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Libro N° 6071. Textos Contra El Trabajo. Anónimo.

 


© Libro N° 6071. Textos Contra El Trabajo. Anónimo. Emancipación. Junio 1 de 2019.

Título original: © Textos Contra El Trabajo. Anónimo

 

Versión Original: © Textos Contra El Trabajo. Anónimo

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TEXTOS CONTRA EL TRABAJO

Anónimo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuánto sufrimiento más en nombre del progreso?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

-Introducción  

-La abolición del trabajo (Bob Black)    

-La sociedad de supervivencia (Ratgeb)

-Si me llaman vago... (Rafa)

-Elogio de la holgazanería (B. Rusell)    

-La dictadura del reloj (G. Woodcok)   

-Apología de los ociosos (Robert L. Stevenson) 

-2 de mayo. Día internacional del ocio  

-Utopía filosofal del crimen  (VV.AA.)     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Los burgueses  tienen muy buenas razones  para  atribuir al trabajo  una fuerza de salvación sobrenatural; porque precisamente de la dependencia natural del trabajo resulta  que el hombre que no tiene otra riqueza que su fuerza de trabajo debe ser en todas  las situaciones sociales y culturales el esclavo de los otros hombres que se han hecho dueños de las condiciones actuales de  trabajo.  Puede  trabajar solamente  con  su  permiso, entonces  puede  vivir  sólo  con  su permiso”.

 

K. Marx:  Comentarios al programa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

“Y como  estuvimos con vosotros, os recomendamos esto: que el que no quiera trabajar,  tampoco coma”

Carta de S. Pablo a los Temalonicenses III,

10

 

 

“La URSS considera como deber de todos los ciudadanos el trabajar y pone el lema:

¡quien no trabaja, tampoco come!” Constitución de la URSS, Cap. V, par. 18

 

“El trabajo os hará libres” Letrero sobre la entrada  principal del campo nazi de exterminio de Auschwitz

 

“Toda la actividad de las  sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción se  anuncia como una inmensa acumulación de trabajo.  Todo lo que es vivido directamente   se  afirma  en  primer lugar como resistencia  al curro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡¡DESEMPLEO PARA TOD@S!!

 

 

 

Con esta serie de textos  pretendemos abrir  un  debate   y  una  reflexión que  ya estaba ahí sobre el verdadero sentido  del TRABAJO, también   sobre   una   de   las señales  de su agonía como es el PARO. Somos concientes del choque moral que puede suponer hablar en contra  y por la abolición del trabajo  en  un mundo organizado en torno  a  él; donde quien lo tiene, aún en las condiciones más miserables, lo defenderá con uñas y dientes y quien no lo tiene pedirá a  gritos  que lo exploten, pues es su derecho constitucional el estar explotad@.

 

El origen etimológico de la palabra trabajar es el de tripaliare, del latín, que es torturar; el mismo origen de trabajo- tripalium (especie de cepo o instrumento de tortura).  De  esto   se  deduce  que  C.N.T. sería  la Confederación Nacional de la Tortura,  U.G.T.,  la Unión General de  L@s

 

 

Torturad@s  (¿o  Torturador@s)  e  incluso existiría el Ministro de Tortura.

 

También es  evidente la relación entre trabajo   y  enfermedad;  a   cada   tipo  de trabajo  le corresponde una enfermedad laboral; cuántas personas  discapacitadas por culpa del maldito curro, cuántas muertes  en “accidentes”, mejor dicho asesinatos, laborales por trabajar en las condiciones más  precarias  posibles y más baratas para  l@s empresari@s y cuántas personas  heridas  o muertas  por defender su puesto de trabajo (de tortura). El aumento  sin fin e irremediable del paro estructural es una señal de la necesidad de una trasformación  total  y global. El que un número cada  vez mayor de trabajador@s, que sólo tienen su fuerza de trabajo para sobrevivir, se vean arrojadas  al desempleo, es decir, liberadas de la tortura pero arrojadas  a la miseria, debe hacernos, por lo  menos,  pensar.  Si  nadie  trabaja   por gusto,  ya que todo el mundo trabaja forzadamente   y  por  obligación, el  paro debería ser  deseable para  todo  el mundo, pero esto  no es  así debido a la sociedad- mercantil de clases  donde el trabajo asalariado, la tortura diaria, sirve para que un@s poc@s, cada vez menos, se froten las manos  y  se  lleven enormes  beneficios a cambio de mínimos salarios  por lo barato que vende la gente  su  fuerza  de trabajo, consecuencia de la enorme oferta  de la misma y del miedo al paro. Hoy, ver a todas las organizaciones desde las de extrema izquierda a las de extrema derecha en todo su abanico de posibilidades buscando soluciones al “problema” del paro sin entrar en para qué se está trabajando  y qué es el trabajo,  qué quieren l@s parad@s o ni siquiera  si  lo que quieren es  elegir cómo quieren vivir y no trabajar,  planteando medidas tan  guays como el reparto  de la tortura,  Empresas   de  Tortura  Temporal, las  tan  cacareadas 35  horas  de tortura, las reformas  del mercado laboral que sólo hacen que abaratar todavía más la fuerza de  trabajo,   resulta   delirante  y  patético, fruto     del    reformismo    intrínseco     al

 

sindicalismo —de  los grupúsculos y las organizaciones ideológico-políticas no creemos necesario hablar- que ha olvidado la Revolución Social para buscar mejoras en nuestras condiciones de tortura y cuánto tiempo seremos  torturad@s bajo el yugo del esclavismo salarial  (¡puagh!). La situación es cada  vez más un sin sentido. La organización humana ha perdido toda su razón de ser; ésta debería servir (y no ser sus  sierv@s) para cubrir absolutamente todas   las  necesidades  de  todas   las personas  por el mero hecho de existir. La sociedad-mercantil no cubre necesidades reales y sólo sirve para producir e intentar vender mercancías mediante el mundo perfecto  de las  ilusiones publicitarias. ¡Ya está bien de ideólogos del curro! ¡No queremos trabajar en esta enorme fábrica para  llenar vuestros  bancos! ¡Rechazamos el   trabajo!    ¡Hasta    el   autogestionado!

¡Queremos autogestionar la buena vida y no la tortura!  Cuántos siglos de explotación de las bases  biológicas del planeta  (incluid@s nosotr@s) para esto. Es hora de parar la máquina capitalista y ver lo que necesitamos  realmente, cómo lo obtenemos y para qué.

 

¡Abolición de la sociedad de clases!

 

¡Abolición del trabajo  asalariado  y de la mercancía!

 

¡Todo para tod@s, ya!

 

 

 

Trabajo es aquello de lo cual el hombre y la sociedad han tenido bastante. Eliminémoslo. Hagamos una revolución para divertirnos”.

 

D.H. Lawrence

 

 

 

Escuchemos las voces calladas  por la enraizada,  interesada y milenaria apología del Mundo del Trabajo (¡ecs!)

 

LA ABOLICIÓN DEL TRABAJO (.Bob Black.)

 

 

Nadie debería trabajar.

 

El trabajo  es la fuente de la mayoría de las  miserias  del mundo. Casi cualquier mal que puedas  nombrar proviene del trabajo  o de  vivir  en un mundo diseñado para el trabajo. Con el propósito de parar el sufrimiento  debemos  dejar   de   trabajar. Esto   no  significa que  debamos  dejar  de hacer cosas.

 

Significa crear un nuevo modo de vida basado  en el juego, en otras palabras, una convivencia lúdica [commensality] y tal vez, artística. Hay más juegos aparte  los de los niños, e igual de entretenidos.  Abogo por una aventura colectiva en el disfrute generalizado, y una [exhuberancia libremente independiente]. El juego no es pasivo.

 

Sin  duda  todos   necesitamos   mucho más tiempo para disfrutar  de una completa pereza e inactividad del que nunca dispondremos ahora, con independencia de ingresos u ocupaciones, pero una vez recuperados  del agotamiento  inducido por el empleo casi  todos  deseamos  actuar. Oblomovismo y Stakhanovismo son los dos lados de la misma moneda devaluada.

 

La vida lúdica es completamente incompatible con la realidad existente.

 

Mala cosa la realidad, el agujero gravitatorio  que absorbe la vitalidad de lo poco en la vida que todavía la distingue de la mera supervivencia.

 

Curiosamente —o tal vez no- todas  las viejas ideologías son conservadoras  porque creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el marxismo y la mayoría de las ramas  del anarquismo, creen en el trabajo  más fieramente porque no creen en casi ninguna otra cosa.

 

Los liberales dicen que acabarán  con la discriminación en el empleo. Yo digo que terminaré con el empleo. Los conservadores apoyan leyes sobre el derecho al trabajo. Siguiendo al desobediente  hijo político de Karl Marx, Paul Lafargue, yo apoyo el derecho a la pereza. Los izquierdistas favorecen el pleno empleo. Como los surrealistas —salvo que yo no estoy bromeando- yo apoyo el pleno desempleo. Los trotskystas se manifiestan por la revolución permanente.  Yo me  manifiesto por la diversión permanente.

 

Pero si todos  los ideólogos (como en efecto  hacen)  defienden el trabajo  —y   no sólo porque ellos planeen hacer que otros realicen el suyo- todos  son extrañamente reacios a afirmarlo así. Ellos hablarán interminablemente de salarios, horas, condiciones de trabajo,  explotación, productividad, beneficios. Están  dispuestos a hablar de casi cualquier cosa excepto del trabajo en sí.

 

Estos  expertos que se ofrecen para pensar por nosotros  raramente  comparten sus  conclusiones acerca  del trabajo,  de su preeminencia en  las  vidas  de  todos nosotros.  Entre  ellos escamotean  los detalles.  Sindicatos   y  empresarios convienen en que debemos vender el tiempo de nuestras vidas a  cambio de sobrevivir, aunque  regatean   en  el  precio.  Los marxistas  opinan que debemos ser comandados por los burócratas. Los libertarios piensan que debemos ser dirigidos por  hombres  de  negocio. A las feministas  no les preocupa quién dé las órdenes con tal que sea mujer. Claramente, estos  vendedores   de   ideologías  tienen serias   diferencias  en  cómo  distribuir  el botín del poder. Más claro, ninguno de ellos tiene ninguna objeción al poder como tal  y todos prefieren mantenernos trabajando.

 

 

 

 

 

 

Te puedes preguntar  si estoy bromeando o hablo en serio. Estoy bromeando. Y hablo en serio. Ser lúdico no

 

es ser absurdo. Jugar  no tiene por qué ser frívolo, aunque la frivolidad no es trivialidad: con frecuencia debemos tomar  la frivolidad seriamente.  Me gustaría  que la vida fuera un juego —pero  un juego con gran interés. Yo quiero jugar “por el sustento”-.

 

 

 

 

 

 

La alternativa  al trabajo  no es inactividad. Ser  lúdico no es  ser  apático. Aunque valoro el placer de la apatía,  nunca compensa   tanto  como  cuando  acentúa otros placeres y pasatiempos.

 

Tampoco estoy  promoviendo el disciplinado tiempo organizado, a modo de válvula de escape,  que llaman “ocio”,  lejos de eso. El ocio es  no-trabajo  a  fuerza de trabajar.  El ocio es un tiempo usado  para recuperarse  del trabajo  y para intentar frenéticamente,  aunque sin éxito, olvidarse de él por un momento. Mucha gente vuelve de las vacaciones tan  cansada  que busca su vuelta al trabajo  como un descanso.  La principal diferencia entre el trabajo y el ocio es que por el trabajo  al menos se te  paga por tu alienación y tu irritación.

