© Libro N°. 2967. Los Talismanes De Shannara. Brooks, Terry. Colección
E.O. Julio 23 de 2016.
Título original: © The Talismans of Shannara
Versión Original: © Los Talismanes De Shannara. Terry Brooks
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS TALISMANES DE SHANNARA
Terry Brooks
TIMUN MAS
Título original: The Talismans of Shannara
Para
todos mis amigos de Del Rey Books,
ahora
y siempre.
¡Cómo
hemos disfrutado!
1
Walker
Boh parpadeó. Era un día de una luminosidad intensa, de esos que la luz del Sol
deslumbra y los colores brillan con tal intensidad que casi hieren la vista.
Los cielos estaban completamente despejados, un vacío azul que se prolongaba
sin fin. Fuera de ese vacío y de esos cielos brillaba el Sol de mediodía, un
resplandor candente que sólo podía contemplarse entrecerrando los ojos y
desviando rápidamente la vista. Inundó las Cuatro Tierras realzando con
limpidez los colores de finales de verano, incluso los monótonos tonos marrones
de la hierba seca y la tierra polvorienta, y de manera especial los verdes de
los bosques y prados, los azules de los ríos y lagos, los grises acero y los
cobrizos oscuros de las montañas y los llanos. El calor del Sol ascendía en oleadas
en aquellos lugares donde no había viento que refrescara el aire, pero incluso
en ellos todo parecía cincelado con la precisión de un artesano y daba la
impresión de que un simple grito agudo podía hacerlo añicos.
Era
un día para vivir, en el que todas las promesas alguna vez formuladas podían
cumplirse, y todas las ilusiones y sueños concebidos podían hacerse realidad.
Era un día para reflexionar sobre la vida y en el que los pensamientos sobre la
muerte parecían fuera de lugar.
Walker
esbozó una amarga sonrisa. Le hubiera gustado hallar el modo de hacer
desaparecer tales pensamientos.
Estaba
solo fuera de las murallas de Paranor, en el extremo noroeste bajo una
configuración de parapetos que sobresalían formando un saliente, mirando al
otro lado de la extensión de tierra. Estaba allí desde el amanecer, tras
haberse escabullido por las puertas del norte, mientras los cuatro jinetes se
reunían en las del oeste para hacer su desafío diario. Habían transcurrido casi
seis horas y los Espectros no lo habían descubierto. Una vez más se había
protegido con una capa de invisibilidad. El hechizo había funcionado antes,
había alegado al exponer a Cogline su plan. ¿Por qué no iba a volver a hacerlo?
Y de
momento había funcionado.
La
luz del Sol bañaba las paredes de los Dientes del Dragón, persiguiendo hasta
las sombras más persistentes, lavando la lisa y árida superficie de las rocas.
Por encima de la hilera de árboles que delimitaban el bosque veía el norte, las
desiertas extensiones de los llanos de Streleheim. Entre los árboles que
rodeaban el alcázar vislumbraba el azul de los arroyos y estanques, y los
pájaros cantores volaban en brillantes explosiones de color que sorprendían y
deleitaban a la vista.
Walker
Boh respiró profundamente el aire del mediodía. En un día como ése, todo era
posible. Todo.
Iba
vestido con ropas grises y holgadas sujetas por la cintura, y se había quitado
la capucha, cayéndole el pelo negro sobre los hombros. Llevaba barba, pero
recortada y peinada. Por supuesto, nada de todo eso se veía. Para cualquiera
que pasara, y en concreto para los Espectros, no era más que un trozo de pared.
El reposo y la comida le habían devuelto las fuerzas, y la mayoría de las
heridas que había sufrido tres días atrás estaban curadas u olvidadas. No se
había detenido a pensar en lo ocurrido salvo de pasada. Estaba concentrado en
lo que ocurriría a continuación, ese día, en ese instante.
Era
el décimo día del sitio de los Espectros, el día que se proponía acabar con él.
Cuando
uno de los cuatro jinetes apareció ante él, miró por encima del hombro hacia el
muro del castillo. Era Hambre, que doblaba la esquina del muro norte, un
esqueleto encorvado sobre su montura, sin mirar ni a izquierda ni a derecha al
hacerlo, absorto en su peculiar forma de locura. Gris como la ceniza y efímero
como el humo, siguió avanzando con los hombros caídos. Pasó a escasa distancia
de Walker Boh, pero no levantó la vista.
Hoy,
se dijo el último de los druidas.
Volvió
a mirar hacia el valle pensando en otros momentos y otros lugares, en la
historia que le había precedido, en todos los druidas que habían ido a Paranor
y lo habían convertido en su hogar. En otro tiempo habían sido miles, pero,
salvo uno, todos murieron cuando el Señor de los Hechiceros, hacía ya mil años,
los había encerrado allí. Sólo Bremen había logrado sobrevivir, convirtiéndose
en el único portador de esperanza para las Razas y ejecutor de la magia del
druida. A su muerte fue sucedido por Allanon, y tras el fallecimiento de éste,
sólo quedaba Walker Boh.
Llevaba
prendida a la espalda con un alfiler la manga vacía del brazo que le faltaba.
Alargó su único brazo para comprobar si le tiraba, tocándose el hombro y la
carne cicatrizada unos centímetros más abajo. Apenas recordaba ya la sensación
de tener dos brazos. Era extraño que le resultara tan difícil recordarla. Pero
habían ocurrido muchas cosas en las semanas transcurridas desde su encuentro
con el Áspid, y él había cambiado tanto que cabía esperar que no recordara nada
de su antigua vida. Incluso la cólera y la desconfianza que había sentido hacia
los druidas habían desaparecido, inútiles para alguien que se había convertido
en su sucesor. El desprecio que había sentido por los druidas pertenecía al
pasado. Del mismo modo que había desaparecido la ira que había sentido hacia el
Estanque Sombrío, relegándola a ese mismo pasado. El Estanque Sombrío había
hecho todo lo posible por destruirlo, pero sin éxito. No iba a tener otra
oportunidad. El Estanque Sombrío era una sombra en una tierra de tinieblas. Nunca
saldría de ella, y Walker no volvería a verlo. El pasado se había llevado a Pe
Eltar y al Rey de Piedra. Pero Walker había encontrado la manera de sobrevivir
a todos los enemigos que se habían levantado contra él, y éstos eran ahora
meros recuerdos frente a las exigencias de su vida actual.
Walker
respiró profundamente, cerró los ojos y se refugió en sí mismo. Guerra pasaba
ahora, todo filos cortantes y púas, relucientes chapas blindadas y agujeros
para respirar. Walker ignoró a los Espectros. Sumergido en el silencio y la paz
que reinaban en su interior, reflexionó de nuevo en los acontecimientos que se
avecinaban. Repasó paso a paso el plan que había concebido mientras se curaban
sus heridas, visualizando los acontecimientos que iba a provocar y sus
consecuencias, que debía controlar. Esta vez no iba a dejar nada al azar. No
habría tanteos, ni medidas intermedias, ni clemencia. Triunfaría o...
Esbozó
una débil sonrisa.
O no
triunfaría.
Abrió
los ojos y miró al cielo. El mediodía había dado paso a la tarde, pero el Sol
aún no deslumbraba ni era la hora de más calor, por lo que decidió esperar un
poco más. La luz y el calor eran sus aliados frente a los Espectros, por eso se
hallaba allí a esas horas. El plan anterior había consistido en escabullirse en
la oscuridad, cuando la oscuridad favorecía a los jinetes porque eran criaturas
nacidas de ella y de ella sacaban sus fuerzas. Walker, con la magia del druida,
encontraría su fuerza en la claridad.
Al
fin y al cabo, iba a ser una medición de fuerzas que determinaría quién viviría
y quién moriría ese día.
Fuerzas
de toda clase.
Recordó
su última conversación con Cogline. Estaba a punto de amanecer y se disponía a
salir, cuando oyó un movimiento en las escaleras que bajaban a través de las
torres de entrada al patio donde él estaba, y apareció Cogline. Su cuerpo
enjuto se separó de las sombras con un suave frufrú de ropas y una respiración
fatigada. Volvió hacia Walker su rostro marcado y cubierto de barba rala bajo
los bordes de su capucha raída, y luego desvió la vista. Se acercó y se detuvo
de cara a la puerta.
—¿Estás
listo? —preguntó.
Walker
hizo un gesto de asentimiento. Ya habían hablado de ello, o al menos de todo lo
que Walker había estado dispuesto a hablar. No había nada más que decir.
Las
manos del anciano, tan delgadas que casi eran transparentes, se posaron sobre
los baluartes que protegían y soportaban la entrada revestida de hierro.
—Déjame
ir contigo —murmuró Cogline.
—Ya
lo hemos discutido —respondió él.
—Cambia
de opinión, Walker. Déjame ir. Me necesitarás.
—No.
Tú y Rumor esperaréis aquí... Quédate junto a la puerta y ábreme si el plan no
funciona —respondió Walker, recordando su seguridad anterior.
—Si
no funciona, no hará falta que te abra —insistió Cogline, apretando las
mandíbulas.
Era
cierto, pensó Walker. Pero eso no cambiaba las cosas. No iba a permitir que el
anciano y el gato del páramo lo acompañaran. No pensaba cargar también con la
responsabilidad de sus vidas. Bastante tenía ya con mantenerse entero él.
—Crees
que no puedo cuidar de mí mismo —dijo el anciano como si le leyera el
pensamiento—. Olvidas que estuve años cuidando de mí antes de tu llegada...
antes de que hubiera ningún druida. En cambio, yo he cuidado de ti.
—Lo
sé —respondió Walker.
—Podría
tener que volver a hacerlo. Podría ocurrir que me necesitaras allí fuera
—insistió el anciano, moviéndose inquieto. Volvió su rostro cubierto por la
capucha hacia Walker—. Soy viejo, Walker. He vivido mucho... toda una vida. Ya
no importa tanto lo que me ocurra.
—A
mí sí me importa.
—Pues
no debería importarte ni lo más mínimo —respondió Cogline subrayando sus
palabras—. ¿Por qué debe importarte? ¿Desde cuándo te preocupo tanto? Fui yo
quien te metió a rastras en esto. Fui yo quien te persuadió para que fueras al
Cuerno del Infierno y leyeras la Historia de los druidas. ¿Lo has olvidado?
—No,
no lo he olvidado —respondió Walker haciendo un gesto negativo—. Pero quien
tomó las decisiones importantes fui yo, no tú. Ya hemos hablado también de
esto. Tú has sido, como yo, un títere en manos de los druidas. Todo se decidió
hace trescientos años, cuando Allanon confió en Brin Ohmsford el destino del
linaje. Tú no tienes la culpa de nada.
—Tengo
la culpa de todo lo que ha ocurrido en mi vida y en la tuya, Walker Boh
—respondió Cogline con los ojos empañados por las lágrimas y adoptando una
expresión distante—. Yo elegí seguir el camino del druida para a continuación
abandonarlo. Elegí las ciencias antiguas para aprender de ellas, para
recuperarlas en la medida de lo posible. Me convertí en una criatura de los dos
mundos, druida y hombre, tomando de cada uno lo que necesitaba, guardando lo
que codiciaba, robando de los dos. Soy el vínculo entre el pasado y el
presente, lo nuevo y lo antiguo, y Allanon me utilizó como tal. ¿Hasta qué
punto lo que yo soy ha hecho posible tu transformación, Walker? ¿Hasta dónde
habrías llegado si yo no te hubiera empujado para que continuaras? ¿Crees por
un momento que no me di cuenta? ¿O que Allanon no lo vio? No, no estoy libre de
culpa. No puedo librarme de ella, descargándola sobre ti.
—Entonces
no intentaré liberarte, anciano —replicó Walker recordando la vehemencia de su
voz, la dureza que había dejado traslucir, la insistencia que había
transmitido—. Pero tampoco me liberaré a mí mismo. Tú no has tomado las
decisiones por mí, ni has impedido que yo las tomara. Sí, había razones de peso
para tomar la decisión que tomé, pero tales razones me las sugeriste después de
que yo las hubiera considerado. Además, creo que también tú me debes a mí algo.
Sin mí, ¿qué papel habrías desempeñado en todo esto? ¿Habrías sido algo más que
un mensajero para Par y Wren si no hubieras estado unido también a mí? Creo que
no.
El
rostro del anciano se había refugiado en la sombra de la capucha al ver la
inflexibilidad de Walker, oyendo su determinación.
—Me
serás más útil esperando aquí —concluyó Walker, cogiéndole del brazo—. En el
pasado siempre has comprendido la importancia de saber cuándo era el momento de
actuar y cuándo no. Hazlo de nuevo por mí.
La
conversación había terminado, y Cogline se había quedado allí hasta que el
ruidoso desafío de los Espectros había reverberado a través de los muros de
piedra de Paranor, y Walker había salido al trémulo amanecer para enfrentarse a
él.
Fuerzas
de toda clase, se repitió al cobijo del muro del alcázar, oyendo cómo se
acercaba el siguiente Espectro rodeándolo. Necesitaba ante todo la resolución
de Cogline, una firme determinación para no sucumbir ante los dictados más
duros de la vida si quería sobrevivir aquel día. Hambre, Peste, Guerra y
Muerte, los cuatro jinetes del Apocalipsis, habían ido a exigir la entrega de
su alma. Pero aquel día él era el Destino, y el Destino determinaría la suerte
de todos.
Levantó
la vista cuando apareció Peste, y se irguió ligeramente. Había llegado el
momento.
Walker
Boh esperó a la sombra del muro como una presencia invisible mientras se
acercaba el jinete, que llegó aletargado y ensimismado a lomos de su montura,
un enjambre de insectos zumbones y transportadores de la plaga reunidos en la
forma de un hombre. Peste carecía de facciones y, por tanto, de expresión, y
Walker no tenía forma de saber lo que veía o pensaba. Pasó por su lado sin
detenerse, con las garras de su montura arañando la tierra. Walker la siguió,
acomodándose a su paso. El manto de invisibilidad impedía que pudiera ser visto
y el ruido que la montura hacía al avanzar, ser oído. Walker había considerado
la posibilidad de utilizarlo para despistar a los Espectros, pero recordó que
no habían tardado en localizarlo cuando había intentado escapar por los túneles
subterráneos de Paranor, aun cuando se había movido con tanto sigilo como el
pensamiento, y creía que podían detectar su presencia cuando se alejaba
bastante del alcázar, su santuario y fuente del poder de los druidas. Ni
siquiera la invisibilidad podía protegerlo allí. Más valía utilizar aquella
ventaja donde podía confiar en ella y detener a los jinetes de una vez por
todas, se dijo.
Rodeó
los muros del castillo detrás de Peste, mientras el silencio del mediodía sólo
era interrumpido por las garras de las monturas escarbando y el zumbido de los
insectos enjaulados. Dejaron atrás el muro norte, donde hacía más fresco, y
continuaron a lo largo del muro oeste, pasando ante la puerta donde cada mañana
se reunían los jinetes para desafiarlo. Había elegido el muro norte para
esconderse, consciente de que iba a pasar allí muchas horas y confiando en que
las sombras del castillo lo protegieran del calor. Pero sería en el muro sur
donde se enfrentaría a los Espectros; en el sur, donde el Sol era más fuerte.
Ya clareaba cuando abandonaron la última sombra proyectada por la fortificación
del castillo y salieron al Sol.
Rodearon
la esquina del muro sur, una alta y lisa mole de roca ardiendo que se levantaba
frente a un amplio bosque y los apretujados picos de los Dientes del Dragón. El
único paso que había junto al muro era un risco polvoriento, yermo salvo por la
maleza y un puñado de árboles raquíticos que descendían en una pronunciada
pendiente hacia los bosques más frescos. Hacía un bochorno que amenazaba con
absorber el aire de los pulmones de Walker, pero se mantuvo firme, siguiendo a
Peste a la misma distancia y viendo desaparecer a Hambre más adelante entre las
sombras proyectadas por el arco del parapeto del este.
Los
segundos pasaban y Walker sentía cómo la tensión se iba acumulando en su
interior. Ten paciencia, se dijo. Espera a que llegue el momento.
Dentro
de él la magia empezaba a despertar.
Cuando
Peste estuvo a mitad de camino entre la siguiente torre de vigilancia y las
verjas del sur, Walker Boh atacó. Todavía escondido en el manto de
invisibilidad, arrojó sobre Peste un rayo que hizo que tanto el jinete como su
montura rodaran por el suelo. El jinete trató de levantarse, pero Walker volvió
a la carga arrojándole la magia que sus manos irradiaban como un calor frío y
lo derribó dejándolo inconsciente. Walker oyó el ruido producido por los otros
tres Espectros al acercarse y sintió su cólera como un alarido en la mente.
Hambre
fue el primero en aparecer saliendo del arco que lo había engullido y
acercándose más que ninguno al lugar de la refriega. Con el cuerpo muy
encorvado y las manos huesudas extendidas hacia delante, el jinete se lanzó a
la carga. Pero Walker había levantado una nube de polvo y humo al adelantarse a
él y Hambre no podía ver con claridad lo que ocurría. Cuando salió de la nube,
encontró a Walker Boh forcejeando con Peste, intentando arrancarlo de su
sinuosa montura, luchando por impedir que uno de los dos se levantara.
Hambre
pasó por su lado tratando de arañarle la cara con los huesos de sus dedos, pero
falló y alcanzó a Peste en su lugar. Y éste lo alcanzó a su vez.
Los
dos jinetes emitieron un grito desgarrador cuando sus magias se atacaron, y
Peste cayó hacia atrás, debilitado por el hambre y el deseo. Hambre se alejó
tambaleándose, mareado y con náuseas.
Los
muros de roca que había entre ambos estallaron en llamas, golpeando con
violencia a Hambre y dejándolo tambaleante.
Guerra
dobló la esquina del muro oeste y entró en escena, sosteniendo en alto la
enorme maza mientras se acercaba con estruendo a la refriega. Su montura
arrojaba llamas por la boca y de las ranuras de sus ojos salía fuego. Vio a
Walker Boh forcejeando con Hambre y atacó al instante. Es posible que oyera los
gritos de advertencia de Hambre, pero no hizo caso y bajó la maza decidido a
terminar con Walker Boh de un solo golpe. Pero Walker había desaparecido, y el
golpe alcanzó a Hambre, derribándolo y aplastando a su montura. Hambre dio un
gemido de dolor y se desplomó en un montón de huesos, y tanto el jinete como su
montura quedaron inmóviles en el polvo.
Guerra
dio media vuelta, y de pronto se encontró en medio de un enjambre de moscas que
picaban y mordían más allá de las armas y la armadura. Dio un grito, pero el ataque
fue rápido y certero. Peste había visto a Walker Boh esquivar el golpe que
había derribado a Hambre, lo había visto precipitarse sobre Guerra y empezar a
estrangularlo. Aturdida y abatida, había reaccionado por instinto arrojándole
la fiebre y la enfermedad en un rápido contraataque. Pero, por alguna razón,
las cosas habían salido mal, y el atacado no había sido Walker Boh, sino
Guerra.
Pegado
al muro del castillo, Walker se ocultó en una nube de polvo detrás de Guerra,
que se revolcaba por el suelo, y arrojó a Peste un rayo de fuego que lo derribó
de su montura. Toda la extensión del risco era una nube de polvo y de calor,
levantada por las monturas que se retorcían y gruñían, y por sus enloquecidos
jinetes. Las imágenes eran un viejo truco que hacía tres siglos había
perfeccionado un joven llamado Jair Ohmsford al enfrentarse con los Espectros
Corrosivos. Y Walker recordó el truco y lo utilizó con acierto, haciendo correr
a los Espectros de un lado para otro, proyectando una imagen de sí mismo
primero sobre uno y después sobre otro, mientras él permanecía con la espalda
firmemente pegada a la pared del castillo.
Sólo
espejos y luz, pero parecía que era suficiente.
Aquejado
por innumerables fiebres mortales, Guerra daba vueltas sobre su montura. Walker
Boh había vuelto a aparecer, a horcajadas sobre Peste, tratando de asfixiarla.
Medio cegada y enloquecida, Guerra fue a la carga empuñando una gran hacha de
guerra. En unos segundos estuvo sobre el druida y bajó el hacha.
Pero
volvió a desaparecer, y la hoja cortó a Peste y a su montura.
Desde
su escondite contra el muro del alcázar, Walker arrojó fuego sobre Guerra. El
Espectro se desplomó de su montura y, cuando ésta intentó levantarse, Walker lo
redujo a cenizas.
Había
descubierto que las monturas no eran tan resistentes como sus jinetes, y que
los cuatro jinetes eran capaces de recuperarse de su magia, pero no eran
inmunes a la suya propia. No había perdido detalle de cómo le habían atacado
cada vez: de uno en uno, nunca todos a la vez. Un ataque sostenido habría
terminado con él, pero se habían abstenido, y la razón era que los cuatro
jinetes no sólo eran mortales para sus enemigos, sino también entre sí.
Imitaciones imperfectas de las leyendas, su magia podía volverse contra ellos.
Walker había contado con ello y con la luz y el calor del mediodía para
debilitar a esas criaturas nacidas de la oscuridad. Y había acertado.
Se
oyó una sacudida desesperada en el lugar donde Guerra se retorcía dentro de su
armadura luchando contra la enfermedad que lo atacaba. Hambre y Peste eran unos
montones inertes, y sus monturas yacían inmóviles a su lado, rezumando de sus
cuerpos un licor verdoso que se mezclaba con la tierra. La bruma se disipaba,
el polvo y la tierra se depositaban en la tierra, y volvían a verse fragmentos
de cielo, montaña y bosque.
Walker
se alejó del muro. Quedaba uno. ¿Dónde estaba...?
De
la niebla salió silbando el negro y pesado cordón, que alcanzó a Walker con un
graznido de cuervo y látigo cuanto lo rodeaba al tiempo que caía al suelo a
causa del impulso del golpe. Enredado, cayó de rodillas y luego de espaldas. Al
instante salió del resplandor del Sol Muerte, manteniendo en alto la gran
guadaña. Walker inspiró, introduciendo aire en sus pulmones ardiendo. ¿Cómo
podía haberlo encontrado? ¿Cómo había conseguido ver dónde estaba? El jinete se
precipitaba hacia él mientras las garras de su montura escarbaban con fuerza la
tierra rocosa. Walker se arrodilló de nuevo, intentando liberarse. Debía de
haberse acercado con más cautela que los demás, y al ver estallar en llamas a
la montura de Guerra, había averiguado el origen de las llamas y deducido dónde
se escondía.
Walker
dejó caer el manto de invisibilidad, puesto que ya había sido descubierto, y
conjuró el fuego del druida en un cegador torbellino que hizo trizas el cordón
de Muerte. En el preciso instante en que el jinete llegaba hasta él, Walker se
levantó con esfuerzo e, interponiendo un escudo protector, desvió la guadaña
cuando ésta caía sobre él. Con todo, la fuerza del golpe lo derribó. Volvió a
levantarse mientras el Espectro retrocedía rodando por el suelo. Walker se
preparó. Nadie podía librar esa batalla por él; ya había sacado todo el partido
posible al truco de la imagen. Había llegado el momento de defenderse él solo.
Volvió
a armarse de fuego y se agachó. La Muerte contra el Destino.
El
jinete pasó por segunda vez por su lado y Walker arrojó fuego sobre él. Muerte
se alejó tambaleante, y la hoja de la guadaña se desvió lo suficiente para
errar el golpe. Pero el aire se volvía gélido a su paso, y Walker sintió que
era presa de una oleada de náuseas.
El
Espectro volvió a la carga, pero Walker contraatacó enseguida y el fuego del
druida salió de su mano extendida como una lanza. La guadaña se levantó, pero
el fuego la alcanzó y la hizo pedazos. Muerte apremió a su montura para que
siguiera y volvió a dirigirla contra Walker. Éste arremetió una y otra vez,
pero el fuego no penetraba las defensas de los jinetes. Muerte ya estaba casi
encima de él, su montura siseaba en medio del polvo y el calor y la guadaña
lanzaba destellos. Walker se dio cuenta de que Muerte había cambiado de táctica
y que se proponía aplastarlo con su montura. Desvió al instante el fuego del
druida y lo dirigió a las patas de la montura, cortándolas por abajo, y a
continuación al cuerpo, que se retorció hasta convertirse en una masa de carne
humeante.
La
montura sufrió un estremecimiento, desviándose hacia un lado y, tras perder el
equilibrio, cayó rodando hacia delante. Walker se apartó en el preciso momento
en que la monstruosa bestia pasaba por su lado, envuelta en llamas y
profiriendo iracundos gritos. Movía frenética la cola, que alcanzó a Walker en
el pecho y lo derribó. Levantó una nube de polvo que se mezcló con el humo que
se elevaba de su cuerpo chamuscado, y todo desapareció en una cegadora bruma.
Derrotado
y ensangrentado, y con las ropas hechas jirones, Walker se levantó con
esfuerzo. A su lado la montura agonizaba, y su respiración era un ruido áspero
e irregular en el silencio. Walker buscó en la bruma que lo rodeaba.
De
pronto Muerte apareció a sus espaldas, con la guadaña balanceándose amenazadora
sobre su cabeza. Walker le arrojó el fuego del druida para detener el golpe y a
continuación se irguió para enfrentarse al Espectro. Aferró con su única mano
el mango de la guadaña apretando el cuerpo contra el de Muerte, y lo recorrió
un escalofrío paralizante. El Espectro bajó su cabeza encapuchada mientras
forcejeaban por el risco, y sus extraños ojos rojos se clavaron en él,
atrayéndolo como un imán. Walker se volvió rápidamente y arrojó el fuego del
druida al mango de la guadaña. Muerte dio un brinco hacia atrás y la capucha se
levantó hacia la luz, vacía por dentro salvo por los ojos rojos. Soltó la
guadaña y empezó a repartir golpes, haciendo caer a Walker hacia atrás. Éste se
encogió y sintió que un nuevo escalofrío recorría su cuerpo; empezaba a
fallarle la magia. Muerte volvió a la carga y lo golpeó con violencia en la
garganta. Walker soltó la guadaña y se desplomó.
Muerte
siguió avanzando con determinación, una terrible negrura sobre la bruma. Walker
rodó y se puso de rodillas, sujetándose el pecho para apaciguar el dolor e
intentar respirar.
La
hoja de la guadaña se levantó y cayó.
De
repente apareció Cogline entre ellos, un espantapájaros salido de la nada, con
sus gastadas ropas agitándose y el pelo ralo azotándole la cara. Aferró el
mango de la guadaña y la desvió, y la hoja se clavó en el suelo al lado de
Walker. Éste se apartó e intentó levantarse de nuevo, al tiempo que llamaba a
gritos al anciano. Pero éste ya se había arrojado sobre el Espectro y lo
obligaba a retroceder. Muerte aferraba con una mano el cuello de Cogline y con
la otra la guadaña, que levantó para atacar. El anciano era todo determinación
y luchaba con todas sus fuerzas, pero no tenía nada que hacer frente al
Espectro. La mano en su garganta lo obligaba a retroceder despacio, mientras la
otra se movía para aferrar mejor la guadaña. ¡Vete!, suplicaba Walker en silencio,
incapaz de pronunciar las palabras. ¡Vete, Cogline!
Walker
se levantó del suelo tambaleante, sobreponiéndose al agotamiento y el dolor,
aunando sus últimas fuerzas.
La
delgada figura de Cogline se doblaba como ramas secas al viento y se hundió
bajo la arremetida del Espectro. De pronto gritó y, sacando de debajo de su
capa un puñado de polvos negros, los arrojó al jinete con una maldición.
En
ese mismo instante, la guadaña cayó.
Los
polvos explotaron a través de Muerte en una ráfaga de fuego y sonido que
alcanzó también a Cogline, y lanzó a los dos por los aires. Walker se apartó
aturdido ante el estallido y el repentino resplandor, y la momentánea visión de
los cuerpos destrozados. Luego se precipitó hacia delante tambaleándose y,
conjurando la magia, concentró en su puño el fuego del druida. Vio a Muerte
elevarse del polvo, un bulto envuelto en una chamuscada y humeante capa negra y
con llamas saliendo de los extremos de las mangas. A su lado, destrozada,
estaba la guadaña, y sus ojos rojos destellaron al alargar la mano para coger
los restos.
Walker
arrojó fuego en forma de lanzas por el interior de la capucha sin rostro del
Espectro, hacia lo que vivía en su interior. Muerte cayó hacia atrás
paralizada. Walker siguió acercándose implacable, arrojando fuego y arrasándolo
todo a su paso. Muerte dio media vuelta con la intención de huir, pero no tenía
ninguna posibilidad de escapar. Walker la alcanzó, metió el puño en la capucha
que se retorcía y arrojó dentro todo que le quedaba.
Muerte
dio una última sacudida y estalló en llamas.
Walker
cayó hacia atrás, sacando el brazo de un tirón y apartándose de la luz y el
calor. Sus aliados, la luz y el calor, de lo que los Espectros no podían huir,
pensó aturdido. Echó un vistazo atrás. Hecho jirones, inmóvil y sin vida,
Muerte ardía sobre el suelo polvoriento.
Walker
Boh corrió hacia Cogline, que yacía en el suelo. Le dio la vuelta con
delicadeza y se arrodilló a su lado; enderezó sus brazos y piernas, y apoyó en
su regazo la cabeza ennegrecida. El pelo y la barba estaban casi completamente
quemados, y de la boca y las fosas nasales manaba sangre. Había estado
demasiado cerca del fuego para poder escapar de él. Walker sintió una opresión
en el pecho. El anciano lo sabía, por supuesto. Lo sabía, pero aun así había
utilizado los polvos.
Cogline
abrió los ojos, de un blanco asombroso en contraste con la piel ennegrecida.
—¿Walker?
—llamó jadeante.
—Estoy
aquí —respondió Walker—. Se acabó, anciano. Han caído... Todos.
—Sabía
que me necesitarías —respondió Cogline, sacudido por un estertor que terminó en
una boqueada.
—Tenías
razón. Te he necesitado.
—No.
—Cogline alzó la mano y lo cogió del brazo en un gesto posesivo—. Lo sabía,
Walker. —Tosió, escupiendo sangre y levantó la voz—. Me lo dijo Allanon. En el
Cuerno del Infierno, cuando me advirtió que mis días estaban contados, que mi
vida tocaba a su fin. ¿Te acuerdas, Walker? Sólo te dije una parte de lo que
averigüé ese día. La relacionada con la Historia de los druidas. Pero hay otras
cosas que he mantenido en secreto. Me dijo que me necesitarías. Que me daría un
poco de tiempo para estar contigo aquí en Paranor. Que viviría el tiempo
necesario para ser útil una vez más. —Tosió, doblándose por el dolor—. ¿Lo
comprendes?
Walker
hizo un gesto afirmativo. Recordó lo distante y retraído que se había mostrado
el anciano en el Alcázar de los Druidas. Algo había cambiado entre ellos, pero
absorto en su lucha por huir de los Espectros, no se había detenido a
averiguarlo. Ahora estaba claro. Cogline había sabido que su vida estaba
tocando a su fin. Allanon le había concedido un indulto, pero no lo había
eximido de la muerte. La magia de la Historia de los druidas le había perdonado
la vida en la Chimenea de Piedra para que pudiera morir en Paranor. Era un
trueque, y el anciano lo había aceptado.
Walker
miró el cuerpo destrozado. A través de la tela de sus ropas se veían vetas
plateadas entrelazadas con escarcha por donde la guadaña lo había rajado.
—Debiste
decírmelo —insistió en voz queda. Tenía lágrimas en los ojos y no sabía cuándo
habían brotado. Una parte de él recordó que sólo había llorado una vez en su
vida, hacía ya mucho tiempo. No comprendía por qué era capaz de hacerlo ahora,
y dudaba de que pudiera volver a hacerlo.
—No
—respondió Cogline haciendo un lento y doloroso gesto de negación—. Un druida
no dice lo que no debe. —Volvió a toser—. Y tú lo sabes.
Walker
no podía hablar. Se limitó a mirar al anciano.
—Me
dijiste que yo siempre he sabido cuándo debía actuar y cuándo no —manifestó
Cogline parpadeando y esbozando una sonrisa—. Tenías razón.
Tragó
saliva una vez más. Luego sus ojos se quedaron fijos y dejó de respirar. Walker
siguió mirándolo, arrodillado en medio del polvo y el calor, escuchando el
silencio que se extendía ante él, consolándose con el amargo pensamiento de que
Allanon había utilizado al anciano por última vez.
Cerró
los ojos sin vida de Cogline.
Ahora
sólo cabía esperar que el druida lo hubiera utilizado bien.
2
Walker
Boh enterró a Cogline en el bosque que se extendía ante Paranor, en un claro
cruzado por un riachuelo que serpenteaba por una serie de rápidos poco
profundos, un claro al amparo de robles y nogales cuyas ramas llenas de hojas
cubrían la alfombra de flores silvestres y hierba de sombras moteadas que cada
día cambiaban y se desplazaban a medida que el Sol avanzaba por el oeste. Era
un lugar que recordaba las ocultas cañadas de la Chimenea de Piedra, donde a
los dos les había encantado pasear, pensó Walker. Eligió un lugar cerca del
centro del claro, desde donde podían verse con claridad las agujas de Paranor.
Cogline, que al final de sus días se había considerado un druida extraviado,
había regresado a casa.
Cuando
terminó de enterrarlo, permaneció en el claro. Estaba destrozado y agotado,
pero las heridas más profundas no eran visibles, y le consolaba estar rodeado
de árboles ancianos y respirar el aire del bosque. Los pájaros cantaban, el
viento agitaba las hojas y la hierba, la superficie del riachuelo ondulaba y
todos los ruidos eran tranquilizadores y silenciosos. No quería regresar aún a
Paranor. No quería pasar junto a los restos abrasados y ennegrecidos de los
cuatro jinetes y sus monturas. Sólo quería olvidar todo lo que había ocurrido
en su vida, hacer borrón y cuenta nueva y volver a empezar. En su interior
había una amargura que no conseguía erradicar, que lo roía y arañaba con la
persistencia de un animal hambriento que se niega a ser cazado. La amargura
tenía muchas fuentes, y Walker no se molestó en enumerarlas. Sobre todo estaba
resentido consigo mismo. En las últimas semanas siempre parecía estar resentido
consigo mismo, con ese hombre extraño salido de la nada cuya identidad apenas
reconocía, un títere demasiado predispuesto a llevar a cabo los deseos y
necesidades de ancianos desaparecidos hacía miles de años.
Se
sentó en el claro junto al riachuelo, mirando la extensión de tierra recién
removida y bajo la cual descansaba Cogline, y se obligó a pensar en el anciano.
Su amargura necesitaba un bálsamo, y tal vez los recuerdos del anciano se lo
proporcionaran. Se detuvo un instante para mojarse la cara con agua fría del
riachuelo y limpiarse el polvo, la ceniza y la sangre, luego se acomodó al Sol
y dejó que su mente vagara libremente.
Recordaba
a Cogline sobre todo como su maestro, como el hombre que se había acercado a él
en los momentos de mayor confusión. Walker había abandonado a las razas para
vivir aislado en la Chimenea de Piedra, donde nadie lo mirara y murmurara,
donde nadie lo conociera como el Tío Oscuro. La magia entonces había sido un
misterio para él, el legado de la magia del cantar que se había transmitido
desde Brin Ohmsford a lo largo de generaciones hasta formar una maraña de hilos
que era incapaz de desenredar. Cogline le había mostrado las distintas maneras
de controlar la magia, para que no volviera a sentirse impotente ante ella. Le
había enseñado a enfocar su vida de tal modo que él fuera el dueño del fuego
blanco que ardía en su interior. Había conseguido que erradicara el miedo y la
confusión, y le había ayudado a recuperar el amor propio y el norte de su vida.
El
anciano había sido su amigo. Lo había querido y había cuidado de él de formas
que sólo tras reflexión reconocía como las de un padre hacia un hijo. Lo había
instruido y guiado, y estado cerca cuando lo había necesitado. Incluso cuando
Walker creció y hubo entre ellos la distancia que se produce cuando padres e
hijos se tratan como iguales sin llegar a creer nunca que lo son, Cogline había
permanecido cerca de Walker de la manera que éste se lo había permitido. Se
habían peleado, habían discutido, recelado, acusado y desafiado a hacer lo que
debían y no lo que resultaba más fácil. Pero nunca se habían fallado ni
desertado; nunca habían desesperado de su amistad. En esos momentos, a Walker
le reconfortó saber que así había sido.
A
veces era fácil olvidar que el anciano había vivido otras vidas antes de ésta,
vidas de las que Walker apenas sabía nada. Cogline había sido joven una vez.
¿Cómo había sido su juventud? El anciano nunca se lo había explicado. Había
estudiado con los druidas, con Allanon, Bremen y los que le habían precedido,
pero nunca se lo había dicho, ¿Qué edad tenía? ¿Cuántos años había vivido? De
pronto, Walker cayó en la cuenta de que no lo sabía. Cogline era ya un anciano
cuando Kimber Boh era una niña y Brin Ohmsford entró en la Cuenca Tenebrosa en
busca del Ildatch. Eso había ocurrido trescientos años atrás. Walker sabía algo
de la vida de Cogline en aquella época; el anciano le había hablado de ese
período, de la niña que había criado, de la locura que se había inventado y a
la que luego se había acogido, de cómo había conducido a Brin y a sus
compañeros al Maelmord para acabar con los Espectros Corrosivos. Walker había
escuchado aquellas historias; pero sólo eran un fragmento muy pequeño de la
vida del anciano, un día en un período de un año. ¿Qué pasaba con el resto?
¿Qué partes de su vida se había negado a revelarle... qué partes se habían
perdido para siempre?
Walker
hizo un gesto de resignación y miró al otro lado del bosque, hacia Paranor.
Partes que al anciano no le había importado perder, se dijo. A Walker no podía
dolerle que Cogline hubiera preferido mantenerlas en secreto. Ocurría lo mismo
en la vida de todo el mundo. Todas las personas se guardaban para sí partes de
quiénes o qué eran y cómo habían vivido, cosas que sólo a ellos les
pertenecían, que nadie más debía compartir. Al morir, tales cosas eran oscuros
agujeros en los recuerdos de quienes los sobrevivían, pero así debía ser.
Evocó
el rostro cubierto de barba rala del anciano. Trató de oír el sonido de su voz
en el silencio. Cogline había vivido mucho tiempo. Había vivido muchas vidas, e
incluso más de lo que debería haber vivido; perdonada su vida en la Chimenea de
Piedra para entrar en Paranor y verlo regresar, había muerto de la forma que él
había elegido, dando la vida para salvar la de Walker. Sería un error que
Walker lamentara ese regalo, porque al hacerlo le restaba valor. Cogline había
vivido para ver cómo Walker se transformaba en el druida que él pudo ser. Para
verle hacer realidad los sueños de Allanon y la confianza depositada en Brin
Ohmsford. Para bien o para mal, Walker había llegado hasta allí sin
contratiempos gracias a Cogline.
Empezaba
a abandonarle parte de su amargura. No estaba bien sentir amargura ni pesar.
Eran cadenas que te ataban con firmeza y tiraban hacia abajo. Nada bueno podía
salir de ellas. Lo que necesitaba era equilibrio y ver las cosas objetivamente,
si el futuro tenía algún sentido. Walker podía y debía recordar, pero los
recuerdos servían para dar forma a lo que se avecinaba, para aceptar las
posibilidades que tenía ante sí y darles el uso que les correspondía. Pensó de
nuevo en los druidas y en sus maquinaciones, en las formas en que habían
determinado la historia de las Razas. Él, que había desdeñado sus esfuerzos,
ahora era uno de ellos. Cogline había vivido y muerto para que así fuera. Se le
había concedido la oportunidad de hacer mejor lo que se había apresurado a
criticar de quienes lo habían precedido. Y debía aprovechar al máximo esa
oportunidad, Cogline esperaba que lo hiciera.
El
Sol se ocultaba tras el dosel del bosque hacia el oeste cuando Walker se
levantó y permaneció un momento más ante la tumba donde reposaban los restos
del anciano. Había aceptado lo ocurrido, estaba reconciliado con los duros
hechos. Cogline se había ido y él seguía allí. Sacaría fuerzas, coraje y
resolución del ejemplo del anciano, y llevaría en el corazón su recuerdo.
La
luz se convertía en carmín, dorado y púrpura en la bochornosa bruma del verano,
mientras regresaba a Paranor a través de los bosques cada vez más oscuros.
Aquella
noche soñó con Allanon.
Era
la primera vez desde la Chimenea de Piedra. Durmió profundamente y el sueño no
lo despertó, aunque después pensó que había estado a punto de hacerlo una o dos
veces. Estaba exhausto por la lucha y había comido poco. Se había bañado,
cambiado de ropa y bebido una jarra de cerveza sentado en el despacho que
Cogline había hecho suyo. Rumor se acurrucó a sus pies, y volvía de vez en
cuando hacia él sus luminosos ojos como si quisiera preguntarle dónde estaba el
anciano. Cuando se sintió demasiado cansado para permanecer erguido, se retiró
a sus aposentos, se deslizó debajo de las mantas y se dispuso a dormir.
El
sueño llegó de inmediato. Era de noche y caminaba solo por la roca negra y
brillante que cubría el suelo del Valle de Pizarra. El cielo estaba despejado y
lleno de estrellas, y la luna llena brillaba como ropa blanca recién lavada
contra la irregular cresta de los Dientes del Dragón. El aire parecía limpio y
fresco como antaño, y sopló una brisa que le refrescó la cara. Walker iba
vestido de negro, con capa y capucha, cinturón y botas, un druida siguiendo los
pasos de los druidas que lo habían precedido. No se preguntaba quién era, ni
cómo había salido de la oscuridad de la piedra élfica negra, cruzado el fuego
de la transformación en el foso del alcázar y regresado al mundo de los
hombres. Era dueño de Paranor y servidor de las Razas. Era una sensación
diferente y estimulante. Una sensación que no le era extraña.
Transcurrieron
en el sueño unos lánguidos instantes y a continuación Walker se aproximó,
siendo todavía de noche, a las aguas negras del Cuerno del Infierno. El lago
brillaba cristalino a la luz de la luna, y en su superficie lisa y pulida se
reflejaban el cielo y las estrellas. La piedra se desmenuzaba al caminar bajo
sus pies, pero salvo ese ruido todo era silencio. Era como si estuviera solo en
el mundo, el último hombre que lo recorriera, centinela solitario del vacío que
perduraba.
Llegó
al Cuerno del Infierno y se detuvo en el borde. El viento dejó de soplar y el
silencio lo envolvió. Se quitó la capucha de la capa, no sabía por qué. Con la
cabeza al descubierto se mantuvo a la espera.
Sólo
fue un momento. Casi de inmediato el Cuerno del Infierno empezó a agitarse y
sus aguas borbotearon como si hirvieran. A continuación empezaron a
arremolinarse en un lento y continuo movimiento en el sentido de las agujas del
reloj, que se extendió de costa a costa. Walker comprendió lo que ocurría. Lo
había visto antes. El Cuerno del Infierno siseó y el agua se levantó formando
géiseres que se elevaron por encima de la superficie y cayeron como diamantes
rodando. Empezaron los gritos, el sonido de voces atrapadas en un lugar remoto
suplicando que las liberaran. El valle se estremeció como si reconociera los
gritos y les volviera la espalda. Walker Boh se mantuvo firme.
Entonces
Allanon apareció emergiendo de las aguas negras en medio de un coro de gritos,
un fantasma gris con capa y capucha salido del otro mundo para hablar con el
hombre que había nombrado su sucesor. Brillaba al elevarse, translúcido a la
luz de la luna, la carne y los huesos de su cuerpo mortal convertidos hacía
mucho tiempo en polvo, una pálida imagen de lo que había sido. Ascendió de las
profundidades hasta permanecer de pie en la superficie de las aguas y quedarse
inmóvil de cara a Walker Boh.
—Allanon
—saludó el Tío Oscuro con una voz que no reconoció como suya.
—Lo
has hecho bien, Walker Boh... —La voz era profunda y sonora, y brotaba de algún
lugar cavernoso del interior del fantasma.
—No
tan bien —replicó Walker, haciendo un gesto negativo—. Sólo aceptable. He hecho
lo que debía. He renunciado a lo que era para convertirme en lo que tú has
decidido que sea. Al principio me indignó, pero he dejado atrás la cólera.
Las
aguas del Cuerno del Infierno volvían a rizarse y a sisear a medida que el
fantasma avanzaba, deslizándose sobre la superficie aparentemente sin moverse.
Se detuvo cuando estuvo a unos tres metros de Walker.
—La
vida es el momento de tomar decisiones, Walker Boh. Y la muerte es el momento
de recordar lo que hemos decidido. Los recuerdos no siempre son agradables...
—Sé
que debe de ser así —respondió Walker, haciendo un gesto de asentimiento.
—Estás
triste por Cogline...
—Pero
eso también lo he dejado atrás —respondió Walker, haciendo un nuevo gesto de
asentimiento—. He tomado las decisiones acertadas, incluida esta última.
El
fantasma levantó el brazo y de él cayeron unas gotas brillantes como polvo
plateado.
—No
pude salvarle. Ni siquiera los druidas tienen poder para esquivar la muerte.
Bremen me hizo saber que se acercaba mi hora, y yo se lo hice saber a Cogline.
Le brindé toda la ayuda que pude darle: la oportunidad de regresar a las Cuatro
Tierras tras la recuperación de Paranor, y la oportunidad de ayudarte por
última vez en tu lucha con los Espectros. Eso fue todo lo que pude hacer...
Walker
no habló, con los ojos fijos en la aparición, viendo a través de ella,
contemplando a lo lejos cómo los hechos iban y venían, el último ataque de
Cogline. La muerte había llamado al anciano, pero en los términos que él había
establecido.
—Si
pudiera, te devolvería a todos los que has perdido, Walker Boh, pero no puedo.
No puedo devolverte nada de lo que se ha ido, ni nada de lo que te queda por
perder. La vida de un druida ve muchas muertes...
En
su sueño, el valle se oscureció cubierto por una niebla que lo recorrió como la
lluvia en un bosque o las nubes a través del Sol. Pasó despacio y suavemente,
trayendo consigo una sensación de que las vidas habían empezado y corrían su
curso, todo en cuestión de segundos. Había rostros, todos desconocidos; había
voces entremezcladas con risas y llanto. El tiempo se prolongaba, las horas se
convertían en días y los días en años, y Walker estaba allí, inalterable a
través de todo ello, dejado continuamente atrás, eternamente solo.
—A
ti te ocurrirá lo mismo. No lo olvides...
Pero
Walker no necesitaba recordarlo. Tenía los recuerdos de Allanon que la
transformación le había proporcionado. Contaba con los recuerdos de todos los
druidas que lo habían precedido. Sabía cómo iba a ser su vida y comprendía muy
bien a lo que se enfrentaba.
—No
lo olvides...
El
susurro del fantasma hizo que el tiempo se detuviera de nuevo, el Valle de
Pizarra volviera a verse con claridad y los pensamientos de Walker contemplaran
una vez más el propósito del sueño.
—¿Por
qué estoy aquí, Allanon? —preguntó.
—Ahora
estás completo, Walker Boh. Te has convertido en lo que había sido previsto que
fueras y ya no queda nada pendiente. Ahora llevas el manto del druida; lo
llevarás en mi lugar. Llévalo de Paranor a las Cuatro Tierras. Allí te
necesitan...
—Lo
sé.
—No
lo sabes, Walker Boh. —El agua siseó. Allanon bajó su cara encapuchada—. Te has
transformado, pero esto sólo es el comienzo. Te has convertido en druida, es
cierto, pero convertirse no significa que lo seas. Eres el responsable de las
Razas, de su bienestar, Tío Oscuro. Ahora debes cuidar a aquellos de quienes
intentaste aislarte en otro tiempo. Esperan...
—Que
los libre de los Espectros.
—Que
les muestres el modo de librarse de ellos. Que les indiques el camino y los
guíes para salir de la oscuridad...
—Pero
yo no sé más de lo que ellos saben —replicó Walker Boh, haciendo un gesto de
incomprensión.
De
la superficie del Cuerno del Infierno surgió una nube de humo y se formó una
bruma. La humedad cubrió la cara de Walker como el frío en una mañana invernal.
Era la muerte que rozaba la superficie del Cuerno del Infierno, pero no para
él. Porque hacía mucho que los druidas habían descubierto secretos que les
permitían estar más allá de la muerte.
—Encontrarás
la manera. —La voz de Allanon era firme y oscura—. Tienes la fuerza y la
sabiduría de todos los que te han precedido. Posees la magia de los tiempos.
Sal de Paranor y encuentra a los hijos de Shannara. Habéis sido enviados para
realizar un cometido, y los tres lo habéis cumplido. Disponéis de talismanes,
Walker Boh, y los talismanes os sostendrán...
—¿Y
qué talismán llevaré yo? —preguntó Walker realizando un nuevo gesto de
incomprensión.
—El
talismán más poderoso de todos: el manto del druida que has aceptado —respondió
Allanon. El fantasma tembló en una serie de gemidos que se elevaron del lago,
amenazando con desaparecer—. No se ve, pero siempre está allí y sólo te
pertenece a ti. Su poder se incrementa a medida que lo ejerces, se hace más
fuerte cada vez que lo usas. Piensa, Walker Boh. Antes de que lucharas y
acabaras con los jinetes eras más débil que ahora. Y así será después de cada
desafío al que te enfrentes y superes. Estás en tu niñez y apenas has empezado
a descubrir lo que es ser druida. Con el tiempo crecerás...
—Pero
¿de momento...?
—Basta
con los que están a tu cargo. Disponen de talismanes y los talismanes poseen
magia. La magia, sumada a tus conocimientos, verá el fin de los Espectros. Así
fue la primera vez que hablé contigo y así es ahora. Si pudiera, te daría más,
Walker Boh. Pero te he dado todo lo que estaba en mi mano, todo lo que sé. No
lo olvides, Tío Oscuro. Me voy de tu mundo a otro. Ya no tengo sustancia. Ahora
formo parte de otras cosas. Desde donde estoy veo mal. Sólo entreveo sombras y
debo confiar en ellas. Pero tu visión es fiable. Vete, Walker. Encuentra a los
descendientes de Shannara y averigua qué ha sido de ellos. En sus historias y
en ti mismo hallarás todo lo que puedas necesitar. Debes tener fe...
Walker
no dijo nada, pensando en que, una vez más, le pedían que actuara basándose
sólo en la fe. Claro que eso era lo que llevaba haciendo desde que había tenido
el primer sueño y había sido persuadido para viajar al Cuerno del Infierno, al
encuentro de Allanon. ¿Tan difícil era aceptar que la fe debía guiarlo de
nuevo?
Miró
la pálida figura que tenía ante sí, el contorno alrededor de la transparencia,
todos los recuerdos de una vida que había desaparecido.
—Creo
—dijo a la sombra de Allanon, y lo dijo con el corazón.
—Walker
Boh... —El fantasma habló en voz baja y llena de un pesar que las palabras no
podían expresar—. Encuentra a los hijos de Shannara. Tienes la vista del druida
y la sabiduría que necesitan. No les falles...
—No
—respondió Walker con voz ronca—. No lo haré.
—Acaba
con los Espectros antes de que destruyan las Cuatro Tierras. Siento que su
enfermedad está llegando incluso aquí, robando la vida de la tierra. Detenlos,
Walker Boh...
—Sí,
Allanon. Lo haré.
—Inclínate
entonces, Tío Oscuro. Inclínate por última vez antes de partir. El sueño nos
conduce al amanecer y debemos tomar caminos diferentes. Escucha lo último que
tengo que decirte y deja que tu sabiduría y tu juicio averigüen lo que a ambos
se nos oculta. Inclínate ante mí, Walker Boh, y escucha.
La
aparición se acercó, una forma humana de vapor sobre las aguas del Cuerno del
Infierno, una capa de neblina y luz gris, un Espectro hecho de ruidos
procedentes de una oscuridad aterradora.
En
tensión y vacilante, Walker Boh esperó con la vista clavada en las burbujeantes
aguas, en el reflejo de las estrellas y el cielo, hasta que ambos
desaparecieron en la negrura del espectro.
Luego
sintió en su piel el roce de la aparición y no pudo evitar que un
estremecimiento recorriera su cuerpo.
Cuando
despertó al amanecer, entraba algo de luz en el pasillo que conducía a su
habitación. Permaneció un rato tendido sin moverse, pensando en el sueño y en
todo lo que le había revelado. Se le había aparecido Allanon en sueños para
mostrarle el camino de su nueva vida. El sueño había fortalecido su intención
de ir en busca de Par y Wren, pero también le había dado argumentos para creer
en sí mismo. Podía aceptar su transformación si había al menos una posibilidad
de liberar esas tierras devastadas y a sus gentes del dominio de los Espectros.
Encuentra
a los descendientes de Shannara. No les falles.
Se
levantó de la cama, se lavó y vistió, y desayunó en las almenas del castillo
mientras contemplaba la tierra a la luz del nuevo día. Volvió a pensar en
Cogline, en todo lo que le había enseñado. Recitó para sí las normas y
revelaciones que habían acompañado su transformación de mortal a druida, toda
la historia de los druidas que había recorrido. Se abrió paso a través de las
enseñanzas recibidas sobre la manera de utilizar la magia, algunas probadas ya.
Por
último, repasó el sueño y los secretos que le había revelado. Y los más
importantes habían llegado al final, cuando Allanon le había tocado. Lo que
había averiguado empezaba a sugerir ya respuestas a sus preguntas hasta
entonces incontestadas. Toda la historia de las Cuatro Tierras desde los
tiempos del primer consejo en Paranor seguía unas pautas que eran aplicables a
la situación actual. Los acontecimientos de las semanas anteriores daban color
y forma a esas pautas. Pero era el sueño y sus revelaciones los que habían
colocado tales pautas a plena luz, donde se vieran con claridad.
Lo
que faltaba por descubrir era por qué se le había encomendado a Wren que
trajera de vuelta a los elfos.
Lo
que ante todo faltaba por descubrir era la verdad que había detrás del secreto
del poder de los Espectros.
Se
levantó por fin y bajó a las profundidades del castillo. Rumor lo seguía en
silencio, como una sombra pegada a sus talones. Llevaría consigo al gato del
páramo, decidió. Después de todo, Cogline se lo había dado. No podía dejarlo
encerrado en el alcázar, y la relación tan estrecha que tenían podía resultarle
útil. Sonrió mientras examinaba ese pensamiento. La verdad era que Rumor le
haría compañía ahora que Cogline ya no estaba.
Bajó
al foso del alcázar y apoyó las manos en la pared de piedra, intentando
absorber la vida que había en ella. La magia acudió obediente a su llamada, y
cerró el alcázar de modo que nadie pudiera entrar hasta que él regresara.
Luego
cerró las puertas de Paranor y salió de nuevo al mundo. Bajó del risco y se
adentró en el bosque, donde había sombra y hacía fresco. Rumor iba con él,
agradecido de volver a estar fuera de los muros que lo habían mantenido
cautivo, escabulléndose entre las sombras para rastrear y cazar, pero volviendo
de vez en cuando para cerciorarse de que Walker seguía allí. Pasaron junto al
lugar donde estaba enterrado Cogline, pero Walker no se detuvo. Ya se había
despedido del anciano; era mejor dejar las cosas como estaban.
El
día avanzaba hacia la noche, el fuerte resplandor del Sol se deslizaba hacia
los Dientes del Dragón por el oeste, y el calor se diluía poco a poco en el
frescor de las sombras de la noche. Walker y el gato del páramo avanzaron sin
descanso. Más adelante ardían los fuegos de vigilancia de la Federación,
acampada en el desfiladero de Kennon; los soldados cenaban y los centinelas
eran enviados a sus puestos.
A
medianoche, Walker y el gato pasaron junto a ellos sin ser vistos y se
encaminaron al sur.
3
Las
lluvias que habían caído sobre los elfos de las Tierras Occidentales y sobre el
ejército de la Federación que los perseguía seguían formando cumulonimbos en el
horizonte occidental la mañana que las dos harapientas chatarreras cruzaron las
puertas de Tyrsis con su ciego y anciano padre y los demás comerciantes,
mercaderes, tocadores de tambor, buhoneros y vendedores ambulantes que habían
llegado de las comunidades vecinas para trocar sus mercancías. Como la mayoría
de los que se proponían entrar, habían pasado la noche acampados fuera de las
puertas, impacientes por ser los primeros en cruzarlas para asegurarse los
mejores puestos en el mercado al aire libre donde se realizaban las ventas y
los trueques. Las atravesaron lo más deprisa que pudieron, aunque se quedaron
rezagados a causa del anciano que se abría paso a tientas y vacilante,
arrastrando los pies con cautela por el camino polvoriento.
Había
guardias de la Federación apostados en las entradas de los muros exteriores e
interiores, examinando a todos los que pasaban y reteniendo a los que parecían
sospechosos. Por lo general, se preocupaban más de los que salían de la ciudad
que de los que entraban. Pero Padishar Cesta, el líder de los proscritos, iba a
ser ejecutado al mediodía del día siguiente, y a la Federación le preocupaba
que intentaran rescatarlo. Estaban convencidos de que cualquier intento de
rescate estaba condenado al fracaso, por muy planeado que estuviera, porque la
guarnición de la ciudad estaba al completo, unos cinco mil hombres, y habían
tomado medidas de seguridad extraordinarias. Sin embargo, no querían correr
riesgos, y por ello los guardias de las puertas habían recibido órdenes
explícitas de recelar de todo el mundo.
Decidieron
retener a las chatarreras y al anciano. Era una selección al azar que el jefe
de la guardia había establecido al comienzo y que pretendía ser una solución
intermedia entre detenerlos a todos, lo cual sería un proceso interminable, y
no detener a nadie, actitud que sería interpretada como negligencia en el
cumplimiento de su deber. Ordenaron a los tres que permanecieran a un lado, en
el centro de un patio dentro las murallas de la ciudad, y esperaran para ser
interrogados. La gente les dirigía miradas furtivas y recelosas, que parecían
decir: mejor tú que yo. Levantaban nubes de polvo al pasar, y antes incluso de
que apretara el Sol, el aire estaba caliente y pegajoso.
—Nombres
—dijo el oficial de guardia a las mujeres y al anciano.
—Asra
y Wintah, y nuestro padre, Criape —respondió la del cabello pelirrojo y
enmarañado. Tenía llagas en la cara y desprendía un olor a basura rancia.
El
oficial echó un vistazo a la otra mujer, que abrió de pronto la boca revelando
unos dientes ennegrecidos y una garganta en carne viva donde faltaba la lengua.
El oficial tragó saliva.
—No
puede hablar —explicó la mujer del cabello pelirrojo, esbozando una sonrisa.
—¿De
qué pueblo sois?
—De
Spekese Run —respondió la mujer—. ¿Lo conoce?
El
oficial hizo un gesto negativo. Examinó los montones de trapos y chatarra que
llevaban a la espalda. Cosas sin valor. Echó un vistazo al anciano, que
permanecía con la cabeza inclinada, cubierta con la capucha. No podía verle
bien la cara, así que dio un paso adelante y le quitó la capucha. El anciano
dio un brinco y sus ennegrecidos párpados se abrieron revelando un espeso y
lechoso líquido en las cavidades correspondientes a los ojos. El oficial sintió
náuseas.
—Pasad
—dijo acompañando sus palabras con un gesto, y se alejó rápidamente para
interrogar al siguiente infeliz.
Las
mujeres y el anciano se unieron de nuevo a la multitud, pasaron a través del
cordón de guardias que flanqueaban las puertas del muro interior y entraron en
la ciudad. Abandonaron la Vía Tyrsiana y apenas se habían internado en unas
callejas donde no había guardias de la Federación cuando Matty Roh escupió la
mondadura de fruta teñida que tenía dentro de la boca.
—¡Os
dije que era muy arriesgado! —exclamó.
—Pero
estamos dentro, ¿no? —replicó Morgan malhumorado—. Deja de quejarte y llévame a
donde pueda quitarme esta porquería de los ojos.
—¡Callaos
los dos! —intervino Damson Rhee, apremiándolos a continuar.
A
esas alturas los ánimos estaban caldeados. Habían discutido acaloradamente
acerca de quién iba a entrar en la ciudad, una discusión precipitada por la
noticia de la inminente ejecución de Padishar Cesta. Un día y medio no bastaba
para rescatarlo, pero era lo que tenían y Morgan había decidido introducir
cambios en su plan original. En lugar de que Matty y Damson entraran en la
ciudad ellas solas y buscaran al Topo, él iría con ellas. En el mejor de los
casos, tenían todo el día y la noche para localizar al Topo, conducir a Chandos
y a los demás proscritos a través de los túneles subterráneos, y elaborar un
plan para rescatar a Padishar y ponerlo en la práctica. Morgan insistió en que
necesitaba entrar inmediatamente en la ciudad para decidir lo que debía
hacerse. No podía permitirse esperar a que llegara la noche y con ella el Topo
para revisar la situación. Damson y Matty se mostraron igualmente firmes en que
cualquier intento de hacerle pasar ante los guardias pondría todo en peligro.
Si ya era bastante difícil las dos solas, sería el doble de peligroso verse
obligadas a llevarlo con ellas. ¿Por qué no podía elaborar un plan donde
estaba? ¿No había pasado ya suficiente tiempo en la ciudad para saber dónde
estaba todo?
Y
así había continuado, pero al final Morgan ganó la discusión alegando que no
podía elaborar un plan hasta que no supiera dónde estaba encarcelado Padishar,
y no podía saberlo si no entraba en la ciudad. El precio de su victoria fue la
exigencia implacable de las dos mujeres de que dejara atrás su espada. Un
disfraz tal vez funcionara, pero no con un arma. Las posibilidades de que los
descubrieran eran demasiadas. A pesar de las protestas de Morgan, ninguna de
las mujeres cedió y la Espada de Leah se quedó atrás con Chandos.
Damson
los condujo por un callejón hasta la puerta lateral de un edificio abandonado,
la abrió de un empujón y los hizo pasar. El interior olía a cerrado y estaba
mal ventilado, y el polvo flotaba en capas invisibles. Cerró la puerta tras de
sí y cruzaron la habitación hasta otra puerta y de allí pasaron a otra
habitación, tan mal ventilada como la anterior. Un pequeño patio se abría más
allá, y cruzaron las sombras de las primeras horas de la mañana y la fragancia
de las flores silvestres que crecían inexplicablemente en una de las esquinas
bañadas por el Sol del patio, por otro lado marchito, hasta un cobertizo de
fachada abierta lleno de viejas herramientas y bancos de trabajo. Damson dejó
allí a sus compañeros y salió con un recipiente de latón. Volvió con él lleno
de agua y los tres se sentaron a lavarse.
Una
vez limpios, escarbaron en los montones de harapos y sacaron sus vestidos. Se
despojaron de las ropas harapientas y volvieron a vestirse, luego se sentaron
en un par de bancos para discutir lo que debían hacer a continuación.
—Intentaré
ponerme en contacto con el Topo —dijo Damson, todavía desenredándose su pelo
pelirrojo. Se lo recogió con cuidado bajo un pañuelo—. Puedo dejarle algunas
señales. Luego volveré y veré lo que puedo averiguar sobre Padishar. Tendré que
dejaros en alguna parte mientras espero al Topo. Puede que no venga si nos ve a
todos..., no os conoce a ninguno de los dos y tomará muchas precauciones
después de lo ocurrido. Si viene, iré con él a buscar a Chandos y al resto, y
nos reuniremos de nuevo al amanecer. Si no viene...
—No
lo digas —la interrumpió Morgan—. Haz todo lo posible.
—¿Conoces
bien la ciudad? —preguntó Damson a Matty.
—Lo
suficiente para no meterme en líos.
—Si
me ocurriera algo, tendrás que sacar de aquí a Morgan —continuó Damson.
—Un
momento —exclamó Morgan—. Yo no...
—Tú
vas a hacer lo que se te diga. Tus planes no servirán de nada si yo fracaso. Si
la Federación tiene al Topo o si me capturan a mí, no habrá nada que hacer.
Morgan
la miró fijamente, sin atreverse a replicar por la cólera y la determinación
que había visto reflejadas en sus ojos grises.
—Cuidaré
de él —prometió Matty, cogiéndolo del brazo y haciéndolo retroceder un paso.
Damson
hizo un gesto de asentimiento y su rostro se dulcificó. Se levantó, se envolvió
en su capa y desapareció de nuevo por donde habían venido. Morgan se quedó
mirando cómo desaparecía de su vista, sintiéndose impotente. Damson tenía
razón. Él no podía hacer nada si ella fracasaba. El éxito del plan que había
trazado dependía de que la chica y el Topo introdujeran a Chandos y a los
proscritos en la ciudad. Sin ellos o la magia de su Espada, no podría ayudar a
Padishar. Los acontecimientos pendían de un hilo muy fino, pensó sombrío.
—¿Te
apetece comer algo? —preguntó Matty Roh alegremente, interrogándolo con sus
ojos oscuros y ofreciéndole una manzana.
