© Libro N° 4048. Los Libros De Mi Vida. Miller, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © The books in my life
Versión Original: © Los Libros De Mi Vida. Henry
Miller
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS LIBROS DE MI VIDA
Henry Miller
Annotation
Los libros en mi vida anuncia el título de un ensayo de
carácter autobiográfico escrito por el novelista Henry Miller (1891-1980), bien
conocido por sus novelas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio; y por su
ciclo novelesco La crucifixión rosada. Libros de escándalo, que fueron
vapuleados en su tiempo por los conservadurismos de todo tipo, desde los
religiosos y políticos, a los académicos y literarios. Su autor recibió los
anatemas de pornógrafo y obsceno. Pero Henry Miller fue y sigue siendo amado
por los rebeldes, los disconformes, los incrédulos y los raros de toda laya.
Miller destaca en su ensayo a los autores que lo influyeron o deleitaron.
Grandes, medianos y pequeños. Menciona también sus cien libros predilectos. No
los voy a repetir.
LOS LIBROS EN MI VIDA
PREFACIO
CAPÍTULO I - VIVÍAN Y ME HABLABAN
CAPÍTULO II - LAS PRIMERAS LECTURAS
CAPÍTULO III - BLAISE CENDRARS
CAPÍTULO IV - RIDER HAGGARD
CAPÍTULO V - JEAN GIONO
CAPÍTULO VI - INFLUENCIAS
CAPÍTULO VII - LIBROS VIVIENTES
CAPÍTULO VIII - LOS DÍAS DE MI VIDA
CAPÍTULO IX - KRISHNAMURTI
CAPÍTULO X - LAS LLANURAS DE ABRAHAM
CAPÍTULO XI - LA HISTORIA DE MI CORAZÓN
CAPÍTULO XII - CARTA A PIERRE LESDAIN
CAPÍTULO XIII - LA LECTURA EN EL RETRETE
CAPÍTULO XIV - EL TEATRO
APÉNDICE I - LOS CIEN LIBROS QUE MÁS INFLUYERON EN MÍ
APÉNDICE II - LIBROS QUE TODAVÍA PIENSA LEER
LOS LIBROS EN MI VIDA
Título Original: The books in my life
Traductor: Martínez Polo, José
Autor: Henry Miller
©1988, Mondadori
Colección: Mondadori bolsillo, 24
ISBN: 9788439714682
Generado con: QualityEPUB v0.31
LOS LIBROS EN MI VIDA
A Lawrence Clark Powell
Bibliotecario de la Universidad de California
en Los Ángeles
PREFACIO
Esta obra, que alcanzará varios volúmenes en los próximos
años, tiene la finalidad de redondear la historia de mi vida. Trata de los
libros como experiencia vital. No es un estudio crítico ni contiene un programa
de autoeducación.
Uno de los resultados de este examen de conciencia —porque
a eso equivale la redacción de este libro— es la confirmada creencia de que se
debe leer menos y menos, y no más y más. Según se comprobará recorriendo con la
mirada el Apéndice, no he leído ni remotamente tanto como el catedrático, la
rata de biblioteca o siquiera el hombre -bien educado-, pero no cabe duda de
que he leído un centenar de veces más de lo que debí haber leído para mi propio
bien. Dícese que sólo uno de cada cinco norteamericanos lee libros pero hasta
este pequeño número de lectores es exagerado. Escasamente habrá alguno de ellos
que viva con sabiduría o plenitud.
Siempre hay libros auténticamente revolucionarios, o sea
inspirados e inspiradores. Son pocos y muy escasos, por supuesto. Puede
considerarse afortunado quien encuentre un puñado de ellos en toda su vida.
Además, estos no son los libros que se dirigen al público general. Son los
depósitos ocultos que alimentan a los hombres de menor talento que saben atraer
al hombre de la calle. El vasto cúmulo de la literatura, en todos los dominios,
está compuesto por ideas prestadas. La interrogante —nunca resuelta, por
desgracia— consiste en saber hasta qué punto sería eficaz restringir la enorme
oferta de lectura barata. Pero hay una cosa de la cual no cabe duda en la
actualidad: decididamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre
nosotros.
Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene
dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el
catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la
vida misma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte.
También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un
tipo de vida que no es la que conocemos hoy. Pienso en eso de que habla D. H.
Lawrence en Etruscan Places. O bien en lo que refiere Henry Adams cuando la Virgen
reinaba soberana en Chartres.
En esta era, en la que se cree que todo tiene su atajo, la
gran lección que debemos aprender es que el camino más difícil es a la larga el
más fácil. Todo lo que está en los libros, todo lo que parece terriblemente
vital e importante, no es sino un ápice de aquello que le ha dado origen y que
está dentro del alcance de todos aprovechar. Nuestra teoría de la educación se
basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en
tierra antes de lanzarnos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las
artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a
crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que
nunca se pensó materializar. El arte de escribir se enseña en el aula y no en
la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que
presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los
tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores
ingenieros que escritores, mejores expertos industriales que pintores.
Considero en gran medida mis encuentros con los libros,
algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento.
Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en
este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los
árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros
mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni
privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los
dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres
humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por
lo menos en nuestra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la
consideración que merecen. Los grandes, en especial, casi siempre han sido
tratados como chivos expiatorios.
Verme a mí mismo como el lector que fui otrora, es como
ver a un hombre abriéndose paso a brazo partido en la selva. No cabe duda que
viviendo en el corazón de la selva aprendí algunas cosas sobre ella, pero nunca
tuve la intención de vivir en la selva, sino de ir a ella. Abrigo el firme
convencimiento de que no hace falta habitar primero esta selva de libros. La
vida misma ya es bastante selva, una selva muy real y muy instructiva, por
decir poco. Sin embargo, preguntará usted, ¿los libros no pueden servir de
ayuda, de guía en nuestra lucha a través de la espesura? -N'ira pas loin —dijo
Napoleón— celui qui sait d'avance oú il veut aller.-
El fin principal que motiva este libro es rendir homenaje
a quien lo merece, labor que de antemano sé que resulta imposible realizar. Si
quisiera hacerla como corresponde tendría que ponerme de rodillas para
agradecer a cada hoja de pasto el haberse dignado alzar su cabeza. En esta vana
tarea me anima principalmente el hecho de que en general conocemos demasiado
poco las influencias que modelan la vida y la obra del escritor. En su pomposa
altanería y arrogancia, el crítico deforma el cuadro hasta volverlo irreconocible.
El autor, por veraz que crea ser, inevitablemente tiene que deformarlo también.
El psicólogo, con su enfoque unilateral de las cosas, sólo profundiza el
borrón. Como escritor, no creo ser la excepción a la regla. Yo también soy
culpable de alterar, deformar y disfrazar los hechos, siempre que los “hechos”
existan. Mi esfuerzo consciente —aunque quizá falible— se ha orientado en
sentido contrario. Estoy de parte de la revelación, aunque no siempre de parte
de la belleza, la verdad, la sabiduría, la armonía y la perfección en incesante
evolución. En esta obra ofrezco datos nuevos que habrán de juzgarse o
analizarse, o de aceptarse y disfrutarse por el mero hecho de disfrutarlos.
Naturalmente, no puedo escribir sobre todos los libros y mucho menos sobre
todos los libros importantes que he leído en el curso de mi vida. Pero pienso
seguir escribiendo sobre libros y autores hasta agotar la importancia que tiene
(para mí) este dominio de la realidad.
El haber emprendido la ingrata tarea de hacer una lista de
todos los libros que recuerdo haber leído, me depara extraordinario placer y
satisfacción. No conozco a ningún autor que haya cometido la locura de
intentarlo. Quizá mi lista dé lugar a mayor confusión, pero mi finalidad no es
esa. Quienes saben leer a un hombre saben leer sus libros. Para ellos la lista
será elocuente.
Escribiendo sobre el “amoralisme” de Goethe, Jules de
Gaultier, creo que citando a éste, dice: -La vraie nostalgie doit toujours étre
productrice et creer une nouvelle chose qui soit meilleure. En la médula de
este libro hay genuina nostalgia. No es nostalgia por el pasado mismo, como
puede parecer a veces, y tampoco es nostalgia por lo irrecuperable; es
nostalgia por los momentos vividos con máxima plenitud. Estos momentos ocurren
a veces mediante el contacto con los libros, a veces mediante el contacto con
hombres y mujeres a los cuales he calificado de “libros vivos”. A veces es
nostalgia por la compañía de los muchachos con los cuales he crecido y a
quienes me unió uno de mis vínculos más íntimos: los libros. (Sin embargo debo
confesar aquí que por brillantes y revivificantes que sean estas memorias, no
son nada comparadas con el recuerdo de los días pasados en compañía de mis
ídolos de carne, esos muchachos —¡todavía muchachos para mí!— que pasaron con
los inmortales nombres de Johnny Paul, Eddie Carney, Lester Reardon, Johnny y
Jimmy Dunne, a ninguno de los cuales vi jamás con un libro ni asocié con un
libro ni siquiera de la manera más remota.) Haya sido Goethe o De Gaultier
quien lo dijo, también yo creo firmemente que la verdadera nostalgia siempre tiene
que ser productiva y conducir a la creación de cosas nuevas y mejores. Si
simplemente se tratara de rehacer el pasado, sea en forma de libros, personas o
acontecimientos, mi tarea sería vana y fútil. Por muerta y fría que pueda
parecer ahora, la lista de títulos que aparece en el Apéndice podrá resultar
para algunas almas afines la llave que les permita abrir sus vivos momentos de
gozo y plenitud del pasado.
Uno de los motivos por los cuales me molesto en escribir
un prefacio, que siempre resulta un tanto aburrido para el lector, uno de los
motivos por los cuales lo he reescrito por quinta y, espero, última vez, es el
miedo de que la obra no llegue a ser completada debido a algún acontecimiento
imprevisto. Terminado este primer volumen, debo ponerme a trabajar para
escribir el tercero y último tomo de The Rosy Crucifixión (La Crucifixión
Rosada), que es la labor más ardua que jamás me haya impuesto a mí mismo y que
he evitado por muchos años. En consecuencia, mientras el tiempo lo permita,
querría sugerir algunas cosas que tenía en proyecto o que pensaba escribir en
los volúmenes siguientes.
Naturalmente, cuando comencé esta obra tenía en la mente
un plan flexible. A diferencia del arquitecto, empero, muchas veces el escritor
descarta su plano en el proceso de erigir el edificio. Para el escritor un
libro es algo que debe vivirse, es una experiencia, no es un plan que se
ejecute de conformidad con leyes y especificaciones. De todos modos, lo que
queda de mi plan original se ha hecho tenue y complicado como una telaraña.
Solamente cuando me acercaba a la terminación de este libro viene a comprender
cuánto deseo y debo decir sobre ciertos autores y ciertos temas, algunos de los
cuales ya he tocado. Por ejemplo, no importa con cuánta frecuencia lo mencione,
nunca dije, y quizá nunca llegue a decir, todo lo que quisiera sobre Elie
Faure. Tampoco he agotado de ninguna manera el tema de Blaise Cendrars. Y
también está Céline, gigante entre nuestros contemporáneos, al que ni siquiera
he comenzado a encarar. En cuanto a Rider Haggard, es indudable que tendré que
decir de él, en particular de su Ayesha, secuela de Ella. Si se trata de
Emerson, Dostoievsky, Maeterlinck, Knut Hamsun y G. A. Henry, sé que jamás diré
mi última palabra sobre ellos. Un tema como El Gran Inquisidor, por ejemplo, o
El Eterno Marido —mis obras favoritas de Dostoievsky— parecían exigir libros
aparte por sí mismos. Quizá cuando llegue a Berdyaev y a la gran hueste de
exaltados escritores rusos del siglo diecinueve, los hombres con aroma
escatológico, no llegaré a decir algunas de las cosas que deseaba decir ni
siquiera en veinte años o más. Después está el Marqués de Sade, una de las
figuras más vilipendiadas, difamadas e incomprendidas —deliberada y
premeditadamente incomprendidas— de toda la literatura. ¡Con el tiempo llegué a
estar de acuerdo con él! Detrás de él y proyectándole su sombra se yergue la
figura de Gilíes de Rais, una de las figuras más gloriosas, siniestras y
enigmáticas de toda la historia de Europa. En la carta a Fierre Lesdain dije
que no había recibido todavía un buen libro sobre Gilíes de Rais. Mientras
tanto un amigo me había enviado uno de París y lo he leído. Era exactamente lo
que buscaba: se llama Gilíes de Rais et son temps, por George Meunier. He aquí
algunos libros y autores más a los cuales pienso referirme en el futuro:
Algernon Blackwood, autor de The Bright Messenger (El Brillante Mensajero) que
en mi parecer es la novela más extraordinaria sobre psicoanálisis y que
empequeñece el tema; The Path to Rome (El Camino de Roma), de Hilaire Belloc,
favorito de mis primeros tiempos y constante amor; cada vez que leo las páginas
de apertura, -Elogio de Este Libro-, bailo de regocijo: Mane Corelli,
contemporánea de Rider Haggard, Yeats, Tennyson y Oscar Wilde, quien dijo de sí
mismo en una carta al vicario de la iglesia parroquial de Stratford-on-Avon:
-Con respecto a las Escrituras, no creo que ninguna mujer las haya estudiado
jamás con tanta profundidad y devoción como yo, o, permítame decirlo, con mayor
profundidad y devoción.- Escribiré sin ninguna duda sobre Rene Caillé, el
primer hombre blanco que entró en Tombuctú y salió vivo; su historia, según el
relato de Galbraith Welch en The Unveiling of Timbuctoo (La Revelación de
Tombuctú), es para mí la narración de aventuras más grande de los tiempos
modernos. Y Nostradamus, Janko Lavrin, Paul Brunton, Péguy, In Search of the
Miraculous (En Busca de lo Milagroso), Letters from the Mahatmas (Cartas de los
Mabatmas), de Fechner, las novelas metafísicas de Claude Hougbton, Enemies of
Promise (Enemigos de la Promesa) de Cyril Connolly (otro libro sobre libros),
el lenguaje de la noche, según lo llama Eugene Jolas, el libro de Donald Keyhoe
sobre los platillos voladores, cibernética y dianética, la importancia del
absurdo, el tema de la resurreción y la ascensión y, entre otras cosas, un
reciente libro de Cario Suarés (el mismo que escribiera sobre Krishnamurti)
titulado Le Mythe Ju-déo-Chrétien.
También —¿por qué no?- según dice Picasso— me explayaré
sobre el tema de la -pornografía y la obscenidad en literatura. En efecto, ya
be escrito algunas páginas sobre el tema, que reservo para el segundo volumen.
Mientras tanto necesito muchos datos auténticos. Quisiera saber, por ejemplo,
cuáles son los grandes libros pornográficos de todos los tiempos. (Conozco muy
pocos.) Quiénes son los escritores que todavía son considerados “obscenos”.
¿Qué circulación tienen sus libros y dónde principalmente? ¿En qué idiomas?
Solamente se me ocurren tres grandes escritores cuyas obras todavía están
prohibidas en Inglaterra y Norteamérica, pero nada más que ciertas de sus
obras, no todas. Me refiero al Marqués de Sade (cuya obra más sensacional
todavía está prohibida en Francia), Aretino y D. H. Lawrence. ¿Restifde la
Bretonne, sobre quien un norteamericano, J. Rives Childs, ha compilado en
francés un formidable tomo de -témoignages et jugements-? ¿Y la primera novela
pornográfica en idioma inglés, The Memoirs of Fanny Hill? (Las Memorias de
Fanny Hill) ¿Por qué, si es tan “aburrida”, no se ha convertido en un “clásico”
a estas horas, libre de circular en las tiendas, estaciones ferroviarias y
otros sitios inocentes? Hace exactamente doscientos años desde que apareció y
nunca ha dejado de imprimirse, como todo turista norteamericano en París bien
lo sabe.
Lo curioso es que de todos los libros que busqué mientras
escribía este primer volumen, los dos que más deseaba no aparecieron: The
Thirteen Crucified Saviours (Los Trece Salvadores Crucificados) de sir Godfrey
Higgins, autor de la célebre Anacalypsis, y Les Cléfs de l'Apocalypse, de O V.
Milosz, el poeta polaco que muriera no hace mucho en Fontainebleau. Tampoco he
recibido todavía un buen libro sobre la Cruzada de los Niños.
Tres revistas olvidé mencionar cuando hablé de las buenas
revistas; Jugend, The Enemy (editada por ese asombroso y brillante espíritu que
es Wyndham Lewis) y The Masque de Gordon Craig.
Y ahora una palabra sobre el hombre a quien dedico este
libro: Lawrence Clark Powel. En una de sus visitas a Big Sur esta persona, que
sabe más de libros que cualquier otra que tuve hasta ahora la suerte de
conocer, me sugirió que escribiera (para él, si no podía para otros) un libro
corto sobre mí experiencia con tos libros. Algunos meses después la semilla,
que siempre había estado aletargada, comenzó a germinar. Después de escribir
unas cincuenta páginas comprobé que jamás podría conformarme con una versión
sumaria sobre el tema. Powell también lo sabía, sin duda, pero fue lo
suficientemente astuto y discreto como para no decírmelo. Debo mucho a Larry
Powell. Ante todo, y es un gran hallazgo para mí porque significa la corrección
de una actitud falsa, le debo mi actual habilidad para contemplar a los
bibliotecarios como seres humanos, seres humanos de mucha vitalidad —a veces— y
capaces de proveer dinámicas fuerzas a nuestro medio. No cabe duda de que
ningún bibliotecario podría ser más celoso que él al incorporar los libros como
parte vital de nuestra vida, cosa que no sucede en la actualidad. Tampoco
ningún otro bibliotecario habría podido prestarme mayor asistencia directa que
él. Jamás le hice una sola pregunta que no me haya contestado completa y escrupulosamente.
Ningún pedido de ningún tipo, en efecto, me fue rechazado por él. Si este libro
resulta ser un fracaso, la falta no será suya.
Debo agregar aquí algunas palabras sobre otras personas
que me prestaron ayuda de una manera u otra. En primer término está Dante T.
Zaccagnini, de Port Chester, Nueva York. A usted, Dante, que nunca conocí
personalmente, ¿cómo podría expresarle mi profunda gratitud por las arduas
labores que usted ha realizado —¡y voluntariamente!— en mi favor? Me sonrojo
pensando lo tediosas que fueron algunas. Además, usted insistió en obsequiarme
algunos de sus libros más preciosos ¡porque opinó que yo los necesitaba más que
usted! ¡Y cuan valiosas sugestiones me ha hecho y qué sutiles correcciones!
Todo esto lo hizo con discreción, tacto, humildad y devoción. No tengo palabras
para agradecerlo.
Debo dejar constancia de que cuando comencé esta tarea me
pareció que me faltaban varios cientos de libros que debía obtener prestados o
poseer. Mi único recurso, careciendo de dinero para comprarlos, fue preparar
una lista de títulos y diseminarla entre amigos y relaciones, y entre mis
lectores. Los hombres y mujeres cuyos nombres consigno al final de este volumen
suplieron mis necesidades. Muchos fueron simples lectores que llegué a conocer
por correspondencia. Los “amigos” que más podían hacer para enviarme los libros
que necesitaba con tanto apremio y con los cuales contaba, no me respondieron.
Una experiencia de este tipo siempre es aleccionadora. Los amigos que nos
fallan siempre son sustituidos por otros nuevos que aparecen en el momento
crítico y de las esferas más inesperadas. ..
Una de las pocas recompensas que el escritor obtiene por
sus tareas es la de convertir a un lector en un cálido amigo personal. Una de
las raras delicias que experimenta es recibir exactamente el obsequio que
esperaba de un lector desconocido. Todo escritor sincero tiene, según deduzco,
centenares o quizá miles de tales amigos desconocidos entre sus lectores. Podrá
haber, y sin duda los hay, autores que necesitan poco a sus lectores, excepto
como compradores de sus libros. Mi caso es un tanto distinto. Los necesito a
todos. Tomo prestado y presto a los demás. Aprovecho la ayuda de todos los que
me la ofrecen voluntariamente. Me avergonzaría no aceptar sus amables
sugerencias. La última fue la de un estudiante de Yale, Donald A. Sebón. Al
archivar una carta mía dirigida al profesor Henri Peyre, del Departamento
Francés de allí, carta en la cual pedía un empleado de oficina, este joven leyó
mi carta y espontáneamente me ofreció sus servicios. (¿Magnífico gesto, Sebr
Schón!).
Un caso a propósito es la fortuita aparición de John
Kidis, de Sacramento. Un pedido suyo de una fotografía autografiada condujo a
un breve intercambio de cartas seguido por una visita y una lluvia de regalos.
John Kidis (originariamente Mestakidis) es griego, lo cual explica mucho, pero
no todo. No sé lo que aprecio más, si el montón de libros (algunos de ellos
difíciles de encontrar) que colocó sobre mi escritorio en su incesante sucesión
de obsequios, como chaquetas y medias de pura lana y nylon tejidas por su
madre, pantalones, gorras y otras prendas elegidas al azar, pasteles griegos
(¡y qué deliciosos!) preparados por su abuela o su tía, latas de Jaiva, jarras
de resina, juguetes para los niños, útiles para escribir (papel, sobres de todo
tipo, tarjetas postales con mi nombre y domicilio impresos, papel carbón,
lápices, secantes), circulares y anuncios, toallas bautismales (su padre es
sacerdote), dátiles y nueces de todo tipo, higos frescos, manzanas y hasta
granadas (todo de la mítica “granja”), por no hablar de las copias a máquina
que me hizo ni de los grabados (The Waters Reglitterized, por ejemplo), los
colores al agua que compró, los papeles y pinturas que me proporcionó, las
diligencias que realizó voluntariamente para mí, los libros que vendió por mi
cuenta (abandonando todas sus demás actividades y convirtiéndose en (“La Casa
Henry Miller”), los neumáticos que me adquirió, la música que ofreció
conseguirme (discos, partituras y álbumes), y así sucesivamente ad infinitum...
¿Cómo retribuir tan grande generosidad? ¿Cómo pagarle alguna vez?
Confío en que no hace falta decir que recibiré de los
lectores de este libro toda indicación de un error, omisión, falsificación o
falta de juicio. Tengo perfecta noción de que este libro, porque es -sobre los
libros-, llegará a muchos que nunca me han leído hasta ahora. Espero que
disemine una buena palabra, no sobre este libro, sino sobre los libros que
ellos aman. Nuestro mundo acércase rápidamente a su fin: está por abrirse otro
mundo nuevo. Para que florezca ese mundo nuevo, tendrá que descansar tanto en
los actos como en la fe. El mundo tendrá que hacerse carne.
Pocos de nosotros estamos hoy en condiciones de contemplar
el futuro inmediato con otra cosa que aprensión y miedo. Si de todos los libros
que he leído recientemente hay uno que podría señalar por su contenido de
palabras de consuelo, paz, inspiración y sublimidad, es el Mont-Saint-Michel
and Chartres de Henry Adams, y en especial los capítulos relacionados con
Chartres y el culto de la Virgen María. Toda referencia a la 'Reina' es
exaltada e imponente. Permítaseme citar un pasaje —el de la página 194 — que
viene a propósito:
Allí está realmente ella, no como símbolo ni fantasía,
sino en persona, descendiendo en sus misiones de piedad y escuchando a cada uno
de nosotros, como sus milagros lo prueban, o satisfaciendo nuestras oraciones
por su simple presencia, que calma nuestra excitación así como la presencia de
una madre calma a su hijo. Está allí como Reina, no simplemente como
intercesora, y su poder es tal que para ella las diferencias entre nosotros,
los seres terrenales, no son nada. Pierre Mauclero y Philippe Hurepel y sus
hombres de armas la temen, y ni el obispo mismo se siente cómodo en su
presencia, pero para los campesinos y pordioseros, para la gente que sufre,
este sentido de su poder y calma es mejor que la simpatía activa. La gente que
sufre más allá de las fórmulas de expresión —que vive aplastada hasta ser
silenciada y perder la noción del dolor— no quiere despliegues de emoción, no
quiere corazones sangrantes, ni lágrimas al pie de la cruz, ni histeria ni
frases. Quiere ver a Dios y saber que Él vela por los Suyos.
Hay escritores, como este hombre, que nos enriquecen y hay
escritores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto se está
desarrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o
empobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los
que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, enriquecidos y
dotados por una vasta horda de individuos desconocidos, los hombres y mujeres
que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en
nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado
jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma
corriente, bebemos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con
que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la necesidad
común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de
la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo -¡Que haya más
libros!-
En el segundo volumen de esta obra escribiré, entre otras
cosas, de Pornografía y Obscenidad, Gilíes de Rais, Ayesha de Haggard, Marie
Corelli, El Gran Inquisidor de Dostoievsky, Céline, Maeterlinck, Berdyaev,
Claude Hoyghton y Malaparte. El índice de todas las referencias para todos los
libros y autores citados en todos mis libros, figurará en el segundo volumen.
HENRYMILLER
CAPÍTULO I - VIVÍAN Y ME HABLABAN
Estoy sentado en una pequeña habitación, una de cuyas
paredes está totalmente cubierta de libros. Es la primera vez que tengo el
placer de trabajar con algo que parezca una colección de libros. Puede que en
total no sean más de quinientos, pero en su mayor parte representan mis propias
preferencias. Es la primera vez, desde que iniciara mi carrera como escritor,
que me hallo rodeado por un buen número de los libros que siempre ansiaba
poseer. Sin embargo, considero que el hecho de que en el pasado haya realizado
la mayor parte de mi tarea sin ayuda de una biblioteca fue más una ventaja que
una desventaja.
Una de las primeras cosas que asocio con la lectura de los
libros es la lucha que he debido librar para obtenerlos. No poseerlos, advierto
al lector, sino tenerlos a mi alcance. Desde el momento en que esta pasión hizo
presa en mi ser, no encontré otra cosa que obstáculos. Los libros que buscaba
en la biblioteca pública siempre estaban cedidos, y, por supuesto, jamás tuve
el dinero necesario para comprarlos. Obtener permiso de la biblioteca de mi
barrio —tenía en esa época de dieciocho a diecinueve años de edad— para que me
entregaran una obra tan “desmoralizadora” como The Confession of a Fool (La
Confesión de un loco), de Strindberg, fue sencillamente imposible. En esa época
los libros prohibidos para la gente joven eran decorados con estrellas —una,
dos o tres— según el grado de inmoralidad que se les atribuía. Sospecho que
todavía sigue este procedimiento. Ojalá sea así, porque no conozco nada mejor
calculado para satisfacer el propio apetito que esta estúpida clasificación y
prohibición.
¿Qué factor otorga vida a un libro? ¡Con cuánta frecuencia
se plantea este interrogante! La respuesta, en mi opinión, es sencilla. El
libro vive a través de la apasionada recomendación de un lector a otro. Nada
podría estrangular este impulso básico del ser humano. A pesar de las opiniones
de los cínicos y misántropos, sostengo que el hombre siempre se empeñará en
compartir sus más profundas experiencias.
Los libros son una de las pocas cosas que los hombres
atesoran profundamente. Y cuanto mejor sea el hombre, con mayor facilidad será
capaz de desprenderse de los bienes que más atesora. El libro que yace inane en
un anaquel es munición desperdiciada. Los libros deben mantenerse en constante
circulación como el dinero. ¡Prestad y tomad prestado ambas cosas: libros y
dinero! Pero especialmente libros, porque los libros representan infinitamente
más que el dinero. El libro no sólo es un amigo sino que sirve para hacernos
conquistar amigos. El libro enriquece al que se apodera de él con toda el alma,
pero enriquece tres veces más al que lo analiza.
Me asalta aquí el irresistible impulso de ofrecer un
gratuito consejo. Es el siguiente: ¡leed lo menos posible, no todo lo posible!
Oh, he envidiado, sin duda, a los que se ahogan en los libros. Yo también en
secreto habría querido navegar por todos los libros que acariciara en mi mente
durante tanto tiempo. Pero sé que no es importante. Sé ahora que ni siquiera me
hacía falta leer la décima parte de lo que he leído. Nada hay más difícil en la
vida que aprender a no hacer otra cosa que lo estrictamente ventajoso para el
propio bienestar, lo estrictamente vital.
Existe un excelente método para poner a prueba este
valioso consejo que no he dado precipitadamente. Cuando encontramos un libro
que nos agradaría leer o que creemos que nos convendría leer, dejémoslo sin
tocarlo por unos días, pero pensemos en él con la máxima intensidad posible.
Dejemos que el título y el nombre del autor nos den vueltas en la mente.
Pensemos en lo que nosotros mismos habríamos escrito si hubiéramos tenido la
oportunidad de hacerlo. Preguntémonos sinceramente si habría sido absolutamente
necesario agregar esta obra a nuestro cúmulo de conocimientos o a nuestra
capacidad de entretenimiento. Tratemos de imaginar lo que significaría
anticipar este placer o instrucción adicionales. Entonces, si hallamos que
debemos leer el libro, observemos con qué extraordinaria penetración
emprendemos su lectura. Observemos también que, por estimulante que pueda ser,
muy poco hay en el libro que sea realmente nuevo para nosotros. Si somos
honestos con nosotros mismos, descubriremos que nuestra estatura ha aumentado
por el mero esfuerzo de haber resistido nuestros impulsos.
No cabe duda de que la inmensa mayoría de los libros se
superponen los unos a los otros. Pocos son en realidad los que dan la impresión
de originalidad, sea en estilo o contenido. Los libros excepcionales son raros,
menos de cincuenta, quizá, sobre un depósito entero de literatura. En una de
sus recientes novelas autobiográficas, Blaise Cendrare señala que Rémy de
Gourmont, debido a su conocimiento y noción de la cualidad repetitiva de los
libros, consiguió seleccionar y leer todo lo que vale la pena en todos los
dominios de la literatura. Cendrare mismo —¿quién lo habría sospechado?— es un
lector prodigioso. Lee la mayoría de los autores en su lengua original. No sólo
eso, sino que cuando le agrada un autor, lee hasta el último libro que haya
escrito ese hombre, como también sus cartas y todos los libros que se hayan
escrito sobre él. En nuestros tiempos su caso no tiene parangón, creo, porque
no solamente ha leído amplia y profundamente, sino que él mismo ha escrito
muchos libros. Todos como si fuera de paso. Porque, si es algo, Cendrare es
hombre de acción, aventurero y explorador, un hombre que sabe cómo
“desperdiciar” su tiempo como un rey. En cierto sentido es el Julio César de la
literatura.
El otro día, a petición del editor francés Gallimard, hice
una lista de los cien libros que, según creo, ejercieron mayor influencia en
mí. La lista es realmente extraña porque comprende títulos incongruentes como
Peck's Bad Boy (El Niño Malo de Peck), Lettersfrom of the Mahatmas (Cartas de
los Mahatmas) y Pitcaim Island (La Isla de Pitcairn). El mencionado en primer
término, que es decididamente un libro “malo”, lo leí siendo muchacho. Me
pareció que valía la pena incluirlo en la lista porque ningún otro libro me ha
hecho reír de tan buena gana. Posteriormente, después de los diez años de edad,
hice visitas periódicas a la biblioteca local para echar mano a los libros del
anaquel rotulado “Humorismo”. ¡Cuan pocos fueron los realmente humorísticos!
Éste es uno de los dominios de la literatura especialmente pobre y deficiente.
Después de citar a Huckleberry Finn, The Crock of Gold (El Caldero de Oro),
Lysistrata, Dead Souls (Almas Muertas), dos o tres obras de Chesterton y Juno
and the Paycock, me resulta difícil mencionar alguna otra cosa destacada en
esta categoría del humorismo. Si bien en Dostoievsky y Hamsun hay pasajes que
todavía me arrancan lágrimas de hilaridad, sólo son pasajes. Los humoristas
profesionales, cuyos nombres forman legión, me aburren a muerte. Los libros
humorísticos, como los de Max Eastman, Arthur Koestler o Bergson, también me
resultan mortíferos. Sería una hazaña, creo, si pudiese escribir un sólo libro
humorístico antes de morir. Los chinos, dicho sea de paso, poseen un sentido del
humor que me resulta muy íntimo y querido para mí. Particularmente sus poetas y
filósofos.
En libros para niños, que son los que más nos influyen —me
refiero a cuentos, leyendas, mitos y alegorías— el humorismo brilla totalmente
por su ausencia, por supuesto. Los ingredientes cardinales son el horror y la
tragedia, la lujuria y la crueldad. Pero mediante la lectura de estos libros se
nutre la facultad imaginativa. A medida que vamos entrando en años, la fantasía
y la imaginación van siendo cada vez más raras. Damos vueltas y vueltas en un
sendero de noria que se vuelve más y más monótono. La mente se embota tanto que
se requiere un libro realmente extraordinario para sacarnos de nuestro estado
de indiferencia o apatía.
En la lectura infantil hay un factor importante que
tendemos a olvidar: el ambiente físico de la ocasión. Con cuánta nitidez,
después de muchos años, recordamos el tacto de un libro favorito, su
tipografía, su encuadernación, sus ilustraciones y así sucesivamente. Con
cuánta facilidad localizamos el momento y lugar de la primera lectura.
Asociamos algunos libros con las enfermedades, otros con el mal tiempo, algunos
con el castigo y otros con la gratificación. En el recuerdo de estos
acontecimientos los mundos interior y exterior se fusionan. Estas lecturas son
“acontecimientos” bien definidos en la vida de uno.
Sin embargo hay una cosa que diferencia la lectura de la
infancia y la que se hace más tarde, y es la ausencia de opción. Los libros que
leemos durante la niñez nos son impuestos. ¡Afortunado el niño que tiene padres
sabios! Sin embargo, tan poderosa es la autoridad de ciertos libros que hasta
el padre ignorante raras veces puede evitarlos. ¿Qué niño no ha leído Simbad el
marino, Jasón y el Vellocino de Oro, Alí Baba y los Cuarenta ladrones, los
Cuentos de Hadas de Grimm y Andersen, Robinsón Crusoe, los Viajes de Gullivery
obras por el estilo?
¿Quién no ha vivido —pregunto también— esa incomparable
emoción que se experimenta en años posteriores de la vida cuando se releen los
favoritos de los primeros años? Hace poco, tras un lapso de casi cincuenta
años, releí Lion of the North (El León del Norte), de Henty. ¡Qué experiencia!
Cuando yo era un muchacho Henty fue mi escritor preferido. Todas las Navidades
mis padres me regalaban ocho o diez de sus libros. Debo de haber leído todas
sus obras antes de los catorce años. Hoy, y esto lo considero fenomenal, puedo
abrir cualquier libro suyo y obtener el mismo placer fascinante que obtuve
siendo muchacho. Este autor no parece hablar “desde arriba” a su lector, sino
que parece estar en íntima relación con él. Todos sabemos, presumo, que los
libros de Henty son romances históricos. Para los muchachos de nuestros días
eran vitalmente importantes porque nos dieron nuestra primera perspectiva de la
historia mundial. The Lion of the North (El León del Norte), por ejemplo, es
sobre Gustavo Adolfo y la guerra de los treinta años. En él aparece esa extraña
y enigmática figura que es Wallenstein. Cuando el otro día di con las páginas
sobre Wallestein, fue como si las hubiera leído apenas unos meses antes. Según
señalé en una carta a un amigo después de cerrar el libro, fue en esas páginas
sobre Wallenstein donde encontré por primera vez las palabras “destino” y
“astrología”. Palabras preñadas, para un muchacho, de todos modos.
Comencé hablando de mi “biblioteca”. Sólo más tarde tuve
el placer de leer sobre la vida y momentos de Montaigne. Como la nuestra, la
suya fue una era de tolerancia, persecuciones y matanzas al por mayor. Muchas
veces había oído hablar, eso sí, de cuando Montaigne se retiró de la vida
activa, de su devoción por los libros, de su vida serena y sobria, tan rica en
aspectos interiores. Ese sí que era un hombre que podía decirse poseedor de una
biblioteca, por supuesto. Algunos momentos le envidiaba. Pensaba para mis
adentros que si pudiese tener en esta pequeña habitación, a mi lado, todos los
libros que anhelaba cuando niño, muchacho o joven, ¡cuan afortunado sería!
Siempre acostumbré anotar demasiado los libros que me agradaban. Qué
maravilloso sería, pensé, volver a ver esas anotaciones, saber qué opinaba y
cómo reaccionaba yo en esa época tan distante. Pensé en Arnold Bennett y en la
excelente costumbre que había adquirido de introducir al final de todos los
libros que leía, algunas hojas en blanco para ir anotando sus observaciones e
impresiones a medida que leía.
Uno siempre siente curiosidad por saber cómo era, cómo se
comportaba, cómo reaccionaba frente a los pensamientos y acontecimientos en
diversos períodos del pasado. En las anotaciones marginales de los libros se
descubre con facilidad la propia personalidad anterior.
Cuando se comprende la enorme evolución que experimenta la
propia persona durante una vida, se suele preguntar: -¿Termina la vida con la
muerte corporal? ¿No he vivido antes? ¿No volveré a aparecer otra vez en la
tierra, o quizá en algún otro planeta? ¿No seré realmente imperecedero, como
todo lo demás del universo?- Puede que también nos sintamos animados a
formularnos una pregunta más importante todavía: -¿He aprendido mi lección aquí
en la tierra?-
Montaigne, noté con placer, menciona con frecuencia su
mala memoria. Dice que no podía recordar el contenido, ni siquiera sus
impresiones, de ciertos libros, muchos de los cuales no había leído una sino
varias veces. Tengo la certeza, sin embargo, de que tiene que haber tenido muy
buena memoria en otros aspectos. La mayoría de las personas poseen una memoria
defectuosa y esporádica. Los hombres capaces de referir citas largas y exactas
de los miles de libros que han leído, los que narran la trama de una novela con
todos sus detalles, los que dan nombres y fechas de los acontecimientos
históricos, y así sucesivamente, poseen una memoria monstruosa que siempre me
ha resultado repulsiva. Soy uno de los que tienen poca memoria en ciertos
respectos y mucha en otros. En suma, justo el tipo de memoria que me es útil.
Cuando realmente quiero recordar algo, lo recuerdo, aunque consuma considerable
tiempo y esfuerzo. Sé tranquilamente que nada se pierde, pero también sé que es
importante cultivar el “olvido”. El sabor, el gusto, el aroma, el ambiente,
como también el valor o la falta de valor de una cosa, jamás lo olvido. La
única memoria que quisiera preservar es la de tipo proustiano. Con saber que
existe esta memoria infalible, total y exacta me basta. ¿Con cuánta frecuencia
sucede que al recorrer con la mirada un libro leído hace mucho tiempo, se
encuentran pasajes donde todas las palabras tienen una ardiente, inagotable e
inolvidable resonancia? Hace poco, al completar el original del segundo libro
de La Crucifixión Rosada, me vi obligado a recurrir a las acotaciones que
hiciera hace muchos años en Decline of the West (La Decadencia de Occidente),
de Spengler. Hubo ciertos pasajes, muchos, podría decir, de los cuales me bastó
leer las palabras iniciales para que el resto acudiera a mí como música. En
algunos casos las palabras habían perdido en parte el importante sentido que
otrora les había asignado, pero no las palabras mismas. Siempre que daba con
esos pasajes, porque los leí y releí hasta el cansancio, el lenguaje se tornaba
más fragante, más rico, más cargado de esa misteriosa cualidad que todo gran
autor imparte a su lenguaje y que es la marca de su singularidad. De todos
modos, tanto me impresionaron la vitalidad y el carácter hipnótico de estos
pasajes spenglerianos, que decidí transcribir varios de ellos textualmente. Fue
un experimento que me vi obligado a realizar, un experimento entre yo mismo y
mis lectores. Las líneas que decidí transcribir se habían hecho muy mías y me
parecía que debía trasmitirlas. ¿Acaso no eran tan importantes en mi vida como
los encuentros, crisis y acontecimientos fortuitos que describiera como míos?
¿Por qué no pasar a Oswald Spengler intacto, puesto que había sido un
acontecimiento en mi vida?
Soy uno de esos lectores que de vez en cuando copian
extensos pasajes de los libros que leen. Hallo estas citas por todas partes
siempre que reviso mis cosas. Nunca están a mi lado, por fortuna o por
desgracia. A veces dedico días enteros a tratar de recordar dónde las habré
guardado. Así, al abrir el otro día uno de mis cuadernos de apuntes de París
buscando otra cosa, di con uno de los pasajes que han vivido conmigo durante
años. Ha sido escrito por Gautier y corresponde a la Introducción de Against the
Grain, de Havelock Ellis. Comienza: -El poeta de las Fleurs du Mal amaba lo que
impropiamente se llama el estilo decadente, y que no es otra cosa que un arte
que ha llegado a ese punto de extrema madurez que dan los soles ponientes de
antiguas civilizaciones: un estilo ingenioso y complicado, cargado de sombras y
de indagación, que constantemente presiona hacia atrás los límites de la
palabra, tomando prestado de todos los vocabularios técnicos, tomando colorido
de las paletas y tomando notas de todos los teclados...- Después sigue una
frase que siempre resalta como iluminado semáforo: -El estilo decadente es la
última palabra del mundo, elevada a su expresión más acabada y llevada a su
último escondrijo.-
Expresiones como éstas muchas veces las he copiado en
extensas cartas y las he colocado en lo alto de mi puerta para que, al
marcharme, mis amigos las leyesen inevitablemente. Algunas personas sienten
impresiones opuestas: mantener en secreto estas preciosas revelaciones. Mi
debilidad es gritar desde lo alto de los tejados siempre que creo haber
descubierto algo de vital importancia. Al terminar de leer un libro
maravilloso, por ejemplo, casi siempre me siento a escribir cartas a mis
amigos, a veces al autor y en ocasiones al editor. La experiencia se convierte
en parte de mi conversación diaria, penetra en los alimentos y en las bebidas
mismas que consumo. He dicho que esto era un debilidad. Puede que no lo sea.
-¡Creced y multiplicaos!-ordenó el Señor. E. Graham Howe, autor de War Dance
(La Danza Guerrera), lo ha dicho de otra manera, que me gusta todavía más:
-¡Cread y compartid!- Y si bien a primera vista la lectura podrá no parecer un
acto de creación, en un sentido profundo lo es. Sin el lector entusiasta, que
en realidad es el equivalente del autor y muchas veces su más secreto rival, el
libro moriría. El hombre que propaga la buena palabra, no solamente aumenta la
vida del libro en cuestión sino también el acto de la creación misma. Insufla
espíritu a los demás lectores. Sostiene el espíritu creador en todas partes. Lo
sepa o no lo sepa, lo que está haciendo es cantar loas a la artesanía de Dios.
Porque el buen lector, así como el buen autor, sabe que todo surge de la misma
fuente. Sabe que no podría participar en la experiencia privada del autor si no
estuviese compuesta de la misma sustancia. Y cuando digo autor significo Autor.
El escritor es, por supuesto, el mejor de todos los lectores porque al escribir
o “crear”, como se dice, no hace otra cosa que leer y transcribir el gran
mensaje de la creación que el Creador, en su bondad, ha puesto de manifiesto en
él.
En el Apéndice el lector hallará una lista de autores y
títulos dispuestos de una manera franca y curiosa. Lo menciono porque creo que
es importante recalcar desde el principio un hecho psicológico sobre la lectura
de libros que se descuida un tanto en la mayoría de las obras sobre el tema. Es
el siguiente: muchos de los libros con los cuales se vive en la propia mente,
son libros que nunca se han leído. A veces estos adquieren asombrosa
importancia. Hay por lo menos tres categorías de este orden. La primera
comprende los libros que uno tiene la intención de leer algún día, pero que con
toda probabilidad nunca llegará a leerlos, la segunda comprende los libros que
uno cree que debiera haber leído y de los cuales por lo menos leerá algunos
antes de morir; la tercera comprende los libros de los cuales uno oye hablar,
comentar o leer, pero que se tiene casi la certeza de que nunca se llegarán a
leer porque al parecer nada será capaz de derribar la muralla de prejuicios
erigida contra ellos.
En la primera categoría están esas obras monumentales, en
su mayoría clásicos, que por lo general nos avergüenza admitir que nunca hemos
leído: en ocasiones uno toma algún volumen, sólo para dejarlo de lado,
convencido la mayoría de las veces de que todavía son ilegibles. La lista varía
según el individuo. Para mí, por dar algunos nombres destacados, comprenden las
obras de autores célebres como Homero, Aristóteles, Francis Bacon, Hegel,
Rousseau (exceptuando Emilio), Robert Browning y Santayana. En la segunda
categoría incluso Arabia Deserta, Decadencia y Caída del Imperio Romano, The
Hundred and Twenty Days of Sodom (Los Ciento Veinte Días de Sodoma), las
Memorias de Casanova, las Memorias de Napoleón y la Historia de la Revolución
Francesa de Michelet. En la tercera están el Diario de Pepys, Tristam Shandy,
Wilhelm Meister, The Anatomy of Melancholy (Anatomía de la Melancolía). The Red
and the Black (Rojo y Negro), Marías the Epicurean (Mario el Epicúrero) y The
Education of Henry Adams (La Educación de Henry Adams).
A veces una referencia casual a un autor que no hemos
leído o a cuya lectura renunciamos por completo —como un pasaje, por ejemplo,
en la obra de un autor que admiramos, o las palabras de un amigo que también es
amante de los libros— basta para hacernos correr en busca de un libro, leerlo
con nuevos ojos y afirmar que es el libro que queríamos. En general, sin
embargo, los libros que omitimos o que rechazamos deliberadamente raras veces
llegamos a leerlos. Ciertos temas, ciertos estilos o asociaciones desagradables
relacionadas con los nombres mismos de ciertos libros, crean una repugnancia
casi insuperable. Nada en la tierra, por ejemplo, podría inducirme a emprender
de nuevo la lectura de Faery Queen (La Reina de las Hadas) de Spenser, que
comencé en el colegio y por supuesto abandoné porque me marché precipitadamente
de esa institución. Nunca jamás volveré a mirar ni una línea de Edmund Burke,
Addison o Chaucer, aunque al último me parece que vale la pena leerlo. Racine y
Corneille son otros dos que dudo que alguna vez vuelva a mirarlos, aunque
Corneille me intriga debido a un brillante ensayo que leí no hace mucho sobre
Phédre en The Clown's Grail. Por otra parte, hay libros que están en los
cimientos mismos de la literatura, pero que distan tanto del propio pensamiento
y experiencia que nos resultan “intocables”. Ciertos autores que presuntamente
serían el baluarte de nuestra particular cultura occidental, son para mí de
espíritu más extraño que los chinos, los árabes o los pueblos primitivos.
Algunas de las obras literarias más estimulantes surgen de culturas que no han
contribuido directamente a nuestro desarrollo. Ningún cuento de hadas, por
ejemplo, ha ejercido una influencia más potente sobre mí que los de los
japoneses, con los cuales me familiaricé por medio de la obra de Lafcadio
Hearn, una de las figuras exóticas de la literatura norteamericana. Cuando niño
no había para mí cuentos más seductores que los tomados del Arabian Night's
Entertainment (Las Mil y Una Noches). El folklore indio norteamericano me deja
frío, mientras que el folklore de África me es más grato y más preciado.
Además, como he dicho reiteradamente, no importa lo que lea de literatura china
(descartando Confucio) me parece como si hubiese sido escrito por mis
antepasados inmediatos.
He dicho que a veces quien nos pone sobre la pista de un
libro sepultado es un autor que estimamos: -¡Qué! ¿Le gustó ese libro?- decimos
para nosotros mismos, e inmediatamente las barreras se desmoronan y la mente no
solamente se vuelve abierta y receptiva, sino también positivamente en llamas.
Muchas veces sucede que no es un amigo de gustos similares quien revive el
propio interés en un libro muerto, sino una relación casual. A veces este
individuo da la impresión de ser nulo, y uno se pregunta por qué ese libro ha
captado la memoria de la persona que lo recomendó al azar, o que quizá no lo
recomendó en absoluto sino que simplemente lo mencionó durante la conversación
como un libro “raro”. Cuando no tenemos nada que hacer, de pronto nos llega a
la memoria esta conversación y nos disponemos a someter a prueba al libro.
Entonces se produce el descubrimiento imprevisto. Wutherign Heights es para mí
un ejemplo de este tipo. De haberla oído elogiar tanto y tan a menudo, había
llegado a la conclusión de que era imposible que una novela inglesa —¡y escrita
por una mujer!— fuese tan buena. Hasta que un día un amigo, cuyos gustos
consideraba superficiales, dejó caer algunas palabras muy sabias sobre el
particular. Aunque procedí a olvidar inmediatamente sus observaciones, la
ponzoña penetró en mi ser. Sin darme cuenta, abrigaba la secreta resolución de
echar un vistazo a este famoso libro algún día. Por último, hace pocos años,
Jean Varda lo depositó en mis manos. Lo leí de un solo trago, tan asombrado
como todos los demás, sospecho, por su sorprendente poder y belleza. Sí, es una
de las grandes novelas en idioma inglés. Y yo, por orgullo y prejuicios, había
estado a punto de perdérmela.
Otra historia completamente distinta es la de The City of
God (La Ciudad de Dios). Hace muchos años, como todas las demás personas, había
leído las Confesiones de San Agustín, que me habían causado profunda impresión.
Después, en París, alguien me entregó The City of God (La Ciudad de Dios), en
dos volúmenes. No solamente lo hallé aburrido y árido, sino también
monstruosamente ridículo en partes. Al enterarse por un amigo mutuo —para su
sorpresa, sin duda— de que yo había leído esta obra, un librero inglés me
informó que podría obtener buen precio por él si le hacía acotaciones. Tomé
asiento y me puse a leerlo una vez más, cuidando minuciosamente de hacer
copiosas acotaciones, por lo general adversas, en los márgenes; tras perder más
o menos un mes en esta vana tarea, despaché el libro a Inglaterra. Veinte años
después recibí una postal del mismo librero, en la que me decía que esperaba
vender el ejemplar dentro de pocos días. Por fin había hallado comprador. Esa
fue la última vez que tuve noticias de él. Dróle d'histoire!
Durante toda mi vida la palabra “confesiones” siempre me
ha atraído como un imán. He mencionado Confessions of a Fool (Confesión de un
loco), de Strindberg. También debí haber mencionado la famosa obra de Marie
Bashkirtseff y las Confession of Two Brothers (Confesiones de Dos Hermanos), de
Powys. Hay algunas confesiones muy célebres, sin embargo, que nunca le logrado
soportar hasta el final. Una es la de Rousseau y la otra la de Quincey. Sólo
hace poco hice otro intento con las Confesiones de Rousseau, pero a las pocas
páginas no me quedó otro remedio que abandonarlas. Su Emilio, en cambio, pienso
leerlo por completo, cuando encuentre un ejemplar de tipos legibles. Lo poco
que leí de esta obra ejerció extraordinario atractivo sobre mí.
Creo que están completamente equivocados quienes afirman
que los cimientos del conocimiento o de la cultura, o cualquier otro cimiento,
son necesariamente los clásicos que figuran en cualquier lista de los “mejores”
libros. Sé que varias universidades basan todos sus programas en tales listas
selectas. Sostengo que cada individuo tiene que construir sus propios
cimientos. El hecho de que uno sea un individuo se debe a su singularidad. No
importa cuál haya sido el material que afectó vitalmente la forma de nuestra
cultura, cada hombre debe decidir por sí mismo los elementos de la misma que
habrán de penetrar en él para modelar su propio destino personal. Las grandes
obras que son elegidas por las mentes magistrales representan sus preferencias
exclusivamente. Está en la naturaleza de tales intelectos presumir que son
nuestros guías y mentores designados. Puede ser que, librados a nosotros
mismos, con el tiempo llegaríamos a compartir su punto de vista. Pero la forma
más segura de conspirar contra ese fin es promulgar la lectura de listas
selectas de libros, las llamadas piedras fundamentales. El hombre debe comenzar
con sus tiempos. Debe familiarizarse ante todo con el mundo en que vive y
participa. No debe temer leer ni demasiado ni demasiado poco. Debe recibir su
lectura como recibe sus alimentos o su ejercicio. El buen lector gravitará
hacia los buenos libros. Descubrirá por sus contemporáneos lo que sea
inspirador o fecundo, o simplemente agradable, en la literatura del pasado.
Deberá tener el placer de hacer esos descubrimientos por su cuenta y a su
manera. Lo que tiene valor, encanto, belleza y sabiduría, no puede perderse ni
olvidarse. Pero las cosas son susceptibles de perder todo su valor, todo su
encanto y atractivo si nos arrastran a ellas tomados de los cabellos. ¿No ha
percibido usted, tras muchos remordimientos y desilusiones, que cuando
recomienda un libro a un amigo, cuanto menos diga tanto mejor? En cuanto usted
elogia demasiado un libro, provoca resistencia en su posible lector. Hay que
saber cuándo dar la dosis y cuánto, y si debe repetirse o no. Muchas veces se
señala que los gurús de la India y el Tibet durante siglos han practicado el
elevadísimo arte de desalentar a sus ardientes discípulos del mañana. El mismo
tipo de estrategia bien podría aplicarse a la lectura de los libros. Desanime a
un hombre de manera concreta, o sea teniendo en cuenta el fin correcto, y usted
lo colocará en el sendero con mucha mayor prontitud. Lo importante no es qué
libros, qué experiencias debe tener el hombre, sino lo que les aporte de sí
mismo.
La influencias son de todas las cosas intangibles de la
vida una de las más misteriosas. No cabe duda de que las influencias entran
dentro de las leyes de la atracción. Pero debe tener en cuenta que cuando nos
atraen en cierta dirección, también es porque nosotros empujamos en esa
dirección, quizá sin saberlo. Es obvio que no estamos a merced de todas y cada
una de las influencias. Tampoco reconocemos siempre las fuerzas y factores que
nos influyen de un período a otro. Algunos hombres nunca llegan a conocerse a
sí mismos ni a conocer lo que motiva su conducta. Son la mayoría de los
hombres, en realidad. En otros, en cambio, el sentido de destino es tan claro y
tan poderoso que difícilmente parece haber cabida para alguna elección; crean
las influencias necesarias para cumplir sus fines. Empleo la palabra “crean”
deliberadamente porque en ciertos asombrosos casos el individuo literalmente ha
sido obligado a crear las influencias necesarias. Aquí pisamos terreno extraño.
Mi motivo para presentar un elemento tan abstruso es que, en lo tocante a los
libros, así como en cuanto a los amigos, amantes, aventuras y descubrimientos,
todo está inexplicablemente mezclado. Muchas veces el incidente más inesperado
despierta el deseo de leer un libro. Para comenzar, todo lo que sucede a un
hombre es de una sola pieza, y los libros que elige no son la excepción. Puede
que haya leído las Vidas de Plutarco o Las Quince Batallas Decisivas del Mundo
porque una tía al morir se los dejé bajo la nariz. Puede que no las haya leído
si detestaba a esta tía.
De los millares de títulos que llegan al alcance de
nuestra vista, inclusive en los primeros años de la vida, ¿cómo es que un
individuo se encamina directamente hacia ciertos autores, mientras que otro lo
hace hacia otros? Los libros que el hombre lee son determinados por lo que el
hombre es. Si se dejara a un hombre a solas con un libro en una habitación, un
solo libro, no significa que lo leería porque no tiene otra cosa que hacer. Si
el libro le aburre lo deja, aunque enloquezca de ganas de hacer otra cosa.
Algunos hombres, cuando leen, se toman la molestia de examinar todas las
referencias que aparecen en las notas; otros, en cambio, jamás leen las notas.
Algunos emprenden arduas jornadas para leer un libro cuyo título les ha
intrigado. Las aventuras y descubrimientos de Nicholas Flamel en relación con
el Libro de Abraham el Judío constituyen una de las páginas de oro de la
literatura.
Como decía, la observación casual de un amigo, un
encuentro inesperado, una nota al pie, una enfermedad, la soledad, los extraños
caprichos de la memoria, mil y una cosas pueden lanzar a uno en busca de un
libro. Hay veces en que uno es susceptible a cualquier sugestión, insinuación o
confidencia; hay momentos, en cambio, en que haría falta una carga de dinamita
para ponernos en pie y hacernos mover.
Una de las grandes tentaciones del escritor es leer
mientras está entregado a la redacción de un libro. A mí me parece que en el
momento en que empiezo un nuevo libro también aumenta mi pasión por la lectura.
En efecto, por causa de algún perverso instinto, en el momento en que me he
lanzado a escribir un nuevo libro siento inquietud por hacer un millar de cosas
distintas, no, como sucede muchas veces, por el deseo de eludir la tarea de
escribir. Lo que hallo es que puedo escribir y hacer otras cosas. Cuando la
urgencia creativa se apodera de mí —por lo menos tal es mi experiencia— me
vuelvo creativo en todas las direcciones al mismo tiempo.
Fue en los días previos a la época en que me dedicaba a
escribir, confieso, cuando la lectura fue para mí uno de los pasatiempos más
voluptuosos y perniciosos al mismo tiempo. Mirando al pasado, me parece como si
leer libros no fuese más que un narcótico, que al principio estimula pero
después tiene efectos deprimentes y paralizantes. Desde el momento en que
comencé a escribir con dedicación, el hábito de la lectura cambió en mí y un
nuevo elemento se introdujo en ese hábito. Un elemento fecundo, podría decir.
Siendo joven, muchas veces cuando dejaba un libro pensaba que yo podría haberlo
escrito mejor. Cuanto más leía, más criticaba mi material de lectura.
Difícilmente encontraba algo que me satisficiera. Poco a poco comencé a
despreciar los libros... y también a los escritores. Muchas veces los
escritores que castigaba con mayor saña eran los que más adoraba. Pero siempre
había, indudablemente, un grupo de autores cuyos mágicos poderes me intrigaban
y eludían. Al ir llegando a la época de afirmar mi propio poder de expresión,
comencé a releer a estos “hechizantes” con nuevos ojos. Los leía a sangre fría,
con todos los poderes de análisis de que era capaz, con la intención, créase o
no, de arrancarles su secreto. Sí, fui en esa época lo bastante ingenuo como
para creer que podría descubrir lo que hace que el reloj funcione,
desarmándolo. Por vana y tonta que haya sido mi conducta, este período se
destaca, no obstante, como el más provechoso de todos mis encuentros con los
libros. Aprendí algo sobre estilo, sobre el arte de la narración, sobre los
efectos y sobre cómo se producen. Lo más importante de todo fue que aprendí que
en realidad en la creación de buenos libros entra en juego un misterio. Decir,
por ejemplo, que el estilo es el hombre, es decir casi nada. La forma en que un
hombre escribe, la forma en que habla, la forma en que camina, la forma en que
lo hace todo, es singular e inescrutable. Lo importante, tan obvio que por lo
general no lo advertimos, es no maravillarse por esas cosas sino escuchar lo que
un hombre tiene que decir, dejar que sus palabras nos conmuevan, nos alteren,
nos hagan más y más y lo que realmente somos.
El factor más importante en la apreciación de cualquier
arte es la práctica de ese arte. Están la maravilla y la embriaguez del niño
cuando encuentra por primera vez el mundo de los libros; están el éxtasis y
decepción de la juventud cuando descubre a sus “propios” autores; pero más que
todo esto, porque combinadas con ellas hay otros elementos más permanentes y
turbadores, están las percepciones y reflexiones de un ser maduro que ha
dedicado su vida a la labor de la creación. Leyendo las cartas de Van Gogh a su
hermano, nos llama la atención la vasta meditación, análisis, comparación,
adoración y crítica que hiciera en el curso de su breve y frenética carrera
como pintor. Esto no es infrecuente entre los pintores, pero en Van Gogh
adquiere proporciones heroicas. Van Gogh no solamente miraba la naturaleza, la
gente y los objetos, sino también los lienzos de otros, estudiando sus métodos,
técnicas, estilos y enfoques. Reflexionaba larga e intensamente sobre lo que
observaba, y estos pensamientos y observaciones penetraban en su trabajo. No
fue otra cosa que un primitivo o un “fauve”. Como Rimbaud, estaba a punto de
ser “un místico en estado salvaje”.
No por accidente en absoluto elijo un pintor y no un
escritor para ilustrar lo que digo. Sucede que Van Gogh, sin haber tenido
ninguna pretensión literaria, escribió uno de los más grandes libros de nuestro
tiempo, y sin saber que estaba escribiendo un libro. Su vida, según la
apreciamos en sus cartas, es más reveladora, más conmovedora, más obra de arte,
diría, que la mayoría de las famosas autobiografías o novelas autobiográficas.
Nos habla sin reservas de sus luchas y pesares, sin ocultarnos nada. Despliega
su raro conocimiento del oficio del pintor, aunque es aclamado más por su
pasión y su visión que por su conocimiento del medio. Su vida, donde expone con
claridad el valor y el significado de la dedicación, es una lección para todos
los tiempos. Van Gogh es simultáneamente —¡qué pocos son los hombres de los
cuales podemos decir esto!— el humilde discípulo, el estudiante, el amante, el
hermano de todos los hombres, el crítico, el analista y el hacedor de buenas
acciones. Puede que haya sido un obseso o un poseído, pero no era un fanático
que trabajaba en la oscuridad. Poseyó, ante todo, esa rara facultad de ser
capaz de criticar y juzgar su propia obra. Demostró, en efecto, ser mucho mejor
crítico y juez que aquellos cuya ocupación es lamentablemente criticar, juzgar
y condenar.
Cuanto más escribo, más comprendo lo que otros tratan de
decirme en sus libros. Cuanto más escribo, más tolerante soy con respecto a mis
colegas escritores. (No incluyo a los “malos” escritores, porque con ellos me
niego a tener ningún trato.) Pero con los que son sinceros, con los que luchan
honestamente por expresarse, soy mucho más blando y comprensivo que en la época
en que todavía no había escrito libros. Sé aprender del más pobre de los
escritores, siempre que haya hecho todo el esfuerzo posible. En efecto, he
aprendido mucho de ciertos escritores “pobres”. Leyendo sus obras me ha llamado
reiteradamente la atención esa libertad y audacia que es casi imposible
recuperar una vez que se está “en el arnés”, una vez que se tiene conciencia de
las leyes y limitaciones de su medio. Pero es leyendo a los autores favoritos
cuando se adquiere la suprema noción del valor que tiene el practicar el arte
de escribir. Los leemos con el ojo derecho y con el izquierdo. Sin perder en lo
más mínimo el intenso goce de la lectura, uno adquiere noción de un maravilloso
enaltecimiento de la conciencia. Leyendo a estos hombres el elemento de lo
misterioso nunca retrocede, sino que el vaso en que sus pensamientos están
contenidos se torna más y más transparente. Ebrio de éxtasis, uno regresa a su
propia labor revivificado. La crítica se convierte en reverencia. Uno comienza
a orar como jamás oró previamente. Ya no se ora por uno mismo sino por el
Hermano Giono, el Hermano Cendrars, el Hermano Céline, por toda la galaxia de
colegas autores en realidad. Uno acepta la singularidad de su colega artista
sin reservas, comprendiendo que solamente por medio de la propia singularidad
uno afirma lo que hay de común con él. Ya no se pide algo distinto de su autor
predilecto, sino más de lo mismo. Hasta el lector ordinario testifica esta
necesidad. ¿Acaso cuando termina de leer el último volumen de su autor
favorito, no dice, por ejemplo: -¡Ah, si hubiese escrito algunos libros más!-
Cuando cierto tiempo después de la muerte de un escritor alguien desentierra un
manuscrito olvidado, un rimero de cartas o un diario desconocido, ¡qué grito de
alegría se levanta! ¡Cuánta gratitud hasta por el más mínimo fragmento póstumo!
Hasta el examen de la cuenta de gastos de un escrito nos emociona. En el momento
en que la vida de un escritor se extingue, de pronto esa vida cobra un
trascendental interés para nosotros. Con frecuencia su muerte nos permite ver
lo que no podíamos ver cuando estaba con vida: que su vida y su obra eran una
sola. ¿No es obvio que el arte de la resurrección (biografía) enmascara una
profunda esperanza y anhelo? No nos conformamos con permitir que Balzac,
Dickens o Dostoievsky permanezcan inmortales en sus obras: queremos
restaurarlos en carne y hueso. Cada era trata de unir a los grandes hombres de
letras con los suyos, de incorporar la pauta y significado de sus vidas a las
suyas. A veces parece como si la influencia de los muertos fuese más potente
que la de los vivos. Si el Salvador no hubiese resucitado, sin duda el hombre
lo habría hecho resucitar con su pesar y anhelo. El autor ruso que habló de la
“necesidad” de resucitar a los muertos estaba en lo cierto.
¡Vivían y me hablaban/ Esto es lo más sencillo y elocuente
que podría decir de los autores que me han acompañado a través de los años. ¿No
es extraño decir esto si consideramos que, en los libros, tratamos con signos y
símbolos? Ningún artista ha conseguido reproducir jamás la naturaleza en el
lienzo, y tampoco ningún escritor ha sido capaz de darnos su vida y sus
pensamientos en su totalidad. La autobiografía es la más pura de las novelas.
La ficción siempre se acerca más a la realidad que los hechos. La fábula no es
la esencia de la sabiduría mundana sino su amarga cáscara. Podremos seguir
adelante, a través de todos los rangos y divisiones de la literatura,
desenmascarando la historia, exponiendo los mitos de la ciencia, desvalorizando
la estética, pero nada, en profundo análisis, demuestra ser lo que parece o
pretende ser. El hombre sigue hambriento.
¡Vivían y me hablaban! ¿No es extraño comprender y gozar
lo que es incomunicable? El hombre no se comunica con el hombre por medio de
las palabras, sino que comulga con su prójimo y con su Hacedor. Una y otra vez
uno deja leído un libro y uno se queda mudo. A veces es porque el autor parece
“haberlo dicho todo”. Pero no pienso en este tipo de reacción. Pienso que esta
cuestión de quedarse mudo corresponde a algo más profundo. Desde .el silencio
las palabras brotan; hacia el silencio las palabras retornan, si se utilizan
debidamente. En el ínterin algo inexplicable tiene lugar: un hombre muerto,
digamos, resucita, toma posesión de nosotros y al marcharse nos deja
completamente alterados. Hizo esto mediante signos y símbolos. ¿Esto que poseyó
—o que quizá todavía posee— no es magia?
Aunque no lo supiéramos, poseemos realmente las llaves del
paraíso. Hablamos mucho de comprensión y comunicación, no solamente con
nuestros semejantes, sino también con los muertos, con los no nacidos, con los
que moran en otros dominios, en otros universos. Creemos que poderosos secretos
no han sido revelados todavía y esperamos que la ciencia o, de lo contrario, la
religión, nos indiquen el camino. Para el futuro distante soñamos con una vida
totalmente distinta de la que conocemos ahora; nos investimos de poderes que no
podemos manejar. Sin embargo, los escritores de libros no solamente han dado
muestras siempre de poseer poderes mágicos, sino también de la existencia de
universos que infringen e invaden nuestro propio y pequeño universo y nos son
tan familiares como si los hubiéramos visitado personalmente. Estos hombres no
tuvieron maestros “ocultos” que los iniciaran. Surgieron de padres similares a
los nuestros, fueron productos de ambientes semejantes a los nuestros. ¿Por qué
se yerguen aparte, entonces? No es el ejercicio de la imaginación, porque
hombres de otros ámbitos de la vida han desplegado facultades de imaginación
igualmente grandes. No es el dominio de una técnica, porque otros artistas
practican técnicas igualmente difíciles. No, para mí el hecho cardinal sobre el
escritor es su capacidad para “explotar” el vasto silencio que nos envuelve a
todos nosotros. De todos los artistas, es el que mejor conoce que “al principio
estaba el Mundo y el Mundo estaba con Dios y el Mundo era Dios”. Ha captado el
espíritu que informa a toda la creación y lo ha expresado en signos y símbolos.
Pretendiendo comunicarse con sus semejantes, sin quererlo nos ha enseñado a
comulgar con el Creador. Utilizando el lenguaje como instrumento, demuestra que
no es en absoluto lenguaje, sino oración. Un tipo muy especial de oración,
además, porque nada se demanda en ella al Creador. “¡Bendito seas, oh Señor!”
Así se desarrolla, no importa cuál sea el tema, no importa cuál sea el idioma.
“¡Permite que me agote, oh Señor, cantando mis loas a Ti!”
¿Acaso no es éste el “trabajo celestial” de que hemos
hablado?
Dejemos de preguntarnos lo que ellos, los grandes, los
ilustres hacen en el más allá. Sepamos que todavía cantan himnos de alabanza.
Aquí, en la tierra, puede que lo hayan practicado; allá están perfeccionando su
cántico.
Una vez más debo mencionar a los rusos, esos oscuros del
siglo diecinueve que sabían que hay una sola misión, un solo gozo supremo:
establecer la vida perfecta aquí, en la tierra.
CAPÍTULO II - LAS PRIMERAS LECTURAS
Recuerdo con precisión los primeros libros que elegí para
este fin: The Birth of Tragedy (El Nacimiento de la Tragedia), The Eternal
Husband (El Eterno Marido), Alice in Wonderland (Alicia en el País de las
Maravillas), The Imperial Orgy (La Orgía Imperial) y Mysteries (Misterios), de
Hamsun. Hamsun, como he dicho con frecuencia, es uno de los autores que me
afectaron vitalmente como escritor. Ninguno de sus libros me intrigó tanto como
Mysteries. En ese período de que he hablado previamente, cuando comencé a
separar a mis autores preferidos para descubrir el poder secreto de su
encantamiento, los hombres en que me concentré fueron ante todo Hamsun, y
después Arthur Machen y Thomas Mann. Cuando releí The Birth of Tragedy (El
Nacimiento de la Tragedia) recordé lo mucho que me había asombrado el empleo
mágico que hacía Nietzsche del lenguaje. Hace apenas algunos años, gracias a
Eva Sikelianou, volví a deleitarme una vez más con este libro extraordinario.
Mencioné a Thomas Mann. Durante un año entero viví con
Hans Castorp de La Montaña Mágica como persona real, hasta podría decir, como
hermano de sangre, pero fue la maestría de Mann como novelista lo que más me
intrigó y desconcertó durante el período “analítico” al que me refiero. En esa
época Death in Venice (Muerte en Venecia) era para mí la narración suprema. En
el espacio de pocos años, sin embargo, mi opinión de Thomas Mann, y en especial
de su Death in Venice (Muerte en Venecia), se alteró radicalmente. Fue un hecho
curioso que quizá valga la pena relatar. Sucedió más o menos así... Durante mis
primeros días en París conocí a un individuo sumamente cordial y atrayente al
que tomé por un genio. Se llamaba John Nichols. Era pintor. Como tantos otros
irlandeses, poseía también el don de ser muy locuaz. Era un deleite escucharlo,
hablase de pintura, literatura, música o simplemente necesidades. Era proclive
a la invectiva y, cuando se enardecía, tenía una lengua ponzoñosa. Cierto día
le mencioné al azar mi admiración por Thomas Mann, y minutos después me
encontré discutiendo acaloradamente sobre Death in Venice (Muerte en Venecia).
Nichols respondió con expresiones burlonas y despectivas. Exasperado, le dije
que buscaría el libro y se lo leería en voz alta. Admitió que no lo había leído
y mi proposición le pareció excelente.
Jamás olvidaré esta experiencia. Antes de leerle tres
páginas, Thomas Mann comenzó a resquebrajarse. Nichols, debo advertir, no había
pronunciado ni una sola palabra. Pero leyendo el cuento en voz alta y para un
oyente crítico, de pronto se puso de manifiesto la crujiente maquinaria oculta
por debajo de la superficie. Yo, que creía tener en mis manos oro puro,
encontré en realidad un pedazo de cartón arrugado. Hacia la mitad arrojé el
libro al suelo. Más tarde releí rápidamente La Montaña Mágica y Buddenbrooks,
obras que hasta entonces consideraba monumentales, sólo para hallarlas
igualmente fallidas.
Debo apresurarme a añadir que este tipo de experiencia me
ha sucedido no pocas veces. Hubo una notable —que me sonroja mencionar—
relacionada con Three Men in a Boat (Tres Hombres en un Bote). No alcanzo a
comprender cómo fue posible que llegara a encontrar “gracioso” ese libro. Sin
embargo así lo consideré en una época. En efecto, recuerdo que reí hasta
llorar. El otro día, tras un lapso de treinta años, lo cogí y comencé a leerlo
de nuevo. Nunca he probado un trapo tan andrajoso. Otra desilusión, aunque mucho
más leve, me deparaba la relectura de The Triutnph ofthe Egg (El Triunfo del
Huevo). El huevo resultó estar casi podrido, pero en otro tiempo me hizo reír y
llorar.
Oh, ¿quién era yo, qué he sido yo en esos sombríos días de
antaño?
Lo que comencé a decir es que, al releer, compruebo en
medida creciente que los libros que me agradaría releer son los que he leído
durante la niñez y los primeros años de mi juventud. He mencionado a Henty,
¡bendito sea su nombre! Pero también hay otros, como Rider Haggard, Marie
Corelli, Bulwer-Lytton, Eugene Sue, James Fenimore Cooper, Sienkiewicz, Ouida
(Under Two Flags: Bajo dos Banderas) y Mark Twain (Huckleberry Finn y Tom
Sawyer particularmente). ¡Imagínense, no haber leído a ninguno de estos hombres
desde la niñez! Parece increíble. En cuanto a Poe, Hack London, Hugo, Conan
Doyle. Kipling, importa poco que jamás vuelva a poner mis ojos en sus obras.
También me agradaría mucho releer los libros que solía
leer en voz alta a mi abuelo cuando éste trabajaba sentado junto a su mesa de
sastre en nuestra vieja casa del Fourteenth Ward en Brooklyn. Recuerdo que uno
de ellos versaba sobre nuestro gran “héroe” (de un día) el almirante Dewey.
Otro era sobre el almirante Farragut, quizá sobre la batalla de Mobile Bay, si
ese encuentro se produjo alguna vez. Con respecto a este libro, recuerdo ahora
que al escribir el capítulo titulado “Mi sueño de Mobile” en The Air-conditioned
Nigbtmare (Pesadilla de Aire Acondicionado), tuve activamente presente esta
narración de las heroicas hazañas de Farragut. No cabe duda de que mi
concepción de Mobile estuvo matizada por este libro que había leído hace
cincuenta años. Pero el libro sobre el almirante Dewey tuvo la virtud de
familiarizarme con mi primer héroe vivo, que no era Dewey, sino nuestro
declarado enemigo, Aguinaldo, el rebelde filipino. Mi madre había colgado el
retrato de Dewey flotando sobre el acorazado Maine, en la cabecera de mi cama.
Aguinaldo, cuyo semblante aparece ahora borroso en mi mente, me recuerda
físicamente a esa extraña fotografía de Rimbaud tomada en Abisinia, donde está
con indumentaria como de presidiario, de pie en la ribera dé un río. Mis padres
lejos estaban de imaginar cuando me entregaron a nuestro precioso héroe, el
almirante Dewey, que nutrían en mí la semilla de un rebelde. Comparado con
Dewey y Teddy Roosevelt, Aguinaldo se destaca como un coloso. Fue el primer
Enemigo Número Uno que se me cruzó en el horizonte. Todavía reverencio su
nombre, así como reverencio los nombres de Robert E. Lee y de Toussaint
l'Ouverture, el gran libertador negro que combatió a los hombres escogidos de
Napoleón y los derrotó.
En este aspecto, ¿cómo podría dejar de mencionar El culto
a los Héroes de Carlyle o los Hombres Representativos de Emerson? ¿Y por qué no
dar cabida a otro ídolo de mis primeros años, John Paul Jones? En París,
gracias a Blaise Cendrars, aprendí lo que no está en los libros de historia ni
en las biografías sobre John Paul Jones. La espectacular historia de la vida de
este hombre es uno de los libros en proyecto que Cendrars todavía no ha escrito
y que quizá nunca llegue a escribir. El motivo es sencillo. Siguiendo la huella
de este aventurero norteamericano, Cendrars amasó tan inmensa cantidad de
material, que prácticamente quedó sepultado por él. Cendrars confesó que en el
curso de sus viajes, buscando documentos y comprobando libros raros
relacionados con la miríada de aventuras de John Paul Jones, gastó más de diez
veces el importe que los editores le habían adelantado a cuenta de los derechos
de autor. Siguiendo los pasos de John Paul Jones, Cendrars hizo de su viaje una
auténtica odisea. Por último confesó que algún día escribiría un volumen enorme
o un libro muy chico, cosa que comprendo perfectamente.
La primera persona a quien me aventuré a leerle en voz
alta fue a mi abuelo. ¡No porque él me instase a hacerlo! Todavía recuerdo que
le decía a mi madre que algún día se arrepentiría de colocar en mis manos
tantos libros. Tenía razón. Mi madre se arrepintió amargamente años después.
Fue mi propia madre, dicho sea de paso, a la que escasamente recuerdo haber
visto alguna vez con un libro en la mano, quien me dijo cierto día, cuando yo
estaba leyendo Las Quince Batallas Decisivas del Mundo, que ella había leído
ese mismo libro años antes... en el baño. Esto me dejó patitieso. No porque
admitiera haber leído este libro en el cuarto de baño, sino porque justamente,
de todos los libros, tuvo que haber sido ese el que leyera en el baño.
La lectura en voz alta a los amigos de mi niñez,
particularmente Joey y Tony, mis primeros amigos, me abrió los ojos. Descubrí
en los comienzos de mi vida lo que algunos descubren mucho más tarde, para su
disgusto y pesar, y es que leyendo en voz alta la gente se queda dormida. Mi
voz era monótona, o leía mal, o los libros que leía eran aburridos.
Inevitablemente mis oyentes se dormían apoyados en mis hombros, cosa que, por
supuesto, no me indujo a abandonar esta práctica. Tampoco estas experiencias
modificaron la opinión que abrigaba de estos amiguitos, no; insensiblemente
llegué a la conclusión de que los libros no son para todos, criterio que
todavía sostengo. El último consejo que daría en esta tierra es que alguien
aprenda a leer. Si por mí fuese, primero me ocuparía de que un muchacho aprenda
carpintería, albañilería, jardinería, caza o pesca. Primero las cosas
prácticas; después los lujos. Y los libros son lujos. Espero, por supuesto, que
el niño normal baile y cante desde la infancia. Y que practique algunos juegos.
Yo fomentaría esas tendencias con todas mis energías. Pero la lectura de libros
puede esperar.
Jugar... Ah, éste constituye por sí solo todo un capítulo
de la vida. Me refiero principalmente a los juegos al aire libre, los juegos de
los niños pobres en las calles de las grandes ciudades. A duras penas resisto
la tentación de extenderme sobre este asunto mientras escribo un libro
completamente distinto.
No obstante, la niñez es un tema del cual nunca me canso.
Tampoco me cansa el recuerdo de los juegos desordenados y gloriosos con que nos
entreteníamos día y noche en las calles, como tampoco los personajes con los
cuales entablé amistad y que a veces endiosaba, como tienden a hacer los
muchachos. Compartí todas mis experiencias con mis camaradas, incluso la
experiencia de la lectura. Con mucha insistencia he mencionado en mis escritos
la asombrosa erudición que desplegábamos en nuestras discusiones sobre los
problemas fundamentales de la vida. Temas como el pecado, el mal, la
reencarnación, el buen gobierno, la ética y la moral, la naturaleza de la
divinidad, Utopía y la vida en otros planetas, todo esto era pan y vino para
nosotros. Mi verdadera educación comenzó en la calle, en los terrenos baldíos,
durante los fríos días de noviembre, o en las esquinas, de noche, muchas veces
con los patines puestos. Naturalmente, uno de los temas de eterna discusión
para nosotros eran los libros, los libros que estábamos leyendo en esos
momentos y que hasta nos era vedado saber que existían. Parece extravagante
decirlo, lo sé, pero creo que solamente los grandes intérpretes de la
literatura pueden rivalizar con el muchacho callejero cuando de extraer el
sabor y la esencia de un libro se trata. En mi humilde opinión, el muchacho
está más cerca de la comprensión de Jesús que el sacerdote, mucho más cerca de
Platón, en sus opiniones sobre el gobierno, que las figuras políticas de este
mundo.
Durante este dorado período de la niñez, introdujeron de
pronto en mi mundo de libros una biblioteca completa de libros para jóvenes,
contenida en un hermoso mueble de nogal, con puertas de cristal y anaqueles
móviles. Pertenecía a la colección de un inglés, Isaac Walker, el predecesor de
mi padre, quien gozaba la distinción de haber sido uno de tos primeros sastres
comerciales de Nueva York. Cuando repaso ahora estos libros mentalmente, me
parece verlos hermosamente encuadernados, con los títulos por lo general
grabados en oro, así como también los diseños de las portadas. El papel era
grueso y brillante, y los tipos redondos y claros. En suma, eran libros de lujo
en todos los sentidos. Tan prohibitivo, por lo elegante, me resultaba su
aspecto, que tardé cierto tiempo en atreverme a tomarlos entre mis manos.
Lo que estoy por relatar es una cosa curiosa Se relaciona
con mi profunda y misteriosa aversión por todo lo inglés. Creo decir la verdad
si afirmo que el motivo de esta antipatía tiene una profunda conexión con la
lectura de la pequeña biblioteca de Isaac Walker. La profundidad de mi disgusto
cuando me familiaricé con el contenido de estos libros, puede inferirse por el
hecho de que olvidé por completo los títulos. Uno de ellos, sin embargo, me
ronda en la memoria, pero ni siquiera tengo la certeza de que sea exacto: A
Country Squire. El resto ha quedado en blanco. He de expresar en pocas palabras
la naturaleza de mi reacción. Por primera vez en mi vida capté el significado
de la melancolía y la morbidez. Todos esos libros elegantes parecían envueltos
en un velo de densa niebla. Inglaterra se convirtió para mí en un país rodeado
de impenetrable oscuridad, maldad, crueldad y tedio. Ni un rayo de luz brotó de
esos libros mustios. Eran barro primordial en todos los planos. Por intenso e
irracional que sea este pensamiento, tal cuadro de Inglaterra y de la vida
inglesa persistió hasta bien entrado en mis años maduros, para ser sincero,
hasta el momento en que visité Inglaterra y tuve oportunidad de conocer a los
ingleses en su propia salsa. (Debo admitir, sin embargo, que mi primera
impresión de Londres coincidió mucho con el cuadro que me había formado durante
mi niñez, impresión que nunca llegó a disiparse del todo.)
Cuando leí a Dickens, estas primeras impresiones se
corroboraron y robustecieron, por supuesto. Tengo muy pocos recuerdos
agradables vinculados con la lectura de Dickens. Sus libros eran sombríos,
terroríficos en algunas partes, y por lo general agotadores. De todos ellos
David Copperfield se destaca como el más agradable, el que más se aproximaba a
lo humano, según la concepción que entonces yo tenía del mundo. Por fortuna
hubo un libro, obsequiado por una tía, que sirvió para corregir en mí esta
noción negativa de Inglaterra y del pueblo inglés. El título de este libro, si
no me equivoco, era A Boy's History of England (Historia de Inglaterra para
Niños), de Ellis. Recuerdo nítidamente el placer que me dio la lectura de este
libro. Estaban, además, los libros de Henty, que también leía o que acababa de
leer poco antes, y de los cuales adquirí una noción distinta del mundo inglés.
Pero los libros de Henty trataban de proezas históricas, mientras que los
libros de la colección de Isaac Walker versaban sobre el pasado inmediato. Años
después, cuando di con las obras de Thomas Hardy, reviví estas reacciones
infantiles... me refiero a las malas. Sombríos, trágicos, repletos de percances
e infortunios accidentales o coincidentes, los libros de Hardy me obligaron a
ajustar una vez más mi cuadro “humano” del mundo. Por último me vi forzado a
emitir juicio sobre Hardy. A pesar de todo el aire de realismo que impregnaba
sus libros, debo admitir ante mí mismo que no se ajustaban a la “realidad de la
vida”. Yo quería que mi pesimismo fuese “directo”.
Cuando regresaba de Francia a Norteamérica conocí a dos
personas que hablaban maravillas de un escritor inglés del que nunca había oído
hablar hasta entonces Claude Houghton. Muchas veces se dice de él que es un
“novelista metafísico”. De todas maneras Claude Houghton ha hecho más que
cualquier inglés, con excepción de W. Travers Symons —¡el primer “caballero”
que he conocido jamás!—, para modificar profundamente mi imagen de Inglaterra.
He leído la mayoría de sus obras. Haya sido buena o mala su actuación, los
libros de Claude Houghton me cautivan. Muchos norteamericanos conocen I Am
Jonathan Scrivener (Yo Soy Jonathan Scrivener), que serviría para realizar una
magnífica película como sucede con algunas otras de sus obras. Sus Julián Grant
Loses His Way (Julián Grant Pierde el Camino), una de mis preferidas, y All
Change, Humanity! (¡Todo Cambia, Humanidad!), son menos conocidas y es
lamentable.
Pero uno de los libros de Claude Houghton —toco aquí un
tema que espero ampliar más adelante— parece haber sido escrito especialmente
para mí. Se llama Hudson Rejoins the Herd (Hudson Vuelve al Rebaño). En una
extensa carta al autor expliqué el motivo por el cual me parece que es así.
Esta carta se dará a la publicidad algún día. Lo que me asombró tanto al leer
este libro fue que parecía dar un cuadro sumamente íntimo de mi vida durante
cierto período crucial. Las circunstancias externas estaban “deformadas”, pero
las interiores resultaban alucinantemente reales. Yo no habría podido hacerlo
mejor. Por un tiempo me pareció como si mediante algún misterioso recurso
Claude Houghton hubiese logrado acceso a estos hechos y acontecimientos de mi
vida. No obstante, en el curso de nuestra correspondencia, no tardé en
descubrir que todas sus obras son imaginativas. Quizá le sorprenda al lector
enterarse de que tal coincidencia me parezca “misteriosa”. ¿Acaso las vidas y
los personajes imaginarios de las novelas no concuerdan muchas veces con
equivalentes reales? Por supuesto. Pero a pesar de todo sigo impresionado. Los
que creen conocerme íntimamente deberían dar un vistazo a este libro.
Y ahora, sin ningún motivo, a menos que sea una
reminiscencia del fulgor de mi adolescencia, brota en mi mente el nombre de
Rider Haggard. Este es uno de los escritores que figuran en la lista de cien
libros que preparé para Gallimard. ¡He aquí un autor que me tuvo en sus garras!
El contenido de sus libros es vago y deshilachado. Sólo puedo recordar algunos
títulos: Ella, Ayesba, Las Minas del Rey Salomón y Alian Quatermain. Sin
embargo, cuando pienso en ellos el mismo escalofrío recorre mi espalda, que cuando
revivo el encuentro entre Stanley y Livingstone en las entrañas del África.
Tengo la seguridad de que cuando lo relea, cosa que pienso hacer en breve,
hallaré, como me sucediera con Henry, que mi memoria se tornará asombrosamente
viva y fecunda.
Terminado este período de la adolescencia, resulta cada
vez más difícil hallar un autor capaz de producir un efecto que se parezca en
algo al creado por las obras de Rider Haggard. Por razones por el momento
inescrutables, Trilby estuvo a punto de lograrlo. Trilby y Péter Ibbetson son
libros excepcionales. El que provengan de un dibujante de mediana edad, famoso
por su diseños en -Punch-, es más que interesante. En la introducción de Peter
Ibbetson, editada por la Modern Library, Deems Taylor relata que “caminando una
noche en High Street Bayswater, con Henry James, Du Maurier ofreció a su amigo
la idea de escribir una novela y procedió a desplegar el argumento de Trilby”.
“James —dice— declinó el ofrecimiento”. Por fortuna, acotaría yo. Imagino con
terror lo que habría hecho Henry James de un tema así.
Lo extraño es que el hombre que me puso sobre la pista de
Du Maurier también depositó en mis manos Bouvard et Pécuchet de Flaubert, que
no abrí sino treinta años después. Ese hombre había entregado ese libro y
Sentimental Education (Educación Sentimental) a mi padre en pago por una
pequeña deuda. Mi padre, por supuesto, se disgustó. Con la Sentimental
Education (Educación Sentimental) hay una asociación extraña. En alguna parte
Bernard Shaw dice que no se pueden apreciar ciertos libros y que, en consecuencia,
no se los debe leer hasta después de los cincuenta años. Uno de los que citó
fue su famoso trabajo sobre Flaubert. Este es otro de los libros, como Tom
Jones y Moll Flanders, que me propongo leer algún día, particularmente porque
“he llegado a ser adulto”.
Pero volviendo a Rider Haggard... es extraño que un libro
como Nadja, de André Bretón, deba vincularse de alguna manera con las
experiencias emotivas engendradas por la lectura de las obras de Rider Haggard.
Creo que en la Crucifixión Rosada me explayé con cierta extensión —¿o fue en
Remember to Remember? (Recordar para recordar)— sobre el hechizo que siempre
proyecta Nadja sobre mi ser. Cada vez que lo leo, siento la misma turbulencia
interior, la misma deliciosa y un tanto aterrorizada sensación que nos posee,
por ejemplo, cuando nos encontramos completamente desorientados en la negrura
azabache de una habitación que conocemos como la palma de su mano. Recuerdo
haber escogido una parte del libro que me recordaba vividamente mi primer
escrito en prosa, o por los menos el primero que presenté a un editor. (En el
momento de escribir estas líneas caigo en la cuenta de que esta declaración no
es del todo cierta, porque mi primerísimo escrito fue un ensayo sobre El
Anticristo de Nietzche, que escribí para mí mismo en el taller de mi padre.
Además el escrito que presenté a un editor es anterior en varios años al
trabajo mencionado; se trataba de un artículo de crítica que había enviado a la
revista Black Cat y que, con la consiguiente sorpresa, fue aceptado y pagado
con 1,75 dólares o algo parecido, bastándome en esa ocasión este magro pago
para ponerme sobre ascuas, para hacerme tirar a la cuneta un sombrero flamante,
donde fue aplastado inmediatamente por un camión que pasaba.)
Por qué un escritor de la envergadura de André Bretón
guardará relación en mi mente con Rider Haggard habiendo tantos escritores, es
una cosa que requeriría páginas para explicarlo. Puede que al final de cuentas
la asociación no sea tan recóndita, considerando las fuentes peculiares que
sirvieron de inspiración, alimento y corroboración a los surrealistas. Todavía
Nadja es un libro sin parangón, a mi entender. (Las fotografías que acompañan
al texto tienen valor propio). De todos modos, es uno de los pocos libros que
he releído varias veces sin que se disipara el encantamiento original. Creo que
esto basta para destacarlo.
La palabra que me he abstenido deliberadamente de anotar
cuando me refería a Rider Haggard y Nadja es “misterio”. Esta palabra, tanto en
singular como en plural, la he reservado para referirme a mis deliciosas y
fértiles asociaciones con el diccionario y la enciclopedia. Muchas veces he
perdido días enteros en la biblioteca pública buscando palabras o temas.
También aquí, para ser veraz, debo decir que los días más maravillosos los pasé
en mi hogar, con mi excelente compañero Joe O'Regan. Tristes días invernales,
cuando los alimentos escaseaban y la esperanza o la idea de obtener empleo se
esfumaba. Entremezclados con las incursiones en los diccionarios y
enciclopedias hay recuerdos de otros días o noches pasados íntegramente jugando
al ajedrez o al tenis de mesa, o pintando con colores al agua, tareas a las que
nos entregábamos como monomaniáticos.
Una mañana, cuando escasamente me había levantado de la
cama, me dirigí a mi enorme diccionario no abreviado Funk &; Wagnall
buscando una palabra que había acudido a mi mente al despertar. Como de
costumbre, una palabra condujo a otra, porque, ¿qué es el diccionario sino la
forma más sutil del “juego de circuito” enmascarado a guisa de libro? Con Joe a
mi lado, Joe el eterno escéptico suscitóse una discusión que duró todo el día y
toda la noche, sin amainar en ningún momento la búsqueda de más y más definiciones.
Debido a Joe O'Regan, quien tantas veces me había estimulado a poner en tela de
juicio todo lo que yo había aceptado ciegamente, despertaron mis primeras
sospechas sobre el valor del diccionario. Hasta ese momento había tomado al
diccionario como la última palabra, tal como se hace con la Biblia.
Creía, como todo el mundo cree, que obteniendo la
definición se obtiene el significado —lo que yo diría la “verdad”— de una
palabra. Pero ese día, pasando de derivación en derivación, tropezando así con,
los más asombrosos cambios de significado, con contradicciones e inversiones de
significados anteriores, todo el andamiaje de la lexicografía comenzó a
tambalearse y ceder. Buscando el “origen” más remoto de una palabra, observé
que me encontraba frente a un muro de piedra. ¡A todas luces era imposible que las
palabras que examinábamos hubiesen entrado en el lenguaje humano en los puntos
indicados! Volver nada más que al sánscrito, el hebreo el islandés (¡y cuan
maravillosas palabras surgen del islandés!) no era nada, en mi opinión. La
historia se había retrotraído más de mil años y allí estábamos, varados en el
vestíbulo de los tiempos modernos, por así decirlo. El que tantas palabras de
connotación metafísica y espiritual, que los griegos empleaban libremente,
hubiesen perdido todo significado, nos dejaba perplejos. Para abreviar, diré
que al poco tiempo llegamos a la conclusión de que el significado de una
palabra cambiaba, desaparecía por completo o se convertía en su opuesto, según
la época el lugar y la cultura del pueblo que utilizaba el término. La sencilla
verdad de que la vida es tal como la hacemos, tal como la vemos con todo
nuestro ser, y no lo que se nos da objetiva, histórica o estadísticamente,
también se aplica al idioma. Quien menos parece comprender esto es el filólogo.
Pero sigamos adelante, del diccionario a la enciclopedia...
Fue natural, al saltar de significado en significado, al
observar los usos de las palabras cuyos orígenes trazábamos, que para un
estudio más completo y profundo tuviésemos que echar mano de la enciclopedia.
Al final de cuentas el proceso de la definición es de referencias y de
referencias cruzadas. Para saber el significado de una palabra dada es menester
conocer las palabras que, por así decirlo, son marginales a ella. El
significado nunca es dado directamente: se infiere, se deduce o se destila. Y
quizá esto se debe a que no se conoce la fuente original
¡Pero la enciclopedia! ¡Ah, puede que allí pisemos terreno
firme! Examinaríamos temas y no palabras. Descubriríamos de dónde surgieron
estos símbolos mistificadores por los cuales los hombres han combatido y
sangrado, y se han torturado y matado los unos a los otros. Ahora bien, existe
un maravilloso artículo en la Encyclopedia Britannica (la célebre edición)
sobre “Misterios” y, si se desea pasar un día agradable, entretenido e
instructivo en la biblioteca, conviene empezar siempre con una palabra como “misterios”.
