© Libro N° 6100.
A Través Del Espejo Y Lo Que Alicia Encontró Al Otro Lado. Carroll, Lewis. Emancipación. Junio 8 de 2019.
Título
original: © A Través Del Espejo Y Lo Que Alicia Encontró Al Otro Lado.
Lewis Carroll
Versión Original: © A Través Del Espejo Y Lo Que Alicia Encontró Al
Otro Lado. Lewis Carroll
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
A TRAVÉS DEL ESPEJO
Y LO QUE ALICIA ENCONTRÓ AL OTRO LADO
Lewis Carroll
Pocos
años después de la aparición de "Alicia en el país de las maravillas,
LEWIS CARROL publicaría, como segunda parte, A TRAVES DEL ESPEJO Y LO QUE
ALICIA ENCONTRO AL OTRO LADO, superior a la primera en la utilización de la
técnica narrativa y el dominio de las formas expresivas. Los juegos de
palabras, las parodias ocultas y las paradojas lingüísticas son llevados hasta
sus últimas posibilidades, de manera tal que la fórmula literaria del absurdo
llega al agotamiento con este último viaje de Alicia. Cuento pensado para los
niños pero leído -y citado hasta el cansancio- por los adultos.
INDICE:
LA
CASA DEL ESPEJO
EL
JARDIN DE LAS FLORES VIVAS
INSECTOS
DEL ESPEJO
TWEEDLEDUM
Y TWEEDLEDEE
AGUA
Y LANA
HUMPTY
DUMPTY
EL
LEON Y EL UNICORNIO
"ES
DE MI PROPIA INVENCION"
ALICIA
REINA
SACUDIENDO
DESPERTANDO
¿QUIEN
LO SOÑO?
Niño
de pura y despejada frente
en
cuyos ojos brilla el asombro de un sueño:
aunque
el tiempo pase raudo y quiera
que
media vida me separe de la tuya
tu
tierna sonrisa acogerá con gozo
el
regalo, lleno de amor, de un cuento.
No
he visto tu cara radiante de luz
ni
he oido la caricia de tu risa de plata;
la
memoria de tu joven vida no guardará
luego
de mí recuerdo alguno...
¡Básteme
ahora que quieras escuchar
el
cuento que te voy a contar!
Una
historia que comenzó en días ya pasados
en
el bochorno de una tarde de verano...
Una
simple canción servía para impulsar
el
ritmo de nuestro remar...
sus
ecos perviven aún en la memoria; los años
envidiosos
no lograrán hacérmelos olvidar.
¡Ven
pronto y escucha, pues! Antes de que esa voz venga a anunciar la terrible nueva
¡Y
ordene acostarse a la melancólica joven
en
ese lecho que tan poco desea!...
Amada:
no somos más que niños grandes
que
se agitan en vano cuando llega la hora de dormir
Afuera,
triunfan los hielos y azotan las nieves,
brama
la locura desatada del vendaval...
Dentro,
nos acoge el rescoldo del hogar
y el
nido feliz de la niñez.
Quedarás
prendado por las mágicas palabras:
dejará
de atemorizatte el furor de la tormenta.
Y
aunque la sombra de un suspiro
quizá
lata a lo largo de esta historia,
añorando
esos «alegres días de un estío de antaño» y el recuerdo desvanecido de un
verano ya pasado... no ajará con su infeliz aliento
la
gracia encantada de nuestro cuento.
Bajo
un soleado cielo, una barca
se
desliza calladamente
en
el sueño de una tarde de verano...
Tres
niñas se acurrucan muy cerca,
los
ojos brillantes, el oído atento
quisieran
oír un sencillo cuento...
Mucho
ha ya de aquel soleado cielo,
se
apagan sus ecos y su recuerdo...
El
gélido otoño ha muerto aquel julio estival.
Mas
su espíritu..., aún inquieta mi ánimo:
Alicia
deambulando bajo cielos
que
nunca ojos mortales vieron.
Aún
querrán niños un cuento,
los
ojos brillantes, el oído atento
acurrucándose
amorosos a mi lado.
Penetran
en un país de maravillas.
Soñando
mientras pasan los días,
soñando
mientras mueren los estíos.
Siempre
deslizándose con la corriente...,
siempre
flotando en ese rayo dorado...,
la
vida, acaso, ¿no es más que un sueño?
LA
CASA DEL ESPEJO
Desde
luego hay una cosa de la que estamos bien seguros y es que el gatito blanco no
tuvo absolutamente nada que ver con todo este enredo... fue enteramente culpa
del gatito negro. En efecto, durante el último cuarto de hora, la vieja gata
había sometido al minino blanco a una operación de aseo bien rigurosa (y hay
que reconocer que la estuvo aguantando bastante bien); así que está bien claro
que no pudo éste ocasionar el percance.
La
manera en que Dina les lavaba la cara a sus mininos sucedía de la siguiente
manera: primero sujetaba firmemente a la víctima con un pata y luego le pasaba
la otra por toda la cara, sólo que a contrapelo, empezando por la nariz: y en
este preciso momento, como antes decía, estaba dedicada a fondo al gatito
blanco, que se dejaba hacer casi sin moverse y aún intentando ronronear... sin
duda porque pensaba que todo aquello se lo estarían haciendo por su bien.
Pero
el gatito negro ya lo había despachado Dina antes aquella tarde y así fue como
ocurrió que, mientras Alicia estaba acurrucada en el rincón de una gran
butacona, hablando consigo misma entre dormida y despierta, aquel minino se
había estado desquitando de los sinsabores sufridos, con las delicias de una
gran partida de pelota a costa del ovillo de lana que Alicia había estado
intentando devanar y que ahora había rodado tanto de un lado para otro que se
había deshecho todo y corría, revuelto en nudos y marañas, por toda la alfombra
de la chimenea, con el gatito en medio dando carreras tras su propio rabo.
--¡Ay,
pero qué malísima que es esta criatura!-- exclamó Alicia agarrando al gatito y
dándole un besito para que comprendiera que había caído en desgracia. --¡Lo que
pasa es
que
Dina debiera de enseñarles mejores modales! ¡Sí señora, debieras haberlos
educado mejor, Dina! ¡Y además creo que lo sabes! añadió dirigiendo una mirada
llena de reproches a la vieja gata y hablándole tan severamente como podía... y
entonces se encaramó en su butaca llevando consigo al gatito y el cabo del hilo
de lana para empezar a devanar el ovillo de nuevo. Pero no avanzaba demasiado
de prisa ya que no hacía más que hablar, a veces con el minino y otras consigo
misma. El gatito se acomodó, muy comedido, sobre su regazo pretendiendo seguir
con atención el progreso del devanado, extendiendo de vez en cuando una patita
para tocar muy delicadamente el ovillo; como si quisiera echarle una mano a
Alicia en su trabajo.
--¿Sabes
qué día será mañana? --empezó a decirle Alicia--. Lo sabrías si te hubieras
asomado a la ventana conmigo... sólo que como Dina te estaba lavando no pudiste
hacerlo. Estuve viendo cómo los chicos reunían leña para la fogata... ¡y no
sabes la de leña que hace falta, minino! Pero hacía tanto frío y nevaba de tal
manera que tuvieron que dejarlo. No te preocupes, gatito, que ya veremos la
hoguera mañana! Al llegar a este punto, a Alicia se le ocurrió darle dos o tres
vueltas de lana alrededor del cuello al minino, para ver cómo le quedaba, y
esto produjo tal enredo que el ovillo se le cayó de las manos y rodó por el
suelo dejando tras de sí metros y metros desenrollados.
--¿Sabes
que estoy muy enojada contigo, gatito? --continuó Alicia cuando pudo acomodarse
de nuevo en la butacona--, cuando vi todas las picardías que habías estado
haciendo estuve a punto de abrir la ventana y ponerte fuera de patitas en la
nieve! ¡Y bien merecido que te lo tenías, desde luego, amoroso picarón! A ver,
¿qué vas a decir ahora para que no te dé? ¡No me interrumpas! --le atajó en
seguida Alicia, amenazándole con el dedd--
: ¡voy a enumerarte todas tus faltas! Primera:
chillaste dos veces mientras Dina te estaba lavando la cara esta mañana; no
pretenderás negarlo, so fresco, que bien que te oí! ¿Qué es eso que estás
diciendo? (haciendo como que oía lo que el gatito le decía) ¿que si te metió la
pata en un ojo? Bueno, pues eso también fue por tu culpa, por no cerrar bien el
ojo... si no te hubieses empeñado en tenerlo abierto no te habría pasado nada,
¡ea! ¡Y basta ya de excusas: escúchame bien! Segunda falta: cuando le puse a
Copito de nieve su platito de leche, fuiste y la agarraste por la cola para que
no pudiera bebérsela. ¿Como?, ¿que tenías mucha sed?, bueno, ¿y acaso ella no?
¡Y ahora va la tercera: desenrollaste todo un ovillo de lana cuando no estaba
mirando!
--¡Van
ya tres faltas y todavía no te han castigado por ninguna! Bien sabes que te
estoy reservando todos los castigos para el miércoles de la próxima semana...
¿Y qué pasaría si me acumularan a mi todos mis castigos, --continuó diciendo,
hablando más consiogo misma que con el minino, --qué no me harían a fin de año?
No tendrían más remedio que mandarme a la cárcel supongo, el día que me tocaran
todos juntos. O si no, veamos...
supongamos
que me hubieran castigado cada vez a quedarme sin cenar; entonces cuando
llegara el terrible día en que me tocara cumplir todos los castigos ¡me tendría
que quedar sin cenar cincuenta comidas! Bueno, no creo que eso me importe
tantísimo. ¡Lo prefieío a tener que comérmelas todas de una vez!
--¿Oyes
la nieve golpeando sobre los cristales de la ventana, gatito? ¡Qué sonido más
agradable y más suave! Es como si estuvieran dándole besos al cristal por
fuera. Me pregunto si será por amor por lo que la nieve besa tan delicadamente
a los árboles y a los campos, cubriéndolos luego, por decirlo así, con su manto
blanco; y quizá les diga también «dormid ahora, queridos, hasta que vuelva de
nuevo el verano»; y cuando se despiertan al llegar el verano, gatito, se visten
todos de verde y danzan ligeros... siempre al vaivén del viento. ¡Ay, qué cosas
más bonitas estoy diciendo! --exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para batir
palmas, --¡Y cómo me gustaría que fuese así de verdad! ¡Estoy segura de que los
bosques tienen aspecto somnoliento en el otoño, cuando las hojas se les ponen
doradas!
--Gatito
¿sabes jugar al ajedrez? ¡Vamos, no sonrías, querido, que te lo estoy
preguntando en serio! Porque cuando estábamos jugando hace un ratito nos
estabas mirando como si de verdad comprendieras el juego; y cuando yo dije
«jaque» ¡te pusiste a ronronear! Bueno, después de todo aquel jaque me salió
bien bonito... y hasta creo que habría ganado si no hubiera sido por ese
perverso alfil que descendió cimbreándose por entre mis piezas. Minino,
querido, juguemos a que tú eres... y al llegar a este punto me gustaría
contaros aunque sólo fuera la mitad de todas las cosas que a Alicia se le
ocurrían cuando empezaba con esa frase favorita de «juguemos a ser...» Tanto
que ayer estuvo discutiendo durante largo rato con su hermana sólo porque
Alicia había empezado diciendo «juguemos a que somos reyes y reinas»; y su
hermana, a quien le gusta ser siempre muy precisa, le había replicado que cómo
iban a hacerlo si entre ambas sólo podían jugar a ser dos, hasta que finalmente
Alicia tuvo que zanjar la cuestión diciendo --Bueno, pues tu puedes ser una de
las reinas, y yo seré todas las demás--. Y otra vez, le pegó un susto tremendo
a su vieja nodriza cuando le gritó súbitamente al oído --¡Aya! ¡Juguemos a que
yo soy una hiena hambrienta y tu un jugoso hueso!
Pero
todo esto nos está distrayendo del discurso de Alicia con su gatito:
--¡Juguemos a que tu eres la Reina roja, minino! ¿Sabes?, creo que si te
sentaras y cruzaras los brazos te parecerías mucho a ella. ¡Venga, vamos a
intentarlo! Así me gusta... --Y Alicia cogió a la Reina roja de encima de la
mesa y la colocó delante del gatito para que viera bien el modelo que había de
imitar; sin embargo, ]a cosa no resultó bien, principalmente porque como dijo
Alicia, el gatito no quería cruzarse de brazos en la forma apropiada. De manera
que, para castigarlo, lo levantó para que se viera en el espejo y se espantara
de la cara tan fea que estaba poniendo... --y si no empiezas a portarte bien
desde ahora mismo --anadió-- te pasaré a través del cristal y te pondré en la
casa del espejo! ¿Cómo te gustaría eso?
--Ahora
que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito, te contaré todas
mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al
otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro salón, sólo que con
todas las cosas dispuestas a la inversa... todas menos la parte que está justo
del otro lado de la chimenea. ¡Ay, cómo me gustaría ver ese rincón! Tengo
tantas ganas de saber si también ahí encienden el fuego en el invierno... en
realidad, nosotros, desde aquí, nunca podremos saberlo, salvo cuando nuestro
fuego empieza a humear, porque entonces también sale humo del otro lado, en ese
cuarto ...
pero
eso puede ser sólo un engaño para hacernos creer que también ellos tienen un
fuego encendido ahí. Bueno, en todo caso, sus libros se parecen a los nuestros,
pero tienen las palabras escritas al revés: y eso lo sé porque una vez levanté
uno de los nuestros al espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno
de los suyos.
--¿Te
gustaría vivir en la casa del espejo, gatito? Me pregunto si te darían leche
allí; pero a lo mejor la leche del espejo no es buena para beber... pero ¡ay,
gatito, ahí está ya el corredor! Apenas si puede verse un poquitifo del
corredor de la casa del espejo, si se deja la puerta de nuestro salón abierta
de par en par: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al
nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente más allá. ¡Ay,
gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy
segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna
manera de atravesar el espeio; juguemos a que el cristal se hace blando como si
fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través. ¡¿Pero, cómo?! ¡¡Si
parece que se está empañando ahora mismo y convirtiéndose en una especie de
niebla!! ¡Apuesto a que ahora me sería muy fácil pasar a través! --Mientras
decía esto, Alicia se encontró con que estaba encaramada sobre la repisa de la
chimenea, aunque no podía acordarse de cómo había llegado hasta ahí. Y en
efecto, el cristal del espejo se estaba disolviendo, deshaciéndose entre las
manos de Alicia, como si fuera una bruma plateada y brillante.
Un
instante más y Alicia había pasado a través del cristal y saltaba con ligereza
dentro del cuarto del espejo. Lo primero que hizo fue ver si había un fuego
encendido en su chimenea y con gran satisfacclon comprobó que, efectivamente,
había allí uno, ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí
-- De forma que estaré aquí tan calentita como en el otro cuarto --pensó
Alicia-- más caliente aún, en realidad, porque aquí no habrá quien me regañe
por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué gracioso va a ser cuando me vean a
través del espejo y no puedan alcanzarme!
Entonces
empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató de que todo lo que podía
verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés, pero que
todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que estaban
a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y el mismo reloj
que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo sólo se le
puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la
miraba sonriendo con picardía.
--Este
salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro-- pensó Alicia, al ver que
varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar;
pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a
cuatro patas se puso a contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban
paseando por ahí de dos en dos!
--Ahí
están el Rey rojo y la Reina roja --dijo Alicia muy bajito por miedo de
asustarlos, --y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el
borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del
brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia-- y estoy casi segura de que
no me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo
invisible.
En
ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia empezó a dar unos
agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de
los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo
observó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego.
--¡Es
la voz de mi niña! --gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde
estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó
rodando por entre las cenizas. --¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina!-- y
empezó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea.
--¡Necedades
imperiales!-- bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al caer y,
desde luego, tenía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues estaba
cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia
estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre
pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de
vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiendola con la mano y
levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita.
La
Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la había
dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que
abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla
le gritó al Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas
--¡Cuidado con el volcán!
--¿Qué
volcán?-- preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea,
como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno.
--Me...
lanzó... por... los aires-- jadeó la Reina, que aún no había recobrado del todo
el aliento. --Procura subir aquí arriba... por el camino de costumbre... ten
cuidado... ¡No dejes que una explosión te haga volar por los aires!
Alicia
observó al Rey blanco mientras este trepaba trabajosamente de barra en barra
por el guardafuegos, hasta que por fin le dijo --¡Hombre! A ese paso vas a
tardar horas y horas en llegar encima de la mesa. ¿No sería mejor que te
ayudase un poco?-- pero el Rey siguió adelante sin prestarle la menor atención:
era evidente que no podía ni oírla ni verla.
Así
pues, Alicia lo cogió muy delicadamente y lo levantó por el aire llevándolo
hacia la mesa mucho más despacio de lo que había hecho con la Reina, para no
sobresaltarlo; pero antes de depositarlo en ella quiso aprovechar para
limpiarlo un poco pues estaba realmente cubierto de cenizas.
Más
tarde Alicia diría que nunca en toda su vida había visto una cara como la que
puso el Rey entonces, cuando se encontró suspendido en el aire por una mano
invisible que además le estaba quitando el polvo: estaba demasiado atónito para
emitir sonido alguno, pero se le
desorbitaban
los ojos y se le iban poniendo cada vez más redondos mientras la boca se le
abría más y más; a Alicia empezó a temblarle la mano de la risa que le estaba
entrando de verlo así y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo.
--¡Ay,
por Dios, no pongas esa cara, amigo! --exclamó olvidandose por completo de que
el Rey no podía oírla.
--¡Me
estás haciendo reir de tal manera que apenas si puedo sostenerte con la mano!
¡Y no abras tanto la boca que se te va a llenar de cenizas!... ¡Vaya! Ya parece
que está bastante limpio --añadió mientras le alisaba los cabellos y lo
depositaba al lado de la Reina.
El
Rey se dejó caer inmediatamente de espaldas y se quedó tan quieto como pudo;
Alicia se alarmó entonces un poco al ver las consecuencias de lo que había
hecho y se puso a dar vueltas por el cuarto para ver si encontraba un poco de
agua para rociársela. Lo único que pudo encontrár, sin embargo, fue una botella
de tinta y cuando volvió con ella a donde estaba el Rey se encontró con que ya
se había recobrado y estaba hablando con la Reina; ambos susurraban
atemorizados y tan quedamente que Alicia apenas si pudo oír lo que se decían.
El
Rey estaba entonces diciéndole a la Reina:
--¡Te
aseguro, querida, que se me helaron hasta las puntas de los bigotes!
A lo
que la Reina le replicó:
--¡Pero
si no tienes ningún bigote!
--iNo
me olvidaré jamás, jamás --continuó el Rey-- del horror de aquel momento
espantoso!
--Ya
verás como sí lo olvidas --convino la Reina-- si no redactas pronto un
memorandum del suceso.
Alicia
observó con mucho interés cómo el Rey sacaba un enorme cuaderno de notas del
bolsillo y empezaba a escribir en él. Se le ocurrió entonces una idea
irresistible y cediendo a la tentación se hizo con el extremo del lápiz, que se
extendía bastante más allá por encima del hombro del Rey, y empezó a obligarle
a escribir lo que ella quería.
El
pobre Rey, poniendo cara de considerable desconcierto y contrariedad, intentó
luchar con el lápiz durante algún tiempo sin decir nada; pero Alicia era
demasiado fuerte para él y al final jadeó:
--¡Querida!
Me parece que no voy a tener más remedio que conseguir un lápiz menos grueso.
No acabo de arreglármelas con este, que se pone a escribir toda clase de cosas
que no responden a mi intención...
--¿Qué
clase de cosas! --interrumpió la Reina, examinando por encima el cuaderao (en
el que Alicia había anotado el caballo blanco se está deslizando por el hierro
de la chimenea. Su equilibrio deja mucho que desear)--. ¡Eso no responde en
absoluto a tus sentimientos!
Un
libro yacía sobre la mesa, cerca de donde estaba Alicia, y mientras ésta seguía
observando de cerca al Rey (pues aún estaba un poco preocupada por él y tenía
la tinta bien a mano para echársela encima caso de que volviera a darle otro
soponcio) comenzó a hojearlo para ver si encontraba algún párrafo que pudiera
leer, --...pues en realidad parece estar escrito en un idioma que no conozco--
se dijo a sí misma.
Y en
efecto, decía así:
Durante
algún tiempo estuvo intentando descifrar este pasaje, hasta que al final se le
ocurrió una idea luminosa:
--¡Claro!
¡Como que es un libro del espejo! Por tanto, si lo coloco delante del espejo
las palabras se pondrán del derecho.
Y
este fue el poema que Alicia leyó entonces:
GALIMATAZO
Brillaba,
brumeando negro, el sol;
agiliscosos
giroscaban los limazones
banerrando
por las váparas lejanas;
mimosos
se fruncían los borogobios
mientras
el momio rantas murgiflaba.
¡Cuidate
del Galimatazo, hijo mío!
¡Guárdate
de los dientes que trituran
Y de
las zarpas gue desgarran!
¡Cuidate
del pájaro Jubo-Jubo y
que
no te agarre el frumioso Zamarrajo!
Valiente
empuñó el gladio vorpal;
a la
hueste manzona acometió sin descanso;
luego,
reposóse bajo el árbol del Tántamo
y
quedóse sesudo contemplando...
Y
asi, mientras cabilaba firsuto.
¡¡Hete
al Galimatazo, fuego en los ojos,
que
surge hedoroso del bosque turgal
y se
acerca raudo y borguejeando!!
¡Zis,
zas y zas! Una y otra vez
zarandeó
tijereteando el gladio vorpal!
Bien
muerto dejó al monstruo, y con su testa
¡volvióse
triunfante galompando!
¡¿Y
haslo muerto?! ¡¿Al Galimatazo?!
¡Ven
a mis brazos, mancebo sonrisor!
¡Qué
fragarante día! ¡Jujurujúu! ¡Jay, jay!
Carcajeó,
anegado de alegria.
Pero
brumeaba ya negro el sol
agiliscosos
giroscaban los limazones
banerrando
por las váparas lejanas,
mimosos
se fruncian los borogobios
mientras
el momio rantas necrofaba...
--Me
parece muy bonito --dijo Alicia cuando lo hubo terminado--, sólo que es algo
diflcil de comprender (como veremos a Alicia no le gustaba confesar, y ni
siquiera tener que reconocer ella sola, que no podía encontrarle ni pies ni
cabeza al poema). Es como si me llenara la cabeza de ideas, ¡sólo que no sabría
decir cuáles son! En todo caso, lo que sí está claro es que alguien ha matado a
algo...
--Pero
¡ay! ¡Si no me doy prisa voy a tener que volverme por el espejo antes de haber
podido ver cómo es el resto de esta casa! ¡Vayamos primero a ver el jardín!
Salió
del cuarto como una exhalación y corrió escaleras abajo... aunque, pensándolo
bien, no es que corriera, sino que parecía como si hubiese inventado una nueva
manera de descender veloz y rápidamente por la escalera, como se dijo Alicia a
sí misma: le bastaba con apenas apoyar la punta de los dedos sobre la
barandilla para flotar suavemente hacia abajo sin que sus pies siquiera tocaran
los escalones. Luego, flotó por el vestíbulo y habría continuado, saliendo
despedida por la puerta del jardín, si no se hubiera agarrado a la jamba. Tanto
flotar la estaba mareando, un poco, así que comprobó con satisfacción que había
comenzado a andar de una manera natural.
EL
JARDIN DE LAS FLORES VIVAS
--Veré
mucho mejor cómo es el jardín --se dijo Alicia-- si puedo subir a la cumbre de
aquella colina; y aqui veo un sendero que conduce derecho allá arriba...;
bueno, lo que es derecho, desde luego no va... --aseguró cuando al andar unos
cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas--
...pero supongo que llegaíá allá arriba al final. Pero ¡qué de vueltas no dará
este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos por esta curva
parece que se va en dirección a la colina. Pero no, no es así. ¡Por quí vuelvo
derecho a la casa! Bueno, probaré entonces por el otro lado.
Y
así lo hizo, errando de un lado para otro, probando por una curva y luego por
otra; pero siempre acababa frente a la casa, hiciera lo que hiciese. Incluso
una vez, al doblar una esquina con mayor rapidez que las otras, se dio contra
la pared antes de que pudiera detenerse.
--De
nada le valdrá insistir --dijo Alicia, mirando a la casa como si ésta estuviese
discutiendo con ella-- . Desde luego que no pienso volver allá dentro ahora,
porque sé que si lo hiciera tendría que cruzar el espejo... volver de nuevo al
cuarto y... ¡ahí se acabarían mis aventuras!
De
forma que con la mayor determinación volvió la espalda a la casa e itentó
nuevamente alejarse por el sendero, decidida a continuar en esa dirección hasta
llegar a la colina. Durante algunos minutos todo parecía estar saliéndole bien
y estaba precisamente diciéndose --esta vez sí que lo logro-- cuando de pronto
el camino torció repentinamente, con una sacudida, como lo describió Alicia más
tarde, y al momento se encontró otra vez andando derecho hacia la puerta.
--Pero
¡qué lata! --exclamó--. ¡Nunca he visto en toda mi vida una casa que estuviese
tanto en el camino de una! ¡Qué estorbo!
Y
sin embargo, ahí estaba la colina, a plena vista de Alicia; de forma que no le
cabía otra cosa que empezar de nuevo. Esta vez, el camino la llevó hacia un
gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un guayabo plantado en
medio.