Esperaron
en la sombra del cobertizo, recluidos y solos en el pequeño patio cerrado hasta
casi el mediodía. El día era cada vez más brumoso y el sol abrasador abrió
despacio un sendero a través de las piedras y la hierba marchita, ascendiendo
de este a oeste por el muro norte como pintura derramada. Morgan echó una
cabezada, exhausto tras la larga marcha y la noche de incertidumbre que habían
pasado ante las puertas de la ciudad con su incómodo disfraz. Se sorprendió
pensando en Par y en Coltar y en los tiempos anteriores a los Espectros y a
Allanon, en las veces que habían cazado y pescado en las tierras altas, en su
niñez, en los días largos y lentos en que la vida le parecía un juego
emocionante. Pensó en Steff, en la abuela Elise y en la tía Jilt. Pensó en
Despertar. Eran recuerdos de un pasado que perdía color a medida que pasaban
los días. Tenía la impresión de que hacía mucho tiempo que habían desaparecido
de su vida.
El
Sol caía a plomo sobre sus cabezas cuando regresó Damson Rhee. Estaba acalorada
y cubierta de polvo, pero le brillaban los ojos de emoción.
—¡Tienen
a Padishar en la misma torre de vigilancia donde me encerraron a mí! —dijo,
dejándose caer en uno de los bancos y quitándose la capa. Tomó un largo sorbo
de agua de la taza que Matty Roh le ofreció—. Por lo visto es del dominio
público. Mañana al mediodía lo llevarán ante las puertas principales de la
ciudad y lo ahorcarán a la vista de todos.
—¿Cómo
está? —preguntó Morgan—. ¿Lo sabe alguien?
—Nadie
lo ha visto —respondió la muchacha tragando saliva—. Pero entre los soldados se
dice que irá al encuentro de la muerte por su propio pie —concluyó, mirando a
Matty Roh.
—Del
dominio público, ¿eh? —repuso Matty, frunciendo el entrecejo—. No me fío del
dominio público. Suele terminar siendo un «falso rumor», y lo digo por
experiencia.
—Todos
parecían muy seguros —dijo Damson vacilante. Luego se interrumpió—. Pero
supongo que tenemos que asegurarnos.
Matty
Roh se echó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y la barbilla
entre las manos, con su cara infantil concentrada.
—Me
has explicado cómo te utilizaron para atrapar a Padishar. —Morgan la miraba
fijamente. Era la primera vez que oía hablar de ello. ¿Cuántas cosas más no le
había contado Damson?—. Si funcionó una vez, hay muchas posibilidades de que
vuelvan a intentarlo. Pero cambiarán las normas. Esta vez se asegurarán de que
nadie escape, y en lugar de utilizar un cebo vivo, tal vez utilicen... el
dominio público.
—Un
señuelo —terció Morgan con un gesto de asentimiento. Debió imaginarlo—. Esperan
un intento de rescate, así que tratan de despistar. Tienen a Padishar en otro
lugar.
—Eso
creo —repuso Matty, con gesto solemne.
—He
dejado señales que el Topo no puede pasar por alto —continuó Damson
levantándose—. Si viene, lo hará esta noche. Tengo tiempo hasta entonces para
volver e intentar averiguar dónde está Padishar.
—Voy
contigo —dijo Morgan poniéndose en pie y cogiendo la capa.
—No
—repuso Matty Roh con firmeza, levantándose y poniéndose entre ambos—. No vais
a ir ninguno de los dos; iré yo. —Cogió su capa, luego miró a Morgan—. A ti
podrían reconocerte ahora que vas sin disfraz, y no podrás meterte donde puedes
enterarte de algo, así que más vale que te quedes aquí. —Se volvió hacia Damson
y añadió—: Y tú no puedes correr más riesgos, porque también te conocen. Ya ha
sido bastante arriesgado lo de esta mañana. Debes permanecer en un lugar seguro
hasta que puedas reunirte con el Topo y vayáis a buscar a los demás. No podrás
hacerlo si te descubren y acabas haciendo compañía a Padishar Cesta. Además, yo
soy mejor que tú en esto. Sé escuchar y averiguar cosas. Mi oficio es descubrir
secretos.
La
miraron un instante sin hablar. Cuando Morgan empezó a protestar, Damson lo
hizo callar con la mirada.
—Tiene
razón. Padishar estaría de acuerdo. —De nuevo Morgan intentó hablar, pero
Damson se adelantó—. Te esperaremos aquí, Matty. Ten cuidado.
—No
me esperéis si no he vuelto al anochecer —dijo Matty haciendo un gesto de
asentimiento y, echándose la capa por los hombros, apretó las mandíbulas con
resolución. A continuación, dedicando a Morgan una breve e irónica sonrisa,
añadió—: Tenme en un lugar seguro en tus pensamientos, joven de las tierras
altas. —Luego cruzó el patio y la puerta del otro lado, y desapareció.
Esperaron
a Matty Roh todo el día agazapados en el cobertizo, tratando de disfrutar al
máximo de la sombra que les proporcionaba. El Sol avanzaba poco a poco por el
oeste dejando a su paso una estela de calor, y en el patio apenas si corría el
aire y el poco que había era polvoriento.
Para
que el tiempo pasara más deprisa, Morgan empezó a contar a Damson cómo Padishar
y él habían combatido juntos contra la Federación en el Saliente. Pero hablar
de ello no le ayudó a aliviar el tedio como había esperado. Su mente fue
invadida por un recuerdo que ya creía olvidado; no era de Steff, de Teel o del
escalador, ni siquiera de su demoledora lucha en las catacumbas, sino de la
terrible y escalofriante sensación de sentirse incompleto que había
experimentado al ser despojado de la magia de la Espada de Leah. No pudo evitar
pensar en que al recuperar esa magia que había permanecido dormida a lo largo
de varias generaciones en su familia, se habían abierto unas puertas que habría
sido preferible dejar cerradas. La magia se había sentado a horcajadas sobre él
dominándolo por completo, un elixir de poder más poderoso que la razón o la
abnegación, insidioso en su intento de dominar e incuestionable en su necesidad
de mandar. Recordó cómo ese poder lo había envuelto y cómo había sufrido su
pérdida después, arrebatándole el coraje y la determinación cuando más los
necesitaba, hasta que ahora, una vez más en posesión del poder, le aterraba lo
que podía costarle recurrir a él. Eso le hizo pensar de nuevo en Par, que había
recibido la maldición, más que bendición, de la magia del cantar, una magia
potencialmente diez veces más poderosa que la de la Espada de Leah, una magia
que se había visto obligado a contener desde que nació y que ahora había
evolucionado de una forma aterradora amenazándolo con consumirlo por completo.
Morgan pensó en que en cierto sentido había tenido más suerte que el joven del
valle. Él había contado con mucha gente para ayudarlo: Steff, Padishar, Walker,
Despertar, Horner Dees y ahora Damson y Matty Roh. Todos habían aportado a su
vida una dosis de juicio y equilibrio, evitando que se abandonara a la
desesperación que de otro modo se habría apoderado de él. Le habían arrebatado
para siempre a algunos de ellos, y a otros los habían alejado los
acontecimientos, pero habían estado allí cuando los había necesitado. ¿En quién
podía confiar Par? ¿En Coltar, que se había separado de él por un truco de los
Espectros? ¿O en Padishar, que también había desaparecido? ¿En Walker, Wren u
otro de los que habían emprendido con él ese viaje interminable? ¿En Cogline?
¿En él? Sin duda en él no. Sólo había tenido a Damson y al Topo, sobre todo a
Damson. Y ahora ella también se había ido y Par volvía a estar solo.
Un
pensamiento le llevó al siguiente, y aunque había empezado a hablar de Padishar
y el Saliente, al llegar al final se sorprendió dando la vuelta y hablando una
vez más de lo que más le atormentaba, de su amigo Par, a quien creía haber
fallado una y otra vez. Le había prometido que estaría siempre a su lado; le
había dado su palabra de acompañarlo al norte como su protector. Pero no había
cumplido su promesa, y se sorprendió deseando tener otra oportunidad, sólo una,
para compensar las que había desperdiciado.
Damson
también habló del joven del valle, y el timbre de su voz delató sus
sentimientos más que cualquiera de sus palabras, su propia sensación de
pérdida, de lo que también para ella era un fracaso. Había elegido a Padishar
Cesta en lugar de a Par, y aunque la elección podía estar justificada, eso no
era suficiente para consolarse.
—Estoy
cansada de tomar decisiones, Morgan Leah —dijo después de haber permanecido un
rato callados, tendidos en el suelo y bebiendo agua caliente para evitar
deshidratarse. Hizo un ademán de desaliento—. Estoy cansada de sentirme
obligada a elegir, de tener que tomar continuamente decisiones que no quiero
tomar, porque decida lo que decida, sé que acabaré haciendo daño a alguien.
—Hizo un gesto de pesar y unas arrugas surcaron su frente—. Estoy cansada,
Morgan, y no me veo con fuerzas para seguir. —Tenía los ojos llenos de
lágrimas, provocadas por unos pensamientos y sentimientos que él desconocía.
—Seguirás
porque debes seguir, Damson. Hay gente que depende de que lo hagas, y tú lo
sabes. Padishar ahora. Y luego Par. —Se irguió—. Pero no te preocupes, lo
encontraremos entre los dos. No descansaremos hasta dar con él. No podemos
rendirnos antes de tiempo, ¿no crees?
Tuvo
la impresión de hablar con condescendencia y no le gustó. Pero ella respondió
con un gesto de asentimiento mientras se secaba las lágrimas, y volvieron a
esperar a Matty Roh.
Se
hizo de noche y Matty no había regresado. Las sombras ahuyentaron la luz y el
cielo se oscureció rápidamente, poblándose de estrellas. Al oeste, más allá de
donde alcanzaba la vista, seguía aproximándose el frente de la tormenta y
dentro de los muros de la ciudad el aire empezó a enfriarse.
—No
puedo esperar más, joven de las tierras altas —dijo Damson levantándose—. Tengo
que irme si quiero encontrar al Topo y estar a tiempo para traer a la ciudad a
los proscritos. —Se puso la capa—. Espera aquí a Matty y cuando venga, piensa
en un plan para ayudarnos.
—Cuando
venga —repitió Morgan—. Suponiendo que lo haga.
—Pase
lo que pase, vendré a buscaros tan pronto como pueda —dijo ella, apoyando una
mano en su hombro.
—Buena
suerte, Damson. Ten cuidado.
Ella
esbozó una sonrisa y desapareció por el patio cada vez más oscuro. La piedra le
transmitió el eco de sus pasos hasta que dejaron de oírse.
Morgan
permaneció sentado en la penumbra escuchando cómo la ciudad enmudecía poco a
poco. Por encima de su cabeza, las nubes ocultaron las estrellas. La noche se
hizo más cerrada y se impuso un extraño silencio en el risco. Padishar, espera,
ya vamos, pensó. Como sea, pero vamos a ir.
Intentó
dormir, pero no pudo; trató de pensar en algún plan, pero eso suponía abandonar
su escondite y si lo hacía, tal vez no pudiera volver. Tenía que esperar. En su
mente se agolpaban planes de rescate, pero eran tan efímeros como el humo,
basados en especulaciones y no en hechos, y por tanto, inútiles. Si al menos
hubiera traído la Espada de Leah, no se sentiría tan indefenso. Deseó haber
tomado decisiones más acertadas en sus esfuerzos por ayudar a sus amigos. Deseó
esconderse en un rincón oscuro, y tuvo que obligarse a reprimir sus deseos por
temor a acabar paralizado por el arrepentimiento.
Era
casi medianoche cuando oyó el ruido de unas botas en el patio enlosado y,
levantando la vista medio dormido, vio a Matty Roh materializarse a la tenue
luz de las estrellas. Se levantó de un salto, y ella lo hizo callar, cruzó
hasta donde la esperaba y se sentó a su lado sin aliento.
—He
corrido el último kilómetro y medio —dijo—. Temía que te hubieras ido.
—No.
—Morgan esperó—. ¿Estás bien?
—¿Y
Damson? —preguntó ella mirándolo, y sus ojos reflejaron una expresión de
angustia.
—Ha
ido a reunirse con el Topo, y luego irá a buscar a Chandos y todos los demás, y
los traerá por los túneles. Se reunirá con nosotros aquí al amanecer.
—Me
alegro de que estés aquí —dijo ella, esbozando una sonrisa angustiada e
interrogante.
—¿Qué
ha pasado, Matty? —preguntó Morgan, devolviéndole la sonrisa, pero le pareció
que no era un momento apropiado para sonreír, y dejó que se borrara.
—Lo
he encontrado.
—Explícamelo
—la apremió Morgan en voz baja, respirando profundamente. Al ver su rostro
cubierto de sudor y su extraña mirada, supo que no debía meterle prisas.
Ella
se inclinó hasta estar hombro con hombro con el joven de las tierras altas. Sus
delicadas facciones de muchacho estaban tensas, y había en ella una urgencia
que irradiaba con la misma seguridad que la luz.
—Empecé
por las tabernas, mirando y escuchando. Hice amigos fácilmente, soldados y un
oficial subalterno. Les sonsaqué lo que pude y seguí mi camino. Mencionaron el
nombre de Padishar, pero sólo de pasada, en relación con la ejecución. Se hizo
de noche y seguía sin saber dónde lo tenían.
Tragó
saliva y alargó una mano para coger la lata de agua, se sirvió una taza y la
bebió con avidez. Él sentía la fuerza de su delgado cuerpo moverse contra el
suyo. Matty se volvió de nuevo hacia él.
—Estaba
segura de que lo tenían en algún lugar que la gente evitaría. Si la torre de
vigilancia era una artimaña, ¿en qué otro sitio podía estar? Hay prisiones,
pero habría corrido la voz. Tenía que haber otro lugar, un lugar al que nadie
quisiera ir.
—El
Pozo —dijo Morgan, palideciendo.
—Exacto.
—Mantuvo los ojos clavados en él—. Entré en el Parque del Pueblo y encontré a
muchos guardias en la torre de entrada. ¿A qué se debía?, me pregunté. Esperé
hasta que salió un oficial de alto rango, de los que hablan. Lo seguí y me
senté con él a beber algo. Dejé que me persuadiera para acompañarlo a un lugar
privado. Cuando estuve a solas con él, le puse un cuchillo en la garganta y le
hice preguntas. Se mostró evasivo, pero logré que admitiera lo que yo ya sabía,
que tenía a Padishar encerrado en sus celdas.
—¿Vivo?
—Vivo
para que pueda ser ejecutado en público. No quieren que luego corran rumores de
que podría haber escapado. Quieren que todo el mundo lo vea morir.
Se
miraron en la oscuridad. El Pozo, pensó Morgan con el estómago encogido. Había
esperado no volver a bajar nunca más allí, ni siquiera acercarse a él. Pensó en
las criaturas que vivían allí, los Espectros inadaptados, los monstruos
atrapados por la barrera mágica que había hecho pedazos la Espada de Leah...
Apartó
de su mente ese pensamiento. El Pozo. Al menos sabía a lo que se enfrentaba y
podía elaborar un plan.
—¿Te
has enterado de algo más? —preguntó en voz baja.
Ella
hizo un gesto negativo. Morgan advirtió que le palpitaba la garganta, y el
casco negro de su cabello enmarcaba su delicado rostro.
—¿Y
el oficial?
Hubo
un largo silencio durante el cual ella lo miró a los ojos viendo más allá, a lo
lejos. Luego esbozó una sonrisa vacía.
—Cuando
terminé con él, lo degollé.
4
Después
de esa confesión permanecieron callados, sentados en el banco brazo con brazo,
contemplando la oscuridad. Morgan estuvo a punto de levantarse y marcharse en
varias ocasiones, pero temía que interpretara equivocadamente sus motivos, y
decidió quedarse donde estaba. Unas risas discordantes e inoportunas quebraron
el silencio del patio abierto, y parecieron crispar aun más los nervios. Morgan
no sabía cuánto tiempo había pasado. Debía decir algo, lo sabía. Debía
enfrentarse a la oscura imagen creada por las palabras de Matty, pero no sabía
cómo hacerlo.
Un
perro ladró a los lejos, un prolongado staccato que dejó de oírse con una
brusquedad discorde.
—Desapruebas
que lo matara —dijo ella por fin. No era una pregunta, sino la constatación de
un hecho.
—Sí,
lo desapruebo.
—¿Crees
que no debería haberlo hecho?
—Sí.
—A Morgan no le gustaba admitirlo. Ni le gustó el tono en que lo había dicho,
pero no pudo evitarlo.
—¿Qué
habrías hecho tú?
—No
lo sé.
Ella
lo sujetó por los hombros y lo volvió hasta quedar cara a cara. Sus ojos eran
puntitos de luz azul.
—Mírame
—dijo—. Tú habrías hecho lo mismo.
Él
respondió con un gesto de asentimiento, pero no estaba convencido.
—Lo
habrías hecho porque si lo piensas, no había otra salida. El hombre sabía quién
era y lo que me proponía. No habría tenido ninguna duda. Si le hubiera
perdonado la vida, aunque lo hubiera atado y escondido en alguna parte, habría
podido escapar o podrían haberlo encontrado o lo que fuera. Y eso habría sido
nuestro fin. Tus planes, sean los que sean, no tendrían una sola oportunidad. Y
yo tengo que volver a Varfleet. Si él me viera allí alguna vez me reconocería.
¿Comprendes?
—Sí.
—Pero
sigue sin gustarte —respondió ella con acritud. Hizo un gesto de impotencia y
su pelo negro brilló. En su voz había una tristeza inequívoca—. A mí tampoco,
Morgan Leah. Pero hace tiempo aprendí que para sobrevivir tengo que hacer
muchas cosas que no me gustan. Y no puedo cambiarlo. Ha pasado mucho tiempo
desde que tenía un hogar, una familia, un país y algo o alguien aparte de mí
misma en quien confiar.
—Lo
sé —la interrumpió él, avergonzado.
—No,
no lo sabes.
—Sí
lo sé. Lo que hiciste era necesario y no debería criticarlo. Supongo que lo que
me preocupa es la idea. Te veo de otra forma, de un modo diferente.
—Eso
es porque no me conoces, Morgan —respondió Matty, esbozando una triste
sonrisa—. Me ves de una manera durante un breve espacio de tiempo y crees que
soy así. Pero tengo otras muchas personalidades que no has visto. Ya he matado
antes. He matado cara a cara y sin esconderme. Y lo he hecho para salvar el
pellejo. —Estaba llorosa—. Si no puedes comprenderlo... —Se interrumpió
mordiéndose el labio inferior, se levantó bruscamente y se alejó.
Él
no trató de detenerla. Observó cómo se iba al fondo del patio y se sentaba en
el suelo de piedra con la espalda contra la pared, rodeada de profundas
sombras. Matty permaneció sin moverse en la oscuridad. El tiempo pasaba y a
Morgan le pesaban los párpados. No había dormido desde la noche anterior y
entonces poco. Amanecería antes de que se diera cuenta y estaría exhausto.
Todavía no había concebido un plan para rescatar a Padishar Cesta... ni
siquiera había considerado el asunto. Se sentía falto de ideas y de esperanza.
Por
fin tendió la capa en el suelo del cobertizo, hizo una almohada con los trapos
que habían traído los tres y se tendió. Trató de pensar en Padishar, pero se
quedó dormido casi al instante.
En
cierto momento de la noche le despertó un movimiento. Notó el cuerpo de Matty
Roh acurrucándose a su lado, apretándose contra él. Un brazo esbelto lo rodeó y
una mano encontró la suya.
Permanecieron
así el resto de la noche.
Casi
había amanecido cuando Damson le tocó el hombro para despertarlo. Entre las
sombras había rayos de luz que anunciaban la llegada del día, débiles líneas
plateadas en las paredes que lo rodeaban. Parpadeó soñoliento y reconoció a
quien estaba a su lado en cuclillas. Seguía entrelazado con Matty y la despertó
empujándola con suavidad. Se levantaron rígidos y torpes.
—Están
aquí —se limitó a decir Damson. Sus ojos no revelaban lo que pensaba tras
encontrarlos juntos. Hizo un gesto por encima de su hombro—. El Topo los ha
escondido en una bodega no muy lejana. Anoche me encontró poco después de que
te dejara, me llevó por los túneles y juntos hemos traído a Chandos y todos los
demás. Estamos preparados. ¿Habéis encontrado a Padishar?
—Matty
lo encontró —respondió Morgan, ya completamente despierto. Se volvió hacia la
cara menuda y delicada de la joven—. Yo no habría podido, no lo creo.
—Gracias,
Matty. Temía que hubiera sido todo en balde —dijo Damson, dedicando a la joven
una agradecida sonrisa y cogiendo sus manos esbeltas.
—No
me las des aún. —Los ojos color cobalto de Matty brillaron como la piedra—.
Todavía tenemos que sacarlo de allí. Está encerrado en las celdas de la torre
de vigilancia del Pozo.
—Claro,
Lo llevaron allí, ¿no? —Damson apretó la mandíbula, y se volvió hacia el joven
de las tierras altas—. Morgan, ¿cómo vamos...?
—Será
mejor que nos demos prisa —la interrumpió él—. Te lo diré cuando nos reunamos
con los demás.
Si
he encontrado un plan para entonces, añadió para sí. Pero en lo más recóndito
de su mente empezaba a tomar forma el comienzo de una idea, un plan que había
empezado a urdir tan pronto como se despertó. Se puso la capa y los tres juntos
abandonaron el pequeño patio, cruzaron de nuevo las habitaciones y salieron a
la calle.
Fuera
estaba silencioso y desierto, la calle era un pasillo negro que discurría entre
las paredes de los edificios hasta desaparecer en una maraña de cruces y
callejuelas. Se movieron con rapidez, casi pegados a la piedra, en fila india,
abriéndose paso entre la oscuridad de la noche que agonizaba. La mente de
Morgan funcionaba a toda velocidad, barajando todas las posibilidades,
examinando diversas estrategias, considerando diferentes alternativas. Padishar
sería ejecutado al mediodía. Sería colgado a las puertas de la ciudad. Para
ello tendrían que trasladarlo de la torre de vigilancia del Pozo al muro
exterior. ¿Cómo iban a hacerlo? Lo bajarían por la Vía Tyrsiana, que era ancha
y fácil de vigilar. ¿A pie? No, tardaría mucho. ¿A caballo o en un carro? Sí,
de pie en un carro para que todo el mundo lo viera.
Entraron
en un pasaje que discurría entre dos edificios y no tenía salida. A mitad de
camino había una puerta y entraron. Dentro estaba oscuro, pero se abrieron paso
a tientas hasta una puerta situada en la pared del fondo, que se abría a la
parpadeante luz de una lámpara. Chandos estaba de pie en el umbral, espada en
mano, con la negra barba erizada. Su semblante era feroz en la penumbra, una
gran mole de hierro. Pero esbozó una sonrisa acogedora y los condujo escaleras
abajo hasta la bodega donde esperaban los demás.
Hubo
saludos y apretones de manos, y una sensación de anticipación, de estar listos.
El pequeño grupo de veinticuatro había tardado casi toda la noche en entrar en
Tyrsis por los túneles, pero parecían descansados e impacientes, y en sus
miradas podía leerse una firme resolución. Chandos entregó a Morgan la Espada
de Leah, y el joven de las tierras altas se la colgó a la espalda. Estaba tan
ansioso como ellos.
Buscó
al Topo, pero no lo encontró. Cuando preguntó por él, Damson dijo que estaba
vigilando.
—Lo
necesitaré para que me enseñe el trazado que siguen los túneles por debajo de
las calles —dijo—. Necesitaré que me dibujes un mapa de la ciudad, para que él
pueda mostrármelo.
—¿Tienes
un plan, joven de las tierras altas? —preguntó Chandos, acercándose.
—Sí
—respondió Morgan, esperando que fuera cierto. Luego hizo que se acercaran y
les explicó en qué consistía.
El
día amaneció gris y opresivo, y el frente de tormenta se aproximó al borde de
Callahorn, nubes negras y arremolinadoras que proyectaban sus oscuras sombras
sobre las montañas de Runne al este. Hacía calor y no corría el aire en la
ciudad de Tyrsis; mientras sus habitantes se despertaban para empezar sus
jornadas de trabajo, el ambiente se impregnaba de sudor, polvo y olores
rancios. Los hombres y las mujeres miraban hacia el cielo, impacientes por que
la lluvia empezara a caer y descargara algo el ambiente.
A
medida que la mañana avanzaba, empezó a aumentar la excitación en torno a la
inminente ejecución del proscrito Padishar Cesta. La gente se apiñó a las
puertas de la ciudad para esperar, irritables y agobiados por el calor,
ansiosos de cualquier distracción. Las tiendas cerraron, los vendedores
recogieron sus puestos y el trabajo fue dejado a un lado en lo que no tardó en
convertirse en un ambiente de carnaval. En todas partes había payasos y
embaucadores, vendedores de refrescos y golosinas, charlatanes y mimos, y
cordones de soldados de la Federación con sus uniformes negros y escarlata,
colocándose a ambos lados de la Vía Tyrsiana desde el muro exterior. Al llegar
el mediodía, se hizo más oscuro a medida que las nubes negras cubrían de
horizonte a horizonte los cielos y empezó a caer una fina bruma.
En
el centro de la ciudad, el Parque del Pueblo estaba silencioso y desierto. El
viento de la tormenta que se avecinaba hacía susurrar las hojas de los árboles
y agitaba las banderas en la entrada de la torre de vigilancia. Había llegado
un carro tirado por caballos y rodeado por guardias de la Federación. Una lona
extendida por encima de aros metálicos cubría la base de madera, y tenía las
ruedas y los lados revestidos de hierro. Los caballos piafaban cada vez más
cubiertos de espuma con sus arneses, y los hombres uniformados tenían la cara
cubierta de una capa de sudor. Los ojos registraban los árboles y senderos del
parque, los muros que circundaban el Pozo y las sombras que se agolpaban
alrededor. Los extremos de hierro de las picas y las hachas brillaban
tenuemente. Hablaban en voz baja y furtiva, como si temieran que alguien
pudiera oírlos.
De
pronto, las puertas de la torre de entrada se abrieron de par en par y salió un
grupo de soldados seguido por Padishar Cesta. El líder de los proscritos tenía
los brazos atados firmemente a la espalda y la boca amordazada. Caminaba con
pasos titubeantes y dolorosos, y tenía sangre en la cara, y cardenales y cortes
en todo el cuerpo. Mantenía la cabeza alta a pesar del dolor evidente, y
vigilaba a sus captores con una mirada fija y feroz. Pocos sostenían su mirada,
concentrando su entrenada atención en otra parte, esperando que pasara por su
lado para dirigirle una mirada furtiva. Lo llevaron hasta la parte trasera del
carro y lo obligaron a subir de un empujón. Sujetaron la lona, el carro dio
media vuelta y los soldados empezaron a reunirse en filas a cada lado. Cuando
todo estuvo listo, la procesión empezó a moverse despacio hacia delante.
Les
llevó mucho tiempo salir del parque, con los caballos cuidadosamente
controlados y filas de soldados alrededor del carro formando un sólido muro.
Eran más de cincuenta, armados y con expresión dura, abriéndose paso con las
lanzas por entre los árboles hacia la Vía Tyrsiana. La poca gente con la que se
cruzaron fue rápidamente apartada, y el carro entró despacio y dando bandazos
en la ciudad. A cada lado se alzaban edificios y por las ventanas se asomaban
cabezas. Los soldados se desplegaron y se adelantaron para registrar las
puertas y los nichos, para comprobar los cruces y callejuelas, para apartar
cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Llovía bastante, y el
agua caía en la piedra del camino, oscureciéndolo y empezando a formar barro. A
lo lejos, en alguna parte, retumbó un trueno, un rugido prolongado que hizo eco
entre los muros de la ciudad. La lluvia arreció y cada vez era más difícil ver.
El
carro había llegado a los terrenos comunes donde se cruzaban una serie de
calles cuando apareció la mujer. Lloraba histérica, pidiendo a los soldados que
se detuvieran. Iba desaliñada y tenía la cara cubierta de lágrimas. Tenían al
líder de los proscritos con ellos, ¿no? Lo llevaban a la horca, ¿verdad? Pues
ella se alegraba, gritó con vehemencia, porque era el responsable de la muerte
de su marido y de su hijo, hombres buenos que habían luchado por la causa de la
Federación. Y quería ver cómo lo colgaban. Quería estar allí cuando eso
ocurriera.
La
procesión se detuvo vacilante, mientras otros se sumaban al griterío de la
mujer, conmovidos por su feroz discurso. Colgad al líder de los proscritos,
gritaban furiosos. El grupo harapiento siguió avanzando, alzando las manos y
haciendo gestos frenéticos. Los soldados los contuvieron con las picas y las
lanzas, y el oficial al mando de la unidad les ordenó que retrocedieran.
Nadie
reparó en que la rejilla de una alcantarilla se movía debajo de donde se había
detenido el carro, ni vio las siluetas oscuras que salieron de una en una de la
oscuridad para agazaparse debajo de él.
¡Colgadlo
aquí y ahora!, gritaba la multitud sin dejar de empujar a los soldados
amontonados ante ellos. El oficial de la Federación había desenvainado la
espada y ordenaba a gritos a sus hombres que despejaran el camino.
De
pronto, las siluetas de debajo del carro se dispersaron en todas direcciones,
unas hacia el asiento del conductor y otras hacia la parte trasera. Derribaron
a los conductores y al oficial sujetándolos por la garganta, y empujaron por la
parte trasera a otros soldados, que aterrizaron en un triste montón cubiertos
de sangre. Los soldados que rodeaban el carro se volvieron instintivamente para
ver qué pasaba, y al instante la mitad de ellos cayeron agonizantes; los
proscritos, que en ese momento constituían el grueso de la multitud, habían
arrojado sobre ellos las dagas que habían mantenido escondidas. Se oyeron
gritos y alaridos, y los soldados comenzaron a correr frenéticos de un lado a
otro, intentando apuntar las armas.
Morgan
Leah apareció en el asiento del conductor del carro, cogió las riendas y arreó
a los caballos. El carro se precipitó hacia delante tirado por los caballos,
que tenían una mirada salvaje. Los soldados corrieron hacia el joven de las
tierras altas para detenerlo, pero Matty Roh se interpuso y los derribó con su
espada rápida y mortal. El carro pasó entre la vanguardia de la columna, y los
caballos pisotearon a varios hombres bajo sus cascos y aplastaron a otros
tantos. Morgan tiró de las riendas, dirigiendo a los caballos a una callejuela.
A su espalda la lucha continuaba, los hombres forcejeaban entre sí y combatían
con sus armas. La columna de la Federación fue diezmada. No quedaban de pie más
que un puñado de hombres, y éstos habían retrocedido hasta el muro y aporreaban
las puertas.
Damson
Rhee echó a correr, dando por terminada su actuación de viuda acongojada.
Cuando el carro pasó por su lado, se sujetó al asiento y subió a él. Los
proscritos también arremetían detrás de ellos, salvando rápidamente la
distancia que había entre ellos y el carro. Durante un breve instante pareció
que el plan de Morgan funcionaba. Luego algo se movió a un lado, entre las
sombras, y Morgan se distrajo momentáneamente volviéndose para mirar. Al
hacerlo el carro se encalló en un hoyo lleno de agua, se rompió un eje, se
soltó una rueda y el tiro restalló. El carro se inclinó hacia un lado y una
fracción de segundo más tarde volcó, arrojando a todos al suelo.
Morgan
aterrizó junto con Damson y Matty Roh. Se levantaron despacio, cubiertos de
barro y cardenales. El carro estaba estropeado, la lona hecha jirones y la caja
de madera astillada y partida. A lo lejos, el aterrorizado tiro desaparecía en
la oscuridad. Chandos salió arrastrándose entre los restos del carro, rodeando
a Padishar con sus musculosos brazos. El líder de los proscritos se había
librado de las ataduras y de la mordaza, y echaba fuego por los ojos cuando
intentó sostenerse él solo de pie.
—¡No
os detengáis! —exclamó jadeante—. ¡Seguid adelante!
Los
proscritos que habían defendido la retaguardia los alcanzaron, con las ropas
manchadas de sangre y rasgadas. Eran menos que antes, y algunos estaban
heridos. Eran seguidos por gritos y alaridos, y en la plaza apareció un nuevo
grupo de soldados.
—¡Deprisa!
¡Por aquí! —ordenó Damson a gritos, echando a correr.
La
siguieron con dificultad por la calle embarrada a través de un laberinto de
edificios inundados por la lluvia. De la piedra húmeda y caliente se levantaba
humo al enfriarse el aire, y a una distancia de seis metros todo desaparecía en
la bruma. De las calles laterales salieron más soldados de la Federación con
sus armas desenvainadas. Los proscritos se enfrentaron a ellos y los obligaron
a retroceder, luchando por despejar el camino. Matty Roh combatía en las
primeras filas, veloz y mortal mientras abría a los demás el camino. Chandos y
Morgan luchaban uno a cada lado de Padishar, quien, a pesar de tener el
suficiente coraje para intentarlo, carecía de fuerzas para protegerse. Se caía
continuamente, por lo que Chandos se vio obligado a cargarlo en sus espaldas.
Llegaron
a un puente que se extendía sobre un cauce seco y lo cruzaron tambaleantes y
exhaustos. Sin el carro, se estaban cansando rápidamente. Habían muerto casi la
mitad de los que habían entrado en la ciudad para rescatar a Padishar, y
algunos de los que quedaban estaban tan malheridos que no podían seguir
luchando. Llegaban soldados de la Federación por todas partes, respondiendo a
la llamada que se había dado en todas las guarniciones donde había llegado la
noticia de la huida. El reducido grupo luchaba con decisión y valentía, pero el
tiempo se agotaba. Pronto habría demasiados soldados, y entonces ni la niebla
ni la lluvia podrían ocultarlos.
De
la niebla salió una unidad de caballería a la carga, tan deprisa que no
tuvieron posibilidad de huir. Morgan vio que Matty se echaba a un lado y él
trató de hacer lo mismo. Los cuerpos de los proscritos eran lanzados al aire a
medida que eran arrollados. Pero los caballos tropezaban en medio del tumulto y
caían, arrastrando con ellos a los jinetes. De la masa que luchaba se alzaban
gritos y alaridos. Chandos había desaparecido, enterrado bajo un montón de
cuerpos. Padishar se echó a un lado y cayó de rodillas. Morgan se levantó y,
plantándose en el centro del puente, blandió la Espada de Leah ante todo lo que
tenía a su alcance. Lanzó el grito de guerra de la familia, «¡Leah, Leah!»,
tratando de sacar fuerzas de él, y volvió a reunir a los que quedaban para que
resistieran con él.
Por
un instante creyó que todo estaba perdido.
De
pronto apareció Chandos, ensangrentado y con un aspecto lamentable, apartando a
empujones a los soldados de la Federación como si fueran ramas secas. Se acercó
a Padishar, apoyado contra el muro del puente, y lo levantó. Damson, más
adelantada, los apremiaba a continuar. Matty Roh volvió a aparecer y,
abalanzándose sobre el último soldado de la Federación todavía en pie, lo mató
de un solo golpe y siguió corriendo. Morgan y los proscritos la siguieron,
patinando en la mezcla de lluvia y sangre que cubría el suelo del puente.
Al
otro lado del paso elevado encontraron a Damson esperándolos ante las puertas
abiertas de un gran almacén, indicándoles con gestos que se dieran prisa.
Redoblaron sus esfuerzos para alcanzarla, oyendo a sus espaldas a sus
perseguidores: las botas en el barro, el choque de las armas y las armaduras,
las maldiciones y gritos de cólera. Entraron a todo correr en el edificio en
penumbra, y Damson cerró las puertas detrás de ellos y las atrancó. El Topo
asomó la cabeza por una trampilla sumida en las sombras al fondo del edificio y
volvió a desaparecer.
—¡Por
los túneles! —ordenó Damson, señalando en la dirección por la que había
desaparecido el Topo—. ¡Deprisa!
Los
proscritos obedecieron inmediatamente, ayudando lo que podían a los heridos.
Chandos fue el primero, llevando a Padishar medio a rastras medio a cuestas, y
desapareció de su vista. Los gritos de sus perseguidores llegaron hasta las
puertas del almacén y empezaron a oírse violentos golpes. Las picas y las
lanzas cayeron sobre la barrera, astillando la madera. Morgan se detuvo en
medio del túnel. Matty Roh se había quedado sola ante el inminente ataque, con
la espada lista.
—¡Matty!
—gritó el joven de las tierras altas.
El
último de los proscritos se dejó caer por la trampilla. Las hachas de batalla
partieron la barra que protegía la entrada del almacén, las pesadas puertas se
vinieron abajo y los soldados de la Federación entraron en tropel en la
habitación. A la vanguardia iban los investigadores, envueltos en sus capas y
encapuchados, la insignia de la cabeza del lobo brillante en sus uniformes. Al
verlo, gritaron entusiasmados.
Morgan
se volvió para enfrentarse a ellos ante la entrada del túnel. Era demasiado
tarde para huir. Si lo intentaba, lo derribarían por detrás y, a continuación,
caerían sobre los demás. Si se quedaba allí, podría frenar el ataque y los
demás ganarían unos minutos preciosos. Matty Roh se puso en cuclillas a su
lado. Él pensó por un momento en decirle que huyera, pero la miró de reojo y se
convenció de que era perder el tiempo.
Atacaron
por tres frentes, pero Morgan y la joven lucharon con una violencia nacida de
la desesperación y consiguieron rechazarlos. La Espada de Leah se convirtió en
un fuego azul al hacer frente al ataque de los investigadores y derribó la
defensa de las criaturas negras reduciéndolas a cenizas. Algunos soldados de la
Federación, al ver lo que ocurría, retrocedieron entre gritos y juramentos.
Matty Roh vio en las filas los primeros indicios de debilitamiento y saltó
adelante, blandiendo su esbelta espada a tal velocidad que apenas se veía,
avanzando con movimientos fluidos y eficaces. Morgan la seguía, esforzándose
para cubrirle la espalda, movido por la repentina oleada de magia que el
talismán de Leah había inyectado en sus miembros. Volvió a entonar su grito de
guerra, «Leah, Leah», y se abalanzó sobre los soldados que tenía ante sí. Los
investigadores murieron al instante, y los soldados que los habían seguido
hasta allí tropezaron y cayeron unos sobre otros en su prisa por huir. Matty
Roh gritó con él, un sonido que desgarró la cacofonía de gritos que llegaban de
los muertos y heridos. Morgan estaba delirante, vacío de pensamientos,
necesidades o deseos, poseído completamente por el fuego de la magia.
El
ataque de la Federación fracasó y los últimos soldados con vida retrocedieron a
todo correr hasta las puertas del almacén y salieron a las calles de Tyrsis.
Morgan se volvió furioso, impulsado por la magia y el fuego que emanaban de la
Espada de Leah.
Esgrimiendo
el talismán como una guadaña, partió en dos las vigas que soportaban el techo y
todo el edificio empezó a derrumbarse.
—¡Ya
basta! —gritó Matty, cogiéndolo por el brazo y tirando de él.
Forcejeó
con ella un instante, luego se dio cuenta de lo que hacía y se rindió.
Corrieron hasta la trampilla y bajaron por ella en el preciso instante en que
el techo se hundía, sepultándolo todo con gran estrépito.
Una
vez abajo, echaron a correr a través de la oscuridad de los túneles sin dejar
de avanzar, sin fijarse en qué dirección corrían. A lo lejos destelló una débil
luz y corrieron frenéticos hacia ella. La extraña sensación de estar completo
que invadía a Morgan al utilizar la espada empezó a disiparse, abriendo dentro
de él un foso cada vez más amplio que no tardó en convertirse en ansiedad, en
una conocida sensación de pérdida, en el comienzo de una urgencia desesperada.
Luchó para contenerla, reprendiéndose por permitir que la magia lo dominara
como lo había hecho, invocando la imagen de Par, de Walker y, por último, de
Despertar para fortalecer su resolución. Alargó un brazo hacia Matty y le cogió
la mano. Ella la apretó, como si sintiera su miedo, y la aferró con fuerza.
No
me sueltes, suplicó él en silencio. No me dejes caer.
El
polvo y la humedad llenaron sus pulmones, y tosió para recuperar el aliento. El
agotamiento tiraba de él como unas cadenas sujetas a sus miembros y a su
cuerpo. Siguieron corriendo, y la luz se volvió más intensa y más cercana. La
respiración jadeante de Matty marcaba el golpeteo de sus botas contra la
piedra, y le zumbaban los oídos.
De
pronto, se encontraron en medio de la luz, un rayo que entraba por la rejilla
de una alcantarilla. El agua de la lluvia caía a través de ella en cascada,
formando una cortina plateada, y en el cielo retumbó un trueno. Matty se
desmoronó contra una pared y tiró de él. Permanecieron sentados con la espalda
apoyada contra la fría piedra, jadeantes.
La
muchacha se volvió hacia Morgan con sus ojos color cobalto salvajes y fieros, y
sus facciones de niña abandonada brillantes. Parecía como si quisiera gritar de
alegría, como si hubiera descubierto algo que había creído perdido
irremediablemente.
—¡Ha
sido maravilloso! —exclamó entre jadeos, y empezó a reírse como una niña.
Al
ver el desconcierto reflejado en la cara de Morgan, se inclinó hacia él y lo
besó apasionadamente en la boca, rodeándolo con los brazos y estrechándolo con
fuerza. Luego lo soltó, volvió a reírse y tiró de él para levantarlo.
—¡Vamos,
tenemos que alcanzar a los demás! ¡Corre, Morgan Leah!
Siguieron
recorriendo el túnel, y los ruidos de la tormenta los persiguieron en la
oscuridad. No habían llegado muy lejos cuando se quedaron sin aliento y
tuvieron que dejar de correr y continuar andando. Acostumbraron la vista a la
penumbra y fueron capaces de entrever a las ratas que se escabullían a su paso.
El agua de la lluvia entraba por las rejillas en corrientes cada vez más
fuertes, y no tardó en cubrirles los tobillos. Avanzaron de un rayo de luz a
otro, atentos a los ruidos de sus posibles perseguidores y de sus amigos. De
las calles llegaban gritos y alaridos, el galope de los caballos, el rumor de
los carros, el golpeteo de las botas. La ciudad estaba plagada de los soldados
que los buscaban y, de momento, los ruidos sólo llegaban de arriba.
Y
seguía sin haber rastro de Damson y de los proscritos.
Llegaron
por fin a una bifurcación en el túnel que los obligó a decidir. Morgan hizo lo
que pudo, pero no había nada que pudiera ayudarlo. Si la lluvia no hubiera
inundado el suelo de las alcantarillas, habría encontrado sus huellas.
Siguieron avanzando, uno al lado del otro; Matty Roh lo sujetaba como si
temiera perderlo en la oscuridad. La distancia entre las rejillas empezó a
ampliarse, hasta que estuvo tan oscuro que apenas veían.
—Creo
que hemos pasado de largo una curva —dijo Morgan en voz baja, furioso.
Retrocedieron
y volvieron a intentarlo. El nuevo túnel torcía bruscamente en una y otra
dirección, y la distancia entre las rejillas aumentó de nuevo y empezó a
escasear la luz. Colgada en la pared de la roca encontraron una antorcha
ennegrecida e intentaron encenderla utilizando un trozo de tela y las piedras
de Matty para hacer fuego. Tardaron mucho rato en producir una llama con toda
esa humedad, y cuando lo lograron, oyeron movimiento en los pasillos inundados
a sus espaldas.
—Han
excavado o encontrado otro camino —susurró la joven, esbozando una sonrisa
hermética—. Pero no nos cogerán..., y si lo hacen, desearán no haberlo hecho.
¡Vamos!
Siguieron
avanzando por los túneles cada vez más estrechos. Las rejillas desaparecieron
por fin y la antorcha pasó a ser la única luz. Las horas seguían transcurriendo
y fueron conscientes de que estaban acabados. Ninguno lo dijo, pero ambos lo
sabían. Por alguna razón se habían equivocado de camino. Todavía había alguna
posibilidad de que encontraran la salida, pero Morgan había perdido la
confianza en sí mismo. Hasta Damson, que vivía en la ciudad y bajaba a menudo a
los túneles, no se creía capaz de cruzar el laberinto de pasillos sin el Topo.
Se preguntó qué habría sido de ella y de los proscritos, y si los darían por
muertos.
Encontraron
otra antorcha, ésta en mejores condiciones, y se la llevaron consigo para
tenerla de repuesto. Cuando el trozo de tela cubierto de brea de la primera se
consumió, Morgan utilizó el cabo para encender la de repuesto y continuaron.
Estaban adentrándose en el risco y ya no veían ni oían la lluvia. Los ruidos
fueron amortiguándose hasta desaparecer, y sólo se oía su respiración y el
ruido de sus pasos. Morgan intentó avanzar en línea recta, pero los túneles se
interrumpían y cruzaban tan a menudo que tuvo que rendirse. El tiempo
transcurría, pero no había manera de saber con seguridad cuánto había
transcurrido. Tenían hambre y sed, pero no tenían nada que comer o beber.
—No
estamos yendo a ninguna parte —dijo por fin Morgan deteniéndose y volviéndose
hacia Matty—. Tenemos que intentar algo. Encontrar el camino que nos lleve
hasta el primer nivel. Podríamos salir esta noche a la calle y mañana
escabullirnos por las puertas.
Era
una posibilidad muy remota, ya que la Federación los estaría buscando por todas
partes, pero cualquier cosa era mejor que vagar impotentes en la oscuridad.
Pronto se haría de noche, y Morgan no podía dejar de pensar en los Espectros
que, según Damson, rondaban los túneles próximos al Pozo. ¿Y si tropezaban con
uno de ellos? Era demasiado peligroso permanecer más tiempo allí abajo.
Se
abrieron paso hasta la pared del risco, siguiendo los túneles ascendentes,
recorriendo el laberinto de pasadizos a la luz de la antorcha que se consumía
lentamente. Sabían que les quedaba poco tiempo; si no salían pronto a la calle,
la antorcha se apagaría y se quedarían atrapados en la oscuridad. Pero ahora
oían un ruido continuo a lo lejos, el movimiento de hombres que avanzaban a
través del agua y la humedad, el susurro de sus voces. Allí fuera había un
elevado número de cazadores y ellos seguían sin encontrar el modo de eludirlos.
Tardaron
mucho en llegar de nuevo a las alcantarillas y atisbar la luz del día que
entraba por las rejillas de la calle. La luz era tenue y cada vez más débil a
medida que el día daba paso a la noche, la lluvia se había convertido en
llovizna, y la ciudad estaba silenciosa y aparentemente desierta. Siguieron
andando hasta encontrar una escalera de mano que conducía a la calle; Morgan
respiró profundamente y subió por ella. Al asomarse a través de las barras, vio
apostados frente a él soldados de la Federación, sombríos y callados en la
oscuridad. Volvió a bajar sin hacer ruido y continuaron el camino.
La
antorcha se consumió, la luz del día se oscureció al encapotarse el cielo y
apenas iluminaba los túneles, y el ruido de sus perseguidores dejó de oírse,
siendo reemplazado por el que hacían las ratas al escabullirse y el de algún
líquido residual al gotear. Todas las rejillas por las que se asomaron estaban
vigiladas. Siguieron avanzando porque no tenían otra cosa mejor que hacer,
temiendo no poder empezar de nuevo si se detenían.
Morgan
empezaba a desesperar, cuando aparecieron ante él unos ojos, unos ojos de gato
que brillaron en la oscuridad y luego desaparecieron.
—¿Lo
has visto? —dijo en voz baja a Matty Roh, deteniéndose.
Percibió,
más que vio, cómo ella hacía un gesto afirmativo. Se quedaron largo rato
paralizados, sin atreverse a moverse hasta que no hubieran descubierto lo que
había allí fuera. Esos ojos no eran los de una rata.
Luego
oyeron ruido producido por el agua al agitarse, y el golpeteo de unas botas.
—¿Morgan?
—preguntó alguien en voz baja—. ¿Eres tú?
Era
Damson. Morgan respondió y un instante después ella los abrazaba y les decía
que llevaba horas buscándolos, que había registrado los túneles de un extremo a
otro intentando encontrarlos.
—¿Tú
sola? —preguntó Morgan con incredulidad. El alivio que había sentido al verla
era tal que casi se había mareado—. ¿Tienes algo de comer o beber?
—Me
ayudó el Topo —dijo Damson en voz baja, sacando de su bolsa un odre de cerveza
y pan con queso—. Cuando echaste abajo el techo del almacén, parte del túnel se
hundió con él. Tal vez no te diste cuenta. En cualquier caso, no podíamos
llegar hasta vosotros y acabasteis equivocándoos de camino. —Echó hacia atrás
su melena roja, dando un suspiro—. Antes teníamos que sacar de aquí a Padishar
y a los demás, y no había tiempo para buscaros. Pero una vez los dejamos a
salvo, el Topo y yo volvimos a buscaros.
A un
lado en la oscuridad, los brillantes ojos del Topo parpadearon. Morgan estaba
estupefacto.
—Pero
¿cómo nos habéis encontrado? Estábamos perdidos, Damson. ¿Cómo habéis
podido...?
—Rastreando
—dijo, cogiéndolo del brazo.
—¿Rastreando?
¡Pero si la lluvia ha borrado todas las huellas!
—No
la tierra, Morgan..., sino el aire —respondió Damson, esbozando una sonrisa
involuntaria.
El
joven de las tierras altas hizo un gesto de incomprensión.
—Topo
—dijo la joven—, cuéntaselo.
La
peluda cara del Topo apareció bajo la luz. Parpadeó casi soñoliento y arrugó la
nariz olisqueando al joven de las tierras altas.
—Desprendes
un olor muy fuerte —dijo—. Por todos los túneles. La encantadora Damson tiene
razón, eres fácil de rastrear.
Morgan
lo miró fijamente. Oyó a Matty Roh contener una risa y se ruborizó.
Descansaron
el tiempo suficiente para comer algo y se pusieron de nuevo en camino, esta vez
con el Topo como guía. No se encontraron con los soldados de la Federación ni
con los Espectros Corrosivos, y avanzaron sin obstáculos. Mientras andaba, los
pensamientos de Morgan entraron y salieron del pasado en un lento y deliberado
viaje de autoexamen. Se contempló a sí mismo y los cambios que había sufrido, y
descubrió que no le desagradaba. Había aprendido lecciones importantes y había
mejorado tras recorrer el camino que lo había llevado de Leah al norte.
Cuando
salieron de la ladera de la montaña hacia el norte, el cielo estaba despejado e
iluminado por la luz de la Luna y las estrellas. El aire purificado por la
lluvia olía a bosque, y del oeste soplaba una brisa fresca y suave.
Permanecieron de pie en la hierba todavía húmeda, mirando al otro lado de los
llanos y colina, los Dientes del Dragón y el horizonte lejano.
Morgan
miró a Matty Roh de reojo y la sorprendió estudiándolo con una leve sonrisa,
sus pensamientos íntimos y herméticos, y curiosamente cautivadores. Era poco
agraciada pero atractiva, reservada pero atrevida, y otros muchos
contrasentidos, una paradoja de estados de ánimo y comportamientos que él no
comprendía ni quería comprender. La vio en recuerdos fragmentados: como el
muchacho con quien la había confundido en el Whistledown, como la joven con los
pies deformes y un pasado destrozado de la Cuenca de los Aros de Fuego, como la
espadachín rápida y mortal frente a la Federación y los Espectros en Tyrsis, y
como la niña abandonada que en un instante dejaba de ser demonio para
convertirse en duendecillo.
No
pudo evitar devolverle la sonrisa, intentando compartir un secreto que sólo
ella conocía.
—¿No
te vienes con nosotros? —preguntó Damson al Topo, arrodillándose ante él, pero
éste respondió con un gesto negativo—. Cada vez que regresas, el peligro es
mayor.
—No
temo por mí, encantadora Damson, sino por ti —respondió el Topo.
—Los
monstruos, los Espectros, están en la ciudad —le recordó ella con suavidad.
—Los
monstruos están en todas partes —repuso él abrazándola brevemente y mirándola
con semblante serio.
Damson
hizo un gesto de asentimiento y extendió los brazos para abrazar a su menudo
amigo.
—Adiós,
Topo. Gracias por todo. Gracias por salvar a Padishar. Estamos en deuda
contigo. —El Topo parpadeó y sus ojos, ya de por sí brillantes, refulgieron.
Ella lo soltó y, levantándose, añadió—: Vendré a buscarte cuando pueda, lo
prometo.
—¿Cuando
encuentres al joven del valle? —El Topo pareció avergonzarse de improviso.
—Sí,
cuando encuentre a Par Ohmsford. Volveremos los dos.
—Te
esperaré, encantadora Damson —dijo el Topo frotándose la cara—. Te esperaré
siempre. —Luego se volvió y desapareció de nuevo entre la roca, fundiéndose con
ella como una de las sombras de la noche.
Morgan
permaneció de pie junto a Matty Roh, mirando fijamente hacia el sitio por donde
había desaparecido el Topo, sin creer del todo que se hubiera ido. La noche era
silenciosa y fría, vacía de sonidos y llena de recuerdos que se embrollaban
como palabras pronunciadas demasiado deprisa, y todo parecía un sueño que iba a
terminar en un abrir y cerrar de ojos.
—Me
voy a buscar a Par —dijo Damson en voz baja, volviéndose hacia él—. Chandos ha
llevado a Padishar y a los demás de vuelta a la Cuenca de los Aros de Fuego,
donde descansarán un par de días antes de emprender el camino al norte para
reunirse con los trolls. Yo ya he hecho todo lo que he podido por él, Morgan.
Ya no me necesita. Pero Par Ohmsford sí, y voy a cumplir la promesa que le
hice.
—Lo
comprendo. Yo te acompañaré.
—Entonces
yo también voy —dijo Matty Roh, en actitud desafiante. Escudriñó las caras de
uno y otra en busca de alguna objeción y al no descubrir ninguna preguntó con
un tono más razonable—: ¿Quién es Par Ohmsford?
Morgan
estuvo a punto de soltar una carcajada. Había olvidado que Matty apenas sabía
lo que estaba ocurriendo. Supuso que no había motivos para que no lo supiera
todo. Se había ganado el derecho entrando con ellos en Tyrsis para rescatar a
Padishar Cesta.
—Cuéntaselo
por el camino —dijo Damson de pronto, mirando por encima del hombro inquieta—.
Aquí corremos demasiado peligro. No olvidéis que siguen buscándonos.
Instantes
después caminaban en dirección este, lejos del risco, hacia el río Mermidón.
Tras una hora de camino encontrarían cobijo en los bosques, donde podrían
dormir unas horas. Era todo lo que podían esperar de esa noche.
Mientras
viajaban, Morgan contó de nuevo la historia de Par Ohmsford y los sueños de
Allanon. Las tres figuras se desvanecieron poco a poco en la lejanía, la
medianoche llegó y se fue, dando paso a un nuevo día.
5
Pasaron
el resto de la noche en una glorieta de robles blancos a orillas del río
Mermidón, unos kilómetros más abajo del desfiladero de Kennon. Era un lugar
fresco y sombreado, ideal para dormir, protegidos del calor de finales de
verano que empezaba a apretar desde primeras horas en las llanuras abiertas, y
no se despertaron hasta mucho después de que amaneciera. Se lavaron y comieron
las provisiones que llevaba Damson, escuchando el fluir de las aguas y los
trinos eufóricos de los pájaros. Morgan se frotó los ojos soñoliento e intentó
recordar todo lo que había ocurrido el día anterior, pero ya empezaba a
difuminarse en su mente el recuerdo, como si hubiera sido almacenado mucho
tiempo atrás. Por lejano que pareciera, lo importante era que Padishar Cesta
volvía a estar a salvo, se dijo cansado. Y relegó el asunto al remoto ayer.
Se
puso las botas mientras masticaba un trozo de pan con queso y pensó en lo que
los esperaba. El presente era una expectación cálida y sofocante que titilaba a
través de las sombras moteadas de las hojas y las ramas, y que podía llevarlo a
cualquier parte. El pasado era un recordatorio de las vicisitudes de la vida,
el azar barajando distintas posibilidades y devolviendo lo que creía que debía.
Los contratiempos y las pérdidas que Morgan había experimentado lo habían
templado como el hierro al pasar por el fuego, y había formado a su alrededor
un vacío que no creía que nada pudiera llenarlo de nuevo, un lugar muerto donde
no podían sobrevivir el dolor, la decepción y el miedo, un escudo que le
permitía ahuyentar todo y continuar cuando a veces creía que no podría hacerlo.
El problema, por supuesto, era que impedía el acercamiento de otras cosas, como
la esperanza, el cariño y el amor. Si quería, podía dejarlos entrar, pero
siempre existía el peligro de que se colaran también otros sentimientos. Cuando
dejabas entrar a uno, te arriesgabas a que entraran los demás. Era lo que le
habían legado Steff y Despertar, el Saliente y Eldwist, los Espectros
Corrosivos y los demás Espectros. Era una verdad que lo atormentaba.
Apartó
de su mente esos pensamientos y especulaciones y terminó de comer; después se
levantó y se estiró.
—¿Listo?
—preguntó Damson Rhee. Estaba colorada por el agua fría que se había echado a
la cara, y el pelo pelirrojo recién cepillado le brillaba. Era guapa y vital,
la determinación irradiaba de ella como el calor de una llama. Morgan la miró y
pensó en lo afortunado que era Par de tener a alguien como ella enamorado de
él.
Matty
Roh terminó de lavar su plato y se lo pasó a Damson para que lo guardara.
—¿Adónde
vamos ahora? —preguntó con su acostumbrada franqueza—. ¿Cómo vamos a encontrar
a Par Ohmsford?
—Vamos
a seguir su pista —respondió guardando el plato con los demás. Luego cerró la
bolsa y se levantó—. Con esto. —Se metió la mano dentro de la túnica y sacó lo
que parecía medio medallón colgado de un cordel de cuero.
Morgan
y Matty se acercaron. El medallón, un disco de metal en realidad, no tenía
marcas ni insignias, y la cortante irregularidad del lado recto indicaba que
había sido partido recientemente.
—Se
llama skree —dijo Damson, sosteniéndolo en alto a la luz, donde brilló como oro
cobrizo—. Le di la otra mitad cuando nos separamos. Está hecho de un solo
metal, de una misma forja, y sólo puede utilizarse una vez. Las mitades se
atraen reuniendo a los que las llevan. Despiden luz cuando están cerca.
—¿A
que distancia hemos de estar? —Matty Roh parecía escéptica. El pelo corto y
recto le enmarcaba su cara pequeña y delicada, y su mirada era intensa e
inquisitiva. Parecía recién lavada y fresca, y más joven de lo que era, sin dar
ninguna información sobre la persona que era.
—El
skree es una magia de la calle —respondió Damson, esbozando una sonrisa—. Lo he
visto funcionar y sé que puede hacerlo. —Su sonrisa se endureció—. ¿Lo
probamos?
Lo
sostuvo en la palma y se volvió hacia el oeste, el norte y finalmente el este.
No ocurrió nada. Damson dirigió una rápida mirada a sus compañeros de viaje.
—Se
dirige al sur. Lo he dejado para el final. —Apuntó con la mano el sur. La cara
cobriza del skree tal vez brilló débilmente, Morgan no estaba del todo seguro,
pero Damson hizo un gesto de asentimiento—. Por lo visto está muy lejos. —Su
sonrisa vaciló al dejar que su mirada se encontrara con la de sus amigos—.
Tienes que saber interpretarlo. —Se guardó el medallón en la túnica y añadió—:
Más vale que nos pongamos en camino.
Cogió
la bolsa y la colgó del hombro. Matty Roh miró a Morgan de soslayo y movió la
cabeza como diciendo: ¿Has visto algo que se me haya escapado? Él hizo un gesto
de ignorancia. No estaba seguro.
Salieron
al calor y siguieron el río Mermidón en su serpenteante curso en dirección
este, hacia Varfleet, manteniéndose a la sombra de los árboles. Se levantaba
del agua una brisa refrescante, pero el campo a su alrededor estaba desierto y
no soplaba el viento. Las crestas de los Dientes del Dragón eran grises y
áridas en el calor bochornoso del verano, y la combinación de colinas y
montañas bajas al sur estaba seca y consumida. El Sol se levantaba en un cielo
sin nubes y el calor apretaba en oleadas. Por los llanos abiertos había
animales muertos desparramados, con los cuerpos retorcidos y en estado de
putrefacción. Vastas extensiones de los bosques de Callahorn habían enfermado y
la tierra que los sustentaba se había quedado pelada. Había charcos malolientes
de agua estancada y verdosa, y los árboles estaban destrozados y mustios, como
cuerpos de criaturas tendidas al Sol. A menudo, las extensiones de tierra
arruinada se prolongaban varios kilómetros. Morgan sintió el olor a
putrefacción. Era algo más que el calor y la aridez del verano, era el
envenenamiento de los Espectros que había presenciado una y otra vez desde que
había llegado al norte, una devastación de la tierra causada por las criaturas
oscuras. Y la cosa iba de mal en peor.
El
mediodía dio paso a la tarde y bordearon Varfleet en dirección norte, siguiendo
el río Mermidón en donde cambiaba su curso hacia el sur. Se cruzaron por el
camino con algunos buhoneros y otros comerciantes, pero el calor mantenía en la
sombra a la mayoría de aspirantes a viajeros, por lo que prácticamente viajaban
solos. Divisaron la primera división de la Federación cuando se acercaban a
Varfleet, y se escondieron entre los árboles hasta que pasó.
Damson
volvió a utilizar el skree mientras esperaban y el resultado fue el mismo. El
disco brilló débilmente cuando lo dirigió hacia el sur, o tal vez no fue más
que el reflejo del sol. De nuevo Morgan y Matty Roh intercambiaron una mirada
de reojo. Hacía calor y estaban cansados, y se preguntaban si eso les llevaba a
alguna parte o Damson sólo se hacía ilusiones. Había otras formas de localizar
a Par si el disco no funcionaba, pero de momento ninguno de los dos estaba
dispuesto a llevar la contraria a Damson.
Necesitaban
un barco para bajar por el río Mermidón hasta el Lago del Arco Iris, sugirió
Damson, guardándose una vez más el medallón. Sería tres veces más rápido que
hacer el viaje a pie. Matty hizo un gesto de resignación y dijo que iría a la
ciudad, ya que era menos peligroso que lo hiciera ella, y se reuniría con ellos
allí tan pronto como hubiera encontrado lo que necesitaban. Dejó en el suelo la
estera para dormir que llevaba consigo y desapareció en medio del calor.
Morgan
se sentó con Damson a la sombra de un viejo sauce a la orilla del río, desde
donde podían ver a cualquiera que se acercara desde cualquier dirección.
Después de la tormenta de la noche anterior el río estaba revuelto y lleno de
residuos, y lo observaron correr aletargado y parsimonioso, como un portador de
trastos y viejas noticias. A Morgan le pesaban los párpados por la falta de
sueño y los cerró para protegerlos de la luz.
—Sigues
sin estar seguro de mí, ¿verdad? —oyó que le preguntaba Damson.
—¿Qué
quieres decir? —inquirió a su vez, el joven de las tierras altas, mirándola.
—He
visto las miradas que Matty y tú habéis intercambiado cuando he utilizado el
skree.
—Eso
no significa que no esté seguro de ti, Damson —replicó Morgan, dando un suspiro—.
Sólo que no veo nada y eso me preocupa.
—Tienes
que saber utilizarlo.
—Eso
has dicho antes. Pero ¿y si te equivocas? Es lógico que me muestre escéptico.
—No,
no lo es. —Damson esbozó una irónica sonrisa—. En algún momento, a lo largo del
camino, tendremos que empezar a confiar entre nosotros, los tres, porque de lo
contrario nos meteremos en un montón de líos. Piénsalo, Morgan.
Así
lo hizo el joven de las tierras altas y aún seguía pensando en ello cuando la
oscuridad se extendió sobre las tierras fronterizas y Matty apareció entre la
bruma con cara de agotamiento.
—Tenemos
un bote —les dijo, dejándose caer a la sombra del sauce y aceptando la taza de
agua que Damson le ofrecía. Se la echó a la cara cubierta de polvo y dejó que
se deslizara por ella—. Un bote, provisiones y armas, y todo está escondido en
los muelles. Iremos a buscarlo cuando se haga de noche y nadie nos vea.
—¿Has
tenido algún problema? —preguntó Morgan.
—No
he matado a nadie, si te refieres a eso. —Matty lo fulminó con la mirada, luego
se recostó y permaneció en silencio.
Ahora
las dos muchachas estaban furiosas con él, pensó Morgan, pero no le importaba.
En
cuanto se hizo de noche siguieron la orilla río abajo adentrándose en la
ciudad, hasta que llegaron a los muelles del norte, donde Matty había amarrado
un bote. Era una embarcación vieja, un esquife de fondo plano con pértigas,
remos, un mástil y una vela de lona, y estaba provista con armas y provisiones
como Matty les había dicho. Subieron a bordo sin decir una palabra, la
desatracaron y la condujeron río abajo hasta la primera cueva vacía, donde la
hicieron encallar y se quedaron dormidos al instante. Al amanecer se pusieron
de nuevo en pie y zarparon. Navegaron por el río Mermidón hacia las montañas de
Runne, al sur, hasta que se puso el Sol, y acamparon en una cuña de roca que se
abría a una estrecha lengua de arena frente a un bosquecillo de fresnos.