Esta palabra lleva al lector a lo lejos y a lo ancho, lo envía a su casa
trastabillando, indiferente a las comidas, al sueño y a otras exigencias del
sistema autónomo. ¡Pero jamás se logra esclarecer el misterio! Además si, como
por lo general suele hacer el buen catedrático, usted se ve obligado a recurrir
de las “autoridades” seleccionadas por los sabihondos enciclopédicos a otras
“autoridades” sobre el mismo tema, no tardará en descubrir que su respeto y
reverencia por la sabiduría acumulada que mora en la enciclopedia se esfuma y
se pulveriza. Conviene adquirir una actitud de desafío frente a tanto saber
enterrado. ¿Quiénes, al final de cuentas, son estos maestros enterrados en las
enciclopedias? ¿Son las autoridades finales? ¡No, en absoluto! La autoridad
final siempre tiene que ser uno mismo. Estos maestros embrujados han “trabajado
sobre el terreno” y cultivaron mucha sabiduría. Pero no es divina y ni siquiera
es la suma de la sabiduría humana (en cualquier tema) lo que nos ofrecen. Han trabajado
como hormigas y castores, y por lo general con tan poco sentido del humor y con
tan escasa imaginación como esas humildes criaturas. Una enciclopedia elige a
sus autoridades, otra elige a otras autoridades. Las autoridades siempre son
opio en el mercado. Al terminar de hablar con ellas se sale sabiendo muy poco
del tema que motivó la consulta y mucho más de otras cosas que no vienen al
caso. La mayoría de las veces uno termina sumido en la desesperanza, la duda y
la confusión. Si algo se gana, es en el empleo más ingenioso de la facultad de
interrogar, la facultad que exalta Spengler y que distingue como la principal
contribución que hiciera Nietzsche.
Cuanto más pienso en esto, más creo que la contribución
que sin quererlo me han hecho los hacedores de enciclopedias fue fomentar la
indolente y placentera búsqueda de saber, que es el más tonto de todos los
pasatiempos. Leer la enciclopedia fue como ingerir una droga, una de esas
drogas que dicen que carece de efectos nocivos y no produce hábito. Tal como
los sólidos, estables y sensatos chinos de la antigüedad, me parece que el opio
es mejor. Si queremos relajarnos para gozar la liberación de toda ansiedad, si
queremos estimular la imaginación —¿y qué podría conducir mejor a la salud
mental, moral y espiritual?— entonces diría que el empleo juicioso del opio es
mucho mejor que la droga espuria de la enciclopedia.
Mirando retrospectivamente mis días en la biblioteca
—¡curioso que no recuerde mi primera visita a una biblioteca!— los comparo con
los días que pasa el opiómano en su pequeña celda. Acudía regularmente en busca
de mi “dosis” y la obtenía. Muchas veces leía al azar cualquier libro que
llegase a mi poder. A veces me enfrascaba en obras técnicas, en manuales o en
curiosidades literarias. En la sala de lecturas de la biblioteca de la Calle 42
de Nueva York había un anaquel, recuerdo, que estaba repleto de mitologías (de
muchos países y muchos pueblos) y que devoré como una rata muerta de hambre. A
veces, como animado por ardiente misión, solamente taladraba las nomenclaturas.
En otras ocasiones me parecía imperioso —y realmente era imperioso, tan
profundo era mi trance— estudiar los hábitos de las morsas o las ballenas, o de
las mil y una variedades de ofidios. Una palabra encontrada por primera vez,
como “eclíptica”, era capaz de lanzarme a una persecución que duraba varias
semanas, dejándome por último encallado en las profundidades estelares de este
lado de Escorpión.
Debo hacer aquí una digresión para mencionar los libritos
que uno encuentra accidentalmente y cuyo impacto es tan grande que uno los
valora más que filas enteras de enciclopedias y otros compendios del
conocimiento humano. Estos libros, de microcósmico tamaño pero de monumental
efecto, podrían parangonarse con las piedras preciosas ocultas en las entrañas
de la tierra. Como las gemas, estos libros tienen un carácter cristalino o
“primordial” que les proporciona una calidad sencilla, inmutable y eterna. Su número
y su variedad son casi tan limitados como los cristales de la naturaleza.
Mencionaré al azar dos que encontré mucho después del período a que me refiero,
pero que ilustran mi pensamiento. Uno es Symbols of Revelation (Símbolos de
Revelación), de Frederick Cárter, al que conocí en Londres en circunstancias
extrañas; el otro es The Round, firmado con el seudónimo de Eduardo Santiago.
Dudo que en este mundo haya cien personas que se interesarían en este último
libro. Es uno de los más extraños que conozco, aunque el tema, la
apocatástasis, es uno de los temas perennes de la religión y la filosofía. Una
de las cosas más monstruosas de esta única y limitada edición de la obra, es el
error de ortografía cometido por el impresor. A lo alto de todas las páginas,
con letra llamativa, dice: APOCASTASIS. Pero más monstruoso todavía, algo que
haría trepidar de espanto a los que aman a Blake, es la reproducción de la
mascarilla de William Blake (de la National Portrait Gallery de Londres) que
aparece en la página 40.
Como he hablado con cierta extensión del uso del
diccionario, de las definiciones y del hecho de que no definen, y dado que el
lector común no tenderá a reconocer la importancia de una palabra como
apocatástasis, quisiera reproducir tres definiciones ofrecidas por el
diccionario no abreviado Funk & Wagnall:
-1.—Regreso a o hacia un lugar o condición previa;
restablecimiento; restauración completa.
-2.—Teología. Restauración final a la santidad y favor de
Dios para todos los que murieron impenitentes.
-3.—Astronomía. Retorno periódico de un cuerpo giratorio
al mismo punto de su órbita.-
En una nota al pie de la página 4, Santiago consigna lo
siguiente, tomado de Virgile, por J. Carcopino (París, 1930):
“Apocatástasis es la palabra que los caldeos ya usaban
para describir el retorno de los planetas, en la esfera celeste, a los puntos
simétricos a su partida. También es la palabra que empleaban los médicos
griegos para describir el retorno del paciente a la salud.”
En cuanto al librito de Frederick Cárter —Symbols of
Revelation— quizá sea interesante saber que el autor de este libro proporcionó
a D. H, Lawrence un material de incalculable valor para escribir Apocalypse.
Sin saberlo, Cárter también me proporcionó, por medio de su libro, el material
y la inspiración con los cuales espero algún día escribir Draco and the
Ecliptic (Dracón y la Eclíptica). Creo que esta obra, sello o piedra cumbre de
mis “novelas autobiográficas”, según las llaman, será una obra condensada,
transparente y alquímica, fina como una oblea y absolutamente hermética.
El más grande de todos los libritos es, por supuesto, el
Tao Teh Ch'ing. Presumo que no solamente constituye un ejemplo de suprema
sabiduría sino que también es excepcional en su condensación del pensamiento.
Como filosofía de la vida no solamente tiene coherencia con los sistemas de
pensamiento más voluminosos propuestos por otras grandes figuras del pasado,
sino que, a mi entender, los supera en todos los sentidos. Posee un elemento
que lo separa por completo de otras filosofías de la vida: el humor. Aparte el
célebre seguidor de Lao-tse que viene varios siglos después, no volvemos a
encontrar humor en estas encumbradas regiones hasta Rabelais. Siendo médico,
además de filósofo e imaginativo escritor, Rabelais hace aparecer el humor como
lo que realmente es: el gran emancipador. Pero al lado del suave, sagaz y
espiritual iconoclasta de la antigua China, Rabelais parece un cruzado
desaliñado. Quizá el Sermón de la Montaña sea la única pieza breve de sabiduría
que podría compararse al evangelio en miniatura de sabiduría y salud de
Lao-Tse; puede que sea un mensaje más espiritual que el de Lao-tse, pero dudo
que contenga mayor sabiduría. Está, por supuesto, totalmente desprovisto de
humor.
Dos libritos de literatura pura, que pertenecen a una
categoría apropiada a mi manera de pensar, son Seraphita de Balzac y Siddharta
de Hermann Hesse. Leí por primera vez Seraphita en francés, en una época en que
mi francés no era nada bueno. El hombre que dejó el libro en mis manos empleó
esa refinada estrategia de que hablé previamente: no dijo casi nada sobre el
libro, excepto que era un libro para mí. Viniendo de él, el incentivo bastó.
Había sido realmente un libro “para mí”. Llegó exactamente en el momento
oportuno de mi vida y ejerció con toda precisión el efecto deseado. Desde
entonces, si pudiera expresarlo así, “experimenté” con él entregándolo a
personas que no estaban preparadas para leerlo. Con estos experimentos aprendí
mucho. Seraphita es uno de esos libros realmente raros que se abren paso solos.
“Convierten” a un hombre o lo aburren y lo contrarían. La propaganda nada puede
hacer por fomentar su difusión. En efecto, su virtud radica en esto, en que
nunca son leídos con provecho, salvo por unos pocos elegidos. ¿Acaso no
conocemos la exclamación de ese joven estudiante vienes que, abordando a Balzac
en la calle, imploró permiso para besar la mano que escribió Seraphita? Las
modas, sin embargo, no tardan en extinguirse y es una suerte que así sea,
porque sólo entonces emprende un libro su verdadera jornada camino de la
inmortalidad.
Leí por primera vez Siddhartha en alemán, después de no
haber leído nada en ese idioma desde por lo menos treinta años. Era un libro
que tenía que leer a toda costa porque, según me dijeron, fue el fruto de la
visita de Hesse a la India. No había sido traducido al inglés y en esa época me
resultaba difícil conseguir la versión francesa de 1935, editada por Grasset en
París. Pero de pronto me encontré con dos ejemplares en alemán, uno que me
envió mi traductor Kurt Wagenseil, y el otro, la esposa de George Dibbern,
autor de Quest. Apenas hube terminado de leer la versión original, cuando mi
amigo Pierre Laleure, librero de París, me envió varios ejemplares de la
edición de Grasset. Inmediatamente releí el libro en ese idioma, para descubrir
con la consiguiente satisfacción que no había perdido para nada el aroma ni la
sustancia del libro debido a mis escasos conocimientos de alemán. Muchas veces
desde entonces he comentado a mis amigos, y hay verdad en la exageración, que
aunque Siddhartha solamente hubiese estado disponible en turco, finés o
húngaro, lo habría comprendido igual, aunque no conozco ni una palabra de esas
extrañas lenguas.
No es del todo exacto decir que experimenté el imperioso
deseo de leer este libro porque Hermann Hesse haya estado en la India, sino
porque la palabra Siddhartha era un adjetivo que siempre yo había asociado con
Buda y, por lo tanto, me abrió el apetito. Mucho antes de aceptar a Jesucristo,
había abrazado a Lao-tse y a Gautama el Buda. ¡El príncipe de la ilustración!
De alguna manera ese apelativo nunca pareció cuadrar para Jesús. Mi concepción
del dulce Jesús era la de un hombre atribulado. La palabra ilustración tocó en
mí una cuerda armónica; bien o mal, pareció quemar todas las demás palabras
asociadas con el fundador del cristianismo. Me refiero a palabras como pecado,
culpa, redención y así sucesivamente. Hasta hoy todavía prefiero el gurú a un
santo cristiano o al mejor de los doce discípulos. En torno al gurú siempre
brilla y siempre brillará ese aura, tan preciosa para mí, de la “ilustración”.
Quisiera hablar extensamente de Siddharta, pero, tal como
sucede con Seraphita, sé que cuanto menos diga tanto mejor. En consecuencia, me
conformaré con citar —para beneficio de los que saben leer entre líneas—
algunas palabras tomadas de un boceto autobiográfico de Hermann Hesse en el
número de Horizon de Londres aparecido en septiembre de 1946.
También hallé completamente justo otro reproche que (sus
amigos) me hicieron: me acusaron de que carecía de sentido de la realidad. Ni
mis escritos ni mis pinturas coinciden de hecho con la realidad, y al componer
muchas veces olvido todas las cosas que el lector educado exige de un buen
libro, y, más que nada, me falta un verdadero respeto por la realidad.
Veo que inadvertidamente he tocado uno de los vicios o
debilidades del lector demasiado apasionado. Lao-tse dice que “cuando un hombre
que pretende reformar el mundo emprende la tarea, comprueba fácilmente que la
tarea no tendrá fin”. ¡Demasiado cierto, por desgracia! Cada vez que me siento
impulsado a abogar por un nuevo libro —con todos los poderes que hay en mí—
creo más trabajo, más angustia, más frustración para mí mismo. He hablado de mi
manía de escribir cartas. He dicho que tomo asiento, después de cerrar un buen
libro, para informar a todos mis amigos sobre él. ¿Admirable? Puede que sí.
Pero también es una tontería y un derroche de tiempo. Los mismos hombres que
trato de interesar —críticos y editores— son los que menos se entusiasman por
mis entusiastas pregones. En verdad he llegado a creer que mi recomendación
basta para que los directores y editores pierdan interés en un libro. Todo
libro que patrocino o para el cual escribo un prefacio o comentario, parece
condenado al fracaso. Creo que quizá por debajo de esta situación haya una ley
profunda y justa. Expresaré como mejor pueda esta ley no escrita: “No te metas
en el destino de otro, aunque no sea otra cosa que un libro”. También voy
comprendiendo más y más por qué procedo con tanta impulsividad en estas cosas.
Se trata, aunque resulte triste decirlo, que me identifico con el pobre
escritor al que trato de ayudar. (Para revelar un aspecto ridículo de la
situación, diré que algunos de estos autores están muertos desde hace mucho
tiempo. ¡Ellos me ayudan a mí y no yo a ellos!). Por supuesto, siempre lo
planteo ante mí mismo de esta manera: “¡Qué lástima que Fulano de Tal no haya
leído este libro! ¡Cómo le agradaría! ¡Cuánta sustancia tiene!” Nunca dejo de
pensar que los libros que otros encuentran por su cuenta pueden servir
igualmente bien.
Fue debido a mi exagerado entusiasmo por libros como The
Absolute Collective (El Colectivo Absoluto), Quest, Blue Boy (Niño Azul),
Interlinear to Cabeza de Vaca, el Diario de Anais Nin (que todavía existe sólo
en manuscrito) y otros, muchos otros, por lo que comencé a importunar a la
perversa y huidiza tribu de directores y editores que dictan al mundo lo que
debemos leer o no. Con respecto a dos escritores en particular, he escrito las
cartas más ardientes y urgentes imaginables. Un niño de escuela no habría sido
más entusiasta e ingenuo que yo. Recuerdo que al escribir una de estas cartas
hasta lloré. Iba dirigida al director de una colección de libros de bolsillo
bien conocida. ¿Creen ustedes que el individuo se conmovió por mi irrefrenable
emoción? Tardó exactamente seis meses en contestar, pero dijo, con ese estilo
frío e hipócrita que emplean muchas veces los directores de editoriales, que
con profundo pesar “ellos” (siempre los caballos negros) habían llegado a la
conclusión (la cantilena de siempre) de que mi hombre no era conveniente para
su colección. Gratuitamente citaron las excelentes ventas que tenían Homer
(muerto hace mucho) y William Faulkner, a los que habían decidido editar. La
indiferencia era: búsquenos escritores como estos y morderemos el anzuelo. Por
fantástico que parezca, es la verdad. Es exactamente la manera de pensar de los
editores.
No obstante, este vicio mío, según veo, es inofensivo
comparado con los de los fanáticos políticos, los intrigantes militares, los
cruzados del vicio y otros tipos detestables. Al propalar al mundo mi
admiración y afecto, mi gratitud y reverencia, por dos escritores franceses
vivos, Blaise Cendrars y Jean Giono, no creo hacer ningún daño. Quizá peque de
indiscreto; quizá se me considere un bobo ingenuo, quizá se me critique con
justicia o no por mi gusto o por mi falta de gusto; quizá sea culpable, en el
más elevado sentido, de “manosear” el destino de los demás; quizá me rebaje por
convertirme en un “propagandista” más, ¿pero acaso perjudico a alguien? Ya no
soy joven. Tengo, para ser exacto, cincuenta y ocho años. (-Je me nomme Louis
Salavin-). En lugar de ser menos apasionado con los libros, encuentro que
sucede lo contrario. Quizá mis extravagantes manifestaciones contengan un
elemento de insensibilidad, pero nunca fui lo que se llama “discreto” o
“delicado”. El mío es un toque tosco, pero honesto y sincero, de todos modos.
Así, si soy culpable, pido perdón de antemano a mis amigos Giono y Cendrars.
Les ruego que me desahucien si vuelco el ridículo sobre sus cabezas. Pero no me
abstendré de hablar. El curso de las páginas precedentes, el curso de toda mi
vida, en efecto, me lleva a esta declaración de amor y adoración.
CAPÍTULO III - BLAISE CENDRARS
Cendrars fue el primer escritor que se dignó mirarme
durante mi estancia en París y el último hombre que vi al abandonar esa ciudad.
Me quedaban contados minutos para alcanzar el tren para Rocamadour y bebía una
última copa en la terraza de mi hotel, cerca de la Puerta de Orleans, cuando
apareció Cendrars. Nada habría podido alegrarme más que este inesperado
encuentro de última hora. En pocas palabras le referí mi intención de visitar
Grecia. Después volví a tomar asiento y bebí escuchando la música de su voz
sonora, que para mí siempre pareció provenir de algún órgano oculto en el mar.
En esos últimos minutos Cendrars consiguió transmitirme un mundo de información
con la misma calidez y ternura que rezuman sus libros. Como la tierra misma
bajo nuestros pies, sus pensamientos llegaban acribillados por toda suerte de
pasajes subterráneos. Lo dejé sentado allí en mangas de camisa, sin soñar jamás
que transcurrirían años hasta volver a tener noticias suyas, sin soñar jamás
que quizá sería la última vez que vería París.
Había leído todo lo que se había traducido de Cendrars
antes de llegar a Francia, o sea casi nada. Mi primer bocado de él en su propio
idioma lo percibí en una época en que mi francés no era nada aceptable. Comencé
con Moravagine, libro de ninguna manera fácil para quien sabe poco francés. Lo
leí lentamente, con el diccionario a mi lado, entre taza y taza de café. Lo
comencé en el Café de la Liberté, esquina de la rue de la Gaieté y el Boulevard
Edgar Quinet. Recuerdo el día perfectamente. Si Cendrars llega a leer alguna
vez estas líneas, quizá se sienta complacido o hasta conmovido al saber que en
esa sucia pocilga abrí por primera vez su libro.
Moravagine era probablemente el segundo o tercer libro que
trataba de leer en francés. El otro día, tras un lapso de unos dieciocho años,
lo releí. ¡Cuál no fue mi asombro al comprobar que pasajes enteros habían
quedado grabados en mi memoria! ¡Y eso a pesar de que me parecía que mi francés
era deficiente! He aquí uno de los pasajes que recuerdo con tanta claridad como
el día en que lo leí por primer vez. Comienza al principio de la página 77
(Editions Grasset, 1926).
Os hablo de cosas que trajeron cierto alivio al principio.
También estaban en el agua, que gorgoteaba a intervalos, y los grifos del
excusado... Una indecible desazón se apoderó de mi ser.
(¿Esto no le transmite nada, mi querido Cendrars?)
Pienso inmediatamente en otros dos pasajes más
profundamente grabados todavía en mi mente —pertenecen a Une Nuit dans la
Foreí— que leí unos tres años más tarde. No los cito para hacer alarde de
memoria sino para revelar un aspecto de Cendrars cuya existencia sus lectores
ingleses y norteamericanos quizá no sospechen.
1. Yo, el hombre más libre que pueda existir, reconozco
que siempre hay algo que nos liga: que la libertad y la independencia no
existen, y desprecio rotundamente mi impotencia, pero al mismo tiempo gozo con
ella.
2. Más y más comprendo que siempre he llevado una vida
contemplativa. Soy una especie de brahmán al revés, que medita sobre sí mismo
entre la barahúnda y que, con todas sus fuerzas, se disciplina a sí mismo y
desdeña la existencia. O el boxeador y su sombra que, furioso, calmosamente,
manoteando al vacío, observa su forma. ¡Cuánto virtuosismo, cuánta ciencia,
cuánto equilibrio en la facilidad con que acelera! Después uno debe aprender a
aceptar el castigo con igual imperturbabilidad. Sé aceptar el castigo y con
serenidad fructifico y con serenidad me destruyo a mí mismo en suma, trabajo en
el mundo no tanto para gozar como para que otros gocen (son los reflejos de los
demás los que me infunden placer, no los míos). Sólo un alma henchida de
desesperanza podría alcanzar alguna vez la serenidad, y para estar en la
desesperanza se debe haber amado mucho y amar todavía al mundo.
Es probable que estos dos pasajes hayan sido citados
muchas veces y sin duda serán citados muchas más a medida que pasen los años.
Son memorables y auténticamente del autor. Quienes sólo conocen Sutter's Gold
(El Oro de Sutter), Panamá y On the Transsiberian (En el Transiberiano), que es
casi todo lo que el lector norteamericano llega a conocer, se preguntarán
realmente al leer los pasajes que anteceden por qué este hombre no ha sido
traducido más. Mucho antes de que tratara de hacer que Cendrars fuese mejor
conocido por el público norteamericano (y por el mundo en general, bien podría
añadir), John Dos Passos había traducido e ilustrado con colores al agua
Panamá, or tbe adventures of my seven uncles (Panamá, o las aventuras de mis
siete tíos).
Sin embargo lo principal que debe saberse de Blaise
Cendrars es que es un hombre compuesto de muchas partes. También es hombre de
muchos libros, muchos tipos de libros, y con eso no significo libros “buenos” o
“malos“ sino libros tan distintos entre sí que el autor da la impresión de
marchar en todas direcciones al mismo tiempo. Es un hombre realmente desplegado
y un escritor desplegado.
Su vida misma parece Arabian Nights' Entertainment. Y este
individuo que ha llevado una vida superdimensional también es una rata de
biblioteca. Es el más gregario de los hombres y sin embargo es un solitario.
(-O mes solitudes!-) Hombre de profunda intuición e invencible lógica. La
lógica de la vida. La vida primero y ante todo. La vida siempre con V
mayúscula. Así es Cendrars.
Seguir su carrera desde el momento en que abandona
furtivamente la casa de sus padres en Neufchátel, cuando tenía de quince a
dieciséis años, hasta los días de la ocupación, cuando se refugia en
Aix-en-Provence y se impone un largo período de silencio, es para hacernos dar
vueltas a la cabeza. El itinerario de sus andanzas es más difícil de seguir que
los viajes de Marco Polo, cuya trayectoria, dicho sea de paso, parece haberse
cruzado y vuelto a cruzar un sinnúmero de veces. Uno de los motivos de la gran
fascinación que ejerce sobre mí es la semejanza entre sus viajes y aventuras, y
los que asocio en la memoria con Simbad el Marino o Aladino y la Lámpara
Maravillosa. Las asombrosas experiencias que atribuye a los personajes de sus
libros y que la mayoría de las veces ha compartido, poseen todas las cualidades
de la leyenda y también la autenticidad de la leyenda. Rindiendo culto a la
vida y a la verdad de la vida, se acerca más que cualquier autor de nuestros
tiempos a revelar la fuente común de las palabras y los hechos. Restaura a la
vida contemporánea los elementos de lo heroico, lo imaginativo y lo fabuloso.
Sus aventuras lo han llevado a todas las regiones del mundo, particularmente
las consideradas peligrosas e inaccesibles. (Debemos leer especialmente los
primeros años de su vida para apreciar la verdad de esta declaración.). Ha
convivido con toda clase de gente, entre ella bandidos, asesinos,
revolucionarios y otras variedades de fanáticos. Ha ensayado no menos de
treinta y seis oficios, según sus propias palabras, pero, como Balzac, da la
impresión de conocer todos los oficios. Fue titiritero, por ejemplo —en los
escenarios ingleses— en la época en que Chaplin debutaba allí; fue traficante
de perlas y contrabandista; tuvo una plantación en América del Sur, donde amasó
una fortuna tres veces consecutivas y la perdió con mayor rapidez con que la
ganó. ¡Pero leamos su vida! En ella hay más cosas que cautivan la atención.
Sí, es un explorador e investigador de los hábitos y
acciones de los hombres. Además ha logrado convertirse en eso plantándose en el
centro de la vida, compartiendo su suerte con sus semejantes. Cuan soberbio y
minucioso es este hombre que ridiculizaría la idea de que se le denomine “un
estudioso de la vida”. Tiene la facultad de obtener “su noticia” mediante un
proceso de osmosis, nunca parece buscar nada deliberadamente. De ahí, sin duda,
el por qué su propia historia siempre está entretejida con las historias de
otros hombres. No cabe duda de que posee el arte de la destilación, pero lo que
le interesa vitalmente es la naturaleza alquímica de todas las relaciones. Esta
eterna búsqueda de lo transmutativo le permite revelar a los hombres ante sí
mismos y ante el mundo; le lleva a exaltar las virtudes de los hombres, a
reconciliarnos con sus defectos y debilidades, a aumentar nuestro conocimiento
y respeto por lo esencialmente humano, a profundizar nuestro amor y comprensión
del mundo. Es el “reportero” por excelencia porque combina las facultades del
poeta, del vidente y del profeta. Innovador e iniciador, siempre el primero en
prestar testimonio, nos ha dado a conocer a los verdaderas precursores, a los
verdaderos aventureros, a los verdaderos descubridores entre nuestros
contemporáneos. Fue quien nos hizo apreciar el “bel aujourd'hui” más que
Cualquier otro escritor.
Mientras actúa en todos los planos, halla tiempo para
leer. En los largos viajes, en las profundidades del Amazonas, en los desiertos
(supongo que los conoce todos, los desiertos de la tierra y los desiertos del
espíritu), en la selva, en las anchurosas pampas, en los trenes, en los
tranvías, los lanchones y los trasatlánticos, en los grandes museos y en las
bibliotecas de Europa, Asia y África, se ha sepultado en libros, ha examinado
archivos enteros, ha fotografiado documentos raros y, según tengo entendido,
hasta puede haber robado libros, manuscritos y documentos valiosos de todo
tipo, ¿por qué no, considerando la enormidad de su apetito por lo raro, lo
curioso y lo prohibido?
En uno de sus libros recientes nos ha dicho que los
alemanes (les Boches!) destruyeron o se llevaron, no recuerdo qué ocurrió, su
preciosa biblioteca, preciosa para un hombre como Cendrars, que ama
proporcionar los datos más exactos cuando se refiere a un pasaje de uno de sus
libros preferidos. Gracias a Dios conserva viva su memoria, que funciona como
una máquina fiel; memoria increíble, como atestiguarán quienes hayan leído sus
libros más recientes: La Main Coupée, l'Homme Foudroyé, Bourlinguer, Le Lotissement
du Ciel, La Banlieue de Parts.
De paso —en Cendrars casi todo lo importante parece haber
sido hecho -de paso—:ha traducido las obras de otros escritores, principalmente
el autor portugués Ferreira de Castro (Forét Vierge) y nuestro propio Al
Jennings, el gran proscrito e íntimo amigo de O. Henry. ¡Qué traducción
maravillosa es Hors-la-loi, que en inglés se llama Through the Shadows with O.
Henry (Por las Sombras con O. Henry). Existe una especie de colaboración
secreta entre Cendrars y el ser más interior de Al Jennings. En la época en que
escribió sobre el particular, Cendrars todavía no había conocido a Jennings y
ni siquiera había sostenido correspondencia con él. (Éste es otro libro, debo
decir de paso, que nuestros editores de libros de bolsillo han pasado por alto.
Hay una fortuna en él, salvo que yo haya perdido la cordura, y sería
reconfortante pensar que parte de esta fortuna pudiera abrirse paso hasta los
bolsillos de Al Jennings.).
Uno de los aspectos más encantadores del temperamento de
Cendrars es su habilidad y disposición para colaborar con otros artistas como
él. ¡Imaginémoslo editando las publicaciones de La Siréne poco después de la
primera guerra mundial! ¡Qué oportunidad! A él le debemos una edición de Les
Chants de Maldoror, la primera que apareció desde la publicación privada
original que hiciera el autor en 1868. Innovador en todo, siempre minucioso,
escrupuloso y exigente en sus demandas, todo cuanto surgiera de las manos de
Cendrars en La Siréne es hoy una valiosa pieza para coleccionistas. Mano a mano
con su capacidad para la colaboración marcha otra cualidad: su habilidad o don
para tomar la iniciativa. Sea un criminal, un santo, un genio o un prometedor
bisoño, Cendrars es el primero en ayudar de la manera que la persona más desea.
Hablo aquí con justificable calor. Ningún escritor me ha prestado un honor más
señalado que mi querido Blaise Cendrars, quien, poco después de la publicación
de Trópico de Cáncer llamó un buen día a mi puerta para extenderme su mano de
amigo. Tampoco podré olvidar el primer cordial y elocuente comentario del libro
que apareció poco después en Orbes firmado por él. (O quizá haya sido antes de
que apareciese en el estudio de la Villa Seurat.).
Leyendo a Cendrars —y esto es una cosa que raras veces me
sucede—, hubo momentos que dejaba el libro para frotarme las manos de
entusiasmo o desaliento, de angustia o desesperación. Cendrars me ha parado en
el camino una y otra vez, con la implacabilidad del pistolero que nos apoya el
cañón del arma en la espalda. Oh, sí, muchas veces me dejo transportar por la
exaltación cuando leo la obra de un hombre. Pero ahora aludo a otra cosa que no
es exaltación. Me refiero a una sensación en la cual todas las emociones
propias se fusionan y confunden. Hablo de golpes abrumadores. Cendrars me ha
derribado en frío. No una vez, sino muchas veces. No soy precisamente un flojo
cuando de recibir un golpe en el mentón se trata. Sí, mon cher Cendrars, usted
no solamente me detuvo sino que usted paró el reloj. He tardado días, semanas,
a veces meses, para reponerme de estos encuentros con usted. Aún años después
puedo poner la mano en el punto donde recibí el golpe y sentir el antiguo
escozor. Usted me vapuleó y me lesionó; usted me dejó herido, turbado y mareado
de tantos golpes. Lo curioso es que cuanto mejor le conozco —a través de sus
libros— mayor susceptibilidad adquiero. Es como si me hubiese estampado un
sello indio. Avanzo con el mentón en alto, para “recibir”. Soy carne de usted,
como muchas veces he dicho. Y porque creo no ser el único, porque deseo que
otros gocen esta inusitada experiencia, sigo aportando mi pequeña palabra por
usted donde y siempre que pueda.
He dicho desprevenidamente: “cuanto mejor le conozco”. Mi
querido Cendrars, nunca llegaré a conocerlo, no como conozco a otros hombres,
de eso tengo la certeza. No importa lo mucho que usted revele de sí mismo,
jamás llegaré al fondo de usted. Dudo que alguien lo logre alguna vez y no es
vanidad lo que me induce a expresarlo de esta manera. Usted es inescrutable
como un Buda. Usted inspira, usted revela, pero usted nunca se entrega del
todo. ¡No porque usted sea mezquino! No, encontrándolo a usted, sea en persona
o a través de la palabra escrita, usted deja la impresión de haber dado todo lo
que puede dar; en efecto, es uno de los pocos hombres que conozco y que, tanto
en sus libros como en persona, dan esa “medida extra” que para nosotros lo
significa todo. Usted da todo lo que puede darse. No es culpa suya si la médula
misma de su persona excluye el análisis. Es la ley de su ser. Aunque no cabe
duda de que hay hombres menos inquisitivos, menos perceptivos, menos
escrutadores para quienes estas observaciones carecen de sentido, usted ha
refinado de tal modo nuestra sensibilidad, ha enaltecido de tal manera nuestra
conciencia, ha profundizado a tal extremo nuestro amor por los hombres y
mujeres, por los libros, por la naturaleza, por mil y una cosas de la vida que
solamente uno de sus propios párrafos interminables podría enumerar, que
despierta en nosotros el deseo de volverlo a usted del revés para ver lo que
tiene dentro. Cuando lo leo a usted o converso con usted, siempre tengo noción
de su inagotable conciencia: usted no se sienta simplemente en una silla de una
habitación en una ciudad de un país para decirnos lo que hay sobre su mente o
dentro de su mente, sino que usted hace hablar a la silla y vibrar la
habitación con el tumulto de la ciudad cuya vida es sostenida por el extremo
ajetreo invisible de una nación entera cuya historia se ha convertido en la
historia de usted, cuya vida es suya y la suya, de ella; y cuando usted
conversa o escribe, todos estos elementos, imágenes, hechos y creaciones entran
en sus pensamientos e impresiones, formando una tela que la araña que hay en
usted incesantemente teje y extiende sobre nosotros, sus escuchas, hasta
envolver a la creación entera, y nosotros, usted, ellos, las cosas, todo, hemos
perdido identidad para encontrar nuevo significado, para encontrar nueva
vida... Antes de seguir adelante quisiera recomendar dos libros sobre Cendrars
a todos los que tienen interés en conocer más sobre el hombre. Ambos se
intitulan Blaise Cendrars. Uno es de Jacques Henry Levés (Editions de la
Nouvelle Critique, Paris, 1947) y el otro de Louis Parrot (Editions Pierre
Seghers, Paris, 1948); este último fue terminado por el autor en su lecho de
muerte. Ambos contienen bibliografías, pasajes de las obras de Cendrars y
muchas fotografías tomadas en diversos períodos de su vida. Quienes no lean
francés podrán adquirir un asombroso conocimiento de este enigmático individuo
solamente por las fotografías. (Es sorprendente el sabor y vitalidad que los
editores franceses dan a sus publicaciones mediante la inserción de viejas
fotografías. Seghers ha sido particularmente emprendedor en este sentido. En su
serie de libritos cuadrados, denominados Poetes d'Ajourd'hui, nos ha brindado
una verdadera galería de figuras contemporáneas y casi contemporáneas.)
Sí, se puede deducir mucho sobre Cendrars con sólo
estudiar su fisonomía. Es probable que haya sido fotografiado más que cualquier
otro escritor contemporáneo. Además varios artistas célebres, entre ellos
Modigliani, Apollinaire y Léger, han hecho bocetos y retratos suyos. Hojead las
páginas de los dos libros que acabo de mencionar —el de Levésque y el de
Parrot—; examinad bien este “guele” que Cendrars ha presentado al mundo de un
millar de modos distintos. Algunos os harán llorar; otros son casi alucinantes.
Hay una foto de él con uniforme tomada durante los días de la Legión
Extranjera, cuando era cabo en ella. La mano izquierda, que sostiene una culata
que le quema los dedos, sobresale de la capa; es una mano tan expresiva, tan
elocuentísima, que si no se conoce la historia de que el brazo no está, esto lo
transmitiría inequívocamente. Con esta poderosa y sensible mano izquierda ha
escrito la mayoría de sus libros, ha firmado su nombre en innumerables cartas y
postales, se ha afeitado, se ha lavado, ha conducido su veloz Alfa-Romeo por
los más peligrosos terrenos; con esta mano izquierda se ha abierto paso a
machetazos en la selva, se ha salido con la suya en las grescas, se ha
defendido, ha disparado sobre hombres y bestias, ha cargado a sus camaradas a
la espalda, ha saludado con un cálido apretón a un amigo perdido de antaño y ha
acariciado a las mujeres y animales que amó. Hay otra foto suya, tomada en
1921, cuando trabajaba con Abel Gance en la película llamada La Roue, con el
eterno cigarrillo adherido a sus labios, un diente que le falta, una gorra de
cúpula inmensa con un enorme pico colgando sobre una oreja. La expresión de su
rostro parece sacada de Dostoievsky. En la página opuesta aparece una foto
tomada por Raymone en 1924, cuando trabajaba en l'Or (Sutter's Gold). Allí
está, plantado con los pies muy separados, la mano izquierda introducida en el
bolsillo de su holgado pantalón y un mégot en sus labios, como siempre. En esta
foto parece un robusto campesino de origen eslavo. Hay un expresivo resplandor
en su mirada, una especie de desafío franco y optimista. -¿Qué tal, Jack,
regio... y tú?- parece decir. Eso trasmite su mirada. Otra, tomada junto con
Levésque en Tremblay-sur-Maulne en 1926, le sorprende afirmado en la cúspide de
la vida. Aquí parece culminar su salud e irradia, salud, gozo y vitalidad. En
1928 tenemos la foto que ha sido reproducida a millares. Es el Cendrars del
período sudamericano y se presenta formal, acicalado, bien vestido, con su
cabeza coronada por un hermoso sombrero de fieltro con su suave ala vuelta
hacia arriba. Hay en su mirada un fulgor ardiente y distante, como si acabase
de regresar de la Antártida. (Creo que fue en este período cuando escribía o
acababa de escribir Dan Yack, cuya primera mitad (Le Plan de l'Aiguille) acaba
de aparecer hace poco traducida en una edición inglesa.). Pero en 1944 vemos un
brochazo de le vieux Légionnaire en una fotografía tomada por Chardon, de
Cavaillon. Aquí nos recuerda a Víctor MacLaglan encarnando al protagonista de
The Informer. Éste fue el período de VHomme Foudroyé, que para mí es uno de sus
libros principales. Aquí esta el hombre terrenal completamente desarrollado y
compuesto por muchas ricas capas: peón, trampero, vago, camarero de
restaurante, mezclador, pugilista, aventurero, marinero, soldado, matón, el
hombre de una y mil experiencias duras y amargas que jamás se marchitó sino que
maduró, maduró y maduró. Un homme, quoi! Dos fotos tomadas en 1946 en
Aix-en-Provence nos ofrecen imágenes tiernas y conmovedoras de él. Una, en la
cual aparece apoyado en una cerca, lo muestra rodeado por los chiquillos del
barrio; les enseña un puñado de juegos de manos La otra lo sorprende caminando
por una vieja y sombría calle que se curva en la lejanía. Tiene una mirada
meditativa, si no triste. Es una hermosa fotografía que recuerda la atmósfera
del Midi. Se camina con él en su ánimo pensativo, asaltado por pensamientos
inasibles que le envuelven... Hago un esfuerzo para frenarme. Podría seguir
hablando eternamente de los aspectos “fisonómicos” del hombre. Es una cara que
jamás podría olvidarse. Es humana, eso es. Humana como las caras chinas, como
las caras egipcias, cretenses y etruscas.
Muchas cosas se han dicho contra este escritor... que sus
libros son de estilo cinematográfico, que son sensacionales, que exagera y
deforma a outrance, que es prolijo y verboso, que carece de sentido de las
formas, que es demasiado realista o que sus narraciones son demasiado
increíbles, y así ad infinitum. Tomadas en conjunto, existe por supuesto una
pizca de verdad en estas acusaciones, pero recordemos, sólo una pizca. Reflejan
las impresiones del crítico a sueldo, del académico, del novelista frustrado.
¿Tendrán consistencia? Tomemos por caso su técnica cinematográfica. Pues bien,
¿acaso no vivimos en la era del cine? ¿No es éste un período de la historia más
fantástico, más “increíble” que el simulacro de él que vemos desplegarse en la
pantalla de plata? En cuanto a su sensacionalismo, ¿hemos olvidado a Gilíes de
Rais, el Marqués de Sade, las Memorias de Casanova? En cuanto a la hipérbole,
¿qué hay de Píndaro? En cuanto a prolijidad y verbosidad, ¿qué pasa con Jules
Romains o Marcel Proust? En cuanto a exageración o deformación, ¿qué decir de
Rabelais, Swift, Céline, por mencionar una anómala trinidad? En cuanto a la
falta de formas, ese asno perenne que siempre cocea en las páginas de las
revistas literarias, ¿acaso no hemos escuchado a europeos cultos explayarse
sobre el aspecto “vegetal” de los templos hindúes, cuyas fachadas siempre están
repletas de una multitud de formas humanas, animales y otras? ¿No los he visto
torcer los labios de disgusto cuando examinan las asombrosas fluorescencias que
encierran los pergaminos tibetanos? ¿No hay gusto, eh? ¿No hay sentido de las
proporciones? ¿No hay control? C'est Ça. De la mesure avant tout. Estos nulos
culturales olvidan que sus amados ejemplos, los griegos, trabajaron con bloques
ciclópeos, crearon monstruosidades tanto como apoteosis de armonía, gracia,
forma y espíritu; olvidan quizá que la escultura cicládica de Grecia superó en
abstracción y simplificación a todo lo que Brancui o sus seguidores hayan
intentado jamás. La misma mitología de estos cultivadores de la belleza, cuyo
lema era “nada en extremo”, es una revelación del “monstruoso” aspecto de su
ser.
Oui, Cendrars está repleto de excrecencias. Hay pasajes
que sobresalen de las letras de su texto como tumores. Son acotaciones,
paréntesis, apartes que constituyen la esencia y sustancia de libros que
vendrán todavía en el mañana. Existe una grandiosa eflorescencia y exfoliación
y también hay un gran derroche de materia en sus libros. Cendrars ni enjaula ni
encasilla, como tampoco se agota por completo. Cuando llega el momento de
aflojar las riendas, las afloja. Cuando conviene o resulta eficaz ser breve, es
breve hasta reducirse a un punto, como la daga. Para mí sus libros reflejan su
falta de hábitos fijos o, mejor todavía, su habilidad para romper un hábito.
(¡Signo de verdadera emancipación!) En esos engrosados párrafos que son como
une mer houleuse y que al parecer algunos lectores no pueden sortear, Cendrars
revela su espíritu oceánico. Nosotros, que arrostramos la locura del querido
Shakespeare con sus explosiones elementales, ¿vamos a temer ahora estos gustos
cósmicos? Nosotros que hemos deglutido el Pantagruel y Gargantúa por medio de
Ur-quhart, ¿vamos a echarnos atrás ante catálogos de nombres, lugares, fechas y
acontecimientos? Nosotros que hemos producido al escritor más raro de cualquier
idioma —Lewis Carroll—, ¿vamos a alejarnos avergonzados del juego de palabras,
de lo ridículo, de lo grotesco, de lo indecible o de lo “totalmente imposible”?
Se requiere ser hombre para contener el aliento, como hace Cendrars cuando está
a punto de desencadenar uno de sus párrafos de tres páginas sin detenerse. ¿Un
hombre? ¡Un buzo de alta mar! ¡Una ballena! Un hombre ballena, dicho con
exactitud.
Es notable que este mismo hombre también nos haya dado
algunas de las frases más breves jamás escritas hasta ahora, particularmente en
sus poemas y en sus poemas en prosa. Aquí, en ritmo staccato —no olvidemos que
antes de escritor fue músico— despliega un estilo telegráfico. (Podría llamarse
“telestético”.). Se lee con la misma rapidez que el chino, con cuyos caracteres
escritos sus vocablos tienen curiosa afinidad, a mi manera de entender. Esta
técnica especial de Cendrars crea una especie de exorcismo: una liberación del
gran peso de la prosa, de los impedimentos de la gramática y la sintaxis, de la
ilusoria inteligibilidad de lo meramente comunicativo en el lenguaje. En L
'Eubage, por ejemplo, descubrimos una sibilina calidad de pensamiento y
expresión. Es uno de sus libros curiosos. Es un extremo. También es una
desviación para alcanzar un fin. Cendrars es realmente difícil de clasificar,
aunque no sé por qué razón querríamos clasificarlo. A veces pienso en él como
“el escritor de los escritores”, aunque decididamente no es eso. Lo que deseo
significar, en cambio, es que el escritor tiene mucho que aprender de Cendrars.
Recuerdo que en la escuela siempre se nos instaba a tomar como modelos a
hombres como Macaulay, Coleridge, Ruskin o Edmund Burke, e incluso Maupassant.
Por qué no dijeron Shakespeare, Dante o Milton lo ignoro. Me atrevería a decir
que ningún profesor se habría arriesgado jamás a decir que cualquiera de
nosotros iba a llegar algún día a ser escritor. Ellos mismos eran fracasados y,
por eso, maestros. Cendrars ha indicado con claridad que el único maestro, el
único modelo, es la vida misma. Lo que el escritor puede aprender de Cendrars
es seguir su olfato, obedecer los mandos de la vida y no rendir culto a otro
dios que no sea la vida. Algunos intérpretes sostendrán que Cendrars se refiere
a “la vida peligrosa”. No creo que Cendrars nos limite de esa manera. Él
entiende la vida pura y sencilla en todos sus aspectos, todas sus
ramificaciones, todos sus atajos, tentaciones, azares y así sucesivamente. Si
es un aventurero, es un aventurero en todos los dominios de la vida. Le
interesan todas las fases de la vida. Los temas que ha tocado, los temas que ha
estudiado, son enciclopédicos. Otro signo de “emancipación” es esta global
dedicación a la miríada de manifestaciones de la vida. Muchas veces, cuando más
“realista” parece, por ejemplo, es cuando tiende a aplicar todos los frenos a
su órgano. El realista es un alma débil. Ve lo que tiene delante, como caballo
con anteojeras en los ojos. La visión de Cendrars está perpetuamente abierta;
es como si tuviese un ojo adicional sepultado en su cráneo, un ojo que mira en
el cielo abierto todos los rayos cósmicos. Puede usted tener la seguridad de
que un hombre así jamás llegará a completar la obra de su vida, porque la vida
siempre marchará un paso por delante de él. Un artículo de Pierre de Latil en
La Gazette des Lettres, París, 6 de agosto de 1949, nos informa que Cendrars
había proyectado escribir una docena de libros o más en los próximos años. Es un
programa impresionante considerando que Cendrars es ahora sesentón, que no
tiene secretario, que escribe con la mano izquierda, que por debajo vive en
perpetua inquietud, siempre ansioso de salir a conocer mejor el mundo, que en
realidad detesta escribir y contempla su labor como un trabajo forzado. Trabaja
en cuatro o cinco libros al mismo tiempo. Los terminará, estoy seguro. Sólo
ruego vivir para leer la trilogía de “Les souvenirs humains, llamada Archives
de ma tour d'ivoire, que consistirá en Hommes de lettres, Hommes d'affairesy
Vie des hommes obscurs. Particularmente el último...
Mucho he reflexionado sobre el confesado insomnio de
Cendrars; lo atribuye a su vida en las trincheras, si mal no recuerdo. Será
cierto, sin duda, pero presumo que las razones son más profundas. De todas
maneras deseo señalar que parece existir un vínculo entre su fecundidad y su
falta de sueño. Para el individuo normal el sueño es restaurador. Los
individuos excepcionales —los santos, los gurúes, los inventores, los
dirigentes, los hombres de negocios o ciertos tipos de dementes— se arreglan
con muy poco sueño. Al parecer tienen otros medios para reponer su potencial
dinámico. Algunos, con sólo variar sus actividades, son capaces de trabajar
casi sin dormir en absoluto. Otros, como los yoguis y los gurúes, al adquirir
mayor y mayor lucidez y, en consecuencia, ser más vivos, virtualmente se
emancipan de la rutina del sueño. (¿Para qué dormir si el propósito de la vida
es gozar al máximo la creación?) En Cendrars, tengo la impresión de que al
cambiar de la vida activa a la escritura y viceversa, se reabastece a sí mismo.
Esto es pura suposición por mi parte. De lo contrario no puedo explicar que un
hombre queme la vela por ambos extremos sin consumirse. En alguna parte
Cendrars menciona que tiene una serie de antepasados longevos. No cabe duda de
que ha aprovechado como un rey su patrimonio hereditario. Pero no arroja signos
de resquebrajarse. En efecto, parece haber entrado en el período de la segunda
juventud. Confía que cuando llegue a la madura edad de los setenta estará en
condiciones de embarcarse en nuevas aventuras. No me sorprenderá lo más mínimo
si lo hace; lo veo a los noventa escalando los Himalayas o subiendo al primer
cohete para viajar a la Luna. Pero volviendo a la relación entre su escritura y
su insomnio... Si examinamos las fechas consignadas al final de sus libros, que
indican el tiempo que dedicó a ellos, llama la atención la rapidez con que los
redactó y la rapidez con que se sucedieron el uno al otro (y todos son libros
voluminosos). Todo esto implica para mí una cosa, y es “obsesión”. Para escribir
hay que estar poseído y obsesionado. ¿Qué posee y obsesiona a Cendrars? La
vida. Es un hombre enamorado de la vida, et c'est tout. No importa que a veces
lo niegue, no importa que vilipendie nuestros tiempos o ataque a sus
contemporáneos en las artes, no importa que compare su propio pasado reciente
con el presente y encuentre que éste es peor, no importa que deplore las
tendencias, las inclinaciones, las filosofías y la conducta de los hombres de
nuestra época, es el único hombre de nuestros tiempos que ha proclamado y
anunciado el hecho de que el hoy es profundo y hermoso. Y esto es simplemente
porque se ha anclado en el centro de la vida contemporánea, donde, como desde
enhiesta torre, domina toda la vida del pasado y el presente y el futuro; la
vida de las estrellas y la vida en las profundidades oceánicas; la vida en lo
minúsculo y la vida en lo grandioso: esto capté en él como brillante ejemplo
del principio correcto, de la actitud correcta frente a la vida. Nadie podría
superar mejor que Cendrars los esplendores del pasado; nadie podría loar al
futuro con mayor celo; pero es el presente, el eterno presente, lo que Cendrars
glorifica y con el cual se alía. Hombres así, y sólo los hombres así, son lo
que están en la tradición, los que siguen adelante. Los demás son espectadores
atrasados, son idólatras o simplemente meros despojos de desesperanza: son
bonimenteurs. En Cendrars encontramos mineral. Y porque comprende con tanta
profundidad el presente, porque lo acepta y está amalgamado con él, es capaz de
predecir con tanta precisión el futuro. ¡No porque se erija en vaticinador! No.
Hace sus proféticas observaciones espontánea y discretamente; muchas veces
están sepultadas en una maraña de material que no guarda relación con el
particular. En esto suele recordarme al buen médico que sabe tomar el pulso. En
efecto, conoce todos los pulsos, como los médicos chinos de la antigüedad.
Cuando dice que ciertos hombres están enfermos o que ciertos artistas están
corrompidos o son apócrifos, que los políticos en general están locos, que los
militares son criminales, sabe lo que dice. Quien habla es el maestro que hay
en él.
Sin embargo tiene otra manera de hablar que me resulta más
cautivante. Sabe hablar con ternura. Lawrence, como se recordará,
originariamente pensó llamar “Ternura” al libro conocido como Lady Chatterley's
Lover (El Amante de Lady Chatterley). Menciono a Lawrence porque recuerdo
vívidamente la alusión que hiciera de él Cendrars con ocasión de su memorable
visita a Villa Seurat. «Usted debe pensar mucho en Lawrence», dijo
indagativamente. «Así es», respondí. Recuerdo que tras un breve intercambio de
palabras me preguntó a bocajarro si no creía que Lawrence ha sido
sobreestimado. El lado metafísico de Lawrence, según deduje, era el aspecto que
no le agradaba, el aspecto del cual “recelaba”, diría yo. (¡Y precisamente en
ese período me entusiasmaba este aspecto específico de Lawrence!) De todas
maneras abrigo la seguridad de que mi defensa de Lawrence fue deficiente e
infundada. A decir verdad, me interesaba mucho más escuchar el criterio de
Cendrars sobre ese hombre que justificar el mío. Más tarde, al leer a Cendrars,
muchas veces cruzó por mis labios esta palabra “ternura”. Escapaba
involuntariamente, me arrancaba de mis ensoñaciones. Por fútil que parezca, me
internaba entonces en interminables conjeturas, comparando la ternura de
Lawrence con la de Cendrars. Ahora me parece que son dos tipos muy distintos.
La debilidad de Lawrence es el hombre, la de Cendrars son los hombres. Lawrence
anhelaba conocer mejor a los hombres; quería trabajar en común con ellos. Ha
sido en su Apocalypse donde aparecieron algunos de sus pasajes más conmovedores
sobre la desaparición del instinto “societario”. Estos pasajes crean verdadera
angustia en nosotros, pero por Lawrence. Nos hacen comprender las torturas que
ha sufrido tratando de ser un “hombre entre los hombres”. En Cendrars no capto
ningún indicio de tal privación o mutilación. En el océano de la humanidad
Cendrars nada con la misma agilidad que una marsopa o un delfín. En sus
narraciones siempre se encuentra junto a los hombres, con ellos en las acciones
y con ellos en el pensamiento. Si es un solitario, es, no obstante, total y
completamente un hombre. Además también es hermano de todos los hombres. Jamás
se erige como superior a sus semejantes. Lawrence se creyó superior muchas,
muchas veces —creo que eso es innegable— y con extraordinaria frecuencia no lo
era. Muchas veces es un hombre más chico quien le “instruye”. O le avergüenza.
Lawrence sentía un amor demasiado grande por la “humanidad” como para
comprender a sus semejantes o llevarse bien con ellos.
Cuando llegamos a sus respectivos personajes imaginarios
captamos la brecha que existe entre ambas figuras. Salvo el caso de los
autorretratos, dados en Sons andLovers (Hijos y Amantes), Kangaroo, Aaron's Rod
(La Vara de Aarón) y otros por el estilo, todos los personajes de Lawrence son
voceros de su filosofía o de la filosofía que desea ilustrar. Son criaturas
ideacionales movidas como piezas de ajedrez. Tienen sangre en sus venas, es
verdad, pero la sangre que Lawrence les ha bombeado. Los personajes de Cendrars
brotan de la vida y su actividad surge del foco móvil de la vida. También
ellos, por supuesto, nos familiarizan con su filosofía de la vida, pero
tangencial-mente, con la elíptica manera del arte.
La ternura de Cendrars rezuma por todos los poros. No
perdona a sus personajes pero tampoco los ultraja ni los castiga. Sus palabras
más duras, permítaseme decirlo entre paréntesis, suelen reservarse para los
poetas y artistas cuyas obras considera espurias. Aparte de estas diatribas,
raras veces se le ve emitir juicio sobre los demás. Lo que se encuentra es que
al desenmascarar las debilidades o fallas de sus personajes, está
desenmascarando o pretendiendo desenmascarar su naturaleza heroica esencial. Todas
las diversas figuras —humanas, demasiado humanas— que se apretujan en sus
libros, son figuras glorificadas en su ser básico e intrínseco. Habrán sido
heroicas o no frente a la muerte; habrán sido heroicas o no frente al tribunal
de justicia, pero son heroicas en la lucha común por afirmar y sostener su
propio ser primario. Hace un rato mencioné el libro de Al Jennings que Cendrars
tradujera con tanta pericia. El hecho mismo de que eligiera este libro
corrobora lo que afirmo. Este hombre mítico, este proscrito de exagerado
sentido de la justicia y el honor que está condenado “a cadena perpetua” (pero
eventualmente fue indultado por Theodore Rooselvelt), este terror del oeste que
desvorda ternura, es precisamente el tipo del hombre que Cendrars elegiría para
proclamarlo al mundo, precisamente el tipo de hombre al que sostendría como
investido de la dignidad de la vida. ¡Ah, cuánto me habría agradado estar allí
cuando ocasionalmente Cendrars dio con él, nada menos que en Hollywood!
Cendrars ha escrito sobre este “breve encuentro” y lo escuché de los propios
labios de Al Jennings cuando le conocí por casualidad hace pocos años, en una
librería, allá en Hollywood.
En los libros que escribiera desde la ocupación, Cendrars
tiene mucho que decir de la guerra, de la primera guerra, naturalmente, no sólo
porque fue menos inhumana sino también porque ella decidió, podría decir, el
curso futuro de su vida. También ha escrito sobre la segunda guerra, en
especial sobre la caída de París y el increíble éxodo que la precediera.
Páginas abrumadoras, que recuerdan Revelation (Revelación). Sólo igualadas en
la literatura bélica por Flight to Arras (Fuga a Arras) de St. Exupéry. (Véase
la sección de su libro Le Lotissement du Ciel, que apareció por primera vez en
la revista Le Cheval de Trote y titulada Un Nouveau Patrón pour l'Aviationj. En
todos estos libros recientes Cendrars se revela más y más íntimamente. Tan
penetrantes, tan desnudas son estas escenas, que instintivamente retrocedemos.
Tan seguras, rápidas y audaces son estas revelaciones que es como ver trabajar
a un especialista en fuegos artificiales. En estos destellos se revela todo el
enjambre de seres íntimos cuyas vidas marchan en la estela de la suya.
Expuestos bajo el lúgubre reflector de su ojo ciclópeo, son sorprendidos por el
haz e inspeccionados desde todos los ángulos. Este es un “completamiento” en el
que nada se omite ni se altera en aras de la narración. En estos libros la
“narración” se acelera, se ensancha, los pilares y puntales se derriban para
que el libro se convierta en parte de la vida, para que nade con las corrientes
de la vida y permanezca para siempre idéntico a la vida. Aquí tratamos con los
hombres que Cendrars realmente ama, los hombres que lucharon a su lado en las
trincheras y a los que vio barrer como ratas, los gitanos de la Zona con los
cuales convivió en los buenos días de antes, los estancieros y otras figuras
del escenario sudamericano, los porteros, los conserjes, los mercaderes, los
camio-neros y “gente sin importancia” (como decimos), y es de esta última gente
de la que habla con la mayor simpatía y comprensión. ¡Qué galería!
Infinitamente más estimulante, en todo el sentido de la palabra, que la galería
de “tipos” de Balzac. Ésta es la verdadera Comedia Humana. No estudios
sociológicos a lo Zola. No una satírica representación de títeres a lo
Thackeray. No panhumanismo a lo Jules Romains. Aquí, en estos últimos libros,
aunque sin la mirada y el propósito del gran ruso, pero quizá con otra mirada
que comprenderemos mejor más adelante y de todos modos con igual amplitud,
violencia, humos, ternura y religioso —sí, religioso— fervor, Cendrars nos da
el equivalente francés de lo vertido por Dostoievsky en obras como El Idiota,
Los Poseídos y Los Hermanos Karamazov. Es una producción que sólo podría
realizarse y consumarse en los años maduros de la mitad de la vida.
Todo lo que venga ahora ha sido digerido un millar de
veces. Nuevamente y nuevamente Cendrars ha propulsado hacia atrás —¿adonde? ¿en
qué profundo pozo?— la multiforme historia de su vida. Esta densa y fundida
masa de experiencia cruda y refinada, sutil y bruta, digerida y predigerida,
que ha estado alojada en sus entrañas cual torpe y amorfo dinosaurio que agita
inútilmente sus alas rudimentarias, esta carga destinada para su eventual
entrega en el momento exacto y en el lugar exacto, demandaba un cartucho de
dinamita para volarla. Desde junio de 1940 hasta el 21 de agosto de 1943
Cendrars guardó siniestro silencio. IIs'est tu. Chut!Motus!' Lo que lo lanza a
escribir nuevamente es la visita de su amigo Edouard Peisson, según relata en
las primeras páginas de l'Homme Foudroyé. Enpasantevoca la memoria de cierta
noche de 1915, en el frente, “la plus terrible que j'ai vécue”. Hubo otras
ocasiones, sospechamos, antes de la crítica visita de su amigo Peisson, que
habrían servido para detonar el cartucho. Pero quizá en esas ocasiones la mecha
ardió con demasiada rapidez, estaba húmeda o se fundió bajo el peso de los
acontecimientos mundiales. Pero dejemos estas conjeturas inútiles y
sumerjámonos en la Sección 17 de Un Noveau Patrón Pour l'Aviation...
Esta breve sección comienza evocando una frase de Rémy de
Gourmont: “Y muestra gran progreso que, donde las mujeres obraron antes, ahora
las vacas rumian lo injerido...” En pocas líneas sale esto de la propia boca de
Cendrars:
A partir del 10 de mayo el surrealismo descendió sobre la
tierra: no las obras de absurdos poetas que pretenden ser tales y que a lo sumo
no son sino sou-realistes porque predican el subconsciente, sino la obra de
Cristo, el único poeta de lo sur-real...
Si alguna vez tuve fe, fue en ese día que debió haberme
tocado la gracia...
Siguen a estos dos párrafos que tratan con arremolinada y
comprimida furia la eterna y execrable condición de la guerra. Como Goya,
repite: “J'ai vu”. El segundo párrafo termina así:
Se detuvo de pronto el sol. El pronóstico meteorológico
anunciaba un anticiclón de cuarenta días. ¡No podía ser! Por esta razón todo
salió mal: los engranajes no engranaban, por todas partes se rompían las
máquinas; era el punto muerto de todo.
Las próximas cinco líneas me acompañarán para siempre en
mi memoria:
No, el 10 de mayo la humanidad distaba de estar preparada
para el acontecimiento. ¡Señor! Arriba, el cielo parecía una espalda de
relucientes nalgas y el sol un ano inflamado. ¿Qué otra cosa que mierda podría
haber caído de él? El hombre moderno gritó de terror...
Este hombre del 21 de agosto de 1943, que estalla en todas
direcciones al mismo tiempo, ya había dado a luz, por supuesto, una montaña de
libros, de los cuales no han sido los menores, según descubriremos algún día,
los diez volúmenes de Notre Pain Quotidien, que compuso intermitentemente a
través de un período de diez años en un chateau de las afueras de París y en
cuyos manuscritos nunca estampó su nombre, confiando los cofres que contenían
este material a diversas cajas de seguridad en distintas partes de Sudamérica y
después tirando las llaves, (“Je voudrais rester l'Anonyme”, dice.)
En los libros comenzados en Aix-en-Provence hay
voluminosas notas colocadas donde terminan las diversas secciones. Citaré una
solamente, tomada de Bourlinguer (la parte sobre Genova), que constituye un
imperecedero tributo al poeta tan querido por los hombres de letras francesas:
Querido Gerard de Nerval, hombre de la multitud,
sonámbulo, slangista, soñador impenitente, neurasténico amante de los
teatrillos de la Capital y de la vasta necrópolis del Este, arquitecto del
Templo de Salomón, traductor de Fausto, secretario personal de la reina de
Saba, Druida de la 1.ªy 2.ªclase, sentimental vagabundo de Ile-de-France,
último de los Valois, hijo de París, labios de oro, te colgaste por la boca de
una cloaca después de lanzar tus poemas al cielo y ahora tu sombra nada todavía
delante de ellos, siempre más grande y más grande, entre Notre-Dame y
Sainte-Merry, y tus fieros Chimeras recorren este cuadrado de los cielos como
seis cometas desaliñados y aterrorizadores. Con tu llamamiento al Nuevo
Espíritu has perturbado para siempre nuestros sentimientos, y en la actualidad
los hombres no podrían seguir viviendo sin esta ansiedad.
En la página 244, en el mismo conglomerado de notas,
Cendrars declara lo siguiente: “El otro día cumplí sesenta años y solo hoy, al
llegar al final de esta narración, comienzo a creer en mi vocación de
escritor...” Pongan eso en su pipa y fúmenlo, muchachos de veinticinco, treinta
y cuarenta años de edad, ustedes que constantemente sufren retortijones
abdominales porque no han conseguido hacerse famosos todavía. ¡Dense por
felices de que todavía están vivos, de que todavía viven su vidas, de que
todavía adquieren experiencia, de que todavía gozan los amargos frutos del
aislamiento y la negligencia!
Me habría gustado extenderme sobre muchos pasajes
singulares de estos libros recientes, pasajes repletos de los más insólitos
hechos, incidentes, acontecimientos literarios e históricos, alusiones
científicas y ocultas, curiosidades literarias, tipos extraños de hombres y
mujeres, festines, orgías, escapadas risueñas, tiernos idilios, anécdotas sobre
lugares remotos, tiempos, leyendas, extraordinarios coloquios con
extraordinarios individuos, reminiscencias de días dorados, burlescos,
fantasías, mitos, invenciones, introspecciones y evisceraciones... Me habría
gustado hablar extensamente de ese singular autor y hombre más singular todavía
que es Gustave Le Rouge, autor de 312 libros, que el lector con toda
probabilidad jamás habrá oído mencionar, y de cuya variedad, naturaleza, estilo
y contenido Cendrars habla con amor; me habría agradado dar al lector cierto
pequeño sabor de la última sección, Vendetta, de l'Homme Foudroyé, que ha
salido directamente de los labios de Sawo el Gitano; me habría agradado llevar
al lector a la Cornue, chez Paquita, o a ese maravilloso escondrijo del sur de
Francia donde, esperando pescar un libro en paz y tranquilidad, Cendrars
abandona la página que había colocado en la máquina de escribir después de
haber escrito una línea o dos, y ya no vuelve a mirarla sino que se entrega al
placer, al ocio, a las fantasías y a la bebida; me habría agradado dar al
lector por lo menos una insinuación de esa espeluznante historia de los
“homúnculos” que Cendrars describe extensamente en Boulinguer (la sección
llamada “Genes”), pero si fuera a sumergirme en estas extravagancias jamás
lograría salir de las mismas.
Saltaré, en cambio, al último libro recibido de Cendrars,
el llamado La Banlieue de París, publicado por La Guilde du Livre de Lausana.
Está ilustrado con 130 fotografías de Roben Doisneau, que constituyen,
sinceros, conmovedores y auténticos documentos que complementan elocuentemente
el texto. De nouveau une belle collaboration. (Vive les collaborateurs, les
vrais!) El texto es bastante corto: cincuenta páginas grandes. Pero páginas
intensas, escritas sur le vif (Desde el 15 de julio hasta el 31 de agosto de
1949). Aunque no hubiese en estas páginas nada más destacado que la descripción
que hace Cendrars de una noche en Saint-Denis la víspera de una revolución
abortada, este breve texto valdría la pena preservarlo. Pero también contiene
otros pasajes igualmente sombríos y paralizantes, o nostálgicos, punzantes,
saturados de atmósfera, saturados de la pululante efervescencia de los sórdidos
suburbios. Se han mencionado muchas veces el rico vocabulario de Cendrars, la
poética cualidad de su prosa, su habilidad para incorporar en sus rapsódicos
pasajes la monstruosa jerga y la terminología de la ciencia, la industria y la
invención. Este documento, que es una especie de elegía retrospectiva,
constituye un ejemplo excelente de su virtuosismo. Avanza con la memoria por
los suburbios desde el este, el sur, el norte y el oeste, y, como armado con
una varita mágica, resucita el drama de la esperanza, la nostalgia, el fracaso,
la soledad, la desesperación, la frustración, la miseria y el resentimiento que
devora a los moradores de esta vasta franja. En un compacto párrafo, el segundo
de la sección llamada “Nord”, Cendrars ofrece un sumario gráfico y físico de
todo cuanto compone esta sórdida zona suburbana. Es una vista a vuelo de pájaro
de la desolación que la industria deja a su paso. Un poco más tarde nos da una
detallada descripción del interior de una de las plantas de guerra inglesas,
una “fábrica en las sombras”, que ofrece un notable contraste con la
precedente. Es una obra maestra del reportaje en el que no puede hacer el papel
de una vedette. Pero al rendir tributo a la fábrica, Cendrars indica con
claridad su posición. Es el único tipo de trabajo para el cual no tiene
estómago. “Mieux vaut étre un vagabond”, es su dictado. En pocas líneas rápidas
planea sobre todo el sangriento asunto de la guerra y, con un grito de
vergüenza por el “experimento” de Hiroshima, lanza las asombrosas cifras de la
carnicería de la última guerra tabulada por una revista suiza para uso y
beneficio de los que preparan el próximo carnaval de muerte. Estas cifras
vienen al caso, así como vienen al caso los hermosos arsenales y los sórdidos
suburbios. Por último, porque en todo momento las tiene presente, Cendrars
pregunta: “¿Qué es de los niños? ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Adonde van?”
Refiriéndonos de nuevo a las fotos de Robert Doisneau, evoca las figuras de
David y Goliat, para darnos a conocer qué podrían depararnos en realidad los
pequeños.
No es un simple documento este libro. Es algo que querría
poseer en una edición de bolsillo muy pequeña para llevarla siempre conmigo por
si alguna vez vuelvo a salir de andanzas. Algo que nos sirva de Norte...
Me ha tocado en suerte corretear tanto de día como de
noche las calles de esos distritos olvidados de Dios donde imperan la tristeza
y la miseria, no solamente aquí, en mi propio país, sino también en Europa.
Todos son iguales en su espíritu de desolación. Los que rodean a las más
altivas ciudades son los peores. Apestan como basureros. Cuando vuelvo a mi
pasado, escasamente llego a divisar otra cosa, a oler otra cosa que esos
apestosos terrenos baldíos, esas calles inmundas y amortajadas, esas informes
pilas de ladrillos mezcladas indiscriminadamente con basura y desechos, la
abigarrada y totalmente insensata colección de objetos, juguetes, instrumentos
rotos, vasos y escupideras abandonados por las misérrimas, desesperanzadas e
impotentes criaturas que componen la población de estos distritos. En momentos
de buen humor he andado en medio del desorden y los despojos de estos barrios y
pensado para mis adentros: ¡Qué poema! ¡Qué película documental! Muchas veces
sólo volví a mis cabales maldiciendo y apretando los dientes, transportándome
en fieros y fútiles arranques de furor, pintándome a mí mismo un benevolente
dictador que eventualmente “restablecería el orden, la paz y la justicia”.
Durante semanas y meses me ha obsesionado un inacabable número de experiencias
de esta índole, pero jamás logré componer música con ellas. (Y pensar que Erik
Satie, cuyo domicilio Roben Doisneau nos da en una de las fotos, pensar que
este hombre también “hizo música” en ese edificio de locura, es algo que me
provoca escozor en el cuero cabelludo). No, jamás logré componer música con
este descabellado material. Lo he intentado muchas veces, pero mi espíritu
todavía es demasiado joven, todavía está demasiado repleto de repulsión. Me
falta capacidad para retraerme, para asimilar, para golpear el mortero con la
pericia del químico. Pero Cendrars lo ha logrado, y por eso me descubro ante
él. Salud, cher Blaise Cendrars! Usted es músico. ¡Salud! ¡Glorioso sea!
Necesitamos poetas de la noche y de la desolación, y también de los otros. Necesitamos
palabras reconfortantes —y usted las proporciona— como también vitriólicas
diatribas. Cuando diga “necesitamos” me refiero a todos nosotros. La nuestra es
una sed inaplacable para un ojo como el de usted, un ojo que condena sin abrir
juicio, un ojo que hiere con su mirada desnuda y cura al mismo tiempo.
Especialmente en Norteamérica “necesitamos” su histórico toque, el
aterciopelado trazo regresivo de su pluma. Sí, lo necesitamos quizá más que
todo lo que usted pueda ofrecernos. La historia ha pasado sobre nuestras
desgarradas cabezas a todo galope y nos ha dejado pocos nombres, algunos
monumentos absurdos y un verdadero caos de residuos. La única raza que moró en
estas costas y que no mancilló la obra de Dios fue la de los pieles rojas. Hoy
ocupan las tierras áridas y para su “protección” hemos organizado una pía forma
de campo de concentración. No tiene alambradas de púas, ni instrumentos de
tortura, ni guardias armados. Simplemente los dejamos allí para que se
mueran...
Pero no puedo terminar con esta nota dolorosa, que apenas
es el reflejo de secretos fragores que invariablemente reviven al evocar el
pasado. Siempre hay una visión postrera que se percibe en estos locos edificios
que nuestras mentes habitan con tanta tenacidad. Lo que se observa desde la
ventana trasera de Satie es del tipo a que me refiero. Siempre que en la “zona”
hay un conglomerado de edificios sombríos, allí mora la gente pequeña, la sal
de la tierra, como decimos, porque sin ellos nosotros quedaríamos expuestos a
sufrir hambre, sin ellos esa costra que se arroja a los perros y sobre la cual
nos lanzamos como lobos sólo tendría sabor a muerte y venganza. A través de
estas ventanas oblongas de las cuales pende mi ropa de cama, veo mi paleta en
el rincón donde me he refugiado para pasar la noche, para ser rescatado
milagrosamente de nuevo el próximo amanecer, siempre por “nadie”, lo que
significa, cuando lleguemos a entender la palabra humana, ser rescatados por un
ángel disfrazado. ¿Qué importa que el café que injerimos sea un emenagogo con
otro nombre? ¿Qué importa que una cucaracha extraviada trepe por nuestros
andrajos? Mirando la vida desde la ventana trasera contemplamos el propio
pasado como en un espejo inmóvil donde los días de desesperación se fusionan
con días de regocijo, días de paz y días de la más profunda amistad.
Especialmente siento así, pienso así, cuando miro mi patio trasero francés.
Allí todas las piezas sin sentido de mi vida forman un diseño, No veo
movimiento desperdiciado. Todo es tan claro como “El Poema de Cracovia” para un
enemigo del ajedrez. La música que emite es tan sencilla como los acordes de
“Sweet Alice Ben Bolt” a mis oídos infantiles. Pero es hermosa porque, como
dice sir H. Rider Haggard en su autobiografía: “La verdad desnuda siempre es
hermosa, aunque nos hable del mal”.
Mi querido Cendrars, a veces usted tiene que haber
percibido en mí una especie de envidia por todo lo que usted ha vivido,
digerido y vomitado transformado, transmografiado, transubstanciado. Siendo
niño usted jugó junto a la tumba de Virgilio; de muchacho usted caminó por
Europa entera, Rusia y Asia, para encontrar el horno en algún hotel olvidado de
Pekín; de joven, en los sangrientos días de la Legión, usted optó por no pasar
de cabo, nada más; como víctima de la guerra usted rogó a las almas en su propio
y querido París, y un poco después usted fue el vago de Nueva York, de Boston,
de Nueva Orleans, de San Francisco... Usted ha viajado lejos, usted ha dejado
transcurrir los días en ocio, usted ha quemado la vela por ambos extremos,
usted se ha hecho con amigos y enemigos, usted ha osado escribir la verdad,
usted ha sabido mantenerse en silencio, usted ha recorrido todos los senderos
hasta el fin y usted todavía está en sus mejores años, siempre erigiendo
castillos en el aire, siempre rompiendo planes, hábitos, resoluciones, porque
vivir es su finalidad principal y usted vive y seguirá viviendo en la carne y
en el semblante de los ilustres. ¡Cuan tonto, cuan absurdo he sido al pensar
que podría serle útil a usted, al pensar que poniendo mi pequeña palabra en su
favor de vez en cuando, como he dicho antes, promovería su causa! Usted no
necesita ni mi ayuda ni la de nadie. Simplemente viviendo su vida como la vive,
usted nos ayuda automáticamente a todos, dondequiera que vivamos la vida. Una
vez más me quito el sombrero ante usted. Me inclino con reverencia. No tengo
derecho a saludarle porque no soy su igual. Prefiero seguir siendo su devoto,
su amante discípulo, su hermano espiritual en der Ewigkeit.
Usted siempre termina sus saludos con “ma main amie”.
Empuño esa cálida mano izquierda que usted me extiende y la sacudo con júbilo,
con gratitud y con una imperecedera bendición en mis labios.
CAPÍTULO IV - RIDER HAGGARD
Desde que mencioné el nombre de Rider Haggard, su libro,
Ella, ha caído en mis manos. Ahora he leído alrededor de las dos terceras
partes del mismo, siendo éste mi primer vistazo a este libro desde el año 1905
ó 1906, según recuerdo. Me siento impulsado a relatar, con toda la serenidad y
circunspección de que soy capaz, las extraordinarias relaciones que experimento
en estos momentos a raíz de esta segunda lectura. Para comenzar, debo confesar
que hasta que llegué al Capítulo 11, “La Llanura de Kór”, no recordaba en
absoluto haber leído antes ni una sola palabra de esta asombrosa obra. Sin
embargo, tenía la certeza de que en el momento en que encontrase esa misteriosa
criatura llamada Ayesha (Ella) mi memoria reviviría. Ha sucedido tal como
anticipara. Tal como con The Lion of the North (El León del Norte), al cual me
he referido antes, en Ella redescubro las emociones que me asaltaron por
primera vez al encontrarme frente a frente con una “femme fatale” (¡La mujer
fatal!). Ayesha, verdadero nombre de esta hermosura sin edad, alma perdida que
se niega a morir hasta que su amado regresa nuevamente a la tierra, ocupa —por
lo menos en mi mente— una posición comparable al Sol en la galaxia de los
amantes inmortales, todos ellos malditos por una belleza imperecedera. En este
estrellado firmamento Elena de Troya no es más que una pálida luna. En efecto,
y sólo hoy puedo decirlo con certeza, Elena jamás fue real para mí. Ayesha es
más que real. Es superreal en todo el sentido de esa maligna palabra. En torno
a su personaje el autor ha tejido una red de tales proporciones que casi merece
el apelativo de “cosmogónica”. Elena es legendaria, mítica de la littérature.
Ayesha pertenece a los elementos eternos, desencarnada y encarnada al mismo
tiempo. Es de las madres oscuras, de cuya misteriosa raza encontramos
insinuaciones y ecos en la literatura germánica. Pero antes de seguir
balbuceando sobre las maravillas de esta narración, que data del penúltimo
decenio del siglo diecinueve quisiera hablar de ciertas revelaciones
concernientes a mi propio carácter e identidad, que guardan relación con ella.
Mientras escribo este libro voy anotando los títulos de
los libros que he leído a medida que regresan a la memoria. Es un juego que se
ha adueñado totalmente de mi ser. Los motivos de que esto suceda acabo de
comenzar a percibirlos. El primordial es que estoy redescubriendo mi propia
identidad, la cual, desconocida para mí, se había disipado o petrificado en las
páginas de ciertos libros. O sea que al hallarme a mí mismo por medio de
ciertos autores que hicieron las veces de intermediarios, también me había
perdido a mí mismo (sin saberlo). Esto tiene que haberme ocurrido en reiteradas
ocasiones, porque lo que ahora me sucede todos los días es lo siguiente: el
mero recuerdo de un título olvidado no solamente infunde vida al aura de la
intocable personalidad del libro, sino también al conocimiento y la realidad de
mis personalidades anteriores. No hace falta agregar que está comenzando a
poseerme algo que se aproxima al desconcierto, al temor y a la consternación.
Estoy enfrentándome a mí mismo de una manera totalmente nueva e inesperada. Es
como si me hubiese embarcada en esa jornada al Tibet a la que tantas veces
hiciera alusión, y que cada vez necesito menos hacer a medida que el tiempo
pasa y que yo mismo avanzo como el cangrejo, como parece ser mi destino.
No en vano, pues percibo más y con mayor profundidad, me
he aferrado a los recuerdos de, la niñez; no por nada he adjudicado tanta
importancia a los “muchachos de la calle”, a nuestra vida juntos, a nuestros
tanteos en busca de la verdad, a nuestra lucha por comprender el orden perverso
de la sociedad en que nos encontrábamos entrelazados y de cuya garra vanamente
quisimos liberarnos.
Así como hay dos órdenes de conocimientos humanos, dos
tipos de sabiduría, dos tradiciones, dos de todo, así en la niñez vinimos a
comprender que había dos fuentes de instrucción: la fuente que descubríamos
nosotros mismos y que secretamente nos empeñábamos en ocultar, y la que
aprendíamos en la escuela y que no solamente nos impresionaba como aburrida e
inútil, sino diabólicamente falsa y pervertida. Un tipo de instrucción nos
nutriría, el otro nos socavaba. Digo esto “literalmente y en todos los sentidos”,
para utilizar la expresión de Rimbaud.
Todo niño auténtico es un rebelde y anarquista. Si se le
dejara desarrollar de conformidad con sus propios instintos, sus propias
inclinaciones, la sociedad sufriría una transformación tan radical que el
revolucionario adulto sería un insecto al lado suyo. Probablemente no sería un
modelo de organización confortable o benevolente, pero reflejaría justicia,
esplendor e integridad. Aceleraría el pulso vital de la vida, y estimularía y
ampliaría la vida. ¿Y qué más terrible para los adultos que una perspectiva
así?
“A bas l'histoire!” (palabras de Rimbaud). ¿Comienza usted
a ver lo preñadas que están estas palabras?
Los libros que nos recomendamos furtivamente los unos a
los otros, los libros que devoramos con avidez a cualquier hora del día y de la
noche —¡y en los más extraños lugares a veces!—, esos libros que discutíamos en
el terreno baldío o en la esquina de la calle bajo un arco de luz a la vera del
cementerio, en la choza de invierna construida por nosotros mismos, en la
caverna que excavamos en la ladera de un cerro o en cualquier escondrijo
secreto, porque siempre nos reuníamos como un clan, como hermanos de sangre,
como miembros de una orden secreta —¡La Orden de la Juventud para la Defensa de
las Tradiciones de la Juventud!— estos libros formaban parte de nuestra
instrucción cotidiana, parte de nuestra disciplina espartana y de nuestra
formación espiritual. Fueron la herencia de órdenes anteriores, de grupos
insospechados como los nuestros, que desde los albores de los tiempos lucharon
por mantener viva y por prolongar, si fuese posible, la edad de oro de la
juventud. No teníamos conciencia entonces que nuestros mayores, por lo menos
algunos de ellos, miraban atrás este reverenciado período de sus vidas con
envidia y nostalgia; no sospechábamos que nuestra gloriosa dinastía sería
denominada “el período de conflicto”. No sabíamos que éramos pequeños primitivos
o héroes arcaicos, santos, mártires, dioses o semidioses. Sabíamos que éramos,
y con eso nos bastaba. Queríamos voz para gobernar nuestros asuntos: no
queríamos que se nos tratase como adultos en embrión. Para la mayoría de
nosotros ni el padre ni la madre eran objetos de veneración, y mucho menos de
idolatría. Nos oponíamos a su dudosa autoridad como mejor podíamos y con gran
desventaja, excuso decirlo. Nuestra ley, y era la única voz de autoridad que
realmente respetábamos, era la ley de la vida. El hecho de que entendíamos esta
ley lo revelaban los juegos que jugábamos, es decir la manera de jugarlos y las
deducciones que hacíamos de la manera en que diversos jugadores participaban en
ellos. Establecimos jerarquías auténticas; abrimos juicio de conformidad con
nuestros diversos niveles de comprensión, con nuestros diversos niveles de lo
que éramos. Teníamos conciencia de la cima como también de la base de la
pirámide. Teníamos fe, reverencia y disciplina. Creábamos nuestras propias
ordalías y pruebas de potencia y firmeza. Acatábamos las decisiones de nuestros
superiores o de nuestro jefe. Fue un rey que manifestó la dignidad y el poder
de su rango, y jamás mandó un día más de lo que le correspondía.
Menciono estos hechos con cierta emoción porque me asombra
que los adultos lleguen alguna vez a olvidarlos, como veo que los olvidan.
Todos experimentamos intensa emoción cuando, habiendo dejado el pasado a
nuestras espaldas, de pronto nos encontramos entre los “primitivos”. Me refiero
aquí al verdadero primitivo, al hombre prehistórico. El estudio de la
antropología tiene el gran mérito de permitirnos volver a vivir como jóvenes.
El verdadero estudioso de los pueblos primitivos abriga respeto, profundo respeto,
por estos “antepasados” que existen hombro con hombro con nosotros pero “no
crecen”. Encuentra que el hombre que se halla en las etapas precoces de su
desarrollo no es de ninguna manera inferior al hombre en etapas ulteriores;
algunos hasta han encontrado que el hombre precoz es en muchos sentidos
superior al hombre tardío. En este caso empleamos los términos “precoz” y
“tardío” según la acepción vulgar de los mismos. En verdad nada sabemos sobre
el origen del hombre precoz o si en realidad fue joven o decadente. Además
sabemos poco sobre el origen del “homo sapiens”, aunque pretendamos saber
mucho. Existe una brecha entre las raíces más distantes de la historia y las
reliquias y evidencias del hombre prehistórico, cuyas ramas, como la del
Cro-Magnon, nos intrigan por las pruebas de su inteligencia y sensibilidad
estética. Las maravillas que constantemente esperamos que el arqueólogo
desentierre, los eslabones de nuestra muy endeble cadena de conocimientos sobre
nuestra propia especie, son proporcionados sin cesar y de las más asombrosas
maneras por las personas a las cuales condescendientemente llamamos escritores
“imaginativos”. Me limitaré por el momento a estos últimos, porque los demás, a
los cuales se califica a veces de “ocultos” o “esotéricos”, están menos
acreditados por el momento. Están en una “segunda infancia” (sic).
Rider Haggard es uno de los escritores imaginativos que
indudablemente se ha nutrido en muchas corrientes. En la actualidad pensamos en
él como en un escritor de libros para niños, conformes en permitir que su
nombre pase al olvido. Quizá solamente cuando nuestros exploradores e
investigadores científicos encuentren las verdades reveladas mediante la
imaginación, reconoceremos la verdadera estatura de un escritor así.
“¿Qué es la imaginación?” pregunta Rider Haggard en medio
de su narración. Y responde: “¡Quizá sea una sombra de la verdad intangible,
quizá el pensamiento del alma!”
Fue en la imaginación donde Blake vivió íntegramente. Fue
imaginación lo que hizo que un humilde dependiente de una tienda (Schliemann)
despedido por leer a Hornero, saliese en busca de Troya, Tirinto y Micenas. ¿Y
qué fue de Jacob Boehme? ¿Qué fue de ese intrépido francés, Caillé, el primer
hombre blanco que entró en Tombuctú y salió vivo? ¡Qué epopeya!
Es curioso, pero en el momento preciso cuando empezaba a
familiarizarme con los misterios de Egipto, con la increíble historia de Creta,
con los sangrientos anales de la Casa de Atreus, en el momento preciso en que
me encuentro abrumado por mi primer contacto con temas como la reencarnación,
el desdoblamiento de la personalidad, el Cáliz Sagrado, la resurrección, la
inmortalidad y así sucesivamente, por intermedio de “novelistas” como Herodoto,
Tennyson, Scott, Sienkiewicz, Henty, Bulwer-Lytton, Marie Corelli, Roben Louis
Stevenson y otros, muchos otros, todas estas llamadas leyendas, mitos y
creencias supersticiosas comenzaban a tomar sustancia de hecho. Schliemann, sir
Arthur Evans, Frazer, Frobenius, Annie Besant, Madame Blavatsky y Paul Radin,
toda una hueste de valientes precursores han venido trabajando activamente para
desentrañar la verdad en un dominio tras otro, todos entrelazados, todos
concurrentes hacia la ruptura del encantamiento, derrota y parálisis en que las
doctrinas del siglo diecinueve nos tenían subyugados. El nuevo siglo se abre
con promesa y esplendor; el pasado revive, pero revive tangible y
sustancialmente, y con una realidad casi más grande que el presente.
¿Cuando estaba entre las ruinas de Knosos y de Micenas mis
pensamientos se dirigieron hacia los libros de escuela, hacia mis forzados
instructores y hacia los encantadores cuentos que nos narraban? No. Pensé en
los cuentos que leyera de niño; vi las ilustraciones de los libros que había
creído sepultados por el olvido; pensé en nuestras discusiones en la calle y en
las desorbitadas conjeturas que nos habíamos permitido hacer. Recordé mi propia
conjetura sobre todos estos temas ardientes y misteriosos relacionados con el
pasado y el futuro. Mirando sobre la llanura de Argos desde Micenas, viví
nuevamente desde el principio hasta el fin —¡y con cuanta nitidez!— la
narración de los argonautas. Mirando sobre las ciclópeas paredes de Tirinto
recordé la diminuta ilustración de la pared en uno de mis libros de maravillas:
coincidía exactamente con la realidad que tenía ante mis ojos. Jamás en la
escuela un profesor de historia intentó infundir vida en nosotros a estas
gloriosas épocas del pasado en que todo niño entra naturalmente apenas aprende
a leer. ¡Con cuan infantil fe el fogueado explorador desarrolla su sombría
misión! De los pedagogos no aprendemos nada. Los verdaderos educadores son los
aventureros y vagabundos, los hombres que se lanzan al plasma vivo de la
historia, la leyenda y el mito.
Hace un momento hablé del mundo que la juventud podría
creer si se le diese oportunidad. He destacado reiteradamente lo alarmante que
es para los padres la idea de educar a un niño de acuerdo con sus propias
nociones privadas. En el momento de escribir recuerdo una escena trascendental
relacionada con este tema y que ocurriera entre la madre de mi primer hijo y
yo. Sucedió en la cocina de nuestra casa y se produjo a raíz de unas palabras
que pronuncié acaloradamente sobre la futilidad y lo absurdo de enviar el niño
a la escuela. Completamente enardecido, me había levantado de la mesa y me
paseaba nerviosamente de un lado para otro. De pronto la escuché preguntar,
casi frenéticamente: “¿Pero dónde comenzarías tú? ¿Cómo?” Tan abstraído estaba
en mis pensamientos que la importancia de sus palabras me llegó con mucho
retraso. Caminando de un lado a otro con la cabeza gacha, me encontré junto a
la puerta del vestíbulo en el preciso momento en que sus palabras penetraron en
mi conciencia. En ese instante mismo mis ojos se detuvieron en un pequeño nudo
de la hoja de la puerta: ¿Cómo comenzaría? ¿Dónde? “¡Aquí!” “¡En cualquier
parte!” grité. Y señalando el nudo en la madera desencadené un brillante y
devastador monólogo que literalmente le hizo perder el equilibrio. Debo de
haber hablado media hora completa, sabiendo, a duras penas, lo que decía pero
arrastrado por un torrente de ideas agolpadas desde mucho tiempo atrás. Lo que
me dio tanto ímpetu fue la exasperación y disgusto acumulados con el recuerdo
de mis experiencias en la escuela. Comencé con ese pequeño nudo en la madera,
cómo se produjo, qué significó, y después me hallé avanzando o corriendo por un
verdadero laberinto de conocimientos, instintos, sabiduría, intuición y
experiencia. Todo está tan divinamente conectado, tan hermosamente
interrelacionado; ¿cómo podríamos ignorar de qué modo emprenderíamos la
educación de un hijo? En todo cuanto tocamos, en todo cuanto vemos, olemos o
escuchamos, no importa el punto de partida, pisamos terciopelo. Es como oprimir
botones que abren puertas mágicas. Funciona por sí mismo, crea su propia
tracción e impulso. No hace falta “preparar” al niño para esta lección; la
lección misma es una especie de sortilegio. El niño ansia saber; literalmente
tiene hambre y sed de saber. Lo mismo sucede al adulto, si logramos liberarlo
del hipnótico freno que lo subyuga.
Para saber hasta dónde puede extenderse el maestro, hasta
qué alturas puede elevarse, qué poderes puede invocar, no nos hace falta otra
cosa que narrar la historia de Helen Keller para aprender. Fue una gran maestra
esta señorita Sullivan. Una alumna sorda, muda y ciega: ¡qué tarea! Los
milagros que realizó nacieron del amor y la paciencia. Paciencia, amor,
comprensión. Pero, más que nada, paciencia. Quien no haya leído la asombrosa
vida de Helen Keller se ha perdido uno de los grandes capítulos de la historia
de la educación.
Cuando llegué a leer sobre Sócrates y las escuelas
peripatéticas, cuando posteriormente recorrí en París todos los distritos
frecuentados por el Dante (los cursos universitarios se realizaban entonces al
aire libre... hay una calle este distrito, cerca de Notre Dame, que lleva el
nombre de la misma paja en que dormían esos ardientes estudiantes de la Edad
Media), cuando leí los orígenes de nuestro sistema postal y de la parte que
desempeñaron en él los estudiantes universitarios (que eran los correos), cuando
pensé en esa educación sobre la vida que recibiera sin quererlo en lugares como
Union Square y Madison Square, donde sentaban sus reales los oradores
callejeros, cuando recordé los heroicos papeles, que en verdad fueron papeles
educativos, representados por figuras de la plaza pública como Elizabeth Gurley
Flynn, Cario Tresca, Giovanitti, Big Bill Haywood, Jim Larkin, Hubert Harrison
y otros por el estilo, me convencí más que nunca que cuando muchachos, por
nuestra cuenta, marchábamos por el camino correcto: habíamos percibido que la
educación es un proceso vital, un proceso que se adquiere en medio de la vida
viviendo y luchando con la vida. Me sentí entonces más cerca de Platón, de
Pitágoras, de Epícteto, del Dante y de todos los ilustres antiguos, como nunca
hasta entonces ni después. Cuando mis mensajeros hindúes de la compañía
telegráfica me hablaban del famoso “Shantiniketan” de Tagore, cuando leía sobre
la brillante morada de Ramakrishna, cuando pensaba en San Francisco y los
pájaros, sabía que el mundo estaba mal y que la educación, tal como se
desarrolla en la actualidad, es desastrosa. Nosotros, los que hemos estado
sentados detrás de puertas cerradas en duros bancos de habitaciones malolientes
bajo unos ojos rígidos y hostiles, hemos sido traicionados, torturados y
martirizados. A bas les écoles! Vive le plein air! Una vez más, digo, me
propongo leer Emilio. ¿Qué importa si las teorías de Rousseau resultó un
fracaso? Lo leeré como he leído las obras de Ferrer, Montessori, Pestalozzi y
todos los demás. Cualquier cosa con tal de introducir una cuña en nuestro
sistema actual que produce tontos, borricos, patos domesticados, veletas,
mojigatos y ciegos conductores de los ciegos. ¡Vayamos a la selva si fuese
necesario!
¡Mirad la suerte del hombre! Sin duda habrá de alcanzarnos
y dormiremos. Sin duda, también, despertaremos y viviremos nuevamente, y de
nuevo dormiremos, y así y así sucesivamente, a través de períodos, espacios y
tiempos, de eón en eón, hasta que el mundo esté muerto, y hasta que los mundos
que hay más allá de los mundos estén muertos, y nada vivirá, salvo el Espíritu
que es Vida...
Así habla Ayesha en las tumbas de Kór,
El niño se maravilla profundamente cuando encuentra una
frase como la última: “...y nada vivirá, salvo el Espíritu que es Vida”. Si fue
enviado a la iglesia y a la escuela, ha oído hablar mucho del Espíritu desde el
pulpito. Pero desde el pulpito esas palabras caen en oídos sordos Solamente
cuando uno despierta —veinte, treinta, cuarenta años después— las palabras del
Evangelio adquieren profundidad y significado. La Iglesia está totalmente
desvinculada de las demás actividades de la vida del muchacho. Todo lo que
queda de esta disciplina, de esta instrucción, es el imponente y majestuoso
sonido del idioma inglés cuando estaba en flor. El resto es ceniza y confusión.
No hay iniciación como la que recibe el “salvaje” común. Tampoco podría haber
ningún florecer espiritual. El mundo de la capilla y el mundo externo son
distintos y completamente aparte. El lenguaje y el comportamiento de Jesús no
coincide con los sentidos hasta que se ha pasado por el sufrimiento y el
trabajo, hasta que se llega a estar desesperado, perdido, totalmente aislado y
abandonado.
