© Libro N° 6071.
Textos Contra El Trabajo. Anónimo. Emancipación. Junio 1 de 2019.
Título
original: © Textos Contra El Trabajo. Anónimo
Versión Original: © Textos Contra El Trabajo. Anónimo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Anónimo
¿Cuánto
sufrimiento más en nombre del progreso?
CONTENIDO
-Introducción
-La
abolición del trabajo (Bob Black)
-La
sociedad de supervivencia (Ratgeb)
-Si
me llaman vago... (Rafa)
-Elogio
de la holgazanería (B. Rusell)
-La
dictadura del reloj (G. Woodcok)
-Apología
de los ociosos (Robert L. Stevenson)
-2
de mayo. Día internacional del ocio
-Utopía
filosofal del crimen (VV.AA.)
“Los
burgueses tienen muy buenas razones para
atribuir al trabajo una fuerza de
salvación sobrenatural; porque precisamente de la dependencia natural del
trabajo resulta que el hombre que no
tiene otra riqueza que su fuerza de trabajo debe ser en todas las situaciones sociales y culturales el
esclavo de los otros hombres que se han hecho dueños de las condiciones
actuales de trabajo. Puede
trabajar solamente con su
permiso, entonces puede vivir
sólo con su permiso”.
K. Marx: Comentarios al
programa.
INTRODUCCIÓN
“Y
como estuvimos con vosotros, os
recomendamos esto: que el que no quiera trabajar, tampoco coma”
Carta
de S. Pablo a los Temalonicenses III,
10
“La
URSS considera como deber de todos los ciudadanos el trabajar y pone el lema:
¡quien
no trabaja, tampoco come!” Constitución de la URSS, Cap. V, par. 18
“El
trabajo os hará libres” Letrero sobre la entrada principal del campo nazi de exterminio de
Auschwitz
“Toda
la actividad de las sociedades donde
reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de
trabajo. Todo lo que es vivido
directamente se afirma
en primer lugar como resistencia al curro”.
¡¡DESEMPLEO
PARA TOD@S!!
Con
esta serie de textos pretendemos
abrir un
debate y una
reflexión que ya estaba ahí sobre
el verdadero sentido del TRABAJO,
también sobre una
de las señales de su agonía como es el PARO. Somos
concientes del choque moral que puede suponer hablar en contra y por la abolición del trabajo en un
mundo organizado en torno a él; donde quien lo tiene, aún en las
condiciones más miserables, lo defenderá con uñas y dientes y quien no lo tiene
pedirá a gritos que lo exploten, pues es su derecho
constitucional el estar explotad@.
El
origen etimológico de la palabra trabajar es el de tripaliare, del latín, que
es torturar; el mismo origen de trabajo- tripalium (especie de cepo o
instrumento de tortura). De esto
se deduce que
C.N.T. sería la Confederación Nacional
de la Tortura, U.G.T., la Unión General de L@s
Torturad@s (¿o
Torturador@s) e incluso existiría el Ministro de Tortura.
También
es evidente la relación entre
trabajo y enfermedad;
a cada tipo
de trabajo le corresponde una
enfermedad laboral; cuántas personas
discapacitadas por culpa del maldito curro, cuántas muertes en “accidentes”, mejor dicho asesinatos,
laborales por trabajar en las condiciones más
precarias posibles y más baratas
para l@s empresari@s y cuántas
personas heridas o muertas
por defender su puesto de trabajo (de tortura). El aumento sin fin e irremediable del paro estructural
es una señal de la necesidad de una trasformación total
y global. El que un número cada
vez mayor de trabajador@s, que sólo tienen su fuerza de trabajo para
sobrevivir, se vean arrojadas al
desempleo, es decir, liberadas de la tortura pero arrojadas a la miseria, debe hacernos, por lo menos,
pensar. Si nadie
trabaja por gusto, ya que todo el mundo trabaja
forzadamente y por
obligación, el paro debería
ser deseable para todo
el mundo, pero esto no es así debido a la sociedad- mercantil de
clases donde el trabajo asalariado, la
tortura diaria, sirve para que un@s poc@s, cada vez menos, se froten las
manos y
se lleven enormes beneficios a cambio de mínimos salarios por lo barato que vende la gente su
fuerza de trabajo, consecuencia
de la enorme oferta de la misma y del
miedo al paro. Hoy, ver a todas las organizaciones desde las de extrema
izquierda a las de extrema derecha en todo su abanico de posibilidades buscando
soluciones al “problema” del paro sin entrar en para qué se está trabajando y qué es el trabajo, qué quieren l@s parad@s o ni siquiera si lo
que quieren es elegir cómo quieren vivir
y no trabajar, planteando medidas
tan guays como el reparto de la tortura, Empresas
de Tortura Temporal, las
tan cacareadas 35 horas
de tortura, las reformas del
mercado laboral que sólo hacen que abaratar todavía más la fuerza de trabajo,
resulta delirante y
patético, fruto del reformismo intrínseco al
sindicalismo
—de los grupúsculos y las organizaciones
ideológico-políticas no creemos necesario hablar- que ha olvidado la Revolución
Social para buscar mejoras en nuestras condiciones de tortura y cuánto tiempo
seremos torturad@s bajo el yugo del
esclavismo salarial (¡puagh!). La
situación es cada vez más un sin
sentido. La organización humana ha perdido toda su razón de ser; ésta debería
servir (y no ser sus sierv@s) para
cubrir absolutamente todas las necesidades
de todas las personas
por el mero hecho de existir. La sociedad-mercantil no cubre necesidades
reales y sólo sirve para producir e intentar vender mercancías mediante el
mundo perfecto de las ilusiones publicitarias. ¡Ya está bien de
ideólogos del curro! ¡No queremos trabajar en esta enorme fábrica para llenar vuestros bancos! ¡Rechazamos el trabajo!
¡Hasta el autogestionado!
¡Queremos
autogestionar la buena vida y no la tortura!
Cuántos siglos de explotación de las bases biológicas del planeta (incluid@s nosotr@s) para esto. Es hora de
parar la máquina capitalista y ver lo que necesitamos realmente, cómo lo obtenemos y para qué.
¡Abolición
de la sociedad de clases!
¡Abolición
del trabajo asalariado y de la mercancía!
¡Todo
para tod@s, ya!
Trabajo
es aquello de lo cual el hombre y la sociedad han tenido bastante.
Eliminémoslo. Hagamos una revolución para divertirnos”.
D.H.
Lawrence
Escuchemos
las voces calladas por la
enraizada, interesada y milenaria
apología del Mundo del Trabajo (¡ecs!)
LA
ABOLICIÓN DEL TRABAJO (.Bob Black.)
Nadie
debería trabajar.
El
trabajo es la fuente de la mayoría de
las miserias del mundo. Casi cualquier mal que puedas nombrar proviene del trabajo o de
vivir en un mundo diseñado para
el trabajo. Con el propósito de parar el sufrimiento debemos
dejar de trabajar. Esto no
significa que debamos dejar
de hacer cosas.
Significa
crear un nuevo modo de vida basado en el
juego, en otras palabras, una convivencia lúdica [commensality] y tal vez,
artística. Hay más juegos aparte los de
los niños, e igual de entretenidos.
Abogo por una aventura colectiva en el disfrute generalizado, y una
[exhuberancia libremente independiente]. El juego no es pasivo.
Sin duda
todos necesitamos mucho más tiempo para disfrutar de una completa pereza e inactividad del que
nunca dispondremos ahora, con independencia de ingresos u ocupaciones, pero una
vez recuperados del agotamiento inducido por el empleo casi todos
deseamos actuar. Oblomovismo y
Stakhanovismo son los dos lados de la misma moneda devaluada.
La
vida lúdica es completamente incompatible con la realidad existente.
Mala
cosa la realidad, el agujero gravitatorio
que absorbe la vitalidad de lo poco en la vida que todavía la distingue
de la mera supervivencia.
Curiosamente
—o tal vez no- todas las viejas
ideologías son conservadoras porque
creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el marxismo y la mayoría de las
ramas del anarquismo, creen en el
trabajo más fieramente porque no creen
en casi ninguna otra cosa.
Los
liberales dicen que acabarán con la
discriminación en el empleo. Yo digo que terminaré con el empleo. Los
conservadores apoyan leyes sobre el derecho al trabajo. Siguiendo al
desobediente hijo político de Karl Marx,
Paul Lafargue, yo apoyo el derecho a la pereza. Los izquierdistas favorecen el
pleno empleo. Como los surrealistas —salvo que yo no estoy bromeando- yo apoyo
el pleno desempleo. Los trotskystas se manifiestan por la revolución
permanente. Yo me manifiesto por la diversión permanente.
Pero
si todos los ideólogos (como en
efecto hacen) defienden el trabajo —y no
sólo porque ellos planeen hacer que otros realicen el suyo- todos son extrañamente reacios a afirmarlo así.
Ellos hablarán interminablemente de salarios, horas, condiciones de
trabajo, explotación, productividad,
beneficios. Están dispuestos a hablar de
casi cualquier cosa excepto del trabajo en sí.
Estos expertos que se ofrecen para pensar por
nosotros raramente comparten sus
conclusiones acerca del
trabajo, de su preeminencia en las
vidas de todos nosotros. Entre
ellos escamotean los
detalles. Sindicatos y
empresarios convienen en que debemos vender el tiempo de nuestras vidas
a cambio de sobrevivir, aunque regatean
en el precio.
Los marxistas opinan que debemos
ser comandados por los burócratas. Los libertarios piensan que debemos ser
dirigidos por hombres de
negocio. A las feministas no les
preocupa quién dé las órdenes con tal que sea mujer. Claramente, estos vendedores
de ideologías tienen serias diferencias
en cómo distribuir
el botín del poder. Más claro, ninguno de ellos tiene ninguna objeción
al poder como tal y todos prefieren
mantenernos trabajando.
Te
puedes preguntar si estoy bromeando o
hablo en serio. Estoy bromeando. Y hablo en serio. Ser lúdico no
es
ser absurdo. Jugar no tiene por qué ser
frívolo, aunque la frivolidad no es trivialidad: con frecuencia debemos
tomar la frivolidad seriamente. Me gustaría
que la vida fuera un juego —pero
un juego con gran interés. Yo quiero jugar “por el sustento”-.
La
alternativa al trabajo no es inactividad. Ser lúdico no es
ser apático. Aunque valoro el
placer de la apatía, nunca compensa tanto
como cuando acentúa otros placeres y pasatiempos.
Tampoco
estoy promoviendo el disciplinado tiempo
organizado, a modo de válvula de escape,
que llaman “ocio”, lejos de eso.
El ocio es no-trabajo a
fuerza de trabajar. El ocio es un
tiempo usado para recuperarse del trabajo
y para intentar frenéticamente,
aunque sin éxito, olvidarse de él por un momento. Mucha gente vuelve de
las vacaciones tan cansada que busca su vuelta al trabajo como un descanso. La principal diferencia entre el trabajo y el
ocio es que por el trabajo al menos se
te paga por tu alienación y tu
irritación.