--¡Oh,
lirio irisado! --dijo Alicia, dirigiéndose hacia una flor de esa especie que se
mecía dulcemente con la brisa--. ¡Cómo me gustaria que pudieses hablar!
--¡Pues
claro que podemos hablar! --rompió a decir el lirio--, pero sólo lo hacemos
cuando hay alguien con quien valga la pena de hacerlo.
Alicia
se quedó tan atónita que no pudo decir ni una palabra durante algún rato: el
asombro la dejó sin habla. Al final, y como el lirio sólo continuaba meciéndose
suavemente, se decidió a decirle con una voz muy tímida, casi un susurro:
--¿Y
puedcn hablar también las demás flores?
Tan
bien como tú --replicó el iris--, y desde luego bastante más alto que tú.
--Por
cortesía no nos corresponde a nosotras hablar primero, ¿no es verdad? --dijo la
rosa--. pero ya me estaba yo preguntando cuándo ibas a hablar de una vez, pues
me decía: «por la cara que tiene, a esta chica no debe faltarle el seso, aunque
no parezca tampoco muy inteligente». De todas formas tienes el color adecuado y
eso es, después de todo, lo que más importa.
--A
mí me trae sin cuidado el color que tenga --observó el lirio--. Lo que es una
lástima es que no tenga los pétalos un poco más ondulados, pues estaría mucho
mejor.
A
Alicia no le estaba gustando tanta crítica, de forma que se puso a preguntarles
cosas:
--¿A
vosotras no os da miedo estar plantadas aquí solas sin nadie que os cuide?
--Para
eso está ahí en medio el árbol --señaló la rosa--. ¿De qué serviría si no?
--Pero
¿qué podría hacer en un momento de peligro? --continuó preguntando Alicia.
--Podría
ladrar --contestó la rosa.
¡Ladra
«guau, guau»! --exclamó una margarita--, por eso lo llaman «guayabo».
--¡¿No
sabías eso?! --exclamó otra margarita, y empezaron todas a vociferar a la vez,
armándose un guirigay ensordecedor de vocecitas agudas.
--¡A
callar todas vosotras! --les gritó el lirio irisado, dando cabezadas
apasionadamente de un lado para otro y temblando de vehemencia--. ¡Saben que no
puedo alcanzarlas! --jadeó muy excitado, inclinado su cabeza hacia Alicia, que
si no ya verían lo que es bueno!
--No
te importe --le dijo Alicia conciliadoramente, para tranquilizarlo.
E
inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez
a vocifprar, les susurró:
--Si
no os calláis de una vez ¡os arranco a todas!
En
un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron
lívidas.
--¡Así
me gusta! --aprobó el lirio-- . ¡Esas margaritas son las peores! ¡Cuando uno se
pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una forma tal que es como
para marchitarse!
--¿Y
cómo es que podéis hablar todas tan bonitamente? --preguntó Alicia, esperando
poner al lirio de buen humor con el halago--. He estado en muchos jardines
antes de este, pero en ninguno en que las flores pudiesen hablar.
--Coloca
la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo, --le ordenó el
lirio-
- y entonces comprenderás por qué. Así lo hizo
Alicia.
--Está
muy dura la tierra de este lecho --comentó--, pero aún así no veo qué tiene que
ver eso.
--En
la mayor parte de los jardines --explicó el lirio-- los lechos de tierra son
tan muelles...
que
se amodorran las flores.
Eso
le pareció a Alicia una razón excelente y se quedó muy complacida de conocerla.
¡Nunca
lo habría pensado! --comentó admirada.
En
mi opinión, tú nunca has pensado en nada --sentenció la rosa con alguna
severidad.
--Nunca
vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido --dijo una violeta de una manera
tan súbita que Alicia dio un respingo, pues hasta ese momento no había dicho ni
una palabra.
--¡A
callar! --le gritó el lirio irisado--. ¡Como si tú vieras alguna vez a alguien!
Con la cabeza siempre tan disimulada entre las hojas, ¡estás siempre roncando y
te enteras de lo que pasa en el mundo menos que un capullo!
--¿Por
casualidad hay alguna otra persona como yo en el jardín? --preguntó Alicia,
prefiriendo no darse por enterada del comentario de la rosa.
--Pues
hay otra flor que se mueve por el jardín como tú --le contestó ésta--. Me
pregunto ¿cómo os la arregláis?
--Siempre
te estás preguntando algo --rezongó el lirio irisado.
Continuó
la violeta:
--Pero
tiene una corola más tupida que la tuya.
--¿Se
parece a mí? --preguntó Alicia con mucha viveza, pues le pasaba por la mente la
idea de que ¡a lo mejor hubiera otra niña como ella en aquel jardín!
Bueno,
la otra tiene un cuerpo tan mal hecho como el tuyo --explicó la rosa--, pero es
más encarnada... y con pétalos algo más cortos, me parece...
--Los
tiene bien recogidos, como los de una dalia --añadió el lirio irisado--, no
cayendo desordenadamente, como los tuyos.
--Pero
ya sabemos que no es por culpa tuya --interpuso generosamente la rosa-- . Ya
vemos que te estás empezando a ajar y cuando eso pasa, ya se sabe, no se puede
evitar que se le desordenen a una un poco los pétalos.
A
Alicia no le pustaba nada esa idea, de forma que para cambiar el tema de la
conversación continuó preguntando:
--¿Y
viene por aquí alguna vez?
--Estoy
segura de que la verás dentro de poco --le aseguró la rosa--. Es de esa clase
que lleva nueve puntas, ya sabes.
--Y
¿dónde las lleva! --preguntó Alicia con alguna curiosidad.
--Pues
alrededor de la cabeza, naturalmente --replicó la rosa--. Me estaba preguntando
precisamente por qué será que no tienes tú unas cuantas también. Creía que así
es como debía ser por regla general.
-¡Ahí
viene! --gritó una espuela de caballero--. Oigo sus pasos, pum, pum, avanzando
por la gravilla del sendero.
Alicia
miró ansiosamente a su alrededor y se encontró con que era la Reina roja.
--¡Pues
sí que ha crecido! -- fue su primera observación; pues, en efecto, cuando
Alicia la vio por primera vez entre las cenizas de la chimenea no tendría más
de tres pulgadas de altura... y ahora, ¡hétela aquí con media cabeza más que la
misma Alicia!
--Eso
se lo debe al aire fresco --explicó la rosa--, a este aire maravilloso que
tenemos aquí afuera.
--Creo
que iré a su encuentro --dijo Alicia, porque aunque las flores tenían
ciertamente su interés, le pareció que le traería mucha más cuenta conversar
con una auténtica reina.
--Así
no lo lograrás nunca --le señaló la rosa-- Si me lo preguntaras a mí, te
aconsejaría que intentases andar en dirección contraria.
Esto
le pareció a Alicia una verdadera tontería, de forma que sin dignarse a
responder nada se dirigió al instante hacia la Reina. No bien lo hubo hecho, y
con gran sorpresa por su parte, la perdió de vista inmediatamente y se encontró
caminando nuevamente en dirección a la puerta de la casa.
Con
no poca irritación deshizo el camino recorrido y después de buscar a la Reina
por todas partes (acabó vislumbrándola a buena distancia de ella) pensó que
esta vez intentaría seguir el consejo de la rosa, caminando en dirección
contraria.
Esto
le dio un resultado excelente, pues apenas hubo intentado alejarse durante cosa
de un minuto, se encontró cara a cara con la Reina roja y además a plena vista
de la colina que tanto había deseado alcanzar.
--¿De
dónde vienes? --le preguntó la Reina-- y ¿adónde vas? Mírame a los ojos, habla
con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.
Alicia
observó estas tres advertencias y explicó lo mejor que pudo que había perdido
su camino.
--No
comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina--, porque
todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...; pero, en todo caso
--añadió con tono más amable--, ¿qué es lo que te ha traído aquí?. Y haz el
favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contestar: así
ganas tiempo para pensar.
Alicia
se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina la tenía demasiado
impresionada como para atreverse a poner reparos a lo que decía.
--Probaré
ese sistema cuando vuelva a casa --pensó--, a ver qué resultado me da la
próxima vez que llegue tarde a cenar.
--Es
tiempo de que contestes a mi pregunta --declaró la Reina roja mirando su
reloj--. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su
Majestad».
--Sólo
quería ver cómo era este jardín, así plazca a Su Majestad...
--¡Así
me gusta! --declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia
no le gustaron nada-- aunque cuando te oigo llamar a esto «jardín»... ¡He visto
jardines a cuyo lado esto no parecería más que un erial!
Alicía
no se atrevió a discutir esta afirmación, sino que siguió explicando:
--...y
pensé que valdría la pena de subir por este camino, para llegar a la cumbre de
aquella colina...
--Cuando
te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a cuyo lado esa
sólo parecería un valle!
--Eso
sí que no lo creo --dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que
contradiciendo a la Reina--. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy
pequeña que sea; eso sería un disparate...
La
Reina roja negó con la cabeza:
--Puedes
considerarlo un dísparate, si quieres --dijo--, ¡pero yo te digo que he oido
disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario!
Alicia
le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo temer
que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que
llegaron a la cumbre del montecillo.
Durante
algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el campo en
todas direcciones...
¡Y
qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en
línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos
estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a
orilla.
--¡Se
diría que está todo trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez --diio
Alicia al fin--. Debiera de haber algunos hombres moviéndose por algún lado...
y ¡ahí están! --añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con fuerza a
medida que iba percatándose de todo--. ¡Están jugando una gran partida de
ajedrez! ¡El mundo entero en un tablero!..., bueno, siempre que estemos
realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me
gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me ímportaría ser un peón con
tal de que me dejaran jugar...! Aunque, claro está, que preferiría ser una
reina.
Al
decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pero su compañera
sólo sonrió amablemente y dijo:
--Pues
eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina blanca,
porque su pequeña, Lirio, es demasiado niña para jugar; ya sabes que has de
empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te
convertirás en una Reina... --pero precisamente en este momento, sin saber muy
bien cómo, empezaron a correr desaladas.
Alicia
nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue que empezó aquella carrera;
todo lo que recordaba era que corrían cogidas de la mano y de que la Reina
corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no
separarse de ella; y aún así la Reina no hacía más que jalearla gritándole:
«¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podia
correr más velozmente, le faltaba el aliento para decírselo.
Lo
más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de
ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que corrieran nunca lograban
pasar un solo objeto.
«--¿Será
que todas las cosas se mueven con nosotras?» --se preguntó la desconcertada
Alicia.
Y la
Reina pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: --¡Más rápido! ¡No trates
de hablar!
Y no
es que Alicia estuviese como para intentarlo, sentía como si no fuera a poder
hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la Reina
continuaba jaleándola:
--¡Más!
¡Más rápido! --y la arrastraba en volandas.
--¿Estamos
llegando ya? --se las arregló al fin Alicia para preguntar.
--¿Llegando
ya? --repitió la Reina--. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez
minutos! ¡Más rapido! --y continuaron corriendo durante algún rato más, en
silencio y a tal velocidad que el aire le silbaba a Alicia en los oídos y
parecía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le
pareció a Alicia.
--¡Ahora,
ahora! --gritó la Reina--. ¡Más rápido, más rápido!
Y
fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los
aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando
Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el
suelo, mareada y casi sin poder respirar.
La
Reina la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente:
--Ahora
puedes descansar un poco.
Alicia
miró alrededor suyo con gran sorpresa.
--Pero
¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está
igual que antes!
--¡Pues
claro que sí! --convino la Reina--. Y ¿cómo si no?
--Bueno,
lo que es en mi país --aclaró Alicia, jadeando aún bastante-- cuando se corre
tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele
llegar a alguna otra parte...
--¡Un
país bastante lento! -- replicó la Reina-- . Lo que es aquí, como ves, hace
falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se
quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.
--No,
gracias; no me gustaría intentarlo --rogó Alicia--; estoy muy a gusto aquí...
sólo que estoy tan acalorada y tengo tanta sed...
--¡Ya
sé lo que tú necesitas! --declaró la Reina de buen grado, sacándose una cajita
del bolsillo--. ¿Te apetece una galleta?
A
Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era
en absoluto lo que hubiese querido en aquel momento. Así que aceptó el
ofrecimiento y se comió la galleta tan bien como pudo, ¡y qué seca estaba! ¡No
creía haber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida!
--Bueno,
mientras te refrescas --continuó la Reina--, me dedicaré a señalar algunas
distancias.
Y
sacando una cinta de medir del bolsillo empezó a jalonar el terreno, colocando
unos taquitos de madera, a modo de mojones, por aquí y por allá.
--Cuando
haya avanzado dos metros --dijo, colocando un piquete para marcar esa
distancia-
- te daré las instrucciones que habrás de
seguir... ¿Quieres otra galleta? --¡Ay, no, gracias! --contestó Alicia--. Con
una tengo más que suficiente. --Se te ha quitado la sed, entonces, ¿eh?
--comentó la Reina.
Alicia
no supo qué contestar a esto, pero afortunadamente no parecia que la Reina
esperase una respuesta, pues continuó diciendo:
--Cuando
haya avanzado tres metros, te las repetiré, no vaya a ser que se te olviden.
Cuando llegue al cuarto, te diré «adiós». Y cuando haya pasado el quinto, ¡me
marcharé!
Para
entonces la Reina tenia ya colocados todos los piquetes en su sitio; Alicia
siguió con mucha atención cómo volvía al árbol y empezaba a caminar
cuidadosamente por la hilera marcada.
Al
llegar al piquete que marcaba los dos metros se volvió y dijo:
--Un
peón puede avanzar dos casillas en su primer movimiento, ya sabes. De forma que
irás muy de prisa través de la tercera casilla... supongo que lo harás en
tren... y te encontrarás en la cuarta antes de muy poco tiempo. Bueno, esa
casilla es de Tweedledum y Tweedledee...
En
la quinta casilla casi no hay más que agua... La sexta pertenece a Humpty
Dumpty... pero ¿no dices nada?
--Yo...
yo no sabía que tuviese que decir nada... por ahora... --vaciló intimidada
Alicia.
--Pues
debías haber dicho -regañó la Reina con tono bien severo-- «Pero ¡qué amable es
usted en decirme todas estas cosas»... Bueno, supondremos que lo has dicho...
La séptima casilla es toda ella un bosque... pero uno de los caballos te
indicará el camino... y en la octava ¡seremos reinas todas juntas y todo serán
fiestas y ferias!
Alicia
se puso en pie, hizo una reverencia y volvió a sentarse de nuevo.
Al
llegar al siguiente piquete, la Reina se volvió de nuevo y esta vez le dijo:
--Habla
en francés cuando no te acuerdes de alguna palabra en castellano... acuérdate
bien de andar con las puntas de los pies hacia afuera... y ¡no te olvides nunca
de quién eres!
Esta
vez no esperó a que Alicia le hiciera otra reverencia, sino que caminó ligera
hacia el próximo piquete, donde se volvió un momento para decirle «adiós» y se
apresuró a continuar hacia el último.
Alicia
nunca supo cómo sucedió, pero la cosa es que precisamente cuando la Reina llegó
al último piquete, desapareció. Sea porque se había desvanecido en el aire, sea
porque había corrido rápidamente dentro del bosque (--Y vaya que si puede
correr --pensó Alicia) no había manera de adivinarlo; pero el hecho es que
había desaparecido y Alicia se acordó de que ahora era un peón y que pronto le
llegaría el momento de avanzar.
INSECTOS
DEL ESPEJO
Naturalmente,
lo primero que tenía que hacer era lograr una visión panorámica del país por el
que iba a viajar. --Esto se va a parecer mucho a estar aprendiendo geografía
--pensó Alicia mientras se ponía de puntillas, por si alcanzaba a ver algo más
lejos--. Ríos principales... no hay ninguno. Montañas principales... yo soy la
única, pero no creo que tenga un nombre. Principales poblaciones..., pero ¿qué
pueden ser esos bichos que están haciendo miel allá abajo? No pueden ser
abejas... porque nadie ha oído decir que se pueda ver una abeja a una milla de
distancia... --Y así estuvo durante algún tiempo, contemplando en silencio a
uno de ellos que se afanaba entre las flores, introduciendo su trompa en ellas,
- -Como si fuera una abeja común y corriente --pensó Alicia.
Sin
embargo, aquello era todo menos una abeja común y corriente: en realidad, era
un elefante... Así lo pudo, comprobar Alicia bien pronto, quedándose pasmada
del asombro. -- ¡Y qué enorme tamaño el de esas flores! --fue lo siguiente que
se le ocurrió. --Han de ser algo asi como cabañas sin techo, colocadas sobre un
tallo... y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! Creo que voy a bajar
allá y... pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita misno... --continuó,
reteniéndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una
excusa para justificar sus súbitos temores. --No sería prudente aparecer así
entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos... y ¡lo que me voy a
reír cuando me pregunten que si me gustó el paseo y les conteste «Ay, sí, lo
pasé muy bien... (y aquí hizo ese mohín favorito que siempre hacia con la
cabeza)... sólo que hacía tanto polvo y tanto calor... y los elefantes se
pusieron tan pesados!»
--Será
mejor que baje por el otro lado --dijo después de pensarlo un rato-- que a los
elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde. Además, ¡tengo tantas ganas
de llegar a la tercera casilla!
Así
que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los
seis arroyos.
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
--¡Billetes,
por favor! --pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla. En
seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenían más o menos el mismo tamaño
que las personas y desde luego parecían ocupar todo el espacio dentro del
vagón.
--¡Vamos,
niña! ¡Enséñame tu billete! --insistió el inspector mirando enojado a Alicia. Y
muchas otras voces dijeron todas a una (--Como si fuera el estribillo de una
canción --pensó Alicia) --¡Ala, niña! ¡No le hagas esperar, que su tiempo vale
mil libras por minuto!
--Siento
decirle que no llevo billete --se excusó Alicia con la voz alterada por el
temor--: no había ninguna oficina de billetes en el lugar de donde vengo.
Y
otra vez se reanudó el coro de voces: --No había sitio para una oficina de
billetes en el lugar de donde viene. ¡La tierra allá vale a mil libras la
pulgada!
--¡No
me vengas con esas excusas! --dijo el inspector-- Debieras haber comprado uno
al conductor.
Y
otra vez el coro de voces reanudó su cantilena:
--El
conductor de la locomotora ¡como que sólo el humo que echa vale a mil libras la
bocanada!
Alicia
se dijo a sí misma --Pues en ese caso no vale la pena decir nada--. Esta vez
las voces no corearon nada, puesto que no había hablado, pero con gran sorpresa
de Alicia lo que si hicieron fue pensar a coro (y espero que entendáis lo que
eso quiere decir... pues he de confesar que lo que es yo, no lo sé). --Tanto
mejor no decir nada. ¡Que el idioma está ya a mil libras la palabra!
--A
este paso, ¡estoy segura de que voy a estar soñando toda la noche con esas
dichosas mil libras! ¡Vaya si lo sé! --pensó Alicia.
El
inspector la había estado contemplando todo este tiempo, primero a través de un
telescopio, luego por un microscopio y por último con unos gemelos de teatro.
Para terminar, le dijo --Estás viajando en dirección contraria --y fuese,
cerrando sin más la ventanilla.
--Una
niña tan pequeña --sentenció un caballero que estaba sentado enfrente de Alicia
(y que estaba todo él vestido de papel blanco)-- debiera de saber la dirección
que lleva, ¡aunque no sepa su propio nombre!
Una
cabra que estaba sentada al lado del caballero de blanco, cerró los ojos y
dictaminó con voz altisonante, --Debiera conocer el camino a la oficina de
billetes, ¡aunque no sepa su abecé!
Sentado
al lado de la cabra iba un escarabajo (el vagón aquel iba desde luego ocupado
por unos pasajeros harto extraños) y como parecía que la regla era la de que
hablasen todos por turno, ahora a éste le tocó continuar diciendo, --¡Tendrá
que volver de aquí facturada como equipaje!
Alicia
no podía ver quién estaba sentado más allá del escarabajo, pero sí pudo oír
cómo una voz enronquecida la emprendía diciendo también algo: --¡Cambio de
máquina...! --fue todo lo que pudo decir porque se le cortó la voz.
--Por
la manera que tiene de hablar no sé si decir que es un caballo bronco o un
gallo -- pensó Alicia. Y una vocecita extremadamente ligera le dijo, muy cerca,
al oido --Podrías si quisieras hacer un chiste con eso, algo así como «al
caballo le ha salido un gallo».
Entonces,
otra voz muy suave dijo en la lejanía --Ya sabéis, habrá que ponerle una
etiqueta que diga «Frágil, niña dentro; con cuidado».
Después
de esto, otras voces también intervinieron (--¡Cuánta gente parece haber en
este vagón! --pensó Alicia) diciendo --Habrá que remitirla por correo, ya que
lleva un traje estampado... habrá que mandarla por telégrafo... que arrastre
ella misma el tren en lo que queda de camino... --y así hasta la saciedad).
Pero
el caballero empapelado de blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oído
--No hagas caso de lo que están diciendo, querida: te bastará con sacar un
billete de retorno cada vez que el tren se detenga.
--¡Eso
sí que no! --respondió Alicia con bastante impaciencia--. Nunca tuve la menor
intención de hacer este viaje por tren... hasta hace sólo un momento estaba tan
tranquila en un bosque... y ahora ¡cómo me gustaría poder volver ahí de nuevo!
--Podrías
hacer un chiste con eso --volvió a insinuar esa vocecilla que parecía tener tan
cerca suyo--; algo así como «pudiera si gustase o gustaría si pudiese», ya
sabes.
--¡Deja
ya de fastidiar! --dijo Alicia, mirando en derredor para ver de dónde provenía
la vocecilla--. Si tienes tantas ganas de que haga un chiste, ¡por qué no lo
haces tú misma!
La
pequeña vocecilla dio un hondo suspiro. Estaba muy disgustada, evidentemente, y
a Alicia le hubiera gustado decirle algo amable para consolarla --Si sólo
suspirara como todo el mundo... --pensó. Pero no, aquel había sido un suspiro
tan maravillosamente imperceptible que no lo hubiera oído nunca si no estuviera
tan cerca de su oído. Lo que tuvo la consecuencia de hacerle muchas cosquillas
y esto fue lo que la distrajo de pensar en el disgusto de la pobre y diminuta
criatura.
--Yo
ya sé que eres una persona amiga --continuó diciendo la vocecilla--: una buena
amiga mía y de hace mucho tiempo, además. Por eso sé que no me harás daño,
aunque sea un insecto.
--¿Qué
clase de insecto? --preguntó Alicia con cierta ansiedad. En realidad, lo que le
preocupaba era si podía o no darle un pinchazo, sólo que le pareció que no
sería de muy buena educación preguntárselo así directamente.
--¡Cómo!
¿Entonces es que a ti no... --empezó a decir la vocecilla, pero cualquiera que
fuese su explicación, quedó ahogada por un estridente silbato de la locomotora;
todo el mundo saltó alarmado de sus asientos y Alicia también con los demás.
El
caballo, que había asomado la cabeza por la ventanilla, la volvió a meter
tranquilamente y dijo --No es más que un arroyo que tenemos que saltar. --Todo
el mundo pareció quedar satisfecho con esta explicación, pero Alicia no las
tenía todas consigo ante la idea de que el tren se pusiese a dar saltos.
--Aunque si así llegamos a la cuarta casilla ¡creo que valdría la pena
probarlo! --concluyó para sus adentíos. Al momento siguiente sintió cómo el
vagón se elevaba por los aires y con el susto que esto le dio se agarró a lo
que tuviera más cerca y dio la casualidad de que esto fue la barba de la cabra.
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
Pero
la barba pareció disolverse en el aire al tocarla y Alicia se encontró sentada
tranquilamente bajo un árbol... mientras el mosquito (pues no era otra cosa el
insecto con el que había estado hablando) se balanceaba sobre una rama encima
de su cabeza y la abanicaba con sus alas.
Ciertamente
que se trataba de un mosquito bien grande. --Tendrá el tamaño de una gallina -
-pensó Alicia.
De
todas formas, no se iba a poner nerviosa ahora, después de que había estado
charlando con él durante tanto rato como si nada.
--¿...
entonces, a ti no te gustan todos los insectos? --continuó su pregunta el
mosquito, como si no hubiera pasado nada.
--Me
gustan cuando pueden hablar --respondió Alicia--. En el lugar de donde yo vengo
no hay ninguno que hable.
--¿Cuáles
son los insectos que te encantan --le preguntó el mosquito-- en el país de
donde vienes?
--A
mí no me encanta ningún insecto --explicó Alicia--, porque me dan algo de
miedo... al menos los grandes. Pero, en cambio, puedo decirte los nombres de
algunos.
--Por
supuesto que responderán por sus nombres --observó descuidadamente el mosquito.
--Nunca
me lo ha parecido.
--Entonces,
¿de qué sirve que tengan nombres, si no responden cuando los llaman?
--A
ellos no les sirve de nada --explicó Alicia--, pero sí les sirve a las personas
que les dan los nombres, supongo. Si no ¿por qué tienen nombres las cosas?
--¡Vaya
uno a saber! --replicó el mosquito--. Es más, te diré que en ese bosque, allá
abajo, las cosas no tienen nombre. Sin embargo, adelante con esa lista de
insectos, que estamos perdiendo el tiempo.
--Bueno,
pues primero están los tábanos, que están siempre molestando a los caballos --
reanudó Alicia, llevando la cuenta con los dedos.
--¡Vale!