Hay algo más allá, por encima y por delante de la vida
terrenal, como todo muchacho instintivamente adivina. Hace apenas unos pacos
años desde que viviera plenamente en el Espíritu. Tiene una identidad que se
manifiesta al nacer. Lucha por preservar esta preciosa identidad. Repite los
rituales de sus primitivos antepasados, revive las luchas y ordalías de sus
héroes míticos, organiza su propia orden secreta... para preservar una secreta
tradición. Ni los padres, ni los maestros ni los predicadores desempeñan ningún
papel en este importantísimo dominio de la juventud. Mirando retrospectivamente
a mí mismo cuando muchacho, me siento exactamente como un miembro de la tribu
perdida de Israel. Algunos, como Alain-Fournier en The Wanderer (El Vagabundo),
jamás logran desertar de esta orden secreta de la juventud. Magullados por
todos los contactos con el mundo de los adultos, se inmolan en sueños y
ensoñaciones. Especialmente en los dominios del amor les toca sufrir. En
ocasiones nos dejan un librito, un testamento de la verdadera y antigua fe, que
leemos con ojos soñolientos, maravillándonos de su hechizo, conscientes, pero
demasiado tarde, de que nos estamos mirando a nosotros mismos, de que lloramos
nuestro propio destino.
Más que nunca creo que a cierta edad se hace imperioso
releer los libros de la niñez y la juventud. De lo contrario podríamos
marcharnos a la tumba sin saber quiénes somos ni por qué hemos vivido.
Madre de corazón de piedra es nuestra tierra, y de piedra
es el pan que da a sus hijos para su alimento diario. Piedras para comer y agua
amarga para su sed, y magulladuras para su tierna nutrición.
El niño se pregunta si es así realmente. Tales
pensamientos le llenan de angustia y desaliento. Vuelve a preguntarse esto una,
vez más cuando lee que “del bien surgió el mal y del mal el bien”. Por familiar
que parezca, proviniendo de la boca de Ayesha el pensamiento le perturba. De
tales cosas ha escuchado poco que no fuese apenas un eco. Deduce que, en
efecto, él se encuentra en algún misterioso fango.
Pero cuando Ayesha explica que ella no manda por la fuerza
sino por el terror, cuando exclama —-Mi imperio es el de la imaginación— el
niño se conmueve hasta la médula. ¿La imaginación? El niño todavía no sabe nada
de “los legisladores no declarados del mundo”. Por cierto que no. Hay en esto
un pensamiento más poderoso todavía, algo que nos eleva por encima del mundo y
de toda cuestión de dominio sobre él. Está la insinuación —¡por lo menos para
el niño!— de que si el hombre se atreviese sólo a imaginar las desconcertantes
posibilidades que ofrece la vida, las realizaría al máximo. Se instala en él
una sospecha, aunque sea fugaz, de que la edad, la muerte, el mal, el pecado,
la fealdad, la delincuencia y la frustración no son otra cosa que limitaciones
concebidas por el hombre e impuestas por el hombre sobre sí mismo y sus
semejantes... En este fugaz instante uno se siente conmovido hasta las raíces.
Entonces se empieza a poner en tela de juicio todo. El resultado, no hace falta
decirlo, es que se le cubre de mofa y ridículo. “¡Qué tonto eres, hijo mío!”
Ese es el refrán.
Vendrán después confrontaciones similares con el mundo
escrito, más y más confrontaciones a medida que trascurre el tiempo. Algunas
serán más destructivas todavía, más impenetrables. Algunas lo lanzarán
tambaleándose hasta el borde de la locura. Y nunca nadie que ofrezca una ayuda,
una mano cordial. No, cuanto más avanzamos, más nos quedamos solos. Nos
convertimos en algo así como un lactante desnudo o abandonado en la espesura.
Por último perdemos el juicio o nos conformamos. En esta encrucijada el drama que
rodea la propia “identidad” se representa para siempre y de una vez por todas.
En este punto la matriz se estampa irrevocablemente. O nos sumamos al grupo o
nos encaminamos hacia la selva. De niño a asalariado, a esposo, a padre y
después a juez, todo parece tener lugar en un abrir y cerrar de ojos. Uno obra
como mejor puede... excusa tan vieja como el hombre mismo. Mientras tanto la
vida pasa a nuestro lado. Con la espalda siempre doblada para recibir el
latigazo, basta murmurar algunas palabras de gratitud para que nuestros
perseguidores acepten nuestra reverencia. Nos queda una sola esperanza:
erigirnos en tiranos y verdugos. Desde “La Plaza de la Vida” donde adquirimos
nuestra condición de muchachos, pasamos a la Tumba de la Muerte, la única
muerte que el hombre tiene derecho a evitar y eludir: la muerte en vida.
No sería suficientemente chocante decir que el muchacho
comprende tal declaración; diré que está mucho más cerca de comprenderla que el
llamado adulto “sabio”. Tenemos motivos para creer que ese niño prodigioso que
es Arthur Rimbaud —esa esfinge de la literatura moderna— vivía obsesionado por
esta idea. En un estudio dedicado a él lo denominé “El Colón de la Juventud”.
Me parecía que había agotado por anticipado este dominio. Debido a su negativa
a renunciar a la visión de verdad que divisara siendo un simple muchacho,
volvió las espaldas a la poesía, rompió con sus confréres y, al aceptar la vida
del trabajo bruto, literalmente cometió un suicidio. En el infierno de Aden
pregunta: “¿Qué bago aquí?” En la famosa Lettre d'un Voyant tenemos expresiones
de un pensamiento que Levi ha expresado de la siguiente manera: “Algún día
quizá se comprenda que en realidad ver es hablar, y que la conciencia de la luz
es una penumbra de vida eterna en la existencia.” En esta singular penumbra
muchos muchachos viven sus días. ¿Debe sorprender entonces que ciertos libros,
destinados originariamente a los adultos, sean adecuados para los niños?
Hablando del Demonio, Levi dice: “Señalaríamos que todo lo
que tiene nombre existe; las palabras podrán pronunciarse en vano, pero en sí
mismas no pueden ser vanas y tienen invariablemente significado.” El adulto
común acepta con dificultad una declaración así. Hasta el escritor,
particularmente el escritor “culto”, para quien presumiblemente la “palabra” es
sagrada, halla de mal gusto este pensamiento. El muchacho, en cambio, si se le
explicara tal declaración, hallaría en ella verdad y significado. Para él “nada
es en vano”; tampoco es nada increíble, demasiado monstruoso para no
deglutirlo. Nuestros niños se encuentran cómodos en un mundo que parece
aterrorizarnos y atontarnos. No pienso en absoluto en la tendencia sádica que
ha pasado a primer plano; pienso, en cambio, en los mundos desconocidos, en los
mundos microcósmicos y macrocósmicos cuya incidencia en nuestro propio
resquebrajado mundo de realidad indeleble adquiere ahora proporciones opresivas
y amenazadoras. Nuestros niños grandes, los científicos, hablan de la inminente
conquista de la luna; nuestros niños ya han viajado mucho más allá de la luna.
Están listos para partir en cualquier momento hacia Vega y más allá. Ruegan a
nuestros intelectos presuntamente superiores para que los dotemos de una nueva
cosmogonía y de una nueva cosmología. Se han vuelto intolerantes frente a
nuestras ingenuas, limitadas y anticuadas teorías sobre el universo.
Si podemos decir que a Rimbaud se le rompió el corazón de
pena porque no pudo conquistar a sus contemporáneos para que adoptaran una
concepción nueva y realmente moderna del hombre, si renunció a todo deseo de
establecer un nuevo paraíso y una nueva tierra, sabemos ahora por qué. No era
el momento oportuno. Tampoco lo es todavía, al parecer. (Aunque deberíamos
tener mayor y mejor conciencia de todos los “aparentes” obstáculos, escollos y
barreras.) El ritmo de los tiempos se ha acelerado hasta un extremo que
prácticamente escapa a toda comprensión. Avanzamos con vertiginosa rapidez
hacia el día, en que el pasado, el presente y el futuro parecerán uno solo. El
milenio que tenemos por delante no se parecerá en duración a ningún período
semejante del pasado. Podría ser como el pestañear de un ojo.
Pero volvamos a Ella... El capítulo donde Ayesha se
consume en la llama de la vida —¡extraordinaria pieza literaria!— ha quedado
grabado a fuego en mi ser. En este punto de la narración desperté... y recordé.
Debido a este acontecimiento horrendo y penetrante el libro ha permanecido en
mí todos estos años. El que haya tenido dificultad para arrancarlo de las
profundidades de la memoria lo atribuyo al desnudo horror que me inspiró. En el
breve lapso que Haggard tarda en describir su muerte, se vive toda la gama de
la degeneración. No describe realmente la muerte, sino la reducción. Es como
tener el privilegio de presenciar el espectáculo de la naturaleza reclamando a
su víctima el secreto que le había robado. Observando el proceso a la inversa,
la sensación de imponencia que está en las raíces mismas de nuestro ser se
intensifica. Preparados para presenciar un milagro, se nos hace participar en
una decepción que supera todo lo que está al alcance de la comprensión humana.
Es en la Plaza de la Vida, quiero recordar al lector, donde tiene lugar esta
muerte singular. La vida y la muerte, nos dice Haggard, están muy juntas. Lo
que probablemente quiso hacernos entender es que son gemelas y que sólo una vez
se nos concede experimentar el milagro de la vida, y sólo una vez el milagro de
la muerte; lo que sucede entre ambas es como la vuelta de una rueda, una
rotación perpetua en torno a un mundo interior, un sueño que nunca termina, sin
que la actividad de la rueda tenga nada que ver con el movimiento que la engendra.
La imperecedera belleza de Ayesha, su aparente
inmortalidad, su sabiduría que trasciende los tiempos, sus poderes de brujerías
y encantamientos, su dominio sobre la vida y la muerte, tal como lenta pero
magistralmente Rider Haggard nos va revelando este misterioso ser, bien podrían
servir para describir el alma de la naturaleza. Lo que sostiene a Ayesha y lo
mismo que la consume, es la fe de que eventualmente habrá de reunirse con su
amado. ¿Y quién podría ser ese Amado sino el Espíritu Santo? No habría bastado
don menor que éste a un alma dotada de tan imparangonable apetito, paciencia y
perseverancia. El único amor capaz de transformar el alma de la naturaleza es
el amor divino. El tiempo no cuenta en absoluto cuando el espíritu y el alma se
divorcian. El hombre, única criatura que posee una naturaleza dual, permanece
como una incógnita dentro de sí mismo y gira y gira en la rueda de la vida y la
muerte hasta que esclarece el enigma de la identidad. El drama del amor, el más
elevado que es capaz de encarnar, entraña consigo la clave del misterio. Una
ley, un ser, una fe, una raza de hombres. ¡Más ay! “Morir significa ser
cercenado, no significa dejar de existir.” En su imposibilidad de rendirse a la
vida, el hombre se cercena. Ayesha, aparentemente inmortal, consiguió cercéname
renunciando al espíritu que estaba en ella. El amado Kalíkrates, su alma
gemela, incapaz de soportar el esplendor de su alma cuando la contempla por
primera vez, muere por voluntad de Ayesha. El castigo por este incestuoso
homicidio es la prisión. Ayesha, investida de belleza, poder, sabiduría y
juventud, es condenada a esperar que su Amado encarne nuevamente. Las
generaciones que pasan en el ínterin son como el período que separa a una
encarnación de otra. El Devachan de Ayesha son las Cavernas de Kór. Allí dista
tanto de la vida como el alma en el limbo. En este temible lugar también
Kalíkrates, o más bien los restos preservados de su amor inmortal, transcurre
en el intervalo. La imagen de él está constantemente con ella. Posesiva en la
vida, Ayesha es igualmente posesiva en la muerte. Los celos, que se manifiestan
con tiránica voluntad en un insaciable amor por el poder, arden en ella con el
fulgor de una pira funeraria. Al parecer tiene todos los tiempos para examinar
su pasado, para medir sus acciones, sus pensamientos, sus emociones. Tiempo
inacabable de preparación para una lección que todavía le falta aprender; la
lección del amor. Siendo diosa, es más vulnerable, sin embargo, que el más
simple de los mortales. Su fe nace de la desazón, no del amor, no de la
comprensión. Es una fe que será puesta a prueba de la más cruel de las maneras.
El velo que envuelve su cuerpo, el velo que ningún hombre mortal ha penetrado
—su divina virginidad, en suma— será levantado, arrancado de su ser, en el
momento crucial. Entonces se habrá revelado ella ante sí misma. Entonces,
abierta al amor, avanzará tanto en espíritu como en alma. Entonces estará lista
para el milagro de la muerte, esa muerte que llega una sola vez. Con la llegada
de esta muerte final entrará en el inmortal dominio del ser. Isis, a la cual ha
jurado eterna devoción, ya no estará con ella. La devoción, transformada por el
amor, se fusiona con la comprensión, después con el ser divino. Eso que siempre
fue, siempre será y es ahora eternamente. Sin nombre, sin tiempo, indefinible,
la naturaleza de la propia identidad es devorada de la misma manera que el
dragón devora su propia cola.
Resumir brevemente así los rasgos sobresalientes de esta
gran novela especialmente para ofrecer quizá una interpretación de su
argumento, es hacer una injusticia al autor. Pero aquí hay una dualidad en
Rider Haggard que me intriga enormemente. Individuo apegado a la tierra,
convencional en sus maneras, ortodoxo en sus creencias, aunque lleno de
curiosidad y tolerancia, dotado de gran vitalidad y sabiduría práctica, este
hombre que es reticente y reservado, inglés hasta los tuétanos, podríamos decir
que revela a través de sus “novelas” una naturaleza oculta, un ser oculto, un
conocimiento oculto asombroso. Su método para escribir estas obras —a toda
máquina, apenas deteniéndose a pensar, por así decirlo— le permitió aprovechar
su subconsciente con libertad y profundidad. Es como si, en virtud de esta
técnica, hallase la manera de proyectar el plasma vivo de encarnaciones
previas. El hacer girar vertiginosamente sus narraciones permite al narrador
filosofar de manera desenvuelta, permitiendo así al lector obtener vistazos y
destellos de sus verdaderos pensamientos. Su don de novelista, empero, es
demasiado grande como para permitirle que sus más profundas reflexiones
adquieran forma y dimensiones poderosas capaces de romper el encantamiento del
recital.
Trazados estos breves aspectos colaterales del autor para
el lector que quizá no conozca Ella o la secuela llamada Ayesha, quisiera
proceder a exponer algunos misteriosos filamentos mediante los cuales el
muchacho, este muchacho en particular, yo, fue orientado e indudablemente
formado de manera que escapaba a su conocimiento. He dicho que Helena de Troya
nunca fue real para mí. Indudablemente había leído sobre ella antes de dar con
Ella. Todo lo relacionado con las doradas leyendas de Troya y Creta formaba
parte del legado de mi niñez. Mediante los cuentos entrelazados con la leyenda
y romance del Rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda, me había
familiarizado con otras bellezas legendarias e inmortales, principalmente
Isolda. Las extraordinarias proezas de Merlín y otros magos también me eran
conocidas. Es probable que me haya formado con cuentos relacionados con los
ritos de los muertos, según se practican en Egipto y otros lugares. Menciono
todo esto para indicar que la colisión con el tema de Rider Haggard no tuvo el
carácter de un choque inicial. Estaba preparado para recibirlo, si pudiera
expresarlo de esa manera. Sin embargo, debido tal vez a su habilidad como
narrador, quizá a que tocase la nota exacta, el nivel de comprensión correcto
de un muchacho, la fuerza de estos factores combinados permitió que la flecha
llegase por primera vez al blanco al que había sido destinada. Se introdujo más
y más en la Plaza del Amor, en la Plaza de la Belleza, en la Plaza de la Vida.
En la Plaza de la Vida recibí la mortal herida. Así como Ayesha había dado
muerte y no vida a su amado, condenándose a una prolongada existencia en el
purgatorio, así sufrí yo una “pequeña” muerte, sospecho, cuando cerré este
libro hace unos cuarenta y cinco años. Desaparecieron, al parecer para siempre,
mis visiones del Amor, de la Eterna Belleza, de la Renunciación y el
Sacrificio, de la Vida Eterna. Como Rimbaud, empero, cuando se refiere a las
visiones del poeta vidente, podría exclamar: “¡Pero los he visto!” Ayesha,
consumida por la llama devoradora en la mismísima fuente y origen de la vida,
se llevó consigo a su limbo todo lo que había de sagrado y precioso para mí.
Sólo una vez se nos concede experimentar el milagro de la vida. La importancia
de esto se presenta lenta, muy lentamente en mí. Una y otra vez me rebelo
contra los libros, contra la experiencia cruda, contra la sabiduría y contra lo
que Dios y la Naturaleza saben. Pero siempre soy traído de regreso, a veces
hasta el borde mismo del horrendo precipicio.
“Quien no haya vivido plenamente en esta vida, no logrará
vivir a través de la muerte”. Creo que ésta es la nota oculta de todas las
enseñanzas religiosas. “Morir —como dice Gutkind— significa ser cortado, no
cesar.” ¿Cortado de qué? De todo: del amor, de la participación, de la
sabiduría, de la experiencia, pero, más que nada, de la fuente misma de la
vida.
La juventud es un tipo de vivencia. No es único, pero está
virtualmente ligado al mundo del espíritu. Rendir culto a la juventud y no a la
vida misma es tan desastroso como rendir culto al poder. Sólo la sabiduría es
eternamente renovable. Pero poco conoce el hombre contemporáneo de la sabiduría
de la vida. No solamente ha perdido su juventud sino que también ha perdido su
inocencia. Se aferra a ilusiones, ideales y creencias.
En el capítulo titulado “Lo Que Hemos Visto”, que me
afecta ahora con tanta profundidad como antaño, el narrador, después de ver a
Ayesha consumida por la llama de la vida, hace la siguiente reflexión: “Ayesha
encerrada en su tumba viviente, esperando de una era a otra era la llegada de
su amante, operó un pequeño cambio en el orden del mundo. Pero Ayesha, fuerte y
feliz en su amor, investida de inmortal juventud, divina belleza y poder, y con
la sabiduría de los siglos, habría revolucionado la sociedad, y hasta acaso
habría modificado los destinos de la Humanidad. Luego agrega esta frase, en la
cual he meditado largamente: “Así se opuso a la ley eterna y, no importa cuan
grande su fortaleza, fue arrastrada de nuevo a la nada...”
Inmediatamente pensamos en las grandes figuras míticas,
legendarias e históricas que pretendieron revolucionar la sociedad y, por ende,
el destino de la humanidad: Lucifer, Prometeo, Akenaton, Ashoka, Jesús, Mahoma,
Napoleón... Pensamos especialmente en Lucifer, el príncipe de las tinieblas, el
revolucionario más resplandeciente de todos. Cada cual pagó su “crimen”. Sin
embargo todos son reverenciados. El rebelde, creo firmemente, está más cerca de
Dios que el santo. A él le es dado el dominio de las fuerzas tenebrosas que
debemos obedecer para ser capaces de recibir la luz de la iluminación. El
retorno a la fuente, la única revolución que tiene significado para el hombre,
es el objetivo total del hombre. Es una revolución que sólo puede ocurrir
dentro de su ser. Éste es el verdadero significado del precipitarse en la
corriente de la vida, de llegar a ser plenamente vivo, despertando, recuperando
la propia identidad toda.
¡Identidad! Palabra que, releyendo a Rider Haggard, ha
venido a perseguirme. La incógnita de la identidad ha dado lugar a que libros
como Louis Lamben, Seraphita, Interlinear to Cabeza de Vaca y Siddhartha,
ejercieran dominio sobre mí. Emprendí mi carrera de escritor con la intención
de decir la verdad sobre mí mismo. ¡Qué labor tan fatua! ¿Qué podría ser más
ficticio que la historia de la propia vida? “Leyendo no aprendemos nada
(Winckelman) —dijo Goethe— nos convertimos en algo”. Del mismo modo, yo podría
decir que no revelamos nada de nosotros mismos diciendo la verdad, sino que a
veces nos descubrimos a nosotros mismos. Yo, que creía dar algo, encontré que
había recibido algo.
¿Por qué en mis libros insisto tanto en la experiencia
cruda y repetitiva de la vida? ¿No es tierra en los ojos? ¿Me estoy revelando a
mí mismo o me estoy encontrando a mí mismo? En el mundo de lo sexual
alternativamente me pierdo y me encuentro a mí mismo. Con todo sucede algo
semejante. El conflicto que si no está oculto por lo menos queda encubierto, es
el conflicto entre el Espíritu y la Realidad. (Spirit and Reality, dicho sea de
paso, es el título de un libro de un hermano de sangre al que sólo he descubierto
hace poco). Durante mucho tiempo la realidad ha sido para mí la Mujer. Que es
lo mismo que decir Naturaleza, Mito, País, Madre, Caos. Me explayo —para
sorpresa del lector, sin duda— sobre una novela llamada Ella, olvidando que he
dedicado la piedra angular de mi autobiografía a “Ella”. ¡Cuánto había de Ella
en “Ella”! En lugar de las grandes Cavernas de Kór he descrito la negra fosa
sin fondo. Como Ella, “Ella” también luchó desesperadamente por infundirme
vida, belleza, poder y dominio sobre los demás, aunque sólo fuese mediante la
magia de las palabras. De “Ella” también fue una inacabable inmolación, una
espera (¡en qué siniestro sentido!) del retorno del Amado. Y si “Ella” me
infligió la muerte en la Plaza de la Vida, ¿no fue también con ciega pasión,
por miedo y por sus celos? ¿Cuál fue el secreto de la terrible belleza de Ella,
de su temible poder sobre los demás, de su desprecio por sus esclavizantes
minucias, sino el deseo de expiar su crimen? ¿El crimen? El de que Ella me
había robado mi identidad en el preciso momento en que estaba a punto de
recuperarla. En Ella viví con la misma realidad la imagen que el occiso
Kalíkrates vivió en la mente, corazón y alma de Ayesha. De alguna manera
extraña y deforme, habiéndome dedicado a la tarea de inmortalizarla, llegué al
convencimiento de que le daba Vida a cambio de la Muerte. Creí que resucitaría
el pasado, me creí capaz de revivirlo nuevamente... en la verdad. ¡Vanidad,
vanidad! Sólo conseguí reabrir la herida que se me había inferido. La herida todavía
vive, y con el dolor de esa herida acude el recuerdo de. lo que fui. Veo con
toda claridad que no era ni esto ni aquéllo. La “nada” es más clara que la
“calidad de ser”. Veo el significado de la larga Odisea que he recorrido;
reconozco a todas las Circes que me tuvieron esclavizado. Hallé a mi padre,
tanto el de carne como el innombrable. Y descubrí que padre e hijo son uno
solo. Más, inmensamente más: descubrí por fin que todo es uno.
En Micenas, de pie ante la tumba de Clitemnestra, reviví
las antiguas tragedias griegas que me nutrieron más que el gran Shakespeare.
Descendiendo por los resbaladizos peldaños hasta el foso, que he descrito en el
libro sobre Grecia, experimenté la misma sensación de horror que experimentara
cuando niño al descender a las entrañas de Kór. Me parece haber estado ante
muchos fosos sin fondo, me parece haber mirado muchos osarios. Pero lo más
nítido todavía, lo más importante, es el recuerdo de que siempre que en mi vida
he contemplado demasiado tiempo la belleza, particularmente la belleza de la
mujer, invariablemente experimenté una sensación de miedo. Miedo y también un
toque de horror. ¿Qué origen tiene este horror? El tenue recuerdo de haber sido
otra persona y no la que soy ahora, de haber sido capaz (otrora) de recibir las
bendiciones de la belleza, el don del amor, la verdad de Dios. ¿Por qué a veces
no nos preguntamos a nosotros mismos la causa de la fatídica belleza de las
grandes heroínas del amor a través de los siglos? ¿Por qué aparecen tan lógica
y naturalmente rodeadas por la muerte, enaltecidas por el crimen, nutridas por
el mal? Hay en Ella una frase de una penetración extraordinaria. Aparece en el
momento en que Ayesha, habiendo hallado a su Amado, comprende que la unión
física debe postergarse un poco todavía. “Todavía no he de cruzarme contigo,
porque tú y yo somos distintos, y la luminosidad misma de mi ser te quemaría y
hasta podría destruirte”. (¡Daría cualquier cosa por saber qué deduje de estas
palabras cuando las leí de muchacho!)
No importa lo mucho que me extienda sobre los trabajos de
los demás, inevitablemente vuelvo al único libro de mi vida, el libro de mí
mismo.
“¿Podría ser yo —dice Miguel de Unamuno— tal como creo que
soy o como otros creen que soy? He aquí donde estas líneas se convierten en una
confesión en presencia de mi yo desconocido e inaccesible, desconocido e
inaccesible para mí mismo. He aquí donde creo la leyenda con la cual debo
sepultarme a mí mismo”.
Estas líneas aparecen en la solapa de Black Spring,
(Primavera negra) libro que creo se ha acercado más a ser yo mismo que
cualquier otro que haya escrito antes o después. El libro que me había
propuesto crear como monumento a Ella, el libro en el que iba a confiar el
“secreto”, no tuve la valentía de empezarlo hasta hace unos ocho años. Pero
entonces, una vez comenzado, lo dejé de lado cinco años más. Trópico de
Capricornio estaba destinado a ser la piedra fundamental de esta obra
monumental, pero es más un vestíbulo o una antecámara. En verdad escribí este
temido libro mentalmente cuando anotaba (en el lapso de unas dieciocho horas
continuas) el esbozo completo o las notas que cubrían todo el tema de este
trabajo. Hice este críptico esqueleto de la magna obra durante un período de
breve separación de “Ella”. Estaba completamente poseído y desesperadamente
desolado. Han transcurrido ahora casi veintitrés años desde el punto en que
tracé el plan del libro. En esa época no pensaba en otra cosa que en escribir este
gran libro. Sería el libro de mi vida, de mi vida con Ella. ¡De qué estupendos
e inimaginables giros estaban compuestas nuestras vidas! Todo es viaje, todo es
búsqueda. Ni siquiera tenemos noción del objetivo hasta que llegamos a él y nos
identificamos con él. Emplear la palabra realidad es decir mito y leyenda.
Hablar de creación significa sumergirse en el caos. No sabemos de dónde venimos
ni adonde vamos, y ni siquiera sabemos quiénes somos. Izamos la vela partiendo
hacia costas doradas, avanzamos rápidamente a veces como “flechas de nostalgia”
y llegamos a destino en la plena gloria de la realización, o bien como papilla
irreconocible en la cual se ha aplastado la esencia de la vida. Pero no nos
dejemos engañar por esa palabra “fracaso” que se adhiere a ciertos ilustres
nombres y que no es otra cosa que el sello y símbolo escrito del martirio.
Cuando el buen Dr. Gachet escribió al hermano Theo que la expresión “amor al
arte” no se aplicaba al caso de Vincent, que el suyo era en cambio un caso de “martirio”
por su arte, comprendemos de todo corazón que Van Gogh fue uno de los más
gloriosos “fracasos” de la historia del arte. Del mismo modo, cuando el
profesor Dandieu afirma que Proust fue “el más vivo de los muertos”
comprendemos inmediatamente que este “cadáver vivo” se había propuesto exponer
el absurdo y el vacío de nuestra febril actividad. Montaigne, desde su
“retiro”, proyecta un haz de luz a través de los siglos. The Failure (El
Fracaso) de Papini me incitó enormemente y me ayudó a barrer de mi mente todo
pensamiento de fracaso. Si la Vida y la Muerte están muy cerca la una de la
otra, lo mismo sucede con el triunfo y el fracaso. A veces es una gran fortuna
que interpretemos mal nuestro destino cuando nos es revelado. Muchas veces
alcanzamos nuestros fines a pesar de nosotros mismos. Tratamos de orillar los
pantanos y las selvas, buscamos frenéticamente escapar de la espesura o del
desierto (uno y lo mismo), nos apegamos a dirigentes, rendimos culto a los
dioses y no a lo Uno y Único, nos perdemos en el laberinto, huimos a costas
distantes y hablamos en otras lenguas, adoptamos otras costumbres, modales,
convenciones, pero siempre y eternamente somos arrastrados hacia nuestro
verdadero final, que está oculto para nosotros hasta el último momento.
CAPÍTULO V - JEAN GIONO
En la rué d'Alésia, en una de esas humildes papelerías que
venden libros, encontré por primera vez las obras de Jean Giono. La hija del
comerciante —¡bendita sea su alma!— prácticamente me obligó a comprar el libro
llamado Que majóte detneure (The Joy of Man's Desiring). En 1939, tras una
peregrinación a Manosque con Henri Fluchére, amigo de la infancia de Giono, mi
acompañante me compró Jean Le Bleu (Blue Boy), que leí en el barco viajando a
Grecia. Perdí en mis andanzas las dos ediciones francesas. Al regresar a
Norteamérica, empero, no tardé en conocer a Pascal Covici, uno de los
directores de Viking Press, y por medio de él me familiaricé con todo lo
traducido de Giono hasta entonces; no mucho, debo confesar.
De vez en cuando he sostenido una correspondencia
ocasional con Giono, quien sigue viviendo en el lugar de su nacimiento,
Manosque. ¡Cuántas veces lamenté no haberlo conocido con ocasión de mi visita a
su localidad, pues había salido de caminata por la campiña que con tanta
imaginación poética describe en sus libros! Pero si nunca lo conocí
personalmente, puedo decir con toda seguridad que lo he conocido en espíritu,
como me ha sucedido con tantos otros en este anchuroso mundo. Creo que algunos
solamente lo conocen a través de las versiones cinematográficas de sus libros:
Harvest (Cosecha) y The Baker's Wife (La Mujer del Panadero). Nadie deja jamás
la sala cinematográfica, después de haber visto una de estas películas, sin
lágrimas en los ojos. Nadie mira jamás una hogaza de pan, después de haber
visto Harvest, de la misma manera que solía mirarla antes; tampoco, después de
haber visto The Baker's Wife se piensa en el marido engañado con el mismo
sórdido desprecio.
Pero estas son observaciones banales...
Hace algunos instantes, recorriendo tiernamente las
páginas de sus libros, decía para mis adentros: “¡Suaviza las yemas de tus
dedos! ¡Prepárate para la gran misión!”
Desde hace varios años he venido predicando el
evangelio... de Jean Giono. No digo que mis palabras hayan caído en oídos
sordos, simplemente me quejo de que mi auditorio haya sido restringido. No dudo
de que me he convertido en un pesado para la Viking Press de Nueva York, porque
sigo molestándoles intermitentemente para difundir las traducciones de las
obras de Gionno. Por suerte puedo leer a Giono en su propia lengua y, aun a
riesgo de pecar de inmodesto, en su propio idioma. Sin embargo, sigo pensando
como siempre en los incontables millares de personas de Inglaterra y
Norteamérica que deben aguardar a que se traduzcan sus libros. Me parece que
podría incorporar a las filas de sus siempre crecientes admiradores a un
sinnúmero de lectores a los cuales los editores norteamericanos han perdido la
esperanza de llegar. Me parece que hasta podría modificar los ánimos de quienes
nunca han oído hablar de él en Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y otros
lugares de habla inglesa. Pero parezco incapaz de mover a esos pocos seres
cruciales que, por así decirlo, tienen en sus manos el destino de Giono. Ni con
lógica ni con pasión ni con estadísticas ni con ejemplos consigo modificar la
posición de directores y editores en mi país natal. Es probable que logre hacer
traducir a Giono al árabe, turco y chino, antes de convencer a sus editores
norteamericanos que sigan adelante con la empresa que con tanta sinceridad han
iniciado.
Hojeando las páginas de The Joy of Man's Desiring (La
Alegría del Deseo del Hombre) —buscaba la referenca a Orion -que parece el
encaje de la Reina Ana—, encontré estas palabras de Bobi, la figura principal
del libro:
Nunca he sido capaz de mostrar cosas a la gente. Es
curioso. Siempre me han reprochado eso. Dicen: “Nadie ve lo que tú significas”.
Nada podría expresar mejor lo que experimento en
ocasiones. Pero agrego vacilante: también Giono debe experimentar muchas veces
esta sensación frustrada. De lo contrario no consigo explicar el hecho de que,
a pesar de la incontrovertible lógica de dólares y centavos con que sus
editores siempre me silencian, sus obras no se hayan propagado como un incendio
de bosques por este continente.
Nunca consigue convencerme el tipo de lógica que he
mencionado. Puede que me silencien, pero no me convencen. Por otra parte, debo
confesar que no conozco la fórmula del “éxito”, según emplean el término los
editores. Dudo que ellos la conozcan, de todos modos. No creo que un hombre
como Giono me agradecería el convertirle en un éxito comercial. Querría ser más
leído, sin duda. ¿Qué autor no lo quiere? Como todos los autores, querría
especialmente ser leído por quienes captan lo que él significa.
Herbert Read le rindió un elevado tributo en un trabajo
escrito durante la guerra. Aludió a él como el “anarquista campesino”. (¡Tengo
la seguridad de que los editores no desearán anunciar semejante rótulo!).
Personalmente no creo que Giono sea un campesino, aunque no considero ninguno
de los dos términos con sentido peyorativo. (Tampoco lo cree Herbert Read, con
toda seguridad). Si Giono es campesino, también lo fue Tolstoy. Pero no
comenzamos a tocar la esencia de estas grandes figuras considerándolas desde
estos aspectos, desde estos ángulos. Giono ennoblece al campesino en sus
narraciones, Giono amplía el concepto del anarquismo con sus alumbramientos
filosóficos. Cuando toca a un hombre como nuestro Hermán Melville en el libro
llamado Pour Saluer Melville (que la Viking Press se niega a editar, aunque fue
traducido para ellos) nos acercamos mucho al verdadero Giono y, lo que es más
importante, nos acercamos al verdadero Melville. Giono es un poeta, Su poesía
es la de la imaginación y se revela a sí misma con la misma potencia en su
prosa. Por medio de esta función Giono revela su poder para cautivar a los
hombres y mujeres de todas partes, no importa su rango, clase, condición u
ocupación. Este es el legado que le dejaron sus progenitores, particularmente
su padre, creo, de quien ha escrito con tanta ternura y tanta emoción en Blue
Boy. En su sangre corsa hay un filón que, como los vinos de Grecia al ser
agregados a los franceses, otorga cuerpo y sabor a la lengua gálica. En cuanto
al suelo en que está enraizado y por el cual su verdadero patriotismo nunca
deja de manifestarse, creo que sólo un mago podría relacionar causas y efectos.
Como nuestro Faulkner, Giono ha creado su propio dominio terrestre privado, un
dominio mítico mucho más próximo a la realidad que los libros de historia y
geografía. Es una región en la cual transitan las estrellas y los planetas con
vibrantes pulsaciones. Es una tierra donde las cosas “suceden” a los hombres
como eones atrás sucedieron a los dioses. Pan todavía camina por la tierra. El
suelo está impregnado de jugos cósmicos. Los acontecimientos “transpiran”.
Ocurren milagros. Y jamás el autor traiciona a las figuras, a los personajes
que ha conjurado del vientre de su rica imaginación. Sus hombres y mujeres
tienen sus prototipos en las leyendas de la Francia provenzal en las canciones
de los trovadores, en los quehaceres diarios de los campesinos humildes y
desconocidos, una fila interminable de ellos, desde el día de Cario Magno hasta
el presente mismo. En los trabajos de Giono tenemos lo sombrío de los páramos
de Hardy, la elocuencia de las flores y criaturas humildes de Lawrence, el
encanto y el hechizo de los ambientes galeses de Arthur Machen, la libertad y
violencia del mundo de Faulkner, y la bufonería y licencia de las comedias
misteriosas del medievo. Y sumado a todo esto un encanto y sensualidad paganos
surgidos del antiguo mundo griego.
Si volvemos la mirada a los diez años que precedieron al
estallido de la guerra, los años de pronunciada pendiente hacia el desastre,
entonces las figuras significativas del escenario francés no son los Gides ni
los Valérys, ni ningún aspirante a los laureles de la Académie, sino Giono, el
campesino anarquista, Bernanos, el cristiano integral, y Bretón, el
superrealista. Éstas son figuras significativas y son figuras positivas y
creativas porque son destructivas, morales en su alzamiento contra los valores contemporáneos.
Al parecer son figuras dispares que trabajan en distintas esferas, siguiendo
distintos niveles de conciencia humana, pero en la esfera total de esa
conciencia sus órbitas se encuentran y no encierran dentro de sus puntos de
contacto nada que sea transigente, reaccionario o decadente; contienen, en
cambio, todo lo positivo, revolucionario y creativo de un mundo nuevo y
duradero.
La rebelión de Giono contra los valores contemporáneos
persiste a través de todos sus libros. En Refusal to Obey, que sólo apareció
traducido en la revistita de James Cooney The Phoenix, según tengo entendido,
Giono habló virilmente contra la guerra, contra el servicio militar, contra el
hecho de llevar armas. Tales diatribas no contribuyeron a aumentar la
popularidad del autor en su tierra natal. Cuando llegue la próxima guerra un
hombre así estará marcado: todo lo que diga o haga, aparecerá en los diarios
para ser exagerado, deformado y falseado. Los hombres que llevan en su corazón
principalmente el interés de su país, son los mismos que serán vilipendiados,
que serán llamados “traidores”, “renegados” o peor. En Blue Boy Giono hace una
apasionada declaración que podría arrojar un poco de luz sobre la naturaleza de
su rebelión, Comienza:
No recuerdo cómo comenzó mi amistad con Louis David. En
este momento, al hablar de él, ya no puedo recordar mi pura juventud, el
encanto de los magos y de los días. Estoy empapado de sangre. Más allá de este
libro hay una profunda herida que todos los hombres de mi edad sufren. Este
lado de la página está manchado de pus y oscuridad...
Si tú (Louis) sólo hubieses muerto por cosas honorables;
si tú hubieses luchado por amor o para conseguir alimentos para tus pequeños.
Pero no. Primero te traicionaron y después te mataron en la guerra.
¿Qué quieres que haga con esta Francia que, al parecer, tú
has ayudado a preservar, como yo también lo he hecho? ¿Qué haremos con ella,
nosotros que hemos perdido todos nuestros amigos? ¡Ah! Si fuera cuestión de
defender ríos, colinas, montañas, cielos, vientos, lluvias, diría, -Encantado.
Ésa es nuestra misión. Luchemos. Toda nuestra felicidad en la vida está aquí-.
No, hemos defendido el falso nombre de todo eso. Cuando veo un río, digo “río”;
cuando veo un árbol, digo “árbol”; nunca digo “Francia”. Eso no existe.
¡Ah! ¡Con cuánto agrado renunciaría a ese falso nombre
para que uno solo de esos muertos, el más sencillo, el más humilde, volviera a
vivir de nuevo! Nada podría ponerse en la balanza frente al corazón humano. ¡En
todo momento nos hablan de Dios! Es Dios quien impartió el diminuto impulso,
con su dedo, al péndulo del reloj de la sangre en el instante en que el niño
emergió del vientre de su madre. Ellos siempre hablan de Dios cuando el único
producto de su buena artesanía, lo único que se asemeja a Dios, la vida que
sólo Él es capaz de crear, a pesar de toda vuestra conciencia de idiotas con
gafas, esa vida ustedes la destruyen a voluntad en un infame mortero de barro y
escupitajos con la bendición de todas vuestras iglesias. ¡Qué lógica!
No es gloria ser francés. Sólo hay una gloria, la gloria
de estar vivo.
Cuando leo un pasaje como éste me siento inclinado a hacer
declaraciones extravagantes. En alguna parte creo haber dicho que si hubiese
tenido que elegir entre Francia y Giono, me quedaría con Giono. Tengo la misma
impresión sobre Whitman. Para mí Walt Whitman es cien, mil veces más
Norteamérica que Norteamérica misma. Fue el gran demócrata mismo quien escribió
lo siguiente sobre nuestra alardeada democracia:
Muchas veces hemos impreso la palabra democracia. Sin
embargo, nunca podría repetir con excesiva frecuencia que es una palabra cuyo
verdadero sentido todavía duerme, completamente inconsciente, a pesar de toda
la resonancia y de las muchas indignadas tempestades de las cuales se han
formado nuestras sílabas con la pluma y con la lengua. Es una gran palabra cuya
historia, presumo, todavía no ha sido escrita porque esa historia no se ha
realizado todavía.
No, un hombre como Giono nunca podría ser un traidor, ni
siquiera si se cruzara de brazos y permitiera al enemigo invadir su país. En
Maurizius Forever, donde dediqué algunas páginas a su Refusal to Obey, lo he
dicho de la siguiente manera, y lo repito con mayor vehemencia todavía: “Digo
que algo tiene que estar mal en una sociedad que, porque litiga con las
opiniones de un hombre, es capaz de condenarlo como archienemigo. Giono no es
un traidor. La sociedad es la traidora. La sociedad ha traicionado sus magníficos
principios, sus principios huecos. La sociedad busca constantemente víctimas, y
las encuentra entre los gloriosos de espíritu”.
¿Qué dijo Goethe a Eckermann? Es realmente interesante que
el “primer europeo” se haya expresado así: “Los hombres se tornarán más
despejados y más agudos, pero no mejores, más felices ni más fuertes en la
acción, o por lo menos sólo por épocas. Anticipo la época en que Dios lo
romperá todo para renovar su creación. Tengo la certeza de que todo está
planteado para su fin, y de que el tiempo y la hora para que ocurra esta época
renovadora ya están fijados...”
El otro día alguien mencionó en mi presencia lo curioso y
repetitivo que era el papel del padre en la vida de los escritores. Veníamos
hablando de Joyce, de Utrillo, de Thomas Wolfe, de Lawrence, de Céline, de Van
Gogh, de Cendrars y después de los mitos egipcios y de las leyendas de Creta.
Hablamos de Los que nunca habían encontrado a su padre, de los que para siempre
buscan un padre. Hablamos de José y sus hermanos, de Jonatás y David, de la
magia conectada con nombres como el Helesponto y Fort Ticonderoga. Mientras
hablaban yo buscaba frenéticamente en mi memoria casos en que la madre había
desempeñado un gran papel. Sólo se me ocurrieron dos, pero eran nombres
realmente ilustres: Goethe y da Vinci. Entonces comencé a hablar de Blue Boy.
Busqué ese extraordinario pasaje, tan significativo para el escritor, donde
Giono relata lo que significó para él su padre.
Si amo tanto la memoria de mi padre —comienza—, si no
puedo separarme nunca de su imagen, si el tiempo no puede cortar el hilo, es
porque en la experiencia de un solo día comprendo todo lo que ha hecho por mí.
Él fue el primero que reconoció mi sensibilidad. Fue el primero que vio, con
sus ojos grises, que la sensibilidad me hacía tocar una pared e imaginar su
aspereza como una piel porosa. Esa sensibilidad que me impidió aprender música,
poniendo mayor precio a la embriaguez de escuchar que al regocijo de ser hábil,
esa sensibilidad que me convertía en una gota atravesada por el sol, atravesada
por las formas y colores del mundo, portando en verdad, como la gota de agua,
la forma, el color, el sonido, la sensación, físicamente en mi carne...
No rompió nada, no arrancó nada en mí, nada sofocó, nada
borró con su dedo humedecido. Con sabiduría de insecto dio los remedios a la pequeña
larva que era yo: un día esto, al día siguiente aquello; me pesó con las
plantas, los árboles, la tierra, los hombres, los cerros, las mujeres, el
pesar, la bondad, el orgullo, todos estos remedios, todos estos como provisión,
en previsión de lo que podría echarse a perder, pero que, gracias a él,
convirtióse en un inmenso sol dentro de mí.
Hacia el final del libro, acercándose el padre a su fin,
sostienen una serena conversación bajo un tilo: “Cometí un error —dice su
padre— cuando quise ser bueno y voluntarioso. Tú cometerás tu error, como yo”.
Palabras demasiado ciertas. Demasiado, demasiado ciertas.
Lloré al leer esto. Lloré nuevamente al recordar las palabras de su padre.
Lloré por Giono, por sí mismo, por todos los que se han empeñado en ser “buenos
y voluntariosos”. Por los que todavía luchan, aunque sepan en el fondo de sus
corazones que es un “error”. Lo que sabemos no es nada comparado con lo que nos
sentimos impulsados a hacer con la bondad de nuestros corazones. La sabiduría
jamás podría trasmitirse de uno a otro. ¿Y en definitiva no abandonamos la
sabiduría por el amor?
Hay otro pasaje donde padre e hijo conversan con Franchesc
Odripano. Venían hablando del arte de curar.
«Cuando una persona tiene aliento puro —dijo mi padre—,
cierra las heridas a su alrededor como si apagase otras tantas lámparas».
Pero yo no estaba tan seguro. Dije: “Si apagas todas las
lámparas, papá, ya no podrás ver más”.
En ese momento los ojos de terciopelo miraban inmóviles
más allá de mi gloriosa juventud.
-Es verdad —respondió—, las heridas iluminan. Es verdad.
Tú escucha mucho a Odripano. Él tiene experiencia. Puede quedarse entre
nosotros porque es poeta. ¿Sabes tú qué es la poesía? ¿Sabes tú lo que él dice
que es la poesía? ¿Sabes eso, hijo? Es esencial que lo comprendas. Ahora
escucha. Yo también he tenido mis experiencias, y te digo que debes cerrar las
heridas. Si cuando llegues a hombre sabes estas dos cosas: la poesía y la
ciencia de extinguir heridas, entonces serás un hombre».
Ruego al lector indulgencia por haber citado tan
extensamente las obras de Giono. Si pensara por un momento que todos están
familiarizados con los escritos de Giono, me habría sentido realmente incómodo
al hacer estas citas, Un amigo mío me dijo el otro día que prácticamente todos
los que había encontrado conocían a Giono. “¿Se refiere usted a sus libros?”
pregunté, “Por lo menos algunos de ellos —replicó—. De todas maneras saben sin
duda cuál es su posición.” “Esa es otra historia —repliqué—. Usted tiene suerte
de actuar en tales círculos. Yo tengo otra cosa completamente distinta que
decir sobre Giono. Dudo a veces que hasta sus mismos editores lo hayan leído.
Cómo leer, he ahí la cuestión”
Esa noche, mirando un libro de Holbrook Jackson, encontré
las cuatro clases de lectores que cita Coleridge. Helas aquí:
1. Las esponjas, que absorben todo cuanto leen y lo
devuelven más o menos en el mismo estado, aunque un poco sucio.
2. Los vasos de arena, que no retienen nada y se conforman
con atravesar un libro por el gusto de atravesar el tiempo.
3. Las bolsas de basura, que simplemente retienen la
escoria de lo que leen.
4. Los diamantes, igualmente raros y valiosos, que sacan
provecho de lo que leen y permiten que con ello también se beneficien otros.
La mayoría de nosotros pertenecemos a la tercera
categoría, si no también a una de las dos primeras. ¡Son realmente raros los
diamantes mogules! Y ahora desearía hacer una observación relacionada con el
préstamo de los libros de Giono. Los pocos que poseo, entre ellos
The Song of the World (La Canción del Mundo) y Lovers are
Never Losers (Los Amantes Nunca Salen Perdedores), que según veo no he
mencionado, los he prestado reiteradamente a todos los que expresaron el deseo
de familiarizarse con Jean Giono. Esto significa que no solamente los entregué
a un considerable número de visitantes sino que también he envuelto y
despachado por correo los libros a muchos otros, también a algunos en tierras
extranjeras. De ningún autor recomendado por mí he recibido una respuesta tan
elogiosa como tras la lectura de Giono. Las reacciones han sido virtualmente
unánimes: “¡Magnífico! ¡Gracias, muchísimas gracias!” suele ser la respuesta de
rigor. Una sola persona lo desaprobó diciendo que no sacaba nada en limpio de
Giono y que era un canceroso moribundo.
Le había prestado The joy of Man's Desiring. Era uno de
esos “prósperos” hombres de negocios que lo había logrado todo sin hallar nada
para sostenerse a sí mismo. Creo que este veredicto podemos considerarlo
excepcional. Los otros, que comprenden hombres y mujeres de las más encontradas
opiniones, las más contradictorias miras y tendencias, todos proclamaron su
amor, su admiración y gratitud por Jean Giono. No representan un auditorio
“selecto”, pues fueron elegidos al azar. La única calificación que tuvieron en
común fue la sed de buenos libros...
Éstas son mis estadísticas privadas, que sostengo como tan
válidas como las del editor. Son los hambrientos y los sedientos quienes
eventualmente deciden el futuro de las obras de Giono.
Hay otro hombre, una figura trágica cuyo libro muchas
veces endoso a mis amigos y relaciones: Vaslav Nijinsky. Su Diario guarda una
extraña relación con Blue Boy. Me dice algo sobre el arte de escribir. Es la
escritura de un hombre en parte lúcido y en parte loco. Es una comunicación tan
desnuda, tan desesperada, que rompe el molde. Estamos frente a frente con la
realidad, y esa realidad resulta totalmente insoportable. La técnica, tan
extraordinariamente personal, es una técnica de la cual todos los escritores
pueden aprender. Si no hubiera ido a parar al asilo, si ésta hubiese sido
simplemente su obra bautismal, habríamos tenido en Nijinsky un escritor tan
bueno como el bailarín.
Menciono este libro porque lo he examinado detenidamente.
Aunque parezca presuntuoso decirlo, es un libro para escritores. No puedo
limitar a Giono de esta manera, pero debo decir que él también alimenta al
escritor, instruye al escritor, inspira al escritor. En Blue Boy nos da la
génesis del escritor, diciéndola con el consumado arte de un escritor avezado.
Sentimos que es un “escritor nato”. Intuimos que también podría haber sido
pintor o músico (a pesar de lo que dice). Es la “Historia del Narrador”, l'histoire
de l'bistoire. Despega las envolturas en que momificamos a los escritores y
revela al ser embrionario. Nos da la fisiología, la química, la física, la
biología de ese curioso animal que es el escritor. Es un libro de texto
embebido en el mágico fluido del medio que expone. Nos conecta con la fuente de
toda actividad creativa. Respira, palpita, renueva el torrente circulatorio. Es
el tipo de libro que todo hombre que cree que por lo menos tiene una historia
que narrar podría escribir, pero que por desgracia nunca escribe. Es la
historia que los autores relatan una y otra vez con una miríada de disfraces.
Raras veces esto llega directamente de la sala de partos. Por lo general
primero se lava y se viste. Por lo general se le da un nombre que puede no ser
el nombre verdadero.
Su sensibilidad, el acontecimiento que Giono atribuye a la
delicada nutrición de su padre, es sin lugar a dudas uno de los rasgos de su
arte. Reviste sus personajes, sus paisajes, toda su narración. “Refinemos las
puntas de nuestros dedos, nuestro puntos de contacto con el mundo...” Giono ha
hecho precisamente eso. El resultado es que en su música captamos el uso de un
instrumento que ha experimentado el mismo proceso de maduración que quien lo
utiliza. En Giono la música y el instrumento son uno solo. He ahí su don
especial. Si no se hizo músico porque, como dice, le pareció más importante ser
buen oyente, se ha convertido en un escritor que ha elevado a tales alturas el
arte de escuchar, que seguimos sus melodías como si las hubiésemos escrito
nosotros mismos. Ya no sabemos, al leer su libro, si escuchamos a Giono o si
nos escuchamos a nosotros mismos. Ni siquiera tenemos conciencia de que
escuchamos. Vivimos a través de sus palabras y en esas palabras con la misma
naturalidad que si respirásemos a confortable altura, o si flotáramos en el
seno de las profundidades o voláramos como halcón en la reseca garganta de una
quebrada. Los actos de sus narraciones están acunados en este terrestre
efluvio; la maquinaria nunca rechina porque es lavada perpetuamente por
lubricantes cósmicos. Giono nos da hombres, bestias y dioses... en sus
constituyentes moléculas. No ha visto la necesidad de descender a las arenas
atómicas. Trata de galaxias y constelaciones, de troupes, rebaños y hatos en un
plasma biológico como también en un magma y plasma primario. Los nombres de sus
personajes, como también los cerros y las corrientes que los rodean, tienen el
sabor, la fragancia, el vigor y la especie de las yerbas fuertes. Son nombres
autóctonos con aroma a Midi. Al pronunciarlos revivimos la memoria de otros
tiempos; sin saberlo inhalamos un soplo de costa africana. Sospechamos que
Atlantis no distaba tanto en el tiempo ni en el espacio.
Hace ahora poco más de veinte años desde que Colline de
Giono, editado en su traducción como Hill ofDestiny por Brentano's de Nueva
York, diera a conocer este autor simultáneamente en todo el mundo lector. En su
introducción a la edición norteamericana, Jacques de Clerq, el traductor,
explica el propósito del Prix Brentano, que fue el primero concedido a Jean
Giono.
Para el público francés, el Prix Brentano debe su
importancia a varios rasgos innovadores. Para comenzar, es la primera Fundación
Norteamericana que corona una obra francesa y asegura la publicación de esa
obra en Norteamérica. El simple hecho de que provenga del exterior —l'etranger,
cette postérité contemporaine— despierta vivo interés; además, el hecho de que
el jurado estaba integrado por extranjeros dio amplia seguridad de que no podía
haber propagártele de chapelle aquí, nada de maniobras de claques como las que
necesariamente deben acompañar a los premios franceses. Por último, el valor
material del premio resultó un buen augurio.
¡Veinte años desde entonces! Hace apenas unos meses recibí
dos nuevos libros de Goino —Un Roi Sans Divertissement y Noé— los dos primeros
de una serie de veinte. Una serie de “Chroniques” según las denomina. Él tenía
treinta años cuando Colline fue laureada con el Prix Brentano. En el ínterin ha
escrito un respetable número de libros. Ahora, en los cincuenta, ha proyectado
una serie de veinte, de los cuales ya ha escrito varios. Poco antes de estallar
la guerra inició su célebre traducción de Moby Dick, trabajo de varios años en
el cual fue ayudado por dos mujeres capaces cuyos nombres figuran con el suyo
como traductores del libro. Empresa inmensa, porque Giono no domina a la
perfección el inglés. Pero, como explica en su libro siguiente —Pour Saluer
Melville—Moby Dick fue su constante compañero durante años en sus paseos por
las montañas. Había vivido con el libro y éste había pasado a formar parte de
él. Fue inevitable que fuese quien lo diera a conocer al público francés. He
leído partes de esta traducción y me parece inspirada. Melville no es uno de
mis favoritos. Moby Dick siempre ha sido una especie de béte noir para mí. Pero
leyendo la versión francesa, que prefiero a la original, he llegado a la
conclusión de que algún día he de leer el libro. Después de leer Pour Saluer
Melville, que es la interpretación de un poeta por un poeta —pura invención,
como dice Giono mismo en una carta— estuve literalmente al lado de mí mismo.
¡Cuántas veces es el “extranjero” quien nos enseña a apreciar a nuestros propios
autores! (Pienso inmediatamente en ese maravilloso estudio de Walt Whitman por
un francés que virtualmente dedicó su vida entera al tema. Pienso también en lo
que hiciera Baudelaire para convertir al nombre de Poe en una consigna en
Europa entera.). Una y otra vez comprobamos que comprender un lenguaje no es lo
mismo que comprender un idioma. Siempre es comunión versus comunicación. Hasta
en la traducción algunos de nosotros comprendemos mejor a Dostoíevsky, por
ejemplo, que sus contemporáneos rusos, o, diría mejor que nuestros
contemporáneos rusos.
He notado al leer la introducción de Hill of Destiny, que
el traductor expresó el temor de que el libro ofendiera a ciertos lectores
norteamericanos quisquillosos. Es curioso el desdén con que los anglosajones
consideran a los autores franceses. Hasta algunos de los buenos escritores
católicos de Francia son considerados “inmorales”. Esto siempre me recuerda la
indignación de mi padre cuando me sorprendió leyendo The Wild Ass' Skin (La
Piel de Zapa). No le hizo falta otra cosa que ver el nombre de Balzac. Eso
bastó para convencerlo de que el libro era “inmoral”. (Menos mal que nunca me
sorprendió leyendo Droll Storied). Mi padre, por supuesto, no había leído jamás
ni una sola línea de Balzac. A duras penas había leído una sola línea de
cualquier autor inglés o estadounidense. El único escritor que confesó haber
leído —c'est inoui, mais c 'est vrai— fue John Ruskin. ¡Ruskin! Casi me caigo
de la silla cuando me espetó esto. No sabía cómo explicar tamaño absurdo, pero
posteriormente descubrí que el responsable había sido el pastor que logró
convertirlo (temporalmente) a Cristo. Más perplejo me dejó todavía que
admitiera que la lectura de Ruskin le había agradado. Eso todavía sigue siendo
inexplicable para mí. Pero de Ruskin en otra época...
En los libros de Giono, como también en los de Cendrars y
tantos otros libros franceses, siempre hay maravillosas descripciones sobre la
comida y la bebida. A veces es un festín, como en The joy of Man's Desiring, o
a veces es una simple comida. No importa lo que sea, se nos hace agua la boca.
(Todavía falta que un norteamericano escriba para norteamericanos un libro de
cocina basado en las recetas que traslucen las páginas de la literatura
francesa). Todo cineasta ha observado la importancia que dan los directores
cinematográficos franceses a la comida y a la bebida. Notablemente es un rasgo
que falta en las películas norteamericanas. Cuando tenemos una escena así,
raras veces es real, tanto la comida como los participantes. En Francia siempre
que dos o más personas se reúnen, se establece una comunión sensual y además
espiritual. Con cuánto anhelo los jóvenes norteamericanos contemplan estas
escenas. Muchas veces es una comida al fresco. Entonces nos sentimos más
conmovidos todavía porque realmente poco sabemos de la alegría de comer y beber
al aire libre. Al francés le “encanta” su comida. Nosotros comemos para
nutrirnos o porque no podemos prescindir del hábito. El francés, aunque sea un
hombre de ciudad, está más cerca de la tierra que el norteamericano, No manosea
ni anula con refinamientos los productos de la tierra. Saborea tanto las
comidas hogareñas como las creaciones del gourmet. Le agradan las cosas
frescas, no envasadas ni refrigeradas. Además, casi todo francés sabe cocinar.
Jamás conocí un francés que no supiera preparar un plato tan sencillo como una
tortilla, por ejemplo. Pero conozco a muchos norteamericanos que ni siquiera
saben hervir un huevo.
Naturalmente, con la buena comida viene la buena
conversación, otro elemento que falta por completo en nuestro país. Para
sostener una buena conversación es casi imperioso que haya buen vino en la
mesa. Ni cócteles, ni whisky, ni cerveza, ni ale. ¡Ah, los vinos! ¡La variedad
de vinos, con los sutiles e indescifrables efectos que producen! Y no debo
olvidar que con la buena comida vienen las mujeres hermosas, mujeres que además
de estimularnos el apetito saben inspirar una buena conversación. ¡Qué horribles
son nuestros banquetes para hombres solamente! ¡Cuánto nos agrada castrarnos,
mutilarnos! ¡Cuánto odiamos realmente todo lo sensitivo y sensual! Creo
decididamente que lo que repele a los norteamericanos más que la inmoralidad,
es el placer que se deriva del goce de los cinco sentidos. No somos de ninguna
manera un pueblo “moral”. No nos hace falta leer La Piel de Malaparte para
descubrir la bestia que llevamos oculta debajo de nuestros caballerescos
uniformes. Y cuando digo -uniformes- me refiero a la indumentaria que disfraza
al civil y también la que disfraza al soldado. Estamos uniformados de cabo a
rabo. No somos individuos y tampoco somos miembros de una gran colectividad. No
somos demócratas, ni comunistas, ni socialistas, ni anarquistas. Somos simplemente
una díscola turba. Y el signo por el cual se nos conoce es la vulgaridad.
Jamás hay vulgaridad ni siquiera en las más toscas páginas
de Giono. Sus personajes podrán permitirse relaciones sexuales de vez en
cuando, hasta podrán decir “fornicar”, pero en esas transgresiones jamás hay
nada horripilante como en las descripciones que hace Malaparte de los soldados
norteamericanos en el exterior. Jamás se obliga al escritor francés a recurrir
a los amaneramientos de Lawrence en un libro como Lady Chatterley's Lover.
Lawrence debería haber conocido a Giono, con el cual tanto tenía en común,
dicho sea de paso. Debería haber viajado desde Vence hasta la meseta de
Haute-Provence, donde, al describir el paraje de Colline, Giono dice: “una
interminable extensión de tierra azul, villa tras villa yacen muertas en la
meseta de lavanda. ¡Un puñado de hombres, cuan lastimosamente pocos, cuan
inoperantes! Además, hincado entre los pastos, revolcándose entre las cañas, el
cerro, como un toro”. Pero Lawrence ya estaba entonces en las garras de la
muerte, capaz, sin embargo, de darnos The Man Who Died (El Hombre que Murió) o
The Escapea Cock (El Gallo Prófugo). Todavía quedaba suficiente aliento en él
como para rechazar la enfermiza imagen cristiana de un doliente Redentor y
restaurar la imagen del hombre en carne y hueso, de un hombre conforme con vivir
simplemente, con respirar simplemente. Es una lástima que no haya podido
conocer a Giono en los primeros días de su vida. Aún de muchacho Giono habría
sido capaz de apartarlo de algunos de sus errores. Lawrence se colocó para
siempre en contra de los franceses, a pesar de que le agradó la vida en
Francia, según parece. Solamente vio lo que había de enfermizo y “decadente” en
los franceses. Dondequiera que fuese, siempre veía eso primero porque su olfato
era demasiado sensible. Giono tan arraigado a su tierra nativa; Lawrence tan
saturado de ansia de viajar. Ambos proclamaron la vida en abundancia: Giono en
himnos de vid, Lawrence en himnos de rencor. Así como Giono se había anclado en
su “región”, así se ancló a sí mismo en la tradición del arte. No ha sufrido
por estas restricciones que él mismo se impusiera. Por el contrario, ha
florecido. Lawrence se alejó de este mundo y de los dominios del arte. Viajó
por la tierra como alma perdida sin encontrar paz en ninguna parte. Explotó la
novela para predicar la resurrección del hombre, pero él mismo pereció
miserablemente. Tenemos una gran deuda contraída con D. H. Lawrence. Estas
observaciones y comparaciones no están destinadas a rechazar al hombre sino que
simplemente las ofrezco como signo de sus limitaciones. Simplemente porque
también soy anglosajón me siento libre para destacar sus fallos; Todos nosotros
necesitamos terriblemente a Francia. Lo he dicho con insistencia muchas veces y
probablemente siga diciéndolo hasta mi muerte.
Vive la France! Vive Jean Giono!
Hace exactamente cinco meses dejé de lado estas páginas
sobre Jean Giono sabiendo que tenía más que decir, pero decidido a contenerme
hasta que llegase el momento oportuno. Ayer recibí una inesperada visita de un
agente literario al que conocí hace varios años en París. Es el tipo de
individuo que al entrar en una casa se dirige directamente a la biblioteca para
examinar los libros y manuscritos, antes de dirigir la mirada al anfitrión. Y
cuando nos mira, no nos ve a nosotros sino lo que hay de explotable en
nosotros. Después de comentar con bastante torpeza que su única finalidad era
ayudar a los escritores, aproveché su insinuación y mencioné el nombre de
Giono.
—Hay un hombre por el cual podría hacer algo, si lo que
dice usted es verdad —dije tajantemente. Le enseñé Pour Saluer Melville y le
expliqué que Viking parecía no tener interés en publicar ningún otro libro de
Giono.
—¿No sabe por qué? —preguntó.
Me limité a repetirle lo que me habían escrito.
—Ése no es el verdadero motivo —replicó y procedió a
explicarme lo que “sabía” que era el verdadero motivo.
—Aunque lo que usted dice fuese cierto —expresé—, cosa que
no creo, queda este libro que desearía que se publique. Es un libro hermoso. Me
encanta.
—En efecto —agregué— siento tan gran aprecio y admiración
por Giono que no me importa un ápice lo que haga o lo que se diga que ha hecho.
Conozco a mi Giono.
Me miró intrigado y, como queriendo provocarme, afirmó:
—Hay varios Gionos, como usted sabe.
Capté su insinuación, pero respondí sencillamente:
—Me encantan todos.
Eso pareció pararlo en seco. Además abrigaba la certeza de
que no estaba tan familiarizado con Giono como pretendía. Indudablemente quiso
decirme que el Giono de cierto período era mucho mejor que el Giono de otro. El
“mejor” Giono, por supuesto, había sido su Giono. Éste es el tipo de charla
baladí que mantiene en perpetuo fermento a los círculos literarios.
Cuando apareció Colline fue como si el mundo entero
reconociera a este Giono. Esto volvió a suceder cuando se publicó Que tna joie
demeure y quizá haya sucedido varias veces. De todos modos, siempre que esto
sucede, siempre que un libro conquista la inmediata aclamación universal, de
alguna manera se deduce que el libro es el reflejo fiel del autor. Es como si
hasta ese momento el hombre no existiera. O quizá se admite que el hombre
existía pero el escritor no. Sin embargo el escritor existe aún antes que el
hombre, aunque parezca paradójico. El hombre jamás habría llegado a ser lo que
es si en él faltara el germen creativo. Vive la vida que habrá de registrar con
palabras. Sueña su vida antes de vivirla; la sueña para vivirla.
En su primer trabajo “que triunfa” algunos autores dan una
imagen tan completa de sí mismos que no importa lo que digan después, esta
imagen perdura, domina y a menudo oculta todos los trabajos siguientes. Lo
mismo sucede en nuestro primer encuentro con otro individuo. Con tanta fuerza
la pesonalidad del otro se registra en tales momentos y para siempre, no
importa lo mucho que la persona cambie o revele sus otros aspectos, que esta
primera imagen es la única que perdura. A veces es una bendición el lograr conservar
esta imagen completa original; en otras ocasiones es una injusticia que hacemos
a la persona que amamos.
Jamás se me ocurriría pensar que Giono es un hombre de
muchas facetas. Tampoco me atrevería a negar que él, como todos nosotros, tiene
su lado bueno y su lado malo. En el caso de Giono sucede que en cada libro que
produce se revela a sí mismo plenamente. La revelación está dada en todas sus
frases. Siempre es él mismo y siempre está dando de sí mismo. Es una de las
raras cualidades que posee, cualidad que lo distingue de una hueste de
escritores menores. Además, como Picasso, bien puedo imaginarlo diciendo: -¿Es
necesario que todo lo que hago resulte ser una obra maestra?- De él, como de
Picasso, yo diría que la -obra maestra- fue el acto creativo en sí mismo y no
un trabajo en particular que acaso llegó a complacer a un gran auditorio para
ser aceptado como el cuerpo mismo de Cristo.
Supongamos que usted tiene una imagen del hombre y que
después un buen día, por accidente, lo encuentra extraño, comportándose o
hablando de una manera que usted nunca lo creyó capaz. ¿Rechaza usted este
aspecto inaceptable del hombre o lo incorpora en un cuadro más grande de él? En
una ocasión se había revelado a usted por completo, piensa. Ahora lo encuentra
completamente distinto. ¿La falta de quién es: de usted o de él?
Bien puedo imaginar a un hombre para quien el escribir es
una labor de toda la vida que revela tal cantidad de aspectos de sí mismo
durante su avance, que intriga y desconcierta a sus lectores. Y cuanto más
intrigados y desconcertados se encuentren por el carácter proteico de su ser,
menos calificados estarán, en mi opinión, para hablar de “obras maestras” o de
“revelación”. Una mente abierta y receptiva por lo menos esperaría a que
escribiera la última palabra. Por lo menos eso. Pero está en la naturaleza de
las mentes pequeñas matar al hombre prematuramente, parar su desarrollo en el
punto que resulta más cómodo para la propia paz de espíritu. Si un autor encara
un problema que no es del agrado de los hombres pequeños o que escapa a su
comprensión, ¿qué sucede? Pues el pronunciamiento clásico: “¡Ya no es el
escritor que solía ser!” Lo cual, invariablemente, significa: “No es el
escritor que conozco.”
Según sucede con los escritores creativos, Giono todavía
es un hombre comparativamente joven. Habrá más altibajos desde el punto de
vista de los críticos mordaces. Será fichado y refichado, cercado y recercado,
resucitado y rerresucitado, hasta la línea final de la muerte. Y todos los que
gozan con este juego, al que identifican con el arte de la interpretación,
experimentarán muchos cambios ellos mismos, por supuesto, y en ellos mismos.
Los obstinados harán deporte con él hasta el mismo final. Los tiernos idealistas
se desilusionarán una y otra vez, y también volverán a encontrar a su amado una
y otra vez. Los escépticos siempre estarán en la cerca, si no en la cerca vieja
en otra, pero en la cerca.
Todo lo que se escriba sobre un hombre como Giono nos dice
más del crítico o del intérprete que de Giono, porque, como la canción del
mundo, Giono canta, canta y canta. El crítico gira perpetuamente en torno a su
arraigado y áspero yo. Como la veleta, dice de dónde sopla el viento, pero él
no es el viento ni es el aire. Es como un automóvil sin bujías.
El hombre sencillo que no se jacta de sus opiniones pero
es capaz de conmoverse, el hombre sencillo que es devoto, amante y leal, está
en mucho mejores condiciones para hablar a usted de un escritor como Giono que
los críticos eruditos. Confiemos en el hombre cuyo corazón se conmueve, en el
hombre que todavía conserva su flexibilidad. Estos hombres están con el
escritor cuando éste ordena su creación. No abandonan al escritor cuando actúa
de una forma que escapa a su comprensión. Su silencio es justo e instructivo.
Como los muy sabios, saben contenerse.
“Cada día creo menos y menos en la cuestión social, en la
cuestión política y en la cuestión moral, como también en todas las demás
cuestiones que la gente ha inventado para no enfrentar resueltamente la única
cuestión que existe; la cuestión humana —dice Unamuno—. Mientras no
confrontemos esta cuestión, todo lo que hacemos ahora es simplemente hacer
ruido para no escucharla”.
Giono es uno de los escritores de nuestro tiempo que
encara de frente esta cuestión humana. Esto explica en gran parte el descrédito
en que ha caído. Quienes actúan en la periferia lo consideran un renegado
porque, a su entender, no hace el juego. Algunos se niegan a tomarle en serio
porque “sólo es poeta”. Otros admiten que tiene cualidades maravillosas para la
narración pero sostienen que carece de sentido de la realidad. Algunos creen
que escribe una leyenda de su región y no la historia de nuestros tiempos.
Algunos querrían hacernos creer que es sólo un soñador. Es todas estas cosas y
mucho más. Es un hombre que jamás se separa del mundo, ni siquiera cuando
sueña. Particularmente el mundo de los seres humanos. Habla en sus libros como
un padre, una madre, un hermano, una hermana, un hijo y una hija. No pinta la
familia humana sobre el fondo de la naturaleza, sino que convierte a la familia
humana en parte de la naturaleza. Si hay sufrimiento y castigo, es porque así
funciona la ley divina a través de la naturaleza. El cosmos donde moran las
figuras de Giono es un cosmos estrictamente ordenado; tienen cabida en él todos
los elementos irracionales. Este cosmos no cede, no se rompe ni se debilita
porque, a veces los personajes ficticios que lo componen actúen en
contradicción o en desafío con las leyes que gobiernan nuestro mundo cotidiano.
El mundo de Giono posee una realidad mucho más comprensible, mucho más duradera
que el mundo que aceptamos como realidad mundial. Tolstoy expresó la naturaleza
de esta otra realidad más profunda en su última obra:
Entonces esto es todo lo que quisiera decirte: yo te diría
que vivimos en una era y en condiciones que no pueden durar y que, venga de
donde venga, estamos obligados a tomar por un nuevo sendero. Para seguirlo no
hace falta inventar una nueva religión ni descubrir nuevas teorías científicas
para explicar el significado de la vida o el arte como guía. Más que nada es
inútil volver de nuevo a alguna actividad especial; es menester adoptar un solo
camino para liberarnos de las supersticiones del cristianismo y del mandato del
Estado.
Comprenda cada cual que no tiene derecho, ni siquiera la
posibilidad, de organizar la vida de los demás; que debe conducir su propia
vida de conformidad con la suprema ley religiosa que le ha sido revelada, y que
apenas lo haya hecho el orden actual desaparecerá; el orden que ahora reina
entre las llamadas naciones cristianas, el orden que ha provocado sufrimientos
al mundo entero, que tan poco concuerda con la voz de la conciencia y que día a
día torna más miserable a la humanidad. No importa lo que tú seas: mandatario,
juez, terrateniente, trabajador o vagabundo, recapacita y apiádate de tu alma.
No importa lo mucho que hayan embotado tu cerebro el poder, la autoridad y la
riqueza, no importa lo mortificado y abrumado que te hayan dejado la pobreza y
la humillación, recuerda que tú posees y manifiestas, como todos poseemos y
manifestamos, un espíritu divino que nos interroga claramente: “¿Por qué te
martirizas y haces sufrir a todos con los cuales entras en contacto?”
Comprende, en cambio, lo que realmente eres, cuan insignificante y vulnerable
es en realidad el ser que tú llamas yo y que reconoces en su propia forma, y en
qué medida, por el contrario, el verdadero yo es inconmensurablemente tu yo
espiritual... y habiendo comprendido esto, comienza a desempeñar la verdadera
misión en la vida que te ha sido revelada por una sabiduría universal, las
enseñanzas de Cristo, y por tu propia conciencia. Dedica lo mejor de ti mismo a
incrementar la emancipación de tu espíritu con respecto a las ilusiones de la
carne y a amar a tu vecino, que es uno y la misma cosa. Apenas comiences a
vivir de esta manera, experimentarás una jubilosa sensación de libertad y
bienestar. Te sorprenderá hallar que los mismos objetivos exteriores que te
preocupaban y que distaban de realizarse, ya no se interponen en el camino
hacia tu mayor felicidad posible. Y si no eres feliz —sé que no eres feliz—
medita sobre lo que se dice aquí. No se trata de imaginarme simplemente a mí,
sino que esto es el resultado de las reflexiones y creencias de los corazones y
espíritus más ilustres; por lo tanto, comprende que éste es el único medio para
liberarte de tu infelicidad y para descubrir el mayor bien posible que la vida
es capaz de ofrecer. Esto es, entonces, lo que quisiera decir a mis hermanos antes
de morir.
Nótese que Tolstoy habla de “la mayor felicidad posible” y
del “mayor bien posible”. Tengo la certeza de que estos son dos objetivos que
Giono querría que la humanidad alcanzase. ¡Felicidad! ¿Desde Maeterlinck, quien
se ha explayado con alguna extensión sobre este estado del ser? ¿Quién habla
hoy del “mayor de los bienes”? Hablar hoy de la felicidad y del bien suscita
desconfianza. Estas cosas no tienen cabida en nuestra plan de la realidad. Sí,
se habla incesantemente de la cuestión social, de la cuestión política, de la
cuestión moral. Hay mucha agitación, pero por el momento no se hace nada. Nada
se hará mientras el ser humano sea considerado en conjunto, mientras no se lo
contemple primero como un ser humano y no como un animal político, social o
moral.
Al tomar el último libro de Giono —Les Ames Fortes— para
examinar una vez más la lista completa de su obras publicadas, recuerdo la
visita que hice a su hogar durante su ausencia. Al entrar en la casa
inmediatamente tuve noción de la profusión de libros y archivos. El lugar
parecía desbordar de alimento espiritual. En una biblioteca, que llegaba casi
hasta el techo, estaban los libros que había escrito. Aun entonces, hace once
años, la cantidad era asombrosa para un hombre de su edad. Contemplo nuevamente
ahora la lista que aparece en la página opuesta a la del título de su última
obra, publicada por Gallimard. ¡Cuántos me faltan por leer todavía! ¡Y que
elocuentes son los títulos solamente! Solitude de la Pitié, Le Poids du del,
Naissance de l'Odyssée, Le Serpent d'Etoiles, Les Vraies Richesses, Fragments
d'un D'eluge, Fragments d'un Paradis, Présentation de Pan... Un entendimiento
secreto me une a estas obras desconocidas. Muchas veces, cuando salgo de noche
al jardín para fumar en calma, cuando alzo los ojos al cielo y contemplo Orion
y las demás constelaciones que tan íntimamente forman parte del mundo de Giono,
me pregunto qué contenido tendrán estos libros que no he leído y que me prometo
a mí mismo leer en momentos de total paz y serenidad, porque “amontonarlos
dentro de mí” sería una injusticia para Giono. También lo imagino paseándose
por este jardín, robando una mirada a las estrellas, meditando sobre el trabajo
que tiene entre manos, armándose de fuerzas para sus renovados conflictos con
los editores, los críticos y el público. En esos momentos no me parece que
Giono esté muy distante, en un país que se llama Francia. Está en Manosque, y
entre Manosque y Big Sur hay una afinidad que anula el tiempo y el espacio. Él
está en ese jardín donde el espíritu de su madre reina todavía, no lejos del
pesebre donde naciera y donde su padre, que tanto le enseñara, trabajó junto a
su banco como zapatero remendón. Su jardín está rodeado por una pared; aquí no
hay ninguna. Ésa es una de las diferencias entre el Viejo Mundo y el Nuevo.
Pero no se yergue ningún muro entre el espíritu de Giono y el mío. Eso me atrae
a él, lo abierto de su espíritu. Lo sentimos en el momento en que abrimos sus
libros. Nos tambaleamos entonces en un arranque narcotizado y extasiado.
Giono nos brinda el mundo donde vive, un mundo de sueños,
pasiones y realidad. Es francés, sí, pero eso difícilmente bastaría para
describirlo. Es de cierta región de Francia, sí, pero eso no lo define. Es
nítidamente el mundo de Jean Giono y no otro. Sí usted es un espíritu sensible
lo reconocerá inmediatamente no importa dónde haya nacido ni dónde haya
crecido, el lenguaje que hable, las costumbres que haya adoptado ni la
tradición que siga. El hombre no necesita ser chino y ni siquiera poeta para
reconocer inmediatamente a espíritus como Lao-tse y Li Po. En la obra de Giono,
lo que todo individuo sensible y de sangre total debería ser capaz de reconocer
inmediatamente es “la canción del mundo”. Para mí esta canción, de la cual cada
nuevo libro ofrece inacabables estrofas y variantes, es mucho más preciosa,
mucho más inquietante, mucho más poética que la “Canción de las Canciones”. Es
íntima, personal, cósmica, desembarazada... e incesante. Contiene las notas de
la alondra, del ruiseñor, del zorzal; contiene el movimiento de los planetas y
el traslado casi inaudible de las constelaciones; contiene los sollozos, los
gritos, los alaridos y los gemidos de las almas heridas de los mortales como
también las risas y la algarabía de los benditos; contiene la seráfica música
de los huéspedes angelicales y los gruñidos de los condenados. Además de esta
música pandémica, Giono brinda toda la gama de colores, sabores, olores y
tactos. Hasta los más inanimados objetos emiten sus misteriosas vibraciones. La
filosofía que está detrás de esta producción sinfónica no tiene nombre: su
función es liberar, mantener abiertas todas las compuertas del alma, fomentar
la conjetura, la aventura y el culto apasionado.
“¡Debes ser lo que eres, pero debes serlo al máximo!” Eso
es lo que susurra.
¿Es francés?
CAPÍTULO VI - INFLUENCIAS
He mencionado antes que en el Apéndice presento una lista
de todos los libros que recuerdo haber leído. Lo hago por varias razones. Una
de ellas es que me agrada practicar juegos, y este es uno de los juegos más
antiguos: el juego de la búsqueda. Un motivo mejor es que nunca he visto una
lista de los libros leídos por mis autores favoritos. Daría cualquier cosa, por
ejemplo, por conocer todos los títulos de los libros que devoraron Dostoievsky
o Rimbaud. Pero hay todavía una razón más importante, que es la siguiente: la
gente siempre se pregunta cuáles fueron las influencias de un escritor, sobre
qué base el gran escritor o los grandes escritores se modelaron a sí mismos,
quién sirvió de principal inspiración, quiénes afectaron principalmente su
estilo, y así sucesivamente Me propongo consignar aquí la línea de mi
ascendencia en orden cronológico lo más estricto posible. Daré nombres
específicos e incluiré algunos hombres y mujeres (entre los cuales figuran
algunos que no han sido escritores) a quienes considero “libros vivos”,
entendiendo por esto que tuvieron (para mí) toda la gravitación, el poder, el
prestigio, la magia y el hechizo que se atribuyen a los autores de los grandes
libros. También mencionaré algunos “países”; todos ellos son países que únicamente
he penetrado por medio de la lectura, pero viven tanto en mí y han afectado de
tal manera mi pensamiento y mi conducta, que es como si fuesen libros.
Pero volviendo a la lista... Quisiera destacar el hecho de
que enumero los libros buenos y los malos. Con respecto a algunos, debo
confesar que no puedo decir si fueron buenos o malos en lo que a mí respecta.
Si quisiera ofrecer mi propio criterio de lo bueno y lo malo en libros, diría,
en cambio, que son los que están vivos y los que están muertos. Ciertos libros
no solamente imparten sensación de vitalidad porque sostienen la vida, sino que
hay algunos individuos raros que amplifican la vida. Algunos autores muertos
hace mucho tiempo están menos muertos que los vivos, o, dicho de otra manera,
“son los más vivos de los muertos”. Cuándo se escribieron esos libros o quiénes
los escribieron poco importa. Respirarán la llama de la vida hasta que no
existan ya los libros. Comentar qué libros entran en esta categoría o discutir
las razones en pro y en contra es vano, según mi parecer. Sobre este tema el
mejor juez es cada individuo mismo. Tiene razón, pero para él. No hace falta
coincidir en cuanto a la fuente de la inspiración de un hombre o sobre el grado
de su vitalidad; basta saber y reconocer que está inspirado y que está
completamente vivo.
A pesar de lo que acabo de decir, habrá interminables
especulaciones en cuanto a cuáles son los autores y los libros que más me
influyeron. No puedo aspirar a contener estas especulaciones. Así como cada
cual interpreta la obra de un autor de acuerdo con su propia limitada manera,
así los lectores de este libro, al examinar mi lista, extraerán sus propias
conclusiones en cuanto a mis “verdaderas” influencias. El tema está cargado de
misterio y lo dejo como misterio. Sé, empero, que esta lista proporcionará extraordinario
placer a algunos de mis lectores, quizá principalmente a los lectores de un
siglo atrás. Por imposible que sea recordar todos los libros que uno ha leído,
tengo la razonable seguridad de que seré capaz de consignar por lo menos la
mitad. Repito que no me considero un gran lector. Los pocos hombres conocidos
por mí que han leído mucho, y a quienes he sondeado en cuanto a la extensión de
su lectura, me asombran por sus respuestas. Creo que de veinte a treinta mil
libros es un promedio bastante aproximado para un individuo culto de nuestros
tiempos. En cuanto a mí, dudo haber leído más de cinco mil, aunque es muy
posible que esté en un error.
Cuando contemplo mi lista, que nunca deja de crecer, me
asombra el evidente derroche de tiempo que representó la lectura de la mayoría
de estos libros. Muchas veces se dice de los escritores que “todo es grano para
el molino”. Como todos los dichos, también este debe tomarse con un poco de
sal. El escritor necesita muy poco estímulo. El hecho de ser escritor significa
que se ha dado a cultivar la imaginación en mayor medida que los otros hombres.
La vida misma provee abundante material. Superabundante material. Cuanto más se
escribe, menos estimulan los libros. Se lee para corroborar, o sea para gozar
los propios pensamientos expresados en las multiformes maneras de los demás.
En la juventud el apetito por la experiencia cruda y los
libros es desenfrenado. Donde hay hambre excesiva y no simple apetito, tiene
que haber una razón vital para que así sea. Es flagrantemente obvio que nuestra
manera de vivir actual no ofrece una nutrición adecuada. Si así fuese, tengo la
seguridad de que leeríamos menos, trabajaríamos menos y nos esforzaríamos
menos. No necesitaríamos sustitutos ni aceptaríamos los modos vicarios de la
existencia. Esto se aplica a todos los dominios: los alimentos, el sexo, los
viajes, la religión y la aventura. Comenzamos mal. Viajamos por el anchuroso
camino con un pie en la tumba. No tenemos un objetivo ni un propósito definido,
como tampoco libertad para prescindir de un objetivo o un propósito. La mayoría
de nosotros somos sonámbulos y morimos sin llegar nunca a abrir los ojos.
Si la gente gozara profundamente todo lo que lee, no
habría excusa para hablar de esta manera. Pero leen de la misma manera que
viven: sin miras, al azar, débil y vacilantemente. Si ya están dormidos,
entonces todo lo que leen sólo sirve para sumergirlos en un sopor más profundo
todavía. Si viven en un simple letargo, se vuelven más letárgicos. Si son
ociosos, su ociosidad empeora. Y así sucesivamente. Sólo el hombre que vive con
los ojos abiertos de par en par es capaz de gozar un libro, de extraer lo que hay
de vital en él. Tal hombre goza todo lo que llega a su experiencia y, salvo que
exista un craso error por mi parte, creo que no establece ninguna distinción
entre las experiencias que se le ofrecen mediante la lectura y las experiencias
de la vida cotidiana. El hombre que goza intensamente lo que lee o hace, o
inclusive lo que dice, o sencillamente lo que sueña o imagina, aprovecha al
máximo. El hombre que busca aprovechar mediante una u otra forma de disciplina,
se engaña a sí mismo. Porque estoy tan convencido de esto, aborrezco la
publicación de listas de libros para las personas que están a punto de entrar
en la vida. Las ventajas que se derivan de este tipo de autoeducación son más
dudosas, a mi manera de entender, que las presuntas ventajas que se consiguen
con los métodos de educación comunes. La mayoría de los libros que figuran en
tales listas no pueden comenzarse a entender o a apreciar mientras no se haya
vivido y pensado por cuenta propia. Tarde o temprano todo lo ingerido habrá de
regurgitarse.
Y ahora vienen nombres para usted. Nombres de personas de
cuya influencia tengo conciencia y sobre los cuales, a través de mis escritos,
he dado testimonio con insistente reiteración. Para comenzar. quisiera decir
que todo lo que entró en el campo de mi experiencia ha influido en mí. Los que
no encuentren mencionados sus nombres deberían saber que también los incluyo.
En cuanto a los muertos, sabían de antemano, sin duda, que habrían estampado su
sello en mí. Los menciono solamente porque corresponde.
Ante todo vienen los libros de la niñez, los que tratan de
leyendas, mitos, cuentos imaginarios, todos ellos saturados de misterio,
heroísmo, sobrenaturalismo, de lo maravilloso y lo imposible, crímenes y
horrores de todos los tipos y grados, crueldades, justicia e injusticia, magia
y profecía, perversión, ignorancia, desesperación, duda, y muerte. Estos libros
afectaron todo mi ser: formaron mi carácter, mi manera de contemplar la vida,
mi actitud hacia las mujeres, hacia la sociedad, las leyes, la moral, el
gobierno. Determinaron el ritmo de mi vida. Desde la adolescencia en adelante,
los libros que he leído, particularmente los que adoraba o me esclavizaron,
sólo me afectaron en parte. Es decir, algunos afectaron al hombre, otros al
escritor y unos más al alma desnuda. Esto quizá se deba a que mi ser ya se
había fragmentado. Puede que también sea porque la sustancia de la lectura
adulta jamás podría afectar al hombre total, jamás podría afectar a todo su
ser. Hay excepciones, sin duda, pero son raras. De todos modos, toda la
jurisdicción de la lectura infantil corresponde al signo del anonimato; los
curiosos descubrirán los títulos en el Apéndice. Leí lo que leen otros niños.
No fui ningún prodigio ni hice demandas especiales. Acepté lo que me daban y lo
deglutí. El lector que me haya seguido hasta ahora, habrá captado la naturaleza
de mi lectura. Los libros que leí cuando muchacho también los he mencionado
someramente, señalando nombres como Henty, en primer término y como principal,
y Dumas, Rider Haggard, Sienkiewicz y otros, en su mayoría muy conocidos. Nada
tiene de desusado este período, con la excepción de que leía demasiado.
Donde comienzan las influencias específicas es al borde de
madurez, o sea desde el momento en que soñé por primera vez que yo también
podría llegar a ser “escritor” algún día. Los nombres que doy a continuación
podrán considerarse, entonces, como los nombres de los autores que me
influyeron como hombre y escritor, tornándose cada vez más inseparables ambos a
medida que transcurrió el tiempo. Desde los primeros años de mi madurez toda mi
actividad giró en torno al hecho de que me había considerado a mí mismo, al
principio en potencia, después embrionariamente y por último de manera
manifiesta, un escritor, o fue motivada por este hecho. Así, si la memoria no
me falla, he aquí mi árbol genealógico: Bocaccio, Petronius, Rabelais, Whitman,
Emerson, Thoreau, Maeterlinck, Romain Rolland, Plotinus, Heráclito, Nietzsche,
Dostoievsky (y otros escritores rusos del siglo diecinueve), lo antiguos
dramaturgos griegos, los dramaturgos isabelinos (excluyendo Shakespeare),
Theodore Dreiser, Knut Hamsun, D. H. Lawrence, James Joyce, Thomas Mann, Elie
Faure, Oswald Spengler, Marcel Proust, Van Gogh, los dadaístas y surrealistas,
Balzac, Lewis Carroll, Nijinsky, Rimbaud, Blaise Cendrars, Jean Giono, Céline,
todo lo que leí sobre el budismo zen, todo lo que leí sobre la China, la India,
el Tibet, Arabia, África y, por supuesto, la Biblia, los hombres que la
escribieron y especialmente los hombres que prepararon la versión King James,
porque fue el lenguaje de la Biblia y no su “mensaje” lo que capté primero y de
lo cual jamás he podido desprenderme.
¿Qué temas me hicieron buscar a los autores que amo, me
permitieron ser influido, formaron mi estilo, mi carácter, mi enfoque de la
vida? A grandes rasgos, los siguientes: el amor a la vida misma, la búsqueda de
la verdad, la sabiduría y la comprensión, el misterio, el poder del idioma, la
antigüedad y la gloria del hombre, la eternidad, el propósito de la existencia,
la singularidad de todo lo que existe, la liberación de mí mismo, la
fraternidad del hombre, el significado del amor, la relación entre el sexo y el
amor, el goce de lo sexual, el humorismo, las rarezas y excentricidades en
todos los aspectos de la vida, los viajes, las aventuras, los descubrimientos,
las profecías, la magia (blanca y negra), el arte, los juegos, las confesiones
y revelaciones, el misticismo, más particularmente los místicos mismos, las
variedades de credos y cultos, lo maravilloso en todos los ámbitos y bajo todos
los aspectos, porque “sólo existe lo maravilloso y nada más que lo
maravilloso”.
¿He olvidado algunos puntos? ¡Que el lector mismo los
complete! Me interesaba y tengo la seguridad de que me interesa todo. Incluso
la política, considerada “a vuelo de pájaro”. Pero la lucha del hombre por
emanciparse a sí mismo, o sea librarse de la prisión que él mismo se ha
labrado, es para mí el objetivo supremo. Por esta razón quizá yo no llegue a
ser completamente “el escritor”. Puede que por este motivo, en mis trabajos,
haya dedicado tanto espacio a la experiencia pura de la vida. Es probable también,
aunque los críticos no lo perciban con tanta frecuencia, que me sienta
poderosamente atraído hacia los hombres de saber, los hombres que han
experimentado la vida hasta el máximo y que infunden vida, como los artistas,
las figuras religiosas, los que marcan rumbos, los innovadores y los
iconoclastas de todo tipo. Y quizá —¿por qué no decirlo?— por esta razón la
literatura me inspira tan poco respeto, por esta razón tengo en tan poca
consideración a los autores acreditados y mi aprecio por los revolucionarios
transitorios es tan escaso. Para mí los únicos revolucionarios verdaderos son
los inspiradores y activadores, figuras como Jesús, Lao-tse, Gautama el Buda,
Akenatón, Ramakrishna y Krishnamurti. La vara que empleo para medirlos es la
vida: cómo se yerguen los hombres en relación con la vida. No me fijo si
consiguen echar por tierra un gobierno, el orden social o una forma religiosa,
un código moral, un sistema de educación o una tiranía económica. Me fijo, en
cambio, en cómo afectan la vida misma. Porque los hombres a que me refiero se
distinguen en que no imponen su autoridad al hombre: al contrario, trataron de
destruir la autoridad. Su mira y su propósito fueron abrir la vida, hacer que
el hombre adquiera hambre de vivir, de exaltar la vida, y referir todas las
interrogaciones de nuevo a la vida. Exhortaron al hombre para que comprenda que
tenía toda la libertad posible dentro de sí mismo, que no debía preocuparse por
la suerte del mundo (que no es su problema) sino por resolver su propio
problema individual, que es una cuestión de liberación y nada más.
Y ahora en cuanto a los “libros vivientes”... Varias veces
he dicho que en diversos momentos de mi existencia entraron en mi experiencia
hombres y mujeres a quienes considero “libros vivientes”. He explicado por qué
los llamo así, pero ahora seré más explícito.
Estos individuos permanecen conmigo, como me sucede con
los buenos libros. Puedo abrirlos a voluntad como abriría un libro. Cuando leo
una página de su ser, por así decirlo, me hablan con la misma elocuencia con
que me hablaron cuando los conocí en persona. Los libros que me han dejado son
sus vidas, sus pensamientos, sus acciones. La fusión del pensamiento, el ser y
el acto hizo que cada una de estas vidas fuese singular e inspiradora para mí.
Aquí están, entonces, y dudo haber olvidado a uno solo de ellos: Benjamín Fay
Mills, Emma Goldman, W. E. Burghardt Dubois, Hubert Harrison, Elizabeth Gurtey
Flynn, Jim Larkin, John Cowper Powys, Lou Jacobs y Blaise Cendrars Es un
conjunto extraño, en verdad. Todos, menos uno, son o fueron figuras conocidas.
Hay otros, por supuesto, que sin saberlo desempeñaron un importante papel en mi
vida y me ayudaron a abrir el libro de la vida. Pero los nombres que acabo de
citar son los que he de reverenciar para siempre, los nombres hacia los cuales
siempre he de sentirme deudor.
