
En
la lógica clásica la relación entre los diferentes niveles de lenguaje se halla
en una relación biunívoca. Las dos afirmaciones, “El átomo está en la mitad
izquierda” y “Es verdad que el átomo está en la mitad izquierda”, pertenecen,
lógicamente, a diferentes niveles. En la lógica clásica estas afirmaciones son
completamente equivalentes, es decir, o las dos son ciertas o las dos son
falsas. No es posible que una sea verdadera y falsa la otra. Pero en el molde
lógico de complementariedad esta relación es más complicada. La exactitud o la
inexactitud de la primera afirmación todavía implica la exactitud o la
inexactitud de la segunda afirmación. Pero la inexactitud de la segunda
afirmación no implica la inexactitud de la primera afirmación. Si la segunda
afirmación es incorrecta, puede estar sin decidirse si el átomo está en la
mitad izquierda; el átomo no tiene necesariamente por qué estar en la mitad
derecha. Hay aún una equivalencia completa entre los dos niveles de lenguaje
con respecto a la exactitud de una afirmación, pero no con respecto a la
inexactitud. Esta relación permite comprender la persistencia de las leyes
clásicas en la teoría cuántica: cuando de un determinado experimento puede
obtenerse un resultado definido mediante la aplicación de las leyes clásicas,
el resultado también habrá de seguirse con la teoría cuántica, y se confirmará
experimentalmente.
El
propósito final perseguido por Weizsäcker es la aplicación de los moldes
lógicos modificados en los más altos niveles de lenguaje, pero esto no puede
discutirse aquí.
El
otro problema se refiere a la ontología que fundamenta los moldes lógicos
modificados. Si el par de números complejos representa una “afirmación” en el
sentido que acaba de señalarse, debería existir un “estado” o “situación” de
una naturaleza en la que la afirmación es correcta. En esta acepción
emplearemos la palabra “estado”. Los “estados” correspondientes a las
afirmaciones complementarias son entonces llamados “estados coexistentes” por
Weizsäcker. Este término “coexistente” describe correctamente la situación;
sería realmente difícil llamarlos “estados diferentes”, puesto que, en cierta
medida, cada estado también contiene otros “estados coexistentes”. Este
concepto de “estado” constituiría entonces una primera definición relativa a la
ontología de la teoría cuántica. Inmediatamente se advierte que este empleo de
la palabra “estado”, especialmente la frase “estado coexistente”, es tan
distinto de la ontología materialista habitual que cabe dudar de si se está
empleando una terminología conveniente. Por otra parte, si se considera la
palabra “estado” como describiendo alguna potencialidad más bien que una
realidad —se puede simplemente substituir la palabra “estado” por la palabra
“potencialidad”— entonces el concepto de “potencialidades coexistentes” es muy
aceptable puesto que una potencialidad puede incluir o cubrir otras
potencialidades.
Todas
estas complicadas definiciones y diferenciaciones pueden evitarse si se limita
el lenguaje a la descripción de los hechos, es decir, de los resultados
experimentales. Sin embargo, si se desea hablar de las partículas atómicas
mismas hay que emplear o el esquema matemático como único suplemento para el
lenguaje natural o combinarlo con el lenguaje que emplea una lógica modificada
o una lógica de ningún modo completamente definida. En los experimentos sobre
los acontecimientos atómicos, tenemos que vérnoslas con cosas y con hechos, con
fenómenos que son tan perfectamente reales como los de la vida cotidiana. Pero
los átomos o las mismas partículas elementales no son tan reales; constituyen
un mundo de potencialidades o posibilidades más bien que uno de cosas o de
hechos.
Capítulo
11
El
papel de la física moderna en el actual desarrollo del pensamiento humano
Las
implicaciones filosóficas de la física moderna han sido analizadas en los
capítulos anteriores para mostrar que esta modernísima parte de la ciencia se
relaciona, en muchos aspectos, con muy antiguas direcciones del pensamiento, y
que aborda algunos de los antiguos problemas desde una nueva dirección. Es
probablemente cierto, de un modo general, que en la historia del pensamiento
humano los progresos más fructíferos tienen frecuentemente lugar en aquellos
puntos donde convergen dos líneas diferentes del pensamiento. Estas líneas
pueden tener sus raíces en muy distintas zonas de la cultura, en diferentes
épocas o diferentes ambientes culturales o diferentes tradiciones religiosas;
de aquí que, si realmente se encuentran, es decir, si realmente se relacionan
unas con otras de manera que pueda producirse una efectiva acción recíproca,
entonces es dable esperar que se produzcan nuevos e interesantes progresos. La
física atómica, como parte de la ciencia moderna, penetra verdaderamente, en
nuestro tiempo, en muy diferentes tradiciones culturales. Se la enseña no
solamente en Europa y los países occidentales, en los que pertenece a la
actividad tradicional de las ciencias naturales, sino que también se la estudia
en el Lejano Oriente, en países como el Japón, la China y la India, con sus
diferentes fondos culturales, y en Rusia, donde se ha impuesto, en nuestros
días, una nueva manera de pensar; una nueva manera que se relaciona con los
progresos científicos específicos de la Europa del siglo diecinueve y con otras
tradiciones completamente diferentes de la misma Rusia. Demás está decir que no
será propósito de las páginas siguientes hacer predicciones sobre los probables
resultados del encuentro de las ideas de la física moderna con las antiguas
tradiciones, pero quizá sea posible señalar los puntos en los cuales puede
comenzar a producirse la interacción de las diferentes ideas.
