© Libro N°. 2988. Marea Estival. Sheffield, Charles. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © The Heritage Universe 1- Summer Tide
Versión Original: © Marea Estival. Charles Sheffield
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://mdarena.blogspot.com.co/2013/02/marea-estival-charles-sheffield.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Portada E.O.
de Imagen original:
http://mdarena.blogspot.com.co/2013/02/marea-estival-charles-sheffield.html
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MAREA ESTIVAL
Charles Sheffield
Título original: The Heritage Universe 1- Summer Tide
Traducción: Adriana Oaklander
Ilustración de cubierta: TRAZO
Realización de cubierta: Estudio EDICIONES B
© 1990 by Charles Sheffield
© 1993; Ediciones B. Colección Nova Cf nº 58.
Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España)
ISBN: 84-406-4336-5
Depósito legal: NA. 1.459-1993.
Contraportada
En
el brazo espiral de la galaxia se han encontrado más de mil doscientos
misteriosos y gigantescos artefactos creados por la ignota y ya desaparecida
especie de los Constructores. La próxima "Marea Estival" en el
sistema planetario formado por los gemelos Sismo y Ópalo, ha de ser el fruto de
una Gran Conjunción de estrellas y planetas que sólo sucede cada 350.000 años.
Los mejores estudiosos de la tecnología de los Constructores coinciden en
suponer que será una oportunidad única para desentrañar el misterio de esos
sorprendentes artefactos. Por ello, humanos y alienígenas, con sus rencillas y
enfrentamientos, se dan cita en el sistema y se exponen a sus peligros.
Presentación
Poco
se sorprenderá el lector si le recuerdo que Sheffield es uno de esos autores
que devuelven al género todo el encanto y ese típico «sentido de la maravilla»
que caracterizaron la ciencia ficción en sus años dorados. Tras ese tour de
forcé de aventura e imaginación que era LA CAZA DE NLMROD (Libro Amigo de
Ediciones B, número 54), MAREA ESTIVAL ya es el cuarto título de este autor en
la colección NOVA ciencia ficción. A estas alturas no voy a negar que me gusta
la obra de Sheffield. Siempre me ha divertido y entretenido.
La
buena opinión que me merece este escritor, cuya obra ha sido comparada a la de
Clarke y Asimov, se ve además reforzada por la opinión de otros comentaristas.
Tal vez por su edad, Sheffield ha sido considerado incluso como el posible
sucesor de esos ya míticos autores de la ciencia ficción de todos los tiempos.
The Washington Post, un prestigioso periódico no circunscrito ni limitado al
ambiente especializado en la ciencia ficción, decía de él, a propósito de la
publicación norteamericana de MAREA ESTIVAL:
Charles
Sheffield ha sido llamado «el nuevo Arthur C. Clarke» tan a menudo, que uno
espera encontrar algún día un adolescente que sólo conozca a Clarke como «el
viejo Charles Sheffield» [...]. En una novela de Sheffield esperamos encontrar
esas descripciones apasionantes y casi religiosas de los fenómenos galácticos,
tanto naturales como artificiales [...]. Nadie se sorprende cuando es
precisamente eso lo que encontramos. Y si algún otro autor es capaz de hacer un
mejor trabajo en ese campo, me gustaría saber de él.
Finalizado
su período como presidente de la Science Fiction Writers of America (SFWA),
entre 1984 y 1986, Sheffield parece haber reemprendido con renovadas energías
su labor como autor. Casi una decena de novelas aparecidas en los últimos
cuatro años indican claramente un punto álgido en la carrera profesional de
Sheffield. Destaca entre estas publicaciones la serie que se inicia con esta
novela. Se trata de un intento de emular (y tal vez de superar) obras ya
clásicas de la moderna ciencia ficción.
Sheffield
es uno de esos nuevos autores de calidad capaces de mantener al mismo tiempo el
interés por unos personajes alejados del «cartón piedra» típico de la edad de
oro de la ciencia ficción y proporcionar con sus libros una riqueza de ideas
sorprendente y exuberante que sigue siendo la base esencial de ese «sentido de
la maravilla» que ha hecho tan popular al género.
La
mayoría de las obras de Sheffield hace gala de su gran habilidad especulativa,
como ocurre deforma magistral en LA CAZA DE NlMROD (Libro Amigo de Ediciones B,
número 54) o ENTRE LOS LATIDOS DE LA NOCHE (NOVA ciencia ficción, número 4).
Pero también es fácil constatar que Sheffield pertenece a la estirpe de los
«narradores natos», de esos autores capaces de sumergir al lector en un relato
que parece explicarse por sí solo, sin que el lector haga ningún esfuerzo.
Sugiero, como prueba, que el lector intente interrumpir a media lectura el
primer capítulo de LA TELARAÑA ENTRE LOS MUNDOS (NOVA ciencia ficción, número
21). A mí me resultó imposible.
Todo
ello lo hallamos también en las novelas de ese Universo heredado, título de la
serie iniciada con MAREA ESTIVAL. En este caso nos encontramos con el
insondable misterio de los Constructores y su sorprendente tecnología. En el
brazo espiral de la Galaxia se han encontrado ya más de mil doscientos
misteriosos y gigantescos artefactos creados por la ignota y ya desaparecida
especie de los Constructores. Algunos de esos artefactos son incluso
comprensibles, y otros, simplemente, extraños y peligrosos. El conjunto
constituye un misterio tal vez insondable que desafía la inteligencia tanto de
los humanos como de los alienígenas que habitan en esa zona de la galaxia.
La
idea recuerda, es evidente, la saga de los Heeche que desarrollara Frederik
Pohl tras el éxito de PÓRTICO (1977); pero en la obra de Sheffield el encanto
de la tecnología, remota y a la vez ignota, de los Constructores sugiere
también las maravillas que propusiera Arthur C. Clarke con su ENCUENTRO CON
RAMA. Ambas referencias han sido detectadas por los comentaristas. Veamos unos
ejemplos:
Una
historia-puzzle bien construida, a la manera de los libros de Arthur C. Clarke
sobre Rama.
THE
NEW YORK TIMES
Los
Constructores son una imponente presencia no visible y sus artefactos son tan
valiosos como cualquier cosa que hubieran dejado los Heeche.
Dan
Chow en LOCUS
En
los tres casos (Rama, los Heeche y el Universo heredado la primera novela se
cierra en sí misma sin que se resuelvan completamente los interrogantes
pendientes en torno a la tecnología de una misteriosa especie de alienígenas.
Es ese misterio, tal vez insondable, el que dará pie a la aparición de otras
novelas en las series respectivas. Pero, como ocurriera con ENCUENTRO CON RAMA
y con PÓRTICO, MAREA ESTI
VAL
termina sin dejar a los protagonistas «colgados» en situaciones imposibles y la
estructura tradicional (planteamiento, nudo y desenlace) se completa
íntegramente.
El
eje (y el nudo al que nos referíamos) de esta primera novela de la serie es,
tal como indica su título, la próxima MAREA ESTIVAL en el sistema planetario
formado por los gemelos Sismo y Ópalo. Esta vez, el fenómeno ha de ser el fruto
de una Gran Conjunción de estrellas y planetas que sólo sucede cada 350.000
años. Los mejores estudiosos de la tecnología de los Constructores coinciden en
suponer que será una oportunidad única para desentrañar el misterio de esos
sorprendentes artefactos. Por ello, humanos y alienígenas, con sus rencillas y
enfrentamientos, se dan cita en el sistema y se exponen a sus peligros.
Construida
como una novela de aventuras salpicada de sorpresas y maravillas tecnológicas,
MAREA ESTIVAL es un ejemplo claro de la ciencia ficción que ha dado nombre al
género. Pero, como corresponde a la ciencia ficción de los años noventa, esos
rasgos tradicionales se unen a un mayor interés por la caracterización de los
personajes que han sabido detectar la mayoría de los comentaristas, incluso los
no especializados como The London Times:
Como
Arthur C. Clarke y Greg Bear [...] Brillantemente equilibrada entre unos
conceptos gigantescos y una caracterización del tamaño de la vida.
O el
comentario de otros críticos más especializados, como los de la revista Locus:
MAREA
ESTIVAL sigue a un grupo de personajes moderadamente bien delineados a través
de una serie de aventuras que culminan en un conjunto parcial de respuestas
[...] con la riqueza de la imaginación de alguien que sabe y que ama la
ciencia, y que es capaz de comunicarla [...]; si las siguientes novelas por
venir responden al potencial definido aquí, tendremos unas de las obras más
raras de la ciencia ficción: aquellas en las que la ciencia y los personajes
son, ambos, muy convincentes.
Para
finalizar, tan sólo decir que la serie del Universo heredado abarcará cuatro
novelas aunque, inicialmente, parecía que se resolvería sólo con dos. Tras
MAREA ESTIVAL, aparecida en febrero de 1990 en Estados Unidos, se han publicado
ya DIVERGENCE (febrero de 1991) y TRANSCENDENCE (abril de 1992) y, según se
indica en las galeradas de esta última, la serie finalizará con el cuarto
volumen CONVERGENCE: THE RETURN OF THE BUIDERS, todavía inédita en
Norteamérica. De momento, pues, les dejo con las maravillas tecnológicas de los
Constructores. Seguro que pronto volveremos a este Universo heredado de
Sheffield y sus sorpresas.
Miquel
Barceló
Para
Ann, Kit, Rose y Toria,
y
para todos los demás cuya edad
(media)
sea de dieciséis años.
Libro
Primero
del
Universo Heredado
Prologo
Expansión 1086 (3170 d. C.)
Un
silencio de noventa y siete años estaba finalizando.
Durante
casi un siglo, el interior de la nave no había escuchado una voz humana ni
sentido pisadas. El vehículo avanzaba con un susurro entre las estrellas, y sus
pasajeros se aproximaban a la nada absoluta en un sueño parecido a la muerte.
Una vez al año sus cuerpos se entibiaban a las temperaturas del nitrógeno
líquido, mientras el banco de datos central de la nave les transmitía
experiencias compartidas: recuerdos de cien años de viaje interestelar, para
cuerpos que envejecerían menos de un día.
Al
encontrarse en las últimas semanas de desaceleración, era tiempo de comenzar
con la operación de despertar. Cuando se alcanzara el lugar de destino, podrían
ser necesarias decisiones que excediesen el criterio de la máquina... Concepto
que para el ordenador principal de la nave, el primero de su clase equipado con
los circuitos emocionales Karlan, era a la vez insultante e improbable.
Primero
se inició el calentamiento. Los sensores internos recogieron el regreso de los
latidos cardíacos, el suspiro inicial y el murmullo de los pulmones en
funcionamiento. Se despertaría en primer lugar a la tripulación de emergencia,
de dos en dos; sólo mediante su aprobación comenzarían a emerger los demás.
La
primera pareja recuperó la conciencia con una pregunta grabada en la mente:
¿Habían llegado... o se habían pasado de la meta?
El
ordenador había sido programado para despertarlos por sólo tres motivos. Serían
molestados si la nave finalmente se acercaba a su destino, Lacoste-32B, una
estrella enana G-2 que se encontraba a tres años luz del faro estelar rosado
que era Aldebarán. Se les despertaría si dentro del elipsoide de medio
kilómetro de la nave se suscitaba algún problema, un desastre demasiado grande
para que el ordenador lo manejase sin intervención humana.
También
serían sacados de la hibernación si se había hecho realidad uno de los sueños
más antiguos de la humanidad en lo que se refería a viajes espaciales:
T/I-Transferencia
Inmediata, Transición Interestelar, Travesía Instantánea, el sistema de
transporte superluminal que acabaría con la exploración palmo a palmo.
Durante
más de mil años las naves de exploración y colonizadoras se habían desplazado
lentamente, ampliando el campo de influencia de la Tierra. El milenio había
producido cuarenta colonias esparcidas en una esfera cuyo diámetro era de
setenta años luz. Pero cada centímetro de esa esfera había sido recorrido a
menos de un quinto de la velocidad de la luz. Y cada colonia, por más pequeña y
aislada que estuviese, tenía un programa de investigaciones que buscaba el
transporte superluminal...
Los
dos primeros en ser despertados fueron un hombre y una mujer. Lucharon contra
la lasitud de un siglo, estudiaron los tableros internos del ordenador y
compartieron una sensación de alivio. No había habido ningún desastre a bordo.
En el centro de mensajes no había ningún registro urgente, ninguna novedad de
importancia. No habría ningún grupo de viajeros superluminales aguardando en
Lacoste para recibir a los colonizadores tardíos.
Frente
a la nave, la estrella a la cual se dirigían ya era visible como un disco.
Hacía mucho tiempo que las alteraciones gravitatorias del astro habían
pronosticado la presencia de al menos dos planetas gigantescos en su órbita.
Ahora su existencia podía ser confirmada por observación directa, junto con
cinco cuerpos más pequeños y más cercanos al primero.
La
mujer se recuperaba más rápido que el hombre. Fue ella la primera en abandonar
la unidad de hibernación Schindler. Se detuvo con las piernas temblorosas en el
campo de una décima de g y observó los monitores externos. Tras emitir un
sonido bajo, un gruñido de satisfacción, intentó aclararse la garganta.
—¡Lo
hemos logrado! Allí está.
Y
allí estaba. Como un disco de oro fundido, Lacoste lucía en el centro exacto de
la pantalla delantera. Dos minutos después el hombre se acercó a ella
limpiándose el gel protector que cubría su rostro. Tocó su brazo en señal de
congratulación, alivio y amor. Eran compañeros de vida.
—Es
hora de despertar a los demás.
—Espera
un poco —replicó ella—. Recuerda lo de Kapteyn. Debemos cerciorarnos de que
tenemos algo aquí.
El
ejemplo de la estrella Kapteyn estaba grabado en la memoria de cada explorador:
ocho planetas, todos supuestamente con un maravilloso potencial pero, al
inspeccionarlos de cerca, inservibles para la vida humana o para suministros.
La primera nave colonizadora que llegó a Kapteyn había estado demasiado agotada
para seguir su viaje en busca de otra meta.
—Sólo
nos encontramos a dos días luz —continuó ella—. Podemos comenzar con las
comprobaciones. Averigüemos si existe oxígeno en las atmósferas antes de
despertar a alguien más.
El
ordenador de a bordo recibió su orden y respondió a ella.
«Un
planeta con oxígeno», dijo su voz suave. «Probabilidad de vida, 0.92.» El campo
de visión se acercó rápidamente a Lacoste y ésta creció en tamaño hasta
desaparecer de la parte superior de la pantalla, mientras un nuevo astro
aparecía en el centro y crecía hasta ocuparla por completo.
«Cuarto
planeta», continuó el ordenador. «Valor de isomorfismo terrestre, 0.86.
Distancia promedio, 1.22; temperatura promedio, 0.89 a 1.04; inclinación
axial...»
—¿Qué
diablos es eso?
El
ordenador se detuvo. La pregunta del hombre no tenía ningún sentido.
En
el centro de la pantalla había un planeta, una esfera azul grisácea donde ya se
veían las bandas y remolinos de la circulación atmosférica. Pero también
mostraba una red de líneas difusas y espirales brillantes que rodeaban al
planeta y lo cobijaban en múltiples hebras de luz.
—Alguien
se nos ha adelantado... —La voz de la mujer se apagó antes de que la oración
fuese completada.
El
sistema informativo entre los planetas deshabitados operaba continuamente.
Aunque estaba limitado por la velocidad de la luz, ella no podía creer de
ningún modo que alguna nave de exploración hubiese sido enviada a Lacoste sin
su conocimiento. Y si otra nave había llegado allí, la dimensión de lo que
estaban viendo excedía cualquier cosa que una colonia de exploración pudiese
realizar en unos cuantos años.
O en
unos cuantos siglos.
—Vista
panorámica.
El
ordenador escuchó sus palabras y ajustó la imagen. El planeta se contrajo al
tamaño de un guisante, una cuenta luminosa en el centro de la pantalla. El
nimbo de construcción espacial quedó a la vista, un engaste nacarado dentro del
cual el planeta descansaba como una perla en una ostra. Los delicados zarcillos
de construcción se extendían infinitamente, más y más delgados, hasta que los
sensores de observación ya no alcanzaban a detectarlos.
—No
pertenecen a nuestra especie, Támara —dijo el hombre con suavidad —. Ésos no
somos nosotros.
Ninguna
obra humana, ni siquiera las ciudades en anillo que rodeaban la misma Tierra,
se aproximaba a esto en tamaño y complejidad. Algunos de los filamentos en
espiral que circundaban el planeta debían tener más de cuatrocientos mil
kilómetros de largo y muchos de ancho. Debían de haber sido inestables ante las
fuerzas gravitatorias del planeta, los cambios de las mareas y sus propias
interacciones. Sin embargo, evidentemente no lo eran.
—Es
hora de despertar a los demás —anunció Támara.
—¿Y
entonces?
—Entonces...
—Támara suspiró—. Entonces no sé. Por fin lo hemos logrado, Damon. Hemos
encontrado otra especie inteligente. Y tecnológicamente avanzada, además. Pero,
si fueron capaces de construir eso... —señaló la deslumbrante estructura en la
pantalla, y su voz se tornó ronca—, ¿por qué no nos encontraron ellos a
nosotros'? Bueno, supongo que conoceremos la respuesta dentro de pocos días.
Tres
semanas después, las pinazas de la nave recorrían las venas y arterias del
artefacto espacial. Durante quince días la nave principal se había cernido a
una distancia de cinco millones de kilómetros, esperando que el planeta
estableciese contacto en respuesta a sus señales de láser y de radio. Al ser
recibidos por el más completo silencio, finalmente se habían acercado para
comenzar con la exploración directa.
Los
confusos filamentos de la pantalla resultaron ser la trama de un artefacto
colosal. Se extendían hasta la superficie del planeta, un mundo deshabitado y
aparentemente apropiado para la colonización humana; pero los zarcillos también
se extendían hacia el espacio exterior con propósitos imposibles de adivinar.
Y
resultaba imposible averiguar aquellos propósitos interrogando a sus creadores.
Al igual que el planeta, el artefacto estaba deshabitado.
Támara
y Damon Savalle viajaron en su pinaza a lo largo de uno de los filamentos, un
tubo hecho en metal y polímero, de tres kilómetros de ancho y cincuenta mil de
largo. Las máquinas de mantenimiento se desplazaban por el interior, con
movimientos tan lentos que su avance era apenas perceptible. Las máquinas
ignoraron por completo a la pequeña pinaza.
Támara,
que se encontraba ante el tablero de comunicaciones, en contacto con la nave
principal, dijo:
—Confirman
nuestros análisis de corrosión meteorítica. Su antigüedad es de al menos diez
millones de años, y ha estado deshabitado durante más de tres. Y no veo ningún
motivo para sonreír.
—Lo
siento. —Damon no estaba mirando—. Estaba pensando en la antigua paradoja de
antes de la Expansión. Si existen seres diferentes, ¿dónde están? Hace veinte
días creíamos tener la respuesta: no los había. Ahora volvemos a formularnos
las preguntas. ¿Dónde están, Tammy? ¿Quién construyó todo esto? ¿Y dónde están
los Constructores?
Ella
se encogió de hombros. La pregunta de Damon permanecería sin responder durante
más de tres mil años.
Pero
mientras ellos observaban y se maravillaban con lo que veían, en la nave
principal se estaba recibiendo una señal débil de una pequeña y pujante colonia
establecida en Eta Casiopea. Hablaba de una nueva y fascinante teoría
relacionada con la mecánica estadística de Bose-Einstein, junto con la
sugerencia de un complejo experimento espacial que excedía largamente los
limitados recursos de la pequeña colonia.
Pero
en Lacoste todo el mundo tenía la atención puesta en los Constructores, y nadie
reparó en el nuevo mensaje.
Sin
embargo, los Constructores habían partido hacía mucho, y el viaje a velocidad
superior a la luz estaba en camino.
ARTEFACTO:
CAPULLO
UAC#:7
Coordenadas
galácticas: 26.223,489/14.599,0297 + 112,58
Nombre:
Capullo
Asociación
estrella/planeta: Lacoste/Savalle
Nodo
de Acceso fióse; 99
Antigüedad
estimada: 10,464 ± 0,41 Megaaños
Historia
de su exploración: Capullo conserva un lugar especial en la historia humana por
ser el primer artefacto descubierto por sus exploradores, así como Cuerno
(véase Registro 300) fue el primero en ser descubierto por la especie
Cecropian. Capullo fue descubierto en E. 1086 por una primitiva nave
colonizadora que buscaba planetas habitables en el sistema Lacoste.
Descripción
física: La forma de Capullo es un desarrollo tridimensional de las conocidas
ciudades en anillo encontradas alrededor de muchos mundos deshabitados. Sin
embargo, excede al modelo plano ecuatorial, tanto en su extensión como en sus
supuestas funciones. Este artefacto emplea cuarenta y ocho Troncos Básales que
conectan a Capullo con la superficie ecuatorial del planeta, extendiéndose
hasta la estructura continua en anillo a una altura estacionaria. Cuatrocientos
treinta y dos mil filamentos se extienden a quinientos mil kilómetros del
planeta. No hay dos filamentos que sean idénticos, pero las dimensiones típicas
de los tubos cilíndricos huecos varían de dos a cuatro kilómetros de radio
externo. Vista desde diversas posiciones, la superficie de Savalle se encuentra
completamente oscurecida por Capullo.
En
el interior de Capullo, los corredores se encuentran extensamente patrullados
por Fagias (véase Registro 1.067). Los exploradores deben vigilar continuamente
para advertir su presencia.
Naturaleza
física: La construcción de Capullo emplea los habituales polímeros de gran
resistencia utilizados en casi todos los artefactos de los Constructores.
Aunque la investigación de fósiles muestra claramente que hasta hace doce
millones de años ocurrían mareas producidas por dos satélites, la ausencia de
un segundo satélite natural en Savalle sugiere que una de las lunas fue la
fuente principal de materiales en la construcción de Capullo.
Los
filamentos de Capullo se mantienen en una posición estable por medio de la
gravedad, estructuras giratorias de referencia y la presión de la radiación
estelar. No se necesita ninguna ciencia desconocida para explicar esa
estabilidad, aunque el diseño del sistema requeriría la solución de importantes
problemas de optimización discreta que superan a los mejores ordenadores
disponibles entre las Especies. Elefante (véase Registro 859) fue aplicado al
problema y alcanzó una solución restringida (que se llamó Problema Capullo
Restricto) en un tiempo de cálculo de cuatro años oficiales.
Objetivo
propuesto: Existen pocos secretos con relación a Capullo, si exceptuamos la
necesidad de un sistema tan colosal. Los Troncos Básales permiten que los
materiales lleguen y abandonen la superficie planetaria de Savalle con un coste
ínfimo; los Filamentos Exteriores posibilitan que las naves de carga se
trasladen a cualquier punto del sistema estelar Lacoste, utilizando el
principio del momento angular. La capacidad de Capullo es enorme: en principio,
un cincuenta milésimo de la masa de Savalle podría ser transferido al espacio
cada año, lo suficiente para retardar considerablemente la velocidad de
rotación planetaria y modificar en dos segundos la duración del día en Savalle.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
1
Expansión 4135 (6219 d. C.)
¿Dónde
estoy?
Un
hombre que había visto cincuenta planetas y triunfado en cien trabajos
difíciles debía de ser como un gato, que gira de forma instintiva para caer
sobre sus pies en toda situación. Pero en los últimos tiempos parecía ser
precisamente lo opuesto; se encontraba más desorientado con cada tarea.
Hans
Rebka terminó de despertar y permaneció tendido con los ojos cerrados,
esperando que su cerebro se ubicase en el tiempo y recordase cuál era su
función. Cuando esto ocurrió, la confusión fue reemplazada por la ira.
Una
semana antes se había encontrado en órbita alrededor de Paradoja, preparándose
para una de las misiones más desafiantes de su vida. Él y tres compañeros
debían entrar en la esfera de Paradoja, llevando consigo un nuevo blindaje y
una clase completamente nueva de sensor magnetofónico. Si tenían éxito,
traerían por primera vez información sobre el interior de Paradoja... y tal vez
sobre los mismos Constructores.
Para
Rebka, Paradoja era la estructura más enigmática y fascinante de todas las
creadas por los Constructores. La burbuja esférica y oscura de cincuenta
kilómetros de ancho permitía una entrada fácil, pero al salir borraba todos los
recuerdos, tanto orgánicos como inorgánicos. Los ordenadores emergían sin
ningún registro ni acumulación de datos. Los humanos que habían alcanzado el
interior habían regresado con el cerebro de un bebé recién nacido.
Aunque
se habían abandonado todos los esfuerzos por explorar Paradoja, últimamente los
visitantes de la región habían estado informando sobre algunos cambios. La
burbuja era diferente en su aspecto externo y tal vez en su condición interna.
Un nuevo intento podía verse coronado por el éxito.
Era
una misión peligrosa, pero Hans Rebka la había esperado con ansiedad. Se había
propuesto como voluntario, y había sido aceptado como líder del equipo.
Y
entonces había llegado la llamada; justo el día anterior al descenso en
Paradoja.
«Una
misión alternativa...» La voz era débil y susurrante, reducida en su espectro
de frecuencia por su paso a través del sistema de comunicaciones Bose. «... al
sistema planetario doble de Dobelle. Debe partir sin demora...»
La
voz debilitada por el espacio no sonaba nada autoritaria, pero la orden
provenía del más alto nivel gubernativo del Círculo Phemus. Y era una misión
para Rebka solo; sus compañeros procederían a explorar Paradoja. Al principio,
el hecho de ser escogido de ese modo le sonó como un honor, un privilegio.
Pero, cuando la misión le fue explicada, comenzó su confusión.
El
conocía su talento. Era muy bueno creando y resolviendo dificultades. Podía
pensar e improvisar soluciones rápidas para problemas difíciles; era un
producto típico de su mundo natal, Teufel.
«¿Qué
pecados debe cometer un hombre, y en cuántas vidas pasadas, para nacer en
Teufel?» Medio brazo espiral conocía ese dicho. Al igual que todos los planetas
del Círculo Phemus, Teufel era pobre en recursos y pobre en metales. En la
primitiva nave colonizadora, todos los sistemas de apoyo para la supervivencia
habían fallado, y además se trataba de un planeta demasiado caluroso y pequeño,
con una atmósfera apenas respirable. Para un humano que alcanzaba la madurez en
Teufel —la mayoría no lo hacía—, la expectativa de vida no llegaba ni a la
mitad del promedio que tenía el Círculo Phemus, y ésta era un tercio menor que
la de los habitantes de cualquier mundo de la Cuarta Alianza. Todos aquellos
que nacían en Teufel generaban un instinto de conservación antes de aprender a
hablar... o no llegaban a vivir lo suficiente para hablar.
Rebka
era un hombre delgado y cabezón, con manos y pies demasiado grandes para su
cuerpo. Tenía el aspecto macilento y algo deforme de quien había sufrido una
persistente desnutrición durante la infancia. Pero estas privaciones tempranas
no habían afectado su cerebro en lo más mínimo. A los ocho años ya conoció las
desigualdades, cuando vio varias imágenes de los opulentos mundos de la
Alianza, en los límites del Círculo Phemus. Una intensa ira nació en su
interior. Rebka aprendió a utilizarla, a canalizarla y controlarla, al mismo
tiempo que aprendió a ocultar sus sentimientos con una sonrisa. Para cuando
cumplió los doce años, ya había logrado salir de Teufel y se encontraba en un
programa de entrenamiento del gobierno en el Círculo Phemus.
Rebka
estaba orgulloso de su hoja de servicios. Partiendo de la nada, había
progresado sin pausa durante veinticinco años. Había participado en grandes
proyectos para transformar a los mundos más inhóspitos en paraísos humanos
(algún día haría lo mismo por Teufel); había conducido peligrosas expediciones
al corazón de la región cometaria, lejos de cualquier posibilidad de obtener
ayuda si algo salía mal; había volado tan cerca de las superficies estelares
que las comunicaciones habían resultado imposibles bajo el rugido de la
radiación ambiente, y, al regresar, su nave estaba erosionada e
irremediablemente fundida. Incluso había conducido a una dotación en un viaje
casi legendario a través del Zirkelloch, la rareza toroidal del espacio-tiempo
que se encontraba en la disputada tierra de nadie entre los mundos de la Cuarta
Alianza y los de la Federación Cecropia.
Todo
eso había hecho. Y de pronto —en su mente la confusión dio paso a la ira, que
seguía siendo su amiga— era degradado. Sin una palabra de explicación, era
despojado de todas sus verdaderas responsabilidades y enviado a un mundo lejano
e insignificante, donde debería actuar como niñera o padre confesor de alguien
diez años menor que él.
—¿Pero
quién es Max Perry? ¿Por qué es importante?
Había
formulado esa pregunta durante su primera entrevista, en cuanto el doblete
planetario de Dobelle se convirtió en algo más que un nombre para él. Ya que
Dobelle era un lugar insignificante. Sus componentes planetarios gemelos, Ópalo
y Sismo, que orbitaban a una estrella de segunda clase lejos de los centros
principales del brazo espiral, eran casi tan pobres como Teufel.
Mundohirviente,
Desolación, Teufel, Styx, Calderón... Algunas veces a Rebka le parecía que la
pobreza era su único vínculo, el lazo que mantenía unidos a los mundos del
Círculo Phemus, separándolos de sus vecinos más adinerados. Y, a juzgar por los
registros, Dobelle era un miembro meritorio del club.
También
le fue entregada la hoja de servicios de Perry, para que la estudiase a su
conveniencia. Como era típico en él, Hans Rebka lo hizo de inmediato. No
parecía tener mucho sentido. Max Perry provenía de unos orígenes tan humildes
como los suyos. Era un refugiado de Mundohirviente y, al igual que Rebka, había
progresado rápidamente, al parecer ligado a un trabajo en el mismísimo gobierno
del Círculo. Como parte del proceso general que preparaba a los futuros
líderes, había sido enviado a efectuar un año de servicio en Dobelle.
Siete
años después todavía no había regresado. Cuando se le ofrecían promociones, él
las rechazaba. Cuando se ejercían presiones para alentarlo a que abandonase
Dobelle, él las ignoraba.
—Una
gran inversión —susurró la voz distante, más allá de las estrellas—. Lo hemos
entrenado durante muchos años. Queremos un rédito por esa inversión..., así
como usted nos lo ha producido. Determine la causa de sus dificultades.
Convénzalo para que regrese o, al menos, díganos por qué se niega a hacerlo. Él
ignora las órdenes directas. Ópalo y Sismo necesitan gente desesperadamente, y
las leyes de Dobelle prohíben la extradición.
—Él
no me dirá nada. ¿Por qué habría de hacerlo?
—Irá
a Dobelle como su supervisor. Hemos tomado medidas para que se cree una
posición superior dentro de la oligarquía imperante. Usted la ocupará. Estamos
de acuerdo en que Perry no revelará sus motivos con un simple interrogatorio.
Eso ya se ha intentado. Utilice su propia fuerza. Utilice su sutileza y su
iniciativa. —La voz se detuvo—. Utilice su ira.
—No
estoy enfadado con Perry.
Rebka
formuló más preguntas, pero no encontró ningún esclarecimiento en las
respuestas. La misión todavía no tenía ningún sentido. El comité central del
Círculo Phemus podía malgastar sus fondos si lo deseaba, pero era un error
estúpido desperdiciar el talento de Rebka —él carecía de falsa modestia—,
cuando un psiquiatra parecía más apropiado para alcanzar el objetivo. ¿O ya
habrían intentado eso también?
Hans
Rebka bajó las piernas de la litera y se acercó a la ventana. Miró hacia
arriba. Después de un viaje de tres días a través de cinco nodos del Sistema
Bose y de una última fase subluminal, finalmente había aterrizado en el
hemisferio Estrellado de Ópalo. Pero Estrellado era una broma sin gracia. A
pesar de que aún no había amanecido, no se veía ni una sola estrella. En esa
época del año, cerca de la Marea Estival, era raro que se abriesen las nubes en
Ópalo. Al acercarse al planeta no había visto nada a excepción de un globo
uniforme y brillante. El mundo entero era agua, y cuando Dobelle alcanzaba su
punto más próximo a Mandel, su estrella primaria, las mareas estivales
alcanzaban su punto culminante y los océanos de Ópalo jamás veían el sol. Los
únicos sitios seguros eran las Eslingas, masas flotantes naturales de tierra y
vegetación enmarañada que se movían por la superficie de Ópalo impulsadas por
los vientos y las mareas.
Las
Eslingas más grandes tenían cientos de kilómetros de ancho. La estación de
lanzamiento de Estrellado se encontraba situada sobre una de las mayores.
Incluso así, Rebka se preguntó cómo le iría durante la Marea Estival. ¿Adonde
iría? ¿Lograría sobrevivir cuando llegasen las grandes marejadas?
Si
Teufel, su mundo natal, había sido Fuego, no cabía la menor duda de que Ópalo
era Agua.
¿Y
Sismo, la otra mitad del doblete planetario de Dobelle?
Un
infierno, a juzgar por lo que había escuchado y leído. Se decía que durante la
Marea Estival los eventos en Ópalo eran espectaculares y espeluznantes, aunque
se podía sobrevivir a ellos. En Sismo eran mortales.
Rebka
volvió a mirar el cielo y se sorprendió al descubrir que estaba claro. Ópalo y
Sismo estaban unidos por la marea y giraban furiosamente alrededor de su centro
de masa común. Un día en el sistema Dobelle no tenía más que ocho horas
oficiales. Sus reflexiones matinales se habían extendido hasta bien entrado el
amanecer. Apenas si tendría tiempo para un desayuno rápido; entonces un coche
aéreo lo trasladaría alrededor del planeta hacia el otro hemisferio, hacia
Sismoco... Hacia el trabajo más estúpido y menos productivo de su vida.
Rebka
maldijo el nombre de Max Perry y se dirigió a la puerta. Aún no había conocido
al hombre y ya estaba predispuesto para que le resultase antipático.
ARTEFACTO:
PARADOJA
UAC#:
35
Coordenadas
galácticas: 27.312,443/15.917,9027 + 135,66
Nombre:
Paradoja
Asociación
estrella/planeta: Darien/Kleindienst
Nodo
de Acceso Bose: 139
Antigüedad
estimada: 9,112 ±0,11 Megaaños
Historia
de su exploración: No se sabe cuántas veces ha sido descubierto Paradoja para
luego perderse toda información al respecto. Lo que sí se sabe es que en E.
1379 Ruttledge, Kaminski, Parzen y Lu-lan organizaron una expedición de dos
naves para investigar la anomalía de la refracción lumínica que aún no era
conocida como Paradoja.
Ruttledge
y Kaminski arribaron primero y registraron en el ordenador principal de la nave
su intención de entrar en la esfera de Paradoja, utilizando la pinaza de
exploración, mientras la nave permanecía a una buena distancia. Cinco días
después, al llegar Parzen y Lu-lan, se encontraron con la otra nave y su
pinaza, ambas en perfectas condiciones operativas. Ruttledge y Kaminski estaban
en la pinaza, vivos pero afectados de deshidratación y desnutrición. Eran
incapaces de hablar o de realizar los más simples movimientos motrices. Los
exámenes posteriores demostraron que sus memorias no guardaban más información
que la contenida en la mente de un recién nacido. Los bancos de datos y la
memoria del ordenador de la pinaza se hallaban completamente en blanco.
Siguiendo
un análisis de los registros de la otra nave, Parzen y Lu-lan echaron suertes
para decidir quién realizaría una segunda incursión al interior de Paradoja.
Lu-lan ganó y efectuó el descenso. Parzen no recibió ninguna señal de él, a
pesar de que habían acordado enviar un mensaje cada cuatro horas. Lu-lan
regresó, físicamente ileso, después de tres días. Su memoria estaba vacía de
toda información aprendida, aunque los conocimientos somáticos (instintivos)
estaban inalterados.
En
E. 1557, Paradoja fue declarada zona prohibida para todo aquel que no fuese un
investigador especialmente entrenado.
Descripción
física: Paradoja es una región esférica de cincuenta kilómetros de diámetro.
Sus límites externos revelan movimientos coloreados de «burbujas jabonosas»
sobre la superficie, reflejando o transmitiendo radiaciones de diversas
longitudes de onda, en forma aparentemente fortuita.
La
esfera es opaca en ciertas regiones espectrales (1,2223 metros), y del todo
transparente en otras (5,6366 micrómetros). No se sabe nada sobre el aspecto
interior de Paradoja.
El
tamaño de Paradoja y su aspecto no son invariables. Nueve veces durante su
historia se han detectado cambios en su tamaño y su color.
Naturaleza
física: Basándose en transmisiones que lo atraviesan, se cree que Paradoja
posee una compleja estructura interna. Sin embargo, jamás se ha obtenido Una
información directa a causa de su naturaleza destructora de información. La
mayor parte de los analistas creen que Paradoja es la extrusión
cuatridimensional en el espacio y el tiempo de un cuerpo de dimensiones mucho
mayores, tal vez la multiplicidad veinte/tres/siete de Ikro y H'miran.
Objetivo
propuesto: Desconocido. Sin embargo, Scorpesi ha conjeturado que Paradoja es
una «cuba purificadera» para grandes artefactos inteligentes de los
Constructores, tales como Elefante (véase Registro 859), antes de volver a
utilizarlos. No obstante, nótese que esta sugerencia es incongruente con las
dimensiones físicas de Elefante (4.000x900 kilómetros), a menos que tales
objetos fuesen sometidos a múltiples pasadas a través de la esfera Paradoja.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
2
Marea estival menos treinta y seis
Apenas
había comenzado el segundo turno de día laboral, y Birdie Kelly ya estaba
seguro de que sería un mal día. Tal vez el nuevo supervisor todavía estuviese a
medio mundo de distancia de Estrellado, pero el jefe ya estaba fastidiado por
la inminente llegada del hombre.
—¿Cómo
es posible que alguien que ni siquiera ha visitado este sistema sea competente
para controlar los viajes entre Ópalo y Sismo? —Max Perry miró a Birdie con
ojos tristes y apagados. Birdie observó el aspecto demacrado de su rostro y
pensó en lo bien que le vendría una comida abundante y un par de días de
descanso—. El tráfico hacia Sismo es asunto nuestro —continuó Perry—. Lo hemos
estado haciendo durante seis años. ¿Cuánto sabe al respecto este Rebka, un
completo extraño? Nada. ¿En las oficinas centrales del Círculo pensarán que no
es nada importante, que cualquier idiota puede comprender a Sismo? Nosotros
sabemos la importancia de prohibir el acceso a Sismo, especialmente ahora con
la Marea Estival a punto de llegar. ¿Pero lo saben ellos?
Birdie
escuchó el torrente de quejas de Max Perry y asintió con complacencia. Había
algo que era seguro: Perry era un buen hombre y un jefe concienzudo, pero tenía
sus obsesiones. Y sin duda el capitán Hans Rebka, quienquiera que fuese, haría
más difícil la vida de Birdie.
Birdie
suspiró y se reclinó en su silla de mimbre. La oficina de Perry se encontraba
en el piso superior del edificio más alto de Ópalo, en Sísmico, una estructura
experimental de cuatro plantas que había sido construida según las
especificaciones del mismo Perry. Birdie Kelly todavía se sentía incómodo allí.
Los cimientos descendían a través de capas de lodo y raíces enmarañadas, tanto
vivas como muertas. Atravesaban la Eslinga hasta el fondo y se introducían en
las aguas salobres del océano de Ópalo. Se mantenía a flote mediante una cámara
hueca justo bajo la superficie, y esta elevación hidrostática soportaba la
mayor parte del peso.
Ni
siquiera un edificio tan bajo resultaba seguro para Birdie. Las Eslingas eran
precarias; sin cimientos firmes, casi todos los edificios de Ópalo se limitaban
a una o dos plantas. Aunque durante los últimos seis meses esta Eslinga había
estado trabada en un punto, con la proximidad de la Marea Estival aquello
resultaría demasiado peligroso. Perry había ordenado que en el plazo de ocho
días se soltase la Eslinga para que se moviera a merced de las mareas... ¿Pero
sería eso lo suficientemente pronto?
El
comunicador sonó. Max Perry no le prestó atención. Estaba sentado en su silla
reclinada, mirando el cielo raso. Birdie sacudió su gastada chaqueta blanca, se
inclinó hacia delante y leyó el brillante indicador.
Birdie
hizo una mueca. El mensaje no colaboraría para mejorar el humor de Max Perry.
—El
capitán Rebka se encuentra más cerca de lo que pensábamos, señor —le dijo—. En
realidad abandonó Estrellado hace horas. Su coche aéreo debe de estar a punto
de aterrizar en unos pocos minutos.
—Gracias,
Birdie. —Perry no se movió—. Solicite que nos mantengan al tanto de las
novedades.
—Lo
haré, comandante. —Kelly sabía que había sido despedido por el momento, pero
hizo como si no lo supiera—. Antes de que llegue el capitán Rebka debería
echarle un vistazo a esto, señor. Lo más pronto que le sea posible.
Kelly
apoyó una carpeta sobre la mesa de junquillos trenzados que había entre ellos.
Luego volvió a reclinarse en su silla y aguardó. En su actual estado de ánimo,
Max Perry no podía ser presionado.
Él
techo de la habitación era transparente y se asomaba directamente al cielo de
Ópalo, que como de costumbre estaba nublado. El emplazamiento había sido
escogido con gran cuidado. Estaba cerca del centro de Sísmico, en una región
donde las pautas de circulación atmosférica aumentaban la probabilidad de áreas
despejadas. En ese momento había una breve apertura en las nubes, por la que se
veía Sismo. Con su superficie a sólo doce mil kilómetros del punto más cercano
de Ópalo, la esfera reseca ocupaba más de treinta y cinco grados del cielo como
un gran fruto, gris violáceo y extremadamente maduro, suspendido como a punto
de caer. Aunque desde aquella distancia parecía apacible, el oscuro limbo del
planeta ya mostraba los contornos suaves que revelaban las borrascas de polvo.
Sólo
faltaban treinta y seis días para la Marea Estival, menos de dos semanas
oficiales. En diez días Perry ordenaría la evacuación de la superficie de
Sismo, que supervisaría personalmente. En cada éxodo de los últimos seis años
había sido la última persona en abandonar Sismo y el primero en regresar
después de la Marea Estival.
Era
una compulsión en Perry. Y, a pesar de lo que Rebka pudiese desear, Birdie
Kelly sabía que Max Perry trataría de mantenerlo de ese modo.
La
noche ya estaba avanzando sobre la superficie de Ópalo. Su sombra oscura pronto
crearía la breve noche falsa del eclipse de Mandel sobre Sismo. Pero Perry y
Kelly no lograrían verlo. La apertura entre las nubes se estaba cerrando
rápidamente. Hubo un último destello de plata en el cielo: la luz que se
reflejaba en la brillante Estación Intermedia y en la parte inferior del
Umbilical. Y Sismo desapareció de la vista. Minutos después aparecieron las
primeras gotas de lluvia sobre el techo.
Perry
suspiró, se inclinó hacia delante y cogió la carpeta. Kelly sabía que el otro
hombre había registrado sus palabras sin que realmente las escuchara. Pero
Perry estaba seguro de que, si su mano derecha decía que debía revisarla de
inmediato, tenía que haber una buena razón para ello.
La
carpeta verde contenía tres largos sumarios, cada uno de los cuales era una
solicitud para visitar la superficie de Sismo. No había nada extraordinario en
aquello. Birdie había estado a punto de dar la aprobación de rutina después de
examinar los planes de viaje... hasta que vio el origen de las solicitudes.
Entonces supo que Perry tendría que verlos y que querría estudiarlos con
detalle.
El
comunicador volvió a sonar mientras Perry comenzaba a concentrarse en el
contenido de la carpeta. Birdie Kelly echó un vistazo al nuevo mensaje y
abandonó la habitación en silencio. Rebka estaba llegando, pero no era
necesario que Perry estuviera en la pista para recibirlo. Birdie podía ocuparse
de eso. Perry tenía suficientes preocupaciones con las solicitudes de visita.
Ninguna provenía del interior del sistema Dobelle... En realidad eran de mundos
del Círculo Phemus. Una pertenecía a la Cuarta Alianza; otra, a una remota
región de la Comunión Zardalu, tan lejana que Birdie no había oído hablar de
ella jamás; y otra, la más extraña de todas, había sido enviada por la
Federación Cecropia. Eso no tenía precedentes. Hasta donde Birdie sabía, ningún
cecropiano se había acercado nunca a años luz de Dobelle.
Y lo
más extraño era que cada visitante deseaba estar en la superficie de Sismo
durante la Marea Estival.
Cuando
regresó, Birdie Kelly hizo algo que sólo reservaba para las emergencias. Golpeó
la puerta antes de entrar. Aquello hizo que Perry le prestara atención de
inmediato.
Kelly
traía otra carpeta más y no estaba solo. Junto a él había un hombre delgado y
humildemente vestido, que lo miraba todo con brillantes ojos oscuros y que
parecía más interesado en los escasos muebles viejos que en el mismo Perry.
Sus
primeras palabras parecieron confirmar esa idea.
—Comandante
Perry, me alegra conocerle. Soy Hans Rebka. Sé que Ópalo no es un planeta rico.
Pero sin duda su situación aquí debería justificar algo mejor que esto.
Perry
dejó la carpeta y siguió la dirección de su mirada por la habitación. Era al
mismo tiempo una alcoba y una oficina. No tenía más muebles que una cama, tres
sillas, una mesa y un escritorio, todos viejos y desvencijados.
Perry
se alzó de hombros.
—Tengo
necesidades sencillas. Esto es más que suficiente.
—Estoy
de acuerdo —replicó el recién llegado sonriendo—. Aunque otros hombres y
mujeres no lo estarían.
A
pesar de cualquier otro sentimiento que su sonrisa pudiese ocultar, la
aprobación de Rebka era en parte bastante genuina. En los primeros diez
segundos con Max Perry, había podido desechar una idea que le había surgido
después de leer la historia de aquel sujeto. Hasta el planeta más pobre estaba
en condiciones de proporcionar grandes lujos para una persona, y algunos
hombres y mujeres permanecían en un planeta porque allí habían encontrado
riquezas y un alto nivel de vida, sin ninguna posibilidad de exportarlos. Pero,
fuera cual fuese el secreto de Perry, no podía ser ése. Vivía de un modo tan
simple como el mismo Rebka.
¿El
poder entonces?
Difícilmente.
Perry controlaba el acceso a Sismo y casi nada más. Aunque los permisos para
visitantes de otros mundos pasaban a través de él, cualquiera que tuviese
verdaderas influencias podía apelar a autoridades más altas en el consejo del
sistema Dobelle.
¿Cuál
era entonces el motivo que lo impulsaba? Debía existir alguno; siempre lo
había. ¿Pero cuál era?
Durante
las presentaciones oficiales y el intercambio de cortesías superficiales en
nombre del gobierno de Ópalo y del ministerio de Coordinadores Oficiales del
Círculo Phemus, Rebka concentró toda su atención en Perry.
Lo
hizo con un sincero interés. Hubiese preferido estar explorando Paradoja, pero,
a pesar de su desprecio por la nueva misión, no podía contener su curiosidad.
El contraste entre la historia de Perry y su posición actual era demasiado
llamativo. Antes de los veinte años, Perry ya había sido coordinador de sección
en uno de los ambientes más inhóspitos que el Círculo podía ofrecer. Había
manejado los problemas con sutileza y, sin embargo, había sido inflexible. La
última misión, por la cual debía pasar un año en Ópalo, era casi una
formalidad, el templado final del metal antes de que Perry fuese considerado
listo para trabajar en el ministerio de los Coordinadores.
Había
venido y se había quedado. ¿Por qué todos aquellos años en un trabajo sin
ninguna posibilidad de progreso, negándose a partir, perdiendo todo su ímpetu
anterior?
Perry
mismo no daba ningún indicio para averiguar el origen del problema. Era un
hombre de rostro pálido y ardiente, pero Rebka podía encontrar esa misma
palidez y ese ardor con sólo mirarse en el espejo. Ambos habían pasado sus
primeros años en planetas donde la supervivencia era un logro, y la
prosperidad, un imposible. El bocio prominente en el cuello de Perry hablaba de
un mundo en donde el yodo era escaso; sus piernas delgadas y algo torcidas
sugerían un temprano caso de raquitismo. No resultaba sencillo aclimatarse a
Mundohirviente. Al mismo tiempo, Perry parecía encontrarse en un excelente
estado de salud..., cosa que Rebka se ocuparía de verificar a su debido tiempo.
El buen estado físico aún apoyaba más la certeza de que debían existir
problemas mentales. Eso resultaría más difícil de examinar.
La
inspección no era unilateral. Mientras se intercambiaban los saludos formales,
Rebka sabía que Perry estaba efectuando su propia evaluación.
¿Pensaría
que el nuevo supervisor debía de ser un hombre desprestigiado por algún
servicio anterior o tal vez un pensionista holgazán? El gobierno del Círculo
tenía su cuota de personas que buscaban prebendas, perezosos dispuestos a dejar
que hombres como Perry hiciesen lo que quisieran, siempre y cuando el jefe no
tuviera que trabajar.
Al
parecer, Perry tenía prisa por saber con quién estaba tratando, ya que, en
cuanto terminaron de intercambiarse los saludos, pidió a Kelly que saliese e
invitó a Rebka a sentarse.
—Tengo
entendido que se hará cargo de sus funciones muy pronto, capitán.
—Más
que pronto, comandante. Mis funciones en Ópalo y Sismo ya han comenzado. Me han
dicho que empezaban en el mismo instante en que la nave se posara sobre la
pista de Estrellado.
—Bien.
—Perry sostenía la carpeta verde junto con el último documento que Kelly le
había entregado—. Justamente estaba revisando esto. Le agradecería que les
echase un vistazo y me diese su opinión.
En
otras palabras, demuéstrame lo listo que eres. Rebka cogió los documentos y los
hojeó en silencio durante un minuto o dos. No estaba seguro de qué se trataba
la prueba, pero no quería fallar.
—Todo
parece estar dentro del formato oficial correcto —dijo al fin.
—¿No
nota nada raro en ellos?
—Bueno,
tal vez la variedad de los solicitantes. ¿Con frecuencia reciben solicitudes de
visita que no provienen del sistema Dobelle?
—Pocas
veces. —Perry asentía con la cabeza mostrando respeto y fastidio a la vez—.
Ahora hemos recibido cuatro solicitudes, capitán, en un día. Todos quieren
visitar Ópalo y Sismo. Individuos de tres grupos importantes y además el
miembro de un consejo de la Alianza. ¿Sabe cuántos visitantes anuales solemos
recibir en Dobelle? Tal vez unos cincuenta... Y todos pertenecen a nuestros
pueblos, mundos del Círculo Phemus. Nunca nadie desea ir a Sismo.
Max
Perry volvió a coger la carpeta. Al parecer, Rebka había recibido cierta
aprobación inicial, porque el trato de Perry había perdido un poco de rigidez.
—Mire
ésta. Es de una cecropiana, por amor de Dios. En Dobelle nunca nadie ha visto a
una cecropiana viva, ni siquiera yo. Aquí no hay nadie que sepa cómo
comunicarse con ellas.
—No
se preocupe por eso. —Rebka volvió a fijar la vista en las hojas que tenía
delante—. Contará con su propio intérprete. Pero usted tiene razón. Si sólo
reciben cincuenta por año, cuatro en un día exceden ampliamente las
estadísticas. —Y no me lo has dicho, pensó, pero en lo que a ti se refiere son
cinco en un día,
¿verdad?
Estas solicitudes llegaron al mismo tiempo que yo, y para ti no soy más que
otro intruso—. ¿Entonces qué es lo que quieren todos ellos, comandante? No he
leído sus motivos.
—Diferentes
cosas. Ésta... —Perry señaló la página con un dedo enflaquecido—. Ésta acaba de
llegar. ¿Alguna vez ha oído hablar de un hombre llamado Julius Graves?
Representa al Consejo Ético de la Cuarta Alianza y, según esto, desea venir a
Ópalo para investigar un caso de asesinato múltiple en el que de alguna manera
están complicadas unas mellizas de Shasta.
—Un
mundo rico Shasta. Se encuentra muy lejos de Dobelle, en más de un sentido.
—Pero
según mi interpretación de los reglamentos, él puede oponerse a cualquier cosa
que digamos aquí.
—Oponerse
a nosotros o a cualquier otra persona de Dobelle. —Rebka cogió el documento en
sus manos—. Nunca he oído hablar de Julius Graves, pero los consejos éticos
tienen autoridad sobre todos los grupos. Nos resultará muy difícil discutir con
él.
—¡Y
no dice por qué viene hacia aquí!
—No
tiene por qué hacerlo. —Rebka volvió a mirar el formulario—. En su caso, esta
solicitud es una formalidad. Si desea venir, nadie puede detenerle. ¿Pero qué
hay de los otros? ¿Por qué quieren ir a Sismo?
—Atvar
H'sial, la cecropiana, dice que su especialidad es la evolución de los
organismos bajo circunstancias ambientales extremas. Sin duda Sismo cumple los
requisitos. Dice que quiere ir allí y ver cómo se adaptan las formas de vida
nativas durante la Marea Estival.
—¿Viaja
sola?
—No.
Con alguien o algo llamado J'merlia. Un lo'ftiano.
—Muy
bien. Ése debe de ser su intérprete. Los lo'ftianos son otra forma de vida de
la Federación Cecropia. ¿Quién más?
—Otra
mujer, Darya Lang, de la Cuarta Alianza.
—¿Humana?
—Eso
supongo. Asegura estar interesada en ver los artefactos de los Constructores.
—Pensaba
que sólo había uno en el sistema Dobelle.
—Es
verdad. El Umbilical. Darya Lang quiere echarle un vistazo.
—No
tiene que llegar hasta Sismo para hacerlo.
—Dice
que quiere ver cómo está fijado el Umbilical a la superficie de Sismo. Nunca
nadie ha entendido cómo hicieron los Constructores para programar su retracción
al espacio durante la Marea Estival. La historia de Lang es verosímil. Créala
si lo desea.
A
juzgar por su tono de voz, era evidente que Perry no la creía. A Rebka se le
ocurrió pensar que al menos tenían una cosa en común: su cinismo.
—También
está Louis Nenda —continuó Perry—. De la Comunión Zardalu. ¿Cuándo escuchó
hablar de ellos por última vez?
—Cuando
mantuvieron su última escaramuza con la Alianza. ¿Qué alega él?
—No
se molesta en explicarlo detalladamente, pero tiene que ver con su interés en
estudiar nuevas fuerzas físicas.
Quiere
investigar los terremotos en Sismo durante la Marea Estival. Hay una nota a pie
de página, que habla sobre la teoría de la estabilidad de las biosferas,
aplicándola a Sismo y a Ópalo. Oh, y Nenda trae a un hymenopt consigo, como
mascota. Los únicos hymenopt que se han visto en Ópalo están embalsamados en el
Museo de las Especies. Júntelos a todos, capitán, ¿y qué es lo que obtiene?
Rebka
no respondió a eso. A menos que todos los expedientes de Perry fuesen falsos,
detrás de aquellos ojos apagados y tristes había una inteligencia flexible y
sutil. Ni por un momento pensó que Perry le estuviese pidiendo consejo porque
creyera que lo necesitaba. Lo estaba sondeando. Probaba su propia intuición y
su sentido del equilibrio.
—¿Cuándo
pretenden arribar?
—Según
esto, Darya Lang traspuso el último Nodo Bose hace tres días. Eso significa que
se encuentra en el último tramo subluminal antes del Aeropuerto de Estrellado.
La petición de aterrizaje podría llegar en cualquier momento. El resto se
encuentra a unos días de distancia.
—¿Qué
recomienda que hagamos?
—Le
diré lo que recomiendo no hacer. —Por primera vez, la emoción apareció en el
rostro delgado de Max Perry—. Podemos permitirles visitar Ópalo —aunque eso no
será ninguna broma durante esta Marea Estival—, pero no podemos, bajo ninguna
circunstancia, dejar que pongan un pie sobre Sismo.
Lo
cual significa, pensó Rebka, que mis instintos tuvieron razón allá en
Estrellado. Si quiero averiguar qué es lo que retiene a Max Perry en Dobelle,
es probable que tenga que hacer exactamente eso: visitar Sismo durante la Marea
Estival. Qué diablos. No puede ser más peligroso que el descenso a Paradoja.
Pero examinemos las cosas un poco antes de saltar demasiado lejos.
—No
estoy convencido de lo que dice —respondió, y observó cómo la aprensión
aparecía en los ojos apagados de Perry—. Esta gente viene desde muy lejos para
ver Sismo. Estarán dispuestos a pagar muy bien a Dobelle por el privilegio, y
este sistema necesita todo lo que pueda obtener. Antes de negarles el acceso,
quiero hablar por lo menos con Darya Lang. Y tal vez necesite ver con mis
propios ojos la superficie de Sismo cerca de la Marea Estival... pronto.
Sismo
cerca de la Marea Estival. Ante aquellas palabras apareció otra expresión en el
rostro de Max Perry. Pena. Culpa. ¿Anhelo tal vez? Podía ser cualquiera de
ellas. Rebka lamentó no conocerlo mejor. Sin duda el semblante de Perry
revelaba las respuestas a cien preguntas... para aquel que supiera leerlo.
3
Marea estival menos treinta y tres
Hans
Rebka había llegado a Dobelle desorientado y furioso. En su camino subluminal,
tres días después de abandonar el último Punto de Transición Bose hacia la
estación de Ópalo, Darya Lang no tenía espacio para la ira.
Estaba
nerviosa; más que nerviosa, estaba asustada.
Durante
más de la mitad de su vida, había sido una investigadora científica, una
arqueóloga cuya mente se sentía de lo más cómoda siete millones de años en el
pasado. Había llevado a cabo el estudio más completo sobre los artefactos de
los Constructores, ubicando, escuchando, comparando y catalogando cada uno de
los que habían sido descubiertos en territorio de la Cuarta Alianza, al tiempo
que registraba los momentos precisos de los cambios en sus apariciones
históricas o en sus aparentes funciones. Pero había hecho todo eso de forma
pasiva, desde el puerto tranquilo que era su oficina en Puerta Centinela. Ella
conocía de memoria las coordenadas de los mil doscientos extraordinarios
artefactos esparcidos por todo el brazo espiral y podía explicar todo lo que
sabía hasta el momento sobre cada uno de ellos. Pero aparte de Centinela, cuya
figura brillante era visible desde su planeta natal, nunca había visto ninguno
de ellos.
—¿Por
qué no iba a ir? —preguntó cuando el Comité de la Cuarta Alianza en Miranda le
envió a su representante. Estaba temblando de tensión y fastidio—. Si la
anomalía es de alguien, me pertenece a mí. Fui yo quien la descubrió.
—Eso
es cierto. —La delegada Pereira era una mujer pequeña y paciente, con la piel
oscura y los ojos dorados. Aunque no parecía intimidatoria, a Darya Lang le
resultaba difícil enfrentarla—. Y, después de recibir su informe, lo hemos
confirmado con cada artefacto. Nadie trata de negarle el mérito por su
descubrimiento. Todos admitimos que es nuestra experta en lo que se refiere a
los Constructores y que está sumamente informada sobre su tecnología...
—¡Nadie
comprende la tecnología de los Constructores! —Aun en medio de su irritación,
Darya no podía dejar pasar eso.
—Me
refería a que nadie en la Alianza sabe más. Y repito, como está sumamente
informada sobre la tecnología de los Constructores, resulta evidente que es la
persona más calificada para investigar la significación de la anomalía. —La voz
de la mujer se tornó más suave—. Pero al mismo tiempo, profesora Lang, debe
admitir que tiene poca experiencia en viajes interestelares.
—No
tengo ninguna, y usted lo sabe. Pero todos, desde usted hasta mi tío Matra, me
han dicho que los viajes interestelares ofrecen un riesgo insignificante.
—Profesora,
no es el viaje lo que nos preocupa —replicó la delegada suspirando—. Mire a su
alrededor. ¿Qué es lo que ve?
Darya
alzó la cabeza y observó el jardín. Flores, enredaderas, árboles, el arrullar
de los pájaros, los últimos rayos del sol proyectando haces de luz entre el
enrejado de la parra... Todo estaba normal. ¿Qué se suponía que debía ver?
—Todo
se ve bien.
—Está
bien. A eso me refiero. Ha vivido toda su vida en Puerta Centinela. Este mundo
es un jardín. Uno de los planetas más ricos y hermosos que conocemos..., mucho
más bello que Miranda, donde vivo yo. Pero usted solicita ir a Sismo, a un
mundo sucio, deprimente y peligroso, con la loca esperanza de encontrar allí
nuevas evidencias sobre los Constructores. ¿Puede darme una sola razón para
pensar que Sismo tiene un potencial semejante?
—Usted
conoce la respuesta. Mi descubrimiento proporciona esa razón.
—Una
anomalía estadística. ¿Quiere soportar la miseria y la incomodidad por
consideración a las estadísticas'?
—Por
supuesto que no. —Darya sentía que la otra mujer la menospreciaba, y eso era
algo que no podía soportar—. Nadie quiere estar incómodo. Delegada Pereira,
usted admite que en la Cuarta Alianza no hay nadie que sepa más sobre los
Constructores que yo. Supongamos que no voy y lo hace alguna otra persona, y
que quienquiera que vaya en mi lugar fracasa por falta de conocimientos cuando
yo podría haberlo logrado. ¿Cree que alguna vez podría perdonarme a mí misma?
En
lugar de responder, Pereira fue hasta la ventana y llamó a Darya Lang con una
seña. Entonces señaló el cielo cada vez más oscuro. Centinela brillaba cerca
del horizonte, una esfera fulgurante y estriada a doscientos millones de
kilómetros de distancia.
—Supongamos
que le digo que conozco una forma para atravesar el escudo protector de
Centinela y explorar la Pirámide en el centro. ¿Querría ir conmigo?
—Por
supuesto. He estudiado a Centinela desde que era una niña. Si estoy en lo
cierto, la Pirámide podría contener una biblioteca sobre las ciencias de los
Constructores... y tal vez también sobre su historia. Pero nadie sabe cómo
atravesar el escudo. Lo hemos estado intentando durante mil años.
—Pero
supongamos que podemos hacerlo.
—Entonces
querría ir.
—Supongamos
que el viaje entrañase peligros y molestias.
—De
todos modos querría ir.
La
delegada asintió con la cabeza y se sentó. Durante varios segundos guardó
silencio mientras la oscuridad continuaba cayendo.
—Muy
bien —dijo al fin—. Se dice que usted es una persona lógica, profesora Lang, y
me agrada pensar que yo también lo soy. Si está dispuesta a correr los riesgos
del escudo de Centinela, y ésos son riesgos desconocidos, tiene derecho a
afrontar los peligros menores de Sismo. En cuanto al viaje hacia el sistema
Dobelle, los humanos hemos creado el Propulsor Bose y sabemos exactamente cómo
funciona. Sabemos cómo utilizar el Sistema Bose. La experiencia es atemorizante
en un principio, pero existen pocos peligros. Y tal vez, si puede utilizar ese
sistema para explorar la anomalía estadística que usted sola descubrió, logre
obtener los medios necesarios para desvelar el secreto de Centinela. No puedo
negar esa secuencia lógica. Usted tiene derecho a realizar el viaje. Aprobaré
su solicitud.
—Gracias,
delegada Pereira.
Con
la victoria, Darya sintió un escalofrío que no fue causado por el aire
nocturno. Estaba pasando de la agradable teoría al compromiso.
—Pero
hay otra cosa. —La voz de Pereira se tornó más dura—. Confío en que no habrá
hablado con nadie fuera de la Alianza sobre su descubrimiento de la anomalía.
—No.
Con nadie. Sólo lo envié por los conductos normales de información. A nadie más
le importaría saberlo. Yo quería...
—Bien.
Asegúrese de que eso no se modifique. Para su información, ahora la anomalía
está siendo tratada como un secreto oficial de la Cuarta Alianza.
—¡Un
secreto! ¡Si cualquiera podría efectuar el mismo análisis que hice yo! ¿Por
qué...?
Lang
se calmó. Si decía que cualquiera era capaz de hacer el trabajo, podía perder
su derecho de propiedad sobre la anomalía... y el viaje a Sismo.
La
delegada la miró con el rostro serio y finalmente asintió.
—Recuérdelo,
está a punto de embarcarse en un viaje de más de setecientos años luz, en el
que traspasará las fronteras de la Alianza. En cierto sentido la envidio. Yo
nunca he realizado una travesía semejante. No tengo nada más que decir, excepto
desearle el mejor de los viajes y todos los éxitos en su misión.
Darya
apenas si podía creer que había ganado después de semanas de papeleos y
vacilaciones por parte de la Cuarta Alianza. Una vez que estuvo en marcha y
hubo dado su paso inicial a través del Sistema, todos los peligros del
Propulsor Bose parecieron desvanecerse. La primera Transición fue
desconcertante, no por los sentimientos que ésta le produjo sino por su
ausencia. La Transición fue instantánea e imperceptible, lo que no parecía
bien. El cerebro humano debía darse por enterado de que tanto él como la nave
que lo llevaba habían sido transportados a través de cien años luz o más. Tal
vez una ligera conmoción, pensó Darya, un poco de náusea o algún sentimiento de
desorientación.
Pero
en la segunda y tercera Transición esa inquietud se desvaneció, tal como le
había prometido la delegada Pereira. Darya pudo aceptar como un hecho los
misterios del Propulsor Bose.
Lo
que no disminuyó fue su propia sensación de ineficiencia. Era muy mala
mintiendo; siempre lo había sido. El sistema Dobelle no contenía más que una
estructura que se remontaba a los Constructores: el Umbilical. Y éste era un
artefacto menor, con una forma de operar evidente aunque los controles que lo
gobernaban permanecían en el misterio. Ella nunca hubiese hecho un viaje tan
largo sólo para ver el Umbilical. Nadie lo haría. Sin embargo, ése era el
motivo oficial que la Alianza había presentado para su visita.
Sabía
que alguien le preguntaría por qué había hecho algo tan extraño. En todos sus
años como investigadora no había habido nada que le enseñase a simular las
cosas. Su rostro la delataría.
La
imagen de Dobelle calmó un poco su inquietud. En un universo que para ella
estaba poblado por los milagros de los Constructores, aquí había una maravilla
natural que rivalizaba con ellos. Cuarenta o cincuenta millones de años atrás,
el doblete planetario de Sismo y Ópalo había orbitado a la estrella Mandel en
un curso casi circular. Esa órbita había permanecido estable durante miles de
millones de años, resistiendo a la fuerza gravitatoria del pequeño y remoto
compañero de Mandel, Amaranto, junto con las de sus dos gigantescos planetas
gaseosos, que se movían en sus órbitas excéntricas a quinientos y setecientos
millones de kilómetros de él. El ambiente había estado tranquilo para ambos
miembros del doblete planetario Dobelle, hasta que un encuentro de los dos
gigantes gaseosos arrojó a uno de ellos hacia Mandel. Ese extraño sin nombre
había emergido de su trayectoria con un curso modificado que lo alejaba del
sistema estelar para arrojarlo hacia el vacío.
Ese
hubiese sido el fin de la historia..., de no haber sido porque Dobelle estaba
en la ruta de salida del extraño. El gigante gaseoso había efectuado una danza
compleja alrededor del doblete planetario, acercando a Sismo y a Ópalo entre sí
mientras cambiaba sus órbitas combinadas a una con un periastro que se
aproximaba mucho más a Mandel. Entonces el extraño se había desvanecido en la
historia. Sólo Dobelle y el gigante gaseoso permanecieron allí; sus elementos
orbitales todavía cambiantes permitían una reconstrucción exacta de los eventos
pasados.
Sólo
faltaban un par de semanas para la Marea Estival, el momento en que Dobelle se
encontraba más cerca de Mandel. Si el análisis de Darya Lang era correcto,
sería un momento de gran importancia en el brazo espiral. Y también en su
propia vida. Finalmente se demostraría que sus teorías eran verdaderas. O
falsas.
Darya
fue hasta la portilla y observó cómo la nave se acercaba a Dobelle. Ópalo y
Sismo giraban uno alrededor del otro en una danza enloquecida, efectuando tres
giros completos en un día oficial. Ella alcanzaba a ver su movimiento. Sin
embargo, la velocidad era algo relativo. El encuentro de la nave con la pista
de aterrizaje en Ópalo parecía difícil, pero era un problema trivial para los
ordenadores de navegación que llevarían a cabo ese encuentro.
Los
problemas no provendrían de allí, sino de los humanos que aguardaban para
recibirla. El tono del mensaje con que le permitían llegar a Ópalo sonaba
ominoso: «Proporcione identificación completa de su patrocinador. Declare
duración de su permanencia. Especifique detalles de descubrimientos esperados.
Explique por qué ha solicitado visita en momento crítico. Diga por qué desea
visitar Sismo. Proporcione información acreditada o pago por adelantado no
reembolsable. Firma: Maxwell Perry, comandante.»
¿Los
funcionarios de inmigración de Ópalo serían igualmente hostiles con todos los
visitantes de otros mundos? ¿O su propia paranoia no sería tal, sino una
inquietud con buenos fundamentos?
Aún
se encontraba junto a la portilla cuando la nave comenzó su descenso final.
Como se acercaba desde la dirección de Mandel, Darya tuvo una buena vista del
doblete, iluminado por el sol. Sabía que Ópalo sólo era un poco más grande que
Sismo —5.600 kilómetros de radio, comparado con los 5.100 de Sismo—, aunque el
ojo humano se empecinaba en ver una diferencia mucho mayor. La bola iridiscente
de Ópalo con su forma algo ovoide, con su eje que siempre señalaba hacia su
planeta gemelo, cobraba gran importancia. El ovoide más pequeño y oscuro de
Sismo se cernía a su lado, un heliotrope bruñido contra la gema brillante que
era su compañero. Ópalo era monótono, pero la superficie de Sismo estaba llena
de texturas, sembrada de manchas color morado intenso y verde oscuro. Trató de
distinguir el hilo del Umbilical, pero desde aquella distancia resultaba
invisible.
La
entrada en el sistema Dobelle no ofrecía ninguna opción. Sólo había un
espaciopuerto, ubicado en el centro del hemisferio Estrellado de Ópalo. No
había ninguna pista en Sismo. Según sus textos, la única vía segura para
acceder a Sismo pasaba por Ópalo.
¿Vía
segura para acceder a Sismo?
Aunque
era una bonita idea, Darya recordó lo que había leído sobre Sismo y la Marea
Estival. Tal vez los textos de consulta necesitaban encontrar otras palabras,
al menos para esta época del año.
En
la Cuarta Alianza, los archivos de referencia hablaban aún peor que la delegada
Pereira sobre los mundos controlados por el Círculo Phemus: «Remotos...,
empobrecidos..., atrasados..., poco poblados..., bárbaros.»