Prepararon una cena fría, se envolvieron en sus mantas y se dispusieron a
dormir. Habían transcurrido dos días sin que ninguno dijera gran cosa. Los
nervios estaban crispados y la incertidumbre sobre el lugar donde se dirigían
había frustrado cualquier esfuerzo de comunicación. En Tyrsis había existido
entre ellos una vinculación emocional que aquí faltaba, tal vez debido al
recelo mutuo o a la inquietud acerca de lo que los esperaba. En Tyrsis había
habido un plan, o al menos los rudimentos de uno. Aquí sólo había la vaga
determinación de seguir buscando a Par Ohmsford hasta dar con él. Allí sabían
dónde estaba Padishar y tenían una pequeña sensación de control sobre cómo
llegar hasta él. Pero Par podía estar en cualquier parte, y no había nada que
indicara que no era demasiado tarde para hacer algo por él.
Por
ello, sintieron un gran alivio cuando a la mañana siguiente Damson sacó el
skree y lo apuntó hacia el sur, y el metal cobrizo brilló con fuerza incluso a
la sombra de las rocas que los rodeaban. Tras un instante de indecisión,
sonrieron como unos viejos amigos que vuelven a encontrarse y se pusieron en
camino con renovada determinación.
A
partir de este momento, la tensión remitió y de nuevo disfrutaron del
compañerismo que habían experimentado durante el rescate de Padishar. La
embarcación avanzaba por el río con rumbo sur por aguas que se habían vuelto
mansas y lisas. Hacía calor, no soplaba ni la más ligera brisa y avanzaban muy
despacio, pero las mujeres proscritas y el joven de las tierras altas pasaron
el rato contándose sus pensamientos y sueños, derribando las barreras que
habían permitido que se levantaran entre ellos, charlando hasta volver a
sentirse cómodos.
La
noche los sorprendió en las montañas de Runne, un oscuro muro en la creciente
oscuridad que ocultaba la luz de las estrellas y dejaba sobre sus cabezas un
único y estrecho pasillo de cielo. Acamparon en una isla que en su mayor parte
era una playa de arena y maderos descoloridos arrastrados por la marea que
rodeaba un grupo de pinos. Seguía haciendo un calor sofocante y el aire estaba
impregnado de los intensos olores del río a peces muertos, marismas y juncos.
Cenaron unos peces que Morgan había pescado, asados en un pequeño fuego y
regados con la poca cerveza que llevaba Damson, mientras contemplaban el fluir
de las aguas del río como una cinta plateada. Damson utilizó el skree, que
brilló con fuerza al dirigirlo hacia el sur. De momento todo iba bien. Estaban
a menos de un día de viaje del lugar donde el río Mermidón vertía sus aguas en
el Lago del Arco Iris. Tal vez allí averiguaran algo sobre el paradero de Par.
Poco
después, Damson y Matty se envolvieron en sus mantas, mientras Morgan paseaba
tranquilamente por la orilla y se sentaba a pensar en otras épocas y otros
lugares. Quería atar los cabos sueltos de todo lo ocurrido en un intento de
comprender lo que se avecinaba. Estaba cansado de huir de un enemigo del que
aún no sabía prácticamente nada, y creía, como era habitual, que si pensaba en
ello con suficiente detenimiento averiguaría algo. Pero los cabos se iban
soltando como arrastrados por el viento, y se sentía incapaz de atarlos. Iban a
la deriva, y las preguntas que lo habían atormentado durante semanas seguían
sin respuesta.
Hurgaba
en la arena con un palillo cuando Matty apareció y se sentó a su lado.
—No
podía dormir —se disculpó. Su cara era pálida y fría a la luz de las estrellas,
y sus ojos, insondables—. ¿Qué haces?
—Pensar.
—¿En
qué?
—En
todo y en nada —respondió Morgan, ofreciéndole una breve sonrisa—. Parece que
no he sacado gran cosa. Pensé que tal vez podría discurrir algo, pero no hago
otra cosa que divagar.
Ella
guardó silencio un instante, girándose para contemplar el río.
—Te
esfuerzas demasiado —dijo por fin. Él la miró—. Te vuelcas en todo como si
fuera la única oportunidad que se te va a presentar. Eres como mi hermano
pequeño cuando mi madre le encargaba algún recado. Le das tanta importancia que
no puedes permitirte cometer el más mínimo error.
—Eso
no es cierto —replicó Morgan haciendo un gesto negativo—. Tal vez en estos
momentos te parece que soy así, pero ése no soy yo en realidad. Además, ¿quién
está juzgando a quién ahora?
—No
estoy juzgando, sino dándote mi opinión —repuso la joven mirándolo a la cara—.
Es distinto de lo que tú haces. Tú sí que me juzgas.
—Ya.
—Pero Morgan no lo creía. Se veía en su rostro, y no se molestó en ocultarlo—.
En cualquier caso, no hay nada malo en esforzarse.
—¿Te
acuerdas de cuando te dije que había matado a muchos hombres? —Él hizo un gesto
afirmativo—. Pues era mentira, o al menos una exageración. Sólo lo dije porque
conseguiste que me enfadara. —Volvió a desviar la mirada pensativa—. Hay muchas
cosas que no comprendes de mí, pero no creo que pueda explicártelo todo.
—No
te he pedido que lo hagas —replicó Morgan a la defensiva. Miró fijamente a la
muchacha, pero ella se negó a sostenerle la mirada y pasó por alto sus
palabras.
—Eres
muy hábil con la espada, casi tanto como yo. Podría enseñarte un poco si me
dejaras. Puedo enseñarte muchas cosas. Recuerda lo que te pasó en el
Whistledown cuando me sujetaste. También podría enseñarte eso.
—Eso
no habría pasado... —repuso el joven de las tierras altas ruborizándose.
—...
si hubieras estado preparado —lo interrumpió Matty, esbozando una sonrisa—. Lo
sé, ya lo has dicho antes. Pero el caso es que no estabas preparado... y mira
lo que pasó. Además, lo que cuenta es estar preparado. Padishar me lo enseñó.
Estar preparado es sin duda más importante que esforzarse al máximo.
—¿Has
terminado de enumerar mis defectos? —replicó Morgan, apretando la mandíbula—.
¿O quieres añadir alguno más?
La
sonrisa se borró de la cara de Matty. No lo miraba, sino que mantenía la vista
clavada en el río. Él empezó a decir algo, pero se lo pensó mejor. De pronto
ella parecía extrañamente vulnerable. Observó cómo doblaba las rodillas, las
rodeaba con los brazos y ocultaba la cabeza en el oscuro espacio que quedaba
entre ambas. Oía el ruido de su respiración, lenta y acompasada.
—Me
gustas mucho —dijo ella por fin, manteniendo la cara escondida—. No quiero que
te pase nada.
Él
no supo qué responder. Se limitó a mirarla fijamente.
—Por
eso estoy aquí —continuó—. Por eso he venido. —Levantó la cabeza para mirarlo—.
¿Qué te parece?
—No
sé qué pensar —respondió Morgan, haciendo un gesto de impotencia.
—Damson
me ha hablado de Despertar —repuso ella respirando profundamente. Lo dijo como
si las palabras le quemaran la boca. Buscó la mirada de Morgan y éste vio que
le asustaba lo que pudiera pensar de ella, pero decidida de todos modos a
terminar.
—Damson
me contó que estabas enamorado de Despertar, que perderla fue lo peor que jamás
te ha ocurrido. Me lo dijo porque yo se lo pregunté. Quería saber algo de ti,
que tú no me ibas a contar. Luego quise hablar de ello contigo, pero no supe
cómo hacerlo. Soy muy buena escuchando, pero no tanto haciendo preguntas.
Morgan
parpadeó. Evocó la imagen impecable y de pelo plateado de Despertar, efímera
como el humo. Era palpable el dolor que sentía al recordarla. Trató de dejarlo
fuera, pero era inútil. No quería recordar, pero su recuerdo siempre estaba
allí, justo al borde de su pensamiento.
—Ahora
podría escuchar, si me dejaras —dijo Matty Roh, poniéndole una mano encima,
impulsiva y vacilante—. Me gustaría si pudiera.
No,
no quiero hablar de ello, ni siquiera pensar en ello, ni contigo ni con nadie,
pensó él. Pero volvió a recordarla mientras se lavaba en el arroyo sus pies
destrozados y le contaba cómo se los había desfigurado, cómo el veneno de la
tierra le había cambiado la vida para siempre. ¿Acaso el dolor de sus recuerdos
era menor que el suyo? Pensó también en Despertar moribunda, arreglando la
Espada de Leah hecha pedazos, entregándole una parte de sí misma para que la
llevara consigo, algo que trascendería su muerte. Y ella no lo había dejado
atrás para que fuera mantenido en secreto o escondido, sino para compartirlo.
Los
recuerdos no eran tesoros de cristal que se guardan bajo llave dentro de una
caja, y él lo sabía. Eran cintas de colores que ondeaban al viento.
Le
cogió las manos, luego se acercó para verle bien la cara y empezó a hablar.
Habló mucho tiempo, al principio con esfuerzo, luego con más facilidad,
abriéndose paso por el laberinto de emociones que había en su interior,
buscando las palabras que a veces no acudían, obligándose a continuar aun
cuando creía que no podría hacerlo.
Cuando
terminó, ella lo estrechó entre sus brazos, y parte del dolor se desvaneció.
Volvieron
a reemprender la marcha al amanecer, cuando la luz del Sol, gris y brumosa,
anunciaba lluvia. Las nubes surgían del oeste, como una pesada y oscura
avalancha que arrollaba todo lo que encontraba en su camino. Hacía calor y no
corría el aire sobre el río, y el ruido del agua lamiendo las paredes del cañón
reverberaba río abajo. Morgan izó la vela en el mástil, pero soplaba poco
viento, y al cabo de un rato la arrió y dejó que los empujara la corriente. Se
acercaba el mediodía cuando pasaron por debajo de la Atalaya Meridional, y el
negro obelisco se alzó sobre ellos, enorme, silencioso e impenetrable,
proyectando su sombra como una Prohibición a través del río Mermidón. Lo
miraron con odio al pasar junto a él, imaginando las odiosas criaturas que había
en su interior, inquietos ante la posibilidad de ser observados. Pero no
apareció nadie, y pasaron de largo sin ser desafiados. La Atalaya Meridional
retrocedió en la lejanía, fundiéndose con la bruma hasta desaparecer.
Poco
después llegaron a la desembocadura del río, donde las aguas se ensanchaban y
prolongaban, convirtiéndose en el Lago del Arco Iris, que se alisaba en una
superficie semejante al cristal y se intensificaba en un azul más profundo. El
arco iris que había dado nombre al lago brillaba tenuemente en medio del calor
y la bruma, suspendido por encima del agua como una bandera gastada y
descolorida que se ha soltado y flota libremente. Condujeron hacia la orilla
oeste la embarcación, la hicieron encallar y saltaron a una llanura yerma que
al este y al sur caía a pico en el agua y al noroeste se extendía a través de
un llano, pelada salvo por maleza y quiebrahachas raquíticos y sin hojas hacia
donde una hilera de colinas oscurecían el horizonte. Olisquearon el aire y
miraron alrededor sin hallar ningún rastro hasta donde les alcanzaba la mirada.
Damson
se cepilló hacia atrás su melena pelirroja, la sujetó con un pañuelo de colores
alrededor de la frente y sacó el skree. Sosteniéndolo en su palma abierta, se
volvió hacia el sur. Morgan vio cómo la mitad del medallón cobrizo brillaba con
fuerza.
Se
disponía a guardarla, pero al parecer se lo pensó mejor y comprobó los otros
puntos cardinales. Al mirar hacia el norte, la dirección por la que habían
venido, el skree brilló por segunda vez emitiendo un pequeño y débil destello.
Damson lo miró con incredulidad, luego cerró el puño, se dio la vuelta y volvió
a abrir la mano. El skree brilló de nuevo con fuerza.
—¿Por
qué lo hace? —preguntó Matty.
—No
lo sé —respondió Damson—. Nunca he oído que actuara así.
Volvió
a mirar hacia el sur y dejó que su palma recorriera despacio el horizonte de
este a oeste y vuelta a empezar. Luego hizo lo mismo de cara al norte, leyendo
la superficie cortada del skree a medida que se volvía. No había ninguna duda
de lo que veían. El skree brillaba en las dos direcciones.
—¿Es
posible que lo hayan vuelto a romper y que las piezas hayan tomado las dos
direcciones? —preguntó Morgan.
—No.
Sólo puede partirse una vez. Si hubiera sido partido antes, dejaría de
funcionar, y no es ése el caso. —Damson parecía preocupada—. Pero ha pasado
algo. La señal hacia el sur señala el país del Río Plateado al oeste de
Culhaven por encima del Túmulo de la Batalla. Es la más brillante de las dos.
—Miró por encima del hombro—. La señal hacia el norte se centra en la Atalaya
Meridional.
Se
produjo un largo silencio mientras pensaban en su posible significado. Una
garza chilló por encima del lago, salió de la bruma en forma de destello
plateado y volvió a desaparecer.
—Dos
señales —repitió Morgan, poniendo las manos en jarras al tiempo que hacía un
gesto negativo—. Y una de ellas es falsa.
—¿Cuál
de las dos debemos creer? —preguntó Matty. Se alejó unos pasos como si tuviera
algo en mente, luego se volvió bruscamente y se acercó de nuevo—. ¿Cuál es la
verdadera?
—No
lo sé —respondió Damson.
—Entonces
tendremos que comprobar las dos —repuso Matty, clavando sus ojos color cobalto
en el horizonte donde se amontonaban las nubes.
—Eso
creo —respondió Damson—. No se me ocurre otra cosa.
—Muy
bien —replicó Morgan, resoplando con frustración—. Iremos primero hacia el sur,
ya que es la señal más fuerte.
—¿Y
abandonar la Atalaya Meridional? —Matty hizo un gesto negativo—. Imposible.
Alguien tiene que quedarse aquí por si Par Ohmsford estuviera dentro. Piénsalo,
joven de las tierras altas. ¿Y si está dentro y deciden trasladarlo? ¿Y si se
presenta una oportunidad para rescatarlo y no hay nadie aquí para hacerlo?
Tendríamos que empezar de cero. No creo que podamos correr ese riesgo.
—Tiene
razón —dijo Damson, haciendo un gesto de asentimiento.
—Muy
bien, quédate tú, y Damson y yo iremos al sur —declaró Morgan, enfadado porque
la idea no había sido suya.
—Eres
tú quien tiene que quedarse —replicó Matty—. Tu espada es la única arma eficaz
contra los Espectros. Si hay que rescatarlo y se produce cualquier clase de
confrontación, tu espada es un talismán contra su magia. Yo soy hábil, Morgan
Leah, pero sé cuándo me supera mi contrincante. Me gusta tan poco como a ti,
pero no podemos evitarlo. Damson y yo iremos al sur.
Se
produjo un largo silencio mientras se miraban insistentemente, Morgan luchando
por controlar un deseo casi incontenible de rechazar lo que le parecía una
locura, Matty con sus ojos color cobalto clavados en él y llenos de
determinación, con el peso de sus argumentos reflejado en su luz azul.
Morgan
retiró por fin la mirada, y la razón triunfó por encima de la pasión,
rindiéndose de mala gana a la necesidad y la esperanza.
—Está
bien. No me gusta, pero acepto. —Miró de nuevo atrás—. Pero si encontráis a Par
y se ha de luchar, venid a buscarme.
—Si
podemos —respondió Matty.
Morgan
hizo una mueca de disgusto e hizo un gesto colérico, y luego miró a Damson en
actitud desafiante. Pero la muchacha se limitó a hacer un gesto de
asentimiento.
—Si
podéis —respondió él débilmente, exhalando despacio el aire.
Hablaron
hasta que se pusieron de acuerdo en lo que debían hacer si el tiempo y las
circunstancias se lo permitían. Morgan oteó el horizonte y señaló hacia el
oeste, hacia un risco que se levantaba frente al lago dominando las tierras
circundantes. Desde allí podría ver todo lo que se acercara o saliera de la
Atalaya Meridional. Si no ocurría nada, lo encontrarían allí cuando regresaran.
Volvió
con ellas a la embarcación y retiró provisiones para una semana. Luego las
abrazó vacilante, primero a Damson, luego a Matty. La chica alta lo estrechó
con fuerza, casi como para convencerle de las pocas ganas que tenía de dejarlo.
No habló, pero lo abrazó con fuerza y rozó su mejilla con los labios. Cuando se
separó, lo miró con fijeza y Morgan tuvo la sensación de que dejaba atrás parte
de ella misma en esa mirada. Intentó responderle con una mirada
tranquilizadora, pero ella ya le había dado la espalda.
Cuando
hubieron desaparecido fundidas en la bruma que se había formado por encima del
río, Morgan se encaminó al oeste, hacia el puesto de observación que había
elegido, avanzando con dificultad en la creciente oscuridad. Las nubes
encapotaron los cielos y empezó a refrescar. Se había levantado viento, que
soplaba por los llanos arrojándole a los ojos polvo y cieno arremolinado.
Lejos, al oeste, la lluvia era una oscura cortina que avanzaba hacia él. Se
puso la capucha de la capa y clavó los ojos en el suelo.
Acababa
de llegar a su destino cuando empezó a llover, un aguacero que barrió las
praderas en una avalancha e inundó todo en un instante. Morgan se refugió bajo
un abeto de largas ramas y se acomodó contra la base del tronco. Allí estaba
seco y protegido, y la tormenta pasó de largo dejándolo intacto. La lluvia
siguió cayendo durante varias horas, luego dejó paso a una llovizna y
finalmente cesó. Las nubes negras se deslizaron hacia el este, los cielos se
despejaron y el atardecer se convirtió en un fuego rojo y púrpura a la luz cada
vez más débil.
Morgan
dejó su refugio bajo el abeto y encontró un grupo de arces de hoja ancha que le
permitían mantenerse oculto y ver al mismo tiempo la Atalaya Meridional y el
río Mermidón al este, una amplia extensión del Lago del Arco Iris al sur y un
paso abierto en las montañas de Runne que canalizaba todo el tráfico por tierra
que pudiera acercarse desde el norte y al oeste al alcázar de los Espectros.
Era un lugar estratégico para observarlo todo a veinte kilómetros a la redonda.
Decidió que era suficiente y se acomodó a la espera de la noche.
Comió
un poco de la comida que había traído consigo y bebió un trago de agua. Se
preguntó si Damson y Matty habrían empezado a cruzar el Lago del Arco Iris
antes de que la tormenta hubiera estallado o si habrían decidido esperar. Se
preguntó si habrían acampado en la orilla del río, mirando hacia donde él
estaba.
La
luz se volvió gris y empezaron a salir las estrellas. Morgan miró fijamente
hacia la Atalaya Meridional y deseó poder ver el interior. Trató de no pensar
demasiado en lo que podía estar ocurriendo tras sus muros. Poner demasiada
imaginación podía ser peligroso. Recorrió con la vista los llanos del oeste,
yermos y carentes de vida, una extensión de tierras baldías y ramas secas y
grises que se extendían como una mancha de la torre de los Espectros. Advirtió
que los bordes ya se estaban oscureciendo, infectados por el veneno. Los
árboles se pudrían y la hierba se marchitaba. El risco sobre el que se hallaba
era una isla que ya estaba en peligro.
Se
quitó la Espada de Leah de la espalda y la mantuvo en los brazos. Un talismán
contra los Espectros, había dicho Matty Roh. Pero también era un poder que te
robaba el alma y no podías hacer nada para protegerte de él. Cada vez que
utilizaba la magia, reanudaba una medición de voluntades, la suya y la de la
Espada de Leah, ambas luchando por la supremacía, luchando por hacerse con el
control. Hacía trescientos años Allanon había respondido a la furiosa y
desesperada súplica de Rone Leah, depositando en la antigua arma una diminuta
parte de la magia del druida, y el legado de ese don o maldición —como
quisieras llamarlo— era como un gusto agridulce que una vez probado pedía a
gritos más.
Como
le ocurría a Par con la magia del cantar. Y como toda la magia que era o había
sido alguna vez: las canciones de las sirenas que trascendían todo en su
imperiosa e implacable necesidad de ser cantadas.
Esbozó
una sombría sonrisa. Ten cuidado con lo que deseas. ¿No era ésa la vieja
advertencia que se hacía a los que pedían lo que no tenían?
La
sonrisa desapareció. Tal vez conseguiría averiguarlo cuando llegara el momento
de volver a conjurar la magia de la espada, ya que tendría que hacerlo tarde o
temprano. Tal vez el don curativo de Despertar, la magia que había restablecido
el poder del talismán, fuera tan asesina como la de los Espectros.
Se
sintió helado, vacío e insoportablemente solo. Permaneció sentado sin moverse
en las sombras, mirando al otro lado de los campos, esperando a que la
oscuridad los engullera.
6
Tres
días antes había estallado otra tormenta mucho más violenta, un aguacero
acompañado de truenos y relámpagos en medio de un viento huracanado, la clase
de diluvio que iba y venía por las Tierras Fronterizas al aumentar la presión y
el calor al final del verano. Barrió Callahorn al atardecer, inundó la tierra
durante toda la noche y desapareció hacia el sur con la llegada del amanecer.
Tras
su paso, en la tierra empapada junto al Lago del Arco Iris se levantó una
figura solitaria, tan cubierta de lodo que era irreconocible y encorvada como
si soportara el peso de cadenas.
Sus
oscuros ojos parpadearon intentando enfocar. El día despertaba tarde, tal vez
preocupado por que regresara la tormenta, las nubes de contornos oscuros
seguían cubriendo de forma intermitente los plomizos cielos y el amanecer gris
acero hacía retroceder poco a poco las obstinadas sombras de la noche. La
figura contempló la lisa extensión del lago, la luz procedente del este, el
cielo, un mundo que era desconocido para ella. En una mano tenía una espada que
brillaba débilmente por donde se había desprendido la capa de hierba y lodo
endurecido que la cubría, dejando ver el metal. La figura vaciló sin saber qué
hacer, luego se acercó tambaleante a la orilla del lago y sumergió en el agua
las manos, la cara y por último el cuerpo, lavando y escurriendo una maraña de
harapos y piel desnuda.
El
barro y los escombros se alejaban arremolinándose en las oscuras aguas, y
Coltar Ohmsford se levantó y miró alrededor.
Al
principio no podía recordar nada aparte de quién era, aunque se mostraba firme
respecto a ello, como si su identidad hubiera sido puesta alguna vez en tela de
juicio. Reconocía el Lago del Arco Iris, la tierra que pisaba y el país que lo
rodeaba. Estaba de pie en la orilla sur del lago, al oeste de Culhaven y al
norte del Túmulo de la Batalla. Pero no sabía cómo había ido a parar allí.
Miró
la espada que tenía en la mano (¿había logrado lavarse sin soltarla?), y se dio
cuenta de que se trataba de la Espada de Shannara.
Entonces
los recuerdos se agolparon en su mente, doblándolo en dos, dejándolo sin
aliento, como si le hubieran golpeado en el estómago. Las imágenes lo
martillearon. Los Espectros lo habían capturado y hecho prisionero en la
Atalaya Meridional, y había logrado escapar, pero en realidad Rimmer Dall lo
había hecho por él. Le había hecho creer que el sudario-espejo lo ocultaba,
cuando en realidad lo había subvertido de formas que no quería recordar,
convirtiéndolo en uno de ellos, transformándose en su reflejo. Había perdido el
control de sí mismo, convirtiéndose en algo muy próximo a un animal,
recorriendo el campo en busca de su hermano Par, buscándolo sin ningún motivo o
propósito claro aparte de una vaga intención de hacerle daño. Envuelto en los
oscuros pliegues del sudario-espejo había rastreado, localizado y atraído a su
hermano...
Respiraba
deprisa por la boca. Sentía una opresión en el pecho y un ardor en el estómago.
Su
hermano.
...
e intentado matarlo..., y lo habría hecho si algo no lo hubiera detenido, no lo
hubiera apartado.
Sacudió
la cabeza intentando salir del laberinto de recuerdos. Había huido confundido y
enloquecido de Par, dividido entre quien había sido y la criatura en la que se
había convertido. Luego había hecho que Par lo siguiera, apenas consciente de
que lo hacía, huyendo de él durante el día y buscándolo por la noche, sin dejar
de perseguirlo, perdido dentro de sí mismo. Lo guiaban el odio y el miedo, pero
la causa de estos sentimientos nunca estaba clara. Sintió que el sudario-espejo
que lo cubría empezaba a aflojar su sujeción, pero aún no estaba seguro de si
eso era bueno o no. Estaba cambiando de nuevo, pero no era capaz de recorrer
toda la distancia, sometido todavía a la magia de los Espectros, subyugado por
ella. Al anochecer volvería a acercarse a su hermano, decidido a matarlo,
pensando al mismo tiempo en hallar su salvación, los pensamientos retorciéndose
como serpientes. ¡Sígueme!, le había suplicado a Par..., y a continuación había
echado a correr para que su hermano no lo alcanzara.
Se
abrazó a sí mismo para combatir los escalofríos que lo recorrían, y contempló
la brumosa extensión del lago, recordando. ¿Cuántos días hacía que corría?
¿Cuánto tiempo había perdido?
¡Sígueme!
Luego
había robado a Par el medallón, el que llevaba colgado del cuello..., se lo
había robado sin saber por qué, sólo por haberlo visto que lo cogía y
acariciaba a la débil luz crepuscular y haber percibido su importancia,
pensando que al arrebatárselo le haría daño, pero pensando también que si lo
robaba podía hacer que su hermano lo siguiera.
Y
eso era lo que había ocurrido.
Hasta
la tierra en ruinas a los pies de la Atalaya Meridional.
¿Por
qué había huido allí? El motivo se le escapaba, como un susurro evasivo en su
subconsciente. Frunció el entrecejo, esforzándose en comprender. La magia del
sudario-espejo lo había conducido, lo había obligado a volver...
Abrió
mucho los ojos. Para llevar allí a Par, porque...
Y
Par lo había alcanzado bajo el viejo y destrozado roble, y lo había encontrado
exhausto y derrotado. Habían luchado por última vez, arrebatándose mutuamente
la Espada de Shannara, tratando de derribar las barreras que los separaban,
cada uno a su manera: Par intentando conjurar la magia de la Espada para que
Coltar pudiera liberarse, y Coltar luchando a su vez para...
¿Para
qué? Para advertir a Par.
—Par
—susurró horrorizado, y el recuerdo de la verdad que le había revelado la
Espada ardió como fuego blanco en su interior. Bajó la vista hacia la Espada
cubierta de barro, la parte tallada de debajo de sus dedos, la mano que
sostenía en alto una antorcha encendida. La miró fijamente admirado y recorrió
con los dedos el emblema como si todavía descubriera en él secretos.
Tantos
meses buscando la Espada de Shannara y no lo habían comprendido, pensó. Tanto
esfuerzo puesto en recuperarla, en una lucha marcada por batallas desesperadas
y vidas perdidas, y no habían sospechado ni una sola vez. El encargo de Allanon
los había arrastrado de manera inconsciente. Había movilizado a Par, y Coltar
no había tardado en seguirlo. Encontrad la Espada de Shannara, les había
ordenado el fantasma del druida. Sólo entonces las Cuatro Tierras sanarán.
Encontrad la Espada, había susurrado en el torbellino de gritos que resonaban
en el Cuerno del Infierno.
Y
Par Ohmsford así lo había hecho, sin sospechar una sola vez que no iba a poder
utilizarla.
A
Coltar Ohmsford se le aceleró el pulso y respiró profundamente varias veces
para calmar los latidos de su corazón. Sintió un deseo casi incontenible de
dejarse arrastrar por la desesperación al pensar en lo que podía haberles
costado el engaño, pero no iba a arrojarse por ese precipicio. Sosteniendo con
ambas manos el talismán, se alejó del Lago del Arco Iris hacia un grupo de
arces que proyectaban sombras moteadas sobre un montículo cubierto de hierba.
Aturdido y débil, se sentó donde el Sol se filtraba a través de las ramas e
intentó sortear las imágenes que había dejado salir de su memoria.
Par
lo había seguido hasta esa llanura al oeste de la Atalaya Meridional y habían
combatido por última vez, hermano contra hermano. Par había ido en su busca
porque el sudario-espejo era una magia de los Espectros de la que Coltar no
podía liberarse por sí solo. Había intentado utilizar la Espada de Shannara
para que Coltar pudiera romper sus ataduras, reconocer quién era y en qué se
había convertido, y comprender hasta qué punto había sido subvertido. La
verdad, la función específica de la Espada, lo ayudaría a huir. Par estaba
convencido de tener en su poder la auténtica Espada de Shannara, porque la
magia se había despertado cuando Coltar se abalanzó sobre él encima de Tyrsis.
Despertada en el calor de la lucha, la magia había descendido en espiral
recorriéndolos a ambos, haciendo saber a Par que Coltar estaba vivo y que
Coltar pudiera vislumbrar, horrorizado, la criatura en que se había convertido.
Par estaba convencido de que si permitía que la magia de la Espada penetrara en
su hermano, conseguiría liberarse.
Le
brotaron las lágrimas al recordar la concentración en la cara de Par mientras
luchaban encarnizadamente en el frenesí de esa tormenta. De nuevo vio a su
hermano mover los labios susurrándole: Coltar, escúchame. Escucha la verdad.
Y la
verdad había llegado, irradiada de la Espada de Shannara en forma de calor
blanco y purificador, había penetrado en Coltar y hecho pedazos la magia de los
Espectros, haciendo que pudiera arrancarse el sudario-espejo y arrojarlo lejos
de sí. La verdad había llegado y Coltar había quedado libre.
Pero
la verdad no había sido la verdad de Par, y ésta no había querido revelarse.
Había sido la de Coltar, para que sólo él la recogiera.
Por
el este el Sol atravesaba las nubes de tormenta cada vez más lejanas y el
grisáceo amanecer daba paso a la luz dorada del día. Al contemplarlo, Coltar
sintió que toda la tristeza que había conocido se comprimía en ese único
instante de tiempo.
No
había sido Par quien había conjurado la magia de la Espada de Shannara, sino
él. Y no en una ocasión, sino en dos, y cada vez sin darse cuenta de lo que
hacía o de que podía controlarla. Era él, y no Par, el Ohmsford para quien
estaba hecha la Espada. Pero como en tantas otras cosas, la verdad era esquiva
como el humo y comprenderla requería su tiempo. Allanon no había encomendado
ninguna misión a Coltar cuando se reunieron en el Cuerno del Infierno, y sin
embargo era él quien tenía el poder de conjurar la magia de la Espada de
Shannara. Si se detenía a pensarlo, era razonable que así fuera. Era el hermano
de Par, y como éste, heredero de la magia élfica. Tenían la misma sangre elfa y
el mismo derecho de nacimiento. Pero fue a Par a quien se le encomendó la
misión y, a partir de ese instante, en él se había centrado todo. Par había
sido enviado a recuperar la Espada, armado con su propia magia y con una
determinación implacable, seguro de su propósito mientras los demás del
reducido grupo dudaban. Par fue enviado y Allanon debía de saber que no
fracasaría. Pero ¿por qué no le habían dicho que la Espada estaba destinada a
Coltar? ¿Por qué no le habían encargado nada a él?
Juntó
las manos y entrelazó los dedos ante sí. Recordó la sensación que había
experimentado al dotar de vida a la magia de la Espada, un fuego blanco
inexplicablemente frío. Incluso subyugado por el sudario-espejo, la había
sentido llegar, un alud que lo había llevado consigo y arrollado todo lo que
tenía delante. Las verdades derribaban las barreras de la magia de los
Espectros, pequeñas al principio, recuerdos de la niñez y de la juventud, luego
más grandes, más fuertes e insistentes, golpes que fortalecían su resolución y
lo endurecían contra los futuros acontecimientos. Eran verdades dolorosas, pero
también curativas, y cuando la última apareció ante él —la verdad de quién era
y en qué se había convertido—, fue capaz de aceptarla y poner fin a la farsa.
Había
narrado miles de veces la historia de la Espada de Shannara, cómo el talismán
había resucitado quinientos años atrás en manos de Shea Ohmsford, cómo había
revelado al joven del valle su identidad y a continuación desenmascarado al
Señor de los Hechiceros. Había contado la historia tan a menudo que podía
recitarla dormido.
Pero
ni siquiera eso le había preparado para lo que sentía ahora, después de haber
utilizado la magia. La revelación de la verdad lo había vaciado de las
ilusiones y presunciones que lo habían protegido durante toda la vida. Le había
despojado de las barreras protectoras que había levantado él mismo contra sus
peores errores y fracasos. Lo había dejado desnudo y expuesto. Se había sentido
necio y avergonzado.
Y
asustado por Par.
Porque
la Espada de Shannara, al liberarlo, también le había revelado verdades acerca
de Par. Una de ellas era que no podía utilizar la Espada; otra, que no lo
sabía; y la tercera, que la magia del cantar era la causa de sus problemas.
Le
había revelado secretos, los había visto. Pero Par no. Por motivos todavía
desconocidos, la magia del cantar impedía que Par conjurara la magia de la
Espada, no permitía que la magia entrara en él y le mostrara la verdad sobre sí
mismo. La magia del cantar era un muro que dejaba fuera la magia de la Espada,
ocultando lo que ésta revelaba, manteniéndolo prisionero. Coltar no sabía por
qué, sólo que era así. La magia del cantar tenía un efecto en Par, y Coltar no
estaba seguro de cuál era. Había sentido su resistencia al poder de la Espada
cuando había forcejeado con su hermano para arrebatársela. Había sentido cómo
rechazaba la magia, manteniéndola dentro de Coltar, asegurándose de que las
verdades no eran reveladas a su hermano.
¿Por
qué?, se preguntó. ¿A qué se debía? ¿Por qué Allanon no les había dicho nada
sobre ello, sobre cómo utilizar la Espada o para qué se necesitaba la Espada?
¿Cuál era su propósito? Habían sido enviados a recuperarla y así lo habían
hecho. ¿Qué debían hacer con ella?
¿Qué
tenía que hacer él con ella?
La
luz del Sol acarició su cara, y cerró los ojos inclinándose hacia ella. El
calor lo relajaba y dejó que lo envolviera como una manta. Estaba cansado y
confundido, pero también a salvo, y eso era más de lo que podía decir de Par.
Dio
la espalda al Sol y volvió a abrir los ojos. El Rey del Río Plateado había
tratado de llevarse a ambos, pero había fracasado. A Par le había entrado
pánico y utilizado la magia del cantar, y ésta había neutralizado la de su
rescatador. Coltar había sido conducido a la luz y alejado del peligro, pero
Par había caído de nuevo en la oscuridad y en las manos de los Espectros que
estaban esperándolo.
Ahora
estaba en poder de Rimmer Dall.
Coltar
apretó los labios. Había gritado a Par mientras lo veía caer, luego sintió cómo
la luz lo envolvía y tranquilizaba, alejándolo. El Rey del Río Plateado había
pronunciado palabras tranquilizadoras y reconfortantes, palabras de esperanza.
El anciano le había hablado en voz baja al oído. Estaría a salvo, susurró.
Dormiría y olvidaría momentáneamente, pero cuando despertara, volvería a
recordar. Guardaría como si fuera suya la Espada de Shannara, porque era él
quien debía esgrimirla. La llevaría consigo durante la búsqueda de su hermano y
la utilizaría para salvarlo.
Coltar
hizo un gesto de asentimiento al recordar. La utilizaría para salvarlo. Haría
por Par lo que éste había hecho por él. Lo buscaría y, conjurando la magia de
la Espada de Shannara, lo obligaría a enfrentarse a las verdades que la magia
del cantar le ocultaba y lo liberaría.
Lo
liberaría, sí, pero ¿de qué?
Un
oscuro desasosiego se apoderó de él al recordar los temores de Par sobre cómo
estaba evolucionando la magia del cantar. Rimmer Dall le había advertido que
Par era un Espectro, que la magia del cantar lo había convertido en uno de
ellos y que corría el peligro de ser consumido por la magia porque no sabía
cómo controlarla. Le había advertido que sólo él podía evitar que el joven del
valle fuera destruido. Por supuesto, no había ningún motivo para creer en las
palabras del primer investigador. Pero ¿y si tenía sólo parte de razón? Sin
duda bastaría para que la magia del cantar impidiera que la verdad de la Espada
llegara a Par. Porque si en realidad era un Espectro...
Coltar
resopló furioso. No iba a permitirse terminar ese pensamiento, no podía aceptar
esa posibilidad. ¿Cómo podía ser Par un Espectro? ¿Cómo podía ser uno de esos
monstruos? Había alguna otra explicación, tenía que haberla.
¡Deja
de darle vueltas! ¡Sabes lo que tienes que hacer! ¡Tienes que encontrar a Par!
Se
levantó y contempló el lago cubierto por la bruma, magullado y exhausto tras su
lucha para conservar la vida y tras las revelaciones de la Espada. Pensó en los
años que había cuidado de su hermano cuando eran niños: Par tan etéreo y
dialogante, intentando comprender y controlar la magia alojada en él, y Coltar
el conciliador, utilizando su corpulencia y su carácter tranquilo para impedir
que las cosas se les fueran de las manos. ¿Cuántas veces había defendido a Par,
lo había protegido de castigos y represalias, y mantenido alejado del peligro?
¿Cuántas veces había dejado a un lado sus dudas para permanecer junto a él y
protegerlo? Tantas que le era imposible contarlas. Tampoco estaba dispuesto a
hacerlo; sencillamente, se había limitado a cumplir con su deber, y volvería a
hacerlo ahora. Par y él eran hermanos, y los hermanos se defendían mutuamente
cuando era necesario. La elección había sido hecha hacía mucho tiempo.
Encuentra
a Par y libéralo.
Antes
de que sea demasiado tarde.
Bajó
la vista hacia la Espada de Shannara y tocó tímidamente la empuñadura,
recordando la sensación que había experimentado al recorrerle la magia. Su
magia. La magia que había creído que jamás tendría. Recordó cuánto la había
deseado en una ocasión, no tanto por lo que pudiera hacer con ella, como porque
había creído que así se acercaría más a Par. Recordó lo solo que se había
sentido después del encuentro con Allanon, el único miembro de la familia
Ohmsford a quien no le había sido encomendada ninguna misión. Recordó que había
pensado que no merecía la pena el haber estado presente, y ese recuerdo aún le
dolía.
Así
pues, ¿qué podía hacer con la oportunidad que se le había concedido?
Se
miró, harapiento y destrozado, sin comida ni agua, sin otra arma que la Espada,
y sin dinero para adquirirlas. Volvió a contemplar el lago, la niebla que
empezaba a desaparecer a medida que se intensificaba la luz del Sol.
Busca
a Par.
Su
hermano estaría en la Atalaya Meridional. Pero ¿seguiría siendo su hermano?
Coltar creía que podía alcanzarlo, hallar el modo de sortear cualquier
obstáculo que se interpusiera en su camino, pero ¿qué habría pasado con su
hermano entretanto? ¿Le ayudaría la Espada de Shannara a deshacer lo que podían
haber hecho los Espectros? ¿Serviría de algo la magia si Par se había
convertido en uno de ellos?
Las
preguntas eran perturbadoras. Si seguía considerándolas podía cambiar de
opinión sobre ir en su búsqueda.
Pero
¿acaso no era lo mismo cuando Par había venido en mi busca?
¿No
se preguntó si yo seguía siendo su hermano?
Alejó
de sí sus dudas, agarró con decisión y firmeza la Espada de Shannara y empezó a
andar.
Viajó
en dirección este, siguiendo la costa hacia la desembocadura del Río Plateado.
Ir al oeste era imposible, porque para ello tendría que navegar por la Ciénaga
Brumosa y sabía que era mejor no intentarlo. Las nubes desaparecieron, salió el
Sol y la tierra se derritió. Una humedad humeante se elevaba de la tierra
empapada, y los charcos y arroyos creados por la tormenta volvieron a secarse.
Las garzas y las grullas sobrevolaron el lago con largos descensos en picado y
las aguas se volvieron plateadas.
Sin
acabar de comprender esa nueva vida, Coltar pensó larga y detenidamente en todo
lo ocurrido, intentando juntar las piezas que no encajaban en el rompecabezas.
De ellas la más importante era la obsesión de Rimmer Dall por Par. Que el
primer investigador estaba obsesionado con él era indiscutible. Había dedicado
demasiado tiempo y esfuerzo para que pudiera pensar lo contrario. Empezó con su
elaborado engaño para hacer creer a Par que Coltar estaba muerto. Luego
permitió que Coltar volviera a la vida subvertido por el sudario-espejo, y lo
envió en busca de Par. Y además estaba el asunto de entregar a Par la Espada de
Shannara cuando éste no podía utilizarla. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué su
hermano era tan importante para Rimmer Dall? Si hubiera sido un obstáculo para
el primer investigador, lo habría matado hacía mucho. En lugar de ello, Dall
parecía disfrutar con sus elaborados juegos, con la búsqueda de la Espada de
Shannara, orquestando la muerte y subversión de Coltar, y sugiriendo repetidas
veces la posibilidad de que Par fuera una de las criaturas que se proponía
destruir. ¿Qué se proponía?
De
alguna manera, Coltar lo sabía, estaba relacionado con la misión que Allanon
había encomendado a su hermano de recuperar la Espada de Shannara. Tal vez la
Espada tenía la función de revelar la verdad oculta detrás de todos los
engaños. O tal vez era otra su función. Fuera lo que fuese, allí había
estratagemas y triquiñuelas que ni él ni Par habían conseguido comprender, y
que tenían que descubrir como fuera.
Al
mediodía hizo un alto, bebió agua de un arroyo y deseó tener algo que comer. Se
estaba acercando al Río Plateado y pronto torcería hacia el río Rabb al norte.
Se había vuelto fuerte entrenándose con Ulfkingroh en la Atalaya Meridional,
pero el sudario-espejo le había mermado sus fuerzas. El hambre lo atormentó
hasta que dejó que lo dominara. Fabricó con la Espada una lanza con una rama de
sauce y fue a pescar. Cruzó el lago por una zona poco profunda hasta una
silenciosa cueva, y permaneció sumergido hasta las rodillas en las aguas
transparentes hasta que pasó un pez e intentó apuñalarlo. Tras una docena de
intentos, por fin capturó a su presa. Lo llevó a la orilla, y recordó que no
tenía con qué cocinarlo. No podía comerlo crudo, no después de todos esos días
subyugado por el sudario-espejo. Buscó en sus bolsillos algo para hacer fuego,
pero sólo encontró el extraño medallón que había robado a Par. Furioso y
frustrado, volvió a arrojar el pez al lago y se puso de nuevo en camino.
La
tarde transcurría despacio. Coltar se veía obligado a descansar con mayor
frecuencia, mareado por el calor sofocante, incapaz de mantener la
concentración. No le vendría mal echar una cabezada, pero había decidido seguir
hasta que se hiciera de noche. Veía a Par de vez en cuando reflejado en la
brillante hierba, lo oía hablar y lo veía moverse. Los recuerdos iban y venían,
mezclándose con las imágenes y evaporándose cuando se acercaba demasiado.
Necesitaba un buen plan, se dijo. No bastaba con volver a la Atalaya
Meridional. Jamás sería capaz de rescatar él solo a Par. Necesitaba ayuda. ¿Qué
había sido de Morgan Leah y de los demás?, se preguntó. ¿Qué había sido de
Walker Boh y de Wren? ¿Dónde estaba Damson? ¿También buscaba a Par? Padishar
Cesta lo ayudaría si lo encontrara. Pero Padishar podía estar en cualquier
parte.
Caminó
hasta la llegada del crepúsculo, y apareció ante él el Río Plateado, una
brillante cinta que serpenteaba tierra adentro. Bordeó el barro formado por el
envenenamiento de una ensenada poco profunda, las aguas tibias verdes y
fangosas, la vegetación gris a causa de la enfermedad, el hedor de su agonía
flotando en el aire. Respirando por la boca, pasó por su lado impaciente por
continuar.
Al
salir de un grupo de pinos vio un carro y se detuvo. Cinco hombres sentados
alrededor de una hoguera levantaron la mirada. De aspecto duro, se lo quedaron
mirando sin moverse. Estaban asando carne en un espetón y tenían caldo en una
cazuela. Los apetitosos olores llegaron hasta Coltar. Un grupo de mulas,
desenganchadas del carro, pastaban atadas, y por el suelo había esteras y
mantas extendidas. Los hombres se pasaban un odre de cerveza.
Uno
de ellos hizo señas a Coltar para que se acercara. Coltar vaciló. Los demás le
indicaron con gestos que se acercara, ofreciéndole comida y bebida, y
preguntándole qué demonios le había ocurrido.
Coltar
se acercó a ellos, consciente del aspecto tan extraño que debía de tener, pero
empujado por el hambre. Se sentó entre ellos y recibió un plato, un bol y una
jarra de cerveza. No había dado ni el primer bocado cuando recibió el primer
golpe detrás de la oreja y todos los demás se abalanzaron sobre él. Intentó
levantarse, soltarse y huir, pero lo sujetaban demasiadas manos. Lo sacudieron
y le dieron patadas hasta dejarlo casi inconsciente. Luego le arrebataron la
Espada de Shannara, le pusieron cadenas en las muñecas y los tobillos, y lo
subieron a la parte trasera del carro. Él les suplicó que no lo hicieran. Les
rogó que lo soltaran, diciéndoles que estaba buscando a su hermano, que tenía
que encontrarlo, que tenían que dejarlo marchar. Se mofaron de él y le
amenazaron con amordazarlo si no callaba. Luego lo irguieron, y le dieron una
taza de caldo y una manta.
Sacarían
una buena suma por su arma, le dijeron, Pero sacarían una mayor cuando lo
vendieran a la Federación para que trabajara en las minas de esclavos de
Dechtera.
7
Par
Ohmsford soñó. Corría por un bosque sumido en sombras y vacío de vida. Era de
noche, y el cielo que se entreveía a través del dosel de ramas entrelazadas era
de un azul intenso, sin estrellas ni Luna. Par veía claramente mientras corría,
pero no conseguía determinar de dónde procedía la luz. Los troncos de los
árboles se movían ante él, oscilando como briznas de hierba al viento,
obligándolo a hacer eses para esquivarlos. Las ramas se extendían hacía él y le
acariciaban la cara y los brazos, tratando de detenerlo. Unas voces susurraban,
gritándole una y otra vez.
Espectro.
Espectro.
Estaba
aterrorizado.
Las
ropas que llevaba puestas estaban húmedas de sudor, y sentía el roce de las
botas en los tobillos. De vez en cuando había arroyos y pozos, y se veía
obligado a saltar por encima de ellos o a desviarse porque su instinto le decía
que eran cenagales y que si ponía un pie en ellos, lo engullirían. Aguzó el
oído mientras corría, para intentar escuchar ruidos de otras criaturas vivas.
No podía dejar de pensar que no podía estar solo, que en el bosque debían de
vivir otras criaturas, que no podría continuar indefinidamente. Pero cuanto más
corría, más profundo era el silencio y más oscuros se volvían los árboles.
Ningún sonido rompió la quietud. Ninguna luz penetró el bosque.
Al
cabo de un rato sintió que algo le seguía, una criatura negra e indescriptible
que corría tan veloz como él, persiguiéndolo como si fuera su sombra. Intentó
poner distancia entre ambos corriendo aún más deprisa, pero fue en vano. Trató
de despistarla torciendo primero en una dirección y luego en otra, pero la
criatura seguía sus huellas. Trató de pegarse a un viejo y monstruoso tronco de
origen indistinguible, y la criatura también se detuvo y esperó.
Era
la criatura la que susurraba a sus oídos.
Espectro.
Espectro.
Siguió
corriendo sin saber qué hacer, presa del pánico y la desesperación, eliminando
toda esperanza. Se vio atrapado por los árboles y la oscuridad, sin poder
escapar, y supo que tarde o temprano la criatura lo capturaría. Sintió que la
sangre le zumbaba en los oídos y se oyó resollar. Le dolían las piernas y creía
que no podría continuar, pero no podía detenerse. Se llevó una mano a las armas
pero se dio cuenta de que no llevaba ninguna. Intentó pedir ayuda con la fuerza
de su voluntad, pero los nombres y las caras de aquellos a quienes podía llamar
no acudían a su mente.
De
pronto se encontró en la orilla del río, negro y veloz, corriendo con la fuerza
de las crecidas por un cauce ancho y recto. Sabía que no era un río de verdad,
que era otra cosa, pero no sabía qué. Vio un puente extendido sobre él y corrió
para cruzarlo. Oyó a la criatura a sus espaldas. Subió de un salto al puente,
un ancho arco hecho de madera y clavos de hierro. Sus botas no hacían ruido al
correr, y sus pisadas eran silenciosas. El puente le había parecido una vía de
escape, pero en cuanto empezó a cruzarlo descubrió que no podía ver la otra
orilla. Miró atrás y el bosque también había desaparecido. El cielo había
descendido y el agua se había elevado, y de pronto estaba dentro de una caja
que se cerraba herméticamente.
La
criatura que lo seguía siseó. Ganaba terreno rápidamente, aumentando de tamaño
a medida que la caja se hacía más pequeña.
Par
se volvió, consciente de que no podía escapar, que había caído en una trampa,
que no importaba lo que había esperado conseguir al correr; había perdido. Se
volvió y, al hacerlo, recordó que no estaba indefenso después de todo, que
poseía la magia del cantar y que esta magia élfica podía protegerlo contra
cualquier cosa. Lo invadió una oleada de esperanza y conjuró la magia en su
defensa. Ésta estalló dentro de él y lo recorrió en una frenética y eufórica
oleada, una luz blanca que convirtió su sangre en fuego y su cuerpo en hielo.
Sintió cómo lo llenaba, sintió cómo su poder lo revestía de una armadura y lo
volvía indestructible.
Esperó
expectante a que la criatura lo siguiera. Ésta salió de la noche sigilosa como
un gato, una criatura sin forma ni sustancia. Percibió su presencia mucho antes
de verlo. Sintió cómo observaba, luego respiraba y finalmente se acercaba.
Primero hacia un lado, luego hacia el otro y por último en todas direcciones.
Pero por alguna razón supo que no estaría en peligro hasta ver su cara. La
criatura se retorció y arremolinó alrededor de él, cuidándose de permanecer
fuera de su alcance, y él esperó a que se cansara.
Luego
empezó a materializarse, y dejó de ser extraña, deforme o incluso grande. Su
cuerpo tenía el mismo tamaño y forma que el suyo, y se plantó ante él
mostrándole todo salvo la cara. Él llevó la magia del cantar a las puntas de
sus dedos y la mantuvo allí como una flecha muy afilada y tensa en la cuerda de
un arco. La criatura que tenía ante sí lo observaba. Y esta vez volvió la
cabeza hacia él, pero su rostro seguía borroso y oscuro. Volvió a susurrar:
Espectro.
Espectro.
A
continuación el rostro se ensambló y Par se encontró mirándose a sí mismo.
Espectro.
Espectro.
Par
se estremeció y arrojó la magia del cantar contra la criatura. Ésta la atrapó
al vuelo y la magia se desvaneció. Par arrojó por segunda vez la magia, un
mazazo que convertiría en humo a la criatura, pero ésta la tragó como si fuera
aire. Esbozó una sonrisa, con aspecto hueco y borroso por los bordes, un
espejismo que amenazaba con desaparecer en el calor.
¿No
lo sabes?
¿No
lo ves?
La
voz susurró astuta, condescendiente y odiosa, y Par volvió a arremeter contra
ella, una y otra vez, arrojando su magia. Pero ocurría algo extraño. Cuanto más
conjuraba la magia, más satisfecha parecía la criatura. Y su satisfacción, su
placer, eran palpables. La criatura cambiaba y adquiría mayor fuerza en lugar
de debilitarse, se alimentaba de la magia, la absorbía.
¿No
lo comprendes?
Par
jadeó y dio un paso atrás, consciente de que también él estaba cambiando,
perdiendo forma y definición, desintegrándose como madera en llamas reducida a
cenizas. Se tocó desesperado y vio que las manos le traspasaban el cuerpo. La
criatura se acercó más a él con los brazos extendidos, y se vio a sí mismo
reflejado en sus ojos.
Espectro.
Espectro.
Se
vio a sí mismo y se dio cuenta de que ya no había ninguna diferencia entre
ambos. Se había convertido en la criatura.
Cuando
ésta lo tomó en sus brazos y lo atrajo despacio hacia sí, dio un grito.
El
sueño terminó y Par se despertó con una sacudida. Estaba mareado, y su
respiración era agitada y jadeante. Sólo era un sueño, pensó. Ocultó la cara
entre las manos y esperó a que cesara el mareo. Una pesadilla, ¡pero tan real!
Tragó saliva conteniendo el miedo.
Abrió
de nuevo los ojos y miró alrededor. Estaba en una habitación tan negra como el
bosque por el que había huido, y olía a moho y a cerrado. Las ventanas de la
pared del fondo se abrían a los cielos nocturnos que estaban encapotados y sin
Luna. El aire estaba caliente y pegajoso, y no corría una brizna de aire.
Estaba sentado en una cama que era poco más que un marco de madera y un
camastro, y la ropa que llevaba puesta estaba húmeda y rígida del barro
endurecido.
Entonces
recordó.
Los
llanos, la tormenta, la lucha con Coltar, el despertar de la magia de la Espada
de Shannara, la llegada de los Espectros, la aparición del Rey del Río
Plateado, la luz y luego la oscuridad... las imágenes desfilaron presurosas
ante él.
¿Dónde
estaba?
Una
luz brilló de pronto en la habitación, una luciérnaga que descansó en los dedos
de un brazo enguantado hasta el codo. La luz se posó en una lámpara, cobró
intensidad y se proyectó a través de las sombras.
—Ahora
que estás despierto, tal vez podamos hablar.
Una
forma alta, alargada y encapuchada, y envuelta en una capa, dio un paso hacia
la luz. Se movía con sigilo, gracilidad y naturalidad. En el pecho brillaba la
insignia blanca de la cabeza de un lobo.
Rimmer
Dall.
Un
escalofrío recorrió a Par de la cabeza a los pies, e hizo lo que pudo para
dominarse y no salir huyendo. Echó un vistazo a las paredes de piedra que lo
rodeaban, las barras de las ventanas, la puerta de madera revestida de hierro
que se había cerrado detrás de Rimmer Dall. Estaba en la Atalaya Meridional.
Buscó la Espada de Shannara, pero había desaparecido. Y Coltar tampoco estaba.
—Parece
que no has dormido bien.
La
voz susurrante de Rimmer Dall flotó en el silencio. Se quitó la capucha, y su
barbudo y huesudo rostro quedó iluminado por la luz, todos los ángulos y
planos, como una máscara desprovista de expresión. Si era consciente de la
agitación de Par, no lo demostró. Se acercó a una silla y se sentó.
—¿Quieres
comer algo?
Par
rehusó con un gesto, sin atreverse a hablar. Tenía la garganta seca y los
músculos tensos. No te dejes dominar por el pánico, se dijo. Tranquilo. Se
obligó a respirar despacio y profundamente, a un ritmo acompasado. Apoyó los
pies en el suelo, pero no intentó levantarse. Rimmer Dall lo observaba con ojos
insondables, formando su boca una línea fina e inmóvil. Como un gato al acecho,
pensó Par.
—¿Dónde
está Coltar? —preguntó con voz firme.
—Se
lo llevó el Rey del Río Plateado. —La voz susurrante era curiosamente
reconfortante—. También se llevó la Espada de Shannara.
—Pero
tú impediste que me llevara consigo.
Rimmer
Dall rió débilmente.
—Lo
hiciste tú mismo —respondió el primer investigador, esbozando una débil
sonrisa—. Yo no intervine. Utilizaste la magia del cantar, y ésta actuó en
contra de ti y obligó al Rey del Río Plateado a alejarse. —Hizo una pausa—. La
magia es cada vez más impredecible, ¿no te parece? ¿Te acuerdas de la
advertencia que te hice?
—Sí,
lo recuerdo todo. Pero eso es lo de menos, porque no te creería aunque me
dijeras que el Sol sale por el este. Me has mentido desde el principio. No sé
por qué, pero lo has hecho. Y ya estoy harto de escucharte, así que haz lo que
quieras y acaba de una vez.
—Dime
en qué te he mentido —replicó Rimmer Dall tras escudriñarlo en silencio.
Par
se sintió dominado por la ira. Empezó a hablar, pero se interrumpió al darse
cuenta de que no podía recordar que le hubiera dicho ninguna mentira. Las
mentiras estaban allí, tan claras como la cabeza del lobo que brillaba sobre
sus ropas negras, pero era incapaz de verlas con claridad.
—Te
dije cuando nos conocimos que eras un Espectro. Te di la Espada de Shannara y
te dejé levantarla contra mí para que comprobaras que no mentía. Te advertí que
tu magia era un peligro para ti, que te estaba cambiando, y que tal vez no
fueras capaz de controlarla sin ayuda. ¿Qué mentira hay en eso?
—¡Hiciste
prisionero a mi hermano después de hacerme creer que yo lo había matado! —gritó
Par en tono amenazador, poniéndose de pie a pesar de su resolución—. ¡Me
hiciste creer que estaba muerto! ¡Y luego lo dejaste escapar con el
sudario-espejo para que se convirtiera en un Espectro y yo lo volviera a matar!
¡Nos has puesto a uno contra el otro!
—¿Yo?
—Rimmer Dall hizo un gesto negativo—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué podía ganar
con ello? Dime de qué me serviría. —Permaneció sentado y tranquilo frente a un
Par furioso, esperando. Par echaba fuego por los ojos, pero no respondió—. ¿No
lo sabes? Entonces escúchame. Yo no te hice creer que habías matado a Coltar,
lo hiciste tú solo. Tu magia lo hizo, retorciendo y cambiando lo que veías. ¿Te
acuerdas, Par? ¿Te acuerdas cuando creíste que habías perdido el control?
Par
se quedó sin habla. Era cierto, había experimentando la sensación de alejarse
de sí mismo, de ser llevado lejos.
—Mis
investigadores encontraron a tu hermano después de que tú hubieras huido y lo
trajeron —continuó el hombre corpulento—. Es cierto que fueron duros con él,
pero no sabían quién era, sólo que estaba donde no debía. Yo lo mantuve
prisionero en la Atalaya Meridional, es cierto, para intentar convencerlo de
que me ayudara a buscarte. Creía que él era mi última oportunidad. Cuando huyó,
se llevó consigo el sudario-espejo, pero yo no lo ayudé a robarlo. Lo cogió
porque quiso. Y es cierto, lo transformó; la magia era demasiado poderosa para
un hombre corriente. Tú lo podrías haber llevado sin que te afectara, Par. Y no
os he puesto a uno contra el otro, sino vosotros mismos. Cada vez que acudo a
ti, intento ayudarte, y siempre me rehuyes. Ya es hora de que dejes de huir.
—¡Ya
te gustaría! —replicó Par furioso—. ¡Haría mucho más fáciles las cosas!
—Piensa
en lo que estás diciendo, Par. ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Por
qué? —Par apretó las mandíbulas—. Dondequiera que vaya hay Espectros esperando,
tratando de matarme a mí y a mis amigos. ¿Qué me dices de Damson Rhee y de
Padishar Cesta en Tyrsis? Supongo que eso fue un error.
—Un
error, pero no mío —respondió Rimmer Dall con calma—. La Federación te siguió
hasta allí, cogió a la chica y luego al líder de los proscritos. Los
investigadores a los que destruiste en la torre de vigilancia cuando liberaste
a la chica estaban allí obedeciendo órdenes de la Federación. No sabían quién
eras, sólo que eras un intruso. Pagaron por ello con su vida. Debes responder
por la justicia de ello.
—No
te creo —replicó Par haciendo un gesto negativo—. No creo nada de lo que dices.
—Eso
has dicho cada vez que hemos hablado. —Rimmer Dall cambió ligeramente de
postura en la silla—. Pero no parece haber ningún motivo que justifique tal
actitud. ¿Cuándo he hecho algo que significara una amenaza para ti? ¿Cuándo he
hecho otra cosa que ser franco contigo? Te he contado la historia de los
Espectros, te he explicado que la magia nos corresponde por derecho de
nacimiento, que fue un don que sirve para ayudar, para salvar. Te he demostrado
que el enemigo es la Federación, que nos ha perseguido y destruido en cada
esquina porque teme y odia lo que no puede comprender ni comprenderá jamás.
¿Somos enemigos tú y yo, Par? No. Pertenecemos a la misma familia. Somos
iguales.
Par
visualizó de pronto el sueño y su recuerdo despertó en su interior algo oscuro
e inexorable. Estaba huyendo de sí mismo, de la magia, de su derecho de
nacimiento, de su destino... Era posible, ¿no?
—Si
somos de la misma familia y tú no eres el enemigo, entonces permitirás que me
vaya —insistió.
—No,
esta vez no. —El robusto hombre hizo un gesto negativo y una sonrisa curvó las
comisuras de sus labios—. Lo hice una vez y casi te destruyes. No volveré a ser
tan necio. Esta vez lo haremos a mi manera. Hablaremos, nos veremos,
exploraremos, averiguaremos y, finalmente, aprenderemos. Entonces podrás
marcharte.
—No
quiero hablar, ni verme contigo, ni hacer nada de todo eso. No tenemos nada más
que hablar —replicó Par furioso—. Y, si intentas retenerme, utilizaré la magia
del cantar —concluyó el joven del valle, fulminándolo con la mirada.
—Adelante,
utilízala —respondió Rimmer Dall. Luego hizo una pausa—. Pero recuerda el
efecto que ejerce sobre ti.
Me
está cambiando, pensó Par comprendiendo el alcance de la advertencia. Cada vez
que la utilizo, me cambia algo. Cada vez pierdo un poco más de control. Y por
mucho que lo intento, no puedo impedirlo. No sé cuáles serán las consecuencias,
pero tengo el presentimiento de que no serán agradables.
—No
soy un Espectro —dijo en voz baja.
—Es
sólo una palabra —respondió Rimmer, mirándolo fijamente.
—No
me importa. No lo soy.
El
primer investigador se levantó y se acercó a la ventana. Miró a la noche,
absorto y distante.
—Antes
me preocupaba quién era y cómo me llamaba —dijo—. Me consideraba una aberración
rara y peligrosa. Pero he descubierto que estaba equivocado. Lo importante no
era lo que los demás pudieran pensar de mí, sino lo que yo pensaba de mí mismo.
Si permitiera que la opinión de los demás influyera en mí, me convertiría en lo
que a ellos se les antojara. —Se volvió hacia Par—. Los Espectros están siendo
destruidos sin motivo. Nos acusan sin motivo. Disponemos de una magia que puede
ayudar en muchos sentidos, pero no nos permiten utilizarla. Mírate, ¿acaso no
te ocurre a ti lo mismo?
De
pronto, Par se sintió exhausto, abrumado por el impacto de lo que le había
ocurrido y confuso sobre lo que eso podía significar. Rimmer Dall permaneció
sereno, impasible e inquebrantable. Sus argumentos eran persuasivos. Par no
lograba recordar en qué le había mentido. No conseguía ver con claridad cuándo
había intentado hacerle daño. Siempre había creído que él era el enemigo, y eso
le habían dicho Allanon y Cogline, pero ¿qué pruebas tenía? ¿Y dónde estaban el
druida y el anciano? ¿Dónde se habían metido los que podían ayudarle?
El
recuerdo del sueño lo atormentaba. ¿Cuánta verdad había en él?
Se
volvió hacia la cama de la que se había levantado y se sentó de nuevo. Nada le
había salido bien desde que aceptara el encargo de Allanon de recuperar la
Espada de Shannara. Ni siquiera la Espada le había sido útil. Se sentía solo,
abandonado e impotente, y no sabía qué hacer.
—¿Por
qué no duermes un poco? —le sugirió Rimmer Dall en voz baja, dirigiéndose a la
puerta—. Me ocuparé de que te traigan algo de comer y de beber dentro de un
rato, y volveremos a hablar más tarde.
Cruzó
la puerta y desapareció antes de que Par tuviera tiempo de levantar la cabeza.
Volvía a sentirse mareado, débil, pesado. Tal vez le convenía descansar un poco
más. Puede que luego tuviera la cabeza más despejada.
Espectro.
Espectro.
¿Podía
serlo?
Se
acurrucó en el camastro y se entregó al sueño.
Volvió
a soñar, y este segundo sueño fue una variación oscura y espeluznante del
primero. Despertó empapado en sudor, temblando y con los nervios a flor de
piel, y vio por las ventanas que la luz del día iluminaba los cielos. Un
Espectro silencioso y vestido de negro le trajo comida y algo de beber, y por
un instante pensó en aplastarlo con su magia y huir. Pero vaciló, no muy seguro
de la prudencia de ese proceder; el momento pasó y la puerta se cerró una vez
más.
Comió
y bebió, pero no se sintió mejor. Permaneció sentado en la penumbra de su
prisión y escuchó el silencio. De vez en cuando le llegaban los gritos de las
garzas y las grullas, y el débil silbido del viento contra la piedra del
castillo. Se acercó a las ventanas y miró fuera. Estaban orientadas al este,
hacia el sol. Abajo, el río Mermidón serpenteaba entre las montañas de Runne
hasta llegar al Lago del Arco Iris, con sus aguas crecidas a causa de la
tormenta y obstruidas por los escombros. Las ventanas eran profundas y apenas
permitían atisbar la tierra de los alrededores, pero le llegó el olor de los
árboles y la hierba, y oyó el discurrir del río.