 

 

 

 

 

 

No estoy  jugando al juego de las definiciones con nadie. Cuando digo que quiero abolir el trabajo  digo exactamente eso,  pero  explico lo que  quiero decir definiendo mis términos de una manera no personalizada.  Mi  definición mínima de trabajo  es  “labor obligatoria”, esto  es, producción  compulsiva. ambos  elementos son esenciales. El trabajo  es la producción forzada por medios económicos o políticos, por la zanahoria o por el bastón.  (La zanahoria es  otra  forma de bastón).  Pero no  toda   creación  es  trabajo.   El trabajo nunca se hace por propia voluntad, se hace a cuenta  de algún producto o beneficio que el trabajador  (o, más frecuentemente, cualquier otro)  obtiene de ello. Esto  es  lo

 

que  significa  necesariamente   el  trabajo. Definirlo es menospreciarlo.

 

Pero el trabajo  es generalmente aún peor de lo que esta definición sentencia. La dinámica  de  dominación intrínseca  al trabajo  tiende con el tiempo hacia la elaboración. En las  sociedades  avanzadas infestadas por el trabajo,  incluyendo toda sociedad industrial sea capitalista o comunista, el trabajo  adquiere otros atributos que acentúas su repugnancia.

 

 

 

 

 

 

Usualmente —y  esto  es más cierto en las   sociedades   comunistas   que  en  los países   capitalistas,  donde  el  estado  es casi el único empresario y todo el mundo es empleado- el trabajo  es  empleo, es  decir, trabajo   asalariado,   lo  cual  significa venderte  a  ti  mismo al  plan establecido. Así, el 95% de los americanos trabaja  para algún (para algo) otro. En la URSS o Cuba o Yugoslavia o cualquier otro  modelo alternativo que pudiera aducirse, la correspondencia  es  del  100%. Solamente los combatidos bastiones  campesinos del tercer  mundo —México,  India, Brasil, Turquía- mantienen temporalmente concentraciones significativas de agricultores  que perpetúan  la organización tradicional  de  la  mayoría  de  los trabajadores durante  el último milenio, el pago de impuestos al estado o una renta  a terratenientes  parasitarios  a  cambio de que los dejen en paz. Incluso este  minúsculo objetivo empieza a  parecer  bueno. Todo trabajador   industrial  (y de oficina) es  un empleado y está bajo una clase de vigilancia que asegura su servilismo.

 

 

 

 

 

 

Pero el trabajo  moderno tiene peores implicaciones. La gente no trabaja,  “tienen trabajos!. Una persona hace una tarea productiva siempre sobre una base condicional “o-si no”. Aún si la tarea tiene

 

un cuanto de interés intrínseco (como cada vez más  trabajos  dejan de tener),  la monotonía de esta obligación exclusiva va drenando su potencial lúdico. Un “trabajo” que puede concentrar  las  energías de alguien que lo hace por diversión durante un tiempo  razonable  es  una  lucha  para aquellos que tienen que hacerlo cuarenta horas a la semana, sin poder influir en cómo hacerlo,  para  beneficio de  un  propietario que no contribuye nada al proyecto y sin la oportunidad  de  compartir  tareas  o distribuir el trabajo  entre aquellos que actualmente  tienen que hacerlo. Éste  es el mundo real del trabajo: un mundo de torpe burocracia, de servidumbres y discriminación sexual, de  majaderos  jefes que explotan y someten a sus subordinados quienes —por algún criterio técnico- racional-  deberían  ser  llamados  [the shots].  Pero el capitalismo en el mundo real subordina  la  maximización racional  de producción y beneficio a las exigencias del control organizacional.

 

 

 

 

 

 

La degradación que la mayoría de los trabajadores experimentan en el trabajo es la suma  de  una  variedad de  indignidades que pueden denominarse (disciplina”. Foucault ha complicado este  fenómeno, pero es  bastante simple. La disciplina consiste  en la totalidad  de los controles totalitarios en el lugar de trabajo  — vigilancia,  trabajo  rutinario,  imposición de temporizaciones, cuotas  de producción, tarjetas de fichaje, etc.-. La disciplina es lo que la fábrica, la oficina y los grandes almacenes comparten  con la prisión, la escuela y el hospital  psiquiátrico. Es algo históricamente  original y terrible. Va más allá de las capacidades  de dictadores demoníacos de otras épocas, como Nerón, Genghis Khan e Iván el Terrible. Pese a toda su mala intención, ellos no disponían de la maquinaria para  controlar  a sus  súbditos de la que disponen los modernos déspotas. La   disciplina  es   el   modo   de   control

 

diabólicamente distintivo de estos tiempos, es  una innovadora intrusión que debe ser prohibida a la primera oportunidad.

 

 

 

 

 

 

Así es el trabajo.  El juego es exactamente  lo opuesto.  El juego es siempre voluntario. Lo que sería el juego si fuera obligatorio es trabajo.  Esto  es axiomático. Bernie de Koven ha definido el juego como la “suspensión de consecuencias”. Esto es inaceptable si implica que el juego sea  inconsecuente. La clave no es que el juego no tenga consecuencias. Esto  es rebajar el juego. La clave es que las consecuencias, si existen, son gratuitas. Jugar y dar están cercanamente   relacionados,  son  las facetas conductista y transaccional  del mismo impulso, el instinto  del juego. Comparten  un  desdeño  aristocrático  por los resultados. El jugador obtiene algo del juego, es por eso por lo que juega. Pero la recompensa principal es la experiencia de la actividad en sí misma (cualquiera que sea).

 

 

 

Otros atentos estudiosos  del juego como Johan  Huizinga (“Hombre Lúdico”) lo definen como “juego competición” o que sigue reglas. Respeto  la erudición de Huizinga, pero enfáticamente  rechazo sus restricciones.

 

Hay muchos buenos juegos (ajedrez, baseball,   Monopolio, bridge)  que   están regidos por reglas, pero hay muchos más juegos que los juegos competitivos. La conversación,  el  sexo,  el  baile,  viajar  -- estas   prácticas no  están    regidas   por reglas, pero son seguramente  “juego”, si es que algo lo es. Y con las reglas también se puede jugar, al menos de la misma manera, que con cualquier otra cosa.

 

El trabajo  es una burla de la libertad. La línea oficial es  que todos  tenemos derechos y vivimos en Democracia.

 

Otros  desafortunados que no tienen la libertad que poseemos nosotros  viven en un estado policial. Estas víctimas obedecen órdenes  condicionales del tipo “¿o si no!”, sin importar cuán arbitrarias sean. Las autoridades  los mantienen bajo una vigilancia habitual.  El estado  burócrata controla hasta los mínimos detalles  de su vida diaria.

 

Los  funcionarios  que  los  presionan sólo  responden  ante  autoridades superiores, públicas o privadas. Cualquier clase de disensión y desobediencia son castigadas. Las autoridades  están continuamente recopilando informes.

 

Todo esto  se  supone que es  algo maligno.

 

 

 

 

 

 

Y  lo es, aunque no sea  más  que una descripción de los actuales  lugares de trabajo. Los liberales, y los conservadores y los  libertarios  que  lamentan  el totalitarismo son falsos  e hipócritas. Hay más libertad en cualquier dictadura moderadamente  Stalinizada que la que hay en cualquier lugar de trabajo  americano. Encuentras la misma clase de jerarquía y disciplina en una oficina o factoría  que la que  encuentras   en  una  prisión  o monasterio. De hecho, como Foucault y otros  han demostrado,  las prisiones y las fábricas surgieron en la misma época y sus operarios  copian  técnicas   de  control  de unas a otras de forma consciente.

 

Un trabajador  es un esclavo temporal. El jefe dice cuándo debe aparecer,  cuándo desaparecer  y qué debe hacer mientras. Te dice cuánto trabajo  y cuán rápido debes hacerlo. Es  libre de  llevar este   control  a extremos  humillantes, regulando, si  lo desea,  las  ropas  que debes  llevar o cuán frecuentemente debes ir al baño. Con pocas excepciones puede despedirte  por cualquier

 

razón  o sin ella. Ha hecho que te  espíen chivatos y supervisores, amasa  un dossier sobre  cada  empleado. La contestación  es llamada   “insubordinación”, exactamente como si un trabajador fuera un niño malo, y no sólo te  despide, sino que te  descalifica para  una posible prestación  de desempleo. Sin equipararlos  estrictamente, es sorprendente  que los niños en casa  y en la escuela reciben casi el mismo trato, justificado en su caso por su supuesta inmadurez.

 

¿Qué puede esto  decirnos acerca  de los padres y profesores que “trabajan”?

 

 

 

 

 

 

El degradante  sistema  de dominación que  he  descrito   transcurre  durante   la mitad de las horas de vigilia de la mayoría de las mujeres y casi totalidad  de los hombres durante  décadas,  la mayor parte de su  existencia. Para  ciertos  propósitos no es demasiado erróneo llamar a nuestro sistema  Democracia o Capitalismo o —aún mejor- Industrialismo, pero su nombre real es  Fascismo  de  Fábrica  y  Oligarquía de Oficina. Todo el que diga que la gente  es “libre” miente o es estúpido. Tú eres lo que haces. Si realizar un trabajo aburrido, estúpido y monótono, tienes muchas probabilidades de  volverte aburrido, estúpido y monótono.

 

Es  trabajo  es  una  mejor explicación para  la progresiva cretinización de todo lo que nos rodea que tales  mecanismos de entontecimiento  como la televisión y la educación. La gente  que tiene todo  en su vida reglamentado, arrastrados al trabajo desde la escuela y sujetados por la familia al principio y por los asilos al final, están habituados  a estar esclavizados jerárquica y psicológicamente. Su aptitud  para  la autonomía   está  tan   atrofiada    que  su temor  a  la libertad  es  una  de  las  pocas fobias  racionalmente  arraigadas  que tienen. Su  entrenamiento  para  la obediencia en el trabajo  se traslada  hacia la familia que ellos inician, reproduciéndose

 

así  el sistema  de una manera  distribuida, así como hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que drenas  la vitalidad de  la  gente  en  el  trabajo,  ellos probablemente se someterán  a la jerarquía y la superioridad en todo. Están acostumbrados a ello.

 

 

 

 

 

 

Estamos  tan  cerca del mundo del trabajo   que  no  podemos  ver lo que  nos hace. Tenemos que apoyarnos en observadores externos de otros tiempos u otras culturas  para apreciar la extremidad y la patología de nuestra  postura  actual. Hubo un tiempo en nuestro  propio pasado en que la “ética del trabajo” sería incomprensible, y tal vez Weber estaba en la pista  cuando asoció su  aparición con una religión, el Calvinismo, la cual si emergiera hoy en lugar de hace cuatro  siglos sería inmediata y apropiadamente etiquetada como un culto. En cualquier caso, vamos únicamente a observarlo con la sabiduría de la antigüedad para poner el trabajo  en perspectiva. Los antiguos  veían el trabajo como lo que  es,  y su  visión prevaleció a pesar de los calvinistas, hasta su derrocamiento por el industrialismo —   pero no antes  de recibir el respaldo de sus profetas.

 

 

 

 

 

 

Permítasenos   suponer  por  un momento que el trabajo  no convierte a  la gente en unos sometidos anulados.

 

Supongamos, desafiando cualquier psicología plausible y la  ideología de  sus promotores, que no tiene efectos en la formación del carácter. Y supongamos que el trabajo no es tan aburrido, ni cansado, ni humillante  como  sabemos   que  es realmente.  Aún sí  el  trabajo   todavía  se burla de todas  las aspiraciones humanas y democráticas,  sólo porque usurpa la mayor parte de nuestro tiempo.

 

Sócrates dijo que los trabajadores manuales se convierten en malos amigos y malos ciudadanos porque no tienen tiempo para cumplir con sus responsabilidades con la amistad  y la ciudadanía. Estaba  en lo cierto.