Las
estrellas del Círculo se encontraban en una región controlada por tres especies
de importancia en el brazo espiral. Pero con su expansión, la Cuarta Alianza,
la Comunión Zardalu y la Federación Cecropia habían mostrado muy poco interés
por el Círculo Phemus. Allí no había nada que valiera la pena comprar, negociar
o robar. Apenas si había lo suficiente para justificar una visita.
A
menos que uno estuviese buscando problemas. Se suponía que los problemas eran
algo muy sencillo de encontrar en cualquier mundo controlado por el Círculo.
Darya
Lang bajó de la nave y pisó el suelo esponjoso de la pista de Estrellado.
Entonces miró a su alrededor con recelo. Los edificios eran bajos y apretados
al suelo, construidos con algo que parecía ser caña y lodo seco. Nadie
aguardaba para recibir a la nave. Ópalo era descrito como pobre en metales, en
madera y en gente. Lo único que tenía era agua; la había en grandes cantidades.
Cuando
su pie se hundió uno o dos centímetros en la superficie blanda, Darya se sintió
aún más inquieta. Nunca había visitado un mundo acuoso, y sabía que, en lugar
de rocas y suelo sólido, bajo sus pies no había más que la frágil e
insustancial corteza de la Eslinga. Debajo de ella estaban las aguas salobres,
con un par de kilómetros de profundidad. Los edificios tenían una buena razón
para aferrarse al suelo. Si eran demasiado altos y pesados, lo atravesaban.
De
pronto le sobrevino un extraño pensamiento: ella ni siquiera sabía nadar.
Los
tripulantes de la nave que la había traído continuaban ocupados con los
procedimientos finales del aterrizaje. Darya comenzó a caminar hacia el
edificio más cercano. Finalmente había dos hombres que salían de él para
recibirla.
Su
presentación en Ópalo no era muy prometedora. Ambos hombres eran bajos y
delgados... Darya Lang era diez centímetros más alta que cualquiera de ellos.
Estaban vestidos con unos uniformes igualmente sucios, con ropas que compartían
su aspecto viejo y remendado; a cierta distancia podían haber parecido
hermanos, con unos diez años de diferencia entre uno y otro. Cuando estuvo más
cerca, pudo notar sus diferencias.
El
hombre mayor tenía un aire amigable e informal, junto con un andar que
irradiaba confianza. La descolorida insignia de capitán que lucía en el hombro
indicaba que era el mayor de los dos en rango además de serlo en edad.
—¿Darya
Lang? —dijo en cuanto estuvieron lo suficientemente cerca. Le sonrió y extendió
la mano, pero no para estrechársela—. Yo me ocuparé de sus formularios de
ingreso. Soy el capitán Rebka.
Agrega
«bruscos» a la lista de palabras que describen a los habitantes del Círculo
Phemus, pensó. Agrega también «poco aseado» y «castigado» a la descripción
física de Rebka. El rostro del hombre tenía una docena de cicatrices, la más
notable de las cuales se extendía en una línea doble desde su sien izquierda
hasta la punta de su mentón. Sin embargo, el efecto general no era
desagradable..., más bien todo lo contrario. Para su sorpresa, Darya percibió
el indescriptible cosquilleo de la atracción mutua.
Le
entregó los papeles e internamente lo disculpó por las cicatrices y el uniforme
sucio. El polvo era sólo superficial, y tal vez Rebka había sufrido alguna
desgracia excepcional.
Aunque
el hombre más joven se veía igual de sucio y tenía sus propias cicatrices. En
algún momento su cuello y un lado de su rostro habían sufrido una terrible
quemadura; mostraba un torpe intento de cirugía plástica que nunca hubiese sido
aceptado en Puerta Centinela.
Tal
vez había sido esa quemadura la que dejara la piel de su rostro carente de
flexibilidad. Su expresión era muy diferente a la de Rebka. Mientras que el
capitán era jovial y agradable, a pesar de su desaliño y falta de finura, el
otro hombre parecía reservado y distante. Su rostro era tenso e inexpresivo, y
apenas si parecía consciente de su presencia, a pesar de que Darya se
encontraba a menos de dos metros de él. Y, mientras que Rebka mostraba una
excelente condición física, el otro tenía un aspecto poco saludable; la
apariencia de un hombre que no se alimentaba regularmente ni se preocupaba en
lo más mínimo por su propia salud.
Sus
ojos parecían discrepar con su rostro joven. Muertos y sin interés por nada,
eran los ojos de un hombre que se había apartado de todo el universo. A Darya
le pareció poco probable que llegase a causarle problemas.
Justo
en el momento en que alcanzaba esa agradable conclusión, el rostro que tenía
delante se iluminó, y el hombre le espetó:
—Mi
nombre es Perry. Comandante Maxwell Perry. ¿Por qué desea visitar Sismo?
La
pregunta destruyó por completo su compostura. Al venir sin la tradicional
cortesía que nunca faltaba en las presentaciones de la Alianza, Darya Lang se
convenció de que esta gente lo subía... Sabía lo de la anomalía, conocía su
papel en el descubrimiento y sabía qué había ido a buscar allí. Darya sintió
que su rostro se tornaba rojo.
—El...
el Umbilical. —Tuvo que esforzarse para encontrar palabras—. He... he hecho un
estudio especial sobre los artefactos de los Constructores; ha sido el trabajo
de mi vida. —Se detuvo y se aclaró la garganta—. He leído todo lo que he podido
encontrar sobre el Umbilical, pero quiero verlo por mí misma y averiguar cómo
funcionan las ligaduras en Ópalo y en Sismo. Y descubrir cómo la Estación
Intermedia controla el Umbilical en su movimiento al espacio durante la Marea
Estival. —Darya se quedó sin aliento.
Perry
permaneció inexpresivo, pero el capitán Rebka tenía una pequeña sonrisa en el
rostro. Ella estaba segura de que era capaz de ver a través de sus palabras.
—Profesora
Lang. —Rebka estaba leyendo sus papeles de admisión—. No desalentamos a los
visitantes. Dobelle necesita todas las fuentes de ingresos que pueda obtener.
Pero este momento del año es peligroso en Ópalo y en Sismo.
—Lo
sé. He leído respecto a las marejadas de Ópalo y los terremotos de Sismo.
—Volvió a aclararse la garganta—. Yo no acostumbro buscar el peligro. —Al menos
eso era cierto, pensó con ironía—. Me propongo ser muy cautelosa y tomar todas
las precauciones.
—Así
que ha leído sobre la Marea Estival. —Perry se volvió hacia Rebka, y Darya Lang
percibió una tensión entre los dos hombres—. Al igual que usted, capitán Rebka.
Pero leer sobre algo no es lo mismo que experimentarlo. Y ninguno de ustedes
parece comprender que esta vez la Marea Estival será diferente a todas las
demás que hemos visto.
—Cada
vez debe de ser diferente —dijo Rebka con calma. Aunque estaba sonriendo, Darya
Lang podía percibir el conflicto. Rebka era el de más edad y el de mayor rango,
pero en el tema de la Marea Estival el comandante Perry no aceptaba su
autoridad.
—Ésta
es excepcional —respondió Perry—. Y tomaremos precauciones excepcionales,
incluso en Ópalo. En cuanto a lo que puede ocurrir en Sismo, no tengo la menor
idea.
—A
pesar de que usted ha vivido media docena de mareas estivales.
Rebka
había perdido la sonrisa. Los dos hombres estaban enfrentados en silencio
mientras Darya los contemplaba. Ella presentía que el destino de su propia
misión dependía de la discusión que estaban manteniendo.
—La
Gran Conjunción —anunció Perry después de unos segundos. Por fin escuchó Darya
una afirmación que tenía sentido para ella como científica.
Mientras
trabajaba en el catálogo de artefactos Lang, había estudiado detalladamente la
geometría orbital del sistema Mandel. Sabía que Amaranto, la compañera enana de
Mandel, solía alejarse tanto de la primaria que la iluminación que
proporcionaba a Dobelle era poco más intensa que la de una estrella. Sin
embargo, cada tantos milenios, su movimiento la acercaba mucho más, a menos de
un billón de kilómetros de Mandel. Gargantúa, el gigantesco planeta gaseoso que
quedaba en el sistema y que se movía en el mismo plano orbital, también tenía
su propio punto de aproximación con Mandel.
En
Dobelle, la Marea Estival solía ocurrir cuando tanto Gargantúa como Amaranto
estaban lejos de Mandel. Pero las tres órbitas se encontraban en un enlace de
resonancia. En raras ocasiones, Amaranto y Gargantúa se acercaban juntos a
Mandel, en un momento que coincidía con la Marea Estival en Ópalo y Sismo. Y
entonces...
—La
Gran Conjunción —repitió Perry—. Cuando todo se alinea con el periastro, y en
Ópalo y Sismo tanto las marejadas como los terremotos alcanzan su punto máximo.
No tenemos idea de cuál será este punto. La Gran Conjunción sólo ocurre una vez
cada trescientos cincuenta mil años. La última vez fue mucho antes de que los
humanos se establecieran en Dobelle. Para la próxima sólo faltan treinta y tres
días..., menos de dos semanas oficiales. Nadie sabe qué ocurrirá con Ópalo y
Sismo en esta Marea Estival, pero lo que sí sé es que las fuerzas de las mareas
serán devastadoras.
Darya
miró el suelo blando bajo sus pies. Tenía la terrible sensación de que la
frágil capa de lodo y plantas ya se estaba deshaciendo bajo el asalto de
monstruosas mareas. No importaba qué peligros pudiesen aguardar en Sismo;
seguramente serían preferibles a permanecer en Ópalo.
—¿Y
entonces no estarían más seguros en Sismo? —preguntó.
Perry
meneó la cabeza.
—En
Ópalo hay una población permanente de más de un millón de personas. Para
alguien como usted, que proviene de un mundo de la Alianza, eso puede parecer
igual a nada. Pero es mucho para un mundo del Círculo. En mi planeta natal no
había ni siquiera un cuarto de esa cifra.
—Y
en el mío, menos de un octavo de ella —terció Rebka con suavidad. Nadie
permanecía en Teufel si tenía una forma de salir de allí.
—¿Pero
conocen la población permanente de Sismo? —Perry los miró a ambos con ira
mientras Lang se preguntaba cómo en algún momento lo había considerado
tranquilo e impasible—. Es cero —dijo él después de una pausa—. ¡Cero! ¿Les
dice eso algo sobre cómo es la vida en Sismo?
—No
obstante, existe vida en Sismo. —Ella había estudiado el índice planetario—.
Vida estable.
—Es
cierto. Pero no se trata de vida humana. No podría serlo. Es vida nativa.
Ningún humano lograría sobrevivir en Sismo durante la Marea Estival... Ni
siquiera durante una normal.
Perry
se volvía cada vez más agresivo. Darya comprendió que no tendría ninguna
posibilidad de llevar a cabo su plan de visitar Sismo. El le negaría el acceso,
y no lograría acercarse más a Sismo que hasta el espaciopuerto de Estrellado.
Mientras decidía esto, recibió ayuda de una dirección inesperada.
Rebka
se volvió hacia Max Perry y alzó un dedo flaco para señalar el cielo nublado de
Ópalo.
—Es
probable que tenga razón, comandante Perry —replicó con suavidad—. Pero
supongamos que los viajeros vienen a Dobelle justamente porque se va a producir
la Gran Conjunción. No consideramos esa posibilidad cuando examinamos sus
solicitudes. —Se volvió para mirar a Darya Lang—. ¿Es ésa su verdadera razón
para estar aquí?
—No.
Definitivamente no. —Darya se sintió aliviada al poder brindar una respuesta
sincera—. No había pensado en la Conjunción hasta que el comandante Perry la
mencionó.
—Yo
la creo. —Rebka sonrió.
De
pronto ella se convenció de que era verdad. Pero entonces recordó las palabras
de la delegada Pereira: «No confíe en nadie del Círculo Phemus. Practican
técnicas de supervivencia que los de la Alianza nunca nos hemos visto forzados
a aprender.»
—Los
motivos que tiene la gente para venir aquí no hacen al caso, por supuesto
—continuó él—. No convierten a Sismo en un sitio más seguro. —Giró hacia
Perry—. Y estoy seguro de que tiene razón sobre los peligros de Sismo durante
la Marea Estival. Por otro lado, tengo la responsabilidad de incrementar al
máximo los ingresos de Dobelle. Ése es mi trabajo. No es responsabilidad
nuestra proteger a los visitantes más allá de nuestro deber de ponerlos sobre
aviso. Si ellos deciden proseguir conociendo los riesgos, es su elección. No
son niños.
—No
tienen noción de cómo es Sismo durante la Marea Estival. —El rostro de Perry
tenía manchas blancas y rojas. Estaba invadido por una fuerte emoción—. Usted
no tiene idea.
—Todavía
no. Pero la tendré. —La actitud de Rebka volvió a cambiar. Se convirtió en un
jefe que dictaba órdenes—. Estoy de acuerdo con usted, comandante. Sería
irresponsable que la profesora Lang visitara Sismo... hasta que estemos seguros
de los riesgos. Pero, una vez que los hayamos comprendido... y podamos
explicarlos..., no tenemos por qué ser excesivamente solícitos. Por lo tanto,
usted y yo iremos a Sismo, mientras la profesora Lang permanece aquí, en Ópalo.
—Se volvió hacia Darya—. Y cuando regresemos... Bueno, entonces tomaré mi
decisión, profesora Lang.
ARTEFACTO:
CENTINELA
UAC
#: 863
Coordenadas
galácticas: 27.712,863/16.311,031/761,157
Nombre:
Centinela
Asociación
estrella/planeta: Ryders-M/Puerta Centinela
Nodo
de Acceso Bose: G-232
Antigüedad
estimada: 5,64 ± 0,07 Megaaños
Historia
de su exploración: Centinela fue descubierto en el Año Expansión 2649 por
colonos humanos de la región trans-Oriónica. Primer intento de entrar, E.2674,
efectuado por Bernardo Gullemas y los tripulantes de la nave exploradora D-33
de la clase Cíclope. No hubo supervivientes. Subsiguientes intentos en E.2682,
E.2695, E.2755, E.2803 y E.2991. No hubo supervivientes.
Faro
de advertencia colocado en E.2755; puesto de control establecido en el planeta
más cercano (Puerta Centinela) en E.2762.
Descripción
física: Centinela es una región casi esférica e inaccesible. No posee fuentes
de energía visibles, pero resplandece suavemente con una luz propia (magnitud
absoluta + 25) y puede verse desde cada punto del sistema Ryders-M. La
impenetrable superficie de Centinela permite el paso de luz en los dos sentidos
y el de las radiaciones en cualquier longitud de onda, pero refleja todos los
objetos materiales incluyendo partículas atómicas y subatómicas. Existe flujo
fotónico sólo desde el interior, sin emisión de partículas. La iluminación
láser del interior es posible, y revela una diversidad de estructuras en el
centro de la esfera. La más destacada de ellas es «la Pirámide», una estructura
tetraédrica regular que absorbe toda la luz que cae sobre ella. Si las
distancias internas de Centinela tienen significado (existen evidencias de que
no es así; véase más adelante), entonces la Pirámide tendría aproximadamente
noventa kilómetros de lado. No se han detectado aumentos en la temperatura de
la Pirámide, ni siquiera cuando la radiación absorbida incidente alcanza el
nivel de gigavatios.
Mediciones
de trayectoria utilizando láser han mostrado que el interior de Centinela no se
encuentra conectado de forma simple; la duración mínima de un viaje a velocidad
de la luz es de 4,221 minutos, comparada con un tiempo en la geodésica de 3,274
segundos, para una distancia equivalente en el espacio vacío y alejada de la
materia. Para la luz incidente en el «ecuador» de Centinela, los tiempos de
tránsito transversales son infinitos, o al menos exceden los mil años. La
incidencia rasante de rayos láser indica la inexistencia de masa en el interior
de Centinela, resultado que es incongruente con la estructura interior
observada.
Centinela
se encuentra a la distancia precisa de 22,34 u.a. de la estrella primaria
Ryders-M, pero no órbita a su alrededor. Las fuerzas gravitatorias y la presión
radiactiva o bien están exactamente compensadas por algún mecanismo desconocido
en Centinela o no actúan en absoluto sobre la estructura.
Naturaleza
física de Centinela: Según Wollaski'i y Drews, Centinela aprovecha y está
construido en torno a una anomalía natural del espacio-tiempo y sólo posee un
acoplamiento físico frágil con el resto del universo. De ser así, es uno de los
treinta y dos artefactos que los Constructores crearon utilizando
peculiaridades naturales y preexistentes.
La
topología de Centinela parece ser la de un nudo Ricci-Cartan-Penrose en
espacio-7.
Objetivo
propuesto: Desconocido. Sin embargo, se conjetura (por analogía con otros
artefactos de los Constructores, véanse Registros 311, 465 y 1.223) que la
Pirámide posee una capacidad de almacenar información y una duración tendentes
a infinito. Por ese motivo se ha sugerido (Lang, E.4130) que la Pirámide, y
posiblemente todo Centinela, conforman una biblioteca de los Constructores.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
4
Marea estival menos treinta y uno
La
primera parte del vuelo a Sismo transcurrió en completo silencio. Cuando quedó
claro que Hans Rebka estaba decidido a ir y que no habría forma de disuadirlo,
toda la energía de Perry se desvaneció. Se sumió en un extraño letargo y se
sentó junto a Rebka en el coche aéreo para mirar hacia delante. Se levantó unos
instantes cuando llegaron al pie del Umbilical, pero sólo el tiempo necesario
para conducirlo hasta una cápsula de pasajeros e iniciar la secuencia de mando
para el ascenso.
Visto
desde el nivel del mar, el Umbilical era impresionante, pero no demasiado. A
Rebka le pareció una torre alta y esbelta de grosor uniforme, tal vez unos
cuarenta metros, que se extendía desde la superficie del océano de Ópalo en su
parte más baja para perderse en la densa capa de nubes. El tronco de la
estructura era una aleación plateada, por la que tanto los pasajeros como la
carga subían y bajaban en grandes coches. Los accesorios eran
electromagnéticos, impulsados y conducidos por motores lineales sincrónicos. En
detalle, el diseño podía resultar extraño, pero Rebka había visto el sistema
utilizado en una docena de mundos, trasladando gente y materiales de arriba
abajo por edificios kilométricos o elevándose hasta entrar en órbita. El hecho
de que hubiese dos kilómetros más del Umbilical bajo el nivel del mar,
extendiéndose hasta su unión con el fondo, resultaba sorprendente pero la mente
podía aceptarlo.
Lo
que la mente no podía aceptar con tanta facilidad —o al menos la de Rebka no
podía— eran los doce mil kilómetros del Umbilical por encima de las nubes,
recorriendo toda la distancia entre Ópalo y la turbulenta superficie de Sismo.
El observador que se elevaba en una cápsula veía menos de un diezmilésimo de
toda la estructura. Con una velocidad máxima de mil kilómetros por hora, los
viajeros verían dos amaneceres en Sismo antes de llegar allí.
Y
ahora estaban en camino.
La
cápsula era tan alta y amplia como los edificios más grandes de Ópalo. Tal como
los Constructores lo habían dejado, el interior era un gran espacio vacío. Los
humanos le habían agregado plataformas, desde una enorme bodega de carga en el
fondo hasta el cuarto de controles y observación en la parte superior.
Los
motores del vehículo eran silenciosos. Mientras se elevaban suavemente entre la
capa de nubes, sólo podían escuchar el silbido del aire y el murmullo de la
turbulencia atmosférica. Al cabo de cinco segundos, Rebka tuvo su primera vista
de Sismo. Oyó que Max Perry emitía un gruñido a su lado.
Tal
vez Rebka también gruñó. De pronto, la permanente capa de nubes de Ópalo fue
como una bendición. Se alegró de que el otro planeta hubiese estado oculto
desde la superficie de Ópalo.
Sismo
se cernía inmenso en el cielo. Una enorme bola moteada que parecía lista para
estrellarse contra ellos. Su metencéfalo le indicaba que ninguna fuerza del
universo era capaz de soportar un peso semejante, que uno jamás podría
acostumbrarse al espectáculo. Al mismo tiempo, su prosencéfalo realizaba un
cálculo de las velocidades orbitales y de las presiones centrífugas y
gravitatorias, asegurándole que todo se encontraba en un perfecto equilibrio
dinámico. Durante un día o dos la gente se hubiese sentido incómoda con la
amenaza de Sismo pendiendo sobre sus cabezas; luego se acostumbrarían y
llegarían a no prestarle atención.
Desde
esa distancia no eran visibles los detalles, pero resultaba evidente que estaba
mirando un mundo sin grandes mares ni océanos. Rebka pensó de inmediato en el
terramorfismo, no sólo de Sismo y Ópalo, sino del sistema completo. Era la
aplicación perfecta. Sismo poseía los metales y los minerales; Ópalo tenía el
agua. Sería una tarea de envergadura, pero no mayor que otras en las cuales se
había embarcado. Y los comienzos del sistema de transporte necesario ya estaban
en su puesto.
Rebka
observó el hilo del Umbilical. La línea ascendente era visible unos cien
kilómetros antes de perderse. La Estación Intermedia, cuatro mil kilómetros más
arriba, en el centro de la masa que conformaba el sistema Ópalo-Sismo, parecía
un diminuto nudo dorado en un hilo invisible. Llegarían allí para cambiar de
vehículo en medio día. Había mucho tiempo para pensar. Y muchas cosas en las
que pensar.
Rebka
cerró los ojos y repasó sus preocupaciones.
Comenzó
con Max Perry. Después de un par de días con él era evidente que había dos Max
Perry. Uno era un burócrata tranquilo e insípido, alguien a quien no le hubiese
extrañado encontrar en cualquier ratonera del Círculo Phemus, en un trabajo sin
ninguna perspectiva de progreso. Pero debajo de eso, en alguna parte, había una
segunda personalidad, una persona enérgica y sutil con firmes ideas propias. El
segundo Max Perry sólo parecía despertar en raras ocasiones.
No,
eso no era cierto. El otro Max Perry despertaba cuando se hablaba de Sismo;
sólo entonces. Y Max II debía de ser el hombre inteligente y decidido que había
sido Perry todo el tiempo, siete años antes..., cuando fue enviado a Dobelle.
Rebka
se reclinó en su asiento. Tenía el cuerpo relajado y la mente activa. Sí. Podía
aceptar que había un misterio en Max Perry. ¿Pero justificaba ese misterio que
un hombre de acción como Hans Rebka fuese apartado del proyecto Paradoja, para
convertirse en un psicólogo aficionado en un mundo menor como Ópalo?
No
tenía sentido. Si los hombres y mujeres que dirigían el Círculo Phemus servían
para algo, era para la preservación de recursos; y los recursos humanos eran
los más preciados de todos.
Debía
buscar otro motivo, otra razón para que lo hubiesen destinado allí.
Rebka
no era tan ingenuo como para creer que sus superiores le contarían toda la
historia oculta detrás de sus designaciones. Posiblemente ni siquiera la
conocían. El había llegado a descubrir eso en La Estela del Pelícano. Se
suponía que un solucionador de problemas debía ser capaz de operar sin conocer
todos los detalles, y Rebka funcionaba mejor cuando se veía obligado a resolver
las cosas por sí mismo.
¿Terramorfismo
de Sismo y Ópalo?
Sus
superiores debían de haber sabido que, en cuanto él viera el doblete planetario
de Dobelle, evaluaría a ambos mundos como posibles candidatos para el
terramorfismo. ¿Sería ése el verdadero motivo por el cual había sido enviado
allí? ¿Para poner en marcha ese proyecto?
Sin
embargo, algo parecía no encajar.
Por
lo tanto, debía considerar algunas de las otras variables. Cuatro grupos
solicitaban efectuar una visita a Sismo al mismo tiempo. En uno de los casos
podía tratarse de una verdadera coincidencia —el Consejo de la Alianza no tenía
fama de embustero—, pero cuatro a la vez no era verosímil.
Y la
inminente Marea Estival era la mayor que jamás se hubiese producido. Tal vez
allí estaba la clave. Acudían para ver ese fenómeno tan especial.
De
nuevo, algo parecía faltar. Darya Lang le había dicho que ella no sabía que se
trataba de una Marea Estival particularmente grande hasta que Perry se lo
comentó.
Rebka
la creía. Pero ese mismo crédito era sospechoso. Había dejado a una compañera
en la estación que giraba en órbita alrededor de Paradoja. A pesar de lo que le
decía su cerebro, era probable que sus glándulas estuviesen buscando una
sustituta. En los primeros dos minutos con Lang, había percibido una atracción
entre ambos. Eso debía hacer que fuese más cauteloso en su trato con ella, ya
que deseaba creerla.
Lang
no sabía que se aguardaba una monstruosa Marea Estival en Ópalo y en Sismo.
Bien. Podía creerla. Sin embargo, eso no significaba que ella fuese lo que
afirmaba ser. Podía estar jugando un papel distinto y más complejo.
¿Y
qué era lo que afirmaba ser? Eso podía verificarse. Antes de abandonar
Estrellado, Rebka ya había enviado un mensaje en clave por el sistema de
comunicaciones Bose, pidiendo que inteligencia del Círculo le confirmase que
Darya Lang era una experta en artefactos de Constructores. La respuesta les
estaría aguardando cuando regresasen de Sismo. Hasta entonces, las preguntas
concernientes a Darya Lang debían ser puestas a un lado.
Pero
quedaban muchas otras preguntas. Hans Rebka fue interrumpido por un roce suave
en el brazo. Abrió los ojos.
Max
Perry señalaba hacia arriba, hacia la línea del Umbilical. Sismo se alzaba
sobre ellos, tan grande como cuando partieran. Pero por el momento sólo
reflejaba la luz ocre de Amaranto. Mandel estaba oculta detrás del planeta; con
la proximidad de la Marea Estival, su compañera enana se acercaba más y más.
Pronto la noche desaparecería por completo en Sismo y Ópalo.
Perry
señalaba otra vez. Rebka comprendió que no era Sismo lo que atraía su atención.
Casi habían llegado a la Estación Intermedia. Asombrosamente, el Umbilical
parecía acabarse allí. Rebka pudo ver una interrupción, una región donde la
estructura cilíndrica terminaba en un punto azul deslumbrante. Avanzaban
rápidamente hacia él, hasta que el propio Sismo comenzó a desaparecer de la
vista detrás de la dorada Estación Intermedia.
—¿Qué
está ocurriendo? —preguntó Rebka—. Pensé que el Umbilical recorría todo el
camino entre Ópalo y Sismo. —Debía haberse sentido un poco nervioso, porque
fuera del vehículo no había más que el vacío, pero Perry tenía una sonrisa en
el rostro y ciertamente no actuaba como un hombre que se enfrentaba al
desastre.
—Y
así es —respondió él—. Nos estamos acercando al Montacargas. Allí seremos
desviados y vueltos a conectar al otro lado de la Estación Intermedia. Los
viajeros pueden entrar en la estación si lo desean —está bien equipada, con
energía, comida y resguardo—, pero no veo sentido en hacerlo. Si lo desea,
podemos echar un vistazo a la estación cuando regresemos.
Mientras
Perry hablaba, el coche en el que viajaban se apartaba del cable principal para
avanzar a través de una serie de rejas y carriles de enlace. Sismo se había
desvanecido. La Estación Intermedia se encontraba a su derecha. Rebka pudo ver
una fila de portillas, todas lo suficientemente grandes como para recibir la
cápsula. Se volvió hacia el lugar donde el cable mayor del Umbilical
desaparecía en la nada azul brillante y, luego, unos kilómetros más adelante,
volvía a aparecer.
—No
veo ningún montacargas.
—No
lo verá. —El segundo Max Perry había vuelto, alerta y lleno de energía—. Es
sólo la forma como lo llamamos. Ópalo y Sismo se encuentran en una órbita mutua
casi circular, pero la distancia que los separa varía continuamente... Llega
hasta los cuatrocientos kilómetros. Un Umbilical permanente no podría funcionar
a menos que uno tuviera algo para recuperar o arriar el cable. Eso es lo que
hace el Montacargas.
—¿Ese
agujero en el espacio?
—Exacto.
Funciona bien. Durante la Marea Estival recoge cable de más para separarse de
la superficie de Sismo. Y es lo suficientemente listo para dejar intacta su
unión con Ópalo. Pero todo es tecnología de los Constructores. Nosotros no
tenemos idea de adonde va el cable ni de dónde proviene, ni cómo sabe lo que
debe hacer. A la gente de Sismo y Ópalo no le interesa, siempre y cuando puedan
subir o bajar el Umbilical utilizando controles especiales.
La
renuencia de Perry por visitar Sismo se había desvanecido apenas despegaron de
Ópalo. Miraba atentamente hacia delante mientras rodeaban la Estación
Intermedia, tratando de ver otra vez a Sismo en el cielo.
Cuando
la cápsula retrocedió para unirse al nuevo tramo del Umbilical, comenzaron a
acelerar. Pronto dejaron atrás el centro del sistema Dobelle y experimentaron
la clara sensación de caer hacia Sismo, con su propia fuerza centrífuga que se
sumaba a la gravedad del planeta. Éste crecía a ojos vista en el cielo, minuto
a minuto, y pronto empezaron a ver más detalles de la superficie.
Rebka
pudo ver otro cambio en Perry. Su respiración se había tornado más rápida.
Miraba al planeta que se acercaba con expresión extasiada y tenía los ojos
brillantes. Rebka hubiese podido apostar que su pulso se había acelerado.
¿Pero
qué había allí abajo? Rebka hubiera dado mucho por ver Sismo a través de los
ojos de Max Perry.
Sismo
no tenía masas líquidas con tamaño de océanos, pero sí tenía muchos ríos y
lagos pequeños. A su alrededor crecía la característica vegetación de color
rojizo y verde oscuro. Aunque la mayor parte de ella era tosca y llena de
espinas, en ciertas partes florecían profusos mantos de helechos, suaves y
flexibles. Una de esas zonas estaba en la costa del lago más grande, no muy
lejos de la base del Umbilical. Era un sitio donde la gente podía echarse y
descansar. Un lugar apto para que dos personas encontrasen otros placeres.
Amy
hablaba con voz jadeante en su oído.
—Tú
eres el experto, ¿verdad?
—No
sé nada sobre eso. —Sonaba indolente, relajado—. Pero es probable que sepa
tanto como cualquiera sobre este lugar.
—Es
lo mismo. ¿Entonces por qué no me traes aquí otra vez? Podrías hacerlo si
quisieras, Max. Tú controlas el acceso.
—No
debía haberte traído de ningún modo.
La
sensación de poder. Aunque en un principio lo había hecho para exhibir su nueva
autoridad, cuando estuvo en el planeta aparecieron mejores motivos. Todavía
faltaba mucho para la Marea Estival y Sismo era un lugar seguro, pero la ceniza
volcánica ya se cernía bien alto en la atmósfera. Los atardeceres, que
estallaban cada ocho horas, eran de una belleza indescriptible, con sus
tonalidades de rojo, púrpura y dorado. El no sabía que existiese nada parecido
en el resto del universo..., nada que hubiese leído ni que hubiera oído
comentar. Incluso con los ojos cerrados, podía ver aquellos gloriosos colores.
Había
querido enseñárselo a Amy... y no quería dejar de mirarlo él mismo. Todavía no.
Permaneció tendido de espaldas, observando el brillante disco de Ópalo a través
del espléndido atardecer. A su lado, Amy había cortado una suave hoja de
helecho y la deslizaba sobre su torso desnudo. Después de unos momentos giró
sobre él y lo miró con ojos serios y grandes.
—Lo
harás, ¿verdad? Lo harás, sin duda lo harás. Di que lo harás.
—¿Hacer
qué? —El fingía no comprender.
—Traerme
aquí otra vez. Más cerca de la Marea Estival.
—Definitivamente
no. —Giró la cabeza de un lado al otro sobre los suaves helechos, con demasiada
pereza como para levantarla por completo. Se sentía el rey del mundo—. No sería
prudente, Amy. No en ese momento.
—Pero
tú vendrás.
—Durante
la Marea Estival no. Me iré antes de que llegue. Nadie permanece aquí entonces.
—Entonces
podría irme contigo, cuando todavía sea prudente, ¿No es verdad?
—No.
No cerca de la Marea Estival.
Amy
bajaba su cuerpo hacia él, mientras las últimas luces resplandecían en el cielo
de Sismo. El ya no alcanzaba a ver su rostro. Había quedado sumido en la
oscuridad.
—Podría.
—Los labios de Amy estaban a un centímetro de los suyos—. Di podría. Di sí.
—No
—repitió él—. No cerca de la Marea Estival.
Amy
no respondió. Estaba ocupada con otros argumentos.
5
Marea estival menos treinta
Darya
Lang se sentía terriblemente decepcionada. Viajar tan lejos, prepararse para la
confrontación y el peligro, para emocionantes nuevas experiencias..., y que la
dejaran haciendo antesala durante días mientras otros decidían si alguna vez le
estaría permitido emprender la parte crucial de su viaje.
En
la Alianza nadie le había sugerido que su tarea en Sismo fuese a ser sencilla.
Pero tampoco nadie le había sugerido que podía tener problemas para llegar al
planeta hermano de Ópalo, una vez que estuviese en el sistema Dobelle. Hasta el
momento, sólo había visto a Sismo en la lejanía. Estaba varada en el hemisferio
Estrellado de Ópalo por un período infinito, sin nada que hacer, sin más que un
vehículo de corto alcance, sin forma de saber lo que ocurriría después.
Perry
le había asignado todo un edificio para ella sola, justo afuera del
espaciopuerto. Le había asegurado que estaba en libertad de vagar por donde
quisiese, hablar con cualquiera que tuviese ganas y hacer cualquier cosa que
desease hacer.
Muy
amable de su parte. Excepto por el hecho de que no había nadie más en el
edificio ni nada salvo las habitaciones... y que él le había pedido que
estuviese esperándole para una reunión en cuanto regresaran. Él y Rebka
estarían fuera durante dos días. ¿Dónde se suponía que debía ir? ¿Qué se
suponía que debía hacer?
Darya
observó los mapas de Ópalo en las pantallas del ordenador. Para alguien
acostumbrado a los continentes fijos y los límites bien definidos de Puerta
Centinela, los mapas eran curiosamente deficientes. Las plataformas oceánicas
que formaban los contornos de Ópalo se mostraban como características
permanentes del planeta, pero sólo parecían ser constantes geográficas. En
cuanto a las Eslingas, no pudo encontrar más que las posiciones presentes y las
velocidades de desplazamiento de las doscientas más grandes. Además —datos
bastante inquietantes— del grosor aproximado y la duración estimada de cada
Eslinga. En ese momento ella estaba apoyada sobre un estrato de materia que no
alcanzaba los cuarenta metros de profundidad, con un espesor que cambiaba cada año
en una forma imposible de predecir.
Darya
apagó la pantalla y permaneció sentada frotándose la frente. No se sentía bien.
Parte de ello podía deberse a la gravedad, que era sólo cuatro quintos de la
normal allí en Estrellado. Tal vez otra parte fuese desorientación producida
por el rápido viaje interestelar. Todas las pruebas insistían en que el
Propulsor Bose no producía efectos físicos sobre los humanos, pero ella
recordaba a los habitantes del antiguo Ark, quienes sólo permitían los viajes
subluminales y afirmaban que el alma humana no podía viajar más rápido que la
luz.
Si
los moradores de Ark estaban en lo cierto, pasaría mucho tiempo antes de que su
alma se adaptase.
Darya
fue hasta la ventana y observó el cielo nublado de Ópalo. Se sentía solitaria y
muy lejos de casa. Hubiese querido poder ver a Rigel, la supergigante más
cercana a Puerta Centinela, pero la capa de nubes era continua. Estaba sola y
molesta. Hans Rebka podía ser un sujeto interesante y estar interesado en ella
—había visto el brillo en sus ojos—, pero ella no había venido desde tan lejos
para que todos sus planes fuesen frustrados por los caprichos de un burócrata
nacido en algún mundo atrasado.
Por
la forma en que se sentía, le haría más bien caminar un poco por la Eslinga que
permanecer encerrada en ese edificio bajo y claustrofóbico. Al salir,
Darya
descubrió que comenzaba a caer una persistente llovizna. En esas condiciones le
resultaría difícil explorar la Eslinga a pie... La superficie estaba formada
por parterres desiguales de juncias y helechos, en un suelo desmenuzable unido
por una maraña resbalosa de raíces y enredaderas.
Como
en casa solía andar todo el tiempo descalza, sus pies desnudos lograrían
afirmarse bien sobre las resbaladizas plantas. Darya se inclinó y se quitó los
zapatos.
El
terreno se volvía más accidentado al abandonar la zona controlada por el
espaciopuerto; resultaba difícil caminar. Pero ella necesitaba el ejercicio.
Había recorrido todo un kilómetro y estaba dispuesta a continuar caminando
cuando frente a ella los helechos emitieron un furioso silbido. Las puntas de
las plantas se doblaron y quedaron aplastadas bajo el peso de algún gran cuerpo
invisible.
Darya
lanzó una exclamación y saltó hacia atrás, cayendo sentada en el suelo húmedo.
De pronto, caminar descalza —o de cualquier otra manera— le pareció muy mala
idea. Regresó rápidamente al espaciopuerto y solicitó un coche. Éste, aunque
tenía un alcance de vuelo limitado, la llevaría fuera de la Eslinga y le
permitiría echar un vistazo al océano de Ópalo.
—No
tiene por qué preocuparse —dijo el ingeniero que le entregó el coche. Insistía
en enseñarle a utilizar sus sencillos controles, aunque ella estaba segura de
que hubiese podido hacerlo sola—. Nunca llega nada malo hasta la costa. Y la
gente no trajo consigo nada peligroso cuando se estableció aquí. Ni tampoco
nada venenoso.
—¿Qué
ha sido?
—Una
tortuga vieja y grande. —Era un hombre alto y pálido con un mono muy sucio, una
sonrisa en la que faltaban algunos dientes y una actitud muy informal—. Pesan
como media tonelada y comen sin cesar. Pero sólo helechos, pastos y cosas así.
Usted podría subirse a su espalda, y ella ni siquiera lo notaría.
—¿Una
forma nativa?
—No.
—Ya había terminado con su breve lección sobre cómo utilizar el coche aéreo,
pero no tenía prisa por partir—. No hay ningún vertebrado nativo de Ópalo. El
bicho más grande de tierra es una especie de cangrejo de cuatro patas.
—¿Hay
algo peligroso en el océano?
—No
para usted o para mí. Al menos, no con intención. Cuando se aleje un poco de la
costa, preste atención por si ve una gran giba verde que aparece en la
superficie. Es una Dowser. Cada tanto choca contra algún bote y lo daña, pero
es sólo porque no sabe que se encuentran allí.
—¿Y
si una se metiera debajo de la Eslinga?
—¿Por
qué iba a ser tan tonta como para hacer algo así? —Su voz era risueña—. Emerge
para respirar y para recibir el sol, y no hay ninguna de las dos cosas debajo
de una Eslinga. Vaya y trate de ver a una Dowser... Es toda una experiencia.
Salen mucho en esta época del año. Ha sido afortunada al encontrarse con esa
vieja tortuga, ¿sabe? Al cabo de pocos días se habrán ido. Este año parten más
temprano.
—¿Adonde
van?
—Al
océano. ¿Adonde si no? Saben que pronto llegará la Marea Estival y quieren
estar a buen resguardo para ese entonces. Deben de saber que este año será
mayor que de costumbre.
—¿Estarán
a salvo allí?
—Seguro.
Lo peor que puede pasarles es quedarse en un lugar alto y seco durante una
marea muy baja. Un par de horas después estarán nadando de nuevo.
Bajó
del estribo del costado izquierdo del coche.
—Si
quiere encontrar el camino más rápido al borde de la Eslinga, vuele bajo y
observe hacia donde señalan las cabezas de las tortugas. Ellas la guiarán. —Se
limpió las manos en un trapo sucio, dejándolas tan negras como antes, y dirigió
a Darya una sonrisa seductora—. ¿Alguien le ha dicho que tiene una forma muy
atractiva de caminar? Si quiere compañía cuando regrese, estaré aquí. Vivo muy
cerca. Mi nombre es Cap.
Darya
Lang se alejó pensando en lo extraños que eran los mundos del Círculo Phemus.
¿O tal vez había algo en el aire de Ópalo que hacía que los hombres la mirasen
de un modo diferente? En sus doce años adultos vividos en Puerta Centinela sólo
había tenido un romance amoroso, recibido unos cuatro cumplidos y notado seis
miradas de admiración. Aquí ya habían sido dos en dos días.
Bueno,
la delegada Pereira le había dicho que no se sorprendiese por nada de lo que
ocurriera fuera del territorio de la Alianza. Y el tío Matra había sido mucho
más explícito cuando se enteró de que iba a viajar: «En los mundos del Círculo
todos están desesperados por el sexo. Tiene que ser así; de otro modo se
morirían.»
Las
grandes tortugas no eran visibles desde la altura en que ella decidió volar,
pero era sencillo encontrar el camino al borde de la Eslinga. Darya voló sobre
el océano durante un rato y fue recompensada con el espectáculo del monstruoso
lomo verde de una Dowser, emergiendo de las profundidades. A la distancia podía
haber parecido una Eslinga pequeña y perfectamente redonda. Todo el lomo se
abría en diez mil bocas que despedían sendos chorros de vapor blanco. Después
de diez minutos, las ventosas se cerraron con lentitud, pero la Dowser
permaneció flotando en la tibia superficie del agua.
Por
primera vez, Darya comprendió el perfecto sentido ecológico que tenían las
Eslingas en un mundo cubierto de mares como Ópalo. Las mareas eran una fuerza
destructiva en planetas como Puerta Centinela, donde las aguas que subían y
bajaban encontraban un impedimento en los límites fijos de la tierra firme.
Aquí, por el contrario, todo podía moverse con libertad, y las Eslingas
flotaban sobre la cambiante superficie del agua. De hecho, aunque en ese mismo
instante la Eslinga que sostenía al espaciopuerto de Estrellado debía estar
subiendo o bajando como respuesta a las fuerzas gravitatorias de Mandel y
Amaranto, aparecía en completo reposo en relación con la superficie del océano.
Cualquier fuerza destructora provenía de los efectos de tercer orden producidos
por su gran extensión.
Las
formas de vida debían de estar igualmente a salvo. A menos que una Dowser fuese
lo bastante infortunada para quedar atrapada en una zona donde las mareas bajas
dejasen expuesto el lecho del mar, el animal ni siquiera tenía por qué notar la
Marea Estival.
Darya
voló hasta un sitio cercano al borde de la Eslinga, lo suficientemente tierra
adentro como para sentirse segura, y luego descendió. Allí no estaba lloviendo.
Incluso parecía que el disco de Mandel podía llegar a mostrar su rostro entre
las nubes. Darya salió del vehículo y miró a su alrededor. Resultaba extraño
estar en un mundo con tan poca gente que no había nadie a la vista de horizonte
a horizonte. Pero no era una experiencia desagradable. Se acercó al borde de la
Eslinga. Junto al océano, las plantas de tallos suaves y hojas largas estaban
cargadas de frutos amarillos, cada uno tan grande como su puño. Aunque, si lo
que Cap le había dicho era cierto, eran comestibles, a Darya le pareció un
riesgo innecesario. Por más que sus capacidades intestinales hubiesen sido
reforzadas para adaptarse a los alimentos de Ópalo, era probable que en su
interior los microorganismos todavía estuviesen decidiendo qué hacía cada uno.
Se acercó aún más al límite irregular de la Eslinga, se quitó los zapatos y se
inclinó para recoger un poco de agua marina. Hasta allí estaba dispuesta a
arriesgarse.
Bebió
unas gotas de las palmas. Era salobre, no del todo salada. Más bien era como el
sabor de su propia sangre.
El
complicado equilibrio químico de un planeta como Ópalo hizo que se sentara en
cuclillas para pensar. En un mundo sin continentes, los ríos y arroyos no
podían efectuar su constante lixiviación de sales y bases desde profundas
estructuras solevantadas. La microfiltración del metano primordial y de los
hidrocarburos de cadena larga debían ocurrir sobre el lecho del mar,
efectuándose la absorción a través de la columna de agua. Todo el sistema
tierra-agua debía ser radicalmente distinto al del mundo que ella conocía. ¿Se
trataría en verdad de una situación estable? ¿O sería que Ópalo y Sismo todavía
evolucionaban de su condición después de aquella hora tan traumática, cuarenta
millones de años atrás, cuando fueran arrojados a su nueva órbita alrededor de
Mandel?
Darya
caminó unos cien metros tierra adentro y se sentó con las piernas cruzadas
sobre un montecillo de pastos verdes.
La
estrella madre se veía como un remiendo brillante, bien alta en el cielo
nublado. Todavía quedarían al menos dos horas de luz. Ahora que había conocido
Ópalo un poco mejor, lo veía como un mundo cálido y amistoso, en nada parecido
a la furia incontenible de su imaginación. Seguramente los humanos podrían
prosperar allí, incluso durante la Marea Estival. Y si Ópalo era tan agradable,
su gemelo, Sismo, ¿podía ser tan diferente?
Debía
serlo, si sus propias conclusiones tenían alguna validez. Darya observó el
horizonte gris, sin rastros de barcos o de otras tierras, y por milésima vez
repasó la sucesión de pensamientos que la habían llevado a Dobelle. ¿Cuan
persuasivos eran aquellos resultados, los de la correlación mínimo-cuadrática?
Para ella, no había forma en que datos tan precisos ocurriesen por pura
coincidencia. Pero si los resultados eran tan persuasivos e irrefutables, ¿por
qué otros no habían llegado a la misma conclusión?
Darya
sólo lograba dar con una respuesta. Su pensamiento había sido ayudado por el
hecho de que ella era una persona hogareña, alguien que nunca viajaba entre las
estrellas. La humanidad y sus vecinos de otras especies habían sido
condicionados para pensar en el espacio y las distancias en términos del
Propulsor Bose. Los viajes interestelares empleaban un sistema muy preciso de
Nodos Bose. Las antiguas medidas de distancia geodésica ya no significaban
demasiado; era el número de Transiciones Bose lo que contaba. Sólo los
moradores de Ark, o tal vez los antiguos colonizadores que se desplazaban
lentamente por el espacio, verían un cambio en un artefacto de los
Constructores como generando un frente de onda, expandiéndose de su punto de
origen para moverse por la galaxia a la velocidad de la luz. Y sólo alguien
como Lang, fascinada por todo lo relacionado con los Constructores, era capaz
de preguntar si había lugares y momentos precisos en los cuales se cruzaban
aquellos frentes de onda esféricos.
Aunque
cada razonamiento parecía carecer de consistencia, al juntarlos todos Darya se
persuadía por completo. Sintió un nuevo arrebato de ira. Ahora estaba en el
lugar indicado... O lo estaría, ¡si tan sólo pudiese abandonar Ópalo y llegar
hasta Sismo! Pero, en lugar de ello, estaba varada en un adormecido país de
ensueños.
Adormecido
país de ensueños. En el instante en que aquellas palabras se formaban en su
mente hubo un fuerte zumbido a sus espaldas. Una figura emergida de una
pesadilla voló por el aire y aterrizó justo frente a ella, con sus seis patas
articuladas completamente extendidas.
Si
Darya no gritó, fue sólo porque su garganta se negó a funcionar.
La
criatura alzó dos de sus patas oscuras y se elevó sobre ella. Darya pudo ver
una parte inferior segmentada y roja oscura y un cuello corto rodeado por
franjas de frunces de color escarlata y blanco. Estaba coronado por una cabeza
blanca y sin ojos, del doble de tamaño que la suya. No había ninguna boca, pero
una delgada trompa prensil crecía en medio del rostro y se enrollaba para
introducirse en una bolsa en la base del mentón plegado.
Darya
oyó una serie de chillidos agudos. En el medio de la gran cabeza, unos
tentáculos amarillos giraron para examinar su cuerpo. Sobre ellos, un par de
antenas de color castaño claro, desproporcionadamente largas incluso para
aquella cabeza tan grande, se extendieron hasta formar unos abanicos de dos
metros que vibraron con delicadeza en el aire húmedo.
Darya
gritó y saltó hacia atrás, cayendo sobre el pasto. En ese momento, una segunda
figura dio un largo salto y cayó agazapada frente al caparazón de la primera.
Era otro artrópodo, casi tan alto como el anterior pero con un cuerpo tan
delgado como el brazo de Darya. La estrecha cabeza de la criatura estaba
dominada por unos ojos de color limón, sin párpados, que giraron sobre sus
cortos pedúnculos para examinarla.
Darya
tomó conciencia de un olor almizcleño. Aunque era un aroma extraño y complejo,
no resultaba desagradable. Un instante después se abrió la pequeña boca de la
segunda criatura.
—Atvar
H'sial te saluda —dijo una voz suave en un lenguaje humano, deformado pero
reconocible.
La
otra criatura no dijo nada. Pasado el primer sobresalto, Darya pudo volver a
pensar de forma racional.
Había
visto fotografías. En ellas no se notaba el tamaño y el aspecto tan amenazante,
pero la primera en llegar era una cecropiana, miembro de la especie dominante
de la Federación Cecropia, formada por ochocientos mundos. El segundo animal
debía de ser un intérprete, la especie inferior que, según se decía, cada
cecropiana necesitaba para interactuar con la humanidad.
—Yo
soy Darya Lang —respondió con lentitud. Los otros dos eran tan diferentes a
ella que probablemente sus expresiones faciales no tenían ningún significado
para ellos. De todos modos sonrió.
Hubo
una pausa. Darya volvió a percibir ese olor extraño. Los tentáculos amarillos
de la cecropiana giraron hacia ella. Su interior estaba revestido por delicados
tubos en espiral.
—Atvar
H'sial ofrece disculpas a través del otro. —Un brazo articulado de la
silenciosa cecropiana se movió para señalar a la bestia más pequeña que se
encontraba a sus pies—. Nos parece que te hemos asustado.
Lo
cual podía haber sido la subestimación del año. Resultaba desconcertante
escuchar palabras originadas en la mente de un ser y pronunciadas por la boca
de otro. Pero Darya sabía que el planeta originario de la cecropiana, su
planeta madre tal como la Tierra lo había sido para los humanos, era un globo
cubierto de nubes que giraba en torno al resplandor de una estrella enana roja.
En ese ambiente estigio, los cecropianos nunca habían desarrollado el sentido
de la vista. En lugar de ello, «veían» por medio de eco-sonidos, utilizando
pulsaciones sonoras de alta frecuencia emitidas en el resonador que tenían
replegado en el mentón. La señal era recibida por los tentáculos amarillos.
Como ventaja, un cecropiano no sólo reconocía el tamaño, la forma y la distancia
de cada objeto que se encontraba en su campo visual, sino que también podía
utilizar el efecto Doppler del retorno sonoro para conocer la velocidad a la
cual se movía su blanco.
Pero
había desventajas. Al utilizar el oído para reemplazar a la visión, la
comunicación entre los cecropianos debía efectuarse de alguna otra manera. Lo
hacían químicamente, «hablando» entre ellos mediante la transmisión de
feromonas, mensajes químicos cuya composición variable les permitía un lenguaje
rico y completo. Un cecropiano no sólo sabía lo que decían sus congéneres; las
feromonas también le permitían sentirlo, percibir sus emociones de forma
directa. Las antenas desplegadas podían detectar e identificar una sola
molécula entre los miles de olores transportados por el aire.
Para
un cecropiano, cualquier ser que no emitiera las feromonas apropiadas no
existía como ser comunicante. Eran capaces de «verlo», pero no lo percibían.
Estas nulidades incluían a todos los humanos. Darya sabía que los primeros
contactos entre cecropianos y humanos habían sido totalmente infructuosos hasta
que, en su propia federación, los cecropianos produjeron una especie que poseía
ambas capacidades, la de hablar y la de producir y percibir las feromonas.
Darya
señaló a la otra criatura, quien en forma desconcertante había girado sus ojos
amarillos de tal modo que mientras uno la miraba a ella, el otro observaba a la
cecropiana, Atvar H'sial.
—¿Y
tú quién eres?
Hubo
un largo y enigmático silencio. Finalmente, la pequeña boca con sus largos
bigotes de antenas sensoras volvió a abrirse.
—El
nombre del intérprete es J'merlia. Posee una inteligencia reducida y no tiene
ningún papel en este encuentro. Por favor, olvídate de su presencia. Es Atvar
H'sial quien desea hablar contigo, Darya Lang. Quiero conversar sobre el
planeta Sismo.
Al
parecer, Atvar H'sial utilizaba al otro del mismo modo que los mundos más ricos
de la Alianza empleaban a sus robots. Pero se necesitaría un robot muy complejo
para ejecutar el tipo de traducción que realizaba J'merlia..., más sofisticado
que cualquier robot del que Darya hubiese oído hablar, con excepción de los que
había en la misma Tierra.
—¿Qué
sucede con Sismo?
La
cecropiana se agachó, apoyando sus dos patas delanteras en el suelo, de tal
modo que su cabeza ciega quedó a poco más de un metro de Darya.
Gracias
a Dios que no tiene colinas ni mandíbulas, pensó Darya. De otro modo no podría
soportarlo.
—Atvar
H'sial es una especialista en dos campos —dijo J'merlia—. En formas de vida
adaptadas a condiciones ambientales extremas y también en los Artífices..., la
raza desaparecida a la que los humanos llaman Constructores. Hemos llegado a
Ópalo hace pocas unidades de tiempo. Mucho antes enviamos una solicitud de
permiso para visitar Sismo cerca de la Marea Estival. Ese permiso no ha sido
concedido aún, pero en el espaciopuerto de Ópalo hemos hablado con una persona
que nos ha dicho que tú también planeabas ir a Sismo. ¿Es eso cierto?
—Bueno,
no del todo. Yo quiero ir a Sismo. —Darya vaciló—. Y quiero estar allí cerca de
la Marea Estival. ¿Pero cómo han hecho para encontrarme?
—Ha
sido sencillo. Hemos seguido el localizador de emergencia de tu coche.
No
hablo de eso, pensó Darya. Me refiero a cómo han hecho para saber que existo.
Pero
la cecropiana continuaba.
—Dinos,
Darya Lang. ¿Puedes conseguir un permiso para que Atvar H'sial también visite
Sismo?
¿Se
estaría perdiendo con la traducción lo que Darya decía?
—Tú
no comprendes. Sin duda yo quiero visitar Sismo. Pero no tengo ningún control
sobre los permisos para ir allí. Eso está en manos de dos hombres que se
encuentran en Sismo en este momento, evaluando las condiciones.
Hubo
un breve destello de Mandel a través de las nubes. Con actitud reflexiva, Atvar
H'sial desplegó sus tectrices negras, revelando cuatro delicados vestigios de
alas marcados por unas manchas alargadas en rojo y blanco. Eran estas señales,
el cuello encrespado y la extraordinaria sensibilidad a los productos químicos
del aire, lo que había inducido a los zoólogos que examinaron a los primeros
especímenes a denominarlos «cecropianos»..., aunque no tenían más en común con
la mariposa cecropia de la Tierra que con cualquier otra especie terrestre.
Darya sabía que ni siquiera eran insectos, aunque compartían con ellos un
esqueleto externo, una estructura artrópoda y una metamorfosis de la infancia a
la edad adulta.
Las
alas oscuras vibraron lentamente. Atvar H'sial parecía sumida en el placer
sensual del calor. Después de unos segundos de silencio, las nubes se cerraron
y J'merlia dijo:
—Pero
los hombres son machos. Tú los controlas, ¿verdad?
—Yo
no los controlo. En lo más mínimo.
Darya
volvió a dudar sobre la exactitud con la cual tanto ella como Atvar H'sial
recibían los mensajes. El proceso de conversión parecía imposible, pasando de
sonidos a recaderos químicos para regresar a través de un extraño intermediario
que probablemente provenía de una cultura que no tenía ningún punto en común
con las de ellas. Y entre Darya y Atvar H'sial tampoco había referentes
culturales comunes. Ella sabía que Atvar H'sial era una hembra. ¿Pero cuál era
el papel desempeñado por los machos en la cultura cecropiana, ¿Zánganos?
¿Esclavos?
J'merlia
emitió un fuerte zumbido, pero ninguna palabra.
—No
tengo control sobre los hombres que tomarán la decisión —repitió Darya,
hablando lo más fuerte y claro que pudo—. Si me niegan el acceso a Sismo, no
habrá nada que pueda hacer al respecto.
El
zumbido se tornó más fuerte.
—Eso
es inaceptable —dijo J'merlia al fin—. Atvar H'sial debe visitar Sismo durante
la Marea Estival. Hemos viajado desde muy lejos para llegar hasta aquí. No es
concebible que nos detengamos aquí. Si no puedes obtener permiso para nosotras
y para ti, habrá que utilizar otros métodos.
La
gran cabeza ciega giró tan cerca de Darya que ésta pudo ver cada uno de sus
poros. La trompa se extendió hasta tocar su mano. Era tibia y algo pegajosa.
Darya se obligó a no moverse.
—Darya
Lang —prosiguió J'merlia—. Cuando los seres tienen un interés en común,
deberían trabajar juntos para alcanzar ese objetivo. A pesar de todos los
obstáculos que otros intenten poner en su camino, no deberían dejarse vencer.
Si tú nos garantizas tu cooperación, existe una forma para que Darya Lang y
Atvar H'sial visiten Sismo. Juntas. Con o sin permiso oficial.
¿Estaría
interpretando mal J'merlia los pensamientos de Atvar H'sial, o sería Darya
quien no comprendía las intenciones de la cecropiana? De otro modo, estaba
siendo reclutada por ese ser increíble para unirse a un proyecto secreto.
Y se
mostró cautelosa, pero al mismo tiempo sintió una gran expectativa. Era casi
como si la cecropiana hubiese estado leyendo sus pensamientos. Si Rebka y Perry
aceptaban dejarla ir a Sismo, tanto mejor. Pero si no..., podía haber otro plan
en marcha.
Y no
un plan cualquiera; una aventura destinada a llevarla hasta su objetivo...
durante la Marea Estival.
Darya
pudo escuchar el silbido del aire que era bombardeado continuamente a través de
los espiráculos de la cecropiana. La trompa de Atvar H'sial rezumaba un fluido
oscuro, y el rostro sin ojos era un demonio sacado de la pesadilla de un niño.
Junto a Darya, la figura negra y de ocho patas que era J'merlia salía de la
misma pesadilla.
Pero
los humanos habían aprendido a no hacer caso de la apariencia. Dos seres que
compartían sus procesos de pensamiento y que tenían objetivos en común no
debían mostrarse hostiles el uno con el otro.
Darya
se inclinó hacia delante.
—Muy
bien, Atvar H'sial. Estoy interesada en escucharte. Cuéntame.
Por
supuesto que no se proponía acceder a cualquier cosa; pero sin duda no pasaría
nada malo si escuchaba.
6
Marea estival menos veintinueve
El
Umbilical y las cápsulas que lo recorrían llevaban allí al menos cuatro
millones de años cuando los humanos colonizaron Dobelle. Al igual que cualquier
otra obra de los Constructores, había sido hecha para durar. El sistema
funcionaba a la perfección. Había sido estudiado en profundidad pero, aunque
los análisis habían revelado bastante sobre los métodos de fabricación de los
Constructores, no se sabía nada sobre su psicología o sus hábitos.
¿Los
Constructores respiraban? Los coches eran abiertos, hechos en materiales
transparentes y sin ninguna clase de esclusa neumática.
¿Los
Constructores dormían y hacían ejercicios? No había nada que pudiese ser
identificado con una cama, un lugar donde descansar o algún medio de recreo.
Sin
duda al menos tenían que comer y excretar. No obstante, aunque el viaje de
Ópalo a Sismo tardaba muchas horas, no había instalaciones para almacenar o
preparar alimentos, ni tampoco para la evacuación de los desechos.
La
única conclusión provisional alcanzada por los ingenieros humanos era la de que
los Constructores eran grandes. A pesar de que cada cápsula era un monstruo, un
cilindro de más de veinte metros de largo y casi otro tanto de ancho, su
interior no era más que espacio vacío. Por otro lado, no había evidencia de que
los coches hubiesen sido utilizados por los mismos Constructores... Tal vez
habían sido pensados sólo como transportes de carga. Pero si eso era cierto,
¿por qué estaban equipados con controles internos que permitían modificaciones
de velocidad a lo largo del Umbilical?
Mientras
los investigadores de la historia discutían sobre la naturaleza y el carácter
de los Constructores, y los teóricos se preocupaban por los inexplicables
principios de su ciencia, las mentes más prácticas se ponían a trabajar para
hacer que el Umbilical fuese útil a los colonizadores. Sismo tenía minerales y
combustibles. Ópalo no tenía ninguna de las dos cosas, pero poseía lugares
habitables y un clima decente. El sistema de transporte entre los dos era
demasiado valioso para desperdiciarlo.
Comenzaron
con las reformas necesarias para viajar con comodidad entre los componentes del
doblete planetario. No podían modificar el tamaño y la forma de las cápsulas;
como casi todas las obras de los Constructores, los coches eran módulos
integrados, casi indestructibles e incapaces de sufrir modificaciones
estructurales. Pero fue sencillo volverlos herméticos, agregarles esclusas de
aire y equiparlos con reguladores de presión. Se instalaron unas cocinas
simples junto con retretes, salas de atención médica y lugares de descanso.
Finalmente, considerando la incomodidad de los humanos ante las grandes
alturas, las paredes transparentes fueron cubiertas con paneles que podían ser
polarizados a un gris opaco. La portilla de observación se encontraba sólo en
el extremo superior de la cápsula.
Rebka
maldecía esta última modificación a medida que su coche se acercaba a Sismo.
Mientras ascendían hacia la Estación Intermedia e incluso después, había
disfrutado con la vista del planeta que tenían delante lo suficiente para estar
dispuesto a postergar la exploración de la propia Estación, artefacto que
también era obra de los Constructores. Había supuesto que continuaría viendo
más y más detalles de Sismo hasta que aterrizaran. En lugar de ello,
inexplicablemente, el coche giró sobre sí mismo cuando todavía faltaban unos
kilómetros para alcanzar la superficie. En vez de ver Sismo, de pronto se
encontró con una tediosa vista de las nubes que rodeaban Ópalo.
Rebka
se volvió hacia Max Perry.
—¿No
puede hacer que viremos otra vez? No logro ver nada.
—No,
a menos que quiera que nos arrastremos lentamente el resto del camino. —Perry
ya estaba nervioso con la expectativa de la llegada—. En cualquier momento
entraremos en la atmósfera de Sismo. La estabilidad aerodinámica requiere que
el coche tenga la cola hacia abajo. De otro modo, nuestro avance sería muy
lento. En realidad... —Se detuvo, y su rostro se tornó tenso de concentración—.
Escuche.
A
Rebka le costó un momento captarlo; entonces comenzó a escuchar un silbido
suave y agudo que atravesaba las paredes de la cápsula. Era la primera
evidencia del contacto con Sismo, del aire enrarecido que se resistía al paso
de la cápsula. Su velocidad de descenso ya debía de estar disminuyendo.
Cinco
minutos después se agregó otra señal. Estaban lo suficientemente bajos para
iniciar la compensación de presión. El aire de Sismo comenzaba a penetrar. Un
ligero olor sulfuroso invadió el interior. Al mismo tiempo, la cápsula comenzó
a sacudirse y temblar con el embate de los vientos. Rebka sintió una fuerza que
lo apretaba contra el asiento acojinado.
—Tres
minutos —dijo Perry—. Estamos en la desaceleración final.
Rebka
lo miró. Estaban a punto de aterrizar en el planeta que Perry consideraba
demasiado peligroso para recibir visitantes, pero no había ninguna señal de
temor en su voz ni en su rostro. Aunque se le veía nervioso, bien hubiese
podido ser el entusiasmo de un hombre que regresaba a casa después de una
ausencia demasiado larga.
¿Cómo
era posible eso, si Sismo era una trampa mortal tan peligrosa?
La
velocidad fue disminuyendo hasta que el coche se detuvo y la puerta se abrió en
silencio. Al seguir a Perry hasta el exterior, Rebka vio confirmadas sus
sospechas. Se encontraban en una superficie llana, una planicie gris azulada y
polvorienta, cubierta de arbustos verde oscuros y de líquenes de color ocre. El
lugar era seco y caluroso; el olor a azufre era más fuerte en el aire de la
tarde. A menos de un kilómetro, Rebka pudo ver el brillo del agua, con plantas
más altas en sus orillas. Cerca de ellos había una manada de animales bajos y
de movimientos lentos. Parecían herbívoros, pastando en silencio.
No
había volcanes en erupción, temblores terrestres ni monstruosas violencias
subterráneas. Sismo era un planeta pacífico, amodorrado con el calor, donde sus
habitantes se preparaban para soportar las temperaturas más altas que llegarían
con la Marea Estival.
Antes
de que Rebka pudiera decir algo, Perry ya miraba a su alrededor y sacudía la
cabeza.
—No
sé qué está ocurriendo aquí. —Su rostro estaba confundido—. Cuando dije que
encontraríamos problemas, no bromeaba. Esto está demasiado tranquilo. Y faltan
menos de treinta días para la Marea Estival, la mayor que jamás haya ocurrido.
Rebka
se encogió de hombros. Si Perry tenía alguna intención oculta, él no alcanzaba
a adivinarla.
—A
mí todo me parece tranquilo.
—Lo
está. Y eso es lo que anda mal. —Perry agitó un brazo para abarcar todo el
paisaje a la vez—. No debería verse así. He estado aquí muchas veces en esta
época del año. Ya tendríamos que estar viendo temblores y erupciones... de las
grandes. Deberíamos sentirlas bajo nuestros pies. Tendría que haber diez veces
más polvo en el aire. —Su voz mostraba verdadera confusión.
Rebka
asintió con la cabeza, luego giró lentamente trescientos sesenta grados y se
tomó mucho tiempo para inspeccionar los alrededores.
Justo
frente a ellos estaba el pie del Umbilical, que tocaba la superficie, pero no
estaba unido por una ligadura mecánica. La unión era efectuada de forma
electromagnética, sujetada al manto rico en metales de Sismo. Perry le había
dicho que era necesaria a causa de la inestabilidad en la superficie cuando
estaba próxima la Marea Estival. Eso era posible y resultaba compatible con las
afirmaciones de Perry sobre la violencia de los fenómenos. ¿Por qué otro motivo
hubiesen evitado los Constructores una verdadera ligadura? Pero una simple
posibilidad no hacía que la afirmación fuese cierta.
Más
allá del Umbilical, en la dirección del disco poniente de Mandel, se alzaba una
cadena de montañas bajas, de color gris morado en el aire polvoriento. Los
picos tenían un tamaño regular y una separación curiosamente uniforme. Por su
forma y su perfil escarpado, debían de ser volcánicos. Pero él no alcanzaba a
ver ninguna nube de humo sobre ellos, ni tampoco evidencia alguna de que
hubiese fluido lava. Miró con más atención. Bajo sus pies, el suelo era
uniforme y estaba libre de fisuras, sin que el crecimiento de las plantas
mostrase brechas que diesen testimonio de un reciente fracturamiento de la
superficie.
¿Así
que éste era el grandioso y terrible Sismo? Rebka había dormido tranquilo en
lugares diez veces más peligrosos. Sin decir palabra, comenzó a caminar hacia
el lago.
Perry
corrió tras él.
—¿Adonde
va? —Estaba nervioso, y no era una tensión disimulada.
—Quiero
echar un vistazo a esos animales. Si es prudente hacerlo.
—Debería
serlo. Pero permítame ir delante. —La voz de Perry sonaba agitada—. Yo conozco
el terreno.
Muy
considerado de tu parte, pensó Rebka. Aunque en este terreno no veo nada que
requiera conocerse. A intervalos, el suelo estaba marcado por afloramientos
ígneos y grava basáltica, señal segura de antigua actividad volcánica, por lo
que resultaba difícil caminar. Pero Rebka no tendría más problemas que Perry
para recorrerlo.
A
medida que se acercaban al agua, las condiciones del suelo fueron mejorando.
Allí se extendía un manto de césped verde oscuro que había logrado crecer sobre
las rocas secas. Unos animales pequeños, todos invertebrados, se escabulleron
para ocultarse de los dos extraños. Los herbívoros se mantuvieron firmes hasta
que los hombres estuvieron a unos pocos metros de distancia. Entonces se
marcharon hacia el lago sin ninguna prisa. Eran criaturas de lomos redondeados
con una simetría radial, de múltiples patas y con bocas ubicadas alrededor de
toda su periferia.
—Usted
sabe qué es lo que me confunde, ¿verdad? —preguntó Rebka de pronto. Perry meneó
la cabeza—. Todo esto. —Señaló la vida vegetal y animal que los rodeaba—. Usted
insiste en que los humanos no deben venir a Sismo estando próxima la Marea
Estival. Dice que no podremos sobrevivir aquí. Y se supone que yo debo informar
a Julius Graves y a los demás de que no les está permitido efectuar la visita,
con lo que se perderá una fuente de ingresos para Dobelle. Pero ellos sí
permanecen aquí. —Señaló a los animales que se dirigían lentamente a la
orilla—. Al parecer ellos no tienen problemas para sobrevivir. ¿Qué hacen que
no podamos hacer nosotros?
—Dos
cosas. —Habían llegado a la costa del lago. Por algún motivo, Perry había
perdido su nerviosismo—. Antes que' nada, evitan la superficie de Sismo durante
la Marea Estival. Los animales del planeta o bien mueren antes de que llegue la
Marea Estival, y sus huevos se abren cuando el verano ha pasado, o bien pasan
el estío en estado de letargo. Todos esos herbívoros son anfibios. En pocos
días más se internarán en los lagos, excavarán el lodo del fondo y dormirán
hasta que sea prudente volver a salir. Nosotros no podemos hacer eso. Ni usted
ni yo, al menos. Tal vez puedan los cecropianos.
—Podríamos
hacer algo parecido... Crear habitats bajo los lagos.
—Muy
bien. Es posible. Pero no creo que Darya Lang y los demás estén de acuerdo con
ello. De todos modos, eso es sólo la mitad de la historia. He dicho que hacen
dos cosas. La otra es que se reproducen rápido. Una gran carnada nueva cada
estación. Nosotros podríamos aparearnos todo lo que quisiéramos, todos los
días, y nunca lograríamos equiparar eso. —La sonrisa de Perry no mostraba
ningún humor—. Para ellos eso es imprescindible aquí. En Sismo la tasa de
mortalidad de animales y plantas es de un noventa por ciento al año. La
evolución ha hecho que se adaptaran al máximo. De todos modos, nueve de cada
diez morirán durante la Marea Estival. ¿Está dispuesto a correr un riesgo
semejante? ¿Está dispuesto a permitir que Darya Lang y Julius Graves lo corran?