--le interrumpió el mosquito--: Pues allí, encaramado en medio de ese arbusto,
verás a un tábano-de-caballitos-de-madera. También él está todo hecho de madera
y se mueve por ahí balanceándose de rama en rama.
--¿De
qué vive? --preguntó Alicia, con gran curiosidad.
-Pues
de savia y serrín --respondió el mosquito--. ¡Sigue con esa lista!
Alicia
contempló al tábano-de-aballitos-de-madera con gran interés y decidió que
seguramente lo acababan de repintar porque tenía un aspecto tan brillante y
pegajoso; y entonces continuó:
--Luego,
está la luciérnaga.
--Mira
ahí, sobre esa rama encima de tu cabeza --señaló el mosquito-- y verás una
hermosa luciérnaga de postre. Su cuerpo está hecho de budín de pasas, sus alas
de hojas de acebo y su cabeza es una gran pasa flameando al coñac.
--¿Y
de qué vive? --preguntó Alicia, igual que antes.
--Pues
de turrones y mazapán --respondió el mosquito-, y anida dentro de una caja de
aguinaldos.
--Luego,
tenemos a la mariposa --continuó Alicia, después de haber echado un buen
vistazo al insecto de la flameante cabeza y de haberse preguntado --¿Y no será
por eso que a los insectos les gusta tanto volar hacia la llama de las
velas...?, ¿por qué todos quieren conveítirse en luciérnagas de postre?
--Pues
arrastrándose a tus pies --dijo el mosquito (y Alicia apartó los pies con
cierta alarma) podrás ver a una melindrosa meriendaposa o mariposa de
meriendas. Tiene las alas hechas de finas rebanadas de pan con mantequilla, el
cuerpo de hojaldre y la cabeza es toda ella un terrón de azícar.
--Y
ésta ¿de qué vive?
--De
té muy clarito con crema.
A
Alicia se le ocurrió una nueva dificultad:
--Y
¿qué le pasaría si no pudiera encontrarlo? --insinuó.
--Pues
que se moriría, naturalmente.
--Pero
eso ha de sucederles muy a menudo --dijo Alicia pensativa.
--Siempre
les pasa --afirmó el mosquito.
Con
esto, Alicia se quedó callada durante un minuto o dos, considerándolo todo.
Mientras tanto, el mosquito se entretenía zumbando y dando vueltas y más
vueltas alrededor de su cabeza. Por fin, volvió a posarse y observó:
--¿Supongo
que no te querrías quedar sin nombre?
--De
ninguna manera --se apresuró a contestar Alicia, no sin cierta ansiedad.
--Y
sin embargo, ¿quién sabe? --continuó diciendo el mosquito, así como quien no le
da importancia a la cosa--. ¡Imagínate lo conveniente que te sería volver a
casa sin nombre! Entonces si, por ejemplo, tu niñera te quisiese llamar para
que estudiaras la lección, no podría decir más que «¡Ven aquí...!», y allí se
quedaría cortada, porque no tendria ningún nombre con que llamarte, y entonces,
claro está, no tendrías que hacerle ningún caso.
--¡Estoy
segura de que eso no daría ningún resultado! --respondió Alicia-- . ¡Mi niñera
nunca me perdonaría una lección sólo por eso! Si no pudiese acordarse de mi
nombre me llamaría «seriorita», como hacen los sirvientes.
--Bueno,
pero entonces si dice «señorita» sin decir más, tú podrías decir que habías
oído que «te la quita» y quedarte también sin lección. ¡Es un chiste! Me
hubiese gustado que lo hubieses hecho tú.
--No
sé por qué dices que te habría gustado que se me hubiera ocurrido a mí
--replicó Alicia--; es un chiste muy malo.
Pero
el mosquito sólo suspiró profundamente, mientras dos lagrimones le surcaban las
mejillas.
--No
debieras de hacer esos chistes --le dijo Alicia-- si te ponen tan triste.
Otra
vez le dio al mosquito por dar uno de esos imperceptibles suspiros melancólicos
y esta vez sí que pareció haberse consumido de tanto suspirar, pues cuando
Alicia miró hacia arriba no pudo ver nada sobre la rama; y como se estaba
enfriando de tanto estar sentada se puso en pie y empezó a andar.
Muy
pronto llegó a un campo abierto con un bosque al fondo: parecía mucho más
oscuro y espeso que el anterior y Alicia se sintió algo atemorizada de
adentrarse en él. Pero, después de pensarlo, se sobrepuso y decidió continuar
adelante: --Porque desde luego no voy a volverme atrás --decidió mentalmente; y
además era la única manera de llegar a la octava casilla.
--Este
debe ser el bosque --se dijo, preocupada-- en el que las cosas carecen de
nombre. Me pregunto, ¿qué le sucederá al mío cuando entre en él? No me gustarfa
perderlo en absoluto... porque en ese caso tendrían que darme otro y estoy
segura de que sería uno feísimo. Pero si asi fuera ¡lo divertido será buscar a
la criatura a la que la hayan dado el mío! Seria igual que en esos anuncios de
los periódicos que pone la gente que pierde a sus perros... «responde por el
nombre de 'Chispa'; lleva un collar de bronce...» ¡Qué gracioso sería llamar a
todo lo que viera «Alicia» hasta que algo o alguien respondiera! Sólo que si
supieran lo que es bueno se guardarían mucho de hacerlo.
Estaba
argumentando de esta manera cuando llegó al lindero del bosque: tenía un
aspecto muy fresco y sombreado.
--Bueno,
al menos vale la pena --dijo mientras se adentraba bajo los árboles--, después
de haber pasado tanto calor, entrar aquí en este ... en este... ¿en este qué?
--repetía bastante sorprendida de no poder acordarse de cómo se llamaba
aquello--. Quiero decir, entrar en el
...
en el... bueno... vamos, ¡aquí dentro! --afirmó al fin, apoyándose con una mano
sobre el tronco de un árbol--. ¿Cómo se llamará todo esto? Estoy empezando a
pensar que no tenga ningún nombre... ¡Como que no se llama de ninguna manera!
Se
quedó parada ahí pensando en silencio y continuó súbitamente sus cavilaciones:
-- Entonces, ¡la cosa ha sucedido de verdad, después de todo! Y ahora, ¿quién
soy yo? ¡Vaya que si me acordaré! ¡Estoy decidida a hacerlo! -- Pero de nada le
valía toda su determinación y todo lo que pudo decir, después de mucho hurgarse
la memoria, fue --L. ¡Estoy segura de que empieza por L!
En
ese preciso momento se acercó un cervato a donde estaba Alicia; se puso a
mirarla con sus tiernos ojazos y no parecía estar asustado en absoluto. --iVen!
¡Ven aquí! --le llamó Alicia, alargando la mano e intentando acariciarlo; pero
el cervato se espantó un poco y apartándose unos pasos se la quedó mirando.
--¿Cómo
te llamas tú? --le dijo al fin, y ¡qué voz más dulce que tenía!
--¡Cómo
me gustaría saberlo! --pensó la pobte Alicia; pero tuvo que confesar, algo
tristemente: --No me llamo nada, por ahora.
--¡Piensa
de nuevo! --insistió el cervato, porque así no vale.
Alicia
pensó, pero no se le ocurría nada. --Por favor, ¿me querrías decir cómo te
llamas tú? --rogó tímidamente--. Creo que eso me ayudaría un poco a recordar.
--Te
lo diré si vienes conmigo un poco más allá --le contestó el cervato porque aquí
no me puedo acordar.
Así
que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazada tiernamente al cuello suave
del cervato, hasta que llegaron a otro campo abierto; pero, justo al salir del
bosque, el cervato dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia.
--¡Soy un cervato! --gritó jubilosamente-, y tú ... ¡Ay de mí! ¡Si eres una
criatura humana! -- Una expresión de pavor le nubló los hermosos ojos marrones
y al instante salió de estampia.
Alicia
se quedó mirando por donde huía, casi a punto de romper a llorar, tal era la
pena que le había causado perder tan súbitamente a un compañero de viaje tan
amoroso --En todo caso --dijo-- al menos ya me acuerdo de cómo me llamo, y eso
me consuela un poco: Alicia... Alicia... y ya no he he de olvidar. Y ahora,
vamos a ver cuál de esos postes indicadores he de seguir, ¿por dónde habré de
ir?
No
era una cuestión demasiado difícil de resolver, pues sólo había un camino por
el bosque y los dos postes señalaban, con los índices de sus dos manos
indicadoras, en la misma dirección. --Lo decidiré --se dijo Alicia-- cuando el
camino se bifurque y señalen en direcciones contrarias.
Pero
aquello no tenía trazas de suceder. Siguió adelante, andando y andando, durante
un buen trecho y, sin embargo, cada vez que el camino se bifurcaba, siempre se
encontraba con los mismos indicadores, los índices de sus respectivas manos
apuntando en la misma dirección. Uno decía:
A
CASA DE TWEEDLEDUM
y el
otro:
A
CASA DE TWEEDLEDEE
--Estoy
empezando a creer --dijo Alicia al fin-- ¡que viven en la misma casa! ¿Cómo no
se me ha ocurrido antes?... Pero no tengo tiempo para entretenerme; me pasaré
por ahí un momento, el tiempo justo de saludarles y de rogarles que me indiquen
el camino para salir del bosque. ¡Si sólo pudiera llegar a la octava casilla
antes de que anochezca! --Y de esta guisa, continuó hablando consigo misma,
hasta que al doblar un fuerte recodo del camino, se topó con dos hombrecillos
regordetes, pero tan de sopetón que no pudo reprimir un respingo de sorpresa;
pero se recobró al momento, segura de que ambos personajes no podían ser más
que...
TWEEDDLEDUM
Y TWEEDLEDEE
Ambos
estaban parados bajo un árbol, con el brazo por encima del cuello del otro y
Alicia pudo percatarse inmediatamente de cuál era quién porque uno de ellos
llevaba bordado sobre el cuello «DUM» y el otro «DEE». --Supongo que ambos
llevarán bordado «TWEEDLE» por la parte de atrás --se dijo Alicia.
Estaban
ahí tan quietecitos que Alicia se olvidó de que estuviesen vivos y ya iba a
darles la vuelta para ver si llevaban las letras «TWEEDLE» bordadas por la
parte de atrás del cuello, cuando se sobresaltó al oír una voz que provenía del
marcado «DUM».
--Si
crees que somos unas figuras de cera --dijo-- deberías de pagar la entrada, ya
lo sabes. Las figuras de cera no están ahí por nada. ¡De ninguna manera!
--¡Por
el contrario! --intervino el marcado «DEE»--. Si crees que estamos vivos,
¡deberías hablarnos!
--Os
aseguro que estoy apenadísima --fue todo lo que pudo decir Alicia, pues la
letra de una vieja canción se le insinuaba en la mente con la insistencia del
tic-tac de un reloj, de tal forma que no pudo evitar el repetirla en voz alta.
Tweedledum
y Tweedledee
decidieron
batirse en duelo;
pues
Teweedledum dijo que Tweedledee
le
había estropeado
su
bonito sonajero nuevo.
Bajó
entonces volando
un
monstruoso cuervo, más negro
que
todo un barril de alquitrán;
¡y
tanto se asustaron nuestros héroes
que
se olvidaron de todos sus duelos!
--Ya
sé lo que estás pensando --dijo Tweedledum--; pero no es como tú crees. ¡De
ninguna manera!
--¡Por
el contrario! --continuó Tweedledee --. Si hubiese sido así, entonces lo sería;
y siéndolo, quizá lo fuera; pero como no fue así tampoco lo es asá. ¡Es lógico!
--Estaba
pensando --dijo Alicia muy cortésmente-- en cuál sería la mejor manera de salir
de este bosque: se está poniendo muy oscuro. ¿Querríais vosotros indicarme cuál
es el camino!
Pero
los dos gordezuelos tan sólo se miraron, sonriendo ladinos.
Tanto
se parecían a dos colegiales grandullones que Alicia se encontró de golpe
señalando con el dedo a Tweedledum y llamándole -¡iAlumno número uno!
--¡De
ninguna manera! --se apresuró a gritar Tweedledum cerrando la boca luego con la
misma brusquedad.
--¡Alumno
número dos! --continuó Alicia, señalando esta vez a Tweedledee, segura de que
iba a responderle en seguida gritando «¡Por el contrario!» como en efecto
sucedió.
--¡Lo
has empezado todo muy mal! --exclamó Tweedledum--. Lo primero que se hace en
una visita es saludarse con un «hola, ¿que tal?» y luego ¡un buen apretón de
manos! --Y diciendo esto los dos hermanos se dieron un fuerte abrazo y
extendieron luego sendas manos para que Alicia se las estrechara.
Alicia
no se atrevía a empezar dándole la mano a ninguno de los dos, por miedo de
herir los sentimientos del otro; de forma que pensando salir así lo mejor que
podía del mal paso, tomó ambas manos a la vez con las dos suyas: al momento se
encontraron los tres bailando
en
corro. Esto le pareció entonces a Alicia de lo más natural (según recordaría
más tarde) e incluso no le sorprendió nada oír un poco de música; parecía que
provenía de algún lugar dentro del árbol bajo el cual estaban danzando y (por
lo que pudo entrever) parecía que la estaban tocando sus mismas ramas,
frotándose las unas contra las otras como si fueran arcos y violines.
--¡Sí
que tenía gracia aquello --solía decir Alicia cuando le contaba luego a su
hermana toda esta historia-- encontrarme de pronto cantando en corrillo «que
llueva, que llueva, la vieja está en la cueva»! La cosa es que no sé
exactamente cuándo empecé a hacerlo, pero entonces ¡sentía como si lo hubiese
estado cantando durante mucho, mucho tiempo!
Como
los otros dos bailarines eran gordos, pronto se quedaron sin aliento. --Cuatro
vueltas son suficientes para esta danza --jadeó trabajosamente Tweedledum; y
dejaron de bailar tan súbitamente como habían empezado; también se interrumpió
la música al mismo tiempo.
Ambos
soltaron entonces las manos de Alicia y se la quedaron contemplando durante un
minuto: se produjo una pausa un tanto azarante, pues Alicia no sabía cómo
iniciar una conversación con unas personas con las que acababa de estar
bailando. --Este sí que no es el momento de decir «hola, ¿como estás?» -- se
dijo a s i misma. Me parece que ya hemos superado esta etapa.
--Espero
que no estéis demasiado cansados --dijo Alicia al fin.
--¡De
ninguna manera! Pero mil gracias por tu interés --contestó Tweedledum. --¡Muy
agradecido!-- añadió Tweedledee. --Te gusta la poesía?
--Pues...
si, bastante... algunos poemas --dijo Alicia sin mucha convicción.-- ¿Querríais
decirme qué camino he de tomar para salir del bosque?
--¿Qué
te parece que le recite? -- preguntó Tweedledee volviéndose hacia Tweedledum
con una cara muy seria y sin hacer el menor caso a la pregunta de Alicia.
--«La
morsa y el carpintero», que es lo más largo que te sabes-- replicó Tweedledum,
dando a su hermano un tierno abrazo.
Tweedledee
comenzó en el acto:
¡Brillaba
el sol...!
Pero
Alicia se atrevió a interrumpirle: --Si va a ser muy largo-- dijo tan
cortésmente como pudo --¿no querríais decirme primero por qué camino...?
Tweedledee
sonrió amablemente y empezó de nuevo:
¡Brillaba
el sol sobre la mar!
Con
el fulgor implacable de sus rayos
se
esforzaba, denodado, por aplanar
y
alisar las henchidas ondas;
y
sin embargo, aquello era bien extraño
pues
era ya más de media noche.
La
luna rielaba con desgana
pues
pensaba que el sol
no
tenía por qué estar ahí
después
de acabar el dia...
¡Qué
grosero! --decia con un moh¡n,
--¡venir
ahora a fastidiarlo todo!
La
mar no podía estar más mojada
ni
más secas las arenas de la playa;
no
se veía ni una nube en el firmamento
porque,
de hecho, no habict ninguna;
tampoco
surcaba el cielo un solo pájaro
pues,
en efecto, no quedaba ninguno.
La
morsa y el carpintero
se
paseaban cogidos de la mano:
lloraban,
inconsolables, de la pena
de
ver tanta y tanta arena.
¡Si
sólo la aclararan un poco,
qué
maravillosa sería la playa!
--Si
siete fregonas con siete escobas
la
barrieran durante medio año,
¿te
parece --indagó la morsa atenta--
que
lo dejarían todo bien lustrado?
--Lo
dudo-- confesó el carpintero
y
lloró una amarga lágrima.
¡Oh
ostras! ¡Venid a pasear con nosotros!
requirió
tan amable, la morsa.
--Un
agradable paseo, una pausada charla
por
esta playa salitrosa:
mas
no vengáis más de cuatro
que
más de la mano no podriamos.
Una
venerable ostra le echó una mirada
pero
no dijo ni una palabra.
Aquella
ostra principal le guiñó un ojo
y
sacudió su pesada cabeza...
Es
gue quería decir que prefería
no
dejar tan pronto su ostracismo.
Pero
otras cuatro ostrillas infantes
se
adelantaron ansiosas de regalarse:
limpios
los jubones y las caras bien lavadas
los
zapatos pulidos y brillantes;
y
esto era bien extraño
pues
ya sabéis que no tenían pies.
Cuatro
ostras más las siguieron
y
aún otras cuatro más;
por
fin vinieron todas a una
más
y már y más... brincando
por
entre la espuma de la rompiente
se
apresuraban a ganar la playa.
La
morsa y el carpinrero
caminaron
una milla, más o menos,
y
luego reposaron sobre una roca
de
conveniente altura;
mientras,
las otras las aguardaban
formando,
expectantes, en fila.
--Ha
llegado la hora --dijo la morsa--
de
que hablemos de muchas cosas:
de
barcos... lacres... y zapatos;
de
reyes... y repollos...
y de
por qué hierve el mar tan caliente
y de
si vuelan procaces los cerdos.
--Pero
¡esperad un poco!-- gritaron las ostras
y
antes de charla tan sabrosa
dejadnos
recobrar un poco el aliento
¡que
estamos todas muy gorditas!
--¡No
hay prisa!-- concedió el carpintero
y
mucho le agradecieron el respiro.
--Una
hogaza de pan --dijo la morsa--,
es
lo que principalmente necesitamos:
pimienta
y vinagre, además,
tampoco
nos vendrán del todo mal...
y
ahora, ¡preparaos, ostras queridas!,
que
vamos ya a alimentarnos.
--Pero,
¡no con nosotras!-- grítaron las ostras
poniéndose
un poco moradas;
--¡que
después de tanta amabilidad
eso
sería cosa bien ruin!
--La
noche es bella --admiró la morsa--
¿no
te impresiona el paisaje?
--¡Qué
amables habéis sido en venir!
iY
qué ricas que sois todas!
Poco
decía el carpintero, salvo
--¡Córtame
otra rebanada de pan!,
Y
ojalá no estuvieses tan sordo
que,
¡ya lo he tenido gue decir dos veces!
--¡Qué
pena me da --exclamó la morsa--
haberles
jugado esta faena!
¡Las
hemos traído tan lejos
y
trotaron tanto las pobres!
Mas
el carpintero no decía nada, salvo
--¡Demasiada
manteca has untado!
--¡Lloro
por vosotras!- gemía la morsa.
--¡Cuánta
pena me dais!-- seguía lamentando
y
entre lágrimas y sollozos escogía
las
de tamaño más apetecible;
restañaba
con generoso pañuelo
esa
riada de sentidos lagrimones.
--¡Oh,
ostras!-- dijo al fin el carpintero.
--¡Qué
buen paseo os hemos dado!,
¿os
parece ahora que volvamos a casita?--
Pero
nadie le respondía...
y
esto sí que no tenía nada de extraño,
pues
se las habían zampado todas.
De
los dos el que más me gusta es la morsa --comentó Alicia-- porque al menos a
esa le daban un poco de pena las pobres ostras.
--Sí,
pero en cambio, comió más ostras que el carpintero --corrigió Tweedledee--
resulta que tapándose con el pañuelo se las iba zampando sin que el carpintero
pudiera contarlas sino, ¡por el contrario!
--¡Eso
si que está mal! --exclamó Alicia indignada--. En ese caso, me gusta más el
carpintero... siempre que no haya comido más ostras que la morsa.
--Pero
en cambio se tragó todas las que pudo --terció Tweedledum.
El
dilema la dejó muy desconcertada. Después de una pausa, Alicia concluyó:
--¡Bueno! ¡Pues ambos eran unos tipos de muy mala catadura...!-- Pero al decir
esto se contuvo, algo alarmada al oír algo que sonaba como el jadear de una
gran locomotora en el interior del bosque que los rodeaba, aunque lo que Alicia
verdaderamente temía es que se tratase de alguna bestia feroz. --Por
casualidad, ¿hay leones o tigres por aquí cerca? --preguntó tímidamente.
--No
es más que el Rey rojo que está roncando --explicó TTweedledee.
--¡Ven,
vamos a verlo! --exclamaron los hermanos y tomando cada uno una mano de Alicia
la condujeron a donde estaba el Rey.
--¿No
te parece que está precioso? --dijo Tweedledum.
Alicia
no podía asegurarlo sinceramente: el Rey llevaba puesto un gran gorro de dormir
con una borla en la punta, y estaba enroscado, formando como un bulto
desordenado; roncaba tan sonoramente que Tweedledum observó: --Como si se le
fuera a volar la cabeza a cada ronquido.
--Me
parece que se va a resfriar si sigue ahí tumbado sobre la hierba húmeda --dijo
Alicia, que era una niña muy prudente y considerada.
--Ahora
está soñando --señaló Tweedledee-- ¿y a que no sabes lo que está soñando?
--¡Vaya uno a saber! --replicó Alicia-- ¡Eso no podría adivinarlo nadie!
--¡Anda!
¡Pues si te está soiíando a ti! --exclamó Tweedledee batiendo palmas en aplauso
de su triunfo--. Y si dejara de soñar contigo, ¿qué crees que te pasaria?
--Pues
que seguiría aqui tan tranquila, por supuesto --respondió Alicia.
--¡Ya!
¡Eso es lo que tú quisieras --replicó Tweedledee con gran suficiencia--. ¡No
estarías en ninguna parte!
¡Cómo
que tú no eres más que un algo con lo que está soñando!
--Si
este Rey aquí se nos despertara --añadió Tweedledum-- tu te apagarías... ¡zas!
¡Como una vela!
--¡No
es verdad --exclamó Alicia indignada --. Además, si yo no fuera más que algo
con lo que está soñando, ¡me gustaría saber lo que sois vosotros!
--¡Eso,
eso! --dijo Tweedledum.
--¡Tú
lo has dicho! --exclamó Tweedledee.
Tantas
voces daban que Alicia no pudo contenerse y les dijo: --¡Callad! Que lo vais a
despertar como sigais haciendo tanto ruido.
--Eso
habría que verlo; lo que es a ti de nada te serviría hablar de despertarlo
--dijo Tweedledum-- cuando no eres más que un objeto de su sueño. Sabes
perfectamente que no tienes ninguna realidad.
--¡Que
sí soy real! --insistió Alicia y empezó a llorar.
--Por
mucho que llores no te vas a hacer ni una pizca más real --observó Tweedledee--
y además no hay nada de qué llorar.
--Si
yo no fuera real continuó Alicia, medio riéndose a través de sus lágrimas, pues
todo le parecia tan ridículo-- no podría llorar como lo estoy haciendo.
--¡Anda!
Pues, ¡no supondrás que esas lágrimas son de verdad? --interrumpió Tweedledum
con el mayor desprecio.
--Sé
que no están diciendo más que tonterías --razonó Alicia para si misma-- así que
es una bobada que me ponga a llorar. De forma que se secó las lágrimas y
continuó hablando con el tono más alegre y despreocupado que le fue posible:
--En todo caso será mejor que vaya saliendo del bosque, pues se está poniendo
muy oscuro; ¿creeis que va a llover?
Tweedledum
abrió un gran paraguas y se metió debajo, con su hermano; mirando hacia arriba
respondió: --No lo creo... al menos, no parece que vaya a llover aqui dentro.
¡De ninguna manera!
--Pero,
¿puede que llueva aquí fuera?
--Pues...
si así se le antoja... -dijo Tweedledee-- Por lo que a nosotros nos toca, no
hay reparo... ¡Por el contrario!
--¡Qué
tipos más egoístas! --pensó Alicia y estaba ya a punto de darles unas «buenas
noches» muy secas y volverles la espalda para marcharse cuando Tweedledum saltó
de donde estaba bajo el paraguas y la agarró violentamente por la muñeca.
--¡¿Ves
eso?! --le preguntó con una voz ahogada por la ira y con unos ojos que se le
ponían más grandes y más amarillos por momentos, mientras señalaba con un dedo
tembloroso hacia un pequeño objeto blanco que yacía bajo un árbol.
--No
es más que un cascabel --dijo Alicia después de examinarlo cuidadosamente--
¡pero no vayas a cree que es una serpiente de cascabel! --anadió
apresuradamente, pensando que
a lo
mejor era eso lo que le excitaba tanto: no es más que un viejo sonajero...
bastante viejo y roto.
--¡Lo
sabía! ¡Lo sabía! --gritó Tweedledum y empezó a dar unas pataletas tremendas y
a arrancarse el pelo a puñados--. ¡Está estropeado, por supuesto! --y al decir
esto miró hacia donde estaba Tweedledee, quien inmediatamente se sentó en el
suelo e intentó esconderse bajo el enorme paraguas.