 

Porque el trabajo,  sin importar lo que hagamos,  nos  mantiene  alejados  de nuestros   propios objetivos. La única cosa libre del así llamado “tiempo libre” es que no le cuesta  nada al jefe. El tiempo libre en su mayor parte se dedica a prepararse  para el trabajo,   yendo  a  trabajar,   volviendo del trabajo  y recuperándose de él. El tiempo libre es  un eufemismo para  una peculiar clase de trabajador  como factor  de producción, que no sólo se transporta a sí mismo a sus propias expensas a y desde su lugar de trabajo, sino también asumiendo responsabilidades   importantes   con respecto a su mantenimiento y reparación.

 

El carbón y el metal no hacen eso. Los tornos y las máquinas de escribir tampoco. Pero los trabajadores sí. No maravilla que Edward G. Robinson en una de sus películas de gansters exclamara “El trabajo  es para los tontos”.

 

 

 

 

 

 

Platón   y  Xenophon atribuyen  a Sócrates y obviamente comparten  con él una preocupación sobre los efectos destructivos  del trabajo  sobre los trabajadores como ciudadanos y seres humanos. Herodoto identifica el desprecio por  el  trabajo   como  un  atributo   de  la Grecia  clásica  en el cenit  de  su  cultura. Para  tomar  sólo un ejemplo de  Roma, Cicerón dijo que “cualquiera que dé su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se pone en el rango de los esclavos”. Su franqueza  ahora  es  rara,  pero  las sociedades  primitivas contemporáneas  que ahora  queremos  observar  han proporcionado oradores que han ilustrado a los antropólogos del Oeste. El Kapauku [of West Irian], según Posposil, tiene una concepción del equilibrio de la vida, y según

 

ella se trabaja  sólo cada dos días, el día de descanso designado “para recuperar la potencia y la salud perdidas”. Nuestros ancestros, hasta tan  cercanos como en el siglo dieciocho, cuando aún  estaban lejos del camino hasta nuestro  actual predicamento, al menos se preocupaban de lo que nosotros  ya hemos olvidado, el lado inferior de la industrialización. Su religiosa devoción a “Santo Lunes” —estableciéndose así  “de facto”  una semana  de cinco días

150-200  años antes  de su consagración legal- fue la desesperación  de los primeros propietarios  de  fábricas.  Necesitaron mucho tiempo para  someterse  a la tiranía de la campana, predecesora del actual reloj.

 

De hecho fue necesario reemplazar durante  una generación entera  a  dos hombres  adultos  por  mujeres acostumbradas a la obediencia y niños que podrías ser moldeados para encajar en las necesidades   industriales.   Aún  los explotados campesinos del “Antiguo Régimen” perdían  un  tiempo  sustancial volviendo del trabajo de sus propietarios.

 

Según Lafargue, una cuarta  parte  del calendario de los campesinos de Francia estaba dedicado a los Lunes y las vacaciones, y las imágenes de Chayanov de las  villas de  la  Rusia  zarista  —a   duras penas  una  sociedad  progresista- igualmente mostraban  una cuarta  o quinta parte de los días del campesino dedicado al reposo.

 

Controlando  la  productividad, nosotros  estamos obviamente bastante lejos de estas sociedades anticuadas. Cualquier explotado “mujik”  se  preguntaría por qué trabajamos cualquiera de nosotros. Nosotros también.

 

 

 

Para  abarcar  la completa  enormidad de nuestro  deterioro, sin embargo, hay que considerar  las  primeras  condiciones de la humanidad, sin gobierno o propiedad, cuando vagábamos como cazadores- recolectores.

 

Hobbes conjetura que la vida era entonces desagradable, embrutecedora y breve. Otros  asumen  que la vida era  una desesperada e interminable lucha por la subsistencia,  una guerra desatada contra la  áspera   Naturaleza  con  muerte  y desastre esperando tras la mala suerte  o para  aquellos  que  estuvieran  en desigualdad frente al reto de la lucha por la existencia. En realidad todo esto  fue una proyección de los temores por el colapso de la autoridad  de un gobierno sobre  las comunidades  no acostumbradas  a  andar sin   él,  como  la   Inglaterra   de   Hobbes durante  la Guerra  Civil.  Los compatriotas de Hobbes ya habían encontrado  formas alternativas de sociedad las cuales ilustraban  otros  modos de vida —en Norteamérica  particularmente-  pero también eran sociedades que estaban demasiado alejadas  de su experiencia para ser  comprendidas. (Las  clases  inferiores, más  cercanas   a  las  condiciones de  los indios, las entendieron mejor y con frecuencia las encontraron atractivas. Durante todo el siglo diecisiete, los colonizadores ingleses desertaron hacia tribus indias o, capturados en la guerra, rehusaban  regresar.  Pero los indios no se pasaban    al   lado   de   los   colonizadores blancos del mismo modo que a los alemanes no se les ocurría escalar  el Muro de Berlín por  el  Oeste).  La  “supervivencia del  que mejor encaja” —versión  de  Thomas Huxley del Darwinismo- tuvo mejor aceptación  en las condiciones económicas de la Inglaterra victoriana que la que tuvo la selección natural,  como el anarquista Kropotkin demostró   en  su  libro “Ayuda mutua,  un factor   de   evolución” (Kropotkin  fue  un científico  —un    geógrafo-   que   tuvo   una amplia e involuntaria oportunidad de experimentación mientras   estuvo  exiliado en  Siberia; sabía  de  lo que  estaba hablando). Como la mayoría de las teorías sociales y políticas, la historia de Hobbes y sus sucesores nos contaba realmente una autobiografía no reconocida.

 

 

 

 

El antropólogo Marshall Sahlins, examinando datos  sobre  cazadores- recolectores contemporáneos, reventó el mito hobbesiano en un artículo titulado “La Opulenta Sociedad Original”.

 

Trabajaban mucho menos de lo que nosotros  lo hacemos, y su trabajo era difícil de  distinguir  de  lo  que  nosotros entendemos por juego. Sahlins concluía que “los cazadores-recolectores trabajaban menos que nosotros,  y más que un trabajo continuo, la búsqueda de comida era intermitente,  el ocio abundante y había una mayor cantidad  de sueño a lo largo del día por cabeza y por año que en cualquier otro tipo de sociedad”. Trabajaban un promedio de  cuatro   horas  diarias,  suponiendo que eso fuera trabajar.  Su labor, según nos parece,  era  una  labor  experta  que ejercitaba sus capacidades físicas e intelectuales;  trabajo  no pericial a gran escala,   como  dice  Sahlins,  es   imposible salvo  bajo  el  industrialismo.  Así  se satisface la definición de juego de Friedrich Schiller, la única ocasión en la cual el hombre realiza su completa humanidad dando pleno “juego”  a  ambos lados  de su naturaleza  dual, el pensamiento y el sentimiento.  Como él anotó:  “El  animal “trabaja” cuando la carencia es el principal motor de su actividad, y “juega” cuando la abundancia  de  su   fuerza  es   su   motor, cuando la vida superabundante  es su propio estímulo de actividad”. (Una versión moderna  —dudosamente desarrollista- es la contraposición  de  Abraham Maslow de motivación “deficiente” y “creciente”). El juego y la libertad son, como productos relacionados, coextensivos. Incluso Marx, que pertenece (pese a sus buenas intenciones) al panteón productivista, observó que “el reino de la libertad no comienza hasta que no se  cruce el punto tras el que ya no se requiera el trabajo bajo el empuje de la necesidad  y la utilidad externa”. Nunca llegó a identificar esta feliz circunstancia  con la abolición del trabajo  — algo bastante anómalo después de todo, el

 

nosotros  sí.

 

 

 

 

 

 

La aspiración de volver atrás o ir hacia adelante  hacia una vida sin trabajo  es evidente en cada  historia  social o cultural seria   de  la  Europa  pre-industrial,  entre ellas la “Inglaterra en transición” de M. Dorothy George y “La cultura popular en la primitiva Europa moderna” de Peter  Burke. También es  pertinente  el ensayo de Daniel Bell, “El  trabajo  y sus  descontentos”,   el primer texto, según creo, en referirse a “la revuelta  contra  el trabajo”  en pocas palabras  y, según se entiende, una importante  corrección a la complacencia ordinariamente asociada  con el volumen en el  que  está incluido, “El      fin de  las ideologías”.  Ni   los   críticos   ni  los entusiastas han notado que la tesis  del fin de las ideologías de Bell señalaba, no el fin del malestar  social, sino el comienzo de una nueva e inclasificada fase no restringida  ni uniformizada por las ideologías.

 

Fue Seymour Lipset (en “Hombre político”), no Bell, quien anunció al mismo tiempo que “los problemas fundamentales de  la  Revolución Industrial  han  sido resueltos”, pocos años antes  de que los descontentos estudiantiles  post o meta industriales empujaran a Lipset desde UC Berkeley a  la  relativa  (temporalmente) tranquilidad de Harvard.

 

 

 

 

 

 

Como notó  Bell, Adam Smith  en “La salud de las naciones”, pese a todo su entusiasmo  por el mercado y la división del trabajo, estaba más alerta  (y era más honesto)  al lado sórdido del trabajo  de lo que Ayn Rand o los economistas  de Chicago o cualquier otro  moderno epígono de Smith lo está.  Como observó Smith: “El entendimiento de la mayor parte  de los hombres está necesariamente  formado en

 

sus empleos ordinarios. El hombre cuya vida se  gasta  en  realizar  unas  pocas operaciones simples no tiene ocasión de ejercitar  su entendimiento... Generalmente se  vuelve tan  estúpido  e  ignorante  como una persona pueda volverse”. Aquí, en estas pocas categóricas palabras, está mi crítica al  trabajo.  Bell, escribiendo en  1956.  La Edad Dorada de la imbecilidad de Eisehower y la Autocomplacencia Americana, identificó el desorganizado  e inorganizable malestar  de los 70, y desde entonces, la única tendencia  no política que es  posible aprovechar, la única identificada en el informe  HEW “Trabajo  en América”, la única que no puede ser  explotada y por lo tanto es  ignorada. Ese  problema es  la revuelta contra el trabajo. No figura en ningún texto de ningún economista  liberal —Milton Friedman, Murray Rothbard, Richard Posner- porque, en sus  términos (como se dice en “Star Treck”), “no computa”.

 

 

 

 

 

 

Si estas objeciones, inspiradas  por el amor a la libertad, fallan en persuadir a los humanistas  de un viraje utilitario o incluso paternalista, hay otras que no pueden ser desatendidas. El trabajo  es un riesgo para tu salud, para seguir el título de un libro. De hecho, el trabajo  es un asesino de masas, un genocida. Directa o indirectamente, el trabajo  matará a  la mayoría de la gente que  lee  este   artículo.  Entre   14.000   y

25.000  trabajadores son  asesinados anualmente  en  este   país  en  el  trabajo. Cerca de dos  millones son  incapacitados. Veinte o  veinticinco millones son  heridos cada año. Y estos números están  basados en estimaciones  muy conservadoras  de lo que constituyen heridas relacionadas con el trabajo. Así, por ejemplo, no está incluido el medio millón de  casos   de  muerte  laboral cada  año.  Encontré  un libro de  medicina sobre  enfermedades   laborales  que  tenía

1.200 páginas. Y esto  sólo araña la superficie. Las estadísticas disponibles cuentan    casos    evidentes   de   100.000

 

mineros que tienen la enfermedad del pulmón negro, de los cuales 4.000 morirán cada  año, una fatal  suma que supera  a la del  SIDA, por  ejemplo, que  tiene  mucha mayor atención pública. Esto  hace pensar en la no expresada creencia de que el SIDA aflige  a  pervertidos  que  no  pueden controlar su depravación mientras  que la extracción de carbón es una sacrosanta actividad  fuera  de  toda  cuestión.  Lo que las  estadísticas no muestran  es  las decenas  de millones de personas  que ven sus  existencias acortadas por el trabajo  — lo cual, en resumen, es  lo que significa un homicidio. Consideren a  los  médicos  que trabajan  por su cuenta  hasta morir a los cincuenta.

 

Consideren otros trabajo-adictos.