Era
un argumento muy fuerte, siempre y cuando Rebka aceptase las afirmaciones de
Perry sobre la violencia de la Marea Estival. Y hasta el momento no estaba
convencido. Una gran aproximación con Mandel provocaría enormes terremotos
sobre Sismo. Nadie podía dudar de eso. Pero no estaba claro hasta qué punto
aquellos terremotos cansarían daños en la superficie. La flora y la fauna de
Sismo habían sobrevivido durante más de cuarenta millones de años. Y eso
incluía a una docena de Grandes Conjunciones, aunque no hubiese habido humanos
para observarlas. ¿Por qué motivo no habrían de sobrevivir a otra más sin
problemas?
—Vamos.
Hans
Rebka había tomado su decisión. Mandel estaba a punto de ocultarse, y él quería
abandonar el planeta antes de que tuviesen que depender del tenue resplandor de
Amaranto. Estaba convencido de que Perry no le había dicho todo; de que el
hombre tenía sus propios motivos para mantener a la gente alejada de Sismo.
Pero, aunque Max Perry tuviese razón, Rebka no podía justificar el cierre del
planeta. No existían suficientes evidencias de peligro para enviarlas al
gobierno del Círculo Phemus. Todos los argumentos parecían indicar lo
contrario. Era posible que los animales autóctonos tuviesen problemas para
soportar la Marea Estival; pero ellos no contaban con los conocimientos y los
recursos humanos. A juzgar por lo que Rebka veía, él mismo hubiese estado dispuesto
a pasar allí la Marea Estival.
—Tenemos
el deber de comunicar a la gente los riesgos que existen —continuó—. Pero no
somos sus guardianes. Si ellos deciden venir aquí, conociendo los peligros, no
deberíamos impedírselo.
Perry
no parecía escucharlo. Miraba a su alrededor con el ceño fruncido, del cielo al
suelo y de allí a las colmas distantes.
—Es
imposible que esto ocurra, ¿sabe? —dijo. Su voz sonaba perpleja—. ¿Adonde está
yendo?
—¿Adonde
está yendo qué? —Rebka se encontraba listo para partir.
—La
energía. Las fuerzas de las mareas bombean energía... de Mandel, Amaranto y
Gargantúa. Y ni un ápice de ella se está liberando. Lo que significa que debe
de haber una monstruosa acumulación interna...
Fue
interrumpido por un destello de luz rojiza al oeste. Ambos hombres se volvieron
hacia allí y vieron que entre ellos y la esfera poniente de Mandel había
aparecido una línea oscura de fuentes que despedían fuego y se alzaban de las
montañas distantes.
Segundos
después llegó la onda sonora; aunque el temblor de tierra vino más tarde, los
animales no esperaron. Ante el primer destello, avanzaron hacia el agua,
moviéndose mucho más rápido de lo que Rebka había imaginado que pudiesen.
—¡Cuidado!
¡Comenzarán a volar las piedras! —Perry gritaba por encima de un rugido
parecido a un trueno. Señaló las montañas—. Algunas de ellas están fundidas.
Aquí somos un blanco fácil. Vamos.
Comenzó
a correr hacia el Umbilical mientras Rebka vacilaba. La hilera de erupciones
era curiosamente ordenada. La nube oscura irrumpía con precisión de cada tercer
pico. Echó un rápido vistazo en el otro sentido —¿sería el agua un mejor
refugio?— y luego siguió a Perry. El suelo comenzó a sacudirse, a oscilar de un
lado a otro hasta que Rebka estuvo a punto de perder el equilibrio. Sintió que
debía ir más despacio hasta que una masa de eyección ardiente, una roca
semifundida del tamaño de un coche aéreo, voló por el aire y cayó siseando a
veinte metros de él.
Perry
ya estaba en la cápsula al pie del Umbilical y sostenía abierta la portilla de
ingreso.
Rebka
se introdujo por ella de cabeza, sacrificando la dignidad por la velocidad.
—Muy
bien. Ya estoy. ¡Adelante!
Perry
corrió escaleras arriba hasta la cabina de control y observación, y el coche
comenzó a elevarse antes de que Rebka hubiese recobrado la calma. Pero, en
lugar de asegurar la compuerta y seguir a Perry, regresó a la portilla de
entrada y la dejó abierta unos centímetros para mirar el exterior.
Las
rocas siseantes y la lava continuaban cayendo sobre la zona que acababan de
dejar. Se veían fuegos donde la eyección incendiaba los arbustos y la tierra
seca y, a intervalos, se escuchaban los golpes de fragmentos que chocaban
contra el Umbilical. No causarían ningún daño, a menos que alguno entrara por
la portilla abierta. Tendría tiempo suficiente para verlo venir y cerrar la
puerta.
Los
objetos más vulnerables eran los coches aéreos que se encontraban en fila al
pie del Umbilical. Habían sido construidos por humanos y traídos desde Ópalo
para uso local. Mientras Rebka miraba, un trozo de roca humeante se precipitó
sobre uno de ellos. Cuando rebotó sin tocarlo, Rebka comprendió que los coches
estaban bajo una cubierta transparente fabricada por los Constructores, que
probablemente habría sido obtenida desarmando parte de la Estación Intermedia.
Rebka
observó el horizonte. Desde la altura de doscientos o trescientos metros a la
cual se encontraban, podía ver una buena extensión del aire oscurecido de
Sismo. Toda la superficie, hasta los picos distantes, estaba cubierta de
pequeños fuegos. El humo que se elevaba llevó un aroma acre y resinoso hasta su
nariz. Abajo, el suelo brillaba por el calor, nublado por el polvo.
Era
evidente que todo aquello provenía de la cadena de volcanes que se alzaba entre
ellos y el rostro resplandeciente de Mandel, muy bajo sobre el oeste. De cada
tercer pico se elevaba una columna oscura coronada por el humo. Pero la fuerza
de la erupción ya estaba menguando. Las nubes de humo ya no eran disparadas con
destellos rojos y anaranjados, y volaban menos rocas en dirección al coche. Los
herbívoros habían desaparecido hacía mucho y presuntamente se habrían ocultado
en las profundidades del lago. Ellos sabrían cuándo volver a salir.
Perry
había dejado los controles y estaba agachado junto a Rebka. El coche había
dejado de subir por el Umbilical.
—Muy
bien. —Rebka se dispuso a cerrar la portilla—. Estoy persuadido. No quiero ser
responsable por permitir que la gente venga aquí durante la Marea Estival.
Regresemos a Ópalo.
Pero
Perry mantenía la puerta abierta y meneaba la cabeza.
—Quisiera
volver a bajar.
—¿Por
qué? ¿Quiere resultar muerto?
—Por
supuesto que no. Me gustaría echar un vistazo a lo que ocurre y
comprenderlo—Sismo se aproxima a la Marea Estival, comandante. Eso es lo que
ocurre. Las erupciones volcánicas y los terremotos están comenzando, tal como
usted dijo que ocurriría.
—No.
—Perry parecía más contemplativo que alarmado—. Hay algo misterioso aquí.
Recuerde que he venido antes a Sismo durante esta época del año, muchas veces.
Lo que acabamos de ver no es nada; sólo unos pocos fuegos artificiales. Debimos
haber encontrado más actividad, muchísima más. La superficie se hallaba en
calma cuando llegamos; debía haberse estado sacudiendo sin parar. Aunque las
erupciones parecían impresionantes, los temblores de tierra no eran nada. Ya
vio lo rápido que cesaron. —Señaló al exterior—. Mírelo ahora. Ya todo se está
calmando otra vez.
—Yo
no soy ningún geólogo planetario, pero es justo lo que uno podría esperar.
—Rebka no lograba comprender lo que pasaba por la cabeza de Perry. ¿Quería que
la gente viniese durante la Marea Estival o no? Ahora que había buenos
argumentos en contra de ello, Perry parecía estar cambiando de idea—. La
tensión aumenta y es liberada. Las fuerzas internas se intensifican durante
algún tiempo, hasta que alcanzan un punto crítico y comienzan a ceder. Hay
períodos de calma y períodos de violencia.
—No
aquí. —Perry cerró por fin la portilla—. No durante la Marea Estival. Piénselo,
capitán. Esto no es un vulcanismo planetario normal. Ópalo y Sismo giran uno
alrededor del otro cada ocho horas. Las mareas de Mandel y Amaranto actúan con
fuerza sobre ellos en cada vuelta. Si en una Marea Estival normal esas fuerzas
son enormes, la Gran Conjunción las vuelve aún más grandes..., cientos de veces
más poderosas que durante el resto del año.
Se
sentó en la bodega de carga inferior y miró la pared. Después de unos momentos,
Rebka subió a la cabina de controles y recomenzó el ascenso por su cuenta.
Cuando volvió a bajar, Perry no se había movido.
—Vamos,
deje de preocuparse. Yo le creo. Las fuerzas de las mareas son poderosas. Pero
eso es tan cierto para Ópalo como para Sismo.
—Es
verdad. —Perry reaccionó y al fin se puso de pie—. No obstante, los efectos
están mitigados en Ópalo. La superficie del océano se modifica libremente y
cada cuatro horas alcanza nuevas mareas altas y bajas. Cualquier cambio del
lecho marino, maremotos y erupciones, se mitiga mediante la profundidad del
agua encima de él. Pero los terremotos de Sismo no tienen océanos que reduzcan
sus efectos. En esta época del año, Sismo debería estar activo todo el tiempo.
Y no es así. ¿Adonde va entonces toda esa energía?
Perry
volvió a dejarse caer en su asiento y permaneció allí, con el ceño fruncido
mirando la nada.
Rebka
sintió un extraño desagrado mientras la velocidad ascendente del coche se
incrementaba y comenzaba el suave silbido del viaje a través de la atmósfera de
Sismo. Había visto el planeta con sus propios ojos. El lugar parecía ser tan
peligroso como decía Perry y, sin embargo, el mismo Perry no le temía en
absoluto. Quería regresar allí... ¡mientras todavía continuaba la erupción!
Rebka
llegó a una conclusión. Si quería comprender a Perry, necesitaba más datos. Se
sentó frente a él.
—Muy
bien, comandante Perry. Así que no se ve tal como usted había esperado. Yo no
puedo juzgar eso. Entonces dígame: ¿cómo suele verse Sismo durante esta época
del año?
Esa
era exactamente la pregunta que no debía formular. La expresión concentrada de
Perry se desvaneció, y en su rostro apareció una tristeza indefinible. Rebka
permaneció sentado aguardando una respuesta, hasta que un par de minutos
después comprendió que no la recibiría. En lugar de sacar a Perry de su
arrobamiento, la pregunta lo había sumido más profundamente en él. El hombre se
encontraba muy lejos, sumergido en sus recuerdos desdichados.
¿Recuerdos
de qué? Tal vez de Sismo durante la Marea Estival.
Rebka
no volvió a hablar. En lugar de ello se hizo un juramento. Miró hacia el punto
distante que era la Estación Intermedia y admitió una desagradable verdad. Él
no había querido este trabajo, una tarea de niñera que había interrumpido el
proyecto más fascinante de su vida. Como había detestado que lo alejasen de
Paradoja, detestaba ahora haber sido asignado a Dobelle, detestaba a Max Perry
y detestaba tener que preocuparse por la carrera interrumpida de un burócrata
sin importancia.
Pero
su orgullo no le permitiría abandonar el trabajo hasta saber con certeza qué
era lo que había destruido a ese hombre. Porque Perry estaba destruido, aunque
no se notara en la superficie.
Una
cosa estaba clara. Lo que fuese que había destruido a Perry residía en Sismo,
cerca de la Marea Estival.
Lo
cual significaba que él mismo tendría que regresar a un lugar y una época en la
cual todas las evidencias demostraban que los humanos no podían sobrevivir.
ARTEFACTO:
UMBILICAL
U AC
#:269
Coordenadas
galácticas: 26.837,186/17.428,947/363,554
Nombre:
Umbilical
Asociación
estrella/planeta: Mandel/Dobelle (doblete)
Nodo
de Acceso Bose: 513
Antigüedad
estimada: 4,037 ±0,15 Megaaños
Historia
de su exploración: Descubierto mediante observación sensora a distancia durante
el vuelo de inspección sin tripulantes efectuado sobre Mandel en E.1446.
Primera exploración directa efectuada en un vuelo tripulado en E.1513 (Dobelle
y Hinchcliffe). Primera visita de nave colonizadora en E.1668 (Wu y Tanaka).
Primera vez en ser utilizado por pobladores de Dobelle en E. 1742. Empleado de
forma habitual como sistema operante desde E. 1778.
Descripción
física: El Umbilical conforma un sistema de transporte que une a los planetas
gemelos del sistema Dobelle, Ópalo (originalmente, Ehrenknechter) y Sismo
(originalmente, Castelnuovo). Con doce mil kilómetros de largo y entre cuarenta
y sesenta de ancho, el Umbilical forma un cilindro unido de forma permanente a
Ópalo (ligadura con el lecho del mar), y conectado de forma electromagnética a
Sismo. El acoplamiento con Sismo se interrumpe cuando la órbita altamente
excéntrica del sistema Dobelle alcanza su punto más próximo con la estrella
primaria Mandel. Este punto más próximo ocurre cada 1,43 años estándar.
Las
variaciones en la longitud del Umbilical se obtienen mediante «el Montacargas»,
empleando una peculiaridad local de espacio y tiempo (estimada como un
artefacto), que permite que el Umbilical se adapte automáticamente a las
variaciones de separación entre
Ópalo
y Sismo. El Montacargas también lleva a cabo una remoción automática del
Umbilical de la superficie de Sismo durante las mareas máximas en Mandel
(«Marea Estival»). Las técnicas de control que ejecutan las operaciones han
sido comprendidas, pero no ha sido determinada la señal disparadora (como señal
de tiempo, de fuerzas o alguna otra). La Estación Intermedia (a 9.781
kilómetros de la masa central de Ópalo, a 12.918 kilómetros de la masa central
de Sismo) permite que las cargas útiles entren en el Umbilical o sean lanzadas
al espacio.
Nota:
El Umbilical es uno de los más simples y comprensibles de todos los artefactos
de los Constructores. Es por ello que despierta un interés menor en casi todos
los estudiosos de su tecnología. Sin embargo, también oculta su propio
misterio, ya que a pesar de su simpleza es una de las proezas más recientes de
los Constructores (menos de cinco millones de años). Algunos arqueo-analistas
han conjeturado que este hecho indica el comienzo de una declinación en la
sociedad de los Constructores, culminando con el derrumbe de su civilización
hasta su desaparición de la escena galáctica hace más de tres millones de años.
Naturaleza
física: Cables de sostén hechos de hidrógeno sólido, libres de defectos, con
empalmes de muón estabilizado. Los tensores de los cables rivalizan con otros
empleados por los humanos y cecropianos, pero no los superan.
La
propulsión de los coches se realiza por medio de motores sincrónicos lineales,
con trenes de potencia convencionales. La técnica para la fijación entre los
cables y los coches no es clara, pero tiene relación con el sistema de
retículos en el espacio abierto postrado por Capullo (véase Capullo, Registro
1).
La
naturaleza del Montacargas también es debatida, pero probablemente se trate de
un artefacto de los Constructores, en lugar de ser una peculiaridad natural del
sistema Dobelle.
Objetivo
propuesto: Sistema de transporte. Hasta la arribada de los humanos, este
sistema había permanecido inutilizado durante al menos tres millones de años.
Actualmente se encuentra en funcionamiento. No existe ningún indicio de
aplicaciones anteriores.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
7
Marea estival menos veintisiete
Sismo
estaba cambiando. Según Max Perry, a medida que se acercaba la Marea Estival
dejaría de ser un planeta sediento pero pacífico, de gran actividad sísmica,
para convertirse en un infierno de lava fundida y suelos agrietados. Sin
embargo, en este año de la Gran Conjunción, Sismo se había vuelto... imposible
de predecir.
Y, a
su modo, Ópalo también podía estar sufriendo grandes cambios. Más de lo que la
gente del planeta alcanzaba a notar.
Rebka
se había visto asaltado por ese pensamiento mientras volaban alrededor de
Ópalo, desde el pie del Umbilical hasta el espaciopuerto de Estrellado, donde
los estaría aguardando Darya Lang.
Seis
días antes, el viaje alrededor del planeta nublado había sido monótono, sin
turbulencias ni nada que ver con excepción de un gris uniforme por encima y por
debajo. Ahora, cuando todavía faltaban veintisiete días para la Marea Estival,
el coche era azotado y sacudido por las violentas ráfagas de viento que
impactaban contra el fuselaje. Max Perry se veía obligado a elevarse más y más
para escapar a la intensa lluvia, las negras masas de cúmulos y los remolinos
de aire y agua.
Era
evidente que los habitantes de Ópalo estaban convencidos de que se encontrarían
a salvo, incluso con aquellas mareas mucho más poderosas de lo normal.
Hans
Rebka no estaba tan seguro.
—Están
realizando una peligrosa suposición —le dijo a Perry mientras comenzaban un
agitado descenso hacia el espaciopuerto de Estrellado—. Creen que este año las
mareas de Ópalo serán iguales a las de otras mareas estivales, sólo que más
grandes.
—Eso
es exagerar las cosas. —En cuanto Sismo hubo desaparecido bajo las ubicuas
nubes de Ópalo, la otra personalidad de Perry había vuelto a emerger, fría,
tensa e indiferente a la mayoría de los sucesos. No quería discutir sus
experiencias sobre la superficie de Sismo, ni tampoco su desconcierto ante lo
que estaba ocurriendo allí—. Yo no digo que no sucederá nada diferente en Ópalo
—continuó—. Sin embargo, creo que eso no se alejaría demasiado de la verdad. Es
posible que las fuerzas excedan la resistencia de algunas de las Eslingas más
grandes y que algunas de ellas se rompan. Pero no creo que exista ningún
peligro para los pobladores. Si es necesario, la gente de Ópalo puede salir al
mar y pasar allí la Marea Estival.
Rebka
estaba en silencio, aferrado a los brazos de su asiento mientras caían por una
bolsa de aire que los dejó a ambos flotando durante un segundo o dos.
—Podría
no ser así —replicó en cuanto dejó de tener el corazón en la garganta.
Una
y otra vez tenía la necesidad de aguijonear y sondear a Max Perry para observar
sus reacciones. Era como la teoría del patrón de comparación. Se alimentaba una
caja negra con una serie de entradas y se verificaban las salidas. Según la
teoría, si uno lo hacía con la suficiente frecuencia, lograba averiguar con
precisión cuáles eran las funciones de la caja, aunque tal vez no llegaba a
comprender por qué las desempeñaba. Pero en el caso de Perry, parecían existir
dos cajas diferentes. Una de ellas estaba habitada por un humano capaz,
considerado y agradable. La otra, por un molusco que se refugiaba en una concha
protectora e impenetrable cada vez que se presentaban ciertos estímulos.
—Esta
situación me recuerda La Estela del Pelícano —continuó Rebka—. ¿Ha oído alguna
vez lo que ocurrió allí, comandante?
—Si
lo he oído, lo he olvidado.
Ésa
no era la clase de reacción que Rebka estaba buscando, pero Max Perry tenía una
excusa. Su atención estaba puesta en el sistema de estabilización automática
que luchaba por hacerlos aterrizar con suavidad.
—Tenían
una situación no muy diferente a la de Ópalo —explicó Rebka—. Sólo que
entrañaba a una proporción de masa entre animales y plantas, no a las mareas.
Cuando los colonos aterrizaron allí por primera vez, todo estaba bien. Pero
cada cuarenta años La Estela del Pelícano atraviesa parte de una nube de
cometas. Pequeños cuerpos volátiles, en su mayor parte tan pequeños que se
vaporizan en la atmósfera y no logran llegar al suelo. La temperatura y la
humedad se elevan bruscamente. La proporción de animales y plantas desciende, y
el oxígeno baja un poco. Entonces, en menos de un año, todo vuelve a la
normalidad. No ocurre nada grave.
—Nadie
se preocupaba demasiado. Y continuaron sin preocuparse a pesar de que sus
astrónomos predijeron que en el siguiente paso a través de la nube, La Estela
del Pelícano recibiría un treinta por ciento más de materia que lo
acostumbrado.
—Creo
que ahora lo recuerdo. —Perry mostraba un interés distante y amable—. Es un
caso que estudiamos antes de que viniera a Dobelle. Algo salió mal, y
estuvieron a punto de perder toda la colonia, ¿verdad?
—Depende
de a quién se lo pregunte. —Rebka vaciló. ¿Cuánto debía decir?—. No pudo
probarse nada, pero da la casualidad de que creo que tiene razón. Estuvieron
cerca. Sin embargo, yo apunto a lo siguiente: lo que salió mal no pudo ser
pronosticado mediante patrones de la física. El mayor nivel en la afluencia de
material cometario modificó la biosfera de La Estela del Pelícano, dejándola en
una nueva condición estable. El oxígeno descendió de un catorce a un tres por
ciento en tres semanas. Y allí se quedó hasta que un equipo de terramorfismo
logró llegar y comenzó a revenirlo. Ese cambio repentino hubiese matado a casi
todos, porque en el lapso del que disponían no hubiesen alcanzado a sacarlos de
allí.
Max
Perry asintió con la cabeza.
—Lo
sé. Pero en La Estela del Pelícano hubo un hombre que decidió trasladar a la
gente fuera del planeta, mucho antes de que se aproximaran a la lluvia
cometaria. Había visto evidencias de cambios en los fósiles, ¿verdad? Es un
caso clásico... Un hombre en el lugar podía saber más que cualquiera que se
encontrase a años luz de allí. Desoyó las instrucciones de sus propias oficinas
centrales y se convirtió en un héroe por hacerlo.
—No
exactamente. Logró que le reprendieran por hacerlo.
El
coche había tocado tierra y se deslizaba por la pista. Rebka estaba dispuesto a
abandonar el tema. No era el momento indicado para informar a Max Perry sobre
la identidad del hombre en cuestión. Y, aunque había sido regañado en público,
en privado lo habían felicitado por su atrevimiento al contradecir las
instrucciones escritas de un Coordinador de Sector. El hecho de que sus
supervisores inmediatos jamás le hubiesen hecho conocer de forma deliberada
esas instrucciones escritas nunca había sido mencionado. Parecía ser parte de
la filosofía del gobierno del Círculo Phemus: los que resolvían problemas
trabajaban mejor cuando no sabían demasiado. Cada vez estaba más convencido de
que no se lo habían dicho todo antes de enviarlo a Dobelle.
—Lo
único que digo es que podrían enfrentarse con una situación similar en Ópalo
—continuó—. Cuando un sistema es perturbado de forma periódica por una fuerza,
un incremento de esa fuerza puede que no conduzca tan sólo a una perturbación
mayor de la misma clase. Es posible que se encuentren con una bifurcación y que
las condiciones cambien por completo. Supongamos que en Ópalo las mareas se
vuelven lo suficientemente grandes como para interactuar de forma caótica.
Tendrían turbulencias por todas partes, remolinos y torbellinos. Podrían
aparecer olas monstruosas, de dos o tres kilómetros de alto. Los barcos no
lograrían sobrevivir a eso, ni tampoco las Eslingas. ¿Podría evacuar a todos si
tuviera que hacerlo? ¿Durante la Marea Estival? No me refiero al mar; hablo de
sacarlos del planeta.
—Lo
dudo. —Perry apagó el motor y meneó la cabeza—. Voy a ser más preciso. No,
sería imposible. De todos modos, ¿adonde los llevaríamos? Gargantúa tiene
cuatro satélites casi tan grandes como Ópalo. Un par de ellos poseen su propia
atmósfera, pero es de metano y nitrógeno, no de oxígeno, y son demasiado fríos.
Aparte de eso, sólo queda Sismo. —Perry lo miró—. Supongo que hemos renunciado
a la idea de permitir que vayan allí, ¿verdad?
La
lluvia torrencial había amainado, y el coche se había detenido junto al
edificio que Perry había asignado a Darya Lang.
Hans
Rebka se levantó con dificultad y se frotó las rodillas. Se suponía que Darya
Lang debía estar aguardando para recibirlos. Sin duda tenía que haber escuchado
la llegada del coche. Sin embargo, no había ninguna señal de ella en el
edificio. En su lugar, un hombre alto y esquelético, con una gran cabeza calva,
se encontraba protegido a medias bajo el alero, mirando al coche que acababa de
llegar. Sobre su cabeza sostenía un paraguas de colores chillones. El blanco
resplandeciente de su traje, con sus charreteras doradas y sus atavíos
celestes, sólo podía provenir de la fibra extraída del capullo de Ditrón.
A la
distancia parecía elegante e imponente, aunque su rostro y su cuero cabelludo
eran de un color rojo intenso, quemados por la radiación. Rebka alcanzó a ver
que sus labios y cejas se estremecían y retorcían de forma incontrolable.
—¿Sabía
usted que él estaría aquí? —Rebka señaló con el pulgar por debajo de la ventana
del coche, de tal modo que el hombre no pudiera verlo. No necesitaba mencionar
la identidad del extraño. Aunque raras veces se veía a un miembro de los
Consejos de la Alianza, el uniforme era familiar para cualquier especie del
brazo espiral.
—No.
Pero no me sorprende. —Max Perry sostuvo abierta la puerta del coche para que
Rebka pudiera bajar—. Hemos estado ausentes durante seis días, y él debió de
llegar en ese lapso.
El
hombre no se movió mientras Perry y Rebka bajaban del coche y corrían a
refugiarse bajo los amplios aleros. Cerró su paraguas y permaneció allí durante
treinta segundos, sin hacer caso de las gotas de lluvia que caían sobre su
cabeza calva. Finalmente se volvió para saludarlos.
—Buen
día. Pero no buen clima. Y creo que está empeorando. —La voz concordaba con el
hombre, fuerte y hueca, con un deje de rudeza encubierto por el sofisticado
acento de un nativo de Miranda. Extendió la muñeca izquierda, donde tenía
grabada su identificación permanente—. Soy Julius Graves. Supongo que habrán
recibido el aviso de nuestra llegada.
—Lo
recibimos —respondió Perry.
Sonaba
incómodo. Ante la presencia de un miembro del Consejo, la mayoría de la gente
examinaba los errores cometidos y comprendía los límites de su autoridad. Rebka
se preguntó si Graves tendría planificada una visita a Ópalo. De una cosa
estaba seguro: los miembros del Consejo eran personas sumamente ocupadas, a las
que no les agradaba perder el tiempo con imprevistos.
—Los
pliegos informativos no proporcionaban detalles sobre el motivo de su visita
—dijo, extendiendo la mano—.
Soy
el capitán Rebka, a su servicio, y él es el comandante Perry. ¿Por qué ha
venido al sistema Dobelle?
Graves
no se movió. Permaneció en silencio durante otros cinco segundos. Finalmente
inclinó su gran cabeza ante los dos hombres, asintió y estornudó con fuerza.
—Tal
vez pueda responderle mucho mejor adentro. Estoy helado. He estado esperando
aquí desde el amanecer. Aguardaba el regreso de los demás. —Perry y Rebka
intercambiaron una mirada. ¿Los demás? ¿Y el regreso de dónde?—. Partieron hace
ocho horas —continuó Graves—, justo cuando yo llegaba. El pronóstico del tiempo
indica... —sus ojos hundidos se nublaron, y hubo un momento de silencio— que un
temporal nivel cinco se dirige al espaciopuerto de Estrellado. Para alguien que
no está familiarizado con el medio ambiente del Círculo, una tormenta semejante
podría resultar peligrosa. Estoy preocupado y querría hablar con ellos.
Rebka
asintió con la cabeza. Una pregunta ya había sido respondida. Junto a Darya
Lang había otros visitantes que no pertenecían al Círculo Phemus. ¿Pero quiénes
eran?
—Será
mejor que revisemos la lista de llegadas —dijo a Perry con suavidad—. Veamos
qué es lo que tenemos.
—Háganlo
si lo desean. —Graves lo miró. Sus ojos azul claro parecieron penetrar en la
cabeza de Rebka. El consejero se dejó caer en una silla de caña amarilla y
juncos trenzados, sorbió por la nariz y continuó—. Pero no necesitan hacerlo.
Puedo asegurarles que Darya Lang de la Cuarta Alianza se ha encontrado con
Atvar H'sial y J'merlia de la Federación Cecropia. Después de conocerlos
examiné los antecedentes de los tres. Son quienes dicen ser.
Rebka
hizo el cálculo y comenzó a abrir la boca, pero Perry se le adelantó.
—¡Eso
es imposible! —Graves lo miró, y sus cejas inquietas se crisparon—. Un día, ha
dicho, desde que llegó aquí —continuó Perry—. Si pidió una investigación
mediante el puesto más cercano del Sistema Bose en cuanto llegó y todo ello fue
transmitido a través de los Nodos y respondido de inmediato, la duración total
del proceso no pudo ser inferior a un día oficial, tres días en Ópalo. Lo sé.
Lo he intentado con frecuencia.
Rebka
pensó que Perry tenía razón. Y que era más rápido de lo que imaginaba. Pero
estaba cometiendo un error táctico. Los miembros del Consejo no mentían, y
acusarlos de ello era buscarse problemas.
No
obstante, Graves sonreía por primera vez desde que se habían conocido.
—Comandante
Perry, le estoy agradecido. Ha simplificado mi próxima tarea. —Extrajo un
pañuelo blanco e impecable del bolsillo, se secó el sudor de la calva y se dio
unas palmaditas en la frente—. ¿Cómo puedo saberlo, preguntan? Tal como les he
dicho, yo soy Julius Graves. Pero en cierto sentido también soy Steven Graves.
—Se reclinó en la silla, cerró los ojos durante algunos segundos, parpadeó y
continuó—. Cuando fui invitado a unirme al Consejo, se me explicó que debería
conocer la historia, la biología y la psicología de cada especie inteligente o
potencialmente inteligente en todo el brazo espiral. El volumen de los datos
excede la capacidad de cualquier memoria humana.
»Se
me ofreció una opción: podía aceptar un implante de memoria inorgánica y de
alta densidad..., algo tan incómodo y pesado que mi cabeza y mi cuello
necesitarían un soporte permanente. Es lo que suelen preferir los miembros del
Consejo pertenecientes a la Comunión Zardalu. O podía desarrollar un gemelo
mnemotécnico interno, un segundo par de hemisferios cerebrales creados de mi
propio tejido cerebral, utilizados solamente para almacenamiento de memoria y
recuerdo. Eso entraría en mi propia cabeza, posterior a mi corteza cerebral,
con una expansión craneal mínima.
»Yo
escogí la segunda solución. Se me advirtió que, como los nuevos hemisferios
serían una parte integral de mí, su capacidad de almacenamiento y recuerdo se
vería alterada por mi propia condición física: lo cansado que estuviera o
cualquier clase de estimulante que hubiese ingerido. Les digo esto para que no
me consideren antisocial, si me niego a beber, o que soy un valetudinario,
alguien excesivamente preocupado por su propia salud. Debo ser cuidadoso
respecto al descanso y a la ingestión de estimulantes, o de otro modo la
entrecara mnemotécnica resulta dañada. Y a Steven no le agrada eso.
Graves
sonrió. Varias expresiones opuestas pasaron por su rostro, justo en el momento
en que una fuerte ráfaga de viento azotaba el edificio. Las paredes de fibra se
estremecieron.
—Pero
lo que no se me dijo —continuó— fue que el gemelo mnemotécnico podría llegar a
desarrollar una conciencia. Y esto ocurrió. Tal como les he dicho, soy Julius
Graves, pero también soy Steven Graves. Él ha sido la fuente de mi información
sobre Darya Lang y la cecropiana, Atvar H'sial. ¿Podemos ahora proceder con
otros asuntos?
—¿Steven
puede hablar? —preguntó Rebka.
Max
Perry parecía estar conmocionado. Si un miembro del Consejo husmeando en sus
asuntos ya era un problema..., ahora tenía dos. ¿Y Julius Graves siempre se
encontraría a cargo? A juzgar por las expresiones cambiantes de su rostro, en
su interior debía desarrollarse una batalla continua.
—Steven
no puede hablar —respondió Graves, meneando la cabeza—. Tampoco es capaz de
sentir, ver, tocar o escuchar, excepto cuando envío mis propias experiencias
sensoras al almacenamiento mnemotécnico, a través de un cuerpo calloso añadido.
Pero Steven puede pensar... Mejor que yo, insiste él. Según me dice, dispone de
más tiempo para ello. Y me envía las señales, sus propios pensamientos, bajo la
forma de recuerdos. Yo soy capaz de traducirlos lo bastante bien para que la
gente crea que Steven está hablando directamente. Por ejemplo. —Guardó silencio
unos momentos. Cuando habló, su voz fue notablemente más joven y vivaz—. Hola.
Me alegro de estar aquí, en Ópalo. Nadie me dijo que el clima sería tan
horrendo, pero lo bueno de estar donde estoy es que no te mojas cuando llueve.
—La voz regresó a su tono grave y hueco—. Mis disculpas. Steven es aficionado a
las bromas sin gracia y tiene un pasmoso sentido del humor. Yo no logro
controlar ninguna de las dos cosas, aunque trato de ocultarlas. Y confieso que
me he vuelto demasiado dependiente de los conocimientos de Steven. Por ejemplo,
él ya maneja casi toda la información local sobre las condiciones de este
planeta, mientras que mi propio aprendizaje es tristemente deficiente. Deploro
mi propia pereza. Y ahora, ¿podemos continuar con el motivo de mi visita? Me
encuentro aquí por una cuestión para la cual el humor no es nada oportuno.
—Asesinato
—murmuró Perry después de una larga pausa. La tormenta estaba llegando a su
punto culminante. A medida que aumentaban los sonidos del viento, él parecía
más inquieto. Incapaz de permanecer sentado, merodeaba frente a la ventana,
mirando los helechos y los pastos que se agitaban, o a las nubes rojizas bajo
la luz de Amaranto.
—Asesinato
—repitió Perry—. Asesinato múltiple. Es lo que decía su solicitud para visitar
Ópalo.
—Es
verdad. Pero eso fue sólo porque no quise enviar un término más duro por el
Sistema Bose. —Era indudable que Julius Graves no bromeaba ahora—. Una palabra
más exacta sería genocidio. Si lo prefieren, lo expresaré en forma más moderada
como sospecha de genocidio.
Graves
miró a su alrededor en silencio, mientras una lluvia más intensa se precipitaba
sobre las ventanas y el techo. Los otros dos hombres estaban paralizados: Max
Perry, inmóvil frente a la ventana; y Rebka, en el borde de su asiento.
—Genocidio.
Sospecha de genocidio. ¿Existe una diferencia significativa? —preguntó Rebka al
fin.
—No
desde ciertos puntos de vista. —Sus labios carnosos se retorcieron y
temblaron—. No existe ningún estatuto, ni en términos de tiempo ni de espacio,
que limite las investigaciones sobre ninguna de las dos. Pero sólo tenemos
evidencias circunstanciales, sin pruebas y sin una confesión. Mi tarea es
conseguir ambas cosas. Me propongo lograrlo aquí, en Ópalo.
Graves
hurgó en el bolsillo con bordes azules de su chaqueta y extrajo dos cubos de
imagen.
—Por
más increíble que parezca, ellas son las acusadas del crimen, Elena y Geni
Carmel, de veintiún años oficiales de edad, nacidas y criadas en Shasta. Y, tal
como pueden ver, dos hermanas gemelas idénticas.
Enseñó
los cubos a los dos hombres. Rebka sólo vio a dos jóvenes muy bronceadas, con
grandes ojos y aspecto agradable, vestidas con prendas iguales en verde manzana
y castaño suave. Pero aparentemente, Max Perry vio algo más en aquellas
fotografías. Lanzó una pequeña exclamación, se inclinó hacia delante y cogió
los cubos para mirarlos con atención. Pasaron veinte segundos antes de que la
tensión lo abandonara y alzara la vista.
Julius
Graves los observaba a ambos. De pronto, Rebka quedó convencido de que a
aquellos brumosos ojos celestes no se les escapaba nada. La impresión de
extravagancia y excentricidad podía ser genuina o tratarse de una pose..., pero
por debajo de ella yacía una inteligencia extraña y poderosa. Y los tontos no
se convertían en miembros del Consejo.
—Usted
parece conocer a estas muchachas, comandante Perry —dijo Graves—. ¿Es así? Si
las ha conocido alguna vez, es vital que yo sepa cuándo y dónde.
Perry
negó con la cabeza. Su rostro estaba aún más pálido que de costumbre.
—No.
Sólo que, por un momento, al ver los cubos por primera vez, he pensado que
eran... otra persona. Alguien a quien conocí hace mucho tiempo.
—¿Alguien?
—Graves aguardó, pero, cuando fue evidente que Perry no diría nada más,
continuó—: Me propongo no ocultarles absolutamente nada y les ruego que hagan
lo mismo conmigo. Con su permiso, ahora dejaré que Steven les cuente el resto.
Él posee la más completa información, y a mí me resulta difícil hablar sin que
las emociones enturbien los hechos.
Los
crispamientos cesaron. El rostro de Graves se serenó, y adoptó el aspecto de un
hombre más joven y más alegre.
—Muy
bien, aquí va —dijo—. La triste historia de Elena y Geni Carmel. Shasta es un
mundo rico. Permite que sus jóvenes hagan lo que les plazca. Cuando las gemelas
Carmel cumplieron los veintiuno, recibieron como obsequio una pequeña nave
espacial para realizar excursiones, la Nave de los Sueños Estivales. Pero en
lugar de dedicarse a pasear por su propio sistema, como hacen la mayoría de los
chiquillos, convencieron a su familia para que conectasen un Propulsor Bose a
la nave. Entonces se lanzaron a una verdadera parranda turística: nueve mundos
de la Cuarta Alianza y tres de la Comunión Zardalu. En su planeta final,
decidieron ver la vida «en bruto»... Así fue como lo expresaron sus padres.
Significa que querían vivir con comodidad, pero observando un mundo
subdesarrollado.
«Aterrizaron
en Pavonis Cuatro y desplegaron una tienda de lujo. Pavonis Cuatro es un
planeta pobre y pantanoso de la Comunión. Más bien debería decir que es pobre
ahora; ya que era bastante rico antes de que llegaran los explotadores humanos.
Para ellos, una especie anfibia nativa, conocida como los Bercia, resultaba un
estorbo. Quedaron prácticamente extinguidos. Pero para ese entonces el planeta
ya había sido limpiado, y los explotadores partieron. Los miembros
supervivientes de los Bercia, los pocos que quedaban, recibieron la condición
provisional de poseer una inteligencia potencial y fueron protegidos. Al fin.
Graves
se detuvo. Su rostro se convirtió en una máscara de expresiones cambiantes. Ya
no resultaba evidente si era Julius o Steven el que hablaba.
—¿Eran
los Bercia inteligentes? —prosiguió con suavidad—. El universo nunca lo sabrá.
Lo que sí sabemos es que ahora los Bercia están extinguidos. Sus últimas dos
guaridas fueron eliminadas hace dos meses... por Elena y Geni Carmel.
—Pero
no habrá sido a propósito, seguramente. —Perry continuaba aferrado a los cubos
y los miraba—. Debe de haber sido un accidente.
—Es
posible. —Con sus modales serios, Julius Graves volvía a estar a cargo—. No lo
sabemos, porque, cuando ocurrió, las gemelas Carmel no se quedaron para
aclararlo. Inexplicablemente, escaparon. Y continuaron escapando hasta que hace
una semana les obstruimos el Propulsor Bose. Ahora ya no pueden escapar más.
Ahora
la tormenta arreciaba. Afuera del edificio sonaba un triste gemido, el lamento
de una sirena, audible por encima del viento y la lluvia en el techo. Rebka
todavía podía escuchar a Graves, pero algún otro condicionamiento movilizó a
Perry. Ante el primer sonido de la sirena, se dirigió hacia la puerta.
—¡Un
aterrizaje! Esa sirena significa que alguien se encuentra en problemas. Están
locos. Si no tienen la suficiente experiencia en una tormenta de nivel cinco...
Perry
se marchó. Julius Graves se dispuso a ponerse de pie, pero la mano de Hans
Rebka sobre su brazo lo detuvo.
—Escaparon
—dijo Rebka. Por la ventana, en medio de la lluvia, podía ver las luces de un
coche aéreo que descendía, inclinándose y virando como ebrio en medio de las
ráfagas traicioneras. Sólo se encontraba a unos metros del suelo. Él también
debía salir. Pero antes tenía que confirmar una cosa—. Escaparon. ¿Y
vinieron... a Ópalo?
—Eso
fue lo que pensé —respondió Graves, meneando su cabeza grande y cubierta de
cicatrices— y por eso solicité aterrizar aquí. Steven había calculado que la
trayectoria tenía su punto final en el sistema Dobelle. En cuanto llegué, hablé
con los monitores del espaciopuerto de Estrellado. Ellos me aseguraron que
nadie pudo haber aterrizado una nave con Propulsor Bose sin que ellos lo
supieran.
Ahora
volvió a sonar la alarma, y ardieron las bengalas rojas y anaranjadas. Se
escuchaban voces que gritaban. Al mirar por la ventana, Rebka vio que el coche
tocaba tierra, rebotaba con fuerza por el aire y luego giraba para caer
invertido. Entonces se volvió hacia la puerta, pero fue retenido por la mano
fuerte de Graves en su brazo.
—Cuando
el comandante Perry regrese, le informaré de una nueva solicitud —dijo Graves
con suavidad—. No queremos registrar Ópalo. Las gemelas no se encuentran aquí.
Pero están en el sistema Dobelle. Y eso sólo puede significar una cosa: que
están en Sismo.
Graves
inclinó la cabeza hacia un costado, como escuchando por primera vez las sirenas
y los sonidos de metal despedazado.
—Debemos
registrar Sismo, y pronto. Pero, por el momento, parece que existen problemas
más inmediatos.
8
Marea estival menos veintiséis
El
momento de la muerte. Toda una vida pasando frente a tus ojos en un instante.
Darya
Lang oyó el golpe de la ráfaga de costado justo cuando las ruedas del coche
tocaban tierra por segunda vez. Vio cómo se estrellaba el ala derecha...,
sintió que la máquina abandonaba la pista..., supo que la nave se estaba dando
la vuelta. Hubo un chirrido al aplastarse los paneles del techo.
De
pronto, la tierra oscura pasaba con un zumbido a escasos centímetros de su
cabeza. Una lluvia de lodo cayó sobre ella, ahogándola. La luz desapareció,
dejándola en la más completa oscuridad.
Mientras
el arnés se le clavaba con fuerza en el pecho, el dolor hizo que su mente se
aclarase. Se sintió estafada.
¿£50
era su vida entera? ¿Lo que supuestamente pasaba a toda prisa frente a sus
ojos? De ser así, se había tratado de una vida muy pobre. Lo único en lo que
podía pensar era en el Centinela. En cómo nunca llegaría a comprenderlo, a
penetrar en su antiguo misterio, en que nunca llegaría a saber lo que había
ocurrido con los Constructores. Todos esos años luz de viaje, ¡para terminar
aplastada como un insecto en el lodo de un planeta sin importancia!
Como
un insecto. Al pensar en los insectos se sintió vagamente culpable.
¿Por
qué?
Entonces
recordó, colgada cabeza abajo en su arnés. Aunque pensar era difícil, tenía que
hacerlo. Estaba viva. Ese líquido que chorreaba por su nariz y se metía en sus
ojos ardía terriblemente, pero era demasiado frío como para tratarse de sangre.
¿Qué había sido de los otros dos, de Atvar H'sial y J'merlia, sentados en el
asiento trasero? No eran insectos, pensó; en realidad, se parecían menos a
insectos que ella. Eran seres racionales.
¡Debería
darte vergüenza, Darya Lang!, se dijo.
Sin
embargo, ¿los habría matado ella con su forma deficiente de pilotar?
Darya
giró la cabeza y trató de mirar a sus espaldas. Algo andaba mal en su cuello.
Incluso antes de volverse, sintió una punzada ardiente en la garganta y en el
hombro izquierdo. No podía ver nada.
—¿J'merlia?
—No serviría de nada llamar a Atvar H'sial. Aunque la cecropiana pudiese
escucharla, no tendría forma de responderle—. ¿J'merlia?
Ninguna
respuesta. Sólo aquellas voces humanas fuera de la nave. ¿La estaban llamando?
No. Hablaban entre ellos, aunque resultaba difícil escucharlos sobre el silbido
del viento.
—No
puedo hacerlo por aquí. —Era la voz de un hombre—. El techo está partido. Si
cede ese puntal, el peso les destrozará la cabeza.
—De
todos modos están desahuciados —hablaba una mujer—. Mira cómo han caído. Están
aplastados. ¿Quieres esperar al elevador?
—No.
He oído a alguien. Sujeta la luz. Voy a entrar.
¡La
luz! Darya sintió un nuevo pánico. La oscuridad que tenía delante era total,
más negra que cualquier medianoche, negra como la pirámide en el corazón del
Centinela. En esa época del año, la luz del día era continua en Ópalo; de
Mandel o de su compañero Amaranto. ¿Por qué no podía ver?
Trató
de parpadear y no lo logró; alzó la mano derecha para frotarse los ojos. Su
mano izquierda se había desvanecido... No tenía ninguna sensación allí, ninguna
respuesta salvo el dolor del hombro cuando trataba de moverla.
Al
frotarlos, sus ojos ardieron aún más. Todavía no podía ver nada.
—Dios,
qué desastre. —Otra vez hablaba el hombre. Hubo un ligero resplandor frente a
ella, como la luz de una antorcha vista con los ojos cerrados—. Allie, hay tres
aquí adentro..., según creo. Dos de ellos son alienígenas y están entrelazados.
Hay jugo de insecto por todas partes. No alcanzo a distinguir qué es qué y no
me atrevo a tocarlos. Envía una llamada de socorro; trata de ver si cerca de
aquí hay alguien que sepa algo sobre la anatomía de estos seres.
Hubo
una respuesta distante e ininteligible.
—Diablos,
no lo sé. —La voz sonaba más cerca—. No se mueve nada... Podrían estar todos
muertos. No puedo esperar. Están cubiertos de aceite negro. Una llama y se
convertirán en tostadas.
Conversaciones
lejanas, difusas. Más de una persona.
—No
importa. —La voz estaba directamente a su lado—. Tengo que sacarlos. Que
alguien entre aquí y me ayude.
Las
manos que sujetaron a Darya no tuvieron la intención de ser rudas. Pero, cuando
tocaron su hombro y su cuello, múltiples galaxias de dolor desfilaron frente a
sus ojos. Darya lanzó un grito, un alarido de las profundidades de su garganta
que salió como el maullido de un gatito.
—¡Bien!
—Las manos la sujetaron con más fuerza—. Ésta está viva. Ya salgo.
Darya
fue arrastrada boca abajo entre una maraña de lodo, raíces y helechos. Su boca
se llenó de un musgo viscoso y de sabor desagradable, provocándole dolorosas
arcadas. Mientras, una raíz prominente se clavaba en su clavícula rota, de
pronto algo le vino a la mente: ¡no era necesario que permaneciese despierta
para algo tan indigno!
La
oscuridad la envolvió. Era hora de dejar de luchar, hora de descansar, hora de
escapar hacia el consuelo de la negrura.
Aunque
a Darya le había costado un día aprenderlo, finalmente estuvo segura: el
diálogo entre humanos y cecropianos era imposible sin la ayuda de J'merlia o de
otro intermediario lo'ftiano; pero la comunicación era. factible. Y podía
resultar muy significativa.
El
rígido dermatoesqueleto de los cecropianos hacía que la expresión facial fuese
imposible en un sentido humano. Sin embargo, el lenguaje del cuerpo era
empleado por ambas especies. Sólo tenían que descubrir los códigos de
movimiento de cada una.
Por
ejemplo, cuando Atvar H'sial confiaba en que conocía la respuesta que Darya
daría a determinada pregunta, se echaba un poco hacia atrás. Con frecuencia
también levantaba una o ambas patas delanteras. Cuando no conocía la respuesta
y estaba ansiosa por escucharla, la delicada trompa se replegaba... sólo un
poco. Y cuando estaba verdaderamente entusiasmada —o preocupada; resultaba
difícil reconocer la diferencia— por un comentario o una pregunta, los vellos y
pelusas de sus largas antenas en abanico se erizaban de inmediato.
Tal
como había ocurrido, de un modo impresionante, cuando Julius Graves entró en
escena.
Darya
tenía información sobre el Consejo —todos la tenían—, pero había estado
demasiado preocupada con sus propios intereses para prestarle mucha atención.
Sus funciones todavía le resultaban algo vagas, aunque sabía que estaban
relacionadas con cuestiones éticas.
—Pero
se supone que todos somos imprecisos, profesora Lang —le había dicho Graves.
Le
dirigió una sonrisa que su gran cabeza esquelética convirtió en algo
positivamente amenazador. No estaba claro cuánto hacía que había aterrizado en
el espaciopuerto de Estrellado, pero sin duda había decidido visitarla en un
momento inoportuno. Ella y Atvar H'sial habían mantenido una conversación
preliminar y se disponían a entrar en el quid de la cuestión: ¿quién haría qué,
por qué y cuándo?
—Todo
el mundo es poco definido —continuó Graves—, excepto aquellos cuyas acciones
hacen necesario al Consejo.
Darya
estuvo segura de que su rostro volvía a traicionarla. Lo que estaba a punto de
hacer con la cecropiana no era asunto del Consejo; no había nada poco ético en
engañar a la burocracia si era por una buena causa científica, incluso aunque
esa causa no hubiese sido revelada ante ninguna persona de Ópalo. ¿Qué otra
cosa hacían los miembros del Consejo?
Pero
Graves la miraba con aquellos brumosos ojos celestes que parecían de un loco, y
ella estaba segura de que podían leer la culpa en los suyos.
Si
no era así, ¡seguramente podría detectarla en Atvar H'sial! Las antenas estaban
erguidas como largos cepillos, y hasta J'merlia casi farfullaba en su ansiedad
por decir las palabras.
—Más
tarde, estimado Consejero. Estaremos encantadas de encontrarnos con usted más
tarde. Por el momento, tenemos un urgente compromiso previo.
Atvar
H'sial llegó a coger la mano de Darya Lang con una de sus zarpas articuladas.
Mientras la cecropiana la arrastraba hacia la puerta. ¡Hacia fuera, donde
llovía a cántaros! Darya notó por primera vez que la almohadilla inferior de la
zarpa estaba cubierta de vellos negros, como pequeños ganchos. Darya no hubiese
podido soltarse, aunque hubiera estado dispuesta a hacer una escena frente a
Julius Graves.
Era
otro vestigio de algún lejano ancestro volador de Atvar H'sial, de alguien que
tal vez había tenido que aferrarse a los árboles y rocas.
Bueno,
ninguno de nosotros ha salido directamente de la cabeza de los dioses,
¿verdad?, reflexionó. A todos nos quedan pequeñas piezas dejadas por la
evolución. De forma automática, Darya se miró las uñas. Estaban sucias. Al
parecer ya se estaba dejando llevar por las desagradables costumbres de Ópalo y
Sismo.
—¿Adonde
vamos? —preguntó en un susurro.
Julius
Graves hubiese necesitado un oído fenomenal para distinguir sus palabras por
encima del sonido de la lluvia. Con todo, Darya estaba segura de que las miraba
partir. Sin duda se preguntaba adonde iban y por qué, con ese clima tan
horrible. Se sentía mucho mejor sin su presencia.
—Hablaremos
de ello en un momento. —Mientras recibía el beneficio directo de las feromonas
nerviosas de Atvar H'sial, J'merlia avanzaba a saltitos como si la explanada
húmeda del estacionamiento de coches hubiese estado ardiendo. La voz del
lo'tfiano tembló de premura—. ¡Entra en el coche, Darya Lang! ¡Entra!
¡En
realidad ambos se disponían a alzarla para introducirla!
—¿Quieren
que Graves piense que está ocurriendo algo ilegal? —le susurró a Atviar H'sial,
apartando sus zarpas—. ¡Cálmense!
Su
reacción hizo que se sintiera un poco superior. Las cecropianas tenían
reputación de ser seres claros y racionales. Muchos —incluyendo a ellos mismos—
decían que eran muy superiores a los humanos en cuanto a su capacidad
intelectual y su rendimiento. Sin embargo, allí estaba Atvar H'sial, tan
agitada como si hubiesen estado planeando un gran crimen.
Los
dos alienígenas se apretujaron tras ella en el coche, empujándola hacia
delante.
—Tú
no lo comprendes, Darya Lang. —Mientras Atvar H'sial cerraba la puerta,
J'merlia la empujaba hacia el asiento del piloto—. Éste es tu primer encuentro
con un miembro de un consejo importante. No se puede confiar en ellos.
Se
supone que deben limitarse a las cuestiones éticas, ¡pero no lo hacen! No
tienen vergüenza. Creen que tienen derecho a meterse en todo, incluso en cosas
que no son de su incumbencia. ¡No podíamos mantener una conversación con Julius
Graves presente! Sin duda hubiese interferido y arruinado todo lo que hemos
planeado. Debemos alejarnos de él. Rápido.
Mientras
J'merlia hablaba, Atvar H'sial hacía señas desesperadas para que Darya
despegase... hacia las nubes tormentosas que cubrían medio cielo de forma
ominosa. Darya las señaló, pero entonces comprendió que, con su detección por
ultrasonidos, a esa distancia la cecropiana no «vería» absolutamente nada.
Incluso con aquellos increíbles oídos, el mundo de Atvar H'sial se hallaba
limitado a una esfera de no más de cien metros de diámetro.
—El
clima es muy malo... por allí, hacia el este.
—Entonces
vuela hacia el oeste —dijo J'merlia—. O al norte o al sur. Pero vuela. —El
lo'tfiano estaba agazapado en el piso del coche, mientras Atvar H'sial apoyaba
su cabeza contra la ventanilla lateral, mirando a la nada con su rostro ciego.
Darya
elevó el coche en un giro empinado, escapando hacia las nubes más ligeras que
había en la lejanía sobre su izquierda. Si lograba colocarse por encima de
ellas, el coche podría circular durante muchas horas.
¿Cuántas?
No era lo suficientemente sagaz para saberlo. Lo mejor sería continuar
ascendiendo, alejarse de la tormenta y buscar un lugar tranquilo donde
aterrizar al borde de la Eslinga.
Dos
horas después debió abandonar esa idea. La fuerza del viento no aminoraba.
Habían volado hasta el borde de la Eslinga y dado vueltas a su alrededor,
buscando otro lugar donde aterrizar. No habían encontrado ninguno. Y, peor que
eso, la masa negra de grandes tronadas los perseguía. Un muro sólido de gris
cubría las tres cuartas partes del horizonte. En el coche la radio informaba
sobre una tormenta nivel cinco, pero no se molestaba en definirla. Mandel se
había ocultado, por lo que volaban sin más iluminación que la luz furiosa de
Amaranto.
Darya
se volvió hacia Atvar H'sial.
—No
podemos permanecer aquí arriba para siempre, y no quiero dejar las cosas para
el último momento. Voy a elevarme más para quedar por encima de la tormenta.
Entonces regresaremos. El mejor sitio para aterrizar es el lugar de donde
partimos.
Atvar
H'sial asintió con complacencia cuando el mensaje le fue transmitido por
J'merlia. La tormenta no producía ningún temor a la cecropiana... tal vez
porque no podía ver las nubes negras y rápidas que exhibían su fuerza. Sus
preocupaciones continuaban con Julius Graves.
Mientras
volaban, Atvar H'sial le explicó todo su plan a través de J'merlia. En cuanto
regresase el capitán Rebka, conocerían la respuesta oficial a su propósito de
visitar Sismo. Si el permiso les era negado, se dirigirían inmediatamente a
Sísmico, en un coche aéreo cuyo alquiler ya estaba pagado. Éste los aguardaba
en la pequeña pista de otra Eslinga, no muy lejos del espaciopuerto de
Estrellado. Para llegar hasta allí, alquilarían un coche local, uno cuyo
alcance sería tan limitado que Rebka y Perry jamás imaginarían que se proponían
llegar tan lejos.
Con
J'merlia como intérprete, Atvar H'sial había podido realizar todos esos
arreglos sin dificultad. Lo que no podía hacer, la única tarea para la cual
Darya Lang era absolutamente esencial, era tomar una cápsula en el Umbilical.
Atvar
H'sial expuso sus razones, mientras Darya la escuchaba con medio oído y luchaba
contra la tormenta. Ninguna cecropiana había visitado Ópalo jamás. La aparición
de una en Sísmico, tratando de abordar una cápsula del Umbilical, provocaría
preguntas de inmediato. No les otorgarían permiso sin verificar los pases, lo
que las conduciría de vuelta a Rebka y a Perry.
—Pero
tú —dijo J'merlia—, tú serás aceptada de inmediato. Ya te tenemos preparados
los documentos correctos. —La trompa de Atvar H'sial se estiró un poco. La
cecropiana estaba apoyada sobre Darya, con los miembros delanteros unidos en
una posición que parecía una plegaria—. Tú eres una humana... y eres una mujer.
Como
si eso hubiese servido de algo. Darya suspiró. Tal vez la comunicación completa
entre las especies fuese un imposible. Aunque se lo había dicho tres veces, la
cecropiana parecía no poder aceptar el concepto de que entre los humanos las
mujeres no eran el incuestionable género dominante.
Darya
se dispuso a ganar altura. Esta no era una tormenta menor. Debían alejarse de
aquellas nubes antes de iniciar el descenso. A pesar de que el coche era fuerte
y estable, a ella no le gustaba nada la tarea que le aguardaba.
—Y
conocemos las secuencias de control empleadas para ascender el Umbilical
—continuó J'merlia—. En cuanto nos hayas conseguido permiso para acceder a la
cápsula, nada se interpondrá entre nosotras y la superficie de Sismo.
Aquellas
palabras trataban de alentar a Darya y calmar cualquier preocupación.
Curiosamente, surtieron el efecto opuesto. Darya comenzó a preocuparse. La
cecropiana había llegado a Ópalo después que ella... ¿y, sin embargo, ya tenía
preparados los documentos falsos? ¿Y ya conocía todas las secuencias que
controlaban el Umbilical? ¿Quién se los había entregado?
—Dile
a Atvar H'sial que tendré que pensar en todo esto antes de tomar una decisión.
Tenía
que pensar y averiguar varias cosas antes de comprometerse a viajar a Sismo
junto a Atvar H'sial. La cecropiana parecía saberlo todo respecto a Dobelle.
Excepto,
posiblemente, los peligros de las tormentas en Ópalo.
Estaban
descendiendo. La turbulencia era atemorizante. Darya escuchaba y sentía
gigantescas ráfagas de viento que golpeaban contra el coche. Razón para que la
estabilización automática hiciese bien el trabajo. Ella no era ninguna
superpiloto.
Atvar
H'sial y J'merlia parecían bastante serenos. Tal vez, al ser seres que
descendían de ancestros voladores, tenían una perspectiva más confiada de los
viajes por aire.
Darya
nunca conseguiría algo semejante, de eso estaba segura. Tenía un nudo en el
estómago. Se encontraban entre las nubes y bajaban hacia una tempestad de
lluvia más violenta que cualquiera que hubiese visto en Puerta Centinela. Con
una visibilidad menor a cien metros y sin ninguna guía, debía confiar en los
faros del sistema de aterrizaje automático en Estrellado.
Suponiendo
que éste funcionase, en medio de semejante aguacero.
Por
la ventana delantera no se veía más que lluvia. Habían estado descendiendo
durante un largo rato..., demasiado largo. Darya trató de calmarse y observó el
tablero de controles. Altitud, trescientos metros. Diagonal de distancia con el
faro, dos kilómetros: Debían encontrarse a segundos del aterrizaje. ¿Pero dónde
estaba la pista?
Darya
alzó la vista del panel y durante un par de segundos alcanzó a ver las luces de
aproximación. Estaban en el lugar apropiado. Redujo la potencia y el coche se
deslizó hacia la línea brillante. Las ruedas rozaron el suelo un instante.
Entonces una ráfaga transversal golpeó contra el vehículo, lo alzó y lo tumbó
hacia un costado.
Todo
comenzó a transcurrir a cámara lenta.
El
coche cayó. Darya vio que un ala tocaba la tierra mojada de lluvia...
...
la observó trazar un surco, curvarse y combarse...
...
la oyó quebrarse en dos...
...
sintió el comienzo de la primera vuelta del coche...
...
y supo, sin lugar a dudas, que la mejor parte del aterrizaje había pasado.
Darya
no perdió el conocimiento en ningún momento. Estaba tan convencida de eso que,
después de un rato, su cerebro ya se había formado una explicación de lo que
ocurría. Era simple: cada vez que cerraba los ojos, incluso por un momento,
alguien cambiaba el decorado.
Primero,
la angustia y el oprobio de ser arrastrada por el suelo húmedo y accidentado.
Allí no había ningún decorado, porque sus ojos no estaban funcionando.
(parpadeo)
Estaba
tendida boca arriba, mientras alguien se inclinaba sobre ella y le pasaba una
esponja por la cabeza.
—Mentón,
boca, nariz —decía una voz—. Ojos. —Y un terrible dolor—. Parece fluido de
transmisión. —No le estaba hablando a ella—. Está bien; no es tóxico. ¿Podrás
arreglártelas con los otros?
—Sí
—dijo otro hombre—. Pero el grande tiene una raja en el caparazón. Gotea
suciedad, y no podemos suturar. ¿Qué debo hacer?
—¿Colocarle
una cinta, tal vez? —Una forma oscura se alejó de ella. Unas frías gotas de
lluvia cayeron sobre sus ojos doloridos.
(parpadeo)
Paredes
verdes, un cielo raso beige y los silbidos y ronroneos de unas bombas. Un IV
controlado por computadora goteaba en su brazo izquierdo, sostenido sobre su
cuerpo por un tirante de metal. Se sentía abrigada, cómoda y maravillosamente
bien.
Neomorfismo,
dijo una voz lejana en su cerebro. Suministrado por la computadora cada vez que
la telemetría indica que lo necesitas. Poderoso. De rápida adicción. De uso
controlado en Puerta Centinela. Empleado sólo bajo condiciones controladas con
disparadores inversos de epinefrina.
Tonterías,
replicó el resto de ella. La sensación es fantástica. El Círculo Phemus sí que
sabe utilizar las drogas. Hurra por ellos.
(parpadeo)
—¿Se
siente mejor?
Una
pregunta estúpida. No se sentía nada bien. Le dolían los ojos, los oídos, los
dientes y los dedos de los pies. Tenía un zumbido en la cabeza, y había
puntadas que comenzaban cerca de su oído izquierdo y recorrían todo el camino
hasta la punta de sus dedos. Pero ella conocía esa voz.
Darya
abrió los ojos. Un hombre había aparecido mágicamente junto a la cama.
—Yo
te conozco. —Suspiró—. Pero no conozco tu nombre de pila. Pobre hombre. Ni
siquiera tienes un nombre de pila, ¿verdad?
—Sí
que lo tengo. Es Hans.
—Capitán
Hans Rebka. Estupendo. Entonces sí tienes un nombre. Eres bastante guapo,
¿sabes? Si tan sólo sonrieras un poco más... Se supone que deberías estar en
Sismo.
—Hemos
regresado.
—Quiero
ir a Sismo. —La maldita droga, pensó. Era la droga, debía serlo, y ahora
comprendía por qué era ilegal. Tenía que callarse antes de que dijera algo
verdaderamente inconveniente—. ¿Puedo ir allí, precioso Hans Rebka? Tengo que
ir. De veras. Es necesario. —El sonrió y meneó la cabeza—. ¿Lo ves? Sabía que
te verías mejor si sonreías. ¿Entonces me dejarás ir a Sismo? ¿Qué dices, Hans
Rebka?
Darya
parpadeó antes de que él pudiera responder.
Cuando
volvió a abrir los ojos, él había desaparecido. En su lugar se hallaba un
agregado importante en la habitación. A su derecha, había sido levantado un
enrejado de tubos metálicos negros formando un andamiaje cúbico, en cuyo centro
pendía un arnés, sujetado por fuertes cuerdas en los rincones. De ese arnés,
con la varilla que era su torso envuelta en cinta blanca, con la cabeza
colgando y los miembros enjutos extendidos y separados, pendía J'merlia.
La
posición contorsionada de su cuerpo vendado sugería la agonía de un espasmo
mortal. Darya miró a su alrededor, buscando a Atvar H'sial. No había señales de
la cecropiana. ¿Sería posible que la simbiosis entre ambos llegase al extremo
de que el lo'tfiano no podía sobrevivir sin ella? ¿Habría muerto cuando ambos
fueron separados?
—¿J'merlia?
Darya
habló sin pensar. Dado que las palabras de J'merlia no eran más que una
traducción del habla feromónica de Atvar H'sial, era estúpido esperar una
respuesta independiente.
Un
ojo color limón giró en su dirección. Al menos sabía que ella se encontraba
allí.
—¿Puedes
escucharme, J'merlia? Pareces estar sufriendo un terrible dolor. No sé por qué
te han puesto en ese arnés tan atroz. Si puedes comprenderme y necesitas ayuda,
dímelo.
Hubo
un largo silencio. Un caso perdido, pensó Darya.
—Gracias
por tu preocupación —dijo al fin una voz familiar—. Pero no sufro ningún dolor.
Este arnés fue hecho a petición mía, para mi comodidad. Tú no estabas
consciente cuando se realizó.
¿Realmente
era J'merlia quien hablaba? Automáticamente, Darya volvió a mirar a su
alrededor.
—¿Eres
tú o Atvar H'sial? ¿Dónde está ella? ¿Está con vida?
—Sí.
Pero lamentablemente sus heridas son peores que las tuyas. Fue necesario
practicar cirugía mayor en su dermatoesqueleto. Tú tienes un hueso roto y
muchas contusiones. Habrás recuperado la movilidad en tres días de Dobelle.
—¿Y
tú?
—Yo
no soy nadie. Mi situación no tiene importancia.
A
Darya le había resultado aceptable la humildad de J'merlia cuando no lo
consideraba más que un portavoz de los pensamientos de la cecropiana. Pero
ahora estaba frente a un ser racional, con sus propios pensamientos y
sentimientos.
—Dímelo,
J'merlia. Quiero saberlo.
—Perdí
dos articulaciones de un miembro posterior... Nada importante. Volverán a
crecer. También se agrietó un poco mi pedúnculo. Nada grave.
Tenía
sus propios sentimientos... ¿y sus propios derechos'?
—J'merlia...
—Darya se detuvo. ¿Era asunto suyo? Allí, en ese mismo planeta, se encontraba
un miembro del Consejo. En realidad, escapar de él había sido la principal
causa de su accidente. Si alguien debía preocuparse por la condición de los
lo'tfianos, ése debía ser Julius Graves, no Darya Lang—. J'merlia. —Se encontró
hablando de todos modos. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que la droga
abandonase su sistema?—. Cuando Atvar H'sial está presente, tú nunca expresas
tus propios pensamientos. Nunca dices nada de nada.
—Eso
es cierto.
—¿Por
qué?
—No
tengo nada que decir. Y no sería apropiado. Incluso antes de alcanzar mi
segunda forma, cuando apenas estaba en estado poslarval, Atvar H'sial fue
designada como mi dominadora. Cuando ella se encuentra presente, yo sólo sirvo
para trasladar sus pensamientos a los demás. No tengo ideas propias.
—Pero
tienes inteligencia, tienes conocimientos. Eso está mal. Deberías gozar de tus
propios derechos... —Darya se detuvo. El lo'tfiano se retorcía en su arnés para
poder volver sus dos ojos hacia la humana.
J'merlia
inclinó la cabeza hacia ella.
—Profesora
Lang, con tu permiso. Tú y todos los humanos sois muy superiores a mí,
superiores a todos los lo'tfianos. Nunca me atrevería a contradecirte. ¿Pero me
permitirías hablarte sobre nuestra historia y también sobre la de los
cecropianos? ¿Puedo?
Ella
asintió con la cabeza. Al parecer, eso no fue suficiente, ya que él aguardó
hasta que al fin Darya dijo:
—Muy
bien. Cuéntame.
—Gracias.
Comenzaré por nosotros, no porque seamos importantes sino para poder establecer
comparaciones. Nuestro mundo natal es Lo'tfi. Es frío y tiene el cielo
despejado. Como puedes adivinar por mi aspecto, gozamos de una excelente
visión. Vemos las estrellas cada noche. Durante miles de generaciones sólo
hemos utilizado esa información para saber en qué época del año podríamos
disponer de ciertos alimentos. Eso era todo. Cuando hacía más frío o calor que
de costumbre, muchos de los nuestros morían de hambre. Podíamos hablar entre
nosotros, pero éramos poco más que animales primitivos. Del futuro no sabíamos
nada, y del pasado, muy poco. Probablemente hubiésemos continuado así para
siempre.
»Ahora
piensa en Atvar H'sial y su gente. Ellos evolucionaron en un mundo oscuro y
cubierto de nubes... y eran degos. Como ven por detección ultrasonora, para
ellos la vista implica la presencia del aire que lleva esa señal. Por lo tanto,
sus sentidos nunca pueden recibir información de nada que se encuentre más allá
de su propia atmósfera. Dedujeron la presencia de su sol sólo porque sentían
las débiles radiaciones como fuente de calor. Tuvieron que desarrollar una
tecnología para conocer la mera existencia de la luz. Y entonces tuvieron que
fabricar instrumentos sensibles a la luz y a las otras radiaciones
electromagnéticas, de tal modo que pudieran detectarlas y medirlas.
»Eso
fue sólo el comienzo. Tuvieron que girar esos instrumentos para mirar el cielo
y deducir la existencia de un universo más allá de su planeta y su propio sol.
Y finalmente tuvieron que reconocer la importancia de las estrellas, medir sus
distancias y construir naves para poder explorarlas.
«Hicieron
todo esto... todo esto... mientras los lo'tfianos se sentaban por allí a soñar.
Somos una raza más antigua, pero, si ellos no hubiesen descubierto nuestro
mundo y no nos hubiesen educado para que fuéramos seres conscientes de nosotros
mismos y del universo, todavía estaríamos sentados allí, como animales.
«Comparados
con los cecropianos o con los humanos, los lo'tfianos no somos nada. Comparado
con Atvar H'sial, yo no soy nada. Cuando su luz brilla, la mía no debe ser
vista. Cuando ella habla, es un honor ser el instrumento que te traslada sus
pensamientos.
»¿Me
escuchas, profesora Lang? Es un honor para mí. ¿Darya Lang?
Ella
había estado escuchando... con gran atención. Pero comenzaba a sentir dolor, y
la IV controlada por computadora no estaba dispuesta a permitirlo. La bomba
había comenzado a funcionar otra vez, unos segundos antes.
Ella
luchó para mantener los ojos abiertos.
¡No
soy nada! Vaya una raza con complejo de inferioridad. Pero no debería
permitirse que los lo'tfianos fuesen una raza esclava..., aunque ellos lo
deseasen. En cuanto pudiese llegar hasta él, se lo diría.
Hasta
él.
¿Hasta
quién?
