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Libro No. 487. Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo.

© Libro No. 487. Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo. Colección E.O. Septiembre 21 de 2013.

Títulos originales: ©  Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)

Versión Original: ©  Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)

 

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Portada E.O. de Imagen original

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

Geografías Culturales

Aproximaciones, intersecciones y desafíos

 

 

        

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)

 

 

 

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Geografías Culturales

Aproximaciones, intersecciones y desafíos

 

 

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)

 

Decano

Hugo  Trinchero

Vicedecana

Ana María Zubieta

Secretaria Académica Leonor Acuña

Secretaria de Supervisión

Administrativa

Marcela Lamelza

Secretaria de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil

Silvana Campanini

 

Secretario General

Jorge Gugliotta

Secretario de Investigación y Posgrado

Claudio  Guevara

Subsecretaria de Bibliotecas

María Rosa Mostaccio

Subsecretario

de Publicaciones

Rubén  Mario Calmels

Prosecretario

de Publicaciones

Jorge Winter

 

Coordinadora

Editorial

Julia Zullo

Consejo Editor Amanda  Toubes Lidia Nacuzzi Susana Cella Myriam Feldfeber Silvia Delfino Diego Villarroel Germán Delgado Sergio Castelo

Dirección

de Imprenta

Rosa Gómez

 

Editorial de la Facultad de Filosofia y Letras

Colección “Libros de Filo”

Edición: Juan Carlos Ciccolella y Liliana Cometta

Colaboración: Yanina Demarco y Juan Marcos Córdoba, estudiantes de la carrera de Edición dentro de la Práctica Profesio- nal en Instituciones Públicas u ONG.

 

Diseño de tapa e interior: Pica y punto. Magali Canale-Fernando Lendoiro

 

 

Geografías culturales:  aproximaciones, intersecciones y desafíos / coordinado por Perla Brígida Zusman; Hortensia Castro; Susana B. Adamo. - 1a ed. - Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires, 2011.

342 p. ; 20 x 14 cm. - (Libros de filo) ISBN 978-987-1785-00-1

1. Política Cultural. 2. Espacios Públicos. I. Zusman, Perla Brígida, coord. II. Castro, Hortensia, coord. III. Adamo, Susana B., coord.

CDD 306

 

 

 

ISBN: 978-987-1785-00-1

© Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2011

Subsecretaría de Publicaciones

Puan 480 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - República Argentina

Tel.: 4432-0606, int. 167 - editor@filo.uba.ar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

Introducción       5

Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

Parte A: Espacio, política y cultura         19

Las formas simbólicas espaciales y la política          21

Roberto Lobato Corrêa

Viviendo en el límite: los dilemas del hibridismo

y de la multi/transterritorialidad     49

Rogério Haesbaert

Alteridentidad: estrategia espacial y cultura política          77

Jacques Lévy

 

Parte B: Ciudad, espacio público y cultura      89

 

El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación       91

Odette Carvalho de Lima Seabra

 

Del ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 117

Ana Fani Alessandri Carlos

El lugar y el espacio público          139

Vincent Berdoulay

 

Ciudadanos de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción    155

Paulo César da Costa Gomes

 

Parte C: Perspectivas teóricas y desafíos temáticos        175

 

Revisitar la concepción de lo social para una Geografía constructivista      177

Alicia Lindón

 

El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 213

Daniel Hiernaux-Nicolas

 

Religión, bienes simbólicos, mercado y red     235

Zeny Rosendahl

Del rodar del dado al clickear del mouse: explorando

las Geografías Culturales del juego por Internet      253

Charlotte Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes

 

Paisaje: imagen, entorno, ensamble      277

Jens Andermann

 

Epílogo: Aproximaciones culturales en Geografía:

dilemas epistemológicos y políticos       291

 

¿Geografía Cultural o abordaje cultural en Geografía?     293

Paul Claval

La Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional

por un Año Internacional de la Cultura y la Globalización

de las Naciones Unidas       315

Benno Werlen

 

Los autores         333

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

Perla Zusman* y Rogério Haesbaert**

 

 

 

Las Geografías Culturales ocupan hoy un lugar destacado en la agenda de la Geografía  como disciplina.  A su vez, cons- tituyen  un  área  de trabajo  que  mantiene un  fluido  diálogo con otros campos, particularmente, con las diversas perspec- tivas que se tejen en el marco  de los estudios  culturales.

El espacio,  tanto  institucional como  epistemológico, que las Geografías  Culturales han  adquirido en  el interior de la disciplina  desde  los inicios  de  la década  de  1990 no  se explica solo por el “giro cultural”  sino también por algunas transformaciones del mundo de hoy que requieren poner en juego la relación espacio-cultura.

En primer lugar, el capital actúa de modo tal que distintas expresiones culturales –presentes o pasadas,  occidentales o no occidentales– han  sido objeto  de mercantilización o, en términos de David Harvey (2003), de estrategias  de acumu- lación por desposesión. En este contexto la producción/rein- vención  de la diferencia adquiere cada vez mayor peso a fin de crear nuevos nichos de mercado. Así, el valor simbólico es

 

 

* Universidad de Buenos Aires (Argentina).

** Universidad Federal Fluminense (Brasil).

 

 

 

5

 

 

 

 

 

crecientemente incorporado a las mercaderías, a los lugares y a los paisajes. Simultáneamente, distintos  actores  sociales (empresas transnacionales, gobiernos locales, movimientos sociales, ONG, grupos  étnicos,  religiosos  o lingüísticos,  en- tre otros) se valen de prácticas  materiales y simbólicas para reivindicar su lugar en el mundo.

En segundo lugar, junto con la globalización se han desen- cadenado prácticas  de homogeneización y heterogeneización que  involucran modas,  valores y creencias. Por  ejemplo, las empresas transnacionales han hecho del consumo de sus pro- ductos un objeto de distinción o de estatus de ciertos sectores sociales. También algunos  organismos internacionales, como aquellos  asociados  a la patrimonialización –por  ejemplo, el Consejo  Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS)–, definen criterios globales para situar ciertos ámbitos geográfi- cos en la escena internacional. Sin embargo, las prácticas glo- bales afectan  de modo  diferencial a los lugares. Mientras que algunas  sociedades crean  nuevas  formas  culturales a partir de  la influencia de  aquellas  prácticas  globales,  otras  prefie- ren  mantenerse en  una  postura predominantemente defen- siva. Ello se expresa  mediante algunas  reivindicaciones iden- titarias  históricas  (como ciertos  regionalismos) o a través de otras nuevas (como se observa en el caso de los movimientos ambientalistas e indígenas latinoamericanos).

En tercer  lugar,  se han  intensificado los flujos de pobla- ción,  particularmente, los migratorios y los turísticos.  En este caso, no son las empresas, sino los propios grupos  socia- les los que, con sus desplazamientos, llevan concepciones del mundo y modos de concebir la realidad de un ámbito  a otro. A los movimientos de población debemos agregar  otros tipos de flujos, no materiales: los de las redes  informáticas. El ci- berespacio se ha convertido en un nuevo ámbito  de produc- ción de comunidades culturales (virtuales) con implicancias en la construcción social y espacial de la realidad. Estas son solo algunas  de las transformaciones que,  a la vez que  han

 

 

 

6  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

aproximado a las personas y sus culturas  y han  conformado sociedades multi  o transculturales y lugares  híbridos, han desencadenado también nuevos procesos  de exclusión.

 

Aproximaciones

Con el fin de problematizar y tematizar estos procesos,  las Geografías  Culturales ponen  en  juego  la propia tradición disciplinar y recurren, también, a los abordajes y conceptos de otras  áreas.  De ese modo,  construyen nuevas  aproxima- ciones. Así, por ejemplo, a la forma  clásica de trabajar la re- lación  entre espacio  y cultura a través  de  lo material y lo visible, iniciada  con la propuesta saueriana en la década  de

1930, se le han sumado otras aproximaciones que, con larga trayectoria en la Antropología, han buscado  analizar la mul- tiplicidad de significados  y representaciones que  atraviesan el mundo de lo simbólico  y que  elaboran y recrean la reali- dad material.

La perspectiva antropológica –mediada, por ejemplo, por los estudios  de las geógrafas  feministas–  permitió, también, incorporar ciertas  preocupaciones sobre  el posicionamien- to del investigador y sobre  la necesidad de otorgarles voz a aquellos que, hasta el momento, no habían tenido su espacio y habían sido excluidos  como  sujetos y objetos  de reflexión en la Geografía.

Por  su lado,  la escuela  de  Birmingham, representada  por las producciones de Stuart Hall, Raymond  Williams y Richard Hoggart, entre otros, ha ampliado el concepto de cultura a to- das las prácticas sociales cotidianas. En esta línea de trabajo  se entiende también que  las significaciones de las prácticas  cul- turales están atravesadas por relaciones de poder y que, por lo tanto,  son objeto de negociación y también de resistencia.

A estos aspectos  debemos agregar  los aportes de los estu- dios literarios, particularmente, el del trabajo  de John  Ber- ger, Modos de ver (2002) y el libro Orientalismo de Edward Said (2002). Estas obras  fundacionales sirvieron  para  quebrar con la perspectiva que  consideraba la representación como mero  reflejo de la realidad para trabajar, en cambio,  con las políticas  de  representación,  ya que  estas  pueden “revelar más acerca  de aquellos  que poseen la facultad  de definirlas que acerca de aquellos  cuyas vidas tratan de representar” (Philo, 1999: 45).

La crítica literaria  también introduce la interpretación de textos  como  método de trabajo,  mediante el cual estos son analizados  en  su contexto y/o en  relación con  otros  textos para examinar su significatividad.

 

Intersecciones

Las implicancias epistemológicas del “giro cultural”  han afectado a distintos  subcampos de la Geografía. Ello ha lle- vado  a algunos  autores (Haesbaert,  2008;  Claval, en  este libro) a reconocer que  la Geografía  Cultural más que  una subárea  dentro de la Geografía  se constituye  en un tipo de abordaje. Así, por  ejemplo, en algunos  estudios  de Geogra- fía Rural, la naturaleza es ahora  trabajada en términos dis- cursivos y simbólicos;  se focaliza la atención en  las formas en las que  se construyen ciertas  narrativas  de imágenes en torno a la naturaleza y se discute  el uso político  de algunas de esas representaciones (Nates Cruz y Raymond, 2007). Del mismo  modo,  en  el marco  de  la Geografía  Política,  el po- der puede discutirse  no solo a partir  de la “dominación” y la “manipulación” sino a través de la “seducción”  (Allen, 2003) o, en el ámbito de la Geografía Económica, la economía pue- de requerir la incorporación de aspectos  imaginativos  en el análisis (Peet, 1999).

El abordaje cultural también habría derivado  en la redefi- nición de algunos conceptos que forman parte del cuerpo dis- ciplinar. Así, por ejemplo, los paisajes, entendidos en la Geo- grafía saueriana como expresiones materiales de una cultura, pasan  a ser analizados  como  representaciones  que  resultan de elaboraciones literarias  o pictográficas, o como elementos

 

 

 

8  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

construidos a través de prácticas performativas. En ambos ca- sos, el paisaje adquiere una connotación estética. Los lugares, pensados desde  la Geografía  humanista como  expresión de las experiencias cotidianas de los sujetos,  son ahora  diversi- ficados a partir  de vivencias diferenciadas desde  el punto de vista de  género, étnico,  religioso  o etario.  Otros  conceptos, como  los de región o territorio, no permanecieron ajenos  a la renovación  cultural;  por  el contrario, la región  comenzó a ser pensada también como  un  “espacio  vivido” (Frémont,

1976) y el territorio como “valor” (Bonnémaison y Cambrézy,

1996). Paisajes, lugares,  regiones y territorios participan en las dinámicas que configuran las identidades (una categoría que entra  definitivamente en el terreno de la Geografía  entre las décadas de 1980 y 1990). Y, al igual que las dinámicas espa- ciales, las identidades están siempre  en proceso de definición; son múltiples, ambivalentes y potencialmente conflictivas.

 

Tradiciones

En la actualidad, encontramos distintas formas de pensar lo cultural en Geografía. Entre  ellas destacamos, en primer lugar, los trabajos  adscriptos a la tradición francesa  que, ha- cia la década  de 1980, a partir  de los aportes de la escuela vidaliana y de la recuperación de las reflexiones de base exis- tencialista  de Eric Dardel,  diversificaron sus temas y objetos de interés.  La renovación encontró en la revista Géographie et Cultures, fundada por Paul Claval, un espacio para su efecti- vación (Collignon, 1999; Lobato Corrêa  y Rosendahl, 2002). En segundo lugar,  reconocemos aquellos  otros trabajos  que siguen las nuevas Geografías  Culturales desplegadas en el mundo anglosajón, donde conviven  las posturas marxistas y fenomenológicas con distintas  perspectivas  posestructura- listas (la teoría  no-representacional de Nigel Thrift o la pro- puesta de Actor Network Theory de Bruno  Latour  son ejemplos de estas perspectivas) y donde se ha incorporado reciente- mente al análisis la relación entre el cuerpo, las emociones y el entorno (Lorimer, 2007). En tercer  lugar,  reconocemos los aportes de los trabajos latinoamericanos sobre Geografía Cultural. Si bien estos estudios tienen una historia más breve que  la de  los franceses  y los anglosajones, poseen  algunas características que  les otorgan cierta  especificidad. En pri- mer  lugar,  destacamos su diálogo  con  las ciencias  sociales, en especial,  con  los estudios  culturales latinoamericanos1   y con  las perspectivas  francesas  y anglosajonas en  Geografía Cultural. Dentro de este marco, buscaron alejarse de las pos- turas  eurocéntricas y comprender las particularidades del subcontinente a partir  de la propia historia  y del sincretismo de  las culturas  populares. En segundo lugar,  señalamos  el interés  por construir una perspectiva crítica de los procesos globales y por pensar la cultura como elemento de transfor- mación  social. El Núcleo  de Estudos e  Pesquisas  sobre Espaço  e Cultura (NEPEC) de la Universidad Estadual  de Río de Ja- neiro  (bajo la dirección de Roberto Lobato  Corrêa  y Zeny Rosendahl) y la edición de su revista Espaço  e Cultura se han constituido en referentes de estas preocupaciones y perspec- tivas en la región.

 

La conferencia “Aspectos culturales en las Geografías Económicas, Sociales y Políticas”

En el año 1996 se organizó, en el marco  de la Unión Geo- gráfica Internacional (UGI), la comisión  denominada La Aproximación Cultural en Geografía. Desde entonces, ese grupo ha organizado una serie de actividades en distintas ciu- dades del mundo. Invitados para representar a América Lati- na en esta comisión,  organizamos entre los días 11 y 13 de oc- tubre del año 2007 la primera conferencia de dicha comisión en Buenos  Aires. El evento,  titulado “Aspectos culturales en las Geografías Económicas, Sociales y Políticas”, se estructuró

 

 

1  Estamos pensando especialmente en los trabajos de Néstor García Canclini, Walter Mignolo, Jesús Bar- bero y Renato Ortiz.

 

 

 

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a partir  de 3 conferencias, 3 mesas redondas y 24 sesiones te- máticas. Participaron alrededor de 400 personas, número que refleja el alto nivel de convocatoria del encuentro.