No
estoy jugando al juego de las
definiciones con nadie. Cuando digo que quiero abolir el trabajo digo exactamente eso, pero
explico lo que quiero decir
definiendo mis términos de una manera no personalizada. Mi
definición mínima de trabajo
es “labor obligatoria”, esto es, producción compulsiva. ambos elementos son esenciales. El trabajo es la producción forzada por medios
económicos o políticos, por la zanahoria o por el bastón. (La zanahoria es otra
forma de bastón). Pero no toda
creación es trabajo.
El trabajo nunca se hace por propia voluntad, se hace a cuenta de algún producto o beneficio que el
trabajador (o, más frecuentemente,
cualquier otro) obtiene de ello.
Esto es
lo
que significa
necesariamente el trabajo. Definirlo es menospreciarlo.
Pero
el trabajo es generalmente aún peor de
lo que esta definición sentencia. La dinámica
de dominación intrínseca al trabajo
tiende con el tiempo hacia la elaboración. En las sociedades
avanzadas infestadas por el trabajo,
incluyendo toda sociedad industrial sea capitalista o comunista, el
trabajo adquiere otros atributos que
acentúas su repugnancia.
Usualmente
—y esto
es más cierto en las
sociedades comunistas que
en los países capitalistas, donde
el estado es casi el único empresario y todo el mundo
es empleado- el trabajo es empleo, es
decir, trabajo asalariado, lo
cual significa venderte a
ti mismo al plan establecido. Así, el 95% de los
americanos trabaja para algún (para
algo) otro. En la URSS o Cuba o Yugoslavia o cualquier otro modelo alternativo que pudiera aducirse, la
correspondencia es del
100%. Solamente los combatidos bastiones
campesinos del tercer mundo
—México, India, Brasil, Turquía-
mantienen temporalmente concentraciones significativas de agricultores que perpetúan
la organización tradicional
de la mayoría
de los trabajadores durante el último milenio, el pago de impuestos al
estado o una renta a terratenientes parasitarios
a cambio de que los dejen en paz.
Incluso este minúsculo objetivo empieza
a parecer bueno. Todo trabajador industrial
(y de oficina) es un empleado y
está bajo una clase de vigilancia que asegura su servilismo.
Pero
el trabajo moderno tiene peores
implicaciones. La gente no trabaja,
“tienen trabajos!. Una persona hace una tarea productiva siempre sobre
una base condicional “o-si no”. Aún si la tarea tiene
un
cuanto de interés intrínseco (como cada vez más
trabajos dejan de tener), la monotonía de esta obligación exclusiva va
drenando su potencial lúdico. Un “trabajo” que puede concentrar las
energías de alguien que lo hace por diversión durante un tiempo razonable
es una lucha
para aquellos que tienen que hacerlo cuarenta horas a la semana, sin
poder influir en cómo hacerlo, para beneficio de
un propietario que no contribuye
nada al proyecto y sin la oportunidad
de compartir tareas
o distribuir el trabajo entre
aquellos que actualmente tienen que
hacerlo. Éste es el mundo real del
trabajo: un mundo de torpe burocracia, de servidumbres y discriminación sexual,
de majaderos jefes que explotan y someten a sus
subordinados quienes —por algún criterio técnico- racional- deberían
ser llamados [the shots].
Pero el capitalismo en el mundo real subordina la
maximización racional de
producción y beneficio a las exigencias del control organizacional.
La
degradación que la mayoría de los trabajadores experimentan en el trabajo es la
suma de
una variedad de indignidades que pueden denominarse
(disciplina”. Foucault ha complicado este
fenómeno, pero es bastante
simple. La disciplina consiste en la
totalidad de los controles totalitarios
en el lugar de trabajo —
vigilancia, trabajo rutinario,
imposición de temporizaciones, cuotas
de producción, tarjetas de fichaje, etc.-. La disciplina es lo que la
fábrica, la oficina y los grandes almacenes comparten con la prisión, la escuela y el hospital psiquiátrico. Es algo históricamente original y terrible. Va más allá de las
capacidades de dictadores demoníacos de
otras épocas, como Nerón, Genghis Khan e Iván el Terrible. Pese a toda su mala
intención, ellos no disponían de la maquinaria para controlar
a sus súbditos de la que disponen
los modernos déspotas. La
disciplina es el
modo de control
diabólicamente
distintivo de estos tiempos, es una
innovadora intrusión que debe ser prohibida a la primera oportunidad.
Así
es el trabajo. El juego es
exactamente lo opuesto. El juego es siempre voluntario. Lo que sería
el juego si fuera obligatorio es trabajo.
Esto es axiomático. Bernie de
Koven ha definido el juego como la “suspensión de consecuencias”. Esto es
inaceptable si implica que el juego sea
inconsecuente. La clave no es que el juego no tenga consecuencias.
Esto es rebajar el juego. La clave es
que las consecuencias, si existen, son gratuitas. Jugar y dar están cercanamente relacionados, son
las facetas conductista y transaccional
del mismo impulso, el instinto
del juego. Comparten un desdeño
aristocrático por los resultados.
El jugador obtiene algo del juego, es por eso por lo que juega. Pero la
recompensa principal es la experiencia de la actividad en sí misma (cualquiera
que sea).
Otros
atentos estudiosos del juego como
Johan Huizinga (“Hombre Lúdico”) lo
definen como “juego competición” o que sigue reglas. Respeto la erudición de Huizinga, pero
enfáticamente rechazo sus restricciones.
Hay
muchos buenos juegos (ajedrez, baseball,
Monopolio, bridge) que están regidos por reglas, pero hay muchos
más juegos que los juegos competitivos. La conversación, el
sexo, el baile,
viajar -- estas prácticas no
están regidas por reglas, pero son seguramente “juego”, si es que algo lo es. Y con las
reglas también se puede jugar, al menos de la misma manera, que con cualquier
otra cosa.
El
trabajo es una burla de la libertad. La
línea oficial es que todos tenemos derechos y vivimos en Democracia.
Otros desafortunados que no tienen la libertad que
poseemos nosotros viven en un estado
policial. Estas víctimas obedecen órdenes
condicionales del tipo “¿o si no!”, sin importar cuán arbitrarias sean.
Las autoridades los mantienen bajo una
vigilancia habitual. El estado burócrata controla hasta los mínimos
detalles de su vida diaria.
Los funcionarios
que los presionan sólo responden
ante autoridades superiores,
públicas o privadas. Cualquier clase de disensión y desobediencia son
castigadas. Las autoridades están continuamente
recopilando informes.
Todo
esto se
supone que es algo maligno.
Y lo es, aunque no sea más
que una descripción de los actuales
lugares de trabajo. Los liberales, y los conservadores y los libertarios
que lamentan el totalitarismo son falsos e hipócritas. Hay más libertad en cualquier
dictadura moderadamente Stalinizada que
la que hay en cualquier lugar de trabajo
americano. Encuentras la misma clase de jerarquía y disciplina en una
oficina o factoría que la que encuentras
en una prisión
o monasterio. De hecho, como Foucault y otros han demostrado, las prisiones y las fábricas surgieron en la
misma época y sus operarios copian técnicas
de control de unas a otras de forma consciente.
Un
trabajador es un esclavo temporal. El
jefe dice cuándo debe aparecer, cuándo
desaparecer y qué debe hacer mientras.
Te dice cuánto trabajo y cuán rápido
debes hacerlo. Es libre de llevar este
control a extremos humillantes, regulando, si lo desea,
las ropas que debes
llevar o cuán frecuentemente debes ir al baño. Con pocas excepciones
puede despedirte por cualquier
razón o sin ella. Ha hecho que te espíen chivatos y supervisores, amasa un dossier sobre cada
empleado. La contestación es
llamada “insubordinación”, exactamente
como si un trabajador fuera un niño malo, y no sólo te despide, sino que te descalifica para una posible prestación de desempleo. Sin equipararlos estrictamente, es sorprendente que los niños en casa y en la escuela reciben casi el mismo trato,
justificado en su caso por su supuesta inmadurez.
¿Qué
puede esto decirnos acerca de los padres y profesores que “trabajan”?
El
degradante sistema de dominación que he
descrito transcurre durante
la mitad de las horas de vigilia de la mayoría de las mujeres y casi
totalidad de los hombres durante décadas,
la mayor parte de su existencia.
Para ciertos propósitos no es demasiado erróneo llamar a
nuestro sistema Democracia o Capitalismo
o —aún mejor- Industrialismo, pero su nombre real es Fascismo
de Fábrica y
Oligarquía de Oficina. Todo el que diga que la gente es “libre” miente o es estúpido. Tú eres lo
que haces. Si realizar un trabajo aburrido, estúpido y monótono, tienes muchas
probabilidades de volverte aburrido,
estúpido y monótono.
Es trabajo
es una mejor explicación para la progresiva cretinización de todo lo que
nos rodea que tales mecanismos de
entontecimiento como la televisión y la
educación. La gente que tiene todo en su vida reglamentado, arrastrados al
trabajo desde la escuela y sujetados por la familia al principio y por los
asilos al final, están habituados a
estar esclavizados jerárquica y psicológicamente. Su aptitud para
la autonomía está tan
atrofiada que su temor
a la libertad es
una de las pocas
fobias racionalmente arraigadas
que tienen. Su entrenamiento para
la obediencia en el trabajo se
traslada hacia la familia que ellos
inician, reproduciéndose
así el sistema
de una manera distribuida, así
como hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que drenas la vitalidad de la
gente en el
trabajo, ellos probablemente se
someterán a la jerarquía y la
superioridad en todo. Están acostumbrados a ello.
Estamos tan
cerca del mundo del trabajo
que no podemos
ver lo que nos hace. Tenemos que
apoyarnos en observadores externos de otros tiempos u otras culturas para apreciar la extremidad y la patología de
nuestra postura actual. Hubo un tiempo en nuestro propio pasado en que la “ética del trabajo”
sería incomprensible, y tal vez Weber estaba en la pista cuando asoció su aparición con una religión, el Calvinismo, la
cual si emergiera hoy en lugar de hace cuatro
siglos sería inmediata y apropiadamente etiquetada como un culto. En
cualquier caso, vamos únicamente a observarlo con la sabiduría de la antigüedad
para poner el trabajo en perspectiva.
Los antiguos veían el trabajo como lo
que es,
y su visión prevaleció a pesar de
los calvinistas, hasta su derrocamiento por el industrialismo — pero no antes de recibir el respaldo de sus profetas.
Permítasenos suponer
por un momento que el
trabajo no convierte a la gente en unos sometidos anulados.
Supongamos,
desafiando cualquier psicología plausible y la
ideología de sus promotores, que
no tiene efectos en la formación del carácter. Y supongamos que el trabajo no
es tan aburrido, ni cansado, ni humillante
como sabemos que
es realmente. Aún sí el
trabajo todavía se burla de todas las aspiraciones humanas y democráticas, sólo porque usurpa la mayor parte de nuestro
tiempo.
Sócrates
dijo que los trabajadores manuales se convierten en malos amigos y malos
ciudadanos porque no tienen tiempo para cumplir con sus responsabilidades con
la amistad y la ciudadanía. Estaba en lo cierto.