Unos
ojos enloquecidos y brumosos, pero no podía recordar su nombre. ¿Le tendría
miedo? Seguramente no.
Ella
informaría sobre esto a...
(parpadeo).
9
Marea estival menos veinte
—Ni
está muerta ni se está muriendo. Se está curando. La respuesta de los
cecropianos al trauma y a la agresión física es la inconsciencia.
En
medio de la breve noche de Ópalo, Julius Graves y Hans Rebka se hallaban junto
a la mesa donde descansaba el cuerpo inmóvil de Atvar H'sial. Un lado de la
concha de color rojo oscuro había sido cubierta con una gruesa capa de yeso y
aglutinado, formando un caparazón duro y blanco. La trompa estaba fruncida y
guardada dentro de la bolsa del mentón, mientras que las antenas yacían
enrolladas sobre la gran cabeza. El silbido que hacía el aire al bombear por
los espiráculos era apenas audible.
—Y
resulta sorprendentemente efectiva según los patrones humanos —continuó
Graves—. Un cecropiano que no muere en un accidente se recupera muy rápido de
sus heridas... Dos o tres días, como máximo. Darya Lang y J'merlia consideran
que Atvar H'sial se encuentra lo bastante bien para renovar su solicitud de
acceso a Sismo. —Esbozó una sonrisa cadavérica—. No son buenas noticias para el
comandante Perry, ¿verdad? ¿No le ha pedido él que postergue todo hasta después
de la Marea Estival?
Hans
Rebka ocultó su sorpresa... o trató de hacerlo. Comenzaba a acostumbrarse a la
sensación de que Julius Graves poseía conocimientos ilimitados sobre cada
especie del brazo espiral. Después de todo, el gemelo mnemotécnico había sido
creado con ese propósito; por lo que, desde el momento en que llegó a la escena
del accidente, Steven Graves había indicado el tratamiento para las lesiones de
Atvar H'sial: la concha debía ser sellada, las patas vendadas y la cubierta del
ala eliminada por completo, ya que volvería a crecer. Tanto la antena aplastada
como los tentáculos amarillos se curarían por sí solos.
Resultaba
más difícil aceptar lo mucho que Graves conocía y comprendía a los humanos.
A
Rebka se le ocurrió pensar que él y Julius Graves podían intercambiar sus
trabajos. Si alguien era capaz de desentrañar el impenetrable misterio mental
de Max Perry, ése era Graves. Mientras tanto, Rebka era el hombre que podía
explorar la superficie de Sismo y encontrar a las gemelas Carmel, no importaba
dónde tratasen de ocultarse.
—¿Y
según su propia opinión, capitán? —continuó Graves—. Usted ha estado en Sismo.
En cuanto Atvar H'sial y Darya Lang estén recuperadas, ¿se les puede conceder
el permiso para ir a Sismo?
Eso
era exactamente lo que Rebka se había estado preguntando. Lo que no se decía
era que Graves mismo tenía la intención de ir a Sismo, sin importar quién se
opusiese a ello. Perry le acompañaría como guía. Y, aunque Rebka no decía nada,
él también estaba dispuesto a viajar. Su trabajo lo requería, ya que Max Perry
era receloso e inestable en todo lo que tenía relación con Sismo. ¿Pero qué
ocurriría con los demás?
Viaja
más rápido quien viaja solo.
—Yo
me opongo a la idea. Cuanta más gente, más peligroso será. No importa los
conocimientos especializados que posean. Y eso se aplica tanto a los
cecropianos como a los humanos.
Aún
más para los cecropianos. Rebka observó al ser inconsciente, se estremeció y se
volvió hacia la puerta del edificio.
J'merlia
no le causaba problemas con su aspecto esclavizado y sus implorantes ojos
amarillos. Pero se sentía incómodo con sólo mirar a Atvar H'sial. Y él se
consideraba un hombre educado y razonable. Había algo impreciso en aquellos
seres que le resultaba difícil de tolerar.
—Los
cecropianos siguen inquietándolo, capitán. —Era Graves, quien lo había seguido
hasta la puerta y volvía a leer su mente, formulando una afirmación, no una
pregunta.
—Supongo
que sí. No se preocupe. Con el tiempo me acostumbraré a ellos.
Y lo
haría... lentamente. Pero no le resultaría fácil. Lo milagroso era que
cecropianos y humanos no hubiesen entrado en guerra al encontrarse por primera
vez.
Así
hubiera sido, le aseguró a Rebka una voz interior, si hubiesen logrado
encontrar algo por lo que valiera la pena luchar. Los cecropianos se veían como
demonios. De no haber estado buscando planetas en torno a estrellas enanas
rojas mientras los humanos buscaban análogos del sol, las dos especies se
hubiesen encontrado en el espacio. Pero las exploraciones sin tripulantes y las
lentas naves utilizadas por ambas habían tenido destinos estelares muy
diferentes, y habían pasado mil años sin que llegaran a encontrarse. Pero
cuando los humanos descubrieron el Sistema Bose y se encontraron con que los
cecropianos ya utilizaban la misma cadena a través del brazo espiral, ambas
especies habían tenido experiencias con otros organismos extraños; las
suficientes para coexistir con otras especies de necesidades muy diferentes,
aunque visceralmente no pudiesen sentirse cómodos.
—El
chauvinismo vertebrado es algo muy común. —Graves lo alcanzó y siguió caminando
a su lado. Guardó silencio unos momentos más y luego emitió una risita—. Sin
embargo, según Steven, quien dice hablar como alguien que carece de ambas
cosas, columna vertebral y dermatoesqueleto, somos nosotros quienes deberíamos
considerarnos extraños. De los cuatro mil doscientos nueve mundos en los cuales
se sabe que hay vida, Steven dice que sólo se han desarrollado esqueletos
internos en novecientos ochenta y seis. En tanto que los artrópodos
invertebrados prosperan en tres mil trescientos once. En un certamen de
popularidad galáctica, Atvar H'sial, J'merlia o cualquier otro artrópodo nos
vencerían fácilmente a usted, a mí o al comandante Perry. Incluso, me atrevo a
decir, a su profesora Lang.
Rebka
comenzó a caminar más rápido. No serviría de nada señalarle a Julius Graves que
Steven se estaba convirtiendo en un pesado. Estaba bien saberlo todo respecto
al universo... ¿pero era necesario que lo dijera'?
Rebka
no estaba dispuesto a admitir la verdadera causa de su irritación. Aunque
odiaba estar con alguien que sabía mucho más que él, lo peor era estar con un
hombre que adivinaba sus pensamientos sin ningún esfuerzo. Nadie tenía por qué
saber que sentía cierta debilidad por Lang. Maldición. Si él mismo justo lo
había notado cuando la sacó del coche accidentado. Ella era algo más que un
estorbo, más que un imprevisto agregado a sus problemas con Sismo y Max Perry.
¿Para
qué había venido a complicarle más la vida? Ella estaba fuera de su ambiente en
Ópalo. Era una científica que debería haber permanecido tranquilamente en su
laboratorio, realizando sus investigaciones. Ahora tendrían que cuidarla. Él
tendría que cuidarla. Y la mejor forma de hacerlo sería mantenerla en Ópalo
cuando él fuese a Sismo.
La
tormenta nivel cinco había pasado. Una rara brecha aparecía en las nubes
nocturnas de Ópalo. Era cerca de medianoche, pero no estaba oscuro. Amaranto se
encontraba en las etapas finales de su lenta aproximación a Mandel. Estaba bien
alto en el cielo, lo suficientemente grande para mostrar un disco luminoso
anaranjado brillante. Pasados dos días, la compañera enana comenzaría a
proyectar sombras.
A
medio cielo de distancia, el acecho sobre el horizonte, Gargantúa comenzaba su
propia zambullida hacia el horno de Mandel. Todavía no era más que un punto
rosado, pero se le veía más brillante que todas las estrellas. Al cabo de una
semana, el gigante gaseoso mostraría su propio disco circular, veteado con
franjas de ocre y amarillo pálido.
Rebka
atravesó el espaciopuerto en dirección a uno de los cuatro edificios
principales. Graves todavía caminaba a su lado.
—¿Va
a encontrarse con Louis Nenda? —le preguntó el consejero.
—Eso
espero. ¿Qué sabe de él? —Si no podía quitárselo de encima, al menos trataría
de utilizar sus conocimientos.
—Sólo
lo que decía su solicitud —respondió Graves—. Más de lo que sabemos sobre los
miembros de la Comunidad Zardalu..., que es menos de lo que querríamos saber.
Los mundos de la Comunión no son famosos por su cooperación.
Lo
cual podía considerarse como la mayor de todas las subestimaciones, pensó
Rebka.
Doce
mil años atrás, mucho antes de que los humanos iniciaran la Expansión, los
cefalópodos terrestres de Zardalu habían tratado de crear algo que ni humanos
ni cecropianos habían sido tan tontos como para intentar: la Comunión Zardalu,
un verdadero imperio, mil planetas regidos despiadadamente desde Genizee, el
planeta donde se originara la especie Zardalu. Había sido un desastroso
fracaso, que bien podía haber sido la lección que salvara a humanos y
cecropianos de cometer el mismo error.
—Básicamente,
Louis Nenda es un humano —continuó Graves—. Aunque con ciertos agregados
Zardalu.
—¿Mentales
o físicos?
—No
lo sé. Pero lo que se haya hecho no debe de ser demasiado importante. No hay
mención de cráneo posterior, ojos en las yemas de los dedos ni hermafroditismo.
Tampoco es cuadrúmano ni cuadrúpedo. No existe gigantismo ni compresión... Es
varón y, según la declaración, tiene una estatura y un peso normal. Por
supuesto que hay cientos de modificaciones que no aparecen en las listas
corrientes. En cuanto a la mascota que trae consigo, puedo decirle todavía
menos. Es un hymenopt —huelga decir que se trata de otro artrópodo—, similar al
himenóptero de la Tierra sólo por analogía. Pero tendremos que aguardar para
saber si se trata de un juguete, una compañía sexual o incluso un alimento para
Nenda.
Y no
aguardarían mucho, pensó Rebka. La nave recién llegada descansaba en medio del
espaciopuerto de Estrellado. Sus ocupantes ya estaban pasando por el detector
de organismos en el interior del edificio. Como las pruebas para endo y
ectoparásitos sólo tardaban unos cuantos minutos, los recién llegados debían de
estar en las últimas etapas de su admisión.
Rebka
y Graves se acercaron a donde ya estaban aguardando Max Perry y tres
funcionarios de Entradas.
—¿Cuánto
falta? —preguntó Rebka.
En
lugar de responder, Perry señaló las puertas selladas de Descontaminación.
Comenzaban a abrirse.
Después
de lo que había imaginado con las sugerencias de Graves, a Rebka le sorprendió
lo normal que parecía Louis Nenda. Bajo, moreno y musculoso, podía haber pasado
por habitante de uno de los mundos más poblados del Círculo Phemus. Estaba un
poco inestable sobre sus pies, probablemente como resultado de media docena de
cambios en la gravedad durante las últimas horas, pero tenía mucho brío y la
confianza en sí mismo era evidente en su forma de caminar. Abandonaba la unidad
de pruebas astro-biológicas mirando a su alrededor de forma arrogante y con los
ojos inyectados, mientras a su lado, imitando los movimientos de su cabeza,
trotaba un pequeño ser regordete. Éste se detuvo al ver al grupo de humanos que
los aguardaban.
—¡Kallik!
—Louis Nenda tiró del arnés que rodeaba el tórax del hymenopt y se ajustaba en
su abdomen—. ¡Sentado! —Luego, sin mirar a nadie salvo a Perry, dijo—: Buenos
días, comandante. Creo que la prueba ha resultado negativa. También la de
Kallik. Aquí está mi solicitud de entrada.
Los
otros hombres seguían mirando al hymenopt. Aunque Julius Graves había visto uno
en sus viajes por territorios Zardalu, el resto sólo los conocía por
fotografías y especímenes embalsamados.
Resultaba
difícil creer que fuese cierta la feroz reputación del hymenopt. Medía la mitad
que Louis Nenda, con una cabeza pequeña y lisa dominada por poderosas
mandíbulas y por múltiples pares de brillantes ojos negros, ubicados en círculo
alrededor del perímetro y que estaban en constante movimiento, siguiendo
distintos objetos en forma independiente.
Su
cuerpo era regordete y estaba cubierto de una piel corta y negra, de un
centímetro o dos de espesor. Ése era el preciado hymanto, un abrigo resistente,
impermeable y aislante.
Lo
que no se veía era el brillante aguijón amarillo, retraído en el interior del
abdomen. La aguja hueca arrojaba chorros de neurotoxinas cuya fuerza y
composición el hymenopt podía variar a voluntad. Ningún suero corriente
resultaba efectivo como antídoto. También era invisible el sistema nervioso,
que creaba un hymenopt cuya velocidad de reacción era diez veces mayor que la
de cualquier humano. Ocho patas delgadas podían hacerles recorrer cien metros
en un par de segundos o saltar quince metros por el aire bajo una gravedad
normal. El hymanto había sido una prenda raras veces vista en los humanos,
incluso antes de que los hymenopt fueran declarados una especie protegida.
—Bienvenidos
al sistema Dobelle. —La voz de Perry indicaba lo opuesto a sus palabras. Cogió
las solicitudes de entrada de Louis Nenda y las hojeó—. Su solicitud original
decía poco respecto al motivo por el cual desea visitar Sismo. ¿Hay más
detalles aquí?
—Claro.
—La actitud de Nenda era tan arrogante como su forma de caminar—. Quiero
presenciar grandes terremotos, y eso significa Sismo. Durante la Marea Estival.
No hay ningún problema con eso, ¿verdad?
—Sismo
es peligroso durante la Marea Estival. Más peligroso que nunca, con Amaranto
tan cerca.
—Diablos,
a mí no me importa el peligro. —Nenda sacó pecho—. Yo y Kallik estamos
acostumbrados a él. Nos encontrábamos en Jellyroll cuando tuvieron la
hiperfogarada. Pasamos nueve días en un coche aéreo, dando vueltas a la sombra
de Jellyroll para no resultar asados... y logramos salir sin ni siquiera
broncearnos. Antes de eso estuvimos en la penúltima nave que abandonó
Castelmaine. —Echó a reír—. Fue una suerte. La última nave no tenía provisiones
y debió avanzar lentamente durante cuarenta días hasta alcanzar un Nodo Bose.
Se comían unos a otros. Pero, si hablamos de una verdadera experiencia,
permítame contarle lo que ocurrió en Ratonera...
—En
cuanto hayamos tenido ocasión de examinar su solicitud. —Perry le dirigió una
mirada furiosa. En no más de un minuto, había quedado claro que el recién
llegado no lo tomaría a bien si su solicitud era denegada—. Lo acompañaremos
hasta su alojamiento provisional. Luego, algunos de nosotros debemos mantener
una reunión. ¿Necesita él comer algo especial? —preguntó señalando al hymenopt.
—Ella.
Kallik es hembra. No, es omnívora, como yo. —Nenda rió sin rastros de humor—.
Eh, espero no estar escuchando lo que creo que estoy escuchando. ¿Qué es toda
esta tontería de que «debemos mantener una reunión»? He venido desde muy lejos
para esto. Demasiado lejos para que me envíen de vuelta.
—Veremos
lo que podemos hacer. —Perry miró a Kallik. Ante la furia en la voz de Nenda,
su aguijón había asomado un par de centímetros—. Estoy seguro de que estamos de
acuerdo en una cosa: usted no desea ir a Sismo y morir allí.
—No
se preocupe por nosotros. No morimos con facilidad. Sólo apruebe esa solicitud
y permítame llegar hasta allí. Se necesita más que Sismo para acabar conmigo.
Tal
vez sí. Rebka observó cómo Perry se llevaba al recién llegado. Sismo era
peligroso, no cabían dudas de ello; pero, si la confianza en uno mismo servía
como protección, Louis Nenda estaría a salvo en cualquier parte. Tal vez fuese
Sismo el que necesitaría la protección.
—Me
gustaría escuchar su consejo, comandante.
Perry
no me mira, pensó Rebka. Cree que conoce mi decisión. Sin embargo, se
equivoca..., porque yo mismo no la conozco.
—Tal
como sabe, yo me opongo al acceso durante la Marea Estival. —La voz de Perry
era apenas audible, y su rostro estaba pálido.
—¿Su
oposición incluye a todos?
—Así
es.
—¿Sabe
usted que Graves simplemente invalidará cualquier cosa que decidamos? Tiene
autoridad para buscar a las gemelas Carmel en Sismo cuando lo desee.
—Tiene
la autoridad, y ambos estamos seguros de que irá. Pero la autoridad no le
protegerá. Durante la Marea Estival, Sismo es un asesino. —La voz de Perry se
elevó en la última palabra.
—Muy
bien. ¿Qué hay de los otros? Están dispuestos a pagar cifras considerables a
Dobelle por el privilegio de visitar Sismo.
—Yo
aprobaría sus visitas... cuando haya pasado la Marea Estival. Darya Lang podrá
estudiar al Umbilical sin estar en la superficie; Atvar H'sial tiene el resto
del año para estudiar las especies bajo condiciones ambientales extremas.
—Nunca
lo aceptarán. Si les niega el acceso durante la Marea Estival, los perderá a
ellos y el dinero que pagarían a Dobelle. ¿Qué hay de Louis Nenda?
Finalmente
Perry le miró a los ojos. Un tono diferente apareció en su voz. Incluso logró
esbozar una sonrisa.
—Está
mintiendo, ¿verdad?
—Estoy
seguro.
—Y
no es muy bueno en ello.
—Le
importa un comino. Debió haber elegido una historia más creíble. Me parece que
dentro del brazo espiral no debe de haber nadie menos interesado en los
terremotos. Me siento tentado de pedirle a Steven Graves que le formule algunas
preguntas técnicas sobre ellos. Pero eso no solucionaría nada. Recorrió un
largo camino para llegar hasta aquí, casi novecientos años luz..., a menos que
también esté mintiendo sobre lo demás. Sin duda, viene de la Comunión Zardalu,
que queda al menos a cuatro Nodos Bose. ¿Alguna sugerencia sobre lo que está
buscando en realidad?
—No
tengo ni idea. —Perry volvió a guardar silencio y su vista se perdió en un
punto lejano e invisible—. Pero no creo que sea el único que está mintiendo. Su
pedido de investigación a inteligencia del Círculo confirmó que Darya Lang es
una experta en artefactos de los Constructores, pero no existe un motivo para
que deba descender sobre la superficie de Sismo. Podría realizar todo su
trabajo aquí o en el mismo Umbilical. Sin embargo, según mi parecer, no tiene
ninguna importancia si miente o si dice la verdad. Usted me pidió una opinión,
y yo se la doy: no habrá permiso para Lang, para Atvar H'sial ni para nadie
hasta que haya pasado la Marea Estival. Si Graves decide no hacernos caso, es
asunto suyo.
—¿Lo
dejaría ir a Sismo solo?
—Por
Dios, no. —Perry estaba verdaderamente sorprendido—. Eso sería lo mismo que
matarlo. Yo iría con él.
—Eso
pensaba. —Rebka había tomado una decisión—. Y yo, también.
Lo
haré por varios motivos, se dijo. Si permito el acceso a Sismo, es posible que
averigüe por qué todos están tan interesados en ir. Pero, si les niego el
acceso, es posible que llegue a averiguar cuan interesados están. Probablemente
fuerce a algunos a tomar medidas. Eso es algo que sabré cómo manejar.
—Comandante
Perry —continuó—. He tomado mi decisión. Estoy de acuerdo con su opinión. —En
su interior esbozó una sonrisa al ver la sorpresa en el rostro de Perry—. No
permitiremos que nadie viaje a Sismo hasta que haya pasado la Marea Estival.
—Estoy
seguro de que es la decisión correcta. —Aunque Perry tenía un excelente dominio
de sí mismo, no pudo ocultar su expresión de alivio.
—Lo
cual nos deja una decisión más que tomar —dijo Rebka—. Tal vez deberíamos
arrojar una moneda. ¿Quién le dará la mala noticia a Darya Lang y a Atvar
H'sial? Y lo peor de todo, ¿quién se lo dirá a Louis Nenda?
ARTEFACTO:
LUPA
UAC#:
1023
Coordenadas
galácticas: 29.334,229/18.339,8957/831,22
Nombre:
Lupa
Asociación
estrella/planeta: Ninguna. Entidad de espacio abierto
Nodo
de Acceso Bose: 108
Antigüedad
estimada: 9,138 ± 0,56 Megaaños
Historia
de su exploración: Es posible que la historia completa de la Lupa nunca sea
conocida. Al encontrarse en medio de la Comunión Zardalu, los documentos más
antiguos se perdieron con la caída del Imperio Zardalu. Sin embargo,
considerando la preocupación de los Zardalu por las ciencias biológicas y su
relativa indiferencia por la física, es bastante improbable que alguna vez
hayan intentado una exploración sistemática de la Lupa.
Los
registros históricos de Lupa se inician con su observación en E. 122, aunque
durante mucho tiempo se la consideró extragaláctica. Su naturaleza local, como
parte del brazo espiral, fue descubierta en E.388 por efectos de paralaje. En
E.2101 Kusra se aproximó directamente a la Lupa (en un viaje de ida), pero no
se logró obtener ninguna evidencia de existencia material. Paperl y Día H'sagta
(E.2377) calcularon un cambio en la polarización de rayos láser que atravesaban
la región de la Lupa, confirmaron su ubicación y delinearon su curso.
Descripción
física: La Lupa es una región focal de! espacio, de 0,23 años luz de diámetro y
aparentemente de espesor cero (cálculos de roce incidental le han adjudicado
hasta un micrómetro). La concentración sólo se lleva a cabo para la luz cuya
gama de longitudes de onda varía entre 0,110 y 2,335 micrómetros, con una
aproximación de 0,077 radianes de incidencia normal sobre la superficie plana
de la Lupa. Sin embargo, existen pocas evidencias de interacción con radiación
cuya longitud de onda exceda los 0,1 años luz (la escasa energía de semejante
radiación hace que su separación de la escena cósmica sea de una validez
discutible). El resto de la luz, todas las partículas u objetos sólidos y todas
las ondas de gravedad pasan a través de la Lupa sin sufrir ningún efecto
aparente. La concentración de radiación parece ser perfectamente acromática
para todas las longitudes de onda en la gama establecida. En esa gama, la Lupa
se comporta como un dispositivo focal de difracción limitada, con una apertura
efectiva de 0,22 años luz y 427 años luz de longitud focal. Con su ayuda, han
sido observados detalles planetarios en galaxias a más de un millón de parsecs
de distancia.
Naturaleza
física: Desgraciadamente, esto debe contener una lista por eliminación de lo
que no es la Lupa. La ciencia y la tecnología de hoy no pueden proporcionar
ninguna sugerencia sostenible sobre lo que es.
La
Lupa no está construida por partículas que resulten conocidas para los actuales
habitantes del brazo espiral. No es una forma de una singularidad del
espacio-tiempo, ya que semejante singularidad no podría afectar a ciertas
longitudes de onda dejando intactas a todas las otras formas materiales y
radiactivas. No puede poseer una estructura de supercuerda o de superbucle, ya
que no ha sido observada ninguna emisión espontánea o inducida.
Objetivo
propuesto: Desconocido. La Lupa representa la macrotécnica de los Constructores
en su más amplia y misteriosa expresión. Sin embargo, la gama específica de
longitudes de onda ha inducido a ciertos estudiosos del artefacto a especular
que esta gama correspondería a la sensibilidad espectral de los ojos de los
Constructores. Como no existe evidencia de que éstos poseyeran nada equivalente
a ojos en términos humanos o de hymenopt, la conjetura sólo presenta un interés
transitorio.
También
se ha conjeturado que la Lupa ejecuta una modulación de la luz que pasa por
ella, de una forma incomprensible. De ser así, su función como lente no sería
más que un subproducto accidental de su verdadero objetivo.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
10
Marea estival menos dieciocho
—Entre
—dijo Darya Lang de forma automática cuando escuchó unos golpes vacilantes
sobre la puerta. Vio cómo se abría de par en par—. Entre —repitió. Entonces
notó que el visitante ya estaba adentro, al menos parcialmente. Apenas a
cuarenta centímetros del suelo, una cabeza negra rodeada de ojos brillantes
espiaba hacia el interior.
—Ella
no le entiende nada —explicó una voz ronca—. Sólo conoce unas pocas órdenes en
el idioma humano. Entra allí.
Un
hombre moreno, regordete y con el ceño fruncido, traspuso la puerta empujando a
un ser diminuto. Una cuerda gruesa rodeaba el tórax de la hymenopt y estaba
conectada a un bastón negro en la mano del hombre.
—Soy
Louis Nenda. Ésta —agregó con un tirón del bastón— es Kallik. Me pertenece.
—Hola.
Yo soy Darya Lang.
—Lo
sé. Tenemos que hablar.
Él
era peor aún. Darya comenzaba a impacientarse con los modales de la gente del
Círculo Phemus. Pero era contagioso.
—Puede
que usted tenga que hablar. Yo no, se lo aseguro. ¿Así que por qué no se va
ahora mismo?
Inesperadamente,
él sonrió.
—Espere
y verá. ¿Dónde podemos hablar?
—Aquí
mismo. Pero no veo por qué habríamos de hacerlo.
Él
sacudió la cabeza y apuntó el pulgar hacia J’merlia. El lo'tfiano se había
recuperado lo suficiente para abandonar el arnés de apoyo, pero todavía
prefería permanecer allí donde podía elevarse para dormir a ratos.
—¿Qué
hay de ese insecto?
—Está
bien. —Darya se inclinó para mirar la membrana ocular—. Sólo descansa. No será
un problema.
—No
me importa lo que esté haciendo. No puedo decirle lo que quiero frente a ese
bicho.
—Entonces
creo que tampoco quiero escucharlo. J'merlia no es un bicho. Es un lo'tfiano y
es tan racional como usted.
—Lo
cual no me impresiona demasiado. —Nenda volvió a sonreír—. Hay gente que dice
que estoy tan loco como un varniano. Vamos, hablemos.
—¿Puede
darme una razón por la cual deba aceptar?
—Claro
que sí. Puedo darle mil doscientas treinta y siete razones.
—¿Se
refiere a los artefactos de los Constructores? —preguntó Darya, mirándole con
fijeza—. Sólo se han descubierto mil doscientos treinta y siete de ellos.
—He
dicho razones. Y apuesto a que ambos podremos encontrar una buena razón que no
sea un artefacto para hablar.
—No
sé a qué se refiere. —Pero Darya pudo sentir que, como de costumbre, su rostro
la traicionaba.
—Kallik,
quieta. —Louis Nenda agregó varios silbidos y gruñidos a las palabras. Luego,
se volvió hacia Darya—. ¿Habla algo de hymenopt? Supongo que no. Le he dicho
que vaya hasta allí y vigile al bicho. Salgamos. Ella saldrá a buscarnos si se
despierta y la necesita.
Nenda
soltó el bastón del collar y abandonó la habitación para luego continuar hasta
el exterior del edificio. Ni siquiera se volvió para comprobar si ella le
seguía.
¿Qué
sabía él? ¿Qué podía saber? La lógica indicaba que nada. Pero Darya se encontró
siguiéndolo por la superficie empapada de la Eslinga.
La
Central Meteorológica de Estrellado pronosticaba otra tormenta de importancia
en las próximas horas, pero por el momento los vientos se habían calmado y sólo
había algunas ráfagas cálidas y húmedas. Mandel y Amaranto estaban juntos en el
cielo, unas borrosas manchas brillantes sobre la capa de nubes. Amaranto crecía
rápidamente. Las plantas verdes tenían un borde cobrizo, y hacia el este, el
cielo mostraba un vestigio de ocre. Louis Nenda avanzó con confianza entre los
matorrales. A él no le preocupaban las tortugas gigantes, pensó Darya. De todos
modos, para entonces ya debían encontrarse a salvo en el mar, listas para pasar
la Marea Estival.
—Ya
nos hemos alejado lo suficiente —le dijo—. Dígame lo que quiere.
El
se volvió y regresó hasta ella.
—Muy
bien, lo haré. Sólo que no quiero público de más. Y supongo que usted tampoco.
—A
mí no me importa. No tengo nada que ocultar.
—¿De
veras? —Él sonreía media cabeza más abajo—. Qué curioso. Pensaba que tal vez
sí. Usted es Darya Lang, la experta de la Cuarta Alianza en la tecnología e
historia de los Constructores.
—No
soy una experta, pero estoy muy interesada en los Constructores. Eso no es
ningún secreto.
—Es
cierto. Y es lo suficientemente famosa para que los especialistas en
Constructores de la Comunidad Zardalu conozcan todo su trabajo y el catálogo
Lang. ¿No es verdad que la invitan a conferencias y reuniones sin cesar? En
doce años usted nunca ha viajado, según dicen. El que desea ver a Darya Lang,
tiene que trasladarse a Puerta Centinela. Sólo que desde hace un par de meses
no puede ser localizada allí. De pronto se marchó. Hacia Dobelle.
—Quiero
explorar el Umbilical.
—Claro.
Excepto que según el catálogo Lang, UAC279...
—UAC
269 —dijo Darya automáticamente.
—Perdón,
UAC 269. De todos modos, ¿le importa si la cito?, dice que «el Umbilical es uno
de los más simples y comprensibles de todos los artefactos de los Constructores
y que por ello despierta un interés menor en casi todos los estudiosos de su
tecnología». ¿Recuerda haber escrito eso?
—Por
supuesto que sí. ¿Y qué pasa con eso? Trabajo de forma independiente; puedo
cambiar de idea. Y puedo ir a donde me plazca.
—Es
cierto. Tan sólo que sus jefes allá en Miranda han cometido un gran error.
Cuando alguien les preguntaba por usted, debían haber dicho que estaba en
Tántalo, en Capullo, en Antorcha o en alguno de los artefactos verdaderamente
importantes. O tal vez simplemente que había salido de vacaciones.
—¿Y
qué fue lo que dijeron? —No debía haberlo preguntado, pero tenía que saberlo.
¿Qué le habían hecho aquellos imbéciles del gobierno central?
—No
dijeron nada. Se negaron a hablar. A todo aquel que preguntó le respondieron
que dejase de molestar y volviera en un par de meses. No hay que decirle eso a
la gente si uno quiere que dejen de husmear.
—Pero
usted me encontró sin problemas. —Darya se sentía muy aliviada. Él era un
pesado, pero no sabía nada; y no era culpa suya que se encontrase allí.
—Seguro
que sí. La encontramos. No fue difícil una vez que estuvimos en marcha; se
guarda información de cada transferencia en las Transiciones Bose.
—Así
pues que me han seguido hasta aquí. ¿Y ahora qué quieren de mí?
—¿Yo
he dicho que la hemos seguido, profesora? —Convirtió el título en un insulto—.
No es así. Verá, ya nos encontrábamos en camino. Pero, cuando me enteré de que
usted también estaba aquí, supe que debíamos unirnos. Ven, querida.
Louis
Nenda cogió a Darya del brazo y la condujo entre las malezas. Llegaron a una
loma de enredaderas mezcladas con ramitas caídas, formando un banco largo y
desparejo. Ante una presión de Nenda, Darya se sentó, hundiéndose entre las
hojas. Tenía las piernas temblorosas.
—Debíamos
reunimos —repitió él—. Y tú sabes por qué, ¿verdad? Finges no saberlo, Darya
Lang, pero estoy seguro de que lo sabes. —Se sentó a su lado y le palmeó la
rodilla amistosamente—. Vamos, es hora de confesarse. Tú y yo tenemos cosas que
decirnos, dulzura. Cosas verdaderamente íntimas. ¿Quieres que comience yo?
Si
los resultados son tan obvios para mí, ¿por qué otros no han sacado las mismas
conclusiones?
Darya
recordaba haber pensado eso mucho antes de su partida hacia Dobelle. Finalmente
pudo responder a la pregunta. Otros habían sacado las mismas conclusiones. El
único misterio era que alguien tan grosero e inculto como Louis Nenda hubiese
sido capaz de hacerlo.
Él
no se había andado con rodeos.
—Artefactos
de los Constructores, por todo el brazo espiral. Algunos en tu territorio, allá
en la Alianza, algunos en la Federación Cecropia y otros donde yo vivo, en
tierras Zardalu. Sí, también hay uno aquí, el Umbilical.
»Tu
catálogo Lang enumera cada uno de ellos. Y utilizas una efeméride astronómica
universal para marcar cada vez que se produce algún cambio en un artefacto. En
su aspecto, tamaño, función o cualquier cosa.
—Lo
mejor que he podido. —Darya no admitía nada que no estuviese escrito en el
mismo catálogo—. Algunas veces las cifras no fueron lo suficientemente
significativas para ser registradas. Estoy segura de que algunas cosas
ocurrieron sin ser detectadas. Y sospecho que se registraron otras que no
fueron verdaderos cambios.
—Pero
encontraste un promedio de treinta y siete cambios por artefacto, basándote en
observaciones realizadas durante un lapso de tres mil años..., nueve mil en
territorio cecropiano, porque ellos han estado vigilando durante más tiempo que
los demás. Y sin correlación en los tiempos.
—Es
cierto. —A Darya no le gustaba su sonrisa. Asintió con la cabeza y apartó la
vista.
Nenda
le apretó la rodilla con fuerza. Su mano era gruesa y velluda.
—Me
acerco demasiado al punto crucial, ¿verdad? No te sientas mal, dulzura.
Aguarda... Estaremos allí en un minuto. Los sucesos no tenían correlación de
tiempo, ¿verdad? Pero tú escribiste una sugerencia que hiciste circular. ¿La
recuerdas?
¿Cuánto
tiempo más lograría rehuirle? Aunque las instrucciones de la delegada Pereira
habían sido bastante específicas. Fuera la de Alianza, no debía hablar con
nadie sobre lo que había descubierto..., ni aunque pareciese que ya lo sabían.
Darya
le empujó la mano fuera de su pierna.
—He
hecho muchas sugerencias en mi trabajo.
—Eso
he oído. Y también he oído que no olvidas las cosas. De todos modos te
refrescaré la memoria. Has dicho que la forma correcta de examinar posibles
correlaciones de tiempo en los cambios de los artefactos era a través del
examen de momentos en los que ocurrieron sucesos galácticos. Se podía pensar en
los efectos de un cambio como en algo que se propagaba hacia fuera desde su
punto de origen, viajando como una señal de radio, a la velocidad de la luz.
Por lo tanto, diez años luz después de que ocurriera algo en un artefacto, la
información sobre el cambio estaría disponible en cualquier parte de la
superficie de una esfera de diez años luz de radio y con centro en el
artefacto. ¿Recuerdas haber escrito eso?
Darya
se encogió de hombros.
—Y
dos esferas siempre se expanden hasta encontrarse. —Louis Nenda continuó—.
Primero se tocan en un punto, y entonces, a medida que crecen, se cortan en un
círculo que sólo se agranda más y más. Pero se vuelve más complicado con tres
esferas. Cuando crecen y se encuentran, lo hacen en dos puntos. Por lo general,
cuatro o más esferas no tienen ningún punto en común. Y cuando tienes mil
doscientos treinta y seis artefactos, con un promedio de treinta y siete
cambios por cada uno, tienes casi cincuenta mil esferas... cada una
expandiéndose a la velocidad de la luz con un artefacto en el centro de la
esfera. ¿Qué probabilidades hay de que mil doscientas treinta y siete de esas
esferas, una por cada artefacto de los Constructores, se encuentren en un
punto? El número debería ser demasiado pequeño para calcularlo. Pero suponiendo
que sí se encontraran, en contra de todas las probabilidades, ¿cuándo
ocurriría?
»Suena
como una pregunta imposible, ¿verdad? Pero no es difícil de programar y
examinar las intersecciones. Y tú conoces la respuesta del programa, ¿no es
así, profesora Lang?
—¿Por
qué iba a hacerlo? —Era demasiado tarde, pero de todos modos continuaba
rehuyéndole.
—Porque
te encuentras aquí. Maldición, dejemos de fingir. ¿Quieres que te lo diga con
todas las letras?
Había
vuelto a posar la mano sobre su muslo, pero fue su tono de voz lo que
finalmente la enfureció lo suficiente como para hacerla reaccionar.
—¡Usted
no tiene que decirme nada con todas las letras, maldito enano lascivo! Puede
haber deducido hasta aquí, pero eso es todo lo que ha hecho: ¡deducirlo! La
idea fue mía. ¡Y saque su mano mugrienta de mi pierna!
Él
esbozaba una sonrisa triunfal.
—Nunca
he dicho que no fuera idea tuya. Y, si no quieres ser amistosa, no insistiré.
Todas las esferas coinciden, ¿no es verdad?, en más cifras significativas de lo
que permiten los datos. Un lugar y un momento, que ambos sabemos. La superficie
de Sismo, durante la Marea Estival.
Por
eso estás aquí, y por eso estoy aquí... y Atvar H'sial y todos, a excepción de
tu tío Jack.
Nenda
se levantó.
—¡Y
ahora esos sujetos dicen que no podemos ir! Ninguno de nosotros.
—¿Qué?
—Darya se levantó de un salto.
—¿Aún
no lo sabes? Ese viejo cabeza dura de Perry ha venido y me lo ha dicho hace una
hora. No habrá Sismo para ti, para mí ni para los bichos. Viajamos mil años luz
para sentarnos aquí, sobre nuestros traseros, y perdernos todo el espectáculo.
Golpeó
el bastón negro del arnés de Kallik contra un enorme tronco de bambú.
—¡Ellos
dicen que no voy, y yo digo que se mueran! ¿Ves ahora por qué tenemos que hacer
algo, Darya Lang? Tenemos que unir nuestros conocimientos, a menos que quieras
sentarte aquí sobre tu trasero y aceptar órdenes de unos mequetrefes.
La
matemática es universal. Pero prácticamente nada más lo es.
Darya
alcanzó esa conclusión después de otra media hora de hablar con Louis Nenda. El
era un hombre horrible; ella hubiese hecho cualquier cosa por evitarlo. No
obstante, cuando intercambiaron sus análisis estadísticos —de mala gana, con
cautela, cada uno asegurándose de que no entregaba más de lo que recibía—, el
acuerdo fue muy extraño. En cierto sentido también era inevitable. Comenzando
del mismo patrón de sucesos y el mismo patrón de ubicación de artefactos, sólo
había un punto en el espacio y el tiempo que coincidía con los datos. Cualquier
pequeña diferencia en el tiempo computado y en la ubicación del resultado final
provenía de criterios disyuntivos para minimizar el residual de la coincidencia
o de diferentes tolerancias en la convergencia de los cálculos no lineales.
Habían
seguido deducciones casi idénticas, utilizando tolerancias y factores de
convergencia similares. Ella y Louis Nenda coincidieron en los resultados en
quince cifras significativas.
O
más bien, concluyó Darya después de otros quince minutos, ella y quienquiera
que hubiese hecho los cálculos por Nenda habían coincidido. Esto no podía ser
trabajo suyo. No tenía más que un conocimiento superficial de los
procedimientos.
Aunque
él estaba a cargo, alguien más había efectuado el análisis.
—Por
lo tanto, estamos de acuerdo en el momento, y éste se encuentra a pocos
segundos de la Marea Estival —dijo él. Otra vez su aspecto era ceñudo—. ¿Y todo
lo que sabemos es que se encuentra en alguna parte de Sismo? ¿Por qué no puedes
precisarlo más? Es lo que esperaba que hicieras cuando comparamos nuestras
anotaciones.
—¿Quiere
milagros? Hablamos sobre distancias de miles de años luz, millones de millones
de kilómetros y lapsos de miles de años. Por fin tenemos una incertidumbre de
menos de doscientos kilómetros en la ubicación y menos de treinta segundos en
el tiempo. Eso me parece lo suficientemente preciso. En realidad, ya es un
milagro.
—Tal
vez estemos lo bastante cerca. —Golpeó el bastón contra su propia pierna—. Con
toda seguridad se encuentra en Sismo, no en Ópalo. Creo que eso responde a otra
de mis preguntas.
—¿Sobre
los Constructores?
—Al
diablo con los Constructores. Sobre los insectos. El motivo por el que quieren
ir a Sismo.
—Atvar
H'sial dice que quiere estudiar el comportamiento de las formas de vida bajo
condiciones ambientales extremas.
—Sí.
Condiciones ambientales... ¡Un cuerno! —Comenzó a caminar de regreso a los
edificios—. Si crees en eso, puedes creer en el Arca Perdida. Ella está tras lo
mismo que nosotros. Su interés son los Constructores. No olvides que también es
una especialista en ellos.
Aunque
Louis Nenda era ordinario, bárbaro y desagradable, una vez que lo dijo, se
convirtió en obvio. Atvar H'sial había venido a Dobelle demasiado bien
preparada con planes para cualquier contingencia, como si hubiese sabido que
los permisos para viajar a Sismo serían denegados.
—¿Qué
hay de Julius Graves? ¿Él también?
—¿Ese
viejo loco? —Nenda meneó la cabeza—. No. Él es un misterio. De cualquier otro,
yo hubiese respondido que sin duda, que está aquí por la misma razón que
nosotros. Pero él es miembro de un Consejo, y, aunque no creas ni la mitad de
lo que escuchas sobre ellos —cosa que yo no hago—, jamás he sabido de uno que
mintiese. ¿Y tú?
—Nunca.
Además, al llegar a Ópalo, él no pretendía ir a Sismo. Pensaba que esas gemelas
que buscaba estarían aquí.
—De
todos modos, podemos olvidarlo. Si desea ir a Sismo, lo hará. Esos tíos no
podrán detenerlo. —Ya se encontraban junto al edificio. Nenda se detuvo al
llegar a la puerta—. Muy bien, ya hemos mantenido nuestra pequeña charla. Ahora
la mejor pregunta de todas. ¿Exactamente qué es lo que ocurrirá en Sismo
durante la Marea Estival?
Darya
lo miró. ¿Esperaba él que le respondiese a eso?
—No
lo sé.
—Vamos,
estás rehuyendo la pregunta otra vez. Tú lo debes saber... De otro modo, no
hubieses viajado desde tan lejos.
—En
realidad es al revés. Si supiera lo que va a ocurrir o si al menos tuviese una
idea razonable, jamás hubiese abandonado Puerta Centinela. Me gusta estar allí.
Usted también ha viajado desde muy lejos. ¿Qué cree usted que ocurrirá?
—Dios
sabe —respondió, mirándola furioso—. Oye, tú eres el genio. Si no lo sabes tú,
puedes estar segura de que yo tampoco. ¿Realmente no tienes idea?
—No.
Pero creo que será algo significativo. Ocurrirá sobre Sismo. Y nos dirá más
sobre los Constructores. Aparte de eso, no tengo ni idea.
—Diablos.
—Nenda golpeó el suelo húmedo con el bastón. Darya tuvo la sensación de que si
Kallik hubiese estado allí, habría sido ella quien recibiera el impacto—. Y
entonces, ¿ahora qué, profesora?
Darya
Lang había estado formulándose la misma pregunta. Nenda parecía dispuesto a
cooperar, y ella se había dejado llevar por su sed de hechos y teorías
relacionadas con los Constructores. Pero, al parecer, él no tenía nada; o, al
menos, nada que estuviese dispuesto a entregar. Y ella ya había comenzado a
hablar con Atvar H'sial y J'merlia para trabajar con ellos. No podía hacerlo
con ambos. Aunque no se había comprometido a nada aún, no podía mencionar sus
otras conversaciones con Louis Nenda.
—¿Me
está proponiendo que trabajemos juntos? Porque si es así...
No
tuvo necesidad de terminar. Él había echado la cabeza hacia atrás y reía a
carcajadas.
—Señora,
¿por qué iba yo a hacer algo semejante? ¡Si acabas de decirme que no sabes un
comino!
—Bueno,
hemos estado intercambiando información.
—Es
cierto. En eso eres buena; por eso eres famosa. Información y teorías. ¿Y qué
tal eres mintiendo y timando? ¿Cómo eres en acción? Apuesto a que no tan buena.
Pero eso es lo que necesitarás para llegar hasta Sismo. Por lo que he oído,
Sismo no será ningún día de campo. Mi tarea no será tan sencilla allí. ¿Crees
que querré ser tu niñera, dulzura, y decirte cuándo debes correr a esconderte?
No, gracias, querida. Arréglatelas por tu cuenta.
Antes
de que Darya pudiera responder, entró en el edificio y fue a la habitación
donde habían comenzado. Kallik y J'merlia todavía estaban allí, agazapados en
el suelo con sus múltiples patas extendidas y entrelazadas. Intercambiaban
ominosos silbidos y gruñidos.
Louis
Nenda cogió bruscamente a la hymenopt por su collar, enganchó el bastón negro y
tiró.
—Vamos.
Te he dicho que nada de peleas. Tenemos trabajo que hacer. —Se volvió hacia
Darya—. Encantado de conocerte, profesora. ¿Te veré en Sismo?
—Me
verá, Louis Nenda. —La voz de Darya temblaba de ira—. Puede contar con ello.
—Bien
—replicó él con una risita burlona—. Te guardaré un trago allí. Si Perry está
en lo cierto, es posible que ambos lo necesitemos.
Tiró
con fuerza del bastón y arrastró a Kallik fuera de allí. Bullendo por dentro,
Darya se acercó al lugar donde J'merlia se levantaba lentamente.
—¿Cómo
está Atvar H'sial?
—Mucho
mejor. Podrá reanudar su trabajo dentro de un día.
—Estupendo.
Dile que he tomado la decisión de cooperar con ella. Haré todo aquello sobre lo
que hemos conversado. Estoy lista para partir hacia Sismo y el Umbilical en
cuanto ella se haya recuperado.
—Se
lo diré de inmediato. Es una buena noticia. —J'merlia se acercó más a ella y
estudió su rostro—. Veo que has sufrido una mala experiencia, Darya Lang. ¿Ha
tratado ese hombre de hacerte daño?
—No.
No un daño físico. —Pero de todos modos me ha lastimado, se dijo—. Me ha
enfadado mucho. Lo siento, J'merlia. Él quería hablar, así que salimos. Creí
que estabas dormido. No pensé que te verías amenazado por ese horrible animal
que tiene.
J'merlia
la miraba y sacudía su delgada cabeza de mantis en un gesto que había aprendido
de los humanos.
—¿Amenazado?
¿Por eso? —Señaló la puerta—. ¿Por la hymenopt?
—Sí.
—No
he sido amenazado. Kallik y yo intercambiábamos una primera clase de nuestros
respectivos idiomas.
—¿Idioma?
—Darya pensó en el bastón de azote y el collar—. ¿Me estás diciendo que puede
hablar} ¿No es un simple animal?
—Honorable
profesora Lang, no cabe duda de que Kallik puede hablar. Nunca ha tenido
ocasión de conocer otra cosa que el idioma hymenopt, porque no ha conocido casi
a nadie y a su amo no le ha interesado que aprendiese. Pero está aprendiendo.
Hemos comenzado con menos de cincuenta palabras en común; ahora tenemos más de
cien. —J'merlia se dirigió hacia la puerta, todavía arrastrando su pata
herida—. Discúlpame, honorable profesora. Ahora debo partir en busca de Atvar
H'sial. Es una pena que Kallik se vaya de aquí. Tal vez tengamos ocasión de
hablar y seguir aprendiendo cuando lleguen.
—¿Llegar?
¿Adonde van?
—Adonde
van todos, según parece. —J'merlia se detuvo en la entrada—. A Sismo. ¿Adonde
si no?
11
Marea estival menos trece
La
resistencia violenta es un problema, pero la no resistencia puede resultar más
difícil de manejar.
Hans
Rebka se sentía como un boxeador, preparado para un golpe que nunca llegaba. Y,
en cierta forma, todavía aguardaba.
—¿No
lo han discutido? —preguntó.
—Claro
que sí —asintió Max Perry—. Al menos Louis Nenda lo hizo. Pero entonces dijo
que ya estaba harto del sistema Dobelle, que podíamos comernos su solicitud de
acceso y que pensaba irse de aquí en cuanto pudiese. Y ya lo ha hecho.
—¿Qué
hay de Darya Lang y Atvar H'sial?
—Lang
no dijo una palabra. No hay forma de saber qué piensa Atvar H'sial; con todo,
lo que tradujo J'merlia no demostró mucha furia. Se fueron con su resentimiento
a otra Eslinga. No los he visto en dos días... Para ser honesto, debo confesar
que no he tenido tiempo para preocuparme por ellos. ¿Cree que deberíamos
hacerlo?
Los
dos hombres estaban en los últimos momentos de espera mientras la cápsula que
los llevaría a Sismo era unida al Umbilical. Cada uno llevaba una pequeña bolsa
como todo equipaje. Julius Graves estaba junto al coche aéreo que los había
traído desde Estrellado, maniobrando con sus dos pesados cajones.
Rebka
consideró con cuidado la pregunta de Perry. Su misión en Dobelle sólo
involucraba la rehabilitación de Max Perry. En principio no tenía nada que ver
con miembros de otras especies o con la forma en que éstos eran tratados. Pero
en lo que atañía a todos los de Ópalo, él era un oficial superior y tenía los
deberes correspondientes a su posición. Justo antes de abandonar Estrellado,
había recibido un nuevo mensaje en clave de las oficinas centrales del Círculo,
pero, dijera lo que dijese, no albergaba grandes esperanzas de que le fuese de
mucha utilidad. A la distancia, los consejos e instrucciones solían servir más
para causar nuevos problemas que para ayudar a resolverlos.
—La
gente debería estar protestando mucho más —dijo al fin. En especial Louis
Nenda. ¿Qué probabilidades tendría si abandona Ópalo e intenta un aterrizaje
directo en Sismo desde el espacio? El vino en su propia nave.
No
tendríamos forma de impedirle intentarlo. Pero, a menos que su nave esté
diseñada para despegar sin los medios de un espaciopuerto, se encontraría en
problemas. Aunque podría descender en Sismo, tal vez nunca lograría salir de
allí—¿Qué hay de Darya Lang y Atvar H'sial?
Imposible.
No cuentan con una nave y no podrán alquilar una que realice vuelos
interplanetarios. Podemos olvidarnos de ellas.
Entonces
Perry vaciló. No estaba seguro de lo que acababa de decir. Había algo en el
aire, una sensación de calma previa a una gran tormenta. Y no se trataba sólo
de los aguaceros pronosticados sobre Ópalo en un lapso de veinticuatro horas.
Era
la Marea Estival, pendiendo sobre todo. Faltando trece días de Dobelle, Mandel
y Amaranto se veían más grandes y brillantes. La temperatura promedio ya había
subido cinco grados, bajo unas nubes furiosas como cobre fundido. El aire de
Ópalo había cambiado en las últimas doce horas. Estaba cargado con un sabor
metálico que combinaba con el cielo encapotado. El polvo resecaba los labios,
hacía llorar los ojos y producía picazón en las narices, como a punto de
estornudar. Mientras las grandes marejadas acercaban el lecho marino a la
superficie, los terremotos y erupciones submarinas proyectaban sus irritantes
vapores y cenizas bien alto en la atmósfera.
—Se
acerca otra tormenta. Es un buen momento para abandonar Ópalo.
—Pero
es un mal momento para llegar a Sismo —replicó Perry.
Subieron
al coche. Perry extrajo su identificación personal y comenzó a ejecutar una
compleja secuencia de comandos.
Los
tres hombres mantuvieron una inquieta formalidad mientras se iniciaba el
ascenso. Cuando Perry informó a Graves que el acceso a Sismo estaba cerrado
hasta que hubiese pasado la Marea Estival, Graves sacó a relucir la autoridad
del Consejo. El iría a Sismo de todos modos.
Perry
había señalado que Graves no podía impedir que los funcionarios planetarios lo
acompañasen. Ellos tenían la responsabilidad de impedir que se suicidase.
Graves
había asentido con la cabeza. Todos eran amables; nadie se sentía feliz.
La
tensión cedió cuando la cápsula emergió de entre las nubes de Ópalo. Los tres
hombres tenían otra cosa en qué ocupar sus mentes. El coche contaba con
portillas corredizas en el nivel superior, al igual que una gran ventanilla,
directamente sobre sus cabezas. Los pasajeros gozaban de una vista excelente de
todo lo que les rodeaba. Cuando Sismo apareció entre las nubes, se desvaneció
cualquier intento de mantener una conversación.
Julius
Graves miró a su alrededor con la boca abierta, mientras que Max Perry echó un
vistazo hacia arriba y se encerró en sí mismo. Hans Rebka trató de ignorar lo
que le rodeaba y concentrar su mente en la tarea que le aguardaba. Perry podía
saberlo todo sobre Sismo, y Graves podía ser una fuente de información sobre
todos los temas y sobre miles de soles; sin embargo, Rebka tenía la sensación
de que tendría que conducirlos a ambos.
¿Conducirlos
a través de qué? Miró a su alrededor y descubrió un panorama que desplazó todo
pensamiento racional. Apenas hacía unos días que había recorrido el trayecto
hacia Sismo, pero nada estaba igual. A la izquierda se asomaba Mandel,
groseramente henchida. El casco del coche, diseñado por los Constructores,
detectaba y filtraba las radiaciones peligrosas, convirtiendo el rostro
resplandeciente de la estrella en una imagen oscura, rayada y picada con
fáculas, manchas solares y grandes llamaradas. El disco era tan grande que
Rebka sintió que podría extender la mano y tocar su superficie color ocre.
Amaranto
—que ya no era una estrella enana— pendía detrás de Sismo. La compañera estaba
transformada. Hasta su color había cambiado. Rebka lo reconoció como un efecto
artificial. Cuando las ventanillas del coche alteraban sus propiedades de
transmisión para detener la radiación de Mandel, también modificaban el
espectro transmitido por Amaranto. El anaranjado rojizo se convertía en un
púrpura brillante.
Hasta
Gargantúa estaba bien encaminado hacia su punto de reunión. Reflejando la luz
de Mandel y Amaranto, el gigante gaseoso se había henchido de una chispa
distante a una mancha anaranjada brillante, del tamaño de una uña de pulgar.
Los
participantes estaban allí; la gravedad producía los cambios, y la danza
cósmica estaba a punto de comenzar. En las últimas horas antes de la Marea
Estival, Mandel y Amaranto pasarían a una distancia de cinco millones de
kilómetros la una de la otra, el grosor de una uña en términos estelares.
Gargantúa se abalanzaría hacia Mandel sobre el lado opuesto a Amaranto,
impulsado en su órbita por el campo combinado de ambas compañeras estelares. Y
el pequeño
Dobelle,
atrapado en esa sicigia de gigantes, giraría con impotencia en la urdimbre y la
trama de un tapiz gravitatorio dinámico.
La
órbita de Dobelle era estable; Ópalo y Sismo no corrían peligro de separarse,
ni de que el doblete fuese lanzado hacia el infinito. Pero ésa era la única
garantía que proporcionaban los astrónomos. Durante la Marea Estival, las
condiciones en la superficie de Ópalo y Sismo no podían calcularse.
Rebka
alzó la vista hacia Sismo. La bola gris azulada se había convertido en el rasgo
más familiar del cielo. No había cambiado en forma perceptible desde su último
viaje por el Umbilical.
¿O
sí? Miró con más atención. ¿El limbo del planeta era un poco más borroso? ¿La
delgada capa de aire que lo cubría se había vuelto más ancha?
La
mente de un viajero tenía pocas distracciones aparte de la vista. Ascendían a
una velocidad constante, sin ninguna sensación de movimiento en el interior del
coche. Sólo un observador muy atento notaría que el punto dorado de la Estación
Intermedia crecía lentamente, mientras que en el interior de la cápsula la
gravedad aparente disminuía de forma gradual. El viaje no se realizaba en caída
libre. Las fuerzas de masas decrecían con rapidez, pero la única parte
ingrávida del trayecto eran los dos mil kilómetros después de la Estación
Intermedia, donde todas las fuerzas centrífugas y gravitatorias se hallaban en
equilibrio. Después de eso venía el verdadero descenso hacia Sismo, cuando la
cápsula caía en verdad hacia el planeta.
Rebka
suspiró y se levantó. Sería sencillo permitir que el paisaje del cielo lo
hipnotizase, así como Sismo hipnotizaba a Max Perry. Y no sólo a él. Rebka se
volvió hacia Graves. El consejero estaba totalmente absorto en sus propios
ensueños.
Rebka
se dirigió a la rampa y bajó al nivel inferior de la cápsula. La cocina era
primitiva, pero no habían podido comer nada desde que abandonaran Estrellado.
Como tenía hambre y no estaba muy exigente, escogió sin mirar. El sabor y el
contenido de la sopa que encargó no tenían importancia.
Con
sus paredes opacas, el nivel inferior de la cápsula resultaba deprimente. Rebka
se acercó a la mesa y eligió un segmento musical privado. La música
Pre-Expansión, compleja y polifónica, sonó en el interior de su cabeza. Las
voces al estilo de fuga sugerían la inminente influencia de Mandel y su
séquito. Durante diez minutos, Rebka comió y escuchó, disfrutando con dos de
los placeres más básicos y antiguos de la humanidad. Una pregunta surgió en su
mente. Al carecer de música, ¿tendrían los cecropianos alguna forma de arte
propia en compensación?
Al
terminar la pieza, le sorprendió advertir que Julius Graves se encontraba allí
y le miraba.
—¿Puedo?
—El consejero se sentó ante la mesa y señaló el tazón vacío—. ¿Es recomendable?
Rebka
se encogió de hombros. De las cosas que Julius Graves podía querer de él, su
opinión sobre la sopa no ocupaba los primeros puestos de la lista.
—¿Alguna
vez se le ha ocurrido pensar en lo increíble que es el hecho de que, con muy
poca ayuda, seamos capaces de comer y digerir los alimentos de mil mundos
diferentes? —preguntó Graves—. Los ingredientes de esa sopa fueron producidos
en Ópalo, pero su estómago no tendrá ningún problema para procesarlos. En el
sentido biológico, nosotros, los cecropianos y los hymenopt somos completamente
distintos. Ninguno de ellos está basado en el ADN. Sin embargo, con la ayuda de
unas pocas bacterias unicelulares implantadas en nuestro organismo, podemos
comer los mismos alimentos que ellos. Sorprendente, ¿verdad?
—Supongo
que sí.
Rebka
detestaba los diálogos a solas con Graves. Aquellos dementes ojos azules le
asustaban. Incluso cuando la conversación parecía general, sospechaba algo
oculto; y, para mayor confusión, nunca estaba seguro de cuánto de lo que decía
provenía del gemelo mnemotécnico. Steven era amigo de los datos interminables y
las bromas estúpidas; Julius, de la sutileza y los rodeos. La presente
conversación podía ser una simple especulación del primero o un engañoso tanteo
del segundo.
—Lo
sé —replicó Graves, esbozando una sonrisa—. No le parece importante que podamos
comer los alimentos de Ópalo o los de Sismo. Pero lo es. Para comenzar, ha
originado una teoría popular sobre el motivo por el cual cecropianos y humanos
no pelearon cuando se encontraron. La gente dice que evitaron el combate porque
no competían por los mismos recursos. Pero eso es una tontería. No sólo
compiten por los mismos recursos inorgánicos de metales y materias primas, sino
que también, con un poco de ayuda en el nivel bacteriano, están en condiciones
de comer los mismos alimentos. Un humano podría comerse a un cecropiano, si
tuviera necesidad de hacerlo. O viceversa. Y eso presenta un nuevo misterio.
Rebka
asintió con la cabeza para demostrar que estaba escuchando. Era mejor jugar al
hombre amable que hablar demasiado.
—Miramos
a un cecropiano —continuó Graves—, a un lo'tfiano o a un hymenopt y decimos:
¡qué extraños que son! ¡Cuan diferentes a nosotros! Pero el misterio está
justamente en lo opuesto. Deberíamos decir: ¿por qué somos todos tan
similares'? ¿Cómo es posible que seres derivados de distintas especies,
evolucionados en mundos diferentes, calentados por soles de otros tipos
estelares, con biologías totalmente diversas, sin un solo punto de historia en
común..., cómo puede ser que se parezcan tanto como para poder comer los mismos
alimentos? Que las formas de sus cuerpos sean tan similares que podamos
utilizar análogos de la Tierra, cecropianos, hymenopt, chrysemides, en seres de
las más distantes estrellas. Que podamos hablar entre nosotros, de un modo o de
otro, y comprendernos sorprendentemente bien. Llega hasta tal grado que un solo
consejo ético puede ponerse de acuerdo en reglas que serán aplicadas a lo largo
de todo el brazo espiral. ¿Cómo pueden ser esas cosas? Aunque, claro, el brazo
espiral está lleno de misterios.
Rebka
estaba seguro de que Graves se dirigía a alguna parte. Pero tendría que andar
un buen rato antes de que aquello cobrase sentido. Por el momento, sólo parecía
estar ofreciendo un discurso filosófico.
—Muchos
misterios —continuó Graves—. Los Constructores, por supuesto. ¿Qué ocurrió con
ellos? ¿Cuál era su psicología, su historia, su ciencia? ¿Cuál es la función de
la Lupa, de Paradoja, de Antorcha o de las Fagias? De todas las creaciones de
los Constructores, sin duda las Fagias son las más inútiles. Si se lo permito,
Steven podría disertar varias horas sobre este tema.
Rebka
volvió a asentir con la cabeza mientras rezaba para que no lo hiciera.
—Y
existen otros misterios más recientes, sobre los cuales siento una gran
curiosidad. Piense en los zardalu. Hace unos pocos milenios reinaban sobre más
de mil mundos. Según la especie sometida, eran tiránicos, despiadados, crueles.
Pero cuando el imperio se desmoronó, esas mismas especies esclavas se rebelaron
y exterminaron a todos los zardalu. Un genocidio. ¿No fue ésa una acción más
bárbara que cualquiera de las practicadas por los mismos zardalu? ¿Y por qué
ellos decidieron gobernar de ese modo? ¿Tenían una idea diferente de la
conducta ética, algo que nosotros no podríamos reconocer? De ser así, ellos
eran seres verdaderamente extraños, pero nunca sabremos de qué forma. ¿Qué
hubiese hecho un consejo ético con los zardalu?
...
un solo consejo ético puede ponerse de acuerdo en reglas... Rebka vio la
repentina angustia en el rostro envejecido de Graves, y su mente recordó ese
comentario anterior. Al hablar sobre la moral de los zardalu, ¿estaría Graves
cuestionando las reglas establecidas por su propio consejo? ¿Se prepararía para
desobedecer sus instrucciones?
El
consejero no le miraba a los ojos.
—Algunas
veces me pregunto si la ética que favorecemos no será tan localista y limitada
como nuestro patrón común de formas corporales y modelos de pensamiento. Los
Constructores tuvieron una ciencia que resulta verdaderamente extraña para
nosotros. No coincide con nuestra visión del mundo. No sabemos cómo construían,
ni qué construían. Sin embargo, nuestros científicos nos dicen que sólo existe
un conjunto de leyes físicas que gobiernan todo el universo... ¡Lo mismo que
nuestros filósofos, quienes nos dicen que tenemos un sistema de ética
universal! Me pregunto si la ética de los Constructores nos resultaría tan
extraña como su ciencia. O si ellos, al ver cómo tratamos a nuestras diferentes
especies, no quedarían consternados ante nuestra parcialidad y nuestros errores
de juicio.
»Yo
planteo que todos tenemos una lección que aprender, capitán. Es tan simple como
esto: las reglas establecidas por cualquier consejo deben ser dinámicas. No
pueden ser eternamente las mismas, grabadas en piedra y acero. Debemos
estudiarlas sin cesar y preguntarnos si pueden ser mejoradas.
De
pronto Graves miró a Rebka con fervor, giró y ascendió la rampa hacia el nivel
superior de la cápsula.
Rebka
permaneció sentado y lo miró partir. Había habido un contrapunto en aquellas
oraciones finales, casi de dos voces. ¿Sería posible que Julius y Steven Graves
estuviesen manteniendo alguna clase de diálogo interno, en el cual Rebka no era
más que un observador? Tal vez Julius quería hacer una cosa, y Steven, otra.
Era
descabellado, pero no más improbable que el desarrollo de una conciencia
independiente en el gemelo mnemotécnico. Y si trabajar con Julius Graves en la
superficie de Sismo sería difícil, trabajar con una mezcla fluctuante de Julius
y Steven sería imposible.
¿Gemelos,
disputándose el dominio dentro de un solo cerebro? Rebka se levantó y, al
hacerlo, notó que la plataforma ejercía mucha menos presión en la suela de sus
zapatos. Su peso había descendido algunos kilos. Debían estar acercándose a la
Estación Intermedia. Se dirigió hacia la rampa mientras se preguntaba si Max
Perry todavía estaría sentado, petrificado en su contemplación de Sismo. Cada
vez más, se sentía como el guardián de unos lunáticos con talento.
En
su primer viaje a Sismo, Rebka había insistido bastante en entrar en la
Estación Intermedia y examinarla. Aunque los humanos la habían modificado y
desarmado, seguía siendo tecnología de los Constructores, y eso la volvía
fascinante. Sin embargo, cuando Max Perry decidió pasar de largo —cuando se vio
competido a pasar de largo—, Rebka no había discutido la decisión, ya que él
mismo sentía una gran curiosidad por ver Sismo.
Ahora
la urgencia por llegar a Sismo era mucho mayor. Según el reloj interno de
Rebka, faltaban trece días de Dobelle para la Marea Estival; ¡sólo ciento diez
horas! No obstante, Perry insistió esta vez en detenerse en la Estación
Intermedia.
—Mírelo
usted mismo. —Perry señaló el tablero de la cápsula—. ¿Ve el consumo de
potencia? Está demasiado alto.
Rebka
miró y no pudo deducir nada. Lo mismo le ocurrió a Graves. Si Perry decía que
las cosas no estaban bien, ellos tenían que creerle. No había ningún sustituto
para la experiencia y, cuando se encontraban en el Umbilical, prevalecían los
conocimientos de Perry.
—¿Estamos
en peligro? —preguntó Graves.
—No
en peligro inmediato. —Perry se frotaba la nariz con expresión pensativa—. Pero
no podemos arriesgarnos a descender en Sismo hasta que sepamos por qué ha
aumentado el consumo de potencia. Como los controles centrales están en la
Estación Intermedia, debemos detenernos allí y averiguar qué es lo que ocurre.
Bajo
su dirección, la cápsula ya había abandonado sus correderas invisibles para
girar hacia la figura deforme que ocupaba la mitad del cielo a su izquierda.
Cuando
los humanos la descubrieron, la Estación Intermedia era una cueva sofocante de
tres kilómetros de ancho y casi vacía. Las paredes eran transparentes. Un
hombre con traje espacial podía volar hasta el lado que miraba a Ópalo y
detectar que caía suavemente en aquella dirección. Un fuerte puntapié en la
pared de vidrio lo haría pasar al interior, donde continuaría flotando, cada
vez más lento, hasta que al fin se viera detenido por la pared opuesta. La
estación marcaba el centro de masa exacto del sistema Sismo/Ópalo.
No
se comprendía qué uso habían dado los Constructores a la Estación Intermedia.
Eso no tenía demasiada importancia para la mayoría de los humanos. Éstos habían
llenado la esfera vacía con varias cámaras presurizadas, convirtiéndola en un
hábitat provisional y en un depósito de diversas cosas, desde botas termales
hasta alimentos deshidratados y congelados. Respondiendo a cierto viejo
instinto cavernícola que favorecía los espacios cerrados, también habían
cubierto las paredes externas con una capa opaca. Después de cuatro mil años de
Expansión, al parecer los humanos todavía se sentían incómodos ante el vacío
infinito del espacio abierto.
La
cápsula atravesó una primera esclusa de aire y luego avanzó como un topo por un
corredor oscuro que apenas si era lo suficientemente ancho para permitir su
paso. Dos minutos después llegó a una cámara cilíndrica llena de monitores y
tableros de control. Perry aguardó un par de minutos mientras se equiparaban la
presión interna y la externa. Entonces, abrió la compuerta de la cápsula y
salió flotando. Para cuando los otros lo alcanzaron, él ya estaba trabajando
frente a una de las pantallas.
—Aquí
—señaló—. Ése es el problema. Otro coche recorría el Umbilical al mismo tiempo
que nosotros.
—¿Dónde?
—Rebka observó las pantallas. Mostraban cámaras y monitores a lo largo de todo
el Umbilical. No vio nada.
—No
lo verá. —Perry había notado el sitio donde miraba Rebka—. El consumo de
potencia ya ha pasado. Eso significa que la otra cápsula ya no se encuentra en
el Umbilical.
—¿Dónde
está entonces? —preguntó Graves.
Perry
se encogió de hombros.
—Lo
averiguaremos. Espero que haya alguien de servicio allá abajo. Estoy enviando
una señal de emergencia. —Ya se había acercado a una unidad de comunicaciones y
pulsaba un código.
Veinte
segundos después, el rostro de Birdie Kelly aparecía en la pantalla. Estaba
agitado y tenía el cabello despeinado.
—¿Max?
¿Comandante Perry? ¿Qué ocurre?
—Usted
nos lo dirá, Birdie. Mire su consumo de potencia de las últimas horas. Hemos
tenido dos cápsulas en funcionamiento.
—Es
cierto. No hay problema; lo hemos verificado y hay suficiente reserva.
—Tal
vez. Pero sí hay un problema. La otra cápsula no tenía autorización.
El
rostro de Birdie pareció confundido.
—Por
supuesto que sí. Esa mujer tenía una autorización suya. Personal. Aguarde un
segundo.
Desapareció
por unos momentos de la pantalla y regresó sosteniendo una hoja.
—Ése
es su sello... ¿Lo ve? Aquí...
—¿Le
ha entregado un coche?
—Por
supuesto que sí. —El tono de Birdie pasó de ser defensivo a mostrar fastidio—.
Tenía la autorización y debía de conocer los códigos de comando del Umbilical.
De no haber sido así, jamás se hubiesen elevado ni un metro sobre el nivel del
mar.
—¿Se
hubiesen?
—Claro.
Hemos supuesto que estaba al tanto de esto. La mujer... —Birdie Kelly miró la
hoja—. Darya Lang. Con los dos alienígenas. Una cecropiana y otro de una
especie que no he podido reconocer. ¿Qué está ocurriendo ahí?
—La
autorización era falsa, Birdie. Mi sello fue falsificado. —Perry se volvió
hacia otro tablero de control—. Según esto, ya no se encuentran en el
Umbilical.
—Correcto.
Deben de estar en Sismo. Espero que lo estén pasando mejor allá arriba que
nosotros aquí. —La pared de detrás de Birdie tembló y se ladeó; se escuchó el
silbido del viento. Birdie apartó la vista de la pantalla durante una fracción
de segundo—. Comandante, a menos que pueda decirle alguna otra cosa, debo
partir al instante.
—¿Otra
tormenta?