El objetivo de la conferencia fue explorar las interseccio- nes de la Geografía  Cultural con  otros  campos  de la disci- plina, como los de las Geografías  Políticas, Económicas y Sociales. La decisión  de centrar el eje de la discusión  en la indagación de  esa interfase se basó  en  considerar que  los análisis que conciben la cultura como  una  esfera autónoma resultaban muy limitados  para  entender los modos  en  los que ella moldea la realidad. En un mundo en el que, según se afirma, vivimos en el “cruce” de las fronteras, trabajar en áreas bien  delimitadas se torna cada vez más difícil y hasta contraproducente. De manera que explorar los desafíos que plantean las intersecciones entre estas áreas de trabajo  de la Geografía  aparecía como  una  cuestión de gran  potenciali- dad para ser indagada a lo largo de la conferencia.

En este libro se presentan algunos  resultados de esa expe- riencia.  Las intersecciones exploradas han  ido más allá del encuentro entre subcampos disciplinares. Por un lado, se ha establecido un espacio de diálogo entre las perspectivas  clási- cas y las nuevas que hoy tematizan la relación entre espacio y cultura. Por otro lado, se han podido establecer vínculos en- tre las problemáticas que se debaten actualmente en Europa, Norteamérica y América Latina  desde  distintas  perspectivas teóricas.  La participación de geógrafos  reconocidos interna- cionalmente por  sus aproximaciones propias  e innovadoras, en particular, procedentes de Estados Unidos,  Inglaterra, Francia,  Alemania,  Argentina, México  y Brasil,  manifiesta esta recreación de vínculos y la riqueza  del debate. Además, las distintas  formas  de intercambio se han  entablado desde las distintas  lenguas  en que  cada una  de las investigaciones fue concebida (español, portugués, inglés o francés). Consi- deramos que el libro que tienen en sus manos  es una fiel ex- presión de los desafíos implicados en el evento.

 

 

La estructura del libro

La obra  se organizó a partir  de las conferencias y parti- cipaciones en mesas redondas desarrolladas durante el en- cuentro. Sobre  la base de  estas contribuciones, el libro  ha sido dividido  en  cuatro  partes.  En la primera, titulada Es- pacio, política y cultura, los textos  articulan la relación entre estos tres conceptos desde  distintas  perspectivas.  El artículo de Roberto Lobato  Corrêa,  “Las formas  simbólicas espacia- les y la política”,  entiende los paisajes, los monumentos o la toponimia como  reflejo,  medio  y expresión de los procesos de construcción de poder, memorialización y/o resistencia en  torno a distintos  conflictos  políticos  y sociales  pasados o presentes. Además  de comprender la relevancia  de la di- ferenciación espacial en estos procesos,  Lobato  Corrêa  des- taca la multiplicidad de significados  políticos  que puede adquirir una  misma forma  simbólica.  El trabajo  de Rogério Haesbaert, “Viviendo en  el límite:  los dilemas  del hibridis- mo y de la multi/transterritorialidad”, busca problematizar la relación entre identidad y territorio a partir  de la articu- lación  de los conceptos de hibridismo y multi o, mejor  aún, transterritorialidad. En la base de esta problematización subyace el cuestionamiento a la idea de que  las identidades son únicamente estables cuando existe una correspondencia entre identidad y territorio. Finalmente, el texto  de Jacques Lévy, “Alteridentidad: estrategia espacial y cultura política”, analiza la relación entre el voto y la elección  del lugar de re- sidencia. En este contexto, entonces, la racionalidad espacial aparece como una de las variables que orienta las decisiones de los actores.  A partir  del análisis de los comportamientos electorales del año 2007 en Francia,  Lévy sostiene  que, más que  las divisiones regionales clásicas, son las localizaciones en términos de gradientes de urbanidad las que parecerían ser útiles a la hora  de predecir las decisiones  del voto.

La segunda sección, titulada Ciudad, espacio público y cultu- ra, está conformada por cuatro  textos que eligen estrategias

 

 

 

12  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

diferentes para comprender la relación entre espacio público y construcción de espacios democráticos en la ciudad.  En el primero, “El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación”, Odette Carvalho  de Lima Seabra  analiza los recientes procesos  de valorización  cultural de las ciuda- des a través de las políticas de patrimonialización o de reca- lificación de centros históricos  a la luz de los requerimientos de reproducción del capital.  Desde  su punto de vista, estas políticas transforman estos objetos en mercadería, alejándo- los de  los significados  que  les otorgan o les han  otorgado los modos  de vida en  la ciudad.  En el segundo texto,  “Del ágora al speaker’s corner : el espacio público  en la ciudad”, Ana Fani Alessandri  Carlos relaciona también las dinámicas del capital con las de la ciudad.  En este contexto se entiende el espacio público  como uno  de los lugares  donde se realiza la vida urbana. Sin embargo, los cambios en la apropiación del espacio público  que se observan desde los griegos hasta la actualidad hablan de un proceso diferenciado de construc- ción  de la ciudadanía. Así, las reivindicaciones en torno al derecho a la ciudad  estarían poniendo en cuestión la idea de ciudadanía restrictiva definida metafóricamente a partir  del speaker’s corner. El tercer  texto, “El lugar y el espacio público”, de Vincent  Berdoulay  explora las potencialidades que  pre- senta el concepto de lugar para redefinir el papel del espacio público  en el ámbito  de la vida democrática. Berdoulay  con- sidera  que,  a través de la idea de lugar,  se puede recuperar el carácter culturalmente plural  de  los espacios  públicos  y disociarlos  de cualquier identificación con  una  única  iden- tidad  étnica.  En  este  marco,  la planificación urbana debe limitarse  a abrir  el espacio  para  la negociación en  torno a las apropiaciones, los usos y los valores  universales  que  se deben defender en los ámbitos  urbanos. Finalmente, el tra- bajo de Paulo César da Costa Gomes, “Ciudadanos de fiesta: los espacios  públicos  entre la razón  y la emoción”, analiza los múltiples significados que poseen los espacios públicos al tomar  en cuenta las dimensiones física, política y social. Esta forma  innovadora de abordar el espacio  le permite identifi- car “nuevos” espacios públicos  en Río de Janeiro.  Se trata de ámbitos  elegidos  para  celebrar showmícios (fiestas con mani- festaciones  políticas), luego  de la vuelta a la democracia en la década  de 1980.

En la tercera sección,  titulada Perspectivas teóricas y desafíos temáticos, se ha agrupado un conjunto de trabajos  que  plan- tean  propuestas innovadoras para  el campo  de la Geografía Cultural, tanto  por  las perspectivas  que  desarrollan como por los temas que incorporan. Así, el texto de Alicia Lindón busca,  como  indica  su  título,  “Revisitar  la  concepción de lo social para  una  Geografía  constructivista”. En este senti- do, la autora pone  en  diálogo  las concepciones sobre  el es- pacio  y lo social desarrolladas en la Geografía  con  algunas discusiones  de la Teoría  Social. Dentro de este marco,  Lin- dón  elabora una  perspectiva alternativa que,  partiendo del sujeto,  articula  lo social y lo espacial,  tomando en cuenta el giro cultural. En la misma línea de análisis, Daniel Hiernaux realiza, en el capítulo titulado “El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas  del turismo”,  un  racconto de las perspectivas   teóricas   francófonas,  anglosajonas e  hispáni- cas que  han  guiado  los estudios  en  Geografía  del  Turismo para  luego  construir  una  propuesta  propia que,  partiendo del giro  cultural, incorpora la perspectiva del sujeto,  lo co- tidiano y la corporificación de  las prácticas  turísticas  en  la indagación de la relación entre espacio y ocio. En “Religión, bienes simbólicos, mercado y red”, Zeny Rosendahl analiza la relación entre economía, religión  y espacialidad en las ciuda- des que adquieren especificidades a partir  de su vínculo con lo sagrado:  las hierápolis. Charlotte Kenten,  Gill Valentine  y Kahryn Hughes, en el trabajo  titulado “Del rodar del dado al clickear del mouse : explorando las Geografías  Culturales del juego  por  Internet”, proponen incorporar el estudio  de los juegos por  Internet en el temario de la Geografía  Cultural.

 

 

 

14  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

Esta práctica,  caracterizada por  sobrepasar las fronteras de los territorios y, por  lo tanto,  no estar atada  a las legislacio- nes nacionales, configura una nueva espacialidad que escapa del control de las regulaciones e incentiva  los problemas de adicción  al juego.  Finalmente, el texto  de Jens Andermann, “Paisaje: imagen,  entorno, ensamble”, invita a trabajar la idea de ensamble como modo  de aproximación al paisaje, en una perspectiva no-dicotomizadora, que busca no dejar de lado la materialidad ni la representación.

El texto finaliza con la sección que hemos  denominado Aproximaciones culturales en Geografía: dilemas epistemológicos y políticos. Esta sección incluye los trabajos  de quienes han  con- ducido la comisión  La Aproximación Cultural en Geografía desde  su conformación hasta el presente: Paul Claval (1996-

2004) y Benno  Werlen (2004-actualidad). El primer texto de Paul Claval, “¿Geografía Cultural o abordaje cultural en Geo- grafía?”, explicita la diferencia entre definir  un campo de tra- bajo dentro de la Geografía  (Geografía Cultural) y proponer una  perspectiva de análisis que  pueda resultar transversal  a las distintas  temáticas  que  se abordan en el campo  (aborda- je cultural en Geografía). En este sentido, el autor  considera que la aproximación cultural puede envolver un proyecto  no solo académico sino político;  ello significa, por ejemplo, con- templar simultáneamente el respeto por las diferencias identi- tarias y la construcción de principios universales.  El segundo texto,  correspondiente a Benno  Werlen,  “La Iniciativa  de la Unión Geográfica  Internacional por  un  Año Internacional de la Cultura y la Globalización de las Naciones  Unidas”, des- cribe los pasos recorridos y los pendientes por  recorrer para obtener el apoyo  para  la declaración del Año Internacional para  el Entendimiento Global por parte  de la ONU. El texto se convierte en una invitación para que los países latinoameri- canos se incorporen a este proceso.

A partir  de estas aproximaciones, intersecciones y desafíos creemos  que el texto  puede contribuir a producir Geografías Culturales híbridas y plurales  que ayuden a reformular geopo- líticamente el proceso de  producción de  conocimiento. Una reformulación que, creemos, debería producir, en términos de Mignolo  (2003), conocimientos fronterizos (entre tradiciones y desde  ninguna de ellas) elaborados en la tensión y la crítica entre las propuestas hegemónicas y aquellas propias  de la Geo- grafía latinoamericana.

 

Deseamos  finalizar esta introducción con un agradeci- miento a todos aquellos que hicieron posible la organización del libro.  A Mónica  Farías, quien  contribuyó no solo con la traducción de los textos en inglés sino también en la edición del libro.  A quienes nos ayudaron a traducir los textos  del portugués al español:  Carolina Cisterna,  Mariel Fabregas, Gustavo Mazzei y Laura Pérez. A María Laura Silveira, quien también colaboró con  la revisión  de  algunas  traducciones. Finalmente, agradecemos a la Facultad  de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos  Aires por  la oportunidad que nos ofrece  para  publicar un libro que,  en cierta  medida, es pionero en el tratamiento de cuestiones de Geografía  Cultu- ral en el país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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Frémont, A. 1976. La région, espace vécu. París, PUF. Haesbaert, R. 2008. “Hibridismo, mobilidade e multiterrito-

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18  Perla Zusman y Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte A

Espacio, política y cultura

 

 

 

 

 

 

 

Las formas simbólicas espaciales y la política *

 

Roberto Lobato Corrêa 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El presente texto  busca establecer algunas  relaciones en- tre  las formas  simbólicas  espaciales  y la política.  Para  ello se basa en  numerosos estudios  realizados  en  distintos  con- textos culturales. Se trata de un esfuerzo  de sistematización acerca  de las dimensiones culturales y políticas  de la acción humana sobre el espacio.

En primer lugar,  se presenta la naturaleza política  de la cultura, para  luego  discutir  el concepto de  formas  simbó- licas espaciales  en su connotación política.  Luego,  se abor- dan  tres conjuntos de ejemplificaciones relacionados con la toponimia, con las formas  simbólicas  asociadas  al pasado  y con los lugares –públicos  o no– impregnados de sentido po- lítico. Formas  simbólicas  aparentemente tan  distintas  entre sí, como nombres de calles y de ciudades, espacios públicos, predios y una ciudad  fantasma,  componen el universo de las formas  simbólicas  espaciales  debatidas aquí.  Es la dimen- sión política  que detentan, la que une,  por ejemplo, a Neue Wache, a Bodie, a Gernika  (Guernica) y a Tiananmen.

 

 

 

* Traducción: Carolina Cisterna.

1   Universidad Federal de Río de Janeiro (Brasil).

 

 

 

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Cultura y política

Desde hace un tiempo la dimensión política  de las prácti- cas culturales ha atraído la atención de los científicos  socia- les. Williams (2003), por ejemplo, distingue la cultura de la clase dominante y las culturas  alternativas, es decir, culturas residuales y emergentes. En  esta  distinción hay un  nítido sentido político,  en el cual la idea gramsciana de hegemonía se hace presente. La relación entre cultura y política remite  a las diferencias entre clases sociales, a la estructura de poder y a las políticas culturales de diferenciación, como lo señalan Amariglio,  Resnick y Wolff (1988) y Smith  (1999). A partir de esta relación la cultura es considerada, simultáneamente, como  reflejo,  medio  y condición de  existencia  y reproduc- ción, y ya no más como superestructura determinada por la base (Williams, 2003) ni como entidad supraorgánica, inde- pendiente, que flota por encima  de la sociedad, como lo ex- plica Duncan (2003). Reflejo, medio y condición confieren a la cultura un nítido carácter político.

Las relaciones entre cultura y política  fueron también ex- plicitadas  por  Geertz  (1989), al quebrar con la idea de que ambas constituirían esferas distintas de la vida social. Geertz sostiene  que esta relación deriva del entendimiento de la cultura como  una  estructura de significados  y de la política como  un poderoso medio  a través del cual esas estructuras se tornan públicas.  Se trata  de  la política  de  producción y circulación de significados.

La naturaleza política de la cultura fue también caracteri- zada por geógrafos  como Taillard  (1981) y Mitchell (2000). El primero identifica tres funciones políticas  de la cultura: la función de integración, que involucra  las nociones de pertenencia e identificación; la de regulación, que controla el comportamiento individual  en sociedades tradicionales; y la de encuadramiento, asociada a las sociedades con escri- tura.  En relación con  estas políticas,  el poder elabora una constante reinterpretación  de  la cultura. Mitchell,  por  su

 

 

 

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parte,  señala  el carácter político  de la Geografía  Cultural, sugiriendo que ella debe  intervenir activamente en las polí- ticas culturales.