Porque
el trabajo, sin importar lo que
hagamos, nos mantiene
alejados de nuestros propios objetivos. La única cosa libre del
así llamado “tiempo libre” es que no le cuesta
nada al jefe. El tiempo libre en su mayor parte se dedica a
prepararse para el trabajo, yendo
a trabajar, volviendo del trabajo y recuperándose de él. El tiempo libre
es un eufemismo para una peculiar clase de trabajador como factor
de producción, que no sólo se transporta a sí mismo a sus propias
expensas a y desde su lugar de trabajo, sino también asumiendo
responsabilidades importantes con respecto a su mantenimiento y
reparación.
El
carbón y el metal no hacen eso. Los tornos y las máquinas de escribir tampoco.
Pero los trabajadores sí. No maravilla que Edward G. Robinson en una de sus
películas de gansters exclamara “El trabajo
es para los tontos”.
Platón y
Xenophon atribuyen a Sócrates y
obviamente comparten con él una
preocupación sobre los efectos destructivos
del trabajo sobre los
trabajadores como ciudadanos y seres humanos. Herodoto identifica el desprecio
por el
trabajo como un
atributo de la Grecia
clásica en el cenit de su cultura. Para
tomar sólo un ejemplo de Roma, Cicerón dijo que “cualquiera que dé su
trabajo por dinero se vende a sí mismo y se pone en el rango de los esclavos”.
Su franqueza ahora es
rara, pero las sociedades primitivas contemporáneas que ahora
queremos observar han proporcionado oradores que han ilustrado
a los antropólogos del Oeste. El Kapauku [of West Irian], según Posposil, tiene
una concepción del equilibrio de la vida, y según
ella
se trabaja sólo cada dos días, el día de
descanso designado “para recuperar la potencia y la salud perdidas”. Nuestros
ancestros, hasta tan cercanos como en el
siglo dieciocho, cuando aún estaban
lejos del camino hasta nuestro actual
predicamento, al menos se preocupaban de lo que nosotros ya hemos olvidado, el lado inferior de la
industrialización. Su religiosa devoción a “Santo Lunes” —estableciéndose
así “de facto” una semana
de cinco días
150-200 años antes
de su consagración legal- fue la desesperación de los primeros propietarios de
fábricas. Necesitaron mucho
tiempo para someterse a la tiranía de la campana, predecesora del
actual reloj.
De
hecho fue necesario reemplazar durante
una generación entera a dos hombres
adultos por mujeres acostumbradas a la obediencia y niños
que podrías ser moldeados para encajar en las necesidades industriales. Aún
los explotados campesinos del “Antiguo Régimen” perdían un
tiempo sustancial volviendo del
trabajo de sus propietarios.
Según
Lafargue, una cuarta parte del calendario de los campesinos de Francia
estaba dedicado a los Lunes y las vacaciones, y las imágenes de Chayanov de las villas de
la Rusia zarista
—a duras penas una
sociedad progresista- igualmente
mostraban una cuarta o quinta parte de los días del campesino
dedicado al reposo.
Controlando la
productividad, nosotros estamos
obviamente bastante lejos de estas sociedades anticuadas. Cualquier explotado
“mujik” se preguntaría por qué trabajamos cualquiera de
nosotros. Nosotros también.
Para abarcar
la completa enormidad de
nuestro deterioro, sin embargo, hay que
considerar las primeras
condiciones de la humanidad, sin gobierno o propiedad, cuando vagábamos
como cazadores- recolectores.
Hobbes
conjetura que la vida era entonces desagradable, embrutecedora y breve.
Otros asumen que la vida era una desesperada e interminable lucha por la
subsistencia, una guerra desatada contra
la áspera Naturaleza
con muerte y desastre esperando tras la mala suerte o para
aquellos que estuvieran
en desigualdad frente al reto de la lucha por la existencia. En realidad
todo esto fue una proyección de los
temores por el colapso de la autoridad
de un gobierno sobre las
comunidades no acostumbradas a
andar sin él, como
la Inglaterra de
Hobbes durante la Guerra Civil.
Los compatriotas de Hobbes ya habían encontrado formas alternativas de sociedad las cuales
ilustraban otros modos de vida —en Norteamérica particularmente- pero también eran sociedades que estaban
demasiado alejadas de su experiencia
para ser comprendidas. (Las clases
inferiores, más cercanas a
las condiciones de los indios, las entendieron mejor y con
frecuencia las encontraron atractivas. Durante todo el siglo diecisiete, los
colonizadores ingleses desertaron hacia tribus indias o, capturados en la
guerra, rehusaban regresar. Pero los indios no se pasaban al
lado de los
colonizadores blancos del mismo modo que a los alemanes no se les
ocurría escalar el Muro de Berlín
por el
Oeste). La “supervivencia del que mejor encaja” —versión de
Thomas Huxley del Darwinismo- tuvo mejor aceptación en las condiciones económicas de la
Inglaterra victoriana que la que tuvo la selección natural, como el anarquista Kropotkin demostró en
su libro “Ayuda mutua, un factor
de evolución” (Kropotkin fue un
científico —un geógrafo-
que tuvo una amplia e involuntaria oportunidad de
experimentación mientras estuvo exiliado en
Siberia; sabía de lo que
estaba hablando). Como la mayoría de las teorías sociales y políticas,
la historia de Hobbes y sus sucesores nos contaba realmente una autobiografía
no reconocida.
El
antropólogo Marshall Sahlins, examinando datos
sobre cazadores- recolectores
contemporáneos, reventó el mito hobbesiano en un artículo titulado “La Opulenta
Sociedad Original”.
Trabajaban
mucho menos de lo que nosotros lo
hacemos, y su trabajo era difícil de
distinguir de lo
que nosotros entendemos por
juego. Sahlins concluía que “los cazadores-recolectores trabajaban menos que
nosotros, y más que un trabajo continuo,
la búsqueda de comida era intermitente,
el ocio abundante y había una mayor cantidad de sueño a lo largo del día por cabeza y por
año que en cualquier otro tipo de sociedad”. Trabajaban un promedio de cuatro
horas diarias, suponiendo que eso fuera trabajar. Su labor, según nos parece, era
una labor experta
que ejercitaba sus capacidades físicas e intelectuales; trabajo
no pericial a gran escala, como dice
Sahlins, es imposible salvo bajo
el industrialismo. Así se
satisface la definición de juego de Friedrich Schiller, la única ocasión en la
cual el hombre realiza su completa humanidad dando pleno “juego” a
ambos lados de su naturaleza dual, el pensamiento y el sentimiento. Como él anotó: “El
animal “trabaja” cuando la carencia es el principal motor de su
actividad, y “juega” cuando la abundancia
de su fuerza
es su motor, cuando la vida superabundante es su propio estímulo de actividad”. (Una
versión moderna —dudosamente
desarrollista- es la contraposición
de Abraham Maslow de motivación
“deficiente” y “creciente”). El juego y la libertad son, como productos
relacionados, coextensivos. Incluso Marx, que pertenece (pese a sus buenas
intenciones) al panteón productivista, observó que “el reino de la libertad no
comienza hasta que no se cruce el punto
tras el que ya no se requiera el trabajo bajo el empuje de la necesidad y la utilidad externa”. Nunca llegó a
identificar esta feliz circunstancia con
la abolición del trabajo — algo bastante
anómalo después de todo, el
nosotros sí.
La
aspiración de volver atrás o ir hacia adelante
hacia una vida sin trabajo es
evidente en cada historia social o cultural seria de
la Europa pre-industrial, entre ellas la “Inglaterra en transición” de
M. Dorothy George y “La cultura popular en la primitiva Europa moderna” de
Peter Burke. También es pertinente
el ensayo de Daniel Bell, “El
trabajo y sus descontentos”, el primer texto, según creo, en referirse a
“la revuelta contra el trabajo”
en pocas palabras y, según se
entiende, una importante corrección a la
complacencia ordinariamente asociada con
el volumen en el que está incluido, “El fin de
las ideologías”. Ni los
críticos ni los entusiastas han notado que la tesis del fin de las ideologías de Bell señalaba,
no el fin del malestar social, sino el
comienzo de una nueva e inclasificada fase no restringida ni uniformizada por las ideologías.
Fue
Seymour Lipset (en “Hombre político”), no Bell, quien anunció al mismo tiempo
que “los problemas fundamentales de
la Revolución Industrial han
sido resueltos”, pocos años antes
de que los descontentos estudiantiles
post o meta industriales empujaran a Lipset desde UC Berkeley a la
relativa (temporalmente)
tranquilidad de Harvard.
Como
notó Bell, Adam Smith en “La salud de las naciones”, pese a todo su
entusiasmo por el mercado y la división
del trabajo, estaba más alerta (y era más
honesto) al lado sórdido del
trabajo de lo que Ayn Rand o los
economistas de Chicago o cualquier
otro moderno epígono de Smith lo
está. Como observó Smith: “El
entendimiento de la mayor parte de los
hombres está necesariamente formado en
sus
empleos ordinarios. El hombre cuya vida se
gasta en realizar
unas pocas operaciones simples no
tiene ocasión de ejercitar su
entendimiento... Generalmente se vuelve
tan estúpido e
ignorante como una persona pueda
volverse”. Aquí, en estas pocas categóricas palabras, está mi crítica al trabajo.
Bell, escribiendo en 1956. La Edad Dorada de la imbecilidad de Eisehower
y la Autocomplacencia Americana, identificó el desorganizado e inorganizable malestar de los 70, y desde entonces, la única
tendencia no política que es posible aprovechar, la única identificada en
el informe HEW “Trabajo en América”, la única que no puede ser explotada y por lo tanto es ignorada. Ese
problema es la revuelta contra el
trabajo. No figura en ningún texto de ningún economista liberal —Milton Friedman, Murray Rothbard,
Richard Posner- porque, en sus términos
(como se dice en “Star Treck”), “no computa”.
Si
estas objeciones, inspiradas por el amor
a la libertad, fallan en persuadir a los humanistas de un viraje utilitario o incluso
paternalista, hay otras que no pueden ser desatendidas. El trabajo es un riesgo para tu salud, para seguir el
título de un libro. De hecho, el trabajo
es un asesino de masas, un genocida. Directa o indirectamente, el trabajo matará a
la mayoría de la gente que
lee este artículo.
Entre 14.000 y
25.000 trabajadores son asesinados anualmente en
este país en
el trabajo. Cerca de dos millones son
incapacitados. Veinte o
veinticinco millones son heridos
cada año. Y estos números están basados
en estimaciones muy conservadoras de lo que constituyen heridas relacionadas
con el trabajo. Así, por ejemplo, no está incluido el medio millón de casos
de muerte laboral cada
año. Encontré un libro de
medicina sobre enfermedades laborales
que tenía
1.200
páginas. Y esto sólo araña la
superficie. Las estadísticas disponibles cuentan casos
evidentes de 100.000
mineros
que tienen la enfermedad del pulmón negro, de los cuales 4.000 morirán
cada año, una fatal suma que supera a la del
SIDA, por ejemplo, que tiene
mucha mayor atención pública. Esto
hace pensar en la no expresada creencia de que el SIDA aflige a
pervertidos que no
pueden controlar su depravación mientras
que la extracción de carbón es una sacrosanta actividad fuera
de toda cuestión.
Lo que las estadísticas no
muestran es las decenas
de millones de personas que ven
sus existencias acortadas por el
trabajo — lo cual, en resumen, es lo que significa un homicidio. Consideren
a los
médicos que trabajan por su cuenta
hasta morir a los cincuenta.
Consideren
otros trabajo-adictos.
