© Libro N°. 2965. Los Solarianos. Spinrad, Norman. Colección
E.O. Julio 23 de 2016.
Título original: © THE SOLARIANS
Versión Original: © Los Solarianos. Norman Spinrad
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS SOLARIANOS
Norman Spinrad
Título original en inglés: THE SOLARIANS
Traducción: César Terrón 1966
Spinrad, Norman 1982
EDHASA ISBN: 978-84-350-0356-8
Colección Nebulae 2ª Época nº 56
El
Autor
NORMAN
SPINRAD nació en Nueva York en 1940 y es autor de algunos de los libros más
originales y provocativos de la ciencia—ficción contemporánea: Los Solarianos
(1966), Los Hombres de la Jungla (1967), Bug Jack Baron (1969), El Sueño de
Hierro (Prix Apollo 1974), No Direction Home (1975), Songs from the Stars
(1980).
Contraportada
LOS
SOLARIANOS, que desde hace un tiempo viven aislados del resto de la galaxia,
reaparecen para salvar a raza humana de unas criaturas que quizá no son más que
ingeniosas computadoras, aunque poderosas e implacables: los duglaari. Pero la
solución que los solarianos traen a los peligros y amenazas de la guerra no es
un arma secreta ni un insólito plan táctico. La victoria que ellos prometen se
conseguirá mediante una estrategia simple y terrible: rendición incondicional.
CAPÍTULO
UNO
IBA
A SER OTRA BATALLA DESIGUAL. Tres probabilidades contra cuatro, normalmente...
En este caso, en el sistema de Sylvanna, significaba una flota de ochenta de
las naves negras que ya cruzaban la órbita del planeta más externo en cerrada
formación de cono, la base delante, la nave capitana en el vértice.
Jay
Palmer, el comandante de la flota, dispuso la undécima flota humana en
formación de disco, de sólo tres naves de espesor, con la nave capitana en la
tercera fila.
Palmer
estaba sentado en la silla de mando de la nave capitana; delante de él, la
pantalla maestra de batalla mostraba la flota duglaari como un cono de
luminosos puntos rojos; las naves de Palmer, superiores en número, como sesenta
puntos dorados; Sylvanna, un sol tipo G—5, como una esfera verde; a la
izquierda, el cuadro de control de daños: sesenta luces, ahora todas verdes, la
totalidad de naves en orden de batalla (ámbar significaba una nave dañada que
todavía disponía de energía, azul significaba un casco arruinado o algo peor);
a la derecha, las pantallas de datos de la computadora.
El
comandante vestía un deslucido mono de batalla de color oliváceo, sin adornos,
abierto en el cuello y diseñado estrictamente en base a la comodidad. Su tarea
como comandante de la flota era fundirse con sus naves, o más correctamente,
hacer de todas y cada una de las naves una extensión de su mente, una parte de
él mismo. Un buen comandante consideraba su flota como un organismo integrado;
las naves eran las extremidades, los seudópodos; la nave capitana, la
nave—computadora, era el cerebro; y él el corazón, el ego, el alma.
Palmer
tenía dos auriculares de líneas diferentes conectados a sus orejas; el derecho
lo comunicaba en directo con el oficial jefe de computación, el izquierdo era
el circuito de mando, las voces de cada uno de los sesenta capitanes de nave.
Un
laringófono está asegurado a su nuez de Adán. En la mano derecha tiene un
interruptor de palanca de dos posiciones: hacia adelante, y habla con el
oficial jefe de computación, hacia atrás, y puede dar instrucciones a sus
sesenta capitanes. En la mano izquierda tiene un interruptor similar, pero de
tres posiciones: adelante, para el auricular de computación; atrás, para el
circuito de mando; punto medio, para ambos a la vez.
—Computación
—gruñó Palmer—, confirme cifras.
—Ochenta
doogs —barbotó el auricular derecho del comandante—. Tiempo de contacto
estimado, una hora.
La
cara enjuta de Palmer se retorció en una mueca de fastidio. Era un rostro que
podía ser atractivo en reposo, pero ahora unas arrugas profundas le enmarcaban
los labios gruesos, y tres surcos le cruzaban la parte superior de la frente.
Conectó
el circuito de mando.
—Plano
eclíptico a noventa grados norte galáctico —ordenó—. Velocidad máxima.
Mantuvo
los grandes ojos grises pegados a la pantalla maestra de batalla. El disco de
puntos dorados empezó a moverse hacia arriba, por encima de la línea intermedia
que representaba la eclíptica. Una batalla entre flotas se inicia como una
contienda de posición. Uno no puede permitirse quedar atrapado entre el enemigo
y un sol, y menos cuando tu flota es la más pequeña. La táctica duglaari típica
era obligar a una flota a retroceder hasta el sol que defiende; si lo hacían
con bastante rapidez, podían encajonarte de modo que la huida fuera imposible:
fuerzas superiores delante de ti y un sol a tus espaldas, no habría sitio a
dónde ir. El campo de resolución naval de los duglaari era más poderoso —casi
siempre tenían más naves— y esto empujaba hacia atrás a la flota humana, hacia
el horno estelar, hasta que la flota se veía obligada a romper la formación y
luchar sobre una base individual, desesperadamente superados en número.
El
sudor se agolpó en el labio superior de Palmer. La flota humana estaba
ascendiendo sobre la eclíptica, pero el comandante duglaari había detectado la
maniobra, y el cono rojo ascendía igualmente, mientras las flotas se acercaban
una a otra a velocidad terrorífica. Era como el ajedrez, con aperturas más o
menos típicas. Si la flota humana lograba ascender por encima de los duglaari,
podrían descender detrás de ellos, y entonces serían los duglaari los que
combatirían con un sol a la espalda, y si bien su campo naval total aún sería
más potente, tendría que resistir la atracción de Sylvanna así como el empuje
del campo naval humano, y la batalla podría estar bastante equilibrada.
Pero
los duglaari estaban ascendiendo con tanta rapidez como los humanos; de hecho,
la experta mirada de Palmer observó que el enemigo ascendía un cinco por ciento
más deprisa. Los humanos no iban a poder subir por encima de ellos.
Palmer
rio entre dientes. Los duglaari estaban mordiendo el anzuelo. Si se los pudiera
engañar durante un tiempo...
—Reduzcan
la velocidad a tres cuartos —ordenó.
La
flota humana aminoró su ascensión; ya estaba claro que los duglaari los iban a
sobrepasar, pero Palmer confiaba en ocultar la maniobra, de modo que el
comandante duglaari siguiera creyendo que los humanos intentaban subir y
situarse encima. Si era posible persuadir a los doogs de que mantuvieran su
ritmo de ascenso el tiempo suficiente, entonces...
Las
flotas no tardarían en estar una encima de otra.
—Reduzcan
la velocidad a dos tercios.
La
flota humana aminoró un poco más aún el ascenso.
Palmer
estudió atentamente la pantalla maestra de batalla. ¡Los duglaari no reducían
la velocidad! ¡El plan daba resultado! Con los actuales valores relativos de
velocidad, los duglaari iban a dominar el espacio por encima de los humanos; la
base de la formación cónica presionando con su campo la faz del disco de la
flota humana, y obligándola a retroceder hacia el sol.
Pero
en el instante siguiente, los duglaari se verían comprometidos por su ascenso;
estaban navegando a una velocidad casi doble que la flota humana, y jamás
podrían girarse a tiempo...
¡Ahora!
—
¡Neutralicen velocidad de avance! —rugió Palmer—. ¡Frenado de emergencia!
¡Inviertan curso ciento ochenta grados! ¡Desciendan! ¡Desciendan! ¡Desciendan!
La
flota humana dejó de elevarse. Empezó a retroceder hacia la eclíptica. Cayó más
deprisa, cruzó la eclíptica y siguió descendiendo.
Frenéticamente,
los duglaari disminuyeron la velocidad, invirtieron el curso e intentaron
seguir a los humanos. Pero el comandante doog había reaccionado con gran
lentitud. En realidad había perdido la contienda posicional al no advertir que
la flota humana había estado reduciendo deliberadamente el ascenso.
En
lugar de acortarse, la brecha se estaba ensanchando.
—
¡Giro de noventa grados! —ordenó Palmer.
La
flota humana varió el curso otra vez, en esta ocasión siguiendo una línea
paralela a la eclíptica pero por debajo, alejándose de Sylvanna, bajo la flota
duglaari. Se situó al otro lado de los duglaari, y el enemigo quedó entre la
flota humana y Sylvanna.
—
¡Asciendan! ¡Asciendan! ¡Arriba! ¡Arriba!
La
flota humana ascendió a gran velocidad. Los duglaari frenaron su descenso e
intentaron elevarse más deprisa, pero los humanos estaban en ventaja; las
flotas habían invertido sus posiciones.
El
vértice del cono que constituía la flota duglaari apuntaba ahora hacia
Sylvanna. Su base encaraba la faz del disco en que la flota humana estaba
formada.
El
plan había dado resultado. Los duglaari estaban atrapados entre la flota humana
y Sylvanna.
Palmer
conectó el circuito de computación.
—
¿Tenemos potencia para hacerlos retroceder? —preguntó, aunque suficientemente
convencido de cuál sería la respuesta.
La
propulsión por campo de resolución se usaba para impulsar las naves en el
espacio normal. Ese campo resolvía el spin electrónico de todas las masas que
había en su interior en un vector unidireccional que formaba ángulos rectos
respecto a sus líneas de fuerza. En formación cerrada, los campos de resolución
particulares de las naves se fundían en un gran campo de resolución naval que
abarcaba la totalidad de vehículos.
Además
de impulsar la flota, el campo naval empujaba todo lo que estuviera delante en
la misma dirección que se movía la flota... En este caso particular, ese todo
incluía la flota duglaari.
Pero
los duglaari disponían de un campo similar, que se estaba oponiendo al campo de
la flota humana. Tres factores iban a determinar la dirección en que las dos
flotas se movieran: la potencia del campo humano, la potencia del campo
duglaari y el hecho de que este último también debía oponerse a la atracción de
Sylvanna.
El
campo duglaari sería más potente que el humano en una proporción de cuatro a
tres, pero quizá cuando el factor adicional de la gravedad de Sylvanna fuera
sustraído de la potencia del campo duglaari...
La
computadora ya tenía la respuesta.
—Negativo
—dijo la voz al oído de Palmer—. Aunque podría ser peor. Ahora estamos en
equilibrio con ellos. No podemos hacerlos retroceder, ni ellos pueden
empujarnos. Punto neutro.
Palmer
suspiró resignadamente. Todo iba tal como esperaba. Los humanos habían ganado
la fase uno de la batalla: la contienda posicional. Habían logrado anular
temporalmente la superioridad numérica de los duglaari.
Ahora
se iniciaba la fase dos: la batalla de desgaste.
La
primera fase de una batalla, la fase posicional, solía estar acabada en menos
de una hora. La segunda fase, la de desgaste, podía prolongarse
interminablemente...
En
las actuales posiciones, las potencias de los campos de ambas flotas se
contrarrestaban. Sólo había un medio de romper ese punto muerto y forzar la
batalla hasta su decisión: destruir más naves de las que se perdieran, de
manera que el campo de resolución naval propio fuera haciéndose
proporcionalmente más fuerte que el del enemigo.
La
elección de armas posibles en esta fase de la batalla estaba rigurosamente
limitada. Nada de masa significativa podía pasar de una flota a otra: el objeto
quedaría atrapado en estasis a medio camino entre los dos campos de resolución
contendientes. Ello eliminaba todo el armamento de misiles. Incluso eliminaba
los emisores de antiprotones, puesto que los antiprotones proyectados tenían
masa. Los explosivos nucleares y termonucleares también estaban descartados, ya
que resultaba imposible hacerlos estallar más cerca del enemigo que de las
naves propias.
—Computación
—masculló Palmer en el laringófono—. Hágase cargo. Norma GN-64 para empezar.
El
comandante arrugó la frente. Esa parte de la batalla era la que más odiaba. Las
únicas armas capaces de ser empleadas con algún efecto eran los lanzaláser, que
proyectaban rayos caloríficos de enorme intensidad. Pero igual que con
cualquier otra arma energética inventada, los rayos debían concentrarse en una
nave enemiga durante un largo rato antes de que perforaran el metal del casco y
causaran algún daño real.
Palmer
examinó la pantalla maestra de la batalla. Las naves del cono duglaari se
estaban moviendo de un modo complejo dentro de la formación, aparentemente al
azar. La idea, naturalmente, consistía en evitar que los humanos mantuvieran
sus lanzaláser concentrados en sus naves el tiempo suficiente para dañarlas.
Las señales doradas de la flota humana ejecutaban similarmente una compleja
danza de la muerte.
Las
maniobras parecían casuales, pero no lo eran. No podían serlo porque, además de
evitarlos rayos de los lanzaláser, las naves de ambas flotas tenían que
permanecer estrechamente integradas en sus respectivos campos de resolución
naval. De lo contrario, el campo se rompería y la flota desintegrada sería
derrotada.
La
tarea era demasiado complicada para que cualquier organismo vivo, incluso una
flota humana o duglaari entrenada y experta, la llevara a cabo. La ejecutaban
enteramente las computadoras de la flota, que gobernaban ambas escuadras
durante esa fase de la batalla.
Palmer
podía seleccionar entre los prácticamente miles de normas pre programadas cuál
sería en un momento dado la que usaría la computadora; podía asimismo
desconectarla en cualquier momento y entonces, ese momento preciso daba la
medida del control que tenía sobre su flota. ¡Y eso no le gustaba en lo más
mínimo!
Un
rayo duglaari centelleó inofensivamente sobre una de las naves de la primera
línea, y los detectores aullaron. Un rayo humano topó con una nave doog en la
base del cono; en una fracción de segundo el doog ya no estaba allí, y el rayo
del lanzaláser se perdió inocuamente en el vacío.
Las
computadoras, las malditas computadoras, se estaban tentando mutuamente,
procurando racionalizar los movimientos "casuales" del enemigo en
formulaciones matemáticas predecibles. Palmer, como la mayoría de comandantes
de flota, odiaba a las computadoras. Por un lado, lo despojaban del control
absoluto de su flota; por otro, las computadoras de mando del sistema de
Olympia estaban perdiendo la maldita guerra... Las computadoras duglaari eran
mejores que las humanas, y había más doogs que hombres.
La
humanidad afrontaba la extinción, y las computadoras habían anunciado
regularmente ese hecho durante los últimos trescientos años.
Una
de las luces verdes del tablero de control de daños se puso ámbar. Los duglaari
estaban deduciendo la norma GN-64.
—Variación
a GP-12 —ordenó Palmer.
Ahora
la computadora duglaari tendría que ponerse a resolver la nueva norma, antes de
poder dañar otra nave y...
¡Toma!
Una
de las indicaciones rojas se inflamó de púrpura y desapareció. Su potencia se
había consumido, ¡Un doog menos!
Ahora
los duglaari cambiarían la norma.
Esto
podía continuar mucho, muchísimo tiempo. En cuanto una computadora de flota
descifraba la norma del enemigo, el comandante rival adoptaba una nueva, y la
computadora tenía que volver a empezar.
No
se producía ninguna gran conflagración que destruyera infinidad de naves en
pocos minutos de acción candente. Sólo había un lento desgaste: una nave doog
por ahí, una nave humana por allá..., hasta que el equilibrio de las fuerzas de
campo se rompiera.
Si
es que ese equilibrio llegaba efectivamente a romperse... Palmer recordaba la
historia de la batalla de Bowman. Cincuenta naves humanas, cincuenta y ocho
doogs. Ningún contrincante había logrado obtener una ventaja notable; una nave
perdida por vez, alternadamente, y el combate se había vuelto rutinario a lo
largo de todo un día normal, o más.
Por
último, ambas flotas quedaron destruidas por completo. Era pura majadería.
Jay
Palmer sabía muy bien lo que quería hacer. Romper formación de repente,
efectuar un ataque resuelto, sin reparar en riesgos, contra la nave capitana
doog, la nave computadora. Si era posible dejar fuera de combate a la nave
capitana, destruir la computadora, la batalla estaba terminada por completo.
Entonces el enemigo no podía esquivar los rayos de los lanzaláser y mantener
simultáneamente su campo naval.
Pero
aun cuando una táctica así triunfara, Palmer lo sabía, él sería sometido
después a un consejo de guerra. La guerra, y hasta su última batalla, se
disputaba bajo el rígido control del Mando de Computación. Todo comandante que
creyera ser capaz de pensar mejor que las computadoras sería degradado a
encargado permanente de letrinas. Si tenía suerte.
Otra
luz del tablero de control de daños se puso ámbar, luego azul. ¡Y después otra
más!
¡Maldición!
¡Maldición! ¡Maldición!
—Variación
a GN-41.
El
combate se prolongó y se prolongó, hora tras hora. Poco a poco el espacio se
convirtió en una confusión de restos de naves, fragmentos de metal, nubes de
desechos donde una central energética había sido alcanzada por un rayo
calorífico que hizo estallar una nave.
Los
rayos de los lanzaláser iluminaron la negrura como novas lineales y la batalla
continuó. Las naves prosiguieron dentro de sus formaciones sus danzas de
muerte.
Palmer
estaba bañado en sudor, el cabello mojado y desgreñado. Tenía la impresión de
haber pasado la vida entera en la silla de mando. La sensibilidad táctil había
desaparecido de sus nalgas. Su garganta estaba irritada por la voz áspera con
que daba las órdenes.
Habían
ensayado cientos de normas, y los duglaari habían hecho lo mismo.
Sombríamente,
Palmer examinó el tablero de control de daños. Diez luces estaban ahora de
color ámbar, y siete azules. Diecisiete naves inservibles.
Los
duglaari sólo habían perdido catorce.
Palmer
sabía que estaba perdiendo la batalla. El punto sin retorno posible no había
sido alcanzado aún; empleando la energía de emergencia, la flota humana
sostenía todavía la posición, pero si los doogs se ponían a diez naves por
delante, por ejemplo, entonces la fase tres empezaría y...
—Computación
—dijo Palmer, con la voz áspera y cansada—. Extrapolación, por favor.
—Probabilidades
de victoria duglaari: setenta por ciento —dijo la voz a su oído—. Victoria
humana, veintitrés por ciento. Equilibrio, siete por ciento.
Palmer
suspiró. Se decidió: cuando las probabilidades de victoria duglaari alcanzaran
el ochenta por ciento, rompería el contacto y huiría. Si no...
Si
no, la flota duglaari iría haciéndose proporcionalmente más fuerte. Puesto que
los humanos habían forzado a los duglaari a una posición hacia el sol, la
batalla no terminaría con prontitud; los doogs no se limitarían a empujarlos
hacia el sol. En lugar de eso, el cono de la flota enemiga se transformaría en
un hemisferio hueco que avanzaría para envolver a la flota humana. Por último
los duglaari formarían un globo, con la flota humana en el centro.
El
campo de resolución naval enemigo, más potente, rodearía el campo humano. Los
generadores duglaari presionarían de manera irresistible hacia el centro, la
flota humana sería aplastada y estrujada hasta que las naves entraran en
colisión y no quedara más que una masa enorme, estrechamente apretada, de metal
deforme... Y hombres muertos.
Al
principio de la guerra, hacía trescientos años, estas batallas hasta la muerte
se habían producido con horrorosa regularidad. Había costado muchas naves y
hombres aprender la lección: si no puedes vencer, retírate. Vete con tantas
naves como puedas. Los actos heroicos solo significaban que la desproporción de
gente y material entre humanos y duglaari empeoraba muchísimo la situación.
Ochenta
por ciento sería el punto sin retorno. —Variación a GN-7
Al
menos el número de normas era prácticamente inagotable...
Pero
otras dos luces se pusieron de color ámbar. E inmediatamente azul.
—Variación
a GN-50.
¡Maldita
sea! La computadora duglaari estaba aprendiendo a descifrar las normas más
deprisa. Quizás, en algún extraño sistema matemático duglaari las normas
humanas encajaban en cierto modelo maestro propio, y quizá fuera ésa una de las
razones por las que los doogs eran mejores...
¡No!
¡No! Mejores no; tal vez más avanzados, tal vez una civilización mayor, más
vieja, pero no mejor...
Otra
luz ámbar.
—
¡Por todos los cobardes de Sol! —exclamó el comandante—. Variación a GN-13.
Casi
al instante, la luz ámbar se puso azul. La computadora duglaari se había
amoldado otra vez, y en esta ocasión ¡casi con la misma rapidez con que se
había cambiado la norma! Esto está perdido..., pensó Palmer con amargura.
—Variación
a GN-69 —murmuró por el circuito de mando.
—
¡Comandante Palmer! ¡Comandante Palmer! —era la voz de Twordlarkin, el oficial
jefe de computación. Palmer imaginaba perfectamente lo que venía—: Comandante,
la última extrapolación es ochenta y tres por ciento a favor de la victoria
duglaari. Mi recomendación oficial en este momento es la retirada inmediata. Si
no lo hacemos, no hay más que esperar el inicio de una acción envolvente en
breve, y seremos incapaces de resistirla con éxito.
Palmer
renegó, preocupándose antes de dejar a Twordlarkin fuera del circuito.
¡Recomendación oficial! Una “recomendación oficial” procedente de un oficial
jefe de computación era una orden en todos los conceptos excepto en el nombre,
incluso para un comandante de flota. La Armada dirige las naves, rezaba la
sentencia, pero las computadoras dirigían la guerra. Sólo una cosa podía salvar
del consejo de guerra a un comandante de flota que ignorara una “recomendación”
de computación: la victoria.
Pocas
probabilidades de victoria. Y lo peor de todo era que Twordlarkin tenía razón.
Sylvanna estaba perdido. Sin embargo, un oficial de combate debería tener al
menos el derecho a ordenar su retirada.
Palmer
reactivó el circuito de computación.
—De
acuerdo —gruñó—. Recomendación recibida y aprobada.
Conectó
el circuito de mando. La táctica normal de retirada tendría que resultar esta
vez, pensó, ya que al menos no estamos atrapados entre los doogs y Sylvanna.
—Comandante
de flota a todas las naves. A mí señal, inviertan generadores de campo de
resolución ciento ochenta grados. Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno...
¡Ahora!
De
repente, toda nave humana sobreviviente invirtió su generador. El campo de
resolución de la flota humana quedó invertido al instante, y la formación de
disco de las naves salió disparada hacia el exterior a tremenda velocidad.
Porque ahora, en lugar de oponerse al empuje del campo de resolución duglaari,
la flota humana cabalgaba repentinamente sobre él, añadiendo su potencia al
poderío de su propio campo. En consecuencia, la aceleración de avance era doble
de la que cualquiera de las dos flotas podía lograr por sí sola.
Durante
escasos momentos la flota humana siguió ensanchando la brecha entre ella y los
sorprendidos duglaari. Pero el comandante doog reaccionó pronto, invirtiendo su
campo de resolución naval, de manera que las naves humanas dejaron de navegar
sobre él. Impulsada ahora por la mayor potencia de su campo naval superior, la
flota duglaari empezó a cerrar la brecha. Iba a ser una carrera hacia las
afueras del sistema de Sylvanna, una carrera para vivir.
Palmer
observó presurosamente la pantalla maestra de batalla y conectó luego el
circuito de computación. Computación tenía ciertos usos francamente vitales,
después de todo.
—
¿Es bastante la ventaja que llevamos, Twordlarkin? —preguntó—. ¿Alcanzaremos a
superarlos hasta la órbita de Sylvanna VIII?
Se
produjo un largo y tenso minuto de silencio mientras Twordlarkin planteaba el
problema, que implicaba distancia, aceleración inicial, velocidades relativas y
velocidad de acercamiento, a la computadora de mando.
—Afirmativo
—dijo por fin Twordlarkin—. No pueden cogernos antes de que crucemos la órbita
de Sylvanna VIII.
Palmer
exhaló un profundo suspiro de alivio. La batalla se había acabado. La flota
enemiga no podría alcanzarlos hasta que hubieran cruzado la órbita de Sylvanna
VIII, el planeta más externo, y cuando la flota humana abandonara el sistema
podría trasladarse a salvo al espacioéstasis.
El
espacioéstasis no era el “hiperespacio” mítico de los antiguos. No se trataba
en absoluto de un estado anormal del espacio; era una burbuja de tiempo. En el
interior de la burbuja, el tiempo era muchas, muchísimas veces más rápido que
fuera, en tanto que las propiedades espaciales, salvo ciertos efectos ópticos
extraños, permanecían normales en esencia. Una nave en el espacioéstasis no
sobrepasaba la velocidad de la luz local, pero en relación con el tiempo
normal, el tiempo de la burbuja se contraía, de manera que la misma burbuja
desaparecía de la corriente temporal común y reaparecía a una distancia de
años—luz en cuestión de horas, según el cómputo “usual”. Un campo de estasis
invertido se erigía en el campoéstasis externo de todas las naves, de modo que
los tripulantes vivían en la corriente temporal normal y no envejecían de forma
anormal.
Puesto
que las naves llevaban consigo su propia corriente temporal en espacioéstasis,
ni siquiera podían ser localizadas por otras naves.
La
flota humana, lo que quedaba de ella, regresaría a salvo a la gran base del
sistema de Olympia.
Palmer
examinó el tablero de control de daños. Treinta y dos de las sesenta luces
originales continuaban verdes. Treinta y dos naves se alejaban sanas y
salvas...
—
¿Cuántos doogs destruidos? —preguntó tristemente a Computación.
—Dieciocho
—fue la respuesta.
Veintiocho
naves humanas trocadas por dieciocho duglaari.
Veintiocho
naves y el sistema de Sylvanna.
Afuera,
en algún lugar, seguros en su burbuja de tiempo, se hallaban los buques
transporte de los duglaari. Los doogs ya podían llevarlos con seguridad hasta
el sistema de Sylvanna...
Palmer
hizo esfuerzos por no pensar en lo que sucedería ahora en el sistema de
Sylvanna. Había quince millones de humanos en ese sistema... Eran iguales que
la muerte.
No,
pensó con amargura, iguales no. Ni con mucho...
Ni
con mucho... Y recordó Brycion, el planeta donde él había nacido, el planeta
donde había pasado los cinco primeros años de su vida, el planeta donde sus
padres habían muerto, y vio, con los ojos de su infancia, lo que estaba a punto
de suceder con Sylvanna.
Había
quince millones de personas en el sistema de Sylvanna y quizá naves suficientes
para que cien mil huyeran antes de que los buques transporte doogs llegaran.
Tal era la matemática del caos, del tumulto y el terror.
Palmer
recordó vagamente lo ocurrido cuando los doogs desalojaron del sistema de
Brycion a la flota humana defensora. En aquel sistema había casi cien millones
de humanos y tantas naves como para que cien mil pudieran huir. Cien mil
personas frenéticas, aterrorizadas, luchando por su propio camarote, con sólo
horas para partir antes de que los doogs se presentaran.
Los
recuerdos de Palmer sobre aquella época eran confusos y fragmentados, pero
fatalmente vividos. Recordaba un mar humano que se desbordaba en un aeropuerto
interplanetario, que volcaba naves con la mera fuerza del descontrol. Recordaba
incendios, disparos y una lucha absurda, fútil, en las calles.
Recordaba
a su padre y a su madre, pugnando por abrirse paso, manzana por manzana, hacia
el aeropuerto interplanetario. Recordaba cómo lo habían apiñado a bordo de una
nave con lo que entonces le pareció un millón de niños.
Pero
sobre todo, recordaba lo último que vio de sus padres, un vistazo por la
portilla poco antes de que la nave despegara hacia Olympia y la seguridad
relativa...
Una
multitud enloquecida, interminable, al parecer, corría estruendosamente a lo
largo del desembarazado suelo de cemento en dirección a las naves. Un reducido
círculo de mujeres y hombres, en su mayoría padres de los niños que las naves
iban a transportar hacia la seguridad, permanecía entre la multitud y los
vehículos, comprando con sus vidas el tiempo necesario para que las naves
despegaran.
Vio
a su padre, y también a su madre, disparando impasiblemente contra la multitud
enfurecida por el terror, y con la primera ola del interminable mar humano a
punto de ahogarlos con su abrazo mortífero...
Entonces,
afortunadamente, la nave despegó, y Palmer no supo nunca con seguridad si sus
padres habían sido destrozados por la multitud o habían sobrevivido para
enfrentarse a la ocupación doog.
Cuando
Palmer hubo alcanzado la madurez suficiente para comprender, confió en que sus
padres hubieran muerto entonces y allí, destrozados por hombres convertidos en
animales Por muy horrible que fuera esa muerte, la gente que moría antes de que
los doogs aterrizaran era siempre la afortunada. Trató de apartar sus
pensamientos de Brycion y el pasado. Ahora estaba en Sylvanna, y el presente...
Los
doogs no tardarían en llegar con los buques transporte y ocupar los tres
planetas habitados del sistema de Sylvanna. No se produciría una gran
conflagración, no habría una masacre, ningún exterminio sangriento. Eso sería
una pérdida de tiempo, energía y material, y los doogs eran demasiado
eficientes para derrochar esfuerzos en un pogrom.
Los
humanos serían simplemente apiñados en pequeñas y atestadas reservas, y el
sistema de Sylvanna sería repoblado con la gente duglaari.
Los
humanos de las reservas quedarían estrictamente solos, tendrían que valerse por
sí mismos..., desprovistos de medicinas, alimentos, ropa, maquinaria e incluso
agua.
Los
duglaari se limitarían a mantenerlos acorralados como animales salvajes hasta
que por fin se mataran unos a otros peleando por el escaso alimento y agua que
pudiera haber en las reservas.
Los
duglaari no eran innecesariamente crueles. Pero tampoco eran innecesariamente
misericordiosos.
CAPÍTULO
DOS
PARA
LOS HABITANTES de la confederación humana, el sistema solar de Olympia era casi
una capital, y para Jay Palmer, casi el hogar. Por alguna singularidad
histórica hasta entonces inescrutable, Olympia había recibido la parte del león
en las sucesivas oleadas de refugiados. Puesto que muchos de ellos eran niños,
el gobierno de Olympia se había convertido en una especie de padre adoptivo
masivo, y puesto que la tarea principal de la raza humana era la guerra de
supervivencia contra los duglaari, todos estos expósitos de la guerra eran
dirigidos, con su entusiástica aprobación personal, hacia carreras militares en
el curso de sus infancias más bien abreviadas.
En
esta posición de proveedor número uno de oficiales y suboficiales para las
flotas humanas, Olympia había evolucionado lógicamente hasta transformarse en
un estado militar. Había tres planetas habitados en el sistema: Olympia II, un
pequeño mundo del tamaño de Marte con una atmósfera medianamente densa, era un
gigantesco muelle y arsenal; Olympia IV era una roca diminuta, fría y sin aire,
pero que así constituía un excelente emplazamiento para las computadoras
criogénicas que formaban el Centro de Computación Principal de la
Confederación.
Y
Olympia III, un planeta templado, de tipo terrestre, se había convertido en el
centro nervioso de la Confederación, el cuartel general de lo más cercano a un
gobierno humano unificado que pudiera pensarse: el Mando Militar Combinado
Humano.
Jay
Palmer había crecido en este mundo militar y pasado todos los permisos que tuvo
en las Ciudades de Reposo de Olympia III. Y por muy desagradable que fuese,
Olympia era su hogar.
Palmer
había dejado los deteriorados restos de su flota en los muelles de Olympia II y
subido a la primera lanzadera de Olympia III. Al cruzar la compuerta de la nave
de enlace y pisar la rampa de desembarco, el ambiente cálido y fragante de
Olympia III le recordó que había transcurrido mucho tiempo desde su último
permiso, o incluso desde la última vez que deseó tener uno. Había placeres que
gozar en las Ciudades de Reposo, los habituales placeres del soldado, y de un
modo totalmente inesperado, Palmer sintió que lo agobiaba la típica y
fastidiosa secuela de la batalla, esa languidez que se presenta tras un largo
período de gran tensión, y supo que lo que realmente necesitaba en aquel
momento era una breve etapa de relax, alguna buena borrachera, y después dormir
mucho, muchísimo...
Pero
eso debería esperar. Este puerto de enlace no se hallaba en una de las Ciudades
de Reposo. Estaba justo en las afueras de Ciudad Pentágono, el cuartel general
del Mando Combinado Humano, y la primera norma del trabajo no era reposo, sino
una penosa sesión para rendir informe al mismo mariscal supremo Kurowski.
Mientras
Palmer bajaba por la rampa y se adentraba en la explanada de cemento del
puerto, la solidez geométrica de Ciudad Pentágono se asomó amenazadoramente
sobre su cabeza y lo dejó casi estupefacto, pese a que conocía el lugar como el
que más.
El
puerto de enlace se hallaba precisamente en la parte exterior de una de las
entradas de la ciudad y, visto desde la explanada, el muro aparentemente
interminable que se extendía ciento cincuenta metros verticalmente y que se
prolongaba más allá del horizonte en ambas direcciones, hizo que Palmer se
sintiera como un microbio en una platina, observando un mundo extraño cuya
escala estaba fuera de su comprensión. No había otra cosa como Ciudad Pentágono
en ninguna parte de la Confederación Humana o el Imperio Duglaari. O, por lo
que todo el mundo sabía, ni en la mismísima Fortaleza Sol.
Ciudad
Pentágono era el mayor edificio conocido de la galaxia.
Estaba
construida en forma de pentágono, por cierta razón mística perdida en la
nebulosa de la antigüedad, de dieciséis kilómetros de lado, ciento cincuenta
metros de altura. Los muros tenían un espesor de treinta metros, de hormigón
reforzado con impermio, y no había ventanas. Toda la construcción gozaba de
aire acondicionado y estaba iluminada por medios artificiales. Incluso tenía su
horario propio. Ningún tipo de impacto directo de alguna bomba de fusión podía
alcanzar la ciudad, y debajo de ella había reductos subterráneos que podían
resistir hasta eso.
Palmer
recorrió lentamente la explanada en dirección a la cercana entrada de la
ciudad, su mirada fijada hacia arriba en la interminable extensión del muro
liso y sin rasgos característicos. Siempre mantenía la impresión de que Ciudad
Pentágono había llegado a simbolizar en su mente, y en las mentes de muchos
otros, la misma Confederación, así como las Pirámides habían simbolizado la
olvidada civilización del Nilo en la misteriosa Tierra.
Aunque
nadie conocido por Palmer consideraba Ciudad Pentágono con otro calificativo
que no fuera horrible, todos sentían una rara especie de afecto por ella. Era
una monstruosidad amada, un monumento al presente en lugar de al pasado. Era el
monumento a sí misma de la Confederación, el santuario de la mente militar más
imponente y total que se había construido en toda la Historia.
Casi
le hacía creer que cualquier raza capaz de producir una ciudad—edificio así
podría derrotar sin duda al Imperio Duglaari. Casi...
Palmer
presentó sus credenciales al guardián de la entrada, y después de una
inspección que fue poco más que una formalidad, se le dio entrada al anillo
exterior de la ciudad. Aunque se la llamaba Ciudad Pentágono, y pese a que más
de cincuenta mil hombres vivían por entonces entre sus muros, no estaba
planificada como una ciudad. Era simplemente un gigantesco edificio comercial.
Disponía de cincuenta niveles por encima de la superficie, veinte niveles
subterráneos y un centenar de anillos de corredores concéntricos en cada nivel.
Palmer
se encontraba entonces en el anillo externo a nivel de la superficie, el Nivel
Uno. Las paredes del corredor estaban tachonadas de puertas de acceso a las
oficinas hasta tan lejos como llegaba la vista, y aún más. El corredor en sí
era una calle tan amplia como corta y, para completar el efecto urbano, el
centro estaba repleto de multitud de hombres que pasaban rápidamente con
diminutas scooters de una plaza. Y había más motocicletas aparcadas junto a las
paredes.
Habría
sido totalmente absurdo esperar que alguien fuera capaz de no perderse en
cualquier parte del inmenso laberinto que era Ciudad Pentágono de por sí. No
sólo la escala de la construcción era demasiado grande, sino que además nadie
podía recordar más que unas cuantas decenas del millar de salas y oficinas.
Por
eso era que los corredores estaban dotados de casi cien mil pequeños scooters
individuales, todas ellas conectados a una computadora principal localizada a
gran profundidad en las entrañas subterráneas de Ciudad Pentágono.
Palmer
se abrió paso hasta uno de los vehículos desocupados, tomó asiento, se ató el
cinturón de seguridad y marcó “N—50, A—l, 1001” en la línea de botones
dispuestos en un pedestal en la parte frontal de la motocicleta, donde
normalmente debían hallarse los controles de dirección manual. “N—50”
significaba nivel cincuenta, el piso superior; “A—l” era el anillo uno, el más
interno de entre los cien anillos; “1001” era el número de la oficina del
mariscal supremo Kurowski. Si Palmer hubiera tenido que ir a una oficina cuyas
coordenadas desconociera, las habría localizado en la guía que todos los
vehículos llevaban encadenada al asiento.
Palmer
empujó la palanca de energía, y el scooter se lanzó a lo largo de ochocientos
metros por el corredor, hasta llegar a uno de los pasajes radiales que llevaban
al centro de Ciudad Pentágono. El vehículo se metió en el pasaje radial y
aceleró. Palmer contemplaba el paso de los letreros que indicaban los desvíos:
Anillo cien... Anillo noventa y nueve... Cincuenta, treinta, veinte, diez,
cinco...
En
el anillo uno el scooter se desvió y abordó un pequeño ascensor que
automáticamente salió disparado hacia arriba, controlado por la misma
computadora principal de las motocicletas. Nivel diez..., veinte...,
cuarenta... En el nivel cincuenta el ascensor se paró, y el scooter asumió el
control otra vez hasta que finalmente dejó a Palmer depositado justo delante de
la sala 1001.
El
letrero de la puerta decía simplemente: “Comandante en jefe de Coordinación”.
El apellido Kurowski estaba ausente por razones de economía; los comandantes
supremos se sucedían con una rapidez tan espantosa que era absurdo desperdiciar
pintura.
Palmer
se anunció ante la rejilla, y un momento después se abrió la puerta, indicando
que el comandante Palmer debía entrar.
Kurowski
estaba sentado detrás de un escritorio de duroplast aterradoramente despejado y
enorme. Junto a su codo derecho había un intercomunicador; a su izquierda, una
caja de cigarros.
Toda
la pared del fondo de la oficina era un inmenso mapa político de la galaxia
conocida. Los soles duglaari eran cuatrocientos veinte puntos rojos y malignos
en formación de media luna entre la Confederación Humana y el centro de la
galaxia. Los soles de la Confederación Humana, doscientos veinte —no, pensó
Palmer, ahora doscientos diecinueve—, eran una elipse de puntos dorados
parcialmente abrazada por los cuernos de la media luna roja.
En
el distante extremo de la elipse, hacia el borde, había una gran esfera verde y
brillante que dominaba todo el mapa. Ese soberbio color verde sólo podía
significar una cosa para un ser humano, sin que importara en qué planeta había
nacido: el hogar ancestral misterioso y herméticamente cerrado de la raza
humana, Fortaleza Sol.
La
arrugada cara envejecida de Kurowski se plegó en una sonrisa irónica al ver que
Palmer fijaba la mirada en el mapa. Nadie podía evitar la tendencia a la
ensoñación ante cualquier detalle que trajera a la mente Sol. Ese era uno de
los motivos de que el mapa estuviera allí. Con el mapa a su espalda, Kurowski
podía absorber parte de ese respeto temeroso otorgado a Sol.
—Lo
siento, señor —dijo Palmer, saludando—. Solamente... El mariscal Kurowski
asintió con la cabeza, grande y con una melena cana.
—Lo
sé, comandante, lo sé —dijo—. Un motivo de tener ese mapa allí es que me
recuerda a Sol. Creo que hay demasiadas personas que en estos tiempos no se
toman seriamente La Promesa.
Hizo
un gesto a Palmer para que tomara asiento en una silla bastante dura e incómoda
delante del escritorio.
Palmer
se sentó; todavía le resultaba difícil apartar la atención del mapa. Recordó
que Kurowski era un Creyente, el primer Creyente que era comandante supremo en
una década, decían.
—Bien,
comandante Palmer —dijo bruscamente Kurowski—. Hábleme de Sylvanna.
Palmer
resistió el impulso de apartar la vista del mariscal supremo, y miró
directamente sus fríos ojos azules.
—En
realidad, no hay mucho que decir. Hemos perdido el sistema y veintiocho naves.
Destruimos dieciocho doogs. No tengo excusas que ofrecer, señor. Nos superaban
en número, como es de suponer, y nos vimos obligados a retirarnos, como
comprenderá.
Kurowski
forzó una ligera sonrisa.
—Tranquilo,
comandante —dijo—. No le voy a echar la bronca. Caramba, hombre, si usted
hubiera realizado un milagro y conservado el sistema, le habría conferido el
grado de mariscal honorario en el acto, además de condecorarlo con la medalla
confederal de honor y quizás hasta se le habría designado para ocupar mi sitio.
No hemos tenido una victoria en diecisiete años, y si destituyéramos a un
comandante de flota cada vez que perdemos una batalla, en este momento no
tendríamos comandantes.
Palmer
se estremeció en la dura silla.
—Señor
—dijo—, tal como sostuve en el pasado, creo que tendríamos mejores
probabilidades si no nos fiáramos tanto en la computación. Considere Sylvanna.
Al principio de la batalla logramos forzar a los doogs a la posición hacia el
sol. Si se me hubiera permitido romper formación y atacar la computadora doog
de la retaguardia con... digamos la mitad de mis fuerzas, habríamos podido
dejarla fuera de combate, y conservaríamos entonces el sistema de Sylvanna, en
lugar de...
Kurowski
suspiró profundamente.
—No
sea infantil, comandante —dijo con irritación—. Sabe tan bien como yo que ni
siquiera el comandante supremo puede actuar violando las “recomendaciones” de
computación. Me gusta tan poco como a usted, pero ni los mariscales supremos
son inmunes a los consejos de guerra.
—Pero,
señor... Hasta Computación admite que las mejores estimaciones dan que en siglo
y medio más habremos perdido la guerra y los doogs nos habrán aniquilado. ¿Qué
podemos perder?
—
¿No cree en La Promesa? —preguntó Kurowski.
Palmer
empezó a mascullar la réplica convencional. Entonces algo le hizo detenerse.
—Señor,
¿puedo ser totalmente franco? Es decir, sé que usted es un Creyente, y no
pretendo ser irrespetuoso..., o sea...
—
¡Vamos, comandante...! ¡Suéltelo ya! —ladró Kurowski—. Tiene derecho a
opinar..., demonios. ¡Y yo tengo derecho a escucharlas...!
—Perfectamente,
señor. La verdad es que no creo. Después de todo, no hemos tenido un atisbo de
Fortaleza Sol durante casi doscientos setenta años. Creo que La Promesa fue
sólo una manera de racionalizar la cobardía de Sol cuando se retiró de la
guerra. No creeré en armas secretas hasta que las vea. Si de verdad no nos han
abandonado ante los doogs, ¿por qué no hacen algo? ¿Por qué mantienen el
sistema de Sol cerrado para nosotros? ¿Cómo saber que no han hecho un trato?
—
¿Un trato? ¿Con quién? ¿Los doogs?
—Sí,
señor. ¿Por qué no? Los duglaari convienen en dejar en paz a Sol, y a cambio,
Sol se retira de la guerra y se cierra completamente a todo contacto
interestelar. Nos echan a los lobos y salvan sus pellejos.
—
¿Ha hablado alguna vez con un doog, comandante?
—No,
señor.
—Bien
—suspiró Kurowski—, si lo hubiera hecho, sabría que lo que está sugiriendo es
totalmente imposible. Los doogs iniciaron esta guerra con un objetivo, y sólo
con ese objetivo: terminar completamente con la raza humana. Hasta el último
planeta. Hasta el último hombre. Los doogs... bueno, podrán ser mamíferos como
nosotros, podrán respirar el mismo aire y medrar en la misma escala de
temperaturas..., pero sus mentes trabajan con premisas totalmente distintas.
Para ellos hay solamente dos tipos de organismos en el universo: duglaari y
sabandijas. Nosotros somos sabandijas. ¿Haríamos trato con cucarachas? Si una
cosa hemos aprendido en trescientos años, esa cosa es que resulta imposible
negociar con los doogs.
—Bien,
en ese caso, ¿por qué Sol se retiró de la guerra? Si realmente también se
enfrentan con el exterminio, ¿por qué no luchan? ¿Por qué se van y nos dejan
con algo que no es más que palabras huecas? “Nos retraeremos y construiremos
para el hombre una fortaleza en su sistema natal, un reducto inexpugnable que,
en el momento oportuno, enviará sus huestes a destruir el poderío de los
duglaari, completamente y para siempre”. Hasta el lenguaje suena a falsedad.
Sí, claro, han construido una fortaleza, pero no para el Hombre. Sólo para
solarianos.
Kurowski
se encogió de hombros.
—No
conozco todas las respuestas —dijo—. ¿Quién las conoce? Lo único que realmente
sabemos es que treinta años después de que la guerra empezara, se produjo en la
Tierra una especie de revolución relámpago. Ni siquiera sabemos qué defendían
los revolucionarios, todo concluyó muy aprisa. El líder, MacDay, lo único que
sabemos de él es que todo el mundo que se encontraba en su presencia se
mostraba completamente admirado y asustado y que sus motivaciones parecían
totalmente incomprensibles, retiró a Sol de la guerra, publicó La Promesa,
cerró herméticamente el sistema de Sol y no se ha vuelto a saber de Sol en casi
trescientos años. Tal como yo lo veo, hay dos alternativas: creer en La
Promesa, y entonces se tiene la esperanza de que algún día, de algún modo, la
corriente de la guerra variará; o creer que La Promesa es un conjunto de
palabras huecas, en cuyo caso hay que resignarse a la idea de la extinción
final del Hombre a manos de los duglaari, ya que todas nuestras computaciones
nos aseguran que no podemos vencer. Mucha gente prefiere esperanza a
resignación.
—Señor
—dijo Palmer en voz baja—, ¿cree realmente que los duglaari son mejores que
nosotros?
—
¡Naturalmente que no! —rugió Kurowski—. Es una simple cuestión de matemáticas.
Hace trescientos años, cuando nuestras razas se encontraron por primera vez, el
hombre poseía ciento cincuenta y ocho sistemas. Los doogs tenían trescientos
sesenta. El hombre conocía el viaje interestelar desde hacía ciento treinta y
un años, los doogs llevaban casi tres siglos teniendo naves estelares. Había
cerca de cien billones de hombres, y casi doscientos billones de duglaari. Eran
de una raza más vieja, una raza más grande, y tenían una gran ventaja inicial.
¡Eso no significa que sean mejores que nosotros, comandante! ¡No quiero volver
a oír eso! Un solo hombre es un digno rival para un doog en todos los sentidos.
Simplemente, tuvieron la buena suerte de evolucionar un poco por delante de
nosotros. Eso es todo: suerte, y más planetas, más naves, más hombres.
—Sol
lo comprendió con mucha rapidez, ¿no es cierto? —dijo amargamente Palmer—.
Observaron que eran el sistema más alejado de los duglaari. Por eso imaginaron
que nosotros, los colonos, podíamos mantenerlos apartados algunos siglos, con
nuestros planetas, nuestras naves y nuestra sangre, mientras ellos reposaban
sus culos grasientos y rezaban piadosamente por un milagro.
—Comandante
—dijo Kurowski con irritación—. Todos sabemos que la guerra es un acto de
contención, pero tenemos que creer que Sol está haciendo algo. Si no lo
hacemos, lo mismo nos da rendirnos y morir. Nosotros...
El
intercomunicador empezó a zumbar con insistencia.
—Maldición
—gruñó Kurowski, y levantó el receptor.
Palmer
observó cómo el rostro del mariscal supremo pasaba de ceñudo a asombrado, y por
último a una total estupefacción.
Kurowski
colgó el aparato con gran rigidez.
—
¿Señor...?
—Era
el mando de detección —musitó roncamente Kurowski—. Acaban de detectar una nave
extraña que salió de espacio—estasis detrás de la órbita de Olympia IX. No es
de las nuestras.
—
¿Un doog? ¿Un solo doog atacando Olympia?
—No
es un doog —dijo en voz baja Kurowski—. Se ha establecido contacto con el
capitán de la nave...
El
mariscal supremo giró en su sillón para mirar fijamente, como aturdido, el mapa
que tenía detrás.
—La
nave afirma proceder de Fortaleza Sol —dijo.
Como
centro nervioso, y también corazón del esfuerzo militar de la Confederación
Humana, el sistema de Olympia estaba protegido por tres flotas completas de
cien naves cada una. Además, cada uno de los tres planetas habitados del
sistema estaba defendido por enjambres de naves endosistema. Aparte de eso,
Olympia III era una guarnición descomunal que contenía la mayor concentración
de tropas de la Confederación.
Un
ataque duglaari a Olympia era inimaginable, al menos en la fase de la guerra
que estaban pasando. Sería suicida intentarlo... Los doogs eran demasiado
metódicos y calculadores para hacerlo.
Sin
embargo, el Mando Militar Humano no estaba dispuesto a dar un valor nominal a
la declaración de la nave extraña en el sentido de que procedía de Fortaleza
Sol. Todo podía ser un truco forzado de los duglaari. Nadie había visto una
nave solar, nadie había oído nunca la voz de un solo solariano durante casi
tres siglos, y en cierto modo, a despecho de cuán improbable resultaba que la
nave fuera realmente un doog, resultaba mucho más improbable aún que la nave
fuera, en efecto, de Sol.
Era
ni más ni menos como si el capitán de la nave hubiera anunciado dulcemente que
él era el Mesías, Jesús, Mahoma y Buda, todos envueltos en un solo y perfecto
bulto.
De
hecho, para buena parte de la Confederación Humana, Fortaleza Sol estaba muy
cerca de ser precisamente tal cosa. La humanidad era una raza condenada a la
extinción, con la ventaja adicional de que lo sabía. Década tras década, el
número de sistemas dominados por los humanos menguaba y el tamaño del Imperio
Duglaari crecía. Los doogs tenían tres veces más naves y casi el doble de
población. Mejores computadoras y en más cantidad, y un impulso mono—maníaco
por destruir completamente a sus rivales, o sea, la raza humana.
El
hombre tenía una esperanza, y sólo una, por más vana y supersticiosa que
pudiera ser: ¡Fortaleza Sol!
Sol
era el único factor desconocido en la pauta cuidadosamente calculada de la
guerra humano—duglaari. Más allá de la pantalla de naves y minas que destruían
todo lo que intentaba cruzar la órbita de Plutón, cualquier cosa podía estar
construyéndose: un arma que destroza sistemas solares enteros como platillos de
tiro al plato, decían algunos; un escudo de invulnerabilidad impenetrable,
decían otros; una armada de naves robot increíblemente gigantesca; bombas de
conversión; un virus mortal para los doogs pero inofensivo para los hombres...
El catálogo sólo estaba limitado por la capacidad de hombres frustrados para
imaginar superarmas.
Y
ahora, tras doscientos setenta años, las huestes humanas de Fortaleza Sol
habían roto finalmente su aislamiento y enviado...
¿Una
nave?
El
Mando Militar Humano no corría riesgos. La nave solar fue escoltada durante
todo el trayecto a Olympia III por sesenta buques de guerra armados hasta los
dientes y preparados para disparar al menor indicio de una treta.
En
el momento de aterrizar en el espaciopuerto interestelar de la parte externa
del muro sur de Ciudad Pentágono, la nave estaba rodeada por una división
militar que incluía veinte tanques e incluso tres cañones láseres pesados
portátiles.
El
mariscal supremo Kurowski aguardaba a los solarianos al extremo de un corredor
de soldados armados, cuya presencia sólo en parte era ceremonial. A sus flancos
estaban Lauris Maizel, jefe de computación, y Gastón K'nala, comandante de
defensa sistemática. Justo detrás de estos tres hombres se encontraban ocho
comandantes de campo, y tras ellos los siete comandantes de flota que por
casualidad se hallaban entonces en el sistema de Olympia, entre ellos Jay
Palmer.
En
la escena había algo que Palmer encontraba inevitable y escandalosamente
divertido. A su espalda estaba la masa titánica de Ciudad Pentágono; delante,
hectáreas de soldados con monos de batalla color verde olivo, tanques, cañones
láser... Y todo este despliegue militar, alrededor de una pequeñísima nave con
el luminoso color verde hierba de Fortaleza Sol.
Palmer
no podía imaginar que de la nave saliera algo que no fuera un ridículo
anticlímax. Y entonces se abrió la compuerta y descendieron seis solarianos.
Las
tropas parecieron temblar imperceptiblemente. Los dignatarios congregados
languidecieron con idéntica ligereza. El mariscal supremo Kurowski se pasó la
lengua por los labios, nerviosamente.
Palmer
notó la... diferencia. Había un aura en torno a los solarianos que resultaba
obvia al instante, aunque indefinible. Parecían seis seres humanos ordinarios;
tres hombres, tres mujeres. Dos de las hembras —la rubia de busto prominente y
la pelirroja alta y esbelta— podían considerarse llamativas, aunque no tan por
encima de lo normal. La tercera mujer era una muchacha de aspecto bastante
corriente, de cabello parduzco. Dos de los hombres tenían también un aspecto
ordinario: un varón delgado, de pelo color arena, que no llegaba a uno ochenta
de altura, y otro de cabello más oscuro, más abundante en carnes, con un fino
bigote negro. El tercer hombre era en cierto modo más impresionante —alto, de
buena complexión, con grandes ojos verdes y luminosos muy hundidos bajo cejas
escabrosas, y boca abultada y expresiva—, pero tampoco nada sobrenatural.