Luego
se sentó de nuevo en la cama e intentó pensar en lo que debía hacer. Mientras
lo hacía, advirtió un repiqueteo procedente de las profundidades del castillo,
una extraña vibración débil e insistente que recorría la piedra y el hierro
como un trueno en una tormenta. Parecía circular en una ola continua e
ininterrumpida, pero de vez en cuando sentía que se interrumpía y oía algo
diferente en su gemido. Lo escuchó detenidamente, sintiendo el movimiento en su
cuerpo, y se preguntó qué era.
Llegó
el mediodía y con él Rimmer Dall. Tan negro que parecía absorber la luz a su
alrededor, se deslizó como una sombra por la puerta y se materializó una vez
más sentado en la silla. Preguntó a Par cómo se encontraba, qué tal había
dormido, si había comido y bebido bastante. Se mostró amable y sereno, y con
ganas de conversar, aunque también distante, como si temiera que cualquier
intento de intimar pudiera exacerbar heridas ya abiertas. Volvió a hablar de
los Espectros y la Federación, del error que cometía Par al confundirlos, del
peligro que entrañaba creer que los dos eran sus enemigos. Volvió a hablar de
la desconfianza que le inspiraban los druidas, de las formas en que habían
manipulado y engañado, de su obsesión por el poder y sus usos. Recordó a Par la
historia de su familia, cómo los druidas habían utilizado a los Ohmsford para
conseguir sus fines y cómo en el proceso habían cambiado su vida para siempre.
—No
sufrirías las vicisitudes de la magia del cantar si no fuera por lo que le
hicieron a Wil Ohmsford hace años —declaró con su habitual tono bajo y
persuasivo—. Tú mismo puedes verlo si lo piensas detenidamente, Par. Todo lo
que has soportado estas últimas semanas fue provocado por los druidas y su
magia. ¿A quién debes echar la culpa de esa mentira?
Habló
entonces de la enfermedad extendida por las Cuatro Tierras y de las medidas que
debían tomarse para su curación. No eran los Espectros los que habían causado
la enfermedad, sino la negligencia de las Razas y de quienes en otro tiempo la
habían protegido y preservado con tanto esmero. ¿Dónde estaban los elfos cuando
más se los necesitaba? Desaparecidos, porque la Federación los había obligado a
huir, se habían asustado del legado de su magia. ¿Dónde estaban los enanos, los
mejores servidores? En cautiverio, sometidos por la Federación de tal forma que
no supusieran ninguna amenaza para el gobierno de las Tierras Meridionales.
Habló
un rato, luego desapareció de pronto, fundiéndose con la piedra y el silencio
del castillo. Par permaneció donde estaba sin moverse, oyendo el susurro del
primer investigador resonando en su mente, la cadencia de su voz, el sonido de
sus palabras, la letanía de sus argumentos desde que comenzaban hasta que
terminaban y vuelta a empezar. La tarde pasó y el Sol desapareció por el oeste.
Llegó el crepúsculo, y con él la cena. Aceptó lo que le ofreció un silencioso
sirviente, pero esta vez no pensó en intentar escapar. Comió y bebió distraído,
con la mirada clavada en las paredes de la habitación, pensando.
Se
hizo de noche, y con ella llegó una vez más Rimmer Dall. Par esta vez lo
esperaba como se espera el trueno durante una tormenta. Oyó el cerrojo de la
puerta, vio cómo se abría y observó cómo la cruzaba el primer investigador. La
figura envuelta en negro se acercó a su silla y se sentó sin hablar. Se miraron
en silencio, midiéndose.
—¿Hay
algo que deba decirte, que aún no te haya dicho? —preguntó Rimmer Dall, inmóvil
en las sombras cada vez más numerosas—. ¿Qué respuestas puedo darte?
Par
hizo un gesto de ignorancia. El primer investigador le había dado demasiadas
respuestas y éstas daban vueltas en su mente como los cristales de colores en
un caleidoscopio. Una parte de sí mismo permanecía obstinada e incorregible,
resistiéndose a todo lo que oía. No le permitía creer; ni siquiera
considerarlo. Deseó poder hacerlo. Su sueño estaba lleno de pesadillas y cuando
despertaba, se veía asaltado por una absurda variedad de posibilidades
enfrentadas. Quería que todo terminara.
No
se lo dijo a Rimmer Dall y en su lugar le preguntó sobre los ruidos procedentes
del castillo, el repiqueteo que se filtraba por las paredes, el gimoteo, la
sensación de que algo despertaba. El primer investigador esbozó una sonrisa. La
explicación era sencilla. Lo que Par oía era el río Mermidón recorriendo un
canal subterráneo que pasaba por debajo del alcázar, y sus aguas que se
estrellaban contra los muros de viejas cuevas. A veces se oían las vibraciones
en varios kilómetros a la redonda. A veces las sentías en los huesos.
—¿No
te deja dormir? —preguntó el hombre corpulento.
Par
hizo un gesto negativo. Lo que agitaban sus sueños eran las pesadillas, no ese
ruido.
—Si
decidiera creerte —dijo, dejando que las palabras brotaran de sus labios antes
de que su lado obstinado lo pensara mejor—, ¿qué harías para ayudarme a
controlar la magia del cantar?
—Te
enseñaría a dominarla —respondió Rimmer Dall, permaneciendo inmóvil en su
silla—. Te enseñaría a sentirse cómodo con ella. Aprenderías a volver a
utilizarla sin peligro.
—¿Crees
que puedes hacerlo? — Par fijó su mirada al frente sin ver. Quería creer.
—He
tardado años en aprender. Me he visto obligado a hacerlo con mi propia magia y
las lecciones no han caído en saco roto. La magia es un arma poderosa, Par, y
puede volverse contra ti. Necesitas disciplina y comprensión para controlarla
debidamente, y yo puedo darte eso.
Par
tenía la mente espesa y los párpados pesados. Su cansancio era como una nube
oscura que no le dejaba pensar.
—Podríamos
hablar de ello, supongo —dijo.
—Hablar
de ello, y también experimentarlo —respondió Rimmer Dall, inclinado hacia
delante, mirándolo fijamente—. La magia sólo puede controlarse con la práctica;
es una habilidad que se adquiere. La magia es un derecho de nacimiento, pero
necesita entrenamiento.
—¿Entrenamiento?
—Yo
puedo enseñarte. Podría dejarte ver dentro de mi mente, para que vieras cómo
funciona la magia dentro de mí. Podría enseñarte a bloquearla y encauzarla. Y
tú podrías hacer lo mismo por mí.
—¿Cómo?
—preguntó Par, levantando la mirada.
—Podrías
dejarme ver dentro de tu mente. Dejarme explorar y permitir que te ayude a
levantar las defensas que necesitas. Podríamos trabajar juntos.
Prosiguió,
explicándose cuidadosa y persuasivamente, pero Par había dejado de oír, absorto
en algo ligeramente alarmante, algo que carecía de identidad, pero que sin duda
estaba allí. La parte obstinada de sí mismo que se negaba a creer en una
palabra del primer investigador se había levantado con un grito de sorpresa y
había cerrado su mente como una trampilla. Fingía que escuchaba, pero sólo
fragmentos de lo que le decía y daba respuestas que no le comprometieran.
¿Qué
era? ¿Qué ocurría?
—Piensa
en lo que te he dicho —lo apremió Rimmer Dall al cabo de un rato, dejándolo
solo—. Considera lo que podríamos conseguir.
Se
hizo de noche y la oscuridad en la celda de Par fue total. Se echó, exhausto
sin tener motivos para estarlo, pero luchó contra sus deseos de cerrar los ojos
porque no quería que volvieran las pesadillas. Miró fijamente al techo y luego
al cielo, despejado y lleno de estrellas, al otro lado de las ventanas. Pensó
en su hermano y en la Espada de Shannara, y se preguntó qué había hecho el Rey
del Río Plateado con ellos. Pensó en Damson y en Padishar, en Walker y en Wren,
y en todos los que estaban involucrados en su lucha. Se preguntó vagamente qué
sentido había tenido la lucha.
Por
fin se quedó dormido sin darse cuenta, sumiéndose en una relajante negrura.
Pero la pesadilla afloró al instante y por tercera vez experimentó una
confrontación consigo mismo como Espectro Corrosivo. Se sacudió y retorció
intentando despertarse, y luego permaneció tendido, sudoroso y jadeante, en la
oscuridad.
Y
supo, con espeluznante certeza, que algo andaba mal.
Sólo
había que ver lo que le estaba pasando a él. No podía dormir sin tener
pesadillas, siempre las mismas. Comía, pero cada vez se sentía más débil. Se
pasaba el día en la celda sin hacer nada, pero siempre estaba cansado. Y no
podía pensar con claridad, no lograba concentrarse. Le habían minado la
energía.
Y
eso no ocurría por casualidad, se dijo; había algo que lo causaba.
Se
sentó en la cama, apoyó los pies en el suelo y clavó la mirada en las sombras
de la habitación. ¡Piensa! Combatió el cansancio, las cadenas de su letargo y
la desorientación. Y llegó la revelación, como se desenreda poco a poco un hilo
lleno de nudos. Había dos posibilidades. La primera era que la magia del cantar
lo corrompía de algún modo y debía hacer lo que Rimmer Dall le apremiaba a
hacer. La segunda, que la magia que lo corrompía era un Espectro, que Rimmer
Dall intentaba derribar sus defensas, y que todos sus ofrecimientos de ayudar
eran una estratagema.
Pero
¿una estratagema para qué?
Par
respiró profundamente. Deseaba volver a rastras a la cama pero no lo hizo.
Sintió deseos de gritar, pero se contuvo. ¿Mentía Rimmer Dall o decía la
verdad? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? Par juntó las manos para
impedir que le temblaran. Se estaba desmoronando. Sentía que se estaba
deshaciendo por dentro, pero no sabía qué podía hacer para detener el proceso.
Si Rimmer Dall tenía razón acerca de la magia del cantar, necesitaba su ayuda.
Si le mentía, era un engaño tan intrincado y vasto que a su lado parecía
pequeño todo lo que el joven del valle pudiera imaginar, porque debía de
haberse puesto en marcha el mismo día en que el primer investigador había ido a
buscarlo a la cervecería Barba Azul.
¡Maldición!
¡Tenía que saberlo!
Par
se levantó, se acercó a la ventana y se quedó mirando a la noche y respirando
el aire frío. La indecisión lo paralizaba. ¿Cómo conseguía averiguar la verdad?
¿Había alguna forma de ver más allá de sus dudas y reconocer si se trataba de
un engaño? Recordó que la Espada de Shannara no le había revelado nada. ¡Nada!
¿Qué otra cosa podía probar?
Observó
cómo las sombras proyectadas por las nubes nocturnas se movían entre los
árboles como animales al otro lado del río. Tendría que ganar tiempo, se dijo.
Escucharía y hablaría, pero no permitiría que ocurriera nada. Tendría que
hallar el modo de disipar su confusión y reconocer qué era verdad y qué
mentira, y hallar al mismo tiempo la manera de evitar desintegrarse por
completo.
Cerró
los ojos, ocultó la cara entre las manos y se preguntó cómo podría conseguirlo.
8
El
calor se levantaba en oleadas sofocantes de las praderas que se extienden al
este de la foresta de Drey, el Sol del mediodía era una esfera roja en el cielo
sin nubes, y el aire estaba impregnado del sabor y olor a sudor y polvo. Wren
Elessedil observaba desde lo alto de un montículo cómo el ejército de la
Federación se abría paso penosamente por los llanos, como un insecto de muchas
patas avanzando a cámara lenta.
Ciega
y persistentemente, pensó sombría.
No
se molestó en mirar a los demás: a Triss, Erring Rift y Desidio. Sabía lo que
vería en sus caras. Sabía lo que estaban pensando.
Hacía
más de una hora que observaba el avance de la Federación no con la esperanza de
averiguar nada, sino dejándose llevar por la necesidad de hacer algo más que
sentarse con los brazos cruzados a esperar lo inevitable. Los elfos estaban en
un aprieto. Hacía dos días que la Federación había reanudado la marcha hacia el
Valle de Rhenn al norte, y el tiempo se agotaba. Barsimmon Oridio había
terminado por fin la movilización y aprovisionamiento del principal ejército
elfo, que se dirigía al este, hacia el desfiladero, en una marcha forzada que
permitiera a los elfos entrar en el Valle de Rhenn tres días antes por lo menos
que el enemigo. Pero éste seguía superando a los elfos en número, en una
proporción de diez a uno, y toda clase de enfrentamiento directo supondría su
aniquilación. Peor aun, los Escaladores seguían avanzando y cada vez estaban
más cerca, alcanzando casi a los habitantes de las Tierras Meridionales, más
lentos. En cuatro o cinco días, los Escaladores los adelantarían y se
colocarían a la vanguardia para emprender una acción de acoso y derribo. Cuando
eso ocurriera, habría llegado el fin de los elfos.
Wren
sintió una vaga impotencia, pero la apartó de sí furiosa.
¿Qué
puedo hacer para salvar a mi gente?
Volvió
a concentrar la atención en el ejército que avanzaba poco a poco, e intentó
pensar. Otra incursión a medianoche era impensable. La Federación ahora estaba
alerta y no sería fácil volver a sorprenderlos dormidos. Las patrullas de
caballería cabalgaban día y noche alrededor del cuerpo principal del ejército,
recorriendo los campos en busca de algún rastro de los elfos. En una o dos
ocasiones, algún jinete más osado se había aventurado a adentrarse en los
bosques. Wren los había dejado pasar, y los elfos se habían fundido con los
árboles, invisibles en la oscuridad. No quería que la Federación supiera dónde
estaban. No quería darles ninguna pista de forma involuntaria. Claro que
tampoco importaba. Las patrullas los mantenían a raya, e hileras de centinelas
se extendían medio kilómetro desde el campamento en cuanto se hacía de noche.
Los jinetes alados podrían acudir por el aire, pero no quería poner en peligro
su arma más valiosa cuando no contaba con los hombres necesarios para
apoyarlos.
Además,
poco cambiaba lo que pudiera hacer al ejército de la Federación si antes no
encontraba la manera de detener a los Escaladores. Aunque todavía lejanos, los
Escaladores eran la amenaza más peligrosa e inmediata. Si permitían que
llegaran al Valle de Rhenn, o incluso a los bosques de las Tierras
Occidentales, nada les impediría que se abrieran paso hasta Arborlon. Los
Escaladores no se molestarían en buscar un camino; no les preocuparían las
emboscadas o las trampas; no necesitaban exploradores ni patrullas para
descubrir al enemigo; encontrarían a los elfos donde se escondieran y los
destruirían de la misma manera que habían destruido a los enanos hacía
cincuenta años. Wren conocía las historias. Sabía a qué clase de enemigo se
enfrentaban.
El
sudor le cubría la cara como una máscara húmeda. Exhaló despacio el aire, llamó
por señas a los demás y empezó a bajar del promontorio. Cuando estuvieron al
cobijo de los árboles, se levantó y se acercó a los caballos que los cazadores
elfos que habían ido con ellos estaban atando. Ninguno habló. No tenían nada
que decir. Wren fue delante, tratando de dar la impresión de tener algo en
mente pese a estar en blanco, preocupada de empezar a perder la confianza que
se había ganado al liderar el ataque de hacía tres noches, una confianza de la
que no podía prescindir si quería dominar la situación cuando llegara Barsimmon
Oridio. Ella era la reina de los elfos, se dijo. Pero también las reinas
fracasaban.
Montaron
y cabalgaron de nuevo hasta el campo elfo. Wren pensó detenidamente una vez más
en todo lo ocurrido desde la llegada de Cogline, preguntándose qué había sido
del anciano y, de paso, de todos los que se habían reunido en el Cuerno del
Infierno para hablar con el fantasma de Allanon. Experimentó una vaga sensación
de pesar por saber tan poco de la suerte que habían corrido. Debería estar
buscándolos para revelarles la verdad del origen de los Espectros. Tenía la
sensación de que era importante que lo supieran. Algo relacionado con quiénes y
qué eran los Espectros los llevaría a su destrucción. Allanon debía de saberlo.
Pero si lo sabía, ¿por qué no lo había dicho? Hizo un gesto negativo. Era más
complicado que todo eso; tenía que serlo. Pero ¿acaso no se lo jugaban todo en
esa lucha?
Llegaron
al campamento de la avanzadilla, levantado a varios kilómetros al norte,
desmontaron y entregaron las riendas de sus caballos. Wren se alejó de los
demás a grandes zancadas, sin decir una palabra, se sirvió comida de una mesa
no porque tuviera hambre, sino porque sabía que debía comer, y se sentó sola en
un extremo de un banco con la mirada clavada en los árboles. Las respuestas
estaban allí afuera, se dijo. Seguía pensando que estaban relacionadas con el
pasado, que la historia se repetía y que aprendías de lo que había ocurrido con
anterioridad. Las lecciones de Morrowindl desfilaban ante sus ojos en rostros
de muertos y en breves imágenes de un sacrificio sin fin. Había renunciado a
muchas cosas para alejar a los elfos de esa trampa mortal; no podía acabar
sencillamente allí. Tenía que haber sido por algo más que morir allí en lugar
de en la isla.
De
pronto deseó que Garth estuviera a su lado. Echaba de menos su presencia
tranquilizadora, su forma de afrontar los problemas y hacer que parecieran
solucionables. No importaba lo negras que se hubieran vuelto las cosas; Garth
siempre había seguido adelante, llevándola consigo cuando ella era pequeña,
dejándole tomar las riendas cuando se hizo mayor. ¡Lo echaba tanto de menos!
Las lágrimas acudieron a sus ojos y las secó con timidez. No volvería a llorar
por él; se había hecho a sí misma esa promesa.
Se
levantó y llevó el plato de nuevo a la mesa buscando a Erring Rift con la
mirada. Volaría una vez más al sur para echar otro vistazo a los Escaladores,
se dijo. Tenía que haber una forma de detenerlos o, al menos, de entretenerlos.
Tal vez se le ocurriera algo sobre la marcha. Había pocas esperanzas, pero era
todo lo que podía hacer. Deseó que Tiger Ty estuviera allí; él le infundía
parte de la tranquilidad que le había proporcionado Garth. Pero el nervudo
jinete alado no había regresado de su búsqueda de los proscritos, y
convencerlos de que fueran en ayuda de los elfos era más importante que
consolarla a ella.
Atrajo
la mirada de Rift y con un silbido le ordenó que se acercara.
—Vamos
a echar otro vistazo a los Escaladores —dijo, mirándolo a la cara. El rostro
barbudo del jinete se nubló—. Necesito hacerlo. No discutas.
—Ni
en sueños, señora —murmuró Rift haciendo un gesto negativo.
—No
estaremos mucho tiempo —repuso Wren cogiéndolo del brazo y conduciéndolo por el
campamento—. El justo para ver dónde están, ¿de acuerdo?
—¿Dónde?
Demasiado cerca, maldita sea. Los dos lo sabemos. —Los ojos de obsidiana de
Rift la miraron y se volvieron a desviar. Se frotó la barba—. No tiene ningún
misterio. Tenemos que detenerlos. No tendrá por casualidad un plan para ello.
—Serás
el primero en saberlo. —Wren esbozó una débil sonrisa.
Se
dirigían al claro donde esperaban los rucs, cuando Tib Arne se acercó
corriendo, acalorado y sin aliento.
—¡Señora!
¡Señora! ¿Va a volar en uno de esos pájaros grandes? Lléveme esta vez con
usted, por favor. Dijo que lo haría, señora. Prometió llevarme la primera vez
que saliera. ¡Por favor! Estoy cansado de estar sin hacer nada.
—Tib...
—empezó a decir, volviéndose hacia él.
—¡Por
favor! —la interrumpió él suplicante, deteniéndose jadeando ante ella. Se
apartó un mechón de pelo rubio. Sus ojos azules brillaban de expectación—. No
le causaré ninguna molestia.
Wren
dirigió a Rift una mirada inquisitiva, que le respondió con otra de
advertencia, pero se sentía perdida y extrañamente desconectada de todo, y
necesitaba volver a ver las cosas con objetividad. ¿Por qué no? Tal vez el
llevar consigo a Tib le ayudara. O le inspirara. Hizo un gesto de asentimiento.
—Está
bien. Puedes venir.
Tib
esbozó una amplia sonrisa, que rivalizó con el entrecejo fruncido de Erring
Rift.
La
reina elfa, el jefe de los jinetes alados y el muchacho volaron hacia el sur
con las montañas de fondo, sin separarse mucho del suelo y firmemente sujetos
para no caer. Dejaron atrás el incansable ejército de la Federación, se
desplegaron por los desiertos llanos levantando una gigantesca nube de polvo y
continuaron más allá de la sombría extensión del Soto Enmarañado hacia la cinta
azul del río Mermidón. El viento soplaba de frente en relajantes y refrescantes
ráfagas, y la tierra se extendía en un mosaico de tonos rojizos salpicado de
los reflejos del sol en los estanques y arroyos. Wren estaba sentada detrás de
Erring Rift y Tib Arne, detrás de ella. Sentía la tensión del muchacho
esforzándose en mirar por debajo de las alas de Grayl, abarcando la tierra que
se extendía a sus pies, buscando primero hacia un lado y luego hacia otro,
dejando escapar pequeñas exclamaciones. Esbozó una sonrisa y se perdió en sus
recuerdos.
Sólo
una vez sus pensamientos volvieron al presente. Era la segunda vez que no
llevaba consigo a Fauno para volar con Erring Rift. Se había negado, a pesar de
las súplicas de Fauno. Tal vez temiera que el jacarino pudiera caerse del ruc,
o tal vez hubiera algo más, no estaba segura.
Las
horas pasaban. Al llegar al Pykon, siguieron el serpenteante cauce del río
Mermidón en dirección sur. Seguía sin haber rastro de los Escaladores. Wren
recorrió el campo con la mirada, temerosa de que los monstruos se hubieran
escondido entre los árboles para que no pudieran seguirlos. Pero unos segundos
más tarde un metal destelló a lo lejos, y Erring Rift hizo girar a Grayl y
emprender un descenso en picado que los alejó del río Mermidón y los acercó a
las montañas que se levantaban al oeste. Se pegaron a las rocas al acercarse
los Escaladores, apiñados al este del río y dando bandazos tras el ejército de
la Federación. Wren observó cómo se movían incansables en medio del calor y el
polvo, monstruos al servicio de amos no humanos y con propósitos horribles.
Pensó en las criaturas que había dejado atrás en Morrowindl y se dio cuenta de
que, después de todo, no las había dejado atrás. Las oscuras criaturas que la
magia élfica había creado allí habían sido creadas de nuevo adoptando otra
forma. La historia volvía a repetirse, pensó. ¿Qué conclusiones debía sacar de
ello?
Pasaron
dos veces de largo, luego Wren hizo que Erring Rift aterrizara en un risco en
medio de una serie de estribaciones cubiertas de bosque, de espaldas a las
montañas Espolón de Roca. Desde allí podía observar el avance de los
Escaladores cruzando con dificultad las praderas, levantando y dejando caer sin
tregua sus patas sin articulaciones.
Wren
se sentó sin hacer ningún comentario. Tib Arne se sentó a su lado, con las
rodillas dobladas entre sus brazos y mirando fijamente a los Escaladores.
Escaladores. Wren formó la palabra con los labios. ¿Cómo podrían detenerlos?
Clavó los tacones de las botas en la tierra, pensando. El viento soplaba
suavemente entre los árboles, relajándola y refrescando el aire. Pensó en el
Wisteron, un primo lejano de los Escaladores, sepultado por fin en el lodo en
las proximidades de su guarida.
Rift
le tocó el hombro y le pasó el odre de agua. Ella bebió un sorbo y se la pasó a
Tib, que declinó la oferta. Luego se levantó y se acercó con Rift al borde del
risco, sin dejar de mirar a los Escaladores. ¿Cómo podrían hacer daño a esas
criaturas? ¿Comían y dormían como las demás? ¿Necesitaban agua? ¿Respiraban?
Wren
se secó el sudor de la cara.
—Deberíamos
volver —dijo Rift en voz baja.
La
joven reina hizo un gesto de asentimiento, pero no se movió. Abajo, los
Escaladores seguían avanzando pesadamente, con la luz del Sol reflejada en sus
armaduras y levantando una nube de polvo.
El
Wisteron, pensaba ella. Hundido en la tierra.
Parpadeó.
Allí había algo para ella. Algo útil...
De
pronto oyó un silbido débil y familiar, y empezó a volverse. Tib Arne apareció
a su lado, rubio y de ojos azules, sonriendo excitado.
—Mire
—le dijo, señalando hacia los llanos.
Wren
miró en el calor sofocante, pero no vio nada.
A su
lado, Erring Rift dio un gruñido y se precipitó hacia delante. Detrás hubo una
pisada fuerte, como si hubiera caído un árbol, y un grito heló la sangre de
Wren.
Se
volvió, pero algo le golpeó en la cabeza y perdió el conocimiento.
Lejos
hacia el este, los Dientes del Dragón habían empezado a proyectar sus sombras a
la luz cada vez más débil de media tarde. Tiger Ty volaba sobre Espíritu, y un
viento lento y constante los conducía a través de los picos más altos hacia los
resecos y agostados llanos del norte. Para el jinete alado había sido un día
infructuoso, como lo habían sido todos los días desde que partiera en busca de
los proscritos. Desde la salida del Sol hasta su puesta había recorrido la
tierra buscando algún rastro del prometido ejército, pero no había encontrado
ninguno. Por todas partes había patrullas de la Federación, algunas muy
numerosas, como la que bloqueaba el paso en el extremo sur de las montañas.
Había desmontado de Espíritu el tiempo suficiente para hacer una visita a la
gente de la carretera, preguntar qué novedades había, enterarse de un asalto a
una prisión en una ciudad llamada Tyrsis, donde el líder de los proscritos,
Padishar Cesta, había estado prisionero a la espera de ser ejecutado hasta que
sus seguidores lograron liberarlo. Era todo un logro, y todo el mundo hablaba
de ello. Pero nadie parecía saber dónde estaba ahora ni dónde podría encontrar
a algún proscrito.
O al
menos no lo decían.
El
hecho de que Tiger Ty fuera elfo y no supiera apenas nada de las Cuatro Tierras
no ayudaba mucho. Coartado por su ignorancia, se veía obligado a buscar a
ciegas. Había logrado averiguar que los proscritos probablemente se escondieran
en las montañas que ahora sobrevolaba, pero los picos eran grandes y estaban
llenos de lugares donde esconderse, y podía pasarse cincuenta años buscando sin
encontrar a nadie.
A
decir verdad, empezaba a creer que era inútil. Pero había prometido a Wren que
encontraría a los proscritos, y no estaba menos resuelto que lo que había
estado ella al volar hasta Morrowindl en busca de los elfos.
Bajó
la vista hacia la roca desierta, y su rostro curtido se frunció y ensombreció.
Todo era igual; no había nada que llamara su atención. Cuando las montañas se
extendieron hacia el norte, hizo que Espíritu girara a la izquierda para
bordearlas una vez más. Ya había hecho dos veces ese recorrido, cambiando
ligeramente de dirección cada vez para cubrir una nueva extensión de la vasta
cadena de montañas, consciente mientras lo hacía de que aún debía registrar
cientos de lugares.
De
pronto se sintió frustrado y cansado. Si había allí un ejército de proscritos,
¿por qué era tan difícil encontrarlo, maldita sea?
Pensó
durante un breve instante en Wren y los elfos terrestres, y se preguntó si el
ejército de la Federación se habría recobrado lo suficiente para reanudar su
persecución. Esbozó una sonrisa al recordar el asalto nocturno. Esa chica era
un portento. Era todo agallas. Apenas era una niña y ya era una líder. Los
elfos terrestres llegarían exactamente tan lejos como permitieran que los
llevara, pensó. Si no la escuchaban, eran más necios que...
Un
destello en las rocas a sus pies interrumpió la concatenación de pensamientos.
Miró hacia abajo detenidamente. El destello se repitió rápido y seguro.
Seguramente una señal. Pero ¿de quién? Tiger Ty empujó ligeramente a Espíritu,
haciéndole dar media vuelta para examinar mejor aquello hacia lo que volaban.
El destello se repitió otra vez, y una cuarta, y luego cesó, como si el que lo
hacía estuviera convencido de que lo habían visto. La señal provenía de un
risco alto en los picos del centro norte, y al acercarse vio a un grupo de
cuatro hombres en el centro del risco, esperando. Estaban al raso, no tenían
intención de esconderse y no parecía que hubiera otros alrededor ni lugares
donde esconderse. Una buena señal, pensó el jinete alado, pero tomaría precauciones.
Dejó
que Espíritu aterrizara en el risco, atento a cualquier trampa. El ruc gigante
se acercó al borde para descansar, alejado de los cuatro hombres. Tiger Ty
permaneció un instante sentado donde estaba, reconociendo el terreno. Los
hombres del otro lado esperaban pacientes. Satisfecho, Tiger Ty soltó las
correas que lo sujetaban y se apeó. Previno a Espíritu, luego se dirigió hacia
una extensión de hierba seca y roca fragmentada. Dos de los cuatros hombres
salieron a su encuentro, uno alto y delgado, y cincelado como una roca, el otro
con barba negra y aspecto fiero. El alto cojeaba.
Cuando
estuvieron a menos de seis pasos de distancia, Tiger Ty se detuvo, y los dos
hombres lo imitaron.
—¿Hicisteis
vosotros esa señal? —preguntó Tiger Ty.
—Sí
—respondió el hombre alto—. Llevas dos días pasando de largo, buscando algo.
Decidimos que era hora de averiguar qué buscabas. Según la leyenda, sólo los
jinetes alados montan los rucs gigantes. ¿Es cierto? ¿Eres elfo?
—Depende
de quién lo pregunte. —Tiger Ty se cruzó de brazos—. Hoy en día no se puede
confiar en mucha gente. ¿Soy de ésos?
Al
hombre de la barba negra se le encendió la cara de ira y dio un paso hacia
delante, pero una mirada de su compañero lo detuvo en seco.
—No
—respondió, levantando una ceja socarrón—. ¿Y tú?
—Supongo
que este juego podría continuar un rato, ¿no? —respondió Tiger Ty, esbozando
una sonrisa—. ¿Sois proscritos?
—Ahora
y siempre —respondió el alto.
—Entonces
es a vosotros a quien busco. Me llamo Tiger Ty y me ha enviado Wren Elessedil,
la reina de los elfos terrestres.
—Entonces,
¿es cierto que han vuelto los elfos?
Tiger
Ty hizo un gesto de asentimiento y el hombre alto sonrió satisfecho.
—Yo
soy Padishar Cesta, el líder de los proscritos, y mi amigo se llama Chandos.
Bienvenido a las Cuatro Tierras, Tiger Ty. Te necesitamos.
—Más
os necesitamos nosotros —repuso Tiger Ty—. ¿Dónde está vuestro ejército?
—¿Mi
ejército? —Padishar Cesta parecía confundido.
—¡El
que se supone que está marchando en nuestro auxilio! Nos amenaza un ejército de
la Federación que nos supera diez veces en número, caballería, soldados de a
pie, arqueros, equipo de asedio..., bueno, eso ya no, pero tienen las armaduras
y armas suficientes para aplastarnos como hormigas. El chico dijo que veníais
en nuestro auxilio con cinco mil hombres. No basta, pero cualquier ayuda será
bien recibida.
—Espera
un momento. —Chandos frunció el entrecejo con gesto sombrío, frotándose la
barba—. ¿De qué chico estás hablando?
—El
del alcaudón de guerra. —Tiger Ty lo miró fijamente. Una repentina sensación de
intranquilidad lo embargó—. Tib Arne. —Miró a uno y a otro—. De ojos azules,
rubio y algo menudo. Lo enviasteis vosotros, ¿no?
Los
dos hombres se miraron.
—Enviamos
a un hombre de cuarenta años como poco —respondió Chandos con cautela, tras
intercambiar una mirada con Padishar—. Se llamaba Sennepon Kipp. Lo sé porque
yo mismo lo elegí.
—¿Y
el chico? —A Tiger Ty se le heló la sangre—. ¿No conocéis al chico?
—Es
la primera noticia que tenemos de él, Tiger Ty. —Padishar Cesta tenía los ojos
clavados en él—. Pero apuesto a que ahora sabemos quién es.
Una
luz brillante hirió los ojos entrecerrados de Wren cuando volvió en sí, y los
apartó parpadeando. Un puño se enredó en su cabello y tiró de ella para
levantarla, y una voz llena de odio y desdén susurró a su oído:
—Despierta,
despierta, reina de los elfos.
La
mano la soltó, dejando que cayera de rodillas con la cabeza dolorida por el
golpe que había recibido. Tenía en la boca una mordaza tan firmemente atada que
sólo podía respirar por la nariz. Tenía las manos atadas a la espalda y las
cuerdas le cortaban las muñecas. El polvo y el olor de su propio sudor y del
miedo le llenaban las fosas nasales.
—Ay,
señora, señora, hada de las hadas, reina de los elfos de las Tierras
Occidentales... ¡qué necia eres! —La voz se convirtió en un siseo—.
¡Incorpórate y mírame!
Wren
recibió otro golpe en la sien que la arrojó de nuevo al suelo, y la mano volvió
a sujetarle el pelo y a levantarla de un tirón.
—¡Mírame!
Ella
levantó la cabeza y miró fijamente a Tib Arne a los ojos. Esta vez no había
risa en ellos, ni rastro del muchacho que había sido. Eran duros y fríos, y
estaban llenos de amenaza.
—¿Te
ha comido la lengua el gato? —se mofó, esbozando una sonrisa amarga. Tenía
sangre en las manos—. El gato te ha comido la lengua y yo tengo el resto. Pero
¿qué voy a hacer contigo? ¿Qué servicio puedo prestar a la reina de los elfos?
Se
volvió, riéndose en voz baja y haciendo un gesto burlón. Wren miró alrededor y
se quedó horrorizada. Erring Rift yacía muerto a su lado, con la espada asesina
hundida en su espalda hasta la empuñadura. Grayl yacía un poco más lejos,
también sin vida, sin la mayor parte de su cabeza. Sobre él estaba Gloon, que
había adoptado el tamaño del ruc, con las plumas de su cuerpo nervudo erizadas
como si fueran púas. Tenía los talones y el pico rojos de sangre de arrancar
trozos de carne al ruc muerto. Hizo una pausa en mitad del banquete y la miró
fijamente, arrugando la cresta de su entrecejo, y en los ojos del alcaudón de
guerra Wren vio un hambre indisimulada. Se quedó sin aliento, incapaz de
desviar la mirada.
—Es
más grande de lo que recordabas, ¿eh? —dijo Tib Arne, muy cerca otra vez,
envolviéndola con su sombra al agacharse. Su voz infantil contrastaba con su
rostro endurecido—. Ése fue tu primer error, creer que éramos lo que
parecíamos. Has sido muy necia. —La agarró por el cuello y la obligó a mirarlo
a la cara—. Fue fácil, la verdad. Podría haber entrado en el campamento en
cualquier momento y haberte dicho que era cualquiera. Pero esperé paciente y
astuto, y al ver al mensajero de los proscritos, lo detuve. Me lo contó todo
antes de morir. Luego ocupé su lugar. Lo único que yo quería era estar a solas
contigo unos minutos. Eso era todo.
Le
bailaban los ojos. De pronto empezó a golpearla con su mano libre,
sosteniéndola mientras lo hacía para que no cayera.
—¡Pero
no me lo diste! —Dejó de golpearla, y volvió a girar su cara ensangrentada
hacia él. Tenía el pelo rubio enmarañado y los ojos azules brillantes, pero el
niño encantador no podía esconder al monstruo que hervía de cólera bajo su
piel, preparado para salir—. Trataste de alejarme de tu lado, y en mi ausencia
lideraste ese asalto nocturno sobre el ejército de la Federación. ¡Estúpida!
¡Eso no fue nada! Lo único que lograste fue retrasar un poco las cosas,
obligarnos a traer mucho antes a los Escaladores y pedirnos que multiplicáramos
nuestro esfuerzo.
Cayó
de rodillas delante de ella, todavía aferrándole fuertemente del cuello con una
mano. Una sola palabra se repetía una y otra vez en la mente aturdida por el
dolor de Wren. Espectro.
—Pero
maté a esos hombres, o mejor, Gloon lo hizo por mí. Los hizo pedazos; yo los
oía gritar y no hice nada para acelerar su muerte. Pero la culpa fue tuya, no
mía. Envié a Gloon para que se escondiera y regresara, y así lo hizo, demasiado
tarde para detener ese estúpido asalto nocturno, pero lo bastante pronto para
asegurarse de que no volvería a repetirse. Y entonces esperé, convencido de que
se presentaría la oportunidad de estar a solas contigo, ¡sabiendo que tenía que
ser así! —Le dirigió su mirada de niño suplicante y adoptó una voz burlona—.
¡Oh, señora, por favor, lléveme con usted! Me lo prometió. ¡Por favor! ¡No le
causaré ningún problema!
Wren
respiró por la nariz, luchando por despejarla de la sangre y el polvo, por
permanecer consciente.
—¡Oh,
lo siento! ¿Estás incómoda? —Le dio una suave bofetada en una mejilla y luego
en la otra—. ¿Así estás mejor? —preguntó, riéndose—. ¿Por dónde iba? ¡Oh!, sí,
esperé. Y hoy es el fin de mi espera. En cuanto te diste la espalda, silbé a
Gloon para que terminara con el ruc, y mantuve tu atención fija en los
Escaladores mientras apuñalaba al jinete alado, luego te dejé inconsciente de
un golpe. Rápido y fácil. En unos segundos, se acabó.
La
soltó y se levantó. Wren se tambaleó, pero se negó a caer y darle esa
satisfacción. La cólera que iba acumulando luchaba a través del cansancio y el
dolor, y le daba fuerzas suficientes para centrar su atención en el muchacho.
El
Espectro.
—Ya
no hay esperanza para ti, reina de los elfos, ¿verdad? —se burló Tib Arne—. Ni
la más mínima. Te buscarán, pero jamás te encontrarán. Ni a ti, ni al jinete
alado ni al ruc. Sencillamente, habéis desaparecido. —Sonrió—. ¿Quieres saber
dónde acabarás? Por supuesto que sí. Los otros dos no importan, pero tú...
Puso
los brazos en jarras y ladeó la cabeza, pero su postura despreocupada era
traicionada por la dureza de sus ojos y la malicia que dejaba traslucir su voz.
—Irás
a la Atalaya Meridional, a reunirte con Rimmer Dall... ¡con ellas! —Buscó en el
bolsillo y sacó la bolsa de cuero que contenía las piedras élficas.
A
Wren se le aceleró el pulso. Las piedras élficas, su única arma contra los
Espectros.
—Sabíamos
que estaban en tu poder desde que mataste a nuestro hermano en el Ala
Desplegada. Tanto poder, y ya no es tuyo, sino del primer investigador. Lo
mismo que tú, señora. Hasta que él termine contigo, ¡y entonces le pediré que
te devuelva a mí! —Volvió a guardarse la bolsa en el bolsillo—. Debiste dejar
las cosas como estaban, reina elfa. Te hubiera ido mejor. No debiste olvidar
que todos tenemos un origen común: los elfos, salidos del viejo mundo, donde
éramos reyes. Debiste pedirnos que te permitiéramos ser uno de nosotros. Tu
magia te habría ayudado. Los Espectros somos lo que los elfos estaban llamados
a ser, y algunos lo comprendimos. ¡Algunos hemos escuchado susurrar a la
tierra!
¿De
qué estaba hablando?, se preguntó Wren. Pero estaba confusa y aturdida.
Él
le dio la espada y se quedó un rato observando cómo comía Gloon, y luego silbó.
El gran pájaro acudió de mala gana, con pedazos de Grayl colgando de su pico
curvo. Tib Arne lo acarició y tranquilizó, hablándole en voz baja, riéndose y
gastándole bromas. Gloon lo escuchó atento, con los ojos clavados en él y la
cabeza gacha en actitud sumisa. Wren se quedó donde estaba, intentando
encontrar una estratagema para salvarse.
Luego
Tib se acercó a ella, la levantó del suelo, la colocó sobre la espalda gris
pizarra de Gloon como si fuera un saco de grano y la sujetó con los arreos. El
chico se acercó al cadáver de Erring Rift, lo llevó al borde del risco y lo
arrojó a los densos matorrales que crecían abajo. Al oír la orden, Gloon hundió
su pico manchado de sangre en el poco afortunado ruc, lo arrastró también hasta
el borde y lo arrojó. Wren cerró los ojos para no verlo. Tib Arne tenía razón;
había sido muy estúpida.
El
chico volvió a su lado y se subió a Gloon.
—Como
ves, la magia nos permite cualquier cosa, reina elfa. —Chasqueó los dedos por
encima de su hombro, mientras se colocaba en su sitio—. Gloon puede aumentar o
disminuir de tamaño a su antojo, cubierto de plumas de alcaudón y abandonando
la forma de Espectro que adoptó al aceptar la magia. Y yo puedo ser el hijo que
tú nunca tendrás. ¿He sido buen hijo, madre? ¿Lo he sido? —Se echó a reír—.
Jamás lo sospechaste, ¿verdad? Rimmer Dall dijo que no lo harías. Dijo que
confiarías en mí, que necesitabas a alguien después de perder a tu gran amigo
en Morrowindl.
Wren
se sintió invadida por una profunda amargura, mezclada con la humillación y la
desesperación. Tib Arne la observó un instante y se echó a reír.
Entonces
Gloon extendió sus alas y volaron hacia el este a través de los llanos,
alejándose de los bosques de las Tierras Occidentales, de los Escaladores, del
ejército de la Federación y de los elfos. Ella observó cómo todo se desvanecía
poco a poco en el atardecer y después en las sombras al caer la noche en forma
de luz gris y brumosa. Se internaron en la oscuridad y siguieron el curso del
río Mermidón hasta Callahorn, dejando atrás Kern y Tyrsis, cruzando las
praderas en dirección sur. Llegó la medianoche, y aterrizaron en una planicie
oscura, donde los esperaban un carro y unos jinetes. Cómo habían llegado éstos
allí, Wren lo ignoraba. Los hombres iban envueltos en capas negras y llevaban
la insignia de la cabeza del lobo de los investigadores. Eran ocho, todos
oscuros y sin voz dentro de sus ropas, como apariciones en medio del silencio
de la noche. Al parecer, esperaban a Tib Arne y a Gloon. Tib entregó a uno de
ellos la bolsa de las piedras élficas, y los demás bajaron a Wren de Gloon y la
subieron al carro. No cruzaron una sola palabra. Wren se retorció para intentar
ver algo, pero ya habían extendido y sujetado la lona.
Tendida
en la silenciosa oscuridad, oyó el ruido de las alas de Gloon al emprender de
nuevo el vuelo. De pronto el carro dio una sacudida y empezó a moverse. Las
ruedas crujieron, las varas del tiro repiquetearon y los cascos de los caballos
golpearon el suelo rítmicamente durante toda la noche.
Se
dirigían a la Atalaya Meridional y al encuentro con Rimmer Dall. Wren lo sabía,
y sintió cómo si en la tierra se hubiera abierto un gran foso para engullirla.
9
Casi
amanecía cuando Morgan Leah vio el carro y a los jinetes salir de las praderas
al oeste y emprender poco a poco el descenso de las colinas que conducían a la
Atalaya Meridional. Se hallaba en el risco que había sido su puesto de
vigilancia los pasados tres días, contemplando el despertar de la tierra. Las
estrellas y la Luna se apagaban en el cielo nocturno sin nubes, pero las
colinas estaban cubiertas de fragmentos de espesa niebla que se aferraban a los
huecos y los surcos. La tierra era un depósito de sombras que se fundían en el
gris de la noche que daba paso al amanecer, cáscaras inmóviles y sin vida que
serían engullidas enteras cuando llegara la mañana.
Salvo
el carro y los jinetes, que eran sombras con sustancia cuyos movimientos
destacaban en la oscuridad paralizada. Morgan los observó en silencio y sin
moverse, como si cualquier movimiento por su parte pudiera hacerlos
desvanecerse en la bruma. Todavía estaban a bastante distancia, casi perdidos
en la oscuridad, brillando como oscuros fantasmas en la noche.
Eran
las primeras señales de vida que había visto desde que había comenzado la
guardia, y al instante supo que era lo que había estado esperando.
Habían
pasado tres días, y nadie había entrado ni salido de la Atalaya Meridional.
Nadie se había acercado siquiera a ella. La tierra había estado desprovista de
vida, salvo por un puñado de pájaros que entraron y salieron a toda velocidad
de su campo de visión. En el río Mermidón y el Lago del Arco Iris había visto
esquifes, pero todos se habían marchado al sur, bien lejos de la ciudadela de
los Espectros, lejos de cualquier contacto. Morgan había observado atento en
busca de señales de vida en el interior del obelisco, pero no las encontró.
Había dormido a ratos, permaneciendo despierto buena parte del día y de la
noche para reducir al máximo las posibilidades de que pudiera acercarse algo
sin que lo viera. Había esperado y observado, pero nada había aparecido.
Sin
embargo, ahora había un carro y unos jinetes, y estaba seguro de que se
dirigían a la Atalaya Meridional.
Los
estudió con detenimiento y vio que eran investigadores. Lo supo por las capas y
las capuchas, por el modo de comportarse y el misterio que rodeaba su llegada.
Caminaban furtivamente y protegidos por la noche; fueran cuales fuesen sus
intenciones, no querían que nadie los viera. Iban seis jinetes, cuatro delante
y dos detrás, y conducían el carro al menos dos hombres. En el extraño silencio
de la salida de la noche, un susurro recorrió la tierra desierta, entrando y
saliendo de la bruma y las sombras, y avanzando poco a poco hacia la luz que se
aproximaba.
Respiró
profundamente. Eran lo que había estado esperando, se repitió. No sabía por
qué; no conocía sus propósitos ni sospechaba sus intenciones. Tal vez llevaran
a Par Ohmsford en ese carro, o tal vez no, pero algo en su fuero interno le
decía que no los dejara pasar. Le habló con una voz tan clara y firme que no
podía ignorarla: Es lo que has estado esperando. Haz algo.
Hacía
cinco días que Damson Rhee y Matty Roh se habían separado de él en busca de
Par, siguiendo la dirección señalada por el brillante skree con la esperanza de
que las condujera al joven del valle. La tormenta había borrado todo rastro de
lo que había ocurrido con anterioridad, por lo que el skree era todo lo que
tenían para rastrearlo. Morgan se había quedado esperándolas en la Atalaya
Meridional. Pero no habían regresado, y nada indicaba que fueran a hacerlo
pronto. Eso dejaba a Morgan solo para determinar si Par había sido hecho
prisionero por los Espectros, lo cual era imposible puesto que no podía entrar
para echar un vistazo.
Pero
ahora...
Respiró
profundamente. Ahora podía ser diferente.
Tenía
que tomar rápidamente una decisión. Tenía que actuar enseguida.
Ya
había empezado a buscar las huellas del carro que avanzaba serpenteante a
través de las colinas brumosas. Si quería, podía detenerlo. Podía llegar hasta
él antes de que alcanzara la Atalaya Meridional y bloquearle el paso cuando
estuviera a sólo unos kilómetros de distancia. Siguió con la mirada el camino
lleno de surcos que no debía abandonar si quería llegar a la ciudadela, un
sendero que otros carros habían abierto antes. No estaba lejos, se dijo. Podría
detenerlo.
Si
decidía hacerlo.
Un
hombre contra ocho, todos investigadores y seguramente también Espectros.
Apretó la mandíbula y sonrió con sorna. Más le valía cerciorarse.
Al
este, las primeras vetas de luz plateada empezaron a asomar por el horizonte
cubierto de bosque, arrojando brillantes telarañas sobre la superficie lisa y
oscura del Lago del Arco Iris. El silencio se hizo más profundo; un silencio
lleno de expectación, esperando, esperando.
De
pie en el risco, mirando inmóvil el carro y a los jinetes al otro lado de las
colinas, Morgan se sorprendió volviendo su mirada hacia el pasado, viéndose de
nuevo en Leah, en las tierras altas, donde su familia había vivido durante
siglos, evocando cómo había sido su vida hacía muy poco tiempo. Recordó cómo se
la había descrito a Matty, invariable. Había pasado su vida mordisqueando los
talones de los oficiales de la Federación acuartelados en lo que en otro tiempo
había sido su hogar, contentándose con causarles molestas distracciones,
satisfecho con crearles problemas y malestar. A partir de entonces había
recorrido un largo camino, se había dirigido al norte, hacia el Cuerno del
Infierno, al encuentro del fantasma de Allanon, luego había seguido hasta
Tyrsis y el Pozo, los Dientes del Dragón y el Saliente, Padishar Cesta y los
proscritos, y más allá, hasta Eldwist y el Rey de Piedra, la piedra negra
élfica y Fauces Ávidas. Había combatido a los Espectros y sus secuaces, y
sobrevivido a lo que nadie hubiera conseguido. Había perdido una vida y
resucitado otra, cambiado para siempre. Nunca volvería a ser el mismo, aunque
tampoco le habría gustado. Había transcurrido toda una vida desde que saliera
de las tierras altas, y sus experiencias le habían fortalecido de una forma que
nunca hubiera podido imaginar.
Se
le aclaró la visión, el pasado se sumió de nuevo en el recuerdo y el presente
se convirtió en una continua y firme convicción de cuanto se necesitaba.
Observó el carro y a los jinetes y escuchó una voz que susurraba en su
interior. Sabía lo que debía hacer.
Una
vez tomada la decisión, actuó con rapidez. Dejó atrás la bolsa y la gran capa y
llevando sólo consigo la Espada de Leah, que ató firmemente a la espalda, bajó
a través del bosque por el lado norte del risco, sin perder de vista su blanco.
Al llegar a las colinas de abajo, las cruzó a toda velocidad en dirección
norte, hacia el cauce por donde el carro y los jinetes tenían que pasar para
llegar a la Atalaya Meridional, pensando en que todavía tendría tiempo de
cambiar de opinión una vez llegara allí, y en que necesitaba tener un plan si
lograba reducir a tantos contrincantes. Sentía el suelo duro y como hueco bajo
sus pies, pero la hierba estaba húmeda del rocío de la mañana y restallaba al
pasar a través de ella. El aire estaba impregnado del intenso olor a tierra y a
bosque, y la bruma se hacía cada más densa, envolviéndolo todo en un instante y
liberándolo al siguiente. Tendría que moverse con rapidez, tan veloz como el
pensamiento y tan seguro como el destino. Tendría que matar a la mayoría de
ellos antes de que advirtieran su presencia. Tendría que ser tan misterioso
como ellos, y más letal.
Se
adentró en un grupo de nogales negros mezclados con cerezos, cuyas hojas se
doblaban cargadas de rocío, y miró hacia el otro lado de las colinas
escuchando. Oyó los crujidos y débiles gemidos del carro en medio de la niebla.
Se hallaba muy por delante de él, cerca de donde pensaba interceptarle el paso.
La oscuridad nocturna se oponía a la llegada del amanecer. Miró hacia el este y
vio que el Sol seguía oculto tras los árboles, y que su luz apenas era una
débil claridad en el cielo. Tendría tiempo de sobras para actuar antes de que
el amanecer lo delatara. Tendría una oportunidad.
Empezó
a andar de nuevo, poniéndose a cubierto donde podía, moviéndose sin hacer
ruido. Años antes de emprender el viaje al norte había cazado en las tierras
altas, levantándose al amanecer para salir con su arco de fresno, solo en un
mundo donde era un intruso, aprendiendo a identificarse con los animales que
cazaba. A veces los mataba para comerlos, pero las más de las veces se limitaba
a acecharlos, y no necesitaba matarlos para aprender sus comportamientos,
descubrir sus secretos. Se había convertido en un experto y ahora la
experiencia le era útil. Pero los Espectros también eran cazadores. Percibían
mejor que él lo que había a su alrededor. Tendría que tenerlo presente y
andarse con cuidado.
Porque
si lo encontraban ellos primero...
Respiró
profundamente por la boca, calmando los latidos de su corazón mientras
avanzaba. ¿Cuál era su plan? ¿Qué se proponía hacer? ¿Detenerlos, matarlos y
ver qué escondían en el carro? ¿Y si no había nada? ¿Sería grave? ¿Hasta qué
punto se traicionaría si todo eso era para nada?
Pero
no lo era y lo sabía. El carro no estaba vacío. No tenía sentido que los
investigadores escoltaran un carro vacío hasta la Atalaya Meridional. El carro
tenía que llevar algo. La voz interior, la misma que lo apremiaba a continuar,
así lo aseguraba: Esto es lo que has estado esperando.
Durante
un breve instante se le pasó por la cabeza que podía ser la voz de Despertar,
que le hablaba desde otro mundo o tal vez desde la tierra en la que se había
convertido, guiándolo, conduciéndolo, mostrándole el camino hacia lo que sólo
ella podía ver. Pero le pareció una idea ilusoria, por alguna razón, peligrosa,
y la descartó inmediatamente. Era su voz y de nadie más, se dijo. La decisión y
sus consecuencias tenían que ser suyas.
Llegó
a la zanja por la que iban a pasar los jinetes y el carro, el lugar donde
pensaba detenerlos, y se detuvo a escuchar. A lo lejos, de algún lugar en la
bruma, llegaban los ruidos de su avance. Permaneció de pie en el centro de la
zanja y trató de calcular cuánto le quedaba. Luego caminó por la zanja,
permaneciendo en la sombra para que sus húmedas huellas no se vieran
fácilmente, respirando el brumoso y frío aire para despejarse. Los planes iban
y venían por su mente en oleadas, descartados tan deprisa como los sueños al
despertar. Ninguno le convencía; ninguno parecía acertado. Llegó al final de la
zanja y volvió sobre sus pasos, luego se detuvo.
Se
hallaba al comienzo de la zanja, en la parte más estrecha.
Aquí,
se dijo. Aquí es donde comenzaría, en cuanto el carro entrara en la zanja, una
vez que los jinetes que iban en cabeza hubieran quedado atrapados en ella y no
pudieran darse la vuelta para ayudar a los que iban detrás. Esto le daría unos
preciosos minutos para acabar con los dos jinetes y tal vez también con los
conductores del carro, y llegar a lo que o a quien escondieran en él. Si no
había nada, podría huir a toda velocidad...
Sin
embargo, mientras lo pensaba, supo que no podría hacerlo porque lo
perseguirían. No, encontrara lo que encontrase en el carro, tendría que
quedarse allí y luchar. Tendría que matar o morir, no habría otra salida.
Le
latía tan fuerte el corazón que tenía la sensación de que le iba estallar en el
pecho, y en el estómago sentía un vacío que subía y bajaba. Al pensar en lo que
estaba planeando se sintió mareado, asustado y emocionado al mismo tiempo,
incapaz de contener una de las miles de emociones que lo invadían.
Pero
la voz seguía susurrando: Esto es lo que has estado esperando. Esto.
Los
Espectros se acercaban. Al este, la luz seguía siendo débil y lejana. En la
zanja la bruma flotaba espesa e inmóvil. Tendría dónde esconderse. Retrocedió
hasta los árboles y, desenvainando la Espada de Leah, se puso en cuclillas.
Por
favor, ten razón. No te equivoques. Que Par esté en el carro. Que merezca la
pena el esfuerzo.
Las
palabras se repetían en su mente como una letanía, mezclándose con el susurro
que lo mantenía unido a ese curso de acción, a la certeza de que había tomado
la decisión correcta. No podía explicar lo que sentía, ni ofrecer otra
justificación que su convicción de que a veces no cuestionabas nada, sólo lo
aceptabas. Estaba dividido entre la verdad que intuía y la posibilidad de que
se tratara de una trampa. La razón le aconsejaba obrar con cautela, pero la
pasión lo impulsaba a un compromiso a ciegas. Estos sentimientos
contradictorios forcejeaban en su interior mientras esperaba.
De
pronto volvió a levantarse de un salto, retrocedió corriendo por entre los
árboles y subió la colina que había a sus espaldas, pegándose a las sombras más
profundas, aspirando grandes bocanadas de aire. Una vez en la cima, gateó hasta
donde se veía el oeste, acalorado y tenso. De una cortina de escarcha blanca
salieron los jinetes y el carro, lentos y constantes en su avance, desplegados
en una línea. No mostraban vacilación ni preocupación alguna, ni miraban con
cautela a su alrededor. Deseó saber qué había dentro del carro. Lo miró
fijamente, como si al hacerlo pudiera traspasar la lona que lo cubría, pero no
vio nada. Sentía un fuego en su interior, donde continuaba la lucha entre la
incertidumbre y la certeza.
Volvió
a deslizarse entre las sombras y se agachó, empapado en sudor. ¿Qué iba a
hacer? Era su última oportunidad para cambiar de parecer, para reconsiderar la
oportunidad de su decisión. ¿Hasta qué punto era sincera la voz que le
susurraba? ¿Qué posibilidades había de que mintiera?
De
pronto se levantó y empezó a andar, deslizándose de nuevo a través de las
sombras hacia la zanja, dejando atrás todos sus pensamientos una vez decidido
el curso de acción. Haz algo. Haz algo. El susurro se convirtió en un grito, y
Morgan dejó que lo rodeara como una armadura.
Al
llegar a su escondite cayó de rodillas. Sujetaba con ambas manos el pomo de su
espada, el talismán del que tantas veces había renegado y en el que debía
confiar una vez más. Con qué rapidez y facilidad había recurrido a él, pensó
maravillado. El sudor goteaba de su frente y se la enjugó. El aire frío del
amanecer no parecía aliviar el calor que sentía, y aspiró aire en profundas
bocanadas para acompasar los latidos de su corazón. Tenía la sensación de estar
deshaciéndose por las costuras. ¿Qué haría la magia de la espada, salvarlo o
consumirlo? ¿Qué haría esta vez?
El
ruido del carro se oía ya con claridad, las ruedas rodaban con ruido sordo y
dando botes por el camino lleno de baches, y los caballos resoplaban en el
silencio. Se quedó paralizado en su escondite, con la vista clavada en la
cortina de niebla. Deslizó una mano por la superficie de obsidiana de la Espada
de Leah, y recordó cómo se había revelado la magia de la espada, cómo su
antepasado Rone Leah había pedido a Allanon la magia para proteger a Brin
Ohmsford y cómo el druida le había concedido el deseo sumergiendo la hoja de la
espada en las aguas del Cuerno del Infierno. ¡Habían ocurrido tantas cosas
después de ese simple acto! ¡Habían cambiado tantas vidas!
Llevó
las dos manos a la empuñadura tallada y la sujetó con fuerza hasta que los
nudillos se le pusieron blancos.
La
niebla se dividió ante él y aparecieron los jinetes envueltos en capas negras,
encapuchados y sin rostro y, por alguna razón, mucho más grandes de lo que
había esperado. El aliento de los caballos empañó el aire, y de sus calientes
flancos salía humo. Entraron en la zanja, los cuatro en cabeza, seguidos por el
crujiente y oscilante carro y sus conductores, y con los dos jinetes a la zaga.
Morgan Leah se calmó y dejó atrás la expectación al enfrentarse a los hechos.
Los Espectros permanecían encorvados en sus monturas y en el asiento del carro,
silenciosos e inmóviles, sin mostrar sus rostros ni sus pensamientos. En el
pecho de cada uno de ellos, la insignia de la cabeza del lobo brillaba como
metal blanco. Morgan volvió a contarlos, ocho en total. Pero podía haber más
dentro de la lona, cuyos extremos permanecían firmemente sujetos. El carro
podía estar lleno de Espectros.
Aspiró
aire y lo exhaló despacio. ¿Podría hacerlo? Apretó las mandíbulas. Se había
enfrentado a investigadores de la Federación y a Espectros de un extremo a otro
de Callahorn y había logrado sobrevivir. No era un joven inmaduro e inexperto.
Haría lo que tenía que hacer.
Los
jinetes pasaron de largo y el carro los siguió pesadamente, internándose en la
estrecha zanja. Morgan se levantó con movimientos sigilosos y fluidos, y
levantó la Espada de Leah. Sé rápido. Actúa con decisión. No vaciles.
Abandonó
su escondite y se colocó detrás de los jinetes rezagados. Los que iban en
cabeza y el carro ya se habían adentrado en la zanja. Alcanzó a los jinetes que
iban a la zaga, blandió la espada trazando un arco y, volcando en ella toda su
fuerza, los rajó por la cintura. Cayeron de los caballos como troncos talados,
sin hacer más ruido que un solo gruñido de sorpresa, muertos en el acto. En sus
ropas aparecieron manchas de sangre espesa y verdosa mientras rodaban por el
suelo, que salpicó las manos de Morgan. Los caballos se asustaron y tiraron de
cada lado, mientras el joven de las tierras altas pasaba corriendo por su lado
para alcanzar el carro. Más adelante, la zanja se sumía en las sombras y se
llenaba de maleza y árboles, pero la procesión no aminoró la marcha. Morgan
llegó hasta el carro, alcanzó los extremos de la lona y tiró de ella para
subirse. Cortó las cuerdas y subió de un salto. La débil luz del amanecer
reveló una sola figura tendida inmóvil en el suelo, con las manos y los pies
atados. Pasó por su lado sin detenerse al ver que las oscuras figuras sentadas
delante empezaban a volverse. El mismo impulso lo llevó a la parte delantera
del carro, donde volvió a desenvainar la espada. Alguien habló y profirió un
grito, pero él rasgó la lona con furia, haciéndola trizas, y rajó a los
investigadores cuando éstos intentaron desenvainar sus armas. Gritaron y
cayeron, y en las manos de Morgan la Espada de Leah empezó a brillar como el
fuego.
Saltó
al asiento del carro, apartando de una patada lo que quedaba de uno de los
investigadores. Aferró las riendas y, gritando furioso, fustigó a los caballos.
Éstos salieron disparados arremetiendo contra los jinetes que iban delante en
el mismo momento en que se volvían para ver lo que ocurría. El carro se les
echó encima, todavía dentro de la zanja, y no pudieron escapar. Intentaron
retroceder y apartarse de un salto, precipitándose y retorciéndose como
contorsionistas en el espacio cada vez más estrecho, con sus ropas negras
azotándolos. Pero el carro los arrolló desmontando al instante a dos de sus
monturas, aplastando a uno bajo las ruedas y estrellando al otro contra los
árboles. Morgan se levantó del asiento al adelantar a los dos jinetes que quedaban
en pie, y levantó la Espada de Leah para detener los golpes que le dirigían.
Saliendo
con gran estruendo de la zanja hacia los llanos del otro lado, tiró de las
riendas e hizo girar al tiro, casi volcando el carro en el intento. Las ruedas
patinaron en la hierba húmeda y Morgan guardó la espada en la bota para tener
las dos manos libres para controlar el tiro. Detrás, los últimos dos jinetes
iban tras él, formas oscuras que se materializaron en la niebla. Uno de los dos
jinetes que habían caído apareció también, a pie. Morgan azuzó con el látigo a
los caballos hacia ellos, ganando velocidad. El sudor le corría por la frente
empañándole la visión. Se llevó la mano a la Espada de Leah, cuya magia
recorría la hoja en forma de fuego. Los investigadores montados lo alcanzaron
primero y, poniéndose uno a cada lado, esgrimieron sus espadas. Él se desvió
todo lo posible a la derecha, centrando su atención en el jinete más próximo,
derribó sus defensas de un golpe al pasar por su lado y le aplastó el cráneo.
Sintió un dolor abrasador en el hombro cuando el otro investigador saltó de su
caballo al asiento del carro y arremetió contra él haciéndole perder el
equilibro. Se volvió para esquivarlo estando a punto de caer del carro y le dio
una patada con la bota para derribarlo. El carro se balanceaba de un lado a
otro, pero no corrigió el curso. El tiro se desenganchó de las varas y de la
lanza y volcó, arrojando al suelo a los combatientes. Morgan aterrizó con tal
violencia que una bruma roja le nubló la vista y el dolor recorrió su cuerpo,
pero se levantó al instante del suelo.
El
investigador que le había herido lo esperaba, y el que iba a pie se acercaba
deprisa. Ambos estaban convirtiéndose en Espectros y sus cuerpos envueltos en
capas negras y con los ojos rojos y escalofriantes se elevaban en una niebla
oscura. Habían visto el fuego que emitía la Espada de Leah y sabían que Morgan
poseía la magia. Al hacer trizas su disfraz de investigadores, conjuraban su
propia magia. De sus armas salía fuego hacia Morgan, pero éste lo bloqueó,
arremetiendo contra ellos con determinación, sin pensar en nada más, actuando
sólo por necesidad. Chocó contra el primero y lo tiró al suelo. La Espada de
Leah bajó haciendo pedazos el arma que esgrimía, y el fuego lo quemó del cuello
al estómago, entrando por un lado y saliendo por el otro. El Espectro gritó,
dio una sacudida y se quedó inmóvil.
Morgan
fue tras el otro sin detenerse, consumido por el elixir de la magia, movido por
fuerzas que ya no podía controlar. Al ver su cara, el Espectro vaciló, dándose
cuenta demasiado tarde de que no podía rivalizar con su contrincante. Arrojó un
fuego que la espada de Morgan dividió en dos. Entonces el joven de las tierras
altas se abalanzó sobre él, y lo golpeó una, dos, tres veces, mientras la magia
recorría el talismán con un repentino fuego blanco. El Espectro gimió y
forcejeó para liberarse, pero el fuego prendió a través de él en un brillante
resplandor y desapareció.