Las relaciones entre cultura y política  se manifiestan de modo  material e inmaterial. Los códigos,  las normas y las leyes son ejemplos  del último  modo,  mientras que el paisaje cultural se constituye  en la manifestación más corriente del primero. El paisaje cultural está impregnado de sentido po- lítico. Así, como lo señala Cosgrove (1998), los innumerables paisajes de la cultura dominante exhiben, por medio  de las formas simbólicas, el poder que tiene  la clase dominante. El paisaje palladiano de Venecia y sus alrededores de los siglos XV y XVI (Cosgrove,  1993) y el de  la capital  del  reino  de Kandy en Sri Lanka  del primer cuarto  del siglo XIX (Dun- can, 1990) son notables ejemplos  de la manifestación de las relaciones entre  cultura y política.  En  palabras  de  Rown- tree y Conley (1980: 465), los paisajes culturales constituyen “mecanismos regulatorios que  controlan significados”.  Esto remite  al concepto de formas  simbólicas  espaciales,  que  se discute a continuación.

 

Formas simbólicas espaciales y política

Los símbolos,  expresados en  formas  simbólicas,  consti- tuyen  rasgos fundamentales del ser humano. White afirma que “todo comportamiento humano es comportamiento simbólico, todo comportamiento simbólico es comporta- miento humano” (White, 1973: 335). Las representaciones de  la realidad constituyen  manifestaciones dotadas de  un sentido abierto, inestables,  sujetas a innumerables y, a veces, contrastantes interpretaciones. De esta manera, son poli- vocales (Hall, 1997), resultado de un  complejo proceso de construcción de  significados  apoyados  en  la experiencia y en  la imaginación de  los individuos  y los grupos  sociales. La polivocalidad de las formas simbólicas es reconocida por innumerables geógrafos,  entre ellos Duncan y Sharp (1993),

 

 

 

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Peet (1996) y Auster (1997). La polivocalidad acentúa el ca- rácter  político  de las formas  simbólicas,  ya que  una  misma forma simbólica supone celebración y protesta.

Las formas  simbólicas  se tornan formas  simbólicas  espa- ciales cuando, al ser directamente relacionadas al espacio, se constituyen en fijos y flujos, es decir, en localizaciones e itine- rarios. Palacios, templos,  cementerios, memoriales, estatuas, obeliscos, shopping centers, parques temáticos, ríos, montañas, procesiones, desfiles y paradas son ejemplos  de fijos y flujos que pueden ser vistos como formas simbólicas espaciales dis- tintas de una joya, un mueble o una vestimenta.

Las relaciones entre la forma  simbólica  y el espacio  son complejas  y bidireccionales, e interfieren una en la otra. Las formas simbólicas espaciales  incorporan atributos ya confe- ridos a determinadas localizaciones e itinerarios, y estos son afectados  por la existencia  de ciertos objetos y flujos.

A partir  de la naturaleza política  de las formas  simbóli- cas espaciales  se establece  una  política  locacional, que  im- plica  la selección  de  una  localización  absoluta,  un  sitio, y de una localización  relativa, definida por la accesibilidad al conjunto del espacio  urbano o de una  región amplia.  Am- bas localizaciones interfieren en la capacidad de las formas simbólicas para  comunicar los mensajes  que se esperan de ellas. Además, la política  locacional implica una  perspecti- va relacional, asociada  a otras  formas  simbólicas  situadas en  otros  lugares,  próximos o no,  y que  reflejan  visiones e intereses semejantes o contrastantes o, aún  más, antagóni- cos. Repetición, en  el primer caso, y contrastación, en  el segundo; sin embargo, ambas prácticas  tienen una  natura- leza relacional.

Por otro lado, la naturaleza política de las formas simbóli- cas implica una política  de escala en la cual las dimensiones de las formas  simbólicas espaciales  son concebidas política- mente. Se puede hablar  de dimensión absoluta,  dimensión relacional y dimensión espacial.  La primera se refiere  a la

 

 

 

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dimensión física, expresada en  medidas  de  área,  volumen y altura,  y está asociada  a la magnitud del evento  o del per- sonaje  que  va a ser celebrado, rechazado o recordado, y a los recursos  disponibles. La dimensión relacional se refiere a la comparación con otras formas simbólicas espaciales  y a sus dimensiones que representan eventos, personajes o posi- ciones políticas en conflicto. Las dos dimensiones indicadas arriba  se vinculan  con  la idea  de poder y, más aún,  con  la idea de superioridad. Por otro lado, ambas escalas se asocian a la dimensión espacial, es decir, al alcance espacial deseado de la forma simbólica. Las formas simbólicas construidas que pretenden alcance global tienden a exhibir  escalas absolutas y relacionales más amplias que aquellas  de expresión nacio- nal,  regional o local.  Al respecto de  la política  locacional y de la escala de las formas  simbólicas  espaciales,  se puede consultar mi artículo sobre  monumentos, política  y espacio (Corrêa, 2005).

Las relaciones entre las formas  simbólicas  espaciales  y la política  están dotadas también de una nítida  temporalidad. Ellas no solo reflejan  la naturaleza y la intensidad de las for- maciones económicas, políticas  y sociales de  cada  período de la historia,  sino que  también manifiestan el sentido que los diversos tipos de representaciones materiales tienen para la sociedad  en los diversos períodos.

Muchas formas simbólicas espaciales constituyen tradicio- nes inventadas (Hobsbawm, 2002), que pretenden, de modo artificial, dar continuidad al pasado.  Ellas se volvieron nece- sarias en virtud de las rápidas  y profundas transformaciones sociales que  convirtieron en  ineficaces  las antiguas  formas simbólicas espaciales. Hobsbawm  (2002) sostiene  que, entre

1870 y 1914, fueron creadas innumerables formas simbólicas espaciales, suscitadas como consecuencia de los procesos  de unificación e independencia  nacionales, del  ascenso  de  la burguesía, de la expansión imperial y de las guerras  en am- plia escala, entre otros  eventos.  Después  de 1914, prosiguió

 

 

 

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la construcción de formas simbólicas espaciales relacionadas con las dos guerras  mundiales, la guerra de Vietnam, la diso- lución  de la Unión Soviética, las luchas raciales y la política de  identidad nacional y religiosa,  como  lo señalo  (Corrêa,

2005), entre otros, al reunir y comentar innumerables textos sobre esta temática.

Sin  embargo, como  afirma  Osborne  (1998) siguiendo a Accorsi, el espacio  y el tiempo desempeñan papeles  dife- rentes  en relación con  el devenir  de las estatuas,  obeliscos, memoriales y otros  monumentos.  Los monumentos  fijos y durables, construidos con  bronce, mármol o granito, con- gelan  ideas y valores en el espacio.  El tiempo, sin embargo, recrea  ideas, valores y modos  de pensar y de ver, de manera que  muchos  monumentos pueden volverse “arcaicos, extra- ños e irrelevantes (…) elementos enigmáticos en el paisaje” (Osborne, 1998: 434). Pero el curso de los procesos  sociales engendra nuevas formas  simbólicas,  nuevos  objetos  fijos en el espacio,  como  los shopping  centers y los parques temáticos, y nuevos  recorridos que  encierran nuevas  manifestaciones sociales en espacios públicos o no (Goss, 1993; Sorkin, 2002, entre otros).  Los nuevos  fijos y flujos se vinculan  con  una nueva temporalidad; sin embargo, las nuevas formas simbó- licas guardan y recrean el antiguo sentido político  que en el pasado  las creó.

 

Toponimia y política territorial

La toponimia, entendida como forma  simbólica  espacial, constituye  una  importante marca  cultural impregnada, en muchos  casos, de  un  intencional sentido político.  Ella ex- presa  una  efectiva  apropiación del  espacio.  Sobre  el espa- cio se imprimen, simbólicamente, la memoria, la identidad y el poder de aquellos  que  imponen nombres a los lugares y, así, controlan y comunican significados  espacialmente proyectados, transformando esos lugares  en  “virtuales am- bientes  políticos”  (Azaryahu, 1996: 311). En este sentido, la

 

 

 

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toponimia puede ser considerada como la articulación entre el lenguaje, el poder territorial y la identidad (Azaryahu y Golan, 2001). En realidad, como señala Yeoh, basándose en el personaje Humpty  Dumty de Alicia en el país de las mara- villas : “los nombres no tienen raíces en la realidad ni en las costumbres, sino que, por el contrario, expresan el poder del nombre sobre la cosa nominada” (Yeoh, 1996: 298).

La toponimia aparece con un fuerte  y, a veces, dramático sentido político  en  situaciones de  tensión  y ruptura políti- ca, envuelve  conflictos  raciales  y étnicos,  en  el interior de los Estados y entre ellos, y en un  contexto colonial.  Nuevas situaciones políticas  implican, por  lo general, la reformula- ción  en  la toponimia de  los ríos, las montañas, las provin- cias, las ciudades, las calles o las plazas. Gade (2003) destaca la importancia del  control del  territorio para  la existencia de un  padrón dominante de toponimia. Sin embargo, hay innumerables  situaciones intermedias entre la del  Estado- nación –consolidado desde  hace  mucho tiempo– y la de las minorías étnicas  sin territorios, como  la de los espacios “en proceso de consolidar su base cultural”  (Gade, 2003: 429).

En el presente texto se abordarán algunos casos asociados a contextos de conflicto  abierto y de cambio político  en mar- cos de naturaleza colonial.

El conflicto  abierto entre israelíes y palestinos asume tam- bién  una  dimensión  toponímica, como  lo  señalan, entre otros,  Cohen y Kliot (1992) y Azaryahu y Golan  (2001). Es- tos últimos indican que, a partir  de 1949, el Estado de Israel, actuando según  una  explícita  política  de hebraización para demarcar el territorio y crear una identidad israelí, alteró los nombres de montañas, ríos y ciudades de territorios israelíes. Los nombres árabes,  en su mayoría,  y otros nombres cristia- nos fueron hebraizados; Tel Rabia, por ejemplo, fue sustitui- do por Tel Aviv y Um Haled  fue redenominada Netanya.

La hebraización continuó en los territorios anexados des- pués  de la Guerra de los Seis Días en 1967, es decir,  en las

 

 

 

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colinas de Golán, en la Franja de Gaza y en las áreas localiza- das al oeste del río Jordán, Judea y Samaria, todas ellas estra- tégicas desde el punto de vista militar y con valor simbólico, ya que formaban parte  de la antigua Tierra de Israel (Cohen y Kliot, 1992).

En  los denominados territorios  administrados indicados arriba,  innumerables núcleos  de población fueron creados y sometidos a una  explícita  y diferenciada política  de nomi- nación. Nombres bíblicos  y talmúdicos fueron dados  a más de un  tercio  de los 174 núcleos  creados,  evocando la conti- nuidad de la ocupación y la filiación religiosa, especialmente en  Judea  y en  Samaria.  Nombres árabes,  pero  judaizados, fueron atribuidos a otros núcleos,  lo que reveló, por un lado, la fuerza de ciertos topónimos y, por otro, vínculos con algu- nos aspectos  de la Biblia. Otros  núcleos  fueron nominados sobre la base de nombres de líderes  sionistas, héroes milita- res y personajes simbólicos. Finalmente, enfatizando el lado estético  de  la lengua  hebraica, fueron atribuidos nombres abstractos  (Cohen y Kliot, 1992).

Territorios negados y disputados presentan, como  marca de esta disputa,  carteles  indicadores en tres lenguas,  en tres tipos de escrituras:  judaica, árabe y latina. La cartografía de la región revela el ocultamiento de lugares  y nombres, ára- bes en el caso de los mapas israelitas y judaicos en el caso de mapas palestinos. Así, la toponimia es un instrumento activo en las disputas  territoriales.

Los conflictos  raciales  se pueden traducir en  enfrenta- mientos que involucran a la toponimia de los espacios públi- cos, lo que revela también la naturaleza política  del acto de nombrar calles, plazas y avenidas en una ciudad.  De acuerdo con  el análisis de Alderman (2005), Estados Unidos  ofrece un notable ejemplo en torno al nombre del héroe negro Martin Luther King.

Alrededor de 1995, había  en Estados Unidos  más de 480 espacios públicos  con el nombre del líder  negro, la mayoría

 

 

 

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de los cuales se encontraba en el sur del país, particularmente en el estado  de Georgia,  tierra  natal de Martin Luther King. La redenominación de  espacios  públicos  para  homenajear- lo fue objeto  de controversias que revelan un nítido carácter geográfico. Los adeptos al movimiento negro  sostenían que el nombre debía  ser atribuido a calles y avenidas  importan- tes de la ciudad  y no a calles pequeñas y escondidas localiza- das en  barrios  negros.  Así, la escala geográfica  era  percibi- da como  factor  importante para  garantizar la memoria del gran  líder.  La posición  contraria, defendida por los blancos, se apoyaba  en la tesis de la desvalorización de los inmuebles y en los prejuicios  comerciales para  estos espacios  públicos, cuyos propietarios y usuarios  eran  en su mayoría blancos.  Se trata, en realidad, de una de las dimensiones simbólicas y espaciales de las luchas sociales.

Cambios políticos  como la independencia o profundas alteraciones del régimen político  implican, normalmente, cambios en la toponimia de las unidades que se convirtieron en  autónomas o cuyos regímenes políticos  se alteraron. La nueva  toponimia traduce una  necesidad identitaria o el re- querimiento de resaltar nuevos y antiguos personajes o even- tos de la historia  política.

El caso de  K azajistán,  estudiado por  Brunet (2001), es claro.  Con  la disolución de  la Unión Soviética  y la inde- pendencia nacional, se verificó  la alteración de  nombres de montañas, ríos y ciudades. En general, ellos pasaron a tener un nombre equivalente en la lengua  kazajo, como  es el caso de la antigua capital  Alma Ata, rebautizada Alma- ty. En otros  casos, el nombre fue sustituido, tal es el caso de la nueva capital que, de llamarse Tselinograd, pasó a denominarse  Astana.  Se trata  de  un  proceso en  el que  el establecimiento de la identidad nacional incluye la “desru- sificación” del país.

El catalán,  una  de  las cuatro  lenguas  oficiales  de  Espa- ña,  fue  prohibido durante el régimen franquista. A partir

 

 

 

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de la segunda mitad de la década  de 1970, con las mudanzas políticas  vivenciadas en el país, el catalán  se convirtió  en la lengua  obligatoria en  la administración pública  de Catalu- ña y en las escuelas primarias. Gade (2003) analiza los cam- bios en la toponimia de la pequeña ciudad  catalana  de Olot: espacios  públicos  que  tenían nombres en lengua  castellana pasaron a recibir denominaciones en lengua  catalana, las re- ferencias  al franquismo fueron suprimidas y se rescataron las referencias a personajes catalanes.