Vestían
simples túnicas verdes. Los hombres llevaban botas bajas, las mujeres
sandalias. Las túnicas de los hombres eran de corte suelto, las de las mujeres
tan ceñidas como para resultar interesantes sin parecer de mal gusto.
Todo,
cualquier detalle importante y secundario de los solarianos era bastante
ordinario.
Excepto
el efecto completo.
Se
conducían como si fueran los amos del universo, como si lo hubieran heredado
casualmente algunas generaciones atrás. Sonreían entre ellos mientras
observaban el despliegue militar que había delante como si fuera un espectáculo
de monos inteligentemente entrenados. El grupo de solarianos irradiaba una
tranquila confianza que estaba mucho más allá de la arrogancia.
Deambularon
con naturalidad hacia el lugar donde se hallaba el destacamento oficial, y con
todo, esa misma naturalidad parecía comunicar el poderío de un desfile militar
a gran escala.
—Soy
el mariscal supremo Luke Kurowski, comandante en jefe de coordinación del Mando
Militar Combinado Humano —dijo Kurowski, rígida e intranquilamente.
El
solariano de grandes ojos verdes separó sus gruesos labios hasta formar un
asomo de sonrisa.
—Me
llaman Lingo —dijo—. Dirk Lingo.
—
¿Es usted el capitán de la nave? —dijo Kurowski—. ¿Está al mando?
A
Palmer le pareció instantáneamente ridícula la pregunta. El hombre llamado
Lingo irradiaba autoridad igual que una estrella irradia luz.
—Soy
Líder —dijo Lingo; dio la impresión inequívoca de ser un título.
Robin
Morel —añadió sonriendo formalmente al señalar a la pelirroja.
Fran
Shannon —la chica de cabello parduzco.
Raúl
Ortega —y señaló con la cabeza al hombre de bigote negro.
Y
éstos son Max Bergstrom y Linda Dortin —dijo, haciendo una especie de seña
misteriosa con sus cejas a la mujer rubia y al hombre de cabello color arena.
Max
Bergstrom y Linda Dortin pasaron los ojos lentamente por la comitiva oficial
con un extraño tipo de armonía, como si leyeran algún lenguaje secreto grabado
en las frentes de los hombres. Palmer vio que una onda de intranquilidad y
perplejidad recorría en oleadas los rostros del grupo oficial conforme la
mirada de los solarianos pasaba sobre ellos.
A
continuación miraron directamente a Palmer.
El
comandante advirtió que ambos pares de ojos eran prácticamente idénticos:
grandes, tranquilos y castaños, con diminutos lunares azules en el iris. Una
curiosa tensión fluctuó en su mente. Entonces algo que había en su cabeza
pareció reír cálidamente, y por fin algo placentero y lánguido acarició su
mente, igual que la mano de una mujer cuando acaricia a un gatito.
Después
los dos solarianos desviaron sus miradas y la sensación desapareció.
—Bi—bienvenidos
a Olympia —tartamudeó atolondradamente Kurowski.
—Gracias
—dijo Lingo, contemplando la masa de Ciudad Pentágono con una mueca de
desagrado en su cara—. Este... eh, edificio es muy impresionante. Un monumento
adecuado a... hm, a cierta mentalidad. No tenemos nada así en el sistema de Sol
—aquello no parecía un cumplido, en absoluto.
—
¿Puedo preguntar a qué han venido aquí, después de tres siglos de aislamiento?
—inquirió Kurowski, recobrando parte de su apostura marcial— .Seguramente que
no sólo a dar opiniones sobre arquitectura.
Lingo
se echó a reír. Fue una risa profunda, musical, llena de matices complejos y
alarmantes.
—
¿Por qué...? ¿Por qué cree usted que hemos venido? —dijo, risueño—. Para ganar
la guerra, lógicamente.
—
¿G—ganar la guerra? —gruñó Kurowski incrédulamente—. ¿Sólo ustedes seis?
—Sólo
nosotros seis —dijo tranquilamente Lingo—. Más sencillez no afectaría
materialmente nuestra misión.
—
¿Espera que nos traguemos eso? —estalló Kurowski—.
¿Después
de tres siglos de no hacer nada, tres siglos de abandono a merced de los doogs,
tres siglos de... Sol tiene el descaro de enviar seis personas para explicar a
la Confederación cómo disputar la guerra? Seis...
—Mariscal
Kurowski —interrumpió Lingo—, ¿están ganando ahora la guerra? Puesto que no es
así, cualquier cambio sólo servirá para mejorar sus posibilidades.
—¿Y
qué propone hacer?
—Tenemos
un plan —dijo Lingo—. Y disponemos de los medios para ponerlo en práctica. O
tal vez deba decir que nosotros somos los medios de ponerlo en práctica.
—¿Y
cuál es el plan?
Dirk
Lingo sonrió cautivadoramente.
—Sin
duda alguna —dijo—, habrá mejores lugares para discutir tales asuntos que estar
de pie en un campo de aterrizaje. Además, creo que es asunto que debe
considerar su autoridad suprema... Un consejo, cuerpo ejecutivo o...
—Podría
convocar a una reunión del estado mayor —sugirió de mala gana Kurowski.
—Eso
estaría muy bien —replicó Lingo—. ¿Vamos al interior?
Y
sin esperar respuesta, Lingo dio la espalda a Kurowski y se dirigió hacia la
entrada de Ciudad Pentágono con los otros solarianos inmediatamente detrás. No
se molestó en mirar atrás para comprobar si el mariscal supremo y la comitiva
oficial lo seguían.
Pero
lo seguían.
Palmer
y el resto de oficiales menores se arrastraron detrás de los otros, en forma
muy confusa, casi tanto como Kurowski se arrastraba detrás de Lingo y compañía.
Como
oficial subalterno que aspiraba a un rango más elevado, Palmer distinguía la
actuación de un virtuoso en cuanto lo veía. En escasos minutos de conversación
superficial, Dirk Lingo, sin nada que lo apoyara, se había establecido como
igual en rango por lo menos a Kurowski. Y lo había hecho como si se tratara de
su derecho natural, como si para un solariano desconocido fuera la cosa más
natural y obvia del universo tratar al comandante en jefe de coordinación de
las fuerzas militares conjuntas de toda la Confederación como... ¡Como a un
comandante de flota subalterno!
CAPÍTULO
TRES
LA
SALA DE REUNIONES del estado mayor (N—38, A—4, sala 173) era impresionante tal
como correspondía. El techo era un duplicado enorme del mapa mural de la
oficina de Kurowski. Una pared entera estaba adornada con una descomunal
bandera de la Confederación: una estrella amarilla de cinco puntas en fondo
azul. Una extraordinaria mesa de duroplast de forma semicircular, con secciones
individuales empotradas, y una pantalla de visión montada en un nicho de la
pared llenaba buena parte de la habitación.
El
mariscal supremo Kurowski estaba sentado en el centro geométrico de la mesa. Lo
flanqueaban, en orden de prioridad descendente hasta acabar en el extremo de la
mesa, el jefe de computación, el jefe de inteligencia, el oficial principal de
logística, el jefe de guerra psicológica, el coordinador civil y los ocho
comandantes de campo, ninguno de ellos con rango inferior a general.
Ninguno...excepto
el comandante Jay Palmer, que estaba nerviosamente sentado en el borde de una
silla en el extremo izquierdo de la mesa —la última prioridad, de forma
protocolaria— y trataba de imaginar con gran aturdimiento qué hacía exactamente
un humilde comandante de flota en compañía tan eminente.
Lo
único que sabía con certeza era que su presencia, al igual que la misma
reunión, era obra de Dirk Lingo...
Cuando
los solarianos y la comitiva oficial estuvieron a punto de entrar en Ciudad
Pentágono, Palmer, que seguía respetuosamente al alto mando, que a su vez iba
siguiendo confusamente a los solarianos, vio que Lingo se detenía, daba media
vuelta y decía algo a Kurowski. A juzgar por la expresión del mariscal supremo,
el hombre estaba exasperado por lo que había dicho el solariano, por lo que
Palmer se acercó con considerable desasosiego cuando el mariscal supremo lo
llamó.
—Este
es el comandante de flota Palmer —dijo Kurowski a Lingo, ignorando
deliberadamente a Palmer y, de manera significativa, no presentándole al
solariano.
—¿Qué
tal, comandante Palmer? —dijo Lingo con afabilidad—. Lamento lo de su flota.
Palmer
se sobresaltó. No era propio de Kurowski hablar tan libremente de una derrota
reciente con alguien tan dudoso como Lingo. Después vio que el mariscal supremo
estaba como mínimo tan trastornado como él.
—El
señor Lingo deseaba conocerlo —dijo rápidamente Kurowski, tratando de pasar por
alto la misteriosa violación de la seguridad—. No tengo la menor idea del
porqué...
—Sólo
pensaba que sería bueno conocer a un oficial superior —dijo Lingo—. Alguien por
debajo del rango de oficial general, alguien recién salido de la batalla...
—¿Cómo
diablos lo sabe? —explotó prontamente Kurowski—. Usted no podía...
—Llamémoslo
simplemente una conjetura probable —dijo Lingo con cierta indiferencia—. El
punto importante es que creo necesario que un oficial superior representativo
esté presente en la reunión de la plana mayor, y que el comandante Palmer
servirá tanto como cualquier otro.
—Eso
es inaceptable —repuso, irritadamente Kurowski—. Nadie por debajo del rango de
general es admitido jamás en una reunión del estado mayor. Va en contra de
todas las...
—No
sustento el rango de general —dijo Lingo con una ligera frialdad en la voz—. Ni
tampoco ninguno de mis amigos. ¿Significa eso que la reunión ha de ser
desconvocada?
—Naturalmente
que no —farfulló Kurowski—. Ese es un asunto enteramente distinto. Ustedes no
están bajo la disciplina de la Confederación. El comandante Palmer, sí. Ningún
oficial subalterno...
—El
comandante Palmer asistirá a la reunión —dijo Lingo con mucha tranquilidad—, o
no habrá reunión.
Hubo
un rasgo concluyente de calma, de confianza sin el menor asomo de arrogancia,
en la voz de Lingo.
—Pero...
Kurowski
obviamente buscaba una forma elegante de echarse atrás, en vez de parecer
sometido a coacción. Lingo sonrió.
—Si
le hace sentirse mejor, mariscal Kurowski —dijo, y la calidez estaba nuevamente
en su voz—, ¿por qué no considerar que el comandante Palmer es mi invitado a la
reunión? Eso podría satisfacer su sentido del protocolo.
—Muy
bien —dijo rígidamente Kurowski—. Comandante Palmer, queda libre de servicio
hasta la reunión del estado mayor.
Mientras
Palmer saludaba y daba media vuelta para irse, Lingo lo miró a la cara durante
un frío instante. Los grandes ojos verdes del solariano parecían reírse de
cierto chiste privado. Por fin, Lingo le ofreció una sonrisa torcida y un guiño
casi imperceptible; de algún modo misterioso para él, esa mirada le había
recordado la extraña, tranquila expresión escrutadora en los ojos de Max
Bergstrom y Linda Dortin cuando pasaron frente a él aquel breve instante en el
campo de aterrizaje...
Y
ahora, sentado en la sala de reuniones del estado mayor, los pensamientos de
Palmer volvieron una vez más a aquel extraño momento, cuando sintió ese suave
sondeo de su mente tras dos pares de ojos castaños y tranquilos. Por eso Lingo
sabía lo de Sylvanna, pensó Palmer de repente. ¡Algún tipo de telepatía...!
Estaba
alarmantemente seguro de que, cualquiera que fuese la razón real de Lingo para
insistir en su presencia, estaría relacionada de alguna manera con aquel
momento fugaz de sondeo mental.
Palmer
tenía la sensación de estar siendo usado como instrumento, y eso no le gustaba
ni pizca. Miró intranquilo las seis sillas de respaldo duro que habían sido
dispuestas para los solarianos, frente a la curva interna de la mesa.
Finalmente,
Kurowski hizo un gesto con la cabeza al estado mayor, y apretó un botón del
intercomunicador que tenía delante para indicar que los solarianos debían
pasar. El estado mayor se puso de pie, no tanto en señal de respeto por los
solarianos como para que ellos tuvieran que sentarse antes y quedara
establecida así su prioridad sobre el grupo de Lingo. Los solarianos entraron
en la sala andando con naturalidad, con su ya familiar aire de tranquila
altivez.
Lingo
dio un vistazo al alto mando en pie. Sus ojos parecieron centellear ante cierta
diversión secreta. Después, antes de que Kurowski pudiera pronunciar palabra,
Lingo tomó asiento de repente. Sus compañeros se sentaron flanqueándolo.
El
estado mayor permaneció de pie durante un largo, confuso momento.
Entonces
Dirk Lingo movió la mano descuidadamente.
—Siéntense,
caballeros, por favor —dijo con cordialidad.
Palmer
evitó valerosamente una carcajada. Aquello era excesivo; Lingo lo había
repetido, y con una serenidad absurda.
Kurowski
se sonrojó mientras se sentaba con poca elegancia.
—Creo
que el primer punto de la sesión debería ser un breve informe sobre el actual
estado de la guerra en provecho de nuestros amigos solarianos —dijo, tratando
de recuperar la iniciativa—. Al fin y al cabo han estado tanto tiempo
desconectados... Si miran arriba, verán un mapa político de la galaxia
conocida, que indica en rojo los soles duglaari, los humanos...
—Conocemos
esos mapas —dijo abruptamente Lingo—. Proceda, por favor.
Kurowski
perdió momentáneamente su temple y lanzó a Lingo una mirada francamente
venenosa. Después recobró la compostura.
—Muy
bien —dijo—. Como pueden ver, los doogs tienen cuatro sistemas por cada tres
nuestros, aproximadamente. La ventaja que nos llevan en naves y personal es más
o menos similar. Tanto es así que estamos perdiendo la guerra. Nuestros
cálculos más recientes indican que, no obstante, podemos aguantar otro siglo.
Pero esa ventaja no basta para permitirles asestar un golpe decisivo. Se trata
de una guerra de desgaste, lenta, metódica, lógica, como los mismos doogs. La
guerra...
—Todo
esto es historia antigua, mariscal Kurowski —interrumpió bruscamente Lingo—.
Tal información es de poca utilidad para nosotros, puesto que se reduce
únicamente a una afirmación de que estamos perdiendo la guerra. Y por los
mismos motivos han estado perdiéndola en los tres siglos pasados. ¿Puedo
sugerir que ahorraríamos un tiempo considerable si nos limitamos a que Raúl
formule unas cuantas preguntas? Raúl es nuestro Maestro de Juego.
—¿Su...
¿Qué?
Lingo
sonrió.
—Maestro
de Juego —dijo—. Digamos, en aras de la simplificación, que es meramente
nuestro término equivalente a estratega. Raúl...
Una
vez más, Palmer se vio inducido a una admiración envidiosa. Lingo había
arrebatado a Kurowski el control de la reunión y lo había puesto en el regazo
del hombre moreno con bigote, ¡sin siquiera levantar la voz!
—Bien,
bien —dijo claramente Ortega—. Creo que sólo hay tres preguntas realmente
necesarias. Primera: ¿Quién planea la estrategia de conjunto para la
Confederación Humana?
—Yo
soy el comandante en jefe —dijo Kurowski, muy tenso—. Yo...
—Un
momento, mariscal Kurowski —interrumpió Maizel, el jefe de computación— . Creo
que es exacto decir que el Centro de Computación del Mando de Olympia IV
computa la estrategia de conjunto de la guerra.
—De
modo que las computadoras siguen controlando la estrategia de conjunto —murmuró
Ortega, con aire de obvio disgusto.
—Naturalmente
—dijo Maizel—. Los doogs tienen ventaja en planetas y naves. Por lo tanto,
debemos usar como mínimo cuantos recursos tengamos para lograr una eficiencia
máxima, lo que significa un estricto control mediante computadoras de la
totalidad de aspectos de la guerra.
Ortega
soltó una risotada.
—No
han aprendido una maldita cosa en tres siglos —murmuró a Lingo—. MacDay estaba
en lo cierto. Segunda pregunta —dijo, volviéndose a Maizel y Kurowski—.
¿Muestran todos los cálculos que hasta con un cien por ciento de eficiencia en
la utilización de recursos terminaréis perdiendo la guerra?
—Ya
les hemos informado de eso —replicó ásperamente Kurowski.
—Entonces,
¿por qué demonios continúan usando computadoras para dirigir las acciones
bélicas?
Palmer
sintió deseos de levantarse y aplaudir, y vio que incluso Kurowski estaba
complacido de manera similar. Ortega había expuesto las opiniones no expresadas
de todos los comandantes de campaña en una pregunta breve, incontestable. ¿Por
qué no arriesgarse, si todas las computaciones indican que de todas maneras
estáis perdidos?
Pero
Maizel tenía una respuesta; la vieja, enojosa y trillada respuesta.
—Porque
usando al menos nuestros recursos con la máxima eficiencia, cosa que sólo puede
lograrse mediante el control por computadoras, podemos prolongar la guerra
hasta el máximo posible, acrecentando así la probabilidad de idear algún arma
nueva que supere la superioridad numérica intrínseca dé los doogs y...
—En
otras palabras: cuanto más tiempo mantenga el avestruz su cabeza en la arena
—dijo Ortega—, ¿tantas más posibilidades de sobrevivir tiene?
Lingo
sonrió de forma magnánima.
—Deben
excusar a Raúl —dijo—. Igual que todos los Maestros de Juego, es propenso a
reducir las cosas a los términos más simples posibles..., lo que a veces
resulta una lamentable brusquedad. No obstante, debo indicar que su análisis es
correcto en lo esencial. ¿Han considerado alguna vez abandonar las computadoras
y ensayar algo demasiado intrépido para que una máquina lo conciba?
—Usted
habla de intentar el suicidio —se burló Maizel—. Solamente las computadoras nos
permiten mantenernos a distancia de los doogs, en primer lugar.
—¿Qué
opinan de limitarse a poner en práctica una buena corazonada? — sugirió Ortega.
—¡Usted
está fuera de juicio! —chilló Maizel.
Lingo
y Ortega suspiraron perspicaz y resignadamente mientras se miraban.
—Oh,
bien —murmuró Ortega en voz baja—. Valía la pena intentarlo.
—¿Pretende
decirnos que después de todo no podemos ganar la guerra? —dijo Kurowski—. ¿Por
eso han roto tres siglos de aislamiento? ¿Para venir aquí y limitarse a
tirar...?
—En
absoluto —interrumpió Lingo con tono tranquilizador—. En realidad, les hemos
traído lo que ustedes han estado esperando de manera tan irracional: el Arma
Secreta, el factor que invertirá la guerra de repente.
—¿Sí?
—dijo Kurowski, con el claro deseo de conservar desesperadamente su creencia
cada vez más consumida en La Promesa—. ¿De qué se trata?
—Nosotros
—dijo Lingo, sonriendo blandamente.
—¿Ustedes...
Lingo
hizo un gesto a Max Bergstrom y Linda Dortin.
—Piensan
que los solarianos han adquirido ilusiones de grandeza en su aislamiento —dijo
Bergstrom con voz monótona—. Piensan que quizás el comandante Palmer tenía
razón, que La Promesa quizás era simplemente una mentira para ocultar la
cobardía, que quizá...
—¿Cómo
puede saberlo? —jadeó Kurowski—. Nadie escuchó esa conversación aparte de
Palmer y yo...
—Piensan
que es imposible para nosotros conocer una conversación privada que ocurrió
mientras aún estábamos en el espacio —dijo Linda Dortin, recuperando el hilo de
la intervención de Bergstrom—. Piensan que el único medio posible que nos
permitiría tener esta información es que leyéramos sus mentes..., que sólo
telépatas podrían hacer lo que estamos haciendo.
—Y
como es lógico, están en lo cierto —dijo Lingo.
—¿Ustedes...son
todos telépatas?
—No
—dijo Lingo—. Sólo Linda y Max. Todos poseemos nuestros Talentos, y sería
absurdo tener más de dos telépatas en un Grupo.
—¿Esa
es el arma secreta? —dijo Kurowski—¿Telepatía? Tal vez tenga su utilidad, ¿pero
cómo podemos combatir contra los doogs con telepatía?
—Esa
es sólo una parte del arma —dijo Lingo—. ¿Quizás una nueva demostración? —rio
entre dientes—. Linda, tal vez...eh, el comandante Palmer querría obsequiarnos
con una pequeña danza...
—¿Qué?
—gritó Palmer.
A
continuación sintió que algo se reía tontamente en su cabeza. Sus extremidades
empezaron a moverse por voluntad propia. Palmer trepó a la mesa. Estaba de pie
en la mesa. Sus pies iniciaron un movimiento rítmico. Sus dedos comenzaron a
chasquear.
El
comandante Jay Palmer se puso a bailar una jiga sobre la mesa de conferencias.
—¡Basta,
Palmer! Le ordeno que pare —rugió el mariscal supremo Kurowski.
—Yo...
No puedo, señor —gimió Palmer, bailando todavía furiosamente—. ¡No puedo!
—Es
suficiente —ordenó Lingo.
Con
enorme brusquedad, Palmer recuperó el control de su cuerpo. Atontado y
sonrojado, se arrastró hasta su silla.
—Como
han visto —dijo Lingo secamente—, la telepatía implica cierta...eh, otros
poderes además de la facultad de leer mentes. Igual que en muchos otros campos,
la comunicación implica control.
—¿Pretende
decir que pueden enseñar a nuestras tropas a usar esa técnica?
—Difícilmente
—dijo Lingo—. Se trata de un Talento. O se tiene, o no se tiene. No, nuestro
plan exige acción más directa. Han visto cómo era posible controlar al
comandante Palmer. Imaginen tener al Kor de Todos los Duglaari bajo un control
similar.
—¿El
Kor? ¿Está proponiendo ir hasta Duglaar?
—Está
comprendiendo la situación.
—¡Estoy
comprendiendo la situación! —estalló Kurowski—. ¡Están fuera de juicio! Jamás
podrían llegar a Duglaar como no fuera hechos pedazos. Hay tantas naves
guardando el sistema de Dugl que ni un microbio podría filtrarse. Es una
imposibilidad física salir del espacioéstasis dentro de un sistema solar, por
lo que se verían forzados a actuar desde más allá de la órbita del planeta más
externo de Dugl con propulsión de resolución. No tendrían una sola posibilidad.
¡Los destrozarían antes de llegar a la órbita de Dugl VI!
—Tiene
razón —dijo Lingo—. No hay medio de que nos abramos paso por la fuerza hasta
llegar a presencia del Kor. Sin embargo, hay un medio de penetrar hasta el
Consejo de Sabiduría.
—¿Y
ese medio es...? —se mofó Kurowski.
—La
Confederación Humana se rinde al Imperio Duglaari.
—¿Quéee?
—chilló la plana mayor entera, prácticamente al unísono.
Lingo
se echó a reír.
—Tranquilícense,
caballeros —dijo—. No propongo que la Confederación se rinda de verdad, sino
simplemente usar esa misión supuesta para obtener audiencia del Kor.
—Nunca
pasarán por eso —dijo Kurowski—. Los doogs no están interesados en una
rendición negociada. Están dispuestos a exterminarnos por completo, y jamás se
molestarán en ofrecer condiciones.
—¿Quién
ha hablado de condiciones? —dijo Lingo—. Nos limitaremos a rendirnos
incondicionalmente en lugar de pasar por el esfuerzo vano de continuar
disputando una guerra que no podemos ganar. Eficiencia. Ningún humano pensaría
así, pero eso es exactamente lo que harían los doogs en nuestra situación. Lo
eficiente. Los doogs adoran la lógica y la eficiencia, como ustedes deberían
saber, caballeros, habiendo intentado emularlos durante tres siglos de manera
tan diligente.
—Quizá
diera resultado... —musitó Kurowski.
—Lo
que está pensando usted —dijo Max Bergstrom— es que en una tentativa así no se
arriesgaría más que seis solarianos de otro modo inútiles.
Kurowski
se sonrojó y trató de balbucir una negativa, pero Lingo lo interrumpió.
—Vamos,
vamos —dijo—, no es preciso que se avergüence por su pensamiento. Es un riesgo
calculado, y usted tiene razón: nosotros les somos inútiles aquí. Pero hay un
detalle adicional que no han tenido en cuenta. Necesitaríamos además a un
oficial del estado mayor, para que esto tuviera una buena apariencia.
Digamos..., ¿el comandante en jefe?
—Si
piensa que arriesgaré mi cuello en esta atolondrada... —Tranquilícese, mariscal
Kurowski —dijo Lingo—. He previsto su desgana y tengo una sugerencia
alternativa. ¿Por qué no, un oficial subalterno, alguien más prescindible?
Lógicamente, tendrían que nombrarlo embajador plenipotenciario temporal, y
ascenderlo al rango de general... Kurowski se humedeció los labios.
—¿Se
refiere a alguien como, por ejemplo, un comandante de flota? ¿Alguien como el
comandante Palmer?
—Precisamente.
—¡Un
momento! —gritó Palmer—. Yo...
—¡Comandante
Palmer, cállese! —ladró Kurowski—. General Palmer, por este acto lo nombro
embajador plenipotenciario del estado mayor y le destino a las tareas a bordo
de la nave solariana.
—Pero
mariscal Kurowski... —empezó a decir Palmer.
—Creo
que no hay motivo para más discusión —interrumpió Lingo—. Todos estamos muy
cansados, y nos gustaría partir hacia el sistema Dugl mañana por la mañana.
Comandante...eh, general Palmer, por favor, preséntese en la nave mañana a las
mil cien. Si nos excusan, caballeros...
Y
dicho y hecho, Lingo y los otros solarianos se levantaron y salieron de la sala
con toda naturalidad, como una familia real que termina una audiencia.
Sólo
después de que la reunión hubo terminado, ya a solas con sus pensamientos,
Palmer comprendió lo que Lingo había hecho.
Todo
había sido un soberbio engaño escondido tras un torrente de palabras. Lingo
había dominado la reunión de principio a fin. Había controlado las cosas tan
completamente que había logrado lo que nadie había podido hacer en tres siglos:
conseguir que la plana mayor permitiera una acción importante sin consultar con
las computadoras.
Y el
estado mayor se había tragado el plan de los solarianos sin pensar. Porque si
se hubiera dispuesto de tiempo para reflexionar, el plan era un absurdo
patente. Incluso si llegaran a ver al Kor, lo que era muy dudoso pese a la
locuacidad de Lingo, y aun si lograran el control del cuerpo del Kor, ¿qué?
¿Qué se le podría obligar a hacer al Kor que cambiara el curso de la guerra sin
que el Kor fuera depuesto? ¿Hacerle bailar una jiga? No, los solarianos estaban
tramando algo. Palmer no sabía de qué podría tratarse, pero no le gustaba.
¡Lo
único que sabía es que él estaba metido justo en medio del embrollo!
Palmer
caminó lentamente por el espaciopuerto interestelar en dirección a la nave
solariana, su bolsa de ropa colgada al hombro, tratando de practicar el difícil
arte de dejar la mente en blanco. Era importante no pensar en...en lo que había
en la bolsa. Porque si los telépatas solarianos llegaban a leer su mente...
Kurowski
había tenido infinidad de segundos pensamientos en las instrucciones finales a
Palmer. Al menos así lo entendió el flamante general en cuanto tuvo tiempo para
meditar en lo que realmente estaba propuesto.
—Por
supuesto, parece divertido —había dicho Kurowski—. Ambos sabemos que las
posibilidades de que alcancen Duglaar son francamente escasas. No estoy
tratando de embaucarlo, Palmer. Pero al menos hay dos razones muy buenas por
las que debemos permitirles que prueben todo lo que vayan a probar. Primero de
todo, y usted como oficial superior debería apreciarlo claramente, ya hemos
ganado algo con esto.
—¿A
qué se refiere, señor?
—¡Piense,
Palmer, piense! El simple hecho de que la plana mayor conviniera inmediatamente
en dejar que los solarianos ensayaran su plan, sin consultar primero con las
computadoras de mando, ha establecido un precedente. Hasta si esta misión
fallara, hasta si usted...ah, no volviera, esto puede capacitarnos para
oponernos a la computación otra vez en lo futuro, lo cual significa una
probabilidad de restituir el mando a quienes lo merecen..., oficiales de
campaña como usted y como yo, no viejos fósiles como Maizel. Y por supuesto,
estúpido como parece, el plan solariano podría triunfar, en cuyo caso la
derrota segura se convierte en victoria. ¿Qué podemos perder?
—Solamente
un comandante de flota muy joven —suspiró resignadamente Palmer.
—No,
señor... Jay —dijo solemnemente Kurowski—. Le prometo una cosa: pase lo que
pase, el rango de general es suyo con carácter permanente. Si logra volver, se
hará un nombramiento regular, y si...bueno, si no logra volver, el rango se
hará permanente a título póstumo. Es lo mínimo que le debemos.
—Gracias,
señor —dijo Palmer, sin mostrar demasiado entusiasmo—. Pero todavía no entiendo
qué pueden lograr los solarianos aun cuando sean capaces de controlar al Kor.
—Yo
supongo que podrían forzar al Kor a dar órdenes que hagan que los duglaari
pierdan una porción de sus fuerzas tan grande como sea posible. Es de sentido
común que si los doogs pierden...digamos tres o cuatro mil naves, estaríamos en
una relación como mínimo pareja con ellos. De hecho, las posibilidades
acabarían por estar perfectamente a nuestro favor. Después de todo, en este
tipo de guerra son naves las que cuentan. ¡Caramba, si pudiera, hasta cambiaría
el mismo sistema de Olympia por la destrucción de tres o cuatro mil naves
doogs! ¿Por qué cree que los doogs no han intentado nunca un ataque extremo
contra Olympia? ¿O contra el mismo Sol? Porque son demasiado listos para
arriesgar las naves que precisan para triunfar.
—Todo
eso es cierto, claro —dijo Palmer—. Pero sigo sin comprender cómo esperan los
solarianos desembarazarse de esas fuerzas, y estoy seguro de que es un error
confiar en ellos.
—
¿Confiar en ellos? —dijo Kurowski—. ¿Quién ha hablado de confiar en ellos? ¿Por
qué piensa que arriesgo un hombre tan valioso como usted en una misión como
ésta? Nos bastaría con haber ascendido a general a un teniente novato, después
de todo. Quiero que vaya un hombre capaz de hacer juicios rápidos. Lingo está
al mando de la misión, pero le doy poderes para que la aborde en cualquier
momento que considere adecuado. Si sospecha una bribonada, usted está facultado
para hacerse cargo de la nave y ordenar ayuda inmediata a todas y cada una de
las naves confederales de la zona. Usará la fuerza si es preciso, y si todo lo
demás falla, estará preparado para destruir la nave y sacrificarse si la
ocasión lo exige. Me preocuparé de que usted vaya equipado y armado
convenientemente. Y ya que tal vez lo registren, quiero que vaya al laboratorio
de inteligencia con una bolsa de ropa estándar. Ocultarán en su equipo armas y
explosivos suficientes para hacer frente a cualquier emergencia.
Kurowski
se levantó y extendió la mano.
—Buena
suerte, general Palmer —dijo.
Palmer
aseguró su bolsa de ropa poniéndola un poco más alta sobre el hombro. El fardo
contenía todo un arsenal oculto: un desintegrador, una pistola láser de
bolsillo, una pistola paralizadora, incluso una bomba de tiempo neonuclear
disfrazada de máquina de afeitar. Armas más pequeñas, y componentes suficientes
para reproducir las mayores, estaban ocultos en dobleces, costuras y forros de
la ropa de repuesto. Los solarianos podrían descubrir algunas armas en un
registro concienzudo, pero nunca todas...
La
nave solariana tenía un aspecto desilusionadoramente normal vista desde fuera
de la compuerta. Era, por supuesto, mucho más pequeña que los cruceros de
combate a que Palmer estaba acostumbrado, y estaba pintada de un verde
luminoso, pero una inspección superficial mostró a Palmer los usuales
proyectores del generador de campo de resolución y las habituales antenas de
campoéstasis en la nariz, cola y sección central.
La
compuerta se abrió, y Dirk Lingo salió. Palmer se puso en tensión e intentó
poner la mente en blanco al ver que Max Bergstrom seguía a Lingo. Los
solarianos bajaron una escalerilla hasta el suelo.
Palmer
alzó la bolsa de ropa todavía a más altura sobre su hombro y subió el primer
travesaño de la escalerilla.
—Un
momento, general Palmer —dijo Lingo—. Max...
Palmer
deseó que su mente estuviera en blanco. No pienses en..., se dijo. No pienses
en lo que hay en... ¡No! ¡No!
Bergstrom
estaba fijando aquellos ojos tranquilos, apacibles, castaños en Palmer, que
sentía como si unos zarcillos de sondeo estuvieran bordeando su mente.
¡No
pienses en armas!, se dijo. Ni siquiera pienses en no pensar en ellas...
Laaaa... Laaaa... Ooooooh... Palmer trataba de llenar su mente consciente de
silabas sin sentido, estática mental, mientras notaba que Bergstrom sondeaba,
suave pero irresistiblemente, su conciencia.
Le
pareció sentir asombro en su mente, un asombro que era más de Bergstrom que
suyo, comprendió. Laaaa... Oooooh... Eeeeeeh..., pensó desesperadamente con la
superficie de la mente.
Pero
Bergstrom no se dejaría disuadir por la estática superficial. En todo caso, la
estática pareció excitar su curiosidad, y Palmer percibió que el solariano se
introducía más y más profundamente en su mente; saqueaba sus recuerdos del
pasado como un hombre que hojea una enciclopedia.
Palmer
se notó en la recordación de las instrucciones finales de Kurowski, contra su
voluntad, y también se vio forzado a recordar las instrucciones del oficial del
laboratorio de inteligencia...
Entonces
la penosa experiencia acabó de repente, y sintió que su mente volvía a
pertenecerle. Bergstrom se volvió hacia Lingo con una suave sonrisa.
—Todo
lo imaginable, Dirk —dijo.
A
continuación se encaró con Palmer.
—Será
mejor que deje esa bolsa aquí —dijo—. Es toda una colección de armas.
—¿De
qué está hablando? —dijo Palmer, sin convicción—. Yo no...
—¿No
se siente un poco ridículo al intentar mentir a un telépata? —dijo
tranquilamente Bergstrom—. Me refiero al desintegrador, la pistola
paralizadora, el láser de bolsillo, la...
—De
acuerdo, de acuerdo —gruñó Palmer—. Usted gana. Pero al menos permita que me
lleve la ropa de repuesto —dijo rápidamente, abriendo la bolsa.
—¿Qué
uniforme tenía en mente? —preguntó Bergstrom con una sonrisa—. ¿El de las
píldoras de gas cosidas en los puños? ¿El de los componentes de la pistola
lanzallamas cosidos en el forro de la chaqueta? ¿O tal vez el que lleva...
—De
acuerdo —suspiró Palmer, resignadamente—. Creo que está muy claro — tiró la
bolsa al suelo, disgustado, y empezó a subir la escalerilla de la compuerta.
¡No
era justo! ¿Cómo demonios podía alguien pasar algo con un telépata?, se
preguntó taimadamente.
Bergstrom
sonreía abiertamente, a pesar de que Palmer no sintió que el solariano hubiese
leído aquello último en su mente.
—Nada
de resentimientos, general —dijo Lingo mientras cerraba la puerta de la
antecámara de compresión—. No lo tome tan en serio. Usted tenía todo el derecho
a desconfiar de nosotros, y en consecuencia todo el derecho a intentar meter
armas de contrabando a bordo. Es absolutamente comprensible que usted no confíe
en nosotros...
—¿Y
también es comprensible que ustedes no confíen en mí?
Lingo
se echó a reír.
—Exactamente
—dijo—. Así que ha perdido este jueguecito amistoso. Quién sabe, quizá gane la
próxima partida. Nada de resentimientos, entonces, ¿de acuerdo? Palmer se
encogió de hombros. —Ningún resentimiento, Lingo —dijo.
—¿Le
gustaría ver cómo nosotros, los solarianos, pilotamos una nave? — propuso
Lingo—. Tendría que encontrarlo muy interesante. Quizás un poco aterrador, pero
muy interesante. Vayamos a la sala de control.
La
sala de control no se parecía en nada a lo que Palmer hubiera visto hasta
entonces en una nave. Había cuatro sillas de piloto en la sala hemisférica,
pero dos de ellas eran simulaciones, estrictamente para pasajeros.
Las
otras dos parecían poco más que las mismas simulaciones. Una tenía un pequeño
cuadro de cuadrantes e indicadores al frente; la otra estaba equipada con
interruptores, palancas, pedales... ¡Y lo que semejaba ser un volante genuino
de vehículo terrestre!
Y
precisamente eso era. Ningún cuadro de computación, ningún teclado, ningún
tablero de navegación, nada.
Fran
Shannon estaba sentada en la silla de los cuadrantes. Sonrió a Palmer
distraídamente.
—Fran
es nuestra eidética —dijo Lingo, cosa que no explicaba absolutamente nada.
Lingo
señaló a Palmer uno de los asientos simulados y tomó asiento en la silla de los
controles.
—Uno
de mis talentos menores —dijo Lingo—. Soy sensor absoluto del espacio—tiempo.
Es algo como oído absoluto en música. Puedo percibir trayectorias,
aceleraciones, desviaciones de curso adecuadas, etc. Muy superior a una
computadora. Palmer se encogió en la silla.
—¿Pretende
decir que de verdad va a pilotar esta nave manualmente? —dijo débilmente—. ¿La
computadora de la nave no se encarga del despegue?
Lingo
soltó una carcajada resonante.
—¿La
computadora de la nave? —dijo—. Esta nave no tiene computadora. Hemos
descubierto que lo que los antiguos decían siempre es muy cierto: la mente
humana es la mejor computadora, a condición que se la utilice adecuadamente. Si
tiene el Talento para la tarea concreta. Y tal como he dicho, pilotar es uno de
mis talentos. Como los antiguos solían decir, yo manejo esta nave por instinto.
Palmer gimió débilmente.
—Pantalla
—dijo Lingo, accionando un interruptor. Palmer quedó sin aliento. Todo el
techo—pared hemisférico de la sala control era una enorme y continua pantalla
de video. Era como estar sentado en lo alto del asta de una bandera: cielo
despejado arriba, la pista abajo. Sorprendentemente real.
—Le
advertí que tal vez lo encontraría un poco aterrador —dijo Lingo de buen
humor—. Rejilla de despegue —ordenó.
Una
línea roja apareció en el “cielo” que se extendía en torno a la circunferencia
de la sala. Una línea amarilla apareció formando ángulos rectos con la
anterior.
—Gravedad
y horizonte artificial: normal —dijo Lingo—. Preparados para despegar.
Lingo
se atareó con los controles. El campo de resolución quedó conectado. La nave
empezó a subir, más y más rápido. Palmer veía que el suelo “caía” debajo de
ellos; era como estar atado en la parte externa de una nave.
La
nave se tambaleó. Palmer sabía que una fluctuación de tres grados durante más
de un segundo podía —y las probabilidades eran muchas— aplastarlos contra la
pista. Por eso era que tenía que encargarse del despegue una computadora.
Pero,
de modo increíble, Lingo corregía las fluctuaciones con la misma rapidez que se
producían. Era una imposibilidad obvia, pero él lo hacía; No se estrellaron. En
lugar de eso, siguieron ascendiendo y acelerando, y Olympia III se convirtió en
una curva, luego en un disco, hasta que se encontraron en órbita.
Las
estrellas flotaban a todo su alrededor. Era igual que flotar en el espacio con
un traje espacial. Palmer cerró los ojos, para calmar el vértigo creciente.
Contra
su voluntad, los abrió un momento después, y ante su sorpresa, el vértigo había
desaparecido y estaba disfrutando de la visión.
—Cuadrícula
para este punto —pidió Lingo.
Las
líneas rojas y amarillas fueron sustituidas por una cuadrícula de rayas blancas
que dividían la zona en cuadrados, cada uno de los cuales representaba un grado
del hemisferio.
—Localicemos
Dugl —dijo Lingo.
Fran
Shannon miró inexpresivamente el campo de estrellas, miles y miles de
estrellas, rojas, verdes, amarillas, azules... Después trazó un círculo rojo
luminoso en torno a un sol amarillo muy tenue cerca del centro del tablero.
Lingo apretó un botón, y un anillo rojo ligeramente mayor apareció en lo que
Palmer suponía el centro geométrico de la pantalla de visión hemisférica.
—Bastante
cerca, por ahora —dijo Lingo, al tiempo que manipulaba los mandos. La nave
aceleró, más aprisa, más, más... Palmer perdió el sentido del tiempo. La vista
de las estrellas, la aceleración constante de la nave, todo era hipnótico...
Horas y horas transcurrieron mientras la propulsión por resolución aceleraba la
nave hasta casi la velocidad de la luz. Palmer debió dormitar un poco, puesto
que lo siguiente que recordó fue que lo despertaba la voz de Lingo.
—Perfecto.
Estamos más allá de Olympia IX. Listos para correcciones finales antes de
entrar en espacioéstasis.
—¡Espere
un momento! —chilló Palmer—. ¡No puede entrar en espacioéstasis sin el punto de
posición de una computadora! ¡Era pura locura! Por fortuna, era imposible salir
del espacioestasis dentro de un sistema solar: la presión intensa de la
estrella hace que uno se mantenga inexorablemente en espacio—estasis hasta
encontrarse a una distancia segura. Pero resultaba demasiado posible conectar
un generador de campo de estasis excesivamente cerca de una masa del tamaño de
una estrella, y entonces no sólo explotaría el generador, dejando lo que
quedara de la nave fijo en espacioestasis para siempre, sino que las tensiones
desatarían una nova en el mismo sol. Por eso todos los sistemas solares, doogs
y humanos por igual, estaban tan vigilados: en teoría, una nave suicida podía
destruir un sistema solar entero. No obstante, al menos en aquella fase de la
guerra tal riesgo era puramente teórico. Una nave con una misión así debía
acercarse a su estrella víctima propulsada por resolución, y una sola nave que
usara tal sistema era completamente vulnerable ante las ubicuas pantallas de la
zona.
Pero
ahora, por ningún motivo cuerdo Lingo iba a exponer a la misma Olympia al
peligro de una posible nova. Era de locos aceptar un riesgo tan absurdo,
conectar el generador sin una determinación de posición precisa por parte de la
computadora de la nave que le asegurara hallarse a suficiente distancia de
Olympia...
—¿Recuerda?
—rio Lingo—. Esta nave no tiene computadora. Pero en realidad es muy sencillo.
Todo lo que tengo que hacer es centrar Dugl en el círculo rojo. Ese círculo
representa la línea de vuelo de la nave.
Lingo
accionó palancas, pedales y volante. Entonces el pequeño círculo rojo con la
estrella amarilla que era Dugl en su interior empezó a acercarse lentamente al
círculo de mayor tamaño del centro de la pantalla de visión conforme Lingo
ajustaba la posición de la nave en el espacio. Después, ambos círculos se
tocaron...
Y
Dugl quedó finalmente centrada en el círculo rojo mayor, dentro del círculo
pequeño, como el centro de un blanco.
Pero
si Lingo se equivoca, pensó Palmer, si estamos demasiado cerca, entonces el
blanco es Olympia.
—¡Controles
fijos! —dijo Lingo—. ¡Conectad campo de estasis!
Palmer
contuvo la respiración. Con gran brusquedad, la zona tachonada de estrellas que
era el espacio normal se esfumó, y Palmer se encontró en el deforme laberinto
de colores que giraban y vibraban, que es lo que el tiempo distorsionado del
campo de estasis hacía con el universo visual.
Pero
el generador de campo no había estallado. Lingo lo había conseguido. ¡Estaban
suficientemente lejos! Olympia estaba a salvo... ¡E iban camino de Dugl!
CAPÍTULO
CUATRO
BIEN,
GENERAL PALMER —dijo Lingo—. Como puede ver perfectamente, el generador no ha
estallado. Seguimos aquí, y Olympia, es de suponer, sigue allá.
—Sólo
espero que no haya sido por simple suerte —dijo Palmer de mala gana— . Sigo
opinando que era un riesgo tonto que correr.
Lingo
saltó ágilmente del asiento del piloto.
—Si
hubiera sido un riesgo —dijo—, estaría de acuerdo con usted sin lugar a dudas.
Hacer que un sol se convierta en nova no tiene ninguna gracia. Pero ustedes no
piensan en riesgos cuando confían una responsabilidad tan terrible a una
computadora, a una simple máquina. Se da la circunstancia de que nosotros
depositamos más confianza en la mente humana que en la electrónica. Bien
mirado, cuando uno se pone a pensarlo, hasta la mejor computadora no es más que
una extensión de la mente humana.
—Es
una forma bastante superficial de considerar...
Pero
Lingo interrumpió con un gesto de su mano lo que Palmer empezaba a decir.
—Va
a ser un largo viaje, amigo mío —dijo—. Tendremos mucho tiempo para discutir
más tarde. Así que no agotemos esta discusión en el principio. Es probable que
los demás estén ya en la sala común. Me apetecería un trago. ¿Y a usted?
La
sala común no daba la impresión de hallarse en una nave espacial. Las paredes
estaban adornadas con paneles de pino. El suelo estaba cubierto con una blanda
alfombra verde. El mobiliario era robusto, en su mayor parte fabricado con
madera y cuero genuino, e increíblemente opulento. A lo largo de una pared de
la gran sala había un bar que habría hecho sentirse orgulloso al Club de
Oficiales Generales de Ciudad Pentágono. Otra pared era prácticamente en su
totalidad una pantalla de video. Había un montón de aparatos en un rincón de la
sala: un alta fidelidad, un órgano de aromas, lo que parecía un theremin, y
media docena de otros artilugios totalmente extraños. Había estanterías llenas
de auténticos libros con páginas de papel y encuadernación en tela.
Algo
que casi parecía una mesa de billar elíptica descansaba en el centro de la
habitación, pero en lugar de troneras había lo que semejaban ser botes de arena
multicolor.
Palmer
se quedó inmóvil durante un largo instante, embebido en la contemplación. ¡Esta
sala debe costar más que todo el resto de la nave!, pensó.
Dirk
Lingo hizo un gesto a Raúl Ortega, que estaba de pie detrás de la barra.
—¿Qué
tal un Nueve Planetas para el general? —dijo.
Ortega
se atareó con botellas, vasos, tubos y cucharas para mezclar.
—Esto
es...ah..., un equipo muy bien surtido para una nave espacial —dijo Palmer—. No
es exactamente a lo que estoy acostumbrado.
Robin
Morel, que estaba repantigada a sus anchas de un modo desconcertante en un
sillón muy henchido, se rio de forma musical.
—La
guerra es el infierno, general —dijo, arrastrando las palabras.
Ortega
había completado ya el Nueve Planetas, cualquier cosa que fuese aquello.
Extendió a Palmer un vaso alto y deslustrado con nueve niveles distintos de
líquido: azul—cielo, castaño, púrpura, solución acuosa, rojo oscuro, rojo
ladrillo, verde, amarillo y naranja.
—Uno
por cada planeta del sistema de Sol —dijo Ortega, haciendo a Lingo un guiño
misterioso.
Palmer
contempló con recelo la enorme bebida. Parecía muy formidable.
—Bébalo
poco a poco —sugirió Fran Shannon, que había entrado en la sala con ellos—. De
nivel en nivel.
Palmer
alzó el vaso hasta sus labios y lo sorbió a manera de prueba. El primer nivel
era penetrantemente frío. Plutón, supuso, tratando de recordar su topografía.
Los siguientes cuatro niveles también fueron penetrantemente fríos, pero en
intensidad gradualmente decreciente. El sexto nivel parecía en cierto modo
arenoso, viejo y seco: Marte, conjeturó. El séptimo nivel era sedante, templado
y suave. No podía ser más que la Tierra. El octavo nivel era cálido y
ardiente...
Pero
el nivel final estuvo a punto de hacerle volar la cabeza.
—
¡Caramba...! —murmuró roncamente, consciente de manera aturdida de que había
logrado acabar con la bebida.
Todos
los solarianos estaban ya en la sala e intercambiaban sonrisas y gestos de
cabeza entre ellos.
—Este
Raúl tiene algo de barman —dijo Max Bergstrom—. Si se cree francamente
valiente, pídale que alguna vez le prepare una supernova.
Palmer
sacudió lentamente la cabeza. El movimiento pareció durar un tiempo
increíblemente considerable.
—Creo
que ya tengo bastante por ahora —dijo con gran aturdimiento—. ¿Qué había ahí,
por la galaxia?
—Explicarlo
llevaría el día entero, general —dijo Ortega con una sonrisa burlona.
—Llámeme
Jay —dijo Palmer impulsivamente. Estaba empezando a sentirse muy mareado y las
rodillas le fallaban, como si no hubiera dejado de beber durante horas. —Espero
que esa bebida no sea...ehm, tóxica —dijo en su aturdimiento, desplomándose en
el sillón más cercano.
Había
pronunciado las palabras con la pretensión de que hubieran resultado una
observación chistosa, pero al acabar la frase, que le pareció interminable, se
encontró preguntándose muy seriamente si la bebida no sería realmente venenosa.
Después de todo, no se podía confiar tanto en los solarianos...
—No
se preocupe, Jay —dijo Robin Morel con una sonrisa apagada—. Solamente parece
letal.
A
continuación, la cabeza de Palmer se puso a dar vueltas. Estaba perdiendo todo
sentido del tiempo. Empezaba incluso a serle difícil determinar en el momento
cuántos eran los solarianos que lo acompañaban en la habitación; parecía haber
centenares...
Daba
la impresión de que el ambiente poseía un cuerpo y una cualidad propios, y que
fluía lánguidamente como un jarabe espeso. Palmer jamás había estado tan cerca
de encontrarse tan borracho. Y no estaba muy seguro de que la situación fuese
placentera. Se sentía muy bien, aturdido, eufórico, un poco atontado, pero la
idea de permanecer en tal estado durante horas le resultaba bastante alarmante
y nauseabunda.
O
Bergstrom había leído su mente o los otros su cara, pues todos ellos reían y
Ortega prácticamente rugía...
—No
se preocupe, Jay —dijo Lingo—. También esto pasará. Linda Dortin pareció flotar
hacia la alta fidelidad, y una música agradable, suave, más bien vaga, empezó a
llenar el ambiente. Fran Shannon tomó asiento ante el órgano de aromas y se
puso a tocar.
La
sala se transformó en un jardín en plena temporada primaveral. Había un olor
cálido de fondo; fuerte, permanente, de hierba con muchos tréboles recién
cortada. Sobre ese fondo, Fran ejecutaba aromas fugaces, efímeros, siempre
cambiantes, de flores: rosas, lilas, maravillas... Los distintos tipos de olor
parecían menguar y fluir en una extraña especie de armonía con las notas de la
música.
La
cabeza de Palmer experimentaba la sensación de estar a punto de estallar. Una
parte de su persona se estaba relajando y disfrutaba de la extraña, exhaustiva
síntesis de intoxicación, olores y música. Palmer no había estado nunca tan
fuera de sí. Pero ese no era el problema... Jamás había bebido algo remotamente
parecido a ese Nueve Planetas, y no podía entender cuáles eran sus efectos
reales. Tenía la palabra de los solarianos en cuanto a que era inofensivo,
¿pero de qué valía eso en realidad? Quizá pretendían mantenerlo en ese estado
de embotamiento de forma permanente... Quizá la bebida tenía otras propiedades
que lo despojarían de su voluntad... Y quizá, pese a lo que Robin había dicho,
la bebida podía haber sido envenenada después de todo.
Palmer
comprendía nebulosamente que su cadena de pensamientos podía ser considerada
paranoica, y que incluso eso podía estar causado por la bebida. El problema era
que carecía de criterios utilizables para calibrar la situación. Si los
solarianos eran realmente dignos de confianza, entonces era pura necedad
preocuparse por los efectos de la bebida, pero si estaban maquinando alguna
traición, entonces lo necio había sido empezar a beber...
Palmer
no era un bebedor en realidad, pero como todo soldado de permiso, de vez en
cuando bebía algunas copas más de las que necesitaba. En tales ocasiones, había
sabido qué era estar intoxicado más de lo conveniente, descansar confiando en
no ponerse mal y aguardar estoicamente a que los efectos del alcohol se
disipen.
Así
se sentía en ese momento. No se encontraba mal, ni borracho, ni asustado, pero
ya se había excedido y había dejado de disfrutar de la intoxicación.
Simplemente deseaba que aquello terminara.
El
problema era que había perdido todo sentido del tiempo. No tenía la menor idea
de cuánto tiempo llevaba borracho, y peor aún, no tenía idea de cuánto durarían
los efectos del Nueve Planetas.
Se
sentía en el centro de una bruma cálida, vaga, rosada. Tenía la impresión de
haber estado envuelto en niebla tanto tiempo como podía recordar, y de que se
iba a quedar borracho para siempre.
Entonces,
con gran brusquedad, la niebla empezó a levantarse, a deshacerse como algodón
de azúcar en agua caliente. Con rapidez sorprendente, Palmer se encontró
completamente sobrio.