Incluso
si no eres asesinado o lisiado mientras
trabajas, podrías serlo mientras vas al trabajo, o vienes del trabajo o mientras
buscas trabajo, o estás intentando olvidar el trabajo. Una basta mayoría de las víctimas de
automóvil estaban yendo a
sus trabajos o actividades obligatorias o cayeron
víctimas de quienes así lo hacían. A esta incrementada cuenta
de cuerpos han de
ser añadidas las
víctimas de la
polución auto-industrial y el
alcoholismo y la adicción a las
drogas inducida por el
trabajo. El cáncer y las enfermedades
coronarias son aflicciones modernas
normalmente atribuibles al trabajo
directa o indirectamente.
El
trabajo, entonces, institucionaliza el homicidio como un modo de
vida. La gente cree que los camboyanos estaban locos por exterminarse a sí
mismo, pero ¿en qué nos diferenciamos de ellos? El régimen Pol Pot al menos
tenía una visión, aunque confusa, de
una sociedad igualitaria. Nosotros
números
(al menos) para vender Big Macs y Cádillacs a los supervivientes. Nuestros
cuarenta o cincuenta mil
accidentados de carretera anuales
son víctimas, no mártires.
Mueren por nada, o peor, mueren por el trabajo. Y el trabajo no es algo
por lo que morir.
Malas
noticias para los liberales: las componendas [regulatory
tikering] no son útiles en este contexto
de vida y muerte. La Administración Federal de Salud y Seguridad Ocupacional
fue designada para controlar la parte
principal del problema, la seguridad
en el trabajo. Incluso antes de Reagan y la Corte Suprema la ahogaran, la
OSHA ya era una
farsa. En la previa y (generalmente aceptado) más
generosa, a niveles económicos, era
Carter, un centro de trabajo
podía esperar una
visita aleatoria de un inspector de OSHA una vez cada 46 años.
El
control estatal de la economía no es la
solución. El trabajo es, si es que es algo,
más peligroso en
un país con
un estado socialista que aquí.
Miles de trabajadores rusos fueron asesinados
o heridos construyendo el Metro
de Moscú. Se oyen historias acerca de
los encubiertos desastres nucleares soviéticos que hacen a Times Beach y
Three-Mile Island parecer ejercicios de ataque aéreo de escuela elemental. Por otro lado,
[deregulation], actualmente de moda, no
ayuda y probablemente empeorará la cosa. Desde el punto de vista de seguridad y
salud, entre otros, el trabajo estuvo en sus
peores tiempos en los días en que la economía se acercaba más a la
liberalización.
Genovese
han argüido persuasivamente que
—como
insistían los apologistas de la esclavitud- los trabajadores asalariados en los
estados norteamericanos y en Europa
están hoy día en peores condiciones que
los esclavos de las plantaciones. Ninguna reorganización entre burócratas y
hombres de negocios parece que haga mucha diferencia en cuanto a producción.
Esfuerzos serios
incluso en las normas más vagamente aplicables de las
teorías de OSHA llevarían a la economía
a un estancamiento. Los
responsables se dan cuenta
de esto pues
ni siquiera intentan atacar
a los principales causantes de males.
Lo
que he dicho hasta ahora no debería ser
discutible. Muchos trabajadores
están hartos del trabajo. Hay un alto y creciente
absentismo, inactividad, robo por parte
de empleados, y sabotajes, huelgas salvajes y sobretodo estafas en el trabajo. Puede estar habiendo un movimiento consciente
y no sólo visceral, de rechazo al trabajo. Y también el predominante
sentimiento, universal entre los jefes y
sus agentes, y también ampliamente
extendido entre los trabajadores mismos, de que el trabajo es inevitable y necesario.
Estoy
en desacuerdo. Ahora es posible abolir el trabajo y reemplazarlo, en aquella medida en que
sirve para propósitos útiles, con una nueva clase de actividades libres. Abolir el trabajo requiere avanzar en dos direcciones, cuantitativa y
cualitativa. Por un lado, en la dirección cuantitativa, tenemos que reducir
masivamente la cantidad de trabajo que se realiza. En el presente, la
mayor parte del trabajo
es inútil o peor
y deberíamos simplemente
eliminarlo.
Por otro lado —y yo creo que éste es el tema
clave y el verdadero enfoque revolucionario- tenemos que
tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en una agradable variedad de pasatiempo
semejante al juego
o el arte,
con la salvedad de que
resultarían en productos finales útiles.
Seguramente esto no
los haría menos entretenidos
de hacer. Entonces todas las
barreras artificiales de poder y propiedad caerían. La creación se volvería
recreación. Y todos dejaríamos de temernos unos a otros.
No
sugiero que la mayor parte del trabajo
sea salvable de este modo.
Pero
entonces no merece la pena intentar
salvar la mayor parte del
trabajo. Sólo una pequeña y reducida fracción de trabajo sirve para algún propósito útil, sus añadidos
políticos y legales. Hace veinte años,
Paul y Percival Goodman estimaron que el cinco por ciento del
trabajo que se hacía —presumiblemente, el número, si
es fiable, sería más bajo hoy- satisfaría nuestras mínimas
necesidades de comida, ropa y
protección. La suya era únicamente una suposición instruida, pero el punto
principal está bastante claro: la mayor parte
del trabajo sirve para los improductivos propósitos de comercio y control social.
Inmediatamente
podremos liberar a decenas de millones de
hombres de negocios, solados, empresarios, policías, agentes de bolsa, sacerdotes, banqueros,
abogados, maestros, terratenientes, agentes de seguridad, hombres-anuncio, y todos los
que a su vez trabajen para éstos. Hay un efecto
de bola de nieve: cada vez que
liberas del trabajo a un pez gordo,
también liberas a sus lacayos y subordinados. Así la economía “implosiona”.
El
cuarenta por ciento de la fuerza de
trabajo son trabajadores de cuello
blanco, la mayoría de los cuales tiene
una de las más tediosas e idiotizantes
labores jamás maquinadas. Industrias enteras, aseguradoras y bancos y el
propio estado, por ejemplo, no consisten
en otra cosa sino en una inútil
redistribución de papeles. No es un accidente
que el sector terciario, el sector servicios, esté creciendo mientras que el sector secundario, la industria, se estanca, y el
sector primario, la agricultura, casi
desaparece. Debido a que el trabajo es innecesario excepto para aquellos a
quienes asegura su poder, los
trabajadores son trasladados desde ocupaciones relativamente útiles hacia otras
relativamente inútiles como medida para asegurar el orden público. Algo es mejor que nada. Ésa
es la razón por la cual no puedes irte a casa cuando has terminado antes.
Ellos
quieren tu tiempo, o lo suficiente de él
para controlarte, aún
si no saben cómo van a utilizar la mayor parte. De
otra manera, ¿por qué no ha bajado el número de horas promedio de
los últimos cincuenta años más que en unos pocos minutos?
Lo
siguiente que podemos atacar es la producción en sí misma. No más producción de
guerra, potencia nuclear, comida basura, desodorantes de higiene femenina
—y sobre todo, no hablar más de la
industria automovilística-.
Un
ocasional Stanley Steamer
o un Modelo-T podría ser
adecuado, pero el erotismo
automovilístico del que dependen tan
infectos agujeros como
Detroit y Los Ángeles está fuera de
toda consideración. Ya, incluso sin
haberlo intentado aún, hemos resuelto
virtualmente la crisis energética, la crisis medioambiental y otra variedad de
problemas sociales.
más amplia y extendida ocupación, la que ocupa
más horas, la menor retribuida y la más
tediosa de las tareas. Me refiero a las
“amas de casa”, que cuidan de un hogar y
se encargan de
los niños. Aboliendo el trabajo asalariado
y logrando un completo desempleo conseguimos minar la división sexual
del trabajo. La familia nuclear tal y como la conocemos es una adaptación
inevitable a la división del trabajo
impuesta por el moderno trabajo asalariado. Guste o no, tal
y como han ido las cosas en el
último siglo (tal vez en los últimos dos
siglos) es económicamente racional que
el hombre traiga los garbanzos a
casa, y que las mujeres realicen el
trabajo sucio que le proporcione refugio
en un mundo implacable, y que los niños vayan a los campos de concentración de
jóvenes que se denominan escuelas, en primer lugar para mantenerlos lejos
de los
pelos de mamá, aunque aún bajo
control, pero incidentalmente para adquirir
hábitos de obediencia y puntualidad tan necesarios para
los trabajadores. Si te
librases del Patriarcado, te
librarías de la familia nuclear cuyo impagado “trabajo oscuro”, como
dijo Ivan Illich, hace posible el sistema de trabajo que “lo” hace necesario.
Ligado a esta estrategia [no-nukes] está la abolición de la
niñez y el cierre
de las escuelas. Hay más
estudiantes a tiempo completo en este
país que trabajadores a tiempo completo. Necesitamos niños como maestros, no como estudiantes.
Ellos tienen mucho que aportar a la
revolución lúdica porque ellos están
mejor puestos en el juego que los
mayores. Los adultos y los niños no son
idénticos, pero se vuelven iguales a través
de las relaciones de interdependencia. Solamente el juego puede saltarse
el “gap” generacional.
Todavía
no he mencionado la posibilidad de terminar con el poco trabajo que queda automatizándolo y
ingenieros
y técnicos liberados de
investigaciones de guerra
y planes obsoletos tendrían
bastante tiempo para desarrollar medios que eliminasen la fatiga, el tedio y el
peligro de actividades como la minería. Indudablemente encontrarían proyectos
con los que se divertirían. Tal vez
pondrían en marcha un sistema mundial de
comunicaciones multimedia o fundarían colonias en el espacio. Tal vez. Yo no
soy un amante de los artilugios. No me
gustaría vivir en un paraíso de botones.
No quiero que un esclavo robot lo haga todo, yo quiero hacer cosas
por mí mismo. Hay, creo, un lugar para el trabajo manual, aunque un lugar modesto. Las anotaciones históricas y pre-históricas no son alentadoras.
Cuando
la tecnología productiva cambió desde los cazadores-recolectores hacia la
agricultura y la
industria, el trabajo se
incrementó, mientras que la habilidad y la autodeterminación disminuyeron.
La siguiente evolución del industrialismo ha
acentuado lo que Harry Braverman llamó
la degradación del trabajo.
Observadores inteligentes han tenido esto siempre en cuenta.
John Stuart Mill
escribió que todas las [labor-savings] inventadas no habían salvado un
momento de trabajo. Karl Marx escribió
que “sería posbile escribir una historia de los inventos, hecha desde 1830, con
el único propósito de suministrar al
capital con armas contra las revueltas de la clase trabajadora”. Los tecnófilos entusiastas —Saint Simon,
Comte, Lenin, B.F. Skinner- han sido también desvergonzados autoritarios, lo
cual es llamarles tecnócratas. Deberíamos ser más escépticos acerca de las promesas
de los místicos del computador. Ellos
trabajan como perros; que sea así, si ellos lo deciden, si el resto de nosotros
descansa. Pero si ellos tienen
alguna contribución particular más literalmente subordinada a propósitos
humanos que la de meramente trabajar en trabajar sobre máquinas
de alta tecnología, entonces
escuchémosles.
