© Libro N°. 2998. Más Allá De La Realidad. Pfeil, Donald J. Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Through the reality warp
Versión Original: © Más Allá De La Realidad. Donald J. Pfeil
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Miranda
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TODA LA CULTURA
MÁS ALLÁ DE LA REALIDAD
Donald J. Pfeil
Dedicado
a mi esposa, Linda.
Sinopsis
Latham
Billiard, un soldado de fortuna, miembro de una nominada Orden Mercenaria, que
acepta cumplir una auténtica misión suicida para salvar a nuestro Universo de
una destrucción segura a largo plazo.
Resulta
que algo o alguien, situado en un Universo distinto al que conocemos, está
sustrayendo energía del nuestro por medios desconocidos, y esto acarreará a la
larga la destrucción del Universo de Billiard, al que pertenece la Tierra. Al
mercenario se le pide que viaje a ese otro Universo a través de un Agujero
Negro, que localice lo que está robando la energía de este universo y que lo
destruya.
Como
es natural, el mercenario acepta y emprende la misión con el espíritu
característico de todo héroe de space opera. Y al siguiente capítulo, ya lo
tenemos en ese Universo paralelo dispuesto a salvar el nuestro como un Jabato.
La
nave, por su apariencia exterior, estaba completamente muerta. No emitía
radiación en ninguna banda, a excepción de un trazo infrarrojo procedente de
los nódulos de conducción, y sólo fue la casualidad lo que trajo al Outsider
hasta esa alta órbita.
CAPÍTULO
PRIMERO
Latham
Billiard, tras una minuciosa comprobación de los sistemas de alarma del
computador, maniobró delicadamente con los controles de pequeñas reacciones
hasta situar el Outsider en paralelo a cincuenta metros de la abandonada nave
de combate. Veinte metros más allá, y en una órbita armonizada, el computador
de Billiard ―una unidad militar de batalla que no es frecuente encontrar en una
nave civil― le dio un breve informe, proporcionándole un cálculo del tiempo que
la nave había estado en una órbita muerta, basado en el calor residual de los
nódulos de conducción: once horas convencionales.
Desde
esa distancia, el computador de Billiard también podía hacer un sondeo
extensivo de la nave de combate. Informe: sistemas de armamento, en
inactividad; sistemas de exploración, en inactividad; sistemas de mantenimiento
de la vida, en inactividad; una forma de vida a bordo.
—¿Qué
piensa hacer?
Incluso
por la radio del traje, que se habían puesto por orden de Billiard cuando éste
avistó la nave abandonada, la voz de Natacha rezumaba sensualidad. Esa era una
de las razones que la habían convertido en la primera grabadora de noticias del
espacio controlado por la Tierra.
—Ir
y echar un vistazo, por supuesto —respondió Billiard con voz distraída, su
atención fija todavía en las lecturas del computador.
—Le
contraté para poder realizar unas grabaciones de las batallas que se producen
en la superficie, no para examinar naves inutilizadas —le espetó ella.
Billiard
ni siquiera se molestó en contestar. Se dirigió hacia el armazón antigolpes de
Natacha y corrió el pestillo que lo cerraba, fijando también los cinturones de
seguridad; luego se puso en pie. Allí podía mantenerse seguro un hombre herido
incluso con las maniobras de combate, pero también funcionaba como dispositivo
inmovilizador en caso de que alguien quisiera interferir con las actividades
del capitán de la nave.
Billiard
necesitó unos segundos para pasar el control del Outsider al computador. Luego
cruzó la escotilla y flotó en dirección a la silenciosa nave de combate, con
una unidad de reacción en una mano enguantada y una terminal de un computador
remoto en la otra. Recorrió los cincuenta metros en menos de un minuto.
Con
la facilidad que le otorgaba la práctica, sus piernas compensaron el golpe del
aterrizaje en la otra nave, asentando las botas contra la esfera de aleación
antes de que pudieran rebotar. Ató con rapidez un cabo de seguridad a uno de
las sujeciones, que encontró a unos pocos centímetros. La portezuela estaba
sólo a cuatro metros de su punto de llegada y luego de enviar la señal
convencional de rescate de emergencia de la unidad de comunicación se introdujo
por la escotilla antes de que estuviera completamente abierta; con un golpe
preciso accionó entonces la palanca de cierre rápido. La puerta se cerró con un
chirrido; luego se levantó un remolino de polvo y se produjo un retumbar de la
estructura al tiempo que el aire inundaba la cámara inmediata a la escotilla.
Con
la certeza de que habría alguna conexión entre la nave de combate abandonada y
la guerra que se estaba librando en el planeta de abajo, Billiard salió de la
cámara y se introdujo precavidamente en una habitación de control en forma de
cuña y con su arma lista en la mano enguantada. Las lecturas que podía tomar le
informaron que la presión y el oxígeno se encontraban dentro de los límites
aceptables, confirmando lo que el computador de batalla había detectado a
distancia.
Soltó
y alzó la placa frontal del casco, que quedó situada en la parte superior.
Entonces pudo oír un leve quejido que provenía de la parte frontal de la
cabina. Con precaución avanzó y bordeó la cabina, manteniéndose pegado a la
pared, hasta que su mirada dominó los dos asientos de combate. Uno estaba
desocupado, pero lo que vio en el otro puso fin a sus precauciones. Reemprendió
el avance, abandonando en el sillón libre lo que tenía en las manos y girando
hasta ponerse de frente a la parte trasera de la cabina. Un ser humano
terrestre estaba atado al otro sillón, apretándose con ambas manos el estómago.
Todavía respiraba, pero estaba muriéndose; por su mirada resultaba evidente que
era consciente de que moría. Vestía un traje de vuelo azul claro, pero gran
parte de la zona frontal ya no era azul sino roja, de un rojo sangriento.
Cerca
de la proa de la nave habían cerrado un boquete, y a Billiard no le costó mucho
imaginarse lo ocurrido. La nave habría sido golpeada por un torpedo, y aunque
la armadura detuviera la mayor parte de aquella masa, algunos fragmentos
explotarían dentro de la cabina. Al menos uno de ellos penetró en el estómago
del piloto. La sangre, formando espesos hilos, se derramaba por los dedos del
hombre y caía también de las ventanas de la nariz, cruzando los labios.
Billiard se inclinó para soltar las correas que mantenían atado al hombre.
—No,
olvídelo… Déjeme morir aquí, ya no puede tardar mucho… —la voz del hombre era
débil y un acceso de tos cortó las últimas palabras.
—Lo
conseguirá, amigo. Déjeme que le lleve hasta el médico mecánico de mi nave.
El
moribundo hizo un gesto negativo.
—Es
demasiado tarde.
Comprendiendo
que era cierto, Billiard se sentó en el otro sillón y lo soltó para que pudiera
girar.
—¿Qué
ocurrió?
—Contrato
a corto plazo… misión rescate a Quithia… dervlianos babosos…
Trataba
de hacer entender las partes importantes de la historia antes de desangrarse.
En el planeta de abajo había una misión de observación de los dervlianos cuando
estalló la guerra. Los dervlianos son universalmente odiados y ambos lados
habían usado la guerra como una excusa para destruir la misión. No obstante,
cinco de los observadores habían escapado y el consulado dervliano del Planeta
de Patrick había contratado al moribundo para una misión de rescate. Fue
alcanzado en tierra y apenas pudo ponerse en órbita, sin sus pasajeros, antes
de que la pérdida de sangre le impidiera continuar pilotando.
—Usted
es un mercenario, ¿no es cierto? —masculló el moribundo. Billiard asintió a
pesar de que, técnicamente, era un mercenario retirado que había abandonado la
orden hacía varios años—. Tiene que… sacarlos de allí por mí. —Su voz que era
menor que un susurro y obligó a Billiard a inclinarse hacia adelante para poder
entender las palabras—. El honor de la Orden…
Antes
de que Billiard pudiera retractarse de su anterior afirmación y pudiera
explicar que ya no era miembro de la Orden y no estaba ligado por los contratos
ni el código del honor, el hombre abrió la boca, tosió derramando sangre y
murió.
Billiard
permaneció sentado en el sillón vecino, mirando el cadáver durante casi un
minuto; luego se levantó y estrechó la mano derecha del piloto.
—Completaré
tu misión —dijo.
Apagó
los sistemas de vida y salió de la nave dejando abiertas las puertas de la
escotilla.
Una
vez de regreso en el Outsider, Billiard vio que Natasha se había despojado del
traje espacial que le ordenara ponerse. De momento no pudo entender cómo había
salido del armazón antigolpes en que la había dejado encerrada, pero luego vio
un pequeño láser de bolsillo en sus manos y descubrió los carbonizados extremos
de los aparejos antigolpes.
—¿Y
bien? —le preguntó ella, inclinándose sobre el panel de control. —Había un
hombre a bordo. Ahora está muerto.
—Era
un mercenario, ¿no es cierto?
Billiard
asintió y se dirigió hacia su sillón.
—Entonces
la muerte era parte de su trabajo —añadió Natacha—, lo mismo que es parte del
de usted. Pero no lo es del mío. Lo mío es recoger noticias, y se supone que
ahora el suyo es ayudarme. Tenemos un contrato, ¿recuerda? Incluso aunque ya no
sea miembro de la Orden, un contrato tiene que significar algo para usted.
Billiard
no podía entender cómo ella había apartado por completo de su mente al hombre
muerto. Dejó abierto el enlace de radio entre su traje y el Outsider, por lo
que la mujer tuvo que enterarse de lo que había dicho el mercenario. Pero
estaba actuando como si no hubiera oído una palabra.
Billiard
trabajaba ahora como piloto de alquiler, poniendo su propia nave y actividad al
servicio de quienes la necesitaban, simplemente porque se aburría en tierra.
Había comprado el Outsider hacía unos años, cuando se retiró de la Orden de
Mercenarios con suficiente dinero en el banco para vivir sin trabajar por el
resto de su vida. Para ganar ese dinero se había pasado muchos años junto a
hombres ya muertos o en trance de morir. Había vivido con ellos en Slater o en
Bigbang. Les había visto morir en el laberinto mortal de Rockring, y en Mudball
y Farstop. Billiard y la muerte no eran ajenos, pero seguía sintiéndose enfermo
cada vez que se enfrentaba cara a cara con ella. En el espacio había condenado
a muchos hombres con mortíferos torpedos, a otros los había quemado con láser e
incluso había arrebatado vidas con el frío acero; pero pese a ello, cuando veía
a un hombre muerto, ya fuera amigo, enemigo o extraño, también moría una parte
de sí mismo. Había pensado que la profesión de piloto de alquiler le alejaría
de la muerte.
—Bueno,
no se quede ahí —gritó Natacha—. Yo tengo que hacer mi trabajo.
—No
va a hacerlo —dijo Billiard, con una voz tan suave que ella apenas pudo oírle—.
Al menos no ahora. Hay dervlianos ahí abajo, posiblemente cinco, y vamos a
descender y sacarlos de ese lugar antes de que los asesinen.
Natacha
le miró con la sorpresa dibujada en su rostro; era la primera emoción sincera
que Billiard le había visto.
—No
estará hablando en serio… Oí lo que ese hombre le dijo, pero los que están ahí
abajo son dervlianos. ¡Dervlianos!
—Nunca
ha conocido a uno, ¿no es cierto? —Billiard trataba de mantener la serenidad,
luchando contra la tentación de lanzar a Natacha a través de la habitación.
—Así
es. He oído y leído lo suficiente sobre ellos para cuidarme de no estar cerca
nunca.
—Tampoco
yo quisiera hacerlo —replicó Billiard con paciencia—, pero siguen siendo seres
sensibles, y están a punto de ser asesinados en una guerra que no les
concierne.
—¿Cómo
sabe que no les concierne? ¿Acaso se ha olvidado de Santana? Recuerde que casi
mil millones de seres humanos, humanos terrestres en su mayor parte, murieron
durante un experimento social dervliano.
—Eso
fue antes de que nos conocieran. Para ellos, los seres de Santana no eran más
que animales experimentales, no civilizados. ¿Cómo podían saber que eran
retrógrados que habían estado separados de la Tierra durante cientos de años?
No olvide que no experimentan emociones. Sólo la lógica y su plan social
maestro dominan sus vidas.
—Me
niego a oír nada más…
—Va
a oír bastante más. Y va a conocer a unos observadores dervlianos, tanto si le
gusta como si no.
Una
intensa cólera se reflejó en los ojos de la mujer; una expresión que nunca se
habría permitido mostrar delante de la cámara.
—No
pienso arriesgar mi vida por un puñado de babosas. Tenemos un contrato, ¡y bajo
los términos de ese contrato le exijo que regresemos a la Tierra en seguida!
Billiard,
divertido al ver cómo Natacha rompía su imagen de frialdad, sonrió y expresó su
negativa con un gesto. Ella le miró incrédula; luego levantó hacia él su láser
de bolsillo.
Billiard
estaba esperando ese movimiento. Sin la menor delicadeza, su puño dio
bruscamente contra la mandíbula de la muchacha, quien cayó sobre la mesa con un
débil quejido. Billiard la levantó, la puso de nuevo en el armazón antigolpes,
le colocó unos nuevos aparejos que sacó de la cabina de repuestos y se sentó en
su propio sillón, desde donde se ocupó en dictar instrucciones al computador de
combate. No por primera vez, lamentó no llevar armamento pesado en el Outsider.
Como
un computador de combate era considerablemente más sofisticado que el de una
nave normal, lo único que tenía que hacer era definir el lugar donde se suponía
estaban los supervivientes dervlianos ―información que se había preocupado de
obtener del computador de la nave de combate inutilizada― y dar instrucciones
para que el Outsider aterrizara en ese sitio sin ser visto por nadie. Era de
suponer que carecía de aliados en el planeta Quithia y que cualquiera que lo
viera haría todo lo posible por torpedearlo. Una vez concluidas las
instrucciones y comprobadas las lecturas, éstas le informaron que le quedaban
cinco minutos antes de iniciar el descenso.
Abandonó
entonces su sillón y se dirigió hacia la pequeña cabina en la que guardaba sus
objetos personales. De la gaveta inferior de una pequeña mesa sacó un objeto
envuelto en un grasiento pedazo de tela y lo sostuvo en la mano durante un
largo rato. Luego lo desenvolvió, exponiendo a las suaves luces de la cabina el
brillo azul obscuro de una Sorenson sin retroceso. Colocó el disparador en la
culata del arma y cogió un gran depósito de cartuchos. Por la parte superior
del cargador, los explosivos de 18 milímetros se mostraban obscenamente. Luego
tomó cuatro cargadores de repuesto del cajón. Un total de cincuenta cargas.
Introdujo
el primer depósito de cartuchos en la culata con un chasquido metálico y dejó
que una de las cargas pasara a la recámara. Los músculos de su rostro se
pusieron tensos mientras la carga quedaba lista para ser disparada. Puso el
seguro, introdujo la pistola en la funda del traje junto con las municiones de
repuesto y abandonó la habitación.
Se
estaba atando los cinturones de seguridad cuando Natacha gimió al moverse bajo
las correas que la sujetaban. La mujer abrió los ojos.
—¿Tuvo
un sueño agradable? —le preguntó Billiard. Ella se frotó la mandíbula
lanzándole una mirada llena de odio, y acto seguido volvió la vista al panel
que tenía enfrente—. Escúcheme, iba a dispararme. No me dejó demasiadas
opciones.
Ella
le miró de igual manera, y él comenzó a pensar que ser amable con ella podía
traer los mismos resultados que acariciar a un león desconocido.
—De
acuerdo —dijo—. Lo siento. ¿Está mejor así?
En
palabras que no se habría atrevido a usar ante la pantalla, ni siquiera en las
radiaciones para otros mundos, Natacha le dijo a Billiard dónde podía meterse
su disculpa. Varios minutos más tarde, una vez terminado su discurso, volvió a
fijar la vista en el panel, que por otra parte estaba completamente obscuro en
el lado de Natacha, ya que Billiard dirigía la nave según el esquema de piloto
más computador. No era la forma recomendable de operar cruzando los espacios
profundos, pero así es como le gustaba volar.
Estaba
pensando en alguna forma para poder volver a hablarse con su compañera cuando
el computador anunció que había encontrado una forma segura de aterrizar en el
lugar designado de la superficie del planeta. Billiard comprobó rápidamente el
informe, asegurándose de que había introducido las coordenadas precisas; luego
mostró su acuerdo con el programa. Segundos más tarde, toda la energía se
concentraba en los nódulos de conducción y el Outsider abandonaba la órbita. La
nave adoptó una gran inclinación, ignorando el freno atmosférico con el fin de
pasar más rápido a través de las defensas móviles de radar que pudieran
captarla; el computador ya había localizado todas las unidades fijas de radar,
por lo que no había nada que temer de ellas. En menos de diez minutos la nave
había salido de la velocidad de orbitación ―unos nueve kilómetros por segundo―
y prosiguió su disminución hasta detenerse en un pequeño prado situado en el
lado obscuro del planeta.
Cuando
los ojos de Billiard se habituaron a la escasa y plateada luz de dos de las
siete lunas de Quithia, una sorprendente cantidad de detalles se le revelaron.
Pero entre ellos no había el menor signo de los dervlianos, y Billiard empezó a
pensar si habría llegado demasiado tarde. Quizá ya habían sido capturados. De
ser así, estaba seguro de que todavía estarían vivos y de que morir les
llevaría varios días: sus captores se ocuparían de ello.
Apagó
todas las luces de la nave antes de abrir la escotilla y pisar la corta hierba
del prado. No obstante, y a pesar de haber cegado toda la iluminación del
Outsider, sabía que cualquiera que se encontrase en varios kilómetros a la
redonda conocería su presencia, ya que habrían oído el ruido de su descenso.
Mientras permanecía allí, reflexionando sobre si no sería mejor marcharse, vio
cinco figuras confusas, cinco masas informes que parecían absorber la luz de la
doble luna y que se movían sobre la hierba por detrás de una línea de rocas.
Billiard encendió y apagó varias veces con rapidez su pequeña linterna de mano
en dirección de los recién llegados. No utilizó ningún código particular; se
limitó a indicarles que conocía su presencia y que, puesto que no les había
disparado, era un amigo. Estaba seguro de que la Orden de Mercenarios habría
establecido algún código de reconocimiento, pero no halló datos en el
computador de la nave de combate, por lo que sólo le quedaba la esperanza de
que los dervlianos aceptaran que venía en su ayuda.
Nada
más aterrizar, y debido a que podía necesitar su ayuda, Billiard había liberado
a Natacha de su encierro y hasta le había devuelto su láser de bolsillo. Ella
cruzó tras él la escotilla, y en el momento en que Billiard se disponía a
correr hacia los dervlianos para pedirles que se apresurasen, la mano de
Natacha se aferró a su hombro.
—¡Billiard!
—gritó con voz alarmada.
—No
deje que el pánico la atenace mientras no haya motivo —le dijo, mientras se
desembarazaba de la mano que le oprimía el hombro.
Entonces
se dio cuenta del motivo del grito de la muchacha. La luz de la luna se reflejó
en un bulto de metal pulido que se movía entre árboles y arbustos, a unos
doscientos metros de distancia. Estaba preparado. La mano derecha, con la que
sostenía la Sorenson, apuntó certeramente en aquella dirección, hacia cualquier
cosa que saliera de los árboles al claro.
Había
seis de ellos, seis lagartos erguidos y esbeltos, y no esperaron a estar más
cerca para abrir fuego: un pequeño cráter de metal burbujeante apareció en el
borde de la escotilla. Los reflejos rojizos de los tubos de descarga láser
parecían poco importantes, pero Billiard había sentido que un haz de calor
rozaba ligeramente la armadura del hombro de su traje, armadura que no
detendría un golpe directo de aquellas armas.
Se
arrojó rápidamente al suelo, arrastrando a Natacha tras de sí. Oyó un grito en
la dirección de los dervlianos y alzó ligeramente la cabeza, lo suficiente para
ver por encima de las pequeñas matas. Los soldados se habían agrupado en
formación de fuego y buscaban a los dervlianos como blancos. Debieron suponer
que si el Outsider estuviera armado habría contestado ya a sus disparos
iniciales.
Billiard
sostuvo fuertemente la culata de la Sorenson en la mano derecha y apoyó la base
en la izquierda; luego apuntó cuidadosamente y lanzó una carga. Los soldados se
encontraban de rodillas y uno de ellos resultó partido en dos cuando la bala
explosiva le alcanzó en el pecho; un puñado de escamas plateadas refulgió a la
luz de la luna antes de caer al suelo. El resto de los nativos se dispersó,
pero en seguida se arrojaron a tierra y reanudaron el fuego contra el Outsider.
A pesar de ocuparse en disparar, Billiard pudo ver cómo los dervlianos se
aproximaban nuevamente. Lo hacían con excesiva lentitud, pues dos de ellos
acarreaban a un tercero mientras los demás les seguían. Estaban ya lo
suficientemente cerca de Billiard para que éste pudiera apreciar que los dos
más rezagados llevaban unas registradoras del Simbolismo Rotsleriano, diseñadas
para el estudio de los modelos sexuales pero utilizadas ahora para grabar todo
el combate. Más información para el gran plan social, que parecía la única
razón para vivir que tenían los dervlianos.
Los
láseres abrían agujeros justamente detrás de Billiard y Natacha y los haces les
pasaban tan cercanos que, inevitablemente, alguno de ellos sería lo
suficientemente preciso y le taladraría el traje. Mientras introducía un
segundo cargador en la Sorenson echó un vistazo hacia Natacha: estaba pegada al
suelo, con los ojos fuertemente cerrados y temblando de miedo. Había recogido
noticias durante diez años, pero ésta era la primera vez que tomaba parte en la
acción. Billiard reclamó su atención con un rodillazo, y cuando ella abrió los
ojos señaló hacia los dervlianos.
—¿Qué
llevan aquellos dos?
Natacha
le miró un momento, se arrastró hasta su altura, alzó la cabeza y escudriñó el
prado.
—Están
intentando traer al herido con ellos, y parece que les cuesta trabajo.
Billiard
lanzó una carga hacia el fulgor de una descarga de láser y se agitó sorprendido
al percibir que Natacha se movía. Con gran calma, a pesar de que todavía estaba
temblando, Natacha se había puesto en pie y, permaneciendo todo lo cerca del
suelo que le era posible, corrió en zigzag en dirección a los dervlianos.
Cuando Billiard había disparado media docena de cargas para cubrirla, ella ya
había alcanzado los bultos, se había hecho cargo del herido y lo traía en
brazos hacia la nave.
Durante
un instante Billiard la miró con asombro y a continuación envió otra ráfaga de
disparos a los soldados. Vio cómo una de las sombras en forma de lagarto daba
un salto en el aire al tiempo que oyó la explosión de una carga que había
entrado en contacto con carne, huesos y sangre.
Natacha
alcanzó la nave respirando con dificultad. Se tambaleaba al tratar de entrar
por la escotilla con el herido en los brazos.
Billiard
dejó cuidadosamente la Sorenson sobre la hierba, se levantó y se dirigió a la
escotilla para ayudar a Natacha. El fuego del láser les rodeó junto con las
salpicaduras de metal caliente, pero los siete pasaron por la escotilla sin
resultar heridos. El antiguo mercenario se volvió para recoger la pistola y oyó
un grito de Natacha.
Se
dio la vuelta a tiempo para ver una figura que surgía de la sombra que
proporcionaba el Outsider: uno de los soldados había dado un rodeo esperando el
momento de saltar por detrás. Billiard no estaba preparado para un ataque
directo y ésta era la ventaja que el soldado necesitaba.
Vio
el brillo de un cuchillo en la mano del soldado justo a tiempo para evitar que
se introdujera en su pecho. Al momento, ambos rodaban por el suelo tratando de
conseguir ventaja. Dieron por dos veces la vuelta completa hasta que el soldado
se puso a horcajadas sobre el pecho del piloto, sosteniendo con una mano el
cuchillo y atenazando con la otra la garganta de Billiard, dispuesto a dar el
golpe que acabaría con su vida. Mirando al lagarto, Billiard pensó: Así que
éste es el fin…
Pero,
súbitamente, el soldado se arqueó hacia atrás y separó su mano de la garganta
del caído. Antes de que Billiard pudiera sacar ventaja de aquello, un chorro de
sangre se esparció por su cara…, sangre de un agujero abierto en la frente del
soldado. El cuerpo cayó a tierra, inerte, entre las piernas de Billiard.
Totalmente sorprendido ante el acontecimiento que le había salvado, miró hacia
arriba. Natacha estaba en la puerta de la escotilla sosteniendo en su mano el
láser de bolsillo. Sus ojos se abrían de horror mientras miraban el cadáver que
había enfrente de ella.
Billiard
se desembarazó del cadáver, y cuando llegó a los pies de Natacha ya había
recuperado el control de sí mismo. En parte, su rápida recuperación se debió al
fuego que habían emprendido los restantes soldados a través del prado. Billiard
asió la Sorenson y se internó por la escotilla llevando a Natacha con él.
Poniendo en marcha el conmutador del ciclo, se dirigió a su sillón mientras la
muchacha corría a la pequeña cabina en la que antes había dejado la forma
inerte del dervliano herido.
Con
la esperanza de que las facciones del planeta en guerra no hubieran tenido
tiempo de mandar apoyo aéreo a la zona, Billiard inclinó la nave hacia arriba y
concentró toda la potencia utilizable en los nódulos de conducción. La nave
surcó el espacio.
Una
vez fuera de la atmósfera del planeta, Billiard abandonó el control al
computador, introduciendo las instrucciones necesarias para que condujera la
nave a la Tierra y tomara cualquier acción necesaria para evitar el contacto
con otras naves. Luego, inesperadamente, regresó y canceló el programa de
destino, programando el aterrizaje en el Planeta de Patrick. El contrato de la
Orden decía que allí debían ser dejados los dervlianos supervivientes.
Con
el control a cargo de la computadora, Billiard abandonó el panel de conducción
y abrió la puerta de una de las cabinas. Natacha había depositado el deformado
cuerpo del dervliano herido en la litera de Billiard y estaba haciendo pruebas
con el médico mecánico sobre las quemaduras que tenía en el centro del cuerpo.
—¿Puedo
ayudar en algo? —preguntó Billiard.
Natacha
hizo un gesto negativo. Respiró profundamente y dijo:
—El
médico mecánico conoce las mejores soluciones. Él me dirá lo que he de hacer.
Si podemos mantenerlo vivo, lo haremos. Si no, tendrá usted que hacer una
entrega más pequeña.
Billiard
permaneció un momento mirando a la mujer; luego se dio la vuelta y salió de la
habitación.
Cinco
horas más tarde, las lecturas del computador indicaban que estaban cerca del
Planeta de Patrick. Billiard grabó una declaración de aduanas para radiarla
nada más descender, y en el momento que terminaba vio a Natacha que salía de la
cabina.
La
muchacha se detuvo detrás de los sillones antichoque y miró al piloto; luego se
le acercó y se apoyó en él como si estuviera rota por dentro y necesitase de
otro ser humano que le sirviera de apoyo. Billiard le acarició el pelo.
—Gracias
por lo que hiciste antes ―le dijo.
—Si
no lo hubiera hecho, todavía estaría allí, en Quithia. Estaba salvando también
mi propia piel. —Un poco de su antiguo fuego había vuelto a su voz cuando le
miró, pero no se separó del círculo de sus brazos.
—¿Y
cuando ayudaste a los dervlianos?
—Tenía
que hacer algo —respondió en tono agrio—, o todavía estaríamos allí
esperándoles. Me estás hablando de gente que desea la muerte. Me sorprende que
hayan sobrevivido como raza.
—¿Dónde
aprendiste a utilizar un médico mecánico? No forma parte del tipo de
preparación que se esperaría en una grabadora de noticias.
—Hice
unos cursos de medicina militar y el médico mecánico formaba parte de las
asignaturas. Espero haber retenido suficiente información, pues no era una gran
cosa.
—¿Ni
siquiera para cuidar de una babosa?
Natacha
le miró enfadada.
—No
le llames así. Es un dervliano, no una babosa.
Billiard
le sonrió en el preciso momento en que la señal de emergencia comenzaba a ser
transmitida intermitentemente por el comunicador. Espetó una sarta de
palabrotas y ocupó su puesto ante el panel de control. El mensaje había llegado
por el canal prioritario y había sido grabado por el computador. Billiard pulsó
el botón de reproducción. ―Orden Mercenaria al mayor Billiard, al mando de la
nave particular «Outsider». Retiro suspendido por el punto catorce. Preséntese
de inmediato, situación Delta. Repito: Orden Mercenaria al mayor Billiard, al
mando…
Billiard
detuvo el mensaje e inmediatamente comenzó a introducir nuevas órdenes en el
computador.
—¿Qué
significa todo eso? —preguntó Natacha—. ¿Qué estás haciendo?
—Dirigir
la nave a los cuarteles generales de la Orden. —El calor que inesperadamente
había empezado a desarrollarse entre Natacha y Billiard se había evaporado
totalmente—. Por favor, dirígite a mi cabina y sujétate los cinturones de
seguridad.
—¿Por
qué? ¿Qué demonios está ocurriendo?
—Situación
Delta.
—¿Y
qué es lo que significa?
—No
lo sé. Sólo sé que es una señal de emergencia y alerta en la Orden; todos
sabemos lo que hay que hacer si se emite esta señal. Por lo que yo sé, en los
cinco siglos de existencia de la Orden nunca se había usado.
—¿Adonde
vamos? ¿Qué pasará con los dervlianos? El que está en la cabina puede que no
soporte todo el viaje…
—Tendrá
que hacerlo, pues no realizaremos ninguna parada.
Billiard
pulsó el conmutador de ejecución del panel de control y, con un gemido debido a
la sobrecarga de los motores, el Outsider cambió de curso. Destino: Cuarteles
Generales de la Orden Mercenaria, en la Tierra.
—Escuchen,
me importa un rábano qué tipo de emergencia es ésta o cuánto necesitan un
voluntario. Me he retirado de la Orden Mercenaria, me he retirado de los
negocios bélicos y no me interesa en absoluto.
Uno
de los tres hombres que se encontraban frente a él, un político que
representaba al gobierno de la Tierra, comenzó a hablar; pero Billiard le
detuvo con un movimiento de la mano mientras continuaba diciendo, con su
poderosa voz:
―Francamente,
ya hice lo suficiente en mis años de pertenencia a la Orden, especialmente en
mi último trabajo en Barnard V, y ello me da derecho a retirarme y convertirme
en lo que yo quiera…, y me he negado más años de los que podré vivir. Después
de lo de Barnard V, el equipo médico tardó casi un año en curarme y por nada
del mundo volveré a ese tipo de cosas.
Billiard
había comenzado a ponerse de pie, pero el recuerdo de Barnard V había causado
en él cierta reacción fisiológica. Una mueca pasó fugazmente por su rostro
cuando su peso se asentó sobre el pie que había sido casi completamente
destruido allí; el dolor le hizo dudar ligeramente. Antes de que pudiera darse
la vuelta, uno de los hombres que había frente a él, de pelo gris, vestido
austeramente con un uniforme negro, un hombre que parecía la versión de la
Central de Vidcasting de un general, le detuvo con la mano.
—Por
favor, al menos déjenos terminar de explicarle la situación. Y recuerde que
según el punto catorce de su contrato con la Orden, aunque esté retirado puede
ser llamado al servicio activo en caso de que una emergencia requiera de sus
habilidades.
—General,
ya lo ha explicado muy bien. De forma suficiente para que yo comprenda que,
cuando llegó a la parte en la que le interrumpí, me estaba pidiendo que
partiera y muriera sin remedio. Me permito además recordarle, general, que el
punto catorce dice que sólo puedo ser llamado de mi retiro en caso de que haya
una emergencia que requiera mis habilidades y no haya nadie en el servicio
activo que las posea…
Mientras
permanecía allí de pie hablando, Billiard se escoraba hacia la izquierda,
aliviando a su no perfectamente curado pie. Casi estuvo a punto de reír al ver
las expresiones de los tres hombres, cuando ladearon sus cabezas para
mantenerlo vertical a sus ojos. Pero dijo:
—¡Mierda
de vaca, de murciélago y de iguana! Cualquier pilluelo de tres años oye
cincuenta historias mejores en una tarde de sábado en el jardín de infancia.
¡Por el dios Chang, por lo menos podían haber inventado algo más original!
—Mayor
Billiard —dijo el general de la Orden Mercenaria, con la exasperación aflorando
finalmente en la voz—, permítame asegurarle que, aunque suene a treta, la
historia es cierta. Como también es cierto que el mayor computador de la
galaxia, cuando se le suministraron todos los hechos y datos relevantes de
nuestros bancos de información, nos dijo que sólo había diecisiete hombres en
todo el espacio explorado con alguna posibilidad de realizar esta misión.
Quince de ellos tienen menos de un cincuenta por ciento de posibilidades. Otro
tiene el sesenta y nueve por ciento, y otro, por último, el setenta y tres por
ciento: usted.
El
hombre de la derecha, el representante de la Federación, que durante varios
minutos pareció que se estaba quedando dormido, movió la cabeza mostrando su
aprobación a lo que el general había dicho, y estornudó dos veces. Billiard
empezó a sospechar que parecía dormirse porque estaba apoyado sobre algo.
—Si
lo que me ha estado diciendo sobre este trabajo es cierto, ¿cómo demonios puede
esperarse que alguien tenga posibilidad de realizarlo?
A
pesar de sí mismo, Billiard se hallaba interesado en lo que ellos decían y en
los hechos que estaban presentando. Sin embargo, por encima de su interés se
encontraban los pensamientos de lo que podría suceder entre él y Natacha una
vez que se liberara de esos aterrados ancianos. Pensamientos de lo que podría
ser el llevarse a la cama a uno de los más famosos sex simbols del planeta…
—Mayor
Billiard. ¡Mayor Billiard!
—¿Sí?
—Billiard movió la cabeza, alejando los extraños pensamientos que le habían
obligado a dejar de prestar atención a los hombres que tenía frente a él—. Lo
siento. Estaba pensando en otra cosa. ¿Estaba usted diciendo, señor?
—Preste
atención, por favor. ¡Esto es importante! —dijo con voz quejumbrosa el
representante de la Federación.
—Si
acepta la misión —continuó el general, como si no hubiera sido interrumpido—,
tendrá el mejor equipo que la ciencia y el dinero pueden suministrar. Recibirá
un entrenamiento que ningún mercenario ha recibido, lo mejor de todo.
El
general le miró con cierta descortesía mientras dijo las últimas palabras, como
si el dinero fuera a salir de su propio bolsillo. Y así era, en cierto sentido:
como comandante de la Orden Mercenaria, era responsable de los gastos de la
Orden y ésta iba a tomar a su cargo el entrenamiento y las armas de Billiard.
La Tierra suministraría el excepcional computador que se necesitaría para la
misión y la Federación correría con los gastos de la nave.
—¿Y
si no aprovecho el entrenamiento como debiera? —preguntó Billiard—. ¿Si no
puedo usar todos sus maravillosos juguetes? ¿Si me caigo y me rompo el cuello
el día en que termino la preparación?
—En
ese caso, Anthony Orsino ocuparía su lugar —respondió el general.
—¿Orsino?
¿Quién, por el séptimo infierno, es Orsino?
—El
hombre con un sesenta y nueve por ciento de probabilidades de éxito. Un hombre
nuevo; se unió el año pasado a la Orden, pero ya se hizo de una reputación
—dijo el general. —¡Oh! Bueno, al menos es un número afortunado, si tiene que
ir.
—¿Sí?
—añadió el general.
—Sí.
Mierda… Apostaría a que su supercomputadora les dijo que una vez que yo hubiera
pensado en ello unos momentos quedaría atrapado. Que no sería capaz de resistir
el desafío, o alguna estupidez por el estilo. ¿No es cierto?
—No,
se equivoca —contestó el representante de la Federación, mientras una ligera
sonrisa rompía por primera vez los sombríos planos de su rostro—. Para ser
exactos, el computador dijo que había un cuarenta y uno por ciento de
probabilidades de que se nos reiría en la cara y se marcharía antes de que
tuviéramos la oportunidad de explicarle completamente la situación. Cuando
introdujimos los datos sobre sus sentimientos hacia esa noticiera, la… señorita
Natacha, ¿no es así?, el porcentaje de posibilidades de rechazo ascendió a
cincuenta y tres. A propósito, ¿qué piensa hacer con ella? No podrá establecer
ningún tipo de relación con esa mujer una vez que inicie el entrenamiento.
—Tengo
la sensación de que iniciar algo con ella equivaldrá a terminar muriendo por el
mordisco de una mariposa. Pero el hecho de que no me haya ido de aquí no
significa que no desee hacerlo. Tengan esto en cuenta. Y espero que sean
capaces de darle más sentido a todo esto del que le han dado hasta ahora.
—Estoy
seguro de que todo se le aclarará cuando hable un rato con los expertos. Ellos
le podrán dar todos los detalles y le explicarán las ramificaciones del asunto.
En realidad, toda la cuestión parte de un descubrimiento del doctor Hall, así
que permítame que le llame ahora. Aprenderá más con lo que él le diga que con
nosotros.
El
hombre de la Federación miró a sus colegas para ver si había alguna objeción y
a continuación pulsó uno de los muchos botones en su mesa.
Tras
conocer al general y a los representantes de la Tierra y la Federación,
Billiard estaba totalmente preparado para recibir al doctor Hall. Tenía el
aspecto exacto de un físico teórico: alto, delgado y ligeramente cargado de
espaldas; con unos ojos acuosos que delataban la necesidad de una corrección
quirúrgica escudriñaba, corto de vista, la habitación, y llevaba una arrugada
chaqueta verde que combinaba horriblemente con unos pantalones de un naranja ya
algo deslucido. Como colofón de esa serie de anacronismos, el doctor Hall había
encontrado, sin duda en algún museo, una pipa.
—Mayor
Billiard —dijo el general desde su pantalla—, permítame presentarle al doctor
Eustace Hall, que fue el primero en descubrir las bases del problema que nos
ocupa. Dado que la magnitud de la situación es evidente, está a cargo de todas
las investigaciones en esa área.
—Encantado
de conocerle, doctor —dijo Billiard, levantándose y extendiendo la mano.