Como  afirma  Azaryahu  (1997), la ciudad  de Berlín,  en su antiguo lado oriental, reafirma nítidamente las relacio - nes entre toponimia y mudanzas políticas. En cada momen- to marcante de  la historia  de  la ciudad  su toponimia fue alterada. Así, los nombres asociados  a la dinastía  prusiana estuvieron presentes en los espacios públicos  durante el si- glo XIX hasta la unificación alemana, en 1871. Nombres asociados  a personalidades nacionales y a la mitología ale- mana  nominaron los espacios públicos  durante el período comprendido entre la unificación y el final  de  la Guerra Mundial.  Alteraciones sustanciales  se verificaron  durante el Tercer Reich y en el período de la República Democráti- ca Alemana.  Espacios públicos  que  homenajearon a Adolf Hitler  y Horst  Wessel o a Joseph  Stalin  y Wilhelm  Thael- mann, personalidades del  nazismo  y del  comunismo res- pectivamente, denotan el sentido político  de la toponimia en  un  contexto de  profundas  transformaciones políticas. En 1990, después  de la reunificación alemana, la toponimia fue  nuevamente  alterada. Las controversias  y negociacio- nes involucraron a distintos grupos,  radicales y moderados. Los nombres asociados a la antigua República Democrática Alemana  fueron eliminados, pero  se mantuvieron aquellos relacionados con la resistencia al nazismo  y con la historia del  socialismo,  como  Rosa Luxemburgo. Más que  nunca, la historia  de la toponimia de la antigua Berlín  oriental se confunde, en gran  parte,  con la historia  alemana.

 

 

 

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En el contexto colonial  y poscolonial existen muestras  ex- presivas del uso de la toponimia como instrumento político que  demarca la posesión  de  un  territorio. Los ejemplos  se refieren a la Amazonia de la segunda mitad  del siglo XVIII, a Singapur, en tanto  colonia  británica, y a Hawái, territorio incorporado por Estados Unidos en el final del siglo XIX. En los tres casos, los nombres de los núcleos  de poblamiento o de las calles fueron impuestos y, algunas veces, rechazados.

Conforme al planteo de Dias (1970), la Amazonia pombali- na, principal territorio de acción de la Compañía General del Grão-Pará y Maranhão controlada por el Marqués de Pombal, fue sometida a innumerables transformaciones económicas, sociales, políticas y espaciales. Entre estas transformaciones se puede mencionar la alteración de los nombres de innumera- bles aldeas indígenas elevadas a la condición de pueblos. Los nuevos nombres, provenientes de poblaciones portuguesas, marcaron la posesión  lusitana del territorio y confirieron una identidad lusa a la Amazonia. Esta identidad se visualizaría en la cartografía y en el conocimiento de marineros y comercian- tes europeos: Alenquer, Almeirim,  Barcelos,  Borba,  Breves, Ega, Faro, Óbidos,  Ourem, Santarém y Soure, entre otros.

Yeoh (1996), por su parte, examina las bases cambiantes que subyacen en el acto de nombrar calles en Singapur después  de su independencia en 1967. La heterogeneidad cultural, marca- da por la presencia de malayos, chinos e hindúes, llevó al Estado a desarrollar una política  de creación del sentido de Nación  y de la identidad nacional, “estableciendo la discontinuidad con el pasado  colonial”  (Yeoh, 1996: 299). El cambio  del nombre de los espacios públicos de la ciudad es parte integrante de esta política.  Los nombres coloniales  fueron sustituidos,  y se elimi- naron las referencias a personalidades del período colonial,  a la realeza británica (como Victoria Street), y a las ciudades de Gran Bretaña. También fueron eliminados nombres asociados a las áreas étnicas  de la ciudad,  como  China  Street,  Baghdad Street o Hindoo Road. La lengua  inglesa fue abolida.

 

 

 

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Sin embargo, la redefinición toponímica de los espacios públicos  de la ciudad  no se produjo sin enfrentamientos en- tre los grupos  étnicos y lingüísticos.  Se adoptaron o explora- ron  soluciones provisorias,  como  la identificación numérica de  calles y la imposición dominante de  la lengua  malaya. Finalmente se adoptó el bilingüismo basado  en el malayo y en el mandarín.

El artículo de Herman (1999) sobre las islas de Hawái pro- porciona el tercer  ejemplo de  relaciones entre toponimia, política  colonial  y política  de descolonización. Incorporada a Inglaterra a partir  de 1778, Hawái se convirtió  en 1840 en una  monarquía independiente, con  una  economía basada en las plantations. En 1893, bajo la presión de Estados  Uni- dos, se convirtió  en república y, en 1898, fue anexada como parte  del territorio estadounidense. En 1959, se transformó en uno de los Estados de la Unión norteamericana.

A partir  de 1820, las calles de Honolulú, la capital, fueron nominadas sobre  la base de las elites extranjeras, constitui- das por  comerciantes, militares,  propietarios de plantations, religiosos  y exploradores. Sin embargo, la realeza  hawaiana también fue homenajeada. Como  sostiene  Herman (1999), se trata  de parte  del proceso de occidentalización del terri- torio  hawaiano,  que  incluyó  una  toponimia predominante- mente occidental.

Con la anexión a Estados Unidos,  la política  toponímica fue cambiada. En la búsqueda aparente de minimizar los efectos de la práctica  colonial,  nombres hawaianos fueron atribuidos a los espacios públicos  de Honolulú. Se intentaba reforzar la identidad local enfatizando el exotismo  de la ciu- dad. Sin embargo, como la lengua  hawaiana  había  sido pro- hibida en las escuelas, los nombres de estos espacios públicos se tornaron ininteligibles, por lo cual, en muchos  casos, fue- ron  inventados o adulterados; de modo  que,  en  áreas  nue- vas, se prefirió la adopción de palabras  de la lengua  inglesa. Mientras  tanto,  a partir  de  la década  de  1960 apareció un

 

 

 

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movimiento que, además  de realizar  esfuerzos para  revitali- zar la lengua  hawaiana,  persigue la independencia nacional (Herman, 1999).

 

El pasado y las formas simbólicas espaciales

El  pasado   puede ser  visto  como  un  texto  incompleto, cuyo conocimiento es problemático y selectivo. Dicho  co- nocimiento se apoya en informaciones registradas, en in- terpretaciones  producidas en  el  pasado   y en  expresiones como  la literatura, la música, la pintura y las esculturas, así como en informaciones contenidas en los paisajes residuales (Cosgrove, 1998). Sin embargo, estas informaciones no son inocentes; poseen un sentido político  comúnmente vincula- do a intereses dominantes que  pueden construir la imagen que se desea que en el futuro se tenga  del presente (Wood,

1991). Por otro lado, en el intento de legitimar  el presente, el pasado  es justificado,  pudiendo ser construido, inventado o reinventado (Lowenthal, 1975).

Las formas simbólicas espaciales describen una cierta inter- pretación del pasado; por ejemplo, las estatuas, los memoriales y los edificios, gracias a la aparente objetividad que presentan, en razón de la permanencia que disfrutan al presentarse como fijos, comunican informaciones impregnadas de intenciones. Ciudades enteras, activas o en ruinas, pueden también desem- peñar este papel  de comunicar el pasado.  Esta sección  consi- dera  tres casos de formas simbólicas espaciales localizadas en contextos geográficos  distintos: Berlín, Nueva Inglaterra y Ca- lifornia.  Ellas tienen en común la intención de reconstruir el pasado,  glorificándolo e intentado darle continuidad.

A diferencia de las estatuas, los obeliscos y otros monumen- tos cerrados, la fachada  y el interior de un edificio pueden ser remodelados alterando su iconografía de acuerdo con las inten- ciones de quien  pretende y detenta el poder de reconstruir el pasado.  Así, se crean  y recrean nuevos significados y, al mismo tiempo, se eliminan aquellas  representaciones juzgadas como

 

 

 

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indeseables para el presente y el futuro. De este modo,  un pre- dio puede ser sometido a una refuncionalización simbólica. Su flexibilidad para  la remodelación resulta  útil en términos de políticas de significados.

En  el  estudio  de  Till  (1999) sobre  el  palacio  de  Neue Wache, localizado  en el distrito  histórico de Berlín, se anali- za un caso de forma simbólica remodelada varias veces para ser adecuada a los diversos contextos políticos por los cuales pasó Alemania. En cada remodelación se intentó reconstruir el pasado.  Construido entre 1816 y 1818 por el rey Friedrich Wilhelm III como una unidad militar,  durante la República de Weimar  fue transformado en  memorial de los soldados alemanes muertos durante la Primera Guerra Mundial.  Su refuncionalización simbólica se tradujo en el remodelamien- to de su interior: un bloque de mármol negro, en cuya parte superior se situaba una corona de hojas doradas o plateadas constituía el punto focal  del  memorial. Durante el Tercer Reich el predio sufrió una nueva refuncionalización. Su ico- nografía aludía  a millones  de  años  de  identidad alemana. Situado  en  Berlín  oriental, después  de  la Segunda Guerra Mundial,  el Neue Wache, fue refuncionalizado simbólica- mente otra vez: su iconografía hacía referencia a las víctimas del nazismo (Till, 1999).

Luego de la reunificación alemana, el Neue Wache fue nuevamente  reconfigurado y el pasado  reconstruido.  ¿Pero qué  pasado?  La refuncionalización simbólica  se constituye en  objeto  de  controversias.  La iconografía principal es una estatua de una madre con su hijo muerto en los brazos, copia de la escultura de Kathe Kollwitz de 1937. La redefinición ico- nográfica se constituye  en objeto  de debates  principalmente en  torno a tres aspectos:  el de la identidad nacional, carac- terizada  por  una  fuerte  tensión; el del carácter cristiano  de la iconografía principal, que  representa la Piedad de Miguel Ángel y que  acaba  ofendiendo a la población no cristiana;  y sobre todo, el hecho de que el nuevo memorial sea dedicado a

 

 

 

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los muertos de todas las guerras, lo que aplana  las diferencias entre víctimas y criminales, entre grupos  étnicos  y religiosos, como  si la muerte apagase  las diferencias, como  si el pasa- do hubiese sido el mismo  para  todos.  Así, el Neue  Wache se constituye  en un dramático ejemplo de reconstrucciones del pasado  por medio  de formas simbólicas.

En un contexto de cambios  económicos, sociales y políti- cos se inventan imágenes de lugares y regiones, en las cuales ciertos  aspectos  de la realidad son retenidos y enfatizados y otros, dejados  de lado. Se busca perpetuar estas imágenes e incorporarlas al imaginario social. Estas imágenes, selectiva- mente construidas, son impregnadas de  sentidos  positivos. Meinig  (1979) identifica tres  de  las imágenes urbanas que mejor expresan los ideales de la sociedad  estadounidense: la imagen  de la pequeña ciudad  (village) de Nueva Inglaterra, la de la calle principal de la pequeña ciudad del Medio Oeste y la del suburbio californiano.

La pequeña ciudad de Nueva Inglaterra del siglo XIX, ejem- plificada  por  los casos de Concord y Litchfield,  es analizada por  Wood  (1991), quien  demuestra la invención de un  ideal asociado a su pasado colonial  y del siglo XIX. El modo  de vida regional, calcado de los valores puritanos, en la actividad agrí- cola basada  en la pequeña propiedad familiar  y en el paisaje bucólico  pasado  de  Nueva  Inglaterra fue proclamado en  los textos literarios  de escritores  de la región vinculados  al movi- miento romántico americano, como  Timothy  Dwight, Cathe- rine  Sedgwick, Ralph  Emerson y Henry  Thoreau, y en obras de científicos,  como George  Perkins Marsh. En estos textos las pequeñas ciudades, centros de la vida rural dispersa, represen- taban  el apogeo de un conjunto de valores transformados por la literatura en ideal para el futuro. Las pequeñas ciudades fue- ron así transformadas en metáforas, en formas simbólicas que orientarían la organización del espacio del futuro.

Se valorizaba el pasado  cuya continuidad había  sido pro- gresivamente debilitada en el transcurso del siglo XIX con

 

 

 

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el declive de la agricultura y con los cambios funcionales en las pequeñas ciudades, alcanzadas  o marginalizadas por  el ferrocarril, por  la expansión industrial o refuncionalizadas como  núcleos  suburbanos o como  lugares  de residencia de verano de las elites de las grandes ciudades de la región nor- deste de Estados Unidos.

Así, el pasado  es proyectado para  el futuro por medio  de una forma simbólica, la pequeña ciudad,  pero el pasado está asociado a los valores de una elite que ve esos valores sucum- bir sobre su propia acción, cuyos emprendimientos, como señala  Wood  (1991), alteraron la organización económica, social, política  y del espacio.

La autenticidad de los artefactos que remiten al pasado se constituye  en un  elemento fundamental para  que  los men- sajes que  estos artefactos emiten sean  efectivamente  acep- tados. De Lyser (1999), siguiendo a Barthel,  sostiene  que la autenticidad de  las formas  simbólicas  espaciales  puede ser reconocida por  medio  del  sitio original,  de  las estructuras físicas o de su contenido.

Es el caso del Bodie  State Historic  Park, un  parque te- mático  situado  en  las proximidades de  Sierra  Nevada  en California  (De Lyser, 1999). Bodie  es una  ciudad  fantas- ma, una  entre muchas  de las localizadas  en el Oeste  ame- ricano.  Surgida  en el siglo XIX, a partir  de la explotación del  oro,  vivió su apogeo entre 1879 y 1881. En la década de 1880 se agotaron las minas, la vida económica de la ciudad  entró en colapso y su población, de cerca de 10.000 habitantes, la abandonó en  masa.  En la década  de  1960, toda el área de la ciudad  fantasma  fue adquirida por la entonces División de Playas y Parques  del Estado  de Cali- fornia,  que  la transformó con  fines educativos  en parque histórico.

A diferencia de otras  ciudades fantasma,  Bodie  no  fue alterada. No hubo  restauración de edificios, ni fueron reproducidos  predios o  creados  nuevos.  Las estructuras

 

 

 

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físicas de Bodie  fueron sometidas  a la práctica  de estabi- lización (arrested decay), que buscó frenar el proceso de degradación. Nada  fue alterado, ni siquiera  el contenido de los predios. Bodie no cuenta con comercios de venta de suvenires,  como  es común en  los parques temáticos. A sí, se establece  la autenticidad, siempre  relativa, de la ciudad fantasma  que  se convierte  en  un  centro turístico  que,  a fines  de  la década  de  1990, fue  visitado  anualmente por alrededor de 200.000 turistas  (De Lyser, 1999).

Se trata de una forma  simbólica espacial, concebida para que:

 

El visitante (vea) un  ejemplo de una  ciudad  minera del pa- sado localizada  en un área remota y distante de los aspectos opresivos de nuestro mundo civilizado… El visitante será ca- paz de ver no solamente cómo esa población vivía, sino tam- bién cómo ella trabajaba en las minas y procesaba el mineral para  obtener el precioso oro…  En ese ambiente el visitante estará en condiciones de comprender el coraje y la capacidad de nuestros antepasados en  la construcción de esa Nación. (De Lyser, 1999: 602, citando el documento de  la División de Playas y Parques  de California, datado aproximadamente en 1958.)

 

La autenticidad de  la ciudad  fant asma  la transforma en “vent ana hacia el pasado” (De Lyser, 1999 : 624), desde donde los v isit antes  extraen lecciones  para  el presente. Pero  ese  pasado  es selectivamente  reconstr uido,  repre- sent ado por  formas  simbólicas espaciales  que  no revelan aspectos  esenciales  de  la v ida  cotidiana. De  hecho, es - t as formas  simbólicas  espaciales  contribuyen  a ratif icar la imagen  del Oeste mítico, incorporada al imaginario americano a partir  del cine, la telev isión y los medios  de comunicación en general.

