© Libro N°. 2999. Más
Que Humano. Theodore Sturgeon. Colección E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © More Than Human
Versión Original: © Más Que Humano. Theodore Sturgeon
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MÁS QUE HUMANO
Theodore Sturgeon
PRIMERA
PARTE - EL IDIOTA FABULOSO
El
idiota vivía en un mundo negro y gris, matizado por los relámpagos blancos del
hambre y las llamas vacilantes del miedo. Llevaba ropas raídas y rotas. Aquí
una tibia, afilada como un frío cincel, y allí, en la camisa agujereada, se
veían unas costillas como dedos de un puño. Era alto y chato, de mirada serena
y rostro inexpresivo.
Los
hombres se apartaban de él; las mujeres evitaban mirarlo; los niños se detenían
y lo observaban. El idiota no se preocupaba; nada esperaba de ellos. Cuando el
relámpago lo hería, lo alimentaban. Cuando no podía alimentarse por sus propios
medios, o cuando no podía quedarse sin comer, lo alimentaba la primera persona
que se le cruzase en el camino El idiota no sabía por qué, pero no se
sorprendía. No mendigaba. Se detenía y esperaba, simplemente Alguien lo miraba
a los ojos y en la mano del idiota aparecía una moneda. Comía, y su benefactor
se apresuraba a irse, aturdido y sin comprender. A veces, nerviosamente, le
hablaban; hablaban de él entre ellos. El idiota oía los sonidos, pero no los
entendía. Vivía apartado en algún lugar secreto de sí mismo. (El pequeño
eslabón que une las palabras y su significado estaba roto.) Su vista era
excelente. Distinguía con rapidez una sonrisa de un gesto colérico; pero nada
impresiona a una criatura que carece de simpatía afectiva. Nunca había reído y
nunca se había enojado, y no podía comprender la alegría o la ira de los demás.
El
miedo le obligaba a mantener el cuerpo ágil y dispuesto. Nada presentía sin
embargo. El bastón que se levantaba, la piedra que venia por el aire lo
encontraban desprevenido. Pero reaccionaba ante los golpes. Huía hasta que los
golpes cesaban. Huía así de las tormentas, los derrumbes, los hombres, los
perros, el tránsito y el hambre.
No
tenía preferencias. En los lugares donde se encontraba había siempre más
malezas que casas. Vivía así más en el bosque que en cualquier otro sitio.
Lo
habían encerrado cuatro veces. No le había importado, ni había cambiado por
eso. Una vez un preso lo había golpeado rudamente, y en otra, de un modo aún
peor, un guardián. En los otros dos lugares había pasado hambre. Donde había
comida y no lo molestaban, se quedaba. Cuando llegaba el momento de escapar,
escapaba. Los medios para poder escapar estaban afuera; su ser interior no se
preocupaba o era incapaz de decidir. Pero cuando llegaba el momento, el policía
o el guardián se encontraban cara a cara con el idiota y con los iris de los
ojos del idiota, a punto de girar como dos ruedas. Las puertas se abrían y el
idiota se iba, y, como siempre, el benefactor corría a hacer algo, cualquier
cosa, profundamente turbado.
El
idiota era sólo un animal, un ser inferior, que no podía vivir entre los
hombres. Pero casi siempre era un animal que huía de los hombres. Se movía como
un animal en el bosque, con la gracia de un animal. Mataba, como un animal, sin
alegría y sin odio. Comía, como un animal, cualquier cosa comestible, y comía
(cuando podía) sólo lo suficiente y nunca más. Dormía como un animal, bien y
ligeramente, de un modo opuesto al hombre, pues un hombre que va a dormirse
busca refugio en el sueño, mientras que un animal duerme preparado para
escapar. Tenía la madurez de un animal para quien el juego de los cachorros
carece ya de sentido. No conocía el humor ni la alegría. Su espectro sólo
abarcaba dos franjas: el terror y la satisfacción.
Tenía
veinticinco años.
Como
un carozo en un durazno o una yema en un huevo, un ser interior, receptivo y
sensible, vivía en el idiota. Si algo unía a ese ser con el organismo del
idiota, el ser mismo lo ignoraba. Se alimentaba del idiota, pero
inconscientemente. Cuando el idiota tenía hambre (nunca demasiado) el ser
interior se estremecía ligeramente, pero apenas advertía su propio
estremecimiento. Moriría cuando el idiota muriera, pero no intentaba retrasar
ese instante.
El
ser interior carecía de funciones específicas. El bazo, los riñones, las
cápsulas suprarrenales tienen funciones definidas y un nivel óptimo para esas
funciones. Pero este ser sólo recibía y registraba, sin palabras, sin sistema,
sin transformaciones, sin cambios, sin manifestarse exteriormente. Tomaba
simplemente, sin dar.
Alrededor
de ese ser, ante sus especiales sentidos, existía un murmullo, un mensaje. El
ser interior se hundía en ese murmullo, lo absorbía por entero. Quizá comparaba
y clasificaba o quizá sólo se alimentaba tomando lo necesario y desechando lo
demás, imperceptiblemente. El idiota ignoraba todo esto. El ser interior...
Sin
palabras: Calor con un poco de humedad, pero nunca bastante. Tristemente: Nunca
más la oscuridad. Sentimiento de placer, sensación de una presión muy débil:
Cuidado, picadura, arañazo. Espera, puedes volver. Diferente, pero casi tan
bueno. Sensaciones de sueño: Si, eso es, eso es... Alarma Te has alejado
demasiado, vuelve, vuelve... Retorcimiento, interrupción súbita: Todo se
precipita, más rápido, más rápido. Me arrastra. Respuesta: No, no. Nada se
precipita, nada se mueve, algo te empuja. Furia: No nos oyen, estúpido,
estúpido... No nos oyen. Sólo llanto, sólo ruidos.
Sin
palabras. Presión, impresión, diálogo. Miedo, ansiedad, descontento. Murmullos,
mensajes, sonidos de centenas de miles de voces. Ninguna de ellas sin embargo
se dirigía al idiota. Nada había en esas voces que se refiera a él, nada que
pudiese serle útil. El idiota no se preocupaba, por lo tanto, de lo que oía.
Era un hombre inferior, pero era un hombre, y aquéllas eran las voces de los
niños más pequeños, los que aún pretendían que se les escuchase. Sólo llanto,
sólo ruidos.
El
señor Kew era un buen padre. Él mejor de los padres. Se lo dijo él mismo a su
hija Alicia cuando la muchacha cumplió diecinueve años. Se lo dijo por primera
vez cuando la pequeña Evelyn, el mismo día en que la madre de ambas, con una
indignación mayor que la agonía y el día que murió maldiciendo a su marido.
Alicia tenía entonces cuatro años.
Sólo
un buen padre, el más maravilloso de los padres, pudo haber ayudado a nacer, y
con sus propias manos, a una de sus hijas. Un padre cualquiera no podría haber
criado al bebé y a la niña con tanta ternura y tanta solicitud. Nunca un niño
recibió tanta protección contra el mal como Alicia. Y cuando ella unió sus
fuerzas a las de su padre, juntos crearon para Evelyn un inexpugnable castillo
de pureza.
—Pureza
destilada—le dijo el señor Kew a Alicia cuando la muchacha cumplió diecinueve
años—. Estudiando el mal he llegado a saber lo que es el bien. Te he enseñado
el bien y tu buena conducta, fruto de mis buenas enseñanzas, será la estrella
que guiará a tu hermana Evelyn. No hay mal en el mundo que yo no conozca y tú
no ignoras el mal que debes evitar. Pero Evelyn no sabe qué es el mal.
A
los diecinueve años Alicia ya podía comprender esas abstracciones y todo lo que
las palabras «bien» y «mal» implicaban. Cuando tenía dieciséis años, su padre
le había explicado cómo enloquece un hombre cuando está solo con una mujer,
cómo el cuerpo del hombre, bañado en un sudor venenoso, moja entonces la piel
de la mujer y la cubre de horror y fealdad. En los libros ilustrados del señor
Kew había ejemplos de esa piel. A los trece años Alicia tuvo una molestia; se
lo dijo a su padre y éste, con los ojos llenos de lágrimas, declaró que eso
ocurría porque ella había estado pensando en su cuerpo. Y era verdad. Alicia
confesó su culpa y recibió tal castigo que lamentó de veras tener un cuerpo.
Desde entonces trató de no pensar en sí misma, y con la ayuda de su padre,
regularmente, penosamente, disciplinó su carne rebelde y obstinada. Tenía ocho
años cuando el señor Kew le dijo que si no quería quedarse ciega, si no quería
tener esos ojos blancos de los ciegos, debía aprender a bañarse en la
oscuridad. Y le mostró unas magníficas ilustraciones de esos ojos. Y cuando
cumplió seis años, él mismo le colgó en el dormitorio el retrato. de una mujer
llamada Angel y el de un hombre llamado Demonio.. La mujer alzaba los ojos al
cielo y sonreía. El hombre extendía hacia ella unas manos ganchudas como
garfios. Y en el pecho del hombre asomaba la punta humedecida y rota de un
cuchillo.
Vivían
solos en un caserón enorme, en lo alto de una colina arbolada. Ninguna
carretera llegaba hasta la casi. Sólo un estrecho sendero se retorcía una y
otra vez entre los árboles, y desde las ventanas no se podía saber a dónde iba.
La senda terminaba en una pared y en un portón de hierro, clausurado desde
hacia dieciocho anos. Junto al portón, empotrado en la pared, había un panel de
acero. Una vez al día el padre de Alicia bajaba por el camino y abría con dos
llaves los dos candados del panel. Levantaba una plancha de metal, recogía los
comestibles y la correspondencia, dejaba un poco de dinero y unas cuantas
cartas y cerraba otra vez los candados.
Más
allá de los muros corría un camino no muy ancho que Alicia y Evelyn no habían
visto nunca. Los árboles ocultaban el muro y el muro ocultaba el camino. El
muro y el camino corrían juntos doscientos metros, de este a oeste, remontando
la colina. Luego el muro se encontraba con unos barrotes de hierro, de más de
cuatro metros de altura, tan apretados que el puño de un hombre apenas podía
pasar entre ellos. Las puntas de los barrotes se curvaban hacia afuera y hacia
abajo, unidas por un borde de cemento salpicado de trozos de vidrio Algunos de
los barrotes corrían de este a Oeste, entre la casa y el muro, y otros
penetraban entre los árboles cercando la casa. El muro y la casa formaban,
pues, un rectángulo de vedado territorio. Detrás de la casa se extendía un
terreno con árboles de más de tres kilómetros cuadrados. Allí pasaba Evelyn los
días ante las miradas atentas de su hermana. Era un bosque con un arroyo,
flores silvestres, un pequeño estanque, robles silenciosos y claros ocultos.
Sobre las copas de los árboles el cielo brillaba intensamente, y unos acebos de
tupido follaje impedían ver los barrotes, ocultaban el paisaje, detenían los
vientos. Este era el mundo de Evelyn, el único mundo que ella conocía y el
mundo que ella prefería.
El
día que Alicia cumplía diecinueve años, Evelyn estaba sola a orillas del
estanque. No alcanzaba a ver la casa, ni el cerco de acebos, ni los hierros de
la verja, pero el cielo estaba allí, sobre los árboles, y el agua estaba allí,
a su lado; Alicia y su padre se habían encerrado en la biblioteca. Cuando
Alicia cumplía años algo especial la esperaba en esa habitación. Evelyn no
había estado nunca allí. La biblioteca era un lugar donde vivía su padre y en
el que Alicia entraba en ciertas ocasiones. Evelyn no había pensado nunca en
entrar en la biblioteca, del mismo modo que nunca había pensado en respirar,
como las truchas, debajo del agua. No le habían enseñado a leer, sólo a
escuchar y obedecer. No había aprendido a preguntar, sólo a aceptar. Se le enseñaba
algo en el momento adecuado, y únicamente su padre y su hermana sabían cuándo
llegaba ese momento.
Sentada
no muy lejos de la orilla, Evelyn ordenaba los largos pliegues de su vestido.
Observó sobresaltada que un tobillo le asomaba bajo la falda y lo cubrió con
rapidez, como lo hubiera hecho Alicia si hubiese estado allí. Luego apoyó la
cabeza en el tronco de un sauce y contempló largamente la superficie del agua.
Era
primavera, ese momento de la primavera en que se han abierto los brotes, cuando
ha cesado la presión de la savia en los vasos resecos y en las yemas cubiertas
de resina, y todo en el mundo se apresura a ser hermoso. El aire era pesado y
suave; se apoyaba en los labios hasta que los labios se abrían, los apretaba
hasta que sonreían, entraba audazmente en el pecho y allí golpeaba como otro
corazón. Era un aire con un problema: tranquilo, coloreado, por los sueños,
completamente inmóvil, y apresurado sin embargo. La quietud y la prisa animadas
y juntas, ¿cómo podía ser? Ese era el problema.
El
deslumbrante canto de un pájaro traspasó las hojas. Evelyn sintió una picazón
en los ojos, y un misterio nubló el bosque. Algo se estiró en su regazo. Bajó
la vista y en ese momento las manos comenzaron a moverse, una sobre otra,
sacándose los guantes; y luego, ya desnudas, se elevaron hasta el cuello, pero
no para esconder algo, sino para participar de algo. Evelyn inclinó la cabeza,
y las manos, uniéndose con alegría bajo el severo orden del cabello, dejaron
caer las cuatro horquillas y abrieron el alto cuello de la blusa. El aire
encantado se precipitó sobre la piel con un grito silencioso. Evelyn respiró
hondamente, como después de una carrera. Alargó la mano, desmañada y vacilante,
y acarició lentamente las hierbas, como si ese acto pudiera aliviarla de aquel
indecible y confuso deleite. No sucedió así, y Evelyn se volvió, y tendiéndose
boca abajo sobre el lecho de hierbabuena temprana, se echó a llorar. La
primavera era demasiado hermosa.
El
idiota estaba en el bosque, examinando torpemente la corteza de un roble
muerto, cuando de pronto algo ocurrió. Dejó de mover las manos y alzó la cabeza
alerta y vigilante. Sentía las urgencias de la primavera, como un animal, y
quizá algo más que como un animal. Pero de pronto la primavera no fue sólo un
aire denso y esperanzado y una animada resurrección de la tierra. La presión de
una mano sobre su hombro no hubiera sido más real que aquel llamado.
Se
incorporó con lentitud, como si temiera romper alguna cosa. Los extraños ojos
le brillaban suavemente. Caminó (él que nunca había llamado a nadie, ni había
sido llamado, ni había respondido) y fue hacia su meta presentida,
voluntariamente, sin que nada exterior lo impulsara. Sentía, sin pensarlo, que
en su interior despertaba una necesidad enquistada hasta entonces. Esa
necesidad lo había acompañado toda su existencia, pero nunca había podido
expresarla. Y ahora, al manifestarse de ese modo, la necesidad lanzaba un hilo
a través de un abismo, uniendo el núcleo aislado y vivo al animal semimuerto
donde ese mismo núcleo vivía encerrado. Era un mensaje lanzado directamente a
la parte humana del idiota por intermedio de un instrumento que hasta ahora
sólo había transmitido los confusos mensajes de un recién nacido, y que por esa
misma razón nunca había sido escuchado atentamente. Pero ahora el instrumento
hablaba, por decirlo así, en su propia lengua.
El
idiota caminaba con cuidado y rapidez, con cuidado y en silencio, balanceando
los hombros, deslizándose entre los alisos, rozando los pinos, como si no
pudiera abandonar la línea recta que lo llevaba hacia aquel llamado. El sol
brillaba en lo más alto del cielo; los árboles se repetían indefinidamente
iguales, enfrente, a la izquierda, a la derecha. Sin embargo, él seguía su
camino, sin vacilar, sin saber por dónde iba, sólo guiado por su propia
respuesta.
De
pronto llegó. El bosque se interrumpía inesperadamente; una franja de tierra
arrasada, de unos quince metros de ancho, rodeaba la verja. Los árboles habían
sido arrancados de raíz para que las ramas no pasasen por encima de los
hierros. El idiota salió del bosque y, abriendo los brazos, corrió por el
terreno desnudo, hacia los apretados barrotes. Metió los brazos entre ellos, y
cuando los hierros chocaron con los hombros huesudos, las piernas siguieron
agitándose y los pies restregaron el suelo, una y otra vez, como si algo lo
impulsara a pasar más allá de la verja, más allá del follaje impenetrable.
Lentamente
comprendió que la verja no cedería. Los pies dejaron de moverse y las manos se
retiraron de los barrotes. Pero los ojos continuaron activos, prontos a
responder, mirando ansiosamente entre los barrotes y entre las hojas de los
acebos. Un áspero sonido le brotó de la boca. Antes no había intentado hablar y
ahora no podía hacerlo. Y el sonido no encerraba ningún propósito; era algo
final, como unas lágrimas en un crescendo de música.
Caminó
a lo largo de la verja, sin poder alejarse del llamado.
Llovió
todo ese día y esa noche y la mitad del día siguiente, y cuando, salió el sol
volvió a llover, hacia arriba; llovió luz de las pesadas gemas caídas sobre la
hierba fresca y brillante. Algunas de esas gemas se evaporaron, otras cayeron,
y entonces la tierra con una voz muy blanda, y las hojas con la voz de la
forma, y las flores con la voz del color mostraron su agradecimiento.
Evelyn
se acurrucó en el asiento de la ventana, con los codos en el alféizar. La
presión de las manos, ahuecadas para recibir las mejillas, la hacía sonreír.
Evelyn cantó, suavemente. Era muy raro oírla, pues no sabía música. No sabía
leer y nunca le habían hablado de música. Pero ahí estaban los pájaros, y
algunas veces el fagot del viento sonaba en los aleros; ahí estaban, en ese
lugar del bosque que era exclusivamente suyo, y también más lejos, en lugares
que no le pertenecían, los reclamos y los arrullos de los animales. El canto de
Evelyn se parecía a esas voces, con cambios de tono extraños y fáciles, como un
instrumento que fraseara libremente fuera de la escala diatónica.
No
toco jamás la alegría,
no
puedo tocar la alegría.
Oh
belleza de la mano
cuándo
se abre como una hoja.
Sólo
la luz me separa del cielo.
La
lluvia me toca,
el
viento me toca,
las
hojas, otras hojas, me tocan...
Cantó
sin palabras, mucho tiempo, y luego, silenciosa, cantó sin sonidos, mirando
caer las gotas de lluvia bajo la luz del mediodía.
—¿Qué
haces?—preguntó ásperamente una voz.
Evelyn
se volvió sobresaltada. Alicia estaba ante ella, con un rostro extraño y duro.
—¿Qué
haces?—volvió a decir Alicia.
Evelyn
señaló vagamente la ventana, tratando de responder. ¿Y bien?
Evelyn
repitió el ademán.
—Allá—dijo—,
yo... yo...
Se
deslizó fuera del asiento y se incorporó estirándose. Tenía la cara encendida.
—Ciérrate
el cuello—dijo Alicia—. ¿Qué te pasa, Evelyn? Cuéntame.
—Trato
de hacerlo—dijo Evelyn con una voz suave e implorante a la vez.
Se
abotonó el cuello de la blusa y dejando caer las manos se apretó la cintura.
Alicia dio unos pasos hacia ella y le apartó las manos del cuerpo.
—No
hagas eso. ¿Qué hacías? ¿Hablabas?
—Hablaba,
sí. Pero no contigo; tampoco con papá.
—No
hay nadie más.
—Sí
hay—replicó Evelyn. Y enseguida, sin aliento, añadió:—Tócame, Alicia.
—¿Que
te toque?
—Si,
yo... te necesito.
Evelyn
abrió los brazos.
—No
debernos tocarnos—dijo Alicia retrocediendo y con toda la dulzura de que era
capaz en su confusión—. ¿Qué te pasa, Evelyn? ¿No te sientes bien?
—Sí—dijo
Evelyn—. No, no sé.—Se volvió hacia la ventana—. Ya no llueve. No hay luz aquí.
Y allá hay tanto sol, tanto... Quiero que el sol me envuelva, como en un baño.
—Tonta.
Entonces habrá mucha luz en tu baño... No debemos hablar de los baños, querida.
Evelyn
tomó un almohadón, lo abrazó, y lo apretó contra el pecho.
—¡Evelyn!
¡No hagas eso!
Evelyn
giró sobre sí misma y miró extrañamente a su hermana Alicia. Torció la boca,
cerró con fuerza los ojos y los abrió llenos de lágrimas.
—¡Tengo
que hacerlo!—lloró—. ¡Tengo que hacerlo!
—Evelyn—susurró
Alicia. Y con los ojos muy abiertos retrocedió hasta la puerta—. Se lo contaré
a papá.
Evelyn
movió afirmativamente la cabeza y apretó con más fuerza el almohadón.
Cuando
llegó al arroyo, el idiota se agachó y miró. Una hoja vino bailando sobre el
agua, se detuvo, saludó, se abrió paso entre los hierros, y desapareció por la
pequeña abertura que había entre los árboles.
El
idiota nunca había reflexionado y quizá no pensó en seguir a la hoja. Sin
embargo así lo hizo, aunque sólo para descubrir que los barrotes se hundían en
el canal de cemento, peinaban el agua y no dejaban pasar nada mayor que una
hoja o una ramita. Revolviéndose en el canal, el idiota apoyó el cuerpo contra
los barrotes y golpeó el cemento. El agua le entró por la boca, sofocándolo, y
él continuó su tarea, ciegamente, insistentemente. Tomó un hierro con ambas
manos y trató de sacudirlo. Se lastimó la palma de una mano. Probó
sucesivamente dos o tres barrotes y de pronto uno se movió golpeando el
travesaño inferior.
De
esta última tentativa había resultado algo distinto. El idiota ignoraba si esa
diferencia quería decir que el barrote estaba oxidado y era, por lo tanto, un
poco más débil. Se trataba, simplemente, de algo distinto, y eso le daba
esperanzas.
Sentándose
en el fondo del arroyo y con el agua hasta los hombros, puso los pies a los
lados del barrote, y asiéndolo otra vez con ambas manos, tomó aliento y tiró
con violencia. Una mancha roja subió a la superficie del agua girando en la
corriente. El idiota se inclinó hacia adelante y luego hacia atrás con un
tremendo esfuerzo. El hierro oxidado se quebró en el agua y el idiota cayó de
espaldas, se golpeó la cabeza en el borde del canal y casi inconsciente volvió,
entre rodando y flotando, hacia los barrotes. Tragó un poco de agua, tosió
penosamente y se puso de pie. Cuando el mundo dejó de dar vueltas se zambulló
otra vez en el canal. La abertura tenía unos cuarenta centímetros de altura,
pero no más de veinte de ancho. Con la cabeza hundida en el agua, el idiota
metió un brazo entre los hierros. Luego volvió a sentarse y metió una pierna.
Otra
vez comprendía, oscuramente, el hecho inexorable de que la sola voluntad no
bastaba, de que la sola presión no haría ceder la barrera. Se volvió hacia el
próximo barrote y trató de romperlo. El hierro no se movió. Y tampoco el del
otro lado.
Abandonó
sus esfuerzos. Alzó la vista y contempló desesperanzado, allá arriba, a cuatro
metros de altura, el borde de la verja, de salidos y apretados colmillos, de
hambrientas hileras de vidrio roto. Algo le molestaba. Cambió de posición, y
manoteando en el canal se encontró con el trozo de hierro, de unos treinta
centímetros de largo, que había arrancado momentos antes. Se sentó otra vez,
con el pedazo de hierro entre las manos, mirando estúpidamente hacia la verja.
Tócame,
tócame. Eso decía el llamado, envuelto en una gran ola de emoción. Era como un
deseo, un ruego, un río de dulzura y necesidad. El llamado no había dejado de
oírse, pero esto era algo distinto. Como si el llamado fuese una onda de
transmisión y esto nuevo la modulación de la onda.
En
ese momento el hilo interior que unía sus dos yoes tembló, creció y comenzó a
transmitir balbuceando. Ondas y chispas de poder interior fueron lanzadas a
través del hilo y volvieron cargadas de conocimiento y de información. La
extraña mirada se posó en el trozo de hierro; las manos lo hicieron girar sobré
sí mismo. La razón empezó a actuar, dolorida por la falta de uso, y luego, por
primera vez, se dedicó a resolver un problema.
El
idiota se sentó en el agua, cerca de la verja, y se puso a frotar la barra con
el trozo de hierro, bajo el travesaño.
Comenzó
a llover. Llovió todo el día y toda la noche, y la mitad del día siguiente.
—Estaba
aquí—dijo Alicia con el rostro encendido. El señor Kew, de ojos hundidos y
brillantes, recorrió la habitación pasando los dedos entre las cuatro colas del
látigo.
—Y
quería que yo la tocara—recordó Alicia—. Así me lo pidió.
—Ya
la tocaremos dijo el señor Kew—. El mal, el mal—murmuró—. No es posible depurar
el mal. Creí que era posible. Si, lo creí. Tú eres mala, Alicia, no lo ignoras,
va que una mujer te tocó durante varios años antes que yo te tomara en mis
manos; pero Evelyn, no... El mal está en la sangre y la sangre no se puede
lavar. ¿Dónde crees que estará Evelyn?
—Quizás
afuera... en el estanque. Le gusta el estanque. Iré contigo.
El
señor Kew observó el rostro enrojecido y los ojos ardientes de Alicia.
—Esto
es asunto mío. Quédate aquí.
—Por
favor...
El
señor Kew hizo restallar las pesadas correas.
—¿Tú
también, Alicia?
La
muchacha dio media vuelta, mordiéndose nerviosamente los labios.
—Más
tarde—gruñó el señor Kew. Y salió apresuradamente.
Alicia
se quedó temblando, un momento, en medio de la habitación. Luego se precipitó
hacia la ventana y vio que su padre se alejaba entre los árboles, con aire,
decidido. Sus manos se abrieron y se curvaron sobre el marco de la ventana. Un
balido inarticulado y extraño le brotó de la boca.
Evelyn
llegó al estanque sin aliento. Algo mágico, un humo invisible, flotaba en el
agua. Lo miró ansiosamente y se sintió inundada por una sensación de cercanía.
No podía saber si se trataba de un objeto o de un acontecimiento, pero era algo
que estaba muy cerca, y lo saludó gozosamente. Corrió hacia el borde del agua y
extendió las manos.
Las
aguas se agitaron en la superficie del estanque y un hombre apareció entre los
tallos de los acebos y se arrastró jadeante hacia la orilla, mirando a Evelyn.
Era ancho y chato, con la carne cubierta de rasguños y las manos entumecidas y
arrugadas por el agua. Parecía débil y agotado. Unos jirones de ropa colgaban
sobre él, aquí y allá, sin cubrirlo.
Evelyn,
hechizada, se inclinó hacia él y otra vez el llamado surgió en olas de soledad,
esperanza y deseó, alegría y compasión. No estaba asustada ni sorprendida, sólo
asombrada. Ambos se habían comunicado durante días enteros y sus silenciosas
radiaciones se alcanzaban ahora mutuamente, mezclándose, uniéndose y
confundiéndose. Silenciosamente vivieron el uno en el otro, y luego Evelyn se
dobló sobre él y lo tocó, le tocó el cuerpo y el pelo áspero.
El
idiota tembló violentamente, y sacudiéndose salió del agua. Evelyn se dejó caer
a su lado. Se sentaron, juntos, y los ojos de la muchacha se encontraron al fin
con aquellos ojos. La mirada del idiota parecía dilatarse y llenar el aire.
Evelyn, llorando de alegría, se hundió en esa mirada, deseando vivir en ella,
quizá morir en ella, o ser por lo menos parte de ella.
Evelyn
no había hablado nunca con un hombre y el idiota no había hablado con nadie.
Ella no sabia lo que era un beso, y para él lo que podía haber visto carecía de
sentido. Pero conocían algo mejor. Se quedaron quietos y juntos. Evelyn apoyó
una mano en el hombro del idiota y sus corrientes interiores fluyeron,
entrecruzándose. No alcanzaron a oír los pasos resueltos del señor Kew, ni su
respiración jadeante, ni su terrible grito de hombre ultrajado. Absortos en sí
mismos nada advirtieron hasta que el señor Kew saltó sobre ellos, alzó a Evelyn
en sus brazos y la arrojó hacia atrás, sin mirar cómo ni dónde había caído. El
señor Kew, inmóvil, de pie junto al idiota, lo observó fijamente. Abrió los
pálidos labios y emitió otra vez aquel terrible sonido. Y enseguida, levantó el
látigo.
El
idiota estaba tan deslumbrado que no sintió el primer golpe ni el segundo,
aunque su carne empapada, arañada y golpeada, se abrió y sangró. Echado en el
suelo seguía mirando el sitio vado donde habían estado los ojos de Evelyn.
El
látigo silbó y restalló en el aire y las trenzadas puntas se hundieron otra vez
en la espalda del idiota. Los antiguos reflejos volvieron a él. Se arrastró de
espaldas tratando de introducir los pies en el agua. El hombre arrojó entonces
el látigo y, tomando con ambas manos una de las huesudas muñecas del idiota,
corrió, literalmente, una docena de pasos, alejándose de. la orilla y
arrastrando consigo la andrajosa figura. Le dio luego un puntapié en la cabeza
y fue en busca del látigo. Cuando regresó, el idiota había logrado apoyarse
sobre los codos. El señor Kew le dio otro puntapié, haciéndolo caer. Le puso un
pie en el hombro, impidiéndole todo movimiento, y comenzó a azotarle el vientre
desnudo.
Se
oyó un chillido penetrante y un buey con garras de tigre cayó sobre el señor
Kew. El hombre rodó por el suelo y alzando los ojos vio el rostro enardecido de
su hija menor. La muchacha se había mordido los labios y una saliva
sanguinolenta le brotaba de la boca. Clavó las garras en el rostro de su padre,
hundiéndole un dedo en el ojo izquierdo.
El
hombre lanzó un grito de dolor; metió las manos en los encajes que envolvían la
garganta de Evelyn y la golpeó dos veces con el pesado mango del látigo.
Gimoteando,
quejándose, se volvió otra vez hacia el idiota, pero en éste había nacido ahora
una implacable necesidad de huir, que borraba todo lo demás. Y quizá el golpe
que había privado de conocimiento a la muchacha había quebrado también otra
cosa. De cualquier modo sólo quedaba escapar, y nada sería posible hasta
conseguirlo. El cuerpo largo del idiota se dobló como el de un saltamontes y se
lanzó al aire en un salto mortal. Cayó junto a la orilla, sobre pies y manos, y
saltó nuevamente. El latigazo lo alcanzó en el aire y las correas le
envolvieron el cuerpo unos instantes, desde las últimas costillas hasta las
caderas. El señor Kew sintió que el mango del látigo se le escapaba de la mano.
Dio un grito y entró en el agua, detrás del idiota, y se zambulló entre los
troncos sumergidos de los árboles.
Las
hojas de los acebos arañaron el rostro del señor Kew, que hundió de nuevo la
cabeza en el agua. Una de sus manos alcanzó un pie desnudo. Tiró de él con
todas sus fuerzas. El pie lo golpeó en una mejilla y su cabeza fue a dar contra
los barrotes de hierro.
El
idiota había pasado del otro lado de la verja, y ya casi fuera del agua trataba
débilmente de enderezar el cuerpo dolorido. Se volvió y. vio al hombre tomado
de los hierros, furioso y asombrado.
El
idiota se arrastró hacia la orilla, salpicando de agua rosada el rostro del
señor Kew. Los movimientos reflejos de la huida fueron apagándose, lentamente.
Después de unos instantes de completo vacío nació en él un sentimiento raro y
nuevo. La experiencia era tan singular como la del llamado que lo había llevado
hasta allí. Y casi tan intensa. Era un sentimiento parecido al temor, pero el
temor había sido una niebla viscosa y oscura, y esto era algo afilado, duro y
preciso.
Abrió
las manos, soltándose de los juncos venenosos que crecían junto a las
cenicientas orillas del arroyo, y dejó que las aguas lo arrastraran otra vez
hacia la verja. Allí el enloquecido señor Kew lanzaba gritos y lamentos. El
idiota se acercó a los barrotes y abrió los ojos. Los gritos cesaron.
Por
primera vez usaba los ojos conscientemente, intencionalmente, para algo más que
un mendrugo de pan.
Cuando
el hombre se fue, el idiota salió arrastrándose del arroyo y con pasos lentos y
vacilantes se internó en el bosque.
Cuando
Alicia vio volver a su padre, se llevó el dorso de la mano a la boca y hundió
los dientes en la piel. No eran las ropas, desgarradas y húmedas, ni siquiera
ese ojo destrozado, era algo más, algo que...
—¡Papá!
El
señor Kew avanzó hacia ella, sin responder. En el último instante, cuando ya
iba a ser aplastada como una planta de trigo, Alicia dio, ciegamente, un paso
atrás. El señor Kew pasó rápidamente y se metió en la biblioteca.
—¡Papá!
No
hubo respuesta. Alicia corrió hacia la biblioteca. Su padre estaba en el otro
extremo de la habitación, junto a unos armarios que ella nunca había visto
abiertos. Y las puertas de uno de ellos estaban entornadas. El señor Kew sacó
del armario un revólver de caño largo y una caja de balas. Abrió la caja y las
balas se desparramaron sobre el escritorio. Empezó a cargar metódicamente el
revólver.
Alicia
corrió hacia él.
—¿Qué
pasa? ¿Qué pasa? Estás herido, déjame que te ayude. ¿Qué estás...?
El
señor Kew miraba fijamente, fríamente, con su único ojo sano. Respiró con
lentitud, durante demasiado tiempo; retuvo el aire, también demasiado, y emitió
un prolongado silbido. Ajustó el cilindro, quitó el seguro, miró a su hija, y
levantó el revólver.
Alicia
no olvidaría nunca esa mirada. Sobrevendrían sucesos terribles, pero el tiempo
nublaría las escenas, borraría los detalles. Esa mirada, en cambio, la
acompañaría siempre.
El
señor Kew fijó su único ojo en Alicia, apresándola e inmovilizándola. Alicia se
retorció como un insecto atravesado por un alfiler. Tenía la horrible seguridad
de que su padre no la veía, de que miraba algún horror desconocido y privado.
Mirando siempre más allá de Alicia, el señor Kew se metió el caño del revólver
en la boca y apretó el gatillo.
El
ruido no fue muy grande. El cabello voló desde lo alto de la cabeza en una fina
pelusa. El ojo siguió mirando fijamente, traspasando a Alicia. El señor Kew no
parecía más muerto que un momento antes. Inclinó la cabeza, como si quisiera
mostrar el destrozo que había reemplazado al pelo, y el lazo que ataba a Alicia
se rompió bruscamente. La muchacha huyó de la habitación.
Dos
horas, dos horas enteras pasaron antes que encontrara a Evelyn. Una de ellas
fue simplemente una hora perdida: vacío y dolor. La otra se deslizó
uniformemente. Durante esta última hora, Alicia erró por la casa seguida por
sus propios y suaves lamentos.
—¿Qué?
¿Qué dices? sollozaba, tratando de comprender, hablándole a la casa silenciosa.
Encontró
a Evelyn junto al estanque, tendida de espaldas, con los ojos muy abiertos. En
uno de los lados de la cabeza tenía una protuberancia, y en medio de la
protuberancia un agujero donde cabían tres dedos.
—No—dijo
Evelyn dulcemente cuando Alicia trató de levantarle la cabeza.
Alicia
apoyó suavemente sobre la hierba la cabeza de Evelyn, y arrodillándose a su
lado le tomó las manos.
—¿Evelyn,
qué ha pasado?
—Papá
me golpeó—dijo Evelyn serenamente—. Voy a dormir.
Alicia
sollozó.
—¿Cómo
se llama—dijo Evelyn—cuando una persona necesita a otra persona... cuando
deseas que te toquen y... las dos forman como un solo ser y no hay nada más en
el mundo?
Alicia,
que había leído algunos libros, meditó unos instantes.
—Amor—dijo
al fin—. Es una enfermedad, es una cosa mala.
El
rostro tranquilo de Evelyn se iluminó con una especie de sabiduría.
—No
es una cosa mala—dijo—. Yo la sentí.
—Tienes
que volver a casa.
—Dormiré
aquí—dijo Evelyn, y sonrió mirando a su hermana—. ¿Te parece bien... Alicia?
—Sí.
—No
despertaré nunca—continuó Evelyn con aquella misma rara expresión de
sabiduría.—Quisiera hacer algo, pero ahora no puedo. ¿Quieres hacerlo por mí?
—Sí,
lo haré—susurró Alicia.
—Por
mí—insistió Evelyn—. Aunque tú no querrás hacerlo.
—Lo
haré.
—Cuando
el sol brille mucho—dijo Evelyn—báñate en él. Algo más, espera.—Cerró los ojos.
Una arruga pequeña le apareció y desapareció en la frente—. Quédate en el sol.
Camina, corre. Corre y... salta, muy alto. Mueve el aire al correr. También
eso. No supe hasta ahora que quería hacerlo y ahora... ¡oh, Alicia!
—¿Qué,
Evelyn, qué?
—Allí
está, allí está, ¿no lo ves? ¡El amor, con el sol en el cuerpo!
Los
ojos dulces y luminosos contemplaron absortos el cielo del atardecer. Alicia
miró también y no vio nada. Cuando bajó la vista comprendió que Evelyn tampoco
veía nada. Ya no más.
A lo
lejos, en el bosque que se extendía más allá de la verja, estallaron unos
tristes sollozos.
Alicia
escuchó un momento. Luego, extendiendo la mano, cerró los ojos de Evelyn. Se
incorporó y fue lentamente hacia la casa y los sollozos la siguieron, casi
hasta que puso los pies en el umbral. Y aun entonces el llanto siguió dentro de
ella.
Cuando
los cascos resonaron en el patio, la señora Prodd rezongó entre dientes y
corrió las cortinas de algodón. Gracias por una parte a la luz de las estrellas
y por otra a su conocimiento del patio, logró discernir las formas del caballo,
el carro y su marido, que se afanaba junto a ellos. En ese momento entraban por
el portón. «Tendrá que oírme», pensó, «entreteniéndose en el bosque mientras se
le pasa la cena.»
No
la oyó, sin embargo. Bastó que la mujer mirase el ancho rostro de su marido
para que olvidase todas sus amenazas.
—¿Qué
pasa, Prodd?—preguntó alarmada.
—Tráeme
una manta.
—Pero,
qué...
—Date
prisa. Un hombre malherido. Lo encontré en el bosque. Parece que lo hubiera
atacado un oso. Tiene las ropas deshechas.
La
señora Prodd trajo apresuradamente la manta. Su marido se la arrebató y salió
al patio. Un momento después volvía con un hombre a cuestas.
—Aquí—dijo
ella, y abrió de par en par las puertas de la habitación de Jack.
Prodd
parecía dudar. El cuerpo del hombre le colgaba flojamente de los brazos.
—Vamos,
vamos—dijo la mujer—. No te preocupes por la colcha, ya la lavaré.
—Trae
unos trapos y agua caliente—gruñó el señor Prodd. La mujer salió del cuarto y
Prodd levantó con cuidado la manta.
—Oh,
Dios mío.
Poco
después la mujer aparecía con una palangana.
—No
pasará la noche—dijo Prodd deteniendo a su mujer en el umbral—. Creo que no
deberíamos molestarlo.
—Tenemos
que probar.
La
señora Prodd cruzó la puerta y se detuvo, pálida, cerrando los ojos. Prodd tomó
la palangana.
—Vamos—dijo
ella con suavidad.
Se
acercó a la cama y se puso a limpiar el cuerpo andrajoso. Pasó la noche. Pasó
también la semana y entonces los Prodd empezaron a pensar que seguiría
viviendo. Yacía inmóvil e indiferente en la habitación que ellos llamaban la
habitación de Jack, sin darse cuenta de nada, excepto quizá de la luz que
aparecía y desaparecía detrás de los vidrios. Miraba siempre hacia afuera,
quizás viendo, quizás observando, o quizá no. Había muy poco que ver: un poco
de terreno árido de la chacra de Prodd, una figurita que en la distancia
escarbaba con un rastrillo la tierra endurecida y que de cuando en cuando se
agachaba para arrancar la cizaña. Su ser interior se había rodeado de una
cáscara de silencio y pena. Su ser exterior parecía también encogido,
inalcanzable. Cuando la señora Prodd le traía la comida (huevos, leche dulce y
tibia, jamón casero, y pan de maíz) ignoraba a la mujer. y la comida. Comía
sólo obligado por ella.
—¿Todavía
no ha hablado?—preguntaba el señor Prodd por las tardes, y la mujer sacudía la
cabeza.
Pasaron
diez días y a Prodd se le ocurrió algo. Cinco días después se lo dijo a su
mujer.
—¿Y
si fuera un simple, Ma?
—¿Qué
quieres decir?—preguntó la mujer increíblemente enojada.
El
señor Prodd hizo un raro ademán.
—Ya
sabes. Débil mental. Quiero decir que quizá no habla porque no puede.
—¡No!—afirmó
ella. Alzó la vista y vio en su marido un gesto de duda—. ¿No le has visto los
ojos? No es un idiota.
Le
había visto los ojos. Lo perturbaban; era todo lo que podía decir.
—Bueno,
me gustaría oírlo hablar alguna vez.
La
mujer apoyó la punta de los dedos en el tazón de café.
—¿Te
acuerdas de Grace?
—Sí,
claro. Tu prima, la que perdió a los chicos.
—Sí.
Bueno, después del incendio Grace estaba así, echada todo el día. Le
hablábamos, y como si no oyera; le mostrábamos algo, y como si no tuviera ojos.
Había que darle la comida en la boca. No sabía ni lavarse la cara.
—Puede
ser—admitió Prodd—. Quizás a este muchacho le pasó algo parecido, y no quiere
acordarse.—Grace se curó, ¿no es así?
—Bueno,
nunca fue la misma—dijo la mujer—, pero salió adelante. Es como si la vida se
hiciera de pronto insoportable y uno quisiera huir y olvidarse de todo.
Pasaron
las semanas y los tejidos desgarrados cicatrizaron y el cuerpo ancho y chato
absorbió el alimento como un cactus absorbe la humedad. El idiota no había
descansado nunca, ni se había alimentado regularmente, ni..
La
señora Prodd se sentaba a su lado, le hablaba y le cantaba algunas canciones:
Fluye suavemente, dulce río Afton y Mi hogar en las montañas. Era una mujer
menuda, de rostro moreno, cabellos descoloridos y ojos claros y había en ella
una sed similar a la que él había sentido. Durante muchos días habló ante ese
rostro inmóvil y silencioso, de las gentes que había dejado en el Este, y de la
escuela primaria, y del tiempo en que Prodd venía a cortejarla en el Ford T de
su patrón cuando aún no sabía manejar. Le habló de todas esas menudencias de
las que nunca podría olvidarse: del vestido que llevaba el día de su
confirmación, con un lazo aquí y unos pliegues en este lado, y le habló del día
en que el marido de Grace volvió a casa borracho como una cuba, con sus
pantalones nuevos completamente rotos y trayendo bajo el brazo un cerdo que
chillaba como para despertar a los muertos. Le leyó algunas páginas del libro
de oraciones y le contó algunos episodios de la Biblia. Le habló de todo lo que
pensaba, pero no de Jack.
El
idiota no contestaba ni siquiera con una sonrisa. Lo único que hacía era
mirarla fijamente, cuando ella se encontraba en la habitación, o clavar los
ojos en la puerta, cuando ella no estaba allí. La mujer no podía saber si esa
diferencia era muy importante, pero la mejoría no abarcaba sólo el cuerpo flaco
y extenuado del idiota.
Por
fin un día, mientras los Prodd estaban tomando un poco de sopa, lo que ellos
llamaban «la cena», se oyó de pronto un ajetreo en la habitación de Jack. Prodd
miró a su mujer, se levantó y abrió la puerta.
—Eh,
vamos, no puedes salir así.—Llamó a su mujer.
—Ma,
trae mi otro traje de mecánico.
El
idiota caminaba débilmente y con torpeza, pero estaba de pie. Lo ayudaron a
sentarse y allí se quedó, con una mirada extraviada y vacía, hasta que la
señora Prodd le puso una cuchara de sopa bajo las narices. Entonces el idiota
empuñó la cuchara, acercó la boca y miró por encima de la mano a la señora
Prodd. La mujer le palmeó un hombro y le dijo que era magnífico, que lo hacía
muy bien.
—Bueno
Ma, no debes tratarlo como si fuera un niño de dos años—dijo Prodd.
Se
sentía turbado otra vez, quizá a causa de esos ojos.
Su
mujer le apretó la mano. Prodd comprendió y no se habló más del asunto. Pero
más tarde, de noche, cuando creía que su mujer ya estaba dormida, le oyó decir
en voz baja:
—Tengo
que tratarlo como si tuviera dos años, Prodd. Aún como si fuera más chico.
—¿Por
qué?
—Con
Grace—dijo ella—pasaba lo mismo. Aunque no tanto. Cuando comenzó a sentirse
mejor parecía no tener más de seis años. Jugaba con las muñecas. Y cuando una
vez no le dimos un poco de torta de manzanas, se echó a llorar a gritos. Era
como si estuviera creciendo de nuevo. Más rápido que antes, naturalmente, pero
recorriendo otra vez el mismo camino.
—¿Crees
que a él le pasará lo mismo?
—¿No
parece que tuviera dos años?
—Sí,
pero mide casi uno ochenta.
La
mujer suspiró.
—Lo
cuidaremos como si fuera un niño.
Durante
unos instantes Prodd no dijo nada.
—¿Cómo
lo llamaremos? —preguntó al fin.
—No
Jack—respondió la mujer casi sin darse cuenta. Prodd asintió con un gruñido. Y
ya no supo qué decir.
—Tendremos
que esperar—dijo ella—. Seguro que ya tiene un nombre, y no estaría bien
ponerle otro. Esperemos. Llegará a recordarlo.
Prodd
trató de analizar lo que le había dicho su mujer.
—Ma—dijo
luego—, ojalá no nos equivoquemos.
Pero
la señora Prodd se había quedado dormida.
Sucedieron
milagros.
Los
Prodd creyeron que eran éxitos y triunfos, pero eran milagros. Una vez Prodd se
encontró con las dos robustas manos del idiota en el otro extremo de una lona
de 3 x 3 que estaba sacando del granero. Una vez la señora Prodd descubrió que
su paciente miraba un ovillo de lana y lo hacía girar entre las manos, y sólo
porque era de color rojo. Una vez el idiota encontró un balde lleno de agua
junto a la bomba y lo llevó al interior de la casa. Tardó mucho tiempo, sin
embargo, en aprender a manejar la bomba.
Cuando
cumplió un año en la casa, la señora Prodd le preparó una torta e
impulsivamente la adornó con cuatro velas. El idiota contempló fascinado las
llamitas; los Prodd lo miraban arrobados.
—Sopla,
hijo.
El
idiota clavó los ojos en los de la mujer y luego en los de Prodd. Quizá logró
representárselo mentalmente; quizá fue resultado de la cálida y anhelante
demostración de la pareja, de su cariño y solicitud. Se inclinó y sopló. Los
Prodd se echaron a reír. Prodd se acercó y le palmeó amablemente la espalda. La
señora Prodd lo besó en la mejilla.
Algo
se retorció en el interior del idiota. Durante Un instante puso los ojos en
blanco. La pena helada que llevaba dentro se fundió y lo inundó. No era esto el
llamado, el contacto, la comunicación que había sentido con Evelyn. No era nada
parecido, salvo en intensidad. Pero esa intensidad bastó para que recordara su
pérdida, e hizo entonces naturalmente lo que había hecho aquella otra vez. Se
echó a llorar.
Era
aquel mismo llanto, torturado y punzante, que había guiado a Prodd, hacía un
año, a través del bosque oscuro. Era un llanto que no cabía en la casa. La
señora Prodd ignoraba que el idiota fuera capaz de emitir algún sonido. Prodd
no; lo había oído aquella primera noche. Y no podía saberse si descubrir ese
sonido era o no peor que oírlo otra vez.
La
señora Prodd tomó entre sus manos la cabeza del idiota y lo arrulló. Prodd se
balanceó torpemente junto al idiota, extendió una mano, se arrepintió y terminó
por alejarse repitiendo fútilmente:
—No,
no, no...
El
llanto cesó de pronto. Secándose las lágrimas, el idiota miró primero a la
mujer y luego al hombre. Había algo nuevo en su rostro, como si la máscara de
bronce sobre la que le habían estirado la piel se hubiera fundido.
—Lo
siento—dijo Prodd—. Me parece que hemos cometido un error.
—No
fue un error—dijo su mujer—. Ya lo verás.
Tuvo
un nombre. Aquella noche del llanto descubrió conscientemente que si lo deseaba
podía recibir un mensaje, algo definido de los demás. Ya le había ocurrido
otras veces, pero sólo como cuando el viento soplaba sobre él,
irreflexivamente, como un temblor o un estornudo. Comenzó a entretenerse con
esta nueva habilidad como antes se había entretenido con el ovillo de lana. Los
sonidos llamados lenguaje poco significaban para él, pero empezó a reconocer
cierta diferencia entre las palabras que le dirigían a él y aquellas que no le
concernían. Nunca aprendió realmente a percibir palabras, pero percibía en
cambio directamente las ideas. Las ideas en si mismas no tienen forma y es
apenas sorprendente que aprendiera con tanta lentitud a darles forma de
palabras.
—¿Cómo
es tu nombre?—le preguntó un día Prodd sorpresivamente.
Nombre.
Buscó; lanzó la amarra de una pregunta y la pregunta volvió arrastrando lo que
podía llamarse una definición. Vino, sin embargo, como puro concepto. «Nombre»
es lo que soy, he sido, he hecho y he aprendido.
Ahí
estaba todo, esperando ese sencillo símbolo, un nombre.
El
vagabundeo, el hambre, la pérdida y, peor que la pérdida, la falta. Tenía el
oscuro y sutil presentimiento de que aun aquí, con los Prodd, él no era algo,
sino el sustituto de algo.
Solo.
Trató
de decirlo. Tomó directamente de Prodd, el concepto, su expresión verbal y el
correspondiente sonido. Pero comprender y expresar eran una cosa, y otra el
acto físico de la enunciación. La lengua del idiota podía compararse a la suela
de un zapato y su garganta a un silbato oxidado. Torció la boca.
—S-s-o.
Solo.
Surgía claramente, nítidamente, pero el idiota comprendía que su pensamiento no
podía llegar hasta Prodd; aunque el chacarero se esforzaba en recibir el
mensaje.
—S-s-solo—jadeó
el idiota.
—¿Lone?
—dijo Prodd.
Era
evidente que esa palabra tenía para Prodd un significado, un significado
similar al que le daba el idiota, aunque no precisamente el mismo.
Pero
llegaría a ser el mismo.
Trató
de repetir el sonido, mas se le trababa la lengua. La saliva le llenaba la boca
y le mojaba los labios. Buscó ayuda desesperadamente, buscó otro modo de
expresión. Lo encontró. Movió afirmativamente la cabeza.
—Lone—repitió
Prodd.
Y el
idiota movió otra vez la cabeza, y así nació su primera palabra y su primera
conversación; otro milagro.
Tardó
cinco años en aprender a hablar, y siempre prefirió no hacerlo. Nunca aprendió
a leer. Le faltaban las condiciones necesarias, nada más.
Había
dos niños para quienes el olor del desinfectante en los azulejos era el olor
del odio.
Para
Gerry Thompson era también el olor del hambre y la soledad. El desinfectante
sazonaba la comida, entraba en el sueño, en el hambre, el frío, el miedo... en
todos los componentes del odio. Sólo el odio iluminaba el mundo, sólo él era la
verdad. Un hombre se abraza fuertemente a la verdad, especialmente cuando no
conoce más que una, especialmente cuando tiene seis años. Y, a los seis años,
Gerry era verdaderamente un hombre. Por lo menos apreciaba, como un hombre
maduro, ese placer gris que nace de la simple ausencia del dolor. Tenía una
paciencia implacable, como sólo se la encuentra entre los hombres de acción,
derrotados en apariencia, hasta que llega el momento de decidir. No se entiende
comúnmente que para un niño de seis años, como para cualquier otra persona, la
senda de la memoria recorre toda una vida de pormenores e incidentes. Las
dificultades, las desilusiones, las enfermedades que había tenido Gerry,
hubieran bastado para convertir en hombre a cualquiera. A los seis años ya lo
parecía. En ese entonces comenzó a resignarse, a ser obediente y a esperar. El
rostro menudo y cubierto de cicatrices se trasformó simplemente en otro rostro,
y ya no volvió a quejarse. Vivió así dos años hasta que al fin se decidió.
Huyó
entonces del asilo de huérfanos para vivir a su gusto, para adquirir el color
de los terrenos baldíos y la basura (Y así no lo descubrirían), para matar si
lo acosaban, para odiar.
Hip
no tenía hambre, ni frío, ni una precoz madurez, pero conocía también el olor
del odio. Era el olor que envolvía a su padre el médico, de manos diestras y
despiadadas, de ropas sombrías. La misma voz del doctor Barrows tenía para Hip
un olor de cloro y ácido fénico.
El
pequeño Hip Barrows era un niño inteligente y hermoso, para quien el mundo no
podía ser un pasillo largo y hostil, de azulejos desinfectados. Todo le era
fácil, excepto dominar su curiosidad, y «todo» incluía las frías inyecciones de
rectitud que le administraba su padre el médico, un hombre honesto, un
triunfador, un hombre que había hecho una carrera del tener razón y del estar
seguro.
Hip
atravesó la infancia como un cohete, brillante, veloz y luminoso. Sus dones le
proporcionaron todo lo que un joven puede desear, y las circunstancias le
señalaron constantemente que era algo así como un ladrón, sin derecho a poseer
lo que había ganado sin esfuerzo. Esa era la filosofía de su padre el médico, a
quien todo le había costado trabajo. El talento le proporcionó, pues, a Hip,
amigos y honores, y las amistades y los honores lo llenaron de inquietud y de
una humildad enfermiza de la que no era totalmente consciente.
Tenía
ocho años cuando construyó su primera radio, un aparato de galena, y él mismo
enrolló el alambre en las bobinas. Colgó el aparato de los muelles, de tal modo
que nadie podía verlo si no daba vuelta la cama, y metió un par de teléfonos en
la almohada. Durante la noche se quedaba despierto y escuchaba las
transmisiones. Su padre el médico encontró la radio, y le prohibió volver a
tocar un alambre. Tenía nueve años cuando su padre el médico descubrió su
escondite de libros y revistas de radio y electrónica y los amontonó frente a
la chimenea y se los hizo quemar, uno por uno; estuvieron levantados toda la
noche. Tenía doce años cuando ganó una beca gracias a un osciloscopio sin tubos
que había diseñado en secreto, y su padre el médico le dictó la carta de
rechazo. Era un inteligente muchacho de quince años cuando fue expulsado del
colegio, donde se preparaba para seguir los cursos superiores de medicina, por
haber entrecruzado los cables del tablero del ascensor y haberle añadido
algunos conmutadores, de modo que al tocar cualquiera de los botones sobrevenía
una inesperada aventura. A los dieciséis, repudiado felizmente por su padre, se
ganaba la vida en un laboratorio y comenzaba a estudiar ingeniería.
Era
una persona importante y popular. Sentía la necesidad de ser muy popular y
ésta, como sus otras necesidades, la satisfacía fácilmente. Tocaba el piano con
un estilo sorprendentemente delicado y jugaba al ajedrez con rapidez y
sutileza. Aprendió a perder con habilidad, nunca demasiado a menudo, en el
ajedrez y en el tenis, y una vez en el juego de competencia de ser «el primero
de la clase y del colegio». Siempre le sobraba tiempo, tiempo para hablar y
leer, para pensar en silencio, para escuchar a quienes valía la pena escuchar,
tiempo para corregir y rehacer las pedantería que algunos no entendían en su
forma original. Encontró aún tiempo para la R.O.T.C, y ahí consiguió su beca.
Descubrió
que la Fuerza Aérea era una institución muy diferente de todos los colegios en
los que había cursado y le llevó cierto tiempo comprender que no era posible
ablandar al coronel con humildad o ganárselo con ingenio, como a los celadores
de los colegios. Le llevó más tiempo aún aprender que en el servicio militar no
es la minoría, sino la mayoría, quien juzga la perfección física, la
conversación brillante y los fáciles triunfos más como defectos que como
virtudes. Se encontraba demasiado solo, y lo evitaban demasiado.
Allí
mismo, en la compañía antiaérea, encontró una respuesta, un sueño, un desastre.
Alicia
estaba hundida en las sombras, a orillas del prado.
—¡Papá,
papá, perdóname!—decía entre lágrimas.
Se
dejó caer sobre la hierba, aturdida por el dolor y el miedo, desgarrada,
atormentada por una lucha interior.
—Perdóname—murmuraba
apasionadamente.—Perdóname—repetía con desprecio.
Demonios,
pensaba, ¿por qué no estarás muerto? Te mataste hace cinco años, mataste a mi
hermana, y aún te pido perdón, sádico, pervertido, asesino, demonio... hombre,
¡hombre sucio y venenoso!