Alicia
tomó a Tweedledum del brazo y trató de tranquilizarlo diciéndole --No debes de
enojarte tanto por un viejo sonajero.
--¡Es
que no es viejo! --gritó Tweedledum más furioso todavía--. ¡¡Es nuevo, te digo
que es nuevo!! Lo compré ayer..., ¡mi bonito SONAJERO NUEVO!-- Y su tono de voz
subió hasta convertirse en un auténtico alarido.
Durante
todo este tiempo, Tweedledee había estado intentando plegar su paraguas, lo
mejor que podía, consigo dentro: lo cual representaba una ejecución tan
extraordinaria que logró que Alicia se distrajera y olvidara por un momento a
su airado hermano. Pero no lo logró del todo y acabó rodando por el suelo,
enrollado en el paraguas, del que sólo le asomaba la cabeza: y ahí quedó,
abriendo y cerrando la boca, con los ojos muy abiertos...
--Pareciéndose
más a un pez que a cualquier otra cosa --pensó Alicia.
--¡Naturalmente
que estarás de acuerdo en que nos batamos en duelo! --dijo Tweedledum con un
tono un poco más tranquilo.
--Supongo
que sí --dijo malhumorado el otro mientras salía del paraguas-- sólo que, ya
sabes, ella tendrá que ayudarnos a vestir.
Así
que los dos hermanos se adelantaron mano a mano en el bosque y volvieron de
allí al minuto con los brazos cargados de toda clase de cosas... tales como
cojines, mantas, esteras, manteles, ollas, tapaderas y cubos de carbón...
--Espero
que tengas buena mano para sujetar con alfileres y atar con cordeles --advirtió
Tweedledee-- porque hemos de ponernos todas y cada una de estas cosas de la
manera que sea.
Más
tarde, Alicia solía comentar que nunca había visto un jaleo mayor que el que
armaron aquellos dos por tan poca cosa... y la cantidad de objetos que hubieron
de ponerse encima...
y el
trabajo que le dieron haciéndole atar cordeles y sujetar botones... --La verdad
es que cuando terminen se van a parecer más a dos montones de ropa vieja que a
cualquier otra cosa-- se dijo Alicia, mientras se afanaba por enrollar un cojín
alrededor del cuello de Tweedledee, --para que no puedan cortarme la cabeza
--según dijo aquél.
--Ya
sabes --añadió con mucha gravedad-- que es una de las cosas más malas que le
pueden ocurrir a uno en un combate... que le corten a uno la cabeza.
Alicia
rio con gusto, pero se las arregló para disimular las carcajadas con una
tosecita por miedo a herir sus sentimientos.
--¿Estoy
algo pá]ido? --preguntó Tweedledum, acercándose para que le ciñera el yelmo
(yelmo, lo llamaba él, aunque pareciera más bien una cacerola...)
--Bueno...
si... un poco --le aseguró Alicia con amabilidad.
--La
verdad es que generalmente soy una persona de mucho valor --continuó Tweedledum
en voz baja--: lo que ocurre es que hoy tengo un dolor de cabeza...
--Y
yo, ¡un dolor de muelas! --dijo Tweedledee que había oído el comentario--. Me
encuentro mucho peor que tú.
--En
ese caso, sería mucho mejor que no os pelearais hoy --les dijo Alicia, pensando
que se le presentaba una buena oportunidad para reconciliarlos.
--No
tenemos más remedio que batirnos hoy; pero no me importaría que no fuese por
mucho tiempo --dijo Tweedledum--. ¿Qué hora es?
Tweedledee
consultó su reloj y respondió: --Son las cuatro y media.
--Pues
entonces, combatamos hasta las seis y luego, ¡a cenar! --propuso Tweedledum.
--Muy
bien --convino el otro, aunque algo taciturno-- y ella, que presencie el
duelo... sólo que no se acerque demasiado a mí --añadió -- porque cuando a mí
se me sube la sangre a la cabeza..., ¡vamos, que le doy a todo lo que veo!
--¡Y
yo le doy a todo lo que se pone a mi alcance,lo vea o no lo vea! --gritó
Tweedledee.
--Pues
si es así --rió Alicia-- apuesto que habréis estado dándole a todos estos
árboles con mucha frecuencia.
Tweedledum
miró alrededor con gran satisfacción. --Supongo --se jactó-- que cuando hayamos
terminado, ¡no quedará ni un sólo árbol sano a la redonda!
--¡Y
todo por un sonajero! --exclamó Alicia que aún tenía esperanzas de que se
avergonzaran un poco de pelearse por tan poca cosa.
--No
me habría importado tanto --se excusó Tweedledee-- si no hubiera sido uno
nuevo.
--¡Cómo
me gustaría que apareciera ahora el cuervo monstruoso! --pensó Alicia.
--No
tenemos más que una espada, ya sabes --le dijo Tweedledum a su hermano así que
tú puedes usar el paraguas..., pincha igual de bien; sólo que más vale que
empecemos pronto porque se está poniendo todo muy negro.
--¡Y
tan negro! --convino Tweedledee.
Estaba
oscureciendo tan velozmente que Alicia pensó que se estaría acercando alguna
tormenta. --¡Qué nube tan negra y tan espesa! --dijo-- Y qué rápidamente se
está encapotando el cielo! Pero..., ¿qué veo? ¡Si me parece que esa nube tiene
alas!
--¡Es
el cuervo! --gritó Tweedledum con un chillido de alarma y en el acto los dos
hermanos salieron de estampía y desaparecieron en el bosque.
Alicia
corrió un poco también y se detuvo bajo un corpulento árbol. --No creo que
pueda dar conmigo aquí -- pensó-- es demasiado grande como para poder penetrar
entre estos árboles; pero ya me gustaria que no aletease de esa manera... está
levantando un huracán en el bosque... ¡allí va un mantón que se le habrá volado
a alguien !
AGUA
Y LANA
Y
mientras decía esto cogió el mantón al vuelo; miró alrededor suyo para ver si
encontraba a su dueña: al momento apareció la Reina blanca, corriendo desalada
por el bosque, con los brazos abiertos en cruz, como si viniera volando; y
Alicia se acercó muy cortésmente a su encuentro para devolverle el mantón.
--Me
alegro mucho de haberle podido echar una mano --dijo Alicia mientras le ayudaba
a ponérselo de nuevo.
La
Reina blanca parecía no poder responderle más que con una extraña expresión,
como si se sintiera asustada y desamparada, y repitiendo en voz baja algo que
sonaba así como «pan y mantequilla, pan y mantequilla...», de forma que Alicia
decidió que si no empezaba ella a decir algo no lograría nunca entablar
conversación.
La
inició pues, tímidamente, preguntándole: --¿Tengo la honra de dirigirme a la
Reina blanca?
--Bueno,
si llamas a eso «dirigirse»... --respondió la Reina blanca-- no es en absoluto
lo que yo entiendo por esa palabra.
Alicia
pensó que no tendría ningún sentido ponerse a discutir precisamente cuando
estaban empezando a hablar, de forma que sonrió y le dijo: --Si Su Majestad
quisiera decirme cómo debo empezar, lo intentaré lo mejor que pueda.
--Pero
si es que no quiero que lo hagas en absoluto!--gimió la pobre Reina--. ¡Me he
estado dirigiendo todo el tiempo durante las dos últimas horas!
--Más
le valiera --pensó Alicia-- tener a alguien que la «dirigiera» un poco --pues
estaba tan desarreglada.
--Todo
lo lleva mal puesto --consideró Alicia-- y le sobran alfileres por todas
partes. ¿Me permite ponerle bien el mantón? --añadió en voz alta.
--¡No
sé qué es lo que le pasa! -- suspiró, melancólica, la Reina--. Creo que debe de
estar del mal humor. Lo he puesto con un alfiler por aquí y otro por allá,
¡pero no hay manera de que se esté quieto!
--No
puede quedar bien, por supuesto, si lo sujeta sólo por un lado --le dijo Alicia
mientras se lo iba colocando bien con mucho cuidado-- y, ¡Dios mío!, ¡en qué
estado lleva ese pelo!
--Es
que se me ha enredado con el cepillo --explicó la Reina suspirando-- y el peine
se me perdió ayer.
Alicia
desenredó cuidadosamente el cepillo e hizo lo que pudo por arreglarle un poco
el pelo. --¡Vaya, ya tiene mucho mejor aspecto! --le dijo después de haberle
cambiado de sitio la mayor parte de los alfileres--. ¡Lo que de verdad le hace
falta es tener una doncella!
--Estoy
segura de que te contrataria a ti con mucho gusto --aseguró la Reina--. A dos
reales la semana y mermelada un dia sí y otro no.
Alicia
no pudo evitar la risa al oír esto, y le contestó: --No quisiera verme
empleada... y no me gusta tanto la mermelada.
--¡Ah!
Pues es una mermelada excelente --insistió la Reina.
--Bueno,
en todo caso, lo que es hoy no me apetece nada.
--Hoy
es cuando no podrías tenerla ni aunque te apeteciera --atajó la Reina--. La
regla es:
mermelada
mañana y ayer... pero nunca hoy.
--Alguna
vez tendrá que tocar «mermelada hoy» --objetó Alicia.
--No,
no puede ser --refutó la Reina--. Ha de ser mermelada un día sí y otro no: y
hoy nunca puede ser otro día, ¿no es cierto?
--No,
no comprendo nada --dijo Alicia--. ¡Qué lío me he hecho con todo eso!
--Eso
es lo que siempre pasa cuando se vive marcha atrás' --le explicó la Reina
amablemente--: al principio se marea siempre una un poco...
--¡Viviendo
marcha atrás! --repitió Alicia con gran asombro--. iNunca he oído una cosa
semejante!
--...
Peró tiene una gran ventaja y es que así la memoria funciona en ambos sentidos.
--Estoy
segura de que la mía no funciona más que en uno --observó Alicia--. No puedo
acordarme de nada que no haya sucedido antes.
--Mala
memoria, la que sólo funciona hacia atrás --censuró la Reina.
--¿De
qué clase de cosas se acuerda usted mejor? --se atrevió a preguntarle Alicia.
--¡Oh!
De las cosas que sucedieron dentro de dos semanas --replicó la Reina con la
mayor naturalidad--. Por ejemplo, --añadió, vendándose un dedo con un buen
trozo de gasa-- ahí tienes al mensajero del Rey. Está encerrado ahora en la
cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo
miércoles y por supuesto, el crimen se cometerá al final.
--¿Y
suponiendo que nunca cometa el crimen? --preguntó Alicia.
--Eso
sería tanto mejor, ¿no te parece? --dijo la Reina sujetando con una cinta la
venda que se había puesto en el dedo.
A
Alicia le pareció que desde luego eso no se podía negar. Claro que sería mejor
--dijo-- pero entonces, el haber cumplido condena no sería tanto mejor para él.
--Ahí
es donde te equivocas de todas todas --le aseguró la Reina--. ¿Te han castigado
a ti alguna vez?
--Sólo
por travesuras --se excusó Alicia.
--¡Y
estoy segura de que te sentó muy bien el castigo! --concluyó triunfante la
Reina.
--Sí,
pero es que yo sí que había cometido las cosas por las que me castigaron
--insistió Alicia-- y en eso estriba la diferencia.
--Pero
si no las hubieses cometido --replicó la Reina-- eso te habría sentado mucho
mejor aún. ¡Mucho mejor, muchísimo mejor! Pero es que, ¡muchísimo mejor! --Con
cada
«mejor»
iba elevando más y más el tono de voz hasta que al final no se oía más que un
gritito muy agudo.
Alicia
iba precisamente a replicarle que: --Debe de haber algún error en todo eso...
-- cuando la Reina empezó a dar unos alaridos tan fuertes que tuvo que dejar la
frase sin terminar. --¡Ay, ay, ay! --aullaba la Reina sacudiéndose la mano como
si quisiera que se le soltara.
--¡Me
está sangrando el dedo! iAy, ay, ay, ay!
Sus
alaridos se parecían tanto al silbato de una locomotora que Alicia tuvo que
taparse los oídos con ambas manos.
--Pero,
¿qué es lo le pasa? --le preguntó cuando encontró una ocasión para hacerse oír.
-- ¿Es que se ha pinchado un dedo?
--¡No
me lo he pinchado aún --gritó la Reina-- pero me lo voy a pinchar muy pronto...
ay, ay, ay!
--¿Y
cuando cree que ocurrírá eso? --le preguntó Alicia sintiendo muchas ganas de
reirse a carcajadas.
--Cuando
me sujete el mantón de nuevo --gimió la pobre Reina. --El broche se me va a
desprender de un momento a otro, ¡ay, ay! --y no acababa de decirlo cuando el
broche se le abrió de golpe y la Reina lo agarró frenéticamente para abrocharlo
de nuevo.
--¡Cuidado!
--le gritó Alicia-- ¡que lo está agarrando por el lado que no es! -- y quiso
ponér«selo bien; pero era ya demasiado tarde: se había abierto el gancho y la
Reina se pinchaba el dedo con la aguja.
--Eso
explica que sangrara antes --le dijo a Alicia con una sonrisa. --Ahora ya sabes
cómo suceden las cosas por aquí.
--Pero,
¿y por qué no grita de dolor ahora? --le preguntó Alicia, preparándose para
llevarse las manos otra vez a los oídos.
--¿Para
qué?, si ya me estuve quejando antes todo lo que quería --contestó la Reina,
--¿de qué me serviría hacerlo ahora todo de nuevo?
Para
entonces comenzaba a clarear. --Me parece que el cuervo debe haberse marchado
volando a otra parte --dijo Alicia. --¡Cuánto me alegro de que se haya ido!
Pensé que se estaba haciendo de noche.
--¡Cómo
me gustaría a mí poder alegrarme así! --comentó la Reina. --Lo que pasa es que
nunca me acuerdo de las reglas para conseguirlo. ¡Has de ser muy feliz,
viviendo aquí en este bosque y poniéndote alegre siempre que quieres!
--¡Ay,
si no estuviera una tan sola aquí! --se quejó Alicia con voz melancólica; y al
pensar en lo sola que estaba dos lagrimones rodaron por sus mejillas.
--¡Hala,
no te pongas asi! --le gritó la pobre Reina, retorciéndose las manos de
desesperación. -- ¡Considera qué niña más excepcional eres! ¡Considera lo muy
lejos que has llegado hoy! ¡Considera la hora que es! ¡Considera cualquier
cosa, pero no llores!
Alicia
no pudo evitar la risa al oir esto, a pesar de sus Iágrimas. --¿Puede Usted
dejar de llorar considerando cosas? --le preguntó.
--Esa
es la manera de hacerlo --aseguró la Reina con mucha decisión: --nadie puede
hacer dos cosas a la vez, con que... Empecemos por considerar tu edad...,
¿cuántos años tiene?
--Tengo
siete años y medio, exactamente.
--No
es necesario que digas «ex-actamente» --observó la Reina: te creo sin que
conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento
un años, cinco meses y un día.
--¡Eso
sí que no lo puedo creer! --exclamó Alicia.
--¿Qué
no lo puedes creer? --repitió la Reina con mucha pena; --prueba otra vez:
respira hondo y cierra los ojos.
Alicia
ri6 de buena gana: --No vale la pena intentarlo--dijo. Nadie puede creer cosas
que son imposibles.
--Me
parece evidente que no tienes mucha práctica --replicó la Reina. --Cuando yo
tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a
veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno! ¡Allá va
mi mantón de nuevo!
Se
le había abierto el broche mientras hablaba y una súbita bocanada de viento le
voló el mantón y se lo llevó más allá de un pequeño arroyo.
La
Reina volvió a abrir los brazos en cruz y salió volando tras el y esta vez
logró recobrarlo ella misma.--¡Ya lo tengo! --exclamó triunfalmente. --iAhora
verás cómo me lo pongo y me lo sujeto otra vez, yo solita!
--Entonces
espero que se le haya curado el dedo aquel--contestó Alicia muy cortésmente
mientras cruzaba ella también el arroyo en pos de la Reina.
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
--¡Ay,
está mucho mejor! --gritó la Reina y la voz se le iba elevando hasta
convertirse en un gritito muy agudo, mientras continuaba diciendo: --¡Mucho
mee-ejor! ¡Mee-jor! ¡Mee-ee-jor! ¡Mee ...eeh! --Esto último terminó en un
auténtico balido, tan de oveja que Alicia se quedó de una pieza.
Miró
a la Reina y le pareció como si se hubiera envuelto de golpe en lana. Alicia se
frotó los ojos y miró de nuevo. No podía explicarse lo que había sucedido. ¿Se
encontraba acaso en una tienda? ¿Y era aquello verdaderamente... y estaba ahí,
de verdad, una oveja sentada al otro lado del mostrador? Por más que se frotara
los ojos esa era la única explicación que podía dar a lo que estaba viendo:
estaba en el intetior de una pequeña tienda, bastante oscura, apoyando los
codos sobre el mostrador y contemplando enfrente suyo a una vieja oveja sentada
en una butaca, tejiendo y levantando la vista de vez en cuando para mirarla a
través de un par de grandes anteojos.
--¡Qué
es lo que quieres comprar? --le preguntó al fin la oveja, levantando la vista
de su labor.
--Aún
no estoy del todo segura --le contestó Alicia muy cortésmente. --Si me lo
permite querría mirar antes todo alrededor mío para ver lo que hay.
--Puedes
mirar enfrente tuyo, y también a ambos lados, si gustas --replicó la oveja,
--pero no podrás mirar todo alrededor tuyo... a no ser que tengas un par de
ojos en la nuca.
Y en
efecto, como ocurría que Alicia no tenia ninguno por ahí, tuvo que contentarse
con dar unas vueltas, mirando lo que había en los anaqueles a medida que se
acercaba a ellos.
La
tienda parecía estar repleta de toda clase de curiosidades... pero lo más raro
de todo es que cuando intentaba examinar detenidamente lo que había en algún
estante para ver de qué se trataba, resultaba que estaba siempre vacío a pesar
de que los que estaban a su alrededor parecían estar atestados y desbordando de
objetos.
--¡Las
cosas flotan aqui de un modo!... --se quejo al fin, después de haber intentado
en vano perseguir durante un minuto a un objeto brillante y grande que parecía
unas veces una muñeca y otras un costutero, pero que en todo caso tenía la
virtud de estar siempre en un estante más arriba del que estaba examinando. --Y
esta es desde luego la que peor de todas se porta..., pero, ¡vas a ver!
--añadió al ocurrírsele súbitamente una idea: --Voy a seguirla con la mirada
hasta que llegue al último estante y luego, ¡vaya sorpresa que se va a llevar
cuando tenga que pasar a través del techo!
Pero
incluso esta estratagema le falló: la «cosa» pasó tranquilamente a través del
techo, como si estuviera muy habituada a hacerlo.
--¿Eres
una niña o una peonza? --dijo la oveja mientras se armaba con otro par de
agujas. -- Vas a marearme si sigues dando tantas vueltas por ahí. --Pero ya
antes de terminar de
hablar
estaba tejiendo con catorce pares de agujas a la vez y Alicia no pudo controlar
su curiosidad y su asombro.
--¡¿Cómo
podrá tejer al tiempo con tantas agujas?! -- se preguntaba la niña,
desconcertada. - -Y a cada minuto saca más y más..., ¡ni que fuera un
puercoespín!
--¿Sabes
remar? --le preguntó la oveja, pasándole un par de agujas de tejer mientras le
hablaba.
--Sí,
un poco... pero no en tierra ... y tampoco con agujas de tejer ... --empezó a
excusarse Alicia cuando de pronto las que tenía en las manos empezaron a
convertirse en remos y se encontró con que estaban las dos abordo de un bote,
deslizándose suavemente por la orilla del río: de forma que no le quedaba más
remedio que intentarlo lo mejor que podía.
--¡Plumea!
--le espetó la oveja, haciéndose con otro par de agujas.
Esta
indicación no le pareció a Alicia que requiriera ninguna contestación, de forma
que no dijo nada y empuñó los remos. Algo muy raro le sucedía al agua, pensó,
pues de vez en cuando los remos se le quedaban agarrados en ella y a duras
penas lograba zafarlos.
--¡Plumea,
plumea! --volvió a gritarle la oveja, tomando aún más agujas. --Que si no vas a
pescar pronto un cangrejo.
--¡Una
monada de cangrejito! --pensó Alicia, ilusionada. --Eso sí que me gustaría.
--Pero,
¿es que no me oyes decir que «plumees»? --gritó enojada la oveja empuñando todo
un manojo de agujas.
--Desde
luego que sí --repuso Alicia. --Lo ha dicho usted muchas veces ... y además
levantando mucho la voz. Me querría decir, por favor, ¿dónde están los
cangrejos?
--¡En
el agua, naturalmente! --contestó la oveja, metiéndose unas cuantas agujas en
el pelo, pues ya no le cabían en las manos. --¡Plumea, te digo!
--Pero,
¿Por qué me dice que «plumee» tantas veces? --preguntó Alicia, al fin, algo
exasperada. --¡No soy ningún pájaro!
--¡Sí
lo eres! --le aseguró la oveja: --Eres un gansito.
Esto
ofendió un tanto a Alicia, de forma que no respondió nada durante un minuto a
dos, mientras la barca seguía deslizándose suavemente por el agua, pasando a
veces por entre bancos de algas (que hacían que los remos se le quedaran
agarrotados en el agua más que nunca) y otras veces bajo la sombra de los
árboles de la ribera, pero siempre vigiladas desde arriba por las altas crestas
de la ribera.
--¡Ay,
por favor! ¡Ahí veo unos juncos olorosos! --exclamó Alicia en un súbito
arrebato de gozo: --¡De veras que lo son... y qué bonitos que están!
--No
hace falta que me los pidas a mi «por favor» --respondió la oveja sin tan
siquiera levantar la vista de su labor: --no he sido yo quien los ha puesto ahí
y no seré yo quien se los vaya a llevar.
--No,
pero lo que quiero decir es que si por favor pudiéramos detenernos a recoger
unos pocos --rogó Alicia-- si no le importa parar la barca durante un minuto.
--¿Y
cómo la voy a parar yo? --replicó la oveja. --Si dejases de remar se pararía
ella sola.
Dicho
y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada por la corriente,
hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meciéndose sobre el agua. Y
entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta
el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de arrancarlos... y
durante algún rato Alicia se olvídó de todo, de la oveja y de su calceta,
mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su
pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos
brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos
juncos olorosos.
--¡Ojalá
que no vuelque la barca! --se dijo a sí misma. --¡Ay, qué bonito que es aquél!
Si sólo lo hubiera podido alcanzar... --y desde luego que era como para
enfadarse (--Porque casi parece que me lo están haciendo adrede... -- pensó) el
que aunque lograba arrancar bastantes de los juncos más bonitos, mientras el
bote se deslizaba entre ellos, siempre parecía que había uno más hermoso más
allá de su alcance.
--¡Los
más preciosos están siempre más lejos! --dijo al fin, dando un suspiro, ante la
obstinación de aquellos juncos, empeñados en ir a crecer tan apartados; e
incorporándose de nuevo sobre su banqueta, con las mejillas encendidas y el
agua goteándole del pelo y de las manos, empezó a ordenar los tesoros que
acababa de reunir.
¿Qué
le importaba a ella que los olorosos juncos hubieran comenzado a marchitarse y
a perder su perfume y su belleza desde el momento mismo en que los recogiera?
Si hasta los juncos olorosos de verdad, ya se sabe, no duran más que un poco...
y estos que yacían a manojos a sus pies, siendo juncos soñados, iban
fundiéndose y desapareciendo como si fuesen de nieve... pero Alicia apenas si
se dio cuenta de esto, pues estaban pasando tantas otras cosas curiosas sobre
las que tenía que pensar...
No
habían ido mucho más lejos cuando la pala de uno de los remos se quedó agarrada
en algo bajo el agua y no quiso soltarse por nada (o así al menos lo explicaba
Alicia más tarde) y por consiguiente, el puño del remo acabó metiéndosele bajo
el mentón y a pesar de una serie de entrecortados y agudos «ayes», Alicia se
vio arrastrada inevitablemente fuera de su banqueta y arrojada al fondo, entre
sus manojos de juncos.
Sin
embargo, no se hizo ningún daño y pronto recobró su sitio; la oveja había
continuado haciendo punto todo este tiempo, como si no hubiera pasado nada.
--¡Bonito cangrejo pescaste!, ¿eh? --observó, mientras Alicia volvía a sentarse
en su banqueta, muy aliviada de ver que continuaba dentro del bote.
--¿De
veras?, pues yo no lo vi --dijo Alicia, atisbando con cautela las aguas oscuras
por encima de la borda. --Ojalá no se hubiese soltado... ¡Me hubiera gustado
tanto llevarme un cangrejito a casa! --Pero la oveja sólo se rió desdeñosamente
y continuó haciendo calceta.
--¿Hay
muchos cangrejos por aquí? --le preguntó Alicia.
--Hay
cangrejos y toda clase de cosas --replicó la oveja. --Hay un buen surtido; no
tienes más que escoger. ¡Vamos, decídete!, ¿qué es lo que quieres comprar?
--¡¿Comprar?!
--repitió Alicia con un tono de voz entre asombrado y asustado... pues los
remos, la barca y el río se habían esfumado en un instante y se encontraba de
nuevo en la pequeña y oscura cacharrería de antes.
--Querría
comprarle un huevo, por favor --dijo al cabo con timidez. --¿A cuánto los
vende? --A cinco reales y un ochavo el huevo... y a dos reales la pareja.
--¿Entonces
dos cuestan más barato que uno? --preguntó Alicia, asombrada, sacando su
monedero.