Ante
su enorme y maravillada sorpresa, su cabeza estaba despejada y su visión era
definida. No había dolor de cabeza, y ninguna pesadez. Ni siquiera el menor
asomo de resaca. Se sentía como si acabara de tener ocho horas de sueño
perfecto. Incluso tenía hambre.
—Aja
—dijo Ortega—. Veo que se ha disipado. Esa es la belleza de un Nueve Planetas.
Los primeros siete niveles son bebidas embriagantes cada vez más fuertes. El
octavo nivel es un desembriagante de acción retardada y el último es un
estimulante. Una juerga, una buena noche de sueño y...completamente despierto
por la mañana, ¡en menos de veinte minutos!
—¿Veinte
minutos? —exclamó Palmer—. ¿Eso ha sido todo?
—Exacto
—respondió Ortega.
—¿Cómo
se siente? —preguntó Lingo.
—
¡Fabuloso! —exclamó Palmer—. En realidad, esto me ha dado mucho apetito.
—Simplemente
deliberado —dijo Linda Dortin—. La comida está a punto de servirse.
Linda
apretó un botón debajo de la barra, y una sección de la pared se abrió para
descubrir una gran mesa con siete cubiertos —servilletas de tela, porcelana
florida, cubiertos de plata genuina— ya preparada, y siete butacas
aparentemente cómodas.
Palmer
y los tres solarianos varones se sentaron a la mesa, aunque el general esperó
que las mujeres hicieran lo mismo, ya que resultaba evidente que el comedor
estaba equipado por completo y por fuerza dispondrían de un mecanosirviente.
Pero
en lugar de eso, las féminas se acercaron a otra sección de la pared. Se apretó
un botón y un panel se deslizó hacia un lado, revelando una sopera humeante,
rodajas de melón, un asado y guarniciones surtidas.
Y
ante el asombro de Palmer, las mujeres empezaron a servir la comida manual y
elegantemente.
¡Caramba,
esto pasó de moda con los cohetes!, pensó Palmer. Con todo, había algo sedante
y lleno de gracia en ese tipo de comida, y las mujeres también parecían gozar
de ello.
—Casi
como una de esas viejas comidas familiares de los libros —dijo Palmer.
—Parecido
—dijo Lingo—. ¿Sabe una cosa? Hubo una época en que “familia” incluía tres o
cuatro generaciones. En aquellos tiempos una comida era todo un acontecimiento
social complejo. Como es natural, había muchas desventajas. Un hombre estaba
atado a su numerosa familia, a menudo toda su vida, y si había un montón de
groseros detestables a los que no podía soportar... Bueno, eso resultaba
malísimo.
—Pero
supongo que eso daba a la gente una sensación de; pertenencia —musitó Palmer—.
Es decir, casi puedo sentir cómo debía ser. Todo esto es tan...confortable.
—Sí
—replicó Ortega—. Pero esas familias antiguas también podían hacerse pedacitos
unos a otros. El problema consistía en que la estructura social obligaba a la
gente a juntarse sobre una base puramente casual. Y las agrupaciones
involuntarias siempre significan problemas.
—Ah,
Raúl —dijo Fran Shannon—. Sólo eres un cínico profesional... Pues todo debía
ser muy romántico en los viejos tiempos.
—Claro,
claro, muy romántico. ¿Sabíais que esos románticos solían asesinar personas
sólo porque encontraban a sus esposas con otro hombre?
—¡Oh,
no me vengas con eso, Raúl! —rio Fran Shannon— ¡Acabas de inventarlo!
—
¿Ah sí? —dijo Ortega con una ligera sonrisa—. No sólo que no lo estoy
inventando sino que ese tipo de cosas todavía pasan en los planetas de la
Confederación. ¿No es cierto, Jay?
Palmer
enrojeció.
—¡Claro
que sí! —contestó abruptamente—. Eh... Es decir, si se refiere a lo que yo creo
que se refiere... Ehm..., ¿ninguno de ustedes está...eh, casado?
—Sí
y no —dijo Ortega.
—¿Sí
y no? —exclamó Palmer—. ¡O se está o no se está!
—Entonces
no, de acuerdo con su forma de pensar —dijo Lingo—. Pero más bien sí según la
nuestra. Todos estamos casados con los demás, en cierto sentido. Todos somos
importantes uno para el otro. En muchos aspectos, funcionamos como lo que usted
llamaría familia. Pero por otro lado, todos somos individuos completamente
independientes y perfectamente libres para establecer fuera del Grupo cualquier
relación que nos interese.
Palmer
sacudió la cabeza. Aquello estaba bastante fuera de su comprensión.
—Por
ejemplo —dijo Robin—, usted no es miembro de nuestro Grupo, pero no hay razón
particular por la que deba acostarse solo siempre, ¿verdad que no?
—
¡Naturalmente que sí! —estalló Palmer.
Y
mientras los seis solarianos prorrumpían en carcajadas generosas, Palmer empezó
a preguntarse cuál sería esa razón.
Ortega
estaba en la barra ocupado en fruslerías. Fran Shannon estaba apartada en un
rincón de la sala común, leyendo un libro. Max y Linda estaban...
Palmer,
sentado en un sillón, con Lingo y Robin en asientos contiguos, no podía
imaginar qué hacían Linda y Max. Estaban sentados en el sofá, mirándose a los
ojos, sin mover un músculo y sin pronunciar un sonido.
Palmer
lanzó una mirada a Robin, llamó la atención de la mujer, miró hacia Max y Linda
y después, otra vez a Robin. Era una pregunta evidente.
Robin
rio y le sonrió cordialmente.
—No
me pregunte —dijo—. No soy telépata. Están...bueno, se están comunicando de un
modo posible sólo para dos telépatas, y particularmente dos telépatas
interesados el uno por el otro, todo sea dicho. Personalmente..., bueno, yo
expreso mi afecto de maneras bastante menos cerebrales —y Robin le hizo un
guiño.
Palmer
se retorció en el sillón, intranquilo. Miró a Lingo para ver si el hombre se
había dado cuenta; pero estaba mirando fija, directamente, el espacio y
sonriéndose, como si pensara en algún chiste.
—¿Qué
piensa usted, Jay? —dijo Robin.
—¿Eh?
¿Qué? ¿Sobre qué?
—Sobre
el afecto. ¿No cree que las personas deberían demostrarlo si se gustan? Es
decir, del modo más natural. Que para un hombre y una mujer es...
Robin
se quedó mirándolo fija, franca, constantemente. Palmer miró nerviosamente a
Lingo, que seguía ignorando la conversación de manera evidente.
—Bueno,
claro, si dos personas están enamoradas han de... Quiero decir que la
abstinencia como fin pasó de moda con la Edad de Freud.
—No,
no —dijo Robin—. No hablo de amor, hablo de gustar. No me diga que cree que un
hombre y una mujer han de estar enamorados antes de...
—¡Claro
que no! —dijo Palmer—. No hay nada de malo en el sexo por el sexo, tampoco. Es
lo más natural...
Robin
se echó a reír.
—¡Tampoco
me refiero a eso! —exclamó—. ¿No comprende lo que significa gustar? Significa
no estar enamorado de alguien pero que ese alguien no resulta del todo
indiferente. Estoy enamorada de Dirk, por ejemplo. Pero..., eso no evita que
usted me guste, ¿no?
Las
palabras eran ambiguas, pero ciertamente que no lo era la mirada, cálida,
íntima, profunda. Palmer no tenía ganas de devolverla, y no estaba seguro
respecto a los sentimientos que le despertaba. Después de todo, pensó, Lingo
está sentado justo a nuestro lado.
Miró
a Lingo. Esta vez Lingo lo miró. No había enfado o celos en su cara. Parecía
estar muy divertido por algo especial. Palmer no imaginaba qué sería.
—¿Le
gusto, Jay? —dijo Robín—. Es decir, ¿no me encuentra fea, tonta o aburrida?
—¿Eh?
¡Naturalmente que no! ¿Qué motivo tendría? Por supuesto que me gusta, Robin.
Ella
rio con suavidad, y volvió a mirarlo fijamente, arqueando las cejas en un gesto
rápido y lleno de significado.
Palmer
comprendió la pregunta, pero no sabía muy bien cómo responder, y lo que era
peor, no sabía cómo quería responder. De manera que fingió que aquello no había
sucedido.
Lingo
soltó un gruñido rápido, apagado, que pareció una carcajada varonil y sorda.
Miró a Robin, se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano a la mujer.
Robin
también se encogió de hombros, sonrió cordialmente a Palmer, se levantó, se
acercó al sillón de Lingo y se sentó en el regazo de él. Lingo se echó a reír,
besó suavemente a la mujer en el cuello y dijo:
—Debes
estar perdiendo tu estilo, Robin.
—No
puedo conquistar a todos —dijo Robin, devolviéndole el beso.
Palmer
se levantó con avergonzada confusión y se acercó a la estantería, donde simuló
estar absorto por uno de los libros.
Pocos
minutos más tarde, Max y Linda separaron sus miradas y, sin cruzar una sola
palabra, se levantaron. Max se acercó a Fran Shannon, le dijo algo, y ambos
salieron juntos de la sala común.
Mientras
tanto, Linda había susurrado algo al oído de Ortega, y también ellos se fueron
juntos, cogidos del brazo.
Palmer
yacía intranquilo aunque en cierto sentido agradecido, en la litera de su
camarote. La habitación era un contraste de algún modo tranquilizadoramente
agradable con el resto de la nave: un cubículo pequeño, sencillo, con litera,
mesa y armario, muy parecido a cualquier camarote de cualquier otra nave.
Espartano, y por ello satisfactoriamente familiar.
Había
sido un buen día de prueba, pensándolo bien. Cuantos más detalles de los
solarianos veía, tanto menos parecía comprenderlos. En su hábitat natural,
incluso parecían más extraños que en Olympia III...
Palmer
sacudió la cabeza. ¿Son simplemente un montón de hedonistas degenerados?, se
preguntó. Jamás había presenciado tanta increíble lujuria en una nave espacial.
Y en una misión así, parecía casi criminal.
¿Estaré
siendo injusto? Al fin y al cabo, pensándolo bien, ¿qué lógica tiene el
ascetismo por sí mismo?
Pero
lo que realmente le preocupaba era el modelo de relaciones entre los
solarianos..., si es que había un modelo. A veces semejaban mucho una
familia... Pero luego estaba ese asunto de no dormir a solas... Y el tema de
“gustar” en oposición a “amar”...
Y
Robin.
Me
ha mirado de una forma..., pensó. Una invitación más clara, imposible. Y Lingo
estaba allí mismo. Pero no se preocupó en absoluto... Y después, de repente,
empiezan a comportarse como una pareja con muchos años de matrimonio. Y la
forma en que Linda y Max pasaron todo el tiempo sólo mirándose, y luego cada
uno se va con otro... Simplemente, no tiene sentido.
Palmer
no tenía nada de ingenuo; ciertamente no había pasado todas sus noches a solas,
ni siquiera siempre con una mujer que fuera importante para él. O se tenía una
relación seria con una mujer o se tenía una relación accidental. Los dos casos
eran bastante normales, dependiendo de las circunstancias.
¿Pero
cómo es posible que exista un punto medio?
Sin
embargo, para los solarianos existía claramente cierto tipo de punto medio
entre lo accidental y lo serio. Debía haber ciertas reglas, al menos en cuanto
a gusto, si no en cuanto a otra cosa, en la cultura solariana, pero Palmer era
incapaz de distinguirlas.
Todo
resultaba francamente irritante. Las cosas me serían más fáciles si tuviera que
comprender a seis doogs, pensó Palmer.
Iba
a ser un largo viaje.
Palmer
estaba de pie, vacilante, junto a la entrada de la sala común. Racionalmente,
sabía que no había motivos para mostrarse receloso al tener que estar frente a
Lingo o Robin, pero su mente tenía dificultades para convencer a sus vísceras.
Se
encogió de hombros con aire de resignación, y cruzó la entrada. Una súbita
punzada, casi una desagradable especie de nostalgia, trepidó en su interior
cuando entró en la sala común. Los solarianos estaban apiñados en torno a la
extraña mesa elíptica. Hablaban animadamente, reían, sonreían. El grupo
irradiaba una burbujeante sensación de camaradería, compañerismo, cordialidad.
Palmer
reconoció lo que le daba esa extraña sensación: soledad, extrañamiento. Y
envidia. Estas personas tenían algo. Algo que era compartido, sin ser
exhaustivo, algo que les permitía pasar unas largas semanas de viaje hasta Dugl
de una forma placentera y llena de vivacidad, sin aburrimiento o mero
hedonismo.
Tenían
raíces. Todos y cada uno tenían raíces en los otros, y Palmer sabía con una
convicción cierta que, mientras aquel grupo estuviera compacto, cualquier lugar
de la galaxia sería un hogar para ellos.
Pero
un soldado profesional no tiene hogar, pensó amargamente. Y aunque sentía la
calurosa atracción del grupo solariano, Palmer no podía olvidar por un instante
que esas personas eran solarianas, extraños del sistema eremítico de Sol, cuyos
motivos y fines no podían ser comprendidos ni se podía confiar en ellos.
Pero
sin embargo...
—Ah,
Jay —dijo Lingo—. Esto tiene que interesarle. Un juego fascinante. Eche un
vistazo.
Palmer
se acercó a la mesa elíptica. Siete montoncitos de lo que parecían siete
matices distintos de arena de color habían sido dispuestos en la superficie de
la mesa. Una placa de plástico transparente cubría la tabla de la mesa a cuatro
centímetros por encima de los montones de arena.
—Bueno,
¿qué es esto? —preguntó Palmer. —Una mesa de telequinesis —dijo Robin Morel—.
Sólo escasas personas como Max y Linda tienen un auténtico Talento telepático,
pero todo el mundo tiene cierta facultad telepática latente. Esta estructura
está ideada para permitir que la gente ordinaria ponga en juego sus facultades
psi latentes.
—¿Cómo
funciona? —preguntó Palmer.
—La
superficie de la mesa carece prácticamente de rozamiento —dijo Ortega—. La
“arena” de color es en realidad esferas diminutas de acero pintado, micropulido
para que posea el coeficiente de rozamiento más bajo posible. Además la placa
superior transparente se cierra sobre la tabla de la mesa, y el aire intermedio
se evacua, creando un vacío razonablemente bueno. De manera que el rozamiento
de rodadura y la resistencia del aire son tan próximos a cero como es posible,
reduciendo al mínimo la cantidad de fuerza psicoquinética precisa para mover la
“arena”. Y naturalmente, una esfera tiene una masa muy pequeña. Yo tengo
solamente una cantidad ordinaria de psi, pero ¡observe! Usaré el montón verde.
Ortega
miró intensamente la tabla de la mesa. Mientras Palmer observaba con
fascinación asombrada, el montón de partículas verdes empezó a aplanarse hasta
formar un círculo tosco, de sólo una partícula de espesor. Poco a poco, el
círculo fue cambiando, y al cabo de unos minutos, las iniciales chapuceras “R.
O.” habían sido formadas por las partículas verdes.
—No
está mal para un aficionado —dijo Max Bergstrom—. Claro que Linda y yo podemos
manejar este artilugio con la mente atada a la espalda.
De
repente, el montón rojo empezó a moverse como si cada una de las partículas
fuera un pequeño insecto energético. En unos segundos, un corazón rojo quedó
formado en la tabla de la mesa.
El
montón amarillo se contrajo bruscamente para adoptar la forma de una flecha que
traspasaba el corazón. Algunos granos amarillos saltaron a la superficie del
corazón para inscribir las iniciales 'M. B. — L. D.'
—
¡Caramba! —gruñó Ortega, arrugando la nariz.
Todo
el mundo se puso a reír. Hasta Palmer se encontró participando en la risa.
—Vamos,
inténtelo usted ahora, Jay. —En realidad no creo que yo...
—
¡Oh, vamos!
—Bueno...,¿qué
se supone que debo hacer? —preguntó Palmer, algo indeciso.
—Sólo
pensar en la arena —dijo Ortega—. Pruebe con el montón azul.
Palmer
se encogió de hombros y miró fijamente, muy resuelto aunque con cierta timidez,
el montón de partículas azules. ¡Muévete, muévete!, pensó. ¡Vamos, maldito
seas, allánate!
No
pareció que ocurriera mucha cosa. Unas cuantas partículas del ápice del montón
se deslizaron hacia los bordes. Palmer se concentró resueltamente durante
varios minutos. Quizás haya ahora algunas partículas más en la periferia que
cuando empezó, y quizás el montón sea mínimamente más plano, pero...
—¡Muy
bien para ser un primer intento! —exclamó Robín
Morel
cuando Palmer finalmente levantó los ojos de la mesa.
—¿De
verdad? —dijo con placer genuino.
Robin
le sonrió cariñosamente.
—De
verdad, Jay —dijo la mujer—. Muchísimas personas ni siquiera pueden mover una
partícula la primera vez. Tal vez tengamos entre nosotros un telépata
latente...
Palmer
se echó a reír casi de modo infantil. Estas personas parecían estar
genuinamente interesadas por él, de un modo completamente sincero y natural.
Quizás...
—Quizás
hayamos estado juzgando mal a la Confederación todos estos años — dijo Ortega—.
Quizá las plantas de la Confederación estén repletas de Talentos.
Lo
había dicho de una manera completamente despreocupada, pero de algún modo las
palabras pincharon por entero la burbuja de júbilo de Palmer. Estas personas
eran, al fin y al cabo, solarianas, y estaban implicadas en lo que podía llegar
a ser una misión perniciosa para la Confederación Humana. Lo habían despojado
de sus armas y no se podía confiar en ellos. Sería una locura, tal vez
traición, permitirse entrar a formar parte de este Grupo, por más atractiva que
se presentara la perspectiva.
—¿Algo
va mal, Jay? —preguntó Robin.
—Ah...no,
creo que yo...eh, me iré a leer un libro.
Dejó
a los solarianos y se dirigió a la estantería. Mientras perdía el tiempo entre
los libros, sintió sobre él los ojos de los solarianos, incluso cuando
continuaron sus juegos psi. Era horriblemente desagradable. Las miradas
encubiertas le hicieron sentirse más extraño que nunca, y lo peor, que era
enteramente por su culpa.
Pero
lo que ya era el colmo es lo que expresaban aquellas miradas fugaces. Pues no
era preocupación, sino pena.
Era
imposible dormir. Palmer se sentó en tensión al borde de la litera, indeciso.
Advertía
que los solarianos le estaban ofreciendo algo, pero algo que realmente no
entendía. Con todo, buena parte de su ser lo deseaba muchísimo. Él había
crecido hasta el estado adulto en una civilización que había estado en guerra
durante tres siglos. Él era un soldado y, lo sabía sin recato alguno, un buen
soldado. No recordaba haber deseado jamás otra cosa. Pero daba la impresión de
que había algo que faltaba en su vida, algo cuya ausencia ni siquiera había
sospechado hasta que conoció a seis personas que lo tenían..., aunque aún no
supiera de qué se trataba.
Pero
luego estaba la misión, quizá la misión más importante en la historia de la
Confederación. ¿Qué pretendían hacer los solarianos? ¿El objetivo de ellos era
realmente el mismo que el de la Confederación —ganar la guerra— o estaban
meramente dispuestos en cierto modo a salvar Fortaleza Sol a expensas del resto
de la raza humana?
En
otras circunstancias, Palmer habría estado en libertad para limitarse a
convertirse en miembro de su Grupo, pero no podía permitirse confiar en los
solarianos hasta ese punto, desconociendo la naturaleza real de su misión.
Por
otro lado, quizá convertirse en parte del grupo fuera el único medio de
aprender algo. Por último, si mostraba confianza en ellos, ¿no responderían
ellos de igual manera?
A
menos que tuvieran algo que ocultar.
Todo
esto era excesivo para....
Hubo
un golpe en la puerta.
—Pase
—dijo Palmer, más bien de mala gana.
Era
Robin Morel. La mujer abrió la puerta, entró y se sentó junto a él en la
litera.
Robin
estudió su cara durante un largo instante.
—Algo
le preocupa, Jay —dijo.
—Esto
no es exactamente una excursión de placer —contestó bruscamente, con mucha más
acritud de la que hubiera pretendido. Se iba dando cuenta, con cierto malestar
para él, de que la mujer era atractiva.
—Me
refiero a otra cosa —dijo ella en voz baja—. Hay esta hostilidad entre usted y
nosotros. La percibimos, y estoy convencida de que también usted la siente. La
misión se desarrollaría mucho más llanamente si esa hostilidad no estuviera
presente.
—
¿Esperan que confíe en ustedes? ¿Confían ustedes en mí? Me han quitado todas
las armas, ¿no es cierto? ¿Llaman confianza a eso?
—Un
hombre que está armado hasta los dientes tampoco está actuando de una forma
precisamente amistosa —dijo Robin con una ligera sonrisa.
—Touché
—replicó Palmer, algo mejor de humor—. Entonces, convengamos en que la
desconfianza es mutua.
—No
tiene que ser así.
—No
veo cómo puede ser de otra manera —dijo Palmer—. Soy un oficial confederal, y
ustedes son solarianos. Hemos estado apartados durante tres siglos, y no por
nuestro gusto.
—Pero
ambos combatimos contra el mismo enemigo, ¿no?
—¿...combatimos?
—repuso abruptamente Palmer—. Hemos estado conteniendo a los duglaari con
nuestras naves y vidas durante tres siglos. ¿Qué han hecho ustedes?
—Librar
la misma batalla de un modo diferente —dijo suavemente Robin—. Claro que no lo
entenderá de verdad hasta que pueda permitirse integrar nuestro Grupo. ¿Por qué
no lo prueba?
—
¿Probar... qué?
—A
nosotros. Somos humanos, no monstruos. Queremos ser sus amigos. De un modo que
usted todavía no puede entender, queremos ser más que sus amigos.
—¿Qué
pretende decir con eso? —dijo Palmer, con una expresión exageradamente vaga en
su rostro.
Robin
se rio.
—Quizá
no exactamente del modo que usted cree que tengo en mente —dijo Robin—. Aunque
no hay razón alguna para que duerma solo, a menos que lo desee.
—Pensaba
que usted y Lingo...
—Claro
—dijo ella—, pero no pertenecemos el uno al otro. Un ser humano no es un objeto
de propiedad, Jay.
—¿Quiere
decir que él no tendría celos? ¿No habría mal genio entre nosotros?
—¿Por
qué tendría que haberlo? ¿Estaría usted arrebatándole algo, acaso? ¿Habría
menos de mí para él, por así decirlo? No es como si yo estuviera enamorada de
usted, del modo que estoy con Dirk. Él lo sabe. Además, todo sería dentro del
Grupo.
—Lo
dice como si eso significara “todo dentro de la familia”.
—En
cierto sentido, sí —dijo Robin—. Un Grupo es igual que...bueno, si usted no ha
formado parte de uno, no hay forma de explicárselo con claridad. Es un poco
como una familia, pero sin que exista cabeza de familia. Es una relación de
igualdad total. Y las personas sólo entran a formar parte de un Grupo porque lo
desean. Tienen libertad para establecer cualquier tipo de relaciones exteriores
que deseen, y existen otras relaciones dentro del Grupo, como Dirk y yo, o como
Linda y Max que incluso son más íntimos. Pero todo es parte de un solo y
armonioso... Jay, es imposible describirlo a un extraño. Hay que sentirlo.
Palmer
sintió la atracción de lo que Robin describía, no porque comprendiera lo que
decía —pues apenas captaba nebulosamente el concepto— sino debido a cómo lo
decía. Liberarse, formar parte de este asunto del Grupo, le parecía que en
cierto modo sería como volver al hogar.
Pero
él jamás había tenido realmente un hogar...
Y a
pesar de todo, ¿no podía ser exactamente esto lo que ellos querían que
sintiera? ¿No podía ser todo una trampa? Sin duda, el cebo era muy atractivo...
—¿Qué opina, Jay? , —Lo pensaré antes de dormir —replico. —¿Solo? —preguntó
Robin con una tenue sonrisa. —Solo.
CAPÍTULO
CINCO
DESPUÉS
DE QUE ROBIN saliera de su camarote, Palmer se quedó sentado, tenso, al borde
de la litera, incapaz de acostarse y reacio a hacer tal cosa.
¿Cuánto
tiempo llevo en esta nave?, se preguntó. Parecen años...
Palmer
hizo una mueca. Pensándolo bien, buena parte de su vida había pasado como las
horas: lucha, retirada, permiso, lucha. En una guerra que duraba siglos, la
vida de un oficial era año tras año de interminable repetición. Se habían
producido más novedades en los dos días pasados que en los últimos dos años.
Era algo excesivo para digerirlo entero...
Estaba
Robin... Y los solarianos... Y la misión. Sobre todo, ciertamente lo más
importante de todo, estaba la misión. ¿Pero qué era la misión? Las órdenes de
Kurowski eran seguir el juego a los solarianos a menos que parecieran estar
haciendo una mala pasada. En ese caso, pensó Palmer, se supone que debo tomar
el mando de la nave, o destruirla como último recurso.
¿Pero
cómo puedo hacer eso, si he perdido todas mis armas y si estoy tratando con
gente que puede leer mi mente y controlar mis movimientos?
Fatigada
pero incesantemente, Palmer se levantó y empezó a ir de un lado a otro del
camarote. Todo quedaba reducido a si se podía o no confiar en los solarianos.
Parecían las personas más amistosas de la galaxia, había muchísima simpatía en
ellos, una desenvoltura, una franqueza que Palmer jamás había experimentado
hasta entonces. Había una total falta de celos, y un obvio deseo de
compartir...casi cualquier cosa. Por lo general, él habría sido más que feliz
en llamar amigos a tales personas... O algo más que amigos.
Pero
eran las mismas personas que habían invadido la intimidad de su misma mente,
que lo habían metido a la fuerza en una supuesta misión cuyo resultado parecía
una muerte cierta y absurda. Lo que fuese que pudieran ser como seres humanos,
no quitaba el hecho de que seguían siendo solarianos. Y Fortaleza Sol era
sinónimo de lo secreto y desconocido. ¿De qué formas inimaginables podía haber
cambiado la gente de Sol en tres siglos de aislamiento?
En
sus vidas personales, los solarianos eran extraños e incomprensibles en tantos
aspectos... ¿No era razonable suponer que sus motivos políticos fueran
igualmente extraños?
Palmer
volvió a sentarse en la cama y empezó a desnudarse. Una cosa, como mínimo,
estaba clara: tenía que averiguar más. Tenía que averiguar la verdad sobre
Fortaleza Sol y la misión de los solarianos incluso antes de tener que actuar.
Quizás
el mejor método sería desfogarse, pensó; entrar a formar parte de su grupo.
Sonrió
irónicamente en su interior. Desfogarse con Robin tal vez no lo calificaría
exactamente para una recompensa por fatigas.
Cuando
Palmer entró en la sala común, Raúl Ortega estaba a solas inclinado sobre la
barra y dando sorbos a un vaso muy alto. Ortega lo saludó con un gesto de
cabeza y sirvió otro vaso alto con una bebida roja de la jarra cubierta de
escarcha que descansaba sobre la barra.
—Tome
un trago, Jay —ofreció.
Palmer
se acercó a la barra y cogió la bebida. La examinó con recelo e hizo que el
vaso girara lentamente en su mano.
Ortega
se rio.
—Esta
vez es sólo simple vino tinto, agradable y frío —dijo.
Palmer
dio un sorbo experimental.
—Vino
perfecto —dijo—. Y un vino bastante bueno, la verdad.
—Únicamente
lo mejor —dijo Ortega, arrastrando las palabras; y a continuación, con gran
precipitación, añadió—: ¿Por qué no confía en nosotros, Jay?
—¿Por
qué tendría que hacerlo? —contestó bruscamente Palmer—. Leen mi mente en contra
de mi voluntad. Confiscan mis armas. Me meten por la fuerza en una misión
suicida. Y para remate, ustedes son solarianos, y a nadie se le ha permitido
entrar en el sistema de Sol durante tres siglos. ¿Qué razón puede ofrecerme
para que confíe en ustedes?
—Usted
sigue vivo —dijo Ortega tranquilamente.
—¿Qué
debo suponer que significa eso?
—Medítelo
—dijo Ortega—. Fue desarmado. Max y Linda pueden leer su mente y controlar su
cuerpo cuando lo deseen. No hay nada que usted pueda hacer para dañarnos,
mientras que nosotros podemos hacer con usted casi todo lo que queramos. Hay
motivos para que confíe en nosotros.
—¿Cree
que eso es motivo para confiar en ustedes? —exclamó Palmer.
—Hay
un motivo mejor —dijo Ortega, bebiendo un buen trago de vino—. No tiene
absolutamente nada que ganar desconfiando en nosotros. No puede hacer nada para
dañarnos, y también podría hacer frente al hecho de que nosotros podemos hacer
con usted casi todo lo que queramos. ¿Qué puede ganar con su desconfianza?
—Un
razonamiento muy bueno —dijo Palmer—. Todo se reduce a que mi única alternativa
es si seré un prisionero o un invitado voluntario.
—Exactamente
—dijo Ortega—. Le ofrecemos amistad, auténtica amistad, Jay. Acéptenos como
somos y este viaje será muy placentero. No se oponga, Jay. Todo lo que puede
ganar es insomnio. Pónganos a prueba.
Palmer
se encogió de hombros y tomó un largo trago de vino.
—¿Sabe,
Raúl? —dijo—. Tal vez se haya apuntado un tanto.
Pero
quizá no el tanto que usted cree, sin embargo, pensó Palmer.
Palmer
sonrió con cuidadosa puerilidad a Robin Morel durante el café de la comida. Se
había decidido. No se iba a mantener apartado de los solarianos; aceptaría todo
lo que gustara a los solarianos, hasta cierto punto. Al menos hasta saber
bastante como para asegurarse qué estaban tramando realmente los solarianos, y
si se podía confiar en ellos o no. Infiltrarse en el Grupo era su deber claro.
Y
además, tal vez no fuera un deber desagradable...
—¿Por
qué esa sonrisa, Jay? —preguntó Lingo a modo de conversación—. ¿Usted y
Robín...?
—¡Ciertamente
no!
—Aún
no, en todo caso, Dirk —dijo Robin.
Palmer
se ruborizó y todos se echaron a reír. Al cabo de un instante, Palmer se
esforzó en reír con ellos.
—Creo
que es la primera vez que lo veo reír —dijo Lingo—. Lo favorece mucho. Ha
habido excesiva tensión en esta misión. Todos...
—Robin
habló con él sobre todo eso la noche pasada —dijo Max Bergstrom.
—¿Cómo
sabe usted...? —dijo atolondradamente Palmer, asombrado.
Bergstrom
sonrió y dio golpecitos a su sien derecha con el dedo índice.
—Y
usted ha decidido probar nuestra compañía —dijo—. Bienvenido al Grupo.
—¿Es
que nadie tiene intimidad alrededor de ustedes, los telépatas? —preguntó
Palmer, forzando en su voz un tono de afabilidad que en realidad no sentía.
—Toda
la intimidad que desee —dijo Linda Dortin—, y ni una gota más o menos.
—¿Qué
significa eso?
—Si
se medita al respecto —dijo Lingo—, la existencia de una minoría telepática
implica ciertos problemas sociales muy delicados. Igual que la existencia de
otros talentos. De no ser por el Grupo Orgánico, bueno...
—¿...Grupo
Orgánico?
—Eso
somos nosotros seis, Jay —dijo Lingo—. Un Grupo Orgánico. La raza humana
siempre ha tenido individuos con talentos anormales, siempre ha incluido
grandes diferencias entre sus miembros. Hay mucha más variedad entre la raza
humana que entre los doogs. Pero hasta hace muy poco, esto ha obrado con mucho
en contra de la Humanidad, pues la tendencia ha dado siempre a que tipos
humanos similares se apiñaran en hostilidad mutua contra los otros tipos
humanos. La unidad básica, por ejemplo, siempre ha sido la familia. Y por
supuesto, una “familia” podía definirse como un grupo de gente con una
estructura genética muy similar. Los semejantes siempre tendían a agruparse, en
grupos pequeños y más grandes. Los más pequeños eran la familia, y los mayores
la nación, de la que los gobiernos planetarios son meramente la forma más
reciente.
—No
lo había considerado nunca de ese modo —musitó Palmer—. ¿Pretende decir que las
naciones son simples extensiones de la familia?
—¿Y
qué otra cosa, sino? Las grandes unidades de una estructura social siempre
están determinadas por la naturaleza de la unidad básica.
—¡Y
“raza” es sólo una extensión de la idea de clan! —exclamó Palmer—. Claro..., es
tan obvio que...
—Por
eso la raza humana jamás ha estado unida —dijo Lingo—. Hasta la Confederación
es sólo una serie de sistemas solares soberanos. Si los doogs no existieran,
tampoco existiría la Confederación. Se desharía, porque la unidad social básica
es la familia.
—¿Qué
tiene que ver todo esto con los telépatas? —preguntó Palmer.
Max
Bergstrom explicó:
—Imagine
que todos los telépatas (y hay millones de nosotros en el sistema de Sol) nos
consideráramos una raza, un clan, y consideráramos a todos los demás...
—¡Basta!
—se estremeció Palmer—. Ya veo el sentido.
—Lo
ve en parte —dijo Lingo—. La telepatía no es el único Talento. Piense en
nosotros seis: dos telépatas, Max y Linda. Raúl es un Maestro de Juego...
—¿Maestro
de Juego? He oído antes esa denominación. En la reunión de estado mayor.
Significa estratega, ¿no?
Ortega
se echó a reír.
—Del
mismo modo que “soldado” significa “asesino a sueldo” —dijo.
—Mire,
Jay —dijo Lingo—. Ser Maestro de Juego no es algo que se pueda aprender. Es un
Talento genuino, un genio instintivo, al menos en parte hereditario. Como en
telepatía, Raúl posee la capacidad instintiva de concebir batallas militares y
geopolíticas, como la guerra con los doogs, como si no fuera más que una
partida de cartas o ajedrez.
—¿Se
refiere a que él es una computadora estratégica humana, del mismo modo que
usted es una computadora de nave humana?
Lingo
rio.
—Le
resultará difícil aceptarlo, Jay, pero un Maestro de Juego es muy superior a
cualquier computadora estratégica, incluso al Centro de Computación de Olympia
IV. Porque además de tratar datos objetivos, Raúl tiene en cuenta factores
subjetivos tales como la psicología del oponente, la idea de engaño simulado,
mil factores sutiles ante los que las computadoras siempre se mostrarían
ciegas. Pueden construir computadoras capaces de jugar una buena partida de
ajedrez, puesto que el ajedrez es un juego de lógica, pero ninguna computadora
será capaz de competir nunca con un buen jugador de cartas humano.
—Y
hay millones de nosotros, también —dijo Ortega—. ¿Y si nosotros nos
consideráramos una raza aparte?
—Y
Fran es eidética —dijo Lingo—. Posee memoria total. Es un almanaque, una
enciclopedia, un banco de datos ambulante. Robin es algo mucho más sutil: una
no—especialista especializada. A falta de un término mejor, a ese Talento le
llamamos “goma”.
—De
manera que el sistema de Sol entero está habitado por personas con todos esos
Talentos muy distintos —dijo Palmer.
—Va
comprendiendo —dijo Lingo—. Conforme la raza humana evoluciona, las diferencias
entre sus miembros se hacen mayores, no menores. La especialización se hace más
y más pronunciada. Y si la raza continuara organizándose sobre la base de
naciones, clanes, familias de semejantes apiñándose...
—¡La
raza humana explotaría!
—Exactamente
—dijo Lingo—. El Grupo Orgánico es una nueva unidad básica, que no se basa en
la similitud de sus miembros, sino en sus diferencias. No es meramente una
buena idea, es una necesidad evolutiva. Personas con talentos y naturalezas muy
distintas se unen en una unidad básica. Y como es natural, con la unidad básica
erigida sobre este tipo de cooperación funcional, toda la civilización es
estable y unificada.
—¿Pero
cómo llegan a tomar decisiones con una organización así? —preguntó Palmer—.
¿Qué cosa, después de todo, puede mantener juntos a tipos tan desiguales?
—Esto
será lo que más le costará digerir, Jay —dijo Ortega—. Pero el hecho es que
Liderazgo también es un Talento, como telepatía o Maestro de Juego. Dirk es
nuestro líder. Igual que a él no se le ocurriría actuar como telépata o
eidético, ninguno de nosotros pensaría en ser un Líder.
—“Y
en esto me encuentro metido”, piensa usted —dijo Linda Dortin—. Como es lógico,
usted está perplejo. Toda su civilización está construida sobre una base
distinta de la nuestra. Pero nosotros lo comprendemos... Al fin y al cabo,
¿cómo es posible que los telépatas no alcancen la empatía? Comprendemos lo
difícil que será para usted. Y le ayudaremos tanto como podamos. Ahora mismo,
usted quiere estar a solas para digerir todo esto, ¿no?
—Sí
—musitó Palmer, y para su sorpresa, no estaba ofendido porque Linda hubiera
leído su mente y expuesto sus pensamientos por él.
Palmer
reconoció el hecho por lo que era: un simple acto de amabilidad, y no un
fisgoneo. Al levantarse de la mesa, Robin dijo:
—Le
haré una visita, Jay, cuando usted quiera que lo haga.
—¿Cómo
lo sabrá?
Palmer
se detuvo. Naturalmente, ella sabría que él deseaba verla. Ya entendía algunas
cosas de la ética de la telepatía. Max y Linda leerían sus pensamientos sólo
cuando fuera preciso por el bien del Grupo.
O
cuando él quisiera que lo hicieran.
La
única palabra para esto era extraño, pensó Palmer, mientras recorría lentamente
el escaso espacio entre su litera y el armario. Era extraño según las mismas
premisas básicas de la única civilización que conocía.
¿Formar
parte de esto? ¿Confiar en gente de una civilización tan extraña como esa?
¿Sería posible, aun cuando él querría hacerlo?
Aceptar
la extrañeza de los doogs era una cosa. Los doogs eran, al fin y al cabo, una
civilización no humana. Pero los solarianos eran humanos, lo que en cierto modo
los convertía en algo aún más extraño que los duglaari. Y con todo, Palmer se
preguntaba si extraño habría de ser siempre igual a malo. ¿Es que lo distinto
siempre significará equivocado?
¿No
era posible que una estructura social extraña fuera por eso mismo mejor? ¿Es
que los humanos de Fortaleza Sol no podían ser más humanos, y no menos, que los
humanos de la Confederación?
¿Había
alguna forma objetiva de saberlo? Si no la había, jamás existiría una
posibilidad de confianza entre la Confederación y Fortaleza Sol, tanto como no
podía existir paz entre hombres y doogs. Pero los solarianos eran, pese a todo,
seres humanos: hombres y mujeres... Quizá si Robin...
Sintió
que algo sonreía cordialmente en su mente, y supo que Robin debía estar en
camino de su camarote.
Poco
después, Robin abrió la puerta. Palmer comprendía ya que no era necesario que
ella llamara.
Se
sentaron en la litera y ella le sonrió con la cálida y tentadora sonrisa de una
mujer hermosa. Y sin embargo Palmer no lograba evitar el pensamiento de que
ella era una mujer hermosa, deseable, extraña.
—¿Se
siente mejor? —preguntó ella con una ligera oscilación de la cabeza, que hizo
que su suave pelo rojizo brincara de forma provocativa. Palmer era torpemente
consciente de estar a solas con una mujer hermosa, una mujer al mismo tiempo
deseable y ajena, cálida y glacialmente extraña.
—Quizá
me siento peor —dijo—. Más confundido.
—¿...respecto
a nosotros? ¿O respecto a usted?
—Ambas
cosas, supongo —respondió—. Hay tanta diferencia entre nosotros... No tengo
manera de comprenderlos, es decir, comprenderlos realmente. Al menos Max y
Linda son telépatas, pueden entrar en mi interior. Pueden saber lo que soy,
conocer mis motivaciones...
—Podrían,
pero no lo harían —dijo Robin—. Es algo que no se hace, así como usted no
atisbaría sin permiso en el tocador de una mujer.
—Eso
es un consuelo, ciertamente —dijo Palmer—, pero no demasiado... Sigo sin poder
entenderles. Es como si fueran un puñado de doogs.
—Créame,
Jay; los dos tenemos mucho más en común que cualquiera de nosotros con los
duglaari. Los doogs son básicamente lógicos. Los humanos somos ilógicos, o
mejor dicho, opuestos a la lógica. Nuestras dos culturas, pese a todo,
comparten milenios de la misma historia. Somos la misma raza, y tenemos un
enemigo común —Robin se rio—. Y naturalmente, tengo mucho más en común con
usted en el aspecto biológico que con cualquier doog.
Palmer
le dedicó una mirada lasciva no del todo seria.
—¿Y
cómo se supone que debo tomarme eso? —preguntó.
Robin
lo miró con fingida timidez.
—¿Cómo
le gustaría tomárselo, Jay?
—
¿Cómo le gustaría que me lo tomara? —dijo Palmer, con una leve sonrisa.
Robin
se echó a reír.
—¿De
verdad que no lo sabe? —preguntó, y luego extendió lentamente la mano y
acarició la cabeza de Palmer, enredando sus dedos en el pelo.
Palmer
puso la mano izquierda en el hombro de la mujer, suave y vacilantemente.
Después levantó la otra mano y pasó el pulgar lenta y suavemente por la frente
de la solariana.
—Creo
que sí —dijo, atrayendo a Robin hacia sí.
Robin
Morel se dio vuelta en la litera, se irguió apoyándose en los codos y sonrió a
Palmer, que estaba recostado en la cabecera.
—Bien,
¿soy tan terriblemente extraña en realidad? —preguntó.
Palmer
forzó una sonrisa.
—No...
—masculló.
—Bueno,
¿cuál es, entonces, el problema, Jay?
—Esta
misión puede durar semanas —dijo Palmer—. Me refiero a que...los siete vamos a
estar enjaulados en esta pequeña nave durante mucho tiempo...
—¿Y?
Palmer
hizo una mueca.
—Bien...eh,
Dirk, Es decir, tú y Dirk... La situación podría hacerse terriblemente penosa
si Dirk y yo peleáramos.
—¿Por
qué querrías pelearte con Dirk? —preguntó Robin.
—Yo
no quiero. Pero eso no significa que él no quiera pelear conmigo.
Robin
suspiró.
—Creí
que ya habíamos terminado con eso. Mira, dejemos clara una cosa: Dirk es mi
hombre. Tú no estás compitiendo con él, y él no está compitiendo contigo. Me
gustas, pero no siento por ti lo mismo que por él. Yo lo sé, Dirk lo sabe y, de
verdad, espero que tú lo sepas. No hay motivo para ningún tipo de celos.
Palmer
se puso ceñudo.
—Todo
eso está muy bien que lo digas tú, Robin —dijo Palmer, sin mucha rudeza—, pero
tú no eres un hombre. Los hombres piensan distinto sobre ese tipo de cosas. Ya
sabes, dos ciervos golpeando sus cornamentas y todo ese tipo de asuntos. Sé que
si yo fuera Dirk...
—Pero
no lo eres, Jay —dijo Robin, y le sonrió suavemente—. Y tampoco eres un ciervo.
Ni Dirk. Somos humanos, no animales. ¿Sabes qué es lo que creo que temes, en
realidad?
—¿Qué?
—Que Dirk no se muestre celoso. —¿Eh? —gruñó intranquilamente Palmer—. ¿Qué
debo suponer que eso significa? —Creo que sabes lo que significa, Jay. Sé
honesto contigo mismo. No tienes la culpa de sentirte así. Toda tu cultura te
ha condicionado así. Admítelo, Jay. Si eres capaz de admitirlo ante ti mismo,
serás capaz de afrontarlo y superarlo.
—No
sé de qué estás hablando —protestó Palmer, quizá con demasiada fuerza.
—En
realidad deseas que Dirk se muestre celoso –dijo Robin.
Palmer
se revolvió.
—¿Por
qué tendría que desearlo? —preguntó—. No tengo nada personal en contra de Dirk.
—Claro
que no. Eso no tiene nada que ver. Pero en tu cultura, los hombres han sido
enseñados a medirse contra otros hombres. Si Dirk tiene celos de ti, entonces
eso significaría que estás a su altura. Pero si él no tiene celos, eso
significaría algo muy malo: no eres tan hombre para que él tenga celos de ti.
—¡Esa
forma de considerar las cosas es horrible! —estalló Palmer—. Eso es mirar la
vida como si fuera una riña interminable entre perros...
—Tienes
razón —dijo tranquilamente Robin—. Pero, honestamente, ¿no es la forma en que
vosotros habéis considerado siempre la vida? Te he dicho que Dirk no se
mostrará celoso, y Dirk te lo ha dicho igualmente. ¿Es que esa rivalidad
absurda no ha de surgir de tu interior?
Palmer
guardó silencio un largo instante. Lo habían tocado en un punto vulnerable. De
hecho, yo no quiero apartarla de Lingo, pensó Palmer. Y Lingo debe saberlo. Así
que, ¿por qué he de tener celos de él, o él de mí?
Pero
al considerar sus sentimientos personales, Palmer se vio forzado a admitir que
tendría una especie de profunda sensación de inferioridad si Lingo no fuera a
mostrarse en absoluto celoso; casi como una humillación. Sería como si Lingo le
dijera, "No eres lo bastante hombre como para que yo me preocupe."
Dolía
admitirlo, pero probablemente Robin estaba en lo cierto.
—Quizá...,
sólo quizá —murmuró—, te hayas apuntado un tanto.
Robin
le sonrió, y puso suavemente la mano en la de él.
—Sé
que te habrá costado mucho admitir eso, incluso en tu interior —dijo—. Y eso es
precisamente lo que hace que un hombre sea hombre: no entrechocar las
cornamentas. Si de verdad has aprendido eso, Jay, creo que realmente eres capaz
de empezar a comprender que puede haber gente diferente a ti, cuya cultura,
sicología y valores estén erigidos sobre premisas enteramente distintas, y que
sin embargo no sean por todo eso extraños, que no sean menos humanos que los
habitantes de la Confederación, sino más humanos.
—Vosotros,
¿eh? —dijo sosegadamente—. Bueno, quizá tengas razón. Vayamos a la sala común.
Puesto que estamos siendo tan sinceros, tengo que admitir que no estaré
realmente convencido de que Dirk no me dará un puñetazo hasta que no me lo haya
dado.
Lingo
ofreció a Palmer una sonrisa perspicaz cuando él y Robin entraron juntos en la
sala común. También Bergstrom estaba allí, y Palmer se ruborizó y miró al
telépata rencorosamente, casi como preguntando algo.
Lingo
captó la mirada y se rio cordialmente.
—No,
Jay —dijo—, has gozado de completa intimidad mental, y continuarás así mientras
quieras. Naturalmente, si hay alguna...eh, experiencia particularmente
placentera que desees compartir con todo el Grupo, Max y Linda pueden enlazar
la totalidad de nuestras mentes. Pero ese tipo de cosas siempre es
estrictamente voluntario.
—¿No
le...ehm, importa? —tartamudeó Palmer—. Me refiero a que...
—¿Por
qué tendría que importarme? —dijo Lingo, dando a Palmer una sonrisa de amistad
profunda y genuina—. No he perdido nada y veo que tú has ganado mucho. ¿Por qué
no puedo estar contento por ti? Te sientes diez veces mejor que antes, más
relajado, más tranquilo. Lo noto. Resalta en toda tu persona.
—No
creo que mi aspecto sea nada distinto —masculló
Palmer.
—Jay,
para una vista experta como la mía, es algo que está impreso en toda tu
persona. Por ejemplo, tus músculos están más relajados... Apostaría a que el
tamaño de tu cuello, por un lado, es como mínimo un milímetro menor ahora que
cuando subiste a bordo. También andas de un modo diferente..., con los pies más
planos; antes, siempre ibas de puntillas. En infinidad de pequeños aspectos,
eres diferente ahora. Más relajado, menos tenso, menos hostil.
Palmer
rio nerviosamente.
—Pero
ustedes me asustan más que nunca, Dirk —dijo, y más en serio que en broma.
Sólo
después de que Lingo hubo indicado las diferencias, Palmer notó aquellos
cambios en su postura y tono muscular. Debía de formar parte de lo que
denominaban “Talento de Liderazgo”. ¿Cuántas cualidades desconocidas más
implicarían esos Talentos?
—Todavía
nos encuentras bastante extraños, cosa que es comprensible —dijo Bergstrom—.
Pero creo que has llegado a comprender que extraño no tiene que significar
necesariamente equivocado. Es un cambio sutil pero significativo. Y podemos
demostrártelo. Ven a la mesa de telequinesis.
Bergstrom,
Lingo, Robin y Palmer se reunieron en torno a la mesa.
—Sabemos
muchísimo más sobre qué puede hacer la telepatía que sobre el porqué —dijo
Bergstrom—. Pero sabemos que el estado mental y la calma emotiva afectan a la
ejecución, de alguna manera. ¿Recuerdas? Cuando probaste la “arena” antes, sólo
fuiste capaz de mover unos cuantos granos. Raúl, que sólo posee una cantidad
mínima de Talento telepático latente en comparación contigo, logró componer sus
iniciales. Por supuesto, una pequeña parte de la diferencia era simplemente la
práctica, pero el hecho de que Raúl se sintiera parte de un Grupo Orgánico fue
lo que realmente establecía la diferencia.
—Adelante,
Jay —dijo Robin—. Prueba con los granos verdes. Trata de aplanar el montón.
Prepárate para una pequeña sorpresa.
Palmer
sonrió en forma cohibida, y fijó su atención en el montón cónico de esferas de
acero micropulido. Uno, dos, tres, cuatro granos se deslizaron por un costado
de la pila. Cinco... Nueve... Quince...
Puso
en tensión su mente tanto como pudo, deseando que las partículas de acero
cayeran por la pendiente, atrayendo de algún modo el deseo de los demás de que
triunfara. Veinticinco... Treinta... Cincuenta...
Palmer
exhaló profundamente, de agotamiento y satisfacción, y levantó los ojos de la
mesa.
El
montón verde estaba casi plano.
—
¡Es asombroso! —murmuró Palmer—. ¡Da resultado!
Robin
lo besó en ambas mejillas con gran ceremonia fingida.
—Por
este acto os hago solariano honorario y miembro de nuestro Grupo —dijo Robin
mientras reía.
Palmer
sonrió y efectuó una ligera reverencia burlona. En realidad se sentía aceptado,
no obstante, y se encontró aceptando la aceptación.
Pero
había algo muy peculiar en todo aquello. Un Grupo Orgánico era de modo muy
manifiesto una unidad social extremadamente compacta. En un sentido muy real,
estos solarianos eran una familia, o al menos el equivalente solario.
Entonces,
¿por qué se mostraban tan deseosos de aceptar a un extraño en el Grupo? Más
todavía, ¿por qué dedicaban tantos esfuerzos a lograr que el extraño se uniera
al Grupo?
Tenía
que existir cierto motivo ulterior. ¿Pero cuál? No podía ser temor... Estaba
claro que él no podía hacer nada para dañarlos..., no, con dos telépatas
alrededor. Tenía que ser algo relacionado con la misma misión. Pero en primer
lugar, ¿cuál era, realmente, la misión?
Personalmente,
la actitud de Palmer hacia los solarianos se había suavizado, pero el misterio
original permanecía.
Palmer
se estaba paseando por el corredor cerca del camarote de Lingo. Notó que la
puerta estaba abierta. Lingo se hallaba sentado en una silla, leyendo un libro.
Estaba solo. Quizás esta era la oportunidad que Palmer esperaba...
—Dirk...
¿Tienes un momento? —dijo, entrando en el camarote.
—Claro,
Jay —dijo Lingo, dejando el libro abierto en su regazo—. Siéntate.
Palmer
se sentó al borde de la litera.
—Voy
a ser franco contigo, Dirk —dijo—.Personalmente me gustas, pero todavía no
confío en vosotros, y no confío en lo que estáis haciendo. No es que no confíe
en vosotros personalmente, pero no confío en los motivos de Fortaleza Sol.
Lingo
sonrió.
—En
tu posición —dijo—, pensaría del mismo modo. Eres un soldado, y según lo que
Max y Linda han leído en tu mente, un soldado sumamente bueno. En este momento,
ya debes saber que sabíamos mucho acerca de ti antes de aquella reunión de la
plana mayor, y que deseábamos que nos acompañaras en esta misión. Tal como he
dicho, sin embargo, simpatizo contigo. A pesar de todo, si se llegara a ese
punto, la Confederación sacrificaría con mucho gusto Fortaleza Sol para ganar
la guerra, ¿no es cierto?
Palmer
se sacudió, inquieto. Sabía que eso era verdad.
Lingo
se rio.
—No
dejes que esto te preocupe —dijo—. La Confederación obraría correctamente, si
tuviera la oportunidad de optar por esa alternativa. Tal como cierto antiguo
sabio dijo alguna vez: "La guerra es el infierno", lo que en realidad
te preocupa es...
—Es
que creo que tal vez estéis camino de Dugl para hacer un trato con el Kor
—interrumpió bruscamente Palmer—. Ahora lo he dicho, me alegro de que el tema
haya surgido abiertamente. Después de todo, es lógico. Los doogs convienen en
dejar en paz a Sol, y Sol conviene en mantenerse apartado de la guerra, tal vez
declara públicamente su neutralidad. Ya sabes que si Sol declara abiertamente
que la Confederación jamás podrá esperar que se satisfaga La Promesa, toda la
contienda se nos escaparía de las manos. Del modo que nuestra propaganda ha
puesto énfasis en el mito de Sol, los doogs han de saberlo también. ¿Permitir
que un solo sistema humano sobreviva no sería un precio que los doogs estarían
deseosos de pagar por una victoria tan fácil?