Al
considerar este proceso de expansión de la física moderna, no sería ciertamente
posible separarlo de la expansión general de la ciencia natural, de la
industria y la ingeniería, de la medicina, etcétera, o sea de lo que constituye
la moderna civilización en todas partes del mundo. La física moderna no es más
que un eslabón de una larga cadena de acontecimientos que empezó con las obras
de Bacon, Galileo y Kepler, y la aplicación práctica de la ciencia natural en
los siglos diecisiete y dieciocho. La relación entre la ciencia natural y la
ciencia técnica ha sido, desde el principio, de ayuda mutua. El progreso de la
ciencia técnica, el perfeccionamiento del instrumental, la invención de nuevos
recursos técnicos han proporcionado las bases para un conocimiento empírico de
la naturaleza cada vez más y más exacto y el progreso realizado en la
interpretación de la naturaleza, y finalmente la formulación matemática de las
leyes naturales, han abierto el camino para nuevas aplicaciones de este
conocimiento en la ciencia técnica. La invención del telescopio, por ejemplo,
capacitó a los astrónomos para medir el movimiento de las estrellas con mayor
exactitud que antes; con ello fue posible un progreso considerable en la
astronomía y la mecánica. Por otra parte, el conocimiento preciso de las leyes
mecánicas fue de la mayor importancia para el perfeccionamiento de los
instrumentos mecánicos, para la construcción de las máquinas, etcétera. La gran
expansión de esta combinación de la ciencia natural con la ciencia técnica
comenzó cuando se logró poner a disposición del hombre algunas de las fuerzas
de la naturaleza. La energía almacenada en el carbón, por ejemplo, pudo
entonces realizar algunos de los trabajos que antes tenían que ser realizados
por el hombre mismo. Las industrias que surgieron de esas nuevas posibilidades
pudieron ser consideradas, al principio, como una continuación y expansión
natural del antiguo comercio. En muchos aspectos, el trabajo de las máquinas
continuaba pareciéndose a la antigua artesanía, y el de las fábricas químicas
podía contemplarse como una continuación del de las tintorerías y las farmacias
de épocas anteriores. Pero luego aparecieron nuevas ramas industriales sin
equivalencia en el antiguo comercio; por ejemplo, la ingeniería eléctrica. La
penetración de la ciencia en las partes más remotas de la naturaleza capacitó a
los ingenieros para emplear las fuerzas naturales que en otros tiempos fueron
escasamente conocidas; y el exacto conocimiento de estas fuerzas en términos de
formulación matemática de las leyes que las gobiernan constituyó una base
sólida para la construcción de toda clase de máquinas.
El
éxito enorme de esta combinación de la ciencia natural con la técnica otorgó
una extraordinaria preponderancia a las naciones o estados o comunidades en los
que floreció este género de actividad humana y, como consecuencia lógica, este
género de actividad tuvo que ser adoptado hasta por aquellas naciones que, por
propia tradición, no se hubieran sentido inclinadas hacia las ciencias
naturales y técnicas. Por último, los modernos medios de comunicación y de
tráfico completaron este proceso de expansión de cada civilización técnica.
Indudablemente, este proceso ha trasformado fundamentalmente las condiciones de
vida sobre la tierra; y se esté o no de acuerdo, se lo llame progreso o
peligro, lo evidente es que ha ido más allá de todo posible gobierno de las
fuerzas humanas. Se lo puede más bien considerar como un proceso biológico en
la más amplia escala, mediante el cual las estructuras activas del organismo
humano dominan la mayor parte de la materia y la trasforman de manera
conveniente para el crecimiento de la población humana.
La
física moderna pertenece al aspecto más reciente de este progreso, y su
resultado más desgraciadamente visible, la invención de las armas nucleares, ha
mostrado la esencia de este progreso en la más impresionante de las formas
posibles. Ha demostrado, claramente, por una parte, que los cambios producidos
por la combinación de las ciencias naturales y técnicas no pueden ser
únicamente considerados desde un punto de vista optimista; en parte, al menos,
ha justificado la opinión de quienes siempre previnieron contra los riesgos de
tales trasformaciones radicales de nuestras condiciones de vida habituales. Por
otra parte, ha compelido aun a las naciones o individuos que se esforzaron por
mantenerse al margen de estos peligros a prestar la máxima atención a las
nuevas realizaciones, puesto que es obvio que el poderío político, en el
sentido de poderío militar, descansa sobre la posesión de las armas atómicas.
La finalidad de este libro no puede ser, por cierto, el análisis extensivo de
las implicaciones políticas de la física nuclear. Pero diremos por lo menos
algunas palabras sobre estos problemas por cuanto son los primeros que acucien
a la imaginación de la gente tan pronto se menciona la física atómica.
Es
evidente que la invención de las nuevas armas, especialmente la de las armas
termonucleares, ha cambiado fundamentalmente la estructura política del mundo.