 

 

 

 

 

 

Incluso si no eres asesinado  o lisiado mientras trabajas, podrías serlo mientras vas al trabajo,  o vienes del trabajo  o mientras  buscas  trabajo,  o estás intentando   olvidar el trabajo.  Una basta mayoría de las víctimas de automóvil estaban  yendo  a  sus   trabajos   o actividades obligatorias o cayeron víctimas de quienes así lo hacían. A esta incrementada  cuenta  de  cuerpos  han  de ser  añadidas  las  víctimas  de  la  polución auto-industrial  y el alcoholismo y la adicción  a   las   drogas   inducida  por  el trabajo.  El cáncer y las enfermedades coronarias  son aflicciones modernas normalmente atribuibles al trabajo  directa o indirectamente.

 

 

 

 

 

 

El trabajo,  entonces,  institucionaliza el homicidio como un modo de vida. La gente cree que los camboyanos estaban locos por exterminarse a sí mismo, pero ¿en qué nos diferenciamos de ellos? El régimen Pol Pot al menos tenía una visión, aunque confusa, de   una   sociedad   igualitaria.   Nosotros

 

números (al menos) para vender Big Macs y Cádillacs a los supervivientes. Nuestros cuarenta  o cincuenta mil accidentados  de carretera  anuales  son  víctimas,  no mártires.  Mueren por nada, o peor, mueren por el trabajo. Y el trabajo no es algo por lo que morir.

 

 

 

 

 

 

Malas noticias  para  los liberales: las componendas [regulatory tikering] no son útiles en este  contexto de vida y muerte. La Administración Federal de Salud y Seguridad Ocupacional fue designada para controlar la parte  principal del problema, la seguridad  en el trabajo.  Incluso antes   de Reagan y la Corte Suprema la ahogaran, la OSHA ya  era  una  farsa.   En la  previa y (generalmente aceptado) más generosa, a niveles económicos, era  Carter,  un centro de  trabajo  podía  esperar  una  visita aleatoria de un inspector de OSHA una vez cada 46 años.

 

 

 

 

 

 

El control estatal de la economía no es  la solución. El trabajo  es, si es  que es algo,   más   peligroso   en  un  país   con  un estado socialista  que aquí. Miles de trabajadores rusos fueron asesinados  o heridos construyendo  el Metro de Moscú. Se oyen historias  acerca de los encubiertos desastres nucleares soviéticos que hacen a Times Beach  y  Three-Mile  Island  parecer ejercicios de ataque  aéreo de escuela elemental. Por otro lado, [deregulation], actualmente  de moda, no ayuda y probablemente empeorará la cosa. Desde el punto de vista de seguridad y salud, entre otros,  el trabajo  estuvo en sus  peores tiempos en los días en que la economía se acercaba más a la liberalización.

 

Genovese han argüido persuasivamente que

—como insistían los apologistas de la esclavitud- los trabajadores asalariados en los estados norteamericanos  y en Europa están  hoy día en peores condiciones que los esclavos de las plantaciones. Ninguna reorganización entre burócratas y hombres de negocios parece que haga mucha diferencia en cuanto a producción.

 

Esfuerzos  serios  incluso  en  las normas más vagamente aplicables de las teorías  de OSHA llevarían a la economía a un  estancamiento.   Los  responsables   se dan   cuenta   de   esto    pues   ni  siquiera intentan   atacar  a   los  principales causantes de males.

 

 

 

 

 

 

Lo que he dicho hasta ahora  no debería  ser   discutible.  Muchos trabajadores están  hartos  del trabajo. Hay un alto y creciente absentismo, inactividad, robo por parte  de empleados, y sabotajes, huelgas salvajes y sobretodo  estafas en el trabajo.  Puede estar habiendo un movimiento consciente y no sólo visceral, de rechazo al trabajo. Y también el predominante sentimiento,  universal entre los jefes y sus agentes,  y también ampliamente extendido entre los trabajadores mismos, de que el trabajo  es inevitable y necesario.

 

 

 

 

 

 

Estoy en desacuerdo. Ahora es posible abolir el trabajo  y reemplazarlo, en aquella medida en que sirve para propósitos útiles, con una nueva clase  de actividades  libres. Abolir el trabajo  requiere avanzar  en dos direcciones, cuantitativa y cualitativa. Por un lado, en la dirección cuantitativa, tenemos que reducir masivamente la cantidad  de trabajo  que se realiza. En el presente,   la  mayor  parte   del trabajo   es inútil  o  peor  y  deberíamos  simplemente

 

eliminarlo. Por otro lado —y yo creo que éste es el tema  clave y el verdadero enfoque revolucionario- tenemos  que  tomar   el trabajo  útil que queda y transformarlo  en una agradable variedad de pasatiempo semejante   al   juego  o   el  arte,   con  la salvedad de que resultarían  en productos finales  útiles.  Seguramente   esto   no  los haría  menos  entretenidos   de  hacer. Entonces todas las barreras artificiales de poder y propiedad caerían. La creación se volvería recreación. Y  todos  dejaríamos de temernos unos a otros.

 

 

 

 

 

 

No sugiero que la mayor parte  del trabajo sea salvable de este modo.

 

Pero entonces no merece la pena intentar  salvar la mayor parte  del trabajo. Sólo una pequeña y reducida fracción de trabajo  sirve para algún propósito útil, sus añadidos políticos y legales. Hace veinte años,  Paul y Percival Goodman estimaron que el cinco por ciento del trabajo  que se hacía  —presumiblemente,  el número, si  es fiable, sería  más  bajo hoy- satisfaría nuestras mínimas necesidades  de comida, ropa y protección. La suya era únicamente una suposición instruida, pero el punto principal está bastante claro: la mayor parte  del trabajo  sirve para  los improductivos propósitos  de comercio y control social.

 

Inmediatamente podremos liberar a decenas  de  millones de  hombres de negocios, solados, empresarios, policías, agentes  de bolsa, sacerdotes, banqueros, abogados,  maestros,  terratenientes, agentes  de seguridad, hombres-anuncio, y todos los que a su vez trabajen para éstos. Hay un efecto  de bola de nieve: cada  vez que liberas del trabajo  a un pez gordo, también liberas a sus lacayos y subordinados. Así la economía “implosiona”.

 

El cuarenta  por ciento de la fuerza de trabajo  son trabajadores de cuello blanco, la mayoría de los cuales  tiene una de las más tediosas e idiotizantes  labores jamás maquinadas. Industrias enteras, aseguradoras y bancos y el propio estado, por ejemplo, no consisten  en otra  cosa sino en una inútil redistribución  de papeles. No es  un accidente  que el sector  terciario, el sector   servicios, esté   creciendo mientras que el sector  secundario, la industria, se estanca, y el sector  primario, la agricultura, casi desaparece. Debido a que el trabajo es innecesario excepto para aquellos a quienes asegura  su poder, los trabajadores son trasladados desde ocupaciones relativamente útiles hacia otras relativamente inútiles como medida para asegurar  el orden público. Algo es mejor que nada. Ésa es la razón por la cual no puedes irte a casa cuando has terminado antes.

 

Ellos quieren tu tiempo, o lo suficiente de  él para  controlarte,   aún  si  no  saben cómo van a utilizar la mayor parte. De otra manera, ¿por qué no ha bajado el número de horas  promedio de  los  últimos  cincuenta años más que en unos pocos minutos?

 

 

 

 

 

 

Lo siguiente que podemos atacar es la producción en sí misma. No más producción de guerra, potencia nuclear, comida basura, desodorantes de higiene femenina —y  sobre todo, no hablar más de la industria automovilística-.

 

Un ocasional  Stanley  Steamer   o  un Modelo-T podría  ser   adecuado,   pero  el erotismo  automovilístico del que dependen tan  infectos  agujeros como Detroit  y Los Ángeles está fuera de toda  consideración. Ya, incluso sin haberlo intentado  aún, hemos resuelto virtualmente la crisis energética, la crisis medioambiental y otra variedad de problemas sociales.

 

 

 

 

 

más  amplia y extendida ocupación, la que ocupa más  horas, la menor retribuida y la más tediosa  de las tareas. Me refiero a las “amas  de casa”, que cuidan de un hogar y se   encargan   de  los  niños.  Aboliendo el trabajo  asalariado  y logrando un completo desempleo conseguimos minar la división sexual del trabajo.  La familia nuclear tal  y como la conocemos es una adaptación inevitable a la división del trabajo  impuesta por el moderno trabajo asalariado. Guste  o no, tal  y como han  ido las  cosas   en  el último siglo (tal  vez en los últimos dos siglos) es  económicamente racional que el hombre traiga  los garbanzos a casa,  y que las mujeres realicen el trabajo  sucio que le proporcione refugio en un mundo implacable, y que los niños vayan a los campos de concentración de jóvenes que se denominan escuelas, en primer lugar para mantenerlos lejos de  los  pelos de  mamá, aunque aún bajo control, pero incidentalmente para adquirir  hábitos  de  obediencia y puntualidad tan necesarios para los trabajadores.  Si  te  librases  del Patriarcado,  te  librarías de la familia nuclear cuyo impagado “trabajo oscuro”, como dijo Ivan Illich, hace posible el sistema de trabajo que “lo” hace necesario. Ligado a esta estrategia [no-nukes] está la abolición de  la  niñez y  el  cierre  de  las escuelas. Hay más estudiantes a tiempo completo en este  país que trabajadores a tiempo completo. Necesitamos  niños como maestros, no como estudiantes. Ellos tienen  mucho que aportar   a  la revolución lúdica porque ellos están  mejor puestos  en el juego que los mayores. Los adultos  y los niños no son idénticos, pero se vuelven iguales a través  de las relaciones de interdependencia. Solamente el juego puede saltarse el “gap” generacional.

 

 

 

 

 

 

Todavía no he mencionado la posibilidad de terminar con el poco trabajo que        queda        automatizándolo         y

 

ingenieros y técnicos  liberados de investigaciones  de  guerra  y  planes obsoletos tendrían bastante tiempo para desarrollar medios que eliminasen la fatiga, el tedio y el peligro de actividades como la minería. Indudablemente encontrarían proyectos con los que se divertirían.  Tal vez pondrían en marcha un sistema  mundial de comunicaciones multimedia o fundarían colonias en el espacio. Tal vez. Yo no soy un amante  de los artilugios. No me gustaría vivir  en un paraíso  de botones.  No quiero que un esclavo robot lo haga todo, yo quiero hacer  cosas  por mí mismo. Hay, creo, un lugar para el trabajo  manual, aunque un lugar modesto. Las anotaciones  históricas y pre-históricas  no son alentadoras.

 

Cuando la tecnología productiva cambió desde los cazadores-recolectores hacia   la   agricultura   y  la   industria,   el trabajo se incrementó, mientras que la habilidad y la autodeterminación disminuyeron. La  siguiente  evolución del industrialismo ha acentuado  lo que Harry Braverman  llamó  la  degradación  del trabajo.  Observadores  inteligentes  han tenido esto siempre en cuenta.

 

John  Stuart Mill  escribió que todas las [labor-savings] inventadas no habían salvado un momento de trabajo.  Karl Marx escribió que “sería posbile escribir una historia de los inventos, hecha desde 1830, con el único propósito de suministrar  al capital con armas  contra  las revueltas de la clase trabajadora”.  Los tecnófilos entusiastas —Saint Simon, Comte, Lenin, B.F. Skinner- han sido también desvergonzados autoritarios, lo cual es llamarles tecnócratas. Deberíamos ser más escépticos acerca de las promesas de los místicos  del computador. Ellos trabajan como perros; que sea así, si ellos lo deciden, si el resto  de nosotros  descansa.  Pero si ellos tienen alguna contribución particular más literalmente subordinada a propósitos humanos que la de meramente trabajar en trabajar sobre  máquinas  de  alta tecnología, entonces escuchémosles.