Morgan
se volvió y buscó en la oscuridad, a izquierda y derecha, detrás y delante. La
tierra estaba silenciosa y vacía. El Sol asomaba en el horizonte por el este en
un estallido dorado plateado, y la luz entraba por entre los árboles a
raudales, disolviendo las sombras y la niebla. La zanja era como un túnel
oscuro en el que nada se movía, y los Espectros yacían sin vida a su alrededor.
Quedaba en pie un solo caballo, una mancha oscura a unos cincuenta pasos de
distancia, y arrastraba las riendas por el suelo mientras piafaba y sacudía la
cabeza sin saber qué hacer. Morgan lo miró y, controlando el pulso de sus
sudadas manos, se irguió despacio. Se había desvanecido la magia de la espada,
y ésta se había vuelto negra e insondable.
Cerca
de él oyó una voz implacable. La escuchó sin moverse, pero los oídos le
zumbaban con fuerza. Los Espectros de la Atalaya Meridional lo habrán oído.
Saldrán en tu busca. Muévete.
De
pronto se acordó de Par y, envainando la Espada de Leah, se acercó corriendo al
carro volcado para averiguar si estaba bien. Allí dentro estaba Par, se
repitió. Tenía que ser él. Estaba aturdido y ensangrentado, y tenía la ropa
mugrienta y hecha jirones, y la piel cubierta de polvo y sudor. Se sentía
mareado y peligrosamente invencible.
¡Por
supuesto que era Par!
Subió
al carro volcado y se acercó a la figura atada que estaba desplomada sobre un
lado astillado, mirándolo. Las sombras le ocultaban la cara, y Morgan se
inclinó sobre ella y se quedó mirándola.
No
era a Par a quien había rescatado, sino a Wren.
10
Wren
se sorprendió tanto al ver a Morgan Leah como éste al verla a ella. Alto,
delgado y de mirada penetrante, era tal y como ella lo recordaba, y al mismo
tiempo diferente. Por alguna razón le parecía mayor, más curtido. Y había algo
en su mirada. Al verlo parpadeó. ¿Qué hacía allí? Intentó incorporarse, pero le
fallaron las fuerzas y habría caído de nuevo hacia atrás si el joven de las
tierras altas no la hubiera sostenido a tiempo. El joven se arrodilló a su
lado, sacó del cinturón un cuchillo de caza y le cortó las cuerdas y la
mordaza.
—Morgan
—dijo Wren, sintiendo un gran alivio y extendiendo los brazos hacia el joven
para abrazarlo—. No sabes cuánto me alegra verte.
—Estás
hecha polvo, Wren. ¿Qué te ha pasado? —le preguntó él, esbozando una rápida y
tensa sonrisa, y dejando traslucir un poco de picardía en su demacrado rostro.
Ella
le devolvió la sonrisa cansinamente, consciente del aspecto que debía de tener
con la cara magullada e hinchada.
—Me
temo que cometí una grave equivocación. Pero no te preocupes, ya estoy bien.
A
pesar de sus palabras tranquilizadoras, Morgan la cogió en brazos y la sacó del
carro a la luz del amanecer, dejándola de pie en el suelo con cuidado. Wren se
frotó las muñecas y los tobillos para recuperar en ellos la circulación de la
sangre, luego se arrodilló para mojarse las manos con el rocío de la hierba y
se frotó con cuidado la cara herida.
—Pensaba
que ya no había esperanza para mí. ¿Cómo me has encontrado? —preguntó,
levantando la vista hacia el joven de las tierras altas.
—Cuestión
de suerte —respondió Morgan haciendo un gesto de ignorancia—. No te buscaba a
ti sino a Par. Creía que era a él a quien los Espectros llevaban en el carro.
No tenía ni idea de que eras tú.
Wren
había visto la decepción en los ojos de Morgan al reconocerla, y ahora
comprendió la razón. Creía que había rescatado a Par.
—Siento
no ser Par. Pero gracias de todos modos.
Morgan
hizo un gesto de despreocupación y una mueca de dolor, y ella vio en su ropa la
mezcla de sangre roja y verde.
—¿Qué
estás haciendo aquí, Wren?
—Es
una larga historia. —Ella se levantó y lo miró—. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—No
mucho. —Morgan miró por encima de su hombro—. La Atalaya Meridional está a sólo
unos kilómetros de distancia, y los Espectros deben de haber oído la lucha.
Tenemos que huir de aquí lo antes posible.
—Entonces
la resumiré. —Wren se sentía más fuerte, llena de renovada determinación.
Volvía a ser libre y se proponía sacar el máximo partido de ello—. Los elfos
han regresado a las Cuatro Tierras, Morgan. Los encontré en una isla de la
Linde Azul, donde llevaban casi cien años viviendo, y conseguí que volvieran.
Era el encargo que había recibido de Allanon y acabé aceptándolo. Su reina,
Ellenroh Elessedil, era mi abuela. Murió por el camino y ahora yo soy la reina.
—Vio el asombro en los ojos de Morgan y le cogió del brazo para hacerlo
callar—. Sólo escucha. Los elfos han sido sitiados por un ejército de la
Federación diez veces mayor y están empleando tácticas retardatorias al sur del
Valle de Rhenn. Tengo que reunirme con ellos enseguida. ¿Quieres acompañarme?
—Wren
Elessedil —repitió en voz baja el joven de las tierras altas, mirándola
atónito. Luego hizo un gesto negativo y su voz se volvió tensa—. No puedo,
Wren. Tengo que encontrar a Par. Es posible que esté prisionero en la Atalaya
Meridional. Otros también lo están buscando y les prometí que los esperaría.
—Empleó un tono que no admitía discusión—. Pero si realmente me necesitas...
—añadió de mala gana, deteniéndose cuando ella le apretó la mano.
—Volveré
sola. Pero antes tengo que decirte algo y tienes que prometerme que se lo dirás
a los demás cuando los vuelvas a ver. —Apretó aún más la mano—. ¿Dónde están,
por cierto? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué ha sido de los encargos de Allanon?
¿Los han realizado? —Hablaba demasiado deprisa, y se vio obligada a detenerse y
a recobrar la calma, y a no mirar al este, hacia el cielo cada vez más claro—.
Siéntate aquí y deja que vea esa herida.
Le
cogió del brazo y lo condujo a un tronco cubierto de musgo donde lo obligó a
sentarse, le quitó la camisa, la rasgó y limpió y vendó la herida lo mejor que
pudo.
—Par
y Coltar encontraron la Espada de Shannara, pero luego desaparecieron —le dijo
él mientras lo curaba—. Es una historia demasiado larga. Yo he estado buscando
a Par; es posible que él esté siguiendo a Coltar. No sé qué ha sido de la
Espada. En cuanto a Walker, estuve con él antes de que partiera hacia el norte
para recuperar la magia que recuperaría a Paranor y a los druidas. Tuvo éxito y
volvimos a reunirnos, pero no lo he visto desde entonces. —Hizo un gesto de
resignación—. Paranor ha regresado y la Espada ha sido encontrada. Todos los
encargos se han realizado, pero no sé qué puede haber cambiado con ello.
Wren
terminó de vendarle la herida y lo rodeó deteniéndose ante él.
—Yo
tampoco. Pero en cierto modo lo ha hecho. Sólo tenemos que averiguar en qué
sentido lo ha hecho. —Tragó saliva tratando de combatir la sequedad de su
garganta y clavó sus ojos castaños en Morgan—. Ahora escúchame. Esto es lo que
vas a decir a los demás. —Respiró profundamente—. Los Espectros son elfos. Son
elfos que redescubrieron la vieja magia y se les ocurrió utilizarla de modo
temerario. Se quedaron atrás cuando toda la nación élfica huyó de las Cuatro
Tierras y de la Federación. La magia los trastocó, como hace con todo, y los
convirtió en Espectros. Son como los antiguos Portadores de la Calavera,
apariciones oscuras para quienes la magia es un deseo al que no pueden
resistirse. No sé cómo pueden ser destruidos, pero debemos hacerlo. Allanon
tenía razón, son un mal que nos amenaza a todos. Las respuestas que necesitamos
están en el propósito de las misiones que nos encomendaron. Uno de nosotros
averiguará la verdad. Debemos hacerlo. Di al resto lo que te he dicho, Morgan.
Prométeme que lo harás.
—Se
lo diré —respondió el joven de las tierras altas poniéndose en pie.
El
grito de una garza rompió el silencio de la mañana, y sobresaltó a Wren.
—Espera
aquí —le dijo.
Se
arrastró hasta los Espectros caídos y empezó a buscar entre sus ropas. Uno de
ellos tenía las piedras élficas que Tib Arne le había robado, lo sabía. La
cólera que sentía hacia él volvió a aflorar. Registró a los dos más próximos y
no encontró nada. Luego agitó las cenizas del que Morgan había quemado, pero
tampoco encontró nada. Por último retrocedió hasta los dos cuerpos rajados del
conductor y su compañero y, sin prestar atención a lo que les había ocurrido,
buscó con cuidado entre sus ropas.
En
el bolsillo de la capa de uno de ellos encontró la bolsa con las piedras. La
guardó en su túnica, sintiéndose liberada de un gran peso, y regresó cojeando
junto a Morgan.
A
medio camino vio que el caballo que no había huido estaba pastando junto a los
árboles. Se detuvo y, tras reflexionar un instante, se llevó los dedos a la
boca y soltó un agudo silbido. El caballo levantó la cabeza y las orejas hacia
el sonido. Ella volvió a silbar variando ligeramente el tono, y el caballo la
miró fijamente y luego piafó. Wren se acercó al animal hablándole en voz baja y
alargando una mano. El caballo la olisqueó, y ella le acarició el cuello y el
flanco. Se pusieron a prueba unos momentos, y al instante ella estaba sentada a
lomos del animal sin dejar de hablarle con voz tranquilizadora y con las
riendas en las manos.
El
caballo relinchó e hizo cabriolas, y ella lo condujo de nuevo hacia donde la
esperaba Morgan y desmontó.
—Voy
a necesitarlo si quiero ganar tiempo —dijo, sujetando con una mano las
riendas—. Lo que te encuentras es tuyo, decían los bohemios. Supongo que aún no
he olvidado todo lo que me enseñaron. —Esbozó una sonrisa y lo cogió del
brazo—. No sé cuándo volveremos a vernos, Morgan.
—Será
mejor que te vayas —respondió el joven de las tierras altas haciendo un gesto
de asentimiento.
—Estoy
en deuda contigo. No lo olvidaré. —Volvió a sentarse en la silla—. Estamos muy
lejos del Cuerno del Infierno, ¿no te parece?
—Del
Cuerno del Infierno y de todo. Más lejos de lo que jamás hubiera podido
imaginar. Ten cuidado, Wren.
—Lo
mismo digo. Que los dos tengamos suerte.
Lo
miró un momento más a los ojos, absorbiendo la fuerza que halló en ellos,
reconfortándose al pensar que no estaba tan sola como había creído, que la
ayuda a veces llegaba de los lugares más insospechados. Luego clavó las botas
en los flancos del caballo y se alejó a galope.
Se
abrió camino hacia el oeste hasta que la luz del día la alcanzó, y se detuvo
para que el caballo pudiera descansar y beber en un charco de agua. Se frotó un
poco más las muñecas y tobillos, lavándose los cortes profundos y los oscuros
cardenales, y se juró que cuando alcanzara a Tib Arne se las haría pagar muy
caro. Llevaba casi doce horas sin comer ni beber, pero no había tiempo para
buscar comida o agua. En cuanto los Espectros averiguaran que había conseguido
huir, saldrían en su persecución. También irían tras Morgan Leah, pensó, y
esperó que el joven de las tierras altas conociera un buen escondite.
Volvió
a montar y se puso de nuevo en camino, siguiendo las praderas y saliendo de las
colinas en dirección a los llanos que había debajo de Tyrsis y que conducían a
Tirfing. El día se estaba volviendo húmedo y bochornoso, el cielo estaba azul y
sin nubes y el Sol era un horno de fuego blando. Los bosques se convirtieron en
grupos de árboles desparramados hasta que acabaron desapareciendo. Al llegar el
mediodía, Wren cruzó el río Mermidón por una zona donde las aguas eran mansas y
poco profundas, y cada vez más escasas hasta convertirse en los llanos. Le
dolía el cuerpo y la cara de los golpes y sacudidas, pero pasó por alto las
molestias pensando en la confusión que debía de haber creado su desaparición. A
esas alturas estarían buscándola por todas partes. Tal vez habían encontrado a
Erring Rift y a Grayl, y la habían dado también por muerta. O la habían
olvidado, centrando su atención en el ejército de la Federación y los
Escaladores. Sin duda, algunos habrían aconsejado olvidarla. Para algunos su
desaparición sería una bendición...
Apartó
de sí el pensamiento. No tenía pruebas contra nadie, y estaba obligada a
volver. Barsimmon Oridio estaría acercándose al Valle de Rhenn con el resto del
ejército elfo. Y con suerte Tiger Ty estaría volviendo con refuerzos. Si
conseguía alcanzarlos antes de que comenzara la lucha...
Se
interrumpió. ¿Qué? ¿Qué haría?
Rechazó
la pregunta. No importaba lo que ella hiciera. Bastaba con que estuviera allí,
con que los elfos supieran que su reina había regresado, que la Federación
tenía que enfrentarse de nuevo con ella.
Wren
giró hacia el norte para seguir el río Mermidón y en los llanos encontró agua
para el caballo, pero no para ella. El Sol caía a plomo sobre su cabeza y el
aire absorbía la humedad de su cuerpo. Estaba cansada, lo mismo que el caballo.
No podrían continuar mucho más. Tendría que detenerse y esperar a que pasara la
hora de más calor. Esa sola idea hizo que le rechinaran los dientes. ¡No había
tiempo para eso! ¡Sólo había tiempo para seguir avanzando!
Por
fin hizo un alto, sabiendo que debía hacerlo, y encontró un grupo de fresnos
cerca de la orilla del río donde se estaba bastante fresco. Encontró bayas más
amargas que dulces y una raíz de árbol del caucho que le permitió masticar
algo. Desensilló al caballo y lo ató. Mientras descansaban entre los árboles,
observó cómo fluían las aguas del río, pero se dijo que no era eso lo que se
suponía que debía hacer, y se rindió al sueño.
Era
avanzada la tarde cuando se despertó de un sueño agitado, sobresaltada por un
débil relincho del caballo. Se levantó de un salto al ver la cabeza gacha del
animal dirigida hacia el sur, y al mirar más allá de los llanos y el río
distinguió a varios kilómetros de distancia a unos jinetes que venían hacia
ella; unos jinetes envueltos en capas negras y encapuchados cuya identidad no
era ningún secreto.
Ensilló
su montura y partió. Cabalgó a un trote rápido varios kilómetros a lo largo del
río, mirando atrás para comprobar si la seguían. Lo hacían, en efecto, y tuvo
la sensación de que había otros esperándola más adelante, en Tyrsis. La luz se
desvanecía por el oeste volviéndose plateada, luego rosa y por fin gris, y al
instalarse la bruma del temprano crepúsculo, Wren dejó el río y se dirigió al
este, hacia los llanos. Allí tendría más posibilidades de despistar a sus
perseguidores, pensó. Después de todo era una bohemia. En cuanto se hiciera de
noche, nadie sería capaz de seguir sus huellas. Todo lo que necesitaba era un
poco de tiempo y suerte.
Pero
le faltaron las dos cosas. Poco después, a su caballo empezaron a fallarle las
fuerzas. Ella lo apremió a continuar con promesas susurradas y alentadoras
caricias en el cuello y las orejas, pero el animal estaba agotado. Detrás de
ella, sus perseguidores se habían desplegado por el horizonte, todavía lejanos
pero cada vez más cerca. La bruma se volvió más densa, pero salieron la Luna y
las primeras estrellas, y había suficiente luz para ver. Fortaleció su
determinación y siguió avanzando.
El
caballo tropezó y se desplomó, y ella salió de debajo de su cuerpo rodando por
el suelo, se levantó y, acercándose de nuevo a él, lo levantó. Le quitó la
silla y las bridas, y lo dejó suelto. Entonces echó a andar, cojeando a causa
de las heridas que todavía le dolían, furiosa, exhausta y decidida a no dejarse
coger otra vez. Caminó largo rato sin volver la vista atrás, hasta que se hizo
totalmente de noche y todos los llanos quedaron bañados en luz blanca. Los
llanos estaban silenciosos y desiertos, y ella sabía que sus perseguidores no
estaban muy cerca o los habría oído, así que se concentró en poner un pie
delante del otro y seguir caminando.
Cuando
finalmente miró atrás, no había nadie. Volvió a mirar con incredulidad. No
había ningún jinete, ni un solo caballo, ni nadie caminando, nada. Respiró
profundamente para calmarse y volvió a mirar no sólo al este, sino a todas
partes, pensando con repentino temor que la habían rodeado. Pero no había
nadie. Estaba sola.
Sonrió
desconcertada.
Y
entonces vio en lo alto la oscura sombra, volando hacia ella lenta y lánguida,
y tan inevitable como el frío invernal. El corazón le dio un brinco al verla
tomar forma. En ningún momento se le pasó por la cabeza que fuera uno de los
jinetes alados que venían a buscarla. Ni por un instante lo confundió con un
amigo. Era Gloon a quien veía. Lo reconoció al instante. Reconoció su cuerpo
macizo y musculoso, la forma sobresaliente de la cabeza con cresta del alcaudón
de guerra. No le extrañaba que los investigadores se hubieran quedado atrás. No
tenían ninguna prisa porque Gloon se encargaría de darle caza.
Tib
Arne lo montaba, por supuesto. Visualizó la cara camaleónica del niño, primero
amigo y luego enemigo; humano y después Espectro. Volvió a oír su risa
chirriante, a sentir el calor de su aliento en la cara al golpearla, el sabor
de la sangre causada por sus golpes...
Buscó
a su alrededor un lugar donde esconderse, pero descartó inmediatamente la idea.
Ya la había visto, y dondequiera que se escondiera la encontraría. Podía huir o
enfrentarse a él, y estaba cansada de huir.
Buscó
en su túnica y sacó las piedras élficas. Las balanceó en su mano, como si
evaluara el peso de su magia y tratara de decidir de antemano el desenlace de
la batalla. Miró hacia el oeste del horizonte, pero no había nada que ver allí,
los bosques seguían ocultos debajo. De todos modos nadie la estaría buscando,
no tan lejos y de noche. Apretó los dientes y pensó de nuevo en Garth,
preguntándose qué habría hecho él. Observó cómo Gloon se acercaba sin prisas,
aprovechando las corrientes de aire, seguro de su poder y habilidad, de lo que
era capaz de hacer. El alcaudón de guerra trataría de atraparla al pasar rápido
y resuelto por su lado, antes de que ella pudiera apuntarlo con las piedras
élficas. Y no iba a ser fácil utilizar las piedras élficas contra un blanco en
movimiento.
Cruzó
los llanos bordeándolos para dejar a sus espaldas una pequeña cuesta. Era mejor
que nada, se dijo sin perder de vista a Gloon. Recordó lo que el alcaudón había
hecho a Grayl. Se sentía pequeña y vulnerable allí sola en la inmensidad de los
prados, sin nadie que pudiera ayudarla. Esta vez no estaba Morgan Leah. No
recibiría un indulto inesperado. Lucharía sola, y el éxito de su lucha, o la
suerte que tuviera, decidiría si seguiría con vida o no.
Apretó
las piedras élficas en la mano. Ven a verme, Gloon. Mira lo que tengo para ti.
El alcaudón de guerra remontaba y caía en picado, desaparecía y volvía a
aparecer, se elevaba y descendía despreocupado, como un movimiento oscuro sobre
el terciopelo azul del cielo. Wren esperaba impaciente. ¡Vamos! ¡Vamos!
De
pronto Gloon descendió bruscamente como una piedra y desapareció.
Wren
dio un brinco sobresaltada. La noche se extendía ante ella vasta, oscura y
vacía. ¿Qué había ocurrido? Sintió que el sudor corría por su espalda. ¿Adónde
había ido el alcaudón? Dentro de la tierra imposible, era absurdo...
Y de
pronto lo comprendió. Gloon se disponía a atacarla. Había descendido en picado
y ahora volaba a ras del suelo para que su sombra no lo delatara. Y venía a por
ella. ¿A qué velocidad? ¿Cuánto tardaría? Se sintió invadida por el pánico y
retrocedió encogida de miedo. ¡No lo veía! Trató de distinguir su silueta
recortada contra el horizonte oscuro, pero no veía nada. Intentó oírlo, pero
sólo había silencio.
¿Dónde
está? ¿Dónde...?
Sólo
el instinto la salvó. Se echó hacia un lado y se arrojó al suelo llevada por un
impulso, y sintió cómo el enorme peso del alcaudón pasaba por su lado y cómo
las garras hendían el aire a escasos centímetros de distancia. Rodó por el
suelo, notando en la boca el sabor del polvo y la sangre, sintiendo el dolor de
sus heridas recorriendo de nuevo su cuerpo.
Se
levantó al instante y, volviéndose en la dirección en que creía que había
desaparecido el alcaudón, conjuró la magia de las piedras élficas y la arrojó
hacia la noche formando un abanico de fuego azul. Pero el fuego se topó con el
vacío. Wren se agazapó y buscó desesperada en la oscuridad iluminada por la
Luna. Iba a volver... ¡pero no lo veía! ¡Lo había perdido de vista! No se veía
nada bajo el horizonte. La desesperación se apoderó de ella. ¿Por dónde
aparecería? ¿Por dónde?
Repartió
golpes a ciegas, a diestro y siniestro, se arrojó al suelo y rodó por él para a
continuación levantarse y golpear de nuevo. Oyó cómo la magia chocaba con algo.
Escuchó un alarido y a continuación Gloon pasó pesadamente por su izquierda,
silbando como una máquina de vapor. Ella siguió el ruido quitándose el polvo de
los ojos. Nada.
Se
levantó y echó a correr. Se obligó a no pensar en el dolor y cruzó a toda
velocidad los desiertos prados hacia una ciénaga situada a unos treinta metros
de distancia. Al llegar a la orilla, se adentró corriendo en ella. Oyó una
ráfaga de viento que le resultaba familiar y algo oscuro rozó su cabeza. Gloon
había vuelto a errar el blanco. Wren se arrojó al suelo del pantano y miró
hacia el cielo. Allí estaban la luna y las estrellas, y nada más. ¡Maldición!
Se arrodilló. El pantano le ofrecía alguna protección, pero no era suficiente.
Y la noche no era buena amiga, porque la vista del alcaudón de guerra era diez
veces más aguda que la suya. Podía ver claramente en la ciénaga mientras que
ella no veía nada.
Se
levantó y arrojó al aire la magia élfica, confiando en la suerte. El fuego se
alejó a toda velocidad a través de los llanos y ella se sintió invadida por su
poder. Gritó de la excitación, incapaz de contenerse, y vio al alcaudón de
guerra un instante antes de que se le echara encima. Furiosa, arrojó la magia a
su alrededor —demasiado tarde— y se tiró al suelo una vez más. Su rapidez la
salvó, porque el fuego azul de las piedras élficas obligaron al alcaudón a
cambiar de sentido en el último segundo, impidiendo que la alcanzara de nuevo.
Esta
vez entrevió a Tib Arne, con el pelo rubio ondeando al viento. Oyó su grito de
rabia y frustración, y ella se lo devolvió, furiosa y burlona.
Los
cielos se inmovilizaron y la tierra quedó en silencio. Wren se acurrucó en el
pantano, temblando sudorosa, aferrada a las piedras élficas. Perdería esa
batalla si no hacía algo inmediatamente, porque tarde o temprano Gloon la
alcanzaría.
Entonces
oyó otro grito, esta vez procedente del oeste, un alarido salvaje que hendió el
agobiante silencio. Se volvió hacia él, reconociéndolo pero al mismo tiempo
incapaz de situarlo. Un ruc. Volvió a oírse, rápido y desafiante.
¡Espíritu!
¡Era Espíritu!
Observó
la oscura sombra del pájaro surgir de la noche y descender de las alturas veloz
como el pensamiento. Espíritu... ¡y eso significaba Tiger Ty! Volvió a
recuperar la esperanza. Empezó a levantarse y a gritar en respuesta, pero se
arrojó al suelo enseguida. Gloon seguía allí afuera, esperando la oportunidad
para acabar con ella. Recorrió con la mirada la oscuridad buscando en vano.
¿Dónde estaba el alcaudón?
Entonces
Gloon surgió de la oscuridad, su cuerpo negro y macizo cobró velocidad, y fue
al encuentro de su nuevo rival. Wren se levantó tambaleante y gritó para
advertir a Espíritu. Éste siguió avanzando y en el último momento se hizo a un
lado, de forma que el alcaudón de guerra pasó por su lado sin tocarla y giró
para ir tras él. Los gigantescos pájaros se rodearon cautelosos, haciendo
amagos y esquivándose, esperando tener alguna ventaja sobre su rival. Wren
apretó los dientes, observando impotente desde tierra. Gloon era más grande que
Espíritu y había sido adiestrado para matar. Gloon era además un Espectro y
contaba con la magia para sostenerse. Espíritu era valiente y rápido, pero ¿qué
posibilidades tenía?
Hubo
un movimiento confuso cuando los pájaros se embistieron, forcejearon con un
alarido furioso y volvieron a separarse. Una vez más empezaron a rodearse, cada
uno tratando de colocarse por encima del otro. Wren salió del pantano y volvió
al llano. Los siguió a medida que se alejaban, porque no quería perderlos de
vista y seguía decidida a prestar su ayuda. No iba a dejar a Tiger Ty y el ruc
solos. No era su guerra, sino la de ella.
De
nuevo los pájaros se embistieron, desgarrándose y haciéndose pedazos con las
garras y los picos. Unas sombras negras contra el cielo iluminado por la luna
se retorcían y giraban, moviendo furiosos las alas al descender en espiral.
Wren corrió tras ellos con las piedras élficas en la mano. ¡Deja que me
acerque!, era lo único en lo que podía pensar.
En
el último segundo posible las aves se separaron tambaleándose más que volando,
y de sus cuerpos desgarrados cayeron plumas, cartílagos y sangre. Wren apretó
los dientes furiosa. Gloon se sacudió y, levantándose, se alejó planeando en
una larga y lenta espiral. Espíritu arqueó la espalda y se replegó, tembloroso
e inseguro. Intentó enderezarse, pero dio una sacudida y descendió en picado
hasta desaparecer. Wren soltó un grito sofocado de horror y a continuación se
quedó boquiabierta al ver aparecer de nuevo a Espíritu milagrosamente
recuperado. ¡Había sido un amago! Justo debajo del alcaudón, Espíritu se elevó
del suelo como un misil y cruzó como una bala la noche hasta embestir al
alcaudón de guerra. Sonó como si se hubieran estrellado dos rocas. Las dos aves
chillaron y se separaron, hendiendo el aire con las garras.
De
pronto uno de los jinetes resbaló de su montura a causa del impacto y cayó,
agitando los brazos y las piernas en el aire, y gritando horrorizado. Cayó al
suelo como una piedra, incapaz de hacer nada por evitarlo, y aterrizó con ruido
sordo. La lucha que el ruc y el alcaudón de guerra libraban en el cielo
continuó como si la pérdida de un jinete no cambiara nada. Wren no sabía quién
había caído. Echó a correr por la llanura con el corazón encogido y el miedo
atenazándole la garganta. Corrió largo rato sin ver nada, hasta que por fin
encontró una forma envuelta en harapos y ensangrentada que intentaba levantarse
del suelo, todavía con vida.
Aminoró
el paso y un rostro destrozado se volvió hacia ella. Cuando sus ojos se
encontraron Wren se estremeció. Era Tib Arne. Éste intentó hablar, pero sólo
emitió un gorjeo sin llegar a formar ninguna palabra, y ella percibió en ese
sonido el odio que sentía hacia ella. Seguía siendo un muchacho debajo de sus
heridas abiertas, pero era el Espectro que había en él el que se liberaba por
fin y se elevaba hacia ella en forma de humo negro. Ella dirigió hacia él las
piedras élficas, y el fuego azul desgarró a la oscura criatura y la consumió.
Cuando
volvió a mirarlo, los ojos de Tib Arne la miraban sin vida.
Entonces
oyó por encima de su cabeza un alarido que podía pertenecer tanto al alcaudón
de guerra como al ruc, y levantó la vista justo a tiempo para ver descender a
Gloon seguido de cerca por Espíritu. El alcaudón de guerra había abandonado la
batalla que libraba en el cielo e iba a por ella. Wren se acurrucó bajo su
sombra, pues no había dónde esconderse y el pantano quedaba demasiado lejos.
Apuntó al alcaudón con las piedras élficas, pero sus movimientos fueron lentos
y supo que no había llegado a tiempo de salvarse.
De
pronto Espíritu, en una última embestida, alcanzó a Gloon por detrás y lo
golpeó con fuerza haciéndole perder el equilibrio y desviarse. Gloon agitó las
garras a su alrededor alcanzando al ruc, y en ese mismo instante Wren le arrojó
la magia de las piedras élficas por última vez. En esta ocasión alcanzó a Gloon
de pleno, que quedó envuelto en un fuego que lo devoró mientras intentaba
liberarse de él. El alcaudón aulló frenético y se retorció con furia al tiempo
que trataba de huir, pero las llamas se habían extendido por todo su cuerpo. Se
enderezó batiendo las alas, pero Wren volvió a atacarlo con el fuego azul.
Gloon se desplomó seguido de una estela de llamas. Se estrelló contra el suelo,
dio una sacudida y dejó de moverse.
En
unos segundos, el fuego lo dejó reducido a cenizas.
Espíritu
bajó con sigilo a los prados en medio del silencio que siguió a continuación.
Tiger Ty desmontó del animal y se acercó a Wren arrastrando los pies y con las
piernas arqueadas, con el rostro curtido manchado de sudor. La muchacha alargó
las manos para estrechar las de él.
—¿Estás
bien, niña? —preguntó Tiger Ty en voz baja, y Wren vio la profunda preocupación
reflejada en sus ojos agudos y esbozó una sonrisa.
—Gracias
a ti. Es la segunda vez en el día de hoy que me salvan la vida amigos que daba
por perdidos. —Y le habló de Morgan Leah y de los Espectros de la Atalaya
Meridional.
—Ayer
por la mañana encontré a los proscritos en los Dientes del Dragón. —Las
nervudas manos de Tiger Ty no la soltaron, aferrándola como si temiera que se
desvaneciera—. Su líder me dijo que no había enviado a un muchacho, sino a otra
persona. Pensé lo que había ocurrido y los dejé para que me siguieran cuando
pudieran, mientras yo volvía en tu busca. Pensé que era demasiado tarde y que
habías muerto. Llevamos todo el día buscándote. Encontré a Rift y a Grayl, pero
no había ni rastro de ti. Imaginaba que el chico te había cogido, pero sabía
que si había alguna forma de hacerlo, escaparías. Cogí a Espíritu cuando los
demás se disponían a pasar la noche y seguí buscando. —La miró con intensidad—.
Fue un acierto.
—Desde
luego —respondió Wren, haciendo un gesto de asentimiento.
—Maldita
sea, ¿no te dije que no volaras con nadie?
—No
me hagas decirlo —susurró Wren, inclinándose hacia el jinete alado, siendo
invadida por una intensa emoción.
Tal
vez vio el dolor en los ojos de Wren, o tal vez lo percibió en su voz. Sostuvo
su mirada un momento, luego le soltó las manos y retrocedió un paso.
—Lo
digo para que no lo vuelvas a hacer. He invertido mucho tiempo y esfuerzo en
ti. —Se aclaró la voz—. Permíteme que examine a Espíritu para asegurarme de que
no está herido.
Dedicó
unos minutos a explorar el cuerpo del gran ruc, moviendo con cautela las manos
entre las plumas. Espíritu lo observaba con una mirada feroz. Cuando el jinete
alado le habló, el ruc bajó el pico, extendió sus grandes alas y se sacudió.
Satisfecho,
Tiger Ty hizo señas a Wren para que se acercara y miró al pájaro con orgullo.
—Lo
habría vencido —dijo malhumorado.
—Nunca
lo he puesto en duda —respondió Wren esbozando una sonrisa.
Tiger
Ty ayudó a subir a la muchacha y la sujetó firmemente. Acarició a Espíritu
agradecido, luego se dedicó a sí mismo un gesto de asentimiento y se reunió con
ella. Wren recorrió con la mirada el paisaje paralizado por la noche, vacío y
silencioso salvo donde los restos de Gloon ardían humeantes y sin llama. Se
sentía mareada y extenuada, pero también viva. Todavía notaba los efectos de la
magia élfica recorriéndola como chispas.
Había
conseguido sobrevivir, pensó, y se preguntó para cuánto tiempo.
—No
nos vencerán —dijo de pronto—. No se lo permitiremos.
Él
no le preguntó a qué se refería. No habló. Se limitó a mirarla y a hacer un
gesto de asentimiento. Luego silbó a Espíritu, y la gran ave emprendió el vuelo
y se alejó rápidamente en la oscuridad.
11
Morgan
Leah observó cómo Wren desaparecía en la oscuridad de la noche que se
replegaba, y su decepción al no encontrar a Par se vio atenuada por la
satisfacción de saber que sus esfuerzos no habían sido en vano. ¡Encontrar a
Wren nada menos! Le hizo pensar que el mundo era más pequeño de lo que parecía.
Después de todo, tal vez los descendientes de Shannara y todos sus aliados
tendrían algo que hacer contra los Espectros.
Reemprendió
el camino hacia el este, contemplando el horizonte cada vez más brillante a lo
lejos, a la luz gris plateada que se derramaba en charcos cada vez más amplios
sobre las copas de los árboles y las laderas de las montañas. Estaba a punto de
amanecer. La noche que lo había protegido se había retirado y estaba más
expuesto de lo que había previsto.
Miró
brevemente el armazón del carro volcado y los Espectros caídos, y no pudo
evitar pensar que lo había hecho él solo. Se había defendido de todos ellos.
Pero
¿adónde podía ir ahora? Los Espectros de la Atalaya Meridional vendrían a
buscarlo. No tendrían dificultad para encontrar sus huellas y lo perseguirían
para hacerle pagar por lo que había hecho. Respiró profundamente y buscó a su
alrededor, como si sólo con la mirada pudiera hallar una vía de escape. No
podía volver al risco; sería el primer lugar donde buscarían. Encontrarían sus
huellas y las seguirían, esperando que fuera lo bastante necio para regresar a
su escondite.
Esbozó
una débil sonrisa. No lo era, por supuesto, pero no era mala idea hacerles
creer que lo era.
Volvió
a cruzar la zanja por donde lo había hecho la primera vez y volvió sobre sus
pasos por entre los árboles y las colinas, sin molestarse en borrar las
huellas, pero mezclándolas lo mejor que pudo para despistarlos acerca de
cuántos eran; luego dio la vuelta y regresó de nuevo, más cauteloso esta vez
por si los Espectros habían llegado durante su ausencia. Pero no lo habían
hecho; la zanja y los llanos que se abrían al otro lado seguían vacíos salvo
por los cadáveres. Siguió el camino que había recorrido el carro, utilizando
los surcos para ocultar las huellas de sus botas, siguiendo durante varios
kilómetros las huellas de las ruedas a través de las colinas antes de girar
bruscamente hacia el norte y adentrarse en las hierbas altas, donde se desvió
con cautela pegándose a las rocas de un risco. Con un poco de suerte, no
descubrirían por dónde se había desviado y se verían obligados a recorrer a
ciegas el campo. Eso tal vez le diera el tiempo necesario para llegar a donde
se había propuesto ir.
Por
supuesto, todo eso no significaba nada si los Espectros lo rastreaban por el
olfato. Si eran capaces de cazar como los animales, hiciera lo que hiciese se
iba a ver en apuros, a menos que rodara por el barro y se embadurnara con
apestosas algas, para lo cual no estaba preparado. ¿De qué eran capaces esos
semielfos? Deseó saber más de ellos, haber dispuesto de tiempo para preguntar a
Wren, pero ya no era posible. Tendría que arriesgarse. Aspiró el aire de la
mañana y pensó en lo afortunado que era de contar con la magia de la Espada de
Leah para protegerlo, y luego cayó en la cuenta de que le habían respondido a
su pregunta de si el poder de la espada lo iba a salvar o consumir. Por
supuesto, eso no significaba que estuviera a salvo y pudiera relajarse al
utilizarlo, ni siquiera que pudiera estar seguro de que las cosas iban a salir
tan bien la próxima vez. Sólo significaba que por el momento había conseguido
sobrevivir, pero cada vez estaba más claro que sobrevivir en las condiciones
que fueran era lo único a lo que podían aspirar él y cualquiera que se
enfrentara a los Espectros.
Algún
día será diferente, se dijo, pero en el fondo se preguntó si sería así.
El
campo que tenía ante sí se comprimía en una masa de colinas, riscos,
depresiones ahogadas por la maleza y densos bosques al otro lado de las
montañas de Runne. Caminaba sobre roca, sin prisas, esforzándose por pisar con
suavidad por donde las piedras raspadas o las ramitas partidas podían
delatarlo. Había hecho el siguiente razonamiento: al sur estaba el risco donde
él había estado montando guardia y si los Espectros salían en su persecución
empezarían por allí. Wren se había ido hacia el oeste y estaba claro que
también lo buscarían allí. Al norte estaban las ciudades de Callahorn —Tyrsis,
Kern y Varfleet—, y ésa sería la siguiente elección lógica. El último lugar
donde buscarían era al este, en los terrenos que rodeaban la Atalaya
Meridional, su ciudadela fortificada, porque sería ilógico que alguien que
acababa de liquidar a una de sus patrullas para rescatar a la reina de los
elfos se dirigiera al mismo lugar adonde se dirigía la patrulla.
La
reina de los elfos, musitó, interrumpiendo sus reflexiones. Wren Elessedil. La
pequeña Wren. Hizo un gesto de incredulidad. Apenas la había conocido cuando
crecía con Par y Coltar en el Valle Umbroso. Costaba creer que se hubiera
convertido en reina.
Hizo
una mueca. Era cierto, pensó con tristeza. Nada menos que ella. Y se olvidó del
asunto.
El
Sol asomaba por el horizonte, las sombras de la noche habían vuelto a
esconderse y el calor sofocante del verano se elevaba de la hierba y los
árboles, aumentando el aire fétido y resecando la tierra. Morgan encontró un
arroyo que brotaba de las rocas, lo siguió hasta unos rápidos donde el agua
estaba limpia y bebió. No llevaba ni comida ni agua, y tenía que procurarse
ambas cosas si quería sobrevivir. Pensó un instante en Damson y Matty, y esperó
que no eligieran ese día para volver de su búsqueda por el sur. Esperarían
encontrarlo en ese risco y lo más probable era que encontraran a los Espectros
en su lugar. No era un pensamiento agradable. Tendría que advertirlas, por
supuesto, pero para hacerlo necesitaba conservar la vida.
Se
apartó del arroyo y se abrió paso hacia un terreno elevado. Al amparo de un
grupo de pinos miró atrás, al otro lado de las colinas del sur, en busca de
señales de sus perseguidores. Permaneció allí largo rato, oteando el horizonte,
pero no vio nada. Finalmente se dirigió al este, hacia las montañas y el río y
la Atalaya Meridional. Estaba por encima de la ciudadela, oculto lo suficiente
entre los árboles para no ser descubierto, pero lo bastante cerca para no
perderla de vista. Avanzó sin detenerse a pesar de la herida, relegando el
dolor a lo más recóndito de su mente como un palpitar sordo, abriéndose paso
con la práctica y la determinación de un hombre del bosque experimentado, capaz
de percibir lo que ocurría a su alrededor, de sentirse parte de la tierra.
Permaneció atento a los ruidos de los pájaros y los animales, previendo lo que
iban a hacer, sabiendo que todo iba bien.
Llegó
el mediodía y seguía sin haber rastro de sus perseguidores. Había empezado a
pensar que había conseguido despistarlos. Encontró bayas y plantas silvestres
que masticar y más agua potable, y cuando llegó al muro formado por las
montañas de Runne, volvió a girar hacia el sur. Se cambió de lado la Espada de
Leah para no rozar la herida y pensó en la historia del arma. Tantos años
inactiva, reliquia de otro tiempo, la magia de la espada había permanecido
dormida hasta que él se encontró con los Espectros en el camino a Culhaven. El
destino, y nada más. Era extraño que las cosas pudieran tomar tal rumbo.
Reflexionó sobre cómo había influido en su vida la espada, en qué sentido le
había favorecido y en cuál perjudicado, y el legado de esperanza y desesperación
que le había dejado. Pensó que ya no importaba si él la aprobaba o no, si creía
que el vínculo con la magia era positivo o negativo, porque a fin de cuentas no
importaba; sencillamente, la magia existía. Despertar había aceptado mejor que
él su inevitabilidad, pensó, y había devuelto la integridad a la espada porque
sabía que si la magia iba a estar en su poder, tenía que estar de una forma
completa, y no reducida o suspendida. Despertar había comprendido las reglas
del juego; su legado había sido enseñarle las reglas.
Se
detuvo a descansar a la hora de más calor, un resplandor abrasador y candente
que se elevaba de la tierra. Se sentó a la sombra de un viejo arce, cuyas ramas
de hoja ancha se entrelazaban formando una especie de tienda, y las ardillas y
pájaros saltaban de una a otra aparentemente ajenos a su presencia, absortos en
sus propias persecuciones. Miró las colinas y las praderas al sur y al este a
través de los árboles, con la Espada de Leah entre las piernas y los brazos
cruzados alrededor de la empuñadura. Se preguntó si Wren estaría a salvo, y
dónde estarían todos los demás, todos los que habían emprendido con él esa
aventura y se habían perdido por el camino. Algunos habían muerto, por
supuesto. Pero ¿y los demás? Clavó el tacón de la bota en el suelo y deseó ver
cosas que permanecían ocultas para él, pero enseguida pensó que tal vez era
mejor no saberlo.
A
media tarde bajó la temperatura y se puso de nuevo en camino. Las sombras
volvían a alargarse, saliendo de detrás de los árboles, las rocas, los
barrancos y los riscos donde habían permanecido escondidas. Ante él apareció la
Atalaya Meridional, un oscuro obelisco que se alzaba por encima de los llanos
envenenados que se extendían desde la desembocadura del río Mermidón hasta el
Lago del Arco Iris. El lago en sí era liso y plateado, un espejo del cielo y de
la tierra, y los colores de su arco se veían pálidos y descoloridos a la luz
cada vez más débil. Las grullas y las garzas descendían en picado y volaban a
ras de su superficie, borrosas manchas blancas contra la bruma gris de la
oscuridad inminente.
Se
detuvo a observar, y probablemente eso le salvó la vida.
De
pronto, los pájaros se quedaron inmóviles y, más adelante, entre los árboles,
se produjo un movimiento apenas perceptible pero inconfundible, lejano y
borroso a la luz cada vez más tenue. Morgan se escondió entre la maleza,
sigiloso como la noche al caer, y permaneció inmóvil. Al cabo de un momento
aparecieron un par de Espectros seguidos de otros cuatro; una patrulla se abría
paso sigilosa por entre los árboles. No parecía que estuvieran siguiendo
huellas, sólo buscaban, y la idea de que pudieran guiarse por el olfato dejó a
Morgan helado. Seguían a varios cientos de metros de distancia y avanzaban por
la loma. El camino los haría pasar por debajo de donde él se había escondido,
pero al otro lado del sendero que había dejado. Sintió deseos de echar a correr
y huir de allí con la velocidad del viento, pero sabía que no podía, y se
obligó a esperar. Los cazadores iban vestidos con túnicas negras y
encapuchados, y no llevaban el emblema de los investigadores. No querían
aparentar nada, lo que significaba que o no se sentían amenazados o no les
importaba. Ninguna de las dos perspectivas era tranquilizadora.
Morgan
los observó pasar entre los árboles como fragmentos de la noche y desaparecer
de su vista.
Al
instante se puso de nuevo en camino, avanzando a buen paso, impaciente por
poner la mayor distancia posible entre los cazadores de capucha negra y él. ¿Lo
buscaban a él o a alguien más, o sencillamente a cualquiera, después de lo que
le había ocurrido a su patrulla, temiendo que hubiera otros escondidos? No
importaba, se dijo. Bastaba con que estuvieran allí afuera para que tarde o
temprano lo encontraran.
Revisó
su plan anterior sin aminorar el paso. No iba a quedarse a ese lado del río
Mermidón. Lo cruzaría y esperaría en la otra orilla, desde donde podría
observar la costa y el lago a la espera del regreso de Damson y Matty. Era una
lástima que no pudiera situarse de forma que pudiera vigilar también la Atalaya
Meridional, pero era demasiado peligroso permanecer en medio. Lo mejor era
esperar a que Damson le informara de lo que les había mostrado el skree en su
viaje al sur, y dejar que lo utilizara de nuevo si era necesario. Ése sería el
plan.
Estaba
muy cerca de la Atalaya Meridional y vio que no podía llegar hasta el río
Mermidón para cruzarlo sin abandonar su escondite entre los árboles. Eso
significaba que debía esperar a que se hiciera de noche, y aún faltaban varias
horas. Era demasiado tiempo en un solo lugar, y lo sabía. Se puso en cuclillas
protegido por las sombras y estudió la tierra más abajo, buscando una razón
para reconsiderar sus cálculos. Los árboles eran más escasos a medida que se
alejaban de las montañas de Runne y desaparecían misteriosamente hacia el sur,
por lo que no había un lugar para guarecerse en los llanos que se extendían al
este, hacia el río. Apretó los dientes con frustración. Era demasiado
arriesgado intentarlo. Tendría que volver sobre sus pasos hasta las montañas y
buscar un paso que lo llevara al este, o bien rodear todo el camino por el que
había venido. Lo último era imposible y lo primero, arriesgado.
Pero
mientras reflexionaba sobre las dos alternativas, percibió un nuevo movimiento
más adelante entre los árboles. De nuevo se quedó paralizado buscando entre las
sombras. Podía haberse confundido, se dijo. Allí no parecía haber nada.
Entonces
la figura cubierta con capa negra salió momentáneamente a la luz antes de
volver a desaparecer.
Espectros.
Se
escondió a toda prisa en el profundo refugio, una vez tomada la decisión.
Empezó a retroceder y a subir entre las rocas. Se proponía buscar un paso en
las montañas de Runne y probar suerte en el río. Si no lograba abrirse camino,
volvería sobre sus pasos al amparo de la oscuridad. No le gustaba la idea de
quedarse allí fuera de noche con los Espectros buscándole, pero las
alternativas se reducían con una rapidez alarmante. Respiró profundamente
mientras volvía a deslizarse por entre los árboles, tratando de mantener la
calma. Había demasiados Espectros rondando para no ser una búsqueda deliberada.
Habían averiguado de alguna manera dónde estaba y lo cercaban. Sintió un nudo
en la garganta. Había sobrevivido a una confrontación ese día y no le agradaba
la perspectiva de tener que luchar para sobrevivir a otra.
Las
sombras de la noche se acercaban, y en el bosque de la montaña se produjo un
silencio sin viento. Siguió moviéndose de forma metódica y sigilosa, sabiendo
que el menor ruido podía delatarlo. Sentía en la espalda el peso de la Espada
de Leah, y resistió la tentación de alargar la mano hacia atrás para retirarla.
Estaba allí por si la necesitaba, se dijo, y más valía que no ocurriera tal
cosa.
Se
disponía a cruzar un risco cuando una sombra surgió de los árboles al otro lado
de un barranco cubierto de maleza. La sombra estuvo y no estuvo, y Morgan tuvo
la impresión de que la había percibido antes que visto. Pero estaba claro qué
era y, agachándose, se adentró en la profunda maleza a su derecha y subió por
las rocas. Iba sólo uno, concluyó. Un cazador solitario. Tenía la cara y el
cuello calientes y pegajosos del sudor, y los músculos de la espalda tan tensos
que le dolían. La herida le palpitaba con renovado dolor y deseó beber un trago
de cerveza para aliviar su garganta reseca. Más adelante, el camino se
interrumpía en un acantilado y retrocedió de mala gana. Tenía la sensación de
ser conducido, y empezaba a pensar que acabaría topándose con muros por todas
partes.
Se
detuvo al borde de un barranco poco profundo y volvió a mirar hacia los árboles
cubiertos de terciopelo. No se movía nada, pero allí había algo que avanzaba
con paso firme y decidido. Morgan pensó en ocultarse y cogerlo por sorpresa.
Pero cualquier clase de lucha haría salir a todos los Espectros del bosque. Más
valía continuar; siempre habría tiempo para luchar.
Más
adelante los árboles empezaban a escasear conforme las rocas se abrían paso en
montones irregulares y las cuestas se volvían más escarpadas convirtiéndose en
precipicios. Estaba lo más alto que podía estar sin dejar el cobijo de los
árboles, pero seguía sin encontrar un paso. Creyó oír el ruido de las aguas del
río al otro lado de la pared de roca, pero podía ser fruto de su imaginación.
Encontró un denso grupo de abetos y se puso a cubierto, escuchando los ruidos
del bosque que lo rodeaba. Hubo un movimiento más adelante y más abajo. Estaba
rodeado de Espectros. Debían de haber encontrado sus huellas. Seguía habiendo
suficiente luz para verlas, e iban a buscarlo. Tal vez pronto estaría demasiado
oscuro para seguirlas, pero no creía que eso importara si estaban tan cerca. Se
hallaban más a sus anchas que él en la oscuridad, y capturarlo era sólo
cuestión de tiempo.
Por
primera vez se permitió contemplar la posibilidad de que no pudiera escapar.
Alargó
la mano y desenvainó la Espada de Leah. La hoja de obsidiana brillaba
débilmente a la luz crepuscular y la empuñaba con comodidad. Imaginó que su
magia le respondía susurrándole tranquilizadora que estaría allí cuando la
llamara. Era su talismán contra la oscuridad. Bajó la cabeza y cerró los ojos.
¿Todo se reducía a esto? ¿Otra batalla en una serie interminable de luchas por
seguir vivo? Empezaba a cansarse de todo eso. No podía evitar pensarlo. Estaba
cansado y muy angustiado.
¡Déjala
ir!
Abrió
los ojos, se levantó y se internó entre los árboles dirigiéndose de nuevo al
sur, hacia los llanos que conducían a la Atalaya Meridional, tras haber
cambiado de parecer acerca de permanecer escondido. Se sentía mejor si se
movía, como si moverse fuera más natural y lo protegiera mejor. Avanzó por el
bosque, abriéndose paso con cautela, atento al menor ruido de los que trataban
de atraparlo. Las sombras se movían a su alrededor en forma de pequeños cambios
de luz, movimientos imperceptibles que no cesaban de sobresaltarlo. En alguna
parte, a lo lejos, se oyó el débil ulular de una lechuza. El bosque era un río
nocturno que brillaba y daba vueltas cambiando de forma lenta pero incesante.
Miró
atrás repetidas veces esperando ver detrás de él un cazador solitario, pero no
había nadie. Los Espectros que lo precedían también eran invisibles, sin
embargo, como los demás, parecía que también lo habían localizado. Confió en
que no se comunicaran telepáticamente, pero no habría apostado que no lo
hicieran. La magia que ejercían no parecía tener límites. ¡Ah, aunque eso era
una idea disparatada!, se reprendió. Siempre había límites. El secreto estaba
en averiguar cuáles eran.
Llegó
a un grupo de cedros frente a un precipicio y, adentrándose en él, se agachó de
nuevo para escuchar. Permaneció largo rato inmóvil, como la roca que tenía a
sus espaldas, sin oír nada. Pero los Espectros seguían allí afuera, lo sabía.
Seguían buscando, registrando...
Y
entonces vio muy cerca a dos deslizándose por entre los árboles a unos treinta
metros más abajo, sombras envueltas en negro avanzando hacia su escondite.
Sintió que el alma se le caía a los pies. Si se movía, lo verían; si se quedaba
donde estaba, lo encontrarían. Una importante disyuntiva, pensó con amargura.
Todavía esgrimía la Espada de Leah y la apretó con fuerza. Tendría que
enfrentarse a ellos. Tendría que hacerlo, e intuía cuál podía ser el resultado.
Pensó
de nuevo en el Saliente, Tyrsis, Eldwist, Culhaven y en todos los demás lugares
donde se había visto atrapado y acorralado al tratar de escapar, y se dijo
desesperado y furioso: Sólo por una vez...
De
pronto, una mano se cerró como unas tenazas de hierro sobre su boca, y lo
arrastró hacia los árboles.
12
La
oscuridad llegó a los campos que se extendían al sur del Lago del Arco Iris en
una bruma purpúrea y plateada que salió del bosque de Anar sigilosa como un
gato para dar caza a una feroz puesta de sol en los Robles Negros al oeste y
las tierras más allá. El suave crepúsculo alivió el calor sofocante del día con
una brisa fresca y relajante procedente del corazón del bosque. Las granjas
desperdigadas por las tierras encima del Túmulo de la Batalla eran bañadas en
una mezcla de luz y sombras, adquiriendo el aspecto de cuadros. Los animales se
quedaban inmóviles y levantaban la cara hacia la brisa en los pastos verdes
cada vez más oscuros. Los braceros regresaban de trabajar, y se oía el ruido
del agua al ser transportada en cubos y el olor de la comida cocinándose en
hornillos. Había serenidad en las sombras cada vez más alargadas y alivio en el
aire cada vez más fresco. Reinaba un silencio que agrupaba, reconfortaba y
prometía descanso a quienes habían terminado una dura jornada de trabajo.
Una
voluta de humo se elevaba de la chimenea de la cabaña de un viejo cazador,
situada entre un grupo de árboles de hoja caduca que crecían en una loma baja,
justo al norte del Túmulo de la Batalla. La cabaña estaba formada por cuatro
paredes de madera astilladas y envejecidas por los elementos y el tiempo, un
tejado de tejas de madera gastadas lleno de parches, un porche hundido por un
extremo y un pozo de piedra sumido en las más profundas sombras de los árboles
en la parte trasera. A un lado de la cabaña había un carro, y el tiro de mulas
formaba una barrera al borde de los árboles. Los hombres a los que pertenecían
ambos estaban apiñados dentro, sentados a una mesa con la cena servida; todos
menos uno, apostado en los escalones del porche de piedra, vigilando al sur y
este del valle. Eran cinco contando el de fuera, y estaban sucios y raídos, y
su mirada era dura. Iban armados con espadas y cuchillos, y exhibían cicatrices
de muchas batallas. Cuando hablaban, sus voces eran roncas y estridentes, y cuando
reían no había regocijo en sus risas.
Ni a
Damson Rhee ni a Matty Roh les pareció que fueran personas con quienes se
pudiera razonar.
Las
mujeres se agazaparon en una zanja donde la maleza ocultaba sus movimientos y
se miraron.
—¿Estás
segura? —preguntó en voz baja la mujer más alta y delgada.
—Está
allí dentro —respondió Damson con firmeza.
Permanecieron
calladas, como si no encontraran las palabras para continuar la conversación.
Llevaban todo el día persiguiendo el carro desde que habían encontrado las
huellas de las ruedas al seguir el skree hacia el sur desde el Lago del Arco
Iris. Habían cruzado el lago hacía tres días, saliendo de la desembocadura del
río Mermidón justo antes de que estallara la tormenta tras separarse de Morgan
Leah. El viento previo a la tormenta las había empujado rápidamente por el
lago, y cuando se desató la tormenta ya estaban casi en la otra orilla.
Entonces se habían visto arrastradas y sacudidas de tal manera que la
embarcación había volcado al este de la Ciénaga Brumosa y se habían visto
obligadas a nadar hasta la costa. Empapadas y cansadas, habían conseguido
salvar la mayor parte de las provisiones, y habían pasado la noche más o menos
a cubierto en un bosquecillo de fresnos. De allí se habían dirigido al sur
guiadas por el brillo del skree, en pos de algún rastro de Par Ohmsford. No
habían visto nada hasta que encontraron las huellas del carro y ahora a los
hombres que las habían hecho.
—No
me gusta nada —dijo Matty Roh en voz baja.
Damson
Rhee sacó la mitad rota del skree, la sostuvo en la mano ahuecada y la enfocó
hacia la cabaña. Ardió como el fuego, brillante y firme. Miró a Matty.
—Está
allí.
Matty
hizo un gesto de asentimiento. Tenía la ropa raída de tanto usarla y por los
elementos, y rasgada por las zarzas y las rocas, y al lavarla la había
limpiado, pero no había mejorado su aspecto. Su rostro infantil estaba
bronceado y manchado de sudor, y fruncía el entrecejo al contemplar la
brillante medialuna de metal.
—Necesitamos
mirar más de cerca —dijo—. Lo haremos cuando caiga la noche.
Damson
respondió con un gesto de asentimiento. Llevaba el pelo pelirrojo trenzado y
recogido atrás con una cinta alrededor de la frente, y sus ropas tenían el
mismo aspecto que las de Matty. Estaba agotada, se moría por un plato de comida
caliente y necesitaba tomarse un baño, pero sabía que tendría que pasar sin
ellos.
Retrocedieron
por la zanja hacia donde habían dejado sus bártulos y se sentaron a comer algo
de fruta y queso, y a beber agua. Ninguna de las dos habló mientras comían y
las sombras se alargaban. La oscuridad las cercó, la Luna y las estrellas
salieron, y la temperatura bajó hasta ser casi agradable. Eran muy diferentes.
Damson era una persona apasionada, extrovertida y segura de lo que hacía,
mientras que Matty era fría y distante, y estaba convencida de que no podía
darse nada por descontado. Pero más allá de esa empresa común, las unía una
firme determinación nacida de años al servicio de los proscritos intentando
conservar la vida. Tres días buscando juntas a Par Ohmsford habían suscitado un
respeto mutuo. Apenas se conocían cuando se pusieron en camino y la verdad es
que seguían conociéndose poco. Pero lo que sabían bastó para convencerlas de
que podrían contar la una con la otra cuando llegara el momento.
—Damson,
¿sabes cuando te encuentras en medio de algo y te preguntas cómo ha sido?
—preguntó de pronto Matty Roh, rompiendo el profundo silencio. Casi parecía
avergonzada—. Pues es así como me siento en estos momentos. Estoy aquí, pero no
estoy segura de por qué.
—¿Te
gustaría estar en otra parte? —le preguntó Damson, acercándose.
—No
lo sé. Supongo que no. —Matty apretó los labios—. Pero no sé muy bien qué hago
aquí. Sé por qué vine, pero no comprendo por qué tomé esa decisión.
—Tal
vez la razón sea lo de menos. Tal vez estar aquí sea lo realmente importante.
—No
lo creo así —replicó Matty, haciendo un gesto negativo.
—Tal
vez no sea tan difícil averiguarlo. Yo estoy aquí por Par, porque le prometí
que vendría.
—Porque
estás enamorada de él.
—Sí.
—Yo
ni siquiera lo conozco.
—Pero
conoces a Morgan.
—Lo
conozco mejor de lo que él se conoce a sí mismo —respondió Matty, dando un
suspiro—. Pero no estoy enamorada de él. —Hizo una pausa—. No lo creo. —Desvió
la mirada, consternada ante tal afirmación—. Vine porque estaba harta de estar
con los brazos cruzados. Eso es lo que le dije al joven de las tierras altas y
era cierto. Pero vine por algo más, aunque no sé qué es.
—Creo
que podría ser Morgan Leah.
—No.
—Creo
que lo necesitas.
—¿Lo
necesito? —preguntó Matty con incredulidad—. Es al revés, ¿no te parece? ¡Él me
necesita a mí!
—También.
Os necesitáis mutuamente. Os he observado, Matty... a ti y a Morgan. He visto
cómo lo miras cuando él no te ve y cómo te mira él a ti. Entre vosotros hay
bastante más de lo que crees.
—No
—respondió la chica alta.
—A
ti te importa él, ¿no?
—No
es lo mismo. Es diferente.
Damson
la observó un instante sin decir nada. Matty tenía la vista clavada en algún
lugar entre ambas, y sus ojos color cobalto eran insondables. Veía algo que
nadie más podía ver. Cuando volvió a levantar la vista, sus ojos estaban vacíos
y tristes.
—Sigue
enamorado de Despertar.
—Supongo
que sí —respondió Damson haciendo un gesto de asentimiento.
—Siempre
estará enamorado de ella.
—Tal
vez, Matty. Pero Despertar está muerta.
—No
importa. ¿Le has oído hablar de ella? Era hermosa y mágica, y le correspondía.
—Los ojos azules de Matty parpadearon—. Es difícil competir con eso.
—No
tienes por qué hacerlo. No es necesario.
—Lo
es.
—La
olvidará con el tiempo. No podrá evitarlo.
—No,
jamás la olvidará. No se lo permitirá.
Damson
dio un suspiro y luego desvió la mirada. La noche era cerrada y silenciosa
alrededor de las jóvenes, llena de expectación.
—Te
necesita —susurró por fin sin saber decir otra cosa—. Despertar ya no está,
Matty, y Morgan Leah te necesita a ti —concluyó, volviéndola a mirar.
Se
miraron en la oscuridad, midiendo la verdad de las palabras, sopesando su
fuerza. Ninguna de las dos habló. Luego Matty se levantó y miró al otro lado
del prado hacia la cabaña.
—Tenemos
que bajar a echar un vistazo.
—Iré
yo. —Damson se levantó con ella—. Espérame aquí.
—¿Por
qué no yo? —replicó Matty cogiéndola del brazo.
—Porque
conozco a Par y tú no.
—Entonces
iremos las dos.
—¿Y
exponernos las dos? —Damson sostuvo su mirada—. Sabes que no podemos hacer eso.
—Tienes
razón —respondió Matty, mirándola un instante a la defensiva; después le soltó
el brazo—. Esperaré aquí. Pero ten cuidado.
Damson
sonrió, se volvió y desapareció en la oscuridad. Avanzó con agilidad por la
zanja hasta el norte de la cabaña. Dentro había una lámpara encendida, y una
luz amarillenta se filtraba por las ventanas laterales sin postigo y por la
puerta abierta. Se detuvo pensativa. Podía escuchar las voces de los hombres
que estaban dentro, pero el resplandor rojo de la cazoleta de una pipa y el
olor a tabaco le advirtieron que el centinela seguía apostado en los escalones
del porche. Observó las oscuras formas de las mulas en hilera junto a la pared
de la cabaña, luego oyó ruido de cristal haciéndose añicos y un juramento en el
interior. Los hombres bebían y discutían.
Siguió
avanzando por la zanja hasta el bosque y se aproximó a la cabaña por detrás,
decidida a acercarse por el lado sur, temiendo que los animales la delataran si
se acercaba por el norte. Las nubes se deslizaban como fantasmas en el cielo,
cambiando la intensidad de la luz al pasar por encima de la Luna y las
estrellas. Damson bordeó el bosque sumido en sombras y pisó con cautela el
suelo aun cuando las voces y las risas seguramente ahogarían otros ruidos.
Cuando estuvo detrás de la cabaña, se apartó de los árboles y se acercó
corriendo a la pared trasera y la recorrió poco a poco hasta la ventana sur.
Ahora podía escuchar las voces con claridad, percibía la furia y la amenaza que
contenían. Hombres duros, no cabía duda.
Se
acercó de cuclillas a la ventana y, levantándose despacio, miró al interior.
Coltar
Ohmsford yacía en el fondo de la cabaña mohosa y desgastada por los elementos,
y escuchaba a los hombres discutir al echar los dados apostando. Estaba
envuelto en una manta y se había vuelto hacia la pared. Tenía las manos y los
pies encadenados a una argolla clavada entre los tablones del suelo. Le habían
dado de comer y beber, y se habían olvidado de él. Lo que era preferible dado
el estado de ánimo desagradable en que se hallaban, pensó abrumado por el
cansancio. Beber y apostar los había vuelto más malhumorados que de costumbre,
y no tenía deseos de averiguar en qué acabaría el asunto cuando se acordaran de
que él estaba allí. Ya le habían dado dos palizas desde que lo habían
capturado, la primera cuando intentó huir y la segunda porque uno de ellos se
había enfurecido por algo y decidió desahogarse con él. Estaba magullado e
hinchado, y tenía cortes por todo el cuerpo, y después de dar botes todo el día
en la parte trasera del carro, lo único que quería era que lo dejaran dormir.
El
problema, por supuesto, residía en que no era posible dormir en aquellas
condiciones. El cansancio y dolor no bastaban para sobrellevar el ruido.
Permanecía tendido en el suelo, escuchando y preguntándose qué podía hacer para
salir de aquella situación. Volvió a pensar en huir. Viajaban despacio en el
carro tirado por mulas, pero estaban a sólo tres o cuatro días de Dechtera y
una vez llegaran allí estaría acabado. Había oído hablar de las minas de
esclavos, donde trabajaban sobre todo enanos. Morgan las había descrito después
de haber escuchaba a Steff. En ellas iban a parar los enanos que suscitaban el
antagonismo de los ocupantes de la Federación y sobre todo de los capturados de
la Resistencia. Los enanos enviados a las minas nunca regresaban, pero hasta
ahora Coltar nunca había creído que eso pudiera ocurrir.
Miró
fijamente las tablas astilladas y agrietadas de las paredes. Parecía destinado
a descubrir todas las verdades a base de cometer errores.
Inspiró
profundamente, contuvo la respiración y exhaló el aire despacio, cansado. El
tiempo se acababa y hacía tiempo que la suerte se mostraba esquiva con él.