El
doctor Hall le miró y estrechó la mano ofrecida. El mercenario había esperado
una ligera sacudida por parte del científico, un rozar de las palmas más que un
verdadero apretón. Pero recibió un apretón firme y una sacudida bien definida,
seguida de un rápido relajamiento.
—Espero
que sea capaz de darle un poco más de sentido a todo esto —dijo Billiard.
—Creo
que seré capaz de obligarle —respondió el doctor, con una firme voz de volumen
algo elevado.
—Perfectamente
—respondió Billiard con una sonrisa, sentándose de nuevo mientras aproximaba
una silla hasta la mesa—, porque creo que estos caballeros han conseguido que
todo el asunto me parezca imposible.
—La
situación parece algo más que imposible; pero le aseguro que es real… ¡Existe!
Al igual que la amenaza.
—Según
lo he entendido —replicó Billiard—, algo está absorbiendo tremendas cantidades
de energía y ello va a causarnos problemas.
—Puede
que usted lo entienda así —le respondió Hall con una sonrisa que eliminó la
tensión de sus palabras—, pero eso no es muy exacto. Por una parte, es alguien,
no algo, y están drenando la energía de nuestro universo, no absorbiéndola. En
realidad, va desapareciendo de nuestro… hum… «continuum» debe ser la mejor
palabra, aunque no sea del todo precisa.
—Eso
suena a violación de las leyes naturales. Conservación de la energía y
principios semejantes.
—Debe
recordar, mayor Billiard, que una ley natural no es más que una teoría que
funciona la mayoría de las veces.
Hall
rebuscó en los bolsillos de su chaqueta, sacando finalmente un encendedor que
aplicó a la cazoleta de la pipa. Segundos después, unas nubes de un acre humo
azul llenaron la habitación y produjeron un acceso de tos al representante de
la tierra y ojos acuosos a los otros tres. Nadie, sin embargo, puso objeción
alguna al ataque, hecho que mostró a Billiard lo valioso que los grandes
jefazos consideraban a Eustace Hall.
—Observamos
el universo que nos rodea —continuó Hall— y luego formulamos leyes para
describir lo que vemos. Ello no implica que hayamos visto todo el cuadro, y ni
siquiera que lo hemos visto correctamente. Así, lo que comúnmente llamamos
leyes naturales no son, en el mejor de los casos, más que una posibilidad
incorrecta, o más probablemente una descripción incompleta, de un fenómeno
local.
—De
acuerdo —agregó Billiard, mientras levantaba los brazos y sonreía—, me rindo.
Se supone que soy un experto en tácticas y estrategia, y sé lo inexacta que es
esa ciencia. Así que si usted me dice que su campo está tan abierto al error
como el mío, no he de hacer grandes esfuerzos para creerle. Pero, ¿qué
significa eso de que la energía está siendo drenada?
—Para
empezar —contestó Hall, arrellanándose en su silla como si planeara pasar allí
un buen rato—, ¿ha leído algo de las teorías sobre el universo múltiple?
—¿Se
refiere a ese informe acerca de que tiempos alternados y diferentes niveles de
espacio producen diferentes continuum?
—No,
no. Eso pertenece a la ficción. Le estoy hablando de la teoría según la cual
nuestro universo está encapsulado y de que hay otros universos, a su vez
encapsulados. —Aunque Billiard lo había estado esperando, no detectó ningún
tono profesoral en la voz de Hall.
—No.
Creo que no sé nada de eso —dijo el antiguo mercenario, con una sacudida de la
cabeza.
Hall
se detuvo unos momentos para volver a encender la pipa y luego continuó:
—La
experimentación ha indicado, aunque todavía no lo ha demostrado, que de lo que
nosotros entendemos por universo hay más de uno. No me refiero a más de una
galaxia, cosa ya reconocida desde hace siglos, sino a más de una «totalidad»,
si encuentra algún sentido en esa palabra. Admito que carece de sentido en
nuestro lenguaje, pero lo posee perfectamente en el lenguaje matemático.
—Para
un computador imagino que estará perfectamente claro —comentó Billiard.
—Un
computador programado de acuerdo con la teoría cosmológica convencional lo
encontraría totalmente imposible, pues carecería de datos para formular leyes
lógicas con respecto a los otros universos y sus relaciones con nosotros. Sólo
a través de la intuición pudieron obtenerse los razonamientos de base de la
teoría del universo encapsulado, y eso ocurrió antes de que el drenaje,
fenómeno que parece demostrar la teoría, sucediera.
—Creo
que no me resulta totalmente claro —insistió Billiard—. Quizá necesite aprender
las matemáticas suficientes para entender la teoría en su lenguaje original.
—Efectivamente,
eso podría ayudar —replicó Hall con una sonrisa—; pero, desgraciadamente, no
disponemos del tiempo que requeriría el proporcionarle las bases necesarias.
Intentaré hacérselo un poco más comprensible: nuestro universo contiene una
tremenda, si bien no infinita, cantidad de masa. Esa masa es la que genera los
campos gravitacionales; pero parece ser que también está generando otro tipo de
campo: un campo de energía de enlace que está encapsulando el universo y que,
al mismo tiempo, mantiene a nuestro universo separado de los otros universos
encapsulados. Nuestro universo encapsulado parece existir dentro de otro
universo encapsulado y es indudable que hay otros universos encapsulados en el
nuestro.
—¿Quiere
usted decir que existe la posibilidad de que haya dos universos ocupando el
mismo espacio al mismo tiempo? —preguntó Billiard en un tono totalmente serio,
aunque había una brizna de humor en sus ojos.
—Sí
y no —contestó Hall con el mismo tono humorístico—. Según la teoría, están
ocupando el mismo espacio, pero sin puntos de contacto o realidad común…, o al
menos eso es lo que decía la teoría original. Postulaba que el campo
encapsulador separaba totalmente a un universo de los otros.
»Existe,
además, otra propiedad de ese campo que es muy importante a la luz de todo lo
que ha ocurrido desde el momento de formulación de la teoría. La resistencia
del campo de fuerza de enlace parece ser directamente proporcional a la masa
del universo. Hace ya tiempo que sabemos que el universo, como un todo, se está
expandiendo. Originalmente creíamos que el universo se expandía a través de un
espacio infinito. Muchas teorías afirman que el universo, al hacerlo, está
creando el mismo espacio en el que se expande. Sin embargo, ello pertenece a
una historia no realmente próxima a nuestro problema actual.
»Lo
que sí guarda una estrecha relación con él es que la tasa de expansión es
inversamente proporcional a la resistencia del campo de fuerza de enlace, lo
que quiere decir que la talla de un universo es inversamente proporcional a la
cantidad de masa que lo completa. Nada más formularlo así, la naturaleza
destruyó nuestra teoría primitiva. Los puntos de realidad común existen. Puntos
en los que los diferentes universos se encuentran.
Se
detuvo nuevamente para reencender la pipa y Billiard aprovechó ese momento de
silencio para mirar a los tres oficiales que le habían metido en esto. Era
obvio que el general de la orden estaba intentando seguir las palabras de Hall
sin demasiado éxito. El representante de la Federación estaba garrapateando
unas notas apresuradas en un bloc, pero Billiard estaba seguro de que no tenían
ninguna relación con lo que Hall estaba diciendo. En cuanto al político
terrestre, dormía sin fingimientos.
—Continuemos
—dijo Hall, interrumpiendo la casual visión de conjunto que Billiard estaba
llevando a cabo—. La teoría original postulaba que no existía conexión entre
los universos. Estudié la teoría, leí los documentos que sobre ella se
incluyeron en las revistas científicas, pero no les presté mucha atención
porque no creí que estuvieran muy en relación con mi trabajo de esa época.
Estaba trabajando en una nueva teoría sobre los agujeros negros, tratando de
describir, matemáticamente, dónde iban la masa y la energía succionadas por
ellos. Así, de una manera totalmente accidental descubrí la conexión entre los
agujeros negros y los universos encapsulados.
—La
materia y la energía se van de nuestro universo, a través de un agujero negro
real, hacia otro universo —conjeturó Billiard.
—Lo
que ha dicho es correcto…, hasta cierto punto. —Hall rebuscaba de nuevo en los
bolsillos tratando de dar con el encendedor; Billiard estaba empezando a
arrepentirse de no haber traído un juego de filtros de nariz—. Lo que produjo
la conexión en mi mente —dijo Hall, reencendiendo la pipa— fue la mención
casual, por parte de un amigo, del trabajo de Garth sobre los cuásares.
Utilizando una línea de base de quinientos años luz para observaciones
paralelas, Garth había llegado a demostrar que los cuásares no estaban tan
lejanos como muchas teorías indicaban; que eran mucho más pequeños que lo que
generalmente se había supuesto, que todos existían en las simas que hay entre
las galaxias y que están añadiendo ligeramente menos energía de la que se había
pensado. —Tengo entendido que los cuásares se relacionan con la explosión de
las galaxias —le interrumpió de nuevo Billiard—. Las galaxias con supernovas de
reacción en cadena continua en el núcleo.
—Esa
era una teoría, ciertamente. Garth demostró otra cosa. Mostró que en lugar de
ser del tamaño de una galaxia, la mayor parte de los cuásares eran más bien de
la talla de un agrupamiento, o más pequeños aún. Bien, mi trabajo con los
agujeros negros y lo que acababa de leer sobre la teoría del universo
encapsulado y los comentarios sobre los cuásares se unieron en mi cabeza, a
unas tres pulgadas por detrás de la nariz, una pulgada más arriba y un cuarto
de pulgada a la derecha, con un chasquido. O quizá fuese un golpetazo.
Reprogramé mi computador y obtuve unos interesantes resultados.
»En
primer lugar, descubrí que los cuásares, a los que yo estaba empezando a llamar
«agujeros blancos» mentalmente, sólo se encontraban en las áreas en las que el
flujo magnético y gravitacional es extremadamente débil…, áreas en las que, de
acuerdo con la teoría, la fuerza de enlace que encapsula, y también invade al
universo, es también más débil. Y en segundo lugar, en cualquier volumen de
espacio lo suficientemente grande para contener una muestra estadística, la
cantidad de materia y energía que desaparece por los agujeros negros es muy
cercana a la cantidad expulsada por los cuásares en los espacios
extragalácticos de los alrededores. En otras palabras, no estábamos perdiendo
ni ganando nada: comerciamos materia y energía con otros universos.
—Entonces,
¿cuál es el problema? —preguntó Billiard—. Si todo está equilibrándose y si
estamos perdiendo lo mismo que ganamos no encuentro ningún peligro grave. Pero
recuerdo que usted dijo que nuestro universo está perdiendo materia y energía…
Hall
se inclinó hacia adelante, llenó un vaso de agua de la jarra que se encontraba
delante del representante de la Federación, bebió lentamente y se arrellanó en
su asiento.
—No
existió ese problema hasta hace un año. En el espacio que hemos explorado, así
como en los espacios contiguos que pertenecen a las razas con las que hemos
contactado, hemos hecho mapas situando las posiciones de todas las estrellas,
nubes de polvo, agujeros negros y otras posibles amenazas a la navegación
interestelar. Hace unos años, una pareja de nuevos y pequeños agujeros negros
aparecieron en el espacio de M'lawmi. Agujeros de la talla de un planeta. Uno
de ellos capturó a una caravana entera de comerciantes de M'lawmi.
»Es
una suposición aceptada el que un agujero negro, independientemente de aquello
en lo que se convierte, es creado por el colapso de una estrella algo más
grande que el Sol. Estos agujeros, sin embargo, comenzaron a existir en donde
antes no había estrellas. Pasaron unos seis meses antes de que alguien se diera
cuenta de que estaba sucediendo algo muy inusual y otros tres meses antes de
que se organizara un equipo de estudio. Yo fui elegido para dirigir ese equipo.
—¿Y
descubrió que alguien había creado esos agujeros negros? —preguntó Billiard
incrédulamente.
—En
un primer momento no —respondió Hall, jugueteando con la pipa entre sus manos y
olvidando de momento toda intención de volverla a encender—. Estábamos
intentando formar una teoría que diera cuenta de la repentina aparición de esos
agujeros, cuando apareció de repente un tremendo agujero de un millón de
kilómetros de diámetro. En cosa de semanas los sistemas de cinco soles habían
sido totalmente desorganizados, a medida que la fantástica gravitación
deformaba el espacio vecino a ellos. Ya han muerto cien millones de personas,
la mitad de ellos cuando uno de los soles se convirtió en nova.
—¿Cómo
pudo ocurrir tal cosa? —preguntó Billiard—. No puedo pensar que ninguna raza
pueda crear algo tan grande y poderoso.
—Nosotros
tampoco podíamos —respondió Hall, con una sacudida de cabeza—. Pero no pasó
mucho tiempo antes de que comprendiéramos cómo podía ocurrir aquello. Pero
permítame que prosiga la explicación en forma cronológica. La talla de aquello
nos había asombrado. Era tan grande que no podíamos imaginar que fuera
artificial… es decir, hecho por seres inteligentes, por lo cual estábamos
buscando explicaciones naturales. Luego, cuando alguien sacó la teoría de los
universos encapsulados, comprendimos que el hecho de que sea un agujero enorme
para nosotros no signfica que sea tan grande para alguien más; es decir, en el
otro universo.
—Perdóneme,
pero me he perdido —dijo Billiard, con una sacudida de la cabeza.
—¿Recuerda
lo que dije? La talla comparativa de un universo en relación a otro, es
dependiente de las masas de los dos universos. Supongamos ahora que nuestro
universo está encapsulado en un universo con una masa total más pequeña; es
decir, que el otro universo sea mucho más amplio que el nuestro. Visto desde
otro punto de vista, para un ser de ese otro universo el nuestro puede ser muy
pequeño. Quizá sólo cosa de unos cuantos metros.
—Eso
me parece difícil de creer. Y sigue sin explicar cómo aparecieron los pseudo
agujeros.
—En
primer lugar ha de suponer —le contestó Hall— que los seres del otro universo
están un poco por delante de nosotros en el campo de la teoría del universo
encapsulado.
—¿Por
qué?
—Bueno…,
suponga por un momento que están delante de nosotros en ese campo, ¿ok?
Después, suponga que han desarrollado una especie de detector de universos
encapsulados: una forma de encontrar otro universo…, incluso aunque no hay
manera, según lo que nosotros sabemos ahora, de construir tal detector.
—Si
nosotros no podemos, ¿qué le hace pensar que ellos sí?
—Llegaré
a eso en un minuto. Por ahora, supongamos que han sido capaces de localizar un
universo encapsulado dentro del suyo. Uno con mucha más masa, en relación con
el propio, y que para ellos mide sólo unos metros de ancho.
»Una
vez que se ha conseguido localizar algo, queda demostrado que realmente existe;
y, lo mismo si es una partícula subatómica que un universo en miniatura, sólo
resta un pequeño paso para el desarrollo de herramientas que permitan trabajar
con el descubrimiento. Una vez que encontraron la forma de trabajar con el
universo encapsulado que localizaron, es sólo cuestión de tiempo abrir un
agujero a través del encapsulamiento. Un agujero que les proveería de una
fuente de energía virtualmente ilimitada.
—Todo
el potencial energético de nuestro universo drenando hacia el suyo… —añadió
Billiard, con miedo en su voz.
—Exactamente
—replicó Hall, buscando ahora de nuevo el encendedor.
—Pero…
¿cómo sabe usted que eso es lo que está ocurriendo? —preguntó Billiard.
—No
lo sabemos con seguridad. O, por lo menos, no estamos seguros de conocer los
detalles correctamente. No obstante, el cuadro completo es preciso. Conseguimos
mandar una sonda, una nave robot, a través del gran agujero negro hasta el otro
universo. Una de las sorpresas fue que la nave consiguió pasar por el agujero
negro hasta nuestro universo sin diferencia de talla relativa, lo que le
permitió trabajar a nuestro equipo telemétrico.
—¿Cómo?
Creo que me perdí de nuevo.
—Por
lo que fuimos capaces de determinar, tras haber regresado la nave… lo que quedó
de ella, quiero decir, la partícula subatómica básica es activada directamente
por el campo encapsulador. Si la partícula básica se expande o contrae, lo
mismo ocurre con todo lo que contiene: electrones, protones, átomos, moléculas,
¡materia! Aunque el otro universo es increíblemente más grande que éste, cuando
la nave penetra en él tras haber traspasado el agujero negro tiene la misma
talla en relación a ese universo que la que tenía en relación a éste.
—¿A
qué se refería cuando dijo que volvió «lo que quedaba»? —preguntó Billiard. —La
nave salió por el «agujero blanco» al otro espacio y debió encontrarse con un
equipo de observadores científicos de guardia alrededor del cuásar creado.
Junto a los observadores debía haber un contingente militar considerable.
Pensamos que fue atacada casi inmediatamente con una gran variedad de armas, y
que sólo la tremenda velocidad de emergencia de la nave le salvó de que fuera
totalmente destruida.
—¿Qué
más aprendieron?
—Conseguimos
unas cuantas de sus transmisiones, por radio y por video. Pero lo más
importante de todo es que si nos cruzáramos con uno de ellos en una calle de
nuestro mundo no le miraríamos dos veces.
—¿Qué?
—añadió Billiard con un grito y echándose hacia adelante desde su sillón—.
¿Quiere decir que son seres humanos?
—No
—le respondió Hall—. Lo mismo se nos ocurrió a nosotros, nada más ver las
películas: que podían haber sido accidentalmente succionados a través de un
agujero a su universo actual y que pertenecen realmente a la raza terrestre.
Sin embargo, la información que tenemos indica que han estado allí mucho
tiempo. Además, la tecnología que se necesita para enviar una nave con
seguridad a través de un «agujero negro cuásar» a su universo no existió hasta
hace unos pocos años. Antes, cualquier nave que intentara transferirse de un
universo a otro posiblemente lo habría conseguido, pero sólo en la forma de
energía totalmente desorganizada.
—Y
¿qué podemos hacer nosotros? —preguntó Billiard.
—Sólo
nos cabe una posibilidad —respondió Hall, mirando al suelo como si de repente
prefiriera no encontrarse con los ojos del mercenario—. Hemos de mandar a un
hombre para que encuentre y capture al equipo que están utilizando para
perforar los agujeros a través de nuestra encapsulación. Nosotros… nosotros
pensamos —buscó dudoso las palabras— que el gran agujero, y los más antiguos y
pequeños, se cerrarán y desaparecerán en cuanto se desconecte el equipo. Su
«agujero blanco» también desaparecerá. Y… esperemos que nunca más tengamos que
preocuparnos de que abran nuevos agujeros hasta nuestro universo.
Hall
cerró los ojos un momento, como si rezara en silencio.
—¿Y
qué ocurrirá con el piloto? ¿Cómo regresará?
Hall
le respondió rápidamente:
—Nosotros,
es decir, el piloto, deberá detenerles permanentemente, pues es improbable que
la feliz coincidencia de que el agujero estuviese cerca de nosotros se produzca
de nuevo; si consiguieran hacer otro agujero a través de la encapsulación en
una parte de nuestro universo sin vida inteligente, o sin vida lo
suficientemente avanzada como para encontrar la solución al problema, el
universo entero quedaría destruido en unos años.
—¿Años?
—exclamó Billiard—. Vamos, no será tanta la energía que están drenando de
nuestro universo…
—No,
no lo es… hasta ese punto. Pero el simple hecho de que hayan creado un agujero
está produciendo ahora una tensión en el tejido de nuestro espacio que, si no
impedimos que continúe, nos destruirá. Esa tensión, en muy corto espacio de
tiempo, probablemente no más de dos décadas, acabará por convertir el gran
agujero en un tremendo desgarrón. Nuestros cálculos demuestran que, en ese
caso, una fracción substancial de la materia y la energía de nuestro universo
sería inyectada en el suyo en cuestión de microsegundos. No es necesario
decirlo: ninguno de los universos sobreviviría a tal explosión.
Billiard
sacudió la cabeza. Al menos por el momento, hasta que tuviera tiempo de digerir
lo que Hall le había dicho, tendría que aceptar el problema sin tratar de
comprender sus ramificaciones.
Hall
aclaró su garganta, miró a su alrededor y luego hacia el suelo, rehusando
todavía a encontrarse con los ojos de Billiard.
—Hay
otro ligero problema —dijo tímidamente.
—¿Cuál
es?
—No
tenemos teorías para explicarlo, pero la prueba descubrió que hay una
superficie de contacto temporal entre los dos universos, y que ésta produce
cierta distorsión. La tasa de tiempo que fluye dentro de los dos universos
parece ser la misma, a pesar de su diferencia de talla. Pero cuando se pasa a
través de la superficie de contacto en contra de la dirección del flujo de la
energía, es decir, de su universo al nuestro, parece haber un ligero… hum…
desplazamiento.
—¿Qué
grado de desplazamiento? —preguntó Billiard, suponiendo que esto era algo que
Hall estaba ocultando por miedo a que él rechazara la misión.
—El
factor parece ser de unos doscientos millones a uno.
—¿Qué?
El
científico matemático miró directamente a Billiard por primera vez en mucho
tiempo.
—La
prueba tardó unos minutos en regresar a través de la encapsulación a nuestro
universo y la distorsión del flujo de tiempo pareció producir un desplazamiento
en esa tasa, en una dirección positiva, es decir, tiempo ascendente.
—¿Lo
cual significa…?
—En
números redondos —respondió Hall—, a la prueba le costó tres minutos regresar a
nuestro universo. Y durante los tres minutos que pasó en la zona de contacto
envejeció mil ciento cuarenta años.
—En
otras palabras, aquel que envíen no regresará —dijo Billiard con una voz plana
y carente de emoción.
—Me
temo que así es. Morirá de viejo antes de completar la entrada en nuestro
universo. Y aunque podamos desarrollar alguna unidad de suspensión temporal
para mantenerle vivo a través de la superficie de contacto, regresaría a un
mundo con una cultura diferente, en la que quién sabe si pudiera asentarse.
—Muy
bien, dejemos eso por un minuto. Necesito tiempo, mucho más tiempo, para
pensarlo. Supongamos que llego allí, capturo y desconecto, incluso destruyo su
maquinaria. ¿Qué les impedirá abrir nuevos agujeros a nuestro universo?
—Los
cálculos que hemos hecho demuestran que nuestro universo, en relación con el
suyo, es tan sólo de unos cuantos metros de tamaño. Obviamente, ellos han
desarrollado una forma de manejarlo y de canalizar la energía del nuestro al
suyo. Quienquiera que vaya tendrá que usar esa misma maquinaria para alejar
nuestro universo de la zona en que están ellos. Puede ser que consiga mandarlo
al espacio y mantenerlo lejos durante siglos…, es decir, poniéndolo en una
órbita extrema en el espacio abierto extragaláctico. Si vuelven a trabajar con
un universo encapsulado, será porque encuentren otro, no el nuestro.
—Una
actitud bastante chauvinista —comentó Billiard.
—Una
actitud de supervivencia.
El
piloto miró a su alrededor a los hombres de la habitación; cuatro hombres que
no eran capaces de mirarle a los ojos.
—Entonces,
incluso aunque triunfe, será una misión suicida.
—Si
acaso no triunfa —dijo el general de la Orden, mirando de frente a Billiard—,
será la muerte de todo ser viviente en nuestro universo.
—De
acuerdo. ¿Cuándo empezamos?
La
nave espacial fue golpeada, empujada, desgarrada y obligada a girar en un
infierno en el que ni el tiempo ni el espacio tenían significado. La repulsión
gravitacional mantuvo a la nave en enlaces irresistibles y luego la arrojó
fuera del centro de la telaraña del «agujero blanco», en donde fantasmales
campos gravitacionales la introdujeron en una ascendente fuente de energía. A
través de una realidad deformada, una corriente de materia y energía
degeneradas emprendía un camino del que nada regresaba, en el que todo caía
permanentemente, y en el que se introdujo la nave, encerrada en su plateado
campo de estasis1, a través de un campo magnético tan potente que casi tenía
propiedades materiales.
1
"Stasis field" no tiene término equivalente en castellano. El
concepto significa “campo de estado de equilibrio o inactividad causada por
fuerzas opuestas iguales”. (N. del T.)
2
Unidad astronómica de longitud, equivalente a 3262 años luz.
El
gradiente gravitacional aumentó en el campo de estasis, un millón de gravedades
de repulsión en la punta de la nave, un millón y un cuarto en la cola,
añadiendo tal tensión al campo que hasta el tiempo se distorsionó en remolinos
alrededor de la superficie plateada de la nave; los electrones retrocedían en
sus órbitas y la materia de una millonésima de pulgada por debajo del campo
succionaba ávidamente los fotones y emitía un resplandor de anti-luz.
El
espacio infinitamente estrujado dio paso a una infinidad de tiempos,
convirtiéndose cada uno en menos de infinito, disminuyendo hasta que la nave
cruzó el horizonte sin perder velocidad, a pesar de que había traspasado el
umbral en el que los fotones se movían de nuevo por debajo de la velocidad
local de la luz. Espectros de esfuerzos, coloreados como el arco iris,
cubrieron la nave mientras el campo de estasis se flexionaba para impedir que
la infinita masa interior interaccionara con la infinita masa de los
alrededores. Luchando contra esa tensión, el computador que controlaba el campo
no notó que la infinitesimalmente pequeña adición era causada por una gran
variedad de armas que intentaban destruir la nave. Aunque todavía avanzaba a
varios parsec2 por segundo, gradualmente fue disminuyendo la velocidad. Una
deceleración de cientos de años luz hacía que los colores desaparecieran, y el
tremendo potencial de energía era succionado por los motores. Finalmente, tras
varias horas de deceleración, la superficie de la nave perdió su brillo
plateado y lo sustituyó por un azul pálido que aceptaba y rechazaba los fotones
en lugar de absorberlos y que brillaba ante una luz estelar que se movía ahora
por el espacio a más velocidad que la nave.
El
liso casco se abrió ahora por varios puntos, por los que aparecieron
compuertas, tubos y receptores de ondas-guía, y una impresionante serie de
antenas y detectores surgió de la antes limpia superficie del vehículo ovoide.
Se registró y analizó la radiación. En el interior, un computador realizó en
cuestión de nanosegundos comparaciones con los estándares almacenados; luego la
proa de la nave giró, se inclinó y tomó la dirección de una casi insignificante
estrella amarilla tan lejana que, de haberla mirado con unos ojos humanos, no
habría resaltado ante la difusión diamantina del campo de estrellas
circundantes.
Las
fuerzas de impulsión deformaron de nuevo el espacio detrás de la nave cuando
ésta incrementó su velocidad; luego, una tremenda explosión la lanzó por encima
de la velocidad local de la luz. El escudo plateado del campo de estasis volvió
a envolverla, protegiendo al universo del potencial de energía almacenado en su
interior, suficiente para destruir una buena parte de la galaxia si se
desencadenase.
Los
días pasaban y la estrella amarilla se hacía cada vez mayor frente a la nave.
El
computador transfirió tres electrones de una órbita a otra y decidió que había
pasado la cantidad de tiempo apropiada; entonces disminuyó la velocidad de la
nave hasta ponerla por debajo de la velocidad de la luz. Los instrumentos de
exploración comprobaron, localizaron, midieron y catalogaron los catorce
planetas que circundaban al sol amarillo. La nave se detuvo, buscó, tomó una
decisión y se puso en marcha.
Horas
más tarde, se asentaba en el corazón polvoriento de un cometa en su camino
dentro del sistema. El computador se conectó con la biblioteca de exploración e
inició su primera tarea: recogiendo las señales que pasaban por el espacio con
cientos de diferentes longitudes de ondas, explorando y correlacionando,
aceptando y rechazando, el computador se convirtió en un profesor para el único
ser humano que llevaba como carga. Encerrado en su tanque criogénico en un
sueño parecido a la muerte, Latham Billiard comenzó a dejar de ser un humano
terrestre y a convertirse en un habitante de este nuevo universo, situado al
otro extremo de la deformación de la realidad.
CAPÍTULO
II
Fuera
de la bóveda, en la árida llanura que era un rasgo típico de Zemaros, un
planeta de avanzada apenas habitable en el Sistema de Lori, la temperatura era
de unos cien grados por debajo del punto de congelación del agua. Además, las
nubes de metano y amoníaco aseguraban que ningún hombre sin unidad de
protección merodeara por los alrededores.
Posiblemente
a causa de estas condiciones, a las que Billiard había estado sometido en su
camino desde el campo de aterrizaje hasta la bóveda, daba la impresión de que
el calor en la bóveda era superior a los veinticinco grados centígrados,
temperatura que los colonizadores que la habían construido consideraban óptima.
A
pesar de que las ventanas eran completamente inútiles en un entorno
necesariamente cerrado y controlado, la habitación de Billiard tenía un par de
ellas; estaban hechas de delito, el material utilizado en la construcción del
puerto de naves espaciales, y tenían un espesor de unos dos centímetros. La ley
local exigía que todos los edificios del interior tuvieran unidades de
protección ante el entorno, por si se producía algún fallo en la bóveda, y sólo
el delito era adecuado para las ventanas en caso de descompresión explosiva.
Era caro alquilar una habitación con esas ventanas pasadas de moda, y en
consecuencia pocos apartamentos las tenían; sin embargo, Billiard pagaba
gustoso por ésta: tenía una misión que cumplir y ella requería que sólo
aceptara lo mejor.
Estaba
mirando por una de las ventanas hacia el área del parque central, preguntándose
si habría hecho la elección adecuada. Le había costado casi seis meses el
aprender a manejarse en la sociedad del Imperio Lorio. Seis meses de adoptar
otras personalidades, primero como comerciante merutio a medio camino por la
galaxia y luego como lorio que se había criado en el territorio de Goromi y que
acaba de regresar a las estrellas de sus antepasados.
Estos
disfraces fueron necesarios. Aunque las computadoras de la nave habían podido
interceptar, catalogar y luego enseñarle el lenguaje lorio mientras dormía,
desde el primer momento descubrió que sus intentos de mezclarse con la
sociedad, incluso en un planeta separado como Zemaros, estaban condenados al
fracaso. Había muchas costumbres culturales que él desconocía. El computador
podía enseñarle todo lo que recogiera de las transmisiones lorias, pero el
increíble número de detalles que nunca son mencionados —simplemente porque un
lorio ni siquiera ha de pensar en ellos— le producían constantes tropiezos
cuando quería pasar por un nativo. Afortunadamente, nunca tuvo uno en presencia
de un Sombrero Rojo. Por ello, a los pocos días de intentar integrarse en
aquella cultura, comprendió que era imposible y eligió su primer disfraz, el de
merutio.
Su
computador, al analizar la estructura social loria, había hecho varias
predicciones con respecto a la misión de Billiard. Había un 87 por ciento de
probabilidades de que el trabajo sobre su verdadero universo estuviera
realizado por los Sombreros Rojos, el servicio secreto lorio, policía política
y tropas de choque coordinados en una sola unidad. El resto de oportunidades lo
compartían la posibilidad de que fuera un proyecto directo del gobierno que no
estuviera bajo el control de los Sombreros Rojos (8 por ciento) y la de que
fuera un asunto civil (5 por ciento).
Billiard
eligió la posibilidad mayor, dio instrucciones al computador con respecto a
dicha decisión y siguió las indicaciones que éste le hizo al respecto. Ahora,
mientras miraba por la ventana, comenzó a tener dudas. Y hoy llevaría a cabo
una de las indicaciones…
El
computador le había dado instrucciones para que buscase un anuncio en los
medios de comunicación lorios, y ahora se preguntaba si había respondido al
anuncio correcto en la forma apropiada. También reflexionaba acerca de si el
plan que eligió ―de los tres que el computador le había propuesto― sería el
correcto, aquel que le daría entrada en los círculos superiores del gobierno
lorio. Era el único lugar desde el que podría interferir con el progreso de los
experimentos de encapsulación.
Dio
un trago del vaso que tenía en la mano y el ligeramente condimentado alcohol de
cereales le quemó la garganta, por lo que pensó en la conveniencia de
introducir el concepto de whisky en este universo; luego giró la cabeza,
atraída su atención por las señales de la unidad de comunicación que se
encontraba en la pared.
Cuando
Billiard pulsó el conmutador, la pantalla permaneció con un color gris perla a
pesar de que la luz verde se había encendido indicando que el circuito se había
completado.
—¿Mr.
Loo? —preguntó una voz.
Loo
era el nombre que Billiard había utilizado en los últimos tres meses, cuidando
su disfraz de miembro que regresaba a la sociedad loria. Loo era, por tanto, el
nombre que había usado al responder al anuncio. Posteriormente mostró su
acuerdo a una reunión previa, tras un análisis del computador de la respuesta
que había recibido de quienes insertaron el anuncio.
—Así
es —respondió—. ¿Por qué no hay visión?
Se
quedó de pie frente a la unidad, manteniendo todavía el vaso en la mano, sin
saber que su imagen estaba siendo transmitida a un lugar desconocido y
observada por gente desconocida. En ese momento no tenía mucho que temer de las
varias agencias de policía que poco tiempo después surcarían un gran trozo de
espacio en su búsqueda.
—Porque
es necesario —respondió la voz sin rostro—. ¿Es usted Mr. Loo?
—Mr.
Loo fue llamado mañana —respondió Billiard secamente—, pero estará aquí ayer.
¿Satisface eso su juego?
—Por
favor, Mr. Loo —dijo la voz, con cierto grado de petulancia en el tono—, esto
no es un juego. ¿Puedo subir?
—Por
supuesto, a menos que quiera que cancelemos todo antes de haberlo iniciado
—dijo Billiard riendo.
Tenía
que interpretar un papel en el que no podía fallar por un instante. Era un
extraño en esta sociedad a pesar del entrenamiento en vuelo que recibió del
computador y de los tres meses que había vivido en ella, y mantenía su máscara
cada minuto del día y de la noche.
Una
suave campana sonó poco tiempo después. Dejó el vaso en la mesilla que había
junto a la cama, cruzó la habitación y pulsó el botón que abría la puerta.
Mientras ésta se deslizaba en su hueco, se hizo rápidamente a un lado.
Manteniendo el cuerpo fuera del bastidor de la puerta, sacó los brazos por la
abertura y agarró al hombre que estaba allí.
Al
perder el equilibrio, el visitante cayó hacia adelante y entró en la habitación
siguiendo el impulso de su hombro. Billiard se movió a sus espaldas y antes de
que el extraño pudiera recobrar el equilibrio ya le había cacheado, quitándole
un pequeño burbujeador de su pistolera.
Lentamente,
asegurándose de que sus intenciones eran plenamente comprendidas, el hombre se
dio la vuelta para mirar a Billiard. A primera vista parecía más bien un
contable o burócrata de pequeña categoría antes que un agente importante de un
ejército revolucionario. Mediría aproximadamente un metro setenta y cinco,
pesando tan sólo setenta y cinco kilos; el pecho estaba cubierto por una
chaqueta de oficinista muy conservadora y pasada de moda, con hombreras y
mangas cortas, que dejaba al descubierto el área entre los pezones y el
ombligo, mostrando allí un incongruente bronceado. Cabría suponer que una
persona vestida con un traje tan conservador sería blanquecina y fofa, pero
aquí ocurría todo lo contrario. Era un hombre del que habría que cuidarse, pensó
Billiard.
Mientras
miraba a su visitante, éste le devolvía el examen. Considerando lo que estaba
buscando, lo que vio frente a sí debió complacerle. Billiard pasaba el metro
noventa y pesaba ciento cinco kilos. Su cara rectangular, bajo un pelo
azabache, estaba dominada por melancólicos ojos marrones situados en profundas
cuencas y una nariz grande y ganchuda. El cuerpo de Billiard, cubierto con una
casi inexistente chaqueta deportiva, demostraba la cantidad de tiempo y
esfuerzo que había gastado en mantener los músculos en la más alta forma.
—Mi
nombre es Goldaper. Renri Goldaper. ¿Es usted Mr. Loo?
—Mr.
Loo. En realidad, Mr. Billiard, Latham Billiard. Elija usted. Aparentemente soy
el hombre que han estado buscando durante mucho tiempo, a juzgar por los
anuncios que han puesto en los últimos meses. Siéntese.
Goldaper
asintió y acercó una sólida silla que había cerca de la pared, ignorando el
relajador que se encontraba al lado.
—Usted
respondió a nuestro anuncio, así que debe tener alguna idea de lo que estamos
buscando.
—Una
persona sin ataduras y gusto por la aventura. Creo que son las palabras
exactas. Una persona con capacidad de mando y competencia en la dirección de
operaciones de exploración. Y con experiencia en entrenamiento militar.
—¿Y
qué tipo de persona le parece a usted que debe ser? —le preguntó Goldaper.
—A
juzgar por esos datos, debe estar buscando un capitán deseoso de ignorar los
tratados y dirigir un equipo de exploración interestelar al territorio de Sumi
o Goromi. Pero no sé lo que realmente están buscando.
—¿No?
¿Por qué no? —preguntó Goldaper con una sonrisa en el rostro.
—Por
una parte, si eso es lo que realmente necesitaran, no habrían tenido el anuncio
tanto tiempo. Los capitanes de equipo de exploración, especialmente aquellos
deseosos de quebrantar la ley, son raros, pero no tanto. Y por otra parte,
eligieron una muy interesante serie de medios de comunicación para insertarlos.
Ninguno apareció en el mismo Lori. En ninguno que haya sido financiado por el
gobierno o el Dios en el pasado. Ninguno que sea lo suficientemente grande para
atraer la atención de los Sombreros Rojos.
—¿Qué
estamos buscando entonces, Mr. Billiard?
—He
hecho algunas conjeturas, y una de ellas me dice que una vez que me informe de
lo que están buscando en realidad, usted habrá puesto su vida en mis manos. ¿Y
si dejáramos de jugar y se decide a decirme la verdad o marcharse? —dijo
Billiard, señalando la puerta.
—Voy
a decírselo, por supuesto. No hubiera llegado tan lejos si no tuviera
instrucciones para llegar a un acuerdo con usted —respondió rápidamente
Goldaper.
—¿Y
si yo resultara un Sombrero Rojo?
—Moriría.
Y sería antes, debo añadir, de que tuviera posibilidad de interrogarme. Por lo
menos hemos tomado esa precaución.