Lo
que realmente quiero ver es que el trabajo
se vuelva un juego. Un primer paso es descartar las nociones de
“trabajo” y “ocupación”. Incluso las actividades que ya contienen algún aspecto lúdico pierden la mayoría de ese carácter
cuando se reducen a trabajos los
cuales cierta gente
debe hacer obligatoriamente y con
exclusión de cualesquiera otros. ¿No es
extraño que los trabajadores del campo se agoten dolorosamente mientras
sus jefes van a casa
cada fin de semana y se “entretienen” en el jardín? Bajo un sistema de diversión permanente, seríamos
testigos de una Edad Dorada de la diletancia que
avergonzaría al Renacimiento. No habría más
trabajos, sino cosas
por hacer y gentes para hacerlas.
El
secreto de convertir el trabajo en juego, como demostró Charles Fourier, es organizar las actividades
útiles para que aprovecharan todo aquello que a la gente le gusta hacer
en cualquier momento. Hacer posible que
algunas personas hagan
las cosas que les podría
gustar hacer sería suficiente para erradicar
las irracionalidades y distorsiones
que afligen a esas actividades
cuando se ven reducidas
a trabajo. Yo, por ejemplo, disfruto enseñando
(no demasiado), pero no quiero
estudiantes coaccionados y no me
gusta tener a patéticos pedantes por alumnos
[I don’t care
to suck up to
pathetic pedants for tenure]
Segundo,
hay algunas cosas que la gente
gusta hacer ocasionalmente, pero no
demasiado y ciertamente no todo
el tiempo. Podrías disfrutar
cuidando niños unas pocas horas por el hecho de su compañía, pero no
tanto tiempo como sus
propios
padres. Por su parte, los padres apreciarían
profundamente el tiempo que les liberas de sus hijos, aunque se preocuparían muchísimo si
los separasen de su
progenie demasiado tiempo. Estas
diferencias entre los individuos es lo que hace que sea posible la vida de juego libre. El mismo
principio se aplica a otras áreas de
actividad, especialmente el
área primaria. Así mucha gente disfruta cocinando cuando lo
practican seriamente en su tiempo de
ocio, pero no cuando están cebando cuerpos para el trabajo.
Tercero
—otras cosas son también iguales-,
algunas cosas que son insatisfactorias
si las haces tú mismo o en un entorno desagradable o bajo las órdenes de un
superior, resultan más agradables si estas circunstancias cambian.
Esto es
probablemente cierto, en mayor o
menor medida, en todo trabajo.
La
gente emplea su de otra manera
desperdiciada ingenuidad en imaginar como un juego el más esclavizador trabajo.
Actividades que interesan a uno no siempre interesan a
otros, pero todos
al menos tienen una variedad
potencial de intereses y un interés en
la variedad. Como dice el dicho “todo una vez”. Fourier fue el maestro en
especular cuán aberrantes y perversas
inclinaciones podrían practicarse en una
sociedad post civilizada, que llamó Harmonía. Él pensaba que el Emperador Nerón hubiera dado
todos sus derechos si como un niño pudiera dar rienda
suelta a su gusto por la sangre trabajando
en un matadero. Los niños
pequeños con un apreciable gusto por
revolcarse en la porquería podrían ser organizados en “Pequeñas Hordas”
para limpiar baños y vaciar la basura, con medallas que
recompensaran a los más
sobresalientes. No es que esté
proponiendo esos precisos
ejemplos sino el principio que subyace bajo ellos, los cuales da un
sentido perfecto de una dimensión
de la transformación
revolucionaria
total. Hay que recordar que no tenemos que tomar
el trabajo que se hace hoy día y
asignárselo a la gente más apropiada, algunos de los cuales tendrían que ser
perversos realmente.
Si
la tecnología tiene un papel en todo esto
es menos automatizar el trabajo de la existencia que abrir nuevos reinos
para la re/creación. En alguna medida
podemos desear volver a la artesanía, la
cual William Morris consideró un probable y deseable resultado de
la revolución comunista. El arte
retornaría de los snobs y los
coleccionistas, abolidos como departamento especial de abastecimiento
de una audiencia de élite, y sus
cualidades de belleza y creación serían devueltas a una vida integral
desde la cual
fueran sustraídos por el trabajo. Es un sensato pensamiento el que las
urnas griegas sobre las cuales hemos
escrito odas y mostramos
en museos fueran usadas en su tiempo para almacenar aceite de
oliva.
Yo
dudo que nuestros artefactos de uso
diario lleguen al futuro de la misma manera, si es que llegan. El
asunto es que no hay nada en el mundo
del trabajo que se pueda llamar progreso, si hay algo es contrario. No
deberíamos dudar de extraer del pasado
lo que tiene que ofrecernos, los antepasados no pierden nada y nosotros
nos enriquecemos.
La
reinvención de la vida diaria significa salir
de los de
nuestras propuestas
actuales [maps]. Hay,
es cierto, más especulaciones sugestivas
de lo que la gente sospecha.
Además de Fourier y Morris —y
alguna indirecta aquí y allá en Marx- hay escritos
de Kropotkin, los
sindicalistas Pataud y
Puget, viejos anarco-comunistas
(Berkman) y nuevos (Bookchin). Las comunidades de hermanos Goodman son
ejemplares para ilustrar qué formas se
derivan de funciones (propósitos) dados, y que hay algo que recoger de
los frecuentemente confusos
heraldos
de la tecnología alternativa/apropiada/mediadora/convivenc ial, como Schumacher
y especialmente Illich, una vez que
desconectas su máquina de humno. Los
situacionistas —como los representados
por “La revolución de la vida
diaria” de Vaneigem y
la “Antología Internacional
Situacionista”- son tan implacablemente lúcidos, como estimulantes, aún si ellos no encajan lo suficientemente el
apoyo a la regla del concejo de los trabajadores con la abolición del trabajo.
Mejor su incongruencia, [thouth] que
la de alguna
versión izquierdista
existente, cuyos devotos buscan ser los últimos campeones del
trabajo, porque si no hubiera trabajo no
habría trabajadores y
sin trabajadores,
¿quién
organizaría la izquierda?
Así
que los abolicionistas estarán mucho tiempo solos. Nadie puede decir qué puede
resultar de desatar la potencia creativa
anulada por el trabajo. Todo puede suceder.
El agotador problema del debate
entre la libertad y la necesidad, con sus alusiones teológicas, se resuelve a
sí mismo prácticamente una vez que la
producción de valores de uso sea coextensiva al consumo de la encantadora
tarea-juego.
La
vida se vuelve un juego, o mejor muchos juegos, pero no, como ahora, un
juego de suma cero. Un encuentro sexual óptimo
es el paradigma
del juego productivo. Los
participantes se potencian mutuamente
sus goces, nadie lleva la
puntuación, nadie gana. Cuanto más
das más recibes. En la vida lúdica, lo mejor del sexo se difunde en la
mejor parte de la vida diaria. El juego
generalizado lleva a la libidinización
de la vida. El sexo, en principio, puede volverse menos urgente y desesperado, más
juguetón. Si jugamos bien nuestras cartas podremos
obtener
más
de la vida de lo que ponemos, pero sólo si jugamos por subsistencia.
Nadie
debería trabajar. ¡Trabajadores del
mundo... relajaos!
LA
SOCIEDAD DE SUPERVIVENCIA
(RATGEB:
De la huelga salvaje a la autogestión
revolucionaria. Cap. 1 pp. 11-15.
Barcelona. Ed. Anagrama 1978)
¿Has sentido
al menos una
vez el deseo de llegar tarde al trabajo, o de abandonarlo antes de hora?
En
tal caso, has entendido que:
a)
El tiempo de trabajo cuenta doble pues es tiempo perdido dos veces:
-Como
tiempo que sería más agradable emplear en el amor, en el ensueño, en los
placeres, en las pasiones; como tiempo del cual disponer libremente
-Como
tiempo de desgaste físico y nervioso.
b)
El tiempo de trabajo absorbe la mayor
parte de la vida, pues determina
asimismo el tiempo
llamado “libre”, el tiempo de
dormir, de dormir, de desplazamiento, de comida, de distracción. Afecta también
al conjunto de la vida cotidiana de cada cual y tiende a reducirla a una
sucesión de instantes y de lugares, que tienen en común la misma repetición
vacía, la misma ausencia creciente de vida auténtica.
c) El tiempo de
trabajo forzado es una mercancía.
En todas partes donde hay mercancía hay
trabajo forzado, y casi
todas las actividades se semejan progresivamente al trabajo forzado:
producimos, consumimos, comemos, dormimos para
un patrono, para un jefe, para el Estado, para el sistema de la mercancía generalizada.
d)
Trabajar más es vivir menos.
En
realidad, ya estás luchando, concientemente o no, por una sociedad que
asegure a cada
cual a disponer
por sí mismo del
tiempo y del
espacio; de construir cada día
su vida como la desea.
¿Has
sentido al menos una vez el deseo de
dejar de trabajar
(sin hacer trabajar a los otros
por ti)?
En
tal caso, has entendido que:
a) Aunque
el trabajo forzado produjera únicamente bienes útiles
como ropas, alimentos, técnica, comodidad... no por ello resultaría menos opresivo e inhumano, pues:
-El
trabajador seguiría desposeído de su
producto y sometido a las mismas leyes de la carrera tras el beneficio y el
poder.
-El
trabajador seguiría trabajando diez
veces más del tiempo necesario en una organización atractiva
de la creatividad para poner a la disposición de todos cien veces más de bienes.
b)
El sistema mercantil, que domina por
doquier el trabajo forzado, no tiene el
objetivo, como se nos pretende hacer creer, de producir bienes útiles y
agradables para todos; tiene el objetivo de producir unas mercancías. Independientemente
de su empleo útil, inútil o contaminante,
las mercancías no tienen otra función que la de mantener el beneficio y
el poder de la clase dominante. En dicho sistema, todo
el mundo trabaja por nada y cada
día adquiere mayor conciencia de ello.
c)
Al acumular y renovar las mercancías, el trabajo forzado aumenta el poder de los patronos, de los burócratas, de los jefes, de los ideólogos.
Se convierte así en un objeto repulsivo
para los trabajadores. Todo paro es una
manera de volver a ser nosotros mismos y
un desafío para quienes nos lo impiden.
d)
El trabajo forzado produce únicamente
mercancías. Toda mercancía es inseparable de la mentira que representa. Así
pues, el trabajo forzado produce
mentiras, produce un mundo de falsas
representaciones, un mundo al revés en
el que la imagen sustituye a la
realidad. En este sistema espectacular
y mercantil, el trabajo
forzado produce sobre
sí mismo dos mentiras
importantes:
-La
primera es que el trabajo es útil y necesario, y que a todos nos interesa trabajar.
-La
segunda mentira es
hacer creer que los trabajadores son incapaces de emanciparse del trabajo
y de la condición asalariada, que
no pueden edificar una sociedad radicalmente nueva, basada en la creación colectiva y atractiva y en la
autogestión generalizada.