Estaba en mejor forma de lo que le cabría esperar, y su entrenamiento con
Ulfkingroh en la Atalaya Meridional le había ayudado en los peores momentos.
Pero eso ya no era un gran consuelo, atado como estaba. No podría liberarse de
las cadenas sin la llave. Había intentado hacer saltar las cerraduras, pero
eran pesadas y fuertes. Había intentado persuadir a sus captores de que se las
quitaran para estirar las piernas, pero se habían limitado a reírse. Su plan de
rescatar a Par de Rimmer Dall y de los Espectros era un recuerdo sombrío.
Estaba tan lejos de ello como de su hogar en Valle Umbroso y estaba tan lejos
de allí que tenía la sensación de estar casi más allá del punto de regreso.
Uno
de los hombres tiró de una patada una silla, se levantó y salió de la
habitación. Coltar se aventuró a echar un vistazo desde debajo de su manta. La
Espada de Shannara descansaba en la mesa. Apostaban por ella, o por la parte
que les correspondía de ella. Los tres que seguían sentados a la mesa gruñeron
algo desagradable sobre el que se había marchado, pero no dejaron de mirarse.
Coltar
se volvió de nuevo hacia la pared y cerró los ojos. De nada servía que esos
hombres ignoraran el auténtico valor de la Espada. Ni que sólo él pudiera
utilizar su magia, ni todo lo que dependía de que él así lo hiciera. A esas
alturas, sólo un milagro podría ayudarlo, pensó desesperado.
Juntó
las manos bajo la manta y descendió a un lugar oscuro.
¿Qué
voy a hacer?
—¿Es
él?
La
luz de la Luna se reflejaba en la cara tersa de Matty Roh, confiriéndole un
aspecto fantasmal bajo su pelo corto y negro. Damson bebió agua del odre que
ella le ofreció y miró atrás, hacia el camino por donde había venido, pensando
a medias que podían haberla seguido. Pero era una noche silenciosa y la tierra
se veía vacía y paralizada bajo las estrellas.
—¿Lo
es? —repitió Matty, ansiosa e insistente.
—Tiene
que serlo. Estaba acurrucado y envuelto en una manta en el fondo de la
habitación y no he podido verle la cara, pero no importa. La Espada de Shannara
estaba en la mesa, y no me cabe la menor duda porque es inconfundible. Era él.
Lo tienen encadenado. Trafican con esclavos, Matty. Eché un vistazo al interior
del carro al volver y estaba lleno de grilletes y cadenas. —Hizo una pausa, y
la intranquilidad se reflejó en su cara—. No sé cómo se topó con ellos o cómo
permitió que lo capturaran pero no debería haber ocurrido. La magia del cantar
debería haber estado a la altura de hombres como él. No lo comprendo. Algo va
mal.
Matty
no respondió, esperando.
—Ojalá
pudiera verle la cara —prosiguió Damson, dando un suspiro y devolviendo el odre
a su compañera—. La ha levantado una vez, sólo un instante, pero estaba
demasiado oscuro para ver con claridad. —Hizo un gesto de disgusto—.
Traficantes de esclavos... es imposible razonar con ellos.
—Razonar
no es algo que entiendan los hombres de su calaña. —Matty desplazó el peso de
su cuerpo—. Somos mujeres, y si les diéramos media oportunidad, nos cogerían,
abusarían de nosotras para su placer y nos rajarían el cuello. O si tuviéramos
muy mala suerte, nos venderían junto con el joven del valle. —Miró a la noche—.
¿Cuántos hombres has contado?
—Cinco.
Cuatro dentro y uno montando guardia. Están bebiendo y jugando a los dados y
peleándose. —Hizo una pausa esperanzada—. Cuando duerman, tal vez podamos pasar
por delante de ellos y liberar a Par.
—Eso
sería muy arriesgado en la oscuridad —respondió Matty, mirándola fijamente—. No
podríamos distinguirlos si tuviéramos que luchar con ellos. Y si el joven del
valle está encadenado a la pared, tardaríamos demasiado tiempo y haríamos
demasiado ruido para liberarlo. Además, son capaces de seguir así toda la
noche. No hay forma de saberlo.
—Podríamos
esperar un poco. Uno o dos días si es necesario. Tarde o temprano se nos
presentará una oportunidad.
—No
tenemos tiempo —replicó Matty haciendo un gesto negativo—. No sabemos cuánto
les queda para llegar a donde se dirigen. Podrían esperarlos otros hombres más
adelante. No, tenemos que hacerlo ahora. Esta noche.
—Esta
noche —repitió Damson. Esta vez le tocó a ella mirar fijamente—. ¿Cómo?
—¿Qué
crees tú? Si han descubierto la forma de capturar al joven del valle a pesar de
su magia, son demasiado peligrosos para bromear con ellos. —Matty parecía medir
sus palabras—. Si somos rápidas, estarán muertos antes de que se enteren de lo
que ha ocurrido. ¿Puedes hacerlo?
—¿Y
tú? —preguntó a su vez Damson respirando profundamente.
—Tú
sólo entra conmigo y mantente detrás de mí. Cúbreme la espalda. Recuerda
cuántos son y no pierdas la cuenta. Si caigo, sal de allí. —Se irguió—. ¿Estás
preparada?
—¿Ahora?
—Cuanto
antes empecemos, antes terminaremos.
—Sólo
tengo una navaja —respondió Damson haciendo un gesto de asentimiento,
sintiéndose distanciada de lo que ocurría, como si observara desde un lugar
privilegiado.
—Pues
entonces utiliza lo que tengas. Sólo recuerda lo que te he dicho.
La
chica alta dejó caer la capa y se agachó para recoger la espada delgada y
atársela a la espalda, llevándola como Morgan Leah la llevaba. Se ató a la
cintura una tira de cuchillos de lanzamiento y se metió en la bota un cuchillo
de hoja ancha. Damson la observó en silencio. Dos contra cinco, pensaba. Pero
no tenían otra alternativa. Esos hombres eran guerreros aguerridos, asesinos
que las matarían sin pensárselo dos veces. ¿Qué somos para ellos?, se preguntó
y decidió que era una pregunta estúpida.
Se
internaron en la noche, deslizándose como fantasmas a través de los prados;
Damson llevaba a Matty por el mismo camino que ella había recorrido antes,
observando cómo la luz de las lámparas de aceite colgadas en el interior de la
cabaña se hacía más intensa a medida que se acercaban. Las voces de los hombres
llegaron a sus oídos roncas y estentóreas para saludarlas. Damson ya no veía el
resplandor de la pipa en los escalones del porche, pero eso no significaba que
el centinela no estuviera allí. Se dirigieron al norte de la cabaña entre los
árboles y se acercaron por detrás, pegándose contra la tosca pared de tablas.
Dentro seguían apostando y bebiendo.
Se
asomaron por el lado sur de la cabaña para ver la parte delantera. No había
rastro del centinela. Con Matty ahora a la cabeza, llevando la espada
desenvainada, se acercaron con sigilo a la ventana y echaron un vistazo al
interior. La escena no había cambiado. El prisionero seguía envuelto en su
manta y tendido en el suelo del fondo de la cabaña. Cuatro de los hombres
seguían sentados a la mesa. Damson y Matty intercambiaron una rápida mirada, y
a continuación se dirigieron a la parte delantera. Al llegar a la esquina
echaron un vistazo al porche hundido.
El
centinela había desaparecido.
La
cara de Matty se ensombreció, pero siguió avanzando hacia la luz, esgrimiendo
la espada, en dirección a la puerta abierta. Damson la siguió, mirando a
derecha e izquierda, preguntándose dónde estaba.
Estaban
casi en la puerta cuando el centinela surgió de la oscuridad, de echar un
vistazo a los animales tal vez, murmurando algo para sí. No vio a las mujeres
hasta que estuvo en el porche, entonces lanzó un gruñido de sorpresa y llevó
una mano hacia sus armas. Matty fue más rápida. Se pasó la espada a la mano
izquierda y con la derecha desenvainó uno de sus cuchillos de lanzamiento y lo
arrojó contra el hombre. La hoja se hundió en su pecho, y cayó del porche con
un siseo de dolor.
A
continuación las dos jóvenes cruzaron la puerta y entraron en la cabaña, Matty
en primer lugar seguida por Damson. La habitación era pequeña y estaba atestada
y llena de humo, y parecían estar sobre los traficantes de esclavos. Damson vio
claramente sus caras, la capa de sudor, la cólera y la sorpresa en su mirada.
Los hombres se levantaron de un salto de la mesa, al tiempo que arrancaban las
armas de los cinturones y las fundas. Profirieron gritos y juramentos, volcaron
los vasos y tazas de latón, y la cerveza se derramó por el suelo. Matty mató al
hombre más próximo a ella y fue tras el siguiente. La mesa se volcó,
esparciendo por todas partes escombros. Uno de los hombres se volvió hacia el
prisionero, pero Matty estaba demasiado cerca para ser ignorada y blandió la
espada para hacerle frente. Cayó otro hombre manándole sangre de la garganta,
dando zarpazos al aire y finalmente rodando por el suelo. Los dos que quedaban
se abalanzaron sobre Matty Roh con espadas y cuchillos que brillaban siniestros
a la luz de la lámpara y la obligaron a retroceder hasta la pared. Damson se
apartó buscando una salida. Alguien la cogió por detrás, el quinto hombre que
goteaba sangre de la herida del pecho; se precipitó hacia la puerta y la
sujetó. Ella se retorció hasta que consiguió soltarse de él, resbaladizo a
causa de la sangre, luego lo empujó por la puerta escaleras abajo. Fuera, las
mulas rebuznaban y daban patadas a la cabaña aterrorizadas.
Matty
salió disparada y rajó al hombre que tenía ante sí, luchando por evitar ser
acorralada mientras llamaba a gritos a Damson. Una lámpara se hizo añicos,
desparramando aceite por todas partes, y las llamas se extendieron por el suelo
de la cabaña. Damson se subió a la espalda del hombre más próximo e intentó
arrancarle los ojos. El hombre gritó de dolor, dejó caer las armas y luchó con
sus manos desnudas para librarse de ella. La muchacha lo soltó, se refugió en
un lugar seguro y se llevó la mano al cuchillo. El hombre fue tras ella
frenético y sin prestar atención a nada más, pero tropezó y cayó en las llamas,
que prendieron en su ropa, y el hombre salió gritando a la noche.
El
último hombre se mantuvo en su sitio un instante más, luego corrió también
hacia la puerta. Las llamas habían alcanzado las paredes y avanzaban a través
de las vigas devorando hambrientas la madera seca. Damson y Matty corrieron
hasta el fondo de la cabaña donde el prisionero se hallaba de rodillas y tiraba
de la argolla que lo encadenaba a la pared. Matty lo arrojó al suelo sin decir
una palabra, sacó de su bota el gran cuchillo y golpeó y tiró de la pared la
argolla hasta que se soltó. Luego corrieron a toda velocidad hacia la puerta,
rodeados por las llamas, con el calor quemándoles el pelo y la piel. Estaban
casi fuera cuando el prisionero se zafó y, dándose media vuelta, se precipitó
de nuevo hacia el humo y el fuego arrastrando tras de sí las cadenas y buscó
entre los escombros del suelo hasta salir con la Espada de Shannara.
Hasta
que no estuvieron fuera, esforzándose para respirar y tosiendo por el humo y el
polvo mientras la cabaña ardía a sus espaldas, Damson no se dio cuenta de que
no era a Par Ohmsford a quien habían rescatado, sino a su hermano Coltar.
Se
detuvieron el tiempo justo para quitarle a Coltar las esposas y grilletes de
las muñecas y los tobillos, mirando ansiosas por encima del hombro a la noche
mientras lo hacían, y se alejaron a todo correr dejando atrás las ruinas
humeantes de la cabaña, el carro vacío y los cadáveres de los traficantes. Las
mulas hacía rato que habían huido, y con ellas los demás traficantes de
esclavos, y la tierra estaba desprovista de vida. El joven del valle y las
mujeres olían a fuego y a cenizas, tenían los ojos llorosos del humo, y estaban
salpicados de la sangre de los hombres que habían matado. Matty había recibido
algunos cortes ligeros, y Damson tenía la cara arañada, pero las dos,
afortunadamente, habían salido ilesas. Coltar Ohmsford caminaba como si le
hubieran partido las piernas.
De
nuevo al amparo de los árboles, donde habían dejado sus bártulos, se lavaron lo
mejor que pudieron, comieron y bebieron, e intentaron averiguar lo que había
ocurrido. Enseguida se enteraron de que Coltar llevaba consigo la otra mitad
del skree, la mitad que había robado a Par mientras estaba bajo la influencia
del sudario-espejo, y eso explicaba por qué Damson y Matty habían creído que
seguían a Par. No explicaba por qué el skree había brillado en dos direcciones
cuando Damson lo había utilizado en la Atalaya Meridional, aunque después de
oír explicar a Coltar lo que les había ocurrido, podía deducirse que la magia
de Par había afectado de alguna manera al medallón. La magia de Par parece
afectar a casi todo lo que toca, advirtió Coltar. Algo estaba afectando al
joven del valle gravemente, y si no lo encontraban pronto y reconstruían lo que
le estaba descomponiendo, lo perderían para siempre. Coltar no podía dar una
razón válida a Damson y a Matty, pero estaba convencido de ello. El despertar
de la magia de la Espada de Shannara le había revelado muchas verdades hasta
entonces ocultas, y ésa era una de ellas.
No
hubo ninguna discusión acerca de lo que debían hacer a partir de aquel momento.
Todos tenían el mismo objetivo, incluida Matty Roh. Recogieron los bártulos y
reemprendieron el camino hacia los prados del norte, hacia el Lago del Arco
Iris y los campos que se extendían al otro lado, hacia una confrontación con
los Espectros y Rimmer Dall. Morgan Leah estaría esperándolos allí, y juntos
intentarían otro rescate. Así, cuando llegara el momento de hacer frente al
enemigo, serían cuatro, sostenidos por sus talismanes y pequeñas magias, por su
coraje y determinación, y poca cosa más. Eran conscientes de que lo que se
proponían hacer era una locura, pero hacía tiempo que habían dejado a un lado
la cordura. Lo aceptaban de la misma manera que la llegada del nuevo día,
cuando los primeros y débiles rayos del Sol pintaban con pinceladas doradas el
horizonte oriental. Lo aceptaban de la misma forma que aceptaban los
disparatados rumbos que habían tomado sus vidas, que los habían llevado a una
misma encrucijada, a un destino común. Eran los hechos inevitables de la vida
que no podían alterar y estaban sin duda entre ellos, lo sabían.
Cada
uno, en el silencio de sus propios pensamientos, confiaba en que ese hecho
concreto e inevitable trajera consigo algo bueno.
Morgan
Leah apenas tuvo tiempo de gritar.
El
ataque fue tan rápido e inesperado que antes incluso de que pudiera pensar en
actuar, se encontró en el suelo, con la mano todavía cerrándole con fuerza la
boca y una forma envuelta en una capa negra moviéndose a su alrededor para
inmovilizarlo. Había soltado la espada, lo único que podía haberlo ayudado, y
estaba tan sorprendido que aunque una voz en su mente le gritaba que se
moviera, se quedó paralizado como un animalillo que cae en una trampa. Se le
cerró la garganta y dejó de respirar. Sabía que estaba muerto.
Una
enorme cara con bigotes se acercó mucho a la suya, preguntándose qué clase de
criatura podía ser, y los luminosos ojos amarillos de un gato del páramo se
clavaron en él.
—Tranquilo,
joven de las tierras altas —susurró a su oído una voz familiar y apaciguadora—.
No hay peligro. Soy yo.
La
mano le soltó y Morgan empezó a respirar de nuevo, con rapidez de forma
desacompasada. Sintió que le abandonaba la tensión y el frío nudo en el
estómago desaparecía.
—Calla.
Todavía están cerca —susurró la voz. Entonces la cara de gato desapareció y se
encontró mirando a Walker Boh.
13
Stresa
no fue al encuentro de Wren Elessedil hasta que casi amanecía. Las estrellas se
resistían a abandonar los aterciopelados cielos negros y el bosque estaba
sumido en sombras. Sólo una débil claridad al este, a través de los árboles,
revelaba la llegada del nuevo día. En cuanto lo vio aparecer, Wren se levantó,
inquieta y aliviada al mismo tiempo. Llevaba toda la noche esperándolo, aunque
podría haber tardado un día más llegar hasta ella. Su oído de elfa percibió sus
movimientos antes de que saliera de la oscuridad, y lo llamó.
—Stresa
—susurró—. Por aquí.
El
animal avanzó obediente, con las púas echadas hacia atrás contra su cuerpo
muscular, el morro levantado para olisquear el aire y los ojos brillantes como
velas.
—Te
veo bastante bien, reina elfa —murmuró el gatoespino acercándose a ella—. Y
también te oigo bastante bien.
Wren
sonrió al reconocer el sonido de su voz. No hacía ni tres días había creído que
no volvería a oírla. Su terrible experiencia con Tib Arne y Gloon le había
hecho valorar cosas a las que antes no concedía ninguna importancia. Era
extraño cómo el susurro de la muerte de pronto te permitía oír mejor. Se
preguntó cuántas veces tendría que oírlo para recordar la lección.
—¿Qué
has averiguado? —preguntó ella, agachándose para poder verle la cara.
—Una
entrada para ellos y una salida para nosotros. —Stresa resopló—. Pffff. Podemos
hacerlo. —Miró a su alrededor—. ¿Donde está el ssstttppp jacarino?
—Vigilando
el este, donde esperan los demás —respondió la joven señalando el lugar—. No
quería que nadie oyera lo que decíamos. Es curioso, ahora nos comunicamos mucho
mejor.
—No
es un gran cumplido. —Las púas del gatoespino se alzaron y volvieron a caer—.
El jacarino no tiene mucho que decir. Hssst. No te extiendas en tu
conversación, reina elfa.
—Entonces,
¿podemos hacerlo tú y yo?
—Esto
no es Morrowindl, y el Soto no es el pantano In Ju. Por supuesto que podemos.
Sppptt. —Escupió—. Debería habérseme ocurrido a mí.
Apenas
habían transcurrido tres días desde su huida de los Espectros, y Wren se
disponía a desafiarlos de nuevo. Había volado con Tiger Ty hasta el campamento,
donde los elfos de la avanzadilla la habían recibido con euforia y perplejidad,
pues la habían dado por perdida. Seguían acampados en la periferia de la
foresta de Drey, observando el incesante avance del ejército de la Federación,
siguiendo desde cubierto la marcha de los habitantes de las Tierras
Meridionales mientras esperaban a Barsimmon Oridio y el grueso del ejército
elfo. Desidio se mostró efusivo y confesó abiertamente que los elfos
necesitaban su liderazgo y que estaba a sus órdenes, diciendo más en ese solo
momento que en todo el tiempo transcurrido desde que habían dejado Arborlon.
Triss estaba furioso con ella y achacó su secuestro a su impulsividad,
advirtiéndola que no le permitiría que volviera a salir sin la Guardia
Especial, que en realidad no iba a salir con nadie salvo con él en persona.
Ella los saludó a ambos con un apretón de manos, asegurándoles que no volvería
a correr tales riesgos, aun a sabiendas de que iba a hacerlo.
En
su ausencia, la avanzadilla había estado ocupada. Desidio y Triss habían dejado
a un lado sus diferencias sobre la estrategia que debían seguir para continuar
lo que ella ya había comenzado con éxito y organizaron otro segundo asalto a la
Federación la misma noche que se la llevaron, prendiendo fuego a suministros y
carros, ahuyentando el ganado, hostigando a las tropas soñolientas, haciendo
todo lo que se les ocurrió para causar inquietud y confusión al enemigo e
impedirle avanzar. Con la muerte de Erring Rift, el mando de los jinetes alados
había pasado a Tiger Ty, ya que tenía más experiencia que ningún otro y era un
líder con quien se sentían cómodos. Tiger Ty, brusco y desagradable, pero
dispuesto a aceptar el desafío, había enviado a los jinetes alados a apoyar a
los elfos terrestres. El ejército de la Federación había estado más prevenido,
pero no lo suficiente para evitar daños importantes en las provisiones y el
ganado. Los elfos terrestres habían perdido esta vez más de una docena de
hombres, pero el gigante de la Federación había sido detenido una vez más,
obligado a detener la marcha el tiempo suficiente para permitir que sus
caballos se recuperaran, buscar comida y agua, y curar a los heridos.
Barsimmon
Oridio había llegado al Valle de Rhenn y empezó a descender para reunirse con
ellos. Habían llegado mensajeros del viejo general para anunciar que la ayuda
estaba en camino. Desidio y Triss habían enviado a los mensajeros de vuelta con
saludos de la reina, sin querer revelar que había desaparecido. Tampoco habían
estado dispuestos a conceder que había desaparecido para siempre, a pesar de lo
ocurrido a Erring Rift y a Grayl. Wren se alegró al enterarse de que habían
mantenido en secreto su desaparición.
Pero
ya había decidido que la avanzada debía hacer algo más que limitarse a esperar
a que Bar y el resto del ejército los alcanzaran. Había pensado en ello
mientras regresaba volando de las praderas, con el cuerpo agotado por la lucha
con Tib Arne y Gloon, pero con la mente penetrante y despejada. Sabía lo que
había que hacer, y debía hacerse sin tener en cuenta nada de lo ocurrido. Era
necesario detener a los Escaladores. Ya debían de estar acortando distancias
con respecto al ejército de la Federación, debían de haber salido de Tirfing,
cruzado el río Mermidón y adentrado en las praderas al este del Pykon. Los
alcanzarían en unos días y se unirían a sus aliados en su persecución de los
elfos. Cuando eso ocurriera, sería el fin. Los elfos no podían defenderse
contra los Escaladores, ni en número, ni en facultades, ni en fuerza, y esas
máquinas-espectros los perseguirían por los bosques de las Tierras Occidentales
hasta Arborlon y terminarían con ellos en un abrir y cerrar de ojos.
No
iba a permitir que eso ocurriera, se había prometido a sí misma, y había vuelto
a pensar en Morrowindl y las criaturas que la habían perseguido allí, y luego
en las criaturas que habían perseguido a los Ohmsford en todos esos años al
servicio de los druidas, hasta que, sorprendentemente, cuando menos lo
esperaba, había hallado la respuesta que necesitaba.
Pero
una vez más se iba poner en peligro, y una vez más tendría que recurrir a las
piedras élficas.
Aquella
misma noche expuso su plan a Tiger Ty, Triss y Desidio, y los tres se quedaron
horrorizados. Le suplicaron que renunciara, que pensara en otra cosa, que
probara otra táctica. Le imploraron que considerara lo que significaría para
los elfos volver a perderla, y esta vez para siempre. Pero ella les respondió
con la razón y los hechos desnudos, con su fuerza de voluntad y con argumentos,
y al final se vieron obligados a aceptar su decisión, aunque de mala gana.
Lograron arrancarle una concesión: Tiger Ty y Triss la acompañarían todo el
tiempo que fuera posible.
Eso había
sido dos días atrás. Había ido al sur ese mismo día con Triss, Tiger Ty,
cincuenta hombres de la Guardia Especial y media docena de jinetes alados. Los
rucs habían llevado a la Guardia Especial en las cestas gigantes, manteniéndose
pegados a los árboles y las montañas para no ser vistos desde los llanos, y
Wren había volado con Tiger Ty. Había mantenido a todos en sus puestos mientras
enviaba a Fauno a la foresta de Drey para localizar y traer a Stresa. Había
explicado al gatoespino lo que se proponía hacer, y como dependía tanto de él,
había esperado que se asegurara de que el plan podía funcionar. En cuanto hubo
recibido su conformidad, lo cogió en brazos y lo sujetó a lomos de Espíritu,
luego se colgó a Fauno a la espalda y partieron.
Desidio
y el resto de la avanzadilla habían sido enviados al norte para reunirse con
Barsimmon Oridio y esperar a que regresara.
Habían
transcurrido dos días. Habían viajado toda la noche para llegar allí y pasaron
el primero sin dormir, porque todos habían salido a explorar.
Wren
hizo un gesto de inquietud, mirando hacia los árboles oscurecidos, oliendo a
moho y al musgo de la corteza y a flores silvestres, y preguntándose cómo podía
ocurrir tanto en tan poco tiempo. Oyó a Stresa cambiar de postura inquieto
delante de ella y miró de nuevo atrás.
—¿Encontraste
a la Cosa? —le preguntó sin saber cómo llamarla.
—Hssttt.
—Stresa se reía—. Cosa no, Wren Elessedil. ¡Cosas! Por lo visto han habido
algunos cambios en trescientos años. Ahora hay más de una.
Tal
vez siempre las hubo y sólo habían visto una, pensó ella de pronto. Se levantó
contemplando la llegada del nuevo día. Ante ella, al este, esperaban los
jinetes alados y la Guardia Especial, y más lejos, en alguna parte en las
praderas, los Escaladores. A su espalda, al oeste, se extendía el Soto
Enmarañado.
Más
de una. Estupendo.
—Espérame
aquí, Stresa —ordenó, levantándose de nuevo, impaciente por empezar—. El valle
se abre en un cauce que los traerá derechos hasta aquí. No deberían tardar.
—Echaré
una siesta —dijo Stresa volviéndose y deslizándose de nuevo entre las sombras—.
Estoy cansado de tanto buscar. ¿Sabías que el Soto apesta? Pfffft. Vigila,
reina de los elfos.
Ella
lo dejó ir sin hacer ningún comentario, luego se internó en los árboles hacia
el este, abriéndose paso hacia la luz cada vez más brillante del día. El bosque
era poco espeso, y el surco que ella había descrito como un ancho cauce bajaba
del terreno más elevado donde los residuos y el viento habían derribado la
mayor parte del cobijo que ofrecían. Encontró a Fauno casi inmediatamente, y la
pequeña criatura se subió de un salto a su hombro y se quedó allí mientras ella
se deslizaba por entre los árboles. El plan funcionaría, se dijo Wren, y para
cerciorarse de ello, volvió a repasarlo mentalmente. La mecánica era muy
simple. Lo que importaba era su ejecución. Y dependía casi por completo de
ella.
Bajó
al valle por la ladera norte, donde las sombras eran más profundas a la luz
creciente, y miró hacia los llanos que se extendían al otro lado, donde una
neblina ocultaba lo que había en ellos. Habían reconocido el terreno
concienzudamente el día anterior. La Guardia Especial lo conocía lo
suficientemente bien para sacarle partido, y los jinetes alados habían
encontrado escondites en los árboles cerca del Soto Enmarañado. Juegos y más
juegos, pensó ella. Volvió a pensar en Morrowindl, donde había aprendido a
jugar al gato y al ratón con los Espectros, a poner en práctica todo lo que
Garth le había enseñado. Pensó cuán clarividentes habían sido sus padres al
dejarla al cuidado de Garth, sabiendo la clase de vida que le esperaba. Aun
ahora le resultaba extraño pensar en las cosas a las que había renunciado, pero
ya no le costaba tanto aceptarlo. La vida repartía responsabilidades conforme
lo exigían las necesidades y nunca era a partes iguales. La clave estaba en no
tener miedo al comprender que era así.
Fauno
maulló a su oído, y ella le acarició su cálida y peluda cara. Debemos cuidar
unos de otros, se dijo. Debemos sostenernos y amarnos, si queremos que la vida
tenga algún sentido. Pero, por desgracia, antes debemos hallar la forma de
liquidar a las criaturas que nos impiden hacerlo.
Encontró
a Triss y a la Guardia Especial escondidos entre un grupo de pinos y espesa
maleza en la cabecera del valle. El silencio y niebla se extendían sobre los
llanos, y la luz incipiente se difuminaba en el humo que se elevaba del suelo,
dándole el aspecto de nube. Había humedad en el aire y tenía un gusto acre,
como de cobre.
—No
hay más de un kilómetro y medio debajo de donde esperamos —dijo Triss en voz
baja, mirándola con serenidad. Tal como lo habría hecho Garth—. Los
exploradores los observan para que su llegada no nos coja por sorpresa. ¿Estás
lista, señora?
Ella
hizo un gesto de asentimiento, y se metió a Fauno en la mochila que había
traído para transportarlo. Fauno no la dejaría ir sola.
—Envía
a alguien a Tiger Ty y salgamos ya.
Enviaron
un mensajero, y el resto de la Guardia Especial, armada con arcos largos y
aljabas de flechas, salieron con sigilo de su escondite y se abrieron camino
hacia los llanos a través de la densa hierba y la maleza. Los llanos estaban
húmedos de rocío, pero las tierras de debajo eran duras como la roca. Avanzaron
despacio, con cautela, agachándose cuando los hombres que iban delante les
indicaban por señas que lo hicieran, atentos a los monstruos.
Los
oyeron antes de verlos, sus cuerpos pesadamente armados haciendo estremecer la
tierra, pero más sigilosos en sus movimientos de lo que había imaginado Wren.
Los exploradores que iban delante se quedaron atrás para informarlos de que los
Escaladores estaban más adelante y hacia el este, a no más de quinientos pasos
de distancia, que eran ocho en total y marchaban en columna de cuatro en fondo.
Iban acompañados de investigadores, con sus capas negras y la cabeza de lobo
para que no hubiera ninguna duda. Wren se sorprendió. No había visto nunca
investigadores. Pero su presencia no cambiaba nada, así que dio a Triss la
orden de desplegarse. Con sigilo, la Guardia Especial se alejó en la bruma,
abriéndose en abanico como fantasmas.
Ahora
sólo podían esperar. Los segundos pasaban con una lentitud desesperante.
Permanecieron a la escucha de los Escaladores y el repentino silencio que se
produjo en la tierra alrededor señalaba su llegada. Triss murmuró algo acerca
de la bruma. Miró a Wren, que le dedicó una sonrisa, y Triss desvió la mirada.
Incluso después de todo lo que habían pasado juntos, él guardaba las
distancias. Ella era la reina, después de todo. Debía distinguirse siempre de
los demás.
El
cielo seguía iluminándose y la niebla disipándose.
El
primer par de Escaladores se materializaron como fantasmas espectrales, enormes
y monstruosos, haciendo parecer pequeñas a su lado las figuras envueltas en
capas negras que los acompañaban. Wren contó rápidamente unos veinte
investigadores.
Buscó
en su túnica y sacó las piedras élficas. Éstas permanecieron en la palma
abierta de su mano, destellando como llamas de fuego azul. Para mi uso
exclusivo, pensó. Cerró el puño alrededor de ellas y esperó.
Cuando
tuvo justo delante a la segunda pareja de Escaladores, se levantó, alargó la
mano con las piedras élficas y, conjurando el poder que había dentro de ellas,
arrojó el fuego azul. Éste salió despedido a través de la débil luz y la
niebla, y se estrelló contra el monstruo más próximo. Los Escaladores saltaron
sobresaltados y uno de ellos cayó, entre llamas y humo. Los demás se
abalanzaron sobre ella, y al instante la Guardia Especial atacó. Una lluvia de
flechas cayó sobre los Escaladores y los Espectros, y se alzaron gritos de los
elfos. Se produjo un momento de confusión mientras los Escaladores y sus
servidores daban vueltas titubeantes, y a continuación contraatacaron avanzando
pesadamente, recorriendo las praderas en busca de sus asaltantes.
Pero
la Guardia Especial ya se había replegado hacia el bosque, lanzando flechas,
profiriendo juramentos y corriendo con todas sus fuerzas. Los Escaladores eran
unas criaturas enormes, pero muy veloces, y empezaron a acortar la distancia.
Wren los entretuvo arrojándoles el fuego azul de las piedras y retrocediendo al
hacerlo, con Triss a su lado. El Escalador que había caído estaba de nuevo en
pie, y los ocho se acercaban. Era lo que ella había esperado, con lo que había
contado, pero ahora que estaba ocurriendo, era aterrador. Mientras avanzaban
dando tumbos a través de la niebla, Wren volvió a ver al Wisteron de Morrowindl
reproducido ocho veces, y tuvo que contener el miedo que el recuerdo le
provocaba. Oía el roce de las garras y el tintineo de las pinzas y las
mandíbulas. Vio aparecer al oeste los árboles, guardó las piedras en el
bolsillo y echó a correr hacia ellos.
Entraron
en el valle antes que los Escaladores, sin molestarse en detenerse para ver si
los seguían porque los ruidos de la persecución eran inconfundibles. A medio
camino, Wren se volvió, sacó una vez más las piedras y levantó en la entrada un
muro de llamas azules. Oyó los gritos enfurecidos de los Escaladores, con un
ruido semejante al roce del metal oxidado, estridente e inhumano. Los
Escaladores cruzaron el muro con el cuerpo humeando y la armadura echando
vapor. Wren arrojó hacia ellos otra llamarada, poniéndose de puntillas del
impulso, sintiéndose tan fortalecida por la magia que creyó que podía flotar en
el aire. Llena de su poder, empezó a gritar desafiante.
—¡Basta!
—gritó Triss, tirando de ella—. ¡Corre!
Wren
echó fuego por los ojos ante la intrusión. Cerró el puño alrededor de las
piedras y se retorció con un grito ahogado soltándose de Triss. Pero hizo lo
que le pidió, y corrió con él hasta el cauce del otro lado, los árboles y las
frías sombras. Respiró como si nunca más fuera capaz de meter suficiente aire
en sus pulmones, sintiendo cómo la magia, impaciente y exigente, le recorría el
cuerpo pidiendo ser liberada, utilizada. ¡Tanto poder! Cerró con fuerza los
puños y siguió corriendo.
Cruzaron
el cauce hasta los árboles del otro lado, Wren, Triss y un puñado de soldados
de retaguardia, guiados por los cazadores elfos. Los Escaladores siguieron
avanzando y destrozando todo lo que encontraban a su paso, desde matorrales
hasta árboles enteros, y el ruido de la destrucción era aterrador. El plan
estaba funcionando, pensó Wren. Todo se desarrollaba según lo previsto. ¡Pero
los Escaladores eran demasiado rápidos!
En
un claro abierto más adelante, los jinetes alados los esperaban con sus cestas.
Los miembros de la Guardia Especial subieron a ellas, todos menos Triss, que
había insistido en quedarse con Wren. Los rucs emprendieron el vuelo y
desaparecieron por el oeste. Wren cruzó el claro, se internó en el bosque y
sacó una vez más las piedras élficas. Cuando los Escaladores aparecieron, una
maraña de metal dentado y miembros con púas abriéndose paso con furia a través
de la maleza, Wren arrojó una vez más el fuego sobre ellos, abrasando todo lo
que había en el claro y borrando todas las huellas de la huida de la Guardia
Especial, al tiempo que animaba a los monstruos a continuar.
A
continuación volvió a internarse en el bosque con Triss, y corrieron hacia la
oscuridad que se extendía ante ellos. Stresa apareció de pronto y se puso a la
cabeza. No dijo nada, ni siquiera miró atrás, moviéndose mucho más deprisa de
lo que su figura sólida parecía capaz al tiempo que los conducía a la oscuridad
que señalaba el límite oriental de la ciénaga llamada el Soto Enmarañado.
Wren
miró atrás una vez más para cerciorarse de que los Escaladores continuaban
siguiéndolos, y siguió corriendo. En unos momentos estaban dentro del Soto.
Venid a buscarme, venid a buscarme, repetía mentalmente una vez más, deseando
que así fuera. El plan que había concebido para destruir a los Escaladores era
sencillo. Atacarlos en los llanos con suficientes hombres para que creyeran que
se trataba de la vanguardia del ejército elfo o una parte significativa de
éste, atraerlos hasta el bosque y el Soto Enmarañado, meterlos por un camino
que Stresa había elegido y que ellos desconocían, y conducirlos a una trampa de
la que no pudieran escapar: una trampa donde su fuerza e ingenio resultaran
inútiles.
Como
tantas otras cosas, las respuestas del presente se hallaban ancladas en el
pasado, y en este caso en las canciones de Par Ohmsford y las leyendas de los
antepasados Shannara.
Guiada
por Stresa y con Triss a su lado, Wren condujo a los Espectros hasta el corazón
del pantano, sin permitirles saber que ya no perseguían a un ejército, sino
únicamente a una joven, un hombre y una criatura de otro mundo. Arrojó el fuego
de las piedras élficas sobre ellos y sobre la tierra por la que avanzaban
pesadamente, con los árboles cubiertos de lianas y musgo y las aguas fétidas y
verdes que los rodeaban. Lo utilizó para confundirlos y enfurecerlos, para
mantenerlos desconcertados y absortos en la persecución. En otro tiempo había
temido utilizar la magia élfica, pero hacía mucho de eso; quedaba tan lejos
como la vida que había conocido antes de su viaje a Morrowindl y el
descubrimiento de su herencia. Se había liberado de sus temores al aceptar su
derecho de nacimiento como reina de los elfos y al sacar a su gente de
Morrowindl. La magia era ahora una prolongación de ella misma, parte de la
confianza que su abuela había depositado en ella, y el fuego provenía de la
sangre de sus antepasados para protegerla de cualquier amenaza. Si era fuerte,
saldría ilesa.
Hacia
el mediodía el día se despejó. Comían y bebían cuando podían, la mayoría de las
veces haciendo un breve alto en su huida para escuchar y asegurarse de que los
seguían. El Soto era una espesa ciénaga de raíces enmarañadas, árboles cuyas
ramas caían como cadáveres, aguas estancadas y sin fondo, y arenas movedizas
que te engullirían en un instante. Stresa elegía con cautela el camino,
buscando la tierra firme, avanzando sin detenerse. En dos ocasiones los
Escaladores los alcanzaron inesperadamente, una en una maniobra de flanqueo que
casi los atrapó, y la segunda en una embestida tan rápida a través de los
árboles que escaparon por los pelos de ser pisoteados. El pantano no parecía
disuadirlos; los Escaladores lo cruzaban como si fuera terreno firme. Wren no
sabía si había caído o regresado alguno. Esperaba que no. Esperaba que todos
siguieran persiguiéndola. Estaban hechos para ese propósito y no otro, y rezó
para que su instinto los hiciera seguir cuando otras criaturas más razonables y
menos poderosas se hubieran vuelto atrás.
Justo
después del mediodía llegaron al lago.
A
medida que se acercaban a él, aminoraron el paso, cambiando de movimientos para
hacer el menor ruido posible. A sus espaldas, los ruidos ásperos e
inconscientes de sus perseguidores resonaron por el cavernoso bosque,
acercándose rápidamente. El lago era una enorme extensión de agua verde y
estancada, silenciosa como una tumba, que se prolongaba hasta perderse en una
neblina que colgaba como un sudario sobre él. La orilla se desvanecía en la
bruma a ambos lados. La más lejana quedaba completamente oculta. De los árboles
que lo rodeaban colgaban lianas y musgo en cortinas como de encaje verde, y las
raíces se entrecruzaban y retorcían por debajo de las aguas como serpientes.
Por todas partes reinaba el silencio; no había pájaros, ni insectos, ni peces,
ni siquiera el susurro de una brisa para perturbar la calma. Daba la sensación
de que el tiempo se había detenido, que la vida se había paralizado, que todo
aguardaba expectante.
Aquí
es donde terminará todo, pensó Wren, involuntariamente sin aliento.
Pero
no había tiempo para más contemplaciones. Los Escaladores se acercaban
arrastrándose por el pantano, derribando o aplastando todo lo que encontraban a
su paso. Stresa ya había girado hacia la derecha siguiendo la orilla hasta una
estrecha lengua compuesta de tierra y raíces que se adentraba en el centro del
gran lago. Wren y Triss corrieron detrás de él. Se internaron en el puente y
empezaron a acercarse al muro de niebla. Wren miró una vez hacia el cielo,
permitiéndoselo por primera vez desde que había empezado a correr. Pero estaba
vacío. Era demasiado pronto. Siguieron corriendo, pisando con ligereza el
suelo, sin hacer ruido, atentos por si oían a los Escaladores. Miró al otro
lado del lago en busca de las Cosas, pero no se veía nada aparte de la plana y
opaca superficie de las aguas heladas.
Estaban
casi envueltos en la niebla cuando los Escaladores salieron de los árboles y se
detuvieron tambaleantes, con sus cuerpos revestidos de hierro arrastrando
lianas y ramas, y humeando del calor. Arrasaron todo lo que estaba cerca de
ellos mientras se apiñaban a la orilla del lago. Los investigadores iban con
ellos y al ver a Wren salieron al instante tras ella.
—Por
allí —susurró Stresa de pronto, girando la cabeza hacia la izquierda.
Wren
miró y vio alzarse en las aguas lo que parecía ser un risco de roca crujiente y
cubierta de musgo y liquen, hasta que veías los dos chorros de vapor en un
extremo y caías en la cuenta de que se trataba de dos fosas nasales. Había dos
allí y otro más allá, casi perdido en la bruma. Las Cosas seguían allí, como en
tiempos de Wil Ohmsford, monstruos de las aguas profundas del Soto Enmarañado.
Stresa
se puso de nuevo en movimiento y ella se apresuró a seguirlo tratando de evitar
correr, de avanzar tan sigilosa como una nube al cruzar el cielo. No hagas nada
que los moleste, se dijo. Déjalos dormir un rato más. La bruma se alzaba
alrededor, pero no era lo suficientemente espesa para ocultarlos de las
criaturas que los perseguían. Los Escaladores también estaban en el puente,
mirando atrás apresuradamente.
¡Pero
sólo dos!
Se
detuvo en seco, susurrando a Stresa y a Triss que se detuvieran con ella. ¡Dos
no bastaban! ¡Necesitaba a todos! Se volvió y, sacando las piedras élficas,
alargó la mano.
—¡NO!
—oyó gritar a Stresa con voz áspera, siseando la palabra.
Pero
Wren arrojó el fuego, que voló por encima de las tranquilas aguas del lago
hasta estrellarse contra los Escaladores agazapados en la orilla, haciendo que
las llamas cayeran sobre ellos como flechas, quemándolos. Los Escaladores
retrocedieron tratando frenéticos de remover la tierra. Sintió que se agitaba
algo dentro del lago. ¡Todavía no! Los Escaladores de la costa se apiñaron y
sus servidores envueltos en capas negras trataron de calmarlos. Uno de los
investigadores desapareció gritando bajo un movimiento de garras de hierro.
Unas
ondas recorrieron las aguas verdes y semejantes a un espejo. Wren respiró
profundamente. Calma, calma.
Luego
volvió a atacar, el fuego élfico estalló contra los Escaladores y esta vez
todos se volvieron contra ella, cruzando el puente con gran estruendo en un
furioso ataque.
Hubo
movimiento en todas partes del lago, un lento desplazamiento en los riscos, una
reunión de formas oscuras. Wren lo vio con el rabillo del ojo mientras corría
detrás de Triss y Stresa, lo vio a ambos lados y luego delante y detrás de
ella, y comprendió el peligro que corría. Si las Cosas atacaban ahora, estaban
perdidos. Los monstruos del pantano, más antiguos que la prole de los Espectros
e implacables como el tiempo; contra ellos debían luchar los Escaladores.
Habían estado allí cuando Wil Ohmsford y Amberle Elessedil habían cruzado el
Soto hacía más de trescientos años en busca del fuego de sangre. Habían
devorado a dos de los cazadores elfos enviados para mantener a salvo al hombre
del valle y a los Elegidos. Y ella esperaba que ahora devoraran también a los
Escaladores.
Más
adelante había una isla, poco más de una extensión llana de tierra incrustada
de rocas y salpicada de maleza y de pequeños grupos de cipreses. El puente
conducía hasta ella y desaparecía al otro lado. Se levantaba solo en la bruma,
desprovisto de vida.
—¡Deprisa!
—oyó susurrar a Stresa.
Miró
atrás de nuevo y vio a los Escaladores, ocho en total, abriéndose paso por la
franja de tierra cubierta de raíces enmarañadas que se extendía a su espalda.
Los investigadores corrían detrás de ellos, algunos gritando, la mayoría
luchando para no ser aplastados. Los Escaladores habían perdido el control al
ver a su presa tan próxima, al ver que iban a tenerla en un momento. Se
acercaban deprisa, ajenos a los peligros que los rodeaban, seguros de su fuerza
y sus armaduras. La magia élfica podía arder, pero no destruir. Cazadores como
eran, sólo pensaban en cazar, jamás en esconderse o en volver atrás. Uno
resbaló y cayó al agua, y luchó por mantenerse a flote en las aguas estancadas
del pantano hasta que salió de ellas con esfuerzo.
Venid
a buscarme, susurraba Wren quedamente. Venid a ver lo que os tengo preparado.
Llegó
a la isla y se volvió una vez más con el fuego de las piedras élficas listo en
la mano. Se quedó helada al pensar que tal vez había esperado demasiado, porque
el Escalador más próximo estaba a menos de cincuenta pasos. Conjuró rápidamente
la magia y arrojó el fuego, no a los Escaladores, sino al agua que los rodeaba,
a las crestas con agujeros para respirar, a las Cosas.
El
lago estalló en géiseres que se elevaron cientos de metros en el aire, al
tiempo que unas figuras oscuras se alzaban hacia el cielo como ballenas
abriendo brecha. En el puente, los Escaladores aminoraron el paso, confundidos
por lo que ocurría, haciendo chasquear sus mandíbulas de hierro, arañando el
suelo con las garras. El lago hirvió y se arremolinó a su alrededor, y las
Cosas atacaron. Salieron del agua verde y estancada, de la oscuridad
insondable, y tiraron del puente a los Escaladores. Éstos se sacudieron y
agitaron los brazos, pero no lograron aferrarse a nada y desaparecieron
engullidos por las aguas. Los investigadores desaparecieron con ellos,
gritando. Todo ocurrió tan deprisa que terminó casi antes de que hubiera
empezado. En unos segundos el enorme lago reventó, la oscuridad se elevó, se
produjo una violenta sacudida de hierro y carne, y los Escaladores
desaparecieron.
Todos
menos uno, el que había permanecido más cerca de la isla. Ése se precipitó
hacia delante, cruzó con gran estrépito lo que quedaba del estrecho puente
haciendo temblar la tierra con la furia de su ataque. Wren desvió hacia él el
fuego, pero pasó entre las llamas como si no fueran más que hojas doradas y
escarlata. Un instante más tarde estaba en la isla, tan enorme que bloqueaba
todo el pantano de detrás, donde las últimas ondas desaparecían de la
superficie vacía. Triss gritó y se acercó de un salto a Wren con la espada
desenvainada para protegerla. Stresa gritaba frenético, y hasta Fauno había
sacado la cabeza de la mochila y chillaba asustado.
De
pronto salió de la bruma una forma oscura, más veloz que el pensamiento, y las
garras de Espíritu se clavaron en la cabeza del Escalador, lo hicieron
retroceder y lo apartó de un golpe. El Escalador se levantó con esfuerzo y se
soltó furioso. Entonces Espíritu pasó de largo, dio media vuelta y arremetió
contra el Escalador por segunda vez, haciéndolo retroceder aun más. Triss cogió
a Wren por la cintura, la cargó sobre su hombro y echó a correr de nuevo hacia
el puente. ¡No!, quería advertirle ella. ¡Las Cosas siguen allí afuera! Pero se
había quedado si aliento y sólo logró clavarle fútilmente las uñas. Fauno
corría delante con Stresa, todos ellos desplegados como ratones atados a una
cuerda.
En
las profundas sombras del lago volvió a haber movimiento.
Pero
Tiger Ty no había olvidado la misión que Wren le había encomendado y Espíritu
volvió por tercera vez, haciendo caso omiso del Escalador, y se dirigió al
puente. El gran ruc, que los había seguido desde que se habían internado en el
Soto, estaba preparado para llevarlos a un lugar seguro. Alargó las garras en
el paso elevado y permaneció allí el tiempo suficiente para que Triss entregara
a Wren a Tiger Ty y la siguiera, para que Fauno se colara detrás de él y Stresa
fuera subido a bordo. Entonces Espíritu volvió a elevarse, esquivando por muy
poco las fauces de los monstruos que se alzaban del pantano dando zarpazos al
aire vacío.
Se
elevaron despacio, y Wren se sujetó firmemente y miró abajo. El último de los
Escaladores se agazapaba en la isla, acorralado por todos lados por los
monstruos del pantano, moteado por las sombras como si se tratara de una
enfermedad. No podría escapar. Moriría en el pantano como los demás. Wren lo
miró fijamente y no sintió nada.
Espíritu
salió de la niebla y se dirigió hacia la luz del Sol más arriba, y la repentina
claridad hizo parpadear a Wren. El Soto Enmarañado y lo que permanecía oculto
dentro de la bruma y la oscuridad retrocedían a sus pies.
Como
Morrowindl, relegado al pasado...
Wren
volvió la cara hacia el Sol y no miró atrás.
14
Las
sombras del crepúsculo se alargaron hasta fundirse en la noche, y por encima de
la Atalaya Meridional el cielo se llenó de nubes que ocultaban las estrellas y
la Luna, y anunciaban aguaceros antes del amanecer. El calor del día aflojó,
las motas de polvo danzaban como hadas antes de asentarse de nuevo en la tierra
y el aire perdió parte de su espesor. Si había alguna brisa, cosa improbable,
procedía de las montañas de Runne. Sobre la tierra descendió el silencio, fino
como el raso y frágil como el cristal. La bruma se aferraba al suelo en forma
de largos zarcillos a través de los barrancos y los riscos, convirtiendo en un
vasto mar blanco los prados envenenados que rodeaban el alcázar de los
Espectros.
El
mar empezó a enfurecerse, convirtiéndose en espuma y arremolinándose.
Era
la hora de los fantasmas, de los fantasmas que navegaban por los mares como
barcos al viento. Era el momento de que las esperanzas, expectativas, temores y
dudas del día tomaran forma y se alzaran en busca de una voz con la que hablar,
en pos de la redención del credo recién descubierto. Era el momento de que la
razón cediera paso a lo que sólo la imaginación podía permitir. La hora de los
sueños.
Walker
Boh invocó el suyo y observó su llegada, rápida y segura, como un halcón
descendiendo en picado, y cuando llegó hasta él se estiró para recibirlo,
abandonó su cuerpo y, elevándose ligero como el aire, alzó el vuelo. Sin voz e
invisible como una aparición nocturna salió de los bosques que cubrían las
laderas de las montañas de Runne, pasando a toda velocidad por entre los
troncos oscuros y las ramas con hojas, a través del silencio y la oscuridad,
con la sombría certeza de la llegada de la muerte. Sigiloso como las heladas
invernales, salió a los destrozados y desiertos llanos del otro lado, y cruzó
la bruma en dirección al esperado obelisco negro. Avanzó a la manera de los
druidas, siguiendo las enseñanzas de Allanon, como un espíritu incorpóreo. Los
recuerdos lo perseguían, tanto los de Allanon como los del hombre que había
sido. Recordaba ambos a la vez y volvía a verse como el proscrito incrédulo que
se había resistido a permitir la transformación que la magia del druida había
causado inevitablemente. Y volvía a verse también como el fantasma del druida
que había puesto en marcha los acontecimientos que iban a culminar en esa
transformación al depositar en Brin Ohmsford la confianza que con el tiempo
hallaría en él su propósito. Era extraño ser más de uno y, sin embargo, al
mismo tiempo parecía normal. Nunca había estado en paz consigo mismo, y su
insatisfacción provenía en gran medida de la sensación de estar incompleto.
Ahora se sentía un ser completo, un hombre compuesto de muchos y formado a partir
de todos ellos. Todavía estaba aprendiendo a ser el personaje en que se había
convertido, a sentirse cómodo con lo que era, pero empezó sintiéndose completo
y pensó que al menos tenía eso.
La
tierra a sus pies estaba ennegrecida y pelada, desprovista de vida, consumida y
agostada, vacía y arrasada. Había sido obra de los Espectros, pero seguía sin
comprender la naturaleza de su veneno. Tal vez esa noche lo comprendiera,
pensó.
Más
adelante se levantaba la Atalaya Meridional, con su pináculo negro elevándose
por encima de él, su afilada aguja apuntando hacia el cielo. Había vida en su
interior. Sentía su pulso. La Atalaya estaba viva. Dentro de sus muros había
magia, la magia que la había creado y que ahora la sostenía y protegía. Esa
magia era poderosa, pero se resistía. Walker sentía sus esfuerzos para
liberarse. Permanecía agazapada como un animal enjaulado dentro de los muros de
piedra negra. Los Espectros salían y entraban, apenas visibles en la oscuridad,
montando guardia. La magia los rehuía.
Confundiéndose
con la bruma y con la noche, Walker Boh se acercó a los muros tan sigiloso como
ceniza flotando en el aire. Distraídos, los Espectros no advirtieron su
presencia. Llegó a las puertas del alcázar, pero se alejó rápidamente de ellas.
Estaban demasiado bien protegidas para aventurarse a cruzarlas, aun siendo un
espíritu. Esperó a que una de las oscuras criaturas entrara por una grieta en
la piedra y la siguió. Mientras lo hacía, sintió el peso de la torre cercándolo
como una criatura palpable. Se preparó para enfrentarse a la maldad que bramaba
en el aire con una mezcla de cólera terrible, odio y desesperación. ¿De dónde
venía?, se preguntó sorprendido.
Vaciló
al elegir el camino e impulsivamente siguió la magia hacia su fuente. Sólo un
momento, para echar un vistazo. La magia surgía de abajo, de las profundidades
de la tierra de debajo del alcázar, todo oscuridad y furia ciega. Se deslizó
por los pasillos de la fortaleza procurando no tocar las paredes, no tocar nada
con sustancia, porque aun en su forma de espíritu podía ser percibido. La
guardia era más poderosa allí que la de Uhl Bekl en Eldwist, más numerosa
incluso que las de los druidas en la Morada de los Reyes. La magia era
increíblemente potente, una gran fuerza aplastante capaz de destruir todo.
Todo
salvo las cadenas que la sujetaban y la obligaban a servir a los Espectros,
pensó Walker.
Bajó
una escalera de caracol que daba vueltas en la oscuridad, y por primera vez oyó
el ruido de algo que rechinaba y clamaba, el ruido de algo que trabajaba y
parecía un dragón encadenado. Sabía y olía a sudor, y se tensaba y levantaba
como los fuelles de una fragua... pero nada era tan simple. De allí, extraía la
vida. Allí era donde se originaba.
De
pronto llegó ante unos guardias que ni siquiera un espíritu podía pasar sin ser
visto, y tuvo que desviarse. Estaba cerca de lo que había sido atrapado en los
sótanos de la Atalaya Meridional, cerca de la fuente de la magia, del secreto
que los Espectros mantenían tan celosamente guardado. Pero no podía acercarse
más, por lo que seguiría manteniéndose el secreto.
Retrocedió
hasta la escalera, corriendo deprisa en la oscuridad, un pensamiento fugaz y
nada más. Dejó atrás a otros Espectros, aminoró el paso cuando uno o dos
pasaron por su lado, pero ninguno lo descubrió. Ahora iba en busca de Par,
sabiendo que el joven del valle estaba prisionero, impaciente por descubrir
dónde lo tenían y si seguía siendo él mismo. Porque tenía motivos para pensar
que podía no serlo. Tenía motivos para pensar que había sido trastocado y que
estaba perdido.
Walker
Boh se quedó petrificado al considerar esa posibilidad. Había indicios de que
eso estaba ocurriendo. Había empezado con el cambio de su magia, la
transformación de la magia del cantar en algo más de lo que había sido al
emprender el viaje al Cuerno del Infierno y al encuentro de Allanon. Había
continuado con la pérdida de la confianza en su empleo, la sensación de que por
alguna razón la magia se alejaba de él. Y terminaría aquí, en la fortaleza de
los Espectros, si Par abrazaba su causa, si aceptaba que era uno de ellos.
Como
lo era él, pensó Walker Boh sombrío.
Y
sin embargo no lo era.
Juegos
dentro de juegos. Conocía algunas de sus reglas, pero no todas.
Subió
las escaleras de la torre sin dejar de buscar al joven del valle, registrando
con rapidez y sigilo los oscuros pasillos y las estancias más oscuras. Recordó
que Par le había convencido de que fuera al Cuerno del Infierno para hablar con
el fantasma de Allanon. Recordó que Par había creído las palabras del druida.
La magia es un don. Los sueños son reales. Bueno, sí y no. Lo eran y no lo
eran. Como tantas cosas, la verdad estaba en un lugar intermedio.
Los
viejos recuerdos volvían a aflorar, y se veía a sí mismo como Allanon,
conduciendo a Cogline por los pasillos de Paranor cuando el Alcázar de los
Druidas seguía cerrado en las nieblas entre mundos, después de haberse
desvanecido por la magia en los confines de otro mundo. Sintió la mezcla de
temor y determinación que había experimentado Cogline, y en esas emociones
volvió a ver reflejada la lucha que él libraba en su interior. Cogline había
comprendido ese conflicto y había intentado enseñarle a equilibrar su peso.
Humano y druida, las partes que lo constituían se opondrían mutuamente, y las
exigencias y necesidades de cada una estarían en constante lucha. Nunca
cambiaría. Ése era el trato que había hecho consigo mismo al aceptar la
confianza que habían depositado en él. ¿Quién era él? ¿El último de los viejos
druidas o el primero de los nuevos? Ambos, pensó. Y pensó que así había sido en
el caso de Allanon, Bremen, Galáfilo y todos los demás.
Se
elevó mucho en la oscura torre, y de pronto sintió el leve susurro de una
presencia conocida. Salía sutil del pasillo que arrancaba de la escalera. Se
acercó a ella cauteloso, porque había una segunda presencia y ésta también le
resultaba familiar. Olió a Rimmer Dall, que era como oler un pantano enorme y
sin fondo. El líder de los Espectros llenó el aire con su oscura magia y su
olor, que era tóxico. Justo debajo y apenas reconocible estaba agazapada la
magia de Par, contenida y rabiosa.
Walker
se acercó a la puerta que estaba a sus espaldas, se detuvo fuera donde nadie
reparara en su presencia, y se agachó para escuchar.
—Te
ayudaría si no te asustara tanto la palabra —dijo Rimmer Dall en voz baja.
Espectro.
—El
nombre no cambiará lo que eres. Ni tampoco el nombre que te des a ti mismo. Tu
miedo a aceptar la verdad acerca de ti mismo es lo que te amenaza.
Espectro.
Par
Ohmsford oyó en su mente el susurro, una repetición incesante, que lo
atormentaba en las horas de vigilia y de sueño. Rimmer Dall tenía razón, no
podía escapar del miedo que le inspiraba, de su convicción cada vez más firme
de que era la misma criatura contra la que había luchado desde el comienzo, el
enemigo que el fantasma de Allanon había enviado a destruir a los descendientes
de Shannara.
Se
levantó de la cama y se acercó a la ventana para mirar la noche. El cielo
estaba encapotado y la tierra, velada por la niebla y silenciosa, era un patio
accidentado y oscuro donde jugaban los fantasmas de su mente. Se estaba
desintegrando, y lo sabía. Lo sentía. Sus pensamientos eran dispersos e
incoherentes, su razonamiento estaba plagado de barricadas y su concentración
era tan fragmentada que resultaba inútil. Empeoraba a ojos vista, y la
oscuridad a su alrededor lo llenaba como un recipiente que amenaza con
desbordarse. No parecía capaz de escapar de ello. Las noches eran invadidas por
sueños de confrontaciones contra sí mismo como Espectro, y los días eran
accidentados y tediosos, desprovistos de esperanza. La desesperación se había
apoderado de él, y se sumergía poco a poco en la locura.
Rimmer
Dall iba a verlo con frecuencia, para hablar con él y ofrecerle su ayuda. Sabía
lo mal que lo estaba pasando, le decía al joven del valle. Comprendía las
exigencias de la magia. En varias ocasiones le había dicho que debía
enfrentarse a quién era y lo que era, y tomar las medidas necesarias para
protegerse. Si no lo hacía, y pronto, estaría perdido.
La
figura envuelta en una capa negra se detuvo a su lado, y por un instante Par
deseó hallar consuelo en su oscura fuerza. La necesidad era tan imperiosa que
tuvo que morderse el labio para contenerse.
—Escúchame,
Par —lo apremiaba la voz susurrante, baja y persuasiva—. Esas criaturas del
Pozo de Tyrsis eran como tú antes. Tenían poder para utilizar la magia, no como
tú, porque su magia era de inferior categoría, pero como tú en el sentido de
que era auténtica. Renegaron de sí mismos. Tratamos de llegar a ellos, o a
cuantos pudimos encontrar. Los apremiamos a que admitieran que eran Espectros y
a aceptar la ayuda que les ofrecíamos, pero se negaron.
Apoyó
una mano ligeramente en el hombro de Par y éste se apartó. La mano no se movió.
—La
Federación los encontró a todos, uno tras otro, los llevó a Tyrsis y los dejó
en el Pozo, enjaulados como animales. Los destruyó. Atrapados en la oscuridad,
y desprovistos de esperanza y de razón, no tardaron en convertirse en víctimas.
La magia los consumió e hizo de ellos los monstruos que tú encontraste, y ahora
su existencia es terrible. Los Espectros podemos caminar entre ellos, porque
los comprendemos. Pero ellos nunca volverán a ser libres, y la Federación los
dejará allí hasta que mueran.
No,
pensó Par. No te creo.
Pero
no estaba seguro, como tampoco lo estaba de otras muchas cosas. Habían ocurrido
demasiadas cosas para estar seguro de algo. Sabía que estaba siendo devorado
por la magia, pero no sabía a quién pertenecía esa magia. Había decidido ganar
tiempo hasta averiguarlo, pero no hacía ningún progreso. Estaba tan prisionero
como las criaturas del Pozo, y aunque Rimmer Dall no cesaba de brindarle su
ayuda, no podía aceptarla.
Ante
sus ojos revoloteaban demonios, monstruos de ojos de lince que se burlaban,
reían y danzaban a su alrededor. Lo seguían a todas partes. Vivían dentro de él
como parásitos. La magia los protegía, les daba vida.
En
las profundidades de la Atalaya Meridional proseguían las vibraciones,
continuas e inexorables.
Se
apartó de la ventana y del hombre corpulento. Quería ocultar el rostro entre
las manos y echarse a llorar, o gritar. Pero se había hecho la promesa de
permanecer impasible y estaba decidido a cumplirla. Le habían ocurrido tantas
cosas, pensó. Y tantas de ellas le habría gustado que no hubieran ocurrido.
Algunas empezaban a desvanecerse en oscuros recuerdos perdidos en una bruma de
confusión, pero otras persistían como el gusto acre del metal en la lengua.
Parecía como si en su interior todo rodara como las nubes empujadas por el
viento, formándose y volviéndose a formar sin mostrar nada.
—Tienes
que dejar que te ayude —susurró Rimmer Dall, y en su voz había una urgencia que
Par no podía pasar por alto—. No permitas que esto ocurra, Par. Concédete una
oportunidad, por favor. Debes hacerlo. Has ido solo todo lo lejos que has
podido. La magia es una carga demasiado pesada y no puedes seguir llevándola tú
solo.
Volvió
a poner sus grandes manos en los hombros de Par, sujetándolo con firmeza,
llenándolo de fuerza.
Y
Par sintió cómo toda su resolución se derrumbaba en ese instante, cayendo como
fragmentos de cristal hecho añicos. Estaba tan cansado. Quería que alguien lo
ayudara, cualquiera. No podía continuar. Los demonios le susurraban insidiosos
y con los ojos brillantes de expectación. Los apartó con un ademán fútil y
ellos se limitaron a reír. Furioso, apretó los dientes. Sentía cómo dentro de
él se formaba la magia y con un esfuerzo la contuvo.
—Deja
que te ayude, Par —suplicó Rimmer Dall, sujetándolo—. No tardaré mucho.
¿Recuerdas? Deja que entre en ti el tiempo justo para ver por dónde amenaza la
magia. Déjame ayudarte a encontrar la protección que necesitas.
Basta
de Allanon. Basta de los druidas y sus advertencias. Se acabó. ¿Dónde están los
que prometieron ayudarme cuando los necesito? Todos desaparecidos, perdidos.
Hasta Coltar. Estoy tan cansado.
—Si
lo deseas, puedes entrar tú antes en mí —le dijo Rimmer Dall—. No es difícil.
Puedes salir de ti mismo fácilmente si lo intentas. Yo puedo enseñarte, Par.
Sólo mírame. Date la vuelta y mírame.
La
Espada de Shannara perdida. Wren y Walker y Morgan desaparecidos. ¿Dónde estaba
Damson? ¿Por qué siempre estoy solo?
Las
lágrimas le cegaban.
—Mírame,
Par.
Se
volvió despacio y empezó a levantar la vista.
Pero
en ese instante pasó entre ellos una sombra, tan veloz como la luz, llegó y se
fue en un abrir y cerrar de ojos, y tras su paso Par Ohmsford explotó con
violencia.
¡No!
Entre
ambos estalló un fuego generado por la fricción de su contacto, y se extendió
echando chispas hacia las sombras. Rimmer Dall se volvió, y la cólera frunció
su huesudo rostro. Las ropas negras que llevaba se hincharon y levantó una mano
enguantada en una llamarada roja. Todavía no muy seguro de lo que había
ocurrido, Par sofocó un grito y se echó hacia atrás, levantando rápidamente su
propia protección, sintiendo cómo el fuego azul de la magia del cantar surgía
para protegerlo. En un instante quedó revestido de luz, y esta vez fue Rimmer
Dall quien retrocedió.
Se
miraron en la penumbra; los fuegos de sus magias se concentraban en las puntas
de sus dedos, y los ojos de ambos reflejaban cólera y miedo.