De
nuevo sonrió y, esta vez, Billiard vio en él una huella de miedo que hizo que
su respeto por Goldaper se elevara considerablemente. Había comenzado por
disgustarle ese hombre y su actitud excesivamente prudente; pero alguien que se
juega a un posible arresto de los Sombreros Rojos, sabiendo lo que puede
ocurrir y aceptándolo, necesita coraje. La captura por ellos le exigía una
rápida y autoinducida muerte, a ser posible mandando a varios de esos policías
al infierno. Pensar en otra posibilidad sería horrible.
—Su
respuesta a nuestro anuncio indicaba que había tenido una muy extensa
preparación militar.
—Efectivamente
—le interrumpió Billiard—. Con los insurgentes de Goromi y como guardián con la
realeza de Manilo.
Billiard
había preparado los detalles cuidadosamente. La experiencia era necesaria si
quería alcanzar la posición que necesitaba, y a Goldaper le resultaría
imposible comprobar ese currículo. —…Y —Goldaper continuó, como si no hubiera
sido interrumpido— un hombre con una extensa experiencia militar es justamente
lo que estamos buscando. Un hombre para entrenar a las tripulaciones en
combatir, más que en luchar. Pero también un hombre que, si lo desea, pueda
conducir a estas tripulaciones a la batalla cuando llegue el día de la acción.
—¿Qué
hombre? Y esa batalla, ¿contra quién?
—Creo
que ya conoce la respuesta, Mr. Billiard.
—También
lo creo yo. Pero suponga que pone las cartas sobre la mesa, donde ambos podamos
verlas…
—Muy
bien. Estamos preparando una fuerza de guerrilla para acabar con el gobierno de
Lori, desposeer al Dios y poner a nuestro propio Dios en el Palacio de la
Estrella. Una fuerza que necesita entrenamiento y liderazgo.
Goldaper
se sentó, relajado pero preparado para que Billiard le dijera que, ahora que
había hecho la proposición, estaba arrestado por traición.
—¿Cuántos
hombres? ¿Qué tipo de equipo?
Resultó
obvio que el lorio no esperaba esta pregunta.
—Eh…
Doscientos hombres, de momento. Posteriormente más, si piensa que se necesitan.
Pero no se dará el caso. Los Sombreros Rojos son las únicas fuerzas reales con
las que cuenta el Dios. Desde hace cincuenta años, cuando el tratado de P'tha
acabó con la Guerra de Goromi, Lori no ha necesitado más que un ejército y unas
fuerzas navales de ceremonia. En cuanto al equipo, serán naves de combate Mark
21, tres transportes de tropa Zav y un monitor de órbita para la fase final de
la operación.
—He
oído rumores —dijo Billiard, arriesgándose a aumentar las sospechas de
Goldaper, pero ansioso por recoger más información sobre su misión primordial—
de que los Sombreros Rojos están trabajando en una especie de super-arma. Algo
que les daría el control completo de la galaxia y que significará un nuevo
cambio en el asunto Goromi. Si ellos piensan que esta nueva arma les hará tan
fuertes que podrán volverse contra Goromi, ¿qué le hace pensar que no podrán
aplastar a sus fuerzas revolucionarias como a molestos insectos?
Goldaper
le miró sorprendido.
—Debe
usted tener muy buenas fuentes de información para recoger rumores como ése.
—Las
tengo —contestó simplemente Billiard, aliviado de que la predicción de su
computadora sobre quién estaba haciendo el trabajo sobre el universo cautivo
pareciera ser correcta—. Pero no ha respondido a mi pregunta.
—Nuestra
información, que, puedo asegurarle, está mejor fundada que un simple rumor,
dice que los Sombreros Rojos están trabajando en una especie de super-arma. En
realidad se supone que es una nueva fuente de energía, o quizá una nueva
energía supletoria, más que una nueva arma en sí. Pero nuestros informantes
también dijeron que se encuentra en el estadio de investigación y tenemos por
lo menos cinco años antes de que nosdebamos preocupar por ello.
Billiard
estaba inclinado a ser más pesimista, pues sabía que los Sombreros Rojos habían
hecho alguna comprobación directa: ya habían producido los «agujeros negros» en
el universo de la Tierra. Pero sabía que para proseguir con su objetivo sería
mejor seguir fingiendo ante Goldaper.
—¿Y
su líder? —preguntó—. ¿Quién es el hombre que quiere convertirse en Dios del
Imperio Lorio?
—El
almirante Koppett, el antiguo jefe del ejército espacial lorio.
—¿Un
almirante político? —preguntó Billiard. —Por supuesto —respondió Goldaper con
una sonrisa—. ¿Para qué necesitaríamos sino un instructor militar?
Billiard
le devolvió la sonrisa a Goldaper, sintiendo al mismo tiempo el calor de la
excitación en sus tripas que le decía que el computador había acertado. Por
responder al anuncio adecuado y por esperar las condiciones justas, estaba en
camino de completar con éxito su misión, su verdadera misión.
—Y…
¿qué hay en todo esto para mí, aparte de mucho trabajo y la posibilidad de ser
aprehendido y ejecutado? —preguntó Billiard, no porque realmente le preocupase
la respuesta, sino porque sabía que Goldaper entraría en sospechas si no la
hiciera.
—Dos
mil dorados por mes y un nombramiento de coronel en la nueva Flota Espacial de
Lori.
—Ok.
Goldaper, ya tiene usted coronel.
La
nave de combate volaba en silencio, con todos los sistemas de emisión cerrados,
en una alta órbita alrededor de Sutet IX, a once años luz del sistema lorio,
pero todavía dentro del Imperio. El planeta de abajo sólo tenía una pequeña
colonia minera, que se concentraba en un área de unos trescientos cincuenta
kilómetros cuadrados en las cercanías de su polo norte. El resto del planeta
era sólo marginalmente habitable y no se había hecho ningún intento de
colonización, lo que le convertía en el lugar perfecto para situar una base
insurgente.
Los
sistemas receptores y detectores de la nave estaban totalmente abiertos, por un
lado esperando una señal de tierra que indicase que era seguro iniciar el
aterrizaje, y por otro buscando cualquier posible signo de intercepción de
parte de las fuerzas lorias. Los Sombreros Rojos sospechaban que había una base
insurgente en algún punto del planeta, pero los revolucionarios todavía no eran
tomados demasiado en consideración por las fuerzas del Dios de Lori como para
una acción concertada de cara a extirpar el cáncer.
Billiard
estaba sentado y sujeto en el sillón del copiloto, con el cuerpo relajado pero
escudriñando constantemente los instrumentos, la pantalla verde de órbitas
dinámicas y la unidad de comunicaciones, esperando la señal para iniciar el
descenso. Pero principalmente estudiaba a los tres hombres que se encontraban
en la nave con él: el piloto, sentado junto a Billiard en el sillón de control
de la estrecha cabina; entre ellos, un poco retrasado, el artillero, frente al
panel de control de los láseres de largo alcance y los torpedos, y, en un
sillón provisional situado en la parte de atrás, Goldaper, con su uniforme de
coronel del ejército revolucionario.
El
piloto parecía calmado, con esa paciencia que es uno de los rasgos valiosos en
todo tripulante de nave de combate, y en especial para un piloto. El artillero,
en cambio, dejaba traslucir su nerviosismo: estaba tieso y dispuesto a explotar
en cualquier momento. Billiard estaba seguro de que el muchacho ―que no debía
tener más de quince o dieciséis años― no había entrado nunca en combate y ahora
estaba lamentando no haber ignorado los impulsos románticos que le condujeron a
alistarse en las fuerzas revolucionarias.
Billiard
estaba preguntándose si no sería mejor ocuparse personalmente del panel de
control de las armas, cuando una serie de señales alternadas de la unidad de
comunicaciones que tenía sobre su cabeza atrajo su atención y las manos del
piloto acudieron rápidas a los controles. Las señales fueron seguidas de un
silbido de alto volumen, el sonido de una cinta que estaba siendo transmitida a
alta velocidad desde tierra al computador de la nave. Los datos del descenso
comenzaron a cubrir la hasta entonces estática pantalla de órbitas dinámicas;
luego los motores de la pequeña nave entraron en acción y ésta inició su
descenso hacia la atmósfera de Sutet IX.
A
los doce minutos, según la lectura en la pantalla del computador, descendían a
la velocidad apropiada para cruzar la atmósfera. Percibió que el artillero se
relajaba, precisamente en el momento en que debería haber estado más alerta, y
se volvió para reprender al muchacho en el preciso momento en que las alarmas
comenzaron a funcionar en el panel de detección. Dio la vuelta para ponerse
frente al panel, pero antes de que pudiera conseguirlo un martillo gigante
comenzó a machacar el casco de la nave, a sacudirlo y a desgarrarlo. Un silbido
de alto tono le hizo comprender que se habían producido agujeros a través del
casco…, agujeros que si se hubieran producido unos minutos antes, al entrar en
la atmósfera, se habrían convertido en desgarrones. De haber ocurrido tal cosa
los cuatro hombres hubieran muerto instantáneamente. Billiard pensó que ahora
la muerte se retrasaría unos minutos.
La
mirada de Billiard se dirigió al artillero justo a tiempo para ver que el
muchacho alcanzaba la manivela roja que ponía en acción el mecanismo de
lanzamiento de salvación. Su mano surcó literalmente el espacio que le separaba
del hombro del muchacho, sujetándolo con un apretón de acero; sus uñas se
clavaron en la carne, cortando la piel. Buscó y encontró un pequeño nervio
situado debajo de la clavícula. Lo apretó con los dedos y el cuerpo que se
encontraba en el sillón del artillero comenzó a sacudirse al paralizarse las
corrientes nerviosas. Inició un grito histérico que interrumpió cuando los
músculos del cuello entraron en un espasmo; todo el cuerpo del muchacho empezó
a saltar como si estuviera preso de un ataque epiléptico.
Billiard
aseguró los cinturones de seguridad del sillón del artillero ―diseñados para
mantener inmóvil a un hombre herido mientras sus camaradas continuaban la
lucha―, le puso una cubierta y cerró el seguro, quedándose con el control de la
artillería de la nave al deslizar el panel hasta el frente del sillón del
copiloto.
El
ganar el control de las armas le había costado menos de tres segundos, pero le
habían dado a la nave enemiga la posibilidad de deslizarse hasta la parte
trasera de la suya, a un poco más de altura, pudiendo así dispararles y
hacerles pedazos. Si giraban a la derecha o a la izquierda, el enemigo podía
derramar fuego sobre el casco. Si ascendían se convertían en un fácil blanco.
Si descendían, no podrían cambiar el rumbo antes de esparcirse en trozos por
todo el paisaje. Según las reglas de la navegación espacial, estaban muertos.
A
juzgar por las apariencias, el piloto de la nave insurgente, o bien no conocía
las reglas, o bien había escrito el libro y se reservaba algunos trucos.
Rápidamente lanzó la nave espacial en forma de cuña por el cielo, girando y
dando tumbos en lo que parecía ser una pérdida de control, enderezando la nave
en el último momento antes del choque. En esas circunstancias, no pasó mucho
tiempo antes de que las posiciones de las naves se invirtieran. No había en
principio ninguna posibilidad de que eso ocurriese, pero el hecho es que la
nave interceptadora loria estaba ahora frente a ellos, en lugar de detrás. El
piloto de esa nave, que ni siquiera era uno de los fanáticos Sombreros Rojos,
no estaba dispuesto a arriesgar voluntariamente la vida como el de la nave de
Billiard y ahora iba a pagar su falta de dedicación.
Billiard
mantuvo el punto de mira de los torpedos centrado en el interceptor lorio que
tenia enfrente, pero esperó…, esperó hasta que estuvieron casi junto a la
salida de gases de la otra nave, esperó hasta que estuvieron tan cerca que el
fuego le alcanzase antes de haber llegado hasta el fondo del disparador.
Dos
cargas de torpedos UHV salieron de las vainas situadas a cada lado del centro
de la cuña, cruzando la distancia entre las dos naves en menos de medio segundo
y convergiendo en una bola creciente de fuego y trozos despedazados. Los
delgados misiles, diseñados para el uso en el espacio exterior, se movieron tan
rápidos que la fricción atmosférica los convirtió en plasma antes incluso de
tocar el blanco. Convirtieron en pedazos al interceptor enemigo.
La
conversación era imposible dentro de la nave de combate a causa del rugir del
viento por entre los agujeros que la andanada del interceptor había abierto en
el casco. Mientras comprobaba si existía algún desperfecto de más consideración
en la nave, Billiard pensó en lo afortunados que habían sido por ser atacados
por un aparato interceptor lorio. De haber sido uno de los pequeños escuadrones
de naves de combate que los lorios tienen en Sutet IX —o, peor todavía, una de
las corbetas que sabía que había en ese cuadrante del imperio— el resultado
hubiera sido probablemente muy diferente.
Frente
al simple fuego de un cañón habían sobrevivido; frente a torpedos o láseres no
habrían tenido ninguna oportunidad.
Mientras
regresaba al sillón de combate después de todas las comprobaciones que podían
hacerse desde el interior de la nave, Billiard miró un momento a Goldaper y
quedó impresionado al ver su expresión de miedo y odio. Como no podía detenerse
y hablar, dejó la explicación de la mirada para más tarde, cuando pudiera
sacarla de la memoria y preocuparse por ella, uniendo todos los datos e
informaciones que pudiera obtener para encontrar algún sentido a la totalmente
inesperada reacción.
A
los veinte minutos estaban sobre la gran llanura ecuatorial del planeta y cinco
minutos después la nave se estaba deteniendo en la oculta pista de aterrizaje
de la base insurgente. Billiard y el piloto necesitaron varios minutos para
cerrar los sistemas de la nave, poniendo especial atención en el sistema del
reactor, ya que había recibido varios impactos que no pudieron comprobar desde
el interior. Sin embargo, Goldaper abandonó la nave en seguida, y cuando los
otros dos terminaron y Billiard salió de la escotilla, quien le estaba
esperando, en lugar de Goldaper, era una joven, teniente a juzgar por los
galones.
—¿Qué
le ocurrió al coronel Goldaper?
La
cólera se traslucía en la voz de Billiard. Uno de los hombres en quien Goldaper
había confiado, el joven artillero, no había soportado la tensión del combate.
Luego el mismo coronel Goldaper había desaparecido antes de que Billiard se
hubiera preocupado de él.
Mientras
Billiard estaba intentando controlar los nervios, un equipo médico pasó junto a
él llevando al todavía inconsciente joven fuera de la nave, el rostro azulado y
la cabeza bamboleándose de un lado a otro mientras la camilla pasaba de la
escotilla a tierra firme. A la vista del artillero, la cólera de Billiard por
haber sido puesto en tan innecesario y estúpido peligro brotó de nuevo y, casi
gritando, se dirigió a la teniente:
—Mira,
muchacha, quiero ver a Goldaper. ¡Ahora!
—Lo
siento, señor; el coronel debía tener prisa por informar algo. Me dio
instrucciones de que le condujera a los cuartos de oficiales. Y mi nombre es
teniente Garth, señor… no «muchacha».
La
teniente sabía que estaba cogida en medio de algo que no entendía, pero no
debía dar ninguna libertad al nuevo oficial o se convertiría en la cabeza de
turco de una pelea entre Billiard y Goldaper.
—Bien,
teniente Garth. Revoco la orden del coronel Goldaper. Va a llevarme junto a él
en seguida.
—Pero,
señor…
—¡Mierda!
¡Es una orden, teniente!
—Sí,
señor.
La
joven oficial, con la cara roja, dio la vuelta y lo guió hacia un grupo de
edificios de plasticeno camuflados que se encontraba al otro lado de una amplia
plaza de armas. Billiard se preguntó de momento si los revolucionarios estarían
entrando tropas de infantería en esta base al igual que tripulaciones de naves
de combate…, y de ser así se preguntó cuál sería la razón. Pero desechó el
pensamiento, por carecer de importancia en ese momento. Goldaper constituía su
principal problema entonces, y era consciente de que debía ser resuelto sin
demora. De no hacerlo así, las situaciones perturbadoras con el coronel iban a
ser constantes, quizá en detrimento de su misión primordial, pero más
probablemente en el de su trabajo como oficial de entrenamiento para la
revolución.
La
cólera de Billiard fue rápidamente reemplazada por la calma mientras cruzaba la
plaza de armas. El problema al que se enfrentaba —localizar el equipo de
encapsulación lorio— era de tal magnitud que ni siquiera notó las elegantes
formas de la teniente bajo el uniforme de campaña. Sí advirtió que tenía
prendida en el pecho la insignia plateada de artillero de nave de combate.
La
teniente Garth le condujo al primero de los edificios de plasticeno y Billiard
se detuvo sorprendido nada más cruzar la puerta. Había estado esperando alguna
especie de oficina, habitaciones y salas de espera, probablemente los cuarteles
generales de las unidades operacionales de la base; la teniente le había dicho
que Goldaper tenía prisa por redactar un informe. Pero se encontró en una gran
habitación común, evidentemente una sala de recreo para las barracas y clases
de los alrededores.
Tras
un rápido cálculo pensó que habría unas cien personas en la habitación, que se
habían estado relajando y divirtiendo, pero que ahora, como un solo hombre,
miraban en silencio al extraño que acababa de entrar.
En
su propio universo, cuando trabajaba como soldado mercenario, había servido con
frecuencia como oficial a cargo de no profesionales… idealistas. Había visto
muchos grupos como el actual: una abigarrada multitud, ni siquiera una banda,
que un día podría convertirse en una efectiva fuerza de combate. Se encontraban
en aquel grupo los jóvenes idealistas sin los que no puede haber revolución,
algunos militares profesionales que, resultaba obvio, andaban buscando una
guerra, y una banda de tipos que tenían la estampa de criminales y desertores.
Billiard se preguntó a cuántos de ellos tendría que golpear, lisiar y quizá
matar antes de tener autoridad para que cumplieran sus órdenes sin argumentos y
sin preguntas.
Cerca
de la pared había un bar y, con la misma sorpresa con que los hombres miraron a
Billiard, éste observó cuáles eran las prisas de Goldaper. El coronel estaba
apoyado en el bar y en las manos tenía un vaso del alcohol que preferían los
lorios. La rojiza tez indicaba que ya se había tragado por lo menos uno, y es
posible que dos o tres, antes de su llegada. Billiard comprendió que ello
podría dificultar la escena. El terrestre, sabiendo que el eventual éxito o
fracaso de su plan dependía en gran medida de lo que ocurriera en los próximos
minutos, cruzó directamente la habitación.
—Coronel
Goldaper, ¿qué demonios está pasando?
Goldaper,
que se había dado la vuelta cuando vio a Billiard moviéndose hacia él a través
de la repleta sala, volvió a girar para dar la cara al hombre al que había
contratado, derramando en el proceso parte de la bebida en la delantera del
uniforme. Billiard estaba seguro ahora de que Goldaper había tomado varios
tragos mientras él estaba ocupado en la nave de combate.
—Di
la orden de que usted fuera conducido a sus habitaciones, Billiard. ¿Qué
demonios hace aquí?
—Coronel
Billiard, ¿recuerda? —respondió sin gritar, pero lo suficientemente alto para
que todos pudiera oírle. La habitación había quedado en completo silencio desde
su entrada.
—No
deje que el título se le suba a la cabeza, Billiard. Aquí es simplemente un
matón profesional, y será mejor que no lo olvide.
Había
puro odio en la voz de Goldaper; Billiard no podía comprender el repentino
cambio de actitud.
—¿Le
importa si le hago una pregunta, Goldaper?
—Sí,
me molestaría mucho. Le he dado una orden y espero ser obedecido.
—Primeramente,
dígame lo que ocurrió en la nave para llegar a todo esto.
—¿Qué
ocurrió en la nave? —gritó Goldaper con un tono de incredulidad—. Hizo lo que
pudo por llenar de vergüenza a mi familia, mató a mi hermano y…
—¿Su
hermano? ¿El artillero?
—¡Vayase
al infierno! —gritó Goldaper, mientras se lanzaba sobre Billiard en un ataque
insensato.
Los
bien entrenados reflejos de combate de Billiard le permitieron poner su cuerpo
en alerta, abandonar luego esa alerta, relajándose en una postura para una
lucha sin armas antes de que la carga de Goldaper le alcanzara. El encolerizado
hombre se movía lentamente hacia Billiard y, con la sensación de que nadaba
hacia él, le esperó; luego, en el último segundo, se hizo a un lado, dejando
que Goldaper pasara sin hacerle daño.
Una
parte de la mente de Billiard se centraba en el ataque al que tenía que
enfrentarse, pero había otra parte dedicada a analizar la situación, examinando
las varias opciones que tenía. Podía detener e inmovilizar a Goldaper, pero eso
no solucionaría el problema. No sólo tendría a sus espaldas alguien que le
odiaría, sino que Goldaper le había forzado a una confrontación delante de los
hombres a los que por su contrato debía entrenar: sólo mediante una exhibición
de fuerza que no fuera olvidada podría ganarse el respeto y la obediencia
instantáneos que sabía iban a ser necesarios.
Golpear
a Goldaper no sería suficiente. Con tristeza, Billiard comprendió que tendría
que matar al pequeño revolucionario que le había reclutado.
Mientras
pensaba, le había dado a Goldaper la oportunidad de cambiar de dirección.
Aunque no estaba de cara al lorio, Billiard sabía que éste venía hacia él y que
esta vez empuñaría el cuchillo de combate.
Todo
lo que Goldaper vio fue la espalda de Billiard. Una sonrisa cubrió su rostro y
sus dientes quedaron al descubierto. Pensó que Billiard no estaba preparado y
que la lucha estaba por terminar. El terrestre iba a morir.
En
el preciso momento en que le alcanzaba, Billiard se hizo a un lado con tanta
rapidez que Goldaper ni siquiera pudo detectar el movimiento antes de que
estuviera completado. Un segundo antes estaba frente a él, como blanco para su
cuchillo, y ahora había recibido un tremendo golpe en la espalda y volaba por
el aire. Ocurrió con tanta rapidez, y de forma tan inesperada, que no tuvo
tiempo para relajar el cuerpo antes de chocar contra el suelo. Cayó de cabeza y
se deslizó por el piso, quemándose la frente contra el plástico. Nada más
detenerse ya estaba listo para ponerse en pie, y mientras se levantaba, su
rostro, distorsionado por el odio y la furia, era imposible de reconocer. Pero
no llegó a completar el movimiento.
Moviéndose
a una velocidad casi sobrehumana, Billiard llegó hasta donde se encontraba
Goldaper. Alzándolo con las dos manos, le sujetó por la clavícula,
arrodillándole a sus pies. Durante un momento, Billiard miró a Goldaper con lo
que parecía ser tristeza, pero luego, fríamente, abofeteó al revolucionario,
prosiguiendo con un revés que abrió una herida sangrante en su labio inferior.
Goldaper
dio un grito en el que se revelaba la rabia y la comprensión de que estaba en
un problema. Intentó herir a Billiard y liberarse del brazo de hierro, pero
Billard sólo lo trató como si estuviera corrigiendo a un niño disciplinado:
calmadamente, sin emoción, más como lección a los que estaban mirando que por
otra cosa, comenzó a golpear al lorio.
Las
manos convertidas en puños, movidas por unos músculos entrenados para matar
limpia y eficientemente, cayeron sobre el estómago de Goldaper, iniciando una
masiva hemorragia interna. Jadeando con agonía, Goldaper ni siquiera ofreció
resistencia mientras Billiard continuó metódicamente su trabajo sobre el rostro
del lorio, abriendo amplios cortes en donde habían estado las cejas,
rompiéndole los pómulos y abriéndole unos labios por entre los que brillaron
fragmentos de dientes en medio de la carne roja y sanguinolenta.
Como
si quisiera apreciar el resultado, Billiard se echó hacia atrás, separándose de
Goldaper. El revolucionario lorio le miró con intenso terror durante varios
segundos y luego intentó hablar. Una espuma rojiza, procedente de sus pulmones
perforados por las costillas rotas, burbujeó en sus labios destrozados y,
desesperadamente, se revolvió e intentó lanzarse contra Billiard.
El
antiguo mercenario no necesitó moverse con mucha rapidez esta vez. Casi con
desgana, como si estuviera alcanzando una chaqueta colgada, agarró a Goldaper
por los hombros. Dio vueltas al casi cadavérico cuerpo y, soltándole los
hombros, clavó en su garganta los dedos de acero. No pareció hacer un gran
esfuerzo mientras levantaba a Goldaper del suelo con la mano que le estaba
estrangulando. El lorio pateó y su cuerpo se movió con espasmos mientras su
lengua, cuya longitud parecía el doble de lo normal, irrumpía entre los labios
machacados. Agitaba los brazos, intentando alcanzar a Billiard; pero sus
balanceos carecían de fuerza. A los pocos segundos, su cuerpo sufrió una gran
convulsión y murió. Billiard dejó caer el cadáver, miró en su derredor, como
preguntando si había alguna objeción, y se dio la vuelta cruzando la puerta en
dirección al patio de armas.
El
almirante Koppett estaba en su despacho cuando Billiard llegó allí, conducido
por la teniente Garth. Billiard golpeó la puerta y entró sin esperar respuesta.
El
almirante miró al recién llegado. Sus blandos ojos azules sobresalieron de su
cara en forma de luna, preguntándose quién entraba en el despacho sin permiso.
—El
coronel Billiard se presenta, señor. —Desconocedor del protocolo que se seguía
en el ejército revolucionario, Billiard se presentó sin saludar.
—Descanse,
coronel —dijo Koppett, sonriendo y extendiendo la mano—. Le estaba esperando.
Billiard
estrechó la mano ofrecida y dio un paso atrás, permaneciendo en estado de
atención.
—Me
temo que traigo malas noticias, almirante.
—¿Tan
pronto? —preguntó, y un ligero fruncimiento de ceño sustituyó a la diplomática
y automática sonrisa que había mantenido desde que conoció la identidad del
hombre que tenía enfrente.
—He
tenido que ejecutar al coronel Goldaper, señor.
—¿Goldaper…
ejecutado? ¿Qué diablos significa eso, coronel? —Había incredulidad en la voz
de Koppett, pero su expresión sólo mostraba interés, no sorpresa.
—Desafió
mi autoridad delante de los hombres, nada más aterrizar. No tuve elección.
La
voz de Billiard estaba tan desprovista de emoción como lo había estado su
rostro cuando mató a Goldaper unos minutos antes.
—Entonces…
¿tuvo que dispararle?
—No,
señor. Le estrangulé. ―Tampoco ahora se notaba ninguna emoción en la voz de
Billiard.
—¿Estrangulado?
¡Por Dios! ¿Está seguro de que era necesario?
Koppett
miró a Billiard con una expresión que denotaba que sabía lo ridículo de la
pregunta, pero que a pesar de ello era obligación de su cargo hacerla.
—Almirante…
Usted me contrató, a través de Goldaper, para convertir a este puñado de
hombres desorganizados en una efectiva fuerza de combate. No podré realizar tal
cosa si lo primero que ven es un desafío impune a mi autoridad.
Por
primera vez desde que entró en la habitación, Billiard comenzó a relajarse y
ciertos sentimientos se percibieron en su voz al tiempo que comprendía que la
ejecución de Goldaper no iba a producir su inmediata ejecución por orden de
Koppett.
—¿Y
cree usted que sólo porque le teman los convertirá en una efectiva fuerza de
combate? —Por vez primera había una huella de duda en la voz de Koppett.
—No,
almirante —respondió Billiard—, no lo creo así. El miedo hacia mí les
convertirá en un grupo organizado, pero no en un grupo de combate. El respeto
que me tengan ayudará, pero ni siquiera eso hará todo el trabajo.
—¿Y
qué lo hará?
—El
orgullo. Orgullo propio, como combatientes. Orgullo por su causa. Y orgullo por
sus jefes. Usted. Y, necesariamente, por mí. —¿Y con orgullo piensa derrocar el
Imperio Lorio?
—Almirante,
déme hombres llenos de orgullo y armados apropiadamente y conquistaré toda la
maldita galaxia.
CAPÍTULO
III
Al
principio Billiard pensó en la teniente Garth como en una más de las hembras
frustradas que se encuentran en los servicios militares de todas partes, lo
mismo en este universo que en el suyo. Mujeres que no ven posible desarrollarse
en una sociedad normal, porque, por una razón cualquiera, no pueden encontrar
la seguridad que hallan en la vida militar. Ella habría dejado que la milicia
le diese la seguridad que su psiquis necesitaba, pensó, y al mismo tiempo
obtendría el sexo que pudiera querer de sus compañeros de servicio.
No
tardó mucho, sin embargo, en descubrir que estaba equivocado con respecto a esa
muchacha. No, se corrigió a sí mismo, no «muchacha». La teniente Garth, Santha
Garth, era toda una mujer, y una mujer muy especial. Una vez pasada su lucha
con Goldaper y el encuentro con Koppett, Billiard tuvo tiempo de prestar
atención a los que le rodeaban y notó inmediatamente que había algo muy
diferente en la teniente Santha Garth. No sabía todavía qué era, pero estaba
seguro de que lo diferente existía y que pronto iba a ser muy importante para
él.
Tras
mostrarle sus habitaciones, la teniente Garth desapareció prometiendo que le
recogería a la hora de cenar. Cenaron juntos en el comedor de oficiales y ella
le mostró los alrededores del campamento: las aulas, los hangares ocultos para
las naves de combate, la fuertemente protegida planta energética, el almacén de
combustible y la armería. De alguna forma, aunque Billiard no estaba muy seguro
cómo, ella había terminado en la habitación con él, en su cama.
Ahora
estaba tendida en silencio a su lado, con su suave pelo negro cubriéndole la
cara como una telaraña, haciéndole cosquillas en la nariz y produciéndole a
veces una sensación de ternura que no recordaba que otra mujer le hubiera
producido antes.
Las
ventanas de la habitación de Billiard estaban abiertas y permitían que la
brisa, calurosa y casi tropical, acariciase sus cuerpos desnudos. A la
distancia, una extraña criatura, posiblemente todavía no catalogada en los
registros botánicos de ese planeta, dio un lastimero grito. Al oírlo se dio
cuenta de que nunca, ni en su niñez, ni en los días de la Orden, ni siquiera en
el breve período que siguió a su retiro como mercenario, se había sentido tan
relajado y en paz, tan unido con la vida. No lo entendía. Más aún: no quería
entenderlo, por miedo a que la comprensión cambiara en algún sentido su
situación. Tan sólo quería gozar de ese sentimiento lo más posible, antes de
que una inoportuna preocupación y la apabullante responsabilidad de su misión
terrestre le recordase que aquélla no era su gente, que la revolución loria no
era su causa y que aquel universo no era su hogar.
En
la mesilla próxima a la cama había una botella de vino netelio, que Billiard
trajo de Zemaros; era uno de los pocos brebajes decentes que había encontrado
desde que entró en el Imperio Lorio. La alcanzó, llenando un vaso de la botella
abierta y ofreciéndoselo a la mujer que le acompañaba. Ella lo rechazó, le miró
un momento y luego habló con voz somnolienta:
—Es
tarde. Será mejor que regrese a mi cuarto.
—Pero
yo no quiero que te vayas —dijo Billiard con una sonrisa—. Creo que voy a
nombrarte mi oficial ejecutivo y a mantenerte aquí.
—¿En
tu cama? —bromeó ella—. No me creo capaz de hacer mucho trabajo administrativo
desde aquí.
—Eso
depende del tipo de trabajo que estés haciendo, teniente.
—Si
dices cosas como ésa vas a necesitar un guardaespaldas, no un oficial
ejecutivo.
—El
único cuerpo de los alrededores que necesita que lo guarden es el tuyo…, para
asegurarse de que nadie más lo utiliza durante la noche. ―Se aproximó a ella
para acariciarle el hombro, pero la muchacha se separó—. ¿Qué ocurre?
—preguntó, repentinamente confuso—. ¿Hice algo mal, o dije algo que no debiera?
—No,
nada. O, más bien, nada dijiste… —respondió Santha en voz baja—. Es lo que
estabas pensando.
—¿Qué?
Sólo estaba pensando en ti. ¿Qué puede haber de malo en eso?
—Ya
sé que estabas pensando en mi. Y sé lo que estabas pensando: lo fácil que soy.
Una zorra de campamento, ¿no es eso? —Billiard iba a negarlo, pero ella
continuó antes de que tuviera oportunidad de hablar—. Pues bien, ¡estás
equivocado! No soy una mujer fácil y tampoco la puta del campamento. Soy una
oficial de la revolución, artillera de nave de combate… y condenadamente buena
en ello. ¡Y muy cuidadosa para elegir a mis compañeros!
Billiard
la miró, apuró el vaso de vino y lo dejó, vacío, en el suelo, por no levantarse
a colocarlo sobre la mesa.
—Todo
un discurso —dijo calmadamente—. Y puede que tengas razón. Quizá sea mejor que
vuelvas a tu habitación, así nadie pensará que te has acostado con el nuevo
jefe por algún motivo ulterior… —Sintió la cólera en sus palabras, y un
sentimiento de culpabilidad por decirlas sólo para herirla.
De
momento, Santha no contestó. Se limitó a permanecer allí tumbada, mirándole
bajo la escasa luz. En la distancia, el animal desconocido lanzó de nuevo a la
noche su canción lastimera. Cuando ella habló, su voz era tranquila pero
vigorosa, y Billiard comprendió que ella sentía cada palabra que decía:
—No
me retiro porque me preocupe lo que otros puedan pensar. Sólo me preocupa lo
que tú pienses, porque, por muy tonto que parezca, me gustas mucho. Más de lo
que me ha gustado nadie en mucho, mucho tiempo. Pero… quiero estar segura de
que te enteras qué tipo de persona soy… y de qué tipo no soy.
—Lo
entiendo —dijo él. No podía hablarle de los sentimientos que había
experimentado desde que la encontró, pues él mismo no los entendía—. Quién
sabe… —continuó—. Esto puede ser el comienzo de algo más que una revolución.
—Sonrió, y ella le devolvió la sonrisa—. En realidad —añadió, poniéndose
repentinamente serio—, creo que algo ha empezado ya para mí.
Santha
le atrajo hacia ella y luego alzó el rostro y le besó con fuerza. En ese beso
había honestidad, calor y entrega. Y también una necesidad que Billiard fue
capaz de reconocer sin palabras. La teniente era casi feroz en la forma que se
acercaba a Billiard, un fuego en sus demandas, pero también había una
generosidad en su entrega que el terrestre no había conocido nunca. Ninguna
palabra de amor se dirigieron ahora, ninguna promesa se hicieron; pero tampoco
era necesaria. Habían sido amantes, pero Billiard sabía que ahora eran amigos.
Lo demás llegaría, pero a su tiempo. Se poseían el uno al otro ahora y tenían
la paciencia del amor. Podían esperar que aquello se desarrollara, seguros de
que su destino último estaba lejos en el futuro. Siempre que, por supuesto,
Billiard pudiera alcanzar ese destino sin sacrificar su futuro, o incluso el de
Santha, a su verdadera misión en ese universo.
Billiard
se entregó a su deberes y quedó gratamente sorprendido al observar que no
consistían tanto en entrenar, como había pensado, sino en supervisar. Los
hombres que estaban bajo su mando ya sabían pilotar y disparar. Lo que tenía
que enseñarles era disciplina, trabajo en equipo y tácticas. No pasó mucho
tiempo antes de que se encontrara barajando los nombres de los que le rodeaban,
degradando a unos y ascendiendo a posiciones de mando a otros conforme
desarrollaban la capacidad de dirección.
Al
poco tiempo, con las bendiciones del almirante Koppett, pudo empezar a planear
golpes de mano en los sistemas apartados del Imperio Lorio…, golpes que él
mismo dirigió. Siempre elegía a la teniente Garth como artillero, no sólo
porque la quería cerca, sino porque había demostrado ser la mejor de la pequeña
flota, consiguiendo tiros consistentes tanto en los lanzamientos
espacio-espacio como en los espacio-tierra.
Los
suministros capturados en los golpes de mano comenzaron a afluir a Sutet IX; y
cuanto más equipo tenía disponible, más tripulaciones podía mandar Billiard al
espacio. A los seis meses había reunido una fuerza lo suficientemente grande y
bien entrenada para enfrentarse a cualquier cosa, con posibilidades de salir
vencedora, excepto a una flota completa del ejército lorio. No obstante,
Billiard evitó cualquier confrontación con unidades navales lorias, lanzando
sus ataques a naves mercantes no defendidas o algún planeta con pocas defensas.
Los
golpes planetarios le servían para un segundo propósito, del que no informó al
almirante Koppett. Mientras sus naves recogían suministros de los puestos
atacados, algunos hombres salían de las naves revolucionarias para mezclarse
con la población de los planetas «visitados»: hombres que habían sido
reclutados por Billiard para su propio servicio de información, cuyo oficio era
reunir y transmitir información sobre asuntos militares lorios con el fin de
decidir los puestos a atacar, pero no eran conscientes de su función principal:
ayudar a Billiard a buscar la estación de investigación que mantenía cautivo al
universo terrestre.
En
lo que habría sido el día de Navidad, si Billard hubiera estado en su propio
universo, había planeado una doble misión. Iba a dirigir un golpe más al
interior del Imperio Lorio, penetrando más de lo que habían hecho nunca, para
demostrar al Dios que ningún lugar de su dominio estaba a salvo de los ataques
del ejército revolucionario.
El
planeta elegido, Thopt, estaba escasamente habitado; no a causa de su tardío
descubrimiento o de las dificultades del clima, sino porque era uno de los
pocos que estaban compartidos por humanos y goromis. Durante la última guerra
entre el Imperio Lorio y los anfibios de Goromi, los últimos establecieron un
enclave minero en el planeta y el tratado de paz que terminó con la guerra
había especificado que el enclave permaneciese bajo el control militar de
Goromi. Tras el golpe, de regreso a Sutet IX, se había planeado que el
escuadrón de Billiard haría una rápida pasada sobre Chandrara III, un planeta
muy poblado con un activo movimiento clandestino. Cada una de las naves de
combate de Billiard llevaría un compartimento lleno de suministros para el
movimiento clandestino; principalmente explosivos, munición y armas ligeras.
Todo lo necesario para un movimiento clandestino dedicado a inmovilizar a los
Sombreros Rojos y fuerzas militares que, de no ser así, se dedicarían a buscar
la principal base revolucionaria.