Lingo
hizo una mueca y sacudió la cabeza.
—No
comprendéis a Sol —dijo—, y ciertamente no comprendéis a los duglaari.
—¿Cómo
podríamos comprender? —contestó insolentemente Palmer—. Nos habéis dejado
luchar y morir, hacer todos los sacrificios, mientras vosotros os quedabais a
salvo y aislados...
Una
sombra oscura cruzó el rostro de Lingo y rasgos de amargura aparecieron en su
boca.
—Así
que vosotros hicisteis todos los sacrificios, ¿eh? —dijo ferozmente—. Nosotros
lo tuvimos fácil, ¿verdad? Pero has visto un Grupo Orgánico, y sabes que Sol ha
sufrido un gran cambio social. ¿Crees que tales cambios se producen sin
fatigas? MacDay comprendió la naturaleza de la guerra, perfectamente. Fue un
gran hombre, ni siquiera puedes empezar a imaginar cuán grande. Vio que la
Humanidad estaba lógicamente condenada. Los doogs tenían todo a su favor. No
sólo ventajas de material y población: habían forzado al hombre a librarla
guerra en términos completamente duglaari. Su computación superior convertía al
Imperio Duglaari entero en eficiente al cien por ciento. El hombre tenía que
lograr la misma eficiencia o ser barrido de la galaxia en décadas, y no en
siglos. Por eso intentaron hacer que los hombres fueran mejores doogs que los
mismos doogs. No mejores hombres, Jay; mejores doogs. Cedieron la guerra a las
computadoras, como los doogs. Empezaron a luchar de una manera perfectamente
lógica, como los doogs. Pero los duglaari son una raza perfectamente lógica, y
el hombre es básicamente opuesto a la lógica. El hombre jamás podrá ser mejor
doog que los duglaari. Esto es lo que vio MacDay: que todo el esfuerzo bélico
era fútil, que estaba condenado al fracaso desde el principio.
—Todos
sabemos eso, Dirk. ¡Pero algunos hombres no nos hemos tumbado y esperado la
muerte! —increpó Palmer—. ¡Algunos hombres lo hemos intentado, al menos!
—
¡Bah! —escupió Lingo, los ojos encendidos—. Sólo un loco se dedica a una causa
perdida. MacDay no era un loco... Vio que aún había una gran incógnita en la
guerra: ¡el porqué de la guerra! ¿Por qué habían empezado la guerra los doogs?
¿Por qué una raza tan completamente lógica lanzaba todo su poder contra el
hombre, cuando toda la lógica mostraba que el hombre jamás podría derrotarlos,
que los hombres no eran un peligro real, que el Imperio Duglaari estaba
creciendo al doble de la velocidad con que crecía la raza humana, que si se
limitaban a aislar al hombre durante algunos siglos ya no sería de cuatro a
tres la proporción en que nos superarían, sino de cuatro o cinco a uno? ¡Sin
embargo atacaron! ¿Por qué no aguardaron?
—Yo...
Nunca había pensado en eso. Parece tan evidente, sin embargo...
—¡Claro
que nunca pensaste en eso! Nadie lo hizo. Sólo una persona: ¡MacDay! Él sabía
la respuesta, la respuesta obvia: ¡los duglaari temen al hombre, lo temen
grave, mortalmente!
—¿Qué?
—¡Piensa,
hombre, piensa! —gritó Lingo, golpeando con el puño el libro abierto en su
regazo—. Los doogs son cien por ciento eficientes. No obstante, hasta el
estudio más superficial de la historia humana muestra que, sometidos a
tensiones suficientemente grandes, ¡los hombres pueden ser más del cien por
ciento eficientes! Cuando no está atareado en negar su propia naturaleza, el
hombre es capaz de hacer lo que es lógica mente imposible, en un sentido
literal. La historia lo demuestra. Los hombres intentarán cosas que los doogs
no intentarían, pues ellos sabrían que son imposibles. Pero el hombre las
intentará de todos modos, y a veces, en contra de todas las probabilidades,
¡triunfará! Esto es lo que temen los duglaari. Lo temen porque jamás estará al
alcance de su comprensión. Y por eso deben considerarnos “sabandijas”. Porque
para ellos nosotros tenemos que ser, o bien sabandijas..., ¡o bien dioses!
—Pero...
¿Cómo explica eso que MacDay aislara a Sol?
—Recuerda,
Jay; estás hablando de uno de los hombres más grandes de la historia. MacDay
vio que también el hombre temía su naturaleza opuesta a la lógica. Igual que
los duglaari, el hombre no podía comprenderla, y por eso siempre la ha temido,
y ha intentado negarla. MacDay definía al hombre como “el único animal incapaz
de entenderse a sí mismo”. La inteligencia teme lo que no puede entender...
Todas las sociedades humanas han intentado negar la oposición a la lógica del
hombre. MacDay sabía que la única esperanza del hombre era formar una nueva
sociedad, una sociedad que desarrollara la naturaleza opuesta a la lógica del
hombre, que fuera totalmente humana, de la misma forma que el Imperio Duglaari
era totalmente doog. Era la obligación de su pueblo, con mucho, preocuparse por
concebir esa sociedad, pero MacDay sabía que el hombre tenía que conseguirla o
perecer.
“Por
eso tomó el poder y aisló a Sol. ¡Y después emprendió de modo sistemático la
reducción a fragmentos del orden social! Todas las computadoras fueron
reducidas a chatarra. Todo gobierno, salvo la organización militar suficiente
para mantener el aislamiento, fue abolido. MacDay tiró a la Humanidad por un
barranco, al caos, confiando en que encontraría un método para hacerla volar
antes de que alcanzara el suelo. Fue el acto más valiente jamás realizado por
un hombre. El sufrimiento fue inimaginable. Es imposible empezar a captar los
horrores que fueron liberados a propósito. MacDay sabía lo terrible que iba a
ser todo. También sabía que jamás viviría para ver el resultado, que nunca
sabría si se le recordaría como un héroe o como el mayor monstruo de la historia
humana. Pero tal era su coraje, que lo hizo de todas maneras.
Palmer
estaba estremecido hasta la médula. La verdad resultaba mucho más terrible que
el enigma.
—Y...
¿Dio resultado? —murmuró.
—Dio
resultado —dijo Lingo—. Del caos y la locura surgió lentamente una nueva
sociedad, basada en los Talentos, basada en el Grupo Orgánico. Se estabilizó
hace menos de un siglo. Hubo asuntos que liquidar, cosas en las que ni siquiera
me atrevo a pensar. La nueva sociedad no estuvo lista hasta ahora para
presentar batalla a los doogs. Pero ahora estamos preparados. Esta misión es el
primer paso.
—Y
esta misión..., no es lo que informaste al estado mayor, ¿no es cierto? Es
algo...¿inhumano?
—No,
Jay —dijo Lingo, y su rostro se iba suavizando con un extraño aire de anhelo
que casi pareció pesar—. Sé lo duro que es esto para ti, pero todavía no estás
en disposición de comprender. Lo que vamos a hacer es opuesto a la lógica. No
lo entenderías, sólo podrías temerlo. Únicamente puedo pedir que confíes en
nosotros. Piensa en lo que Sol ha pasado para llegar a emprender esta misión.
Por favor, Jay, por favor, confía en nosotros.
Palmer
ya no sentía aquella insistente sospecha de los motivos solarianos. No quedaba
espacio en su interior para tal cosa. Estaba lleno de algo mucho más fuerte:
admiración... Admiración y miedo.
—Lo
intentaré, Dirk —dijo—. De verdad, lo intentaré...
—Bien,
Jay, yo...
—¡Dirk!
¡Dirk!
Era
Ortega, que había metido la cabeza por la puerta.
—Ya
estamos dentro del Imperio Duglaari —dijo.
Lingo
se levantó.
—Vamos,
Jay —dijo—. Vamos a la sala de control. Es hora de salir del espacioestasis.
CAPÍTULO
SEIS
FRAN
SHANNON ya estaba sentada en una de las sillas de piloto cuando Lingo, Ortega y
Palmer llegaron a la sala de control. Lingo tomó asiento en su silla y señaló a
Palmer una de las simulaciones, que había sido equipada con un micrófono del
tablero de radio maestro. Ortega ocupó la silla al lado de Palmer.
Lingo
conectó la gran pantalla hemisférica, y estuvieron flotando en el turbulento
maelstrom de colores que era el espacioestasis.
—
¿Estás segura de que nos hallamos dentro de los confines del Imperio Duglaari,
Fran? —preguntó Lingo.
—Positivo
—replicó Fran—. Nos hallamos a menos de un cuarto de año—luz de uno de los
soles periféricos.
—Raúl
—dijo Lingo—, ¿crees que habrá alguna patrulla doog a tanta distancia de los
soles centrales?
—Cerca
de un noventa por ciento de probabilidades de que la haya —dijo Ortega—.
Recuerda, los duglaari han estado a la ofensiva durante todo el transcurso de
la guerra. Ninguna nave humana ha penetrado mucho más allá de la periferia del
Imperio Duglaari. Por eso podemos imaginar que tienen concentrada la mayoría de
sus patrullas en torno a la periferia de su mundo, con el resto de sus fuerzas
defensivas concentradas alrededor de los sistemas solares individuales.
—Bien,
incluso así, diría que nuestras posibilidades de encontrar una patrulla
interestelar son casi cero —dijo Lingo—. De manera que nuestra mejor apuesta es
dirigirnos hacia ese sol cercano que Fran ha mencionado.
—De
acuerdo, Dirk —dijo Ortega—. Si nos acercamos a los lindes del sistema del
espacio normal, estamos destinados a encontrar una patrulla sistémica doog.
—Fran,
¿exactamente a qué distancia nos encontramos ahora de ese sistema doog?
—Aproximadamente
cero coma dos dos uno años—luz, Dirk.
—Bastante
cerca —dijo Lingo—. A prepararse para entrar en espacio normal.
Palmer
no pudo contenerse más.
—¿Estáis
todos locos? —gritó—. ¿Qué rayos hacéis?
—Prepararnos
para salir de espacioestasis, Jay —dijo Lingo sin inmutarse—. ¿No me has oído?
—¿No
puedes pensar en un método de suicidio más agradable? Si nos dejamos ver tan
cerca de un sol doog, ¡seguro que tropezaremos con una patrulla fuertemente
armada! —dijo abruptamente Palmer.
—Claro
que tropezaremos, Jay —dijo Ortega—. Por eso mismo lo estamos haciendo.
Lingo
apretó un interruptor, y el caos multicolor del espacioestasis desapareció. La
negrura tachonada de estrellas del espacio normal apareció en la pantalla. Un
gran sol amarillo anuló al resto de estrellas, aunque no estaba tan cerca como
para mostrar un disco.
—Ahí
está —dijo Ortega—. Los doogs prefieren los soles del tipo G, igual que
nosotros.
—Cuadrícula,
por favor —pidió Lingo.
Fran
apretó un botón, y apareció la rejilla de líneas blancas sobreimpresas en la
imagen del espacio que les rodeaba. El gran círculo rojo indicativo de la línea
de vuelo de la nave se mostraba en el centro exacto de la enorme pantalla, y
Fran trazó con su indicador un círculo rojo más pequeño en torno a la estrella
duglaari.
Lingo
conectó la propulsión por resolución. Ajustó la posición de la nave en el
espacio de forma que el círculo menor rodeara al sol centrado en el círculo de
mayor tamaño que indicaba la línea de vuelo de la nave. ¡Iban directamente
hacia el sol doog!
—Controles
fuera —dijo Lingo—. Conecta el radiofaro.
—¡Radiofaro!
—gritó Palmer— ¿Radiofaro? ¿Querrá alguien explicarme qué pasa? ¿Está loco todo
el mundo? ¡Vamos derecho a un sistema doog y conectáis el radiofaro de la nave!
¡Conseguiréis que toda nave doog en la zona se nos eche encima...!
—De
eso se trata —dijo Ortega—. Naturalmente, nos detectarían tarde o temprano, de
todos modos, pero el radiofaro lo hará más seguro y rápido.
—
¡Pero esto es una locura! ¿Qué nos impide recorrer en espacioestasis todo el
trayecto hasta el mismo Dugl? En espacioestasis seríamos indetectables, en
lugar de ser blancos fáciles, tal como somos ahora.
—Usa
tu cabeza, Jay —dijo Ortega—. Olympia es la capital de la Confederación, ¿no?
Está protegida por una tremenda concentración de naves. ¿Y si una nave doog
apareciera de repente en los límites del sistema de Olympia? ¿Qué crees que
haría el Mando de Defensa Sistémica de Olympia?
—¿Bromeas?
¡Harían añicos la nave, claro! ¿Qué crees que harían? ¿Dejar que la nave se
acercara a Olympia tanto como para convertirla en nova mediante la conexión del
generador de espacioestasis?
—Exactamente
—dijo Ortega—. ¿Y crees que Dugl estará mucho menos protegido? ¿Crees que los
doogs estarán menos deseosos de apretar el gatillo? ¿Crees que tenemos alguna
posibilidad de llegar a menos de tres billones de kilómetros de Dugl sin que
volemos en pedazos?
—Pero...
¡Pero si eso es lo que he estado diciendo siempre! —exclamó Palmer—. ¡No
tenemos ninguna posibilidad de llegar cerca de Dugl de una sola pieza! ¿Ahora
admitís que la misión es imposible?
—Nada
de eso —replicó Ortega—. Meramente que...
—No
hay tiempo para explicaciones ahora, Raúl —interrumpió Lingo—. ¡Mirad!
Una
mancha diminuta, oscura, parecía moverse perceptiblemente cerca del sol
amarillo duglaari.
—Están
francamente alerta, ¿no es cierto? —dijo Lingo—. Consigamos un primer plano,
Fran.
Fran
hizo algo con los controles, y la pantalla que los rodeaba fluctuó un instante.
Cuando estuvo nuevamente clara, el sol doog mostraba un disco perceptible. Y
justo delante de los humanos había un enjambre de luces minúsculas.
—Una...
Dos... Doce... Quince... ¡Veinte naves duglaari! Se acercan deprisa — dijo
Ortega—, directo hacia nosotros.
—¡Adelante,
máxima velocidad! —dijo Lingo—. Jay, coge el micro.
Aturdido,
Palmer asió el micrófono.
—¿Qué
estás haciendo? —murmuró, confundido.
—No
hay tiempo para explicarlo ahora —dijo Lingo—. Prometiste que ibas a confiar en
nosotros, Jay. Tienes que hacerlo ahora mismo. Eso es lo que quiero que hagas:
diles quién eres y que vamos camino de Dugl para rendirnos al Kor. Repítelo
constantemente. Ya están en el campo de acción de la radio.
—Pero...
—¡Por
favor, Jay!
Palmer
se encogió de hombros con aire de resignación. Muy bien, pensó; tendré que
confiar en vosotros ahora. ¿Qué otra cosa queda por hacer?
—Soy
el general Jay Palmer, embajador plenipotenciario del Mando Militar Combinado
Humano. Vamos camino de Dugl para rendir la Confederación Humana al Kor. Soy el
general Jay Palmer, embajador plenipotenciario del Mando Militar Combinado
Humano...
Más
y más deprisa, la flotilla duglaari se acercaba a la nave solariana. Más y más
deprisa igualmente, la nave solariana aceleraba directo hacia las naves
duglaari. La velocidad era tremenda, y aumentaba a cada instante, conforme
ambos bandos seguían acercándose.
—...Vamos
camino de Dugl para rendir la Confederación Humana al Kor. Soy el general Jay
Palmer...
Palmer
vio que la flotilla doog se había dispuesto en un gran hemisferio hueco:
formación terminal de combate. Si la nave solariana seguía su curso, quedaría
atrapada dentro. El hemisferio se convertiría en una esfera, y los humanos
serían aplastados por el campo de resolución de la flota doog...
—...embajador
plenipotenciario de la Confederación Humana. Vamos camino de...
¡Los
doogs estaban casi encima de ellos! Ya se distinguían con claridad las naves,
rechonchas, negras y mortíferas. En uno o dos minutos más, el hemisferio de
naves doog se extendería sobre ellos como una ameba monstruosa.
Lingo
apretó un botón, y tras un instante de vacilación, mientras el generador de
campo de estasis entraba en calor, la flotilla doog desaparecía de repente.
También las estrellas. El mismo espacio había desaparecido, y los humanos
volvían a salvo al espacioestasis.
Palmer
suspiró profundamente de alivio. Lingo los había devuelto bruscamente al
espacioestasis justo a tiempo. Otro minuto, más o menos, y...
—Bien,
Jay —dijo Lingo—. Puedes relajarte un rato.
—¿Querrá
alguien explicar ahora por qué hemos corrido ese riesgo tan alocado? —preguntó
Palmer.
—¿No
te lo imaginas, Jay? —dijo Ortega—. No podemos aparecer inesperadamente en las
cercanías del sistema Dugl. Nuestras posibilidades de llegar así a Dugl serían
exactamente cero. Lo que estamos haciendo es arriesgado, pero es el único
medio. Tenemos que preparar nuestra recepción. Tenemos que excitar la
curiosidad de los doogs para que no nos hagan volar en el momento de llegar a
Dugl. Como mínimo tenemos que lograr que se pongan en contacto antes de que
empiecen a disparar.
—Eso
es poco razonable —dijo Palmer—. La curiosidad no es precisamente el punto
fuerte de los duglaari. Juegan sobre seguro. Y lo seguro para ellos es hacernos
desaparecer del espacio y que no quede nada que pueda hacer preguntas después.
¿Piensas de verdad que aparecer así y anunciarnos una vez les hará detener el
fuego en Dugl?
—No
—dijo Ortega—. Por eso tenemos que hacer esto otras dos veces.
—¿Qué?
¡Pero la próxima vez los doogs ya estarán alertados! ¡Será más peligroso
todavía!
—No
tenemos alternativa —dijo Ortega—. Tenemos que demostrarles que esta aparición
no ha sido fortuita, que nos estamos poniendo a su merced deliberadamente. Y
para hacerlo, tenemos que arriesgar el cuello dos veces más.
—¿Y
qué probabilidades tendremos de llegar a Dugl, si es que conseguimos salir de
este juego del gato y el ratón? —preguntó recelosamente Palmer.
—No
demasiado malas. Quizá tanto como un cincuenta por ciento —dijo tranquilamente
Ortega—, si hacemos bien las cosas.
Palmer
empuñó el micrófono con aire sombrío. Habían llegado a otro sistema duglaari.
Estaban dispuestos a estirar los bigotes del león por segunda vez. ¿Con qué
estarían los duglaari aguardando a los humanos ahora?
Lingo
apretó el botón y, una vez más, salieron al espacio normal.
—¡Ahí
están! —exclamó Lingo, señalando una formación de naves doog que variaba el
curso en dirección a los humanos mientras Lingo hablaba—. ¡Eso no es una
patrulla, es una flota completa! Ya están en el campo de acción de la radio y
se acercan deprisa. No tenemos mucho tiempo. ¡Adelante, Jay!
—Soy
el general Jay Palmer, embajador plenipotenciario de la Confederación Humana.
Vamos camino de Dugl para rendir la Confederación al Kor...
Mientras
hablaba, Palmer miraba cuidadosamente a la flota doog, que se acercaba hacia
ellos a una velocidad cada vez mayor. Había algo extraño en la formación doog.
Estaban terriblemente cerca, tanto que ya habrían tenido que formar la
semiesfera hueca, acción preparatoria del englobamiento...
Pero
al contrario, la formación doog era un disco plano, de una nave de espesor, con
su faz enfrentada a ellos.
—...Vamos
camino de Dugl para rendir la Confederación Humana al Kor...
De
repente la faz de la formación doog expelió salpicaduras de fuego. Palmer tuvo
tiempo para ver que una descarga de misiles venía directamente hacia ellos a
una velocidad que era la suma de la del propio sistema de propulsión de los
misiles, y la de la flota doog.
—¡Salgamos
de aquí, Lingo! —rugió Palmer—. ¡Ahora!
—¿Qué...?
—¡Aprieta
el botón!
Lingo
echó una mirada al rostro de Palmer, y obedeció la orden. Apretó el botón que
ponía en marcha el generador de campo de estasis. Hubo un largo instante de
retraso mientras el generador se calentaba.
...Y
una tremenda llamarada de luz, cuando toda la andanada de misiles explotó de
forma simultánea, lanzando hacia la nave una tremenda avanzada de radiación
dura a la velocidad de la luz.
Entonces
el sol doog, y las naves y el mortífero estallido de radiación, desaparecieron.
Y se encontraron a salvo en el espacioestasis.
—¡Chico,
hemos estado cerca...! —dijo Ortega—. Unos segundos más y...
—Aún
no sé exactamente qué ha sucedido, Jay —dijo Lingo—. ¿Cómo sabías que iban a
usar misiles con espoletas de proximidad? Creí que intentarían cercarnos o
alcanzarnos realmente con una andanada.
Palmer
torció el gesto.
—Sólo
la voz de la experiencia —dijo—. No tuvieron la suficiente rapidez para
cercarnos esta última vez, por eso imaginé que intentarían hacer algo más veloz
que un englobamiento... Y un ataque con misiles de espoletas de contacto no es
más rápido. En cuanto vi esos misiles, supe que intentarían alcanzarnos con la
radiación de una explosión planeada. Recordad, un frente de ondas así viaja a
la velocidad de la luz, lo que es mucho más deprisa que los mismos misiles en
cubrir la distancia.
Ortega
hizo una mueca.
—Me
pregunto con qué nos esperarán la próxima vez —dijo.
—Después
de lo sucedido, ¿todavía insistes en arriesgar nuestro cuello una tercera vez?
—dijo Palmer, mientras Lingo se preparaba para zambullir nuevamente la nave en
el espacio normal.
—Ya
sabes que tenemos que hacerlo —dijo Ortega.
—Una
cosa que no acabo de entender, Raúl —dijo Palmer—. ¿Por qué no les decimos que
esta nave procede de Sol? Sol es una palabra mágica, incluso para los doogs. Y
especialmente si su motivación subconsciente es el temor. ¿Por qué seguir
corriendo riesgos alocados?
—Bien
pensado, Jay —dijo Ortega—. Estás aprendiendo, pero no del todo aún. Nuestra
identidad es nuestro as en la manga, y tenemos que reservarlo para la última
mano. Los doogs con los que estamos jugando al ratón y al gato ahora son
comandantes de rango muy inferior. Sus órdenes son destruir toda nave hostil, y
los duglaari obedecen las órdenes. Punto. No nos serviría de nada decir a estos
doogs que somos solarianos. Nuestra única esperanza es llegar enteros a Dugl y
explicar ahí quiénes somos al comandante de defensa del sistema. Considéralo
desde el punto de vista duglaari. Sabrán que la nave se acerca a Dugl, y
entonces pondrán a alguno de sus militares de más alto rango al mando del
comité de nuestra recepción. Lo que espero es que cuando digamos a ese doog que
venimos de Sol, él tenga suficiente autonomía de decisión para contenerse
mientras discute la situación con los duglaari..., tal vez hasta con el mismo
Kor. Y entonces, si el Kor demuestra suficiente curiosidad...
—Es
lógico —dijo Palmer, admirado.
Ciertamente,
ninguna computadora estratégica habría sido capaz de razonar siguiendo esas
líneas, Palmer lo sabía. Una partida de cartas, una jugada atrevida... Algo que
ninguna computadora comprendería. Y las apuestas eran sus vidas, y quizás el
destino de la raza humana entera.
Era
un buen plan, si daba resultado. El único problema era que requería de otra
jugarreta mortal de ratón y gato. Y en esta ocasión, sin duda, los doogs
estarían preparados.
—Listos
para entrar en espacio normal —dijo Lingo, y apretó el botón.
Aparecieron
estrellas. Estaban de nuevo en el espacio normal. En el centro de la pantalla
resplandecía un gran sol amarillo.
A un
lado del sol brotó de repente un punto de luz, luego otro y otro, aumentando
con velocidad relámpago hasta enormes, cegadores pilares luminosos, directos
hacia los humanos en una terrible, socarradora, exhaustiva llamarada de...
De
repente, los pilares desaparecieron. La nave había vuelto al espacioestasis.
Lingo
suspiró pesadamente, echando atrás la cabeza. Ortega dio un silbido de alivio.
—¿Qué
era eso? —murmuró Palmer.
—Eso
ha estado más cerca de lo que me atrevería a pensar —dijo Lingo—. Minas. Minas
robot armadas con cañones láser. Nosotros mismos las usamos para aislar
Fortaleza Sol. Probablemente tienen todo tipo de detectores, al menos las
nuestras las tienen. Radar, sensores de calor, detectores de radiactividad,
telémetros láser, detectores ópticos... ¡lo que quieras! Centraron la puntería
sobre nosotros en un instante. Lo único que nos salvó fue el hecho de que se
encontraban a varios minutos—luz de distancia, lo que me dio el tiempo
suficiente para poner otra vez la nave en espacioestasis antes de que los rayos
láser la alcanzaran.
—¿Y
ahora qué? —preguntó Palmer.
—Raúl,
¿podemos prescindir de esto e ir directamente a Dugl? —preguntó Lingo.
Ortega
miró fijamente el ya acogedor caos del espacio—estasis.
—Ni
una probabilidad —dijo por fin—. Si vamos directamente a Dugl, es casi seguro
que pensarán que nuestras primeras apariciones fueron una especie de error. Y
si los doogs de aquí llegaran a enterarse de que hemos huido de las minas
robot, dejarán las minas en control automático en Dugl y entonces no habrá ni
la más remota posibilidad. Tenemos que encontrar algún medio de comunicarnos
con los doogs aquí, a pesar de las minas. La cuestión es cómo. Yo...
—¡Un
momento! —gritó Palmer—. ¡Creo que ya lo tengo! Es una posibilidad lejana,
pero... Esas minas informarán de un contacto, ¿no es cierto?
—Las
nuestras, en todo caso, lo hacen —dijo Ortega—. Creo que podemos suponer que
las minas robot duglaari harán lo mismo.
—Entonces
habrá seguramente una patrulla duglaari investigando, ¿de acuerdo?
—Sigue,
Jay.
—Bien,
esto va a ser muy espinoso, pero si logramos salir del espacioestasis detrás de
la primera patrulla doog, entonces las naves duglaari nos protegerán de las
minas. Deben disponer de algún mecanismo que impida que disparen sobre sus
naves, y si los doogs están entre nosotros y las minas... Naturalmente, es
probable que haya otra oleada de naves doogs, y quedaremos como un bocadillo
entre las dos, pero deberíamos disponer de un minuto antes de tener que volver
a espacioestasis, si la maniobra está bien cronometrada...
—
¡Hombre, eso es emplear eficazmente la cabeza! —exclamó Ortega—, Quizá lleves
dentro de ti el llegar a ser Maestro de Juego...
Palmer
sonrió.
—Después
de todo —dijo—, yo era un comandante de flota bastante bueno antes de
convertirme en general prescindible.
—Dirk,
¿crees que podrás hacerlo? —preguntó Ortega.
Lingo
frunció los labios.
—Confío
en que sí —dijo—. De todas maneras, vamos a intentarlo. Veamos... La patrulla
doog ya debe estar en camino... Fran, dame un tiempo estimado de nuestro cruce
con la trayectoria de la patrulla doog, suponiendo que continuemos en
espacioestasis en nuestro rumbo actual, y suponiendo que los doogs han partido
de la órbita del planeta más externo, digamos...hace tres minutos.
Palmer
se sobresaltó. La idea de someter un problema así a un humano iba contra su
naturaleza. Se trataba estrictamente de un trabajo para una computadora de
nave.
Pero
Fran Shannon era lo más parecido a una computadora en la nave solariana. La
mujer se echó hacia atrás en su asiento de manera indolente, mirando
inexpresivamente el espacio, y aunque no movió ni un solo músculo, Palmer
intuyó la furiosa actividad que se producía en su cerebro eidético. Finalmente
Fran alzó la mirada.
—Sal
del espacioestasis exactamente cinco minutos y medio a partir de ahora, Dirk
—dijo—. Como es lógico, no hay manera de estar seguros, ya que estamos aislados
de toda observación externa mientras nos hallamos en espacioestasis, pero esa
es la mejor estimación que puedo ofrecerte.
—Será
mejor que sea bastante buena —dijo sombríamente Lingo—. Jay, prepárate con el
micro. Vas a tener que hablar sumamente deprisa.
Lingo
inició la cuenta atrás desde treinta.
—Empieza
a hablar en cuanto salgamos a espacioestasis, Jay —dijo—. Ni siquiera esperes a
ver si los doogs están ahí. Veinticinco... Veinte... Quince... Diez... Cinco...
Tres... Dos... Uno... Lingo apretó el botón, y se encontraron en el espacio
normal.
—Soy
el general Jay Palmer, embajador plenipotenciario del Mando Militar Combinado
Humano... —mientras hablaba con tanta rapidez como podía, Palmer vio que había
una flotilla de naves duglaari entre ellos y las minas robot. ¡Había dado
resultado!
—...camino
de Dugl para rendir la Confederación Humana al Kor...
Miró
en dirección al sol doog y... ¡Había otra formación de naves doog que se
apartaba de la estrella! Estaban encajonados, sí. Las naves duglaari internas
dispararon una salva de misiles nucleares. ¡Ya habían localizado la nave! ¡En
cuestión de minuto y medio, los misiles les alcanzarían!
—Soy
el embajador Palmer... —continuó, tratando de acelerar la alocución preparada
tanto como pudiera.
La
flotilla doog externa ya debía de haberlos localizado, pues se había detenido,
virado y lanzado hacia los humanos. También soltó una andanada de misiles. La
nave solariana se hallaba entre dos oleadas opuestas de misiles nucleares, como
una mosca entre dos manos inmensas que se cierran de golpe.
—...al
Kor...
—¡Eso
es todo, compañero! —gritó Lingo, dando un manotazo al botón.
Habían
vuelto al espacioestasis. ¡Y estaban enteros!
Ortega
reía.
—Tienes
un extraño sentido del humor, Raúl. Estábamos a segundos de que nos hubieran
pulverizado —dijo Palmer—, ¿y eso es divertido?
—¡No...,
no! —dijo Ortega a gritos—. ¡Los doogs! Las naves duglaari más externas nos
dispararon una salva de misiles. Lo mismo hicieron los otros doogs. Nosotros ya
no estamos ahí, ¡pero esos misiles seguro que están! ¡Van directo hacia las dos
flotas doog! —aplaudió con las manos de golpe—. ¡Pam! Supongo que sólo algunos
misiles llegarán a su destino, pero esos comandantes doog reaccionaron con
ligera precipitación. ¡Van a tener que dar una explicación muy fantasiosa
respecto a por qué ambas flotas se dispararon mutuamente!
—¡Mi
corazón sangra de dolor por ellos! —exclamó Palmer entre risotadas.
—Bien,
gracias, Jay —dijo Lingo—. Hemos ganado con facilidad el juego del ratón y el
gato. Pero sólo es el primer asalto. ¡Próxima parada... ¡Dugl!
CAPÍTULO
SIETE
TODO
EL MUNDO se hallaba reunido en la sala de control. Lingo y Fran estaban en sus
asientos de mando. Robin Morel y Linda Dortin estaban sentadas en los sillones
de mando simulados. Max Bergstrom estaba de pie cerca de Linda, y Ortega y
Palmer flanqueaban a Lingo.
Era
el momento esperado.
El
largo viaje estaba a punto de concluir. Cuando Lingo apriete el botón estaremos
justo en el confín del sistema de Dugl, pensó Palmer. Miró uno por uno a los
solarianos. Max y Linda estaban absortos el uno en el otro. Fran Shannon
examinaba su tablero de mandos. Los labios de Robin se sobreponían ligeramente
mientras contemplaba la base de la cabeza de Lingo. Ortega miraba
inexpresivamente el caos del espacioestasis, su mente ocupada en otra parte.
Los
ojos de Lingo estaban puestos en los instrumentos. Su dedo se hallaba
suspendido sobre el botón que los devolvería de repente al espacio normal.
Ante
su gran sorpresa, Palmer notó que una oleada de afecto por los seis solarianos
le sobrecogía. Reconoció la emoción; la había sentido muchas otras veces, antes
de entrar en combate con su antigua flota. Era la estrechísima camaradería de
los hombres que se han enfrentado juntos a la muerte anteriormente, y están a
punto de hacerlo otra vez; la lealtad de grupo silenciosa, sin palabras, de una
tripulación experta en la batalla a costa de sangre.
Sucediera
lo que sucediese, cualquiera que fuese el resto del enigmático plan solariano,
él y ellos se habían enfrentado juntos a los doogs y, luchando juntos, habían
sobrevivido. Fuera cual fuese la inmensa separación entre sus culturas, todos
eran humanos, y se dirigían al mismo centro del enemigo, solos y juntos.
En
un súbito estallido de discernimiento, Palmer comprendió lo que debía ser
sentirse realmente parte de un Grupo Orgánico. Era la misma sensación previa a
la batalla, la misma intimidad forjada por la inminencia de un peligro mortal,
la misma confianza y dependencia mutua silenciosas, no por un instante, no sólo
frente a la muerte sino siempre, para siempre. Era algo muy extraño.
Pero
era bueno.
—Bien
—dijo Lingo, un micrófono en una mano y la otra suspendida sobre el botón—, el
momento esperado.
Apretó
el botón y se encontraron en el espacio normal.
La
primera cosa que captó Palmer fue Dugl. Un sol amarillo, ligeramente más
pequeño que Sol, con seis planetas. El segundo planeta de aquella discreta
estrellita había generado una raza incomprensible, y un imperio dedicado al
exterminio de todos los hombres en todas partes. O bien los hijos del segundo
planeta de Dugl debían perecer, o bien los hijos del tercer planeta de Sol
debían enfrentarse a la extinción.
La
segunda cosa que vio Palmer fue las naves.
Cientos
de naves, los buques de guerra del Imperio Duglaari, abultados, totalmente
negros, de aspecto en cierto modo inverosímil. Estaban dispuestos en un inmenso
hemisferio hueco entre la nave solariana y su sol paterno.
Palmer
se quedó boquiabierto, desalentado. Debe haber tres flotas enteras combinadas
en esa formación, pensó. Tres flotas enteras componiendo una superflota, con un
campo de resolución naval que podría aplastar a esta solitaria navecilla y
convertirla en una diminuta bola de metal fundido en menos de un minuto, si
conseguía cercarlos.
Lingo
observó fija y fríamente el gran hemisferio de naves, con el micro en su mano y
activado, pero su voz en silencio.
Como
una descomunal ameba que captura algo, la flota duglaari empezó a moverse.
Venía
directamente hacia ellos, acelerando sometida a plena potencia de campo de
resolución naval, más y más deprisa, derecho hasta ser una enorme pared de
naves que llenaba todo el campo visual de la inconmensurable pantalla
hemisférica. Más y más cerca, expandiéndose hacia ellos igual que la vasta nube
de gas sobrecalentado y la radiación mortífera de una estrella que explota.
Por
fin, Lingo habló. Su voz estaba llena de una energía fría, terriblemente
inhumana, preternatural.
—
¡Soldados del Imperio Duglaari! Esta misión es pacífica. Esta nave transporta
un embajador plenipotenciario de la Confederación Humana viene a tratar la
rendición con el Kor de todos los duglaari. Esta misión es pacífica. No tenemos
ningún deseo de combatir.
Una
nueva nota de arrogancia atroz, despectiva, surgió en la voz de Lingo, como si
de repente hubiera sido poseído por cierto demonio omnipotente.
—No
turbéis la paz de esta misión —dijo, hablando como si de una orden se tratara—.
Atacáis esta nave con vuestro propio riesgo. Llevamos un embajador de la
Confederación Humana, sí. Pero esta nave no es de la Confederación. ¡Esta nave
es de Fortaleza Sol!
Palmer
contemplaba extasiado a Lingo. Había una terrible cualidad de mando en esa voz,
el tipo de voz que los hombres siguen hasta la muerte, el tipo de voz que no
puede sino obedecerse. Ciertamente causaba un temor reverente en Palmer. ¿Pero
cómo afectaría a los doogs?
Durante
unos instantes, la flota duglaari continuó su inexorable absorción. Después
redujo la velocidad y finalmente se detuvo. La gran flota duglaari pendía
inmóvil en el espacio, totalmente quieta y silenciosa.
La
quietud de la sala de mandos parecía idéntica a la inmovilidad exterior.
Ortega
contemple los inmóviles buques de guerra duglaari, negros y amenazadores.
—Bien
—dijo por fin—, es evidente que seguimos vivos. Creo que podemos suponer que el
comandante doog está hablando del asunto con los duglaari, y probablemente con
el mismo Consejo de la Sabiduría. La cuestión es si el Kor tendrá suficiente
curiosidad para dejarnos pasar...
—
¿No crees que Dirk ha hablado más de lo razonable, Raúl? Después de todo —dijo
Palmer—, ha sido una fanfarronada. ¿Es que el Kor no se inclinará por
considerarlo así, más que de cualquier otro modo?
—Estás
pensando como un ser humano, Jay —dijo Ortega—. Estás atribuyendo emociones
humanas a un doog. Habla con un hombre de esa manera, y lo más probable es que
te dé un puñetazo. Pero un doog sopesará la situación con lógica. Uno: ya hemos
estado envueltos en dos refriegas, y no hemos procedido con hostilidad en
ningún momento. Dos: estamos metiendo la cabeza en la boca del león
deliberadamente. Pueden destruirnos cuando quieran, y nosotros debemos saberlo.
Tres: la manera de hablar de Dirk contradice completamente los puntos uno y
dos, por lo tanto, ninguna conclusión lógica es posible. Esto estará siendo
sumamente incómodo para los duglaari, pues simplemente no conciben algo como la
fanfarronería. Y los doogs son tipos muy precavidos. No creo que quieran
destruir un enigma hasta que lo comprendan. Al menos, esperemos que así sea...
—¡Mirad!
—gritó Robin.
Una
de las naves duglaari estaba rompiendo la formación y se movía lentamente hacia
los humanos.
—Parece
una nave insignia —murmuró Palmer.
—Lo
es.
La
nave capitana duglaari se detuvo a medio camino entre la flota doog y la nave
solariana. De pronto una voz surgió de la radio, curiosamente extraña, insulsa,
sin la menor emoción...
—Sabandija
de Sol que al mismo Dugl vienes, ahí tu rendición a la voluntad del Kor
exponer, esta nave a Duglaar debéis seguir, allí vuestro destino del Consejo de
la Sabiduría a conocer.
—¡Ya
estamos dentro! —gritaron Ortega y Lingo.
—Sí
—gruñó recelosamente Palmer—. Pero la cuestión es, dentro..., ¿de qué?
La
nave capitana duglaari empezó a acelerar hacia Dugl. Lingo activó el generador
de campo de resolución de la nave solariana y el vehículo siguió la estela de
la nave insignia, cuidando de no rezagarse o acercarse demasiado.
Apenas
llevaban unos minutos de marcha cuando Palmer vio que la descomunal flota
duglaari también se ponía en movimiento.
—¡Mira
eso, Lingo! —dijo Palmer, señalando la flota doog. La gran formación de
hemisferio hueco de naves duglaari se arrastraba en pos de los humanos. El gran
anillo de naves que era el borde de ataque de la formación hemisférica ya los
había sobrepasado y estaba más cerca que ellos de la nave capitana, de manera
que la nave solariana se hallaba ahora como en el hueco de una mano, dentro de
la inmensa formación duglaari, igual que un guisante en el foco de un plato de
radar.
—¿Sabéis
qué significa eso? —dijo Palmer—. Significa que ahora podrán cercarnos cuando
quieran. En menos de un segundo... Nunca estaríamos suficientemente avisados
para poner en marcha a tiempo nuestro generador de campo de estasis. Estamos
totalmente en poder de ellos.
—Es
lógico —dijo Ortega—. ¿Esperabas que nos dejaran entrar en el sistema de Dugl
en otras condiciones? Están jugando sobre seguro, por si se nos ocurre la idea
de convertir Dugl en nova mediante la conexión de nuestro generador de campo de
estasis. Se necesita un segundo para que el generador se caliente, y para
entonces lo habrán detectado y nos aplastarán con su campo de resolución naval.
Hay que admirar su escrupulosidad.
—Tú
la admiras —dijo Palmer—, a mí me asusta tontamente. —Conoce a tu enemigo —dijo
Ortega—. ¿Te das cuenta de que ahora estamos más cerca de Dugl de lo que ningún
ser humano ha estado antes?
—Fabuloso
para nosotros —murmuró Palmer—. No sé por qué, me recuerda un puñado de
conejillos de Indias que entra a escondidas en un laboratorio.
Aceleraron,
pasando junto al puesto fronterizo que era el planeta más exterior del sistema,
Dugl VI, una roca diminuta y sin atmósfera. Pasaron cerca de la base, y Palmer
vio que buena parte del pequeño planeta era un espaciopuerto interestelar,
repleto de naves.
Dugl
V y Dugl IV eran enormes gigantes gaseosos, con amplios sistemas de satélites,
muy parecidos a Júpiter y Saturno. Siguieron acelerando, cada vez más cerca de
Duglaar, y conforme se acercaban al planeta natal de los duglaari, Palmer
sintió que su intranquilidad crecía. Los solarianos sabían al menos qué iban a
intentar en cuanto llegaran a Duglaar. Pero él no sabía nada. Los solarianos
tenían que manejar una incógnita: los duglaari. Él tenía dos. Se sentía más
separado del grupo solariano que en cualquier otra ocasión desde aquella noche
con Robin. Pero tenía que confiar en ellos, o quedar atrapado entre dos grupos
de extraños. Este era el desenlace, el clímax de toda la misión. Palmer sólo
deseaba saber cuál era la misión.
Dugl
III era un planeta del tamaño de la Tierra, a cerca de unidad astronómica y
media de Dugl, y con la temperatura de Marte. Palmer vio que grandes ciudades
cubiertas con cúpulas estaban dispuestas regularmente en la superficie,
formando dibujos geométricos extrañamente regulares. Enormes rectángulos
verdes, de cientos de kilómetros de largo, alternaban en la superficie con
rectángulos similares de lo que parecía un desierto amarillo. Era como si el
planeta entero estuviera siendo cultivado de acuerdo con un plan maestro único,
unificado.
Al
cruzar la órbita de Dugl III, Lingo examinó el tablero de instrumentos, y alzó
los ojos sonriendo sombríamente.
—Bien,
por fin lo han hecho —dijo a Ortega.
—¿...hecho
qué? —preguntó Palmer.
Lingo
señaló un grupo de indicadores que fluctuaban bruscamente y se ponían rojos.
—Son
nuestros antiespías —dijo—. Según lo que nos están indicando, los doogs están
haciendo ahora una inspección rápida de la nave con detectores de radiación. Se
están asegurando de que no llevemos a bordo una masa de productos radiactivos
crítica. Asegurándose de que no tengamos una bomba de fusión.
—Piensan
en todo, ¿eh? —dijo Palmer.
—En
todo menos en lo impensable —replicó enigmáticamente Ortega.
El
planeta estaba oculto en una espesa envoltura nubosa, tanto que los rasgos
superficiales quedaban casi completamente oscurecidos.
—
¡Solarianos! —dijo la voz del comandante doog—. Vosotros esta nave al punto de
aterrizaje debéis seguir. Mil cañones láser apuntados en vosotros están. Toda
desviación del curso aprobado vuestra destrucción inmediatamente causará.
—Su
inglés puede que suene asqueroso —dijo Lingo—, pero se hace entender muy bien.
La
nave capitana doog empezó a descender en espiral hacia la atmósfera de Duglaar,
con la nave solariana siguiéndola a poca distancia. A tres mil metros de altura
atravesaron la envoltura nubosa, y la superficie del planeta fue visible para
unos ojos humanos por primera vez en la historia.
La
visión fue, como es natural, un anticlímax. Todos los planetas habitados tienen
un aspecto muy similar a tres mil metros de altura.
Palmer
distinguió, una costa; el agua tenía la apariencia del agua de cualquier otra
parte. La nave duglaari descendió hacia una gran ciudad de la plana llanura
costera. Había algo extraño en la ciudad que Palmer no acertaba a descubrir.
Era una ciudad en cierto modo...demasiado..., demasiado geométrica. Conforme se
iban acercando, Palmer vio que la ciudad estaba ordenada en círculos
concéntricos inhumanamente perfectos, con calzadas arteriales que rutilaban
desde la periferia del círculo más pequeño e interno a intervalos regulares,
igual que la graduación de una brújula. Parecía más el esquema de una ciudad
que una ciudad real.
El
círculo más interno tenía dos o tres kilómetros de radio, y la nave insignia
duglaari fue directamente hacia él, efectuando un pulcro aterrizaje a unos
cientos de metros de un edificio impresionante, horrible, en forma de caja.
Lingo
descendió también, y aterrizó junto a la otra nave. Seres humanos habían
llegado por fin a la superficie de Duglaar.
Vista
desde el suelo, la capital del Imperio Duglaari era una visión singularmente
repulsiva y nada impresionante. La arquitectura, como arte, parecía desconocida
por completo. Se hallaban en una pista de aterrizaje larga y descubierta,
circundada por una valla de aspecto muy funcional que rodeaba el círculo más
interno.
Dentro
del círculo había una gigantesca caja de vidrio que era un edificio, flanqueada
por añadidos de edificios menores, que sólo variaban en tamaño respecto a la
estructura principal. Esparcidas entre ellos como variedad había varias esferas
plateadas y grandes montadas sobre soportes.
El
resto de la enorme ciudad, que se extendía más allá del horizonte en todas
direcciones, parecía simplemente una repetición interminable de edificios
rodeados por la valla. Grandes cajas de vidrio y esferas plateadas sobre
soportes, kilómetro tras kilómetro, que variaban sólo en tamaño, tanto como la
vista alcanzaba, completamente uniformes en forma y fealdad. El cielo era una
manta deslustrada de nubes espesas, que difundía la luz de Duglaar hasta
convertirla en una acuarela sucia, grisácea, descolorida.
El
espantoso efecto de conjunto era igual que el sueño de un monomaniaco tosco. Un
cuadro ejecutado con pasteles sucios y apagados por un artista abstracto
totalmente falto de talento. Habría hecho que la peor barriada industrial
terrestre pre— estelar pareciera un aluvión de jubilosa espontaneidad.
—Bienvenidos
a la alegre y despreocupada capital del Imperio Duglaari — gruñó Robin Morel—.
¡Uf! ¡Esto basta para justificar una guerra de exterminio, por sí solo!
En
cierta forma, pareció que la observación no fue más que una afirmación de un
hecho real.
—Y
ahí viene el comité de recepción —dijo Max Bergstrom.
Vehículos
rechonchos, similares a tanques, brotaban de uno de los edificios más pequeños
y corrían deprisa por la pista de aterrizaje. Habría casi dos docenas, todos
ellos provistos de cañones láser portátiles y de aspecto desagradable. Los
tanques rodearon la nave, apuntaron sobre ella las aberturas de sus cañones
láser y se detuvieron en medio de grandes chirridos.
Media
docena de duglaari desembarcaron de uno de los vehículos y trotaron hacia la
nave con sus largas y potentes piernas. A esa distancia, resultaba difícil
distinguir sus rasgos, y muy fácil reconocer los rifles energéticos de cañón
largo que todos llevaban excepto el doog que iba en cabeza.
—Raúl,
Jay, bajemos a la compuerta y saludemos a nuestros invitados —dijo Lingo.
Cuando
llegaron a la compuerta, los doogs se habían acercado a la nave y su comandante
había subido hasta la puerta sobre la rampa móvil. En cuanto los humanos
abrieron la compuerta, se encontraron cara a cara con el primer duglaari vivo.
El
doog, a primera vista, parecía ser todo extremidades y cuello. Era un bípedo
erecto, con dos brazos, dos piernas, sin cola y con una cabeza. Tal parecía ser
toda la semejanza con los seres humanos.
Las
piernas eran largas y fuertes, y estaban cubiertas, como el resto del cuerpo,
con un fino pelaje castaño. Brotaban de un cuerpo pequeño, esférico, del tamaño
y forma de una pelota de playa grande y peluda. Dos brazos largos y musculosos
surgían abruptamente del ecuador del tronco esférico y finalizaban en manos
desmesuradas y de seis dedos, con dos pulgares oponibles.
Un
cuello alargado, obviamente flexible, servía de apoyo a una enorme cabeza
triangular, que ostentaba dos orejas tremendas, similares a las de los
murciélagos. La cara, única parte de la criatura que el fino pelaje castaño no
cubría, incluía dos ojos de gran tamaño con iris negros a ambos lados de la
inmensa ventana nasal dispuesta al mismo nivel que la piel correosa y oscura, y
una boca desconcertantemente humana.
El
doog erecto tenía la altura aproximada de un hombre, y estaba vestido con botas
cortas y negras y una bata sencilla, sin mangas ni perneras, de color pardusco.
Se abrió paso entre los humanos y se quedó a un lado mientras otros diez doogs
surgían junto a la compuerta. La única diferencia perceptible entre los últimos
y el primer doog era que vestían batas grises y llevaban rifles energéticos de
aspecto terrible. — ¿Quién está al mando aquí? —vociferó Lingo. El doog de la
bata pardusca lo miró sin pestañar, cosa que no le resultó difícil, ya que sus
ojos no tenían párpados.
—Yo
soy el Haarar Ralachapki Koris. Estoy al mando de este pelotón —dijo el doog,
en un inglés gramaticalmente perfecto, pero con extraña falta de atención por
los acentos prosódicos.
—Hablas
un inglés bastante bueno, Haarar Koris —admitió Lingo.
—Soy
graduado del Instituto de Estudios Humanos. Ser capaz de distorsionar mi modelo
de lenguaje en la forma humana aprobada es parte de mi función —dijo Koris,
pronunciando todas las sílabas independientemente, con claridad y absoluta
igualdad de acento.
Palmer
prefirió al instante, en cierto modo, el mutilado inglés del comandante de la
flota.
—¿Esta
es vuestra sala más grande? —preguntó Koris.
—Claro
que no. ¿Por qué?
—Este
cubículo es demasiado angosto para que nosotros podamos quedarnos un solo
segundo —dijo Koris—. Como debéis saber, vosotros, sabandijas, tenéis un olor
decididamente desagradable. Un confinamiento prolongado en un lugar tan
estrecho con sabandijas humanas produciría un malestar análogo a lo que
vosotros denomináis náuseas en mi aparato digestivo. Eso no sería oportuno.
Palmer
apretó y soltó sus puños de forma convulsiva, pero Lingo y Ortega no daban la
impresión de haberse alterado.
—Como
cualquier imbécil puede ver claramente —dijo Lingo con aspereza—, este cubículo
es una compuerta, destinada sólo a entrar y salir de la nave.
—No
siendo “cualquier imbécil” —dijo Koris, con extremada falta de humor o rencor—,
yo no estaría en el secreto de tales datos. Continuemos esta discusión en otra
parte. Ya me es posible detectar pequeñas pero indeseables reacciones en mi
aparato digestivo.
—Iremos
a la sala común, en ese caso —dijo Lingo—. Hágannos el favor de no vomitar en
la alfombra.
—No
merecéis cortesía alguna, sabandijas —dijo Koris, siguiendo a Lingo al corredor
y haciendo un gesto para que sus tropas entraran—. Sin embargo, trataré de
refrenarme de evacuar mi estómago. No es bueno el derroche de nutrientes.
Los
otros solarianos ya estaban en la sala común cuando llegaron humanos y doogs:
Lingo, Ortega y Palmer en cabeza, Koris y sus tropas inmediatamente detrás. En
cuanto Koris metió la cabeza en la habitación, dio órdenes con voz chillona a
sus tropas en un lenguaje que hacía daño al oído: tremendas variaciones de
tono, pero absolutamente constante en volumen y totalmente falto de matices en
la articulación de los vocablos y acentuación de las frases.
Los
diez doogs armados se desplegaron junto a las cuatro paredes a intervalos
regulares, encajonando por completo a los siete humanos. Apuntaron sus rifles
energéticos hacia el interior de la sala y permanecieron así, inmóviles y
dispuestos.
—No
estaba informado de que hubiera tantas sabandijas en esta nave —dijo Koris, con
su monotonía carente de emoción. Sus enormes orejas membranosas se sacudieron
de modo convulsivo, quizás una señal de cierta emoción ilegible.
—Eso
no era de su incumbencia —repuso bruscamente Lingo.
—Estáis
en el planeta Dugl, sabandijas —pronunció Koris con monotonía, su voz
invariable, pero sus orejas sacudiéndose alocadamente como las alas de un
murciélago—. Sois prisioneros del Imperio Duglaari. No es atributo vuestro
determinar lo que es de mi incumbencia o no. No estáis aquí en condiciones de
discutir lo que afirma, pregunta u ordena un oficial del Imperio Duglaari. Sois
prisioneros. Vuestras funciones son obedecer mis órdenes y responder mis
preguntas. Ni más ni menos.
—No
somos prisioneros —enfatizó Lingo.
Koris
chilló algo en duglaari. Los guardias adoptaron una súbita posición de alerta
total, sus manos de seis dedos aferradas a las armas.