—¡No
te acerques! —amenazó Par.
Rimmer
Dall permaneció inmóvil un instante más ante él, enorme, negro e implacable.
Luego cesó el fuego, bajó la mano enguantada y salió con paso airado de la
habitación sin decir una palabra.
Par
Ohmsford dejó que el fuego de su magia se apagara. Permaneció de pie mirando
las sombras que lo rodeaban, admirado de lo que había hecho.
A su
alrededor los demonios danzaban con aparente júbilo.
—¿Cuánto
tiempo va a seguir así? —preguntó por fin Matty Roh.
Morgan
Leah hizo un gesto negativo. Walker Boh no se había movido desde hacía más de
una hora. Estaba en una especie de trance, un sueño autoprovocado. Estaba
envuelto en su capa oscura con los ojos cerrados, y respiraba despacio y
silenciosamente. Les había pedido que montaran guardia hasta que regresara. No
les había dicho adónde iba. Y a decir verdad, no parecía haber ido a ningún
lado, pero Morgan se abstuvo de hacer preguntas al Tío Oscuro.
Estaban
reunidos en un grupo de piceas en lo alto del bosque que bordeaba los
acantilados de Runne, Morgan, Matty, Damson Rhee, Coltar Ohmsford y Walker Boh.
A unos pasos, los ojos de Rumor brillaban vigilantes en la oscuridad. Era una
noche cerrada y silenciosa, el cielo era un manto de nubes extendido de
horizonte a horizonte, y del bosque llegaba un viento del norte que refrescaba
el aire. Habían transcurrido cinco días desde que Walker había encontrado a
Morgan, salvándolo de los Espectros que lo habían acorralado. Había engañado a
las criaturas oscuras revistiendo a una de ellas con la imagen de Morgan y
dejando que las demás la hicieran pedazos. Tras destruir al intruso que
perseguían, los Espectros se sintieron satisfechos y regresaron a la Atalaya Meridional.
El día anterior habían aparecido el joven del valle y sus rescatadoras tras
cruzar el Lago del Arco Iris en una pequeña embarcación. Y Walker y Morgan
habían salido a su encuentro en la desembocadura del río Mermidón y los habían
llevado hasta allí.
—¿Qué
crees que está haciendo? —insistió Matty con tono ansioso e intranquilo.
—No
lo sé —respondió Morgan.
Se
inclinó hacia él para mirarlo de cerca, pero se echó rápidamente hacia atrás al
oír el gruñido de Rumor. Miró a Matty e hizo un gesto de resignación. Los otros
dos permanecían sentados en silencio, con la cara oculta en la oscuridad.
Habían descansado y comido más de lo que lo habían hecho en mucho tiempo, pero
todos estaban emocionalmente consumidos y físicamente agotados tras la larga
lucha para conservar la vida. Lo que les impulsaba a continuar era su común
determinación de encontrar a Par Ohmsford, y la sensación transmitida por
Walker Boh de que su viaje desde el Cuerno del Infierno estaba a punto de
terminar.
—Está
buscando a Par —dijo Damson de pronto, y su voz fue un débil susurro en el
silencio.
Así
era, por supuesto. Rastreaba el camino secundario mostrado por el skree hacia
la Atalaya Meridional para comprobar si el joven del valle estaba prisionero
allí. Coltar no había dudado ni un minuto de que su hermano estaba en manos de
los Espectros, como tampoco los demás a esas alturas. Pero Walker buscaba algo
más, según advirtió Morgan. Aún no quería hablar de ello, se lo había guardado
para sí. Walker sabía algo que no les había dicho, pero así actuaban los
druidas, y eso era Walker ahora, un druida. Morgan respiró profunda y
relajadamente mirando en la oscuridad. Curiosamente, Walker Boh se había
convertido en aquello que siempre había aborrecido. ¡Quién lo hubiera dicho!
Claro que todos procedían de mundos distintos, pensó filosóficamente. Todos habían
vivido vidas diferentes.
Miraba
a Walker cuando éste abrió los ojos, sobresaltándolo. Levantó la cara, de un
blanco fantasmal, dentro de la capucha de la capa, y su cuerpo delgado tembló.
—Está
vivo —susurró el Tío Oscuro volviendo en sí bajo la mirada de los demás—.
Rimmer Dall y los Espectros lo tienen prisionero.
Se
levantó indeciso y abrazándose como si tuviera frío. Los demás se levantaron
con él y se miraron vacilantes. Rumor salió de la oscuridad.
—¿Qué
has visto? —preguntó Coltar ansioso—. ¿Has tenido una visión?
Walker
Boh hizo un gesto negativo. Alargó distraído la mano para acariciar la cabeza
de Rumor cuando éste pegó el hocico contra él.
—No,
Coltar. He utilizado un truco de los druidas y he salido de mi cuerpo para
entrar en forma de espíritu en la torre de los Espectros. Para que no pudieran
detectar tan fácilmente mi presencia. He encontrado a Par encerrado en la
torre. Rimmer Dall estaba con él e intentaba persuadirlo de que lo dejara
hacerse con el control de la magia del cantar. Dice que Par es un Espectro como
él.
—Ya
se lo ha dicho antes —apuntó Damson en voz baja.
—Es
mentira —afirmó Coltar.
—Tal
vez no lo sea —repuso Walker Boh haciendo un gesto negativo—. Hay algo de
verdad en lo que dice. Puedo sentirlo en sus palabras. Pero la verdad aquí es
algo esquiva. Hay algo más detrás de lo que se dice. Par está confundido,
furioso y asustado. Está a punto de aceptar lo que le dice el primer
investigador. Está muy cerca de permitir que los demás se salgan con la suya.
—No
—susurró Damson con el rostro lívido.
—No,
desde luego. —Walker aspiró el aire de la noche y lo expulsó—. Pero es hora de
salir en su busca. Le están fallando las fuerzas. Me arriesgué a hacer una
pequeña intrusión para impedir que aceptara, y de momento no lo hará. Pero
tenemos que llegar hasta él enseguida. El secreto para destruir a los Espectros
está en Par. Siempre ha estado en él. Rimmer Dall ha olvidado todo en su
esfuerzo por ganárselo. Sabe que yo he vuelto, que Wren ha vuelto y que hemos
escapado de otros Espectros. Sabe que estamos cada vez más cerca. Los Espectros
están amenazados, pero él se ha concentrado exclusivamente en Par. Par es la
clave. Si logramos que deje de temer a la magia del cantar, tal vez tengamos
todas las piezas del rompecabezas. Allanon nos envió para encontrar los
talismanes y ya los tenemos. Nos pidió que trajéramos de vuelta a los elfos y a
Paranor, y también lo hemos hecho. Tenemos todo lo que se necesita para
derrotar a los Espectros; lo único que nos falta es averiguar cómo utilizarlo.
Y la respuesta está allí abajo.
Miró
hacia el valle, los árboles entre los que se alzaba el oscuro obelisco de la
Atalaya Meridional destacando contra el horizonte.
—La
Espada de Shannara liberará a Par —prometió Coltar, dando un paso adelante con
determinación—. Sé que lo hará.
—Hay
algo más —continuó Walker, sin dar muestras de haberlo oído—. En los sótanos
del alcázar los Espectros tienen algo encerrado, algo vivo, encadenado por la
magia y retenido contra su voluntad. No sé lo que es, pero presiento que es
poderoso y que debemos hallar el modo de liberarlo si queremos ganar esta
batalla. Sea lo que fuere, los Espectros lo protegen con sus vidas. Las
guarniciones que lo protegen son muy numerosas. —Volvió a mirarlos de nuevo—.
Los Espectros nacieron elfos y utilizan la magia elfa de los tiempos de las
hadas. De ella derivan toda su fuerza y su debilidad. Es posible que, en cierto
sentido, Par sea uno de ellos, porque tiene sangre elfa. No estoy seguro, pero
creo que aún no está decidido en qué se convertirá.
—Nunca
se volvería contra nosotros —susurró Damson, desviando la mirada.
—¿Qué
vamos a hacer, Walker? —preguntó Coltar en voz baja. Sostenía la Espada de
Shannara con ambas manos, y su cuadrado rostro estaba firme como un trozo de
granito.
—Lo
sacaremos de allí, joven del valle —respondió Walker—. Iremos a buscarlo ahora
mismo, antes de que sea demasiado tarde.
—Todos
no —dijo Morgan, mirando a las mujeres.
—Están
decididas a ir, joven de las tierras altas —replicó Walker mirándolo.
Morgan
no cedió. No quería que Damson y Matty bajaran a la guarida de los Espectros.
Todos los hombres poseían una clase u otra de magia para protegerse, pero ellas
no tenían nada. Le parecía un error.
—No
vas a dejarme atrás —se apresuró a replicar Damson, y vio que Matty le daba la
razón.
—Es
demasiado peligroso —repuso Morgan—. No podemos protegeros. Tenéis que quedaros
aquí.
Ellas
lo miraron furiosas, pero sostuvo su mirada. Por un momento, ninguno de los
tres habló, permanecieron frente a frente en la oscuridad, desafiándose a decir
algo más.
Por
fin Walker levantó una mano indicando a Damson y Matty que se acercaran a él, y
con el mismo ademán hizo retroceder a Morgan y a Coltar. Era más alto y
corpulento de lo que Morgan recordaba, como si hubiera crecido y engordado.
Daba la impresión de ser algo más que un hombre. Enorme e imponente, ocupó el
espacio que los separaba, y la noche a su alrededor de pronto se llenó de
expectación.
—No
puedo daros una magia con la que luchar —dijo en voz baja a las mujeres—, pero
sí una que os proteja del ataque de los Espectros. Ahora quedaos quietas. No os
mováis.
Alargó
la mano y abarcó el aire que lo rodeaba con un ademán. El aire se llenó de una
claridad que pareció esparcirse y caer como el polvo, desvaneciéndose en cuanto
se posaba en ellas. Subió la mano hacia un lado y la bajó hacia el otro,
cubriéndolas de luz de la cabeza a los pies, dejándolas momentáneamente
brillantes para a continuación vestirlas de negro.
—Si
estáis decididas a ir, esto os mantendrá a salvo —dijo.
Hizo
que todos se apiñaran de nuevo a su alrededor y los rodeó como a niños en el
abrazo de un padre. De pronto parecía cansado y perdido, pero también revestido
con una firme resolución.
—Cumpliremos
nuestro deber lo mejor que podamos —dijo—. Todo por lo que hemos luchado, todos
los caminos que hemos recorrido, todas las vidas que hemos dejado por el
camino, han sido para esto. Así me lo dijo Allanon tras el regreso de Paranor,
después de mi propia transformación, después de que Cogline diera su vida por
mí. Será el fin de los Espectros o nuestro fin. Nadie debe ser obligado a ir,
pero todos somos necesarios.
—Vamos
a ir todos —respondió Damson.
Los
demás, incluido Morgan Leah, hicieron un gesto de asentimiento.
—Entonces
somos cinco. —Walker esbozó una sonrisa—. Primero iremos a liberar a Par y a
devolverle el uso de su magia. Si lo conseguimos, bajaremos a los sótanos.
Saldremos ahora mismo para entrar en la Atalaya Meridional al amanecer. —Hizo
una pausa como si quisiera añadir algo—. Tened cuidado. No os alejéis de mí.
En
la oscuridad del bosquecillo, los cinco intercambiaron una mirada y expresaron
sin palabras su conformidad. Intentarían poner fin a lo que tantos habían
empezado hacía mucho, porque aunque no lo quisieran, eran los únicos que
quedaban para hacerlo.
Los
tres hombres, las dos mujeres y el gato del páramo salieron del bosque como
sombras silenciosas y bajaron la ladera de la montaña antes de que se hiciera
de día.
15
Dos
días después de la destrucción de los Escaladores en el Soto Enmarañado, los
elfos atacaron al ejército de la Federación en las llanuras de debajo del Valle
de Rhenn. Lo asaltaron justo antes del amanecer, cuando había poca luz y los
párpados del enemigo seguían pegados. Los cielos estaban encapotados después de
haber llovido toda la noche, el aire era frío y olía a humedad, el suelo estaba
empapado y resbaladizo, y una capa de niebla baja se extendía desde los bosques
de las Tierras Occidentales hacia el amanecer. Los prados tenían el aspecto de
un mundo fantasmagórico, las sombras se desplazaban dentro de la bruma, los
cielos negros y amenazadores comprimían la tierra, y los ruidos amortiguados y
poco nítidos tendían a sugerir cosas que no estaban realmente allí. Todo
adoptaba otro aspecto y otro tacto. Los elfos no podían haber escogido un
momento mejor.
Su
intención no había sido atacar, sino que habían planeado una defensa que
comenzaría en el Valle de Rhenn y se iría replegando, en función del desarrollo
de la batalla, hacia la ciudad de Arborlon. Pero Barsimmon Oridio había llegado
por fin el día anterior, y se había unido a Wren Elessedil y a su avanzadilla,
reuniendo por primera vez a todo el ejército elfo, y tras hacer un aparte la
reina elfa y el general con Desidio, Tiger Ty y un puñado de comandantes de
alto rango del ejército principal, decidieron que no tenía sentido esperar un
asalto de la Federación. La espera sólo favorecía a la Federación, ya que
tendría tiempo para enviar nuevos refuerzos, y la mejor defensa era una
ofensiva inesperada. La propuesta la había hecho Desidio, y Wren se sorprendió
al oírlo, y aun más que Bar la aceptara. Pero el viejo general, aunque
conservador y poco flexible por naturaleza, no era necio. Reconoció la
precariedad de su situación y fue lo bastante sagaz para comprender que
necesitaban compensar la superioridad en número de la Federación. Dirigido
debidamente, un ataque podía saldarse con éxito. Planeó la forma de llevarlo a
cabo, la comprobó personalmente sobre el terreno y al amanecer del día
siguiente la puso en marcha.
La
Federación aún estaba despertando, después de haber cruzado la mayor parte de
los llanos del sur para llegar a la cabecera del valle, y se proponía cubrir
los últimos kilómetros antes de que saliera el Sol y entrar en el valle al
mediodía. No podían acampar tranquilos en el Valle de Rhenn, pues sabían que
los elfos habían levantado allí sus defensas y estaban casi seguros de que los
esperarían. Una vez más, calcularon mal. Los elfos salieron con sigilo del
bosque cuando todavía estaba oscuro, colocaron a sus arqueros en tres filas a
lo largo del flanco de la Federación y los apoyaron con una docena de soldados
de a pie armados con lanzas y espadas cortas. Un segundo grupo de arqueros y
soldados de a pie y toda la caballería fueron llevados al este para organizar
un segundo frente al noreste del campamento de la Federación. Todo se hizo en
absoluto silencio, empleando las furtivas tácticas que habían perfeccionado en
Morrowindl, dividiendo el ejército en escuadras y patrullas que eran enviadas
por separado para que se reunieran en el lugar de ataque. Los elfos llevaban
diez años luchando juntos en condiciones tan desfavorables como éstas. Nada
podía detenerlos y no temían nada. Luchaban por su supervivencia y llevaban
tiempo haciéndolo.
Los
arqueros del flanco occidental atacaron primero, dejando caer una lluvia de
flechas en el campo que despertaba. Mientras los soldados de la Federación se
levantaban de un salto, y aferraban sus armaduras y armas alzando el grito de
guerra, los cazadores elfos avanzaban con las lanzas bajadas, pasando por entre
los arqueros y adentrándose en las filas del enemigo. Abriéndose paso por entre
la multitud, los arqueros abrieron un segundo frente. A esas alturas los
habitantes de las Tierras Meridionales, convencidos de que estaban rodeados,
intentaron defenderse por todos los frentes. La caballería elfa, una unidad
relativamente pequeña, salió de la bruma decidida a causar estragos en la
defensa todavía no organizada de la Federación y la dejó tambaleante. Los
llanos donde habían acampado los soldados de la Federación se convirtieron en
un mar de cuerpos forcejando.
Los
elfos prolongaron el ataque todo lo posible sin correr el riesgo de caer en una
trampa, y a continuación se replegaron en la bruma y la oscuridad. Barsimmon
Oridio dirigía personalmente el flanco occidental y Desidio, el nororiental. En
un promontorio en la cabecera del valle, Wren Elessedil, Triss y un grupo de la
Guardia Especial observaban a través de la cambiante niebla. Fauno estaba
sentado en el hombro de Wren, con los ojos muy abiertos y temblando. Stresa
exploraba por su cuenta los bosques al oeste del valle. Tiger Ty se hallaba con
los jinetes alados que esperaban como tropa de reserva.
El
ataque cesó en el momento previsto, y los elfos cambiaron sus posiciones,
aprovechando la oscuridad y la confusión, y se movieron rápidamente para
reagruparse. Llevaban casi dos semanas en el valle y los rastreadores habían
reconocido el terreno palmo a palmo. Callahorn podía pertenecer a la
Federación, pero los elfos conocían esa región mucho mejor que los soldados del
ejército de las Tierras Meridionales. El flanco occidental avanzó hacia el
frente y el nororiental se dirigió directamente hacia el este. A continuación
volvieron a atacar, esta vez colocando a los arqueros al frente y enviando a
los espadachines a la retaguardia. El ejército de la Federación se vio obligado
a retroceder, y los hombres se dispersaron y huyeron. El centro se mantenía
firme, pero los bordes estaban siendo sistemáticamente destruidos. Por todas
partes había hombres heridos y agonizantes, y en la cadena de mando del gigante
de las Tierras Meridionales había una gran confusión. Podría haber terminado
entonces, con la vanguardia del ejército de la Federación confundida y
replegándose por los llanos, si no fuera por una de esas peculiaridades de la
guerra que parece surgir siempre afectando el desenlace. En el momento más
encarnizado del ataque al frente oriental, el caballo de Desidio fue alcanzado
y se desplomó en medio de una maraña de cuerpos. Él se rompió un brazo y una
pierna, y quedó inmovilizado bajo el caballo. Mientras observaba impotente, los
defensores de la Federación que iban en cabeza, alentados por su caída, contraatacaron.
Los asaltados se abalanzaron sobre el comandante elfo herido, y los elfos
abandonaron su plan de batalla y corrieron a protegerlo. Lo liberaron del
caballo y lo pusieron en un lugar seguro, pero la mayor parte del frente se
había venido abajo.
Al
oír los gritos de victoria que llegaban de la derecha, la Federación se
reagrupó y contraatacó. Sin un segundo frente, el comandante elfo Barsimmon
Oridio se vio obligado a replegarse también o exponerse a ser aplastado. La
Federación se lanzó sobre él y, aunque seguía desorganizada, recuperó el
terreno perdido sólo por su superioridad numérica. Cuando parecía que Bar no
iba a lograr llegar al Valle de Rhenn sin tener que volver a luchar, Wren envió
a los jinetes alados, que descendieron de las nubes para aniquilar las primeras
filas de la Federación y entretenerlas el tiempo justo para que pudiera escapar
el resto de las fuerzas de Bar.
En
ese momento cesó el ataque y los dos ejércitos aprovecharon la situación para
reagruparse. Los elfos volvieron a atrincherarse en las laderas y en la
cabecera del Valle de Rhenn, y esperaron el avance de la Federación. Ésta por
su parte envió a la retaguardia a sus muertos y heridos, y empezó a reunir de
nuevo al grueso de sus hombres para emprender un ataque masivo. Su plan no era
complicado. Se proponían abalanzarse sobre los elfos y aplastarlos. No había
motivos para pensar que no pudieran lograrlo.
Wren
fue a ver a Desidio y lo encontró muy dolorido, con la pierna y el brazo
entablillados y vendados, y la cara gris ceniza. Estaba furioso por haber sido
herido, y pidió que lo llevaran de nuevo con sus soldados. Ella denegó su
petición y, alentada por las órdenes de Barsimmon Oridio, lo envió de vuelta a
Arborlon poniendo fin a su participación en la guerra.
Bar
se acercó a ella jadeante y le comunicó que un comandante llamado Ebben Cruenal
asumiría el cargo de Desidio. Wren se limitó a hacer un gesto de asentimiento.
Ambos sabían que nadie iba a poder sustituir a Desidio.
El
día mejoró, pero las nubes y la bruma persistían y seguía haciendo un calor
sofocante y muy húmedo. La mañana avanzaba hacia el mediodía, y los elfos
enviaron al este y el oeste a sus rastreadores para que comprobaran las
maniobras de los flancos, pero éstos no hallaron nada. Al parecer, la
Federación estaba convencida del éxito de un ataque frontal.
El
ataque comenzó poco después del mediodía con los tambores redoblando en la
bruma conforme avanzaba el ejército, oleada tras oleada de soldados vestidos de
negro y escarlata marchando al compás, con las lanzas y las espadas lanzando
destellos. Los arqueros guardaban los flancos y la caballería patrullaba en los
extremos para prevenirlos de ataques sorpresa. Pero los elfos no contaban con
suficientes hombres para arriesgarse a dividir sus fuerzas y se vieron
obligados a concentrarse en conservar el Valle de Rhenn. La Federación avanzaba
por el valle, ajena a lo que los esperaba, al encuentro de las armas elfas.
Los
elfos atacaron por todos los frentes. Atrincherados por tierra y a cubierto,
los arqueros barrieron las filas de la Federación hasta que los habitantes de
las Tierras Meridionales se vieron obligados a caminar por encima de los
cuerpos de sus propios hombres. Pero siguieron avanzando, abriéndose paso a
puñaladas, utilizando a sus propios arqueros para cubrir su avance. Wren
observaba junto a Bar y Triss desde la cabecera del valle, escuchando los
gritos de los hombres al luchar y el choque de sus armas y armaduras. Nunca
había experimentado nada parecido y contuvo su furia. Bar permaneció a su lado,
observando de forma desapasionada, dando órdenes a los mensajeros que habían
llevado consigo y cambiando impresiones con algunos de sus hombres y de vez en
cuando con Triss. Los elfos habían visto muchas luchas y librado muchas
batallas, así que eso no era nada nuevo para ellos. Pero para Wren era como
estar de pie en medio de una vorágine.
A
medida que transcurría la batalla, se sorprendió pensando en el sinsentido de
todo ello. La Federación se proponía acabar con los elfos porque creía que la
magia elfa estaba destruyendo las Cuatro Tierras. Pero si la magia elfa era, en
efecto, culpable, no había sido conjurada por los elfos a los que atacaban,
sino por renegados. Sin embargo, los elfos atacados eran responsables de
permitir que la magia fuera trastocada y de la existencia de los Espectros. Y
la Federación lo era de perpetuar esa equivocada caza de brujas que echaba la
culpa de todo a los elfos de las Tierras Occidentales. Los errores y las
contradicciones, los malentendidos y las falsas creencias se juntaban para
hacer posible esta locura. Allí no había sitio para la razón, pensó Wren disgustada.
Claro que en la guerra raras veces había un sitio para ella.
Los
elfos resistieron durante un tiempo y el ataque de la Federación se quedó en
punto muerto, pero poco a poco la presión de tantos sobre tan pocos empezó a
ser determinante, y los elfos tuvieron que retroceder, primero por las laderas
del valle y más tarde a través de éste. Cedieron terreno de mala gana, pero sin
cesar. El ataque los empujaba como hojas bajo una escoba. Bar envió la última
de sus tropas de reserva y se marchó para incorporarse a la lucha. Triss envió
por delante al grueso de la Guardia Especial para que tomara posiciones en las
lomas, varios cientos de metros más abajo de donde estaba con Wren. Las órdenes
que dio fueron simples. No debían batirse en retirada a menos que él lo
ordenara. La Guardia Especial aguantaría y daría la vida para proteger a la
reina.
Sobre
su cabeza, los jinetes alados utilizaban los rucs para transportar leños y
cantos, que dejaban caer en medio de las filas de la Federación. Causaron
estragos, pero los arqueros del enemigo habían herido a dos pájaros gigantes y
los demás se mantuvieron a cierta distancia. Por el sur surgieron de la bruma
nuevos refuerzos del ejército de las Tierras Meridionales. Eran tantos, pensó
Wren horrorizada. Demasiados para detenerlos.
Ella
había accedido a permanecer al margen de la lucha para reservar las piedras
élficas para cuando realmente fueran necesarias, ya fuera contra los
Escaladores y sus amos los Espectros o contra cualquier otra criatura que la
magia oscura pudiera hacer aparecer. Pero de momento nada de estas
características se había unido al ataque de la Federación. Ni siquiera los
investigadores envueltos en capas negras se habían dejado ver. Por lo visto no
se creían imprescindibles porque pensaban que el ejército regular podía
arreglárselas él solo. Y al parecer no les faltaba razón.
La
tarde se prolongaba con agonizante lentitud. El ejército de la Federación había
llegado ya a la parte baja del valle y avanzaban con paso firme a la cabecera.
Todos los esfuerzos de frenar su avance habían fracasado. Los elfos cedían
terreno, superados en número y desesperadamente cansados, luchando sólo con el
corazón la mayoría de las veces. Wren observaba la aproximación de las hordas
negras y escarlata y, cerrando la mano en torno a la bolsa que contenía las
piedras élficas, la levantó. Había confiado en no tener que utilizarlas, y no
estaba ni siquiera segura de si iba a poder hacerlo. Ahora no iba a destruir a
Escaladores, sino a hombres. No le parecía bien utilizar la magia contra seres
humanos. Le parecía cruel. La utilización de las piedras élficas la dejaba sin
fuerzas y sin voluntad; lo sabía de sus encuentros con los Espectros allí y en
Morrowindl. Además, su uso también la vaciaba de humanidad, amenazando cada vez
con disminuirla de tal modo que no pudiera volver a ser ella misma. Ése era el
efecto que tenía cualquier clase de asesinato, pero sería aun peor si se veía
obligada a matar a seres humanos.
—Guárdalas
—dijo en voz baja Triss, apareciendo de pronto a su lado—. No tienes por qué
utilizarlas.
Era
como si le hubiera leído el pensamiento, pero así sucedía entre ambos, así
había sucedido desde Morrowindl.
—No
puedo permitir que los elfos pierdan la batalla.
—Tampoco
podrás ayudarlos si dejas de ser tú misma. —Triss puso una mano sobre las de
ella—. Guárdalas. La noche se acerca y tal vez logremos resistir hasta
entonces.
No
mencionó qué ocurriría cuando amaneciera el nuevo día y el gigante de la
Federación volviera a atacarlos, pero ella sabía que no servía de nada pensar
en ello. Hizo lo que le había sugerido, y volvió a guardar las piedras élficas.
Abajo
la lucha se había recrudecido. En algunos lugares los soldados de la Federación
empezaban a romper las filas elfas.
—Voy
a enviar a la Guardia Especial para que los ayude. Espérame aquí —dijo Triss
alejándose. Encomendó a los miembros de la Guardia Especial presentes que la
protegieran y desapareció por la ladera.
Wren
permaneció de pie contemplando la carnicería. Se había quedado sola con Fauno y
ocho guardianes. Sola en una isla mientras a su alrededor el mar bramaba.
Odiaba lo que veía. Odiaba que estuviera ocurriendo. Si conseguía salir con
vida, dedicaría el resto de sus días a hacer renacer la tradición elfa de la
sanación y a traer a los sanadores de vuelta a las Cuatro Tierras, a las demás
Razas.
Fauno
se movió en su hombro y apretó el morro contra su mejilla.
—Tranquilo,
pequeño —lo tranquilizó Wren con voz suave—. No pasa nada.
El
valle estaba plagado de hombres que iban y venían por las laderas y la zanja, y
el ruido de la lucha se había vuelto más intenso con su avance. Wren miró el
cielo hacia el oeste, buscando la oscuridad que pondría fin a la batalla, pero
seguía estando demasiado lejos para infundir esperanzas. Los elfos no
resistirían hasta entonces. No sobrevivirían.
—Hemos
llegado tan lejos para sucumbir ahora —murmuró para sí, tan bajo que sólo la
oyó Fauno.
—No
es justo. No lo es... —respondió el jacarino.
De
pronto dio un alarido, y ella se volvió y vio una oleada de investigadores
envueltos en capas negras que habían salido de sus escondites detrás de los
árboles, donde las sombras y la bruma proyectaban la más profunda oscuridad.
Los investigadores se acercaron a ella rápidamente, con las armas brillando
siniestras a la débil luz y las insignias de la cabeza de lobo lanzando
destellos en sus pechos. Los miembros de la Guardia Especial se apresuraron a
defender a su reina y se abalanzaron sobre los asaltantes para detenerlos. Pero
los investigadores eran rápidos y crueles, y los redujeron tan pronto como los
alcanzaban. Se oyeron gritos de alarma, alaridos pidiendo ayuda a los de abajo,
pero se perdieron en el fragor de la batalla.
Wren
fue presa del pánico. Seis miembros de la Guardia Especial habían caído y los
dos últimos estaban a punto de hacerlo. Los investigadores debían de haber
despistado a los rastreadores adentrándose en lo más profundo del bosque para
llegar hasta ella. Estaba rodeada por tres lados y el círculo se cerraba. Una
vez la atraparan, no le cabía la más mínima duda sobre lo que ocurriría. Habían
sido burlados una vez, y no correrían el riesgo de que pudiera volver a
ocurrir.
Se
volvió decidida a emprender la huida, pero dio un traspié y cayó al suelo. Los
investigadores habían matado al último miembro de la Guardia Especial e iban a
buscarla. Estaba sola. Fauno bajó de su hombro, susurrando. Wren buscó en su
túnica la bolsa de las piedras élficas y, cerrando la mano en torno a ella, la
enfocó hacia los investigadores, pero tardó demasiado en hacerlo. Intentó
respirar, pero descubrió que se le había paralizado la garganta. Las espadas se
levantaban ante ella a medida que los investigadores se aproximaban. Retrocedió
con dificultad a través de la hierba mientras intentaba sacar las piedras de la
bolsa. ¡No! ¡No! No podía moverse con la suficiente rapidez. Estaba hecha de
mineral de hierro fundido puesto a enfriar. Estaba paralizada. Dentro de las
capuchas de los asaltantes más próximos brillaban unos ojos rojos. ¿Cómo habían
conseguido pasar? ¿Cómo era posible?
Arrancó
de un tirón los cordones de la bolsa e introdujo los dedos en ella. El primero
de los investigadores se acercó, pero ella lo apartó de una patada. Con la
bolsa en la mano, se levantó con esfuerzo y se enfrentó sin armar a los demás.
Gritó furiosa y, olvidando las piedras, cerró el puño en torno a la bolsa de
cuero. Luego se abalanzó contra el investigador más próximo, y desvió de su
garganta una espada alcanzándola en el brazo, rasgando la capucha y haciéndola
sangrar. Se volvió, dio una patada, y otro de sus asaltantes saltó por los
aires. Pero había demasiados, demasiados para hacerles frente ella sola.
Entonces
Fauno se incorporó de un salto a la lucha y se abalanzó con su diminuto cuerpo
sobre el asaltante más próximo, escupiendo y arañándolo con sus garras y
dientes. Los investigadores que iban detrás aminoraron el paso, no muy seguros
de a qué se enfrentaban, sorprendidos por la repentina reaparición del
jacarino. Wren volvió a tropezar hacia atrás y se levantó con esfuerzo.
¡Fauno!, quiso gritar, pero se le cerró la garganta en mitad del grito. El
investigador al que Fauno había atacado se arrancó furioso el pequeño cuerpo de
la cara y lo arrojó al suelo. ¡No!, gritó Wren, levantando la mano que sostenía
las piedras élficas. Fauno se estrelló contra el suelo rocoso y el investigador
lo aplastó con la bota. Se oyó el crujido de huesos al romperse seguido de un
aullido agudo.
Y
todo se hizo añicos en el interior de Wren Elessedil, un torbellino de cólera,
angustia y desesperación, y desde lo más profundo de su ser brotó la magia de
las piedras élficas. Estalló en su puño, desintegrando la bolsa de cuero,
colándose entre sus dedos como agua a través de la arena. Alcanzó al
investigador que estaba pisoteando a Fauno y lo redujo a cenizas. A
continuación se lanzó sobre los que trataban de alcanzarla y chocó con ellos.
Cayeron como figuras de papel cortadas y pegadas, luego los colgaron de cuerdas
en el aire y los abandonaron allí para soportar la fuerza y la violencia de un
huracán. Algunos pasaron de largo, alargando las manos buscando a tientas,
intentando alcanzarla. Otros consiguieron agarrarla e intentaron derribarla,
pero ella estaba por encima de su poder, de su percepción, de todo salvo de la
magia elfa que irradiaba de ella. Se había entregado a sus necesidades y nada
la detendría hasta que quedaran satisfechas. La magia cayó sobre los que la
sujetaban y los separó de ella dejando hilos sueltos en su ropa. Se volvió para
destruirlos y ardieron como hojas de otoño en las llamas de la magia.
Permaneció en silencio mientras luchaba contra ellos, olvidando todas las
palabras, con el rostro torcido convertido en una máscara de la muerte. La
batalla entre los elfos y la Federación se desvaneció en una bruma roja, y sólo
podía ver el terreno en que ella luchaba. Los investigadores se abalanzaban
sobre ella y morían en la feroz estela de la magia de las piedras élficas, y lo
único que ella conocía era el olor de sus cenizas.
De
pronto volvía a estar sola, mientras los últimos investigadores huían aterrados
hacia el bosque, con las ropas negras humeantes y hechas trizas. Ella formó el
fuego y lo arrojó tras ellos, y con él se fueron sus últimas fuerzas. Dejó caer
el brazo y el fuego se apagó. Cayó de rodillas. La hierba a su alrededor estaba
chamuscada y olía mal. Había montones de ceniza entre los cuerpos de los
miembros de la Guardia Especial. Oyó gritos en las laderas de abajo, donde
Triss y el resto de la Guardia Especial habían ocupado sus puestos para
enfrentarse a la Federación. No me toquéis, dijo ella en respuesta. No os
acerquéis a mí. Pero no estaba segura de si había pronunciado o no esas
palabras. Los gritos se hicieron más fuertes, resonando esta vez por todo el Valle
de Rhenn. Algo ocurría. Algo inesperado.
Se
levantó con esfuerzo y miró a través de la luz cada vez más débil y brumosa.
Hacia
el este, más allá de la parte baja del valle que se abría a los prados de
abajo, había aparecido un ejército de hombres. Llegaban en masa, blandiendo sus
armas y entonando sus gritos de guerra. La mayoría iban a pie, armados con
espadas y arcos. No se unieron a las fuerzas de la Federación como ella había
pensado, sino que atacaron a los habitantes de las Tierras Meridionales con una
furia y determinación incomparables, cayendo sobre ellos como una roca en suelo
húmedo. Los gritos que proferían llegaban hasta donde Wren estaba. ¡Proscritos!
¡Proscritos! Avanzaron a través de la locura como un viento frío a través de un
pantano. De pronto, por encima de las laderas del valle donde los elfos habían
luchado y muerto y se habían visto obligados a retroceder, llegaron, ola tras
ola, cuerpos enormes y con armadura que parecían esculpidos en roca. Eran los
trolls de las rocas, provistos de lanzas de casi tres metros, mazas, hachas y
grandes escudos revestidos de hierro, que entraban marchando en la oscuridad
hacia las filas de la Federación.
Unidos
como un solo cuerpo, los proscritos y los trolls de las rocas aniquilaron el
ejército de las Tierras Meridionales. Al principio los soldados de la
Federación aguantaron, todavía superando en número a sus asaltantes. Pero esta
nueva arremetida era excesiva para unos hombres que llevaban luchando desde el
amanecer. Los soldados de las Tierras Meridionales retrocedieron, despacio al
principio, luego más deprisa, y por fin se dieron media vuelta y echaron a
correr. Todo el Valle de Rhenn se vació de las tropas de las Tierras
Meridionales al fracasar el ataque de la Federación. Los elfos se unieron a la
persecución, y los ejércitos combinados de los proscritos, los trolls y los
elfos hicieron retroceder al gigante de la Federación hacia la bruma y la oscuridad
del sur, dejando una estela de muerte y destrucción, empapando de nuevo de
sangre la tierra.
Wren
se volvió hacia Fauno. Oyó que Triss la llamaba mientras subía con esfuerzo la
ladera situada a sus espaldas, y oyó también los ruidos de los miembros de la
Guardia Especial que lo acompañaban. No respondió. Guardó en el bolsillo de su
túnica las piedras élficas como si estuvieran infectadas de peste y las dejó
allí, sintiendo las manos todavía hormigueantes del fuego de la magia, la mente
llena de un extraño zumbido. Fauno estaba tumbado sin moverse entre los
montones de ceniza. Había sangre por todas partes. Se arrodilló junto al
jacarino y lo recogió del suelo con el cuerpo destrozado.
Seguía
acunando a la pequeña criatura cuando Triss y la Guardia Especial llegaron
hasta ella. No levantó la vista. En un sentido que no podría explicar, tuvo la
sensación de estar acunando a toda la nación elfa.
16
El
asalto de la Atalaya Meridional comenzó cuando faltaba menos de una hora para
que amaneciera.
Llegaron
allí sin sufrir ningún contratiempo. Las nubes seguían cubriendo el cielo,
dejando fuera la luz de la Luna y de las estrellas, envolviendo en un suave y
grueso manto de oscuridad la tierra. Bajo las nubes se elevaba del suelo una
neblina que se pegaba a los árboles, la maleza y la hierba como humo de leña.
Era una noche cerrada y silenciosa, vacía de ruidos y de movimiento, y nada se
movía en la tierra agostada y estéril que rodeaba el alcázar.
Walker
Boh iba a la cabeza del pequeño grupo, haciéndolos bajar de las elevadas
tierras hasta los llanos, conduciéndolos a través de la niebla y de las
sombras, utilizando su magia de druida para envolverlos en una capa de
silencio. Cruzaron como fantasmas la oscuridad, tan invisibles como el
pensamiento y tan veloces como el agua que corre. Aquella noche los Espectros
no estaban fuera, o al menos no por donde caminaban los cinco humanos y el gato
del páramo, y la tierra sólo les pertenecía a ellos. Walker pensaba en su plan.
No tendrían suficiente tiempo para llegar hasta Par, liberarlo de sus ataduras
y bajar al sótano. Necesitarían la Espada de Shannara para romper el extraño
dominio que la magia del cantar ejercía sobre él, y los Espectros caerían sobre
ellos en cuanto utilizaran la Espada. Pensaba en la manera de hacerlo.
Coltar
Ohmsford también pensaba. Tal vez estaba equivocado al creer que la Espada de
Shannara podía ayudar a su hermano. Podía ocurrir que la verdad que la Espada
intentaba revelar, lejos de liberar a Par, lo hiciera enloquecer. Porque si la
verdad era que Par era un Espectro, no servía de nada. Tal vez Allanon había
querido dar a la Espada otro propósito, uno que todavía no había descubierto,
pensó preocupado. Tal vez la enfermedad de Par era algo que la Espada no podía
sanar.
Un
paso atrás y hacia un lado, Morgan Leah pensaba que aun con todos los
talismanes que llevaban consigo y todas las magias que estaban en su poder, las
posibilidades de saldar con éxito esa empresa eran escasas. Si habían sido
escasas en Tyrsis cuando habían ido tras Padishar Cesta, ahora eran ridículas.
No le gustaba ese pensamiento pero no podía ignorarlo, un pequeño susurro en lo
más recóndito de su mente. Se preguntó si era posible que después de sobrevivir
en el Pozo, el Saliente, Eldwist y a todos los monstruos que los habían
habitado, podían terminar muriendo allí. Por alguna razón le parecía absurdo.
Ése era el final de su búsqueda, el fin de un viaje que los había despojado de
todo salvo de resolución para continuar. No estaba bien que terminara con la
muerte de todos. Pero sabía que era posible.
Damson
Rhee pensaba en su padre y en Par, y se preguntaba si había canjeado a uno por
otro al decidir que Par partiera solo en busca de Coltar cuando éste apareció
de forma inesperada entre los vivos. Se preguntó si su elección les costaría la
vida a ambos, y decidió que si debía pagar su decisión con la muerte, que lo
haría después de ver una vez más al joven del valle.
A su
lado Matty Roh se preguntaba cuán poderosa sería la magia que le había dado el
druida, si bastaría para resistir a las criaturas negras a las que iba a
enfrentarse, si le permitiría matarlas. Creía que sí. Tenía un aire de
invencibilidad y estaba donde quería estar. La vida le había estado conduciendo
a ese momento y ese lugar, y a la decisión de muchas cosas, y estaba impaciente
por ver qué le deparaba.
Afuera
en la oscuridad, caminando como una sombra esbelta y negra por la hierba húmeda
antes del amanecer, Rumor no pensaba en nada, ajeno a los temores y
racionalizaciones humanas, dejándose llevar por sus instintos y emocionado ante
la idea de ir de caza.
Cruzaron
la oscuridad y ante ellos apareció la oscura torre, pero no hicieron una pausa
para reflexionar, ni siquiera para mirarla, sino que siguieron avanzando
deprisa para llegar antes de que los temores y dudas pudieran paralizarlos. La
Atalaya Meridional se elevaba apenas visible en la niebla, como un oscuro muro
contra las nubes, con el aspecto de algo nacido de la oscuridad y que corre el
riesgo de morir en ella al llegar el amanecer. Se alzaba inmutable y fija, la
pesadilla más negra que el sueño jamás había conjurado, una criatura de tal
perversidad que su proximidad bastaba para envenenar el alma. Sentían su
oscuridad conforme se aproximaban, la extensión de su poder. Sentían cómo
respiraba, observaba, escuchaba. Percibían su vida.
Walker
los llevó hasta sus muros, donde la superficie de obsidiana se elevaba lisa y
negra de la tierra, y apoyó las manos en la piedra. Palpitaba como un ser vivo,
cálido y húmedo, y tirando hacia arriba como si tratara de liberarse. Pero
¿cómo era posible? El Tío Oscuro volvió a reflexionar sobre la naturaleza de la
torre, luego empezó a andar por sus muros, impaciente por hallar la forma de
entrar. Extendió los zarcillos de su magia para localizar a los oscuros
habitantes de la torre, pero todos estaban ocupados dentro y aún no habían
advertido su presencia. Se retiró rápidamente porque no deseaba alertarlos, y
siguió avanzando con cautela.
Llegaron
a un nicho arqueado que protegía una amplia cuña de piedra que era una puerta.
Walker examinó la entrada, palpando los bordes y recorriendo las junturas.
Podía abrirlo, hacer saltar las cerraduras y abrir el portal. Pero ¿no los
delataría demasiado pronto? Miró atrás a los demás, las dos mujeres, el joven
de las tierras altas, el joven del valle y el gato del páramo. Necesitaban
llegar hasta Par sin ser descubiertos. Necesitaban ganar por lo menos ese
tiempo antes de empezar a luchar. Se acercó a ellos.
—Mantenedme
erguido. No me soltéis ni os mováis de aquí.
Luego
cerró los ojos y salió de sí mismo para entrar en forma de espíritu en el
alcázar.
Dentro
de los oscuros confines de su celda Par Ohmsford estaba sentado en su camastro,
tratando de no desintegrarse. Estaba desesperado, y creía que un día más dentro
de la torre señalaría su final, creía que otro día preguntándose si la magia le
estaba cambiando de forma irreparable lo trastornaría por completo. La magia
trabajaba ahora dentro de él de forma continuada, bajando a través de sus
miembros, hirviendo en su sangre, mordisqueando y arañándole la piel como un
picor que no concede ni un momento de sosiego. Detestaba lo que le estaba
ocurriendo. Odiaba lo que era. Odiaba a Rimmer Dall, a los Espectros, la
Atalaya Meridional y el agujero negro en el que había sido condenado a vivir.
La esperanza ya no significaba nada para él. Había dejado de creer que la magia
era un don, que el fantasma de Allanon la había enviado al mundo con un
importante fin, que entre el bien y el mal había líneas divisorias, y que él
iba a salir con vida de todo eso.
Rodeó
las rodillas con los brazos y rompió a llorar. Estaba angustiado y desesperado.
Nunca saldría de ese lugar. Nunca volvería a ver a Coltar, ni a Damson, ni a
ninguno de los demás... si es que alguno seguía con vida. Miró a través de los
barrotes de su estrecha ventana y pensó que tal vez el mundo más allá se había
convertido ya en la pesadilla que Allanon le había mostrado hacía tiempo. Pensó
en que tal vez siempre había sido así y sólo su percepción equivocada de las
cosas le había hecho creer que era de otro modo.
Trató
de no dormirse. Ya no se atrevía a hacerlo porque no podía soportar los sueños
que el sueño le traía. Sentía que empezaba a aceptar los sueños como un hecho,
a creer que debía ser cierto que era un Espectro. Su percepción de las cosas
era fragmentaria cuando estaba despierto, y no podía evitar tener la sensación
de que ya no era él mismo. Rimmer Dall era una oscura figura que prometía
ayudarlo y ofrecía algo más. Rimmer Dall era el riesgo que no se atrevía a
correr... y que al final tendría que aceptar.
No.
Eso nunca.
Junto
a la puerta de su celda cerrada y atrancada pasó una corriente de aire. La
percibió antes de verla, luego entrevió unas sombras cruzando la oscuridad.
Parpadeó, creyendo que era otro de sus demonios que se acercaba a atormentarlo,
otro vestigio de la locura que se apoderaba de él. Apartó el aire de delante de
sus ojos como si pudiera aclarar su visión y ver mejor lo que sabía que no
estaba allí. Casi se echó a reír cuando oyó la voz.
Par.
Escúchame.
Hizo
un gesto negativo. ¿Por qué iba a hacerlo?
¡Par
Ohmsford!
Era
una voz áspera y crispada de cólera. Par levantó la cabeza de repente.
Escúchame.
Escucha mi voz. ¿Quién soy? Di mi nombre.
Par
miró fijamente la negrura que tenía ante sí, pensando que se había vuelto loco.
La voz que escuchaba era la de Walker Boh.
¡Di
cómo me llamo!
—Walker
—respondió con apenas un hilo de voz el joven del valle.
La
palabra fue como una chispa en la oscuridad de su desesperación, y se irguió de
golpe ante su brillante resplandor, dejando caer las piernas de nuevo en el
suelo y los brazos a los costados. Miró fijamente a la oscuridad con
incredulidad, oyendo cómo los demonios chillaban y se dispersaban.
Escúchame,
Par. Hemos venido a rescatarte. Hemos venido a sacarte de aquí. Están conmigo
Coltar, Morgan y Damson Rhee.
—No.
—Par no pudo evitarlo. Pronunció la palabra antes de pensarlo mejor. Pero era
lo que creía. No podía ser. Había esperado tanto ese momento. Había esperado, y
la espera había sido infructuosa.
La
corriente de aire se acercó a él y notó una presencia que no podía ver. Walker
Boh. ¿Cómo había llegado hasta él? ¿Cómo podía estar allí y no ser visible?
¿Acaso se había convertido en...?
Así
es. Hice lo que me pidieron, Par. He recuperado Paranor y me he convertido en
el primero de los nuevos druidas. He hecho lo que Allanon me pidió y he llevado
a término la misión que me encomendó.
Par
se levantó respirando agitadamente, alargando las manos hacia la nada.
Escucha.
Debes venir conmigo a donde están los demás. No podemos llegar hasta aquí.
Debes utilizar la magia del cantar, Par. Utilízala para atravesar la puerta que
te tiene prisionero. Atraviésala y ven abajo con nosotros.
Par
hizo un gesto negativo. ¿Utilizar la magia del cantar? ¿Precisamente ahora,
después de tener tanto cuidado para evitar utilizarla? No, no podía. Si lo
hacía estaría perdido. La magia liberada lo arrollaría y lo convertiría en la
misma criatura que había evitado ser.
Debes
hacerlo, Par. Utiliza la magia.
—No.
—La palabra fue un áspero susurro en el silencio.
Si
no lo haces, no podremos llegar hasta ti. Utiliza la magia, Par. Debes
utilizarla si quieres salir de tu prisión, que has construido tú solo, así como
de la celda en la que los Espectros te han encerrado. Hazlo ya, Par.
Pero
Par había decidido que se trataba de otro truco, otro juego de su propia magia
o de la de los Espectros, conjurar voces del pasado para atormentarlo. Oyó que
los demonios volvían a reírse. Volviéndose, se tapó los oídos con las manos e
hizo un violento gesto negativo. Walker Boh no estaba allí. No había nadie.
Estaba tan solo como lo había estado desde que lo habían llevado al alcázar.
Era estúpido pensar lo contrario. Era otra faceta de su creciente locura, una
superficie brillante y pulida en la que se reflejaba lo que había soñado que
podría ocurrir y que nunca ocurría.
—No
lo haré. No puedo. —Habló entre dientes, siseando las palabras como si le
resultaran odiosas. Dio la espalda a lo que percibía como una fuente de falsa
esperanza, la voz que no era, y se adentró en las sombras más profundas para
refugiarse en la oscuridad.
Pero
volvió a oír la voz de Walker Boh, firme y persuasiva.
Par.
En una ocasión me dijiste que la magia era un don, que te la habían concedido
por alguna razón, que había sido creada para ser utilizada. Me dijiste que
debía creer en los sueños que nos habían mostrado. ¿Lo has olvidado?
Par
miró fijamente la oscuridad que tenía ante sí recordando. Había dicho tales
cosas al conocer a Walker en la Chimenea de Piedra, hacía muchas semanas,
cuando Walker se había negado a acompañarlo al Cuerno del Infierno. Ten fe, le
había dicho al Tío Oscuro. Cree.
Utiliza
tu magia, Par. Sal de aquí.
Se
volvió y la chispa volvió a verse en la oscuridad de su impotencia, de su
desesperación. Quería volver a creer, como había pedido a su tío que creyera.
¿Se había olvidado de cómo hacerlo? Empezó a cruzar la habitación,
reafirmándose en su determinación conforme lo hacía. Quería creer. ¿Por qué no
lo hacía? ¿Por qué no lo intentaba? ¿Por qué no hacía algo, lo que fuera,
cualquier cosa menos rendirse? Vio cómo la puerta se acercaba a él en la
oscuridad, elevándose como una barrera que no podía atravesar. A menos... a
menos que utilizara la magia. ¿Por qué no? ¿Qué otra alternativa tenía?
De
pronto Walker Boh estaba a su lado, tan cerca como para sentir su presencia
aunque no estuviera allí en realidad. Walker Boh, que había superado su propia
desesperación, su falta de fe, para aceptar el encargo de Allanon. Sí, Paranor
y los druidas habían regresado. Sí, había encontrado la Espada de Shannara. Y
sí, Wren había encontrado también a los elfos... debía de haberlo hecho, lo
había hecho.
Utiliza
la magia, Par.
Esta
vez no oyó la admonición. La atravesó como si no estuviera allí, y el único
ruido que se oyó fue su respiración agitada al acercarse a la puerta. Dentro de
él algo cedió. No voy a morir aquí, pensaba. No.
De
pronto la magia prendió fuego en la punta de sus dedos y lo arrojó hacia la
puerta, que se soltó de las bisagras como sorprendida por un viento huracanado.
La puerta voló por el pasillo y se hizo añicos contra la pared del fondo. En un
instante, Par cruzó el hueco y recorrió el pasillo en dirección a las
escaleras, oyendo de nuevo la voz de Walker Boh, siguiendo las indicaciones y
exhortaciones que éste le daba, pero sintiendo únicamente en su interior el
fuego de la magia al estrellarse contra sus huesos, liberada de nuevo y
decidida a permanecer así. Y a él no le importaba. Le gustaba darle rienda
suelta. Deseaba que lo consumiera, que consumiera todo lo que tenía a su
alcance. Si ésa era la locura que le habían anunciado, deseaba ansiosamente
aceptarla.
Bajó
corriendo las escaleras, dejando tras de sí una estela de fuego, luchando por
controlar el aumento del poder de la magia en su interior. Unas formas oscuras
salieron a su encuentro, y las redujo a cenizas. ¿Espectros u otras criaturas?
No lo sabía. La torre había despertado en la oscuridad previa al amanecer, y
sus habitantes se levantaban respondiendo a la presencia de la magia, sabiendo
que estaban siendo invadidos, corriendo a localizar el origen de la intrusión.
Las llamas se extendían hacia él por arriba y por abajo, pero las sentía mucho
antes de que lo alcanzaran y las desviaba sin ningún esfuerzo. En su interior
se estaba formando un oscuro núcleo, una peligrosa mezcla de despreocupada
indiferencia y placer nacido del uso de la magia, y la llegada de ésta parecía
causar la desaparición de la preocupación y la cautela. Se estaba despojando de
su humanidad. Tenía la sensación de poder hacer lo que se le antojara; la magia
le otorgaba ese privilegio.
Walker
Boh le gritaba algo, pero él ya no lo oía. Ni le importaba. Siguió bajando,
avanzando con paso firme, destruyendo todo lo que se interponía en su camino.
Envió por delante el fuego de la magia del cantar y lo siguió alegremente.
Walker
Boh despertó bruscamente, sacudió el cuerpo y se soltó de un tirón. Sus
compañeros se apresuraron a dar un paso atrás.
—¡Viene!
—exclamó abriendo los ojos de golpe—. ¡Pero se está perdiendo en la magia!
No
tuvieron que preguntarle de quién hablaba.
—¿Qué
quieres decir? —Coltar seguía cogiéndolo de la capa y tiró de ella con
violencia.
—Ha
utilizado la magia, pero ha perdido su control. —Los ojos de Walker eran duros
como la piedra cuando se encontraron con los del joven del valle—. La está
utilizando contra todo. ¡Ahora retírate!
Les
dio la espalda, puso las manos en la puerta de piedra y empujó. En las palmas
de sus manos brilló una luz y de la punta de sus dedos salieron rayos que se
colaron por las grietas de la enorme puerta, atravesándolas rápidamente. Los
cerrojos saltaron y las barras de hierro se desprendieron. El sigilo y la
cautela habían quedado atrás. Las puertas temblaron y cedieron con un ruido
metálico.
Una
vez dentro, se internaron en una negrura aun más profunda que la noche,
sintiendo frío y humedad, inspirando el polvo y el aire viciado por las fosas
de la nariz. Lo que estaba esperándolos no eran trastos abandonados, sino una
terrible fetidez que hablaba de algo atrapado y moribundo. Se atragantaron, y
Walker arrojó luz hacia las oscuras esquinas de la estancia en que se hallaban.
Había una enorme entrada a una serie de pasillos que pasaban por debajo de una
pasarela muy alta. Al otro lado de un arco había un patio vacío.
De
la lejana oscuridad les llegaron gritos y olor a quemado, y vieron el
resplandor blanco de la magia de Par.
Rumor
se adelantó, bajó trotando a la entrada y cruzó la arcada hasta el patio.
Walker y sus acompañantes lo siguieron con expresión sombría y sin voz. Los
Espectros se movían en los bordes del torbellino de luz y ruido, pero ninguno
atacó. Cruzaron agachados el patio con cautela, mirando a izquierda y derecha.
Los Espectros estaban allí, en algún lugar próximo. Llegaron al otro lado del
patio guiándose por los ruidos y los destellos del interior, y entraron en un
pasillo.
Ante
ellos una escalera ascendía hasta la oscura torre a través de una negrura ahora
apuñalada por el resplandor del fuego blanco de la magia. Par bajaba por ella.
Se quedaron paralizados, sin saber lo que podían encontrar, y sin saber qué
hacer. Tenían que llegar hasta él como fuera, tenían que hacer que recuperara
la conciencia, pero también sabían —hasta Matty Roh, para quien la magia era un
enigma— que no iba a ser fácil, que lo que experimentaba Par Ohmsford era
terrible y aterrador. Se desplegaron siguiendo las órdenes silenciosas de
Walker. Morgan desenvainó la Espada de Leah y Coltar la Espada de Shannara, sus
talismanes contra las criaturas negras, y al verlos Matty empuñó también su
delgada espada. Walker se adelantó creyendo que le correspondía a él hacerlo, que
dependía de él hallar la forma de abrir brecha a través de la armadura que la
magia del cantar había colocado alrededor de Par, que era su deber ayudar a Par
a descubrir la verdad sobre sí mismo.
Y de
pronto el joven del valle apareció bajando las escaleras, un fantasma envuelto
en la resplandeciente luz de la magia, cuyo poder echaba chispas en la punta de
sus dedos, por su cara, en las profundidades de sus ojos. Par los vio y no los
vio. Siguió avanzando sin aminorar el paso y sin hablar. Escaleras arriba era
el caos, pero éste no había empezado a bajar en pos de él. Siguió adelante
todavía flotando, efímero, caminando derecho hacia Walker sin aflojar el paso.
—¡Par
Ohmsford! —gritó Walker Boh. Pero el joven del valle siguió avanzando—. ¡Par,
retira la magia!
Par
vaciló al ver a Walker por primera vez o simplemente al reconocerlo, y se
detuvo.
—Olvida
la magia, Par. No tenemos...
Pero
Par lanzó a Walker un látigo de fuego que estuvo a punto de estrangularlo. La
magia de Walker se levantó en su defensa y desvió el látigo convirtiéndolo en
humo. Par se detuvo completamente y los dos permanecieron cara a cara en la
oscuridad.
—¡Par,
soy yo! —dijo Coltar a un lado.
Su
hermano se volvió hacia él, pero en sus ojos no había ningún signo de
reconocimiento. La magia del cantar silbaba y tarareaba a su alrededor,
restallando como una capa agitada por el viento. Morgan también lo llamó y le
suplicó que lo escuchara, pero Par ni siquiera lo miró. Era esclavo de la
magia, y estaba tan subyugado por ella que lo demás no importaba y ni siquiera
reconocía las voces de sus amigos. Se volvió hacia uno y otro mientras lo
llamaban, pero sus voces sólo consiguieron que la magia se desatara con más
fuerza.
No
podemos hacerle volver, pensaba Walker desesperado. No responde a ninguno de
nosotros. Sintió que la persecución empezaba de nuevo, que los Espectros
estaban cada vez más cerca en los pasillos que comunicaban entre sí. En cuanto
Rimmer Dall los alcanzara...
De
pronto Damson Rhee dio un paso al frente, apartando a Walker antes de que éste
pudiera pensar en protestar, y subió las escaleras hacia Par. Al verla
acercarse éste se cuadró, y la magia brilló siniestra en la punta de sus dedos.
Damson se acercaba sin armas ni magia que pudieran ayudarla, con los brazos a
los costados y la cabeza alta. Walker pensó en correr y hacerla retroceder,
pero ya era demasiado tarde.
—Par
—dijo la joven, mientras se acercaba a él, y se detuvo un escalón más abajo, a
menos de un metro de distancia. Levantó la vista con el pelo pelirrojo recogido
hacia atrás y con los ojos inundados de lágrimas—. Creía que no volvería a
verte. —Par Ohmsford la miró fijamente—. Tenía miedo de perderte otra vez, Par.
Entregado a tu magia. A tu temor de que te traicionara como lo hizo cuando
creías que habías matado a Coltar. No me dejes, Par. —En los ojos de loco de
Par hubo un destello de reconocimiento—. Acércate, Par.
—¿Damson?
—preguntó el joven del valle.
—Sí
—respondió ella sonriente y con lágrimas rodándole por la cara—. Te quiero, Par
Ohmsford.
Él
permaneció largo rato inmóvil en las escaleras, envuelto en la oscuridad, como
esculpido en la roca, mientras la magia recorría todo su cuerpo. Luego rompió a
llorar, porque dentro de él se estaba despertando algo que había permanecido
dormido, y cerró los ojos con fuerza para concentrarse. Se sacudió, tuvo una
convulsión y la magia fulguró por última vez y se apagó. Volvió a abrir los
ojos.
—Damson
—susurró, viéndola por fin, viéndolos a todos, y cayó hacia delante.
Ella
lo sostuvo a tiempo y al instante estaban allí también Walker y todos los
demás. Entre todos lo levantaron y llevaron al pasillo, lo sostuvieron derecho
y escudriñaron su cara destrozada.
—No
puedo respirar —dijo en voz baja—. No puedo.
Damson
lo abrazaba, diciéndole al oído que ya había pasado todo, que estaba a salvo,
que lo sacarían de allí. Pero Walker vio en los ojos de Par Ohmsford la verdad:
estaba librando una batalla con la magia del cantar, y la estaba perdiendo.
Pasara lo que pasara, debía enfrentarse a ella y librarse de una vez por todas
de los temores y las dudas que lo habían atormentado durante semanas.
—Coltar
—dijo, dejando en el suelo a Par, que cayó de rodillas sobre Damson—. Utiliza
la Espada de Shannara. No esperes más, utilízala.
—Pero
no estoy muy seguro del efecto que pueda tener —respondió Coltar, sosteniendo
su mirada, vacilante.
—Utiliza
la Espada, Coltar. —La voz de Walker Boh se endureció—. ¡Utilízala o le
perderemos!
Coltar
se volvió rápidamente y se arrodilló junto a Par y a Damson. Sostuvo la Espada
de Shannara ante él, agarrando firmemente la empuñadura. Era su talismán y era
él el responsable de las consecuencias que se derivaran de su uso.
—Morgan,
vigila las escaleras. Matty Roh, tú los pasillos —ordenó Walker Boh. Luego se
acercó a Par—. Suéltalo, Damson.
Damson
Rhee lo miró con expresión afligida. Pero en la mirada de Walker había un
afecto inesperado, una mezcla de promesa tranquilizadora y amabilidad.
—Déjalo,
Damson —dijo con suavidad—. Apártate.
Ella
lo soltó y el joven del valle cayó hacia delante. Coltar lo sujetó y lo acunó
un instante en sus brazos, luego cogió sus manos y las colocó alrededor de la
empuñadura de la Espada, debajo de las suyas.
—Walker
—dijo en tono de súplica.
—¡Utilízala!
—exigió el Tío Oscuro.
—No
me gusta esto, Walker... —empezó a decir Morgan, intranquilo.
Pero
era demasiado tarde. Coltar, persuadido por la autoridad de la orden de Walker
Boh, había conjurado la magia. La Espada de Shannara brilló, y el oscuro foso
del alcázar de los Espectros quedó inundado por la luz.
Envuelto
en una asfixiante nube de indecisión paralizante y miedo devastador, Par
Ohmsford sintió cómo la magia de la Espada salía como fuego de la oscuridad
abrasándolo todo a su paso. La magia del cantar se elevó para detenerla como un
muro blanco de silencio. Unas puertas protectoras le cerraron el paso, y su
alma tembló haciendo que se tambalease. Era vagamente consciente de que Coltar
había conjurado la magia de la Espada, que por alguna razón su hermano tenía
poder para hacerlo mientras que él no lo había conseguido, y le pareció que
todo estaba al revés. Se apartó de la magia que se aproximaba hacia él, incapaz
de soportar la verdad que podía llevar consigo, deseando sólo refugiarse dentro
de sí mismo para siempre.
Pero
esta vez la magia de la Espada de Shannara llegó respaldada por la voz de su
hermano presionándolo en su interior. Escucha, Par. Escucha, por favor. Las
palabras le allanaban el camino, dejando atrás las defensas de la magia del
cantar y cediendo paso a lo que la seguía. Al principio creyó que eran las
palabras de Coltar las que derribaban sus defensas, las que dejaban entrar la
luz blanca. Pero enseguida vio que era algo más. Era su propia necesidad de
saber de una vez por todas lo que había allí, de librarse de la incertidumbre y
el terror que le producía el mantenerse en la ignorancia. Su magia lo había
protegido de todo, pero no podría seguir haciéndolo si él ya no lo deseaba.
Estaba al límite de su cordura y no podía retroceder ni un solo paso más.
Intentó
alcanzar la voz de su hermano con la suya, ansiosa y persuasiva.
Dime.
Dímelo todo.
La
magia del cantar bufó como un gato acorralado, pero todavía estaba bajo su
poder, era su derecho de nacimiento y su herencia, y nada de lo que pudiera
hacer la magia podría oponerse ni a la razón ni a la necesidad. Se había
doblegado a su voluntad cuando los temores y las dudas lo habían minado, pero
no había llegado a desintegrarse por completo y ahora iba a librarse para
siempre de esas dudas.
Coltar,
suplicó. Su hermano estaba allí intentando calmarlo. Coltar.
Sosteniéndose
uno en el otro y también en la Espada, entrelazaron los dedos con fuerza y se
sumergieron en la luz de la magia. Una vez allí, Coltar tranquilizó a Par
asegurándole que la magia lo curaría y no le causaría ningún daño, y que pasara
lo que pasase él no lo abandonaría. Las últimas defensas de Par cayeron, las
cerraduras saltaron, las puertas se abrieron y la oscuridad se disipó. Y, tras
desprenderse de las últimas ataduras de la magia del cantar, se entregó.
Entonces
llegó la verdad, un goteo de recuerdos que se convirtió rápidamente en una
inundación. Ante él desfiló todo lo que había habido en la vida de Par, los
secretos que había mantenido ocultos hasta para sí mismo, los errores y
debilidades, los fracasos y las pérdidas que había cerrado con llave. Salían a
la luz en procesión y, aunque al principio Par las rehuyó sintiendo un dolor
intenso e interminable, su fuerza aumentó con cada recuerdo y se hizo tolerable
la tarea de aceptar lo que significaban y hasta qué punto lo medían como
hombre.