--Es
que si compras dos huevos tienes que comerte los dos --explicó la oveja.
--En
ese caso, me llevaré sólo uno, por favor --concluyó Alicia, colocando el dinero
sobre el mostrador; pues estuvo pensando que --Vaya una a saber si están todos
buenos.
La
oveja tomó el dinero y lo metió en una caja. Dijo luego: --Nunca le doy a mis
clientes nada con la mano... eso no estaría bien... has de cogerlo tu misma--.
Y con esto se fue hacia el otro extremo de la tienda y colocó el huevo de pie
sobre un estante.
Me,
pregunto por qué no estaría bien que me lo entregara ella misma --pensó Alicia,
a medida que avanzaba a tientas entre mesas y sillas, pues el fondo de la
tienda estaba muy oscuro. -- Ese huevo parece estar alejándose cuanto más
camino hacia él y..., ¿qué es esto?, ¿será una silla?, pero..., ¿cómo?, ¡si
tiene ramas! ¡Que raro es esto de encontrarse un árbol creciendo aquí dentro!
¡Pero si también veo allí un pequeño riachuelo! Bueno, desde luego esta es la
tienda más extraña que haya visto jamás...
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
Alicia
continuó de este modo, cada vez más asombrada a medida que todo a lo que se
acercaba se iba convirtiendo en un árbol; y casi esperaba que le sucediera lo
mismo al huevo.
HUMPTY
DUMPTY
Sin
embargo, lo único que le ocurrió al huevo es que se iba haciendo cada vez mayor
y más y más humano: cuando Alicia llegó a unos metros de donde estaba pudo
observar que tenía ojos, nariz y boca; y cuando se hubo acercado del todo vio
claramente que se trataba nada menos que del mismo Humpty Dumpty. --¡No puede
ser nadie más que él! --pensó Alicia. - -¡Estoy tan segura como si llevara el
nombre escrito por toda la cara!
Tan
enorme era aquella cara, que con facilidad habría podido llevar su nombre
escrito sobre ella un centenar de veces. Humpty Dumpty estaba sentado con las
piernas cruzadas, como si fuera un turco, en lo alto de una pared... pero era
tan estrecha que Alicia se asombró de que pudiese mantener el equilibrio sobre
ella... y como los ojos los tenía fijos, mirando en la dirección contraria a
Alicia, y como todo él estaba ahí sin hacerle el menor caso, pensó que, después
de todo, no podía ser más que un pelele.
--¡Es
la mismísima imagen de un huevo; --dijo Alicia en voz alta, de pie delante de
él y con los brazos preparados para cogerlo en el aire, tan segura estaba de
que se iba a caer de un momento a otro.
--¡No
te fastidia...! --dijo Humpty Dumpty después de un largo silencio y cuidando de
mirar hacia otro lado mientras hablaba; --¡qué lo llamen a uno un huevo...!,
¡es el colmo!
--
Sólo dije, señor mío, que usted se parece a un huevo --explicó Alicia muy
amablemente-- y ya sabe usted que hay huevos que son muy bonitos --añadió
esperando que la inconveniencia que habia dicho pudiera pasar incluso por un
cumplido.
--¡Hay
gente-- sentenció Humpty Dumpty mirando hacia otro lado, como de costumbre --
que no tiene más sentido que una criatura!
Alicia
no supo qué contestar a ésto: no se parecía en absoluto a una conversación,
pensó, pues no le estaba diciendo nada a ella; de hecho, este último comentario
iba evidentemente dirigido a un árbol... así que quedándose donde estaba,
recitó suavemente para sí:
Tronaba
Humpty Dumpty
desde
su alto muro;
mas
cayóse un día,
¡y
sufrió un gran apuro!
Todos
los caballos del Rey,
todos
los hombres del Rey,
¡ya
nunca más pudieron
a
Humpty Dumpty sobre su alto muro
tronando
ponerle otra ver!
--Esa
última estrofa es demasiado larga para la rima --añadió, casi en voz alta,
olvidándose de que Humpty Dumpty podía oírla.
--No
te quedes ahi charloteando contigo misma --recriminó Humpty Dumpty, mirándola
por primera vez-- dime más bien tu nombre y profesión.
--Mi
nombre es Alicia, pero...
--¡Vaya
nombre más estúpido! --interrumpió Humpty Dumpty con impaciencía. --¿Qué es lo
que quiere decir?
--¿Es
que acaso un nombre tiene que significar necesariamente algo? --preguntó
Alicia, nada convencida.
--¡Pues
claro que sí! --replicó Humpty Dumpty soltando una risotada: --El mío significa
la forma que tengo... y una forma bien hermosa que se es. Pero con ese nombre
que tienes, ¡podrías tener prácticamente cualquier forma!
--¿Por
qué está usted sentado aquí fuera tan solo? --dijo Alicia que no quería meterse
en discusiones.
--¡Hombre!
Pues por que no hay nadie que esté conmigo --exclamó Humpty Dumpty. --¿Te
creiste acaso que no iba a saber responder a eso? Pregunta otra cosa.
--¿No
cree usted que estaría más seguro aqui abajo, con los pies sobre la tierra?
--continuó Alicia, no por inventar otra adivinanza sino simplemente porque
estaba de verdad preocupada por la extraña criatura. --¡Ese muro es tan
estrecho!
--¡Pero
qué adivinanzas tan tremendamente fáciles que me estás proponiendo! --gruñó
Humpty Dumpty.
--¡Pues
claro que no lo creo! Has de saber que si alguna vez me llegara a caer... lo
que no podría en modo alguno suceder... pero caso de que ocurriese... --y al
llegar a este punto frunció la boca en un gesto tan solemne y fatuo que Alicia
casi no podía contener la risa. -- Pues suponiendo que yo llegara a caer
--continuó-- el Rey me ha prometido..., ¡ah! ¡Puedes palidecer si te pasma! ¡a
que no esperabas que fuera a decir una cosa así, eh? Pues el Rey me ha
prometido..., por su propia boca..., que..., que...
--Que
enviará a todos sus caballos y a todos sus hombres --interrumpió Alicia, muy
poco oportuna.
--¡Vaya!
¡No me faltaba más que esto! --gritó Humpty Dumpty súbitamente muy enfadado.
--¡Has estado escuchando tras las puertas... , escondida detrás de los
árboles..., por las chimeneas..., o no lo podrias haber sabido!
--¡Desde
luego que no! --protestó Alicia, con suavidad. --Es que está escrito en un
libro.
--¡Ah,
bueno! Es muy posible que estas cosas estén escritas en algún libro --concedió
Humpty Dumpty, ya bastante sosegado. --Eso es lo que se llama una Historia de
Inglaterra, más bien. Ahora, ¡mírame bien! Contempla a quien ha hablado con un
Rey: yo mismo. Bien pudiera ocurrir que nunca vieras a otro como yo; y para que
veas que a pesar de eso no se me ha subido a la cabeza, ¡te permito que me
estreches la mano!
Y en
efecto, se inclinó hacia adelante (y por poco no se cae del muro al hacerlo) y
le ofreció a Alicia su mano, mientras la boca se le ensanchaba en una amplia
sonrisa que le recorría la cara de oreja a oreja. Alicia le tomó la mano, pero
observándolo todo con mucho cuidado: - -Si sonriera un poco más pudiera ocurrir
que los lados de la boca acabasen uniéndose por detrás --pensó -- y entonces,
¡qué no le sucedería a la cabeza! ¡Mucho me temo que se le desprendería!
--Pues
sí señor, todos sus caballos y todos sus hombres --continuó impertérrito Humpty
Dumpty
--me recogerían en un periquete y me volverían aquí de nuevo, ¡así no más!
Pero...,
esta conversación está discurriendo con excesiva rapidez: volvamos a lo
penúltimo
que
dijimos.
--Me
temo que ya no recuerdo exactamente de qué se trataba --señaló Alicia, muy
cortésmente.
--En
ese caso, cortemos por lo sano y a empezar de nuevo --zanjó la cuestión Humpty
Dumpty-- y ahora me toca a mí escoger el tema... (-- Habla como si se tratase
de un juego-- pensó Alicia)... así que he aquí una pregunta para ti: ¿qué edad
me dijiste que tenías?
Alicia
hizo un pequeno cálculo y contestó: --Siete años y seis meses.
--¡Te
equivocaste! --exclamó Humpty Dumpty, muy ufano. --¡Nunca me dijiste nada
semejante!
--Pensé
que lo que usted quería preguntarme era más bien «¿qué edad tiene?» --explicó
Alicia.
--Si
hubiera querido decir eso, lo habría dicho, ¡ea! --replicó Humpty Dumpty.
Alicia
no quiso ponerse a discutir de nuevo, de forma que no respondió nada.
--Siete
años y seis meses... --repetía Humpty Dumpty, cavilando. --Una edad bien
incómoda. Si quisieras seguir mi consejo te diría «deja de crecer a los
siete»..., pero ya es demasiado tarde.
--Nunca
se me ha ocurrido pedir consejos sobre la manera de crecer --respondió Alicia,
indignada.
--¿Demasiado
orgullosa, eh? --se interesó el otro.
Alicia
se sintió aún más ofendida por esta insinuación.
--Quiero
decir --replicó-- que una no puede evitar el ir haciéndose más vieja.
--Puede
que una no pueda --le respondió Humpty Dumpty --pero dos, ya podrán. Con los
auxilios necesarios podrías haberte quedado para siempre en los siete años.
--¡Qué
hermoso cinturón tiene usted! --observo Alicia súbitamente (pues pensó que ya
habían hablado más que suficientemente del tema de la edad; y además, si de
verdad iban a turnarse escogiendo temas, ahora le tocaba a ella). --Digo más
bien... --se corrigió pensándolo mejor -- qué hermosa corbata, eso es lo que
quise decir...no, un cinturón, me parece... ¡Ay, mil perdones: no sé lo que
estoy diciendo! --añadió muy apurada al ver que a Humpty Dumpty le estaba dando
un ataque irremediable de indignación, y empezó a desear que nunca hubiese
escogido ese tema. --¡Si solamente supiera --concluyó para sí misma-- cual es
su cuello y cuál su cintura!
Evidentemente,
Humpty Dumpty estaba enfadadísimo, aunque no dijo nada durante un minuto o dos.
Pero cuando volvió a abrir la boca fue para lanzar un bronco gruiñido.
--¡Es...
el colmo... del fastidio --pudo decir al fin-- esto de que la gente no sepa
distinguir una corbata de un cinturón!
--Sé
que revela una gran ignorancia por mi parte --confesó Alicia con un tono de voz
tan humilde que Humpty Dumpty se apiadó.
Es
una corbata, niña; y bien bonita que es, como tu bien has dicho. Es un regalo
del Rey y de la Reina. ¿Qué te parece eso?
--¿De
veras? --dijo Alicia encantada de ver que había escogido después de todo un
buen tema.
--Me
la dieron --continuó diciendo Humpty Dumpty con mucha prosopopeya, cruzando un
pierna sobre la otra y luego ambas manos por encima de una rodilla-- me la
dieron... como regalo de incumpleaños.
--¿Perdón?
--le preguntó Alicia con un aire muy intrigado.
--No
estoy ofendido --le aseguró Humpty Dumpty.
--Quiero
decir que, ¿qué es un regalo de incumpleaños?
--Pues
un regalo que se hace en un día que no es de cumpleanos, naturalmente.
Alicia
se quedó considerando la idea un poco, pero al fin dijo: --Prefiero los regalos
de cumpleanos.
--¡No
sabes lo que estás diciendo! --gritó Humpty Dumpty--. --A ver: ¿cuántos días
tiene el año?
--Trescientos
sesenta y cinco --respondió Alicia.
--¿Y
cuántos días de cumpleaños tienes tú?
--Uno.
--Bueno,
pues si le restas uno a esos trescientos sesenta y cinco días, ¿cuántos te
quedan? --Trescientos sesenta y cuatro, naturalmente.
Humpty
Dumpty no parecía estar muy convencido de este cálculo. --Me gustaría ver eso
por escrito --dijo.
Alicia
no pudo menos de sonreir mientras sacaba su cuaderno de notas y escribia en él
la operación aritmética en cuestión:
365
-1
-----
364
Humpty
Dumpty tomó el cuaderno y lo consideró con atención. --Sí, me parece que está
bien... --empezó a decir.
--Pero,
¡si lo está leyendo al revés! --interrumpió Alicia.
--¡Anda!
Pues es verdad, ¿quién lo habría dicho? --admitió Humpty Dumpty con jovial
ligereza mientras Alicia le daba la vuelta al cuaderno. --Ya decía yo que me
parecía que tenía un aspecto algo rarillo. Pero en fin, como estaba diciendo,
me parece que está bien hecha la resta... aunque, por supuesto no he tenido
tiempo de examinarla debidamente...
pero,
en todo caso, lo que demuestra es que hay trescientos sesenta y cuatro días
para recibir regalos de incumpleaños...
--Desde
luego --asintió Alicia.
--¡Y
sólo uno para regalos de cumpleaños! Ya ves. ¡Te has cubierto de gloria! --No
sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» --observó Alicia. Humpty
Dumpty sonrió despectivamente.
--Pues
claro que no..., y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ahí
te he dado con un argumento que te ha dejado bien aplastada».
--Pero
«gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» --objetó Alicia.
Cuando
yo uso una palabra --insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien
desdeñoso-- quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.
--La
cuestión --insistió Alicia-- es si se puede hacer que las palabras signifiquen
tantas cosas diferentes.
--La
cuestión --zanjó Humpty Dumpty-- es saber quién es el que manda..., eso es
todo.
Alicia
se quedó demasiado desconcertada con todo esto para decir nada; de forma que
tras un minuto Humpty Dumpty empezó a hablar de nuevo: --Algunas palabras
tienen su genio ... particularmente los verbos..., son los más creídos..., con
los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos..., sin
embargo, ¡yo me las arreglo para tenerselas tiesas a todos ellos!
¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo.
--¿Querría
decirme, por favor --rogó Alicia-- qué es lo que quiere decir eso?
--Ahora
sí que estás hablando como una niña sensata --aprobó Humpty Dumpty, muy orondo.
--Por «impenetrabilidad» quiero decir que ya basta de hablar de este tema y que
más te valdría que me dijeras de una vez qué es lo que vas a hacer ahora pues
supongo que no vas a estar ahí parada para el resto de tu vida.
--¡Pues
no es poco significado para una sola palabra! --comentó pensativamente Alicia.
Cuando
hago que una palabra trabaje tanto como esa explicó Humpty Dumpty-- siempre le
doy una paga extraordinaria.
--¡Oh!
Dijo Alicia. Estaba demasiado desconcertada con todo esto como para hacer otro
comentario.
--¡Ah,
deberías de verlas cuando vienen a mi alrededor los sábados por la noche!
--continuó Humpty Dumpty.
--A
por su paga, ya sabes...
(Alicia
no se atrevió a preguntarle con qué las pagaba, de forma que menos podría
decíroslo yo a vosotros.)
--Parece
usted muy ducho en esto de explicar lo que quieren decir las palabras, señor
mío -- dijo Alicia-- así que, ¿querría ser tan amable de explícarme el
significado del poema titulado «Galimatazo»?
--A
ver, oigámoslo --aceptó Humpty Dumpty-- soy capaz de explicar el significado de
cuantos poemas se hayan inventado y también el de otros muchos que aún no se
han inventado.
Esta
declaración parecía ciertamente prometedora, de forma que Alicia recitó la
primera estrofa:
Brillaba,
brumeando negro, el sol,
agiliscosos
giroscaban los limazones
banerrando
por las váparas lejanas,
mimosos
se fruncían los borogobios
mientras
el momio rantas murgiflaba.
--Con
eso basta para empezar -- interrumpió Humpty Dumpty-- que ya tenemos ahí un
buen montón de palabras difíciles: eso de que «brumeaba negro el sol» quiere
decir que eran ya las cuatro de la tarde..., porque es cuando se encienden las
brasas para asar la cena.
--Eso
me parece muy bien --aprobó Alicia-- pero, ¿y lo de los «agilisco- sos»?
--Bueno,
verás: «agiliscosos» quiere decir «ágil y viscoso», ¿comprendes? es como si se
tratara de un sobretodo..., son dos significados que envuelven a la misma
palabra.
--Ahora
lo comprendo --asintió Alicia, pensativamente. --Y, ¿qué son los «limazones»?
-Bueno,
los «limazones» son un poco como los tejones..., pero también se parecen un
poco a los lagartos..., y también tienen un poco el aspecto de un
sacacorchos...
--Han
de ser unas criaturas de apariencia muy curiosa.
--Eso
sí, desde luego --concedió Humpty Dumpty-- también hay que señalar que suelen
hacer sus madrigueras bajo los relojes de sol..., y también que se alimentan de
queso.
Y,
¿qué es «giroscar» y «banerrar»?
--Pues
«giroscar» es dar vueltas y más vueltas, como un giroscopio; y «banerrar» es
andar haciendo agujeros como un barreno.
--Y
la «vápara», ¿será el césped que siempre hay alrededor de los relojes de sol,
supongo? - -dijo Alicia, sorprendida de su propio ingenio.
--¡Pues
claro que sí! Como sabes, se llama «vápara» porque el césped ese va para
adelante en una dirección y va para atrás en la otra.
--Y
va para cada lado un buen trecho también --añadió Alicia.
--Exactamente,
así es. Bueno, los «borogobios» son una especie de pájaros desaliñados con las
plumas erizadas por todas partes..., una especie de estropajo viviente. Y en
cuanto a que se «fruncian mimosos», también puede decirse que estaban
«fruncimosos», ya ves, otra palabra con sobretodo.
--¿Y
el «momio» ese que «murgiflaba rantas»? --preguntó Alicia. --Me parece que le
estoy ocasionando muchas molestias con tanta pregunta.
--Bueno,
las «rantas» son una especie de cerdo verde; pero respecto a los «momios» no
estoy seguro de lo que son: me parece que la palabra viene de «monseñor con
insomnio», en fin, un verdadero momio.
--Y
entonces, ¿qué quiere decir eso de que «murgiflaban»?
--Bueno,
«murgiflar» es algo así como un aullar y un silbar a la vez, con una especie de
estornudo en medio; quizás llegues a oír como lo hacen alguna vez en aquella
floresta..., y cuando te haya tocado oírlo por fin, te bastará ciertamente con
esa vez. ¿Quién te ha estado recitando esas cosas tan dificiles?
--Lo
he leído en un libro --explicó Alicia. --Pero también me han recitado otros
poemas mucho más fáciles que ese; creo que fue Tweedledee..., si no me
equivoco.
--¡Ah!
En cuanto a poemas --dijo Humpty Dumpty, extendiendo elocuentemente una de sus
grandes manos-- yo puedo recitar tan bien como cualquiera, si es que se trata
de eso...
--¡Oh,
no es necesario que se trate de eso! --se apresuró a atajarle Alicia, con la
vana esperanza de impedir que empezara.
--El
poema que voy a recitar --continuó sin hacerle el menor caso-- fue escrito
especialmente para entretenerte.
A
Alicia le parecío que en tal caso no tenía más remedio que escuchar; de forma
que se sentó y le dio unas «gracias» más bien resignadas.
En
invierno,
cuando
los campos están blancos,
canto
esta canción en tu loor.
--Sólo
que no la canto --añadió a modo de explicación.
--Ya
veo que no --dijo Alicia.
--Si
tu puedes ver si la estoy cantando o no, tienes más vista que la mayor parte de
la gente --observó severamente Humpty Dumpty. Alicia se quedó callada.
En
primavera,
cuando
verdean los bosques,
me
esforzaré por decirte lo que pienso
Muchísimas
gracias --dijo Alicia.
En
verano,
cuando
los días son largos
a lo
mejor llegues a comprenderla.
En
otoño,
cuando
las frondas lucen castañas,
tomarás
pluma y papel para anotarla.
--Lo
haré si aún me acuerdo de la letra después de tanto tiempo --prometió Alicia.
--No
es necesario que hagas esos comentarios a cada cosa que digo --recriminó Humpty
Dumpty-- no tienen ningún sentido y me hacen perder el hilo...
Mandéles
a los peces un recado:
«¡Qué
lo hicieran ya de una vez!»
Los
pequeños pescaditos de la mar
mandáronme
una respuesta a la par.
Los
pequeños pescaditos me decían:
«No
podemos hacerlo, señor nuestro, porque...»
--Me
temo que no estoy comprendiendo nada --interrumpió Alicia.
--Se
hace más fácil más adelante --aseguró Humpty Dumpty.
Otra
vez les mandé decir:
«¡Será
mejor que obedezcáis!»
Los
pescaditos se sonrieron solapados.
«Vaya
genio tienes hoy», me contestaron.
Se
lo dije una vez y se lo dije otra vez.
Pero
nada, no atendían a ninguna de mis razones.
Tomé
una caldera grande y nueva,
que
era justo lo que necesitaba.
La
llené de agua junto al pozo
y mi
corazón latía de gozo.
Entonces,
acercándoseme me dijo alguien:
«Ya
están los pescaditos en la cama».
Le
respondí con voz bien clara:
«¡Pues
a despertarlos dicho sea!»
Se
lo dije bien fuerte y alto;
fui
y se lo grité al oído...
Humpty
Dumpty elevó la voz hasta aullar casi y Alicia pensó con un ligero
estremecimiento: --¡No habría querido ser ese mensajero por nada del mundo!
Pero,
¡qué tipo más vano y engolado!
Me
dijo: «¡No hace falta hablar tan alto!»
¡Si
que era necio el badulaque!
«Iré
a despertarlos» dijo «siempre que...»
Con
un sacacorchos que tomé del estante
fui
a despertarlos yo mismo al instante.
Cuando
me encontré con la puerta atrancada,
tiré
y empujé, a patadas y a puñadas.
Pero
al ver que la puerta estaba cerrada
intenté
luego probar la aldaba...
A
esto siguió una larga pausa.
--¿Eso
es todo? --preguntó tímidamente Alicia.
--Eso
es todo --dijo Humpty Dumpty. --¡Adiós!
Esto
le pareció a Alicia un tanto brusco; pero después de una indirecta tan directa,
concluyó que no sería de buena educación quedarse ahí por más tiempo. De forma
que se puso en pie y le dio la mano: --¡Adiós y hasta que nos volvamos a ver!
--le dijo de la manera más jovial que pudo.
--No
creo que te reconozca ya más, ni aunque nos volvieramos a ver --replicó Humpty
Dumpty con tono malhumorado, concediéndole un dedo para que se lo estrechara de
despedida. --Eres tan exactamente igual a todos los demás...
--Por
lo general, se distingue una por la cara --señaló Alicia pensativa.
--De
eso es precisamente de lo que me quejo --rezongó Humpty Dumpty. --Tu cara es
idéntica a la de los demás..., ahí, un par de ojos... (señalando su lugar en el
aire con el pulgar), la nariz, en el medio, la boca debajo. Siempre igual. En
cambio, si tuvieras los dos ojos del mísmo lado de la cara, por ejemplo..., o
la boca en la frente..., eso sí que sería diferente.
--Eso
no quedaría bien --objetó Alicia. Pero Humpty Dumpty sólo cerró los ojos y
respondió: --Pruébalo antes de juzgar.
Alicia
esperó un minuto para ver si iba a hablar de nuevo; pero como no volviera a
abrir los ojos ni le prestara la menor atención, le dijo un nuevo «adiós» y no
recibiendo ninguna contestación se marchó de ahí sin decir más; pero no pudo
evitar el mascullar mientras se alejaba: --¡De todos los insoportables...! --y
repitió esto en voz alta, pues le consolaba mucho poder pronunciar una palabra
tan larga --¡de todos los insoportables que he conocido, éste es desde luego el
peor! Y... --pero nunca pudo terminar la frase, porque en aquel momento algo
que cayó pesadamente al suelo sacudió con su estrépito a todo el bosque.
EL
LEON Y EL UNICORNIO
Al
momento comenzaron a acudir soldados corriendo desde todas partes del bosque,
primero de a dos y de a tres, luego en grupos de diez y veinte, y finalmente en
cohortes tan numerosas que parecían llenar el bosque entero. Alicia se refugió
tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo así viéndolos
pasar.
Pensó
que nunca habia visto en toda su vida soldados de píe tan poco firme:
constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera más torpe, y
cada vez que uno de ellos daba un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros
más caían detrás sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba
cubierto de soldados apisados en pequeños montones.
Entonces
aparecieron los caballos. Como tenían cuatro patas, se las arreglaban mejor que
los soldados; pero incluso aquellos tropezaban de vez en cuando y a juzgar por
el resultado, parecía ser una regla bien establecida la de que cada vez que
tropezaba un caballo, su jinete debía de caer al suelo en el acto. De esta
manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alícia se alegró mucho de
poder salir del bosque, por un lugar abierto en donde se encontró con el Rey
blanco sentado en el suelo, muy atareado escribiendo en su cuaderno de notas.
--¡Los
he mandado a todos! --exclamó regocíjado el Rey al ver a Alicia. --¿Por
casualidad no habrás visto a unos soldados, querida, mientras venías por el
bosque?
--Desde
luego que sí --dijo Alicia-- y a lo que me pareció, no habría menos de varios
miles.
--Cuatro
mil doscientos siete, para ser exactos --aclaró el Rey consultando sus notas--
y no pude enviar a todos los caballos, como comprenderás, porque dos de ellos
han de permanecer al menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los dos
mensajeros. Ambos se han marchado a la ciudad. Mira por el camino y dime,
¿alcanzas a ver a alguno de los dos?