 

 

 

 

 

 

 

Lo que realmente quiero ver es que el trabajo  se vuelva un juego. Un primer paso es descartar las nociones de “trabajo” y “ocupación”. Incluso las actividades que ya contienen algún aspecto   lúdico pierden la mayoría de ese carácter cuando se reducen a  trabajos   los  cuales  cierta   gente  debe hacer  obligatoriamente y con exclusión de cualesquiera otros.  ¿No es extraño que los trabajadores del campo se agoten dolorosamente  mientras  sus  jefes  van a casa  cada fin de semana y se “entretienen” en el jardín? Bajo un sistema  de diversión permanente,   seríamos   testigos  de   una Edad Dorada de la diletancia que avergonzaría al Renacimiento. No habría más   trabajos,   sino  cosas   por  hacer   y gentes para hacerlas.

 

 

 

 

 

 

El secreto  de convertir el trabajo  en juego, como demostró  Charles Fourier, es organizar las actividades útiles para que aprovecharan todo aquello que a la gente le gusta  hacer  en cualquier momento. Hacer posible que  algunas  personas   hagan  las cosas  que les podría gustar  hacer sería suficiente para  erradicar  las irracionalidades y distorsiones  que afligen a  esas   actividades  cuando  se  ven reducidas  a  trabajo.  Yo, por ejemplo, disfruto  enseñando  (no demasiado),  pero no quiero estudiantes coaccionados  y no me gusta  tener  a patéticos pedantes  por alumnos  [I  don’t  care   to   suck  up  to pathetic  pedants  for tenure]

 

 

 

 

 

 

Segundo, hay algunas cosas  que la gente gusta  hacer ocasionalmente, pero no demasiado  y ciertamente  no todo  el tiempo. Podrías disfrutar  cuidando niños unas pocas horas por el hecho de su compañía, pero no tanto tiempo como sus

 

propios padres. Por su parte, los padres apreciarían  profundamente  el tiempo  que les liberas de sus  hijos, aunque se preocuparían  muchísimo si  los  separasen de  su  progenie demasiado  tiempo. Estas diferencias  entre  los individuos es  lo que hace que sea  posible la vida de juego libre. El mismo principio se aplica a otras áreas de  actividad,  especialmente  el  área primaria. Así mucha gente disfruta cocinando cuando lo practican  seriamente en su tiempo de ocio, pero no cuando están cebando cuerpos para el trabajo.

 

 

 

 

 

 

Tercero —otras cosas  son también iguales-, algunas cosas  que son insatisfactorias si las haces tú mismo o en un entorno desagradable o bajo las órdenes de un superior, resultan  más agradables  si estas circunstancias  cambian.

 

Esto  es  probablemente cierto,  en mayor o menor medida, en todo trabajo.

 

La gente emplea su de otra  manera desperdiciada ingenuidad en imaginar como un juego el más esclavizador trabajo. Actividades que interesan a uno no siempre interesan   a  otros,   pero  todos   al  menos tienen una variedad potencial de intereses y un interés  en la variedad. Como dice el dicho “todo una vez”. Fourier fue el maestro en especular  cuán aberrantes y perversas inclinaciones podrían  practicarse  en  una sociedad  post   civilizada, que  llamó Harmonía. Él pensaba  que el Emperador Nerón hubiera dado todos  sus  derechos si como un niño pudiera dar rienda suelta a su gusto por la sangre trabajando  en un matadero.  Los niños pequeños con un apreciable gusto  por revolcarse en la porquería podrían ser organizados en “Pequeñas  Hordas”  para  limpiar baños  y vaciar la basura, con medallas que recompensaran  a  los más  sobresalientes. No es que esté  proponiendo esos  precisos ejemplos sino el principio que subyace bajo ellos, los cuales da un sentido  perfecto de una    dimensión   de    la    transformación

 

revolucionaria total.  Hay que recordar  que no tenemos  que tomar  el trabajo  que se hace hoy día y asignárselo a la gente más apropiada, algunos de los cuales tendrían que ser perversos realmente.

 

Si la tecnología tiene un papel en todo esto  es menos automatizar el trabajo de la existencia que abrir nuevos reinos para  la re/creación. En alguna medida podemos desear  volver a la artesanía, la cual William Morris consideró un probable y deseable resultado   de  la  revolución comunista.  El arte  retornaría  de los snobs y los coleccionistas,  abolidos  como departamento especial de abastecimiento de una audiencia de élite, y sus  cualidades de belleza y creación serían devueltas a una vida  integral  desde  la  cual  fueran sustraídos por el trabajo. Es un sensato pensamiento el que las urnas griegas sobre las  cuales  hemos  escrito   odas  y mostramos   en museos  fueran  usadas en su tiempo para almacenar aceite de oliva.

 

Yo dudo que nuestros  artefactos  de uso  diario lleguen al  futuro  de  la  misma manera, si es que llegan. El asunto  es que no hay nada en el mundo del trabajo que se pueda llamar progreso, si hay algo es contrario. No deberíamos dudar de extraer del pasado  lo que tiene que ofrecernos, los antepasados no pierden nada y nosotros nos enriquecemos.

 

 

 

 

 

 

La reinvención de  la  vida diaria significa  salir  de  los  de  nuestras propuestas   actuales    [maps].   Hay,   es cierto, más especulaciones sugestivas  de lo que la gente sospecha.  Además de Fourier y Morris —y  alguna indirecta aquí y allá en Marx- hay  escritos   de  Kropotkin, los sindicalistas   Pataud   y  Puget,  viejos anarco-comunistas (Berkman) y nuevos (Bookchin). Las comunidades de hermanos Goodman son ejemplares para ilustrar  qué formas  se  derivan  de  funciones (propósitos)  dados, y que hay algo que recoger  de  los  frecuentemente   confusos

 

heraldos de la tecnología alternativa/apropiada/mediadora/convivenc ial, como Schumacher y especialmente Illich, una  vez que desconectas su  máquina de humno. Los situacionistas —como  los representados por “La revolución  de la vida diaria”  de  Vaneigem y  la  “Antología Internacional Situacionista”- son tan implacablemente lúcidos, como estimulantes,  aún si ellos no encajan lo suficientemente el apoyo a la regla del concejo de los trabajadores con la abolición del  trabajo.   Mejor  su   incongruencia, [thouth]   que  la  de  alguna  versión izquierdista  existente,  cuyos  devotos buscan ser los últimos campeones del trabajo, porque si no hubiera trabajo  no habría  trabajadores  y  sin  trabajadores,

¿quién organizaría la izquierda?

 

 

 

 

 

 

Así que los abolicionistas estarán mucho tiempo solos. Nadie puede decir qué puede resultar  de desatar la potencia creativa anulada por el trabajo. Todo puede suceder.  El agotador  problema del debate entre la libertad y la necesidad, con sus alusiones teológicas, se resuelve a sí mismo prácticamente  una vez que la producción de valores de uso sea coextensiva al consumo de la encantadora tarea-juego.

 

 

 

 

 

 

La vida se  vuelve un juego, o  mejor muchos juegos, pero no, como ahora, un juego de suma  cero. Un encuentro  sexual óptimo  es  el  paradigma  del  juego productivo. Los participantes se potencian mutuamente  sus  goces, nadie lleva la puntuación, nadie gana.  Cuanto  más  das más recibes. En la vida lúdica, lo mejor del sexo se difunde en la mejor parte  de la vida diaria. El juego generalizado lleva a  la libidinización de la vida. El sexo, en principio, puede volverse menos urgente  y desesperado,   más   juguetón.  Si  jugamos bien nuestras cartas  podremos  obtener

 

más de la vida de lo que ponemos, pero sólo si jugamos por subsistencia.

 

 

 

 

 

Nadie debería trabajar.  ¡Trabajadores del mundo... relajaos!

 

 

 

 

LA SOCIEDAD DE SUPERVIVENCIA

 

(RATGEB: De la huelga salvaje a la autogestión  revolucionaria. Cap. 1  pp. 11-15. Barcelona. Ed. Anagrama 1978)

 

 

 

¿Has  sentido   al  menos  una  vez  el deseo de llegar tarde  al trabajo, o de abandonarlo antes  de hora?

 

En tal caso, has entendido que:

 

a) El tiempo de trabajo  cuenta  doble pues es tiempo perdido dos veces:

 

-Como tiempo que sería  más agradable  emplear en el amor, en el ensueño, en los placeres, en las pasiones; como tiempo del cual disponer libremente

 

-Como tiempo de  desgaste físico y nervioso.

 

b) El tiempo de trabajo  absorbe la mayor parte  de la vida, pues determina asimismo  el  tiempo  llamado  “libre”, el tiempo de dormir, de dormir, de desplazamiento, de comida, de distracción. Afecta también al conjunto de la vida cotidiana de cada cual y tiende a reducirla a una sucesión de instantes y de lugares, que tienen en común la misma repetición vacía, la misma ausencia creciente de vida auténtica.

 

c)  El tiempo de  trabajo  forzado es una mercancía. En todas  partes donde hay mercancía   hay  trabajo   forzado,  y  casi todas las actividades se semejan progresivamente al trabajo forzado: producimos, consumimos, comemos, dormimos para  un patrono,  para  un jefe, para el Estado,  para el sistema  de la mercancía generalizada.

 

d) Trabajar más es vivir menos.

 

En realidad, ya estás luchando, concientemente o no, por una sociedad que asegure   a  cada   cual  a  disponer  por  sí mismo   del   tiempo   y   del   espacio;   de construir cada día su vida como la desea.

 

¿Has sentido  al menos una vez el deseo   de  dejar  de  trabajar  (sin  hacer trabajar a los otros por ti)?

 

En tal caso, has entendido que:

 

a)   Aunque  el  trabajo   forzado produjera únicamente bienes útiles como ropas,  alimentos, técnica,  comodidad... no por ello resultaría  menos opresivo e inhumano, pues:

 

-El trabajador  seguiría desposeído de su producto y sometido a las mismas leyes de la carrera tras el beneficio y el poder.

 

-El trabajador  seguiría trabajando diez veces más del tiempo necesario en una organización  atractiva  de  la  creatividad para  poner a la disposición de todos  cien veces más de bienes.

 

b) El sistema  mercantil, que domina por doquier el trabajo  forzado, no tiene el objetivo, como se nos pretende hacer creer, de producir bienes útiles y agradables para todos;  tiene  el objetivo de  producir unas mercancías. Independientemente de su empleo útil, inútil o contaminante,  las mercancías no tienen otra función que la de mantener el beneficio y el poder de la clase dominante. En dicho sistema,  todo  el mundo trabaja  por nada  y cada  día adquiere mayor conciencia de ello.

 

c) Al acumular y renovar las mercancías, el trabajo  forzado aumenta  el poder de los patronos,  de los burócratas, de los jefes, de los ideólogos. Se convierte así  en un objeto repulsivo para  los trabajadores. Todo paro es una manera de volver a ser nosotros  mismos y un desafío para quienes nos lo impiden.

 

d) El trabajo  forzado produce únicamente mercancías. Toda mercancía es inseparable de la mentira que representa. Así pues, el trabajo  forzado produce mentiras,  produce un mundo de falsas representaciones,  un mundo al revés en el que la imagen sustituye a  la realidad. En este  sistema  espectacular  y mercantil, el trabajo   forzado  produce  sobre    mismo dos mentiras importantes:

 

-La primera es que el trabajo es útil y necesario, y que a todos  nos interesa trabajar.

 

-La segunda  mentira  es  hacer creer que los trabajadores son incapaces de emanciparse  del trabajo  y de la condición asalariada,  que no pueden edificar una sociedad radicalmente nueva, basada  en la creación colectiva y atractiva y en la autogestión  generalizada.