—Si
intentáis escapar, moriréis —dijo Koris—. Si lográis recuperar el control de
esta nave, será destruida por los vehículos armados que la rodean. En el caso
estadísticamente improbable de que consiguierais levantarla del suelo, mil
cañones láser centran ya su puntería en ella. En la probabilidad única entre
siete coma tres de que alcanzarais los límites superiores de la . atmósfera,
las tres flotas completas que patrullan el planeta...
—Eso
basta —interrumpió Lingo—. Estoy convencido de que no podemos escapar. Ahórreme
los detalles sangrientos.
—La
cantidad de sangre que se produzca depende por entero de vosotros, sabandijas
—dijo Koris—. Tenéis que cumplir las funciones adecuadas a prisioneros, o
enfrentaros a una muerte instantánea.
—Le
he dicho que no somos prisioneros. Somos una misión diplomática y exigimos ser
tratados como tal.
—Sois
prisioneros —rezumbó Koris—. Sois enemigos. Estáis en territorio del Imperio
Duglaari. En consecuencia, sois prisioneros. No tenéis más clasificación que
ésa por la que optar. No concibo esto de misión diplomática...
—Comprendo
mi error —dijo tranquilamente Lingo—. No debía haber esperado que entendiera el
concepto. Es algo fuera de su alcance. Es un soldado, ¿eh? ¿Cuál es su función?
—Tienes
razón, sabandija —dijo Koris, el movimiento de sus orejas moderándose en cierto
modo—. Soy un soldado del Imperio Duglaari. Mi función es hacer que los
enemigos sufran derrotas y destrucción. La función de un soldado es destruir al
enemigo.
—¿Qué
intentan hacer? —murmuró sotto voce Palmer a Ortega—. ¿Matarnos?
—Cierra
la boca —musitó Ortega—. Sabe lo que hace.
—¿Rendirse
es función de un soldado? —preguntó Lingo.
—No
se me ha enseñado el concepto —replicó Koris.
—No
lo creía —dijo Lingo—. Rendirse significa que uno se desarma y entrega al
enemigo, en la confianza de que el resultado de tal acción es preferible a lo
que pudiera resultar de la continuación de la lucha.
Koris
movió las orejas con furia.
—Sólo
una sabandija necesita de un concepto tal. Ese concepto es superfluo para los
soldados del Imperio Duglaari, puesto que el único resultado posible de la
permanencia en la lucha es la victoria final duglaari. Es indeseable para mi
función correcta incluso poseer conocimiento de un concepto así. En
consecuencia, lo borraré de mi memoria en cuanto esta tarea desagradable esté
completa.
¡Eso
lo ha provocado de verdad!, pensó Palmer. Ahora podía percibir lo que Lingo
estaba haciendo. La lógica era el punto fuerte duglaari. ¿No podía ser también
su debilidad?
—
¿Entonces diría usted que rendición es algo que ni siquiera se dignaría
considerar, algo para lo que no está preparado? —Rendición es un concepto para
uso exclusivo de sabandijas, un trastorno del cerebro humano inferior al que un
soldado duglaari es inmune. —Bien —dijo muy despacio Lingo—, da la casualidad
de que estamos aquí para rendir la Confederación Humana al Imperio Duglaari.
¡Trate de comprender eso! Koris no dijo nada, pero sus orejas languidecieron de
repente, como si los cartílagos que las sustentaban se hubieran convertido en
gelatina. Palmer sonrió sombríamente. La conmoción de la criatura ante el
concepto de rendir una raza entera al enemigo era patente. ¡Y quién podía
culparle! —Bueno —dijo Lingo—, ¿qué problema hay? ¿No está preparado para
considerar esta propuesta? —No lo estoy —habló monótonamente Koris, sus orejas
recobrando una furiosa vivacidad. —¿Pretende decirme que todos los doogs son
tan estúpidos que ninguno es capaz de considerar una sencilla oferta de
rendición? —estalló Lingo. Koris aleteó violentamente.
—Desiste
de tu arrogancia, sabandija —zumbó—. El Consejo de Toda la Sabiduría puede
comprender todas las cosas. Tratar conceptos extranjeros como los que tú
sugieres está claramente dentro de sus funciones, más que en las de un soldado
como soy yo.
—¿Eso
quiere decir que se propone llevarnos ante el Kor y el Consejo de la Sabiduría?
—gritó Lingo, con enorme y simulado aire de asombro.
—Estás
en lo cierto, sabandija —dijo Koris, las orejas finalmente en reposo—. El
Consejo y el Kor sabrán cómo tratar este asunto grotesco.
—Veo
que no tenemos alternativa —suspiró Lingo—. Si nos da tiempo para ponernos la
ropa adecuada... —Lo que llevan puesto ahora será muy suficiente —dijo Koris.
Lingo
se encogió de hombros.
—Como
usted guste —dijo—. Naturalmente, podrá darse cuenta de que esta ropa está
llena de parásitos microscópicos humanos, y la ropa que yo he mencionado está
completamente esterilizada. Admiro su coraje, ya que no su prudencia.
—Os
pondréis la ropa estéril, sabandijas.
—Muy
bien. Los seis estaremos listos en unos minutos.
—Cuento
siete humanos, sabandija.
—Por
favor —gimoteó Lingo retorciendo los ojos horriblemente—. Sólo somos seis:
cuatro hombres y dos mujeres.
—Estás
loco, sabandija. Hay tres hembras: una con pelaje superior color castaño, otra
de pelaje rojo y otra de pelaje amarillo.
Todos
los solarianos excepto Linda Dortin gimieron de un modo horrible y retorcieron
sus manos.
—¿Qué
pasa? —quiso saber Koris.
Lingo
suspiró y dijo a los otros solarianos:
—Es
un extranjero, al fin y al cabo. ¿Qué se puede esperar? —después se volvió
hacia Koris—. La mujer rubia que usted afirma ver no existe oficialmente, al
menos en los últimos dos días como tampoco en los dos días próximos. Es parte
del funcionamiento humano, pero hasta mencionarlo nos es absolutamente un tabú.
La mujer que no existe debe quedarse en la nave. Actuar de otra manera sería un
insulto inconcebible para su Kor, y tanto nosotros como usted tendríamos que
responder de las terribles consecuencias.
Koris
guardó silencio un momento, obviamente digiriendo la nueva evidencia del
ilógico carácter humano.
—Muy
bien —dijo por fin—. La hembra de pelo amarillo puede quedarse en la nave. La
huida es imposible, y de todos modos podemos deshacernos de ella aquí con tanta
facilidad como en la Sala de la Sabiduría.
—¿...deshacerse
de ella? ¿De qué está hablando?
—No
sigas exhibiendo tu estupidez, sabandija —dijo monótonamente Koris—. Habéis
penetrado hasta la superficie del mismo Duglaar. Ahora vais a ver el interior
de la Sala de la Sabiduría. Sin duda alguna comprenderéis que a ninguna
sabandija humana puede permitírsele conservar los datos que vosotros poseéis
ahora. Existe, al fin y al cabo, una probabilidad entre varios trillones de que
podáis escapar de algún modo. Esa probabilidad debe quedar reducida exactamente
a cero. En consecuencia, en cuanto el Kor y el Consejo de la Sabiduría hayan
acabado de interrogaros, todos vosotros seréis aniquilados inmediatamente.
CAPÍTULO
OCHO
LINGO
se metió en su camarote y al rato salió con un montón de ropa en la mano.
—Esta,
Jay. Póntela —dijo.
—¿Qué
es esto? —preguntó Palmer con recelo. La ropa era una especie de uniforme
extravagante, todo verde y escarlata, con galones dorados.
—Uniforme
de media gala —murmuró Lingo—. Digamos que nosotros...eh, previmos que quizá tú
lo necesitarías, y por eso teníamos uno confeccionado.
Palmer
palpó el uniforme ásperamente.
—No
se parece a nada que yo haya visto.
—Limítate
a ponértelo —dijo Lingo con impaciencia—. Ha sido diseñado para efecto
psicológico, no para ser elegante. Hemos de crear cierta impresión, y este
uniforme de embajador forma parte de la idea. Ahora no hay tiempo para
discutirlo. Póntelo deprisa y vuelve a la sala común antes de que nuestros
amigos doogs empiecen a ponerse agresivos.
A
continuación, Lingo entró en su camarote y cerró la puerta de golpe.
Palmer
se quedó cohibido un momento cerca de la sala común. Tenía el aspecto y se
sentía igual que un mariscal de campo de ópera bufa. El uniforme tenía
pantalones y camisa verde brillante, pesadas hombreras con galones dorados, un
cinturón de cuero asegurado por una gigantesca hebilla de latón ornamentado,
botas altas de color negro decoradas en oro y verde, gorra blanca como la nieve
con visera galoneada de color bronce y una larga capa escarlata
resplandeciente. Centímetros y centímetros de cordones adornaban el pecho de la
túnica.
De
un modo agrio, Palmer se preguntó por qué Lingo no había provisto una espada de
ceremonias.
Los
solarianos ya estaban en la sala común, y sus uniformes parecían ideados para
que Palmer se sintiera todavía más ridículo. Todos excepto Linda Dortin, que
iba a quedarse en la nave, iban vestidos de negro de pies a cabeza, un negro
absoluto, totalmente desprovisto de adornos: sencillas botas negras, pantalones
de algodón negro y camisas de cuero negro. Iban con la cabeza descubierta y la
única insignia que llevaban era un diminuto broche en forma de sol dorado sobre
el corazón. En cierto modo, el efecto total resultaba terriblemente siniestro e
infinitamente serio; un uniforme que no tenía nada de uniforme... Casi era unos
hábitos sacerdotales. Y realmente oscuros resultarían los ritos impartidos por
tales oficiantes... Mientras miraban a Palmer con aire aprobatorio, quedaba
penosamente claro que los solarianos estaban conteniendo su carcajada apenas
mediante el más heroico de los esfuerzos.
Hasta
Koris, mientras examinaba al pavo real en el nido de los halcones, parecía
impulsado por cierta emoción ilegible: su cabeza oscilaba de manera errática en
el extremo del alargado y flexible cuello, y sus orejas se retorcían
convulsivamente.
—Vamos,
sabandijas —dijo con su voz monótona—. Vamos ante el Consejo de la Sabiduría.
Al
bajar al cemento de la pista, la superficie misma de Dugl, la mera extrañeza
del lugar golpeó a Palmer con toda su fuerza. La ciudad, que se extendía
alrededor de los humanos a tanta distancia como llegaba la vista, vidrio y
metal bajo una luz gris apagada, parecía más una factoría gigantesca o una
máquina monstruosa que una ciudad como tal... Palmer no podía imaginar un
parque o una zona de esparcimiento, un lago o ni siquiera una brizna de hierba
perdida en aquel vasto, horrible conglomerado de esferas y cajas. Había una
indefinible regularidad murmurante en los sonidos de la ciudad, como de un
motor enorme, con todas sus partes engranando con suavidad.
Y el
olor del aire..., un olor áspero, químico, a desinfectante, el olor de los
hospitales, de las dinamos, de los grandes edificios públicos impersonales. No
eran meros olores artificiales, sino el olor de la artificialidad misma.
Palmer
se estremeció convulsivamente, pese a que el ambiente era bastante cálido y
prácticamente iba trotando para seguir el ritmo de las zancadas de los
patilargos doogs. Robin y Fran miraban a su alrededor con la misma expresión
desdeñosa. Media mente de Max parecía haber vuelto a la nave con Linda. Lingo y
Ortega también estaban en otra parte, envueltos en sus pensamientos, y notando
el ambiente sólo de manera mecánica.
Ya
estaban cerca de la entrada del mismísimo Edificio de la Sabiduría. La entrada
principal de lo que era en cierto sentido el capitolio del Imperio Duglaari
entero, era simplemente un gran agujero rectangular en la lisa pared de
plástico.
—Entrad,
sabandijas —ordenó Koris.
En
lugar de la gran zona despejada que podía esperarse tras la entrada de un
imponente edificio público, Palmer y los solarianos se encontraron en una
pequeña cámara cerrada. La vía de entrada abierta era la pared trasera; las dos
paredes laterales eran de plástico transparente y sin rasgos característicos.
La
pared situada frente a la entrada estaba formada por diez paneles cerrados,
todos con una lucecita, y lo que tenía aspecto de ser el teclado de
codificación de una pequeña computadora.
Koris
fue directamente hacia el tablero de codificación y tocó los botones,
dispuestos de manera similar a los de una máquina de escribir.
—He
introducido nuestros códigos en el Consejo de Sabiduría —informó el doog—.
Esperaremos instrucciones.
Al
cabo de unos momentos, las luces de dos paneles se encendieron, y el plástico
se deslizó hacia arriba, revelando túneles de muros lisos, con franjas móviles
como suelo. Un rápido parloteo surgió del tablero de la computadora, y algunas
líneas de letras duglaari adornadas con volutas aparecieron en la pequeña
pantalla situada sobre los botones de codificación. Koris observó el mensaje de
la pantalla.
—Sabandijas
—zumbó su voz—, tomad el canal de entrada de la derecha. Los soldados del
Imperio tomarán el de la izquierda. Os dejaremos ahora, sabandijas. Habéis sido
codificados en un canal de entrada del Consejo de la Sabiduría. No supongáis
que podéis desviaros de las instrucciones sólo porque estáis sin vigilancia. No
se requieren guardias en cuanto se está codificado. Todo intento de desviarse
de las instrucciones derivará inmediatamente en vuestra destrucción. Marchad.
Lingo
se puso en cabeza para cruzar la entrada abierta y llegar a la cinta móvil.
Mientras la correa los conducía hacia las entrañas del Edificio de la
Sabiduría, Palmer miró atrás y vio que el panel se había cerrado a su espalda.
La
cinta los conducía hacia adentro y, cada veinte metros, llegaba a una
intersección de tres, cuatro o cinco pasillos distintos. Pero no había problema
en cuanto a elegir qué pasillo seguir. Al aproximarse a una intersección, los
paneles se deslizaban hacia abajo obstruyendo todos los pasillos menos uno y la
cinta los transportaba por el túnel adecuado. El mismo Consejo de la Sabiduría
los llevaba inexorablemente hacia el destino determinado donde los estaba
aguardando.
Palmer
se sentía como si fuera una molécula de agua atrapada en un sistema de tuberías
sumamente complejo. Fuera lo que fuese lo que manejaba el “sistema de
tuberías”, estaba controlando su paso simplemente cerrando las válvulas
adecuadas. No importaba en absoluto que el contenido de este sistema de tubos
fuera de seres humanos conscientes, pues ellos no tenían el menor control de
sus movimientos.
Conforme
pasaban a toda velocidad por las diversas intersecciones, Palmer logró captar
tentadores vislumbres de secciones del edificio antes de que los paneles se
cerraran. Un pasillo se abría a una gran sala repleta de maquinaria donde
infinidad de duglaari corrían de un lado a otro en su inimaginable tarea. Otro
pasillo desembocaba en lo que parecía un almacén. Palmer vislumbró lo que
podrían haber sido tableros de computadora, un economato, cosas completamente
ajenas a su experiencia.
Por
fin, la cinta móvil los depositó en lo que de modo patente era una especie de
sala de espera o celda: un cubículo pequeño, vacío, que sólo contenía un banco
plano y duro y la rejilla de un altavoz dispuesto a buena altura sobre la pared
lisa.
El
panel se cerró detrás de los humanos, y el altavoz quedó conectado con un
sonoro clic.
—Sabandijas:
permaneceréis aquí hasta que al Kor le parezca conveniente recibiros. No
intentéis salir.
Entonces
el altavoz fue desconectado, y los humanos quedaron completamente aislados,
encarcelados en alguna parte de las vastas entrañas del Edificio de la
Sabiduría. Aturdido, Palmer se sentó en el banco.
—No...no
es como un edificio —murmuró—. Es como estar dentro de cierta máquina
gigantesca.
Lingo
sonrió irónicamente y tomó asiento a su lado.
—Jay
—dijo—, no sabes ni la mitad del asunto. Ni un diez por ciento de la verdad. Es
una máquina. Una computadora.
—¿El
edificio entero? ¿Una computadora? Pero yo creía que esto era el Edificio de la
Sabiduría, el palacio del Kor y el lugar de reunión del Consejo de la
Sabiduría...
—Oh,
también es eso, en cierto sentido —dijo Ortega—. Pero es una computadora.
—
¿Cómo el edificio entero puede ser una computadora y...?
Lingo
rio sordamente.
—No
solamente el edificio —dijo—. La ciudad entera. Y en cierto modo, la totalidad
del Imperio Duglaari.
—¿Qué?
—Hay
detalles del Imperio Duglaari que la Confederación no conoce —dijo Lingo
poniéndose de pie y caminando de un lado a otro del pequeño cubículo—. Cosas
que ha sido mucho mejor que desconociera. MacDay averiguó algunas de estas
cosas... Al principio, ya sabes, todas las batallas se libraban a muerte, y
nosotros apresamos ocasionalmente a un doog. Algunas de estas cosas...bueno,
eran razones suficientes para aislar a Sol de la Confederación. Porque si la
Confederación las hubiese conocido... — Lingo hizo un amargo gesto de
fatalismo—. La Confederación está desesperada ahora sabiendo sólo una pequeña
parte de la verdad... Si supieran toda la verdad, ya no tendrían voluntad para
seguir luchando.
Lingo
se detuvo y miró a Palmer, sus grandes ojos verdes preñados de cierta carga
terrible.
—Jay
tiene derecho a saber la verdad —dijo Robin—. Su vida está en juego tanto como
la nuestra.
—Tienes
razón, Robin —dijo Lingo, con un tenue suspiro—. Le debemos eso. Jay, ¿qué
sabes de la historia del Imperio Duglaari? Los doogs son criaturas de lógica
perfecta. ¿Nunca se te ha ocurrido preguntarte qué los hizo así?
—¿No
fue un simple accidente de la evolución? —preguntó Palmer, sabedor al momento
de su equivocación, por el aspecto de la cara de Lingo.
—No
—dijo Lingo—. La vida no evoluciona siguiendo líneas lógicas, a menos que tome
la evolución en sus propias manos..., que es lo que sucedió con los duglaari
hace un milenio como mínimo. No conocemos la historia completa. Lo que sabemos
fue reunido poco a poco por boca de menos de una docena de prisioneros doogs, y
hay grandes lagunas en nuestros conocimientos. Al parecer, los duglaari
tuvieron un gran líder, hace quizás un milenio...o más tiempo aún. Ese doog se
nombró primer Kor de todos los duglaari... En aquella época habrá dado la
impresión de que el cargo era simplemente el de un dictador absoluto. Ese
primer Kor era un genio. Por desgracia, también estaba bastante loco, al menos
según nuestros criterios.
Lingo
se levantó nuevamente y reanudó su nervioso paseo. Las paredes devolvían su
voz, como si no hablara con nadie en particular.
—Comprender
lo que sucedió es tan duro para un ser humano... Incluso entonces, los duglaari
eran muy distintos de nosotros, con mucha menos conciencia individual, y con
más sentido de identidad colectiva. Eran extranjeros, y para comprender esto de
verdad, habría que ser capaz de pensar como un doog demente, como un paranoico.
Este primer Kor, igual que todos los seres conscientes, sabía que era mortal y
que estaba condenado a morir. Pero en su locura, no lo aceptaba. Estaba
alocadamente resuelto a que incluso después de la muerte continuaría gobernando
para siempre el Imperio Duglaari.
Por
eso construyó el Consejo de la Sabiduría.
—¿...construyó?
Pero el Consejo es...
—¡No
lo es! —interrumpió ferozmente Lingo—. MacDay creyó más sensato ocultar la
verdadera índole del Consejo, en cuanto la conoció. Porque el Consejo de la
Sabiduría no es cierta legislatura duglaari, tal como la Confederación ha sido
inducida a creer. Es... Esta ciudad. Pero no es una ciudad... Es una inmensa
computadora. El primer Kor construyó la computadora y le confirió un poder
total sobre el Imperio Duglaari entero.
“Creemos
que existen duplicados, copias del Consejo diseminadas por todo el Imperio,
desactivadas..., pero dispuestas para el caso de que lo destruyeran, aunque
como es obvio, sus ubicaciones son el secreto más estrictamente guardado por
los doogs. Pero en cualquier caso, sabemos que el Imperio no tiene gobierno
alguno, tal como nosotros concebimos los gobiernos. La computadora es el
gobierno. Pero es más que eso... Recuerda, el Consejo de la Sabiduría no es un
complejo de computadoras como vosotros tenéis en Olympia IV, no es meramente
una máquina para decidir la política. Es una computadora descomunal, integrada,
y sus circuitos de salida no alimentan tableros de datos... No aconseja, pues
toda maniobra militar, toda operación económica, todo..., hasta el diseño de
armas manuales, hasta las vidas personales de todos y cada uno de los duglaari,
está dictado por el Consejo de la Sabiduría”.
No...
La computadora no aconseja... ¡Ordena!
Palmer
estaba completamente perplejo.
—¿Quieres
decir... ¿Quieres decir que el Kor es sólo un títere, del Consejo de la
Sabiduría, y que el Imperio Duglaari está gobernado por...por una máquina?
Lingo
rio misteriosamente, y su semblante se retorció en una mueca irónica.
—Nada
tan simple como eso —dijo—. Sería imposible... Una computadora, a pesar de
todo, es sólo una máquina lógica. Únicamente determina el medio más eficaz para
llegar a un fin dado. Pero un ser vivo debe determinar tales fines. La
selección de metas no es un problema de lógica. Y la lógica debe estar basada
en premisas. Ningún sistema lógico puede fijar sus premisas. En consecuencia,
ninguna computadora puede determinar sus metas. Ellas deben ser fijadas por la
inteligencia, de un modo arbitrario.
—En
otras palabras —dijo Palmer—, una computadora debe ser programada. Debe recibir
fines, o no actuará.
—
¡Exactamente! —dijo Lingo—. La función del Kor es programar la computación.
Informa al Consejo de la Sabiduría cuáles serán los fines del Imperio, y la
computadora gobierna el Imperio en consecuencia.
—Pero
entonces el Kor gobierna realmente. El Consejo de la Sabiduría sólo se preocupa
de los detalles.
—
¡Ah, aquí es donde interviene la locura! —exclamó Lingo, golpeando el banco con
la mano—. Es la computadora la que elige al nuevo Kor cuando el viejo muere.
¡El Consejo de la Sabiduría elige a su programador! Y recuerda, su control
sobre el Imperio es absoluto. Determina todo. Incluida la procreación. Tal fue
la locura y el genio del primer Kor. Confirió al Consejo de la Sabiduría poder
sobre todas las cosas, poder total, absoluto, completo. Fue la computadora la
que convirtió a los duglaari en una raza enteramente lógica..., mediante un
milenio de instrucción, adoctrinamiento y reproducción selectiva. En cierto
sentido muy real, todos los duglaari poseen personalidades idénticas: ¡la
personalidad del mismo Consejo de la Sabiduría!
—¿Pero
por qué? ¿Qué clase de monstruo haría a su pueblo a imagen de una máquina?
—Un
monstruo muy especial —dijo Lingo—. Un monstruo que anhela la inmortalidad.
Recuerda, la computadora original no podía hacer nada hasta recibir fines,
hasta que estuviera programada. Y fue el primer Kor quien fijó las premisas
originales de la computadora. ¡Él creó la “personalidad” de la máquina y usó su
propia mente como programa!
—No
comprendo...
—
¡Piensa, hombre, piensa! —gritó Lingo—. ¡Hizo la computadora a su imagen! Una
imagen con la misma locura, los mismos fines y temores paranoicos, ¡pero con
los recursos de una raza entera para poner en práctica tales fines! Una lógica
infalible, un cien por ciento de eficiencia, para colmo. Y para terminar el
círculo, el Consejo elige a su programador. Elige un Kor que tenga la
personalidad más aproximada a la del Kor original... Y durante mil años ha
estado reproduciendo a los duglaari de manera que todos se aproximen al Kor
original tanto como sea posible. Entonces se limita a escoger el duplicado más
perfecto disponible. Sí, Jay, el Imperio Duglaari está hecho a imagen de una
máquina, pero esa máquina es la imagen de un ser muerto hace más de un milenio.
Palmer
se quedó sentado rígidamente en el banco, apenas atreviéndose a pensar. ¡Esta
era entonces la índole auténtica del enemigo! ¡No un gobierno, ni siquiera una
raza, sino...un organismo integrado inmortal en cierto sentido muy real! No era
extraño que el Centro de Computación de Olympia IV se viera desesperadamente
aventajado. Computaba la estrategia del estado mayor, pero el Consejo de la
Sabiduría era el Imperio Duglaari. El Imperio estaba dirigido por... Por...
—
¿Pero entonces qué gobierna el Imperio Duglaari?
Lingo
se rio de un modo estridente y luego se encogió de hombros.
—Pagas
el dinero y eliges tu alternativa —dijo—. En cierto sentido, el primer Kor
logró realmente alcanzar la loca meta de la inmortalidad. La computadora rige
el Imperio. El Kor dirige la computadora. Pero la computadora elige el Kor y lo
moldea a su imagen. Y el Consejo fue moldeado a imagen del primer Kor. ¿El
Imperio Duglaari está gobernado por el Kor..., por el Consejo de la
Sabiduría...? ¿O por el espíritu de un doog muerto hace mil años? ¿Qué fue
primero; la gallina, o el—huevo?
—¿Y
a esto tratáis de burlar? ¿Seis solarianos contra un organismo que es un
imperio entero?
Lingo
dejó de pasear. Miró directamente a Palmer, y hubo un fuego en sus ojos que lo
convenció al instante, aunque sin saber de qué.
—Si
—dijo Lingo, en un murmullo que era un grito—, combatiremos a la computadora,
al Kor y a todo este maldito Imperio. ¡Lucharemos y venceremos! Porque debemos
hacerlo. El Imperio Duglaari es una cosa insana. Un cáncer maligno que amenaza
con la muerte de una galaxia entera. Debe ser destruido, ¡en favor de los seres
conscientes de todas partes! Por la memoria de MacDay, por las palabras de La
Promesa, una promesa que era seria, Jay. ¡Lo destruiremos! Debemos hacerlo.
Nosotros...
De
pronto, el panel se deslizó y se abrió.
—Sabandijas
—dijo una voz monótona por el altavoz de la pared—. Penetrad en el canal de
entrada al instante. El Kor os espera.
El
canal de entrada desembocaba en una cavernosa cámara rectangular de por lo
menos cincuenta metros de anchura, cien de largo y tres pisos de altura. La
cinta móvil proseguía a lo largo de la gran cámara, por un corredor viviente de
soldados duglaari inmóviles y armados al máximo, cientos de soldados, hombro a
hombro en toda la longitud de la cámara.
Toda
la pared trasera de la cámara —cincuenta metros de ancho y tres pisos de
altura— era la faz de una computadora gigantesca. Cientos de metros cuadrados
de controles, teclados de perforación, cuadros de datos, atendidos por un
ejército de técnicos duglaari que se encaramaban sobre la faz de la máquina en
angostas pasarelas a múltiples niveles.
Justo
delante del inmenso conjunto, aureolado por formas de luz siempre cambiante,
había un objeto sencillo similar a un trono, un metro elevado sobre el suelo.
Un anillo de pequeños tableros de datos formaba un semicírculo en torno a la
base.
Sentado
en el trono y con la mirada fija en los paneles de datos, había un doog
solitario y anciano, su pelaje pardo volviéndose entrecano, un micrófono
sostenido flojamente en una mano a manera de cetro... El individuo más poderoso
que existía en la galaxia conocida: ¡El Kor de todos los duglaari!
Mientras
la cinta móvil los llevaba inexorablemente hacia el trono, Palmer percibió una
terrible aura de poder que emanaba del ser del trono. Se trataba de la
voluntad, el poderío, la mente de una raza entera canalizada en un individuo a
través de la faz de la computadora gigantesca que tenía a su espalda.
Resplandecía pese a todas las barreras raciales, pese a la plena
inescrutabilidad de los rasgos extranjeros. El corazón de Palmer se sumió, y se
sintió como un imbécil con su uniforme de ópera bufa.
Porque
esto era Poder.
Pero
una breve mirada a su alrededor, a los solarianos, reveló a Palmer algo mucho
más terrible. En medio de cientos de soldados duglaari, delante del Kor, del
poder personificado, iban Ortega, Max, Robin y Fran en la cinta móvil, como si
se tratara de un dispositivo especial instalado para ellos como una
deferencia... Y por cierto, como una deferencia más bien inferiorizante. Con
sus ominosos uniformes negros, con leves sonrisas de divertido desprecio en sus
semblantes, eran tremendamente parecidos a los representantes de la leyenda
mística que la propaganda de la Confederación había hecho de Fortaleza Sol.
Caminaban como si poseyeran el universo, y la ilusión era tan completa que
Palmer casi la creía.
Pero
si los otros solarianos se comportaban como realeza, Lingo era un dios. Sus
llameantes ojos verdes barrían los rostros de los soldados duglaari igual que
las bocas de un cañón láser doble. Tal era la potencia de su mirada mientras
pasaba, que todos los doogs se veían forzados a eludir sus ojos: los doogs
bajaban la vista junto a su maestro. Lingo tenía las manos sueltamente en las
caderas, la boca retorcida en una mueca que estaba años—luz más allá del
desprecio, un desdén que trascendía la provocación.
Aun
cuando una parte de él sabía que no había nada para apoyar la fachada, el alma
de Palmer fue agitada de un modo vital por la misma simulación. El orgullo
glacial de los solarianos tal vez no fuera más que fachada, pero había verdad
en su intrepidez. Y esa verdad hizo que Palmer se sintiera profundamente
orgulloso de su humanidad, y aún más orgulloso de que estos seres magnéticos
del sistema natal del hombre lo hubieran aceptado como miembro de su Grupo. En
cierta forma, la importancia del hecho de que él probablemente no saldría vivo
de aquella sala, retrocedía en la lejanía y lo dejaba henchido únicamente de la
gloria del instante. Se enfrentaría al Kor, al Consejo de la Sabiduría y al
Imperio Duglaari entero hasta con la última pizca de orgullo que la raza humana
pudiera reunir y, de alguna manera, eso era por sí mismo una especie de
terrible victoria.
La
cinta móvil los depositó al pie del trono.
—Todos
se inclinarán en deferencia ante la voluntad del omnisciente Duglaar — zumbó la
voz del Kor entrecano.
Cientos
de soldados duglaari cayeron sobre una rodilla como un solo organismo. Lingo
hizo un gesto con la mano a Palmer para que los imitara y, de mala gana y con
torpeza, Palmer obedeció.
Pero
los cinco solarianos, solos en la gran cámara, permanecieron de pie.
—Arrodillaos,
sabandijas, ante el poder duglaar —zumbó el Kor, sus orejas correosas
aleteantes como murciélagos monstruosos—. Sabed que soy el Kor de todos los
duglaari. Sabed que mediante el Micrófono de Estado de mi mano y mediante los
Paneles de Datos de la Verdad a mis pies, estoy en circuito directo con el
mismo Consejo de la Sabiduría, la voluntad de todo el inmortal Imperio
Duglaari. Nos somos Duglaar. Sabed—lo y arrodillaos.
Lingo
adoptó una postura desgarbada y con una voz fría, llena de una arrogancia
infinitamente natural, dijo:
—Los
animales se arrodillan ante los solarianos, y nunca al revés.
Los
guardias más próximos se pusieron de pie de un salto, rifles energéticos
preparados. Pero el Kor los detuvo con un ademán e hizo un gesto para que el
resto de los soldados se levantara.
—No
somos sabandijas humanas ilógicas —pronunció monótonamente—. He sido informado
de que estáis aquí para rendiros. Esos datos han sido codificados para el
Consejo de la Sabiduría, y el Consejo ha emitido la siguiente instrucción: La
rendición será aceptada. El Consejo de la Sabiduría ha computado los siguientes
términos de rendición: Todas las fuerzas humanas deben cesar inmediatamente las
hostilidades contra las fuerzas del Imperio Duglaari. Todos los sistemas
solares controlados actualmente por la sabandija humana, incluso el sistema
nativo conocido como Fortaleza Sol, serán inmediatamente ocupados por las
fuerzas del Imperio Duglaar. Toda sabandija de esos sistemas queda despojada
por la presente de todos y cada uno de sus derechos como ser consciente. Se
prohíbe a toda sabandija continuar procreando. Se prohíbe a toda sabandija
poseer armas o cualquier otra forma de propiedad personal. Toda sabandija queda
declarada por la presente, propiedad del Imperio Duglaari. Estas son las normas
de la rendición.
Lingo
se echó a reír, prolongada, fuerte y desdeñosamente, su voz resonante llenando
la de otro modo silenciosa cámara. Frunció los labios y escupió al pie del
trono, en un arco lento, elevado.
Al
instante, los guardias apuntaron sus rifles hacia él; sus dedos aferraron los
gatillos a un pelo del punto de disparo.
Pero
en ese momento, sus cuerpos quedaron paralizados como roca viviente. Solamente
los ojos girando con frenesí delataban sus intenciones. Max Bergstrom los
miraba fija, inexpresivamente con una mirada que era fingidamente remota y
plácida. Pero sabía bien qué significaba esa mirada fija, calmada, oscura: los
guardias ya no controlaban sus cuerpos.
—Lo
lamento, pero estáis equivocados —dijo Lingo, con una voz preternaturalmente
hueca que hacía de las palabras un tañido de condena.
—El
Consejo de la Sabiduría no comete equivocaciones —zumbó la voz del Kor con un
furioso movimiento de orejas—. El Consejo de la Sabiduría es perfectamente
lógico. Su naturaleza no permite cálculos incorrectos.
Lingo
volvió a reír, esta vez con la tolerancia de un maestro para un niño no muy
brillante.
—Bien,
entonces digamos simplemente que el Consejo de la Sabiduría ha sido provisto
con datos incompletos.
—Si
deseas suministrar datos adicionales —dijo el Kor—, hazlo. Esta cámara está en
circuito directo con el Consejo de la Sabiduría. Toda palabra que pronuncies
será codificada directamente en el canal de entrada del Consejo.
—Excelente
—sonrió Lingo—. Lo felicito por su servicio. Suministraré ya mismo los datos
que faltan: nuestros términos. Tiene ante usted un embajador de la
Confederación Humana —dijo Lingo señalando a Palmer como a un excremento sobre
la alfombra—. Criaturas divertidas, tal vez, para ciertos gustos, pero que ya
no nos preocupan. Las hemos superado como nuestros remotos antepasados
superaron a los primates de los que surgieron. Estos humanos primitivos de la
Confederación son suyos para que haga con ellos lo que desee. Ya no están bajo
la protección de Fortaleza Sol.
Costó
largos instantes que el significado de las palabras de Lingo quedara impreso en
la asombrada mente de Palmer. ¡Todo, todo era un engaño...! ¡Todo lo que los
solarianos afirmaban defender! La amistad, el... ¡Todo era una mentira
monstruosa! No eran más que traidores, cobardes, miserables, inhumanos...
Con
un gruñido salvaje y silencioso, Palmer saltó hacia Lingo, su mano aferrando el
cuello del solariano.
Pero
mientras sus dedos apretaban el cuello de Lingo, Palmer sintió que iba
perdiendo control sobre su cuerpo: sintió que los zarcillos de la mente de
Bergstrom envolvían los suyos, y en contra de su voluntad sus dedos empezaron a
soltar la presa. Sus brazos flotaron hasta los costados, y se encontró con que
ya no podía moverse.
—Eso
será suficiente —dijo Lingo con exasperante arrogancia—. O te portas bien, o
Max tendrá que desembarazarse de ti inmediatamente.
Palmer
comprendió que era inútil: no había forma de combatir con un telépata. Y de
repente, la cuestión pareció no tener ya importancia. El mundo se había
desplomado en torno a Palmer. Los solarianos lo habían aceptado como hermano,
más que como hermano: había sentido algo dentro del Grupo que nunca antes había
sentido, algo bueno, satisfactorio, afectuoso... ¡Y todo había sido una
estúpida mentira! Un truco barato, cobarde, en perfecta armonía con todo lo
demás que habían hecho los solarianos. Eran los traidores perfectos: falsos a
todo nivel de sus seres, falsa valentía, falsa Promesa, falso amor...
Toda
lucha había desaparecido de su interior. ¿De qué servía? Estaba solo, más solo
que lo que un ser humano podía haber estado nunca. Atrapado entre el enemigo
mortal del hombre y los traidores más abominables de la historia. ¿Qué
esperanza había?
Y en
cuanto experimentó esta resignación frustrada, notó que Bergstrom dejaba su
mente y le devolvía el control de su cuerpo. ¿Por qué no?, pensó Palmer con
amargura. Sabe en qué pienso. Sabe que estoy vencido.
—Como
estaba diciendo antes de esta fastidiosa interrupción —continuó Lingo con una
arrogancia infinitamente serena—, entregaremos la Confederación Humana al
Imperio Duglaari, para que hagan con ella lo que consideren apropiado. Sol sólo
exige dos condiciones simbólicas a cambio.
Lingo
remarcó sus palabras con los dedos mientras hablaba, y su voz cambió a la de un
pedante seco, para que se adaptara a sus gestos.
—Uno:
el Imperio Duglaari debe firmar un tratado de fidelidad eterna a Fortaleza Sol.
Dos: en cuanto el Imperio Duglaari haya ocupado la Confederación, deberá
entregar cuatro mil naves a Fortaleza Sol en prenda de su buena fe.
Antes
de que sus palabras dejaran de resonar en la vasta cámara, Lingo habló de
nuevo, pero esta vez sin nada de pedantería en su voz.
—Si
fueran tan estúpidos como para rehusar estos términos más que generosos —dijo
en un siseo, mofándose amenazadoramente del Kor—, el Imperio Duglaari sólo
dispondrá de diez años de existencia. Al final de ese tiempo, Sol estará más
que dispuesto, y los efectivos de Fortaleza Sol caerán sobre el Imperio
Duglaari y aniquilarán hasta la última criatura viva. La elección, como es
natural, depende de ustedes.
El
Kor se quedó estupefacto un minuto entero, sólo sus orejas moviéndose en una
danza de cólera.
—Sabandija,
¿te atreves a presentar un ultimátum así al Imperio Duglaari? — dijo por fin—.
¿Te atreves a insultar al Kor, al Consejo de la Sabiduría y a la voluntad de
todo Dugl con tales propuestas?
Lingo
sonrió de un modo lánguido, y efectuó un encogimiento de hombros tímido y
ligero.
—Los
términos son mucho más generosos de lo que ustedes merecen —dijo—. No pongan a
prueba mi paciencia.
—Sabandija,
o eres un necio o estás completamente loco. El Consejo de la Sabiduría ha
calculado que es posible completar la destrucción de la Confederación Humana en
los próximos setenta y ocho años. Al final de ese período, Fortaleza Sol tendrá
que enfrentarse a solas con todo el poderío del Imperio Duglaari.
—Mucho
antes del final de ese período —dijo Lingo, en una imitación perfecta y furiosa
del zumbido del Kor—, el Imperio Duglaari habrá dejado de existir. En diez
años, Sol a solas será capaz de reducirlos a átomos. Que el Consejo de la
Sabiduría digiera este dato: actualmente, actualmente, presten atención, sería
necesario disponer de una flota de ocho mil naves de guerra duglaari, más que
la fuerza total existente, para destruir Fortaleza Sol. No me hace falta una
computadora para captar el significado de esto. Y eso es únicamente ahora. Al
final de esta década, Sol habrá completado el desarrollo de armas con las que
su Consejo de la Sabiduría apenas puede soñar.
Lingo
recitó precipitadamente la lista igual que una letanía negra:
—Pantallas
de fuerza impenetrables. Explosivos basados en la conversión total de materia
en energía. Medios de detección y localización de naves mientras están en
espacioestasis. Un rayo capaz de convertir en novas soles situados a años—luz
de distancia sin tener que acercarse a ellos, tal como debe hacerse para
producir una nova con un generador de campo de estasis. Estas armas son sólo
algunos de los ejemplos más vulgares. Si no aceptan mis condiciones, y si no
las aceptan ahora, el Imperio Duglaari se habrá esfumado en diez años. ¡Que el
Consejo de la Sabiduría encuentre una salida para esto!
Lingo
concluyó con un fragor de carcajadas staccato que reverberaron en el elevado
techo como disparos de un arma.
El
Kor guardó silencio. Palmer notó que el doog estaba profundamente molesto por
la forma en que parecían languidecer sus orejas. El anciano doog chilló órdenes
en duglaari a los técnicos de la red de pasarelas que cubría la gran faz del
computador a su espalda. Los doog se enfrascaron furiosamente en sus tareas,
exponiendo los nuevos problemas a la computadora.
La
inmensa cámara quedó en un tremendo silencio, salvo por los pies almohadillados
de los técnicos y los ruidos apagados de la gran computadora en funcionamiento,
mientras el Kor aguardaba inmóvil en su trono, los ojos atentos en los cuadros
de datos delante de él, esperando una resolución del Consejo de la Sabiduría
que era tanto su esclavo como su maestro.
Al
cabo de minutos de silencio que transcurrieron con gran lentitud, igual que
siglos, los ojos del Kor recobraron la vida. Las respuestas de la computadora
estaban apareciendo en sus pantallas de datos.
Mientras
el Kor examinaba las pantallas, el cartílago que servía de apoyo a sus orejas
caídas empezó a ponerse rígido poco a poco, hasta que los enormes órganos
quedaron otra vez tiesos y erectos. El Kor alzó el rostro y miró fija y
deliberadamente a Lingo, sus resplandecientes ojos rojos enfrentados a la
frialdad verde de los de Lingo en lo que pareció una colisión de diablos
semejantes.
—El
Consejo de la Sabiduría ha completado sus cálculos, sabandija —zumbó la voz del
Kor—. Tal como yo sospechaba, eres tú el que ha calculado incorrectamente. La
voluntad de Dugl permanecerá.
La
voz muerta, insulsa, parecía extremadamente mortífera y definitiva, de algún
modo carente de toda satisfacción triunfal, de toda emoción.
—El
Consejo de la Sabiduría ha determinado —prosiguió el Kor— que las armas de las
que has hablado están al alcance del desarrollo científico. Naturalmente, no es
posible determinar si seréis o no capaces de producirlas realmente en diez
años. El Consejo de la Sabiduría ha calculado que si producís tales armas en
diez años, podréis derrotar, tal como alardeáis, al Imperio Duglaari.
Palmer
contuvo la respiración. ¿Era realmente posible que a pesar de todo Sol pudiera
salvarse a expensas de la Confederación? ¿Serían realmente capaces de trocar
las vidas de centenares de billones de personas por el período preciso de diez
años para desarrollar las superarmas que podían salvar a Sol?
Si
morimos, pensó con furia, ¡que Sol muera con nosotros!
Lingo
devolvió la mirada fija del Kor sin mostrar más emoción que un doog.
—No
obstante —dijo el Kor, tras una pausa larga y ominosa—, el Consejo de la
Sabiduría ha calculado que actualmente, a pesar de tu necio alarde, es una
imposibilidad matemática que cualquier sistema solar solo, incluida Fortaleza
Sol, sea capaz de resistir el ataque de cuatro mil buques de guerra. Sabandija,
permíteme recordarte que el Imperio Duglaari posee siete mil buques de guerra.
El Consejo de la Sabiduría ha calculado que tres mil naves de guerra serán
suficientes para mantener nuestras líneas defensivas contra la Confederación
Humana, con pérdidas aceptables, durante el tiempo preciso para que nuestras
restantes cuatro mil naves se dirijan en una gran flota a Fortaleza Sol y la
aniquilen por completo. Tus superarmas de los próximos diez años jamás cobrarán
existencia, sabandija. Sol no durará otras diez semanas. El Consejo de la
Sabiduría ya ha dado las órdenes para preparar las cuatro mil naves necesarias.
En cuestión de meses, todos los solarianos estarán muertos.
El
Kor se inclinó hacia adelante y ojeó a los solarianos uno a uno. Sus orejas se
retorcieron en lo que tal vez significaba diversión.
—Será
una fuente de considerable satisfacción —dijo con su tono uniforme— iniciar el
proceso de exterminio de forma inmediata, con los cinco solarianos aquí
presentes, así como con su dócil embajador de la Confederación Humana. Vais a
ser aniquilados al momento.
CAPÍTULO
NUEVE
DIRK
LINGO sonrió suavemente al Kor.
—Me
temo que no —dijo—. No, a menos que quieran morir con nosotros... Usted, y el
mismísimo Consejo de la Sabiduría.
—
¿De qué estás hablando, sabandija? El Consejo de la Sabiduría ocupa muchos
kilómetros cuadrados. Se precisaría un enorme dispositivo termonuclear para
destruirlo.
—Exactamente
—dijo Lingo—. Y como es lógico, lo sabíamos antes de venir a Dugl. ¡Max!
Lingo
hizo un gesto a Bergstrom, que avanzó hasta el pie del trono. El telépata miró
constante e inexpresivamente el semblante del anciano doog. De manera mecánica,
Bergstrom inició un zumbido agudo de sílabas incomprensibles en una razonable
aproximación humana del lenguaje duglaari.
Las
orejas del Kor empezaron a menearse alocadamente.
—¿Cómo
puedes saber eso, sabandija? —zumbó—. ¡Tendrías que haber leído mi mente!
Lingo
hizo un gesto de cabeza a Max, que apartó su mirada del Kor y suspendió su
recital tan irritante a los oídos.
—Es
más listo de lo que parece —se burló Lingo—. Max es un telépata. En efecto,
estaba leyendo su mente. Ya que usted pensaba en duglaari, y ya que Max no
entiende el idioma, todo lo que ha conseguido son sonidos sin sentido para
nosotros. Pero, claro está, con alguien que hable en inglés, con otro telépata,
por ejemplo, Max podría mantener una comunicación bipersonal a bastante
distancia...
—Muy
interesante, sabandija. Gracias por facilitarnos estos datos adicionales antes
de vuestra ejecución. Y ahora...
—
¡Un momento! —dijo Lingo—. Se está perdiendo la mejor parte. Si pide un informe
a su Haarar Koris, se enterará de que uno de nosotros obtuvo permiso para
permanecer en la nave. Una muchacha llamada Linda Dortin, otra telépata. Está
en comunicación directa con Max en este momento.
—¿Y
qué, sabandija? ¿Crees que es posible que ella escape? El cañón láser de la
pista de aterrizaje incineraría vuestra nave antes de que se levantara del
suelo y...
—Oh,
ella no tiene intención de despegar —dijo Lingo, con una sonrisita—. Lejos de
hacerlo, Linda esperará a que nosotros volvamos ilesos a la nave, antes de que
nos despidamos de vuestra hospitalidad —se echó a reír agudamente, y continuó
hablando de un modo burlón al Kor, pleno de confianza en sí mismo—. Y usted nos
dejará marchar, ¿sabe? Compréndalo, nuestra nave contiene una bomba
termonuclear bastante considerable, tanto como para destruir el Consejo de la
Sabiduría entero. Si Max transmite mi orden, o si nos matan—Lingo pasó el dedo
índice derecho por su cuello.
El
Kor se recostó, inalterado.
—Así
que me tomas por un imbécil, sabandija —dijo—. ¿Suponías realmente que
permitiríamos que vuestra nave se acercara mínimamente a Dugl sin examinarla
por completo con detectores de radiación? Sé muy bien que no puede existir ni
un gramo de materia radiactiva en vuestra nave.
—Quizá
—dijo suavemente Lingo—. Sin embargo, yo en tu lugar haría lo más seguro y
ordenaría otra comprobación.
—Harás
cualquier cosa para prolongar tu miserable existencia unos segundos más, ¿no es
cierto, sabandija? Muy bien, para estar absolutamente seguros, haremos otra
comprobación. Pero esto no os concederá mucho más tiempo, puesto que los
vehículos que rodean la nave están equipados con detectores de radiación.
El
Kor chilló algunas palabras en duglaari en su micrófono, y luego concentró su
atención en las pantallas de datos situadas delante de él.
De
pronto, sus orejas se plegaron y sus ojos rojos giraron.
—Los
detectores revelan una gran concentración de material radiactivo en vuestra
nave —dijo con voz monótona—. ¿Cómo pudisteis pasarlos sin que...? Es
imposible.
—Imposible
para usted, quizá —dijo Lingo, con una risita maliciosa—. Pero claro, usted es
meramente un doog. Ahora, mi peludo amigo, la situación es bastante clara. Nos
deja marchar, y usted vive y el Consejo de la Sabiduría sobrevive. Nos mata, y
también usted muere, y los doscientos kilómetros cuadrados circundantes se
volatilizan, además. Le corresponde elegir.
El
Kor chilló órdenes a los técnicos de la pasarela, atareados ante la faz de la
computadora.
—He
sometido vuestra propuesta al Consejo de la Sabiduría —dijo el Kor—.
Aguardaremos sus cálculos.
Al
cabo de unos momentos, el Kor levantó la vista de sus pantallas de datos, y sus
orejas estaban rígidamente erectas.
—Muy
bien —zumbó la voz del Kor—. El Consejo de la Sabiduría ha completado su
determinación. Tenéis libertad para marcharos.
—Muy
sabio por su parte —dijo muy despacio Lingo, mirando fijamente al Kor—. Pero yo
seguiría siendo listo, si fuera usted. Por ejemplo, yo no sería tan terco como
para dejarnos partir de la superficie de Duglaar y después hacernos volar en
cuanto nos hallemos suficientemente lejos en el espacio como para que la bomba
sea inofensiva. Porque al primer indicio de una maniobra hostil, una vez fuera
de este planeta, conectaremos nuestro generador de campo de estasis, y Dugl se
convertirá en nova.
Las
orejas del Kor aletearon con furia frustrada.
—¿Así
que piensas que eres más listo, sabandija? Has previsto el resultado de los
cálculos del Consejo de la Sabiduría. Pero te has pasado de listo, porque has
señalado el defecto esencial de tu plan. ¿Qué te impedirá conectar vuestro
generador de campo de estasis en cuanto salgas de Duglaar, tanto si te atacan
como si no, y destruir así todo este sistema?
—Eso
también produciría nuestras muertes —dijo Lingo—. No queremos morir.
—¿Y
por qué hemos de creer eso? —dijo el Kor—. Si bien es cierto que hay duplicados
del Consejo de la Sabiduría por todo el Imperio, en previsión, naturalmente
están todos inactivos y sin programar, y costaría muchos meses poner en marcha
un Consejo de la Sabiduría nuevo y retrasar así la fecha de la destrucción de
Fortaleza Sol en bastantes meses. ¿Cómo puedo saber que no consideraríais como
un intercambio razonable el sacrificio de vuestras vidas por este retraso?
Lingo
sonrió.
—No
puede saberlo —dijo—. Ha de aceptar mi palabra.
—¿Por
qué debo aceptarla? —replicó el Kor—. A menos que tú desees aceptar mi palabra,
permitiré que tu nave salga del sistema de Dugl, pero estará completamente
rodeada por una flota duglaari hasta que se halle en un lugar seguro más allá
del punto donde podría convertir en nova a Dugl al recurrir a su generador de
campo de estasis. La flota estará en posición de aplastar a vuestra nave en su
campo de resolución naval, y por supuesto estará tan cerca como para hacerlo en
el tiempo que un generador precisa para ponerse en marcha. Como ya sabes, es
una cosa muy fácil detectar un campo de estasis creciente antes de que sea tan
grande como para causar daño, dando así a nuestra flota el tiempo suficiente
para destruiros. Pero te doy mi palabra de que no os destruiremos a menos que
intentéis conectar vuestro generador dentro del sistema de Dugl.
—¿Y
cómo sé que no nos destruirán sin esperar a que conectemos nuestro generador?
El
Kor retorció las orejas de modo convulsivo.
—No
puedes saberlo —dijo—. Has de aceptar mi palabra.
Lingo
frunció la frente. Por primera vez, el solariano parecía inseguro respecto al
siguiente paso. Era obvio que no podía confiar en el Kor. Era igualmente obvio
que el Kor no podía confiar en él. Sin embargo, uno tendría que confiar en el
otro. Palmer sonrió en su interior. Esta vez, Lingo se ha pasado de listo. De
hecho, comprendió repentinamente Palmer, Lingo había estado engañándose durante
todo el tiempo. El Kor no había aceptado el cuento sobre la inexpugnabilidad de
Sol: los doogs no tardarían en atacar a Sol con fuerzas abrumadoras como
resultado directo del arrogante alarde de Lingo. Y ahora, ¡Lingo se había
metido en un lío!
Palmer
casi se olvidó de que Dirk Lingo también estaba negociando su vida.
—Un
momento, Dirk —dijo Raúl Ortega—. Déjame intervenir un momento — se volvió
hacia el Kor—. ¿Hay aquí un circuito del Consejo de la Sabiduría? Tengo algunos
cálculos difíciles que plantearle.
—Lo
hay —dijo el Kor.
—Bien.
Básicamente, esta es la situación —comenzó Raúl—. En primer lugar, nosotros
podemos destruir el Consejo de la Sabiduría, siempre que deseemos morir, y
usted puede destruirnos, si desea verse muerto y ver destruido el Consejo de la
Sabiduría. Pero creo que es correcto suponer que usted preferirá que el Consejo
sobreviva, igual que nosotros preferimos sobrevivir. A usted le gustaría
permitirnos llegar al espacioestasis en tanto tuviera una garantía de que
nosotros no convertiremos Dugl en nova.