--No...,
a nadie --declaró Alicia.
--¡Cómo
me gustaría a mí tener tanta vista! --exclamó quejumbroso el Rey--. ¡Ser capaz
de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya
hago bastante viendo a alguien!
Pero
Alicia no se enteró de nada de todo esto pues seguía mirando con atención a lo
lejos por el camino, protegiéndose los ojos con la mano. --¿Ahora sí que veo a
alguien! -- exclamó por fin-- pero viene muy despacio... , ¡qué posturas más
raras! --pues el mensajero no hacía más que dar botes de un lado a otro y se
retorcía como una anguila a medida que avanzaba, extendiendo sus manazas a
ambos lados como si fuesen abanicos.
--Nada
de raras --explicó el Rey. --Es que es un mensajero anglosajón..., y lo que
pasa es que adopta actitudes anglosajonas. Eso sólo le ocurre cuando está
contento. Se llama Haigha --nombre que pronunciaba como si se escribiera Je-ja.
Al
oír esto, Alicia no pudo contenerse y empezó a jugar a las letras: --Viene un
barco cargado de H; amo a mi amor con H porque es hermoso; lo odio con H porque
es horroroso. Lo alimento de..., de..., de habas y heno. Su nombre es Haigha y
vive...
--Vive
en la higuera -- suplió el Rey con toda naturalidad, sin tener la menor idea de
que estaba participando en un juego, mientras Alicia se devanaba los sesos por
encontrar el nombre de una ciudad que empezase por H.
--El
otro mensajero se llama Hatta. Tengo que tener a dos, ¿comprendes?, para ir y
venir:
uno
para ir y el otro para venir.
--Le
ruego que me repita eso --dijo Alicia sorprendida.
--¡Niña:
a Dios rogando y con el mazo dando! --amonestó el Rey.
--
Sólo quise decir que no habia comprendido --se excusó Alicia. --¿Por qué uno
para venir y otro para ir?
--¿Pero
no te lo estoy diciendo? --dijo el Rey con cierta impaciencia-- necesito tener
a dos..., para llevar y traer..., uno para llevar y otro para traer.
En
ese momento llegó el mensajero: pero estaba demasiado extenuado y sólo podía
jadear, incapaz de pronunciar una sola palabra, agitando desordenadamente las
manos y haciéndole al Rey las muecas más pavorosas.
--Esta
jovencita te ama con H --dijo el Rey presentándole a Alicia, con la esperanza
de distraer hacia ella la atención tan alarmante del mensajero..., pero en
vano..., las actitudes anglosajonas se hacían más extraordinarias por momentos,
mientras que sus grandes ojazos giraban violentamente en sus órbitas.
--¡Me
estás asustando! --se quejó el Rey-- siento un desmayo... ¡Dame unas habas!
Al
oír esto, el mensajero, ante el regocijo de Alicia, abrió una saca que llevaba
colgada al cuello y extrajo unas cuantas, que le dio al Rey y que este devoró
con ahinco.
--¡Más
habas! --ordenó el Rey.
--Ya
no queda más que heno --contestó el mensajero examinando el interior de su
saca.
--Pues
heno, entonces --murmuró el Rey con un hilo de voz.
Alicia
se tranquilizó al ver que esta vitualla parecía reanimarlo considerablemente.
--No hay como comer heno cuando se siente uno desmayar! --comentó el Rey
mientras mascaba con gusto.
--Estoy
segura de que una rociada de agua fría le sentaría mucho mejor --sugirió
Alicia-- o quizá unas sales volátiles...
--Yo
no dije que hubiese algo mejor --replicó el Rey. --Sólo dije que no había nada
como comer --afirmación que desde luego Alicia no se atrevió a contradecir.
--¿Te
encontraste con alguien por el camino? --continuó el Rey extendiendo la mano
para que el mensajero le diera más heno.
--A
nadie --reveló el mensajero.
--Eso
cuadra perfectamente --asintió el Rey-- pues esta jovencita también vio a
Nadie. Asi que, naturalmente, Nadie puede andar más despacio que tú.
--¡Hago
lo que puedo! --se defendió el mensajero malhumorado. --¡Estoy seguro de que
nadie anda más rápido que yo!
--Eso
no puede ser --contradijo el Rey-- pues de lo contrario habría llegado aquí
antes que tú. No obstante, ahora que has recobrado el aliento, puedes decirnos
lo que ha pasado en la ciudad.
--Lo
diré en voz baja --dijo el mensajero, llevándose las manos a la boca a modo de
trompetilla, e inclinándose para hablar en la misma oreja del Rey. Alicia lo
sintió porque también ella quería enterarse de las noticias. Sin embargo, en
vez de cuchichear, el mensajero gritó a todo pulmón: --¡¡Ya están armándola
otra vez!!
--¡¿A
eso le llamas hablar en voz baja?! --gritó el Rey dando brincos y sacudiéndose
como podía. --¡Si vuelves a hacer una cosa así haré que te unten de
mantequilla! ¡Me ha atravesado de un lado a otro de la cabeza como si hubiese
tenido un terremoto dentro!
--Pues
habrá tenido que ser un terremoto muy chiquito --pensó Alicia. --¿Quiénes la
están armando otra vez? --se atrevió a preguntar.
--¿Quién
va a ser? --dijo el Rey-- el león y el unicornio, por supuesto.
--¿Estarán
luchando por la corona?
--¿Pues
y por qué si no? --respondió el Rey. Y lo más gracioso del asunto es que la
corona no es ni del uno ni del otro, ¡sino que es la mía! ¡Corramos allá a
verlos!-- Y emprendieron la carrera, mientras, Alicia se acordaba de la letra
de una vieja canción:
El
león y el unicornio
por
una corona
siempre
sin tregua se batían.
El
león al unicornio
por
toda la ciudad
una
buena paliza le ha dado.
Unos
les dieron pan
y
otros borona.
Unos
les dieron pastel
y
otros a tortas,
redoblando
tambores,
de
la ciudad los echaron.
--¿Acaso...,
el que..., gana..., se lleva la corona! --preguntó Alicia como pudo, pues de
tanto correr estaba perdiendo el aliento.
--¡De
ninguna manera! --exclamó el Rey. --¡Dios nos libre!
--Querría
ser..., tan amable..., --jadeó Alicia después de correr un rato más-- de parar
un minuto..., sólo para..., recobrar el aliento?
--Tan
amable, sí soy --contestó el Rey -- sólo que fuerte no lo soy tanto. Ya sabes
lo veloz que corre un minuto. ¡Intentar pararlo sería como querer alcanzar a un
zamarrajo!
A
Alicia no le quedaba ya aliento para seguir hablando de forma que continuaron
corriendo en silencio, hasta que llegaron a un lugar donde se veía a una gran
muchedumbre reunida en torno al león y al unicornio mientras luchaban. Ambos
habían levantado una polvareda tal que al principio Alicia no pudo distinguir
cuál era cuál; aunque pronto identificó al unicornio por el cuerno que le
asomaba.
Se
colocaron cerca de donde estaba Hatta, el otro mensajero, que también estaba
ahí contemplando la pelea, con una taza de té en una mano y una rebanada de pan
con mantequilla en la otra.
--Acaba
de salir de la cárcel y aún no había acabado de tomar el té cuando lo
encerraron -- susurró Haigha al oído de Alicia-- y allá dentro sólo les dan
conchas de ostra para comer..., de forma que está el pobre muy hambriento y
sediento. ¿Cómo estás, mi hijito continuó dirigiéndose al sombrerero y
pasándole el brazo afectuosamente por el cuello.
El
sombrerero se volvió y asintió con la cabeza, pero siguió ocupado con su té y
su pan con mantequilla.
--¿Lo
pasaste bien en la cárcel, viejito querido? --le preguntó Haigha.
El
sombrerero se volvió de nuevo, pero esta vez unos lagrimones le rodaron por la
mejilla; pero de hablar, nada.
--¡A
ver si hablas de una vez! --le espetó impacientado Haigha. Pero el sombrerero
continuó mascando tan campante y sorbiendo su te.
--¡A
ver si hablas de una vez! --le gritó el Rey. --¿Cómo va esa pelea?
El
sombrerero hizo un esfuerzo desesperado y logró tragar un trozo bien grande de
pan y mantequilla que tenía aún en la boca.
--Se
las están arreglando muy bien los dos --respondió, atragantándose--. Ambos han
mordido el polvo unas ochenta y siete veces.
--Entonces,
supongo que estarán a punto de traer el pan y la borona --se atrevió a observar
Alicia.
Ahí
está esperando a que acaben --dijo el sombrerero--; yo me estoy comiendo un
trocito.
Se
produjo entonces una pausa en la pelea y el león y el unicornio se sentaron en
el suelo, jadeando, lo que aprovechó el Rey para darles una tregua, proclamando
a voces:
--¡Diez
minutos de refresco!
Haigha
y Hatta se pusieron inmediatamente a trabajar pasando bandejas de pan negro y
blanco. Alicia se sirvió un poco para probar, pero estaba muy seco.
--No
creo que luchen ya más por hoy --le dijo el Rey a Hatta--, así que ve y ordena
que empiecen a doblar los tambores.
Y el
sombrerero salió dando botes como un saltamontes.
Durante
un minuto o dos Alicia se quedó en silencio, contemplando cómo se alejaba. Pero
de pronto se llenó de gozo:
--¡Mirad!
--exclamó, señalando apresuradamente en aquella dirección--: ¡Por ahí va la
Reina blanca corriendo por el campo! Acaba de salir volando del bosque por allá
lejos... ¡Vaya lo rápido que pueden volar estas Reinas!
--La
perseguirá algún enemigo, sin duda --comentó el Rey sin tan siquiera
volverse--. Ese bosque está infestado de ellos.
--Pero...
¿no va a ir corriendo a ayudarla? --preguntó Alicia muy sorprendida de que lo
tomara con tanta calma.
--No
vale la pena; no serviría de nada --se excusó el Rey--. Corre tan velozmente
que sería como intentar agarrar a un zamarrajo. Pero escribiré un memorándum
sobre el caso, si quieres... ¡Es tan buena persona! --comentó en voz baja
consigo mismo, mientras abría su cuaderno de notas--. Oye, ¿«buena» se escribe
con «b» o con «v»?
En
este momento el unicornio se paseó contoneándose cerca de ellos, con las manos
en los bolsillos.
--He
salido ganando esta vez, ¿no? --le dijo al Rey apenas mirándolo por encima
cuando pasaba a su lado.
--Un
poco..., un poco... --concedió el Rey algo nerviosamente--. No debiste haberlo
atravesado de esa cornada, ¿no te parece?
--No
le hizo el menor daño --aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a
continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y
se quedó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda
repugnancia.
--¿Qué
es... esto? --dijo al fin.
--Esto
es una niña --explicó Haigha de muy buena gana, poniéndose entre ambos para
presentarla, para lo que extendió ambas manos en su dirección, en
característica actitud anglosajona--. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño
natural y ¡el doble de espontánea!
--¡Siempre
creí que se trataba de un monstruo fabuloso! --exclamó el unicornio--. ¿Está
viva?
--Al
menos puede hablar --declaró solemnemente Haigha.
El
unicornio contempló a Alicia con una mirada soñadora y le dijo: --Habla, niña.
Alicia
no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a
hablar, diciendo: --¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los unicornios
eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!
--Bueno,
pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro --repuso el unicornio--
si tu crees en mi, yo creeré en tí, ¿trato hecho?
--Sí,
como guste --contestó Alicia.
--¡Ala!
¡A ver si aparece ese pastel de frutas, viejo! --continuó diciendo el
unicornio, volviéndose hacia el Rey--. ¡A mí que no me vengan con ese pan
negro!
--¡Desde
luego..., desde luego! --se apresuró a balbucear el Rey, e hizo una seña a
Haigha--:
Abre
el saco --susurró--. ¡Rápido! ¡Ese no..., no tiene más que heno!
Haigha
extrajo un gran pastel del saco y se lo dio a Alicia para que se lo tuviera
mientras él se ocupaba de sacar una fuente y un cuchillo de trinchar. Alicia no
podía comprender cómo salían tantas cosas del saco. --Es como si fuera un truco
de magia-- pensó.
Mientras
sucedía todo esto, el león se reunió con ellos: tenía un aspecto muy cansado y
somnoliento y hasta se le cerraban un poco los ojos.
--¿Qué
es esto? --preguntó, parpadeando indolentemente en dirección a Alicia y
hablando en un tono de voz huero y cavernoso que sonaba como si fuese el doblar
de una gran campana.
--¡A
ver, a ver! ¿A ti qué te parece que es? --exclamó ansiosamente el unicornio--.
¡A que no lo adivinas! ¡Yo desde luego no pude hacerlo!
El
león contempló a Alicia cansinamente. --¿Eres animal..., vegetal..., o
mineral...?-- preguntó, bostezando a cada palabra.
--¡Es
un monstruo fabuloso! --gritó el unicornio antes de que Alicia pudiera
contestar nada.
--Entonces,
pasa ese pastel de frutas, monstruo --repuso el león, tendiéndose en el suelo y
apoyando el mentón sobre las patas--. Y sentaos vosotros dos también (al Rey y
al unicornio), ¡a ver si no hacemos trampas con el pastel!
El
Rey se sentía evidentemente muy incómodo de tener que sentarse entre las dos
grandes bestias; pero no podía sentarse en ningún otro lugar.
--¡Qué
pelea podríamos tener ahora por la corona!, ¿eh? --comentó el unicornio mirando
de soslayo a la corona, que comenzaba a sacudirse violentamente sobre la cabeza
del Rey, de tanto que estaba temblando.
--Ganaría
fácilmente --declaró el león.
--¡No
estés tan seguro! --replicó el unicornio.
--¡Cómo!
¡Pero si te he corrido por todo el pueblo! ¡So gallina! --replicó el león
furiosamente, casi poniéndose en pie mientras lo increpaba así.
Al
llegar a este punto, el Rey los interrumpió para impedir que reanudaran la
pelea; estaba muy nervioso y desde luego le temblaba la voz. --¿Por todo el
pueblo? --preguntó-- pues no es poca distancia. ¿Fuistéis por el puente viejo o
por el mercado? Por el puente viejo es por donde queda la mejor vista.
--Yo
sí que no sabría decir por donde fuimos --gruñó el león, echándose otra vez por
el suelo-- . Hacía demasiado polvo para ver nada. ¡Cuánto tarda el monstruo
cortando ese pastel!
Alicia
se había sentado al borde de un pequeño arroyo con la gran fuente sobre las
rodillas y trabajaba diligentemente con el cuchillo. --¡Pero qué fastidio!
--dijo, dirigiéndose al león (se estaba acostumbrando bastante a que la
llamaran «monstruo»)--. Ya he cortado varios trozos, pero ¡todos se vuelven a
unir otra vez!
--Es
que no sabes cómo hacerlo con pasteles del espejo --observó el unicornio--.
Reparte los trozos primero y córtalos después.
Aunque
esto le parecía una tontería, Alicia se puso de pie, obedientemente, y pasó la
fuente a unos y otros; el pastel se dividió solo en tres partes mientras lo
pasaba.
--Ahora,
córtalo en trozos --indicó el león cuando hubo vuelto a su sitio con la fuente
vacía.
--¡Esto
sí que no vale! --exclamó el unicornio mientras Alicia se sentaba con el
cuchillo en una mano, muy desconcertada sin saber cómo empezar--. ¡El monstruo
le ha dado al león el doble que a mí!
--Pero
en cambio se ha quedado ella sin nada --señaló el león--. ¿No te gusta el
pastel de frutas, monstruo?
Pero
antes de que Alicia pudiera contestar comenzaron los tambores a redoblar.
Alicia
no acertaba a discernir de dónde procedía tanto ruido, pero el aire parecía
henchido de redobles de tambor cuyo estrépito estallaba dentro de su cabeza
hasta que empezó a ensordecerla del todo. Se puso en pie de un salto y acosada
de temor saltó al otro lado del arroyuelo; tuvo justo el tiempo de ver...
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
...
antes de caer de rodillas y de taparse los oídos tratando en vano de aislarse
del tremendo ruido, cómo el león y el unicornio se ponían súbitamente en pie,
mirando furiosos en derredor al ver interrumpida su fiesta.
--¡Si
éso no los echa a tamborilazos del pueblo --pensó para sí misma-- ya nada lo
logrará!
"ES
MI PROPIA INVENCION"
Después
de un rato, el estrépito fue amainando gradualmente hasta quedar todo en el
mayor silencio, por lo que Alicia levantó la cabeza, un poco alarmada. No se
veía a nadie por ningún lado, de forma que lo primero que pensó fue que debía
de haber estado soñando con el león y el unicornio y esos curiosos mensajeros
anglosajones. Sin embargo, ahí continuaba aún a sus pies la gran fuente sobre
la que había estado intentando cortar el pastel. Así que, después de todo, no
he estado soñando --se dijo a sí misma...-- a no ser que fuésemos todos parte
del mismo sueño. Sólo que si así fuera, ¿ojalá que el sueño sea el mío propio y
no el del Rey rojo! No me gusta nada pertenecer al sueño de otras personas --
continuó diciendo con voz más bien quejumbrosa como que estoy casi dispuesta a
ir a despertarlo y ¡a ver qué pasa!
En
este momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces muy
fuertes, unos gritos de --¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! --que profería un caballero,
bien armado de acero púrpura, que venía galopando hacia ella blandiendo una
gran maza. Justo cuando llegó a donde estaba Alicia, el caballo se detuvo
súbitamente--: ¡Eres mi prisionera! --gritó el caballero, mientras se
desplomaba pesadamente del caballo.
A
pesar del susto que se había llevado, Alicia estaba en aquel momento más
preocupada por él que por sí misma y estuvo observando con no poca ansiedad
cómo montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado
cómodamente en su silla, empezó otra vez a proclamar: --¡Eres mi...! --pero en
ese preciso instante otra voz le atajó con nuevos gritos de--: ¡Hola! ¡Hola!
¡Jaque! --y Alicia se volvió, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo.
Esta
vez era el caballero blanco. Cabalgó hasta donde estaba Alicia y al detenerse
su montura se desplomó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera hecho el
caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron
mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante algún rato.
Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada.
--¡Bien
claro está que la prisionera es mía! --reclamó al fin el caballero rojo.
--¡Sí,
pero luego vine yo y la rescaté! --replicó el caballero blanco.
--¡Pues
entonces hemos de batirnos por ella! --declaró el caballero rojo, mientras
recogía su yelmo (que traía colgado de su silla y tenía una forma así como la
cabeza de un caballo) y se lo calaba.
--Por
supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? --observó el caballero blanco
mientras se calaba él también su yelmo.
--Siempre
lo hago --aseguró el caballero rojo y empezaron ambos a golpearse a mazazos con
tanta furia que Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los
porrazos.
--¿Me
pregunto cuáles serán esas reglas del combate? --se dijo mientras contemplaba
la contienda, asomando tímidamente la cabeza desde su escondrijo. Por lo que
veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez que un caballero golpea al
otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él ..., y parece
que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como
lo hacen los títeres del guiñol..., ¡y vaya ruido que arman al caer: como si
fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos! Pero,
¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan desplomarse y volver a
montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas.
Otra
de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, parecia ser la de
que siempre habían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda terminó al
caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la
mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando.
--¡Una
victoria gloriosa! ¿no te parece? --le dijo el caballero blanco a Alicia
mientras se acercaba jadeando.
--Pues
no sé qué decirle --le contestó Alicia con algunas dudas--. No me gustaría ser
la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina.
--Y
lo serás: cuando hayas cruzado el siguiente arroyo --le aseguró el caballero
blanco--. Te acompañaré, para que llegues segura, hasta la linde del bosque;
pero ya sabes que al llegar allá tendré que volverme, pues ahí se acaba mi
movimiento.
--Pues
muchísimas gracias --dijo Alicia--. ¿Quiere que le ayude a quitarse el yelmo?
-- evidentemente no parecía que el caballero pudiera arreglárselas él solo;
pero Alicia lo logró al fin, tirando y librándolo a sacudidas.
--¡Ahora
sí que puede uno respirar! --exclamó el caballero alisándose con ambas manos
los pelos largos y desordenados de su cabeza y volviendo la cara amable para
mirar a Alicia con sus grandes ojos bondadosos. Alicia pensó que nunca en toda
su vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto.
Iba
revestido de una armadura de latón que le sentaba bastante mal y llevaba sujeta
a la espalda una caja de madera sin pintar de extraña forma, al revés y con la
tapa colgando abierta. Alicia la examinó con mucha curiosidad.
--Veo
que te admira mi pequeña caja --observó el caballero con afable tono--. Es de
mi propia invención..., para guardar ropa y bocadillos. La llevo boca abajo,
como ves, para que no le entre la lluvia dentro.
--Pero
es que se le va a caer todo fuera --senaló Alicia con solicitud--. ¿No se ha
dado cuenta de que lleva la tapa abierta?
--No
lo sabía --respondió el caballero, mientras una sombra de contrariedad le
cruzaba la cara--. En ese caso, ¡todas las cosas se deben haber caído fuera! Y
ya de nada sirve la caja sin ellas. --Se zafó la caja mientras hablaba y estaba
a punto de tirarla entre la maleza cuando se le ocurrió, al parecer, una nueva
idea y la colgó, en vez, cuidadosamente de un árbol--. ¿Adivinas por qué lo
hago? --le preguntó a Alicia.
Alicia
negó con la cabeza.
--Con
la esperanza de que unas abejas decidan establecer su colmena ahí dentro...,
así conseguiría un poco de miel.
--Pero
si ya tiene una colmena..., o algo que se le parece mucho..., colgada ahí de la
silla de su caballo --señaló Alicia.
---Sí,
es una colmena excelente --explicó el caballero, con voz en la que se reflejaba
su descontento-- es de la mejor calidad, pero ni una sola abeja se ha acercado
a ella. Y la otra cosa que llevo ahí es una trampa para ratones. Supongo que lo
que pasa es que los ratones espantan a las abejas..., o que las abejas espantan
a los ratones..., no sé muy bien cuál de los dos tiene la culpa.
--Me
estaba precisamente preguntando para qué serviría la trampa para ratones --dijo
Alicia--. No es muy probable que haya ratones por el lomo del caballo.
--No
será probable, quizá --contestó el caballero-- pero, ¿y si viniera alguno?, no
me gustaría que anduviera correteando por ahí.
--Verás
continuó diciendo después de una pausa-- lo mejor es estar preparado para todo.
Esa
es también la razón por la que el caballo lleva esos brazaletes en las patas.
--Pero,
¿para qué sirven? --preguntó Alicia con tono de viva curiosidad.
--Pues
para protegerlo contra los mordiscos de tiburón --replicó el caballero--. Es un
sistema de mi propia invención. Y ahora, ayúdame a montar: iré contigo hasta la
linde del bosque..., ¿para qué es esa fuente que está ahí?
--Es
la fuente del pastel --explicó Alicia.
--Será
mejor que la llevemos con nosotros --dijo el caballero: nos vendrá de perillas
si nos topamos con alguna tarta. Ayúdame a meterla en este saco.
Esta
labor los entretuvo bastante tiempo, a pesar de que Alicia mantuvo muy abierta
la boca del saco, pues el caballero intentaba introducir la fuente tan
torpemente: las dos o tres primeras veces que lo intentó se cayó él mismo
dentro del saco en vez. --Es que está muy ajustado, como ves -- se explicó
cuando la consiguieron meter al fin-- y hay tantos candelabros dentro ... --y
diciendo ésto la colgó de la montura, que estaba ya cargada de manojos de
zanahorias, hierros de chimenea y otras muchas cosas más.
--Espero
que lleves el pelo bien asegurado --continuó diciendo una vez que empezaron a
marchar.
--Pues
asi así, como todos los días --respondió Alicia sonriendo.
--Eso
no basta --dijo con ansiedad el caballero. --Es que verás: el viento sopla tan
fuertemente por aquí... Es tan espeso que parece sopa.
--¿Y
no ha inventado un sistema para impedir que el viento se le lleve el pelo?
--inquirió Alicia.,
--Aún
no --replicó el caballero--. Pero si que tengo un sistema para impedir que se
me caiga.
--¡Ah!
Pues me interesaría mucho conocerlo.
--Verás:
primero se toma un palo bien recto --explicó el caballero-- luego haces que el
pelo vaya subiendo por el palo, como se hace con los frutales. Ahora bien, la
razón por la que el pelo se cae es porque cuelga hacia abajo..., y ya sabes que
nada se puede caer hacia arriba, conque... Es un sistema de mi propia
invención. Puedes probarlo si quieres.
No
sonaba demasiado cómodo el sistema, pensó Alicia, y durante algunos minutos
caminó en silencio, sopesando la idea y deteniéndose cada dos por tres para
auxiliar al pobre caballero, que ciertamente no era un buen jinete.
Cada
vez que se detenía el caballo (lo que sucedía muy a menudo) se caía por
delante; y cada vez que el caballo arrancaba de nuevo (lo que generalmente
hacía de manera bastante súbita) se caía por la grupa. Por lo demás, se las
arreglaba bastante bien, salvo por el vicio que tenía de caerse por uno u otro
lado del caballo de vez en cuando; y como le daba por hacerlo generalmente por
el lado por el que Alicia iba caminando, muy pronto esta se dio cuenta de que
lo mejor era no ir andando demasiado cerca del caballero.
--Me
temo que no ha tenido usted ocasión de ejercitarse montando a caballo --se
aventuró a decir, mientras le auxiliaba después de su quinta y aparatosa caída.