—Peor
que nunca. Hace cinco minutos recibimos una llamada a través del Sistema de la
Eslinga. Mono Araña comienza a quebrarse. Tenemos preparado un puente aéreo,
pero tienen problemas para aterrizar en la Eslinga y llevarse a la gente.
—Vaya
a ayudar. Nosotros seguiremos nuestro camino. Buena suerte, Birdie.
—Gracias.
Vamos a necesitarla. Lo mismo para ustedes.
Birdie
Kelly se marchó.
Lo
mismo hizo Perry. Para cuando Rebka y Graves lograron alcanzarlo, ya comenzaba
a sellar la cápsula.
—Nos
llevan nueve horas —dijo—. Estando tan cerca de la Marea Estival, es más que
suficiente para matarlos a todos.
Pulsó
una última secuencia de comandos, y la cápsula comenzó a retornar por el
estrecho corredor.
Hans
Rebka se reclinó en su asiento y miró hacia delante, aguardando la primera
vista de Sismo cuando emergieran de la Estación Intermedia.
Se
sentía tenso y sin embargo experimentaba una extraña satisfacción. Sus
instintos no le habían engañado. El golpe que había estado esperando, desde que
Max Perry les dijo a los demás que Sismo estaba prohibido, había sido asestado.
O al
menos un golpe.
Su
sensación de inminentes revelaciones no había desaparecido por completo. Su
vieja voz interior le aseguraba que habría más.
ARTEFACTO:
FAGIA
UAC#:
1067
Coordenadas
galácticas: No aplicable
Nombre:
Fagia
Asociación
estrella/planeta: No aplicable
Nodo
de Acceso Bose: Todos
Antigüedad
estimada: Varias. Entre 3,6 y 8,2 Megaaños.
Historia
de su exploración: Los humanos informaron sobre las primeras Fagias durante la
exploración de Antorcha, en E. 1233. Posteriormente, se supo que las Fagias
habían sido observadas y evitadas por exploradores cecropianos durante al menos
cinco mil años. La primera entrada humana en una Fagia fue efectuada en E. 1234
durante el conflicto Remolino (sin sobrevivientes).
Los
sistemas de prevención de Fagias alcanzaron un uso generalizado en E.2103;
ahora forman parte del equipo corriente en la exploración de los Constructores.
Descripción
física: En su aspecto externo, las Fagias son idénticas, y probablemente sean
similares en su interior aunque varíen en sus funciones. Ningún sensor (ni
ningún explorador) ha regresado jamás del interior de una Fagia.
Cada
Fagia tiene la forma de un dodecaedro gris y regular, de cuarenta y ocho metros
de lado. La superficie tiene una textura áspera, con sensores de masa al borde
de cada cara. En el centro de cualquier cara pueden abrirse fauces, que son
capaces de ingerir objetos de hasta treinta metros de radio y una longitud
aparentemente indefinida, (En E.2238, Sawyer y S'kropa introdujeron en una
Fagia del artefacto Dendrita fragmentos sólidos silíceos de sección cilíndrica
y veinticinco metros de radio. Con una velocidad de ingestión de un kilómetro
diario, fueron absorbidos cuatrocientos veinticinco kilómetros de material,
correspondientes a toda la longitud del fragmento. No se detectó ningún cambio
de masa en la Fagia, ni tampoco cambio alguno en ningún otro de sus parámetros
físicos.)
Las
Fagías son capaces de mostrar una locomoción independiente, con una velocidad
mínima de uno o dos metros por día estándar. Ninguna Fagia ha sido vista jamás
moviéndose a más de un metro por hora con relación a un marco determinado.
Objetivo
propuesto: Desconocido. De no haber sido por el hecho de que se han encontrado
Fagias asociadas con más de trescientos de los mil doscientos artefactos
conocidos, y sólo en asociación con ellos, cualquier relación con los
Constructores sería cuestionada. Muestran una gran diferencia en escala y en
número con todas las otras obras de los Constructores.
Se
ha especulado que las Fagias funcionaban como grandes basureros de los
Constructores, dado que, al parecer, son capaces de ingerir y desmenuzar
cualquier materia creada por las especies. Lo mismo ocurre con todo lo hecho
por los Constructores, con la sola excepción de los cascos estructurales y las
paraformas (p. ej., el casco externo de Paradoja, la superficie de Centinela y
los tubos huecos concéntricos de Remolino).
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
12
Marea estival menos once
Darya
Lang tenía la terrible sospecha de que había desperdiciado la mitad de su vida.
Allá, en Puerta Centinela, se lo creyó cuando su familia le dijo que vivía en
el mejor lugar del universo. «Puerta Centinela, a medio paso del Paraíso»,
rezaba el dicho. Y, con los medios de que disponía para investigar y su sistema
de comunicaciones, no había sentido ninguna necesidad de viajar.
Pero
primero Ópalo y ahora Sismo indicaban otra cosa. Le encantaba la novedad de la
experiencia, el contacto con un mundo donde todo era extraño y fascinante.
Desde el momento en que pisó la superficie seca y polvorienta de Sismo, sintió
que todos sus sentidos se intensificaban sobremanera.
Su
nariz lo dijo primero. En el aire de Sismo había una poderosa mezcla de olores.
Era el perfume de flores, sin duda, pero no la profusa y generosa extravagancia
que engalanaba Puerta Centinela. Darya tuvo que buscarlas... y allí estaban, a
menos de cinco pasos de ella, pequeños pimpollos acampanados de lilas y
lavandas, asomando entre la cubierta verde grisácea de un tojo. Las plantas se
apretaban a los costados de una fisura larga y estrecha, demasiado pequeña para
ser llamada valle. De los diminutos capullos surgía un apremiante perfume de
mediodía, completamente desproporcionado con su tamaño. Era como si la
floración, la fertilización y la siembra no pudiesen aguardar una hora más.
Darya
pensó que tal vez no podían, ya que por encima de ese embriagador perfume había
un deje aciago y sulfuroso de un vulcanismo lejano; el aliento de Sismo,
aproximándose a la Marea Estival. Darya se detuvo, inspiró profundamente y supo
que jamás olvidaría aquella mezcla de olores.
Entonces
estornudó por dos veces. Había un polvillo en el aire, unas partículas
irritantes que causaban picazón en la nariz.
Alzó
la vista y miró más allá del valle en miniatura con su manto de flores
impacientes. Una planicie se extendía hasta el horizonte humeante, a quince
kilómetros de distancia. Allí era sencillo ver los efectos del polvillo.
Mientras que la superficie cercana lucía sus intensos tonos de ocre, a la
distancia, un lienzo gris había oscurecido y suavizado la paleta del artista,
pintándolo todo de tonos apagados. Ni siquiera el horizonte era visible,
excepto hacia el este, donde sus ojos divisaron —o imaginaron— una línea
borrosa de picos volcánicos, coloreados en canela y dentados.
Mandel
se alzaba bien alto en el cielo. Mientras ella observaba, comenzó a deslizarse
tras el disco de Ópalo. El brillante semicírculo descendía momento a momento.
En esa época del año, no habría más que un eclipse parcial, pero era suficiente
para cambiar el carácter de la luz. Los tonos más rojizos de Amaranto se
derramaban sobre el paisaje. La superficie de Sismo se convertía en un panorama
iluminado por un fuego subterráneo.
En
ese momento, Darya oyó la primera voz de la Marea Estival. Un rugido profundo
retumbó en el aire, como el ronquido de un gigante dormido. El suelo tembló.
Ella sintió un estremecimiento y un cosquilleo agradable en las plantas de los
pies.
—Profesora
Lang —dijo J'merlia a sus espaldas—, Atvar H'sial te recuerda que debemos
recorrer un largo camino y disponemos de poco tiempo. Si pudiéramos proceder...
Darya
comprendió que ni siquiera había completado su primer paso sobre la superficie
de Sismo y que tanto Atvar H'sial como J'merlia todavía estaban en la
escalerilla de la cápsula. Cuando Darya se apartó del camino, la cecropiana se
le adelantó y se detuvo, girando su gran cabeza de un lado al otro. J'merlia
fue a acuclillarse frente a ella.
Darya
observó los tentáculos-oídos que recorrían la escena. ¿Qué «vería» Atvar H'sial
al escuchar a Sismo? ¿Qué «escucharían» aquellos exquisitos órganos olfativos
cuando cada molécula del aire narraba una historia?
Habían
hablado sobre cómo era el mundo cuando lo percibías por detección ultrasonora,
pero la explicación era insuficiente. La mejor analogía que Darya podía crear
era la de un humano de pie en el mar, en un lugar donde el agua era turbulenta
y la luz tenue. La visión era monocroma, con un alcance de algunas decenas de
metros.
Pero
la analogía resultaba deficiente. Atvar H'sial era sensible a un campo muy
amplio de frecuencias sonoras y sin duda podía «ver» el murmullo distante de
los volcanes. Aunque aquellas señales carecían de la refinada resolución
espacial proporcionada por su propio sonar, con toda seguridad eran detectores
de entrada.
Y
había otros factores, tal vez incluso otros sentidos de los que Darya sólo
tenía una vaga noción. Por ejemplo, en ese momento la cecropiana estaba
levantando una pata delantera para señalar a lo lejos. ¿Estaría percibiendo la
emanación de olores lejanos, con unos lóbulos olfativos tan agudos que cada uno
de los aromas narraba una historia?
—Hay
vida animal allí —tradujo J'merlia—. Formas aladas. Esto sugiere otro método
posible de supervivencia durante la Marea Estival, algo que no fue mencionado
por el comandante Perry. Permaneciendo a la sombra de Mandel, siempre en el
aire, estarían a salvo.
Darya
pudo ver a las criaturas voladoras... en ese momento. Tenían medio metro de
largo, con cuerpos oscuros como de gasa y unas alas transparentes; parecían
demasiado delicadas para sobrevivir a la turbulencia de la Marea Estival. Lo
más probable era que ya hubiesen puesto sus huevos y muriesen al cabo de pocos
días. Pero Atvar H'sial tenía razón respecto a algo: había muchas cosas que los
humanos no sabían sobre Sismo... o que Max Perry no decía.
El
pensamiento volvió a su mente: éste era todo un planeta, un mundo con su propio
e intrincado equilibrio vital. Cientos de millones de kilómetros cuadrados de
tierra, libres de humanos o de cualquier otra inteligencia, listos para su
inspección. Una variedad infinita era posible allí, pero se necesitaría toda
una vida para explorarla y conocerla.
Correcto,
dijo su lado más práctico. Pero no disponemos de toda una vida. Será mejor que
hayamos terminado con nuestra exploración y nos encontremos en camino antes de
que transcurran ochenta horas.
Dejando
a Atvar H'sial con su recorrido ciego del paisaje, Darya rodeó el pie del
Umbilical hasta la fila de coches aéreos. Había ocho, estacionados bajo su
cubierta protectora de material hecho por los Constructores. La explanada sobre
la cual descansaban estaba conectada por cables de fibra siliconada al mismo
Umbilical; se elevarían con ella cuando llegase la Marea Estival.
Darya
subió a uno de los coches y examinó sus controles. Tal como le había anticipado
Atvar H'sial, el vehículo había sido fabricado por humanos y era idéntico al
que utilizaron para sus viajes por Ópalo. Tenía la carga completa. Darya podría
conducirlo sin problemas siempre y cuando —una punzada en la clavícula se lo
recordó— no se encontraran con otra tormenta como la que los había azotado la
última vez.
Darya
alzó una mano abierta para probar el viento. Por el momento no había más que
una brisa fuerte, nada de qué preocuparse. Aunque se encontrasen con remolinos
de polvo, la visibilidad era de al menos tres o cuatro kilómetros. Eso sería
suficiente para aterrizar. Incluso podrían elevarse por encima de cualquier
tormenta de arena.
Ante
sus llamadas, Atvar H'sial y J'merlia subieron al coche y se prepararon para el
vuelo. Darya se elevó de inmediato, buscando una altitud que la alejara de
cualquier turbulencia. J'merlia se agazapó a su lado en la parte delantera del
coche. Darya le había explicado el funcionamiento de los controles cuando
volaron sobre Ópalo; de ser necesario, era probable que él pudiese pilotar la
nave. Pero, al parecer, J'merlia ni soñaría con hacerlo sin instrucciones de
Atvar H'sial.
Darya
trató de hablar con él y fracasó. Había imaginado que se comportaría de forma
diferente con ella después de sus conversaciones mientras se recuperaban del
accidente. Se había equivocado. Cuando Atvar H'sial estaba presente, J'merlia
se negaba a hacer un movimiento independiente; durante las primeras tres horas
de viaje, sólo habló cuando Atvar H'sial se lo ordenó.
Pero
en la cuarta hora, J'merlia hizo algo por su cuenta, sin instrucciones de su
ama. De pronto se sentó derecho y señaló:
—Allá.
Arriba.
Volaban
con el piloto automático a veinte mil metros de altura, muy por encima de casi
toda la atmósfera de Sismo y a salvo de las tormentas. Darya no había estado
mirando hacia arriba. Observaba la superficie delante de ellos, utilizando los
sensores de imagen del coche. Podía ver suficientes evidencias de vida en Sismo
con la máxima definición. Entre las colinas y lagos había grandes manadas de
animales de lomo blanco. Se alejaban de las tierras altas y se dirigían hacia
el agua en forma tan resuelta e inexorable como una ola en retirada. Darya
observó la masa compacta que se dividía en torno a las lomas y grandes
peñascos. Unos cuantos kilómetros más allá, donde se acababan las colinas, pudo
ver filas sinuosas de verde oscuro, siguiendo y definiendo la grava húmeda de
los lechos fluviales. Los ríos secos acababan en zonas de gran vegetación,
impenetrables desde arriba, que marcaban el fondo de unas hondonadas de
profundidad incierta.
Ante
las palabras de J'merlia, Darya alzó la vista. Él se inclinó sobre su hombro
para señalar el cielo estrellado.
Atvar
H'sial emitió un silbido.
—Otro
coche —tradujo J'merlia—. Hemos sido perseguidos por el Umbilical, y mucho más
rápido de lo que habíamos esperado.
La
luz móvil estaba justo encima de ellos, siguiendo su mismo curso pero a mucha
mayor altura. También se adelantaba a ellos rápidamente. Darya permitió que el
piloto automático continuase el vuelo mientras ella giraba el sensor para
lograr una mejor vista del otro vehículo.
—No
—dijo después de unos momentos—. No es un coche aéreo. —Puso a funcionar la
pequeña computadora del coche para calcular una trayectoria—. Está demasiado
alto y se mueve muy rápido. Y mira... Se vuelve más brillante. No son las luces
de un coche aéreo.
—¿Entonces
qué es?
—Es
una nave espacial. Y esa luz brillante significa que está entrando en la
atmósfera de Sismo. —Darya observó la información de la computadora, donde
aparecía una primera estimación de la trayectoria final de la otra nave—. Será
mejor que descendamos un rato y pensemos en lo que vamos a hacer.
—No.
—Los pensamientos de Atvar H'sial fueron expresados por J'merlia con un
murmullo de protesta.
—Lo
sé. Yo tampoco quiero hacerlo —replicó Darya—. Pero es necesario, a menos que
ustedes sepan algo que yo no sé. La computadora necesita más datos para estar
segura, aunque ya nos está dando un resultado preliminar. Esa nave está a punto
de aterrizar. Yo no sé quién se encuentra dentro, pero tocará tierra justo
donde no queremos que lo haga..., a pocos kilómetros de nuestro propio destino.
El
crepúsculo en Sismo..., si un anochecer tan repentino y ominoso, rojo como la
sangre de un dragón, podía justificar esa descripción.
Mandel
se elevaría en tres horas. Amaranto yacía muy bajo en el horizonte, con su
rostro rojizo oscurecido por nubes de polvo. Sólo Gargantúa brillaba en todo su
esplendor, un mármol veteado en tonos anaranjados y salmón rosado.
El
coche aéreo se hallaba posado sobre la grava, listo para un rápido despegue.
Darya Lang había descendido entre dos pequeños lagos, en una zona donde según
el mapa abundaban los lagos de agua dulce.
El
mapa había mentido al menos en un aspecto. Acuclillada junto a uno de los
estanques, Atvar H'sial había aspirado el agua ruidosamente con su trompa.
J'merlia había afirmado que era potable. Pero, al probar el agua del mismo
estanque, Darya escupió con asco y se preguntó cómo sería el metabolismo de los
cecropianos. El agua del lago era dura y amarga, completamente alcalina. Ella
no podría bebería; debería depender de la provisión del coche.
Darya
pasó de largo junto al vehículo y se preparó para dormir. Incluso con la ayuda
del piloto automático, el viaje alrededor de Sismo había significado una gran
tensión. Por más que el planeta parecía muy inofensivo, no se había atrevido a
disminuir su concentración en ningún momento; y ahora que finalmente le estaba
permitido relajarse, no podía hacerlo.
Había
demasiado que ver, demasiado en que reflexionar.
Según
Perry, estando tan cerca de la Marea Estival, Sismo debería haber sido un
infierno. La corteza tendría que haber estado despedazada, con incendios de
malezas y plantas quemadas en un aire demasiado caluroso para respirar. Los
animales debían haber desaparecido hacía mucho, muertos o en estado de letargo
debajo de la superficie.
En
lugar de ello, Darya podía respirar, caminar y sentarse con cierta comodidad, y
por todas partes había enérgicas señales de vida. Había acomodado su cama
portátil al aire libre, cerca de uno de los estanques y a la sombra de un
matorral de correhuelas.
Podía
escuchar a los animales que se escurrían entre ellas, ignorando su presencia, y
contemplar cómo, junto al agua, el suelo estaba horadado de pequeños agujeros
de diferentes tamaños, donde se ocultaban pequeños animales. Cuando moría el
rugido distante de un trueno o de un volcán, Darya podía escuchar a estos
trabajadores, escarbando sin pausa en la tierra reseca.
Hacía
calor, tenía que admitirlo. La desaparición de Mandel del cielo había traído
poco alivio. El sudor le mojaba la ropa y corría por su cuello.
Darya
se tendió en su cama portátil. Aunque Sismo parecía un lugar seguro, ella
estaba preocupada por lo que harían a partir de ese momento. Esa nave espacial
debía de venir de Ópalo; probablemente había sido enviada para llevarlos de
vuelta allí. Si seguían adelante, podían ser capturados y forzados a abandonar
Sismo. Pero, si no seguían adelante, no alcanzarían su destino.
Mientras
reflexionaba sobre eso, Atvar H'sial la sorprendió acercándose para ofrecerle
unas frutas de Ópalo y una botella con agua. Darya lo aceptó y le agradeció con
un movimiento de cabeza. Aquél era un gesto que ambas compartían. La cecropiana
asintió a su vez y regresó al interior del coche aéreo.
Mientras
comía, Darya pensó en sus dos compañeros. Nunca los había visto comer. Tal vez,
como los habitantes de algunos mundos de la Alianza, consideraban que la
alimentación era algo privado. O quizás eran como las tortugas de Ópalo, las
cuales, según el personal de Estrellado, eran capaces de sobrevivir todo un año
sin ingerir más que agua. ¿Pero entonces por qué se le ocurriría a Atvar H'sial
alimentar a la humana del grupo?
Darya
se tendió en su cama portátil, se tapó con la sábana impermeable y observó el
cielo que giraba sobre ella. Las estrellas se movían tan rápido... En Puerta
Centinela, con sus días de treinta y ocho horas, el desplazamiento de la bóveda
estrellada era casi imperceptible. ¿En qué dirección del espacio se encontraba
su hogar? Observó las constelaciones desconocidas. Hacia allá... o hacia
allá... Su mente flotó hacia las estrellas. Con un esfuerzo volvió sus
pensamientos al presente. Todavía tenía una decisión que tomar.
¿Debían
seguir adelante hasta el lugar que, según sus cálculos, era el foco de la
actividad durante la Marea Estival? Podían ir, sabiendo que allí se
encontrarían con otros. ¿O debían permanecer donde estaban y aguardar? Tal vez
debían avanzar un poco, detenerse un tiempo...
Avanzar
un poco, detenerse...
Darya
Lang se sumió en un sueño tan profundo que ni los ruidos cercanos ni las
vibraciones lograron despertarla. Llegó el breve amanecer; pasó el día y
nuevamente fue de noche para dar paso a un nuevo día.
Los
sonidos de animales que cavaban túneles finalizaron. Ópalo y Sismo habían dado
dos vueltas completas uno alrededor de otro antes de que Darya volviera al
estado consciente.
Despertó
lentamente al mediodía bajo la luz de Amaranto. Pasó todo un minuto antes de
que supiera dónde estaba y otro más antes de que se sintiera lista para
sentarse y mirar a su alrededor.
Atvar
H'sial y J'merlia no estaban a la vista. El coche aéreo había desaparecido.
Bajo una cubierta impermeable situada cerca de ella, había algunas provisiones
y equipos. Nada más, de horizonte a horizonte, sugería que humanos o seres de
cualquier otra especie hubiesen estado allí jamás.
Darya
se arrodilló y hurgó entre la pila, buscando un mensaje. No había ninguna nota,
ninguna grabación, nada. Nada que pudiese ayudarla a excepción de unos pocos
recipientes con comida y bebida, un generador de señales en miniatura, una
pistola y una linterna.
Darya
miró su reloj. Quedaban nueve días de Dobelle. Setenta y dos horas, antes de
que llegase la peor de todas las mareas estivales. Y ella estaba varada en
Sismo, sola, a seis mil kilómetros del Umbilical...
El
pánico que había sentido cuando abandonó Puerta Centinela volvió a escurrirse
en su corazón.
13
MAREA ESTIVAL MENOS DIEZ
...
el resplandor anaranjado sobre el horizonte era continuo y el suelo ardiente se
reflejaba sobre altas nubes de polvo. Mientras ellos observaban, se elevó una
nueva erupción color carmesí, a no más de un kilómetro de donde se encontraban.
Las columnas de humo se hicieron más altas. Pronto se extendieron de la tierra
al cielo. Mientras la lava burbujeaba hacia la cima del cráter, él se volvió
hacia Amy. A pesar de su advertencia, ella todavía estaba fuera del coche.
Cuando el destello de la explosión fue reemplazado por un resplandor de lava al
rojo, batió las palmas extasiada por los colores y las formas. Los tronidos
retumbaban desde las colinas distantes a sus espaldas. El río de fuego alcanzó
el cono y comenzó a deslizarse hacia ellos, rápido como el agua. Donde tocaba
la tierra más fría, un flujo blanco borboteaba y chisporroteaba.
Max
miró su rostro. No vio ningún temor, sólo el embeleso extasiado de un niño en
una fiesta de cumpleaños.
De
eso se trataba. Ella lo veía todo como una exhibición de fuegos artificiales.
La cautela debía provenir de él. Max se inclinó hacia delante desde el asiento
del coche y le dio un tirón de la manga.
—Entra.
—Se vio obligado a gritar para que le escuchara—. Tenemos que regresar al
Umbilical. Sabes que es un viaje de cinco horas.
Amy
le miró con ira y se apartó. El conocía muy bien su expresión enfurruñada.
—Ahora
no, Max. —Leyó en sus labios, pero no pudo escucharla—. Quiero esperar hasta
que la lava llegue al agua.
—¡No!
—Max estaba gritando—. Definitivamente no. ¡No pienso correr más riesgos! Está
hirviendo allá fuera y dentro del coche se pone cada vez peor.
Ella
se alejaba sin escucharlo. Max sintió el pecho cerrado y recalentado a pesar
del aire acondicionado que soplaba en el interior del coche. Lo peor
transcurría en su mente... Notaba que el horno ardiente de sus propias
preocupaciones le consumía. Sin embargo, el calor externo era lo
suficientemente real. Max bajó del coche y la siguió por la superficie
humeante.
—Deja
de fastidiarme. Iré enseguida. —Amy había girado para observar toda aquella
escena infernal. Afortunadamente aún no había ninguna señal de una nueva
erupción; pero ésta podía llegar en cualquier momento—. Max, tienes que
calmarte. —Amy se acercó, gritando junto a su oído—. Aprende a divertirte. Todo
el tiempo has estado sentado sin hacer nada. Debes soltarte..., dejarte llevar
por el ritmo de las cosas.
El
le cogió la mano y comenzó a arrastrarla hacia el coche. Después de resistirse
unos momentos, ella se lo permitió. Tenía los ojos fijos en la furia brillante
del volcán y no miraba por dónde iban.
Entonces,
cuando se encontraban a unos pocos metros del coche, se soltó y corrió riendo
por la superficie llana y humeante de la roca recalentada. Para cuando Max pudo
reaccionar, ella ya estaba a diez pasos de él. Era demasiado tarde.
Graves
y Perry hacían que sonase simple. Rebka aseguraba que era imposible.
—Miren
la aritmética —dijo mientras la cápsula del Umbilical descendía lentamente
sobre la superficie de Sismo—.
Tenemos
un radio planetario de cinco mil cien kilómetros y una superficie que está
cubierta de agua en menos de un tres por ciento. Eso deja más de trescientos
millones de kilómetros cuadrados de tierra. ¡Trescientos millones! Ahora
piensen en cuánto tiempo se necesitaría para registrar un kilómetro cuadrado.
Podríamos buscar durante años y no encontrarlas nunca.
—No
disponemos de años —replicó Perry—, y sé que es un área muy grande. Pero usted
parece suponer que buscaremos al azar, y por supuesto que no será así. Yo puedo
descartar la mayoría de las áreas antes de comenzar.
—Y
yo sé que las gemelas Carmel evitarán los espacios abiertos —agregó Rebka.
—¿Cómo
puede saberlo? —Rebka era el pesimista.
—Porque,
por lo general, Sismo está libre de nubes. —Graves no parecía afectado por su
escepticismo—. Shasta, el mundo donde nacieron, tiene un sistema espacial de
alta resolución que proporciona una observación continua de la superficie.
—Pero
no es así en Sismo.
—Ah,
pero las gemelas no lo saben. Supondrán que si están en campo abierto, serán
divisadas y atrapadas. Deben haber corrido a ocultarse.
—Y
yo puedo decirle que eso acota mucho el problema —dijo Perry—. En Sismo sólo
hay tres lugares donde un humano sensato podría refugiarse. Empezaremos con
esas tres zonas... y tendremos que terminar con ellas también.
—Pero,
si no las encontramos allí —comenzó Graves—, podremos ampliar...
—No,
no podremos —le interrumpió Perry—. La Marea Estival, consejero. Alcanzará su
punto culminante en menos de ochenta horas. Será mejor que para entonces no
estemos allí... ni usted ni yo ni las gemelas.
Max
Perry enumeró las tres zonas más probables donde podían estar: en los bosques
altos de las Mesetas Morgenstern; sobre —o probablemente dentro de— uno de los
Mil Lagos; o entre la tupida vegetación de la Depresión Pentacline.
—Lo
cual reduce miles de veces la zona que se ha de explorar—concluyó.
—Y
sigue dejando decenas de miles de kilómetros cuadrados sin examinar —respondió
Rebka— en detalle. Y no lo olvide. Éste no es el problema corriente de búsqueda
y rescate. Por lo general, la persona perdida desea ser encontrada. Coopera en
la medida de sus posibilidades Pero las gemelas no enviarán señales de auxilio
hasta que las condiciones se hayan vuelto intolerables. Para entonces,
probablemente sea demasiado tarde.
Si
aquellos argumentos impresionaron a Julius Graves, su rostro sonriente no lo
demostró. Mientras Max Perry estaba ocupado inspeccionando la fila de coches
aéreos, Graves se llevó a Rebka en dirección a las humeantes colinas
volcánicas.
—Necesito
hablar con usted en privado, capitán —dijo en tono confidencial—. Sólo unos
momentos.
Las
cenizas tibias caían como una nieve grisácea, posándose sobre su cabeza y sus
hombros. El suelo ya tema una capa de un centímetro. De las plantas y los
pacíficos herbívoros que Rebka viera en su primera visita no había ni rastro.
Hasta
el mismo lago se había desvanecido oculto bajo una capa espumosa de cenizas
volcánicas En lugar de los truenos y rugidos de la violencia sísmica, el
planeta parecía oprimido por un caluroso silencio.
—Usted
comprenderá —continuó Graves— que no es necesario que permanezcamos juntos. Hay
suficientes coches para que nos separemos.
—Sé
que de ese modo podríamos cubrir el triple de territorio —respondió Rebka—.
Pero no estoy seguro de querer hacerlo. Perry es el único que conoce Sismo.
Usted nunca había estado aquí antes.
—Sus
pensamientos coinciden con los míos. —Graves se quitó una paresa de ceniza de
la nariz—. El curso de acción lógico es bastante claro. Perry ha identificado
tres zonas de Sismo donde cualquier fugitivo podría buscar refugio. Aunque esas
regiones se encuentran muy separadas, hay suficientes coches para que cada uno
de nosotros se lleve uno. Por lo tanto, podríamos separarnos y examinar una
zona cada uno. Eso es lo que dice la lógica. Pero yo me pregunto: ¿quién quiere
la lógica? Ni usted ni yo. Nosotros queremos resultados. —Se acercó a Rebka—.
Y, francamente, me preocupa la estabilidad del comandante. Cuando uno le dice
«Sismo» o «Marea Estival», los ojos parecen salírsele de las órbitas. No
podemos dejarlo solo. ¿Usted qué piensa?
Pienso
que tanto Perry como tú necesitáis guardianes, pero no quiero decírtelo, dijo
para sí Rebka, que sabía lo que le aguardaba. Él tendría que cargar con Perry
—la misma misión estúpida que lo había traído a Dobelle— mientras Graves partía
por su cuenta y muy probablemente se mataba.
—Estoy
de acuerdo, consejero. Perry no debería quedar solo. Pero no quiero
desperdiciar...
—Entonces
estamos de acuerdo en que yo debo ir con Perry —continuó Graves, sin prestarle
atención—. Verá, si él se mete en problemas, yo podré ayudarle. Nadie más
estaría en condiciones de hacerlo. Por lo tanto, él y yo registraremos las
Mesetas Morgenstern, mientras usted inspecciona los Mil Lagos... Según Perry,
es la zona más rápida y sencilla. Si ninguno de nosotros encuentra a las
gemelas, el que termine primero se dirigirá a la Depresión Pentacline.
¿Qué
hacía uno cuando un loco sugería una idea atractiva? Se preocupaba, pero
probablemente la aceptaba. En todo caso, Graves no estaba de humor para
discusiones. Cuando Rebka volvió a señalarle las pocas posibilidades que tenían
de encontrar a las gemelas, el consejero chasqueó los dedos.
—Tonterías.
Yo sé que las encontraremos. Piense de forma positiva, capitán Rebka. ¡Sea
optimista! Es la única forma de vivir.
Y
una forma probable de morir, pensó Rebka. Pero se rindió. No podría disuadir a
Graves, y tal vez él y Perry se merecían uno al otro.
También
era una de las primeras reglas de la vida, algo que Rebka había aprendido a los
seis años en las calurosas cavernas salinas de Teufel. Cuando alguien te da lo
que quieres, vete... antes de que tenga tiempo para volver a pensarlo y
quitártelo.
—Muy
bien, consejero. En cuanto el coche esté listo, me marcharé.
Rebka
partió media hora antes que los otros dos. En los coches más rápidos, el sector
de carga no estaba diseñado para transportar cosas muy pesadas. Julius
Graves
vaciló un buen rato con su equipaje antes de decidirse a dejarlo y llevarse
sólo un pequeño bolso. El resto volvió a colocarlo en una cápsula del
Umbilical. Finalmente declaró que estaba listo para partir.
Después
de despegar, Max Perry activó el piloto automático de la nave y se dirigió
hacia las Mesetas Morgenstern. Cuando estuvieron en un radio de exploración,
ambos hombres se inclinaron sobre las pantallas.
—Un
hombre primitivo —dijo Graves. Su rostro se contorsionaba mientras observaba
las imágenes con gran concentración. La inspección de los indicadores era un
trabajo largo y tedioso—. Si éste fuera un coche de la Alianza, no tendríamos
que mirar. Nos reclinaríamos en nuestros asientos y esperaríamos a que el
sistema nos avisase cuando encontrara a las gemelas. Aquí es al revés. Tengo
que estar mirando esta cosa para avisarle lo que está viendo. ¡Primitivo!
—Es
lo mejor que tenemos en Ópalo o en Sismo.
—Le
creo. ¿Pero alguna vez se ha preguntado por qué todos los mundos del brazo
espiral no son tan ricos corno la Tierra y las otras antiguas regiones? ¿Por
qué cada planeta no utiliza lo último en tecnología? ¿Por qué todos los mundos
no tienen más robots de servicio que personas, como la Tierra? ¿Por qué cada
persona de cada colonia no es igual de rica? Sabemos cómo fabricar equipos
avanzados. ¿Por qué sólo unos pocos planetas los poseen?
Perry
no tenía respuestas, pero emitió un gruñido para demostrar que estaba
escuchando.
No
era él. Con Julius Graves ocupado en mirar las imágenes, debía ser Steven el
que parloteaba. Perry también estaba ocupado con el equipo de recepción por
radio. Graves no creía que las gemelas Carmel enviasen una señal de auxilio.
Perry no estaba de acuerdo. A medida que se acercaba la Marea Estival, la
gemelas debían de estar ansiosas de que las arrestasen y rescatasen.
—La
causa de la pobreza en Dobelle tiene una razón muy simple —continuó Graves—.
Pertenece a la naturaleza de la humanidad. Una especie racional se hubiese
asegurado de que un mundo estuviese completamente desarrollado y fuese perfecto
para los humanos antes de continuar hacia otro. ¡Pero nosotros no sabemos cómo
hacer eso! Somos impacientes. Antes de que un planeta esté colonizado a medias,
parten las nuevas naves, listas para explorar el siguiente. Y muy poca gente
dice: «Espera un momento; terminemos con éste antes de continuar.»
Miró
con más atención un par de falsas alarmas en la imagen y meneó la cabeza.
—Somos
demasiado curiosos, comandante —continuó—. La mayoría de los humanos tienen un
nivel de paciencia demasiado bajo. Los cecropianos son iguales que nosotros.
Por lo que casi toda la riqueza del brazo espiral —y todo el lujo— se queda con
las personas hogareñas. Es la antigua paradoja, que data de antes de la
Expansión: los grupos que no hacen nada por crear riqueza logran cobrar
posesión de su mayor parte. Mientras tanto, los que hacen todo el trabajo se
quedan con muy pocas posesiones. Tal vez algún día eso cambie. Quizás en otros
diez mil años...
—Una
señal de radio —le interrumpió Perry—. Es débil, pero allí está.
Graves
se paralizó y no alzó la vista.
—Imposible.
—Su voz era cortante. Julius Graves volvía a hacerse cargo—. Ellas no
anunciarían su presencia en Sismo. No después de escapar durante tanto tiempo.
—Mírelo
usted mismo.
Graves
se deslizó sobre el asiento.
—¿Cuan
lejos está?
—Mucho.
—Perry estudió el alcance y los vectores de información—. En realidad,
demasiado. Esa señal no proviene de las Mesetas Morgenstern. La fuente se
encuentra a al menos cuatro mil kilómetros más allá. Si no fuera por el rebote
de la ionosfera, no lo percibiríamos.
—¿Tal
vez de los Mil Lagos?
—Podría
ser. La dirección no es justamente la indicada, pero hay mucho ruido en la
señal y la trayectoria es la correcta.
—Entonces
es Rebka. —Graves golpeó la mano contra el tablero—. Tiene que serlo. Apenas
acabamos de salir y ya está en problemas. Incluso antes...
—No
es Rebka.
—¿Cómo
lo sabe?
—No
es su coche. —Perry estaba comparando los calibres de las señales—. Ni ninguno
de los nuestros. Tanto la frecuencia como el formato de la señal son
diferentes. Parece una unidad de señales portátil, de baja potencia.
—¡Entonces
son las gemelas Carmel! Deben de estar en grandes problemas para pedir ayuda.
¿Puede llevarnos hasta allí?
—Es
sencillo. No tenemos más que seguir la señal.
—¿Cuánto
tardaremos en llegar?
—Seis
o siete horas, a velocidad máxima.
Mientras
hablaba, Perry miraba el cronómetro del coche.
—¿Cuánto
falta? —Graves había seguido su mirada.
—Poco
más de ocho días de Sismo para la Marea Estival; digamos que sesenta y siete
horas a partir de ahora.
—Siete
horas hasta los Mil Lagos, ocho más para regresar al Umbilical. Entonces
iremos. Tenemos tiempo suficiente. Habremos escapado de Sismo mucho antes de
que llegue lo peor.
—Usted
no comprende —replicó Perry, meneando la cabeza—. Sismo no es homogéneo, y su
estructura interna es muy variable. Los terremotos pueden irrumpir por
cualquier parte, mucho antes de la Marea Estival. Aquí, en las Mesetas, no
vemos mucha actividad, pero la zona de los Mil Lagos podría ser una pesadilla.
—Vamos,
hombre, es tan pesimista como Rebka. No puede ser tan terrible si las gemelas
Carmel todavía están con vida.
—Usted
lo ha dicho. Si todavía están con vida. —Perry maniobró los controles y el
coche comenzó a girar—. Se olvida de una cosa, consejero. Las señales de radio
son resistentes..., mucho más resistentes que los seres humanos.
14
Marea estival menos nueve
Las
armas sensoras habían estado rastreando el coche durante un buen rato. Cuando
éste llegó a su campo visual, Louis Nenda colocó el arsenal oculto de la nave
espacial en alerta máxima.
El
coche que se acercaba redujo la velocidad, como consciente del poder destructor
apostado a unos pocos kilómetros de él. Avanzó de forma lateral y luego
descendió en un aterrizaje vertical para posarse sobre una roca agrietada, a
buena distancia de la nave.
Nenda
mantuvo las armas preparadas para la acción, mientras observaba cómo se abría
la compuerta del coche.
—¿Quién
será? —preguntó suavemente en dialecto de la Comunión, más para sí mismo que
para Kallik—. Hagan sus apuestas, damas y caballeros. Adivinen quiénes son los
visitantes.
Un
par de figuras familiares bajaron a la roca humeante y cubierta de grava. Ambas
llevaban máscaras para respirar, pero eran fácilmente reconocibles. Louis Nenda
emitió un gruñido de satisfacción y volvió a colocar las armas en posición de
espera.
—Está
bien. Abre la puerta, Kallik. Muestra un poco de hospitalidad hacia nuestros
invitados.
Atvar
H'sial y J'merlia se acercaban, avanzando con cautela entre las piedras
azuladas y cruzando una franja de guijarros sueltos. Louis Nenda había elegido
su lugar de aterrizaje con cuidado, sobre la roca más sólida y menos agrietada
que pudo encontrar; de todos modos había amontonamientos de polvo y signos de
recientes movimientos terrestres. Atvar H'sial seguía la línea de una gran
fisura y de cuando en cuando se asomaba por el borde para olfatear el aire y
estimar su profundidad. Esa fosa era su único refugio posible. No había nada
viviente en aquella región de Sismo, ni tampoco ningún lugar donde ocultarse en
un radio de diez kilómetros. Las armas de la nave, elevadas a treinta metros de
altura, gozaban de un panorama de trescientos sesenta grados.
Atvar
H'sial se inclinó para entrar por la compuerta inferior, no como muestra de
respeto hacia Louis Nenda sino porque aquella abertura había sido diseñada para
alguien que medía la mitad que ella. Una vez dentro, se quitó la máscara.
J'merlia entró después, con un extraño silbido de saludo a Kallik, y corrió a
agazaparse frente a su ama.
La
cecropiana se enderezó y se acercó a Nenda.
—Has
decidido no utilizar tus armas contra nosotros —tradujo J'merlia—. Una sabia
decisión.
—¿Desde
tu punto de vista? Estoy seguro de que sí. ¿Pero por qué hablamos de armas? —La
voz de Nenda era burlona—. No encontrarás ningún arma aquí.
—Es
posible que tengas razón —dijo Atvar H'sial a través de J'merlia—. Si la
inspección en Ópalo no pudo encontrarlas, puede ser que nosotros tampoco
podamos. —La gran cabeza de Atvar H'sial se alzó para mirar hacia arriba—. Sin
embargo, si me permites media hora de inspección en la cubierta superior de tu
nave...
—Oh,
no lo creo. —Louis Nenda sonrió—. Podría ser divertido, pero no disponemos de
media hora para jugar. No mientras la Marea Estival nos respira en la nuca.
Supongamos que abandonamos la esgrima por un rato. Yo no preguntaré qué
herramientas y armas traes contigo, si tú dejas de preocuparte por lo que hay
en esta nave. Tenemos cosas más importantes sobre las que hablar.
—Ah,
sugieres una tregua. —Las palabras salieron de J'merlia, pero fue Atvar H'sial
quien extendió una larga pata delantera—. De acuerdo. ¿Por dónde comenzamos?
¿Cómo discutimos la cooperación sin revelar demasiado de lo que cada uno sabe?
—Para
empezar, los enviamos a ellos afuera. —Nenda señaló a J'merlia y a Kallik.
Los
tentáculos amarillos de Atvar H'sial giraron para escrutar a la hymenopt, y
luego descendieron hasta el lo'tfiano agazapado frente a su concha.
—¿Es
seguro allá afuera? —tradujo J'merlia.
—No
mucho. —Nenda alzó sus espesas cejas—. Eh, ¿qué es lo que esperas? ¿Temporada
de carnaval en primavera? No hay ningún sitio seguro sobre Sismo en este
momento, y tú lo sabes. ¿Tu insecto es demasiado sensible al calor y a la luz?
No quiero freído.
—No
es especial —tradujo J'merlia sin demostrar ningún sentimiento—. Provisto de
agua, J'merlia puede sobrevivir al calor y al aire contaminado durante un largo
período, incluso sin careta antigás. Pero la comunicación entre tú y yo...
—Confía
en mí —Nenda señaló a J'merlia y a Kallik y apuntó el pulgar hacia la
compuerta—. Fuera. Los dos. —Volvió a hablar en el idioma de la Comunión—.
Kallik, lleva bastante agua para J'merlia. Ya os diremos cuándo podéis
regresar.
Aguardó
hasta que los dos alienígenas se encontraron afuera y la compuerta estuvo
cerrada. Entonces avanzó para sentarse a la sombra de la concha de Atvar
H'sial. Inspiró profundamente y se abrió la camisa, mostrando un pecho
completamente cubierto de nódulos grises y profundas picaduras. Cerró los ojos
y aguardó.
—Ten
paciencia. —Las feromonas codificadas se esparcieron lentamente por el aire—.
No es sencillo..., y hace mucho... que no practico.
—Ah.
—Atvar H'sial asentía con su cabeza ciega y apuntaba sus receptores hacia el
pecho de Nenda—. ¿Una técnica zardalu? Había oído hablar de ella, pero nunca la
había experimentado. ¿Puedo preguntar a qué coste físico?
—El
acostumbrado. —El rostro de Louis Nenda mostraba un duro éxtasis—. Dolor... El
precio de cada técnica zardalu. Está bien; ya lo estoy logrando. Voy a hablar
al estilo humano, si no te importa. Me ayuda a dar marco a mis pensamientos.
—¡Pero
no hay ninguna necesidad de esto! —Junto con el significado literal, los
receptores de feromonas de Louis Nenda detectaron el desprecio de Atvar
H'sial—. J'merlia me es completamente fiel, tal como supongo que es Kallik para
ti. Morirían antes de revelar cualquier cosa de nuestra conversación.
—Ya
lo creo que sí. —Louis Nenda emitió una risita—. Yo me aseguraría de ello. Pero
no sé cuan listo es J’merlia. Las cosas pueden escaparse por accidente, en
especial si alguien tramposo formula las preguntas. La única forma para estar
seguros es no permitirles escuchar. —La risa se convirtió en un gruñido de
molestia—. Muy bien, vayamos a lo nuestro y acabemos lo antes posible. Me
resulta difícil.
—Necesitamos
un protocolo para el intercambio de información.
—Lo
sé. Esto es lo que sugiero. Yo haré una afirmación. Tú podrás manifestarte de
acuerdo, en contra o hacer una afirmación propia, pero nadie estará obligado a
responder ninguna pregunta. Algo así. Afirmación: tú no tienes ningún interés
en estudiar las formas de vida bajo condiciones ambientales extremas en Sismo.
Eso es una mentira. Has venido aquí porque eres una especialista en los
Constructores.
—A
ti no te lo negaré. —Atvar H'sial se estiró a su altura máxima. Bajo su cabeza,
los pliegues rojos y blancos se expandieron—. Soy más que una especialista. Soy
la especialista en Constructores de la Federación Cecropia.
—Las
feromonas trasladaron un mensaje de orgullo, mucho más fuerte de lo que
hubiesen podido hacerlo las palabras—. Fui la primera en desentrañar el mensaje
de Tántalo; la primera... y única cecropiana que sobrevivió a un viaje por
Antorcha. Yo comprendí el significado de la Marea Estival antes de que Darya
Lang fuera tan tonta como para publicar sus descubrimientos. Yo...
—Muy
bien. Eres lista, ya lo he comprendido. —La respiración de Nenda se estaba
calmando—. Dime algo de lo que necesito saber, o estaremos aquí hasta la Marea
Estival y nos freiremos todos.
—De
acuerdo. Estás aquí porque quieres saber lo que ocurrirá durante la Marea
Estival. Pero yo digo que no has sido el iniciador de esa idea. Conoces
demasiado poco de ciencia o de historia. Alguien más se basó en la idea de
Darya Lang y te comunicó la importancia de este momento y este lugar. Me
resultaría de gran interés saber quién es ese alguien.
—Eso
me suena como una pregunta, aunque no haya sido planteada como tal. Pero te lo
diré. —Nenda apuntó el pulgar hacia la compuerta de la nave—. Kallik.
—¿Tu
hymenopt? ¡Una esclava! —Atvar H'sial estaba más que sorprendida. Estaba
indignada—. No es correcto que una especie esclavizada desempeñe un trabajo de
tan alto nivel.
—Ah,
tonterías. —Nenda estaba sonriendo—. Ella tiene un cerebro... Bien puedo
permitirle utilizarlo en mi beneficio. De todos modos, se siente feliz cuando
puede leer y efectuar cálculos en su tiempo libre. Kallik vio el trabajo de
Lang y luego hizo los cómputos ella misma. Decidió que éstos eran el lugar y el
momento especiales. Entonces se entusiasmó mucho y quiso decírselo a alguien.
Yo le dije: «De ninguna manera. No se lo diremos a nadie... e iremos a Sismo
por nuestra cuenta.» Y aquí estamos. Pero quiero intercambiar ideas contigo
sobre algo más específico. Hablemos sobre lo que ocurrirá aquí durante la Marea
Estival.
—Eso
me suena como una pregunta. Prefiero no responder.
—Entonces
haré una afirmación. Déjame contarte lo que dice Kallik, basándose en su
análisis, y tú podrás comentarlo si lo deseas. Ella dice que los Constructores
van a regresar... aquí, durante la Marea Estival. El secreto de su tecnología y
el motivo de su desaparición serán revelados a aquellos que se encuentren
presentes. ¿Qué te parece eso?
—También
es una pregunta, no una afirmación, pero la responderé. La sugerencia de Kallik
es posible. Sin embargo, no es algo seguro. No existe ninguna evidencia de que
los Constructores vayan a aparecer.
—Entonces
es una apuesta que debes hacer. Y lo que Kallik no dijo, pero yo lo pienso y no
me sorprendería que tú sepas mucho más al respecto, es que el que logre la
clave de la tecnología de los Constructores será muy poderoso dentro del brazo
espiral.
—Estoy
de acuerdo. La tecnología será el premio.
—Para
algunos. Pero no es el único motivo de tu presencia aquí. —Nenda se acercó y
llegó a dar un golpecito con el índice en el abdomen brillante de Atvar
H'sial—. Afirmación: tú eres otra fanática de los Constructores, al igual que
Lang y Kallik. Crees que dentro de setenta y dos horas los conocerás. ¿Sabes
cómo llama Kallik a esta Marea Estival? La Epifanía..., el momento en que
aparecerán los dioses.
—Mi
propio término es el Despertar. ¿Aceptas que aquí ocurrirá un suceso
trascendental?
—Diablos,
no lo sé. ¿A qué te refieres con algo trascendental? Yo estoy muy seguro de que
los dioses no aparecerán. Todo esto es una apuesta arriesgada, pero yo soy un
jugador y me agrada esa clase de apuestas.
—Te
equivocas. No es una apuesta arriesgada. Ocurrirá. —La convicción de Atvar
H'sial era inconfundible en el mensaje feromónico. Nenda comprendió que no
estaba en condiciones de manejar la sutileza de la técnica comunicativa y se
preguntó si la cecropiana habría aprendido a mentir con sus mensajes químicos—.
Ya existen evidencias de ello —continuó Atvar H'sial—. A lo largo de todo el
brazo espiral, los artefactos están inquietos y señalan hacia aquí.
—Oye,
no tienes que persuadirme. Volé ochocientos años luz para aterrizar en este
montón de mierda..., y me importan un comino los artefactos. Puedes quedarte
con todos ellos... Eres igual que Kallik. Pero tengo otra pregunta para ti.
¿Por qué viniste a verme, sabiendo que podía destruirte? Estoy seguro de que no
ha sido sólo para intercambiar ideas.
—Ah,
eso es cierto. Vine porque me necesitas. Y porque yo te necesito a ti. —Atvar
H'sial señaló la portilla y la extensa superficie de Sismo al otro lado de
ella—. Si tú y yo fuésemos las únicas personas en este mundo, disfrutaríamos de
la exclusividad sobre cualquier nueva técnica de los Constructores. Aunque más
tarde podríamos luchar por el privilegio de utilizar ese poder, yo aceptaría
una contienda semejante.
—Ése
sería tu error. Pero sigo sin saber por qué has venido a mí.
—Porque
hoy no somos los únicos en Sismo. Hay otros aquí, quienes divulgarían los
nuevos conocimientos por el bien de la ciencia. Pero tú no eres un científico,
eres un aventurero. Estás aquí por tu provecho personal.
—Tienes
mucha razón. Y tú también.
—Tal
vez. —Ahora que Louis Nenda sabía leer los mensajes, notó que la cecropiana
estaba divertida—. Y no queremos compartir aún más los poderes de los
Constructores. Rebka, Graves y Perry están en Sismo. Recorrieron el Umbilical
justo después de nosotros. Ellos no guardarán en secreto los conocimientos.
Nosotros podríamos hacer algo al respecto, pero no tenemos forma de saber dónde
están.
—Supuse
que nos seguirían. ¿Qué hay de Darya Lang? Ella vino contigo.
—No
hay problema. Ya nos hemos... ocupado de ella.
Una
fría certidumbre en las feromonas. Hubo una larga pausa.
—Bueno,
está bien —dijo Louis Nenda finalmente. Su voz era suave—. Eres una hija de
puta muy despiadada, ¿verdad?
Las
trompas de la cecropiana temblaron.
—Tratamos
de proporcionar satisfacción.
—Y
corres un riesgo al decirme esto.
—Creo
que no. —Atvar H'sial guardó silencio un momento—. No existe ningún riesgo. Al
menos con alguien que ha leído y recordado los registros de
Lascia
Cuatro. ¿Puedo refrescarte la memoria? Una cápsula con suministros médicos fue
lanzada hacia Lascia Cuatro. Nunca llegó al planeta. Sin los inhibidores
virales que contenía, trescientas mil personas murieron. Un humano, acompañado
por una esclava hymenopt, fue el culpable de tal atrocidad. La hymenopt murió,
pero el humano escapó y nunca fue capturado. —Louis Menda no dijo nada—.
Respecto a los otros humanos —continuó Atvar H'sial—, no podemos ubicarlos.
Estoy especialmente preocupada por Graves.
—Es
un loco.
—Cierto.
Y es capaz de leer lo que pensamos tú y yo. Es demasiado peligroso. Lo quiero
fuera del camino. Los quiero a los tres fuera del camino.
—De
acuerdo. Pero no tengo más probabilidades de encontrarlos que tú. Por lo tanto,
¿qué es lo que propones?
—Antes
de la Marea Estival abandonarán Sismo. Su ruta de escape es el Umbilical.
También hubiera sido la mía, pero luego he visto llegar tu nave y he
comprendido que estaba equipada para realizar viajes espaciales.
—Hasta
el fin de la galaxia, si lo deseo. Comprendo que podría resultarte útil para
abandonar Sismo sin encontrarte con Graves. ¿Pero qué tienes para ofrecerme a
mí} No querría ser grosero, pero yo no soy tu hada madrina. ¿Por qué iba a
proporcionarte un transporte gratis para salir de
Sismo?
Le dije a Kallik que podíamos echar un vistazo a la superficie, pero que,
llegada la Marea Estival, la miraríamos desde el espacio. Sin embargo, eso es
para nosotros. Mi nave no es un autobús. ¿Por qué iba a ayudarte?
—Porque
yo conozco los códigos que controlan el Umbilical. Los códigos completos.
—¿Y
por qué iba a importarme...? —Louis Nenda alzó la vista lentamente hacia la
cecropiana, al mismo tiempo que la cabeza ciega se acercaba a él.
—¿Lo
ves? —Las feromonas agregaron un mensaje más fuerte y a la vez más sutil que
cualquier palabra: placer, triunfo y un toque de muerte.
—Sí.
Está bien claro. ¿Pero que hacemos con ellos? —Nenda señaló la ventana.
J'merlia y Kallik estaban acurrucados juntos sobre el suelo caliente, tratando
de protegerse detrás de la nave de los rayos ardientes de Mandel. Ambos estaban
temblando. J'merlia parecía tratar de consolar a la hymenopt—. Yo aceptaría tu
propuesta, pero de ninguna manera pienso llevarlos con nosotros como testigos.
—De
acuerdo. No los necesitamos. Si hay algo que requiera la sensibilidad de
J'merlia a la radiación semimicrométrica, tú podrás detectarla en su lugar.
—Puedo
ver, si eso es a lo que te refieres. —Nenda ya se encontraba en la compuerta,
llamando a Kallik—. Mira, tampoco estoy dispuesto a dejarlos con mi nave. En
realidad ni siquiera estoy dispuesto a dejar la nave aquí. Volaremos en ella
hasta el Umbilical y haremos que J'merlia y Kallik nos aguarden aquí.
—Eso
no me parece muy aconsejable. —Atvar H'sial había extendido las patas por
completo y se alzaba sobre Louis Nenda—, Tampoco queremos que tengan acceso al
coche aéreo.
—Kallik
no lo tocará si yo le digo que no lo haga. —Nenda aguardó mientras la
cecropiana lo miraba en completo silencio—. Oh, está bien. No los dejaremos
aquí. Ningún riesgo es mejor que uno pequeño... Y no estoy demasiado seguro de
tu lo'tfiano. ¿Cómo quieres resolverlo?
—Muy
simple. Les daremos un emisor de señales junto con algunas provisiones y los
dejaremos en algún punto entre este sitio y el pie del Umbilical. Cuando
hayamos terminado con nuestro trabajo allí, averiguaremos su posición, los
recogeremos, buscaremos el lugar del Despertar... y nos pondremos en órbita
antes de que la superficie se torne demasiado violenta.
—Supongamos
que las condiciones empeoran allí donde los dejamos. Perry juró que ocurriría,
y no creo que estuviera mintiendo.
—Si
las cosas empeoran demasiado pronto, será una pena. —Atvar H'sial se alzó con
la cabeza vuelta, mientras J'merlia y Kallik aguardaban ante la compuerta
abierta. Ambos esclavos temblaban de miedo y tensión—. Siempre podrás encontrar
a otro hymenopt. Y, aunque J'merlia ha sido un sirviente idóneo..., más que
idóneo, y lamentaría mucho perderlo, ése podría ser el precio de un triunfo
mayor.
15
Marea estival menos ocho
Darya
Lang hizo lo más natural; se sentó y lloró. Pero, tal como le había dicho hacía
tanto su tío Matra, el llanto no solucionaba los problemas. Después de unos
minutos se detuvo.
Al
principio sólo había quedado perpleja. ¿Por qué Atvar H'sial había decidido
drogaría y abandonarla en medio de la nada, en una región de Sismo que sólo
habían elegido porque parecía un buen lugar donde aterrizar? No se le ocurría
ninguna explicación para que la cecropiana hubiese desaparecido mientras ella
dormía.
Darya
estaba a miles de kilómetros del Umbilical. Sólo tenía una vaga idea de la
dirección en que se encontraba. No tenía otra forma de viajar que no fuese
caminando. La conclusión era simple. Atvar H'sial se proponía dejarla varada en
Sismo, para que muriese durante la Marea Estival.
Pero
en ese caso, ¿por qué dejarle las provisiones? ¿Por qué proporcionarle una
máscara y un filtro de aire, junto con un primitivo purificador de agua? Y lo
más desconcertante de todo, ¿por qué dejarle un generador de señales que podía
ser utilizado para emitir una señal de socorro?
A su
confusión le había seguido la angustia y luego la ira. Era una secuencia de
emociones que nunca hubiese podido imaginar en los días tranquilos antes de
abandonar
Puerta
Centinela. Siempre se había considerado una persona razonable, una científica,
la ciudadana de un universo metódico y lógico. La ira no era una reacción
razonable; nublaba su proceso de pensamiento. Pero su mundo había cambiado, y
se había visto forzada a cambiar con él. La intensidad de sus propios
sentimientos la sorprendía. Si tenía que morir, no lo haría sin luchar.
Se
agachó junto al lago más cercano e inspeccionó sistemáticamente cada objeto que
le había dejado. El purificador era una pequeña unidad de evaporación
instantánea, que podría producir agua pura y potable de los alcalinos más
amargos de cualquier lago. En su máxima producción, la unidad podría
proporcionarle unos dos litros de agua diarios. Los alimentos apilados eran
simples e insípidos, pero eran nutritivos y le alcanzarían al menos para dos
semanas. Hasta donde ella era capaz de discriminar, el generador de señales
estaba en perfectas condiciones. Y la manta impermeable que lo cubría todo la
protegería del calor, el frío o la lluvia.
Conclusión:
si moría, no sería por hambre, por sed o por exposición a los elementos.
Ése
era un pequeño consuelo. La muerte sería más inmediata y mucho más violenta. El
aire era caluroso y se recalentaba más momento a momento. Cada pocos minutos
podía sentir la tierra que se estremecía debajo de ella, como un durmiente que
no lograba encontrar una posición cómoda. Y, lo peor de todo, una brisa cada
vez más fuerte soplaba un fino polvillo blanco que le hacía arder los ojos y le
producía un sabor metálico en la boca. La máscara y el filtro de aire sólo le
proporcionaban una protección parcial.
Darya
regresó a la orilla del lago y vio el reflejo espectral de Gargantúa en las
aguas oscuras. El planeta se volvía más brillante y abultado hora tras hora.
Aunque todavía faltaba mucho para su aproximación máxima con Mandel, al alzar
la vista, ya pudo ver sus tres lunas más grandes, moviéndose a su alrededor en
unas órbitas extrañamente alteradas. Casi podía sentir las fuerzas que
Gargantúa, Mandel y Amaranto ejercían sobre aquellos satélites, empujándolos en
diferentes direcciones. Las mismas fuerzas gravitatorias estaban actuando sobre
Sismo. El planeta sobre el cual se hallaba soportaba unas tensiones terribles.
Su superficie debía de estar pronta a desintegrarse. Así pues, ¿por qué Atvar
H'sial la había dejado para luego alimentarla y brindarle protección, cuando de
todos modos quedaría atrapada por la Marea Estival?
Debía
existir una explicación para lo que había ocurrido. Tenía que pensar.
Darya
se agachó junto al agua, buscando un sitio que estuviese algo protegido del
polvo que volaba. Si Atvar H'sial hubiera querido matarla, podía haberlo hecho
muy fácilmente mientras dormía. Sin embargo, la había dejado con vida. ¿Por
qué?
Porque
Atvar H'sial la necesitaba con vida. La cecropiana no quería que estuviese
presente cuando llevara a cabo sus planes, cualesquiera que éstos fuesen, pero
más tarde la necesitaría. Tal vez por algo que ella sabía sobre Sismo o sobre
los Constructores. ¿Pero qué? Nada que Darya pudiese imaginar.
Cambiemos
la pregunta. ¿Qué pensaba Atvar H'sial que sabía ella?
A
Darya no se le ocurrió nada razonable, pero por el momento no necesitaba la
respuesta. La nueva Darya insistía en que los motivos para actuar eran menos
importantes que las mismas acciones. Lo que importaba era que había sido dejada
conservada en frigorífico —o en horno— durante un período indefinido de tiempo;
era posible que alguien, en algún momento, regresase por ella. Aunque, si no
hacía nada, moriría rápidamente.
Pero
no ocurriría de ese modo. Ella no lo permitiría.
Darya
se levantó y examinó lo que la rodeaba. Una vez había sido engañada por Atvar
H'sial, para que la ayudara a realizar su viaje por el Umbilical. Había sido la
última vez.
El
lago junto al cual se hallaba era el más alto de media docena de ellos
conectados entre sí. Sus tamaños variaban de menos de cien metros de ancho a
unos cuatrocientos. El flujo del estanque más cercano, a unos cuarenta pasos de
distancia, caía en una pequeña catarata de uno o dos metros de alto hacia el
lago siguiente.
Darya
estudió la costa buscando alguna clase de refugio. A juzgar por el clima, eso
sería bastante sustancial. El viento se tornaba más fuerte, y una arena fina se
introducía en cada espacio abierto..., incluyendo los suyos; la sensación no
era nada agradable.
¿Adonde
ir? ¿Dónde ocultarse? ¿Dónde encontrar refugio? La decisión de vivir —¡ella iba
a vivir!— había ido en aumento.
Darya
se sacudió el fino talco de los brazos y el cuerpo. Los terremotos podían
constituir un peligro a largo plazo; por el momento, la mayor amenaza era este
molesto polvillo. Debía alejarse de él, aunque no estaba segura de que hubiese
algún lugar protegido.
¿Qué
hacen los animales nativos?
La
pregunta apareció en su mente mientras observaba la costa del lago, horadado
con lo que parecían perforaciones de animales. En Sismo, los seres vivos no
permanecían en la superficie durante esta época del año. Se ocultaban bajo
tierra o, mejor aún, bajo el agua. Darya recordó las grandes manadas de
animales con lomo blanco, que se dirigían sin vacilar hacia los lagos.
¿Podría
ella hacer lo mismo? El fondo de un estanque alcalino no era un proyecto muy
cautivador, pero al menos la alejaría del polvo.
Claro
que ella no podía sobrevivir en el lecho de un lago. Necesitaba respirar. No
tenía forma de llevar consigo un suministro de aire.
Darya
se introdujo en el agua hasta que ésta le llegó a las rodillas. El agua estaba
agradablemente tibia, y la temperatura aumentaba un poco a medida que avanzaba.
A juzgar por el declive del fondo, en medio del estanque tendría la cabeza
cubierta. Si avanzaba hasta que el agua le llegase al cuello, la obturación de
su máscara y el filtro de aire quedarían sumergidos. Sólo su cabeza asomaría.
Eso la protegería del polvo.
¿Pero
cuántas horas podría permanecer de ese modo? No las suficientes.
Era
una solución que no resolvía nada.
Comenzó
a seguir el flujo de la cadena de lagos, descendiendo de un nivel de roca al
otro. La primera catarata caía dos metros mediante una serie de pequeños
rápidos, corriendo sobre las rocas suaves hasta que finalmente se descargaba en
el más grande de los lagos. Seguramente, el polvillo que volaba era peor aquí
que en el nivel más bajo.
Darya
siguió caminando. Ese lago era toscamente elíptico, con unos trescientos metros
de ancho y tal vez quinientos de largo. Su desagüe era una catarata
considerable que ella pudo escuchar cuando todavía estaba a unos cuarenta pasos
de distancia.
Cuando
llegó a la ruidosa cascada, se encontró con una pared de agua de tres metros de
altura, que caía en forma vertical hacia el siguiente lago de la cadena. La
humedad se elevaba y le empañaba la máscara, pero al menos limpiaba un poco el
aire de polvo. Si no lograba encontrar nada mejor, éste podía ser un lugar
adonde regresar.
Se
disponía a dirigirse hacia el siguiente estanque cuando vio que la cascada caía
sobre un saliente en la roca. Había un espacio detrás. Si lograba atravesar la
cascada sin ser arrastrada por el torrente de agua, se encontraría en un
recinto cerrado, protegido del polvo por un muro de roca de un lado y por el
agua que caía del otro.
Darya
se acercó al borde de la cascada, apretándose todo lo posible a la roca, y se
introdujo de costado en el torrente de agua. Apenas estuvo entre la lluvia
blanca y espumosa supo que podría atravesarla. La parte más fuerte de la
cascada no la tocaba. Pasaba por encima de su cabeza en un raudal de agua que
sólo producía ruido y salpicaba con fuerza el muro de roca oculto. Tal como
ella había pensado, atrás había un espacio.
El
problema era que el reborde y el sitio protegido eran demasiado pequeños. No
podía levantarse sin introducir la cabeza en el torrente. Tampoco podía
tenderse. El reborde era muy desigual. Y no había ni un centímetro cuadrado que
no estuviese mojado por la lluvia constante.
Comenzó
a desanimarse, pero enseguida se contuvo. ¿Qué había estado esperando? ¿Un
apartamento de lujo en la Alianza? No era cuestión de comodidad; se trataba de
su supervivencia.
Protegida
bajo la manta, podría acurrucarse con la espalda contra la roca. Dejaría afuera
los alimentos y la bebida, y cada vez que lo necesitase, podría dejar su
caverna tantas veces como fuera necesario para traer algo de comer o para
estirar las piernas. Podría lavar la máscara y el filtro de aire mientras
estaba dentro, para mantenerlos libres de polvo. Y estaría lo suficientemente
abrigada, aunque nunca llegase a secarse por completo ni a descansar. Si era
necesario, podría sobrevivir allí durante muchos días.
Darya
regresó e hizo tres viajes para trasladar sus provisiones. En los dos primeros
llevó todo a través de la cascada, a excepción del generador de señales, y pasó
un largo rato decidiendo qué cosa debía tener adentro consigo y cuáles dejar
afuera.
En
el tercer viaje tuvo que tomar la decisión más difícil.
Podía
llevar el generador de señales hasta un sitio alto cerca del lago, colocarlo
sobre una pila de rocas y de ese modo aumentar al máximo su alcance. Podía
asegurarse de que tuviese la potencia adecuada. ¿Pero haría algo más?
Después
de pensar el asunto, comprendió que no tenía alternativa. Si Atvar H'sial
llegaba a regresar, ella seguiría estando a su merced. La cecropiana decidiría
si quería utilizarla, rescatarla o abandonarla. Dos meses atrás era posible que
Darya lo hubiese aceptado como inevitable; ahora era diferente.
Envolvió
el generador en la manta y lo llevó consigo a la caverna. Acomodó la cubierta
impermeable para que tanto ella como el aparato estuviesen protegidos de las
gotas. Era casi el mediodía de Mandel, y la luz se filtraba entre la caída de
agua.
Lenta
y cautelosamente, apagó el generador y comenzó a desarmarlo. No tenía por qué
apresurarse, ya que el tiempo parecía ser lo único de lo que disponía en
abundancia. Aunque conocía los circuitos básicos que necesitaba, tuvo que
improvisar para lograr la impedancia que estaba buscando. Cogió los conductores
alternos de alto voltaje y conectó su salida en paralelo con el paso r/f, a
través del transformador, y luego a la caja de mensajes. Fue una prueba de
memoria y de viejos cursos en electrónica neural. El enrollador que necesitaba
era poco más que un oscilador no lineal, y en el generador de señales había
reóstatos y condensadores capaces de desempeñar funciones dobles. No podía
probar el aparato, pero los cambios que había hecho eran bastante simples.
Tenía que funcionar. El mayor peligro estaba en que fuese demasiado potente.
Mandel
comenzó a ocultarse antes de que hubiese terminado. El generador modificado
volvió a salir, bajo la luz rojiza de Amaranto y la fuerte tempestad de polvo,
para regresar a su lugar sobre las rocas. Darya lo activó y asintió con
satisfacción al ver que la luz parpadeaba indicando que el aparato volvía a
funcionar.
Regresó
a la cueva de la cascada, se envolvió por completo en la manta y se acurrucó en
el saliente de la roca. Unas protuberancias de piedra se clavaban en su
costado. La catarata proporcionaba una lluvia de gotas constante y el ruido del
agua. Debajo estaban los movimientos de Sismo, que gruñía a medida que el
planeta era estirado con más fuerza sobre el potro de las mareas.
Nadie
podía esperar dormirse en semejantes condiciones. Darya mordisqueó unos
bizcochos secos, cerró los ojos y fijó su mente en un pensamiento: se estaba
defendiendo. Lo que había hecho era bastante poco, pero era todo lo que podía
hacer.
Mañana
encontraría alguna nueva idea para salvarse.
Con
ese pensamiento en la mente y los bizcochos todavía en la mano, se sumió en el
sueño más tranquilo desde que abandonara Puerta Centinela.
Hans
Rebka tenía otro motivo para querer estar a solas. Justo antes de que
abandonaran Ópalo, había recibido otro mensaje en clave de las oficinas
centrales del Círculo Phemus. No había tenido tiempo de examinarlo con la prisa
de la partida pero, mientras la cápsula descendía hacia Sismo por el Umbilical,
le había echado un primer vistazo. Para cuando aterrizaron, ya había logrado
descifrar lo suficiente para sentirse bastante incómodo. Cuando el coche
despegó hacia el norte de Sismo, el mensaje parecía quemarle en el bolsillo de
la chaqueta. Rebka activó el piloto automático del vehículo, dejó de lado el
panorama que se extendía debajo suyo y se puso a trabajar con ahínco con el
mensaje.
En
sus códigos, las oficinas centrales habían abandonado los números primos y los
ciclos imaginarios para comenzar a utilizar un método fijo e invariante. Se
suponía que los mensajes eran casi inviolables... y mucho más difíciles de
leer, incluso conociendo la clave. Rebka se apropió de casi toda la potencia de
la computadora del coche y comenzó a desentrañar el mensaje, símbolo por
símbolo. Para empeorar las cosas, en las Transiciones Bose solía haber alguna
pérdida ocasional de datos, lo que añadía mayor confusión a las cifras.
La
señal recibida contenía tres mensajes independientes. El primero, descifrado
después de cuarenta y cinco minutos de paciente labor, hizo que deseara arrojar
todo el facsímil por la ventanilla del coche.
...