—Naturalmente
—dijo el Kor—. La muerte de siete humanos no justifica la destrucción del
Consejo de la Sabiduría, en particular dado que Sol pronto será destruido de
todas formas.
—Entonces...
El problema es simplemente de confianza. Las dos partes preferimos la seguridad
mutua a la destrucción mutua —dijo Ortega—, al menos afirmamos que lo
preferimos. El problema es que usted no puede confiar en que nosotros no
entremos prematuramente en el espacioestasis, con sacrificio de nuestras vidas
pero destruyendo Dugl, y nosotros no podemos confiar en que usted no nos
destruya con la flota de escolta en cuanto tenga la oportunidad. En otras
palabras, si la flota está tan cerca como para destruirnos antes de que
entremos en el espacioestasis, nosotros debemos confiar en usted, y si no lo está,
usted debe confiar en nosotros.
—Has
planteado el dilema de un modo correcto, sabandija.
—
¡Ah! —exclamó Ortega—. Pero existe una solución. Una solución que no requiere
confianza por parte de ninguno de los dos bandos. Que el Consejo de la
Sabiduría calcule un rumbo exacto para nuestra nave, y para su flota de
escolta, de modo que las posiciones relativas sean tales que el tiempo que le
cueste a usted destruirnos sea exactamente igual al que nos costaría a nosotros
poner en marcha el generador de campo de estasis y convertir Dugl en nova. En
síntesis, que si cualquiera de las dos partes hace una maniobra hostil, las
posibilidades de que nuestra nave sea destruida antes de que podamos entrar en
espacioestasis serían exactamente iguales que las nuestras de convertir Dugl en
nova antes de ser destruidos. Como es natural, nosotros comprobaríamos los
cálculos de la computadora, de manera que no pueda haber trucos. De este modo,
no serviría que uno de los dos se arriesgara a una maniobra hostil, puesto que
nuestras posibilidades de fracaso serían exactamente iguales que nuestras
posibilidades de éxito.
La
cabeza de Palmer daba vueltas. Engranajes y más engranajes... Pero daba la
impresión de que Ortega omitía algo. Era demasiado complicado para él, pensó
Palmer, y al parecer lo era también para el Kor. Las enormes orejas del anciano
duglaari se sacudían como murciélagos enloquecidos.
Pero
el Kor, a diferencia de Palmer, no tenía que confiar en su cerebro para
desenmarañar las implicaciones de la propuesta de Ortega. Hizo gestos
imperiosos con el micrófono en la mano y chilló algunas palabras en duglaari.
Los
técnicos que atendían el Consejo de la Sabiduría cobraron vida otra vez,
repentinamente, y plantearon el nuevo problema a la gran computadora.
Durante
largos instantes reinó silencio en la cavernosa cámara, roto únicamente por los
apagados sonidos metálicos y zumbidos del Consejo de la Sabiduría en
funcionamiento.
Palmer
contempló en tensión la fluctuante gama de luces en la descomunal faz de la
computadora. Sabía que el resultado de los cálculos de la máquina determinaría
si él moría o vivía, pero en cierta forma, tras la perfidia de los solarianos,
eso ya no le parecía tan terriblemente importante. Menos aun cuando la raza
humana en su totalidad estaba condenada de todos modos. Una parte de él quería
vivir, pero otra parte deseaba que la estrategia solariana fracasara. La
venganza era una satisfacción pobre cuando significaba la muerte de uno mismo,
pero quizás era mejor que ninguna satisfacción en absoluto.
Y
había algo que Ortega omitía. Palmer no tenía la certidumbre de qué; era poco
más que una sensación en la boca de su estómago. Pero en cierto modo sabía que
Ortega había pasado por encima de un detalle pequeño pero vital...
Por
fin, después de lo que parecieron siglos, el Kor empezó a estudiar atentamente
su pantalla de datos. Después de unos instantes, el Kor alzó la mirada, su
rostro extranjero calmo e inescrutable, sus orejas inmóviles.
—El
Consejo de la Sabiduría ha completado sus cálculos, sabandijas —dijo el Kor—.
Acepta vuestra proposición, entendiendo que toda tentativa de apartarse del
rumbo acordado será respondida con la destrucción inmediata.
—Convenido
—dijo Ortega—. Entendiendo además que si cualquiera de sus naves trata de
avanzar un milímetro hacia nosotros, activaremos inmediatamente nuestro
generador de campo de estasis.
—Entendido,
sabandija. Volveréis de inmediato a vuestra nave. Los guardias os conducirán
hasta el canal de salida apropiado .
El
Kor chilló una orden en duglaari, y los diez soldados más próximos avanzaron y
rodearon a los humanos. Los solarianos dieron la espalda al Kor
despreciativamente y se dirigieron hacia la cinta móvil que llevaba afuera de
la cámara. Cinco de los guardias empezaron a marchar delante de ellos.
Los
otros cinco soldados se pusieron entre Palmer y los solarianos. Dos de ellos
asieron sus brazos y lo empujaron hasta ponerlo de rodillas. Los otros tres
levantaron sus rifles energéticos.
Lingo
se volvió rápidamente, sus inmensos ojos verdes lanzaban llamaradas.
—¿Qué
significa esto? —preguntó bruscamente.
—El
oficial confederal que os acompañaba está a punto de ser ejecutado —dijo
tranquilamente el Kor—. Nada más. Volved a vuestra nave.
—Un
momento —dijo Lingo, señalando a Palmer como si se tratara de algún objeto
inanimado—. Él viene con nosotros.
—Has
declarado que los humanos de la Confederación ya no están bajo la protección de
Fortaleza Sol —dijo el Kor—. En consecuencia, este oficial no está bajo vuestra
protección. Por lo tanto, es un prisionero. Y como tal, será aniquilado.
—No
tan deprisa —dijo Lingo—. Convinimos en retirar nuestra protección siempre que
usted aceptara nuestras condiciones. Puesto que no las ha aceptado, la oferta
se retira. ¿O es que le he comprendido mal? ¿Es que ahora desea entregarnos
cuatro mil naves? Si es así, ¿por qué...
—Basta,
sabandija —dijo el Kor con un furioso movimiento seco de sus orejas—. Se os
permite escapar con vida. No intentéis fijar condiciones adicionales. Volved a
vuestra nave, en tanto podéis hacerlo.
—No
me dé órdenes, doog —rugió Lingo—. Este oficial vino aquí bajo nuestra
jurisdicción, ¡y maldita sea, se irá bajo nuestra jurisdicción o daré la orden
de detonar la bomba ya mismo!
El
Kor aleteó las orejas de rabia, pero la propensión duglaari por la lógica
desapareció.
—Muy
bien —dijo el Kor—. No vale la pena arriesgar el Consejo de la Sabiduría al
carácter ilógico humano. Coged a la sabandija confederal y marchad.
Palmer
fue puesto en pie de un tirón y conducido a la cinta móvil con los solarianos.
Miró fijamente a Lingo con una aversión no sosegada. El solariano había salvado
su vida, pero sólo para mostrar su superioridad sobre el Kor. En cierto modo,
Palmer sentía más simpatía por el doog que había querido matarlo que por el
humano que lo había salvado.
—Lamento
esto, Jay —dijo Dirk Lingo—, pero vamos a tener las manos ocupadas y no podemos
correr el riesgo de que hagas alguna tontería.
Palmer
puso sus músculos en tensión contra las ligaduras que lo ataban firmemente en
uno de los falsos asientos de piloto de la sala de mandos de la nave solariana.
—No
pienses más en eso, traidor —dijo en forma brusca—. Tienes cosas mucho más
importantes que lamentar.
Lingo
ya estaba preparando la nave para el despegue. Fran Shannon estaba en su
asiento de control. Ortega ocupaba el otro sillón falso.
—Las
cosas no son siempre como lo que parecen, Jay —dijo Lingo, mientras la gran
pantalla hemisférica entraba en acción.
—¡Seguro
que no lo son! —gritó Palmer—. Parecíais seres humanos decentes, amigos... Más
que amigos. Todo ese embuste de aceptarme como miembro del Grupo... Todo ese
absurdo alarde de la noble misión de Fortaleza Sol... ¿Y qué resultáis ser?
¡Cobardes y traidores vulgares!
Lingo
examinó la capa nubosa grisácea, ignorando a Palmer en forma patente.
—Tendría
que estar aquí siempre —murmuró para sí mismo.
—Si
tuvieras un poco de valor —se mofó Palmer—, harías detonar esa bomba de fusión
ahora mismo y al menos destruirías el Consejo de la Sabiduría... De todos modas
maneras, ¿cómo puedes soportarte?
Lingo,
Fran y Ortega prorrumpieron en carcajadas.
—¿Bomba?
—dijo Ortega—. ¿Bomba? ¿Es que no oíste lo que dijo el Kor? Es imposible pasar
una bomba de fusión a escondidas delante de detectores de radiación. No hay
ninguna bomba.
—¿Qué?
Pero... La segunda vez los detectores revelaron que había una bomba...
—¡Oh,
emplea la cabeza! —dijo Lingo riéndose—. Recuerda, Linda estaba en la nave en
ese momento. Las ondas mentales son una forma de energía electromagnética, y
bastante notoria si consideramos las ondas con que trabajan los detectores de
radiación. Si los telépatas son capaces de controlar los cuerpos de otros
seres, ten por seguro que pueden crear ilusiones en instrumentos delicados, por
ejemplo la ilusión de radiactividad donde no hay materia radiactiva ninguna.
—¿...todo
ha sido un truco, como todo lo demás?
—Muy
bien expuesto, Jay —dijo Lingo—. Piénsalo: la bomba ha sido un truco, como todo
lo demás. Como todo lo demás.
—¡Aquí
están! —gritó Ortega.
Los
buques de guerra duglaari estaban atravesando la capa nubosa y descendiendo
hacia la nave. Diez... Veinte... Cincuenta... Cien, más de doscientas naves
formaron un manto sólido sobre la zona de aterrizaje, en suspenso a seiscientos
metros.
—Nave
solariana a comandante duglaari. Solarianos a duglaari... Estamos despegando
—informó Lingo monótonamente—. Procedemos según nuestro acuerdo.
—Recibido.
Lingo
conectó la propulsión por resolución. La nave empezó a ascender y el manto de
buques de guerra duglaari subió a la misma velocidad, manteniendo constante la
distancia.
En
cuanto emergieron de la atmósfera sobre Duglaar y obtuvieron velocidad de
escape, la flota duglaari se dispuso en un gran hemisferio hueco, la concavidad
hacia adelante. La nave solariana tomó su posición, según lo calculado, justo
delante del borde de la disposición en forma de taza y directamente en línea
con su centro, y por tanto con su línea de vuelo, en equilibrio ante el inmenso
campo de resolución de la flota duglaari. Así, una ligera aceleración relativa
hacia adelante pondría la nave momentáneamente avanzada respecto al campo doog,
y una reducción de velocidad igualmente mínima la arrojaría directamente sobre
el campo de resolución naval duglaari.
La
nave solariana empezó a acelerar, acompañada por su descomunal escolta, que
mantenía su posición casi rodeando, aunque no del todo, a los humanos, como una
onda de choque que empuja ante ella una mota de polvo.
Palmer
se calmó en cierto modo ante el terrible espectáculo de los buques de guerra
duglaari que llenaban la pantalla en todas direcciones excepto una. Ahí estaba
el poder bruto, ahí estaba la muerte. Palmer recordó aquella maravillosa
camaradería, aquella confianza mutua no expresada que había sentido entonces, y
de una manera perversa se encontró añorándola, igual que un niño cuando por fin
descubre que su fiel padre es un ser humano falible.
Palmer
se vio considerando desesperadamente las palabras de Lingo: "La bomba ha
sido un truco, como todo lo demás. Como todo lo demás." Todo lo que Lingo
había dicho al Kor era una fanfarronada, una mentira o un truco: la bomba, la
inexpugnabilidad de Sol, las... ¡Caramba, hasta las superarmas podían no ser
reales! Aquello parecía muy sospechosamente propaganda de la Confederación
Humana... Pero... ¿Por qué Lingo había advertido al Kor de armas que Sol podría
o no llegar a tener en la próxima década? ¿Por qué se había jactado de que se
precisaban ocho mil naves para destruir Fortaleza Sol, cuando debía saber que
sería imposible defenderla contra incluso cuatro mil? Ciertamente, debían saber
que era imposible embaucar al Consejo de la Sabiduría.
Tenía
que existir alguna finalidad oculta detrás de todo eso, oculta para Palmer así
como para los duglaari. Y si todo lo demás había sido una especie de truco
elaborado, ¿el intento de Lingo de sacrificar la Confederación no podía ser
también sólo un truco? A pesar de todo, el Kor no había aceptado la
propuesta... De hecho, comprendió Palmer de pronto, Lingo había expuesto la
propuesta en términos tan arrogantes como para suponer entonces que sabía que
el Kor la rechazaría. ¡Lingo debió de planearlo así!
Mientras
la nave se alejaba aceleradamente de Duglaar, en equilibrio precario sobre el
afilado borde de la muerte, Palmer comprendió que deseaba muchísimo poder
confiar de nuevo en los solarianos. Porque sin esa confianza, todo era absurdo,
todo era desesperado. Tanto si escapaban vivos como si no, Fortaleza Sol era el
mito que había sostenido a la Confederación durante tres siglos, y si se
demostraba que Sol era una espantosa mentira pérfida, la raza humana estaba
acabada y la pesadilla de paranoico que era el Imperio Duglaari estaba
destinada a destruir la galaxia.
Palmer
experimentó un miedo aún más terrible que estaba al acecho, aparte del miedo
normal a la muerte: el miedo a morir por nada, confundido y traicionado, morir
solo con el horrendo conocimiento de que la raza humana entera pronto lo iba a
seguir a ese olvido final.
Y lo
único que había entre él y la más horrible de las muertes era creer en seis
personas que resultaban ser, a primera vista, los traidores más tenebrosos de
toda la historia.
Palmer
deseaba desesperadamente creer en ellos pero sabía demasiado bien por qué
quería creer, y por eso no podía hacerlo .
—No
me gusta esto... Simplemente, no tiene sentido —murmuró Ortega, contemplando la
gran ameba que era la flota duglaari—. El Kor accedió con demasiada rapidez.
Todo fue excesivamente fácil. Es absurdo que nos hayan dejado ir así. Deben
tener un as bajo la manga...
—Oh,
vamos, Raúl —dijo Lingo—. Deja de preocuparte. Deberías tener más confianza en
tu Talento. Fuiste más listo que ellos, eso es todo. Para ellos es mucho más
lógico dejarnos ir y no correr el riesgo de perder Dugl que intentar
destruirnos y arriesgarse a una nova.
—Es
mucho más lógico destruirnos sin arriesgar Dugl —dijo Ortega, intranquilo—. Así
lo habrá considerado el Consejo... Así lo habría supuesto yo en su lugar.
—¿Pero
cómo...? Esa es la cuestión, Raúl, no pueden intentar cercarnos sin un
cincuenta por ciento de posibilidades de que podamos activar nuestro generador
de campo de estasis antes de que nos aplasten en su campo de resolución naval.
Establecimos las cosas así, ¿no es cierto? En cuanto pasemos el punto en que
podamos entrar en el espacioestasis sin provocar el estallido de una nova...
Lingo
se quedó con la boca abierta. Su semblante palideció. — ¡Oh, no! —gritó
Ortega—. ¡Eso es! ¡Naturalmente! Claro que no vale la pena arriesgarse a
destruirnos cuando hay una posibilidad de que convirtamos Dugl en nova, ¿cómo
he podido ser tan estúpido? ¿Pero qué va a impedir que intenten cercarnos
después de que hayamos cruzado el punto en que nuestro generador ya no puede
convertir Dugl en nova? ¡Y puedes estar condenadamente seguro de que el Consejo
de la Sabiduría ha calculado cuándo se llegará a esa distancia, hasta el
microsegundo! Intentarán un cerco en el momento que sea seguro para ellos. Si
triunfan, estamos muertos, y si fracasan, no han arriesgado nada. ¡Claro, sus
posibilidades seguirán siendo únicamente del cincuenta por ciento, pero no tendrán
que perder!
—Y
no podemos hacer nada —gruñó Lingo.
—¿Han
sido más listos que tú otra vez, traidor? —dijo maliciosamente Palmer—. Si
vosotros, malditos solarianos, hubierais luchado junto a nosotros en la guerra
en vez de aislaros, habríais sabido que los doogs son tácticos inteligentes.
Habríais sabido que ni siquiera efectúan pequeñas maniobras a menos que todo
esté de su parte. En la última batalla que mi flota libró con ellos...
¡Claro!,
pensó de pronto. ¡Había una forma de huir! Los solarianos podían ser excelentes
en estrategia, pero no habían librado una batalla durante siglos. Si hubieran
hecho tal cosa, también ellos lo habrían comprendido. No se requerían planes
supercomplejos, era una práctica normal de huida de la Confederación y casi
siempre daba resultado. Este caso tal vez fuera algo diferente, pero...
Hizo
una mueca de tristeza. Si había algo en que las fuerzas de la Confederación
tenían considerable práctica, tal era el arte de la retirada.
—¿De
qué se trata, Jay? —dijo Ortega, volviéndose para mirar fijamente al sonriente
Palmer.
—
¿Por qué no lo deduces tú mismo, Maestro de Juego Ortega? —dijo Palmer—.
Cualquier comandante de flota de la Confederación sabría qué hacer. Táctica de
norma. Quizá sea algo excesivamente simple para tu complicada mente. ¡Una
maldita pena!
—Estás
hablando como un tonto —dijo Lingo bruscamente—. Recuerda, Jay, tú también
estás en la nave. Se trata tanto de tu vida como de la nuestra. Si tienes una
solución, no vas a ganar nada ocultándola.
—Nada
que no sea venganza —dijo Palmer.
—Sólo
un loco desprecia su vida por una venganza absurda. No creo que estés loco,
Jay.
La
frase dio en el blanco. No había razón para morir. No hay razón cuando esa
muerte es absurda, cuando se muere sin saber si así se da muerte también a unos
traidores o quizás a...a amigos.
—Muy
bien, Lingo —dijo Palmer—. Como es normal, tú ganas.
La
nave aceleró, perseguida por la flota doog, más allá de la órbita de Dugl V y
aproximándose cada vez más rápidamente a la órbita de Dugl VI, el planeta más
exterior del sistema..., y confín de la vulnerabilidad de Dugl ante el
generador de campo de estasis solariano. El límite de la seguridad de los
solarianos, igualmente.
—¿Cuánto
nos queda, Fran? —preguntó Lingo, examinando nerviosamente el muro de buques de
guerra que había a su espalda.
—Unos
diez minutos hasta la órbita de Dugl VI —fue la réplica.
—Es
ahora o nunca, Lingo —dijo Palmer—. Tienes que hacerlo poco a poco.
—
¿Estás seguro de que esto va a dar resultado? ¿Estás seguro de que no lo
detectarán?
—No
estoy seguro de nada —respondió abruptamente Palmer—. Pero las probabilidades
de que lo detecten son muy escasas. Yo diría que la masa de la flota duglaari
es trescientas veces la nuestra como mínimo. De manera que nuestra velocidad
combinada disminuirá sólo un total de un tercio del uno por ciento, y si
espaciamos esa disminución durante diez minutos, la deceleración nunca será más
de un treintavo del uno por ciento. No me imagino que detecten eso... Además,
estamos haciendo justo lo contrario de lo que ellos esperarían que hiciéramos.
—Bien,
Jay —dijo Lingo—. Ahí vamos sin que se note.
Lenta,
minuciosa, cautelosamente, Lingo empezó a reducir la potencia de la propulsión
por resolución de la nave. El vehículo espacial perdió una minúscula fracción
de su velocidad de avance y cayó hacia la flota duglaari menos de cien metros,
una distancia imperceptible según los criterios del espacio interplanetario.
Pero ese cambio minúsculo en la posición relativa fue suficiente para situar la
nave en los límites del poderoso campo de resolución naval duglaari.
—Estamos
en contacto con el campo doog —dijo Lingo—. No creo que hayan notado nada.
—Hasta
ahora todo va bien —dijo Palmer—. Ahora sigue reduciendo potencia lenta pero
constantemente. Has de cronometrarlo de manera que nuestro campo de resolución
esté completamente cortado cuando crucemos la órbita de Dugl VI.
—Ochenta
por ciento de potencia... Setenta —iba diciendo Lingo con voz invariable—.
Sesenta. Treinta. Veinte. Diez.
Levantó
la mano y exhaló un suspiro de alivio.
—
¡Está dando resultado! —exclamó—. Nuestro campo de resolución está cortado, y
flotamos en su campo de resolución. Y no creo que lo noten.
—Excelente
—dijo Palmer—. Ahora, recuerda, todo está en guardar el ritmo correcto. Debes
conectar a plena potencia la propulsión por resolución diez segundos antes de
que crucemos la órbita de Dugl VI y entrar en el espacioestasis exactamente
diez segundos después. Si conectas el generador de campo de estasis demasiado
pronto... ¡Boom! Y si lo conectas demasiado tarde, los doogs, con su campo de
resolución más potente, podrán resarcirse de nuestro repentino arranque de
velocidad y cercarnos. Todo depende del cronometraje. Cronometraje y sorpresa.
—No
te preocupes por el cronometraje —dijo Lingo—. Y sólo podemos confiar en que se
sorprendan, porque si se dan cuenta de lo que estamos haciendo...
—¡Ni
lo pienses! —dijo Ortega.
—Fran,
quiero que me des dos cuentas atrás —pidió Lingo—. La primera para los diez
segundos hasta la posición de la órbita de Dugl VI, y luego dame otra cuenta de
diez segundos en cuanto nuestra propulsión esté conectada.
—De
acuerdo, Dirk.
El
convoy prosiguió su salida de Dugl. Estamos preparados para nuestra táctica,
pensó Palmer. Me pregunto qué estará pensando el comandante doog en este mismo
momento...
—Casi
hemos llegado, Dirk —dijo Fran Shannon—. Veinte segundos para la marca de diez.
Quince... Diez...
Lingo
asió la palanca de estrangulación de la propulsión por resolución con su mano
derecha; el dedo índice de su mano izquierda suspendido sobre el botón que
conectaba el generador de campo de estasis.
—Nueve...
Ocho... Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno... Lingo bajó de golpe la
palanca. La propulsión por resolución de la nave quedó conectada a plena
potencia.
La
nave solariana había estado avanzando a la misma velocidad que la flota
duglaari, flotando en su potente campo de resolución. Y cuando Lingo bajó la
palanca, repentinamente recibió un tremendo arranque de velocidad adicional
gracias a su propio campo de resolución: un impulso sin inercia capaz de
acelerar la nave hasta velocidades próximas a la de la luz. La nave salió
disparada hacia adelante, dejando el campo de resolución de la flota duglaari y
abriendo una brecha entre ella y los doogs.
—...
Dos... Tres... Cuatro... Cinco... —Fran Shannon empezó su otra cuenta.
Palmer
contemplaba atento el retroceso de la flota duglaari en la pantalla. Seguía
desvaneciéndose detrás... ¡Pero ya retrocedía con más lentitud!
¡El
comandante duglaari se había recobrado! Ahora la flota doog aceleraba. La nave
solariana ya no ganaba terreno, pero la súbita brecha que había abierto era
excesivamente grande para que la flota duglaari pudiera iniciar su acción de
englobamiento.
—Seis...
Siete... Ocho...
¡Los
doogs los alcanzaban! El enorme campo de resolución naval estaba acelerando los
buques de guerra mucho más deprisa de lo que la nave solariana podía acelerar,
y la brecha de seguridad se cerraba con rapidez.
—...Nueve...
¡Diez...! ¡Ahora!
Lingo
apretó el botón situado bajo su mano izquierda. Se produjo un agonizante
instante de retraso mientras el generador de espacioestasis se ponía en marcha,
mientras la ameba fatal en posición de apresamiento que era la flota duglaari
se estiraba para encerrarlos en su cerco mortal...
A
continuación los doogs, Dugl y las mismas estrellas desaparecieron de repente,
reemplazado todo ello por un turbulento maelstrom de color. Estaban a salvo en
el espacioestasis.
Lingo
exhaló un profundo suspiro.
—
¡Estamos en camino! —dijo.
—En
camino..., ¿adónde? —preguntó Palmer amargamente.
CAPÍTULO
DIEZ
LINGO
fijó los mandos y se acercó al falso asiento de piloto en que estaba atado
Palmer.
—Quiero
darte las gracias, Jay —dijo—. Todos nosotros te debemos la vida.
—No
quiero tus gracias, Lingo —contestó bruscamente Palmer—. He salvado esta nave
sólo por un motivo: tengo la desgracia de ir en ella. Tal como observaste, el
suicidio es un acto insano. Pero en cuanto a vosotros, traidores, podéis ir
a...
—No
te despidas tan precipitadamente —dijo Lingo con estudiada indulgencia—.
Todavía somos tus amigos. Tenemos un largo viaje por delante y nos gustaría que
fuera tan grato como fuese posible. No te queremos como enemigo, Jay. Deseamos
que te sientas parte del Grupo. Lo hiciste una vez antes.
—Y
naturalmente, como muestra de vuestro afecto, me mantenéis atado en este
sillón. Estoy profundamente conmovido, verás...
—Te
hemos atado sólo para proteger la nave —dijo Lingo, todavía con gran
paciencia—. No tienes armas y no hay lugar a donde puedas ir. Si prometes no
ponerte violento te desataré. Palmer se encogió de hombros resignadamente entre
sus ligaduras.
—De
acuerdo —dijo—. Está claro que no puedo ir embroquetado como un pavo todo el
trayecto hasta Sol. Nada de violencia. Pero por favor, no más mentiras sobre
falsos camaradas.
—Que
sea como tú quieras —dijo Lingo desatando a Palmer—. Tienes muchísimo tiempo
para que te vayas calmando .
Palmer
se levantó de modo tambaleante, friccionándose para devolver la circulación a
sus miembros. Luego, significativamente, dio la espalda a Lingo y se dirigió
hacia la puerta de la sala de mandos.
—¿Adónde
vas, Jay?
—A
mí camarote, si no te importa. Parece que hay un olor desagradable aquí. Como
nuestro amigo Koris decía, “siento retortijones indeseables en mi aparato
digestivo”.
Palmer
yacía en su litera desde hacía horas, mirando sombríamente la pared. El viaje
hasta Sol duraría semanas; también podrían ser siglos.
Una
semana en este nido de traidores es tan mala como un milenio, pensó
amargamente. ¿Por qué he sido un maldito cobarde? Tuve que haber permitido que
los doogs aplastaran esta nave inmunda como a una nuez. Todo habría terminado
en un minuto. No hice más que prolongar la agonía...
Después
de todo, ¿qué había ganado realmente al salvar la nave y su propia vida? Unas
semanas más enjaulado con los traidores solarianos, una semana más, tal vez, en
la Tierra y luego los duglaari caerían sobre Sol en número abrumador. El
sistema original de los hombres sería completamente aniquilado.
Quizás
eso es algo que hay que esperar con interés, a pesar de todo, pensó Palmer con
amargura. El placer de ver morir a Fortaleza Sol.
Pero
sabía que en realidad sería una satisfacción hueca, ya que la muerte de Sol
sería en último término la muerte de la Humanidad entera. Durante tres siglos
el mito de Fortaleza Sol había mantenido a la Confederación Humana haciendo
frente a derrota tras derrota, a pesar de los cálculos que prometían una
extinción cierta al cabo de un siglo. La totalidad de esperanzas de todos los
hombres de todas partes habían sido puestas en Fortaleza Sol. Era la última y
más grande esperanza de la raza humana, el bastión, el Peñón de los Siglos, la
Ciudadela del Hombre.
Y
Fortaleza Sol no era más que una mentira.
Palmer
se sentía solo, más definitivamente solo de lo que un hombre se hubiera sentido
nunca. Estaba solo con la verdad inaceptable de que el último dios del hombre
había muerto, con el conocimiento de que ese dios, igual que los demás, había
sido también el hijo bastardo de la esperanza y el miedo, la negación fútil de
la realidad final: que la raza misma, como la totalidad de sus miembros, era
mortal y estaba condenada a morir.
Palmer
se abalanzaba a través de la inerte inmensidad de la galaxia a bordo de la
nave. Billones de estrellas, millones de planetas. Un vacío frío, muerto,
gobernado con mano de acero por la ley impersonal de la física.
¿Qué
era el hombre? ¿Qué era la misma vida humana sino un microelemento, una
insignificante materia contaminante en el universo vasto y muerto? En el
conjunto de la galaxia, la vida era insignificante de modo estadístico. La masa
total de protoplasma vivo desde el amanecer del tiempo no igualaba la masa de
una estrella enana sin importancia, inerte. Y lo consciente no representaba más
que la billonésima parte de toda la vida en el universo.
La
parte que importaba, la parte que daba significado a la roca inanimada y al gas
ardiente.
Y la
parte que se aferraba tan furiosamente a cada hora de su existencia que
sacrificaría cualquier cosa por unos meses más de vida.
Ese
era el crimen de Fortaleza Sol.
Dirk
Lingo había hecho lo imposible: había inventado un nuevo pecado. Un pecado no
contra los hombres o los dioses, sino contra la vida misma. El universo, al fin
y al cabo, era un vasto campo de batalla donde la vida guerreaba contra la
muerte, donde la conciencia, la sensibilidad, la inteligencia, luchaban por
sobrevivir en un océano infinito de inexistencia.
Y
Fortaleza Sol se había pasado al bando enemigo. No podía haber mayor traición.
Porque el Imperio Duglaari no estaba del lado de la vida; era un agente de la
inexistencia, de la muerte.
Sólo
ahora comprendía Palmer la auténtica naturaleza del enemigo contra el que había
pasado su vida luchando. Los doogs eran seres insanos. No combatían para
extender su territorio o incrementar su riqueza o sembrar de vida el universo
muerto. La misma muerte era el único objetivo duglaari, la extinción del resto
de vida inteligente. Y cuando esa meta demente fuera lograda por fin, ¿tendrían
entonces los duglaari algo por qué vivir? ¿Acaso el Consejo de la Sabiduría
simplemente no cerraría sus puertas, y los doogs no seguirían a su computadora
hasta el olvido final?
Y
nada quedaría en ninguna parte, sino gas ardiente, y fría, muy fría roca, y
cientos de trillones de kilómetros cuadrados de inexistencia inerte...
Palmer
se estremeció, temeroso. Se sentía tambalear al borde de la locura, y esas
aguas eran demasiado profundas para que cualquier hombre las sondeara a solas
sin riesgo. Y de pronto, Palmer supo que cualesquiera fueran sus sentimientos,
fuera cual fuese su odio, tarde o temprano tendría que hacer las paces, al
menos temporalmente, con los solarianos. Ningún hombre podía soportar morir
así, privado de todo contacto humano.
Los
solarianos eran cobardes, eran traidores, eran unos seres innominables... Pero
al menos, eran seres humanos.
Y
cualesquiera fuesen sus pecados, el odio existente entre ellos, perfectamente
podían ser los últimos seres humanos que iba a ver.
Hubo
un golpe en la puerta.
—¡Largo!
—contestó bruscamente Palmer.
Los
golpes se hicieron insistentes.
—¡Largo,
condenados!
Más
tarde, Palmer lo sabía, tendría que enfrentarse a ellos, pero ahora, lo único
que podía experimentar era odio. Deseaba estar a solas con las brasas
agonizantes de su furia.
—Soy
yo —dijo la voz de Robin Morel.
¿Quién,
si no?, pensó desconsolado. El solariano a quien más odiaba, con la posible
excepción de Lingo. Y por supuesto, a quien menos era capaz de negarle la
entrada.
—Muy
bien, muy bien —murmuró—. Entra.
Robin
abrió la puerta de un puntapié y se quedó inmóvil, con un insufrible aire de
comprensión y compasión en su semblante y con una bebida en cada mano.
—Raúl
nos ha preparado un par de Supernovas —dijo, sentándose en la litera a su
lado—. Tómate uno; te hará sentirte mucho mejor —Robin le puso el pequeño vaso
de líquido azul en la mano derecha.
—¿Cómo
sé que no es veneno? —dijo Palmer de mal humor.
—No
seas infantil, Jay. Si quisiéramos matarte no recurriríamos a trucos para
hacerlo.
—He
aprendido a no creerme lo que pudiera entender de las mentes solarianas —dijo
amargamente.
—Jay...
—Robin suspiró con aire de resignación y después se rio un poco—. Un viejo,
viejísimo brindis terráqueo —dijo, mientras intercambiaba los vasos—. Si
hubiera veneno en tu vino, deja que mi vida pague por la tuya.
Sonriente,
Palmer tomó la bebida que Robin le había ofrecido en primer lugar. Se sentía
infinitamente necio y avergonzado, aunque también, en cierto modo, bastante
conmovido. Y sin una palabra, cogió el segundo vaso.
Recordando
el Nueve Planetas que había bebido, estaba preparado para casi cualquier cosa
mientras tomaba el líquido azul transparente... Cualquier cosa que no fuera lo
que resultó ser. La bebida no tenía gusto alguno; era exactamente como un vaso
de agua fría.
El
líquido se deslizó insulso por su garganta y entró en su estómago. De pronto
experimentó una sensación extraña, como si una parte de su ser se estuviera
disolviendo en la bebida, en lugar de que la bebida se disolviera en su
corriente sanguínea. Notó que sus emociones, su odio, su temor y su furia,
estaban siendo coladas y apretadas en una bola insufrible, densa, compacta, de
confusión emotiva que parecía localizarse en la boca de su estómago.
El
resto de su ser, su mente recién purgada, parecía frío, indiferente ,
alocadamente falto de emoción e impersonal, observando el sol en miniatura,
abrasador, hirviente, en que se habían convertido sus emociones, desde un punto
de vista externo, como un espectador más, entre divertido y asqueado.
Mientras
observaba la hirviente, turbulenta, resplandeciente bola de odio, furia y temor
que representaba a sus emociones personales, le pareció una cosa aparte, algo
extraño y ridículo.
Entonces
la bola explotó.
Durante
un instante terrible, nauseabundo, Palmer notó que el espantoso, monstruoso,
irresistible estallido de su odio cortaba su ser como radiación dura que
atraviesa papel. Después el estallido acabó de atravesarlo y desapareció.
Desapareció
completamente. Palmer se sintió purgado por el fuego de la desaparición;
purgado, tranquilo, despejado. El odio no había sido una parte de su ser, había
sido el producto de la confluencia de fuerzas externas fuera de su control, y
al explotar en un estallido de fuego purificador, se había agotado y lo había
dejado una vez más siendo una criatura con su propio ego y voluntad.
Robin
se rio suavemente.
—Y
por eso se llama Supernova —dijo.
Palmer
la miró con sus ojos calmados, y no vio una traidora sino tan sólo un ser
humano, una mujer. También ella podía haber estado bajo la esclavitud de
fuerzas extrañas alojadas de algún modo, horrendas, extrañas e ineludibles
dentro de ella... Pero pese a lo que hubieran hecho ella y los otros
solarianos; por más tenebroso que fuera su crimen, también ellos eran víctimas
en cierto sentido. Víctimas y verdugos en un solo cuerpo, luz y oscuridad en
una sola mente... Eran humanos, a pesar de todo.
—Supongo
que he estado actuando de una forma bastante melodramática —dijo Palmer, con
cierta timidez.
—No
más que nosotros —respondió Robin—. La diferencia es que nosotros lo hicimos
por un motivo. Pero parte del motivo era que tú tenías que actuar de la manera
que lo hiciste.
—Esto
parece que me ha emborrachado de verdad. No te entiendo en absoluto.
Robin
se echó a reír, pero había algo triste tras la risa.
—No,
Jay —dijo—. No estás borracho. Un Supernova no te emborracha. Lo que hace es
permitir que veas tus emociones durante un rato como algo aparte del resto de
tu persona. Más o menos te permite verlas desde fuera, como si tu mente fuese
un observador separado. Aísla tus emociones y te tranquiliza. En todo caso,
estás más sobrio ahora que antes de tomar la bebida.
—Si
no estoy borracho, ¿qué diablos has querido decir con eso de que habéis hecho
lo que hicisteis para que yo hiciera lo que hice? Me parece un galimatías
excesivo.
Daba
la impresión de que Robin lo estaba estudiando atentamente, casi de un modo
clínico. Y cuando se sintió satisfecha de su observación, le dijo:
—Creo
que estás preparado para oír la verdad. Al menos una parte de la verdad.
—Es
todo lo que consigo aquí —dijo secamente Palmer—. Pequeños fragmentos de la
verdad y grandes tajadas de mentiras...
Robin
sonrió irónicamente.
—Veo
que la bebida ya empieza a disiparse —dijo—. Muy malo que los efectos no puedan
ser permanentes. Trata de recordar cómo te sentías sin que las emociones
nublaran tu mente.
De
pronto Palmer notó que se sentía distinto otra vez. Ya no era total y fríamente
racional. Una vez más, experimentaba la antigua mezcolanza de confusión, furia
y odio. Pero ahora era diferente; nunca sería la misma por entero. Había visto
que existía otro aspecto de sus sentimientos, que la situación tenía; un cariz
distinto cuando él podía considerarla totalmente despojada de sus emociones. Y
aun cuando sus emociones regresaban deprisa, Palmer comprendió que el recuerdo
de aquel otro punto de vista, ahora extraño, había disminuido su intensidad y
las había suavizado de modo permanente.
—Habéis
jugado con mi mente siempre, ¿no es cierto? —preguntó Palmer—. Desde el primer
segundo que subí a bordo de esta nave. ¿Por qué? ¿Qué ganaréis con eso?
Robin
suspiró profundamente, y su rostro y postura dieron la impresión de que se
relajaba..., como si una gran carga le hubiera sido quitada finalmente de
encima.
—Sí...
En cierto sentido, hemos estado cambiándote —murmuró—. Pero mayormente en tu
provecho, no en el nuestro. Prueba pensar en ti tal como eras al principio,
antes de que nos conocieras, y luego compara ese recuerdo con lo que eres
ahora. ¿Verdad que apruebas los cambios?
Palmer
recordó... Las semanas parecían años. Comprendió que había expandido su
universo mental; experimentaba más, en término de nuevas formas de relación
humana..., había aprendido más, profundizado más, crecido más en esas pocas
semanas que en toda la década pasada. Se sentía diez años más viejo, pero sin
el cansancio de diez años sino con la madurez de diez años... Aunque había
ascendido al rango tremendamente vacío de general honorario, conservaba todavía
la mentalidad de un comandante de flota. Ahora comprendía cosas sobre los
duglaari, sobre la guerra, la mente humana, Sol..., comprendía cosas que ni
siquiera un mariscal supremo confederal podría sondear. El rango de general ya
no era un escarnio hueco; era simplemente su derecho.
Había
cambiado. Palmer descubrió que aprobaba los cambios, pues ellos significaban
evolución.
—Cuando
te vuelves y miras detrás de ti, te sorprendes, ¿me equivoco? Ahora eres
realmente un hombre mejor que el del comienzo —dijo Robin—. Por ejemplo, ahora
no dudarías sobre tus aptitudes, en caso de que tuvieras que hacerte cargo de
la comandancia en jefe de la Confederación, cosa que algún día podría llegar.
Pues sabes que ahora eres un hombre suficientemente capaz para ejercer tales
responsabilidades... En todo caso, el cargo es demasiado pequeño para ti.
—¿Qué
importa eso ahora, aunque sea probable? —contestó desabridamente Palmer—. La
guerra está perdida. Sol está a punto de ser destruido, y cuando esa noticia
llegue a la Confederación, no quedará más voluntad de lucha... Gracias a
vosotros.
—Aún
no lo sabes todo, Jay. Creo que estás preparado para saber el resto..., una
buena parte del resto, como mínimo. Es hora de que hables con Dirk. Tiene que
presentarte una disculpa.
—¿Una
disculpa? ¿Cómo se disculpa la traición?
Robin
hizo un gesto de indiferencia.
—Sube
a la sala de mandos y lo averiguarás —dijo.
Lingo
estaba solo en la sala de mandos, mirando la incongruente turbulencia del
espacioestasis, una sonrisa extraña, medio amarga, medio triunfante, en su
cara.
—Siéntate,
Jay —dijo mientras se ponía cómodo en el asiento del piloto.
Palmer
tomó asiento al lado de Lingo.
—Robin
ha dicho que tenías una disculpa que presentarme —dijo sin expresión—. Supongo
que sabrás dónde te puedes meter tu disculpa... ¿Cómo eres capaz de disculparte
de algo tan estúpido como intentar traicionar a la raza humana?
Lingo
se rio con voz áspera.
—Traición...puedo
entenderlo —dijo—. Pero tus acusaciones de estupidez me hieren.
—¡No
me vengas con eso, Lingo! —estalló Palmer—. Sabes perfectamente bien que
metiste la pata. Soy capaz de comprender lo que tratabas de hacer, aunque eso
me revuelva el estómago. Engatusar a los duglaari para que dejen en paz a Sol,
incluso usando a la Confederación Humana entera como una especie de premio
consuelo para los doogs... Y luego, si daba tiempo para fabricar esas
superarmas, cuando toda la Humanidad hubiera muerto menos vosotros... Pero te
pasaste de listo ligeramente, ¿eh? Hiciste que los doogs se asustaran
demasiado, ¿eh? Y ahora jamás dispondrás de una oportunidad para fabricar
superarma alguna.
Lingo
se volvió hacia Palmer, su rostro contraído por la risa.
—¿¡Así
que tú también lo creíste!? —dijo por fin—. ¡Permíteme que te felicite, Jay!
¿Es que todas esas superarmas no eran familiares, en cierto modo? ¿Acaso no se
parecían terriblemente al tipo de absurdo que la sección de propaganda de la
Confederación está produciendo profusamente siempre? Así tenía que ser,
¿sabes?, ya que fueron tomadas al pie de la letra de la propaganda de la
Confederación. Todas y cada una de esas armas eran mentiras. Nadie será capaz
de fabricar armas como esas durante siglos, si es que alguna vez se logra.
Déjame que te diga, Jay, que cuatrocientas naves de guerra duglaari tendrían
poco problema en derrotar a las fuerzas de Sol... Y mucho menos cuatro mil.
—Entonces...,
¿de qué diablos puedes reírte? De modo que todo fue un farol para hacer creer a
los doogs que Sol era un hueso demasiado duro de roer, ¡y el tiro salió por la
culata! Ahora los duglaari atacarán Sol con diez veces la fuerza necesaria para
extirparos. Por tu propia admisión, ¡te has pasado de listo!
Lingo
meneó la cabeza.
—Ah,
Jay —dijo—. ¡Sin duda eres capaz de más sutileza que esa! ¿Nunca has oído
hablar del hermano conejo?
—¿Quién?
—El
hermano conejo. Una vieja leyenda popular de la Tierra. El hermano conejo era
un conejito maquiavélico que vivía en unas zarzas espinosas. Un día de
descuido, fue capturado por su archienemigo, el hermano zorro. El hermano zorro
se divirtió recitando un largo catálogo de atrocidades que iba a causar a su
víctima. Pero en lugar de la reacción esperada, miedo y odio, el pobre hermano
zorro se encontró recibiendo las gracias del hermano conejo por su infinita
misericordia. Por fin, el hermano zorro exigió saber por qué le estaban
agradeciendo su promesa de desollar vivo al hermano conejo y hervirlo en
aceite. A lo que nuestro héroe replicó: Has prometido que sólo me hervirías en
aceite, me desollarías vivo y me comerías. ¡Pero, gracias, hermano zorro! Al menos
no me vas a echar a esas espantosas zarzas.
—¿Y
qué? ¿Qué tiene que ver eso con...?
—
¡Claro, Jay! —dijo Lingo, suspirando—. ¿Te imaginas qué hizo entonces el
hermano zorro? Naturalmente, ¡echó al hermano conejo a las zarzas...!
Exactamente lo que nuestro avisado conejito intentaba lograr todo el rato.
Palmer
se quedó con la boca abierta.
—¿Pretendes
decir que...?
—¿Qué
otra cosa? —dijo Lingo con un encogimiento de hombros y una sonrisa—. Desde el
principio hasta el final, todo marchó exactamente de acuerdo con el plan.
Lingo
suspiró, arrugó la frente y miró a Palmer con una expresión triste, contrita.
—Y
por eso quería pedirte que me perdonaras, Jay —dijo Lingo—. Fuiste utilizado.
También tú eras parte del plan. ¿Te preguntaste alguna vez para qué diablos
necesitábamos un supuesto embajador de la Confederación? Después de todo, si
tal como dijimos a Kurowski, todo el asunto de la rendición era una simple
artimaña para lograr ver al Kor, también podríamos haber falsificado un
embajador, ¿no te parece?
—¡Pero
no era una artimaña! Planeabais rendir realmente la Confederación, así que
necesitabais un embajador.
Lingo
sacudió la cabeza.
—¡No
seas ingenuo! —dijo mordazmente—. ¿De verdad supones que la Confederación
habría hecho honor a cualquier rendición que tú ofrecieras? ¡Claro que no, ni
en un millón de años! ¿Y piensas que nosotros íbamos a ser tan estúpidos como
para creer que tú convendrías en la rendición sin más? Jay, ¡te necesitábamos
con nosotros para que hicieras exactamente lo que hiciste!
—¿Qué...?
¿Necesitabas a alguien que tratara de matarte?
—Precisamente.
Eso dio crédito a todo el asunto. Teníamos que asegurarnos que los doogs
creyeran realmente que estábamos echando a los lobos a la Confederación. Y la
única forma de convencerlos de eso era lograr que tú también lo creyeras y
actuaras en consecuencia. Tengo que felicitarte, Jay. Representaste
perfectamente el papel de embajador de la Confederación traicionado.
—Créeme,
Lingo —dijo secamente Palmer—. ¡No estaba fingiendo!
—Claro
que no. Esa fue la clave. Nunca habrías podido engañar a los doogs si hubieras
estado fingiendo. Tenías que creer de verdad que estabas siendo traicionado.
—
¿Pero por qué?
—Para
hacer todo creíble —dijo pacientemente Lingo—. Tu ataque a mi persona convenció
al Kor de que estábamos realmente dispuestos a entregar a la Confederación. Y
en cuanto estuvo convencido...o, diría yo, en cuanto el Consejo de la Sabiduría
estuvo convencido, el resto se desarrolló de una forma lógica. Fortaleza Sol no
protege ya a la Confederación. En consecuencia Sol está usando a la
Confederación para ganar tiempo. En consecuencia, Fortaleza Sol espera obtener
una utilidad de ese tiempo. En consecuencia las superarmas de que yo hablé tal
vez estén realmente en proceso de fabricación. En consecuencia, conviene al
Imperio Duglaari no correr riesgos, alterar sus planes y atacar a Sol ahora, en
lugar de hacerlo después de que la Confederación esté destruida.
—
¿Pretendes... ¿Pretendes decir que todo el objetivo de la misión consistía en
lograr que el Imperio Duglaari atacara a Fortaleza Sol?
—Para
ser más precisos —dijo fríamente Lingo—, nuestro propósito era lograr que los
doogs atacaran Fortaleza Sol con una fuerza abrumadora.
¡Esto
explicaba todo...! Palmer estaba perplejo. Todas las inconsistencias encajaban.
Los solarianos habían explicado una historia improbable al estado mayor de tal
forma que pudieran obtener un embajador. Necesitaban un embajador para poder
convencer al Kor de una mentira más. El Kor y el Consejo de la Sabiduría tenían
que creer la mentira de las superarmas... ¡Para que atacaran inmediatamente
Fortaleza Sol!
Todo
tenía sentido, en una secuencia lógica. ¡Pero la suma total era locura!
—
¿Pero por qué, Lingo, por qué? —clamó Palmer—. ¿Qué habéis logrado? ¡Únicamente
la destrucción de Fortaleza Sol!
Lingo
sonrió solapadamente.
—¿Qué
hemos logrado? ¡Sólo lo que nadie ha sido capaz de lograr en tres siglos!
¡Piensa, hombre, piensa! Durante trescientos años los duglaari han estado
librando la guerra a su manera. Empezaron con ventajas en naves, y se han
mostrado muy cuidadosos en no perder nunca esa ventaja. Jamás han arriesgado
más de trescientas naves en una batalla.
—Claro
que no. Nosotros tampoco, la verdad. Ningún sistema solar merece arriesgar
trescientas naves. Naves es lo que cuesta en una guerra como ésta.
—Exactamente,
Jay, exactamente. Los doogs han tenido todo en su favor. Se trata de una guerra
de desgaste, una guerra en que el número relativo de naves es lo que cuenta,
una guerra que ellos comenzaron con una ventaja notable. Y así nuestros amigos
completamente lógicos nunca se han arriesgado a poner en peligro esa ventaja.
Se ha luchado a su manera, en sus condiciones, siempre. Es decir..., ¡hasta
ahora!
—Todavía
no lo entiendo. ¿Es alguna ventaja para nuestro bando que cuatro mil naves
duglaari ataquen Fortaleza Sol?
—¡Vamos,
Jay, usa la cabeza! —dijo Lingo—. Nunca antes los doogs han arriesgado una
décima parte de lo que están arriesgando ahora. Por primera vez en la historia
de la guerra los hemos forzado a combatir en nuestras condiciones. Ya no se
trata de una guerra de desgaste, una guerra que debíamos perder. Los hemos
llevado a que se jueguen el resultado final de la guerra en una sola batalla.
¿Qué sucedería si toda esa flota de cuatro mil naves de guerra doogs que va a
atacar Sol resultara completamente aniquilada?
—¡Oh...
Caramba... ¡El curso entero de la guerra cambiaría! ¡Daría una vuelta completa!
¡Sería nuestra guerra!
De
repente, Palmer comprendió la enormidad de lo ocurrido. La suerte de toda la
raza humana dependería de lo que sucediera cuando la inmensa armada doog
atacara Fortaleza Sol. Si Sol era destruido, la lucha escaparía por completo
del control de la Confederación y los duglaari quedarían únicamente con una
sencilla operación de limpieza por delante. Pero si la flota duglaari era
destruida por las superarmas solarianas... ¿Superarmas? ¿Superarmas? Pero,
pero...
—
¡Pero las superarmas no existen! —exclamó Palmer—. ¡Todo era mentira! Tú mismo
lo has dicho. No hay ninguna superarma. ¡Caramba, pero si has dicho que
cuatrocientas naves doogs podían derrotar fácilmente a las fuerzas de Sol...!
—Así
es —dijo Lingo—. Y esa cifra era bastante conservadora.
—¡Pero
entonces lo único que has hecho es asegurar nuestra derrota! Los doogs
aniquilarán Sol y...
—Ah
—dijo Lingo con una sonrisa enigmática que contenía un indicio de triunfo y
otro de...casi pena—, pero existe un arma que tú has pasado por alto. Un arma
que el Kor no ha considerado. Un arma que hemos tenido siempre.
—¿Siempre?
¿Pero qué arma es?
Lingo
se volvió y miró el enigmático maelstrom del espacio—estasis, por el que la
nave se precipitaba a muchas veces la velocidad de la luz en el exterior hacia
su cita con Armagedón. El rostro de Lingo pareció agotar todo color, y cuando
habló, las palabras estaban cargadas de cierta amargura.
—¿Qué
otra arma puede ser? —dijo, retrayéndose en sus pensamientos personales—. ¿Qué
otra arma sino Fortaleza Sol?
CAPÍTULO
ONCE
MAX
Y LINDA estaban jugando apáticamente en la mesa de telepatía. Robin y Dirk
estaban juntos fuera, en la sala de mandos, retraídos el uno en el otro, tal
como estuvieron haciéndolo casi constantemente durante la última semana.
Fran
Shannon estaba repantigada en un sillón, medio leyendo un libro de poesía.
Ortega perdía tiempo en el bar sin objeto alguno.
El
efecto total era una combinación de impaciencia y presentimiento, igual que un
hombre con dolor de muelas que aguarda en la sala de un dentista. La forma de
vida del Grupo Orgánico solariano había variado, se había adaptado a la nueva
sensación taciturna que había en el ambiente.
A
Palmer le resultaba difícil acertar con las diferencias individuales, se
trataba de un efecto total compuesto por infinidad de cambios sutiles. El modo
en que Max y Linda pasaban cada vez más tiempo contemplándose mutuamente en
silencio, comunicándose sin palabras y de forma profunda en el entrelazamiento
de sus mentes. El modo en que Robin y Lingo estaban fuera a solas períodos cada
vez más prolongados y frecuentes. El modo en que Fran Shannon intentaba, muy
infructuosamente, retraerse en los libros. El modo en que Ortega parecía
sobrecargado de energía nerviosa sin rumbo.
Y
pese a todo, los solarianos todavía eran un Grupo definido. En cierto sentido,
sus necesidades psíquicas individuales habían variado, y las normas en el seno
del Grupo se habían alterado en respuesta. El espíritu comunal seguía allí,
pero ahora era mucho más afín a la unidad de un matrimonio maduro que comparte
silenciosamente más que las meras palabras. Para un extraño, el efecto era algo
exasperante. Palmer notaba que sus nervios estaban cada vez más excitados.
—¡Maldita
sea, Raúl! —exclamó, cogiendo nerviosamente un vaso de la barra y rodeándolo
con la uña del dedo pulgar—.¿Qué es lo que está pasando?
—¿Eh?