He
recorrido un largo camino, pensaba, y no he avanzado un paso. Cómo me escapé de
Jacobs, del amable abogado Jacobs, cuando vino a ayudarme a causa de los
cadáveres. Oh, cómo corrí para no quedarme sola con él, para que no se volviera
loco y me envenenara. Y cuando trajo a su mujer, cómo huí de ella también,
creyendo que las mujeres son algo malo y no hay que tocarlas. Tardé tanto en
comprender que la persona loca era yo y no ellos... Pasó tanto tiempo antes que
yo entendiera qué paciente y qué buena era la madre Jacobs; cuánto tenía que
hacer conmigo, por mí...
¡Pero,
niña, nadie lleva esos vestidos desde hace por lo menos cuarenta años!
Y en
el coche, cuando grité asustada por la gente, la velocidad, los cuerpos, tantos
cuerpos, esos cuerpos que se tocaban unos a otros, y tan espantosamente
visibles; cuerpos en las calles, en las escaleras, grandes imágenes de cuerpos
en las revistas, hombres que abrazaban a mujeres y mujeres que se reían
desvergonzadamente y sin miedo... El doctor Rothstein me explicaba una y otra
vez y me volvía a explicar:
—No
hay sudor venenoso; los hombres y las mujeres tienen que existir, si no, no
habría gente...—Tuve que aprender esto, papá, querido y endemoniado papá; por
tu culpa yo nunca había visto un automóvil, ni un pecho, ni un ferrocarril, ni
una toalla higiénica, ni un beso, ni un restaurante, ni un traje de baño, ni el
vello de... oh, ¡perdón, papá!
No
le tengo miedo al látigo, les tengo miedo a las manos y a los ojos, y por tu
culpa, papá. Un día, un día, ya lo verás, papá, viviré en medio de la gente,
viajaré en sus trenes y conduciré mi propia motocicleta; caminaré entre otros
miles, a orillas de un mar sin muros, que se aleja y aleja infinitamente, y me
mezclaré con la multitud; andaré entre ellos cubierta sólo con una delgada tira
de género aquí y aquí, y me verán el ombligo y encontraré un hombre de hermosa
dentadura, papá, y brazos enormes y robustos, papá, y yo... oh qué será de mí,
qué ha sido de mí, papá, perdóname.
Vivo
en una casa que no conoces, con ventanas que dan a una carretera por donde
pasan los autos silenciosos y brillantes, y a orillas de la carretera juegan
los niños. El seto no es un muro y el portón se abre para cualquiera, dos hojas
para los autos y una para los hombres. Miro entre las cortinas cuando se me
antoja y veo gente desconocida. No hay modo de oscurecer el baño y en ese baño
hay un espejo tan alto como yo, y un día, papá, dejaré caer la toalla.
Pero
el caminar entre extraños, sin temer el contacto de los cuerpos, vendrá más
tarde. Ahora debo vivir sola y pensar; debo leer incansablemente acerca del
mundo y sus obras, sí, y de los locos como tú, papá, y de eso que los atormenta
horriblemente. El doctor Rothstein insiste en decirme que tú no eres el único,
que vosotros parecéis tan pocos sólo, realmente, porque sois tan ricos.
Evelyn...
Evelyn
nunca supo que papá estaba loco. Evelyn nunca vio las imágenes de la carne
envenenada. Yo viví en un mundo muy distinto de éste, pero el mundo de Evelyn
era también distinto; era un mundo que hicimos papá y yo para que ella
conservase su pureza.
Pienso
incesantemente, ¿qué habrá ocurrido para que tuvieras la decencia de meterte
una bala en el maldito cerebro?
El
recuerdo de su padre muerto la calmó de un modo raro. Se levantó y miró hacia
atrás, hacia el bosque; miró cuidadosamente los alrededores del prado, sombra
por sombra, tronco por tronco.
—Muy
bien, Evelyn, lo haré...
Retuvo
el aliento. Cerró los ojos con tanta fuerza que unas luces rojas aparecieron
sobre el fondo oscuro. Los dedos le corrieron sobre los botones y el vestido
cayó a sus pies. Se deslizó fuera de las enaguas y las medias, con un solo
movimiento. El aire se animó y le tocó el cuerpo indescriptiblemente; parecía
soplar a través de su carne. Se adelantó hacia el sol y con lágrimas de terror,
que le asomaban entre los párpados apretados, bailó, para Evelyn, mientras le
pedía y le pedía perdón a su padre muerto.
Cuando
Janie tenía cuatro años le arrojó un pisapapeles a un teniente, pues comprendía
con claridad, aunque de un modo irracional, que ese hombre no debía acercarse a
la casa, por lo menos mientras el padre de ella estuviese navegando. El
teniente se fracturó la base del cráneo y, como ocurre a menudo con esta clase
de golpes, nunca fue capaz de recordar que Janie se encontraba a tres metros de
distancia del pisapapeles cuando éste voló hacia él. La madre le dio a Janie
una paliza que la niña soportó con su usual compostura. Sin embargo, comprendió
que esta paliza demostraba, como otras semejantes, que el poder debe estar
acompañado de un dominio total de la situación.
—Me
produce escalofríos—le decía más tarde su madre a otro teniente—No puedo
soportarla. Usted pensará que no está bien que hable así, ¿no es cierto?
—No,
no, de ningún modo—dijo el otro teniente, que en efecto pensaba así.
La
madre de Janie le dijo entonces que la visitara a la tarde siguiente; pensaba
que cuando él viese a la niña lo comprendería todo.
El
teniente la vio y comprendió. No a la niña, a ella nadie la comprendía, sino
los sentimientos de la madre. Janie estaba de pie, muy erguida, con las piernas
separadas y firmes, como calzada con botas. Una muñeca le colgaba de la mano, y
la balanceaba como si fuese un bastón de paseo. Tenía una seriedad impropia de
sus años, y parecía más pequeña qué el término medio de los niños de su edad.
Era de facciones delgadas, ojos pequeños y cejas espesas. Las proporciones de
su cuerpo no eran exactamente las de esas niñas de cuatro años capaces de
doblar la cintura y tocar con la frente el suelo. El torso era un poco corto y
las piernas un poco largas. Hablaba con una dulce claridad y una devastadora
falta de tacto. El teniente se puso torpemente en cuclillas y le dijo:
—Hola,
Janie, ¿vamos a ser amigos?
—No—dijo
ella—. No me gusta tu olor. Se parece al del comandante Grenfell.
El
comandante Grenfell había sido el inmediato predecesor del otro lastimado
teniente.
—¡Janie!—gritó
la madre, un poco tarde. Luego más tranquila añadió:—Sabes muy bien que el
comandante viene a casa sólo cuando hay alguna fiesta.
Janie
aceptó esta frase sin añadir un solo comentario. Siguió un silencio embarazoso.
El teniente comprendió aparentemente que era tonto seguir agachado en el piso y
se levantó, pero con tanta torpeza que fue a chocar contra la mesita del café.
Janie insinuó una sonrisa salvaje. El teniente, rojo hasta las orejas, recogió
los restos de la vajilla. Se fue temprano y no volvió nunca.
La
madre de Janie no se encontraba segura ni siquiera en las reuniones numerosas.
Una tarde, desobedeciendo todas las órdenes, Janie apareció en lo más animado
de una cuarta vuelta de licores, y desde un rincón de la sala lanzó una
orgullosa e insultante mirada verdegrís a los rostros enrojecidos. El hombre
rubio y grueso, que tenía una mano en el cuello de la madre de Janie, extendió
un vaso y saludó con una reverencia.
—¡Tú
eres la hijita de Wima!
Todas
las cabezas se inclinaron simultáneamente como los interruptores eléctricos de
un tablero. Los ruidos cesaron.
—Y
tú eres el hombre con...—dijo Janie en medio del silencio.
—¡Janie!—gritó
su madre.
Alguien
rió. Janie esperó a que volviera la calma.
—...el
grande, gordo...—enunció.
El
hombre sacó la mano del cuello de Wima. Alguien carraspeó.
—¿Grande,
gordo qué, Janie?
Recurriendo
a un tópico común en las conversaciones de ese entonces, pues era tiempo de
guerra, Janie concluyó:
—...mercado
de carne.
Wima
mostró los dientes.
—Vuelve
a tu cuarto, querida; enseguida estaré contigo.
Alguien
miró al hombre rubio en la cara y se rió. Otro dijo lentamente:
—Ahí
va el solomillo de los domingos.
Un
lazo corredizo no hubiera estirado y redondeado con tanta fuerza la boca del
hombre gordo. El labio inferior le sobresalió como dulce de frutilla en un
sándwich.
Janie
se alejó despaciosamente y se detuvo en un rincón de la habitación fuera de la
vista de su madre. Un joven pálido, de brillantes ojos negros, se inclinó
repentinamente hacia ella. Janie se encontró con su mirada. Una expresión de
asombro cruzó el rostro del joven. Alargó la mano, la alzó, la dejó caer sobre
la frente y se cubrió los ojos.
—No
vuelvas a hacer eso—dijo Janie en voz baja, como para que sólo el joven la
oyera.
—Wima—dijo
el hombre roncamente—, ¡esta niña es telepática!
—Tonterías—dijo
Wima, muy ocupada en calmar al hombre gordo—. Toma sus vitaminas diariamente.
El
joven se incorporó a medias, tratando de ver a Janie, y luego volvió a
sentarse.
—Dios—dijo,
y se quedó rumiando sus pensamientos.
Cuando
Janie tenía cinco años comenzó a jugar con otras niñitas, mucho antes que ellas
pudieran darse cuenta. Caminaban aún torpemente (tendrían unos dos años y
medio) y parecían mellizas. Conversaban, si eso podía llamarse conversación,
con agudos chillidos, y se revolcaban en el cemento como si el patio fuese un
campo de heno. Janie se asomaba a la ventana del cuarto piso, y se llenaba
cuidadosamente la boca de saliva. Estiraba el cuello, hinchaba las mejillas, y
escupía con fuerza. Cuando la saliva caía en el cemento, las mellizas ignoraban
el bombardeo, pero cuando daba en el blanco, alborotaban el patio con gorjeos y
gritos. Nunca miraban hacia arriba; chillaban y corrían alocadamente de un lado
a otro.
Después
nació otro juego. En los días calurosos las niñas se despojaban de sus
camisetas, con tanta rapidez que los ojos no podían seguirlas. En un momento
estaban aún vestidas, tan decentemente como un diácono, y un instante después
una o las dos se encontraban a varios metros del montoncito de ropa. Chillaban,
saltaban y volvían a meterse en los vestidos lanzando unas miradas divertidas y
temerosas hacia la puerta del subsuelo. Janie descubrió que Concentrándose un
poco podía mover las ropas, claro que sólo cuando estaban vacías. se ejercitó
pacientemente, acostada boca abajo en el alféizar, con un almohadón bajo el
pecho y la barbilla, y los ojos entrecerrados por el esfuerzo. Al principio las
camisas no se movían de su sitio; sólo se agitaban débilmente como si pasara
sobre ellas un suave viento de arena. Pero pronto logró que las ropas se
arrastraran por el patio como cangrejos. Era maravilloso ver cómo se agitaban
entonces las niñas; y el ruido era también muy agradable. Las mellizas
comenzaron a ser más precavidas. Nunca se alejaban de las ropas, y algunas
veces Janie debía esperar, sin moverse, hasta cuarenta minutos antes de
encontrar una oportunidad. Y a veces no lograba mantener el contacto, y las
mellizas, una vestida, la otra desnuda, giraban alrededor de la camisa, como
dos gatitos persiguiendo un escarabajo. Al fin, Janie lograba mover la ropa y
las mellizas lanzaban sus zarpazos. Algunas veces la alcanzaban en seguida y
otras corrían detrás hasta que resoplaban como una menuda máquina de vapor.
Una
tarde en que Janie cumplió la proeza de elevar las camisas por el aire, y no
sólo arrastras por el patio, comprendió por qué a las niñas les preocupaba
tanto la puerta del subsuelo. No entró en el juego hasta que las mellizas,
completamente descuidadas, comenzaron a sacarse lentamente la ropa, a alejarse
con aire distraído, y a volverse sin prisa, como si la estuvieran desafiando.
En ese momento ambos vestidos formaban un montoncito blanco y rosa. Las ropas
se alzaron en una espiral ascendente y revolotearon hasta posarse en el
alféizar de una ventana del primer piso. El nivel de ese patio interior era
algo más bajo que el de la calle y las ropas se encontraban, pues, a casi dos
metros de altura, fuera del alcance de las mellizas. Janie las dejó allí.
Una
de las mellizas corrió hacia el centro del patio, saltando en puntas de pie,
estirándose y tratando de ver las ropas. La otra corrió hacia el edificio, al
pie de la ventana, y alzó las manitas todo lo posible, golpeando la pared de
ladrillos a más de un metro de las ropas. Las niñas corrieron luego una hacia
otra gorjeando ansiosamente. Luego intentaron de nuevo escalar la pared. Las
aterrorizadas miradas hacia la puerta se repetían con mayor frecuencia, y el
placer disminuía rápidamente, y crecía el temor.
Al
fin se sentaron en cuclillas, con la mirada clavada en la puerta, alejadas de
ella todo lo posible, abrazadas. Lentamente fueron pasando de los gritos a los
gorjeos, de los gorjeos a los arrullos, y por fin se callaron: dos piedritas
calcáreas de terror.
Pareció
como si pasaran horas—o semanas—de fascinada espera. Al fin Janie oyó un ruido
y vio que la puerta de entrada del subsuelo comenzaba a abrirse. El portero se
asomó, un poco borracho como siempre. Janie alcanzaba a ver las rojas medias
lunas de sus ojeras, y sus ojos hundidos, de un color blanco amarillento.
—¡Bonnie!—rugió
el hombre—. ¡Beanie! ¿Dónde estáis? —Salió al patio y miró a su alrededor—.
¡Venid enseguida! ¡Pero qué es esto! ¡Os moleré a palos! ¿Dónde pusisteis la
ropa?
Saltó
hacia las niñas, y tomándolas de un brazo las levantó en el aire, de modo que
dos de los pies rozaban el piso y dos de los coditos apuntaban al cielo. Giró
sobre sí mismo, una o dos veces, buscando las ropas, hasta que al fin las
descubrió sobre el alféizar.
—¿Pero
qué habéis hecho? –gritó—. ¿Así que andáis tirando por ahí las ropas? ¿No
sabéis lo que cuestan? ¡Ahora vais a ver!
Se
dejó caer sobre una rodilla y puso los dos cuerpecitos sobre el muslo de la
otra pierna. Quizá ahuecó la mano al golpear y el sonido resultó mayor que la
furia; pero, de cualquier modo, fue impresionante. Janie contuvo la risa.
El
portero administró cuatro equitativos azotes a cada una de las niñas y las puso
otra vez en el suelo. Juntas, silenciosas, con las manos apretadas contra el
trasero, las mellizas observaron cómo el portero iba hacia la ventana.
—¡Que
os vuelva a encontrar haciendo otra vez lo mismo—bramó el hombre sacudiendo el
índice de la mano derecha—y se lo contaré al señor Milton y veréis entonces lo
que son unos buenos tirones de orejas!
Las
mellizas se encogieron abrazándose, con los ojos muy abiertos. El portero entró
balanceándose en la casa y dio un portazo.
Lentamente
las mellizas comenzaron a vestirse Se retiraron luego al rincón más oscuro del
patio y sentándose en cuclillas, de espaldas a la pared, hablaron en voz baja.
Y ya no hubo, aquel día, más diversión para Janie.
Al
otro lado de la calle, frente a la casa de Janie, se extendía un parque. En él
había un quiosco, un arroyo, un pavo real en un corral y un grupo espeso y
pequeño de robles enanos. Entre los árboles corría un sendero escondido,
conocido sólo por Janie y algunos cientos de parejas nocturnas. Como Janie no
iba allí de noche se creía su única descubridora y propietaria.
Unos
cuatro días después del gracioso episodio, volvió a acordarse del lugar. Las
mellizas la aburrían. Ya nunca hacían nada de interés. Su madre, luego de
haberla dejado encerrada, se había ido a almorzar a algún sitio. (Uno de sus
admiradores, al enterarse una vez de esta costumbre de Wima, le preguntó:—¿Y la
niña? Supónte que ocurra un incendio o algo parecido. —Mala suerte—respondió
Wima con un gesto de tristeza.)
La
puerta del cuarto de Janie estaba asegurada, por afuera, con un gancho y una
argolla. Janie se acercó a la puerta y clavó la vista en el punto que
correspondía al cierre exterior y oyó que el gancho se levantaba y caía. Abrió
la puerta y atravesando la sala salió al pasillo. Entró en el ascensor y apretó
los botones de los pisos tercero, segundo y primero. Un piso por vez, el
ascensor descendió, se detuvo, abrió sus puertas, las cerró, descendió, se
detuvo, abrió sus puertas. Janie se divertía muchísimo, era algo tan estúpido.
Al
fin apretó todos los botones y salió. El estúpido ascensor volvió a subir.
Janie se rió con lástima y dejó la casa.
Cruzó
cuidadosamente la calle mirando en ambas direcciones. Pero cuando llegó al
pequeño grupo de robles perdió un poco de su compostura. Se subió a un árbol y
pasando de rama en rama llegó a un lugar desde donde dominaba su oculto
santuario. Le pareció que los matorrales se movían, pero no estaba segura. Se
colgó de la rama, y avanzó despaciosamente, adelantando primero una mano y
luego la otra. La rama comenzó a doblarse; Janie esperó a que dejara de moverse
y se dejó caer.
La
distancia al suelo era comúnmente de unos veinte centímetros. Esta vez...
En
el mismo momento en que se soltaba del árbol, algo la tomó de los pies y tiró
de ellos hacia atrás, violentamente. Cayó boca abajo. En ese momento tenía las
manos juntas, a la altura del diafragma. El golpe las dobló hacia adentro y le
apretó los puños contra el plexo solar. Durante un rato insoportablemente
largo, Janie fue un retorcido nudo de dolor. Con un tremendo esfuerzo logró que
una escasa bocanada de aire le entrara al fin en los pulmones. El aire se le
escapó por la nariz, y ya no tenía fuerzas para volver a respirar. Probó otra
vez, con una serie de succionantes sollozos y resoplidos siseantes. El dolor
desapareció poco a poco.
Se
incorporó sobre los codos y escupió, en parte polvo, en parte barro. Sus ojos
apenas abiertos alcanzaron a distinguir a una de las mellizas, agachada frente
a ella, a unos pocos centímetros de distancia.
—Jo,
jo—dijo la niña tomando a Janie por las muñecas y tirando hacia atrás. Janie
cayó boca abajo. Dobló las rodillas. Un golpe la alcanzó en las nalgas. Miró,
dándose vuelta con rapidez, por encima del hombro, y vio a la otra melliza que
alzaba en el aire la duela de un barrilito.
—Ji,
ji—dijo la melliza.
Janie
repitió lo que le había hecho al joven pálido y de ojos negros, en aquella
fiesta.
—Hip—dijo
la melliza y desapareció como una resbaladiza semilla de manzana que se
escabulle de entre los dedos. La madera golpeó secamente en el suelo. Janie la
recogió, se dio vuelta y la dejó caer sobre la cabeza de la niña que poco antes
le había tironeado de los brazos. Pero la madera silbo en el aire. La niña
había desaparecido.
Janie
lloriqueó y se incorporó con lentitud. Estaba sola en el sombreado santuario.
Miró a un lado y a otro. Nada, nadie.
Algo
le cayó en la cabeza. Se pasó la mano por el pelo. Mojado. Miró hacia arriba y
recibió otro escupitajo, esta vez en la frente.
—Jo,
jo—dijo una de las mellizas.
—Ji,
ji—dijo la otra.
Janie
mostró los dientes, frunciendo, como su madre, el labio superior. Tenía aún la
duela en la mano. La arrojó hacia arriba con todas sus fuerzas. Una de las
mellizas ni se inmutó, la otra se desvaneció en el aire.
—Jo,
jo.
Allí
estaba, sobre otra rama. Las dos la miraban con amplias sonrisas.
Les
lanzó un rayo de odio, de una especie que hasta entonces ni siquiera había
podido imaginar.
—Hup—dijo
una.
—Hip—dijo
la otra.
Y
desaparecieron.
Apretando
los dientes, Janie se subió de un salto a la rama y trepó por el árbol.
—Jo,
jo—se oía a lo lejos.
Miró
arriba, alrededor, abajo y atrás. Algo la hizo mirar hacia el otro lado de la
calle.
Dos
figuritas estaban sentadas como gárgolas en el muro del patio. La saludaron con
la mano y se desvanecieron.
Durante
largo rato, Janie se quedó agarrada al árbol, contemplando la pared. Se sentó
luego a horcajadas en una de las ramas, y apoyando la espalda contra el tronco,
se desabotonó un bolsillo y sacó su pañuelo. Escupió en una punta y comenzó a
sacarse la suciedad de la cara con los suaves golpecitos de un felino.
Solo
tienen tres años, pensó, desde la asombrada altura de su mayor edad. Sabían muy
bien que pasaba, que movía sus ropas.
—Jo,
jo—dijo con admiración y en voz alta.
Se
le había pasado el enojo. Hacia cuatro días, las mellizas no podían alcanzar
una ventana, no podían escapar a una paliza, y miren ahora.
Bajó
por el lado del árbol que daba a la calle y fue hacia la casa con pasos menudos
y graciosos. Cruzó la puerta del zaguán, se estiró, apretó el lustroso botón de
bronce sobre el que se leía: PORTERO, y dio vueltas por el zaguán siguiendo los
dibujos de las losas, apoyando en el suelo una vez el talón y la otra la punta
del pie.
—¿Quién
tocó el timbre?
La
voz del portero tapó todos los ruidos.
Janie
se acercó a la puerta y frunció los labios, como hacía a veces su madre cuando
ponía una voz aflautada, cuando hablaba por teléfono.
—Señor
Widdecombe, dice mi mamá si puedo jugar con sus hijitas.
—¿Dice
eso? Bueno—El portero se sacó el sombrero hongo, lo golpeó contra la palma de
la mano y se lo puso otra vez—. Bueno, me parece muy bien... chica—dijo
seriamente—. ¿Está su mamá en casa?
—Oh,
sí—dijo Janie irradiando inocencia. —Aguarde un instante.
El
portero descendió pesadamente los escalones que llevaban al subsuelo.
Janie
tuvo que esperar más de diez minutos. El hombre volvió casi sin aliento,
trayendo a las mellizas. Las niñas estaban muy serias.
—Bueno,
no les permita hacer ninguna diablura. Y no las deje desnudarse. Les gusta tan
poco la ropa como a un mono de la selva. Y vosotras tened cuidado, no os
separéis de la señorita hasta llegar a la casa.
Las
mellizas se acercaron lentamente. Janie las tomó de las manos y las niñas le
observaron la cara. Se alejaron, las tres, hacia los ascensores. El portero las
miró irse con una luminosa sonrisa.
La
vida entera de Janie se transformó a partir de aquella tarde. Fue un tiempo de
comunión, de identidad de pensamientos, de unión trascendental. El vocabulario
de Janie era raro para su edad, sin embargo apenas pronunció una palabra. Las
mellizas casi no sabían hablar. Su vocabulario privado de gorjeos y murmullos
era sólo incidental. Janie percibió un indicio, una sombra, una repentina y
creciente marea de otro lenguaje. Su madre la odiaba y la temía; su padre era
una remota y airada entidad, siempre alejado, gritándole a mamá o encerrado en
su propio mal humor. A veces le hablaban, pero nunca conversaban con ella.
Esta
fue, en cambio, una conversación minuciosa, fluida, fascinante, sin otro sonido
que el de la risa. Las mellizas estaban calladas. Se ponían de pronto en
cuclillas y comenzaban a manosear los hermosos libros de Janie. Luego, también
de pronto, tomaban las muñecas. Janie les enseñó cómo traer los chocolates
desde el otro cuarto sin entrar en él y como arrojar una almohada directamente
al techo sin tocarla. Todo les gustaba; pero sobre todo el caballete y la caja
de pinturas.
Se
sentían unidas por algo inmortal, algo siempre nuevo, algo que nunca parecía
repetirse.
La
tarde se deslizó suavemente, con la delicadeza y el encanto de un vuelo de
gaviota. Y con una rapidez similar. Cuando se abrió la puerta y la voz de Wima
resonó en el vestíbulo, las mellizas aún estaban allí.
—Bueno,
bueno. Entra entonces a tomar una copa. No nos vamos a pasar afuera toda la
noche—Wima se sacó el sombrero y el pelo le cayó en desorden sobre la cara. El
hombre la abrazó rudamente, la atrajo hacia sí y le mordió la mejilla. Wima dio
un grito.—Estás loco, estás completamente loco.—En ese momento vio a las niñas,
a las tres niñas.—Jesús, Dios mío—dijo—, me ha llenado la casa de negras.
—Ya
se van—dijo Janie.—En este momento las llevaba a su casa.
—Te
lo juro, Pete—dijo Wima—, es la primera vez que ocurre esto. Créemelo, Pete.
Qué clase de lugar es éste, pensarás. No quiero ni imaginarme lo que estarás
pensando. Bueno, ¡llévatelas ya, por todos los demonios!—gritó volviéndose
hacia Janie—. Te lo juro, Pete, nunca...
Las
niñas atravesaron el vestíbulo y caminaron hacia los ascensores. Beanie y
Bonnie abrían los ojos. Janie tenía la lengua seca como un pedazo de alfombra,
y el aturdimiento le entumecía las piernas. Puso a las mellizas en el ascensor
y apretó el botón inferior. No les dijo adiós, aunque no pensaba en otra cosa.
Volvió
lentamente a la casa, entró, y cerró la puerta. La madre se levantó deprisa de
las rodillas del hombre y cruzó la habitación con un crispado taconeo. Le
brillaban los dientes y tenía la barbilla húmeda. Levantó unas garras, no una
mano o un puño, sino unas rojas y puntiagudas garras. Janie sintió algo así
como una especie de dentera, pero más adentro. No se detuvo. Se echó las manos
a la espalda y levantó la barbilla, como para que sus ojos se encontraran con
los de su madre.
Los
gritos de Wima cesaron, como si le hubiesen arrebatado la voz. Se alzó ante la
niña y se dobló sobre ella, mostrándole las garras, como una. ola de sangre a
punto de romperse.
Janie
pasó junto a su madre, entró en su cuarto y cerró la puerta.
Los
brazos de Wima se estiraron hacia atrás, de un modo raro, como si quisieran
seguir a la niña. Dejó caer los brazos, se irguió y sintió que recuperaba la
voz. Los dientes del hombre, sentado detrás de ella, golpeaban los bordes de la
copa.
Wima
se dio vuelta y atravesó la habitación, usando los muebles como bastones y
puntos de apoyo.
—Oh,
Dios mío—murmuró—. Me crispa los nervios.
—No
me extraña—dijo el hombre—. Qué casa.
Janie
estaba acostada, tiesa, estirada e inmóvil, como un pulido palillo de dientes.
Nada entraba en ella, nada salía de ella. Había logrado encerrarse en este
caparazón, y mientras pudiera mantenerse dentro, nada podía pasar.
Pero
si algo ocurre, decía un murmullo, te romperás.
Pero
si no me rompo, no ocurrirá nada, respondía Janie.
Pero
si algo...
Llegaron
las horas oscuras y se transformaron en horas negras, y las horas negras
hicieron su trabajo.
La
puerta se abrió bruscamente y se encendió la luz.
—Bien,
ya se ha ido. Ahora, me ocuparé de ti. Vamos. ¡Afuera!
—Wima
dio media vuelta y salió de la habitación. Los bordes de su bata golpearon el
marco de la puerta.
Janie
apartó las mantas y salió de la cama. Sin comprender exactamente por qué,
comenzó a vestirse Se puso la falda de tela escocesa, los zapatos de dos
hebillas, los pantalones tejidos y la blusa de conejitos de encaje. En las
medias había también unos conejitos y los botones del chaleco eran unas peludas
colas de conejo.
Wima
estaba sentada, dando puñetazos en el sofá.
—Me
has estropeado el fes...—dijo, y bebió de una copa tallada con figuras
geométricas—... tejo. En seguida te diré lo que estaba festejando. El asunto
pintaba muy mal y no sabía cómo salvármelas, pero por suerte todo se ha
arreglado. Escúchame, señorita curiosa y lengua larga, señorita lista. Tu padre
nunca me importó mucho, pero ¿quién te taparía la boca? ¿Quién te iba a hacer
callar cuando él volviera? Bueno, ya no tengo por qué preocuparme, pues no
volverá; los alemanes me han arreglado el asunto.
—Wima
sacudió una hoja amarilla.—Las chicas listas saben que esto es un telegrama y
que el telegrama dice aquí «Lamentamos comunicarle que su esposo...» Mataron a
tu padre, eso es lo que lamentan comunicar Bien, de ahora en adelante las cosas
van a cambiar en esta casa. Yo haré lo que se me antoja y si tú tienes ganas de
espiar, te vas a espiar a otra parte. ¿Entiendes?
Se
volvió para oír la respuesta, pero no hubo respuesta. Janie se había ido.
Wima
comprendió en seguida que era inútil buscarla, pero sin saber porqué corrió
hacia el armario del vestíbulo y miró el estante alto. Sólo había unos adornos
de un árbol de Navidad que en los últimos tres años no había tocado nadie.
Se
detuvo indecisa en medio de la sala.
—¿Janie?—murmuró.
Llevándose
las manos a la cabeza se echó el pelo hacia atrás y miró a un lado y a otro.
—¿Qué
me pasa?—se preguntó.
—Cuando
el mercado es bueno—solía decir Prodd—una chacra da ganancias, y cuando el
mercado es malo, da comida.
Sin
embargo, el principio apenas podía aplicarse en este caso, pues las relaciones
de Prodd con el mercado eran pobres. La ciudad estaba muy lejos y ¿qué
importaba si al rastrillo le faltaba un diente? Aún trabajaba la mayoría.
¿Faltan
dos, ocho, doce? Bueno, pasa el rastrillo otra vez Al fin y al cabo este sitio
no puede progresar. Aquí no llegará nunca una carretera. Estaremos siempre a
trasmano.
Ni
siquiera la guerra llegó allí. Prodd era demasiado viejo, y en cuanto a Lone...
Bueno, el sheriff fue una vez a echar una mirada a ese idiota que trabajaba en
lo de Prodd. Y una mirada fue suficiente.
Cuando
Prodd era joven ya existía la cabaña, y cuando se casó construyó junto a ella
un cuarto no muy grande. Si alguien lo hubiera ocupado, la chacra hubiera
resultado pequeña. Lone dormía en el cuarto, naturalmente, pero no era lo mismo
No había sido construido para él,
Lone
sintió enseguida el cambio, aun antes que la mujer. En uno de los silencios de
la señora Prodd había habido siempre algo distinto, el silencio orgulloso de
alguien que posee un tesoro. Lone sintió de pronto un cambio, como si el
orgullo de poseer una joya se hubiera transformado en el orgullo de poseer una
yema verde. No dijo nada y nada concluyó; supo, nada más.
Siguió
trabajando, igual que antes. Trabajaba bien; Prodd solía decir que pensárase lo
que se pensase este muchacho había sido un chacarero antes de su accidente. No
comprendía que ese trabajo estaba tan al alcance de Lone como el agua de la
bomba. Lo mismo cualquier otra cosa que Lone quisiera tomar,
De
modo que el día en que Prodd vino al prado del Sur, donde Lone daba unos pasos
y luego media vuelta, fatigosamente, formando un solo ser con la sibilante
guadaña, éste supo enseguida lo que Prodd quería decirle. Clavó un momento su
inquietante mirada en los ojos de Prodd y comprendió que el chacarero sufriría
bastante al decírselo,
Entender
las palabras no era ya difícil para Lone, pero sí expresarse claramente. Dejó
de segar, fue hacia las cercanas orillas del bosque y dejó caer la guadaña en
el interior de un tronco podrido. Ensayó, mientras tanto, la lengua, pesada y
torpe aún después de ocho años.
Prodd
lo siguió lentamente. El también se preparaba.
De
pronto Lone encontró las palabras.
Estuve
pensando—dijo.
Prodd
esperaba, contento de tener que esperar.
—Debo
irme—dijo Lone. No era eso precisamente. Me marcho—añadió, observando a Prodd.
Así era mejor.
—Ah,
Lone. ¿Por qué?
Lone
lo miró. Porque usted quiere que me vaya.
—¿No
te gusta estar aquí?—dijo Prodd, aunque hubiera querido decir otra cosa.
—Seguro—Lone
sintió que Prodd pensaba: ¿lo sabrá?, y su propia respuesta: ¡claro que lo sé!
Pero Prodd no podía oír eso—. Es tiempo de que me vaya—añadió, lentamente.
—Bueno.
Prodd
pateó una piedra. Se volvió hacia la casa, dándole la espalda a Lone, y todo se
hizo más fácil.
—Cuando
llegamos aquí, construimos una habitación para Jack, la habitación que tú estás
ocupando. La llamamos la habitación de Jack. ¿Sabes por qué? ¿Sabes quién es
Jack?
Si,
pensó Lone. No dijo nada.
—Si
te... si quieres irte esto ya no te importará mucho. Jack es nuestro
hijo.—Prodd se apretujó las manos.—Parece gracioso. La llegada del pequeño Jack
era algo tan seguro que construimos su habitación con el dinero reservado para
las semillas. Jack, él...—Prodd miró la casa, el ala añadida al edificio y
luego la cadena de rocas alrededor del bosque... —nunca nació—concluyó.
—Ah—dijo
Lone. Había aprendido esa sílaba de Prodd. Era muy útil.
—Y
ahora viene—dijo Prodd rápidamente con el rostro encendido—. Somos un poco
viejos para eso, pero hay papás aún más viejos, y madres también.—Miró otra vez
el granero, la casa.—No deja de tener cierto sentido, ¿sabes, Lone? Si hubiera
venido cuando lo estábamos esperando, hoy el lugar hubiera resultado pequeño
para los dos, él y yo. Pero ahora, cuando Jack sea un hombre, nosotros ya no
estaremos aquí; se casará con una linda muchacha y comenzará como comenzamos
nosotros. ¿No te parece que tiene un poco de sentido?—Prodd parecía estar
suplicando. Lone no trató de entender por qué—. Lone, escúchame, no quiero que
creas que te echamos.
—Dije
que me iba—replicó Lone. Buscó y encontró otras palabras:—Antes que usted me lo
dijera.—Eso, pensó, está muy bien.
—Oye,
quiero decirte algo—dijo Prodd—. He oído hablar de gente que quiere tener hijos
y no puede tenerlos, y a veces se cansa de esperar y adopta el hijo de algún
otro.
Y
entonces, con ese otro chico en la casa, viene el hijo que estaban esperando.
—Ah—dijo
Lone.
—Lo
que quiero decir es esto: nosotros te adoptamos, ¿no es así?, y ahora mira lo
que pasa.
Lone
no supo qué decir. «Ah» no parecía correcto.
—Te
estamos muy agradecidos, eso es lo que quiero decir, y no queremos que creas
que te echamos.
—Ya
le dije.
—Muy
bien—Prodd sonrió. Tenía la cara arrugada de tanto sonreír.
—Bien—dijo
Lone—. Acerca de Jack. Movió la cabeza afirmativamente y con fuerza.—Bien.
Recogió
la guadaña. Cuando llegó a las parvas de heno, miró a Prodd. Camina más
lentamente que antes, pensó.
El
primer pensamiento consciente de Lone fue: Bueno, esto se ha terminado.
¿Qué
se ha terminado? se preguntó a sí mismo. Miró a su alrededor. La siega, se
dijo. Solamente entonces comprendió que Prodd se habla marchado hacía más de
tres horas, y que durante todo ese tiempo había estado trabajando sin darse
cuenta. Como si el trabajo lo hubiese hecho otra persona, y él, Lone, se
hubiera ido.
Tomó
distraídamente la piedra de afilar y la pasó por la guadaña. Cuando movía la
piedra con lentitud se oía hervir el agua en una olla, y cuando la movía con
rapidez, el sonido apagado de una sierra.
¿Dónde
había sentido antes este paso del tiempo, como si el tiempo se moviera a sus
espaldas?
Movió
la piedra con lentitud. La comida, el calor, el trabajo. Una torta de
cumpleaños. Una casa limpia. Un sentimiento de... Lone no conocía la palabra
«camaradería», pero eso era lo que pensaba.
No,
el tiempo destruido no existía en esos recuerdos. Movió la piedra con mayor
rapidez.
Gritos
de muerte en el bosque. El cazador furtivo y su presa solitaria. Cae la savia y
el oso duerme y los pájaros vuelan hacia el sur; todo a la vez, no como partes
de una misma cosa, sino como cosas solitarias, heridas de modo semejante.
Así
pasaba antes el tiempo, sin que él se dieta cuenta. Así era antes, casi
siempre. Así había vivido.
¿Por
qué lo recordaba ahora?
Paseó
su mirada alrededor, como lo había hecho Prodd, observando la casa y su
contorno irregular, y la tierra, y la chacra dentro del bosque como agua en una
palangana. Cuando estoy solo, pensó, así pasa el tiempo. Así pasa ahora, y por
lo tanto debo de estar solo otra vez.
Y
entonces comprendió que había estado siempre solo. La señora Prodd no había
estado cuidando a Lone; había estado cuidando a Jack.
Una
vez, en el bosque, en el agua, en agonía, había sido parte de algo, que le
habían arrancado entonces dolorosamente. Y si durante ocho años había creído
estar unido a otra cosa, durante ocho años había estado equivocado. Apenas
conocía la ira. sólo la había sentido una vez. Cayó ahora sobre él, como una
ola, y se fue, dejándolo flojo y débil. Y el objeto de esa ira era él mismo.
¿Cómo no lo había sabido? ¿No se había dado un nombre, sabiendo que ese nombre
era una cristalización de todo lo que había sido y había hecho? Había estado
siempre solo, y todo lo había hecho solo. ¿Por qué se había permitido sentir
otra cosa?
Un
error. Un error como el de una ardilla con plumas o el de un lobo con dientes
de madera; no una injusticia, no una mentira, sino una falsedad inverosímil...
la idea de que un ser como él podía estar unido a algo.
¿Oyes
eso, hijo? ¿Oyes, eso, hombre?
¿Oyes
eso, Lone?
Arrancó
tres largos tallos de alfalfa y los trenzó. Clavó verticalmente la guadaña en
la tierra, ató al mango la cuerda de alfalfa y metió la piedra de afilar entre
los tallos. Luego se alejó hacia los bosques.
Era
ya muy tarde, aun para los visitantes nocturnos del jardín. Junto a los robles
había tanto frío y tanta oscuridad como en las cámaras del corazón de un
cadáver.
Se
sentó en la tierra desnuda. El tiempo fue pasando. Estaba ahora casi acostada y
con la falda recogida. Sentía frío en las piernas, especialmente cuando el aire
de la noche soplaba sobre ellas. Pero no intentó bajarse la falda, no le
importaba. Tenía la mano apoyada en uno de los peludos botones del chaleco. Dos
horas antes había estado tocándolo mientras pensaba cómo sería ser un conejito.
Ahora ya no le importaba si el botón era o no la cola de un conejito, ni
tampoco dónde descansaba su mano.
Había
aprendido ya todo lo que era posible aprender en aquel sitio. Había aprendido
que si una se queda con los ojos abiertos hasta que tiene que parpadear y
entonces no parpadea, los ojos empiezan a doler. Y si una los deja abiertos más
tiempo, duelen todavía más. Y si una sigue dejándolos abiertos, dejan de doler.
La
oscuridad era demasiado grande para saber si entonces los ojos eran capaces aún
de ver algo.
Y
había aprendido que si una se queda muy quieta, durante bastante tiempo, duele
también, y luego pasa. Pero entonces no hay que moverse, porque si una se
mueve, duele más que antes.
Cuando
un trompo gira a gran velocidad, se tiene derecho y va de un lado a otro.
Cuando gira un poco más despacio, se para en un sitio y empieza a oscilar.
Cuando gira mucho más despacio, se bambolea como el comandante Grenfeld después
de una fiesta. Luego deja casi de girar y cae a un costado y tropieza
golpeándose en todas partes. Y después ya no se mueve.
Mientras
se divertía con las mellizas, ella también giraba a gran velocidad. Cuando mamá
llegó a casa, el trompo se paró dentro de ella, sacudiéndose un poco. Cuando
mamá le dijo que saliera de la cama, se bamboleaba haciendo eses. Cuando se
escondió en el jardín, el trompo saltó y tropezó. Bueno, pronto no tropezaría
más.
Comenzó
a probar hasta qué punto podía retener el aliento. No llenándose previamente
los pulmones de aire, sino respirando, muy tranquilamente, y saltándose un
adentro y quedándose quieta, muy quieta, y saltándose un afuera. Logró así que
las veces que no respiraba fueran más largas que las otras.
El
viento le movía la falda. Ella sólo sentía el movimiento, pero lejos, como si
tuviera un delgado almohadón entre la tela y sus piernas.
Su
trompo, perdido ya el equilibrio, rodaba por el suelo, cada vez más lentamente
hasta que al fin se paró, ...y comenzó a rodar en dirección opuesta, pero no
mucho tiempo, no rápidamente, y se paró... y volvió a rodar, un poco, hacia
atrás.
La
oscuridad era demasiado grande, y si algo llegaba a moverse una no podía verlo,
una ni siquiera podía oírlo, tan grande era la oscuridad.
Pero,
de cualquier modo, ella rodó. Rodó, rodó sobre el estómago y la espalda, y el
dolor le apretó la nariz, y luego le llenó el estómago, como agua gaseosa.
Jadeó entonces de dolor y el jadeo se convirtió en respiración y sólo cuando
respiró se acordó de quién era. Rodó otra vez, sin quererlo, y algo así como
animalitos le corrieron por la cara. Luchó contra ellos débilmente. No eran
cosas imaginarias, descubrió, sino verdaderamente reales. Suspiraban y se
arrullaban. Trató de sentarse y los animalitos corrieron a ayudarla. Dejó caer
la cabeza y sintió el calor de su propio aliento contra el vestido. Uno de los
animalitos le golpeó la mejilla y ella estiró la mano y lo atrapó.
—Jo,
jo—dijo el animalito.
Algo
blando y pequeño y fuerte se retorció y se acercó por el otro lado, apretándose
estrechamente contra ella. Era suave y vivo.
—Ji,
ji decía.
Janie
puso un brazo alrededor de Bonnie y otro alrededor de Beanie y se echó a
llorar.
Lone
regresó a pedir un hacha. No es mucho lo que se puede hacer con las manos
desnudas.
Cuando
salió del bosque vio que en la chacra todo era distinto. Como si los días de
antes hubieran sido un solo día gris y ahora hubiese sol. Todos los colores
eran inconmensurablemente más brillantes; los olores del granero, los olores de
las plantas, los olores del humo eran también más puros e intensos. El maíz se
estiraba hacia el cielo con líneas tan intensas que parecía estar arrancando
sus propias raíces.
La
venerable camioneta de Prodd se quejaba y rugía en alguna parte, al pie de la
loma. Prodd echó a andar por la falda y vio que la camioneta estaba en el campo
de barbechos. Aparentemente, Prodd había decidido remover el terreno. La
camioneta arrastraba un arado de reja que había perdido todos los dientes menos
uno. La rueda trasera de la derecha había pasado muy cerca de una zanja y había
caído en ella, de modo que el eje tocaba el suelo y la rueda giraba casi en el
aire. Prodd estaba poniendo unas piedras debajo de la rueda, ayudándose con el
mango de un pico. Cuando vio a Lone, dejó caer la herramienta y corrió hacia él
con el rostro encendido como la luz de una hoguera. Tomó a Lone por los brazos
y leyó en su rostro como en la página de un libro, lentamente, línea por línea,
moviendo los labios.
—Creí
que no volvería a verte. ¿Por qué te fuiste sin saludarnos?
—Necesita
ayuda—dijo Lone refiriéndose al camión.
Prodd
no entendió.
—Pero,
fíjate—continuó alegremente—, venir sólo para ver si puedes darme una mano. Oh,
me las arreglo muy bien, Lone, créeme. No es que no lo aprecie. Pero así lo
siento. Me refiero al trabajo, es claro.
Lone
se adelantó, recogió el pico y golpeó las piedras bajo la rueda.
—Arranque—dijo.
—Espera
a que Ma te vea—dijo Prodd—. Como en los viejos tiempos.
Entró
en la camioneta y puso en marcha el motor. Lone metió el hombro bajo el borde
trasero de la caja, apoyó en él las manos y, mientras Prodd ponía en marcha el
embrague, se echó hacia adelante. El cuerpo se alzó todo lo que le permitieron
los muelles de la caja y todavía un poco más. Lone volvió a inclinarse. La
camioneta traqueteó y dio varios saltos hasta encontrar suelo firme.
Prodd
descendió y vino a mirar la zanja; ese acto inevitable e inútil del hombre que
recoge unos trozos de porcelana y junta los bordes.
—Antes
juraba que eras un chacarero dijo sonriendo—. Pero ahora sé la verdad. Eres una
palanca hidráulica.
Lone
no sonrió. Nunca sonreía. Prodd fue hacia el arado y Lone lo ayudó a recoger
las cadenas.
—El
caballo reventó—explicó Prodd.—La camioneta está bien, pero me gustaría
encontrar el modo de evitar estos accidentes. Me paso la mitad del tiempo
sacándola de algún pozo. Podría comprar otro caballo, pero ya sabes... no
quiero gastar un centavo hasta que llegue Jack. Pensarás que me fastidia haber
perdido el caballo—Prodd miró hacia la casa y sonrió—. Ya nada me fastidia.
¿Has desayunado?
—Si.
—Bueno
ven y come algo más. Ya conoces a Ma. No nos perdonaría que te fueses sin
comer.
Volvieron
a la casa y cuando Ma vio a Lone lo abrazó con fuerza. Lone se agitó un poco
molesto. Quería un hacha. Todo lo demás ya se había terminado.
—Siéntate,
Lone, te voy a servir el desayuno.
—Ya
te lo dije—señaló Prodd, observando a su mujer y sonriendo.
Lone
también la miró. Estaba más pesada. Y contenta como un gatito en un pajar.
—¿Qué
haces ahora, Lone?
Lone
miró a Prodd, buscando una respuesta.
—Trabajo—respondió—.
Allá arriba.
—¿En
el bosque? ¿Y qué haces?—Lone esperó. Prodd dijo entonces:—¿No estás empleado?
¿No? ¿Pones trampas?
—Sí,
trampas—dijo Lone, suponiendo que esa explicación bastaría.
Comió.
Desde su asiento se podía ver la habitación de Jack. La cama había
desaparecido. Había otra nueva allí, no más larga que su antebrazo, envuelta en
tules celestes, adornados con docenas de pequeñas alforzas.
Cuando
Lone terminó el desayuno, los otros dos se sentaron a la mesa y nadie habló por
un rato. Lone miró a Prodd a los ojos y leyó Es un buen muchacho, pero no una
visita muy entretenida No entendía la imagen visita, vaga y feliz confusión de
risas y ruido de conversaciones. La reconocía como una de sus tantas
faltas—faltas, pero no defectos—, algo que nunca había hecho y que nunca haría.
Le pidió el hacha a Prodd y salió de la casa.
—¿No
estará enojado con nosotros?—preguntó la señora Prodd, siguiéndolo ansiosamente
con la mirada.
—¿Lone?—dijo
Prodd—. Yo mismo llegué a pensar que pudiera estar enojado; pero no, no hubiera
vuelto.—Fue hacia la puerta—. No alces nada pesado, ¿eh?
Janie
leía con toda la lentitud y todo el cuidado de que era capaz. No necesitaba
leer en voz alta, bastaba que se fijara atentamente en el texto para que la
entendieran las mellizas. Había llegado a la parte en que la mujer ata al
hombre a una columna y luego hace, salir de su escondite al otro hombre, «a mi
rival, su sonriente amante», y le entrega entonces el látigo. Alzó los ojos y
descubrió que Beanie se había ido y que Bonnie estaba dentro de la chimenea
buscando una laucha entre las cenizas.
—Oh,
no estabais escuchando—dijo.
Queremos
el libro ilustrado, dijo el mudo mensaje.
—Me
cansa tan pronto—dijo Janie con petulancia. Sin embargo cerró la Venus con
pieles, de von Sacher Masoch, y lo puso sobre la mesa.
—Este
tenía por lo menos un argumento—se quejó, acercándose a los estantes.
Encontró
el volumen entre Mi revólver es rápido y El Ivan Bloch Ilustrado y volvió con
él al sofá. Bonnie desapareció de la chimenea y apareció junto a la silla.
Beanie brotó en el lado opuesto. No había dejado de atender; desde su
escondite, a lo que pasaba aquí, en la habitación. Este libro le gustaba más
que a Bonnie.
Janie
abrió el libro en cualquier página. Las mellizas se inclinaron anhelantes, con
los ojos muy abiertos.
Léelo.
—Oh,
bueno—dijo Janie—D34556. Cordón. Doble; dos metros de largo; trenzado. Colores
maíz, borgoña, galgo gris y blanco. $24,68. D34557. Estilo rústico.
Cuadriculado estuardo o argyll. Véase ilustración. $ 4,92 el par. D34...
Y
las mellizas estaban otra vez contentas.
Estaban
casi siempre contentas en esta casa, aunque también la habían estado muchas
veces en aquella turbulenta época anterior. Habían aprendido a abrir la puerta
trasera de un camión y a esconderse debajo del heno, y Janie sacaba de las
cuerdas las pinzas para la ropa desde lejos y ellas se metían de noche en los
almacenes y abrían la puerta desde dentro, cuando la cerradura no era un gancho
o pestillo que Janie podía levantar siempre con facilidad. Sin embargo, lo
mejor que habían aprendido era a atraer la atención cuando alguien perseguía a
Janie. La gente comprobaba que era imposible alcanzar a Janie (quien por otra
parte no hacía más que correr), mientras dos niñitas les arrojaban piedras
desde un segundo piso, se les cruzaban en el camino haciéndoles zancadillas y
se les sentaban en los hombros mojándoles los cuellos. Jo, jo.
Y
esta casa era maravillosa. No había otra en varios kilómetros a la redonda y
nadie pasaba por allí. Era un caserón enorme en lo alto de una loma y en medio
de un bosque muy espeso. Una pared, alta y ancha, corría alrededor, junto a un
camino, y una gran verja, atravesada por un arroyó, lo separaba del bosque.
Bonnie descubrió la casa un día en que muertas de cansancio se habían echado a
dormir al lado del camino. Bonnie se despertó y fue a explorar el terreno y
descubrió la verja y caminó junto a ella hasta que vio la casa. Pasaron mucho
tiempo buscando un modo de hacer entrar a Janie, hasta que Beanie se cayó al
arroyo, junto a la verja, y apareció al otro lado.
En
la mayor de las habitaciones había millones de libros y muchas sábanas viejas
para envolverse cuando hacía frío. Abajo, en los helados y oscuros depósitos de
la despensa, encontraron una media docena de cajones de legumbres en lata y
algunas botellas de vino que rompieron más tarde en las habitaciones, porque
aunque el vino sabía mal, olía en cambio magníficamente. Afuera había un
estanque y era más divertido bañarse en él que en los cuartos de baño sin
ventanas. Había muchos lugares para jugar al escondite. Hasta había un cuartito
con cadenas en las paredes y una puerta de barrotes.
Con
el hacha lo hacía mucho más rápido.
Nunca
hubiera encontrado el lugar sin lastimarse. Durante sus largos años de
vagabundeo por el bosque, aunque a menudo caminaba a ciegas y descuidadamente,
no había sufrido nunca un accidente parecido. Un momento antes estaba pisando
el borde de una loma y un momento después se encontraba a seis metros de
profundidad, en un pozo de tierra húmeda y blanda, y lleno de zarzas. Se había
lastimado un ojo, y el codo izquierdo le dolía terriblemente.
Cuando
logró salir del pozo lo examinó con cuidado. Quizá había sido alguna vez un
depósito de agua y la erosión, probablemente, había destruido una pared. En
fin, de todos modos parte de la tierra había desaparecido y sólo quedaba una
depresión cubierta de zarzas en la falda de una loma, y rodeada de espesos
matorrales. La roca de donde él había caído sobresalía de la loma dominando la
depresión.
En
otro tiempo a Lone no le había importado estar cerca o no de los hombres. Ahora
quería estar como había estado siempre, solo. Pero ocho años en la granja
habían transformado sus hábitos de vida. Necesitaba un refugio, y mientras
observaba este escondido lugar, con su dominante techo de rocas y las dos altas
alas de tierra, lo encontraba cada vez más adecuado.
Al
principio trabajó en el pozo de un modo primitivo. Sacó bastante maleza como
para poder acostarse cómodamente y arrancó uno o dos arbustos para que las
ramas espinosas no lo arañaran al entrar y al salir. Luego llovió, y abrió un
canal para que el agua no se acumulase en el pozo y cubrió la parte superior
con un techo de ramas.
Pero
con el tiempo comenzó a interesarse en el lugar.
Arrancó
otras malezas y apisonó la tierra hasta que el suelo quedó completamente liso.
Quitó las piedras sueltas de la pared del fondo, y descubrió que algunas partes
de esa pared podían servir de estantes y escondrijos para las pocas cosas que
quisiese guardar. Comenzó a recorrer, de noche, las granjas que bordeaban la
loma, tomando sólo una cosa de cada una y tratando de no volver al mismo sitio.
Trajo zanahorias, papas, clavos y alambre, un martillo roto y una olla de
hierro fundido. Una vez encontró una paleta de carne que se había caído de un
camión. La guardó y cuando volvió al refugio descubrió las huellas de un lince.
Se decidió entonces a construir unas paredes, y por eso fue a buscar el hacha.
Echó
abajo algunos árboles, los más grandes que podía manejar una vez desbrozados, y
los arrastró hasta el pie de la loma. Hundió tres troncos para fijar la tierra,
y apoyó horizontalmente los otros en la piedra. Hizo luego una mezcla de
arcilla roja y musgo que no era atacada por las lombrices y no se deshacía con
el agua. Levantó así unas paredes con una puerta. No se molestó en hacer una
ventana; simplemente no puso mezcla en algunos sitios, entre seis de los
troncos, a cada lado, y entretejió unas ramas delgadas para cuando quisiese
tapar los huecos.
Su
primer horno, de estilo indio, se alzó en medio de la habitación. El humo salía
por un agujero en el centro del techo. Arriba, donde podía llegar el humo,
clavó unos ganchos para colgar la carne, si tenía la suerte de conseguir carne.
Buscaba
unas losas para el horno, cuando sintió algo parecido a unos tirones
invisibles. Retrocedió como si lo hubiese alcanzado un fuego, encogiéndose y
apretándose contra un tronco, mirando alrededor como un ciervo acosado.
Un
día, hacía ya mucho tiempo, había advertido que era interiormente sensible al
inútil (según él) lenguaje de los niños. Estaba perdiendo esa sensibilidad;
había empezado a perderla cuando había empezado a pronunciar las primeras
palabras.
Alguien
lo llamaba ahora, alguien que «emitía» como un chico, pero que no era un chico,
y aunque Lone sentía el llamado muy débilmente su esencia le era
insoportablemente familiar. Era algo suave y anhelante, sí; pero era también la
resurrección de unos terribles latigazos y de una confusión de gritos obscenos;
y dolorosos puntapiés y de la mayor pérdida que había sentido en su vida.
No
era nada visible. Se separó lentamente del árbol y se volvió hacia las lajas
que había tratado de arrancar. Durante cerca de una hora escarbó ciegamente,
como un perro, tratando de ignorar el llamado. Y fracasó.
Se
incorporó, estremeciéndose, y echó a caminar hacia el llamado. El mundo era
ahora una escena de sueño. Cuanto más caminaba, más irresistible era la voz y
más profundo era su encanto. Caminó una hora, siempre en línea recta (mientras
podía pasar por encima o a través de las cosas) y llegó así al claro del bosque
convertido casi en un sonámbulo. Un poco más de conciencia lo habría hundido en
un infierno, impidiéndole seguir adelante. Arrastrando los pies, como un ciego,
caminó en línea recta y se golpeó lastimosamente contra la verja el ojo herido.
Se quedó agarrado a los hierros hasta que se le aclaró la vista; paseó la
mirada alrededor, como para averiguar dónde estaba, y se estremeció. Clara,
consciente y razonablemente decidió irse para siempre de ese sitio terrible. Y
en ese mismo instante oyó el ruido de las agitas y volvió el rostro hacia el
arroyo.
Se
agachó en el lugar en que los hierros se encontraban con el agua y buscó el pie
de los barrotes Sí, allí estaba todavía la abertura.
Espió
a través de la verja, pero el viejo follaje de acebos era más espeso que antes.
No se oía nada; por lo menos nada llegaba a sus oídos, pero el llamado estaba.
Como
el otro llamado, éste era también deseo, desamparo y necesidad. Pero pedía otra
cosa. Decía, sin palabras, que tenía un poco de miedo, que sentía el peso de
una carga y que quería ser aliviado de esa carga. Decía ¿quién me cuidará
ahora?
Quizá
lo ayudó el agua fría. La mente se le aclaró de pronto, hasta donde era
posible. Respiró profundamente y se hundió en el arroyo. Y enseguida, ya del
otro lado, se incorporó y alzó la cabeza. Escuchó con atención y luego se echó
boca abajo, sacando sólo la nariz fuera del agua. Cuidadosamente, lentamente,
avanzó apoyándose en los codos, hasta meter la cara entre los acebos.