 

 

 

 

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Lugares de densidad política

En razón  de  los innumerables eventos  que  ocurren a lo largo del tiempo, algunos lugares se impregnan de una fuer- te dimensión política. Siguiendo a Mandoki  (1998) se puede hablar  de lugares de densidad política. Los espacios públicos o la propia ciudad  pueden construirse en formas simbólicas, donde los paisajes, los rituales oficiales y las manifestaciones colectivas que  tienen lugar  allí reafirman el pasado  políti- co del lugar.  Según  Mandoki  (1998) se forman estratos  de significados  políticos,  cuya acumulación reafirma la fuerza simbólica  del  lugar  y configura su dimensión política.  Un excelente ejemplo es el Zócalo, la plaza central de la capital de México, foco de la vida política  actual. Lugar mitológico, centro de Tenochtitlan –la capital azteca–, sede del gobierno colonial  y sede  del gobierno mexicano. Todas  estas signifi- caciones  confieren al Zócalo  una  fuerte  densidad  política, como referencia simbólica de todo  el país (Mandoki, 1998).

En esta sección  veremos tres casos de lugares  dotados de fuerte  densidad  política.  Ellos se localizan  en  áreas  y con- textos  culturales distintos,  pero  tienen en  común el hecho de presentar una  continuidad de significados  políticos  que pueden ser organizados en estratos.  Dos de esos lugares son espacios  públicos:  Tiananmen, en  Beijing  y la Plaza de  la República, en Belgrado.  El tercero es la pequeña ciudad  de Gernika  (Guernica), en el País Vasco (España).

La Plaza Tiananmen, en Beijing (China), constituye  un importante ejemplo  de espacio  público  con  innumerables significados  y palco de tensiones políticas  que marcaron la historia  china. Data de fines del siglo XIV, momento en que la dinastía  Ming construyó la ciudad.  La plaza Tiananmen es parte de la estructura conceptual que generó Beijing; fue construida de  acuerdo con  la cosmografía china:  cuadra- da, orientada según  los puntos cardinales y con la entrada principal volcada hacia el sur. Tres murallas,  una exterior y dos internas delimitaban la ciudad  y sus espacios internos.

 

 

 

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La muralla  más interna cercaba  el Palacio  Imperial, cono- cido como  la “Ciudad  Prohibida”. Un conjunto de portones controlaba las ligazones entre los espacios comprendidos en- tre las murallas  y el mundo exterior (Hershkovitz, 1993).

El más importante de  estos portones,  que  controlaba el acceso a la Ciudad  Prohibida, se denomina Tiananmen o Portón de  la Paz Celestial.  Enfrente, se situaba  un  amplio espacio  abierto en forma  de T, que incorporó el nombre de Tiananmen  (Hershkovitz,  1993). La importancia simbólica de Tiananmen residía  en el hecho de ser “parte  de la única zona de transición gradual entre el interior y el exterior, en- tre lo sagrado  y lo profano, lo imperial y lo común, un con- tinuo  de espacios de sacralidad decreciente en la medida en que se aleja del Palacio Imperial”  (Hershkovitz, 1993: 483).

A partir  de la segunda mitad del siglo XIX, la importancia política  y simbólica  de la Ciudad  Prohibida y del Portón de la Paz Celestial fue progresivamente alterada en razón de los cambios políticos que afectaron a toda China. La morfología y el papel  simbólico  de Tiananmen fueron alterados. Con el advenimiento de la República, la Plaza fue abierta  a la circu- lación y ornamentada con símbolos del nuevo régimen polí- tico, como el memorial dedicado a Sun Yatsen, fundador del movimiento nacionalista que, en 1911, estableció  la Repúbli- ca China.  Tiananmen perdió su carácter de espacio cerrado y se convirtió  en  un  espacio  público, abierto, frecuentado por la población en general, incluyendo vendedores calle- jeros,  desocupados y mendigos. Ella se convirtió  también en lugar de masivas demostraciones de protesta contra el Estado  chino.  Por ejemplo, en 1919, se organizó una  fuerte protesta estudiantil contra la actitud  pasiva del gobierno chi- no frente a la cesión  de parte  del territorio nacional por  el Tratado de Versalles. También, en las décadas  de 1920, 1930 y 1940 tuvieron  lugar  allí cerca  de  una  docena de  protes- tas estudiantiles (Hershkovitz, 1993). Tiananmen se volvió simultáneamente un espacio de celebración, de protesta y de

 

 

 

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parte  de la vida cotidiana de Beijing. Su centralidad política, simbólica y social tomaba pleno  vigor.

A partir  de 1949, con el régimen comunista, Tiananmen fue objeto  de remodelación y resignificación. El Portón de la Paz Celestial fue erigido  símbolo  nacional. De este modo, se estableció  la continuidad de la hegemonía del Estado chi- no,  expresada por  el conjunto espacial  y arquitectónico de Tiananmen, centro de máximo  simbolismo  del nuevo  régi- men,  y se relegó  la Ciudad  Prohibida a un plano  secundario en la iconografía política  de Beijing. La centralidad política de Tiananmen fue reforzada con la construcción de nuevos predios y monumentos, como el obelisco dedicado a los Hé- roes del Pueblo,  de 38 m de altura,  el Museo de la Historia Revolucionaria, el Hall del Pueblo  y el Mausoleo de Mao Tse Tung.  Los rituales  de celebración continuaron realizándose allí con la participación de millares  y millares  de personas. Las manifestaciones más intensas  de la Revolución  Cultural tuvieron  lugar  en  Tiananmen, y también fue allí donde, a partir  de 1976, las protestas políticas  entraron de nuevo  en escena (Hershkovitz, 1993).

La dialéctica  entre celebración y protesta fue evidente  en

1989, cuando centenas de millares  de estudiantes ocuparon temporariamente y transformaron Tiananmen imponiendo su propia iconografía, expresada en banderas, carteles y en el monumento dedicado a la Diosa de la Democracia, alineado con el Mausoleo de Mao Tse Tung  y con el Monumento a los Héroes  del  Pueblo.  En las semanas  en  que  se desarrolló el movimiento estudiantil, Tiananmen exhibía  símbolos de visi- ble confrontación. A los ojos de las autoridades chinas  la sa- cralidad de Tiananmen fue profanada y el poder del Estado desafiado;  este desafío se concretizaba en la apropiación del símbolo nacional. La represión fue violenta. Desde su origen, Tiananmen se caracterizó por  su centralidad política  y sim- bólica,  y modeló innumerables significados  contradictorios: público  y privado,  sagrado  y profano, celebración y protesta.

 

 

 

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Tiananmen es parte integrante de una historia nacional den- sa y caracterizada por estos mismos elementos en contradic- ción; la Plaza del Portón de la Paz Celestial es así una forma simbólica dotada de fuerte  densidad política.

El segundo caso es el de la Plaza de la República, en el centro de  Belgrado,  capital  de  Serbia  y, hasta  la década de  1990, capital  de  la Federación Yugoslava.  La Plaza de la República se constituyó  en un  importante centro de la vida cotidiana de la ciudad  y, al mismo tiempo, un espacio donde la “memoria pública”  ( Johnson,  2004) es cultiva- da. Como señala Lavrence  (2005), en realidad, la Plaza se transformó en  una  forma  simbólica  espacial  impregnada de una  fuerte  densidad política,  lugar  donde la identidad nacional fue proclamada y varias veces renovada durante los siglos XIX y XX.

Sitio arqueológico romano, en la Plaza se construyó una importante fortaleza  otomana, que  fue  tomada y destrui- da por  los serbios  en 1867. En su lugar,  se erigió  la estatua ecuestre del príncipe Mihail, para  celebrar la expulsión de los otomanos y la restauración de la monarquía serbia, des- tituida  del poder desde 1389. Denominada Plaza del Teatro, en 1945 el Mariscal Tito la redenominó Plaza de la Repúbli- ca, con lo que  dotó  a este espacio  público  de la centralidad que tendría durante la Federación Socialista que se implan- taría en la entonces Yugoslavia. En el final de la Segunda Guerra Mundial,  en  la Plaza hubo  una  fuerte  resistencia a las tropas alemanas. En 1997, tuvieron lugar allí las manifes- taciones contra el autoritarismo del Estado y, en el año 2000, contra el bombardeo del territorio serbio por la aviación de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) (Lavrence, 2005).

Tanto  la acción  del  Estado  como  las luchas  y manifesta- ciones  políticas  buscaron dar  continuidad o transformar las condiciones de existencia  política,  económica y social con un fuerte  cuño  identitario. La Plaza se constituye  en  un  lugar

 

 

 

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simbólicamente denso,  tenso  y ambiguo, en un palco impor- tante en el que se desarrolló parte significativa de la vida de la ciudad  y del país. Lavrence (2005), siguiendo a Agnes Heller, entiende que la Plaza, como “lugar de la memoria” está lejos de ser un lugar de contemplación para ser un lugar donde la memoria promueve acciones. Esto pone  en evidencia las com- plejas relaciones entre la celebración, la protesta y la memo- rialización  y, por  lo tanto,  la inestabilidad de las formas sim- bólicas espaciales en términos de interpretación. Retomando expresiones acuñadas por  Boyer, la Plaza de la República se constituye  así no solo en un “lugar retórico” y un “lugar ver- nacular”  (rethorical topoi y vernacular topoi [Boyer, 1994]), en un lugar del discurso oficial y de las prácticas de la población, sino que  también es un  “lugar  de la memoria activa” (active memory topoi). Esta misma  característica se hace  presente en Tiananmen y, de cierta forma, en Guernica.

Esta última  es otro  lugar  de fuerte  densidad política.  El País Vasco está situado  en su mayor parte  en España,  tiene como principal referencia a Guernica y no ciudades mayores como Bilbo (Bilbao), Donostia  (San Sebastián), Gasteiz (Vi- toria) e Iruña (Pamplona). Como  indican Raento  y Watson (2000), Guernica constituye  para  los nacionalistas vascos el centro de la identidad cultural y territorial vasca y su conti- nuidad, así como el foco de resistencia al Estado español. La fuerza de su nombre llevó a los nacionalistas vascos a consi- derarla como sinónimo de todo  el País Vasco.

La importancia simbólica de Guernica fue construida, poco a poco, desde la Edad Media, cuando fue un importante centro comercial, manufacturero y político,  con  una  amplia  autono- mía –que  mantuvo durante la formación del Estado  español en el siglo XV–. A fines del siglo XIX con la pérdida progresiva de la autonomía, su exclusión  del proceso de industrialización y el vaciamiento demográfico de su hinterland, limitaron su cre- cimiento. Sin embargo, la ciudad heredó del pasado el carácter de centro de la identidad vasca (Raento y Watson, 2000).

 

 

 

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La importancia simbólica  de Guernica fue mayor  a par- tir de 1937, durante la Guerra Civil Española.  Reducto na- cionalista  y republicano, la ciudad  fue bombardeada por  la aviación alemana. Esta tragedia fue representada por Pablo Picasso en  un  mural  expuesto en  el pabellón de la España republicana en la Feria Internacional de París. Después de la Segunda Guerra Mundial,  el mural fue exhibido en diversos países, lo que amplió  la fuerza simbólica de la ciudad  y pro- yectó internacionalmente al artista.

A nivel regional, más que a nivel nacional, la fuerza sim- bólica  de Guernica se expresa  en  todo  el espacio  urbano, considerado por muchos  como memorial de guerra. Se ex- presa  particularmente en el lugar  donde están  protegidos los restos de un roble,  el “Árbol de Guernica”, donde, en el pasado,  se tomaban decisiones  importantes, relacionadas con la autonomía de la ciudad.  Próximo a estos restos se encuentra el edificio de la Asamblea Vasca, el monumento Nire Aitaren  Etxea (La Casa de mi Padre) y un roble  plan- tado  en 1979, cuando fue establecida, en el ámbito  del Es- tado  español, la Comunidad Autónoma Vasca. Se trata  del lugar  con  mayor  densidad simbólica  de  la ciudad,  donde están  representados el pasado,  por  medio  de los restos del viejo roble  –que simboliza las tradiciones y la autonomía–, el monumento La Casa de mi Padre  –que simboliza las raí- ces rurales  vascas–, y el futuro, por  medio  del roble  plan- tado  en 1979 –que simboliza la esperanza de la autonomía reconquistada–.

El viejo roble  es un poderoso símbolo  del mundo vasco y es considerado un  elemento sagrado  por  los nacionalistas. Su importancia se manifiesta en  los rituales  que  son reali- zados junto  a él, como  los juramentos solemnes  de  los go- bernantes vascos, ocasiones  en las que se canta el Himno Nacional  Vasco (Raento y Watson, 2000).

Este estudio  sugiere  la existencia  de una  jerarquía de es- pacios simbólicos,  y presenta a la ciudad  de Guernica como

 

 

 

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el lugar donde se concentra el conjunto de símbolos de máxima sacralidad cívica. Destaca también que la importan- cia simbólica de un lugar determinado es independiente de su importancia económica. La densidad simbólica de un lu- gar tiene  su lógica derivada  de los significados  socialmente construidos e integrados a la vida del grupo social que  los construyó.

 

A modo de conclusión

Este texto procuró establecer algunas relaciones entre las formas simbólicas y la política.  En él se reafirma el carácter político  de la cultura, explícito  en los debates  en torno a la imposición de significados. Mientras que esta imposición tie- ne para  algunos  el sentido de celebración, tiene  para  otros el de protesta. Estos significados  involucran la memoria, la identidad y el poder, el pasado,  el presente y el futuro.

 

 

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Viviendo en el límite: los dilemas del hibridismo y de la multi/transterritorialidad *

 

Rogério Haesbaert 1

 

Como en el mundo contemporáneo se vive en múltiples escalas al mismo tiempo, una simultaneidad atroz de eventos se vivencian también, concomitantemente, múltiples territorios. Se requiere que nos posicionemos delante de una determinada territorialidad o delante de otra, como si nuestros marcos de referencia y controles espaciales fuesen traspasados por múltiples escalas de poder y de identidad. Ello desemboca en una Geografía compleja, una realidad multiterritorial (o más aún transterritorial) que

se procura traducir en nuevas concepciones, por ejemplo, a través de los términos “cosmopolita” y “glocal”. Este último, implica que los niveles global y local pueden estar casi enteramente confundidos.

(Haesbaert, 1996: 35-36, reeditado en 2002: 121)

 

Hoy las identidades, que se conciben móviles y múltiples, pueden indicar,

no necesariamente desapropiación y fluidez social, sino también una nueva estabilidad, seguridad de sí mismo y quietismo. El carácter fijo de la identidad solo se recupera en momentos de inestabilidad y ruptura, de conflicto y

cambio. (...) la heterogeneidad o el intercambio cultural y la diversidad ahora se tornaron la identidad autoconsciente de la sociedad moderna.

(Young, 2005: 5)

 

 

 

Vivimos un  tiempo de  paradoja y de  perplejidad que  se revela en las más diversas esferas, desde  la económica hasta la política,  desde la cultural hasta la ambiental. Por ejemplo, discursos  –y prácticas–  culturalistas sobrevaloran el “vector identitario” en la comprensión y/o en la propia producción

 

 

 

* Traducción: Perla Zusman.