CAPÍTULO VII - LIBROS VIVIENTES
Lou Jacobs, esa única figura desconocida, la recuerdo a
voluntad con sólo decir Asmodeus, or The Devil on Two Sticks (Asmodeo o el
Diablo en dos Palos). Es curioso que un libro que nunca leí sea la mágica
piedra de toque. El libro siempre estuvo allí, en el estante, en su pequeño
piso. Varias veces lo tomé entre mis manos para mirar una página o dos y
después dejarlo. Durante casi cuarenta años llevo en la nuca este Asmodeus que
no leí. A su lado, en el mismo estante, estaba Gil Blas, que tampoco leí.
¿Por qué me siento impelido a hablar de este hombre
desconocido? Porque, entre otras cosas, me enseñó a reírme del infortunio. Le
conocí en un período de amargas vicisitudes. Todo era negro, negro, negro.
Ninguna salida. Ninguna esperanza de hallar una salida. Me sentía más
prisionero que un condenado a cadena perpetua en la penitenciaría. Viviendo en
esa época con mi primera amante, que era la conserje extraoficial de la casa de
tres pisos donde compartíamos un piso con un joven moribundo de tuberculosis y
un guarda de tranvía como principal pensionista nuestro, estrictamente vigilado
por la ogresa propietaria de la casa, sin dinero, sin trabajo, sin ningún
conocimiento de lo que quería o podía hacer, convencido de que no tenía talento
—veinte líneas con un lápiz bastaban para corroborar mi sospecha—, tratando de
salvar la vida al joven, hijo de mi amante, ocultándome de mis amigos y mis
padres, devorándome el corazón de remordimiento por haber renunciado a la niña
que amaba (¡mi primer amor!), esclavo del sexo, veleta que viraba con la más
ligera brisa, perdido, totalmente perdido, descubrí un buen día en el piso de
abajo a este hombre, a Lou Jacobs, quien en el acto se convirtió en mi Guía, en
mi Confortador, en mi Brillante Viento Verde. A cualquier hora, en cualquier
ocasión aunque la Muerte golpease a su puerta, Lou Jacobs reía y me hacía reir.
“¡La risa es el mejor de los remedios!”
Para entonces sólo había tenido un furtivo conocimiento de
Rabelais, si la memoria me es fiel. Pero Lou Jacobs era su íntimo amigo, no me
cabe la menor duda. Conocía a todos los que traían alegría y a todos los que
habían vivido la desdicha. Siempre que pasaba junto a la estatua de Shakespeare
en el parque, se quitaba el sombrero. “¿Por que no?” decía. Recitaba las
lamentaciones de Job y en el siguiente hálito me daba el remedio. (“¿Qué es el
hombre para que tú tengas conciencia de él, y qué el hijo del hombre, que tú
visitaste?”)
Nunca se le veía hacer nada, nada en absoluto. A cualquier
hora su puerta estaba abierta para todo y para todos. La conversación comenzaba
en el acto, al instante. Por lo general estaba un poco decaído, estado más allá
del cual jamás parecía progresar o degenerar, si usted lo prefiere así. Era de
piel apergaminada, con la cara surcada por finas arrugas y una abundante
cabellera siempre aceitosa, ensortijada, cayéndole sobre los ojos. Podría haber
sido centenario, aunque dudo que haya tenido un sólo día más de los sesenta
años.
Su “ocupación” era contador público y ganaba bien. Parecía
carecer de toda ambición. Una partida de ajedrez, si uno quería era para él tan
ideal para matar el tiempo como cualquier otra actividad. (Su juego era de lo
más heterodoxo, arbitrario, excéntrico y brillante que pueda imaginarse).
Dormía poco y siempre estaba totalmente vivo y despierto, jovial, lleno de
burlas y sátiras, por fuera bufón pero por dentro reverente, por dentro
adorador y devoto.
¡Libros! Jamás mencionaba yo un título que él no hubiese
leído. Además era honesto. Me dejó la impresión de que había leído todo lo que
vale la pena leerse. Siempre mencionaba a Shakespeare y la Biblia en sus
conversaciones. En esto me recordaba a Frank Harris, quien también charlaba
hasta el cansancio sobre Shakespeare y la Biblia, o, mejor dicho, sobre
Shakespeare y Jesús.
Sin tener la menor conciencia de ello, recibí de este
hombre mi primera instrucción verdadera. Fue el método de educación indirecta.
Tal como en el caso de los antiguos, su técnica consistió en indicar que “eso”
no era ni esto ni aquello. No importa lo que fuese, y por supuesto era todo, me
enseñó a no encararlo jamás de frente, a no nombrarlo ni definirlo jamás. Es el
método oblicuo del arte. Primeras y últimas cosas. Pero no la primera ni la
última. Siempre desde el centro hacia la periferia. Siempre el movimiento
envolvente espiral, jamás la línea recta, nunca ángulos agudos, nunca el
impasse o el cul-de-sac.
Sí, Lou Jacobs poseía una sabiduría que sólo ahora
comienzo a adquirir. Poseía la facultad de contemplarlo todo como un libro
abierto. Había dejado de leer para descubrir los secretos de la vida; leía por
el puro placer de leer. La esencia de todo lo leído había impregnado todo su
ser, habiéndose convertido en su experiencia total de la vida. “En toda la
literatura no hay más que unos doce temas básicos”, me dijo cierta vez. Pero se
apresuró a agregar que cada hombre tiene su propia historia que narrar, y que
esa historia es singular. Sospecho que también él quiso escribir alguna vez, y
no cabe duda de que no habría podido expresarse mejor ni con mayor claridad. Su
sabiduría, empero, era ese tipo de sabiduría que no se molesta en querer
transmitirse a los demás. Aunque sabía frenar su lengua, nadie gozaba con la
charla más que él. Además tenía la característica de no agotar jamás ningún
tema. Se conformaba con las escaramuzas y la exploración, como emitir antenas,
con sondear indicios, con hacer insinuaciones, con sugerir y no informar.
Quisiérase o no, obligaba a su escucha a pensar por sí mismo. Aunque no
recuerdo haber recibido jamás de él un consejo o una instrucción, todo lo que
manaba de su boca era consejo e instrucción... siempre que uno supiese asimilarlo.
En los trabajos de Maeterlinck, particularmente un libro
como Wisdom and Destiny (Sabiduría y Destino) hay reveladoras referencias a
grandes figuras del pasado (en la vida y en la literatura) que capearon la
adversidad con noble ecuanimidad. Creo que los libros de este tipo han dejado
de tener aceptación. Ya no recurrimos a autores como Maeterlinck en busca de
consuelo, confort o renovada valentía. Tampoco a Emerson, con el cual suele
vincularse su nombre. Su alimento espiritual suscita recelo en la actualidad.
¡Dommage! Lo cierto es que ahora no tenemos grandes autores a quienes
dirigirnos... si buscamos verdades eternas. Nos hemos abandonado a la
corriente. Nuestras débiles y vacilantes esperanzas parecen centralizarse por
completo en soluciones políticas. Los hombres se alejan de los libros, lo cual
equivale a decir que se alejan de los escritores, de los “intelectuales”.
¡Signo excelente, siempre que se vuelvan hacia los libros de la vida! ¿Pero lo
hacen? Nunca el miedo de vivir cundió tanto. El miedo de vivir ha desplazado al
miedo de morir. La vida y la muerte han venido a significar la misma cosa Sin
embargo, jamás la vida encerró mayor promesa que ahora. Jamás hasta ahora, en
la historia del hombre, el problema fue tan claro; la disyuntiva entre la aniquilación
y la creación. ¡Sí, hay que deshacerse de los libros por todos los medios!
Especialmente si oscurecen el problema. La vida misma jamás fue un libro más
abierto que en el momento actual. ¿Pero podrá leer usted el libro de la vida?
Es extraño, pero ultrajantemente notable en los últimos
tiempos, que los únicos espíritus alegres y jóvenes sean entre nosotros los
“viejos”. Continúan despreocupados su obra creativa, ajenos a los aciagos
presentimientos que emponzoñan el aire. Pienso principalmente en ciertos
pintores, en esos hombres que han dejado a sus espaldas una obra monumental.
Quizá su visión de las cosas jamás haya sido empañada por la lectura de muchos
libros. Puede que el hecho mismo de haber elegido esa profesión los haya puesto
a cubierto de una visión desolada, estéril y morbosa del universo. Sus signos y
sus símbolos son de otro orden con respecto a los del escritor o el pensador.
Trabajan con formas e imágenes, y las imágenes tienen la particularidad de
conservarse frescas y vividas. Creo que el pintor mira de manera más directa al
mundo. De todos modos, estos veteranos en los que pienso, estos viejos alegres,
poseen una mirada juvenil. En cambio, nuestros jóvenes miran con una visión
tenue y borrosa; están repletos de miedo y espanto. El pensamiento que los
martiriza día y noche es: ¿estallará este mundo antes de que hayamos tenido
oportunidad de gozarlo? Y nadie se atreve a decirles que aunque el mundo
estallase mañana o pasado mañana, en realidad no importaría, porque la vida que
anhelan es imperecedera. Tampoco nadie les dice que la destrucción de este
planeta o su preservación y su imperecedera gloria giran en torno a sus propios
pensamientos, a sus propias acciones. El individuo ha pasado a identificarse
involuntariamente con la sociedad. Pocos son capaces de ver que la sociedad
está compuesta por individuos. ¿Quién sigue siendo individuo? ¿Qué es un
individuo? ¿Y qué es la sociedad, puesto que ha dejado de ser la suma o el
conglomerado de individuos que la constituyen?
Recuerdo cuando treinta años atrás que leí El Culto a los
Héroes de Carlyle en mis viajes de ida y vuelta al trabajo. Leí este libro en
el tren elevado. Cierto día un pensamiento enunciado por él me conmovió tan
profundamente que al levantar la mirada de la página me resultó difícil
reconocer las figuras tan familiares que me rodeaban. Estaba en otro mundo,
completamente en otro mundo. Algo dicho por él —ya no recuerdo qué era— me
había conmovido hasta las entrañas de mi ser. En ese preciso instante me invadió
el convencimiento de que mi suerte o destino sería distinto al de quienes me
rodeaban. De pronto me vi levantado —¡expulsado!— del círculo que me
aprisionaba. Si bien esta revelación se acompañó con una momentánea sensación
de orgullo y exaltación, y también de vanidad, sin duda, al poco tiempo
desapareció, cediendo paso a un estado de serena aceptación y profunda
resolución, y despertando al mismo tiempo un sentido más firme de comunión, de
un vínculo mucho más humano entre yo y mi vecino.
Carlyle es otro escritor del que no se habla mayormente en
estos días. “Demasiado altisonante”, no cabe duda. Demasiado fuliginoso.
Además, ya no rendimos culto a los héroes, o si empleamos la palabra es para
distinguir a los que están al mismo nivel que nosotros. Lindbergh, por ejemplo,
fue un héroe tremendo... de un día. No tenemos un panteón permanente donde
colocar, adorar y reverenciar a nuestros héroes. Nuestro panteón es el felpudo
cotidiano, que se fabrica y se destruye de un día para otro.
Uno de los motivos por los cuales tan pocos de nosotros
actuamos alguna vez en lugar de reaccionar, es que continuamente amordazamos
nuestros más profundos impulsos. Ilustraré este pensamiento eligiendo, por
ejemplo, la forma en que leemos la mayoría de nosotros. Si se trata de un libro
que nos despierta inquietud y nos estimula a pensar, lo recorremos a toda
prisa. No podemos esperar para saber hacia dónde va; queremos atrapar, queremos
apoderarnos de su mensaje oculto. Una y otra vez en este tipo de libro
encontramos una frase, un pasaje, a veces un capítulo entero tan estimulante y
provocativo que a duras penas comprendemos lo que estamos leyendo, tan cargada
está nuestra mente con pensamientos y asociaciones propias. ¡Cuan raras veces
interrumpimos la lectura para entregarnos al lujo de gozar los propios
pensamientos! No, ahogamos y reprimimos nuestros pensamientos, pretendiendo
volver a ellos cuando terminemos el libro. Jamás lo hacemos, por supuesto.
¡Cuánto mejor y más sabio, cuánto más instructivo y provechoso sería avanzar a
paso de caracol! ¿Qué importa si tardamos un año, en lugar de pocos días, para
terminar el libro?
“¡Pero no tengo tiempo para leer los libros así! —se
objetará—. Tengo otras cosas que hacer. Tengo deberes y responsabilidades”.
Precisamente. Quien así habla es la mismísima persona a la
que van dirigidas estas palabras. Quien tema descuidar sus deberes por leer
cómoda y reflexivamente cultivando sus propios pensamientos, descuidará sus
deberes de todos modos y por peores razones. Puede que llegue a perder el
empleo, la esposa o el hogar. Si la lectura de un libro te afecta tan
profundamente como para olvidar tus responsabilidades, entonces esas
responsabilidades no habrían podido tener mucho significado para ti. Entonces
tenías responsabilidades superiores. Si hubieses confiado en tus sugestiones
interiores, habrías seguido tu camino pisando un terreno más firme hacia
lugares más altos. Pero temiste que una voz te susurrase: “¡Dobla aquí! ¡Llama
allá! ¡Entra por esta puerta!” Temiste que te olvidaran y abandonaran. Optaste
por la seguridad y no por una nueva vida y nuevos horizontes de aventura y
exploración.
Esto es un simple ejemplo de lo que puede suceder o no
suceder cuando se lee un libro. Extendamos este ejemplo a la multitud de
oportunidades que constantemente nos ofrece la vida y comprenderemos fácilmente
por qué los hombres no llegan a ser héroes ni tampoco individuos comunes. La
vida se lee de la misma manera que se lee un libro. Maeterlinck, al que aludí
hace un momento, escribe con la misma profundidad y elocuencia sobre los
insectos, las flores, las estrellas y hasta el espacio mismo, que sobre los hombres
y mujeres. El mundo para él es un todo continuo, interactuante e
intercambiante. No hay muros ni barreras. No hay muerte en ninguna parte. Un
solo instante de la vida es tan rico y completo para él como diez mil años.
¡Ésta sí que es una lujosa manera de pensar!
Pero volvamos a mi “brillante viento verde”... Me detuve
en Maeterlinck y Carlyle porque en el carácter de Lou Jacobs había algo que me
hacía recordar a ambos. Puede que por debajo de su carácter risueño y de su
verbo brillante haya captado un tinte sombrío y trágico. Lou era un hombre,
debo decirlo, del cual nadie sabía mucho pues no parecía tener amigos íntimos y
jamás hablaba de sí mismo. Cuando salía de la oficina a las cuatro de la tarde,
nadie en esta tierra de Dios podía predecir adonde lo llevarían sus pasos antes
de llegar a su casa para cenar. Por lo general se detenía en uno o dos bares,
donde se deleitaba charlando con un jockey, un campeón de boxeo o un alcahuete
venido a menos. No cabe duda de que estaba más en su elemento con esta clase de
gente que con los miembros más respetables de la sociedad. A veces iba a parar
al mercado de pescado y se extraviaba contemplando las criaturas de las
profundidades, sin olvidarse, sin embargo, de traer a casa un surtido de
ostras, calamares, camarones, anguilas o cualquier otra cosa que estimulase su
fantasía. De lo contrario entraba en una librería de segunda mano, no tanto
para buscar algún libro viejo y raro sino para conversar con algún viejo
librero, porque hablar de libros le gustaba más que los libros mismos. Sin
embargo, y a pesar de las experiencias nuevas que llevara encima, después de la
cena siempre estaba libre, listo para hacer cualquier cosa y abierto a
cualquier sugestión. Invariablemente el momento en que le veía era de noche.
Por lo general, cuando entraba en su casa lo encontraba sentado junto a la
ventana, contemplando el espectáculo cambiante de la calle. Lo mismo que
Whitman, todo parecía tener el mismo absorbente interés para él. Nunca supe que
estuviera enfermo y nunca lo vi malhumorado. Aunque hubiese perdido hasta el
último centavo, nadie lo habría sospechado.
Me he referido a la forma en que jugaba al ajedrez. Jamás
un adversario me intimidó más que él. Aclaro que en esa época yo no era buen
jugador ni lo soy en la actualidad. Es probable que ni siquiera sea tan bueno
como Napoleón. Cuando, por ejemplo, Marcel Duchamp me invitó cierta vez a jugar
una partida con él, olvidé todo lo que sabía del juego debido a mi sagrado
respeto por su conocimiento del mismo. Con Lou Jacobs era peor. Jamás pude
llegar a ninguna conclusión sobre su dominio del juego. Lo que me derrotaba
frente a él era su extraordinaria indiferencia. “¿Quiere usted que le dé una
reina, dos torres o un caballo y dos alfiles de ventaja?” Jamás pronunciaba
estas palabras, pero estaban implícitas en sus modales. Abría la partida de
cualquier manera, como despreciando mi habilidad, aunque nunca fue así; nunca
despreció a nadie. No. Es probable que lo haya hecho para divertirse, para
apreciar las libertades que podía tomarse, para ver hasta dónde podía estirar
un punto. Parecía no afectarle en lo más mínimo ganar o perder una partida;
jugaba con la desenvoltura y seguridad de un mago, gozando los movimientos en
falso y también los brillantes. Además, ¿qué podría significar para un hombre
como él perder una, diez o cien partidas de ajedrez? “Jugaré en el paraíso
—parecía decir—. ¡Venga, entretengámonos! ¡Hago un movimiento audaz, un
movimiento absurdo!” Por supuesto, cuanto más imprudente su juego, más prudente
se tornaba mi actitud. Sospeché que era un genio. ¿No era de genios confundirme
y desorientarme así?
De la misma manera que jugaba al ajedrez jugaba el juego
de la vida. Sólo los “viejos” pueden hacerlo. Lao-tse fue uno de estos viejos
alegres. A veces, cuando se cruza en mi mente la imagen de Lao-tse sentado en
el lomo de un bisonte, cuando pienso en la firme, paciente, amable y penetrante
sonrisa suya, en esa sabiduría tan fluida y benevolente, pienso en Lou Jacobs
sentado ante mí junto al tablero de ajedrez. Listo para jugar como a uno se le
antoje. Listo para regocijarse por su ignorancia o para iluminarse de placer
por su chapucería, jamás malicioso, jamás mezquino, jamás envidioso, jamás
celoso. Gran confortador, aunque remoto como la estrella vieja. Siempre
saliéndose del cuadro con una reverencia, sin embargo, cuanto más se aleja, más
cerca está de nosotros. ¡Todos los dichos de Sakhespeare o de la Biblia con que
rociaba su conversación fueron mucho más instructivos para mí que el más
poderoso de los sermones! Jamás levantó un dedo para recalcar lo que decía,
jamás alzó la voz para destacar nada; todo lo importante lo expresaban las
risueñas arrugas que agrietaban su rostro apergaminado cuando hablaba. Sólo los
“antiguos” habrían podido reproducir su risa. Su risa venía de lo alto, como
afinada a nuestras vibraciones terrenales. Era la risa de los dioses, la risa
que sana, la risa que, sostenida por su propia desembarazada sabiduría de la
vida, astilla y destroza todo saber, toda seriedad, toda moralidad, toda finta
y todo artificio.
Dejémoslo aquí, con su cara surcada de arrugas, con su
risa cuyos ecos rebotan en los candelabros del infierno. Quisiera pensar en él
cuando lo veía de noche de pie ante mí despidiéndose con una reverencia, con el
gorro de dormir en la mano, el hielo con su distante tintineo en la copa, los
ojos brillantes como perlas, el bigote húmedo de whisky, su aliento divinamente
perfumado con ajo, cebolla, puerro y alcohol. Lou no era de este tiempo ni de
ningún otro tiempo que yo sepa. Era el perfecto inadaptado, el tonto contento,
el eximio maestro, el gran confortador, el misteriosamente anónimo. Y no era
ninguno de estos por separado sino todos al mismo tiempo. ¡Arriba, espíritu
brillante! ¡Qué libro de la vida has sido!
Ahora, hablando de otro “libro viviente”, ésta es una
figura conocida. Este hombre todavía vive, gracias al Señor, y vive una vida
rica y pacífica en un rincón de Gales. Me refiero a John Cowper Powys o, según
se llama a sí mismo en su Autobiography, “Préster John”.
Encontré a este famoso escritor y conferenciante pocos
años después que Lou Jacobs desapareciera de mi vida. Le conocí después de una
de sus conferencias en el Labour Temple, en la Segunda Avenida de Nueva York.
Hace algunos meses, habiendo descubierto su paradero por
medio de un amigo, procedí impulsivamente a escribir una carta de homenaje que
le debía hace largo tiempo. Fue una carta que debí haber escrito veinte años
antes por lo menos. Yo habría sido mucho más rico en la actualidad si lo
hubiese hecho, porque recibir una carta de “Préster John” es todo un
acontecimiento en la vida de uno.
Este hombre, a cuyas conferencias asistí con frecuencia,
cuyos libros devoré ávidamente, lo vi personalmente una sola vez. Debí armarme
de todo el coraje que entonces poseía para acercarme a él después de la
conferencia y decirle algunas palabras de aprecio, estrechar su mano y luego
escapar con el rabo entre las piernas. Sentía una profana veneración por este
hombre. Me parecía que toda palabra que pronunciaba iba directamente al grano.
Todos los escritores que me apasionaban en esa época eran los escritores de los
cuales él escribía o hablaba en sus conferencias. Era como un oráculo para mí.
Ahora que lo he encontrado nuevamente, ahora que tengo
noticias suyas con regularidad, es como si hubiese recuperado mi juventud. Él
siempre sigue siendo “el maestro” para mí. Sus palabras, todavía hoy, tienen el
poder de seducirme. En este preciso momento estoy profundamente sumergido en su
Autobiography, libro por demás medular y estimulante de 652 páginas muy
concentradas. Es el tipo de biografía que me deleita porque es desusadamente
franca, veraz, sincera y contiene una superabundante cantidad de trivialidades
(¡muy ilustrativas!) y también los hechos importantes, o puntos cruciales, en
la vida de uno. “Si todas las personas que escribieron autobiografías se
atreviesen a consignar las cosas que en su vida les han causado el más intenso
sufrimiento, harían un bien mucho mayor que todas esas forzadas justificaciones
de los actos públicos”, dice el autor. Como Céline, Powys tiene la facultad de
narrar sus infortunios con buen humor. Como Céline, habla de sí mismo en los
términos más adversos, dice que es un tonto, un payaso, un timorato, un
cobarde, un degenerado y hasta un ser “subhumano”, sin perder en ningún momento
su estatura. Su libro está impregnado de una sabiduría vital que no se revela
tanto en los grandes incidentes como en los pequeños.
El libro ha sido escrito en el sexagésimo año de su vida.
Hay dos pasajes, entre muchos, que quisiera transcribir porque revelan algo del
nombre que es particularmente precioso para mí. He aquí uno: «¿Qué perdemos
cuando nos ponemos viejos? Algo que está en la vida misma. Sí, está en la vida,
pero es una cosa mucho más profunda: ¡no! no es exactamente más profunda;
quiero decir que es algo de una sustancia más valiosa de lo que interpretamos
como “vida” a medida que vamos para viejos. Ahora me inclino a pensar que en
medida muy desusada he conservado hasta mi sexagésimo año la actitud de los
primeros tiempos de mi niñez, y siendo ese el caso he tratado de sostener el
criterio de que, cuanto mayor sea la obstinación con que exploto este
infantilismo y me afirmo en este infantilismo, más sabia —aunque menos humana—
habrá de ser mi vida madura.” El otro pasaje dice lo siguiente: “Toda mi vida
puede dividirse en dos mitades, la primera hasta la época en que tenía cuarenta
años y la segunda después de los cuarenta. En la primera mitad luché
desesperadamente por evocar y ordenar mis sentimientos de acuerdo con lo que
admiraba en mis libros preferidos, pero en la segunda mitad luché por descubrir
cuáles eran mis verdaderos sentimientos y por refinados y equilibrarlos y
armonizarlos de conformidad con ningún método que no fuese mío.”
Pero volviendo al hombre que conozco desde la tribuna.
John Cowper Powys, descendiente del poeta Cowper, hijo de un clérigo inglés,
con sangre galesa en las venas y el fuego y la magia que anima a todos los
espíritus galeses, fue el primero que me ilustró sobre los horrores y
sublimidades relacionados con la Casa de Atreus. Recuerdo con toda nitidez cómo
se envolvió en su toga, cerró los ojos y los cubrió con una mano, antes de
lanzar una de esas inspiradas andanadas de elocuencia que me dejaban aturdido y
me privaban del habla. En esa ocasión su pose y sus gestos me parecieron
sensacionales, expresión quizá de un temperamento superdramático. (John Cowper
Powys es actor, por supuesto, pero no en este escenario, como él mismo señala.
Es más bien una especie de actor spengleriano). No obstante, cuanto mayor era
la frecuencia con que le escuchaba, más leía sus obras y menos fui
criticándole. Cuando dejaba el salón después de sus conferencias, muchas veces
sentí como si me hubiese embrujado. Era un hechizo mágico, además, porque
aparte de la célebre experiencia con Emma Goldman en San Diego, fue mi primera
experiencia íntima, mi primer contacto real con el espíritu vivo de estos raros
seres que visitan nuestra tierra.
No hace falta decir que Powys tenía sus propias luminarias
selectas sobre las cuales disparataba. Empleo la palabra “disparatar” a
propósito. Nunca hasta entonces había oído a nadie disparatar en público,
particularmente sobre autores, pensadores o filósofos. Emma Goldman, igualmente
inspirada en la tribuna y muchas veces sibilina en sus expresiones, daba, sin
embargo, la impresión de irradiar energía de un foco intelectual. Por cálida y
emotiva que fuese, el fuego que desprendía era electrizante. Powys fulminaba
con el fuego y el humo de su alma, o de las profundidades que acunan el alma.
La literatura era para él como maná, del cielo. Rompía el velo y volvía a
romperlo. Como alimento nos dio heridas y las cicatrices nunca curaron del
todo.
Fatídico, si recuerdo correctamente, era uno de sus
adjetivos predilectos. Por qué debo mencionar esto no lo sé, salvo que esté
cargado de misteriosas asociaciones sumergidas que otrora tuvieron enorme
significación para mí. De todos modos, su sangre estaba saturada de mitos y
leyendas raciales, con memorias de mágicas hazañas y sobrehumanas proezas. Sus
rasgos de halcón, que recordaban a nuestro Robinson Jeffers, me dieron la
impresión de hallarme ante un ser cuyos antepasados diferían de los nuestros por
más viejos, más oscuros, más paganos, mucho más paganos que nuestros históricos
precursores. Para mí parecía preeminentemente un hombre del mundo mediterráneo,
que es el mundo mediterráneo de Atlantis. En suma, estaba “en la tradición”.
Lawrence habría dicho de él que era un “aristócrata del espíritu”. Es probable
que por esa razón se destaque en mi memoria como uno de los pocos hombres
cultos que he conocido y que también podrían llamarse “democráticos”,
democráticos en el sentido que ha dado Whitman a la palabra. Lo que tenía en
común con nosotros, los seres inferiores, era una superlativa consideración por
los derechos y privilegios del individuo. Todas las cuestiones vitales eran de
interés para él. Esta amplia pero apasionada curiosidad le permitió arrancar a
las épocas “muertas” las universales cualidades humanas que para el catedrático
y el pedante pasan inadvertidas. Estar sentado a los pies de un hombre vivo, de
un contemporáneo cuyos pensamientos, sentimientos y emanaciones estaban
emparentados en espíritu con los de las gloriosas figuras del pasado, ha sido
un gran privilegio. Podría visualizar a este representante nuestro discurseando
experta y familiarmente con espíritus como Pitágoras, Sócrates o Abelardo;
jamás podría imaginar así a John Dewey, por ejemplo, ni a Bertrand Russell.
Podría apreciar y respetar las complejidades de esta mente, cosa que me es
imposible cuando se trata de Whitehead o Ouspensky. Se debe a mis propias
limitaciones, sin duda. Pero hay hombres que en breves instantes me convencen
de su “redondez”, no encuentro mejor palabra para describir esa cualidad que
creo que abraza, resume y epitomiza todo lo que hay de auténticamente humano en
nosotros. John Cowper Powys fue un individuo redondo. Iluminaba todo lo que
tocaba, siempre relacionándolo con los fuegos centrales que nutren el cosmos
mismo. Era un “intérprete” (o poeta) en el más alto sentido de la palabra.
En nuestros tiempos tenemos otros más dotados, más
brillantes quizá, más profundos posiblemente, pero ni sus proporciones ni sus
aspiraciones concuerdan con este mundo totalmente humano que mora y alberga
Powys en su ser. En la última página de la Autobiography, a la cual no puedo
resistir echarle una mirada, se destaca este párrafo que con tanta claridad
revela al Powys interior y esencial:
“El mundo astronómico no es todo lo que existe. Estamos en
contacto con otras dimensiones, con otros niveles de vida. Y de los poderes que
surgen de esos otros niveles se levanta un Poder, tanto más terrible porque se
niega a practicar la crueldad, un Poder que no es Capitalista, ni Comunista, ni
Fascista, ni Democrático, ni Nazi; un Poder que no es de este mundo en
absoluto, sino capaz de inspirar en el alma del individuo la sabiduría de la
serpiente y la mansedumbre de la paloma”.
No me sorprende nada descubrir que en el ocaso de su vida
Powys haya tenido tiempo para darnos un libro sobre Rabelais y también un libro
sobre Dostoievsky, polos opuestos del espíritu humano. Es un raro intérprete
del espíritu humano que sabe pesar y apreciar a dos seres tan diversos. En todo
el ámbito literario me resulta difícil pensar en dos extremos más grandes que
Rabelais y Dostoievsky. Éste es uno de los misteriosos y anómalos rasgos de una
era moderna que se jacta de sus extendidos medios de comunicación. Es en el
siglo diecinueve en particular, ese siglo tan rico en figuras demoníacas,
proféticas y extremadamente individualistas, donde muchas veces nos asombra
enterarnos de que una de las grandes figuras no conocía la existencia de la
otra. Confirme el lector este hecho por sí mismo porque es innegable y de vasta
significación. Rabelais, hombre del Renacimiento, conocía a sus contemporáneos.
Los hombres de la Edad Media, a pesar de todos los inconvenientes imaginables,
se comunicaban entre sí y se prestaban atención recíproca. El mundo del saber
formaba entonces una gigantesca red cuyos filamentos eran duraderos y
eléctricos. Nuestros escritores, los hombres que deberían expresar y modelar
las tendencias mundiales, dan la impresión de estar incomunicados. Su
significación, su influencia, de todos modos, es virtualmente nula. Los hombres
de intelecto, los escritores, los artistas de hoy, se han quedado varados en un
arrecife que cada ola sucesiva amenaza con sumergir en el aniquilamiento.
John Cowper Powys pertenece a esa pasta de hombres que
jamás se extingue. Pertenece a los pocos elegidos que, a pesar de los
cataclismos que sacuden el mundo, siempre se encuentran en el Arca. La
convención que estableció con sus semejantes constituye el respaldo y garantía
de su supervivencia. ¡Qué pocos han descubierto este secreto! El secreto, diré,
de incorporarse a sí mismo en el espíritu vivo del universo. Lo he mencionado
como un “libro viviente”. ¿Qué es eso sino decir que es todo llama, todo espíritu?
El libro que viene vivo es el libro que ha sido introducido dentro, muy dentro
por el corazón que lo devora. Mientras no sea animado por un espíritu tan
ardientemente vivo como el que le diera nacimiento, el libro está muerto para
nosotros. Las palabras desprovistas de su magia no son otra cosa que
jeroglíficos muertos. Las vidas desprovistas de impulso, de entusiasmo, de toma
y daca, carecen de significado y están desiertas como letras muertas. Encontrar
a un hombre al que llamamos libro viviente es llegar a la fuente misma de la
creación. Nos convierte en testigos del fuego devorador que arde en el universo
entero y que no solamente procura calor y luz, sino también visión duradera,
fortaleza duradera y valentía duradera.
CAPÍTULO VIII - LOS DÍAS DE MI VIDA
Acabo de recibir de mi amigo Lawrence Powell los dos
volúmenes de la autobiografía de Rider Haggard, obra que esperaba con la más
grande impaciencia. En cuestión de segundos abrí el paquete, examiné
precipitadamente el índice y tomé asiento con la ferviente expectación de leer
el Capítulo Diez, sobre las Minas del Rey Salomón y Ella.
En las pocas semanas transcurridas desde la lectura de
Ella, mis pensamientos nunca dejaron de girar en torno a la génesis de esa
“novela”. Ahora que tengo las palabras del autor ante mí, me quedo literalmente
perplejo. He aquí lo que dice:
Recuerdo que cuando me senté para emprender la tarea, mis
ideas en cuanto a su desarrollo eran sumamente vagas. La única noción clara que
tenía en mi cabeza era la de una mujer inmortal inspirada por un amor inmortal.
Todo el resto fue deformándose en torno a esta figura. Y vino, vino con mayor
rapidez de lo que mi pobre mano dolorida podía transcribirlo.
Esto es virtualmente todo lo que tiene que decir sobre la
concepción de esta obra notable. “Toda la novela —afirma— quedó terminada en
poco más de seis semanas. Además, nunca lo reescribí y el manuscrito tiene
pocas correcciones. Lo cierto es que lo escribí al correr de la pluma, casi sin
pausa, y esa es la mejor manera de componer”.
Pero quizá deba añadir lo siguiente, que podría deparar
una sorpresa a los amantes de esta extraordinaria narración:
Recuerdo perfectamente haber llevado el manuscrito
terminado a la oficina de mi agente literario, el señor A. P. Watt, para
dejárselo en la mesa con esta observación: “Por esto he de ser recordado.” Pues
bien, recuerdo haber ido también a la oficina del señor Watt, que estaba
entonces en 2 Paternóster Square, pero había salido. Como el asunto era urgente
y no quería regresar, tomé asiento junto a una mesa, pedí papel y en la hora o
dos que tuve que esperar escribí la escena de la destrucción de Ella en el
Fuego de la Vida. Esto un poco antes, por supuesto —quizá contados días— de
entregar el manuscrito.
Veinte años después, señala Haggard —el tiempo que yo
siempre había querido que transcurriera—, escribió la secuela de Ayesha, o The
Return of She (El Regreso de Ella).
En cuanto al título, Ella, tan evocativo, tan
absolutamente inolvidable, he aquí su origen, según sus propias palabras:
“Ella, si no recuerdo mal, fue tomado de una muñeca de trapo que tenía ese
nombre y que una niñera de Bradenham solía sacar de algún oscuro recoveco para
asustar a mis hermanos y hermanas, que estaban a su cuidado”.
¿Podría haber algo más desilusionante o más inesperado al
mismo tiempo que estos hechos crudos y desnudos? Creo que en los trabajos de
ficción este tipo de hechos es clásico. Si el tiempo lo permite, me propongo
examinar los “hechos” de otras grandes obras de imaginación. Mientras tanto, y
particularmente porque se me informa que se ha reavivado el interés por los
libros de Rider Haggard, creo pertinente transcribir una carta escrita al
autor, nada menos que por una persona como Walter Besant. Dice así:
12, Gayton Crescent, Hampstead. 2 de enero de 1887.
Mi estimado Haggard:
Estando todavía bajo el influjo de “Ayesha”, cuya lectura
acabo de terminar, debo escribir para felicitarle por una obra que sin ninguna
duda le coloca al frente —y con mucha ventaja— de todos los escritores de
ficción contemporáneos. Si la ficción se cultiva mejor en el campo de la
invención pura, entonces usted es ciertamente el primero de los novelistas
modernos. Las Minas del Rey Salomón quedan muy atrás. Sucede que no sólo la
concepción central es tan espléndida por su audacia, sino que su lógica y despiadada
elaboración de la trama en sus inevitables detalles me llena de asombro.
No sé qué podrán decir los críticos sobre la obra. Es
probable que no lean más de lo que pueden y hagan después algunas observaciones
generales. Si el crítico es mujer, dejará este libro con la observación de que
es imposible: casi todas las mujeres tienen esta impresión de lo maravilloso.
Aunque usted escriba otra obra, Ella siempre estará a sus
espaldas para cualquier odiosa comparación. Y aparte lo que digan los críticos,
el libro habrá de ser un magnífico éxito, y también producirá una hueste de
imitadores. Y todos los pequeños narradores convencionales se saldrán de sus
carriles... hasta que encuentren otros nuevos.
El libro fue en realidad un gran triunfo, como las cifras
de venta de sus editores lo atestiguan, para no hablar de las cartas que
llovieron sobre el autor desde todas las regiones del mundo, algunas de figuras
bien conocidas en el mundo literario. Haggard mismo dice que “en Norteamérica
fue pirateada a centenares de miles”.
Escribió Ella a los treinta años, más o menos entre
principios de febrero de 1886 y el 18 de marzo de ese mismo año. La empezó a
eso de un mes de haber terminado Jess, Fue este un período notable creativo
para él, como lo indica lo siguiente:
Resulta, por lo tanto, que entre enero de 1885 y el 18 de
marzo de 1886, con mi propia mano y sin la ayuda de ninguna secretaria, escribí
Las Minas del Rey Salomón, Alian Quatermain, Jess y Ella. Al mismo tiempo
ejercí mi profesión y dediqué muchas horas diarias al trabajo en las cámaras y
tribunales, donde tuve una actividad endiablada, escribí mi correspondencia
usual y atendí los asuntos que corresponden a un joven padre de familia que
posee ciertos bienes raíces.
Como muchas veces me he quejado amargamente de la carga de
tener que contestar los millares de cartas que recibo, creo que las siguientes
observaciones de Haggard podrían no carecer de interés para “todos en general”:
Un poco después el trabajo se me hizo más arduo, porque se
agregó el compromiso de contestar la enorme cantidad de correspondencia que me
enviaron personas de todo tipo desde el mundo entero. A juzgar por las cartas
que tienen la letra A, de “answered” (contestada), creo haber hecho todo lo
posible por responder a todos esos centenares de escribas, incluyendo al
cazador de autógrafos, empresa que tiene que haberme absorbido buena parte de
mis días, y esto además de todas las otras ocupaciones. No por nada mi salud
comenzó a deteriorarse en este período de mi vida, asediado como estaba por
constantes y ponzoñosos ataques.
En La Crucifixión Rosada, donde me explayo extensamente
sobre mis relaciones con Stanley, mi primer amigo, hay alusiones frecuentes y
burlonas al amor de Stanley por las novelas. Stanley esperaba escribir algún
día nada menos que una buena “novela”. En esta época de mi vida estoy en
mejores condiciones para comprender y apreciar su profundamente sentido deseo.
En aquellos tiempos simplemente lo contemplaba como un polaco más, como un
polaco repleto de absurdo romanticismo.
No parezco capaz de recordar ninguna discusión con él
sobre Rider Haggard, aunque sé que de vez en cuando hablamos de Marie Corelli.
Entre los diez y los dieciocho años de edad prácticamente no nos vimos y antes
de esa época nuestras “discusiones” sobre libros deben haber sido prácticamente
nulas. Comenzamos a hablar de libros, y con todo acaloramiento, cuando Stanley
descubrió a Balzac — The Wild Ass' Skin (La Piel de Zapa) fue el primero de
todos— y poco después a otros escritores europeos como Pierre Loti, Anatole
France y Joseph Conrad. Para ser sincero, dudo que en esa época haya
comprendido con claridad qué entendía Stanley por “novelas”. Para mí la palabra
se asociaba con la hojarasca y con todo cuanto fuese irreal. Jamás sospeché la
parte que la “realidad” desempeñaba en el terreno de la imaginación pura.
Hay un sueño sumamente interesante y que se repite, que
Rider Haggard describe con cierta extensión. Termina así:
Me veo... más joven de lo que soy ahora, con una
indumentaria blanca y reclinado sobre el escritorio, trabajando, con papeles
diseminados ante mí. De pronto me presiona el terror de si este hermoso lugar
no será sino un perfumado purgatorio donde, en pago por mis pecados, estoy
condenado a escribir ficción hasta el fin de mis días,
—¿En qué trabajo? —pregunto alarmado a mi guía, quien con
firme luminosidad está de pie a mi lado y me muestra todo.
—Escribes la historia de un mundo (o “del mundo”, no
recuerdo bien) —me responde.
Un mundo o del mundo, ¿qué diferencia hay? Lo importante
es, como insinúa William James en su introducción a Life After Death (Vida
Después de la Muerte) de Fechner, que “Dios tiene una historia”. La imaginación
convierte a todos los mundos en uno, y en este mundo de la realidad el hombre
desempeña el papel central, porque aquí el hombre y Dios son uno solo y todo es
divino. Cuando Haggard expresa la esperanza de que en otra vida el tema de su
trabajo resulte no ser ficción sino historia (“que yo amo”), cuando agrega que
“en todos los mundos que están por encima de nosotros tiene que haber mucha
historia registrada (y mucho buen trabajo que hacer)”, está diciendo, me
parece, que el tema correcto del escritor es la inacabable historia de la
creación. La historia del hombre está ligada a la de Dios, y la historia de
Dios es la revelación del eterno misterio de la creación.
“Creo estar en lo correcto —dice Haggard— cuando digo que
nadie ha escrito jamás una novela realmente de primera categoría que trate
exclusivamente, por ejemplo, sobre la vida totalmente ajena de otro mundo o
planeta con el cual los seres humanos no podrían de ninguna manera establecer
ningún contacto”.
No obstante, cierto o no, es indiscutible que algunos
autores han utilizado a tal extremo la imaginación, que las realidades de este
mundo nuestro, parecen increíbles. Puede que no haga falta visitar mundos
distantes para captar las esenciales verdades del universo o para comprender su
orden y funcionamiento. Los libros que no pertenecen a la gran literatura, los
libros que no imponen “el estilo grandioso”, muchas veces nos acercan más al
misterio de la vida. Tratan de la experiencia fundamental del hombre, de su
“inalterable” naturaleza humana, de una manera completamente distinta que los
autores clásicos. Hablan de este fondo común que no solamente nos une a los
unos con los otros sino con Dios. Hablan del hombre como parte integrante del
universo y no como “un capricho de la creación”. Hablan del hombre como si a él
solamente le fuese dado descubrir al Creador. Vinculan el destino del hombre
con el destino de toda la creación; no lo hacen víctima del destino ni “objeto
de redención”. Al glorificar al hombre glorifican al universo todo. Podrán no
hablar con grandilocuencia, como acabo de decir. Se interesan menos en el
lenguaje que en el tema, se interesan más en las ideas que en los pensamientos
que las visten. En consecuencia, muchas veces aparentan ser malos escritores y
se prestan al ridículo y al escarnio. Nada más fácil para divertirse que el
ansia de lo sublime. Muchas veces, debe destacarse, este ansia está enmascarada
o disimulada; a menudo el autor mismo no tiene noción de lo que busca ni de lo que
expone de manera velada.
¿Cuál es el tema de estos libros tantas veces desdeñados?
Brevemente, es la maraña de la vida y de la muerte; la búsqueda de la identidad
a través del drama de la identificación; los terrores de la iniciación; el
atractivo de visiones indescifrables; el camino de la aceptación; la redención
del mundo humano y la transformación de la naturaleza; la pérdida final de la
memoria, en Dios. En la trama de tales libros está tejido todo lo simbólico e
imperecedero, no las estrellas ni los planetas, sino las profundidades que hay
entre ellos; no otros mundos y sus habitantes posiblemente fantásticos, sino
las escalas que llevan a ellos; no leyes ni principios sino círculos de
creación en constante despliegue, y las jerarquías que los constituyen.
En cuanto al drama que nos comunican estas obras, nada
tiene que ver con el individuo frente a la sociedad, nada con “la conquista del
pan”, y en definitiva nada tiene que ver con el conflicto entre el bien y el
mal. Tiene que ver con la libertad. Ni una sola línea habrían podido escribir
los hombres que tengo en mente si el hombre hubiese conocido alguna vez la
libertad o siquiera lo que se entiende por ella. Aquí verdad y libertad son
sinónimos. El drama con estas palabras sólo comienza cuando el hombre abre
voluntariamente los ojos. Este acto, el único que podría decirse que reviste
significado heroico, desplaza todo el estrépito y la furia de la sustancia
histórica. Atado por fuera, el hombre por lo menos consigue mirar hacia adentro
con gracia y certidumbre. Al no contemplar ya la vida desde el plano del mundo,
el hombre deja de ser víctima de la casualidad o las circunstancias: “opta” por
seguir su visión, por convertirse en un ser dotado de imaginación. Desde este
momento en adelante comienza a viajar; todos los viajes previos no habían sido
sino circunnavegaciones.
¿Cómo se llaman estos preciosos libros?
He de responder con las palabras de Gurdjieff, según las
consigna Ouspensky: “Si hubieses comprendido todo lo que has leído en tu vida,
sabrías ahora lo que buscas”.
Esta declaración merece ser meditada profundamente. Revela
la verdadera conexión que existe entre los libros y la vida. Nos dice cómo
leer. Prueba —para mí, de todos modos— algo que he reiterado muchas veces, o
sea que la lectura de los libros debe hacerse por el placer de la corroboración
y que ése es el descubrimiento final que hacemos sobre los libros. En cuanto a
la verdadera lectura, procedimiento que nunca se acaba, puede hacerse con
cualquier cosa: una hoja de hierba, una flor, el casco de un caballo, los ojos
de un niño cuando miran extasiados de maravilla, el porte de un auténtico
guerrero, la forma de una pirámide o la serena compostura grabada en la estatua
de todo Buda. Si la facultad indagadora no ha muerto, si el sentido de
maravilla no está atrofiado, si hay verdadero hambre y no simple apetito o
deseo, es imposible dejar de leer a medida que se avanza. El universo entero se
convierte entonces en un libro abierto.
Esta gozosa lectura de la vida o de los libros no implica
el abatimiento de la facultad crítica. Todo lo contrario. Entregarse por entero
a un autor o al Autor implica la exaltación de la facultad crítica. Al
pronunciarse en contra del empleo de la palabra “constructivo” en relación con
la crítica literaria, Powys escribe lo siguiente:
¡Oh, esa palabra “constructivo”! ¡Cómo, en nombre del
misterio del genio, la crítica podría ser otra cosa que una idolatría, un
culto, una metamorfosis, un enredo amoroso!
Con implacable insistencia el dedo apunta a lo más
recóndito del ser, no como advertencia sino con amor. La leyenda de la pared no
es ni misteriosa ni amenazadora para quien sabe interpretarla. Las paredes se
derrumban y con ellas caen nuestros temores y reticencias. Pero la última que
cede es la pared que encierra al ego. Quien no lee con los ojos del Yo no lee
en absoluto. El ojo interior atraviesa todas las paredes, descifra todas las
leyendas, transforma todos los “mensajes”. No es un ojo lector ni valorativo,
sino un ojo informador. No recibe luz desde fuera sino que la irradia. Irradia
luz y regocijo. Mediante la luz y el regocijo el mundo se abre, se reveía tal
como es: inefable belleza, inacabable creación.
CAPÍTULO IX - KRISHNAMURTI
Alguien ha dicho que “el mundo jamás conoció a sus más
grandes hombres”. Si lográsemos conocer sus vidas y sus obras podríamos tener
realmente “una biografía de Dios sobre la tierra”.
Al lado de los escritos inspirados, de los cuales hay
abundancia, las creaciones de los poetas palidecen. Primero vienen los dioses,
después los héroes (que encarnan el mito), después los videntes y profetas, y
por último los poetas. La preocupación del poeta es restaurar el esplendor y
magnificencia del pasado que siempre se revive. El poeta percibe casi hasta lo
indecible la enorme privación que aflige a la humanidad. Para él “la magia de
las palabras” transmite algo completamente inaccesible para el individuo
ordinario. Prisionero para siempre del dominio del cual surge, su provincia es
una que el hombre ordinario nunca explora y de la cual parece proscrito por su
nacimiento. La inmortalidad que está reservada al poeta es la vindicación de su
nunca debilitado apego a la Fuente de la cual deriva su inspiración.
Escuchemos a Pico de la Mirándola:
“En medio del mundo, el Creador dijo a Adán: Te he
colocado para que mires a tu alrededor con mucha mayor facilidad y veas todo lo
que hay en él. Te he creado como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni
inmortal, solamente para que seas tu propio formador y superador; tú no podrás
degenerar en animal y por medio de ti mismo renacerás a la existencia
divina...”
¿No es ésta la esencia y propósito de la existencia humana
reducida a su más sintética expresión? En medio del mundo el Creador colocó al
hombre. Es el punto de vista “antropocéntrico”, dicen nuestros tristes hombres
instruidos. Mirando alrededor y en torno a ellos no vemos otra cosa que
escombros. Para ellos la vida es un cuento relatado por un idiota y no
significa nada. En efecto, si seguimos su pensamiento hasta el final, la
sustancia misma de nuestra madre, la Tierra, es pura nada. Despojados de espíritu
han logrado por fin demoler el terreno mismo que pisan: la materia sólida. Nos
hablan a través de un vacío de hipótesis y conjeturas. Jamás comprenderán que
“el mundo es una forma generalizada de espíritu, que es su cuadro simbólico”.
Aunque dicen que todas las rocas “tienen una historia escrita en su rugosa y
fogueada faz”, se niegan a leer lo que está escrito en ellas; superponen sus
débiles versiones propias de la creación a mitos y leyendas impregnados de
verdad y realidad. Razonan en años luz, con los signos y símbolos de su casta
sacerdotal, pero se alarman cuando se afirma que un orden superior de hombres,
superiores órdenes de civilización, florecieron hace tan poco como cien mil
años atrás. En lo tocante al hombre, los antiguos le han asignado una
antigüedad mayor, mayor inteligencia y comprensión que nuestros hombres de poca
fe cuya vanidad se basa en un pretencioso saber.
Todo esto es una manera de decir que los libros cuya
lectura me debe agradar son los libros que me ponen en comunicación con la
increíble naturaleza del ser humano. Nada que se atribuya al poder y gloria del
hombre me resulta demasiado para asimilarlo. Nada que concierna a la historia
de nuestra tierra y a las maravillas que encierra es demasiado grande para mí.
Cuanto más aumenta mi disgusto por lo que se llama “historia”, más exaltada se
vuelve mi opinión del hombre. Si soy un apasionado de las vidas de artistas
individuales, cualquiera sea su campo de acción, más me apasiona todavía el
hombre como un todo. En mi breve experiencia como lector de la palabra escrita,
me ha sido dado presenciar maravillas que superan toda comprensión. Aunque no
fuesen otra cosa que “imaginaciones” de escritores inspirados, su realidad no
es impugnada de ninguna manera. En este día vivimos a las puertas de un mundo
en el que nada de lo que los hombres se atrevan a pensar o creer es imposible.
(Los hombres han pensado lo mismo en ciertos momentos del pasado, pero sólo
como en sueños, como si viniese de las profundidades, o del inconsciente). Día
tras día se nos dice, por ejemplo, que las mentes prosaicas y prácticas que
dirigen los asuntos de ciertos departamentos de nuestro gobierno trabajan
seriamente para perfeccionar los medios para llegar a la Luna —e inclusive a
planetas más distantes— dentro de los próximos cincuenta años. (¡Cálculo muy
modesto!) Pero lo que está detrás de estos planes y proyectos es otra cuestión.
¿Pretendemos “nosotros” defender el planeta o atacar a los habitantes de otros
planetas? ¿O pretendemos abandonar esta morada en la cual no parece haber
solución para nuestros males? Tengamos la seguridad de que, cualquiera que sea
el motivo y por audaces que sean nuestros planes, el motivo no es elevado.
No obstante, este esfuerzo por la conquista del espacio
solamente es uno de los muchos sueños hasta ahora “imposibles” que nuestros
hombres de ciencia prometen explotar. Los lectores de los diarios o de tas
revistas de divulgación científica podrán discursear con elocuencia sobre estos
temas aunque ellos mismos no sepan casi nada de los elementos científicos que
están en la raíz de estas teorías, planes y proyectos otrora descabellados e
increíbles.
Entretejida en la vida de Nicolás Flamel está la historia
del Libro de Abraham el Judío. El descubrimiento de este libro y el esfuerzo
realizado por penetrar el secreto que contiene es una narración de aventuras
terrestres de primer orden. “Al mismo tiempo —dice Maurice Magre—, que él
(Flamel) aprendía a hacer oro con cualquier material, adquirió la sabiduría de
despreciarlo con su corazón”. Como en cualquier capítulo sobre los famosos
alquimistas, también hay declaraciones asombrosas y, si tuviésemos una mentalidad
abierta, por demás ilustrativas. Deseo citar solamente un párrafo, aunque sólo
sea para sugerir lo inverso de lo que insinué arriba. El pasaje concierne a dos
eminentes alquimistas del siglo diecisiete; el lector podrá optar por
considerarlos “excepcionales”, si quiere.
Es probable que hayan alcanzado el estado más altamente
perfecto posible en el hombre, consiguiendo la transmutación de su alma. Cuando
todavía estaban en la vida formaban parte del mundo espiritual. Habían
regenerado su ser, habían realizado la misión del hombre. Nacieron dos veces.
Se dedicaron a ayudar a sus semejantes; lo hicieron de la manera más útil
posible, que no consiste en curar los males del cuerpo ni en mejorar el estado
físico de los hombres. Emplearon un método superior, que en primera instancia
sólo puede aplicarse a un pequeño número de personas, pero que eventualmente
afecta a todas. Ayudaron a las mentes nobles a alcanzar el objetivo que ellos
mismos habían alcanzado. Buscaron a tales hombres en los pueblos por donde
pasaban y, en general, durante sus viajes. No tenían escuela ni enseñanza
regular porque su enseñanza estaba en el límite entre lo humano y lo divino.
Pero sabían que la palabra sembrada en cierto momento y en cierta alma
produciría frutos mil veces mayores que los que podrían obtenerse del
conocimiento adquirido mediante los libros o la ciencia ordinaria.
Las maravillas de que hablo son de todos los tipos. A
veces simplemente son pensamientos o ideas; a veces son creencias o prácticas
extraordinarias; a veces tienen la forma de búsquedas físicas; a veces son
puras hazañas del lenguaje; a veces son sistemas; a veces son descubrimientos o
invenciones; a veces son crónicas de acontecimientos milagrosos; a veces
encarnan una sabiduría cuya fuente es sospechosa; a veces son versiones de
fanatismo, persecución e intolerancia; a veces adoptan la forma de Utopías; a
veces son sobrehumanas hazañas de heroísmo; a veces son actos o cosas de
increíble belleza; a veces son crónicas de todo lo que hay de monstruoso, malo
y pervertido.
Para dar una idea de lo que pienso tomo los hilos de una
serie de piedras de toque: Joachim de Fiore, Gilíes de Rais, Jacob Boehme, el
Marqués de Sade, el I-Ching, el Palacio de Knosos, los Albigenses, Jean-Paul
Richter, el Cáliz Sagrado, Heinrich Schliemann, Juana de Arco, el Conde de St.
Germain, la Summa Theologica, el gran Imperio Uiguro, Apolonio de Tiana, Madame
Blavatsky, San Francisco de Asís, la leyenda de Gilgamesh, Ramakrishna,
Tombuctú, las Pirámides, el Budismo Zen, Easter Island, las grandes Catedrales,
Nostradamus, Paracelso, la Santa Biblia, Atlantis y Mu, las Termopilas,
Akenatón, Cuzco, la Cruzada de los Niños, Tristán e Isolda, Ur, la Inquisición,
Arabia Deserta, el Rey Salomón, la Muerte Negra, Pitágoras. Santos Dumont,
Alicia en el País de las Maravillas, la Biblioteca Naacal, Hermes Trismegisto,
la Fraternidad Blanca, la bomba atómica, Gautama el Buda.
Hay un nombre que he retenido y que se destaca
contrastando con todo lo que sea secreto, sospechoso, confuso, libresco y
esclavizante: Krishnamurti. He aquí a un hombre de nuestro tiempo que podría
decirse que es un maestro de la realidad. Se destaca solo. Ha renunciado más
que cualquier hombre capaz de pensar excepto Cristo. Fundamentalmente es tan
sencillo de comprender que se capta con facilidad la confusión que sus palabras
y acciones claras y directas han provocado. Los hombres son reacios a aceptar
lo fácil de entender. Debido a una perversidad más profunda que todas las
vilezas de Satán, el hombre se niega a reconocer los derechos que le ha
concedido Dios: exige su liberación o salvación por medio de un intermediario;
busca guías, consejeros, conductores, sistemas, rituales. Busca soluciones que
están dentro de su propio pecho. Coloca la erudición por encima de la
sabiduría, el poder por encima del arte de discriminar. Pero, más que nada, se
niega a trabajar por su propia liberación, pretendiendo que primero hay que
liberar “al mundo”. Sin embargo, como ha señalado reiteradamente Krishnamurti,
el problema del mundo está ligado al problema del individuo. La verdad está
presente en todo momento, la Eternidad está aquí y ahora. ¿Y la salvación? ¿Qué
es, oh hombre, lo que quieres salvar? ¿Tu mezquino ego? ¿Tu alma? ¿Tu
identidad? Piérdelo y te hallarás a tí mismo. No te preocupes por Dios: Dios
sabe cuidarse a sí mismo. Cultiva tus dudas, abraza todo tipo de experiencia,
sigue deseando, no te empeñes ni en olvidar ni en recordar, pero asimila e
integra lo que has experimentado.
A grandes rasgos, ésta es la manera de hablar de
Krishnamurti. A veces, debe ser indignante responder a todas las preguntas
pequeñas y estúpidas que la gente eternamente formula. ¡Emancípate! Es su
exhortación. Ningún otro podrá hacerlo porque ningún otro puede. Esta voz de la
espesura es, por supuesto, la voz del conductor. Pero Krishnamurti también ha
renunciado a ese papel.
El libro de Cario Suarés sobre Krishnamurti me abrió los
ojos a este fenómeno en nuestro medio. Lo leí por primera vez en París y desde
entonces lo he releído varias veces. Difícilmente existe otro libro que haya
leído con tanta atención, que haya acotado tan copiosamente salvo que sea The
Aboslute Collective (El Absoluto Colectivo). Tras años de lucha y búsqueda
había encontrado oro.
No creo que este libro haya sido traducido al inglés y,
además, no sé lo que el mismo Krishnamurti piensa de él. Nunca conocí
personalmente a Krishnamurti, aunque no existe ningún hombre vivo a quien más
honrado me sentiría de conocer. Lo curioso es que su residencia no dista tanto
de la mía. No obstante, me parece que si este hombre representa algo,
representa el derecho a vivir su propia vida, lo cual sin duda no comparte
cualquier Tom, Dick y Harry deseoso de conquistar su amistad y obtener de él
algunas migajas de sabiduría “Usted nunca podrá conocerme”, dice en alguna
parte. Basta con saber qué representa, con saber qué simboliza en su ser y
esencia.
Este libro de Cario Suarés tiene incalculable valor. Está
repleto de palabras de Krishnamurti tomadas de sus discursos y escritos.
Detalla todas las frases de su desarrollo (hasta el año en que se publicó el
libro) y lo hace con lucidez, coherencia y mordacidad. Suarés se mantiene
discretamente en segundo plano. Tiene la sabiduría necesaria para que
Krishnamurti hable por sí mismo.
En las páginas 110 a 119 del libro de Suarés el lector
podrá hallar por su cuenta el texto cuya sustancia consigno a continuación...
Tras una larga discusión con un hombre en Bombay, éste
dice a Krishnamurti: Lo que usted expresa podría conducir a la creación de
superhombres, de hombres capaces de gobernarse a sí mismos, de establecer el
orden en ellos mismos, de hombres que sean dueños y señores absolutos de sí
mismos. ¿Pero qué pasará con el hombre que está al pie de la escalera, que
depende de una autoridad externa, que utiliza muletas de todos los tipos, que
está obligado a acatar un código moral que en realidad no le agrada?
Krishnamurti responde: Fíjese lo que sucede en el mundo.
Los fuertes, los violentos, los poderosos, los hombres que usurpan y blanden el
poder sobre los demás, están en la cumbre; abajo están los débiles y los
buenos, que luchan y tropiezan. Como contraste, piense en el árbol, cuya fuerza
y gloria se deriva de sus profundas y ocultas raíces; en el caso del árbol la
copa está coronada por delicadas hojas, tiernos retoños y las más frágiles
ramas. En la sociedad humana, por lo menos tal como está constituida hoy, los
fuertes y los poderosos son sostenidos por los débiles. En la naturaleza, en
cambio, son los fuertes y los poderosos quienes sostienen a los débiles.
Mientras usted persista en contemplar cada problema con una mente pervertida y
deformada, aceptará el actual estado de cosas. Yo contemplo el problema desde
otro punto de vista... Debido a que sus convicciones no son el resultado de su
comprensión, usted repite lo que le ha sido dado por las autoridades; usted
amasa citas, usted lanza a una autoridad contra otra, a lo antiguo contra lo
nuevo. Sobre eso nada tengo que decir. Pero si usted contempla la vida desde un
pedestal que no ha sido deformado ni mutilado por la autoridad, que no ha sido
apuntalado por conocimientos de los demás, sino por el conocimiento que brota
de sus propios sufrimientos, de su pensamento, de su cultura, de su
comprensión, de su amor, comprenderá entonces lo que digo: “car la méditation
du coeur est l'entendement”... Personalmente, y espero que comprenda lo que
ahora le digo, no tengo ninguna creencia ni pertenezco a ninguna tradición.
Siempre he adoptado esta actitud hacia la vida. Siendo un hecho que la vida
varía de día en día, no solamente las creencias y tradiciones son inútiles para
mí, sino que si me dejara encadenar por ellas me impedirían comprender la
vida... Usted podrá alcanzar la liberación, no importa lo que usted sea ni qué
circunstancias lo rodeen, pero esto significa que deberá poseer la fortaleza de
un genio. Porque genial, a fin de cuentas, es la capacidad para liberarse de
las circunstancias en que estamos atrapados, la habilidad de salir del círculo
vicioso... Usted podrá decirme que carece de ese tipo de fortaleza. Ése es
exactamente mi punto de vista. Para descubrir su propia fortaleza, el poder que
está en usted, usted debe estar dispuesto y decidido a encarar todo tipo de
experiencias. ¡Y eso es precisamente lo que usted se niega a hacer!
Este tipo de lenguaje es desnudo, revelador e inspirador.
Rompe las nubes filosóficas que confunden nuestro pensamiento y restituye las
fuentes de acción. Nivela las bamboleantes superestructuras de los acróbatas
verbales y limpia la tierra de basura. En vez de una carrera de obstáculos o
una trampa para ratas, convierte la vida diaria en búsqueda gozosa. Conversando
con su hermano Theo, Van Gogh dijo en cierta ocasión: “Cristo fue tan
infinitamente grande porque nunca se interpusieron en su camino ni muebles ni
ningún otro accesorio estúpido”. Lo mismo se siente con respecto a
Krishnamurti. Nada se interpone en su camino. Su carrera, única en la historia
de los dirigentes espirituales, nos recuerda la famosa epopeya de Gilgamesh.
Alabado en su juventud como el esperado Salvador, Krishnamurti renunció al
papel que se le había preparado, desdeñó toda disciplina y rechazó a todos los
mentores y preceptores. No inició ninguna fe ni dogma nuevos, todo lo puso en
tela de juicio, cultivó la duda (especialmente en momentos de exaltación), y a
fuerza de heroica lucha y perseverancia se liberó de la ilusión y el
encantamiento, del orgullo, de la vanidad y de todas las sutiles formas de
dominio sobre los demás. Acudió a la fuente para resistir las vilezas y lazos
de los que pretendían esclavizarlo y explotarlo, pidió vigilancia eterna.
Liberó.su alma, por así decirlo, del submundo y del supermundo, abriéndole así
“el paraíso de los héroes”.
¿Hace falta definir este estado?
En las expresiones de Krishnamurti hay algo que hace que
la lectura de los libros parezca completamente superflua. Pero también hay otro
hecho, más llamativo todavía, relacionado con sus manifestaciones, como señala
Suarés con toda propiedad, y es que “cuanto más claras son sus palabras tanto
menos se comprende su mensaje”.
Krishnamurti dijo cierta vez: “Voy a ser vago
expresamente: podría ser completamente explícito, pero no tengo la intención de
hacerlo. Porque las cosas, una vez definidas, están muertas”... No,
Krishnamurti no define y tampoco contesta Sí o No. Lanza al interrogador de
regreso hacia el interior de sí mismo. Con mucha insistencia repite: “No le
pido que crea lo que digo... No deseo nada de usted, ni siquiera su buena
opinión, o su acuerdo, como tampoco que me siga. No le pido que crea sino que
comprenda lo que digo.” ¡Colaborad con la vida! Es su constante exhortación. De
vez en cuando lanza un verdadero vapuleo contra los que se consideran muy
correctos. ¿Qué han logrado ustedes con tantas hermosas palabras, con sus lemas
y consignas, con sus libros? ¿A cuántos individuos hicieron infelices, no en un
sentido transitorio sino duradero? Y así sucesivamente. “Es una gran
satisfacción adjudicarse títulos, nombres, aislarse del mundo y creerse
distinto de los demás. Pero si todo lo que dicen es verdad, ¿han evitado a un
solo semejante la congoja y el dolor?”
Todos los dispositivos protectores —sociales, morales,
religiosos— que proporcionan la ilusión de sostener y ayudar al débil para que
pueda ser guiado y conducido hacia una vida mejor, son precisamente lo que
impiden al débil sacar provecho de la experiencia directa de la vida. En vez de
experiencia desnuda e inmediata, los hombres tratan de ampararse en
protecciones y así se mutilan. Estos dispositivos se convierten en instrumentos
de poder, de explotación material y espiritual. (Esta interpretación es de Suarés.)
Una de las diferencias sobresalientes entre un hombre como
Krishnamurti y los artistas en general, radica en sus respectivas actitudes
hacia su papel. Krishnamurti destaca que existe constante antagonismo entre el
genio creativo del artista y su ego. El artista imagina, dice, que lo grande o
sublime es su ego. Este ego desea utilizar para su propio beneficio y
engrandecimiento el momento de inspiración durante el cual estuvo en contacto
con lo eterno, momento, precisamente, en que el ego estaba ausente, sustituido
por el residuo de su propia experiencia vital. La intuición, sostiene, es la
que debe servir de única guía. En cuanto a los poetas, los músicos y todos los
artistas de verdad, deberían desarrollar el anonimato, deberían desprenderse de
sus creaciones. Pero con la mayoría de los artistas sucede exactamente lo
contrario: quieren ver sus firmas en las obras que crean. En suma, mientras el
artista se aferre al individualismo, jamás conseguirá volver permanentes su
inspiración o sus poderes creativos. La cualidad o la condición del genio no es
otra cosa que la primera fase de la liberación.
No he traducido; tuve dificultad para transcribir y
condensar las observaciones y reflexiones que anteceden. Tampoco trato de
ofrecer la totalidad del pensamiento de Krishnamurti según lo revela el libro
de Cario Suarés. Me indujo a hablar de él la circunstancia de que, por muy
sólidamente que Krishnamurti esté anclado en la realidad, sin quererlo ha
creado a su alrededor un mito y una leyenda. La gente sencillamente no
reconocerá que un hombre que se ha mostrado sencillo, directo y veraz no oculta
algo mucho más complejo, mucho más misterioso. Pretendiendo que lo que más
ardientemente desean es salir de las crueles dificultades en que se encuentran,
lo que realmente adoran es conseguir que todo sea difícil, oscuro y sólo capaz
de realización en un futuro distante. Por lo general lo último que admiten es
que sus dificultades hayan sido elaboradas por ellos mismos. La realidad, si
por un instante se dejan persuadir de que existe —en la vida cotidiana—,
siempre la mencionan como una realidad “dura”. Hablan de ella como de algo que
se opone a la realidad divina o, podríamos decir, de un paraíso blando y
oculto. La esperanza de que algún día despertemos a una condición de vida
totalmente distinta con respecto a la que experimentamos diariamente, convierte
a los hombres en víctimas propiciatorias de cualquier forma de tiranía y
represión. El hombre ha sido petrificado por la esperanza y el temor. El mito
que vive día tras día es el mito de que algún día podrá escapar de la cárcel
que él mismo ha creado y que atribuye a las maquinaciones de los demás. Todo
héroe verdadero se ha forjado su realidad propia. Al liberarse, el héroe
pulveriza al mito que nos ata al pasado y al futuro. Ésta es la esencia misma
del mito: cubre con un velo lo maravilloso del aquí y el ahora.
Esta mañana descubrí en el estante otro libro sobre
Krishnamurti que había olvidado que poseía. Me lo había obsequiado un amigo en
vísperas de un largo viaje, pero guardé el libro sin abrirlo siquiera. Este
preámbulo es para agradecer a mi amigo el gran servicio prestado y para
informar al lector que no conozca francés que existe otra excelente
interpretación de la vida y obra de Krishnamurti. El libro se denomina
Krishnamurti (“El hombre es su propio libertador”) y ha sido escrito por
Ludowic Réhault. Como el libro de Suarés, también contiene abundantes citas de
los discursos y escritos de Krishnamurti. El autor, ahora muerto, pertenecía a
la Sociedad Teosófica, “cuyas tendencias”, afirma en el prefacio, “disto mucho
de aprobar, pero a cuyos grandes principios de Evolución, Reencarnación y Karma
me adhiero de todo corazón”. E incluso aparece la siguiente declaración: “Deseo
informar a mis lectores que no estoy en favor de Krishnamurti, sino que estoy
con él”.
Como no conozco a ningún otro hombre vivo de pensamiento
más inspirador y más fecundo, como no conozco a ningún hombre vivo que esté más
libre de opinión y prejuicios, y porque la experiencia personal me demuestra
que constantemente se le cita mal, se interpreta mal y se entiende mal,
considero tan importante como oportuno, aun a riesgo de aburrir al lector,
seguir explayándome sobre el tema de Krishnamurti. En París, donde por primera
vez oí hablar de él, tuve varios amigos que hablaban eternamente de los “maestros”.
Ninguno de ellos, que yo tenga entendido, formaba parte de ninguna agrupación,
culto o secta. Eran simplemente decididos buscadores de la verdad, como
decimos. Y todos eran artistas. Los libros que leían en esa época me resultaban
desconocidos, me refiero a las obras de Leadbeater, Steiner, Besant, Blavatsky,
Mabel Collins y otros por el estilo. En efecto, oyéndolos citar estas fuentes,
muchas veces me reí en su cara. (Hasta hoy, debo confesar, el lenguaje de
Rudolf Steiner todavía despierta mi sentido del ridículo). En el acaloramiento
de la discusión me calificaron de vez en cuanto de “vagabundo espiritual”. Como
carezco de las marcas del “seguidor”, estos amigos, almas ardientes consumidas
por el deseo de convertir, me consideraban “pan comido”. A veces les decía
enfurecido que nunca jamás volvieran a acercarse a mí, salvo que hablasen de
otras cosas. Pero al día siguiente aparecían junto a mi puerta como si nada
hubiese ocurrido.
Debo apresurarme a añadir que la única cualidad que tenían
en común era su indecible sensación de impotencia. Se habían propuesto
salvarme, pero no podían salvarse a sí mismos. Debo confesar aquí que
posteriormente las cosas de que hablaban, lo que citaban de los libros, lo que
se empeñaban con tanto denuedo en hacerme entender, no era tan tonto ni
arbitrario como me pareció en otros tiempos. ¡No, de ninguna manera! Pero lo
que me impidió “ver las cosas con la luz correcta” fue, como digo, su notable
incapacidad para sacar provecho de la sabiduría que tan ansiosos se mostraban
de impartir. Fui despiadado con ellos, cosa de la cual jamás me arrepentí. Creo
que debo de haberles hecho algún bien siendo tan inflexible como fui. Sólo
después que dejaron de molestarme estuve realmente en condiciones de
interesarme por “todo este absurdo”. (Si alguno de ellos llega a leer estas
líneas sabrá que, a pesar de todo, tengo una deuda con ellos). Pero sigue
siendo verdad que hacían exactamente lo que los “maestros” aconsejaban no
hacer. “De nada vale quien habla —dice Krishnamurti—, el valor está en el pleno
significado de lo que se dice”. Naturalmente, comprender el pleno significado
de lo que se dice, hacerlo propio, depende exclusivamente del individuo.
Recuerdo un maestro de inglés que siempre nos gritaba: “¡Háganlo suyo!” El
individuo era un vanidoso y un pretencioso, un verdadero asno si alguna vez
hubo alguno. Si hubiese hecho alguna pequeña cosa con todo lo que había leído y
que pomposamente nos recomendaba como suyo, no habría enseñado literatura
inglesa: la habría escrito o, suponiendo que fuese realmente humilde como
maestro, mentor, guía o lo que fuere, hubiera inspirado en nosotros el amor por
la literatura, cosa que no hizo de ninguna manera.
Pero volvamos a los “maestros”... En el International Star
Bulletin de noviembre de 1929 se cita a Krishnamurti con las siguientes
palabras: “Todos vosotros habéis manifestado inmenso interés en los maestros,
existan o no, y en mi opinión sobre ellos. Os diré mi opinión. Para mí muy poca
importancia tiene que existan o no existan, porque cuando debéis caminar al
campo o a la estación desde aquí, hay gente delante de vosotros, más cerca de
la estación, gente que ha emprendido la marcha antes. ¿Qué importa más, llegar
a la estación o sentarse a rendir culto al hombre que marcha delante de
nosotros?”.
En su libro, Réhault señala que la actitud de Krishnamurti
hacia los maestros o la visión de los maestros jamás se modificó de manera
esencial. Lo que había cambiado fue su “perspectiva de los que buscan a los
maestros y los invocan a cada momento con ridícula y dudosa familiaridad”. Cita
una declaración anterior de Krishnamurti (1923): “Todos creemos que los
maestros existen, que están en alguna parte y que se preocupan por nosotros;
pero esta creencia no está lo suficientemente viva, no es lo suficientemente
real como para hacernos cambiar. El objetivo de la evolución es hacer que todos
nosotros lleguemos a ser como los maestros que son la apoteosis, la perfección
de la humanidad. Como he dicho, los maestros son una realidad. Para mí, por lo
menos, son uno”.
La enorme consistencia que se percibe en estas referencias
aparentemente encontradas sobre los maestros es típica de la actitud siempre
evolutiva de Krishnamurti hacia la vida. La menor importancia que con el correr
de los años fue dando al hecho de que los maestros existan demuestra su
vigilancia, su estado de alerta y sus infatigables esfuerzos por captar lo
esencial.
¿Por que os molestáis por los maestros? Lo esencial es que
seáis libres y fuertes, y jamás podréis ser ni libres ni fuertes si sois
alumnos de otro, si tenéis gurúes y mediadores, maestros de vosotros. No
podréis ser libres ni fuertes si me tomáis a mí por maestro, por gurú. No
quiero eso...
Pocos meses después de haber hecho esta definitiva e
inequívoca declaración (abril de 1930), hostigado nuevamente para que
respondiese a la pregunta “¿Existen los Adeptos y los Maestros?” responde: “No
es esencial para mí. El asunto no me interesa... No trato de eludir la
pregunta... No niego que existan. En la evolución tiene que haber una
diferencia entre los salvajes y los más cultos. ¿Pero qué valor tiene para el
hombre que está encerrado tras los muros de una prisión?... Sería tonto negar
la gama de experiencias que ustedes llaman evolución. Os preocupáis más por el
hombre que marcha al frente de vosotros que por vosotros mismos. Estáis
dispuestos a rendir culto a alguien que está muy distante, y no a vosotros
mismos ni a vuestro vecino. Podrá haber Adeptos y Maestros, no lo niego, pero
no percibo que eso tenga algún valor para vosotros como individuos”.
Pocos años más tarde habría dicho: “No deseo la felicidad.
No busco la verdad. No busco lo último”. Excepto para los capciosos y
falsificadores, esto no varía con respecto a la cuestión eterna que ha
destacado. “Buscas la verdad —dice una vez más— como si fuese lo contrario de
lo que eres”.
Nada podrá espolearnos ni despertarnos si tales palabras
no lo logran.
“¡El hombre es su propio libertador!” ¿No es esta la
enseñanza última? Ha sido una y otra vez, y ha sido probada reiteradamente por
grandes figuras mundiales. ¿Maestros? Sin duda. Hombres que no expusieron
principios, leyes, dogmas morales ni credos, sino la vida. “En realidad los
grandes maestros no establecen leyes, quieren poner al hombre en libertad”
(Krishnamurti).
Lo que distingue a Krishnamurti de los grandes maestros
del pasado, los maestros y los ejemplares, es su absoluta desnudez. El único
papel que se permite representar es el de sí mismo como ser humano. Vestido
solamente con la fragilidad de la carne, depende íntegramente del espíritu, que
se identifica con la carne. Si tiene una misión, esa misión consiste en
despojar a los hombres de sus ilusiones y alucinaciones, derribar los falsos
pilares de ideales, creencias, fetiches y todo tipo de muletas, y devolver así
al hombre la plena majestad, la plena potencia de su humanidad. Muchas veces ha
sido mencionado como “el Maestro del Mundo”. Si algún hombre vivo merece ese
título es él. Pero para mí lo importante de Krishnamurti es que no se impone
sobre nosotros como maestro sino como hombre.
Halla tú mismo, dice, cuáles son las posesiones e ideales
que no deseas. Sabiendo lo que no deseas, por eliminación descargarás la mente,
y sólo entonces comprenderá tu mente lo esencial, que está siempre.
CAPÍTULO X - LAS LLANURAS DE ABRAHAM
“¡Cuando estés listo, Griswold, dispara!”
Creo que fue en el libro titulado With Dewey at Manila Bay
(Con Dewey en la Bahía de Manila) del que hablé previamente y que, si la
memoria no me falla, apareció más o menos cuando finalizaba la guerra
hispano-norteamericana (¡pobres españoles, nunca tuvieron perspectivas de
triunfar!); creo que esta orden salió directamente de boca de Dewey —¿o habrá
sido el almirante Sampson?— para acompañarme hasta la tumba. Es idiota
recordarlo, pero, como esa otra —¡Espera hasta ver el blanco de sus ojos!—
persiste. Por supuesto, persiste mucho más (de la lectura de un libro) de lo
que la memoria libera. Pero es eternamente curioso que los restos que una
persona recuerda, otra los olvida.
Los restos... ¡Como si habláramos de cadáveres!
La otra mañana desperté con la mente todavía embarullada
por el continuo esfuerzo por recordar títulos, autores, nombres de lugares,
acontecimientos y los datos al parecer más insignificantes, ¿y en qué os parece
que me encontré pensando? ¡En las llanuras de Abraham! Sí, tenía la mente
repleta de Montcalm y Wolfe luchando allá arriba hacia el techo del mundo. Creo
que la llamamos la guerra franco-india. Siete largos años de lucha. Es probable
que esta batalla en las Llanuras de Abraham, que mi débil memoria sitúa en
alguna parte de las cercanías de Quebec, haya decidido la suerte de los
franceses en América del Norte. Debo haber estudiado detalladamente esta
sangrienta guerra en la escuela. Tengo la seguridad de haberla estudiado. ¿Y
qué restos me han quedado? Las Llanuras de Abraham. Para ser más exacto, más
preciso, todo se reduce a un montículo de imágenes que cabrían en una cáscara
de nuez. Veo a Montcalm agonizando —¿o era Wolfe?— al aire libre, rodeado por
un guardaespaldas y un puñado de indios de cabeza rasurada, en la que asoman
algunas plumas largas, como enterradas profundamente en el cuero cabelludo.
Plumas de águila probablemente. Montcalm pronuncia su último discurso, una de
esas históricas “palabras para la posteridad”, como, por ejemplo: “Lamento no
haber tenido más que una sola vida que dar a mi país”. Ya no recuerdo sus
palabras, pero me parece que decía: “La marea está contra todos”. ¿Qué importa,
de todos modos? Dentro de pocos instantes estará muerto y será una cosa más en
la historia. Y el Canadá, exceptuando la franja de este, será inglés, ¡peor
para nosotros! ¿Pero cómo es que visualizo un gran pájaro montado en su hombro?
¿De dónde vino ese pájaro de mal agüero? Puede que sea el mismo que quedó
atrapado en la red sobre la cuna donde estaba el niño James Ensor, el pájaro
que le persiguió toda su vida. De todas maneras allí está, grande como la vida
y dominando la infinidad del fondo de mi cuadro imaginario. Por alguna oscura
razón el sitio de este famoso campo de batalla me produce profunda impresión,
el cielo parece caer sobre él con todo su impalpable peso. No ha quedado mucho
espacio entre esa tierra y ese cielo. Las cabezas de los bravos guerreros
parecen cepillar la bóveda sin nubes del firmamento. Terminada la batalla, los
franceses descenderán por la escarpada cara del promontorio con una soga.
Enfilarán después hacia los rápidos en canoa, pocos cada vez, para ser
diezmados miserablemente desde arriba por los ingleses.
En cuanto a Montcalm, siendo noble de nacimiento y
general, sus restos serán retirados de la escena con todos los honores de
guerra. La noche cae rápidamente, dejando a los impotentes indios librados a sí
mismos. Los británicos, que ahora tienen el campo despejado, irrumpen por todo
el Canadá y marcan con estacas y cuerdas la frontera. “Nosotros” ya no tenemos
nada más que temer: nuestros vecinos son de nuestra propia pasta...
Si esta batalla no figura en las quince batallas decisivas
del mundo, debiera figurar. De todos modos, esta mañana no encuentro otro tema
de conversación que las batallas y los campos de batalla. Estaba Teddu, al
frente de sus Rough Riders, tomando por asalto San Juan Hui; estaba el pobre
Castillo del Morro en proceso de demolición bajo nuestros cañones pesados, y la
cadena que encerraba a la flota española bajo una cadena de hierro como ella,
vieja y enmohecida. Sí, y estaba Aguinaldo capitaneando a sus fuerzas rebeldes
(principalmente garrotes) por los pantanos y selvas de Mindanao, con su cabeza
puesta a precio. Con los almirantes Dewey y Sampson está el almirante Schley,
quien también ha quedado cual resto en mi memoria como un hombre amable y
sensato, no demasiado sediento de sangre, no muy gran estratega, pero “correcto
simplemente”. Es el extremo opuesto de John Brown el Libertador, hombre de
Ossawatomie y Harper's Ferry, el hombre que abribuyó su gran fracaso al hecho
de que había sido demasiado considerado con el enemigo. Fanático gentilhombre
era John Brown. Fue uno de los astros más brillantes en todo el firmamento de
nuestra breve historia. Fue lo más parecido que tuvimos al incomparable
Saladino (¡Saladino! Durante la última guerra pensé en Saladino. ¡Qué príncipe
distinguido, comparado con los “carniceros” de ambos bandos en esta última
guerra! ¿Por qué lo hemos olvidado por completo?) ¡Qué habría sido si
hubiésemos tenido dos hombres del calibre de John Brown y Saladino combatiendo
la corrupción del mundo! ¿Habríamos necesitado más? John Brown juró que con los
hombres indicados —doscientos bastarían, dijo— barrería todo Estados Unidos.
Creo que no distaba mucho de estar en lo cierto, de todos modos, cuando hizo
ese alarde.
Sin embargo, divagando sobre el alto y solemne terreno de
las Llanuras de Abraham, me puse a pensar en otro campo de batalla. Platea.
Este último lo vi con mis propios ojos, pero en esa ocasión olvidé que fue allí
donde los griegos pasaron a espada más de trescientos mil persas. ¡Número
considerable para esa época! Según recuerdo el lugar, era perfecto para una
“carnicería en masa”. Cuando llegué allí procedente de Tebas, la tierra
nivelada estaba sembrada de trigo, cebada y avena. Desde la distancia parecía
un gigantesco tablero de ajedrez. En el centro muerto, como en el juego de
ajedrez chino, el rey estaba cercado. Técnicamente la partida había terminado.
Pero después siguió la matanza, comme d'habitude. ¿Qué sería la guerra sin
matanza?
¡Lugares de matanza! Mi mente seguía divagando. Recordé
nuestra propia Guerra entre los Estados, ahora conocida como Guerra Civil.
Algunos de esos terribles escenarios de batalla los visité: algunos los conocía
de memoria, habiendo escuchado y leído sobre ellos con tanta frecuencia. Sí,
estaba Bull Run, Manassas, la Batalla de la Espesura (Battle of the
Wilderness), Shiloh, Missionary Ridge, Antietam, Appomatox Court House y, por
supuesto, Gettysburg. La carga de Pickett: la más loca y suicida carga de la historia.
Así nos dicen siempre. Los yanquis aclamando a los rebeldes por su valentía. Y
esperando (como siempre) hasta que “nosotros” llegamos un poco más cerca, hasta
que nos vieron el blanco de “nuestros” ojos. Pensé en la Carga de la Brigada
Ligera: “¡Adelante rodaron los seiscientos!” (Al compás de cuarenta y nueve
versos y la muerte eterna). Pensé en Verdún, en los alemanes que trepaban sobre
sus propios muertos apilados más y más alto. Marchando con perfecta ceremonia,
en estricto orden, como en un desfile. El Estado Mayor General nunca se
preocupó por la cantidad de hombres que requería la captura de Verdún, pero
nunca llegó a capturarlo. Otro “error estratégico”, como dicen con tanta
llaneza en los libros sobre tácticas militares. ¡Qué precio hemos pagado por
esos errores! Ahora todo eso es historia. Nada se ha realizado, nada se ha
ganado, nada se ha aprendido. Simplemente chapucerías. Y muerte al por mayor.
Sólo a los generales y a los generalísimos se les permite cometer “errores” tan
horribles. Sin embargo, todavía seguimos produciéndolos. Nunca nos cansamos de
fabricar nuevos generales, nuevos almirantes o nuevas guerras, guerras
“flamantes” decimos. Muchas veces nos preguntamos qué tiene de “flamante” la
guerra.
Si nos preguntamos a veces por qué algunos de nuestros
célebres contemporáneos no consiguen dormir, no consiguen conciliar el sueño
como es debido, simplemente revivimos una de estas sangrientas batallas.
Tratemos de imaginarnos colocados allí en las trincheras o aferrándonos a un
guerrero caído; tratemos de pintar a los “sucios japoneses” saliendo de sus
escondrijos en llamas de los pies a la cabeza; tratemos de recordar los
ejercicios con la bayoneta, primero con bolsas llenas y después con la suave carne
resistente del enemigo, que es en el fondo nuestro hermano de carne. Pensemos
en todas las palabras inmundas de todos los idiomas de Babel, y una vez
recitadas todas preguntémonos si en medio de todo eso somos capaces de hallar
una sola palabra capaz de reflejar lo que experimentamos. Podremos leer The Red
Laugh, The Red Badge of Courage, Men in War o J'al Tué, y de su lectura derivar
cierto estético goce, a pesar de la horripilante naturaleza de estos libros.
Ésta es una de las cosas extrañas, que tiene la palabra escrita, que se puede
vivir el oprobio con la mente y no solamente indignarse sino sentirse un tanto
extasiado y a veces aplacado. Andreyev, Crane, Latzko, Cendrars, todos estos
hombres fueron tan artistas como asesinos. Por alguna causa desconocida jamás
podría concebir que un general fuese artista. (Un almirante quizá, pero un
general nunca), Para mí el general tiene que tener pellejo de rinoceronte,
porque de lo contrario no sería otra cosa que escribiente o sargento de
comisaría... ¿Acaso Pierre Loti no fue oficial en la Marina francesa? Es
extraño que haya brotado en mi mente. Pero la Marina, como he dicho, ofrece una
remota perspectiva de preservar lo poco de humanidad que queda en nosotros.
Loti, en la imagen que se conserva de su lectura juvenil, parece tan culto, tan
refinado y, además, un tanto gimnasta, si recuerdo correctamente. ¿Cómo habría
sido capaz de matar? No cabe duda de que no había mucho arrojo en sus escritos,
pero dejó un libro que no puedo descartar como simple hojarasca romántica,
aunque posiblemente lo sea: me refiero a Disenchanted (Las Desencantadas).
(¡Pensar que justamente el otro día vino a visitarme un monje dominicano que
había conocido personalmente a la “heroína” de este tierno romance!) De todos
modos, con Pierre Loti va Claude Farrére, ambos reliquias ahora, como el
Monitor y el Merrimac.
Pensando en las Termopilas, Maratón y Salamina, recuerdo
la ilustración de un libro para jóvenes que leí hace mucho. Era una imagen de
los bravos espartanos, presuntamente en vísperas de su última resistencia,
peinándose sus luengas cabelleras. Sabían que iban a morir hasta el último
hombre, y sin embargo (o quizá por eso) se peinaban. Las largas hebras les
llegaban hasta la cintura y creo que estaban trenzadas. Esto, en mi mente
infantil, les daba un aspecto afeminado. La impresión persiste. En mi expedición
por el Peloponeso con Katsimbalis (el “Coloso”) me quedé perplejo al enterarme
de que el Peloponeso no había dado ningún artista, poeta u hombre de ciencia.
Sólo guerreros, legisladores, atletas e idiotas obedientes.
Se admite que la Historia de la Guerra del Peloponeso, de
Tucídides, es una obra maestra, pero se trata de un libro que nunca pude
terminar, aunque a pesar de eso lo estimo. Es uno de esos libros que deberían
leerse con atención en este momento de la historia. “Tucídides señala lo que es
la guerra, por qué se produce, qué hace y, salvo que los hombres aprendan cosas
mejores, tendrá que seguir haciendo”.
Veintisiete años de guerra y nada realizado, nada ganado.
(Excepto la destrucción de siempre.)
Los atenienses y los espartanos lucharon solamente por una
razón: porque eran poderosos y, en consecuencia se veían obligados (las
palabras son de Tucídides) a buscar más poder. No luchaban porque fuesen
distintas la Atenas democrática y la Esparta oligárquica, sino porque eran
iguales. La guerra nada tenía que ver con diferencias de ideas ni con
consideraciones del bien o el mal. ¿La democracia es bien y el mando de los
pocos sobre los muchos es mal? Para Tucídides la interrogante habría parecido
eludir el problema. No había poder bueno. El poder no importa quién lo
blandiese, era malo, era el corruptor de los hombres.
En la opinión de esta autora, “Tucídides probablemente
haya sido el primero que vio y que expresó con palabras esta nueva doctrina que
habría de convertirse en la doctrina declarada del mundo”. La doctrina es que
en la política del poder no solamente es necesario sino correcto que el estado
aproveche cualquier oportunidad en su beneficio.
En cuanto a Espartar; qué moderna es la descripción de
este estado vista con los ojos de Plutarco:
En Esparta la manera de vivir de los ciudadanos estaba
fijada. En general carecían de la voluntad o de la capacidad para desarrollar
una vida privada. Eran una comunidad de abejas congregadas en torno al
conductor, y que extasiadas de entusiasmo y desprendida ambición pertenecían
íntegramente a su país.
¡Cuando estés listo, Griswold, dispara!
Tres mil, cinco mil, diez mil años de historia y la
disposición y habilidad para hacer la guerra todavía es la suprema y
aniquilante realidad cotidiana de nuestras vidas. No hemos avanzado un solo
paso a pesar de todos los certeros, irrefutables y analíticos tratados y
diatribas sobre el tema. Casi desde el momento en que aprendemos a leer nos
ponen en las manos la historia de nuestro glorioso país. Es una historia
escrita con sangre, que nos habla de codicia, avaricia, odio, envidia,
persecución, intolerancia, robo, homicidio y degradación. Cuando niños nos
entusiasma leer la carnicería de los indios, la persecución de los mormones, la
aplastante derrota del rebelde sur. Nuestros primeros héroes son soldados, por
lo general generales, por supuesto. Para el norteño, Lincoln es una figura casi
divina. Para el sureño, Roben E. Lee es la encarnación de la nobleza, la
caballerosidad, la valentía y la sabiduría. Ambos hombres llevaron a sus
seguidores a la matanza. Ambos lucharon por el bien. El negro, que fue la causa
de la conflagración, todavía es un esclavo y un paria.
“Todo lo que se nos enseña es falso”, dijo Rimbaud. Como
siempre, todo lo que decía lo interpretaba literalmente. Apenas comenzamos a
analizar profundamente cualquier tema, comprendemos lo poco que se sabe y lo
mucho que hay de conjetura, hipótesis, presunción y especulación. Siempre que
penetramos profundamente nos encontramos entre el espectro tricéfalo del
prejuicio, la superstición y la autoridad. Cuando de instrucción vital se
trata, casi todo lo escrito para nuestra edificación es prescindible.
A medida que cumplimos años aprendemos a leer los mitos,
las fábulas y las leyendas que nos transportaban a la niñez. Leemos más y más
biografías, y más filosofía de la historia que historia misma. Nos preocupamos
menos y menos por los hechos, más y más por todo lo que sea huir de la
imaginación y del dominio intuitivo de la verdad. Descubrimos que el poeta, no
importa cuál sea su medio, es el único inventor verdadero. En este tipo único
están fusionados todos los héroes a los cuales en uno u otro momento hemos
rendido culto. Observamos que el único enemigo verdadero del hombre es el miedo
y que todos los actos imaginativos (todo heroísmo) están inspirados por el
deseo y la inflexible resolución de vencer al miedo en cualquier forma que se
manifieste. El héroe como poeta, epítome del inventor, del precursor, del que
marca rumbos, del buscador de la verdad. Es él quien mata al dragón y abre las
puertas del paraíso. El que persistamos en situar este paraíso en un más allá
no es culpa del poeta. Las mismas creencias y cultos que inspiran a la vasta
mayoría se reflejan en una ausencia interior de fe y reverencia. El poeta como
héroe mora en la realidad: trata de establecer esta realidad para toda la
humanidad. El estado de purgatorio que prevalece en la tierra es la caricatura
de la realidad singular y única, y es porque el poeta-héroe se niega a
reconocer ninguna realidad verdadera que no sea la de que siempre está muerto y
siempre sacrificado.
Dije hace un momento que nuestros primeros héroes son
soldados. En un sentido amplio esto es cierto. Es cierto si entendemos por
“soldado” al que actúa por su propia autoridad, al que lucha por el bien, lo
hermoso y lo verdadero obedeciendo los dictados de su propia conciencia. En
este sentido hasta el suave Jesús podría considerarse un “buen soldado”. Lo
mismo sucedería con Sócrates y las demás grandes figuras en las cuales pensamos
como soldados. Pero esta concepción del soldado se deriva de atributos que
antes se reservaban para el héroe. El único buen soldado, hablando en sentido
estricto, es el héroe. Los demás son soldados de plomo. ¿Qué es el héroe,
entonces? La encarnación del hombre “en su fragilidad”, luchando contra
factores insuperables. Para ser más exacto, es una impresión residual que nos
queda de las leyendas heroicas. Cuando examinamos las vidas de esa orden de
héroes que conocemos como santos y sabios, percibimos con toda claridad que los
factores no son insuperables, que el enemigo no es la sociedad, que los dioses
no están contra el hombre y, lo que es más importante, percibimos que la
realidad que este último se empeña en afirmar, establecer y mantener no es de
ninguna manera una realidad fantasiosa sino una realidad que siempre está presente,
aunque sólo oculta por la ceguera en la que el hombre quiere mantenerse.