EL MIEMBRO DE UN CONSEJO DE LA ALIANZA QUE SE DIRIGE A DOBELLE UTILIZA EL
NOMBRE DE JULIUS GRAVES, O APARENTEMENTE EN ALGUNOS CASOS STEVEN GRAVES. HA
SIDO INCREMENTADO CON UN GEMELO MNEMOTÉCNICO INTERNO, DISEÑADO COMO UNA MEMORIA
SUPLEMENTARIA, PERO ESA UNIÓN NO ESTÁ SIGUIENDO LOS PATRONES NORMALES. NUESTRO
ANÁLISIS SUGIERE LA POSIBILIDAD DE UNA INTEGRACIÓN INCOMPLETA. ESTO PODRÍA
CONDUCIR A UNA CONDUCTA VELEIDOSA O CONTRADICTORIA. SI GRAVES LLEGA A DOBELLE Y
MUESTRA IRREGULARIDADES EN SU CONDUCTA, USTED COMPENSARÁ ESAS TENDENCIAS Y
NEUTRALIZARÁ CUALQUIER DECISIÓN ILÓGICA QUE ÉL PUDIESE TOMAR. POR FAVOR,
RECUERDE QUE UN MIEMBRO DEL CONSEJO POSEE UN PODER DE DECISIÓN QUE EXCEDE AL
CONTROL DE LOS GOBIERNOS PLANETARIOS. USTED DEBERÁ TRABAJAR DENTRO DE ESTOS
LÍMITES...
—Gracias,
muchachos. —Rebka arrugó el mensaje en una bola y lo arrojó por encima del
hombro—. Está loco y puede hacer todo lo que quiera..., pero yo debo
controlarlo y detenerlo. Y si no lo hago, ¡mi cabeza rodará! Simplemente
perfecto.
Era
otro buen ejemplo de acción a distancia, de un gobierno que trataba de
controlar los sucesos a ochocientos años luz. Rebka se puso a trabajar con el
siguiente mensaje.
Le
llevó otra hora. No le pareció de gran utilidad cuando lo tuvo, pero al menos
proporcionaba información y no pedía imposibles.
...
TAL VEZ NO TENGA UNA PERTINENCIA DIRECTA CON SU SITUACIÓN, PERO EXISTEN
INFORMES DIFUNDIDOS E INDEPENDIENTES SOBRE CAMBIOS EN LOS ARTEFACTOS DE LOS
CONSTRUCTORES A TODO LO LARGO DEL BRAZO ESPIRAL. ESTRUCTURAS QUE SE HAN
MANTENIDO ESTABLES E INVARIANTES A TRAVÉS DE TODA LA HISTORIA HUMANA Y
CECROPIANA, ASÍ COMO EN LOS RESTANTES REGISTROS ZARDALU, ESTÁN MOSTRANDO
SINGULARIDADES FUNCIONALES Y PROPIEDADES FÍSICAS MODIFICADAS. ESTO ESTÁ
ALENTANDO A MUCHOS EQUIPOS DE EXPLORACIÓN A REVISAR LA POSIBILIDAD DE INVESTIGAR
LOS INTERIORES DESCONOCIDOS DE VARIOS ARTEFACTOS...
—¡Díganmelo
a mí! —Rebka miró con furia a la computadora que mostraba la irritante
transcripción—. ¿No recuerdan que estaba a punto de partir para explorar
Paradoja antes de recibir esta misión idiota? ¡Antes de que ustedes me
apartaran de ello, imbéciles!
...
MIENTRAS DESEMPEÑA SUS OTRAS TAREAS, DEBE OBSERVAR CON ATENCIÓN EL ARTEFACTO
DEL SISTEMA DOBELLE CONOCIDO COMO EL UMBILICAL, Y DETERMINAR SI HA HABIDO
CAMBIOS
SIGNIFICATIVOS EN SU FUNCIONAMIENTO O SU ASPECTO. HASTA EL MOMENTO NO SE HA
INFORMADO NADA AL RESPECTO...
Rebka
se volvió para mirar atrás. El Umbilical había desaparecido hacía mucho. Todo
lo que podía ver era una línea quebrada en el límite del planeta, como una
ristra brillante de cuentas anaranjadas sobre la curva del horizonte. Una
erupción de importancia se había iniciado allí. Rebka bajó la vista hacia la
superficie sobre la cual volaba, vio que todo estaba tranquilo y pasó al tercer
mensaje.
Este
le recompensaba por los otros dos. Era la respuesta a su propia pregunta.
...
UNA CECROPIANA QUE RESPONDE A SU DESCRIPCIÓN. ESTÁ INTERESADA EN LA EVOLUCIÓN
DE LAS FORMAS DE VIDA BAJO PRESIÓN DE LAS CONDICIONES AMBIENTALES, TAL COMO
USTED SUGIERE, PERO TAMBIÉN ES CONOCIDA COMO ESPECIALISTA EN TECNOLOGÍA DE LOS
CONSTRUCTORES...
...
UTILIZA UNA VARIEDAD DE NOMBRES (A GTIN H'RIF, ARIOJ H'MINEA, ATVAT H'SIAR,
AGHAR H'SIMI) Y CAMBIA SU ASPECTO EXTERNO. SE LA PUEDE RECONOCER POR UN ESCLAVO
QUE LA ACOMPAÑA Y OFICIA DE INTÉRPRETE, PERTENECIENTE A LA FAMILIA DE LOS
LO'TFIANOS. ES PELIGROSA TANTO PARA HUMANOS COMO PARA CECROPIANOS; RESPONSABLE
DE AL MENOS DOCE MUERTES DE INTELIGENCIAS CONOCIDAS Y VEINTISIETE MUERTES DE
INTELIGENCIAS A PRUEBA.
NOTA:
LOUIS NENDA, HUMANO DE KARELIA, EN LA COMUNIÓN ZARDALU, TAMBIÉN SE DIRIGE HACIA
DOBELLE. ESTÁ ACOMPAÑADO POR UNA ESCLAVA HYMENOPT. NO HAY DETALLES DISPONIBLES,
PERO LA RED DE KARELIA SUGIERE QUE NENDA TAMBIÉN PODRÍA SER PELIGROSO.
NI
LA CECROPIANA NI EL KARELIANO DEBERÍAN SER ADMITIDOS EN EL SISTEMA DOBELLE...
Rebka
no arrojó la impresión fuera del coche... Éste volaba demasiado alto y rápido
para eso. Pero sí arrugó el mensaje y lo arrojó por encima del hombro para que
fuese a reunirse con los otros dos. Había pasado más de tres horas descifrando
aquellas misivas del Círculo, y todo lo que le ofrecían eran malas noticias.
Rebka
alzó la cabeza y miró por la ventanilla delantera. Amaranto se encontraba a sus
espaldas. El techo del coche ocultaba su luz. Miró hacia el oeste y alcanzó a
ver el último resplandor de Mandel, antes de que la primaria se perdiese bajo
el oscuro semicírculo de Sismo. El borde del sol se ocultó detrás del
horizonte.
Sus
ojos se adaptaron, y al hacerlo, alcanzaron a ver el ligero parpadeo de una
diminuta lucecita roja junto a la consola de controles. En el mismo momento, un
insistente beep se inició en el interior de la cabina.
El
circuito de auxilio.
Rebka
sintió un hormigueo en la nuca. Faltaban sesenta horas para la Marea Estival, y
alguien o algo se enfrentaba con graves problemas allá, en la oscura y
amenazadora superficie de Sismo.
El
origen de la señal lo haría descender en el límite de la zona de los Mil Lagos,
bastante cerca de la región donde, según Max Perry, podían encontrarse las
gemelas Carmel. Rebka revisó la reserva de potencia del coche. Era abundante.
Cada coche aéreo podía dar toda la vuelta a Sismo y todavía conservar para un
poco más. No había motivos para preocuparse en ese aspecto. Envió un breve
mensaje a Perry y Graves y luego aumentó la velocidad del coche, estableciendo
su nuevo curso sin aguardar una respuesta de ellos. Mandel todavía estaba
oculta, pero Gargantúa se encontraba alto en el cielo y proporcionaba la luz
suficiente como para aterrizar. Rebka miró hacia delante. Estaba sobrevolando
una cadena de lagos circulares, con aguas humeantes y agitadas. Las turbulentas
superficies coincidían con su estado de ánimo. En ninguna parte, de horizonte a
horizonte, había señales de vida. Para encontrarlas tendría que buscar en las
aguas de los Mil Lagos o en las hondonadas más profundas de la Depresión
Pentachne. O más profundo aún... Las formas de vida más tenaces se enterraban
bien abajo de la violenta superficie de Sismo. ¿Las gemelas Carmel habrían
tenido el juicio de hacer lo mismo?
Tal
vez ya era demasiado tarde. Las gemelas no eran ningunas especialistas en
supervivencia, y allá debajo las fuerzas de las mareas se incrementaban momento
a momento.
Rebka
volvió a aumentar la velocidad, exigiendo al coche hasta sus límites. No había
nada más que pudiese hacer. Su mente comenzó a vagar especulando sobre sus
preocupaciones.
La
gravedad es la fuerza más débil de la naturaleza. La interacción fuerte, la
electromagnética, hasta la más débil que gobierna la desintegración beta, es
más poderosa en muchos órdenes de magnitud. Dos electrones, con una separación
de cien años luz, se repelen entre sí con una fuerza eléctrica tan grande como
la atracción gravitatoria de dos electrones separados por medio milímetro.
Pero
consideremos la fuerza gravitatoria de las mareas. Aún es más débil. Sólo está
causada por una diferencia de las fuerzas gravitatorias. Mientras que la
gravedad es gobernada por una ley inversa con el cuadrado —al doble de
distancia, un cuarto de la fuerza—, las mareas gravitacionales se rigen por una
ley cúbica inversa. Al doble de distancia, un octavo de fuerza; al triple de
distancia, un veintisieteavo de fuerza.
Las
mareas gravitacionales deberían ser insignificantes.
No
obstante, no lo son. Arrastran millones de lunas alrededor de la galaxia,
obligándolas a presentar siempre el mismo rostro a sus planetas. Las mareas
trabajan sin cesar en el interior de los mundos, estrujando y tirando. Liberan
tensiones geológicas y cambian la figura del planeta en cada uno de sus ciclos.
Desgarran y parten cualquier objeto que cae en un agujero negro, de tal modo
que, sin importar lo resistente que pueda ser el intruso, las mareas lo
demolerán hasta sus componentes subatómicos más elementales.
Ya
que esa relación de distancia cúbica inversa puede ser fácilmente invertida: a
la mitad de distancia, ocho veces la fuerza de las mareas; a un tercio de
distancia, veintisiete veces la fuerza de las mareas; a un décimo de
distancia...
En
su punto más próximo con Mandel, el sistema Dobelle se encontraba a un onceavo
de su distancia promedio con la primaria. Sobre sus componentes se ejercía mil
trescientas treinta y una veces la fuerza término medio de la marea.
Eso
era la Marea Estival.
Max
Perry le había explicado todo esto a Rebka, y éste pensaba en ello mientras
sobrevolaba la superficie de Sismo. Cada cuatro horas, la inmensa mano
invisible que era la gravedad de Mandel y Amaranto estrujaba y tiraba de Ópalo
y Sismo, tratando de convertir sus formas casi esféricas en elipsoides. Y,
cerca de la Marea Estival, la energía de las mareas, equivalente a una docena
de guerras nucleares a gran escala, era ejercida sobre el sistema... no una,
sino dos veces en cada día de Dobelle.
Rebka
había visitado mundos en donde la guerra nuclear acababa de tener lugar. Basado
en esa experiencia, había esperado ver un planeta cuya superficie era una gran
confusión, un caos hirviente en donde la existencia de vida era un imposible.
Al
no ocurrir eso, se sentía desconcertado.
Había
erupciones locales, eso era innegable. Pero, cuando miraba la tierra que pasaba
debajo de él, no podía ver nada que se equiparase con lo que había imaginado.
¿Qué
ocurría?
Rebka
y Perry habían pasado por alto un hecho conocido desde los tiempos de Newton:
la gravedad es una fuerza de masas. Ninguna materia conocida podía protegerse
contra ella; cada partícula, sin importar su ubicación en el universo, siente
la fuerza gravitatoria de cada otra partícula.
Por
lo tanto, mientras la guerra nuclear confina su furia a la atmósfera, los
océanos y a unas cuantas decenas de metros en la superficie terrestre del
planeta, las fuerzas de las mareas estrujan, tiran y retuercen cada centímetro
cúbico del mundo. Son fuerzas repartidas, sentidas desde la parte más alta de
la atmósfera hasta el átomo más profundo del núcleo superrecalentado y
supercomprimido.
Rebka
examinó la superficie, pero vio muy poco que sugiriese un inminente Armagedón.
Su error era natural y elemental. Debió haber mirado mucho más profundo;
entonces quizás hubiese tenido su primer indicio sobre la verdadera naturaleza
de la Marea Estival.
Un
viento de polvo sofocante aullaba sobre la superficie cuando el coche aéreo se
posó. Rebka llevó el vehículo directamente hacia ese ventarrón, confiando en
que los sensores de onda ultracorta le advertirían sobre la presencia de rocas
lo bastante grandes para causar problemas. Aunque el aterrizaje fue suave, hubo
una dificultad inmediata. El sistema de búsqueda y rescate le indicaba que el
generador de señales se encontraba directamente enfrente suyo, a menos de
treinta metros, pero el detector de masa insistía en que no había nada del
tamaño de un coche o de una nave a menos de trescientos. Frente al vehículo, el
mundo acababa en una cortina de polvo y arena, a no más de doce pasos de la
nariz del coche.
Rebka
volvió a inspeccionar el SBR. No cabían dudas sobre la ubicación del generador.
Calibró su trayectoria y su distancia desde la puerta del coche. Se obligó a
sentarse y aguardar durante cinco minutos, al escuchar la tempestad de arena
que aullaba y azotaba el coche, esperando que el viento amainase. Éste continuó
soplando más fuerte que nunca. La visibilidad no mejoraba. Al fin, se colocó
las gafas protectoras, la careta antigás y la ropa resistente al calor y abrió
la puerta. Al menos la combinación le resultaba familiar. Un viento rugiente,
una atmósfera recalentada, un sabor desagradable y un aire casi venenoso...,
igual que en casa. Él había luchado contra todo eso durante su niñez en Teufel.
Rebka
salió del vehículo.
La
arena que volaba era increíble, tan fina que lograba atravesar las aberturas
más pequeñas del traje, para pegarse a su cuerpo. Durante los primeros segundos
pudo saborear en los labios un talco polvoriento que de alguna manera lograba
escurrirse a través de la careta antigás. Millones de dedos diminutos lo
tocaban y le tiraban del traje, ansiosos por alejarlo de allí. Su ánimo decayó.
Esto era peor que Teufel. Sin la protección de un coche, ¿cómo sería posible
sobrevivir tan sólo una hora a semejantes condiciones? Era un aspecto de Sismo
sobre el que Perry, preocupado por los volcanes y los terremotos, no lo había
puesto sobre aviso. Pero, con las suficientes alteraciones atmosféricas, la
actividad interior de un planeta no era necesaria para que la vida resultase
inhóspita. Al no permitir que una persona respirase o escapase, la arena
impulsada por el viento sería suficiente.
Rebka
se aseguró de tener una cuerda amarrada con firmeza al coche para poder
regresar. Luego, se inclinó contra el viento y comenzó a avanzar con
dificultad. Al fin pudo ver el generador, cuando lo tuvo a menos de cuatro
metros de distancia. ¡No era extraño que los sensores de masa no lo hubiesen
registrado! Era diminuto; una unidad independiente, la más pequeña que jamás
hubiese visto. No medía más de treinta centímetros cuadrados y unos pocos
centímetros de espesor, con una antena corta y gruesa que se alzaba de su parte
central. La sólida pila de piedras sobre la cual descansaba se erguía sobre una
pequeña elevación del terreno. Alguien se había tomado el trabajo para
asegurarse de que, por más débil que fuese, el generador pudiera ser escuchado
en el máximo radio posible.
Alguien.
¿Pero quiénes y dónde? Si habían dejado el generador para buscar refugio a pie,
sus probabilidades eran pocas. Un humano sin protección no lograría recorrer ni
cien metros. Se sofocaría, incapaz de evitar ese polvo asfixiante.
Pero
tal vez hubieran registrado lo que estaban haciendo. Cada generador de auxilio
contenía un hueco con un mensaje en su base. Si habían partido hacía sólo unos
minutos...
Un
pensamiento optimista, se dijo Rebka mientras se quitaba el guante y se
disponía a deslizar la placa en el fondo del generador. Había estado recibiendo
la señal de auxilio durante una hora. ¿Quién sabía cuánto tiempo había estado
enviando su grito de ayuda antes de que él lo escuchara?
Rebka
colocó la mano en la estrecha abertura. Cuando sus dedos tocaron la base, una
gigantesca descarga de dolor se esparció por su mano, su brazo y luego por todo
su cuerpo. Sus músculos sufrieron una convulsión demasiado rápida y fuerte como
para permitirle gritar. No pudo retirar la mano. Rebka se dobló, desvalido,
sobre el generador de señales.
Un
enrollador neural, dijo su mente un instante antes de que le golpeara la
siguiente descarga, más fuerte que la primera. Ya no pudo respirar. En los
segundos previos a que perdiera el conocimiento, su mente se llenó de ira. Ira
contra toda aquella estúpida misión, ira contra ese planeta... pero, por encima
de todo, ira contra sí mismo.
Había
cometido una estupidez suprema, que iba a matarlo. Atvar H'sial era peligrosa,
y mucho más en la superficie de Sismo. Lo había sabido antes de aterrizar. Sin
embargo, había salido a caminar como un niño en un día de campo, sin molestarse
en tomar las precauciones más elementales...
Pero
estaba tratando de ayudar, murmuró en su interior.
¿Y
qué? Su mente rechazó esa excusa mientras la corriente retorcía su cuerpo y
confundía su mente por tercera y última vez.
Lo
has dicho muchas veces: la gente que es lo suficientemente estúpida para
dejarse matar nunca ayuda a nadie..., se reprochó.
Y
ahora, maldita sea, nunca sabría cómo se veía Sismo durante la Marea Estival.
El planeta había ganado; él había perdido...
El
viento, cargado de polvo, aulló triunfante sobre su cuerpo inconsciente.
ARTEFACTO:
ELEFANTE
UAC#:
859
Coordenadas
galácticas: 27.548, 762/16.297, 442/201, 33
Nombre:
Elefante
Asociación
estrella/planeta: Cam H'ptiar/Emserin
Nodo
de Acceso Bose: 1121
Antigüedad
estimada: 9,233 ± 0,31 Megaaños
Historia
de su exploración: Descubierto por observación a distancia en E.4553. Alcanzado
y recorrido por una flota de exploración cecropiana en E.3227. Miembros de la
misma flota llevaron a cabo el primer acceso a Elefante y midieron sus
parámetros físicos (véase más adelante). Los siguientes equipos de inspección
realizaron el primer recorrido completo de Elefante (E.2068), hicieron intentos
de comunicación (E.1997, E. 1920, E. 1883, todos sin éxito) y retiraron grandes
muestras de material para efectuar pruebas (E 1882 E. 1551). En cada visita
sucesiva hubo informes de cambios en los parámetros físicos y en el aspecto, y
se estableció sobre Emserin un puesto de observación cecropiano (Estación
Elefante), a cuatro minutos luz de distancia, en E.1220. Dos mil novecientos
años después, en E.1668, se sumaron observadores humanos a la Estación
Elefante. Este artefacto ha sido vigilo continuamente durante más de cinco mil
años estándar.
Descripción
física: Elefante es una masa gaseosa alargada y amorfa, de unos cuatro mil
kilómetros en su dimensión máxima y un ancho nunca mayor a los novecientos
kilómetros. En realidad no es un verdadero gas, sino una masa interconectada de
fibras polímeras y conductos de transferencia. El interior es altamente
conductor (sobre todo superconductor), tanto del calor como de la electricidad.
Estímulos
aplicados sugieren que todo el cuerpo reacciona a cualquier influencia externa,
pero inicia el regreso a su condición original con una primera respuesta a los
veinte años aproximadamente. La restauración física se lleva a cabo por
duplicación de subsectores, y cualquier materia incidente (p. ej. fragmentos
comentarios) se emplea catabólica y anabólicamente para sintetizar los
componentes necesarios. Los cambios de temperatura locales se corrigen para
lograr una temperatura promedio de 1,63 grados Kelvin, compatible con el uso
del helio II líquido como agente de transferencia del calor. No está claro el
mecanismo de enfriamiento que mantiene por debajo de los 2 Kelvin a las
subunidades de Elefante.
Los
agujeros de Elefante (incluyendo fragmentos extirpados de hasta veinte
kilómetros de largo y cortes longitudinales completos) son reemplazados desde
el interior, con pequeñas reducciones en las dimensiones generales. La forma
externa se mantiene constante, y la impresión de un cuerpo amorfo es totalmente
engañosa. A menos que se agregue o se retire materia del cuerpo, tanto el
tamaño como la forma de Elefante son invariables en cualquier dirección, salvo
por fracciones de milímetros.
Objetivo
propuesto: ¿Elefante tiene vida? ¿Elefante posee conocimiento? Ese debate
continúa. Según el consenso de hoy, Elefante es un artefacto activo con una
capacidad limitada de renovarse a sí mismo. Cualquier sección extirpada se
vuelve inerte lentamente, su conductividad disminuye y el sistema pierde su
carácter homeostático. Si Elefante tiene vida, el tiempo de respuesta a los
estímulos externos es muy largo (cientos de años), y el ritmo metabólico
implícito, correspondientemente lento.
Sin
considerar la posibilidad de que este artefacto posea conciencia de sí mismo,
sin duda es cierto que Elefante puede funcionar, en conjunto o en partes, como
una calculadora de utilidad general. Siguiendo los trabajos pioneros de Demerle
y T'rusig, Elefante ha sido ampliamente utilizado en aplicaciones que requerían
enorme capacidad de almacenamiento y velocidad de cálculo.
Si
Elefante es una entidad inteligente y consciente de sí misma, la noción de
objetivos y usos es inadecuada. Para probar su estado de conciencia se
necesitarían pruebas mucho más complejas.
Del
Catálogo Universal de Artefactos Lang, cuarta edición.
16
Marea estival menos siete
—Es
como una búsqueda del tesoro —dijo Graves. Con las manos unidas por detrás y su
actitud relajada, parecía un esqueleto pensativo dando un paseo de mediodía—.
El antiguo juego por grupos. ¿Lo recuerda?
Max
Perry siguió mirando hacia delante. Había crecido en un mundo demasiado duro y
marginal para permitirse el lujo de los juegos infantiles. La comida había sido
su mayor tesoro. Y el mejor juego que se le ocurría en ese momento era la
supervivencia.
—Tiene
las pistas —continuó Graves—. Primero el generador, luego la flecha y
finalmente las cavernas misteriosas. Y entonces, si tiene suerte, ¡el tesoro!
El
coche aéreo había aterrizado sobre una erosionada meseta en el territorio
comprendido entre los Mil Lagos y la Depresión Pentacline. En esas tierras de
nadie las rocas suaves habían sido carcomidas en profundos túneles y sumideros,
como una suave masilla amasada por los dedos torcidos y artríticos de un
gigante. Las cavidades tenían unos metros de ancho y se abrían sin orden m
concierto sobre la superficie. Algunas caían de forma casi vertical; otras eran
tan someras que podían atravesarlas sin dificultad.
—¡Cuidado!
—Perry odiaba la actitud despreocupada de
Graves—.
No sabe lo movedizos que pueden ser los bordes... ¡y no sabe lo que puede haber
en el fondo! Toda esta zona es un sitio de estivación para la vida silvestre de
Sismo.
—Tranquilícese.
Es perfectamente seguro. —Graves se acercó un paso más a una de las cavidades y
enseguida tuvo que saltar hacia atrás cuando la roca se desmoronó bajo sus
pies—. Perfectamente seguro —repitió—. De todos modos, éste no es el hueco que
buscamos. Sígame.
Volvió
a adelantarse, evitando la zona peligrosa. Perry lo siguió a cierta distancia.
Los dos hombres habían esperado encontrar otro coche, tal vez estrellado, en el
lugar de donde partiera la llamada de auxilio. Pero, para su sorpresa, lo único
que habían hallado allí había sido un solitario generador de señales. A su
lado, marcado como una línea negra sobre la gredosa roca blanca, había una
flecha. Ésta señalaba directamente hacia el túnel profundo y oscuro, al borde
del cual Graves se inclinaba de forma precaria. Junto a la flecha estaba
garabateada la palabra «adentro».
—Fascinante.
—Graves se inclinó aún más—. A mí me parece...
—¡No
se acerque tanto! —exclamó Perry al ver que Graves volvía a avanzar—. Si este
borde es como el otro...
—Oh,
tonterías. —Graves saltó un par de veces—. ¿Lo ve? Sólido como la Alianza. He
leído los informes antes de venir a Dobelle... No existen animales peligrosos
en Sismo.
—Seguro
que leyó los informes..., ¡pero fui yo quien los escribió! Hay muchas cosas que
no sabemos sobre Sismo. —Perry avanzó con cautela hasta el borde del túnel y se
asomó. La roca parecía lo suficientemente firme y bastante antigua. En Sismo
eso era una buena señal. Si la superficie gozaba de cierta durabilidad, era
porque había sobrevivido a los embates sufridos por el planeta durante la Marea
Estival—. De todos modos, no se trata sólo de animales. Los estanques de lodo
pueden ser también peligrosos. Ni siquiera sabe lo profundo que es este
agujero. Antes de bajar, intente al menos un sondeo.
Perry
cogió una roca gredosa y la lanzó por el túnel. Ambos hombres se inclinaron
hacia delante, esperando escuchar el eco cuando tocase fondo. Hubo un silencio
de dos segundos, luego un golpe, una exclamación de protesta y un silbido de
sorpresa.
—¡Aja!
Eso no es una roca ni un estanque de lodo. —Graves chasqueó los dedos y comenzó
a deslizarse sobre el trasero por la empinada abertura. Tenía una linterna, con
la que iluminaba el interior—. Son las gemelas Carmel las que están ahí abajo.
Se lo dije, comandante: el generador, la flecha, la caverna y ahora el... —Se
detuvo—. Y ahora... Bueno, bueno, bueno. Nos equivocamos.
A
pocos pasos de él, Perry se estiró para mirar. El estrecho haz de la linterna
reflejaba una hilera de brillantes ojos negros. Cuando Graves fijó la luz sobre
el pequeño cuerpo, su piel negra cubierta de un fino polvo gris comenzó a subir
lentamente por la pendiente. La hymenopt frotaba su gruesa parte abdominal con
una pata delantera y, mientras ellos la observaban, se sacudía como un perro
mojado levantando una nube de polvo blanco.
Hubo
otro silbido y el chasquido de unas patas articuladas.
—Kallik
les presenta sus respetos y ofrece obediencia —dijo una voz sibilante y
familiar. J'merlia emergía por la curva del túnel. Él también estaba
completamente cubierto de polvo—. Ella es una esclava y una servidora leal. Les
pregunta por qué le arrojan piedras. ¿Su amo lo ha ordenado?
Aunque
el delgado rostro del lo'tfiano no estaba equipado para registrar las emociones
humanas, se advertía un tono preocupado y confundido en su voz. En lugar de
responder, Graves se deslizó hacia abajo por el túnel hasta llegar a una
pequeña caverna cuyo suelo estaba cubierto de yeso en polvo. Una vez allí,
observó el lugar y se fijó en la pila de objetos que había en el medio.
—¿Estaban
aquí en la oscuridad?
—No.
—Los ojos de J'merlia brillaron a la luz de la linterna—. No está oscuro. Ambos
podemos ver bastante bien. ¿Necesitan nuestra ayuda?
Perry,
que había seguido a Graves por el túnel, pasó frente a él y alzó una mano para
tocar el techo de la caverna.
—¿Ve
esto? Son grietas recientes. Estoy seguro de que no debemos permanecer aquí
mucho más. ¿Qué hacen aquí abajo, J'merlia?
—Esperábamos.
Tal como nos ordenaron que hiciéramos. —El lo'tfiano dirigió unos rápidos
silbidos a Kallik y luego continuó—: Nuestros amos nos trajeron aquí y nos
dijeron que debíamos aguardar a que regresaran. Eso es lo que hacemos.
—¿Atvar
H'sial y Louis Nenda?
—Por
supuesto. Los amos nunca cambian.
—Así
que Nenda no voló de vuelta a casa enojado. ¿Cuándo partieron sus amos?
—Hace
dos días. Al principio permanecimos en la superficie, pero no nos agradaban las
condiciones de allí; demasiado caluroso y descampado. Resultaba difícil
respirar. Sin embargo aquí, protegidos bajo tierra...
—Protegidos,
mientras el techo está a punto de derrumbarse. ¿Cuándo dijeron que regresarían?
—No
lo dijeron. ¿Por qué habrían de hacerlo? Tenemos comida y agua; estamos a salvo
aquí.
—No
se moleste en preguntar nada más, comandante. —Después de haber hecho su
inventario de la pequeña caverna, Graves se arrodilló y comenzó a frotarse los
ojos, irritados por el polvo que se levantaba con cada movimiento—. Atvar
H'sial y Louis Nenda no hubiesen proporcionado su itinerario ni ninguna otra
cosa a Atvar H'sial. ¿Por qué habrían de hacerlo, tal como dice él? ¿Para que a
usted o a mí nos resultara más fácil seguirlos? No. —Su voz se transformó en un
susurro—. ¡Ni siquiera sabemos si realmente pensaban volver a buscarlos! Tal
vez los han abandonado. Pero ésa tampoco es la pregunta indicada. La verdadera
pregunta, la que me formulo a mí mismo y no conozco la respuesta es ésta:
¿adonde fueron Atvar H'sial y Nenda? ¿Adonde fueron en Sismo, cerca de la Marea
Estival, que no podían llevar a J'merlia y a Kallik con ellos?
Como
respondiendo a su pregunta, hubo un temblor en la caverna. Aunque el movimiento
dejó intacto el techo, una nube de polvo blanco se elevó cubriéndolos a todos.
—¡No
me importa... adonde fueron! —dijo Perry entre toses—. Me importa nosotros y lo
que vamos a hacer ahora.
—Iremos
en busca de las gemelas Carmel. —Graves volvió a frotarse el polvo blanco de
los ojos. Parecía un payaso de circo.
—Claro.
¿Adonde? ¿Y cuándo? —Perry era consciente del tiempo que transcurría, aunque
Graves no lo notase—. Sólo faltan cincuenta y cinco horas para la Marea
Estival.
—Tiempo
suficiente.
—No.
Usted piensa en cincuenta y cinco horas e imagina que hasta entonces se
encontrará a salvo. Eso es un gran error. Cualquiera que permanezca sobre Sismo
a falta de cinco, o incluso quince horas para la Marea Estival, probablemente
estará muerto. Y, si no encontramos pronto a las gemelas —en las próximas diez
o doce horas—, ellas también lo estarán. Porque habremos renunciado a la
búsqueda y nos encontraremos de regreso en el Umbilical.
Al
fin Perry lograba comunicarse con el consejero. Graves se levantó, inclinó su
cabeza calva y suspiró.
—Muy
bien. No tenemos tiempo para discutir. Busquemos a las gemelas.
—¿Qué
hacemos con estos dos? —Perry señaló a Kallik y a J'merlia.
—Vendrán
con nosotros, por supuesto. Es posible que Atvar H'sial y Louis Nenda nunca
regresen o que, para cuando lo hagan, ya sea demasiado tarde. También es
posible que no logren rastrear el generador. Usted ha dicho que emitía una
señal de muy baja potencia.
—Es
cierto. Estoy de acuerdo; no podemos dejarlos aquí. En el coche hay suficiente
espacio para todos. —Perry se volvió hacia J'merlia y Kallik—. Vamos. Salgamos
de aquí.
Al
ver que no se movían, cogió una de las delgadas patas negras de J'merlia y se
dirigió hacia la entrada del túnel. Con gran sorpresa para Perry, el lo'tfiano
se resistió.
—Con
todo respeto, comandante. —J'merlia se afirmó con seis de sus patas y se agachó
hasta que su abdomen rozó el suelo—. Los humanos son seres mucho más
importantes que Kallik o yo. Lo sabemos y trataremos de hacer cualquier cosa
que nos digan. Pero Atvar H'sial y Louis Nenda nos ordenaron permanecer en esta
zona, y debemos aguardar hasta que regresen.
Perry
se volvió hacia Graves con impotencia.
—¿Y
ahora qué? No quieren hacer lo que les digo. ¿Cree que obedecerán una orden
suya?
—Probablemente
no. —El consejero miró a J'merlia con calma—. ¿Lo harías?
El
lo'tfiano tembló y se agachó aún más sobre el suelo polvoriento.
Graves
asintió con la cabeza.
—Es
suficiente respuesta. Verá, comandante. Los estamos colocando en una posición
imposible. Aunque están entrenados para obedecernos, no pueden desobedecer las
órdenes de sus amos. Ellos también tienen fuertes instintos para la salvación
de sus propias vidas, pero no ven ningún peligro en este lugar. Sin embargo,
tengo una alternativa que proponerles, algo que tal vez les resulte aceptable.
Podríamos dejarlos aquí...
—Imposible.
Morirían.
—No
los dejaríamos indefinidamente. Pero estamos cerca de la Depresión Pentacline.
Podríamos explorarla en busca de las gemelas. Si proporcionamos una nueva
fuente de potencia a este generador, estaríamos en condiciones de regresar aquí
después, hayamos tenido éxito o no. Para entonces, tal vez también hayan
regresado Nenda y Atvar H'sial. Si no, sin duda el peligro de Sismo se habrá
hecho más evidente, y podremos tratar de persuadirlos de nuevo para que lo
abandonen.
Perry
todavía vacilaba. Finalmente negó con la cabeza.
—Creo
que podremos hacer algo mejor. —Se volvió hacia J'merlia—. ¿Les ordenaron que
no abandonaran el lugar donde fueron dejados por Atvar H'sial y Louis Nenda?
—Exacto.
—Pero
ya lo han dejado... para venir a este túnel. Por lo tanto, deben tener cierta
libertad de movimiento. ¿Cuánto estáis dispuestos a alejaros tú y Kallik?
—Un
momento, por favor. —J'merlia se alejó de Perry y mantuvo un diálogo de
silbidos con la hymenopt, quien hasta ese momento había permanecido agazapada
en el suelo, completamente inmóvil. Al fin, J'merlia asintió con la cabeza—. No
es tanto una cuestión de distancia como de tiempo. Unos pocos kilómetros
estaría bien; Kallik y yo estamos de acuerdo en que podríamos recorrer esa
distancia a pie. Pero, si nos aseguran que nos harían regresar en tres o cuatro
horas, estaríamos dispuestos a recorrer una distancia más larga en coche.
—Cuatro
horas no serán suficientes —replicó Graves—. ¿Cómo es de grande la Depresión
Pentacline, comandante?
—Aproximadamente
unos ciento cincuenta kilómetros de ancho.
—Y
las gemelas deben encontrarse allí, pero podrían estar en el otro extremo.
Aunque estoy seguro de que lograremos hallarlas si contamos con el tiempo
suficiente, nos resultará imposible examinar exhaustivamente la zona y
encontrar la nave espacial en unas pocas horas. Tendremos que hacerlo a mi
modo; dejar a estos dos aquí y luego volver por ellos.
Kallik
emitió un silbido y una serie de chasquidos agitados.
—Pero,
si tenemos que regresar, se nos acortará aún más
el
tiempo de búsqueda. —Perry no hizo caso de la hymenopt—. Si estos dos seres
pudieran...
—Con
gran respeto, capitán —le interrumpió J'merlia; la primera vez en su vida en
que interrumpía a un humano—. Desde que Kallik y yo nos conocimos en Ópalo, le
he estado enseñando el idioma humano. Ya logra entender un poco, aunque aún no
sabe hablar. Ahora me pregunta si ha escuchado ¡o que cree haber escuchado.
¿Están buscando otra presencia humana, aquí en la superficie de Sismo?
—Ya
lo creo que sí... ¡Suponiendo que alguna vez logremos salir de este lugar! Así
que ahora basta de charlas. Tenemos que...
Esta
vez fue la misma Kallik quien interrumpió. La hymenopt corrió hasta Perry, se
alzó en las puntas de sus patas y emitió una rápida serie de silbidos.
—Con
gran respeto —dijo J'merlia antes de que Perry pudiese volver a hablar—, quiere
que sepan que hay otra nave espacial sobre la superficie de Sismo.
—Lo
sabemos. La que Kallik y Louis Nenda utilizaron para venir desde Ópalo.
—No.
Esa no. Antes de que aterrizaran, el amo Nenda realizó un recorrido
exploratorio, porque le preocupaba la posibilidad de que hubiese una trampa.
Recogió la señal de un Propulsor Bose en una nave. Kallik dice que era un
diseño de la Alianza, capaz de efectuar traslados por el Sistema Bose. Ella
piensa que quizás haya traído a los humanos que buscan.
Kallik
gruñó y volvió a silbar. J'merlia asintió con la cabeza.
—Dice
que sólo se encuentra a cien kilómetros de aquí..., a unos pocos minutos de
vuelo. Kallik pregunta: ¿tendrían ustedes interés en saber dónde está?
17
¿Qué
pecados debe cometer un hombre, y en cuántas vidas pasadas, para nacer en
Teufel?
Para
un niño de siete años, las tareas con el agua eran precisas e implacables.
Ponerse
el traje, revisar el tanque de aire, cerrar el casco, caminar hasta la esclusa.
Advertencia: la apertura se lleva a cabo cuando amaina el viento de superficie,
cinco minutos y medio antes de las primeras luces, cuando los depredadores de
la noche se retiran a sus cuevas. Debes estar allí a tiempo o, como castigo, te
quedarás un día sin comer.
Afuera.
Vacía los desperdicios de ayer (tiempo asignado, 24 segundos); sube los
veinticuatro peldaños de piedra hasta el arroyo de aguas puras que corre por el
despeñadero (33 segundos); lava los recipientes de plástico (44 segundos);
enjuaga los filtros (90 segundos); llena los botes de agua (75 segundos);
desciende (32 segundos); vuelve a entrar por la esclusa y ejecuta la secuencia
de cierre (25 segundos).
Margen
de error: siete segundos. Si te retrasas en la escalera o permaneces con la
esclusa abierta, eres azotado por el Remouleur: el Pulverizador, el terrible
viento que sopla sobre Teufel al alba. Y entonces estás perdido.
Rebka
lo sabía. Y de pronto comprendió que se había retrasado. Apenas si podía
creerlo. Por lo general, cuando llegaba su turno para ocuparse del agua,
descendía por el despeñadero antes de tiempo, siendo el único con la confianza
suficiente como para detenerse unos segundos en la esclusa abierta y observar
el desolado paisaje de Teufel, con su excéntrica y espigada vegetación, antes
de que comenzara a cerrarse.
Aún
estaba demasiado oscuro para ver el estrato del despeñadero, pero él sabía que
era de un color púrpura combinado con gris y rojos descoloridos. Sobre el
canon, la franja de cielo ya mostraba los signos del inminente amanecer. Podía
observar cómo las estrellas comenzaban a desvanecerse y las nubes altas iban
cambiando del negro al gris rosado. El panorama era de una belleza
indescriptible. Le emocionaba.
Pero
hoy no. En el arroyo, el chorro de agua era mas débil, y los botes se negaban a
llenarse al ritmo habitual Ya había perdido casi cinco minutos. Todavía estaba
en el peldaño superior, y el cristal del casco que cubría su rostro comenzaba a
empañarse. Tenía que partir, con los recipientes a medio llenar. Ahora mismo.
El
tiempo adjudicado para el descenso es de 32 segundos; vuelta a entrar por la
esclusa y secuencia de cierre, 25 segundos. Bajó la escalera cegado y rápido,
corriendo el nesgo de caer El conocía por experiencia las posibilidades. Si el
Remouleur soplaba cuando estaba en los escalones superiores, sería arrastrado
por el cañón como una hoja seca y nadie volvería a verlo. Eso le había ocurrido
a Rosamunde. A mitad de camino, el viento era menos fuerte, pero hacia que sus
víctimas cayesen por el cañón y se estrellasen contra los respiraderos de roca.
De allí habían recobrado el cuerpo de Joshua; lo que quedaba de él cuando
hubieron acabado los depredadores del día. Si casi había llegado, digamos a los
últimos tres o cuatro peldaños, el viento no lo arrastraría por completo. Pero
todavía podría arrancarle el casco, hacer que se soltase por más fuerte que
estuviese aferrado a las rocas y empujarlo hacia las aguas ponzoñosas e
hirvientes de la caldera que se agitaba y bullía bajo el arroyo. Lee había
flotado allí durante nueve horas antes de que pudiesen sacarla. Parte de ella
se había perdido para ante. Y enmarcado por el agua, con la boca abierta y
jadeante por el esfuerzo, había un rostro polvoriento y mojado. Era Darya Lang.
Cuando
comprendió lo que había hecho, Darya estuvo a punto de sentarse y comenzar a
llorar otra vez.
En
cuanto despertó había salido para inspeccionar el generador de señales. Cuando
en medio del polvo vio una figura acurrucada sobre el montón de piedras, su
primera reacción fue de puro placer. ¡Eso le serviría de lección a Atvar
H'sial! La cecropiana no volvería a hacer algo semejante: abandonar a alguien
sin mostrar ninguna sensibilidad, para que viviese o muriese, sin siquiera
decirle por qué.
Al
acercarse, Darya comprendió que no se trataba de una cecropiana. Era un ser
humano..., un hombre... ¡Por Dios, era Hans Rekra.
Darya
gritó y corrió hacia delante. El polvo de Sismo era tan mortal para él como lo
hubiese sido para ella. Si estaba muerto, nunca se perdonaría a sí misma.
—Hans.
Oh, Hans, lo siento...
Él
estaba desmayado y no la escuchaba. Pero era inconsciencia, no muerte. Darya
encontró las fuerzas para alzarlo sobre su hombro —pesaba menos que ella— y
llevarlo a través de la cascada. Y, mientras lo tendía con suavidad sobre la
roca, sus ojos se abrieron. Esa mirada confundida que le dirigió fue la
expresión humana que más satisfacción le causó en su vida. Durante veinte
minutos tuvo el placer de atenderlo, observándolo maldecir, escupir polvo y
expulsarlo por la nariz. Se deleitaba sólo con saber que estaba vivo. Y antes
de que Darya pudiese creer que estaba en condiciones de funcionar, él se
encontraba de pie y la obligaba a volver a la superficie.
—No
estás a salvo aquí, aunque creas lo contrario. —Su mano y su brazo todavía se
retorcían por el dolor que había causado en sus nervios el enrollador neural—.
Unas horas más, y es posible que la cascada esté hirviendo. Se aproxima la
Marea Estival, Darya, y sólo hay un camino para ponerse a salvo. Vamos.
Él
la condujo rápidamente por la superficie árida. Al llegar al coche, realizó una
breve inspección. Un par de minutos después, negó con la cabeza y se sentó en
cuclillas.
—No
importa adonde haya ido Atvar H'sial, ni tampoco si regresará. No llegaremos
lejos en esto. —Se inclinó bajo el coche para frotar la mano sobre las unidades
de admisión—. Míralo tú misma.
La
tormenta de polvo estaba amainando, pero el interior de los respiraderos seguía
obstruido. Peor que eso, cuando Rebka les sacudió el polvo, el revestimiento
apareció brillante y erosionado.
—Eso
fue por volar hasta aquí y aterrizar. —Volvió a colocar la rejilla en su
lugar—. Supongo que podremos realizar un viaje más sin una reparación general,
pero luego no intentaría ninguna otra cosa. Y no podemos arriesgarnos a volar
en otra tormenta de polvo. Si nos topamos con una, tendremos que elevarnos y
calcular el momento para bajar. Suponiendo que no nos quedemos sin potencia ni
nos encontremos con un viento de frente. De otro modo, estaremos perdidos.
—¿Pero
qué hay de las gemelas Carmel? Se supone que debes estar buscándolas.
Darya
permaneció agachada junto a los orificios de entrada del coche. Ya le había
explicado a Rebka por qué había colocado la trampa y cómo Atvar H'sial la había
abandonado. Él pareció aceptar lo que decía, sin hacer demasiado caso, como si
se tratara de un detalle sin importancia. Pero ella tenía problemas para
mirarle a los ojos.
Darya
sabía por qué. La trampa había sido algo más que un deseo de protegerse cuando
Atvar H'sial regresara. Estaba buscando venganza por lo que le había hecho la
cecropiana. Y entonces su misil se había desviado hiriendo a la persona
equivocada.
—No
podemos hacer nada para ayudar a las gemelas —respondió Rebka—. Esperemos que
Graves y Perry hayan tenido más suerte que yo. Quizás ellos las encuentren; tal
vez puedan utilizar la nave espacial que visteis tú y J'merlia. Aunque lo dudo,
si es quien creo que es.
—¿Louis
Nenda?
Él
asintió con la cabeza y se volvió. Tenía sus propios motivos para querer
parecer tranquilo e indiferente. Primero, había caído tan fácilmente en la
trampa de Darya Lang que se sentía desalentado. Se suponía que él era el
inteligente y cauteloso, pero se había vuelto emotivo e improvisador. Cinco
años atrás, lo hubiese probado todo en busca de trampas. Y en ésta había caído
como un bebé.
Segundo,
a lo largo de los años había descubierto que los sueños sobre su niñez en
Teufel eran un indicador muy útil. Eran su propio inconsciente, tratando de
decirle algo importante. Sólo experimentaba aquellos sueños cuando atravesaba
desesperados problemas, y siempre cuando no sabía cuáles podían ser aquellos
problemas.
Tercero
—y tal vez la causa principal de las otras dos preocupaciones—, Sismo había
cambiado desde que aterrizó frente al generador de señales. Superficialmente el
cambio era para bien. Los vientos habían amainado, la arena que volaba había
quedado reducida a una irritante capa de medio centímetro que lo cubría todo y
hasta el gruñido constante de la actividad volcánica había desaparecido.
Pero
eso era imposible. Faltaban menos de cuarenta horas para la Marea Estival.
Amaranto estaba directamente sobre sus cabezas, como un enorme ojo inyectado de
sangre que miraba desde el cielo en un ángulo de cinco grados. Mandel, hacia el
oeste, tenía la mitad de tamaño, y Gargantúa resultaba lo bastante brillante
para ser visto en el mediodía de Mandel. La energía de las mareas que afectaba
el interior de Sismo y de Ópalo era prodigiosa, suficiente para producir
severas distorsiones planetarias.
¿Y
dónde estaban entonces?
Aunque
la energía debía ser conservada, incluso en Sismo, podía estar adoptando otra
forma. ¿Estaría siendo acumulada por algún proceso físico desconocido en las
profundidades del planeta?
—Creo
que podríamos permanecer aquí y resistir —decía Darya Lang, mirando a su
alrededor—. Hacía mucho que no estaba tan tranquilo. Si no se vuelve mucho peor
que antes...
—No.
Se pondrá peor.
—¿Cuánto?
—No
estoy seguro.
Eso
era una subestimación de la realidad. Él no tenía idea de cuánto empeoraría; no
importaba. Debemos salir de Sismo, decía una voz suave en su cabeza, o
moriremos. Se alegraba de que Darya no pudiese escuchar esa voz, pero él había
aprendido a no ignorarla jamás.
—Tenemos
que partir —agregó—. En este instante, si estás lista.
—¿Para
ir adonde?
—Al
Umbilical y luego a la Estación Intermedia. Allí estaremos a salvo. Pero no
podemos aguardar demasiado. El Umbilical está programado para elevarse de la
superficie antes de la Marea Estival.
Ella
subió al coche y consultó el cronómetro.
—Se
eleva doce horas antes de la Marea Estival Máxima. Todavía faltan veintisiete
horas. Podemos llegar allí en un día de Dobelle. Tenemos suficiente tiempo.
Rebka
cerró la puerta del coche.
—Me
agrada tener suficiente tiempo. Vamos.
—Está
bien. —Darya le sonrió—. Tú has visto más de Sismo que yo. ¿Qué crees que
ocurrirá aquí durante la Marea Estival?
Rebka
inspiró profundamente. Aunque ella trataba de ser amable con él, se notaba que
suponía que estaba tenso e intentaba calmarlo. Y lo peor era que tenía razón.
Estaba demasiado tenso. No podía explicárselo..., salvo por el hecho de que
había sido engañado una vez en Sismo, al suponer que algo era inofensivo cuando
no lo era. No quería que volviese a ocurrirle. Cada nervio de su cuerpo le
exhortaba a alejarse de Sismo, pronto.
—Darya,
me encantaría intercambiar impresiones sobre la Marea Estival. —No estaba
molesto porque lo había atrapado, se dijo; estaba impresionado—. Preferiría
hacerlo cuando estemos en el Umbilical, encaminados hacia la Estación
Intermedia. Puedes pensar que soy un cobarde, pero este lugar me asusta. Así
que si te apartas un poco y me permites sentarme frente a esos controles...
18
Marea estival menos cinco
La
Nave de los Sueños Estivales estaba bien oculta.
La
Depresión Pentacline era el rasgo más visible sobre la superficie de Sismo. Con
ciento cincuenta kilómetros de ancho, desbordante de una densa y brillante
vegetación, podía verse a quinientos mil kilómetros de distancia en el espacio
como una asteria de color verde pálido sobre la polvorienta superficie gris de
Sismo. La Pentacline también era el sector más bajo del planeta. Sus cinco
valles, que se irradiaban hacia arriba como brazos extendidos desde la
depresión central, debían elevarse más de ochocientos metros para alcanzar el
nivel de la planicie circundante.
La
pequeña nave espacial había aterrizado cerca del centro del brazo norte de la
Pentacline, en un sitio donde la densa vegetación era interrumpida por una
pequeña isla plana de basalto negro. La nave había efectuado un descenso
angular sobre el afloramiento, deslizándose hasta su misma orilla. Se hallaba
oculta desde el aire por una vigorosa vegetación nueva. Apenas más grande que
un coche aéreo, la Nave de los Sueños Estivales estaba protegida bajo una
cubierta de hojas que alcanzaba los cinco metros. Se encontraba vacía, con
todos sus sistemas sustentadores de vida apagados. Sólo la radiación residual
del Propulsor Bose delataba su presencia.
Max
Perry entró en la nave abandonada y miró a su alrededor con asombro. Su cabeza
casi tocaba el techo, y todo el lugar no tenía más de tres metros de ancho. Con
un solo paso iba de la compuerta principal a la diminuta cocina; con otro, se
encontraba frente a la consola de controles.
Perry
inspeccionó los monitores simples del panel, con sus veinticuatro interruptores
e indicadores de colores brillantes, y meneó la cabeza.
—Esto
es un maldito juguete. Ni siquiera sabía que se podía entrar en el Sistema Bose
con algo tan pequeño.
—Se
supone que no se puede. —Graves se mantenía bajo control. No se veía muy
normal, pero había dejado de retorcer las manos y su rostro huesudo ya no
bullía en un tumulto de emociones—. Fue construida como una pequeña embarcación
turística, para dar paseos dentro de un mismo sistema. Los diseñadores no
imaginaron que se le agregaría un Propulsor Bose y, por supuesto, nadie pensó
jamás que sería utilizada para atravesar tantas Transiciones Bose. Pero así es
Shasta... Los niños gobiernan el planeta. Las gemelas Carmel convencieron a sus
padres. —Se volvió hacia J'merlia—. ¿Serías tan amable de decirle a Kallik que
deje eso antes de que haga algo peligroso?
La
pequeña hymenopt estaba sobre el mecanismo de mando de la nave. Había retirado
la cubierta y espiaba el interior.
—Con
gran respeto, Kallik dice que es lo opuesto de peligroso. Es consciente de que
alguien tan ignorante como ella puede saber muy poco sobre algo tan complicado
como el Propulsor Bose, pero está bastante segura de que la potencia de éste
está agotada. No podrá volver a utilizarse. Es discutible que esta nave incluso
pueda despegar para ponerse en órbita. Ella ya lo sospechaba, a juzgar por la
débil señal que recibió la nave de su amo cuando inspeccionaba la superficie.
—Lo
cual explica por qué las gemelas nunca abandonaron Sismo. —Perry se había
vuelto hacia las pantallas y examinaba el diario de vuelo en la computadora—.
También explica que hayan realizado un itinerario tan peculiar. Esto muestra
una secuencia continua por el Sistema Bose que las trae hasta Dobelle y luego
las lleva directamente a territorio zardalu en dos transiciones más; pero no
lograron hacerlo sin una nueva fuente de potencia Bose. Pudieron haber recogido
una en la Estación Intermedia, pero naturalmente no lo sabían. Por lo tanto, el
único lugar del sistema que les quedaba era Ópalo. Claro que allí habríamos
detectado su llegada de inmediato.
—Lo
cual, por desgracia, no es el caso aquí. ¿Y entonces cómo las encontraremos?
—Graves fue hasta la puerta y se asomó, haciendo sonar las articulaciones de
sus dedos—. Me equivoqué, ¿saben? Supuse que, cuando hubiésemos encontrado la
nave en que llegaron, habría terminado la parte difícil del trabajo. Nunca se
me ocurrió que fuesen lo bastante arriesgadas como para abandonar la nave y
vagar por el planeta.
—Yo
puedo ayudar en eso. Pero, si las encuentra, ¿cómo se manejará con ellas?
—Déjeme
eso a mí. Es un terreno en el que tengo experiencia. Somos criaturas
condicionadas, comandante. Suponemos que lo que sabemos es sencillo, y nos
resulta misterioso aquello que no sabemos. —Graves agitó un brazo flaco
enfundado en negro hacia la Pentacline—. Para mí todo aquello es misterioso. Se
encuentran ocultas en algún lugar allá afuera. ¿Pero por qué abandonarían la
relativa seguridad que les brindaba esta nave para internarse en eso?
Lo
que podía verse desde la nave era una maraña verde de frondosas enredaderas.
Temblaban continuamente con los movimientos terrestres, produciendo la ilusión
de estremecimientos nerviosos.
—Fueron
allí porque pensaron que estarían a salvo y no podrían ser localizadas. Pero yo
las encontraré. —Perry miró su reloj—. Debemos apresurarnos. Ya han pasado
horas desde que dejamos el generador. J'merlia. —Se volvió hacia el receloso
lo'tfiano—. Les prometimos llevarlos de vuelta al cabo de cuatro horas. Y lo
haremos. Vamos, consejero. Yo sé dónde deben estar..., vivas o muertas.
Afuera
de la nave, la atmósfera de la depresión estaba más cargada y agobiante, diez
grados más calurosa que en la planicie. El basalto negro temblaba bajo sus
pies, recalentado y palpitante como la piel escamosa de una enorme bestia.
Perry caminó por el borde de la roca, examinándola con gran atención.
Graves
lo siguió, secándose el sudor de la frente.
—Si
espera ver huellas de pisadas, lamento desalentarlo, pero...
—No.
Huellas de agua. —Perry se arrodilló—. Sismo posee muchos lagos pequeños y
estanques. Los animales autóctonos se las arreglan bien, aunque consumen un
agua que usted o yo no podríamos beber. Cuando las gemelas Carmel abandonaron
su nave, debieron necesitar una fuente de agua potable.
—Quizá
tuvieran un purificador.
—Sin
duda... Agua potable en Sismo es un término relativo. Usted y yo no podríamos
bebería, como tampoco Geni o Elena Carmel. —Perry deslizó la mano sobre una
cuña dentada en la roca—. Si están con vida, deben tener agua cerca. No importa
adonde fueran primero; deben haber terminado cerca de uno de estos afluentes.
Aquí hay uno bastante grande. Hay otro por allí, pero esta roca tiene declive y
nos encontramos en la parte más baja. Intentaremos con éste primero.
Perry
descendió cuidadosamente por el borde. Graves lo siguió con una mueca al tocar
el basalto. La temperatura de la roca era mayor que la del cuerpo; casi
quemaba. Perry se alejaba con rapidez, deslizándose de espaldas sobre una
ladera de treinta grados que atravesaba una cortina de enredaderas.
—¡Espéreme!
—Graves alzó una mano para protegerse los ojos. Los bordes de las hojas le
cortaban las manos y dejaban marcas sobre su cabeza calva.
Enseguida
se encontró abajo, cubierto por la vegetación que marcaba el primer nivel de la
Pentacline.
Allí
la luz de Mandel y Amaranto estaba apagada, como una sombra azul verdosa. Unas
pequeñas criaturas volaban sobre ellos. Aunque al principio Julius Graves pensó
que eran insectos o pájaros, una consulta a Steven le proporcionó la
información de que eran seudocelentéreos, más parecidos a medusas voladoras que
cualquier otra forma de la Tierra o de Miranda. Las criaturas chillaron de
pánico y se alejaron de Graves en la penumbra. Él se apresuró para alcanzar a
Max Perry. Bajo la bóveda vegetal, la temperatura había subido unos grados más.
Perry
seguía el lecho rocoso, abriéndose paso entre unos troncos amarillos y unas
setas que alcanzaban los dos metros de altura. Nubes de diminutas criaturas
aladas se elevaban de entre las hojas y volaban hacia su rostro y sus manos.
—No
pican —dijo Perry por encima del hombro—. Siga adelante.
Graves
las ahuyentó, tratando de alejarlas de sus ojos. Se preguntó por qué Perry no
habría traído máscaras y caretas. En su concentración, no miró por dónde
caminaba y chocó contra la espalda de Perry.
—¿Ha
encontrado algo?
Perry
negó con la cabeza y señaló hacía abajo. Dos pasos más adelante, el lecho del
arroyo caía en un hueco vertical. Graves se inclinó con imprudencia y no pudo
ver señales del fondo.
—Esperemos
que no estén allá abajo. —Perry ya comenzaba a regresar—. Vamos.
—¿Y
si el otro también es un callejón sin salida? —Graves volvió a hacer sonar sus
articulaciones.
—Malas
noticias. Necesitaremos una nueva idea. Pero, aunque se nos ocurra, no
tendremos tiempo de llevarla a cabo. Será hora de preocuparnos por nosotros
mismos.
En
lugar de volver a subir por la ladera de roca, se abrió paso lentamente hasta
el otro lado del afloramiento por donde corría otro afluente. Fuera del lecho,
la vegetación crecía con más fuerza. Resistentes brotes de bambú se alzaban
hasta las rodillas, raspando sus botas y cortando la tela de sus pantalones. La
savia irritante de las hojas rotas hacía arder los cortes de sus pantorrillas.
Perry maldecía, pero no aminoraba la marcha.
Veinte
metros después se detuvo y señaló.
—Allí
está el otro afluente. Algo ha pasado por aquí unas cuantas veces.
Al
borde del lecho, las juncias grises y verdes estaban aplastadas y quebradas.
Sobre sus tallos rotos había una capa oscura de savia seca.
—¿Animales?
—Graves se inclinó para frotarse las pantorrillas y canillas lastimadas, ya que
la picazón que sentía era insoportable.
—Tal
vez. —Perry alzó un pie y pisó un tallo entero, calculando su resistencia—.
Pero lo dudo. Lo que haya aplastado esto no andará lejos del peso de un humano.
Nunca he sabido que en la Pentacline hubiese nada que pesase ni la cuarta
parte. Al menos nos facilita la marcha.
Comenzó
a caminar por la orilla del arroyo, siguiendo la vegetación aplastada. Aunque
el resplandor verdoso se había oscurecido, el sendero era fácil de seguir.
Corría paralelo al lecho seco y luego se acercaba a él. Treinta metros más
allá, el camino se cubría de helechos.
Graves
posó una mano sobre el hombro de Perry y se le adelantó.
—Si
está en lo cierto —dijo con suavidad—, a partir de ahora es mi turno. Déjeme ir
adelante y solo. Lo llamaré cuando lo necesite.
Perry
lo miró unos momentos y luego le permitió adelantarse. En los últimos cinco
minutos Graves había cambiado. En su rostro no quedaba ningún rastro de
inestabilidad; en él sólo se veía fuerza, calidez y compasión. Era el semblante
de un hombre distinto..., de un consejero.
Graves
siguió el curso del arroyo hasta que estuvo a un par de pasos de la cortina de
helechos. Allí se detuvo, escuchando, y, después de un par de segundos, asintió
con la cabeza y se volvió hacia Perry. Guiñó en forma grotesca, separó los
helechos y se internó en la oscuridad del matorral.
Eran
las gemelas Carmel; tenían que ser ellas. Habían sido localizadas, aunque Perry
hubiese apostado lo contrario cuando él, Graves y Rebka abandonaran Ópalo.
¿Pero qué les estaba diciendo Graves, oculto en la oscuridad?
Tan
cerca de la Marea Estival, unos pocos minutos en la Pentacline parecían horas.
El calor y la humedad eran terribles. Perry miraba su reloj una y otra vez, sin
poder creer que el tiempo transcurriese tan lento. Aunque era pleno día y
Mandel debía estarse elevando, allí cada vez había menos luz. ¿Se estaría
formando una tormenta de polvo allá arriba en la atmósfera? Perry alzó la
vista, pero no pudo ver nada a través de las múltiples capas de vegetación. Sin
embargo, bajo sus pies había suficiente evidencia de la actividad de Sismo. El
suelo enmarañado del bosque vibraba constantemente.
Treinta
y cinco horas hasta la Marea Estival Máxima.
El
reloj continuaba corriendo en la cabeza de Perry junto con una pregunta. Habían
prometido llevar a J'merlia y a Kallik al lugar donde los habían encontrado.
Esa promesa había sido hecha de buena fe y sin reservas. ¿Pero podrían hacer
semejante cosa, sabiendo que pronto Sismo se convertiría en una trampa mortal
para todos excepto para sus organismos singularmente escogidos?
De
pronto, una luz brillante frente a él lo sobresaltó. La cortina de helechos
había sido abierta, y Graves lo llamaba para que se acercase.
—Entre.
Quiero que escuche esto y sirva como testigo.
Max
Perry se abrió paso entre la erizada fronda de helechos. Iluminado desde el
interior, el matorral oscuro no resultó ser tan cerrado como parecía. Los
helechos sólo formaban una valla natural dentro de la cual se alzaba una tienda
flexible, sostenida por nervaduras neumáticas. Graves mantenía abierto un panel
de la puerta. Cuando Perry entró, quedó sorprendido por el tamaño del interior.
Tenía al menos diez metros cuadrados. Incluso con las paredes inclinadas hacia
dentro, el espacio era considerable. Los muebles eran asombrosamente completos,
con todo lo que se necesitaba para vivir con una comodidad normal. Estaba
funcionando algún aparato que controlaba la temperatura y la humedad, de tal
modo que las condiciones internas eran agradables. Y estaba bien oculta de
cualquier rastreador normal. No era extraño que las gemelas hubiesen preferido
permanecer aquí y no en el restringido espacio de la Nave de los Sueños
Estivales.
La
tienda también debía de ser a prueba de luz; de no ser así, acababan de
encenderlas. Perry sólo tuvo tiempo de echar un vistazo a la hilera de
cilindros brillantes que había en las paredes, antes de que su atención se
dirigiera hacia las ocupantes de la tienda.
Elena
y Geni Carmel estaban sentadas contra la pared opuesta, una junto a la otra,
con las manos sobre las rodillas. Estaban vestidas con ropas deportivas color
bermejo y llevaban suelto sobre la frente su cabello castaño rojizo. La primera
impresión de Perry fue la de dos personas idénticas, con el mismo parecido a
Amy que lo dejó sin aliento cuando vio sus fotografías en Ópalo.
Pero
al verlas en persona, bajo las luces brillantes de la tienda, la razón se
impuso rápidamente. Si las gemelas se parecían a Amy, era por sus ropas y su
peinado. Elena y Geni Carmel se veían cansadas y agobiadas, muy lejos de la
confianza vivaz e invencible que siempre mostraba Amy. El bronceado que había
visto en los cubos de imagen había desaparecido hacía mucho, siendo reemplazado
por una palidez exhausta.
Las
gemelas eran diferentes entre sí. Aunque sus facciones fuesen idénticas, no
ocurría lo mismo con sus expresiones. Una era claramente la gemela dominante...
¿Tal vez había nacido unos segundos antes o sería un poco más grande y pesada?
Ella
era la que miraba a Max Perry a los ojos. La otra mantenía la mirada baja; no
dirigió más que un rápido vistazo tímido al recién llegado con sus grandes
ojos. Sin embargo, parecía tranquila con Graves y volvió su rostro hacia él
cuando cerró el panel de la tienda y fue a sentarse frente a ellas.
Graves
llamó a Perry para que se sentase a su lado.
—Elena...
—dijo señalando a la hermana más segura de sí misma— y Geni han pasado por
momentos muy difíciles. —Su voz era suave, casi reprimida—. Queridas mías, sé
que es un recuerdo muy doloroso, pero quiero que repitan al comandante lo que
acaban de decirme... Esta vez lo grabaremos.
Geni
Carmel dirigió a Perry otra mirada de soslayo y se volvió hacia su hermana en
busca de ayuda.
Elena
se sujetó las rodillas con más firmeza.
—¿Desde
el comienzo? —Su voz era grave para un cuerpo tan delgado.
—No
es necesario que le cuenten cómo ganaron el premio en Shasta. Tenemos registros
de todo eso. Quisiera que comenzaran con su llegada a Pavonis Cuatro. —Graves
colocó una pequeña grabadora frente a él—. Cuando estén listas, podremos
comenzar.
Elena
Carmel asintió con la cabeza y se aclaró la garganta varias veces.
—Iba
a ser el último planeta —comenzó al fin—. El último que visitaríamos antes de
regresar a Shasta. Antes de regresar a casa. —Su voz se quebró al pronunciar la
última palabra—. Por lo tanto decidimos permanecer alejadas de la gente.
Trajimos equipos especiales... —Señaló a su alrededor—. Estos equipos. Podíamos
vivir con comodidad, lejos de todo. Llevamos la Nave de los Sueños Estivales
hasta un montecillo de césped que se alzaba en la tierra firme en medio de los
pantanos... Pavonis Cuatro está cubierto de pantanos. Queríamos alejarnos de la
civilización y acampar lejos de la nave.
Elena
se detuvo.
—Eso
fue culpa mía —dijo Geni Carmel en un tono abatido más agudo que el de su
hermana—. Habíamos visto a tanta gente, en tantos mundos... Además, la nave era
más pequeña de lo que habíamos notado al salir. Yo estaba cansada de vivir
confinada dentro de ella.
—Ambas
estábamos cansadas. —Elena defendía a su hermana menor—. Acampamos a unos
treinta metros de la nave, cerca del pie del montecillo. Cuando cayó la noche
pensamos que sería una gran idea pasar una velada primitiva, como si hubiésemos
estado en la Tierra diez mil años atrás, y encender un fuego. Lo hicimos. Como
la noche estaba muy agradable, sin amenaza de lluvia, decidimos dormir afuera.
Cuando estuvo completamente oscuro, abrimos nuestros sacos de dormir y nos
tendimos mirando las estrellas. —Frunció el ceño—. No sé sobre qué hablamos.
—Yo,
sí —replicó Geni—. Hablamos sobre que era nuestra última parada y sobre lo
aburrido que sería volver a la escuela en Shasta. Tratamos de ver nuestro
propio sol, pero las constelaciones se veían muy diferentes y no estábamos
seguras de la dirección en que quedaba nuestro hogar... —Se detuvo y volvió a
mirar a su hermana.
—Entonces
nos dormimos. —Elena hablaba con menos calma—. Y mientras dormíamos, llegaron
ellos. Los... los...
—¿Los
bercias? —la ayudó Julius Graves. Ambas gemelas asintieron—. Espera un momento,
Elena —continuó él—. Quiero que en la grabación quede constancia de algunas
cosas sobre los bercias. Éstos son hechos bien establecidos y fácilmente
comprobables. Los bercias eran vertebrados grandes y lentos. Como anfibios
nocturnos originarios sólo de Pavonis Cuatro, eran altamente fotofóbicos. En su
estilo de vida se parecían a los extintos castores de la Tierra. Al igual que
ellos, vivían en comunidades y eran acuáticos, además de construir madrigueras.
La principal razón por la cual se les adjudicó una posible inteligencia fue la
compleja estructura de esas madrigueras. Para hacerlas empleaban lodo y los
troncos de los únicos árboles existentes en Pavonis Cuatro. Éstos sólo crecen
en tierra firme, cerca de los montecillos de césped. Así pues era inevitable
que los bercias aparecieran por la noche, junto al montecillo donde se alzaba
el campamento de las Carmel. —Graves se volvió hacia Elena—. ¿Alguna vez
alguien te había hablado de los bercias antes de que acamparas allí? ¿Quiénes
eran y qué aspecto tenían?
—No.
—¿Y
a ti? —preguntó girando hacia Geni Carmel.
Ella
negó con la cabeza y agregó con voz apenas audible:
—No.
—Por
lo tanto quisiera incluir la descripción física de los bercias en esta
grabación. Toda experiencia humana con estos seres sugiere que eran mansos y
completamente herbívoros. Sin embargo, para cortar el xilema de los árboles,
los bercias estaban equipados con fuertes mandíbulas y grandes dientes. —Se
volvió hacia Elena Carmel—. Por favor, continúa. Describe el resto de tu noche
en Pavonis Cuatro.
—No
estoy segura de cuánto tiempo dormimos. —Elena Carmel miró a su hermana de
soslayo—. Tan pronto como me desperté, oí gritar a Geni. Ella me dijo...
—Quiero
escucharlo directamente de Geni. —Graves señaló a la otra hermana con el
índice—. Sé que es doloroso, pero cuéntanos lo que viste.
Geni
Carmel parecía aterrorizada. Graves se inclinó hacia delante y le cogió las
manos entre las suyas, mientras aguardaba.
—Pavonis
Cuatro tiene una sola luna grande —dijo Geni al fin—. Yo no duermo tan
profundamente como Elena.
La
luz de la luna me despertó. Al principio no miré a mi alrededor... Sólo
permanecí tendida en mi saco, observando la luna. Recuerdo que tenía manchas
oscuras, como una cruz curva en la cima de una pirámide. Entonces algo enorme
se colocó frente a la luna. Pensé que sería una nube o algo parecido. No noté
lo cerca que estaba hasta que lo escuché respirar. Estaba inclinado sobre mí.
Vi una cabeza chata y oscura, con una boca llena de dientes afilados. Y grité
llamando a Elena.
—Antes
de continuar —repuso Graves—, quisiera agregar otra cosa fácilmente comprobable
a esta grabación. El planeta Shasta, mundo natal de Elena y Geni Carmel, no
posee carnívoros peligrosos. Pero en una época los tuvo. El más grande y
peligroso de esos animales era un invertebrado de cuatro patas conocido como
skrayalo. Aunque anatómicamente no tenía ningún parecido con los bercias, su
aspecto superficial es el mismo, así como su tamaño y su peso. Elena Carmel,
¿qué pensaste al ver que un bercia estaba inclinado sobre tu hermana y que un
círculo de ellos rodeaba vuestros sacos de dormir?
—Pensé...
pensé que era skrayalos. Sólo al principio. —Vaciló un instante; luego las
palabras salieron como un torrente—. Por supuesto que, cuando los vi bien y
pude pensarlo, comprendí que era imposible. De todos modos nunca habíamos visto
a un skrayalo... Desaparecieron mucho antes de que nosotras naciéramos. Pero
nuestros cuentos e imágenes estaban llenos de ellos. Cuando desperté, ni
siquiera sabía dónde estaba... Sólo vi unos animales enormes y los dientes de
uno de ellos cerca de Geni.