De
pronto la luz cambió de sentido y se vio a sí mismo saliendo en busca de la
Espada de Shannara a instancias de Allanon, deseando con impaciencia llevar a
cabo su misión y descubrir la verdad sobre sí mismo. Pero ¿cuán ansioso estaba
en realidad? Porqué descubrió que podía ser la misma criatura que había
combatido. Lo que encontró fue a Rimmer Dall esperándolo, diciéndole que no era
lo que creía, sino alguien completamente diferente, una de las criaturas
oscuras, uno de los Espectros. Sólo es una palabra, un nombre, le había dicho
Rimmer Dall. Un Espectro que tenía en su poder la magia de los Espectros, con
un poder no muy diferente del de las apariciones de ojos rojos, capaces de ser
lo que eran, de hacer lo que hacían.
Lo
que veía ahora a la fría luz blanca de la verdad de la Espada era que todo era
verdad.
Era
uno de ellos.
Uno
de ellos.
Se
alejó tambaleante ante la revelación, ante la inevitabilidad de lo que le había
sido mostrado, y pensó que tal vez había gritado horrorizado, pero no podía
saberlo dentro de la luz. ¡Un Espectro! ¡Era un Espectro! Advirtió que Coltar
se estremecía, que su hermano se apartaba de él. Pero no lo soltó, sino que
siguió sujetándolo. Seas lo que seas eres mi hermano, oyó. No importa lo que
seas. Eres mi hermano. Estas palabras impidieron que Par cayera en la locura.
Impidieron que se encallara en su propio terror, en el espantoso descubrimiento
que había hecho sobre sí mismo.
Y
permitieron que viera el resto de la verdad que le iba a ser revelado.
Vio
que su sangre elfa y sus antepasados lo ligaban a los Espectros, que también
eran elfos. Procedían del mismo linaje, de la misma historia, estaban tan
unidos como quienes comparten un mismo pasado. Pero habían tenido la opción de
ser algo diferente. Sus antepasados eran Shannara además de Espectros, y no
necesitaban ser las criaturas en las que podía transformarlos la magia. Su
convicción de estar predestinado a ser una de esas criaturas oscuras era una
mentira que había plantado en él Rimmer Dall en la bóveda donde había
permanecido encerrada la Espada de Shannara, cuando había bajado por última vez
al Pozo con Coltar y Damson. Era Rimmer Dall quien le había permitido probar la
Espada, sabiendo que no respondería porque su propia magia no se lo permitiría,
una barrera a una verdad cuya aceptación podía resultar demasiado desagradable.
Era Rimmer Dall quien le había insinuado que era descendiente de los Espectros,
uno de ellos, un instrumento de su magia, dejándolo con la incertidumbre
necesaria para impedir que las magias en conflicto del cantar y de la Espada
hallaran un terreno común y empezaran a caer, por tanto, en la larga espiral de
dudas que iba a llevar a la última subversión de Par, cuando la posibilidad de
ser la criatura que podía ser cobró tal dimensión que se convirtió en un hecho.
Par
soltó un grito sofocado y retrocedió al verlo, al verlo todo. Cree en algo el
tiempo suficiente y se hará realidad. Cree que puede ser así y terminará
siéndolo. Eso era lo que se había hecho a sí mismo, revestido de una magia tan
poderosa que nadie podía derribarla sin su consentimiento, alejado por sus
temores e incertidumbres de la verdad. Rimmer Dall lo había sabido. Había visto
a Par luchar con las posibilidades que le ofrecía. Le había dejado creer que
había matado a su hermano con su magia, que su fracaso se debía a ser el que
era. Mientras utilizara sin ser consciente de ello la magia del cantar para
mantener a raya la de la Espada, ¿qué posibilidades tenía de resolver el
conflicto de su identidad? Par sería tanto salvador de los druidas como títere
de los Espectros, y el conflicto entre ambos acabaría con él.
—Pero
no tengo por qué ser uno de ellos —se oyó decir a sí mismo—. ¡No tengo por qué!
Se
estremeció bajo el peso de sus palabras. Coltar esbozó una sonrisa comprensiva,
que lo reavivó como el calor del Sol. Como le ocurrió a su hermano cuando la
verdad de la Espada arrancó la oscura mentira del sudario-espejo, el
reconocimiento se convirtió en el sendero para volver a sí mismo. ¿Sabía
Allanon que ocurriría de esta manera?, se preguntó al tiempo que se levantaba
apartándose de la luz. ¿Sabía, Allanon que ésa era la misión de la Espada de
Shannara?
Cuando
la magia cesó y abrió los ojos, descubrió sorprendido que estaba llorando.
17
Las
sombras y la niebla se confundían y daban vueltas a lo largo del Valle de
Rhenn, un mar agitado que se extendía sobre los cadáveres e invitaba con señas
a los vivos a que se unieran a ellos. De pie en la cabecera del valle, con los
líderes del ejército elfo y sus aliados recién descubiertos, Wren Elessedil
reflexionó sobre el aliciente de la llamada. De los cadáveres desparramados
todavía a sus pies, la mayoría Espectros abandonados por sus compañeros, se
levantaban brazos, postes indicadores de otro mundo.
Permanecía
algo apartada de los demás: de Triss y Barsimmon Oridio, del líder de los
proscritos Padishar Cesta, de su hosco amigo Chandos y del enigmático
comandante de los trolls Axhind. Todos miraban el valle, como si vieran el
mismo rompecabezas, la mezcla de niebla, sombras y muerte. Ninguno habló.
Llevaban allí de pie desde que había llegado la noticia de que la Federación se
había puesto una vez más en camino. Aún no había amanecido, la luz seguía
oculta bajo la cresta del horizonte oriental, el cielo estaba encapotado y el
mundo era un lugar tenebroso.
Wren
se dejó invadir por la desesperación, llegando hasta lo más profundo de su ser
y parecía no tener fin. Creía que había llorado por última vez al morir Garth,
pero la pérdida de Fauno había hecho que de nuevo afloraran las lágrimas y el
dolor, y ahora sabía que no conseguiría librarse de ellos. Sentía como si le
hubieran arrancado la piel del cuerpo dejando correr la sangre debajo, dejando
las terminaciones nerviosas expuestas y en carne viva. Tenía la impresión de
que el propósito de su vida se había convertido en poner a prueba su voluntad y
resistencia. Tenía el corazón angustiado y el alma vacía.
—No
era más que un jacarino —le había dicho Stresa poco convincente cuando se
reunió con ella a medianoche. Ella le había informado de la muerte de Fauno,
pero la muerte no era nada nuevo para Stresa—. Nacen para morir, Wren de los
elfos. No te aflijas por ello.
El
gatoespino no tenía mala intención, pero ella no pudo evitar desafiar sus
palabras.
—No
darías consejos tan deprisa si fuera tu muerte la que llorara.
—Phhfff.
Algún día lo harás —respondió el gatoespino, encogiéndose—. Así son las cosas.
El jacarino murió para salvarte. Era lo que quería.
—Nadie
quiere morir. —Las palabras de Wren sonaron amargas y duras—. Ni siquiera un
jacarino.
—Lo
decidió él, ¿no? —replicó Stresa y se marchó, internándose en lo más profundo
del bosque al oeste, para vigilar lo que podía llegar por allí y prevenir a los
elfos en caso necesario.
Se
estaban separando y Wren era consciente de ello. A Stresa le gustaba vivir a su
aire y a ella no. Un día se iría para no volver, y desaparecerían los últimos
vínculos que la unían a Morrowindl. Lo confiaría todo a la memoria, el comienzo
de la mujer que ahora era y el fin de la muchacha que había sido.
Se
admiró del gran giro que había dado su vida y, a pesar de ello, sentir que era
la misma. Claro que tal vez se mentía a sí misma, fingiendo que no había
cambiado cuando en realidad lo había hecho, pero era incapaz de reconocerlo.
Frunció el entrecejo en la oscuridad y, recorriendo con la mirada la carnicería
que se extendía a sus pies, se preguntó qué parte de ella misma había
sobrevivido al horror de Morrowindl y cuántas cosas había perdido. Deseó tener
a alguien a quien poder hacer esa pregunta. Pero la mayoría de los que podrían
haberla respondido estaban muertos, y los que seguían con vida se mostrarían
reticentes a hacerlo. Tendría que responderse ella misma y esperar que fuera la
respuesta correcta.
Padishar
Cesta volvió su rostro alargado hacia Wren escudriñándola, pero ella no dio
muestras de verlo. No había vuelto a hablar con ellos, ni siquiera con Triss,
desde el amanecer, refugiándose en su soledad como si fuera una armadura. Los
proscritos habían llegado por fin trayendo consigo a Axhind y a los trolls de
las rocas, los refuerzos que tanto había pedido en sus oraciones, pero de
pronto le traía sin cuidado. No quería que los elfos murieran, pero la matanza
le asqueaba. La lucha del día anterior no había visto un vencedor, y la de ese
día no presagiaba un resultado diferente. La Federación había dejado de correr,
se había reagrupado y se preparaba de nuevo para la lucha. Y seguirían
haciéndolo, pensó. Eran suficientes para permitírselo. El apoyo de los
proscritos y los trolls aumentaba las posibilidades de sobrevivir de los elfos,
pero no era motivo para esperar detener a la Federación. Llegarían refuerzos de
las ciudades del sur y de Tyrsis, e ininterrumpidamente si era necesario. Se
reanudaría la ofensiva para internarse en las Tierras Occidentales de los
elfos, y la única pregunta que quedaba en el aire era hasta cuándo se
prolongaría la destrucción.
Contuvo
la amargura y desesperación, furiosa ante la debilidad que sentía en sí misma.
La reina de los elfos no podía permitirse el lujo de rendirse, se reprendió. La
reina de los elfos debía creer siempre.
Pero
¿acaso quedaba algo en que creer?
Que
Par y Coltar Ohmsford seguían vivos y la Espada de Shannara estaba en su poder,
se respondió con determinación. Que Morgan Leah los seguía. Que Walker Boh
había recuperado Paranor y a los druidas. Que los encargos de Allanon habían
sido realizados, que el secreto de los Espectros había sido desvelado y que la
esperanza para los elfos se mantenía viva. Tenía todo eso en que creer y debía
sacar fuerzas de ello.
Se
preguntó si su tío, sus primos y Morgan Leah seguían hallando fuerza en sus
convicciones, y si les quedaba alguna convicción. Pensó en las pérdidas que
había sufrido ella y se preguntó si también ellos habían perdido tanto. Se
preguntó por último si habrían hecho caso de los encargos de Allanon de haber
sabido desde un principio lo que les iba a costar llevarlos a término. Creía
que no.
El
Sol se asomó al mundo por el este, un débil resplandor plateado que recortó el
perfil de los Dientes del Dragón y los que se extendían a sus pies. La luz se
filtró en el valle y persiguió las sombras, separándolas de la niebla y
volviendo descarnado e inhabilitado el paisaje. El redoble de los tambores y de
pies marchando se hizo más fuerte en la lejanía, débiles pero reconocibles.
Padishar Cesta discutía con Barsimmon Oridio. No se ponían de acuerdo sobre la
estrategia del ejército combinado cuando se iniciara el ataque. Ambos eran
obstinados y recelaban el uno del otro. Axhind escuchaba en silencio, impasible
e inexpresivo. Triss se había alejado. El líder de los proscritos estaba
molesto por la insistencia de Bar de controlarlo todo. Wren ya los había
separado una vez. Puede que tuviera que hacerlo de nuevo y le molestaba. No
quería tomar parte en lo que ocurría, ya no. Permaneció de pie observando y no
se movió cuando los ánimos se caldearon aún más. Triss le dirigió una mirada
esperando que interviniera. Hacia el sur, los tambores se oyeron más fuertes.
De
pronto, Stresa salió de la maleza, con las púas levantadas para sacudirse el
polvo y las hojas, y corrió hacia Wren. Ella se volvió olvidando todo lo demás.
Era evidente la urgencia de la llegada del gatoespino.
—Reina
elfa —susurró Stresa con voz entrecortada y seca—. ¡Traen consigo a los
Escaladores!
—Pero
si quedaron todos anegados en el pantano —logró decir Wren, sintiendo que el
corazón le daba un vuelco y se le formaba un nudo en la garganta.
—¡Han
encontrado más! ¡Sssst! —Stresa levantó el morro húmedo y sus ojos oscuros se
dilataron y endurecieron—. ¡Parece que vienen de Tyrsis! También hay soldados,
pero lo que cuenta son los Escaladores. Cinco por lo menos. He venido en cuanto
los he visto.
Wren
se volvió hacia los demás. Padishar Cesta y Bar habían dejado de discutir, y
Axhind y Chandos estaban hombro con hombro como estatuas de piedra. Triss ya se
había puesto a su lado.
Escaladores.
El
día clareaba y la bruma se desintegraba a medida que el ejército de la
Federación salía en tropel de la oscuridad en dirección al Valle de Rhenn. Se
acercaba con sus divisiones negras y escarlata desplegadas por la cabecera del
valle y por las laderas más anchas, en profundas y largas columnas de hombres.
La caballería cubría los flancos, y los arqueros se escondían detrás de unos
contrafuertes de troncos con rendijas para arrojar sus flechas. También había
paredes hechas de escudos y catapultas de fuego, y en todos los puestos de
mando volvía a haber investigadores envueltos en capas negras.
Pero
todos los ojos se volvieron hacia el centro del ejército. Allí estaban los
Escaladores, hechos de metal negro brillante y miembros peludos e irregulares,
un engranaje mitad máquina mitad bestia que avanzaba hacia los elfos y sus
aliados, hacia los hombres que debían destruir.
Wren
Elessedil los miró y no sintió nada. Su llegada significaba el fin de los
elfos, y lo sabía. Su llegada significaba el fin de todo.
Metió
la mano en su túnica en busca de las piedras élficas y dio un paso al frente
para lanzar su último ataque.
—¡Levántate,
Par!
Era
Coltar quien gritaba, tirándole del brazo y levantándolo. Par se puso de pie
obediente, todavía conmocionado por lo ocurrido, aturdido por las revelaciones
de la Espada. Hubo mucho movimiento en la escalera cuando los que habían venido
a rescatarlo —Walker, Damson, Coltar, Morgan y la mujer alta y delgada de pelo
negro cuya cara no reconocía— se apresuraron a rodearlo. Rumor se paseaba por
la habitación impaciente. Se oyó un murmullo que descendía por las escaleras,
pero la oscuridad impedía ver qué era. Las puertas que se abrían al foso
estaban todas cerradas, salvo una que conducía de nuevo a través de un patio a
unos muros y a una abertura a las tierras del otro lado. Ese camino al menos
estaba despejado, y a lo lejos se veía la luz de la mañana asomando por encima
las montañas de Runne.
Walker
también miraba en esa dirección. El Tío Oscuro, vestido de negro, llevaba barba
y estaba pálido, pero por alguna razón parecía más fuerte de lo que nunca había
sido, y lleno de un fuego que ardía justo debajo de la superficie. Como Allanon
en otro tiempo, pensó Par. Walker permaneció indeciso un instante mirando el
boquete abierto en el muro, mientras los demás permanecían en cuclillas cerca
de Par, pero de cara a las puertas cerradas y a la escalera abierta, con las
armas preparadas.
—¿Por
dónde? —preguntó la chica de pelo oscuro.
—Hemos
venido a rescatar a Par y a liberar lo que tienen prisionero en las
profundidades del castillo —respondió Walker volviéndose y acercándose a
ellos—. Aún no hemos terminado.
Damson
rodeó a Par con sus brazos y lo abrazó como si no quisiera dejarlo ir. Par le
devolvió el abrazo diciéndole que tenía razón, estaba a salvo, pero
preguntándose si realmente lo estaba, todavía asombrado de lo ocurrido. La
magia del cantar volvía a pertenecerle, pero seguía sin estar seguro de lo que
era capaz.
¡Pero
al menos no soy un Espectro! ¡Al menos eso lo sé!
—Esa
puerta con barras de allí da acceso a un pasillo que lleva a las escaleras del
sótano. ¿Vamos? —preguntó Coltar, que estaba de pie cerca de Walker.
—Sí,
deprisa —respondió Walker—. ¡No os separéis!
Cruzaron
en tropel la habitación y, mientras lo hacían, una forma oscura se lanzó
escaleras abajo sobre la chica de pelo corto. Ésta la esquivó, y la criatura
cayó sobre ella al instante susurrando y con los ojos rojos, agitando sus
zarpas de fuego. Pero Rumor la alcanzó antes de que pudiera arremeter, la
derribó y la arrojó a un lado.
Walker
abrió la puerta asegurada con barras y la cruzaron, dejando atrás la escalera y
a sus perseguidores. El pasillo era alto y oscuro, y se deslizaron por él con
cautela, moviendo los ojos a través de las sombras. Rumor volvía a abrir la
marcha con sus ojos de gato más agudos que los de los demás. De alguna parte de
más abajo llegó un especie de chirrido, luego un largo suspiro y un jadeo. El
castillo de los Espectros tembló en respuesta, como una criatura viva que se
encoge y le da un vuelco el corazón. ¿Qué había allí abajo?, se preguntó Par.
No eran las olas estrellándose contra las rocas como le había dicho Rimmer
Dall, otra mentira, sino otra cosa. Algo lo suficientemente importante para que
Walker arriesgara todo en lugar de huir. ¿Sabía Walker de qué se trataba? ¿Le
había dado Allanon las respuestas que los demás habían estado buscando?
Ahora
no disponía de tiempo para averiguarlo. Los Espectros llenaron la abertura a
sus espaldas, y Morgan se volvió y arrojó sobre ellos el fuego de la Espada de
Leah. Se dispersaron y desaparecieron, pero volvieron inmediatamente. Coltar le
indicaba a Walker el camino hacia el pasillo que llevaba abajo, pero éste
parecía saber adónde iba, haciendo que Coltar lo siguiera, manteniéndolo cerca.
Los demás los seguían pegados a las paredes. De la oscuridad que había frente a
ellos salieron más Espectros, pero no eran más que reflejos de los que los
seguían. Par cogió a Damson con fuerza y siguió corriendo.
Llegaron
a unas escaleras de caracol que bajaban hasta las profundidades de la
fortaleza, y esta vez los ruidos de lo que estaba prisionero abajo fueron
claros e inconfundibles. Era la respiración de un animal grande que se
levantaba y caía, resollando como si el aire pasara a través de una garganta
reseca. El chirrido provenía del movimiento, y se asemejaba al rodar de las
piedras en una avalancha.
En
las escaleras aparecieron unas formas envueltas en capas negras, y el fuego de
los Espectros ardió en forma de lanzas afiladas y rojas. Walker levantó un
escudo para detenerlas y contraatacó. De los pasillos que se cruzaban con aquel
por el que habían llegado salieron otras sombras. Negros, silenciosos y
frenéticos en su ataque, los Espectros los cercaban. Morgan se volvió para
proteger la retaguardia mientras Walker iba delante y los demás avanzaban
agachados entre ambos. Bajaron a todo correr las escaleras, sintiendo que el
castillo se estremecía en respuesta. La respiración de la criatura de abajo se
aceleró.
De
pronto había llamas por todas partes. Coltar cayó al suelo, golpeó algo de
refilón y la Espada de Shannara se soltó de su mano. Par se agachó sin
pensárselo para recogerla y la Espada no le quemó como había hecho en el Foso.
¿Había sido por su miedo a lo que podía ser? Se quedó mirando, admirado, la
Espada, luego se volvió para ayudar a Damson, que ayudaba a Coltar a levantarse
del suelo, y volvió a poner la Espada en las manos de su hermano. Rumor había
bajado de un salto las escaleras y embistió al asaltante más próximo. Tenía el
pelo chamuscado y humeante, pero se lanzó sobre el Espectro como si las heridas
no significaran nada. Walker arrojó la luz de los druidas en un velo que lo
cubrió todo para protegerlos e hizo retroceder a los Espectros, despejando el
camino de descenso.
Entonces
Par vio a Rimmer Dall. El primer investigador estaba debajo de ellos en una
pasarela al otro lado de un abismo que caía abruptamente desde uno de los
descansillos de la escalera. De pie allí solo y aferrado a la barandilla de la
pasarela, su descarnado rostro era una máscara de rabia e incredulidad. La mano
enguantada ardía sin llamas como respuesta. Miró a Par y éste le devolvió la
mirada, y hubo entre ambos lo que Par podría haber descrito como complicidad,
pero que parecía trascender incluso eso.
Un
instante después desapareció, y Par reanudó su lucha contra los Espectros. Su
magia había despertado; la sentía en su interior, y se disponía a utilizarla.
Correría el riesgo porque al menos sabía que al utilizarla no iba a convertirse
en uno de ellos. Los Espectros los cercaban por detrás, y Morgan se había
vuelto para enfrentarse a ellos, pidiendo a sus compañeros que continuaran. La
chica de pelo negro no se separaba de él, pegada a su hombro protectora, y los
dos defendieron las escaleras de los monstruos que los seguían.
Walker
llegó al descansillo y se asomó. Par se reunió con él, pero se retiró
enseguida. Allí abajo había algo enorme, algo que bullía, se retorcía y emitía
luz.
Una
forma negra y furiosa se estrelló contra Rumor cuando éste bajó las escaleras
más allá del descansillo, y el gato del páramo cayó rodando y desapareció.
Walker y los demás corrieron tras él, y la magia de Par volvió a despertar y a
arder a través de él cuando la conjuró con un grito. Recordó su temor a lo que
era capaz de hacer, pero ya no era más que un recuerdo que desterró casi tan
deprisa como había venido. Mirando al otro lado de la pasarela a los Espectros
que estaban allí agazapados, intentó proteger a Damson y Coltar de su fuego.
Coltar volvía a estar herido, pero siguió avanzando tambaleante, empuñando
todavía la Espada y seguido de cerca por Damson.
Oyeron
un furioso grito de Rumor, que revelaba dolor y miedo. A continuación se
levantó de un salto delante de ellos con una criatura negra agarrada a él.
Walker se volvió y lanzó hacia ellos el fuego del druida, luego cogió a la
criatura negra por la cintura y la arrancó de la espalda del gato del páramo.
Rumor dio vueltas en el aire forcejeando de nuevo con su asaltante, pero volvió
a caer perdiéndose de vista.
De
los muros y el suelo donde ardía la magia se elevaba humo, y el aire se llenó
de ceniza. Las profundidades de la Atalaya Meridional eran negras como boca de
lobo, salvo por la luz que despedía la criatura de abajo. La oscuridad cercaba
a los humanos, y los Espectros entraban y salían de ella buscando un resquicio
para atacar. Alcanzaron a Damson, la quemaron y la apartaron de un golpe y tan
deprisa que Par no pudo impedirlo. La muchacha se levantó, pero cayó de nuevo.
Coltar se agachó para recogerla del suelo sin detenerse, la cargó al hombro y
siguió corriendo.
De
pronto, una parte de las escaleras se hundió y Walker Boh desapareció rodando
por una rampa de polvo, roca y ceniza. Durante un breve instante, Par, Coltar y
una Damson semiconsciente permanecieron solos en las escaleras que se
desmoronaban, mirando fijamente el vacío donde palpitaba la luz, aplastándose
contra la pared. Oyeron que Rumor gruñía abajo y Walker gritaba furioso y
vieron el resplandor de la magia del druida.
—¿Qué
estáis haciendo? ¡Moveos!
Era
Morgan Leah quien gritaba, saliendo de pronto entre el humo y el fuego de
arriba y esgrimiendo la oscura y feroz Espada de Leah. Cojeaba mucho y tenía el
brazo izquierdo pegado al costado. La mujer de pelo negro seguía a su lado, tan
magullada como él y con una mejilla manchada de sangre. Surgieron de la bruma y
condujeron a los demás hacia la rampa. Par bajó rodando por ella y desapareció
en la oscuridad. Aterrizó de pie y atacó al instante. Lo rodearon unas formas
oscuras, pero la magia del cantar lo salvó. Construyó a su alrededor una
armadura que estalló en llamas sobre sus asaltantes. Las criaturas negras se
vieron arrojadas hacia atrás y se perdieron en la bruma. Rumor apareció a su
lado repartiendo golpes, una sombra que aparecía para desaparecer
inmediatamente. Oyó que los demás lo seguían y en unos segundos estaban todos
juntos de nuevo.
Más
adelante la luz palpitó y el ruido de su respiración se convirtió en un
espantoso gemido de frustración y dolor.
Se
precipitaron una vez más hacia delante, buscando a Walker y al gato del páramo
en la oscuridad llena de polvo y cenizas. Los Espectros los atacaban, pero
Morgan y Par los rechazaban, manteniendo a Coltar y a las mujeres entre ambos.
Damson volvió en sí, pero Coltar siguió llevándola sobre sus hombros. La otra
mujer caminaba sola, pero dando traspiés, apretando los dientes y echando fuego
por los ojos. Recorrieron un alto y estrecho pasillo que terminaba en la
escalera y de pronto se encontraron en una estancia llena de luz.
La
habitación era cavernosa y había sido excavada en la roca hacía tiempo por los
elementos, una vasta cámara de la que partían túneles en todas direcciones. En
el centro estaba la luz, una masa bulbosa y palpitante envuelta con cuerdas de
fuego rojo. Se sacudía luchando en vano por liberarse de las cuerdas. Parecía
formar parte del suelo de la cueva, estar soldada a la roca, levantada del
núcleo hacia la oscuridad. No tenía ni forma ni identidad, y sin embargo algo
en su forma de moverse hizo pensar a Par en un animal atrapado. El ruido de la
respiración provenía de ese movimiento, y toda la cámara construida dentro de
la Atalaya Meridional parecía conectada a él, por lo que cuando se estremecía,
la cueva y las paredes del alcázar se estremecían en respuesta. Suspiraba, y la
cueva y el alcázar suspiraban con él.
—¿Qué
es? —preguntó Coltar a Par.
De
pronto vieron a Walker Boh. Estaba al otro lado de la cueva luchando
encarnizadamente con Rimmer Dall, las dos formas negras forcejeaban con
desesperada determinación. La mano enguantada de Rimmer Dall estaba rodeada del
fuego rojo de los Espectros y la de Walker revestida del blanco de los druidas.
La roca que había entre ambos humeaba y el aire a su alrededor vibraba. Rimmer
Dall tenía los ojos inyectados en sangre y su rostro grande y descarnado
retorcido de cólera.
A un
lado, Rumor luchaba desesperadamente por llegar hasta Walker, mientras los
Espectros lo rodeaban decididos a acabar con él.
Morgan
fue en su auxilio sin detenerse, entonando su grito de guerra, levantando el
oscuro filo de su talismán y dejando una estela de fuego. La mujer morena iba
con él. Coltar se dirigió corriendo hacia la luz encadenada, decidido a
liberarla, pero se vio obligado a desviarse y hacer frente al ataque de los
Espectros que se lanzaban sobre él desde la pasarela. Dejó a Damson en el suelo
y Par, que corría tras él, la cogió en brazos. Los Espectros rodearon a Coltar
y lo obligaron a retroceder. La Espada de Shannara no suponía ninguna amenaza
para ellos, y Coltar no podía recurrir a otra magia. Par le gritó que se
apartara, pero Coltar arremetió contra el tumulto de capas. Par dejó
rápidamente a Damson en el suelo y fue tras él. Coltar tropezó y cayó al suelo,
se levantó durante un segundo y se desplomó definitivamente. Los Espectros lo
rodearon, pero Par, profiriendo un furioso aullido, arrojó sobre ellos la magia
del cantar, obligándolos a retirarse. El fuego lo quemó por arriba y por los
lados, pero se encogió bajo la armadura de su magia.
Coltar
caminaba a gatas ensangrentado y harapiento cuando Par llegó hasta él. Levantó
la cara hacia él y le entregó la Espada de Shannara.
—¡Vete!
—dijo, y se desplomó.
Par
cogió la Espada y se precipitó hacia delante, sintiendo el olor acre de la
ceniza y el fuego en sus fosas nasales. ¿Vete y haz qué? Era consciente de que
Morgan estaba solo, ya que la joven morena había caído también y ya no veía a
Walker ni a Rimmer Dall. Sentía que empezaban a fallarle las fuerzas, agotado a
causa del uso continuado de la magia. Hiciera lo que hiciese tendría que ser
rápido. Siguió corriendo hacia la luz, preguntándose de nuevo qué era y qué
debía hacer con ella. ¿Liberarla? ¿No había dicho Walker que para eso habían
entrado en la Atalaya Meridional? Si era prisionera de los Espectros, debía ser
liberada. Pero ¿qué era? Ya no estaba seguro de nada. Acababan de liberarlo a
él y la confusión seguía aprisionándolo con cadenas propias.
Bajó
la vista hacia la Espada de Shannara, recordando de pronto que la llevaba, que
se la había quitado a Coltar. ¿Por qué lo había hecho? La Espada no estaba
hecha para él, sino para Coltar. No podría utilizarla.
De
pronto estuvo ante Rimmer Dall, con la cabeza de lobo destellando a la luz y
sus ropas oscuras hechas trizas. Iba sin capucha y su cara irregular y cubierta
de barba pelirroja estaba cubierta de sangre. Le tapaba la luz y se elevaba
ante él con su mano enguantada palpitando con fuego rojo. Sonrió haciendo una
mueca espeluznante.
—¿Has
bajado para ver qué escondemos aquí? —susurró con voz áspera.
—Apártate
—ordenó Par.
—Ya
no —replicó Rimmer, y Par de pronto se dio cuenta de que el brazo ya no estaba
enguantado, que el fuego que veía era el mismo brazo, era lo que había estado
debajo del guante todo el tiempo—. Te he dado todas las oportunidades posibles,
muchacho. —Dejó de fingir afabilidad o preocupación. El odio brillaba en sus
ojos, su cuerpo se tensó de rabia—. ¡Me perteneces! ¡Siempre me has
pertenecido! ¡Debiste entregarte a mí cuando tuviste oportunidad de hacerlo!
¡Habría sido más fácil!
Par
lo miraba boquiabierto.
—¡Eres
mío! —gritó Rimmer Dall, furioso—. ¿Aún no lo entiendes? ¡Eres mío, Par
Ohmsford! ¡Tu magia me pertenece!
Se
precipitó hacia delante, y Par apenas tuvo tiempo de gritar y arrojar la magia
del cantar para frenarlo; eso fue lo único que consiguió frenarlo. El primer
investigador atravesó el escudo como si fuera de papel y sus manos sujetaron
los hombros de Par como abrazaderas de hierro. El joven del valle pensó
vagamente que eso había querido siempre Rimmer Dall, la magia del cantar y el
cuerpo de Par para ejercerla. Todos sus ofrecimientos de ayudarlo a controlar
la magia habían sido una tapadera para ocultar su ambición de poseerla. Como
todos los Espectros, Rimmer Dall anhelaba la magia ajena y pocos tenían la
magia de Par.
El
peso del primer investigador lo arrojó hacia atrás, lo dobló en dos y le obligó
a arrodillarse. La Espada de Shannara se le cayó de sus dedos sin nervios.
Levantó las manos para apartar a su contrincante al tiempo que conjuraba la
magia, pero era como si hubieran absorbido toda su energía. Apenas podía
respirar mientras la sombra de su contrincante lo rodeaba. Rimmer Dall empezó a
salir de su cuerpo y a entrar en el de Par, y éste vio lo que ocurría y gritó
intentando liberarse, pero estaba indefenso.
¡No!,
pensó asustado. ¡No permitas que ocurra!
Se
retorció, pataleó y empujó con todas sus fuerzas, pero la identidad espectral
de Rimmer Dall seguía penetrando a través de su piel. Era una sensación fría y
oscura que le hizo sentir odio hacia sí mismo. Antes habría podido impedirlo,
cuando la magia era incontrolable y actuaba movida por el miedo y la duda.
Entonces habría sido lo bastante poderosa para ahuyentar a Rimmer Dall, y éste
lo había sabido. Los pensamientos del primer investigador se estrellaban contra
los suyos, y se encogió al ver lo que revelaban. ¡Que alguien me ayude! Vio a
su izquierda un movimiento y apareció Morgan Leah gritando. Pero Rimmer Dall lo
golpeó con su mano enguantada soltando a Par un instante, y Morgan desapareció
en una llamarada de fuego rojo, engullido de nuevo por la oscuridad. La mano
volvió a sujetar a Par. Éste se había retirado en lo más profundo de su ser,
donde su magia era más fuerte. Pero Rimmer Dall no cesaba de presionar,
introduciéndose dentro de él. Y Par sintió que hasta esa parte de sí mismo
cedía...
De
pronto, el primer investigador retrocedió de un salto y se separó de Par. Éste
parpadeó jadeante y vio que Walker Boh sujetaba a Rimmer Dall por la garganta
con su brazo bueno envuelto en el fuego del druida. Estaba chamuscado y lleno
de arañazos, y debajo de la barba negra y la sangre su cara estaba blanca como
el papel. Pero Walker Boh era un modelo de resolución cuando dirigió contra su
enemigo el poder de su magia. Rimmer Dall se elevó con un rugido y agitó la
mano enguantada esparciendo por todas partes la magia de los Espectros. Algo de
lo que Walker hacía a Rimmer Dall lo mantenía separado de su cuerpo corpóreo,
dejaba fuera su identidad de Espectro. Ambas partes luchaban por reunirse de
nuevo, pero Walker se interpuso impidiéndolo.
Par
cayó hacia atrás, pero enseguida volvió a ponerse en pie. Walker cerró un puño
y estrujó algo en el interior de Rimmer Dall, y éste se retorció y gritó, y su
forma alta y delgada se elevó y estremeció con violencia. Arrojó fuego hacia el
suelo, que penetró la piedra. Otros Espectros corrieron en su auxilio, pero
Rumor se interpuso en su camino atacándolos y desgarrándolos.
—¡Utiliza
la Espada! —susurró Walker Boh a Par—. ¡Libera su magia!
Par
levantó la Espada y se acercó corriendo a la luz. En unos segundos llegó hasta
ella, esta vez sin ser desafiado por el camino, ya que todos los ojos estaban
puestos en el druida y el primer investigador. Se acercó a la enorme y
palpitante masa sujeta con cadenas rojas y, sosteniendo la Espada de Shannara
con las dos manos, la puso sobre la luz. A continuación conjuró su magia,
deseando con todo su ser que acudiera, suplicando que escuchara su llamada.
La
magia de la Espada acudió a la llamada, elevándose sin trabas, libre de las
constricciones que la magia del cantar le había impuesto cuando sus temores y
dudas y los trucos de Rimmer Dall le habían convencido de que era un Espectro.
Llegó veloz, atravesando como un faro blanco la luz que tenía ante sí para, a
continuación, retroceder a toda velocidad y engullir a Par por completo. Par
volvió a ver las verdades de su vida, de su magia, de sus antepasados Shannara
y Espectros, y de su ascendencia elfa. Las aspiró como el aire que le daba vida
y no se arredró.
Por
último, vio la verdad de la luz que tenía ante sí. Vio lo que los Espectros
habían hecho, cómo habían utilizado su magia para trastornar las Cuatro
Tierras. Vio el significado que había detrás de los sueños de Allanon, y la
razón de que éste convocara a los descendientes de Shannara en el Cuerno del
Infierno. Vio lo que esperaba de él.
Guardó
de nuevo la magia en la Espada y la dejó caer al suelo de la cueva. A su
espalda, Rimmer Dall y Walker seguían luchando encarnizadamente en un combate
que parecía no tener fin. El primer investigador chillaba, no de dolor por lo
que le hacían, sino de rabia por lo que Par se disponía a hacer. De todas
partes llegaban Espectros e intentaban pasar por el lado de Morgan Leah, en pie
una vez más, y de Rumor, que parecía indestructible. Pero llegaban demasiado
tarde. Ese momento pertenecía a Par y a sus amigos y aliados, a todos los que
habían luchado por que ocurriera, a los vivos y a los muertos, a los valientes.
Conjuró
por última vez la magia del cantar concentrándola, reuniendo todo lo que ardía
en su interior y había evolucionado de su derecho de nacimiento hasta
convertirse en el monstruo que casi lo había consumido. La conjuró e hizo que
se materializara una vez más en el fuego azul que había aparecido por primera
vez en su huida del Pozo, ese dardo que parecía un fragmento de relámpago azul
caído del cielo. La levantó por encima de él y la arrojó sobre las cuerdas
rojas que sujetaban la luz rompiéndolas para siempre.
La
fuerza del golpe y lo que el esfuerzo exigió de él lo hizo temblar, y sintió
cómo lo desgarraba y lo dejaba sin energía.
La
luz estalló en respuesta, llegando a los más oscuros rincones de la cueva y
subiendo desde allí hasta la Atalaya Meridional. Persiguió las sombras y la
oscuridad, y volvió blanco lo que era negro. Gritó de euforia al verse libre y
buscó la forma de vengarse de cuanto le habían hecho.
El
primero en caer fue Rimmer Dall. La luz absorbió su vida como si aspirara humo,
y el primer investigador dio una sacudida violenta y se desplomó en un montón
de cenizas dejando de existir. A continuación la luz fue tras los demás
Espectros, que desesperados e impotentes ya se habían dado a la fuga, y los
engulló uno tras uno. Por último, la luz subió por las paredes negras de la
Atalaya Meridional y penetró la vibrante roca de obsidiana para destruirla.
Walker ayudó a Par a levantarse al tiempo que se agachaba para recoger la
Espada de Shannara. Luego llamó a Morgan, y unos segundos después estaban
reunidos con los demás, y levantaban y cargaban al hombro a los que no se
aguantaban en pie. Guiados por Rumor, se dirigieron corriendo a un túnel que
había en el fondo de la cámara para escapar del cataclismo.
Por
encima de ellos, la Atalaya Meridional estalló en un géiser de fuego y cenizas
en el cielo matutino.
Stresa
fue el primero en advertir los temblores y avisó a Wren.
—¡Reina
elfa, pffff! ¿Lo has notado? ¡Hsst! ¡Hsst! ¡La tierra se mueve!
Wren
estaba un poco alejada de Triss, observando con las piedras élficas en la mano
la llegada del ejército de la Federación, esperando el momento de enfrentarse
con los Escaladores. Éstos habían llegado a la entrada del Valle de Rhenn, y
con la vanguardia del ejército elfo y sus aliados a menos de trescientos metros
de distancia la temida batalla estaba a punto de comenzar. Barsimmon Oridio,
Padishar Cesta, Chandos y Axhind se habían repartido en los distintos mandos, y
Tiger Ty había ido al encuentro de los jinetes alados. La Guardia Especial
rodeaba a la reina por los cuatro flancos, pero ella se sentía
insoportablemente sola.
Se
volvió al oír las palabras del gatoespino y sintió los temblores.
—Triss
—dijo. Porque la tierra temblaba cada vez con más fuerza, como una bestia que
se despierta al amanecer con la llegada de la luz. Se sacudió para desvelarse y
su aullido se elevó por encima del ruido de los tambores de la Federación y de
los soldados marchando.
Wren
se quedó sin aliento.
¿Qué
ocurría?
De
pronto al este y al sur estallaron llamas y humo, que se levantaron contra la
luz del Sol en una frenética conflagración, y los temblores se convirtieron en
sacudidas desesperadas. Los hombres de los ejércitos enemigos interrumpieron la
lucha y se volvieron para otear el horizonte al tiempo que se alzaban gritos.
El fuego y el humo se convirtieron en una nube de cenizas negras, y de pronto
hubo una espantosa explosión de luz blanca palpitante y viva que llenó el cielo
con su resplandor. Se elevó en un frenético movimiento, atravesó el Sol y
regresó corriendo con el viento y las nubes.
Cuando
volvió a bajar a la tierra, los temblores empezaron de nuevo, llenando el aire
de ruido.
A
continuación, la luz estalló en el valle, y los rayos atravesaron la corteza
terrestre y se elevaron a través de los hombres aterrorizados. Wren dio un
grito ahogado al ver el resplandor, y las piedras élficas se clavaron en la
palma de su mano al aferrarlas con fuerza.
La
luz corrió en una y otra dirección, pero no al azar como ella al principio
había creído, sino con un propósito mortal. Primero alcanzó a los Escaladores,
partiéndolos en dos y dejándolos humeando, destrozados y sin vida. A
continuación alcanzó a los investigadores, envolviéndolos en sudarios de
muerte, vaciándolos de vida y reduciéndolos a montones de ceniza humeante.
Atravesó el ejército de la Federación arrancando de sus filas a los Espectros,
y al hacerlo les arrebató su resolución y su coraje, y los soldados que
quedaban dieron media vuelta y emprendieron la huida para salvarse, arrojando
las armas, abandonando sus fortificaciones y máquinas de asedio, obsesionados
con salvar la vida. Terminó en unos segundos, los Escaladores y los Espectros
fueron destruidos, los soldados del ejército de la Federación huyeron y las
praderas quedaron cubiertas de lo que había dejado atrás la batalla. Ocurrió
tan deprisa que ni los elfos, ni los proscritos, ni los trolls de las rocas
tuvieron tiempo de reaccionar, demasiado perplejos para hacer otra cosa que
mirar, y a continuación, echar un vistazo a sus propias filas para asegurarse
de que la luz no los había tocado.
En
el risco de la cabecera del valle desde donde había observado todo, Wren
Elessedil exhaló despacio el aire en el silencio que siguió. Triss estaba a su
lado boquiabierto y Stresa jadeaba a sus pies. Wren tragó saliva para combatir
la sequedad de su garganta y miró asombrada al otro lado del Valle de Rhenn,
como si acabara de producirse un último milagro.
Por
todos los secos y yermos llanos, hasta donde alcanzaba su vista, vio flores
silvestres abriéndose a la luz del Sol.
18
¿Qué
había dentro de la luz, Walker? —preguntó Coltar.
Era
media mañana, y estaban reunidos a la sombra de los árboles que cubrían las
laderas de las montañas de Runne, al norte de las ruinas de la Atalaya
Meridional. Abajo, el alcázar de los Espectros seguía humeando y en llamas, con
los muros derrumbados y convertidos en escombros, la piedra negra y lisa ahora
quebradiza y rugosa. Walker estaba sentado solo a un lado, envuelto en sus
oscuras ropas hechas jirones. Par y Coltar estaban sentados frente a él, y
Morgan, apoyado contra el ancho tronco de un arce rojo, masticaba una brizna de
hierba, mirándose las botas. Matty Roh estaba a su lado, hombro con hombro, y
Damson dormía a unos pocos metros. Estaban magullados, exhaustos y cubiertos de
sangre y polvo; Coltar se había roto un brazo y varias costillas. Pero la
tensión los había abandonado y la cautela había desaparecido de sus ojos. Ya no
huían, ya no tenían miedo.
—Era
magia —respondió Par con silenciosa convicción.
Habían
huido de los sótanos del alcázar de los Espectros por el túnel que Walker había
elegido, y las paredes se desmoronaban y caían en pedazos a su alrededor
mientras corrían a través de la oscuridad subterránea sólo con el fuego de los
druidas como guía. El túnel serpenteaba y parecía que no iban a salir a tiempo
al aire libre. Oían a sus espaldas el estruendo de la destrucción del alcázar,
sentían la corriente de aire viciado y polvo a medida que sus muros se
desplomaban. Temían que pudieran quedarse atrapados en ellos, pero Walker
parecía tan seguro del camino que lo siguieron sin cuestionarlo. Por fin el
túnel los condujo a unos matorrales sobre una ladera baja que dominaba el
alcázar, y de allí subieron con dificultad hasta el cobijo de los árboles para
observar la conflagración de fuego y humo que señalaba la desaparición del
alcázar. Damson volvía a estar inconsciente, y Walker se ocupaba de ella,
utilizando la magia del druida para curarla, como había curado a Par unas
semanas antes cuando éste fue envenenado por los hombres bestias. Damson estaba
febril a causa de las heridas, pero Walker le bajó la fiebre para que pudiera
dormir. Mientras se ocupaba de Damson, los demás se lavaron y vendaron lo mejor
que supieron.
La
luz del Sol se extendía hacia las colinas del oeste, y se sentaron a contemplar
los llanos donde la Atalaya Meridional ardía sin llamas. Dondequiera que
miraban veían flores silvestres que habían florecido al derrumbarse el alcázar
de los Espectros y regresar la luz a la tierra. En un derroche de color, las
flores cubrían la tierra hasta donde alcanzaba la vista, llegando incluso a los
lugares asolados por la plaga. Su fragancia, que flotaba en el aire de la
mañana, parecía anunciar un nuevo comienzo.
—Magia
robada —corrigió Walker Boh.
Lo
que la magia de la Espada de Shannara había mostrado a Par, Walker lo había
intuido con su instinto de druida. Éste tenía sus oscuros ojos rodeados de
ceniza y polvo, y la cara demacrada, pero en su mirada fija había fuerza. Se
habían informado mutuamente de lo que les había ocurrido a cada uno y
consideraban ahora las razones que había detrás de todos los acontecimientos.
—La
luz era la magia que los Espectros habían robado de la tierra —continuó Walker
levantando la cara—. Así habían conseguido su poder. Era la magia elfa de los
tiempos de las hadas, tomada prestada a los elementos, sobre todo a la tierra,
porque la tierra era su principal fuente. A la muerte de Allanon, los elfos
recuperaron esa magia perdida, y los Espectros fueron los renegados entre ellos
que trataron de darle otros usos. Como los Portadores de la Calavera y los
Espectros Corrosivos antes que ellos, los Espectros llegaron a confiar tanto en
la magia que ésta acabó trastornándolos. Se volvieron adictos a ella,
dependiendo de ella para sobrevivir. Acabó siendo el único sentido de su
existencia. La robaban en pequeñas dosis, pero cuando la necesidad se hizo
mayor y quisieron gozar de suficiente poder para controlar el destino de las
Razas y de las Cuatro Tierras, construyeron la Atalaya Meridional, a fin de
extraer la magia en cantidades enormes. Hallaron un modo de absorberla de la
corteza terrestre y encadenar lo que habían robado debajo del alcázar. La
Atalaya Meridional y la magia que guardaban en ella se convirtieron en la
fuente de su poder en todas partes. Pero al utilizarla para propagarse, crear
criaturas como los Espectros y fortalecerse, debilitaban la tierra de la que
habían sacado la magia. Las Cuatro Tierras empezaron a enfermar porque la magia
ya no era lo bastante poderosa para mantenerlas sanas.
—Los
sueños de Allanon —dijo Par.
—Se
habrían hecho realidad con el tiempo. No había nada que pudiera impedirlo si no
se liberaba la magia.
—Y
cuando fue liberada, destruyó a sus carceleros.
—No
en la forma que crees —replicó Walker—. No los destruyó deliberadamente. Lo
ocurrido es más simple. Una vez liberada, atrajo hacia sí todo lo que le había
sido robado. Recuperó el poder que le habían absorbido y, al hacerlo, dejó a
los Espectros y a sus monstruos desprovistos de la vida que los había
alimentado. Los dejó huecos como conchas de mar abandonadas en la playa. La
magia los mantenía vivos y, al arrebatársela, murieron.
Permanecieron
un instante en silencio, reflexionando.
—¿Entonces
la Atalaya Meridional tenía vida? —preguntó Coltar.
—Estaba
viva, pero no en el sentido en que nosotros lo estamos —respondió Walker—. Era
un organismo, una criatura de los Espectros que servía para nutrirlos y
protegerlos. Era la madre que los nutría, una madre que habían creado con la
magia. Se alimentaban de lo que ella les daba.
—Su
misma enfermedad los nutría —murmuró Matty Roh haciendo una mueca.
—Lo
que no entiendo es por qué había tantas clases distintas de Espectros —dijo
Morgan de pronto—. Los de la Atalaya Meridional, como Rimmer Dall y sus
investigadores, parecían ejercer un control sobre sí mismos. Pero ¿qué me dices
de las tristes criaturas del Pozo? ¿O de las mujeres gusano y el gigante que
nos encontramos camino de Culhaven?
—La
magia los afectó de forma diferente —respondió Par mirándolo de reojo—. Algunos
salieron mejor parados que otros.
—Algunos
se adaptaron —precisó Walker—. Pero otros no lo lograron, aunque lo intentaron.
Y algunos de los que estaban en el Foso eran hombres a quienes los Espectros
habían drenado sus magias, los débiles subvertidos por los fuertes. ¿Os
acordáis de cómo los Espectros intentaban penetrar en vuestros cuerpos para
convertirse en parte de vosotros? ¿Como la mujer gusano y el niño en la Cresta
de Toffer?
Como
Rimmer Dall, pensó Par, pero no lo dijo.
—Necesitaban
alimentarse para sobrevivir, y se alimentaban donde y cuando se presentaba la
necesidad. Utilizaban a los humanos que tenían a mano así como la tierra que
los sostenía. Si la magia era potente, el aliciente de robarla era aún mayor.
Una vez que los Espectros habían drenado la magia, ésta hacía enloquecer a las
criaturas que habían sido drenadas y, en algunos casos, a los Espectros que se
alimentaban de ella. Era una subversión muy destructiva. Los Espectros nunca
comprendieron por qué el poder que ambicionaban poseer les estaba vedado. Pero
es demasiado peligroso juguetear con el poder que da vida a la tierra y a sus
criaturas.
Rumor
salió de las sombras caminando con paso suave, chamuscado y cubierto
parcialmente de sangre, y con trozos de pelo arrancado. No parecía notarlo.
Tenía el morro húmedo tras haber bebido en algún arroyo oculto entre los
árboles. Los escudriñó brevemente con sus ojos luminosos, luego se acercó a
Walker, se sentó y empezó a lavarse a lengüetazos.
—Rimmer
Dall quería arrebatarme la magia del cantar, ¿verdad? —preguntó Par arrancando
una flor silvestre que crecía junto a uno de sus pies.
—Quería
algo más que la magia, Par. —Walker había cambiado de postura poniéndose más
cómodo y Rumor lo miró para asegurarse de que no se iba—. Te quería también a
ti. Quería convertirse en ti. Cuesta comprenderlo, pero los Espectros habían
descubierto la forma de abandonar sus cuerpos y sobrevivir como apariciones. La
vieja magia les permitía hacerlo; la magia de la tierra les daba poder para ser
lo que quisieran ser. Pero de esa forma les faltaba identidad y anhelaban ser
algo más que humo. Así que utilizaban los cuerpos de los humanos y se deshacían
de ellos cuando decían ser alguien o algo distinto. —Se echó ligeramente hacia
delante—. Pero Rimmer Dall era el primer investigador, el más poderoso de los
Espectros, y estaba ansioso por ser más que los demás. Decidió convertirse en
ti, Par, porque tú le podías dar una juventud y un poder que nada tenía que ver
con los de otros seres humanos. La magia del cantar estaba evolucionando y él
lo sabía. Más aun, conocía el rumbo que estaba tomando esa evolución. Tu sangre
elfa devolvía la magia a aquello que Brin Ohmsford había heredado de su padre,
la magia nacida de las piedras élficas. ¿Recuerdas cómo luchó ella para impedir
que ésta la destruyera? Rimmer Dall comprendía la naturaleza de esta magia. Era
elfa, pero también tenía un lado Espectro. Si conseguía controlarla, podría
hacer que sirviera a sus propósitos. Pero no podía hacerlo a menos que tú lo
ayudaras. La magia era demasiado potente, demasiado protectora, para permitir
que fueras trastocado a la fuerza. Necesitaba engatusarte para que lo ayudaras,
y eso fue lo que acabó destruyéndolo, su obsesión por tenerte. Se entregó por
completo a ello, dedicando todo su tiempo a hallar el modo de lograrlo,
diciéndote que ya eras un Espectro, dándote a entender que eras el mismo
enemigo que perseguías, haciéndote creer que habías matado a Coltar y luego
devolviéndolo a la vida, persiguiéndote y acosándote para convencerte de que
sin su ayuda ibas a enloquecer.
»Su
causa se fortaleció al descubrir que Allanon te había enviado a buscar la
Espada de Shannara. Conocía tu magia desde nuestro encuentro en Varfleet, pero
ahora supo la manera de hacerte su aliado contra su enemigo más poderoso.
Necesitaba mantenerse cerca de ti para asegurarse de que no descubrías la
verdad, y tu magia lo ayudó. Era generada por los elfos, y cada vez que
confiabas en ella le decías dónde estabas. No bastaba para permitirle
capturarte, pero lo mantenía cerca de ti.
—Pero
se equivocó respecto a la Espada de Shannara —insistió Par—. Creía que yo era
el único que podía utilizarla cuando en realidad estaba destinada a Coltar.
—No
creo que estuviera destinada a uno u otro, sino a los dos —replicó Walker
haciendo un gesto negativo—. Pero era necesario que Coltar la utilizara primero
si querías salvarte de Rimmer Dall. Tenías que encontrar la manera de aceptar
que, a pesar de que tus temores acerca de la magia fueran reales, no había nada
que determinara tu destino. Allanon se cuidó mucho de revelar el papel que iba
a jugar Coltar. Debía de saber que tenía que guardarlo en secreto si Coltar
tenía que ayudarte.
—Tal
vez sabía que los Espectros descubrirían los encargos y ocultó uno —sugirió
Morgan.
—¿Y
qué dices de los encargos? —preguntó Par—. ¿Cuál era su propósito? Sabemos por
qué era tan importante recuperar la Espada de Shannara, pero ¿y los demás?
Walker
respiró profundamente, desvió la vista hacia los llanos durante un instante,
pensativo, y luego se volvió de nuevo. Tanto sus conocimientos como su lógica
le permitían adivinar más deprisa que sus compañeros las verdades que se
ocultaban detrás de lo ocurrido, y se apresuraron a mirarlo a él en busca de
una explicación. Previsión, comprensión, percepción y deducción, éstas eran las
habilidades que había recibido de los druidas. Además del poder de la magia y
la responsabilidad de emplearla con prudencia. Empezaba a comprender la carga
que había soportado Allanon todos aquellos años.
—Los
encargos perseguían algo más que la simple destrucción de los Espectros —dijo,
eligiendo con cuidado sus palabras—. Debían combinarse varias cosas para que
las Cuatro Tierras pudieran sobrevivir. Lo primero y más importante, era
necesario comprender quiénes eran los Espectros y lo que se proponían, y las
empresas que había ordenado Allanon conducían a esa comprensión. En primer
plano estaban los talismanes que han ayudado a destruirlos: la Espada de
Shannara, las piedras élficas, la magia del cantar y la espada de Morgan. Y en
la periferia estaban las magias que nos han permitido recuperar esos
talismanes.
»Pero
los encargos también se hicieron para sostener las Cuatro Tierras una vez
desaparecidos los Espectros, para tratar de impedir que otros Espectros o
criaturas como ellos regresaran. Los elfos volvieron para devolver un
equilibrio que se había roto. Los elfos son los sanadores de la tierra y de sus
criaturas, los centinelas necesarios para mantener la magia a salvo y fuera de
peligro. Cuando huyeron, no hubo quien desafiara el robo de los Espectros, ni
quien se diera realmente cuenta de lo que estaba ocurriendo. Los elfos harán lo
posible para impedir que eso vuelva a ocurrir.
»Y
los druidas —continuó en voz baja— contribuirán también a ese equilibrio. Eso
era algo que antes no entendía, algo que he aprendido al convertirme en uno de
ellos. Los druidas son la conciencia de la tierra. No se limitan a manipular y
controlar. Averiguan cuáles son los problemas que preocupan a la tierra y a sus
habitantes, y ayudan a solucionarlos. A veces puede parecer que sólo sirven a
sus propósitos, pero esta percepción errónea viene del temor al poder que
ejercen. Por supuesto, cada uno juzga por sí mismo, incluido yo, pero la razón
de la existencia de los druidas tiene su origen en la necesidad de servir.
—Hizo una pausa—. Si no fuera así, no podría ser uno de ellos.
—En
otro tiempo no habrías podido serlo —respondió Par en voz baja.
—Eso
queda muy lejos, Par —repuso Walker, suavizando la dureza de su mirada.
Cogline
hubiera estado de acuerdo, pensó el joven del valle. El anciano enseguida
habría reconocido la verdad encerrada en aquellas palabras. Cogline había visto
pasar tantos años, tantas épocas sacadas de la memoria y convertidas en
leyenda, como la desaparición de los druidas y su regreso, o la transición del
viejo mundo al nuevo. Cogline había sido el último de su serie, y habría
comprendido que la única constante de la vida era la inevitabilidad del cambio.
—Así
que las criaturas negras han desaparecido de verdad —dijo Matty Roh de pronto,
como si necesitara que alguien se lo confirmara, sin mirar a nadie mientras.
—Los
Espectros han desaparecido —aseguró Walker Boh. Hizo una pausa con la mirada
baja—. Pero la magia que los sostiene perdura. No lo olvidéis.
Damson
se despertó y fueron a ver si estaba bien. Por encima de sus cabezas, la luz
del Sol brillaba con más fuerza a través de la temprana neblina, y el aire se
volvió más caliente y pegajoso. En los llanos de abajo, las ruinas de la
Atalaya Meridional relucían humeantes en el calor sofocante, y al poco tiempo
adquirió el aspecto de un espejismo.
El
mediodía llegó y se fue mientras el pequeño grupo descansaba en el frescor de
las montañas cubiertas de bosque. Damson se despertó de su sueño para comer y
beber algo, y enseguida volvió a cerrar los ojos. Pronto se curará, dijo Walker
Boh. Pronto volverá a estar bien.
Después
de eso se durmieron, uno tras otro, oliendo las flores silvestres y la hierba
fresca, y reconfortados por el silencio del bosque. Tal vez fuera por
agotamiento, pero Par pensó después que hubo algo más. Soñó que Walker hablaba
con cada uno de ellos mientras dormían, pidiéndoles que recordaran lo que había
dicho acerca de la magia, su importancia para la tierra. Que parte de la magia
que conservaban —y aquí se dirigió sobre todo a Par— debían protegerla del
empleo erróneo y el descuido. Mantenerla a salvo para cuando fuera necesaria;
tenerla de reserva para cuando hubiera necesidad de utilizarla. Los tocó a cada
uno de una manera que no era inmediatamente reconocible, pasando entre ellos en
silencio y sin hacer ruido, dejándolos descansados y tranquilos. A medida que
lo hacía, cambiaba de aspecto, pareciéndose a veces a Walker y otras a Allanon.
Quitó a Coltar la Espada de Shannara. Para que no volviera a perderse, dijo. Ni
Coltar ni los demás protestaron. La Espada no les pertenecía a ellos, sino a las
Cuatro Tierras.
Entonces
Walker empezó a disiparse como una sombra a la luz del Sol. «Ahora debo
dejaros, porque mis poderes curativos requieren el sueño del Druida», dijo.
Cuando
se despertaron de nuevo era media tarde, el Sol se había vuelto morado y
escarlata, y el bosque estaba silencioso y fresco. Walker Boh se había ido y no
fue necesario que nadie les dijera que no iba a volver con ellos.
Poco
después, los jinetes alados elfos y sus rucs aparecieron por el oeste, donde la
luz se desvanecía poco a poco, llevando a Wren, a Padishar y a los demás que
habían luchado en el Valle de Rhenn, y llegó la hora de las explicaciones.
19
Pasó
el tiempo, y el verano cedió el paso al otoño. El calor de mediados de año
remitió a regañadientes, los días se hicieron más frescos, se acortaron y se
volvieron más preciosos ante la perspectiva de la llegada del invierno. Las
flores silvestres se marchitaron y las hojas empezaron a cambiar de color, y
una gama sustituyó a otra. Los pájaros emigraron hacia el sur y los vientos
procedentes de las montañas se volvieron más gélidos. La luz se había vuelto
brumosa y perezosa, y parecía alejarse del cielo como suaves y silenciosos
plumones.
Coltar
Ohmsford volvió a su hogar en el Valle Umbroso para asegurarse de que Jaralan y
Mirianna estaban bien, y se sorprendió al enterarse de que la Federación hacía
semanas que había perdido interés, abandonando el pueblo y a los Ohmsford
mayores por preocupaciones más apremiantes. El reencuentro fue alegre, y Coltar
les prometió que no volvería a viajar en mucho tiempo.
Par
Ohmsford y Damson Rhee se dirigieron a Tyrsis, al norte, y se quedaron allí el
tiempo justo para averiguar que el Topo había logrado sobrevivir a la
persecución de los Espectros. Luego regresaron a Valle Umbroso en busca de
Coltar. Par ya había decidido lo que haría a continuación. Entre los tres
abrirían una taberna en el norte, en una de las ciudades fronterizas de
Callahorn, donde servirían buena comida, proporcionarían alojamiento agradable
y cuando lo pidiera la ocasión entretendrían a los clientes con historias y
canciones. Le había ocurrido algo a la magia del cantar al liberar la magia de
la tierra prisionera en la Atalaya Meridional. Sólo era capaz de hacer lo que
había hecho en otro tiempo: crear imágenes. Pero era suficiente para que Par y
Coltar pudieran contar historias como antaño. Coltar se resistía a abandonar
Valle Umbroso, por supuesto, pero Par creía que podría persuadirlo.
Los
Espectros habían desaparecido de las ciudades de Callahorn, y entre la
población había un ferviente deseo de que también se fuera la Federación. Casi
inmediatamente después, Padishar Cesta empezó a planear una revuelta de los
proscritos para expulsar a los habitantes de las Tierras Meridionales de
Callahorn para siempre. Dijo a los hombres que lo ayudaron que Callahorn había
pertenecido en otro tiempo a sus padres. La Federación los había encarcelado y
exiliado, y él había sido entregado a una tía para que lo criara. Nunca había
vuelto a ver a sus padres, pero había oído decir que su padre era conocido como
el barón Cesta.
Morgan
Leah cumplió la promesa que había hecho a Steff y volvió a las Tierras
Orientales para unirse a la Resistencia de los enanos en su lucha contra la
Federación. Matty Roh fue con él, sin preguntarse ya si ésa era la decisión
acertada, sin preocuparse más por el fantasma de Despertar. Morgan le dijo que
quería que lo acompañara. Se reunirían allí con la abuela Elise y la tía Jilt,
y se quedarían hasta que los enanos volvieran a ser libres. Entonces
regresarían a las tierras altas y él le enseñaría su cabaña de las montañas.
Eso era lo que había dicho, pero ella pensó que tal vez le estaba diciendo algo
más.
Wren
Elessedil regresó a las Tierras Occidentales como reina de los elfos,
consciente de la promesa de ocuparse de que los elfos recuperaran la vieja
práctica de recorrer como sanadores las Cuatro Tierras. Con el respaldo de
Triss y Tiger Ty, y ahora hasta de Barsimmon Oridio, no creía que el Consejo
Supremo siguiera cuestionando su liderazgo. Sus sanadores se hallarían entre
los Elegidos, y no sólo cuidarían los Jardines de la Vida y de Ellcrys, sino de
toda la tierra. Al principio no serían aceptados, pero no se rendirían. Al fin
y al cabo, los elfos no eran de los que se rendían.
La
guerra contra la Federación se recrudeció durante un tiempo, pero agonizó
cuando los habitantes de las Tierras Meridionales empezaron a regresar a su
país natal. Sin los Espectros para influenciar el Consejo de Coalición, y con
la derrota de su ejército en el Valle de Rhenn, el interés en continuar la
guerra empezó a declinar rápidamente. Los levantamientos de Callahorn y de las
Tierras Orientales procuraron una creciente insatisfacción con todo el programa
de expansión de las Tierras Meridionales, y la Federación acabó abandonando las
tierras de la periferia.
Pasó
el tiempo y las estaciones se sucedieron.
Paranor
permaneció tranquilo a lo largo del otoño y del invierno, elevándose por encima
de los umbrosos bosques que lo rodeaban, cercado por los enormes picos de los
Dientes del Dragón, una oscura masa de muros y parapetos, almenas y torres. De
vez en cuando pasaban de largo viajeros, pero ninguno osaba entrar en el
Alcázar de los Druidas. La mayoría decían que estaba encantado, que era el
lugar de diversión de los espíritus, una cripta para las almas de los druidas
muertos y desaparecidos. Algunos decían que un gato del páramo lo rondaba por
dentro y a veces por fuera, negro como la noche y grande como un caballo, con
ojos de fuego. Otros decían que el gato del páramo hablaba como un hombre.
Dentro
del Alcázar, Walker Boh dormía el sueño de los Druidas sin que nadie lo
molestara. Mientras su cuerpo descansaba, su espíritu recorría a menudo la
tierra, volando con el viento hasta sus confines más remotos, cabalgando sobre
las nubes y las crestas de las olas. Walker soñó dormido con cosas que habían
desaparecido y cosas que estaban por venir, con lo que había sido y lo que
debería ser. Soñó con un nuevo Consejo de Druidas, con una reunión con los
hombres y mujeres más sabios de las Razas, con un fondo común de conocimientos
que haría crecer y prosperar las Cuatro Tierras. Soñó con la paz. Sus sueños
llegaban más lejos que los viajes que emprendía como espíritu, porque su
imaginación no tenía límites.
De
vez en cuando Allanon le hacía una visita. Estaba casi blanco a estas alturas,
una oscura sombra convertida en fantasma, unas líneas cada vez más borrosas a
contraluz. Hablaba con Walker, pero sus palabras se referían más a los
sentimientos que a los pensamientos. Se alejaba poco a poco del mundo de la luz
y la sustancia para adentrarse en el de la vida después de la muerte. Parecía
satisfecho de partir; parecía en paz consigo mismo.
Y a
veces, cuando Walker tenía el corazón tranquilo y la mente en reposo, Cogline
también iba a verlo. El anciano se acercaba a él, con el pelo ralo y
desordenado, el cuerpo convertido en un saco de huesos, los rasgos de la cara
afilados y los ojos transparentes, y asentía con una sonrisa. Sí, Walker,
decía. Has actuado correctamente.
Fin


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