Antes de haber llegado a adorar a una figura como Ricardo
Corazón de León, ya nos ha dominado y subyugado la figura más sublime del Rey
Arturo. Antes de llegar al gran cruzado hemos estado en compañía, en nuestros
más hermosos momentos, con los personajes muy rebeldes y muy vividos conocidos
como Jasón, Teseo, Ulises, Simbad, Aladino y otros por el estilo. Ya estamos
familiarizados con figuras históricas como el gran Rey David, José de Egipto y
Daniel, que arrostro la guarida del león, y con figuras menores como Robin
Hood, Daniel Boone y Pocahontas. O quizá hayamos caído bajo el hechizo de
creaciones puramente literarias como Robinson Crusoe, Gulliver o Alicia, porque
también Alicia iba en pos de la realidad y probó poéticamente su coraje
atravesando el espejo.
Cualquiera que fuese su procedencia, todos estos
primitivos portadores de hechizos también fueron “portadores de espacio”. Hasta
algunas de las figuras históricas parecen poseer la facultad de dominar el
tiempo y el espacio. Todas fueron sostenidas y fortificadas por milagrosos
poderes que arrancaron a los dioses o que desarrollaron mediante el cultivo de
un innato ingenio, astucia o fe. La mayoría de estas narraciones encierran la
moraleja de que en realidad el hombre es libre, de que sólo comienza a utilizar
los poderes que Dios le ha dado cuando la creencia que lo posee se vuelve
inconmovible. El ingenio y la sagacidad aparecen con insistencia como
cualidades básicas del intelecto. Quizá sólo sea un pequeño truco que el héroe
llega a saber, pero eso compensa con creces todo lo que no sabe, todo lo que
jamás ha de saber y todo lo que jamás necesitará saber. El significado es
obvio. Para liberarnos de la maquinaria del reloj debemos echar mano de todos
los medios que están a nuestro alcance. No basta con creer ni con saber:
debemos actuar. Y por esto entiendo acto, no actividad. (Los “actos” de los
apóstoles, por ejemplo.) El hombre ordinario participa en la acción, el héroe
en los actos. La diferencia es inmensa.
Sí, mucho antes de ser invadidos de adoración por las
encarnaciones de valentía y temeridad, hemos sido impregnados por el espíritu
de tipos más sublimes, de hombres en los cuales intelecto, corazón y alma están
fundidos en triunfante unísono. ¿Cómo pasar por alto, al mencionar estas
figuras realmente viriles, los regios tipos de femineidad que se sintieron
atraídos por ellas? Sólo en el fondo de este borroso pasado parece que hallamos
mujeres que sean iguales y equivalentes a los grandes de espíritu. ¡Qué desilusión
nos aguarda cuando avanzamos en la historia y la biografía!
Alejandro, César, Napoleón: ¿podríamos comparar a estos
conquistadores con hombres como el Rey David, el gran Rey Arturo o Saladino?
¡Qué afortunados somos de saborear lo sobrenatural y lo supranatural que está
en los umbrales de nuestra vida institucional! Este terrible episodio de la
historia europea conocido como la Cruzada de los Niños, ¿no está siendo
reproducido incesantemente por las personas que traemos al mundo sin pensar ni
preocuparnos por su verdadero bienestar? Casi desde el principio nuestros hijos
nos abandonan en favor de los verdaderos guías, los verdaderos dirigentes, los
verdaderos héroes. Saben instintivamente que somos sus carceleros, sus
tiránicos amos, de los cuales deben escapar cuanto antes para no matarnos en
vida. “Pequeños primitivos”, los llamamos a veces. Sí, pero también podríamos
decir “pequeños santos”, “pequeños magos”, “pequeños guerreros”. O también
“pequeños mártires”.
“Todo lo que nos enseñan es falso”. Sí, pero eso no es
todo. Por no creer “sus” falsedades se nos castiga incansable y
despiadadamente; por no aceptar sus “viles” sustitutivos se nos humilla, se nos
insulta y se nos hiere; por luchar para liberarnos de “sus” estranguladores
lazos se nos sacude y se nos manosea. ¡Oh las tragedias que se viven
diariamente en todos los hogares! Rogamos inmolarnos en el altar de la verdad y
nos dicen que Cristo es la verdad, el camino y la vida. Y si al aceptarle a Él
demandamos seguirle literalmente hasta el amargo final, se ríen y se burlan de
nosotros. A cada paso vierten nueva confusión sobre nosotros. No sabemos donde
colocarnos ni por qué proceder así y no de otra manera. Siempre se elude la
pregunta del por qué. Debemos obedecer y no preguntar por qué. Empezamos
encadenados y terminamos encadenados. Piedras por pan, logaritmos por
respuestas. Desalentados, recurrimos a los libros, confiamos en los escritores
y nos refugiamos en los sueños.
¡No me consulten, oh miserables padres! ¡No busquen mi
ayuda, oh abandonados y olvidados jóvenes! Ustedes saben que sufren. Yo sé que
sufren y por qué sufren. Así ha sido desde el principio de los tiempos, o por
lo menos desde que conocemos algo sobre el hombre. No hay reivindicación. Hasta
ser creativo no es más que un alivio y un paliativo. Debemos liberarnos a
nosotros mismos sin ayuda de nadie. “Llegar a ser como niños pequeños”. Todos
bajan la cabeza en silencio cuando se repite esta expresión, pero nadie lo cree
realmente. Además, los padres siempre serán los últimos en creer.
La novela autobiográfica que Emerson predijera que
cobraría importancia con el correr del tiempo, ha reemplazado a las grandes
confesiones. No es una mezcla de verdad y ficción este género de literatura,
sino una expansión y una profundización de la verdad. Es más auténtica y más
verídica que el diario. No es la endeble verdad de los hechos lo que los
autores de estas novelas autobiográficas ofrecen, sino la verdad de la emoción,
la reflexión y la comprensión; es verdad digerida y asimilada. El ser que se revela
a sí mismo lo hace en todos los planos simultáneamente.
Por esta razón libros como Death on the Installment Plan
(Muerte a Plazos) y Portrait of the Artist as a Young Man (Retrato del Artista
como Joven) nos alcanzan en pleno abdomen. Los sórdidos hechos de la juventud
mal educada adquieren nuevo significado mediante el odio, la furia y la
rebelión de hombres como Céline y Joyce. En cuanto al disgusto que estos libros
inspiraron en la época de su aparición, tenemos el testimonio de algunos
hombres de letras muy eminentes. Sus reacciones también son significativas y
reveladoras. Sabemos cuál es su posición con respecto a la verdad. Aunque
hablan en nombre de la Belleza, tenemos la certeza de que la Belleza no les
preocupa. Rimbaud, que acunó a la Belleza en su regazo y la encontró fea, es un
criterio mucho más fidedigno. Lautréamont, que blasfemó más que cualquier
hombre en los tiempos modernos, estuvo mucho más cerca de Dios que quienes se
estremecen y horrorizan por sus blasfemias. En cuanto a los grandes mentirosos,
los hombres cuyas palabras son íntegramente falsas porque inventan y fantasean,
¿quién podría ser más firme y elocuente abogado de la verdad que ellos?
La verdad es más extraña que la ficción porque la realidad
precede a la imaginación y la incluye. Lo que constituye la realidad es
ilimitado e indefinible. Los hombres de escasa imaginación nombran y
clasifican; los grandes se conforman con renunciar a este juego. Para los
últimos, con visión y experiencia basta. Ni siquiera intentan decirnos lo que
han visto y palpado porque su jurisdicción es lo inefable. Las grandes visiones
que han llegado a nosotros en palabras no son sino los pálidos y borrosos reflejos
de sucesos indescriptibles. Los grandes acontecimientos podrán conmover al
alma, pero las grandes visiones nos atraviesan. Como santo —es decir, como
pecador torturado que lucha con su conciencia— Agustín es magnífico; como
teólogo es aburrido, abrumadoramente aburrido. Como maestro y amante Abelardo
es magnífico, pero en ambos dominios estaba en su elemento. Nunca llegó a ser
santo; se conformó con seguir siendo hombre. Eloísa es la verdadera santa, pero
la Iglesia jamás lo admitió. La Iglesia es una institución humana que a menudo
confunde lo criminal con el santo y viceversa.
Cuando llegamos a Moctezuma entramos en un mundo
totalmente distinto. Hallamos otra vez brillo y radiación interior. Vuelve a
haber esplendor, magnificencia, belleza, imaginación, dignidad y verdadera
nobleza. Nuevamente aparece el rutilante ambiente de los dioses. ¡Qué rufián
ese Cortés! Cortés y Pizarro nos desgarran el corazón de disgusto. En sus
hazañas el hombre toca el nadir. Ambos se destacan como los supremos vándalos
de nuestros tiempos.
La monumental obra de Prescott, que por lo general
encontramos en la adolescencia, es una de esas terribles e iluminadoras
creaciones que estampan para siempre el sello de la maldición en los sueños y
aspiraciones de nuestra juventud. Nosotros, los de este continente; nosotros,
los adolescentes que fuimos narcotizados e hipnotizados por las heroicas
leyendas de los libros de historia (que solamente comienzan después del
sangriento prefacio escrito por los Conquistadores), nos enteramos con espanto
de que este glorioso continente fue hollado con inhumana violencia. Nos
enteramos de que la “fuente de la juventud” es un bonito símbolo que enmascara
una vergonzosa historia de codicia y avaricia. La codicia del oro es el
cimiento sobre el cual descansa este imperio del Nuevo Mundo. Colón siguió un
sueño, pero no sus hombres, no los ruidosos bandidos que lo siguieron. A través
de la bruma de la historia Colón aparece ahora como un loco reposado y sereno
(Lo contrario de Don Quijote). Lo que sin saberlo puso en movimiento, lo que un
eminente escritor británico denomina “el horror americano”, tiene la calidad y
contenido de la pesadilla. En cada nuevo barco llegaban nuevos vándalos y
nuevos asesinos. Vándalos y asesinos que no se conformaron con destruir,
saquear, violar y exterminar a los vivos, sino que los demonios encarnados
cayeron sobre la tierra misma, la violaron, aniquilaron a los dioses que la
protegían, destruyeron hasta los últimos residuos de cultura y refinamiento,
sin cejar jamás en sus depredaciones hasta que fueron enfrentados con sus
propios amedrentadores espectros.
La historia de Cabeza de Vaca (en América del Norte), y
por eso la menciono con reiterada insistencia, exhala la magia de la redención.
Es una historia descorazonadora y al mismo tiempo inspiradora. Este chivo
emisario español expía realmente los crímenes de sus vandálicos predecesores.
Desnudo, abandonado, buscado, perseguido, esclavizado y hasta olvidado por el
Dios al que rindiera culto, es arrastrado hasta la última fosa. El milagro se
produce cuando, al ordenarle sus captores (los indios) orar por ellos para
curarlos de sus males o morir, obedece. Lo que sucede es un verdadero milagro,
y sucede a instancias de sus capturadores. Quien era polvo se eleva y es
glorificado. El poder de sanar y restaurar, de crear paz y armonía, no
desaparece. Cabeza de Vaca recorre las desoladas tierras de lo que hoy es Texas
como un Cristo resucitado. Examinando la vida que viviera en España como
“europeo”, como fiel servidor de Su Majestad el emperador, comprende el vacío
total de esa vida. Sólo en la selva, abandonado a su cruel destino, logra
encontrarse frente a frente con su Creador y sus semejantes. Agustín halló a Él
“en los vastos salones de su memoria”. De Vaca, como Abraham, lo encontró “en
la conversación directa”.
¡Ah si nuestra historia hubiese tomado por este camino en
este punto crucial! ¡Ah si este español, con todo el poderío y la gloria que le
fueron revelados, se hubiese convertido en el precursor de la América del
mañana! Pero no, esta inspiradora figura, este auténtico guerrero, ha quedado
enterrado hasta casi perderse de vista. Rodeado de luz, sin embargo está
ausente en las crónicas que se dan a leer a nuestros niños. Pocos hombres han
escrito de él. Muy pocos. Uno de ellos, Haniel Long, nos ha interpretado el
documento histórico de De Vaca. Es una “Entrelínea” de primer orden. La
verdadera y esencial narración ha sido exhumada y devuelta con poética
licencia. Cual poderoso faro, siembra luz sobre la sangrienta confusión, la
atroz pesadilla de nuestros comienzos aquí, en esta tierra del indio rojo.
CAPÍTULO XI - LA HISTORIA DE MI CORAZÓN
Algunos años antes de hacerme a la mar rumbo a París,
sostuve ocasionales reuniones con mi viejo amigo Emil Schnellock en Prospect
Park, Brooklyn. Solíamos pasear despreocupadamente por los senderos las noches
de verano para conversar sobre los fundamentales problemas de la vida y,
eventualmente, sobre libros. Si bien nuestros gustos divergían por completo,
había ciertos autores, como Hamsun y D. H. Lawrence, por los cuales
experimentábamos común entusiasmo. Mi amigo Emil tenía una manera encantadora
de poner de relieve su conocimiento y comprensión de los libros, simulando ser
ignorante u obtuso, me formulaba preguntas que solamente un sabio o un filósofo
habría podido contestar. Recuerdo con toda nitidez este breve período porque
representó para mí un ejercicio de humildad y dominio de mí mismo. El deseo de
ser absolutamente veraz con mi amigo me obligó a comprender lo poco que sabía,
lo poco que podía revelar, aunque él siempre había sostenido que yo era su guía
y mentor. En suma, el resultado de estas comuniones fue que comencé a dudar de
todo lo que hasta entonces daba ciegamente por seguro. Cuanto más me empeñaba
en explicar mi punto de vista, más inseguro me sentía por dentro. Puede que él
haya creído que cumplí perfectamente con mi cometido, pero yo no. Muchas veces,
cuando me despedía de él, continuaba interminablemente mi debate interior.
Sospecho haber sido bastante arrogante y presuntuoso en
esa época, y presentaba todas las características del petimetre intelectual.
Aunque no conociera todas las respuestas, como suele decirse, debo de haber
causado la impresión de estar así dotado. Las palabras acudían con facilidad a
mis labios; siempre tejía una tela centelleante. Las sinceras y directas
preguntas de Emil, invariablemente presentadas con el más humilde de los
ánimos, hirieron mi vanidad. Había algo sumamente sagaz en esas inocentes preguntas
suyas. Me hicieron comprender que no solamente no sabía mucho más de lo que él
pretendía saber, sino que muchas veces él sabía mucho más que yo mismo. Si bien
era verdad que había leído mucho menos que yo, lo había hecho con mayor
atención y, en consecuencia, retenía mucho más que yo. Solía pensar que su
memoria era asombrosa, cosa que realmente sucedía, pero, según descubrí más
tarde, era el fruto de la paciencia, el amor y la devoción. Además Emil poseía
un don cuyo valor sólo comprendí mucho después: la habilidad de descubrir en
cualquier autor lo que hay de valioso y duradero. En comparación yo era
intransigente e intolerante. Había ciertos autores que yo no podía tragar: los
descartaba como si estuviesen por debajo de mi atención. Diez o quizá veinte
años después, debo confesar a mi buen amigo Emil que he encontrado algún mérito
en ellos, admisión que muchas veces le cogió por sorpresa porque, influido por
mis dogmáticas afirmaciones, mientras tanto él había comenzado a sospechar que
había sobrestimado a estos autores. Siempre se producía este divertido y a
veces desconcertante décalage en lo tocante a nuestras opiniones sobre los
escritores.
Hubo un autor que me recomendó con gran entusiasmo. Esto
debe de haber sido hace unos buenos veinte años. No sabiendo nada del autor ni
del librito que había escrito, sin haber escuchado el nombre jamás hasta ese
momento, tomé nota mental del mismo y seguí adelante. Por algún motivo en el
momento en que Emil lo mencionó, tuve la impresión de que era una narración
“sentimental”. Llamábase The Story of my Heart (La Historia de mi Corazón) y el
autor era inglés. Nada menos que Richard Jefferies. El título no significó nada
para mí. Lo leería algún día, cuando no tuviera otra cosa que hacer.
Es extraño —sé que he mencionado este asunto previamente—
que aunque se olvide el título y el autor de un libro recomendado una vez, no
se olvida el aura que acompaña a la recomendación. Una pequeña palabra o frase,
un toque adicional de calidez o celo, mantiene viva cierta vaga remembranza en
el fondo de la cabeza. Siempre deberíamos estar alerta frente a estas ardientes
vibraciones. No importa que la persona que nos recomiende el libro sea un tonto
o un idiota, siempre deberíamos estar dispuestos a aceptar el consejo. Por
supuesto, mi amigo Emil no era ni tonto ni idiota. Era una persona de
naturaleza desusadamente acogedora, simpática y creyente. Lo “extra” que me
impartiera en esa ocasión nunca dejó de trabajar en mí.
Quisiera hacer una breve digresión aquí para referirme a
algo que en los últimos tiempos me viene rondando la mente. Se relaciona con el
recuerdo de cierto “niño gordo” cuyo nombre querría creer que era Louis, debido
a que el nombre Louis tiene algo para mí que simboliza a este tipo de persona.
(“Je me nomme Louis Salavin!”). Ahora bien, Louis, según acabo de recordar el
otro día, solía presidir nuestras discusiones sobre la vida y los libros en el
terreno baldío de la esquina. Era un niño gordo, como he dicho, y si buscase
una palabra para clasificarlo le llamaría déclassé. (O bien, digamos,
“rústico”). Me refiero a que este Louis, como toda su tribu, no tenía fondo
cultural, ni medio, ni hogar, padres, parientes, tradiciones, costumbres o
hábitos fijos. Desprendido y separado, solamente se mezclaba con el mundo
obedeciendo a una sublime variedad de la condescendencia. Era natural que
poseyese el don del oráculo. Veo a este Louis nuestro una y otra vez,
encaramado como un buitre de trapo en lo alto de la cerca que rodeaba el
terreno. Estamos en noviembre y arde una enorme fogata. Todos hemos aportado
nuestra migaja al festín: papas fritas, papas crudas, cebollas, zanahorias,
manzanas; todo lo que pudimos echar mano. Al poco tiempo estamos a los pies de
Louis, mascando nuestros bocados y entrando en calor para la discusión que
habrá de seguir. Recuerdo que este día en particular tocamos The Mysteries of
París (Los Misterios de París). Mundo extraño era para muchachos como nosotros
este mundo de Eugéne Sue, quien según se dice, fue uno de los escritores
preferidos de Dostoievsky. Nos hallábamos muy cómodos en los mundos imaginarios
de los autores de novelas. Louis escuchaba benignamente y dirigía la discusión
con una varita invisible. De vez en cuando aportaba una o dos palabras
crípticas. Era como si hablase Moisés. Nadie puso jamás en duda la veracidad de
Louis. “He dicho”, era el tono de sus dictados.
He olvidado por completo qué dijo Louis con exactitud. Lo
único que ha quedado es su tono de autoridad, la certidumbre que respaldaba sus
palabras. Además había una cualidad adicional, casi como una gracia, que Louis
nos transmitía en esos momentos. Era aprobación o bendición, si se quiere.
“Sigan con sus rodeos —parecía decir—. Sigan todas las pistas, toda hebra de
vello. Eventualmente sabrán”. Si teníamos dudas nos instaba a cultivarlas. Si
éramos apasionada y ciegamente crédulos, también aprobada. “El espectáculo es
de ustedes”, parecía insinuar. Así como Sade dice: “Sólo tuyo es tu cuerpo; tú
eres la única persona en el mundo que tiene derecho a obtener placer con él y a
permitir a quien se te antoje obtener placer con él...”
Esta era la mente en que Louis se interesaba. No
“nuestras” mentes ni ninguna mente en particular, sino la Mente. Era como si
Louis nos mostrase la naturaleza esencial de la mente. No el pensamiento, sino
la mente. Cualquiera puede entendérselas con el pensamiento, ¿pero con la
mente?... Por lo tanto a Louis no le interesaba cuál podría ser la “verdad” con
respecto a los problemas que en esa época se nos presentaban por primera vez en
nuestras jóvenes vidas. Louis trataba de hacernos comprender que todo era un
juego, por así decirlo. Un juego muy elevado, además. Sus respuestas, sus
observaciones, por lacónicas que fuesen, asumían para todos nosotros la
importancia de una revelación. Concedían una importancia hasta entonces
desconocida al interrogador y no a la pregunta. ¿Quién pregunta? ¿De dónde
proviene esta pregunta? ¿Por qué?
Adivina o perece, tal era el terrible dilema que planteaba
la esfinge a los aspirantes a la realeza tebana. El motivo es que los secretos
de la ciencia son en realidad los secretos de la vida; las alternativas son
reinar o servir, ser o no ser. Las fuerzas naturales nos aplastarán si no las
utilizamos para conquistar al mundo. No existe término medio entre las alturas
de la monarquía y el abismo del estado víctima, si no nos conformamos con ser
contados entre los que nada son porque no preguntan por qué existen ni qué son.
Ahora me parece innegable que Louis, aún un simple joven,
había adivinado un extraordinario secreto de la vida. Le rodeaba la plétora
divina. El mero hecho de estar en su presencia hacía participar en una plenitud
indescriptible. Jamás pretendió poseer gran conocimiento o sabiduría. Prefería
nuestra compañía a la de los muchachos de su edad. ¿Sabría —cosa muy probable—
que estos últimos ya estaban “perdidos”, abandonados al mundo? De todas
maneras, sin sospecharlo en lo más mínimo, Louis había asumido el papel de un
hierofante.
¡Cuánto más aprendimos de Louis que de los instructores
que nos habían designado! Lo comprendo ahora, al pensar en otro muchacho de mi
edad al que quería entrañablemente y que todos los días solía apartarse de su
camino para acompañarme a casa cuando salíamos de la escuela. Se llamaba Joe
Maurer. Yo respetaba enormemente su inteligencia y su carácter, Él y el francés
Claude de Lorraine, del que he hablado en otra parte, fueron virtuales modelos
para mí durante todo este período. Cierto día cometí el error de presentar a
Louis a mi amigo Joe Maurer. Hasta ese momento no sospechaba en lo más mínimo
que en el ser mismo de Joe Maurer existía un grave fallo. Escuchando a Louis,
que había emprendido un extenso monólogo, vi una cosa escrita en el semblante
de Joe Maurer: la duda. A continuación me tocó presenciar un hecho lamentable:
la incineración de mi querido y joven escéptico. En la inmensa sonrisa de
compasión que Louis puso de relieve en esa ocasión, vi al pequeño Joe Maurer
convertirse en cenizas. Louis había aplicado la antorcha a ese intelecto
mezquino y jactancioso que tanto me había impresionado. Concentró sobre él todo
el poderío de la Mente y no quedó nada (para mí) del intelecto, el carácter o
el ser de mi camarada.
Viendo ahora a Louis con los ojos de la mente, montado en
la cerca tapizada de anuncios —letreros enormes y llameantes— de próximos
acontecimientos (Rebecca of Sunnybrook Farm, Way Down East, The Wizard of Oz
(El Mago de Oz), el Circo de Barnum & Bailey, los Travelogues de Burton
Holmes, Houdini, el Caballero Jim Corbett, Pagliacci, Maude Adams en el eterno
Peter Pan y así sucesivamente), viendo a Louis encaramado allí como un mago
hecho y derecho, un muchacho de dieciséis años tan inmensamente superior a nosotros,
tan distante y sin embargo tan próximo, tan serio y sin embargo tan
despreocupado, tan absolutamente seguro de sí mismo y sin embargo tan
desinteresado por su propia persona, por su propio destino,. me preguntó: ¿qué
habrá sido de Louis? ¿Desapareció de nuestras filas para convertirse en
personaje principal de algún libro extraño y oculto? ¿Bajo el manto del
anónimo, quizá, habrá escrito obras que he leído y he admirado? O simplemente
se marchó a temprana edad rumbo a Arabia, Tibet, Abisinia, para desaparecer del
“mundo” Las personas como Louis nunca terminan como las demás.
Hace un momento estaba tan vivo en mí como cuando tenía
diez años y frecuentaba el terreno baldío de la esquina. Tengo la seguridad de
que todavía vive. No será nada notable que algún día se anuncie aquí, en Big
Sur. De todos los demás muchachos con los cuales jugaba y que estaban tan cerca
de mí, según me parecía entonces, no espero volver a tener noticias. En una
ocasión me pareció extraño que nuestros caminos jamás volvieran a cruzarse.
Nunca más. Hay un puñado que siempre permanece con nosotros “hasta el fin del
mundo”.
¡Pero Louis!. ¿Qué hacía con ese cuerpo tan grotesco? ¿Por
qué se había puesto un disfraz así? ¿Para protegerse de los tontos e
ignorantes? Louis, Louis, ¡qué no daría por conocer tu verdadera identidad!
Amigo Emil, es hora de que reconozca la deuda contraída
contigo. ¿Cómo es posible que haya evitado la lectura de este libro por tanto
tiempo? ¿Por qué no me gritaste el título a los oídos? ¿Por qué no insististe
más? He aquí un hombre que expresa mis más íntimos pensamientos. Es el
iconoclasta que creo ser pero que jamás llega a revelarse por completo. Formula
demandas por demás exigentes. Rechaza, desgarra, aniquila. ¡Qué investigador!
¡Qué audaz investigador! Cuando leas el siguiente pasaje querría que trates de
recordar las conversaciones que teníamos en Prospect Park, trata de recordar,
si puedes, la naturaleza de mis enardecidas respuestas a las “profundas”
preguntas que me formulabas...
La mente es infinita y capaz de comprender todo lo que se
coloca ante ella; su comprensión no tiene límites. El límite es la pequeñez de
las cosas y la estrechez de las ideas que le han sido planteadas para su
consideración. Porque las filosofías de la antigüedad y los descubrimientos de
las investigaciones modernas no son nada para ella. No llenan. Cuando las ha
leído, la mente sigue adelante y pide más. El máximo de ellas, la totalidad
junta, en realidad no son nada. Estas cosas han sido reunidas con inmensa
labor, una labor tan grande que hasta cansa pensarlo; sin embargo, una vez
reunido y escrito todo, la mente lo recibe con la misma facilidad con que la
mano recoge flores. Es como una sola frase, que se lee y se va.
Emil, leyendo a Richard Jefferies recuerdo de pronto mi
sublime —perdóname si la llamo así—, recuerdo mi sublime impaciencia. ¿Qué
esperamos? ¿Por qué perdemos el tiempo? ¿Acaso eso no era yo de pies a cabeza?
Solía molestarte, lo sé, pero tú eras tolerante conmigo. Tú me hacías una
pregunta y te contestaba con otra más grande todavía. Por mi vida no pude
comprender y no quería comprender por qué no barríamos con todo inmediatamente
para comenzar de nuevo. Por esta razón, cuando encontré ciertas expresiones en
labios de Louis Lamben —(Otro Louis)— estuve a punto de salirme de mi pellejo.
Yo sufría entonces exactamente como él había sufrido.
No tengo en absoluto el convencimiento de que muchos
sufran por las razones que he expresado ni en la medida en que Louis Lambert
nos dice que ha sufrido. Una y otra he sospechado que existe en mí un tirano
que insiste en afirmar que algún día la sociedad tendrá que ser gobernada por
sus verdaderos amos. Cuando leo la declaración de Jefferies —En doce mil años
escritos el mundo no se ha construido aún una Morada, ni ha llenado un Granero
ni se ha organizado para su propio confort— este viejo tirano que se niega a
dejarse aplacar vuelve a erguirse nuevamente. Una y otra vez, tocando ciertos
libros, ciertos autores, recordando el tremendo impacto de sus concepciones
—hombres como Emerson, Nietzsche, Rimbaud, Whitman y los maestros Zen
especialmente— pienso con furia y resentimiento (¡todavía!) en esos primeros
maestros en cuyas manos fui confiado. Estaba, por ejemplo, el director de
nuestra “querida y vieja 85”. ¡Qué montaña de vanidad y amor propio era ese
hombre! Entra un buen día, cuando estudiábamos aritmética, pide al maestro que
le entregue la clase y en cuestión de minutos va a la pizarra para trazar la
figura de un ocho acostado. “¿Qué es esto?” pregunta. Impresionante silencio.
Nadie lo sabe, por supuesto. “¡Muchachos, esto es el signo de infinito!” anuncia
estentóreamente. Nada más agrega sobre el particular. Un huevo acostado, nada
más. Poco después, en la escuela secundaria, viene el Dr. Murchisson, otro
matemático y ex comandante de La Marina. Este pájaro era un monumento viviente
a la disciplina. “¡Nunca pregunten por qué! ¡Obedezcan!” Así es el comandante
Murchisson. Un día tuve la audacia de preguntar por qué estudiábamos geometría,
materia que me parecía completamente insensata e inútil. Responde que es buena
para disciplinar la mente. ¿Eso es una respuesta?, pregunto. Entonces, como
queriendo castigar mi temeridad e impudicia, me hace aprender de memoria un
discurso que ha escrito para mí y que debo pronunciar ante toda la escuela. Es
sobre acorazados, sobre los diversos tipos que hay, sobre los tipos de
armamento que llevan, sobre sus diversas velocidades y sobre la efectividad de
sus lados. ¿Se maravilla el lector de que todavía abrigue un sano desprecio por
este viejo maestro? Después estaba “Bulldog” Grant, el profesor de latín...
nuestro primer profesor de latín. (Todavía es un misterio para mí el motivo por
el cual se me ocurrió estudiar latín). De todas maneras, el hombre era un
enigma absoluto para nosotros. De improviso era presa de apopléjico furor, se
ponía fuera de sí “chillaba como un energúmeno” y las venas se le hinchaban
como cordones en las sienes, mientras el sudor rodaba sobre sus abotagadas
mejillas rojas como manzanas. ¿Por qué? Porque alguien había utilizado un
género equivocado o empleado el ablativo y no el vocativo. Al instante
siguiente se deshacía en sonrisas, nos contaba un chiste, por lo general de
tono subido. Todos los días comenzaba la clase pasando lista, como si fuese lo
más importante en esta tierra de Dios. Después, para hacernos entrar en calor
nos exhortaba a tenernos de pie, a despejarnos las gargantas y gritar a voz en
cuello: “Hic, haec, hoc... huius, huius, huius... huic, huic, huic...” hasta el
final. Esto y la conjugación del verbo “amo” es todo lo que me ha quedado de
mis tres primeros años de latín. ¡Qué instructivo! Más tarde, con otro profesor
de latín llamado Hapgood, hombre bueno, dicho sea de paso, hombre que amaba de
verdad a su sangriento Virgilio, solíamos recibir de vez en cuando la visita
sorpresa del director, el Dr. Paisley. Os aseguro que hasta el día de hoy este
último permanece en mi mente como la encarnación simbólica del pedagogo. Además
de ser un arcabuz y un zopenco, era también un architirano. Estar cerca de él
era sentirse invadido por el miedo, el terror y el pánico. Era un hombre sin sangre
y con un corazón de piedra. Su jueguito —¡escuchen!— era caer sobre nosotros en
algún momento inesperado, marchar al frente del aula de puntillas, simular que
deseaba poner orden y rogar al profesor Hapgood (quien nada tenía que elegir en
el asunto) que le dejase seguir la clase unos minutos. Se arrellana en la silla
del profesor, toma el libro (la Eneida) que indudablemente se sabe de memoria,
lo examina aparatosamente como queriendo arrancarle un misterio, y seguidamente
pregunta al profesor (con los ojos puestos en nosotros) dónde estábamos. ¡Hum!
Hojea rápidamente las páginas, elige un pasaje, lo lee para sus adentros y
después toma a uno de nosotros para que recite como mejor pueda la traducción.
Naturalmente, dado el gran amedrentamiento en su presencia, la poca habilidad
de su pobre víctima desaparece como por encanto. Pero el doctor Paisley no
parece ni sorprendido ni disconforme en absoluto; por el contrario, reacciona
como si esto —la laguna total de la mente— fuese perfectamente natural y acostumbrado.
Lo único que esperaba era darnos su versión de la traducción. Lo hacía
vacilante, como tanteando el camino por el sangriento texto. A veces alzaba los
ojos y, hablando al aire que flotaba sobre nuestras cabezas, preguntaba si no
preferiríamos esta traducción a esa otra. Ninguno de nosotros insinuaba ni lo
más mínimo cómo interpretaba el pasaje. Todos rogábamos que se marchase cuanto
antes. Debo añadir que de su cuerpo emanaba olor a alcanfor, árnica y líquido
para enbalsamar. Era el cadáver mismo del saber... Pero debo mencionar a otro
más, al Dr. Payne. Era un individuo irritable pero tenía su lado bueno,
especialmente fuera de clase. Fumaba una enormidad, según observamos, y estaba
tan ansioso de dar por terminada la clase como nosotros mismos. Para él esto
significaba más chupadas al aire libre. De todos modos nos enseñó historia
antigua, medieval y moderna, unas tras otra, tal como suena. Para él la
historia consistía en fechas, batallas, tratados de paz, nombres de generales,
estadistas y diplomáticos, “todas las ratas”, por así decirlo. Como fue más
humano que los demás, no le puedo perdonar las “omisiones”, ¿Qué significo con
esto? Simplemente lo siguiente: ni una sola vez, al comenzar el semestre, nos
dio jamás una visión a vuelo de pájaro de lo que nos esperaba. Jamás se le
ocurrió “orientarnos” en esa vasta maraña de fechas, nombres, lugares, etc. Si
se explayaba en algo, era sobre alguna campaña hace mucho tiempo olvidada,
alguna “batalla decisiva” del mundo. Lo veo como si fuese ayer, con la tiza en
la mano —roja, blanca y azul— designando con sus trazos las posiciones de los
ejércitos oponentes. Era muy importante que supiéramos por qué en un momento
determinado se lanzó la caballería, por qué cedió el centro o por qué tuvo
lugar alguna otra maniobra tonta. Jamás se explayó sobre el carácter, el
temperamento, el genio (militar o lo que fuere) de los comandantes de estos
grandes conflictos. Jamás nos ofreció su visión de las causas de las diversas
guerras. Seguíamos los libros que nos entregaba y, si teníamos algunas ideas
propias, las suavizábamos. Era más importante recordar la fecha exacta, los
términos exactos del tratado en cuestión, que tener un cuadro amplio, general e
íntegro de todo el tema. Al abrir el libro de historia antigua había podido
decir, por ejemplo, y aquí me tomo la libertad de citarlo: “Muchachos, en el
año 9763 a. de C. el mundo se hallaba en un peculiar estado de encantamiento.
Los pastos y los cereales de ambas riberas del Iriwaddy estaban virtualmente
extinguidos. Los chinos, que acababan de probar la avena, estaban en marcha. La
civilización minoana de Creta y sus colonias no ofrecía ninguna amenaza para
las otras naciones en surgimiento. Ya existían los rudimentos de todas las
invenciones conocidas en la actualidad. Las artes florecieron en todas partes
como habían florecido durante un sinnúmero de siglos en el pasado. Las
principales religiones son tales y tales. Nadie sabe por qué ciertos
movimientos definidos comenzaron a tener lugar en este preciso momento de la
historia. En Oriente había tal y tal ordenamiento de fuerzas; en Occidente
otro. De pronto apareció una figura llamada Hochintuitcsis; casi nada se sabe
de esta gran figura, excepto que inició una ola de nueva vida...” Ya ven lo que
quiero decir. Habría podido dibujar algunos cuadriláteros, mediante líneas
verticales y horizontales, para colocar en ellas nombres, fechas y
acontecimientos sobresalientes, con el fin de proporcionarnos guías. Habría
podido dibujar un árbol y sobre su tronco y ramas mostrarnos la evolución de
las artes, las ciencias, las religiones y las ideas metafísicas a través de la
historia. Habría podido decirnos que en los tiempos recientes la historia se ha
convertido en la metafísica de la historia. Habría podido mostrarnos cómo y por
qué los más grandes historiadores difieren entre sí. Habría podido hacer algo
más sostengo, que obligarnos a memorizar nombres, fechas, batallas y así
sucesivamente. Incluso hasta se habría podido aventurar a darnos un cuadro de
los próximos cien años o invitarnos a describir el futuro en nuestros términos.
Pero nunca lo hizo. Por lo tanto, exclamo: “¡Maldito sea él y malditos todos
los libros de historia!” Del estudio de la historia, la matemática, el latín,
la literatura inglesa, la botánica, la física, la química y el arte no he
obtenido otra cosa que angustia, desesperación y confusión. De cuatro años de
escuela secundaria no retengo otra cosa que el recuerdo del fugaz placer que me
produjo la lectura de Ivanhoe y los Idilios del Rey. De la escuela elemental
sólo recuerdo un pequeño episodio, también en la clase de aritmética. Esto es
todo lo que extraje de ocho años de instrucción primaria. Fue lo siguiente...
Nuestro maestro, el Sr. MacDonald, persona flaca y sombría que carecía casi en
absoluto de sentido del humor y era dado a los arranques de ira, me hizo cierto
día una pregunta directa que no supe contestar. Como me apreciaba bastante,
según presumo, se tomó la molestia de ir a la pizarra para explicarme el
problema desde el principio hasta el fin. (Quizá haya tenido que ver con los
quebrados.). Cuando hubo terminado, se volvió hacia mí y preguntó: ¿Entiendes
ahora, Henry?. Pero respondí: “No, señor”. A esto la clase estalló en sonora
carcajada y quedé de pie desconcertado sintiéndome el más grande de los
idiotas. De pronto, sin embargo, este Sr. MacDonald se volvió furiosamente a la
clase y ordenó silencio a los muchachos. “En vez de reírse de él —dijo— quiero
que sigan el ejemplo de Henry. Este muchacho quiere saber. Tiene la valentía de
decir que no entiende. ¡Recuérdenlo! Y traten de hacer lo mismo, en vez de
simular que entienden cuando en realidad no entienden.” Esa pequeña lección
penetró profundamente en mi ser. No solamente salvó mi orgullo herido, sino que
me enseñó verdadera humildad. En toda mi vida, sea a raíz de esto o no, siempre
he podido decir en los momentos críticos: “No, no entiendo. Tenga la bondad de
explicármelo de nuevo”. O bien, si me formulan una pregunta que realmente no sé
contestar, respondo sin sonrojarme y sin sensación de vergüenza o culpa: “Lo
siento mucho, pero ignoro la respuesta”. ¡Cómo alivia hablar así! En tales
momentos la respuesta suele acudir a la mente, pero después de haber confesado
la propia ignorancia o ineptitud. La respuesta siempre está, pero debemos colocarnos
en condiciones de recibirla. Deberíamos saber, empero, que hay personas a las
cuales nunca se les deben hacer ciertas preguntas. ¡La respuesta no está en
ellas! Entre esta gente está todo el conglomerado de instructores a los cuales
nos entregan en cuerpo y alma desde la infancia. Estas personas decididamente
no conocen las respuestas. No las conocen y, lo que es peor, no saben cómo
hacer para que busquemos las respuestas dentro de nosotros mismos.
“Si el ojo siempre vigila y la mente está alerta, por
último la casualidad proporciona la solución”, dice Jefferies. Es cierto. Pero
lo que aquí se denomina casualidad es algo creado por nosotros mismos.
Recuerdo de pronto el nombre y la presencia del Dr. Brown.
El Dr. Brown fue nuestro “orador visitante” al término de todos los años de la
escuela elemental. Debo hablar del Dr. Brown porque ni por un instante podría
imaginar que figurase, muerto o vivo, en la categoría de los nulos que he
mencionado previamente. El Dr. Brown siempre aparecía, en el preciso momento en
que estaban por comenzar las vacaciones, en alas del amor. En efecto, se sentía
que estas alas suyas todavía se agitaban cuando se incorporaba sobre su asiento
en la tribuna para disponerse a pronunciar algunas palabras. Era como si el Dr.
Brown conociese íntimamente a todos y a cada uno de nosotros, y nos envolviera
con su amplio manto de amor. Sus palabras llegaban con palpitante calidez. Siempre
parecía como si acabase de regresar de Asia, África o Europa y quisiera que
fuésemos los primeros en compartir sus gloriosas experiencias. Tal era la
impresión que nos infundía, y no dudo de que la impresión era auténtica. Era un
hombre que amaba a los niños. Ya no recuerdo el cargo que ocupaba. Puede que
haya sido superintendente de la escuela, aunque también es probable que haya
sido diácono de la iglesia. No importa. Era un hombre de gran corazón e
irradiaba amor en todas direcciones. En la actualidad decimos que las charlas
como las que daba el Doctor son “inspiradas”. Se paga a los hombres para que
las den o no las den a voluntad. El efecto, por supuesto, es cero; todos
reconocemos la caricatura. El Dr. Brown era un individuo realmente inspirado.
Todo lo que había leído, y era hombre de extraordinaria cultura, todo lo que
había visto en sus viajes alrededor del mundo, porque era un verdadero
trotamundos, lo había asimilado y tejido en la trama misma de su ser. Era como
una esponja bien empapada. Rezumaba agua con sólo presionar ligeramente con el
dedo. Cuando se incorporaba para hacer uso de la palabra estaba tan repleto,
tan cargado, que por unos cuantos instantes no conseguía comenzar. Una vez en
marcha, su mente chisporroteaba en todas direcciones al mismo tiempo. Era
sensible a la más leve presión: percibía instantáneamente la naturaleza de
nuestras ansias y respondía a ellas inmediatamente. En un cuarto de hora de
este tipo de comunicación nos “instruía” como nunca habíamos sido instruidos
durante semanas y meses de clase. Si hubiese sido maestro en vez de nuestro
“orador visitante”, sin duda lo habrían despedido a corto plazo. Era demasiado
grande para el sistema, demasiado grande para cualquier sistema. Hablaba con el
corazón y no con la cabeza. Creo que no hace falta repetir que nadie nos habló
jamás así, ni siquiera el pastor. No, el pastor destilaba una especie de amor
vago y prescrito que parecía leche aguada. En realidad no le importaba un ápice
la personalidad de nadie. Su interés consistía en salvar almas (presuntamente)
pero en él había un material anímico malditamente pequeño. El Dr. Brown
escrutaba nuestras almas a través de nuestros corazones. Tenía sentido del
humor, un gran sentido del humor, uno de los signos infalibles de liberación.
Cuando finalizaba —su discurso siempre era demasiado breve para nosotros— era
como si nos hubiésemos bañado en burbujas. Nos sentíamos libres, refrescados y
sedosos por dentro y por fuera. Más todavía, experimentábamos un coraje como
nunca habíamos conocido hasta entonces, un nuevo tipo de coraje, y hasta me
atrevería a decir que era un coraje “metafísico”. Nos sentíamos bravos ante el
mundo porque el buen Dr. Brown nos había devuelto nuestro reino. Todavía éramos
niños —jamás he pretendido que fuésemos “jóvenes” — pero nos habíamos
convertido en niños cuyos ojos nadaban en visiones, cuyo apetito por la vida
había aumentado. Estábamos en condiciones de emprender duras misiones,
valientes misiones.
Creo que ahora puedo retomar el tema con la conciencia
limpia. El librito que Richard Jefferies llama su “autobiografía” es, para
emplear una vez más la usada palabra, una obra inspirada. En toda la literatura
existen muy pocos libros como éste. Gran parte de lo que se rotula como
inspirado no es inspirado en absoluto, simplemente es lo que los hombres que se
“especializan” en el tema querían hacernos creer. He mencionado a Emerson.
Nunca en mi vida conocí a nadie que no admitiese que Emerson es un escritor
inspirado. Quizá no se acepte su pensamiento en todo, pero cuando se termina de
leer algo suyo uno se siente purificado, por así decirlo, y exaltado. Nos lleva
a las alturas, nos hace crecer alas. Es osado, muy osado. En nuestros días
tengo la seguridad de que lo amordazarían. Hay otros hombres, como Orage y
Ralph Waldo Trine (entre otros), a los cuales se califica de escritores
inspirados. No cabe duda de que lo han sido para muchísima gente. ¿Pero
resisten la prueba? El lector podrá sonreír, conociendo el tipo de individuo
que soy, por el hecho de que haya mencionado un nombre como R. W. Trine. ¿Me
burlo? No. Debe darse a cada cual lo que le corresponde. En ciertas etapas de
la evolución de uno, ciertos individuos pasan a primer plano como maestros. Maestros
en el verdadero sentido, porque son personas que nos abren los ojos. Hay
quienes nos abren los ojos y hay quienes nos elevan por encima de nosotros
mismos. Los últimos no tienen interés en inculcarnos nuevas creencias sino en
ayudarnos a penetrar con mayor profundidad la realidad, “a progresar —en otras
palabras— en la ciencia de la realidad”. Comienzan por nivelar todas las
superestructuras del pensamiento. A continuación señalan algo que está más allá
del pensamiento, en el océano de la mente, digamos, donde nada el pensamiento.
Y, por último, nos obligan a pensar por cuenta propia. Dice Jefferies, por
ejemplo, en medio de su confesión:
Ahora, hoy, cuando escribo, me encuentro exactamente en la
misma posición que el hombre de las cavernas. La tradición escrita, los
sistemas de cultura, las modalidades del pensamiento, no existen para mí. Si
alguna vez encontraron asidero en mi mente, ese asidero tiene que haber sido
muy leve; hace mucho que fueron borrados.
Poderosa expresión esta. Expresión heroica. ¿Quién puede
repetirla honesta y sinceramente? ¿Quién aspira siquiera a formular una
expresión así? Jefferies nos dice hacia el final de su libro que había
intentado repetidamente expresar con palabras los pensamientos que habían
tomado posesión de su ser. Pero siempre fracasaba. No debe sorprendernos,
porque lo que por último logró darnos, por fragmentario que confiese ser, es
casi un desafío al pensamiento. Explicando que “en circunstancias felices”
comenzó por fin a escribir (en 1880), afirma que no pudo hacer otra cosa que
anotar algunos apuntes. “Ni siquiera entonces —agrega— pude seguir adelante,
pero guardé los apuntes (había destruido todos los comienzos anteriores) y por
último, dos años después, comencé este libro”. Habla de su obra como “sólo un
fragmento, un fragmento escasamente hilvanado”. Luego añade, y esto vale la
pena subrayarlo:
“Si no lo hubiese hecho personal, escasamente habría
podido darle alguna forma... Tengo extraordinaria conciencia de sus
imperfecciones, porque es como si tuviese diecisiete años de conciencia sobre
mi propia incapacidad para expresar esta idea de mi vida”.
En este mismo parrafito hace una afirmación que me es muy
querida y constituye el único freno que podría ofrecerse a los críticos.
Refiriéndose a lo inadecuado de las palabras para expresar ideas —y por esto
entiende, por supuesto, las ideas que están más allá de los dominios habituales
del pensamiento—, tratando de dar brevemente su propia definición de términos
tan discutidos como alma, oración, inmortalidad, y declarando que todavía son
suficientes, concluye: “Debo dejar que mi libro, como un todo, imparta su
propio significado a sus palabras”.
Quizá la clave de este asombroso librito sea la frase que
dice así: “Ningún pensamiento que tuve hasta ahora satisfizo a mi alma”. La
historia de su vida comienza, en consecuencia, cuando adquiere conciencia del
hambre de su alma, de la búsqueda de su alma. Todo lo que precediera a esto
quedó reducido a la nada. “Comienzo completamente de nuevo. Voy directamente al
sol, a las inmensas fuerzas del universo, a la Entidad desconocida; voy más
alto que un Dios; más profundo que la oración, y abro un nuevo día”. Esto suena
a D. H. Lawrence. Me pregunto ahora si Lawrence habrá leído alguna vez a
Jefferies, o solamente existe similitud en el pensamiento y también en el
acento y ritmo. Pero después hallamos esta misma idiosincrasia del lenguaje,
por lo menos en inglés, siempre que encontramos un pensador original.
Invariablemente el iconoclasta exhorta con frases cortas y penetrantes. Es como
si trasmitiese telegráficamente desde una estación distante y elevada. Es un
ritmo completamente distinto al de los profetas, que están repletos de pesares
y lamentos, de censuras y maldiciones. De algún modo, aceptemos o no sus
mandamientos, nos sentimos agitados; nuestros pies realizan el movimiento de
progresiva marcha, nuestros pechos se dilatan como si absorbiesen nuevos torrentes
de oxígeno y los ojos se alzan queriendo capturar la huidiza visión.
Y ahora vayamos a “la Cuarta Idea”, que es en realidad el
epítome del ansia de su alma. Comienza así:
Solamente se han descubierto tres cosas de lo que
concierne a la conciencia interior, desde antes de que naciera la historia
escrita. Solamente tres cosas en doce mil años escritos o esculpidos y en el
borroso y tenue tiempo que los precediera. Tres ideas los primitivos hombres de
las cavernas arrancaron a lo desconocido, a la noche que todavía nos rodea en
pleno día: la existencia del alma, la inmortalidad y la deidad. Halladas estas
cosas, surgió la oración como resultado lógico. Desde entonces nada más se
encontró en todos estos doce mil años, como si los hombres se hubieran
conformado, encontrando que con ellas bastan. No me bastan. Deseo avanzar más y
arrancar una cuarta, y todavía más de una cuarta, a las tinieblas del
pensamiento. Quiero más ideas de la vida del alma. Abrigo la certeza de que
habrán de hallarse otras más. Una gran vida —una civilización entera— aguarda
fuera de la palidez del pensamiento común. Ciudades y países, habitantes,
inteligencias, cultura... toda una civilización. Excepto las ilusiones tomadas
de las cosas familiares, nada indica una nueva idea. No entiendo por esto
ciudades reales ni civilización real. Tal vida es distinta de otra imaginada
todavía. Existe un nexo de ideal del cual nada se sabe, es un vasto cosmos de
ideas, un cosmos de pensamiento. Hay una Entidad, una Entidad con Alma, no
reconocida todavía. Ésta, rudamente expresada, constituye mi Cuarta Idea. Está
más allá o al lado de las tres descubiertas por el hombre de las cavernas; es
adicional a la existencia del alma; adicional a la inmortalidad y está más allá
de la idea de la deidad. Creo que hay algo más que la existencia.
En el mismo decenio en que Jefferies enuncia estas ideas,
o, mejor dicho, este llamamiento para que se alcancen ideas nuevas, más
profundas, más ricas y más globales, Madame Blavatsky publicó dos tomos
asombrosos a los cuales dedicó una labor tan prodigiosa que los hombres todavía
se rompen el cráneo estudiándolos. Me refiero a The Secret Doctrine (La
Doctrina Secreta) y a Isis Unveiled (Isis Descubierta). Aunque no hubiesen
aportado otra cosa, estos dos libros ponen en fuga la idea de la contribución del
hombre de las cavernas a nuestra cultura. Tomando datos de toda fuente
imaginable, Madame Blavatsky amasa un extraordinario cúmulo de material para
probar la imperecedera continuidad de la sabiduría esotérica. Según este
criterio, jamás hubo un momento en que, lado a lado con el “cavernícola” y ni
siquiera mucho antes que él, no existiesen seres superiores, y por superior
entiendo lo superior en todo el sentido de la palabra. Indudablemente
superiores a los que en la actualidad consideramos como tales. En cambio para
ella no cabe la más mínima duda, como tampoco la cabe para quienes opinan como
ella, de que no existen seres superiores aislados sino grandes civilizaciones
precursoras cuya existencia ni siquiera sospechamos.
No sé si Jefferies llegó a conocer tales opiniones ni si
las rechazó. No imagino que le hubiese importado en absoluto si hubiera tenido
el convencimiento de que las tres únicas ideas arrancadas a lo desconocido
llegaran a nosotros por intermedio de los hechiceros de épocas olvidadas o del
hombre de las cavernas, como dice. Lo veo derribando de los escaparates todo el
brillante despliegue de conocimientos. Jefferies todavía sería capaz de afirmar
que esas tres ideas son todo lo que tenemos y que no importa cuándo fueron
puestas en circulación ni por quién. En cambio, trata magníficamente de
hacernos comprender, de hacernos ver, de hacernos aceptar, que estas ideas
provinieron de una fuente que jamás fue agotada y que jamás ha de agotarse; que
perdemos el tiempo, que nos disipamos, que nos osificamos y nos entregamos a la
muerte mientras nos conformemos con estas preciosas tres y no nos esforcemos en
emprender la jornada hacia la fuente misma.
Saturado de devoradora maravilla, impulso y reverencia por
la vida, sin lograr obtener jamás suficiente mar, aire y cielo, comprendiendo
“la aplastante desesperanza de los libros”, y decidido a pensar las cosas por
sí mismo, no es extraordinario en absoluto, por lo tanto, que lo sorprendamos
declarando que la duración de la vida humana podría prolongarse mucho más allá
de todo lo que imaginamos posible en la actualidad. En efecto, avanza más,
mucho más, y, como verdadero hombre de espíritu, afirma que “la muerte no es
inevitable para el hombre ideal. Ha sido formado para una especie de
inmortalidad física”. Nos ruega que meditemos seriamente sobre lo que sucedería
“si toda la raza humana se uniese en sus esfuerzos por eliminar las causas del
envejecimiento”.
Pocos párrafos más adelante dice, y con cuánta
justificación:
La verdad es que morimos a través de nuestros antepasados,
somos muertos por nuestros antepasados. Sus manos muertas se extienden desde la
tumba y nos arrastran hacia sus enmohecidos huesos. Nosotros, mientras tanto,
preparamos en este momento mismo la muerte de nuestra no nacida posteridad. En
este día los que mueren no mueren en el sentido de la ancianidad, sino que son
muertos.
Toda figura revolucionaria, sea en el ámbito de la
religión o en el de la política, sabe esto demasiado bien. “¡Empezad
completamente de nuevo!” Es el viejo grito, el grito de siempre. Pero matar a
los espectros del pasado ha sido hasta ahora una tarea insuperable para la
humanidad. “La gallina sólo es la forma en que el huevo produce otro huevo”,
dijo Samuel Butler. Nos preguntamos quién hace que el hombre siga produciendo
ineptos, quien hace que él, rodeado e investido como está por los poderes más
potentes y divinos, se conforme con no ser otra cosa que lo que ha sido y
todavía es. Imaginemos lo que el hombre es capaz de provocar en su ignorancia y
crueldad, escuchando lo que dice el Marqués de Sade cuando sale de la cárcel
(después de casi trece años vividos en confinamiento solitario) con estas
terribles palabras:..., “Todos mis sentimientos están extinguidos. Ya no me ha
quedado gusto por nada, ya nada me agrada; el mundo que tontamente lamenté con
tanta arbitrariedad me resulta tan pesado... y tan aburrido... Nunca he sido
más misántropo que ahora que he vuelto entre los hombres, y si parezco peculiar
para los demás, pueden tener la seguridad de que ellos producen el mismo efecto
en mí...”. La queja de este infortunado individuo está hoy en boca de millones.
De todos los rincones del mundo se levanta un gemido de congoja. Peor todavía,
un gemido de total desesperanza.
“¿Cuándo —pregunta Jefferies (¡en 1882!)— será posible
tener la certeza de que la capacidad de un solo átomo se ha agotado? En
cualquier momento algún afortunado incidente podrá revelar su renovado poder”.
Hoy conocemos —¡y cuan vergonzosamente lo hemos utilizado!— el poder que reside
en el átomo. Y hoy, más que nunca hasta ahora, el hombre deambula hambriento,
desnudo y abandonado.
“¡Comenzad de nuevo!” Oriente trepida. En efecto, los
pueblos de Oriente realizan por fin un heroico esfuerzo por romper los grillos
que los atan al pasado. ¿Con qué resultado? Que nosotros, los de Occidente,
temblamos de miedo. Quisiéramos contenerlos. ¿Dónde está el progreso? ¿Quién
posee ilustración?
En el librito de Jefferies hay una frase que literalmente
salta de la página, por lo menos para mí. “Todavía no se ha inventado un
proceso de razonamiento que permita ir directamente al fin deseado”.
Declaración esta contra la cual me parece escuchar la objeción del crítico:
-“xcelente, en verdad, ¿pero por qué no lo inventa él?” Ahora bien, una de las
virtudes de los hombres que nos inspiran es que siempre nos dejan abierto el
camino. Sugieren, estimulan, señalan. No nos toman de la mano para conducirnos.
Por otra parte, podría decir que hay hombres que en este preciso momento luchan
por enseñarnos a lograr este fin. Ahora son virtualmente desconocidos, pero
cuando llegue el momento serán una revelación. No navegamos a la deriva, por
mucho que pueda parecerlo. Pero quizá convenga consignar en su totalidad el
pensamiento de Jefferies, porque lo presentó de una manera inolvidable:
Es indudable que en esta hora llueven sobre nosotros en
toda la anchurosa tierra rayos u ondulaciones no reconocidas de medios más
sutiles, pletóricos de mensajes y datos de lo desconocido. En esto somos tan
ignorantes como carecían de luces los que pintaron los papiros. Hay una
infinitud de conocimientos que hemos de saber todavía, y después de eso una
infinitud de pensamiento. Todavía no se ha ideado ningún instrumento mental
mediante el cual se puedan llevar las investigaciones directamente al objeto.
Todo lo hallado ha sido descubierto merced a un accidente afortunado; buscando
una cosa, se encontró por casualidad otra. No se ha inventado todavía un
proceso de razonamiento que permita ir directamente al fin deseado. Porque
ahora la más mínima partícula basta para dejar de lado la investigación, y la
más minúscula circunstancia alcanza para ocultar verdades obvias y
brillantemente relucientes... En la actualidad el empeño por hacer
descubrimientos es como mirar el cielo a través del follaje de un roble. Aquí
una hermosa estrella brilla claramente, aquí una constelación está oculta por
una rama; un universo por una hoja. Se requiere algún instrumento u órgano
mental que nos permita distinguir entre la hoja que puede quitarse y el vacío
real; cuándo dejar de mirar en una dirección y trabajar en otra... Creo que hay
infinitudes que han de saberse, pero están ocultas por una hoja...
¡Comenzad de nuevo! ¡Tomad otro puntal! O, como dice
Claude Houghton: “¡Todo cambia, Humanidad!” O, como exclama Klaukush en The
Mauritzius Case: “¡Detente, mundo de humanos, y ataca el problema desde otro
ángulo!” Nuevamente una voz nos ordena desde dentro salir de la huella, dejar
las bolsas y el equipaje, cambiar de vehículos, cambiar de dirección. De vez en
cuando un individuo obedece la secreta indicación y experimenta lo que los
hombres llaman conversión. Pero jamás un mundo entero se levanta sobre sí mismo
con los pies listos para dar el salto hacia lo azul.
Las cosas que erróneamente se han denominado
sobrenaturales para mí son sencillas —dice Jefferies— y más naturales que la
naturaleza, que la tierra, que el mar o el sol... Lo sobrenatural y lo difícil
de comprender es la materia... La materia está más allá de la comprensión, de
lo misterioso y de lo impenetrable; la toco con facilidad, pero no la
comprendo. El alma y la mente —el pensamiento, la idea— se comprenden con
facilidad, se comprenden a sí mismas y son conscientes. Para mí todo es
sobrenatural. ¡Qué extraño es ese estado de la mente que no puede aceptar nada
que no sea la tierra, el mar, el universo tangible! Sin lo mal llamado
sobrenatural me parecen incompletos e inconclusos. Sin alma todo eso está
muerto. Excepto cuando camino junto al mar y mi alma está junto a él, el mar
está muerto. Estos mares junto a los cuales no ha estado ningún hombre, junto a
los cuales no ha estado ningún alma, sea en la tierra o en los planetas, están
muertos. No importa la majestad con que ruede el planeta en el espacio, si no
hay en él un alma, el planeta está muerto.
Si no hay un alma está muerto. El hombre de hoy debería
ser más capaz de comprender esto que los contemporáneos de Jefferies. Para él
este planeta ya está virtualmente extinguido.
Alrededor de 1880 los novelistas ingleses imaginativos
—los escritores de “novelas”— comenzaron a introducir en sus obras el así
llamado y mal llamado elemento “sobrenatural”. La suya fue una rebelión contra
la funesta tendencia de los tiempos, cuyos amargos frutos, nosotros, los de
esta generación, estamos probando. ¿Qué brecha, en pensamiento o sentimiento,
existe entre estos escritores (hoy considerados ridículos y mal orientados) y
nuestros científicos metafísicos que luchan vanamente por expresar una visión
más grande, más profunda y más significativa del universo? Hoy es observación
común que el hombre de la calle acepta los 2milagros” de la ciencia como cosa
sabida. Cada día de su vida el hombre común utiliza lo que hombres de otras
épocas habrían considerado medios milagrosos. En la gama de invenciones, si no
en cuanto a poderes de invención, el hombre está hoy más cerca de ser un dios
que en cualquier momento de su historia. (¡Por lo menos así queremos creerlo!)
Sin embargo, nunca se pareció menos a los dioses. Acepta y utiliza los
milagrosos dones de la ciencia sin interrogantes; carece de maravilla, carece
de importancia, carece de reverencia, celo, vitalidad y regocijo. No extrae
conclusiones del pasado, no tiene paz ni satisfacción en el presente y está
absolutamente ajeno al futuro. Está marcando el tiempo. Esto es casi todo lo
que podemos decir de él.
Sin embargo también debemos decir lo siguiente: su
concepción del tiempo y del espacio, junto con otras nociones profundamente
arraigadas, como la sagrada doctrina de la causalidad, del buen trabajo, el
progreso, el propósito, el deber y así sucesivamente, fueron muertas para él
por el científico, el filósofo, el inventor, el gran jefe y el militar.
Bastante poco queda del universo en que nació. Sin embargo, todo está, hasta en
su más mínima porción, y ha de acompañarlo en sus viajes hacia adelante o atrás.
Sus conceptos son lo único que se ha modificado. No su manera de pensar. No su
facultad pensante ni sus poderes pensantes. En asombrosa medida se conserva
inmune y ajeno a todo lo que sucede a su alrededor. No participa; es arrastrado
por los cabellos No inicia nada, salvo que sea simple reacción. ¡Qué imagen
presenta el hombre moderno! Es un despojo amedrentado y azorado, confuso y
envilecido que se deja arrastrar por los cabellos, como he dicho, hacia algún
promontorio elevado y siniestro donde todo está a punto de serle revelado, pero
donde gimiente y tembloroso será lanzado al vacío. De esta manera y solamente
así lo veo entrar en el gran arcano de la verdad y la sabiduría. ¿De qué otro
modo podría ser? Él mismo ha cerrado todas las puertas; él mismo ha apartado de
un puntapié todos los soportes; él mismo eligió (como si diciendo esto
pudiésemos dignificarlo) ser arrojado al “caldero del renacimiento”. Sublime e
ignominioso espectáculo. Castigo y salvación en uno solo.
¿Qué podría constituir o constituiría, preguntamos, un
“milagro” para el hombre en este estado? ¿Sería milagroso evitarle su justo
destino? ¿Sería milagroso si en el preciso momento en que llega al borde del
abismo sus ojos se abriesen de pronto? ¿Qué espera el hombre moderno, si espera
algo, en forma de milagros? El único milagro que alcanzo a concebir sería que
en el último momento rogara que se le ofrezca la oportunidad de comenzar de
nuevo.
¿No es desconcertante que esta especie humana que cree con
tanta solidez en la realidad concreta, y sólo en la realidad concreta, pueda
hablar de la luna o de planetas aún más distantes como si fuesen apenas los
puntos de partida de su inminente exploración física del universo; que pueda
pensar en comunicarse con seres desconocidos de las esferas estelares o, más
curioso todavía, pensar en la forma de defenderse contra posibles invasiones
desde esas esferas; que pueda visualizarse a sí mismo abandonando este planeta
Tierra y emprendiendo una nueva modalidad de vida en los cielos, y comprendo
(por lo menos por el momento) que tal cambio de residencia alteraría su edad,
su estructura y su ser físico, y lo reformaría tan radicalmente, en suma, que
se volvería irreconocible para sí mismo? ¿No es desconcertante, digo, que tales
pensamientos no le aterroricen; ni el desarraigo de su planeta nativo, ni el
cambio de tiempo, ritmo, metabolismo o familiarización con seres remotos, mucho
más extraños que todo lo que ha sido capaz de imaginar? Y sin embargo, sí, y
sin embargo conseguir que ame y respete a su vecino, que trate de comprender a
sus semejantes, que comparta con él sus posesiones, sus alegrías y sus pesares,
conseguir que provea para su progenie, que elimine la enemistad, la rivalidad y
los celos, que elabore y respete algunas sencillas leyes —para su propio
bienestar—, que deje de luchar por la simple existencia y goce la vida, que se
concentre en la eliminación (y no simplemente en la cura) de las enfermedades,
la vejez, la miseria y la soledad —¡oh, y de tantas, tantas otras cosas!—,
conseguir que acepte con beneplácito ideas nuevas y no se alarme por ellas,
conseguir que se desprenda de la superstición, el fanatismo, la intolerancia y
otras premisas apócrifas que lo tienen aferrado por la garganta... no, hacia
estos fines vitales se niega obstinadamente a dar un solo paso. En cambio
preferiría escapar a sus verdaderos problemas; preferiría abandonar el planeta
y a sus semejantes. ¿Podría haber peor “renegado”? ¿Debe extrañar que
anticipando el advenimiento de su glorioso “nuevo día” en el seno de las
profundidades estelares, ya lo invada el temor de que sus nuevos vecinos se
resientan por su llegada? ¿Qué otra cosa, a fin de cuentas, podrían traerle los
moradores de estos mundos todavía desconocidos? ¿Qué otra cosa sino desastre y
ruina? Su orgullo le dice que es superior a esas criaturas de otros mundos,
pero su corazón le dice otra cosa. Puede que donde el tiempo es de otro orden,
donde atmósfera y ambiente son uno solo, “ellos” hayan estado esperando la
llegada de este temible acontecimiento. Puede que en alguna parte, en los
vastos enjambres de planetas habitables, haya seres imbuidos por el mismo
desprecio, orgullo, arrogancia, ignorancia e insensibilidad que nuestras
criaturas terrenales. Por lo menos así conjetura insistentemente Marie Corelli.
¡Et elle a raison! No, tal como somos hoy, podríamos no ser bienvenidos en
absoluto en esos cuerpos estelares. Si no hemos hallado el paraíso dentro de
nosotros mismos, no cabe duda de que no lo encontraremos fuera. Pero existe la
posibilidad, una esperanza desesperada y casi olvidada, de que habiendo echado
un vistazo “allí” de orden, paz y armonía, nosotros, que nos llamamos a
nosotros mismos hombres, regresemos a este infierno sobre la tierra y
comencemos de nuevo.
Por toda la gran literatura circula la idea del viaje de
ida y vuelta. No importa todo lo que el hombre se lance a descubrir, no importa
hacia qué punto del tiempo o el espacio oriente su cansado cuerpo, finalmente
regresa, regresa a la morada de sí mismo. Que el viaje a la Luna ha de
convertirse en realidad dentro de poco, no ofrece la menor duda. Tampoco cabe
ninguna duda de que antes de mucho tiempo viajará a dominios más distantes
todavía. El tiempo ha dejado de ser un impedimento. El tiempo se arrolla como
una alfombra. Entre el hombre y sus deseos, en el breve intervalo que tiene por
delante, es muy probable que no transcurra tiempo. Como los personajes de Franz
Werfel en Star of the Unborn (Estrella del Porvenir), puede que descubramos la
manera de señalar con una aguja el lugar donde querríamos estar y nos hallemos
allí instantáneamente. ¿Por qué no? Si la mente puede dar el salto, también
puede darlo el cuerpo. Sólo hay que aprender a hacerlo. Sólo tendremos que
desearlo, y así ha de ser. La historia del pensamiento humano y de las
realizaciones humanas corrobora esta verdad. En la actualidad el hombre se
niega a creer o no se atreve a creer que las cosas pueden hacerse de esta
manera. Entre el pensamiento y el objetivo se amortigua a sí mismo con invenciones.
Hace alas, pero todavía se niega “a tomar alas”. El pensamiento, sin embargo,
ya está en vuelo. La Mente, que todo lo contiene y que todo lo es, lo lleva en
sus alas delante de sí. En este preciso momento el pensamiento del hombre se ha
adelantado tan infinitamente tanto con respecto a su ser, que es como si se
hubiese distendido como un cometa. El hombre de hoy vive en la cola de un yo
que tiene forma de cometa. La cola de este Yo monstruosamente distendido
ocasiona estragos cuando pasa por regiones nuevas y completamente
imprevisibles. Una parte del hombre ansia llegar a la Luna y a otros mundos
accesibles, sin soñar jamás que otra parte de él ya está atravesando regiones
más misteriosas y más espectaculares todavía.
¿Será que el hombre debe reconocer el circuito de todos
los cielos antes de regresar a la morada de sí mismo? Puede que sí. Puede que
deba repetir el simbólico acto del gran dragón de la creación: colear y
retorcerse, trenzarse y entretrenzarse, hasta que por fin logre llevarse la
cola a la boca.
El verdadero símbolo de la infinitud es el círculo
completo, pero también es el símbolo de la realización. Y la realización es el
objetivo del hombre. Sólo en la realización encontrará la realidad.
Mas, ay, tendremos que describir el círculo completo.
¿Dónde está la morada sino en todas partes y en ninguna al mismo tiempo? Cuan
do haya tomado posesión del alma, el hombre estará entonces plenamente vivo, no
le preocupará nada la inmortalidad y no sabrá nada de la muerte.
¡Comenzar totalmente de nuevo podría significar volver
vivo por fin!
NOTA SOBRE EUGENIO SUE
Una carta de Pierre Lesdain, de Bélgica, ofrece lo
siguiente sobre Eugenio Sue:
Usted me pidió información sobre Eugenio Sue. No soy un
lector asiduo de este autor, leí Los misterios de París, en mi juventud, y
luego nada más. Estos son los libros de Eugenio Sue:
Kernoch el pirata, 1830.
PlickyPlock, 1831.
AtarGull, 1831.
La Salamandra, 1832.
El vigía de Koat Ven, 1833.
Arthur, 1833
Historia de la marina francesa (5 tomos), 1835.
Cecilia, 1835.
Latréaumont (2 tomos), 1837.
Le Cavalier (2 tomos), 1840.
Dos Historias, 1840.
El marqués de Létoriére.
El monte del diablo (2 tomos), 1840.
Matilde (6 tomos), 1841.
El comendador de Malta, 1841.
Los misterios de París (10 tomos), 1842-43.
PauliMonti, 1842.
Teresa Dunoyer, 1842.
El judío errante (10 tomos), 1844-45.
Martín, o ¿?/ «mo encontrado, 1847.
El republicano de las campañas, 1848.
El pastor de Kravan.
Los siete pecados capitales (16 tomos).
Los misterios del pueblo, o Historia de una familia a
través de los siglos (10 tomos).
Los yos y el amor (6 tomos), 1852.
Fernand Duplessis (6 tomos).
El marqués de Amalfi (2 tomos), 1853-
Gilberto y Gilberto (7 tomos), 1853.
La familia Jouffroy (7 tomos), 1854.
El libro de familia (7 tomos), 1856.
Los secretos de la almohada (7 tomos), 1858.
Es una lista abrumadora; me da vértigo. ¿Qué ha quedado de
su obra, inmensa en cuanto a la montaña de papel que abarcan sus libros y a la
cantidad de los volúmenes que revelan una exhuberancia tropical? Nada. Apenas
el nombre del autor, nombre predestinado, que incita a la broma fácil. Ya nadie
lee a Eugenio Sue. Es de dominio público, y a ningún diario se le ocurre
publicar ninguna de sus novelas en folletín. Antes de la guerra de 1940 no
recuerdo qué escritor suizo —de talento—, quiso publicar una versión resumida
de Los misterios de París (probablemente el “abuelo” de las versiones
resumidas). Creo que sin resultado. ¡La palabra del Eclesiastés!
Porque Eugenio Sue conoció la gloria en vida como pocos
escritores del mundo la conocieron; una gloria estrepitosa, gloria de ídolo de
la multitud. Se cuenta que Eugenio Sue, que era guardia nacional, como todos
los ciudadanos de su tiempo, dejó un día de presentarse a cumplir su turno de
centinela. Condena automática. Para vengarse, el escritor se negó a entregar al
diario el episodio siguiente de la novela que se estaba publicando en folletín
y que los lectores aguardaban con avidez. Casi se produjo un pequeño motín en
París, y el ministro tuvo que levantar el castigo impuesto a Eugenio Sue.
¿Influyó realmente Eugenio Sue en Balzac y en Dostoievski?
Es fácil decirlo; menos fácil es probarlo. El buen éxito de Sue quizá haya
incitado a Balzac y a Dostoievski a situar sus novelas en ambientes similares a
aquellos cuyas características y cuya novedad explotaba a la sazón Eugenio Sue.
Los personajes de la novela, francesa hasta entonces, eran artificiales,
producto de la imaginación pura, creados al azar, como el Gil Blas, que no
tiene nada de específicamente español... Sobre esta clase de la sociedad hay
novelas de psicología aguda, profunda, como La princesa de Cléves o Las
amistades peligrosas, pero era preciso, como Madame de La Fayette o Choderlos
de Lacios, “haberse criado en el harén” para “conocer sus recovecos”.
Eugenio Sue no es un novelista profundo. Tiene una
imaginación desbordante, lo cual, sin duda, es algo, pero muy poco para golpear
a las puertas de la posteridad y confiar en que se abran. La imaginación de Eugenio
Sue, que tanto impresionó a sus contemporáneos, suele hacernos sonreír, y a
veces estallar en francas carcajadas. La máxima perfección para Eugenio Sue era
introducir en la novela, lo más frecuentemente posible, una especie de
disertación moral, que él llamaba sus utopías. Por ejemplo, hay que dejar de
ejecutar a los condenados a muerte; para castigarlos por sus crímenes es
preferible saltarles los ojos. El procedimiento se hace finalmente intolerable
e irritante...
Eugenio Sue nació en 1804 y murió en 1857. Era hijo de un
médico, y ahijado de la emperatriz Josefina. Abandonó los estudios antes de
llegar a la retórica. Estudió medicina con su padre, quien lo hizo contratar en
un barco como cirujano. (Las primeras obras de Eugenio Sue son de ambiente
marítimo). El padre le dejó al morir una fortuna de un millón de francos (de
aquella época). Ignoro si Eugenio Sue le dio buen destino...
CAPÍTULO XII - CARTA A PIERRE LESDAIN
3 de mayo de 1950
Mi estimado Pierre Lesdain:
Desde que leí su atenta y muy bien venida carta el 20 de
abril, se me ha ocurrido la idea de incorporarle a este libro sobre libros que
estoy escribiendo. Por esa razón esta carta comienza en la página 210... Nadie
podría recibir con mayor placer que usted mis pensamientos, particularmente mis
pensamientos larvales. Usted es uno de los lectores más entusiastas que
conozco. En sus comentarios a menudo está “en contra”, pero la mayoría de las
veces está “a favor” del autor. Cuando usted ataca, revela su amor, y no
rencor, envidia, despecho ni celos. Muchas veces, cuando evoco mis primeros
días, pienso en usted y siempre le veo con un libro en la mano o bajo el brazo.
En efecto, según descubro a través de la lectura de su columna semanal en
Volonté, ahora tengo la certeza de que muchas veces leíamos al mismo tiempo al
mismo autor, cuando no el mismo libro de ese autor.
Hace más de dos semanas que no escribo y me bullen en la
cabeza los pensamientos. Como quizá le haya explicado previamente, el motivo de
que viva en constante estado de efervescencia se debe a los libros que estoy
releyendo, principalmente mis viejos favoritos. Todo me nutre y me estimula. Al
principio pensaba escribir un libro chico; ahora me parece que será un tomo
voluminoso. Día tras día anoto en mi libreta algunos títulos más que recuerdo.
Éste es un aspecto interesantísimo de mi labor, exhumar del insondable depósito
de mi memoria algunos títulos nuevos cada día. A veces tardo dos o tres días en
identificar el nombre de un libro que tengo a flor de labios, en la punta de la
lengua, hasta que por último se me anuncia por completo: autor, libro, momento
y lugar. Una vez “fijado” en la memoria, se introducen toda suerte de
asociaciones que abren insospechados dominios de mi borroso pasado.
Por lo tanto, ya he escrito lo poco que tenía que decir
sobre Gil Blas antes de recibir siquiera el ejemplar que según me anuncia ha
despachado. Gil Blas es uno de los libros que nunca leía, pero en torno al cual
hay una narración y, por lo menos para mí, la narración siempre es tan
importante como el libro. Ciertos autores me intrigan por todo lo que he oído y
leído sobre ellos, porque sus vidas me interesan, aunque no puedo leer sus
obras. Stendhal es uno ellos, y el autor de Tristram Shandy es otro. Pero quizá
el ejemplo supremo en este sentido sea el Marqués de Sade. Todo lo que he leído
sobre él, sea en pro o en contra, entusiasma enormemente. En realidad leía muy
poco de lo que ha escrito, y lo leí sin mucho placer ni provecho. No obstante,
creo en él, por así decirlo. Me parece un escritor importantísimo, una gran
figura, y uno de los desventurados más trágicos que hayan nacido jamás. Voy a
escribir sobre él, por supuesto, aunque jamás llegue a leerlo en su totalidad.
(¿Quién lo ha hecho?) Dicho sea de paso, quizá le divierta saber que me resultó
muy difícil recordar los títulos de las obras llamadas “obscenas”, tanto las
que había leído como las que había oído mencionar. Es una de las ramas de la
literatura con la cual estoy muy poco familiarizado. ¿Pero es una “rama” de la
literatura o se trata de una categoría de nombres equivocados?
Ahora va un pensamiento al azar en passant. Cada vez que
leo un libro de Elie Faure experimento un gran conflicto emocional. Una vez y
otra vez, en mis discursos y escritos, he mencionado mi deuda hacia este gran
individuo. Debería escribirle un panegírico, pero dudo que lo haga y dudo que
pueda hacerlo, como tampoco puedo respecto a Dostoievsky o Whitman. Algunos
autores son demasiado grandes y al mismo tiempo están demasiado cerca de uno.
Jamás logramos escapar de la estela de su encantamiento. Imposible decir en qué
lugar la propia vida y el trabajo se separan o divergen con respecto a ellos.
Todo está inextricablemente entretejido.
Cuando pienso en ciertos nombres parece como si mi vida
hubiese comenzado de nuevo muchas veces. Indudablemente se debe a que cada vez,
por intermedio de esos divinos intérpretes, he redescubierto a mi propio ser.
Usted habla de haberse sumergido durante tres años en Nietzsche y solamente en
él. Lo comprendo, aunque nunca hice eso con ningún autor. ¿Pero puede leer hoy
a Nietzsche con el mismo fervor? ¡Ah, ahí está el milagro! Quien tenga el poder
de afectarnos con mayor y mayor profundidad cada vez que lo leemos, es
realmente un maestro, no importa su nombre su jerarquía o su condición. Este
pensamiento surge en mí cuando releo a mis autores favoritos. (Tengo la
certeza, por ejemplo, de que si tomase The Birth of Tragedy (El Nacimiento de
la Tragedia) —el único libro que he releído más que cualquier otro, según
creo—, tengo la certeza, repito, de que quedaría “liquidado” para todo el día).
¿Qué significa este sostenido entusiasmo por tantos autores?, me pregunto
muchas veces a mí mismo. ¿Significa que no he “evolucionado”? ¿Significa que
soy ingenuo? ¿Qué? Cualquiera que sea la respuesta, le aseguro que considero
esta debilidad como una singular bendición. Y si al abrir un viejo favorito
acaso encontrase en su libro una cita de otro de mis grandes favoritos,
entonces mi júbilo sería ilimitado. Ayer mismo, cuando hojeaba The Dance Over
Fire and Water (La danza_sobre el fuego y el agua), me sucedió precisamente
eso. En fa página seis encontré esto de Wait Whitman: “El mundo será completo
para quien sea completo él mismo.”Y en la página ochenta y cuatro esto, también
de Whitman: “Contempláis las Biblias y religiones como divinas, y yo os digo
que son divinas. Pero digo que todas ellas han surgido de vosotros, podrán
volver a surgir de vosotros y no son ellas quienes imparten vida, sino vosotros
quienes impartís vida”. (¡Puedo decir, aunque sólo sea una vez en mi vida, que
me enorgullezco de que haya sido norteamericano quien habló así!)
Uno de los motivos por los cuales no puedo escribir
extensamente sobre estos escritores favoritos es, primero, que no puedo
abstenerme de citarlos copiosamente, y segundo, que se han introducido tan
profundamente en mis mismísimas fibras que en cuanto empiezo a hablar de ellos
repito su lenguaje. No tanto porque me avergüence de “plagiar” a los maestros,
sino por que temo no ser capaz de recuperar alguna vez mi propia voz. Debido a
nuestra abundante lectura llevamos dentro de nosotros tantas entidades, tantas
voces, que es realmente raro el hombre que pueda decir que habla con su propia
voz. En último análisis, ¿es realmente nuestra esa pizca de singularidad de que
hacemos alarde como 2nuestra”? Toda contribución real o excepcional que hagamos
surge de la misma fuente inescrutable de la cual todo deriva. No aportamos otra
cosa que nuestra comprensión, lo cual es una manera de decir nuestra
aceptación. No obstante, como todos hemos sido modelados de acuerdo con
originales previos cuyo número no tiene fin, regocijémonos si en ocasiones
resonamos como los gloriosos, resonamos como esos seres completamente vacíos
que no pueden decir otra cosa que “Om”.
Y ahora, para concentrarme algunos instantes en las
múltiples cuestiones planteadas en su carta... no podría decirle lo mucho que
me encantó que usted haya aprovechado tan pronto la cita que le envié de mi
viejo “maestro” John Cowper Powys. En el mismo envío encuentro que el director
literario de Combat también hace una transcripción del prefacio de Visions and
Revisions (Visiones y Revisiones). Dentro de poco espero encontrar para usted
uno de los libros de Powys sobre interpretación, que tengo la seguridad que ha
de agradarle. Creo que nunca fue traducido al francés. Para los franceses
indudablemente parecerá como “traer carbón a Newcastle”. El otro día, para
alegrar su corazón y cumplir una cortesía que le debía desde hace mucho tiempo,
le dije “mon tres cher grand maítre”. Si Elie Faure hubiese vivido cuando por
último me armé del coraje necesario para llegar a su despacho, sin duda me
habría arrodillado a sus pies para besarle la mano.
Usted habla de tener que conquistar el sentimiento de la
“rebelión” en lo tocante a los primitivos ídolos de uno. Es completamente
cierto, pero creo que esta es una fase transitoria. Las primeras emociones, las
primeras reacciones, son las verdaderas e imperecederas, según solemos
descubrir. (Descubrir es recuperar.) Sin embargo, debo confesar que siempre hay
autores hacia los cuales, una vez perdido nuestro afecto o reverencia, jamás
volvemos a recuperar nuestra actitud original. Es como la pérdida de la gracia.
En este momento no recuerdo ni un solo escritor grande —grande según mi
definición— que me haya decepcionado. En efecto, cuanto más me remonto entre
mis ídolos, más auténtica y perdurable parece mi adoración. No hay decepciones.
Particularmente en el ámbito de los “escritores para niños”. No, lo
sorprendente para mí es que, una vez entregada mi lealtad, he seguido siendo
leal. Recalco esto porque la lealtad no es uno de mis puntos fuertes. Las
excepciones carecen de importancia en absoluto y en conjunto no vale la pena
anotarlas. En lo que se refiere a los autores, me mantengo como el “constante
amante”.
Este rasgo peculiar (¿devoción, adoración?) hace que este
libro crezca (hipotéticamente) hasta adquirir asombrosas proporciones. ¿Cómo
finalizar mi testimonio? ¿Cómo poner punto final alguna vez a este canto de
amor? ¿Y por qué ponerle fin? Yo, que nunca he llevado un diario, comienzo a
percibir lo tentador e imperioso que es el deseo de registrar el progreso del
viaje interior de uno. Además, yo, que en varias ocasiones juré que había
acabado con los libros, llegué un día al extremo de convertirme en trabajador
manual, o peor que eso, un verdadero campesino, creyendo (vanamente) que
superaría así la enfermedad.
La otra noche, releyendo The Story of My Life (La Historia
de mi vida), de Helen Keller, encontré las siguientes líneas de su maestra,
Anne Mansfield Sullivan:
“Creo que la lectura debería ser independiente de los
ejercicios escolares regulares. Debe alentarse a los niños a leer por el gusto
de leer. (¡Bravo!) La actitud del niño hacia sus libros debe ser una actitud de
receptividad inconsciente. Las grandes obras de la imaginación deberían
convertirse en parte de su vida, porque fueron la sustancia misma de los
hombres que las escribieron”.
Y agrega: “Me parece que con demasiada frecuencia se
obliga a los niños a escribir antes de que tengan algo que decir. Si les
enseñamos a pensar, a leer y a conversar sin represiones, escribirán porque no
podrán evitarlo”.
Cuando consignaba como suya la opinión de que “los niños
se educan a sí mismos en condiciones apropiadas”, me hizo pensar en el Emilio
de Rousseau, y nuevamente cuando encontré la siguiente página sobre el
lenguaje:
El lenguaje brota de la vida, de las necesidades y de las
experiencias de la vida. Al principio la mente de mi pequeña alumna estaba
completamente en blanco. Había vivido en un mundo que no podía comprender.
Lenguaje y conocimiento están indisolublemente unidos; son interdependientes.
Una buena obra en lenguaje presupone y depende del verdadero conocimiento de
las cosas. Apenas Helen captó la idea de que todo tenía un nombre, y de que por
medio del alfabeto manual estos nombres podían transmitirse de una persona a
otra, procedía a despertar su interés adicional en los objetos cuyos nombres
aprendió a pronunciar con evidente regocijo. Nunca le enseñé el lenguaje con el
PROPÓSITO de enseñárselo, sino que invariablemente utilicé el lenguaje como
medio para la comunicación del pensamiento; así, el aprendizaje del lenguaje
coincidía con la adquisición de conocimientos. Para emplear el lenguaje con
inteligencia, debemos tener algo de que hablar, y el tener algo de que hablar
es el resultado de haber tenido experiencias; ninguna enseñanza del lenguaje,
por intensa que sea, permitirá que nuestros niños empleen el lenguaje con
facilidad y fluidez si no poseen con claridad en sus mentes algo que desean
comunicar o si no logramos despertar en ellos el deseo de saber lo que hay en
las mentes de los demás.
Todo esto me conduce a su pregunta sobre Lawrence: ¿Por
qué nunca terminé el estudio sobre él que había comenzado en París hace unos
diecisiete años? Pero primero quisiera responder a la otra pregunta: si no me
siento más cerca de Lawrence que de Joyce. En efecto, así es. Quizá demasiado
cerca, o mejor estaba demasiado cerca cuando comencé a escribir ese magnum
opus: The World of Lawrence (El mundo de Lawrence). Como el libro en que estoy
trabajando ahora, también ése comenzó como un libro “chico”. El editor de
Tropic of Cáncer (Trópico de Cáncer), Jack Kahane, me había pedido que le
escribiera más o menos un centenar de páginas sobre “mi gran favorito”, D. H.
Lawrence. Mi editor tenía la intención de publicar este “opúsculo” antes de que
apareciera el libro sobre Cáncer, cuya edición por un motivo u otro estaba
detenida desde hacía tres años o más. Si bien no cabe duda de que la idea no me
agradaba, acepté a regañadientes. En el momento en que había escrito un
centenar de páginas me había enfrascado tanto en el estudio de la obra de
Lawrence que ya no pude ver los árboles en el bosque. De este frustrado
esfuerzo han quedado por lo menos varios centenares de páginas terminadas. Hay
algunos centenares más que debería revisar y, por supuesto, también tengo voluminosas
notas. Dos cosas conspiraron para frustrar la terminación de esta obra: el
urgente deseo de seguir adelante con mi propia historia y la confusión que
surgió en mi mente sobre lo que Lawrence en realidad representaba. “Antes de
que el hombre estudie Zen —dice Ch'ing-yuan— para él las montañas son montañas
y las aguas son aguas; después de haberse compenetrado con la verdad del Zen,
mediante la instrucción de un buen maestro, las montañas no son montañas para
él y las aguas no son aguas; pero después de esto, cuando realmente llega a la
morada del reposo, las montañas vuelven a ser montañas y las aguas a ser
aguas”. Algo de esta índole reza para cualquier enfoque de Lawrence. Hoy ha
vuelto a ser lo que era al principio, pero sabiendo y estando seguro de que es
así, ya no experimento la necesidad de ventilar mis impresiones. Todos estos
estudios críticos e interpretativos de escritores tan vitalmente importantes
(para nosotros) creo que se hacen en nuestro propio interés. Nuestros afanes
sólo sirven para comprendernos mejor a nosotros mismos. Nuestros sujetos raras
veces necesitan nuestra defensa o nuestras brillantes interpretaciones. Por lo
general en el momento en que llegamos a ellos están muertos. En cuanto al
público, cada día me convenzo más de que también “él” necesita menos asistencia
o instrucción; me parece que es más importante que el público luche por su
cuenta.
En cuanto a Joyce, no cabe duda de que tengo una deuda con
él. Es evidente que fui influido por él. Pero tengo más afinidad con Lawrence,
lo cual es obvio. Mis antecedentes son los escritores de tipo romántico,
satánico, confesional y subjetivo. Si bien lo que me atrae en Joyce es su don
por el lenguaje, como señalé en el ensayo titulado “The Universe of Death”,
prefiero el lenguaje de Rabelais al de Joyce. Una vez dicho todo, empero, Joyce
sigue siendo el gigante en la materia. No tiene parangón; virtualmente es un
“monstruo”.
Encuentro dificilísimo distinguir las influencias reales
de las imaginarias. A pesar de que me he empeñado al máximo en reconocer todas
las influencias, comprendo perfectamente que al valorar mi obra los escritores
del futuro señalarán influencias que he ignorado y descartarán otras
influencias en las cuales hice hincapié. Usted ha mencionado en su carta The
Rime of the Ancient Mariner (La rima del viejo marinero). El autor de esa obra
es un hombre que menciono muy pocas veces. Leí esta obra en la escuela, por
supuesto, junto con The Lay of the Last Minstrel. Figuran entre los pocos
libros cuya lectura en la escuela me agradó, se lo aseguro. Pero el libro que
mejor recuerdo de la edad escolar, el libro que parece haber dejado una
impresión indeleble en mí, aunque nunca llegué a releerlo, es Idylls of the
King (Idilios del Rey) de Tennyson. ¿Por qué? ¡El Rey Arturo! El otro día,
leyendo una carta del famoso Gladstone a Schliemann, el descubridor de Troya y
Micenas, noté que decía que Schliemann pertenecía a otra era, a una era de fe,
a una era de caballeros. No cabe duda de que este hombre, este hombre de
negocios sumamente capaz y de mentalidad práctica, hizo más por la historia que
toda la caterva de flatulentos “historiadores”. Todo debido a su juvenil amor y
fe en Homero. Menciono la carta de Gladstone, noble carta, porque siempre que
toco las palabras fe, juventud y caballerosidad se enciende una llama en mi
ser. He dicho hace un momento que mi verdadera descendencia arbórea fue esto y
lo otro. ¿Pero qué es lo que nutre y sostiene la especie del escritor? ¡Lo
heroico, lo legendario! En una palabra, la literatura de imaginación y
aventuras. Cuando menciono el nombre del Rey Arturo pienso en un mundo que
todavía vive aunque se haya perdido de vista al zozobrar; lo pienso realmente
como un mundo verídico y eterno porque en él la imaginación y los actos son uno
solo, y el amor y la justicia también son uno. Hoy parecería como si este mundo
de la época de Arturo perteneciese exclusivamente al catedrático, pero resucita
cada vez que un niño o una niña se inflama al contacto con él.
Esto me lleva a destacar lo completamente equivocados que
están quienes creen que ciertos libros, por el hecho de haber sido reconocidos
universalmente como “obras maestras”, son los únicos que tienen el poder de
inspirarnos y nutrirnos. Todo amante de los libros nombraría docenas de títulos
que, porque abren su alma, porque abren sus ojos a la realidad, son para él
libros de oro. No importa la valoración que hagan de ellos los catedráticos y
críticos, los sabios y las autoridades: para el hombre que por ellos ha sido
tocado hasta la médula son supremos. No preguntamos al que nos abre los ojos
con qué autoridad procede; no le exigimos credenciales. Tampoco debemos
observar ni eterna reverencia ni eterna gratitud por nuestros benefactores
porque cada uno de nosotros tiene, a su vez, el poder de despertar a los demás,
y en realidad muchas veces lo hace sin quererlo. El hombre sabio, el santo, el
verdadero catedrático, aprende tanto del criminal, del pordiosero y de la
prostituta, como del santo, del maestro o del Buen Libro.
En efecto, le agradecería realmente que tradujese uno o
dos cuentos de las fabliaux. Prácticamente no he leído nada de esta literatura.
Esto me recuerda, aunque he recibido muchos libros de la lista recopilada por
mí, que nadie me ha enviado todavía un buen libro sobre Gilíes de Rais o sobre
Saladino, dos figuras en las cuales tengo enormes interés. Hay ciertos nombres
que uno casi nunca encuentra en nuestros semanarios literarios. La gran
diferencia entre los semanarios literarios europeos y los norteamericanos
radica en el vacío de nombres y acontecimientos literarios que caracteriza a
estos últimos. En los semanarios europeos el vacío está arracimado o salpicado
de constelaciones: en una sola columna de Le Goéland (editada en
Paramé-en-Bretagne), por ejemplo, se encuentran una docena de nombres célebres
o más, tanto del pasado como contemporáneos, de los cuales nunca oímos hablar.
Hasta en Volonté, que no es un periódico estrictamente literario, aparecen
artículos sobre hombres, libros y acontecimientos que nunca veo mencionar en
nuestros diarios o revistas. En los días en que trabajaba en el distrito
financiero de Nueva York —para la Everlasting Cement Company— recuerdo cuánto
placer me infundía, cuando iba a tomar el tren elevado en Brooklyn Bridge, ver
al pie de esa interminable escalera el último número de Simplicissimus. En esos
días teníamos por lo menos dos excelentes revistas en este país: The Little
Review y The Dial. Hoy ni siquiera hay una sola buena revista en toda esta
nación. Tampoco puedo dejar de decir una palabra sobre Transition, en cuyas
páginas descubrí los nuevos nombres extranjeros más inquietantes, entre ellos
uno que jamás he de olvidar: Gottfried Benn.