No sólo ha sufrido un cambio decisivo el concepto de naciones o estados
independientes, puesto que cualquier nación que no se halle en posesión de
tales armas tiene que depender de alguna manera de las pocas que las producen
en grandes cantidades; sino que también cualquier intento bélico en gran escala
con semejantes armas significa, prácticamente, una absurda forma de suicidio. A
esto se debe que frecuentemente se oiga decir que la guerra se ha hecho
imposible y que ya no volverá a existir. Este punto de vista es, por desdicha,
una exagerada simpleza, demasiado optimista. Por el contrario, el absurdo de
una guerra con armas termonucleares puede, en principio, actuar como un
incentivo para una guerra en pequeña escala. Cualquier nación o conglomerado
político convencido de sus derechos históricos o morales para intentar un
cambio de la presente situación pensará que el empleo de las armas
convencionales para tal propósito no involucrará grandes riesgos; creerá que la
otra parte no habrá de recurrir al empleo de las armas nucleares puesto que,
careciendo de razones históricas y morales, no se arriesgará a una guerra en
gran escala. Esta situación induciría, en cambio, a las otras naciones a
establecer que en caso de pequeñas guerras provocadas por agresores recurrirían
realmente al empleo de armas nucleares, y de ese modo el peligro persistiría.
Puede también suceder que de aquí a veinte o treinta años el mundo haya sufrido
cambios tan grandes que el peligro de guerra en gran escala, de la aplicación
de todos los recursos técnicos para la destrucción del enemigo, haya disminuido
sensiblemente o haya desaparecido. Pero el camino hacia ese nuevo estado de
cosas estará lleno de los mayores peligros. Debemos comprender, como en todos
los tiempos pasados, que lo que parece histórica o espiritualmente justo para
unos puede parecer lo contrario para otros. La continuación del status que
puede no ser siempre la mejor solución; por el contrario, puede ser más
importante encontrar medios pacíficos de conformidad con las nuevas
situaciones, y en muchos casos extremadamente difícil encontrar una decisión
justa. En consecuencia, no ha de ser probablemente demasiado pesimista decir
que la gran guerra puede ser evitada solamente si todos los diferentes grupos
políticos están dispuestos a renunciar a algunos de sus derechos aparentemente
más evidentes, en vista de que la cuestión de lo justo o lo injusto puede
parecer fundamentalmente diferente para cada lado. Éste no es, por supuesto, un
punto de vista original; sólo es, en realidad, una aplicación de esa actitud
humana que ha sido enseñada, a lo largo de muchos siglos, por alguna de las
grandes religiones.
La
invención de las armas nucleares también ha presentado problemas completamente
nuevos para la ciencia y los científicos. La influencia política de la ciencia
se ha hecho mucho más poderosa de lo que era antes de la Segunda Guerra
Mundial, y este hecho ha significado para los científicos, y particularmente
para el físico atómico, una doble responsabilidad. Puede, efectivamente, tomar
una parte activa en la administración del país en relación con la importancia
de la ciencia para la comunidad; entonces tendrá eventualmente que encarar la
responsabilidad de decisiones de un peso enorme y que van mucho más allá del
reducido círculo de la investigación y la labor universitaria a la cual se
dedicó. O puede sustraerse voluntariamente a toda participación en las
decisiones políticas; en ese caso también será responsable de las decisiones
equivocadas que pudo impedir si no hubiera preferido la tranquila vida del
científico. Evidentemente, los hombres de ciencia están en el deber de informar
detalladamente a sus gobiernos sobre la destrucción sin precedente que
significaría una guerra con armas termonucleares. Fuera de esto, los
científicos son frecuentemente invitados a participar en solemnes declaraciones
en favor de la paz mundial, pero debo confesar que nunca he podido descubrir
nada en declaraciones de esta especie. Tales declaraciones pueden parecer una
grata demostración de buena voluntad; pero cualquiera que hable en favor de la
paz, sin establecer con precisión las condiciones de esa paz, debe ser inmediatamente
sospechoso de estar hablando solamente de una clase de paz que favorece a él y
a su grupo, lo cual, por supuesto, será absolutamente indigno. Cualquier
honesta declaración de paz debe contener una enumeración de los sacrificios que
se está dispuesto a hacer para preservarla. Pero, por lo general, los hombres
de ciencia carecen de autoridad para formular afirmaciones de esa naturaleza.