 

En realidad ya estás luchando, conscientemente  o no, por una sociedad en la que la conclusión del trabajo forzado deje espacio  a  una  creatividad  colectiva regulada por los deseos de cada cual, y a la distribución gratuita de los bienes necesarios  para  la construcción de la vida cotidiana. El final del trabajo  forzado significa el final del sistema  en el que reinan el beneficio, el poder  jerarquizado,  la mentira  general. Significa el final del sistema  espectacular-mercantil e inicia un cambio global de todas  las preocupaciones. La búsqueda de la armonía de las pasiones, finalmente liberadas  y reconocidas, sucederá  a la carrera  tras el dinero y las migajas de poder.

 

 

 

¿Te ha sucedido sentir fuera del lugar de trabajo la misma repugnancia y el mismo cansancio que en la fábrica?

 

En tal caso, has entendido que:

 

a) La fábrica está en todas  partes. Es la mañana, el tren,  el coche, el paisaje destruido, la máquina, los jefes, la casa, los diarios, la familia, el sindicato, la calle, las compras,  las  imágenes,  la  paga,  la televisión, el lenguaje, las  vacaciones, la escuela,  los  trabajos   caseros,  el aburrimiento, la cárcel, el hospital, la noche. Es el tiempo y el espacio de la supervivencia cotidiana. Es la costumbre de los gestos repetidos, de las pasiones rechazadas y vividas por delegación, por imágenes impuestas.

 

b) Toda actividad reducida a la supervivencia es  un trabajo  forzado; todo

 

trabajo forzado transforma el producto y el productor  en  objeto  de  supervivencia, en mercancía.

 

c) El rechazo de la fábrica universal está  en   todas    partes  puesto   que   el sabotaje  y la desviación se  extienden por doquier en los proletarios y les permiten seguir sintiendo placer en pasear,  en hacer el amor, en encontrarse,  en beber, en comer, en soñar,  en preparar  la revolución de  la vida cotidiana sin descuidar lo más mínimo los  placeres  que  todavía  no  están totalmente alienados.

 

En realidad, ya estás luchando conscientemente  o no, por una sociedad en la que las pasiones lo sean  todo, el aburrimiento y el trabajo  nada.  Sobrevivir no nos ha impedido hasta ahora vivir; ahora se trata de poner el mundo al revés; de apoyarse en los momentos auténticos, condenados a la clandestinidad y a la falsificación en el sistema  espectacular- mercantil; los momentos  de la dicha real, de placer sin reservas, de pasión.

 

SI ME LLAMAN VAGO... (.RAFA.)

Publicado en la revista  EKINTZA ZUZENA nº 22

 

 

 

Si  me  llaman  vago  porque  no  me gusta  trabajar —  les diré que lo soy.

 

Si me llaman vago porque cada  uno debe dar  según sus  posibilidades y recibir según su necesidad, pues para qué negarlo

  lo soy.

 

Si me llaman vago porque creo que el trabajo  (del latín  “tri-palium”), junto  a  la programación y el fraccionamiento del tiempo,  son  el  mayor  sistema   para tenernos  ataditos y bien ataditos, lo soy, no cabe duda.

 

Si me llaman vago porque creo que el imperio del capital se basa  en la esclavitud a que nos someten  mientras  nos explotan con el trabajo. Lo soy, ¿lo dudan?

 

Si me llaman vago porque creo que el dinero es la zanahoria que utilizan para tenernos  tirando como borricos de la noria mientras  nos  damos  coces  para  no quedarnos parados y sin zanahoria y dando mordiscos y abriéndonos paso a codazos para correr detrás de ella, y me gustaría  no ser  tan  borrico (con  perdón  de  los borricos), pues lo digo sin rodeos... lo soy.

 

Si me llaman vago porque creo que el trabajo   es   tiempo  vacío  que  a     me gustaría  llenar, está claro que lo soy.

 

Si me llaman vago porque me gusta escribir,  escuchar,  hablar,  leer,  jugar, cantar,  componer, hacer-ver teatro-cine, pintar, hacer el amor, y creo que queda muy poco tiempo para  hacer  estas cosas porque estamos todo el día trabajando, estudiando  o haciendo lo que sea  para buscar trabajo, ya es que no sé como decírselo... soy vago.

 

Si me llaman vago porque creo que en una sociedad libertaria, sin burocracia, produciendo lo estrictamente necesario  y

 

dejándonos de vaciar tiempo produciendo cantidad de armatostes estúpidos, y con el mogollón de  peña  que  somos   y  lo  que producen   las   máquinas,   que   para   eso están,  iban a  sobrar  horas  por todos  los sitios,  pues  miren, soy vago, ¿no lo voy a ser?

 

Y  si por mi poco amor al trabajo  y otras muchas cosas  me llaman vago, marica, indeseable, hereje, y hasta quién sabe, aunque todavía no lo han hecho (sólo les faltaba eso), me amenazan con tenerme ocho  horas   diarias   de  rodillas  con  los brazos  en  cruz  sujetando  las  obras completas  de algún autor  del siglo pasado mientras  canto  algún himno de épocas gloriosas, pues mira, sólo puedo decir tres cosas:  primero, que soy todas  esas  cosas que dicen; segundo, que su  vocabulario se parece mucho a unos que yo me sé; y tercero,  a ver si se  enteran  en qué época viven.

 

Me voy a la cama, ¿vienes?

 

ELOGIO DE LA HOLGAZANERÍA (.BERTRAND RUSELL.)

 

 

Quiero decir, con toda  seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo  está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada del trabajo.

 

Ante  todo,  ¿qué es  el trabajo?  Hay dos tipos  de trabajo;  el primero: modificar la disposición de la materia  en, o cerca de, la superficie de  la tierra,  en relación con otra  materia  dada;  el segundo: mandar  a otros  que lo hagan. El primero es desagradable   y  está mal pagado;  el segundo es agradable y muy bien pagado. El segundo tipo es susceptible  de extenderse indefinidamente; no  solamente  están   los que dan órdenes, sino también los que dan consejos   acerca   de  qué  órdenes   deben darse.  Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; eso se  llama política. Para  este tipo de trabajo  no se requiere el conocimiento de los temas  acerca  de los cuales  dar  consejos,  sino el conocimiento del  arte   de  hablar  y  escribir persuasivamente, es decir, el arte  de la propaganda.

 

En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera  clase de hombres, más respetada que cualquiera de las clases  de trabajadores. Hay hombres que, merced  a  la  propiedad de  la  tierra, están   en condiciones de hacer  que otros paguen  por  el  privilegio de  que  se   les consienta  existir y trabajar.  Estos terratenientes son holgazanes, y por ello cabría esperar  que yo los elogiara. Desgraciadamente, su holgazanería sólo resulta  posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.

 

Desde el comienzo de  la civilización hasta la  revolución industrial,  un hombre podía, por lo general, producir trabajando duramente  poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia  y la de su familia, aún cuando su  mujer trabajara al menos tan  duramente  como él, y sus  hijos agregaran   su   trabajo   tan   pronto   como tenían  la edad  necesaria  para  ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba en manos de los que producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna  no  había  excedente;  los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los trabajadores morían de hambre. Este sistema  perduró en Rusia hasta 1917 y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar   de  la  revolución industrial,  se mantuvo en plenitud durante  las guerras napoleónicas y hasta hace cien años, cuando la nueva clase  de los industriales ganó el poder. En Norteamérica, el sistema finalizó cuando  se  hizo la  Revolución, excepto en el Sur, donde sobrevivió hasta la guerra  civil.  Un sistema  que duró tanto y que terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella profunda en los pensamientos  y las  opiniones de los hombres. Buena parte  de lo que damos por sentado   acerca  de  la  conveniencia del trabajo  procede de este  sistema  y, al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica  moderna ha hecho posible que el ocio, dentro  de ciertos límites, no sea prerrogativa de las clases privilegiadas poco numerosas,  sino un derecho equitativamente  repartido en toda la comunidad. La moral del trabajo  es  la moral de los esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud (...).

 

 

 

Moral esclavista

 

El concepto de deber, en términos históricos,  ha sido un medio utilizado por los poseedores del poder para inducir a los demás a trabajar,  a vivir para el interés  de

 

sus  amos, más que para su propio interés. Por supuesto,  los poseedores del poder ocultan este  hecho aún ante  sí mismos, y se  las  arreglan  para  creer  que  sus intereses  son idénticos a los más grandes intereses  de la humanidad. A veces, esto es cierto; los atenienses  propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte  de su  tiempo libre en hacer  una contribución permanente  a  la  civilización,  que  hubiera sido  imposible bajo un sistema económicamente justo.  El tiempo libre es esencial para  la civilización y, en épocas pasadas, sólo el trabajo  de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo  era valioso, no porque el trabajo  en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir  justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización.

 

La técnica moderna ha hecho posible reducir  enormemente  la  cantidad  de trabajo requerida para asegurar lo imprescindible para  la vida de todos.  Esto se   hizo  evidente   durante    la   Segunda Guerra Mundial. En aquel tiempo, todos  los hombres y todas  las mujeres ocupados en espiar, en hacer propaganda bélica o en las oficinas del gobierno relacionadas  con  la guerra,  fueron  apartados  de  las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de bienestar  físico entre  los salarios  no especializados de las naciones aliadas fue más algo que antes  y que después. La significación de este  hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas  como si el futuro estuviera   alimentando  al  presente.   Pero esto,  desde  luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró  de modo concluyente que la organización científica de la producción permite mantener a las poblaciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña parte  de la capacidad de trabajo  del mundo entero. Si hombres que lucharan y fabricaran  municiones, se hubieran mantenido al finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro  las horas de

 

trabajo,  todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el antiguo  caos: aquellos cuyo trabajo  se necesitaba  se vieron obligados a trabajar muchas horas, y al  resto   se  le dejó morir de  hambre por falta   de   empleo.  ¿Por  qué?  Porque  el trabajo  es  un deber, y un hombre no debe recibir salarios  proporcionados a lo que ha producido, sino proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.

 

Ésta   es  la  moral  del  estado esclavista, aplicada en circunstancias completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de extrañar  que el resultado  haya sido desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos  que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja  en la manufactura  de alfileres. Trabajando —digamos- ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un método con el cual el mismo número de personas puede hacer  dos  veces el número de alfileres que hacía antes.  Pero el mundo no necesita  duplicar ese  número de alfileres; los alfileres son ya tan  baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos  los implicados en la fabricación de alfileres pasarían  a trabajar cuatro  horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes.  Pero en el mundo real esto  se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan  ocho horas; hay demasiados  alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente  empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo.   Al   final hay  tanto  tiempo  libre como en el otro  plan, pero la mitad de los hombres están  absolutamente  inactivos, mientras la otra  mitad sigue trabajando demasiado.   De  este   modo,  queda asegurado  que el inevitable tiempo libre produzca  miseria  por  todas   partes,   en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?

 

La idea de que el pobre deba disponer de  tiempo  libre  siempre  ha  sido escandalosa  para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada laboral de trabajo  de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces y, por lo general, trabajaban  doce horas  al día. Cuando los entrometidos apuntaron  que quizá tal cantidad  de horas fuese  excesiva, les  dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas  por ley ciertas  fiestas públicas, con gran indignación de las  clases  altas.  Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar”.  Hoy, las  gentes  son menos  francas,   pero  el  sentimiento persiste,  y es  la fuente  de gran parte  de nuestra  confusión económica.

 

Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del trabajo.  Todo ser  humano, por necesidad, consume cierto  volumen del producto  del trabajo  humano. Aceptando, cosa  que podemos hacer, que el trabajo  es, en conjunto, desagradable, resulta  injusto prestar algún servicio en lugar de producir artículos  de consumo, como en el caso  de un  médico, por  ejemplo; pero  algo ha  de aportar  a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser  admitido; pero sólo en esta medida. No insistiré  en el hecho de que, en todas  las sociedades modernas... mucha gente cuide aún esta mínima cantidad   de  trabajo;  por  ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y todos aquellos que se  casan  por dinero. No creo que el hecho de que se consienta  a estos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.