No
muy lejos de la orilla estaba sentada una niñita con un desgarrado vestido de
cuadros. No tenía más de seis años de edad. Su cara era de rasgos afilados,
poco infantil, con una expresión preocupada y triste. Lone se equivocaba si
creía haber pasado inadvertido. La niña lo estaba mirando.
—¡Bonnie!—gritó
la niña con una voz muy aguda.
Nada
se movió.
Lone
se quedó donde estaba. La niña seguía observándolo, pero sin abandonar su
preocupación. Lone comprendió dos cosas: que la preocupación de la niña era lo
esencial del llamado, y que aunque ella lo vigilase no lo consideraba tan
importante como para dejar de lado sus propios pensamientos.
Por
primera vez en su vida sintió esa mezcla inquietante y ácida de ira y diversión
que se llama «picarse» y, en seguida, una gran sensación de alivio, muy similar
a la que uno debe sentir cuando se desprende de un peso de cuarenta kilos que
ha llevado durante cuarenta años. Lone no había conocido... no había conocido
el peso de su carga.
Y
así se hundieron en el pasado el látigo y los gritos, la magia y la pérdida.
Los recordaba aún, pero en su sitio, y con sus desnudos y retorcidos zarcillos
cortados de raíz, de tal modo que nunca volverían a alcanzar el presente. El
llamado no era ya una marea de sangre y emoción, sino sólo el llanto de una
niña hambrienta.
Se
sumergió en el agua, como un enorme y afilado crustáceo, y pasó arrastrándose
por debajo de los hierros. Salió a la orilla, dio la espalda al llamado y
volvió a su tarea.
Llegó
sudoroso al refugio, llevando al hombro una losa de treinta centímetros de
espesor, y tan cansado que hasta olvidó sus precauciones habituales. Atravesó
la crujiente masa de zarzas, entrando en el pequeño claro que había ante el
refugio, y se detuvo de pronto.
Una
niñita desnuda, de unos cuatro años de edad, estaba sentada en cuclillas frente
al la puerta.
La
niña alzó la vista hacia él y sus ojos (todas sus negras facciones) parecieron
parpadear.
—¡Ji,
ji!—dijo alegremente.
Lone
dejó caer la losa, Se inclinó sobre la niña y la cubrió con su sombra: un cielo
alto que amenazaba tormenta.
La
niña no se inmutó. Dejó de mirarlo y se puso a mordisquear con lentitud una
zanahoria, como una ardilla, haciéndola girar y girar mientras comía.
Algo
en el techo atrajo la atención de Lone. De uno de los respiraderos, entre los
troncos de la pared, salió una zanahoria. Cayó al suelo y otra vino a ocupar la
abertura.
—Jo,
jo.
Lone
miró hacia abajo y vio a dos negritas.
En
circunstancias como ésta, Lone contaba con una ventaja singularmente valiosa;
nada lo impulsaba a dudar de su propia cordura o a iniciar consigo mismo un
confuso debate acerca del asunto. Se inclinó hacia una de las niñas y la alzó
en el aire. Pero cuando se enderezó, la chica había desaparecido.
La
otra estaba aún allí. Le sonrió dulcemente y empezó a devorar una nueva
zanahoria.
—¿Qué
estás haciendo?—dijo Lone.
Su
voz era dura y áspera, como la de un sordomudo. La niña se sobresaltó, dejó de
comer, lo miró y abrió la boca llena de pedacitos de zanahoria. Parecía una
estufa panzuda con la puertita abierta.
Lone
se arrodilló. La niña clavó la vista en los ojos de Lone, en esos ojos que una
vez habían llevado a un hombre al suicidio y que, otras veces, habían hecho
cambiar de parecer a los que no querían alimentarlo. Los movimientos de Lone se
hicieron lentos y precavidos. No estaba enojado, ni asustado, sólo quería que
la niña no se moviese.
Al
fin, extendió los brazos. La niña sopló ruidosamente, bañándole los ojos y Ja
nariz con húmedos pedacitos de zanahoria, y desapareció.
Lone
se sintió verdaderamente asombrado. Cosa rara, pues pocas veces se había
interesado bastante como para llegar a sentir asombro. Menos aún un asombro
respetuoso.
Se
incorporó y apoyó la espalda en los troncos del refugio, buscando con la mirada
a las negritas. Allí estaban, juntas, tomadas de la mano, Alzando hacia el unas
caras preocupadas e inmóviles, como esperando que iniciara un nuevo movimiento
Una
vez, hacía ya muchos años, Lone había corrido detrás de un ciervo. Una vez
había dado un salto hacia un pájaro posado en la rama de un árbol. Una vez se
había zambullido en un arroyo, tratando de pescar una trucha.
Una
vez.
Lone
era incapaz de seguir persiguiendo lo que según le indicaba la experiencia era
imposible alcanzar. Se inclinó, se puso la losa al hombro, volvió a
incorporarse, sacó la tranca que aseguraba la puerta y entró en el refugio.
Depositó
la piedra junto al fuego y apartó las cenizas. Echó a las brasas otro poco de
leña, sopló con fuerza, e instaló el soporte de varas verdes con la olla de
hierro. Mientras, en el umbral, dos figuritas de ojos blancos lo observaban
atentamente. Lone las ignoró.
Un
conejo desollado colgaba de un gancho junto a la salida del humo. Lone lo
descolgó, le arrancó los cuartos traseros y le quebró el espinazo. Metió los
trozos en la olla, y sacó luego de un nicho unas papas y unos pocos granos de
sal gruesa. Partió las papas con el filo del hacha y las echó en la olla, junto
con la sal. Buscó luego las zanahorias. Alguien se había llevado las
zanahorias.
Se
volvió lanzando hacia la puerta una mirada de enojo. Las cabezas de las niñas
desaparecieron y desde afuera llegó el eco de unas risitas de soprano.
Lone
dejó que la olla hirviese una hora mientras afilaba el hacha y hacía una escoba
con hojas, como la de la señora Prodd. Y lentamente, muy lentamente, sus
visitantes fueron acercándose, con los ojos fijos en el fuego y los labios
húmedos.
Lone
no les hizo caso y siguió trabajando. Cuando se acercaba a ellas, se retiraban,
y cuando volvía al fondo de la habitación, entraban de nuevo. Y de este modo
fueron retirándose cada vez menos y avanzando cada vez más, hasta que Lone
creyó que había llegado el momento.
Cerró
de un golpe la puerta.
El
sonido del hervor de la olla y el crepitar de las llamas crecieron de pronto en
la oscuridad. Nada más se oía. Lone se apoyó de espaldas en la puerta y cerró
los ojos con fuerza para que se acostumbraran rápidamente a las sombras. Cuando
los abrió, las franjas de sol que entraban por los respiraderos y el resplandor
del fuego bastaban para iluminar el interior de la casa.
Las
niñitas se habían ido.
Echó
la tranca interior y recorrió lentamente el recinto.
Nada.
Entornó
lentamente la puerta y luego la abrió de par en par. Las negritas no estaban
afuera.
Se
encogió de hombros. Lamentaba de veras no tener más zanahorias. Apartó la olla
del fuego y, mientras esperaba a que se enfriara, terminó de afilar el borde
del hacha.
Comió
por fin. Estaba a punto de chuparse los dedos como postre cuando alguien golpeó
fuertemente la puerta. El golpe fue tan inesperado que Lone saltó medio metro
en la silla.
La
niñita del vestido de cuadros lo miraba desde el umbral. Se había peinado y se
había lavado la cara. Llevaba, orgullosamente, algo que al principio parecía
una cartera y que luego revelaba ser una caja de cigarros. Un trozo de género,
asegurado con unas tachuelas, envolvía la caja.
—Buenas
noches—dijo la niña—. Pasaba por aquí y pensé que podía hacerle una visita.
¿Recibe usted hoy?
El
cotorreo de una vieja bruja que trata de que la inviten a comer era totalmente
incomprensible para Lone. Volvió a su ocupación de chuparse los dedos, pero sin
quitar los ojos del rostro de la niña. Detrás de ella, junto al marco de la
puerta, surgieron las cabezas de las dos visitas anteriores.
La
niña descubrió, primero con el olfato y luego con la vista, el guiso de la
olla. Lanzó una ansiosa mirada y bostezó.
—Perdón—dijo
gravemente.
Abrió
el cierre de la caja de cigarros, sacó un objeto blanco, lo dobló con rapidez
(aunque no pudo ocultar que se trataba de un calcetín de hombre) y se lo pasó
por la boca.
Lone
se levantó, tomó un trozo de leña; y después de ponerlo con cuidado en el
fuego, volvió a sentarse. La niña dio un paso adelante; las otras dos corrieron
y se quedaron a los lados de la puerta, como dos soldaditos de plomo. Sus caras
eran nuditos de ansiedad. Y esta vez estaban vestidas. Una de ellas llevaba un
par de calzones de lienzo, de los tiempos en que los coches tenían palancas.
Dos trozos de cuerda, que pasaban por unos agujeros abiertos de cualquier modo
en la tela, tiraban de los calzones hasta la altura del pecho. La otra llevaba
una pesada camisa de algodón, o por lo menos la parte superior. El borde roto y
deshilachado le llegaba a los pies.
Con
los mismos aires con que una dama atraviesa un salón, acercándose a los
bombones, la niña blanca fue hacia la olla humeante, le lanzó a Lone una breve
sonrisa, bajó los párpados y murmuró adelantando un pulgar y un índice:
—¿Puedo?
Lone
estiró una pierna, enganchó con el pie el asa de la olla y la acercó a él. Puso
la olla en el suelo, y miró a la niña inexpresivamente.
—Qué
puerco hijo de perra—citó la criatura.
Lone
no se molestó. En el tiempo en que aún no había aprendido a entender las
palabras de los hombres, estas frases no habían tenido sentido. Y no había
vuelto a oírlas. Miró a la niña y acercó un poco más la olla.
Los
ojos de la niña se achicaron, los colores se le subieron a la cara. Se echó a
llorar.
—Por
favor—le dijo a Lone—, tengo hambre. Tenemos hambre. La comida de las latas se
terminó.—Se le apagó la voz y continuó en un murmullo—: Por favor, por favor.
El
rostro de Lone parecía de piedra. La niña avanzó tímidamente. Lone se puso la
olla en las rodillas y la abrazó desafiante.
—Bueno,
no me importa nada tu...—dijo la niña, y se le quebró la voz.
Se
volvió y caminó hacia la puerta. Las negritas la miraron a la cara mientras iba
acercándose. Irradiaban una silenciosa desilusión. La censura implacable que
mostraban sus rostros iba dirigida a la niña más que a Lone. Le habían dado el
cargo de proveedor y les había fallado.
Lone,
aún con la olla en las rodillas, observó por la puerta abierta la oscuridad
creciente de la noche. Espontáneamente se le apareció una imagen: la señora
Prodd, con un humeante plato de panceta ahumada flanqueada por el resplandor
anaranjado de unos huevos perfectos, diciendo: «Siéntate, que te voy a servir
el desayuno». Una emoción, que era incapaz de definir le subió del plexo solar
y le apretó la garganta.
Resopló,
hundió la mano en el guiso, sacó la mitad de una papa y abrió la boca. La mano
no le obedeció. Inclinó la cabeza lentamente y miró el trozo de papa como si no
pudiera reconocerlo ni comprender para qué servía.
Resopló
nuevamente, echó la papa en la olla, dejó bruscamente la olla en el suelo, se
incorporo de un salto. Con una mano a cada lado de la puerta lanzó un grito
desgarrador y duro:
—¡Esperen!
Tenía
que haber recogido el maíz hacía va mucho tiempo. La mayor parte todavía se
mantenía erguido, pero aquí y allá se veían algunos tallos rotos y
amarillentos, Ejércitos de hormigas descubrían el maíz y se desparramaban
difundiendo la noticia. El camión estaba en el campo de barbechos, metido en
una zanja, y la máquina sembradora, atada aún a la parte trasera del vehículo,
yacía volcada entre las espigas del trigo de invierno
En
la casa, no salía humo de la chimenea, y la puerta del granero, torcida y rota,
aplaudía huecamente en medio del derrumbe.
Lone
se acercó a la casa y subió por los escalones del porche. Prodd estaba sentado
en la hamaca inmóvil (le faltaba una cadena), con los ojos no cerrados del
todo, pero si más cerrados que abiertos.
—Hola—dijo
Lone.
Prodd
se movió, mirando a Lone a la cara. No dio señales de reconocerlo. Bajó los
ojos, se echó atrás, incorporándose en la hamaca, se pasó distraídamente la
mano por el pecho, encontró uno de los tirantes, lo estiró y lo soltó. Una
breve expresión de aturdimiento le pasó por la cara. Volvió a alzar los ojos y
Lone vio que la conciencia subía al rostro del chacarero como café que sube
humedeciendo lentamente un terrón de azúcar.
—¡Hola,
Lone, muchacho!—dijo Prodd.
Las
palabras eran las de antes, pero la voz parecía haberse quebrado, como los
dientes del rastrillo. Prodd se levantó, sonriendo, se acercó a Lone y alzó el
puño, como para golpearlo en el brazo; pero olvidó, aparentemente, lo que iba a
hacer. El puño osciló un momento en el aire y luego cayó pesadamente.
—Hay
que recoger el maíz—dijo Lone.
—Sí,
sí, ya sé—respondió Prodd entre suspirando y hablando—. Lo haré. Me las
arreglaré muy bien. No te preocupes. Nunca llega la primera helada sin que yo
haya terminado el trabajo. No he dejado de ordeñar un solo día—añadió con un
débil orgullo.
Lone
lanzó una mirada a través de los vidrios de la puerta y descubrió los platos
sucios y las pesadas moscas en la cocina.
—Llegó
el bebé—recordó.
—Oh,
sí. Lindo chiquito—dijo Prodd lentamente—, tal como nosotros...
Quizá
volvió a olvidarse. Las palabras se quedaron flotando en el aire, lo mismo que
el puño.
—¡Ma!—aulló
de pronto el chacarero—. ¡Prepara un bocado para este muchacho!—Se volvió hacia
Lone con aire aturdido—. Anda por allá lejos—dijo señalando el campo.—Pero con
el grito que le he dado no dejará de oírme. Quizá.
Lone
miró el lugar que Prodd le había señalado, pero no vio nada. Miró los ojos del
chacarero y durante un brevísimo instante trató de sondear el interior.
Retrocedió violentamente aun antes de haber entendido qué era aquello.
—Le
traigo el hacha—dijo, dándole la espalda.
—Oh,
está bien. Podías haberte quedado con ella.
—Tengo
la mía. ¿Quiere que recoja ese maíz?
Prodd
contempló borrosamente el campo sembrado.
—No
he dejado de ordeñar una sola vez—dijo.
Lone
lo dejó y fue en busca de un rastrillo. Lo encontró. Descubrió además que la
vaca había muerto. Se metió en el sembrado y empezó a trabajar. Poco después
vio a Prodd en el otro extremo del campo, que trabajaba también, duramente.
Pasado
ya el mediodía, y poco antes de terminar la recolección del maíz, Prodd
desapareció en el interior de la casa. Veinte minutos más tarde apareció con un
jarro y una, fuente de sándwichs. El pan estaba seco y la carne en conserva era
(recordó Lone) de la prácticamente intocada alacena de los «tiempos malos». En
el jarro había limonada caliente y moscas muertas. Lone no hizo ningún
comentario. Se quedó con Prodd junto a la artesa del caballo y se pusieron a
comer.
Poco
después, Lone bajó hasta el campo de barbechos y sacó el camión de la zanja.
Prodd llegó detrás de él, justo a tiempo para sentarse al volante. El resto del
día fue dedicado a la siembra. Lone manejaba la sembradora y en cuatro
ocasiones sacó al camión de los atolladeros en que insistía en meterse. Cuando
la siembra terminó, Lone le indicó a Prodd con la mano que fueran al granero,
ató una cuerda al pescuezo de la vaca muerta y la arrastraron hasta donde pudo
llegar el camión, lo más cerca posible del bosque. Cuando al fin guardaron el
camión en el granero, Prodd dijo:
—Verdaderamente
echo de menos ese caballo.
—Usted
dijo la otra vez que no lo echaba nada de menos—recordó Lone con poco tacto.
—¿Dije
eso?—Prodd recapacitó y sonrió, recordando—. Sí, nada me preocupaba entonces,
ya sabes por qué.—Sonriendo todavía, se volvió hacia Lone y dijo:—Volvamos a
casa.
Prodd
no dejó de sonreír durante todo el trayecto.
Entraron
en la cocina. Era aún peor que visto desde afuera; hasta estaba parado el
reloj. Prodd, sonriendo, abrió de par en par la puerta de la habitación de
Jack. Y dijo, sin dejar de sonreír:
—Mira
un poco, muchacho, mira un poco.
Lone
entró y echó una mirada a la cuna. El tul de algodón estaba mojado y sucio y
las alforzas descosidas y rotas. Los ojos del bebé eran como cabezas de
tachuelas, y la piel, azafranada. Una crin corta, de un negro azulado, le
coronaba la cabeza. Respiraba ruidosamente.
Lone
no se alteró. Se dio vuelta, volvió a la cocina y se quedó mirando la cortina
de algodón que estaba en el suelo.
Sonriendo,
Prodd salió de la habitación de Jack y cerró la puerta.
—¿Ves?
No es Jack. Por lo menos tenemos esa suerte
—Sonrió.
— Ma debe de haber ido a buscar a Jack, supongo. Sí, así debe de ser. De otro
modo no seria feliz. Bueno, tú ya lo sabes.—Sonrió dos veces.—Eso que está ahí
es lo que los médicos llaman un mongoloide. Si no lo cuidas, crece hasta ser
como un chico de tres años y así se queda durante treinta. Lo llevas a la
ciudad para que lo trate un gran especialista Y quizá llegue a tener la
estatura de un chico de diez.—Prodd sonreía mientras hablaba.—Eso es lo que
dice el doctor, por lo menos. Y no es como si estuviera muerto, ¿no te parece?
Aunque a Ma no le disgustaría una tumba con flores y todo lo demás.
Demasiadas
palabras, y algunas se oían dificultosamente a través de la ancha y estirada
sonrisa. Lone hundió sus ojos en los de Prodd y descubrió qué cosas necesitaba
exactamente el chacarero, cosas que el mismo Prodd ignoraba. Él, Lone, haría
esas cosas.
Cuando
terminó de mirar a Prodd, limpiaron juntos la cocina, quemaron la cuna y los
pañales hechos de trozos de viejas sábanas, cuidadosamente cosidos y apilados
en el armario, y quemaron también la ovalada bañera de loza, y el sonajero de
celuloide, y los zapatitos de fieltro azul y borlas blancas en su caja de
celofán trasparente.
Prodd
lo despidió desde el porche moviendo alegremente la mano.
—Espera
a que vuelva Ma. Te llenará de pasteles hasta que no puedas tenerte en pie.
—Arregle
esa puerta del granero—respondió Lone con una voz desafinada—. Volveré pronto.
Subió
por la loma con su carga, trabajosamente, y se metió en el bosque. Marchaba
aturdido con unos pensamientos que no eran palabras ni figuras. Pensamientos
acerca de esas chicas, acerca de los Prodd. Los Prodd eran una cosa y cuando lo
recibieron en su casa se transformaron en otra, sólo ahora lo entendía.
Mientras estuvo solo él también fue una cosa; pero al admitir a las niñas fue
otra. No tenía ganas de volver a lo de Prodd. Pero, tal como él era ahora,
tenía que hacerlo. Volvería pronto.
Solitario.
Lone, solo, solitario. Prodd estaba solo y Janie estaba sola, y las mellizas,
bueno, estaban siempre juntas, pero eran como una persona solitaria dividida en
dos. El mismo, Lone, seguía estando solo; la presencia de las niñas no habla
cambiado eso.
Quizá
los Prodd habían llegado a entenderse. Quién podía saberlo. Pero no existía, en
el mundo entero, un ser parecido a Lone, salvo ahí dentro de sí mismo. La gente
siempre lo echaba, ¿no lo sabía acaso? Y los Prodd como los demás. A Janie la
hablan echado también, y lo mismo a las mellizas: así decía Janie.
Bueno,
no deja de ser útil saber que se está solo, pensó Lone.
Cuando
llegó a su casa, la luz del sol ya manchaba la noche. Empujó la puerta con la
rodilla y entró. Janie estaba haciendo unas figuras en un viejo plato de loza
con saliva y barro. Las mellizas, acurrucadas como siempre en un nicho de
rocas, cuchicheaban entre ellas.
Janie
se sobresaltó.
—¿Qué
es eso? ¿Qué traes ahí?
Lone
depositó cuidadosamente su carga en el piso. Aparecieron las mellizas; una se
puso a la derecha del bulto, la otra a la izquierda.
—Es
un bebé—dijo Janie y alzó los ojos hacia Lone. ¿Es un bebé?
Lone
movió afirmativamente la cabeza. Janie volvió a mirar.
—Nunca
vi un bebé más feo.
—No
te preocupes por eso—dijo Lone—. Dale de comer.
—¿Qué?
—No
sé. Tú eres casi un bebé. Tienes que saberlo.
—¿De
dónde lo sacaste?
—De
allá, de una granja.
—Eres
un secuestrador—dijo Janie—. ¿No lo sabias?
—¿Qué
es un secuestrador?
—Un
hombre que roba bebés. Cuando descubran que lo robaste vendrá la policía y te
matarán a tiros y te llevarán a la silla eléctrica.
—Bueno—dijo
Lone aliviado—. Nadie lo descubrirá. Sólo un hombre lo sabe. Pero ya no se
acuerda. Es el papá. La mamá se murió; aunque él cree que ella está en el Este.
Se pasará la vida esperando. Vamos, dale de comer.
Se
sacó la chaqueta. Allí dentro hacía mucho calor. El bebé seguía echado en el
piso, abriendo los opacos botones de los ojos y respirando ruidosamente. Janie
se paró junto al fuego y miró durante un rato la olla de hierro. Luego metió un
cucharón en la olla y echó el jugo en una lata.
—Leche—dijo
mientras se movía de un lado a otro—. Tendrás que ir a buscar leche, Lone. Los
bebés toman más leche que los gatos.
—Muy
bien—dijo Lone.
Las
mellizas abrieron los ojos. Janie estaba metiendo un poco de sopa en la
indiferente boca del bebé.
—Está
tomando algo—dijo la niña con optimismo.
Sin
humor, y guiándose sólo por lo que vela, Lone opinó:
—Quizá
por las orejas.
Janie
tiró de la camisa del bebé, sentándolo a medias. La nueva postura descubría el
pescuezo, más que las orejas, y aún quedaba por resolver el problema de la
boca.
—Oh,
quizá lo consiga—suspiró Janie como si alguien le hubiese dicho algo.
Las
mellizas se reían y saltaban. Janie retiró la lata de la boca del bebé y lo
observó entornando los ojos. El bebé empezó a toser y vomitó lo que era sin
duda un poco de caldo.
—Todavía
no, pero lo voy a conseguir—dijo Janie.
Se
pasó una hora luchando con la sopa. Al fin el bebé se durmió.
Una
tarde, después de haber mirado un rato, Lone llamó a Janie, tocándola con la
punta del pie.
—¿Qué
pasa ahí?—Janie miró.
—Está
hablando con las chicas.
Lone
meditó unos instantes.
—Yo
también podía hacer eso. Oír a los bebés.
—Bonnie
dice que todos los bebés pueden hacerlo, y tú fuiste un bebé, ¿no es así? No
recuerdo si yo también lo hice—añadió.—. Aunque sí con las mellizas.
—Quiero
decir—explicó Lone trabajosamente—que yo era grande y oía hablar a los bebés.
—Entonces
eras un idiota—dijo Janie categóricamente—. Los idiotas no pueden entender a
los mayores, pero pueden entender a los bebés. El señor Widdecombe, el hombre
con quien vivían las mellizas, tenía una amiga que era una idiota. Bonnie me lo
explicó todo.
—El
bebé es también algo así como un idiota—dijo Lone.
—Sí,
Beanie. Beanie me dice que es de otra clase. Es como una máquina de calcular.
—¿Qué
es una máquina de calcular?
Janie
exageró los gestos de infinita paciencia de su maestra.
—Es
un aparato en el que se aprietan unos botones y sale la solución.
Lone
no entendía.
—Bien—probó
Janie—si tienes tres monedas y cuatro monedas y siete monedas y ocho monedas,
¿cuántas monedas tienes?
Lone
se encogió de hombros.
—Bueno—insistió
Janie, —si tienes una máquina de calcular, aprietas un botón para el dos y otro
botón para el tres y otro botón para los demás números, y luego mueves una
palanca y la máquina te dice cuánto tienes en total. Y nunca se equivoca.
Lone
pensó un poco y al fin dijo que sí, que ya entendía. Luego señaló la cesta
amarilla, que ahora hacía las veces de cuna, y a las dos mellizas de rostros
hechizados.
—No
tiene botones.
—Es
sólo una finura de lenguaje,—dijo Janie con aire de superioridad—. Mira, le
dices algo al bebé y luego le dices otra cosa. El junta todo y te da el
resultado. Lo mismo hace una máquina de calcular con el uno, el dos y...
—Bueno,
pero ¿qué junta?
—Cualquier
cosa—Janie miró a Lone a los ojos. Eres un poco estúpido, ¿sabes, Lone?
¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas? Escúchame; si quieres saber algo,
me lo dices, y yo se lo digo al bebé, y él encontrará la respuesta y se lo dirá
a las mellizas, y ellas me lo dirán a mí y yo te lo diré a ti. Bien, ¿qué
quieres saber?
Lone
clavó los ojos en el fuego.
—No
sé nada que quiera saber.
—Bueno,
si piensas un poco quizá se te ocurra alguna pregunta imbécil.
Lone
no se sintió ofendido. Se sentó y se puso a pensar. Janie se ocupó en una
cicatriz que tenía en la rodilla, des pegando cuidadosamente los bordes de la
costra con unas uñas del color y la forma de unos paréntesis.
—Supongamos
que yo tenga una camioneta—dijo Lone una media hora más tarde—y que siempre se
atasca en un campo lleno de zanjas. Supongamos que yo quiera que no se vuelva a
atascar. ¿Me dirá el bebé qué tengo que hacer?
—Cualquier
cosa, ya te lo dije—aseguró Janie.
Se
volvió y miró al bebé. Estaba acostado como siempre, con los ojos fijos en el
techo. Casi enseguida, Janie miró a las mellizas.
—No
sabe lo que es un camión. Antes de hacerle una pregunta hay que explicárselo
todo por separado. El junta después las partes.
—Bueno,
tú sabes lo que es un camión—dijo Lone—y lo que es un terreno blando y lo que
es atascarse. Díselo.
—Oh,
está bien—dijo Janie.
Y
volvió a repetirse la escena anterior. Janie se comunicó con el bebé y las
mellizas le transmitieron la respuesta. Se rió.
—Dice
que no andes con ese camión por el campo y no volverás a atascarte. Tú mismo
podías haberte dado cuenta, cabeza de tonto.
—Bueno—dijo
Lone—, pero supongamos que tienes que usarlo en el campo, ¿qué pasa entonces?
—¿Pero
crees que me voy a pasar la noche preguntándole tonterías?
—Está
bien, pero no puede responder como dices.
—¡Sí
que puede!
Janie
volvió decidida a su tarea. No iba a permitir que alguien pusiera en duda sus
palabras. La respuesta fue:
—Ponle
ruedas muy anchas y grandes.
—¿Y
si no tienes dinero ni tiempo ni herramientas?
La
respuesta fue:
—Hazlo
muy pesado cuando el suelo es duro y muy liviano cuando es blando, y cualquier
cosa en otros terrenos.
Janie
casi tuvo un ataque cuando Lone quiso saber cómo podía hacerse eso, y llegó al
colmo de la impaciencia cuando Lone no aceptó la idea de cargar y descargar
piedras.
Janie
se quejaba no sólo de que todo esto era muy tonto, sino también de que el bebé
estaba clasificando cada uno de los hechos que le proporcionaba Lone con otros
anteriores, de modo que estaba dando respuestas correctas a problemas que no
habían sido planteados, sumando llantas de automóviles más cargas, más nidos de
pájaros, y bebés, más barro, más diámetros de ruedas, más paja. Lone volvió
tercamente a su primera pregunta y siguieron así hasta que llegaron a un punto
muerto. Se aclaró que había una solución, pero que Janie y Lone no podrían
entenderla. Janie dijo que en apariencia se trataba de algo parecido a lámparas
de radio, y Lone entró entonces, a la noche siguiente, en una casa donde se
vendía ese material y se metió debajo del brazo un gran paquete de libros.
Siguió insistiendo, ciegamente, sin apartarse del camino que se había trazado,
sin detenerse una sola vez, hasta que la niña abandonó toda oposición, pues ya
no tenía fuerzas para oponerse e investigar al mismo tiempo. Durante días y
días examinó aquellos incomprensibles textos de radio, y electricidad que el
bebé entendía aparentemente mucho antes que ella les diera una ojeada.
Y al
fin, todos los datos se unieron, y resultó algo que el mismo Lone podía
construir.
El
peso del camión disminuía o aumentaba según se empujase una palanca o se tirase
de ella, y otro dispositivo, también muy simple, daba más potencia a las ruedas
delanteras. Esta última condición era Sine qua non, según el bebé.
En
aquella guarida, mitad cabaña y mitad caverna, junto a aquel fuego que humeaba
en medio de la habitación y aquella carne que giraba lentamente sobre las
llamas, con la ayuda de dos negras que apenas sabían hablar, un mongoloide y
una niña de lengua afilada que parecía despreciarlo, pero que nunca lo
abandonaba en los momentos de apuro, Lone construyó el aparato. Y no porque
estuviera particularmente interesado en el aparato mismo, no porque quisiera
entender su principio (que estaba y estaría siempre fuera de su alcance), sino
sólo porque un hombre que le había enseñado algo que Lone no sabía cómo se
llamaba, estaba loco de dolor, necesitaba trabajar y no podía conseguir un
caballo.
Caminó
casi toda la noche con el aparato a cuestas y lo instaló a la luz pálida del
alba. La idea de una «sorpresa agradable» hubiera sido, en Lone, verdaderamente
singular, pero lo que él pretendía era casi lo mismo: terminar el trabajo antes
de la salida del sol y evitar que el viejo Prodd lo molestase con preguntas que
él no podría responder.
El
camión estaba empantanado. Lone se sacó de los hombros y el cuello las cuerdas
que sostenían el aparato y comenzó a instalarlo siguiendo las instrucciones que
le había dado el bebé. La idea era muy simple. Un alambre delgado daba dos
vueltas al embrague y llegaba a los pernos del elástico delantero; un par de
escobillas rozaba el interior de las ruedas, también delanteras, y en esto
consistía el mecanismo que impulsaba las ruedas. Luego la cajita de los cuatro
alambres plateados se aseguraba al árbol de dirección, y los cables se
conectaban con los vértices del chasis.
Entró
en el camión y tiró de la palanca. El chasis crujió, y fue como si el camión se
alzara en puntas de pie. Empujó la palanca. El camión se echó hacia adelante.
El eje delantero y la caja del diferencial chocaron contra el suelo, y el golpe
retumbó en la cabeza de Lone. Lone observó admirado el aparato y colocó la
palanca en una posición intermedia. Examinó los otros dispositivos, los que
venían con el camión: pedales: perillas, botones y llaves. Suspiró.
Le
hubiera gustado ser bastante inteligente como para saber manejar.
Salió
del vehículo y subió por la loma, hacia la casa, con la intención de despertar
a Prodd. Prodd no estaba. La puerta de la cocina se movía con el viento, los
vidrios rotos estaban desparramados sobre los escalones del porche y un
enjambre de avispas hacía su nido en el vertedero. Había un olor a maderas
sucias, a moho y vieja humedad. Sin embargo, todo estaba bastante limpio; casi
como en aquel día, después de la limpieza hecha por él y por Prodd. Lo único
nuevo, aparte del nido de avispas, era un papel clavado a la pared por sus
cuatro puntas. Estaba todo escrito. Lone lo desclavó cuidadosamente, lo alisó
sobre la mesa de la cocina y lo miró por los dos lados. Luego lo dobló y se lo
metió en un bolsillo. Suspiró otra vez.
Deseó
tener bastante juicio como para aprender a leer. Dejó la casa sin volver la
cabeza y se internó en el bosque. No volvió nunca. El camión se quedó allí, al
sol, estropeándose lentamente, perdiendo lentamente su ya débil resistencia a
la humedad, cayéndose lentamente en pedazos alrededor de los cables plateados,
raros y brillantes. Alimentado inagotablemente por la lenta radiación atómica,
aquel aparato era la solución práctica del vuelo sin alas, la clave de una
nueva era en el transporte y el manejo de pesados materiales, y la posibilidad
de iniciar los viajes interplanetarios. Construido por un idiota, tontamente
instalado para reemplazar a un caballo muerto, estúpidamente abandonado,
torpemente olvidado... El primer generador terrestre de antigravedad.
¡El
idiota!
Querido
Ion clabé esta donde puedas ver la me voy de aqi no se como pude esperar tanto
Ma a vuelto a Wmsport pensilvania y a pasado tanto tiempo y estoi cansado de esperar.
Iba a vender el camión para aiudarme pero está tan atascado que no pude ir a la
ciudad después de todo, no soy yo quien se a ido. No te molestes por el Iugar
creo qe tengo bastante. De cualqier modo y saca lo que quieras si quieres algo.
Eres un buen muchacho has sido un buen amigo bueno adios hasta que te vea si te
veo.
Te
bendice tu biejo amigo E. Prodd.
En
las tres semanas siguientes Lone le pidió cuatro veces a Janie que le leyera la
carta y cada lectura introdujo un elemento nuevo en su hirviente agitación
interior. Gran parte de esta agitación se desarrollaba en silencio. Otras veces
Lone pedía ayuda.
Había
pensado que sólo a través de Prodd tenía cierto contacto con el mundo, y que
los chicos no eran más que unos compañeros de techo, con los que vivía, como un
depósito de basura, en los arrabales de la humanidad. La pérdida de Prodd—y
sabía con inconmovible certeza que nunca volvería a ver al viejo—le parecía la
pérdida de la vida misma. Por lo menos la pérdida de la conciencia, el dominio
de sí mismo y la cooperación: de todo lo que está por encima y más allá de la
simple vida de una planta.
—Pregúntale
al bebé qué es un amigo.
—Dice
que es alguien que te quiere, te guste o no.
Pero
los Prodd se desprendieron de él aun después de tantos años, tan pronto como
les resultó molesto. Y eso quería decir que hubieran hecho lo mismo el primer
año, el segundo o el quinto... cualquiera de esos años, y en cualquier momento.
No se puede decir que uno sea parte de algo, o de alguien que se sienta capaz
de hacer algo parecido; pero amigo... sí. Quizá no les gustó durante un rato,
pero quizá tampoco dejaron de quererlo.
—Pregúntale
al bebé si uno puede ser verdaderamente parte de alguien a quien uno quiere.
—Dice
que sólo si te quieres a ti mismo.
Durante
años, su mojón, su meta, había sido aquel suceso ocurrido a orillas del
estanque. Tenía que entender por qué. Si era capaz de entenderlo, lo entendería
todo, estaba seguro. Pues durante un segundo había sido ese otro y él mismo y
una corriente había fluido entre ambos, sin guardianes, ni muros, ni barreras,
sin el obstáculo del lenguaje y sin ideas difíciles de comprender. Sin nada;
sólo una unión.
¿Qué
había sido entonces? ¿Qué había dicho Janie?
Idiota.
Un idiota.
Un
idiota, decía la niña, es un adulto que puede entender el silencioso lenguaje
de los bebés. Entonces, ¿con qué criatura se había unido en aquel día terrible?
—Pregúntale
al bebé qué cosa es un adulto capaz de hablar como los bebés.
—Dice
que un inocente.
Lone,
un idiota, había podido escuchar el silencioso lenguaje de los bebés, y ella,
una inocente, había podido hablar ese lenguaje.
—Pregúntale
qué pasa cuando un idiota y un inocente están juntos.
—Dice
que basta que se toquen para que el inocente deje de ser inocente y el idiota
deje de ser idiota.
Lone
pensó: un inocente es el ser más hermoso del mundo. E inmediatamente se
preguntó a sí mismo: ¿qué hay de hermoso en un inocente? Y la respuesta fue
esta vez tan rápida como si viniera del bebé: esperar es lo hermoso.
Esperar
el fin de la inocencia. Y un idiota espera el fin de la idiotez también, aunque
la espera del idiota no es hermosa. Y cada uno de ellos muere en el instante
del encuentro, transformándose para unirse.
Lone
sintió, de pronto, una profunda alegría. Pues era verdad, había creado algo,
nada había destruido... y la pena que había sentido al perder a ese ser, se
justificaba enteramente. La pena que había sentido al perder a los Prodd no
tenía, en cambio, importancia.
¿Qué
estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? pensó aturdidamente. Sólo trato, una y
otra vez, de descubrir lo que soy, y si no estoy solo.
¿Me
ocurrirá esto también por ser un paria, un monstruo, un ser diferente?
—Pregúntale
quiénes desean saber lo que son, y si son parte de alguien.
—Dice
que todos.
—¿Quién
soy yo entonces?—susurró Lone. Un minuto después gritaba:
—¿Quién
soy?
—Cállate
un poco. No sabe cómo decirlo... este... ya. Dice que él es un cerebro
computador, y yo un cuerpo, y las mellizas los brazos y las piernas, y tú la
cabeza. Dice que «yo» somos todos nosotros.
—Soy
parte de alguien, sí. Soy parte tuya, y tuya y tuya también.
—La
cabeza, tonto.
Lone
sintió como si le fuera a estallar el corazón. Miró a todos; a cada uno. Unos
brazos que se recogen y se extienden, un cuerpo que cuida y protege, un
computador infalible y... la cabeza que gobierna.
—¡Y
creceremos, bebé! ¡Acabamos de nacer!
—Dice
que no por ahora. No con una cabeza como ésta. Podemos hacer prácticamente
cualquier cosa, pero será mejor no intentarlo. Dice que somos un solo ser, es
cierto, pero que ese ser es un idiota.
Así
llegó Lone a conocerse a sí mismo, y como el puñado de personas que lo logró
alguna vez, descubrió, en esa cima, el escarpado pie de una montaña.
SEGUNDA
PARTE - EL BEBÉ TIENE TRES AÑOS
Finalmente
fui a ver a ese Stern. No era realmente un hombre viejo. Alzó la vista del
escritorio, me miró un instante, y tomó un lápiz.
—Siéntate
ahí, hijito.
Me
quedé donde estaba hasta que volvió a mirarme. Entonces le dije:
—Oiga,
si entrara aquí un enano, ¿qué le diría? ¿Siéntate, chiquito?
Stern
volvió a dejar el lápiz sobre la mesa y se puso de pie. Sonrió. Su sonrisa fue
tan breve y cortante como su mirada.
—Me
equivoqué—me dijo—, pero ¿cómo podía saber que no quieres que te llamen hijito?
Esto
era un poco mejor, pero yo estaba todavía enojado.
—Tengo
quince años, y no tiene por qué gustarme. No me lo refriegue por la nariz.
Sonrió
otra vez y dijo que muy bien, y yo fui y me senté.
—¿Cómo
te llamas?
—Gerard.
—¿Nombre
o apellido?
—Los
dos—dije.
—¿Es
cierto eso?
—No—le
contesté—. Y no me pregunte tampoco dónde vivo.
—De
ese modo no vamos a ir muy lejos.
—Eso
es asunto suyo. ¿Qué está pensando? ¿Ve en mí sentimientos hostiles? Bueno, los
tengo. Hay muchas otras cosas que andan mal en mí, o no hubiera venido. ¿Se va
a detener por eso?
—Bueno,
no, pero...
—Entonces,
¿qué le preocupa? ¿Cómo le van a pagar.?
Saqué
un billete de mil dólares y lo puse sobre el escritorio.—Así no tendrá que
presentarme la factura. Lleve bien la cuenta. Cuando se termine me lo dice y le
daré otro. Y ya ve que no necesita mi dirección. Espere—le dije cuando él fue a
tomar el dinero—. Déjelo ahí. Quiero estar seguro de que usted y yo vamos a ir
adelante.
Stern
juntó las manos.
—No,
así no podremos entendernos hijo... quiero decir. Gerard.
—
Así será, si quiere entenderse conmigo.
—Te
gusta complicar las cosas, ¿no? ¿De dónde sacaste esos mil dólares?
—Gané
un concurso. Veinticinco palabras o menos para explicar qué divertido me
resulta lavar mi ropa interior con el Jabón Escamoso.—Me incliné hacia él.—Y
esta vez digo la verdad.
—Perfectamente—dijo
Stern.
Me
sorprendió. Pensé que estaba enterado. Pero no añadió una palabra. Esperó a que
yo siguiera hablando.
—Antes
de comenzar, si comenzamos—dije—hay algo que quiero saber. Las cosas que yo le
diga, las que vayan saliendo... ¿quedarán entre los dos, como con un cura o un
abogado?
—Totalmente—dijo.
—¿No
importa que?
—No
importa que.
Lo
observé con atención. Le creí.
—Recoja
su dinero—le dije—. Puede seguir.
No
lo hizo.
—Como
me dijiste hace unos instantes—empezó Stern—eso es asunto mío. Estos
tratamientos no se compran como si fuesen caramelos. Tenemos que trabajar
juntos. Si alguno de los dos no puede hacerlo, todo es inútil No puedes ir a
ver al primer psiquiatra que encuentres en la guía telefónica y pedirle lo que
se te ocurra sólo porque tienes dinero.
Le
contesté con cansancio:
—No
lo saqué de la guía telefónica, y el que usted pueda ayudarme no es solo una
sospecha. Elegí entre una docena o más de sanacabezas antes de decidirme por
usted.
—Gracias—dijo.
Y pareció que iba a reírse de mí, lo que nunca me gustó—¿Elegiste. has dicho?
¿Como?
—Cosas
que uno oye y lee. Ya sabe. No voy a decírselo. Así que ponga eso junto con mi
dirección.
Me
miró un rato. Por primera vez me dedicó algo más que una breve mirada. Luego
recogió el billete.
—¿Qué
tengo que hacer ahora?—le pregunté.
—¿Qué
quieres decir?
—¿Cómo
vamos a empezar?
—Ya
empezamos cuando cruzaste esa puerta.
Claro,
tuve que reírme.
—Está
bien, me ha ganado. Solo conocía el principio. No sabía cómo iba usted a seguir
y no pude adelantarme.
Eso
es muy interesante—dijo Stern—¿Siempre te imaginas las cosas por adelantado?
—Siempre.
—¿Y
cuántas veces aciertas?
—Todas.
Excepto... pero no tengo por qué hablarle de excepciones.
Esta
vez se sonrió de veras.
—Ya
veo, uno de mis pacientes ha estado hablando.
—Uno
de sus ex pacientes. Sus pacientes no hablan.
—Les
pido que no hablen. Y eso va para ti también. ¿Qué oíste?
—Que
de lo que hace y dice la gente deduce lo que van a hacer y a decir. Y que a
veces permite que lo hagan y a veces no. ¿Cómo aprendió a hacer eso?
Stern
pensó unos instantes.
—Creo
que nací con cierto talento para los detalles. Y luego me equivoqué bastantes
veces, y con bastante gente, hasta que aprendí a no equivocarme demasiado. ¿Y
tú, como lo aprendiste?
—Contésteme
a eso y no tendré que volver por aquí.
—¿De
veras no lo sabes?
—Ojalá
lo hubiera sabido. Oiga, esto no nos lleva a ninguna parte.
Se
encogió de hombros.
Depende
de adónde quieras ir.
Hizo
una pausa y volví a sentir toda la fuerza de su mirada.
—¿En
qué resumida descripción de la psiquiatría crees actualmente?—me preguntó.
—No
le entiendo.
Stern
abrió un poco un cajón del escritorio y sacó de él una pipa ennegrecida. La
olió y la dio vuelta, sin dejar de mirarme.
—La
psiquiatría se ocupa de la cebolla del ser, desprendiendo una capa tras otra
hasta llegar al purísimo centro del yo. O la psiquiatría penetra como el
barreno de un pozo de petróleo, hacia abajo, hacia los lados, y otra vez más
abajo, hasta alcanzar una capa rendidora. O la psiquiatría toma un puñado de
impulsos sexuales y los arroja al campo de bolos de tu vida para que choquen
con algunos episodios. ¿Alguna más?
Tuve
que reírme.
—La
última era muy buena.
—La
última era muy mala. Todas son malas. Todas tratan de simplificar algo
complejo. El único resumen que puedo ofrecerte es éste: nadie sabe lo que anda
mal en ti sino tú mismo; nadie sino tú puede encontrar una cura; nadie sino tú
puede reconocer si ésta es en verdad una cura, y una vez que lo has
descubierto, nadie sino tú puede utilizarla.
—¿Para
que está usted ahí, entonces?
—Para
escuchar.
—No
tengo por qué pagarle a nadie todo un jornal sólo para que me escuche una hora.
—Es
cierto. Pero estás convencido de que sé escuchar.
—¿Lo
estoy?—Lo pensé un momento.—Creo que sí. Bueno, ¿usted no?
—No,
pero nunca lo creerás.
Me
reí. Me preguntó de qué se trataba.
—Ya
no me está llamando hijito—le dije.
—No.
Meneó
levemente la cabeza. Como mientras tanto seguía mirándome, los ojos parecían
resbalarle dentro de las órbitas—¿Qué deseas saber acerca de ti mismo y que no
quieres que se lo cuente a ningún otro?—Quiero descubrir por qué maté a
alguien—dije rápidamente
No
se inmutó.
—Acuéstate
ahí. Me puse de pie.
—¿En
ese sofá?
Hizo
un gesto afirmativo.
Mientras
me estiraba en el sofá, con el cuerpo casi rígido, le dije:
—Me
siento como en un chiste.
—¿Qué
chiste?
—Un
hombre vestido con racimos de uvas—dije mirando el techo.
Era
de un gris muy claro.
—¿Qué
decía?
—«Tengo
troncos llenos de estos trajes.»
—Muy
bueno—dijo suavemente.
Lo
miré con atención. Comprendí entonces que era de esa clase de hombres que se
ríen para adentro, cuando se ríen.
—Lo
incluiré en un libro de historias clínicas algún día—me dijo—, pero no te
incluiré a ti. ¿Para qué has recordado ese chiste?—Como no le contesté se
levantó y se sentó en una silla detrás de mi cabeza, en donde yo no podía
verlo.—Puedes dejar de hacer pruebas, hijito. Soy bastante bueno para ti.
Apreté
las mandíbulas con tanta fuerza que me dolieron los dientes, y después relajé
todos los músculos. Fue magnífico.
—Está
bien dije—. Lo siento.
No
dijo nada, pero me pareció que se reía otra vez. Aunque no de mí.
—¿Cuántos
años tienes?
—Este...
quince
—Este...
quince—repitió. ¿Qué quiere decir quince?
—Nada.
Tengo quince años.
—Cuando
te pregunté cuántos años tienes, dudaste porque te vino otro número a la boca.
Lo rechazaste y lo cambiaste por «quince».
—¡No
cambié nada! ¡Tengo quince!
—No
niego que los tengas.—Hablaba serenamente—Vamos, ¿cuál era ese otro número?
Me
enfurecí otra vez.
—No
hay otro número ¿Qué pretende? ¿Estudiar mis gritos, asegurar esto y aquello
hasta que todo signifique lo que según usted quiere significar?
Guardó
silencio.
—Tengo
quince—dije desafiante. Añadí—No me gusta tener sólo quince. Usted lo sabe. No
es que quiera insistir en que tengo quince.
Siguió
esperando sin decir una palabra.
—El
número era ocho.
—Así
que tienes ocho años. ¿Y cómo te llamas
—Gerry.—Me
incorporé en un codo, y di vuelta la cabeza hasta que pude verlo. Había abierto
la pipa y estaba mirando a través de la boquilla hacia la lámpara del
escritorio.—Gerry, sin «este».
—Muy
bien—dijo suavemente haciéndome sentir verdaderamente tonto.
Volví
a acostarme y cerré los ojos.
Ocho,
pensé. ocho.
Ocho,
ocho, plato. Estado, odio. Comí del plato del estado y odié. Todo esto no me
gustaba y entorné los párpados. El techo era gris aún. Todo estaba bien. Stern,
sentado en alguna parte, detrás de mi, con su pipa, estaba bien. Respire
hondamente, una, dos, tres veces, y luego cerré los ojos. Ocho. Ocho años de
edad. Ocho, odio. Años, miedo. Edad, frío ¡Maldita sea! Me torcí y retorcí en
el sofá buscando un modo de vencer el frío. Comí del plato del...
Gruñendo,
tomé mentalmente todos los ochos y todas las rimas y todo lo que esto
significaba y los ennegrecí cuidadosamente. Pero enseguida volvieron a
aclararse. Tenía que ponerles algo encima. Imaginé la gran figura luminosa de
un ocho y la coloqué allí. Pero el ocho comenzó a rodar, acostado y una luz
apareció en el interior de sus asas. Era como una de esas películas en relieve,
que se miran con unos anteojos. Iba a tener que mirar, me gustase o no.
De
pronto abandoné toda resistencia, y dejé que la visión me inundase. Los
anteojos se acercaron, cada vez más, y allí estaba yo.
Ocho.
Ocho años de edad. Frío como un animal en una zanja. La zanja corría junto al
ferrocarril. El año último, el cañaveral era unas mantas espinosas. El suelo
era rojo; y cuando no, era un cieno resbaladizo y pegajoso. Estaba helado y
duro como barro cocido.
Esa
dureza tenía ahora cubierto por una escarcha blanquecina, fría como la luz del
invierno que sube por las lomas. Durante la noche, las luces eran tibias, y
estaban dentro de las casas de los otros. Durante el día el sol estaba también
en la casa de algún otro, pues a mí no me hacía ningún bien.
Yo
estaba agonizando en aquella zanja. La noche anterior había sido un lugar tan
bueno como cualquiera para dormir, y esta mañana era un lugar tan bueno como
cualquiera para morir. Así mismo. Ocho años de edad, el dulce y enfermizo sabor
de la grasa de cerdo y el pan húmedo que sacas de algún tacho de basura, el
estremecimiento de terror cuando estás, robando una arpillera y oyes el ruido
de unos pasos.
Y oí
unos pasos.
Yo
estaba acostado sobre un lado del cuerpo. Me cubrí el estómago, porque a veces
le patean a uno el estómago, y me tapé la cabeza con los brazos. Nada más.
Después
de un rato, alcé los ojos y vi un zapato enorme, un tobillo en el zapato, y al
lado otro zapato. Esperé inmóvil los puntapiés. No es que me importara mucho,
pero era verdaderamente una vergüenza. En todos estos meses nunca me habían
sorprendido, ni siquiera se me habían acercado, y ahora esto. Me daba tanta
vergüenza que me eché a llorar.
El
zapato me tomó por debajo del brazo, pero no se trataba de un puntapié. Me hizo
girar. Estaba tan endurecido por el frío, que me di vuelta como un trozo de
madera. Conservé los brazos sobre la cara y la cabeza, y me quedé inmóvil, con
los ojos cerrados. Por alguna razón dejé de llorar. Creo que la gente llora
sólo cuando cree que va a recibir alguna ayuda.
Como
no ocurrió nada, abrí los ojos y aparté los brazos hasta que pude ver algo.
Había un hombre a mi lado, alto como una montaña. Tenía unos descoloridos
pantalones de lienzo y una chaquetilla tipo Eisenhower con grandes manchas de
sudor bajo los brazos. La cara era peluda, como la de esos tipos a quienes les
crece algo que no puede llamarse una barba y nunca se afeitan.
—Levántate—me
dijo el hombre.
Le
miré el zapato, pero no iba a patearme. Me incorporé a medias y casi me caí de
nuevo, pero el hombre me sostuvo poniéndome una mano en la espalda. Así estuve
un rato, sin poder moverme, y luego me apoyé en una rodilla.
—Vamos—dijo
el hombre—. En marcha.
Juro
que sentí que los huesos se me rompían, pero me puse de pie. Mientras me
levantaba, tomé del suelo una piedra redonda y blanca. Tuve que mirar para
saber si la estaba agarrando de veras. Tenía los dedos agarrotados.
—Váyase
de aquí o le romperé los dientes de una pedrada—le dije.
El
hombre extendió y bajó la mano tan rápidamente que no pude ver cómo metió un
dedo entre mi palma y la piedra, arrancándomela.
Empecé
a echarle maldiciones, pero me volvió la espalda y subió por el terraplén hacia
las vías. Apoyó la barbilla en el hombro y dijo:
—Vamos,
¿quieres?
No
trataba de atraparme, y por eso no corrí. No me hablaba, y por eso no discutí
con él. No me pegó, y por eso no me enfurecí. Lo seguí. Me esperó. Me extendió
una mano y se la escupí. Entonces se fue, subiendo hacia las vías, hasta
desaparecer de mi vista. Subí a gatas el terraplén. La sangre me empezaba a
circular por las manos y los pies y yo los sentía como cuatro puerco espines
patas arriba. Cuando llegué a los durmientes, el hombre estaba esperándome.
La
pendiente terminaba allí, pero a mí me pareció, que las vías subían por una
montaña y que la montaña se me venía encima. Cuando me di cuenta, yo estaba en
el suelo, de espaldas, mirando el cielo frío.
El
hombre se me acercó y se sentó en una de las vías. No trató de tocarme. Jadeé
un par de veces, y de pronto sentí que sólo necesitaba dormir un minuto, sólo
un minutito. Cerré los ojos. El hombre me hundió su dedo índice en las
costillas. Me dolió.
—No
te duermas—dijo.
Lo
miré.
—Estás
completamente helado y muerto de hambre. Quiero llevarte a casa para que te
calientes y comas. Pero hay un buen tirón y no podrás llegar solo. ¿No te
importa que te lleva a cuestas? ¿O prefieres caminar?
—¿Qué
va a hacer conmigo cuando lleguemos a su casa?
—Ya
te lo dije.
—Bueno,
adelante.
Me
alzó en sus brazos y echó a caminar vías abajo. Si el hombre hubiera añadido
una sola palabra yo me hubiese vuelto a acostar en la zanja hasta morirme de
frío. Pero ¿por qué me preguntó si yo quería ir de este modo o de otro? Yo no
podía moverme.
Dejé
de preocuparme y me quedé dormido.
Me
desperté una vez en el momento en que doblábamos a la derecha. Nos metimos en
el bosque. No se veía ningún sendero, pero el hombre caminaba con seguridad. La
vez siguiente, me despertó un crujido. El hombre estaba cruzando un lago
helado, y el hielo cedía bajo sus pies. No trató de apresurarse. Miré hacia
abajo y vi las grietas blancas, pero el hombre ni siquiera se inmutó. Me dormí
otra vez.
Al
fin me dejó en el suelo. Habíamos llegado. Estábamos en una habitación muy
caliente. Enseguida me puse en guardia. Lo primero que hice fue buscar la
puerta. La vi, y de un salto me instalé junto a ella, con la espalda apoyada en
la pared por si acaso se me ocurría escapar. Luego miré a mi alrededor.
Era
una habitación bastante grande. Una de las paredes era de roca y las otras de
troncos y barro. Un fuego muy vivo ardía en la pared de piedra, pero no
exactamente en una chimenea, sino en una especie de hueco. En un estante de la
pared opuesta había una vieja batería de automóvil y de sus alambres colgaban
dos amarillentas lámparas eléctricas. Había una mesa, algunas cajas y un par de
banquetas de tres patas. El humo nublaba el aire, se sentía un olor a comida
tan maravilloso, conmovedor, dulzón y crepitante que sentí en la boca el chorro
de una pequeña manguera.
—¿Qué
he traído, bebé?—preguntó el hombre.
La
habitación estaba llena de chicos Bueno, eran tres, pero parecían más. Había
una niña aproximadamente de mi edad, de unos ocho años, quiero decir, con la
cara manchada de azul. Tenía un caballete, una paleta con muchos colores y un
puñado de pinceles que no estaba usando. Extendía la pintura pasando los dedos
por el lienzo. A su lado vi a una negrita, de unos cinco años que me miraba con
ojos grandes y asombrados. Y en una canasta, que era una especie de Luna,
apoyada en dos caballetes de madera, había un bebé. Me pareció que tendría unos
tres o cuatro meses. Babeaba, le salían unas burbujas de la boca, movía
desordenadamente las manos y agitaba las piernas, como todos los bebés.
Cuando
el hombre habló la niña que estaba junto al caballete me echó una mirada y se
volvió hacia la cuna. El bebé babeó y movió las piernas en el aire.
—Se
llama Gerry. Está enojado.
—¿Por
qué está enojado? —preguntó el hombre mirando al bebé.
—Por
todo—respondió la niña—y por todos.
—¿De
dónde viene?
—Eh.
¿Qué es esto?—exclamé, pero nadie me hizo caso. El hombre continuó con las
preguntas y la chica siguió respondiendo. Yo nunca había visto nada parecido.
—Se
escapó del asilo de huérfanos —dijo la chica—Lo cuidaban bastante, pero nadie
coengranaba con él.
Así
dijo, «coengranaba»
Abrí
la puerta y entró una ráfaga de aire frío.
—¡Canalla!—le
grité al hombre. —Lo mandan del asilo.
—Cierra
la puerta, Janie—dijo el hombre.
La
niña no se movió, pero la puerta se cerró de golpe. Traté inútilmente de
abrirla. Grité y me puse a forcejear.