Al
oír esto, el caballero puso una cara de considerable sorpresa y quedó un tanto
ofendido. - -¿Y por qué se te ocurre decirme eso ahora? --preguntó mientras se
encaramaba nuevamente sobre su montura, agarrándose de los pelos de Alicia con
una mano para no desplomarse por el otro lado.
--Porque
la gente no se cae con tanta frecuencia del caballo cuando tiene práctica.
--Pues
yo tengo práctica más que suficiente declaró gravemente el caballero --¡más que
suficiente!
A
Alicia no se le ocurrió otra cosa mejor que decir a esto que --¿de veras?--,
bien es verdad que lo dijo tan cordialmente como pudo. Después de esto,
continuaron avanzando en silencio durante algún rato, el caballero con los ojos
cerrados mascullando cosas ininteligibles y Alicia esperando la siguiente
caída.
--El
gran arte de la equitación --empezó a declamar de golpe el caballero, con
resonante voz y gesticulando con el brazo derecho mientras hablaba-- estriba en
mantenerse... --pero aquí la frase se detuvo tan inopinadamente como habia
comenzado, pues el caballero cayó pesadamente de cabeza precisamente en medio
del sendero por el que iba caminando Alicia. Esta vez se asustó de veras y por
ello, mientras lo levantaba, le dijo con voz inquieta: --Espero que no se haya
roto ningún hueso.
--Ninguno
que valga la pena de mencionar --repuso el caballero, como si no le importara
quebrarse dos o tres--. El gran arte de la equitación, como estaba diciendo...,
estriba en mantenerse adecuadamente en equilibrio. De esta manera en que voy a
demosttar...
Dejó
caer las riendas y extendió ambos brazos para mostrarle a Alicia lo que quería
decir, y esta vez se cayó cuán largo era y de espaldas bajo las patas del
caballo.
--¡Práctica
más que suficiente! --continuaba repitiendo todo el tiempo, mientras Alicia le
ayudaba a ponerse en pie--. ¡Práctica más que suficiente!
--¡Esto
ya pasa de la raya! --gritó Alicia perdiendo esta vez toda su paciencia--. ¡Lo
que usted debiera de tener es un caballo de madera con ruedas! ¡Eso es lo que
necesita usted!
--¿Es
que ese género equino cabalga con suavidad? --le preguntó el caballero con un
tono que revelaba su gran interés; y se agarró firmemente al cuello de su
caballo justo a tiempo para salvarse de una nueva y ridícula caída.
--¡Mucho
más suavemente que un caballo de carne y hueso! exclamó Alicia dando un pequeño
chillido de la risa que le estaba dando todo ello, a pesar de los esfuerzos que
hacia por contenerla.
--Voy
a conseguirme uno --se dijo pensativo el caballero-- uno o dos..., ¡varios!
Después
de ésto, se produjo un corto silencio y luego el caballero rompió de nuevo a
hablar.
--Tengo
un considerable talento para inventar cosas. Y no sé si habrás observado que la
última vez que me levantaste del suelo estaba así como algo preocupado...
--Desde
luego, me pareció que había puesto una cara bastante seria --aseguró Alicia.
--Bueno,
es que precisamente entonces estaba inventando una nueva manera para pasar por
encima de una cerca..., ¿te gustaría saber cómo?
--Me
gustaría muchísimo --asintió cortésmente Alicia.
--Te
diré cómo se me ocurrió la idea --dijo el caballero. -- Verás: me dije a mi
mismo: «la única dificultad está en los pies, pues la cabeza ya está de por sí
por encima». Así pues, primero coloco la cabeza por encima de la cerca ..., y
así queda asegurada ésta a suficiente altura..,, y luego me pongo cabeza
abajo..., y entonces son los pies los que quedan a suficiente altura, como
verás..., y de esta forma, ¡paso la cerca! ¿Comprendes?
--Sí,
supongo que lograría pasar la cerca después de esa operacíon -- asintió Alicia
pensativamente-- pero, ¿no cree usted que resulta algo difícil de ejecutar?
--No
lo he probado aún --declaró con gravedad el caballero-- así que no puedo
asegurarlo..., pero me temo que algo difícil sí sería.
El
darse cuenta de esto pareció molestarle tanto que Alicia se decidió a cambiar
apresuradamente de tema.
--¡Qué
curioso yelmo el suyo! --dijo, prodigando alegría--. ¿Es también de su
invención?
El
caballero posó orgullosamente la vista sobre su yelmo, que llevaba colgado de
la silla. -- Si --asintió-- pero he inventado otro mejor aún que este..., uno
en forma de un pan de azúcar. Con aquel yelmo puesto, si me sucedía caer del
caballo, daba inmediatamente con
el
suelo puesto que en realidad caía una distancia muy corta, ¿comprendes?...
Claro que siempre existía el peligro de caer dentro de él, desde luego... Eso
me sucedió una vez..., y lo peor del caso fue que antes de que pudiera salir de
nuevo, llegó el otro caballero blanco y se lo puso creyendo que era el suyo.
El
caballero describía esta escena con tanta seriedad que Alicia no se atrevió a
reir. --Me temo que le habrá usted hecho daño -- comentó con voz que le
temblaba de la risa contenida-- estando usted con todo su peso encima de su
cabeza.
--Tuve
que darle de patadas, por supuesto --explicó el caballero con la misma
seriedad--. Y entonces se quitó el yelmo..., pero pasaron horas y horas antes
de que pudiera salir de ahi dentro. ¡Estaba yo tan apremiado que no había quien
me sacara de ahí!
--Me
parece que lo que usted quiere decir es que estaba muy «apretado» --objetó
Alicia.
--Mira,
¡apremiado por todas partes! --insistía el caballero--. ¡Te lo aseguro!
--Levantó las manos, sacudiendo la cabeza, al decir esto, bastante excitado, y
al instante rodó por tierra, acabando de cabeza en una profunda zanja
Alicia
corrió al borde de la cuneta para ver de ayudarle. La caída la había tomado por
sorpresa pues aquella vez el caballero parecía haberse mantenido bastante bien
sobre sú caballo durante algún tiempo, y además temía que esta vez sí se
hubiese hecho daño de verdad.
Sin
embargo, y aunque sólo podía verle la planta de los pies, se quedó muy aliviada
al oír que decía en su tono usual de voz: --Apremiado por todas partes
--repetía-- pero fue un descuido por su parte ponerse el yelmo de otro..., ¡y
con el otro dentro además!...
--¿Cómo
puede usted estar ahí hablando tan tranquilo con la cabeza abajo como si nada?
-- preguntó Alicia mientras lo arrastraba por los pies y amontonaba sus
enlatados miembros al borde de la zanja.
El
caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. -- Y, ¿qué más da
donde esté mi cuerpo? --dijo--. Mi cabeza sigue trabajando todo el tiempo. De
hecho, he comprobado que cuanto más baja tenga la cabeza, más invenciones se me
van ocurriendo.
--Ahora,
que la vez que mejor lo hice --continuó después de una pausa-- fue cuando
inventé un budín mientras comíamos la entrada de carne.
--¿Con
tiempo suficiente para que se lo sirvieran al siguiente plato? --supuso
Alicia--. ¡Eso sí que se llama pensar rápido!
--Bueno,
no fue el siguiente plato --dijo el caballero lentamente, con voz un tanto
retenida-- . No, desde luego no lo sirvieron después del otro.
Entonces,
¿lo servirían al día siguiente, porque supongo que no iban a comer dos budines
en la misma cena?
--Bueno,
tampoco apareció al día siguiente --repitió el caballero igual que antes--.
Tampoco al otro día. En realidad --continuó agachando la cabeza y bajando cada
vez más la voz-- no creo que ese budín haya sido cocinado nunca. En realidad,
¡no creo que ese budín sea cocinado jamás! Y, sin embargo, como budín, ¡qué
invento más extraordinario!
--A
ver, ¿de qué estaba hecho ese budín, según su invento? --preguntó Alicia, con
la esperanza de animarlo un poco, pues al pobre caballero parecía que aquello
le estaba deprimiendo bastante.
--Para
empezar, de papel secante --contestó el caballero dando un gemido.
--Me
temo que eso no quedaría demasiado bien...
--No
quedaría bien así solo --interrumpió con bastante ansiedad-- pero, ¡no tienes
idea de cómo cambia al mezclarlo con otras cosas!... Tales como pólvora y pasta
de lacrar. Pero tengo que dejarte aquí --terminó, pues acababan de llegar al
lindero del bosque.
A
Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de pensar con ese
budín.
--Estás
triste --dijo el caballero con voz inquieta-- déjame que te cante una canción
que te alegre.
--¿Es
muy larga? --preguntó Alicia, pues había oído demasiada poesía aquel día.
--Es
larga --confesó el caballero-- ¡pero es tan, tan hermosa! Todo el que me la ha
oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si no...
¿O
si no qué? --insistió Alicia pues el caballero se habla quedado cortado de
golpe.
-O
si no no se les ha saltado nada, esa es la verdad.
La
canción la llaman «Ojos de bacalao».
--¡Ah!
¿Conque ese es el nombre de la canción, eh? --dijo Alicia, intentando dar la
impresión de que estaba interesada.
--No,
no comprendes --corrigió el caballero, con no poca contrariedad--. Asi es como
la llaman, pero su nombre en realidad es «Un ancíano viejo viejo».
--Entonces,
¿debo decir que así es como se llama la canción? --se corrigió a su vez Alicia.
--No,
tampoco. ¡Eso ya es otra cosa! La canción se llama «De esto y de aquello», pero
es sólo como se llama, ya sabes...
--Bueno,
pues entonces cuál es esa canción, --pidió Alicia que estaba ya completamente
desconcertada.
--A
eso iba --respondió el caballero. En realidad, la canción no es otra que
«Posado sobre una cerca», y la música es de mi propia invención.
Y
hablando de esta guisa, detuvo su caballo y dejó que las riendas cayeran
sueltas por su cuello: luego empezó a cantar, marcando el tiempo lentamente con
una mano, una débil sonrisa iluminando la cara bobalicona, como si estuviera
gozando con la música de su propia canción.
De
todas las cosas extrañas que Alicia vio durante su viaje a través del espejo,
esta fue la que recordaba luego con mayor claridad. Años más tarde podía aún
revivir toda aquella escena de nuevo, como si hubiera sucedido sólo el día
anterior..., los suaves ojos azules y la cara bondadosa del caballero..., los
rayos del sol poniente brillando por entre sus pelos venerables y destellando
sobre su armadura, con un fulgor que llegaba a deslumbrarla..., el caballo
moviéndose tranquilo de aquí para allá, las riendas colgando del cuello,
paciendo la hierba a sus pies..., y las sombras oscuras del bosque al fondo...,
todo ello se le grabó a Alicia en la mente como si fuera un cuadro, mientras se
recostaba contra un árbol protegiéndose con la mano los ojos del sol y
observaba a aquella extraña pareja, oyendo medio en sueños la melancólica
música de esa canción.
--Sólo
que la música no es uno de sus inventos -- se dijo Alicia-- es «Te doy cuanto
poseo que ya más no puedo». Se quedó callada oyendo con la mayor atención, pero
no se le asomaba ninguna lágrima a los ojos.
Te
contaré todo cuanto pueda:
Poco
me queda por narrar.
Una
yez vi a un anciano viejo viejo
asoleándose
sobre una cerca.
--¿Quién
eres, anciano? --díjele--,
y,
¿qué haces para vivir?
Su
respuesta se coló por mi mente
como
el agua por un tamiz.
Díjome:
--Cazo las mariposas
que
duermen por el trigo trigo.
Con
ellas me cocino unos buenos
pastelillos
de cordero
que
luego vendo por las calles.
Me
los compran esos hombres --continuó--
que
navegan por los procelosos mares
Y
así consigo el pan de cada día.
Y
ahora, tenga la bondad, la voluntad...
Pero
yo estaba meditando un plan
para
teñirme de verde los bigotes,
empleando
luego un abanico tan grande
que
ya nadie me los pudiera ver
Así
pues y no sabiendo qué replicar
a lo
que el viejo me decía
gritéle:
--¡Vamos! ¡Dime de qué vives!
con
un buen golpe a la cabeza.
Con
su bondadosa voz, reanudó la narración.
Díjome:
--Me paseo por ahí
y
cuando topo con un arroyo lo echo
a
arder en la montaña.
Con
eso fabrican aquel espléndido producto
que
llaman aceite de Macasar...
Sin
embargo, dos reales y una perra
es
todo lo que me dan por mi labor.
Pero
yo estaba meditando la manera
de
alimentarme a base de manteca
para
ir así engordando un poco cada día.
Entonces,
le di un fuerte vapuleo,
hasta
que se le puso la cara bien morada.
--¡Vamos!
¡Dime cómo vives! --le grité--.
¡Y a
qué profesión te dedicas!
Díjome:
--Cazo ojos de bacalao
por
entre las zarzas y las jaras.
Con
ellos labro, en el silencio de la noche
hermosos
botones de chaleco.
Y
cata que a estos no los vendo
ni
por oro ni por plata;
sino
tan sólo por una perra
¡Y
por una te llevas diez!
A
veces cavo bollos de mantecón
o
pesco cangrejos con vareta de gorrión.
A
veces busco por los riscos
a
ver si encuentro alguna rueda de simón.
Y de
esta manera --concluyó pícaro dando un guiño-- es como amaso mi fortuna...
Ahora
me sentiría muy honrado bebiendo
un
trago a la salud de vuesa merced.
Entonces
sí que lo oí, pues en mi mente
maduraba
mi gran proyecto
de
cómo salvar del óxido al puente del Menai
recociéndolo
bien en buen vino.
Así
que mucho le agradecí la bondad
de
contarme el método de su fortuna,
pero
mayormente, por su noble deseo
de
beber a la salud de mi ilustre persona.
Y
así, cuando ahora por casualidad
se
me pegan los dedos en la cola;
o me
empeño en calzarme salvajemente
el
pie derecho en el zapato izquierdo
o
cuando sobre los deditos del pie
me
cae algún objeto bien pesado,
lloro
porque me acuerdo tanto,
de
aquel anciano que otrora conociera...
De
mirada bondadosa y pausado hablar...
Los
cabellos más canos que la nieve...
La
cara muy como la de un cuervo,
los
ojos encendidos como carbones.
Aquel
que parecía anonadado por su desgracia
y
mecía su cuerpo consolándose...
Susurrando
murmullos y bisbiseos,
como
si tuviera la boca llena de pastas,
y
que resoplaba como un búfalo...,
aquella
tarde apacible de antaño...,
asoleándose
sentado sobre una cerca.
Al
llegar a las últimas palabras de la balada, el caballero recogió las riendas y
volvió la cabeza de su corcel por el camino por donde habían venido. --Sólo te
quedan unos metros más --dijo-- bajando por la colina y cruzando el arroyuelo
aquél: entonces serás una reina..., pero antes te quedarás un poco aquí para
decirme adiós, ¿no? --añadió al ver que Alicia volvía la cabeza muy ansiosa en
la dirección que le indicaba--. No tardaré mucho. ¡Podrías esperar aquí y
agitar el pañuelo cuando llegue a aquella curva! Es que, ¿comprendes?, eso me
animaría un poco.
--Pues
claro que esperaré --le aseguró Alicia-- y muchas gracias por venir conmigo
hasta aquí, tan lejos..., y por la canción..., me gustó mucho...
--Espero
que sí --dijo el caballero con algunas dudas--: no lloraste tanto como había
supuesto.
Y
diciendo esto se dieron la mano y el caballero se alejó pausadamente por el
bosque. --No tardaré mucho en verlo despedido, supongo --se dijo Alicia
mientras le seguía con la vista--
.
¡Ahí va! ¡De cabeza, como de costumbre! Pero parece que vuelve a montar con
bastante facilidad..., eso gana con colgar tantas cosas de la silla... --y así
continuó hablando consigo misma mientras contemplaba cómo iba cayendo ya de un
lado ya del otro a medida que el caballo seguia cómodamente al paso. Después de
la cuarta o quinta caida llegó a la curva y entonces Alicia agitó el pañuelo en
el aire y esperó hasta que se perdiera de vista.
--Ojalá
que eso lo animara --dijo, al mismo tiempo que se volvía y empezaba a correr
cuesta abajo--. Y ahora, ¡a por ese arroyo y a convertirme en Reina! ¡Qué bien
suena eso! -- y unos cuantos pasos más la llevaron a la linde del bosque.
--¡La
octava casilla al fin! --exclamó dando un salto para salvar el arroyo y cayendo
de bruces...
* *
* * * * *
* *
* * * *
* *
* * * * *
...
sobre una pradera tan suave como si fuese de musgo, con pequeños macizos de
flores diseminados por aquí y por allá. --¡Ay! ¡Y qué contenta estoy de estar
aquí!
Pero,
¿qué es esto que tengo sobre la cabeza? --exclamó con gran desconsuelo cuando
palpándose la cabeza con las manos se encontró con algo muy pesado que le ceñía
estrechamente toda la testa.
--Pero,
¿cómo se me ha puesto esto encima sin que yo me haya enterado! --se dijo
mientras se quitaba el pesado objeto y lo posaba sobre su regazo para averiguar
de qué se trataba.
Era
una corona de oro.
ALICIA
REINA
--¡Vaya!
¡Esto sí que es bueno! -- exclamó Alicia--. Nunca supuse que llegaría a ser una
reina tan pronto..., y ahora le diré lo que pasa, Majestad --continuó con
severo tono (siempre le había gustado bastante regañarse a sí misma)--.
Simplemente, ¡qué no puede ser esto de andar rodando por la hierba así no más!
¡Las reinas, ya se sabe, han de guardar su dignidad!
Se
puso en pie y se paseó un poco..., algo tiesa al principio, pues tenía miedo de
que se le fuera a caer la corona; pero pronto se animó pensando que después de
todo no había nadie que la viera. --Y si de verdad soy una reina --dijo
mientras se sentaba de nuevo-- ya me iré acostumbtando con el tiempo.
Todo
estaba sucediendo de manera tan poco usual que no se sintió nada sorprendida al
encontrarse con que la Reina roja y la Reina blanca estaban ambas sentadas, una
a cada lado, junto a ella; tenía muchas ganas de preguntarles cómo habían
llegado hasta ahí, pero tenía miedo de que eso no fuese lo más correcto.
--Pero, en cambio --pensó-- no veo nada malo en preguntarles si se ha acabado
ya la partida. Por favor, ¿querría decirme si... -- empezó en voz alta, mirando
algo cohibida a la Reina roja.
--¡No
hables hasta que alguien te dirija la palabra! --la interrumpió bruscamente la
Reina.
--Pero
si todo el mundo siguiera esa regla --objetó Alicia que estaba siempre
dispuesta a discutir un poco-- y si usted sólo hablara cuando alguien le
hablase, y si la otra persona estuviera siempre esperando a que usted empezara
a hablar primero, ya ve: nadie diría nunca nada, de forma que...
--¡Ridículo!
--gritó la Reina--. iNiña! ¡Es que no ves que...? --pero dejó de hablar,
frunciendo las cejas y después de cavilar un poco, cambió súbitamente el tema
de la conversación--. ¿Qué has querido decir con eso de que «si de verdad eres
una Reina»? ¿Con qué derecho te atribuyes ese título? ¿Es que no sabes que
hasta que no pases el consabido examen no puedes ser Reina? Y cuanto antes
empecemos, ¡mejor para todos!
--Pero
si yo sólo dije que «si fuera»... --se excusó Alicia lastimeramente.
Las
dos reinas se miraron, y la roja observó con un respingo: --Dice que sólo dijo
que «si fuera»...
--¡Pero
si ha dicho mucho más que eso! --gimió la Reina blanca, retorciéndose las
manos--. ¡Ay! ¡Tanto, tanto más que eso!
--Así
es; ya lo sabes --le dijo la Reina roja a Alicia--. Di siempre la verdad...,
piensa antes de hablar..., no dejes de anotarlo todo siempre después.
--Estoy
convencida de que nunca quise darle un sentido... --empezó a responder Alicia;
pero la Reina roja la interrumpió impacientemente.
--¡Eso
es precisamente de lo que me estoy quejando! ¡Debiste haberle dado algún
sentido! ¿De qué sirve una criatura que no tiene sentido? Si hasta los chistes
tienen su sentido..., y una niña es más importante que un chiste, supongo, ¿no?
Eso sí que no podrás negarlo, ni aunque lo intentes con ambas manos.
--Nunca
niego nada con las manos --protestó molesta Alicia.
Nadie
ha dicho que lo hicieras --replicó la Reina roja--. Dije que no podrías hacerlo
ni aunque quisieras.
--Parece
que le ha dado por ahí --comentó la Reina blanca--. Le ha dado por ponerse a
negarlo todo..., sólo que no sabe por dónde empezar.
--¡Un
carácter desagradable y desabrido! --observó la Reina roja; y se quedaron las
tres durante un minuto o dos sumidas en incómodo silencio.
La
Reina roja rompió el silencio diciéndole a la blanca: Te invito al banquete que
dará Alicia esta tarde.
La
Reina blanca le devolvió una sonrisa desvahida y le contestó: --Y yo te invito
a ti.
--Es
la primera noticia que tengo de que vaya yo a dar una fiesta --intercaló
Alicia-- pero si va a haber una me parece que soy yo la que debe de invitar a
la gente.
--Ya
te dimos la oportunidad de hacerlo --observó la Reina roja-- pero mucho me temo
que no te han dado aún bastantes lecciones de buenos modales.
--Los
buenos modales no se aprenden en las lecciones --corrigió Alicia--. Lo que se
enseña en las lecciones es a sumar y cosas por el estilo.
--¿Sabes
sumar? --le preguntó la Reina blanca--. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno
y uno y uno y uno?
--No
sé --dijo Alicia-- he perdido la cuenta.
--No
sabe sumar --interrumpió la Reina roja--. ¿Sabes restar? ¿Cuánto es ocho menos
nueve?
--Restarle
nueve a ocho no puede ser, ya sabe --replicó Alicia vivamente-- pero, en
cambio...
--Tampoco
sabe restar --concluyó la Reina blanca--.
¿Sabes
dividir? Divide un pan con un cuchillo..., ¡a ver si sabes contestar a eso!
--Supongo
que... --estaba empezando a decir Alicia, pero la Reina roja contestó por
ella--: Pan y mantequilla, por supuesto. Prueba hacer otra resta: quítale un
hueso a un perro y, ¿qué queda?
Alicia
consideró el problema: --Desde luego el hueso no va a quedar si se lo quito al
perro...,
pero el perro tampoco se quedaría ahí si se lo quito; vendria a morderme..., y
en ese caso, ¡estoy segura de que yo tampoco me quedaría!
--Entonces,
según tú, ¡no quedaría nada? --insistió la Reina roja.
--Creo
que esa es la contestación.
--Equivocada,
como de costumbre --concluyó la Reina roja--. Quedaría la paciencia del perro.
--Pero
no veo cómo...
--¿Qué
cómo? ¡Pues así! --gritó la Reina roja-. El perro perdería la paciencia, ¿no es
verdad?
--Puede
que sí --replicó Alicia con cautela.
--Entonces
si el perro se va, ¡tendria que quedar ahí la paciencia que perdió! --exclamó
triunfalmente la Reina roja.
Alicia
objetó con la mayor seriedad que pudo: --Pudiera ocurrir que ambos fueran por
caminos dístintos--. Sin embargo, no pudo remediar el pensar para sus
adentros--: Pero, ¡qué sarta de tonterías que estamos diciendo!
--¡No
tiene ni idea de matemáticas! --sentenciaron enfáticamente ambas reinas a la
vez.
--¿Sabe
usted sumar acaso? -- dijo Alicia, volviéndose súbitamente hacia la Reina
blanca, pues no le gustaba nada tanta crítica.
A la
Reina se le cortó la respiración y cerró los ojos: --Sé sumar --aclaró-- si me
das el tiempo suficiente... Pero no sé restar de ninguna manera.
--¿Supongo
que sabrás tu A B C? --intimó la Reina roja.
--¡Pues
no faltaba más! --respondió Alicia.
Yo
también --le susurró la Reina blanca al oído--: lo repasaremos juntas, querida;
y te diré un secreto... ¡Sé leer palabras de una letra! ¿No te parece
estupendo? Pero en todo caso, no te desanimes, que también llegarás tú a
hacerlo con el tiempo.
Al
llegar a este punto, la Reina roja empezó de nuevo a examinar: --¿Sabes
responder a preguntas prácticas? ¿Cómo se hace el pan?
--¡Eso
sí que lo sé! --gritó Alicia muy excitada--. Se toma un poco de harina...
--¡Qué
barbaridad! ¡Cómo vas a beber harina! --se horrorizó la Reina blanca.
--Bueno,
no quise decir que se beba sino que se toma así con la mano, después de haber
molido el grano...
--¡No
sé por qué va a ser un gramo y no una tonelada! --siguió objetando la Reina
blanca--.
No
debieras dejar tantas cosas sin aclarar.
--¡Abanícale
la cabeza! --interrumpió muy apurada la Reina roja--. Debe de tener ya una
buena calentura de tanto pensar. --Y las dos se pusieron manos a la obra
abanicándola con manojos de hojas, hasta que Alicia tuvo que rogarles que
dejaran de hacerlo pues le estaban volando los pelos de tal manera.
Ya
se encuentra mejor --diagnosticó la Reina roja--. ¡Has aprendido idiomas? ¿Cómo
se dice tururú en francés?
--Tururú
no es una palabra castellana --replicó Alicia con un mohín de seriedad.