—¿Qué
fue lo que hiciste?
—Grité,
cogí la linterna e iluminé a mi alrededor.
—¿Sabías
que los bercias eran altamente fotofóbicos y que sufrirían un ataque terminal
con un alto grado de iluminación?
—No
tenía idea.
—¿Sabías
que posiblemente los bercias eran inteligentes?
—Se
lo dije, nunca habíamos oído hablar de ellos. Lo averiguamos después, cuando
consultamos el banco de datos de la nave.
—¿Así
pues no teníais forma de saber que aquéllos eran los únicos supervivientes
maduros de la especie? ¿Y que las formas infantiles no tenían posibilidad de
sobrevivir sin el cuidado de los adultos?
—No
sabíamos nada de eso. Lo supimos cuando regresamos a la ciudad de Capra y oímos
que nos estaban buscando para arrestarnos.
—Consejero
—interrumpió Perry mientras miraba con insistencia otra vez su reloj—, ya han
pasado tres horas. Debemos regresar.
—Muy
bien. Nos detendremos aquí. —Graves cogió la máquina grabadora y se volvió
hacia Elena y Geni Carmel—. Tendrá que haber una investigación y un juicio allá
en Shasta, bajo condiciones controladas, y también una audiencia en Miranda.
Pero os aseguro que lo que me habéis dicho es suficiente para establecer
inocencia de intención. Matasteis por accidente, sin saber que estabais
matando, cuando estabais aterrorizadas y medio dormidas. Todavía hay un
misterio para mí: por qué escapasteis. Pero esa explicación puede esperar. —Se
levantó—. Ahora debo poneros a ambas bajo mi custodia. Desde este momento,
estáis bajo arresto. Tenemos que abandonar este lugar.
Las
gemelas intercambiaron una rápida mirada.
—No
iremos —dijeron al unísono.
—Debéis
hacerlo. Estáis en peligro. Todos lo estamos.
—Nos
quedaremos aquí y correremos el riesgo —insistió Elena.
—No
comprendéis —replicó Graves, frunciendo el ceño—. El comandante Perry puede
brindaros más detalles, pero yo os lo diré brevemente: aunque os sintáis
seguras en este momento, si permanecéis en Sismo no podréis sobrevivir a la
Marea Estival de ninguna manera.
—Entonces
déjenos. —Elena Carmel estaba a punto de llorar—. Nos quedaremos. Si morimos,
será suficiente castigo como para satisfacer a todos.
Graves
suspiró y volvió a sentarse.
—Comandante
Perry, debe irse. Vuelva con los demás y despegue. Yo no puedo partir.
Perry
permaneció de pie, sacó un arma portátil de abajo del cinturón y apuntó a las
dos hermanas.
—Esto
puede matar, pero también puede ser utilizado para producir aturdimiento. Si el
consejero está de acuerdo, las llevaremos al coche inconscientes.
Las
jóvenes miraron el arma con aprensión. Graves negó con la cabeza.
—No,
comandante —dijo con fatiga—. No es ninguna solución. Usted sabe que jamás
lograríamos subirlas por la ladera. Yo me quedaré. Usted debe partir y decirle
a J'merlia y a Kallik lo ocurrido. —Se reclinó y cerró los ojos—. Márchese
rápido, antes de que sea demasiado tarde.
Un
trueno distante pareció apoyar sus palabras. Perry alzó la vista, pero no se
movió.
—Decidme
por qué —continuó Graves. Abrió los ojos, se levantó lentamente y comenzó a
caminar por la tienda—. Decidme por qué no queréis regresar conmigo. ¿Pensáis
que soy vuestro enemigo... o que los gobernantes de la Alianza son unos
monstruos crueles? ¿Creéis que todo el sistema de justicia está dispuesto a
atormentar y torturar a unas jóvenes? ¿Que el Consejo toleraría cualquier clase
de maltrato hacia vosotras? Si sirve de algo, puedo daros mi promesa personal
de que si venís conmigo no resultaréis lastimadas. Por favor, decidme a qué le
tenéis tanto miedo.
Elena
Carmel dirigió una mirada inquisitiva a su hermana.
—¿Podemos?
—Y entonces, cuando Geni asintió con la cabeza, comenzó a hablar—. Habría
tratamiento para nosotras. Rehabilitación. ¿No es verdad?
—Bueno,
sí. —Graves se detuvo—. Pero sólo para ayudaros. Borraría el dolor del
recuerdo... No querréis pasar el resto de vuestras vidas reviviendo esa noche
sobre Pavonis Cuatro. La rehabilitación no es un castigo, es una terapia. No os
hará daño.
—Usted
no puede garantizar eso —dijo Elena—. ¿No se supone que la rehabilitación ayuda
con los problemas mentales..., con cualquier problema mental?
—Bueno,
aunque siempre está enfocada hacia un incidente o dificultad particular, ayuda
en todos los aspectos.
—Incluso
con un problema que nosotras no consideramos un problema. —Geni Carmel tomó la
iniciativa por primera vez—. La rehabilitación nos volvería más «cuerdas». Pero
nosotras no somos cuerdas; al menos según la definición que emplearía el
Consejo.
—Geni
Carmel, no tengo idea de qué estáis hablando. Nadie es completamente cuerdo.
—Graves suspiró y se frotó su cabeza calva—. Y yo menos que nadie. No obstante,
me sometería a la rehabilitación, si fuera necesario.
—Pero
supongamos que tiene un problema del cual no desea curarse —insistió Elena—.
Algo que fuese para usted más importante que ninguna otra cosa en el mundo.
—No
estoy seguro de poder imaginar algo semejante.
—¿Lo
ve? Y usted representa el pensamiento del Consejo —dijo Geni—. El pensamiento
de la especie humana.
—Vosotras
también sois humanas.
—Pero
somos diferentes —replicó Elena—. ¿Alguna vez ha oído hablar de Mina y Daphne
Dergori, de nuestro mundo de Shasta?
Hubo
una pausa.
—No
—respondió Graves confundido—. ¿Debí haberlo hecho?
—Son
hermanas —replicó Elena—. Hermanas gemelas. Las conocemos desde que éramos
pequeñas. Son de nuestra edad. Tenemos muchas cosas en común. Ellas y toda su
familia sufrieron un accidente con una nave espacial. Casi todos murieron. En
el último momento, Mina, Daphne y tres niños más fueron arrojados a la pinaza
por un miembro de la tripulación y lograron sobrevivir. Cuando regresaron a
casa, fueron enviadas a rehabilitación. Para ayudarlas a olvidar.
—Estoy
seguro de ello. —Graves miró a Perry, quien volvía a señalar su reloj—. Y no me
cabe la menor duda de que funcionó. ¿No es verdad?
—Las
ayudó a olvidar el accidente. —Geni estaba pálida, y sus manos temblaban—.
¿Pero no lo comprende? Se perdieron la una a la otra.
—Las
conocíamos bien —dijo Elena—. Las comprendíamos. Eran iguales a nosotras; había
la misma unión entre ambas. Después de la rehabilitación, cuando volvimos a
verlas..., esa unión había desaparecido. Por completo. Eran como dos personas
cualesquiera.
—Y
usted nos lo haría a nosotras —agregó Geni—. ¿No comprende que eso sería peor
que matarnos?
Graves
permaneció inmóvil unos momentos; luego, se dejó caer pesadamente en una silla.
—¿Por
eso escapasteis de Pavonis Cuatro? ¿Porque pensasteis que íbamos a separaros?
—¿Y
no es así? —protestó Elena—. ¿No querrán que tengamos vidas «normales» e
«independientes», para que podamos vivir separadas? ¿No está incluido eso en la
rehabilitación?
—Oh,
Señor. —El rostro de Graves había vuelto a sus convulsiones espasmódicas. Se lo
cubrió con las manos—. (Habríamos, hecho eso? ¿Sí? Sí, sí.
—Porque
la unión y la dependencia mutua es algo «antinatural» —añadió Elena con
amargura—. Habrían tratado de curarnos. No podemos soportar esa idea. Por eso
tendrá que matarnos antes de que vayamos con usted. Así que ahora márchese y
déjenos juntas. No queremos su cura. Si morimos, al menos lo haremos juntas.
Graves
no parecía estar escuchando.
—Ciego
—murmuró—. Ciego durante años, lleno de mi propia arrogancia. Convencido de que
tenía un don. Tan seguro de que podía comprender a cualquier humano. ¿Pero
puede un individuo relacionarse por completo con otro ser? ¿Existe semejante
empatia? Lo dudo. —Graves se enderezó, se acercó a las dos jóvenes y extendió
las manos como en una plegaria—. Elena y Geni Carmel, escuchadme. Si venís
conmigo ahora y aceptáis entrar en rehabilitación por lo que ocurrió en Pavonis
Cuatro, no seréis separadas. Nunca. Jamás habrá un intento de «tratar» vuestra
necesidad de estar juntas o de quebrar vuestra unión. Continuaréis compartiendo
vuestras vidas. Os lo juro con cada átomo de mi cuerpo, con toda mi autoridad
como miembro del Consejo de la Alianza. —Dejó caer las manos y se volvió—. Sé
que os pido que confiéis en mí más de lo razonable. Pero, por favor, hacedlo.
Habladlo entre vosotras. El comandante Perry y yo os aguardaremos afuera. Por
favor, hablad... y decidme que vendréis.
Las
gemelas Carmel sonrieron por primera vez desde que Perry entrara en la tienda.
—Consejero
—dijo Elena con suavidad—, tiene razón cuando dice que no comprende a las
gemelas. ¿No entiende que no necesita irse y que nosotras no necesitamos hablar
a solas? Ambas sabemos lo que la otra siente y piensa.
Las
dos mujeres se levantaron al unísono y hablaron juntas.
—Iremos
con usted. ¿Cuándo debemos partir?
—Ya.
—Perry había sido un espectador silencioso, mirando sin cesar a las tres
personas que tenía delante y a su reloj. Por primera vez aceptó la idea de que
el don que poseía Julius Graves para tratar con la gente era algo que él jamás
podría tener—. Debemos partir en este mismo instante. Cojan lo que les resulte
absolutamente necesario, pero nada más. Hemos permanecido aquí abajo más tiempo
del que esperábamos. Faltan menos de treinta y tres horas para la Marea
Estival.
El
coche aéreo se elevó de la superficie de basalto negro.
Demasiado
lento, se dijo Max Perry. Demasiado lento y pesado. ¿Cuál es el límite de carga
de este coche? Apuesto a que no estamos muy lejos de él.
No
dijo nada a los demás. La tensión interna hizo que se elevaran, hasta que al
fin estuvieron volando a una altura segura, de vuelta por donde habían venido.
Aparentemente
los otros no compartían sus preocupaciones. Elena y Geni Carmel parecían
exhaustas, reclinadas en sus asientos en la parte trasera del coche, mirando
con fatiga el cielo resplandeciente. Graves había vuelto a su jovialidad
maníaca, mientras interrogaba a J'merlia y, a través de ella, a Kallik sobre la
especie zardalu y sobre el mundo de la hymenopt. Perry decidió que
probablemente se trataba de Steven, ocupado con su acopio de información.
Perry
tenía poco tiempo para observar a los demás o para conversar. Él también estaba
cansado —había pasado más de veinticuatro horas sin dormir—, pero la energía
nerviosa lo mantenía bien despierto. En las últimas horas la atmósfera de Sismo
había atravesado una transición. En lugar de volar bajo un cielo polvoriento
pero iluminado por el sol, el coche avanzaba bajo capas continuas de nubes,
negras y rojizas. Necesitaba elevarse por encima de esas nubes para estar
seguros, pero Perry no se atrevía a correr el riesgo de soportar ráfagas
desconocidas. Incluso a la altura presente del coche, bien abajo de las nubes,
los sectores de turbulencia iban y venían de forma imposible de predecir. No
era seguro forzar el vehículo a más de la mitad de su velocidad máxima. Los
relámpagos se descargaban entre el cielo y la superficie. Con cada minuto que
pasaba, la capa de nubes descendía más y más hacia el suelo.
Perry
miró hacia abajo. Podía ver una docena de lagos que se evaporaban rápidamente,
entregando su humedad almacenada a la atmósfera. Sismo necesitaba la protección
de esa capa de vapor para protegerse de los rayos directos de Mandel y
Amaranto.
De
lo que no podría resguardarse sería de la creciente fuerza producida por las
mareas. Alrededor de los lagos que se evaporaban, el suelo comenzaba a
fracturarse y elevarse. Las condiciones empeoraban de forma ininterrumpida
mientras el coche se acercaba al sitio donde habían sido encontrados J’merlia y
Kalhk.
Perry
luchó con los controles del coche y reflexionó. Un aterrizaje en aquellas
condiciones resultaría muy difícil. ¿Cuánto tiempo les llevaría dejar a
J'merlia y a Kallik en su coche para regresar a la relativa seguridad del aire?
¿Y si no había ni rastro de Atvar H'sial y Louis Nenda, podrían dejar a los dos
esclavos solos en la superficie?
Ya
no faltaba demasiado. En no más de diez minutos tendría que tomar la decisión.
Y en
treinta horas, la Marea Estival estaría allí. Perry se arriesgó a aumentar un
poco la velocidad.
Un
resplandor de luz rojiza comenzó a aparecer en el cielo delante de ellos. Perry
lo observó con ojos cansados.
¿Sería
Amaranto, visto a través de una abertura en las nubes? Pero no había ninguna
abertura en las nubes a la vista y la zona brillante estaba demasiado baja en
el cielo.
Perry
volvió a mirar y redujo considerablemente la velocidad hasta que estuvo seguro.
Al fin, se volvió en su asiento.
—Consejero
Graves y J'merlia, ¿querrían venir adelante, por favor? Necesito su opinión
sobre esto.
Era
una formalidad. Perry no necesitaba otra opinión. En las últimas horas había
habido un vulcanismo intenso en la zona que tenía delante. Justo en el lugar
donde habían recogido a J'merlia y a Kallik, la superficie resplandecía
anaranjada de horizonte a horizonte. Unos ríos de lava humeante se escurrían a
través del terreno ennegrecido e inerte, y no había un solo sitio donde un
coche aéreo pudiese aterrizar.
Perry
sintió un estremecimiento de primitivo temor reverente ante la escena... y una
gran sensación de alivio.
No
tendría que tomar una decisión después de todo. Sismo la había tomado por él.
Al fin podrían dirigirse hacia el Umbilical.
La
aritmética ya estaba funcionando en su cabeza. Siete horas de vuelo desde el
lugar donde se encontraban. Con un margen para el error, en caso de que
tuviesen que esquivar alguna tormenta o reducir la velocidad, podrían llegar a
demorarse unas diez horas. Y faltaban dieciocho para que el Umbilical se
retirase de la superficie de Sismo.
Eso
les daba una ventaja de ocho horas. Llegarían con tiempo de sobra.
19
Marea estival menos dos
El
ruido significaba mal funcionamiento. Lo mismo ocurría con las vibraciones
mecánicas. Los motores de un coche aéreo en buen estado eran casi silenciosos;
su marcha era suave como la seda.
Darya
Lang escuchó el resollante estertor de muerte a sus espaldas y sintió que el
suelo temblaba bajo sus pies. No cabían dudas al respecto. Las sacudidas
empeoraban. Empeoraban rápido y se notaban fácilmente sobre los embates del
viento.
—¿Cuánto
falta? —Tuvo que gritar la pregunta.
Hans
Rebka meneó la cabeza, sin alzar la vista de los controles.
—Catorce
kilómetros. Tal vez sea demasiado. Cuestión de suerte.
Avanzaban
a no más de mil metros sobre la superficie; apenas a una altura suficiente para
no agregar más polvo a los respiraderos de admisión. El suelo era escasamente
visible, borroso y fantasmal bajo una niebla de polvo turbulento.
Lang
miró más arriba. Había una delgada hebra vertical que se alzaba a la distancia.
—Lo
veo, Hans! —gritó—. ¡Allí está el pie del Umbilical!
—De
nada sirve. Estamos perdiendo altura —gritaba Rebka casi simultáneamente.
El
motor del coche aéreo comenzó a producir ruidos más fuertes. Momentos de vuelo
normal eran seguidos por intensas vibraciones y segundos de brusco descenso. Se
internaron en la capa de polvo. La hebra plateada del Umbilical desapareció de
la vista.
—Seis
kilómetros. Cuatrocientos metros. —Rebka había echado una última mirada antes
de entrar en la tormenta; ahora se guiaba por los instrumentos—. No puedo ver
para elegir el lugar donde aterrizar. Revisa tu arnés y asegúrate de tener bien
firmes la máscara y el respirador. Podemos tener dificultades.
Los
coches aéreos eran máquinas resistentes. Habían sido diseñados para volar en
condiciones extremas; pero lo que no podían garantizar era un aterrizaje suave
con un motor despedazado por el polvo de corindón. El último estertor de
potencia se produjo cuando los instrumentos mostraban una altitud de veinte
metros. Rebka cambió la aleta hipersustentadora para evitar un desenganche y
disminuyó a la mitad la velocidad de aterrizaje acostumbrada. En el último
instante le gritó a Darya que se sujetase fuerte. Tocaron tierra violentamente,
rebotaron sobre un afloramiento rocoso lo bastante grande para abrir la panza
del coche y se deslizaron hasta detenerse.
—¡Eso
es! —Rebka, que había soltado su propio arnés, se inclinó para ayudar a Darya
cuando todavía estaban en movimiento. Echó un último vistazo al sensor de onda
ultracorta y se volvió hacia ella con una sonrisa triunfante—. Vamos. Tengo el
rumbo. El pie del Umbilical está a menos de medio kilómetro.
Las
condiciones en tierra eran mucho mejores de lo que Darya había esperado. Aunque
la visibilidad se limitaba a unas decenas de metros y los sonidos del viento
estaban acompañados por explosiones distantes, la superficie estaba en calma y
navegable, excepto donde hileras de piedras grandes como casas saltaban por el
aire como dientes rotos. Darya siguió a Rebka entre dos de ellas, pensando en
que había sido una suerte que el motor fallara cuando lo había hecho y no unos
segundos después. Hubiesen seguido volando para estrellarse contra esas rocas.
Darya
todavía no estaba convencida de que Sismo fuese tan peligroso como aseguraba
Perry, y conservaba un cierto deseo de permanecer allí y explorar. Pero,
después de haber volado desde tan lejos para alcanzar el Umbilical, lo sensato
era utilizarlo. Miró hacia delante. Sin duda habían caminado al menos medio
kilómetro.
Al
no mirar por dónde iba, Darya resbaló sobre una gruesa capa de polvo, lisa y
traicionera como el aceite. Frente a ella, Rebka cayó en medio de una nube de
polvo, rodó y se levantó con dificultad. En lugar de seguir avanzando, se
detuvo y señaló hacia arriba.
Habían
emergido en una región protegida del viento. La visibilidad había mejorado
notablemente. Un disco circular, velado por el polvo en suspensión, pendía
sobre ellos en el cielo. Mientras lo observaban, se elevó aún más y su tamaño
pareció encogerse un poco.
El
grito de Rebka coincidió con el momento en que ella comprendió lo que veía.
—El
pie del Umbilical. Se está levantando.
—Pero
llegamos antes de lo que esperábamos.
—Lo
sé. No debería ocurrir. ¡Está subiendo mucho antes de lo programado!
El
Umbilical se desvanecía frente a sus ojos. Su base circular se alejaba hacia
las nubes y el polvo que volaba. A su alrededor se hallaba la plataforma con
los coches aéreos. Ella conocía su tamaño y trató de calcular la altura a la
que se encontraban. La base debía de estar casi a un kilómetro de la
superficie.
Darya
se volvió hacia Rebka.
—¡Hans,
nuestro coche! Si pudiéramos regresar allí y hacerlo subir...
—No
funcionará. —Acercó su cabeza a la de ella—. Aunque lográramos elevar el coche,
no hay ningún sitio donde aterrizar en la base del Umbilical. Lo siento, Darya.
Todo esto es culpa mía. Yo hice que viniéramos, y ahora estamos varados aquí.
Hablaba
más fuerte de lo necesario... Como para convertir sus palabras en un desatino,
el viento había cesado por completo. El polvo del aire comenzó a atenuarse. La
superficie estaba en calma. Darya alcanzó a ver el coche aéreo.
Sobre
ellos, el pie de Umbilical se cernía provocativamente cerca.
Aunque
era el peor momento posible para tener semejante pensamiento, Darya decidió
que, con un poco de angustia en la voz, Hans Rebka se volvía más agradable que
nunca. La confianza en uno mismo y la aptitud eran virtudes..., pero también lo
era la dependencia mutua.
Darya
señaló.
—No
continúa subiendo, Hans. ¿Quién lo controla?
—Tal
vez nadie. —Ya no gritaba—. Las secuencias de control pueden estar prefijadas.
Tal vez se trate de Perry y Graves... Quizá lo hayan elevado para alejarse de
la superficie. Es posible que lo mantengan allí; que estén esperando para ver
si aparecemos. ¡Pero no podemos alcanzarlos!
—Tendremos
que intentarlo. —Sin dejar de mirar al Umbilical, Darya comenzó a caminar hacia
el coche resbalando sobre la capa de talco—. Vamos. Si logramos elevar nuestro
coche hasta la plataforma, es posible que logremos saltar sobre ella.
Darya
escuchó con asombro sus propias palabras. ¿Era realmente ella la que proponía
eso? En Puerta Centinela solía evitar las alturas. Tanto a sus amigos como a su
familia les decía con estremecimiento que se sentía aterrorizada por ellas. En
ese momento, la perspectiva de saltar desde un coche aéreo en movimiento al
Umbilical, a un kilómetro o más del suelo, no la preocupaba lo más mínimo.
Hans
Rebka la siguió, pero sólo para cogerla por el brazo y obligarla a girar.
—Espera
un minuto, Darya. Mira.
Otro
coche aéreo se acercaba por el noroeste, justo bajo el nivel de las nubes.
Venía descendiendo, hasta que, aparentemente, su piloto alcanzó a ver el
Umbilical. Entonces el coche se ladeó y comenzó a ascender en una lenta y
trabajosa espiral.
El
pie del Umbilical había comenzado a subir de nuevo y a más velocidad. Los dos
observaron con impotencia desde el suelo cómo se desvanecía entre las nubes,
seguido por el coche que se elevaba tras él. Cuando ambos desaparecieron,
parecía que el coche estaba perdiendo la carrera.
Darya
se volvió hacia Hans Rebka.
—Pero
si Graves y Perry se encuentran en el Umbilical, ¿quién está en el coche?
—Debe
de ser Max Perry. No son él y Graves quienes están en el Umbilical. Éste está
efectuando su retirada automática programada para la Marea Estival; sólo que la
realiza antes de tiempo. Ha sido reprogramado. —Meneó la cabeza—. Pero eso
tampoco tiene sentido. Perry es el único que conoce los códigos que controlan
el Umbilical. —Rebka la vio palidecer—. ¿No es así?
—No.
—Darya apartó la vista—. Atvar H'sial los conocía. Todos. Ya te dije que así
fue como vinimos desde Ópalo. Todo esto es culpa mía. Nunca debí haber aceptado
trabajar con ella. Ahora estamos varados aquí, mientras que ella se encuentra a
salvo en el Umbilical.
Hans
Rebka alzó la vista con furia.
—Apuesto
a que sí. Esa maldita cecropiana. Mientras volábamos, me preguntaba si todavía
estaría sobre Sismo. Y J'merlia debe de estar con ella. Así que los del coche
deben de ser Perry y Graves.
—O
tal vez las gemelas Carmel.
—No.
Ellas no tenían acceso a un coche aéreo. De todos modos podemos dejar de
especular. Aquí viene.
El
coche emergía de entre las nubes en espiral, buscando un buen lugar donde
aterrizar. Darya corrió hacia él y agitó los brazos frenéticamente. El piloto
la vio y se dirigió hacia ella. El coche efectuó un brusco aterrizaje a no más
de cincuenta metros, creando una pequeña tempestad de polvo con sus chorros de
aire descendente.
La
puerta del coche se abrió. Hans Rebka y Darya Lang observaron con asombro cómo
descendían dos humanas idénticas e idénticamente vestidas, seguidas por un
lo'tfiano y una polvorienta hymenopt. Los últimos en bajar fueron Julius Graves
y Max Perry.
—¡Pensamos
que estabas muerta!
—¡Pensamos
que erais vosotros los del Umbilical!
—¿Dónde
las encontraron?
—¿Cómo
llegasteis aquí?
Perry,
Rebka, Lang y Graves hablaban al mismo tiempo, reunidos en un estrecho círculo
junto a la puerta del coche. Los dos alienígenas y las gemelas Carmel se
encontraban a un costado, observando el desolado panorama que los rodeaba.
—No
detectamos ninguna señal de radio en el camino —continuó Graves. Miró a Darya
Lang—. ¿Tiene idea de lo que ha ocurrido con Atvar H'sial?
—No
estoy segura, pero pensamos que probablemente esté allá arriba, en el
Umbilical.
—No.
No hay nadie allí. Aunque logramos alcanzarlo, llegamos a ver que no había
cápsulas en funcionamiento. Ya se encuentra fuera del alcance de un coche
aéreo. ¿Pero qué hay de usted? Pensé que Atvar H'sial la había dejado
abandonada.
—Así
fue. Hans Rebka me rescató. No obstante, Atvar H'sial debe de planear volver a
buscarme, porque me dejó provisiones y un generador de señales.
—No
fue ella. Eso fue obra de J’merlia. —Graves señaló al lo'tfiano—. Dice que
Atvar H'sial no le prohibió ayudarla. Por eso lo hizo. Dice que estaba muy
preocupado por usted cuando la dejaron allí y que parecía estar muy mal
equipada para sobrevivir en Sismo. Luego pensó que habría muerto, porque no
logramos escuchar ninguna señal de su generador. Estoy seguro de que Atvar
H'sial no se proponía volver por usted. Fue abandonada para que muriera en
Sismo.
—¿Pero
dónde está Atvar H'sial ahora? —les preguntó Rebka.
—Acabamos
de formularles a ustedes esa pregunta —dijo Perry—. Debe de estar con Louis
Nenda.
—¡Nenda!
—Él
vino aquí en su propia nave —observó Graves—. ¿Sabían que es capaz de hablar
con un cecropiano directamente? Kallik le dijo a J'merlia que Nenda tiene
incorporada una técnica zardalu que le permite emplear la comunicación por
feromonas. Él y Atvar H'sial dejaron atrás a J'merlia y a Kallik, para irse
solos a alguna parte.
—Creemos
que vinieron aquí. De alguna manera, Atvar H'sial obtuvo la secuencia de
controles y debió programar el Umbilical para que se retirara antes de tiempo.
—Hans Rebka dirigió a Darya una mirada de «no digas más» y continuó—. Quiere
que todos muramos, varados en Sismo durante la Marea Estival. Por eso dejó
atrás a J'merlia y a Kallik... No quería testigos.
—Pero
nosotros escuchamos su señal de auxilio y los recogimos. —Perry señaló a los
dos seres silenciosos—. Creo que Nenda y H'sial pueden haber pensado volver por
ellos, pero deben haber llegado demasiado tarde. La zona estaba cubierta de
lava fundida. Hemos tenido que mantener a J'merlia y a Kallik con nosotros.
—Pero,
si Nenda ha logrado llegar a su propia nave —dijo Graves—, él y Atvar H'sial
podrán abandonar el planeta.
—Lo
cual es más de lo que podemos hacer nosotros. —Pasada su anterior depresión,
Rebka se había animado y estaba lleno de energía—. El Umbilical se ha ido y no
regresará hasta después de la Marea Estival. Sólo disponemos de un coche aéreo
para todos... El nuestro feneció al llegar aquí. De cualquier modo, los coches
no están preparados para entrar en órbita; así que no nos servirá de nada.
Comandante Perry, necesitamos un plan para sobrevivir aquí. Estamos varados en
Sismo hasta que regrese el Umbilical.
—¿Debo
decirlo una vez más? Eso es imposible. —Aunque Perry habló con suavidad, su
tono sombrío transmitió más agobio que un alarido—. He estado tratando de
hacerles entender una cosa desde el día en que arribaron a Dobelle: LOS humanos
no pueden sobrevivir a la Marea Estival sobre la superficie de Sismo. Ni
siquiera a una Marea Estival corriente. Mucho menos a ésta. No importa lo que
piensen. No existe ningún «plan de supervivencia» que pueda salvarnos si
permanecemos en Sismo. Esto todavía está bastante tranquilo, y no comprendo por
qué. Pero no puede durar mucho más. Cualquiera que esté sobre la superficie de
Sismo durante la Marea Estival morirá.
Como
si el planeta le hubiera escuchado, un rugido distante de tierra solevantada y
rocas trituradas siguió a sus palabras. Unos momentos después, una serie de
temblores oscurecieron el aire y sacudieron el suelo bajo sus pies. Todos
miraron a su alrededor y, de forma instintiva, se dirigieron al interior del
coche con la ilusión de que allí estarían a salvo.
Darya
Lang, que fue la última en entrar, observó a los siete que la habían precedido.
No
era un grupo muy prometedor para quemar los últimos cartuchos con un plan de
supervivencia. Las gemelas Carmel se veían como dos personas que ya habían sido
derrotadas y quebrantadas. Habían pasado por demasiadas cosas en Sismo; a
partir de ahora, sólo seguirían instrucciones. Graves y Perry estaban sucios y
desaliñados, con las ropas rotas y cubiertas de polvo y sudor. Ambos tenían
heridas inflamadas en las pantorrillas, y Graves tenía una serie de costras en
el cuero cabelludo. Y, lo que era peor, actuaba alegremente y sonreía a todos
como si sus propias preocupaciones se hubiesen acabado. Tal vez era cierto. Si
alguien tenía posibilidades de salvarlos era Max Perry, y no Julius Graves.
Después de su siniestro pronóstico, Perry había vuelto a su introvertido
silencio, en el que veía algo que resultaba invisible para todos los demás.
J'merlia
y Kallik parecían bastante normales..., porque Darya no sabía interpretar las
señales de tensión y dolor en sus cuerpos extraños. J'merlia eliminaba
meticulosamente el polvo blanco de sus patas, utilizando las suaves
almohadillas de sus miembros delanteros. No parecía muy preocupado por nada que
no fuese su higiene personal. Después de un rápido estremecimiento que eliminó
una buena cantidad del polvo que cubría su cuerpo, provocando las protestas de
los demás ocupantes del coche, Kallik se irguió a su máxima estatura y lo
observó todo con ojos brillantes. Si alguien conservaba el optimismo, tal vez
fuese la pequeña hymenopt. Por desgracia, sólo J'merlia podía comunicarse con
ella.
Darya
miró a Hans Rebka. Aunque era evidente que estaba exhausto, seguía siendo su
mayor esperanza. Tenía profundas marcas rojas en el rostro, producidas por la
máscara y el respirador, y alrededor de sus ojos lucía unos círculos de polvo
blanco que le otorgaban un aspecto de búho. Sin embargo, al notar que lo
miraba, esbozó una pequeña sonrisa y le guiñó un ojo.
Cuando
entró Darya, apenas quedó el espacio suficiente para cerrar la puerta. Nunca
había esperado ver tantos seres, humanos o alienígenas, en el interior de un
coche pequeño. La capacidad estipulada era para cuatro personas. Las gemelas
Carmel habían logrado caber en un asiento; J'merlia estaba agazapado en el
suelo, donde podía ver o escuchar muy poco; y tanto Darya Lang como Max Perry
habían quedado de pie.
—¿Qué
hora es? —preguntó Rebka de pronto—. Me refiero a cuántas horas faltan para la
Marea Estival.
—Quince.
—La voz de Perry era inexpresiva.
—¿Y
entonces qué haremos? No podemos permanecer sentados esperando la muerte.
Cualquier cosa sería mejor que eso. Nos resultaría imposible alcanzar el
Umbilical, aunque no continúe subiendo. Y no hay ningún sitio sobre Sismo al
que podamos ir para estar seguros. ¿Y si nos elevamos todo lo que podemos y
tratamos de pasarla dentro de este coche?
Kallik
emitió una serie de silbidos roncos que a Darya Lang le sonaron como una burla,
mientras Perry salía de sus ensueños y negaba con la cabeza.
—He
repasado todas esas ideas hace mucho —dijo con tono funesto—. Sólo nos resta
potencia para ocho horas, y eso con una carga normal. Si logramos despegar
—cosa que no puedo asegurar con tantos a bordo—, volveremos a descender antes
de la Marea Estival Máxima.
—Supongamos
que permanecemos aquí sentados hasta que falten cuatro o cinco horas para la
Marea Estival —sugirió Rebka—, y entonces despegamos. Estaríamos fuera de la
superficie durante lo peor.
—Lo
siento. Eso tampoco funcionaría. —Perry dirigió una mirada furiosa a Kallik,
quien se sacudía de arriba abajo con un acompañamiento de chasquidos y
silbidos—. Nunca lograríamos permanecer en el aire. Los volcanes y terremotos
convierten toda la atmósfera en una sola masa de turbulencia. —Se volvió hacia
el lo'tfiano—. J'merlia, dile a Kallik que guarde silencio. Ya resulta bastante
difícil pensar sin ese ruido.
La
hymenopt saltó aún más alto y silbó.
—Sh-sh-shiiip.
—Con
gran respeto —dijo J'merlia—, Kallik me pide que les advierta que todos se
están olvidando de la nave.
—¿La
de Louis Nenda? —preguntó Rebka—. ¿La nave en la que vino Kallik? No sabemos
dónde está. De todos modos, Nenda y Atvar H'sial deben de habérsela llevado.
Kallik
emitió una serie de silbidos más fuertes y su cuerpo se retorció angustiado.
—No,
no. Kallik dice humildemente que está hablando de la Nave de los Sueños
Estivales, la que trajo a Sismo a las gemelas Carmel. Sabemos con exactitud
dónde se encuentra.
—Pero
su propulsor está exhausto —objetó Perry—. Recuerda, Kallik. Lo inspeccionamos
tan pronto como la encontramos.
—Un
momento, por favor. —J'merlia se abrió paso entre Julius Graves y las gemelas
Carmel, hasta que estuvo agazapado cerca de la hymenopt. Los dos gruñeron y
silbaron entre ellos durante medio minuto. Finalmente, J'merlia alzó la cabeza
y se enderezó—. Kallik se disculpa ante todos por su extrema estupidez, ya que
no logró ser lo suficientemente clara cuando examinó la nave. La potencia del
Propulsor Bose está agotada, es cierto, y la nave no podría ser utilizada para
viajes interestelares. Pero tal vez conserve la suficiente potencia para una
travesía local... Tal vez para dar un salto y ponerse en órbita.
Rebka
ya se abría paso hacia el asiento del piloto antes de que J'merlia terminase de
hablar.
—¿A
qué distancia se encuentra esa nave y hacia dónde está? —preguntó mientras
examinaba el tablero del coche.
—A
siete mil kilómetros, cerca de la Depresión Pentacline. —Perry había salido de
su abatimiento y se abría paso entre las gemelas Carmel para reunirse con
Rebka—. Sin embargo, estando tan próximos a la Marea Estival, seguramente nos
encontraremos con un fuerte viento de costado. Eso nos desviará al menos mil
kilómetros.
—Por
lo tanto, no hay margen. —Rebka hacía unos cálculos rápidos—. Tenemos
suficiente potencia para unos ocho mil, pero no si lo intentamos a toda
velocidad. Si vamos más despacio, nos acercaremos más a la Marea Estival y las
condiciones serán peores.
—Es
lo mejor que podemos hacer. —Graves habló por primera vez desde que entrara en
el coche—. ¿Pero lograremos despegar con tanta carga? Nos ha resultado bastante
difícil llegar aquí, y eso que éramos dos personas menos.
—Y
lograremos permanecer en el aire, tan cerca de la Marea Estival? —preguntó
Perry—. Los vientos son increíbles.
—E
incluso aunque Kallik tenga razón —dijo Graves— y todavía quede un poco de
potencia en la nave, ¿podrá ponerse en órbita la Nave de los Sueños Estivales!
Pero Rebka ya estaba encendiendo el motor. —No es lo mejor que podemos hacer,
consejero —sentenció mientras los chorros hacían volar una nube de polvo blanco
que cubría las ventanas—. Es lo único que podemos hacer ¿Qué quieren? ¿Una
garantía por escrito? Acomódense y contengan el aliento. A menos que alguien
tenga una idea mejor, en los próximos cinco minutos voy a forzar este coche
hasta el límite. Sujétense fuerte, y esperemos que el motor esté dispuesto a
cooperar.
20
Marea estival menos uno
Cuando
el coche despegó del suelo y comenzó a elevarse con dificultad, Darya Lang se
sintió inútil. Era una sobrecarga, un peso muerto incapaz de ayudar al piloto
que tenía delante. Impotente para contribuir e incapaz de relajarse, echó un
nuevo vistazo a sus compañeros de vuelo.
Éste
era el grupo que viviría o moriría junto... y pronto, antes de que Sismo y
Ópalo hubiesen completado otro giro.
Los
estudió mientras el coche avanzaba con un zumbido. Constituían un espectáculo
deprimido y deprimente. La situación había dado marcha atrás al tiempo,
revelándolos ante Lang tal como debían de haber sido hace muchos años, antes de
que Sismo entrara en sus vidas.
Elena
y Geni Carmel, sentadas mejilla con mejilla, eran niñitas perdidas. Incapaces
de hallar el camino para salir del bosque, esperaban ser rescatadas; o, mucho
más probable, esperaban que llegase el monstruo. Frente a ellas e inclinado
sobre los controles, Hans Rebka era un niño preocupado, que trataba de jugar un
juego demasiado adulto para él. A su lado estaba Max Perry, sumido en un
antiguo y desdichado sueño que no podía compartir con nadie.
Sólo
Julius Graves, a la derecha de Perry, escapaba al modelo del tiempo regresivo.
Cuando el consejero se volvió hacia la parte trasera del coche, mostró un
rostro que nunca había sido joven. Milenios de sufrimiento estaban tallados en
sus arrugas y en su superficie endurecida; la historia humana, escrita con
misterio, ira y desesperación.
Darya
lo miró con asombro. Éste no era el miembro del Consejo de una legendaria
Alianza. ¿Dónde estaba la bondad, el optimismo, la maniática energía?
Ella
conocía la respuesta: la fatiga había logrado apagarlas.
Por
primera vez, Darya comprendió la importancia del cansancio en la decisión de
cuestiones humanas. Había notado su propia pérdida gradual de interés por
descifrar el acertijo de Sismo y los Constructores, y lo había atribuido a su
concentración por la simple supervivencia. Ahora lo adjudicaba a los
debilitantes venenos del agotamiento y la tensión.
El
mismo lento drenaje de energía les afectaba a todos ellos. En un momento en el
que el pensamiento y la acción inmediata podían marcar la diferencia entre la
vida y la muerte, estaban mental y físicamente postrados. Todos —ella no era
ninguna excepción— se veían como zombies. Durante unos cuantos segundos podían
levantarse mostrando atención y agudeza, tal como le ocurriera a ella en el
momento del despegue; pero, en cuanto pasaba el pánico, volvían a caer en el
letargo. Los rostros que se volvían hacia ella, incluso después de haberse
limpiado todo el polvo blanco, estaban pálidos y consumidos.
Darya
sabía cómo se sentían. Sus propias emociones estaban heladas. No podía sentir
terror, ni amor, ni ira. Esa era la consecuencia más temible: la nueva
indiferencia respecto a vivir o a morir. Apenas si le importaba lo que pasaría
después. En los últimos días, Sismo no la había abatido con su violencia, pero
la había consumido, la había desangrado de todas sus pasiones humanas.
Hasta
los dos alienígenas habían perdido su brío acostumbrado. Kallik había sacado a
relucir una pequeña computadora y estaba muy ocupada con sus propios cálculos
incomprensibles. J’merlia parecía perdido y confundido sin Atvar H'sial. Giraba
la cabeza constantemente, como buscando a su ama, y no dejaba de frotarse las
manos de forma obsesiva sobre el duro caparazón de su cuerpo.
Perry,
Graves y Rebka estaban apretados en el asiento delantero, diseñado para dos.
Las gemelas y J'merlia se hallaban detrás de ellos, probablemente más cómodos
que ningún otro, mientras que Darya Lang y Kallik se habían comprimido en una
zona posterior, destinada sólo para el equipaje. Era lo bastante alta para la
hymenopt, pero Kallik tenía el hábito reflejo de sacudirse como un perro mojado
para eliminar el polvo de su pelo corto y negro. Darya no dejaba de estornudar
y de inclinar la cabeza hacia delante para evitar el contacto con el techo
curvo del coche.
Y lo
peor era que aquellos que viajaban en la parte trasera del vehículo sólo podían
ver una pequeña franja de cielo por la ventanilla delantera. Toda información
sobre avances o problemas debía provenir de los comentarios de aquellos que
viajaban delante.
Algunas
veces llegaban demasiado tarde.
—Lo
siento —dijo Perry dos segundos después de que el coche fuera azotado por una
terrible ráfaga de viento—. Esa ha sido muy fuerte.
Darya
Lang se frotó la cabeza y asintió. Se la había golpeado contra el duro techo de
plástico del compartimiento de carga. Le quedaría una buena contusión..., si
lograba vivir lo suficiente.
Darya
se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en los brazos. A pesar del ruido, el
peligro y las náuseas producidas por la inestabilidad, sus pensamientos
comenzaron a vagar. Ahora, su vida anterior como científica-arqueóloga en
Puerta Centinela le parecía completamente artificial. Al redactar el Catálogo
Universal de Artefactos Lang, ¿cuántas veces había escrito «no hubo
supervivientes» sin inmutarse, refiriéndose a expediciones enteras? Era una
frase simple y prolija que no requería ninguna explicación ni llamaba a la
reflexión. El elemento que faltaba era la tragedia del suceso y el infinito
tiempo subjetivo que debía de haber tardado en tener lugar. Esa frase sugería
una desaparición rápida, un grupo de gente que se extinguía como la llama de
una vela. Pero lo más probable era que hubiesen pasado por situaciones como la
presente: una extinción lenta de la esperanza, mientras el grupo se aferraba a
cada posibilidad y las iba viendo desvanecerse.
El
ánimo de Darya decayó aún más. La muerte raras veces era rápida, limpia e
indolora, a menos que también llegase por sorpresa. Con más frecuencia era
lenta, dolorosa y degradante.
Una
voz tranquila la arrancó de su agotada desesperación.
—Prepárense
allá atrás. —La voz de Hans Rebka no sonaba como la de alguien sentenciado y
derrotado—. Estamos demasiado bajo y volamos demasiado lento. A esta velocidad
nos quedaremos sin potencia y llegaremos tarde. Tendremos que elevarnos sobre
las nubes. Sujétense fuerte otra vez. Los próximos minutos serán muy difíciles.
¿Sujetarse
a qué? Pero las palabras de Rebka y su tono alentador le indicaron que no todos
habían renunciado a la lucha.
Avergonzada
de sí misma, Darya trató de afirmarse mejor en el compartimiento de carga,
mientras el coche se abría paso con dificultad hacia el nivel inferior de las
nubes. Afuera, el resplandor fue reemplazado por una luz suave y turbia. De
inmediato se inició una turbulencia más violenta, que golpeó desde todas las
direcciones, y arrojó por el cielo el vehículo sobrecargado como un juguete de
papel. No importaba lo que Rebka y Perry hiciesen con los controles, el coche
llevaba demasiado peso para maniobrar bien.
Darya
trató de adivinar el movimiento y fracasó. No sabía si subían, si bajaban o si
habían iniciado una fatal caída en espiral. Los accesorios del techo parecían
golpear su cabeza por todos lados. Justo en el momento en que estaba segura de
que el próximo golpe la dejaría inconsciente, cuatro brazos articulados la
cogieron con firmeza por la cintura. Ella se aferró con desesperación a un
cuerpo suave y regordete, mientras el coche giraba, caía y se sacudía a través
del cielo.
Kallik
la empujaba contra la pared. Darya ocultó el rostro en su piel aterciopelada,
flexionó las piernas hacia la izquierda y empujó a su vez. Aferradas una a la
otra contra las paredes del coche, ella y Kallik lograron encontrar una
posición más estable. Darya empujó con más fuerza, preguntándose si aquello
acabaría alguna vez.
—Casi
llegamos. Protéjanse los ojos.
La
voz de Rebka sonó por el intercomunicador de la cabina un momento antes de que
se acabaran las violentas sacudidas. A medida que el vuelo se tornaba más
sereno, una luz cegadora inundó el coche, reemplazando al difuso resplandor
rojizo.
Darya
oyó una serie de fuertes chasquidos a su derecha. Desde el asiento delantero,
J'merlia giró hacia ella.
—Kallik
desea ofrecerte sus humildes disculpas por lo que ha hecho —le dijo—. Te
asegura que en circunstancias normales jamás se hubiese atrevido a tocar el
cuerpo de un ser superior. Se pregunta si ahora serías tan amable de soltarla.
Darya
tomó conciencia de que seguía aferrada a la suave piel negra y que todavía
empujaba a la hymenopt contra la pared opuesta del coche. La soltó de
inmediato, sintiéndose avergonzada. Kallik era demasiado amable para decir
nada, pero, al verla, Darya pudo notar que estaba aterrada.
—Dile
a Kallik que me alegro de que me haya sujetado. Lo que hizo me ayudó mucho. No
necesita disculparse por nada. —Y si soy un ser superior, agregó en silencio,
no querría saber cómo se siente uno inferior.
Avergonzada
o no, Darya comenzaba a sentirse un poco mejor. El vuelo era más tranquilo, y
el silbido del aire indicaba que se movían mucho más rápido. Hasta los dolores
y la fatiga parecían haberse calmado.
—Acabamos
de doblar nuestra velocidad. Y aquí arriba no deberíamos encontrar demasiada
turbulencia. —La voz de Rebka por el intercomunicador pareció justificar su
mejor humor—. Pero hemos pasado por un momento muy difícil al atravesar esas
nubes —continuó—. El comandante Perry ha vuelto a calcular nuestra reserva de
potencia. Considerando la distancia que debemos recorrer, estamos justo en el
límite. Tenemos que ahorrar. Reduciré un poco la velocidad, y apagaré el
sistema de aire acondicionado. Eso hará que sea bastante insoportable estar
aquí delante. Prepárense para rotar asientos y asegúrense de beber bastante
líquido.
A
Darya Lang no se le había ocurrido pensar que su vista limitada del cielo
pudiese ser una ventaja. Pero, cuando la temperatura del coche comenzó a
ascender, se alegró de estar sentada atrás. La gente de delante sufría el mismo
aire sofocante que ella, además de un sol directo e intolerable.
Darya
no se vio directamente afectada por aquello hasta que llegó el momento de jugar
al juego de las sillas y moverse por el estrecho interior del coche. El cambio
de posición era una tarea para contorsionistas. Cuando estuvo realizado, Darya
se encontró en el asiento delantero, junto a la ventana. Por primera vez desde
el despegue, pudo ver algo más que una diminuta fracción de lo que la rodeaba.
Volaban
justo por encima de las nubes, cabalgando sobre las crestas que reflejaban la
luz en deslumbrantes destellos dorados y rojos. Mandel y Amaranto se
encontraban frente a ellos y azotaban el coche con una furia que jamás se
sentía en las superficies de Ópalo y Sismo, protegidas por las nubes. Las dos
estrellas se habían convertido en gigantescos globos sobre un cielo casi negro.
Incluso con el fotoprotector del coche al máximo, era imposible mirar los rayos
rojos y amarillos proyectados por las estrellas compañeras.
El
sudor corría por el rostro de Darya Lang y le empapaba la ropa. Frente a sus
ojos, Mandel y Amaranto cambiaron de posición en el cielo. Todo ocurría más y
más rápido. Pudo percibir cómo se aceleraban los sucesos a medida que los soles
gemelos y Dobelle se dirigían a su punto de máxima aproximación.
Y no
eran los únicos intérpretes.
Con
los ojos entrecerrados, Darya se volvió hacia un costado. Gargantúa estaba
allí, como una sombra pálida de Mandel y su compañera enana. Pero eso también
cambiaría. Pronto Gargantúa sería el astro más grande en el cielo de Sismo y se
acercaría más que ningún otro cuerpo en el sistema estelar, emulando a Mandel y
a Amaranto con las fuerzas de sus mareas.
Darya
miró hacia abajo y se preguntó qué estaría ocurriendo bajo las turbulentas
capas de nubes. Pronto tendrían que descender a través de ellas; era posible
que la superficie del planeta ya estuviese demasiado afectada para permitir un
aterrizaje. O tal vez la nave que buscaban ya había desaparecido, tragada por
alguna inmensa fisura nueva en la tierra.
Darya
apartó la vista y cerró sus ojos doloridos. La luminosidad del exterior era
demasiado agobiante. No era capaz de soportar ni un momento más el calor y la
ardiente radiación.
Sólo
que no tenía alternativa.
Darya
miró hacia su izquierda. Kallik se encontraba a su lado, agazapada en el piso.
Al otro lado de ella, en el asiento del piloto, Max Perry sostenía un cuadrado
de plástico opaco frente al rostro para protegerse un poco de la luz.
—¿Cuánto
falta? —La pregunta emergió como un graznido débil.
Darya
apenas si reconoció su propia voz. No estaba segura de lo que quería preguntar.
¿Se refería a cuánto faltaba para que volviesen a cambiar de asientos? ¿O hasta
que llegaran a su destino? ¿O sólo hasta que estuvieran todos muertos?
De
cualquier modo, no importaba. Perry no le respondió. Sólo le entregó una
botella de agua tibia. Ella bebió un sorbo e hizo que Kallik bebiera también.
Ya no hubo nada que hacer salvo permanecer sentada, sudar y soportar, hasta que
llegó el momento de distraerse cambiando de asiento.
Darya
perdió la noción del tiempo. Supo que había pasado tres veces por la silla de
la tortura. Parecieron pasar semanas hasta que finalmente Julius Graves la
sacudió para advertirle:
—Prepárese
para la turbulencia. Vamos a descender a través de las nubes.
—¿Hemos
llegado? —susurró ella—. Bajemos.
Apenas
si podía esperar. No importaba lo que pasara después; al menos escaparía a la
tortura ardiente de los dos soles. Soñaría con ellos durante el resto de su
vida.
—No,
no hemos llegado. —Graves daba la impresión de sentirse como ella. Se estaba
secando el sudor de la calva—. Nos estamos quedando sin potencia.
Eso
despertó su atención.
—¿Dónde
estamos?
Él
se había vuelto hacia el otro lado. Fue Elena Carmel, que estaba en el asiento
trasero del coche, quien se inclinó hacia delante y respondió:
—Si
los instrumentos dicen la verdad, muy cerca de nuestra nave.
—¿Cuan
cerca?
—Diez
kilómetros. Tal vez menos, incluso. Dicen que depende de cuánta potencia quede
para utilizarla a modo de aerodeslizador.
Darya
no dijo nada más. Diez kilómetros, cinco kilómetros, ¿qué diferencia había?
Ella no podría caminar un kilómetro, ni siquiera para salvar su vida.
Pero
una voz sorpresiva despertó en su interior y dijo: Tal vez sólo para salvar tu
vida. Si la joven y azorada Elena Carmel puede hallar una reserva de fuerzas,
¿por qué tú no?
Antes
de que pudiera discutir la cuestión consigo misma, se zambulleron entre las
nubes. Un segundo después ya no hubo tiempo para darse el lujo de mantener un
debate interno.
Hans
Rebka pensaba que podría necesitar los vestigios de potencia que les quedasen y
no estaba dispuesto a gastarlos sólo para amortiguar el descenso. El coche fue
lanzado por el cielo como un corcho en una tempestad marina, pero no duró mucho
tiempo. En menos de un minuto emergieron de la capa de nubes.
Todos
se inclinaron hacia delante. No importaba lo que encontrasen allá abajo; no
podrían volver a subir.
¿Todavía
estaba allí la nave? ¿Había una superficie sólida sobre la cual pudiesen
aterrizar? ¿O habían escapado a los rayos de Mandel y Amaranto sólo para morir
entre la lava fundida de Sismo?
Darya
miró, incapaz de responder a aquellas preguntas. Un humo denso cubría todo el
suelo. Aunque suponía que se encontraban sobre las laderas de la Depresión
Pentacline, podían estar en cualquier otra parte del planeta.
—Bien
—dijo Rebka con suavidad, como hablando para sí mismo—, la buena noticia es que
no tendremos que tomar una decisión. Mire el indicador de potencia, Max. Está
en rojo. Vamos a descender, queramos o no. —Alzó la voz—. Colóquense las
máscaras.
Entonces
estuvieron flotando entre el humo gris azulado que se arremolinaba alrededor
del coche, impulsados por unos vientos tan fuertes que hicieron que la voz de
Rebka volviera a escucharse rápidamente.
—Nuestra
velocidad respecto a la tierra es negativa. Descenderé lo más pronto posible,
antes de que seamos lanzados nuevamente hacia el Umbilical.
—¿Dónde
está la nave? —inquirió Julius Graves, sentado detrás de Darya en el estrecho
compartimiento de equipaje.
—A
dos kilómetros. No podemos verla, pero creo que todavía se encuentra allí.
Estoy recibiendo un reflejo irregular en el radar. Como no podemos llegar hasta
el afloramiento donde descansaba la nave, tendremos que aterrizar en la ladera
del valle. Prepárense. Veinte metros de altitud... quince... diez... Listos
para aterrizar.
De
pronto el viento amainó. A su alrededor, el humo se tornó menos denso. Darya
pudo ver el suelo a un costado del coche. Aunque se extendía yermo y tranquilo,
por toda la ladera de la Pentacline había orificios de los que emergía vapor
como el aliento de un dragón. La tupida vegetación que Darya esperaba ver en la
depresión había desaparecido. No había nada salvo cenizas grises y algunos
tallos marchitos.
—Un
kilómetro y medio. —La voz de Rebka sonó sosegada y distante—. Cinco metros en
el altímetro. La potencia se acaba. Parece que tendremos que caminar un poco.
Tres metros... dos... uno. Vamos, belleza. Haz que nos sintamos orgullosos de
ti.
Sólo
faltaban tres horas para la Marea Estival. El coche tocó tierra sobre la
humeante ladera de la Depresión Pentacline, con la misma suavidad de una
mariposa nocturna.
21
Tres horas para la marea estival
Aunque
Hans Rebka no estaba feliz, hay que reconocer que en las últimas horas se había
sentido satisfecho.
Desde
que lo asignaran a Dobelle se había sentido inseguro de sí mismo y de su
trabajo. Lo habían enviado para averiguar cuál era el problema del comandante
Perry y rehabilitarlo.
Sobre
el papel parecía sencillo. ¿Pero qué se suponía que debía hacer exactamente? Él
era un hombre de acción, no un psicoanalista. En toda su carrera no había hecho
nada que lo preparase para una tarea tan imprecisa.
Ahora
las cosas eran diferentes. Estaba rodeado por un grupo de alienígenas,
inadaptados e inocentes, y le había sido asignada la tarea de llevar un coche
sobrecargado y escaso de potencia alrededor de medio-Sismo. Ahora debería
lanzar una nave de juguete hacia el espacio, antes de que el planeta los matara
a todos ellos.
Podía
ser una tarea imposible, pero al menos era precisa. Las reglas para llevarla a
cabo no presentaban problemas. Las había aprendido mucho tiempo atrás en
Teufel: uno triunfa o muere en el intento. Hasta que uno triunfa, no se relaja
jamás. Hasta que uno muere, nunca se renuncia.
Estaba
cansado... Todos estaban cansados... Lo que Darya Lang había visto como un
rebrote de energía era la satisfacción de liberar un montón de frustraciones
reprimidas, que le había llevado hasta allí y le ayudaría a superar la Marea
Estival.
En
cuanto el coche tocó tierra, Rebka hizo que todos bajaran. No importaba lo
peligrosa que pudiese ser la superficie. El vehículo ya no los llevaría a
ninguna parte.
Rebka
señaló la burbujeante ladera del valle.
—Allí
es donde debemos ir. Es la dirección en que se encuentra la nave. —Entonces
gritó por encima de los truenos a Max Perry, quien miraba a su alrededor con
expresión ausente—. Comandante, su grupo estuvo aquí hace unos pocos días. ¿Le
resulta familiar?
Perry
meneó la cabeza.
—Cuando
pasamos por esta zona estaba cubierta de vegetación... Allá está el
afloramiento de basalto. —Señaló una masa de roca oscura, de cuarenta metros de
alto, con su parte superior ennegrecida por el humo—. Debemos llegar hasta allí
y escalarlo. Es donde debería de estar la nave.
Rebka
asintió con la cabeza.
—¿Nos
aguarda alguna sorpresa desagradable? —Cualesquiera fuesen sus defectos, Perry
seguía siendo el experto en las condiciones de Sismo.
—Aún
no puedo decirlo. Sismo está lleno de ellas. —Perry se agachó para apoyar la
palma en el suelo—. Está bastante caliente, pero podremos caminar sobre él. Si
tenemos suerte, el fuego habrá acabado con las plantas de la base del
afloramiento y nos resultará más sencillo que cuando vinimos la última vez. Las
cosas se ven distintas sin la vegetación. Y hace más calor..., mucho más calor.
—Entonces,
vamos. —Rebka les indicó que avanzasen. El estruendo aumentaba, con lo que
resultaba muy difícil mantener una conversación—. Usted y
Graves
delante. Luego ustedes dos. —Señaló a las gemelas—. Yo iré en la retaguardia,
después de los demás.
Su
tono no daba lugar a discusiones. Como el vuelo había sido un esfuerzo agotador
para todos, Rebka no pensaba preguntarles si estaban en condiciones de recorrer
uno o dos kilómetros por territorio difícil. Se enteraría de lo que no estaban
en condiciones de hacer cuando los viese derrumbarse.
Aunque
la superficie estaba tranquila cuando aterrizaron, cuando Perry y Graves
comenzaron a caminar, la zona fue recorrida por un nuevo espasmo de energía
sísmica. El terreno que tenían frente a ellos se quebró en pliegues
longitudinales que descendían por la ladera del valle.
—Sigan
adelante —gritó Graves sobre el estruendo de las rocas que se quebraban—. No
podemos permanecer aquí y esperar.
Perry,
que se había detenido, colocó una mano sobre el brazo de Graves para impedir su
avance y se volvió para mirar a Rebka meneando la cabeza.
—Todavía
no. Confluencia sísmica. Observe.
Unas
ondas superficiales de diferente longitud y amplitud confluían a cincuenta
pasos del grupo. Donde se cortaban, espumosas nubes de roca y de tierra
saltaban por el aire. Un surco de profundidad desconocida apareció frente a
ellos, se contrajo y, unos segundos después, se llenó para desaparecer por
completo. Perry aguardó hasta estar seguro de que los principales movimientos
terrestres habían pasado. Luego comenzó a avanzar.
Rebka
se sintió aliviado. Fueran cuales fuesen sus problemas, Perry no había olvidado
sus instintos de supervivencia. Si lograba conservarlos durante otro kilómetro,
su tarea principal habría sido cumplida.
Todos
avanzaron con dificultad. El suelo se estremecía bajo sus pies. Un hálito
ardiente se alzaba de cientos de fisuras en la roca fracturada y sobre ellos el
cielo era un manto ondulante de cenizas y relámpagos. A su alrededor rugían los
truenos que provenían del cielo y de los movimientos terrestres. Una lluvia
cálida y cargada de azufre comenzó a caer, convirtiéndose en vapor al tocar el
suelo.
Rebka
observó al grupo desde su posición ventajosa en la retaguardia. Las gemelas
Carmel caminaban una junto a la otra, justo detrás de Graves y de Perry.
Después de ellas venía Darya Lang, entre los dos alienígenas, con una mano
sobre el tórax inclinado de J'merlia. Todos parecían bien. Graves, Geni Carmel
y Darya Lang cojeaban, y todos zigzagueaban por la fatiga... Pero eso sólo era
un detalle.
Necesitaban
descanso. Rebka esbozó una sonrisa sombría. Bueno, de una forma o de otra lo
encontrarían en las próximas horas.
El
gran problema era el aumento de temperatura. Otros diez grados y tendrían que
aminorar la marcha o quedarían postrados por el calor. Los chaparrones, que
podían haber ayudado, se estaban volviendo lo suficientemente calientes como
para quemar la piel. Y, a medida que el grupo descendía por la Depresión
Pentacline, el incremento de temperatura parecía inevitable.
A
pesar de todo, tenían que continuar descendiendo. Si se detenían o volvían a
subir para descansar, la violencia de la Marea Estival los destruiría.
Rebka
los alentó para que continuasen y se estiró para ver el afloramiento basáltico.
Sólo faltaban unos cientos de metros para llegar, y el camino parecía bastante
despejado. A lo largo de otros cien pasos, las rocas y la superficie fracturada
que dificultaba la marcha parecían emparejarse, extendiéndose en una planicie
más llana que ninguna otra que Rebka hubiera visto en la Pentacline. Tenía el
aspecto del lecho de un lago seco, los restos de un estanque alargado que se
había evaporado en los últimos días. Lograrían atravesarlo rápidamente y sin
problemas. Más allá de la estrecha planicie, el terreno se elevaba hasta la
base del afloramiento rocoso, en cuya cima debía encontrarse la nave.
Los
dos conductores ya se encontraban a veinte pasos de la planicie. La voluminosa
roca de cima chata parecía al alcance de la mano, cuando Max Perry se detuvo
con incertidumbre. Mientras Rebka lo miraba y maldecía, Perry se apoyó sobre un
gran peñasco y miró hacia delante con expresión pensativa.
—Muévase,
hombre.
Perry
meneó la cabeza, alzó un brazo para detener a los demás y se agachó para
examinar el suelo. En el mismo instante, Elena Carmel gritó y señaló la cima
del afloramiento rocoso.
Aunque
el cielo se había vuelto negro, los relámpagos constantes proporcionaban la
suficiente luz. Perry no pudo detectar nada en el sitio donde Max Perry miraba,
a excepción de un ligero resplandor producido por el calor y una zona algo
confusa en el lecho del lago. Pero, más allá de él, siguiendo la dirección en
que señalaba el dedo de Elena Carmel, Rebka vio algo inconfundible: la silueta
de una pequeña nave espacial. Descansaba a unos metros del borde de la roca y
parecía intacta. La ruta de ascenso era sencilla. En cinco minutos más podrían
estar allá arriba.
Elena
Carmel se había vuelto y le estaba gritando a su hermana, pero resultaba
inaudible con todo el estruendo. Rebka pudo leer sus labios.
—La
Nave de los Sueños Estivales —estaba gritando. Con expresión exultante, comenzó
a correr y pasó frente a Graves y Perry.
Ya
se encontraba en la planicie de lodo seco, dirigiéndose a la base del
afloramiento, cuando Perry alzó la cabeza y la vio.
Se
paralizó durante un segundo y luego lanzó un alarido de advertencia que se
escuchó incluso por encima de los truenos.
Elena
se volvió ante el sonido. Al hacerlo, la costra de arcilla seca, que no tenía
ni un centímetro de espesor, se fracturó bajo su peso. Un chorro de vapor negro
se elevó, rociando fango ardiente por el aire y sobre su cuerpo. Ella gritó y
alzó los brazos, tratando de mantener el equilibrio. Bajo la frágil superficie,
el fluido burbujeante no ofrecía más resistencia que un jarabe caliente. Antes
de que nadie pudiera moverse, Elena estaba hundida hasta la cintura. Gritó de
forma agónica mientras el lodo hirviente se cerraba alrededor de sus piernas y
caderas.
—¡Échate
hacia delante! —Perry se arrojó boca abajo, distribuyendo su peso, y comenzó a
arrastrarse por la frágil superficie.
Pero
Elena Carmel estaba demasiado dolorida para prestar alguna atención a sus
palabras. Él avanzaba demasiado lento y ella se hundía demasiado rápido. Perry
todavía estaba a tres pasos de distancia cuando el lodo alcanzó el cuello de
Elena, quien emitió un terrible alarido final.
Perry
se abalanzó sobre la costra quebrada para sujetarla por el cabello y un brazo.
Logró alcanzarla, pero no pudo sostenerla.
Ella
se hundió más profundo. Desvanecida por el dolor, no emitió ningún sonido
mientras el lodo ardiente se introducía en su boca, su nariz y sus ojos. Un
momento después había desaparecido. Sobre la superficie líquida se formó un
pequeño remolino, que volvió a nivelarse en menos de un segundo.
Perry
volvió a arrastrarse hacia delante y hundió los brazos hasta los codos en el
fango negro e hirviente. Emitió un rugido de dolor, tanteó y no encontró nada.
Los
demás del grupo habían permanecido petrificados. De pronto, Geni Carmel emitió
un espantoso alarido y comenzó a correr hacia delante. Julius Graves se
abalanzó sobre ella y logró sujetarla justo al borde de las arenas movedizas.
—¡No,
Geni, no! Ya no puedes hacer nada. Se ha ido.
La
tenía cogida por la cintura, tratando de arrastrarla hacia atrás. Ella se
resistió con desesperación. Graves no pudo hacer más que mantenerla allí hasta
que Rebka y Darya Lang corrieron para sujetarla por los brazos.
Geni
seguía tratando de soltarse para ir hasta el lugar donde Elena había
desaparecido. Los arrastró a todos hasta el borde de la zona firme. Al girar,
llevó a Darya consigo, obligándola a pisar la costra resquebrajada. El pie de
Darya la atravesó y se hundió hasta el tobillo. Ella gritó y cayó sobre Rebka
casi desvanecida. Éste tuvo que dejar a Geni con Graves para ocuparse de Darya.
Geni
trató una vez más de avanzar hacia la zona de lodo. Donde Elena había
desaparecido, la superficie burbujeaba. Perry, con el rostro distorsionado por
el dolor, había vuelto deslizándose sobre la capa traicionera y ya se
encontraba a salvo sobre las rocas. Aunque sus manos estaban inutilizadas, se
levantó y utilizó el peso de su cuerpo para empujar a Geni hacia atrás.
Juntos
se tambalearon hacia la zona de tierra firme. Geni se estaba calmando. Pasado
el primer impacto, se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar.
Rebka
mantuvo un brazo alrededor de Darya Lang y estudió al grupo. Todos estaban
aturdidos por la muerte de Elena, pero él aún debía preocuparse por otras
cuestiones. En treinta segundos, su posición había pasado de difícil a
desesperada. El aire era casi irrespirable, el calor aumentaba y la superficie
de Sismo estaba cada vez más activa. Lo único que no podían hacer en ese
momento era detenerse.
¿Y
entonces qué harían?
Rebka
evaluó rápidamente la situación. Los truenos de cielo y tierra se habían
calmado un poco. Pero, en vez de ocho humanos y alienígenas, todos
completamente móviles, habían quedado reducidos a cuatro con independencia de
movimiento: él, Graves, J'merlia y Kallik. Nadie sabía la utilidad que
representarían los alienígenas en una crisis, pero hasta el momento se habían
desenvuelto tan bien como cualquier humano.
¿Qué
sucedía con los demás?
Perry
se encontraba en un profundo estado de conmoción —más que física, según
estimaba Graves— y estaba allí de pie como un robot. No obstante, era
resistente. Podía caminar, y lo haría. Por otro lado, ya no estaría en
condiciones de ayudar a nadie, y si no podía utilizar las manos, tendría
problemas para escalar la pendiente de roca. Sus brazos pendían a los costados
de su cuerpo, quemados hasta los codos y completamente inservibles. En cuanto
pasara la primera conmoción, el dolor sería terrible. Con un poco de suerte,
eso ocurriría cuando todos estuvieran en la Nave de los Sueños Estivales.
Darya
Lang necesitaría asistencia, sin duda. Su pie no se encontraba más quemado que
los antebrazos de Perry, pero ella estaba mucho menos acostumbrada al
sufrimiento físico. Ya estaba llorando por el dolor y la conmoción. Las
lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas de polvo.
Por
último, estaba Geni Carmel. Aunque ella no necesitaba ayuda física,
emocionalmente había quedado destruida. Apenas si parecía consciente de la
presencia de los demás y no estaría en condiciones de cooperar con nada.
Rebka
dictó las instrucciones de forma automática.
—Consejero
Graves, usted ayude a Geni Carmel. Yo me ocuparé del comandante Perry, si lo
necesita. J'merlia y Kallik tendrán que ayudar a la profesora Lang, en especial
cuando comencemos a escalar. —Ahora veremos cuan resistente es Perry, pensó—.
Comandante Perry, ya no podemos continuar en esta dirección para alcanzar la
nave. ¿Tiene algún otro camino que sugerir?
Perry
volvió a la vida. Se estremeció, bajó la vista hacia sus brazos quemados y
alejó un poco la mano derecha del cuerpo. Señaló el lado izquierdo del
afloramiento, moviendo el brazo como si éste se hubiese convertido en un
accesorio extraño.
—La
última vez que vinimos aquí, seguimos un lecho seco. Era de piedra, sin lodo en
la superficie. Si logramos encontrarlo, tal vez podamos volver a seguirlo.
—Bien.
Usted vaya delante.
Mientras
rodeaban la mortífera zona de fango hirviente,
Rebka
alzó la vista hacia la cima de la roca. Aunque no se elevaba más de cuarenta
metros, parecía una distancia imposible. El lecho no era empinado. Cualquier
persona en condiciones podría escalarlo en treinta segundos, pero Perry
emplearía eso en subir los primeros metros. Y no disponían de tanto tiempo.
Rebka
avanzó hasta él y le colocó las manos sobre las caderas.
—Usted
siga caminando. No se preocupe por tropezar. Yo estaré aquí. Si necesita un
empujón, avíseme.
Se
volvió un momento hacia atrás antes de que Perry comenzara a moverse. Julius
Graves alentaba a Geni Carmel para que continuase avanzando. Ambos parecían
bastante bien. J'merlia y Kallik habían renunciado a la idea de ayudar a Darya
a caminar. En lugar de ello, la habían sentado sobre el lomo de Kallik, que
subía por la pendiente mientras J'merlia la empujaba por detrás alentándola con
una serie de silbidos.
Más
allá del afloramiento, la superficie se sacudía con renovada violencia. Rebka
vio cómo el coche aéreo en el que habían llegado se ladeaba y caía.
Una
nube de humo negro lo envolvió y comenzó a avanzar lentamente hacia ellos.
Pon
los cinco sentidos, se dijo. No mires hacia atrás ni hacia arriba.
Rebka
concentró toda su atención en ayudar a Max Perry. Si el otro hombre caía, todos
se irían con él.