1   Universidad Federal Fluminense (Brasil).

 

 

 

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de los principales dilemas  contemporáneos, al mismo tiem- po en que otros discursos,  de carácter algunas  veces econo- micista, difunden la idea de un (neo)liberalismo capitalista generalizado (por lo menos  aquel  que antecedió a la actual crisis financiera),2  como  si no nos quedase otra  opción que la aceptación de la inexorable homogeneización mercantil y cultural globalizada.

En medio  de todo  emergen “salidas” intermediarias o, li- teralmente, “fronterizas”  como aquellas  que, en nombre del dominio de la multiplicidad y de la movilidad,  defienden la idea de una especie de “vida en el límite” o en el “liminar”, en un mundo de identidades mezcladas,  “mestizas”, “híbridas” o “transculturadas”: mundo en que el discurso  del hibridis- mo tiene  un claro sentido positivo, que implica la adopción de una posición  que debe  ser defendida y estimulada.

Young, en la cita de la introducción, expresa  bien esta aparente contradicción, evidenciando una  nueva  forma  de construcción identitaria, moldeada en el carácter móvil y múltiple, que  no  sería  en  sí misma  representativa de  crisis y ruptura, sino más bien  de “estabilidad, seguridad de sí y quietismo”, en el sentido de una nueva “identidad autocons- ciente”  de la sociedad  contemporánea.  “Globalización par- ticularizadora” o “glocalización”,  “estabilidad en la fluidez y en la multiplicidad”: con  estos juegos  ambivalentes nos de- paramos al analizar  los procesos  actuales de construcción identitaria.

Imaginemos ahora  una mirada  geográfica  sobre esa cues- tión, introduciendo en el debate identitario la dimensión espacial o, de forma  más estricta,  territorial. Si, como in- dicamos en la cita de la introducción, los territorios/terri- torialidades están igualmente sufriendo transformaciones sensibles,  ¿cómo  se daría  esta  relación, inmanente,  entre

 

 

2  El autor se está refiriendo a la crisis financiera que se desató en Estados Unidos en el año 2008 y que afectó fuertemente a las economías de los países centrales (N. de los Eds.).

 

 

 

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territorios/territorialidades y construcción identitaria? ¿En qué  sentido la ambivalencia aludida en  el párrafo anterior también es alimentada cuando la identificación de los gru- pos  sociales  se relaciona, sobre  todo,  con  un  referente de orden espacial/territorial  considerado como  cada  vez más móvil? ¿Cómo  se rediseña el juego  entre la diferenciación, la hibridación, el carácter múltiple y “liminar” de la cultura y los múltiples territorios o la multi/transterritorialidad que vivimos hoy?

Este artículo pretende problematizar un  poco  más los conceptos relacionados de hibridismo/transculturación y multi/transterritorialidad. En este sentido, iniciaremos el texto discutiendo algunos  presupuestos más generales. El primero, y el más obvio, es el presupuesto de que  nuestras identidades no se están  diluyendo con la globalización, por el contrario, pueden estar  fortaleciéndose, a través de  for- mas concebidas como  reesencializadas o, como  planteamos aquí, pueden estar siendo  recreadas por la propia movilidad a través de formas más híbridas, resaltándose sobre todo  su carácter múltiple y liminar/transfronterizo. Otro presupues- to es que  nuestros territorios/territorialidades,  concebidos cada  vez como  más inestables,  móviles (lo que  también es discutible), no ofrecen, como  en el pasado,  referentes esta- bles para  la construcción de nuestras identidades sociales/ territoriales. En este caso cabe la pregunta: ¿acaso no es posible (como ya lo indicamos anteriormente en Haesbaert,

2004) territorializarnos en el y por el movimiento?

Así, llegaremos a problematizar la construcción identita- rio-territorial contemporánea a partir  de las diversas formas de manifestación del llamado  hibridismo cultural (especial- mente aquel de matriz latinoamericana, asociado al concep- to de  “transculturación”),  cimentado en  una  combinación desigual de fuerzas; desde una hibridación más positiva, que proponemos denominar “antropofágica”, movimiento cons- cientemente asumido a su favor por  los grupos  subalternos

 

 

 

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(o “contrahegemónicos”, si confiamos en la potencial cons- trucción por parte  del hibridismo de una nueva hegemonía a partir  de la subalternidad), hasta una hibridación más ne- gativa, que beneficiaría sobre todo a los intereses de los gru- pos hegemónicos.

Posteriormente, vincularemos estos múltiples procesos  de hibridación con  su reverso  territorial: la multi  o transterri- torialidad, también a través de sus diversas manifestaciones. Esta diversidad  de  rasgos de  los procesos  de  hibridación y de (multi o trans) territorialización está inextricablemente ligada, en primer lugar,  a las relaciones de poder que están en  juego  y, dentro de  estas, al carácter cada  vez más mer- cantilizado o de creciente “valor de cambio”  incorporado a nuestros procesos  de identificación social/territorial.

 

La identidad entre el valor simbólico y el valor de cambio:

reconocimiento y mercantilización

Antes de ingresar en el debate sobre la hibridación-territo- rialización  contemporánea, es muy importante recordar, en un  sentido amplio,  que  los procesos  de identificación, más o menos  híbridos, pasan  hoy, a la vez, por  una  apropiación simbólica por parte  de los grupos  sociales que buscan  su re- conocimiento, y por  una  producción en  términos de  valor de cambio  mediante los mecanismos de mercado. Es decir que no podemos ignorar que la identidad, en tanto  que está acoplada a relaciones de poder –y de poder económico, en este caso–, también “se vende”.

Como sabemos, la cuestión efectiva no es discutir la “verdad” o la “falsedad” de una construcción identitaria –pues, como nos advierten autores como Bayart (1996), la “ilusión identitaria” es su marca constitutiva–. Antes que nada, se busca analizar su efi- cacia, sobre todo su eficacia política, sus efectos reales o, como afirmaba  Lévi-Strauss (1995), las “condiciones objetivas de las cuales ella es síntoma y que ella refleja” (1995: 10-11), es decir su performance y las consecuencias que se derivan de ello.

 

 

 

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Hoy, más que nunca, los procesos  de identificación están inmersos  en acciones  de naturaleza política  –y, debemos agregar, también económica–, aun  cuando estas, como  las propias  identidades, no siempre  estén explícita  y claramente definidas.

Por  un  lado,  paralelamente a su naturaleza política  –en una  especie  de “empoderamiento” que  conceden a los gru- pos sociales que las construyen–, las identidades, en un mun- do  de  creciente precarización socioeconómica, se revelan también como un recurso por excelencia en la búsqueda de un mínimo de reconocimiento: se proyecta  una identidad teniendo en vista romper con la indiferencia y el “desconoci- miento”  que  la masificación  (en especial,  aunque no única- mente, la de la pobreza) promueve.

También el aumento de la violencia y la proliferación de las pandillas  o de las mafias hoy pueden ser vistos como una forma de buscar algún tipo de reconocimiento, aun cuando ello se exprese  a través de la pretendida fuerza  física y/o a través de las acciones  violentas que sus individuos  manifies- tan. Todos  ellos acaban  organizándose en torno de una  de- terminada identidad de grupo que, en algún momento, pue- de afirmarse  –es decir, combatir la “indiferencia” con que es tratada– por  el camino  de la violencia y de la incitación del miedo.  O que  muchas  veces implica  –y se fortalece por–  la propia definición de territorialidades específicas.

En el sentido económico, la mercantilización de nuestro tiempo también es un  factor  de creciente promoción de las dinámicas de identificación social. Como se sabe, son los pro- pios circuitos  de la globalización capitalista  los que promue- ven, muchas veces, la exacerbación de las diferencias, buscan- do también alimentar nuevos nichos de mercado y, en el caso de las identidades más estrictamente territoriales, “vender” el propio espacio,  a través del marketing de paisajes (más explí- cito cuando son estos acoplados a los mercados inmobiliario y turístico) urbanos, regionales o aun nacionales (sin hablar

 

 

 

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de los “patrimonios de la humanidad”, puesto  cada vez más disputado en el mercado simbólico de los lugares). Casi siem- pre  se vende  más la imagen  que  las condiciones objetivas y materiales que el territorio efectivamente posee.

Así, la identificación social, en  tanto  producción de dife- rencias,  es construida tanto  para  afirmar  los procesos  de do- minación como para fortalecer los movimientos de resistencia

–y estos no se encuentran obligatoriamente disociados–.  Un mismo  movimiento, como  el movimiento negro o el homo- sexual, puede ser visto, al mismo  tiempo, como  resistencia a la sociedad  dominada por la cultura blanca, europea, hetero- sexual y como un instrumento de mercantilización a través del fortalecimiento de un nuevo nicho  específico de consumo.

Si la “diferencia/identidad” incorporada como  valor de cambio “vende” –y de esta manera también produce desigual- dad–, algunos  pueden tener, o mejor,  pueden ser capaces de producir o de disponer de un capital simbólico más poderoso que otros.  Este capital  simbólico  (Bourdieu, 1989) se puede tornar aún  más eficaz cuando se hace  uso de determinados referenciales territoriales para fortalecerse.

En este caso se encuentran los famosos  “certificados  de origen”  o de “denominación de origen  controlado” de pro- ductos,  “procedencia” u “origen” de carácter geográfico, obviamente, que  hoy asocian  producción de una  identidad territorial –pautada, pretendidamente o no,  a través de in- dicadores “objetivos” de  origen–  y agregación de  valor  de cambio. Como si la confirmación de un determinado origen

–y tan  solamente ello– pudiese, automáticamente, agregar valor a un producto.

Por lo tanto,  tiende a ampliarse todo  un  debate en rela- ción con este pasaje –no siempre claro– de una identidad territorial que  promueve  el reconocimiento de  un  grupo, que le agrega poder político  y “valor simbólico” (y, así poder en tanto  grupo cultural), a una  identidad que  es, al mismo tiempo, construida según  intereses económicos, capaces  de

 

 

 

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transformar con facilidad un valor simbólico, cualitativo, incomparable, en  valor de cambio,  contable, y donde todo puede ser objeto  de  compra y venta  a través de  un  mismo padrón de comparación y referencia: el dinero.

La búsqueda frenética y poco  reflexionada de  nuestras “raíces identitarias” o de nuestros “valores culturales”  –mu- chas veces, aunque de forma  inconsciente, anclada  en el in- terior  de fuertes  intereses mercantiles– ha sido siempre  un cuchillo  de doble  filo. Puede  llevarnos a un fortalecimiento como  grupo, a través  de  un  mayor  reconocimiento social frente a los “otros” con quienes nos relacionamos. Pero tam- bién puede llevarnos a un empobrecimiento, justamente por impedir o intentar evitar el contacto y el intercambio cultu- ral, lo que  promueve una  especie  de “ensimismamiento” o de “guetización”  social conservadora.

Mientras  tanto,  más allá de sus implicancias más estricta- mente mercadológicas, en  este  tiempo de  crisis de  valores en  el que  aparecen con  vigor discursos  que  interpretan el mundo como una especie de “refortalecimiento de la ilusión identitaria” (como por ejemplo en la polémica propuesta por Samuel  Huntington y sus “fracturas”  entre grandes civiliza- ciones como fuente prioritaria de conflictos), es también un tiempo que  puede ser definido –como  hacen otros  tantos discursos–  por  la movilidad  y por  el “hibridismo” o mezcla de identidades.

 

Hibridismo: ambivalencia y antropofagia

Cuando hablamos de un proceso de “hibridismo cultural” como marca mayor de la globalización contemporánea o, por el contrario, de  la esencialización identitaria por  parte  de grupos  fundamentalistas, tenemos que ser muy cuidadosos. Es preciso historizar y geografizar mejor nuestra concepción del hibridismo –o, para valorizarla más como proceso, de la hibridación– y reconocer, sobre  todo,  los diferentes sujetos que la producen y los contextos geopolíticos en los que ella

 

 

 

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se realiza  y en los que  circula  su debate, un  poco  como  en las “geometrías del poder”  propuestas por  Massey (1994) a fin de complejizar las relaciones en las que se produce la “compresión espacio-tiempo” y las distintas accesibilidades y velocidades  de nuestro tiempo.

En primer lugar,  es interesante situar  el hibridismo en el marco  de sus raíces latinoamericanas, concibiendo a Améri- ca Latina,  muchas  veces, como  un “continente híbrido” por excelencia –sino en la práctica,  al menos  ampliamente en el campo  discursivo–.3   No es por  casualidad que,  en  América Latina, tenemos algunos de los principales representantes de este debate, especialmente en la intersección entre los estu- dios culturales y los estudios literarios.  Así, por ejemplo, Wal- ter Mignolo (2003), en su discurso poscolonial, defendió una episteme o “gnosis liminar”; Fernando Ortiz  (1973) y Ángel Rama (1982) desarrollaron el concepto de transculturación; Édouard Glissant (2005), a partir  de la mirada  caribeña, defendió la “criollización”  americana (y mundial); y Néstor García  Canclini  (1997) analizó  nuestras “culturas  híbridas”, sin dejar de hacer  mención al trabajo  más amplio  de clásicos como Gilberto  Freyre y Darcy Ribeiro. Según Young:

 

El hibridismo transforma (...) la diferencia en igualdad y la igualdad en diferencia, pero de forma tal que la igualdad no sea más lo mismo, y lo diferente no más simplemente lo dife- rente. (...) quebrar y reunir al mismo tiempo y en el mismo lugar:  diferencia e igualdad en una  aparentemente imposi- ble simultaneidad. (Young, 2005: 32)

 

 

 

3  Glissant prefiere ser más preciso geográficamente y distinguir una “Euroamérica” que incluye, además de casi la totalidad de la llamada América anglosajona (Canadá y Estados Unidos, menos el sur), partes del “Cono Sur” chileno-argentino (al cual podríamos agregar Uruguay y el sur de Brasil), y una “Neo- américa” o “América de la criollización” (y del hibridismo), que “comprende el Caribe, el nordeste de Brasil, las Guayanas y Curazao, el sur de los Estados Unidos, la costa caribeña de Venezuela y de Colom- bia, y una gran parte de América Central y de México” (2005: 16).

 

 

 

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La ambivalencia es, así, una  marca  inmanente de los pro- cesos de hibridación. Sin embargo, es el propio Young quien, a pesar de proponer una lectura  más posestructuralista, más “dialógica” que propiamente dialéctica de la cuestión, se refie- re al hibridismo tanto  como  una  “fusión” como  una  “articu- lación dialéctica”. Este “hibridismo doble”, afirma Young refi- riéndose a Rushdie,  “fue considerado un modelo que puede ser utilizado  por las formas de sincretismo que caracterizan a todas  las culturas  y literaturas poscoloniales” (Young, 2005:

29). Puede  afirmarse  que  el hibridismo opera  simultánea- mente de manera doble,  “‘orgánicamente’, hegemonizando, creando nuevos espacios, estructuras, escenas e, ‘intencional- mente’, diasporizando, interviniendo como una forma de sub- versión, traducción, transformación” (Young, 2005: 30).