—Será
mejor que se quede en un rincón—dijo el hombre. —Janie, ponlo en un rincón.
Janie
me miró. Una de las banquetas se elevó en el aire y vino volando hacia mí y me
golpeó con la tabla del asiento. Salté hacia atrás, y la banqueta me siguió. Me
moví a un costado, y me encontré en el rincón. La banqueta se acercó otra vez.
Traté de derribarla, y sólo conseguí lastimarme la mano. Me agaché y descendió
conmigo. Intenté pasar por encima, y rodó por el suelo, y yo junto Con ella. Me
incorporé y me quedé temblando en el rincón. La banqueta se puso derecha y
clavó las patas en el suelo.
—Gracias,
Janie—dijo el hombre. Miró hacia el rincón. —Quédate ahí, sin moverte. Más
tarde me ocuparé de ti. No era necesario que hicieras tanto alboroto.—Y añadió
dirigiéndose al bebé:—¿Nos sirve realmente?
Y
otra vez respondió la niña:
—Seguro.
Es el indicado.
—Bueno—dijo
el hombre, ¡qué me dices!—Se acercó a mí y añadió—: Gerry, puedes vivir con
nosotros. No soy del asilo. Y no dejaré que te encierren.
—¿No,
eh?.
—Te
odia—dijo Janie.
—¿Qué
tengo que hacer?
Janie
volvió la cabeza y miró la canasta.
—Dale
un poco de comida.
El
hombre asintió y comenzó a atarearse en el fuego.
En
todo ese tiempo, la negrita no se había movido, ni había dejado de mirarme con
sus ojos saltones. Janie volvió a su pintura y el bebé siguió ocupado en sus
cosas, de modo que no me quedó más que mirar a la negra.
—¿Qué
demonios estás mirando?—le grité.
Me
hizo una mueca.
—Gerry,
jo, jo—dijo, y desapareció.
Quiero
decir que realmente desapareció, como una luz que se apaga, dejando un pequeño
montón de ropas. Su vestidito flotó en el aire unos instantes y luego cayó al
suelo. Eso fue todo. La negrita se había ido.
—Gerry,
ji, ji—se oyó.
Alcé
la vista, y allí estaba, completamente desnuda, encaramada en una saliente de
la roca, no muy lejos del techo. Apenas la vi, desapareció.
—Gerry,
jo, jo—dijo la negrita.
Ahora
estaba en el otro extremo de la habitación, en lo alto de unos cajones
amontonados que servían de estantes.
—Gerry,
ji. ji, Estaba debajo de la mesa.
—Gerry,
jo, jo.
Y la
negrita apareció en el rincón, apretándose contra mí.
Grité,
traté de separarme de ella y derribé la banqueta. Temí que la banqueta
comenzara otra vez a moverse y me hundí en el rincón. La negrita ya no estaba a
mi lado.
El
hombre, atareado junto al fuego, miró por encima del hombro y dijo—Bueno,
basta, chicas.
Hubo
un momento de silencio. La negrita salió lentamente de los estantes bajos, fue
hasta su vestido y se lo puso.
—¿Cómo
hacías eso?—le pregunté.
—Jo,
jo—dijo la negrita.
—Es
fácil. Son dos mellizas—dijo Janie.
—Ah.
Otra
negrita, exactamente igual, salió de algún lugar entre las sombras se puso
junto a la primera. Eran idénticas. Allí se quedaron, mirándome. Esta vez dejé
que me miraran.
—Estas
son Bonnie y Beanie—dijo la pintora—. Este es el bebé y éste —y señaló al
hombre—es Lone. Y yo soy Janie.
—Si—dije.
No sabía qué decir.
—Agua,
Janie—pidió Lone y alzó una olla. Oí el ruido del agua que entraba en la olla,
pero no vi nada.
—Ya
es bastante—dijo Lone, y colgó la olla de un gancho.
—Vamos,
Gerry, siéntate. Miré la banqueta.
—¿Ahí?
—Claro.
—No.
Tomé
el plato y me senté en el suelo, contra la pared.
—Eh—dijo
el hombre al cabo de un minuto.—No te apures, que los demás ya hemos comido.
Nadie te va a quitar ese plato. Come con calma.
Comí
más rápido que antes. Aún no había terminado, cuando empecé a vomitar. Me
golpeé la cabeza con el borde de la banqueta. Dejé el plato y la cuchara, y me
quedé tendido en el piso. Me sentía muy enfermo.
Lone
se acercó y me miró.
—Lo
siento, Gerry—me dijo.—Limpia esto, ¿quieres, Janie?
La
suciedad se desvaneció ante mis ojos. Ya nada me llamaba la atención. Sentí que
el hombre me ponía la mano en el cuello y que luego me acariciaba la cabeza.
Beanie,
tráele una manta. Vamos, todos a dormir. Este chico necesita descanso.
Sentí
cómo me envolvían en la manta, y creo que me quedé dormido allí antes que Lone
me pusiera en el suelo.
No
sé qué hora sería cuando me desperté. En un principio no supe dónde estaba.
Asustado, levanté la cabeza, y vi entonces el pálido resplandor de la leña.
Lone dormía vestido frente al fuego. El caballete de Janie se alzaba en la
rojiza oscuridad como un insecto imposible y feroz. La cabeza del bebé asomaba
en el borde de la canasta, pero era imposible saber si miraba hacia mí o hacía
alguna otra parte. Janie estaba tendida en el suelo, cerca de la puerta, y las
mellizas sobre la mesa. Nada se movía, excepto el bebé que cabeceaba de cuando
en cuando.
Incorporándome,
miré a mí alrededor. La casa era sólo esta habitación, y había una única
puerta. Fui hacia ella en puntas de pie. Cuando pasé junto a Janie, la niña
abrió los ojos.
—¿Qué
pasa?—murmuró.
—Nada
que te interese—le dije.
Me
acerqué a la puerta haciéndome el distraído, pero sin dejar de mirar a Janie.
Ella no se movió. Y la puerta estaba tan cerrada como antes.
Volví
hacia Janie. Alzó la vista hacia mí. No estaba asustada.
—Tengo
que ir al retrete—expliqué.
—Ah,
¿por qué no me lo dijiste antes?—preguntó la niña.
De
pronto lancé un quejido y me tomé el vientre con las manos. No sé lo que sentí,
entonces. Fue como si me doliera, pero no me dolió. Nunca me había ocurrido una
cosa igual. Afuera, sobre la nieve, algo hizo plop.
—Muy
bien—dijo Janie—. Vuelve a la cama.
—Pero
tengo que ir a...
—¿Adónde?
—A
ninguna parte.
Era
cierto. No tenía que ir a ninguna parte.
—La
próxima vez dímelo enseguida. No te preocupes por mí.
No
hice ningún comentario. Volví a mis mantas.
—¿Eso
es todo? dijo Stern.
Yo
seguía acostado en el sofá, con los ojos puestos en el cielo raso gris.
—¿Cuántos
años tienes?—me preguntó.
—Quince—le
respondí como entre sueños.
Se
quedó callado, y empecé a ver, además del techo, unas paredes, una alfombra,
unas lámparas, un escritorio y una silla donde estaba Stern. Me senté, me quedé
un rato con la cabeza entre las manos, y luego alcé los ojos. Stern me
observaba, jugueteando con su pipa.
—¿Qué
me ha hecho?—le pregunté.
—Ya
te lo he dicho. Yo no hago nada. Todo lo haces tú.
—Me
hipnotizó.
—No.
Habló
serenamente, pero con firmeza.
—¿Qué
pasó entonces? Fue... fue como si aquello volviera a repetirse.
—¿Sentiste
algo?
—Todo.—Me
estremecí.—Todo aquel infierno. ¿Qué era?
—Pasado
el momento, uno se siente mejor. Puedes vivirlo de nuevo, y cuantas veces
quieras, y cada vez te dolerá un poco menos. Ya lo verás.
Por
primera vez, en mucho tiempo, me sentí asombrado. Pensé un rato, y luego dije:
—Si
lo hice yo solo, ¿cómo nunca me pasó antes?
—Se
necesita alguien que escuche.
—¿Que
escuche? ¿Entonces estuve hablando?
—Y
bien rápido.
—¿Lo
conté todo?
—¿Cómo
puedo saberlo? Yo no estaba allí.
—Usted
no cree que todo eso haya ocurrido, ¿no es cierto? Las chicas que desaparecen,
la banqueta y todo lo demás.
Stern
se encogió de hombros.
—No
soy yo quien tiene que creer o no creer. ¿A ti te pareció real?
—¡Demonios,
ya lo creo!
—Bueno,
eso es lo único que interesa. ¿Es ahí donde vives, con esa gente?
De
un mordisco me arranqué una uña que me estaba molestando.
—Ya
no; no desde que el bebé cumplió tres años—miré a Stern—. Usted se parece a
Lone.
—¿Por
qué?
—No
sé. No, no se parece.—Y añadí enseguida:—No sé por qué dije eso.
Me
acosté otra vez. El techo era gris y las lámparas brillaban débilmente. Oí el
ruido de la pipa entre los dientes de Stern. Me quedé quieto un buen rato.
—No
pasa nada—dije.
—¿Que
quieres que pase?
—Como
antes.
—Algo
quiere salir. Déjalo, ya aparecerá.—Sentí en mi cabeza como un tambor giratorio
donde estaban fotografiados los lugares, los objetos y las personas que yo
trataba de recordar. Y el tambor giraba con tanta rapidez que yo no podía
distinguir las figuras. Detuve el tambor y las figuras desaparecieron. Volví a
hacerlo girar y volví a pararlo.
—No
pasa nada—dije.
—El
bebé tiene tres años—dijo Stern.
—Oh—dije.—Eso.
Cerré
los ojos. Así debe ser. Ser, ver, noche, luz. Debo haber visto una luz en la
noche. Quizá vi al bebé. Quizá al bebé de noche gracias a esa luz.
Noche
tras noche dormí en esa manta y muchas otras noches no dormí. En esa casa de
Lone había siempre algo que hacer. A veces yo dormía de día. Nadie dormía a la
misma hora, salvo que alguien estuviera enfermo, como en aquella primera noche.
La
débil luz del fuego y las lámparas amarillentas y viejas que colgaban de la
batería apenas alumbraban la casa. Había siempre una especie de oscuridad,
tanto de día como de noche. Cuando la luz era demasiado débil, Janie arreglaba
la batería, y las lámparas volvían a brillar.
Janie
hacía aquello que los demás no eran capaces de hacer. Todos trabajaban, por
otra parte. Lone estaba afuera mucho tiempo. A veces se llevaba a las mellizas
para que le sirvieran de ayuda, pero uno nunca advertía que éstas faltaran.
Pues estaban aquí y allá, y otra vez aquí, todo en un abrir y cerrar de ojos. Y
el bebé seguía en su cuna.
Yo
también trabajaba. Cortaba leña para el fuego y añadía algunos estantes, y
luego me iba a nadar con y las mellizas. Y hablaba con Lone. Yo no sabía hacer
nada que los demás no pudieran hacer, y en cambio los otros hacían muchas cosas
para mi imposibles. Naturalmente, yo andaba casi siempre enojado. Pero de otro
modo yo no hubiera podido arreglármelas. Eso no nos impedía coengranar.
Coengranar era una palabra que Janie usaba muy a menudo. Según ella se la había
enseñado el bebé. Según ella quería decir que todos nosotros formábamos un solo
ser, aunque hiciéramos cosas diferentes. Dos brazos, dos piernas, un cuerpo,
una cabeza dedicados a una tarea común, aunque la cabeza no pudiera caminar y
los brazos no pudieran pensar. Lone decía que quizá el vocablo era una unión de
«combinar» y «engranar». Pero me parece que mucho no lo creía. Era en realidad
más que eso.
El
bebé hablaba continuamente, como una estación de radio que funciona todo el
día. Uno puede escuchar la transmisión cuando se le antoje, pero aunque uno no
la sintonice, la estación continúa transmitiendo. He dicho que el bebé hablaba,
pero no era eso exactamente. En realidad funcionaba como un semáforo. Uno
pensaba que esos vagos y confusos movimientos tic las manos, los brazos, las
piernas y la cabeza no tenían sentido, pero en realidad lo tenían. Era como un
semáforo, pero los movimientos no expresaban letras o sílabas, sino
pensamientos completos.
Así,
por ejemplo, extender la mano izquierda, alzar y agitar la mano derecha,
golpear con el pie izquierdo; significaba: «cualquiera que piense que el
estornino es una peste no sabe exactamente qué piensa el estornino», o algo
semejante. Janie decía que ella misma le había pedido al bebé que inventara el
asunto del semáforo. Decía que ella era capaz de escuchar el pensamiento de las
mellizas—así decía, escuchar el pensamiento—y que las mellizas podían escuchar
al bebé. De modo que si ella les preguntaba a las mellizas lo que quería saber,
éstas le preguntaban al bebé y luego le transmitían la respuesta. Pero cuando
las mellizas empezaron a crecer, perdieron esa habilidad. A todos los niños les
pasa lo mismo. De modo que el bebé aprendió a entender el lenguaje hablado, y a
responder con señales de semáforo.
Lone
no entendía las señales, ni yo tampoco. Las mellizas no le prestaban ninguna
atención. Janie, en cambio, observaba al bebé continuamente. El bebé entendía
en seguida lo que uno quería preguntarle y se lo comunicaba a Janie, y ésta nos
decía de qué se trataba. En parte, al menos. Nadie entendía realmente todo lo
que quería decir el bebé, ni siquiera Janie.
Pero
recuerdo que Janie se sentaba a pintar y observaba al bebé, y que de pronto se
echaba a reír.
El
bebé no crecía. Janie sí, y también las mellizas y yo, pero no el bebé. Estaba
ahí, nada más. Janie lo alimentaba y lo limpiaba cada dos o tres días. No
lloraba ni molestaba a nadie. Casi siempre estaba solo.
Janie
le mostraba los cuadros antes de borrarlos y de empezar a pintar otra vez.
Tenía que borrarlos, pues sólo tenía tres lienzos. Por suerte, pues me
horroriza pensar lo que hubiera sido aquella habitación si Janie hubiese
conservado todas sus obras; pintaba cuatro o cinco por día.
Lone
y las mellizas andaban siempre ocupados buscando un poco de trementina. Janie
podía llevar de nuevo las pinturas a la paleta sin ninguna dificultad, pues le
bastaba mirar el cuadro, y un color cada vez; pero la trementina era siempre
útil. Un día, Janie me dijo que como el bebé recordaba todos sus cuadros no
había ningún motivo para que ella los conservara. Eran cuadros de máquinas,
engranajes y palancas, y otros que parecían circuitos eléctricos y cosas
semejantes. Nunca me preocuparon mucho.
Una
vez salí con Lone a buscar un poco de trementina y un par de jamones. Caminamos
a través de los bosques, cruzamos las vías del ferrocarril, y descendimos un
par de kilómetros hasta un lugar desde donde podían verse las luces de un
pueblo. Luego otra vez un bosque, algunas avenidas, y una calle transversal.
Lone
caminaba como siempre, pensando y pensando.
Llegamos
a una ferretería. Lone se adelantó, miró la cerradura y volvió a buscarme,
sacudiendo la cabeza. Encontramos luego un almacén de ramos generales. Lone
gruñó y nos paramos en la sombra, junto a la puerta. Miré hacia adentro.
Y
allí estaba Beanie, en el interior del almacén, totalmente desnuda, como en
otras ocasiones similares. Se acercó a la puerta y la abrió. Entramos, y Lone
cerró otra vez.
—Vete
a casa, Beanie—dijo—, antes que te enfríes.
—Jo,
jo—dijo la negrita haciéndome una mueca, y desapareció.
Encontramos
un par de buenos jamones, y una lata de diez litros de trementina. Me quise
quedar con una lapicera de bolilla, y Lone me dio un coscorrón y tuve que
ponerla otra vez en su sitio.
—Sólo
nos llevamos lo necesario—me dijo.
Cuando
salimos del almacén, Beanie volvió, cerró la puerta y se fue otra vez para
casa. Salí con Lone en muy contadas ocasiones, sólo cuando tenía que ayudarle a
traer ¡OS paquetes.
Estuve
allí tres años. Es todo lo que puedo recordar. Lone o había salido o estaba en
la casa, pero uno apenas notaba la diferencia. Las mellizas estaban casi
siempre juntas. Janie me gustaba, pero nunca hablábamos mucho. El bebé hablaba,
en cambio, continuamente, pero uno no sabia qué decía.
Estábamos
todos ocupados y coengranábamos.
Me
senté de pronto en el sofá.
—¿Qué
pasa?—preguntó Stern.
—No
pasa nada. Esto no nos lleva a ninguna parte.
—Dijiste
eso antes de comenzar. ¿No crees que has conseguido algo desde entonces?
—Ah,
sí, pero...
—Y
bueno, ¿cómo puedes estar seguro esta vez?—No le contesté y volvió a
preguntarme:—¿No te gustó la última parte?
—No
me gustó ni me disgustó. No significaba nada. Sólo charla.
—Entonces
¿qué diferencia encuentras entre esta vez y la anterior?
—¡Demonios,
una diferencia enorme! La primera vez lo sentí todo. Lo vivía realmente. Pero
esta vez nada.
—¿Qué
crees que habrá pasado?
—No
sé. Usted lo sabrá.
—Supongamos
dijo con aire pensativo que se trate de algo muy desagradable y que no quieras
recordarlo.
—¿Desagradable?
¿Cree usted que morirse de frío no es desagradable?
—Lo
desagradable puede tener muchas formas. A veces lo que uno precisamente busca,
la solución de todos los problemas, nos parece tan horrible que ni queremos
acercarnos. O tratamos de ocultarlo, por lo menos. Espera... Stern se
interrumpió.—Quizá «horrible» y «desagradable» no son las palabras exactas.
Puede ser algo que deseas enormemente; pero no se quiere seguir.
—Yo
quiero seguir.
Stern
calló, como si tuviera que poner en orden sus pensamientos, y luego dijo:
—Hay
algo en esa frase, «el bebé tiene tres años», que te molesta mucho. ¿Por qué?
—Demonios
si lo sé.
—¿Quién
la dijo?
—No
sé... este.—Stern sonrió.
—¿Este?
Le
respondí con otra sonrisa.
—Yo
la dije.
—Bien.
¿Cuándo?
Seguí
sonriendo. Stern se inclinó hacia adelante y luego se puso de pie.
—Nunca
vi persona más insensata—dijo. No le respondí, y Stern se volvió a su
escritorio—. No deseas seguir, ¿no es cierto?
—No.
—¿Y
si te digo que te resistes porque estás a punto de descubrir lo que buscas?
—¿Por
qué no me lo dice a ver qué pasa?
Sacudió
la cabeza.
—No
te lo diré. Vamos, vete si quieres. Te daré el cambio.
—¿Cuántos
se paran cuando están a punto de descubrir la solución.?
—Casi
todos.
—Bueno,
no seré uno de ésos.
Me
tendí otra vez en el sofá.
Stern
no se rió, ni dijo «bien» ni mostró ningún entusiasmo. Tomo el teléfono dijo:
—Cancele
todo por esta tarde.
Luego
fue a sentarse otra vez en la silla, fuera de mi vista.
El
silencio era total. Una habitación a prueba de ruidos.
—¿Qué
opina usted—comencé a decir—. ¿Por qué Lone me habrá dejado vivir en la casa si
yo no era capaz de hacer lo que hacían los otros?
—Quizá
podías.
—Oh,
no—afirmé—Traté de hacerlo. Yo era bastante fuerte para mi edad y sabía
callarme a tiempo, pero en todo lo demás era como cualquier chico. Lo soy aún
ahora. Lo único que me distingue es el hecho de haber vivido con Lone en aquel
tugurio.
—¿Tiene
eso algo que ver con «el bebé tiene tres años»?
Miré
el cielo raso.
—El
bebé tiene tres años. El bebé tiene tres años. Fui a. vivir a un caserón donde
había un sendero que daba vueltas entre los árboles y terminaba bajo lo que
parecía ser la marquesina de un teatro. El bebé tenía tres años. El bebé...
—¿Cuántos
años tienes?
—Treinta
y tres—respondí, y como si aquel sofá me estuviera quemando, me levanté de un
salto y corrí hacia la puerta.
Stern
me alcanzó.
—No
seas tonto. ¿Me quieres hacer perder toda la tarde?
—¿Y
qué me importa? ¿Acaso no le he pagado?
—Muy
bien. Es cosa tuya.
Volví
al sofá.
—Este
asunto no me gusta nada—dije.
—Mejor.
Quiere decir que andamos cerca.
—¿Qué
me hizo decir treinta y tres? No tengo treinta y tres años. Tengo quince. Y
otra cosa—¿Si?
—A
propósito de esa frase. «el bebé tiene tres años» La dije yo, de acuerdo. Pero
cuando pienso en eso... no es mi voz.
—¿Así
como treinta y tres no es tu edad?
—Eso
es.
—Gerry—dijo
Stern afectuosamente—no hay nada que temer.
Me
di cuenta que mi respiración era algo agitada. No me desanimé.
—No
recuerdo—dije—haber dicho algo con la voz de otro.
—Oye,
este asunto de sanar cabezas, como lo llamaste antes, no es lo que cree la
mayoría. Cuando entro contigo en tu mente—o cuando entras tú solo, lo que es lo
mismo, no descubro un mundo muy distinto del mundo llamado real. No parece así
al principio, porque el paciente se presenta con toda clase de fantasías,
caprichos y extrañas experiencias. Pero todos vivimos en un mundo semejante.
Cuando alguien dijo que la verdad es más extraña que la ficción, se refería a
algo parecido. Vayamos a donde
vayamos
o hagamos lo que hagamos, estamos siempre rodeados de símbolos, de cosas poco
familiares que no miramos nunca, o que no vemos cuando se nos ocurre mirarlas.
Si alguien pudiera contarte exactamente lo que ve, y lo que piensa, mientras da
dos o tres pasos por la calle, tendrías una imagen del mundo increíblemente
retorcida, oscura y parcial, como nunca hubieras podido imaginártela. Nadie se
fija realmente en lo que le rodea, hasta que entra en un consultorio como éste.
No importa el hecho de que está viendo sucesos del pasado: lo que cuenta es que
por primera vez ve con claridad, y sólo porque, por primera vez, trata de
hacerlo. Bien, ahora a propósito de ese «treinta y tres». No creo que un hombre
pueda tener una experiencia más desagradable que la de descubrir que tiene los
recuerdos de otro El yo es algo demasiado importante, y no tolera que lo
anulen. Pero piensa un rato: los pensamientos son algo así como un lenguaje
secreto, y uno no tiene la clave de más de una décima parte. Ahora bien, en ese
pensamiento hay algo que aborreces. ¿No entiendes que el único modo de
encontrar la clave es no tratar de rechazarlo?
—¿Cree
usted que he comenzado a recordar con... con la mente de algún otro?
—Así
te pareció y eso significa algo. Veamos qué.
—Bueno.
Me
sentí enfermo. Me sentí cansado. Y de pronto comprendí que sentirme enfermo y
cansado era un modo de escapar.
—El
bebé tiene tres años—dijo Stern.
El
bebé tiene quizá tres años. Yo tres, treinta y tres. Tú, Kew, tú.
—¡Kew!—grité.
Stern no dijo nada—. Oiga, no sé por qué, pero creo conocer el camino
verdadero, y no es el que estamos siguiendo. ¿Le importa si tomo otro?
—Tú
eres el médico—dijo Stern.
Tuve
que reírme. Luego cerré los ojos.
Los
bordes y los marcos de las ventanas asomaban entre las puntas del follaje. El
verde de la hierba cubría los prados, claro y limpio, y parecía como si las
flores estuviesen temiendo que se les quebraran y ensuciaran los pétalos.
Subí
por el sendero con mi nuevo par de zapatos. Me habían obligado a ponerme esos
zapatos y mis pies no podían respirar. No quería ir a la casa, pero tenía que
ir.
Subí
por los peldaños, entre las grandes y blancas columnas, y me quedé mirando la
puerta. Deseé poder mirar a través de la puerta, pero era demasiado blanca y
demasiado sólida. Sobre la puerta, muy arriba, había una ventana en forma de
abanico, con otras ventanas a los lados; pero todos los vidrios eran de
colores. Di un puñetazo en la puerta y la ensucié.
No
vino nadie y golpeé de nuevo. La puerta se abrió de pronto, y una mujer negra,
alta y delgada, me preguntó:
—¿Qué
buscas?
Dije
que tenía que ver a la señorita Kew.
—Bueno,
la señorita Kew no querrá verte con esa cara—dijo la negra. Tenía una voz
estridente—. Estás muy sucio. Me enfurecí. Ya estaba bastante molesto por haber
tenido que venir, cruzándome con la gente en pleno día y todo lo demás.
—Mi
cara no tiene nada que ver—dije—. ¿Dónde está la señorita Kew? Vamos, vaya a
buscarla.
—¡No
me hables de ese modo!—gritó la mujer.
—No
tengo ningún interés en hablarle, de ningún modo. Déjeme entrar.
Comencé
a desear que Janie estuviera conmigo. Janie hubiera podido mover a la mujer.
Pero tenía que arreglármelas solo. Y no lo hice muy bien. La mujer dio un
portazo antes que yo pudiera echarle una maldición.
Así
que empecé a patear la puerta. Para eso si que servían los zapatos. Al rato la
puerta se abrió tan bruscamente que casi me fui de narices. La mujer apareció
con una escoba.
—¡Fuera
de aquí, basura—me gritó—o llamaré a la policía.
Me
dio un empujón y caí sobre el piso del porche. Me levanté y fui hacia ella. La
mujer retrocedió y me lanzó un escobazo al pasar, pero yo ya estaba dentro de
la casa. La mujer corrió chillando detrás de mi. Le saqué la escoba de un
manotón y en ese momento alguien gritó con una voz de ganso viejo:
—¡Miriam!
Me
detuve y la mujer se puso histérica.
—¡Oh,
señorita Alicia, cuidado! ¡Nos matará a las dos! ¡Llame a la policía. Llame
a...
—Miriam—dijo
la bocina, y Miriam cerró la boca. En lo alto de la escalera había una mujer de
cara de ciruela, con un vestido lleno de encajes. Parecía un poco más vieja de
lo que era, quizá porque tenía los labios tan apretados. Le di unos treinta y
tres años, treinta y tres. Los ojos eran muy grandes y la nariz pequeña.
—¿Es
usted la señorita Kew?—le pregunté.
—Sí.
¿Qué significa esta invasión?
—Tengo
que hablar con usted.
—No
me hables en ese tono. Y ponte derecho.
—Llamaré
a la policía—dijo la sirvienta.
La
señorita Kew se volvió hacia ella.
—Hay
tiempo para eso. Miriam. Vamos a ver, niñito sucio, ¿qué quieres?
—Tengo
que hablar con usted a solas—le dije.
—No
haga eso, señorita Alicia —dijo la sirvienta.—Tranquilízate, Miriam. Niñito, ya
te he dicho que no me hables en ese tono. Puedes hacerlo delante de Miriam.
—Que
me lleve el diablo.—Las mujeres se sobresaltaron—. Lone me dijo que no lo
hiciera—añadí.
—Señorita
Alicia, no dejará usted...
—¡Cállate
Miriam! Joven, muestra un poco de educación...—La mujer abrió enormemente los
ojos.—¿Quién te dijo?...
—Lone
me dijo.
—Lone.
La
mujer, de pie en la escalera, se quedó mirándose las manos.
—Miriam,
puedes retirarte.
Lo
dijo de un modo que no parecía la misma mujer.
La
sirvienta abrió la boca, pero la señorita Kew extendió un dedo que bien podía
tener la mira de un rifle en la punta. La sirvienta escapó.
—Eh,
oiga—dije—, aquí tiene su escoba.
Iba
a tirársela cuando la señorita Kew llegó a mi lado y me la sacó de la mano.
—Ven
por aquí.
Me
hizo caminar ante ella y entramos en una habitación tan grande como la laguna
donde nos bañábamos. Estaba llena de libros todo alrededor, y las mesas tenían
cuero arriba, y en los rincones había flores doradas.
—Siéntate
ahí—dijo señalando una silla—. No, espera.
—Fue
hasta la chimenea, sacó un periódico de una caja y lo extendió sobre el asiento
de la silla.—Siéntate ahora.
Me
senté sobre el papel. La señorita Kew trajo otra silla para ella, pero no le
puso ningún papel.
—¿Qué
pasa? ¿Dónde está Lone?
—Lone
se murió—dije.
La
mujer respiró hondo y empalideció. Me miró fijamente y los ojos se le llenaron
de lágrimas.
—¿Se
siente mal?—le pregunté—¿Por qué no vomita? Le hará bien.
—¿Murió?
¿Lone murió?
—Sí.
Hubo una inundación la semana pasada, y a la noche siguiente, cuando Lone
volvía a casa, el viento arrancó un roble viejo que se había aflojado con el
agua. El árbol lo aplastó.
—Lo
aplastó—murmuró la señorita Kew.—¡Oh, no, no es cierto!
—Es
cierto, de veras. Lo enterramos esta mañana. Ya no podíamos, tenerlo en casa.
Empezaba oler.
—¡Cállate!
La
señorita Kew se cubrió la cara con las manos.
—¿Qué
pasa?
—Enseguida
estaré bien—dijo la mujer en voz baja.
Se
puso de pie y fue y se quedó frente a la chimenea, dándome la espalda. Mientras
esperaba a que volviese, me saqué un zapato. Pero la mujer me habló desde allí,
—¿Eres
el chico de Lone?
—Sí.
Me dijo que viniese a verla.
—¡Oh,
queridito mío!—La mujer corrió hacia mí y durante un momento pensé que iba a
abrazarme o algo parecido, pero se detuvo de pronto, y arrugó la nariz—.
¿Cómo... cómo te llamas?
—Gerry—le
dije.
—Bien,
Gerry, ¿te gustaría vivir conmigo en esta casa tan grande y tan hermosa y... y
tener ropa nueva y todo lo demás?
—Bueno,
ésa es la idea precisamente. Lone me dijo que viniese a verla. Dijo que a usted
le sobraban los billetes y también que usted le debía un favor.
—¿Un
favor?
La
señorita Kew pareció un poco molesta.
—Bueno—traté
de explicarle—, dijo que él hizo algo por usted una vez, y que usted dijo que
algún día, si podía, le pagaría ese favor.
—¿Qué
más te dijo de eso?—Hablaba otra vez con aquella voz de bocina.
—Ninguna
otra condenada cosa.
—Por
favor, no uses esa palabra—dijo ella con los ojos cerrados. Los abrió e inclinó
la cabeza—. Lo prometí y lo haré. Puedes vivir aquí desde ahora mismo. Si... si
quieres.
—Eso
no tiene nada que ver. Lone me pidió que lo hiciera.
—Serás
feliz aquí dijo ella. Movió la cabeza como si quisiera asegurármelo—. Yo me
ocuparé de todo.
—Muy
bien. ¿Puedo traer a los otros chicos?
—¿Otros
chicos? ¿Niños?
—Sí.
No se trata sólo de mí. También de los otros. De toda la pandilla.
—No
uses esas palabras.—Volvió a sentarse; sacó un pañuelito ridículo y se lo pasó
por los labios, sin quitarme los ojos de encima.—Cuéntame de esos... de esos
otros chicos.
—Bueno.
Está Janie que tiene once, como yo. Y Bonnie y Beanie, que tienen ocho y son
mellizas, y el bebé. El bebé tiene tres años.
Grité.
Stern estaba arrodillado al lado del sofá, apretándome la cara entre las manos,
tratando de que no me temblara la cabeza.
—Eres
un buen muchacho—me dijo—. Lo has descubierto. Aun no has descubierto que es
pero sí donde está.
—Seguro—dije
con una voz un poco ronca—. ¿Me da un poco de agua?
Sacó
el agua de un termo. Estaba tan fría que me lastimó la garganta. Me eché otra
vez y descansé, como si acabara de subir una montaña.
—No
lo soportaría otra vez—comenté.
—¿Quieres
que terminemos por hoy?
—¿Usted
qué dice?
—Lo
que tú quieras.
Pensé
un rato.
—Me
gustaría seguir, pero no quisiera empezar a dar vueltas. No, de ningún modo.
—Si
quieres oír otra de esas poco apropiadas analogías, te diré que la psiquiatría
es como un mapa caminero. Hay muchos caminos para ir de un lugar a otro.
—Iré
por el camino más largo—le dije. La carretera principal. No por el sendero de
la colina. El embrague me está fallando. ¿Por dónde doblo?
Stern
se rió entre dientes. Daba gusto oírlo.
—Deja
ese camino de tierra.
—Lo
conozco. Había un puente que ya no está.
—Ya
pasaste por ahí—me dijo—. Empieza del otro lado del puente.
—Nunca
me lo hubiera imaginado. Siempre creí que tendría que recorrer otra vez todo el
camino, centímetro por centímetro.
—No
sé si tendrás que cruzar ese puente, pero te será más fácil cuando hayas
terminado. No sé tampoco si ese puente tendrá alguna importancia, pero por
ahora será mejor que no te acerques mucho.
—Vamos,
entonces.
Me
sentía impaciente de veras.
—¿Puedo
hacerte una sugestión?
—No.
—Bueno.
Habla sin preocuparte—me dijo—. Esa primera etapa, cuando tenias ocho años...
la viviste realmente. Durante la segunda, con los chicos, no hiciste más que
hablar.
Y
esa visita, cuando tenias once años, la sentiste de veras. Ahora habla otra
vez, simplemente.
—Muy
bien.
Stern
aguardó unos instantes; luego dijo con una voz tranquila:
—En
la biblioteca. Le hablaste de los otros chicos.
Le
hablé de... y entonces ella dijo... y ocurrió algo y grité. La señorita Kew
trató de consolarme y empecé a insultarla.
Pero
no se trata de eso ahora. No llegamos ahí todavía.
En
la biblioteca. El cuero, la mesa, y yo contándole a la señorita Kew lo que Lone
me había dicho.
Lone
me había dicho: «En lo alto de la colina, en el distrito de Height, vive una
mujer de apellido Kew, que se encargará de todos ustedes. Irán a verla y se lo
pedirán. Hagan todo lo que ella les diga, pero nunca se separen. No permitan
que ninguno se vaya del grupo, ¿me entienden? Aparte de eso, tengan contenta a
la señorita Kew y ella los tratará bien. Bueno, no se olviden de hacer lo que
les digo.»
Eso
dijo Lone. Cada una de sus palabras estaba unida a la otra por un cable de
acero, y juntas formaban algo irrompible. Yo por lo menos no hubiera sido capaz
de romperlo.
—¿Dónde
están el bebé y tus hermanas?—preguntó la señorita Kew.
—Yo
se los traeré.
—¿Es
cerca de aquí?
—Bastante
cerca.—La señorita Kew no replicó y yo añadí:—Volveré pronto.
—Espera—dijo
la mujer—. Yo... realmente, no he tenido tiempo de pensarlo. Quiero decir...
Tengo que preparar las cosas, ¿sabes?
Desde
la puerta oí que ella decía con una voz cada vez más fuerte mientras yo me iba
alejando:
—Joven,
si vas a vivir en esta casa tendrás que aprender a ser más educado...—y otras
cosas semejantes.
—Bueno,
bueno—le grité a la mujer, y salí de la casa.
Había
un sol tibio, un cielo claro, y pronto llegué de vuelta a casa de Lone. El
fuego estaba apagado y el bebé olía bastante mal. Janie había roto a puntapiés
el caballete y estaba sentada en el suelo, junto a la puerta, con la cabeza
entre las manos. Bonnie y Beanie se habían subido a una banqueta y se abrazaban
con fuerza como si tuvieran mucho frío aunque no hacía frío.
Sacudí
a Janie tomándola de un brazo. Levantó la cabeza. Los ojos de Janie son
grises—aunque también algo verdosos—, pero ahora tenían un aspecto muy raro,
como leche aguada en el fondo de un vaso.
—Pero
¿qué les pasa?—les dije.
—¿De
quién hablas?—preguntó Janie.
—De
todos. ¿Qué les pasa a todos?
—No
nos interesa nada, eso pasa.
—Bueno,
está bien—dije—, pero tenemos que hacer lo que dijo Lone. Vamos.
—No—dijo
Janie. Miré a las mellizas. Me volvieron la espalda.
—Tienen
hambre—comentó Janie.
—Bueno,
¿por qué no les das algo? Janie se encogió de hombros. Me senté. ¿Por qué Lone
tenía que haberse dejado aplastar por ese árbol?
—No
podemos coengranarnos más—dijo Janie. Eso parecía explicarlo todo.
—Oigan—dije—.
Yo soy Lone ahora... Janie pensó un rato y el bebé movió los pies. Janie lo
miró.
—No
puedes—dijo.
—Sé
dónde se puede conseguir comida y trementina—dije—. Sé donde crece ese musgo
que hay que meter entre los troncos, y puedo cortar leña y todo.
Pero
yo no podía llamar a Beanie y a Bonnie desde varios kilómetros de distancia
para que viniesen a abrir las puertas. No podía decirle a Janie que trajese
agua y avivase el fuego y arreglase la batería. No podía coengranarme con
ellas.
Nos
quedamos callados mucho tiempo. De pronto oí que la cunita crujía. Alcé los
ojos. Janie miraba hacia la cuna.
—Bueno—dijo
Janie—. Vamos.
—¿Quién
dice eso?
—El
bebé.
—¿Quién
manda aquí? —dije muy enojado—. ¿Yo o el bebé?
—El
bebé —dijo Janie.
Me
puse de pie. Iba a darle una en la boca, pero me detuve. Si el bebé conseguía
que hicieran lo que Lone quería, todo iría bien. Pero si yo comenzaba a
repartir golpes a diestra y siniestra, no se haría nada. Por lo tanto me callé.
Janie se levantó y fue hacia la puerta. Las mellizas la miraron. Bonnie
desapareció. Beanie recogió las ropas de su hermana y salió de la casa. Saqué
al bebé de la cuna y me lo puse en los hombros.
Afuera
todo parecía mejor. Caía la tarde y soplaba un viento tibio. Las mellizas
saltaban entre los árboles, como dos ardillas, y Janie y yo caminábamos juntos
como si fuéramos a bañarnos o algo parecido. El bebé empezó a dar puntapiés y
Janie lo miró y le dio de comer hasta que volvió a quedarse quieto.
Cuando
nos acercábamos al pueblo, pensé que sería mejor que anduviéramos juntos, pero
no dije nada. El bebé debió de haberlo dicho, sin embargo. Las mellizas se
acercaron y Janie les dio sus vestidos, y luego caminaron muy formalmente
delante de nosotros. No sé cómo lo consiguió el bebé. Seguro que las mellizas
odiaban ese modo de viajar.
No
tuvimos ningún tropiezo, excepto con un hombre que encontramos en la carretera
ya cerca de la casa de la señorita Kew. El hombre se paró en seco y se quedó
boqueando. Janie lo miró e hizo que el sombrero se le metiera hasta las orejas.
El pobre hombre casi se arranca la cabeza tratando de sacárselo.
Qué
le parece, cuando llegamos a la casa ya habían quitado la mancha negra de la
puerta. Yo tenía al bebé sobre el pescuezo, agarrándole un brazo y un tobillo,
así que tuve que patear la puerta. La ensucié otra vez.
—Hay
una mujer que se llama Miriam—le dije a Janie.—Si dice algo mándala al diablo.
La
puerta se abrió y apareció Miriam. Nos echó una mirada y dio un salto de dos
metros. Entramos en fila en la casa. Miriam recobró el aliento y gritó:
—¡Señorita
Kew, señorita Kew!
—Váyase
al diablo—le dijo Janie, y me miró.
No
supe qué hacer. Era la primera vez que Janie me hacía caso.
La
señorita Kew bajó las escaleras. Traía otro vestido, pero tan ridículo y con
tantos encajes como el anterior. Abrió la boca pero no dijo nada. Y así se
quedó, con la boca abierta, como si esperara a que ocurriese algo.
—El
Señor nos ampare—dijo al fin.
Las
mellizas se pusieron en fila y le clavaron los ojos. Miriam retrocedió fue
arrastrándose a lo largo de la pared, llegó hasta la puerta y la cerró.
—Señorita
Kew—dijo,—si éstos son los chicos que van a vivir aquí, yo renuncio.
—Váyase
al diablo—le dijo Janie.
En
ese momento Bonnie se sentó en la alfombra. Miriam lanzó un chillido y se echó
sobre ella. Agarró a Bonnie por un brazo y quiso levantarla. Bonnie desapareció
dejándole a Miriam un vestidito, y la más condenada expresión en la cara.
Beanie sonrió de oreja a oreja. y empezó a saludar con las manos como una loca.
Miré hacia donde saludaba, y allá estaba Bonnie, desnuda como un pajarraco,
sobre una baranda, en lo más alto de la escalera.
La
señorita Kew volvió la cabeza y al ser a Bonnie cayó sentada en los escalones.
Miriam se desplomó como si le hubiesen dado un golpe. Beanie recogió el vestido
de Bonnie, subió por la escalera, pasó al lado de la señorita Kew y le alcanzó
la ropa a su hermana. Bonnie se vistió. La señorita Kew miró inexpresivamente
alrededor y luego alzó la vista. Bonnie y Beanie bajaron por las escaleras,
tomadas de la mano. Volvieron a ponerse en fila, a mi lado, y miraron a la
señorita Kew con la boca abierta.
—¿Qué
le pasa a esa mujer?—preguntó Janie.
—Se
enferma a cada rato.
—Volvamos
a casa.
—No—le
dije.
La
señorita Kew se levantó, apoyándose en la barandilla, y se quedó así unos
instantes, con los ojos cerrados. De pronto se enderezó (parecía diez
centímetros más alta) y vino hacia nosotros.
—Gerard—dijo
con aquella voz de ganso. Creo que iba a decirme algo distinto. Pero se contuvo
y preguntó apuntándome con el dedo:—En nombre de Dios, ¿qué es eso?
No
comprendí al principio de qué hablaba y miré hacia atrás.
—¿Qué?
—¡Eso!
¡Eso!
—Oh—dije—,
es el bebé.
Lo
bajé de los hombros y lo alcé para que pudiera verlo. La mujer lanzó una
especie de gemido, dio un salto y me sacó al bebé de las manos. Lo sostuvo en
el aire frente a ella y volvió a gemir y lo llamó pobrecito, y atravesando la
habitación, lo acostó en un banco con almohadones que había debajo de la
ventana. Se inclinó sobre él, se metió un pulgar en la boca, se lo mordió y
gimió de nuevo. Luego me miró:
—¿Cuánto
tiempo hace que está así?
Cambié
unas miradas con Janie.
—Siempre
estuvo así—dije.
La
señorita Kew tosió, o algo parecido, y echó a correr hacia Miriam, que estaba
tendida en el piso. Le abofeteó los dos lados de la cara, un par de veces.
Miriam se sentó y se quedó mirándonos. Cerró los ojos, se estremeció, y se
levantó apoyándose en el cuerpo de la señorita Kew.
—Serénate—le
dijo la señorita Kew entre dientes—. Trae una palangana con agua caliente y
jabón. Algunos paños. Y unas toallas. ¡Rápido!—gritó empujándola.
La
negra se tambaleó, se tomó de la pared y salió corriendo.
La
señorita Kew volvió junto al bebé y se inclinó sobre el, murmurando algo con
los labios apretados.
—No
se meta con él—le dije.—No le pasa nada. Tenemos hambre.
La
mujer me lanzó una mirada de furia, como si yo la hubiese insultado.
—¡Tú
no me hables!
—Oiga—le
dije—, esto nos gusta tan poco como a usted. Si Lone no nos lo hubiese pedido,
no estaríamos aquí. Estábamos muy bien donde estábamos.
—¡No
me hables de ese modo!—dijo la señorita Kew.
Nos
miró a todos, uno por uno. Luego sacó aquel tonto pedazo de pañuelo y se lo
llevó a la boca.
—¿Ves?—le
dije a Janie.—Está siempre enferma.
—Jo,
jo—dijo Bonnie. La señorita Kew la miró largamente.
—Gerard—dijo
con una voz ahogada.—Creo haber entendido que estas niñas eran tus hermanas.
—¿Y
qué?
Me
miró como si yo fuera realmente estúpido.
—No
tenemos hermanitas negras, Gerard.
—Nosotros
sí—dijo Janie.
La
señorita Kew comenzó a recorrer la habitación a grandes pasos.
—Tenemos
una gran tarea por delante—dijo hablándose a sí misma.
Miriam
entró con una tina ovalada, y unas toallas y unas telas en el brazo. Puso todo
sobre el banco, y la señorita Kew tocó el agua con el dorso de la mano; y luego
tomó al bebé y lo metió en la tina. El bebé empezó a patear.
Di
un paso adelante y dije:
—Esperen.
Un momento. ¿Qué están haciendo?
—Cállate,
Gerry—dijo Janie. El bebé dice que está bien.
—¿Qué
está bien? ¡Lo están ahogando!
—No,
no es eso. Cierra la boca.
La
señorita Kew cubrió de espuma el cuerpo del bebé. Le hizo dar un par de
vueltas, le restregó la cabeza y lo envolvió en una toalla, como si quisiera
asfixiarlo. Miriam miraba con los ojos muy abiertos mientras la señorita Kew
ataba un repasador alrededor del bebé, imitando unos pantalones. Cuando
terminó, uno no hubiera dicho que era el mismo bebé, y parecía que la señorita
Kew había conseguido dominarse. Respiraba con fuerza y tenía los labios todavía
más apretados. Le alargó el bebé a Miriam.
—Toma
a este pobrecito—le dijo,—y ponlo...—Miriam retrocedió.
—Lo
siento, señorita Kew, pero me voy de la casa y no quiero meterme en esto.
La
señorita Kew le lanzó unos bocinazos:
—¡No
puedes abandonarme en una situación semejante! Estos chicos necesitan ayuda.
¿No lo ves?
Miriam
nos miró.
—Usted
no sabe lo que hace, señorita Alicia. No solo están sucios. ¡Son unos demonios!
—Son
víctimas del desamparo y seguramente no peores que tú o yo si nadie hubiera
cuidado de nosotras. Y no digas... ¡Gerard!
—No
digas... ¡Oh, Dios santo, tenemos tanto que hacer! Gerard, si tú y tus... esas
niñas van a vivir aquí, habrá que hacer grandes cambios. No podréis vivir bajo
este techo y comportaros como hasta ahora. ¿Me entiendes?
—Sí,
claro. Lone nos dijo que teníamos que hacer todo lo que usted nos mandara y
tenería contenta.
—¿Harán
todo lo que yo les diga?
—Es
lo que acabo de decirle, ¿no?
—Gerard,
tendrás que aprender a no hablarme en ese tono. Bien, veamos. Si os digo que
tenéis que obedecer a Miriam, ¿lo haréis?
—¿Qué
te parece?—le pregunté a Janie.
—Se
lo preguntaré al bebé.—Janie miró al bebé, y el bebé agitó las manos y babeó un
poco.—Dice que bueno.
—Gerard,
te he hecho una pregunta—dijo la señorita Kew.
—No
se impaciente—le repliqué—. Tenía que hacer mis averiguaciones, ¿no es así? Sí,
si eso es lo que quiere, obedeceremos también a Miriam.
La
señorita Kew se volvió hacia Miriam
—¿Has
oído, Miriam?
Miriam
nos miró y sacudió la cabeza. Luego extendió lentamente las manos hacia Bonnie
y Beanie.
Las
mellizas se acercaron y cada una se tomó de una mano de Miriam. Alzaron los
ojos hacia ella y sonrieron.
Imagino
que preparaban otra de las suyas, pero estaban graciosas. Miriam frunció los
labios y durante un momento creí que iba a mostrarse como un ser humano.
—Muy
bien, señorita Alicia—dijo.
Empezaron
a ocuparse de nosotros y durante tres años no nos dejaron tranquilos.
—Era
un infierno—le dije a Stern.
—Qué
trabajo para esas mujeres.
—Sí,
supongo. Pero también para nosotros.. Mire, estábamos dispuestos a hacer todo
lo que Lone nos había dicho.
Nada
podía detenernos. Queríamos obedecer a la señorita hasta en las cosas más
pequeñas. Pero ella y Miriam no lo entendían. Pensaban, supongo, que no debían
descuidarnos un solo minuto. Hubiera bastado que nos dijeran qué querían para
que nosotros lo hiciéramos. No había ningún problema cuando se trataba de que
yo no me acostara con Janie. La señorita Kew se ponía furiosa. Hay que ver cómo
se ponía. Como si hubiera querido robarme las joyas de la corona. Pero cuando
nos decía: «deben portarse como señoritas y caballeros», ya no tenía sentido. Y
de cada tres de sus órdenes, dos eran de esa especie «¡Ah!» decía.
«¡Corrección; corrección!»—La mayor parte del tiempo yo no le hacía caso. Pero
un día le pregunté qué quería decir y ella lo soltó. Pero usted ya se da
cuenta.
—Sí,
ciertamente—dijo Stern. ¿Mejoraron las cosas con el tiempo?
—Sólo
tuvimos dificultades serias en dos oportunidades, una a propósito de las
mellizas y la otra por culpa del bebé. La última fue la más grave.
—¿Qué
ocurrió?
—¿Con
las mellizas? Bueno, llevábamos allí una semana, aproximadamente, cuando
comenzamos a notar algo raro.
Janie
y yo, quiero decir. Advertimos de pronto que Bonnie y Beanie no estaban casi
nunca con nosotros. Era como si la casa fuera dos casas: una parte para la
señorita Kew, Janie y yo, y la otra para Miriam y las mellizas. Me imagino que
lo hubiéramos notado antes si todo no hubiese sido un bochinche al principio:
ropa nueva, dormir de noche, y cosas parecidas. El asunto ocurrió así.
Estábamos jugando en el jardín, cuando llegó la hora de almorzar. Miriam se
llevó a las mellizas a la cocina y nosotros nos fuimos a comer con la señorita
Kew. Janie dijo entonces:
—¿Por
qué las mellizas no comen con nosotros?
—Miriam
cuidará de ellas, querida—dijo la señorita Kew.
Janie
la miró con aquellos ojos tan raros.
—¿Por
qué no las hace venir aquí? Yo las cuidaré.
La
señorita Kew torció la boca y dijo:
—Son
negras, Janie; sigue comiendo.
Pero
para Janie y para mí eso no significaba nada.
—Quiero
que coman con nosotros—afirmé—. Lone dijo que nunca nos separáramos.
—Pero
si nadie os separa—dijo la mujer—. Todos viven en la misma casa. Todos comen la
misma comida Bueno, no discutamos más el asunto.
Janie
y yo nos miramos y ella dijo:
—Entonces,
¿por qué no comemos todos aquí?
La
señorita Kew puso el tenedor sobre la mesa y nos miró muy seria.
—Ya
os he dicho por qué, y no admitiré más discusiones.
Bueno,
yo pensé que eso no tenía sentido. Eché atrás la cabeza y grité:
—¡Bonnie!
¡Beanie!
Y,
¡pum!, aparecieron las mellizas.
Se
desató un alboroto de los mil demonios. La señorita Kew les ordenó que se
fueran y ellas no se movieron, y Miriam apareció sudando, con los vestidos de
las chicas en la mano y no pudo agarrarlas, y la señorita Kew les graznó
primero a las mellizas y luego me graznó a mí. Dijo que esto ya era demasiado.
Bueno, quizá había pasado una semana muy dura, pero nosotros también. En fin,
nos dijo que nos fuéramos.
Fui
a buscar al bebé y salí de la casa seguido de Janie y las mellizas. La señorita
Kew esperó a que cruzáramos la puerta y luego corrió detrás de nosotros. Nos
pasó de largo, se puso delante de mí y me paró. Todos nos paramos.
—¿Así
cumplís vosotros los deseos de Lone?—nos preguntó.
Le
dije que sí. La señorita Kew nos recordó que Lone deseaba que nos quedáramos
con ella. Y yo le contesté:
—Sí,
pero también nos pidió que no nos separáramos.
Entonces
nos dijo que volviéramos, y que hablaríamos sobre el asunto. Janie le preguntó
al bebé y el bebé dijo que bueno; así que entramos otra vez en la casa.
Llegamos a un acuerdo. No comeríamos más en el comedor. En un costado del
porche había una galería con vidrios, con una puerta que daba al comedor y otra
que daba a la cocina, y allí comimos desde entonces. La señorita Kew comía sola
en el sitio de antes.
Pero
a causa de todo este endemoniado alboroto ocurrió algo gracioso.
—¿Qué
paso?—preguntó Stern. Me reí.
—Miriam.
Aparentemente era la misma, pero empezó a pasarnos bizcochos entre las horas de
comer. ¿Sabe usted?, tardé mucho tiempo en enterarme de lo que significaba todo
esto. Realmente. Según parece, la gente se ha dividido en dos bandos. Uno de
ellos lucha por acercarse a los negros, el otro por mantenerlos aparte. Pero lo
que no entiendo es por qué ambos bandos se preocupan tanto. ¿Por qué no
olvidan, simplemente, el asunto?
—No
pueden. Tú ves, Gerry; es necesario que la gente se crea superior, de un modo o
de otro. Tú y los chicos y Lone formaban algo unido y fuerte. ¿No sentíais que
erais algo mejores que el resto del mundo?
—¿Mejores?
¿Cómo podíamos ser mejores?
—Diferentes,
entonces.
—Bueno,
me imagino que si, pero nunca lo pensábamos. Diferentes, sí; mejores, nunca.
—Eres
un caso único—dijo Stern—. Bien, cuéntame ahora de aquella otra dificultad que
tuvieron. Del bebé.
—Ah,
sí. El bebé. Bueno. Llevábamos unos dos meses en casa de la señorita Kew y las
cosas eran ya realmente más fáciles. Habíamos aprendido todas las fórmulas: «si
señora» y «no, señora», y habíamos empezado a hacer trabajos escolares, un rato
por la mañana y otro por la tarde, cinco días por semana. Janie ya no se
ocupaba del bebé, y las mellizas iban y venían por la casa sin que nadie las
molestase. Era gracioso. Podían saltar de un lugar a otro ante los mismos ojos
de la señorita Kew y ella no lo creía. La afligía demasiado verlas de pronto
totalmente desnudas. Dejaron de hacerlo y la mujer se alegró de veras. Muchas
cosas la alegraban. Hacía años que no veía a nadie, años. Hasta los medidores
estaban fuera de la casa, de modo que nadie entraba allí. Pero al vivir con
nosotros se sintió corno nueva. Dejó de usar esos vestidos anticuados y a veces
parecía un ser humano. A veces hasta comía con nosotros.
»Pero
una mañana me desperté sintiendo una cosa muy rara. Era como si me hubiesen
robado algo mientras dormía, aunque no sabía exactamente qué. Me deslicé por la
ventana y a lo largo de la cornisa hasta el cuarto de Janie, aunque eso estaba
terminantemente prohibido. Me acerqué a la cama y la desperté. Aún veo aquellos
ojos, cómo se abrieron un poco, todavía cargados de sueño, y cómo de repente
casi se le salen de las órbitas No tuve que explicarle que algo andaba mal.
Ella ya lo sabía. y sabía también que era.
—Se
han llevado al bebé.—gritó.
No
nos importó despertar a alguien. Salimos corriendo del cuarto, atravesamos el
vestíbulo y entramos en la habitación donde dormía el bebé. Si usted no lo ve,
no lo cree. La cuna llena de adornos, el armario blanco, los sonajeros y todo
lo demás habían desaparecido, y en su lugar había un escritorio. Era como si el
bebé nunca hubiese estado allí.
No
dijimos nada. Salimos de la habitación y nos metimos en el dormitorio de la
señorita Kew. Yo sólo había estado allí una vez, y Janie en dos o tres
oportunidades. Pero esto era diferente; las prohibiciones no contaban. La
señorita Kew estaba en cama con las trenzas recogidas. Antes que cruzáramos la
habitación, ya estaba completamente despierta. Se incorporó, apoyándose en los
codos, y puso la espalda contra la cabecera.
—.¿Qué
significa esto?—preguntó.
—¿Dónde
está el bebé?—le grité.
—Gerard—dijo—,
no hay necesidad de gritar.
—Mejor
será que nos lo diga, señorita Kew—dijo Janie.
Janie
era una chica tranquila, pero le aseguro que si usted la hubiese visto en ese
momento, se habría asustado
El
rostro de la señorita Kew se ablandó de pronto y sus manos se extendieron hacia
nosotros.
—Niños—nos
dijo—, lo siento, lo siento mucho. Pero he hecho lo mejor. He mandado fuera al
bebé. Vivirá desde hoy con otros niños como él. Aquí nunca hubiera sido feliz
realmente. Lo sabéis muy bien.
—Nunca
nos dijo que no fuera feliz—dijo Janie.
La
señorita Kew se río con una risa forzada:
—¡Como
si pudiese hablar el pobrecito!
—Será
mejor que lo traiga de vuelta—le repliqué—. Ya le dije que no debíamos
separarnos.
La
mujer estaba enojándose, pero se contuvo.
—Trataré
de explicártelo, querido. Tú y Janie, y aun las mellizas, sois niños normales y
sanos, y creceréis hasta ser unos hermosos jóvenes. Pero el bebé, pobre... es
distinto. Crecerá sólo un poco, y nunca podrá caminar ni jugar como los otros
niños.