En
realidad ya estás luchando, conscientemente
o no, por una sociedad en la que la conclusión del trabajo forzado deje
espacio a una
creatividad colectiva regulada
por los deseos de cada cual, y a la distribución gratuita de los bienes
necesarios para la construcción de la vida cotidiana. El
final del trabajo forzado significa el
final del sistema en el que reinan el
beneficio, el poder jerarquizado, la mentira
general. Significa el final del sistema
espectacular-mercantil e inicia un cambio global de todas las preocupaciones. La búsqueda de la armonía
de las pasiones, finalmente liberadas y
reconocidas, sucederá a la carrera tras el dinero y las migajas de poder.
¿Te
ha sucedido sentir fuera del lugar de trabajo la misma repugnancia y el mismo
cansancio que en la fábrica?
En
tal caso, has entendido que:
a)
La fábrica está en todas partes. Es la
mañana, el tren, el coche, el paisaje
destruido, la máquina, los jefes, la casa, los diarios, la familia, el
sindicato, la calle, las compras,
las imágenes, la
paga, la televisión, el lenguaje,
las vacaciones, la escuela, los
trabajos caseros, el aburrimiento, la cárcel, el hospital, la
noche. Es el tiempo y el espacio de la supervivencia cotidiana. Es la costumbre
de los gestos repetidos, de las pasiones rechazadas y vividas por delegación,
por imágenes impuestas.
b)
Toda actividad reducida a la supervivencia es
un trabajo forzado; todo
trabajo
forzado transforma el producto y el productor
en objeto de
supervivencia, en mercancía.
c)
El rechazo de la fábrica universal está
en todas partes
puesto que el sabotaje
y la desviación se extienden por
doquier en los proletarios y les permiten seguir sintiendo placer en
pasear, en hacer el amor, en
encontrarse, en beber, en comer, en
soñar, en preparar la revolución de la vida cotidiana sin descuidar lo más mínimo
los placeres que
todavía no están totalmente alienados.
En
realidad, ya estás luchando conscientemente
o no, por una sociedad en la que las pasiones lo sean todo, el aburrimiento y el trabajo nada.
Sobrevivir no nos ha impedido hasta ahora vivir; ahora se trata de poner
el mundo al revés; de apoyarse en los momentos auténticos, condenados a la
clandestinidad y a la falsificación en el sistema espectacular- mercantil; los momentos de la dicha real, de placer sin reservas, de
pasión.
SI
ME LLAMAN VAGO... (.RAFA.)
Publicado
en la revista EKINTZA ZUZENA nº 22
Si me
llaman vago porque
no me gusta trabajar —
les diré que lo soy.
Si
me llaman vago porque cada uno debe
dar según sus posibilidades y recibir según su necesidad,
pues para qué negarlo
— lo soy.
Si
me llaman vago porque creo que el trabajo
(del latín “tri-palium”),
junto a
la programación y el fraccionamiento del tiempo, son
el mayor sistema
para tenernos ataditos y bien
ataditos, lo soy, no cabe duda.
Si
me llaman vago porque creo que el imperio del capital se basa en la esclavitud a que nos someten mientras
nos explotan con el trabajo. Lo soy, ¿lo dudan?
Si
me llaman vago porque creo que el dinero es la zanahoria que utilizan para
tenernos tirando como borricos de la
noria mientras nos damos
coces para no quedarnos parados y sin zanahoria y dando
mordiscos y abriéndonos paso a codazos para correr detrás de ella, y me gustaría no ser
tan borrico (con perdón
de los borricos), pues lo digo
sin rodeos... lo soy.
Si
me llaman vago porque creo que el trabajo
es tiempo vacío
que a mí me
gustaría llenar, está claro que lo soy.
Si
me llaman vago porque me gusta escribir,
escuchar, hablar, leer,
jugar, cantar, componer,
hacer-ver teatro-cine, pintar, hacer el amor, y creo que queda muy poco tiempo
para hacer estas cosas porque estamos todo el día
trabajando, estudiando o haciendo lo que
sea para buscar trabajo, ya es que no sé
como decírselo... soy vago.
Si
me llaman vago porque creo que en una sociedad libertaria, sin burocracia,
produciendo lo estrictamente necesario y
dejándonos
de vaciar tiempo produciendo cantidad de armatostes estúpidos, y con el
mogollón de peña que
somos y lo que
producen las máquinas,
que para eso están,
iban a sobrar horas
por todos los sitios, pues
miren, soy vago, ¿no lo voy a ser?
Y si por mi poco amor al trabajo y otras muchas cosas me llaman vago, marica, indeseable, hereje, y
hasta quién sabe, aunque todavía no lo han hecho (sólo les faltaba eso), me
amenazan con tenerme ocho horas diarias
de rodillas con
los brazos en cruz
sujetando las obras completas de algún autor del siglo pasado mientras canto
algún himno de épocas gloriosas, pues mira, sólo puedo decir tres
cosas: primero, que soy todas esas
cosas que dicen; segundo, que su
vocabulario se parece mucho a unos que yo me sé; y tercero, a ver si se
enteran en qué época viven.
Me
voy a la cama, ¿vienes?
ELOGIO
DE LA HOLGAZANERÍA (.BERTRAND RUSELL.)
Quiero
decir, con toda seriedad, que la fe en
las virtudes del trabajo está haciendo
mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la
prosperidad pasa por una reducción organizada del trabajo.
Ante todo,
¿qué es el trabajo? Hay dos tipos
de trabajo; el primero: modificar
la disposición de la materia en, o cerca
de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia
dada; el segundo: mandar a otros
que lo hagan. El primero es desagradable y
está mal pagado; el segundo es
agradable y muy bien pagado. El segundo tipo es susceptible de extenderse indefinidamente; no solamente
están los que dan órdenes, sino
también los que dan consejos
acerca de qué
órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de
hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; eso se llama política. Para este tipo de trabajo no se requiere el conocimiento de los
temas acerca de los cuales
dar consejos, sino el conocimiento del arte
de hablar y
escribir persuasivamente, es decir, el arte de la propaganda.
En
Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hombres, más respetada que
cualquiera de las clases de
trabajadores. Hay hombres que, merced
a la propiedad de
la tierra, están en condiciones de hacer que otros paguen por
el privilegio de que
se les consienta existir y trabajar. Estos terratenientes son holgazanes, y por
ello cabría esperar que yo los elogiara.
Desgraciadamente, su holgazanería sólo resulta
posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de
cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo
último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.
Desde
el comienzo de la civilización hasta
la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir
trabajando duramente poco más de lo
imprescindible para su propia subsistencia
y la de su familia, aún cuando su
mujer trabajara al menos tan
duramente como él, y sus hijos agregaran su
trabajo tan pronto
como tenían la edad necesaria
para ello. El pequeño excedente
sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que producían,
sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de
hambruna no había
excedente; los guerreros y los
sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con
el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre. Este
sistema perduró en Rusia hasta 1917 y
todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de
la revolución industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien
años, cuando la nueva clase de los
industriales ganó el poder. En Norteamérica, el sistema finalizó cuando se
hizo la Revolución, excepto en el
Sur, donde sobrevivió hasta la guerra
civil. Un sistema que duró tanto y que terminó tan
recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en los
pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos por sentado acerca
de la conveniencia del trabajo procede de este sistema
y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La
técnica moderna ha hecho posible que el
ocio, dentro de ciertos límites, no sea
prerrogativa de las clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. La moral del
trabajo es la moral de los esclavos, y el mundo moderno
no tiene necesidad de esclavitud (...).
Moral
esclavista
El
concepto de deber, en términos históricos,
ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a
los demás a trabajar, a vivir para el
interés de
sus amos, más que para su propio interés. Por
supuesto, los poseedores del poder
ocultan este hecho aún ante sí mismos, y se las
arreglan para creer
que sus intereses son idénticos a los más grandes
intereses de la humanidad. A veces, esto
es cierto; los atenienses propietarios
de esclavos, por ejemplo, empleaban parte
de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a
la civilización, que hubiera
sido imposible bajo un sistema
económicamente justo. El tiempo libre es
esencial para la civilización y, en
épocas pasadas, sólo el trabajo de los
más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es
bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la
civilización.
La
técnica moderna ha hecho posible reducir
enormemente la cantidad
de trabajo requerida para asegurar lo imprescindible para la vida de todos. Esto se
hizo evidente durante
la Segunda Guerra Mundial. En
aquel tiempo, todos los hombres y todas las mujeres ocupados en espiar, en hacer
propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas con la
guerra, fueron apartados
de las ocupaciones productivas. A
pesar de ello, el nivel general de bienestar
físico entre los salarios no especializados de las naciones aliadas fue
más algo que antes y que después. La
significación de este hecho fue
encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando
al presente. Pero esto,
desde luego, hubiese sido
imposible; un hombre no puede comerse una rebanada de pan que todavía no
existe. La guerra demostró de modo
concluyente que la organización científica de la producción permite mantener a
las poblaciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña
parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si hombres que lucharan y
fabricaran municiones, se hubieran
mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro las horas de
trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue
restaurado el antiguo caos: aquellos
cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a trabajar muchas horas,
y al resto se le
dejó morir de hambre por falta de
empleo. ¿Por qué?
Porque el trabajo es un
deber, y un hombre no debe recibir salarios
proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a su virtud,
demostrada por su laboriosidad.
Ésta es
la moral del
estado esclavista, aplicada en circunstancias completamente distintas de
aquellas en las que surgió. No es de extrañar
que el resultado haya sido
desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos
que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando —digamos- ocho horas
por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un
método con el cual el mismo número de personas puede hacer dos
veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese
número de alfileres; los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse
alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres
pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás
continuaría como antes. Pero en el mundo
real esto se juzgaría desmoralizador.
Los hombres aún trabajan ocho horas; hay
demasiados alfileres; algunos patronos
quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son
despedidos y quedan sin trabajo.
Al final hay tanto
tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente
inactivos, mientras la otra mitad
sigue trabajando demasiado. De este
modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria
por todas partes,
en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse
algo más insensato?
La
idea de que el pobre deba disponer de
tiempo libre siempre
ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios
del siglo XIX, la jornada laboral de trabajo
de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada
algunas veces y, por lo general, trabajaban
doce horas al día. Cuando los
entrometidos apuntaron que quizá tal
cantidad de horas fuese excesiva, les
dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños
del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos
hubieran adquirido el voto, fueron establecidas
por ley ciertas fiestas públicas,
con gran indignación de las clases altas.
Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las
fiestas los pobres? Deberían trabajar”.
Hoy, las gentes son menos
francas, pero el
sentimiento persiste, y es la fuente
de gran parte de nuestra confusión económica.
Consideremos
por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser
humano, por necesidad, consume cierto
volumen del producto del
trabajo humano. Aceptando, cosa que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto prestar algún servicio en lugar de
producir artículos de consumo, como en
el caso de un médico, por
ejemplo; pero algo ha de aportar
a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de
trabajar ha de ser admitido; pero sólo
en esta medida. No insistiré en el hecho
de que, en todas las sociedades
modernas... mucha gente cuide aún esta mínima cantidad de
trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y
todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se
consienta a estos permanecer ociosos sea
casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que
trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Cuatro
horas diarias
Si
el asalariado ordinario trabajase
cuatro horas al día, alcanzaría para
todos y no habría
desempleo —dando por supuesta
cierta cantidad muy moderada de organización sensata-.