Como
todo parecía ir mal, Billiard casi anuló la doble misión antes de haberla
iniciado. Dos de sus naves acompañantes colisionaron en vuelo durante un
entrenamiento el día anterior, pasando a la luna interior de Sutet IX. Una de
ellas pudo regresar sin más percances, pero la tripulación de la otra no
llevaba los trajes y murió cuando la nave fue sometida a descompresión. Apenas
acababa de recibir la noticia cuando se le notificó que los hombres de tierra
no tenían su nave preparada para entrar en acción en el momento planeado. Se
puso furioso durante varios minutos, pero luego cambió de idea y de táctica y
se esforzó por estimularles. A último momento se le informó de que su nave
estaba lista, y él y la teniente Garth se dirigieron a ella… para encontrarse
con que el radar de identificación de mando no funcionaba. No queriendo volver
a calcular todos los números de las lanchas y naves, Billiard decidió que las
otras unidades utilizaran la suya como punto de referencia, con la esperanza de
que de este modo su escuadrón no se esparciera por los infiernos en la próxima
lucha. Si se hacía esto, no necesitaría el radar de identificación de mando.
El
principio del asalto salió exactamente tal como lo habían planeado. El
escuadrón de Billiard abandonó la alta aceleración al borde del sistema que
habían elegido como blanco y mantuvieron una aceleración por debajo de lo
normal en el espacio. Thopt, en su hemisferio sur, poseía un puerto espacial y
unos talleres de reparación; pero cuando el escuadrón de Billiard se retiró de
allí no quedaba un edificio en pie de los talleres y más de veinte naves del
puerto espacial ardían en pedazos. Sin embargo, acabar con el puerto y los
talleres constituía sólo la mitad del trabajo en ese lugar. Después, los
hombres de Billiard tenían que buscar y, si podían, destruir los dos
escuadrones de naves de combate que el Ejército Lorio tenía en el sistema.
Acababa
de ordenar a su escuadrón que formase, todavía en la atmósfera del planeta,
antes de partir como patrulla de búsqueda, cuando los escuadrones enemigos les
encontraron. Billiard, muy lejos en vanguardia, y esperando que los otros se le
unieran, fue el primero en ver por el radar de artillería a los lorios, que se
aproximaban con rapidez. Sus manos, ocupadas en los controles de la nave,
parecían desdibujarse por la vertiginosidad del movimiento cuando dio plena
potencia a los motores y se dirigió al espacio. Pulsó al mismo tiempo la unidad
de comunicación conectándola con las otras naves:
—A
todas las naves, hagan una lectura de mi computador de batalla. Esos bastardos
vienen hacia mí. Vamos a darles una lección.
Cuando
la batalla se inició se hallaban fuera de la atmósfera, pero no habían
conseguido todavía una velocidad de órbita. A los pocos segundos ya
reingresaban a la atmósfera. Las naves lorias habían disminuido la velocidad
orbital, mantenían velocidades balísticas y penetraron entre el escuadrón de
Billiard a tanta velocidad que los computadores lorios les habían rastreado
durante varios segundos, y cuando acabaron la primera pasada, la flota rebelde
contaba con dos bajas.
Las
naves de Billiard sólo tardaron unos momentos en girar y darles caza, pues
todavía se movían a velocidad atmosférica. Billiard enfiló la suya detrás de
una nave enemiga; la teniente Garth, dando luz verde al control de las armas
mientras todos los sistemas se preparaban para el combate, lanzó una gran carga
de torpedos. Una línea de aire convertido en plasma se dirigió desde las vainas
de las alas de la nave revolucionaria a la sección de cola de la nave enemiga;
una fracción de segundo después, la envoltura de seguridad de la nave enemiga
saltaba a tiempo para salvar a la tripulación de la explosión de la nave.
Billiard
apenas tuvo tiempo para girar y evitar la nube de pedazos rotos, y acto seguido
comenzaron a llegar las peticiones de ayuda de otros miembros del escuadrón. La
zona de lucha se había acercado al planeta, muy por debajo de la altitud actual
de Billiard, por lo que éste orientó la proa de su nave a tierra y se lanzó a
plena potencia. Se encontró con una nube blanquecina y, como carecía del radar
de identificación de mando, no estaba seguro de dónde se hallaba el resto del
escuadrón o dónde estaba teniendo lugar la batalla. Sólo sabía que estarían en
algún lugar por debajo de él, probablemente a la derecha, pues ése era el
camino que habían seguido las naves enemigas en su entrada.
La
única nave revolucionaria a la vista era la del capitán Ellv, quien se había
pegado a Billiard en los primeros momentos de la lucha. Ahora mantenía su
posición a un lado y ligeramente retrasado con respecto a la nave de Billiard,
a salvo de los chorros de los reactores y del calor de la nave de mando, pero
lo suficientemente cerca para protegerla en caso de que algún enemigo se
lanzase sobre Billiard mientras éste estaba concentrado derribando a otra.
La
teniente Garth, observando el radar de aproximación, divisó unas naves de
combate en la zona inferior derecha. Una rápida comprobación mediante la unidad
de comunicación le sirvió a Billiard para asegurarse de que no eran miembros de
su escuadrón, lo que las convertía en blanco para los cañones de Santha.
Billiard
y Ellv se lanzaron contra las naves enemigas a toda velocidad. A través de la
escotilla de visión directa que tenía frente a él, el terrestre vio una línea
de torpedos que formaban un camino desde la nave de Ellv a otra enemiga. La
nave loria se convirtió en fuego y pedazos; a los pocos instantes otra nave
sufría el mismo trato tras los disparos de Santha.
Billiard,
despreocupándose del radar a esa altitud, pilotaba la nave visualmente, por lo
que se dio cuenta inmediatamente de que Ellv tenía problemas: una estela de
humo salía del lado derecho de los nódulos de conducción y la nave se inclinó,
deslizándose a velocidad casi subsónica, ofreciéndose así a cualquiera de los
lorios que quisiera abrir fuego contra ella.
—¡Salta,
Ellv! —gritó Billiard por la unidad de comunicación—. ¡Pon en marcha el
eyector!
Gritaba
como si pudiera conseguir contacto directo sin necesidad de radio. Pero ningún
signo de vida salía de la nave de combate compañera. En ese momento se aproximó
una formación de aparatos lorios, lo que significaba el fin para Ellv, y
Billiard lanzó su nave entre ellos al tiempo que Santha derramaba torpedos y
láseres con la esperanza de separarlos de la nave averiada.
Billiard
sabía que era una tarea sin esperanzas, pues él mismo estaba empezando a
recibir un denso fuego. Podía sentir los pedazos de metal recién saltados
golpeando contra la nave y sus controles se volvieron poco precisos a causa de
que el fuego del láser había abierto grietas en la superficie de la nave,
destruyendo los perfiles aerodinámicos. Debajo de él, la nave de Ellv se
convirtió de pronto en una bola de fuego esparcida por la atmósfera y en
seguida comenzó a dejar un rastro negro de apariencia grasienta hasta que
desapareció cubierta por una nube.
Con
un rápido esfuerzo, Billiard pasó toda la potencia de los motores a los nódulos
de conducción, intentando alejarse de las naves lorias. Pero era demasiado
tarde: un golpe oblicuo de un torpedo abrió la parte de casco que tenía frente
a sí y tuvo la sensación de haber metido la cabeza en un alto horno. Gracias a
que tenía puesto el traje de presión no quedó allí asado en su propio jugo.
Se
volvió rápido y escudriñó entre el humo y el fuego en la dirección de la
posición del artillero. Santha estaba inclinada hacia delante, tratando de
alcanzar el eyector de emergencia, y él hizo lo mismo con el suyo, tirando con
fuerza de la palanca. Con un golpe que parecía dado por diez caballos, la vaina
que le envolvía se separó de la nave de combate incendiada. Pudo ver entonces
el metal retorcido de la parte derecha de la nave, rotura que podía impedir el
funcionamiento del eyector de Santha, cuando su freno se puso en marcha con una
sacudida que le inclinó la cabeza hacia atrás.
El
freno le permitió situarse por debajo de la velocidad local del sonido, y
pronto el paracaídas unido a la vaina se hallaba bajo agua… ¡Y ésta estaba
penetrando! Billiard comprendió que si permanecía allí pronto se encontraría en
el fondo del cuerpo de agua en el que había caído la vaina…, lo cual no era
necesariamente un desastre, pues tenía puesto el traje de presión. Pero si el
sitio era muy profundo, no podría nadar hasta la superficie sin el traje…, y
eso sería muy complicado; y si estaba muy lejos de la costa no sería capaz de
llegar caminando por el fondo.
Billiard
pulsó el botón que abría la vaina por la mitad, apresurando la acción a
patadas, y tiró de las cintas de desprendimiento del traje de presión. Con una
nula capacidad de flotación, el traje se hundió lentamente, pero Billiard no
tuvo problemas para llegar nadando a la superficie. Incluso sin el traje, si la
superficie que alcanzaba estaba en medio de un océano podía darse por muerto.
Casi
tenía miedo de mirar cuando su cabeza salió al aire puro, pero su preocupación
carecía de motivo. La suerte le había acompañado y la vaina se había
precipitado en medio de un río que no tendría más de cien metros de ancho. Si
no hubiera acertado en el río y se hubiera estrellado contra la tierra a la
velocidad que llevaba, ya no habría tenido que preocuparse por nada, nunca más.
Dada la situación, lo único que tenía que hacer era nadar unos cinco minutos y
se encontraría sobre tierra seca.
Billiard
no se tenía en pie. Cuando salió del agua intentó erguirse y cayó al suelo, ya
que la pierna derecha se negó a sostenerle. Bajo la rodilla tenía un bulto y en
el primer momento creyó que era una fractura. Al examinarlo descubrió que,
afortunadamente, sólo se trataba de una mala contusión que probablemente se
había hecho al intentar salir de la vaina que se sumergía. Un nervio golpeado
era sin duda la causa de la hinchazón, problema que se eliminaría con unos
minutos de masaje.
El
traje de vuelo de Billiard tenía varios desgarrones; supuso que debió
hacérselos al desembarazarse del traje de presión. Pero el bolsillo que
contenía su comunicador personal estaba intacto, y la luz se puso verde cuando
pulsó el botón que lo ponía en marcha.
—Teniente
Garth, ¿puede oírme? Teniente Garth; responda, por favor —Billiard esperó unos
segundos y volvió a cambiar de canal—. Santha, si puedes oírme contesta, por
favor. Santha, contesta, aquí Billiard. Por favor, responde si puedes oírme…
Tan
sólo escuchó el zumbido del circuito abierto, por lo que cambió la frecuencia
de la unidad por la de la nave de combate y volvió a llamar, pero obtuvo
idénticos resultados. Sin embargo, el dial de la unidad de comunicación
mostraba que la onda portadora todavía provenía de la nave. Girando lentamente
y manteniendo un ojo sobre el dial, Billiard era capaz de determinar la
dirección de la señal.
El
planeta era cálido, casi tropical.Cuando salió del agua observó algo semejante
a una cruza entre un bosque y una jungla. Eligiendo un pequeño barranco que
parecía discurrir en la dirección apropiada, comenzó a caminar. Para su
sorpresa, había caminado menos de kilómetro y medio cuando a través de una
reciente rotura en el follaje vio el destrozado casco de una nave de combate.
¡Era
la suya!
Olvidando
toda precaución e ignorando el hecho de que los lorios habían salido a la
búsqueda de la nave derribada y podían haberla divisado ya, Billiard recorrió a
la carrera los cien metros que le separaban del artefacto.
La
nave yacía sobre uno de sus costados y salía humo de los nódulos de dirección y
del compartimento del motor. Al principio buscó algo que le permitiera abrir la
golpeada compuerta; luego, casi escondido bajo un lado de la nave, vio el
amplio agujero por el que había salido su propio eyector.
Tres
minutos de frenético excavar en el agujero que la nave había hecho en la tierra
blanda lo agrandaron hasta el punto de que pudo introducirse por él. La cabina
estaba llena de humo, pero había luz suficiente para ver a Santha todavía
sujeta por el cinturón de seguridad a su sillón. Un pequeño hilo de sangre
salía de una comisura de sus labios y había una gran mancha roja en su traje de
presión, donde un afilado trozo de metal se había introducido. Pero sus ojos
estaban abiertos y sonrió cuando le vio llegar, arrastrándose entre los
escombros.
—¿Estás
bien? —le preguntó neciamente, haciéndole sonreír.
—Ya
ves. Aparte del hecho de que el planeta se me cayó encima, creo que sí.
A
pesar de sus tranquilizadoras palabras, el rostro de Santha estaba pálido por
el dolor y su voz era tenue. Billiard rasgó los trajes de presión y vuelo y
comprobó al afilado corte que tenía en el lado derecho de su pecho. Era largo y
profundo y había sangrado mucho, pero no tenía la profundidad que lo habría
convertido en mortal. Cerró con un apretón la carne herida y luego inclinó a la
muchacha hacia adelante y la liberó de los cintos de seguridad que la ataban al
sillón.
—Vamos,
Santha… —dijo entre jadeos, pues todavía le resultaba difícil respirar, y se
esforzó por ayudar a la parcialmente consciente artillera a ponerse de pie—.
Tenemos que salir de este infierno. Los Sombreros Rojos no deben estar muy
lejos. Tenemos que ponernos en marcha… ¡ahora mismo!
—Lo
siento, pero… no creo que pueda… —susurró Santha, reflejando el dolor en cada
palabra.
Billiard,
sin hacerle caso, sacó trajes de vuelo para ambos de la cabina de repuestos y
tironeó del botiquín de emergencia, que se encontraba en la pared trasera de la
cabina, retirándolo de su aplique. Una vez dispuesto para salir, se inclinó
para ayudar a Santha a ponerse de pie. La joven empalideció al moverse, pero
apretó los labios fuertemente y siguió a Billiard por la escotilla de
emergencia.
Una
vez fuera, el terrestre forzó el compartimento de carga y cogió toda la comida,
munición y explosivos que pudo. También se llevó un rifle sin retroceso y
cuatro pistolas de láser, con lo cual inició el descenso por el barranco hasta
el río.
Tan
pronto como los lados del barranco fueron tan bajos que les permitieron ver,
Billiard ayudó a Santha a salir de él. Luego cogieron una dirección más al
nordeste, aunque todavía mantenían el río como punto de referencia. Había
cogido de la nave un mapa orbital de Thopt, y aunque el mapa sólo traía los
puntos más sobresalientes del paisaje, estaba seguro de conocer bien su
posición.
Cuanto
más se acercaban al río, más se parecía a una jungla el bosque por el que se
movían. Billiard comenzó a utilizar el cuchillo de supervivencia que traía el
botiquín de emergencia para abrir un sendero entre los matorrales, dejando el
menor rastro posible a los Sombreros Rojos que, estaba seguro, no debían de
andar lejos. Cuando alcanzaron el río los árboles eran altos y densos, y
espesas enredaderas colgantes transformaban la luz del sol en una semipenumbra
que les obligaba a entrecerrar los ojos para poder ver.
Billiard,
una vez en el borde del río, escogió la dirección más cercana al norte y
comenzó a abrirse paso a lo largo de un bosque cada vez más denso, lo que les
hizo sudar y jadear. La situación era tan desesperada que no podía tomar muy en
consideración la debilitada condición de Santha. No obstante, al cabo de una
hora se vio obligado a detenerse, pues Santha se había ido retrasando cada vez
más, quedando atrapada en el follaje, incapaz de dar otro paso.
La
muchacha se tumbó un momento, intentando normalizar la respiración. Luego se
tiró hacia atrás y comenzó a deshacerse del empapado traje de vuelo, intentando
refrescar el cuerpo en el fétido aire y aliviar el picor que le causaba la
venda por encima del pecho derecho.
Billiard
había seguido andando unos cien metros antes de darse cuenta de que el ruido de
la pesada marcha de Santha a través de aquel terreno pantanoso ya no se oía.
Cuando se dio cuenta de que estaba solo, miró hacia atrás desconsoladamente. Su
mente, embotada ahora por la fatiga, fue envuelta por lentos pensamientos y
preguntas…, sobre todo enzarzado en la cuestión de si, en nombre de su deber
con la Tierra, no sería más conveniente abandonar a la mujer loria y
concentrarse en salvarse a sí mismo. Pero deshizo sus pasos, refunfuñando,
siguiendo sus recientes huellas, que se iban llenando lentamente de una
espumeante agua verdosa. Cuando encontró a la mujer caída se echó en el lodo
junto a ella.
—Tienes
que ponerte el traje, teniente —le dijo con voz cansada—. ¡Mira! —señaló el
estómago desnudo de Santha, en donde unos pequeños bultos purpúreos se
agrupaban como si fueran granos—. Comedores de nervios —dijo Billiard—. Se
meten bajo la piel y comen las terminaciones de los nervios. Segregan una buena
anestesia local, por lo que no se es consciente de su presencia hasta que han
profundizado mucho. Entonces lo único que cabe hacer es organizar un funeral.
Santha
comenzó a arañarse los bultos, aumentando la velocidad hasta el punto de
desgarrarse la piel del estómago. Billiard le separó las manos de los
animalejos que se estaba quitando y desenfundó el láser. Lo colocó en la
posición de descarga mínima, apoyó la boca de la pistola contra el barro y
apretó el gatillo; luego, tras limpiar rápidamente el cañón, presionó la
todavía caliente boquilla de descarga contra uno de los bultos del abdomen de
Santha.
Una
pequeña voluta de un humo blanco de olor ácido se elevó en el aire inmóvil y
Santha se retorció al quemársele la carne. Pero el anestésico que le había
impedido sentir a los gusanos que le iban comiendo por debajo de la piel
también le evitó el sentir todo el calor del láser. Sí palideció, en cambio,
cuando vio a un pequeño gusano de rayas naranjas y azules abrirse camino por su
epidermis tratando de escapar de la boca caliente de la pistola.
A
los quince minutos Billiard había terminado de sacar todos los comedores de
nervios que se encontraban bajo la piel de Santha y le cerró la cremallera del
traje de vuelo, asegurando la tensión en los tobillos, muñecas y cuello. Ella,
como si estuviera borracha, se tambaleó al ponerse de pie. Luego Billiard
revisó su propio cuerpo, encontrando tres gusanos que habían iniciado su
trabajo a pesar de lo cerrado de su traje.
Billiard
miró pensativamente el rastro que habían dejado por el bosque, luego se levantó
y sacudió el hombro de la cansada mujer.
—¿Sí?
¿Qué ocurre? —dijo ella somnolienta. Sus ojos se movieron rápidamente desde la
sombra a los troncos de los árboles y a los arbustos del río, percibiendo la
siniestra lobreguez que pendía como una cortina en el vaporoso aire.
—Escúchame:
voy a regresar por el mismo camino, para intentar averiguar cuántos Sombreros
Rojos nos siguen y lo cerca que están. Quiero que sigas moviéndote hacia el
norte. Yo te alcanzaré antes de que anochezca.
Sin
decir nada más y sin esperar la conformidad de Santha, Billiard se internó por
el recién abierto sendero sin volver la mirada a la mujer herida, a la que
dejaba valiéndose de sus propios medios.
Moviéndose
por un camino que ya había recorrido, Billiard viajó con mayor rapidez. Sentía
agarrotada la pierna que se había herido al salir de la vaina del eyector, como
si tuviera un pequeño calambre en la pantorrilla; pero arrojó de su mente la
desagradable sensación y se concentró en regresar a la nave de combate averiada
en el menor tiempo posible. Pensó que había bastantes posibilidades de que los
Sombreros Rojos estuvieran todavía allí y no hubieran iniciado la persecución.
Se
deslizó entre los árboles más delgados, ascendiendo por el barranco lo más
silenciosamente posible, y se quedó pegado al borde de ese corte de tres metros
de profundidad y quince de anchura. De esa forma podría aproximarse sin ser
visto a la todavía humeante nave.
Cuando
divisó el brillo del desgarrado metal entre las hojas y ramas bajas se movió
todavía con más lentitud, arrastrándose hacia adelante con todos los sentidos
en guardia y preparado para percibir la menor señal que indicase que alguno de
los lorios le hubiera visto. Pero antes de haberse acercado lo suficiente para
ver claramente el área que rodeaba a la nave estrellada, sabía ya lo que iba a
encontrarse. Cada centímetro cúbico del aire que entraba en sus pulmones iba
acompañado del olor a metal caliente e ionización de los motores de varios
flotadores.
Las
tropas que se encontraban en el claro eran regulares lorios, de los asignados a
Tropt como guardia; los lorios no iban a dejar sin defensa un planeta en el que
había soldados goromis a pesar de los tratados de paz. Billiard, que esperaba
encontrar aunque sólo fuera un pequeño destacamento de Sombreros Rojos
pertenecientes a una nave de combate, quedó sorprendido. Su nave había sido
encontrada por lo que parecía ser una brigada motorizada, que había llegado en
flotadores blindados y en un par de rastreadores.
Se
movió por el borde del claro, procurando quedar siempre cubierto por los
arbustos. Mirando el grupo de soldados, comenzó a ver, esparcidos, a uno o dos
Sombreros Rojos. Los soldados, con las armas abandonadas en los trípodes, se
dedicaban a gandulear. Era el cuadro perfecto de un vivac temporal en campo
abierto en un planeta nuevo o semiexplorado. Billiard casi sonrió pensando que
ellos habían llevado a las fuerzas de la guardia loria y a unos cuantos
Sombreros Rojos a tal situación en los límites del Imperio Lorio.
Había
gran tumulto, producido por la cháchara de los soldados, el ir y venir de los
flotadores y rastreadores, las instrucciones de los oficiales y las órdenes de
los suboficiales. Los flotadores estaban aparcados sin orden ni concierto
alrededor de un pequeño claro, y las tropas sentadas en círculo en el suelo,
comiendo raciones de campaña que sacaban de unos brillantes paquetes de
plástico, riendo y jugando. Tres oficiales del ejército y dos Sombreros Rojos
se encontraban agrupados. Hablaban excitadamente, señalando un mapa que habían
desplegado en el inclinado frente de un flotador, pero Billiard no pudo
entender claramente lo que estaban diciendo. Tampoco lo necesitaba, en
realidad. Conocía los problemas a que se estaban enfrentando ahora los
Sombreros Rojos y las posibilidades de acción que se les ofrecía para
solucionarlos.
Por
un momento, Billiard pensó iniciar un ataque sorpresa a las tropas que tenía
enfrente. Eran unos cien los que estaban relajados comiendo, con los láseres
olvidados en los vehículos y los rifles de seguridad guardados. Usando las
cargas explosivas que había cogido de la nave, sus propias armas y el elemento
sorpresa, tenía alguna posibilidad de éxito. Pero desechó la idea; podía tal
vez acabar con cincuenta de ellos, e incluso setenta y cinco si tenía suerte,
pero eso sería todo. Y carecía de sentido cualquier cosa que no fuera acabar
con todos.
Se
alejó entonces del claro y regresó por el barranco hasta el camino que había
abierto diagonalmente hasta la orilla del río. Una vez allí, comenzó a moverse
en dirección norte. Si sus cálculos sobre la localización de donde se
encontraba eran correctos, tendría que recorrer unos setenta kilómetros para
llegar al enclave de los goromis.
Seguramente
los Sombreros Rojos también lo sabrían. Sabrían tan bien como él que alcanzar
la colonia goromi era su única posibilidad de salir del planeta. Y también
estaba seguro de que esos Sombreros Rojos se dedicarían maniáticamente a
capturar a cualquiera de los que había atacado a uno de los planetas interiores
del Imperio.
Le
necesitaban, a él o a Santha, para juzgarlos. Atrapar a uno significaría que el
imperio no estaba realmente amenazado por los revolucionarios. También
necesitaban un cautivo para demostrar, a los goromis y a las otras razas que
vivían en los límites del Imperio, que no están a punto de caer y no son presa
fácil para incursiones militares.
La
unidad motorizada que llegó al lugar del choque no sería capaz de seguir a
Santha y a Billiard a través de terreno pantanoso. Una búsqueda aérea sería
inútil mientras ellos se acogieran a la protección de la jungla. Hasta un
rastreador infrarrojo se detendría ante esa masa de vapor y vegetación. Por eso
Billiard sabía que aunque los Sombreros Rojos tenían una idea bastante
aproximada de dónde se encontraban ellos y hacia dónde se encaminaban, tendrían
que organizar un equipo de tierra para perseguirlos… o esperarlos cerca del
enclave de los goromis.
El
problema radicaba ―según pensaba Billiard, mientras caminaba por el sendero
recién abierto― en que un grupo semejante estaría equipado para operaciones en
la jungla y, lo que todavía era peor, sus hombres estarían frescos. La
posibilidad de que pudieran alcanzar el enclave goromi antes que esas tropas de
la jungla les capturasen era muy escasa. Pero esa pequeña posibilidad era mejor
que la certidumbre de lo que les ocurriría si fueran capturados por los
Sombreros Rojos.
Hasta
una muerte lenta en la jungla sería preferible a esa alternativa.
Tres
horas tardó en alcanzar a Santha y, cuando lo hizo, empleó cinco minutos en
sermonearla. En las cinco horas que había empleado en ir y volver hasta donde
estaba la nave ella había recorrido menos de dos kilómetros.
—Me
importa un cuerno lo destrozada, o herida, o cansada que estés —le gritó—;
tenemos al ejército y a los Sombreros Rojos tras nosotros y si queremos salir
vivos de esta bola de cieno tendremos que apresurarnos.
—Lo
siento —murmuró Santha cuando tuvo la oportunidad de cortar el discurso de
Billiard—, pero no creo que pueda conseguirlo.
Con
cólera y desprecio en su expresión, Billard miró a Santha directo a los ojos.
—Escúchame
—le dijo con voz cortante—, esto no es un entrenamiento. Tampoco estamos en
Sutet IX, haciendo juegos amorosos. Si no salimos de aquí, estarás muerta. No
capturada, no puesta bajo custodia, no atada por las muñecas: estarás muerta.
Nadie te dijo que derribar el Imperio iba a ser algo fácil. No lo es…, y muchos
moriremos mientras hacemos el trabajo.
»Es
posible que todos vayamos a morir, y no precisamente de viejos. Lo único que
podemos hacer es movernos mientras respiramos. Pues bien, tú estás respirando,
y yo también…, y ahora voy a intentar salvar mi vida corriendo, escondiéndome y
saliendo de este maldito planeta. Y cuando no pueda correr más trataré de hacer
aquello por lo cual vinimos aquí, que es matar a todos los Sombreros Rojos que
pueda antes de que me maten a mí. No es que matarlos vaya a significar una
diferencia. Si matamos a todos los Sombreros Rojos que hay en este planeta
probablemente no acortemos la guerra en un solo día y no significará nada con
respecto a lo que vaya a ocurrir después. Pero los mataré porque de eso se
trata la revolución: un simple caso de matar o morir, y a veces ambas cosas.
Ahora que estamos condenados, bien podemos actuar como si estuviéramos ganando
esta guerra. Comeremos y beberemos algo y luego tú te volverás a poner en
marcha mientras yo dejo algún regalo para nuestros amigos.
Aunque
su ira ante Santha era una forma de superar la fatiga y el dolor que se agitaba
en sus venas, la parte más fría y analítica de la mente de Billiard le
recordaba que lo que estaba diciendo no era completamente cierto. Lo que le
importaba no era la revolución, sino la seguridad de la Tierra. Billiard se
daba cuenta de que, si era necesario para asegurar el éxito de su misión en ese
universo, traicionaría la revolución e incluso a Santha.
Cuando
terminaron de comer, Billiard dedicó diez minutos a preparar trampas con los
explosivos que había cogido de la nave, uniendo a cada tubo de plástico pedazos
afilados de unos juncos, parecidos al bambú, que había cortado de los lados del
camino. Dejó las envolturas de los víveres a plena vista, pues quería
asegurarse de que cualquiera que les estuviera siguiendo se detuviera y
rebuscara por el pequeño claro. Es lo único que haría falta: los explosivos
estaban conectados entre sí, de forma que al accionar uno de ellos todos
explotarían. Lo único que preocupaba a Billiard es que un explorador marchara
delante, y alejado de los demás.
Colocadas
las trampas, Billiard cogió a Santha y la guió durante un cuarto de milla en
dirección a sus perseguidores. En un área de árboles y matorrales especialmente
espesos le hizo una señal para que lo siguiera y se desviaron tomando una
dirección que formaba ángulo con la que llevaban. Esta vez se introdujeron a
través de la espesa maleza en lugar de hacer cortes, cayendo y tropezando, pero
abriéndose camino a través de la jungla sin dejar rastro. Durante más de una
hora dieron vueltas entre arbustos y enredaderas, hasta que por fin alcanzaron
un minúsculo claro lleno de barro.
Billiard
se detuvo en el centro, balanceándose, con el traje de vuelo empapado y
adherido como si de una húmeda segunda piel se tratara. Tardó más de cinco
minutos en normalizar la respiración, y sólo tras un largo trago de la
cantimplora comenzó a desaparecer el intenso color rojo de su rostro. Veinte
minutos después ayudó a Santha a ponerse de pie y de nuevo emprendieron el
camino hacia el norte.
A lo
largo del día el terreno se había ido transformando de bosque en pantano, y
viceversa. Ciénaga es el término que más define al terreno por el que se movían
en ese momento, formado por una masa negra en la que se hundían los pies y que
a veces cubría más arriba de las botas de vuelo. Billiard, para mantener la
respiración, no hablaba con la teniente; por su parte, Santha, apenas capaz de
mantener ese paso de castigo, no podía hablar. A cada hora, Billiard hacía un
corto descanso. Se arrojaban entonces sobre la suciedad, jadeantes, e incluso
despreocupándose de los comedores de nervios que intentaban penetrar por sus
trajes y de las arañas flotantes que les picaban en manos y rostros. Tales
cosas no les importaban. Cuando se detenían, Santha se tumbaba donde caía y su
rostro denotaba el dolor que le recorría el cuerpo. Billiard se sentaba
tranquilamente, dando pequeños tragos a la cantimplora, mientras el sudor
goteaba por sus hundidas mejillas. Se hallaba evidentemente exhausto.
Tras
seis horas de abrirse camino por la ciénaga tropezaron con un río poco profundo
y casi inmóvil, de unos diez metros de ancho; por sus arenosas orillas podrían
caminar sin tener que luchar a cada paso. Los árboles no se arqueaban sobre
esta corriente como sobre la primera. Por primera vez desde que abandonaron la
nave podían ver el cielo…, un cielo manchado de gris y azul que parecía el del
infierno, pero toda una bendición tras la húmeda obscuridad de la jungla
pantanosa.
Billiard
guió a Santha por el camino arenoso durante media hora y luego se detuvo.
Descansaron al borde del agua y la muchacha comió una ración con poco interés
mientras él estudiaba el mapa orbital.
—No
está lo suficientemente detallado como para estar seguro —dijo Billiard, más
para sí mismo que para ella—; pero si éste es el río que pienso, podemos
esperar una emboscada más adelante. Seguiremos el río un par de kilómetros más,
pero luego tendremos que dejarlo. Nos encontraremos con unas llanuras suaves,
que serán más fáciles de cruzar que el pantano. Habrá además suficiente bosque
como para impedir que los Sombreros Rojos nos vean desde los flotadores o desde
la órbita.
Plegó
el mapa y lo guardó cuidadosamente en uno de los bolsillos del traje de vuelo,
luego sacó una ración y comenzó a comer.
—Podemos…
conseguirlo —dijo Santha de repente, hablando por primera vez en horas.
—Sí,
podemos —respondió Billiard—. Las tropas regulares que se encuentran junto a la
nave están esperando la llegada de una escuadra de la jungla. Incluso si los
traen en una nave, pasarán diez u once horas antes de que comiencen a
buscarnos.
»A
eso hay que añadirle la media hora que perderán explorando hasta encontrar
nuestro rastro. Imagino que se moverán lentamente, pues no saben lo que pueden
esperar de nosotros; por tanto no creo que lleguen al lugar en el que comimos
antes de anochecer. Allí tendrán pérdidas, a causa de mis regalos. Después de
eso imagino que se pondrán muy nerviosos ante la idea de perseguirnos en la
obscuridad, desconociendo si les hemos puesto más trampas o si les estamos
esperando en una emboscada. Luego tendrán que encontrar el punto por el que nos
introdujimos en la maleza.
»Diría
que les llevamos por lo menos diez horas de adelanto si nos detenemos y
descansamos por la noche, y dieciséis si seguimos adelante y ellos no.
—Suena
como si ya tuviéramos abierta la puerta de casa —dijo Santha sonriendo,
mostrando en su cara los primeros signos de animación desde que Billiard la
sacó de la nave de combate estrellada.
—Es
posible, querida, es posible. Pero también cabe la posibilidad de que hayan
mandado tropas delante de nosotros, con la esperanza de interceptarnos. Lo
dudo, pues en este terreno nos sería muy fácil deslizarnos entre ellos…, pero
es posible.
Billiard
gruñó al ponerse en pie y luego se dirigió al borde del río, hacia un lugar en
donde un bajo follaje se desplegaba junto al agua. Crecían allí algunas plantas
altas semejantes al bambú. Tras examinar algunas, Billiard cortó dos con el
cuchillo, las arregló y las convirtió en dos ligeros pero fuertes y flexibles
bastones, de unos cuatro centímetros de diámetro y metro y medio de largo.
Regresando hasta donde había quedado Santha, Billiard cogió el paquete que
había hecho en la nave, lo puso sobre sus hombros y ayudó a Santha a ponerse en
pie.
Repentinamente
alerta, Billiard se quedó inmóvil en posición inclinada. Con un rápido
movimiento de mano le indicó a la teniente que guardara silencio. Estaba seguro
de que había oído algo moviéndose en el agua tras de ellos, siguiendo su
rastro.
Con
toda la rapidez que pudo, guió a Santha tras los árboles y arbustos. Cuando
estaban a veinte metros del río y fuera de la vista del sitio en que habían
descansado, Billiard se acurrucó tras un helecho y esperó.
No
tardó en escuchar lo que estaba esperando: el sonido de un cartón de comida
vacío cayendo al suelo después de haber sido inspeccionado. Pero le animó el
hecho de no oir voces: significaba que sólo uno les seguía el rastro. Billiard
estaba seguro de que podía manejar a una persona.
Seguido
con cautela por Santha, se encaminó hacia el sur a través de los matorrales.
Tardaron cinco minutos en alcanzar un lugar quince metros más atrás y paralelo
al camino que habían seguido junto al río, desde el que podrían ver, desde
atrás y por tanto con seguridad, al causante del ruido. Cuando Billiard vio lo
que era, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Siguiéndoles con un
uniforme de los Sombreros Rojos, lo que no dejaba dudas sobre de qué lado
estaba, había un vwrung'n.
Vagamente
humanoide, cuatro brazos, dos piernas y una masa de hueso y músculo que le
hacía de cabeza sobre un torso grotesco, medía un par de metros de altura y su
anchura era casi de metro veinte, dando la impresión de tener músculos sobre
sus músculos. Cubierto casi completamente por una tosca pelambre gris, abierta
para mostrar una piel de un color blanco sucio en donde su uniforme de campaña
se cerraba sobre su cuerpo, este especialista en rastreo, proveniente de un
planeta que había evitado la completa asimilación a los lorios gracias a su
ferocidad en las batallas, parecía no haber nacido, sino simplemente caído a la
vida. Billiard estaba seguro de que atizarle sería como golpear una roca y que,
en cambio, le destrozaría a él de un solo golpe.
Santha
estaba tan familiarizada con la reputación de los vwrung'n ante las luchas como
él, por lo que comenzó a retroceder cuidadosamente hasta situarse detrás de los
árboles. Billiard no se movió. La muchacha regresó hasta donde se encontraba
Billiard y le dio un tirón de los pantalones. —Vamonos de aquí antes de que nos
vea —susurró con desesperación—. O abátelo de una vez con el láser, si eso es
lo que pretendes.
Billiard
hizo un gesto negativo y comenzó a avanzar, acercándose a la horrible mole que,
de espaldas a los humanos, estaba examinando un mapa.
—¿Has
perdido el juicio? Si nos ve estamos muertos —dijo Santha.
—Tiene
un mapa indudablemente más claro y detallado que el nuestro —susurró Billiard—,
y lo necesitamos. Nuesta única oportunidad de salir de este planeta es alcanzar
el enclave goromi, y nuestra mejor posibilidad la tenemos en ese mapa.
—Es
un explorador —dijo Santha a través de sus dientes cerrados—, y no sabemos lo
alejado que esté de la fuerza principal. Debiste equivocarte al hacer el
cálculo de la ventaja que les llevamos. Deben estar lo suficientemente cerca
como para oírte si le disparas; pueden detectar la descarga eléctrica de la
batería del láser si tratas de achicharrarle y estarán aquí antes de que nos
hayamos ido… con tu precioso mapa.
—No
estoy pensando en dispararle —dijo Billiard.
—¡Estás
loco! Te desgarrará en pedazos si tratas de enfrentarte a él con algo de menor
potencia al rifle sin retroceso.
—No
es un monstruo. Sólo es más grande que yo. Y cuanto mayores son… —dijo Billiard
con una sonrisa—, más fuerte es la caída.
—Y
cuando caiga, si es que cae, hará de ti una masa junto con el barro y hasta con
el granito que hay debajo.
—Es
una posibilidad que tenemos que afrontar. Tú quédate aquí y cúbreme. Si piensas
que va a matarme dispárale, y al infierno con la fuerza principal. Si piensas
que ya estoy muerto, escapa y trata de alcanzar el enclave por ti sola. No sé
cómo decírtelo, pero…
—No
te preocupes. —Santha sonrió tristemente—. Asegúrate de volver.
Billiard
alzó una mano y le acarició la mejilla, luego comenzó a arrastrarse hacia el
vwrung'n.
Se
llevó con él uno de los bastones que había cortado. No era mucho como arma,
pero esperaba que fuera suficiente. Aunque llevaba el cuchillo en el cinto,
prefirió tratar de dejarle sin sentido con un golpe en la cabeza. Si el cerebro
lo tenía en algún sitio, allí debía ser, pues al menos las terminaciones
sensoriales —aletas arrugadas que se desaparramaban para servir como orejas;
pequeños y duros ojos totalmente rodeados por una huesuda cresta protectora; un
agujero de una pulgada que le servía de nariz— las tenía encima de los hombros
montañosos. Quizá ese golpe mejoraría sus posibilidades en el combate
posterior. Al menos eso esperaba Billiard. Era su mejor oportunidad.