—Eso
no nos importa—dijo Janie—. Usted no tenía derecho a sacarlo de aquí.
—Sí—dije—.
Y será mejor que lo traiga de vuelta, pero rápido.
—Ya
os he dicho, entre otras cosas—dijo la señorita Kew con tono agrio—, que no se
dan órdenes a los mayores. Bien, salid de aquí y vestios para el desayuno. Y
que de esto no se hable más.
—Señorita
Kew—le dije con toda la dulzura de que, yo era capaz—, creo que pronto deseará
haberlo traído. Porque si no lo trae enseguida.
La
señorita Kew saltó de la cama y nos echó de la habitación.
Me
quedé callado un momento.
—¿Y
qué pasó?—preguntó Stern.
—Oh—dije—,
lo trajo de vuelta.—Me reí.—Cuando uno se acuerda parece cómico. Durante casi
tres meses vivimos sometidos a la señorita Kew, que llevaba firmemente las
riendas. Y de pronto, se acabaron las leyes. Habíamos tratado de respetar, todo
lo posible, las ideas de aquella mujer, pero, por Dios, esta vez se había
pasado. Comenzamos el tratamiento en el mismo instante en que cerró la puerta.
El cacharro de loza que tenía debajo de la cama se elevó por los aires y se
rompió contra el espejo de la cómoda. Se abrió luego un cajón, y salió un
guante y le dio una bofetada.
La
señorita Kew se subió de un salto a la cama y el yeso del cielo raso cayó sobre
ella. El agua del baño empezó a correr, y cuando llegó al dormitorio las ropas
se desprendieron de sus ganchos. La mujer quiso huir, pero la puerta estaba
atrancada. Tiró entonces del picaporte y la puerta se abrió. La señorita Kew
quedó tendida en el piso. Sonó un portazo y cayó sobre ella otro poco de yeso.
Regresamos
a la habitación. La señorita Kew estaba llorando. Nunca me hubiese imaginado
que fuera capaz de llorar.
—¿Va
a traer al bebé?—le dije.
La
señorita Kew siguió tendida y llorando. Después de un rato nos miró. Daba
lástima, verdaderamente. La ayudamos a levantarse y la llevamos hasta una
silla. Volvió a mirarnos, paseó los ojos por el espejo y el cielo raso
agujereado, y murmuró:
—¿Qué
ha pasado? ¿Qué ha pasado?
—Se
ha llevado al bebé—le dije—. Eso ha pasado.
La
señorita Kew saltó entonces de la silla y dijo con voz asustada y firme a la
vez:
—Algo
cayó sobre la casa. Un aeroplano. O quizá fue un terremoto. Hablaremos del bebé
después del desayuno.
—Dale
otro poco, Janie—dije
Una
ola de agua la golpeó en la cara y en el pecho, pegándole el camisón a la piel;
una de las cosas que menos le gustaban. Las trenzas se alzaron en el aire,
tirándole de la cabeza y obligándola a enderezarse. Fue a dar un grito y la
borla de los polvos se le metió en la boca. Se la sacó de un tirón.
—¿Qué
estáis haciendo? ¿Qué estáis haciendo?—dijo echándose a llorar otra vez,
Janie,
con las manos a la espalda, la miró inocentemente.
—No
hacemos nada—le dijo.
Y yo
añadí:
—todavía
no. ¿Va a traer al bebé?
—Basta,
basta—nos gritó—. Olvidemos a ese idiota mongoloide. No es útil para nadie, ni
siquiera para si mismo. ¿Cómo podría llegar a creer que es mío?
—Trae
ratas, Janie—dije.
Se
oyó el ruido de algo que se escurría a lo largo del zócalo. La señorita Kew se
cubrió la cara con las manos y se dejó caer en una silla.
—Ratas
no—nos dijo—. No hay ratas en esta casa.
En
ese momento se oyó un chillido y la señorita Kew se vino abajo. ¿Vio alguna vez
a alguien que se viene realmente abajo?
—Sí—dijo
Stern.
—Yo
estaba furioso, pero aun así me pareció demasiado. Sin embargo, no debió pedir
que se llevaran al bebé. Pasó un par de horas antes que ella pudiera hablar por
teléfono, pero al mediodía el bebé ya estaba en la casa.
Me
reí.
—¿Por
qué te ríes?
—La
señorita Kew nunca supo bien lo que había pasado. Unas tres semanas después la
oí hablar con Miriam. Decía que la casa había dejado de sacudirse. Decía que
era una gran cosa haber impedido que los médicos continuaran examinando al
bebé... Podía haberle pasado algo al pobrecito. Me parece que lo creía de
veras,
—Probablemente.
Es muy común. La gente no cree sino que quiere creer.
—¿Y
qué cree usted de todo esto?—le pregunté de pronto.
—Ya
te lo he dicho. No tiene importancia. Ni creo ni dejo de creer.
—No
me ha preguntado hasta qué punto lo creo yo.
—No
tengo por qué. Eso es asunto tuyo.
—¿Es
usted un buen psiquiatra?
—Creo
que sí—dijo Stern—. ¿A quién mataste?
La
pregunta me encontró desprevenido.
—A
la señorita Kew—respondí, y empecé a echar maldiciones—. No pensaba decírselo.
—No
te preocupes—me dijo—. ¿Por qué lo hiciste?
—Eso
es precisamente lo que he venido a descubrir.
—Debes
de haberla odiado de veras.
Me
eché a llorar. ¡Quince años y llorando de ese modo!
Me
dio todo el tiempo que quise. Al principio fueron ruidos y quejidos, y gritos
que me partían el pecho. Pasó mucho tiempo antes que pudiera respirar
normalmente. Al fin salieron las palabras.
—¿Sabe
usted de dónde vengo? Mi primer recuerdo es un puñetazo en la boca. Aún lo veo
venir, un puño tan grande como mi cabeza. Porque estaba llorando. Desde
entonces tengo miedo de llorar. Lloraba porque tenía hambre. O frío quizás, o
ambas cosas. Después los enormes dormitorios, donde quien más, robaba era quien
más tenía. Lo molían a uno a golpes si se portaba mal, le daban un premio si se
portaba bien. Y el premio mejor era que lo dejaran a uno solo. Trate de vivir
de ese modo. Trate de vivir deseando que lo dejen solo.
Luego
aquella vida encantada con Lone y los chicos. Algo maravilloso; uno era parte
de algo. Nunca me había ocurrido antes. Dos lámparas amarillentas y un poco de
leña bastaban para iluminar el mundo. Nada más, y era suficiente.
Y
enseguida todo fue distinto: ropa limpia, comida bien preparada, cinco
lecciones por día: Colón, y el rey Arturo, y un libro de higiene de 1925 que
explicaba lo que era un pozo negro. Y sobre todo eso, un gran bloque de hielo.
Veíamos cómo se fundía, y cómo se le redondeaban las aristas; sabíamos que
gracias a nosotros, la señorita Kew... Demonios, se dominaba demasiado como
para mostrarnos algún afecto, pero sentíamos eso sin embargo. Lone nos cuidaba
porque éramos parte de su mundo. La señorita Kew nos cuidaba también, pero
ninguno de nosotros se parecía a ella. Y ella quería que nos pareciésemos.
Tenía
una idea muy rara del «bien» y una idea equivocada del «mal», pero estaba
emperrada, y quería meternos esas ideas. Cuando no entendía, creía que la culpa
era de ella... y eran muchas las cosas que no entendía, y que nunca podría
entender. Si algo salía bien, era gracias a nosotros; si salía mal, era por su
culpa. El último año, ese último año fue... oh, bastante bueno.
—¿Y
entonces?
—Entonces
la maté. Oiga—dije. Sentía que tenía que hablar rápidamente. No me faltaba
tiempo, pero tenía que salir de todo eso—. Le contaré lo que recuerdo. El día
antes de que la matara me desperté temprano. Las sábanas me crujían bajo el
cuerpo, y la luz del sol atravesaba los visillos blancos y las cortinas rojas y
azules. Había un armario lleno de ropa, ropa mía. Mía, ¿me oye?, y yo nunca
había tenido nada. Y en la planta baja Miriam preparaba las tazas y platos del
desayuno, y las mellizas se reían. Se reían con ella, quiero decir, no entre
ellas como antes.
En
la habitación de al lado, Janie se paseaba cantando, y yo ya sabía que la cara
le brillaría por dentro y por fuera. Me levanté. Me lavé con agua caliente,
verdaderamente caliente, y la pasta dentífrica me hizo cosquillas en la lengua.
Me vestí (las ropas eran de medida) y bajé las escaleras y ya todos estaban
abajo, y me alegré de verlos y ellos se alegraron de verme, y tan pronto como
nos sentamos a la mesa, bajó la señorita Kew y la saludamos a coro.
Y
así siguió la mañana: comenzaron las lecciones en el vestíbulo, separadas por
un recreo. Las mellizas, con la punta de la lengua afuera, dibujaban las letras
en vez de escribirlas, y Janie pintaba un cuadro, un cuadro verdadero, con una
vaca y unos árboles y una cerca amarilla que se perdía en el horizonte. Yo me
había metido con una ecuación de cuatro incógnitas, y la señorita Kew se
inclinaba sobre mí y me ayudaba, y yo sentía el olor del perfume que ella
llevaba en el pecho. Levanté la cabeza para olerlo mejor y oí el ruido apagado
de las fuentes que Miriam metía en el horno.
Y
así siguió la tarde: más lecciones, más estudio, y un recreo en el jardín con
muchas risas. Las mellizas se perseguían, corriendo, aunque normalmente, de un
lado a otro; Janie pintaba minuciosamente las hojas de uno de los árboles
tratando de seguir las indicaciones de la señorita Kew. Y el bebé tenía un
corralito nuevo. No era mucho lo que se movía; se pasaba el tiempo mirando y
babeando; estaba lleno de comida y la cara le brillaba como una hoja de papel
de estaño.
Y a
la hora de la cena, la señorita Kew nos leyó unas páginas, cambiando de tono
cada vez que hablaba un personaje distinto, apresurándose y bajando la voz
cuando el pasaje la azoraba un poco, pero sin saltearse una sola palabra.
Y
tuve que ir y matarla. Y eso es todo.
—No
has explicado por qué—dijo Stern.
—¿Pero
usted es estúpido?
Stern
no dijo nada. Me puse boca abajo, con la barbilla apoyada en el hueco de las
manos, y lo miré fijamente. Uno nunca podía adivinar lo que pensaba, pero me
pareció que no sabía qué decir.
—Acabo
de explicarlo—le dije.
—No
a mí.
Comprendí
de pronto que le estaba pidiendo demasiado.
—Nos
levantábamos todos al mismo tiempo—comencé a decir lentamente—. Hacíamos
siempre la voluntad de otro. Vivíamos según las costumbres de otro, pensando
las ideas de otro, repitiendo las palabras de otro. Janie pintaba los cuadros
de otro, el bebé no hablaba con nadie y a todos nos parecía bien. ¿Todavía no
se da cuenta?
—Todavía
no.
—¡Pero
por Dios!—Pensé un rato. No coengranabamos.
—¿No
coengranaban? Oh. Pero si ya no lo hacían desde la muerte de Lone.
—Era
distinto, como cuando un automóvil se queda sin gasolina. El auto está ahí,
esperando. No pasa nada malo. Pero cuando caímos en manos de la señorita Kew,
el automóvil se hizo pedazos, ¿no comprende?
Le
tocó a él pensar un rato. Finalmente dijo:
—La
mente nos empuja a veces a hacer cosas raras. Algunas parecen completamente
irracionales, sin sentido, propias de un loco. Pero la piedra fundamental de
nuestra vida es ésta: todos nuestros actos están unidos por una lógica
implacable. Profundiza lo suficiente y encontrarás una relación de causa y
efecto, tan evidente como en cualquier otra esfera. Digo lógica, fíjate; no
digo «virtud» o «rectitud» o «justicia» ni nada parecido. La lógica y la verdad
son dos cosas muy distintas, aunque a veces, y para quien actúa lógicamente,
parezcan lo mismo.
Cuando
esa mente trabaja en lo más hondo, aparentemente en pugna con la mente
superficial todo se confunde. Comprendo, en tu caso, lo que quieres decirme.
Que para preservar o reconstruir el lazo peculiar que los unía, tuviste que
librarte de la señorita Kew. Pero no veo la lógica. No veo que recuperar ese
mundo valiera tanto como para destruir esa nueva seguridad que, según admites,
era agradable.
—Quizá
no valía la pena destruirla—dije desesperadamente.
Stern
se inclinó hacia adelante y me señaló con la pipa.
—Lo
valía. Y por eso lo hiciste. Quizá ahora no lo pienses así. Pero en un
principio lo más importante era destruir a la señorita Kew y recuperar la vida
anterior. No sé por qué, y tú tampoco.
—¿Cómo
podemos descubrirlo?
—Bueno,
empecemos por la parte más desagradable. Si estás dispuesto.
Me
acosté.
—Estoy
listo.
—Perfectamente.
Cuéntame lo que pasó justo antes que la mataras.
Volví
a tientas a vivir ese día, tratando de saborear otra vez la comida, y oír de
nuevo las voces. Algo vino y se fue y volvió: las sábanas que me crispaban los
nervios. Lo rechacé, pues eso había ocurrido a la mañana, pero volvió otra vez
y me di cuenta que ya era de noche.
—Pensé
todo lo que le he dicho—dije—. Que los chicos hacían las cosas de otro, y no
las propias, y que el bebé no hablaba, y que todos sin embargo estábamos
contentos y, finalmente, que tenía que matar a la señorita Kew. Me llevó mucho
tiempo llegar a eso, y más todavía decidirme. Creo que pasé unas cuatro horas
acostado. Luego me levanté, salí de la habitación, atravesé el vestíbulo, entré
en el dormitorio de la señorita Kew y la maté.
—¿Cómo?
—¡Eso
es todo!—grité con todas mis fuerzas. Traté de calmarme—. Estaba tremendamente
oscuro... todavía lo está. No sé. No quiero saber. Ella nos quería. Sé que nos
quería. Pero yo tenía que matarla.
—Está
bien. Está bien—dijo Stern—. Creo que no hay necesidad de insistir sobre eso.
Me parece que eres.
—¿Qué?
—Eres
bastante fuerte para tu edad, ¿no, Gerard?
—Creo
que sí. Lo suficiente por lo menos.
—Sí—dijo
Stern.
—Sigo
sin ver la lógica de que me habla.—Comencé a dar puñetazos en el sofá, un
puñetazo por cada palabra.
—Vamos,
cálmate—dijo Stern—. Te estás lastimando.
—Quiero
lastimarme—dije.
—Ah—dijo
Stern.
Me
levanté y me acerqué al escritorio y bebí un poco de agua.
—¿Qué
quiere que haga?
—Cuéntame
lo que hiciste después de matarla. Antes de venir a verme.
—No
mucho—dije—. Eso ocurrió anoche. Me apoderé de su libreta de cheques y volví
aturdido a mi habitación. Me vestí, pero sin ponerme los zapatos. Los llevé en
una mano. Salí de la casa. Caminé un rato, tratando de pensar, y fui al banco a
primera hora. Cobré un cheque de mil cien. Tenía la idea de ir a ver a un
psiquiatra y me pasé la mayor parte del día buscando uno. Hasta que vine aquí.
Eso es todo.
—No
te fue difícil cobrar el cheque.
—Nunca
me fue difícil convencer a la gente.
Stern
lanzó un gruñido de sorpresa.
—Sé
lo que está pensando. No conseguí convencer a la señorita Kew.
—Eso
es, en parte—admitió Stern.
—Si
lo hubiera logrado—le dije—, ella hubiera dejado de ser la señorita Kew. En
cuanto al banquero... todo lo que hice fue conseguir que se portara como un
banquero.
Miré
a Stern y de pronto comprendí por qué jugaba continuamente con la pipa. Era una
excusa para tener los ojos bajos, y para que uno no pudiera vérselos.
—La
mataste—dijo, y comprendí que estaba cambiando de tema—, y destruiste algo que
estimabas bastante. Aunque menos que la posibilidad de reconstruir todo aquel
mundo en que vivías con los otros chicos. Y sin embargo no estás seguro del
valor de ese mundo.—Alzó los ojos.—¿No es esto, más o menos, lo que te
preocupa?
—Casi
exactamente.
—¿Sabes
para qué mata la gente?—No le contesté y Stern añadió:—Para sobrevivir. Para
salvar el yo o algo que se identifica con el yo. Y en este caso la fórmula no
sirve, pues en tu relación con la señorita Kew las posibilidades de sobrevivir,
solo o en grupo, eran mayores que antes.
—Por
lo tanto no tenía una razón para matarla.
—La
tenias, ya que lo hiciste. Pero todavía no la hemos encontrado. Es decir,
tenemos una razón, pero no sabemos por qué es importante. La respuesta está en
ti, en algún sitio.
—¿Dónde?
Se
levantó y dio unos pasos por la habitación.
—La
historia tiene cierta unidad. La fantasía se mezcla un poco con los hechos, y
faltan algunos detalles, pero existe un principio, un desarrollo y un fin.
Bien, no puedo asegurarlo, pero la respuesta está quizá en ese puente que
rehusaste cruzar, ¿recuerdas?
Lo
recordaba muy bien.
—¿Y
por qué ahí? ¿Por qué no probamos en otra parte?
—Por
lo que acabas de decir—apuntó con tranquilidad—¿Por qué retrocedes ahora?
—Por
favor, no agrande las cosas le dije. A veces el hombre me aburría—. Me molesta.
No sé por qué, pero me molesta.
—Hay
algo ahí, y eres tu quien lo molesta, y por eso mismo trata de ocultarse. Y
todo lo que quiere ocultarse puede ser lo que buscas. ¿Conoces acaso lo que te
molesta?
—Bueno,
no.—Y volví a sentir esas náuseas y esa debilidad, y otra vez traté de
apartarlas. Y de pronto quise seguir.—Adelante.
Me
acosté.
Me
quedé escuchando el silencio, y mirando el cielo raso, y al fin Stern dijo:
—Estás
en la biblioteca. Acabas de encontrarte con la señorita Kew. Te habla. Tú le
cuentas de los chicos.
Me
quedé muy quieto. No pasó nada. Sí, algo pasó. Me puse duro, hasta que me dolió
el cuerpo pero nada más.
Oí
que Stern se levantaba y se acercaba al escritorio. Manejó algo un rato. Algo
crujió y zumbo. De pronto oí mi propia voz:
—Bien.
Está Janie, que tiene doce, como yo; Bonnie y Beanie que tienen ocho, y son
mellizas y el bebé. El bebé tiene tres años.
Y el
sonido de mi grito.
Y la
nada.
Como
un chisporroteo en la oscuridad, salí agitando los puños. Unas manos fuertes me
tomaron por las muñecas, pero no trataron de impedir que moviera los brazos.
Abrí los ojos. El termos se había caído sobre la alfombra. Stern estaba
agachado a mi lado, sosteniéndome los puños. Dejé de luchar.
—¿Qué
pasó?
Stern
me soltó y retrocedió observándome.
—Señor—dijo—,
qué reacción.
Me
llevé las manos a la cabeza y lancé un gemido. Stern me tiró una toalla y la
usé.
—¿Qué
me golpeó?
—Había
registrado lo que dijiste antes—explicó Stern—y como no recordabas, traté de
ayudarte usando tu propia voz. A veces obra maravillas.
—Obró
maravillas esta vez—gruñí.—Parece que se me saltaron los tapones.
—En
efecto, ya ibas a meterte en lo que no quieres recordar y preferiste
desmayarte.
—¿Por
qué está tan contento?
—La
última defensa—dijo concisamente.—Ya nos falta poco. Sólo otra prueba.
—Oiga,
cuidado. Mi última defensa será morirme.
—No
tengas miedo. Ese episodio está en tu subconsciente desde hace mucho tiempo y
no te hizo ningún daño.
—¿No?
—No
te mató por lo menos.
—¿Cómo
sabe usted que no lo hará cuando lo saquemos a luz?
—Ya
lo verás.
Alcé
la vista y lo miré de reojo. Me pareció que Stern sabía lo que hacía.
—Sabes
ahora de ti mismo bastante más que antes—dijo con voz muy suave—. Podrás
examinarte interiormente. Tendrás conciencia de lo que vayas sabiendo. No del
todo, quizá, pero sí lo suficiente como para protegerte a ti mismo. No te
preocupes. Cree en mí. Puedo pararlo si se hace demasiado grave. Descansa. Mira
el techo. Ten conciencia de tus pies. No, no te mires los pies. Alza los ojos.
Tus pies, cuidado con tus pies. No los muevas, siéntelos. Cuenta los dedos de
tus pies. Uno, dos, tres. Atención a ese tercer dedo. Siéntelo, siéntelo,
siéntelo. Déjalo solo, aflójalo, se afloja. Los otros dedos, los de al lado, se
aflojan también. Todos se aflojan, todos están flojos, todos tus dedos están
flojos...
—¿Qué
está haciendo?—le grité.
—Crees
en mí—dijo con la misma voz sedosa—y también tus dedos creen en mí. Se aflojan
porque crees en mí.
—Está
tratando de hipnotizarme. No lo permitiré.
—Te
vas a hipnotizar a ti mismo. Tú lo harás todo. Yo sólo te digo cómo tienes que
hacerlo. Sólo pongo tus pies en el camino. No hago más que eso. Nadie puede
hacerte ir a donde no quieras, pero puedes ir a donde señalan tus pies, tus
pies de dedos flojos, tus...
Y
así continuamente. ¿Y dónde estaban las colgantes vestiduras de oro, la mirada
resplandeciente y los pases magnéticos? Stern ni me miraba. ¿Y la voz monótona
que invita al sueño? Bueno. Stern sabía que yo no tenía sueño y que no quería
tenerlo. Sólo deseaba ser pies. Sólo deseaba aflojarme, ser un par de pies
completamente flojos. Unos pies sin cerebro, unos pies que se dirigen a alguna
parte, once veces, once, tengo once años.
Me
dividí en dos, y todo estuvo bien. Una parte de mí mismo miraba a la parte de
mí mismo que volvía a la biblioteca. Y la señorita Kew se inclinaba hacia mí,
pero no demasiado, y las hojas del periódico crujieron bajo mi cuerpo en la
silla de la biblioteca, y yo me había sacado un zapato y los dedos del pie
colgaban flojos... Y sentí entonces cierta sorpresa. Pues esto era hipnosis, y
sin embargo me sentía totalmente consciente, inmóvil sobre el sofá, oyendo el
zumbido de la voz de Stern; totalmente capaz de volverme y sentarme y hablar
con él, y hasta de irme si quisiera, pero yo no quería irme... Oh, si esto era
la hipnosis, yo estaba de acuerdo, completamente de acuerdo. Yo ya la conocía.
Y estaba bien.
Podía
ver, sobre la mesa, el cuero repujado, y aun podía quedarme junto a la mesa con
usted, con la señorita Kew, la señorita Kew, y Bonnie y Beanie que tienen ocho,
y son mellizas, y el bebé. El bebé tiene tres años.
—El
bebé tiene tres años—dijo ella.
Sentí
una presión, algo que se estiraba y... y que se quebraba. Y con una desgarrante
agonía, y una explosión de triunfo que ahogaba el dolor, todo terminó.
Y
esto era lo que estaba dentro. Todo en un relámpago, pero realmente todo.
¿El
bebé tiene tres años? Mi bebé hubiera tenido tres años, si hubiera existido un
bebé, pero nunca existió...
Lone,
me abro a ti. Me abro, ¿me abro lo bastante?
Los
iris como ruedas. Sé que dan vueltas, pero nunca pude verlos. La sonda viene
invisible desde su cerebro y me entra por los ojos hasta el cerebro. ¿Sabe él
lo que eso significa para mí? ¿Le importa? No le importa. No lo sabe. Me
examina, me vacía y yo me lleno otra vez. Bebe y espera, y espera y bebe de
nuevo, y nunca mira su copa.
Cuando
lo vi por vez primera, yo estaba bailando en el viento, en el bosque, al aire
libre, y él me miraba desde el follaje sombrío. Lo odié por eso. No era mi
bosque, no era mi prado de lunitas de oro, entretejido de helechos. Pero era mi
baile, y se apoderó de mi baile... Mi baile, petrificado para siempre porque él
estaba allí. Lo odié por eso, odié cómo me miraba, cómo estaba allí, hundido
hasta los tobillos en los helechos suaves y húmedos, como un árbol con raíces
en vez de pies, y unas ropas del color de la tierra. Cuando me detuve, él se
movió, y entonces fue sólo un hombre, un gran mono de hombros cuadrados, ese
animal sucio que es un hombre. Y todo mi odio fue de pronto miedo, y me sentí
helada de pronto.
Él
sabía lo que estaba haciendo y no le importó. Bailar... yo nunca volvería a
bailar porque nunca sabría si el bosque no estaba lleno de ojos, si no estaba
lleno de hombres altos, hombres parecidos a animales, descuidados y sucios. Los
días de verano las ropas me pesarían en el cuerpo, y las noches de invierno
viviría envuelta recatadamente en telas, como en una mortaja, y nunca volvería
a bailar, nunca recordaría este baile sin recordar esos ojos. ¡Cómo lo odié!
¡Oh, cómo lo odié!
Bailaba
sola en lugares ignorados. Ese era mi secreto. Y mientras tanto seguían
hablando de mí como de la señorita Kew, una señorita victoriana, avejentada y
anticuada, correcta y tiesa; encajes, ropa blanca y soledad. Ahora comenzaría a
ser, realmente, lo que ellos decían, y ya nunca dejaría de serlo. Mi secreto...
me lo habían robado.
El
hombre salió a la luz del sol y vino hacia mí, con la cabeza un poco inclinada
sobre un hombro. Me quedé donde estaba, helada por dentro y por fuera, con el
corazón lleno de ira y la piel erizada de miedo, con un brazo extendido y el
cuerpo doblado en un momento del baile. Cuando el hombre se detuvo, volví a
respirar, pero sólo porque me ahogaba.
—¿Usted
lee libros?—me dijo.
No
podía soportar su cercanía, pero tampoco podía moverme. El hombre extendió su
mano áspera y me tocó la barbilla, y me hizo levantar la cabeza y tuve que
mirarlo a los ojos. Quise apartarme, pero mi rostro no abandonaba su mano, y
sin embargo su mano no me retenía, sólo sostenía mi rostro.
—Tiene
que leer algunos libros para mí. No tengo tiempo para buscarlos.
—¿Quien
es usted.?—le pregunté.
—Lone—me
dijo—. ¿Va a leer libros para mí?
—No.
¡Déjeme ir! ¡Déjeme ir!—No me tenía presa.
—¿Qué
libros?—le pregunté.
Me
golpeó en la cara, no muy fuerte, y alcé un poco más la cabeza. Dejó caer la
mano, y los ojos, los iris, comenzaron a girar.
—Abra
la cabeza me dijo—. Ábrala y déjeme ver.
Había
libros en mi cabeza y él miraba los títulos.
No,
no miraba los títulos; no sabía leer. Miraba... lo que yo sabía de los libros.
De pronto me sentí terriblemente inútil. Yo sabía muy poco.
—¿Qué
es eso?—preguntó ásperamente.
Comprendí.
Lo había sacado de mi cabeza. Yo no sabía que estaba, pero él lo había
encontrado.
—Telekinesis—dije.
—¿Cómo
se hace?
—Nadie
sabe si es posible. Mover objetos con la mente.
—Es
posible—dijo—. ¿Y esto qué es?
—Teleportación.
Lo mismo. Bueno, casi. Mover el propio cuerpo, pero sólo por medio de la mente.
—Sí,
sí. Ya veo—dijo con cierta dureza.
—Interpenetración
molecular Telepatía y clarividencia. No sé nada de todo eso. Me parece que son
tonterías.
—Lea
sobre eso. No importa si no entiende. ¿Qué es eso?
Estaba
ahí, en mi cerebro, en mis labios.
—Gestalt
—¿Qué
quiere decir?
—Grupo.
Como curar varias enfermedades con un solo tratamiento. Como varias ideas
expresadas en una sola frase. Él todo es mayor que la suma de las partes.
—Lea
sobre eso, también. Lea mucho sobre eso. Más que sobre ninguna otra cosa. Es lo
más importante.
Se
volvió, y cuando apartó sus ojos de los míos fue como si algo se quebrase, y
trastabillé y caí de rodillas. Se hundió en el bosque sin mirar hacia atrás.
Recogí mis ropas y corrí a casa. Sentí furia, como una tormenta. Sentí miedo,
como un huracán. Sabía que iba a leer los libros, sabía que iba a volver, sabía
que nunca bailaría de nuevo.
Así
que leí los libros y volví. A veces iba todos los días, durante tres o cuatro
días, y otras veces, cuando no podía encontrar algún libro, no iba durante
diez. Lone estaba siempre allí en el cañaveral, esperando, de pie entre las
sombras, y tomaba lo que quería de los libros y nada de mí. Nunca mencionaba
nuestro próximo encuentro, y yo no podía saber si venía diariamente o sólo los
días en que yo iba a verlo.
Me
hizo leer muchos libros que no me interesaban, libros sobre evolución,
organizaciones sociales y culturales, mitología y, principalmente, simbiosis.
No se podía decir que yo hablara con él. Nada audible se producía entre
nosotros, salvo sus pequeños gruñidos de sorpresa o sus débiles. murmullos de
interés.
Arrancaba
los libros de ni mente como hubiera podido arrancar las fresas de una planta y
de un solo tirón. Olía a sudor, a tierra, y a los jugos de las hojas y los
tallos que aplastaba al caminar por el bosque.
Si
algo aprendía de los libros, nada demostraba.
Hasta
que un día se sentó a mi lado y me planteó un problema.
—¿Qué
libro tiene algo como esto Me preguntó, y se quedó pensando un rato. Una
termita no puede digerir la madera, pero sí el microbio que vive en la termita,
y entonces la termita se alimenta de lo que deja el microbio. ¿Qué es eso?
—Simbiosis—recordé.
Recordé la forma en que sacó el significado de las palabras y tiró las
palabras. —Dos formas de vida que se necesitan para vivir.
—Sí,
bueno, ¿hay algún libro que hable de cuatro o cinco seres que vivan de ese
modo?
—No
sé.
—¿Qué
es esto?—me preguntó entonces—. Imagínese una estación de radio, y luego cuatro
o cinco receptores. Cada receptor mueve una máquina diferente. Una cava, por
ejemplo, la otra vuela y la otra hace ruido, pero todas reciben órdenes del
mismo lugar. Y cada una de ellas tiene, sin embargo, su propia fuente de
energía y una determinada función. Bueno, ¿hay, en vez de radio y receptores,
algo vivo que se parezca a eso?
—¿Varios
organismos que fueran partes de un todo, y partes independientes a la vez? No
lo creo... únicamente que usted se refiera a una organización social, como un
equipo, o como un grupo de trabajadores que obedecen aun mismo patrón.
—No—dijo
Lone inmediatamente—. No es eso. Como un solo animal.
Y su
mano entreabierta se movió en el aire y yo comprendí lo que quería decir.
—¿Quiere
decir una forma de vida gestalt?—pregunté. ¡Es imposible!
—Ningún
libro habla de eso, ¿no?
—Ninguno
que yo conozca.
—Necesito
saber algo más—dijo lentamente—. Ese ser existe. Quiero saber si se ha
producido antes.
—No
entiendo cómo eso pueda existir.
—Existe.
Una parte que investiga, una parte que calcula, una parte que descubre y una
parte que habla.
—¿Que
habla? Sólo los seres humanos hablan.
—Ya
lo sé—me dijo, y se levantó y se fue.
Busqué
en todas partes un libro que hablase de ese ser, pero no fui capaz de
encontrarlo. Volví y se lo dije. Se quedó quieto mucho tiempo, con los ojos
clavados en la doble línea azul de las lomas del horizonte. Luego me miró con
esos ojos y esos iris en movimiento y buscó dentro de mí.
—Usted
aprende, pero no piensa—dijo, y miró otra vez hacia las lomas.—Todo esto pasa
entre seres humanos—añadió. Pasa, parte por parte, ante las narices de la
gente, y nadie se da cuenta. Algunos leen el pensamiento. Otros mueven objetos
con la mente. Otros se trasladan del mismo modo. Otros, en fin, resuelven
cualquier problema. Sólo falta quien junte todo eso, como lo hace un cerebro;
alguien que gobierne todas las partes: la que toca, la que tiene calor, la que
camina, la que piensa, y todas las demás... Yo soy eso—terminó abruptamente.
Se
quedó callado tanto tiempo que pensé que me había olvidado.
—Lone—dije—,
¿qué hace usted en el bosque?
—Espero—dijo—.
Aún no estoy terminado.—Me miró a los ojos y lanzó un gruñido de irritación.—No
quiero decir «terminado» en ese sentido. Quiero decir... que no estoy completo
todavía. ¿Vio cómo un gusano cortado en pedazos vuelve a completarse? Bueno,
olvide que lo han cortado. Suponga que crece así, a partir de un pedazo. ¿Se da
cuenta? Estoy uniendo partes. No estoy terminado. Y busco un libro que hable de
lo que yo seré algún día.
—No
conozco ese libro. ¿No me puede decir algo más? Quizá entonces pueda pensar en
un libro parecido, o en un lugar donde podría buscarlo.
—Sólo
sé que tengo que hacer lo que hago, como un pájaro que tiene que hacer su nido,
cuando llega el momento. Y sé que cuando yo esté hecho, no podré sentirme
demasiado orgulloso. Seré como un cuerpo más ágil y más fuerte que todos los
otros cuerpos, pero me faltará la cabeza. Aunque quizá eso me pase porque soy
de los primeros. Esa imagen suya, ese hombre de las cavernas.
—Neanderthal.
—Eso
es. Piense en él. No era gran cosa. Sólo un proyecto. Yo seré lo mismo. Pero un
día, cuando ya esté organizado, aparecerá quizá la cabeza, y entonces valdré
algo.
Gruñó
satisfecho—y se alejó.
Busqué
y busqué, días enteros, pero no pude encontrar lo que él quería. Encontré una
revista que afirmaba que el próximo paso importante, en la evolución humana,
sería de orden psíquico antes que físico, pero no decía nada acerca de... ¿cómo
lo llamaré? ¿Un organismo gestalt? Encontré algo acerca de un moho de los
pantanos, pero se parecía más a una colonia de amebas que a una simbiosis.
Para
mi mente poco científica, poco curiosa, no había nada como lo que él pretendía,
excepto quizá una banda de música en marcha: cada uno de los músicos toca un
instrumento diferente, con una técnica diferente y notas diferentes, y todos
juntos hacen una sola cosa. Pero no era eso lo que él quería decir.
Por
lo tanto fui a verlo. El sol ya se ponía y corría un aire fresco, y Lone tomó
lo poco que había en mis ojos y me dio la espalda, enojado, lanzando una
palabrota que no quiero recordar.
—No
ha podido encontrarlo—me dijo—. No vuelva.
Se
levantó y se alejó, y se apoyó de espaldas en un abedul descortezado, y se
quedó mirando las sombras susurrantes movidas por la brisa. Creo que se había
olvidado de mí; o quizá sumergido en sus extraños pensamientos no oyó el ruido
de mis pasos. Le hablé, desde muy cerca, y dio un salto, como un animal
asustado.
—Lone—dije,—no
me acuse. Hice todo lo que pude.—Se dominó y me miró con aquellos ojos.
—¿Que
no la acuse? ¿Quién la acusa?
—No
tuve éxito—le dije—, y está usted enojado.
Me
miró tanto tiempo que me sentí incómoda.
—No
sé de qué habla—me dijo.
Yo
no quería que se fuera. Pero se iría. Se iría dejándome con un solo
pensamiento: yo no le importaba. Ya no era crueldad o ligereza. Era
indiferencia. La indiferencia de un gato ante un tulipán entreabierto.
Lo
tomé por los brazos e intenté sacudirlo. Hubiera sido lo mismo que querer mover
el frente de una casa.
—¡Usted
tiene que saberlo!—le grité—. Sabe lo que leo. ¡Tiene que saber lo que
pienso!—Lone sacudió la cabeza. Me enfurecí.—Soy un ser humano, una mujer. Me
utilizó varias veces sin darme nada. Destrozó mis costumbres y mis hábitos,
haciéndome leer a toda hora, haciéndome venir bajo la lluvia y los domingos, y
no se fijó en mí, y ni siquiera me habló. No sabe nada de mí y no le importa.
Me hizo venir bajo un terrible hechizo y ahora, ahora que ha terminado, me dice
«no vuelva».
—¿Tengo
que darle algo por lo que tomé?
—Creo
que sí.
Lone
lanzó aquel breve murmullo de interés.
—Qué
quiere que le dé. No tengo nada.
Me
alejé de él. Sentí... no sé lo que sentí. Y dije entonces:
—No
sé.
Se
encogió de hombros y se dio vuelta. Di casi un salto hacia él, reteniéndolo.
—Quiero
que...
—Bueno,
maldita sea, ¿qué quiere?
No
podía mirarlo. Apenas podía hablar.
—No
sé. Hay algo, pero no sé lo que es. Es algo que... No puedo decir si lo
sé.—Lone sacudió la cabeza, y volví a tomarlo de los brazos.—Ha leído los
libros que hay en mí, ¿no puede leer el... el yo que hay en mí?
—Nunca
lo probé.—Se acercó y me tomó la cara.—A ver—dijo.
De
sus ojos salió aquella extraña sonda, y entró en mí y yo grité. Me retorcí
tratando de huir. Yo no había querido eso, estaba segura, no lo había querido.
Luché terriblemente. No sé en qué momento Lone me tomó entre sus manos y me
alzó en el aire. Cuando terminó, me dejó caer. Me doblé en el suelo, y. me eché
a llorar. Lone se sentó a mi lado. No trató de tocarme. No trató de irse. Me
tranquilicé y me puse en cuclillas, y esperé.
—No
volveré a hacer eso muchas veces—me dijo.
Me
senté, me envolví las piernas con la falda y puse la cabeza sobre las rodillas
levantadas para poder verle la cara.
—¿Qué
pasó?
Lanzó
una maldición.
—Qué
condenada confusión lleva usted ahí dentro. Treinta y tres años de edad...
¿Para qué quiere vivir así?
—Vivo
muy bien—dije algo picada.
—Si—respondí.—Completamente
sola durante diez años, excepto alguien para hacer el trabajo. Nadie más.
—Los
hombres son animales, y las mujeres...
—¿Realmente
odia a las mujeres? Todas saben algo que usted ignora.
—No
quiero saber. Soy feliz así.
—Como
un infierno.
No
le contesté. No me gusta ese modo de hablar.
—De
mí desea dos cosas. Ninguna de ellas tiene sentido.
Me
miró, y por primera vez vi alguna expresión en su rostro: estaba
asombrado.—Quiere saberlo todo de mí, de dónde vengo, y cómo llegué a ser lo
que soy.
—Sí.
Quiero saber eso. Pero ¿y esa otra cosa que deseo, y que usted conoce y yo no?
—Nací
en algún lugar y crecí como un matorral en alguna parte—dijo Lone ignorándome.
La gente ni siquiera intentó meterme en el asilo. Así crecí, destinado a ser el
idiota del pueblo. Pude haberlo sido, pero me metí en los bosques.
—¿Por
qué?
Pensó
un rato y luego dijo:
—Quizá
porque no entendía el modo de vivir de la gente. En el bosque podía crecer a mi
gusto.
—¿Cómo?
Mi
pregunta atravesó esa lejanía que nacía y moría, continuamente, entre nosotros.
—Como
eso que busqué en sus libros...
—Nunca
me lo explicó.
—Aprende,
pero no piensa—dijo como aquella otra vez—. Se trata de algo así como... bueno,
una persona. Está hecha de partes diferentes, pero es una sola persona. Tiene
manos, piernas, una voz y un cerebro. Eso soy yo, el cerebro. Condenadamente
débil, pero por ahora no hay otro.
—Usted
está loco.
—No.
No lo estoy—dijo sin inmutarse y con mucha firmeza—. Ya tengo la parte que es
manos. Puedo llevarlas a cualquier sitio, y ellas hacen allí lo que yo quiero,
aunque son aún demasiado jóvenes para hacer ciertas cosas. Tengo también la
parte que habla. Esta es realmente buena.
—No
me parece que usted hable muy bien—le dije. Yo no podía tolerar un lenguaje
incorrecto.
Lone
se sorprendió.
—¡No
hablo de mí! Ella está allá, con los otros.
—¿Ella?
—La
parte que habla. Ahora necesito a alguien que piense, uno que tome una cosa y
la junte con otra y dé la respuesta exacta. Y cuando todo esté terminado, y
cuando todo comience a funcionar, seré ese ser de que le hablé. ¿Comprende?
Sólo que... desearía que tuviese una cabeza mejor que yo.
Todo
me daba vueltas.
—¿Cómo
empezó todo eso?
Lone
me miró gravemente:
—¿Cómo
empieza a crecer el pelo en las axilas?—me preguntó—Nunca se sabe cómo pasan
esas cosas. Pasan, nada más.
—¿Qué
es eso... que hace usted cuando me mira a los ojos?
—¿Quiere
saber cómo se llama? No lo sé. No sé tampoco cómo lo hago. Solo sé que la gente
me obedece. Usted va a olvidarme.
—No
quiero olvidarlo—dije con voz ahogada.
—Lo
hará. No comprendí en ese momento si él quería decir que yo olvidaría o que yo
tendría que olvidar.
—Me
odiará, y más tarde, después de mucho tiempo, se sentirá agradecida. Quizá
algún día pueda hacer algo por mí. Se sentirá tan agradecida, que estará
contenta de hacerlo. Pero lo olvidará todo, salvo una especie de...
sentimiento. Y mi nombre, quizá.
No
sé qué me movió a preguntarle, casi con desesperación:
—¿Y
nadie sabrá nada de usted y de mi?
—No—dijo—.
Excepto... bueno, excepto la cabeza del ser, como yo, o alguna mejor.
Lone
comenzó a incorporarse, pesadamente.
—¡Oh,
espere, espere!—grité. No debía irse todavía, no debía irse. Era una bestia
sucia y enorme, pero de algún modo terrible yo era, ahora, su esclava.—No me ha
dado eso otro... cualquier cosa que sea.
—Ah,
sí—dijo.—Eso.
Se
movió como un relámpago. Sentí una presión, algo que se estiraba y... se
quebraba. Y con una desgarrante agonía y una, explosión de triunfo que ahogaba
el dolor, todo terminó.
Así,
salí, por dos niveles distintos:
Con
once años, agotado por la agonía de esa increíble entrada en él yo de otra
persona.
Con
quince años, acostado en el sofá mientras Stern proseguía:
—...totalmente,
totalmente flojos, los tobillos y las piernas tan flojos como los pies, el
vientre flojo, la nuca floja lo mismo que el vientre, todo se ablanda y afloja,
y aún mas...
Me
senté en el sofá y puse los pies en el piso.
—Muy
bien—dije.
Stern
pareció un poco molesto.
—Esto
va a dar resultado—dijo, pero sólo si cooperas conmigo. Descansa...
—Ya
dio resultado.
—¿Qué?
—Todo,
de la A a la Z.—Hice castañetear los dedos:
—Así.
Stern
me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Qué
quieres decir?
—Era
allí, donde usted decía, en la biblioteca. Cuando yo tenía once años. Cuando
ella dijo: «El bebé tiene tres años». Todo lo que estaba hirviendo en ella,
desde hacía tres años, desbordó en ese instante inundándolo todo. Me alcanzó,
con todas sus fuerzas. Y yo era sólo un chico, descuidado, indefenso. Vino con
mucho... dolor. Yo nunca hubiera imaginado que existiera tanto dolor.
—Sigue—dijo
Stern.
—Eso
fue todo realmente. Quiero decir, lo que me hizo a mí. Era en sí un buen pedazo
de la señorita Kew. Lo que le había ocurrido durante cuatro meses, sin faltar
un solo detalle. Conocía a Lone.
—¿Quieres
decir toda una serie de episodios?
—Eso
es.
—¿Viste
toda una serie a la vez? ¿En menos de un segundo?
—Eso
es. Mire, durante ese instante fui ella, ¿se da cuenta? Fui ella, todo lo que
ella había hecho, todo lo que ella había pensado, todo lo que había oído y
sentido. Todo, todo. Todo en su orden, si yo así lo quería. Cualquiera de las
partes, si sólo quería una de ellas. Si yo fuese a decirle lo que voy a
almorzar, ¿tendría que contarle todo lo que hice desde que nací? No. Le digo
que fui ella, y desde entonces, y para siempre, tengo, de ese asunto, los
mismos recuerdos que ella. Como en un relámpago.
—Una
gestalt—murmuró Stern.
—¡Ajá!—dije
y pensé un rato en eso. Pensé en muchas cosas. Las aparté por el momento y
añadí—: ¿Cómo no lo supe antes?
—Lo
habías reprimido.
Me
puse de pie, excitado.
—No
comprendo por qué. No lo comprendo de veras.
—Una
repulsión natural, me imagino—dijo Stern—¿Qué te parece esto? Te disgusta ser
mujer aun un instante
—Me
dijo al principio que yo no tenía esa clase de problemas.
—Bueno,
¿qué te parece esto? Dices que sentiste dolor en ese momento. Pues bien, no
quisiste recordarlo para no sentir otra vez ese dolor.
—Déjeme
pensar. Déjeme pensar. Sí, sí, eso es, en parte. El meterse en la mente de
otro. La señorita Kew me abrió su mente porque yo le recordaba a Lone. Entré.
No estaba preparado. No lo había hecho nunca excepto quizá un poco, con gente
que se me había resistido Esta vez entré del todo, y fue demasiado. Me asusté
tanto que no quise intentarlo otra vez. Y allí se quedó, oculto, escondido.
Pero comencé a desarrollarme y mi poder se desarrolló conmigo, y yo aún temía
usarlo. Y cuanto más crecía, más sentía, profundamente, que la señorita Kew
tenía que morir, antes que ella matara... lo que soy. ¡Dios mío!—grité—¿Sabe
usted lo que soy?
—No—dijo.
Stern—. ¿Quieres decírmelo?
—Me
gustaría—respondí—Oh, si, me gustaría.
Stern
tenía una expresión atenta, profesional. No creía ni dejaba de creer. Aceptaba.
Yo tenía que decírselo, y de pronto comprendí que me faltaban las palabras.
Conocía las cosas.. pero me faltaban los nombres.
Lone
tomó el significado y tiró las palabras.
Y
antes: Lea libros. Lea libros para mí.
Aquella
mirada. Aquel abrirse de la mente. Me volví hacia Stern. Alzó la vista hacia
mí. Me acerqué. Se sorprendió en un principio, luego, dominándose, se aproximó
un poco más.
—Dios
mío—murmuró.—No había visto esos ojos. Juraría que los iris giran como ruedas.
Stern
había leído libros. Yo no sabía que se hubieran escrito tantos libros. Me
deslicé dentro de él, y empecé lo buscar lo que quería.
No
puedo decir, exactamente, a qué se parecía esa experiencia. Era tomo entrar en
un túnel, y en ese túnel, en todas partes, en el techo y las paredes asomaban
unos brazos de madera como esos que se ven en las ferias, en los tiovivos, esos
brazos de donde se sacan las anillas. Había una anilla en el extremo de cada
brazo, y uno podía tomar lo que quisiese.
Ahora
Imagine que su mente decide qué anillas quiere tomar. y que los brazos sólo
tienen esas anillas. Suponga ahora que usted tiene mil manos para tomar esas
anillas, y que el túnel es de un millón de kilómetros de largo, y que usted
puede ir de un extremo a otro del túnel sacando anillas. y en un solo abrir y
cerrar de ojos. Bueno, era algo semejante, sólo que más fácil.
Fue
más fácil para mí de lo que había sido para Lone.
Me
incorporé apartándome de Stern. Parecía enfermo y asustado.
—Todo
está bien—dije.
—¿Qué
me has hecho?
—Necesitaba
algunas palabras. Vamos, vamos, no olvide su profesionalidad
Tuve
que admirarlo. Se guardó la pipa en el bolsillo y se apretó las puntas de los
dedos contra la frente y las mejillas. Luego se sentó, y ya estaba bien otra
vez.
—Comprendo—le
dije. — Así se sintió la señorita Kew cuando Lone le hizo lo mismo.
—¿Qué
eres?
—Se
lo diré. Soy el ganglio central de un organismo complejo compuesto por el bebé,
un computador; Bonnie y Beanie, teleportadores; Janie, telekenicista, y yo
mismo telépata y centro de gobierno. Todo lo que somos ha sido ya documentado:
la teleportación de los yoguis, la telekinesis de algunos jugadores, los genios
aritméticos. y. principalmente, lo que algunos atribuyen a los fantasmas:
muebles que se mueven, el instrumento es una niña. Sólo que en este caso cada
una de mis partes es capaz de ejecutar un trabajo óptimo.
Lone
organizó este ser, o el ser se formó a su alrededor, poco importa. Reemplacé a
Lone, pero cuando él murió yo estaba todavía poco desarrollado, y por otra
parte, ese episodio que viví con la señorita Kew me reprimió totalmente. Tiene
usted razón cuando supone que el temor al dolor impidió que yo descubriera qué
encerraba ese episodio. Pero había otro motivo para que yo no quisiese cruzar
esa barrera, la barrera de «el bebé tiene tres años»
Ya
dijimos que para mí debía haber algo de más valor que la seguridad que nos daba
la señorita Kew. ¿Puede ver ahora qué era eso. Mi organismo gestalt estaba a
punto de morir a causa de esa seguridad. Comprendí que la señorita Kew tenía
que morir o ese ser, yo, moriría. Oh. Las partes seguirían viviendo; dos
negritas casi mudas, una niña introspectiva con cierto talento para el arte, un
idiota mongoloide y yo... un noventa por ciento de posibilidades sin aplicación
y otro diez por ciento de delincuente juvenil. Me reí.—Claro, tenía que morir.
Era necesario para salvar el organismo gestalt.
Stern
murmuró algo entre dientes y comenzó a decir:
—No
comprendo...
—No
necesita comprender.—Me reí otra vez.—Esto es magnífico. Muy bueno, realmente
bueno. Bien, escúcheme. Es un asunto que puede interesarle. Como psiquiatra,
quiero decir. Hemos hablado de represiones. Yo no podía pasar «el bebé tiene
tres años» porque ahí estaba el secreto de lo que yo era realmente. No quería
descubrirlo porque temía recordar que yo era dos cosas: un chico al cuidado de
la señorita Kew y algo endemoniadamente más complicado. No podía ser ambas
cosas a la vez y no quería librarme de ninguna de ellas.
—¿Y
ya lo has conseguido?—dijo Stern sin levantar los ojos de la pipa.
—Sí.
—¿Y
ahora?
—¿Qué
quiere decir?
Stern
se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla.
—¿No
se te ha ocurrido que este... organismo gestalt ya está muerto?
—No
lo está.
—¿Cómo
lo sabes?
—¿Cómo
sabe su cabeza que su brazo funciona?
Stern
se tocó la cara.
—Y
entonces... ¿ahora qué?
Me
encogí de hombros.
—¿Si
el hombre de Pekín hubiese visto la figura erecta del Homo sapiens hubiera
dicho «ahora qué»? Viviremos, eso es todo. Como un hombre, como un árbol, como
cualquier cosa viviente. Nos alimentaremos y creceremos, experimentaremos y nos
multiplicaremos. Nos defenderemos.—Extendí las manos.—Haremos cualquier cosa.
—¿Pero
qué podéis hacer?
—¿Qué
puede hacer un motor eléctrico? Depende de la cosa a que apliquemos nuestra
fuerza.
Stern
estaba muy pálido.
—¿Y
qué quisieras hacer tú?
Pensé
un momento. Stern me esperó sin añadir una palabra.
—¿Sabe
qué?—dije al fin—. Desde que nací la gente me trató siempre a las patadas.
Luego me recogió la señorita Kew. ¿Y qué ocurrió entonces? Ella casi me mata.
—Pensé
otra vez.—Todo el mundo se divierte, excepto yo. Con esa diversión que consiste
en golpear a los más pequeños, a los que no pueden responder. O con esos
favores con los que terminan por apoderarse de uno, o por matarlo a uno.—lo
miré y sonreí.—Voy a divertirme. Eso es todo.
Stern
me volvió la espalda. Creí que iba a levantarse y a caminar por la habitación,
pero de pronto se dio vuelta otra vez. Supe, entonces que no me quitaría los
ojos de encima.
—Has
cambiado mucho desde que entraste aquí.
—Es
usted un buen sanacabezas.
—Gracias—dijo
Stern amargamente—. Y te imaginas que ya estás curado, listo para comenzar a
rodar por ahí.
—Claro.
¿Usted no?
Stern
meneó la cabeza.
—Sólo
has descubierto lo que eres. Tienes mucho más que aprender.
Traté
de no impacientarme.
—¿Como
por ejemplo?
—Como
saber qué le ocurre a la gente que arrastra una culpa como la tuya. Eres
diferente, Gerry, pero no tanto.
—¿Debo
sentirme culpable por haber salvado mi vida? Stern fingió no oírme.
—Otra
cosa. Te he oído decir que te pasaste la vida odiando a todo el mundo.
¿Pensaste alguna vez por qué?
—No
sabría decirlo.
—En
parte porque estuviste tan solo. Por eso mismo vivir con otros chicos, y luego
con la señorita Kew, significó tanto para ti.
—¿Y
qué? Todavía tengo a los chicos. Stern sacudió la cabeza lentamente.
—Tú
y esos chicos formáis una sola criatura. Única. Sin precedentes.—Me apuntó con
su pipa.—Sola.
La
sangre se me subió a la cabeza.
—Cállese.
—Piensa
un poco—dijo Stern suavemente—. Podéis hacer prácticamente lo que se os ocurra.
Podéis conseguir cualquier cosa. Y nada impedirá que estéis solos.
—Cállese,
cállese... Todos están solos.
—Sí—dijo
Stern—, pero algunos aprendieron a vivir en soledad.
—¿Cómo?
—Saben
algo—dijo Stern al cabo de un rato—que tú ignoras totalmente. Si te lo dijera
no lo entenderías.
—Dígamelo
y veremos.
Me
miró de un modo muy raro.
—Algunas
veces lo llaman moral.
—Me
parece que tiene razón. No sé de qué habla.—Me sacudí.—Tiene miedo—le dije—.
Tiene miedo del Homo gestaltiensis.
—Stern
hizo un tremendo esfuerzo y sonrió.
—Eso
es terminología bastarda
—Somos
un ser bastardo—le respondí.—Siéntese—añadí, indicándole dónde.
Stern
atravesó el cuarto silencioso y se sentó ante el escritorio. Me incliné hacia
él y comenzó a dormir con los ojos abiertos. Me incorporé y lancé una mirada
alrededor del cuarto. Tomé el termos, lo llené de agua y lo puse encima de la
mesa. Arreglé una punta de la alfombra, y coloqué una toalla limpia en la
cabecera del sofá. Me acerqué al costado del escritorio, lo abrí y observé el
alambre de grabación.
Como
si extendiera una mano, llegó Beanie, y se detuvo junto al escritorio, con los
ojos muy abiertos.
—Mira—le
dije—. Fíjate bien. Quiero borrar este alambre. Pregúntale al bebé cómo se
hace.
Me
guiñó un ojo y se inclinó sobre el grabador. Estuvo allí un momento, y se fue y
volvió, simplemente. Me apartó e hizo girar dos perillas, y luego movió una
llave que sonó dos veces. El alambre corrió hacia atrás rápidamente,
susurrando.
—Está
bien—dije.—. Puedes irte.
Beanie
desapareció.
Tomé
mi chaqueta y fui hacia la puerta. Stern estaba sentado todavía ante el
escritorio, con los ojos abiertos.
—Un
buen sanacabezas—murmuré.
Me
sentía magníficamente.
Esperé
un rato afuera, y luego volví a entrar en el cuarto.
Stern
levantó la cabeza.
—Siéntate
ahí, hijito
—Caramba—dije.—Lo
siento, señor. Me equivoqué de oficina.
—No
es nada—respondió Stern.
Salí
y cerré la puerta. Durante todo el trayecto al puesto de policía me fui riendo
entre dientes. Les conté una historia a propósito de la señorita Kew y les
gustó. Y aún a veces me río acordándome de este Stern, de cómo se habría
explicado la pérdida de una tarde y la ganancia de un billete de mil. Mucho más
divertido que recordarlo muerto. ¿Qué demonios es la moral, al fin y al cabo?
TERCERA
PARTE - MORAL
—¿Es
pariente suyo señorita Gerald? —dijo el sheriff, perentoriamente.
—Gerard—corrigió
la mujer. Tenía los ojos grisáceos, y una boca rara. —Es mi primo.
—Todos
los hijos de Adán somos primos, de una u otra forma. Tendrá que darme más
datos.
—Hace
siete años estuvo en la Fuerza Aérea—dijo ella—. Tuvo ciertas... dificultades y
fue dado de baja por razones de salud.
El
sheriff recorrió con el pulgar la ficha que tenía sobre el escritorio.
—¿Recuerda
el nombre del médico?
—Thompson,
primero; luego Bromfield. El doctor Bromfield fue quien lo dio de baja.
—Parece
que realmente sabe algo de él. ¿Qué era antes de entrar en la Fuerza Aérea?
—Ingeniero.
Bueno, lo hubiera sido de haber terminado sus estudios.
—¿Por
qué no lo hizo?