—murmuró Ortega, apartándose de pronto de algún ensueño privado—. Oh, nada
importante, Jay. Pensaba...
—No
me refería a eso, y tú lo sabes. A todo el mundo se le ve tan cerrado, tan
absorto en sí mismo...
—Tampoco
tú estás lo que se dice despreocupado tanto como un ganso, ¿no? — dijo Ortega.
—Bueno,
al fin y al cabo, la suerte de toda la raza humana se decidirá en unas cuantas
semanas —dijo Palmer—. Es bastante duro de aceptar... La batalla decisiva.
Después de haber estado condicionado para creer que la guerra duraría otro
siglo, como mínimo...
—Y
todavía puede durar eso —dijo Ortega, sirviéndose un poco de whisky—. De hecho,
es casi cierto que durará eso, pase lo que pase. Incluso perdiendo los doog
cuatro mil naves, aun así les quedarán tres mil... El Imperio Duglaari no se
desecará y caerá. Estará en la misma posición en que ahora está la
Confederación, luchando en una desesperada acción de contención en una guerra
que no puede ganar, perdiendo sistemas solares enteros uno a uno... Es probable
que la guerra prosiga otro siglo como mínimo. La gran diferencia estará en que
nosotros tendríamos asegurada la victoria final.
—Y
si los doogs destruyen Sol —dijo Palmer—, la Confederación no estará mucho peor
que ahora, militarmente hablando. La derrota será meramente psicológica, y
ellos seguirán luchando apáticamente durante unas cuantas décadas más.
—¿Ellos?
—dijo Ortega, arqueando las cejas—. ¿Ellos, y no nosotros?
—Sirve
un trago para mí también, Raúl —dijo Palmer—. Sí, he dicho ellos. En cuanto a
mí, ya he dejado de saber quién o qué soy. He pasado demasiado tiempo con
vosotros. Sé demasiado respecto a la naturaleza de los doogs y la guerra como
para sentirme un simple ciudadano más de la Confederación —Palmer sorbió la
bebida con aire de mal humor—. Robín me dijo que estoy cambiado, y cuando me
examiné a fondo, me quedé francamente sorprendido. Lamento tener que admitirlo
pero hay algo..., algo incompleto e ingenuo en la Confederación. Ya no puedo
sentirme enteramente parte de ella.
—Ciudad
Pentágono —dijo entre dientes Ortega.
—¿Qué?
—Ciudad
Pentágono. Resume lo que hay de equivocado en la Confederación Humana en
conjunto. ¿No te recuerda a otro lugar, ahora?
—
¡Caramba, sí...! Me... Me recuerda en cierto modo... ¡A Duglaar! ¡Al Consejo de
la Sabiduría! De una manera menos total, es tan deforme, tan funcional, y...
—Y
es igualmente un callejón sin salida —dijo Ortega—. Especialización, Jay,
especialización. Una ley de la evolución: cuanto más especializada se vuelve
una cultura, tanto más se acerca a su extinción. ¿Qué sucederá cuando termine
la guerra, suponiendo que los doogs sean aniquilados? ¿Qué? Igual que una
imitación barata del Imperio Duglaari, La Confederación Humana está
especializada en la guerra en todos los aspectos: económico, científico,
psicológico... Hasta en el aspecto religioso: la única “religión” de la
Confederación es el mito de Fortaleza Sol. Estrictamente una religión de
guerreros. Lo único que mantiene unida a la Confederación es la guerra. Ni
siquiera existe un gobierno confederal como tal, sólo el Mando Militar
Combinado Humano. La Confederación no puede sobrevivirá la paz.
—Es
cierto —asintió Palmer después de vaciar su vaso—. El futuro de la raza humana
es Fortaleza Sol, si es que hay un futuro. Siempre lo he entendido así, aunque
me ha costado tener que admitirlo ante mí mismo. Tenéis algo... Un nuevo tipo
de humanidad, basado en lo que hay de humano en la raza. La Confederación es un
callejón sin salida, una negación de lo que hace hombre al hombre. Yo solamente
deseo...
—¿...qué
cosa, Jay?
Palmer
suspiró. Un dique de su interior estaba por reventar, al parecer, y en realidad
las aguas crecidas desbordaban con fuerza.
—Sólo
deseo poder formar parte de esto, Raúl. Sé que habéis intentado ayudarme a que
me integre en el Grupo, y por fin ahora aprecio vuestro intento... Pero me temo
que no dará resultado. Formo parte de la Confederación. Tengo detrás de mí
demasiados años de cultura distinta. Me siento incapaz de ser parte de lo que
vosotros formáis...
“Y
sin embargo, ahora que he probado algo mejor, tampoco puedo formar parte de lo
que es la Confederación. Estoy solo, Raúl. Soy el ser humano más solitario de
la galaxia. Sé demasiado, y sé muy poco... Demonios, ponme otro trago.
Abundante.”
Ortega
llenó hasta el borde el vaso de Palmer y luego volvió a llenar el suyo.
—No,
Jay —dijo, contemplando las profundidades de su bebida—, otra vez estás
equivocado. Nosotros no somos el futuro, no podemos serlo. Somos apenas cinco
billones, y hay doscientos billones en la Confederación. Solamente podemos ser
una semilla, un germen, el principio de algo. Debemos ser absorbidos por la
totalidad de la raza humana, igual que cualquier otra mutación favorable. No
somos la raza humana del futuro, somos algo nuevo que debe pasar a formar parte
de la raza humana —Raúl apuró su vaso y miró a Palmer; en sus ojos había algo
que casi parecía envidia—. Tú eres el futuro, Jay.
—¿Yo?
No formo parte de nada. No soy un solariano, y ya no soy parte de la
Confederación. No estoy en ninguna parte.
—El
futuro siempre es ninguna parte, Jay. El futuro son las criaturas desahuciadas
de su medio ambiente familiar, que han sido siempre forzadas a evolucionar. Y
el futuro siempre es soledad. Sería imposible cualquier cambio si no hubiera
alguien que no se sintiera parte de todo lo que ya existía.
—No
es una visión del universo muy agradable, Raúl.
—¡No
es un universo muy agradable! No fue ideado por ti, por mí o por el primer Kor
de los duglaari. El universo no podía preocuparse menos por su comodidad, Jay.
Y si me perdonas, y aunque no lo hagas, tampoco podíamos preocuparnos menos
nosotros.
—¿De
qué hablas? ¿Por qué es vuestra culpa?
—¿Crees
que no lo es? —suspiró Ortega—. Jay, cuando decidimos llevar con nosotros un
embajador de la Confederación, queríamos más que un simple incauto. Caramba,
por lo que a eso respecta, Kurowski habría representado el papel mejor que tú.
Y no creas que no habríamos podido intimidar a Kurowski para que nos
acompañara, si lo hubiéramos estimado necesario. Pero no queríamos un Kurowski.
¿Recuerdas cuando aterrizamos en Olympia III que Max y Linda auscultaron las
mentes de todos? No fue por curiosidad inútil. Estaban buscando algo. Te
buscaban a ti, en efecto. Buscaban un potencial que habría sido frustrado, si
no... Un hombre capaz de dar un vuelco radical en las cosas... Y ahora ya
puedes comprender que eso no es tan común en la Confederación. Para ser contundente,
buscaban al conejillo de Indias adecuado. Fuiste un experimento, Jay. Y si te
sirve de consuelo, consideramos que el experimento ha resultado un éxito.
Las
palabras de Ortega punzaron a Palmer como el frío del espacio.
—¿De
qué estás hablando? —inquirió con vivacidad.
Pero
él lo sabía. Y era consciente de que lo sabía.
Ortega
hizo un gesto afirmativo con la cabeza, como en respuesta a los pensamientos de
Palmer más que a sus palabras. Dio la impresión de que era incapaz de mirar a
Palmer a los ojos.
—Teníamos
que saber si los humanos de la Confederación eran capaces o no de cambiar,
capaces de aceptar ese algo nuevo en que nos habíamos convertido como parte del
conjunto de la Humanidad —dijo Ortega con lentitud.
“Si
la raza humana vuelve alguna vez a ser un todo, debían existir hombres que
estuvieran aparte de la Confederación y Sol, hombres que no fueran solarianos
ni estuvieran atrapados en el callejón sin salida en que la Confederación se
había transformado. Hombres como tú, Jay. Un puente entre nosotros y el resto
de la raza humana. El Grupo Orgánico es la unidad social del futuro..., pero
las personas que son parte profunda de un Grupo no pueden ofrecerlo a las que
no lo son. Y alguien que forma parte de la Confederación no puede comprender
que la Confederación tiene que cambiar. Sí..., eso es lo que tú eres, Jay: un
puente. Un puente entre el pasado y el futuro. Tanto si eres feliz o no por
ello, eso es lo que hemos hecho de ti.”
—Se
supone que debería odiaros —dijo Palmer—. Pero en realidad ya no puedo hacerlo.
Os comprendo demasiado bien. La misma Fortaleza Sol es otro experimento, ¿no?
El experimento de MacDay. Y si me lo preguntas, MacDay fue más cruel con
vosotros que vosotros conmigo, pues él ni siquiera sabía qué trataba de
conseguir. Os forzó a cambiar sin saber en qué os convertiríais. También
vosotros fuisteis conejillos de Indias, Raúl.
Ortega
se echó a reír.
—Supongo
que sí —dijo—. Quizá todos los seres humanos somos conejillos de Indias, de un
modo u otro. Si no nuestros, o de MacDay, sí de la evolución. ¡Bienvenido al
club, camarada conejillo!
Ortega
extendió la mano. Palmer se la estrechó. Volvieron a llenar sus vasos.
—Bebamos
por todos los conejillos de Indias —dijo Ortega—. Pasados, presentes y futuros.
—Suponiendo
que haya un futuro —dijo Palmer, apurando su vaso.
Palmer
cogió la botella y sirvió otra ronda.
—Un
brindis más —dijo, alzando el vaso—. Por el hogar, esté donde esté.
Ortega
dejó bruscamente el vaso en la barra. Una sombra cruzó su semblante.
—No
quiero beber por eso —dijo fríamente.
—¿Qué
ocurre? Volvéis al hogar, ¿no es cierto? Volvéis a Sol, volvéis a la Tierra.
Desearía que...
—¡No
desees! —estalló Ortega—. No desees cuando no sabes qué estás deseando. Yo
desearía no estar regresando al hogar. Ojalá estuviera yendo a cualquier otro
sitio que no fuera Sol. Hogar... Se está mejor fuera, sin tener hogar, Jay.
Hogar es sólo algún lugar que has de abandonar.
—¿Te
refieres a la flota duglaari? Pero si vosotros fuisteis los que habéis hecho
que los duglaari decidieran atacar primero a Sol... Lingo dijo algo de una
superarma auténtica...
Ortega
soltó una risotada.
—Sí,
el arma —dijo con amargura—. Sólo que no tiene nada de “Súper”, Jay. No se
consigue algo por nada. Toda victoria tiene un precio, y cuanto mayor la
victoria, más alto el precio. Y a veces, hay que pagarlo por adelantado, y
confiar en que el producto sea entregado.
Terminó
su bebida y salió de detrás de la barra.
—De
repente, no me siento muy sociable —dijo—. Creo que iré a inspeccionar la sala
de mandos.
Y
dejó a Palmer confundido, mirando los vasos vacíos.
Algo
iba mal, había algo extraño en la rareza usual de los solarianos, a la que
Palmer se había ido acostumbrando más o menos.
Palmer
estaba seguro de ello, mientras recorría el trecho entre su camarote y la sala
común. Cada día, la nave se acercaba más y más a Sol. No obstante, en lugar de
que el humor de los solarianos fuera animándose conforme se aproximaban a su
estrella natal, una cavilación extraña, ominosa, se había apoderado de ellos
lenta pero constantemente.
El
hecho se revelaba en infinidad de pequeños detalles: la charla deprimida y
trivial en las comidas, la elección de la música para el alta fidelidad, el
modo en que los solarianos parecían trastornarse en las ocasiones más
inexplicables, la manera en que Ortega se había comportado aquella vez en la
sala común...
Fuera
lo que fuese, se trataba de algo que no podían o no querían compartir con él.
Era un muro entre ellos, y toda tentativa hecha por Palmer para atravesarlo se
había encontrado con un gentil rechazo.
Por
razones personales, los solarianos le estaban ocultando otra cosa.
Bien,
pensó Palmer al entrar en la sala común, de todos modos, no puede durar mucho
más. Estamos a sólo un día de Sol.
Examinó
la sala común. La iluminación parecía estar extrañamente amortiguada. Max y
Linda se hallaban sentados juntos en el sofá, comunicándose en silencio. Fran
Shannon perdía el tiempo en las estanterías. Robin estaba de pie cerca del
equipo de alta fidelidad. Ella lo saludó con un gesto de cabeza, conectó el
aparato y se sentó en un sillón. Palmer tomó asiento junto a ella.
Estaba
a punto de decir algo trivial cuando la música que Robin había puesto llamó su
atención. No se parecía a nada que hubiera escuchado antes, un salto alocado
entre tema y tema, entre una melodía y otra, entre diversos estilos. Incluso
los instrumentos que interpretaban la música parecían cambiar al cabo de unos
cuantos compases: de instrumentos de cuerda tradicionales a guitarra y banjo, a
tambores primitivos, a una sección de percusión completa, a flauta y tambor, a
sonidos e instrumentos que Palmer jamás había oído.
El
carácter, el tono, todo el sentimiento de la pieza daba la impresión de variar
cada pocos segundos. Era una obra orquestal, folk, electrónica... Todos los
tipos de música que Palmer recordaba haber escuchado y muchos más. Pese a todo,
existía una unidad misteriosa, como si todos los diversos elementos formaran
parte de cierto conjunto global.
—¿Qué
es eso? —preguntó a Robin.
Robin
parecía perdida en la música. Miraba caprichosamente el vacío.
—Robin
—insistió—. Robin, ¿qué es eso? Ella se volvió lentamente hacia Palmer, como si
despertara de mala gana de algún sueño vigoroso, extenuante.
—Fue
compuesta hace no mucho tiempo, unos meses antes de que saliéramos de Sol. Se
llama “Canto de la Tierra”.
La
música continuó, y Palmer empezó a comprenderla. El compositor, por razones
personales, había intentado captar toda la música del planeta natal del hombre,
la música de todas las épocas y lugares, para reunirías en una obra
calidoscópica que compendiara la herencia musical entera de un planeta
abigarrado.
Daba
la impresión de que, hasta un nivel notable, el compositor había triunfado.
Mientras
la música se deslizaba como un camaleón nervioso, Fran Shannon se acercó al
órgano de olores y empezó a interpretar, adecuando el aroma a la melodía, las
cuerdas de olor al estilo musical siempre cambiante, de modo que el efecto fue
una odisea auditiva y olfativa a través de la espléndida e interminable serie
de culturas, razas y pueblos que a lo largo de los milenios habían compartido
el planeta llamado Tierra.
Palmer
nunca había pensado demasiado en música o sinfonías fragantes, pero se encontró
transportado, apresado enteramente por el flujo combinado de sonido y aroma.
Flautas y bosques de robles... Gaitas y brezos... Guitarras y castañuelas y el
olor a ajo y azafrán... Siempre cambiante, más y más deprisa, dos temas
afluyendo uno en el otro, fundiéndose, combinándose, volviendo a combinarse...
Palmer
miró a Max y Linda. Habían salido de su comunión telepática y escuchaban la
música gozosa, la música y los olores de la Tierra, la destilación de milenios
de historia y millares de culturas, una herencia mucho más rica e intrincada
que las culturas de todos los planetas de la Confederación combinadas. Pero las
expresiones de los rostros de los telépatas no concordaban con las
centelleantes pautas de olor y sonido. Sus labios estaban rígidos y contraídos,
y sus ojos estaban bañados en lágrimas.
Palmer
se volvió hacia Robin, que se mordía el labio inferior con los dientes
superiores. Sus manos estaban enrolladas en apretados puños, y lloraba.
Y
entonces la música empezó a cambiar sutilmente, y los olores cambiaron con
ella.
A
Palmer le resultó imposible determinar cuándo se había iniciado el cambio o en
qué había consistido exactamente. Las variaciones de estilos, instrumentos y
culturas fueron acelerando poco a poco. En cierto punto indefinible, la música
y los olores, el rápido flujo de estilos, cruzó el umbral entre lo centelleante
y lo frenético.
También
la calidad de la grabación varió: como si hubiera sido grabada a una velocidad,
vuelta a grabar más deprisa y después decelerada de nuevo. El efecto era de
poca consistencia, de locura, un lamento casi de desesperanza.
También
Fran cambió de estilo ante el órgano de olores, para adaptarse a la música. Los
aromas iban surgiendo con gran celeridad, se mezclaban unos con otros en
combinaciones extrañas, nauseabundas. Olores corrientes, inocuos, incluso
agradables, mezclados en un hedor penetrante, espantoso: el olor de la
decadencia, hedor de pérdida. El tufo de la muerte.
De
algún modo, los llamativos sonidos y aromas calidoscópicos habían sido
transmitidos a un canto fúnebre, frenético, triste, lastimero, interpretado en
compás ternario. La composición entera pareció entonces los momentos finales de
un hombre que se ahoga: toda una vida de impresiones, sensaciones, recuerdos,
que intentaban apiñarse con desesperación en unos escasos instantes de
transición.
La
música y los olores remolinearon cada vez más deprisa, ascendiendo hasta un
horrible chillido de terror mortal y pérdida, un hedor asfixiante, exhaustivo,
de destrucción y civilizaciones perdidas, hasta que Palmer no pudo soportar
más, hasta que los oídos le hicieron daño y su estómago se estremeció.
Y
entonces, repentina, bruscamente, sin aviso..., silencio.
Un
silencio extremo, un silencio tan pesado, tan mortecino, tan fuerte, que
parecía la voz de la misma muerte.
Durante
largos momentos, Palmer se quedó inmóvil, estupefacto. ¿Qué podía llevar a
alguien a escribir algo así?, se preguntó atontadamente. Era una obra de
increíble genio pero igualmente de increíble horror. ¿Y cómo se titulaba?
¡Canción de la Tierra!
Por
fin, Palmer se volvió hacia Robin.
—¿Qué...?
—murmuró—. ¿Por qué?
Robin
lo miró, su rostro bañado en lágrimas.
—Jay
—dijo—, ni en un millón de años sería capaz de encontrar las palabras para
explicártelo. En un...
De
repente, Raúl Ortega asomó la cabeza en la sala común.
—¡Vamos,
todos! —gritó—. Subid a la sala de mandos. ¡Ya estamos! ¡Es hora de salir del
espacioestasis!
Palmer
se levantó, y junto con Max, Linda y Robin, siguió a Ortega en tensión a lo
largo del corredor. Los seis solarianos volvían simplemente a casa..., aunque
había quedado claro que, por alguna razón oscura, sentían poca alegría de
regresar al hogar.
Pero
él estaba a punto de ver algo en lo que ningún ser viviente de la Confederación
había puesto sus ojos hasta ahora: el sistema solar original del hombre, Sol.
El planeta matriz del hombre, la Tierra.
Durante
doscientos cincuenta años ninguna expedición confederal había siquiera
intentado atravesar los límites del sistema de Sol. Aquella enorme expedición
de hacía dos siglos y medio se había topado con un vasto campo de minas que
circundaba el sistema fuera de la órbita de Plutón con una esfera de muerte
segura: minas con cañones láser automáticos, igual que las usadas por los
doogs; bombas de fusión de mil megatones con detonadores de proximidad con un
radio de ochocientos kilómetros; minas de fragmentación capaces de llenar
cuarenta kilómetros cúbicos de espacio con partículas casi microscópicas de
carborundo corroedor de metal.
Media
expedición fue destruida en su intento de atravesar el campo de minas. El resto
dio media vuelta antes de llegar a la órbita de Plutón, pero habiendo alcanzado
a vislumbrar la armada solariana que aguardaba para destruir toda nave que por
un azar loco lograra cruzar el campo de minas. Las naves solarianas habían sido
construidas obviamente sin generadores de campo de estasis, pues eran tan
enormes que resultaba matemáticamente imposible erigir un campo de estasis tan
grande como para contenerlas. De hecho, lo más probable era que se hubiese
tratado de poco más que descomunales generadores de campo de resolución, que
prácticamente podían ser fabricados en todos los tamaños: el arma defensiva
perfecta. Destinadas a no abandonar nunca su sistema, no había necesidad de
limitar el tamaño de las naves o sus generadores de campo de resolución para
que pudieran ser contenidas por un campo de estasis. Junto con los campos de
minas, las naves—monstruo habían hecho que Sol fuera prácticamente impenetrable
para las fuerzas confederales.
Y
ahora, al fin, un general de la Confederación iba a penetrar hasta el corazón
de Fortaleza Sol, hasta la misma Tierra, sin ser molestado.
Palmer
sonrió irónicamente en su interior al entrar en la sala de mandos. Hacía
algunas semanas, él habría dado todo por esta oportunidad. Ahora el hecho era
esencialmente absurdo. La suerte de la raza humana iba a decidirse allí mismo,
y no por la Confederación, sino por los solarianos. Si él vivía para dar
noticia de alguno de los secretos que estaba a punto de conocer, tales secretos
carecerían ya de significado. Y si la Confederación encontraba alguna utilidad
para ellos pese a todo, tal cosa significaría que él ya no estaría allá para
contárselos a nadie...
—Bien,
Jay. Dentro de un momento verás Sol. Supongo que será algo que jamás pensaste
contemplar —dijo Lingo.
—No,
en todo caso, en circunstancias como estas —dijo Palmer.
—Treinta
segundos, Dick —dijo Fran Shannon—. Veinte... Diez... Cinco... Cuatro...
Tres... Dos... Uno.
Lingo
apretó el botón. El remolino del espacioestasis desapareció, y las estrellas
salieron, rojas, azules y amarillas.
Centrada
en el círculo rojo indicador de la línea de vuelo de la nave había una estrella
amarillo brillante que a esa distancia era el objeto más resplandeciente en la
pantalla.
Un
suspiro curioso, unánime, brotó de las gargantas de los solarianos cuando
contemplaron aquel sol amarillo con cierto aire de infelicidad.
Y
Palmer observó por primera vez la estrella natal del hombre, la esperanza
desesperada de la Humanidad desgarrada por la guerra, Fortaleza Sol.
Era
simplemente otra estrella de tipo G; de hecho, habría podido ser Dugl
perfectamente. A tanta distancia no había forma de saberlo..., y la remota
Sirio brillaba casi tanto como ésta. Una estrella amarilla, oscura, de tamaño
medio, en una solitaria región de la galaxia, perdida en un océano inmenso de
esferas similares de gas.
Pero
era el hogar.
Palmer
se sorprendió ante lo que experimentaba. Nunca había visto este sol amarillo;
ni siquiera había estado a menos de setenta años—luz de distancia. Él había
nacido en el cuarto planeta de Brycion, una estrella invisible desde la Tierra.
Ni un átomo de su cuerpo había sentido jamás el calor de Sol.
Pero
en cierto modo, aquel sol ordinario, de tamaño medio, parecía mucho más
brillante de lo que debía ser. Su luz daba la impresión de ser más rica, más
benigna en cierta manera, como si Sol mismo estuviera dando la bienvenida al
hogar a su hijo perdido hacía mucho tiempo.
—Es...
Es maravilloso —murmuró neciamente.
—Sólo
es una estrella de tipo G —dijo Lingo, seca e inesperadamente, su voz cargada
de amargura—. Sólo otra esfera de gas.
—¿Cómo
puedes decir eso, hombre? —exclamó Palmer—. ¡Es Sol! Es el sistema natal de la
raza humana. Es vuestra estrella natal. ¿No tenéis sentimientos?
—¿Que
si...? —Lingo guardó silencio.
Nadie
más pareció estar dispuesto a hablar. Los siete humanos contemplaron Sol largos
minutos, y Palmer creyó haber visto que se formaba una lágrima en la mejilla de
Linda Dortin. Max estrechó la mano de la mujer y Robin se apoyó en el hombro de
Lingo.
—Sólo
otra estrella de tipo G —repitió finalmente Lingo, con una aspereza nada
natural—. Hay billones iguales que esta, así que dejemos de fantasear —su voz
tembló un poco—. Campo de resolución conectado —dijo con frialdad—. Pronto
cruzaremos la órbita de Plutón. Jay, pon atención en los secretos militares.
El
chiste fracasó por completo.
Mientras
la nave aceleraba más y más, Palmer vio que el espacio cercano estaba repleto
de minas. Habría cerca de un billón rodeando a Sol, pues hasta en el limitado
campo de visión de la pantalla distinguió más de diez.
Al
pasar cerca de una de las minas, Palmer pudo ver que era del tipo cañón láser:
orificios proyectándose en todas las direcciones y antenas de todo tipo
brotando alrededor de la mina globular. Como era lógico, la mina no abriría
fuego: tenía que estar programada, naturalmente, para distinguir y dejar pasar
naves solarianas. Pero...
Había
algo extraño. Las diversas antenas y dispositivos sensores estaban montados
sobre articulaciones universales de manera que auscultaran el espacio en todas
direcciones, extendiendo sus rayos láser y de radar en formas regulares por la
totalidad de cuadrantes, recogiendo datos procedentes de todas partes.
Pero
las antenas no se movían. Permanecían estáticas. La mina estaba muerta,
desactivada.
—Esa
mina está defectuosa —murmuró a Lingo—. Deberías dar parte.
Lingo
no dijo nada.
Al
acercarse a la órbita de Plutón, pasaron cerca de otra mina. También estaba
inmóvil.
—
¡Otra mina desactivada! —exclamó Palmer—. ¿Qué sucede?
—No
sucede nada, Jay —dijo Lingo—. No están defectuosas. Todas han sido
desactivadas, a excepción de los satélites con cámaras chismosas diseminados
por todo el sistema para proporcionar imágenes de cualquier zona que deseemos
captar de cerca.
—
¿Qué? Pero los doogs...
Lingo
hizo una mueca.
—Este
campo de minas jamás podría haber sido ideado para rechazar un ataque
concentrado de cuatro mil naves de guerra —dijo—. Hay varios métodos para que
entre tantas naves encuentren una forma de penetrar. A eso se refería el
Consejo de la Sabiduría cuando decía que era matemáticamente imposible para
todo sistema solar resistir el ataque de cuatro mil naves.
—Estamos
cruzando ya la órbita de Plutón —anunció Fran Shannon.
—Perfecto,
dame una indicación alrededor de Saturno.
Apareció
un pequeño círculo en torno a un punto luminoso apenas visible. Lingo hizo
maniobrar la nave de modo que el círculo más pequeño quedara centrado en el de
más tamaño, indicador de la línea de vuelo de la nave.
—¿Por
qué vamos a Saturno? —preguntó Palmer.
—No
vamos a Saturno —dijo Lingo—. Pensaba ofrecerte la Gran Gira al entrar, Jay.
Los anillos de Saturno, Júpiter. Marte... Nunca has visto nada de eso, y el
viejo Sol tiene ciertos hijos interesantes para ser una estrella ordinaria de
tipo G. Pensaba que...eh, pensaba que te podrían gustar estas vistas, ya
que...eh...
Palmer
creyó entender la situación después de haber estudiado los rostros de los
solarianos. Quizá fingían que la gira era para él, y no encontraba ningún
motivo para negarles ese engaño agradable; tal vez esta fuese la última
oportunidad que tendrían para ver los planetas de su sistema solar... En
cuestión de semanas, este sistema, o lo que quedara de él, posiblemente sería
una parte más del siempre creciente Imperio Duglaari...
—Saturno
—dijo Lingo, con un tono de orgullo casi infantil—, el más grande planeta con
anillos de la galaxia conocida, de hecho uno de los tres únicos planetas de ese
tipo. Totalmente inservible, pero con una luna más grande que muchos otros
planetas. Titán, uno de los pocos satélites con atmósfera.
Palmer
contempló maravillado al gran gigante gaseoso rodeado por sus anillos de
partículas de hielo, como arco iris de extensión planetaria relucientes en la
negrura del espacio. Sin duda, una de las vistas más bellas de la galaxia.
—Es
bellísimo —dijo, incapaz de expresar nada menos banal. Después una nube oscura
cruzó por su mente—. Los doogs ni siquiera tienen el concepto de la belleza,
¿no es cierto? Para ellos este planeta sería otro gigante gaseoso inhabitable,
¿no? Sólo otro botín inútil.
—Los
doogs ni siquiera tienen el concepto de botín —dijo Lingo—. Pero te prometo una
cosa: de un modo u otro, jamás ocuparán este sistema.
¡Nunca!
—añadió, mordiendo la palabra de una manera salvaje.
Siguieron
adelante, pasando junto a Júpiter, el gigante del sistema de Sol, un gigante
gaseoso tan colosal que a causa de ello el hombre estuvo cerca de no nacer.
Porque si Júpiter hubiera sido una o dos magnitudes más grande, y si el
nacimiento de Sol se hubiera desarrollado de un modo ligeramente distinto,
Júpiter habría podido convertirse en una pequeña estrella, combinando su
radiación con la de Sol para hacer de la Tierra un planeta donde nada orgánico
habría podido vivir.
Al
pasar junto a Marte, donde una raza que había muerto mientras la vida de la
Tierra seguía confinada en los océanos había circundado fútilmente todo un
planeta con canales para preservar un suministro de agua inexorablemente
menguante, Palmer comprendió por primera vez que algo iba muy mal.
Marte
había sido el primer planeta colonizado por el hombre. Su colonización fue la
base de incontables dramas, novelas y otras obras de literatura histórica. La
superficie del planeta había sido salpicada de ciudades cubiertas con cúpulas
durante muchos siglos. Marte era el segundo cuerpo más populoso de Sol.
Pero
las ciudades no mostraban luces. Los cielos no mostraban aeronave ninguna y el
espacio que rodeaba Marte estaba totalmente falto de naves.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Palmer—. ¡Todo el planeta está muerto! Los doogs no pueden
haber llegado aquí aún, ¿no es cierto?
—Claro
que no —dijo Lingo—. Cálmate. El sistema ha sido evacuado. Recuerda que
nosotros hemos planeado un ataque duglaari a Sol. Sabíamos que sucedería con
meses, incluso con años de adelanto, por lo que...
—Y
Marte era demasiado vulnerable, con todo el oxígeno respirable confinado en
ciudades cubiertas con cúpulas. ¡Claro! Las ciudades con cúpulas son blancos
fáciles.
—Ah,
ah —gruño Lingo de modo evasivo.
Palmer
estaba empezando a extrañarse. Pasaba algo muy peculiar; las minas
desactivadas, ninguna nave avistada, Marte evacuado, los solarianos
malhumorados y poco comunicativos viajando por los planetas como si estuvieran
convencidos de que jamás volverían a verlos...
¿Acaso...?
¡No, imposible...! Nadie podía estar deseoso de preparar eso: permitir que los
duglaari tuvieran todos los planetas del sistema de Sol excepto la misma
Tierra, los planetas de la galaxia completa, menos uno... Que los lastimosos
restos de la raza humana se confinaran voluntariamente sólo en la Tierra,
renunciar incluso a los planetas del sistema natal del hombre en la esperanza
alocada de que los doogs dejarían sobrevivir un planeta como una especie de
reserva... Condenar a la raza humana a vivir en... ¡En un zoo!
¡Era
inconcebible! ¡Incluso tratándose de solarianos! Y sin embargo, todo
concordaba... La patente falta de resistencia, la evacuación de Marte...
¿Tendrían
zoos los doogs? ¿Estarían quizás interesados en preservar un pequeño residuo de
una raza humana derrotada a modo de exhibición? ¿O como una fuente de criaturas
para experimentos anormalmente desagradables?
—Siguiente
parada, la Tierra —dijo Lingo, arrancando a Palmer de su preocupado ensueño.
¡Ridículo!,
se dijo Palmer. No tengo motivos para pensar eso de ellos. Han demostrado que
se preocupan por la supervivencia de la raza humana.
Pero...,
¿no se preocupan demasiado? ¿Es que la supervivencia no puede ser la única meta
de Sol? Supervivencia a cualquier precio.
La
vio primero como una estrella azul brillante, más brillante que Venus visto
desde su superficie. Inmediatamente más cerca del Sol que Marte, era el cuarto
objeto más brillante del espacio, superado tan sólo por Marte, Júpiter y Sol
mismo.
Pero
cuando Palmer logró distinguirla con su vista, brilló más que cualquier otra
cosa en su alma. Era la Tierra.
La
Tierra, el planeta tipo Tierra original. La Tierra, el planeta de campo
gravitatorio uno original, en cuyos términos eran definidos los demás campos
gravitatorios. La Tierra, cuyo mismo nombre significaba simplemente “el suelo”,
“el mundo”. La Tierra, el único planeta con grado mil en la escala de
normalidad.
La
visión de aquel punto de luz zafirino, que se ensanchaba en forma de disco
conforme avanzaban hacia él, liberó un torrente de asociaciones, de emociones
primordiales en Palmer, para el que el planeta era poco más que una leyenda, un
hombre cuyo cuerpo no contenía un solo átomo de la Tierra, pero que no obstante
era hijo del planeta natal del hombre.
Porque
aunque jamás había visto a la Tierra, el planeta era de modo inextricable una
parte de él, de su mente, de su forma de pensar, del mismo idioma que hablaba.
Normalidad terráquea..., como la Tierra... Extraterrestre..., la buena Tierra,
tierra firme, terreno, terroso... Mil palabras y frases que había usado con
indiferencia toda su vida quedaban ahora cargadas de nuevo significado a la
vista del planeta azul.
Conforme
el disco se hacía más y más grande, Palmer comprendió que aunque el hombre
sobreviviera a la guerra, que aunque la raza humana viviera un billón de años,
diseminándose por toda la galaxia, incluso hasta Andrómeda, engendrando su
especie en un millón de planetas de un millón de estrellas, el hombre jamás
podría olvidar al pequeño tercer planeta de una estrella amarilla
insignificante en las regiones más extremas de la galaxia que le había dado
vida. Igual que un salmón vence más o menos a ciegas mil kilómetros de aguas
hostiles para regresar a la charca donde nació, del mismo modo los hombres de
todas partes recorrían siempre, en sus corazones, mentes y almas, en sus
lenguajes, en sus criterios del universo, en las profundidades de su ser, a
este pequeño planeta.
Porque
era el hogar.
Ni
una sola palabra fue pronunciada mientras la nave aceleraba directamente hacia
la Tierra. Porque las palabras no eran necesarias y ninguna podía ser adecuada.
En
sus tres décadas de vida, Palmer jamás había sentido lo que ahora sentía.
Estaba llegando al hogar...
La
nave cruzó la órbita de la Luna, la única luna de la galaxia conocida
simplemente como la Luna. Desde la órbita de la Luna, la porción de la Tierra
iluminada por Sol ofrecía un espectáculo que casi indujo a Palmer a llorar.
Los
contornos de América del Norte y América del Sur eran claramente visibles;
verdes y marrones suavizados por la blanca capa de nubosidad y rodeados por los
océanos azul brillante que daban al planeta su resplandeciente destello
zafirino cuando se lo contemplaba desde Marte, los océanos que eran la matriz
primaria de toda la vida.
Y
Palmer sabía que en esos océanos, en esos continentes, soplaba un viento que
era limpio y fresco, que era precisamente como no podía ser el viento de ningún
otro planeta, por más que... Por más similar a la Tierra que fuera. El hogar...
La
nave avanzó en espiral hacia la Tierra, acercándose a la borrosa línea del
terminador velado por la atmósfera del planeta. Al parecer, Lingo iba a
aterrizar en alguna parte del lado oscuro.
Pronto
estaré en la superficie de la Tierra, pensó Palmer, alzando la mirada a las
estrellas tal como los primeros hombres las habrían visto, sin soñar que algún
día sus hijos habitarían cientos de mundos extraños que circundaban aquellos
remotos puntos de luz fría.
La
nave cruzó el terminador y el lado oscuro de la Tierra pasó bajo los
tripulantes. Pronto las engalanadas luces de un millar de ciudades aparecerían
como un espejo terrestre de las estrellas.
Pero...
Pero...
Palmer
contempló pasmado el lado nocturno de la Tierra con un horror incontenible.
Todo estaba oscuro, completamente oscuro, no iluminado por la luz de una sola
ciudad.
Las
luces de la Tierra estaban apagadas.
Y de
pronto Palmer se dio cuenta de que Lingo estaba haciendo oscilar la nave en una
gran parábola que iba más allá de la Tierra. El disco oscurecido ya no se
ensanchaba, estaba menguando. Estaban girando en torno a la Tierra y
continuando hacia Sol.
—¿Qué...
¿Qué estás haciendo? ¿Qué ha ocurrido con las ciudades de la Tierra? ¿Qué...
—Nada
ha ocurrido a las ciudades de la Tierra. Aún no, en todo caso —dijo Lingo—. Han
sido evacuadas.
—¿...evacuadas?
¿Pero por qué?
—Eso
debería ser obvio, ¿no, Jay? La Tierra es el primer blanco —dijo Lingo— .
Ciudades iluminadas, habitadas, serían blancos fáciles.
—¿Te
refieres a que esperas que los doogs penetren hasta la Tierra? ¿Los incitaste a
un ataque sabiendo que no podrías detenerlos en la Tierra? Demonios, eso es...
Eso es... Lingo se echó a reír de mala gana.
—¿...inhumano?
—sugirió—. ¿Sacrílego? Jay, has recorrido un largo trecho a partir del hombre
que eras cuando saliste de Olympia III, pero no cometas el error de pensar que
ya has recorrido todo el trayecto. El último paso es el más grande y duro,
porque nadie puede llevarte de la mano, nadie puede darte explicaciones.
Algunas cosas tienen que vivirse. El hombre o los duglaari sobrevivirán a la
guerra, unos u otros, y no ambos. El objetivo primario de la raza humana —dijo
Lingo con un énfasis cruel, como si tratara más de convencerse a sí mismo que a
Palmer—, debe ser sobrevivir. Sobrevivir, sin importar qué va a sobrevivir, sin
importar cuan terrible sea el precio, sin importar qué se ha de arriesgar.
Miró
fijamente a Palmer y, de un modo extraño, sus ojos parecieron estar implorando
la aprobación.
—Si
sobrevivir fuera crucial —dijo Lingo—, si representara el resultado de la
guerra, de un modo o de otro, tú arriesgarías Olympia III, ¿no es cierto?
—Naturalmente
—dijo Palmer—, Pero Olympia III es sólo otro planeta, aunque sea la capital de
la Confederación. ¡Es la Tierra de lo que hablas, hombre! La Tierra...
Lingo
se volvió y miró inflexiblemente el menguante disco de la Tierra.
—Tampoco
es más que otro planeta, Jay — dijo con excesiva agudeza, sin creerlo él mismo
siquiera—. Sólo otro planeta. El hombre es más importante que cualquier
planeta, incluso que este. Pero no puedo esperar que pienses así, ahora. Crees
que has recorrido un largo trecho, Jay, y así es. Pero el paso final es el
mayor, y el más penoso. Y tendrás que darlo de golpe, tanto si te gusta como si
no. No habrá meditación, consideración —Lingo rio con amargura—. Iba a decir
que te compadezco, Jay... Pero en realidad, no es así. En cierto sentido, te
envidio.
—
¿Pero... ¿Por qué no aterrizamos en la Tierra? —murmuró Palmer.
—Porque
nuestra misión está en otra parte —dijo Lingo, repentinamente distante—. Vamos
a Mercurio.
Aunque
la lente de la cámara de la pantalla estaba cubierta con un filtro potente, la
imagen seguía siendo confusa y con exceso de exposición, pues Sol era una gran
bola de fuego dominante por completo en el cielo de Mercurio.
¿Por
qué no aterrizar aquí? Palmer sabía que siempre habían existido algunas
estaciones avanzadas en la zona crepuscular de Mercurio, desde los primeros
tiempos de los viajes interplanetarios, pero nadie había pensado seriamente en
colonizar Mercurio. Era una esfera semifundida de escoria en el lado iluminado,
frío espacial en la cara oscura, absolutamente desprovista de atmósfera, bañada
constantemente en radiación solar... Casi una propiedad tan inútil como era
posible que fuera un planeta.
Entonces
Palmer vio que Lingo no tenía intención alguna de aterrizar en Mercurio.
Después de muchas maniobras, Dirk situó la nave en una precisa órbita polar a
baja altura de manera que permaneciera en la zona crepuscular durante todo su
período orbital.
—Enlázanos
con la estación, Fran —dijo Lingo.
Fran
Shannon se atareó con la radio. Al cabo de unos instantes, alzó la mirada.
—Estamos
conectados con el radiofaro —dijo—. Estamos dentro del alcance ahora, Dirk.
Empieza a transmitir.
Lingo
activó su micrófono.
—Fénix...
Fénix... Fénix —dijo, repitiendo la palabra una y otra vez. Por fin llegó una
señal, difusa en la intensa estática solar, pero audible.
—Recibido...
Recibido... Recibido —zumbó una voz claramente mecánica.
Lingo
hizo un gesto afirmativo con la cabeza y desconectó la radio.
—Vámonos
de aquí —dijo—. Demasiado calor para ser agradable. Raúl, empieza a soltar
chismosas.
Lingo
interrumpió la órbita y fijó la nave en un rumbo extraño, no sobre la eclíptica
y hacia afuera sino hacia arriba, perpendicular a ella. Mientras la nave
aceleraba para alejarse de la eclíptica, Palmer vio algo pequeño y metálico que
caía a popa.
—¿Una
chismosa? —preguntó.
—Sí
—dijo Ortega—. Sólo una cámara y un transmisor. Creo que Dirk te explicó que
las tenemos diseminadas por todo el sistema. Ahora abandonamos algunas más por
precaución. Todas pueden ser alimentadas directamente a través de la pantalla
principal, de manera que podemos obtener los primeros planos que deseemos de
casi cualquier lugar del sistema.
—¿Pero
a dónde vamos?
—A
ninguna parte —replicó Lingo—, absolutamente a ninguna parte.
Durante
horas, la nave siguió acelerando, más y más lejos sobre la eclíptica, impulsada
a una velocidad cercana a la de la luz por el campo de resolución.
Por
fin, cuando Sol dejó de mostrar un disco, cuando era meramente una estrella
brillante, Fran Shannon dijo:
—Ya
estamos suficientemente lejos, Dirk. Podemos entrar con seguridad en el
espacioestasis en cualquier momento.
¿...espacioestasis?
—exclamó Palmer—. ¿Adónde vamos? ¿De vuelta a Olympia?
—Te
lo he dicho —dijo Lingo—. No vamos a ninguna parte.
En
lugar de apretar el botón del generador de espacioestasis, Lingo cortó la
propulsión por resolución y fijó los mandos. La nave flotó inerte en el espacio
interestelar.
—Fin
del trayecto —dijo Lingo—. Aguardaremos aquí.
—¿...aguardar
qué? —preguntó Palmer.
—¿Qué
otra cosa, Jay? —replicó Lingo— A los doogs, naturalmente.
CAPÍTULO
DOCE
¡MALDICIÓN,
DIRK! ¿Es que nadie de vosotros va a explicarme qué está pasando? —dijo Palmer,
golpeando la barra con su puño—. Ya hemos estado parados aquí, en medio de
ninguna parte, durante más de dos semanas, y nadie me explica nada. ¿Por qué,
hombre, por qué?
Lingo
suspiró y tamborileó con sus dedos en un pequeño charco de líquido que se había
derramado sobre la barra.
—Jay
—dijo lentamente, vacilante, como si buscara las palabras—, no te hemos
explicado lo que estábamos haciendo antes de presentarnos al Kor, y tal como
después supiste, teníamos un buen motivo. Necesitábamos cierta reacción de tu
parte, y queríamos que supieras ciertas cosas de cierta manera...
— ¿Y
qué? ¿Qué tiene que ver eso?
—Que
teníamos buenas razones entonces —dijo Lingo—. Tenemos buenas razones ahora.
—Eso
me parece bastante pobre.
Lingo
hizo una mueca.
—Supongo
que puedo comprenderlo —admitió—. Pero la cuestión es que hay ciertas cosas
que...bueno, que simplemente están. Cosas que deben ser aprendidas, pero que no
se pueden enseñar. ¿Sabes?, la mejor manera de enseñar a alguien a nadar sigue
siendo echarlo al agua. Eres el futuro, Jay, y si ese futuro ha de ser otra
cosa que no sea locura, debes convertirte en un puente entre los solarianos y
la Confederación. Pero ahora ya sabes todo eso... Has recorrido un trecho muy
largo, larguísimo, Jay, y estamos orgullosos de ti... Y para ser sinceros,
igualmente un poco orgullosos de nosotros mismos. Has demostrado que un hombre
de la Confederación puede al menos llegar a comprender a los solarianos. Pero
eso no basta. De alguna manera debes pasar a formar parte real de nuestro Grupo
Orgánico, emotiva, visceralmente, o todo será absurdo.
—¿Pero
eso qué tiene que ver con todo este secreto? Si se trata de eso, estoy muy
ansioso ahora mismo de formar parte del Grupo. Explícame cómo.
—Jay,
Jay —Lingo suspiró—. No puedo explicarte cómo... Nadie puede decirte realmente
cómo. ¿Cómo crees que se forma un Grupo al principio? ¿Echando suertes? ¿Por
accidente de nacimiento? ¿Gracias a una computadora maestra como el Consejo de
la Sabiduría? Un Grupo Orgánico es una serie de personas que han compartido
experiencias bastante profundas y significativas de tal modo que llegan a
sentir que son un Grupo. “Orgánico” es la palabra clave, Jay. El Grupo crece
como un organismo, y lo es en cierto sentido. No se forma, como un gobierno.
Considera, por ejemplo, nuestro caso. Max y Linda crecieron juntos casualmente,
en una intimidad que únicamente los telépatas pueden tener. Yo salvé la vida de
Raúl en cierta ocasión. Robin salvó la mía. Robin y Raúl estaban juntos en
aquellos tiempos, y Raúl fue mi adversario circunstancialmente. Pero eso pasó,
fue breve, y nos hicimos amigos. Fran y yo trabajábamos juntos en una especie
de gobierno local, años antes de que el Grupo se formara... Max y Raúl... Pero
es absurdo proseguir. La. cuestión es que la formación de un Grupo es un asunto
lento, complejo, arbitrario, esencialmente ilógico, como cualquier otro proceso
natural. Implica emociones compartidas, buenas y malas, momentos compartidos,
momentos de miedo y...
Lingo
hizo una pausa, trataba de encontrar palabras que no surgían...
—No
encuentro palabras para explicártelo —dijo por fin—. Porque el concepto, en
esencia, no es verbal... Lo único que puedo hacer es explicarte una serie de
verdades a medias, semiverdades y semimentiras. Te prometo una cosa, Jay: si
sobrevives a esto, sabrás de qué estoy hablando. Yo no te lo diré, nadie lo
hará, pero lo sabrás porque lo habrás vivido.
—¿Pero
por qué no puedes explicarme qué ocurre?
—Porque...
Porque si, te lo explicara, jamás lo entenderías. Pensarías... Pensarías que
somos monstruos. Estarías demasiado dispuesto por prejuicio a aprender cosas
que debes aprender mediante la experiencia.
—No
lo comprendo.
Lingo
suspiró con tristeza.
—Claro
que no —dijo—. Pero supongo que puedo explicarte lo siguiente. Aunque todo
salga exactamente como lo hemos planeado, aunque hayamos previsto correctamente
las reacciones de los doogs hasta la décima cifra decimal, algo terrible va a
suceder, algo más terrible que cualquier loca sospecha que puedas tener en la
imaginación. Por eso no puedo explicarte de qué se trata, pues es peor que
cualquier secreta fantasía que tu mente pueda crear. Yo lo sé, Jay. Y créeme,
daría cualquier cosa por poder cambiar mi situación por la tuya.
—Pero
si es tan terrible, ¿entonces por qué...
—¿Por
qué? —estalló Lingo—. ¡Porque debe hacerse! El Grupo Orgánico me ha
proporcionado nuevos niveles de conciencia, pero no cometas el error de creer
que una conciencia intensificada es agradable siempre. A veces...bueno, piensa
en el pobre Douglas MacDay. Tenía que decidirse. No hacer nada, no arriesgarse
y vivir en el presente, sabiendo que la raza humana perecería seguramente. O
sumergir un sistema en el caos, en la agonía, en el terror, en la esperanza de
que algún día, de alguna forma, surgiera algo de la locura que tal vez salvara
a la raza humana. MacDay se decidió, y lo hizo correctamente. ¿Qué habrías
hecho tú si hubieras sido Douglas MacDay?
—Yo...
Yo...francamente, no lo sé, Dirk —dijo Palmer.
—Ni
yo tampoco —dijo tranquilamente Lingo—. Ni yo tampoco. Me gusta pensar que yo
habría sido tan hombre como para haber hecho lo que hizo MacDay, pero quizá me
esté engañando... ¿Quién sabe? ¿Quién demonios lo sabe?
Palmer
miró fijamente a Lingo.
—Hay
algo más, ¿verdad? —dijo—. Algo personal.
Lingo
bajó los ojos hacia la barra, sin mirar a Palmer. Y cuando habló, su voz estaba
constreñida de una forma extraña.
—Sí...
Supongo que hay —farfulló—. Jay, algunas veces, quizá con demasiada frecuencia,
los hombres deben elegir, no entre lo bueno y lo malo sino entre dos cosas
malas distintas. Aunque las cosas salgan bien, cuando haces ese tipo de
elección, de un modo u otro sabes que eso te obsesionará por el resto de tu
vida... Douglas MacDay tenía que hacer ese tipo de elección, y así estábamos
también nosotros. MacDay eligió, y lo hizo bien, pero jamás vivió para saberlo.
También nosotros hemos elegido, pero...bueno, no hay muchos Douglas MacDay.
Jay, creo que una de las necesidades más básicas y perversas del hombre es la
necesidad de ser juzgado para disponer de una opinión externa respecto a si ha
obrado bien o mal, tanto si acabas por aceptar el juicio como si no. Y supongo
que eso es lo que realmente necesitamos de ti: que nos juzgues. Un juez
imparcial, sin prejuicios, carente de informes previos...
—Pero
no indiferente, Dirk —dijo Palmer, tratando instintivamente de consolar a Lingo
de no sabía qué.
Lingo
alzó la mirada y rio de forma irónica.
—No,
indiferente no —dijo—. El viejo homo sapiens siempre ha creído que jugaba con
una baraja trucada, supongo...
—¡Dirk!
¡Dirk! —Raúl Ortega entró corriendo en la sala común—. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡A la
sala de mandos! ¡Están aquí! ¡Los doogs están aquí!
—No
veo nada —dijo Palmer, mientras él, Ortega y Lingo irrumpían en la sala de
mandos, donde los otros solarianos ya miraban paralizados el grandioso panorama
estelar en la inmensa pantalla hemisférica.
—¡Allí!
—gritó Ortega, señalando lo que parecía un cometa en miniatura que empezaba a
aproximarse al sistema de Sol—.La pantalla está dispuesta para visión normal.
Estamos viendo lo que captan las cámaras de la nave. Vamos a conmutar a uno de
los satélites chismosos... Hay uno precisamente en la órbita de Plutón.
Ortega
se acercó a un gran tablero de montaje provisional y accionó un interruptor de
los muchos que había. La imagen de la enorme pantalla se hizo confusa,
desapareció, y fue sustituida por una vista más cercana, con Sol como el objeto
más brillante de la pantalla y... Y...
—
¡Dios mío! —dijo Palmer casi sin aliento—. ¡Nunca imaginé que pudiera haber
tantas naves juntas en un lugar!
Lo
que en la imagen anterior había dado la impresión de ser un cometa con la cola
más alejada de Sol, se revelaba ahora como una monstruosa formación cónica de
naves de guerra duglaari que se precipitaban hacia Sol, la base por delante. La
vista simplemente no podía abarcar la inmensidad de la flota duglaari. La base
del cono parecía un sólido muro de naves, kilómetros de diámetro; el vértice se
hallaba a más de treinta kilómetros de la base y la totalidad del espacio
intermedio estaba atestado de buques de guerra. La masa total de la gigantesca
flota debía exceder la de un asteroide importante.
—No
lo creo —murmuró Palmer—. Lo veo, pero no lo creo...
—Está
ahí, sin duda —dijo Lingo; su rostro, una máscara impasible—. Más de la mitad
de la fuerza del Imperio Duglaari entero.
La
flota duglaari se aproximaba a los límites del campo de minas solariano. Los
siete humanos miraron fijamente la pantalla, pájaros hipnotizados por una
cobra.
La
base de la formación duglaari pareció confundirse un instante, como si las
naves de pronto hubieran empezado a caer en pedazos. Destellos de fuego se
extendían a lo largo del muro delantero de naves. ¿Acaso las fuerzas de Sol ya
habían...? Entonces Palmer comprendió lo que sucedía.
Los
destellos de fuego eran cohetes. Los “fragmentos” de naves duglaari eran una
gigantesca descarga de misiles, miles y miles de misiles.
Sumando
la aceleración de sus cohetes al empuje frontal del gran campo de resolución
naval duglaari, la formación de misiles salió disparada de las naves hacia el
campo de minas solariano.
Hubo
una terrible ráfaga de luz que por un momento brilló más que todo lo que había
en el espacio combinado, una ráfaga de luz que sólo podía durar un instante: el
brillo mortífero de una explosión termonuclear titánica. Pero de un modo
increíble, la explosión no fulguró por un momento y después desapareció.