Se
arrastró hacia adelante hasta que estuvo completamente fuera de la pantalla
protectora de arbustos; luego se puso de pie, sujetó con firmeza uno de los
extremos del bastón y echó a correr directamente hacia la espalda de la ocupada
criatura.
Ésta
debió oír o sentir algo en el último momento, pues alzó la cabeza y comenzó a
girarla cuando Billiard le alcanzaba. Lanzó el bastón fuertemente a uno de los
lados de la cabeza del vwrung'n, pero éste, volviéndose, alzó el hombro y el
bambú rebotó sobre las duras cuerdas de sus músculos. Lanzó un alarido de rabia
y, prosiguiendo el giro, golpeó con un puño de tres dedos y cuatro kilogramos
de peso contra el estómago de Billiard.
El
terrestre cayó, sintiendo que las tripas le habían explotado.
El
vwrung'n se aproximó hacia él. En su desesperación, Billiard pateó el estómago
de su rival, pero era como golpear una masa metálica. El humanoide se inclinó y
agarró a Billiard, arrastrándole y tratando de darle un golpe que probablemente
le hubiera puesto en órbita. Billiard lo esquivó, desembarazándose de la mano
que oprimía su traje de vuelo, y dirigió un golpe a la garganta cubierta de
dura piel. Aquél bajó la cabeza y Billiard sólo consiguió perder parte de la
piel y la carne de los nudillos contra el rostro de duros huesos.
Rápidamente,
Billiard se lanzó hacia adelante intentando rodear con los brazos el demasiado
ancho cuerpo. Hundió los dientes en una de las aletas carnosas que le servían
de orejas al vwrung'n y mordió con fuerza, desgarrando la carne con un giro de
la cabeza. La criatura gritó de dolor y trató de sacarle los ojos a Billiard.
Cayeron al suelo dando vueltas, buscándose y arañándose el uno al otro.
Con
las vueltas llegaron al río, donde se separaron, se pusieron de pie y se
lanzaron de nuevo uno contra el otro.
Billiard,
al levantarse, llevaba una mano llena de arena sucia. La arrojó al rostro del
vwrung'n, castigándole en seguida con terribles golpes que abrieron la carne
del subhumanoide en puntos por los que empezó a brotar una sangre rosa pálido.
La criatura se lanzó hacia adelante, intentando utilizar la ventaja de su peso
para terminar el combate. Cuando lanzó su cabeza en un intento de batir al
terrestre, Billiard había sacado el cuchillo y sintió el desgarrón de la carne
en el rostro del rival.
Un
momento después, el vwrung'n consiguió introducir un pesado puño por entre la
guardia de Billiard, dándole en un lado de la cabeza un golpe tal que lo
derribó y le hizo rodar por el suelo.
Billiard
intentó levantarse, pero de momento no supo cómo hacerlo. El otro, dándose
cuenta de que el terrestre estaba en problemas, saltó hacia adelante, dando
patadas con su enorme pie en un intento de cocear a su oponente en la cabeza.
Billiard, con un giro, esquivó el golpe. Logró ponerse de pie, pero volvió a
caer cuando aquel ser se precipitó contra él. Sin embargo, llevado por su
propio impulso, también cayó y los dos se sujetaron y rodaron enzarzados en
golpes. El traje de Billiard se rasgó y abrió cuando, finalmente, consiguió
ponerse de pie. Se tambaleó e intentó respirar profundamente.
El
vwrung'n, que ya se había dado cuenta de que el ser humano contra el que
luchaba era fuerte y no iba a caer sólo por estar luchando contra uno de los
legendarios guerreros de Vwrung'n, comenzó a lanzar furiosos golpes de
izquierda y derecha. Una y otra vez los grandes puños de tres dedos se
estrellaron contra Billiard; una y otra vez el terrestre devolvía los golpes,
la mitad de poderosos que los del otro, pero aun así eficaces. Ambos sangraban
profusamente. Ambos estaban desgarrados. Ambos tenían un solo pensamiento:
matar.
Billiard,
cansado, se resguardó lo mejor que pudo y devolvió los golpes siempre que tuvo
oportunidad. Sabía que el otro estaba allí porque algo seguía golpeándolo. El
hecho de que algo estuviera todavía allí era el único incentivo que necesitaba
para proseguir la pelea.
Un
golpe en la frente le envió tambaleándose hacia atrás y tropezó con algo,
cayendo de espaldas. El otro se abalanzó sobre él, dándole con un pie en un
costado. El dolor fue tan grande que Billiard chilló, pero giró el cuerpo,
cogió el pie que venía de nuevo y tiró de él con todas sus fuerzas. El vwrung'n
dio con la espalda en el suelo.
Mientras
Billiard se arrastraba hacia adelante, su mano tocó lo que le había hecho
tropezar: el ligero y bruñido bambú con el que había intentado acabar con el
vwrung'n antes de comenzar la pelea. Sus dedos lo agarraron fuertemente
mientras el enemigo, tambaleante, se avalanzaba de nuevo. En ese momento se lo
clavó en lo que podría ser el equivalente a la garganta humana.
La
criatura se detuvo y un burbujeante chorro de sangre brotó entre los
promontorios huesudos que le servían a la vez de labios y dientes; luego se
derrumbó como un árbol recién cortado. Billiard le arrancó el bambú,
golpeándole con él una y otra vez, destrozándole el cráneo y el rostro,
partiendo su cabeza hasta que trozos grises de cerebro se mezclaron con otros
de una carne que había sido blanca y con una sangre pálida en una masa
irreconocible.
De
repente, Santha apareció allí. Golpeó suavemente, como quien golpea a un chico,
a Billiard en su magullada cara y le quitó el bambú. El siguió mirando un
momento al caído, luego se dio la vuelta y se introdujo en la maleza. Santha
recogió el mapa caído y luego siguió a Billiard.
—Parece
que me había equivocado —dijo Billiard, tras estudiar el mapa varios minutos—.
Nos hallamos por lo menos treinta kilómetros más al sur de donde pensaba, y
vamos a tener que cruzar un buen tramo de campo abierto, además de lo que
parece una línea de montañas. De acuerdo con este mapa, la zona no ha sido
completamente explorada.
—Cualquier
cosa es mejor que el pantano —dijo Santha con un estremecimiento, mirando hacia
atrás como si tuviera miedo de que en cualquier momento apareciera una patrulla
de Sombreros Rojos por el camino que ellos habían hecho.
—No
del todo. Lo cruzaremos mientras esté obscuro. Seguramente enviará, patrullas
aéreas; durante el día no tendríamos ninguna oportunidad de cruzarlo. Ni
siquiera estoy seguro de que podamos lograrlo de noche. Si tienen suficiente
fuerza aérea o cazadores electrónicos montados en satélites nos arrojarán una
carga aérea antes de que hayamos cubierto medio kilómetro.
—¿No
podríamos dormir ahora? —preguntó Santha—. Debe ser cerca de la medianoche. Si
pasamos la noche aquí, en un lugar resguardado desde el que no nos puedan ver
desde el aire, podemos escondernos mañana durante el día y cruzarlo por la
noche, cuando ya estemos descansados. Tal como estás ahora, no creo que un día
de descanso te sea suficiente.
—Estaría
bien hacer eso —respondió Billiard con una mueca, mientras se tocaba el
magullado rostro—. El problema es que la patrulla que debe haber tras de
nosotros no descansará. Estarán aquí antes de mañana por la noche. Tenemos que
intentarlo ahora.
Ambos
se pusieron en movimiento, mostrando el cansancio a cada paso. A la media hora,
el río hacía una curva y se alejaba de ellos. Tras una suave escalada, se
encontraron ante un terreno llano y amplio, casi totalmente desprovisto de
árboles. El cielo estaba todavía cubierto, obscureciendo a las estrellas, y
algunas nubes de lluvia pasaban lentamente. Estas nubes intermitentes les
servían de pantalla contra cualquier posible investigación aérea, incluso las
equipadas con ámbitos de acción de luz de estrellas y vigías de rayos
infrarrojos.
Siguieron
caminando penosamente. A veces Billiard tiraba de su teniente, a veces la
empujaba, la sostenía cuando tropezaba y la maldecía cuando quedaba detrás. En
toda la llanura sólo se oía el sonido de sus dificultosas respiraciones.
Las
horas pasaron y ninguno podía recordar realmente adonde iba o por qué era tan
importante que cruzaran la sabana. Ninguno hablaba. Simplemente miraban a la
tierra a sus pies, moviéndose como bestias de carga, sin quejarse y aceptando
un mundo de tormento inacabable.
Luego
su mundo cambió. Al este el cielo empezaba a iluminarse, poniendo al
descubierto, a menos de un kilómetro de donde estaban, una delgada selva,
resguardada por unos escarpados riscos graníticos. Billiard miró esos riscos,
de una inescalable altura de varias decenas de metros, y comprendió que el fin
había llegado para ellos.
Estaba
tumbado en la repisa de una roca, enfrente de la cueva. Desde ahí, si el día
aclarara, tendría una vista completa de la llanura que habían cruzado la noche
anterior y de la estrecha franja de selva que separaba a la llanura de los
riscos y las escarpadas rocas que conducían a su guarida.
Santha
apenas llegó al pie de la escarpadura antes de desmayarse. Tras descansar media
hora, Billiard la había atado a sus espaldas y había iniciado la escalada de
los treinta metros de altura que le separaban de esta repisa, que había
divisado desde la llanura. La escalada, hecha a rastras por una pendiente de
casi setenta y cinco grados y algunos tramos casi verticales, le había exigido
el máximo esfuerzo. Se preguntaba a cada momento si los brazos le resistirían.
Lo hicieron. Ahora esperaba al enemigo desde la repisa; Santha se hallaba
inconsciente en la cueva que había a sus espaldas. Billiard sabía que estaban
cerca. Había observado a una patrulla moviéndose hacia él por la llanura hasta
que una fina lluvia les cubrió, escondiendo el campo de su vista. Luego escuchó
el zumbido de un flotador de transporte pesado, con lo que supo que tenía que
habérselas con más de una patrulla. Lo más probable era que ahora hubiese por
lo menos una compañía en la llanura y que supiesen exactamente en dónde se
encontraba. No tardarían en llegar.
Estaba
tumbado en la repisa, reuniendo fuerzas para lo que se avecinaba, con las armas
dispuestas a su lado. A la derecha tenía varias raciones de comida y una
cantimplora de agua, la última. Estaba completamente despierto y extrañamente
en calma. El y Santha se habían abierto camino a través del más imposible
terreno de Thopt; había mantenido un combate a mano con un vwrung'n,
venciéndole, y habían recorrido la mitad del camino hasta el enclave goromi.
Todo para nada.
Casi
lo habían logrado, pensó con amargura —correr, esconderse, luchar y correr de
nuevo—, pero una pequeña línea de rocas, tan pequeñas que ni siquiera estaban
señaladas en el mapa orbital, les había detenido. Con un equipo de escalar y un
par de días de descanso podrían cruzar esa fila de riscos fácilmente. Pero no
tenían el equipo, y el enemigo no iba a concederles un descanso para que
recuperaran fuerzas. Sin embargo, desde la repisa a la que había ascendido
cargando con Santha iba a hacer que los Sombreros Rojos y las tropas lorias
pagaran cara la victoria. Victoria no sólo sobre Santha y sobre él, sino
victoria sobre la Tierra, un planeta del que nunca habían oído hablar, y,
finalmente, victoria que aseguraría su propia destrucción así como la destrucción
de los dos universos, que bien pronto se desgarrarían en pedazos.
Una
de las formas en que Billiard pensaba hacerles pagar era con otra serie de
minas. Tras dejar a Santha en la cueva del risco, descendió de nuevo para
recuperar las armas que había abandonado en la selva. Dejó algunos de los
explosivos, así como otras sorpresas, en forma de minas ocultas al pie del
risco. Algunas estaban conectadas a alambres dispuestos para facilitar el
tropezón; otras tenían los detonadores ocultos por piedras que podían ser
fácilmente movidas por un pie no cuidadoso; había otras conectadas en serie, de
forma que al explotar una explotaban las otras a cien pies de distancia.
Billiard lo había planeado todo cuidadosamente, asegurándose de que si los
Sombreros Rojos y los soldados llegaban a escalar el risco, lo hicieran tras
perder muchos hombres.
Tenía
junto a él las pistolas láser y el rifle de fuego rápido sin retroceso, que se
sorprendió de seguir llevando tras la pesadilla de la llanura, pero sabía que
sería un arma principal en el inminente combate. Los láseres de bolsillo no
tenían suficiente potencia ni alcance para el tipo de batalla que iba a tener
lugar.
Billiard
tenía la esperanza de que el enemigo se abalanzara sobre él, aunque sabía que
sería una locura por parte de ellos el hacerlo. Sobre él tenía una roca
colgante que les dificultaría el cogerlo con un golpe aéreo. Difícil…, pero no
imposible. Era la única forma en la que podrían atraparlo sin tener muchas
bajas al intentar escalar el escarpado risco bajo su fuego.
Billiard
gimió al cambiar de posición ligeramente para escudriñar la franja de selva a
través de la lluvia. Se frotó el dorso de una mano, hinchada y anestesiada por
los comedores de nervios, contra su sucia, costrosa y barbuda cara. Esperaba
que los lorios atacaran la posición de inmediato, pero sabía que ninguna
diferencia había en lo que hicieran. El enemigo podía simplemente sentarse y
esperar; con tan poca comida y agua en la repisa, podrían escalar el risco a
los pocos días sin recibir un solo tiro. Incluso podían tomarse el tiempo de
encontrar y desactivar las minas que Billiard les había dejado. Era posible que
no tuvieran una sola baja, aparte de las que debieron tener con las minas del
bosque. Ante ese pensamiento, una sonrisa surgió en sus agrietados labios.
La
lluvia, que había ocultado a los ojos de Billiard el campo de abajo del risco,
comenzó a menguar. Los túmulos grises y negros se convirtieron en pequeñas
formas. Lo que eran manchas obscuras contra la plana y blanca niebla, se
convirtieron en las parras, enredaderas y árboles de la franja de selva que
estaba ocultando a las fuerzas lorias. Comenzó a oír sonidos: los golpeteos del
equipo, el crujido de los pasos de las tropas en movimiento. Sabía que su
tiempo había llegado. Colocando sus armas frente a él, escudriñó la parte más
baja del risco, la pendiente y el área en la que había colocado las minas.
Pasaron
varios minutos, luego la columna enemiga se movió por la selva. Una desordenada
fila de hombres en traje de campaña azul claro, escurriéndose a través de las
rocas y barrancos, serpenteando de piedra a piedra, de roca a roca, de grieta a
grieta, conscientes de que la muerte podía estar acechándoles. Habían
traspasado su línea de minas al penetrar por otro punto del denso matorral.
Billiard trató de contar las fuerzas de asalto, pero lo abandonó cuando los
cálculos pasaban de dos centenares. Se movían cuidadosa y lentamente, pero se
movían. Billiard no se hacía ilusiones respecto al tiempo que iban a tardar en
cazarle. Se preguntaba simplemente cuántos de esos cientos que tenía bajo de sí
no atraparían a nadie nunca más…, y si todo el asunto valía la pena.
Sacudiendo
la cabeza para despejarla, se puso con cuidado de rodillas, tomando
precauciones para que su cuerpo no se siluetara contra la roca gris que tenía
detrás. Se deslizó hacia adelante hasta que tuvo una vista completa de lo que
había bajo el risco y empujó hasta el borde el pequeño paquete de explosivos
equipados con detonador que había conservado. El momento de la lucha llegaba y
él estaba completamente consciente y alerta. Cada uno de los nervios de su
cuerpo se estremecía con una sobrecarga de adrenalina. Sentía el corazón
latirle furiosamente y la tensión de los músculos de su cuerpo. Las ventanas de
la nariz estaban totalmente abiertas mientras tomaba profundas respiraciones,
deseando relajarse. Sólo unos segundos, se dijo a sí mismo, y llegarían al
campo de minas al pie del risco. Entonces empezaría la fiesta.
La
humedad de las rocas amortiguaba gran parte del ruido que hacían los lorios al
escalar. De repente, la semiquietud se interrumpió con el estruendo de las
bombas y los brillantes relampagueos rojos y amarillos que se perfilaron contra
el cielo gris tras el estallido de las minas. Al instante desapareció la
tensión del cuerpo de Billiard y se puso de pie arrojando el resto de los
explosivos.
El
polvo de las rocas se mezcló con la ligera llovizna hasta cubrir parcialmente
la escena de abajo, pero Billiard cogió el rifle y empezó a derramar fuego
sobre la pendiente inferior. Los pedazos de rocas desprendidas sonaban a su
alrededor y las trayectorias de los láseres ocultaban el cielo enfrente de la
repisa; pero la mayor parte de ese fuego se perdía. Los pocos disparos que se
acercaron a él lo hicieron más por casualidad que por puntería. Billiard se
agachó un momento, introduciendo cartuchos de repuesto, luego avanzó de nuevo y
comenzó a disparar sobre los soldados que todavía avanzaban.
Incapaces
de combatir las minas y el fuego que estaba derramando sobre ellos, los lorios
comenzaron a retirarse. Su fuego era ahora esporádico. Billiard escuchó pronto
el sonido de las quejas y gritos de agonía de los hombres heridos y comenzó a
oler a sangre y muerte. En un momento escuchó las órdenes provenientes de abajo
indicando el reagrupamiento. Aprovechando ese momento de descanso, se tumbó
sobre la repisa, apoyando la cabeza entre las manos, e intentó normalizar su
respiración. Descubrió de nuevo, como ya lo había hecho años antes siendo
mercenario de la Orden, que matar era mucho más que ejecutar un mero trabajo
físico.
Levantó
la cabeza de entre los brazos por un momento y miró sobre el borde de la
repisa. Vio movimiento en las rocas del pie del risco. Entrecerrando los ojos,
trató de descubrir lo que estaba ocurriendo entre la bruma y el polvo de la
batalla. ¡Dos hombres trepaban por la pendiente!
Era
obvio que los atacantes tenían miedo de las minas y mandaban una pareja de
voluntarios para encontrar un camino seguro hasta el risco. Uno de ellos
excavaba la tierra buscando alambres o rocas fuera de lugar, mientras que el
otro desplegaba una liviana cuerda de plástico como guía para los hombres que
esperaban en la jungla. Billiard cogió el rifle y esperó pacientemente a que
los hombres estuvieran lo suficientemente cerca como para no fallar el disparo.
Los
dos se movían lentamente, tratando de mirar el suelo y, al mismo tiempo, la
repisa en la que Billiard estaba tumbado a la espera. Buscaron cualquier cosa
que les pudiera cubrir, a pesar de que un oficial de los Sombreros Rojos les
maldijo y les gritó órdenes desde detrás de una gran roca al pie de la
pendiente.
Billiard
apuntó con cuidado y soltó una corta carga. Las figuras enfundadas en azul
pálido se encogieron, cayeron de cabeza y rodaron por la pendiente hasta abajo,
donde quedaron extendidos a cinco metros de las líneas lorias.
Ante
las órdenes de los oficiales, las fuerzas enemigas, todavía de unos doscientos,
se precipitaron en una carga ascendente por la pendiente. Corriendo,
disparando, esquivando las rocas y devolviendo el fuego de Billiard se
arrojaron cuerpo a tierra entre los refugios y vertieron abundante fuego sobre
la repisa en un intento de derribarle. Los proyectiles silbaban alrededor y
algunos trozos de roca recién desprendidos por los láseres hicieron que el
sudor brotara en la frente de Billiard. Tuvo que ponerse de rodillas y acabó
por acostarse sobre la repisa de roca.
Los
atacantes se movían rápidamente en su ascensión de la pendiente y algunos
incluso habían alcanzado una repisa no muy inferior a la suya. Billiard no
podía hacer nada con respecto a ellos, pues sacar fusil y cabeza por el borde
para poder verlos hubiera sido un suicidio instantáneo. Pedazos de roca rozaban
ahora su rostro y un sector del traje de vuelo comenzó a arder lentamente a
causa del roce de un haz láser. Comenzó a girar de un lado a otro, presentando
lo que esperaba que fuera un blanco en rápido movimiento a los hombres de abajo
y abriendo fuego sólo cuando podía.
De
pronto oyó un extraño rugido y un grito, mientras la roca de la repisa se
elevaba golpeándole el rostro. Durante un segundo quedó sorprendido; luego toda
la repisa se torció hacia afuera. Arrojándose hacia atrás en dirección a la
cueva, hizo frenéticos intentos por escapar del desmoronamiento. Otra explosión
siguió a la primera. Pedazos de roca y polvo volante le cegaron momentáneamente
y dio un traspiés, cayendo de rodillas. Sacudió la cabeza intentando aclarar
las ideas y oyó claramente el ruido de los rifles sin retroceso y el siseo de
los láseres pesados. Incapaz de devolver el fuego, echó varias maldiciones y se
introdujo por la negra mancha que indicaba la entrada de la cueva. Otra
explosión desgarradora se produjo mientras se arrastraba hacia las
profundidades; se mezcló con el tableteo del fuego de las tropas lorias y con
el retumbar y el choque de las rocas que se deslizaban hacia abajo mientras
pedazos enteros del frente del risco se rompían. El estruendo era increíble.
Billiard pensó por un momento que quizá ya estaba muerto y en el infierno, pero
un afilado pedazo de piedra se le clavó en la mejilla y el dolor le aclaró la
mente.
Comprendió
entonces que el rugido que había oído era el de motores de una nave de combate
y las explosiones se debían a torpedos que estallaban en uno de los costados
del risco. Estalló otro torpedo, y la sacudida le hizo penetrar más en la
cueva. Cayó aparatosamente sobre uno de sus costados y rodó sin poder
controlarse hasta topar con la forma todavía inconsciente de Santha. El espanto
recorría su cuerpo y se quedó allí tumbado, temeroso de moverse y respirando
con mucho dolor. Tenía miedo de que cualquier movimiento le hiciese desmayarse…
y tenía que permanecer consciente: las naves de combate estaban disparando a
los Sombreros Rojos; luego, debían ser sus hombres.
Billiard
cerró los ojos y luego los abrió muy lentamente, tratando de luchar contra la
irritación producida por el polvo que los llenaba. Comenzó a moverse
lentamente… un dedo, una mano, un brazo. Se obligó a sentarse y mirar hacia la
boca de la cueva.
Los
remolinos de polvo obscurecían algunos detalles de la batalla que se estaba
librando en el exterior, pero quedaba suficiente visibilidad y luz para
observar que toda la repisa había desaparecido. Puso todo su esfuerzo en
sostenerse sobre los pies y se sintió débil. Su visión se volvió roja y luego
negra. Durante largos segundos luchó por conservar la consciencia; entonces
comprendió que la obscuridad no estaba en su mente, que era real. Algo
bloqueaba la entrada a la cueva y cortaba el paso a la luz. Ese algo era el
casco plateado de una nave de combate con el emblema de Lori Libre en el
costado.
Billiard
comenzó a dar traspiés hacia adelante, para asegurarse de que no fuera una
ilusión. En ese momento aparecieron dos hombres a su lado, que le ayudaron a
dirigirse hacia la escotilla abierta. Intentó hablar, volver atrás, decirles
que había alguien más en la cueva con él, pero no pudo hacer nada. Los hombres
le empujaron por la escotilla de la nave de combate, que se movió como si se
equilibrara precariamente sobre lo poco que quedaba de la repisa.
Se
encontró tumbado en una camilla de emergencia en la parte posterior de la
cabina. Los hombres lo dejaron allí, desapareciendo de su línea de visión, y
Billiard comenzó a temer que hubieran vuelto a sus puestos en la parte
delantera. Intentó levantarse; pero antes de haber conseguido alzarse sobre un
codo, los hombres regresaron trayendo el cuerpo inerte de Santha. Vio a uno de
ellos sujetar el lector de diagnóstico de un médico mecánico al brazo de
Santha; entonces le afectó la repentina aceleración y el codo en el que
Billiard se apoyaba cedió.
Quedó
tumbado en la camilla de emergencia, sintiendo cada herida y cada corte de su
cuerpo como si en ellos hurgasen las pinzas de un demonio absorto en
atormentarle eternamente. Luego, cuando las fuerzas G ascendieron y la nave
salió de la atmósfera de Thopt, comprendió que la lucha había terminado. En ese
momento permitió que la obscuridad contra la que había estado luchando durante
tanto tiempo barriera su mente y su cuerpo. Todavía tenía un universo que
salvar, pero podía esperar hasta el día siguiente.
CAPÍTULO
IV
El
tiempo de los golpes de mano había terminado.
Durante
un año, las naves de combate revolucionarias habían hecho incursiones a los
bordes del Imperio Lorio, precipitándose ocasionalmente a un ataque rápido
sobre uno de los planetas centrales, capturando vehículos del ejército lorio
siempre que les era posible y destruyéndolos cuando no podía realizarse. Con
excepción de la última batalla, en la que la flota revolucionaria se había
comprometido en una misión de rescate de Billiard y Santha, los insurgentes
habían evitado cuidadosamente lanzarse a un combate contra la flota loria. Los
oficiales más jóvenes presionaban a Billiard buscando más acción, para que les
condujera a la victoria; pero Billiard se había resistido, insistiendo en que
tenían que esperar hasta que su flota estuviera totalmente lista. Mientras
tanto, durante un año Billiard se inquietó por lo que estaría ocurriendo en la
Tierra conforme los científicos lorios bajo el control de los Sombreros Rojos
desarrollaban y perfeccionaban el dispositivo de drenaje de energía.
Finalmente, tomó la decisión de que había llegado el momento de un ataque
directo al corazón del mundo lorio.
El
Dios de Lori, dándose cuenta de que había que hacer algo si no quería perder el
poder ante los revolucionarios o ante su propio pueblo, y profundamente molesto
por la interminable guerra de agotamiento, reunió la flota de combate loria en
una potente unidad. Tomando personalmente el mando, la condujo al espacio para
buscar y destruir de una vez por todas a las fuerzas revolucionarias que
durante dos años habían estado arrasando sus puestos avanzados, interrumpiendo
su comercio, matando a sus soldados y dando a los ya pacíficos goromis ideas
para intentar otra invasión.
Los
informes sobre la reunión de la flota de batalla loria habían producido un
conflicto entre Billiard y el almirante Koppett. Cuando los mensajes de los
diversos movimientos clandestinos planetarios y de sus propias unidades
espaciales confirmaron que el Dios de Lori iba a jugárselo todo apostando por
la habilidad de su flota para destruir a las fuerzas de combate de Billiard en
una batalla final, el terrestre comprendió que había llegado el momento de
decidir el curso de la revolución. El Dios tenía unas fuerzas más numerosas,
pero la fuerza de combate que había montado Billiard no tenía rival en cuanto a
equipo y habilidad. Recomendó entonces al almirante Koppett que se enfrentaran
a la flota loria en una batalla abierta. Para su sorpresa, el almirante no
concedió el permiso.
Toda
la estrategia de Billiard, en términos de la revolución y de su meta última
como agente de la Tierra, se resolvieron en ese encuentro con el almirante. En
el espacio de pocos minutos, los diversos planes de acción se redujeron a uno.
En ese momento, el control decisivo de la revolución pasó del almirante a
Billiard, aunque el viejo no fue consciente de ello durante algún tiempo.
Tras
haber pasado un año ―que le pareció una década, y que le habría parecido un
siglo de no ser por la intensidad de la acción― dirigiendo golpes de mano en la
pequeña nave de combate con Santha a su lado, Billiard no se sentía cómodo aun
en el amplio crucero de batalla. Dudó durante unos momentos mientras ascendía
al sillón de mando cerca del centro del piso de operaciones de la Flota, un
balcón de veinte metros por ocho que se elevaba tres metros por encima del piso
de control principal del crucero. Una de sus dudas ―y no la menor― provenía de
su encuentro final con el almirante Koppett, que tuvo lugar dos días antes de
que partiese la flota revolucionaria para unirse con el destino.
Billiard
acababa de regresar de otro golpe de mano cuando llegaron los últimos informes
sobre la unión de la flota loria. Junto a ellos estaban los informes de sus
espías privados que le informaban de que la nueva arma de los Sombreros Rojos,
la ilimitada fuente de energía, estaba casi completamente acabada.
Nada
más regresar a la base revolucionaria de Sutet IX y leer los informes, Billiard
supo que su primer cálculo había resultado correcto: había llegado el momento
de un golpe mayor que derribara al gobierno del Imperio Lorio. Con los informes
en la mano, Billiard se precipitó en el despacho del almirante Koppett,
llevando todavía el sudado traje de vuelo con el que había hecho la incursión.
—¡Almirante,
aquí está!
—¿Qué
cosa, coronel? ―En su rostro se dibujaba una expresión divertida junto con un
poco de fastidio porque Billiard había irrumpido en su despacho sin anunciarse.
—El
Dios está decidido para la lucha. Cada una de estas palabras ha sido
confirmada. Y, por todos los demonios del infierno, estamos preparados. Esto es
lo que estaba usted esperando, almirante; es la hora de cobrarnos por todo lo
que hemos trabajado.
Billiard
estaba tan excitado, tan entusiasmado con la visión de la batalla final, que no
se percató del fruncimiento de cejas en el rostro del almirante.
—No
lo veo yo así, coronel —dijo calmadamente, mirando hacia abajo, a su mesa de
despacho, y comenzando a jugar de manera ausente con una pequeña y enjoyada
pistola de ceremonial que utilizaba habitualmente como pisapapeles.
—¿Qué…?
Almirante, para esto nos hemos estado entrenando; es lo que hemos esperado. A
este punto hemos intentado llevar al Dios durante los últimos cuatro meses.
Todo mi plan se basaba en obligarle a reunir todas sus unidades en una sola…,
una que podamos destruir en una gran batalla y que nos abra el camino a todo
Lori. ¡Será Dios en tres meses, almirante!
Como
si esperase que cediera la rabieta de un niño, el almirante permaneció en
silencio hasta que Billiard terminó de hablar.
—No
creo que usted ni su comando estén listos para esa batalla, coronel. Creo que
es muy pronto. No tenemos hombres suficientes. Ni suficientes armas. Y usted no
ha recuperado totalmente su forma física después de lo de Thopt.
—Yo
estoy listo, señor. Y también mis hombres. Están entrenados al máximo. Si no
batimos al Dios ahora que tenemos una oportunidad, puede pasar otro año antes
de que le obliguemos a reunir de nuevo la flota. Y en otro año mis hombres ya
no estarán frescos; estarán exhaustos por los golpes de mano, probablemente
hasta vacilarán a causa de la falta de resultados de la revolución. Lo hacemos
ahora… o nunca.
—Insisto
en que está equivocado. Es… es muy pronto —Billiard comenzó a hablar, pero el
almirante le detuvo con un gesto—: Escúcheme, creo que está equivocado, pero lo
contraté porque se supone que es un experto militar. Como experto, ¿hasta qué
punto está usted dispuesto a jugarse el todo por el todo para demostrar que no
estaba equivocado en el cálculo de la situación?
—No
le entiendo, señor —respondió Billiard, sorprendido por el repentino cambio… y
alerta ante la posibilidad de que el almirante se guardara algo en la manga.
—¿Está
dispuesto a apostar su vida a que tiene razón? —preguntó el almirante.
—Por
supuesto que lo estoy —respondió Billiard—. Ya aposté mi vida cuando me uní a
la revolución, y la apuesto cada vez que salgo en algún raid. ¿Por qué iba a
ser diferente ahora?
El
almirante político se quedó callado un momento. Luego añadió con voz
extrañamente calmada:
—Creo
que tengo su último informe por algún lado… Ah, aquí está. De acuerdo con él,
tiene usted ocho escuadrones de naves de combate con tripulaciones entrenadas,
tres transportes, un monitor de órbita y la nave de batalla y los dos cruceros
que capturó durante el último golpe.
—Así
es —dijo Billiard, preguntándose por la razón del repentino cambio de asunto—.
Uno de los escuadrones está un poco por debajo de sus posibilidades, pero
Mantenimiento me dijo que tendría listas las naves averiadas en dos semanas.
—Muy bien, ésta es su apuesta —dijo el almirante con una ligera sonrisa—.
Piensa usted que ha llegado el momento de un ataque final, que es tiempo de que
pasemos a la ofensiva. De acuerdo, tiene mi permiso para atacar a la flota
principal loria.
—Bien…
gracias, señor —dijo Billiard, todavía con el asombro asomando en su voz.
—Escúcheme,
coronel. Tiene mi permiso para iniciar la ofensiva. Incluso tiene mi permiso
para cursar las órdenes que le promuevan a general. Tiene permiso para tomar el
mando total de la ofensiva. Su flota consistirá en tres escuadrones de naves de
combate, un crucero como su buque insignia y el monitor.
—Pero,
almirante…
—Sin
discusiones, por favor, coronel. Excúseme: general. No creo que sea el momento
adecuado para una ofensiva total y no deseo que su impetuosidad destruya el
gran cuerpo de fuerzas de combate que con tanto esfuerzo hemos creado durante
el último año. Si quiere atacar, puede hacerlo en estos términos. De otro modo,
continuaremos con las misma táctica que tan efectiva han demostrado ser durante
el pasado año y continuaremos el entrenamiento hasta que estemos listos para
pasar a la ofensiva.
Durante
varios largos segundos, Billiard se quedó mirando con incredulidad al
almirante. Luego agitó la cabeza dando a entender el asombro que le producía lo
que había oído, y dijo:
—Perfectamente,
almirante. Acepto su oferta. Supongo que me permitirá elegir las unidades que
deseo para el ataque.
—Por
supuesto. Pero hágase una idea, muchacho, de a quién va a atacar. Su enemigo es
el Dios del Imperio Lorio.
Las
palabras de Koppett contenían una dura y clara amenaza. Billiard comprendió de
pronto porqué el almirante quería que la mayoría de las fuerzas revolucionarias
permaneciesen bajo su mando, y tuvo que reprimir una carcajada. Obviamente, el
almirante no había pasado mucho tiempo con los hombres. En el curso del
entrenamiento, y posteriormente en el del endurecimiento bajo el fuego durante
los golpes de mano, los hombres habían sido moldeados por Billiard hasta que su
lealtad estaba en un solo lugar: con su jefe, Latham Billiard.
Sonriendo
ligeramente, Billiard espetó un saludo al almirante, luego se dio la vuelta y
abandonó la habitación. Una amplia sonrisa transformó sus rasgos una vez que
estuvo fuera.
La
consola que tenía frente a él zumbó suavemente, reclamando su atención.
Billiard se frotó los ojos para erradicar el cansancio ―que parecía formar una
parte integral de su cuerpo en esos días― e intentó poner los pensamientos en
orden, de cara a la batalla que se avecinaba.
Pulsó
el botón que abría el canal y una de las pequeñas pantallas de la consola se
iluminó, mostrando el rostro del oficial de comunicaciones del crucero.
—General
Billiard, la capitana Garth llama desde el Escuadrón Primero… ¡urgente!
Billiard
asintió con la cabeza y cobró vida otra de las pequeñas pantallas, mostrando
esta vez el rostro bronceado y bien formado de su bella segundo, a quien
desganadamente asignó el mando de los escuadrones de naves de combate. Hubiera
preferido que le fuera asignada a él, pero su primera responsabilidad era la
dirección de la operación. Eso estaba antes que sus deseos personales sobre el
asunto.
—General
—dijo Santha con una voz calmada y fuerte—, acabamos de perder todo contacto
con los escuadrones Dos y Tres y los últimos de nuestros registros quedaron
anulados hace varios minutos. No tenemos ningún conocimiento de la situación de
la batalla.
—¿Se
produjeron algunos informes de contacto de los escuadrones antes de perder la
comunicación? —preguntó Billiard, arrellanándose en su asiento. Probablemente
pasaría mucho tiempo antes de que pudiera salir de esa silla para algo más que
un breve estirón.
—Ninguno,
señor. Nuestro último informe de las exploraciones indicaba que la flota loria
se dirigía hacia el sistema paviano a toda velocidad y que los escuadrones Dos
y Tres no estaban en combate. No tenía por qué haber habido contacto, ni
siquiera aunque estuvieran utilizando patrulla de escolta. Me dirijo hacia allí
ahora, pero necesito saber la posición de los otros dos escuadrones antes de
atreverme a comprometer a mis hombres.
—No
tengo a nadie encuadrado allí —dijo Billiard—, pero pondré a trabajar la
sección de comunicaciones para contactar inmediatamente con Dos y Tres. Se lo
informaré tan pronto como tenga algo. ¿Cuál es su situación ahora?
—Como
le dije, hemos perdido las exploraciones. Pero hay dos filas de naves rápidas
que deberían entrar en contacto con los lorios en los próximos minutos. La
flota enemiga parece estar todavía muy agrupada, aunque algunas de sus naves se
han desviado ligeramente hasta nuestra esfera exterior y nos han disparado.
Nada serio, sin embargo. Estos ataques son sólo molestias, probablemente para
desequilibrarnos.
»Lo
que sí es serio —continuó Santha— es que no me atrevo a lanzar mi escuadrón al
ataque sin saber cuál es la situación de Dos y Tres. Si están siendo atacados y
no pueden mantenerse…, y nosotros nos dirigimos al sistema paviano tras la
flota loria, nos envolverán y luego nos cortarán en pedazos para placer del
Dios, probablemente como entretenimiento de sobremesa. En estos momentos no sé
si es un problema de comunicación obstruida, o si el Dios tiene una segunda
flota y ya ha acabado con los otros dos escuadrones.
—No
tenemos informes de una segunda flota —dijo Billiard, medio para sí mismo.
—Tampoco
tenemos informes de Dos y Tres —respondió ella—. Si existe esa segunda flota, y
fuera la razón por la que no sabemos nada de Dos y Tres, estamos en un grave
aprieto.
El
general, con gotas de sudor recorriendo las preocupadas facciones de su rostro,
trató de ordenar sus pensamientos para elaborar un plan de batalla.
—Retrasa
todo lo posible el contacto de tus naves con la flota loria —ordenó—. Llevaré
el buque insignia hacia allí.
Billard
esperó unos segundos por si Santha hacía algunos comentarios; luego cortó la
comunicación y se dio la vuelta para dar órdenes a Forgari, capitán del buque
insignia, quien había llegado unos momentos antes. Esperaba que esas órdenes le
llevasen al corazón de la batalla… y no a la boca del lobo.