El
científico puede, al mismo tiempo, hacer cuanto esté a su alcance para promover
la cooperación internacional en el campo que le es propio. La enorme
importancia que muchos gobiernos atribuyen actualmente a las investigaciones de
la física nuclear y el hecho de que el nivel de la labor científica sea todavía
muy diferente en los distintos países favorece la cooperación internacional en
esta materia. Científicos jóvenes de muchos y diferentes países pueden reunirse
en los institutos de investigación que desarrollan una intensa actividad en el
campo de la física moderna, y el esfuerzo común ante los difíciles problemas
científicos ha de favorecer la mutua comprensión. En el caso de la organización
de Ginebra ha sido posible lograr un acuerdo entre una cantidad de naciones
diferentes para construir un laboratorio común y obtener, mediante el esfuerzo
combinado, el costoso equipo experimental que se requiere para las
investigaciones de la física nuclear. Esta forma de cooperación ha de
contribuir seguramente a crear una actitud común ante los problemas de la
ciencia —común hasta más allá de los problemas puramente científicos— entre los
científicos de la joven generación. Naturalmente, no puede saberse por
anticipado lo que ha de crecer de las semillas así sembradas cuando los
científicos vuelvan a encontrarse en su antiguo medio y participen nuevamente
en sus propias tradiciones culturales. Pero difícilmente puede dudarse de que
el intercambio de ideas entre los científicos jóvenes de los diferentes países
y entre las diferentes generaciones en todos los países ha de ayudar a alcanzar
sin demasiada tensión un nuevo estado de cosas en el cual se logre el
equilibrio entre las antiguas fuerzas de la tradición y las necesidades
inevitables de la vida moderna. Es principalmente una característica de la
ciencia lo que la hace más a propósito que cualquier otra cosa para crear el
primer vínculo firme entre las diferentes tradiciones culturales. Es el hecho
de que las últimas decisiones sobre el valor de un determinado trabajo
científico, sobre lo que en el mismo está bien y lo que no lo está, no depende
de ninguna autoridad humana. A veces pueden pasar muchos años antes de que se
conozca la solución de un problema, antes de que sea posible distinguir entre
la verdad y el error; pero, en último término, los problemas serán resueltos, y
las soluciones no serán dadas por ningún grupo de científicos sino por la
naturaleza misma. Por consiguiente, las ideas científicas se difunden entre
quienes están interesados por la ciencia de un modo completamente diferente del
de la difusión de las ideas políticas.
Mientras
las ideas políticas pueden alcanzar una influencia convincente entre las
grandes masas populares precisamente porque corresponden o parecen corresponder
a los intereses del pueblo, las ideas científicas se difundirán únicamente
porque son verdaderas. Existen criterios objetivos y últimos que aseguran la
exactitud de las afirmaciones científicas.
Naturalmente,
todo cuanto aquí se ha dicho sobre cooperación internacional e intercambio de
ideas ha de ser igualmente cierto para cualquier sector de la ciencia moderna;
lo dicho no se limita a la física atómica. En este aspecto, la física moderna
sólo es una de las muchas ramas de la ciencia, y aun cuando sus aplicaciones
técnicas —las armas y el uso pacífico de la energía atómica— conceden una
importancia especial a esta rama, no hay razón para considerar que la
cooperación internacional en este campo sea mucho más importante que en otro
cualquiera. Pero ahora tenemos que rever aquellas concepciones de la física
moderna que son fundamentalmente distintas del desarrollo previo de la ciencia
natural, y para esto tenemos que retroceder a la historia europea de este
desarrollo producido por la combinación de las ciencias naturales y técnicas.
Los
historiadores han discutido frecuentemente sobre si el progreso de la ciencia
natural después del siglo dieciséis fue de algún modo la consecuencia de las
anteriores tendencias del pensamiento humano. Puede argumentarse que algunas
tendencias de la filosofía cristiana condujeron a una idea de Dios demasiado
abstracta, que colocaron a Dios tan por encima del mundo que se comenzó a
considerar el mundo sin ver al mismo tiempo a Dios en él. La partición
cartesiana puede ser considerada como un paso final en esta evolución. O puede
decirse que todas las controversias teológicas del siglo dieciséis produjeron
un descontento general en tomo a los problemas que no pudieron plantearse
realmente mediante la razón y fueron expuestos a las luchas políticas de la época;
que este descontento favoreció el interés por problemas que estaban
completamente al margen de las disputas teológicas. O bien, puede aludirse
simplemente a la enorme actividad, al nuevo espíritu de las sociedades europeas
del Renacimiento. De todos modos, en este período apareció una nueva autoridad
completamente independiente de la religión cristiana, de la filosofía o de la
Iglesia, la autoridad de la experiencia, la autoridad del hecho empírico. A
esta autoridad puede hallársele una vinculación con ciertas tendencias
filosóficas más antiguas como, por ejemplo, con la filosofía de Occam y de Duns
Escoto, pero sólo se convirtió en una fuerza vital de la actividad humana desde
el siglo dieciséis en adelante. Galileo no solamente pensó acerca de los movimientos
mecánicos, el del péndulo y el de la piedra que cae; experimentó
cualitativamente cómo se producían esos movimientos. Al principio esta nueva
actividad no significó ciertamente una desviación de la tradicional religión
cristiana. Al contrario, se habló de dos formas de revelación de Dios. Una
estaba escrita en la Biblia, la otra había de ser encontrada en el libro de la
naturaleza. La Sagrada Escritura había sido escrita por el hombre y su
interpretación, por consiguiente, estaba sujeta a error, en tanto que la
naturaleza era la expresión directa de las intenciones de Dios.
Sin
embargo, el énfasis puesto sobre la naturaleza se relacionó con un cambio lento
y gradual del aspecto de la realidad. Mientras en la Edad Media lo que ahora
llamamos el significado simbólico de una cosa fue en cierto modo su realidad
primaria, el aspecto de la realidad cambió hacia lo que podemos percibir con
nuestros sentidos. Se hizo primariamente real aquello que podemos ver y tocar.