Esta idea escandaliza a los ricos porque
están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En
Norteamérica, los hombres suelen trabajar muchas horas, aún cuando ya estén
bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los
asalariados, excepto bajo la forma del
inflexible castigo del desempleo; en realidad, les disgusta el ocio aún para sus hijos.
El
sabio empleo del tiempo libre, hemos de admitirlo, es un producto
de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas horas durante toda su vida, se aburrirá si queda súbitamente inactivo. Pero
sin una cantidad considerable de tiempo libre, un
hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna
para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un
necio ascetismo, generalmente
vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades
excesivas, ahora que ya no
es necesario (...).
Podrá
decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían
cómo llenar sus días si solamente
trabajaran cuatro horas
de las veinticuatro. En la medida
en que ello es cierto en el mundo
moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido cierto
en ningún periodo
anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que
hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto a la
eficiencia. El hombre moderno piensa que
todo debería hacerse por alguna razón
determinada, y nunca por sí mismo.
La
noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio
económico lo ha
puesto todo patas arriba. En un sentido
amplio, se sostiene que ganar
dinero es bueno
y
gastarlo es
malo. Teniendo en cuenta que
son dos
aspectos de una
misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo podríamos sostener
que las llaves son buenas, pero que los ojos de las
cerraduras son malos. Cualquiera que sea
el mérito que puede haber en la producción de bienes, debe derivarse en la
ventaja que se obtiene consumiéndolos. El individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el
propósito social de
su trabajo radica en el consumo
de lo que él produce. Este divorcio
entre los propósitos individuales y los sociales respecto
de la producción es
lo que hace
que a los hombres les resulta tan difícil pensar con claridad dentro de un mundo en el que la obtención de
beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la producción
y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos demasiada
poca importancia al goce y a la simple felicidad, y no juzgamos la
producción por el placer que da al consumidor.
Cuando
propongo que las horas de trabajo sean
reducidas a cuatro,
no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras
frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de
trabajo al día
deberían dar derecho a un ser
humano a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales de
la vida, y que el resto de su tiempo
debería ser de él para emplearlo como creyera
conveniente. Una parte esencial de este
tipo de sistema social es que la
educación vaya más allá del punto que
suele alcanzar en la actualidad y se
proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al ser
humano para utilizar con
inteligencia su tiempo libre. No pienso
especialmente en la clase de cosas que
pudieran considerarse pedante. Las danzas campesinas han
muerto, excepto en remotas
regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las
cultivaran deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de
las poblaciones urbanas han llegado
a ser
en su mayoría
pasivos:
ver películas, presenciar partidos
de fútbol, escuchar
la radio, y
así sucesivamente. Ello
resulta del hecho de que sus energías
activas se consumen completamente
en el trabajo; si
tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que
hubieran de tomar parte activa (...).
En
un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día,
toda persona con curiosidad científica
podría satisfacerla, y todo pintor podría pintar sin morirse de hambre, no
importa lo maravillosos que puedan ser
sus cuadros. Los escritores
jóvenes no se verían forzados a llamar la atención por
medio de sensacionales chapucerías, hechas
con miras a obtener
la independencia económica que se necesita para las
obras monumentales, y para las cuales,
cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la
capacidad. Aquellos que en su trabajo
profesional se interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, serán
capaces de desarrollar sus ideas
sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo
las obras de los economistas
universitarios. Los médicos tendrán
tiempo de aprender acerca de los
progresos de la medicina; los maestros
no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya
falsedad puede haber sido demostrada con el paso del tiempo.
Sobre
todo habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de
nervios gastados, cansancio y disepsia.
El trabajo exigido bastará
para hacer del ocio algo delicioso, pero
no para producir agotamiento. Puesto que
los seres humanos
no estarán cansados en su
tiempo libre, no querrán solamente
distracciones pasivas e insípidas. Es probable que la menos u uno
por ciento dedique el tiempo que no le consuma
su trabajo profesional a
tareas de algún interés público y,
puesto que no dependerá de tales tareas para ganarse la
vida,
su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las
normas establecidas por
los viejos eruditos. Pero
no solamente en
estos casos se manifestarán
las ventajas del ocio. Los hombres y las mujeres
corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más
bondadosos, menos persecutorios, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacia. La afición a
la guerra desaparecerá, en
parte por la razón que antecede y en parte
porque supone un largo y duro trabajo
para todos. El buen carácter es, de todas
las cualidades morales, la que
más necesita el mundo, y el buen
carácter es consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida
ardua de lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad
de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso
de trabajo para unos y el hambre para otros.
Hasta aquí, hemos sido tan
activos como lo éramos antes de
que hubiese máquinas; en esto hemos sido
unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.
LA
DICTADURA DEL RELOJ (.GEORGE WOODCOK.)
(Texto publicado en War
Commentary-For
Anarchism en marzo de
1944)
El
reloj, como señaló Lewis Munford, es la máquina clave de la era de las
máquinas, tanto por
su influencia en la tecnología como en las costumbres humanas.
Técnicamente, el reloj fue la primera
máquina realmente automática que alcanzó alguna importancia en
la vida humana. Antes de su invención, las máquinas comunes eran de
tal naturaleza que su funcionamiento
dependía de alguna fuerza externa y poco confiable, como la del hombre, la de
los músculos del animal, la del agua o la del viento (...). El reloj fue la
primera máquina automática que alcanzó una importancia pública y una función
social. La manufactura de los relojes
fue la industria en la cual el hombre aprendió
los elementos para construir máquinas y
en la que logró la
habilidad técnica necesaria
para producir la complicada maquinaria
de la revolución industrial.
Socialmente
el reloj tuvo una influencia más profunda que cualquier otra máquina, porque
fue el medio por el cual se pudo lograr la regularización y regimentación de la
vida, tan necesarias para el sistema de explotación industrial. El reloj
suministró el medio por el cual el tiempo —una categoría tan
ambigua que ninguna filosofía ha podido aún determinar su
naturaleza- pudo ser medido
concretamente en los
términos más tangibles del
espacio provisto por los cuadrantes del reloj. El tiempo, en tanto duración,
dejó de ser tenido en cuenta, y los seres
humanos empezaron a hablar y a pensar siempre en extensiones de tiempo,
como si estuvieran hablando de medidas de alguna tela. Ahora que podía medirse
en símbolos matemáticos, el tiempo fue
considerado como una mercancía que podía
ser comprada
y vendida como
cualquier otra.
Los nuevos
capitalistas, en particular, se
volvieron rabiosamente conscientes
del tiempo. Éste, simbolizando el
trabajo de los obreros, fue considerado
casi como la principal materia prima de
la industria. “El tiempo es
dinero” se volvió una de las
consignas clave de la ideología capitalista, y el cronometrista fue el más
importante de los nuevos tipos de
funcionario introducido por el designio del capitalismo (...).
Los hombres
se volvieron como relojes,
actuando con una regularidad repetitiva
sin ninguna semejanza con la vida rítmica de un ser natural. Se volvieron como
dice la frase victoriana, “tan metódicos como un mecanismo de relojería”. Sólo
en las regiones campesinas, donde la vitalidad natural de animales y plantas y los elementos seguían dominando la vida,
continuó existiendo un sector bastante
grande de la población que no sucumbió al mortal tic-tac de la monotonía.
APOLOGÍA
DE LOS OCIOSOS (Robert L. Stevenson)
¿No
daría el estudioso algunas raíces hebreas
y el hombre de negocios algunas medias
coronas por compartir extensamente el conocimiento de la
vida que tiene el holgazán y su Arte de Vivir? No sólo eso: el vago
tiene otra cualidad, más importante
todavía. Me refiero a su sentido común. Quien ha observado mucho la infantil satisfacción de otras personas en sus
hobbies se considerará a sí mismo
con una indulgencia muy irónica. No se
le oirá entre los dogmáticos. Tendrá una gran tolerancia tranquila
para todo tipo
de gentes y de opiniones. Si no encuentra verdades extraviadas, no
se identificará con ninguna
flagrante falsedad. Su andar lo lleva por un atajo no muy frecuentado, pero muy
llano y agradable, que se llama Callejuela del Lugar Común y conduce al Mirador
del Sentido Común. Desde allí una muy agradable, si no muy noble, exploración;
y mientras otros
observan el Este
y el Oeste, el Ocaso y el Sol
Naciente, él gozará pacíficamente de una especie de amanecer sobre todas las cosas
sublunares con un ejército de sombras que corre rápidamente en muchas
diferentes direcciones bajo la gran luz diurna
de la eternidad.
Las sombras y las generaciones, los agudos doctores y las guerras vibrantes acaban en el silencio
y en el vacío; pero bajo todo eso, un hombre puede ver desde las
ventanas del Mirador mucho paisaje verde y apacible; muchos
saloncitos iluminados por el fuego;
buena gente riendo, bebiendo, haciendo
el amor como lo hacían antes del Diluvio
o de la Revolución Francesa;
y al viejo pastor contando su
fábula bajo el espino.
La
aplicación extrema, ya sea en la
escuela, en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es un síntoma de
vitalidad deficiente; pero una cierta
facultad para la holgazanería
implica un apetito universal y un fuerte
sentido de identidad personal. Existe
una especie de
muertos vivientes,
personas
fatigadas que apenas son conscientes de
vivir excepto en el ejercicio de alguna
ocupación convencional. Si
llevamos a estas gentes al campo o las subimos a un barco, veremos que anhelan su pupitre o su
estudio (...). No es bueno hablar de este tipo de gente: no pueden ser perezosos, su
naturaleza no es suficientemente
generosa; y pasan, en una especie de
coma, las horas que no dedican a moler oro furtivamente. Cuando no tienen que
ir a la oficina, cuando no están
hambrientos no sienten deseos de bener, el mundo entero es un vacío para ellos. Si tienen que esperar una hora para tomar el tren,
caen en un estúpido trance
con los ojos abiertos. Al verlos,
uno supondría que no hay nada que mirar ni nadie a quien hablar; se imaginaría
que están paralizados o alienados y, sin
embargo, es muy posible que sean grandes trabajadores en su especialidad y
que tengan muchas
vista para un fallo en una escritura
o un cambio en el mercado (...).
Como
si el espíritu humano no fuese ya demasiado limitado para comenzar con él, han estrechado y achicado los suyos con una vida toda de
trabajo y sin ningún jeugo; hasta aquí los
tenemos, a los
cuarenta, con la atención perdida, la mente vacía de todo tema
de diversión y ni un sólo pensamiento que contrastar con otro,
mientras esperan el tren.
No me parece a mí que esto sea el Éxito de la Vida.
2 DE
MAYO. DÍA INTERNACIONAL DEL OCIO
Frente al
1º de Mayo,
día internacional de la
tortura asalariada, existe una
fecha histórica y enmudecida por la
tremenda tradición impuesta
de elogio al trabajo, una fecha
de rechazo al trabajo asalariado.
En
1896, los mineros de Dantzig (hoy Gdansk), Polonia, se hallaban en huelga de
brazos caídos. Mientras la mayoría de l@s trabajador@s paraban
por la jornada laboral de ocho horas, estos mineros,
en reclamo por una reducción de la jornada a cinco horas, marcharon a
ocupar sus puestos el uno de
Mayo, decididos a mantenerse ociosos por
tiempo indeterminado. Aunque la ocupación fue pacífica, los trabajadores
cercaron con explosivos la boca de la mina para
que las fuerzas de represión no pudieran entrar. En respuesta, el 2 de
mayo, las tropas del ejército atacaron
a cañonazos el
lugar, cuya entrada se derrumbó, provocando la muerte de 67 mineros
por asfixia.