Pero volviendo a Saladino y Gilíes de Rais, —difícilmente
podría haber dos tipos más opuestos—, he averiguado en nuestras bibliotecas los
libros que tienen de ellos y obtuve algunos títulos, en su mayoría escritos por
autores ingleses o norteamericanos. Estos títulos, sin embargo, no me inducen a
pedir los respectivos libros; poseen ese atractivo inmediato y sensacional tan
eminentemente norteamericano. No busco tanto una interpretación erudita sino
poética. En el caso de Gilíes de Rais presumo que los estudios más serios han
sido realizados por los psicoanalistas. Pero no quiero un estudio
psicoanalítico de Gilíes de Rais. Si tuviese que elegir, preferiría una
investigación católica de las obras de esa alma extraña.
Hablando de los libros que todavía busco, debería añadir
que también quiero un libro sobre la Cruzada de los Niños. ¿Conoce usted alguno
bueno? Recuerdo haber leído sobre este episodio completamente desusado de la
historia cuando era niño; recuerdo mi extraordinaria desorientación, acompañada
por una sensación de dolor como nunca había experimentado. Desde la niñez
solamente he encontrado rápidas referencias sobre el tema. Ahora, al reabrir mi
pasado remoto, encuentro que debo leerlo nuevamente.
En cuanto a Restif de la Bretonne —Monsieur Nicolás y Les
Nuits de París— nadie me lo ha enviado todavía. Espero de un día para otro que
me envíe un libro sobre Restif un agregado norteamericano en Jidda, quien me ha
escrito varias veces hablándome de las notables afinidades entre el autor de
los Tropicsy este singular escritor francés. Se imaginará lo curioso que estoy
por libar la savia de esa extraña criatura.
Además de libros que no he pedido, recibo muchos que
también quiero; por ejemplo, hasta ahora debo haber recibido unos dos tercios
de los libros que figuran en la lista. Uno que leí inmediatamente apenas
recibido fue una biografía de George Alfred Henty, mi escritor favorito en mi
época de muchacho. La obra no es brillante (el autor es G. Manville Fenn) pero
me sirve igual. Tras una espera de unos cuarenta y tantos años, me dio el
extraordinario placer de dirigir una mirada al rostro de mi querido autor. Debo
decir que la foto que aparece en la portada no es en ningún sentido ni
desagradable ni decepcionante. Allí está mi querido Henty (siempre fue “Henty”
a secas para mí), grande como la vida, con una cabeza voluminosa, luciendo una
barba a lo Whitman, una nariz grande y ancha, casi rusa, y una mirada franca,
genial y afable en su semblante. Aunque no se parecen entre sí, no obstante me
recuerda mucho a otro ídolo, Rider Haggard. Pertenecen al lado “viril” de los
hombres de letras británicos. Hombres recios, firmes, honestos y honorables,
muy reticentes sobre sí misinos, justos y rectos en sus tratos, capaces en
muchos sentidos, interesados en muchas otras actividades, además de escribir:
hombres activos, baluartes sólidos y buenos, como decimos. En sus modales y en
su porte, en la variedad y alcances de sus actividades, hay mucho en común.
Desde temprana edad ambos vieron el lado rudo de la vida. Ambos fueron grandes
viajeros y pasaron un tiempo considerable en lugares remotos. Hasta en sus
métodos de trabajo tuvieron muchos puntos en común. Si bien escribían veloz y
prodigiosamente, dedicaron mucho tiempo a la acumulación, preparación y
análisis del material. Ambos tenían vena de “cronista”. Poseían una imaginación
y una intuición altamente desarrolladas. Sin embargo nadie fue más crudamente
realista que ellos y nadie estuvo más empapado de vida. Ambos gozaron también
de cierto ascendiente al llegar a la mediana edad. Y ambos tuvieron la buena
fortuna de contar con la ayuda de secretarios o amanuenses muy capaces a los
cuales dictaban sus libros. (¡Cuánto los envidio por eso!)
Comprendo que Henty quizá sea un escritor que usted no
conozca en absoluto, pero fue conocido por los muchachos norteamericanos e
ingleses, quienes quizá lo valorasen tanto como a Julio Verne, Fenimore Cooper,
el Capitán Mayne Reíd o Marryat. Pero quisiera citarle algunas observaciones de
Fenn sobre este Henty, su obra y los motivos de su gran triunfo. Tienen una
nota simpática. El niño, afirma, no quiere literatura juvenil. “Su mira es
llegar a hombre y leer lo que los hombres hacen y han hecho. De ahí el gran
éxito de las obras de George Henty. Son esencialmente viriles, y él (Henty)
solía decir a sus muchachos que fuesen audaces, rectos y dispuestos a
desempeñar el papel de hombres jóvenes, y no unos afeminados”. (Henty fue
prácticamente un inválido confinado durante los primeros años de su juventud y
pasaba la mayor parte de sus días en cama, lo cual explica su temprana pasión
por los libros: leía todo cuanto llegaba a sus manos. Esto también explica el
agudo desarrollo de su imaginación...y su buena salud en los años posteriores
de su vida, porque solamente el hombre que se inició en la vida siendo débil
valora la buena salud y debe cuidarla).
Inconscientemente —dice Fenn— preparaba el gran éxito de
sus libros para muchachos reclutando en su favor los sufragios de ese grande y
poderoso conglomerado de compradores de regalos que se encarga de la selección
de sus obsequios. Por este conglomerado entendemos los instructores de nuestros
muchachos, que, al examinar las listas de los editores, encuentran algún nombre
famoso como héroe del argumento y exclaman: “¡Ah, historia, eso no ofrece
peligro!” De esta manera Henty se vinculó con la gran cantidad de maestros que
se unieron con él mano a mano; así fue que el escritor de libros que durante
tantos años mantuvo su maravillosa producción de dos, tres y a menudo cuatro
libros para muchachos por año, libros repletos de sólido interés y notable
aventura natural, enseñó historia más duradera a los jóvenes que todos los
maestros de escuela de su generación.
Pero sobre este aspecto es suficiente. Debo admitir que me
resulta extraño descubrir los “sólidos caracteres” que poseían mis primeros
ídolos, enterarme de que eran hombres de negocios, interesados en reformas
agrarias, estrategia militar, yatching, caza mayor, intrigas políticas,
arqueología, simbolismos y así sucesivamente. ¡Cuan extraordinario es leer, por
ejemplo, que el lema de Henty bien habría podido ser: “Dios, el Soberano y el
Pueblo”. Qué contraste con los personajes que habrían de influirme posteriormente,
tantos de ellos “patológicos” o, como Max Nordau diría, “degenerados”. El dicho
de Fenn de que “el neurótico distaba tanto de Henty como polos opuestos” me
resulta ahora casi cómico. En la época de Henty la palabra “neurótico” casi no
se conocía. Hamsun solía usar la palabra “neurasténico”. Hoy es “psicótico” o
“esquizofrénico”. ¡Hoy! ¿Quién escribe hoy para los muchachos? En serio, quiero
decir. ¿De qué se alimentan los jóvenes de hoy? La pregunta es sumamente
interesante...
Anoche tuve mucha dificultad para conciliar el sueño. Esto
me sucede con frecuencia desde que trabajo en este libro. El motivo es
sencillo: estoy inundado por tanto material, lo que tengo para elegir es tan
enorme, que me resulta difícil decidir de qué no escribir. Todo parece a
propósito. Todo lo que toco me recuerda la inagotable corriente de influencias
concurrentes que han moldeado mi ser intelectual. Cuando releo un libro pienso
en el momento, el lugar y las circunstancias que mis personalidades anteriores
habían conocido. Conrad dice en alguna parte que el escritor sólo comienza a
vivir cuando empieza a escribir, pero esto es una verdad a medias. Sé lo que
quiso significar Conrad, pero la vida del creador no es la única vida y quizá
no sea la vida más interesante que pueda tener un hombre. Hay tiempo para jugar
y tiempo para trabajar, tiempo para crear y tiempo para no hacer nada. Y además
hay un tiempo, también glorioso a su manera, en que uno escasamente existe, en
que uno es un vacío completo. Me refiero a esos momentos en que el aburrimiento
parece ser el material mismo de que está compuesta la vida.
Cuando mencioné hace un rato la Everlasting Cement
Company. recordé los maravillosos compañeros que trabajaban conmigo en esa
oficina de 30 Broad Street, Nueva York. De pronto me encontré tan cargado de
recuerdos que tomé la libreta y preparé una lista de esas personas y de los
episodios baladíes relacionados con ellos. Los vi con toda claridez y nitidez:
Eddie Rink, Jimmy Tierney, Roger Wales, Frank Selinger, Ray Wetzler, Frank
McKenna, Mister Blehl (mi béte noir), Barney o algo por el estilo (un simple ratón),
Navarro, el vicepresidente, al que solamente encontrábamos cuando íbamos al
lavabo; Taliaferro, el chispeante sureño de Virginia que repetía por teléfono
unas doce veces por día, “Taliaferro no, ¡Tolliver!”. Pero mi memoria quedó
anclada en un muchacho en el cual no pensé ni un solo instante el día en que me
marché de la compañía a los veintiún años de edad. Se llamaba Harold Street y
éramos buenos compañeros. Anotando distraídamente su nombre, puse al lado del
mismo —¡para la posteridad!— “días en blanco”. De esa manera asocio su nombre
con el mío, con el recuerdo de días en blanco, días ociosos y felices pasados
con él en el suburbio llamado Jamaica. Debemos de haber tenido algo en común,
pero ya no recuerdo qué era. Sé sin lugar a dudas que los libros no le
interesaban, como tampoco los paseos en bicicleta, como a mí. Lo visitaba en su
casa, una mansión sombría, grande, intrincada y lúgubre donde vivía en compañía
de una abuela, y el día transcurría en sueños. No teníamos ni el más remoto
parecido en lo que hablábamos ni en la forma en que pasábamos el tiempo. Pero
visitarlo en ese ambiente sereno y oscuro era un bálsamo para mí, según
recuerdo. Presumo que yo envidiaba la quietud de su vida. Por lo menos en la
medida que pude determinar, mi compañero no tenía problemas, lo cual era
totalmente extraño para mí, porque yo estaba infestado de problemas. Harold era
uno de esos jóvenes tranquilos, templados y asentados que saben desenvolverse
en el mundo, que se adaptan bien y saben evitar el dolor y el pesar. Fue eso lo
que me atrajo. Es indudable que he de descubrir los motivos más profundos de lo
que antecede cuando estudie este período más a fondo en Nexus, que, como usted
sabe, todavía no comencé a escribir. Sin embargo basta con llamar la atención
sobre esos períodos “en blanco” en que, por fortuna para nosotros, ni siquiera
nos preocupa saber quiénes somos y mucho menos qué haremos en la vida. Una cosa
sé sin lugar a dudas: que fue el preludio de mi ruptura con la familia, de mi
ruptura con la rutina oficinesca; la inquietud del vagabundo se había apoderado
de mí y poco después habría de despedirme de todos mis amigos y también de mis
familiares, para marcharme hacia el “dorado oeste” (el de Puccini y no el de
los buscadores de oro). “¡Basta de libros!” dije para mis adentros. “La vida
intelectual se terminó”. Y después en la platanción frutera de Chula Vista,
California, hice buenas migas con ese vaquero Bill Parr de Montana, quien tenía
afición por la lectura y emprendía largas caminatas conmigo después del trabajo
para hablar de nuestros autores preferidos. Debido a mi afecto por Bill Parr
encontré a Emma Goldman en San Diego y sin quererlo lo más mínimo, volví una
vez más al mundo de los libros, por intermedio de Nietzsche en primer término,
y después de Bakunin, Kropot-kin, Most, Strindberg, Ibsen y todos los célebres
dramaturgos europeos. ¡Así gira la rueda del destino!
Anoche no pude conciliar el sueño. Acababa de leer a otro
viejo favorito —Edgar Saltus—, escritor norteamericano del cual probablemente
usted nunca haya oído hablar. Leía The Imperial Purple, uno de esos libros que
creí me había enseñado algo de “estilo”. La noche antes había terminado la
biografía de Heinrich Schliemann escrita por Emil Ludwig, que me mareó, me
mareó porque es casi increíble pensar lo que este hombre ha realizado en una
sola vida. Sí, sé lo de Julio César, Aníbal, Alejandro, Napoleón, Thomas
Edison, Rene Caillé (famoso por Tombuctú), Gandhi y veintenas de otros hombres
“activos”. Todos desarrollaron unas vidas increíbles. Pero este Schliemann, el
dependiente de una tienda que se convierte en gran comerciante, que aprende
dieciocho idiomas “de paso”, como quien dice, y los habla y escribe
correctamente, este hombre que durante toda su vida sostuvo una intensa
correspondencia de su puño y letra —¡e hizo copias a mano de todas y cada una
de las cartas!—, este hombre que inicia su carrera en Rusia como exportador e
importador, que toda su vida viaja entre puntos distantes, que suele levantarse
a las cuatro de la madrugada, que cabalga hasta el mar (en Falero) y nada en
invierno y verano, que está en su despacho o en las excavaciones desayunando
por segunda vez a las ocho de la mañana, que lee a Homero prácticamente siempre
y que en los últimos años hasta se niega a hablar el griego moderno con su
esposa pero insiste en utilizar el griego de la época de Homero, que escribe
sus cartas en el idioma del hombre al cual se dirige, que desentierra los más
grandes tesoros que el hombre haya descubierto jamás, que, etcétera,
etcétera... Pues bien, ¿cómo dormir después de dejar un libro así? Orden,
disciplina, sobriedad, perseverancia, constancia, autoridad, ¡cuan alemán era!
Y este hombre se había hecho ciudadano estadounidense, residiendo algún tiempo
en San Francisco y posteriormente en Indianápolis. Completamente cosmopolita y
sin embargo totalmente alemán. Griego de corazón y todavía teutón. Fue el hombre
más asombroso que pueda imaginarse. Descubriendo las ruinas de Troya, Micenas,
Tirintos y otros lugares, y derrotando a sir Arthur Evans en el laberinto del
Minotauro. Pero perdió porque el campesino que iba a venderle el terreno de
Cnosos le había mentido sobre el número de olivares de la propiedad. Sólo 888
árboles, en vez de 2.500. ¡Qué hombre! He navegado por sus enormes tomos sobre
Troya y Micenas; leí las páginas autobiográficas que insertó en uno de esos
volúmenes y después decidí leer el libro de Ludwig para tener un cuadro
completo del hombre.
¡Qué tarea para un biógrafo! Herr Ludwig examinó veinte
mil papeles. Escuche sus palabras:
Ante todo, estaba la larga serie de diarios y libretas de
anotaciones que llevó y escribió casi sin interrupción desde los veinte hasta
los sesenta y nueve años, el último de su vida. Estaban sus registros
comerciales y sus libros de contabilidad, sus cartas familiares, sus documentos
legales, sus pasaportes y diplomas, los enormes volúmenes de sus estudios
lingüísticos, hasta sus ejercicios de escritura rusa y arábiga. Además de todo
esto, había recortes de diarios de todos los lugares del mundo, listas con
datos históricos y diccionarios recopilados por él mismo en unos doce idiomas.
Como lo había guardado todo, encontré, junto con unos memorándums por demás
ilustrativos, una invitación para asistir a un concierto de ayuda para una
viuda pobre. Todos los papeles estaban fechados de su puño y letra.
No puedo dejar el tema sin hacer referencia a un incidente
risueño y patético concerniente a Agamenón. Hacia el fin de sus días,
discutiendo quizá por enésima vez la cuestión de si el cadáver que había
exhumado era o no de Agamenón, Schlieman exclamó a su joven asistente,
Dórpfeld: “¡Así que éste no es el cadáver de Agamenón; así que estos no son sus
ornamentos? ¡Está bien, llamémoslo Schulze!”
Sí, todas las noches me acuesto y digiero el libro o los
libros que estuve leyendo horas antes. (Apenas tengo dos horas cada día para
hacer mi lectura). Una noche es la vida de Henty, la siguiente es la
autobiografía de Rider Haggard en dos volúmenes, otra es un librito sobre Len,
después la vida de Helen Keller, el siguiente estudio sobre el Marqués de Sade,
más tarde un librito sobre Dostoievsky, sea el de Yanko Lavrin (otro viejo
favorito y abridor de ojos) o el de John Cow-per Powys; paso en rápida sucesión
de una vida a otra —Rabelais, Aretino, Ouspensky— y después Hermann Hesse
(Voyage en Orient) y su Siddhartha (debo leer dos versiones en inglés para
compararlas con la alemana y la francesa), Elie Faure {The Dance Over Fire and
Water), que en ciertos pasajes toca The History of Art, The Black Death,
Bocaccio, Le Cocu Magnifique, et c'est bien magnifique, comme je vous ai dit
par carte-postale. Quisiera detenerme un momento aquí. ¡Crommelynck! Un genio
flamenco. A mis ojos es otro John Ford. Es un dramaturgo que ha contribuido con
algo completamente original al repertorio del drama inmortal. Y de mi tema
favorito: los celos. ¿Otelo? ¡Se lo regalo! Prefiero a Crommelynck. Proust fue
magnífico, a su manera laberíntica. Pero Crommelynck llega a lo absoluto. No
veo cómo sería posible agregar algo más a este gran tema. (Mis respetos a su
colega J. Dypreau por su excelente comentario sobre la reciente presentación de
esta comedia en Bruselas. Me pregunto cuándo la veremos aquí. ¿Llegaremos a
verla?).
Así es, no puedo conciliar el sueño de noche después de
haber leído estos libros maravillosos. Cada uno de ellos bastaría para hacerme
dar vueltas la cabeza como un trompo durante una semana. Algunos son nuevos
para mí, otros son viejos. Se superponen y se entrelazan. Se complementan entre
ellos, aunque parezcan por demás dispares. Todo es uno: Ah, ¿qué era esa línea
de Faure que deseaba recordar? Ya está. “El artista apunta hacia un orden
final”. Es cierto. Demasiado cierto, por desgracia “El orden está en nosotros y
no en otra parte —dice—. Y no reina en todas partes si no tenemos el poder de
hacerlo reinar en nosotros”.
Uno de mis lectores, un joven psicoanalista francés, me
envía una cita de uno de los libros de Berdyaev donde éste habla del caos
reinante en el mundo actual, que he conseguido reflejar, y después agrega que
también hay caos en mí. ¡Como si yo no lo supiese! “El artista apunta hacia un
orden final”. Bien dit et vrai, méme s'ü essaie de ne ríen donner que le chaos
qui reside en lui-méme. (¿a, c'est mon avis. Aux autres á denicher ou la vérité
ou le complexe. La, je reste, moi.
A esto permítame agregar que, al escribir a varios
libreros amigos pidiéndoles los libros que quería, recibí substancialmente la
misma bofetada gratuita en la cara: ¡Nunca he visto una mezcolanza tan grande
de títulos! ¡Como si al seleccionar todos los libros que he leído en los
últimos cuarenta años hubiera tenido que elegirlos con cierto orden agradable e
inteligible! Donde ellos ven un fárrago yo veo orden y significado. Mi orden,
mi significado. Mi continuidad. ¿Quién puede decir lo que debí haber leído y en
qué orden? ¡Absurdo! Cuanto más descubro mi pasado tal como se revela a través
de los libros que he leído, más lógica, más orden, más disciplina descubro en
mi vida. La propia vida tiene mucho sentido aunque semeje un terremoto. No cabe
duda de que ningún creador habría podido ordenar las desviadas y múltiples
trayectorias que uno recorre, como tampoco las elecciones y decisiones que uno
hace. ¿Imaginaría usted un libro en el cual se registrasen las vaguedades de
cada uno de los mortales que existió sobre la tierra? ¿No sería cosa de locos
llevar un cuaderno de bitácora así? No, tengo la seguridad de que, no importa
las dificultades con que nosotros, los mortales, tropecemos para hallar el
camino, el Creador tiene que tener dificultades similares y más fantásticas. Y
si, como creo solemnemente, todo tiene sentido para Él, ¿por qué no ha de tener
sentido también para nosotros, por lo menos en lo tocante a nuestras propias
vidas individuales?
Si no puedo dormir de noche no es por los libros que estoy
leyendo, ya que la extensión de mi lectura es infinitesimal comparada con lo
que una rata de biblioteca devora en un día. (¡Imagínese a Napoleón en Santa
Elena, pidiendo pilas de libros todos los días y devorándolas como lombriz
solitaria, y pidiendo más y más!) No, no son los libros solamente sino los
recuerdos asociados con ellos, los recuerdos de vidas anteriores, como he dicho
previamente. Veo estas previas personalidades mías con la misma claridad que si
viese a muchos amigos míos uno por uno. Y sin embargo hay un hecho que
sencillamente no puedo superar: el hombre que yo era cuando leí por primera vez
Mysteries, digamos, difícilmente parece distinto en algo con respecto al hombre
que yo era ayer, el hombre que todavía soy, supongamos. Por lo menos no difiero
en mi apreciación y entusiasmo por el autor de este libro. (El que haya sido
“colaboracionista” durante la última guerra, por ejemplo, no significa
absolutamente nada para mí). Aunque como escritor tenga conciencia con cada
nueva lectura de los “defectos” o, para ser más benigno, de las “debilidades”
de mi autor preferido, el hombre que hay en mí todavía responde a él, responde
a su lenguaje, a su temperamento, con la misma calidez. Puede que haya crecido
—puede que no— de estatura intelectual, pero gracias a Dios, digo para mí
mismo, mi ser esencial no se ha alterado. Creo que debe ser porque el
llamamiento que se hace al alma propia es final e irrevocable. Y la esencia de
otro ser la captamos con el alma y no con la mente, ni siquiera con el corazón.
Un día leí en el periódico francés Combatwva carta de H.
G. Wells a James Joyce fechada en 1928. Era una carta que nos haría sonrojar de
vergüenza ajena por un colega escritor. Me hizo recordar una comunicación del
mismo tenor, pero con mejor espíritu, de Strindberg a Gaugin sobre los (nuevos)
cuadros taitianos de este último. Pero escuchemos el tono del pomposo hombre de
letras inglés: “Vous croyezsans doute a la chasteté, á ¡apúrete et á un dieu
personnel: c'est porquoi vous finissez toujours par vous repondré en cris de
con, de merde et d'enfer”.
“¡Oh, Henry, qué hermosos dientes de oro tienes!” exclamó
mi hijita de cuatro años la otra mañana al venir a la cama conmigo. C'est ainsi
queje m 'approche des oeuvres de mes confréres. Veo lo hermosos que son sus
dientes de oro, no cuan feos ni artificiales son.,.
Pero hay cositas pequeñas, pequeñas cosas personales, que
también me mantienen despierto de noche después de terminar un libro. Por
ejemplo, con insistencia me choca el hecho —y espero que usted no me crea tan
egoísta— de que muchos escritores y artistas que adoro parecen haber terminado
sus vidas más o menos en la época en que yo nací. (Rimbaud, Van Gogh,
Nietzsche, Whitman, por nombrar apenas unos pocos.) ¿Qué deduzco de esto? Nada,
en realidad. Pero me sirve para entretenerme. ¡Así que yo me abría paso para
salir del vientre protestando, cuando ellos se disponían a descansar! Todo
aquello por lo cual lucharon y murieron debo repetirlo de una manera o de otra.
Su experiencia, su sabiduría de la vida, sus enseñanzas, nada heredo en virtud
de su inmediata precedencia. Es más, debo esperar veinte, treinta y a veces
cuarenta años hasta escuchar alguna vez mencionar sus nombres. Otra cosa sobre
estas figuras: me interesa vivamente saber cómo terminaron, si por accidente,
suicidio, enfermedad o pena. A veces me fascinan las circunstancias que
acompañaron a su nacimiento. (Compruebo que Jesús no fue el único que predijo
el día y la hora de su propia muerte). Los pocos que vivieron cómoda y
holgadamente son superados considerablemente en número por las hordas que no
conocieron otra cosa que la congoja y la miseria, que murieron hambrientos,
torturados, perseguidos, traicionados, envilecidos, encarcelados, proscritos,
decapitados, ahorcados o traicionados y descuartizados. En torno a cada hombre
genial hay una constelación de genios similares; raros son quienes nacen fuera
de época. Todos pertenecen y forman parte de épocas sangrientas. Los de la
tradición, como decimos, viven y mueren de acuerdo con la tradición Pienso en
Nikolai V. Gogol por el mismo motivo —el que escribiera The Diary o/a Madman
(El diario de un loco), el autor de la Iliada cosaca— quien declara al final de
una de sus narraciones: “¡Lugar siniestro este mundo, caballeros!”. Él, Gogol,
se instala en Roma, entre todos los lugares, temiendo permanecer en la Santa
Rusia. (¡Ha observado usted, dicho sea de paso, en qué lugares tan extraños y a
menudo remotos y desolados nuestros escribas escriben sus famosos libros?) Dead
Souls (Almas muertas) fue completado en Roma. El segundo volumen Gogol lo quemó
pocos días antes de su muerte; el tercero nunca lo empezó. Así, a pesar de su
peregrinación a Palestina como santo penitente, este ser desgraciado, confuso y
deprimido, que había esperado escribir una Divina Comedia para su pueblo, una
comedia que contuviese “un mensaje”, muere miserablemente, lejos de su país. El
hombre que ha hecho reír y llorar a millones de personas, que ejerció una
decisiva influencia sobre los escritores rusos (y otros) del porvenir, es
rotulado antes de su muerte como “predicador del látigo, apóstol de la
ignorancia y defensor del oscurantismo y la más negra de las opresiones”. ¡Y
por un ex-admirador! ¡Pero cuan maravilloso, cuan profético es el pasaje sobre
la troika con el que termina el primer volumen! Janko Levin, del cual he tomado
las observaciones que anteceden, dice que en este pasaje Gogol, “plantea a
Rusia un interrogante que todos sus grandes escritores han venido preguntando
desde entonces... preguntando en vano.” He aquí el pasaje..
Rusia, ¿no corres tú como fiera e incomparable troika?
Debajo de ti el camino es humo, los puentes rechinan y todo queda muy atrás. A
tu paso el espectador se detiene asombrado como ante un divino milagro. “¿No
fue eso el destello de un rayo?”, pregunta. ¿Qué es esta aparición tan cargada
de térror? ¿Y qué es esta desconocida fuerza que impulsa a estos caballos nunca
vistos hasta ahora? Ah, caballos, caballos: ¡qué caballos! Vuestras crines son
torbellinos! ¿Y vuestras venas no vibran cual ágil oído? ¡Descendiendo desde
arriba habéis captado la nota de la canción familiar, y al instante, al
unísono, forzáis vuestros pechos de bronce y con vuestros cascos apenas tocando
la tierra os transformáis en flechas, en líneas rectas que vuelan por el aire,
y alla corréis bajo divina inspiración!... Rusia, ¿adonde vuelas? Contéstame.
No hay respuesta. Los cencerros tintinean y llenan el aire con su maravilloso
son; el aire silba y truena al convertirse en viento; todo lo que hay sobre la
tierra vuela a su paso y, contemplándola admirados, otros pueblos y Estados se
apartan para cederle el paso.
Sí, es un pasaje memorable, profético, no cabe la menor
duda. Pero para mí evoca también otras emociones y reacciones En estas palabras
—y especialmente cuando llega a “¡Contéstame! No hay respuesta” me parece
escuchar la sonora música de tantos famosos desterrados, todos cantando la
misma canción, aunque hayan odiado a la madre patria. “Estoy aquí. Vosotros
estáis allá”. Eso dicen. “Conozco mi país mejor que vosotros. Lo amo más,
aunque le escupa. Soy el hijo pródigo y regresaré con honor algún día, si no es
demasiado tarde. Pero no me moveré de aquí mientras no me hagáis ciudadano
honorario de mi pueblo natal. Me muero de soledad, pero mi orgullo es más
grande que cualquier soledad. Tengo un mensaje para vosotros pero no es el
momento de revelarlo”. Y así sucesivamente...
Conozco estos corazones llenos de angustia, llenos de
esperanza, llenos de tanta mezcla de amor y odio como para hacer estallar a un
hombre en dos.
Cuando le insté a leer con especial atención la obra
llamada “The Brooklyn Bridge” (En The Cosmological Eye), quizá haya estado
pensando un poco en todo esto. Usted tiene razón sobre Black Spring. Usted pone
el dedo en la misma línea que ilustra este punto: “Agradezco a Norteamérica por
haberme hecho comprender mis necesidades...” ¿Pero acaso no dije también: “Soy
hombre del viejo mundo”? En cuanto a esas revistas miserables y ruines de que
habla, no perdamos tiempo comentándolas. ¿A quién podrá importarle dentro de
cincuenta años lo que pueda decir Roben Kemp o Edmund Wilson, o cualquiera de
su laya?
Estoy de vuelta en Norteamérica y tengo los días ocupados.
Demasiado ocupados. El gallo canta todas las mañanas a las 6.20 en punto. El
gallo es Tony, mi hijito. Desde entonces en adelante no hay un momento de
descanso. Muchas veces comienzo el día cambiándole el pañal y dándole una
galletita. Después viene Valentín, “el Misterio de Dios”, según anunció cierto
día. A veces trabajo en la tierra de la huerta antes del desayuno, extendiendo
las interminables trincheras superficiales en las cuales devuelvo lo que le
hemos arrancado al suelo, como un buen campesino chino. Terminado el desayuno,
corro a mi estudio y me pongo a contestar las cartas: todos los días tengo de
quince a veinte cartas que contestar. Antes de ponerse el sol suelo llevar a
los niños a pasear. Si salgo solo, regreso a casa trotando con la cabeza hecha
una colmena de ideas. Sólo cuando entro en la espesura me encuentro realmente
solo, únicamente entonces tengo oportunidad de vaciar la mente y volver a
cargar la batería. Algunos días se interrumpen con la llegada de visitantes. En
ocasiones entran uno tras otro, como los trenes. Apenas digo adiós a un vagón,
cuando entra otro. Muchos de estos visitantes ni siquiera han leído mis libros,
“¡Hemos oído hablar de usted!” dicen. ¡Como si eso justificase que se haga
perder su precioso tiempo a una persona!
Escribo a ratos perdidos. Me considero afortunado si puedo
dedicarme a escribir dos o tres horas al día. Esta carta para usted, por
ejemplo, la empecé ayer, y quizá tenga que continuarla mañana. Me hace bien
escribir una carta que no responde a una demanda, una carta gratuita, por así
decirlo, que se ha acumulado en mí como las aguas en una presa. Hacía mucho que
le debía la presente. Usted la ha evocado sin saberlo. ¡Cómo odio esas cartas
de estudiantes universitarios que están a punto de escribir una tesis sobre
algún aspecto de mi obra o sobre la obra de algún amigo mío! ¡Las cuestiones
que plantean, las demandas que hacen! ¿Y para qué? ¿Qué podría ser más inútil,
que podría representar mayor derroche de tiempo que una tesis universitaria?
(No todos los días conseguimos una tesis como la que escribiera Céline sobre
Semmelweiss). Algunos, en su desorbitada ingenuidad, tienen el coraje de
pedirme que les explique todas mis obras en un puñado de líneas. A veces,
apoyándome en la pala, levanto la mirada desde la trinchera que estoy excavando
—¡está comenzando, dicho sea de paso, a parecerse a una de esas obras
monumentales que levantaban en las guerras balcánicas!—, a veces, como decía,
levantando la mirada al inmenso cuenco del cielo donde planean las aves de
rapiña, o mirando al mar, donde quizá no se divisa ningún barco, me pregunto
para qué sirve todo esto, para qué esta loca actividad. No porque me sienta
solo. Dudo haber experimentado esa sensación más de dos o tres veces en toda mi
vida. No, simplemente me pregunto: ¿para qué? Usted me escribe, otros también
me escriben diciéndome que deben difundirse mis obras, porque contienen algo de
valor para el mundo. Conjeturo. ¡Qué bueno sería no tener absolutamente nada
que hacer por un tiempo! Simplemente “asentarme” y meditar. Tamborilear los
dedos. Nada más. Tal como están las cosas, de la única manera que podría
tomarme vacaciones sería simular una dudosa enfermedad y quedarme en cama un
día. Podría quedarme acostado horas enteras sin mirar un libro. Simplemente
tendido de espaldas y soñando. ¡Qué lujo! Con toda seguridad, si pudiese elegir
preferiría pasar mis “vacaciones” viajando a algún lugar remoto, como Tombuctú,
la Meca o Lasa. Pero en vista de que no puedo hacer el viaje físico, realizo
mis viajes imaginarios. Como compañeros elijo a algunos con mi mismo corazón:
Dostoievsky, Ramakrishna, Elie Faure, Blaise Cendrars, Jean Giono o algún
demomio o santo desconocido extraído de su reducto en los Himalayas. A veces me
compongo de pronto —lo único que necesitaba era un cambio, un intervalo— y
vistiéndome de un salto recorro el espacio para visitar a mi amigo Schatz o a
mi amigo Emil White. (Ambos son pintores, pero el último todavía no lo sabe. No
sabe cómo llamarse a sí mismo, pero todos los días produce otra miniatura persa
de Big Sur). Para ver a otro escritor norteamericano sólo Dios sabe cuántas
millas debo viajar.
Esto me recuerda que la otra noche leí una carta sumamente
interesante y reveladora de Sherwood Anderson (2 de enero de 1936) a Theodore
Dreiser. La carta fue motivada por el suicidio de Hart Crane y Vachel Lindsay,
poetas norteamericanos bien conocidos. “Desde hace uno o dos años —empieza
Anderson— tengo en mi mente algo que usted y yo hemos comentado y últimamente
se agudizó con el suicidio de muchachos como Hart Crane, Vachel Lindsay y
otros, por no hablar de la amargura de un Masters”. (Edgar Lee Masters, autor
de Spoon River Anthology.) “Si ha habido una traición en Norteamérica
—prosigue— creo que es la traición de unos a otros. No creo que nosotros —y por
“nosotros” entiendo artistas, escritores, cantantes, etc.— nos hayamos apoyado
los unos a los otros en realidad”. Agrega que ha venido pensando en expresar
sus pensamientos sobre el particular en una carta general o folleto que se
titularía “De norteamericano a norteamericano.” Habla de nuestra soledad entre
nosotros. Dice que sería útil que todos nosotros “volviéramos al viejo hábito
de escribirnos cartas de hombre a hombre; hábito que en ciertos períodos
existió en el mundo.” Luego añade lo siguiente:
Por ejemplo, Ted, suponte que todas las mañanas cuando te
diriges a tu escritorio para trabajar, empezaras la labor del día escribiendo
una carta, digamos, a otro que trabaja en la misma especialidad que tú. Suponte
que debido a este esfuerzo produjésemos menos escritores. Quizá se produzcan
demasiados. Lo sugiero porque es la única salida que veo a esta situación. No
se trata de que quiera que tú me escribas. Podría darte nombres y domicilios de
otros que te necesitan y a quienes tú necesitas. Me parece posible formar una
especie de red de relaciones, algo que acerque más, digamos, a los escritores,
pintores, compositores de canciones, etc., etc. (Más adelante, continuando la
carta al día siguiente): ¿Puedes creer que Vachel Lindsay se habría quitado...
(el texto fue suprimido por el editor y no por mí) si ese día hubiera recibido
dos o hasta tres cartas de cualquiera de nosotros?»
No sé lo que pensará usted de esta idea de Anderson. Quizá
le parezca insípida. Pero a mí me atrae, siendo también norteamericano.
Entiendo con eso que nosotros, los norteamericanos, siempre estamos dispuestos
a ensayar una cosa aunque no estemos convencidos de antemano de que habrá de
ser eficaz. Pero, como decía a un joven escritor que vive en las cercanías y
que está poniendo en práctica la idea, es un proyecto más adecuado para los
escritores jóvenes y desconocidos que para los viejos. ¿Por qué los escritores
jóvenes y desconocidos no deberían comunicarse entre ellos sus necesidades, sus
deseos, sus esperanzas y sus sueños? ¿Por qué no crean una red propia, un
núcleo sólido, un baluarte defensivo contra la indiferencia del mundo, la
indiferencia de los escritores mayores que han llegado, contra la indiferencia,
la estupidez y la ceguera de los directores y editores en particular? He
observado que el escritor mayor tiende a disuadir y no alentar al escritor
joven. Conoce las trampas, los traspiés, las decepciones, los dolores de cabeza
que asedian al novicio. Tienden a desilusionarse sobre el valor o la necesidad
de cualquier trabajo creativo, incluido el propio.
Creo firmemente que el ciego debe ayudar al ciego, el
sordo al sordo y los escritores jóvenes a los escritores jóvenes. Además,
nosotros, los mayores, tenemos más que aprender de los jóvenes que ellos de
nosotros. “Los tontos entran corriendo donde los ángeles temen marchar”, ¡Qué
lástima! Pero también es una suerte que sea así. El otro día vino por aquí un
pomposo científico de edad quien, discutiendo con un joven amigo mío sobre el
próximo viaje a la luna, insistió en que no era momento de pensar con seriedad
en tales aventuras, que tratar esas cosas antes de tiempo era más perjudicial
que beneficioso. ¡Absurdo! Como si tuviéramos que sentarnos a esperar que los
hombres de ciencia completen los preparativos y tomen todas las provisiones,
para que nos digan “¡Vayamos!” ¿Alguna vez sucedería algo si se utilizase ese
procedimiento?
Pero volviendo a Sherwood Anderson y a su buen amigo
Dreiser. Creo que olvidé incluir a estos dos hombres entre mis “influencias”
cuando anteriormente escribí sobre este asunto. Tuve la fortuna de conocer a
Anderson pocas semanas antes de su muerte. Fue algo después de mi regreso de
Europa. Sucedió que me alojaba en el mismo hotel que él. Concerté una cita para
encontrarlo en un bar de las cercanías, y al llegar encontré, con la
consiguiente sorpresa, que junto a él estaba John Dos Passos. Mi primera impresión,
al saludarlos, fue lo raro que era el estar sentado con dos célebres escritores
norteamericanos. Me pareció que valía la pena estudiar a estos “pájaros”. (En
París, por supuesto, había conocido a unos cuantos escritores norteamericanos,
pero estaban tan cerca de mí y me resultaban tan íntimos que nunca los
consideré “hombres de letras”. Antes de eso, durante mi período de aprendizaje
en Norteamérica, a duras penas recuerdo un escritor eminente, uno de nuestros
escritores, quiero decir, que haya conocido y con el cual haya conversado.)
Por supuesto, esta sensación de crítica soledad se disipó
inmediatamente por la cordialidad y amigabilidad que ambos irradiaban.
Eran muy, pero muy humanos, y en el acto me hicieron
sentir cómodo. Menciono esto porque, hallándome de nuevo en Norteamérica,
también me encuentro de nuevo con mi vieja actitud del novicio, del escritor
desconocido. Ninguno de ellos había leído mis libros, tengo la absoluta
seguridad, pero conocían mi nombre. Nos llevamos espléndidamente. Me mareó
especialmente la extraordinaria habilidad de Anderson como narrador. También me
impresionó su norteamericanismo, aunque en apariencia era cualquier cosa menos
un norteamericano típico. Dos Passos me impresionó como muy norteamericano,
aunque era todo un cosmopolita. En verdad no tardé en observar que se sentían
muy cómodos en su propio país. Querían a Norteamérica. Además también la habían
recorrido de punta a punta.
Digo que me encantó encontrar a Dos Passos allí en el bar.
Sí porque, cosa extraña, la lectura de una de sus primeras colaboraciones en
una revista —creo que The Seven Arts— me indujo a creer que yo también podría
llegar a ser escritor alguna vez. Por supuesto, había leído muchos de sus
primeros libros, como Three Soldiers (Tres Soldados), Manhattan Transfery
Orient Express. Capté en él al poeta, como capté también al narrador nato en
Sherwood Anderson.
Pero antes de que cualquiera de ellos llegase a mi
biblioteca había leído y adorado a Theodore Dreiser. Leí todas las obras suyas
que pude obtener en esos lejanos días. Hasta llegué a modelar mi primer libro
sobre la base de un libro suyo llamado Twelve Men (Doce Hombres). También me
encantaba su hermano, al que pintaba con tanta ternura en este libro: Paul
Dressler, el escritor de canciones. Difícilmente haría falta que le diga que
Dreiser dio un enorme impulso a los escritores jóvenes de su época. Sus grandes
novelas, como Jenny Gerhardt, The Titán (El Titán), The Financier (El
Financiero) —que hoy calificamos de “enormes, pesadas e inflexibles” tuvieron
extraordinaria repercusión. Eran sombrías, realistas, densas, pero jamás
monótonas, por lo menos para mí. Eran novelas apasionadas, saturadas con el
colorido y el dramatismo de la vida norteamericana; brotaban directamente de
las entrañas y recibían el calor de la sangre del corazón del hombre. Tan
sinceras parecen ahora, que hombres como Sinclair Lewis, Hemingway y hasta
Faulkner resultan artificiales en comparación. He aquí un nombre que se había
anclado en el centro de la corriente. Como periodista había visto la vida de
cerca, había visto el lado donde estaba la costura, naturalmente. No era amargo
sino honesto. Tan honesto como el mejor escritor norteamericano que hayamos
tenido. Y si algo me enseñó fue eso: contemplar la vida honestamente. Pero
también poseía otra cualidad: la plenitud. Se que los norteamericanos tenemos
reputación de escribir libros voluminosos, pero no siempre son libros que
tienen contenido. Hace un rato escribí sobre la diferencia del “vacío” entre
los escritores europeos y los norteamericanos. El vacío del europeo, según mi
parecer, es el mineral básico de su material; el del norteamericano, en cambio,
está en su herencia espiritual o cultural. La «plenitud del vacío”, que tanto
se manifiesta en el arte chino, parece ser desconocida en el mundo occidental,
tanto en Europa como en Norteamérica. Cuando hablé de la emoción que me proporcionó
el mirar una revista o un semanario literario europeo, quise indicar el placer
que el artista de la buhardilla experimenta cuando ve a un campesino
revolviendo una olla de denso estofado, estofado que viene hirviendo, por así
decirlo, desde hace una semana o más. No significa nada que un escritor francés
embadurne su artículo con nombres y referencias altisonantes; eso forma parte
de su cotidiana suerte literaria. Nuestros ensayos críticos e interpretativos
son tan magros a este respecto que pensaríamos haber salido de la barbarie sólo
ayer. Pero cuando se trata de la novela, cuando se trata de verter la
experiencia cruda de la vida, el norteamericano tiende a dar una sacudida al
europeo. Puede que el escritor norteamericano viva más cerca de las raíces, se
embeba más en lo que se llama experiencia. No estoy seguro. Además, es
peligroso generalizar. Podría citar varias novelas, particularmente de autores
franceses, con las cuales no tenemos equivalente en contenido, materia prima,
escoria, fertilidad, profusión y profundidad de experiencia. En general,
empero, tengo la impresión de que el escritor europeo empieza desde el techo o
el firmamento, si quiere. Su firmamento racial y cultural en particular, no el
firmamento. Es como si trabajase con un teclado de tres pisos. A veces actúa en
los planos superiores, su voz se afina y el material es ligero. El gran
europeo, por supuesto, trabaja en todos los planos al mismo tiempo; sabe
accionar todos los botones del órgano y es un maestro para los pedales.
Pero enfoquemos el asunto desde otro ángulo. Comparemos a
dos hombres que en realidad no habría que comparar, puesto que uno fue
novelista y el otro poeta: me refiero a Dostoievsky y a Whitman. Los he elegido
arbitrariamente porque para mí representan las cumbres de la literatura
moderna. Dostoievsky fue infinitamente más que un novelista, así como Whitman
fue más grande que un poeta. Pero la diferencia entre los dos, por lo menos a
mis ojos, es que Whitman, aunque menos artista, aunque no tan profundo, vio más
allá que Dostoievsky. Sí, tuvo alcances cósmicos. Hablamos de él como “el gran
demócrata”. Ahora bien, ese apelativo jamás se le podría dar a Dostoievsky, no
por sus creencias religiosas, políticas y sociales, sino porque Dostoievsky fue
más y menos que un “demócrata”. (Espero que cuando empleo la palabra
“demócrata” se entienda un tipo de individuo autosuficiente excepcional para
quien ningún gobierno es suficientemente grande, sabio, tolerante como para
respetarlo como ciudadano). No, Dostoievsky era humano en ese sentido
“demasiado humano” de Nietzsche. Nos retuerce el pescuezo cuando desarrolla su
pergamino de la vida. Whitman en comparación es impersonal; abarca la multitud,
las masas, los grandes enjambres de la humanidad. Sus ojos están constantemente
puestos en lo potencial, en el divino potencial que hay en el hombre. Habla de
fraternidad; Dostoievsky habla de compañerismo. Dostoievsky nos agita en lo más
hondo, nos hace estremecer y gesticular, gemir, cerrar los ojos a veces.
Whitman, no. Whitman tiene la facultad de contemplarlo todo, sea divino o
satánico, como parte de la incesante corriente heraclitiana. No hay fin, no hay
principio. Un viento alto y firme sopla a través de sus poemas. Su visión tiene
una cualidad sanadora.
Sabemos que el gran poema de Dostoievsky era Dios. Dios
jamás fue un problema para Whitman. Él estaba con Dios, así como el Mundo
estuvo con Dios desde el principio mismo. Dostoievsky virtualmente tuvo que
crear a Dios, ¡y cuan hercúlea tarea fue! Dostoievsky se levantó desde las
profundidades, y al llegara la cúspide conservaba todavía a su alrededor algo
de las profundidades. Con Whitman veo la imagen del hombre que flota como
corcho en la turbulenta corriente; se sumerge de vez en cuando, pero jamás corre
peligro de hundirse para siempre. Su sustancia misma se lo impide. Podríamos
decir, por supuesto, que nuestras naturalezas nos son dadas por Dios. También
podríamos decir que la Rusia de la época de Dostoievsky era un mundo muy
distinto de aquel donde creciera Whitman. Pero después de haber reconocido y de
haber dado el énfasis debido a todos los factores que determinan el desarrollo
del carácter como también el temperamento de un artista, vuelvo a la cuestión
de la visión. Ambos tuvieron una vena profética; ambos estuvieron imbuidos de
un mensaje para el mundo. ¡Ambos vieron claramente al mundo! Pero además, ambos
se mezclaron con el mundo, no lo olvidemos. De Whitman mana una largueza
divina; en Dostoievsky hay una intensidad y una acuidad casi sobrehumanas. Pero
el uno destacó el futuro, mientras que el otro destacó el presente.
Dostoievsky, como tantos otros rusos del siglo diecinueve, es escatológico:
tiene una vena mesiánica. Whitman, firmemente anclado en el eterno ahora, en el
flujo, es casi indiferente a la suerte del mundo. Muchas veces tiene el tono
puro, ruidoso y optimista del hombre que da la bienvenida a su semejante. Sabe
a fondo todo lo que el mundo tiene de bueno. Pero sabe más. Sabe que si el
mundo tiene algo de malo, ningún manoseo de su parte podrá componerlo. Sabe que
la única manera de corregirlo, si debemos usar esta expresión, consiste en que
los individuos se corrijan primero a sí mismos. Su amor y compasión por la
prostituta, el pordiosero, el proscrito y el afligido, lo eximen de inspeccionar
y examinar los problemas sociales. No predica ningún dogma, no celebra a
ninguna Iglesia, no reconoce ningún mediador. Vive al aire libre y circula con
el viento, observando las estaciones y las revoluciones de los cielos. Su culto
está implícito y por esa razón no podría hacer nada mejor que cantar hosannas
todo el día. Tuvo problemas, lo sé. Tuvo sus momentos de amargura, sus pruebas,
sus tribulaciones; quizá también haya tenido sus momentos de duda, pero todo
esto jamás empañó su trabajo. Permanece no tanto como el gran demócrata sino
como el cordial y franco cosmócrata. Posee abundante salud y vitalidad. Quizá
allí haya puesto yo el dedo en la tecla. (No porque quiera comparar a ambos
físicamente: al epiléptico frente al hombre de campo. No.) Me refiero a la
salud y vitalidad que exuda su lenguaje y que refleja, en consecuencia su
estado interior de ser. Recalcando esto, quiero indicar que la libertad de las
preocupaciones culturales, la mita de preocupación por los exacerbantes
problemas de la cultura, probablemente hayan tenido mucho que ver con el
carácter tónico de su poesía. Ello le evitó los callejones interiores a que la
mayoría de los hombres cultos de Europa están expuestos en un momento u otro.
Whitman parece casi impermeable a todos los males del día, No vivía en su
tiempo sino en un estado de plenitud espiritual. Al europeo le resulta mucho
más difícil mantener tal “condición” cuando la alcanza. Es asediado por los
cuatro costados. Tiene que estar en pro o en contra. Tiene que participar. Le
resulta casi imposible ser “ciudadano del mundo”: a lo sumo podrá ser “un buen
europeo”. Aquí también está resultando difícil estar por encima de la mélée,
pero no imposible. Existe aquí un elemento de casualidad que en Europa parece
completamente eliminado.
¿Habré indicado con claridad lo que deseaba poner de
relieve? Hablaba de la plenitud de la vida, tal como se refleja en la
literatura. En realidad me concierne la plenitud del mundo. Whitman está más
cerca de los upanishads, Dostoievsky del Nuevo Testamento. El rico estofado
cultural de Europa es un tipo de plenitud, el pesado mineral de la vida
cotidiana de Norteamérica es otra. Comparado con Dostoievsky, Whitman en un
sentido es vacío. No es el vacío de lo abstracto tampoco. Es más bien un vacío
divino. Es la cualidad del indecible vacío del cual surgiera el caos.
Dostoievsky es caos y fecundidad. En él la humanidad no es sino el centro del
vertiginoso torbellino. Tenía la facultad de dar nacimiento a muchos órdenes de
humanidad. Para prescribir algún vivífico casi podríamos decir que tuvo que
crear un Dios. ¿Para sí? En efecto. Pero también para todos los demás hombres y
mujeres. Y para los niños de este mundo. Dostoievsky no pudo vivir solo, no
importa lo perfecta que fuese su vida o la vida del mundo. Whitman, en cambio,
pudo. Este es el Whitman que llamamos gran demócrata. Y lo fue, no cabe la
menor duda. Lo fue porque había alcanzado la autosuficiencia... ¡Cuántas
especulaciones abre este pensamiento! Whitman llegó, mientras que Dostoievsky
todavía aleteaba en dirección al cielo. Pero aquí no es cuestión de
precedencia, no es cuestión de superior o inferior. El uno es un sol, si usted
quiere; el otro es una estrella. Lawrence habló en alguna parte de que
Dostoievsky trataba de llegar a la luna de su ser. Es una típica imagen
lawrenciana. La respaldaba una tesis que Lawrence trató de sostener. No doy
hacha para destruir: acepto a ambos, a Dostoiesvky y a Whitman en esencia y en
expresión. He colocado codo a codo a estas dos luminarias simplemente para poner
de relieve ciertas diferencias. El primero parece irradiar para mí una luz
humana y se le considera un fanático, un ser demoníaco; el otro irradia una luz
cósmica y fría y se le considera hermano de todos los hombres, el hombre en el
centro de la vida. Ambos dieron luz, esto es lo importante. Dostoievsky es todo
pasión, Whitman es compasión. Una diferencia de voltaje, si usted quiere. En la
obra de Dostoievsky se tiene la impresión de que el ángel y el diablo marchan
cogidos de la mano; se comprenden entre ellos y se toleran. La obra de Whitman
está desprovista de tales entidades: hay humanidad bruta, hay naturaleza
grandiosa y eterna, y hay aliento del gran Espíritu.
Muchas veces he mencionado la célebre fotografía de
Dostoievsky que solía contemplar hace años; colgaba en el escaparate de una
librería de la Segunda Avenida de Nueva York, Ese siempre será para mí el
verdadero Dostoievsky. Es el hombre del pueblo, el hombre que sufrió por él y
con él. Es el eterno mujik. No importa saber si este hombre fue escritor,
santo, criminal o profeta. Llama la atención su universalidad. En cuanto a
Whitman, la foto que siempre identifiqué con su ser, la que todo el mundo conoce,
he descubierto el otro día que ya no es válido para mí.
En el libro escrito sobre Whitman por Paul Jamati encontré
una fotografía de Whitman tomada en el año 1854. El tenía entonces treinta y
cinco años y acababa de encontrarse a sí mismo. Posee la mirada del poeta
oriental y estoy a punto de decir el “sabio” oriental. Pero en la expresión de
sus ojos hay algo que no es la mirada del sabio. Es simplemente un tinte de
melancolía, o por lo menos es lo que a mí me parece. Todavía no ha llegado a
ser el colorado vate con bigote de la famosa fotografía. Es, sin embargo, un
rostro que llama la atención por su hermosura y por la profunda indagación de
los ojos. Pero, si pudiera aventurarme a decirlo sobre la base de una simple
foto, también en esos ojos celestes hay una remota mirada estelar. La mirada
“velada” que registran y que el juego de labios contradice, proviene de
contemplar al mundo como si fuese “extraño”, como si él hubiese sido traído
desde arriba o desde el más allá, para atravesar una innecesaria (?)
experiencia aquí abajo. Sé que esta declaración es extraña y quizá carezca por
completo de fundamento. Es una simple intuición, un simple resplandor. Pero el
pensamiento me persigue y, no importa que sea justificable o no, ha alterado mi
concepción de la forma en que Whitman contemplaba el mundo y el aspecto que
tenía para el mundo. Choca perturbadoramente con la imagen que preservaba sin
interrogantes, la imagen del genial mezclador, del hombre que marchaba con la
multitud. Esta nueva imagen de Whitman fue tomada seis años antes del estallido
de nuestra Guerra Civil, que fue para Whitman lo que Siberia para Dostoievsky.
En esta mirada de 1854 leo su ilimitada capacidad para compartir los
sufrimientos de sus semejantes, veo por qué atendió a los heridos en el campo
de batalla, por qué el destino, en otras palabras, no colocó en sus manos una
espada. Es la mirada del ángel de la guarda, de un ángel que también es poeta y
vidente.
Debo hablar más todavía de esta extraordinaria foto de
1854, que no es la foto, dicho sea de paso, que Jamati encuentra tan notable.
Acabo de echar un vistazo a la foto de la cual habla Jamati, el daguerrotipo
con el cual se hizo un grabado en acero y que sirvió de portada para la primera
edición de Leaves of Grass (Hojas de Hierba). Para mí no hay nada notable en
ella; ¡millares de jóvenes norteamericanos de ese período habrían podido pasar
por este Whitman! ¡Lo asombroso, para mi mente, es que el mismo hombre haya
parecido tan distinto en dos fotografías tomadas el mismo año!
Buscando una descripción física exacta de Whitman, miré el
libro de su amigo, el médico canadiense Richard Maurice Bucke. Lamentablemente
se trata de una descripción de Whitman a los sesenta y un años de edad. No
obstante... dice Bucke: “Tiene las cejas muy arqueadas, de manera que hay mucha
distancia desde el ojo hasta el centro de la ceja. (Éste es el rasgo facial que
más llama la atención a primera vista.) Los ojos son ligeramente azules, no
grandes: en realidad, comparados con la cabeza y la cara parecen bastante pequeños;
son opacos y pesados, inexpresivos y toda la expresión que tienen es de bondad,
compostura y suavidad”. Agrega que “sus mejillas son redondas y lisas. En su
rostro no hay líneas que expresen preocupación, cansancio ni edad... Nunca, ni
siquiera momentáneamente, he visto que su mirada exprese desprecio o algún
sentimiento malsano. Nunca lo he visto burlarse de ninguna persona o cosa, ni
manifestar en absoluto alarma o aprensión, aunque en mi presencia ha sido
colocado en circunstancias que habrían provocado ambas cosas en la mayoría de
los hombres”. Habla del “pronunciado color rosa” del cuerpo de Whitman. Y
concluye así: “Su semblante es el más noble que jamás he conocido”.
En las pocas páginas que Bucke dedica a Whitman en este
volumen, encuentro cosas más importantes que todos los libros escritos por los
“profesores de literatura” que lo han convertido en “objeto de estudio”. Pero
antes de señalar algunos pasajes sobresalientes, permítame decirle que al hacer
mis consideraciones sobre la dualidad de Whitman, olvidé completamente que era
Géminis, quizá el ejemplo más acabado y completo de este tipo que haya vivido
jamás, como Goethe fue el más grande ejemplo de Virgo. Bucke ha enfocado toda
la potencia de su reflector sobre los seres nuevo y viejo que Whitman consiguió
hacer compatibles. Recalcando el súbito cambio operado en el ser fundamental
del hombre, lo cual ocurrió cuando tenía entre treinta y cuatro a treinta y
cinco años, dice: “Esperamos y siempre hallamos una diferencia entre los
escritos tempranos y maduros del mismo hombre... Pero en el caso de Whitman
(como en el de Bazac) escritos que no tenían ningún valor fueron seguidos
inmediatamente (y, por lo menos en el caso de Whitman, sin práctica ni estudio
alguno) por páginas a través de las cuales, en letras de etéreo fuego, están
escritas las palabras VIDA ETERNA; páginas no solamente cubiertas por una obra
maestra, sino también por frases tan vitales como no han sido escritas diez
veces en la historia de la raza...”
Ahora transcribiré algunas observaciones que hallo
singularmente interesantes y significativas...
Durante mis conversaciones con él en esta época, Walt
Whitman siempre negó que hubiese alguna intención elevada en sí mismo o en sus
poemas. Si aceptáramos sus explicaciones, eran sencillas y corrientes. Pero
cuando nos ponemos a pensar en estas explicaciones y penetramos en el espíritu
de las mismas, encontramos que en él lo sencillo y corriente comprende lo ideal
y lo espiritual.
Cierto día me dijo (he olvidado a propósito de qué): “He
imaginado una vida que debía ser la vida del hombre medio en circunstancias
comunes, siendo al mismo tiempo grande y heroica”.
¡Le ruego tener presente esto! En breve volveremos a
tratarlo. Su importancia es devastadora.
Raras veces leía algún libro a fondo deliberadamente, y en
su lectura no había un método que se evidenciara en todo lo que hacía; es
decir, carecía por completo de sistema.
No leía en otro idioma que en inglés, pero creo que sabía
mucho más francés, alemán y español de lo que admitía. Sin embargo, si se
aceptaba lo que decía, sabía muy poco de cualquier tema.
Puede que en realidad ningún hombre haya simpatizado con
tantas cosas y antipatizado con tan pocas como Walt Whitman. Todos los objetos
parecían encerrar encanto para él; todas las visiones y sonidos, al aire libre
y bajo techo, resultaban de su agrado. Daba la impresión de que le agradaban (y
creo que realmente le agradaban) todos los hombres, mujeres y niños que veía
(aunque jamás le oí decir que le gustase alguien), pero todos los que le
conocieron sentían que los apreciaba y que también apreciaba a los demás...
Amaba especialmente a los niños y los niños le querían y confiaban en él
inmediatamente.
Para jóvenes y viejos su contacto tenía un encanto
indescriptible, y si fuese posible describirlo no se le daría crédito, excepto
por las personas que le conocieron personalmente o a través de Leaves of Grass.
Este encanto (más fisiológico que psicológico), si fuese comprendido,
explicaría todo el misterio del hombre y cómo no solamente fue capaz de
producir estos efectos en los sanos, sino también entre los enfermos y los
heridos.
No conversaba mucho... Nunca le escuché discutir ni
porfiar, y jamás hablaba de dinero. Siempre justificaba, a veces como jugando,
a veces seriamente, a quienes hablaban duramente de él mismo o de sus escritos,
y muchas veces me pareció que esas violentas críticas, calumnias y ataques de
sus enemigas le agradaban. Dijo que sus críticos tenían mucha razón, que detrás
de lo que veían sus amigos, él no era todo lo que parecía y que, desde el punto
de vista de sus adversarios, su libro merecía todas las cosas duras que podían
decir y que sin duda él, personalmente, merecía eso y mucho más.
Cierto día dijo: “A fin de cuentas, la gran lección es que
ningún paraje natural —ni los Alpes, el Niágara, Yosemite o nada por el estilo—
es más grandioso ni más hermoso que el amanecer y la puesta del sol comunes,
que la tierra y el cielo, que los árboles y la hierba comunes”. Debidamente
entendido, creo que esto sugiere la enseñanza central de sus escritos y de su
vida: que el lugar común es la más grande de todas las cosas; que lo
excepcional en cualquier orden no es más fino, mejor ni más hermoso que lo
usual, y que realmente no hace falta que poseamos algo que no tenemos en el
presente, sino que abramos los ojos para ver y nuestros corazones para sentir
todo lo que poseemos.
Jamás habló despectivamente de ninguna nacionalidad o
clase de hombres, o de ninguna época de la historia del mundo, como tampoco (ni
siquiera) del feudalismo, o en contra de cualquier oficio u ocupación, ni
siquiera contra ningún animal, insecto, plantas o cosas inanimadas, ni de
ninguna de las leyes de la naturaleza o de los resultados de esas leyes, como
la enfermedad, la deformidad o la muerte. Jamás se quejó ni protestó por el
tiempo, el dolor, la enfermedad o cualquier otra cosa. Nunca, en sus conversaciones,
en ninguna compañía ni en ninguna circunstancia, empleó un lenguaje que no
fuese delicado (por supuesto, en sus poemas ha empleado un lenguaje que se
consideró poco delicado, pero nunca lo ha sido)... Jamás pronunció improperios;
no podría haberlo hecho, porque, que yo sepa, jamás habló con resentimiento y
al parecer nunca estuvo enfadado. Jamás exhibió miedo ni creo que alguna vez lo
haya sentido...
Yendo ahora al pasaje de la prosa de Whitman que debe
vincularse con el que señalara anteriormente. Bucke dice al respecto que
“parece profético de la raza del mañana”. No sé cómo es posible, quisiera
decirle, mi querido Lesdain, no solamente que considero este pasaje la clave de
la filosofía de Whitman, la médula misma de esa filosofía, sino que —y una vez
más le ruego no interpretar esto como egoísmo— considero que expresa mi propia
visión madura de la vida. Hasta llegaré más allá para decir —y ahora sí que
puede que se sorprenda— que esta visión de las cosas me resulta esencialmente
norteamericana o, expresándolo de otra manera, como la promesa subyacente que
no solamente inspiró a nuestros mejores representantes sino que es sentida y
comprendida por el llamado “hombre común”. Si estoy en lo correcto, si esta
visión amplia, fácil, genial y sencilla de la vida se refleja (aunque sea
tenuemente) en los estratos más altos y más bajos de la sociedad
norteamericana, existe realmente la esperanza de que nazca en este continente
una nueva raza de hombres, esperanza de un nuevo cielo y de una nueva tierra.
Pero no quisiera retener más tiempo la declaración...
Una raza nacida y criada naturalmente, que crezca en
condiciones correctas de armonía, actividad y desarrollo al aire libre y bajo
techo, con toda probabilidad, en estas condiciones y a raíz de ellas, hallaría
suficiente simplemente vivir—y, en sus relaciones con el cielo, el aire, el
agua, los árboles, etc., y en el sinnúmero de espectáculos comunes y en el
hecho de la vida misma, descubriría y alcanzaría la felicidad— con el Ser
invadido día y noche de éxtasis total, superando todos los placeres que la riqueza,
los entretenimientos y hasta las gratificaciones intelectuales, la erudición o
el sentido del arte pueden dar.
Usted considerará que peco de presuntuoso, de isleño, de
absurdamente patriótico o lo que sea, pero insisto en que el tono de este
pasaje, la nota distintiva que toca y su arrolladora integración (y
aniquilación al mismo tiempo) son absolutamente norteamericanos. Diría que
sobre esta roca —temporalmente olvidada— se fundó Norteamérica. Porque es roca
sólida este pensamiento, esta plataforma, y no una vaporosa abstracción del
intelecto. Es aquello en lo cual los más altos representantes de la raza humana
han creído y por lo cual han abogado, si bien sus pensamientos fueron
tristemente deformados y mutilados. Que éste es el destino del hombre común, de
todos los hombres, y no el camino del elegido, de los pocos elegidos, es lo que
lo hace parecer más verídico y valedero para mí. Siempre he contemplado a los
“elegidos” como los precursores del tipo de hombre que vendrá. Contemplados
desde el punto de vista histórico, representan los picos de las diversas
pirámides que la humanidad ha erigido. Contemplados desde el punto de vista
eterno —¿acaso no estamos siempre frente a lo eterno?— representan las semillas
que formarán la base de las nuevas pirámides del mañana. Siempre esperamos la
revolución, pero la verdadera revolución tiene lugar constantemente. Y el nombre
de este proceso más profundo es emancipación, autoliberación, en otras
palabras. ¿Qué citó Faure de Whitman? “El mundo será completo para quien sea
completo.” ¿Hace falta agregar que para tales seres el gobierno es superfluo?
Sólo puede haber gobierno —o sea la abdicación del Yo, la abdicación de los
propios derechos inalienables— donde hay seres incompletos. La Nueva Jerusalén
sólo podrá ser construida y emancipada por los individuos. Eso es comunidad.
Eso es “el colectivo absoluto”. ¿Lo veremos alguna vez? Si lo vemos ahora con
los ojos de la mente, lo veremos con la única realidad que para siempre jamás
ha de tener.
“Zen es la vida de todos los días”, hallará escrito usted
en cualquier libro sobre la materia. “El Nirvana es susceptible de alcanzarse
ahora”, encontrará también en cualquier libro sobre el tema. Es difícil que
logro sea la palabra apropiada, porque la “realización” implícita en tales
declaraciones es algo que debe realizarse en el presente inmediato... ¡Cuánto
se parece al Zen esto de Whitman!: “¿Es afortunado haber nacido? Es exactamente
tan afortunado como morir”.
Resumiendo sus páginas sobre Whitman, Bucke hace, entre
otras cosas, las siguientes declaraciones:
En ningún hombre que haya existido jamás, el sentido de la
vida eterna fue tan absoluto.
El miedo a la muerte estaba ausente. Ni en la salud ni en
la enfermedad mostró ningún signo de miedo, y existen abundantes motivos para
creer que no lo sintió.
No tuvo noción del pecado.
¿Y del Mal? Oigo de pronto la voz de Dostoievsky. Si hay
mal, no puede haber Dios. ¿Acaso este pensamiento no preocupaba a Dostoievsky?
Quien conozca a Dostoievsky sabe los tormentos que sufrió por este conflicto.
Pero el rebelde y dubitativo es silenciado hacia el fin, silenciado por una magnífica
afirmación. (“No resignación”, como señala Janko Lavin.)
Ama la creación de Dios y cualquier grano de arena que hay
en ella. Ama cualquier hoja, cualquier rayo de la luz de Dios. Si amas todo,
preservarás el divino misterio de las cosas. (Padre Zosima, alias el verdadero
Dostoievsky.)
¿Y del Mal?
Whitman respondió así, no una vez, sino muchas, muchas
veces: “Y digo aquí que en realidad el mal no existe”.
Veinte años después de haber entrado en la nueva vida, de
haber tomado el camino para convertirse en el camino, como Lao-tse, como Buda,
como Jesús, Whitman nos da el revolucionario poema Prayer of Columbus (Oración
de Colón), ostensiblemente, como dice Bucke, como su propia oración, en la cual
describe en dos inmortales líneas la luminosidad que le había sido conferida:
Rara luz indecible que alumbra a la luz misma,
Más allá de todo signo, descripción o lenguaje.
Se imagina a sí mismo en su lecho de muerte; su estado es,
para las normas mundanas, lamentable. Parecería que Dios le hubiese abandonado
o castigado. ¿Duda Whitman? Las dos últimas líneas del poema que acabamos de
mencionar nos dan la respuesta. Bucke escribe sobre ese momento: “¿Qué dirá a
Dios? Dice que Dios lo conoce a fondo, y que está dispuesto a entregarse en las
manos de Dios”. Cómo podría caber alguna duda en el pecho de un hombre que
había escrito: “Siento y sé que la muerte no es el fin, como creíamos, sino el
verdadero comienzo, y que nada jamás está perdido ni puede perderse, ni
siquiera morir, ni el alma ni la materia”.
Las interrogantes, las dudas, los desmentidos e inclusive
la negación que abundan en los trabajos de Dostoievsky, expresados a través de
sus diversos personajes y que revelan su obsesión por el problema de la
certidumbre, ofrecen un notable contraste con la actitud que Whitman adaptó
toda su vida. En ciertos aspectos Dostoievsky nos recuerda a Job. Enjuicia al
Creador y a la vida misma. Citemos nuevamente a Janko Lavin: “Incapaz de
aceptar la vida espontáneamente, se vio obligado a encararla como un problema”.
Y agrega inmediatamente: “Pero la vida como problema exige un significado que
tiene que satisfacer a nuestros seres racionales e irracionales. En cierta
etapa “el significado de la vida hasta puede llegar a ser más importante que la
vida misma. Se puede rechazar la vida por completo, salvo que su significado
responda a las más altas demandas de nuestra conciencia”.
Hace algunas semanas encontré, revisando mis papeles, un
artículo recortado de la revista Purpose (Londres, 1937). Había sido escrito
por Erich Gutkind y versaba sobre Job. Esta nueva lectura me impresionó
enormemente. Tengo la seguridad de que no había captado el significado esencial
de sus palabras cuando lo leí, y por eso lo guardé cuidadosamente en 1937.
Menciono este pequeño, medular y compacto ensayo porque en él Gutkind explica
el problema de una manera como nunca he visto hasta entonces. Tiene vinculación
con mis observaciones precedentes sobre Dostoievsky.
“En el libro de Job —dice— Dios ya no es medido por el
mundo, por el orden o desorden del mundo, sino que el mundo es medido por Dios.
Aquí el patrón (como lo es la luz en el caso de Einstein) es Dios. Y lo que
cambia es el mundo. El Libro de Job nos lleva a una comprensión más profunda
del mundo”. Seguidamente procede a explicar que la idea cristiana del pecado, y
también la doctrina de la reencarnación, con su noción del Karma, la idea,
mejor dicho, de que “el sufrimiento de todos se explica por sus propios
pecado”, es rechazada de plano en el Libro de Job.
“El sufrimiento no es el pago de una deuda —dice—, sino
una carga de responsabilidad. Job no tuvo que responder por los pecados que
había cometido. Cargó sobre sus hombros el terrible problema del sufrimiento.”
(Observemos cómo todo esto se vincula con Dostoievsky.) El interrogante con el
cual lidió es un interrogante básico sobre el orden del mundo, la lucha entre
Dios y Satán. Es el interrogante de si el mundo tiene significado o carece de
él. ¿El mundo es bueno o malo?
Y así sucesivamente. Gutkind señala, en passant, que al
final todo le fue devuelto a Job: su riqueza, su salud y también sus hijos.
“Job no perece como los héroes griegos”.
A continuación, sumergiéndose en el centro del problema,
dice: “Pero preguntemos con Job: ¿Qué representa el ciego dominio del Destino?
¿Qué tipo de extraña esfera es ésta en que Dios todo lo deja librado a la
acción de la casualidad?” Dice que la respuesta de Dios a Job no parece
satisfacer el grito de su alma. Dios respondió a Job cosmológicamente, afirma.
“¿Dónde estabas tú cuando fundé el cosmos?” Ésa fue la repuesta de Dios. Señala
que “en el cosmos todo obedece a leyes. Allí todo es pecado con todo lo
demás... Todo está equilibrado”. La naturaleza es el dominio del Destino,
afirma. Expresa que Job, al tratar de comprender las modalidades de Dios, “toma
a Dios como una especie de causa, como una fuerza natural”. “Pero —dice él—
Dios no solamente es un principio que permite explicar o impartir significado
al universo. Ése es el Dios de los teólogos, un Dios abstracto”.
En el cosmos, el hombre y Dios jamás pueden reunirse. La
idea panteísta de que Dios se halla en todas partes en la naturaleza es una de
las causas de la decadencia del concepto de Dios... Nada tiene realidad en sí.
La naturaleza es relativa en todas sus formas. Todo fenómeno forma parte de una
red indescriptiblemente complicada de relaciones. La realidad no está allí. La
tradición judía enseña que Abraham buscó a Dios en el cosmos, pero no lo
encontró allí. Y como no pudo encontrarlo allí, fue llevado a buscar a Dios
donde éste se revela, o sea en la conversión directa entre Dios y el hombre.
Después sigue esto, que es a donde yo quería llegar:
¡Uno siempre debe comunicarse como si Dios no existiera!
Quizá no expliquemos el rompecabezas de la naturaleza por medio de Dios: ése sería
el fin de la ciencia. Quizá no esperemos el socorro de Dios: ése sería el fin
de la iniciativa humana. Cuanto menos nos preocupemos por la idea de Dios en
nuestra explicación del mundo y en nuestra vida práctica, con mayor claridad
Dios ha de aparecer. Esto enseña el Libro de Job cuando Dios pregunta: “¿Dónde
estabas tú cuando fundé el cosmos?” Más todavía: “¿Dónde estás tú cuando dirijo
el cosmos?”
Se ha dicho con frecuencia de Whitman que tenía un ego
desmesurado. Abrigo la seguridad de que lo mismo podría decirse de Dostoievsky,
si los contemplamos estrechamente, porque en la extremada humildad de
Dostoievsky había extraordinaria arrogancia. Pero examinando los egos de
hombres así no descubrimos nada porque trascienden el ego: el uno mediante su
incesante y casi insoportable interrogatorio, el otro por su constante y clara
afirmación de la vida. Dostoievsky se propuso, en lo humanamente posible, asumir
los problemas, la tortura y la angustia de todos los hombres, y especialmente,
como muy bien sabemos, el incomparable sufrimiento de los niños. Whitman no
respondió a los problemas del hombre pensándolos y examinándolos, sino con un
continuo canto de amor, de aceptación, en el cual siempre estaba implícita la
respuesta. Song of Myself (Canción de Mí Mismo) no es fundamentalmente distinto
a un himno a la creación.
D. H. Lawrence cierra sus Studies in Classic American
Literature (Estudios sobre Literatura Clásica Norteamericana), con un capítulo
sobre Whitman. Es una obra literaria incongruente, una mezcla de ostentoso
palabrerío y destellos de asombrosa agudeza perceptiva. Para mí es la roca
contra la cual se estrello Lawrence. Tenía que llegar eventualmente a Whitman,
y lo hizo. No pudo rendirle homenaje constante; no, Lawrence no pudo. Lo cierto
es que no puede tomar la medida del hombre. Whitman es un fenómeno para él, un
fenómeno de un tipo muy especial: el fenómeno norteamericano.
Sin embargo, pese a todas sus vanaglorias y sus humos, a
despecho de la canción y el baile baratos con que comienza su ensayo, Lawrence
consigue de Whitman algunas cosas imperecederas. Hay en Whitman mucho que él no
capta, mucho que no porfía captar, porque, para ser honesto y sincero, fue un
hombre menor, un hombre, además, que nunca alcanzó la individuación. Pero en
cambio captó el mensaje esencial de Whitman y la forma en que lo interpreta
constituye un desafío para los intérpretes del porvenir.
“El mensaje esencial de Whitman —dice Lawrence— fue el
Camino Abierto. Dejar el alma librada a sí misma, dejar librado su destino a
ella y marchar por el camino abierto. Ésta es la doctrina más valiente que
jamás se haya propuesto a sí mismo”.
Declarando que el verdadero ritmo del continente
norteamericano se expresa en Whitman, el primer aborigen blanco, el más grande,
el primero y el único maestro norteamericano (¡y no Salvador!), dice también
que fue el gran transmutador de la sangre de las venas de los hombres. Su
verdadera y sentida manifestación de admiración, afecto y reverencia por
Whitman comienza en este punto del ensayo...
Whitman, el gran poeta, ha significado mucho para mí.
Whitman es el único hombre que marca rumbos marchando a la vanguardia. Whitman,
el único precursor. Y sólo Whitman... Delante de Whitman, nada. Marcha al
frente de todos los poetas, abriendo caminos en la espesura de la vida
inexplorada, Whitman. Más allá de él, nadie.
Entonando el canto del alma, Lawrence entra en éxtasis.
Habla de “una nueva doctrina, una nueva moralidad, una moralidad de la vida
real, no de la salvación”. La moralidad de Whitman, declara, “fue una moralidad
del alma que vive su vida y no se salva a sí misma... El alma que vive su vida
a lo largo del encarnado misterio del camino abierto”.
Magníficas palabras, y no cabe la menor duda de que
Lawrence creyó en ellas. Hacía el final del ensayo, refiriéndose a la
“verdadera democracia” que Whitman predicara, hablando de cómo esta democracia
se da a conocer a sí misma, dice, ¡y con cuanta exactitud!: “No mediante una
progresión de piedad ni por obras de caridad. No con palabras en absoluto. No
mediante nada sino simplemente ella misma. El alma que pasa no enaltecida, que
pasa a pie y no es más que sí misma. Y reconocida y pasando de largo o saludada
de acuerdo con el dictado del alma. Si es un alma grande, será reverenciada por
el camino”.
“Los únicos ricos, las almas grandes”. Ésta es la última
frase del ensayo y del libro. (Fechado en Lobos, Nuevo México).
Creo que con esta nota debo poner término a mi carta, mi
muy querido amigo Pierre Lesdain.
Big Sur, California, 10 de mayo de 1950.
Postdata.
No puedo terminar la carta en este punto. Tengo más que
decir. ¿Qué importa que adquiera proporciones elefantinas? Sin quererlo me
siento llevado a revelar ciertas impresiones y opiniones que quizá jamás
llegaría a difundir si no me hubiese embarcado en esta impensada incursión.
Usted probablemente sea el único hombre de Europa que no desfallece ni
retrocede ante nada de lo que digo, al que no puedo engañar ni desilusionar,
aunque haga el papel de idiota. Usted ha sido sumamente modesto y reticente
sobre usted mismo. Prácticamente nada sé de usted. Pero sé que usted es más
grande de lo que pretende ser, aunque sólo sea por su fe inconmovible, su
lealtad y su devoción. Estas cualidades no se encuentran juntas en ninguna
persona.
De todas maneras, quisiera ampliar ciertos pensamientos
que he vertido, reconciliar ciertas contradicciones “evidentes” y tomar algunos
de los cabos sueltos que dejé en el aire. En primer término, entonces,
permítame atender rápidamente a estos últimos...
Frente a la página 65 del libro de Jamati hay una
fotografía de Whitman que nunca había visto antes. A primera vista podría
tomarse por una foto de Lincoln cuando era joven. La fecha es incierta, dice el
epígrafe, pero decididamente fue tomada algunos años antes que la de 1854, la
que elegí para llamar a usted la atención y sobre la cual todavía tendría algo
más que decir. Entre paréntesis, hablando del aspecto físico de Whitman,
¿mencioné que además de su piel rosada, ojos celestes y nariz aguileña, también
tenía una cabellera negra que, como usted notará en la foto de 1854, tiende a
encanecer? No sé por qué, pero nunca lo imaginé con pelo negro y ojos azules;
la combinación es irresistible, tanto en un hombre como en una mujer. Los
irlandeses tienen esto de vez en cuando.
En cuanto a Lincoln, que fue uno de los hombres más
hogareños que pueda imaginarse, según sus propias palabras, deduzco que si bien
sus caminos se cruzaron muchas veces, nunca se pronunciaron palabras entre
ambos. Whitman experimentaba una veneración poco común por Lincoln. Muchas
veces, en los últimos años de su vida, participo en actos conmemorativos de
Lincoln, con frecuencia arriesgando su salud. ¿No es curioso también que
Lincoln empleara casi las mismas palabras sobre Whitman que Napoleón sobre Goethe?
Ambos reconocieron al hombre.
Pensando en gobiernos, en los excelentes gobiernos que
pudimos haber tenido y que todavía podríamos tener a pesar de todas las
condiciones desfavorables, no podría menos que conjeturar, en las pausas al
escribir esta carta, sobre lo que Norteamérica podrá ser hoy si, inmediatamente
después de la guerra civil, suponiendo que Lincoln viviese todavía, hubiera
tenido en su gabinete —vivos o muertos— a los siguientes: Tom Paine, Thomas
Jefferson, Roben E. Lee, John Brown, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau,
Mark Twain y Walt Whitman.
Pienso en los ritos funerarios de Whitman, según los
consigna Jamad, pronunciando las últimas palabras nada menos que Bob Ingersoll.
¿Quien habría podido pensar que ambos estarían unidos en la muerte? Y no
solamente eso, no solamente las multitudes que siguieron al cortejo fúnebre o
se apostaron en las aceras, sino la lectura junto a la tumba, primero de la
obra de Whitman y después uno tras otro de sus iguales. (“De ses pairs”, dice
Jamati). ¿Quiénes fueron estos? ¡Buda, Confucio, Zoroastro, Jesús, Platón y
Mahoma! ¿A qué poeta norteamericano se brindó tamaña despedida?
Y después la admirable fortuna, explicable y completamente
justificada, que acompañó a la lucha que Whitman librara toda su vida para que
se reconociese su trabajo. ¡Qué lista de nombres hallamos de su parte!
Comenzando con Emerson, quien, al recibir un ejemplar de la primera edición de
Leaves of Grass, escribe: “LesAméricains qui sont a l'étranger peuvent rentrer;
il nous est né un artiste: Emerson, Thoreau, Bucke, Carlyle, Burroughs, William
Douglas O'Connor, Horace Traubel, Mark Twain, la maravillosa Anne Gilchrist,
John Addington Symonds, Ruskin, Joaquín Miller (el Whitman de California), los
Rosettis, Swinburne, Edward Carpenter... ¡Qué lista! Y por último, pero quizá
no el menor, Peter Doyle, el conductor de autobús. En cuanto a Joaquín Miller
—¡ya nos acercamos a casa!— fue este poeta de las Sierras quien, enardecido por
los clamores contra Whitman, se pronunció de esta manera: “Cet homme vivra, je
vous le dis! Cet homme vivra, soyez-en sürs, lorsque le dome puissant de votre
Capitule lá-bas, n 'élévera plus ses ¿paules rondes contre les cercles du
temps”.
No pasemos por alto otro señalado evento en la carrera de
Whitman: su presencia en la inauguración, realizada en Baltimore, del monumento
a la memoria de Edgar Alian Poe. (“le seulpoete améri-cain qui ait répondu a
Vincitation du comité”, dice Jamati.)
Tampoco pasemos por alto el hecho de que, cuando su obra
comenzó a llamar la atención en Europa —particularmente en Inglaterra, cosa
extraña— al aparecer una traducción tras otra en diversos países, ¡la primera
traducción francesa (de fragmentos solamente) aparece en provenzal! Encuentro
en esto una coincidencia bastante feliz.
¡Y Léon Bazalgette, el más devoto de los biógrafos de
Whitman! ¡Qué obra de amor fue la suya! ¡Qué gran tributo del Viejo Mundo!
Recuerdo haber leído la obra de Bazalgette en París; también recuerdo, aunque
puede que me falle la memoria, que en este mismo período también estaba
entregado a la lectura de estas obras extrañamente distintas: Las Confesiones
de San Agustín y The City of God (La Ciudad de Dios); el Diario de Nijinsky;
The Absolute Collective (El Absoluto Colectivo), de Erich Gutkind; The Spirit of
Zen (El Espíritu del Zen), de Alan Watts; Louis Lamben y Seraphite, de Balzac;
La Mort d'un Quelconque, de Jules Romains; la vida del santo tibetano Müarepa y
Connaissance de l'Est, de Paul Claude!. (No, nunca estuve solo. ¡En el peor de
los casos, como he dicho en alguna parte, estaba con Dios!).
En Whitman hay un aspecto que no he recalcado
suficientemente y que para mí es extraordinariamente iluminador: me refiero a
su tranquila, firme e inexorable búsqueda del objetivo. ¡Cuántas ediciones de
sus obras han sido publicadas a su costa! ¡Qué lucha por conseguir la inclusión
de esos pocos poemas “detestables” y presuntamente “obscenos” en una edición
definitiva! Obsérvese que nunca derrocha sus energías luchando contra sus
enemigos. Prosigue su marcha resuelto, inflexible y sin desmayo. En su firme mirada
no hay cabida para sus enemigos. Durante su marcha por “el camino abierto” van
surgiendo por todas partes amigos, partidarios y campeones de su causa. Brotan
a su paso. Obsérvese cómo trata a Emerson cuando éste pretende oponerse a la
inclusión de estos poemas “ofensivos” en una edición posterior. ¿No es evidente
que de los dos el superior es Whitman? Si Whitman hubiese capitulado en esta
cuestión, todo el cuadro habría cambiado. (Si bien es cierto que hizo
concesiones a sus benefactores omitiendo en las ediciones inglesas los puntos
cuestionables, tengo la seguridad de que lo hizo sabiendo que a la larga
triunfaría en su propio país). Nunca podría insistirse demasiado en esta lucha
contra las fuerzas contrarias porque tuvo lugar a mediados y a fines del siglo
diecinueve, que fue el período más conservador de nuestra historia. Esta lucha
afectó toda la historia de las letras norteamericanas. (Lo mismo habría de
suceder cuando la aparición de Sister Carrie [Hermana Carrie], de Dreiser).
Cuando llega el caso de James Joyce, en virtud de una especie de “generosa
venganza” un tribunal norteamericano absuelve al autor de Ulysses. ¡Cuánto más
fácil fue sancionar la libre circulación de Ulysses en la segunda década del
siglo veinte que conceder a Whitman amplia libertad de expresión medio siglo
antes! Queda por ver cuál habrá de ser el veredicto final de las autoridades
francesas, inglesas y norteamericanas en el caso de mis propias obras
discutibles... No obstante, no he tocado este tema para llamar la atención sobre
mi caso, sino para señalar que una especie de providencia especial pareció
guiar el destino de un hombre como Whitman. Él, que no había tenido dudas; él,
que jamás empleó el lenguaje de la negación, que jamás se burló ni desdeñó, que
jamás envileció ni insultó a otros seres humanos, fue protegido y preservado
por amigos y admiradores. Jamati habla del asombro que las recriminaciones
contra los elocuentes poemas de Whitman suscitaron en Anne Gilchrist.
“Veía en ellos una glorificación, un respeto, un amor
religioso a la vida, y se preguntó con ingenuidad, al advertir que vibraba tan
naturalmente al diapasón de las Hojas de hierba, si esos versos no habrían sido
escritos especialmente para las mujeres”. Y agrega: “¡Qué testigo era para él
esa mujer de corazón generoso, esa madre perfecta, respetada, admirada, que
sabía encontrar sagradas todas las cosas!”
La “ingenuidad, de esta mujer”, dice Jamati. La
“receptividad de esta mujer”, diría yo. Su coraje. Su sublimidad. ¡Recordemos
que era inglesa! No, aunque Whitman no haya escrito “especialmente” para
mujeres, sus palabras iban dirigidas tanto a los hombres como a las mujeres.
Una de las raras virtudes de Whitman es que a través de todos sus poemas la
mujer recibe el mismo exaltado homenaje que el hombre. Contemplaba a ambos como
iguales. Elevó su virilidad y su feminidad. Vio lo que había de femenino en el
hombre y lo que había de masculino en la mujer... ¡mucho antes que Otto
Weininger! Había sido calumniado porque proclamó la dualidad sexual de todo el
mundo. En uno de los pocos párrafos del original donde introdujo
rectificaciones fundamentales reemplazó a un hombre por una mujer, para evitar,
se dijo, que sospecharan tendencias “homosexuales”. ¡Cuántas inmundicias se
escribieron con este motivo! ¡A qué cantidad de absurdos nos condujo el
psicoanálisis! Quienquiera que hable de amor, de un gran amor, se hace
sospechoso. Son las mismas burlas que han sido lanzadas contra los más grandes
benefactores de la raza humana. Parece que nos repugnara el amor que lo abarca
todo. Sin embargo, de acuerdo con la arraigada leyenda de la creación, el
hombre fue originariamente bisexual. Adán, el primero, era un ser completo;
her-mafrodita. En lo más profundo de su ser el hombre será siempre completo, es
decir, hombre y mujer al mismo tiempo.
Cuando me refería, páginas atrás, a la mirada velada y
lejana de los ojos de Whitman, espero no haber dado la impresión de que lo
consideraba un hombre frío, indiferente, apartado, que vivía aislado en una
“aureola brahmánica” y condescendía a mezclarse con la multitud cuando estaba
de humor favorable. Sus años de actuación en los campos de batalla y en los
hospitales serían suficientes para borrar esa sospecha. ¿Qué hombre podría
ofrecer un sacrificio mayor, una renuncia más grande? Whitman salió de esa experiencia
destrozado hasta la médula. Presenció más de lo que humanamente se le puede
exigir a un hombre. No fue tanto el cruel menoscabo de su salud, a pesar de la
intensidad de su congoja, como la tremenda confrontación del contacto demasiado
inmediato. Se ha hablado mucho de su inagotable benevolencia. Condolencia,
podría decirse mejor. Pero no hay ningún término en nuestro idioma que exprese
adecuadamente aquella dilatada sensación.
Esa experiencia que, repito, debe ser comparada con la
prueba que soportó Dostoievsky en Siberia, provoca interminables meditaciones.
Fue un calvario en ambos casos. El innato sentimiento fraternal de Dostoievsky
y el natural espíritu de camaradería de Whitman pasaron una prueba de fuego por
mandato del destino. Por grande que haya sido el humanitarismo que los
saturaba, ninguno de los dos habría pedido la experiencia. (No es una
observación ociosa. La historia de la humanidad nos presenta ejemplos gloriosos
de hombres que han aceptado pasar por pruebas tremendas. Pienso ante todo en
Jesús y en Juana de Arco.) Whitman no corrió presuroso a ofrecer sus servicios
como soldado de la república. Dostoievsky no se lanzó al “movimiento” para
probar su capacidad para soportar el martirio. En ambos casos la situación les
fue impuesta. ¡Pero he ahí, al final de cuentas, la prueba del hombre: cómo
recibe los golpes del Destino! En el destierro Dostoievsky se familiarizó
realmente con las enseñanzas de Jesús. En el campo de batalla, entre los
muertos y heridos, Whitman descubrió el significado de la abnegación, o, mejor
dicho, del servicio sin pensar en retribuciones. Únicamente hombres iluminados
pueden transformar estas experiencias en grandes mensajes de amor y bendición.
Whitman había visto la luz, había recibido su iluminación
algunos años antes de este crucial período de su vida. Con Dostoievsky no
sucedió lo mismo. Ambos tuvieron una lección que aprender, y la aprendieron en
medio del sufrimiento, la enfermedad y la muerte. El insaciable espíritu de
Whitman experimentó un cambio, una profundización. Su “camaradería” se
convirtió en una aceptación más apasionada de sus semejantes. Esa mirada de
1854, la mirada del hombre un tanto aturdido por la visión que ha tenido, se convierte
en una mirada más amplia y más profunda que abraza a todo el universo de seres
sensibles y también al mundo inanimado. Su expresión no es ya la del que viene
de lejos, sino la del hombre que está en la espesura de las cosas, que acepta
su suerte completamente, que se regocija en esa suerte venga lo que venga.
Puede que haya en ella menos de lo divino, pero hay más de lo puramente humano.
Whitman necesitaba esta humanización. Si, como creo firmemente, se operó en él
una expansión de la conciencia (en 1854 ó 1855), también se habría operado,
salvo que se volviese loco, una revalorización de todos los valores humanos.
Whitman tuvo que vivir como un hombre y no como un dios. En el caso de
Dostoievsky sabemos cómo persistió esta obsesión con la idea del “hombre dios”
(por intermedio de Solovyev, probablemente). Dostoievsky, iluminado desde las
profundidades, tuvo que humanizar al dios que había en él. Whitman, recibiendo
su iluminación desde el más allá, trató de divinizar al hombre que había en él.
Esta fecundación de dios y hombre —el hombre en dios, el dios en el hombre—
tuvo efectos de vastos alcances en ambos casos. Hoy es común escuchar que las
profecías de estas dos grandes figuras han quedado en nada. Rusia y
Norteamérica se han vuelto mecanizadas, autocráticas, tiránicas, materialistas
y sedientas de poder. ¡Pero un momento! La historia tiene que seguir su curso.
La fase negativa siempre precede a la positiva.
Muchas veces los biógrafos y los críticos toman estos
períodos cruciales de un sujeto y, al explayarse sobre la “fraternidad” y la
“universalidad del espíritu”, dan la impresión de que la simple proximidad del
sufrimiento y la muerte había sido lo que desarrolló estos atributos en sus
sujetos. Pero lo que afectó a Whitman y a Dostoievsky, si he leído
correctamente sus caracteres, fue el incesante desnudarse del alma que tuvieron
que presenciar. Fueron afectados, heridos es la palabra, en sus almas. Dostoievsky
no marchó a la cárcel como trabajador social ni Whitman al campo de batalla
como enfermero, médico o sacerdote. Dostoievsky fue obligado a vivir la vida de
cada uno de sus compañeros de cautiverio debido a la absoluta falta de vida
privada: vivió como una bestia, según nos muestran los anales. Whitman tuvo que
convertirse en enfermero, médico y sacerdote al mismo tiempo, porque no hubo
ningún otro que poseyese todas estas raras cualidades. Su temperamento jamás lo
habría llevado a elegir ninguna de esas ocupaciones. Pero ese mismo magnetismo
animal —o la misma divinidad que había en cada uno de ellos— obligó a ambos
individuos, bajo tensiones similares, a proyectarse más allá de ellos mismos.
Después de salir de una situación así, un hombre común bien podría haberse
dedicado el resto de sus días al cuidado de los infortunados; bien podría haber
concebido que tenía la “misión” de dedicar de esa manera su vida. Pero Whitman
y Dostoievsky vuelven a escribir. Si tienen una misión, la incorporarán a su
“mensaje”.
Por si no lo he indicado con claridad todavía, permítame
decir que precisamente porque primero y ante todo fueron artistas, estos dos
hombres crearon las condiciones especiales relacionadas con su cruel
experiencia y se condicionaron a sí mismos para transmutar y ennoblecer esa
experiencia. No todos los grandes hombres son capaces de soportar el desnudo
encuentro del alma con el alma, como fue el caso de estos dos. Presenciar, no
una vez, sino insistente y reiteradamente, el espectáculo de un hombre que desnuda
su alma es algo que excede casi la resistencia humana. Por lo común no
avanzamos con nuestras almas. Un hombre podrá desnudar su corazón, pero no su
alma. Cuando un hombre se exhibe a otro de esta manera, se exige una respuesta
que al parecer muy pocos están en condiciones de dar. Creo que en ciertos
sentidos la situación de Dostoievsky fue más crítica todavía que la de Whitman.