 

 

 

Cuatro horas diarias

 

Si el asalariado  ordinario trabajase cuatro  horas al día, alcanzaría para todos y  no  habría   desempleo  —dando por supuesta cierta  cantidad  muy moderada de organización sensata-. Esta  idea escandaliza a los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar muchas horas, aún cuando ya estén bien situados;  estos hombres, naturalmente,  se indignan ante  la idea del tiempo libre de los asalariados,  excepto bajo la forma del inflexible castigo del desempleo; en realidad, les disgusta  el ocio aún para sus hijos.

 

El sabio empleo del tiempo libre, hemos de admitirlo, es  un producto  de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado  largas horas durante toda su vida, se  aburrirá si queda súbitamente inactivo.  Pero  sin  una  cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se ve privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente   un  necio  ascetismo, generalmente vicario, nos  lleva a  seguir insistiendo en trabajar en cantidades excesivas, ahora  que  ya  no es  necesario (...).

 

Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus  días si solamente trabajaran  cuatro  horas  de  las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto  en el mundo moderno, es  una condena de nuestra  civilización; no hubiese sido  cierto   en  ningún  periodo  anterior. Antes había una capacidad para la alegría y los juegos que hasta cierto punto ha sido inhibida por el culto  a  la eficiencia. El hombre moderno piensa  que todo  debería hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo.

 

La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico  lo  ha   puesto   todo patas arriba.  En un sentido  amplio, se sostiene   que  ganar   dinero  es   bueno  y

 

gastarlo  es  malo. Teniendo en cuenta  que son  dos  aspectos  de  una  misma transacción,  esto  es absurdo; del mismo modo podríamos  sostener  que  las  llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras  son malos. Cualquiera que sea el mérito que puede haber en la producción de bienes, debe derivarse en la ventaja que se obtiene consumiéndolos. El individuo, en nuestra  sociedad, trabaja  por un beneficio, pero  el  propósito   social  de  su   trabajo radica en el consumo de lo que él produce. Este  divorcio entre  los  propósitos individuales y los sociales  respecto  de  la producción  es   lo  que  hace   que  a   los hombres les resulta  tan difícil pensar con claridad dentro  de un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos  demasiada  poca  importancia al goce y a  la simple felicidad, y no juzgamos la producción por el placer que da al consumidor.

 

Cuando propongo que las horas  de trabajo    sean    reducidas    a   cuatro,    no intento  decir que todo  el tiempo restante deba    necesariamente     malgastarse    en puras  frivolidades. Quiero decir que cuatro horas   de   trabajo   al   día   deberían   dar derecho a un ser humano a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales de la vida, y que el resto  de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera  conveniente. Una parte esencial de este  tipo de sistema  social es que la educación vaya más  allá del punto que suele alcanzar en la actualidad  y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten  al ser  humano para  utilizar con inteligencia su  tiempo libre. No pienso especialmente en la clase de cosas  que pudieran considerarse pedante. Las danzas campesinas  han  muerto,  excepto  en remotas  regiones rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivaran deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas  han llegado a  ser  en su  mayoría

 

pasivos: ver películas, presenciar  partidos de   fútbol,   escuchar    la   radio,   y   así sucesivamente.  Ello resulta   del hecho de que sus energías activas se consumen completamente  en  el trabajo;  si  tuvieran más tiempo libre, volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar  parte activa (...).

 

En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda  persona con curiosidad científica podría satisfacerla, y todo pintor podría pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser  sus  cuadros. Los  escritores  jóvenes no  se  verían forzados a llamar la atención por medio de sensacionales  chapucerías,  hechas  con miras  a  obtener  la independencia económica que se necesita  para  las obras monumentales, y para  las  cuales,  cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Aquellos que en su trabajo  profesional se  interesen  por algún aspecto  de la economía o de la administración,  serán  capaces  de desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de realismo las obras de los economistas  universitarios. Los médicos tendrán  tiempo de aprender acerca  de los progresos  de la medicina; los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas  que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada con el paso del tiempo.

 

Sobre todo  habrá  felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y disepsia.   El trabajo  exigido bastará para  hacer del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que  los  seres   humanos  no  estarán cansados   en su  tiempo libre, no querrán solamente  distracciones  pasivas  e insípidas. Es probable que la menos u uno por ciento dedique el tiempo que no le consuma  su  trabajo  profesional a  tareas de algún interés  público y, puesto  que no dependerá de tales  tareas para ganarse  la

 

vida, su originalidad no se verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas  establecidas   por  los  viejos eruditos.   Pero   no  solamente   en  estos casos   se  manifestarán   las  ventajas   del ocio. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener  la oportunidad  de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos, menos persecutorios, y menos inclinados a mirar a los demás  con suspicacia.  La afición a  la guerra desaparecerá,  en parte  por la razón que antecede  y en parte  porque supone un largo y duro trabajo  para  todos.  El buen carácter es,  de todas  las  cualidades morales, la que más necesita  el mundo, y el buen carácter es consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida ardua de lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para  unos y el hambre para  otros.  Hasta aquí, hemos sido tan  activos como lo éramos antes  de que hubiese máquinas; en esto  hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre.

 

LA DICTADURA DEL RELOJ (.GEORGE  WOODCOK.)

(Texto  publicado  en  War

Commentary-For Anarchism en  marzo  de

1944)

 

 

 

El reloj, como señaló Lewis Munford, es la máquina clave de la era de las máquinas,  tanto  por  su  influencia en  la tecnología como en las costumbres humanas. Técnicamente, el reloj fue la primera   máquina  realmente   automática que alcanzó alguna importancia en la vida humana.  Antes   de  su   invención, las máquinas comunes eran de tal  naturaleza que su funcionamiento dependía de alguna fuerza externa y poco confiable, como la del hombre, la de los músculos del animal, la del agua o la del viento (...). El reloj fue la primera máquina automática que alcanzó una importancia pública y una función social. La manufactura  de los relojes fue la industria  en la cual el hombre aprendió los elementos para construir  máquinas y en la que  logró  la  habilidad técnica   necesaria para  producir la complicada maquinaria de la revolución industrial.

 

Socialmente el reloj tuvo una influencia más profunda que cualquier otra máquina, porque fue el medio por el cual se pudo lograr la regularización y regimentación de la vida, tan  necesarias para el sistema  de explotación industrial. El reloj suministró el medio por el cual el tiempo —una categoría  tan  ambigua que ninguna filosofía ha podido aún determinar su naturaleza-  pudo ser medido concretamente   en  los  términos  más tangibles del espacio provisto por los cuadrantes del reloj. El tiempo, en tanto duración, dejó de ser tenido en cuenta, y los seres  humanos empezaron a hablar y a pensar siempre en extensiones de tiempo, como si estuvieran hablando de medidas de alguna tela. Ahora que podía medirse en símbolos matemáticos,  el tiempo fue considerado como una mercancía que podía

 

ser   comprada  y  vendida  como  cualquier otra.

 

Los  nuevos  capitalistas,  en particular,   se   volvieron rabiosamente conscientes  del tiempo. Éste,  simbolizando el trabajo  de los obreros, fue considerado casi como la principal materia  prima de la industria.  “El  tiempo es  dinero” se  volvió una de las consignas clave de la ideología capitalista, y el cronometrista fue el más importante  de los nuevos tipos de funcionario introducido por el designio del capitalismo (...).

 

Los  hombres  se   volvieron como relojes, actuando  con una regularidad repetitiva sin ninguna semejanza con la vida rítmica de un ser natural. Se volvieron como dice la frase victoriana, “tan metódicos como un mecanismo de relojería”. Sólo en las regiones campesinas, donde la vitalidad natural  de animales y plantas  y los elementos seguían dominando la vida, continuó existiendo un sector  bastante grande de la población que no sucumbió al mortal tic-tac de la monotonía.

 

APOLOGÍA DE LOS OCIOSOS (Robert L. Stevenson)

 

 

¿No daría el estudioso algunas raíces hebreas  y el hombre de negocios algunas medias  coronas  por  compartir extensamente   el conocimiento de  la  vida que tiene el holgazán y su Arte de Vivir? No sólo eso: el vago tiene otra  cualidad, más importante todavía. Me refiero a su sentido común. Quien ha  observado mucho la infantil satisfacción  de otras personas  en sus  hobbies se considerará  a sí mismo con una indulgencia muy irónica. No se  le oirá entre los dogmáticos. Tendrá una gran tolerancia   tranquila   para   todo   tipo   de gentes  y de  opiniones. Si no encuentra verdades   extraviadas,   no  se  identificará con ninguna flagrante falsedad. Su andar lo lleva por un atajo no muy frecuentado, pero muy llano y agradable, que se llama Callejuela del Lugar Común y conduce al Mirador del Sentido Común. Desde allí una muy agradable, si no muy noble, exploración; y  mientras   otros   observan  el  Este   y  el Oeste, el Ocaso y el Sol Naciente, él gozará pacíficamente de una especie de amanecer sobre todas  las cosas  sublunares con un ejército de sombras que corre rápidamente en muchas diferentes direcciones bajo la gran   luz  diurna   de   la   eternidad.   Las sombras y las generaciones, los agudos doctores  y las guerras vibrantes acaban en el silencio y en el vacío; pero bajo todo eso, un hombre puede ver desde  las  ventanas del Mirador mucho paisaje verde y apacible; muchos saloncitos  iluminados por el fuego; buena gente  riendo, bebiendo, haciendo el amor como lo hacían antes  del Diluvio o de la  Revolución  Francesa;  y al  viejo pastor contando su fábula bajo el espino.

 

La aplicación extrema, ya sea  en la escuela, en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es un síntoma de vitalidad deficiente; pero una cierta  facultad  para la holgazanería implica un apetito  universal y un fuerte sentido de identidad personal. Existe  una  especie  de  muertos  vivientes,

 

personas fatigadas que apenas son conscientes  de vivir  excepto en el ejercicio de  alguna  ocupación  convencional. Si llevamos a  estas gentes  al campo o las subimos a  un barco, veremos que anhelan su  pupitre o su  estudio  (...). No es  bueno hablar de este  tipo de gente: no pueden ser perezosos, su naturaleza  no es suficientemente generosa; y pasan,  en una especie de coma, las horas que no dedican a moler oro furtivamente. Cuando no tienen que ir a  la oficina, cuando no están hambrientos no sienten deseos de bener, el mundo entero  es un vacío para  ellos. Si tienen que esperar  una hora para tomar  el tren,  caen  en un estúpido  trance  con los ojos abiertos.  Al verlos, uno supondría que no hay nada que mirar ni nadie a quien hablar; se imaginaría que están  paralizados o alienados y, sin embargo, es muy posible que sean grandes trabajadores en su especialidad  y  que  tengan  muchas  vista para un fallo en una escritura  o un cambio en el mercado (...).

 

Como si el espíritu humano no fuese ya demasiado limitado para  comenzar con él, han estrechado  y achicado los suyos con una vida toda de trabajo y sin ningún jeugo; hasta aquí los  tenemos,  a  los  cuarenta, con la atención perdida, la mente vacía de todo  tema  de diversión y ni un sólo pensamiento que contrastar con otro, mientras  esperan  el tren.  No me parece a mí que esto sea el Éxito de la Vida.

 

2 DE MAYO.  DÍA INTERNACIONAL DEL OCIO

 

 

 

Frente  al    de  Mayo,  día internacional   de   la   tortura   asalariada, existe  una  fecha  histórica  y enmudecida por  la  tremenda   tradición   impuesta   de elogio al trabajo,  una fecha de rechazo al trabajo asalariado.