La
señorita Gerard se encogió de hombros.
—Desapareció,
simplemente.
—Entonces,
¿cono sabe que está aquí?
—Lo
reconocería en cualquier parte—dijo la mujer Vi... vi lo que ocurrió..
El
sheriff refunfuñó, levantó la ficha, y la dejó caer. —Vea, señorita Gerald, no
me gusta dar consejos. Parece usted parece una muchacha decente. ¿Por qué no lo
olvida?
—Me
gustaría verlo, si fuera posible—dijo la mujer voz muy suave.
—Está
loco. ¿Lo sabía usted
—No
lo creo.
—Rompió
a golpes de puño el cristal de un escaparate. Sin motivo.
La
mujer esperó. El sheriff volvió a insistir:
—Está
sucio. Ni siquiera sabe su nombre.
—¿Puedo
verlo?
El
sheriff lanzó un gruñido y se puso de pie.
—Si
los psicólogos de la Fuerza Aérea tuviesen un poco de sentido común, este
muchacho estaría encerrado, y nunca hubiese caído en una cárcel. Por aquí.
Las
paredes, de planchas de acero, como los mamparos de un barco, eran de un
amarillo descolorido en la parte superior y de color mostaza en la inferior.
Los pasos resonaron en los pasillos tachonados de remaches. El sheriff hizo
girar la llave en una puerta metálica que tenía un pequeño enrejado a la altura
de la cabeza. La puerta se deslizó sobre un riel. Atravesaron el umbral y el
sheriff volvió a cerrar con llave y le dijo a la mujer que se adelantara.
Entraron en algo parecido a un granero, con paredes y cielo raso de cemento.
Todo alrededor corría un balcón; encima y. debajo de él estaban las celdas, de
paredes de acero, y protegidas por unos barrotes muy apretados. Había unas
veinte celdas. Sólo unas seis estaban ocupadas. Era un lugar frío y miserable.
—Y
bien, ¿qué esperaba usted?—preguntó el sheriff, observando a la muchacha—. ¿El
Waldorf Plaza, o algo parecido?
—¿Dónde
está?
Caminaron
hasta una celda de la parte baja.
—Anímese,
Barrows. Una dama quiere verlo.
—¡Hip!
¡Oh, Hip!
El
prisionero no se movió. Estaba acostado en una litera de acero, con un pie en
el colchón y otro en el piso. El brazo izquierdo le colgaba en un cabestrillo
bastante sucio.
—¿Ve?
Ni una palabra. ¿Satisfecha, señorita?
—Permítame
entrar—murmuró ella—. Permítame hablarle.
El
sheriff se encogió de hombros y abrió la puerta de mala gana. La muchacha entró
y se volvió hacia el sheriff.
—¿Puedo
hablarle a solas?
—Se
expone a que la lastime—advirtió el sheriff.
La
muchacha lo miró fijamente. Su boca lo decía todo.
—Bien—dijo
el sheriff al fin—, estaré cerca. Si necesita ayuda, grite. Le juro, Barrows,
que si intenta algo le meto un balazo.
Salió
y cerró con llave la puerta de barrotes.
La
muchacha esperó a que el sheriff se fuera, y luego se acercó al prisionero.
—Hip—murmuró—,
Hip Barrows.
Los
apagados ojos del hombre se movieron apuntando aproximadamente hacia la
muchacha y se le cerraron y se le abrieron en un parpadeo lento, entumecido.
La
muchacha se arrodilló a su lado.
—Señor
Barrows—susurró—, usted no me conoce. Les dije que era su prima. Quiero
ayudarlo.
Silencio.
—Lo
sacaré de aquí—dijo ella—, ¿No quiere salir? El hombre la observó. Después de
un rato, se volvió lentamente hacia la puerta, y luego miró otra vez a la
muchacha.
Ella
le tocó la frente y la mejilla, y señaló el cabestrillo:
—¿Duele
mucho?
Él
dejó de mirarla y sus ojos se encontraron con el vendaje luego, trabajosamente,
volvió a alzar la vista.
—¿No
piensa decir nada? ¿No quiere que lo ayude?—preguntó ella,
El
silencio se hizo tan largo que la muchacha se levantó. Se volvió hacia la
puerta y dijo:
—Será
mejor que me vaya. No me olvide. Lo ayudaré.
—¿Por
qué?—dijo él.
La
mujer estaba otra vez a su lado.
—Porque
está usted sucio y vencido, e indiferente. porque nada puede ocultar lo que
usted es.
—Está
loca—murmuró él con cansancio.
La
muchacha sonrió.
—Eso
es lo que dicen de usted, de modo que tenemos o en común.
El
hombre juró obscenamente. Imperturbable, la muchacha continuó:
—Tampoco
así puede ocultarse. Ahora, escúcheme. Esta tarde vendrán a verlo dos hombres.
Uno es médico. El otro abogado. Lo sacaremos de aquí al anochecer.
El
levantó la cabeza y por primera vez algo le animó la cara aletargada. Algo,
pero nada agradable. La voz surgió de lo más hondo del pecho.
—¿Qué
clase de médico? gruñó.
—Para
el brazo—dijo ella suavemente—. No un psiquiatra. No pasará otra vez por eso.
El
hombre echó la cabeza hacia atrás. Lentamente sus facciones fueron perdiendo
toda expresión. La muchacha esperó y como él no volviera a moverse, se dio
vuelta y llamó al sheriff.
No
fue difícil, La sentencia era sesenta días de prisión por daño intencionado. No
le habían ofrecido la alternativa de una multa. El abogado demostró rápidamente
que había habido un error y pagó la multa. Con un vendaje nuevo y limpio, y las
ropas mugrientas, Barrows pasó indiferente junto al sheriff, ignorándolo e
ignorando la amenaza de que más le valdría a ese sucio vagabundo no volver, a
aparecerse por la ciudad.
La
muchacha esperaba afuera. Barrows se paró estúpidamente en lo alto de la
escalinata de la cárcel, mientras ella hablaba con el abogado. Luego el abogado
se marchó y la muchacha le tocó el codo.
—Vamos,
Hip.
Barrows
la siguió como un juguete de cuerda, caminando hacia donde le habían apuntado
los pies. Doblaron dos esquinas, caminaron cinco cuadras, y luego subieron por
los escalones de piedra de una casa limpia y seca como una solterona, con un
mirador y una puerta de vidrios de colores. La muchacha abrió la puerta
principal con una llave y una segunda puerta, en el vestíbulo, con otra. Se
encontraban ahora en el cuarto del mirador. Un cuarto aireado, limpio, y de
elevadas paredes.
Barrows
se movió espontáneamente por primera vez. Giró con lentitud sobre sí mismo, y
estudió las paredes, una tras otra. Extendió una mano, levantó una punta de la
carpeta que cubría la cómoda, y la dejó caer.
—¿Su
habitación?—preguntó.
—La
suya—dijo ella. Se acercó a Hip y puso dos llaves sobre la cómoda—, sus
llaves.—Abrió el cajón superior.—Sus medias y pañuelos.—Golpeó sucesivamente
con los nudillos cada uno de los cajones.—Camisas. Ropa interior.
—Señaló
una puerta.—Ahí hay dos trajes, espero que le queden bien. Una bata.
Zapatillas, zapatos.—Señaló otra puerta.—El cuarto de baño, muchas toallas,
mucho jabón. Una navaja.
—¿Navaja?
—Quien
puede tener llaves, puede tener también una navaja—dijo ella suavemente—.
Póngase presentable, por favor. Volveré dentro de quince minutos. ¿Cuánto lleva
sin comer?
Barrows
sacudió la cabeza.
—Cuatro
días. Hasta luego.
La
muchacha se escabulló por la puerta y desapareció, y Hip se quedó pensando qué
podía decirle, con los ojos clavados en la puerta. Al fin lanzó un juramento y
se echó pesadamente sobre la cama.
Se
rascó la nariz y luego deslizó la mano bajo la mandíbula. Tenía la barba áspera
y dura. Se levantó a medias.
—Maldita
sea si lo haré—murmuró, y volvió a acostarse.
Y
luego, sin saber cómo, se encontró en el cuarto de baño, observando su imagen
en el espejo. Se mojó las manos, se echó agua en la cara, se secó con una
toalla y se volvió a mirar. Gruñó, y extendió la mano hacia el jabón.
Encontró
la navaja, encontró la ropa interior, los pantalones, las medias, las
zapatillas, la camisa, la chaqueta. Se miró otra vez en el espejo y lamentó no
tener un peine. La muchacha regresó abriendo la puerta con el codo, depositó
unos paquetes sobre la cómoda, y le sonrió mostrándole un peine. Hip lo tomó
sin hacer ningún comentario, se metió en el baño, se mojó el cabello y se
peinó.
—Venga.
Todo está listo—llamó la muchacha.
Hip
salió del baño. La lámpara ya no estaba en la mesa de luz, y en su lugar había
una fuente ovalada, con un jugoso trozo de carne, y una botella de cerveza, y
una papa partida en dos, y unas porciones de manteca ya casi derretida, y unos
panecillos calientes envueltos en una servilleta y un pequeño cuenco de madera
con ensalada.
—No
quiero—dijo Hip, y comenzó a comer abruptamente. No había nada en el mundo más
que la comida que le llenaba la boca y la garganta, el hormigueo de la cerveza
y la magia indescriptible del sabor de la carne asada.
Cuando
terminó de comer, la mesa y la fuente quisieron volar de pronto hacia su
cabeza. Se echó hacia adelante, puso las manos sobre la mesa y le dio un
empujón. Temblaba violentamente.
—Está
bien. Está bien—dijo la muchacha detrás de él, y le puso las manos sobre los
hombros, obligándolo a sentarse.
Hip
trató, inútilmente, de levantar una mano. La muchacha le secó los labios y la
frente con una servilleta.
Después
de un rato, Hip abrió los ojos. Miró a su alrededor. La muchacha estaba sentada
al borde de la cama, mirándolo en silencio. Hip sonrió tímidamente.
—¡Uf!—exclamó.
La
muchacha se puso de pie.
—Pronto
se sentirá bien. Es mejor que se acueste. ¡Buenas noches!
Ella
había estado en la habitación, y ya no estaba. Había estado con él, y ahora él
estaba solo. Era un cambio demasiado grande para entenderlo y tolerarlo. Hip
miró primero la puerta y luego la cama, y dijo: —Buenas noches—, sólo porque
ésas habían sido las últimas palabras de la muchacha y allí se habían quedado,
temblando en el silencio.
Apoyó
las manos en los brazos del sillón y trató de que las piernas lo ayudaran.
Logró ponerse de pie, pero sólo un momento. Cayó enseguida hacia adelante y
hacia un costado, y tuvo que doblarse para evitar que lo golpeara la mesa. Allí
se quedó, tendido sobre la colcha, y la oscuridad se abatió sobre él.
—Buenos
días.
No
se movió. Tenía las rodillas recogidas y las manos apoyadas en los pómulos.
Cerró los párpados, todavía más, para que la luz no le entrara en los ojos.
Trató de que sus músculos no sintieran la ligera inclinación del colchón, que
indicaba el lugar donde ella estaba sentada. Desconectó sus oídos, temiendo que
ella volviera a hablar. Su olfato lo traicionó; no había esperado que hubiese
café en la habitación, y antes que pudiera ignorarlo ya lo estaba deseando,
intensamente.
Inquieto,
siguió acostado, pensando, pensando en ella. Si esta muchacha volviera a
hablar, pensó, ya le enseñaría.
Se
quedaría allí, acostado, hasta que volviera a hablar, y entonces no le haría
ningún caso y seguiría acostado.
Esperó.
Bueno,
si no hablaba, no podía no hacerle caso, ¿no?
Abrió
los ojos. Unos ojos brillantes, redondos y coléricos. Ella estaba sentada a los
pies de la cama, con el cuerpo y el rostro inmóviles, la boca y los ojos
animados.
Hip
tosió, violentamente. La tos le hizo cerrar los ojos, y al volver a abrirlos ya
no miraba a la muchacha. Se pasó la mano por el pecho; luego se miró.
—Dormí
vestido toda la noche—dijo.
—Tome
su café.
La
miró. La muchacha no se había movido. Vestía una chaqueta roja y llevaba en el
cuello un pañuelo verde grisáceo. Tenía ojos del mismo color, grandes, serenos,
como esos ojos que vistos de perfil parecen un triángulo perfecto. Hip desvió
la mirada, más y más, hasta encontrarse con el café. Una gran cafetera y un
grueso tazón humeante. Negro, fuerte, bueno.
—Oh—exclamó
tomando el tazón entre sus manos y oliendo el café
Bebió.
Miró
la luz del sol en la ventana. Era buena. El movimiento de la cortina, hacia
arriba y hacia abajo, dejaba entrar de cuando en cuando un rayo de sol. Era
bueno. Un óvalo luminoso, una sombra del mismo sol, se reflejaba en un espejo
redondo y en la pintura clara de la pared vecina. Era bueno. Tomó más café.
Dejó
el tazón, y se pasó los dedos por los botones de la camisa. Estaba arrugada y
húmeda.
—Ducha—dijo.
—Vaya
—dijo la muchacha levantándose y yendo hacía la cómoda donde había una caja de
cartón y unas bolsas de papel. Abrió la caja y sacó un hornillo eléctrico. Hip
se desprendió tres botones de la camisa. El cuarto y el quinto saltaron con un
leve sonido explosivo de desgarramiento. Se desembarazó de cualquier modo del
resto de las ropas. La muchacha no le prestaba ninguna atención. No lo miraba
ni evitaba mirarlo: seguía serenamente atareada en el hornillo. Hip entró en el
baño y manejó largo rato los grifos de la ducha, tratando de graduar la
temperatura del agua. Luego dejó que el líquido le corriera por la nuca. Se
mojó la cabeza y se la frotó furiosamente con jabón hasta que una espuma tibia
y suave le cubrió el cuerpo.
Dios
mío, pensó de pronto. Estoy delgado como un xilófono Debo recuperar mis carnes;
sino me enfermaré.
El
mismo pensamiento retrocedió en una espiral, interrumpiéndose a sí mismo. No
debo mejorarme. Debo enfermarme y seguir enfermo. Debo enfermarme más aún. Hip
preguntó colérico:
—¿Quién
dice que debo enfermarme?—, pero la única respuesta fue el eco leve de los
azulejos.
Cerró
los grifos y salió de la bañera. Tomó una enorme toalla, y después de frotarse
cuidadosamente el cuero cabelludo, la arrojó a un rincón. Se pasó por el cuerpo
una nueva toalla, hasta que la piel se le puso roja, y la tiró junto a la otra,
Luego salió del baño. La bata estaba sobre el brazo del sillón, al lado de la
puerta. Se vistió.
La
muchacha estaba echando unas cucharadas de fragante grasa de tocino en una
sartén con tres huevos. Hip se sentó al borde de la cama y ella dejó caer
hábilmente los huevos en un plato, dejando toda la grasa en la sartén. Los
huevos eran perfectos: las claras bien firmes, las yemas enteras y líquidas,
cubiertas por una tenue película. Las aromáticas lonjas de tocino, cuatro
breves segundos menos que quebradizas, crujían como papeles secos. En las
tostadas, doradas por fuera y suaves y blandas por dentro, la manteca se
derretía rápidamente, tratando de llenar las acogedoras cavernas y hendiduras.
Y en otra tostada brillaba el dulce. Y la luz del sol, el dulce y los vitrales
lanzaban sus incomparables reflejos.
Hip
comió y bebió calé, comió más y bebió café y café. Y mientras tanto, la
muchacha, sentada en el sillón, con la camisa de Hip sobre la falda, movía las
manos como bailarinas, y los botones volvían a la tela bajo los pasos delicados
y rápidos.
Hip
la observaba. Cuando la muchacha terminó de coser, extendió la mano para tomar
la camisa.
—Una
limpia—indicó ella.
La
muchacha lavó los platos y la sartén, y arregló la cama. Hip se puso una camisa
de sport y se echó en el sillón, y ella se arrodilló a su lado y le deshizo el
vendaje de la mano izquierda y examinó las heridas, y volvió a vendarlas. El
nuevo vendaje era firme y cómodo.
—Ya
no necesita el cabestrillo—dijo, satisfecha. Se levantó y volvió a sentarse al
borde de la cama, inmóvil otra vez, salvo los ojos y la boca.
Afuera,
una oropéndola lanzó una nota prolongada y fina. De pronto la nota se quebró y
los fragmentos cayeron en el aire brillante. Un carro cargado de postes pasó
perezosamente, sacudiendo unos cencerros, mientras un hombre de voz ronca y
otro de voz de viola lo seguían cantando. En una ventana apareció un sonido
esférico con una mosca en su centro, y en la otra un gatito blanco. La mosca
voló hacia el gatito, y éste retrocedió, saltó hacia ella, se retorció en el
aire, y desapareció orgullosamente, como si todos sus movimientos no hubiesen
tenido otro fin. Sólo un tonto hubiese podido pensar que había perdido el
equilibrio.
En
el cuarto tranquilo había una atención desinteresada, una atención que quizá no
era más que un deseo de observarlo todo. La muchacha estaba sentada, con las
manos dormidas y los ojos despiertos, mientras un destapador de cañerías,
llamado Curación, ocupaba el alma y la médula del hombre, adoptando la postura
de su cuerpo, descansando y creciendo y creciendo un poco, y descansando otra
vez y creciendo.
Al
fin, la muchacha se levantó. Sin consultarlo, sólo porque parecía que había
llegado el momento, tomó una cartera de mano, se acercó a la puerta, y se
detuvo. Hip se movió, se puso de pie y fue hacia ella. Salieron.
Caminaron
lentamente hasta un lugar donde había un prado suave, ondulado y terso. Allá
abajo, unos muchachos jugaban al softball. Se quedaron allí un rato,
observando. Cuando ella vio que la cara de Hip reflejaba sólo las figuras en
movimiento y ningún interés en el juego, le tocó el codo y siguieron su camino.
Encontraron un estanque con patos, y unos rectos senderos de grava bordeados de
canteros. La muchacha arrancó una flor y la puso en el ojal de Hip. Encontraron
un banco. Un hombre empujó hacia ellos un carrito brillante y limpio. Compraron
una salchicha y una botella de agua gaseosa y Hip comió y bebió en silencio.
Pasaron
la tarde juntos, tranquilos.
Comenzó
a oscurecer, y la muchacha lo llevó de vuelta a la habitación. Lo dejó a solas
una media hora, y cuando regresó lo encontró sentado en el mismo lugar. Abrió
los paquetes, cocinó unas chuletas, preparó una ensalada y, mientras Hip comía,
hizo un poco de café. Terminada la cena, Hip bostezó. La muchacha se puso de
pie.
—Buenas
noches—dijo, y salió del cuarto.
Hip
se volvió lentamente hacia la puerta que acababa de cerrarse.
—Buenas
noches—dijo al fin.
Se
desvistió, se acostó y apagó la luz.
Al
día siguiente, viajaron en ómnibus y almorzaron en un restaurante.
Al
otro día, se retrasaron un poco y escucharon un concierto de banda.
Una
tarde llovió y fueron al cine, a ver una película que Hip miró sin decir una
palabra, sin sonreír, sin fruncir el ceño, sin mover el cuerpo en las partes
musicales.
«Su
café» «Mandemos esto al lavadero» «Venga» «Buenas noches» Estas eran las cosas
que ella decía. Nada más. Observaba el rostro de Hip y esperaba, serenamente.
Despertó.
La oscuridad era muy grande. No sabía dónde estaba. Sólo veía el rostro de
frente ancha, pálido, con anteojos de gruesos cristales y mentón puntiagudo.
Hip rugió sin palabras y el rostro le sonrió. Comprendió entonces que ese
rostro estaba en su mente y no en el cuarto, y la imagen desapareció... No,
supo, simplemente, que no estaba allí. Entonces la cólera le fundió casi el
cerebro. Si, pero ¿quién es?, se preguntó a sí mismo. No lo sé, no lo sé... y
su voz se transformó en un quejido, cada vez más suave. Silencio. Respiró
profundamente y algo, en su interior, cayó y se deshizo. Gritó. Alguien le tomó
una mano, y luego la otra, y luego las dos, juntas. Era la muchacha; lo había
oído, había venido a verlo. No estaba solo.
No
estaba solo... Gritó con más fuerza, amargamente. Tomó una mano de la muchacha,
inclinada hacia él, y miró, en la oscuridad, su rostro, su cabello. Se echó a,
llorar.
La
muchacha esperó pacientemente a que se calmara y le soltara la mano. Luego lo
cubrió con una manta y salió de puntillas.
A la
mañana siguiente, Hip, sentado en la cama, observaba cómo el humo del café se
extendía y desvanecía a la luz del sol. Miró luego cómo la muchacha ponía unos
huevos sobre la mesa de luz. Le temblaron los labios. La muchacha se quedó de
pie, esperando. Hip dijo entonces:
—¿Ya
ha desayunado?
Algo
se iluminó en los ojos de la muchacha. Meneó la cabeza.
Hip
miró su plato, como si tratara de resolver un problema. Finalmente, lo alejó
unos centímetros y se puso de pie.
—Coma
esto—dijo—. Yo prepararé más.
La
había visto sonreír alguna vez, pero no se había fijado. Ahora era como si
todas aquellas cálidas sonrisas se hubieran concentrado en ésta. La muchacha se
sentó y comió. Hip frió otro par de huevos, aunque no tan bien como ella. Los
huevos estuvieron listos antes que las tostadas, y las tostadas se quemaron
mientras comía los huevos. La muchacha no trató de ayudarlo, ni siquiera cuando
Hip, con la frente arrugada y el mentón hacia adelante, examinó turbado la mesa
de luz. Al fin, encontró lo que buscaba... otra taza. Estaba sobre la cómoda.
Le sirvió a la muchacha un poco de café, y tomó para él la otra taza, la que
ella no había tocado. La muchacha volvió a sonreír.
—¿Cómo
se llama? —preguntó Hip, por primera vez.
—Janie
Gerard.
—Ah.
Janie
lo observó atentamente. Se estiró hasta los pies de la cama, donde había
colgado su bolso, lo abrió y sacó una pieza de metal. Parecía, a simple vista,
un corto tubo de aluminio, de unos veinte centímetros de largo y de sección
ovalada. Pero era flexible, un tejido de delgados alambres más que un caño
obtenido por extrusión. Janie tomó la mano derecha de Hip, la apoyó sobre la
taza, con la palma hacia arriba, y puso en ella el trozo de metal.
Hip
debió haberlo visto, pues miraba la taza. Sin embargo, no cerró el puño, ni
cambió de expresión. Después de un rato, tomó una tostada. El trozo de metal se
le cayó de la mano, rodó sobre la mesa y fue a parar al suelo. Hip cubrió la
tostada con una porción de manteca.
Después
de esa primera comida, hubo algunas otras diferencias. Muchas diferencias. Hip
nunca volvió a desvestirse delante de Janie, ni volvió a dejarla sin comer.
Comenzó a pagar algunas cosas: los viajes en ómnibus, los almuerzos. Más tarde
comenzó a pararse cortésmente junto a las puertas, para que ella saliera
primero, y cuando cruzaban la calle, la tomaba del brazo. La acompañaba al
mercado y cargaba con todos los paquetes.
Recordó
su nombre. Recordó incluso que Hip era abreviatura de Hipócrates. Sin embargo,
no podía recordar por qué tenía ese nombre, ni de dónde venía, ni ninguna otra
cosa de sí mismo. Janie no lo apuraba, no le hacía preguntas. Se limitaba a
acompañarlo, y esperaba. Y trataba de que el trozo de malla estuviera siempre a
la vista de Hip.
Hip
lo veía casi todas las mañanas, al lado de su desayuno. O lo encontraba en el
baño, metido en el mango del cepillo de dientes. Una vez lo encontró en el
bolsillo donde aparecía regularmente el pequeño rollo de billetes; en esta
ocasión, los billetes estaban dentro del cable. Retiró los billetes y dejó caer
descuidadamente el trozo de metal. Janie tuvo que recogerlo. Lo puso una vez en
un zapato de Hip: al tratar inútilmente de calzarse, él dio vuelta el zapato y
dejó la pieza de metal en el suelo. Parecía como si el cable metálico fuese
transparente para Hip, o incluso invisible. Cuando debía tenerlo en la mano,
como al encontrar el dinero adentro, no le prestaba ninguna atención; se
desprendía rápidamente de él y, al parecer, no volvía a recordarlo. Janie nunca
lo mencionaba; calladamente, volvía a ponérselo en el camino, una y otra vez,
con la paciencia de un péndulo.
Las
tardes de Hip comenzaron a tener una mañana, y los días, un ayer. Se acordó de
un banco donde se habían sentado, de un teatro al que habían ido, y también del
camino de vuelta. Janie dejó de guiarlo y pronto él mismo planeó los paseos
Como
no tenía recuerdos, salvo del tiempo pasado con Janie, se pasaba los días
descubriendo cosas. Hacían excursiones e instructivos viajes en ómnibus.
Descubrieron
un nuevo teatro, y una laguna con cisnes además de patos.
Había
también otro tipo de descubrimientos. Un día, Hip, de pie en medio de la
habitación, se volvió y miró las paredes, una tras otra, y luego las ventanas y
la cama.
—Estuve
enfermo, ¿no es cierto?—preguntó.
Y un
día se detuvo en la calle, y clavó los ojos en el sombrío edificio de la acera
opuesta.
—Yo
estuve allí.
Varios
días después, disminuyó el paso, frunció el ceño, se detuvo, y miró fijamente
el interior de una tienda de articules para hombre. No, no el interior. El
escaparate.
Junto
a él, Janie esperaba, mirándolo.
Hip
levantó lentamente el brazo izquierdo, cerró el puño, se miró la sinuosa
cicatriz de la mano, y las dos cicatrices rectas, una larga y la otra corta, de
la muñeca.
—Tome—dijo
Janie, y le puso en la mano el trozo de metal.
Hip
cerró rápidamente el puño. En su rostro hubo primero sorpresa, y luego un
relámpago de temor, y luego algo semejante a la cólera. Se tambaleó.
—Está
bien—dijo Janie suavemente.
Hip
lanzó un gruñido que era una pregunta. Miró a Janie como si fuese una extraña,
y luego, poco a poco, pareció reconocerla. Abrió la mano y observó atentamente
la pieza de metal. La arrojó al aire, y la volvió a tomar.
—Es
mío—dijo.
Janie
asintió con un movimiento de cabeza.
—Yo
rompí esa vidriera—dijo Hip. La miró, volvió a arrojar al aire el trozo de
metal, lo guardó en el bolsillo y se puso nuevamente en marcha. Guardó silencio
un largo rato, y luego dijo mientras subían por la escalinata de la casa:—Yo
rompí esa vidriera y me metieron en la cárcel. Usted me sacó. Yo estaba enfermo
y usted me trajo aquí, y esperó a que me repusiera.
Sacó
sus llaves, abrió la puerta y se hizo a un lado para permitirle pasar.
—¿Por
qué lo hizo?
—Sencillamente
porque quise hacerlo—respondió Janie.
Hip
estaba nervioso. Fue hasta el guardarropa y dio vuelta los bolsillos de sus dos
trajes y de la chaqueta de sport. Atravesó la habitación, y sus manos inseguras
palparon la carpeta de la cómoda. Luego abrió y cerró los cajones.
—¿Qué
sucede?
—Esa
cosa—dijo Hip vagamente.
Entró
en el cuarto de baño y salió otra vez.
—Usted
sabe, ese trozo de malla.
—Oh—dijo
Janie.
—Lo
tenía—murmuró Hip con tristeza.
Volvió
a recorrer la habitación. Luego, se inclinó y rozó con el hombro a Janie, que
estaba sentada en la cama, y examinó la mesita de luz.
—¡Aquí
está!
Lo
miró, lo dobló y se sentó en el sillón.
—Odio
perderlo—dijo con alivio—. Lo he tenido mucho tiempo.
—Estaba
en el sobre donde guardaron sus cosas en la cárcel—dijo Janie.
—Ajá.—Hip
apretó la pieza entre las manos, luego la levantó y la sacudió apuntando a
Janie, como si fuera un índice admonitorio, brillante, grueso.—Esto.
Janie
esperaba. Hip sacudió la cabeza.
Lo
he tenido mucho tiempo—continuó. Se levantó, caminó, volvió a sentarse.
—Buscaba
a un individuo que... ¡oh!—gruñó—. No puedo recordar.
—Está
bien—dijo Janie suavemente.
Hip
apoyó la cabeza entre las manos.
—Estuve
a punto de encontrarlo—dijo con voz ahogada—. Lo busqué mucho tiempo. Lo busqué
siempre.
—¿Siempre?
—Bueno,
siempre desde que... Janie, no puedo recordar.
—Está
bien.
—¡Está
bien, está bien! ¡No está bien!—Se enderezó, mirándola.—Lo siento, Janie, no
quise gritarle.
Janie
sonrió.
—¿Dónde
estaba esa cueva?—preguntó Hip.
—¿Cueva?—repitió
Janie, como un eco.
Hip
movió las manos.
—Una
especie de cueva. Mitad cueva, mitad casa de troncos. En el bosque. ¿Dónde era?
—¿Estaba
yo allí?
—No—respondió
Hip inmediatamente—. Supongo que eso fue antes. No recuerdo.
—No
se preocupe.
—¡Me
preocupa!—gritó Hip, excitado—. Puedo preocuparme por eso, ¿no es así?
Y
enseguida la miró buscando su perdón. Lo encontró.
—Debe
usted comprender—dijo, más tranquilo—, es algo que yo... debo... Oiga—dijo
volviendo a exasperarse—, ¿es posible que uno no recuerde lo más importante del
mundo?
—Es
posible.
—Sí—dijo
Hip, malhumorado—, y no me gusta.
—Está
excitándose—dijo Janie.
—¡Ya
lo sé!—estalló Hip. Miró a su alrededor, y sacudió la cabeza con violencia—.
¿Qué es esto? ¿Qué hago aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué gana con este asunto?
—Me
agrada verlo mejor.
—Sí,
mejor—gruñó Hip—. ¡Mejor! Debiera enfermarme. Enfermarme cada vez más.
—¿Quién
le dijo eso?—preguntó Janie vivamente.
—Thompson—rugió
Hip, y retrocedió, mirándola, con asombro y sorpresa. Y con una voz aguda,
quebrada, como la voz de un adolescente, sollozó:—¿Thompson? ¿Quién es
Thompson?
Janie
se encogió de hombros y respondió con naturalidad:
—El
que le dijo que debiera estar enfermo, supongo.
—Sí—murmuró
Hip, y repitió suavemente como si ya estuviera seguro—: Sí... Sacudió ante
Janie el trozo de malla.—Lo vi. A Thompson.—El tubo atrajo entonces su atención
y se quedó mirándolo, fijamente. Sacudió la cabeza, cerró los ojos—Yo
buscaba...—Su voz se arrastró hasta que casi dejó de oírse.
—¿A
Thompson?
—¡No!—gruñó
Hip. ¡Nunca quise verlo! Sí—se corrigió—, quería saltarle la tapa de los sesos
—¿Realmente?
—Sí.
Verá usted; él... él era... ¿qué le pasa a mi cabeza?
Janie
trató de tranquilizarlo:
—Calma,
Hip.
—No
puedo recordar, no puedo—dijo Hip entrecortadamente—Es como... Usted ve algo
que se levanta. Quiere alcanzarlo y salta, con tanta fuerza que le crujen las
rodillas. Y consigue tocarlo con los dedos, pero sólo con la punta de los
dedos...—Respiró profundamente.—Y así se queda, durante toda la vida, tocándolo
con los dedos, sólo con la punta de los dedos, sabiendo que nunca lo alcanzará,
que nunca logrará alcanzarlo. Y luego usted cae, y eso se eleva y se aleja,
haciéndose cada vez más pequeño, y usted sabe que nunca...—Se echó hacia atrás
y cerró los ojos. Jadeaba. Murmuró, quedamente: Y usted sabe que nunca...
Cerró
los puños. Uno de ellos sostenía aún el trozo de malla y Hip sintió, otra vez,
sorpresa, asombro y duda.
—Lo
he conservado tanto tiempo—dijo, mirándolo—. Es una locura. Debe parecerle una
locura, Janie.
—Oh,
no.
—¿No
cree que estoy loco?
—No.
—Estoy
enfermo—sollozó.
Janie
se rió. Se acercó a Hip e hizo que se pusiera de pie. Lo empujó hacia el cuarto
de baño y encendió la luz. Lo empujó contra el lavabo y golpeó el espejo con
los nudillos.
—¿Quién
está enfermo? —preguntó.
Hip
vio la cara de carnes firmes y huesos grandes que lo miraba fijamente. Se vio
el cabello lustroso y los ojos claros. Se volvió sorprendido hacia Janie.
—¡Qué
buena cara! No tengo esa cara desde... desde que estuve... Janie, ¿estuve en el
ejército?
—Estuvo..
Hip
miró otra vez el espejo..
—No
parezco enfermo—dijo, como si se hablara a sí mismo. Se tocó la mejilla—.
¿Quién insiste en decirme que estoy enfermo?
Oyó
los pasos de Janie. Se alejaba. Apagó la luz y salió del baño.
—Me
gustaría romperle la cabeza a ese Thompson—dijo—. Arrojarlo contra...
—¿Qué
sucede?
—Algo
curioso—dijo—estaba a punto de decir: contra una pared de ladrillos. Lo pensaba
con tanta intensidad que casi veía la escena.
—Quizá
lo hizo alguna vez.
Hip
sacudió la cabeza.
—No
era una pared. Era el cristal de un escaparate. ¡Ya sé!—exclamó—. Lo vi, y me
dispuse a golpearlo. Lo vi parado allí, en la calle, mirándome. Grité y me
abalancé contra él y... y...—Se miró la cicatriz de la mano. Asombrado,
dijo:—Me volví, y en cambio golpeé el escaparate. Dios mío
Se
dejó caer en el sofá. Se sentía débil.
—A
eso se debió la cárcel, y así terminó todo. Quédate en esa cárcel podrida,
enférmate. No comas, no te muevas, enferma, empeora. Y así terminó todo.
—¿Y
terminó todo, acaso?
Hip
la miró.
—No,
no; no terminó. Gracias a usted.—La miró en los ojos, miró su boca.—¿Quién es
usted, Janie? ¿Qué persigue con todo esto?
Janie
bajó la vista.
—Oh,
lo siento, lo siento. Era como si...—Extendió una mano hacia Janie y la dejó
caer, sin tocarla.—No sé que me pasa. Es que... no me lo explico, Janie. ¿Qué
he hecho por usted?
Janie
sonrió levemente.
—Curarse.
—No
es bastante—dijo Hip con devoción—. ¿Dónde vive?
—Del
otro lado del vestíbulo—señaló Janie.
—Oh.—Hip
recordó la noche que había gritado y apartó con vergüenza esa imagen. Se volvió
de espaldas, buscando otro tema, cualquier otro tema.—Salgamos.
—Bien.
¿Era
alivio lo que creyó oír en la voz de Janie?
Subieron
a la montaña rusa, comieron caramelos y bailaron en un pabellón al aire libre.
Hip se preguntó en voz alta dónde había aprendido a bailar, pero hasta bien
entrada la noche no volvió a mencionar las cosas que tanto le preocupaban.
Gozaba por primera vez conscientemente de la compañía de Janie. Este paseo era
en verdad un acontecimiento, y no una costumbre como todos los otros. Nunca la
había visto reír de esa manera, tan fácilmente, ni con tanto entusiasmo por
subir aquí, probar esto otro, o ver qué había más allá. Al anochecer se
apoyaron en la baranda, a orillas del lago, y miraron a los bañistas. Había
parejas de enamorados en la playa, aquí y allí. Hip sonrió ante la escena, se
volvió hacia Janie para hacerle un comentario, y vio sorprendido que una
extraña melancolía suavizaba el rostro de la muchacha. Sintió una rara emoción,
casi indefinible; y desvió rápidamente los ojos, en parte porque no deseaba
sacar a Janie de esa actitud meditativa, tan rara en ella; pero, además, porque
entendía de pronto que la dedicación que Janie le mostraba no era todo lo que
ella deseaba de la vida. La vida había comenzado para él, literalmente, el día
que Janie llegara a su celda. Y nunca había pensado que todo ese cuarto de
siglo en el que Janie había vivido sin él, no fuera, también, como un papel en
blanco.
¿Por
qué lo había sacado de la cárcel? ¿Por qué lo había salvado? ¿Por qué—en el
caso de que ella hubiera sentido la necesidad de salvar a alguien—lo había
elegido a él?
Y
entonces, ¿qué buscaba ella? ¿Algo que estaba ahí en esa su vida perdida? Juró
en silencio que se lo entregaría a Janie. Aunque era inconcebible pensar que
algo nacido de su vida pudiera ser de más valor que el descubrimiento de esa
misma vida.
Pero
Janie, ¿qué podía buscar?
Despertó
de sus pensamientos y se encontró mirando la playa y la pequeña galaxia de los
enamorados. Cada pareja era en sí misma un mundo independiente (pero en armonía
con todos los otros) que flotaba a la ventura en el luminoso atardecer.
Enamorados... El también había sentido los tirones del amor... en algún lugar
perdido... en medio de la niebla... no podía recordar dónde... ni con quién...
aunque el amor estaba allí, en alguna parte, junto a aquella obsesión... No
hasta que lo hayas encontrado..
Y
sus pensamientos volvieron a extraviarse. Pero era indiscutible que la raíz de
esa obsesión había sido para él más importante que el amor, el matrimonio o el
deseo de ser coronel. (¿El deseo de ser coronel? ¿Pero había deseado ser alguna
vez un coronel?)
Bueno,
quizá Janie fuera una conquista. Ella lo quería quizá. Lo vio y se enamoró, y
ahora lo quería para ella y trataba, a su modo, de conquistarlo. Bueno, si ella
buscaba eso...
Cerró
los ojos y vio en su interior la cara de Janie; la cabeza inclinada, en una
actitud paciente y atenta; los brazos delgados y fuertes; el cuerpo flexible,
la boca mágica y anhelante. Vio una rápida sucesión de imágenes, tomadas por la
cámara de su sana mente masculina, pero archivadas bajo el rótulo de «inactivo»
en su mente trastornada y parcial: las piernas de Janie recortadas contra la
ventana, vistas a través de la nube policromática de una falda de seda;
Janie
con una blusa de campesina: un rayo recto del sol de la mañana se le doblaba en
el hombro desnudo y en la suave curva del nacimiento del pecho; Janie, en el
baile: se echaba hacia atrás y se apretaba contra él como si ambos fuesen las
hojas doradas de un electroscopio. (¿Dónde había visto... dónde había trabajado
con un electroscopio? ¡Oh, por supuesto! En el... El recuerdo se desvaneció.)
Janie, apenas visible en la profunda y agitada oscuridad de la habitación;
resplandecía pálidamente detrás de una niebla de nylon y el ácido vacilante de
las lágrimas, y le sostenía con fuerza las manos.
Pero
todo esto no podía llamarse seducción; sólo era una estrecha intimidad de
comidas y caminatas y largos silencios compartidos, sin un roce, sin una
palabra de cariño. El amor, aun silencioso y reprimido, exige siempre, tiene
hambre y sed. Janie nada exigía. Sólo... esperaba. Si estaba interesada en la
oscura historia de Hip, su actitud era completamente pasiva; se limitaba a
esperar a que él desterrara algo. Si andaba detrás de lo que él había sido y
había hecho, ¿por qué no preguntaba y azuzaba, por qué no escudriñaba y espiaba
como Thompson y Bromfield? (¿Bromfield? ¿Quién es Bromfield?) Nunca lo hacía,
nunca.
No.
Otra cosa la impulsaba hacia él; y por eso miraba a los enamorados con una
tristeza tan contenida, con una expresión similar a la de un manco hechizado
por la música de un violín.
Imagen
de la boca de Janie, brillante, inmóvil, sedienta. Imagen de las hábiles manos
de Janie. Imagen del cuerpo de Janie, seguramente tan suave como su hombro, tan
firme como su brazo, cálido y dócil y salvaje.
Se
volvieron el uno hacia el otro; él, la rueda impulsora; ella, la impulsada.
Quedaron sin aliento, y el aire fue entre ellos como un símbolo y una única y
viviente promesa. Sus corazones latieron con fuerza, dos veces, y durante ese
instante fueron, también ellos, como un solitario planeta en el cosmos
estrellado de los amantes; enseguida el rostro de Janie se contrajo en un
espasmo de concentración, pero no como dominándose, sino en una exquisita
operación de ajuste.
Hip
sintió que en lo más profundo de su ser se formaba de pronto una pequeña esfera
de vacío. Respiró otra vez y aquella magia se recogió en sí misma y se unió al
aliento, y llenó rápidamente el vacío. Y el vacío la devoró y la aniquiló,
totalmente, en sólo un instante. Un breve cambio espasmódico en el rostro de
Janie: ningún otro movimiento. Todavía estaban juntos y de pie, en el
crepúsculo; el rostro de ella vuelto aún hacia él; un rostro alegre y
coloreado, y luminoso, que brillaba con luz propia y en su propia sombra. Pero
la magia y la unión se habían desvanecido; eran dos, no uno, y Janie era ahora
la Janie silenciosa, la Janie paciente, la Janie sin abatimiento, pero también
sin entusiasmo. Pero no... la verdadera diferencia estaba en él: sus manos en
el aire ya no iban a abrazarla, y se le cerraron los labios, y ese beso que aún
no había nacido se perdió para siempre. Hip dio un pasó atrás.
—¿Seguimos?
Una
ola de tristeza pasó rápidamente sobre el rostro de la muchacha. Hip sintió que
lo ocurrido se parecía a sus obsesiones. Era como esas cosas suaves y sólidas
que tenía siempre en la punta de los dedos, y que nunca podía alcanzar. Y
comprendió, casi, la tristeza de Janie; había estado allí para él, había estado
allí... y había desaparecido, totalmente subiendo y alejándose de él.
Volvieron
en silencio a la calle y las luces, con sus lastimosos millares de bujías, y a
las diversiones, con su frustrada pretensión de movimiento. Detrás de ellos, en
la creciente oscuridad, quedaban las luces reales, los movimientos verdaderos.
Todo, o casi todo. Y con los fusiles de aire comprimido, que disparaban pelotas
de tenis contra acorazados de madera, y con las manivelas que hicieron girar
para que unos galgos de juguete subieran rápidamente por una cuesta, y con los
dardos que arrojaron contra unos globos... con todo eso, se desvaneció lo poco
que quedaba, algo tan insignificante que no dejó ni rastros.
En
un quiosco muy adornado había un par de servomecanismos, sobrantes de guerra,
preparados para que pareciesen armas gobernadas por radar. Había un cañón
antiaéreo en miniatura; uno apuntaba, y el más ligero movimiento era
rápidamente reproducido por el gran cañón de la parte trasera, el de los
servomecanismos. Las siluetas de unos aviones cruzaban el cielo raso abovedado.
En fin, una agradable confusión de luces y aparatos, una verdadera y
presuntuosa baratija.
Hip
entró en el quiosco, divertido al principio... luego intrigado y al fin
subyugado al ver que la más leve presión de sus dedos era fielmente reproducida
por los movimientos bruscos y ondulantes del cañón, a diez metros de distancia.
Erró al primer «avión», y al segundo. Esto le bastó para compensar el error del
cañón y derribar luego, uno a uno, todos los blancos. Janie aplaudió como una
criatura y el encargado del quiosco les obsequió la estatua de arcilla, deforme
y reluciente, de un perro de policía; valía una quinta parte del precio de la
entrada. Hip la recibió con orgullo y le dijo a Janie que se acercara al
aparato. Janie movió tímidamente el arma en miniatura y se rió con los
balanceos y sacudidas del cañón. Con las mejillas enrojecidas, y ojos que
anticipaban con pericia dónde aparecería cada blanco, Hip dijo, ladeando la
boca:
—Elevación,
cuarenta o más en su cuadrante derecho, cabo, o los fantasmas degaussarán las
espoletas de proximidad.
Janie
entrecerró los ojos, quizá para poder apuntar mejor. No respondió a las
palabras de Hip. Derribo el primer blanco antes que comenzara a recorrer el
horizonte artificial, y el segundo, y el tercero. Hip aplaudía y gritaba
alegremente el nombre de Janie. Por un instante, Janie pareció dominarse con un
gesto raro y brusco, como una persona distraída que vuelve a una conversación.
Luego, dejó pasar un blanco y perdió cuatro más. Derribo otros dos—uno bajo,
otro alto—, y le falló al último por un kilómetro.
—No
muy bien—dijo, con voz temblorosa.
—Bastante
bien—respondió Hip galantemente—. En estos días no es necesario dar
directamente en el blanco.
—¿No?
—No.
Basta acercársele. Las espoletas se encargan del resto. Este es el perro más
diabético del mundo.
Janie
miró la estatua y rió entrecortadamente.
—Lo
guardaré siempre—dijo—. Oh, Hip, ese horrible dorado de la pintura le está
ensuciando la chaqueta. ¿Por qué no se lo regalamos a alguien?
Caminaron
hacia arriba y hacia abajo, hacia la derecha y hacia la izquierda, recorriendo
todos los quioscos, en busca de un beneficiario adecuado, hasta que al fin
encontraron un solemne, granuja de unos siete años, que chupaba metódicamente
los últimos restos de una espiga de maíz.
—Toma,
para ti—gorjeó Janie.
El
niño ignoró la estatua y clavó unos ojos espantosamente adultos en el rostro de
Janie. Hip se rió.
—¡No
hay cliente!—dijo agachándose junto al niño—. Haré un arreglo contigo. ¿Te lo
llevarías por un dólar?
No
hubo respuesta. El niño siguió chupando, sin despegar los ojos de Janie.
—Cliente
difícil—sonrió Hip.
De
pronto, Janie se estremeció.
—Oh,
dejémoslo—dijo, ya sin alegría.
—No
puede ganarme como comerciante—replicó Hip animadamente. Puso la estatua en el
suelo, junto a los toscos y menudos zapatos, y metió un billete de un dólar en
el agujero que más se parecía a un bolsillo.—Es un placer hacer negocios con
usted, señor —dijo, y siguió a Janie, que ya había empezado a alejarse.
—El
típico conversador—rió Hip mientras la alcanzaba. Miró hacia atrás. A media
cuadra de distancia, el niño seguía mirando fijamente a Janie—. Parece que le
ha causado una verdadera impresión. ¡Janie!
Janie
se había detenido bruscamente, con los ojos desorbitados y fijos, y la boca
abierta en un triángulo de asombro.
—¡El
pequeño demonio!—murmuró—. ¡A su edad!—Se volvió y miró hacia atrás,
Hip
no vio bien, evidentemente, pues le pareció que el maíz dejaba las sucias
manitas, se elevaba, giraba noventa grados en el aire, golpeaba al niño en la
mejilla y caía al suelo. El niño retrocedió cuatro pasos, les dirigió una
conjetura poco caballeresca y una sugerencia impublicable, y desapareció en una
callejuela.
—¡Uf!—exclamó
Hip escandalizado—¡Tenía razón, verdaderamente!—La miró con admiración.—Qué
oídos tan finos tienes, abuelita—dijo, sin que su burla consiguiese ocultar
totalmente su casi puritano aturdimiento—. Yo no oí nada hasta el segundo
insulto.
—¿No
oyó?—dijo Janie.
Hip
notó, por primera vez, cierto fastidio en su voz, y le pareció, al mismo
tiempo, que él no tenía la culpa. La tomó del brazo.
—No
se preocupe. Vamos a comer algo.
Janie
sonrió y todo volvió a la normalidad.
Pizza
suculenta y cerveza fría en un compartimiento privado de un verde demasiado
brillante y de bordes descoloridos. Una caminata feliz y cansadora a lo largo
de los tristes quioscos, hasta el ómnibus tardío que esperaba jadeando. Una
sensación de comunidad, por la forma en que se adaptaba la columna vertebral a
la bien calculada curvatura de los asientos del ómnibus. Un dormitar
compartido, una noche centelleante, y la estación familiar en la calle
familiar, resonante y vacía; pero mi calle, y mi ciudad.
Despertaron
a un chofer de taxi y le dieron la dirección de la casa.
—¿Puedo
sentirme con más vida, acaso?—murmuró Hip desde su rincón. Advirtió en seguida
que Janie lo había oído—. Quiero decir—se corrigió—, que es como si todo mi
mundo, todos los lugares en que he vivido, hubiesen ocupado alguna vez sólo un
rinconcito de mi cabeza, y tan dentro de ella que yo no los podía ver. Y usted
hizo de ese rinconcito algo tan grande como una habitación, y luego tan grande
como un pueblo, y esta noche tan grande como... bueno, mucho más grande—terminó
débilmente.
Un
farol solitario le transmitió la respuesta de Janie: una sonrisa. Hip continuó:
—Me
pregunto, ahora, si puede ser todavía más grande.
—Mucho
más—respondió ella.
Hip
se reclinó contra el respaldo, somnoliento.
—Me
siento muy bien—murmuró—. Me siento... Janie—dijo, con una voz extraña—, me
siento enfermo.
—Ya
sabe por qué—dijo Janie con calma.
Hip
sintió una tensión en su interior, una tensión que vino y se fue. Se rió
suavemente.
—Otra
vez él. Se equivoca. Jamás volverá a hacerme enfermar. ¡Chofer!
Su
voz fue como el estallido de una madera. El conductor frenó sorprendido. Hip,
casi fuera de su asiento, se echó hacia adelante y tomó al conductor por debajo
de los brazos.
—Regrese—dijo,
excitado.
—Dios
Todopoderoso—murmuró el chofer.
El
automóvil comenzó a girar. Hip se volvió hacia Janie con una respuesta en los
labios; algo así como una respuesta. Pero Janie, inmóvil, callaba y esperaba.
Hip le dijo al conductor:
—En
la manzana próxima. Sí, aquí. A la izquierda. Doble a la izquierda.
Volvió
a recostarse en el asiento, apretando la cara contra el vidrio de la
ventanilla, escudriñando las casas en sombra y los jardines oscuros. Al cabo de
un rato exclamó:
—¡Ahí!
En esa casa con entrada para autos. Ahí, donde hay un cerco.
—¿Quiere
que entre?
—No—respondió
Hip—, acérquese a la acera. Un poco más... que pueda ver el interior.
Al
detenerse el coche, el chofer se volvió y miró hacia atrás.
—¿Descienden
aquí? Es un dólar y...
—¡Chist!
El
sonido fue tan explosivo que el chofer se quedó sin habla. Luego, sacudiendo
pacientemente la cabeza, se volvió hacia adelante. Se encogió de hombros y
esperó.
A
través de la entrada para coches, que abría un claro en el cerco, Hip observó
fijamente la casa blanca, débilmente iluminada, la majestuosa galería, el
portón del garaje, las claras persianas, y la puerta, con un tragaluz en forma
de abanico.
—Llévenos
a casa—dijo, al cabo de un tiempo.
No
hablaron en el coche. Hip se apretaba las sienes con una mano, cubriéndose los
ojos. Janie, silenciosa, se hundía en un rincón,
El
automóvil se detuvo. Hip salió y con aire ausente extendió una mano hacia
Janie. Le dio un billete al chofer, recibió el cambio, separó unas monedas y se
las devolvió como propina. El coche desapareció.
Hip
se quedó mirando el dinero que tenía en la mano, moviéndolo lentamente entre
los dedos.
—¿Janie?
—Sí,
Hip.
Hip
la miró. Apenas podía verla en la oscuridad.
—Entremos.
Entraron,
Hip encendió las luces. Janie se quitó el sombrero, colgó su bolso del pilar de
la cama y se sentó con las manos apoyadas sobre la falda. Esperando.
Hip
estaba hundido en sí mismo, ausente como un ciego. Despertó poco a poco, con la
mirada fija en el dinero que aún tenía en la mano. Durante un instante, fue
como si ese dinero no tuviera sentido para él; luego, lentamente, visiblemente,
comprendió de qué se trataba y lo introdujo en sus pensamientos, en su
expresión. Cerró la mano, sacudió el dinero, y lo desparramó sobre la mesa de
luz, delante de Janie. Eran tres billetes arrugados y algunas monedas.
—No
es mío—dijo.
—¡Sí
que es suyo!
Hip
sacudió la cabeza, negando, cansadamente.
—No,
no es mío. Nada de lo que he gastado era mío. Ni el dinero de la montaña rusa,
ni el de las compras, ni el del café del desayuno, ni... Supongo que aquí se
paga alquiler.
Janie
no respondió.
—Esa
casa—dijo Hip, impersonalmente—. Alguna vez estuve en ella, lo supe en cuanto
la vi. Fue poco antes que me arrestaran. No tenía dinero entonces. Lo recuerdo
muy bien. Llamé a la puerta; estaba sucio y excitado, y me dijeron que si
quería un poco de comida llamara a la puerta de atrás. No tenía dinero; lo
recuerdo tan bien, Todo lo que tenia era...
Sacó
de su bolsillo el cable de malla. Lo puso bajo la lámpara, lo recogió, lo
apretó entre sus dedos. Luego apuntó con él hacia la mesa de luz.
—Desde
que vivo en esta casa, siempre tengo dinero Está en el bolsillo izquierdo de mi
chaqueta, todos los días. Nunca pensé en eso; pero es su dinero, Janie, ¿no es
cierto.?
—Es
suyo; No se preocupe, Hip. No tiene importancia.
—¿Qué
quiere decir con eso de mío?—gritó Hip
—¿Mío
porque usted me lo da?—Escudriñó el silencio de Janie con una brillante mirada
de furia y meneó la cabeza.
—Lo
suponía.
—¡Hip!
Hip
sacudió otra vez la cabeza, repentina y violentamente: la única expresión que
pudo encontrar, en ese instante, para el huracán que le atravesaba y desgarraba
el cerebro. Era furia y era humillación; era una sensación de impotencia y un
colérico ataque a esos velos que le impedían conocerse a sí mismo. Se dejó caer
en el sillón, cubriéndose la cara con las manos.
Sintió
la cercanía de Janie. La muchacha le puso una mano en el brazo.
—Hip...—murmuró.
Hip
se encogió de hombros, y la mano volvió a su sitio. Se oyó el crujido de los
resortes; Janie se sentaba otra vez en la cama. Hip bajó lentamente las manos y
mostró un rostro desfigurado y triste.
—Entiéndame,
Janie. No estoy enojado con usted, no he olvidado lo que ha hecho. No se trata
de eso—dijo abruptamente—. Me siento confundido otra vez—añadió con voz ronca—.
Hago cosas y no sé por qué. Son cosas que debo hacer, cosas como...—Se detuvo
tratando de clasificar esos papelitos que giraban y bailaban en el viento,
dentro de su mente—... como saber que esto está mal, que no debiera estar aquí,
gastando su dinero. No sé quién me dijo alguna vez que esto está mal. Y
además... ya se lo he dicho: este asunto de tener que buscar y encontrar a
alguien y no saber por qué, y no saber tampoco de quién se trata, Esta noche
dije..—Hizo una pausa y durante un momento el siseo del aire entre sus dientes
y sus labios crispados llenó la habitación.—Esta noche dije que mi mundo... el
lugar en que vivo, es cada vez más grande. Es ya bastante grande como para
abarcar la casa que vimos hace un rato. Cruzamos esa esquina y recordé la casa
y sentí que tenía que mirarla. Recordé que yo había estado allí, sucio y excitado...
Llamé... Me dijeron que llamara a la puerta trasera... Les grité... Acudió
alguien más. Les pregunté... Yo quería saber algo sobre...—Silencio y otra vez
la respiración sibilante.—... algunos niños que vivían en la casa. Y allí no
vivían niños. Y volví a gritar. Se asustaron, y traté de dominarme. Les pedí
que me con—testaran, les dije que me marcharía enseguida. No quería asustarlos.
Dije: bien, no hay niños, díganme entonces dónde está Alicia Kew, permítanme
hablar con Alicia Kew.
Hip
se irguió con los ojos iluminados, y apuntó hacia Janie con el trozo de metal.
—¿Ve?
Recuerdo, recuerdo el nombre. ¡Alicia Kew! —Volvió a reclinarse en el sillón.—Y
ellos dijeron: «Alicia Kew ha muerto». Luego dijeron: «¡Oh, los chicos de
Alicia!» Y me indicaron dónde podría encontrarlos. Lo escribieron en alguna
parte; lo tengo aquí, en algún lugar...
Empezó
a registrarse los bolsillos. Se detuvo de pronto, y miró fijamente a Janie.
—Estaba
en las ropas viejas. ¡Usted lo tiene, usted lo ha escondido!
Si
Janie le diese una explicación, una respuesta, todo estaría bien, se dijo. Pero
ella lo miraba en silencio.
—Bueno
dijo Hip con firmeza—. Recordé una cosa, puedo recordar otra, o puedo volver a
la casa y preguntar otra vez. No la necesito.
El
rostro de Janie no se alteró, aunque era evidente que estaba dominándose. Hip
dijo entonces, suavemente:
—La
necesité, en efecto. Hubiera muerto sin usted. Ha sido...—No encontró las
palabras que expresaran lo que Janie había sido para él y continuó así:—Pero
ahora ya no la necesito. Tengo que descubrir algunas cosas, pero debo hacerlo
sin su ayuda.
Finalmente,
Janie habló:
—Todo
lo ha hecho sin mi ayuda, Hip. Todo. Yo sólo lo puse en camino. Desearía...
seguir haciéndolo.