Y esta nueva concepción de la realidad pudo relacionarse con una nueva
actividad: podemos experimentar y ver como las cosas realmente son. Era fácil
advertir que esta novedosa actitud significaba el punto de partida de la
inteligencia hacia un inmenso campo de posibilidades nuevas, y es bien
comprensible que, en este nuevo movimiento, la Iglesia viera los peligros más que
las esperanzas. El famoso juicio de Galileo por sus opiniones sobre el sistema
copernicano marcó el comienzo de una lucha que se prolongó durante más de un
siglo. En esta controversia, los representantes de la ciencia natural pudieron
argumentar que la experiencia ofrece una verdad indiscutible, que no es posible
dejar abandonada al criterio de ninguna humana autoridad la decisión sobre lo
que realmente sucede en la naturaleza, y que tal decisión está tomada por la
naturaleza o, en este sentido, por Dios. Los representantes de la religión
tradicional, por su parte, pudieron argüir que concediendo demasiada atención
al mundo material, a lo que percibimos mediante nuestros sentidos, perdemos
contacto con los valores esenciales de la vida humana, precisamente con esa
parte de la realidad que está más allá del mundo material. Estos dos argumentos
no llegaron a conciliarse y, en consecuencia, el problema no pudo solucionarse
por ninguna clase de acuerdo o decisión.
Mientras
tanto, la ciencia natural seguía obteniendo una imagen más clara y amplia del
mundo material. En la física, esta imagen tuvo que ser descrita mediante
aquellos conceptos que ahora llamamos conceptos de la física clásica. El mundo
consistía en cosas en el espacio y en el tiempo, las cosas consistían en
materia, y la materia puede producir fuerzas y puede ser sometida a fuerzas.
Los acontecimientos se producen por la interacción entre la materia y las
fuerzas; todo acontecimiento es el resultado y la causa de otros
acontecimientos. Al mismo tiempo, la actitud del hombre hacia la naturaleza
dejó de ser contemplativa para tomarse pragmática. No se estaba tan interesado
por la naturaleza tal como es sino que se prefería saber qué podía hacerse con
ella. La consecuencia fue que la ciencia natural se convirtió en una ciencia
técnica; cada progreso del conocimiento se vinculó a la cuestión del empleo
práctico que del mismo podía obtenerse. Esto fue así no solamente en la física;
la actitud fue fundamentalmente la misma con respecto a la química y la
biología, y el éxito de los nuevos métodos en la agricultura o la medicina
contribuyó esencialmente a la propagación de las nuevas tendencias.
De
este modo, el siglo diecinueve desarrolló finalmente un sistema extremadamente
rígido para la ciencia natural, el cual no sólo inspiró a la ciencia sino
también la opinión general de las grandes masas populares. Este sistema estuvo
sostenido por los conceptos básicos de la física clásica: espacio, tiempo,
materia y causalidad; por la concepción de la realidad aplicada a las cosas o
los acontecimientos que podíamos percibir con nuestros sentidos o que podían
ser observados mediante los delicados instrumentos que la ciencia técnica había
proporcionado. La materia fue la realidad primera. El progreso de la ciencia se
concibió como una cruzada para la conquista del mundo material. Utilidad era el
santo y seña de la época.
Por
otra parte, ese sistema era tan estrecho y tan rígido que resultaba difícil
encontrar en él un lugar para muchos conceptos de nuestro lenguaje que siempre
habían pertenecido a su misma sustancia, por ejemplo, los conceptos de
inteligencia, de alma humana o de vida. La inteligencia sólo podía ser
introducida dentro de ese cuadro general como una especie de espejo del mundo
material; y cuando se estudiaban las propiedades de este espejo en la ciencia
de la psicología, los científicos estaban siempre tentados —si puedo llevar más
lejos la comparación— a prestar mayor atención a su mecanismo que a sus
propiedades ópticas. Aun allí se intentaba aplicar los conceptos de la física
clásica, en primer término el de causalidad. Del mismo modo, la vida tenía que ser
explicada como procesos físicos y químicos, gobernados por leyes naturales,
totalmente determinados por la causalidad. Darwin, con su concepción de la
evolución, dio amplias pruebas para esta interpretación. Dentro de este sistema
era particularmente difícil encontrar un lugar para aquellas partes de la
realidad que habían sido el objeto de la religión tradicional y que se
presentaban ahora como más o menos imaginarias. Por consiguiente, en aquellos
países europeos en los cuales había que seguir las ideas hasta sus últimas
consecuencias, se desarrolló una abierta hostilidad de la ciencia contra la
religión, y hasta en los demás países hubo una creciente tendencia hacia la
indiferencia para tales asuntos; de esta presión sólo quedaron exceptuados los
valores éticos de la religión cristiana, al menos momentáneamente. La confianza
en el método científico y en el pensamiento racionalista reemplazó a todas las
demás defensas de la inteligencia humana.
Volviendo
ahora a las contribuciones de la física moderna, puede decirse que el cambio
más importante producido por sus resultados consiste en la disolución de este
rígido sistema de conceptos del siglo diecinueve. Muchas tentativas se hicieron
antes, naturalmente, a fin de salir de este marco rígido que parecía
evidentemente demasiado estrecho para una comprensión de las partes
fundamentales de la realidad. Pero no se veía qué habría de erróneo en
conceptos tales como materia, espacio, tiempo y causalidad, que tan grandes
éxitos obtuvieron en la historia de la ciencia. Sólo la investigación
experimental misma, llevada a cabo con todo el refinado equipo que la ciencia
técnica pudo ofrecer, y su interpretación matemática, proporcionaron las bases
para un análisis crítico —o, podría decirse, obligaron al análisis crítico— de
estos conceptos, y terminaron finalmente con la disolución del sistema rígido.