El
crucero de batalla que llevaba a Billiard y a su personal estaba muy lejos del
sistema paviano cuando las naves ligeras de los revolucionarios tocaron la
flota loria y el Dios lorio mandó sus naves a la batalla. El Dios había llevado
su flota al interior del sistema, que tenía una sustancial barrera de desechos
meteóricos, colocando sus naves de combate dentro de la barrera, en donde
podrían encontrar un abrigo en los asteroides más grandes. Esto confundiría a
los detectores e interceptaría algunos de los misiles que estaba seguro les
arrojarían cuando se iniciase la batalla.
A
sus unidades mayores —cruceros, acorazados de combate y naves de
abastecimiento— las colocó más al interior del sistema. Su estrategia era
obvia: en lugar de atacar directamente al escuadrón de Santha, que era visto
claramente por los detectores de alta potencia, intentaba atraer a las fuerzas
revolucionarias para que le atacasen dentro del sistema en un área reducida, lo
que haría más efectiva su superioridad numérica al limitar la maniobrabilidad
de las naves de combate revolucionarias.
Las
dos filas de naves ligeras ―que Santha había enviado cuando las exploradoras se
habían perdido contactaron con la flota loria― entraron poco tiempo después que
las naves enemigas tomaron sus posiciones dentro del anillo de desechos, y
aunque los pilotos de las ligeras atacaron con bravura y determinación, no
tuvieron ninguna oportunidad. Utilizando torpedos y láseres, las naves lorias
formaron una cortina de fuego tan espesa que ninguna nave que no estuviese
blindada podía esperar el atravesarla. A pesar de ello pasaron, apenas lo
suficientemente fuertes para mantener la presión del aire mientras el enemigo
abría sus cascos, cortaba cables y conductos eléctricos, aplastaba instrumentos
y mataba a pilotos y artilleros. Veinticuatro naves ligeras se dirigieron al
sistema paviano buscando pelea. Ninguna salió de ahí.
Billiard,
con los nudillos blancos por apretar salvajemente los brazos del sillón de
mando, escuchaba el barullo de voces que venía por la alta frecuencia que
utilizaban las naves de combate ligeras.
—A-7,
mira vector 21, elevación 9… Dos naves de combate se dirigen hacia ti…
—B-9,
contesta, contesta…
—¡Bastardo,
vete a…!
—B-9,
responde… Responde… Responde. ¿Ha visto alguien a B-9? ¿Sabe alguien dónde está
B-9, por fa…?
Las
palabras eran cortadas por el silbido que producía la fusión del equipo de
comunicaciones. Durante largos momentos hubo un profundo silencio en la alta
frecuencia. Luego se oyó la última llamada.
—A-3
al mando. A-3 al mando. Están saliendo del anillo… Todos los demás fueron
derribados… Me dirijo a… El artillero ha muerto…, trataré de estre…
Eso
fue lo último que se supo de las naves ligeras. Pero cumplieron su objetivo:
habían empujado a las naves lorias fuera del anillo que las protegía y las
habían entretenido mientras aparecía el escuadrón de naves de combate de
Santha. El Dios y su personal de mando, veteranos de muchas batallas, vieron
cómo se aproximaban las naves de combate revolucionarias mientras las suyas
estaban entretenidas, pero no quisieron sacar sus unidades pesadas del sistema
interior hasta saber exactamente cuál era la fuerza que caía contra él.
Cincuenta
naves de combate, la mitad del escuadrón de Santha, guiadas por el teniente
Stapos, cargaron directamente por el mismo camino utilizado por las naves
ligeras. Mientras tanto, la capitana Garth condujo al resto del escuadrón
haciendo una treta hacia el norte del sistema, para luego tomar la dirección
inversa tratando de romper un camino a través de la masa de naves lorias más
pesadas. La treta funcionó, pero a costa de una gran pérdida de naves por parte
de Stapos. Las naves de combate lorias, fuera de posición y demasiado
esparcidas para proseguir la destrucción de las naves ligeras, fueron capaces
no obstante de reagruparse para plantar cara y detener a las cincuenta naves
que venían directamente contra ellas, pero ya no pudieron interferir a las
otras cincuenta que se dirigían directamente al corazón del sistema, poniendo
proa a la concentración de naves que constituía el centro nervioso de la flota
loria.
Dos
portanaves enemigas, la Meppa y la Millith, tenían abierto el piso de los
hangares y se preparaban a desembarcar naves de combate adicionales cuando las
naves enemigas las alcanzaron. El capitán de la Millith estaba maniobrando para
preparar los láseres de larga distancia para la defensa…, arma diseñada para
superficies reducidas desde la órbita, pero difícil de usar en una batalla
espacial. La gran nave todavía rotaba pesadamente cuando cuatro torpedos
entraron en el hueco de los hangares, explotando dentro del casco, rompiendo
los muros y destruyendo los compartimentos. Una segunda andanada de torpedos,
lanzada apenas antes de que un láser despedazara a la nave revolucionaria,
penetró más profundamente en el gigante herido: uno de ellos se introdujo por
el puente de mando, matando a todos los que se encontraban allí, incluyendo al
capitán.
Nuevas
explosiones se produjeron en la Millith cuando los tanques de combustible y los
almacenes de munición explotaron. La nave, que estaba bajo una aceleración
ligera, se lanzó repentinamente hacia adelante, fuera de control. Varios trozos
se desprendieron por las hendiduras hechas en el antes bruñido casco; luego, de
repente, toda la nave desapareció. En su lugar quedó una esfera de gas
incandescente brillante y en expansión que, como el último golpe loco de un
animal moribundo, acabó con once de las naves de combate atacantes, que se
habían acercado demasiado.
Veintidós
naves del medio escuadrón atacante estaban todavía en servicio cuando la Meppa
entró en lucha, pero luego se les unieron nueve más, las supervivientes de las
cincuenta comandadas por el teniente Stapos. Casi habían terminado su munición,
pero nadie pensó en regresar.
Aunque
los atacantes no podían saberlo, la gran nave era el buque insignia del
almirante Paru, segundo jefe de la flota y subordinado únicamente al Dios de
Lori. Una y otra vez las naves de combate bajo el mando de Santha se
enfrentaron contra la Meppa, y una y otra vez tuvieron que retirarse con
grandes pérdidas.
Los
millones de kilómetros cúbicos del área de combate estaban tan llenos de
desechos y nubes en expansión de vapor de agua y aire proveniente de las naves
destrozadas, que hasta los invisibles haces de láser podían verse como pálidas
bandas de luz, que llevaban la muerte a todo lo que tocaban.
Billiard
sabía que la batalla tenía dudosa suerte y que no debía aventurarse en el
sistema paviano. Era el comandante de la flota y, como tal, su deber consistía
en permanecer todo lo lejos que pudiera de la batalla y dirigir los ataques de
las otras naves. Pero el mercenario pensó que ya había estado fuera todo el
tiempo que podía.
—Capitán
Forgari.
—¿Señor?
—El piloto del buque insignia se puso alerta, dándose la vuelta y mirando al
elevado centro de operaciones desde el que Billiard estaba dirigiendo el ataque
contra las fuerzas lorias.
—Llévenos
dentro.
—¿Señor?
Temo que no he entendido…
Forgari
había comprendido perfectamente lo que Billiard había dicho, pero también sabía
que su general no tendría que haber dado esa orden. Diciendo esto, le otorgaba
a su jefe una oportunidad de reconsiderar su plan de acción.
—Quiero
que lleve la nave hasta donde está la unidad de la capitana Garth, capitán
—dijo Billiard con voz firme, dando a entender al comandante del crucero que no
tenía intención de cambiar de idea.
—Pero,
general… —comenzó a decir Forgari.
No
pudo terminar su objeción, porque en ese momento se encendieron dos pantallas
de la consola. Estas pantallas, que habían estado obscurecidas desde antes del
mensaje de Santha, habían permanecido en búsqueda y detección de los dos
escuadrones de naves de combate perdidos.
—¡Escuadrón
Tres llamando al Centro de mando! ¡Escuadrón Tres llamando al Centro de mando!
El
oficial de comunicaciones iba a responder, pero Billiard se le anticipó.
—Escuadrón
Tres, soy el general Billiard. Informe de su estado.
—Escuadrón
Tres, teniente Somms al mando. Fuimos atacados por naves ligeras; debían ser
casi doscientas. Nos estorbaron y cortaron todas las comunicaciones.
—¿Qué
ocurrió con el Dos? —preguntó Billiard.
—Su
comandante murió nada más empezar la pelea, y las naves se han unido al mío.
—¿Cuántas
pérdidas han tenido?
Ésta
era la pregunta clave. Billiard era consciente de que la respuesta iba a
decidir al vencedor de la batalla del sistema paviano… y por tanto del que iba
a ganar la batalla para el control total del Imperio lorio. —No demasiadas
—respondió la voz del joven comandante de escuadrón. Billiard suspiró
visiblemente aliviado y la tensión desapareció de su cuerpo—. De las ciento
noventa y ocho naves con que entramos en la lucha, ciento cuarenta y siete
están todavía operacionales. Perdimos treinta y siete, destruidas, y otras
catorce aun navegan, pero están demasiado dañadas para el combate.
—¿Cuánto
tardarán en unírsenos?
Anticipándose
a la necesidad de la información, el oficial de navegación del buque insignia
había traspasado la posición y datos del curso de la computadora del teniente a
la del crucero. Los números recorrieron la parte inferior de la pantalla que
Billiard estaba utilizando para comunicarse con el escuadrón de naves de
combate.
—Espere
un momento, señor —se produjo una pausa—. Podemos unirnos a ustedes en…
cincuenta y dos minutos, señor.
Billiard
miró hacia arriba y vio que el oficial de navegación del crucero asentía con un
gesto de la cabeza.
—Es
suficiente —dijo Billiard—; tenemos una batalla que ganar.
Tras
decir eso, Billiard cortó la comunicación con el escuadrón de naves de combate
y se sentó en su sillón, con una ligera sonrisa en su rostro. Sabía que iba a
producirse una gran batalla y que muchos hombres iban a morir. Pero también
sabía que la batalla ya estaba ganada: el Dios de Lori dirigía sus últimas
operaciones.
Dos
horas más tarde, guiando a las ciento cuarenta y siete naves de los dos
escuadrones de combate, el crucero de Billiard cruzaba el espacio intersideral
para unirse a la batalla que se libraba cerca del sol paviano.
Santha
guiaba las naves que le quedaban en ataques relámpagos contra la Meppa, que
estaba devolviendo todo lo que recibía. Las revolucionarias eran aplastadas
como moscas por las baterías pesadas de la Meppa y varias naves de combate se
hallaban listas en el hangar de la gran nave loria cuando el almirante Paru
decidió comenzar un ataque por sí mismo. Las naves de la primera formación eran
empujadas hacia adelante en sus rejillas de lanzamiento con los motores
calientes y dispuestas para volar. Los pilotos sabían que la batalla se
encontraba apenas a unos kilómetros de las puertas del hangar y que recibirían
y tendrían que contestar al fuego casi inmediatamente después de haber sido
lanzados.
Las
puertas gigantes se abrieron y el jefe de la primera fila aceleró totalmente al
salir por la rejilla. Fue la única nave que consiguió salir, pues en el momento
en que las puertas se apartaban una rociada de torpedos de ataque se
estrellaban contra el gran crucero. Las dos naves que iban a salir detrás del
jefe cayeron envueltas en llamas. La segunda tanda de torpedos fue disparada
rápidamente y uno de ellos estropeó el centro de lanzamiento mientras que otro
perforó el casco de la Meppa, desgarrando el blindado y la zona estanca y
penetrando dos tercios de sus trescientos metros de longitud. Otros torpedos la
alcanzaron también, pero sin hacer tanto daño.
En
el puente, el almirante comenzaba a darse cuenta de que su buque insignia
estaba en un grave aprieto. Todas las comunicaciones con los departamentos de
máquinas y artillería se habían cortado, y cuando el computador unido a las
máquinas fue activado con la orden de iniciar la aceleración, no ocurrió nada.
Mientras tanto, a doce millones de kilómetros, la Lori, la nave mayor y más
nueva del imperio, buque insignia del Dios de Lori, se dirigía a toda velocidad
hacia el centro de la batalla en un intento de salvar a la Meppa.
El
crucero de Billiard, armonizando su órbita con la de la Meppa a menos de
ochocientos kilómetros, comenzó a lanzarle torpedos, convirtiendo toda la parte
de sus hangares y las baterías láser en desperdicios retorcidos. Los tanques de
combustible de las naves de combate que no habían podido ser lanzadas empezaron
a explotar en una reacción en cadena de proporciones gargantuescas, sometiendo
cada tanque al de al lado a un baño de fuego reactivo que no necesitaba del
aire para apoyar su combustión infernal.
En
cuestión de segundos, todos los hombres que se encontraban en el puente de
mando de la Meppa recibieron una dosis letal de radiación, pero no estaban
destinados a vivir el tiempo que necesitaban sus células para deteriorarse: un
torpedo pesado retronó dentro de la nave, recorriendo sin impedimentos su
camino a través del blindaje, traspasando compartimentos llenos de unas
cáscaras vacías rojas y pálidas que antes habían sido hombres, hasta que
reventó en lo más profundo del buque insignia. Cuando la explosión recorrió el
camino inverso, la nave, en un lento movimiento, comenzó a desintegrarse. En
breves instantes no quedó ningún compartimento hermético en toda la nave. Los
pocos tripulantes cuya posición les permitió coger a tiempo un traje de presión
se lanzaron ellos mismos al espacio, en donde las naves de combate de Santha
recogieron a los supervivientes que pudieron encontrar.
Todavía
a medio camino del sistema, el Dios del Imperio Lorio había contemplado la
destrucción de su flota. Ahora, al ver desintegrarse la gran nave, ordenó al
comandante de la Lori que la sacara fuera del sistema y la alejara de la
batalla. Con aspecto tranquilo, pero con lágrimas en los ojos, el comandante de
la nave puso rumbo hacia la capital loria a toda velocidad.
El
Dios de Lori comprendió que los pocos cruceros y monitores que había dejado en
el sistema paviano serían fácilmente abatidos por el enjambre de naves de
combate de la armada revolucionaria, pero también sabía que ya no le servirían
de nada. La batalla había terminado y, aunque los rebeldes no estaban todavía
en Lori, también esa batalla podía darse por perdida.
Lori
tendría pronto un nuevo Dios.
Aunque
el Imperio Lorio ocupaba un gran volumen de espacio, de un diámetro de unos
novecientos años luz, la velocidad del rumor hizo lenta a la de la luz y las
historias de derrota tras derrota y defección tras defección se esparcieron,
como un fuego descontrolado, por sus límites. En las altas frecuencias de los
planetas coloniales y del mismo Lori, el Dios apareció para asegurarles a todos
que los rebeldes serían pronto atrapados y destruidos. Dos días más tarde
apareció de nuevo ante su pueblo, apelando esta vez a la lealtad y ofreciendo
perdón completo e incondicional a los rebeldes que se rindieran al gobierno
antes de finalizar la semana. Hubo quien aceptó la oferta, pero el hecho de que
hubiera tenido que hacerla levantó una nueva ola de rumores entre su pueblo.
Día
a día, semana a semana, los habitantes de la capital vieron cómo las flotas de
naves lorias de combate se elevaban de la gran base militar de Bahsum. Pocas de
ellas regresaban. La flota rebelde ya había rodeado al Imperio, atacando a toda
nave que se atreviera a abandonar los confines inmediatos del sistema y
penetrando en ocasiones al interior de éste para destruir un escuadrón de
naves, una flota de aprovisionamiento o una guarnición interior.
El
Dios, buscando mantener su posición por todos los medios, intentó contactar un
día con el almirante Koppett por medio de la alta frecuencia. La llamada fue
interceptada y pasada a Billiard.
—General
—dijo en un tono perentorio cuando habló con Billiard—, póngame con el
almirante Koppett de inmediato.
—Todo
lo que tenga que hablar puede decírmelo a mí.
—General,
se lo repito una sola vez. Conécteme con el almirante Koppett o verá su cuerpo
entregado como tributo a los goromi.
—Le
repito —dijo Billiard en el mismo tono— que cualquier cosa que tenga que decir
me la diga ahora, que tiene esa oportunidad. Estoy ocupado, y sólo la
curiosidad me lleva a aceptar su llamada. No le exija demasiado.
Su
adversario pudo detectar una clara nota de amenaza en la voz de Billiard. —Muy
bien —dijo el Dios, aceptando la derrota sin perder la arrogancia—. Pase este
mensaje a Koppett: hay sitio en el trono para dos.
—¿Ése
es todo el mensaje? —preguntó Billiard.
—Sí.
Páselo.
—No
necesito pasarlo —dijo Billiard—. Queda rechazado. El único mensaje que las
fuerzas revolucionarias aceptarán de usted es el de una total y completa
rendición, sin condiciones. En ese momento yo me encargaré de que sea conducido
al exilio, con todos los honores, en algún punto exterior al Imperio.
—¿Cómo
se atreve? —farfulló el Dios—. ¿Qué locura le conduce a usurpar las
prerrogativas del almirante Koppett? ¿Es que usted…?
Billiard
no escuchó lo que estaba diciendo el Dios porque había adelantado la mano y
cortado la comunicación, volviendo a los papeles, informes y planes que se
amontonaban en !a mesa de su despacho.
Antes
de una semana, el general Billiard aterrizó en la base Bahsum, en Lori.
Siguiendo sus cuidadosamente elaborados planes, ignoraba las directrices del
almirante Koppett, quien permanecía con el núcleo de las fuerzas
revolucionarias en las profundidades del espacio.
De
la base de Bahsum a la capital, Zilamat, no había más que unos pocos
kilómetros. Tras capturar coches de tierra, Billiard, sobrevolado por sus naves
de combate y naves ligeras, se movió rápidamente en dirección a la ciudad
encontrando escasa resistencia por el camino, la que se debió en su mayor parte
a grupos de Sombreros Rojos.
Los
ciudadanos de Zilamat, tanto quienes habían apoyado secretamente la revolución
como los que preferían el estatus anterior, se esparcieron por las calles ante
la noticia de la llegada de Billiard a Bahsum. Los partidarios del Dios y los
de la revolución se enfrentaron abiertamente. En el centro del motín y en sus
alrededores, en las proximidades del Palacio de la Estrella, viejas deudas se
pagaban y otras nuevas se abrían cuando los ciudadanos comprendieron que, al
menos por el momento, ninguna ley existía en Lori excepto la de las masas.
El
ejército y la armada se desintegraron cuando oficiales y soldados desertaron en
masa. Hasta los Sombreros Rojos abandonaron los cuarteles después de haber
quemado sus expedientes; pero el general Karlar, su comandante en jefe, fue
capturado por un grupo de amotinados que lo lincharon.
No
había pasado una hora desde el aterrizaje y ya los revolucionarios se movían
dentro de la capital. Las estaciones de alta frecuencia y el sistema de
comunicaciones interurbano fueron tomados por un grupo de revolucionarios
elegidos personalmente por Billiard. Nada podía transmitirse excepto mensajes
oficiales; por supuesto, provenientes de las fuerzas revolucionarias.
Recibieron un informe según el cual los escuadrones mandados por la capitana
Garth habían tomado Zenmat e Iola, las otras dos grandes ciudades del planeta,
y que apenas habían encontrado resistencia al fuego de sus naves.
Mientras
tanto, las fuerzas de Billiard se movieron rápidamente para acabar con los
amotinados, disparando contra quienes no cesaron la lucha.
Una
hora después de haber entrado en la ciudad, Billiard tomó el control de los
cuarteles generales de la policía de Zilamat y aseguró su red de
comunicaciones. El general puso al teniente Somms, antiguo jefe de su segunda
ala de combate, a cargo del sistema policial, advirtiéndole que quedaba bajo su
responsabilidad el mantenimiento del orden en la ciudad. Por la noche, las
comisarías y cárceles de Zilamat se hallaban llenas, pero la ciudad estaba
tranquila.
Billiard
y sus hombres se dirigieron posteriormente al Palacio de la Estrella,
encontrando mínima resistencia. Allí hallaron un equipo de alta frecuencia con
un canal abierto directamente a las habitaciones privadas del Dios del Imperio
Lorio, que se hallaba escondido en alguna parte del planeta.
Cuando
Billiard pasó frente al equipo sonó un repique de campanas musicales que le
hicieron detenerse. Automáticamente, su mano alcanzó el láser colgado sobre el
hombro. Pero el sonido no estaba dedicado a él; anunciaba simplemente a quien
estuviera a la escucha en el otro lado que alguien había entrado en las cámaras
del Dios y encontrado el equipo.
Billiard
estaba mirando la pantalla cuando aparecieron las rojizas facciones del Dios
del Imperio Lorio.
—Si
mi memoria es correcta —dijo—, es usted el general Billiard.
—Así
es.
El
terrestre se cuadró, procurando que ninguna expresión del rostro revelara los
pensamientos que ocupaban su mente. Supuso que a su aterrizaje en Bahsum el
Dios le ofrecería resistencia y moriría luchando, lo que hubiera sido mucho
mejor para todos.
—He
de felicitarle, general —dijo el Dios, con una irónica sonrisa—. Mis expertos
me habían dicho que no estaría listo para aterrizar en Lori por lo menos en
cuatro meses.
—A
menos que esté equivocado, sus expertos también predijeron que no podía perder
la batalla del sistema paviano.
El
Dios agitó la cabeza lentamente, con la sonrisa todavía en su rostro.
—Ciertamente.
Mis expertos no lo eran tanto como pensaba. Sus errores les llevaron a muy
extrañas y prolongadas muertes.
—¿Era
eso realmente necesario? —preguntó Billiard.
—Más
que necesario —respondió el Dios—, aunque sólo sea porque su estupidez nos
llevó a la más desafortunada situación.
—¿Y
qué piensa hacer al respecto?
—Creo
que lo que quiere usted decir es qué vamos a hacer al respecto.
—Como
quiera —dijo Billiard—. El problema existe y debe ser resuelto. Preferiría no
tener que cazarle y matarle; mantener el control de este planeta ya es bastante
difícil sin tener que enfrentarnos a un mártir. Pero mi oferta original
continúa en pie: salir a salvo del Imperio Lorio en el momento en que se rinda.
—¿Su
oferta, ha dicho? ¿Qué le ocurrió a mi querido amigo, el almirante Koppett?
Pensé que era la cabeza de la revolución.
—Cualquiera
sea la cabeza de la revolución —respondió Billiard—, es conmigo con quien ha de
tratar usted.
—¿Y
qué me garantiza que mantendrá su palabra una vez que me haya rendido?
—preguntó el Dios.
—Nada
en absoluto. Pero ¿qué otra elección tiene?
El
Dios miró a Billiard durante un momento, con una expresión pensativa.
—Tiene
razón —dijo finalmente—. No tengo mucha posibilidad de elección.
—No
tiene ninguna —añadió Billiard—. ¿Dónde se encuentra usted?
—A
bordo del crucero Pel’lai —respondió el Dios—. Ordenaré al capitán que lleve la
nave a la base principal de Bashum. Si fuera tan amable de tener allí una
guardia de honor, me rendiría formalmente en ese momento. —Una guardia de honor
le estará esperando —dijo Billiard; luego se levantó y cortó la comunicación.
Permaneció
unos momentos mirando el color gris de la unidad apagada; luego se dio la
vuelta y salió de la habitación. Apenas había dado cuatro pasos cuando se
detuvo, se dirigió hacia un sillón, alzó la pierna y apoyó en él el pie. Sacó
un pañuelo de su bolsilllo trasero y comenzó a limpiar concienzudamente el
polvo de su bota derecha, asegurándose de que la tela estaba bien metida por la
costura que unía la parte superior de la bota con la suela. Necesitó tres
minutos para terminar la limpieza a su satisfacción, tres minutos que podía
haber utilizado para advertir a las fuerzas defensivas de la inminente
condición del Dios. Tras hacer una última y crítica inspección de la bota,
dándole una última cepillada, bajó el pie al suelo. Con el mismo cuidado repitió
la operación con la izquierda.
Casi
iba por la mitad de la limpieza de la segunda bota cuando las puertas se
abrieron y se precipitó por ellas el capitán Forgari, asignado a su guardia
personal.
—General
—gritó, casi sin respiración—, hemos encontrado al Dios.
—¿Dónde?
—preguntó Billiard, levantando la vista de su trabajo.
—Estaba
a bordo del Pel’lai, un crucero de la armada que debía estar escondido en el
océano Occidental. Los informes son muy incompletos, pero parece ser que la
nave intentó surcar por el espacio o lanzarse a un último ataque sobre esta
capital. Fue divisada por el monitor de órbita.
—¿Qué
le hace pensar que esa nave iba a lanzarse al espacio o a un último ataque
aquí? —preguntó Billiard.
—Bueno,
se elevó sin avisar y no respondió al monitor, entonces…
—¿Entonces…?
—Entonces
el monitor le lanzó un par de torpedos. Le alcanzó a unas cuatrocientas millas
de su punto de partida.
—¿Y
está seguro que el Dios se encontraba en ella?
—El
oficial de comunicaciones a bordo mandó un mensaje un momento antes de que
explotara la nave.
—¿Qué
mensaje? —preguntó Billiard, poniendo el pie en el suelo y dando un paso hacia
el joven oficial.
—Aseguraba
que el Dios estaba en ella —respondió el joven, confundido, dando un paso hacia
atrás— y que teníamos que intentar rescatarle en seguida. Al Dios, no al… al
oficial de comunicaciones. —Cuanto más hablaba, más confuso parecía el joven
oficial.
—¿Y
eso fue todo? —preguntó Billiard.
—Sí,
señor.
—¿Fue
enviado un grupo de rescate para ver si el Dios había sobrevivido?
—No,
señor.
—¿Por
qué no? —quiso saber Billiard.
—Los
motores podían estar a punto de estallar —respondió el teniente—. Enviamos un
vuelo de reconocimiento en seguida, pero de acuerdo con el piloto no quedaba
nada vivo en la nave cuando cayó.
Billiard
miró fijamente a su subordinado durante un momento, hasta que un color rojizo
cubrió la cara de éste.
—Muy
bien, teniente —dijo finalmente—. Puede retirarse. —Gracias, señor —el joven
oficial saludó y salió precipitadamente de la habitación.
Una
expresión de tristeza cruzó el rostro de Billiard mientras se sentaba en el
sillón que usara para limpiarse las botas hacía un momento. Ahora sabía que la
batalla por Lori había terminado realmente y se preguntaba si la victoria había
valido el precio que había pagado y que tendría que seguir pagando durante
todas las noches sin sueño que vendrían, pues sabía lo que tenía que hacer
ahora. Luego pensó el destino que aguardaba a ambos universos si no actuaba, y
concluyó que ningún precio era demasiado alto.
Con
clara conciencia de ello, se dispuso a tomar el control de su nuevo imperio.
CAPÍTULO
V
En
el espacio, en los obscuros puestos avanzados del sistema lorio, el núcleo de
la flota revolucionaria esperaba en silencio conocer si el audaz ataque del
general Billiard al corazón del Imperio había tenido éxito, o si acabara
aplastado por los remanentes de las fuerzas lorias. A bordo de un inmenso
transporte situado en el centro de la flota, al que había elegido como buque
insignia, el almirante Koppett esperaba con impaciencia, sabiendo que Billiard
ganaría la apuesta.
La
nave, con sólo una tripulación mínima de servicio dado que no había previsiones
de combate, estaba casi completamente a obscuras. El sesenta por ciento de la
tripulación estaba durmiendo, pero no Koppett. Había intentado dormir, pero no
pudo. En lugar de ello, paseó para arriba y para abajo dentro de los confines
de su cabina, mientras ponderaba los problemas que el éxito de Billiard le
traería.
Su
comprensión llegó demasiado tarde. Cuando Koppett vio la reacción de los
hombres de a bordo ante el anuncio del aterrizaje en el mismo Lori, se dio
cuenta de que la dura y fría eficiencia que Billiard había usado para entrenar
a las fuerzas revolucionarias le habían servido también para ganar el control
de la propia revolución: la flota ya no pertenecía al almirante; era una simple
herramienta en manos de quien había contratado para crearla.
Pero,
por encima de todo, Koppett era un político práctico. Gastó poco tiempo en
maldecir al hombre que le había traicionado e inmediatamente se concentró en el
único problema con que se enfrentaba: cómo volver a ganar el control de la
revolución. Sin tener la flota tras él, una mera afirmación de su autoridad
asustaría lo mismo que un sillón vacío. Por la misma razón, no podía degradar a
Billiard o hacer que le arrestasen. La única posibilidad que parecía
ofrecérsele era el asesinato. Pensó que la situación era la misma que la de
Billiard con Goldaper…
Una
vez que Koppett llegó a tal conclusión, fue capaz de irse a dormir. Y dado que
no podía hacer absolutamente nada para aniquilar a Billiard desde su posición
actual en las profundidades del espacio, tenía que ir a Lori. Estaba seguro que
desde allí no tendría mayor problema para acabar con el hombre que quería
ocupar su puesto como nuevo Dios del Imperio Lorio.
Durante
toda la noche, la repentina llegada del almirante Koppett había sido anunciada
por boca de la muchedumbre y por la alta frecuencia controlada por la
revolución. Ahora que los motines del día anterior habían terminado, la gente
de Lori, curiosa por conocer a su nuevo dueño, comenzó a agolparse frente al
Palacio de la Estrella en la Plaza del Imperio.
El
respeto por la tradición, más una pequeña ayuda de las fuerzas de policía del
teniente Somms, mantuvo a la gente de Zilamat separada del medio kilómetro
cuadrado de mosaico que formaba el centro de la plaza, mosaico que detallaba la
historia de los dioses lorios. Pero el resto de la plaza, los tejados y
ventanas de los alrededores así como las calles que a ella conducían estaban
repletos. Algunas personas se subían encima de otras en sus esfuerzos por ser
testigos de un acontecimiento sin precedentes en la larga historia de su
imperio.
Al
mediodía, una sombra producida por una nube metálica cruzó la plaza y en
seguida el transporte de tropas Zav ―que Koppett había elegido como buque
insignia― se posó lentamente en el suelo. Con sus casi trescientos metros de
eslora, la nave del almirante tenía un aspecto impresionante, aunque algo
bárbaro, a la vista de que su masa rompió parte del fino mosaico del suelo de
la plaza, hecho con las primeras piedras que se habían llevado allí, hacía más
de dos mil años.
Mientras
la nave se posaba, convirtiendo las piedras en fino polvo, el general Billiard,
flanqueado por los capitanes Forgari y Garth, apareció en lo alto de los
lechosos escalones de cien metros de anchura que conducían al palacio. Dos
escuadras de oficiales de naves de combate, la fuerza de élite de Billiard, se
apresuraron a fqrmar un corredor en las escaleras, manteniendo los rifles en la
posición de «presenten armas».
Silenciosamente,
la compuerta lateral gigante del transporte se abrió y una pesada rampa de
acero tomó contacto con la superficie del suelo, rompiendo algunos más de los
valiosos mosaicos.
La
muchedumbre estaba silenciosa y con los ojos fijos en la rampa.
Cuando
el almirante Koppett salió de la nave seguido por dos ayudantes, sus ojos
recorrieron a la masa loria, fijándose en los colores de sus vestidos,
sintiendo la profunda expectación. Al mirar el escalón superior desde el que
Billiard le estaba esperando, las cejas se fruncieron en el rostro hasta
entonces sin expresión. Se detuvo un momento en lo alto de la rampa de la nave
y luego comenzó el descenso.
Billiard,
con una cara que parecía esculpida en piedra, esperó en el escalón superior del
palacio. El almirante cruzó rápidamente el pequeño espacio que había entre la
nave y los escalones, mientras sus ayudantes iban exactamente un paso detrás.
En la base de los escalones, Koppett se detuvo y miró hacia arriba de nuevo. Un
murmullo de excitación comenzó a esparcirse entre el pueblo. No sabían lo que
iba a ocurrir, pero eran conscientes de que un tremendo drama se estaba
representando ante sus ojos.
En
un instante, el almirante Koppett, el conquistador del Imperio Lorio, el líder
de la revolución, fue totalmente destruido por el hombre que había ganado la
revolución para él. En ese momento, Koppett comprendió que no iba a tener la
oportunidad de preparar ningún asesinato. Incluso en eso Billiard se le había
anticipado. Por un momento consideró la idea de dar la vuelta o regresar a la
nave, pero estaba seguro de que los rifles de Billiard que le rodeaban como
saludo podían convertirse fácilmente en amenaza a la menor indicación del
hombre que tenía frente a él en los escalones superiores.
El
almirante miró por encima del hombro a sus dos ayudantes, esperando el menor
signo de apoyo por su parte, deseoso de que por lo menos le acompañasen en la
ascensión de los escalones de mármol. Ninguno se movió. Ninguno le miró a los
ojos. Tenían la vista fija en la presencia de mando que había ante ellos.
Durante unos momentos, cada segundo le valió a Koppett por un año de vida.
Luego, como encogido en el uniforme blanco y oro que tan espléndida apariencia
le había dado hasta hacía unos momentos, comenzó a ascender, rindiendo homenaje
al nuevo Dios del Imperio Lorio.
Se
detuvo tres escalones por debajo de Billiard y, mirando hacia arriba, trató de
envalentonarse por última vez.
—Ha
hecho un buen trabajo, general —dijo, elevando la voz para que le oyeran los
miles de personas que se apiñaban en la base de los escalones—. Ha de ser
felicitado por su victoria.
Billiard
miró a Koppett varios segundos con una sonrisa en el rostro. Luego habló y su
voz llegó tan lejos como la del almirante.
—Koppett,
en nombre de la revolución, queda arrestado por el asesinato del Dios del
Imperio Lorio.
Un
grito sofocado llegó a ellos procedente de los lorios que estaban
inmediatamente abajo; luego se convirtió en un murmullo que se esparció en
ondas desde el centro de la plaza cuando se habló de la muerte del viejo Dios.
La
sangre desapareció del rostro de Koppett; luego asintió, aceptando la realidad
de su derrota. Con un chasquido de los dedos apenas perceptible, Billiard llamó
a unos hombres que estaban tras él y dos oficiales armados de láser se
adelantaron y se situaron a los flancos de Koppett.
—¿Voy
a ser fusilado, general? —dijo con voz tranquila.
—No
—respondió Billiard—; no en tanto coopere.
—¿Y
qué ocurrirá si coopero? —Entonces veremos lo que puede hacerse —respondió
Billiard, indicando a los guardias que se llevasen al almirante.
Billiard
miró a la masa congregada y desde uno de los lados un técnico le apuntó con un
micrófono de captación remota. La voz del terrestre retumbó en los altavoces
que rodeaban la plaza.
—Ciudadanos
del Imperio Lorio, para la preservación y protección del Imperio ha sido
necesario que yo tome el mando de las fuerzas revolucionarias. La pureza de la
revolución no debe ser teñida por la traición, y mediante la traición el
almirante Koppett arregló la muerte del último Dios del Imperio Lorio. La
estabilidad debe ser mantenida, aquí en Lori y en todo el imperio. Con ese fin,
los edictos del mando revolucionario deben ser obedecidos sin cuestión por
todos los lorios en todas partes.
»Aquellos
ciudadanos que lucharon contra la revolución honorablemente quedan desde ahora
mismo, por orden mía, perdonados. No habrá recriminaciones, ni represiones, ni
persecuciones. Pero si algunos sueñan con el retorno del corrupto gobierno del
pasado, o con una continuación del poder de los odiados Sombreros Rojos, o
codician el poder y esperan sacar provecho de la confusión que es el inevitable
resultado de la revolución, quedan desde ahora advertidos: sus esfuerzos sólo
tendrán un resultado, la muerte. Sólo hay un poder en Lori, y es el mío.
Apoyadme, y construiré un nuevo e incluso más grande Imperio Lorio. Aquellos
que se opongan, muy probablemente morirán.
Billiard
miró a la masa y se encontró con un completo silencio. Dejó que el silencio se
extendiera hasta ser casi doloroso; luego, sin ningún signo de prisa, se dio la
vuelta y penetró en el palacio.
Garth
y Forgari, sorprendidos, se precipitaron tras él.
—¿Qué
vas a hacer con el almirante Koppett? —le preguntó Santha casi sin respirar
nada más alcanzarlo—. No puedes matarlo…
—Desde
luego que no puedo —respondió Billiard—. Después de todo, él es el padre de la
revolución.
Santha
le miró esperando encontrar sarcasmo en su expresión, pero no lo había.
—Lo
mejor —continuó Billiard— sería simplemente exiliarle del imperio, con la
pensión suficiente para que pueda vivir con confort…, pero no con tanto que
pueda planear de nuevo una revolución.
Santha
le sonrió y en su rostro se notaba el alivio que le producía el saber que nada
iba a pasarle a Koppett.
—Gracias
—dijo simplemente.
—Es
lo mejor. Puedes irte ahora, capitán. Necesito hablar con el capitán Forgari un
momento.
Santha
sonrió de nuevo, asintió y se dirigió rápidamente hacia las profundidades del
palacio.
—Capitán…
—dijo Billiard.
—¿Sí,
señor? —respondió Forgari, marchando al lado de Billiard con la vista puesta en
el frente.
—Quiero
que se asegure de que Koppett no salga vivo de Lori. ¿Entendido?
—Sí,
señor.
En
los días siguientes, Billiard comprendió que luchar para ganar un imperio era
una tarea mucho más sencilla que la de afanarse entre la montaña de detalles
necesarios para que funcione como una unidad eficiente. Delegó todo lo que
pudo, lo mismo a oficiales de la revolución que a especialistas de los
diferentes campos; pero seguía encontrándose ante su escritorio durante veinte
o más horas cada día, de las que ni siquiera la mitad podía dedicar a su misión
primordial: intentar localizar la base secreta de los Sombreros Rojos en la que
el trabajo sobre el universo encapsulado probablemente estaría siendo
completado como última posibilidad de derribarle del trono.
No
había visto a Santha en casi una semana. Pero una mañana, mientras estaba
luchando contra una serie de informes sobre recompensas a veteranos que le
había producido dolor de cabeza, ésta atravesó la defensa de secretarios y
penetró en el despacho.