—No
hay necesidad—aseguró Hip—. He crecido. He andado mucho y estoy mejor que
antes. Queda poco por descubrir.
—No
es poco—dijo Janie, con tristeza.
Hip
sacudió la cabeza, afirmativamente.
—Lo
sé, se lo aseguro. Tengo que descubrir algo acerca de esos niños, acerca de
esta Alicia Kew, y luego el lugar donde viven ahora. Eso estaba al final. En el
lugar donde pude tocar con la punta de los dedos eso... eso que yo buscaba.
Sólo eso, la dirección de los niños; no necesito más. Allí estará él.
—¿Él?
—Usted
sabe, el que he estado buscando. Se llama...—Hip se puso de pie de un salto.—Se
llama...
Descargó
el puño sobre la palma de la mano, con todas sus fuerzas.
—Lo
he olvidado—murmuró.
Se
llevó la mano enrojecida a la nuca; cerró los ojos, concentrándose. Luego dijo,
más tranquilo:
—Está
bien. Pronto lo descubriré.
—Siéntese—dijo
Janie—. Siéntese, Hip, y escúcheme.
Hip
se sentó de mala gana. La miraba con resentimiento. Tenía en la cabeza imágenes
y frases que no alcanzaba a comprender. Pensaba: ¿No puede dejarme en paz? ¿No
puede dejarme pensar un momento? Pero porque se trataba de Janie, esperó.
—Tiene
razón, puede hacerlo—dijo Janie. Hablaba lentamente, con mucho cuidado—. Puede
ir mañana a esa casa, si quiere, y conseguir la dirección y encontrar lo que ha
estado buscando. Y no significará nada, absolutamente nada para usted. ¡Lo sé,
Hip!
Hip
cruzó la habitación, tomó a Janie de las muñecas, la obligó a levantarse y
acercó su cara a la de ella.
—¡Usted
sabe!—gritó—. Claro que sabe. Lo sabe todo, todo; ¿no es así? Lo ha sabido
siempre; ¡yo loco por saber algo más, y usted ahí sentada, mirándome!
—¡Hip!
Hip, mis brazos.
Hip
apretó con más fuerza y la sacudió.
—Usted
sabe, ¿no es cierto? Lo sabe todo de mi.
—Suélteme.
Por favor, suélteme. Oh, Hip, ¡no sabe lo que hace!
Hip
la arrojó sobre la cama. Janie encogió las piernas, se volvió apoyándose en un
codo, lo miró a través de las lágrimas—lágrimas increíbles que no pertenecían a
ninguna de las Janie que él había conocido—y alzó un brazo magullado, abriendo
y cerrando los dedos.
—Usted
no sabe—dijo Janie, entrecortadamente—lo que...
Y
luego calló, jadeante, y lanzó a través de esas lágrimas algún largo mensaje,
torturado y confuso, que Hip era incapaz de leer.
Hip
se arrodilló lentamente junto a la cama.
—Ah,
Janie, Janie.
Los
labios de la muchacha temblaron. No era indudablemente una sonrisa, pero quería
serlo.
—Está
bien—susurró Janie. Dejó caer la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Hip
se sentó sobre la alfombra con las piernas recogidas, apoyando los brazos en la
cama y la mejilla en los brazos. Janie continuó, con los ojos
cerrados:—Comprendo, Hip; realmente comprendo. Y quiero ayudarlo, quiero seguir
ayudándolo.
—No,
no quiere—dijo él, sin amargura, pero desde las honduras de una emoción que era
de algún modo una pena.
Advirtió,
quizá a causa de la respiración de la muchacha, que había vuelto a hacerla
llorar.
—Usted
conoce todas mis cosas. Usted sabe qué busco—dijo. Parecía que estaba
acusándola, y lo lamentó. Sólo deseaba expresar un razonamiento. Pero no había
otra forma—. ¿No es así?
Con
los ojos todavía cerrados, Janie movió afirmativamente la cabeza.
—¿Entonces?—dijo
Hip.
Se
levantó pesadamente y volvió a su silla. Cuando quiere algo de mi, pensó con
malicia, se sienta y espera. Se dejó caer en la silla y miró a la muchacha.
Janie seguía inmóvil Hip trató de arrancar de su pensamiento la amargura y
dejar sólo el contenido, la información. Esperó.
Janie
lanzó un suspiro y se sentó en la cama. Hip vio el cabello en desorden y las
mejillas enrojecidas, y sintió que lo inundaba una ola de ternura. Se contuvo.
—Tiene
que creer en mi palabra, Hip—dijo Janie—. Tiene que confiar en mí.
Lentamente,
Hip inclinó la cabeza. Janie bajó la vista, juntó las manos, las separó, y se
pasó el dorso de una muñeca por los ojos Luego dijo:
—Ese
trozo de cable.
El
trozo de malla estaba aún en el suelo, donde Hip lo dejara caer.
—¿Que
pasa con esto?—dijo Hip, recogiéndolo.
—¿Cuándo
recordó por primera vez que lo tenía?... ¿Cuándo recordó que era suyo?
Hip
reflexionó.
—En
la casa. Cuando fui a la casa, a preguntar.
—No—dijo
Janie—, no me refiero a esa vez. Después de su enfermedad.
—Oh.—Hip
frunció el ceño, con los ojos cerrados.
—Cuando
recordé el escaparate. Recordé eso y entonces. Oh—exclamó bruscamente—. Usted
me lo puso en la mano.
—Así
fue. Durante ocho días. Lo puse en sus zapatos. Sobre su mesa. En la jabonera.
Una vez metí dentro su cepillo de dientes. Todos los días, media docena de
veces al día... ¡durante ocho días, Hip!
—No...
—No
comprende. Oh, no puedo culparlo.
—No
iba a decir eso. Estaba a punto de decir que no lo creo.
Janie
abrió los ojos, y Hip comprendió entonces qué raro era vivir sin la mirada de
Janie.
—Es
verdad—dijo Janie, con vehemencia—. Es verdad, Hip. Así sucedió.
Hip
asintió de mala gana.
—Está
bien. De modo que así sucedió. ¿qué tiene que ver eso con...?
—Espere—pidió
Janie—. Verá.. Ahora bien usted tocaba el trozo de cable, y se negaba a admitir
su existencia. Lo tenía en la mano y lo soltaba sin verlo. Lo pisaba al
levantarse y ni siquiera lo sentía. Una vez estaba en su plato, Hip. Se lo
llevó a la boca con algunos guisantes y luego lo dejó caer. El cable no existía
para usted.
—Re...—dijo
Hip, haciendo un esfuerzo—represión. Así lo llamó Bromfield.
¿Quién
era BromfieId? Pero el pensamiento se desvaneció; Janie hablaba otra vez:
—Escuche
ahora, atentamente. La represión desapareció cuando tenía que desaparecer.
Usted encontró entonces el trozo de cable en su mano y admitió su existencia
como algo real. Pero antes que llegara el momento ¡todo fue inútil!
Hip
reflexionó.
—De
modo que... ¿Y cómo llegó ese momento?
—Usted
volvió atrás.
—¿A
la tienda, al escaparate?
—Sí—dijo
Janie, y añadió inmediatamente—: No. Lo que quiero decir es esto: usted revivió
en esta habitación y... bien, usted mismo lo ha dicho: su mundo se ensanchó, se
agrandó hasta abarcar una habitación, luego una calle, luego una ciudad. Pero
lo mismo sucedió con su memoria. Su memoria se amplió hasta incluir el ayer, y
la semana pasada, y luego la cárcel, y luego lo que lo llevó a la cárcel. En
ese momento, el cable fue algo, algo terriblemente importante. Pero hasta ese
entonces no había sido nada. No existió hasta el momento en que su memoria pudo
retroceder hasta él. Entonces fue otra vez algo verdaderamente real.
—Oh—dijo
Hip.
Janie
bajó la vista.
—Yo
sabía lo del cable. Podía habérselo explicado. Traté muchas veces de que se
fijara en él, pero usted no pudo verlo. Bien, sé muchas cosas acerca de usted.
¿Pero no comprende que si se las dijera usted no me oiría?
Hip
sacudió asombrado la cabeza.
—¡Pero
ya no estoy... enfermo!—El rostro de Janie era toda una respuesta.—¿Estoy
enfermo? preguntó Hip débilmente y la cólera se encogió y se agitó en su
interior—. No querrá hacerme creer—gruño—que me he vuelto sordo de, repente y
que no la oiré si me dice dónde cursé el bachillerato.
—Claro
que no—dijo Janie con impaciencia—. Sólo que nada significaría para usted. No
podría relacionarlo con las otras cosas.—Se mordió los labios,
concentrándose.—Por ejemplo: ha nombrado a Bromfield una media docena de veces.
—¿A
quién? ¿Bromfield? No es cierto.
Janie
lo miró con los ojos entornados.
—Sí,
Hip. No hace más de diez minutos.
—¿Yo?—Hip
reflexionó. Trató de pensar y enseguida abrió desmesuradamente los ojos—. ¡Dios
mío, es cierto!
—Está
bien. ¿Quién es Bromfield? ¿Qué significa ese nombre para usted?
—¿Qué
nombre?
—¡Hip!—dijo
Janie, secamente.
—Lo
siento—dijo Hip—. Me parece que estoy un poco aturdido—y se hundió en sí mismo,
tratando de reproducir toda la frase, todas las palabras—. Br... Bromfield—dijo
al fin con dificultad.
—No
recordará ese nombre mucho tiempo, Hip. Pues bien, se trata de algo muy viejo,
y no tendrá ningún sentido para usted mientras no retroceda un poco más.
—¿Retroceder?
¿Retroceder? ¿Cómo?
—¿No
ha estado usted retrocediendo, incesantemente? De la enfermedad a la prisión y
luego al escaparate, y más aún, hasta que recordó su visita a aquella casa.
Piense en eso, Hip. Piense por qué fue a esa casa.
Hip
hizo un ademán de impaciencia.
—No
necesito. ¿No comprende? Fui a esa casa porque buscaba algo... ¿qué era? Oh,
sí, niños; algunos niños que podrían decirme dónde estaba el idiota.—se levantó
de un salto, riéndose.—¿Ve? El idiota... lo recordé. Lo recordaré todo, ya
verá. Estuve buscando al idiota... durante años, muchos años. Yo... he olvidado
por qué, pero—dijo con voz más fuerte—ahora ya no tiene importancia. Sólo
quiero decirle que no necesito recorrer nuevamente todo el camino; ya no puedo
equivocarme. Mañana iré a esa casa, obtendré esa dirección y luego iré allí,
adonde sea, y terminaré lo que comencé... cuando perdí el...—balbuceó, miró a
su alrededor con aire pensativo, encontró el trozo de cable sobre el sillón, y
lo tomó bruscamente—. Esto—dijo con aire de triunfo—. Es parte del... del...
¡oh, maldita sea!
Janie
esperó a que Hip recobrase la calma.
—¿Ve?—dijo
entonces.
—¿Veo
qué?—preguntó Hip, desconsolado, miserable y débil.
—Si
va mañana a esa casa se embarcará en algo que no comprende, por motivos que no
recuerda, detrás de alguien a quien no conoce y de algo que no sabe qué es.
Pero—reconoció Janie—tiene razón, Hip, puede hacerlo.
—Si
lo hiciera, lo recordaría todo.
Janie
sacudió tristemente la cabeza. Hip preguntó con brusquedad:
—Usted
lo sabe todo, ¿no es así?
—Sí,
Hip.
—Bien,
no me importa. Lo haré, de todas maneras. Janie respiró hondamente.
—Lo
matarán.
—¿Qué?
—Si
va a esa casa, lo matarán—dijo Janie con voz clara—. Oh, Hip. ¿No he tenido
razón hasta ahora? ¿No la he tenido? ¿No ha recuperado ya una gran parte... de
sí mismo? ¿No la ha recuperado de veras, de modo tal que ya no la perderá más?
Hip
respondió con una voz atormentada:
—Me
dice que mañana puedo salir de aquí y encontrar lo que he estado buscando...
¿Buscando? Lo que ha sido mi vida... Y me dice al mismo tiempo que si lo hago
me matarán. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere que haga?
—Simplemente
que siga así—suspiró Janie—. Que siga como hasta ahora.
—¿Para
qué?—estalló Hip—. ¿Retroceder alejándome cada vez más de lo que quiero? ¿De
qué me servirá...?
—¡Basta!—dijo
Janie, severamente. Hip sorprendido se calló—. Sólo le falta echarse al suelo y
empezar a morder la alfombra—continuó Janie suavemente y con una mirada
divertida—, y no le servirá de nada.
Hip
luchó contra esa burla; pero era irresistible. Había permitido que lo tocara, y
ya no podía librarse de ella.
—¿Quiere
usted decir que debo renunciar para siempre a encontrar al idiota... y al... lo
que sea?—preguntó casi con calma.
—¡Oh!—dijo
Janie, apasionadamente—. ¡Oh, no! Lo encontrará, Hip lo encontrará, sin duda
alguna. Pero debe saber de qué se trata; debe saber por qué.
—¿Cuánto
tiempo llevará eso?
Janie
sacudió la cabeza, muy seria.
—No
lo sé.
—No
puedo esperar. Mañana...—Señaló hacia los vidrios. El sol se acercaba borrando
la oscuridad ya casi de plata—Hoy, ¿ve usted? Podría ir hoy mismo... Debo
hacerlo; usted comprende lo que eso significa para mí, cuánto tiempo he
pasado...—Su voz se debilitó. De pronto volvió el rostro hacia Janie.—Dice que
me matarán; prefiero que me maten allí, y con eso en mis manos. De todos modos,
he vivido para eso.
Janie
lo miró trágicamente.
—Hip...
—¡No!—replicó
Hip—No podrá disuadirme.
Janie
comenzó a hablar y se interrumpió. Inclinó la cabeza. Dobló el cuerpo y apoyó
el rostro en la cama. Hip caminó furiosamente por la habitación, y al fin se
detuvo junto a Janie.
—Janie—dijo
con voz suave—, ayúdeme...—La muchacha no se movió, pero Hip sintió que ella
estaba escuchándolo.—Si existe algún peligro... si algo tratara de matarme...
dígame de qué se trata. Que sepa por lo menos qué puedo esperar.
Janie
se volvió hacia la pared, para que Hip no pudiera verle la cara, y habló
trabajosamente:
—No
dije que algo tratará de matarlo. Dije que lo matarán.
Hip
se quedó un rato junto a ella. Luego gruñó:
—Está
bien. Lo haré. Gracias por todo, Janie. Será mejor que se vaya a dormir.
Janie
se deslizó fuera de la cama, lentamente, débilmente, como si la hubieran
azotado. Lo miró y había en esa mirada tanta lástima y tanta pena que Hip
sintió como si se le estrujase el corazón. Pero apretó los dientes, se volvió
hacia la puerta, y la señaló con la cabeza.
Janie
se marchó, sin mirar hacia atrás, arrastrando los pies. Era más de lo que Hip
podía soportar, pero dejó que ella se fuera.
La
colcha estaba un poco arrugada. Hip cruzó lentamente el cuarto y la miró.
Extendió la mano, se echó hacia adelante y hundió el rostro en la colcha. La
cama conservaba aún el calor del cuerpo de Janie, y durante un instante muy
breve, casi indefinible, sintió algo así como la unión de dos alientos, de dos
almas hechizadas, vueltas la una hacia la otra a punto de confundirse en una
sola. Pero luego, todo desapareció, y Hip se encontró solo y tendido sobre la
cama.
Anda,
enférmate. Acurrúcate y muere.
—Está
bien—musitó.
Podía
hacerlo. ¿Qué diferencia habría? ¿A quién podía importarle si se moría de este
o de otro modo?
No a
Janie.
Cerró
los ojos y vio una boca. La de Janie, pensó; pero el mentón era demasiado
puntiagudo. Dijo la boca: «Acuéstate y muere, eso es todo», y sonrió. La
sonrisa hizo brillar los gruesos anteojos. Hip veía, pues, toda la cara. Sintió
un dolor, tan agudo y penetrante, que levantó bruscamente la cabeza y lanzó un
gruñido. La mano, se había cortado la mano. La miró y vio las cicatrices.
—Thompson.
Tengo que matar a ese Thompson.
Quién
era Thompson, quién era Bromfield, quién era el idiota de la cueva... cueva,
dónde estaba la cueva con los niños... niños... no, sino algo que pertenecía a
los niños... dónde estaba... la ropa de los niños, ¡eso es! Ropa vieja,
desgarrada, harapos; pero así es como él...
Janie...
Morirá. Acuéstate y muere.
Puso
los ojos en blanco, se le aflojaron los músculos y sintió que la fatiga lo
invadía lentamente. No era agradable; pero por lo menos dejaba de sentir.
Alguien dijo:
—Elevación,
cuarenta o más en el cuadrante derecho, cabo.
¿Quién
había dicho eso?
El,
Hip Barrows. El lo había dicho.
¿A
quién?
A
Janie, con sus hábiles manos sobre el prototipo de cañón antiaéreo.
Resopló
débilmente. Janie no era un cabo.
—La
realidad no es el más agradable de los ambientes. Pero estamos en ella como una
obra de ingeniería. Una buena obra, algo que merece la atención de un
ingeniero; y la realidad no puede tolerar las obsesiones. Algo tiene que ceder.
Si es la realidad, la obra de ingeniería queda sin aplicación. Es decir, no
puede aplicarse a nada, se aplica mal. Deseche la obsesión, comience a
funcionar según su diseño.
¿Quién
dijo eso? Oh... Bromfield. ¡Farsante! Si tuviera más sentido común no le
hablaría de ingeniería a un ingeniero.
—Capitán
Bromfield—dijo en tono fatigado (cuántas veces se lo había dicho)—, si no fuese
un ingeniero, no lo habría descubierto. No lo habría reconocido, no tendría por
qué preocuparme.
Bah,
no importa.
No
importa. Acurrúcate y... mientras Thompson no muestre su cara. Acurrúcate y.
—¡No,
por Dios!—rugió Hip. Saltó de la cama y se quedó de pie, temblando, en el
centro de la habitación. se llevó las manos a los ojos y se tambaleó como un
arbusto en medio de una tormenta. Quizá lo había confundido todo: la voz de
Bromfield, la cara de Thompson, una cueva llena de ropas de niños, Janie que
deseaba que lo mataran. Pero de algo estaba seguro, había algo que sabía:
Thompson no le obligaría a acurrucarse y a morir. Janie lo había librado de
eso.
Sollozó
mientras se tambaleaba:
¿Janie?
Janie
no quería que muriera.
Janie
no quería que lo mataran. ¿Qué pasaba entonces?
Janie
quería simplemente... que retrocediera. Y eso llevaba tiempo.
Miró
la ventana iluminada.
¿Llevaba
tiempo? Quizá pudiera conseguir hoy mismo esa dirección, ver a esos niños, y
encontrar al idiota... Bueno, encontrarlo de algún modo. Eso es lo que quería,
¿no es así? Hoy. ¡Entonces, por Dios, ya vería Bromfield quién tenía una
obsesión!
Pero
no. Janie deseaba que tomara otro camino, que retrocediera. ¿Durante cuánto
tiempo? Más años hambrientos; nadie te cree, nadie te ayuda, buscas y buscas,
te mueres de hambre y de frío; encuentras una pista y empiezas a buscar otra
que continúe la anterior: la dirección que te dieron en aquella casa de la
puerta cochera, a la que llegaste gracias al papel que estaba en las ropas de
los niños que estaban... en la...
—Cueva—dijo.
Dejó de tambalearse; se enderezó.
La
cueva. Y en la cueva había ropas de niños; y entre esas ropas estaba el sucio
pedacito de papel escrito muy deprisa, que lo había traído a la casa de la
puerta cochera, en esta misma ciudad.
Otro
paso hacia atrás, un gran paso. Estaba seguro de que era un gran paso. Porque
el descubrimiento que había hecho en la cueva demostraba definitivamente que
había visto lo que según Bromfield no había visto. ¡Y aquí estaba! Lo tomó, lo
dobló y lo apretó: plateado, liviano, curiosamente trenzado... el trozo de
malla. Por supuesto, ¡por supuesto! También el trozo de malla venía de la
cueva. Sintió que la excitación crecía en él. Janie le había dicho «retroceda»
y él había dicho no, eso lleva demasiado tiempo. Pero ¿cuánto tiempo había
necesitado para dar este paso, para descubrir otra vez la cueva y sus tesoros?
Lanzó
una mirada a la ventana. No más de treinta minutos, cuarenta como máximo. Si, y
mientras se sentía aturdido, exhausto, irritado, ofendido y culpable. Si
intentara retroceder descansado, satisfecho, sereno, y con la ayuda de Janie...
Corrió
hacia la puerta, la abrió violentamente, cruzó de un salto el vestíbulo y
empujó la otra puerta.
—Janie,
escuche—dijo casi a gritos.—Oh, Janie—... la voz se le quebró.
No
pudo detenerse, ya estaba dentro del cuarto. Los pies le resbalaron sobre el
piso, mientras trataba de retroceder, de volver al vestíbulo, a la puerta.
—Per...
perdón—dijo lastimosamente en medio de su asombro.
Se
volvió histéricamente. Chocó de espaldas contra la puerta y la cerró. La abrió
de un manotón y se precipitó fuera del cuarto.
Dios
mío, pensó, ¡cómo no me avisó! Cruzó el vestíbulo tropezando con los muebles.
Se sentía como un gong que acaban de golpear. Se metió en su habitación, cerró
con llave y se apoyó de espaldas contra la puerta. De algún lugar de su ser
surgió un chirriante estallido de risa embarazada. Aliviado, y casi
involuntariamente, volvió la cabeza hacia la puerta. Trató de impedir que su
imaginación volviera a cruzar el vestíbulo y entrara en el otro cuarto. No pudo
hacerlo; volvió a ver aquella imagen y se río otra vez, incómodo, con la cara
roja.
—Tenía
que haberme avisado.
El
trozo de cable atrajo su mirada. Lo recogió, se sentó en el sillón, y olvidó
aquel momento. Recordó, otra vez, lo más importante. Tenía que ver a Janie,
tenía que hablarle. Quizá fuese un desatino: pero ella lo sabía todo. Juntos
retrocederían, quizá, con verdadera rapidez, tan rápidamente que él podría
encontrar al idiota antes que pasara otro día. Ah... quizá no fuera posible;
pero Janie, sólo Janie lo sabía. Espera entonces. Enseguida estará de vuelta;
tiene que volver.
Se
reclinó en el sillón, estiró las piernas y echó atrás la cabeza apoyando
cómodamente la nuca en el respaldo. La fatiga flotaba y creía en su interior
como un humo fragante, nublándole los ojos y llenándole la nariz.
Dejó
caer flojamente las manos; cerró los ojos En un momento se rió con una risa
tonta; pero la imagen no llegó a formarse en su mente, o no se quedó allí
bastante tiempo, y no llegó a impedir aquella agradable y profunda inmersión en
el sueño.
(Cincuenta
milímetros, pensó, allá lejos, en las colinas. La ambición de todo muchacho de
agallas; tomar una ametralladora y usarla como si fuera una manguera de
jardín.)
¡Bam.
Bam. Bam. Bam!
(¡Oerlikons!
¿De dónde habrán desenterrado esas reliquias? ¿Qué es esto: una estación
antiaérea o un museo?)
—¡Hip!
¡Hip Barrows!
(Por
el amor del cielo, ¿cuándo aprenderá ese cabo a llamarme «teniente»? No es que
me importe, pero uno de estos días hará lo mismo delante de algún coronel
adolescente e iremos a parar a la cárcel).
¡Bam!
¡Bam!
—¡Oh...
Hip!
Se
sentó, llevándose las manos a los ojos y los cañones eran nudillos que
golpeaban la puerta y el cabo era Janie, que lo llamaba desde alguna parte. La
base antiaérea se deshizo y volvió a la fábrica de los sueños.
—¡Hip!
—Adelante—gruño...—Adelante.—Está
cerrado con llave.
Refunfuñó
y se puso de pie. Tenía el cuerpo entumecido. La luz atravesaba las cortinas.
Fue tambaleándose hacia la puerta y la abrió, No veía bien, y sentía los
dientes como una apretada hilera de colillas.
—¡Oh,
Hip.!
Por
encima del hombro de Janie, vio la otra puerta y recordó. Atrajo a Janie al
interior del cuarto y cerró la puerta.
—Escuche,
lamento lo que pasó. Me siento muy tonto.
—Oh,
Hip—dijo Janie suavemente—. No tiene importancia. ¿Se encuentra bien?
—Algo
aturdido—admitió. Volvió a reírse, un poco molesto—, Espere. Voy a lavarme la
cara, eso me va a despejar.
Desde
el baño, preguntó;
—¿Dónde
estuvo?
—Caminando.
Tenía que pensar. Luego... Esperé afuera. Temía que usted... ya sabe. Quería
seguirlo, acompañarlo. Pensé que podría.. ¿Se siente bien realmente?
—Oh,
muy bien. Y no se preocupe, no voy a salir. Antes tengo que decirle algo. Pero,
¿y esa muchacha? ¿No está enojada conmigo? Supongo que ella se sintió peor que
yo. Si usted me hubiera dicho que vivía en la casa, no hubiese entrado.
—Pero
Hip, ¿qué está diciendo? ¿Qué sucedió?
—Oh—dijo
Hip—. Usted viene directamente de la calle. Aún no ha estado en su cuarto.
—No.
¿Qué diablos está...
Hip
dijo, con el rostro encendido;
—Hubiera
preferido que se lo contara ella. Bueno, sentí de pronto que tenía que verla a
usted, urgentemente. Corrí a través del vestíbulo, abrí la puerta, entré en la
habitación y... allí estaba esa amiga suya.
—¿Quién?
Hip, por favor.
—La
mujer. Usted tiene que conocerla, Janie. Los ladrones no andan desnudos,
Janie
se llevó lentamente una mano a la boca.
—Una
mujer de color. Una muchacha. Joven.
—¿Qué...
qué hacía...
—No
sé. Apenas pude verla. Fue sólo un relámpago, si eso le sirve a ella de
consuelo. Salí corriendo. Oh, Janie, lo siento mucho. Es una situación
embarazosa, pero no muy grave. ¡Janie!—exclamó Hip, alarmado.
—Nos
ha descubierto... Tenemos que irnos—susurró Janie, con los labios pálidos y el
cuerpo tembloroso—. ¡Venga, oh, venga!
—¡Espere!
Janie, debo hablar con usted. Yo.
Janie
se volvió, como un animal dispuesto a la lucha. Habló con tanta vehemencia que
se le confundieron las palabras.
—¡No
hable! ¡No me pregunte! No puedo decírselo, no lo entendería. Salgamos de aquí,
¡vamos!
La
mano de Janie se cerró sobre el brazo de él con una fuerza asombrosa. Hip dio
dos pasos, hacia adelante, tratando de no caer. Janie abrió la puerta con una
mano y con la otra lo tomó de la camisa, arrastrándolo fuera del cuarto y
empujándolo ante ella por el pasillo, hacia la puerta de calle. Hip se tomó del
marco de la puerta. La sorpresa y la cólera se transformaron en obstinación y
terquedad. Ni las palabras de Janie ni su fuerza inesperada hubieran podido
moverlo. Pero Janie no habló ni lo tocó. Pasó corriendo a su lado, pálida,
llorosa y asustada y bajó de prisa los escalones que llevaban a la calle.
Hip
se dejó arrastrar ciegamente por los impulsos de su propio cuerpo y se encontró
fuera de la casa, corriendo detrás de Janie.
—Janie.
—¡Taxi!—gritó
la muchacha.
El
coche no se había detenido y ya Janie estaba dentro. Hip subió detrás de ella.
—Siga
adelante—le dijo Janie al conductor, y arrodillada sobre el asiento se puso a
mirar por la ventanilla de atrás.
—¿Adónde?—preguntó
el conductor.
—Siga
adelante, eso es todo. Rápido.
Hip
miró junto con Janie. No vio más que el frente de la casa, que desaparecía a lo
lejos, y uno o dos asombrados peatones.
—¿Qué
fue? ¿Qué pasó?
Janie
se limitó a sacudir la cabeza.
—¿Qué
pasó?—insistió Hip—. ¿Iba a estallar la casa, o algo parecido?
Janie
meneó otra vez la cabeza. Se apartó de la ventanilla y se acurrucó en un
rincón, pasándose los dientes por el dorso de la mano. Hip le quitó suavemente
la mano de la boca, y le habló dos veces. La muchacha volvió ligeramente la
cara, y ésa fue su única respuesta. Hip no insistió; se reclinó en el asiento y
se quedó mirándola.
Al
salir de la ciudad, donde se bifurcaba la carretera, el conductor preguntó
tímidamente:
—¿Hacia
qué lado?
—Hacia
la izquierda—contestó Hip.
Janie
le dirigió una breve mirada agradecida y volvió a esconderse detrás de su
propio rostro.
Por
fin, y aunque Janie seguía inmóvil y con los ojos clavados en el vacío, Hip
advirtió que algo había cambiado.
—¿Se
siente mejor?—preguntó suavemente:
Los
ojos de Janie se volvieron hacia Hip, y luego, bastante más tarde, llegó su
mirada. Una sonrisa melancólica le tironeaba de las comisuras de los labios.
—Por
lo menos no peor.
—Asustada—dijo
Hip.
Janie
asintió con un movimiento de cabeza.
—Yo
también—dijo Hip inexpresivamente.
Janie
apoyó una mano en el brazo de Hip.
—Oh,
Hip, lo siento, no puedo decirle cómo. No esperaba esto... tan de repente. Y
temo que ahora no haya nada que hacer.
—¿Por
qué?
—No
puedo decírselo.
—¿No
puede decírmelo? ¿O no puede decírmelo todavía?
Janie
eligió cuidadosamente sus palabras:
—Ya
le dije lo que tenía que hacer: retroceder cada vez más; descubrir los lugares
donde estuvo y todo lo que pasó, y así hasta el principio. Podría hacerlo, si
tuviese tiempo.—El miedo volvió a su rostro, y se transformó en tristeza.—Pero
ya no hay tiempo.
Hip
se echó a reír, casi con alegría.
—Hay
tiempo.—Le tomó una mano.—Esta mañana encontré la cueva. ¡Y de eso hace dos
años, Janie! Sé dónde está, y lo que encontré: ropas viejas, ropas de niños.
Una dirección: la casa de la puerta cochera. Y mi pedazo de cable; la prueba de
que no me equivocaba al buscar... Bueno—se rió, esa será la próxima etapa. Lo
principal es haber encontrado la cueva. Hasta ahora es lo más importante. Y lo
hice en treinta minutos, más o menos, y sin siquiera proponérmelo. Ahora, usted
dice que no tenemos tiempo. Bueno, quizá no tenemos semanas, ni días; pero
¿tenemos un día, Janie? ¿Medio día?
El
rostro de Janie se iluminó débilmente.
—Quizá
lo tengamos—dijo—. Quizá... ¡Chofer! Aquí está bien.
Pagó
el viaje; Hip no se opuso. Estaban en las afueras de la ciudad. Era un lugar de
campos abiertos, donde apenas se veían las huellas del animal urbano. Un puesto
de frutas, una estación de gasolina y, del otro lado del camino, algunas casas
demasiado nuevas, de madera barnizada y estuco brillante. Janie señaló las
lomas verdes.
—Nos
encontrarán—dijo desanimada—, pero estaremos solos... y si... algo viene,
podremos verlo venir.
En
la falda de una loma, en un prado donde el césped no alcanzaba a cubrir los
restos amarillentos de la última siega, se sentaron, frente a frente. Cada uno
de ellos dominaba una mitad del horizonte.
El
sol se levantó y calentó la tierra, y sopló el viento, y una nube vino y se
fue.
Hip
Barrows trabajaba, trabajaba, retrocediendo. Y Janie oía y esperaba, y sus ojos
claros y profundos recorrían los campos.
Atrás,
más atrás... Hip, sucio y loco, había tardado dos años en encontrar la casa de
la puerta cochera. Pues la dirección era sólo un número y una calle; no
indicaba el pueblo, o la ciudad. Tardó tres años en ir del hospicio a la cueva;
un año en descubrir el hospicio luego de ver al funcionario del condado;
pasaron seis meses desde el día en que lo dieron de baja hasta encontrar la
oficina del funcionario. Y otros seis meses desde el día en que nació su
obsesión hasta que lo expulsaron de la Fuerza Aérea.
Siete
años desde los almidones y el orden, la esperanza y las risas, hasta la sucia y
débil luz de un calabozo. Siete años perdidos, siete años de caída en un
abismo.
Remontó
siete años, y llegó al primer día.
En
el campo de tiro de la base antiaérea encontró una respuesta, un sueño, y un
desastre.
Joven,
capaz, pero inexplicablemente dejado de lado, el teniente Barrows se encontró
con demasiado tiempo libre. Y eso no le gustaba.
El
campo de tiro era pequeño. En cierto sentido era sólo una curiosidad, un museo.
El equipo era anticuado. La misma instalación era anticuada, y los sistemas de
defensa habían sido superados muchos años atrás. Pero servía para adiestrar a
los artilleros y oficiales, a los hombres del radar y a los técnicos.
El
teniente, en uno de esos odiados momentos de ocio, se puso a revolver algunos
archivos y a reunir algunos viejos datos sobre la eficiencia de las espoletas
de proximidad y la altura mínima a la que esos ingeniosos proyectiles (con sus
mecanismos de tiempo y su aparato de radar, todo del tamaño de un puño) debían
ser disparados. Se suponía que aquellos eficientes oficiales trataban de
derribar un avión a baja altura y no que sus sensibles granadas estallasen
prematuramente en las proximidades de un árbol o de algún poste eléctrico.
El
ojo del teniente Barrows descubría las discrepancias matemáticas más pequeñas
con la misma exactitud con que el oído de Toscanini descubría una nota
desafinada. En determinado sector del campo había un cuadrante donde las
granadas fallaban más de lo respetablemente permitido por la ley de los
promedios. La falla de una salva de granadas, o de dos o tres en un año. Podía
atribuirse a la mala calidad de los proyectiles; pero cuando todas las salvas
lanzadas a baja altura sobre ese determinado cuadrante no estallaban en el
momento adecuado, o simplemente no estallaban, algo, indudablemente, estaba
quebrantando la respetada ley.
La
mente científica del teniente Barrows puso el grito en el cielo ante tales
imperfecciones y decidió perseguir implacablemente el fenómeno culpable, con la
misma perseverancia con que la sociedad persigue a sus delincuentes.
Lo
que más le gustaba al teniente, era la exclusividad del asunto. No había
motivo, en apariencia, para que se hubiesen arrojado tantas granadas a baja
altura; menos aún sobre un determinado cuadrante. El teniente se dedicó
entonces a estudiar los informes de los últimos doce años. Los resultados
justificaban una investigación.
Pero
sería su investigación. Si no sacaba nada en limpio, no diría una palabra. Si
descubría en cambio alguna cosa importante, se la presentaría con inmensa
modestia e impresionante claridad al propio coronel. Y el concepto que éste
tenía de los oficiales de reserva cambiaría fundamentalmente. Examinó el campo
con todo cuidado y descubrió que su voltímetro de bolsillo no funcionaba en
forma correcta. Quizá había algo que reducía el magnetismo. Cuando el proyectil
pasaba sobre esta loma, de unos cuarenta metros de altura, los relevadores, y
las gruesas (pero sensibles) bobinas parecían completamente inútiles. Los
imanes permanentes y los electroimanes eran afectados por igual.
Barrows
nunca había visto, en su breve, pero brillante carrera, nada que se pareciese a
este inexplicable fenómeno magnético. Su mente, exacta e imaginativa a la vez,
se emborrachó de tal modo con su descubrimiento que empezó a delirar: la
identificación y el análisis del fenómeno (¿efecto Barrows, quizá?), y luego un
invento, y más tarde sus aplicaciones. Un generador que levantaría una
invisible barrera. Los aeroplanos y sus sistemas de comunicación e incluso sus
sistemas internos, quedarían inmovilizados al dejar de funcionar los imanes.
Dispositivos que pararían en el aire a los proyectiles guiados por radio,
dispositivos detonadores y, por supuesto, la supresión de las espoletas de
proximidad. La perfecta arma defensiva de la edad electromagnética... ¿Y
cuántas otras cosas? Era difícil imaginar un límite. Habría, por supuesto,
demostraciones prácticas. El coronel lo presentaría a renombrados hombres de
ciencia y a militares famosos:
¡Y
he aquí, caballeros, vuestro oficial de reserva!
Pero
antes debía descubrir la causa del fenómeno. Construyó un detector, simple,
ingenioso, cuidadosamente calibrado. Mientras trabajaba en el detector, su
cerebro, de una irreprimible actividad, imaginaba admirativamente todas las
consecuencias del «contramagnetismo».
Concibió,
como pasatiempo matemático, la posible aplicación de una serie de leyes a estos
nuevos fenómenos y envió los resultados al Instituto de Ingenieros de Radio.
Allí sabrían apreciarlo. En efecto, fueron publicados en la revista del
instituto.
Hasta
se divirtió durante las prácticas de tiro advirtiendo: cuidado, o los fantasmas
degaussarán (desmagnetizarán) las espoletas de proximidad Y se reía imaginando
el momento en que les asegurase a sus hombres que había dicho enteramente la
verdad y que si hubiesen tenido por lo menos la inteligencia de un chorlito
hasta ellos hubieran podido darse cuenta.
Finalmente
terminó su detector. Consistía esencialmente en un conmutador de mercurio, un
generador y un solenoide, y era capaz de registrar hasta las alteraciones más
pequeñas de su propio imán. Pesaba casi veinte kilos, pero eso no tenía
importancia, pues no pensaba llevarlo personalmente. Consiguió los mejores
mapas militares de la región, designó como voluntario al recluta más tonto que
pudo encontrar, y se pasó todo un día de licencia en el campo de tiro,
recorriendo cuidadosamente en zigzag las faldas de la loma, comparando las
observaciones de su aparato con las indicaciones del mapa, hasta que descubrió
al fin el centro del efecto desmagnetizante.
Era
una granja abandonada. En el centro del campo se veía un viejo y herrumbrado
camión. La tierra, los vientos, la lluvia y el deshielo ya casi habían
sepultado la máquina. Barrows y el paciente soldado se pusieron a excavar
frenéticamente. Al cabo de algunas horas de cavar, raspar y cepillar, dejaron
los restos del camión completamente limpios y a la vista. Debajo del camión
estaba la fuente del increíble campo magnético.
De
cada uno de los ángulos del chasis salía un cable, plateado y reluciente. Los
cables se unían en el árbol de dirección, y llegaban a una caja pequeña. En la
caja asomaba una palanca. No había, en apariencia, una fuente de energía, pero
el dispositivo estaba funcionando.
Barrows
empujó la palanca hacia adelante y los restos del desgastado camión gruñeron
hundiéndose en la tierra removida. Tiró de la palanca y el camión se levantó
rechinando y crujiendo, hasta que los viejos elásticos empezaron a ceder, y
quiso levantarse aún más.
El
teniente Barrows colocó la palanca en punto muerto y retrocedió unos pasos.
Era,
verdaderamente, lo que había deseado encontrar: sus sueños más fantásticos
llevados a la práctica. El generador desmagnetizante; allí estaba, esperando la
disección y el análisis. Pero este generador era, en realidad, un subproducto.
Con
la palanca hacia adelante, el camión era más pesado; con la palanca hacia
atrás, más liviano.
¡La
antigravitación!
Antigravitación:
sueño, fantasía. Antigravitación: un mundo nuevo. El vapor, la electricidad,
incluso la energía atómica, reducidos a brotes tecnológicos en el huerto creado
por el extraño dispositivo. Los edificios se elevaban hacia el cielo, edificios
que ningún artista se había atrevido a pintar; los cohetes surcaban el espacio
huyendo hacia los planetas, quizá hacia las estrellas; comenzaba una nueva era:
para los transportes, la logística, incluso la danza, e incluso la medicina. Y,
oh, la investigación... Y todo esto era suyo.
El
soldado, el recluta idiota, dio un paso adelante y tiró con todas sus fuerzas
de la palanca. Sonrió, y se arrojó contra las piernas de Barrows. Barrows
pateó, saltó, se estiró, y tocó con las puntas de los dedos el borde inferior,
brillante y frío, de uno de los cables. Fue sólo un décimo de segundo, pero
durante años, durante toda su vida, Barrows sintió que algo de su ser había
quedado en aquel petrificado momento: las puntas de los dedos tocaron el
milagro y el cuerpo se elevó en el aire, desprendido de la Tierra.
Cayó.
Una
pesadilla.
Los
latidos y la olvidada respiración le desgarraban el pecho. La máquina, vieja y
ruinosa, huía rápidamente de la Tierra, hacia el cielo del atardecer: una
mancha, un borrón, un punto. Una luz cuando cayeron sobre ella los rayos
horizontales del sol. Y luego el entumecimiento y el dolor, y la respiración
otra vez
Por
un lado, un irreprimible deseo de reír, y por otro, un odio y una furia que
luchaban contra esa risa.
Frases
desesperadas, palabras desgarradas por los gritos, el cuarto creciente de unos
ojos muy vivaces, y una forma escurridiza que huye y se ríe... Fue él... y
además me echó una zancadilla
El
deseo de matar.
Y
nada que matar. Correr, hundirse en las sombras, cada vez más espesas, y no
encontrar nada. El ruido de los pasos, el cuerpo devorado por el fuego, y la
mente envuelta en llamas. Caídas, golpes, como martillazos sobre la hierba
indiferente.
La
vuelta solitaria al hoyo vacío, tan vacío, tan enormemente vacío. Métete dentro
y alza los ojos hacia los cables plateados que ya nunca volverás a ver.
Un
ojo rojo y amarillo que mira atentamente. Un grito y un puntapié. El detector
se eleva también, pero muy poco, y rueda por el suelo con el ojo apagado.
El
largo camino de regreso a los cuarteles. Arrastras a un hombre invisible,
llamado Agonía, cuyas pesadas manos se cierran sobre el pie fracturado.
Cae,
descansa, levántate. Cruza ese arroyo; cae, levántate, descansa. Y luego el
campamento.
El
cuartel general. Los escalones de madera. La puerta oscura. Golpes. Barro y
sangre. Golpes. Pasos. Gritos: asombro, preocupación, fastidio, cólera.
Los
cascos blancos y los brazaletes: MP. Diles que traigan al coronel. A nadie más.
Sólo al coronel.
Cállese,
va a despertar al coronel.
¡Él
coronel! ¡El antimagnetrón, el viaje a la Luna, el transporte moderno! ¡No más
turborreactores!
Cállese,
reservista.
Lucha.
Y alguien que lanza un grito cuando alguien pisa aquel pie fracturado
La
pesadilla se desvaneció. Estaba en un catre blanco en una habitación de paredes
blancas, con ventanas de barrotes negros, y un enorme policía militar en la
puerta.
—¿Dónde
estoy?
—En
el hospital, sala de encausados, mi teniente.
—Dios
mío, ¿qué sucedió?
—No
lo sé, señor. Según parece usted quería matar a algún soldado. Se lo describía
a todo el mundo.
Hip
Barrows se llevó un brazo a los ojos.
—El
recluta. ¿Lo encontraron?
—No
mi teniente Ese hombre no existe; se han examinado todos los archivos.
Tranquilícese, mi teniente. Será mejor.
Un
golpe. El policía abrió la puerta. Voces.
—Mi
teniente, el mayor Thompson desea hablarle. ¿Cómo se encuentra?
—Muy
mal, sargento... Hablaré con él, si quiere.
—Está
tranquilo ahora, señor.
Otra
voz... ¡Esa voz! Barrows apretó el brazo contra los ojos hasta ver las
estrellas. No mires; pues si es quien crees, lo mataras.
La
puerta. Pasos.
—Buenas
noches, teniente. ¿Ha conversado alguna vez con un psiquiatra?
Lentamente,
aterrorizado por la próxima e inevitable explosión de su propia furia, Hip
Barrows bajó el brazo y abrió los ojos. La chaqueta, correcta y limpia, las
insignias de mayor y el distintivo del cuerpo médico carecían totalmente de
importancia. Los modales profesionalmente solícitos del hombre y sus frases
amables no tenían en verdad ningún significado. Lo único realmente válido era
que ese rostro había sido alguna vez el rostro de un recluta, un recluta que,
pacientemente, desinteresadamente, había cargado su detector durante toda una
tórrida jornada, un recluta que había compartido su descubrimiento y que, de
pronto, le había sonreído, y moviendo una palanca había enviado al espacio los
últimos restos de un viejo camión, y junto con ellos el sueño de toda una vida.
Hip
Barrows rugió y dio un salto.
La
pesadilla comenzó otra vez.
Lo
ayudaron todo lo posible. Le permitieron examinar personalmente los archivos y
comprobar que el tal recluta no existía. ¿En efecto desmagnetizante? No se
había observado. El teniente confesó que todos los informes estaban en su
habitación, pero no, no estaban allí. Sí, había un hoyo en el suelo, y
encontraron lo que él llamaba su «detector»; algo disparatado; registraba
solamente su propio campo magnético. En cuanto al mayor Thompson... Varios
testigos lo habían visto, a esa hora, en un avión que volaba hacia la base. Si
el teniente no acusara al mayor Thompson, todo sería más fácil. El mayor no es
el recluta, no puede serlo. Pero bueno, teniente, quizá pueda entenderse con el
capitán Bromfield.
Sé
lo que hice, sé lo que he visto, encontraré ese dispositivo y a su inventor,
quienquiera que sea. ¡Y mataré a ese Thompson!
Bromfield
era un buen hombre, y Dios sabe que trató de ayudarlo. Pero el hecho de que el
paciente tuviera una gran capacidad de observación, unida a largos años de
práctica, no bastaba para destruir la validez del diagnóstico. Cuando se
cansaron de pedirle pruebas, y pasó el periodo histérico, y llegó la
melancolía, y por fin un aparente equilibrio, trataron de enfrentarlo con el
mayor. Hip Barrows volvió a enfurecerse y tuvieron que sujetarlo entre cinco
hombres,
Estos
muchachos brillantes, usted sabe, se derrumban de pronto.
Lo
retuvieron un poco más, contentos de que el único blanco de sus iras fuera el
mayor Thompson. Le escribieron a éste unas líneas de advertencia y luego
expulsaron a Barrows, Una verdadera lástima.
Los
primeros seis meses fueron un mal sueño. Recordaba aún los paternales consejos
del capitán Bromfield y obtuvo un empleo y trató de conservarlo mientras
esperaba que se produjera ese «ajuste» del que había hablado el capitán. No se
produjo.
Como
tenía algún dinero ahorrado y contaba aún con la paga de la baja, decidió
tomarse algunos meses y terminar de una vez por todas con ese asunto.
Primero,
la granja. El dispositivo estaba en el camión, y el camión, evidentemente,
pertenecía al granjero. Encuéntralo, y tendrás lo que buscas.
Necesitó
seis meses para descubrir los archivos (pues la aldea había sido expropiada
cuando el campo de tiro antiaéreo se agregó a la base) y encontrar los nombres
de las dos únicas personas que podían hablarle del camión.
A.
Prodd, granjero. Un peón idiota; nombre, desconocido; domicilio, desconocido.
Pero
encontró a Prodd, casi un año más tarde. Los rumores lo llevaron a Pennsylvania
y una corazonada lo llevó al hospicio. Prodd, casi sin habla, y ya en los
últimos jadeos de la chochez, le dijo que estaba esperando a su mujer, que su
hijo Jack no había nacido nunca, que Lone podía ser un idiota, pero nadie era
mejor que él para sacar un camión atascado, y que además era un buen muchacho,
que vivía en el bosque con los animales, y que él, Prodd, nunca se había
olvidado de ordeñar.
Hip
nunca había visto a nadie tan feliz.
Se
fue a vivir al bosque con los animales. Y allí pasó tres años y medio. Comió
nueces y moras, y lo que caía en las trampas; cobró los cheques de su pensión,
hasta que se olvidó de retirarlos. Se olvidó de la ingeniería y hasta casi de
su nombre. Pero todo lo que tenía que recordar era que sólo un idiota podía
haber instalado semejante dispositivo en semejante camión. y que este Lone era
un idiota.
Encontró
la cueva, algunas ropas de niños y un trozo de cable plateado. Una dirección.
Encontró
la casa. Supo dónde podía encontrar a los niños. Pero entonces tropezó con
Thompson. Y Janie lo encontró a él.
Siete
años.
Estaba
acostado sobre algo muy fresco, con la cabeza apoyada en un cálido almohadón.
Algo suave le rozaba el cabello. Dormía, o había dormido. Se sentía tan
cansado, tan agotado, que entre dormir y despertar casi no había ninguna
diferencia. No importaba. Nada importaba. Sabía quién era él y lo que él había
sido. Sabia lo que quería y dónde podía encontrarlo. Lo encontraría después de
dormir.
Se
movió; se sentía feliz. Eso tan suave que le rozaba el cuello le golpeó
levemente la mejilla. Por la mañana, pensó, buscaré al idiota. Pero creo que
antes dedicaré una hora al placer de los recuerdos. Gané una carrera de
embolsados en el picnic de una escuela dominical, y me dieron como premio un
pañuelo de color caqui. En el campamento de boy-scouts pesqué tres sollos antes
del desayuno; sosteniendo la pala de la canoa con las manos y la línea con los
dientes. El más grande de los peces se resistió demasiado y el cordel me cortó
los labios. No me gusta el budín de arroz. Me gustan Bach y el salchichón de
hígado, y las dos últimas semanas de mayo, y los ojos claros y profundos como
los de...
—Janie
—Aquí
estoy.
Hip
sonrió, acomodó la cabeza en la almohada y notó el regazo de Janie. Abrió los
ojos. La cabeza de la muchacha era una nube negra en una nube de estrellas, una
noche más oscura en la oscuridad de la noche.
—¿Es
de noche?
—Sí—susurró
Janie—. ¿Durmió bien?
Hip
se quedó quieto, sonriendo, pensando en lo bien que había dormido.
—No
tuve ningún sueño, porque sabía que podía tenerlo.
—Mejor
así.
Hip
se sentó. Janie se movió cautelosamente.
—Debe
de tener las articulaciones doloridas—dijo Hip.
—No
importa—dijo Janie. Me gustó verlo dormir.
—Volvamos
a la ciudad.
—No
todavía. Ahora me toca a mí. Tengo mucho que contarle.
Hip
la tomó de un brazo.
—Está
helada. ¿No podemos dejarlo por ahora?
—No...
Oh, no. Tiene que saberlo todo antes que él... antes que nos encuentren.
—¿El?
¿Quién es él?
Janie
guardó silencio. Hip iba a insistir, pero se contuvo. Después de un rato, la
muchacha comenzó a hablar, como si no hubiese oído la pregunta, y Hip tuvo
ganas de interrumpirla, pero volvió a contenerse y dejó que Janie contara las
cosas a su modo.
—Encontró
algo en un campo—dijo Janie—Llegó a comprender qué era eso y todo lo que podía
significar, tanto para usted como para el mundo. Y entonces, ese hombre, el
soldado, lo despojó de su aparato. ¿Por qué?
—Era
un pobre retardado.
Janie
no hizo ningún comentario. Continuó:
—El
médico que fue a verlo, ese mayor. Tenía la cara del recluta.
—Ellos
probaron otra cosa.
Hip
vio en la oscuridad cómo Janie asentía moviendo levemente la cabeza.
Pruebas:
los hombres que habían estado con él, esa misma tarde, a bordo de un avión.
Bueno, pero usted tenía unos informes y ellos mostraban que algo les ocurría a
las espoletas en una cierta zona. ¿Qué pasó con esos informes?
—Lo
ignoro. Dejé mi habitación cerrada con llave, y así estuvo, creo, hasta que
fueron a revisarla.
—¿Nunca
pensó que su descrédito nació de esas tres cosas: la desaparición del recluta,
la desaparición de los informes, y el parecido del recluta y el mayor?
—Naturalmente.
Si yo hubiese resuelto cualquiera de esos problemas, no me habría vuelto loco.
—Está
bien. Piense ahora: durante siete años fue de un lado a otro acercándose cada
vez más a lo que creía perdido. Estaba ya a punto de descubrir al hombre que
había construido el aparato, cuando algo ocurrió.
—Culpa
mía. Tropecé con Thompson y me enfurecí. Janie le puso una mano en el hombro.
—Supongamos
que el recluta no movió accidentalmente la palanca, que lo hizo a propósito.
Hip
echó la cabeza hacia atrás como si Janie hubiera lanzado sobre él el rayo de
una linterna. La luz lo encegueció, aturdiéndolo. Al fin se recuperó y dijo:
—¿Cómo
no lo pensé nunca?
—No
lo dejaban—dijo Janie amargamente.
—¿Qué
significa no me dejaban?
—Por
favor, todavía no—dijo Janie—. Bueno, supongamos que todos sus males hayan sido
obra de alguien. ¿Puede imaginar quién fue, por qué lo hizo, cómo lo hizo?
—No—respondió
Hip inmediatamente—. Eliminar un generador de antigravedad, el primero y el
único, no tiene ningún sentido, Perseguirme continuamente, y mediante métodos
tan complicados, menos aún. Y además, ¡tendría que entrar en las habitaciones
cerradas, hipnotizar testigos y adivinar el pensamiento!
—Él
hizo todo eso—dijo Janie—. Puede hacerlo.
—¿Quién,
Janie?
—¿Quién
construyó el generador?
Hip
se incorporó de un salto. Su grito bajó rodando por los campos oscuros.
—No
se preocupe—dijo Hip—. Acabo de comprender que sólo una persona sería capaz de
destruir ese aparato: la que podría, si quisiera, construir uno nuevo. Lo que
significa que... ¡Oh, Dios mío!... el soldado y quizá Thompson... sí, Thompson;
Thompson me mandó a la cárcel cuando volví a encontrarlo... ¡Son los dos la
misma persona! ¡Cómo no se me ocurrió antes!
—Ya
se lo he dicho. No lo dejaban.
Hip
se sentó otra vez, Hacia el este, la aurora asomaba sobre las lomas como las
luces nocturnas de una ciudad. Hip miró y le pareció ver el día, elegido por él
mismo, en el que esa búsqueda paciente y obsesiva debía concluir. Y recordó
entonces el terror de Janie cuando él quería enfrentar a este... este
monstruo... cuando quería enfrentarlo loco, enfermo, sin memoria, ignorante y
sin armas.
—Debe
contármelo todo, Janie, todo.
Janie
se lo contó, todo. Le contó de Lone, de Bonnie y Beanie, y de sí misma; de la
señorita Kew y Miriam, muertas las dos, y de Gerry. Le contó cómo después de la
muerte de la señorita Kew habían vuelto al bosque, y cómo durante un tiempo
vivieron muy juntos. Y luego...
—De
pronto Gerry se hizo ambicioso y quiso cursar en alguna universidad. Fue fácil.
Todo era fácil, Cuando escondía esos ojos detrás de unos lentes, nadie se
fijaba en él. Estudió medicina y psicología.
—¿Entonces
es realmente un psiquiatra?
—No.
Sólo sabe lo que está en los libros. Hay una gran diferencia. Se ocultaba entre
los otros alumnos; falsificaba documentos. Nunca lo sorprendían, pues cuando
alguien empezaba a sospechar, Gerry le lanzaba una de esas miradas y el otro se
olvidaba de todo. No fallaba nunca en un examen, mientras hubiera un
«caballeros» por ahí cerca.
—¿Qué?
¿Un «caballeros»?
—Así
es.—Janie se rió.—En una ocasión hubo un gran escándalo. Gerry tenía la
costumbre de encerrarse en los baños y de llamar a Bonnie o a Beanie. Les decía
lo que pasaba y ellas volvían a casa y me transmitían el mensaje, y yo le
preguntaba al bebé y ellas le llevaban la información. Todo en unos pocos
segundos. Pero un día, un estudiante oyó hablar a Gerry en el excusado próximo
y asomó la cabeza por encima del tabique. Imagínese la escena. Cuando Bonnie y
Beanie se teleportan no pueden llevar consigo ni un alfiler. Y, naturalmente,
nada de ropa.
Hip
se dio una palmada en la frente.
—¿Y
qué pasó?
—Oh,
Gerry se encargó del muchacho. Este salió del baño gritando que había visto una
mujer desnuda. Los estudiantes acudieron como moscas; pero, por supuesto,
Bonnie había desaparecido. Y cuando el muchacho se encontró con Gerry, se
olvidó totalmente del asunto y empezó a preguntar qué eran esos gritos. Pasó un
momento bastante desagradable.
—Esos
eran buenos tiempos—suspiró Janie.—Todo interesaba a Gerry. Leía sin descanso y
acosaba incesantemente al bebé haciéndole preguntas sobre gente, libros,
máquinas, historia, arte... todas las cosas. Aprendí mucho en esa época. Todas
las respuestas pasaban por mí.
»Pero
luego Gerry comenzó a... Iba a decir «enfermar», pero no es ésa la
palabra.—Janie se mordió pensativamente el labio inferior.—Yo diría que entre
los que van adelante, y aprenden y aprovechan lo que aprenden, hay sólo dos
clases de personas. Unos pocos tienen un auténtico interés por las cosas
mismas, La mayoría trata siempre de demostrar algo. Quieren ser mejores y más
ricos, o famosos y respetados. Este segundo modo de vivir atrajo naturalmente a
Gerry. Nunca había tenido una verdadera educación, y no se había atrevido a
competir con los otros. Su infancia fue verdaderamente triste. A los siete años
se escapó de un asilo y vivió desde entonces como un perro vagabundo.