Continuó eclipsando al resto de los cielos durante segundos interminables. Se
alargó, empezó a crecer hacia Sol, una inmensa lanza de fuego termonuclear que
avanzaba, con un diámetro de decenas y decenas de kilómetros y recta como una
flecha.
—¿Qué...
¿Qué es eso? —gritó Robin.
—¡Están...
¡Abren un “túnel” en el campo de minas! —replicó Palmer—. ¡Es...increíble!
Miles de misiles termonucleares, cronometrados uno a uno para que crucen la
órbita de Plutón y atraviesen el campo de minas de modo que el efecto sea una
explosión continua gigantesca. Y todos los misiles deben tener cerca de mil
megatones en sus cabezas explosivas... Por el aspecto, ¡una explosión de
millones y millones de megatones!
El
terrible cilindro de fuego, de miles de kilómetros de largo, avanzó hasta más
allá de la órbita de Plutón. Empezó a extinguirse y morir por el extremo más
cercano a la flota duglaari. Se acortó, igual que una llama enorme que se
apaga, y al cabo de algunos minutos el último misil había explotado y la lanza
de destrucción termonuclear había desaparecido.
Y la
gran flota duglaari disponía de una senda perfectamente despejada, recta como
una flecha, a través del campo de minas, y hacia el sistema de Sol.
La
flota doog empezó a acelerar hacia Sol por su invisible sendero de seguridad.
Alcanzó la órbita de Plutón y de repente cambió su rumbo noventa grados.
—¿Qué
están haciendo?
—Se
dirigen a Plutón —dijo Ortega—. Los doogs son concienzudos. ¡Creo que planean
esterilizar todo cuerpo habitable del sistema!
La
base de la formación duglaari quedó oscurecida una vez más por los destellos de
las descargas de los cohetes. Una gran andanada de misiles aceleró por la
órbita de Plutón directamente hacia el planeta más alejado de Sol. Mientras la
destrucción termonuclear se precipitaba hacia Plutón, la flota duglaari cambió
de rumbo de nuevo y reasumió su recorrido hacia Sol.
—Pero
Plutón es un mundo muerto... ¿Por qué...? —murmuró Palmer.
—Minuciosidad
—dijo Ortega—. Esa flota posee suficiente potencia de fuego para reducir a
cenizas todo lo que hay en el sistema, y pretende hacerlo. Pese a todo, podría
haber una decena de humanos en Plutón, y su meta es el exterminio total. Y los
doogs son muy literales en todo lo que afirman.
De
pronto Plutón hizo erupción en una sábana de fuego. El planeta casi pareció
temblar en su órbita, mientras miles de enormes cabezas de fusión hacían volar
su superficie de forma simultánea. La superficie del planeta, muerta hacía
mucho tiempo, fluyó en ríos de roca fundida, capas de gases congelados, de
kilómetros de espesor fueron vaporizadas y Plutón, en sus estertores de muerte,
quedó amortajado en algo que jamás había tenido: una atmósfera.
Mientras
la ya fundida superficie de Plutón iba siendo envuelta por nubes de hielo
volatilizado, la gran flota duglaari zigzagueó y zigzagueó, lanzando andanadas
de misiles a las lunas de Neptuno y Urano.
Después
los doogs cambiaron rumbo de nuevo y se dirigieron a Saturno.
—¡Toda
luna habitable! —dijo Lingo—. ¡Van a hacer estallar toda luna habitable!
Lingo
hizo un gesto a Ortega, que activó otro interruptor del tablero, cambiando la
cámara por segunda vez. La nueva chismosa debía de estar ubicada cerca de los
anillos de Saturno ya que Titán, el satélite de mayor tamaño del sistema,
dominaba la visión mientras los doogs se aproximaban a él.
En
lugar de la andanada de misiles, los duglaari adoptaron una órbita baja en
torno a Titán. Esporádica pero metódicamente, grandes rayos de luz coherente,
la potencia agostadora de miles de cañones láser, rastrillaron la superficie
del satélite.
—¿Qué
están haciendo? —murmuró Palmer—. ¿Por qué no usan misiles?
—Otra
virtud doog —dijo Ortega—. Economía. Las escasas ciudades de Titán están
cubiertas con cúpulas y son muy conspicuas. Por eso se limitan a resquebrajar
las cúpulas con cañones láser, como si fueran otras tantas nueces. No necesitan
misiles. La atmósfera venenosa de Titán hará el trabajo por ellos, en cuanto
las cúpulas estén agujereadas.
La
flota duglaari interrumpió su órbita y cambió de rumbo, dirigiéndose por el
sendero de la eclíptica hacia Júpiter.
—¿Dónde
diablos están vuestras naves? —exigió saber Palmer—. ¿Por qué no contraatacan?
¿Por qué Sol no hace algo?
Pero
los solarianos le hicieron caso omiso, toda la atención fijada en la flota
duglaari que se estaba escindiendo en varias secciones más pequeñas pero aún
inmensas y atacaba a las lunas habitadas de Júpiter. En esta ocasión los
duglaari continuaron sus ataques con cañones láser con misiles termonucleares
“borrascosos”, de precipitación radiactiva muy grande, puesto que todas las
lunas de Júpiter carecían de aire.
Mientras
la flota duglaari completaba su trabajo mortífero y empezaba a reagruparse en
una sola formación de cono, Palmer siguió gritando una y otra vez:
—¿Dónde
están vuestras naves? ¿Por qué no atacan?
Lingo
se apartó del terrible espectáculo por un instante.
—Por
favor, Jay —dijo—. Deja de gritar. ¿Cómo esperas que alguien defienda los
satélites externos contra eso?
—¡Pero
son millones de personas que mueren, Lingo! ¿Las dejáis morir sin al menos
intentar...?
—Los
satélites externos han sido evacuados —dijo fríamente Lingo.
Volvió
a mirar la pantalla. Ortega activó un interruptor, y la escena cambió otra vez.
La cámara chismosa estaba situada en esta ocasión sobre el plano de la
eclíptica, enfocada al corazón del anillo de asteroides.
—El
anillo debería ser el siguiente —musitó Ortega—: Ceres, Vesta, Pallas...
Pero
la flota duglaari no aparecía en la pantalla.
—¿Qué
sucede? —exclamó Lingo—. ¿En qué parte del espacio están?
—No
lo sé —respondió Ortega—. Ya deberían haber llegado al anillo. Probemos con una
imagen a distancia.
Raúl
conectó las cámaras de la nave. La flota duglaari aparecía como un cometa en
miniatura una vez más. Pero no se dirigía hacia los asteroides habitados del
anillo; había zigzagueado de nuevo y estaba evitando a los asteroides.
Se
dirigía directamente hacia Marte, el segundo planeta más poblado de Sol, el
segundo dominio más antiguo del hombre. Sin duda, pensó Palmer, Sol
contraatacará para defender Marte como mínimo.
—¿Qué
infiernos están haciendo? —murmuró Ortega—. ¿Por qué eluden el anillo?
Raúl
conectó una cámara situada un poco más allá de la órbita de Marte. El planeta
rojo se asomó en forma amenazadora en la pantalla con el doble de tamaño que la
Luna vista desde la Tierra. La imagen era lo bastante amplia para mostrar las
franjas de varios kilómetros de anchura de vegetación nativa que crecía a lo
largo de los viejos canales y los campos cultivados y regulares de mutaciones
de plantas terráqueas. A diferencia de los satélites externos, Marte, incluso a
esa distancia, parecía inequívocamente habitado, domesticado. Palmer hasta
creyó vislumbrar una de las enormes cúpulas marcianas, que cubrían ciudades
mayores que muchas de la misma Tierra.
Y
esto hacía que la visión de la monstruosa flota duglaari que abrumaba el
planeta fuera infinitamente más terrible.
Todavía
sin oposición, los duglaari entraron en órbita alrededor de Marte. Los doogs
rompieron la formación y se desplegaron, cercando la superficie marciana como
una gran red metálica global.
Y
sin embargo no hubo el menor indicio de resistencia de las fuerzas de Sol. Ni
una nave solariana había aparecido hasta el momento, y los buques de guerra
duglaari no encontraban oposición, ni siquiera fuego antiaéreo.
El
ataque duglaari se inició.
Lanzas
ígneas de los cañones láser de cuatro mil naves barrieron la superficie
marciana. Agujerearon todas las cúpulas, abrasaron los campos cultivados y la
vegetación salvaje por igual.
Los
misiles golpearon la superficie del planeta, pero no explotaron. De manera
patente, sus cabezas explosivas no contenían bombas de fusión sino gases
mortíferos y quizá plagas de bacterias adaptables al medio ambiente de Marte.
A
continuación empezó el bombardeo nuclear. Ambos casquetes polares quedaron
volatilizados en unos instantes y la atmósfera reseca contuvo temporalmente
significativas cantidades de vapor de agua, por primera vez en billones de
años. Pero no era una lluvia de vida, sino de muerte, porque el hielo
vaporizado estaba contaminado por millones de toneladas de precipitación
radiactiva letal. Neblinas ominosas comenzaron a abrazar el planeta y a
extenderse hacia el ecuador desde ambos polos.
Siguieron
cayendo misiles, ahora explotaban en los desiertos de óxido de hierro que eran
salpicados con lagos de acero fundido sobre los que revoloteaban nubes de polvo
radiactivo y, de manera irónica, grandes cantidades de oxígeno liberado.
En
cuestión de hora y media, Marte fue transformado en una pesadilla de nubes
radiactivas, lagos de acero fundido y lluvia fatídica, donde nada orgánico
podía subsistir.
En
cuestión de hora y media, un planeta entero moría.
Y
sin embargo, las fuerzas de Sol no acudían.
Las
naves duglaari pasaron revista a su monstruosa obra y después salieron de la
órbita para reagrupar su impresionante formación cónica. ¡La siguiente parada
iba a ser la Tierra misma!
Pero...
—¡Mirad!
—gritó Palmer, moviendo los brazos con brusquedad—. ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Mirad!
¡Vuelven atrás! ¡Se están retirando!
Asombrosa,
inexplicablemente, la nota duglaari no continuó hacia Sol, hacia la Tierra. En
lugar de eso retrocedió, apartándose de la Tierra, lejos del cadáver de Marte.
—¡Lingo,
retiro todo lo que he pensado o dicho! –exclamó Palmer—. ¡No sé cómo lo habéis
hecho, pero vamos, lo habéis conseguido...! ¡Se están retirando! ¡Sin
dispararles una sola ráfaga, se están retirando!
Pero
los solarianos no gritaban. Sus semblantes estaban perplejos, confusos,
asustados.
—Ya
somos dos, Jay —dijo Lingo en voz baja—. Tampoco yo sé por qué se retiran. No
hemos hecho nada para detenerlos.
La
flota duglaari describió un arco oblicuo de retirada, a lo largo de la
eclíptica y hacia el corazón del anillo de asteroides. Pequeños escuadrones se
apartaron de la formación principal y empezaron a bombardear los escasos
asteroides colonizados.
Mientras
tanto, la flota principal proseguía su avance hacia los bordes del anillo y
después quedó inmóvil en el espacio.
—¿Qué
están haciendo? —preguntó Palmer.
—No
tengo ni la más remota idea —dijo Ortega—. No tiene sentido. ¿Por qué no
atacaron antes el anillo? ¿Por qué Marte primero?
La
destrucción de los asteroides habitados ya se había completado. Los escuadrones
destacados volvieron a reunirse con la formación principal.
Y la
flota se puso en movimiento otra vez.
Empezó
a moverse poco a poco, la base por delante como siempre, paralela al borde del
anillo. Continuó en ese rumbo durante algún tiempo, luego se detuvo y lo
invirtió ciento ochenta grados. De nuevo rozó el borde del anillo de asteroides
y de nuevo se contradijo, cortándolo un poco más en cada inversión de rumbo.
—¡Oh,
Dios mío! —gritó Ortega mientras la flota duglaari efectuaba una inversión
más—. ¡Claro! Ahí hay cuatro mil naves, cuatro mil naves en un solo campo de
resolución naval. El mayor campo de resolución que ha existido nunca. ¡Tiene
tanta potencia como para mover pequeños planetoides...! ¡Mirad, delante mismo
de la flota doog!
La
razón de las extrañas maniobras de los doogs quedó clara. Delante mismo de la
flota, dentro del colosal campo de resolución, una masa de rocas y pequeños
planetoides iba aumentando con cada una de las entradas en el anillo que
efectuaba la flota. Los doogs estaban recogiendo una descomunal pantalla de
rocas, una nube artificial de meteoros, gigantesca y mortífera.
La
flota duglaari osciló de un lado a otro como un péndulo, añadiendo todavía más
rocas con cada oscilación al siempre creciente escudo de meteoritos.
Finalmente,
decelerada de un modo considerable por la masa adicional que estaba impulsando,
la flota duglaari se elevó a gran altura sobre la eclíptica y volvió a cambiar
de rumbo, cruzando por encima el anillo de asteroides y reanudando su curso
hacia Sol.
La
flota doog empujaba ante ella el mayor enjambre de meteoritos que el sistema de
Sol hubiera visto. ¡Los doogs iban a usar un gran fragmento del anillo de
asteroides para lanzarse hacia la Tierra!
La
flota duglaari aceleró hacia la Tierra tras su inmensa protección de rocas, de
nuevo cruzando la órbita de Marte, más y más cerca de Sol...
—¡Ingeniosos
malditos! —murmuró Ortega, con envidiosa admiración—. Fijaos cómo mantienen los
asteroides entre ellos y la Tierra. El escudo perfecto. Hará detonar todos los
misiles que intenten atravesarlo, incluso un rayo láser sería desviado del modo
más simple. En este momento son prácticamente invulnerables.
Lingo
agitó el puño ante la imagen de la flota doog que aparecía en la pantalla.
—¡De
mucho que os va a servir, malditos...! —renegó.
La
flota duglaari se estaba acercando a la Luna, el primer cuerpo extraterrestre
en que los hombres habían estado. Sin duda la luna de la Tierra estará armada
hasta los dientes, pensó Palmer. Al menos, el contraataque se iniciará.
La
flota duglaari entró en órbita alrededor de la Luna, y con ella lanzó en órbita
el gran enjambre de meteoros aunque algo por debajo de su posición, de modo que
quedara completamente protegida del fuego superficial.
En
arcos amplios, lentos, los doogs lanzaron misiles nucleares en órbita polar, en
ángulos rectos con la órbita de la flota, por encima y alrededor del campo de
las rocas orbitando.
De
manera certera, los misiles empezaron a caer uno a uno sobre las ciudades
cubiertas con cúpulas de la Luna.
—Detonadores
diferenciales térmicos —dijo Ortega—. En el lado oscuro, la Luna es tan fría
que nuestras ciudades sobresalen como pulgares inflamados, y del otro lado del
terminador, los misiles pueden estar guiados hacia la relativa falta de calor.
Explosiones
nucleares tamborilearon en la superficie de la Luna con precisión absoluta.
—¡...como
matar peces en un barril! —gritó Palmer—. ¿Y vuestras flotas? ¿Dónde diablos
están? ¿Por qué no hacen algo?
—La
Luna ha sido evacuada —dijo fríamente Lingo—. No vamos a derrochar el esfuerzo
de intentar defenderla.
—¡Pero
la Tierra es la siguiente! —dijo Palmer—. A menos de cuatrocientos mil
kilómetros de distancia.
—Sé
astrogación tan bien como tú, Jay —dijo Lingo, en voz baja y ciertamente de un
modo definitivo.
Dirk
hizo un gesto a Ortega, que conmutó la pantalla a una cámara situada a ochenta
mil kilómetros de la Tierra.
La
Tierra flotaba en la pantalla, inmensa, verde, marrón y azul y pacíficamente. Y
entonces, igual que un enjambre de repulsivas moscardas que espían una fruta
particularmente exquisita y madura, la flota duglaari se precipitó hacia la
Tierra.
Con
precaución, los doogs avanzaron hacia el planeta, manteniendo el escudo de
meteoros artificiales entre ellos y el hogar del hombre. Se movieron a lo largo
de una órbita polar, con la pantalla de meteoros directamente debajo de ellos,
de manera que a la larga pudieran pasar sobre todos los puntos del planeta.
Orbitaron
dos veces, una a plena potencia y otra a una velocidad muy superior a la
orbital, sin duda tratando de provocar a las defensas terráqueas.
Pero
nada sucedió. Ni una sola nave ascendió para presentar batalla, ni un solo rayo
de cañón láser intentó penetrar en la pantalla de meteoros. La flota duglaari
pareció vacilar, como si estuviera insegura y asombrada. Y posiblemente lo
estuviera.
Después
se detuvo por completo en el espacio durante un momento, mientras la pantalla
de meteoros pasaba debajo. Ascendió a una órbita algo más elevada, aceleró a
plena potencia, se puso a la altura de la pantalla de rocas, invirtió la
dirección y cayó frente a los meteoros un breve instante, encarándose
frontalmente con ellos. A continuación se elevó otra vez por encima de las
rocas y regresó a su órbita polar original.
—¿Qué
ocurre? —dijo Lingo—. ¿Qué hacen?
—Creo
que puedo explicártelo —dijo tristemente Palmer—. Han retrasado las órbitas de
los meteoros de manera que ahora navegan a menos velocidad orbital. Los han
puesto en órbitas declinantes... ¡Mirad! ¡Mirad!
Por
millares, por decenas de millares, los asteroides caían hacia la superficie de
la Tierra, sus rutas mortales inflamadas por el calor de su paso para volverse
indicadores ígneos.
A la
ventura, la Tierra se revolvía bajo las órbitas declinantes de las rocas. Miles
de meteoros ardieron en la atmósfera, pero miles más cayeron por toda la
superficie de la Tierra, millones de toneladas de roca al rojo vivo que se
abatió sobre las ciudades, el campo, los desiertos, los océanos. Los mares
despidieron vapores sibilantes y tragaron sus partes de meteoros, pero el suelo
floreció de cráteres, cicatrizados y torturados ya como en la Luna: en el
desierto, en tierra firme y en los agujeros humeantes donde habían estado las
ciudades, con una imparcialidad mortífera.
Lo
que había tardado milenios en la Luna se logró en minutos en la Tierra: la faz
del planeta fue transformada en una piel agujereada con enormes y humeantes
cicatrices, igual que un rostro humano asolado por un caso de viruela
imposiblemente rápido y virulento.
Y la
flota duglaari seguía en órbita, sin oposición.
Palmer
estaba demasiado aturdido por el terror para hablar. ¿Dónde estaban las fuerzas
de Sol? ¿Por qué no combatían para salvar el planeta natal del hombre? ¿Qué
podían estar aguardando?
La
flota duglaari liberó una tremenda descarga de miles de misiles termonucleares.
El corazón de Palmer se encogió... Y se hinchó después, al ver lo mal que
habían apuntado los doogs.
¡Porque
la intensa descarga no había acertado los continentes! Sin explotar,
inofensivos, los misiles fueron cayendo en las profundidades del océano
Pacífico, frente a la costa occidental de América, cerca del semicírculo
oriental de Asia. El Pacífico los tragó sin apenas un escarceo.
¿Acaso
los solarianos poseían algún arma defensiva fantástica que había ocasionado
aquello? ¿Tenían algún medio inimaginable de proteger los continentes contra
los bombardeos?
De
pronto, el océano Pacífico, en un gran semicírculo que abarcaba la costa
asiática, el estrecho de Bering y la costa occidental de América del Norte,
pareció elevarse en una cresta titánica. Nubes monstruosas de vapor radiactivo
surgieron violentamente como si todos los volcanes del gran anillo del Pacífico
hubieran entrado en erupción al mismo tiempo, como si las entrañas de la Tierra
se estuvieran vertiendo, a gran profundidad bajo el océano, en la gran falla
que bordeaba el Pacífico, como si...
—
¡Dios mío! —susurró Ortega—. ¡La falla del Pacífico! ¡Están bombardeando la
falla del Pacífico bajo el agua!
Mientras
las nubes de vapor ascendían hasta la estratosfera como un bosque de hongos
malignos, toda la costa americana del Pacífico pareció estremecerse, temblar
como una bestia enorme que se despierta tras un sueño de eones. ¡La falla del
Pacífico entera se estaba desplazando...!
Con
tranquilidad y horrenda majestad, las costas del Pacífico, hasta las mismas
laderas de las montañas Rocosas y de los Andes, empezaron a deslizarse bajo las
aguas humeantes del océano. Y en toda la extensión del padre de los océanos,
las islas del Japón empezaron a resquebrajarse y hundirse en las profundidades.
Indonesia, las Filipinas, la península malaya, se deslizaron hacia el Pacífico.
Toda isla volcánica del inmenso océano vomitó ríos de lava que hervían y hacían
brotar nuevas nubes de vapor del ya torturado Pacífico.
Toda
la depresión del océano era un infierno de tierras que se hundían, lava que
fluía y terremotos caóticos, velados en nubes de vapor ondulante que abarcaba
todo.
La
flota duglaari disparó otras dos descargas en direcciones opuestas, hacia los
polos. Los casquetes polares se vaporizaron en grandes nieblas radiactivas
cuando millares de explosiones termonucleares de mil megatones los sacudieron
en unos segundos.
La
flota duglaari orbitó cuatro veces sobre el vapor, la erupción, el terremoto
que era la Tierra, supervisando su tarea letal.
Después
los doogs empezaron a disparar misiles otra vez, miles y miles de misiles,
oleada tras oleada.
Estos
misiles jamás alcanzaron la torturada superficie de la Tierra. En lugar de eso,
explotaron en todos los niveles de la atmósfera, liberando decenas de millares
de inmensas nubes de elementos radiactivos letales: sodio, cobalto, carbono 14.
Elementos radiactivos con períodos medios de décadas, siglos, milenios,
esparciéndose por la atmósfera terráquea, mezclándose con las omnipresentes
nubes de vapor sobrecalentado.
Quizás
existían criaturas vivientes allá abajo que por desgracia hubieran sobrevivido
al holocausto. Por desgracia..., porque sus muertes serían las peores.
Ambos
casquetes polares se habían vaporizado. Kilómetros cúbicos del Pacífico se
habían evaporado en la atmósfera. Y cuando el calor de las explosiones se
hubiera disipado y la Tierra empezara a recobrar su equilibrio térmico, todo
ese vapor se condensaría y volvería a caer al planeta en forma de lluvia.
La
lluvia estaba empezando a caer ya, por toda la Tierra, con furia increíble. Una
lluvia que duraría meses, quizás años. Llovería hasta que el Pacífico recobrara
las aguas que había entregado, hasta que los grandes casquetes polares
volvieran a formarse. La lluvia caía por toda la Tierra y seguiría cayendo.
Y
era una lluvia de muerte.
Era
una lluvia impregnada de isótopos radiactivos de cobalto, sodio, carbono e
infinidad de otros elementos. Un baño de radiactividad de alcance planetario
del que no había escapatoria posible. Continuaría durante meses, empaparía
hasta el último centímetro cuadrado del planeta con muerte radiactiva. Nada
orgánico podría sobrevivir y nada orgánico lograría existir en el planeta
durante mil años.
La
Tierra estaba muerta.
Sólo
poco a poco esa enormidad podía ir penetrando abrasadoramente en la conciencia
de Palmer. La Tierra estaba muerta. El planeta natal del hombre ya no existía.
No
había forma de comprenderlo. Era el final de todo. Era como si Palmer hubiera
perdido a su padre, a su madre, a su familia hasta sus antecesores primarios,
todo lo que había amado o todo lo que le había interesado, en un instante
simple y terrible. Era eso, y era más.
Representaba
la muerte de una religión, de una esperanza, de una Promesa. Representaba la
muerte de todo por lo que el hombre había luchado y el triunfo del mal
personificado. Era la muerte que no podía ser: la muerte de la raza humana
misma.
Era
la medianoche del alma.
Palmer
era oscuramente consciente de que su cuerpo estaba torturado por sollozos, el
minúsculo fragmento de su mente que aún se preocupaba por pensar advertía sin
observarlo que las lágrimas fluían por sus mejillas, las primeras lágrimas que
había derramado en dos décadas y media.
La
Tierra estaba muerta. Palmer miró paralizado la humeante bola de destrucción
que flotaba en la pantalla como el cadáver descompuesto que era. La Tierra
estaba muerta, y algo en el interior del militar había muerto con ella:
esperanza, significado, el futuro, todo lo que hacía que la vida tuviera
importancia. Se había acabado... Todo se había acabado...
Palmer
obligó a sus ojos a apartarse de la terrible visión y mirar a los solarianos.
Estaban
contemplando fijamente el espectáculo, de un modo rígido, pero sus mejillas
estaban bañadas en lágrimas.
Con
el último fragmento de rabia que quedaba en su interior, con los menguantes
sedimentos de su inquietud, Palmer gritó a los solarianos:
—¡Monstruos!
¡Fieras! ¡Bestias! ¡Locos! ¡Vosotros habéis hecho esto! ¡Vosotros habéis
asesinado a la raza humana! ¡Vosotros...
—
¡Cierra el pico! —rugió Lingo, con furia indecible, con la plena potencia de su
experta voz de mando—. ¡Cierra el pico!
Tanta
era la fuerza de esa voz terrible que Palmer guardó silencio al momento, la
última gota de desafío, de preocupación, evaporada.
Lenta,
majestuosamente, como si saboreara cada instante al máximo, la flota duglaari
abandonó el escenario de la carnicería y se dirigió hacia Sol una vez más, para
contemplar la destrucción del sistema, para aniquilar los penosos restos que
pudiera haber en Venus y Mercurio.
Sin
apartar los ojos de la pantalla, Ortega conectó con una cámara situada junto a
la misma órbita de Venus. Desde este punto de vista, el cadáver de la Tierra
sólo era una estrella azul brillante, la misma estrella azul brillante que
había sido durante millones de años. Los cielos no erigirían un monumento al
óbito de la Tierra.
Y
entonces una gran nube de naves negras apareció en la pantalla. La flota
duglaari se estaba acercando a Venus.
¿Pero
qué importa eso?, pensó Palmer, contemplando la pantalla con aturdimiento, una
pantalla que entonces mostraba Venus, los doogs y la fulgurante esfera gaseosa
que era Sol. ¿Qué importa todo?
La
flota duglaari describió un arco arrogante en dirección a Venus.
Rígidamente,
Palmer apartó la vista de la pantalla y observó las detestables figuras de los
solarianos. De repente notó con una confusión incomprensible que los solarianos
no contemplaban ni la flota duglaari ni Venus. Miraban fija, pétreamente y con
los labios apretados al mismo Sol. Y sus caras no estaban suavizadas por la
desesperación, sino endurecidas como el granito como en señal de cierto triunfo
terrible.
Palmer
siguió la mirada de los otros, y al principio se quedó anonadado. No había nada
que ver salvo el globo de gases incandescentes que era Sol, visto a través del
potente filtro de la cámara chismosa.
Entonces,
de un modo increíble, Sol pareció contraerse, encogerse por un instante, caer
sobre sí mismo, reduciendo su diámetro en una fracción notable.
Mientras
esto sucedía, Palmer comprendió de pronto qué estaba ocurriendo. Y mientras lo
advertía, empezó a comprender. Y mientras comprendía, él y el universo entero
fueron transformados...
Durante
otro instante, Sol siguió contrayéndose. Después pareció que se llegaba a
cierto punto de equilibrio.
Pero
el equilibrio duró menos de un segundo. Repentinamente, monstruosas
prominencias de gas y plasma llameante salieron disparadas hacia el espacio
desde la superficie entera de Sol. Toda la faz de la estrella dio la impresión
de absorber la selva de prominencias y en cuestión de segundos, las
prominencias fueron la superficie, que se expandía hacia el espacio con
terrible velocidad y fuerza.
También
esto ocurrió en unos instantes. Después, de repente, finalmente, en una
explosión increíble, inimaginable, silenciosa, Sol se despojó de su superficie
como la cubierta de un globo que se quema. Trillones de toneladas de holocausto
ardiente, desplazándose a una velocidad incomprensible, rugieron en el espacio,
un globo destructivo en constante expansión...
Sol
se transformó en nova.
Mercurio
fue absorbido en unos segundos y se volatilizó igual que un copo de nieve en un
alto horno. Venus fue vaporizado momentos después, y la onda globular
destructiva, monstruosa y ardorosa más allá de toda comprensión siguió
creciendo y expandiéndose como una apertura hacia el infierno.
Y
mientras crecía, la verdad completa, total, fue creciendo dentro de Palmer, con
esa calma extraña, maníaca, que transforma los segundos en horas... La guerra
había cambiado de signo en el instante de aquella explosión titánica.
Porque
la flota duglaari estaba atrapada.
El
holocausto que había sido Sol se expandió hacia la inmensa flota duglaari mucho
más deprisa de lo que su campo de resolución naval podía impulsarla. Sólo
entrando en el espacioestasis lograrían las cuatro mil naves de guerra duglaari
huir con la celeridad suficiente para salvarse.
Pero
no podían entrar en el espacioestasis. Estaban demasiado cerca de la nova que
había sido Sol. Sus generadores de campo de estasis explotarían, dejando los
fragmentos, todo lo que iba a quedar de las naves doog, atrapados para siempre
en el vacío del espacioestasis.
Los
cuatro mil buques de guerra duglaari estaban condenados. La única elección
expuesta ante los doogs era qué muerte terrible preferían.
En
un instante de destrucción masiva cuyos ecos iban a resonar durante mil años,
la raza humana había sido salvada. Ahora era el hombre el que tenía la
superioridad en naves; ahora eran los doogs los que se enfrentaban a un
exterminio inexorable.
Mientras
la comprensión de que la guerra acababa de ganarse empezaba a asentarse en
Palmer, el frente de la onda de la explosión estelar volatilizó a la flota
duglaari igual que un enjambre de polillas atrapadas en un lanzallamas.
El
hombre estaba salvado; el hombre estaba salvado, pero el precio era increíble.
El
precio era el sistema solar natal del hombre. El precio era el planeta que lo
había dado a luz. El precio era la misma Fortaleza Sol.
Y
cinco billones de vidas.
Palmer
no podía apartar sus ojos del terrible espectáculo de la pantalla, un sistema
solar que se consumía, Sol, la fuente de toda la vida, transformándose en una
pira de muerte llameante e irresistible.
Más
cosas se estaban consumiendo en aquella espantosa pira funeraria aparte de
cinco billones de seres humanos y cuatro mil naves de guerra duglaari. Mientras
Palmer observaba, paralizado, recordó con terrible inmediación la composición
musical y fragante que Robin había llamado Canto de la Tierra. El compositor
tuvo que haberlo sabido, comprendió bruscamente Palmer. Tenía que saber que
esto iba a ocurrir.
Porque
Palmer entendía ahora por completo el significado de la composición. Entonces
había hablado para los solarianos; ahora hablaba para todos los hombres en
todas partes. Hablaba de una pérdida tan grande que costaría siglos conocer
completamente su alcance. Hablaba de un millón de ciudades, tan ricas que
rebosaban de historia y recuerdos, un millar de culturas bullendo en fermento
fecundo durante milenios, gas incandescente ahora, y perdidas para siempre.
La
raza humana había sido salvada de la mayor amenaza en toda su historia, pero el
precio igualaba a la recompensa. El hombre sobreviviría, pero su hogar
primario, la parte más excelente de su historia y cultura, sus raíces más
fundamentales, y el último y principal de los mitos que le eran sustento,
Fortaleza Sol, le había sido arrebatado.
El
precio de la supervivencia, pensó tristemente Palmer, es siempre la pérdida de
las ilusiones. La raza humana ha dejado tras ella las cosas de la infancia.
Ahora estamos solos.
Y
ahora Palmer comprendía, comprendía tantas cosas...
Esta
era el arma secreta de que Lingo había hablado. “Fortaleza Sol...”, había dicho
Dirk, ¿pero quién podía pensar que lo dijera de un modo tan literal?
Y
por esto Lingo se había negado a explicarle una sola cosa por adelantado, por
esto Lingo había deseado tan desesperada mente que lo juzgaran. ¿Pero quién soy
yo para juzgarlo?, pensó Palmer. ¿Cómo puede uno sopesar cinco billones de
vidas y la juventud de una raza a cambio de su misma supervivencia?
Palmer
se avergonzó del contento que sentía porque ni una sola parte de aquella
decisión hubiera sido suya. Ahora entendía la dimensión final de la humanidad
que los solarianos habían intentado explicarle con meras palabras. Tal era la
humanidad de los solarianos que eran capaces de sopesar la vida de Fortaleza
Sol con el destino de la raza humana, negar a la decisión correcta y aún
preocuparse tanto por un ser humano como para ahorrarle la espantosa
responsabilidad de compartir, por más remota e indirectamente que fuera, tal
decisión.
Palmer
ya sabía que los solarianos le habían ocultado el secreto para ahorrarle el
sufrimiento, y no para exasperarlo.
¿Cómo
puedo juzgar a esta gente?, pensó Palmer. Nadie tiene derecho a juzgarlos.
Nadie los juzgará, si yo puedo opinar al respecto.
Muy
de repente, y sin ninguna sorpresa, Palmer comprendió que en aquel momento
había entrado realmente en el Grupo Orgánico solariano. Él era uno de ellos,
sin ninguna duda, sin ninguna reserva.
CAPÍTULO
TRECE
DURANTE
LARGOS momentos de silencio los siete humanos contemplaron el maelstrom
globular gaseoso que se expandía y que había sido Sol..., desde el punto de
mira de una cámara situada muy lejos del sistema solar, pues el sistema de Sol
ya no existía.
Por
fin, Palmer se apartó del espectáculo hipnótico y miró a los solarianos. Robín,
Fran y Linda lloraban sin un solo sonido, casi sin lágrimas. Max observaba
rígidamente la pantalla como si se hubiera convertido en piedra. Ortega
apretaba los dientes, su puño derecho envuelto en su mano izquierda.
El
semblante de Lingo estaba fijo en una máscara torva, impasible, controlada.
Sólo las comisuras de sus labios, torcidas hacia abajo convulsivamente,
mostraban alguna emoción. Entonces Dirk se dio cuenta de que Palmer lo miraba.
Se volvió para contemplarlo directamente; sus grandes ojos verdes parecían
aberturas de cierto abismo sin fondo. Sonrió melancólicamente a Palmer.
—Ahora
ya lo sabes, Jay... Ya lo sabes —dijo en voz baja.
Palmer
devolvió la mirada a Lingo.
—Ahora
lo sé, Dirk —dijo—. Ahora lo sé realmente. Todo, cada paso del camino,
pretendía simplemente llevar a esto. La mayor trampa de toda la historia.
Pero... ¿Cómo fue disparada, de todas formas?
Lingo
suspiró pesadamente.
—Esa
fue la parte más sencilla —dijo—. La única parte sencilla. La estación de
Mercurio no era más que un generador de campo de estasis con un detonador de
proximidad. La palabra clave “fénix” dispuso el detonador de modo que la
próxima vez que se acercara una nave a la órbita de Venus... —Lingo dejó la
frase en suspenso, no había necesidad de completarla.
—Construimos
una ratonera mejor, eso es todo —dijo Ortega con una aspereza amarga,
exagerada—. La maldita ratonera más grande y mejor de la historia.
—¡Con
el cebo más valioso! —dijo Palmer.
—Jay,
hay una cosa que simplemente deberás aceptar —expuso bruscamente Lingo—. Una
cosa que todos debemos aceptar. De una manera o de otra, Fortaleza Sol tenía
que morir. Tarde o temprano, con doogs o sin ellos. El futuro de la raza humana
está ahí afuera, en la galaxia, no en el pasado, no en el útero. La
Confederación es el futuro de la raza humana, o más bien lo que la
Confederación tiene ahora libertad para llegar a ser. Fortaleza Sol... La
Promesa... Todas las leyendas..., en cierto tiempo sirvieron para un propósito,
cuando la raza humana precisaba de ilusiones agradables, fuerzas exteriores
míticas, sólo para subsistir. Pero ya no somos niños. Estamos ganando la
guerra, nos vamos a expandir por una galaxia entera y no hay lugar para mitos
en un futuro así. El hombre debe meterse dentro del espeso cráneo que tiene la
idea de que sólo hay una cosa en el universo que siempre será digna de su
creencia: él mismo. Porque a menos que el hombre aprenda a poner su fe en su
propia grandeza, seguiremos siendo niños siempre. El mito de Fortaleza Sol,
como todos los mitos, fue un cuento de hadas para niños, algo para ahuyentar
fantasmas. Tenía que morir si es que el hombre iba a crecer alguna vez. No
hemos perdido el pasado, hemos ganado el futuro.
—Un
discurso muy bueno, Dirk —dijo tranquilamente Palmer—. ¿A quién tratas de
convencer? ¿A mí, o a ti mismo?
Lingo
forzó una sonrisa.
—He
vuelto a subestimarte, Jay —dijo—. Cuando se toma una decisión como esta, entre
dos terribles alternativas, no importa que sepas lo acertado que has estado...
Jamás podrás convencerte, Jay... ¿Te he contado alguna vez cómo murió Douglas
MacDay, años después de haber tomado su terrible decisión de hundir en el caos
a Sol, la decisión más importante y más acertada jamás tomada por un hombre?
—No.
Lingo
se volvió para contemplar una vez más el holocausto en la pantalla.
—Aunque
sabía que tenía razón —dijo Lingo sin mirar a Palmer—, aunque sabía que había
dado a la raza humana la única posibilidad que tenía, no pudo soportarlo. Se
suicidó, Jay, acabó por suicidarse.
—
¿Qué deseas de mí, Dirk? —dijo Palmer suavemente.
Lingo
se volvió para mirarlo a la cara, sus ojos vacíos y llameantes.
—¿Qué
es lo que deseo, Jay? Quiero que me digas algo. Dime si hemos estado acertados,
o dime si nos hemos equivocado. Quiero saberlo, Jay. Supongo que deseo ser
juzgado.
—Y
por eso te negaste a explicarme qué iba a pasar, ¿no es cierto, Dirk? —dijo
Palmer—. No querías que yo tuviera que vivir con lo que tú vives ahora.
—Sí.
Por supuesto. En cuantas menos cabezas está una cosa así, tanto mejor.
—No
puedo juzgarte, Dirk —dijo Palmer—. No puedo juzgarte porque no imagino qué
habría hecho yo en tu lugar. Nadie puede juzgarte. Nadie tiene el derecho. Pero
te respeto, Dirk, del modo que tú respetas a MacDay. Eso debería ser suficiente
para cualquiera.
Lingo
sonrió tristemente.
—Tienes
razón, Jay —dijo—. Eso es todo lo que podemos esperar, y todo lo que deberíamos
desear. Gracias.
—Una
cosa que se puede decir con seguridad —dijo Ortega, dando una ojeada a la
pantalla—. Será mejor que salgamos de aquí deprisa, antes de que esa onda nos
alcance.
Lingo
se sentó en el sillón del piloto.
—Dedicad
una buena mirada a lo que queda de Sol —dijo—. Es lo último que alguien verá.
Después
apretó el botón, y entraron en el espacioestasis.
Palmer
estuvo acostado en su litera durante horas, intentando digerir lo que había
sucedido, y lo que iba a suceder. Tres siglos de historia habían dado una
vuelta en un instante, tres siglos de historia y tres décadas de su vida.
El
hombre era el amo ahora. Aunque no lo sabía aún, aunque la llamarada de luz que
era el único monumento que el sistema natal del hombre tendría jamás no
llegaría a los mundos de la Confederación durante décadas, el pueblo de la
Confederación había heredado la galaxia. Y heredado era la palabra correcta.
Porque
había costado una gran muerte destruir el poder del Imperio Duglaari: la muerte
de Sol y de cinco billones de solarianos. El precio de la vida era, como
siempre, muerte.
Pese
a todo lo que había dicho a Lingo, Jay Palmer sentía el peso de aquellas
muertes. Porque dependía de él, y de hombres como él, dar significado a tales
muertes, preocuparse de que no fueran en vano.
Fortaleza
Sol había hecho frente a la prueba de la historia. Ahora dependía del resto de
la raza humana justificar el mayor de los sacrificios. Fortaleza Sol había
muerto, y la Confederación también debía sufrir ahora una muerte especial.
Debía dar paso a un nuevo orden, un orden donde los hombres se enorgullecieran
de su humanidad y no la negaran por miedo.
También
esto pasará, decía la única verdad universal de la historia. Pero ahora había
que añadir un corolario a la antigua ley: También esto pasará, pero el hombre
prevalecerá.
No
habría más solarianos, y tampoco debían existir más hombres de la
Confederación. Sólo el hombre.
Debía...
—Sube
a la sala de mandos —dijo Robin Morel, metiendo la mano en el camarote de
Palmer—. Estamos saliendo del espacioestasis.
Todavía
estaban en el espacioestasis cuando Palmer llegó a la sala de mandos. Los demás
ya estaban allí.
—
¿Por qué salimos del espacioestasis ahora? —preguntó Palmer—. Sólo hemos estado
unas horas. Estamos en medio de nada.
—Así
es —replicó Lingo, buena parte de su antigua desenvoltura devuelta a su voz—,
así es.
El
resto de los solarianos también parecía haberse recuperado, y casi daba la
impresión de que se sonreían unos a otros.
Pero
horas antes, cinco billones de personas habían muerto.
Fran
Shannon hizo un gesto con la cabeza a Lingo, quien desconectó el generador de
campo de estasis. El maelstrom caótico del espacioestasis fluctuó y
desapareció. Las estrellas salieron. Estaban en el espacio normal, en el vasto
espacio muerto, sin luz, entre las estrellas, casi a medio camino entre Sol y
Centaurus. Ahí no había nada, nada en absoluto. Incluso nova Sol era
invisible...puesto que la imagen de aquel terrible suceso se desplazaba sólo a
la velocidad de la luz, y no llegaría a este punto del espacio hasta dentro de
dos años más. Sol era otro punto luminoso más entre los miles de estrellas
anónimas que salpicaban la vacía negrura.
Palmer
contempló la oscuridad interminable. ¿Por qué salían del espacioestasis aquí?,
se preguntó. Había algo en el mismo hecho de estar en ninguna parte, en aquel
vacío absoluto, que sobrecogía a Palmer hasta la médula de su ser. ¿Pero por
qué...?
—Ahí
—dijo Fran Shannon, trazando un círculo rojo en torno a un grupo de cinco motas
de luz que apenas mostraban un disco.
¡Pero
eso es imposible!, pensó Palmer. ¡Nada puede mostrar un disco ahí fuera!
Porque
se encontraban a dos años—luz de Sol, y Sol era la estrella más cercana. ¡No
podía haber nada ahí fuera, en el espacio entre las estrellas, tan cerca como
para mostrar un disco! ¡Era imposible! Pero había cinco discos claramente
visibles dentro del círculo indicativo de la pantalla.
—¿Qué
son? —murmuró Palmer—. No pueden ser planetas ahí fuera...
—No
son planetas —dijo Lingo, cambiando la posición espacial de la nave de manera
que los discos del círculo indicativo quedaran centrados en la señal de la
línea de vuelo de la nave.
—¡Pero
no estamos cerca de ningún sistema de estrellas múltiples como ese! — exclamó
Palmer.
—Tampoco
son estrellas —dijo Lingo, conectando la propulsión por resolución de la nave—.
Y están mucho más cerca de lo que me parece que piensas. Fíjate.
Aceleraron
más y más hacia los enigmáticos cuerpos, y los cinco discos estrechamente
apiñados crecieron y crecieron, hasta convertirse en esferas, hasta que fueron
visibles al detalle, hasta que los cinco discos se transformaron en globos,
hasta que quedó claro que los objetos eran... ¿Qué?
Palmer
los veía, pero no comprendía.
Eran
demasiado pequeños para ser planetas, pero eran esferas. Cinco pequeños
planetoides, en estrecha formación, cada uno de un diámetro de quizá quince
kilómetros.
Conforme
se acercaban, Palmer se dio cuenta que aquellas esferas no se parecían a ningún
planetoide del que hubiera oído hablar. Los cinco eran absolutamente regulares,
esferas perfectas que flotaban juntas en medio de ninguna parte.
Se
acercaron a dos o tres kilómetros de la formación.
La
boca de Jay se abrió.
Se
quedó boquiabierto de sorpresa.
Eran
metálicas.
No
roca metálica, sino metal. Planchas de metal. Eran artificiales. Eran esferas
metálicas idénticas. No tenían señales, ningún rasgo externo excepto...excepto
lo que de un modo desconcertante parecían antenas de campo de resolución
distribuidas de una forma uniforme por sus ecuadores. ¡Eran obviamente
manufacturadas!
—¿Qué...
¿Qué diablos son?
Lingo
se echó a reír.
—Alguien,
con cierto humor negro, las apodó “vagones de carne”. Un nombre algo forzado.
Son naves espaciales.
—¿Naves
espaciales...? ¡Pero es imposible! —exclamó Palmer—. No soy matemático, pero sé
que existe algo llamado ecuación de Hayakawa que limita el tamaño del campo de
estasis a burbujas de quinientos metros de diámetro. De lo contrario, todo
sería muy distinto..—. Podríamos construir naves tan grandes como quisiéramos,
puesto que no hay límite para el tamaño teórico de los campos de resolución.
¡Caramba, en teoría se podría hacer volar un planeta, supongo! Pero es
simplemente imposible desplegar un campo de estasis lo bastante grande para
llevar objetos como esos...esos “Vagones de carne” o lo que sean, de una
estrella a otra.
—Tienes
razón en todo, Jay —dijo Lingo—. Sin embargo, los vagones de carne son naves
espaciales. Después de todo, ¿qué piensas que sucedió con la población de
Fortaleza Sol?
Palmer
miró estúpidamente a Lingo. El precio que el hombre había pagado, que Sol había
pagado por la victoria era algo que había intentado olvidar con todas sus
fuerzas. Ahora
Lingo
había vuelto a mencionarlo, y Palmer estaba reviviendo los terribles momentos
una vez más.
—Yo...
Creía que era absurdo decir nada al respecto, Dirk —dijo en voz baja—.
Comprendo que había que hacer el sacrificio, si la raza humana tenía que
sobrevivir, pero aun así...
Lingo
lo miró con incredulidad durante un largo instante. Entonces la comprensión
brotó en su rostro, seguida por la sorpresa, después por una mirada extraña,
casi de asombro, que resultaba indescifrable.
—De
nuevo he vuelto a subestimarte, Jay —dijo—. Como estabas tan deseoso de
perdonar y comprender, pensé que naturalmente entendías... Pero tengo la
impresión de que has visto nuestras mentes con más profundidad que nosotros
mismos. Sí, habríamos sacrificado cinco billones de vidas solarianas para
salvar a la raza humana, si esa hubiera sido la única alternativa. Ahora lo
comprendo. Si hubiéramos tenido que hacerlo, lo habríamos hecho. Incluso la
idea de tener que enfrentarse a eso es horrible. Pero, Jay, ¿no te acuerdas? Te
dije que los satélites externos, Marte, la Luna, habían sido evacuados...
—Sí,
¿pero a qué otro sitio que no fuera la Tierra? Y la Tierra...
—No
lo comprendes, Jay. El sistema solar entero fue evacuado. Hasta el último ser
humano del último cuerpo habitado, incluida la Tierra.
—¿Pero
cómo? ¿Adónde?
—Ahí
—dijo Lingo, señalando las cinco enormes esferas metálicas que flotaban en el
espacio—. Ahí, en los vagones de carne.
—¿Qué?
Pero aunque sean muy grandes, cinco billones de personas no podrían habitarlos.
No se puede transportar suficiente comida, agua u oxígeno. Y aunque se pudiera,
la gente se moriría de vieja antes de llegar a los planetas de la
Confederación. Esos objetos no pueden entrar en el espacioestasis.
—Tienes
razón y estás equivocado, Jay —dijo Lingo—. Es cierto: los vagones de camino
pueden viajar más rápido que la luz. Tienes razón, no pueden transportar
suficiente comida, agua u oxígeno para cinco billones de personas. Y tienes
razón en que les costaría tanto tiempo llegar a la Confederación que la gente
que los habitara moriría de vieja. ¡Pero, Jay, pero...! Recuerda la historia
antigua. Los hombres fueron a las estrellas antes de que el campo de estasis
fuera descubierto, al menos a las estrellas más cercanas. ¿Y cómo lo hicieron?
—Bueno,
usaron una especie de animación suspendida, ¿no?
—No
sé cómo lo llamaban, pero sé cómo lo hacían. Se limitaban a congelarse en helio
líquido. Puesto que sólo viajaban por el espacio interestelar cuando estaban
congelados, el frío del espacio mantenía al helio casi en el cero absoluto, y
los viajeros seguían en animación suspendida hasta que alcanzaban su destino.
—¿Pretendes
decir que...
—Sí,
Jay. Los vagones de carne son poco más que tanques de helio líquido, con
dispositivos de resolución agregados. No lo olvides, hace años que sabíamos lo
que iba a suceder. Por eso toda la población del sistema fue congelada en helio
líquido hace dos años, y se dio una gran ventaja inicial a los vagones de
carne, ¿sabes? Pues una persona en animación suspendida no requiere de comida,
agua, oxígeno, ni siquiera espacio para moverse. Y cinco esferas, cada una de
quince kilómetros de diámetro, pueden contener infinidad de personas si todas
están en animación suspendida y apiladas como fardos de leña.
—Pero...
Pero..., ¿a dónde van los vagones de carne? ¿Qué pensáis hacer con...con cinco
billones de superhombres?
—¡Nada
de superhombres, Jay! —replicó bruscamente Lingo—. Hombres, Jay, hombres. Nada
de superhombres, sino totalmente humanos. Esos cinco billones de personas
representan aproximadamente un billón de grupos orgánicos. Y puesto que los
grupos permanecen unidos, no habrá necesidad de descongelar a cinco billones de
personas al mismo tiempo. Como sabes perfectamente, un Grupo Orgánico es una
unidad completa, una pequeña cultura por sí mismo. Todas las personas poseen al
menos un Talento. No pienses en los vagones de carne como problemas, Jay. No lo
son. Son los mayores almacenes de tesoros de la historia de la raza humana, el
tipo de tesoros que realmente interesa: personas. Hay cientos de planetas en la
Confederación. Cada uno de ellos puede acomodar con facilidad unos cuantos
millones más de personas. Estos cinco billones de solarianos serán esparcidos
por la Confederación. Cada uno de ellos puede acomodar con facilidad a unos
cuantos millones más de personas. Estos cinco billones de solarianos serán esparcidos
por la Confederación entera. Se unirán al resto de la Humanidad a razón de
cinco por cada cien, igual que una gota de agua en el océano.
—No
es una analogía exactamente válida —dijo secamente Palmer—. No son cinco
billones de personas ordinarias, Dirk, no importa lo que digas. Son distintos,
y tengo que admitirlo, son mejores. Transformarán a la raza humana por
completo... Si la raza humana les permite subsistir.
Lingo
esbozó lentamente una sonrisa.
—Tienes
razón —dijo—. ¿Pero hay que temer eso? Lo que nosotros hemos aprendido, lo que
hemos llegado a ser, será la herencia de la raza humana entera.
Intrínsecamente, no hay diferencia alguna entre los habitantes de Sol y los de
la Confederación. Las personas de la Confederación también tienen Talentos en
potencia, que no han sido desarrollados. Tú, Jay, por ejemplo, eres quizás un
Maestro de Juego, y un Líder latente. Kurowski es un Líder latente, o jamás
habría llegado a mariscal supremo. Sí, el hombre va a cambiar, va a despertar.
Va a despertar a la potencia plena de su humanidad, se va a transformar en algo
que supera sus sueños más alocados. Y tú, Jay, eres la clave.
—¿Yo?
—Sí,
tú. Has demostrado que es posible, que un hombre de la Confederación puede
integrarse en su Grupo Orgánico solar. Has sido un experimento, y el
experimento ha sido un éxito. Ahora conoces el significado total del
experimento. Porque en las décadas futuras, toda la Humanidad se organizará en
Grupos Orgánicos. Tú has sido el primero, pero no serás el último. La gran
incógnita de nuestro plan ha sido resuelta: la gente de la Confederación es
capaz de cambiar, de crecer. La historia de la raza humana está apenas
comenzando. Ningún hombre vivo puede imaginar en qué nos convertiremos
finalmente. Pero una cosa es segura, Jay: serán hombres como tú los que guíen a
tu pueblo..., a nuestro pueblo. Hombres capaces de mantenerse apartados tanto
de la Confederación como del recuerdo de Sol perdido, y de ser simplemente
humanos..., cosa que, por supuesto, no es sencilla ni mucho menos.
Y
Palmer sabía muy dentro de él que eso era cierto. Juntos, él y los solarianos,
habían luchado y vencido. Juntos, ese día ya remoto en que la raza humana
estuviera unida y fuera un todo, seguirían adelante, solarianos y confederados
por igual, para enfrentarse al futuro.
Palmer
contempló el espacio, el insignificante punto luminoso que era Sol, un Sol cuya
imagen era casi dos años vieja. La luz de la muerte de Sol no iluminaría los
mundos de la Confederación durante décadas.
Y
cuando por fin la luz de nova Sol llegara a los mundos de la Confederación para
brillar algunos días en los cielos, los hombres reconocerían en ella no la pira
funeraria de la raza humana, sino la luz del amanecer de un mañana feliz. Una
luz que no moriría jamás.
Fin


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