—Vamos,
hombre de hierro —dijo—. Vas a salir de aquí por un rato.
—Teniente
Garth, ¿qué demonios piensa que está haciendo? —dijo Billiard, contrariado.
—Capitán
Garth, ¿recuerda? Usted me ascendió.
—Y
si no te veo salir de aquí en menos de cinco segundos voy a degradarte a algo
menos que teniente.
—¡Bah,
no me asustas! —replicó Santha sacándole la lengua a Billiard.
El
la miró un momento y luego se echó a reír.
—De
acuerdo —concedió—. ¿Qué es lo que quieres?
—A
ti —respondió ella.
—¿Para
qué?
—Un
picnic.
—¡Un
picnic! —espetó Billiard—. ¡En nombre del imperio! ¿Cómo esperas que consiga
tiempo para un picnic?
—Muy
simple: saliendo fuera de aquí. Créeme, el Imperio Lorio no caerá hecho pedazos
si tú abandonas tus obligaciones por unas horas.
Billiard
la miró, fijándose en la sonrisa de su rostro y en la súplica de sus ojos;
luego, con repentina decisión, se levantó, cogió la capa, la tomó del brazo y
salió de la habitación.
Deseando
ya no haber estado de acuerdo, al pensar en el número de cosas que tenía que
haber hecho ese día, Billiard se dio cuenta de que el dolor de cabeza empeoraba
en lugar de mejorar mientras ella le guiaba hasta el tejado del palacio en
donde les esperaba un coche aéreo abierto. Sentada detrás de los controles,
condujo con suavidad y fácilmente la pequeña nave, sintiéndose relajada
mientras el viento levantado por la velocidad ondeaba su pelo.
—¿Adonde
vamos? —preguntó Billiard.
—A
un lugar en el que no he estado desde que era niña —respondió Santha—. Espero
que todavía siga allí.
Volaron
en silencio durante casi media hora antes de que ella enfilase la proa del
coche hacia abajo, donde se encontraban unas montañas de poca altura. Volaba
hacia ellas manteniendo el rumbo directamente hacia una escarpadura de roca
sólida y Billiard ya se estaba preparando para cambiar el rumbo con un rápido
golpe a los controles, pero ella giró repentinamente hacia la izquierda,
rodeando un espolón de roca, abriéndose frente a ellos una estrecha garganta
verde cortada en el corazón de las montañas por un pequeño río.
Billiard
se inclinó hacia adelante y miró hacia abajo, a una impetuosa corriente de agua
clara que parecía una estrecha cinta brillante, a más de cien metros de
profundidad.
A la
derecha, a lo largo de la pared del cañón, había un reborde que parecía un
rastro de escalada. Santha lo miraba fijamente, con sólo breves miradas hacia
adelante para mantener el coche aéreo en el centro de la garganta. Cuando
llegaron a un lugar en el que una hondonada en la pared del cañón ofrecía un
aparcamiento, llevó hacia allí la nave con expertas manos, aterrizando sin la
menor sacudida.
—Aquí
estamos —dijo, mientras saltaba del bote con una sonrisa brillante—. ¡Vamos, te
lo enseñaré!
Billiard
se liberó del cinturón de seguridad y siguió a Santha fuera del coche,
preguntándose adonde se dirigirían. Ella le condujo hasta el borde de la repisa
rocosa y señaló hacia el fondo de la garganta.
Al
mirar vio una pequeña corriente tributaria que corría a unos veinte metros más
abajo. El agua caía con rapidez a lo largo de una pequeña grieta que se
estrechaba cada vez más conforme se acercaba al cañón principal. Desaparecía a
cincuenta metros, precipitándose por lo que parecía ser una brecha entre dos
rocas.
Santha
se dio la vuelta y corrió hacia el coche, de donde cogió un cesto aislado que
tenía preparado. Luego regresó al borde de la repisa y bajó cuidadosamente por
ella, poniendo los pies en las pequeñas grietas de la parte vertical de la
roca.
—Vamos
—le ordenó—. Es hora de comer y estoy hambrienta.
—¡Estás
haciendo una chiquillada! —le gritó Billiard—. Te matarás si tratas de
descender por ahí.
—Lo
he hecho cientos de veces.
—Cuando
eras mucho más joven.
Santha
le sacó la lengua y luego se deslizó por la pendiente.
Él
la miró, fijándose en todos los puntos en los que ponía las manos y los pies, y
se dio cuenta de que el risco no era totalmente vertical; tan sólo muy
inclinado. Había grietas para sujetarse y muchas plantas pequeñas. Y diez
metros más abajo la inclinación cesaba notablemente.
Santha
casi estaba al nivel de la corriente cuando se detuvo para mirar a Billiard,
protegiéndose del reflejo con las manos. Él podía ver el movimiento de sus
labios, pero con el rugido del agua su voz se perdía totalmente.
Encogiéndose
de hombros, y esperando que el dolor de cabeza desapareciera, comenzó a
descender por el risco. Encontró varias grietas para poner las manos y los pies
y el descenso no le resultó tan difícil como había pensado.
Luego
cometió un error.
Cruzando
un ligero afloramiento, el comienzo de un pandeo de la roca que tenía su máxima
curvatura tres metros más abajo, Billiard se cogió de un pequeño matorral,
utilizándolo como sujeción mientras giraba el cuerpo para encontrar un apoyo
para el pie. El matorral había soportado fácilmente a Santha, pero cedió ante
su peso. Billiard resbaló y cayó verticalmente por la bruñida roca buscando
desesperadamente algo a que aferrarse. Su mano derecha pasó por encima de una
enorme mata de flores verdes y azules y pudo sujetarse en su base. Parte de
ésta se desprendió por su mano, pero la mayoría aguantó, deteniéndole en la
caída.
No
sabiendo exactamente en qué parte de la roca estaba, Billiard se sostuvo
firmemente y se quedó quieto, esperando que el corazón dejara de latirle con
tanta fuerza. Yacía con el estómago pegado a la resbaladiza pendiente de roca
húmeda y podía oír el rugir del agua por debajo… con mucha fuerza. Casi con
tanta fuerza como el latido de sangre en los oídos y el jadear de la
respiración. Precavidamente, extendió el brazo izquierdo en busca de un punto
de apoyo.
Casi
le da un shock cuando su mano tocó algo caliente y suave…, una especie de
carne.
Con
el efímero pensamiento de que había varias especies de carnívoros salvajes en
Lori, Billiard volvió lentamente la cabeza hacia la izquierda. Dio un respiro
de alivio al ver que lo que había tocado era la mano de su compañera, que se la
tendía desde donde estaba acurrucada: una pequeña repisa situada dos metros a
la izquierda, a su mismo nivel.
Extendió
el brazo, agarrando con los dedos la muñeca de Santha. Ella hizo lo mismo con
la muñeca de Billiard y él soltó las flores, se balanceó y colocó sus piernas
en la repisa. Santha le miró sonriente y reemprendió el descenso. Billiard no
tenía más elección que seguirla y así lo hizo, pero escogiendo las palabras que
le iba a decir cuando por fin llegasen adonde ella se dirigía con tal
determinación.
Unos
pies más de descenso y la superficie de la roca se hizo horizontal, mientras el
agua batía por todas partes entre las paredes, borrando cualquier otro sonido.
Grandes piedras, que desde encima parecían pequeñas, bloqueaban el paso
directo, y aunque moverse siguiendo la corriente era menos peligroso que
descender por el risco, no era mucho más fácil.
Santha
le estaba esperando un poco alejada y Billiard al alcanzarla se detuvo para
sentarse un minuto en una roca redondeada y normalizar la respiración. Ella se
sentó junto a él, inclinándose para hablarle a gritos en la oreja.
—No
queda mucho. Es detrás de esa grieta —dijo, y señaló una estrecha abertura
entre dos masas de rocas. Era la abertura que, vista desde arriba, no parecía
tener más de unas pulgadas de anchura.
—¿Podremos
pasar por ahí? —gritó él.
—No
hay problema —contestó ella riendo—. Vamos.
Los
reflejos de luz en el agua tumultuosa dificultaban la visión mientras Billiard
seguía a Santha precavidamente por el corte, saltando de roca en roca,
intentando guardar el equilibrio y evitando que los pies resbalasen por la
húmeda roca. Su avance era más un baile de locos que un andar deliberado. Pero
a los pocos momentos se habían escurrido por la grieta y salieron a un pequeño
claro. Era una charca rodeada de grandes masas pétreas salvo por una estrecha
franja de arena. En el otro extremo del claro el agua de la charca caía
lentamente entre dos rocas gastadas. Cuando Billiard se acercó para ver la
caída, se encontró mirando al río principal desde cien metros de altura.
—¿Y
bien? —preguntó Santha.
—Hermoso.
Tan pronto como regrese al despacho daré la orden para que nadie excepto
nosotros dos pueda llegar hasta aquí…, por orden del Dios del Imperio Lorio.
Tengo el título, ¡y ésta es una oportunidad de utilizarlo para algo importante!
—No
creo que sea necesario —contestó Santha—. Me sorprendería mucho que en todo el
planeta conocieran este lugar más de doce personas. Y no tengo problema en
compartirlo con ellos…, en tanto no vayan a usarlo cuando yo quiera usarlo.
Se
sentó sobre la arena, extendiendo una pieza de tela blanca, y abrió el cesto
aislado. Sacó una botella de Trenian Vino de Oro y se la pasó a Billiard.
—Ponla
a enfriar, ¿quieres? Todavía debe estar fresco, pero seguro que la charca lo
está más.
Billiard
introdujo la botella por debajo de la superficie y la apoyó cuidadosamente en
un resquicio en V formado por dos rocas. El agua tenía la claridad del cristal
y, como había predicho Santha, era fría como el hielo.
—Y
ahora, como sorpresa final… —exclamó Santha. Sacó un paquete del cesto, deshizo
las ataduras de cada extremo y levantó cuidadosamente la tapa.
—¡Dios
mío! —exclamó Billiard—. ¡Pájaro anguila broxoniano! ¿Cómo demonios te has
hecho con esto?
Santha
alzó el ave asada de color azul pálido, famosa por su deliciosa y ligeramente
alucinógena carne, examinándola críticamente.
—El
jefe de cocina imperial tenía dos en el congelador de palacio. Creo que pensaba
venderlos en el mercado negro.
Comieron
en silencio, saboreando la carne azul con sabor de sol, pasándose la botella
una y otra vez, teniendo como fondo el retumbar del agua antes de burbujear
junto a la caída al río de abajo. Cuando acabaron, Santha recogió lo restos de
la comida y los metió en el cesto. —Haces que uno sienta que está casado —dijo
Billiard perezosamente, mientras la veía limpiar el área.
—No
lo creo —respondió ella, mirándole con un poco de rubor en las mejillas y algo
de asombro en sus ojos—. Dime, ¿dué vas a hacer ahora? —preguntó, cambiando
rápidamente de conversación. O por lo menos eso le pareció a Billiard.
—¿Con
respecto a qué?
—Tu
principal problema —le dijo ella con una sonrisa.
—No
sabía que tuviera un problema principal —le respondió Billiard devolviéndole la
sonrisa.
—El
«universo de energía».
Esa
frase le borró la sonrisa.
—¿Lo
sabías?
—Por
supuesto —dijo ella, con la sonrisa todavía en los labios—. Como segundo jefe
tuyo tengo que saber lo que ocurre en palacio.
—¿Y
entiendes la razón por la que he de encontrarlo? —preguntó Billiard.
—Si
quieres permanecer en el poder como nuevo Dios tienes que apartar a los
Sombreros Rojos de su control.
Billiard
dio un respiro de alivio. Por un momento había sospechado que, por azar, Santha
hubiera averiguado la verdadera razón que le impulsaba a buscar el centro de
investigaciones.
Santha
malinterpretó el suspiro.
—Pero
se supone que no estamos aquí para hablar de negocios —dijo con una mueca—. Has
venido para relajarte y divertirte.
—¿Y
qué tal si hablamos de nosotros? —preguntó Billiard, cambiando el tema tal como
ella había sugerido, pero en una dirección para la que no se encontraba
preparada.
Santha
miró el agua con una expresión de infelicidad.
—Conoces
la tradición —dijo—. El Dios del Imperio Lorio sólo puede casarse con el
imperio; no puede tener mujer. Sí puede, por supuesto, tener mujeres
sirvientes…
Billiard
creyó ver lágrimas en sus ojos, aunque también pudo ser un reflejo de las
aguas.
—¿Me
estás recomendando a una de esas sirvientes? —preguntó.
—Estás
pidiendo demasiado —dijo Santha, mostrando por primera vez la cólera en su
voz—. Yo nunca sería…
—No,
no estoy pidiendo demasiado —la cólera también se notaba ahora en la voz de
Billiard—. Sabes lo que siento por ti. También sabes que eres la única persona
en este condenado planeta a la que puedo confiarme sin reservas. Sí, tengo un
trabajo que hacer: un imperio que consolidar y gobernar, y que espero convertir
en algo mejor. Ese trabajo me exige que permanezca soltero. Pero no puedo
hacerlo sin ti…
—Lo
siento —dijo Santha suavemente—. Sé que tienes razón. Pero ahora es mejor que
regresemos a palacio.
Billiard
se puso en pie, la levantó y la estrechó entre sus brazos. Por un efímero
momento sus labios se juntaron. Luego Santha se desembarazó de él y se encaminó
hacia la garganta. Billiard se quedó un momento mirándola, luego se inclinó y
cogió el cesto, siguiéndola con la mirada puesta en las rocas…, pero con la
mente en un universo lejano, en otra obligación.
CAPÍTULO
VI
Billiard
se dio cuenta de que lo que en un principio había parecido una pesada carga de
trabajo no era nada en comparación con lo que había de venir. En pocas semanas
se encontró literalmente cubierto por informes, recomendaciones, peticiones y
etcétera, todo ello conectado de alguna manera con la conquista y
reorganización del Imperio Lorio y requiriendo su atención personal. Aunque
cada mañana buscaba diligentemente entre todos los informes, ninguno de ellos
parecía aportar dato alguno sobre la localización del centro secreto de
investigación que le interesaba, el que había de encontrarse en algún punto del
universo captor. Ello incrementaba su cólera contra la gente de Lori, a quienes
parecía no importarles nada el tipo de gobierno que tuviesen.
Mientras
sus hombres ganaban habilidad en el ejercicio de su control sobre Lori,
Billiard, lentamente, iba ordenando la confusión que le rodeaba. Algunos
oficiales de la policía secreta y algunos pocos hombres del ejército regular y
de la armada, que habían elegido continuar la resistencia, convertían con
frecuencia la pacificación en una tarea sangrienta. A pesar de ello, al cabo de
dos meses las fuerzas revolucionarias dominaban totalmente los centros
nerviosos del Imperio.
Billiard
se había trasladado al despacho del antiguo Dios, no porque hubiese ocupado su
puesto ―al menos oficialmente no lo había hecho―, sino porque era la única zona
del Palacio de la Estrella montada apropiadamente para manejar los problemas a
los que se enfrentaba. Sólo ahí tenía la red de comunicaciones y el espacio de
oficina que necesitaba para la gran cantidad de personal que tenía que mantener
para no estar siempre interrumpido por pequeños detalles.
Uno
de los problemas más entorpecedores era el número de personas que
constantemente querían verle. La mayoría de ellos podían ser atendidos por su
personal inmediato y enviado a los departamentos apropiados para solucionar sus
problemas, pero algunos simplemente querían verle a él, bien por la naturaleza
de sus problemas o bien por la importante posición que ocupaban en el esquema
político. Antiguos ministros de esto y aquello, ex políticos, militares de alto
rango, empresarios, economistas, banqueros y magnates de los medios de
comunicación…, todos ellos esperando con diferentes grados de impaciencia en la
antesala de la oficina de personal del antiguo Dios.
Billiard
intentaba ver cada día al mayor número posible de ellos —antes, durante y
después de tratar los problemas cotidianos del Imperio—, pero cada día
aparecían nuevos nombres en la lista en un número mayor al de nombres borrados.
El día que recibió un informe de tapas rojas proveniente de su jefe de
seguridad, comentándole que alguien había introducido panfletos contrarios a la
revolución junto a los cheques de pensiones y asistencia antes de mandarlos por
correo, no se sintió con ganas de ver a nadie.
Esa
tarde estaba sentado en su despacho, revisando los informes sobre actividades
militares de los goromis en los límites del imperio, cuando su secretaria salió
a la sala para anunciar que no habría más entrevistas. Escuchó las quejas de
quienes habían estado esperando todo el día, pero les prestó poca atención.
Tenía la mente ocupada con las posibles incursiones de los goromis y con el
problema de la localización del escondido laboratorio de la antigua policía
política. “¿Para qué me he convertido en jefe de este imperio abandonado de
Dios si no para localizar el centro de encapsulación?”, se preguntó
constantemente durante todo ese día. Prestó poca atención a lo que estaba
ocurriendo en el exterior hasta que oyó el aguado siseo de un haz de láser y un
grito de dolor.
Reaccionando
instintivamente, saltó del sillón y cogió su propio láser con un rápido
movimiento, haciéndose a un lado, fuera de lo que supondría sería la línea de
fuego en un intento de asesinato…, algo que llevaba cierto tiempo esperando.
Alzó
el arma inmediatamente y la apuntó hacia una figura baja y despeinada que se
encontraba en la puerta de la antesala. Antes de que apretara el gatillo
observó que aquel hombre no tenía un arma y sí una quemadura en el brazo.
Mientras le estaba viendo, sus guardias le cogieron y arrastraron por el
corredor.
Billiard
bajó la punta del arma. Por sobre el ruido y la excitación de la antesala pudo
oír los gritos del hombrecillo.
—Pero…
¿no entienden? —gritaba, en plena lucha con los guardias—. Soy el mayor
Fentara, del Servicio de Inteligencia de la Revolución…
—
¡Un momento! —gritó Billiard.
Los
guardias, sorprendidos, se detuvieron y miraron hacia el despacho de su jefe.
—Traigan
aquí a ese hombre —ordenó Billiard—. Y cierren esa condenada puerta.
La
paz retornó inmediatamente al despacho cuando la puerta que daba a la antesala
y la suya fueron cerradas, bloqueando las todavía continuas quejas de los
desilusionados visitantes. Los guardias condujeron al despeinado hombre ante la
mesa de Billiard, sosteniéndole por los brazos.
—Déjenle
—dijo Billiard.
—Gracias
—dijo el hombre, situando en una posición más cómoda la parte de brazo que
había sido alcanzada por el láser.
—¿Quién
es usted? —preguntó Billiard—. Y ¿qué es lo que quiere?
—Mayor
Fentara, señor. De su Servicio de Inteligencia.
—¿Y
por qué creyó necesario tratar de entrar de esa forma, mayor? —le preguntó
Billiard—. Mi secretaria anunció que no habría más visitas por hoy.
Fentara
miró a los guardias que se encontraban a su lado y luego se dirigió a Billiard.
—Señor,
se trata del Proyecto Uno.
Billiard
quedó sorprendido al oír la palabra clave que había asignado a su misión
primordial cuando la revolución estaba empezando, hacía ya dos años. Había dado
ese código a los primeros hombres que partieron y Billiard supuso que aquellos
que no regresaron habían sido capturados y ejecutados. Con un gesto indicó a
los guardias que se fueran y luego condujo a Fentara hasta un asiento.
—¿Qué
ha descubierto usted, mayor? —le preguntó Billiard, inclinándose hacia adelante
con la tensión en su cuerpo y su mente. Podía ser, pensó, que Fentara tuviera
la información que necesitaba tan desesperadamente.
—En
realidad no estoy seguro, señor. Puede que ésta sea la información del Proyecto
Uno, o puede que se refiera a otra cosa distinta.
Fentara
se detuvo un momento para buscar algo en el bolsillo; luego sacó una pequeña
caja. Sin esperar a que se lo pidieran, Billiard colocó el proyector delante de
la mesa y Fentara deslizó una diapositiva en la cámara de alimentación.
—Tras
regresar a Lori de Sutet IX —dijo Fentara, arrellanándose dolorosamente en la
silla—, pasé casi un año entero intentando sonsacar a los empleados del
gobierno alguna información sobre nuevos proyectos de investigación… dirigidos,
bien por la política, bien por las fuerzas armadas. El resultado fue cero. A
decir verdad, mantuve la investigación durante tanto tiempo que estaba
sorprendido de no haber recibido una visita de los Sombreros Rojos.
—Debe
haber encontrado algo —dijo Billiard, cuando el mayor se detuvo un momento— o
no estaría aquí ahora.
—Así
es, señor. Encontré algo. O al menos creo que he encontrado algo.
Fentara
pulsó el botón del proyector y en la pantalla apareció un mapa. Con una
descuidada uña, Fentara se dirigió a la pantalla y señaló un grupo de puntos
rojos cercanos al centro de un área manchada de color rosa sobre el mapa…, un
área de seguridad de los Sombreros Rojos.
—Por
lo que entendí, usted buscaba básicamente una estación de investigación sobre
la energía. Y aunque puedo estar equivocado… Dios sabe que no soy un
científico…, me figuré que una estación que busca una nueva, o más poderosa,
fuente de energía estaría utilizando, lógicamente, una gran cantidad de
energía.
—Una
lógica suposición —añadió Billiard sonriendo.
—Y
si ése es el caso —continuó Fentara con un matiz triunfalista en la voz—, estoy
convencido de que tengo la localización del proyecto. —Y señaló de nuevo los
puntos rojos en la pantalla.
—¿Ahí?
—preguntó Billiard, con desilusión en la voz—. ¿En una base conocida de los
Sombreros Rojos? ¿En campo abierto? ¿No cree que en esas condiciones ya la
habríamos encontrado… de estar a plena vista?
—Pero
no está a plena vista, señor. Es una antigua base; probablemente sus hombres no
han estado ahí. Fue construida por los Sombreros Rojos como centro de detención
y luego abandonada desde hace veinte años. Originalmente había sido planeada
como centro de detención para prisioneros políticos locales, pero se produjeron
muchas disputas jurisdiccionales: seguridad interna, fuerzas armadas, policía
planetaria y otra media docena de agencias estaban implicadas en ello… y se
oponían al concepto de prisión central. Por todo ello, el plan fue archivado y
no vio la luz ni siquiera cuando los Sombreros Rojos consiguieron absorber las
funciones de todas las otras agencias.
—¿Qué
le hace pensar entonces que la están utilizando como sede para el Proyecto Uno?
—Dos
cosas. En primer lugar se supone que el lugar está abandonado… En realidad,
ellos le llamaban «inactivo». Pero estaba drenando suficiente energía de la red
continental de Lori para cubrir las necesidades de una ciudad pequeña. En
segundo lugar, por lo que he podido descubrir, hay un completo cinturón
defensivo alrededor del lugar.
—¿Es
segura su información?
—Teniendo
en cuenta el consumo de energía, totalmente segura. Me las arreglé para
confirmar el gasto de energía por mí mismo. Eso fue antes de que usted llegara.
Tuve que sobornar a unos cuantos. Le costará a la revolución cien mil dorados
cuando presente mi cuenta de gastos.
—¿Y
con respecto al cinturón defensivo? —preguntó Billiard.
—Eso
es un poco menos certero. Me costó semanas, pero no hace mucho tiempo logré
llegar a una ciudad llamada Pelli, a unas cincuenta millas del área; acabo de
volver de allí. Bueno, creo que hay todo un cinturón. Todos los detalles lo
afirman. Si alguien trata de cruzar el espacio aéreo interior al área, le
radían un «Mantenga la posición» en vivo, en lugar del usual aviso grabado por
violar áreas inactivas. A los pocos minutos se produce una inspección visual
por una flota de naves ligeras. Las vi una vez. Me dijeron que en los últimos
años se produjeron por lo menos dos casos en los que naves comerciales —una de
ellas de pasajeros, con cuatrocientas personas a bordo— fueron abatidas por
misiles que provenían de aquella área. Ambos casos fueron ocultados por los
Sombreros Rojos, pero no es fácil tapar la muerte de cuatrocientos civiles, ni
siquiera teniendo el total control de los medios de comunicación.
—El
cinturón defensivo —dijo Billiard en voz baja, más para sí mismo que para
Fentara— va a dar problemas.
—¿Por
qué? —preguntó Fentara con la sorpresa en la voz—. Vaya allí con un crucero
medio y el lugar será suyo en diez minutos.
—Pero
el lugar quedará destruido en nueve décimas partes —replicó Billiard—, lo que
no cuadra con mis propósitos. Tengo que encontrar la forma de cruzar ese
círculo defensivo sin iniciar una gran batalla.
—Puede
haber una forma… —dijo Fentara.
—¿Cuál?
—preguntó Billiard, alzando la cabeza para mirar al oficial de inteligencia.
—El
general M'tang. Un primo hermano del antiguo Dios y oficial a cargo de todos
los proyectos de investigación de los Sombreros Rojos. Si alguien conoce una
forma de entrar allí sin lucha, ése es él.
—¿Y
cómo sugiere que lo encontremos? —preguntó Billiard, con sarcasmo en su voz.
—No
hay problema —replicó Fentara—. Está escondido aquí en la capital. En un hotel
del centro de la ciudad.
—¿Qué?
—gritó Billiard—. ¿Aquí? ¿Por qué no ha sido detenido?
—Bueno,
señor…, supongo que sólo yo le he seguido la pista. Y si conozco su paradero se
debe exclusivamente a las investigaciones que estaba haciendo alrededor de la
base supuestamente abandonada. Todavía no he tenido tiempo de informar sobre él
al servicio de seguridad.
Unos
minutos más tarde, Billiard y Fentara estaban en un coche de tierra particular.
Billiard, al volante del automóvil, incumplió todos los límites de velocidad y
otra media docena de señales de tráfico. Iban solos, pues ni siquiera les
acompañaban los hombres de la guardia personal. En el asunto del universo
cautivo quería al menor número de personas posible, aunque sólo fuera para
eliminar discusiones en el caso de descubrir y clausurar el proyecto. Cuanta
más gente supiera de él, más gente se preguntaría por qué no seguía
investigando para obtener la nueva fuente de energía.
Tras
obtener de Fentara el número de la habitación de M'tang, Billiard dejó al mayor
en el coche y caminó solo hasta el hotel. Pasó rápidamente frente a recepción
como si le estuvieran esperando y pronto se encontró frente a la habitación
225. Tras comprobar si su láser estaba adecuadamente dispuesto en la pistolera,
golpeó en la puerta.
El
sonido de sus nudillos reverberó en el silencio del pasillo. Varios segundos
pasaron sin respuesta y Billiard llamó de nuevo, esta vez más fuerte, golpeando
el puño contra el plástico imitación de madera. Ya estaba dispuesto a echar la
puerta a patadas cuando se oyó descorrer el pestillo y la puerta se abrió una
pulgada.
Un
ojo marrón inyectado en sangre se asomó por la puerta.
—¿Qué
desea? —graznó en voz baja.
El
hombro de Billiard golpeó la puerta fuertemente y ésta se abrió, echando al
viejo al suelo junto a una arrugada cama
—A
usted, general M'tang; eso es lo que deseo.
—Debe
haberse confundido —dijo el viejo, levantándose del suelo y haciéndose hacia
atrás en dirección a la cama—. Mi nombre es Nevils, Goddrung Nevils.
—Su
nombre es general M'tang. Un nombre que quedará muy bien sobre su tumba, que
será abierta esta tarde a menos que obtenga de usted una cooperación
instantánea.
El
viejo miró a Billiard; luego, repentinamente, sus hombros se hundieron.
Transformado en un hombre vencido, se sentó un momento sobre la cama antes de
ponerse de pie. Sus hombros se echaron hacia atrás hasta que casi se paró en
postura de firmes.
—¿Qué
quiere usted? —preguntó—. ¿Estoy arrestado… o simplemente va a ejecutarme, aquí
y ahora?
—No
está arrestado; al menos, no todavía —dijo Billiard bruscamente—. Y en cuanto a
la ejecución, eso depende totalmente de cómo actúe usted en los próximos
minutos. Lo que quiero de usted es información, y la calidad de información que
obtenga determinará exactamente cuánto tiempo sobrevivirá y en qué condiciones
esperará la muerte… como prisionero o como hombre libre. —¿Y quién es usted
para hacer tales amenazas y tales promesas?
—Lathan
Billiard.
—¿El
nuevo Dios?
Había
tal tono de incredulidad en la voz de M'tang que Billiard casi se hecho a reír,
pero simplemente asintió. El viejo se sentó de nuevo en la cama que tenía a su
espalda.
—¿Qué
información está buscando?
—Todo
lo que sepa sobre el centro de detención abandonado que está cerca de la ciudad
de Pelli.
—¿Qué
hay allí digno de saberse? —dijo el general encogiéndose de hombros—. Es una
base abandonada. Probablemente muy mal acabada…, aunque no puedo asegurárselo
por experiencia personal. Ya sabe que ese asunto no concernía a mi
departamento.
—General
—dijo Billiard tranquilamente—: ¿quiere usted morir?
—Por
supuesto que no.
—En
ese caso será mejor que me dé una respuesta directa, porque no va a tener otra
oportunidad. ¿Qué sabe usted del centro de detención?
M'tang
le miró por un momento; luego, con una sonrisa triste, comenzó a hablar.
—Por
arriba es un centro de detención abandonado, pero bajo tierra, en un complejo
fuertemente defendido, está uno de los más avanzados centros de investigación
del planeta.
—¿Qué
es lo que hacen? —le interrumpió Billiard.
—Trabajan
en una nueva fuente energética —respondió el general—. Una fuente de energía
virtualmente ilimitada. El alto mando dio prioridad al proyecto hace tiempo,
pues pensaban que sólo con esa energía ilimitada podrían detenerles…, es decir,
acabar con la revolución. Por lo que yo sé, los Sombreros Rojos que están allí
escondidos, y la mayor parte de los que quedan se encuentran allí, todavía
piensan de esa forma, a pesar de que usted ya ha tomado Lori.
—¿Cuál
es la nueva fuente de energía? —preguntó Billiard, seguro de que conocía la
respuesta, pero queriendo estar absolutamente seguro de que había dado con el
proyecto que buscaba.
—La
energía de todo un universo —respondió M'tang con expresión distraída—. Una
energía que sobrepasa la imaginación más desbocada de cualquier hombre. Una
energía más allá de toda medida… ¡Un poder sin límite!
—Detalles
—pidió Billiard—. ¿Energía de qué y de dónde?
M'tang
movió la cabeza, como si se sacudiera los sueños y tomara contacto con la
realidad.
—En
realidad, no conozco muchos detalles de la fuente misma. Todo fue planeado por
un equipo de estudios hace mucho tiempo. Pero una vez conseguí un resumen
general sobre el tema y creo que retuve algo de ello.
»Nuestros
científicos conjeturaron hace tiempo que hay más de un…, lo que nosotros
llamamos universo. No más de una galaxia, sino múltiples universos. Dedujeron
que cada universo tenía una cierta cantidad de masa que creaba un campo de
«enlace», sutilmente diferente de un simple campo gravitacional, alrededor de
cada universo…, un campo que mantiene al universo en conexión, separándolo de
los otros universos. La masa del universo determina la resistencia del campo
que lo rodea… También supusieron que todos los universos debían estar
aumentando de talla, puesto que el nuestro lo estaba haciendo, a través de lo
que suponían era un espacio infinito. Pero la tasa de expansión de un universo
individual quedaría determinada por la resistencia de su campo de enlace. Eso significaba
que todos los universos, a los que se suponía infinitos en número, también eran
infinitos en las posibilidades de tallas, dependiendo éstas de la edad y de la
cantidad de masa contenida. Mientras trataban de comprobar la veracidad o
falsedad de esta teoría de la expansión, se decubrió que la energía de nuestro
universo estaba desapareciendo por los llamados «agujeros negros», que habían
sido estrellas de gran masa. Muchos hombres del espacio entendieron la teoría
de los agujeros negros.
—Así
es —dijo Billiard—. Continúe.
—Finalmente,
un joven brillante tuvo la idea de capturar un universo, todo un universo
encapsulado, y perforar un agujero para obtener algo de su energía a través de
lo que desde ese universo pensarían que era un agujero negro ordinario, aunque
algo más grande… Era una idea loca, pero alguien convenció al mando de que
había una oportunidad de llevarla a cabo.
»Al
equipo de investigación asignado al proyecto le costó años de esfuerzos
localizar un universo distinto del nuestro. Mientras tanto, un segundo equipo
trabajaba en el descubrimiento de un medio, una herramienta de inmenso poder
manipulador, para capturar y mantener el universo que estábamos buscando. Se
trataba, por supuesto, de un universo más pequeño y que tuviera además mayor
masa. Uno que contuviera grandes reservas de energía. Para sorpresa del equipo
investigador, localizamos ese universo dentro del nuestro... ¡y de unos pocos
metros de extensión! Un universo completo, con estrellas y galaxias, pero tan
pequeño que ninguno de los potentes instrumentos a nuestra disposición podía
señalar soles individuales a través del muro de fuerza que mantenía a ese
universo en conexión y separado del nuestro.
»Una
vez que el equipo hubo capturado el universo y lo hubo inmovilizado en un
laboratorio, comenzaron a trabajar en la parte del proyecto que daría
significado a todo el esfuerzo: encontrar la forma de perforar la pared de ese
universo y de sacar parte del tremendo potencial de energía encerrado en él. En
un principio esos experimentos debían realizarse en el espacio interestelar,
porque no podíamos controlar las grandes cantidades de energía liberada. Sólo
tras varios años de desarrollo fuimos capaces de abrir agujeros blancos lo
bastante pequeños para poder utilizarlos en la superficie de un planeta
habitado.
—General
—le interrumpió Billiard—, ¿ha pensado el equipo de investigación en lo que
puede ocurrirle a ese otro universo cuando hacen una perforación sobre él?
―Nuestros
cálculos, es decir, los cálculos del equipo de investigación —respondió el
general—, demostraban que aunque estuviéramos obteniendo una tremenda cantidad
de energía de ese universo ello no bastaría para romper totalmente el muro de
fuerza de enlace que lo encapsula. No tememos una explosión.
—Sí,
ya entiendo eso —dijo Billiard, con una nota de impaciencia en la voz—. Pero
¿qué puede ocurrir en el otro universo…, en el que se está sustrayendo la
energía? Si es un universo completo debe haber seres inteligentes en él. ¿Cómo
les afectará ese agujero en el muro de fuerza de enlace?
—Bueno
—dijo el general—, no puedo decir que se haya pensado mucho sobre eso. En
efecto, hemos creado un enorme «agujero negro» en ese universo y probablemente
producirá unos efectos inusuales allí, especialmente sobre la entropía y el
flujo del tiempo. Sin embargo, no sé si eso será importante. Después de todo,
cualesquiera que sean los efectos que allí puedan producirse, carecerán
de.importancia aquí, en el mundo real.
Billiard
se quedó un momento mirando a M'tang. Cuanto más tiempo permanecía así, más
nervioso se ponía M'tang. Finalmente, Billiard habló.
—Muy
bien, general. Ahora la pregunta importante: ¿cuál es el código para traspasar
el cinturón defensivo de la estación de investigación?
Ahora
fue M'tang quien se quedó en silencio. El sudor le corría por la frente
mientras trataba de trazarse una línea de conducta.
—Ese
código es lo único que tengo para pactar por mi vida —dijo—. Mi vida… y otras
cosas.
—¿Otras
cosas? —preguntó Billiard—. ¿Qué otras cosas?
—Una
de las cosas que quiero hacer es convertirle en el hombre más poderoso del
imperio.
—Ya
lo soy —respondió Billiard con sequedad—, así que lo que quiere, lo que me está
ofreciendo, no es nada en realidad.
—Lo
único que tiene es el poder político —dijo el general con una sonrisa de
burla—. Lo que le estoy ofreciendo es un ilimitado poder físico…, el poder de
destruir planetas, de convertirlos en jardines, el poder de hacer lo que desee
con este universo.
—Muy
bien —dijo Billiard impacientemente—, acepto el poder que me ofrece. ¿Cuál es
el código?
—Bueno…
—M'tang hablaba ahora lentamente, con una astuta expresión en el rostro—, ya se
imaginará que no le ofrezco esto como un regalo…
Billiard
le miró fijamente; luego, con un rápido movimiento, se echó hacia adelante y
sacó su láser, introduciendo la boca entre los labios de M'tang.
—Puede
elegir, general —le dijo con voz profundamente severa—, entre darme el código
del cinturón defensivo o perder el cerebro que le queda. Recuerde que siempre
podremos destruir el cinturón. Tengo hombres y naves para ello, pero preferiría
no hacerlo. Preferiría obtener el complejo intacto…, aunque el trabajo de su
equipo de investigación puede ser duplicado si tengo que destruir el original.
Billiard
sacó la pistola de la boca de M'tang y el viejo escupió un pedazo de diente
antes de hablar.
—Se
lo programaré para usted —dijo, con una expresión de terror.
Se
dirigió a una pequeña mesa, sacó un programador de bolsillo y pulsó varios
botones. Treinta segundos después sacó una cinta que entregó a Billiard.
—De
acuerdo, general ―dijo Billiard―. Si esto funciona, si abre el cinturón
defensivo, es usted un hombre libre. Tiene usted mi promesa de perdón y el
retiro con paga completa. Pero va a venir conmigo a la estación. Si la cinta no
funciona, le garantizo que no vivirá el tiempo suficiente para lamentar el
haber querido engañarme.
A
los pocos minutos, Billiard y M'tang, acompañados por Fentara y una escuadra de
soldados precipitadamente reunida, eran aerotransportados en un flotador de la
policía mandado por Billiard. Él mismo tomó los controles y dirigió el flotador
tierra adentro desde Zilamat, por la llanura y el desierto que cubrían las dos
terceras partes del continente.
A
los cuarenta y cinco minutos, Billiard vio humo delante, cerca del punto que el
mapa de Fentara indicaba como la base abandonada. Billiard mandó el programa
que M'tang aseguró abriría el cerco defensivo y traspasó la energía a los
nódulos de conducción. Cinco minutos más tarde circundaban una masiva ruina
humeante, que era lo que quedaba de la oculta estación de investigación de los
Sombreros Rojos.
Unos
pocos policías políticos quedaban en la estación, especialmente los
controladores del sistema defensivo, y Billiard recibió fuego de armas pequeñas
cuando el flotador tocó tierra. Sus soldados se encargaron rápidamente de la
poca resistencia que quedaba, dejando sólo un hombre vivo… para que respondiese
a las preguntas.