La
disolución se llevó a cabo en dos etapas distintas. La primera fue el
descubrimiento, mediante la teoría de la relatividad, de que hasta los
conceptos fundamentales tales como los de espacio y tiempo podían ser
cambiados, y que de hecho debían ser cambiados, de acuerdo con la nueva
experiencia. Este cambio no concernía a los conceptos más bien vagos de espacio
y tiempo del lenguaje ordinario, pero sí a su precisa formulación en el
lenguaje científico de la mecánica de Newton, que fue equivocadamente aceptada
como definitiva. La segunda etapa fue el análisis del concepto de la materia
impuesto por los resultados experimentales concernientes a la estructura
atómica. Es probable que la idea de la realidad de la materia haya sido la
parte más firme de ese rígido marco de conceptos del siglo diecinueve, y esta
idea tenía por lo menos que ser modificada en relación con la nueva
experiencia. Una vez más los conceptos, en tanto pertenecían al lenguaje
ordinario, permanecían intactos. No hubo dificultad para hablar de la materia,
o de los hechos, o de la realidad, cuando había que describir los experimentos
atómicos y sus resultados. Pero la extrapolación científica de estos conceptos
dentro de las partes más pequeñas de la materia no podía hacerse de la sencilla
manera sugerida por la física clásica, aun cuando había determinado
equivocadamente la perspectiva general sobre el problema de la materia.
Estos
nuevos resultados tuvieron que ser considerados, antes que nada, como una seria
advertencia contra la aplicación en cierto modo forzada de los conceptos
científicos en dominios a los cuales no pertenecían. La aplicación de los
conceptos de la física clásica, por ejemplo en la química, había sido una
equivocación. Ahora, por consiguiente, debemos estar menos inclinados a aceptar
que los conceptos de la física, aun los de la teoría cuántica, puedan aplicarse
por doquiera en la biología o en las otras ciencias. Tendremos, por el
contrario, que mantener las puertas abiertas para la entrada de los nuevos
conceptos aun en aquellas partes de la ciencia donde los conceptos antiguos han
sido muy útiles para la comprensión de los fenómenos. Trataremos, sobre todo,
de evitar cualquier conclusión temeraria, principalmente en aquellos puntos en
los que la aplicación de los antiguos conceptos parece un tanto forzada o no
completamente adecuada al problema.
Además,
uno de los aspectos más importantes del desarrollo y el análisis de la física
moderna es la experiencia de que los conceptos del lenguaje ordinario,
vagamente definidos como están, parezcan ser más estables en la expansión del
conocimiento que los términos precisos del lenguaje científico, derivado como
una idealización de grupos solamente limitados de fenómenos. Esto no es, en
realidad, sorprendente puesto que los conceptos del lenguaje ordinario están
formados por la relación inmediata con la realidad; representan la realidad. Es
verdad que no están muy bien definidos y que, por consiguiente, pueden sufrir
cambios en el curso de los siglos, tanto como los sufrió la realidad misma,
pero nunca pierden su relación inmediata con la realidad. Por otra parte, los
conceptos científicos son idealizaciones; se derivan de la experiencia obtenida
mediante delicados instrumentos experimentales, y están precisamente definidos
mediante axiomas y definiciones. Sólo mediante estas definiciones precisas es
posible relacionar los conceptos con un esquema matemático y deducir
matemáticamente la infinita variedad de fenómenos posibles en este campo. Pero
con este proceso de idealización y con la definición precisa se pierde la
relación inmediata con la realidad. Los conceptos todavía corresponden muy
aproximadamente a la realidad en aquella parte de la naturaleza que ha sido el
objeto de la investigación. Pero la correspondencia puede perderse en otras
partes que contienen otros grupos de fenómenos.
Teniendo
presente la estabilidad intrínseca de los conceptos del lenguaje ordinario en
el proceso del desarrollo científico se ve que —después de la experiencia de la
física moderna— nuestra actitud hacia conceptos tales como los de inteligencia,
alma humana, o vida, o Dios serán diferentes de los del siglo diecinueve,
porque estos conceptos pertenecen al lenguaje ordinario y, por consiguiente,
tienen una relación inmediata con la realidad. Verdad es que también
comprobamos que estos conceptos no están bien definidos en el sentido
científico y que su aplicación puede conducir a muchas contradicciones;
mientras tanto, tenemos que tomar los conceptos como están, sin analizar; pero
sabemos, sin embargo, que tienen contacto con la realidad. A este respecto puede
ser útil recordar que hasta en las partes más exactas de la ciencia, en las
matemáticas, no podemos evitar el empleo de conceptos que involucran
contradicciones. Es bien sabido, por ejemplo, que el concepto de infinitud
lleva a contradicciones que han sido analizadas, pero sería prácticamente
imposible construir las partes principales de la matemática sin este concepto.