A su vez, para Stam, el discurso dominante sobre el hibri- dismo:

 

(...) fracasa en los términos de discriminar entre las diversas modalidades de hibridismo,  tales como  la imposición colonial (...) u otras interacciones como la asimilación  obligatoria, la cooptación política,  el mimetismo cultural, la explotación económica, la apropiación de  arriba  para  abajo,  la subver- sión  de  abajo  para  arriba.  (Stam, 1999: 60; los destacados son nuestros)

 

Con fines ilustrativos,  cabe destacar  que  el hibridismo de las identidades sociales en un contexto (pos)colonial cultural- mente tan rico y matizado como el latinoamericano no es sim- plemente un instrumento de ruptura con la “unidad” cultural del colonizador, que desterritorializa tanto  a los grupos  hege- mónicos  (en un nivel más atenuado) como  a los subalternos (en un nivel mucho más violento), sino que  representa tam- bién  una  forma  de  resistencia y reterritorialización algunas veces bastante rica, que  recrea  a través de la mezcla, nuevas formas de construcción identitario-territorial.

 

 

 

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Algunas sociedades y espacios viven el hibridismo de ma- nera más pronunciada, o se encuentran más abiertos  y/o son forzados  a intercambios culturales mucho más intensos. El historiador cultural Peter Burke (2003), en un trabajo  sobre el hibridismo, afirma  que  este, cuando es impuesto, puede representar importantes pérdidas culturales. Sin embargo, como debe  ser considerado siempre  una vía de doble  mano, la hibridación también puede transformarse en  un  instru- mento de innovación y/o de resistencia, como  fue muy cla- ramente defendido en la visión “antropofágica” del escritor modernista brasilero Oswald de Andrade.

Por este motivo pretendemos detenernos un poco en la in- terpretación de aquello  que  proponemos denominar como “hibridismo antropofágico”,4  un  hibridismo de contextuali- zación brasileño-latinoamericana, dotado de un sentido cla- ramente positivo, y que fue pautado de forma  pionera en la lectura  literario-filosófica de Oswald de Andrade.

Para  Oswald,  en  su  “Manifiesto   Antropofágico”,  “solo la antropofagia nos une”  (Andrade, 1995: 47), tanto  social como  económica y filosóficamente. Contrariamente  a la vi- sión de los colonizadores, con su “interpretación materialis- ta e inmoral”  de la antropofagia, esta es, para él, una visión del  mundo, un  Weltanschauung  proveniente  de  cierta  “fase primitiva” de la humanidad y su rico mundo espiritual:

 

Contraponiéndose, en su sentido armónico y comunitario, al canibalismo que viene a ser la antropofagia por  gula y tam- bién la antropofagia por hambre, conocida a través de la cró- nica de las ciudades sitiadas y de los viajantes perdidos. La operación metafísica  que se vincula al rito antropofágico es la de transformación del tabú en tótem.  Del valor opuesto al

 

 

4  Un ejercicio interesante, que por limitaciones de espacio no se nos permitirá realizar aquí, sería discutir esta visión “antropofágica” a la luz de la noción de “hibridismo salvaje” de Homi Bhabha (1998), reto- mada como “hibridismo cultural” por Alberto Moreiras (2001).

 

 

 

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valor favorable.  La vida es devoración pura.  En este devorar que  amenaza a cada  minuto la existencia  humana, cabe  al hombre totemizar el tabú.  ¿Qué es el tabú sino lo intocable, el límite? (Andrade, 1995: 101)

 

Romper la “cultura  mesiánica” del colonizador con la cul- tura  liminar,  “antropofágica”, llamada  “salvaje” de los pue- blos originarios es, en síntesis, la proposición de Oswald de Andrade. Nada de fines preconcebidos, teleología rumbo a la redención divina, sin embargo rehacer constante del otro –y de sí mismo– por la “devoración pura”. Otra especie de “des- trucción creadora” diferenciada de aquella  que  se alimenta constantemente deglutiendo la propia fuerza del otro.

En otras palabras, el hibridismo como fuerza, la antropofa- gia como arma: devorar  es instigar a la recreación constante, el brotar de un pensamiento mítico-poético indomable por el utilitarismo, por la domesticación del pensamiento y por las identidades eurocolonizadoras. Como sostuvo Maltz:

 

Destruir para construir por arriba. Deglutir para, en lugar de tomar  posesión  del instrumental del “enemigo”,  lograr  com- batirlo  y superarlo. Deglutir  el viejo saber, transformándolo en  materia prima  de lo nuevo  (...) la contrapartida de esta actitud  de inercia ideológica y cultural, de brutal asimilación que  legitimaba la influencia extranjera, sería la actitud  an- tropofágica de  “deglutir”  el saber  europeo, “devorándolo” no  ya para  incorporarlo de  modo  mecánico sino  para  ab- sorberlo dialécticamente en el intento de brasileñizar nues- tra cultura, otorgándole una  identidad. (...) desacralizar la herencia cultural del colonizador para inaugurar una nueva tradición. (Maltz, 1993: 11)

 

Por eso, algunos  autores, como  Helena, definen la antro- pofagia como “el ethos de la cultura brasileña”  (1983: 91). La antropofagia constituye  así la cara “positiva” del hibridismo

 

 

 

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–que,  si por  un  lado  puede representar la destrucción y el empobrecimiento de culturas  pretéritas, por  el otro  puede rejuvenecerlas  y empujarlas hacia  lo  nuevo,  que  también puede ser más rico–. “Totemizando” el tabú, la sociedad  an- tropofágica viola lo intocable, rompe con los límites (o vive en los límites...), se des-reterritorializa en un espacio donde la multiplicidad no  es solo un  estorbo o un  resquicio, sino también una  condición de existencia  y de recreación no-es- tabilizadora de lo nuevo.

La “filosofía” antropofágica, sin duda,  anticipó el pensa- miento poscolonial, preocupado sobre  todo  con  la contex- tualización de las epistemes  por  la naturaleza geohistórica de su producción (al respecto, ver especialmente Mignolo,

2003). Esta lectura  cultural de los procesos  de hibridación/ antropofagización puede instigarnos a pensar, también, en un nivel más concreto, en cómo articular espacios capaces de reproducir y/o de inducir a esta condición subversiva. Pro- ponemos entonces retrabajar nuestro concepto de “multi” o “transterritorialidad” (Haesbaert, 1996, 2001, 2004, 2008) a la luz de los procesos  de hibridación.

 

Hibridismo y multiterritorialidad

El espacio  y el territorio, como  sabemos,  más que  refe- rentes  mentales (“absolutos”) para nuestra localización  en el mundo o más que simples objetos materiales en relación con nuestro entorno, son constitutivos  de nuestra propia existen- cia, ya sea en su dimensión físico-biológica (en tanto  “cuer- pos”, que  para  algunos  serían  nuestro “primer  territorio”), como en su dimensión simbólico-social. De este modo,  si afirmamos que el hombre no es solamente un “animal terri- torial”, sino más aún: un “animal multiterritorial”, que expe- rimenta diversos territorios al mismo  tiempo, esto significa que esta dimensión espacial no es mero  palco o apéndice de la condición humana, sino una de sus dimensiones constitu- tivas fundamentales.

 

 

 

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Es importante aquí,  presentar, aunque de forma  muy su- cinta, las distintas  caras de la multiterritorialidad. Partimos de un concepto menos parcelario del territorio; no lo defini- mos simplemente por un recorte empírico, una “porción de lo real”, sino por una problemática y una forma  de abordar- la, o sea, por  una  determinada “mirada”  y, a partir  de aquí, al poner la atención sobre  un aspecto  de la realidad, defen- demos que el territorio es el espacio geográfico visto a partir de “poner el foco” en las relaciones de poder, sea el poder en sus efectos más estrictamente materiales, de carácter políti- co-económico, sea en su articulación más simbólica. De esta manera, se busca  abordar el territorio a través de  las rela- ciones de poder que le son inherentes: desde  un poder más “tradicional”, de naturaleza estatal-administrativa, hasta  su configuración más simbólica,  donde la propia construcción identitaria es vista, antes que nada, como un instrumento de poder (o, para utilizar un término polémico, de “empodera- miento”) de los grupos  y/o clases sociales.

Por lo tanto,  habría (multi)territorialidades de mayor car- ga funcional y otras  de mayor  carga  simbólica,  de acuerdo con la fuerza de las funciones y de los significados que les son atribuidos por los diferentes sujetos sociales en territorializa- ción. En el abordaje que se prioriza  aquí, nos interesan más los territorios dotados de fuerte  significación, pasibles de es- tar  envueltos  en  una  “hibridación” en  términos culturales. No podemos ignorar la fuerte  relación entre las formas polí- ticas de gestión  territorial y las implicancias en términos de propensión que estas cargan  a los fines de constituir formas culturales más (o menos) híbridas de identificación social.

Por lo tanto,  la producción de culturas  híbridas, tal como lo plantea García  Canclini  (1997), significa  también cons- truir espacios de alguna forma “híbridos”, liminares o “fron- terizos” (como en Tijuana,  en la frontera entre México y Es- tados  Unidos,  analizada  por  él), territorios múltiples cuyo diseño interfiere directamente en nuestras concepciones del

 

 

 

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mundo, en la construcción de nuestras identidades sociales. La propia multiterritorialidad contemporánea  puede, por lo tanto,  favorecer  procesos  de hibridación, sea por  nuestra creciente movilidad  física, que  articula  más que  un  territo- rio, como  ocurre con  los migrantes en diáspora, sea por  la propia diversidad  territorial in situ, como  ocurre especial- mente en el cosmopolitismo de las grandes ciudades globa- les. En ellas, en espacios relativamente restringidos, algunas veces en un mismo barrio,  habita  un número culturalmente cada vez más diversificado  de grupos  sociales.

La multiterritorialidad, podemos decir,  se manifiesta de dos formas generales: una, de carácter más amplio, que pue- de ser denominada como “multiterritorialidad lato sensu” o sucesiva, y que envuelve la vinculación de múltiples territo - rios (zonales) articulados en  red,  lo que  implica,  para  los grupos  sociales, un determinado grado de movilidad física. Y  otra,  de  carácter más específico,  que  podemos denomi- nar  como  “multiterritorialidad  stricto sensu”  o simultánea, y que  involucra  territorios en  sí mismos  híbridos y/o  que permiten la articulación simultánea con  otros  territorios (por mecanismos de  control informacional o virtual).  En el primer caso, nuestra hibridación es, digamos,  inducida por  la movilidad;  es fundamental que  vivenciemos  el des- plazamiento físico para  que  tengamos nuestra experiencia

–y nuestro “control”–  multiterritorial, con  la importante aclaración de que, obviamente, no todos los que se mueven por  diferentes espacios,  obligatoriamente, viven de hecho una multiterritorialidad, más allá de su carácter meramen- te funcional.

No es simplemente porque tengamos mayor movilidad  o porque habitemos territorios (o lugares,  en el amplio  abor- daje  de  la Geografía  anglosajona) cada  vez más  híbridos que,  automáticamente, estaremos vivenciando  un mayor hibridismo cultural e identitario. La burguesía planetaria, por  ejemplo, se desplaza  mucho; sin embargo, casi siempre

 

 

 

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frecuenta los mismos lugares, e ignora la inmensa diversidad cultural –y territorial– que se extiende a su alrededor. Aquí y allí, ella puede hasta cruzarse  con el “otro”; sin embargo, es como  si este otro  estuviese invisibilizado,  ya que  no se esta- blece ningún tipo de diálogo  o, cuando por obligación, este se da (como en los servicios de los hoteles o restaurantes y en el comercio), se trata de un contacto de carácter meramente funcional.

Por otro lado, no es tampoco por habitar espacios re- veladores  de  una  gran  diversidad  étnica  que,  automática- mente, estaremos vivenciando  una  multiterritorialidad en el sentido cultural. Existe aquí  una  importante distinción entre su carácter potencial y efectivo. Podemos vivir en una ciudad  altamente cosmopolita y culturalmente múltiple, como  Londres o  Nueva  York  y, sin  embargo, negarnos a usufructuar esta multiplicidad. En este sentido, podemos tener “múltiples  [tipos de] territorios” sin construir allí, efectivamente, una multiterritorialidad. Esta, implica tran- sitar y, sobre todo,  “experimentar” esta multiplicidad de te- rritorios y territorialidades.

Esto significa que  las relaciones entre hibridismo cultu- ral y multiterritorialidad no son biunívocas: podemos tener, por ejemplo, una multiterritorialidad en un sentido funcio- nal sin que  se promuevan allí experiencias de hibridación cultural. Sin embargo, es interesante resaltar  que  la mayor movilidad  de nuestro tiempo, que afecta tanto  nuestra mul- ti-territorialidad “sucesiva” (que implica  desplazamiento fí- sico) cuanto “simultánea” (o “in situ”, en  el sentido de  un lugar culturalmente múltiple y/o de una “movilidad virtual” que  permite “controlar” territorios a distancia), es un  ele- mento potencialmente favorecedor –y mucho– de los procesos de  hibridación. Como  lo habíamos indicado inicialmente, no podemos olvidarnos  que una forma de territorialización también es aquella  que  se realiza  “en  y por  el movimien- to”. Son innumerables aquellos  que  hoy se identifican con

 

 

 

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esta movilidad  de tal forma  que,  el territorio, tal como  sus identidades, es para  ellos, construido por  la amalgama en- tre  múltiples territorialidades distintas  o –de  manera más “radical”–, por el propio “estar en movimiento” o “transitar entre múltiples territorios”; lo que nos lleva, también, a pen- sar en una especie de “transterritorialidad”.

 

El hibridismo siempre abierto:

de la transculturación a la transterritorialidad

A una escala más personal (“subjetiva”), puedo ser amigo de un  bengalí  musulmán en  la British  Library  en  un  con- tacto  que  se reduce a la biblioteca y su carácter funcional, en  una  relación básicamente entre funcionario y usuario, y otra  cosa muy diferente es hacer  amistad  con  su familia y frecuentar su barrio  en  el este  de  Londres. Aquí,  a tra- vés del transitar efectivo por múltiples territorios, podemos afirmar  que  estamos  produciendo una  multiterritorialidad en  el  sentido estricto  o,  bajo  un  término probablemente aún más adecuado, una transterritorialidad, pues ella impli- ca más que  la simple  articulación de territorios diferentes, el tránsito entre ellos, su imbricación debida a la frecuente movilidad  y, consecuentemente,  un  proceso de  identifica- ción que incorpora, de manera central, este ir y venir o este “estar entre”  territorios.

Así como  el hibridismo no  es una  condición estancada, propiamente un  “estado”,  sino  un  proceso en  incesante ir y venir –o, en otras palabras,  en constante devenir –, la mul- ti o transterritorialidad también debe  ser vista, sobre  todo, dentro de  un  movimiento  de  entrada, de  salida  y, por  lo tanto,  de tránsito entre diferentes territorios. Lo que más im- porta  aquí  es la condición de posibilidad, siempre  abierta, de nuestra inserción en un “territorio ajeno” (que también pasa así, de forma ambivalente, a ser “nuestro”), la apertura de estos territorios que plantea permanentemente la posibi- lidad de entrar, salir y/o transitar por estas territorialidades

 

 

 

64  Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

o, si quisiéramos, esta condición de transitoriedad, en el sen- tido amplio,  de eventualidad).5

Es a partir de enfatizar esta idea de movimiento y de tránsito que, tal vez, el término más apropiado sea construido no por el prefijo  multi, sino por  el prefijo  trans, como  lo sugeríamos hace  ya más de una  década  (Haesbaert, 1996, en la cita que abre  este texto). Y, ya que  estamos  enfatizando esta dimen- sión cultural de la territorialización, es importante establecer un vínculo,  aunque introductorio, con el concepto, bastante próximo, de transculturación.