Siguieron
adelante, tropezando y resbalando sobre los guijarros sueltos. Hubo un momento
crítico cuando Perry patinó y cayó boca abajo sobre la roca. Emitió un gemido
al golpear sus manos quemadas contra la superficie. La piel de sus palmas se
abrió. Rebka lo sujetó para que no continuase cayendo. Pocos segundos después,
volvían a escalar la pendiente del lecho.
En
cuanto Perry estuvo casi arriba, Rebka se volvió para ver qué ocurría atrás.
Graves tenía las piernas tambaleantes, a punto de derrumbarse, 7 Geni Carmel lo
sujetaba. Los otros tres todavía se encontraban a mitad de camino y avanzaban
lentamente. Rebka pudo escuchar cómo Kallik chasqueaba y silbaba por el
esfuerzo.
Tendrían
que arreglárselas por su cuenta. Su prioridad en ese momento debía ser la nave.
¿Estaría en condiciones de funcionar y tendría la potencia suficiente para
ponerse en órbita? Perry se había acercado a la Nave de los Sueños Estivales y
permanecía allí frente a la puerta cerrada. Alzó las manos con frustración
cuando Rebka se acercó a él. Como no podía utilizar los dedos, no tenía forma
de entrar.
—Vaya
a decirle a los demás que se apresuren..., particularmente a Kallik.
Rebka
abrió la portilla y entonces tomó conciencia de lo pequeña que era la nave.
Aunque Perry le había dicho que se parecía más a un juguete que a una nave
espacial, de todos modos su tamaño fue una sorpresa desagradable. El espacio
interior no era mucho más grande que el del coche aéreo.
Fue
a estudiar los controles. Al menos no tendría ningún problema con ellos,
incluso sin la ayuda de Kallik o de Elena Carmel. El tablero era el más simple
que jamás hubiese visto.
Encendió
los indicadores. La potencia era verdaderamente escasa. ¿Y si sólo alcanzaba
para dar la mitad del salto hacia la órbita? Miró el cronómetro. Menos de una
hora para la Marea Estival. Eso respondía a su pregunta. No tenía alternativa.
Mientras los demás se introducían en la nave, él se preparó para el despegue.
Darya
Lang y Geni Carmel fueron las últimas en entrar.
—Cierren
la portilla —dijo Rebka, y se volvió nuevamente hacia los controles. No las
observó hacer lo que les había ordenado. Tampoco había tiempo para la larga
lista de verificaciones que debían preceder a un ascenso al espacio. Por la
ventana delantera podía ver un manto de fuego que avanzaba hacia ellos. En
pocos segundos estaría sobre la nave—. Sujétense fuerte. Nos elevamos a tres
ges.
Eso
si tenemos suerte, pensó. Si no... Rebka aplicó la máxima potencia de ascenso.
La nave tembló y se estremeció sobre el suelo.
Durante
lo que parecieron minutos, nada pasó. Entonces, mientras las llamas avanzaban
hacia ellos, la Nave de los Sueños Estivales emitió un gemido, se sacudió y se
elevó hacia el cielo negro y turbulento de Sismo.
22
Marea estival
Diez
segundos después de que su pie se introdujera en ese hirviente fango negro, el
sistema nervioso de Darya Lang quedó afectado por una muerte aparente. No
sentía dolor, no sentía preocupación, no sentía tristeza.
Aunque
de forma vaga sabía que Max Perry estaba más quemado que ella y que de alguna
manera los guiaba por la pendiente rocosa, no alcanzaba a comprender ese nivel
de esfuerzo y compromiso. Si permanecía consciente, era sólo porque no
encontraba la forma de desvanecerse. Y si subió hasta la nave con el resto, fue
sólo porque Kallik y J’merlia no le dejaron alternativa. La alzaron y la
transportaron, cuidando de que su pie y su tobillo no tocasen el suelo.
Por
desgracia, su estado de aislamiento finalizó cuando se acercaron a la compuerta
de la nave. Unas punzadas de dolor comenzaron a clavarse en su pie y su tobillo
mientras Kallik la depositaba suavemente en el suelo.
—Nos
disculpamos con gran pesar —dijo J'merlia con suavidad, acercando sus
mandíbulas oscuras al oído de Darya—. Pero la entrada sólo permite el paso de
uno. Tendrás que entrar sola.
¡Le
estaban pidiendo que caminase, justo cuando el dolor se volvía insoportable! Su
pie quemado tendría que tocar el suelo. Comenzó a suplicarles a los
alienígenas, a decirles que no podría soportarlo. Era demasiado tarde. Se
encontró balanceándose sobre una pierna frente a la compuerta.
—Apresúrese
—gritó Max Perry desde el interior de la nave.
Ella
le dirigió una mirada de odio. Entonces vio sus manos y antebrazos, llenos de
ampollas y abiertos hasta el hueso por el contacto con los guijarros y piedras
durante el ascenso. Perry debía sentirse peor que ella. Darya apretó los
dientes, alzó el pie izquierdo, se aferró al marco de la compuerta y saltó al
interior. Apenas si había espacio para la gente que ya estaba allí. De alguna
manera logró avanzar hasta la ventanilla lateral de la nave y permaneció junto
a ella apoyada en una pierna.
¿Qué
debía hacer? No podía permanecer así indefinidamente y no soportaba la idea de
que algo tocase su pie.
El
anuncio de Rebka de que los elevaría al espacio a tres ges fue una respuesta
para eso. Sus palabras la llenaron de consternación. Ella apenas si podía
permanecer de pie en un campo de menos de un ge. Tendría que tenderse y
soportar que los tres ges de aceleración apretaran su pie dañado contra el
suelo implacable.
Antes
de que pudiera decir nada, el cuerpo regordete de Kalhk se abrió paso hasta
ella. La hymenopt colocó su abdomen suave junto al pie herido de Darya y emitió
unos dulces silbidos.
—¡No!
¡No lo toques! —gritó Darya invadida por el pánico.
Mientras
trataba de apartar la pierna, el brillante aguijón amarillo emergió del cuerpo
de Kallik y se clavó varios centímetros en su pantorrilla. Darya gritó y cayó
hacia atrás, golpeándose la cabeza al chocar contra la caja de pertrechos
detrás del asiento del piloto.
El
despegue comenzó antes de que pudiera volver a moverse.
Darya
descubrió que estaba aplastada contra el suelo con el pie apretado sobre el
metal. ¡Su pie herido! Tenía que gritar. Cuando abrió la boca, notó que las
únicas partes del cuerpo que no le dolían eran el pie y la pantorrilla. El
aguijón de Kallik los había despojado de toda sensación.
Darya
se tendió y giró la cabeza para apoyar su peso acrecentado sobre la mejilla y
la oreja. Una maraña de cuerpos cubría el suelo. Podía ver a Kallik, justo
frente a ella, acojinando la cabeza de Geni Carmel sobre la piel de su abdomen.
Julius Graves se encontraba al otro lado de ellas; todo lo que Darya podía ver
era la parte superior de su calva junto al brillante cráneo negro de J'merlia.
Rebka, que pilotaba la nave, y Max Perry, que se sentaba a su lado, estaban
ocultos tras la caja de pertrechos y el respaldo del asiento.
Mediante
un gran esfuerzo, Darya giró la cabeza hacia el otro lado. Podía ver lo de
fuera por la portilla lateral de la nave, que se hallaba a escasos centímetros
de ella. Era increíble —sin duda habían pasado minutos desde que iniciaran el
ascenso—, pero la nave todavía se encontraba bajo la capa de nubes de Sismo. A
la luz de los relámpagos, tuvo un vivido panorama de la superficie; se había
quebrado en una red intrincada de fallas, sobre las cuales se esparcía la lava
al rojo como las olas del mar. Todo el planeta estaba envuelto en llamas, una
antigua escena del infierno. Entonces la nave entró en las oscuras nubes de
polvo, tan densas que las señales de mando de la nave, a pocos centímetros de
la portilla, se hicieron invisibles.
La
turbulencia se triplicó. Darya rodó contra Kallik, y ambas se deslizaron por el
piso hasta chocar contra Julius Graves. Un momento después, los tres regresaban
dando tumbos, para aplastar a Darya contra la pared. Seguía en esa posición,
inmovilizada por el peso de todos, a excepción de Rebka y Perry, cuando la Nave
de los Sueños Estivales emergió inesperadamente de entre las nubes de Sismo. La
portilla dejó pasar un instante de intolerable radiación dorada antes de que el
fotoprotector comenzara a operar.
Darya
fue afortunada. Tenía la cabeza vuelta hacia el otro lado y estaba protegida
por el abdomen de Kallik cuando la intensa luz inundó la nave. En el
compartimiento trasero, todos los demás quedaron cegados durante varios
segundos.
Rebka
y Perry, que habían estado protegidos en el asiento delantero, miraban hacia
arriba y luchaban para poner en órbita la nave bajo unas circunstancias para
las que jamás había sido diseñada. Por lo tanto, fue Darya sola, girando la
cabeza para mirar afuera, quien vio todo lo que ocurrió después.
La
Nave de los Sueños Estivales se remontaba sobre el hemisferio de Sismo que no
enfrentaba a Ópalo. Los discos de Mandel y Amaranto se cernían bajos en el
cielo, a su izquierda. Reducidas a unos círculos resplandecientes por el
fotoprotector, las estrellas gemelas mostraban sus rostros brillantes cubiertos
de manchas solares. Las fuerzas de las mareas las desgarraban, al igual que lo
hacían con Ópalo y Sismo. Directamente sobre ellas, Gargantúa brillaba pálido y
espectral, un gigante cuya luz reflejada era reducida por el fotoprotector a un
incorpóreo mundo fantasmagórico.
Desde
un punto muy cercano al borde de Gargantúa —Darya no alcanzó a divisar con
certeza si se encontraba sobre el planeta o no—, un rayo azul se proyectó
repentinamente hacia Sismo, brillante de energía controlada.
Darya
lo siguió con la mirada. No podía ser un rayo de luz ordinaria. Eso resultaría
invisible en el espacio abierto, y ella podía verlo en todo su alcance. Donde
ese rayo latiente de Gargantúa atravesaba las nubes, la capa protectora de
polvo se desintegraba de inmediato. En la superficie de Sismo, una zona
circular de unos cien kilómetros de ancho quedó expuesta a la radiación
combinada de Mandel y Amaranto. El suelo, que ya bullía con la lava ardiente,
comenzó a deformarse y a abrirse en un cráter. Se formó un túnel oscuro que
rápidamente se fue ensanchando. Pronto pudo ver Darya las rocas fundidas del
interior del planeta que surgían en oleadas para formar un borde filoso en la
abertura.
El
movimiento de la nave alejaba a Darya del túnel; su ángulo de visión no le
permitía ver el fondo del foso. Darya se inclinó hacia la portilla, sin hacer
caso del dolor de su cuerpo y su rostro golpeados. Mientras la nave ganaba
altura, Sismo pendía debajo como una gran cuenta nublada, enhebrada en ese haz
de luz brillante y azul. Donde se clavaba el rayo, el orificio oscuro a través
de la cuenta era iluminado por un borde resplandeciente de lava fundida.
Los
acontecimientos siguientes se produjeron en una sucesión tan rápida que, más
tarde, Darya tuvo problemas para narrarlos en su exacta secuencia.
Mientras
la rotación de Sismo dejaba primero a Mandel y luego a Amaranto bajo el
horizonte, un segundo rayo cayó desde el espacio para fusionarse con el de
Gargantúa. No provenía de ningún objeto que Darya pudiese hallar en el cielo,
aunque sus ojos podían seguirlo hasta que se convertía en una línea demasiado
tenue como para ser vista.
El
nuevo haz de luz se clavó en el túnel formado en la corteza de Sismo, y el
orificio se agrandó en un violento estallido de materia desplazada. Como
respuesta, unos rayos rojos y azules se proyectaron hacia el cielo, siguiendo
el centro exacto de los incidentes. En el mismo instante, dos esferas plateadas
se elevaron de las profundidades del túnel.
Parecían
idénticas, aproximadamente de un kilómetro de diámetro. Después de elevarse
sobre Sismo, se cernieron inmóviles, una bajo la otra, bamboleándose como dos
globos transparentes llenos de mercurio.
Los
rayos azules cambiaron de color. El que provenía de Gargantúa se volvió de un
brillante azafranado; el otro, de un resplandeciente magenta. Sus pulsaciones
cambiaron de frecuencia. Entonces la esfera más alta comenzó a acelerar,
moviéndose a lo largo del rayo magenta. Al principio se trasladó con lentitud,
pero de pronto avanzó a gran velocidad, permaneció visible durante una fracción
de segundo y desapareció. Darya no alcanzó a discriminar si había sido
impulsada fuera del alcance de la vista —a una enorme velocidad— o si se había
desvanecido mediante algún otro mecanismo. Cuando la esfera desapareció,
también lo hizo el rayo magenta.
La
segunda esfera todavía se cernía inmóvil cerca de Sismo. Después de unos
momentos, comenzó a avanzar muy despacio a lo largo del haz azafranado. Darya
pudo seguir su desplazamiento sin problemas. Era una bola de plata trepando por
el rayo azafranado como una araña metálica que subiera por su propia tela.
Siguió con la vista al globo brillante que se elevaba.
Entonces,
de repente, sus ojos no pudieron enfocar bien. Alrededor de la bola brillante
el cielo se había distorsionado. La esfera desapareció para convertirse en un
vacío negro, mientras a su alrededor convergían las estrellas en forma anular.
La bola difuminada conformaba un centro negro para ese brillante anillo
estelar.
Mientras
ella miraba ese agujero en el espacio, la Nave de los Sueños ejecutó un
vertiginoso giro. Darya escuchó el grito de Hans Rebka, en el asiento del
piloto. El brillante chorro violeta de una nave espacial apareció entre las
estrellas y avanzó hacia la Nave de los Sueños Estivales.
Al
girar la cabeza, Darya vio las líneas contundentes de una embarcación
perteneciente a la Comunión Zardalu. En el extremo de la nave se abrieron unas
portillas por las cuales aparecieron armas ocultas.
La
Nave de los Sueños Estivales era el blanco... Y, a esa distancia, no tenían
forma de fallar.
Darya
observó, horrorizada, cómo disparaban todas las armas, segura de que la nave se
desintegraría a su alrededor. Pero, de forma increíble, los rayos atacantes se
desviaban de sus esperadas líneas rectas. Sin tocar a la Nave de los Sueños
Estivales, se curvaron en el espacio, atraídos hacia la esfera negra que pendía
suspendida sobre su hilo de luz dorada.
Los
rayos disparados por la nave permanecieron visibles como brillantes
trayectorias en el espacio, uniendo a la embarcación zardalu con el oscuro
globo que ascendía. Las líneas curvas se acortaron. La otra nave se acercaba a
la distorsionada región oscura, como si la esfera la hubiese arrastrado por los
hilos brillantes de las armas.
La
nave zardalu no iba por su voluntad. Su propulsor lanzaba un chorro violeta a
su máxima intensidad, resistiendo a la peculiaridad oscura de la esfera. Darya
pudo percibir la lucha de inmensas fuerzas opuestas.
Y la
nave estaba perdiendo. Atrapada en la curvatura del campo, era atraída
irresistiblemente hacia la esfera que se elevaba, más y más rápido. A Darya le
pareció que la nave zardalu era absorbida por ese vacío negro. Un momento
después, la esfera ascendió de forma vertiginosa por el hilo amarillo hasta
desaparecer.
Entonces
la Nave de los Sueños Estivales siguió su marcha alrededor de Sismo. Gargantúa
se hundió bajo el horizonte y con él todo rastro del latiente rayo amarillo.
—No
sé si a alguien todavía le importa. —Era la voz lacónica de Rebka, haciendo que
Darya volviera a tomar conciencia de dónde estaba—. Pero acabo de mirar el
cronómetro. La Marea Estival Máxima tuvo lugar hace unos pocos segundos. Y
estamos en órbita.
Darya
se volvió para mirar hacia Sismo. Lo único que se veía era la interminable y
oscura capa de nubes y, más allá de ellas, sobre el horizonte, la esfera gris
azulada de Ópalo.
La
Marea Estival. Había pasado y no se había parecido a nada que ella hubiera
imaginado. Darya miró a los demás, quienes todavía se frotaban los ojos
tendidos en el piso de la nave, y experimentó una enorme frustración. ¡Verlo
todo y no comprender nada! Toda la visita a Sismo durante la Marea Estival era
un misterio sin resolver, una pérdida de tiempo y de vidas humanas.
—La
buena noticia es que hemos entrado en órbita.
—Rebka
estaba hablando otra vez. Darya pudo escuchar la fatiga en su voz—. La mala
noticia es que la pirueta que acabamos de dar consumió la poca potencia que nos
quedaba. Es probable que eso debamos agradecérselo a Louis Nenda y a Atvar
H'sial. No tengo idea de lo que ocurrió con la otra nave, ni en realidad me
importa. Espero que Nanda y H'sial hayan tenido su merecido, pero en este
momento no tengo tiempo para preocuparme por ellos. Estoy preocupado por
nosotros. Sin potencia, no podremos aterrizar en Ópalo, en Sismo ni en ninguna
otra parte. El comandante Perry está elaborando una trayectoria que nos
llevaría a la Estación Intermedia. Si tenemos suerte, tal vez podamos abordar
el Umbilical desde allí.
¿Elaborando
una trayectoria?, pensó Darya. ¿Cómo puede? Perry no tiene manos, sólo trozos
de carne quemada. Pero él lo hará, con o sin manos. Y si su pie estuviese
quemado como el mío, caminaría sobre él. También correría, si tuviese que
hacerlo. Hans Rebka habla de suerte, pero ellos no han tenido mucha. Tuvieron
que fabricarse la suya. Nunca volveré a burlarme del Círculo Phemus. Su gente
es sucia, desagradable, pobre y primitiva, pero Rebka, Perry y el resto de
ellos poseen algo que hace parecer medio muertas a las personas de la Alianza.
Ellos tienen la voluntad de vivir, no importa lo que ocurra.
Y
entonces, porque comenzaba a sentirse más relajada y algo lenta en respuesta al
fluido anestésico y ligeramente tóxico que Kallik le había inyectado y porque
Darya Lang nunca podía dejar de pensar, ni siquiera cuando lo deseaba, su mente
le dijo: al Umbilical. Nos dirigimos al Umbilical.
El
menor de los artefactos de los Constructores. Ella lo sabía; todos lo sabían.
En la escala de los Constructores, esa estructura era insignificante. Pero era
hacia allí, al menor de todos los artefactos, y a ese momento, la Marea Estival
Máxima, hacia donde habían señalado todos los otros artefactos de los
Constructores.
¿Por
qué? ¿Por qué no señalar a uno de los artefactos impresionantes como Paradoja,
Centinela, Elefante, Capullo o Lupa?
Ése
sí que es un misterio, pensó Darya, un rompecabezas que vale la pena examinar.
Olvidemos el lío en que nos encontramos y pensemos en eso por un rato. No puedo
ayudar a Rebka y a Perry. De todos modos, no necesito hacerlo. Ellos se
ocuparán de mí. Así que pensemos.
Pensemos
en las dos esferas que emergieron de las profundidades de Sismo. ¿Cuánto tiempo
habían estado allí? ¿Por qué estaban allí? ¿Adonde fueron? ¿Por qué eligieron
este momento para emerger y por qué la negra se llevó a la nave zardalu
consigo?
Las
preguntas quedaron sin respuesta. A medida que la ponzoña narcótica de Kallik
se esparcía por su torrente sanguíneo, Darya comenzó a sumirse en la
inconsciencia. Le quedaba demasiado poco tiempo para pensar. Su concentración
había desaparecido junto con su energía, y su cerebro divagaba de un tema a
otro. Sólo faltaban momentos para que cayese en el sueño de la droga.
A
pesar de todo, en el último instante, en el segundo antes de que su cerebro se
desvaneciera en el vacío, Darya tuvo un destello de comprensión. ¡Entendió el
significado de Sismo y de la Marea Estival! Supo cuál era su función y tal vez
su propio papel en ella. Trató de aferrarse al pensamiento, de fijarlo con
firmeza en su memoria.
Era
demasiado tarde. Sin dejar de luchar, Darya flotó irresistiblemente hacia el
sueño.
23
Rebka
despertó como un animal nervioso, saltando bruscamente de un sueño profundo. En
ese primer momento sus sentimientos fueron de pánico.
Había
cometido el error fatal de permitir que decayese su concentración. ¿Quién
pilotaba la nave?
La
única persona capacitada para hacerlo era Max Perry, y éste estaba demasiado
herido para hacerse cargo de los controles. Podían estrellarse contra Ópalo,
volver a caer sobre la superficie de Sismo o perderse para siempre en el
espacio.
Entonces,
antes de que sus ojos se abrieran, supo que todo debía de estar bien.
Nadie
pilotaba la nave. Nadie tenía que hacerlo. Ya no se encontraba en la Nave de
los Sueños Estivales... No podía estar allí. Porque no experimentaban una caída
libre ni las fuerzas que actuaban eran las violentas y turbulentas del
reingreso a la atmósfera. El descenso era uniforme, y la aceleración de una
fracción de ge indicaba la presencia de una cápsula que se movía por el
Umbilical.
Rebka
abrió los ojos y recordó las horas finales de su vuelo. Habían viajado hasta la
Estación Intermedia como marineros ebrios, la colección de humanos y
alienígenas más lamentable que jamás hubiese visto el sistema Dobelle.
Recordaba haberse mordido los labios y los dedos hasta hacerlos sangrar, para
obligarse a permanecer despierto y a mantener los ojos abiertos. Había seguido
las instrucciones algo incoherentes de Perry lo mejor posible, recorriendo
durante cinco largas horas la línea del Umbilical. Con los últimos vestigios de
potencia que quedaban en la Nave de los Sueños Estivales, había logrado acoplar
en la mayor puerta de la estación.
Recordaba
la forma en que se había acercado... Un oprobio para cualquier piloto.
Había
tardado cinco veces más que lo normal. Y, cuando recibió la última confirmación
para el acoplamiento, se había reclinado en el asiento y cerrado los ojos...
para descansar un momento.
¿Y
entonces?
A
partir de entonces le fallaba la memoria. Rebka miró a su alrededor.
Debía
de haberse quedado dormido en el mismo instante de su contacto final. Alguien
lo había llevado al interior de la Estación Intermedia, colocándolo en una
cápsula del Umbilical. Después de sujetarlo a un arnés, lo habían dejado allí.
No
estaba solo. Max Perry, con los antebrazos embadurnados por un gel protector
amarillo, flotaba sujeto a una correa a pocos metros de distancia. Estaba
inconsciente. Darya Lang estaba suspendida sobre él, con su ondeada cabellera
castaña atada a la espalda. La ropa había sido desgarrada de su pierna
izquierda bajo la rodilla, y una piel plástica cubría su tobillo y su pie
quemado. Su respiración era tranquila. De cuando en cuando murmuraba algo en
voz baja como a punto de despertar. Con el rostro tan relajado y libre de
pensamientos, parecía tener doce años de edad. Junto a Darya flotaba Geni
Carmel. A juzgar por su aspecto, también había sido sedada, aunque no tenía
heridas visibles.
Rebka
miró su reloj: habían pasado veintitrés horas desde la Marea Estival. Todos los
fuegos artificiales de Ópalo y Sismo debían de formar parte del pasado. Durante
diecisiete horas, él había estado completamente alejado de todo.
Se
frotó los ojos, notando que su rostro ya no estaba cubierto de ceniza y
suciedad. ¿Quién lo había llevado hasta la cápsula, también había hecho eso? ¿Y
quién había proporcionado los cuidados médicos a Perry y a Lang?
Eso
lo devolvió a su primera pregunta: con los cuatro en estado de inconsciencia,
¿quién se ocupaba del viaje?
Primero
tuvo problemas para bajar los pies al suelo; luego descubrió que no podía
soltar el arnés que los sujetaba. Incluso después de descansar diecisiete
horas, se sentía débil y sus manos funcionaban con torpeza. Si Darya Lang tenía
el aspecto de una adolescente, él se sentía como un viejo centenario.
Por
fin se liberó y pudo abandonar el improvisado hospital. Consideró la
posibilidad de despertar a Perry y a Lang —ella todavía murmuraba en tono de
protesta—, pero decidió no hacerlo. Seguramente había sido anestesiado antes de
que les curaran las heridas y les aplicaran la piel sintética.
Muy
despacio, subió la escalera hasta la cubierta de observación y control de la
cápsula. El techo transparente de la cabina superior mostraba la Estación
Intermedia a la distancia. Encima de ella, confirmando que la cápsula descendía
hacia Ópalo, Rebka pudo ver la silueta nublada y sombría de Sismo.
En
la cubierta de observación, las paredes tenían diez metros de altura y estaban
cubiertas de monitores. Sentado ante la consola de control, flanqueado por
J'merlia y Kallik, Julius Graves observaba en un pensativo silencio. La emisión
que Graves estaba recibiendo mostraba una superficie planetaria..., pero era
Ópalo, no Sismo.
Rebka
observó durante un rato antes de anunciar su presencia. Con su atención puesta
sobre Sismo, había sido fácil olvidar que Ópalo también había experimentado la
Marea Estival más importante en la historia humana. Unas tomas aéreas y de
radares orbitales, atravesando las capas de nubes del planeta, mostraban
amplias franjas de lecho marino desnudado por mareas milenarias. El fangoso
fondo del océano mostraba unos grandes lomos verdes: Dowsers muertas, del
tamaño de montañas, se encontraban varadas y aplastadas bajo su propio peso.
Otros
vídeos mostraban las Eslingas de Ópalo que se desintegraban cuando olas
encontradas de kilómetros de altura se abatían sobre la superficie del océano.
Una
voz impasible enumeraba las bajas desde Ópalo: la mitad de la población muerta,
en su mayor parte durante las últimas veinticuatro horas; otro quinto todavía
estaba desaparecido. Pero, antes de que se hubiesen determinado todos los
daños, ya se estaba iniciando la reconstrucción. Cada humano de Ópalo tenía un
plan de trabajo continuo.
Al
ver las transmisiones, a Rebka le quedó claro que la gente de Ópalo tenía las
manos muy ocupadas. Cuando aterrizase con su grupo, no debía buscar asistencia.
Rebka
avanzó y tocó a Graves en el hombro. El consejero se sobresaltó, giró en su
silla y le sonrió.
—¡Aja!
Veo que ha vuelto del Mundo de los Sueños. Como verá, capitán —dijo señalando
los monitores—, nuestra decisión de pasar la Marea Estival en Sismo y no en
Ópalo no fue tan imprudente después de todo.
—De
haber permanecido en la superficie de Sismo durante la Marea Estival,
consejero, nos hubiésemos convertido en cenizas. Fuimos afortunados.
—Más
de lo que usted piensa. Y mucho antes de la Marea Estival. —Graves señaló a
Kallik, quien manejaba monitores con una pata mientras que con otra introducía
números en una computadora de bolsillo—. Según nuestra amiga hymenopt, Ópalo ha
sufrido más que Sismo. Kallik ha estado realizando cálculos de equilibrio
energético en cada momento libre desde que abandonamos la superficie. Está de
acuerdo con el comandante Perry... en que la superficie debió haberse
encontrado mucho más activa durante la Gran Conjunción. La energía completa no
fue liberada mientras estábamos allí. Había en funcionamiento algún mecanismo
de almacenamiento y liberación de energía. Sin él, el planeta habría sido
inhabitable para los seres humanos mucho antes de que lo dejáramos. Pero con
él, la mayor parte de la energía sirvió para algún otro propósito.
—Consejero,
Sismo me pareció lo bastante inhabitable. Elena Carmel está muerta. Es posible
que Atvar H'sial y Louis Nenda también.
—Lo
están.
—Me
alegra escucharlo. No sé si lo había notado, pero se encontraban en órbita
alrededor de Sismo durante la Marea Estival y trataron de destruirnos.
Merecieron lo que les ocurrió. ¿Por qué está tan seguro de que han muerto?
—Darya
Lang vio cómo la nave de Nenda era arrastrada hacia Gargantúa, con una
aceleración demasiado grande para permitir la supervivencia de cualquier humano
o cecropiano. Debieron de quedar aplastados dentro.
—La
nave de Nenda tenía un propulsor para viajes interestelares. No pudo quedar
atrapada por ningún campo de fuerza local.
—Si
desea discutir ese punto, capitán, tendrá que hacerlo con Darya Lang. Fue ella
quien vio lo que ocurría, no yo.
—Está
dormida.
—¿Todavía?
Volvió a quedar inconsciente cuando J'merlia comenzó a trabajar con su pie,
pero me sorprende que aún no haya despertado. —Graves se volvió con fastidio—.
Bueno, ¿y tú qué quieres ahora?
J'merlia
le tocaba la manga con incertidumbre, mientras a su lado Kallik saltaba y
silbaba con entusiasmo.
—Con
gran respeto, consejero Graves. —J'merlia se hincó frente a él—. Kallik y yo no
hemos podido evitar escuchar lo que le ha dicho al capitán Rebka: que el amo
Nenda y Atvar H'sial escaparon de Sismo, para luego ser arrastrados hasta
Gargantúa y aplastados por la aceleración.
—Hacia
Gargantúa, mi lo'tfiano amigo. Tal vez no hasta Gargantúa mismo. La profesora
Lang fue bastante insistente sobre ese punto.
—Mis
disculpas. Debí haber dicho hacia Gargantúa. Honorable consejero, ¿sería
posible que Kallik y este humilde servidor fuésemos disculpados de nuestras
tareas por unos momentos?
—Oh,
vayan. Y no se arrastren, saben que lo detesto. —Graves los despidió agitando
una mano. Cuando los alienígenas se dirigieron al nivel inferior de la cápsula,
Graves se volvió nuevamente hacia Rebka—. Bien, capitán. A menos que desee
volver a dormirse, le propongo que nosotros también bajemos y veamos cómo se
encuentran el comandante Perry y la profesora Lang. Tenemos mucho tiempo.
Faltan varias horas para que el Umbilical nos ofrezca el acceso a Ópalo, y
nuestra tarea oficial en el sistema Dobelle ha finalizado.
—La
suya puede ser. La mía, no.
—Lo
estará, capitán, muy pronto. —El esqueleto sonriente se veía más seguro de sí
mismo que nunca.
—Ni
siquiera sabe cuál es mi verdadera tarea.
—Ah,
claro que lo sé. Fue enviado para averiguar qué le ocurría al comandante Perry,
qué lo mantenía en este puesto sin futuro en el sistema Dobelle... y curarlo.
Rebka
se dejó caer en un asiento frente a la consola de controles.
—¿Cómo
diablos lo averiguó? —Su voz sonaba más confundida que molesta.
—En
el lugar obvio... con el comandante Perry. Él tiene sus propios amigos en las
oficinas centrales del Círculo Phemus. Supo que había sido enviado aquí.
—Entonces
también debe saber que nunca lo averigüé. Se lo he dicho: mi trabajo aún no ha
finalizado.
—No
es cierto. Su trabajo oficial acabará muy pronto. Verá, capitán, yo sé lo que
le ocurrió a Max Perry hace siete años. Lo sospeché antes de que viniéramos a
Sismo y lo confirmé al interrogar al comandante bajo el efecto de los sedantes.
Sólo tuve que formular las preguntas adecuadas. Y sé qué hacer. Confíe en mí y
escuche. —Julius Graves inclinó su largo cuerpo hacia un monitor, extrajo del
bolsillo una unidad de datos del tamaño de un terrón de azúcar, y lo insertó en
la máquina—. Esto no contiene más que sonido, por supuesto. Pero reconocerá la
voz a pesar de que parece más joven. Hice que su memoria volviera atrás siete
años. Sólo le enseñaré un fragmento. No se obtiene nada convirtiendo el
sufrimiento privado en un hecho público.
...
Amy todavía actuaba de forma juguetona, incluso bajo el calor. Reía mientras
corría frente a mí hacia el coche que nos llevaría de regreso al Umbilical.
Sólo estaba a unos cientos de metros, pero yo comenzaba a cansarme.
—Oye,
más despacio. Soy yo quien lleva todo el equipo.
Ella
se dio la vuelta riéndose de mí.
—Oh,
vamos, Max. Aprende a divertirte un poco. No necesitas nada de eso. Déjalo
aquí. Nadie notará que ha desaparecido.
Me
hizo sonreír, a pesar del ruido que crecía a nuestro alrededor y del sudor que
cubría mi cuerpo. En Sismo hacía calor.
—No
puedo hacer eso, Amy... Es propiedad oficial. Debo rendir cuentas de todo.
Espérame.
Pero
ella sólo rió. Y siguió bailando... más y más sobre el suelo resplandeciente y
frágil de la Marea Estival....
...
antes de que pudiera acercarme a ella, había desaparecido. Así de simple, en
una fracción de segundo. Tragada por Sismo. Lo único que pude llevar de vuelta
conmigo fue el dolor...
—Hay
más, pero no agrega nada. —Graves detuvo la grabación—. Nada que no pueda
adivinar o que deba escuchar. Amy murió en la lava fundida, no en fango
hirviente. Max Perry volvió a ver ese resplandor de aire recalentado en la
Depresión Pentacline..., pero fue demasiado tarde para salvar a Elena Carmel.
Hans
Rebka se alzó de hombros.
—Aunque
uno sepa lo que hizo que Max Perry se encerrara en su caparazón, ésa no es la
parte más difícil de mi trabajo. Se supone que debo curarlo, y no sé por dónde
comenzar.
Rebka
sabía que su sensación de fracaso e ineptitud sólo sería pasajera. Era un
efecto de la fatiga y la tensión. Pero eso no lo volvía menos real.
Miró
uno de los monitores, donde se veía una Eslinga flotando al revés, destrozada
por el impacto de inmensas olas. Sólo se veía el fango negro y resbaladizo del
cual emergían marañas de raíces. Se preguntó si alguien habría podido
sobrevivir cuando la Eslinga se dio la vuelta.
—¿Cómo?
—continuó—. ¿Cómo se saca a alguien de una depresión que dura siete años? Yo no
lo sé.
—Por
supuesto que no. En eso soy yo quien tiene experiencia, no usted. —Graves se
volvió abruptamente y se dirigió a la escalera—. Vamos —le dijo—. Es hora de
ver qué está ocurriendo en las cubiertas inferiores. Creo que esos molestos
alienígenas están planeando un motín, pero por el momento no les prestaremos
atención. Ahora debemos hablar de Max Perry.
¿Graves
se estaría volviendo loco otra vez? Rebka suspiró. Oh, extrañaba los buenos
días, cuando volaba entre las nubes de Sismo y se preguntaba si lograrían
sobrevivir a otro segundo de turbulencia. Sin decir nada, siguió al consejero
hasta el segundo nivel de la cápsula.
J'merlia
y Kallik no estaban a la vista.
—Se
lo dije —continuó Graves—. Están en la bodega de carga. Esos dos planean algo,
puede estar seguro. Écheme una mano.
Con
la ayuda de Rebka, quien no comprendía lo que hacían, el consejero llevó a Max
Perry y luego a Geni Carmel hasta el nivel superior de la cápsula. Darya Lang,
que todavía murmuraba al borde de la consciencia, fue dejada en su arnés.
Graves
colocó a Max Perry y a Geni Carmel en asientos a noventa grados el uno del otro
y los fijó en su posición.
—Asegure
bien esos arneses —ordenó a Rebka—. Cuídese de no tocar los brazos quemados de
Perry..., pero recuerde que no quiero que ninguno de los dos pueda soltarse.
Volveré dentro de un minuto. —Hizo un último viaje al nivel inferior. Cuando
volvió a aparecer, traía dos hipodérmicas en la mano derecha—. Aunque Darya
Lang se está despertando —le dijo—, primero acabemos con esto. No tardaremos
mucho. —Inyectó a Perry en el hombro con una jeringa y a Geni Carmel con la
otra—. Ahora, podemos comenzar. —Empezó a contar con voz alta.
La
inyección para despertar a Max Perry era muy potente. Antes de que Graves
contara hasta diez, Perry suspiró, giró la cabeza de un lado al otro y abrió
los ojos lentamente. Miró la cabina de la cápsula sin mostrar ningún interés,
hasta que su mirada se posó sobre Geni Carmel, que todavía continuaba
inconsciente. Entonces gimió y volvió a cerrar los ojos.
—Está
despierto —observó Graves con tono reprobatorio—. Así que no vuelva a dormirse.
Tengo un problema y necesito su ayuda. —Perry meneó la cabeza; sus ojos
permanecieron cerrados—. Estaremos de regreso en Ópalo dentro de unas horas
—continuó Graves—. La vida irá volviendo a la normalidad. Yo soy responsable de
la rehabilitación de Geni Carmel. Habrá audiencias formales en Shasta y en
Miranda, pero no se puede permitir que eso interfiera con el programa de
rehabilitación. Este debe comenzar de inmediato. La muerte de Elena vuelve muy
difícil el programa. Creo que sería desastroso permitir que Geni volviera a
Shasta, con todos los recuerdos de su hermana gemela, antes de que se encuentre
encaminada hacia la recuperación. Por otro lado, yo debo volver a Shasta y
luego ir a Miranda para la audiencia formal por el genocidio.
Se
detuvo. Perry todavía no había abierto los ojos.
Graves
se inclinó hacia él y bajó la voz.
—Eso
me deja con dos preguntas por responder. ¿Dónde debería comenzar la
rehabilitación de Geni Carmel? ¿Y quién supervisará el proceso de
rehabilitación si yo no estoy aquí? Ahí es donde necesito su ayuda, comandante.
He decidido que el programa de rehabilitación de Geni debería comenzar en
Ópalo. Y me propongo nombrarlo su guardián mientras se lleva a cabo.
Al
fin Graves había logrado abrirse paso. Perry se enderezó en el arnés. Sus ojos
inyectados en sangre se abrieron de par en par.
—¿De
qué diablos está hablando?
—Pensaba
que había sido lo suficientemente claro. —Graves sonreía—. Permítame decírselo
otra vez. Geni permanecerá en Ópalo durante al menos cuatro meses. Usted será
responsable de su bienestar mientras se encuentre aquí.
—No
puede hacer eso.
—Me
temo que se equivoca. Pregúntele al capitán Rebka si duda de mí. En cuestiones
como ésta, un miembro del Consejo tiene toda la autoridad para proceder con una
rápida rehabilitación. Y cualquiera puede ser puesto al servicio de ello. Eso
le incluye a usted.
Perry
miró a Rebka con furia y luego se volvió hacia Graves.
—No
lo haré. Tengo mi propio trabajo... de tiempo completo. Ella necesita a un
especialista. Yo no tengo idea de cómo tratar su problema.
—Puede
aprender, sin duda. —Graves señaló la otra silla con un movimiento de cabeza.
Geni despertaba lentamente respondiendo a su inyección menos fuerte—. Ya
comienza a oír. Para empezar, podría hablarle sobre Ópalo. Recuerde que ella
nunca ha estado allí, comandante. Será su hogar durante algún tiempo, y usted
sabe tanto como cualquiera sobre él.
—¡Espere
un minuto! —Perry se retorcía en su arnés y llamaba a Graves, quien ya empujaba
a Rebka fuera de la cabina—. Estamos atados. ¡No puede dejarnos así! Mírela.
Aunque
Geni Carmel no hacía ningún esfuerzo para liberarse del arnés, las lágrimas
corrían por sus mejillas pálidas, mientras observaba con horror o con
fascinación las manos y antebrazos mutilados de Perry.
—Lo
siento —dijo Graves por encima del hombro mientras él y Rebka comenzaban a
bajar hacia el nivel inferior de la cápsula—. Lo discutiremos más tarde; no
puedo hacerlo ahora. El capitán Rebka y yo debemos ocuparnos de algo muy
importante en la cubierta de abajo. Regresaremos.
Rebka
aguardó hasta que se hubieron alejado lo suficiente para volver a dirigirse a
Graves.
—¿Algo
de lo que ha dicho iba en serio?
—Todo
iba en serio.
—No
funcionará. Geni Carmel no es más que una niña. Con Elena muerta, ni siquiera
desea vivir. Usted sabe lo unidas que estaban: tanto que preferían morir antes
de ser separadas. Y Perry es un caso perdido; no está en condiciones de
cuidarla.
Julius
Graves se detuvo al pie de la escalera. Se volvió para mirar a Hans Rebka. Por
primera vez su rostro no aparecía sonriente ni haciendo muecas.
—Capitán,
cuando necesite a un hombre capaz de volar una nave recargada y escasa de
potencia como la Nave de los Sueños Estivales, abandonando un planeta que se
desmorona bajo los pies, para dirigirme al espacio, iré a buscarlo a usted. Es
muy bueno en su trabajo..., en su verdadero trabajo. ¿No puede hacerme el favor
de admitir que yo también lo soy en el mío? ¿No le parece concebible que pueda
cumplir bien con mi trabajo?
—Pero
esto no es su trabajo.
—Lo
cual sólo demuestra, capitán, lo poco que sabe sobre las obligaciones de un
miembro del Consejo. Puede creerme. Lo que estoy haciendo funcionará. ¿O
preferiría una apuesta? Digo que Max Perry y Geni Carmel tienen más
posibilidades de curarse uno al otro que nosotros de hacer algo útil por
cualquiera de ellos. Tal como usted dijo, ella no es más que una niña que
necesita ayuda; y Perry es un hombre que necesita desesperadamente brindar
ayuda. Durante siete años ha estado haciendo penitencia por su pecado de
permitir que Amy fuera con él a Sismo durante la Marea Estival. ¿No comprende
que haberse quemado los brazos de ese modo ayudará a su condición mental? Ahora
tiene la posibilidad de obtener la absolución total. Y su trabajo en Ópalo ha
finalizado. Podría irse hoy mismo. Perry estará bien. —Graves chasqueó los
dedos y le tendió la mano—. ¿Quiere apostar? Diga la cifra.
Rebka
se salvó de responder porque una voz furiosa sonó cerca de ellos.
—No
sé a quién agradecerle esto, ni pienso preguntarlo. ¿Pero alguien quiere
sacarme de aquí. Tengo trabajo que hacer.
Era
Darya Lang, completamente consciente y luchando para liberarse del arnés.
Aunque no se parecía a la tímida científica teórica que había arribado a Ópalo,
su destreza práctica todavía no había mejorado. En sus esfuerzos por liberarse,
había logrado enredar las correas, por lo que pendía boca abajo y apenas si
podía mover los brazos.
—Es
toda suya, capitán —dijo Graves de forma inesperada—. Yo iré en busca de
J'merlia y de Kallik. —Traspasó el escotillón que había a un costado de la
cabina y desapareció de la vista.
Rebka
se acercó a Darya Lang y estudió la forma en que el arnés se había enredado.
Cada vez entendía menos lo que ocurría. Habiendo escapado de Sismo, todos
podían haberse relajado salvo él. Sin embargo, cada uno parecía tener sus
propias ocupaciones. Darya Lang se mostraba impaciente y furiosa.
Rebka
tiró con suavidad de un punto del arnés y con fuerza de otro. El resultado fue
satisfactorio. Las correas se soltaron por completo, y Darya Lang fue
depositada suavemente sobre el suelo. El la ayudó a ponerse de pie y fue
recompensado con una sonrisa vergonzosa.
—¿Por
qué no he podido hacerlo sola? —Apoyó su pie herido en forma tentativa, se alzó
de hombros y pisó con más fuerza—. Lo último que recuerdo es que llegamos al
Umbilical y que Graves me atendía junto con Kallik. ¿Cuánto tiempo he estado
dormida? ¿Cuándo llegaremos a Ópalo?
—No
sé cuánto tiempo has dormido, pero han pasado unas veintitrés horas desde la
Marea Estival. —Rebka consultó su reloj—. Ya casi son veinticuatro. Deberíamos
aterrizar en Ópalo en un par de horas. Si podemos aterrizar. Han soportado una
buena paliza allí abajo. De todos modos, no hay prisa. Tenemos suficiente
comida y agua a bordo. Podríamos vivir en esta cápsula durante semanas...
Incluso volver a subir hasta la Estación Intermedia y permanecer allí
indefinidamente.
—De
ninguna manera. —Darya meneó la cabeza—. Yo no puedo esperar. Aunque sólo he
estado consciente durante algunos minutos, los he pasado maldiciendo al hombre
que me llenó de drogas. Tenemos que descender sobre la superficie de Ópalo.
Tienes que conseguirme una nave.
—¿Para
volver a casa? ¿Qué prisa tienes? ¿Hay alguien en Puerta Centinela que sepa
cuándo vas a regresar?
—Nadie.
—Cogió a Hans Rebka por el brazo y se apoyó contra él mientras se dirigían a la
diminuta cocina de la cápsula. Allí se sentó y se tomó su tiempo mientras se
servía una bebida caliente. Finalmente se volvió hacia él—. Pero te equivocas,
Hans. No iré a Puerta Centinela. Iré a Gargantúa. Necesitaré ayuda para llegar
allí.
—Supongo
que no la esperarás de mi parte. —Rebka apartó la vista, muy consciente de la
mano de Darya sobre sus bíceps—. Mira, yo sé que la nave de Nenda fue
arrastrada hacia allí y que ellos resultaron muertos. Tú no querrás morir
también. Gargantúa es un gigante gaseoso, un mundo helado... No podemos vivir
allí, ni tampoco los cecropianos.
—No
dije que la nave y la esfera fueran directamente hacia Gargantúa. No creo que
haya sido así. Es posible que se trate de una de sus lunas. Pero no lo sabré
hasta que llegue allí.
—¿Llegar
allí para hacer qué? Recuperar un par de cadáveres. ¿A quién le importa lo que
ocurrió con sus cuerpos? Atvar H'sial te dejó para que murieses; junto con
Nenda, abandonó a J'merlia y a Kallik. Aunque estuvieran con vida, y tú misma
dices que no es así, no merecen ayuda.
—Estoy
de acuerdo. No es por eso por lo que debo seguirlos. —Darya le entregó una
taza—. Cálmate, Hans. Bebe esto, y escúchame un minuto. Sé que en el Círculo
Phemus piensan que los de la Alianza somos unos soñadores incompetentes, así
como nosotros pensamos que vosotros sois unos bárbaros que no os molestáis en
lavaros...
—¡Uf!
—Pero
tú y yo hace tiempo que nos conocemos... lo suficiente para saber que esas
ideas son tonterías. Al menos reconoces que soy una buena observadora. No
invento cosas. Por lo tanto, déjame decirte lo que vi, no lo que pienso. Es
posible que nadie más lo entienda aquí, pero confío en que tú sacarás las
conclusiones correctas.
«Recuerda:
primero escucha, luego piensa y entonces reacciona; no al revés. —Se acercó a
Rebka y adoptó una posición en la que a él le resultaba difícil hacer otra cosa
que escucharla—.
«Cuando
nos elevamos sobre las nubes de Sismo, tú estabas demasiado ocupado pilotando
la nave como para mirar hacia atrás, y en el compartimiento posterior todos
habían quedado cegados por Mandel y Amaranto. Por lo tanto, nadie más vio lo
que yo vi: cómo se abría el interior de Sismo y los dos objetos que salían de
él. Uno de ellos se alejó y salió del plano de la galaxia. Lo perdí de vista en
menos de un segundo. Tú viste el otro. Partió hacia Gargantúa, arrastrando con
él la nave de Louis Nenda. Aunque eso fue significativo, ¡no fue lo importante!
Todos dijeron que Sismo estaba demasiado tranquilo tan cerca de la
Marea
Estival. Sé que nos pareció muy violento cuando nos encontrábamos allí. Pero no
lo era. Max Perry no dejaba de decirlo: ¿adonde va toda la energía?
»Pues
bien, ahora conocemos la respuesta a eso. Estaba siendo transformada y
almacenada para que, cuando llegara el momento indicado, el interior de Sismo
pudiese abrirse y expulsar a esos dos cuerpos... Naves espaciales, si piensas
que eso eran.
»Yo
vi cómo ocurría y tuve el atisbo de una respuesta a algo que me había tenido
desconcertada durante meses, mucho antes de abandonar Puerta Centinela.
»¿Por
qué Dobelle?
»¿Por
qué un lugar tan insignificante para un acontecimiento de tanta importancia?
»La
idea de visitar Dobelle se me ocurrió cuando calculaba el tiempo y el lugar
convergentes para los influjos que emanaban de todos los otros artefactos. Sólo
había una respuesta: Sismo durante la Marea Estival. Cuado lo propuse, los
especialistas en Constructores de la Alianza se rieron de mí. Dijeron:
"Mira, Darya. Aceptamos que existe un artefacto en el sistema Dobelle: el
Umbilical. Pero es una pieza menor en la tecnología de los Constructores. Es
algo que comprendemos; algo que no es misterioso ni grande ni complejo. No
tiene sentido que el foco de toda la actividad de los Constructores se
encuentre en una estructura tan inferior, en un lugar tan despreciable y poco
importante de la galaxia..." Lo siento, Hans, pero es así como la gente de
la Alianza ve a los mundos del Círculo Phemus.
—No
te disculpes —respondió de mal humor, alzándose de hombros—. Muchos de nosotros
también vemos así a los mundos del Círculo y vivimos aquí. Intenta pasar un fin
de semana en Teufel alguna vez, si puedes soportarlo.
—Bueno,
no importa lo que dijeran sobre el Círculo Phemus y el Umbilical; no podían
discutir contra un análisis estadístico. Ellos mismos lo repitieron y
descubrieron que en verdad todo señalaba hacia Dobelle y hacia Sismo durante la
Marea Estival. Tuvieron que aceptar que tenía razón. El problema fue que me vi
obligada a estar de acuerdo con ellos. No tenía sentido que Dobelle fuese el
sitio escogido para un suceso importante. Quiero decir que fui yo quien había
escrito la descripción del Umbilical en el catálogo: "Uno de los más
simples y comprensibles de todos los artefactos de los Constructores". La
gente sólo repetía mis propias palabras.
»Por
lo tanto, quedé muy desconcertada al llegar aquí. Todavía lo estaba cuando tú
nos llevaste sobre las nubes, tratando de salir de Sismo en una pieza. No
lograba comprender el hecho de que Dobelle fuese el punto de convergencia.
»Pero
entonces vi ese pulsante rayo de luz proyectado desde Gargantúa, y observé cómo
Sismo se abría entero frente a mis ojos. Justo antes de desvanecerme, comprendí
que todos nos habíamos estado olvidando de algo obvio.
»Todas
las referencias a la estructura de la galaxia hacen el mismo comentario:
"El sistema Dobelle es una de las maravillas naturales del brazo
espiral." ¿No es maravilloso, dicen los libros, la forma en que
interactúan los campos gravitatorios de Amaranto, Mandel y Gargantúa, arrojando
a Dobelle en una órbita de exquisito equilibrio, una órbita tan exacta que una
vez cada trescientos cincuenta mil años todos los intérpretes se alinean
exactamente para la Marea Estival y la Gran Conjunción? ¿No es sorprendente?
»Bueno,
sí es sorprendente... si tú lo crees. Pero hay otra forma de ver las cosas. El
sistema Dobelle no sólo contiene un artefacto, el Umbilical. ¡El sistema
Dobelle es un artefacto! —Volvió a coger el brazo de Rebka, arrebatada por su
propia visión—. Toda su órbita y su geometría fueron creadas por los
Constructores, diseñadas para que una vez cada trescientos cincuenta mil años
Mandel, Amaranto y Gargantúa se acerquen tanto a Sismo que pueda tener lugar
una interacción especial entre ellos. En el interior de Sismo algo captura y
utiliza esas energías producidas por las mareas.
«Antes
de venir a Sismo, pensé que los mismos Constructores podían encontrarse aquí...
Tal vez incluso aparecer en esta Marea Estival particular. Me equivoqué. La
Gran Conjunción sirve como gatillo para la partida de esas esferas, naves, o lo
que sean, de Dobelle. No sé dónde fue la primera... Fuera de la galaxia, me
pareció. Pero tenemos la suficiente información para rastrear la otra, la que
fue hacia Gargantúa. Si queremos saber más sobre los Constructores, es allí
adonde debemos dirigirnos.
»¡Y
pronto! Antes de que finalicen con lo que hayan ido a hacer cerca de Gargantúa,
y tengamos que esperar otros trescientos cincuenta mil años para una nueva
oportunidad.
Al
fin Rebka pudo tomar la palabra y formular una pregunta.
—¿Estás
sugiriendo que Sismo se abre y que algo sale de su interior en cada Gran
Conjunción?
—No
me cabe duda. Ése es el propósito de la Gran Conjunción: proporciona el
disparador y la energía necesarias para abrir el interior de Sismo. Así que
cuando éste se abre...
—Darya,
yo no soy ningún teórico —pudo intervenir de nuevo Rebka—. Pero te equivocas.
Si quieres una prueba, ve a hablar con Perry.
—Él
no estaba mirando lo que ocurría cuando abandonamos Sismo.
—Ni
yo tampoco. Max y yo teníamos otras cosas en mente. Cuando llegué a Ópalo, pedí
información sobre la historia del doblete. La historia de Ópalo es difícil de
determinar, porque el planeta no posee ninguna superficie permanente. Pero
Perry me enseñó el análisis de un fósil descubierto en Sismo. La gente lo ha
estudiado en los primeros años de la colonización de Dobelle, porque
necesitaban saber si la superficie de Sismo era lo suficientemente estable para
sobrevivir durante la Marea Estival.
»No
lo es para los humanos. Nosotros mismos lo hemos probado bastante bien. Sin
embargo, ha existido vida nativa en Sismo durante cientos de millones de años,
desde mucho antes de que el planeta entrara en su órbita actual. Y cualquier
apertura reciente del interior de Sismo, como la que tú viste, aparecería
claramente como una anomalía en el registro de fósiles.
Conectó
un monitor y buscó una imagen del espacio sobre la cápsula. Mandel y Amaranto
eran visibles, todavía enormes en el cielo, aunque habían perdido brillo. La
certeza de que estarían en mengua durante un año más era confortante. A medida
que se apagaban las compañeras estelares, Gargantúa resplandecía más en el
cielo a su derecha. Pero el planeta gigante había pasado su propio periastro, y
el disco castaño anaranjado ya se veía más pequeño. Ningún rayo cegado se
proyectaba desde Gargantúa ni desde ninguno de sus satélites. Sismo pendía
sobre la cápsula; su superficie se veía oscura y pacífica.
—¿Lo
ves, Darya? En todo el registro de fósiles no hay evidencias de profundas
perturbaciones en Sismo, de nada comparable a lo que tú viste. Ni hace tres
años, ni trescientos, ni trescientos cincuenta mil. Hasta donde la gente puede
rastrear la historia de su superficie, el interior de Sismo ha estado cerrado.
Y eso se remonta a, al menos, cinco millones de años.
Esperaba
que Darya quedase aplastada por sus argumentos. Sin embargo, ella volvió más
fuerte que nunca.
—Esta
Gran Conjunción ha sido especial. Lo que vuelve más importante averiguar por
qué. Hans, permíteme decirte esto. Tú puedes regresar a tu trabajo en el
Círculo Phemus mañana. Pero yo no puedo volver a Puerta Centinela. Todavía no.
Tengo que seguir adelante y echar un vistazo a Gargantúa. No he pasado toda mi
vida adulta estudiando a los Constructores y luego he venido hasta aquí para
detenerme cuando las cosas comienzan a ponerse interesantes. Tal vez los
Constructores no se encuentren cerca de Gargantúa...
—Estoy
seguro de que no es así. La gente los hubiese descubierto cuando exploraron por
primera vez el sistema Mandel.
—Pero
hay algo allí. La esfera que se llevó la nave de Nenda no sólo estaba
abandonando Sismo. Se dirigía a alguna parte. Debo conseguir una nave y
apresurarme en llegar allí. De otro modo podría perder el rastro por completo.
Ella
todavía se aferraba a su brazo, con la suficiente fuerza como para causarle
dolor.
—Darya,
no puedes correr a Gargantúa de ese modo. Al menos no por tu cuenta. Te
matarías. La parte externa del sistema Mandel es fría y hostil. No es un sitio
fácil, ni siquiera para exploradores expertos. En cuanto a ti, proviniendo de
un mundo bonito y civilizado como Puerta Centinela...
Hans
Rebka se detuvo. Primero lo había sorprendido haciéndole perder el conocimiento
por accidente. Luego lo había llevado a su caverna bajo la cascada, cuidándolo
como nadie lo había cuidado jamás. Y ahora quería volver a sorprenderlo. Debía
tener mucho cuidado y no comprometerse a nada.
—No
sé cómo conseguir una nave —le dijo—. Es pedirle demasiado a la gente de
Ópalo... No tendrán recursos de sobra después de la Marea Estival. Veré qué
puedo hacer.
Darya
Lang le soltó el brazo, pero sólo porque tenía otras cosas en mente. Su abrazo
de oso fue interrumpido por una tos en la escalera. Julius Graves había
reaparecido en la cabina. Detrás de él venían J'merlia y Kallik.
Graves
hizo una seña para que J'merlia se adelantase.
—Ve.
Dilo tú mismo... —Se volvió hacia Rebka—. Le dije que planeaban algo. Y les he
dicho a ellos que estas cosas no dependen de mi decisión, aunque sí tengo una
opinión al respecto.
J'merlia
vaciló hasta que Kallik le dio un fuerte empujón con uno de sus puntiagudos
codos, acompañado por un silbido que sonaba como:
—D-ddd-diii-lo.
—Ya
lo creo que lo haré, honorable capitán. —J'merlia se disponía a hincarse frente
a Rebka, pero un gruñido de advertencia de Graves le detuvo—. Distinguidos
humanos, la hymenopt Kallik y yo hacemos frente a un grave problema. Suplicamos
su ayuda, a pesar de que no hemos hecho nada para merecerla. Jamás lo haríamos,
si encontráramos una forma de proceder sin solicitarla. Ya hemos sido una carga
para ustedes. De hecho, por nuestra propia estupidez, en el planeta Sismo hemos
puesto en peligro las vidas de...
Esta
vez tanto el gruñido como el codazo provinieron de Julius Graves.
—¡Dilo
de una vez!
—Sí,
por supuesto, honorable Consejero —J'merlia miró a Rebka y se encogió de
hombros en un gesto de disculpa casi humano—. El asunto, distinguido capitán,
es que, al abandonar Sismo, la hymenopt Kallik y este humilde servidor creímos
que Louis Nenda y Atvar H'sial estaban muertos, o bien que habían decidido, con
todo su derecho, no volver a hacer uso de nuestros servicios. Aunque ambas
posibilidades nos resultaban terriblemente inquietantes, no vimos ninguna
alternativa salvo aceptarlas. De ese modo nos veríamos obligados a regresar a
nuestros mundos y buscar nuevos amos a quienes brindar servicio. Sin embargo,
hace unos pocos minutos, escuchamos que los amos Nenda y Atvar H'sial habían
escapado de la superficie de Sismo.
—Es
cierto —Rebka miró a Darya—. Pero la profesora Lang vio lo que ocurrió, y tanto
Nenda como Atvar H'sial resultaron muertos.
—Sé
que piensan eso. Sin embargo, Kallik señala que podría no ser así. Dice que, si
la nave fue gravitatoriamente acelerada en su partida, los seres vivos de su
interior no habrían sentido ninguna fuerza actuando sobre ellos... Habría sido
como una caída libre. Así pues, habían sido llevados con vida hacia Gargantúa,
en contra de su voluntad, y podrían estar necesitando ayuda en este momento. De
ser así, el deber de la hymenopt Kallik y de este humilde servidor es ir tras
ellos. Son nuestros dueños. No podemos abandonar el sistema Mandel hasta estar
seguros de que o bien no desean o bien no pueden hacer uso de nuestros
servicios. Por lo tanto, teniendo todo esto en mente y con la debida
consideración hacia la posibilidad de que.... ¡Ufff!
J'merlia
había recibido otro codazo de Kallik. La punta del aguijón de la hymenopt
apareció y tocó uno de sus miembros traseros. J'merlia se estremeció y dio un
paso adelante.
—¿Sabías
que durante un tiempo —dijo Julius Graves con tono afable— la profesora Lang
estuvo convencida de que tú eras incapaz de mantener una conversación
independiente? Ahora es probable que lamente haberse equivocado.
—Lo
siento, consejero. Estoy acostumbrado a traducir los pensamientos, no a
crearlos. Pero, en resumen, Kallik y yo solicitamos que nos presten una nave y
que se nos permita seguir al amo Nenda y a Atvar H'sial hasta Gargantúa o a
donde quiera que conduzca su rastro.
—No
—respondió Rebka de inmediato—. Definitivamente no. Rechazo su petición. Ópalo
está demasiado ocupado saliendo de la Marea Estival para perder el tiempo
buscando naves espaciales.
Kallik
chasqueó y silbó con impaciencia.
—Eso
no será necesario —replicó J'merlia—. Tal como señala Kallik, no necesitamos
descender a Ópalo. Contamos con una nave disponible: la Nave de los Sueños
Estivales. Se encuentra en la Estación Intermedia. Sería sencillo regresar allí
y devolverle toda su potencia. Encontraremos provisiones suficientes en la
estación. Y Kallik y yo estamos seguros de poder pilotar la nave.
—Con
una pasajera —dijo Darya Lang—. Yo también iré.
—Estás
herida —protestó Rebka, mirándola con ira—. Estás demasiado enferma para
viajar.
—Estoy
lo suficientemente bien. Terminaré de curarme de camino a Gargantúa. ¿Me estás
diciendo que un pie quemado te impediría a ti cumplir con tu trabajo, si
estuvieras en mi posición?
—Pero
la Nave de los Sueños Estivales no es propiedad del sistema Dobelle. —Hans
Rebka evitó responder a su pregunta y lo intentó por otro camino—. Ni Max Perry
ni yo tenemos autoridad para permitirles utilizar esa nave.
—Estamos
de acuerdo —asintió J'merlia con amabilidad—. El permiso tendrá que provenir de
Geni Carmel, por supuesto, ya que ella es la dueña.
—¿Y
qué les hace pensar que dirá que sí?
Julius
Graves tosió con suavidad.
—Bueno,
capitán, en realidad ya he discutido la cuestión con la pobre Geni. Ella dice
que nunca quiere volver a ver la nave ni escuchar hablar de ella. Le pertenece
a usted, siempre y cuando desee utilizarla.
Rebka
miró al otro hombre. ¿Por qué todos parecían suponer que él también iría?
—Sigue
siendo no, consejero. Así pues, tenemos una nave. Eso no cambia las cosas.
J'merlia
inclinó la cabeza y se agachó, mientras Kallik silbaba decepcionada. Fue Julius
Graves quien asintió con la cabeza y dijo suavemente:
—Sin
duda la decisión es suya, capitán. ¿Estaría dispuesto a compartir conmigo la
lógica de su pensamiento?
—Por
supuesto que sí. Permítame comenzar con una pregunta. Usted conoció a Louis
Nenda y a Atvar H'sial. ¿Iría usted a Gargantúa en busca de sus cuerpos?
Rebka
tenía bastante clara su propia posición. La idea de ir en busca de gente que
había tratado de destruirte era un error, a menos que uno se propusiese ir a
matarlos.
—¿Yo?
¿Ir a Gargantúa? —Graves alzó las cejas—. Claro que no. En primer lugar, es
imperativo que regrese a Miranda. Aquí ya he cumplido mi misión. Además,
considero que Atvar H'sial y Louis Nenda son dos criminales peligrosos. Si
fuese a Gargantúa —cosa que no pienso hacer, ya que creo que están muertos—,
sería sólo para arrestarlos.
—Muy
bien. Yo siento lo mismo, consejero. —Rebka señaló a Kallik—. ¿Sabe cómo hacía
Louis Nenda para controlarla? Se lo diré. Utilizaba un látigo y una correa.
Decía que Kallik era su mascota, pero nadie debería tratar a una mascota de ese
modo. Aunque no era una igual para él, tampoco era una mascota. Era una esclava
oprimida y desechable. Estuvo dispuesto a dejarla para que muriese en Sismo.
Antes de venir a Ópalo, Kallik comprendía muy poco del idioma humano; sólo
porque él la había privado de la posibilidad de aprender. Sin embargo, fue
Kallik quien realizó todos los cálculos que indicaban que algo único ocurriría
durante la Marea Estival. Fue ella, y no Nenda, quien lo hizo. Es mucho más
inteligente que él. ¿No es cierto?
—Muy
cierto. —Julius Graves tenía una pequeña sonrisa en el rostro—. Por favor,
continúe.
—Y
J'merlia no estaba mucho mejor. La forma en que era tratado al llegar a Dobelle
era un absoluto disparate. Me sorprende que usted, que es el especialista en
cuestiones éticas, no lo haya notado antes que nadie. Atvar H'sial convertía a
J'merlia en una nulidad. Ahora habla libremente...
—Eso
es una forma de definirlo.
—Cuando
la cecropiana estaba cerca, J'merlia se sentía demasiado asustado como para
pronunciar una palabra. Era totalmente pasivo. Todo lo que hacía era
interpretar sus pensamientos para nosotros. Él tiene un cerebro, pero nunca se
le permitió utilizarlo. Le preguntaré algo, consejero. ¿Cree que Louis Nenda y
Atvar H'sial han hecho algo para merecer su lealtad?
—No.
—¿Y
no es un error que seres racionales y razonables como ellos sean tratados de
ese modo, que todas sus acciones sean controladas por otros?
—Es
más que un error, capitán, es intolerable. Y estoy encantado de ver que usted y
yo tenemos opiniones idénticas. —Julius Graves se volvió hacia los
alienígenas—. El capitán Rebka está de acuerdo. Ustedes son seres maduros y
racionales. El capitán dice que sería un error permitir que sean controlados
por otras personas. Por lo tanto, no podemos mandar sobre sus acciones. Si
desean coger una nave para buscar a Louis Nenda y Atvar H'sial, están en su
perfecto derecho.
—Espere
un minuto. —Rebka vio la sonrisa en el rostro de Julius Graves y oyó un silbido
triunfante de Kallik—. ¡Yo no he dicho eso!
—Sí,
Hans, lo has dicho. —Darya Lang también se reía de él—. Yo te he oído, al igual
que el consejero Graves. Él tiene razón. Si no estaba bien que Nenda y Atvar
H'sial controlasen a Kallik y a J'merlia, tampoco estaría bien que lo
hiciéramos nosotros. En realidad, sería peor, ya que lo haríamos de forma más
consciente.
Rebka
miró al grupo que lo rodeaba; de los dementes y empañados ojos azules de Julius
Graves, pasando por los rostros inescrutables de J'merlia y Kallik, hasta
llegar a la sonrisa de Darya Lang.
Había
argumentado y perdido en todos los frentes. Y, curiosamente, no le importaba.
Comenzaba a sentir el cosquilleo de curiosidad que había experimentado cuando
planeaban un descenso sobre Paradoja. Sin duda se encontrarían con problemas;
pero éstos requerirían acción, no los manipuleos psicológicos que a Graves le
resultaban tan sencillos y naturales.
¿Y
qué podían llegar a encontrar en Gargantúa? Esa pregunta quedaba abierta.
¿Estarían vivos o muertos Atvar H'sial y Louis Nenda?
Hans
Rebka suspiró mientras la atmósfera comenzaba a silbar a lo largo de las
pulidas paredes de la cápsula.
—Muy
bien, consejero. Los dejaremos a usted, a Max y a Geni en Ópalo. El resto de
nosotros volverá a subir por el Umbilical hasta la Estación Intermedia. Allí
abordaremos la Nave de los Sueños Estivales. Lo que nos espera allá en
Gargantúa...
—Nadie
lo sabe —interrumpió Darya—. Anímate, Hans. Es como la Marea Estival y un poco
como la vida. Si supieras exactamente lo que va a ocurrir, no valdría la pena
hacer el viaje.
FIN
Sobre
el autor
Charles
Sheffield nació en Inglaterra en 1935, se educó en el St. John's College de
Cambridge, estudió Ciencias Matemáticas y obtuvo el doctorado con una tesis
sobre Física Teórica (relatividad general y gravitación). Con nacionalidad
americana, vive en Silver Spring, Maryland, está casado y tiene cuatro hijos.
Presidente
de la American Astronautical Society y miembro de la British Interplanetary
Society, trabaja como científico en jefe de la Earth Satellite Corporation. Es
un especialista mundial en tecnología espacial y ha sido consultado repetidas
veces por varios comités del Congreso de Estados Unidos de América. Su famoso
estudió EARTH WATCH trata de la observación de la Tierra por satélites y ha
sido traducido a varias lenguas. Ha escrito una cincuentena de artículos y
comunicaciones científicas y más de dos docenas de artículos de divulgación
científica.
Su
primera publicación en el campo de la ciencia ficción fue el relato What Song
The Sirens Sang aparecido en ANALOG en 1977. Ha sido también presidente de
Science Fiction Writers of America entre 1984 y 1986. Durante varios años ha
escrito una columna periódica en THRUST, uno de los más interesantes fanzines
estadounidenses. Se le ha calificado como «Uno de los talentos más imaginativos
y apasionantes aparecidos en la ciencia ficción de los últimos años»
(Publishers Weekly), y se le ha bautizado también como «El Asimov o Clarke del
futuro» (Noumenon).
Su
primera novela es SIGHT OF PROTEUS (1978), en la segunda, titulada LA TELARAÑA
ENTRE LOS MUNDOS (1979, NOVA ciencia ficción, número 21), introdujo la noción
del ascensor espacial simultáneamente a la novela de Arthur C. Clarke Las
fuentes del paraíso. En LAS CRÓNICAS DE MCANDREW (1983, NOVA ciencia ficción,
número 34) introdujo la noción de la «propulsión cuántica», que posteriormente
ha sido utilizada también por Arthur C. Clarke en Cánticos de la lejana Tierra.
Otras
novelas son: MY BROTHER'S KEEPER (1982), que está siendo llevada al cine, ENTRE
LOS LATIDOS DE LA NOCHE (1985, NOVA ciencia ficción, número 4), LA CAZA DE
NIMROD (1986, Libro Amigo de Ediciones B, número 54) y también THE SELKIE, esta
última en colaboración con David Bischoff. Sus primeros relatos se recogieron
en las antologías Vectors (1979) y Hidden Variables. También ERASMUS MAGISTER
(1982) está formada por tres relatos que tienen por protagonista al científico
inglés Erasmo Darwin (1731-1802).
Autor
de gran éxito, los últimos años han visto una gran profusión de sus novelas,
siempre entretenidas y sugerentes. Las más destacables son TRADER'S WORLD
(1988), PROTEUS UNBOUND (1989), THE JUDAS CROSS (1991), COLD AS ICE (febrero
1992), y BROTHER TO DRAGONS (noviembre 1992). Especial interés merece la serie
del «Universo heredado» (The Heritage Universe), iniciada con MAREA ESTIVAL
(febrero 1990, NOVA ciencia ficción, número 58), desarrollada en DIVERGENCE
(febrero 1991) y TRANSCENDENCE (abril 1992) y con el final previsto en
CONVERGENCE: THE RETURN OF THE BUIDERS, todavía inédita.


Publicar un comentario