La
orientación general del pensamiento humano, durante el siglo diecinueve, se
inclinó hacia una creciente confianza en el método científico y los términos
racionales precisos, y condujo a un escepticismo general con respecto a
aquellos conceptos del lenguaje ordinario que no se ajustan al cerrado marco
del pensamiento científico, por ejemplo, los de la religión. En muchos
aspectos, la física moderna ha intensificado este escepticismo; pero, al mismo
tiempo, lo ha dirigido contra una estimación exagerada de los conceptos
científicos precisos, contra una concepción demasiado optimista del progreso en
general y, finalmente, contra el mismo escepticismo. El escepticismo respecto
de los conceptos científicos precisos no significa que deba existir una
limitación definida para la aplicación del pensamiento racional. Por el
contrario, puede decirse que la capacidad humana para comprender puede ser en
cierto sentido ilimitada. Pero los conceptos científicos existentes siempre
abarcan sólo una parte limitada de la realidad, y la otra parte que aún no ha
sido comprendida es infinita. Siempre que vamos de lo conocido a lo desconocido
podemos alentar la esperanza de comprender, pero al mismo tiempo tenemos que
aprender un nuevo significado de la palabra “comprensión”. Sabemos que
cualquier comprensión tiene que basarse, en último término, en el lenguaje
ordinario porque sólo allí es donde podemos estar seguros de tomar contacto con
la realidad, y, por consiguiente, debemos ser escépticos con respecto a todo
escepticismo que se refiera a este lenguaje ordinario y sus conceptos
fundamentales. Debemos, en consecuencia, emplear estos conceptos tal como han
sido empleados en todos los tiempos. Quizá de esta manera la física moderna
haya abierto la puerta a una perspectiva más amplia de las relaciones entre la
inteligencia humana y la realidad.
En
nuestros días esta ciencia moderna penetra, pues, en otras partes del mundo
donde la tradición cultural ha sido completamente distinta de la civilización
europea. El impacto de esta nueva actividad de la ciencia natural y la ciencia
técnica debe hacerse sentir allí más fuertemente que en Europa puesto que los
cambios de las condiciones de vida que en Europa se han producido en dos o tres
siglos tendrán allí lugar dentro de unas pocas décadas. Podría suponerse que en
muchos lugares esta nueva actividad pudiera aparecer como una declinación de la
cultura más antigua, como una actitud bárbara y despiadada que altera la
sensible balanza sobre la cual descansa toda humana felicidad. Tales
consecuencias son inevitables y deben aceptarse como una de las características
de nuestro tiempo. Pero aun allí la franqueza de la física moderna puede
contribuir en cierta medida a reconciliar las tradiciones más antiguas con las
nuevas orientaciones del pensamiento. Por ejemplo, la gran contribución
científica a la física teorética que llega del Japón desde la última guerra
puede ser la señal de una cierta relación entre las ideas filosóficas
tradicionales del Lejano Oriente y la sustancia filosófica de la teoría
cuántica. Tal vez sea más fácil adaptarse al concepto teorético cuántico de la
realidad cuando no se ha tenido que transitar por la ingenua ruta del
pensamiento materialista que aún prevalecía en Europa en las primeras décadas
de este siglo.
Naturalmente,
estas observaciones no deben ser erróneamente interpretadas como una
subestimación de las viejas tradiciones culturales que han sufrido el impacto
del progreso técnico. Pero puesto que todo el progreso ha excedido desde hace
mucho tiempo todo dominio de las fuerzas humanas, tenemos que aceptar esto como
una de las concepciones fundamentales de nuestro tiempo y tratar de
relacionarlo, en cuanto sea posible, con los valores humanos que han
constituido la finalidad de las antiguas tradiciones culturales y religiosas.
Aquí puede permitírsenos recordar una anécdota de la religión hasídica: Había
un anciano rabí, sacerdote famoso por su sabiduría a quien todo el mundo iba a
pedir consejo. Un día recibió la visita de un hombre desesperado por todos los
cambios que se producían a su alrededor y que se quejaba de todo el mal
producido por el llamado progreso. “Si se consideran los auténticos valores de
la vida —exclamó—, ¿no resulta completamente inútil toda esta preocupación por
la técnica?”. “Tal vez sea así —replicó el rabí—, pero si uno es como debe ser
se puede aprender de todo”. “No —contestó el visitante—, de tonterías tales
como el ferrocarril, el teléfono o el telégrafo, no es posible aprender nada”.
Pero el rabí insistió: “Se equivoca. El ferrocarril puede enseñarle que por
llegar un minuto tarde puede perderlo todo. El telégrafo puede enseñarle que
todas las palabras tienen valor. Y el teléfono puede enseñarle que lo que
decimos aquí puede ser oído más allá”. El visitante comprendió lo que el rabí
quería decirle y se fue.
Finalmente,
la ciencia moderna penetra en esas grandes áreas de nuestro mundo actual donde
las nuevas doctrinas se instalaron hace apenas unas décadas como las bases de
nuevas y poderosas sociedades. La ciencia moderna se encuentra tanto ante el
contenido de las doctrinas que se vinculan a las ideas filosóficas de la Europa
del siglo diecinueve (Hegel y Marx), como ante la credulidad sin compromisos.
Dado que la física moderna tiene que representar un gran papel en estos países
debido a su aplicación práctica, difícilmente puede evitarse que la estrechez
de las doctrinas sea sentida por quienes realmente han comprendido la física
moderna y su significación filosófica. Por consiguiente, en este punto debe
producirse una interacción entre la ciencia y la dirección general del
pensamiento. La influencia de la ciencia no debe ser, naturalmente,
sobrestimada; pero es posible que la franqueza de la ciencia moderna pueda
hacer que sea aún más fácil, hasta para los grandes conglomerados humanos, ver
que algunas doctrinas no son posiblemente tan importantes para la sociedad como
antes se había creído. En esta forma, la influencia de la ciencia moderna puede
favorecer una actitud de tolerancia y mostrarse así valiosa.