Y
las respondió cuando descubrió lo que le esperaba si permanecía en silencio.
Contó
que sin aviso previo llegaron varios flotadores a la base para llevar a cabo un
programa de abandono. Estaban llenos de hombres armados con el uniforme de los
Sombreros Rojos, que tenían la orden de llevarse todo lo que de valor allí
hubiese, destruyendo el resto. Mientras algunos de ellos, a las órdenes de dos
generales, se llevaron el equipo pesado del laboratorio principal de
investigación, los otros colocaban explosivos y ayudaban a todos los
científicos y técnicos. Una vez que hubieron cargado todo en los flotadores
pesados, incluyendo a los técnicos, habían hecho explotar las cargas y se
fueron en dirección oeste.
Billiard
escuchó el interrogatorio desde la parte de atrás de la sala común adonde sus
hombres habían arrastrado al prisionero. Se dio la vuelta y se dirigió
corriendo hacia el flotador de la policía, pulsando el conmutador de la red de
comunicación de mando, que había sido conectada a través de la policía con el
palacio.
Cuando
la imagen se aclaró, mostrando el rostro de un joven oficial de guardia,
Billiard le gritó bruscamente:
—Póngame
con el capitán Garth. ¡Inmediatamente!
El
rostro del joven desapareció de la escena y fue reemplazado en menos de treinta
segundos por el de Santha. Billiard no esperó a que ella le preguntara nada.
—¡Alerta
roja! —gritó.
Antes
de que pudiera decir algo más, Santha dio la vuelta al sillón y pulsó el
conmutador de alarma; luego volvió a situarse de cara a la pantalla.
—Había
un laboratorio secreto de investigaciones de los Sombreros Rojos cerca de la
ciudad de Pelli —le dijo—. Salieron de él hace menos de una hora y
probablemente estarán intentando salir del planeta. Notifícalo al monitor, a
defensa planetaria y a Bahsum. Deben ser detenidos, pero no destruidos. Tenemos
que recuperar el equipo que se llevaron. ¡Es vital!
—Lo
siento —dijo Santha—, pero me temo que su aviso llega demasiado tarde, señor.
—¿Qué?
—gritó Billiard
—Ya
han salido del planeta; yo estaba tratando de localizarle cuando llamó. No
sabía nada de la estación investigadora, pero tenía un informe de un ataque de
Sombreros Rojos al puerto espacial y muelle de Nirbala. Robaron una nave
mercante comercial unos minutos antes de que estuviese dispuesta su salida.
Como su vuelo estaba previsto, ni defensa planetaria ni el monitor le prestaron
atención.
—¿Y?
—preguntó Billiard.
—Conseguí
poner en el espacio una escuadra de naves ligeras y aproximarme a ellos.
Sabemos dónde están ahora y nos imaginamos adonde se dirigen.
La
hasta entonces contenida respiración de Billiard resonó cuando respiró
aliviado.
—¿Adónde?
—preguntó.
—A
V'noon —respondió Santha—. Lo que creíamos que era un planeta minero ha
resultado ser su base secreta.
—Muy
bien —añadió Billiard—. Que las naves ligeras mantengan contacto, pero
ordénales que no se comprometan. Prepara tu escuadrón para el espacio. Tengo
conmigo una escuadra de soldados; coge a Stevru y, por lo menos, a otra
escuadra contigo. Estaré allí en cuarenta y cinco minutos y quiero que salgamos
en cuarenta y seis.
—Estaremos
listos —respondió Santha inclinándose hacia adelante para cortar la
comunicación.
Billiard
puso en órbita alrededor de V'noon el escuadrón de naves de combate de Santha,
sobre un polo en forma de piel de naranja. Los computadores de a bordo
aseguraban que el escuadrón no estaba a tiro de los láseres de defensa
planetaria montados alrededor de la fortaleza de los Sombreros Rojos.
Desde
sus pantallas de largo alcance, Billiard pudo ver los restos esparcidos de las
naves ligeras que habían intentado seguir a los Sombreros Rojos hasta su
fortaleza. Las órdenes habían sido seguir y observar, no atacar; pero Billiard
tomó nota mental de los récords de combate de cada uno de ellos para asegurarse
de que tendrían todo el honor y medallas que el gobierno revolucionario podía
conceder. —Capitán Garth, ¿qué opina de la situación? —preguntó Billiard.
La
voz de Santha llegó algo transformada desde su posición a unos cientos de
millas por detrás de la nave guía de Billiard.
—No
hay forma de tomarla desde el espacio. No sin un portanaves.
—Pero
si ésa es la única forma en que podemos hacerlo, ello equivaldría a reducir la
fortaleza totalmente y luego tomar posesión de unas ruinas…, y he de obtener el
equipo que se llevaron del laboratorio.
—No
tiene mucha elección, en ese caso —dijo Santha con un tono de resignación que
se hizo perceptible perfectamente a través del circuito.
—Tendremos
que aterrizar y tomarla en una acción terrestre, lo que será lento y
sangriento. ¿Recuerda lo que les costó sacarnos de esa repisa de Thopt? Pues
así de duro nos será sacarlos de la fortaleza.
―Pueden
traerse uno o dos regimientos de tropas de tierra…
—No
a tiempo.
—¿A
tiempo? —preguntó Santha.
—Puede
que no sepas que llevan todo un universo con ellos. Tan pronto como se hayan
establecido, obtendrán más energía de ese universo para contrarrestar nuestro
ataque y, bueno…
Billiard
pudo oír el largo grito sofocado de Santha por el circuito, pero no tenía
tiempo para explicarle todas las implicaciones del asunto.
—Quiero
salvar ambos universos —dijo—. Hay un monitor con una compañía de tropas de
tierra y su equipo en Sharstar; podrían estar aquí en unas doce horas, pero
probablemente sería demasiado tarde —susurró.
—Entonces…
no tenemos muchas posibilidades de elección —dijo Santha.
—No,
me temo que no —respondió Billiard con desgana—. Bajemos a tierra.
En
un pequeño campamento improvisado a gran distancia de la fortaleza, el capitán
Stevru, que mandaría los dos escuadrones de soldados más algunos tripulantes de
las naves, estudió, junto con Billiard y Santha, una pantalla que mostraba el
territorio que se extendía entre su posición y la fortaleza. Un mundo casi sin
aire, con suelo de basalto y cenizas grises. No era fácil trasladarse por él y
tenían que cubrir casi cien millas antes de entrar en zona de fuego con la
fortaleza. Billiard podía haber situado las fuerzas más cerca, pero ello les
habría puesto dentro de la línea de fuego de los torpedos enemigos.
Aunque
la defensa de los Sombreros Rojos era el único lugar con vida en el planeta, se
encontraban esparcidos por él signos de la humanidad, pues si bien las
operaciones mineras se habían convertido en una tapadera de la base secreta, el
enclave minero seguía funcionando. Había unas cuantas carreteras que en su
mayor parte no conducían más que de una explotación a otra. Billiard pensó que
utilizando esas carreteras podría acercarse más fácilmente a la fortaleza y,
observando la pantalla, señaló las carreteras que le servirían para su
propósito, anotando los pequeños puntos amarillos que eran vehículos blindados
de los Sombreros Rojos.
—¿Cuándo
fue tomado esto? —preguntó, refiriéndose a la película que se estaba
proyectando en la pantalla.
—Hace
una hora —respondió Stevru—. Enviamos una nave ligera y el piloto filmó sin ser
alcanzado. Se quedó sin combustible antes de adaptarse a la órbita planetaria,
pero pudo radiarnos el vídeo. Hemos mandado una nave de combate en pos suya
para proporcionarle el combustible.
—¿Tienen
algunas sorpresas que yo deba conocer? —preguntó Billiard.
—No,
por lo que puedo ver —respondió el capitán—. Obviamente, no tenían planeado un
asalto terrestre a la fortaleza, por lo que las defensas que han preparado son
muy provisionales. No será fácil, pero con un poco de suerte podremos tomar el
lugar con los hombres y el equipo que tenemos ahora sobre el planeta.
Billiard
dudó un momento, mirando a la pantalla, y luego habló con voz firme:
—De
acuerdo, vayamos allí. Sus dos escuadras manejarán la artillería que tenemos y
los tripulantes de las naves le servirán de infantería. Tendremos todo el apoyo
aéreo que se pueda, pero no será posible acercar demasiado las naves. El láser
enemigo no nos permitirá tirar sobre las paredes o los vehículos sin acabar a
cambio con nosotros también.
El
capitán Stevru asintió y se dispuso a saludar, pero Billiard cambió el saludo
por un apretón de manos. Luego miró al capitán Garth, la saludó levantando el
pulgar y dándose la vuelta salió de la escotilla inclinando el casco de su
traje de combate.
Billiard
y Santha también salieron. Al llegar a tierra pudieron sentir las vibraciones
de las tortugas blindadas que el monitor había descargado durante la
conferencia.
Billiard
y Santha subieron a la tortuga que Stevru había preparado como vehículo de
mando. La máquina estaba armada ligeramente, con un cañón magnético UHV y un
láser mediano. Los vehículos de esa clase estaban diseñados más para la
exploración que para otra cosa, pero eran utilizables como tanques ligeros…,
siempre que no se encontrasen contra un ejército bien pertrechado.
El
operador de radio, sentado en la parte trasera, comenzó a comprobar la red de
señales, hablando despacio ante el micrófono que tenía colgado delante de sus
labios, pulsando los selectores de canal del computador y estableciendo una red
de mando para Billiard así como una conexión con la red táctica conducida por
Stevru.
Billiard
se sentó en el puesto del conductor y se puso el casco con micrófono que le
mantendría en contacto con el resto de las unidades. Santha se colocó tras la
recámara del cañón magnético. Billiard tocó los controles y la tortuga comenzó
a moverse. Ascendieron un espolón basáltico y se detuvieron junto a Stevru en
la pendiente opuesta, con los motores eléctricos zumbando en punto muerto.
Billiard
escuchó el chirriante silbido de los campos magnéticos del cañón y el golpe de
los torpedos UHV al deslizarse en la cámara.
—¿Estás
preparado para esto? —oyó que le preguntaba Santha por encima del galimatías de
voces de la red táctica. Tardó unos momentos en darse cuenta de que ella se
había levantado y le estaba hablando directamente en lugar de por la red de
comunicaciones.
—No
—respondió Billiard dándose media vuelta para oír lo que ella y la radio le
decían al mismo tiempo.
—Una
batalla en el espacio no me preocupa —dijo Santha en tono reflexivo—. Para eso
me he entrenado. Pero estas maniobras terrestres…, no sé.
Billiard
soltó un poco su cinturón de seguridad y se inclinó tocando con la mano el
hombro de Santha.
—Lo
harás bien —la animó.
—Creo
que tienes razón —dijo con tranquilidad—. Sólo trataba de hacer ruido para
olvidarme de que estoy nerviosa.
—No
estás sola —le dijo Billiard, sintiéndose mejor de lo que se había sentido en
varias horas.
—Latham…
—dijo Santha, sorprendiendo a Billiard, que ya se había acostumbrado a que le
llamase por el apellido—, ¿qué ocurrirá cuando todo esto acabe? ¿Qué nos
ocurrirá a nosotros? Eso es lo que me preocupa.
—No
lo sé. Quiero hacer muchos cambios en la estructura política del Imperio, pero
cambiar el papel del Dios es un problema social; por el momento no sé si podré
hacer algo.
—¡Y
el Dios no puede casarse! —había un matiz amargo en la voz de Santha.
—No
obstante, la tradición le permite tener sirvientes —añadió Billiard, riéndose.
—¡No
tengo el menor deseo de ser sierva de ningún hombre! —le replicó Santha en un
arranque de cólera.
—Pero
¿no ves que yo ya no soy un hombre? Ahora soy el Dios del Imperio Lorio.
Billiard
sonrió, esperando que ella tomara lo que estaba diciendo como una broma, pero
sus ojos mostraban preocupación por lo que podía ser una situación explosiva.
Iba a añadir algo, pero un repentino movimiento exterior atrajo su atención.
Al
lado de ellos la tortuga del capitán Stevru comenzó a moverse y Billiard puso
la suya en movimiento acelerando los motores eléctricos. La tortuga descendió
por una larga carretera minera.
Miró
hacia arriba a través de la cubierta de plástico. El sol de V'noon estaba bajo
en el horizonte, a sólo unos minutos de esconderse, pero la obscura bóveda que
tenía sobre la cabeza ya comenzaba a puntearse con distantes centelleos.
En
la mayor parte de los planetas sin aire, el resplandor de cualquier sol es
opacado por el resplandor de las estrellas. Pero V'noon estaba en el borde de
un potente racimo estelar, y por encima de ellos brillaban diez mil poderosos
soles que a Billiard le permitían enfocar muchos detalles. De repente sintió —o
mejor, supo— lo que tenía que hacer. El sentimiento de ansiedad que le había
acompañado tanto tiempo desapareció y sintió que las cosas le iban a ir bien…
Trató
de mirar hacia adelante, pero el sol se había escondido tras el horizonte y
sólo pudo divisar una obscura luz azul en la parte trasera de la tortuga de
Stevru, a veine metros sobre la mal graduada carretera. Pensó que llevaban
horas viajando por esa condenada tierra cuando observó un repentino cambio de
velocidad en la tortuga que les precedía. Luego la luz azul que había estado
viendo desapareció durante varios segundos tras un afloramiento basáltico.
—¿Algún
informe? —preguntó Billiard con tensión en la voz.
El
operador de radio comenzó a hablar con voz rápida y baja. Antes de que hubiese
finalizado el mensaje, una repentina luz rompió la obscuridad frente a ellos.
Ningún sonido la siguió, pero medio segundo más tarde la tortuga saltó, pues la
explosión se había transmitido por la roca que pisaban. Luego se produjeron
otras dos explosiones. El paisaje se convirtió en un amasijo de luces,
siluetas, vertiginosos trazos de los torpedos UHV que cortaban las líneas azul
eléctricas de amplios arcos, todo ello subrayando una línea de fuego que se
convirtió en un infierno sin ritmo, de luz y negrura. La tierra rocosa condujo
gran número de golpes a la tortuga de Billiard y la arena y piedras que volaban
a su alrededor parecían una erupción llameante. Ahora existía luz donde sólo
había habido obscuridad y Billiard pudo ver claramente, silueteada contra el
horizonte, la cúpula de la fortaleza de los Sombreros Rojos.
Por
los fonos del casco escuchó una serie de coordenadas, pero ninguna orden del
capitán Stevru. Sin embargo, las coordenadas debían tener sentido para Santha,
pues introducía afanosamente los datos en el computador del cañón magnético.
Sin
previo aviso, el flujo radiado de coordenadas cesó. La zona de fuego se
ensanchó casi inmediatamente. Su cañón comenzó a lanzar torpedos a objetivos
ocultos. Luego otra ráfaga de luz, mayor que todas las que había visto antes,
encegueció los sensores de la tortuga cuando algo explotó frente a ella.
—Batería
de láser —le dijo Santha por el comunicador—. Hemos hecho un agujero en su
perímetro.
Mientras
Billiard miraba, la zona llameante cambió de forma, ensanchándose en su origen
y formando una cuña de luz mientras el fuego combinado de las tortugas —la de
Stevru, la de Billiard y la de las que les acompañaban— convergía en un
estrecho círculo de roca.
Stevru
comenzó a moverse y Billiard acumuló potencia siguiéndole por la ligera
pendiente hacia la fortaleza. Las otras tortugas iban tras ellos y a sus
flancos los hombres en trajes espaciales les seguían como infantería. Toda la
fuerza, esparcida en un cuarto de kilómetro, se estrechó dirigiéndose al
estrecho espacio en llamas. Billiard podía ver la despedazada batería principal
de láser que tenían enfrente y le intranquilizaba la pregunta de cuánta
radiación estaba escapándose en aquel momento de la pila atómica que le había
provisto de energía.
Al
acabar con el láser habían abierto el camino hasta la fortaleza y, lo que quizá
era más importante, la pila estaría descargándose continuamente, lo que
iluminaría todo el área. Tortugas y láseres portátiles conducidos por Sombreros
Rojos fueron emplazados alrededor de la fortaleza, pero con la luz en su ayuda
y la ligera pendiente para dispararles, los hombres de Billiard estaban al
mando de la situación, haciendo fuego directamente contra las posiciones
defensoras.
Maniobrando
con su vehículo para darle a Santha mejores posibilidades de tiro, vio cómo
algunas tortugas eran destrozadas mientras que otras continuaban luchando a
pesar de haber recibido fuego. Una tortuga enemiga trataba de apuntar con el
cañón a la máquina de Billiard, que avisó rápidamente a Santha. Una andanada, y
la unidad enemiga se había convertido en una pila de desperdicios humeantes.
Un
repentino baño de abrasadoras llamas blancas cayó a su derecha. Billiard vio el
tenso rostro de Santha mientras el sensor se recobraba. Santha se vio absorbida
en la localización de la fuente de fuego. Él se inclinó hacia adelante, miró en
el borde de la pantalla que tenía enfrente y vio el inequívoco contorno de una
de sus naves de combate destruidas. Estaba forzando la vista para ver si
alguien intentaba salir de la nave cuando la tierra se alzó de repente y atizó
la tortuga. Escuchó un fuerte tableteo al ser golpeado el blindaje cerca de su
oreja izquierda e instintivamente agachó la cabeza al tiempo que conducía la
tortuga hacia el hueco en el anillo defensivo. Pudo sentir los continuos golpes
de las vainas que habían sido lanzadas por los eyectores de la nave. Por encima
de él se produjo un resplandor en unos nódulos de conducción y la noche que
tenía a sus espaldas explotó en un relámpago de llama naranja.
A
cierta distancia, a su derecha, haces de fuego verdoso se mezclaban con las
explosiones más cercanas de luz blanca y naranja. Billiard se incorporó un poco
de su asiento, mirando a través de la caperuza de plástico blindado de la
tortuga. Toda el área que se extendía entre él y la fortaleza parecía estar
ardiendo a pesar de que no había aire para apoyar una combustión normal. A la
derecha, el perfil de una sierra se silueteaba por los relámpagos de fuego.
En
ese momento, una señal luminosa se produjo a su derecha y a su alrededor todas
las tortugas comenzaron a moverse hacia adelante. Billiard se movió con ellos
en línea recta y su vehículo se inclinó hacia la izquierda mientras cruzaban
una pendiente de roca fusionada. Los invasores traspasaron la batería de láser,
que todavía producía descargas. Santha gritó algo que Billiard no pudo entender
por el ruido del intercomunicador, pero los gestos de su artillera,
abrochándose la parte frontal del traje, le dijeron todo lo que necesitaba
saber. Hizo lo mismo con el suyo, se volvió para ver si el operador de radio se
había dado cuenta y pulsó el conmutador de abertura rápida de la puerta a
presión.
Alrededor
de ellos, los hombres se dirigían a toda velocidad hacia la abertura en el
anillo de defensa exterior. Cortando camino por una roca todavía algo
resplandeciente, Billiard, Santha y Stevru consiguieron ser de los primeros en
entrar en la fortaleza. Pronto se encontraron en el área de un gran garaje, en
el otro extremo de una puerta que daba a una enorme sala de carga. Sin
detenerse a pensar en la posibilidad de que hubiera una posición defensiva en
el otro lado, Billiard dirigió a un grupo de unos cincuenta hombres a la
cámara, cerrando la puerta y poniendo en funcionamiento el conmutador del ciclo
tan pronto como estuvieron todos dentro.
Impaciente
con los tanques de oxígeno, Santha movió la palanca de vaciado de emergencia de
la escotilla y el aire se precipitó en la habitación. Billiard dirigió a un
grupo de unos cincuenta al interior de la escotilla, pero nada ocurrió. Habían
cogido por sorpresa a los defensores. Ninguno estaba esperándoles.
Billiard
comprobó la carga de su pistola sin retroceso y salió rápidamente de la
escotilla mientras los atacantes, siguiendo sus pasos, se introdujeron por los
corredores que conducían al interior de la fortaleza.
Mientras
recorría las inclinadas rampas con Santha y Stevru a sus espaldas, oyó un
creciente estruendo en algún lugar por delante de él. Incapaz de entender la
razón del griterío, se detuvo un momento para quitarse el casco y Santha y
Stevru hicieron lo mismo. De esa forma fueron capaces de oír el sonido de los
disparos. Sabían que ningún grupo de tropas había ido por delante de ellos, por
lo que cualquiera que fuese el clamor debía ir a su favor.
La
gran fortaleza era un caos: los timbres de alarma sonaban, las voces gritaban
por las unidades de comunicación y los pies golpeaban en los corredores.
Obviamente, los Sombreros Rojos no esperaban que los hombres de Billiard
hubieran sido capaces de romper las defensas exteriores y no estaban preparados
para la lucha en el interior. Pronto vieron que la fortaleza no estaba ocupada
solamente por Sombreros Rojos; también se encontraba allí personal regular del
ejército y la armada. Todos ellos oían ahora los chillidos y órdenes que
procedían de las unidades de comunicación, provenientes del vicealmirante
Meril: matar a los invasores. Esas órdenes causaron confusión cuando los
hombres de la fortaleza supieron quiénes eran realmente los invasores.
Algunos
de ellos, Sombreros Rojos en su mayor parte, iniciaron un ataque contra
Billiard y sus hombres, pero rápidamente encontraron a sus camaradas del
ejército y la armada atacándoles desde atrás porque se negaban a mezclarse en
una revuelta contra los oficiales y hombres del ejército legalmente constituido
de Lori. Además, habían visto a Latham Billiard y sabían que era ahora el Dios
del Imperio Lorio.
Pero
en la mayoría de la fortaleza, gran parte del personal del ejército y la armada
no habían tenido tiempo de tomar sus armas. Sólo los Sombreros Rojos, que las
llevaban al cinto reglamentariamente, estaban algo preparados. Algunos otros
—empleados civiles leales a los Sombreros Rojos y unos pocos hombres del
ejército y la armada decididos a seguir las órdenes del vicealmirante Meril—
tuvieron que utilizar armas improvisadas, o simplemente porras y puños, en
lugar de láseres, pistolas y rifles sin retroceso. La batalla se llevó a cabo
en habitaciones de la tripulación, laboratorios, almacenes y corredores… y casi
siempre terminaban rápidamente, cuando las bien armadas fuerzas atacantes se
enfrentaban a los pobremente provistos defensores.
Entre
un grupo de hombres que trataban de abrirse paso entre algunos bien armados
Sombreros Rojos, Billiard se encontró con Santha a un lado, emitiendo con su
pistola un haz de chispas amarillo pálido que homogeneizaban inmediatamente
todo lo que tocaban; y Stevru al otro, con un láser de gran potencia que era
como una navaja de combate con una hoja de treinta metros que cortaba a los
oponentes como si fueran carne asada sobre una bandeja.
—Tenemos
que alcanzar el laboratorio principal —gritó Billiard—. Cubridme e intentaré
lanzar una granada entre ellos.
Stevru
dirigió el nódulo de descarga de su láser por encima de la barricada de
mobiliario y cadáveres tras la que se habían parapetado, desparramando el haz
rosado por el corredor. Mientras tanto, Santha había cogido el rifle sin
retroceso de Billiard y comenzó a disparar sobre la parte más alta de una
segunda barricada de desperdicios: la que protegía a los defensores.
Mientras
los Sombreros Rojos se parapetaban, Billiard pudo arrastrarse por entre los
destrozos, abriéndose paso entre sillas y mesas y avanzando sobre los cadáveres
—una gran mancha de sangre pegajosa y semicongelada cubría la parte frontal de
su uniforme— hasta que se encontró a menos de seis metros de la segunda
barricada. Girando hasta que estuvo con la espalda apoyada en el suelo y la
cabeza hacia los enemigos, Billiard quitó el seguro a la granada, tomó una
profunda respiración y la lanzó sobre su hombro en un arco que esperaba pasaría
por encima de la barricada cayendo en la posición de los Sombreros Rojos.
Un
segundo y medio más tarde, el suelo tembló bajo él y los pedazos destrozados
del mobiliario se mezclaban con sangrientos trozos de carne y encendidos
uniformes cayendo sobre él. Una nube de humo ácido recorrió el corredor, le
llenó los ojos de lágrimas y le hizo toser. Cuando se disipó el humo, sus
hombres se precipitaron hacia la barricada, limpiándola de supervivientes y no
tomando ningún prisionero, ya que ninguno de los fanáticos Sombreros Rojos hizo
el menor signo de rendición.
—¿Estás
bien? —le preguntó Santha, deteniéndose y arrodillándose al lado de Billiard y
dejando el rifle a su lado.
—Sí
—susurró él—. Sólo un poco sin aliento.
Se
alzó y se cogió del hombro de Santha, usándolo como palanca para levantarse del
suelo. Stevru se agachó, recogió el arma y se la entregó. Luego los tres se
precipitaron por el corredor tratando de alcanzar a la vanguardia.
Doscientos
metros más allá del curvo pasadizo se encontraron con un grupo de hombres que
les esperaban.
—No
estoy muy seguro de lo que pueda ser esta habitación —dijo un joven suboficial
con insignia de nave de combate—, pero hay una unidad de comunicaciones de
mando en su interior. Podría hablar con toda la fortaleza desde aquí.
—Bien.
Esto es lo que buscaba —dijo Billiard, jadeando un poco mientras trataba de
recuperar la respiración—. Entren y anuncien quiénes son; luego digan que, por
orden del Dios, han puesto esta fortaleza bajo la Ley Revolucionaria y que todo
el personal asignado aquí debe interrumpir la lucha y entregar sus armas a
cualquiera de nuestros hombres que se encuentre en el área. Finalmente, digan
que esperen nuevas órdenes cuando la situación se haya estabilizado.
—Excúseme,
señor —le interrumpió el joven suboficial—, pero pienso que sería más efectivo
si usted en persona diera las órdenes.
—Probablemente
—dijo Billiard sonriendo—, pero tengo otras cosas que hacer…, y por ahora
prefiero que ninguno de los Sombreros Rojos, especialmente el vicealmirante
Meril, sepa que estoy aquí.
Tras
decir eso hizo una seña a Santha y Stevru y al resto de los soldados y se lanzó
de nuevo por el corredor. Cuando recorrían los curvos pasadizos, las palabras
del suboficial al personal de la fortaleza, conminándoles a la rendición,
sonaron en sus oídos. La fortaleza pareció pacificarse rápidamente. El pequeño
número de Sombreros Rojos, tal como se esperaba, fue abatido y alguno de ellos
se rindió.
Billiard
y sus hombres entraron por una escotilla a un laboratorio grande y plagado de
objetos que se encontraba en el centro de la fortaleza. Estaba lleno de
maquinaria, tableros de computadoras, aparejos provisionales de fuentes de
energía y de un nebuloso algo que Billiard sabía debía ser el campo que
contenía al universo cautivo.
«¡Dios
mío!», pensó. «Ahí está mi universo, en ese esferoide de dos metros de diámetro
está mi gente». Se detuvo, aturdido momentáneamente por la nostalgia, por la
añoranza y por la pena.
Junto
al universo, que estaba firmemente encerrado por cinco gajos abombados gigantes
que lo rodeaban, se encontraba un brillante objeto con aspecto acerado, difícil
de describir. Algunos brazos cilindricos de diferentes tallas se proyectaban
desde él hacia el universo cautivo. ¿Eran estos brazos los que abrían de alguna
forma los «agujeros blancos» en el esferoide que tenían ante ellos? Y ¿estaban
esos cilindros absorbiendo ahora energía, una energía que devastaría gran parte
del universo cautivo? Un número de puntos brillantes igual al número de
cilindros resplandecía en la superficie del universo cautivo.
Dos
técnicos, defendidos por un trío de Sombreros Rojos armados, se hallaban ante
el tablero de control de la computadora. Ante el repentino ruido, los tres
guardias giraron poniendo las armas en posición…, pero sin la suficiente
rapidez. Cayeron instantáneamente ante una ráfaga del rifle de Billiard y la
pistola de Santha.
Cuando
cesó el eco del disparo final, Billiard oyó la voz del vicealmirante Meril
dando órdenes. Cargando a través del laboratorio, seguido por Santha y Stevru,
bordeando una línea de cabinas pertenecientes al computador, encontró al
vicealmirante gritando ante un micrófono conectado a la red de comunicación de
mando.
—¡Todos
los Sombreros Rojos, preséntense en el laboratorio principal inmediatamente!
¡Repito: todos los Sombreros Rojos, abandonen lo que están haciendo…!
Por
el rabillo del ojo Meril vio a Billiard acercándose por las cabinas. Giró
rápidamente con una pesada pistola sin retroceso en las manos y apretó el
gatillo antes de haber apuntado a un blanco.
Meril
era maestro de tiro, por varios años campeón de pistola de la Armada Loria.
Pero además de ser un maestro en tiro al blanco, también era un astuto tirador
de combate y su rápido disparo tuvo el efecto deseado. El impacto dio en el
techo, dejando al descubierto las placas de plasticeno, pero durante una
fracción de segundo Billiard dudó. Era justo el tiempo que Meril necesitaba
para disparar un segundo tiro apuntando con más precisión…, uno mortal dirigido
al pecho de Billiard.
Stevru,
precipitándose delante de su comandante, recibió el tiro en el centro de la
frente.
La
parte trasera de la cabeza de Stevru explotó, esparciendo sangre y trozos de
cerebro por el rostro de Billiard. Incapaz de ver por un momento, tropezó con
el cuerpo que caía y el tercer disparo de Meril silbó sobre su cabeza, no
tocando por centímetros la esbelta forma de Santha.
Meril
inclinó inmediatamente la boquilla de su arma, apuntando para el disparo final.
Billiard,
con uno de sus brazos parcialmente escondido bajo el cuerpo, sólo podía
disparar desde donde se encontraba en el suelo. El disparo, realizado más por
intuición que por puntería, golpeó en el cuello de Meril y explotó. Lanzó hacia
atrás al vicealmirante como si hubiera sido golpeado por la mano de un gigante
y cuando chocó contra el suelo el colgajo de cuello que le quedaba se separó y
la cabeza rebotó y rodó por un pasillo lateral entre las mesas de la
computadora, dejando flecos de rojo sobre el blanco suelo cada vez que la base
del cuello lo rozaba.
Los
hombres de Billiard retrasados se precipitaron entre la línea de cabinas y se
detuvieron bruscamente al encontrarse con el cuerpo de Stevru. Latham Billiard
estaba arrodillado, inclinado sobre el cadáver de su leal capitán, y toda la
fortaleza pareció quedarse súbitamente en silencio cuando murmuró:
—Todo
ha terminado.
En
su voz se percibía un mortal cansancio. Santha se adelantó hasta donde él se
encontraba, le cogió del brazo, le ayudó a ponerse de pie y le alejó de la
sangrienta escena.
Bajo
las estrictas instrucciones y vigilancia de Billiard, el experimento de
encapsulación —¡el taladro!— fue sacado de la fortaleza y destruido con láser.
Billiard expresó mentalmente el deseo de que, como Eustace Hall le había
asegurado, los «agujeros negros» del universo cautivo se hubieran cerrado; por
lo menos, los puntos blancos del esferoide habían desaparecido cuando
desenganchó el artefacto de su base en el laboratorio.
Los
hombres de Billiard, bajo la dirección de Santha, tardaron más de una hora en
trasladar el equipo de manejo y el nebuloso y grisáceo globo del universo
cautivo hasta el compartimento de carga de la nave de combate de Billiard. El
terrestre notó la curiosidad en los rostros de varios de sus hombres, pero no
dio la menor información y éstos sabían que era mejor no preguntar. Incluso
Santha permaneció en silencio mientras supervisaba el cuidadoso acarreo del
universo. Luego se encargó del cuerpo de Stevru, aun vestido con traje
espacial, y lo ató en el sillón de artillero de su propia nave.
Dejando
a unos cuantos hombres para que enterraran a los muertos y cuidaran de los
heridos hasta que una nave hospital pudiera alcanzar V'noon, Billiard y lo que
había quedado de su escuadrón despegó, introduciendo en la computadora las
cintas de trayecto que les conducirían a Lori.
A
nueve años luz de V'noon, el curso de la nave de Billiard comenzó a separarse
del resto del escuadrón. Santha, que iba en otra nave como jefe de escuadrón,
inició inmediatamente una profunda curva espacial para igualar la dirección.
Las señales de recepción de mensaje comenzaron a encenderse en la nave de
Billiard.
—¿Sí?
—respondió Billiard, pulsando el botón que abría el canal de la llamada. En la
pantalla apareció el rostro de Santha con rasgos preocupados.
—Señor
—dijo ésta—, parece ser que tenemos un curso anómalo. ¡Uf…! Su nave no está
computada adecuadamente para alcanzar Lori.
Lo
que Santha estaba diciendo era que Billiard se había equivocado al programar la
cinta de trayectoria para la nave; pero no quería decirlo tan abiertamente,
sobre todo porque otros estaban escuchando en la misma frecuencia.
—No
—dijo Billiard—, lleva el curso adecuado. No me dirijo a Lori.
—Entonces
—añadió Santha—, si nos da las coordenadas de su destino grabaré nuevas cintas
para el resto del escuadrón.
—No,
usted y el resto del escuadrón se dirigirán a Lori. Yo tengo que hacer primero
un pequeño viaje.
—¡Señor!
No puedo permitirle que vaya solo. Puede haber algunos Sombreros Rojos en los
alrededores, y goromis, y…
—¿No
puede? —Billiard parecía divertido—. ¿Recuerda quién manda aquí, capitán?
—Lo
siento, señor.
—Siga
las órdenes. Regrese a Lori con su escuadrón. Llegaré allí con medio día de
retraso. ¡Se lo prometo!
—Sí,
señor.
Santha
no parecía muy feliz y Billiard estaba seguro de que quería decir algo más…,
algo en el plano personal. Pero no se atrevió a hacerlo por la alta frecuencia.
Billiard
desconectó la comunicación entre su nave y la de Santha y se inclinó hacia
atrás para ver a través de la pantalla a la obscuridad punteada de estrellas.
Pero sus ojos no llegaron a enfocar cuando la mente voló hacia un universo
lejano… en el que podría haberse encontrado en lugar de estar en ése. El dolor
de su exilio era menor de esa manera.
Cuatro
horas más tarde, la nave de combate de Billiard se aproximaba a Zemaros, el
planeta en que se había unido a las fuerzas de la revolución. Tras diez minutos
de búsqueda, el computador de la nave la dirigió hacia un pequeño racimo de
desperdicios cósmicos que se encontraban en la cabeza de un cometa que había
acabado su giro alrededor del sol lorio y se dirigía ahora hacia el espacio
interestelar.
Tomando
el control manual de la nave de combate, Billiard se aproximó al pedazo de
rocas meteoríticas buscando un lugar de aterrizaje. Sus ojos captaron un brillo
metálico y concentró energía en los cohetes laterales, acercando así la nave
hasta ese punto de la roca. Junto a él, anclada con unos cables, se encontraba
la bruñida forma de la nave espacial que Billiard había utilizado para penetrar
en ese universo.
Abriendo
la cerradura de la nave, que se habría destruido si otro hombre hubiera
intentado abrirla, Billiard subió a la estrecha y polvorienta carlinga y activó
el computador de la nave. Era cuestión de pocos minutos grabar una cinta con
instrucciones para que la nave se dirigiera al espacio intergaláctico, evitando
entrar en cualquier galaxia o grupo de estrellas y manteniéndose fuera de
cualquier cuerpo físico durante todo el tiempo que durara el abastecimiento de
energía del computador. Los cálculos de Billiard colocaban la inevitable
pérdida de energía en unos seiscientos años.
Sudando
copiosamente dentro del traje espacial, Billiard trabajó duramente para extraer
el voluminoso equipo de manejo, que todavía mantenía cautivo a su universo,
fuera de la nave de combate y asegurarlo con asideros mecánicos al casco de su
nave espacial. Enviado a un viaje de seiscientos años, el universo se
convertiría en submicroscópico para ese otro universo antes de que nadie
pudiera localizarlo de nuevo. Así estaría, calculó Billiard, fuera del peligro
de las manos juguetonas de los científicos.
Billiard
trasladó después el cuerpo de Stevru a la nave y lo sujetó al colchón de
aceleración. Luego, antes de regresar a la nave de combate, alzó la mascarilla
de su casco y miró atentamente la lechosa bruma del universo cautivo. Muchos
pensamientos cruzaron su mente. Recuerdos de una vida que ahora quedaba
eternamente lejos de su alcance… y la inevitable y nunca contestada pregunta:
¿apreciaría la gente de la Tierra —es decir, los hombres, mujeres y niños de su
universo de origen— los sacrificios de sus hombres, si hubiera alguna forma de
que pudieran conocerlos? ¿O él y sus hazañas, su entrega al pueblo de su
perdido universo, serían relatadas y luego olvidadas como ya había sucedido con
muchos otros sacrificios de soldados en la historia de la Tierra?
Billiard
se dio la vuelta y entró en su nave de combate, sentándose en su sillón y
activando la señal que envió a la nave terrestre hacia el espacio
intergaláctico. Por un momento, sintiéndose tan cansado que no podía moverse,
permaneció sentado; luego, lentamente y con gran esfuerzo, se inclinó hacia
adelante y activó el computador de la nave de combate, introduciendo el
programa que le conduciría de regreso a Lori y a su tarea inacabada: convertir
el gobierno de Lori en algo de lo que un hombre libre pudiera sentirse
orgulloso, expandir el Imperio Lorio a toda la galaxia, y hacer que finalizaran
las pequeñas guerras que la habían plagado durante gran parte de su existencia.
Luego
quedaba la agradable tarea de convertir a Santha en reina de ese Imperio, para
que permaneciera a su lado. Sabía que podía…, que no tenía más remedio que
cambiar la tradición loria para hacer posible el deseo de ella.
FIN
COLECCIÓN CIENCIA FICCIÓN 11
Titulo original inglés: Through the reality warp
Traducción de Rafael Lassaletta
Publicado por acuerdo con Ballantine Books, una División de
Random House Inc.
Cubierta de Boris Vallejo
© 1976 by Donald J. Pfeil
© 1977 by EDAF, Ediciones-Distribuciones S. A.


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