Prestando a sus compañeros de sufrimiento todos los servicios que había
prestado Whitman, no obstante siempre fue considerado como uno de ellos, o sea
como un criminal. Naturalmente, no pensó en la “retribución” más que Whitman,
pero siempre se le privó de su dignidad como ser humano. En otro sentido, por
supuesto, podría decirse que este mismo hecho le facilitó el actuar como “ángel
de la guarda”. Anuló todo pensamiento de ser un ángel. Se contempló a sí mismo
como víctima y como doliente porque en realidad lo era.
Pero el punto importante —¡no me permita perderlo!— es
que, no importa que los papeles que asumieron hayan sido deliberados o
forzosos, hacia estos dos seres se dirigieron instintiva e inequívocamente las
angustiadas almas que los rodeaban. Actuando como mediadores entre Dios y el
hombre, o si no como mediadores como intercesores, superaron a los “expertos”
cuya ocupación habían asumido. La gran cualidad que ambos tuvieron en común fue
la incapacidad para rechazar ninguna experiencia. Su total humanidad los hizo
capaces de aceptar la gran “responsabilidad” del sufrimiento. Abrazaron más que
un deber o una misión en la vida. Así, todo lo que sucedió entre ellos y sus
compañeros de dolor transcendió la gama de la experiencia ordinaria, Los demás
hombres miraron en sus almas y ellos vieron en las almas de los hombres. En
ambos casos, el pequeño yo ardió hasta consumirse. Una vez que todo hubo
pasado, no pudieron hacer otra cosa que reanudar sus ocupaciones privadas. Ya
no eran “hombres de letras”, no, ni siquiera artistas, sino fecundadores.
Sabemos demasiado bien la forma en que sus mensajes embistieron las armazones
de los antiguos vehículos. ¿Cómo habría podido ser de otro modo? La revolución
del arte que contribuyeron a realizar, que iniciaron en una magnitud de la cual
todavía no tenemos la noción debida, formó parte integrante de la tarea más
grande de transmutar todos los valores humanos. Su preocupación por el arte fue
de un orden distinto que la de otros célebres revolucionarios. Fue un
movimiento desde el centro del ser humano hacia afuera, y todavía hemos de
escuchar las repercusiones provenientes de esa esfera externa (aún tan velada
para nosotros). Pero no creamos ni por un instante que fue una vana o perdida
irrupción del espíritu. Dostoievsky se sumergió más profundamente que cualquier
hombre antes de lanzar al aire sus flechas; Whitman voló más alto que
cualquiera antes de sintonizar en nuestras antenas.
Todavía no puedo abandonar el tema de esta ordalía muy
especial que sufrieron. Debo ahora volver a él de otra manera, a mi manera
personal. Lucho por expresar algo que quiero dejar sentado con absoluta
claridad...
Usted sabe que durante casi cinco años fui jefe de
personal en una compañía telegráfica. Usted sabe por el libro del Capricornio
cuál fue la naturaleza y la magnitud de esta experiencia. Hasta un tarado
captaría que de este tipo de contacto humano algo tenía que acaecer. Tengo
conciencia de haber destacado el aspecto de las simples cantidades, y no
solamente de las cantidades, sino también de la variedad de tipos y de las
condiciones de vida que fueron mi realidad cotidiana. Fugazmente, con excesiva
fugacidad, según me parece ahora, he bosquejado lo punzante de estas
situaciones de hombre a hombre en que fui precipitado diariamente. ¿Pero
destaqué lo suficiente este aspecto de mi experiencia diaria: que los hombres
se rebajaban ante mí, que se me presentaban desnudos que no me ocultaban nada,
nada? Lloraban, se arrodillaban a mis pies, tomaban mi mano para besarla. ¡Oh,
a qué extremos no llegaron! ¿Y or qué? ¡Para conseguir un empleo o para
agradecerme por haberles dado empleo! ¡Como si yo fuese Dios Todopoderoso! Como
si yo rigiese sus destinos personales. Y yo, el último hombre en la tierra que
desearía inmiscuirse en el destino de otro, el último hombre en la tierra que
querría estar por encima o por debajo de otro hombre, que deseaba mirar de
frente a cada uno de los hombres para saludarlo como un hermano, como un igual,
me vi obligado, o por lo menos creí que estaba obligado, a desempeñar este
papel durante casi cinco años. (Porque tenía una esposa y un hijo que sostener,
porque no podía encontrar otro trabajo, porque era completamente incapaz,
inepto, excepto en este papel accidental. ¡Accidental, sí, porque solamente
pedí ser mensajero, no jefe de personal!) Así, día tras día me encontré bajando
la mirada. A mi vez me sentía humillado y exasperado. Humillado pensando que
todos debían considerarme un benefactor, exasperado pensando que los seres
humanos podían rogar tan ignominiosamente por algo como un empleo. Es verdad
que yo mismo había luchado por el derecho a ser “mensajero”. Rechazado, quizá
porque no creyeron que fuese de lo mejor, me introduje enfurecido en el
despacho del presidente. Sí, para mí también representaba una gran cosa ese
piojoso e ignominioso empleo de mensajero. (Tenía veintiocho años. Era bastante
maduro para un puesto así). Habían herido mi orgullo y exigí que respetasen mis
derechos. ¿Rechazarme a mí? ¿Yo, que había condescendido a aceptar el puesto
más bajo de la tierra? ¡Increíble! Así, cuando me envían del despacho del
presidente al del gerente general, sabiendo de antemano que tengo la victoria
en la palma de la mano —¡observe el toque dostoiévsquico!—, podrá representarme
a mí mismo como el supremo mensajero cosmodemoníaco, el mensajero de Dios,
podría decir usted. Sé tan bien como mi astuto interlocutor que ya no se trata
de ocupar un puesto de mensajero. Si mi interlocutor me hubiese dicho que me
preparaba para llegar a ser el próximo presidente de la compañía telegráfica,
en vez de jefe de personal del departamento de mensajeros, ni siquiera habría
pestañeado, tan grande era mi orgullo en ese momento. Pero si bien no me
convertí en futuro candidato a la presidencia, de todas maneras obtuve más de
lo que había ido a buscar. Hasta el momento en que asumí el cargo de jefe de
personal, con los destinos de más de un millar de individuos en mis manos,
jamás comprendí cómo deben sonar las rogativas y las súplicas de los
infortunados a los oídos de Dios. (El hecho de que no haya un Ser como el que
estos desgraciados imaginan, torna más horrible e irónico el asunto). Para esos
pobres mensajeros “cosmocómicos” yo era decididamente Dios. No Jesucristo, no
Su Santidad, no el Papa: ¡Dios! Y ser Dios, aunque sólo como simulacro, es la
situación más devastadora que pueda plantearse a un ser humano. ¡En cuanto a
esos tiranuelos que se llaman a sí mismos dictadores, esos ratones que se creen
los únicos capaces de gobernar el mundo de los hombres, sólo pediría a Dios que
se permita a esos idiotas desempeñar hasta el límite el papel para el cual se
creen aptos! ¿Por qué, conociendo su enorme fatuidad, por qué nosotros, los
ciudadanos del mundo, no les concedemos poderes incondicionales e ilimitados
durante un breve intervalo? Nada podría destrozar con mayor prontitud esta
pretenciosa burbuja (que todos tenemos en cierta medida) que una sanción así. Pero
si ni siquiera estamos dispuestos a entregarnos a las manos de Dios —me refiero
a los que creen en Él—, ¿cómo esperar que alguna vez hagamos un experimento tan
drástico y humorístico?
Este Dios al que los hombres imaginan aguzando
constantemente los oídos para captar sus oraciones, sus adulaciones, sus
engañifas, ¿no se sonroja, no gime, no se debate de angustia, congoja y
mortificación cuando escucha los enfermizos maullidos provenientes de este
diminuto corpúsculo que se llama la Tierra? (Porque no somos el único orden de
la creación. ¡Lejos de eso! ¿Y los demás cuerpos estelares? ¡Pensemos en los
que han estallado hace mucho y en los que no han estallado todavía!)
Mi querido Lesdain, lo que trato de decirle es lo
siguiente: se podrá despojar a un hombre de su dignidad humana colocándole en
una posición situada por encima de sus semejantes, pidiéndole que haga lo que
ningún hombre tiene derecho a hacer, o sea dar y recibir dispensa, juzgar y
condenar, o aceptar agradecimiento por un favor que no es un favor sino un
privilegio al que todo ser humano tiene derecho. No sé lo que será más difícil
soportar, si sus desvergonzadas rogativas o su inmerecida gratitud. Sólo sé que
esto me desgarró, que quise vivir mi propia vida más que nada en este mundo, y
no volver a participar jamás en este cruel plan de amo y esclavo. Mi solución
fue escribir, pero para lograrlo hizo falta otro descenso al abismo. Esta vez
estoy realmente bajo tierra, no arriba, como antes. Ahora debo escuchar qué
quieren los demás, ante todo qué creen bueno o malo, qué es “vendible”. Pero en
esta nueva función hay un consuelo: que ejerciendo mi oficio no le quito a
nadie el pan de la boca. Si tengo un jefe, ese jefe es invisible. Y jamás le
rezo, como tampoco le he rezado al Gran Señor.
Entonces, cuando creo haberme convertido en un trabajador
capaz, cuando creo conocer mi oficio, cuando creo ser capaz de dar
satisfacción, cuando hasta me he reconciliado con una larga postergación de
“mis honorarios”, me encuentro frente a frente con ese gran fantasma: el Gusto
del Público. Recordará usted que yo había dicho que si Whitman hubiese
capitulado sobre esta cuestión, si hubiese seguido la voz de sus consejeros,
habría surgido un edificio completamente distinto. Están los amigos y los
partidarios que aparecen cuando se navega junto con la multitud; están los
otros amigos y partidarios que se congregan a nuestro alrededor cuando corremos
peligro. Los últimos son los únicos dignos de ese nombre. Es extraño, pero el
único tipo de apoyo que encierra algún significado proviene de quienes creen en
usted a capa y espada. De los que llegan al límite. Pero si se produce aquí la
más ligera vacilación, la más ligera duda, la más ligera deserción, el
candidato a partidario se convierte en su peor enemigo. Para que haya
dedicación completa, tiene que haber una total aceptación concomitante. Quienes
lo defienden a usted a pesar de sus fallos, trabajan en contra de usted a la
larga. Cuando se es campeón, el hombre tiene que ser de una sola pieza; tiene
que ser a fondo lo que es y sin dejar la menor duda al respecto.
(Ha habido una interrupción de unas treinta y seis horas.
Se me ha cortado el hilo. Pero entraré por la puerta trasera...)
Cuando el individuo iluminado regresa al mundo, cuando
finalmente su visión se ajusta a volver a abrazar esa perspectiva del mundo que
el mortal ordinario jamás pierde, la redonda órbita del ojo parece hacerse más
llena, más profunda y más luminosa. Lleva tiempo reajustarse, lleva tiempo
volver a ver las montañas como montañas y las aguas como aguas. No solamente
nos vemos a nosotros mismos viendo, sino que también vemos con mayor visión. La
visión adicional se revela en la serenidad de la mirada. La boca también
expresa la luz adicional, si pudiera expresarlo así. No se cierra con firmeza
ni opresión; los labios siempre se mantienen ligeramente separados. Esta
serenidad de los labios implica que se ha abandonado la infructuosa lucha. El
cuerpo entero, en efecto, expresa el júbilo de la renuncia. Cuanto más se
relaja, mayor fulgor adquiere. El ser entero cobra incandescencia.
Sabemos lo impresionado que quedó Balzac cuando leyó en
Swedenborg que hay ángeles “solitarios”. Extraordinaria expresión, no hace
falta decirlo. ¿Acaso Whitman no dijo: “Tarde o temprano volveremos a una sola
alma solitaria?” Mas, ay, eventualmente llegamos a la roca profunda, al nudo
eterno tanto en el ser humano como en Dios. Y si en presencia de tales
individuos tenemos la impresión...
(Otro lapso de treinta y seis horas: interrupción
realmente mala, en verdad. Ya no recuerdo el pensamiento que estaba a punto de
expresar. Pero volverá, no me cabe la menor duda. ¡Hoy es 15 de mayo!)
Entre tanto a pesar de tanto picadillo, ciertas frases han
quedado en el fondo de mi cerebro, ha quedado la pista del hilo perdido. Una de
ellas es la siguiente: “Il faudra bien qu'unjour on soit l'humanité” (Jules
Romains.) Otra (mía esta vez) dice: “El gusano en la manzana. ¡Busquemos el
gusano!” Con ambas vino la orden de mirar el prefacio de Looking Backward
(Mirando al pasado) (2000 a 1887 d. de C), escrito por el hijo de Edward
Bellamy. Este libro —no puedo encontrar la edición que tiene el prefacio de su
hijo— tuvo una venta sin precedentes que estuvo a punto de rivalizar con la
Biblia. Hoy ha pasado virtualmente al olvido. Pero vale la pena citar algunas
líneas de Bellamy: “El largo y cansado invierno de la raza ha terminado. Ha
comenzado su verano. La humanidad ha salido de la crisálida. Los cielos están
ante ella”. Estas palabras fueron escritas antes de fines del siglo diecinueve,
cinco años antes, para ser exacto, de morir Whitman. No son muy posteriores a
las siguientes palabras de Whitman: “Los poemas de la vida son grandes, pero
tienen que ser los poemas del propósito de la vida, no sólo la vida en sí
misma, sino más allá de ella misma.”
Acabo de encontrar el prefacio de Paul Bellamy. He aquí
sus palabras: “Looktng Backward, aparecido en 1887-8, tuvo tal aceptación que a
mediados de la década del noventa se decía que se habían vendido más ejemplares
del mismo que de cualquier libro escrito entonces por un autor norteamericano,
salvo las dos excepciones de la Cabaña del Tío Tom y Ben Hur.”
El gusano y la manzana... Creo que siempre o dondequiera
que el gusano aparezca, debería ser alabado como signo de renacimiento.
Deberíamos llamarlo el “gusano ángel”. En el fondo la literatura no existe; el
arte, la religión y la civilización no existen. Ni siquiera existe la
humanidad. En el fondo no hay nada más que vida, vida que se manifiesta en una
miríada de inescrutables maneras. Vivir, estar vivo, es compartir el misterio.
La otra noche encontré una línea, indudablemente ramosa, de Heráclito, que dice
así: “Vivir es luchar por la vida”. Esa línea me dejó meditando. No podía creer
que implicaba, como decidido realista, que desde el momento de nacer avanzamos
hacia la muerte. No creo que por “luchar por” entendiese defender o sostener la
vida. Debo admitir que desconozco el contexto en que estaba esa frase. Sin
embargo, reflexionando sobre estas palabras llegué a la conclusión de que, lo
haya señalado Heráclito o no, lo que dijo era: la vida es la totalidad, la vida
es el único privilegio, la vida no sabe nada, no significa nada que no sea la
vida; el hecho de estar vivo significa acatamiento consciente, suprema fe, en
otras palabras. Desde el momento en que nacemos libramos una lucha contra cosas
indefinibles. Casi todo lo que glorificamos tiene el carácter de una
conmemoración, conmemoración de nuestra heroica lucha. Colocamos a la lucha por
encima del flujo, al pasado y al futuro por encima del presente, pero la vida
nos obliga a nadar en la eterna corriente. La cosmología es el mito del
misterio de la creación. Cuando Dios contesta a Job cosmológicamente, lo hace
para recordar al hombre que sólo es una parte de la creación, que tiene el
deber de armonizar con ella o perecer. Cuando el hombre asoma la cabeza a la
corriente de la vida, adquiere conciencia de sí mismo. Y con la conciencia de
sí mismo viene la detención, la fijación, tan vividamente simbolizada por el
mito de Narciso.
El gusano en la manzana de la existencia humana es la
conciencia. Se asoma a la faz de la vida como un intruso. Visto en el espejo de
las cosas, se convierte en el fondo del ego. Los videntes, los místicos, los
visionarios rompen este espejo una y otra vez. Restituyen el hombre al flujo
primordial, lo colocan de nuevo en la corriente como pescador que descarga su
red. En Tete d'Orde Claudel hay una línea que dice: “Mais rien n 'empachera que
je tneure de mal de la mort, á moins que je ne seisisse la jote.” Profunda y
hermosa expresión. El júbilo de que habla es el júbilo de la redención. No
podría ser otro.
En mi estudio de Balzac cité varios conceptos emanados de
los labios de Louis Lambert. Querría consignarlos nuevamente en este momento..,
“Me propongo determinar la verdadera relación que podría existir entre Dios y
el hombre. ¿No es ésta una necesidad de nuestra era?... Si el hombre está
ligado a todo, ¿no hay algo por encima de él a lo cual también está ligado? Si
él es el fin total de las inexplicables transmutaciones que conducen a él, ¿no
tiene que ser también el eslabón entre las creaciones visible e invisible? La
actividad del universo no es absurda: tiene que tender a un fin, y no cabe duda
de que ese fin no es un cuerpo social constituido como el nuestro... Me parece
que estamos en vísperas de una gran lucha humana; las fuerzas están, sólo que
no veo al general...”
El Balzac que escribió estas líneas y otras más medulares
todavía, más inspiradas (en Seraphita), no había errado en su visión de las
cosas. No había errado más que Edward Bellamy, Dostoievsky o Walt Whitman.
He mencionado antes en esta carta que recientemente tuve
noticias del hombre al que durante mi juventud contemplé como un maestro y del
cual escribí en este libro como un “libro viviente”: John Cowper Powys. Con
esta carta llegó un nuevo libro suyo llamado Obstínate Cymric (El Obstinado
Cymric). Hay en él un capítulo titulado Pair Dadeni, que en galés significa “El
Caballero del Renacer”. Encuentro en este libro, especialmente en el mencionado
capítulo, las mismas expresiones iluminadoras que caracterizan las obras de los
citados arriba. Hablando del cambio que está experimentando la humanidad con el
advenimiento de nuestra entrada en Acuario, hablando de la “nueva relación” que
nos está siendo concedida y que, según dice, “podría resultar el élan vital en
el corazón de toda la vida”, afirma:
Ahora bien, me empeño en sugerir en todo esto que el
secreto subyacente a la causa de este gran cambio histórico que se opera en la
raza humana, este cambio tan íntimamente vinculado con los movimientos de los
cuerpos celestes, este cambio que implica el transcurso de dos mil años desde
el signo de Piscis al de Acuario, este cambio que produce el efecto de un
cuerpo vivo que es restaurado lenta y terriblemente de la muerte a la vida, o
inclusive de un niño vivo que emerge del vientre de una madre moribunda, podría
ser nada menos que el mismo cambio de corazón del que los profetas siempre han
hablado, y en el cual los que creen en la reencarnación siempre han creído;
“cambio de corazón”, sin embargo, que de ninguna manera sigue las líneas que la
“ley” promulgara y que los “profetas” predijeron, sino líneas totalmente
distintas, líneas sorprendentes e inesperadas, líneas armónicas en realidad con
esa “Corriente de Tendencia” que hay en la Naturaleza y que se mueve
firmemente, y se mueve no sólo desafiando a la Ley y a los Profetas, sino
también a Dios y al Demonio.
Ninguno de nosotros comprende el carácter de la corriente
oculta, de la onda oculta, de la invisible fuerza que nos lleva adelante.
Nuestro propósito inmediato, nuestro destino inmediato, parece pequeño y magro
comparado con la fuerza impulsora a la cual oscuramente vamos cediendo. Somos
como sonámbulos que avanzan juntos, matando y siendo muertos en un enorme mundo
que emigra de un clima de pensamiento a otro.
En el viejo clima desde el cual nos trasladamos por la
fuerza, respondemos con ciega fe o reaccionamos con hostil desmayo, alcanzamos
a divisar los vacilantes lincamientos y las borrosas formas de antiguos totems
y tabúes que están en vías de desaparecer. Con enfurecida desesperación nos
aferramos a estos fluctuantes fantasmas que ondulan y vacilan a nuestro
alrededor mientras somos arrastrados,
Nosotros mismos somos el cuerpo moribundo que cae hacia
atrás, relajado y agotado, cuando el recién nacido exhala sus primeros vagidos,
y nosotros mismos somos el recién nacido.
Sí, cuanto mayor sea la desesperación con que nos
aferramos, con mayor indignación y temeridad lanzamos nuestras caprichosas
acusaciones e imprecaciones contra esta marejada terrestre gravitacional y con
mayor firmeza somos forzados a seguir.
Ya no estamos “en vísperas de la gran lucha humana”, como
escribiera Balzac, sino que estamos en el apogeo de esa gran lucha. Y Powys
tiene razón cuando dice que lo que se ha rebelado es el alma humana. El alma
está enferma de este culto devorador de cadáveres de la vida que la humanidad
ha celebrado en los últimos miles de años.
El astrólogo norteamericano Dane Rudhyar ha escrito sobre
este cambio que está operándose en nosotros, pero lo ha hecho con mayor lucidez
y penetración que cualquier otro que yo sepa. Muchos artículos suyos
aparecieron en las columnas de una revista popular dedicada a la astrología.
Sus libros no tienen un público amplio. Si estuviésemos alerta, si viviésemos
en consonancia con el movimiento que ocurre en la profundidad, no limitaríamos
a un escritor así a las páginas de una revista barata. El que su nombre esté
relacionado con la “seudociencia” de la astrología basta para que sus
expresiones adquieran un tinte sospechoso. Tal es la opinión de la gente
educada y de la no educada por igual. Lo menciono aquí sólo para decir que
contempla la próxima era como “La Era de la Plenitud”. La copa desbordará,
fertilizará y revigorizará a la tierra entera, a toda la humanidad. Las fuerzas
secretas contenidas en este “vaso de oro” pertenecerán a todos los hombres. El
mundo no llega a su fin, como tantos parecen temer en la actualidad. Los que
llegan a su fin son los fetiches, las supersticiones, los fanatismos, las
formas estériles de culto, los términos injustos del contrato social que han
convertido el milagro de la vida en una ceremonia mortuoria. No tenemos otra
cosa que perder que el cadáver de la vida. Las cadenas han de caer junto con la
momia que mantienen firmemente asegurada a la tierra. El esclavo no se libera a
sí mismo sólo con romper los grillos que lo aprisionan. Una vez liberado su
espíritu, es totalmente libre y para siempre. La putrefacción tiene que llegar
a ser total para que pueda haber nueva vida. La libertad debe ponerse de
manifiesto en las raíces, antes de que logre hacerse universal.
Norteamérica, como Rusia, está acelerando el proceso de
putrefacción y descomposición. Estos dos grandes pueblos, como dinámicos
gusanos ángeles, van horadando la médula misma de la manzana para operar,
aunque inconscientemente, la vital transformación. En su total inconsciencia
están empleando las nuevas fuerzas de la vida para su propia destrucción.
Europa, más consciente día a día de los principios y los fines, se encuentra
atónita y realmente paralizada por la amenaza de extinción que el juego de estos
tambaleantes Goliaths, representa. Europa es un hombre viejo y cansado, cansado
de sabiduría, pero sin embargo incapaz de mostrar fe. El miedo y la ansiedad
son las pasiones dominantes. Si Norteamérica es como un fruto que se pudre
antes de madurar, Europa vive en una jaula de cristal. Todo cuanto sucede en el
mundo externo constituye un peligro y una amenaza para este frágil prisionero
de sí mismo. Esta delicada y doliente criatura ha sufrido tantas insurrecciones
y catástrofes que hasta la misma palabra “revolución” y la idea misma de un
“fin” la estremece de espanto. No quiere creer que “el invierno de la vida ha
pasado”; prefiere el congelamiento al deshielo. No cabe duda de que también el
hielo se resiste a rendir su rigidez. La Naturaleza no pide permiso para operar
sus incesantes transmutaciones ni siquiera pide permiso al hielo para romperlo
en elemento líquido. Eso, creo, está en el fondo del terror que aprisiona al
europeo en sus garras. No se le pregunta si desea participar en el nuevo,
innominado y terrorífico orden que está tomando posesión del mundo. “Si es lo
que, según percibo, tiene lugar en Rusia —dice—, si es como lo que está
sucediendo en China o en Norteamérica o en la India, entonces preferiría no
tenerlo”. Hasta estaría dispuesto a encarar seriamente la religión si le
alejara el pánico del alma. La idea de que la nueva manera de vivir sea atea,
la idea de que se arranque la responsabilidad a Dios para conferirla a la
humanidad en conjunto, solamente sirve para acentuar su terror. No ve motivos
para regocijarse con el pensamiento de que la nueva dispensa podrá ser la
dispensa del hombre. Es demasiado humano, pero al mismo tiempo no lo suficiente
humano para creer que la autoridad reposa en el hombre, especialmente en el
“hombre común”. Ha presenciado revoluciones de arriba y revoluciones de abajo,
pero, no importa cómo acaecieron, el hombre siempre se reveló ante sí mismo
como una bestia. Y si usted le dice, como dice Powys, “¡ahora quien está en
rebelión es el alma humana!” es como si le dijera: “Dios se ha convertido en el
Enemigo de la Creación.” Reconoce el alma en las grandes obras de arte, percibe
sus inquietudes en las hazañas de los héroes, pero no se atreve a contemplar el
alma como un rebelde autóctono situado en el corazón mismo del universo. Para
él la creación es orden y lo que amenaza ese orden es el diablo. Pero el alma
trata de liberarse de todas las ataduras, incluso trata de liberarse de la
armonía de la creación. El alma del arte es definible, pero el alma misma
permanece indefinible. No debemos discutir la dirección que toma, las miras o
los objetivos que fija para sí misma. Debemos obedecer sus dictados.
Pero nada me impedirá morir de la enfermedad de la muerte,
salvo que comprenda el regocijo...
Si no la coloco en mi boca como alimento eterno, como
fruto que se tritura entre los dientes y cuyo jugo penetra profundamente en la
garganta...
Ése es el lenguaje del alma. Y éste es el lenguaje de la
sabiduría del alma:
Es tan claro que se tarda mucho en verlo.
Debes saber que el fuego que ahora ves
Es el fuego de tu propia antorcha,
Y que tu arroz venía cociéndose desde el principio mismo.
Cuando emigré a Europa mi alegría por haber escapado de mi
patria era tan grande que ansiaba quedarme allí para siempre. “Éste es mi lugar
—dije— aquí pertenezco.” Después me encontré en Grecia, que siempre ha estado
un poco al margen de Europa, y creí que habría de quedarme allí. Pero la vida
me asió por la nuca y volvió a depositarme en Norteamérica. Debido a mi breve
permanencia en Grecia, debido a lo que me sucediera allí, estuve en condiciones
de decir, verazmente entonces y verazmente todavía, creo: “En cualquier parte
del mundo me siento como en mi casa.” Para un individuo como yo el sitio más
incómodo donde sentirme como en mi casa es mi casa. Supongo que usted sabe eso
y quizá lo comprenda. Tardé una infinitud en comprender que “la casa” es una condición,
un estado de la mente. Siempre viví en rebelión contra los lugares y
condiciones del ser. Pero cuando descubrí que “estar en casa” era como estar
con Dios, la aversión que venía asociándose con la palabra desapareció. Se
convirtió en mi ocupación o, mejor dicho, en mi privilegio, sentirme como en mi
casa estando en mi casa. Habría sido más fácil para mí radicarme en cualquier
otro lugar de la tierra y no aquí, en Norteamérica. Extraño Europa y anhelo
estar en Grecia. Y siempre sueño con el Tibet. Me siento mucho más que
norteamericano; me siento buen europeo, griego, hindú, ruso, chino y también
tibetano en potencia. Y cuando leo sobre Gales y de sus veinte mil años de
descendencia directa de una raza precursora de hombres, me siento galés nato. Lo
que menos me siento es norteamericano, aunque probablemente sea más
norteamericano que todo lo demás. El norteamericano que reconozco en mí, el
norteamericano que saludo, si pudiera decirlo así, es el ser aborigen, la
semilla y la promesa que tomó forma en “el hombre común” que dedica su alma a
un nuevo experimento, estableciendo en suelo virgen “la ciudad del amor
fraternal.” No es éste el hombre que huyó de algo sino el hombre que corrió
hacia algo. El hombre que ya no está destinado a buscar sino a realizarse a sí
mismo. No hay renuncia sino aceptación.
“¿Qué diría usted de quien se acerca sin nada?”
“¡Tírelo!”
Este giro ha sido usado para ilustrar el pensamiento de
que “debemos marchar adelante desde la pobreza espiritual, si se usa como medio
para captar la verdad de Zen”
Es probable que la pobreza espiritual de Norteamérica sea
la más grande del mundo. No se supuso que captase la verdad del Zen, que es la
certidumbre. Pero Song of the Open Road (Canción del Camino Abierto) es
totalmente norteamericana y fue entonada por un hombre que no fue un pobre en
ningún sentido de la palabra. Surgió del optimismo, de la inagotable
generosidad, podría decir, de un hombre que estaba en completa consonancia con
la vida. Completa el mensaje de San Francisco de Asís.
¡Avanza! ¡Vamos! ¡Basta de excusas!
Lawrence se sintió asustado, no, se sintió horrorizado al
pensar que este Whitman, al aceptarlo todo sin rechazar nada, vivió con todas
sus compuertas abiertas, cual monstruosa criatura de los abismos. ¿Pero podría
haber imagen más saludable y reconfortante que esta red humana que viaja a la
deriva en la corriente de la vida? ¿Dónde anclarás tú al hombre? ¿Dónde le
harías echar raíces? ¿No está divinamente posado... en el flujo eterno?
¿Hay camino que eventualmente tenga fin? Si lo hay, no es
el camino abierto.
“Somos de la misma pasta de que están hechos los sueños.”
Eso y más. Mucho más. La vida no es sueño. Los sueños y la vida se entrelazan,
y Nerval ha elaborado con este hecho una música por demás pegadiza. El sueño y
el soñador son uno solo. Pero eso no es todo. Ni siquiera es cardinal. El
soñador que sabe en sueños que está soñando, el soñador que no divorcia los
sueños que sueña con los ojos cerrados y los sueños que sueña con los ojos
abiertos, está más próximo a la suprema realización. Pero el que pasa del sueño
a la vida, el deja de dormir, incluso en trance, y que ya no sueña porque no
tiene ni hambre ni sed, que ya no recuerda porque ha llegado a la Fuente, ese
es un Despertador.
Mi querido Lesdain, en este punto conviene que ponga
término a esta carta; tiene ese timbre “último” que significa el final. Pero
prefiero reabrirla y cerrarla con una nota más humana y más inmediata.
Usted recuerda que he mencionado a mi amigo palestino
Bezalel Schatz y que lo visitaba por el camino de vez en cuando. El otro día,
yendo al pueblo (Monterrey), nos pusimos a comentar los libros que habíamos
leído y adorado en nuestra juventud. No era la primera vez que hablábamos de
esas cosas. No obstante, cuando empezó a mencionar los títulos de los libros
mundialmente famosos que había leído en hebreo, su idioma nativo, me pareció
que debía contarle a usted algo de todo esto para, por su intermedio, contarlo
al mundo.
Creo que la primera vez que tratamos el tema fue cuando
Schatz descubrió en mi biblioteca Disenchanted de Loti. Junto a éste estaba
Jerusalem, del mismo autor, que él nunca había leído, y de que nunca había oído
hablar, y se mostró curioso. Usted sabrá, por supuesto, que hemos sostenido
muchas conversaciones sobre Jerusalén, la Biblia (especialmente el Antiguo
Testamento), sobre personajes como David, José, Ruth, Esther, Daniel y así
sucesivamente. A veces nos pasamos la noche entera charlando de esa extraña y
desolada parte del mundo donde se encuentra el Monte Sinaí; a veces es de la
maldita ciudad de Petra o de Gaza. A veces es de los maravillosos judíos
yemenitas que tienen en Yemen (Arabia) una de las capitales más Interesantes
del mundo, Sana. O bien podría ser sobre los judíos de Bokhaqi, que se
radicaron en Jerusalén hace siglos y que todavía conservan su idioma original,
sus modales y costumbres, sus extraños turbantes y sus maravillosas y coloridas
indumentarias. A veces hablamos de Belén y de Nazareth, que evocan en su mente
recuerdos de experiencias mundanas. O bien puede ser sobre Baalbec o Damasco,
que también ha visitado.
Pero siempre volvemos a la literatura. Ayer nos asombró el
hecho de que recordara el primer libro que había leído en su vida. ¿Y qué cree
que había sido, teniendo en cuenta que su idioma era el hebreo y su residencia
Jerusalén? Casi me desmayo al escuchar el nombre: ¡Robinson Crusoe! Otro de los
muy primeros fue Don Quijote, también en hebreo. Al principio todo lo leía en
hebreo, hasta que fue mayor y aprendió inglés, alemán, francés, búlgaro,
italiano, ruso y probablemente otros idiomas. (El árabe lo sabe desde la
infancia. Todavía dice improperios en árabe, que, según él, es el idioma más
rico del mundo para eso).
—¿Así que Robinson Crusoe fue el primer libro que leyó?
—exclamé—. También estuvo a punto de ser el primero para mí. ¿Y los Viajes de
Gulliver? Supongo que también los habrá leído.
—¡Por supuesto! —dijo—. Y los libros de Jack London:
Martin Edén, The Cali of the Wild (La Llamada de la Selva), todos... Pero
recuerdo particularmente Martin Edén. (Lo mismo yo. Ese libro me quedó grabado
mucho tiempo después de haber olvidado los demás. Muchos me han confesado lo
mismo. ¡Debe de haber dado en el clavo!).
Aquí se puso a hablar de Mark Twain. Había leído muy pocos
libros de este autor, cosa que me sorprendió. Me resultaba difícil concebir el
típico y picante norteamericano de Mark Twain traducido al hebreo, pero al
parecer ha sido hecho perfectamente. De pronto dijo:
—Pero hubo un libro grueso, muy grueso, que leí con
extraordinario deleite. Lo leí dos o tres veces... —Tuvo que devanarse los
sesos para dar con el título—. Ah, sí: Pickwick Papers!
Lo verificamos y descubrí que a la misma edad yo mismo
estaba leyendo ese libro. Sólo que nunca llegué a terminarlo. No me gustó tanto
como David Copperfleld, Martin Chuzzlewit, Tale ofTwo Cities (Historia de Dos
Ciudades) o siquiera Oliver Twist.
—¿Y Alicia en el País de las Maravillas!'—exclamé.
No recordaba bien si lo había leído en hebreo o no, pero
lo había leído, tenía la absoluta certeza, aunque no pudo decir en qué idioma.
(¡Imagínese, tratar de recordar en qué idioma había leído este extraordinario
libro!).
Seguimos la lista y los nombres fueron brotando de
nuestros labios como jarabe de arce.
—¿Ivanhoe?
—¡Sí! ¡Y cómo! Fue un gran libro para mí. Particularmente
el retrato de Rebecca.
Pensaba en lo extraña que tiene que haber sido realmente
esta novela para un niñito en la distante Jerusalén. Experimenté una sensación
de placer por demás extraña pensando en sir Walter Scott, muerto hace mucho
tiempo y no interesado ya en el destino que puedan tener sus libros. Me
pregunté cómo reaccionaría un niño de Pekín o Cantón al leer este libro. (Jamás
olvidaré a ese estudiante chino que conocí en París, creo que era el Sr.
Tcheou. Cierto día, al preguntarle si alguna vez había leído Hamlet, respondió:
“Se refiere usted a esa novela de Jack London?”).
Ivanhoe nos hizo emprender un gran rodeo. No pudimos menos
que hablar de Ricardo Corazón de León y de Saladino.
—Usted es el único norteamericano en mi vida al que le escucho
mencionar a Saladino —dijo Schatz.
—¿Por qué le interesaba tanto Saladino? —pregunté.
—Los árabes deben tener maravillosos libros sobre él
—observó—. Sí, reflexioné, ¿pero dónde están? ¿Por qué no hablamos más de
Saladino? Después del Rey Arturo, es la figura más brillante que acude a mi
mente.
A todo esto estaba preparado para cualquier título que
pudiera mencionarme. No me sorprendió enterarme que había leído El Ultimo de
los Mohicanos en hebreo o The Arabian Nights (Las Mil y una noches) (versión
condensada para niños, ¡la única que he leído!); tampoco me sorprendió
enterarme que había leído a Balzac, d'Annunzio, Schnitzler (Fraulein Elsa),
Julio Verne, Nana de Zola, The Peasants (Los Campesinos) de Reymont o hasta
Jean Christophe, aunque me agradó realmente oírle mencionar esta última. (“¡Le
felicito, Lillik! Esa tiene que haber sido una magnífica experiencia) Ah, sí,
mencionar ese libro es evocar —en cualquier hombre o mujer— algunas de las
horas más emocionantes de la juventud. Todo el que cruce el umbral de la
juventud sin haber leído Jean Christophe ha sufrido una pérdida irreparable.
—¿Pero quién escribió ese libro intitulado The Red Rose
(La Rosa Roja)? —preguntó—. Es de un autor francés, estoy seguro. —Al parecer
había causado profunda impresión en él.
De aquí pasamos a The Mysteries of París (Los Misterios de
París), a las obras de Maupassant, a Safo, Tartarín de Tarascón (que adoraba) y
a la extraña historia o novelita de Tolstoy a la cual éste dio dos finales.
(También la conozco, pero no recuerdo el título.) Y seguidamente llegamos a
Sienkiewicz. ¡Ese hombre! (¡Ese Lincoln! como exclaman todavía algunos sureños,
significando: “¡Esa peste! ¡Esa persona imposible!”) En efecto, sin duda todo
muchacho que toma contacto por primera vez con este apasionado polaco tiene que
exclamar: “¡Ese hombre! ¡Ese escritor polaco!” ¡Qué volcán era! ¡Tan polaco! Si
de muchachos hubiésemos hablado la lengua de Amiel, ¿no habríamos hecho de
Sienkiewicz una rapsodia como la que Amiel hiciera de Víctor Hugo? ¿Recuerda
usted por casualidad este extraordinario pasaje de Journal Intime de Amiel?
Antes de transcribir el pasaje quisiera destacar que veníamos comentando El
Hombre que Ríe, el cual, si no me equivoco, produce una impresión más duradera
en la gente joven que Los Miserables...
Su ideal (el de Hugo) es lo extraordinario, lo gigantesco,
lo abrumador, lo inconmensurable. Sus palabras más características son inmenso,
colosal, enorme, gigantesco, mostruoso. Halla la manera de tornar extravagante
y extraña hasta la naturaleza infantil. Lo único que me parece imposible en él
es lo natural. En suma, su pasión es la grandeza, su falta es el exceso; su
marca distintiva es una especie de titánico poder con extrañas disonancias de
puerilidad en su magnificencia. Su mayor debilidad está en la mesura, el gusto
y el sentido del humor: falla su esprit, en el sentido más sutil de la
palabra... Sus recursos son inagotables y la edad parece carecer de poder sobre
él. ¡Cuan infinito cúmulo de palabras, formas e ideas lleva en reserva consigo,
y qué pila de palabras ha dejado atrás para señalar su paso! Sus erupciones son
como las de un volcán; y, fabuloso trabajador como es, avanza siempre elevando,
destruyendo, aplastando y reconstruyendo un mundo de su propia creación, un
mundo más hindú que helénico...
Por extraña coincidencia, nuestra conversación sobre los
libros se desvió hacia los revoltosos que agitaron el torbellino —Tamerlán,
Gengis Kan, Atila— cuyos nombres, según he descubierto, son tan aterradores e
inquietantes para Schatz como para todo el que haya leído sus sangrientas
hazañas. Digo que fue por coincidencia porque los únicos pasajes largos que
había marcado en Amiel eran sobre Hugo y estas tres plagas. Amiel manifiesta
había leído La Banniére Bleue. “Quien narra la historia es un turco, Oui'gour”,
dice, y añade: “Gengis se proclamó la plaga de Dios y en realidad levantó el
imperio más vasto que conoce la historia, imperio que se extendía desde el Mar
Azul hasta el Báltico y desde las vastas llanuras de Siberia hasta las orillas
del sagrado Ganges”. (De esto hablábamos, del hecho de que un mogol haya
realizado esta estupenda hazaña). “Este tremendo huracán, que partió de las
altas mesetas asiáticas, derribó los putrefactos robles y los agusanados
edificios de todo el mundo antiguo. La caída de los primeros mogoles amarillos
de nariz plana sobre Europa es un ciclón histórico que devastó y purificó a
nuestro siglo veinte, y quebró, en los dos extremos del mundo conocido, a
través de dos grandes murallas chinas, eso que protegía al antiguo imperio del
centro y que había erigido una barrera de ignorancia y superstición en torno al
pequeño mundo del cristianismo. Atila, Gengis Kan y Tamerlán deberían figurar
en la memoria de los hombres a la misma altura que César, Carlomagno y
Napoleón. Obligaron a pueblos enteros a entrar en acción y agitaron las
profundidades de la vida humana; afectaron poderosamente la etnografía,
desataron ríos de sangre y renovaron la faz de las cosas...” Pocas líneas más
adelante, refiriéndose a “los violadores de la guerra que son como los
violadores de truenos, tormentas y volcanes”, Amiel declara, y esta línea debe
de haberse sumergido profundamente en mí, porque siempre que la encuentro
resuena como una toxina: “Las catástrofes producen un violento restablecimiento
del equilibrio; enderezan brutalmente al mundo”. La última frase arde y
chamusca: “Enderezan brutalmente al mundo”
Hay una enorme distancia desde Amiel hasta los cuentos del
Barón Munchausen y Three Men in a Boat (Tres Hombres en un Bote) de Jerome K.
Jerome (¡por no hablar del perro!) Una vez más me quedé estupefacto. ¡Tan
lejos, en Palestina, un joven se había reído tontamente de este humorismo tan
estúpido! Jerome K. Jerome en hebreo! No lo podía creer. ¡Pensar que este libro
atrozmente gracioso —¡gracioso una sola vez, sin embargo!— era exactamente tan
gracioso en hebreo!
—Tiene que recordar... ¡haga un esfuerzo!... si ha leído
Alicia en el País de las Maravillas en hebreo.
Trató, pero no pudo. Después rascándose la cabeza, dijo:
—Puede que la haya leído en yídish.
(¡Cargue eso en su pipa y fúmelo!)
No obstante, de pronto recordó que el editor original de
la mayoría de estas traducciones hebreas era “Tosía”, radicado en alguna parte
de Polonia. En ese momento el detalle le pareció importante. Es como si no
solamente recordamos de pronto el título de un libro para niños sino también el
tacto de su cubierta, el olor del papel y la portada misma del volumen.
A continuación me informó que prácticamente todos los
escritores rusos habían sido traducidos al hebreo desde el principio. “Las
obras completas”, dijo. Pensé en China, en los días de Sun Yatsen, cuando lo
mismo sucedía en ese reino celestial, y cómo, junto con Dostoievsky, Tolstoy,
Gorky, Chéjov, Gógol y los demás, los chinos habían devorado a Jack London y
Upton Sinclair. ¡Maravilloso momento en la vida de una nación cuando es
invadida por primera vez por autores extranjeros! (¡Pensar que la pequeña Islandia
lee más escritores traducidos que cualquier país del mundo!)
Por supuesto, también había leído Los Tres Mosqueteros, El
Conde de Montecristo y Los Últimos Días de Pompeya, como asimismo Sherlock
Holmes y The Gold Bug (El Escarabajo de Oro) de Poe. De pronto me produjo otra
cálida emoción al mencionar a Knut Hamsun, Sí, había leído a Hamsun, todo lo
que encontró de él, y todo era dorado. {Pan, Hunger [Hambre], Victoria,
Wanderers [Vagabundos], Segelfoss Town, Women at the Pump [Mujeres en la
Bomba])... Algunos títulos que mencionó nunca los había oído nombrar. Me asaltó
una punzada de arrepentimiento, seguida inmediatamente por un toque de alegría,
porque, pensé para mis adentros, todavía estoy vivo y todavía podría hallar la
manera de echar mano a esos libros de Hamsun que desconozco, aunque tuviese que
leerlos en noruego...
—También leí a muchos autores yídish —declaró de pronto—.
Los leí en traducciones. Shólem Aléijem, por supuesto.
¡Pero mejor que Shólem Aléijem, mucho mejor, fue Méndele Mójer-Sfarim!
—¿Recuerda a Jacobo Ben-Ami, el actor judío? —pregunté—.
¿O a Israel Zangwill?
—¡Israel Zangwill! —exclamó asombrado.
Le dije que había leído Children of the Ghetto (Hijos del
Ghetto) y que había visto la dramatización de The Melting Pot (El Crisol), de
la cual Theodore Roosevelt estaba tan enamorado. Movió la cabeza sorprendido.
—Podría mencionar un libro —dije— que usted no leyó en
hebreo.
—¿Cuál es?
—¡The Rivet in Grandfather's Neck.'(El Remache en el
Cuello del Abuelo).
—Me pescó —dijo sonriendo. Luego, para ajustar cuentas,
contraatacó—: Sé de un libro que usted no ha leído. Fue para mí el más
maravilloso de todos los libros: Memories of the House of David (Memorias de la
Casa de David). Era en muchos volúmenes, por lo menos ocho o diez.
—Eso deberíamos celebrarlo con una copa —sugerí. Pero en
cambio nos embarcamos en el tema del “lamedvóvnik”. Según la leyenda, “en el
mundo hay nada menos que treinta y seis (lamedvav) personas justas en cada
generación, en las cuales descansa la Shejiná (el esplendor de Dios)”.
Después de este rodeo volvimos a un libro del cual él
había hablado varias veces previamente y siempre con el mismo apasionado
entusiasmo: Ingeborg, por un alemán llamado Kellermann.
—¡No se olvide que también escribió The Tunnel (El Túnel),
obra fascinante al estilo de Julio Verne! —gritó—. Puede que no lo haya
pronunciado bien, pero suena a eso: Ingeborg o Ingeburg. Era una historia de
amor. ¡Y qué historia de amor! Como ese libro Ella de que usted siempre habla.
—Trataré de conseguirlo —prometí—. Aquí tiene, anóteme el
nombre en la libreta.
Lo anotó junto a Robinson “Kruso”, “Balzac” y “Zenkewitz”.
(Todavía tiene dificultades con la ortografía inglesa. Insiste en que es una
ortografía ilógica, y tiene mucha razón.)
—Si alguna vez llega a escribir algo sobre esto —dijo— no
se olvide de Joseph Flauvius. Es un libro grueso sobre los últimos días de los
judíos...
Pero en cambio charlamos extensamente sobre Narcisse et
Goldmund en hebreo, por supuesto. En inglés, por alguna extraña razón, se llama
Death and the Lover (La Muerte y el Amante). Encontré este libro de Hermann
Hesse hace pocos años. En él hay magia y gran sabiduría. “Sabiduría de la
vida”, como diría D. H. Lawrence. Es como una “Cadenza” a la metafísica del
arte. También es un “discurso celestial” que se desarrolla en las octavas
inferiores. Celebra el dolor y el triunfo del arte. Para mi amigo Schatz, que
había presenciado el revivir del arte en Palestina, que había participado
directamente en él a través de las actividades de su padre, tenía un enorme
atractivo, naturalmente. Quien lea este libro tiene que experimentar dentro de
sí un enorme revivir de la eterna verdad del arte.
Bajo el influjo de Narcisse et Goldmund proseguimos el
diálogo sobre la Jerusalén del pasado y del presente, sobre los árabes y lo
hermosos que son cuando se les conoce íntimamente, sobre la plantación de
plátanos cerca de Jericó, que en un tiempo poseyera su padre junto con el gran
mufti, una vez más sobre los yemenitas y sus incomparables costumbres, y, por
último, sobre su padre, Boris Schatz, que había fundado la Escuela Bezalel de
Artes y Oficios en Jerusalén y había enseñado a su hijo todas las artes,
incluso en los años de su ancianidad. Aquí repitió la anécdota sobre la forma
en que su padre consiguió introducir el primer piano en Palestina. Esta pequeña
historia, tan picaresca en sus detalles, me hizo recordar uno de los exóticos
pasajes de Cendrars (en Bourlinguer, creo) donde describe hasta el más mínimo
detalle y con todos los recursos de su extraordinario acervo los mil y un
artículos de comercio (pianos incluidos) que, cargados sobre los lomos de las
bestias, los dioses y los hombres, aparecieron cierto día en la cordillera de
los Andes (él vivía en esa época en cierta remota villa sudamericana) y fueron
transportados poco a poco, trastabillando, marchando de la mañana a la noche,
hasta el nivel del mar. Para mí este pasaje tiene el sabor de un misterioso
rayo de sol: ¡la grande y candente circunferencia se metamorfosea en un
gigantesco cuerno de la abundancia que no proyecta calor sino un surtido de los
más incongruentes objetos imaginables, para vaciarse finalmente por acción de
algún Kriss Kringle supergravitacional surgido de la nada!
En todas estas discusiones el nombre mágico para mí es
Jericó. Para Schatz, Jericó es una hermosa ciudad de descanso invernal situada
bajo el nivel del mar, a la cual se desciende desde Jerusalén como en trineo.
Para mí no solamente es “las murallas” y la estridencia de una trompeta, sino
una villa perdida de Long Island, a la cual, siguiendo la Autopista Jericó,
correría a toda velocidad desde Jamaica entrenándome con uno de los famosos
corredores de los seis días en bicicleta. ¡Cuan distinta es la asociación de
los nombres para distintos individuos! Apenas me atrevo a decir, por ejemplo,
lo que Schatz asocia con el nombre de Belén (“¡Siempre un hervidero de
prostitutas!”)
Una de las impresiones más duraderas que he de retener de
Palestina es su narración sobre el hombre que volvió a convertir el hebreo en
una lengua viva. No cabe duda de que siempre hay un “primero” en lo que al
revivir de una lengua muerta se refiere. ¿Pero quién se detiene a pensar en ese
hombre vinculándolo con el vasco, el gáelico, el galés y tantas otras lenguas
raras? (Puede que estas lenguas jamás hayan estado “muertas” del todo.) No
obstante, el hebreo revivió durante nuestra generación, y merced al sencillo
acto de un hombre que lo enseñó a su hijo de cuatro años. Indiscutiblemente se
venía hablando mucho de revivirlo antes de ese célebre momento, pero hizo falta
quien llevara las palabras a la práctica. Un acontecimiento así siempre tiene
visos de milagro...
Este acontecimiento tiene su secuela, una pequeña anécdota
que Schatz relata con deleite y que no puedo omitir. Es sobre un miembro de la
famosa troupe Habimá que al llegar por primera vez a Palestina procedente de
Rusia, donde solamente se hablaba el hebreo en el teatro (y en la sinagoga), de
pronto escucha a los bribonzuelos de la calle maldiciendo y diciendo
improperios en la lengua antigua. “¡Ahora sé que es una lengua viva!” exclamó.
Menciono esto para destacar que siempre que una lengua se revitaliza, lo hace
mediante la adopción e incorporación de los elementos vulgares de ese idioma.
Todo se nutre desde las raíces.
—Dígame, Lillik —pregunté cuando nos acercábamos a casa—
¿por qué su padre llamó a su escuela Bezalel? ¿La denominó así por usted o le
dio a usted el nombre de la escuela?
—Usted sabe que Bezalel significa “a la sombra de Dios”,
por supuesto —dijo riendo—. Pero eso sólo es su significado literal. —Hizo una
pausa y una amplia sonrisa invadió su rostro. De pronto estalló en hebreo.
Habló y habló y habló: sonaba como un encantamiento.
—¿Qué hace? —pregunté.
—Recito algunos versos del Éxodo... sobre Bezalel. Fue el
primer escultor, ¿no lo sabía? Pero fue más que eso en realidad. Fue el primer
artista, podríamos decir. ¡Lea la Biblia! Busque la parte sobre el Arca de la
Alianza. Se le hará cuesta arriba. Es complicado, poético, preciso e
interminable...
A la mañana siguiente hice lo que me había sugerido. La
primera mención que encontré de nuestro Bezalel fue en el Capítulo 31, del
Éxodo, que comienza así:
Y el Señor habló a Moisés, diciendo:
Ve, he llamado por nombre Bezalel al hijo de Uri, hijo de
Hur, de la tribu de Judá;
Y lo he llenado del espíritu de Dios, en sabiduría, y en
comprensión, y en conocimiento, y en toda suerte de artesanía.
Para que idee trabajos astutos, para que trabaje en oro, y
en plata, y en bronce,
Y para que corte piedras, las engarce, y para que talle
metales, para trabajar en toda suerte de artesanía...
Leí, leí y leí sobre la construcción del tabernáculo,
sobre el Arca del testimonio, sobre el altar de las ofrendas de fuego, sobre la
sagrada fiesta del Sabat, sobre la escritura de Dios grabada en las tablas... Y
llegué al versículo del Capítulo 35 (Éxodo) que dice: “¡Tomad de entre vosotros
una ofrenda para el Señor! Quienquiera que tenga el corazón dispuesto, haced
que traiga una ofrenda para el Señor; oro y plata, y bronce y azul, y púrpura,
y escarlata, y lienzo fino, y pelo de cabra, y pieles de cordero teñidas de
rojo, y odres de cuero, y madera shittim, y aceite para la lumbre y especias
para ungüentos...” Al leer y leer me sentí ebrio de la música de las palabras,
porque es realmente complicado y elaborado, preciso y poético, fugitivo y fijo,
todo esto sobre la sagaz artesanía de Bezalel y sus “colaboradores”. Y cuando
estaba sentado allí, profundamente extasiado, pensé lo profunda que había sido
la visión de Boris Schatz, el padre de Bezalel, y con cuánta amorosa paciencia,
con qué heroica perseverancia trabajó para conseguir que los hijos de Israel
fuesen capaces, sabios y sagaces en el empleo de todos los oficios, de todas
las artes, incluido el arte de Juval. Vi que su hijo se había embebido de este
conocimiento y sabiduría, de esta capacidad para idear curiosas obras desde la
cuna misma. Y susurré para mis adentros: “¡Bendito sea tu nombre, Bezalel,
porque está escrito en la relación que existe entre nosotros!”
Y ahora, mi querido Pierre Lesdain, éste es realmente el
fin. En la jornada de regreso a los primeros libros hemos llegado por fin al
Libro de los Libros, al Arca y a la Alianza. Descansemos en paz y alegría.
Su amigo
HENRY MILLER
20 de mayo de 1950
CAPÍTULO XIII - LA LECTURA EN EL RETRETE
Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo
que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y
sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en
el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los
clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño. Desde
esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y
quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer
un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto a un
arroyo.
Inmediatamente escucho objeciones. “¡Pero no todos tenemos
la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en
tranvías, autobuses y metros atestados; a duras penas tenemos un minuto que
podamos llamar nuestro.”
Yo mismo fui “trabajador” hasta los treinta y tres años.
Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis
lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta
vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el
catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo
pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzseche
no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los
pedidos por correo?
Durante cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y
vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí
los libros más “pesados”. Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por
pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el suburbano sino
que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no
hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la
concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy
avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante
la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba
deprisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y muchos años
después, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía
enormemente. Además, repito, leí —por lo menos para mí— los libros más
difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en
la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme mal para gozar un
breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición
incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y
pintan la mayoría de los pintores, según compruebo). Pero lo leído penetró. Lo
importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas
las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.
De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca
pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo,
cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: “¿Por qué no vienes
más a menudo?” El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se
interponía en el camino. Uno muchas veces dice la “vida” para indicar el placer
o cualquier distracción tonta.
Por lo que he podido establecer mediante conversaciones
con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es
lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, los folletines, las
novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura,
es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen
estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera,
por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente
la avidez con que la gente examina el “material de lectura”, según se le llama,
que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales.
¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis
limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de
lo que les corresponde en cuanto a los “acontecimientos de actualidad”: guerra,
accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra,
suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra,
fría y caliente. No cabe duda de que son los mismos individuos que tienen la
radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la
máxima frecuencia posible —donde reciben más noticias frescas, más
“acontecimientos de actualidad” y que compran televisores para sus hijos. ¡Todo
para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre
estos acontecimientos de tremenda importancia que conmueven al mundo?
La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega
las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al
corriente de las actividades del mundo, pero es pura ilusión. Lo cierto es que
apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren
noción de un siniestro y doloroso vacío dentro de sí mismo. Francamente no
importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara
frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los
problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.
Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer
algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas
consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento
de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido
mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su
tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por
largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial.
Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo
son los sueños que sueñan? nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?
Hay madres que nos dirán que sólo en la toilette tienen
oportunidad de leer. ¡Pobres madres! La vida es realmente dura para vosotras en
estos tiempos. Sin embargo, comparadas con las madres de cincuenta años atrás,
vosotras tenéis más oportunidad para desarrollaros a vosotras mismas. En
vuestro completo arsenal de dispositivos que economizan trabajo tenéis lo que
ni siquiera las emperatrices de la antigüedad poseyeron. Si al adquirir todos
esos artefactos queríais realmente ahorrar “tiempo”, entonces habéis sido
cruelmente engañadas.
Después están los niños, por supuesto. Cuando todas las
demás excusas fallan, siempre son “los niños”. Vosotras tenéis jardines de
infantes, campos de juego, niñeras y Dios sabe qué otras cosas. Hacéis dormir
la siesta a los niños después de almorzar y los acostáis lo antes posible, todo
de acuerdo con los “modernos” métodos aprobados. En suma, tenéis lo menos
posible que hacer con vuestros hijos. Son eliminados, tal como suceden con los
odiosos menesteres domésticos. Todo en nombre de la ciencia y la eficiencia.
Sí, mis queridas madres, sabemos que por mucho que hagáis
siempre hay más que hacer. Es verdad que vuestra tarea nunca se acaba. ¿De
quién será, me pregunto? ¿Quién descansa el séptimo día, no siendo Dios? ¿Quién
contempla su obra, cuando está terminada, y la halla buena? Al parecer el único
que lo hace es el Creador.
A veces me pregunto si estas madres conscientes que
siempre se quejan de que nunca terminan su trabajo (forma inventada de
autoelogio), me pregunto, como decía, si alguna vez se les ocurre llevarse al
retrete, no material de lectura sino pequeños trabajitos que han dejado sin
terminar. O bien, diciéndolo de otra manera, ¿alguna vez se les ocurre sentarse
a meditar sobre su suerte durante esos preciosos momentos de completa
intimidad? ¿Alguna vez, en tales momentos, piden al buen Señor fuerzas y valor
para seguir marchando por el camino del martirio?
Muchas veces me pregunto cómo se las arreglaron nuestros
pobres antepasados, empobrecidos y totalmente incapacitados, para hacer lo que
hicieron. Algunas madres de antes, como sabemos por las vidas de los grandes
hombres, lograron leer en abundancia a pesar de esas graves “incapacidades”.
Parecería como si algunas hubiesen tenido tiempo para todo. No solamente
cuidaron a sus hijos, les enseñaron todo lo que sabían, los amamantaron, les
dieron de comer, los limpiaron, jugaron con ellos y hasta les confeccionaron la
ropa (y a veces hasta las telas), no solamente lavaban y planchaban la ropa de
todos, sino que por lo menos algunas también consiguieron echar una mano a sus
esposos, especialmente si eran gente sencilla del campo. Son innumerables las
cosas grandes y pequeñas que nuestros antepasados hicieron sin ninguna ayuda,
antes de que hubiese dispositivos que ahorraran trabajo, dispositivos que
ahorraran tiempo, antes de que hubiese medios para aprender más rápido, antes
de que hubiese jardines de infantes, guarderías, centros de recreo,
trabajadores sociales, cinematógrafos y oficinas de asistencia federal de todo
tipo.
Puede que las madres de nuestros grandes hombres también
hayan tenido la costumbre de leer en el baño. Si es así, comúnmente no se sabe.
Tampoco he leído que lectores omnívoros como Macaulay, Saintsbury y Rémy de
Gourmont, por ejemplo, cultivasen este hábito. Sospecho, en cambio, que estos
lectores gargantuescos han vivido demasiado activos, demasiado concentrados en
su objetivo, como para derrochar el tiempo de esta manera. El hecho mismo de
que fueran lectores tan prodigiosos indicaría que su atención siempre estuvo
indivisa. Es cierto, sin embargo, que existen bibliómanos que leen durante las
comidas o mientras caminan; puede que algunos hasta consigan leer y conversar
al mismo tiempo. Hay un tipo de persona que no puede resistir la lectura de
todo cuanto entra dentro de su campo visual: leen literalmente de todo, hasta
los avisos de objetos perdidos en el diario. Están obsesionados y son dignos de
compasión.
Quizá no esté de más un sano consejo en esta encrucijada.
Si tus intestinos se niegan a funcionar, consulta a un herborista chino. No
leas para distraer la mente de la ocupación que tienes entre manos. Al sistema
autónomo le agrada la concentración total y responde a ella, sea al comer,
dormir, evacuar o lo que tú quieras. Si no puedes comer, si no puedes dormir,
es porque algo te molesta. Hay algo “sobre tu mente”, donde en realidad no
debería estar, en otras palabras. Lo mismo reza en cuanto a las deposiciones.
Elimina de tu cabeza todo lo que no sea la ocupación que estás cumpliendo. No
importa lo que hagas, encáralo con la mente libre y la conciencia limpia. Este
es un consejo antiguo y sano. En la actualidad se tiende a intentar varias
cosas al mismo tiempo para “aprovechar el tiempo al máximo”, como se dice. Esto
es completamente desacertado, antihigiénico e ineficaz. ¡Las cosas se hacen con
lo fácil! “Ocúpate de las cosas pequeñas, porque las grandes se hacen solas”.
Todo el mundo escucha eso cuando es niño. Muy pocos lo practican.
Si reviste vital importancia alimentar el cuerpo y la
mente, la misma importancia tiene eliminar del cuerpo y la mente lo que ha
servido a sus fines. Lo que no se usa y se “acapara” se torna ponzoñoso. Esto
es sentido común liso y llano. Se desprende, por lo tanto, que si acudes al
baño para eliminar el material de desecho acumulado en tu organismo, te
perjudicas si empleas esos preciosos momentos en llenarte la cabeza con
“desperdicios” ¿Acaso para ahorrar tiempo se te ocurriría comer y beber sentado
en el excusado?
Si todo momento de la vida es tan precioso para ti, si
insistes en razonar para tus adentros que el tiempo que pierdes todos los días
en el retrete no es despreciable —algunas personas prefieren llamarlo “W.C.” o
el “John” entonces, cuando tomes tu material de lectura preferido pregúntate:
¿Necesito esto? ¿Por qué? (Los fumadores muchas veces lo hacen cuando tratan de
quitarse del vicio y lo mismo hacen los alcohólicos. Es una estratagema que no
debe desdeñarse). Supongamos —¡y ya es suponer mucho!— que eres una persona que
solamente lee en el excusado “la mejor literatura del mundo”. Aun así, sostengo
que te valdrá la pena preguntarte: “¿Necesito esto?” Supongamos que te
resistieras a leer La Divina Comedia. Supongamos que en vez de leer este gran
clásico medites sobre lo que has leído sobre él o lo que has oído decir de él.
Eso produciría una ligera mejoría. Mejor todavía, sin embargo, sería no meditar
sobre literatura en absoluto sino simplemente mantener la mente tan abierta
como el intestino. Si por fuerza tienes que hacer algo, ¿por qué no ofreces una
silenciosa oración al Creador, una oración de agradecimiento porque tus
intestinos todavía funcionan? ¡Imagínate cuál sería tu situación si se
paralizaran! Poco tiempo lleva ofrecer una oración de este tipo y, además,
ofrece la ventaja de poder sacar al Dante a la luz del sol, donde podrás
comulgar con él en términos más iguales. Tengo la certeza de que ningún
escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra
con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al
máximo en el excusado. Habría que ser un auténtico coprófilo para explotar al
máximo una situación así.
Habiendo dicho algunas cosas duras sobre la madre moderna,
¿qué me quedaría para el padre moderno? Me limitaré al padre norteamericano
porque lo conozco mejor. Esta especie de padre de familia, como sabemos
perfectamente, se considera a sí misma un desdichado esclavo al que nadie
aprecia. Además de proveer para los lujos y necesidades de la vida, hace todo
lo posible por mantenerse en segundo plano. Si tuviera uno o dos minutos de
ocio, se creería en el deber de lavar los platos o cantar al nene para que se
duerma. A veces se siente tan apremiado, tan acuciado y tan abusado que cuando
su pobre mujer agotada, desnutrida y opaca se encierra en el baño —o sea el
“W.C” durante una hora interminable, se enfurece hasta el extremo de querer
romper la puerta para asesinarla allí mismo.
A estos pobres diablos que desconocen su verdadero papel
quisiera recomendarles el siguiente procedimiento para el caso que se presente
una crisis así. Digamos que ella ha estado encerrada “allí” por lo menos media
hora. No está constipada, no se está masturbando ni se está hermoseando.
“¿Entonces qué demonios hace allí?” ¡Cuidado! Yo sé lo que pasa cuando te pones
a hablar solo. No pierdas los estribos. Simplemente trata de imaginar que,
sentada allí, en el excusado, está la mujer que antaño amaste tan locamente que
por nada en el mundo te habrías enfadado con ella. No te pongas celoso de
Dante, de Balzac o Dostoievsky si éstas son las sombras con las cuales ella se
está comunicando allí. “¡Y hasta puede que lea la Biblia! Ha estado allí lo
suficiente como para leer el Deuteronomio.” Lo sé. Sé la impresión que esto te
causa. Pero no está leyendo la Biblia, y tú lo sabes. Quizá tampoco sea Los
Poseídos, ni Seraphita, ni Holy Living (Vida Santa) de Jeremy Taylor. Podría
ser Lo que el Viento se Llevó. ¿Pero qué importa? Él remedio —créeme hermano,
¡el único remedio!— es ensayar una actitud distinta. Ensaya las preguntas y
respuestas. Como éstas, por ejemplo.
—¿Qué haces allí dentro, querida?
—Estoy leyendo.
—¿Se puede saber qué?
—Algo sobre la Batalla del Marne.
(Simula no irritarte por eso. ¡Prosigue!).
—Me pareció que estabas puliendo tu español.
—¿Cómo dices, amor mío?
—Te preguntaba si es bueno
—Oh, no, muy aburrido
—¿Quieres que te traiga otra cosa?
—¿Cómo dices, querido?
—Decía si quieres que te traiga una bebida fresca mientras
lees ese material.
—¿Que material?
—La Batalla del Marne.
—Oh, eso ya lo terminé. Ahora estoy leyendo otra cosa.
—¿Necesitas algún libro de referencia, querida?
—Me parece que sí. Me gustaría un diccionario abreviado,
el Webster's, si no es molestia.
—¿Molestia? Es un placer. Te traeré el no abreviado.
—No, con el abreviado es suficiente. Es más manejable.
(Corre ahora de un lado para otro, como si buscaras el
diccionario.)
—Querida, no encuentro ni el abreviado ni el no abreviado.
¿Te serviría la enciclopedia? ¿Qué es lo que buscas, una palabra, una fecha,
o?...
—Oye, querido, lo que en realidad quiero es paz y
tranquilidad.
—Sí, querida, por supuesto. Quitaré la mesa, lavaré los
platos y acostaré a los chicos. Después si quieres te leeré. Acabo de descubrir
un magnífico libro sobre Nostradamus.
—Eres muy atento, querido. Pero prefiero seguir leyendo.
—¿Leyendo qué?
—Se llama Las Memorias del Mariscal Joffre, con un
prefacio de Napoleón y un detallado estudio de las principales campañas escrito
por un profesor de estrategia militar —¡no figura su nombre!— de West Point.
¿Ahora estás conforme, querido?
—Perfectamente.
(Entonces vete a buscar el hacha en la pila de leña. Si no
hay pila de leña tendrás que inventarla. Rechina los dientes como si afilaras
el hacha, tal como hace Minutten en Mysteries.)
Pero he de darte otro consejo. Cuando ella no mire, deja
un ejemplar de la obra de Balzac Sobre Catalina de Médicis en el W.C., ponle
una marca en la página 109 y subraya el siguiente pasaje:
El cardenal acababa de comprobar que Catalina le había
traicionado. La taimada italiana había visto en la rama joven de la familia
real un obstáculo que podría utilizar para contrarrestar las pretensiones de
los Guisas, y, a pesar del consejo de los dos Gondis, quienes le indicaron que
dejara actuar contra los Borbones a los Guisas con toda la violencia de que
eran capaces, consiguió frustrar, poniendo sobre aviso a la reina de Navarra,
el complot para secuestrar Béarn que los Guisas habían urdido con el rey de
España. Como solamente conocían este secreto de Estado ellos mismos y Catalina,
los príncipes de Lorena tuvieron la seguridad de que los había traicionado y
quisieron enviarla de nuevo a Florencia; pero para obtener pruebas de la
traición de Catalina al Estado —el Estado era la Casa de Lorena— el duque y el
cardenal la utilizaron como instrumento para deshacerse del rey de Navarra.
La ventaja de darle a leer un texto como éste consiste en
que apartará por completo su mente de los quehaceres domésticos y la colocará
en condiciones de charlar contigo de historia, profecías o simbolismos el resto
de la noche. Hasta es probable que se sienta tentada a leer la introducción
escrita por George Saintsbury, uno de los más grandes lectores del mundo,
virtud o vicio que no le impidió escribir algunos de los prefacios o
introducciones más tediosos y superfluos para las obras de otros.
Podría sugerir, por supuesto, otros libros absorbentes,
principalmente uno llamado Nature and Man (La Naturaleza y el Hombre) de Paul
Weiss, profesor de filosofía y lógica, que si no es simplemente de primera
fila, por lo menos es de “aguas lustrosas”, un ventrílocuo capaz de retorcerle
los sesos a un pundit rabínico para hacer un nudo gordiano con ellos. Se puede
leer al azar esta obra sin perder ni un solo hilo de su destilada lógica. Todo
ha sido predigerido por el autor. El texto no tiene otra cosa que pensamiento
puro. He aquí un ejemplo, de la parte sobre “Inferencia”.
La inferencia necesaria difiere de la contingente en que
la premisa basta para justificar la conclusión. En la inferencia necesaria sólo
existe una relación lógica entre la premisa y la conclusión: no hay ningún
principio que provea el contenido para la conclusión. Tal inferencia es
derivable de una inferencia contingente tratando al principio contingente como
premisa. C. S. Pierce parece haber sido el primero que descubrió esta verdad.
“Designemos las premisas de cualquier argumento con la letra P, la conclusión
con C y el principio con L —dijo—. Entonces, si todo el principio se expresa
como premisa, el argumento se convertirá en L y P.”. C. Pero este nuevo
argumento también tiene que tener su principio, que puede denotarse con L'.
Ahora bien, como L y P (suponiendo que sean verídicas) contienen todo lo
necesario para determinar la verdad probable o necesaria de C, entonces
contienen a L'.
Por lo tanto, L' tiene que estar contenida en el
principio, esté expresado en la premisa o no. De ahí que todo argumento tenga,
como porción de su principio, cierto principio que no puede eliminarse de su
principio. Tal principio podría denominarse principio lógico.: Todo principio
de inferencia, como indica con claridad la observación de Pierce, contiene un
principio lógico mediante el cual es posible avanzar rigurosamente desde una
premisa y el principio original hasta la conclusión. Todo resultado de la naturaleza
o de la mente, por lo tanto, es consecuencia necesaria de algún antecedente y
de algún curso que parte de ese antecedente y termina en ese resultado .
El lector se preguntará por qué no he sugerido la
Fenomenología de la Mente, de Hegel, que es la piedra angular reconocida de
toda la suite cascanueces de la predistigitación intelectual, o sea
Wittgenstein, Korzybski, Gurdjieff y Cía. ¡Por qué no! ¿Por qué no la
Philosopby of As (Filosofía del Como si) de Vaihinger? ¿O The Alpbabet (El
Alfabeto) de David Diringer? ¿Por qué no The Ninety-Fíve Theses (Las Noventa y
Cinco Tesis) de Lutero o el Preface to the History of the World (Prefacio a la
Historia del Mundo) de Walter Raleigh? ¿Por qué no la Aeropagitica de Milton?
Todos son libros amorosos. Tan edificantes, tan instructivos...
Ah, si nuestro pobre pater familias norteamericano tomase
a pecho este problema de la lectura en el cuarto de baño, si prestase seria
consideración al medio más eficaz para romper este hábito, ¡qué lista de libros
no idearía para un Estante Privado de Un Metro Cincuenta! Con un poco de
ingenio conseguiría curar a su esposa del hábito o disgregarle la mente.
Si realmente fuera ingenioso pensaría en un sustituto de
este pernicioso hábito de lectura. Podría, por ejemplo, tapizar las paredes del
“waterre”, como dicen los franceses, con lienzos. ¡Qué agradable, sedante,
lenitivo y educativo sería dejar que la mirada recorra algunas obras maestras
mientras se responde a la llamada de la naturaleza! Para empezar, Romney,
Gainsborough, Watteau, Dalí, Grant Wood, Soutine, Breuguel el Viejo y los
hermanos Albright. (Las obras de arte, dicho sea de paso, no son una afrenta
para el sistema autónomo.). O bien, si su gusto no tiende hacia esas
direcciones, podría revestir las paredes del “waterre” con las cubiertas del
Saturday Evening Post o con tapas de Time, pues nada podría ser más
“básico-básico”, para emplear el lenguaje de la dianética. O bien podría
aprovechar los ratos de ocio para ponerse a bordar en sedas multicolores alguna
leyenda rara para colgar a la altura de los ojos cuando ella ocupa su lugar
acostumbrado en el “waterre”, una leyenda como esta: Hogar es todo sitio donde
uno cuelga el sombrero. Como esto entraña una moraleja, podría cautivarla de
manera inimaginable. ¡Hasta la liberaría de la blanca muleta del excusado en
tiempo record, vaya uno a saber!
En este punto creo importante mencionar el hecho de que la
ciencia acaba de descubrir la eficacia, la eficacia terapéutica, del Amor. Los
suplementos dominicales están repletos de temas así. Al parecer éste es el gran
descubrimiento del siglo, después de la dianética, los platillos volantes y la
cibernética. El hecho de que hasta los psiquiatras reconozcan ahora la validez
del amor, imparte un sello de aprobación que (al parecer) Jesucristo, la luz
del Mundo, no consiguió facilitar. Las madres, que ahora han despertado a este
hecho incontrovertible, ya no tendrán problemas en sus tratos con sus hijos ni
tampoco, “ipso facto", en sus tratos con sus maridos. Los alcaides abrirán
las cárceles para soltar a los reclusos; los generales ordenarán a sus hombres
que abandonen las armas. El milenio está a la vuelta de la esquina.
No obstante, y a pesar de la llegada del milenio, los
seres humanos todavía estarán obligados a reparar en el “water closet”
diariamente. Todavía tropezarán con el problema de cómo sentarse en el excusado
para aprovechar mejor el tiempo. Este problema es virtualmente un problema
metafísico. Para desempeñar esta función la naturaleza no nos pide otra cosa
que completa conformidad. La única colaboración que demanda de nuestra parte es
nuestra disposición a dejar salir. Evidentemente, cuando el Creador diseñó el
organismo humano comprendió que sería mejor para nosotros dejar libradas
ciertas funciones a sí mismas; es evidente que si funciones tan vitales como la
respiración, el sueño o la defecación quedasen libradas a nuestra disposición,
algunos dejaríamos de respirar, de dormir o de concurrir al baño. Muchas
personas, recordemos que no todos están en el manicomio, ponen en tela de
juicio la inteligencia de su propio organismo. Preguntan por qué, no para saber
sino para ridiculizar lo que su limitada inteligencia no alcanza a comprender.
Contemplan las demandas del cuerpo como tiempo desperdiciado. ¿Cómo pasan,
entonces, el tiempo esos seres superiores? ¿Están completamente al servicio de
la humanidad? ¿No comprenden la razón de que haya que perder tiempo en comer,
beber, dormir y defecar porque tienen tantas obras buenas que hacer? Sería
interesante saber lo que quiere decir esta gente cuando habla de “perder el
tiempo”.
Tiempo, tiempo... Muchas veces me he preguntado qué
haríamos con el tiempo si de pronto tuviésemos el privilegio de funcionar a la
perfección. Porque en cuanto pensamos en el funcionamiento perfecto, ya no
podemos retener la imagen de la sociedad tal como está constituida en la
actualidad. Gastamos la mayor parte de nuestra vida luchando contra desajustes
de todo tipo; todo está fuera de sus carriles, desde el cuerpo humano hasta el
cuerpo político. Suponiendo que el cuerpo humano funcione bien y que el cuerpo
social también funcione bien, pregunto: “¿Qué haríamos con nuestro tiempo?”
Para circunscribir por el momento el problema a un solo aspecto, la lectura,
ruego al lector que imagine qué libros, qué tipo de libros, consideraría
entonces necesarios o dignos de merecer un poco de tiempo. En cuanto estudiamos
el problema de la lectura desde este punto de vista toda la literatura se
desmorona. Según mi entender, en la actualidad leemos principalmente por los
siguiente motivos: uno, para escapar de nosotros mismos; dos, para armarnos
contra peligros reales o imaginarios; tres, para “mantenernos a la altura” de
nuestros vecinos o para impresionarles, lo cual es lo mismo; cuatro, para saber
lo que pasa en el mundo; cinco, para entretenernos, lo que significa ser
estimulados a una actividad mayor y superior, y a una existencia más rica.
Podríamos agregar otras razones, pero estas cinco me parecen las principales, y
las he consignado por orden de importancia actual, según creo conocer a mis
semejantes. No hace falta reflexionar mucho para llegar a la conclusión de que
si fuésemos correctos con nosotros mismos y todo marchase bien en el mundo, la
única razón válida, la que tiene menor importancia en el presente, sería la
última. Las otras desaparecerían porque no tendrían razón de existir. E incluso
la nombrada en último término, dadas las condiciones ideales mencionadas,
tendría poco o ningún asidero en nosotros. Hay y siempre hubo individuos raros
que ya no necesitan los libros, ni siquiera los libros “sagrados”. Éstos son
precisamente los iluminados, los que han despertado. Saben perfectamente bien
lo que sucede en el mundo. No consideran a la vida como un problema ni un
calvario, sino como un privilegio y una bendición. No buscan imbuirse de
conocimientos sino de sabiduría. No viven torturados por el miedo, la ansiedad,
la ambición, la envidia, la codicia, el odio o la rivalidad. Se interesan
profundamente pero al mismo tiempo se despreocupan. Gozan todo lo que hacen
porque participan directamente. No tienen necesidad de leer libros sagrados ni
de comportarse como santos porque ven la vida en su totalidad y ellos mismos
son totales, de manera que para ellos todo es total y sagrado.
¿Como gastan su tiempo estos individuos excepcionales?
Ah, se han dado muchas respuestas a esta pregunta. Y el
motivo por el cual existen muchas respuestas es que todo el que sea capaz de
plantearse tal pregunta ante sí mismo, piensa en un tipo distinto de individuo
“excepcional”. Algunos consideran que estos raros individuos pasan su vida
entregados a la oración y a la meditación; otros los ven actuando en el
concierto de la vida, desempeñando un sinnúmero de ocupaciones, pero sin
hacerse notar nunca. Sin embargo, no importa cómo contemplemos a estas almas
raras, no importa el mucho o poco desacuerdo que haya en cuanto a la validez o
la eficacia de su manera de vivir, estos hombres tienen en común una cualidad,
cualidad que los distingue radicalmente del resto de la humanidad y proporciona
la clave de su personalidad, su raison d'étre: ¡tienen todo el tiempo en sus
propias manos! Estos hombres jamás están demasiado apurados, jamás demasiado
ocupados como para no responder a una llamada. El problema del tiempo
sencillamente no existe para ellos. Viven el momento y tienen noción de que
cada momento es una eternidad. Todos los demás tipos de individuos que
conocemos establecen límites a su tiempo “libre”. Los primeros, en cambio, no
tienen otra cosa que tiempo libre.
Si pudiera darte un pensamiento que te conviene llevar
contigo todos los días al baño sería el siguiente: “Medita en tus momentos
libres” Si este pensamiento no rinde sus frutos, entonces vuelve a tus libros,
a tus revistas, a tus diarios, a tus historietas cómicas, a tus aventuras.
Amaos, informaos, preparaos, divertios, olvidaos de vosotros mismos, dividios
los unos a los otros. Y cuando hayáis hecho todas estas cosas (inclusive el
bruñido del oro, como recomienda Cennini), preguntaos si sois seres más fuertes,
más sabios, más felices, más nobles, más conformes. Sé que no lo seréis, pero
eso está en vosotros descubrirlo.
Es curioso, pero el mejor tipo de excusado —según los
médicos— es aquel donde sólo un equilibrista podría leer. Me refiero a los que
encontramos en Europa, Francia especialmente, y que hacen gemir al turista
norteamericano. No hay asiento, no hay un cuenco, sino simplemente un agujero
en el piso con dos baldosas para los pies y un pasamanos a ambos lados para
sostenerse. Uno no se sienta como de ordinario, sino que se pone en cuclillas.
(/Les vrais chiottes, quoi!) En estos extraños retretes jamás se le mete a uno
en la cabeza la idea de leer. Lo único que uno quiere es terminar lo antes
posible y no mojarse los pies. Nosotros, los norteamericanos, aunque
disimulamos todo lo que se relacione con las funciones vitales, terminamos
haciendo tan atractivo al “W.C.” que nos quedamos allí sin hacer nada después
de haber terminando lo que teníamos que hacer. La combinación de excusado y
baño nos resulta por demás atractiva. Bañarse en un lugar distinto de la casa
nos parecería absurdo. Pero no podría parecerlo para personas realmente
delicadas.
Interrupción... Hace unos momentos dormí la siesta al aire
libre, en medio de una densa niebla. Fue un sueño liviano, interrumpido por el
zumbido de un insistente moscardón. En uno de mis sobresaltos, entre dormido y
despierto, acudió a mi mente el recuerdo de un sueño o, para ser más exacto, el
fragmento de un sueño. Se trata de un sueño viejo, muy viejo, y sumamente
maravilloso, que vuelve a mí —en ocasiones— con insistencia. Por momentos se me
presenta con tanta claridad, aunque colado por una grieta, que dudo que haya
sido un sueño. Me pongo entonces a devanarme los sesos para recordar el título
de una serie de libros que en una época mantuve encerrados en un cofrecito. En
este momento la naturaleza y contenido de este sueño recurrente no aparecen tan
nítidos como en otras ocasiones. No obstante, su aura todavía conserva su
intensidad, como también las asociaciones que suelen acompañar a su evocación.
Hace un instante me preguntaba por qué siempre pienso en
este sueño en relación con el retrete, pero entonces recordé de pronto que al
salir de mi estado onírico, o, mejor dicho, cuando estaba a punto de salir de
él, percibí el desagradable olor del excusado que está escondido en ese “pozo
negro” de mi casa, en ese barrio que siempre prolongo a la “calle de los viejos
pesares”. En invierno era un verdadero problema refugiarse en este congelado y
hermético cubículo que nunca estaba alumbrado, ni siquiera por una vacilante
mecha de aceite comestible.
Pero otra cosa más precipitó el recuerdo de esos días idos
tanto tiempo atrás. Esta misma mañana examiné el índice que aparece en el
último volumen de The Harvard Classies con el fin de refrescar la memoria. Como
siempre, la simple idea de esta colección despierta memorias de días sombríos
pasados en el altillo con estos sangrientos libros. Considerando el triste
estado de ánimo en que solía estar cuando me retiraba a este ala funeraria de
la casa, no puedo menos que maravillarme por el hecho de que haya navegado por
una literatura como Rabbi Ben Ezra, The Chambered Nautilus, Ode to a Waterfowl,
I Promessi Sposi, Satnson Agonistes, Guillermo Teil, La Riqueza de las
Naciones, Las Crónicas de Froissart, la Autobiografía de John Stuart Mili, y
otras por el estilo. Ahora creo que no ha sido la fría niebla sino el peso
abrumador de esos días pasados en el altillo, cuando luchaba con autores por
los cuales no experimentaba ninguna simpatía, lo que me hizo dormir tan bien
hace un rato. En ese caso debo agradecer a sus espíritus ausentes por haberme
hecho recordar este caprichoso sueño, en el que aparece una colección de
mágicos libros que valoraba hasta tal extremo que los escondí —en un cofrecito—
y jamás volví a encontrarlos nuevamente. ¿No es extraño que esos libros, libros
que pertenecen a mi juventud, tengan que revestir más importancia para mí que
todo lo que he leído después? Obviamente debo de haberlos leído en el sueño,
inventando títulos, contenido, autor, todo. De vez en cuando como he mencionado
previamente, con los destellos del sueño regresan a veces nítidos recuerdos de
la misma textura de la narración. En tales momentos me pongo casi frenético,
porque en la serie del sueño hay un libro que encierra la clave de toda la
obra, y este libro en particular, su título, su contenido y su significado,
llega a veces hasta el umbral mismo de la conciencia.
Uno de los aspectos más borrosos, confusos y
atormentadores relacionados con este recuerdo es que siempre me impone la
sensación —¿por quién?, ¿en virtud de qué?— de haber leído esos libros en el
barrio de Fort Hamilton (Brooklyn). Se me impone el convencimiento de que
todavía están escondidos en la casa donde los leí, pero no tengo la menor
noción del sitio donde estaba esa casa, a quién pertenecía ni por qué motivo
llegué allí. Lo único que recuerdo hoy sobre Fort Hamilton es haber andado en
bicicleta por los lugares hacia los cuales me encaminaba los solitarios sábados
por la tarde, en la época en que me consumía un desolado amor por mi primera
novia. Como un fantasma sobre ruedas recorría el trayecto de rutina —Dyker
Heights, Bensonhurst, Fort Hamilton— siempre que salía de casa pensando en
ella. Viajaba tan absorto pensando en ella que perdía por completo la noción de
mi cuerpo: por momentos pedaleaba pegado al parachoques trasero de un automóvil
que marchaba a sesenta kilómetros por hora y por momentos deambulaba como un
sonámbulo. No podría decir que el tiempo haya gravitado pesadamente en mis
manos. La pesadez se alojaba enteramente en mi corazón. En ocasiones me
arrancaba de la ensoñación el paso de una pelota de golf sobre mi cabeza. En
ocasiones la vista del cuartel me llevaba allí, porque siempre que espío
viviendas militares, viviendas que los hombres habitan hacinados como ganado,
experimento una sensación de repugnancia. Pero también había intermedios —o
“remisiones”, si se quiere— agradables. Siempre, por ejemplo, me agradaba
entrar en Bensonhurts, donde de niño había pasado días tan encantadores con
Joey y Tony. ¡Cómo ha cambiado todo con el tiempo! En esa época, en esas tardes
de los sábados, era un joven desesperadamente enamorado, un becerro lunar
completamente indiferente a todo lo demás en el mundo. Si me echaba en brazos
de un libro sólo era para olvidar el dolor de un amor que resultaba demasiado
grande para mí. Mi refugio era la bicicleta. Montado en la bicicleta tenía la
sensación de sacar a ventilar mi doliente amor. El panorama que se desplegaba
ante mis ojos o que desaparecía a mis espaldas era un sueño perfecto: bien
podría haber estado recorriendo una pista en un escenario. Todo lo que miraba
sólo servía para recordarme a ella. A veces, creo que para no caerme al suelo
completamente desesperado y abrumado, alimentaba esas fatuas fantasías que
asaltan a los enamorados, la chispa de esperanza, digamos, de que en un recodo
del camino ella me aguardase para recibirme con una cálida, radiante y amorosa
sonrisa... pero ella. Si ella no se “materializaba” en este punto, imaginaba
que estaría en otro, hacia el cual, con oraciones y esperanzas, avanzaría a
toda velocidad, sólo para llegar sin aliento y otra vez decepcionado.
No cabe duda que la mágica naturaleza de estos libros del
sueño guardaba relación con mi acumulada nostalgia por esta niña que nunca
lograba encontrar, y había sido inspirada por ella. No cabe duda de que en
algún lugar de Fort Hamilton, en breves momentos tan negros, tan torturados por
el dolor, tan desolados, tan singularmente míos, mi corazón debe haberse
destrozado varias veces. Sin embargo —y de esto estoy seguro— esos libros nada
tenían que ver con el amor. Estaban más allá de eso... ¿de qué? Trataban de
cosas indecibles. Aún ahora, a pesar de lo nublado y carcomido por el tiempo
que el sueño aparece en el recuerdo, reconozco elementos tenues, sombríos pero
reveladores, como los siguientes: una mágica figura blanca sentada en un trono
(como en las antiguas piezas de ajedrez de piedra), que sostenía en las manos
un llavero de llaves grandes y pesadas (como una antigua moneda sueca) y no se
parece ni a Hermes Trimegisto ni a Apolonio de Tiana, ni siquiera al temible
Merlín, sino que más se asemeja a Noé o a Matusalén. Trata de decirme, con
prístina claridad, algo que escapa a mi comprensión, algo que he venido
ansiando y afanándome por conocer. (Un secreto cósmico, sin duda). La figura
pertenece al libro clave que, como he destacado, es el eslabón perdido de toda
la serie. Hasta este punto la narración, si pudiéramos llamarla así —a través
de los libros precedentes de la colección del sueño— ha sido una serie de
aventuras extraterrenas, interplanetarias o, a falta de una palabra mejor,
“prohibidas”, de la más asombrosa variedad y naturaleza. Es como si la leyenda,
la historia y el mito, combinadas con incursiones suprasensibles y que escapan
a toda descripción, se hubiesen entremezclado y comprimido en un prolongado y
sostenido momento de divina fantasía. Y, por supuesto, ¡para mi beneficio
especial! Pero lo que agrava la situación en el sueño es que siempre recuerdo
el hecho de que comencé la lectura del libro que falta, pero —¡ah, si lo
supiera!— lo abandoné sin ninguna razón obvia, evidente o siquiera oculta. Una
sensación de pérdida irreparable alisa, literalmente aplana, todo sentido de
culpa que quiere emerger. ¿Por qué, por qué, me pregunto, no proseguí la
lectura de este libro? Si lo hubiese hecho jamás habría perdido ese libro y
tampoco lo demás. En el sueño la doble pérdida —la pérdida del contenido y la
pérdida del libro mismo— se acentúa y se presenta como una sola.
Pero este sueño tiene asociada otra característica más: la
parte que tuvo en ello mi madre. En La Crucifixión Rosada he descrito mis
visitas al viejo hogar, visitas que hice expresamente para recuperar los bienes
de mi juventud, particularmente ciertos libros que, por alguna razón
inexplicable, eran muy preciosos para mí en estas ocasiones. Según lo
interpreto, mi madre parece haberse deleitado perversamente en decirme que
“mucho tiempo” antes había regalado los libros. “¿A quién?” pregunté fuera de
mí. Nunca pudo recordarlo, sólo que había sido mucho tiempo atrás. O bien, si
lo recordaba, la gente a la cual los había entregado se había mudado mucho
tiempo antes y, por supuesto, ya no sabía dónde vivían ni le parecía —y esto
fue gratuito por su parte— que se hubieran quedado con esos libros para
siempre. Y así sucesivamente. Algunos los había regalado, según confesó, a la
Sociedad de Beneficiencia o a la Sociedad de San Vicente de Paúl. Estas
explicaciones siempre me sacaban de quicio. A veces, en momentos de vigilia, me
preguntaba si en realidad esos libros perdidos en el sueño y cuyos títulos
habían desaparecido por completo de mi memoria, no eran libros reales de carne
y hueso que mi madre había obsequiado irreflexiva e irresponsablemente.
Por supuesto, siempre que estuve allí en el altillo
leyendo la imponente biblioteca de un metro cincuenta de alto, mi madre se
mostraba tan intrigada por este proceder como por todo lo que se me ocurría
hacer. No comprendía que pudiera “desperdiciar” una tarde tan hermosa leyendo
esos libros soporíferos. Ella sabía que yo sufría, pero jamás tuvo la más
remota idea de la causa de ese sufrimiento. En ocasiones expresó el parecer de
que vivía deprimido a causa de los libros. Y, por supuesto, los libros contribuyeron
a deprimirme con mayor profundidad porque no contenían ningún remedio para el
mal que me aquejaba. Quería ahogarme en mis penas, y los libros fueron otros
tantos moscardones gordos y zumbones que me mantenían despierto, haciéndome
arder el cuero cabelludo de aburrimiento.
Cómo salté el otro día al leer en uno de los libros de
Marie Corelli, ahora olvidados, lo siguiente: “¡Dadnos algo duradero!, es la
exclamación de la cansada humanidad. Las cosas que hemos pasado, en razón de su
efímera naturaleza son inútiles. ¡Dadnos algo que podamos guardar y llamar
nuestro para siempre! Por esta razón ensayamos y probamos todas las cosas que
parecen mostrarnos el elemento suprasensible que hay en el hombre, y cuando
comprobamos que fuimos engañados por impostores y conjurados, nuestro disgusto
y contrariedad resultan demasiado amargos hasta para ventilarse con palabras”.
Hay otro sueño concerniente a otro libro y al cual me
refiero en La Crucifixión Rosada, El sueño es por demás extraño y en él aparece
un gran libro que esta niña que amaba (¡la misma!) y otra persona (su amante
desconocido, quizá) están leyendo por encima de mis hombros. El libro es mío,
quiero decir que es un libro escrito por mí. Menciono esto sólo para sugerir
que de todas las leyes de la lógica resultaría que el libro perdido en el
sueño, la clave de toda la serie —¿de qué serie?— había sido escrito por mí y
no por otro. Si había conseguido escribirlo en sueños, ¿por qué no podría
escribirlo soñando despierto? ¿Acaso un estado difiere tanto del otro? Puesto
que me he aventurado a decir tanto, ¿por qué no completar el pensamiento y
agregar que la única finalidad que me animó a escribir radicó en esclarecer un
misterio? (Nunca he sabido abiertamente en qué consiste este misterio). Sí,
desde el momento en que comencé a escribir con absoluta dedicación, mi único
deseo fue sacarme de encima este libro que llevo dentro, en lo profundo de mi
ser, a todas las latitudes y longitudes y en todas las faenas y vicisitudes.