Por
otra parte, el fenómeno de la credulidad sin compromiso lleva consigo un peso
mucho mayor que algunas nociones filosóficas del siglo diecinueve. No podemos
cerrar los ojos ante el hecho de que la gran mayoría de la gente difícilmente
puede tener un juicio bien fundado sobre la exactitud de ciertas doctrinas o
ideas generales. En consecuencia, la palabra “creencia” puede no significar
para esta mayoría la “percepción de la verdad de algo” sino que sólo puede
interpretarse como “tomando esto como base de la vida”. Fácilmente puede
advertirse que esta segunda forma de creencia es más firme, es mucho más
estable que la primera, que puede persistir aun a pesar de las contradicciones
inmediatas de la experiencia y que, por consiguiente, puede no ser sacudida por
el mayor conocimiento científico. La historia de las últimas dos décadas ha
mostrado muchos ejemplos de que esta segunda clase de creencia puede a veces
llegar a extremos en que parece completamente absurda, y que entonces sólo
termina con la muerte del creyente. La ciencia y la historia pueden enseñamos
que esta clase de creencia puede convertirse en un gran peligro para quienes la
comparten. Pero ese conocimiento es inútil porque no puede verse cómo podría
ser evitado y, en consecuencia, dicha creencia siempre ha pertenecido a las
grandes fuerzas de la historia humana. Naturalmente, de acuerdo con la
tradición científica del siglo diecinueve uno se sentiría inclinado a esperar
que toda creencia tuviera por base el análisis racional de cada argumento; y que
esta otra base de creencia, en la que cierta verdad real o aparente es
simplemente tomada como base de la vida, no debería existir. Es cierto que una
reflexión prudente fundada en argumentos exclusivamente racionales puede evitar
muchos errores y peligros, dado que ello permite adaptarse a nuevas
situaciones, y esto puede ser una condición necesaria para la vida. Pero
recordando nuestra experiencia de la física moderna es fácil ver que siempre
debe existir una complementariedad fundamental entre la reflexión y la
decisión. En las decisiones prácticas de la vida difícilmente será posible
agotar todos los argumentos en favor o en contra de una decisión, y por
consiguiente siempre habrá que actuar con una prueba insuficiente. La decisión
se adopta, en último término, apurando todos los argumentos —tanto los que han
sido comprendidos como los que pueden presentarse a una reflexión posterior— y
poniendo punto final a la meditación. La decisión puede ser el resultado de la
reflexión, pero al mismo tiempo es complementaria de la reflexión; excluye la
reflexión. En la vida, hasta las decisiones más importantes deben siempre
contener este inevitable elemento de irracionalidad. La decisión es en sí misma
necesaria, puesto que debe haber algo en qué apoyarse, algún principio que guíe
nuestros actos. Sin ese firme sostén nuestras acciones perderían su fiereza.
Por consiguiente, no puede impedirse que alguna verdad real o aparente
constituya la base de la vida, y este hecho tiene que ser aceptado con respecto
a los grupos humanos cuyas bases son distintas de las nuestras.
Para
concluir con todo lo que se ha dicho sobre la ciencia moderna, puede tal vez
afirmarse que la física moderna es sólo una parte, pero muy característica, del
proceso histórico general que tiende hacia la unificación y la ampliación del
mundo actual. Este proceso habrá de llevar por sí mismo a una disminución de
las tensiones políticas y culturales que crean el gran peligro de nuestros
días. Pero se acompaña de otro proceso que actúa en dirección opuesta. El hecho
de que grandes masas humanas tengan conciencia de este proceso de unificación
conduce a incitar a todas las fuerzas existentes en las comunidades cultas a
que traten de imponer con la mayor amplitud sus valores tradicionales en la
etapa final de la unificación. Por consiguiente, las tensiones se intensifican
y los dos opuestos procesos están tan estrechamente vinculados el uno con el
otro que toda intensificación del proceso de unificación —mediante el progreso
técnico, por ejemplo— intensifica también la lucha por la influencia en la
etapa final y, en consecuencia, aumenta la inestabilidad de la etapa
transitoria. En este peligroso proceso de unificación, la física moderna sólo
juega un papel quizá muy reducido. Pero contribuye en dos formas decisivas a
conducir el progreso hacia una forma de evolución más tranquila. En primer
término, demuestra que el empleo de armas nucleares en el proceso sería
desastroso y, en segundo lugar, por el modo como se halla abierta a toda clase
de concepciones ofrece la esperanza de que en la etapa final de unificación
muchas diversas tradiciones culturales puedan vivir juntas y combinar los
diferentes esfuerzos humanos en una nueva forma de equilibrio entre el
pensamiento y el hecho, entre la actividad y la meditación.
Notas:
[1]En
latín quanta, plural de quantum, y en castellano cuantos.
[2]Este
principio fue establecido por el mismo Heisenberg.(N. del T.)
[3]Después
de aparecida esta obra, Heisenberg ha condensado en una breve fórmula lo que
parece ser la explicación de toda la naturaleza inorgánica.



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