 

En 1896, los mineros de Dantzig (hoy Gdansk), Polonia, se hallaban en huelga de brazos caídos. Mientras la mayoría de l@s trabajador@s   paraban  por  la  jornada laboral de ocho horas, estos mineros, en reclamo por una reducción de la jornada a cinco horas,  marcharon a  ocupar sus puestos  el uno de Mayo, decididos a mantenerse  ociosos por tiempo indeterminado. Aunque la ocupación fue pacífica, los trabajadores cercaron con explosivos la boca de la mina para  que las fuerzas de represión no pudieran entrar. En respuesta, el 2 de mayo, las tropas  del ejército  atacaron  a  cañonazos   el  lugar, cuya entrada   se  derrumbó, provocando la muerte de 67 mineros por asfixia.

 

Ese mismo año, Paul Lafargue (autor del mítico panfleto “Derecho a la pereza”), propuso al parlamento francés que a partir de ese momento aquel día fuese declarado feriado oficial.

 

Aunque el proyecto  no prosperó, un grupo de disidentes  de la Primera Internacional de Trabajador@s lo mencionó nuevamente durante  el intento  de formación de una Internacional Ociosa en la ciudad de Bordeaux, Francia, en 1898. Esa reunión  (por  lo  demás,  regada   con abundante pernod y ajenjo, por lo que acabó auto-disolviéndose por una discusión en plena euforia etílica), donde se redactó  un documento   llamado  “Prolegómenos para una   sociedad   del  ocio”, propuso,  entre otras,   una  consigna  diametralmente opuesta  a los discursos de todas  las organizaciones de trabajadores y trabajadoras de aquel entonces:  “A CADA UN@    SEGÚN  SUS   NECESIDADES,    DE

 

CADA UN@ SEGÚN  SU VOLUNTAD”.  Y por moción del delegado polaco Ren Kowalsky, superviviente de la matanza  de Dantzig, se llamó a que el 2 de mayo fuese declarado “Día Internacional del Ocio”. En esta fecha y en distintos lugares se celebran diferentes actos por el derecho a la pereza y contra el trabajo  forzado; como ejemplo valga la acción llevada a cabo por la sección argentina  de la Fundación de Alergia al Trabajo (esta fundación tiene  su  sede  en Lisboa y  funciona desde  1992);  el  2  de mayo de 1995 convocaron la primera Marcha a Desgano (de cien metros)  que realizaron más de 50 alérgic@s, en la plaza San  Martín  de  Buenos Aires. Ese  mismo día anunciaron a la prensa y televisiones burguesas  su auto-disolución debido al enorme trabajo que supone el mantener una asociación de alergia al mismo.

 

DE LA UTOPÍA FILOSOFAL  DEL CRIMEN

 

(VV.AA.: Panfletos y escritos  de la Internacional Situacionista.  Madrid. Ed. Fundamentos. 1976)

 

 

 

(...) La vida que no somos capaces  de vivir,  la capitaliza  el poder jerarquizado, le da vitalidad al Estado.  En los modernos sistemas  de  explotación, los  poseedores del capital no sólo poseen trabajo acumulado, sino también vida acumulada y congelada que por un lado nos roban y por otro  nos venden por nuestro  trabajo.  La supervivencia es  la imagen de la vida que nos   vende  el  capital:   en   vez  de   vivir asistimos  a una pesadilla en la que nos viven, o como decía Rimbaud, “a la farsa que vamos representando”;  sobrevivimos en la sociedad  del espectáculo.  Pero el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre  personas mediatizada  por imágenes. El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se hace imagen.

 

La organización de la propiedad privada  en  la  que  reposa  toda   la organización social, hace del mundo el mundo de la separación. Por todas  partes circula lo parcelario, lo separado,  la negación de la totalidad.  No sólo los hombres están  separados de sí mismos, de su propia vida, sino que también están separados unos de otros:  el Estado  es  la institucionalización de la separación, y las luchas del proletariado contra  el Estado deben ser  entendidas  en su vertiente más radical: como luchas “para estar juntos por siempre jamás”.

 

“Mi vida es un fragmento” decía Bakunin, superando  la  rígida tradición teórica    que   atribuía   la   separación    al estricto mundo de la producción; lo Parcelario invade toda  la vida de los individuos, no sólo hay separación  entre  el trabajador  y el producto de su trabajo, sino también entre  el hombre y sus  deseos. Incluso hay separación  entre  el trabajador

 

y el hombre, entre el producto del trabajo y los deseos: toda la praxis social está dividida entre lo real y lo ilusorio.

 

“Es  necesario  hacer  algo  para superar  esta situación  —decía  Durruti en

1931-. El pueblo busca  sus  soluciones  al margen de los partidos  políticos, al margen del parlamento burgués, llevando a cabo su acción en la calle; hay que desengañarse, para la clase obrera no existe otra  política eficaz que no sea la lucha revolucionaria”.

 

Lo contrario  a la sociedad del espectáculo, es la posesión directa  por los trabajadores de todos  los momentos de su actividad, de la construcción de todos los momentos de su vida, de la libre construcción de situaciones.

 

Dado que el hombre es  producto  de las   situaciones   que  atraviesa,   interesa crear situaciones  no miserables, dignas de su deseo. “Hasta ahora, los filósofos y artistas no han hecho más que interpretar de diversos modos las situaciones, pero de lo que se trata es de transformarlas”.

 

Frente a la apropiación por la propiedad privada de todos  los placeres del planeta, lo único que queda comunitario es la miseria de la vida cotidiana, que se  ha hecho absoluta. Su fin sólo puede llegar por las construcción de una situación que haga imposible, como dijo Marx, el volverse atrás. La situación que haga imposible la marcha atrás no puede ser otra que la autogestión generalizada,  que  elimine al  proletariado “mediante  la  abolición de  la  propiedad privada y del trabajo  en cuanto  tal”. Esta abolición es  fundamental:  “La revolución comunista está dirigida contra  el modo de actividad precedente,  suprimiendo el trabajo” (Marx); la miseria del proletariado es resultado  directo del trabajo.  El cura Towsend se  dio perfecta   cuenta   de  ello: “¡Trabajad, trabajad  día y noche!”  —les decía a  sus  ovejas- “Trabajando aumentaréis vuestra  miseria, y vuestra  miseria nos ahorra  el tener  que imponeros el trabajo por la fuerza”. El trabajo produce al hombre como    mercancía,    mercancía     humana,

 

hombre determinado como mercancía; mercancía  con  conciencia y  actividad propia, pero mercancía al fin y al cabo; mercancía que hay que mantener durante el trabajo  para que no se extinga “la raza de los  trabajadores”,   para  quienes  la  única vida posible es la existencia del capital —que no es otra cosa que su trabajo en conserva y almacenado-. “Y  cuanto  más  trabaja  un obrero” —decía  Marx- “más poderoso para oponérsele será  el mundo alienado de los objetos que produce, y más pobre llegará a ser  él mismo”, trabajando   entonces  más, mortificando su cuerpo y arruinando su mente. Pero el trabajador  no trabaja  por su voluntad —como decía Lafargue en su Derecho a la pereza- sino porque está obligado a hacerlo. Es trabajo  forzado. No es  la satisfacción  de una necesidad, sino sólo “un medio para  satisfacer  carencias que nada tienen que ver con la necesidad”.

 

La abolición del trabajo  es  hoy una reivindicación de los obreros revolucionarios más radicales. La humanidad sólo se propone tareas que puede resolver. Además de la relación del trabajo  forzado (enajenado) con la propiedad privada se tiene que la emancipación de la sociedad se expresa bajo la forma de la emancipación de los trabajadores, no como si sólo se fueran a emancipar éstos,  sino porque su emancipación lleva en    la  emancipación humana en general, porque toda  la servidumbre humana está encerrada  en la relación del trabajo  con la producción y todas  las relaciones serviles sólo son modificaciones y consecuencias  de esta relación.

 

La construcción de la autogestión generalizada tiene sus bases  y su dinámica en  el  proyecto  que  lleva en    el proletariado, “esa clase con cadenas radicales,  una  clase  de  la  sociedad burguesa,  que no es  de  la sociedad burguesa, un estrato que es  la disolución de todos los estratos, una esfera que tiene un carácter universal porque sus males son universales y no considera  ningún derecho particular     porque    no    existe    ninguna

 

injusticia particular,  sino que la injusticia se comete en absoluto, que no se puede referir  ya  a  un  título  histórico  sin solamente  humano, que no se sitúa  en contradicción  parcial  ante  las consecuencias, sino que se sitúa  en contradicción universal respecto  a los postulados  básicos  de la herencia del Estado,  una esfera que no se puede emancipar  sin  emanciparse  de  todas   las otras esferas  de la sociedad y, por lo tanto emanciparlas; que, en una palabra, es la pérdida total  del hombre, o sea  que su emancipación no se puede conseguir sin la recuperación total  del hombre, esa emancipación que es  el desenlace de la sociedad de una situación particular” (Marx). El proletariado  es  la clase  que suprimiéndose como tal,  suprime a  todas las  otras clases   y  vuelve a  la  sociedad humana o humanidad socializada. “El objetivo final de la revolución es  el cambio total  en la forma de vivir de los hombres”, decía Durruti.

 

Desde  ya,  pues,  se  centra   el problema: ¿cómo superar  concretamente  el trabajo?, ¿cómo superar su división?, ¿cómo superar  la  división trabajo-ocio?,  ¿cómo superar  concretamente   el cambio?, ¿cómo superar  concretamente  el ocio?, ¿cómo superar  concretamente  el Estado?,  ¿cómo extender  el  movimiento revolucionario a toda la sociedad?

 

La práctica  histórica del proletariado (asambleas   de  autogestión   federadas   a nivel local —consejos obreros-, etc.) permite esbozar algunos adelantos, de ningún modo definitivos, sino que pueden servir para excitar  la imaginación de  los obreros revolucionarios a  fin de  permitir una trasformación eficaz de la realidad.

 

La teoría  radical  no ha  hecho más que analizar el viejo mundo y l oque lo niega. Ahora debe ser realizada. Por un mundo de miserable mierda que perder hay todo un universo de placeres que ganar.

 

Al proletariado no le importan las ruinas:   va  a   tomar   el  mundo.  Y    sus

 

“encuentros” con el poder, ya no serán bajo el signo de la vergüenza de su miseria, sino en el gozo de su disolución. “Los frenos que le hacen romper o las virtudes que le hacen despreciar   se   convierten  así   en   otros tantos episodios voluptuosos” (Sade).

 

Que este  mundo reviente: ése  es  el camino. ¡¡Adelante, en marcha!!

 

Vasilei Soulinake, Seisdedos el Rojo y

Dillinguer

 

Madrid, primera semana de mayo de

1976

 

 

“Nuestra fórmula es: ABOLICIÓN DEL TRABAJO  ASALARIADO.  Hemos demostrado  que la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, sólo es una simple paráfrasis de ella...”

 

A.  Bordiga: Propiedad y capital.

 

Si haces una revolución, hazla alegremente;

no la hagas lívidamente serio, no la hagas mortalmente serio, hazla alegremente.

No la hagas porque odias a la gente;

hazla sólo para escupir en sus ojos.

No la hagas por dinero; hazla, y condena el dinero. No la hagas por la igualdad;

hazla porque tenemos demasiada igualdad,

y va a ser gracioso sacudir el carro de las manzanas y ver por qué lado se irán éstas rodando.

No la hagas por las clases trabajadoras;

hazla de tal modo que todos nosotros  podamos ser nuestras propias y pequeñas aristocracias

y patear  como asnos fugitivos alegremente el suelo. No la hagas, en fin, para la Internacional del Trabajo;

el trabajo es aquello de lo cual la humanidad ha tenido bastante.

Eliminémoslo, acabemos con ello.

El trabajo puede ser agradable, y los hombres gozarlo;

y entonces, no es trabajo.

Tengamos eso; hagamos una revolución para divertirnos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

D.H. Lawrence

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