Hasta
que Lone lo recogió. Era natural que le gustase obtener las clasificaciones más
altas, o ganar cualquier suma de dinero en un abrir y cerrar de ojos. Sin
embargo, durante un tiempo al menos, tuvo un verdadero interés por ciertos
temas: la música y la biología... Y una o dos cosas más.
Pero
pronto comprendió que no había nada que demostrar. Era el más hábil, el más
fuerte, y el más poderoso de todos. Demostrarlo era aburrido. Nada ni nadie
podía resistírsele.
Dejó
de estudiar. Dejó de tocar el oboe. Lo fue dejando todo. Al fin, no hacía nada,
y así vivió durante un año.
Quién
sabe qué pensamientos le cruzaban por la cabeza.
Pasaba
semanas enteras acostado, sin hablar.
Nuestra
Gestalt—así la llamamos—fue una vez un idiota. Lone era entonces la «cabeza».
Pero cuando Gerry sustituyó a Lone, la Gestalt fue algo joven, fuerte, en
constante crecimiento. Y cuando Gerry se encerró en sí mismo, la Gestalt, que
había sido un idiota, se transformó en un maníaco depresivo.
—Sí—gruñó
Hip—. Un maníaco depresivo con poder suficiente como para dominar el mundo.
—Gerry
no quería dominar el mundo. Sabía que si quería podía hacerlo. Pero no le
interesaba.
Bueno,
como en sus textos de psiquiatría, Gerry se encerró en si mismo, y regresó a la
infancia. Su infantilismo era particularmente malvado.
Comencé
a salir; no aguantaba quedarme en casa. Buscaba cosas que pudieran interesar a
Gerry. Una noche, en New York, salí de paseo con un conocido, un dirigente del
I.I.R.
—Instituto
de Ingenieros de Radio—dijo Hip—. Magnífica institución. Yo fui miembro de
ella.
—Lo
sé. Ese hombre me habló de usted.
—¿De
mí?
—De
lo que usted llamaba una «recreación matemática», por lo menos. Una
extrapolación de las leyes que gobiernan el flujo magnético de un generador de
gravedad, y de los fenómenos producidos por el mismo.
—¡Dios
mío!
Janie
se rió, con una risa breve y dolorosa.
—Sí,
Hip. Yo fui la culpable. Entonces no lo sabía, por supuesto. Sólo deseaba
interesar a Gerry. Se interesó, efectivamente. Le preguntó al bebé qué podía
ser eso e inmediatamente obtuvo la respuesta. Lone había construido el
dispositivo antes que Gerry viniese a vivir con nosotros. Lo habíamos olvidado.
—¡Olvidar!
¿Olvidar algo así?
—Recuerde
que no pensamos como los demás,
—No—reflexionó
Hip—. ¿Por qué habrían de hacerlo?
—Lone
construyó el aparato para Prodd, el viejo granjero. Así era Lone. Un generador
de gravedad, para aumentar o disminuir el peso del vehículo, y para que Prodd
pudiera usarlo como si fuese un tractor. Y todo porque Prodd había perdido el
caballo y no tenía dinero para comprarse otro.
—¡No!
—Sí.
Era de veras un idiota. Bien, Gerry le preguntó al bebé qué pasaría si se
divulgaba este invento y el bebé contestó que muchas cosas. Dijo que
trastornaría el mundo, más aún que la revolución industrial. Más que todo hasta
ahora. Dijo que si las cosas marchaban en un sentido, tendríamos una guerra que
no podíamos imaginar. Y que si marchaban en sentido opuesto, la ciencia iría
demasiado lejos, demasiado aprisa. Parece que la gravitación es la clave de
todas las cosas. Agregaría un ítem más al campo unificado... lo que llamamos
ahora energía psíquica o «psiónica».
—Materia,
energía, espacio, tiempo y psique—murmuró Hip, aterrado.
—Sí—dijo
Janie con naturalidad—, todo es lo mismo, como lo demostraría el aparato. Ya no
habría secretos.
—Pero
esto es... esto es lo más extraordinario... De modo que... ¿Gerry decidió que
nosotros, pobres monos mal desarrollados, no éramos dignos de todo eso?
—No.
Gerry no está interesado en ustedes, los monos. Pero el bebé dijo que el
dispositivo nos denunciaría, indefectiblemente. Usted mismo logró descubrir una
pista. Y el servicio secreto del ejército no hubiese tardado siete años, sino
siete semanas.
Y
Gerry entonces se sintió molesto. Vivía encerrado en si mismo. Quería cocerse
en su propio jugo, en su escondite de los bosques. No quería que las Naciones
Unidas insistieran en que abandonase su escondite y demostrase su patriotismo.
Oh, claro que llegado el momento podría desembarazarse de todos, pero sólo
dedicándose por entero al asunto. Y dedicarse a algo por entero, trabajar
intensamente, no estaba en sus planes. Se enfureció. Se enfureció con Lone, ya
muerto, y se enfureció especialmente con usted.
—Podría
haberme matado, ¿Por qué no lo hizo?
—Tampoco
se llevó el dispositivo antes que usted lo viera. Lo repito, era algo perverso,
vengativo... infantil. Usted lo había molestado. Y se las iba a pagar.
Bueno,
debo confesar que eso no me importaba mucho. Me hacía bien ver a Gerry ocupado
otra vez. Fui con él a su base.
Ahora
bien, hay algo que usted no recuerda. Gerry entró en el laboratorio mientras
usted calibraba el detector. Lo miró a los ojos y volvió a salir, enterado de
todo, incluso de que ese detector estaba destinado a ubicar el dispositivo. y
de que usted tenía la intención de—¿cómo dijo?—«nombrar un voluntario».
—Yo
me creía un personaje en esos días—dijo Hip con pesar.
Janie
se rió.
—No
sabe hasta qué punto. Bien, usted salió con ese instrumento pesado y grande
atado a una correa. Todavía puedo verlo, Hip, con su vistoso uniforme, el sol
en el pelo... Yo tenía diecisiete años. Gerry me pidió que le consiguiera una
camisa de recluta. Se la traje de los cuarteles.
—No
sabía que una muchacha de diecisiete años pudiera entrar en los cuarteles, y
menos que pudiera salir con el pellejo sano.
—No
entré.
Hip
lanzó un grito de sorpresa; la camisa se le retorcía sobre el cuerpo. Los
faldones se alzaron y se agitaron furiosamente en el aire tranquilo del alba.
—¡No
haga eso!—jadeó Hip.
—Me
limito a demostrar lo que pasó—dijo Janie, guiñando los ojos—. Gerry se puso la
camisa, se apoyó en una pared, y usted fue hacia él y le dio el detector.
«Vamos, soldado», le dijo, «acaba de ofrecerse como voluntario para un picnic.
Cargue con el almuerzo.»
—¡Qué
antipático era!
—No
sé. Yo espiaba desde detrás del cobertizo de la policía y usted me pareció
maravilloso.
Hip
se rió entre dientes.
—Continúe.
Cuénteme el resto.
—Ya
lo conoce. Gerry le dijo a Bonnie que buscara los informes. Bonnie los encontró
y me los trajo. Los quemé. Lo siento, Hip. Ignoraba los planes de Gerry.
—Continúe.
—Bueno.
Gerry trató de desacreditarlo. Mentalmente; tenia que ser así. Usted alegaba la
existencia de un recluta a quien nadie conocía. Y afirmaba que el recluta era
el psiquiatra. Síntoma peligroso, como lo sabe cualquier médico. Afirmaba
poseer unos informes, con hechos y números que probaban sus palabras, pero
nadie encontraba esos informes. Podía mostrar que había desenterrado algo, pero
no lo que había desenterrado. Y usted tenía una mente clara y científica, y por
otra parte cualquiera podía demostrar la falsedad de esos hechos. Algo tenía
que ceder.
—Ingenioso—susurró
Hip.
—Y
para que no hubiese posibilidad de error—dijo Janie con cierta dificultad—,
Gerry impidió, mediante una orden hipnótica, que usted lo relacionara, como
mayor Thompson, psiquiatra o recluta, con el generador de antigravedad.
Cuando
descubrí lo que Gerry había hecho, traté de que, lo ayudara. Sólo un poco.
Gerry... se rió de mí. Le pregunté al bebé qué podía hacer. Nada, me dijo. La
orden sólo podía anularse mediante una abreacción invertida.
—¿Qué
diablos es eso?
—Remontarse
mentalmente hasta el incidente mismo. Mediante la abreacción se revive
enteramente cualquier episodio. Usted no podía hacerlo porque ahí, en el
nacimiento del episodio, estaba esa orden. Sólo había un camino: ir
descubriendo, inversamente, todos los hechos, uno por uno, hasta llegar a la
orden misma. Esa orden, como todas las de su tipo, decía «de ahora en
adelante». Pero no podía detenerlo si usted retrocedía. Lo difícil era
encaminarlo a usted, sin decirle nada.
—Cielo
santo—exclamó Hip—. Me siento verdaderamente importante. Un hombre como él
tomarse todo ese trabajo.
—Por
favor, no se enorgullezca—dijo Janie con frialdad—. Lo siento, Hip—añadió
enseguida—. No quería lastimarlo. Pero para Gerry todo fue muy fácil. Lo
aplastó como a un insecto. Lo hizo a un lado, y lo olvidó.
Hip
gruñó.
—Gracias.
—¡Y
volvió a hacerlo!—dijo Janie con furia—. Allí estaba usted otra vez, con siete
años perdidos, el cerebro anulado, un cuerpo hambriento y sucio y una
paralizada obsesión que usted no era capaz de comprender. Y sin embargo,
algo... algo que de algún modo lo sostiene, bastó para que se arrastrara,
durante siete años, detrás de nuestras huellas. Y llegó hasta el umbral. Cuando
Gerry lo vio venir—estaba casualmente en la ciudad—supo en seguida quién era
usted y qué buscaba. Y cuando usted se echó sobre él, lo desvió hacia ese
escaparate con sólo una mirada de esos malditos... venenosos ojos.
—Eh—dijo
Hip suavemente—, tómeselo con calma.
—No
puedo—susurró Janie—. Me enfurece.—Se pasó una mano por los ojos y se echó
hacia atrás el cabello.—Lo lanzó contra ese escaparate y al mismo tiempo le dio
esa orden: «Acuéstate y muere». Yo lo vi, vi cómo lo hacía... esa maldad...—Se
dominó y siguió, más tranquila:—Quizá si usted hubiese sido la única víctima,
yo me habría olvidado. No quieto decir que aprobaría su conducta, pero una vez
tuve fe en él... Tiene que comprenderme, Hip. Gerry, yo y las muchachas
formamos algo real y vivo. Odiarlo sería como odiar parte de uno mismo.
—Se
lee en las Escrituras: «Si tu ojo te ofende arráncatelo y arrójalo lejos de ti.
Si tu mano derecha... »
—¡Sí,
su ojo, su mano!—exclamó Janie—. ¡No su cabeza! Pero—continuó—el suyo no, fue
el único caso. ¿Oyó hablar de la fusión del elemento 83?
—Un
cuento de hadas. El bismuto no gasta esas bromas.
Recuerdo
vagamente.. un chiflado que se llamaba Klackenhorst.
—Un
chiflado que se llamaba Klackenheimer—corrigió Janie—. Fue una fanfarronada de
Gerry. Dejó escapar una ecuación diferencial que no debía haber mencionado.
Klack la pescó al vuelo, Consiguió fundir el bismuto. Y Gerry empezó a
preocuparse. Un hecho así daría mucho que hablar, y no quería ser perseguido
por toda una multitud. De modo que se desembarazó del pobre Klack.
—¡Pero
Klackenheimer murió de cáncer!—refunfuñó Hip.
Janie
le dirigió una mirada rara.
—Ya
lo sé.
Hip
se golpeó las sienes con los puños, suavemente.
—Hubo
otros casos—continuó Janie—. No todos tan importantes. Una vez lo desafié a que
conquistara una muchacha completamente solo, y sin usar sus poderes. Se la
llevó otro, un muchacho extraordinariamente suave que vendía máquinas de lavar
de puerta en puerta, y que se desempeñaba muy bien. El muchacho terminó
sufriendo de acné rosácea.
—La
nariz como una remolacha; conozco la enfermedad.
—La
nariz como una remolacha bien hervida, muy hinchada—corrigió Janie—. Perdió el
empleo.
—Perdió
a la muchacha—aventuró Hip.
Janie
sonrió y dijo:
—Ella
siguió a su lado. Tienen un pequeño negocio de cerámicas. El no deja la
trastienda.
Hip
sospechó vagamente de dónde había salido el negocio.
—Janie.
Aceptaré su palabra. Hubo muchos casos. Pero, entonces, ¿por qué me eligió a
mí?
—Por
dos buenos motivos. Ante todo, porque vi aquella escena, Vi cómo usted se
abalanzaba sobre el cristal creyendo que era Gerry. Y no quería que eso se
repitiera. Luego, bueno... porque era usted.
—No
comprendo.
—Escuche—dijo
Janie apasionadamente. No somos un grupo de monstruos. Somos el Homo Gestalt,
¿me entiende? Somos una entidad única, una nueva especie de ser humano. No
fuimos inventados. Somos producto de la evolución.
Somos
una nueva etapa. Estamos solos. No hay seres como nosotros. No vivimos en el
mundo en que ustedes viven, no tenemos códigos de moral ni sistemas de ética.
¡Vivimos en una isla desierta, en compañía de cabras!
—Y
yo soy una cabra.
—Sí,
sí, lo es, ¿no se da cuenta? Y nadie en esta isla en que hemos nacido puede
orientar nuestra conducta. Podemos aprender de las cabras todo lo que hace que
las cabras sean buenas cabras, pero eso no cambia el hecho que no somos cabras.
No se nos pueden aplicar las reglas que a los seres humanos; no somos como
ellos.
Hip
iba a hablar, pero Janie lo detuvo levantando la mano.
—Escúcheme
un momento. ¿Ha visto alguna vez en los museos esas colecciones de esqueletos,
de caballos, por ejemplo, que comienzan con el pequeño Eohippus y siguiendo una
línea ascendente, de diecinueve o veinte piezas, llegan al percherón? Hay una
enorme diferencia entre el número uno y el diecinueve, pero ¿hay verdaderamente
una diferencia entre el quince y el dieciséis? ¡Endiabladamente pequeña!
—Comprendo.
Pero ¿qué tiene que ver eso con...?
—¿Con
usted? ¿No entiende? El Homo Gestalt es algo nuevo, algo diferente, algo
superior. Pero las partes que forman ese ser—los brazos, las entrañas, la
memoria, como los huesos de aquellos esqueletos—son las mismas que en un
escalón inferior, o poco diferentes. Yo soy yo, soy Janie.
Vi
cómo Gerry lo golpeaba. Usted era un conejo aplastado, sucio, envejecido. Pero
yo lo reconocí. Lo vi y vi otra vez aquella escena, siete años atrás: usted en
el patio con el detector y el sol que le bañaba la cabeza. Usted era alto
ancho, y caminaba como un padrillo grande y reluciente. Usted era la razón de
los colores del gallo; usted era parte de lo que sacude la floresta cuando el
alce en celo embiste su rival; usted era la armadura y el penacho; usted era...
era... yo era una niña de diecisiete años, Barrows, además de todo lo otro. Yo
era una niña de diecisiete años, en plena primavera, e impulsada por sueños que
no alcanzaba a comprender.
Profundamente
conmovido, Hip susurró:
—Janie...
Janie...
—¡Apártese
de mi!—le gritó Janie—. No me ha entendido. No fue amor a primera vista. Eso es
infantil. El amor es algo distinto. Algo que nos funde y nos enfría y nos
templa, de tal modo que la aleación es al fin más fuerte que al principio. No
hablo de amor. Hablo de tener diecisiete años y sentirse... completamente...—Se
llevó las manos a los ojos. Hip esperó. Janie puso al fin las manos sobre su
falda. Tenía los ojos cerrados, y el cuerpo inmóvil—... completamente...
humana...
Hip
se levantó y dio unos pasos por la fresca mañana, brillante ahora, intensa como
el terror en los sueños de una niña. Y recordó el rostro aterrorizado de Janie
al enterarse de que Bonnie había estado en su cuarto, y vio—a través de los
ojos de Janie—lo que habría ocurrido si se hubiese lanzado como un ciego,
enfermo, indefenso, contra aquellas garras despiadadas.
Y se
vio a sí mismo, saliendo del laboratorio, en busca de un esclavo. Arrogante,
orgulloso, superficial, en busca de un recluta completamente tonto.
Volvió
a pensar en aquel día; no en sus encuentros con Gerry (asunto ya concluido),
sino en sí mismo, y cuanto más pensaba en si mismo, más sentía una sofocante y
profunda humildad.
Se
acercó a Janie. La muchacha seguía sentada, con los ojos clavados en las manos
y las manos dormidas sobre la falda, en donde él mismo había dormido. Y pensó
que esas manos estaban colmadas de dolores y secretos, y también de felices
sorpresas.
Hip
se arrodilló junto a ella.
—Janie—dijo
con voz temblorosa—. Quiero decirle qué pensaba yo aquel día que usted me vio
salir del laboratorio. No deseo estropearle su recuerdo de los diecisiete años.
»Pero
quiero que sepa qué clase de ser era yo... no precisamente lo que usted
cree.—Respiró profundamente.—Puedo recordarlo mejor que usted, porque para
usted son siete años y para mí, en cambio, es sólo algo anterior a un sueño, en
que buscaba a un idiota. Acabo de despertar y aún recuerdo claramente todo lo
que ocurrió antes... Janie, en mi infancia tuve algunas dificultades. Me
enseñaron ante todo que yo era algo bastante inútil, y que las cosas que
gustaban carecían invariablemente de significado. Viví sin discutir esas ideas,
hasta que descubrí de pronto un mundo nuevo y de valores nuevos. Y en ese mundo
se me aceptaba y se me respetaba.
»Y
luego ingresé en el ejército, y ya no volví a ser un héroe de fútbol, ni jefe
de ninguna sociedad. Fui entonces como un pez fuera del agua, y las gentes que
viven en el barro hicieron de mí lo que quisieron. Sentí que allí me moría.
»Sí.
Encontré el campo desmagnetizante completamente solo. Pero cuando usted me vio
salir del laboratorio yo no era ese gallo, ese alce y todo lo demás. Iba a
descubrir algo, y a ofrecérselo al mundo, pero no por amor a la humanidad, sino
para que...—Hip tragó saliva—me invitaran a tocar el piano en el club de
oficiales, y me palmearan la espalda y... me miraran al entrar. Esos eran mis
verdaderos deseos. Cuando descubrí que no se trataba solamente de un fenómeno
magnético (lo que me haría famoso) sino de antigravitación (lo que cambiaría la
faz de la Tierra) pensé que sería el propio
Presidente
el que me invitaría a tocar el piano, y los grandes generales los que me
palmearían la espalda. Pero en el fondo era lo mismo.
Volvió
a sentarse. Durante un rato se quedaron callados. Al fin Janie dijo:
—Y
ahora, ¿qué piensa hacer?
—No
lo de antes—murmuró Hip tomándole las manos—. No lo de antes. Algo distinto.—De
pronto se echó a reír.—¿Y sabe, Janie? ¡No sé qué es!
Janie
le apretó las manos y luego se las soltó.
—Quizá
lo descubra, Hip—dijo, y añadió incorporándose—: Será mejor que nos vayamos.
—Bueno,
¿a dónde?
—A
casa. A mi casa.
—¿A
lo de Thompson?
Janie
asintió con un movimiento. de cabeza.
—¿Por
qué, Janie?
—Quisiera
que Gerry aprendiese algo. Algo que una máquina de calcular no puede enseñarle.
Quisiera que aprendiese a sentir vergüenza.
—¿Vergüenza?
—No
sé—dijo Janie apartando la vista—qué es una moral. No sé ni siquiera cómo se la
obtiene, Sólo sé que a veces uno se siente avergonzado. Quiero que Gerry
comience por ahí.
—¿Y
yo qué puedo hacer?
—Venir
conmigo, nada más—dijo Janie rápidamente—. Quiero que Gerry lo vea. Quiero que
recuerde lo que usted era antes, aquel ser inteligente y lleno de esperanzas, y
que vea su propia obra.
—¿Y
cree usted que eso servirá de algo?
Janie
sonrió, Y su sonrisa fue una amenaza.
—Servirá—dijo
con un tono áspero—. Gerry comprenderá al fin que no es todopoderoso y que no
puede matar a cualquiera sólo porque es más fuerte.
—¿Quiere
que trate de matarme?
No
lo hará.—Janie se rió y se volvió rápidamente hacia Hip.—No se preocupe, Hip.
Yo soy el lazo que une a Gerry con el bebé. ¿Cree que Gerry se practicará a sí
mismo una lobotomía prefrontal? ¿Cree que se atreverá a perder su memoria? Esa
memoria no es la del hombre común, Hip. Es la memoria del Homo Gestalt.. Es
toda la información ya recogida, más la comparación de todos los hechos entre
sí, con todas las combinaciones posibles. Gerry puede prescindir de Beanie y de
Bonnie, puede descubrir otros modos de actuar a distancia; pero no puede
prescindir del bebé. Y así ha vivido desde que me fui de la casa. Debe de estar
como loco. Puede tocar al bebé, levantarlo y hablarle; pero sin mí no puede
sacarle nada.
—Iré—dijo
Hip serenamente, y añadió:—Janie, usted no morirá.
Fueron
primero a la casa que habían ocupado los dos. Janie abrió, desde lejos y
riéndose, las dos cerraduras.
—Tenía
tantas ganas de hacerlo; pero no me atrevía.
—Se
rió y entró bailando en la habitación de Hip.—¡Mire!—anunció. La lámpara se
levantó de la mesa de luz, flotó súbitamente en el aire y se posó en el piso
del cuarto de baño, el cordón se enroscó como una serpiente y se metió en un
enchufe del zócalo. Se oyó el sonido de una llave. La lámpara se
encendió.—¡Mire—exclamó la muchacha—. ¡Mire! ¡Mire!—y en el centro de la
alfombra apareció un pliegue que corrió de un lado a otro por la habitación.
Los cuchillos y tenedores, la navaja de afeitar y el cepillo de dientes, dos
corbatas y un cinturón vinieron volando y formaron en el suelo la figura de un
corazón atravesado por una flecha. Hip gritaba y se reía. Abrazó a Janie y la
hizo girar por el cuarto.
—¿Por
qué nunca la he besado, Janie?
La
cara y el cuerpo de la muchacha se endurecieron de pronto y en sus ojos
apareció una expresión indescriptible. Ternura, diversión, y algo más.
—No
pienso decírselo, Es usted encantador, valiente, inteligente y fuerte, pero
también bastante puritano.
Janie
se apartó, y el aire se llenó de cuchillos, tenedores, corbatas, una lámpara y
una cafetera, que volvían a sus lugares de siempre.
—Apresúrese—dijo
Janie desde la puerta. y salió del cuarto.
Hip
se lanzó detrás de ella y la alcanzó en el vestíbulo. La muchacha se reía.
—Ya
sé por qué no la he besado—dijo Hip.
—¿Lo
sabe?
—Usted
puede echar agua en un recipiente cerrado. O sacarla.—No era una pregunta.
—¿Puedo
hacerlo?
—Cuando
nosotros, los pobres machos, pateamos el suelo y embestimos las ramas bajas de
los árboles, puede ser primavera o idealismo o amor. Pero en todos los casos
ciertas presiones hidrostáticas modifican una serie de diminutos depósitos, más
pequeños que la uña de mi dedo meñique.
—¿De
veras?
—De
modo que cuando el contenido de estos depósitos disminuye de pronto, yo...
nosotros... este... bueno, la respiración se hace más fácil y la luna pierde
sentido.
—¿Sí?
—Y
usted ha estado haciéndome eso.
—¿Eso?—Janie
se alejó lanzándole una mirada y un breve y rico arpegio de risa.—No me dirá
que ha sido algo inmoral.
—Nada
propio, por lo menos, de una muchacha decente—dijo Hip, riéndose también.
Janie
lo miró, arrugó la nariz y entró en su habitación. Hip se quedó contemplando la
puerta cerrada, Luego volvió a su cuarto,
Sonrió
y sacudió la cabeza, con deleite y admiración a la vez, sintiendo que una nueva
especie de calma envolvía el nudo de terror, pequeño y frío, que aún llevaba
adentro. Perplejo, encantado, aterrorizado y pensativo, abrió la ducha y empezó
a desvestirse.
Se
quedaron en el camino hasta que el taxi se perdió de vista. Luego Janie inició
la marcha a través del bosque. No se podía saber ahora si alguien había talado
alguna vez aquellos árboles. El sendero corría borrosamente, pero era fácil
seguirlo. El follaje alto era muy espeso y había pocas malezas.
Caminaron
hacia una roca escarpada, y musgosa, y luego Hip vio que no era una roca, sino
una pared de doscientos metros de largo, con una maciza puerta de hierro en el
medio. Cuando estaban llegando, se oyó el ruido de una barra de metal. Hip se
volvió hacia Janie y comprendió que la muchacha estaba abriendo el portón.
El
portón se abrió. Entraron y se volvió a cerrar. El bosque seguía como del otro
lado del muro, con árboles tan grandes y tan apretados, pero el sendero era
ahora de ladrillos, y sólo describía dos curvas. La primera ocultaba el muro, y
la segunda, unos cuatrocientos metros más adelante, permitía ver la casa.
Era
demasiado baja y demasiado ancha. El techo sin picos parecía la cresta redonda
de una duna. Hip volvió a ver, a los lados de la casa, el muro exterior, gris y
verde, y comprendió que el terreno estaba enteramente cercado.
—A
mí tampoco me gusta—dijo Janie.
Hip
se alegró de que ella estuviera mirándolo.
Se
oyó un leve zumbido.
Alguien
los espiaba desde detrás de un roble grande y frondoso, que crecía no muy lejos
de la casa.
—Espere,
Hip.—Janie se acercó rápidamente al árbol.
Oyó
que decía:—Tienes que hacerlo. ¿Acaso quieres verme muerta?
La
discusión terminó. Janie volvió junto a Hip, y Hip miró hacia el árbol, pero no
vio a nadie.
—Era
Beanie—dijo Janie—. Luego la conocerá. Vamos.
La
puerta de la casa era de pesadas planchas de roble, con marcos de hierro.
Mediante unos curiosos goznes totalmente ocultos, se ajustaba en un arco
macizo. No había ventanas, salvo unas hendiduras con barrotes, en lo alto del
tejado.
La
puerta se abrió sola, sin que nadie la tocara, y sin hacer el menor ruido, Se
movió en silencio, como una nube, y al cerrarse detrás de ellos emitió algo así
como una onda subsónica. Hip la sintió en el vientre.
Los
mosaicos del piso, de un color amarillo muy oscuro de un castaño grisáceo, y de
hipnóticas formas romboidales, se repetían en el artesonado y en el tapizado de
los muebles, empotrados o tan pesados que nunca los movían. El aire era fresco,
pero demasiado húmedo, y el cielo raso demasiado bajo. Estoy entrando, pensó
Hip, en una enorme boca enferma.
El
vestíbulo terminaba en un corredor que parecía inmensamente lago. Las paredes
se juntaban, el cielo raso descendía y el piso se elevaba ligeramente. La
perspectiva era inquietante y falsa.
—Todo
está bien—dijo Janie con una voz muy suave. Hip hizo una mueca, como si
quisiera sonreír, y se enjugó el sudor frío que le mojaba el labio superior.
Janie
se detuvo, ya casi al final del corredor, y tocó la pared. La pared se abrió
revelando una antecámara con otra puerta.
—Espere
ahí, Hip, ¿quiere?
Janie
parecía muy tranquila. Hip deseó que hubiera un poco más de luz.
—Sí.
La
muchacha le tocó un hombro. Era en parte un saludo, en parte una invitación a
que pasara a la antecámara.
—Quiero
verlo a solas—dijo Janie—. Confíe en mí, Hip.
—Confío
en usted, pero ¿estará... está él...?
—No
me hará nada. Vaya, Hip.
Hip
entró en la antecámara. No llegó a mirar hacia atrás, pues la puerta se cerró
enseguida. De este lado de la pared era tan invisible como del otro. Tocó,
empujó. Era sólo una pared. No había picaporte, ni cerradura, ni goznes, ni
pestillos. La unión de los paneles disimulaba los bordes. La puerta ya no
existía como puerta.
Durante
un momento se sintió ciego de terror. Luego, más tranquilo, se paró ante la
otra puerta, la que llevaba, aparentemente, a la misma habitación en que
terminaba el pasillo.
El
silencio era total.
Tomó
una otomana y la colocó contra la pared. Se sentó rígidamente, con la espalda
apoyada en un panel, y con los ojos clavados en la puerta.
Prueba
esa puerta, mira si está cerrada.
Pero
no se atrevía. Todavía no. Sospechaba vagamente lo que sentiría si la
encontraba cerrada. Le bastaba, por ahora, esa terrible suposición.
—Oye—se
dijo furiosamente a sí mismo—, será mejor que hagas algo. Imagina algún plan. O
piensa, por lo menos. Pero no te quedes así.
Piensa.
Piensa en este misterio. En ese rostro de mentón puntiagudo que sonreía
diciendo: «Vamos, muere».
¡Piensa
en otra cosa! ¡Rápido!
Janie,
sola. Ante el rostro de mentón puntiagudo y...
Homo
Gestalt: una muchacha, dos negras mudas, un idiota mongoloide y un hombre de
mentón puntiagudo y...
¡Prueba
otra vez ese pensamiento! Homo Gestalt, la etapa siguiente de la evolución del
hombre. Bueno, ¿y por qué no una evolución psíquica y no física? El Homo
sapiens surgió de pronto, desnudo, sin otra arma que esa jalea arrugada que
llevaba en su cráneo de rey. Era bastante distinto (todo lo posible) de las
bestias de donde había nacido.
Y
sin embargo era igual a esas bestias. Sentía deseos de engendrar, de poseer;
mataba sin escrúpulos; si era fuerte, tomaba; si era débil, huía; si era débil
y no podía huir, moría.
El
Homo sapiens iba a morir.
Su
temor estaba ya justificado. El temor es instinto de supervivencia. El temor es
un consuelo, pues sólo se teme cuando aún hay alguna esperanza.
Pensó
en la supervivencia.
Janie
quiere que el Homo Gestalt tenga una moral, para que los Hip Barrows no mueran
aplastados. Pero quiere ante todo que la Gestalt se desarrolle, pues ella es
parte de esa Gestalt. Mis manos quieren que ya sobreviva; mi lengua, mi
vientre, quieren que yo sobreviva.
Moral,
¡el instinto de supervivencia codificado!
¿No
es así? Pero ¿y las sociedades en que es inmoral no comer carne humana? ¿Qué
clase de supervivencia es ésa?
Bueno,
pero quienes se adhieren a esa moral sobreviven dentro del grupo. Si el grupo
come carne humana, tú también la comes.
Debe
de haber un nombre para ese código (ese conjunto de reglas) que guía al hombre
cuya vida contribuye a la vida de la especie: algo superior a la moral, y por
encima de ella,
Llamémosle
etos.
Eso
necesita el Homo Gestalt: no una moral, sino un etos. ¿Y me quedaré aquí
sentado, con el cerebro excitado por el terror, tratando de concebir una ética
para uso del superhombre?
Trataré.
No puedo hacer otra cosa.
Definamos:
Moral:
código de la sociedad para la supervivencia del individuo (es decir, el caníbal
virtuoso y la corrección de un hombre desnudo en un campo nudista).
Etica:
código del individuo para la supervivencia de la sociedad (o sea el reformador
ético: la liberación de los esclavos, la prohibición de comer carne humana, la
persecución de los delincuentes).
Definiciones
excesivamente cómodas, excesivamente pulidas, pero sigamos por ahora.
Como
grupo, el Homo Gestalt puede resolver dentro de sí mismo, todos sus problemas.
Pero como individuo No puede tener una moral, pues está solo.
Una
ética entonces. «Código del individuo para la supervivencia de la sociedad». El
Homo Gestalt no tiene piedad, y sin embargo la tiene. No tiene especie; es su
propia especie.
El
Homo Gestalt podría... ¿debería elegir un código para toda la humanidad?
Junto
con este pensamiento, Hip Barrows tuvo una intuición repentina, ajena, casi
totalmente, a lo que estaba pensando, Sin embargo, gracias a esa intuición
logró sentirse libre de odios y furias, y se sintió liviano y confiado:
¿Quién
soy yo para establecer conclusiones positivas sobre moral, y sobre códigos para
uso de toda la humanidad?
Vaya,
soy el hijo de un médico, de un hombre que eligió servir a la humanidad,
convencido que eso estaba bien. Y él trató que yo hiciera lo mismo, pues era el
único bien del que se sentía seguro, y por eso lo odié toda mi vida. ¡Ahora
comprendo, papá, ahora comprendo!
Se
echó a reír y el peso de la antigua culpa lo dejó para siempre. Se echó a reír
con la más pura alegría. Y fue como si la luz brillara con más intensidad en
todo el mundo, y como si al volver a considerar el problema, los dedos de su
pensamiento pudieran subir fácilmente a lo largo de una superficie inclinada,
deslizándose en busca de un punto de apoyo.
La
puerta se abrió:
—Hip—dijo
Janie.
Hip
se incorporó, lentamente. Su pensamiento subía con temor hacia algo: si
encontrara por lo menos un punto de apoyo, si sus dedos pudieran aferrarse a
ese borde.
—Voy.
Cruzó
la puerta y se quedó sin aliento. Era como un gigantesco invernadero de
cincuenta metros de ancho y cuarenta de profundidad. Los grandes cristales
curvos de la cúpula descendían hasta apoyarse en un prado, en verdad un parque
ya lejos de la casa. Hip, después de tanta pequeñez y oscuridad, se sintió
sorprendido y alborozado a la vez.
Se
elevaba más y más, y el pensamiento se elevaba él, apoyando las puntas de los
dedos un poco más a... venir al hombre. Hip se adelantó rápidamente, no para
encontrarse con el hombre, sino para alejarse de Janie, algo terrible iba a
pasar. Estaba seguro.
—Bueno,
teniente. Me han avisado, pero no por eso deja ser una sorpresa.
—No
para mí—dijo Hip—. Supe durante siete años que a encontrarlo—añadió ocultando
una sorpresa muy distinta. Siempre había creído que en este momento le fallaría
voz.
—Dios
mío—dijo Thompson con asombro y deleite.
Deleite
no muy bien intencionado. Y por encima del hombro de Hip añadió:—Te presento
mis excusas, Janie. Realmente no te había creído.—Y dijo luego, dirigiéndose
Hip:—Se ha restablecido usted de un modo verdaderamente notable.
—El
Horno sap es duro de pelar.
Thompson
se quitó los lentes. Sus ojos eran grandes y redondos, con el color y el brillo
de las pantallas de televisión en blanco y negro. Los iris eran unos círculos
pequeños y parecían a punto de girar.
Una
vez, alguien había dicho: Manténgase alejado de esos ojos y todo andará bien.
—¡Gerry!—dijo
Janie con voz dura.
Hip
se volvió. Janie se llevó una mano a la boca y se puso entre los labios un
pequeño cilindro de vidrio, no más grande que un cigarrillo.
—Te
lo he advertido, Gerry—dijo—. Sabes qué es esto. Hazle algo y morderé, y podrás
pasarte el resto de tus días con el bebé y las mellizas como un mono en una
jaula de ardillas.
Hip
pensó, pensó y dijo:
—Me
gustaría conocer al bebé.
Thompson,
que tenía los ojos clavados en Janie, y el cuerpo inmóvil y rígido, se volvió
hacia Hip y describió con el brazo que sostenía los lentes un círculo amplio y
brillante.
—No
le gustaría.
—Quiero
hacerle una pregunta.
—Nadie
le hace preguntas. Sólo yo. Supongo que quiere también una respuesta.
—Sí.
Thompson
se rió.
—No
hay respuestas en estos días.
—Por
aquí, Hip—dijo Janie con calma.
Hip
se volvió hacia ella. Sintió que algo duro flotaba detrás de su cabeza, en el
aire, cerca de su carne. Pensó si los ojos de la Gorgona habrían afectado a los
hombres de ese mismo modo, aun a aquellos que no la miraban.
Siguió
a Janie hasta un nicho que había en la pared, adonde no llegaban los vidrios.
En el nicho se veía una cuna del tamaño de una bañera.
No
había imaginado que el bebé fuera tan gordo.
—Adelante—dijo
Janie.
El
cilindro de cristal se movía hacia arriba y hacia abajo con cada una de las
sílabas.
—Sí,
adelante.
La
voz de Thompson sonó tan cerca que Hip se sobresaltó. No lo había oído venir.
Se sintió infantil y tonto. Tragó saliva y le dijo a Janie:
—¿Qué
hago?
—Piense
su pregunta. Él la recibirá. Creo que recibe todo.
Hip
se inclinó sobre la cuna. Unos ojos que brillaban opacamente como la capellada
de unos zapatos negros y polvorientos se clavaron en Hip. Hip pensó: Una vez
esta Gestalt tuvo otra cabeza, y podría tener otros seres telekinéticos,
teleportadores. Bebé, ¿puedes ser reemplazado?
—Dice
que sí—dijo Janie—. Aquel sucio telépata de la espiga de maíz. ¿Recuerda?
Thompson
dijo amargamente:
—No
creí que te atrevieras a eso, Janie. Podría matarte.
—Ya
sabes cómo—dijo Janie casi sonriendo.
Hip
se volvió lentamente hacia ella. El pensamiento se le acercó, o él, Hip, subió
con mayor rapidez que el pensamiento.
Era
como si sus dedos se hubiesen aferrado, al fin, a una saliente curva, desnuda.
Si
el bebé, el corazón y el núcleo, el yo, el depósito de todo lo que este nuevo
ser había sido o hecho o pensado, podía reemplazarse, entonces, ¡el Homo
Gestalt era inmortal
Y de
pronto comprendió, lo comprendió todo.
—Le
pregunté al bebé—dijo con tranquilidad—si puede ser reemplazado. Si sus
depósitos de recuerdos y su capacidad de cálculo pueden transferirse.
—¡No
le cuente eso!—gritó Janie.
Thompson
volvió a adoptar aquella inmovilidad total y forzada.
—Y
el bebé respondió que sí—dijo.—Ya lo sé, Janie. Y tú lo sabías desde hace mucho
tiempo, ¿no es cierto?
Janie
emitió un sonido que parecía un estertor o una tos. Thompson dijo:
—Y
nunca me lo dijiste, claro. El bebé no puede hablarme. Pero quizá otro lo haga.
El teniente va a decírmelo todo. Sigue representando tu drama, Janie. Ya no te
necesito.
—Hip.
¡Corra! ¡Corra!
Los
ojos de Thompson se fijaron en los de Hip.
—No—dijo
suavemente—. No corra.
Iban
a girar; iban a girar como ruedas, como ventiladores, como... como...
Hip
oyó los gritos de Janie, y luego un débil crujido. Los ojos desaparecieron.
Se
tambaleó, con una mano delante de los ojos. Había una voz chillona en la
habitación que hablaba y hablaba, y se quebraba y giraba sobre sí misma. Hip
espió entre los dedos.
Thompson
retrocedía con la cabeza muy echada hacia atrás, lanzando puntapiés a un lado y
a otro y agitando los codos. Bonnie (la responsable de los chillidos) trataba
de retener a Thompson poniéndole las manos sobre los ojos y una rodilla en la
espalda.
Hip
dio tres saltos—sus pies apenas tocaron el suelo—y corrió hacia Thompson. Cerró
el puño, hasta que el dolor le subió por el antebrazo y la furia acumulada en
siete años obsesivos le inundó el brazo y el hombro, y lo hundió en aquel
rígido plexo solar,
Thompson
cayó silenciosamente, arrastrando consigo a la negra. Bonnie rodó unos
instantes por el piso y enseguida se puso ágilmente de pie. Corrió hacia Hip,
con su cara de luna sonriente, le acarició los brazos, le palmeó las mejillas y
emitió unos gorjeos.
—Gracias—dijo
Hip, y se volvió. Otra muchacha de color, tan musculosa y tan desnuda como la
primera, sostenía el cuerpo flojo y débil de Janie—. ¡Janie!—rugió Hip—.
Bonnie, Beanie, cualquiera de las dos, ha tomado ella...
La
muchacha que atendía a Janie gorjeó confusamente. Janie abrió los ojos y miró
asombrada a Hip. Luego se volvió hacia la figura inmóvil de Gerry. Sonrió.
La
negra que estaba junto a ella le tironeó a Hip una manga y señaló el suelo.
Alguien había pisado el cilindro. Hip alcanzó a ver una ligera mancha de
humedad.
—¿Lo
he tomado?—repitió Janie—. Creo que perdí la oportunidad cuando esta mariposa
se me vino encima.—Se tranquilizó; se puso de pie y se acercó a Hip. Gerry...
está...
—Me
parece que no lo he matado—dijo Hip, y agregó:—Todavía.
—No
puedo pedirle que lo mate—susurró Janie.
—Sí—dijo
Hip—. Sí, ya lo sé.
—Las
mellizas no lo habían tocado nunca. Fueron muy valientes. Gerry podía haberles
quemado el cerebro en un segundo.
—Son
maravillosas. ¡Bonnie!
—Jo.
—Consígueme
un cuchillo. Afilado, y con una hoja de este largo por lo menos. Y una tira de
tela negra, ancha...
Bonnie
miró a Janie.
—¿Qué...?—preguntó
Janie.
Hip
le puso una mano sobre la boca, una boca muy suave:
—Cállese.
—Bonnie,
no...—comenzó a decir Janie, asustada.
Bonnie
desapareció.
—Déjeme
un rato a solas con él—dijo Hip.
Janie
abrió la boca, como si fuese a decir algo, y salió corriendo de la habitación.
Beanie se desvaneció en el aire.
Hip
se acercó al cuerpo tendido en el piso y lo observó lentamente. No pensaba, Ya
lo había pensado todo. Pero no tenía que olvidarse.
Bonnie
regresó con una tira de terciopelo negro y una daga de más de treinta
centímetros de largo. Tenía los ojos muy grandes y la boca muy pequeña.
—Gracias,
Bonnie—dijo Hip. La daga era finlandesa, afilada como una navaja y de punta
casi invisible—. Vete, Bonnie.
Bonnie
se fue—zzz—como una semilla de manzana que se escurre entre los dedos
apretados. Hip puso sobre una mesa el terciopelo, y la daga, y arrastró a
Thompson a un sofá. Miró alrededor, vio una cuerda de campanilla y la arrancó
de un tirón. Quizá, en alguna parte, había sonado una campanilla, pero no
importaba. Nadie vendría a molestarlo. Ató los tobillos y los codos de Thompson
a las patas y el respaldo del sofá, le echó hacia atrás la cabeza y le vendó
los ojos.
Acercó
luego una silla y se sentó. Movió suavemente la palma de la mano que sostenía
el cuchillo. El equilibrio entre la hoja y el mango era perfecto.
Esperó,
y mientras esperaba, tomó su pensamiento, todo su pensamiento, y lo extendió
como un cortinado a la entrada de su mente. Lo colgó con cuidado, ordenando,
los pliegues, tratando de que llegara hasta bien abajo, desde bien arriba, sin
ninguna abertura a la derecha o a la izquierda.
El
dibujo estampado en el cortinado decía:
Escúchame,
pequeño huérfano, También a mí me odiaron. Te persiguieron. También a mí.
Escúchame,
niño de la cueva. Encontraste un lugar donde vivir, aprendiste a ser feliz en
él. Yo también.
Escúchame,
niño de Alicia. Te extraviaste durante años. Y luego regresaste y aprendiste de
nuevo. Yo también.
Escúchame,
muchacho Gestalt. Descubriste en ti un poder que no habías soñado, lo
utilizaste y te gustó. Yo también.
Escúchame,
Gerry. Descubriste que aunque tu poder era inmenso, nadie lo quería. Yo
también. Quieres que te quieran. Quieres que te necesiten. Yo también.
Janie
dice que necesitas una moral. ¿Sabes qué es una moral? Obedecer las reglas
establecidas por ciertos hombres para ayudarte a vivir entre ellos.
No
necesitas una moral. No puedes seguir una moral. No puedes obedecer las leyes
de tu especie, pues no hay otros de tu especie. Y no eres un hombre común, y la
moral de los hombres comunes te serviría de tan poco como a mí la moral de las
hormigas.
Nadie
te quiere y eres un monstruo.
Nadie
me quería cuando yo era un monstruo.
Sin
embargo, Gerry, existe para ti otro tipo de código. Un código basado en la
sabiduría antes que en la obediencia. Se llama etos.
Con
el etos podrás también sobrevivir. Pero será una supervivencia superior a
cualquier supervivencia individual, o a la de cualquier especie: la tuya o la
mía. Será como reconocer tu origen y tu posteridad. Será como remontar esa
corriente madre en la que fuiste creado y en la que crearás algo todavía mejor
cuando llegue el momento.
Ayuda
a la humanidad, Gerry. La humanidad es ahora, y a la vez, tu padre y tu madre.
Y la humanidad te ayudará produciendo más seres como tú. Y ya nunca estarás
solo. Ayuda a esos seres mientras crecen; ayúdalos a ayudar a la humanidad y a
unirte a otros seres como tú. Pues eres inmortal, Gerry Eres inmortal ahora.
Y
cuando haya muchos seres como tú, tu ética será una moral. Y cuando esa moral
no convenga a la especie, tú, u otro ser ético crearéis una nueva moral que
ascendiendo todavía más, por esa antigua corriente, honrará a tus padres, y a
quienes engendraron a tus padres, y así hasta llegar a aquella criatura que se
distinguió de sus antecesores porque una vez lo emocionó la luz de una
estrella.
Yo
fui un monstruo y encontré esta ética. Tú eres un monstruo. Decide.
Gerry
se movió.
Hip
Barrows paró el movimiento del cuchillo.
Gerry
gimió y tosió débilmente. Hip le empujó hacia atrás la floja cabeza,
sosteniéndola con la palma de una mano. Luego apoyó la punta del cuchillo en el
centro de la laringe de Gerry.
Gerry
refunfuñó entre dientes. Hip dijo:
—No
te muevas.—Apretó muy suavemente el cuchillo y la punta se hundió, quizá
demasiado, en la piel de Gerry.
Era
un magnífico cuchillo.—Tengo un cuchillo aplicado a tu garganta—añadió—. Soy
Hip Barrows. No te muevas y piénsalo un rato.
Los
labios de Gerry se abrieron en una débil sonrisa, pero sólo a causa de la
tensión que soportaba su cuello. El aire pasaba silbando a través de esa falsa
sonrisa.
—¿Qué
va a hacer?
—¿Y
tú, qué harías?
—Quíteme
esta venda. No veo nada.
—Ves
lo necesario.
—Suélteme,
Barrows. No le haré nada, se lo prometo. Y puedo ayudarlo. Puedo hacer mucho
por usted.
—La
moral ordena matar a los monstruos—dijo Hip—. Dime, Gerry, ¿es cierto que
puedes apoderarte de todos los pensamientos de un hombre, y con sólo mirarlo a
los ojos?
—Suélteme,
Barrows. Suélteme—murmuró Gerry.
Con
el cuchillo aplicado, a la garganta del monstruo, en este caserón que podía ser
suyo, y donde, en alguna parte, esperaba una muchacha cuya angustia flotaba en
la habitación como ozono en el aire, Hip Barrows preparó su acto ético.
Cayó
la venda, y en aquellos ojos, redondos y raros, una enorme sorpresa reemplazó
enteramente al odio. Hip, balanceando el cuchillo en la palma de la mano,
extendió cuidadosamente sus pensamientos, de arriba a abajo, de la izquierda a
la derecha. Luego arrojó el cuchillo, lejos. El cuchillo tintineó sobre los
mosaicos. Los asombrados ojos redondos siguieron el cuchillo y se volvieron
luego hacia Hip.
Los
iris estaban a punto de girar.
Hip
se inclinó acercándose a Gerry.
—Adelante—dijo
con voz muy suave.
Pasó
mucho tiempo. Al fin Gerry levantó la cabeza y volvió a encontrarse con los
ojos de Hip.
—Hola—dijo
Hip.
Gerry
lo miró débilmente.
—Vete
de aquí—graznó—. Podría haberte matado. Puedo hacerlo todavía.
—Pero
no lo harás.
Hip
se levantó y fue a buscar el cuchillo. Cortó los nudos que sujetaban a Gerry, y
volvió a sentarse.
—Nadie...
Yo nunca... dijo Gerry. Se sacudió y respiró profundamente. Me siento
avergonzado—murmuró—, y nadie, hasta ahora, me había hecho sentir
avergonzado.—Miró a Hip y en sus ojos volvió a verse aquel asombro.—Sé mucho.
—De
pronto—dijo Hip—. Una ética no se busca. Es un modo de pensar.
—Dios
mío—dijo Gerry, mirándose las manos—. Lo que hice... lo que podría...
—Lo
que puedes hacer—le recordó Hip suavemente.—Ya has pagado, y muy bien, lo que
hiciste.
Los
ojos de Gerry recorrieron lentamente la enorme habitación de cristal y todos
aquellos objetos, macizos, costosos.
—¿He
pagado?
—Los
que te rodean, tú mismo—dijo Hip, desde los cicatrizados abismos de la memoria.
Luego añadió con una torcida Sonrisa:—¿Un superhombre siente superhambre,
Gerry? ¿Siente supersoledad?
Gerry
asintió con un movimiento de cabeza lentamente.
—Me
sentía mejor cuando era chico.—Se estremeció—. Frío...
Hip
ignoraba qué frío era ése, pero no trató de averiguarlo. Se puso de pie.
—Será
mejor que vea a Janie. Puede creer que te he matado.
Gerry
guardó silencio hasta que Hip llegó a la puerta Y entonces dijo:
—Quizá
lo hiciste.
Hip
se marchó.
Janie
estaba en la pequeña antecámara, con las dos mellizas. Cuando vio entrar a Hip,
movió ligeramente la cabeza y las mellizas desaparecieron.
—Podría
contárselo también a ellas—dijo Hip.
—Cuéntemelo
a mí, y ellas lo sabrán—dijo Janie, y añadió—: No lo mató.
—No,
no lo maté.
Janie
movió la cabeza, afirmativamente, lentamente:
—No
sé qué pasaría si Gerry muriera. No... no quiero ni pensarlo.
Gerry
estará bien—dijo Hip, y se encontró con los ojos de Janie—. Está
avergonzado—añadió.
Janie
se acurrucó, ocultándose, ocultando sus pensamientos, como si esperara algo.
Pero esta vez se vigilaba a sí misma.
—Mi
trabajo ha terminado—continuó Hip—. Me voy.
—Tomó
aliento.—Tengo tantas cosas que hacer. Recuperar los cheques de mi pensión.
Conseguir un empleo.
Hip
oyó la voz de Janie sólo porque la habitación era tan pequeña, y el silencio
tan grande.
—Sí,
Janie.
—No
se vaya.
—No
puedo quedarme aquí.
—¿Por
qué?
Hip
pensó en silencio un rato, y al, fin dijo:
—Usted
es parte de algo. Yo no querría ser parte de alguien que fue... parte de algo.
Janie
levantó la cabeza y sonrió. Hip la vio sonreír. No podía creerlo, y se quedó
mirándola un rato hasta que tuvo que creerlo.
—La
Gestalt tiene, como otros seres, manos, cabeza, órganos, mente—dijo Janie—.
Pero lo más humano es en, ella, como en cualquier otro ser, lo que ha
aprendido... y merecido. Lo que nadie posee mientras es joven, lo que obtiene
(y sólo a veces) tras una larga búsqueda y gracias a una profunda convicción, Y
lo que es, desde entonces, parte definitiva de uno mismo.
—No
sé a qué se refiere. Yo... quiero decir, no podría ser... parte de la... No,
Janie, no.—Pero Janie seguía sonriendo.—¿Qué parte?—preguntó.
—La
parte puritana que no olvida las reglas. La parte dotada de esa intuición
llamada ética que puede transformarse a sí misma en el hábito llamado moral.
—¡La
voz de la conciencia!—gruñó Hip—. Que el diablo me lleve!
Janie
lo tocó.
—No
será tan grave.
Hip
miró la puerta cerrada que daba al gran salón de cristal. Luego se sentó junto
a ella. Esperaron.
Todo
estaba tranquilo en el salón de cristal.
Durante
un tiempo sólo se oyó la dificultosa respiración de Gerry. De pronto, hasta
este sonido se interrumpió. Y algo distinto comenzó a oírse, algo que...
hablaba.
Una
y otra vez.
Bienvenido.
Era
una voz silenciosa, Y luego otra: también silenciosa, pero otra. Es el nuevo.
Bienvenido, hijo.
Y
otra: Bien, bien, bien. Ya pensábamos que no vendrías.
Tenía
que venir. No ha habido uno nuevo durante tanto tiempo...
Gerry
se llevó las manos a la boca. Los ojos se le salían de las órbitas. Una suave
música de bienvenida le atravesó la mente, Alegría, sabiduría, entusiasmo. Y
presentaciones: cada voz insinuaba una personalidad, algo que se aparecía como
dimensión o tamaño, en un determinado lugar; algo físico y preciso. Sin
embargo, y en conjunto, no había diferencia entre las voces. Todas estaban
aquí. O por lo menos, todas estaban igualmente cerca.
Era
una comunión feliz y despreocupada, una comunión despreocupadamente compartida
con Gerry. El humor, el placer, el pensamiento y los actos se entrecruzaban
como corrientes. Y continuamente, en todas partes, bienvenido, bienvenido.
Todos
esos seres eran jóvenes, todos eran nuevos, aunque no tan jóvenes, ni tan
nuevos como Gerry. Un pensamiento imperativo y móvil animaba la juventud de
esos seres. Y aunque algunos tenían recuerdos ya viejos para el hombre, todos
habían vivido todavía muy poco, pues todos eran inmortales.
Uno
de ellos le había silbado una frase a Papá Haydn, y este otro había presentado
los Rosetti a William Morris. Casi como si fueran sus propios recuerdos, Gerry
vio a Fermi mientras observaba los trazos de la fisión en una placa sensible, a
la niña Landowska que escuchaba un clavicordio, a la mente amodorrada de Ford
que se iluminaba de pronto con la imagen de una hilera de hombres ante una
hilera de máquinas.
Plantear
una pregunta era recibir una respuesta. ¿Quién eres?
Homo
Gestalt.
Yo
soy uno; parte de algo; pertenezco a...
Bienvenido.
—¿Por
qué no me lo dijisteis?
No
estabas preparado. No estabas preparado. ¿Qué era Gerry antes de conocer a
Lone?
¿Y
ahora? ¿La ética ha completado mi ser?
Etica
es un concepto demasiado sencillo. Pero sí, la multiplicación es nuestra
primera característica; y la unidad, la segunda. Así como tus partes saben que
son partes tuyas, así tu debes saber que somos partes de la humanidad.
Gerry
comprendió entonces que se sentía avergonzado sólo por acciones humanas, pero
no de la humanidad.
—He
sido castigado—dijo.
Estuviste
en cuarentena.
¿Y
sois vosotros... somos nosotros... los autores de todas las conquistas de la
humanidad?
¡No!
Las compartimos. ¡Somos la humanidad!
La
humanidad está tratando de suicidarse. (Un movimiento de diversión, una
confianza que era casi alegría) Quizá así lo parezca, hoy, esta semana. Pero si
se piensa en la historia de una raza.. ¡oh, la guerra atómica es una ondita en
la amplia superficie del Amazonas!
Los
recuerdos, los proyectos y los cálculos de estos inundaron a Gerry. Y Gerry
conoció al fin la naturaleza y las funciones de todos ellos, y supo por qué su
etos era un concepto excesivamente simple. Pues éste era, al fin, el poder que
no podía corromperse, ya que un conocimiento semejante, una intuición
semejante, no podían utilizarse en beneficio propio, ni contra sí mismos. Este
era el mismo y él por qué de la existencia de la humanidad, perturbada y
dinámica, santificada por el contacto de su propio y excelso destino. Era la
muerte de miles de hombres (para que vivieran millones de hombres). Y era,
también, la guía, el faro, cuando la humanidad se encontraba en peligro. Este
era el Guardián a quien conocían todos los seres humanos; no como fuerza ajena
a los hombres, ni un formidable Vigía en el cielo, sino como algo sonriente;
con un corazón humano y el reconocimiento de su origen humano; con olor
Y a
sudor y a tierra recién removida, y no iluminado por un pálido olor de
santidad.
Se
vio a sí mismo como un átomo y vio a su Gestalt como una molécula. Vio a esos
otros como una célula, y vio en su conjunto el diseño del ser en que, con
alegría, llegaría a transformarse en la humanidad,
Sintió
que un raro sentimiento de adoración crecía dentro de él. Era ese sentimiento
que la humanidad llamaba respetuosa de sí mismo,
Extendió
los brazos y de sus extraños ojos brotaron lágrimas. Gracias, respondió.
Gracias; gracias.
Y
humildemente, se unió a ellos.
FIN
Título original: More Than Human
Traducción: Jolé Valdivieso
© 1953 by Theodore Sturgeon
© 1968 Ediciones Minotauro S.R.L.


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