Ese
mismo año, Paul Lafargue (autor del mítico panfleto “Derecho a la pereza”),
propuso al parlamento francés que a partir de ese momento aquel día fuese
declarado feriado oficial.
Aunque
el proyecto no prosperó, un grupo de
disidentes de la Primera Internacional
de Trabajador@s lo mencionó nuevamente durante
el intento de formación de una
Internacional Ociosa en la ciudad de Bordeaux, Francia, en 1898. Esa
reunión (por lo
demás, regada con abundante pernod y ajenjo, por lo que
acabó auto-disolviéndose por una discusión en plena euforia etílica), donde se redactó un documento
llamado “Prolegómenos para
una sociedad del
ocio”, propuso, entre otras, una
consigna diametralmente
opuesta a los discursos de todas las organizaciones de trabajadores y
trabajadoras de aquel entonces: “A CADA
UN@ SEGÚN SUS
NECESIDADES, DE
CADA
UN@ SEGÚN SU VOLUNTAD”. Y por moción del delegado polaco Ren
Kowalsky, superviviente de la matanza de
Dantzig, se llamó a que el 2 de mayo fuese declarado “Día Internacional del
Ocio”. En esta fecha y en distintos lugares se celebran diferentes actos por el
derecho a la pereza y contra el trabajo
forzado; como ejemplo valga la acción llevada a cabo por la sección
argentina de la Fundación de Alergia al
Trabajo (esta fundación tiene su sede en
Lisboa y funciona desde 1992);
el 2 de mayo de 1995 convocaron la primera Marcha
a Desgano (de cien metros) que
realizaron más de 50 alérgic@s, en la plaza San
Martín de Buenos Aires. Ese mismo día anunciaron a la prensa y
televisiones burguesas su
auto-disolución debido al enorme trabajo que supone el mantener una asociación
de alergia al mismo.
DE
LA UTOPÍA FILOSOFAL DEL CRIMEN
(VV.AA.:
Panfletos y escritos de la Internacional
Situacionista. Madrid. Ed. Fundamentos.
1976)
(...)
La vida que no somos capaces de
vivir, la capitaliza el poder jerarquizado, le da vitalidad al
Estado. En los modernos sistemas de
explotación, los poseedores del
capital no sólo poseen trabajo acumulado, sino también vida acumulada y
congelada que por un lado nos roban y por otro
nos venden por nuestro
trabajo. La supervivencia es la imagen de la vida que nos vende
el capital: en
vez de vivir asistimos a una pesadilla en la que nos viven, o como
decía Rimbaud, “a la farsa que vamos representando”; sobrevivimos en la sociedad del espectáculo. Pero el espectáculo no es un conjunto de
imágenes, sino una relación social entre
personas mediatizada por
imágenes. El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se
hace imagen.
La
organización de la propiedad privada
en la que
reposa toda la organización social, hace del mundo el
mundo de la separación. Por todas partes
circula lo parcelario, lo separado, la
negación de la totalidad. No sólo los
hombres están separados de sí mismos, de
su propia vida, sino que también están separados unos de otros: el Estado
es la institucionalización de la
separación, y las luchas del proletariado contra el Estado deben ser entendidas
en su vertiente más radical: como luchas “para estar juntos por siempre
jamás”.
“Mi
vida es un fragmento” decía Bakunin, superando
la rígida tradición teórica que
atribuía la separación
al estricto mundo de la producción; lo Parcelario invade toda la vida de los individuos, no sólo hay
separación entre el trabajador
y el producto de su trabajo, sino también entre el hombre y sus deseos. Incluso hay separación entre
el trabajador
y el
hombre, entre el producto del trabajo y los deseos: toda la praxis social está
dividida entre lo real y lo ilusorio.
“Es necesario
hacer algo para superar
esta situación —decía Durruti en
1931-.
El pueblo busca sus soluciones
al margen de los partidos
políticos, al margen del parlamento burgués, llevando a cabo su acción
en la calle; hay que desengañarse, para la clase obrera no existe otra política eficaz que no sea la lucha
revolucionaria”.
Lo
contrario a la sociedad del espectáculo,
es la posesión directa por los
trabajadores de todos los momentos de su
actividad, de la construcción de todos los momentos de su vida, de la libre
construcción de situaciones.
Dado
que el hombre es producto de las
situaciones que atraviesa,
interesa crear situaciones no
miserables, dignas de su deseo. “Hasta ahora, los filósofos y artistas no han
hecho más que interpretar de diversos modos las situaciones, pero de lo que se
trata es de transformarlas”.
Frente
a la apropiación por la propiedad privada de todos los placeres del planeta, lo único que queda
comunitario es la miseria de la vida cotidiana, que se ha hecho absoluta. Su fin sólo puede llegar
por las construcción de una situación que haga imposible, como dijo Marx, el
volverse atrás. La situación que haga imposible la marcha atrás no puede ser
otra que la autogestión generalizada,
que elimine al proletariado “mediante la
abolición de la propiedad privada y del trabajo en cuanto
tal”. Esta abolición es
fundamental: “La revolución
comunista está dirigida contra el modo
de actividad precedente, suprimiendo el
trabajo” (Marx); la miseria del proletariado es resultado directo del trabajo. El cura Towsend se dio perfecta
cuenta de ello: “¡Trabajad, trabajad día y noche!”
—les decía a sus ovejas- “Trabajando aumentaréis vuestra miseria, y vuestra miseria nos ahorra el tener
que imponeros el trabajo por la fuerza”. El trabajo produce al hombre
como mercancía, mercancía
humana,
hombre
determinado como mercancía; mercancía
con conciencia y actividad propia, pero mercancía al fin y al
cabo; mercancía que hay que mantener durante el trabajo para que no se extinga “la raza de los trabajadores”, para
quienes la única vida posible es la existencia del
capital —que no es otra cosa que su trabajo en conserva y almacenado-. “Y cuanto
más trabaja un obrero” —decía Marx- “más poderoso para oponérsele será el mundo alienado de los objetos que produce,
y más pobre llegará a ser él mismo”,
trabajando entonces más, mortificando su cuerpo y arruinando su
mente. Pero el trabajador no
trabaja por su voluntad —como decía
Lafargue en su Derecho a la pereza- sino porque está obligado a hacerlo. Es
trabajo forzado. No es la satisfacción de una necesidad, sino sólo “un medio
para satisfacer carencias que nada tienen que ver con la
necesidad”.
La
abolición del trabajo es hoy una reivindicación de los obreros
revolucionarios más radicales. La humanidad sólo se propone tareas que puede
resolver. Además de la relación del trabajo
forzado (enajenado) con la propiedad privada se tiene que la
emancipación de la sociedad se expresa bajo la forma de la emancipación de los
trabajadores, no como si sólo se fueran a emancipar éstos, sino porque su emancipación lleva en sí
la emancipación humana en
general, porque toda la servidumbre
humana está encerrada en la relación del
trabajo con la producción y todas las relaciones serviles sólo son
modificaciones y consecuencias de esta
relación.
La
construcción de la autogestión generalizada tiene sus bases y su dinámica en el
proyecto que lleva en
sí el proletariado, “esa clase
con cadenas radicales, una clase
de la sociedad burguesa, que no es
de la sociedad burguesa, un
estrato que es la disolución de todos
los estratos, una esfera que tiene un carácter universal porque sus males son
universales y no considera ningún
derecho particular porque no
existe ninguna
injusticia
particular, sino que la injusticia se
comete en absoluto, que no se puede referir
ya a un
título histórico sin solamente
humano, que no se sitúa en
contradicción parcial ante
las consecuencias, sino que se sitúa
en contradicción universal respecto
a los postulados básicos de la herencia del Estado, una esfera que no se puede emancipar sin
emanciparse de todas
las otras esferas de la sociedad
y, por lo tanto emanciparlas; que, en una palabra, es la pérdida total del hombre, o sea que su emancipación no se puede conseguir sin
la recuperación total del hombre, esa
emancipación que es el desenlace de la
sociedad de una situación particular” (Marx). El proletariado es la
clase que suprimiéndose como tal, suprime a
todas las otras clases y
vuelve a la sociedad humana o humanidad socializada. “El
objetivo final de la revolución es el
cambio total en la forma de vivir de los
hombres”, decía Durruti.
Desde ya,
pues, se centra
el problema: ¿cómo superar
concretamente el trabajo?, ¿cómo
superar su división?, ¿cómo superar
la división trabajo-ocio?, ¿cómo superar
concretamente el cambio?, ¿cómo
superar concretamente el ocio?, ¿cómo superar concretamente
el Estado?, ¿cómo extender el
movimiento revolucionario a toda la sociedad?
La
práctica histórica del proletariado
(asambleas de autogestión
federadas a nivel local
—consejos obreros-, etc.) permite esbozar algunos adelantos, de ningún modo
definitivos, sino que pueden servir para excitar la imaginación de los obreros revolucionarios a fin de
permitir una trasformación eficaz de la realidad.
La
teoría radical no ha
hecho más que analizar el viejo mundo y l oque lo niega. Ahora debe ser
realizada. Por un mundo de miserable mierda que perder hay todo un universo de
placeres que ganar.
Al
proletariado no le importan las ruinas:
va a tomar
el mundo. Y
sus
“encuentros”
con el poder, ya no serán bajo el signo de la vergüenza de su miseria, sino en
el gozo de su disolución. “Los frenos que le hacen romper o las virtudes que le
hacen despreciar se convierten
así en otros tantos episodios voluptuosos” (Sade).
Que
este mundo reviente: ése es el
camino. ¡¡Adelante, en marcha!!
Vasilei
Soulinake, Seisdedos el Rojo y
Dillinguer
Madrid,
primera semana de mayo de
1976
“Nuestra
fórmula es: ABOLICIÓN DEL TRABAJO
ASALARIADO. Hemos demostrado que la abolición de la propiedad privada de
los medios de producción, sólo es una simple paráfrasis de ella...”
A. Bordiga: Propiedad y capital.
Si
haces una revolución, hazla alegremente;
no
la hagas lívidamente serio, no la hagas mortalmente serio, hazla alegremente.
No
la hagas porque odias a la gente;
hazla
sólo para escupir en sus ojos.
No
la hagas por dinero; hazla, y condena el dinero. No la hagas por la igualdad;
hazla
porque tenemos demasiada igualdad,
y va
a ser gracioso sacudir el carro de las manzanas y ver por qué lado se irán
éstas rodando.
No
la hagas por las clases trabajadoras;
hazla
de tal modo que todos nosotros podamos
ser nuestras propias y pequeñas aristocracias
y
patear como asnos fugitivos alegremente
el suelo. No la hagas, en fin, para la Internacional del Trabajo;
el
trabajo es aquello de lo cual la humanidad ha tenido bastante.
Eliminémoslo,
acabemos con ello.
El
trabajo puede ser agradable, y los hombres gozarlo;
y
entonces, no es trabajo.
Tengamos
eso; hagamos una revolución para divertirnos
D.H.
Lawrence


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