Arrancar este libro de mis entrañas, darle calor, vida y existencia física, tal
ha sido mi empeño y preocupación... El mago iluminado que aparece en oníricos
destellos oculto en un cofre diminuto —cofre soñado, podríamos decir—, ¿quién
es sino yo mismo, el más antiguo de mis seres? ¿Acaso no tiene en las manos un
llavero? Y está situado en el centro crucial de todo el misterioso andamiaje.
Pues bien, ¿qué es ese libro desaparecido, entonces, sino la “la historia de mi
corazón”, según el nombre tan hermoso que le ha dado Jefferies? ¿Acaso un
hombre puede narrar otra historia que no sea la suya? ¿Acaso no es ésta la más
difícil de narrar entre todas las historias, la más oculta, la más abstrusa, la
más mistificadora?
El hecho de que hasta en sueños leamos es un hecho
significativo. ¿Qué leemos, qué podemos leer en las tinieblas del inconsciente,
no siendo nuestros más profundos pensamientos? Los pensamientos jamás cesan de
agitar el cerebro. En ocasiones percibimos la diferencia entre los pensamientos
y el pensamiento, entre el que piensa y la mente que es todo pensamiento. A
veces, como a través de una pequeña hendidura, captamos un destello de nuestro
ser dual. Cerebro no es mente, de eso podemos estar seguros. Si fuese posible
localizar el asiento de la mente, entonces sería más correcto situarlo en el
corazón. Pero el corazón es simplemente un receptáculo o transformador por cuyo
intermedio el pensamiento se torna reconocible y efectivo. El pensamiento tiene
que pasar por el corazón para volverse activo y significativo.
Existe un libro que forma parte de nuestro ser y que está
contenido en nuestro ser, y ese libro es el registro de nuestro ser. He dicho
nuestro ser y no nuestro devenir. Comenzamos a escribir este libro en el
momento de nacer y lo proseguimos después de la muerte. Solamente cuando
estamos a punto de renacer lo terminamos y le ponemos la palabra “Fin”. En
consecuencia, es toda una serie de libros que, desde un nacimiento hasta el
siguiente, continúa la historia de la identidad. Todos somos escritores, pero no
todos heraldos ni profetas. Lo que sacamos a relucir del registro oculto lo
firmamos con nuestro nombre de pila, que jamás es el nombre real. Pero lo único
que llega a conocer alguna vez la luz es lo mejor de nosotros, lo más fuerte,
lo más valiente, lo mejor dotado. Lo que entorpece nuestro estilo, lo que
falsea la narración, son las porciones del registro que ya no podemos
descifrar. El arte de escribir no lo perdemos nunca, pero lo que a veces
perdemos es el arte de leer. Cuando encontramos un adepto de este arte,
recuperamos el don de la visión. Es el don de la interpretación, naturalmente,
porque leer siempre es interpretar.
La universalidad del pensamiento es suprema y está por
encima de las cosas. Nada escapa a la comprensión o al entendimiento. Lo que
falla en nosotros es el deseo de saber, el deseo de leer o interpretar, el
deseo de dar significado a todo pensamiento que expresamos. Acidia: el gran
pecado contra el Espíritu Santo. Abrumados por el dolor de la privación,
cualquiera sea la forma en que se manifieste —y asume muchas, muchas formas—,
nos refugiamos en la mistificación. La humanidad, en el sentido más profundo, no
es huérfana porque haya sido abandonada, sino porque obstinadamente se niega a
reconocer su paternidad divina. Terminamos el libro de la vida en el otro mundo
porque nos negamos a comprender que hemos escrito aquí y ahora...
Pero volvamos a les cabinets, que es el equivalente
francés de retrete y que por alguna extraña razón siempre se emplea en plural.
Algunos de mis lectores recordarán un pasaje en el cual consigno tiernas
reminiscencias de Francia, concernientes a una apresurada visita al retrete y a
la visión totalmente inesperada de París que tuve desde la ventana de ese
estrecho lugar. ¿No sería formidable, pensaría cierta gente, construir nuestra
casa de manera que desde el asiento del excusado pudiéramos divisar un imponente
panorama? Me parece que no interesa en lo más mínimo la vista que se tenga
desde el retrete. Si al acudir al retrete llevas contigo algo más que tú mismo,
además de tu propia necesidad vital de evacuar y limpiar el organismo, puede
que entonces el desiderátum sea una vista hermosa o imponente desde la ventana
del cuarto de baño. En ese caso bien valdría la pena montar una estantería para
libros, colgar cuadros y hermosear de otra manera este lieu d'aisance. Así, en
vez de salir al aire libre y tenderse bajo un árbol frondoso, valdría la pena
sentarse en el “baño” y meditar. Si fuese necesario hasta se podría construir
todo el mundo personal en torno al “W.C”. Se podría hacer que el resto de la
casa quedase subordinado al asiento de esta suprema función. Se forjaría así
una raza que, altamente consciente del arte de la eliminación, se dedicaría a
eliminar todo lo que hay de feo, inútil, malo y “deletéreo” en la vida
cotidiana. Haciendo eso elevaríamos el retrete a lugar celestial. Pero mientras
usemos este sagrado retiro no perdamos el tiempo leyendo sobre la eliminación
de esto o aquello, o ni siquiera sobre la eliminación misma. La diferencia
entre la gente que se refugia en el retrete, sea para leer, rezar o meditar, y
la que sólo concurre allí para hacer lo que tiene que hacer, radica en que la
primera siempre tiene una ocupación inconclusa entre manos y la segunda siempre
está lista para el próximo movimiento, para el próximo acto.
Hay un antiguo dicho que dice. “¡Manten abierto tu
intestino y confía en el Señor!” Esto encierra su sabiduría. Hablando en
términos amplios, significa que manteniendo nuestro organismo libre de venenos
estaremos en condiciones de tener la mente libre y despejada, abierta y
receptiva; dejaremos de preocuparnos por cuestiones que no nos atañen —como la
forma en que debe dirigirse el cosmos, por ejemplo— y haremos en paz y
tranquilidad lo que debe hacerse. Este sano consejo no contiene la menor
insinuación de que al mantener abierto el intestino también se debe luchar por
mantenerse al tanto de los acontecimientos mundiales o estar al día sobre los
libros o comedias de actualidad, o familiarizarse con la última moda, con los
cosméticos más refinados o los fundamentos del inglés básico. En efecto, esa
breve máxima implica que cuanto menos se haga para ello, tanto mejor. Digo
“ello” entendiendo que la ocupación de ir al retrete es muy seria y no absurda
ni repulsiva. Las palabras claves son “abrid” y “confiad”. Ahora bien, si se
arguye que leyendo sentado en el excusado se contribuye a liberar el intestino,
sugeriría entonces la lectura de un material lo más leve posible. Leed los
Evangelios, por ejemplo, porque los Evangelios son del Señor, y el segundo
mandamiento es “confiad en el Señor”. Yo mismo estoy convencido de que se puede
tener fe y confianza en el Señor sin leer el Santo Mandato en el retrete y, en
efecto, abrigo la certeza de que se tiende a creer y confiar más en el Señor no
leyendo absolutamente nada en el retrete.
¿Cuando visitas al psicoanalista éste te pregunta qué lees
en el excusado? Debería hacerlo. Para el psicoanalista debería ser muy distinto
que el paciente lea un tipo de literatura en el retrete y otro en otra parte.
Incluso debería ser importante el hecho de que tú leas o no leas en el retrete.
Lamentablemente estas cuestiones no se comentan con suficiente amplitud. Se
presume que lo que se haga en el “W.C.” pertenece al fuero privado de cada
cual. No es así. Interesa al universo entero. Si, según vamos creyendo cada vez
más, nos vigilan criaturas de otros planetas, no cabe duda de que espían hasta
nuestros actos más secretos. Si logran penetrar la atmósfera de esta tierra,
¿qué podría impedirles atravesar las puertas cerradas de nuestros retretes?
Reflexionad sobre esto cuando no tengáis nada mejor en qué pensar, allí dentro.
Quisiera instar a los que experimentan con cohetes y otros medios de
comunicación y transporte interestelar, que imaginen por un instante qué
aspecto tendrían para los moradores de otros mundos si los viesen leyendo Time
o The New York, por ejemplo, en el “John”. Vuestra lectura dice mucho de
vuestro ser interior, pero no todo. Sin embargo, el hecho de que estéis leyendo
en un sitio donde deberíais estar haciendo, reviste cierta importancia. Es una
característica que hombres ajenos a este planeta destacarían inmediatamente, y
bien podría influir en su juicio sobre nosotros.
Y si para cambiar de tono nos limitamos a la opinión de
los seres simplemente terrestres, pero seres alerta y discernidores, el cuadro
no se modifica mucho. No solamente es grotesco y ridículo mirar la página
impresa estando sentado en el excusado, sino que también tiene visos de locura.
Este elemento patológico se pone en evidencia con bastante claridad cuando la
lectura se combina con la comida, por ejemplo, o durante un paseo. ¿Por qué no
impresiona lo mismo cuando lo observamos vinculado con el acto de la
defecación? ¿Tiene algo de natural hacer estas dos cosas simultáneamente?
Supongamos que, aunque nunca quisiste ser cantante de ópera, siempre que acudes
al retrete te pones a practicar la escala musical. Supongamos que, aunque el
canto fuese todo en la vida para ti, insistieras en que el único momento en que
puedes cantar es cuando estás en el “W.C”. O supongamos que sencillamente dices
que cantas en el retrete porque no tienes otra cosa que hacer. ¿Colaría eso en
el consultorio de un alienista? Pero éste es el tipo de coartada que da la
gente cuando se le apremia a explicar por qué tiene que leer en el retrete.
¿Entonces con limitarse a abrir el intestino no basta?
¿Hace falta incluir a Shakespeare, Dante, William Faulkner y a toda la galería
de escritores de libros de bolsillo? ¡Dios mío, qué complicada se ha vuelto la
vida! En otra época cualquier lugar nos venía bien. Por compañía teníamos el
sol o las estrellas, el canto de los pájaros o el graznido de la lechuza. No se
trataba de matar el tiempo ni de matar dos pájaros de una sola pedrada.
Simplemente se trataba de dejar salir. Ni siquiera se nos ocurría confiar en el
Señor. Esta confianza en el Señor era tan inherente a la naturaleza del hombre,
que vincularla con el movimiento intestinal habría parecido blasfemo y absurdo.
En la actualidad se requiere un eximio matemático, que también sea metafísico y
astrofísico, para explicar el sencillo funcionamiento del sistema autónomo. Ya
nada es sencillo. Debido al análisis y a la experimentación hasta las cosas más
ínfimas han asumido proporciones tan complicadas que es extraño que alguien
pueda decir que todo lo sabe de todas las cosas. Hasta la conducta instintiva
resulta ser altamente compleja. Las emociones primitivas, como el miedo, el
odio, el amor y la angustia, resultan terriblemente complejas.
¡Pensar que somos nosotros quienes en los próximos
cincuenta años nos lanzaremos a conquistar el espacio! ¡Somos las criaturas
que, no queriendo convertirnos en ángeles, vamos a desarrollarnos como seres
interplanetarios! Pues bien, no cabe duda de que por lo menos una cosa es
previsible: ¡que hasta en el espacio tendremos excusados! Dondequiera que
vayamos, el “John” nos acompaña, según observo. Antes solíamos preguntar: “¿Y
si las vacas volaran?” Este chiste ya es antediluviano. Ahora, en vista de los
proyectados viajes más allá de la atracción gravitacional, se impone la
siguiente interrogante: “¿Cómo funcionarán nuestros órganos cuando ya no
estemos sometidos a la atracción de la gravedad?” Viajando a mayor velocidad
que el pensamiento —¡hasta se ha sugerido que seremos capaces de lograrlo!—,
¿podremos leer algo allí, entre las estrellas y los planetas? Lo pregunto
porque supongo que la nave espacial modelo estará equipada con lavabos, además
de laboratorios, y que en ese caso nuestros nuevos exploradores del tiempo y el
espacio sin duda se llevarán consigo material para leer en el retrete.
Hay un aspecto que se presta a conjeturas: la índole de
esta literatura interespacial. Solíamos ver de tiempo en tiempo cuestionarios
en los que se nos preguntaba qué leeríamos si fuésemos a refugiarnos en una
isla desierta. Nadie, que yo sepa, ha preparado todavía un cuestionario sobre
lo que sería buena lectura en el excusado de una nave espacial. Si obtuviésemos
las mismas respuestas de siempre en este próximo cuestionario, o sea Hornero,
Dante, Shakespeare y compañía, mi desilusión sería sumamente cruel.
Esta primera nave que abandone la tierra, quizá para no
regresar jamás... ¡Qué no daría por conocer los títulos de los libros que
habría en ella! Me parece que no se han escrito todavía libros que ofrezcan
sustento menta!, moral y espiritual a esos audaces precursores. Es posible,
según lo veo, que estos hombres no se preocupen para nada por la lectura, ni
siquiera en el retrete; quizá se conformen con ponerse a tono con los ángeles,
con escuchar las voces de los seres queridos que partieron, aguzando el oído
para captar la incesante canción celestial.
CAPÍTULO XIV - EL TEATRO
La comedia es la única categoría de la literatura que he
estudiado más que cualquier otra. Mi pasión por el teatro penetra tan
profundamente en mi juventud, que parece como si hubiese nacido entre
bastidores. Desde los siete años de edad comencé a concurrir a la sala de
vaudeville llamada The Novelty, en Drigg's Avenue, Brooklyn. Siempre
frecuentaba la matinée de los sábados. Y solo. El precio de la entrada al
“paraíso negro” era de diez centavos. (Era esa época dorada cuando se podía
comprar un buen cigarro por diez centavos). El portero, Bob Maloney, ex
boxeador cuyos hombros eran los más anchos y cuadrados que jamás he visto en mi
vida, montaba guardia sobre nosotros con un fuerte bastón. Recuerdo mejor a
este individuo que a cualquiera de las representaciones o actores que viera
allí. Encarnaba al villano que dominaba mis perturbados sueños.
La primera comedia que me llevaron a ver fue La Cabaña del
Tío Tom. El escenario era diminuto y, según recuerdo, la obra no me impresionó
en lo más mínimo. Recuerdo, en cambio, que mi madre lloró copiosamente durante
toda la función. A mi madre le encantaban estas comedias lacrimógenas. No sé
cuántas veces me llevaron a ver The Old Homestead (La Vieja Casa) (con Daman
Thompson), Way Down Easty otras similares en boga.
En este barrio (The Fourteenth Ward) había dos teatros
más, a los cuales mi madre también me llevaba de vez en cuando: The Amphion y
el de Corsé Payton. Corsé Payton, al que muchas veces se menciona como “el peor
actor del mundo”, presentaba melodramas de mala muerte. Años después mi padre y
él se hicieron compañeros de borrachera, cosa que nadie habría soñado en los
días en que el nombre de Corsé Payton estaba en boca de todos en Brooklyn.
La primera comedia que me impresionó —no tendría más de
diez u once años en esa época— fue Vino, Mujeres y Música. Fue una
representación alegre e impúdica cuyos principales actores eran el diminuto Lew
Hearn y la arrebatadora Bonita. Según lo veo ahora, debe de haber sido un
espectáculo burlesco formidable. (Wer Liebt nicht Wein, Weib un Gesang, bleibt
ein Narr sein Leben Lang-) Lo más sorprendente en relación con este
acontecimiento fue que ocupamos un palco para nosotros solos. El teatro, en el
que dudo haber vuelto a entrar alguna otra vez —por alguna causa me recuerda
una antigua fortaleza francesa—, llamábase The Folly y estaba en la esquina de
Broadway y Graham Avenue, en Brooklyn, por supuesto.
En esta época nos habíamos mudado del glorioso Fourteenth
Ward al sector de Bushwick (“La Calle de los Primeros Pesares”). A poca
distancia de nosotros, en el barrio llamado East New York, donde todo parecía
llegar a un callejón sin salida, una compañía daba representaciones en una sala
llamada The Gotham. Una vez al año, Forepaugh & Sells montaba en este
barrio desolador las grandes carpas de su circo. No muy lejos había un
cementerio chino, un dique y una charca para patinar. La única comedia que recuerdo
de esta tierra de nadie es Alias Jimmy Valentine. Pero no cabe duda de que vi
monstruosidades como Bertha, The Sewing Machine Girí (La Costurera) y Nelly,
the Beautiful Cloak Model. Todavía acudía entonces a la escuela primaria. La
vida callejera fue más emocionante para mí que la artificiosa realidad del
teatro.
Sin embargo en este período, durante las vacaciones,
visitaba a mi primo en Yorkville, donde nací. Allí, las noches de verano, con
una pinta de ale en la mesa, mi tío nos deleitaba con sus recuerdos del teatro
de su época. (Es probable que todavía estuviese en cartel The Bowery After
Dark). Todavía me parece ver a mi tío, hombre gordo, perezoso y jovial que
hablaba con pronunciado acento alemán, sentado junto a la mesa redonda y sin
mantel en la cocina, siempre en camiseta escotada. Le veo extendiendo los programas,
que consistían en largas tiras impresas en papel de diario, ya amarillos de
viejos en esa época, que entregaban a la entrada de las galerías. Si
fascinadores eran los nombres de las comedias, los de los actores lo fueron más
todavía. Nombres como Booth, Jefferson, sir Henry Irving, Tony Pastor, Wallack,
Ada Rehan, Réjane, Lily Langtry, Modjeska, aún resuenan en mis oídos. Eran los
días en que el Bowery era puro torbellino, cuando la calle Catorce estaba en su
apogeo y cuando las grandes figuras de las tablas se importaban de Europa.
Todos los sábados por la noche, según mi tío, él y mi
padre acudían al teatro. (Poco después habríamos de hacer lo mismo mi compañero
Bob Haase y yo). Esto me pareció casi increíble, porque desde la época en que
llegué al mundo mi padre se desvinculó por completo de ese ambiente, y lo mismo
sucedió con mi tío. Menciono este hecho para destacar mi asombro cuando cierto
día, en la época en que trabajaba medio día en la sastrería de mi padre —tenía
entonces unos dieciséis años— me preguntó si quería acompañarle esa noche al
teatro. Major Carew, uno de sus compinches del Wolcott Bar, había comprado
entradas para una comedia titulada The Gentlemen from Mississippi (Los
Caballeros de Misisipí). Su amigo le sugirió llevarme porque trabajaba un actor
que le parecía que me agradaría ver, un actor que acababa de llegar a la fama y
que era nada menos que Douglas Fairbanks. (Thomas Alfred Wise, por supuesto,
encarnaba al protagonista). Pero lo que me emocionó más que la perspectiva de
ver a Douglas Fairbanks, fue que entraría por primera vez en un teatro de Nueva
York, ¡y de noche! Además iría en muy extraña compañía, mi padre y el disoluto
Major Carew, quien, desde el momento en que llegó a Nueva York no dejó de estar
bebido un solo instante. Sólo años después caí en la cuenta de que había visto
a Douglas Fairbanks en su gran éxito teatral.
Ese mismo año, en compañía de mi maestro de alemán de la
escuela secundaria, hice mi segunda visita a un teatro neoyorkino, el Irving
Place Theatre. Fue para ver Alt Heidelberg. Ese acontecimiento, que por algún
motivo que desconozco se destaca en mi mente como totalmente romántico, fue
superado al poco tiempo por mi iniciación en el teatro burlesco. Todavía iba a
la escuela secundaria cuando un muchacho de mayor edad que yo (que vivía en el
viejo Fourtheenth Ward), me invitó a acompañarle algún día a The Empire, nuevo
teatro de burlesco de nuestro barrio. Por fortuna ya usaba pantalones largos,
aunque dudo que hubiese comenzado a brotarme la barba todavía. Jamás olvidaré
ese primer burlesco. Temblé de emoción desde el momento en que se levantó el
telón. Hasta entonces nunca había visto a ninguna mujer desvestirse en público.
Había visto fotografías de mujeres desnudas desde la niñez, gracias a los
cigarrillos Sweet Corporal, pues en todos los paquetes solía encontrarse una
pequeña baraja con una de las famosas vedettes del día. De pronto recordé el
teatrito del viejo barrio de Grand Street, llamado The Unique, o, como lo
apodábamos nosotros, “The Bum” (El Vago). De pronto vi una vez más esa larga
cola nocturna congregada fuera, apretujándose y remolineando para asomarse a la
puerta y echar un vistazo a esa pícara y pequeña vedette, Mlle de León
(nosotros la llamábamos Millie de León), la chica que tiraba las ligas a los
marineros en cada representación. De pronto recordé los tentadores carteles que
flanqueaban la entrada del teatro, donde aparecían despampanantes figuras
femeninas de lujurioso busto desplegando sus provocativas y sinuosas curvas. De
todas maneras, desde ese día decisivo en que visité por primer vez The Empire,
me hice asiduo del burlesco. Al poco tiempo conocía todos: Miner's, en el
Bowery; The Columbia, The Olympic, Hyde &; Beeman's, The Dewey, The Star,
The Gayety, The National Winter Garden... todos. Siempre que me sentía
aburrido, triste o simulaba buscar trabajo, me encaminaba hacia el burlesco o
el teatro de vaudeville. ¡Gracias a Dios que había instituciones tan gloriosas
en esos días! De no haber sido por ellas me habría suicidado hace mucho tiempo.
Pero hablando de letreros... Uno de los extraños recuerdos
que tengo de este período es el de haber pasado junto a uno que anunciaba la
representación de Safo. Lo recuerdo por dos razones: primero, porque estaba en
la cerca junto a la vieja casa donde conocí mis mejores días —chocantemente
cerca, por así decirlo— y, segundo, porque era un cartel lóbrego, que
representaba abiertamente a un hombre que se llevaba a una mujer, vestida con
un fino camisón solamente, subiendo una escalera. (La mujer era Olga
Nethersole). Nada sabía en esa época del escándalo que había provocado la
comedia. Tampoco sabía que era la dramatización del famoso libro de Daudet. No
leí Safo hasta los dieciocho o diecinueve años; en cuanto a los célebres libros
de Tartarín, debo haber tenido bastante más de veinte años cuando llegaron por
primera vez a mis manos.
Uno de los recuerdos más hermosos que conservo del teatro
es el día en que mi madre me llevó a un casino al aire libre en Ulmer Park. Si
bien es muy improbable, todavía tengo la impresión de que la mujer que escuché
cantar ese día era Adelina Patti De todas maneras, para un simple niño de ocho
o nueve años que a duras penas se preparaba para presenciar la vuelta del
siglo, era como un viaje a Viena. Por ser en pleno verano, fue un día tan
chispeante, esplendoroso y alegre que hasta un perro lo recordaría. (¡Pobre
Balzac, cuánto lo siento por ti, que confesaste no haber conocido más de tres o
cuatro días de felicidad en toda tu vida!) En este día de oro hasta los toldos
y parasoles eran más brillantes y alegres que nunca. La pequeña mesa redonda
junto a la cual tomamos asiento mi madre, mi hermana y yo, bailaba de dorados
reflejos proyectados por los cubiletes y los altos y delgados vasos de cerveza,
por prendedores, aros, monóculos, binoculares, por brillantes hebillas de
cinturones, por pesadas cadenas de oro para relojes, y por mil y un adminículos
tan preciados por los hombres y mujeres de esa generación. ¡Qué buenas cosas de
comer y beber había! Todo de primera calidad, sin duda. No podía quitarme de la
cabeza que después de cada número aparecían unos niños de más o menos mi edad y
atravesaban todo el escenario, simplemente para colocar el cartel del próximo
número en ambos extremos. Lo hacían sonriendo con una reverencia. Detalles muy
importantes. También los camareros me intrigaban por el despliegue de equilibrio
que hacían con las pesadas bandejas, la fulminante rapidez con que daban la
vuelta y a pesar de todo tan finos, tan joviales, tan indeciblemente
desenvueltos. El clima del lugar era absolutamente Renoir.
Apenas entré en edad de trabajar —comencé a los diecisiete
años— me lancé a esas maravillosas juergas de las tardes y noches de los
sábados en las playas. Irene Franklin (“Red Head”) en el Brighton Beach Music
Hall, otro teatro al aire libre, se destaca con relieve en mi memoria. Pero más
nítido todavía es el recuerdo de un cómico desconocido que en esa época hacía
famoso a “Harrigan”. También fue éste un día caluroso en que el océano soplaba
una hermosa brisa y yo lucía un nuevo sombrero de paja con una gran cinta
punteada. El goce del canto y la danza sólo costaba diez centavos. Pero no
puedo olvidar el lugar mismo, que consistía en una fila circular de bancos
expuestos al sol y apenas del tamaño necesario para que hiciera sus piruetas en
ellos un mono. Allí, en un tosco y elástico tablado, este gracioso anónimo
hacía un número tras otro, desde mediodía hasta medianoche. Ese día volvía a
escucharlo varias veces. Regresé expresamente para escucharle cantar:
H...A... doble R...I
G...A...N dice Harrigan
Ni hombre ni diablo puede decir nada contra mí.
Y así sucesivamente, para terminar con:
Es un hombre con el cual
Nunca se vinculó la vergüenza.
¿Harrigan! ¡Ese soy yo!
Ignoro por qué motivo este estribillo me fascinó tanto. No
cabe duda de que fue este pobre jilguero triste, su vitalidad, su donaire, la
deliciosa chispa que tenía y la tortura que sufría.
Extraño y rosado período fue esa vuelta de siglo que se ha
relegado a terminar. El fonógrafo de Edison, Terry McGovern, William Jennings
Bryan, ALexander Dowie, Carrie Nation, Sandow el Hombre Fuerte, el espectáculo
de animales de Bostock, las comedias de Mack Sennett, Caruso, el Pequeño Lord
Fountleroy, Houdini, Kid McCoy, los Hallroom Boys, Battling Nelson, Arthur
Brisbane, los Katzenjammen Kids (los Sobrinos del Capitán), Windsor McKay, el
Yellow Kid, The Pólice Gazette, el Caso Molineaux, Theda Bara, Anette
Kellerman. Quo Vadis?, The Haymarket, Ben Hur, Mouquin's, Cousidine's, Trilby,
David Harum, Peck's Bad Boy, la Gilsey House, el Dewey Theatre, Stanford White,
el Murray Hill Hotel. Nick Cárter, Tom Sharkey, Ted Sloan, Mary Baker Eddy, los
Gold Dust Twins, Max Linder, In tbe Shade ofthe Old Apple Tree, la Guerra de
los Boers, La Rebelión Boxer, “Remember the Maine”, Bubby Walthour, Painless
Parker, Lydia Pinkham, Henry Miller en The Only Way...
Ya no recuerdo dónde ni cuándo vi La Tía de Carlos, Sólo
sé que ha quedado en mi mente como la comedia más cómica que he visto en mi
vida. Hasta la película llamada Turnabout no volví a ver nada que me hiciera
reír tanto. La Tía de Carlos es una de esas comedias que nos impactan por
debajo de la correa. Viene representándose de vez en cuando desde hace más de
cincuenta años y creo que seguirá volviendo al cartel por lo menos durante
cincuenta años más. No cabe duda de que es una de las peores comedias jamás
escritas, ¿pero eso qué importa? Mantener sobre ascuas al público durante tres
actos completos es toda una hazaña. Lo que me asombra es que el autor, Brandon
Thomas, haya sido británico. Años después descubrí en París un teatro en el
Boulevard du Temple —Le Déjazet— que se especializaba en farsas, para
desternillarse de risa. En esta vieja sala que parecía un granero, escuché más
carcajadas que en cualquier otra, excepto el Palace Theatre de Broadway, “el
hogar del vaudeville”.
Desde la época en que empecé a asistir a la escuela
secundaria hasta que tuve más o menos veinte años, acudí regularmente todos los
sábados por la noche con mi compañero Bob Haase al Broadway Theatre de
Brooklyn, donde se representaban los grandes éxitos de los escenarios de
Manhatan después de haber pasado su momento. Por lo general nos quedábamos de
pie detrás de la orquesta. De esta manera vi por lo menos doscientas comedias,
entre ellas algunas como The Witching Hour, The Lion and the Mouse, The Easiest
Way, The Music Master, Madame X, Camille, The Yellow Ticket, The Wizar ofOz (El
Mago de Oz), The Servant in the House, Disraeli, Bought andPaidFor, The Passing
of the Third Floor Back, The Virginian, The Man from Home, The Third Degree,
Damaged Goods, The Merry Widow (La Viuda Alegre), The Red Mili, Sumurun y Tiger
Rose. Mis favoritas, entre las estrellas, eran entonces la señora Leslie
Cárter, Lilly Maddern Fiske, Leonore Ulric, Francés Starr y Anna Held.
¡Abigarrada compañía!
Apenas empecé a acudir a las salas de Nueva York me
ramifiqué en todas direcciones. Frecuenté los teatros extranjeros, y también
los teatritos como el Portmanteau, el Cherry Lane, The Provincetow y el
Neighborhood Playhouse. Y, por supuesto, fui al Manhattan y al Lafayette, en
Harlem. Vi la compañía de Copeau varias veces en el Garrick, también a los
Artistas de Moscú y a los Artistas Teatrales de Abbey.
Es curioso que una representación que se destaca en mi
memoria es la dada por un grupo de aficionados, jóvenes, en el Henry Street
Settlement. Me invitó acudir a la representación (una obra isabelina) un
mensajero que en ese época trabajaba para mí en la compañía telegráfica. Este
muchacho había salido de la cárcel poco antes, donde cumplió una condena por
robar unas estampillas en un pequeño correo del Sur. Verlo actuar con casaca y
calzones del siglo XVII—hacía de protagonista— declamando con gracia y distinción,
fue una agradabilísima sorpresa para mí. Esa noche se destaca con tanta nitidez
en mi mente como la mágica escena de El Vagabundo (The Wan-derer) de Fournier,
que he mencionado con tanta frecuencia. De vez en cuando vuelvo a Henry Street
Settlement con la esperanza de revivir el encanto de esa primera noche, pero
las cosas solamente ocurren una vez en la vida. No muy lejos, en Grand Street,
estaba el Neighborhood Playhouse, que visitaba con frecuencia y donde —¡otra
memorable ocasión!— vi representar Exilesáe Joyce. Haya sido la época o fuese
porque yo era joven e impresionable, muchas de las obras que vi durante la
década de los veinte son inolvidables. Mencionaré apenas unas cuantas:
Androcles y el León, Cyrano de Bergerac, From Morn till Midnight, Yellow
Jacket, The Playboy of the Western World, Him, Lysistrata, Francesca de Rimini,
Gods of the Mountain, The Boss, John Ferguson, Fata Morgana, The Better 'Ole,
Man oftbe Mas-ses, Bushido y Juno and the Paycock.
En los primeros días de The Deepthinkers y The Xerxes
Society tuve la suerte de ser invitado por un compañero mío a los “mejores”
teatros, donde ocupaba “las mejores butacas”. El patrón de mi amigo era un
inveterado entusiasta del teatro. A veces invitaba a toda nuestra pandilla
—doce robustos, alegres y rebosantes jóvenes— para acompañarle a un “buen
espectáculo”. Si se aburría, se marchaba en medio de la obra para ir a otro
teatro. Gracias a él vi por primera vez a Elsie Janis, nuestra gran ídolo, y también
a esa pequeña reina Elsie Ferguson: “Such a Little Queen” Fueron días de
bonanza. No solamente las mejores butacas de la sala, sino después comida fría
en Reisenweber's, Bustanoby's o Rector's. Trotar de un lado a otro en
carruajes. Nada era demasiado bueno para nosotros. “¡Ah, fueron días que jamás
olvidaré!”
En la sastrería, cuando me puse a trabajar todo el día
para el viejo —en un súbito salto de la Savage School donde me adiestraba para
ser instructor atlético (sic)—, conocía a otro maravilloso príncipe, el
excéntrico Mr.Pach, de Pach Brothers, fotógrafos. Este amoroso anciano jamás
manejaba dinero. Todo cuanto deseaba lo obtenía mediante trueque, inclusive el
uso de automóvil y chófer. Tenía vinculaciones y filiaciones en todas partes,
según parecía, no siendo la menor de ellas con los directores de la Ópera
Metropolitana, el Carnegie Hall y lugares como ésos. El resultado fue que
siempre que deseaba acudir a un concierto, a una ópera, a un recital sinfónico
o a un ballet, sólo tenía que telefonear al viejo Pach, como le llamábamos, y
me esperaba una butaca. De vez en cuando mi padre le hacía un traje o un
sobretodo y a cambio de eso recibíamos fotografías, toda clase de fotografías,
montañas de fotografías. Así, de esta manera tan extraña —¡casi milagrosa para
mí!— escuché en el lapso de veinte años virtualmente todo lo destacado en
materia de música. Fue una educación de incalculable valor, mucho más
provechosa que toda la hojarasca pedagógica a que fui sometido.
Según dijera poco antes, creo haber leído más comedias que
novelas o cualquier otra forma de literatura. Comencé esta lectura de las
comedias por medio de The Harvard Classics, esa biblioteca de un metro
cincuenta recomendada por el doctor Foozlefoot Eliot. Primero antigua comedia
griega, después comedia isabelina y por último Restauración y otros períodos.
El verdadero ímpetu, como he destacado varias veces, lo recibí por medio de
Emma Goldman con sus conferencias sobre el teatro europeo, dictadas en San Diego
allá por 1913. Debido a ella me entregué por entero a la comedia rusa, con la
cual, junto con la comedia griega, me siento más en mi elemento. La comedia
rusa y la novela rusa me infundieron la misma sensación de familiaridad que la
poesía y la filosofía chinas. En ellas siempre encontramos realidad, poesía y
sabiduría. Tienen los pies en la tierra. Pero los dramaturgos que envidio, a
los que imitaría si pudiese, son los irlandeses. Puedo leer a los comediógrafos
irlandeses cuantas veces quiera sin sentirme saciado. Hay en ellos una magia a
la que se suma un total desafío de la lógica y un humor totalmente singular.
También hay oscuridad y violencia, por no hablar de ese don natural de la
palabra que ningún otro pueblo parece poseer. Todo escritor que utilice el
idioma inglés tiene una deuda con los irlandeses. Por medio de ellos recibimos
los resplandores del verdadero idioma de los bardos, ahora perdido, salvo en un
remoto rincón del mundo como es Gales. Habiendo saboreado a los escritores
irlandeses, todos los demás dramaturgos europeos resultan pálidos y débiles en
su expresión. (Los franceses más que ninguno posiblemente.) El único hombre que
todavía nos llega en traducciones es Ibsen. Una comedia como The Wild Duck
todavía es dinamita. Comparado con Ibsen, Shaw es apenas un “tonto parlante”.
Aparte de las opacas representaciones a las que acudí
durante mi breve visita a Norteamérica procedente de Francia —Wairting for
Lefty, The Time qf Your Life, Awake and Sing!— no he acudido al teatro desde
esa memorable producción de Hamsun, Hambre (con Jean Louis Barrault) dada en
París en 1938 ó 1939. Fue representada de manera expresionista, a la Georg
Kaiser, y ha quedado como digno punto final de los días en que frecuentaba el
teatro. En la actualidad no tengo el menor deseo de visitar el teatro. Esta actividad
ha terminado para siempre. Preferiría ver una película cinematográfica de
segunda categoría y no una comedia, aunque debo confesar que también el cine ha
perdido su atractivo para mí.
Quizá parezca extraño que a pesar de mi gran interés por
el teatro no haya escrito ninguna comedia. Lo intenté una vez, hace muchos
años, pero no pude llegar más allá del segundo acto. Evidentemente era mucho
más importante para mí vivir el drama que darle expresión. Además, quizá sea
cierto que carezco de talento en esta dirección, cosa que lamento.
Pero aunque ya no vaya al teatro, aunque haya abandonado
toda idea de escribir teatro, el teatro sigue siendo para mí un dominio de pura
magia. En potencia, el drama isabelino —excluyendo a Shakespeare, al que no
puedo soportar— ocupa el segundo lugar después de la Biblia. Para mí. Muchas
veces he comparado mentalmente este período con la era que produjo los grandes
dramaturgos griegos. Nunca deja de impresionarme el extraordinario contraste
idiomático entre estos dos períodos de la comedia. El griego es un idioma
sencillo y directo, comprensible para toda persona inteligente; el idioma
isabelino es tumultuoso y desenfrenado, ideado para poetas, aunque el público
(de esa época) estaba compuesto principalmente por la turba. En el drama ruso
volvemos a tener la sencillez de los griegos; el mecanismo, empero, es de otro
orden.
Lo que toda buena comedia tiene en común, según encuentro,
es su legibilidad. Y éste es el supremo defecto del teatro. El teatro del
futuro carecerá de esta virtud. Como “literatura” carecerá prácticamente de
significado. El teatro todavía debe adquirir caracteres propios. Esto no podrá
lograrse mientras no se modifique radical y fundamentalmente la estructura de
nuestra sociedad. Antonin Artaud, el poeta, actor y comediógrafo francés, tuvo
luminosas ideas sobre el tema, que expuso en un opúsculo llamado Le Théatre de
la Cruauté. Lo que Artaud propuso fue un nuevo tipo de participación del
público, pero esto jamás lo obtendremos mientras no se transforme por completo
la concepción del “teatro”.
Los libros tienden a separarnos, mientras que el teatro
tiende a unirnos. El público, como jalea en manos de un comediógrafo capaz,
nunca exhibe mayor solidaridad que durante la breve hora o dos que se tarda en
hacer una representación. Únicamente durante una revolución hay algo comparable
a esta solidaridad. Usado correctamente, el teatro es una de las armas más
grandes en manos del hombre. El que haya entrado en decadencia no es sino otro
signo de estos tiempos degenerados. Cuando el teatro queda rezagado, significa
que la vida está en bajamar.
Para mí el teatro siempre ha sido como un baño en la
corriente común. Experimentar emoción en compañía de una multitud es realmente
tónico y terapéutico. No solamente se materializan ante nuestros ojos los
pensamientos, los actos y los personajes, sino también el efluvio donde todo
nada y también envuelve al auditorio. Al identificarse con los actores, los
espectadores reproducen el drama en sus propias mentes. Trabaja en esto un
superdirector invisible. Además, en cada espectador se desarrolla otro drama singular
paralelo al que está presenciando. Todos estos dramas reverberativos se funden
y potencian el drama visible y audible, cargando hasta las paredes mismas de
una tensión psíquica incalculable y por momentos casi hasta insoportable.
Hasta para familiarizarse con el propio lenguaje hace
falta frecuentar el teatro. La conversación de las tablas es de distinto orden
que la conversación de los libros o la charla de la calle. Así como la
escritura más indeleble pertenece a la parábola, así también el habla más
indeleble pertenece al teatro. En el teatro escuchamos lo que uno siempre se
dice a sí mismo. Olvidamos cuánto drama silencioso representamos todos los días
de nuestra vida. Lo que emana de nuestros labios es infinitesimal comparado con
la constante corriente de recitación que se desarrolla en nuestras cabezas. Lo
mismo sucede con los actos. El hombre de acción, incluso el héroe, apenas vive
en sus actos una fracción del drama que lo consume. En el teatro no solamente
se estimulan, se elevan y se exaltan todos los sentidos, sino que el oído se
afina y el ojo se adiestra de nuevas maneras. Nos pone alerta frente a la
infalible significación de las acciones humanas. Todo lo que ocurre en el
escenario está enfocado, como a través de una lente deformante, para satisfacer
el ángulo de la expectación. No solamente percibimos lo que se denomina
destino, sino que lo experimentamos individualmente, cada cual a su manera. En
esa estrecha franja que está más allá de las candilejas, todos hallamos un
terreno de común reunión.
Cuando pienso en las numerosas representaciones a que he
asistido y en idiomas tan distintos; cuando pienso en los extraños barrios
donde estaban estos teatros y en mis viajes de regreso a casa, muchas veces a
pie, a menudo en medio de cortantes vientos o con agua y barro; cuando pienso
en las personalidades realmente extraordinarias que influyeron en mi ser, en la
multitud de ideas que experimentaba de forma vicaria; cuando pienso en los
problemas de otras épocas, de otros pueblos y en el mágico y misterioso
denominador que me permitió captarlos y sufrirlos; cuando pienso en los efectos
que ciertas comedias tuvieron en mí, y a través de mi persona sobre mis
relaciones e incluso gente desconocida para mí; cuando pienso en esta marejada
de sangre, de cieno, de oscuridad, empantanada pero bombeándose al exterior en
palabras, gestos, escenas, crisis y éxtasis; cuando pienso en lo total e
inexorablemente humano que fue todo esto, tan humano, tan saludable, tan
notablemente universal, mi aprecio por todo lo relacionado con las comedias,
los dramaturgos y los actores teatrales se exalta hasta lo extravagante.
Tomemos una forma de teatro solamente, el yídish, que parece tan extraño, tan
exótico qué notablemente próximo e íntimo es, ahora que lo contemplo retrospectivamente.
En la comedia yídish por lo general suele haber un poco de todo lo que
contribuye a formar la vida: baile, chistes, groserías, funerales, idiotas,
pordioseros, festines, para no hablar de los usuales malentendidos, problemas,
ansiedades, frustraciones y así sucesivamente, que complican el drama moderno.
(Pienso, por supuesto, en la comedia judía ordinaria, destinada a las masas y,
en consecuencia, “cocida” como un buen estofado.) No hace falta saber una sola
palabra del idioma para gozar el espectáculo. Se ríe y se llora con facilidad.
Uno se siente completamente judío por un momento. Al salir del teatro, nos
preguntamos: “¿Acaso no soy judío yo también?” Con el teatro irlandés, francés,
ruso e italiano sucede lo mismo. Uno se convierte en esas personas extranjeras
sucesivamente, y al hacerlo se hace más uno mismo, más como el ser universal.
Por medio de la comedia encontrarnos nuestra identidad común y nuestra
identidad individual. Comprendemos que estamos ligados a las estrellas, así
como estamos ligados a la tierra.
A veces también nos sentimos ciudadanos de un mundo
completamente desconocido, un mundo más que humano, un mundo en el que quizá
sólo los dioses habitan. Vale la pena destacar el hecho de que el teatro sea
capaz de producir este efecto a pesar de sus medios tan limitados. El
inveterado asistente al teatro, la persona a quien le agrada salirse de sí
misma, la que quizá imagina que ha hallado la manera de vivir las vidas de las
demás personas, además de la propia, tiende a olvidar que lo que recibe de la comedia
y que lo mantiene tan absorto, solamente es lo que aporta a ella de sí mismo.
En el teatro mucho debe descontarse y debe adivinarse. Examinada desde afuera,
la pequeña vida de uno jamás alcanzaría para explicar la estrecha interrelación
entre el público y los actores que todo buen dramaturgo establece. En la vida
externa del más humilde de los individuos hay un drama inagotable. El
comediógrafo recoge su material de esta reserva. Este drama que se desarrolla
incesantemente en el pecho de todos, sale al exterior de manera misteriosa, sin
formular siquiera su presencia en palabras habladas o en acciones. Sus matices
forman un vasto océano, un océano vaporoso en el cual de vez en cuando la
frágil corteza de una comedia aparece y desaparece. En este vasto océano la
humanidad constantemente emite señales, como queriendo comunicarse con los
habitantes de otros planetas. Los grandes dramaturgos no son otra cosa que
sensibles receptores que nos comunican de nuevo, aunque por un instante, una
línea, una acción, un pensamiento. La pasta del drama no está en los
acontecimientos de la vida cotidiana; el drama está en la sustancia misma de la
vida, embebido en todas las células del cuerpo, en todas las células de la
miríada de sustancias que envuelven nuestros cuerpos.
Soy uno de esos individuos a los cuales se acusa con
frecuencia de leer en las cosas más de lo que contienen, o más de lo que se
quiso decir. Ésta es una crítica que se me hace particularmente en lo tocante
al teatro o al cine. Si es un fallo, no me avergüenzo de él. He vivido en el
centro del drama durante la época en que tenía suficiente edad para comprender
lo que sucedía a mi alrededor. Acudí al teatro a temprana edad, como el pato
acude al agua. Para mí nunca fue un simple entretenimiento sino un soplo vital.
Iba al teatro para restaurarme y rejuvenecerme. Cuando se alzaba el telón y se
oscurecían las luces, me preparaba para aceptar implícitamente lo que se
desplegaría ante mis ojos. La comedia no solamente tuvo tanta realidad para mí
como la vida que me rodeaba, la vida en que estaba sumergido, sino que fue más
real todavía. Mirando retrospectivamente, debo admitir que gran parte de lo que
he visto era “literatura” o pompas de jabón. Pero en ese momento fue vida, vida
en toda su plenitud. Coloreó e influyó en mi vida cotidiana. Impregnó sensible
e irrevocablemente mi ser en esa vida.
Esta facultad de pasar por alto —porque fue pasar por alto
y no dejar de verlo debidamente— lo que la mentalidad crítica califica de
simple representación, esta facultad que nutrí deliberadamente, nació de mi
negativa a aceptar las cosas por su valor superficial. En el hogar, en la
escuela, en la iglesia, en la calle, dondequiera que fuese, vivía impregnado
por el drama. Si fuese para obtener una réplica de la vida diaria, entonces no
habría necesitado el teatro. Acudía porque desde tierna edad compartí, por
jactancioso que esto parezca, las secretas intenciones de los dramaturgos.
Percibía la imperecedera presencia de un drama universal que tenía raíces muy
profundas y un significado vasto e inacabable. No pedí ser engañado ni
seducido; pedí ser sacudido y despertado.
En las tablas la personalidad lo es todo. Los grandes
astros, sean comediantes, trágicos, bufones, personificadores, charlatanes o
simples zainos, están grabados con tanta profundidad en mi memoria como los
grandes personajes de la literatura. Puede que más todavía, puesto que los
conocí en carne y hueso. Nos vemos obligados a imaginar como hablaban Stavrogin
o el Barón de Charlus, cómo caminaban, cómo gesticulaban y así sucesivamente.
Con los grandes personajes dramáticos no sucede lo mismo.
Literalmente hay centenares de individuos de los cuales
podría hablar extensamente, individuos que pasaron por las tablas y a quienes
veo todavía, con sólo cerrar los ojos, declamando sus líneas, trabajando con su
magia misteriosa. Hubo parejas teatrales de influencia sentimental tan
poderosa, que fueron más caras y allegadas para nosotros que los miembros de
nuestra propia familia. Noray Bayes y Jack Norworth, por ejemplo. O James y
Bonnie Thornton. A veces familias enteras conquistaron nuestro cariño, como las
de Eddie Foy y George M. Cohan. Las actrices se posesionaron particularmente de
nuestra fantasía como ningún otro habría podido lograrlo. No siempre hubo
grandes actrices, es verdad, pero sus personalidades fueron radiantes,
magnéticas y obsesionantes. Pienso inmediatamente en un puñado de ellas: Elsie
Janis, Elsie Ferguson, Effie Shannon, Adele Ritchie, Grace George, Alice Brady,
Paulina Lord, Anna Held, Fritzi Scheff, Trixie Friganza, Getrude Hoffman,
Minnie Dupree, Belle Baker, Alia Nazimova, Emily Stevens, Sarah Allgood y, por
supuesto, esa figura oscura y llameante cuyo nombre tengo la seguridad de que
nadie recordará, Mimi Aguglia. El hecho de que fueran de carne y hueso, y no
creaciones fantasmas de la pantalla, nos apegaron a ellas más todavía. A veces
las veíamos en sus momentos débiles; a veces las observábamos con el aliento en
suspenso, sabiendo que sus corazones se desgarraban realmente.
El mismo placer que se experimenta al descubrir los libros
propios, los escritores propios, se experimenta también para las figuras de las
tablas. Quizá cuando jóvenes se nos haya dicho que era imperioso ver (“antes de
que muriesen”) a actores como John Drew, William Faversham, Jack Barrymore,
Richard Mansfield, David Warfield, Sothern y Marlowe, Sara Bemhardt y Madue
Adams, pero nuestro gran regocijo sobrevino cuando descubrimos nosotros mismos
personalidades como Holbrook Blinn, O. P. Heggie, Edward Bréese, Tully
Marshall, Sra. Patrick Campbell, Richard Bennett, George Arliss, Cyril Maude,
Elissa Landi, Olga Chekova, Jeanne Eagels y otros, muchos, muchos otros, ahora
casi legendarios.
Sin embargo, los libros que están escritos con letras de
oro en el libro de mi memoria son los de los comediantes pertenecientes
principalmente al vaudeville y al género burlesco. Quisiera recordar —aunque
sólo fuese para evocar los viejos tiempos— a unos cuantos: Eddie Foy, Bert
Savoy, Raymond Hitchcock, Bert Levy, Willie Howard, Frank Fay. ¿Quién podría
ser inmune a los poderes de estos hechiceros? Mejor que cualquier libro fue
para mí una matinée en la cual aparecía uno de estos actores como jefe de compañía.
Muchas veces, en el Palace, daban un programa interpretado íntegramente por
primeros actores. No me habría perdido un acontecimiento así por nada del
mundo, como no me perdí las reuniones semanales de la Xerxes Society. Con
lluvia o buen tiempo, con trabajo o sin trabajo, con dinero o sin dinero,
siempre estaba allí. Estar con esos “hombres de júbilo” era el mejor remedio
del mundo, la mejor salvaguardia contra la melancolía, la desesperanza o la
frustración. Jamás he de olvidar la despreocupación con que se daban a sí
mismos. A veces uno de ellos se inmiscuía en el número de su compañero, creando
en cada interrupción histeria y pandemónium. Ni el libro más gracioso del mundo
podría rivalizar para mí con una sola actuación de cualquiera de esos individuos.
En toda la literatura no conozco ni un solo libro capaz de mantener la
hilaridad de cabo a rabo. Los hombres a que me refiero no solamente nos hacían
reír sino que prácticamente nos descosían. La risa era tan intensa y sostenida
que hasta habríamos querido rogarles que suspendan sus pantomimas un momento.
Una vez puesto en marcha el auditorio, escasamente hacía falta decir algo.
Bastaba un movimiento de dedos para hacernos estallar.
El que más me gustaba era Frank Fay. Le adoraba. Era capaz
de verlo en la matinée y regresar por la noche para verlo todo de nuevo, para
reírme más todavía la segunda o tercera vez. Frank Fay me impresionó como un
hombre capaz de actuar sin el menor preparativo, un hombre capaz de mantener
cautivado al público sin ayuda de nadie durante diez o quince horas, si
quisiera. Además modificaba la actuación de un día para otro. Para mí su
ingenio, intención e inteligencia eran inagotables. Como muchos otros grandes
comediantes, sabía cuándo y cómo cruzar la frontera para entrar en los dominios
de lo prohibido. Hasta se habría salido con la suya matando. Creo que Frank Fay
era irresistible hasta para los censores. Nada, por supuesto, puede provocar
tanto la hilaridad del auditorio como una incursión a lo perverso y lo
prohibido. Pero Frank Fay tenía un millar de trucos escondidos en la manga. Era
en realidad un “hombre espectáculo”.
De paso debo mencionar a un actor al que solamente vi en
una comedia y al que nunca volví a ver después de su enorme triunfo en The Show
Off. Me refiero a Louir John Bartels. Como La Tía de Carlos, esta comedia, que
tanto debe a la interpretación de Bartels, permanece como un jalón en mi
memoria. No se me ocurre nada que se le parezca. Volví a verlo varias veces,
especialmente para escuchar ese prepotente y contagioso vozarrón de Bartels,
que era el “jactancioso”.
Siempre, hasta donde llegan mis recuerdos, me pareció oír
voces que hablaban en mi interior. Entiendo por qué siempre desarrollaba
conversaciones con todas estas otras voces. No había nada de “místico” en ello.
Era una forma de relación que se desarrollaba simultáneamente con otras formas
de relaciones que realizaba. Podía ocurrir al mismo tiempo que conversaba con
otra persona. ¡Diálogo! Diálogo constante. Antes de ponerme a escribir libros
los escribía en la cabeza, con esta forma apagada de diálogo a la que me
refiero. Una persona más capaz de autoanalizarse que yo, habría comprendido en
los primeros años de su vida que estaba destinada a escribir. Yo no. Si pensaba
alguna vez en esto —me refiero a este incesante diálogo interior— era
simplemente para decirme que leía demasiado, que debía dejar de devorar libros.
Nunca me pareció que fuese antinatural o excepcional. No lo es, salvo en la
magnitud que puede alcanzar. Así, muchas veces me sucedía que, mientras
escuchaba a alguien, escuchaba también sus palabras trasmutadas de distintas
maneras o que, al seguir atentamente sus palabras, interpelaba las mías,
entrelazaba sus palabras con otras mías, más punzantes, más dramáticas y más
elocuentes; a veces, en efecto, después de haber escuchado a una persona hasta
el final, repetía la médula de sus palabras de tres o cuatro maneras distintas,
devolviéndoselas como si fuesen suyas, y al hacerlo me encantaba verle deglutir
sus propias palabras y maravillarse de su oportunidad, su vaguedad o su
profundidad y complejidad. Estas representaciones muchas veces hicieron que la
gente se encariñase conmigo, a menudo gente en la que yo no tenía el más mínimo
interés pero que se sentía atraída hacia mí como si yo fuese un hábil charlatán
o un improvisado artista. Era el espejo en que ellos mismos se miraban lúcida y
halagadoramente. Jamás se me ocurrió desinflar sus egos: gozaba con el juego y
me encantaba que participasen en él sin tener la menor noción de lo que
ocurría.
¿Pero qué fue esto sino una especie de teatro ambulante en
primera persona? ¿Qué hacía? Creando personajes, comedia y diálogo. Educarme a
mí mismo, sin duda, y sin ninguna intención ni premonición de la labor que me
tocaría cumplir. ¿Y esta labor? No reflejar el mundo, devolver una palabra,
sino descubrir mi propio mundo personal. En el instante en que digo “personal”
comprendo que esto es precisamente lo que siempre me ha faltado y más he
luchado por obtener, o establecer, más que nada en la vida. Descargarme a mí
mismo, en consecuencia, es como escribir otro capítulo de la Revelación. He
pasado en el teatro la mayor parte de mi vida, aunque puede que no haya sido en
una sala reconocida. He sido autor, actor, director de escena y libretista al
mismo tiempo. Me he saturado de tal manera con esta inacabable comedia, la mía
y la de los demás combinadas, que el mero hecho de salir a caminar es como
escuchar a Mozart o a Beethoven.
Hace unos dieciocho años, estando sentado en el Café
Rotonde de París, leí Women at Point Sur de Robinson Jeffers, sin soñar jamás
que algún día viviría cerca de Point Sur en un sitio llamado Big Sur, del cual
nunca había oído hablar. ¡Los sueños y la vida! Poco soñaba, al escuchar al
bibliotecario de Montague Street en Brooklyn explayándose sobre las maravillas
del Cirque Medrano, que el primer artículo que escribiría al llegar a París, la
ciudad de mis ensueños, sería sobre el Cirque Medrano y que sería aceptado por
Elliot Paul (de Transition) y publicado en el París Herald. Poco imaginaba, con
ocasión de nuestra breve entrevista en Dijon —en el Lycée Carnot— que el hombre
con el que hablaba sería alguna vez el hombre que me haría emprender al
redacción de este libro. Tampoco pensaba, cuando allá en el Café du Dome de
París me presentaron a Fernand Crommelynck, autor de esa célebre y magnífica
comedia Le Cocu Magnifique, que transcurrirían quince años o más antes de que
leyese su comedia. Poco comprendía, al asistir a la representación de la
Duquesa deMalfien París, que el hombre responsable de la soberbia traducción de
esa comedia sería poco después mi traductor y amigo, y que él y no otro me
llevaría a la casa de Jean Giono, su amigo de toda la vida. Poco imaginé,
además, cuando vi Yellow Jacket (escrita por el actor de Hollywood Charles
Coburn) que encontraría en Pebble Beach, California, al célebre Alexander F.
Víctor (de la Victor Talking Machine Co.), quien, hablando de las mil y una
deliciosas experiencias de su rica vida, terminaría la conversación con un
ditirambo sobre Yellow Jacket. ¿Cómo podría anticipar que en un remoto lugar
llamado Nauplia, en el Peloponeso, vería mi primera comedia de las sombras, y
con un compañero tan asombroso como Katsimbalis? O bien, enamorado como estaba
del burlesco (siguiendo a menudo a una troupe de pueblo en pueblo), ¿cómo podía
suponer que en la distante Atenas vería alguna vez el mismo tipo de
representación, el mismo tipo de comediante, escucharía los mismos chistes,
percibiría la misma frivolidad y bullicio? ¿Cómo habría podido anticipar que
esa misma velada (en Atenas), a eso de las dos de la madrugada, para ser
exacto, habría de encontrar a un hombre que solamente había visto una vez en mi
vida, un hombre al que simplemente me habían presentado pero al que recordaba
como el que salía de la puerta del Theatre Guild después de la representación
de Goat Songde Werfel?
Y no es extraña coincidencia que sólo ahora, hace apenas
unos minutos, al mirar mi ejemplar de The Moon in the Yellow River (La Luna en
el Río Amarillo) —grandiosa comedia de Dennis Johnston— notara por primera vez
que había sido representada por el Theatre Guild en Nueva York, probablemente
uno o dos años antes de que mi amigo Roger Klein me pidiera ayuda para la
traducción francesa de la misma.
Y si bien puede que no exista el menor nexo entre ambos,
esto también me parece curioso y coincidente, puesto que la primera vez que
escuché silbar a un público francés fue durante una representación de mi
querida Peter Ibbetson.
—¿Por qué silban? —pregunté.
—Porque es demasiado irreal —respondió mi amigo.
Ah, sí, extraños recuerdos. Caminando por las polvorientas
calles de Heraklion, camino de Knosos, ¿qué veo sino un enorme cartelón que
anunciaba la llegada de Charlie Chaplin al cine de Minos? ¿Podría imaginarse
cosa más incongruente? Chaplin y sir Arthur Evans. Tweedledum y Tweedledee. En
Atenas, algunas semanas después, observé que en las marquesinas se anunciaba la
llegada de varias comedias norteamericanas. Una de ellas, créase o no, era
Desire Under the Elms. Otra incongruencia. En Delphos, ambiente natural para
Prometeo Encadenado, estoy sentado en el anfiteatro escuchando a mi amigo
Katsimbalis recitar el último oráculo pronunciado allí. En una fracción de
segundo me encuentro de regreso en “La Calle de los Primeros Pesares”, arriba,
en el altillo, para ser preciso, leyendo una tras otra las comedias griegas que
aparecen en la colección del Dr. Foozlefoot. Es mi primera familiarización con
ese mundo sombrío. El verdadero llega mucho después, cuando al pie de la
ciudadela de Micenas inspecciono las tumbas de Clitemnestra y Agamenón. ¡Pero
esa lúgubre sala! Allí siempre solo, triste, olvidado, el último y el menor de
los seres humanos, no solamente traté de leer los clásicos sino también escuché
las voces de Caruso, Cantor Sirota, Mme. Schumann-Heink, e incluso a Roben
Hiiliard recitando “A fool there was...”
Como viniendo de otra existencia se introducen ahora
memorias, memorias ricas y gloriosas, de ese teatrito del Boulevard du Temple
(Le Déjazet), donde reía desde el principio hasta el fin de la representación,
con dolor de abdomen y lágrimas que rodaban por mis mejillas. Memorias de Le
Bobinot, rué de la Gaieté, donde escuché a Damia o a sus numerosos imitadores,
siendo el teatro solamente un aspecto de un espectáculo más rico, porque la
calle donde estaba, casi excepcional incluso en París, era un espectáculo
andante que no terminaba nunca. ¡Y el Grand Guignol! Desde los más
espeluznantes melodramas hasta las más ruidosas farsas, todo en el mismo
programa, con pisadas sincronizadas que marchaban hacia el bar, un bar de
sueños escondido en el vestíbulo. Pero de todos esos extraños recuerdos de otro
mundo el mejor es el del Cirque Medrano. Un mundo de transmutaciones. Un mundo
tan viejo como la civilización misma, podría decir. Porque, no cabe duda de que
antes del teatro, antes del teatro de títeres y de la comedia sombría, tiene
que haber existido el circo íntimo con sus saltimbanquis, equilibristas,
acróbatas, tragadores de espadas, jinetes y payasos.
Pero volvamos a ese año de 1913 en San Diego, donde
escuché la conferencia de Emma Goldman sobre el teatro europeo... ¿Es posible
que haya pasado tanto tiempo? me pregunto. Ese día iba a un lupanar acompañado
por un vaquero llamado Bill Parr, de Montana. Trabajábamos juntos en una
plantación frutícola cerca de Chula Vista y todos los sábados por la noche
visitábamos el pueblo con ese fin. ¡Qué extraño me resulta pensar que fui
desviado y apartado, y que toda mi vida se alteró al encontrar por casualidad
un cartel que anunciaba la llegada de Emma Goldman y Ben Reitman! Por medio de
ella, de Emma, vine a leer a dramaturgos como Wedekind, Hauptmann, Schnitzler,
Brieux, d'Annunzio, Strindberg, Galsworthy, Pinero, Ibsen, Gorky, Werfel, von
Hoffmansthal, Sudermann, Yeats, Lady Gregory, Chejov, Andreiev, Hermann Bahr,
Walter Hasenclever, Ernst Toller, Tolstoy y una hueste más. (Fue su consorte,
Ben Ritman, quien me vendió el primer libro de Nietzsche que habría de leer —El
Anticristo— y como también El Ego y su Ser, de Max Stirner.) Allí y de esa
manera se alteró mi mundo.
Cuando poco después comencé a acudir a los Washington
Square Players y al Theatre Guild, me familiaricé con más dramaturgos europeos:
los hermanos Capeck, Georg Kaiser, Pirandello, Lord Dunsany, Benavente, St.
John Ervine y norteamericanos como Eugene O'Neill, Sidney Howard y Elmer Rice.
De este período surge el nombre de un actor que procedía
originariamente del teatro yídish: Jacobo Ben-Ami. Como Nazimova, tenía algo
indescriptible. Su voz y sus gestos me persiguieron durante años.
Era como una figura tomada del Antiguo Testamento. ¿Pero
qué figura? Jamás podría localizarla con exactitud. Al salir de una de sus
actuaciones en un pequeño teatro, un grupo descubrimos un restaurante húngaro
donde, después de marcharse los demás parroquianos, cerrábamos las puertas y
escuchábamos hasta el alba a un pianista cuyo repertorio consistía íntegramente
en Scriabin. Estos dos nombres, Scriabin y Ben-Ami, están indisolublemente
vinculados en mi mente. De la misma manera el título de la novela de Hamsun Mysterium
(en alemán) se asocia con otro judío, un escritor yídish llamado Nahoum Yood.
Dondequiera que encontrase a Nahoum Yood, comenzaba a hablar de este libro loco
de Hamsun. Del mismo modo en París, siempre que pasaba la noche con el pintor
Hans Reichel, inevitablemente hablábamos de Ernst Toller, con el cual había
entablado amistad y por esta causa los alemanes le encarcelaron.
Siempre que pienso en The Cenci u oigo hablar de ella,
siempre que encuentro los nombres de Schiller y Goethe, siempre que veo la
palabra Renacimiento (invariablemente vinculada con el libro de Walter Pacer
sobre el tema), pienso en subterráneos o trenes elevados, sea colgado de una
barra o de pie en el andén, mirando las sucias ventanas de vetustos coches,
aprendiéndome de memoria extensos pasajes de las obras de estos autores.
Tampoco deja jamás de parecer notable para mí el que casi todos los días de mi vida,
al entrar en el bosque de las cercanías, donde busco un claro, un claro de oro,
mi mente se traslade inmediatamente a esas distantes representaciones de las
comedias de Maeterlinck —The Death of Tintagiles, The Blue Bird, Monna Vanna— o
bien de la ópera Pelléas et Melisande, cuyos ambientes, casi tanto como la
música, jamás han dejado de rondarme la cabeza.
Creo que quienes han dejado la impresión más imperecedera
en mí son las mujeres del teatro, sea por su gran belleza, por sus singulares
personalidades o sus voces extraordinarias. Puede que al hecho de que en la
vida cotidiana las mujeres tienen poca oportunidad de revelarse por completo.
Es posible, además, que la comedia tienda a realzar los papeles que desempeñan
las mujeres. El teatro moderno está saturado de problemas sociales, reduciendo
así a la mujer a un plano más humano. En el antiguo drama isabelino también
tienen extraordinarias proporciones, no como diosas, sin duda, pero aparecen
tan amplificadas como para aterrorizarnos y desconcertarnos. Para captar la
medida total de la mujer es necesario combinar las propiedades de la mujer
ofrecidas por el drama antiguo con las que solamente el teatro burlesco (de
nuestros tiempos) ha osado revelar. Aludo, por supuesto, a las llamadas obras
cómicas “degradantes” del burlesco que proceden de la “comedia del arte” de la
Edad Media.
Desde que leí la vida de Sade, que pasó algunos de sus
años de cautiverio en el asilo para enfermos mentales de Charenton, muchas
veces me he preguntado cómo sería presenciar la actuación de una compañía de
dementes. En el fondo de las ideas de Artaud sobre el teatro estaba el concepto
de hacer que los actores trabajaran de tal manera sobre el auditorio (con la
ayuda de toda suerte de recursos externos) que los espectadores virtualmente
enloquecieran y, participando con los actores en delirante frenesí, llevasen el
drama a excesos reales e imprevisibles.
Una cosa del teatro que siempre me ha impresionado es su
poder para superar las barreras nacionales y raciales. He observado que un
puñado de comedias representadas por un grupo de lectores extranjeros que
interpretan a sus dramaturgos nacionales, puede hacer más que un camión de
libros. Muchas veces las primeras reacciones son de ira, resentimiento,
desengaño o disgusto. Pero una vez prendido el virus, lo que había de absurdo,
y totalmente exótico, se acepta y aprueba, y hasta se respalda entusiásticamente.
Norteamérica ha recibido ola tras ola de tales influencias extranjeras, siempre
para mejora de nuestro teatro nativo. Pero, cual cocinas extranjeras, estas
infusiones nunca parecen perdurar. El teatro norteamericano permanece dentro de
sus limitadas fronteras a pesar de todos los ataques que se le hacen de tiempo
en tiempo.
¡Ah, pero no quisiera pasar por alto esa extraña figura
que es David Belasco! Más o menos en la época en que mi padre agregó a Frank
Harris a su lista de clientes, gracias al interés de su hijo por la literatura,
llegó un buen día a la sastrería este sombrío individuo de tipo sacerdotal con
su oscuro y magnético encanto, y que usaba, como un clérigo, el cuello al revés
y vestía siempre de negro, pero, a pesar de todo eso, en sus gestos y
movimientos casi felinos había una gran vitalidad, sensualidad y brillantez.
¡David Belasco! Nombre que Broadway recordará para siempre. No era cliente de
mi padre sino cliente de uno de los socios de mi padre, un tal Erwin, quien
estaba loco por dos cosas: las embarcaciones y la pintura. En esa época había
cuatro figuras destacadas —instalaciones permanentes, por así decirlo— en la
sastrería: Bunchek, el cortador, este Erwin, Rente, socio y oficial de sastre,
y Chase, otro socio y oficial de sastre. No creo que existan cuatro hombres más
distintos entre sí que estos. Todos eran excéntricos y todos, con la excepción
de Bunchek, tenían su propio surtido de clientes muy personal y muy peculiar,
no muchos, de todos modos, en realidad apenas un puñado, pero al parecer
suficientes como para mantenerlos con vida. O quizá sea más exacto decir
parcialmente vivos. El tal Chase, por ejemplo, oriundo de Maine y yanqui hasta
la médula, además de pendenciero, se gastaba hasta el último centavo del dinero
que ganaba jugando de noche al billar. Erwin, que estaba loco por su “yate” y
siempre enfadado porque sus clientes no se presentaban a la hora convenida,
impidiéndole así dirigirse a Sheepshead Bay, donde tenía anclada su
embarcación, ganaba algún dinero extra llevando a pasear gente en su yate. En
cuanto al pobre Rente, no tenía en absoluto las características de locura o
precipitación de los dos citados; su solución consistía en trabajar de noche en
un club de gente acaudalada preparando emparedados y sirviendo cerveza y brandy
a los jugadores de cartas. Pero todos tenían en común la tendencia a vivir en
sueños. La mayor bendición que la vida era capaz de ofrecer a Chase consistía
en zarpar a mediodía —a las doce en punto si fuera posible— para poner proa
hacia Coney Island o Rockaway Beach, donde pasaba la tarde entera nadando y
tostándose bajo el sol abrasador. Era narrador nato y poseía un don especial,
que recordaba a Sherwood Anderson, para hilvanar y crear suspense, pero
adolecía de un carácter tan violento, tan arrogante, tan polemista, tan
antagonista, tan obstinado y tan eternamente correcto, que se hacía antipático
para todos, incluso sus propios clientes. En cuanto a los últimos, adoptaba la
actitud de “si no le gusta no lo lleve”. Erwin era igual. Probaban los trajes
una sola vez: si no les gustaban, que se fuesen a otra parte, cosa que por lo
general hacían. No obstante, debido a su excéntrica naturaleza, debido a la
gente rara y pintoresca con la que se codeaban y a los medios en que viajaban,
debido al idioma que hablaban y a las figuras que recortaban, recogían
constantemente nuevos clientes y a menudo gente por demás asombrosa. Belasco,
como he dicho, era uno de los clientes de Erwin. No creo que alguna vez llegue
a discernir qué había de común entre ambos. Al parecer nada. A veces los
clientes de mi padre chocaban con los clientes de estos otros sastres al salir
del cuarto de pruebas. Sorpresa general por parte de todos. Muchos clientes de
mi padre, como he narrado en Black Spring, eran compinches suyos o se
convertían en compinches suyos a través de las frecuentes reuniones en el bar
de enfrente. Algunos, hombres de posibles (muchos de ellos actores célebres),
se sentían deliciosamente cómodos en el cuartito trasero de la sastrería.
Algunos tenían suficiente astucia como para inducir a Bunchek a charlar o
discutir, sonsacándole cosas sobre el sionismo, los poetas y dramaturgos
yídish, la Cabala y temas por el estilo. Muchas tardes, cuando parecía como si
todos los clientes del establecimiento se hubiesen muerto, matábamos las
cansadas horas en la mesa de corte de Bunchek, discutiendo sobre los más
extraños problemas de carácter religioso, metafísico, zodiacal y cosmológico.
Así, cuando escuché esa palabra, Siberia no resultó ser el nombre de una vasta
y gélica tundra sino el nombre de una comedia de Jacob Gordin. Theodor Herzl, padre
del sionismo, es más padre para mí que George Washington con su cara de hacha.
Uno de los individuos más queridos que frecuentaban la
sastrería era un cliente de mi padre llamado Julián l'Estrange, quien en esa
época estaba casado con Constance Collier, la estrella de Peter Ibbetson.
Escuchar a Jean y a Paul —Paul Poindexter— discutiendo los méritos de las
comedias de Sheridan o las histriónicas virtudes de Marlowe y Webster, por
ejemplo, era casi como escuchar a Julián o el Apóstata contra Pablo de Tarso. O
bien, como sucedía a veces, escuchar a Bunchek (quien entendía borrosa y confusamente
su idioma) desacreditando su conversación, él que no sabía ni una sola palabra
de Sheridan, Marlowe, Webster o siquiera Shakespeare, era como escuchar a Fats
Waller después de una sesión en una sala de reuniones de Christian Science. O
bien, encima de todo esto, escuchar a Chase, Rente, Erwin y compañía emprender
sus respectivos monólogos sobre sus respectivas trivialidades obsesivas. El
clima del lugar estaba impregnado de bebida, discusión y sueños. Cada cual
vivía ansioso por recluirse en su mundo privado, mundo que, debo decirlo, nada
tenía que ver en absoluto con la sastrería. Era como si Dios se hubiera
encaprichado en crearlos sastres a todos, contrariando su voluntad. Pero fue
precisamente este clima lo que me proporcionó la preparación necesaria para
conocer el arbitrario e insondable mundo del hombre solitario, que me
proporcionó extrañas, prematuras y premonitorias nociones del carácter, de las
pasiones, dedicaciones, vicios, tonterías, acciones e intenciones. Tan
extraordinario fue, por lo tanto, que al observarme con un libro de Nietzsche
bajo el brazo, cierto día el buen Paul Poindexter me llamó aparte para darme
una larga perorata sobre Marco Aurelio y Epicteto, cuyas obras ya había leído
pero no me atreví a admitirlo porque me faltó coraje para decepcionar a Paul.
¿Y Belasco? Casi me olvidaba de él. Belasco siempre estaba
callado como un ermitaño. Era un silencio que inspiraba respeto y no
reverencia. Pero de él recuerdo vividamente lo siguiente: que de vez en cuando
le ayudaba a confeccionar pantalones. Y recuerdo la radiante sonrisa que
siempre me prodigaba a cambio de este pequeño servicio: era como recibir una
propina de cien dólares.
Pero antes de terminar con la sastrería debo decir una o
dos palabras sobre los articulistas de los diarios en esa época. Como veis, si
los clientes a veces escaseaban, siempre había corredores en abundancia. No
pasaba un día sin que cayesen tres o cuatro de ellos, no con la esperanza de
levantar un pedido, sino para hacer descansar su cansada osamenta, para
comentar amigablemente sus miserias. Después de hablar de las noticias del día,
la charla se centralizaba en los articulistas. Los dos que estaban en el
candelera eran entonces Don Marquis y Bob Edgren. Aunque parezca extraño, Bob
Edgren, cronista deportivo, ejerció una poderosa influencia en mí. Sinceramente
creo decir la verdad si digo que mediante la lectura de la columna diaria de
Bob Edgren cultivé ese sentido del juego limpio que tengo. Vi en Bob Edgren una
especie de arbitro mental y moral. En esa época él era parte tan integrante de
mi vida como Walter Pater, Barbey d'Aurevilly o James Branch Cabell. Fue, por
supuesto, un período en el que acudía con frecuencia al ring, cuando pasaba
noches enteras discutiendo con mis amigos los méritos relativos de los diversos
maestros del guante. Mis propios ídolos fueron casi todos campeones. Tenía todo
un panteón propio que comprendía, entre otras, figuras como Terry McGovern, Tom
Sharkey, Joe Gans, Jim Jeffries, Ad Wolgast, Joe Rivers, Jack Johnson, Stanley
Ketchel, Benny Leonard, Georges Carpentier y Jack Dempsey. ídem con los
luchadores. El pequeño Jim Londos era para mí un dios casi tan grande como Hércules
para los griegos. Y después estaban los ciclistas de las carreras de los seis
días... ¡Basta!
Lo que quiero señalar con todo esto es que la lectura de
libros, la asistencia al teatro, las acaloradas discusiones que sosteníamos,
las contiendas deportivas, los banquetes en salones y al aire libre, las
fiestas musicales (las nuestras y las que nos ofrecían los maestros), se
fusionaron y concretaron en una única actividad continua e ininterrumpida.
Recuerdo que en camino hacia el estadio de Jersey City el día de la batalla
Dempsey-Carpentier —acontecimiento, dicho sea de paso, que para nosotros tuvo
prácticamente la misma importancia que los heroicos combates con una sola mano
detrás de los muros de Troya— discutí con mi compañero, un concertista de
piano, el contenido, estilo y significación de La Isla de los Pingüinos y La
Rebelión de los Ángeles Pocos años después, en París, cuando leía La Guerre de
Trote n 'aura pas lieu, recordé de pronto este día negro en el que presencié la
triste derrota de mi favorito, Carpentier. Nuevamente, en Grecia, en la Isla de
Corfú, leyendo la Iliada o tratando de leerla —porque lo hacía de mala gana—
pero de todos modos, leyendo sobre Aquiles, el poderoso Ajax y todas las
heroicas figuras de un lado u otro, pensé una vez más en la hermosa figura
divina de Georges Carpentier, lo vi tambalearse y desmoronarse, sumergirse en
la lona bajo los aplastantes martillazos del castigador de Manassa. Se me
ocurrió que su derrota fue tan abrumadora, tan vivida, como la muerte de un
héroe o de un semidiós. Y con este pensamiento los recuerdos de Hamlet,
Lohengrin y las demás figuras legendarias que Jules Laforgue había vuelto a
crear con su inimitable estilo. ¿Por qué? ¿Por qué? De esta manera se confunden
los libros con los acontecimientos y actos de la vida.
Desde los dieciocho hasta los veintiuno o veintidós años,
el período en que floreciera la Xerxes Society, viví en una continua ronda de
fiestas, bebida, comedia, música (“soy un músico magnífico, ¡viajo por el mundo
entero!”), amplia farsa y bromas pesadas. No dejamos ningún restaurante
extranjero de Nueva York sin visitar. Chez Bousquet, restaurante francés de la
bulliciosa calle Cuarenta, donde nos querían tanto a los doce que cuando
cerraban las puertas el lugar quedaba para nosotros. (¡O fiddledee, O fiddledee,
O fiddledum-dum-dee!) Y durante todo ese tiempo me sacaba la cabeza de encima a
fuerza de lectura. Todavía recuerdo los títulos de los libros que solía llevar
bajo el brazo a cualquier sitio que fuese: Anathema (Anatema), Cuentos de
Chejov, The Devil's Dictionary (Diccionario del Diablo), Rabelais completo, el
Satiricón, History of European Moráis (Historia de la Moral Europea), With Walt
in Camden (Con Walt en Camden), History of Human Marriage (Historia del
Matrimonio Humano) de Westermack, The Scientific Bases ofOptimism (Las Bases
Científicas del Optimismo), El Enigma del Universo, The Conquest of Bread (La
Conquista del Pan), History ofthe Intellectual Development ofEurope (Historia
del Desarrollo Intelectual de Europa), de Draper, La Canción de las Canciones
de Suddermann, Volpone y otros por el estilo. Derramando lágrimas sobre la
“convulsiva belleza” de Francesco da Rimini, memorizando fragmentos de Minna
von Barnhelm (como posteriormente, en París, me aprendería de memoria toda la
famosa carta de Strindberg Gaugin, según aparece en Avant etAprés), luchando
con Hermann und Dorothea (lucha gratuita porque me había debatido con él todo
un año en la escuela), maravillándome por las hazañas de Benvenuto Cellini,
aburrido de Marco Polo, mareado por First Principies (Primeros Principios) de
Herbert Spencer, fascinado por todo lo que salió de la mano de Henri Fabre,
escrutando la “filología” de Max Muller, conmovido por el sereno y lírico
encanto de la prosa poética de Tagore, estudiando la gran epopeya finesa,
tratando de abrirme paso a través del Mahabarhata, soñando con Olive Schreiner
en Sudáfrica, divirtiéndome con los prefacios de Shaw, coqueteando con Moliere,
Sardou, Scribe y Maupassant, luchando a brazo partido con la serie de los
Rougon-Macquart, navegando por ese inútil libro de Voltaire, Zadig... ¡Qué
vida! Poco debe extrañar que no me haya hecho sastre comercial. (Sin embargo me
emocionó descubrir que The Merchant Tailor [El Comerciante de Telas] era el
título de una conocida comedia isabelina.) Al mismo tiempo ¿y esto no es más
maravilloso y caprichoso?, desarrollando una especie de charla de “ornitorrinco
de vermouth” con compinches como George Wright, Bill Dewar, Al Burger, Connie
Grimm, Bob Haase, Charlie Sullivan, Bill Wardrop, Georgie Gifford, Becker,
Steve Hill, Frank Carroll, todos buenos miembros de la Xerxes Society. ¿Ah,
cómo se llamaba esa comedia tan atrevida que todos fuimos a ver cierto sábado
por la tarde en un famoso teatrito de Broadway? ¡Qué gran momento de placer
tuvimos nosotros, los grandotes! Era una comedia francesa, por supuesto, y era
puro ardor. ¡Tan picaresca! ¡Tan risqué! ¡Y qué noche pasamos a raíz de ella en
el Bousquet's!
Ésta era la época en que, borracho o sobrio, me levantaba
invariablemente a las cinco en punto para dar una vuelta en mi bohemia rueda a
Coney Island y regresar. A veces, resbalando en el fino hielo de una oscura
mañana invernal, con el viento ululante que me llevaba de un lado para otro
como un rompehielos, me estremecía de risa por los acontecimientos de la noche
anterior, pocas horas antes, para ser exacto. Este régimen espartano, combinado
con las fiestas y las festividades, el curso de estudios de un solo hombre, la
lectura por placer, el argumento y las discusiones, las payasadas y bufonadas,
los encuentros de boxeo y lucha, los partidos de hockey, las carreras de los
seis días en el Garden, los salones de baile arrabaleros, el piano y la
enseñanza de piano, los desastrosos enredos amorosos, la perpetua falta de
dinero, el desprecio por el trabajo, las andanzas en la sastrería, las
solitarias peregrinaciones a la presa, al cementerio (chino), a la charca de
los patos, donde, si el hielo era suficientemente grueso probaba los patines...
esta actividad unilateral, multilingüe y sesquipedálica, noche y día, mañana,
tarde y noche, estación tras estación, borracho o sobrio, o borracho y sobrio,
siempre en la multitud, siempre rondando, siempre investigando, luchando,
espiando, atisbando, espiando, ensayando, un pie adelante y dos pies atrás,
pero adelante, adelante, adelante, completamente gregario pero totalmente
solitario, buen deportista y al mismo tiempo reservado y solitario, el buen
compañero que nunca tenía un centavo pero que siempre conseguía prestado para
dar a los demás, jugador que nunca jugaba por dinero, poeta en el corazón e
inútil en la superficie, sociable y oportunista, hombre que no estaba por
encima del medrador, amigo de todos pero sin ser en realidad amigo de nadie,
pues bien... allá estaba, una especie de caricatura de los tiempos isabelinos,
todo reunido y representado en los sombríos recovecos de Brooklyn, Manhattan y
el Bronx, la ciudad más inmunda del mundo, este lugar del cual surgí, quesera
de. casas funerarias, museos, teatros de ópera, salones de conciertos,
armerías, iglesias, salones, estadios, carnavales, circos, los mercados
Gansevoort y Wallabout, el apestoso canal Gowanus, vestíbulos árabes con
sorbetes, amarraderos de las balsas, diques secos, refinerías de azúcar, el
Astillero de la Marina, puentes colgantes, pistas de patinaje, albergues del
Bowery, fumaderos de opio, garitos, el barrio chino, cabarets rumanos, diarios
amarillos, tranvías abiertos, acuarios, Saengerbunds, clubs atléticos, hogares,
hoteles de Mills, centros aristocráticos, el zoológico, las Tombs, las Follies
de Zeigfeld, el hipódromo, los descensos al Greenwich Village, los sitios
prohibidos de Harlem, las casas privadas de mis amigos, de las muchachas que amé,
de los hombres que reverencié —en Greenpoint, Williamsburg, Columbia Heights,
Erie Basin— las interminables calles grises, las lámparas de gas, los obesos
tanques de gas, la multitud, el colorido ghetto, los diques y muelles, los
grandes trasatlánticos, los cargueros de bananas, las cañoneras, los viejos
fuertes abandonados, las viejas y desoladas calles holandesas, Pomander Walk,
Patchin Place, United States Street, el mercado en la acera, la botica de Perry
(al lado del puente de Brooklyn, con esos deliciosos y cremosos sorbetes con
soda), el tranvía abierto a Sheepshead Bay, los alegres Rockaways, el olor a
cangrejos, langostas, ostras, peces azules asados, ostras fritas, la jarra de
cerveza por cinco centavos, los mostradores gratuitos para comer, y en alguna
parte, en todas partes, siempre una de las bibliotecas “públicas” de Andrew
Carnegie, donde los libros que uno quería apasionadamente siempre estaban
“cedidos” o no estaban, o bien tenían, como los whiskys y brandys de Hennessy,
las tres estrellas. No, no eran los días de la vieja Atenas ni los días y
noches de Roma, como tampoco los homicidas y jubilosos días de la Inglaterra
isabelina, y ni siquiera “aquellos tiempos del noventa”, sino el “pequeño
Maniatan” de siempre, y el nombre de ese teatrito que tanto me empeño en
recordar me resulta tan familiar como el Breslin Bar o Peacock Alley, pero no
quiere acudir a mi mente en este momento. Pero existió allí una vez, todos los
teatros existieron, como también todos los grandes actores y actrices de antes,
incluyendo los aficionados como Corsé Payton, David Warfield, Roben Mantell,
como también el hombre que mi padre odiaba y que se llamaba Henry Miller.
Todavía existen, por lo menos en la memoria, y con ellos están los días idos
hace mucho tiempo, las comedias hace mucho tiempo digeridas, los libros,
algunos de ellos, todavía sin leer y los críticos todavía por escuchar.
(“/Volved atrás el universo y dadme el ayer!”)
Y ahora, en el preciso momento en que cierro la tienda al
final de la jornada, ha llegado a mí el nombre del teatro. ¡Wallack's!¿Lo
recuerdan? Como ven, si se abandona la lucha (memoria-técnica) siempre vuelve a
nosotros. Ah, pero veo ahora de nuevo, tal como fue en un tiempo, la sucia
fachada de templo del teatro. Y con ella veo el cartel fuera. ¡Claro, si era
The Girl of Rector'st ¡Tan picaresca! ¡Tan atrevida! ¡Tan risqué!
Una nota sentimental, para terminar, ¿pero qué importa?
Iba a hablar de las comedias que había leído y veo que apenas las he
mencionado. En un tiempo me parecieron muy importantes y no cabe duda de que lo
fueron. Pero las comedias que he reído, que he llorado, que he vivido son más
importantes todavía, aunque fueron de menor calibre. Porque entonces estaba con
otros, con mis amigos, mis compañeros, mis camaradas. ¡Levantaos, oh antiguos
miembros de la Xerxes Socieyf ¡Levantaos aunque vuestros pies estén en la
tumba! Debo daros un saludo de despedida. Debo deciros a todos y a cada uno
cuánto os amé, cuánto he pensado en vosotros desde entonces. ¡Es muy probable
que alguna vez nos reunamos todos en el más allá!
¡Qué buenos músicos éramos! ¡O fiddledee, o fiddledee, o
fiddle-dum-dum-dee!
Y ahora me despido de ese joven que está sentado solo allá
arriba, en el lúgubre altillo, leyendo los clásicos. ¡Qué cuadro tan
desalentador! ¿Que podría haber hecho con los clásicos si hubiera logrado
deglutirlos? ¡Los clásicos! Lenta, lentamente, llego a ellos, no leyéndolos,
sino haciéndolos. Donde me uno con los antepasados, con los gloriosos
predecesores míos, vuestros, nuestros, es en el campo de la mortaja de oro.
Bref vida cotidiana,.. Voltaire, aunque no eres precisamente un clásico, no me
has dado nada, ni siquiera con tu Zadig ni con tu Candide. ¿Y por qué tomar a
ese miserable esqueleto mordido por el vinagre que es Monsieur Arouet? Porque
se me ocurre en este momento. Podría nombrar doscientos trapos y cabezas de
trapo que tampoco me dieron nada. Podría hacer estallar un pétarde. ¿Para qué?
Para indicar, para significar, para aseverar, para adjudicar que, borracho o
sobrio, con patines o sin ellos, con los puños desnudos o con guantes de seis
onzas, la vida viene primero. Oui, en terminant ce fatras, d'événements de ma
puré jeunesse, je pense de nouveau a Cendrars. De la musique avant toute
chose!Áíains, que donne mieux la musique de la vie que la vie elle-méme?
Enero a diciembre de 1950.
Big Sur, California.
APÉNDICE I - LOS CIEN LIBROS QUE MÁS INFLUYERON EN MÍ
Antiguos dramaturgos griegos.
Las mil y una noches (para niños).
Las Comedias isabelinas (excepto Shakespeare) .
Comedias europeas del siglo XIX, inclusive las rusas e
irlandesas.
Mitos y leyendas griegos.
Los caballeros de la corte del rey Arturo.
Abélard, Pierre - The Story ofMy Misfortunes
Alain Fournier - The Wanderer. (El Vagabundo)
Andersen, Hans Christian - Cuentos de Andersen.
Anónimo - Diary of a Lost One.
Balzac, Honorato de - Serafita./ Louis Lambert.
Bellamy, Edward - En la noche del pasado.
Belloc, Hilaire - The Path to Rome. (El camino de Roma)
Blabvatsky, Mme. H. P. - La doctrina secreta.
Bocaccio, Giovanni - El decamerón.
Bretón, André - Nadja.
Bronté, Emily - Cumbres borrascosas.
Bulwer-Lytton, Edward - Los últimos días de Pompeya.
Carroll, Lewis - Alicia en el país de las maravillas.
Céline, Louis Ferdinand - Viaje al fin de la noche.
Cellini, Benvenuto - Autobiografía.
Cendrars, Blaise - Virtualmente todas sus obras.
Chesterton, G. K. - San Francisco de Asís.
Conrad, Joseph - Todos sus libros.
Cooper, James Fenimore - Cuentos.
Defoe, Daniel - Robinson Crusoe.
De Nerval, Gérard - Sus obras.
Dostoievsky, Fedor - Sus obras.
Dreiser, Theodore - Sus obras.
Duhamel, Georges - Diario de Salavin.
Du Maurier, George - Trilby.
Dumas, Alejandro - Los tres mosqueteros.
Eckermann, Johann Peter - Conversaciones con Goethe.
Eltzbachel, Paul - Anarchism. (Anarquismo)
Emerson, Ralph Waldo - Hombres representativos.
Fabre, Henri - Sus obras.
Faure, Elie - Historia del arte.
Fenollosa, Ernest - The Chínese Written Character as a
Médium for Poetry.
Gide, André - Dostoievsky.
Giono, Jean - Retus, d'Obéissance / Que majóte Demeure. /
Jean le Bleu.
Gutkind, Erich - The Absolute Collective.
Haggard, Rider - Ella.
Hamsun, Knut - Sus obras.
Henty, G. A. - Sus obras.
Grimm, Hermanos - Cuentos de Grimm.
Hesse, Hermann - Siddharta.
Hudson, W. H. - Sus obras.
Hugo, Víctor - Los miserables.
Huysmans, Joris Karl - Contra natura.
Joyce, James - Ulises.
Keyserling, Hermann - Meditaciones sudamericanas.
Kropotkin, Pedro - Mutual Aid. (El apoyo mutuo)
Laotse - Tao Teh-King.
Latzko, Andreas - Men ir War, (Hombre en la Guerra)
Long, Haniel - Interlinear to Cabeza de Vaca.
M. - El evangelio de Ramakrishna.
Machen, Arthur - La colina de los sueños.
Maeterlinck, Maurice - Sus obras.
Mann, Thomas - La montaña mágica.
Mencken, H. L. - Prejuicios.
Nietzsche, Friedrich - Sus obras.
Nijinsky, Vaslav - Diario.
Nordhoff y Hall - Motín a bordo.
Peck, George Wilbur - Peck s Bad Boy.
Percival, W. O. - William Blake's Circle o/Destiny.
Petronio - El satiricón.
Plutarco - Vidas paralelas.
Powys, John Cowper - Visions and Revisions.
Prescott, William H. - Historia de la conquista de
Méjico./ Historia de la conquista del Perú.
Proust, Marcel - En busca del tiempo perdido.
Rabelais, Francois - Gargantúa y Pantagruel.
Rimbaud, Jean-Arthur - Sus obras.
Rolland, Romain - Juan Cristóbal./ Profetas de la India.
Rudyar, Dañe - Astrology and Personality
Saltus, Edgar - La púrpura imperial.
Sienkiewicz, Henry - Quo vadis?
Sikelianos, Anghelos - Proanakrousma
Sinnett, A. P. - Esoteric Buddhism. (Budismo esotérico)
Spencer, Herbert - Autobiografía.
Spengler, Oswald - Decadencia de occidente.
Strindberg, August - El infierno.
Suarés, Cario - Krishnamurti.
Suzuki, Daisetz Teitaró - Introducción al budismo Zen.
Swift, Jonathan - Los viajes de Gulliver.
Tennyson, Alfred - Idilios del rey.
Thoreau, Henry David - Desobediencia civil y otros
ensayos.
Twain, Mark - Aventuras de Huckleberry Finn.
Van Gogh, Vincent - Cartas a mi hermano Theo.
Wassermann, Jacob - El caso Maurizíus.
Weigall, Arthur - Akenatón.
Welch, Galbraith - The Unveiling of Timbuctoo.
Werfel, Franz - Star ofthe Unborn.
Whitman, Walt - Hojas de hierba.
APÉNDICE II - LIBROS QUE TODAVÍA PIENSA LEER
Anónimo - My Secret Life. (Mi vida secreta)
Aragón, Louis - El campesino de París.
Calas, Nicholas - Foyers d'incendie.
Casanova, Giacomo Girolamo - Memoirs. (Memorias)
Chestov, Léon - Alheñes et Jérusalem,
Clecland, Dr. John - Memoirs of Fanny Hill. (Fanny Hill)
De Gourmont, Rémy - Le Latín Mystique. (El Latín místico)
De la Bretonne, Restif - Les Nuits de París. (Las Noches
de París)
De Lacios, Choderlos - Las amistades peligrosas
De Lafayette, Madame - La princesa de Cléves.
Dickens, Charles - Aventuras de Pickwick.
Doughty, Charles - Arabia Deserta.
Fielding, Henry - Tom Jones.
Flaubert, Gustave - La educación sentimental.
Gibbon, Edward - Decadencia y caída del imperio romano.
Harrison, Jane - The Orphyc Myths, (Los Mitos Órficos) /
Prolegómena.
Hugo, Víctor - Los trabajadores del mar.
Huizinga, H. - El otoño de la Edad Media.
James, Henry - El cuenco de oro.
Maturin, Charles - Melmoth el errabundo.
Michelet, Jules - Historia de la revolución francesa.
Multatuli - Max Havelaar.
Napoleón Bonaparte - Memorias.
Radcliffe, Ann Ward - The Mysteries ofUdolpho.
Riviére, J. y Alain Fournier - Correspondencia.
Rousseau, Jean Jacques - Emilio.
Sade, marqués de - Les 120 journées de Sodome
S. Tomás de Aquino - Summa Tbeologica.
Stendhal - La cartuja de Parma.
Sullivan, Louis - Autobiografía de una idea.
Swift, Jonathan - Diario a Stella.
Vaché, Jacques - Lettres de Guerre. (Cartas de Guerra)
Y las obras de los siguientes autores: Jean-Paul Richter,
Novalis, Croce, Toynbee, León Bloy, Federov, León Daudet, Gerard Manley
Hopkins, T. F. Powys, Santa Teresa, San Juan de la Cruz


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