--¿Y
quién dijo que lo fuera? --replicó la Reina roja.
Alicia
pensó que esta vez sí que se iba a salir con la suya--. Si me dice a qué idioma
pertenece eso de tururú, ¡le diré lo que quiere decir en francés! --exclamó
triunfante.
Pero
la Reina roja se irguió con cierta dignidad y le contestó: --Las reinas nunca
hacen tratos.
--¡Ojalá
tampoco hicieran preguntas! --pensó Alicia para sus adentros.
--¡No
nos peleemos! --intercedió la Reina blanca un tanto apurada--. ¿Cuál es la
causa del relámpago?
--Lo
que causa al relámpago --pronunció Alicia muy decidida, porque esta vez sí que
estaba convencida de que sabía la contestación-- , es el trueno..., ¡ay, no,
no! --se corrigió apresuradamente--. ¡Quise decir al reves!
--¡Demasiado
tarde para corregirlo! --sentenció la Reina roja--. Una vez que se dice algo,
¡dicho está! Y a cargar con las consecuencias...
--Lo
que me recuerda... --dijo la Reina blanca mirando hacia el suelo y juntando y
separando las manos nerviosamente-- . ¡La de truenos y relámpagos que hubo
durante la tormenta del último martes...! Bueno, de la última tanda de martes
que tuvimos, se comprende.
Esto
desconcertó a Alicia. --En nuestro país --observó-- no hay más que un día a la
vez.
La
Reina roja dijo: --¡Pues vaya manera más mezquina y ramplona de hacer las
cosas! En cambio aquí, casi siempre acumulamos los días y las noches; y a veces
en invierno nos echamos al coleto hasta cinco noches seguidas, ya te podrás
imaginar que para aprovechar mejor el calor.
--¿Es
que cinco noches son más templadas que una? --se atrevió a preguntar Alicia.
--Cinco
veces más templadas, pues claro.
--Pero,
por la misma razón, debieran de ser cinco veces más frías...
--¡Así
es! ¡Tú lo has dicho! --gritó la Reina roja--.Cinco veces más templadas y cinco
veces más frías..., de la misma manera que yo soy cinco veces más rica que tú y
cinco veces más lista!
Alicia
se dio por vencida, suspirando. --Es igual que una adivinanza sin solución
--pensó.
--Humpty
Dumpty también la vio continuó la Reina blanca con voz grave, más como si
hablara consigo misma que otra cosa--. Se acercó a la puerta con un sacacorchos
en la mano.
--Y,
¿qué es lo que quería? --preguntó la Reina roja.
--Dijo
que iba a entrar como fuera --explicó la Reina blanca-- porque estaba buscando
a un hipopótamo. Ahora que lo que ocurrió es que aquella mañana no habia nada
que se le pareciese por la casa.
--Y,
¿es que sí suele haberlos, por lo general? --preguntó Alicia muy asombrada.
--Bueno,
sólo los jueves --replicó la Reina.
--Yo
sí sé a lo que iba Humpty Dumpty --afirmó Alicia--. Lo que quería era castigar
a los peces, porque...
Pero
la Reina blanca reanudó en ese momento su narración. --¡Qué de truenos y de
relámpagos! ¡Es que no sabéis lo que fue aquello! (--Ella es la que nunca sabe
nada, por supuesto --intercaló la Reina roja.) Y se desprendió parte del techo
y por ahí ¡se colaron una de truenos...! ¡Y se pusieíon a rodar por todas
partes como piedías de molino..., tumbando mesas y revolviéndolo todo..., hasta
que me asusté tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre!
Alicia
se dijo a si misma: --¡A mi desde luego no se me habría ocurrido ni siquiera
intentar recordar mi nombre en medio de un accidente tal! ¿De qué me habría
servido lograrlo! -- pero no lo dijo en voz alta por no herir los sentimientos
de la pobre reina.
--Su
Majestad ha de excusarla --le dijo la Reina roja a Alicia, tomando una de las
manos de la Reina blanca entre las suyas y acariciándosela suavemente--. Tiene
buena intención, pero por lo general no puede evitar que se le escapen algunas
tonterias.
La
Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía que decirle algo
amable; pero la verdad es que en aquel momento no se le ocurría nada.
--Lo
que pasa es que nunca la educaron como es debido --continuó la Reina roja--.
Pero el buen carácter que tiene es algo que asombra. ¡Dale palmaditas en la
cabeza y verás cómo le gusta! --Pero esto era algo más de lo que Alicia se
habría atrevido.
--Un
poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo que está
pidiendo.
La
Reina blanca dio un profundo suspiro y recostó la cabeza sobre el hombro de
Alicia. -- Tengo tanto sueño --gimió.
--iEstá
cansada, pobrecita ella! --Se compadeció la Reina roja--. Alísale el pelo...,
préstale tu gorro de dormir..., y arríllala con una buena canción de cuna.
--No
llevo gorro de dormir que prestarle --dijo Alicia intentando obedecer la
primera de sus indicaciones-- y tampoco sé ninguna buena canción de cuna con
qué arrullarla.
--Lo
tendré que hacer yo, entonces --dijo la Reina roja y empezó:
Duérmete
mi Reina
sobre
el regazo de tu Alicia.
Has
que esté lista la merienda
tendremos
tiempo para una siesta.
Y
cuando se acabe la fiesta
nos
iremos todas a bailar:
La
Reina blanca, y la Reina roja,
Alicia
y todas las demás.
--Y
ahora que ya sabes la letra --añadió recostando la cabeza sobre el otro hombro
de Alicia-- no tienes más que cantármela a mí; que también me está entrando el
sueño--. Un momento después, ambas reinas se quedaron completamente dormidas,
roncando sonoramente.
--Y
ahora, ¿qué hago? -- exclamó Alicia, mirando a uno y a otro lado, llena de
perplejidad a medida que primero una redonda cabeza y luego la otra rodaban
desde su hombro y caían sobre su regazo como un pesado bulto.
--¡No
creo que nunca haya sucedido antes que una tuviera que ocuparse de dos reinas
dormidas a la vez! ¡No, no, de ninguna manera, nunca en toda la historia de
Inglaterra! ...
Bueno,
eso ya sé que nunca ha podido ser porque nunca ha habido dos reinas a la vez.
¡A despertar pesadas! --continuó diciendo con franca impaciencia; pero por toda
respuesta no recibió más que unos amables ronquidos.
Los
ronquidos se fueron haciendo cada minuto más distintos y empezaron a sonar más
bien como una canción: por último Alicia creyó incluso que podía percibir hasta
la letra y se puso a escuchar con tanta atención que cuando las dos grandes
cabezas se desvanecieron súbitamente de su regazo apenas si se dio cuenta.
Se
encontró frente al arco de una puerta sobre la que estaba escrito «REINA
ALICIA», en grandes caracteres; y a cada lado del arco se veía el puño de una
campanilla: bajo una de ellas estaba escrito «Campanilla de visitas» y bajo el
otro «Campanilla de servicio».
--Esperaré
a que termine la canción --pensó Alicia-- y luego sonaré la campanilla de...,
de...,
¿pero cual de las dos? --continuó muy desconcertada por ambos carteles-. No soy
una visita y tampoco soy del servicio. En realidad lo que pasa es que debiera
de haber otro que dijera «Campanilla de la reina»...
Justo
entonces la puerta se entreabrió un poco y una criatura con un largo pico asomó
la cabeza un instante, sólo para decir: --¡No se admite a nadie hasta la semana
después de la próxima! --y desapareció luego dando un portazo.
Durante
largo rato Alicia estuvo aporreando la puerta y sonando ambas campanillas, pero
en vano. Por último, una vieja rana que estaba sentada bajo un árbol, se puso
en pie y se acercó lentamente, renqueando, hacia donde estaba. Llevaba un traje
de brillante amarillo y se habia calzado unas botas enormes.
--Y
ahora, ¿qué pasa? --le preguntó la rana con voz aguardentosa.
Alicia
se volvió dispuesta a quejarse de todo el mundo.
--¿Dónde
está el criado que debe responder a la puerta? --empezó a rezongar enojada.
--¿Qué
puerta? --preguntó lentamente la rana.
Alicia
dio una patada de rabia en el suelo: le irritaba la manera en que la rana
arrastraba las palabras. --¡Esta puerta, pues claro!
La
rana contempló la puerta durante un minuto con sus grandes e inexpresivos ojos;
luego se acercó y la estuvo frotando un poco con el pulgar como para ver si se
le estaba desprendiendo la pintura; entonces miró a Alicia.
--¿Re'ponder
a la puerta? --dijo--. ¿Y qué e' lo que la ha estao preguntando? --Estaba tan
ronca que Alicia apenas si podía oír lo que decía.
No
sé qué es lo que quiere decir --dijo.
--,Ahí
va! ¿y no le e'toy halando en cri'tiano? --replicó la rana-- ¿o e' que se ha
quedao sorda? ¿Qué e' lo que la ha e'tao preguntando?
--¡Nada!
--respondió Alicia impacientemente--. ¡La he estado aporreando!
--Ezo
e'tá muy mal... , ezo e'tá muy mal... -- masculló la rana-- . Ahora se no' ha
enfadao. -- Entonces se acercó a la puerta y le propinó una fuerte patada con
uno de sus grandes pies-.
U'té,
ándele y déjela en paz --jadeó mientras cojeaba de vuelta hacia su árbol-- y ya
verá como ella la deja en paz a u'té.
En
este momento, la puerta se abrió de par en par y se oyó una voz que cantaba
estridentemente:
Al
mundo del espejo Alicia le decía:
¡En
la mano llevo el cetro y
sobre
la cabeza la corona!
¡Vengan
a mí las criaturas del espejo,
sean
ellas las que fueren!
¡Vengan
y coman todas conmigo,
con
la Reina roja y la Reina blanca!
Y
cientos de voces se unieron entonces coreando:
¡llenad
las copas hasta rebosar!
¡Adornad
las mesas de botones y salvado!
¡Poned,
gatos en el café y ratones en el té!
¡Y
libemos por la Reina Alicia,
no
menos de treinta veces tres!
Siguió
luego un confuso barullo de «vivas» y de brindis y Alicia pensó: --Treinta
veces tres son noventa, ¿me pregunto si alguien estará contando? --Al minuto
siguiente volvió a reinar el mayor silencio y la misma estridente voz de antes
empezó a cantar una estrofa más:
¡Oh
criaturas del espejo,
clamó
Alicia. Venid y acercaros a mí!
¡Os
honro con mi presencia
y os
regalo con mi voz!
¡Qué
alto privilegio os concedo
de
cenar y merendar conmigo,
con
la Reina roja y con la Reina blanca!
Otra
vez corearon las voces:
¡llenemos
las copas hasta rebosar,
con
melazas y con tintas,
o
con cualquier otro brebaje
igualmente
agradable de beber!
¡Mezclad
la arena con la sidra
y la
lana con el vino!
iY
brindemos por la Reina Alicia
no
menos de noventa veces nueve!
--iNoventa
veces nueve! --repitió Alicia con desesperación--. iAsí no acabarán nunca! Será
mejor que entre ahora mismo de una vez --y en efecto entró; mas en el momento
en que apareció se produjo un silencio mortal.
Alicia
miró nerviosamente a uno y otro lado de la mesa mientras avanzaba andando por
la gran sala; pudo ver que habia como unos cincuenta comensales, de todas
clases: algunos eran animales, otros pájaros y hasta se podían ver algunas
flores. --Me alegro de que hayan venido sin esperar a que los hubiera invitado
-- pensó-- pues desde luego yo no habría sabido nunca a qué personas había que
invitar.
Tres
sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la Reina blanca habían
ocupado ya dos de ellas, pero la del centro permanecía vacía. En esa se fue a
sentar Alicia, un poco azarada por el silencio y deseando que alguien rompiese
a hablar.
Por
fin empezó la Reina roja: --Te has perdido la sopa y el pescado --dijo--. ¡Qué
traigan el asado! --Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de
Alicia, que se la quedó mirando un tanto asustada porque nunca se habia visto
en la necesidad de trinchar un asado en su vida.
--Pareces
un tanto cohibida: permíteme que te presente a la pierna de cordero --le dijo
la Reina roja--: Alicia..., Cordero; Cordero..., Alicia. --La pierna de cordero
se levantó en su fuente y se inclinó ligeramente ante Alicia; y Alicia le
devolvió la reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida
por todo esto.
--¿Me
permiten que les ofrezca una tajada? --dijo tomando el cuchillo y el tenedor y
mirando a una y a otra reina.
--¡De
ningún modo! --replicó la Reina roja muy firmemente--: Sería una falta de
etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser presentado. ¡Qué se lleven el
asado! --Y los camareros se lo llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un
gran budín de ciruelas.
--Por
favor, que no me presenten al budín --se apresuró a indicar Alicia-- o nos
quedaremos sin cenar. ¿Querrían que les sirviese un poquito?
Pero
la Reina roja frunció el entrecejo y se limitó a gruñir severamente: --
Budín..., Alicia; Alicia..., Budín. ¡Que se lleven el budín! --Y los camareros
se lo llevaron con tanta rapidez que Alicia no tuvo tiempo ni de devolverle la
reverencia.
De
todas formas, no veía por qué tenía que ser siempre la Reina roja la única en
dar órdenes; así que, a modo de experimento, dijo en voz bien alta:
--¡Camarero! ¡Que traigan de nuevo ese budín! --y ahí reapareció al momento,
como por arte de magia. Era tan enorme que Alicia no pudo evitar el sentirse un
poco cohibida, lo mismo que le pasó con la pierna de cordero. Sin embargo,
haciendo un gran esfuerzo, logró sobreponerse, cortó un buen trozo y se lo
ofreció a la Reina roja.
--¡¡Qué
impertinencia!! --exclamó el budín--. Me gustaría saber, ¿cómo te gustaría a ti
que te cortaran una tajada del costado! ¡Qué bruta!
Hablaba
con una voz espesa y grasienta y Alicía se quedó sin respiración, mirándolo
toda pasmada.
--Dile
algo, --recomendó la Reina roja--. Es ridículo dejar toda la conversación a
cargo del budín.
--¿Sabe
usted? En el día de hoy me han recitado una gran cantidad de poemas --empezó
diciendo Alicia, un poco asustada al ver que en el momento en que abría los
labios se producia un silencio de muerte y que todos los ojos se fijaban en
ella-- y me parece que hay algo muy curioso..., que todos ellos tuvieron algo
que ver con pescados. ¿Puede usted decirme por qué gustan tanto los peces a
todo el mundo de por aquí?
Le
decía esto a la Reina roja, cuya respuesta se alejó un tanto del tema.
--Respecto al pescado --dijo muy lenta y solemnemente, acercando mucho la boca
al oído de Alicia-- Su Blanca Majestad sabe una adivinanza..., toda en rima...,
y toda sobre peces... ¿Quieres que te la recite?
--Su
Roja Majestad es muy amable de sacarlo a colación --murmuró la Reina blanca al
otro oido de Alicia, arrullando como una paloma--. Me gustaría tanto
hacerlo..., ¿no te importa?
--No
faltaba más --concedió Alicia, con mucha educación.
La
Reina blanca sonrió alegremente de lo contenta que se puso y acarició a Alicia
en la mejilla. Empezó entonces:
Primero,
hay que pescar al pez;
Cosa
fácil es: hasta un niño recién nacido
sabría
hacerlo.
Luego,
hay que comprar al pez;
Cosa
fácil es: hasta con un penique
podría
lograrlo.
Ahora,
cocíname a ese pez;
Cosa
fácil es: no nos llevará
ni
tan siquiera un minuto.
Arréglamelo
bien en una fuente:
pues
vaya cosa: si ya está
metido
en una.
Tráemelo
acá, que voy a cenar;
Nada
más fácil que ponerla
sobre
la mesa
¡Destápame
la fuente!
¡Ay!
Esto sí que es difícil:
no
puedo yo con ella.
Porgue
se pega como si fuera con cola,
Porque
sujeta la tapa de la fuente
mientras
se recuesta en ella.
¿Qué
es más fácil, pues,
descubrir
la fuente o destapar la adivinanza?
--Tómate
un minuto para pensarlo y adivina luego --le dijo la Reina roja--. Mientras
tanto, brindaremos a tu salud. ¡Viva la Reina Alicia! -- chilló a todo pulmón y
todos los invitados se pusieron inmediatamente a beber..., pero, ¡de qué manera
más extraña! Unos se colocaban las copas sobre sus cabezas, como si se tratara
del cono de un apagador, bebiendo lo que les chorreaba por la cara... Otros
voltearon las jarras y se bebían el vino que corría por los ángulos de la
mesa..., y tres de ellos (que parecían más bien canguros) saltaron sobre la
fuente del cordero asado y empezaron a tomarse la salsa a lametones: -- ¡Como
si fueran cerdos en su pocilga! --pensó Alicia.
--Deberías
dar ahora las gracias con un discursito bien arreglado --dijo la Reina roja
dirigiéndose a Alicia con el entrecejo severamente fruncido.
--A
nosotras nos toca apoyarte bien, ya sabes --le aseguró muy por lo bajo la Reina
blanca a Alicia, mientras ésta se levantaba para hacerlo, muy obedientemente,
pero algo asustada.
--Muchas
gracias --susurró Alicia respondiéndole-- pero me las puedo arreglar muy bien
sola.
--¡Eso
sí que no puede ser! --pronunció la Reina roja con mucha determinación: así que
Alicia intentó someterse a sus esfuerzos del mejor grado posible.
(--¡Y
lo que me apretujaban! --diría Alicia más tarde, cuando contaba a su hermana
cómo había transcurrido la fiesta--. ¡Cualquiera hubiera dicho que querian
aplanarme del todo entre las dos!)
La
verdad es que le fue bastante difícil mantenerse en su sitio mientras
pronunciaba su discurso: las dos reinas la empujaban de tal manera, una de cada
lado, que casi la levantaban en volandas con sus empellones. --Me levanto para
expresaros mi agradecimiento... --empezó a decir Alicia; y de hecho se estaba
levantando en el aire
algunas
pulgadas, mientras hablaba. Pero se agarró bien del borde de la mesa y
consiguió volver a su sitio a fuerza de tirones.
--¡Cuidado!
¡Agárrate bien! --chilló de pronto la Reina blanca, sujetando a Alicia por el
pelo con ambas manos--. ¡Que va a suceder algo!
Y
entonces (como lo describiría Alicia más tarde) toda clase de cosas empezaron a
suceder en un instante: las velas crecieron hasta llegar al techo..., parecían
un banco de juncos con fuegos de artificio en la cabeza. En cuanto a las
botellas, cada una se hizo con un par de platos que se ajustaron
apresuradamente al costado, a modo de alas, y de esta guisa, con unos tenedores
haciéndoles las veces de patas, comenzaron a revolotear en todas direcciones.
-- ¡Si hasta parecen pájaros! -- logró pensar Alicia a pesar de la increíble
confusión que empezaba a invadirlo todo.
En
este momento, Alicia oyó que alguien soltaba una carcajada aguardentosa a su
lado y se volvió para ver qué le podía estar sucediendo a la Reina blanca; pero
en vez de la Reina lo que estaba sentado a su lado era la pierna de cordero.
--¡Aquí estoy! --gritó una voz desde la marmita de la sopa y Alicia se volvió
justo a tiempo para ver la cara ancha y bonachona de la Reina blanca
sonriéndole por un momento antes de desaparecer del todo dentro de la sopa.
No
había ni un momento que perder. Ya varios de los comensales se habían acomodado
en platos y fuentes, y el cucharón de la sopa avanzaba amenazadoramente por
encima de la mesa, hacia donde estaba Alicia, haciéndole gestos impacientes
para que se apartara de su camino.
--¡Esto
no hay quien lo aguante! -- gritó Alicia poniéndose en pie de un salto y
agarrando el mantel con ambas manos: un buen tirón y platos, fuentes, velas y
comensales se derrumbaron por el suelo, cayendo con estrépito y todos juntos en
montón.
--¡Y
en cuanto a ti! -- continuó volviéndose furiosa hacia la Reina roja, a la que
consideraba culpable de todo este enredo...
Pero
la Reina ya no estaba a su lado..., había menguado súbitamente hasta
convertirse en una pequena muñeca que estaba ahora sobre la mesa, correteando
alegremente y dando vueltas y más vueltas en pos de su propio mantón que volaba
a sus espaldas.
En
cualquier otro momento, Alicia se habría sorprendido al ver este cambio, pero
estaba demasiado excitada para que nada le sorprendiese ahora.
--¡En
cuanto a ti! --repitió agarrando a la figurilla justo cuando ésta estaba
saltando por encima de una botella que había aterrizado sobre la mesa--. ¡Te
voy a sacudir hasta que te conviertas en un gatito! ¡Vaya que si lo voy a
hacer!
SACUDIENDO
Mientras
hablaba, Alicia la retiró de la mesa y empezó a sacudirla hacia atrás y hacia
adelante con todas sus fuerzas.
La
Reina roja no ofreció la menor resistencia: tan sólo ocurrió que su cara se fue
empequeñeciendo mientras que los ojos se le agrandaban y se le iban poniendo
verdes; y mientras Alicia continuaba sacudiéndola, seguía haciéndose más
pequeña..., y más gorda..., y más suave..., y más redonda..., y ...
DESPERTANDO
...,
y..., ¡en realidad era un gatito, despúes de todo!
¿QUIEN
LO SOÑO?
--Su
Roja Majestad no debiera de ronronear tan fuertemente -- dijo Alicia,
frotándose los ojos y dirigiéndose al gatito, respetuosamente pero con alguna
severidad--. Me has despertado y, ¡ay, lo que estaba soñando era tan bonito! Y
has estado conmigo, gatito, todo este tiempo, en el mundo del espejo, ¿lo
sabías, querido?
Los
gatitos tienen la costumbre, muy inconveniente (había dicho Alicia en alguna
ocasión)
de
ponerse siempre a ronronear les digas lo que les digas. --Si tan sólo
ronronearan cuando
dicen
«sí» y maullaran cuando dicen «no», o cualquier otra regla por el estilo
--había dicho-
- lo que sea para poder conversar. ¡Pero no!
¿Cómo puede una hablar con una persona que se empeña en decir siempre la misma
cosa?
En
esta ocasión el gatito sólo ronroneó y era imposible saber si estaba diciendo
que «sí» o que «no». Así que Alicia se puso a rebuscar por entre las figuras
del ajedrez hasta que encontró a la Reina roja; entonces se arrodilló sobre la
alfombra delante de la chimenea y colocó al gatito y a la Reina uno frente a la
otra:
--¡Ahora
dime, minino! --exclamó batiendo palmas--. ¡Confiesa que te convertiste en
ésta!
(--Pero
no quería ni mirar a la figurilla --decía luego Alicia cuando se lo estaba
contando todo a su hermana. -- Volvía la cabeza y pretendía que no la veía;
pero parecía que estaba algo avergonzado de sí mismo, así que creo que tuvo que
ser él quien se convirtió en la Reina roja.)
--¡Siéntate
un poco más derecho! --le gritó Alicia riendo alegremente--. ¡A ver si haces
una reverencia mientras piensas qué es lo que vas a..., lo que vas a ronronear!
Ya sabes que así se gana tiempo. --Y lo levantó en brazos para darle un besito.
--En honor de quien ha sido una Reina roja.
--¡Copito
de nieve! ¡Mi favorito! continuó mirando por encima del hombro y viendo al
gatito blanco, que se sometía aún con paciencia al meticuloso acicalamiento de
su madre--. ¿Y cuándo, me pregunto, acabará Dina con su Blanca Majestad? Por
eso será que estabas tan desgreñada en mi sueño... ¡Pero Dina! ¿Te das cuenta
de que estás fregoteando nada menos que a una Reina Blanca? ¡Francamente, qué
falta de respeto!
--¿Y
en qué se habrá convertido Dina, me gustaría saber? --continuó parloteando
Alicia mientras se acostaba sobre el suelo, poniéndose cómoda, con un codo
apoyado sobre la alfombra y la barbilla descansando sobre una mano, para
observar a los gatitos.
--Dime,
Dina: ¿te transformaste en Humpty Dumpty? Pues yo creo que sí... Sin embargo,
será mejor que no se lo digas a tus amigos por ahora porque aún no estoy
segura.
--A
proposito, gatito; si de verdad estuviste conmigo en mi sueño, hay algo con lo
que desde luego lo habrías pasado muy bien..., toda esa cantidad de poemas que
me recitaron y, ¡todos sobre peces! Mañana por la mañana te daré algo que te
guste mucho: mientras te comes el desayuno te recitaré La morsa y el
carpintero, ¡para que puedas imaginarte que te estás zampando unas ostras!
Ahora, veamos, gatito: pensemos bien quién fue el que ha soñado todo esto. Te
estoy preguntando algo muy serio, querido mío, así que no debieras de seguir
ahí lamiéndote una patita de esa manera... ¡Como si Dina no te hubiera dado ya
un buen lavado esta manana! ¿Comprendes, gatito? Tuve que ser yo o tuvo que ser
el Rey rojo, a la fuerza. ¡Pues claro que él fue parte de mi sueño!..., pero
también es verdad que yo fui parte del suyo. ¿Fue de veras el Rey rojo, gatito?
Tú eras su esposa, querido, de forma que tú debieras de saberlo... ¡Ay gatito!
¡Ayúdame a decidirlo! Estoy segura de que tu patita puede esperar a más tarde.
Pero, el exasperante minino se hizo el sordo y empezó a lamerse la otra.
¿Quién
creéis vosotros que fue?
FIN


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