Según  Mignolo,  ya en la década  de 1940 y a partir  de la realidad cubana, el sociólogo  cubano Fernando Ortiz, sugi- rió sustituir  la terminología europea de “aculturación”, pro- puesta  por Malinowski, por la de “transculturación”:

 

Mientras  que  la aculturación contemplaba los cambios  cultu- rales en una  única  dirección, el aporte de la transculturación estaba dirigido a llamar la atención hacia los procesos comple- jos y multidireccionales que tienen lugar en la transformación cultural. (Mignolo, 2003: 233, los destacados son del autor)

 

Parafraseando las palabras  del propio Ortiz, Mignolo des- taca que la transculturación:

 

expresa  mejor  las distintas  fases del  proceso de  transición de  una  cultura a otra,  ya que  este no  consiste  meramente en adquirir otra cultura, que es lo que implica realmente la

 

 

5   Un trabajo reciente, que también desarrolla de manera creativa la concepción de transterritorialidad, es el de Mondardo (2009). Para corroborarlo él hace uso de la noción de “transitoriedad migrante” (Goettert, 2008 [2004]) en el que la relación ambigua “transterritorial” del migrante envuelve “la condición de pertenecer a dos (o más territorios) y no pertenecer a ninguno”, caracterizada por la “translocalidad del migrante”, situado “en la frontera entre lugares”, siempre al mismo tiempo “aquel que fue” y aquel “que permanece”, entre el espacio que perdió, que no le pertenece más y aquel al cual, de alguna forma, debería pertenecer pero que aún le resulta extraño (Mondardo, 2009: 90, los destacados son del autor).

 

 

 

Viviendo en el límite:...    65

 

 

 

 

 

palabra (....) aculturación, sino que supone necesariamente la pérdida y el desenraizamiento de  una  cultura anterior, que  podría definirse como  desculturación. Además,  incor- pora  la idea  de creación consecutiva  de nuevos  fenómenos culturales que  podrían denominarse  neoculturación (…) el retoño siempre  cuenta con  algo  de  ambos  progenitores siendo  siempre, no obstante, diferente a cada uno  de ellos. (Ortiz, citado  en Mignolo,  2003: 235)

 

Es posible hacer aquí, claramente, una analogía entre esta definición de transculturación y la de (trans)territorializa- ción.  Mientras  que  la primera es vista como  producto del juego  entre desculturación y neoculturación, los procesos geográficos  de (trans)territorialización resultan de la imbri- cación entre desterritorialización y re (o “neo”, para ser fieles a Ortiz) territorialización. Aunque Moreiras  parta  del con- cepto  de hibridismo, afirma, en este mismo sentido, que:

 

El concepto de hibridismo es complejo y particularmente su- gestivo porque puede ser usado  para  agrupar fenómenos que derivan tanto de la territorialización como de la desterritoriali- zación. En el caso de la última, el hibridismo se refiere a los pro- cesos de pérdida de posiciones previamente determinadas (es decir que el hibridismo aumentaría en el mundo de hoy porque hay desculturación y esta es una pérdida bruta,  irremediable). En el caso de la primera, el hibridismo se refiere a la positividad que  tal pérdida implica,  estructural o constitutivamente  (no hay desculturación sin reculturación), y la reculturación puede llegar a producir –bajo ciertas circunstancias– una amenaza a la propia economía del sistema). La reterritorialización híbrida y la desterritorialización híbrida son entonces dos lados –dife- rentes–  de la misma moneda. (Moreiras, 2001: 342)

 

En la década  de 1970, desde el campo de los estudios literarios,  Ángel  Rama  también desdobló el concepto de

 

 

 

66  Rogério Haesbaert

 

 

 

 

 

transculturación, ahora  enfatizando otra escala, la intra- nacional. Mientras  que Ortiz se interesó en la formación “transcultural” de una  sociedad  nacional –la cubana–, en relación con el contexto del colonizador, el europeo, Rama destaca  también las relaciones intranacionales: entre  “el centro”  (“capital o puerto”, “vanguardista”, volcado hacia afuera) y “la periferia”  (o “la cultura regional interna”, de tendencias más rurales,  volcadas hacia dentro).6

Se abre  así otro  “ juego” espacial  al que  podemos deno- minar  “ juego de escalas” (parafraseando el título  del libro de Revel de 1998), y dentro del cual igualmente se diseñan los procesos  denominados aquí de multi o transterritoriali- zación. No se trata de una simple “acumulación” o “pasaje” de una  escala hacia otra,  sino de su vivencia concomitante en  términos que  recuerdan, un  poco,  lo que  Yves Lacoste llamó “espacialidad diferencial” (Lacoste,  1988).

Claro que “diferencial”  aquí está implicando, no simple- mente una “diferencia de nivel” o “de grado” cuantitativa (de una  escala  cartográficamente mayor  y menos  importante a una  cartográficamente menor y más importante, por  ejem- plo), sino la efectiva diferenciación cualitativa (“diferencia de naturaleza”) a partir  de  la nueva  amalgama construida. En este sentido, algunas  “multiterritorialidades” no representan más que  una  diferencia de grado,  como  en  la organización multiterritorial de los Estados-nación, estructurados de modo de  “encajar”  perfectamente  múltiples escalas dentro de  un mismo  orden político-territorial, que  se extiende, por  ejem- plo, del territorio del municipio (o condado) al estado (o pro- vincia), de ahí al Estado-nación y, hoy, a los bloques  político- económicos, especialmente en el caso de la Unión Europea.

 

 

6  Para un análisis de la perspectiva de Rama del campo literario y sus repercusiones contemporáneas, ver Aguiar y Vasconcelos (2004). Aunque los autores no se refieran a ella, desde un abordaje más político podemos asociar la “transculturación” de Rama con la noción de “colonialismo interno” desarrollada por González-Casanova (1965).

 

 

 

Viviendo en el límite:...    67

 

 

 

 

 

La alianza, digamos,  entre hibridismo o transculturación y multi  o transterritorialidad solo se da  de  hecho cuando un  cambio  de territorio o de territorialidad implica  efecti- vamente  un  cambio  de  comportamiento y una  mezcla  cul- tural. Lo importante aquí, finalmente, es no ver el espacio o el territorio como  simple reflejo  de estos procesos  de hibri- dación,  sino como uno de sus elementos constitutivos  funda- mentales. No es por  casualidad que  los espacios  transfron- terizos –o si quisiéramos, “liminares”–,  se convirtieron en paradigmáticos, ya que  son mucho más sensibles  a los pro- cesos de hibridación –tanto  por  una  dinámica que  podría- mos considerar más “espontánea”, como  por  “obligación”  o “necesidad”–, ya que  mezclar  identidades (nacionales, por ejemplo), es también allí una estrategia7 de sobrevivencia.

 

Hibridismo y (trans)territorialización: implicancias políticas

La apertura y la movilidad  territorial, que algunos  en for- ma equivocada asocian estrictamente a los procesos de deste- rritorialización, tienen relevancia  en el sentido que promue- ven los intercambios culturales, los procesos  de hibridación y/o transculturación. El hecho de que estos movimientos resulten  ser política  y socialmente positivos o negativos  es otra historia  aunque se trate de una historia  nada desprecia- ble. Más allá del debate en relación con su valor heurístico o conceptual, el hibridismo y la multi o transterritorialidad se constituyeron muchas  veces en una  especie  de programa político.  Como afirmó Nestor García Canclini:

 

Una política es democrática tanto  por construir espacios para el reconocimiento y el desarrollo colectivos como  por  susci- tar  las condiciones de  reflexión críticas,  sensibles  para  que

 

 

7   Para Moreiras  (2001) se trataría más de una táctica que de una estrategia. Sobre este debate que en- vuelve la noción de “esencialismo estratégico” de Gayatri Spivak (1988), ver especialmente Moreiras (2001: 336-337).

 

 

 

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sea pensado lo que obstaculiza  ese reconocimiento. Quizás el tema central de las políticas culturales sea hoy cómo construir sociedades con  proyectos  democráticos compartidos por  to- dos sin que se igualen  todos, donde la disgregación se eleve a diversidad  y las desigualdades (entre clases, etnias o grupos) se reduzcan a diferencias. (García Canclini,  1997: 157)

 

¿Cuál es, entonces, el tipo de hibridismo (o, si preferimos, de  transculturación)  que  deseamos  promover?  ¿Cuál es el tipo de multi/transterritorialidad que permite estimular es- tos procesos  “positivos” (o, en otros términos, “antropofági- cos”, como se planteó aquí) de hibridación?

Retomando las consideraciones que hicimos en el primer apartado de este trabajo,  no  podemos olvidarnos  que  tam- bién el (discurso del) hibridismo está de moda,  y como todo lo que está de moda, tiene alto “valor de cambio”. Como afir- mó Moreiras:

 

(...) el hibridismo puede actualmente casi ser, en su aspecto preformativo [no constativo], una  especie  de disfraz ideoló- gico para  la reterritorialización capitalista.  (...) Argumentar a favor del hibridismo, contra la reificación de las identidades culturales, como una especie de prescripción para la flexibili- dad perpetua, es exagerar su utilidad. (Moreiras, 2001: 316)

 

Es “bueno”  ser híbrido, “mestizo”, créole, porque esto “vende”,  y vende  porque nos  dicen  que  hace  bien  realizar mezclas, circular  por territorialidades diferentes, en fin, consumir el world hybrid, tal vez una nomenclatura que pue- de sintetizar  esta vertiente más comercial y globalizada  del hibridismo. Solo seríamos  efectivamente “globales” si fuéra- mos  “híbridos”.  Aquí aparece otro  elemento fundamental en  este debate y en  el cual pocos  parecen reparar: depen- diendo de  la escala  en  la que  es abordado, el hibridismo adquiere rasgos e implicancias políticas distintas. Hablar  de

 

 

 

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hibridismo (o transculturación) “local”, “regional” o “nacio- nal” no  es lo mismo  que  hablar  de hibridismo continental (“latinoamericano”), y menos  aún  global, como  uno  de los rasgos básicos de una identidad mundializada.

Como parte  de la propia lógica “flexible” del capitalismo, solo sería bueno aquello  que es móvil, efímero, abierto a los cambios y a la mezcla constantes (para ser consumido [pero no antropofágicamente “deglutido”] de nuevo). Sin embar- go, como ya nos advertía  el gran “teórico  de la velocidad” (o de la “dromología”), Paul Virilio, en un sentido más amplio:

 

(...) siempre  se dice que la libertad primordial es la libertad de movimiento. Es verdad, sin embargo no lo es la velocidad. Cuando se está demasiado apurado, se está enteramente des- pojado  de sí mismo,  se aliena  totalmente. Es posible,  por  lo tanto,  una  dictadura del  movimiento  [a lo que  podríamos agregar:  y una alienación del territorio]. (Virilio, 1984: 65)

 

Como complemento a lo que hemos dicho hace poco, lo que importa no es solo el “estar en movimiento” (aunque algunos grupos  sobrevaloren esta condición), sino la posibilidad que tenemos de desencadenar este movimiento cuando lo precisa- mos –o, de forma  más libre, cuando querramos–. De hecho, “la libertad primordial” de ser, como indica  Virilio, “la liber- tad de movimiento”, no significa que tengamos que estar, obli- gatoriamente, siempre, en movimiento. Es como si defendiése- mos la movilidad, el hibridismo y la multi-transterritorialidad de tal forma  que ellas se tornasen así compulsorias. “Conde- nados”  al hibridismo y/o al tránsito entre territorios podría- mos, en el extremo, perder cualquier punto de referencia más estable,  imprescindible, de cierta  forma,  a nuestra condición de humanos; humanos que  no tienen la “obligatoriedad” de un mismo comportamiento socioterritorial el tiempo entero, porque la imbricación entre movimiento y reposo  constituye una presencia permanente en nuestras vidas.

 

 

 

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De forma amplia, es lo que indica también esta expresión contundente de Cornelius Castoriadis:

 

(...) un sujeto no es nada si no es la creación que él protagoni- za de un mundo en clausura  relativa (...) Esta creación siem- pre creación de una multiplicidad (...) Esta multiplicidad se despliega  siempre  de dos modos: el modo  de lo simplemente diferente, como  diferencia, repetición (...) y el modo  de lo otro,  como alteridad, emergencia, multiplicidad creativa, imaginaria o poiética.  (Castoriadis, 1990: 248)

 

El discurso dominante hoy sobre el hibridismo/transcultura- ción y sobre la multi o transterritorialidad, ligado muchas veces a la concepción de una movilidad irrestricta, debe ser tomado con cautela,  pues la “creación”  de un tiempo nuevo, la “emergencia creativa, poiética”, a la que alude Castoriadis, proveniente de esta multiplicidad, incluye siempre, también, de algún modo,  la pre- sencia de una alteridad, y esta solo puede existir en el ámbito de un relativo cierre, de “un mundo... en una clausura relativa”.

No podemos olvidarnos  que la tesis según la cual vivimos

–o según  la cual  debemos vivir– en  un  tiempo de  apertu- ra y de  movilidad  indiscriminadas fue propagada también por  el economicismo neoliberal, como  si fuese parte  de un paradigma inexorable: apertura de  mercados, apertura –o mismo  “fin”– de fronteras, “Estado mínimo”  en  sus formas de  control (que son,  siempre, también territoriales), flujos financieros instantáneos y globalizados... La reciente crisis financiera global  vino a zanjar  la cuestión en  esta boutade, defendiéndose y recurriéndose, con toda fuerza, a las nuevas formas  de  intervencionismo  estatal.  En  verdad,  bien  sabe- mos,  el propio capitalismo vive de  la intercalación de  mo- mentos de mayor  fluidez  y apertura y momentos de mayor estancamiento y cierre.8

 

 

8  Al respecto, ver la interpretación sobre la historia del capitalismo de Arrighi (1996).

 

 

Viviendo en el límite:...    71

 

 

 

 

 

Aun en un mundo en el que la metáfora del nomadismo se convirtió  casi en un lugar  común, la gran  movilidad  y la hibridación cultural, obviamente, no rigen  la vida de todos; por el contrario, lo que vemos hoy es, hasta de cierta forma, muchas  veces un proceso inverso, con un conjunto creciente de restricciones a la movilidad,  principalmente en lo que se refiere  a la movilidad  de personas, y que tiende a fortalecer- se frente a la actual crisis económica global.

La apertura –relativa– para mudar y, así, fortalecer nuestra autonomía, es muy diferente de la apertura –permanente, casi absoluta–  para  no desarrollar lazos en una especie  de noma- dismo irrefrenable. De la misma forma, cerrarse (tácticamen- te) para resistir es muy diferente de cerrarse –indefinidamen- te– para  aislarse lo máximo  posible  del contacto con el otro. La gran  cuestión no es optar  por la apertura a la transcultu- ración,  al hibridismo “antropofágico”, a la multi/transterrito- rialidad, frente al cierre identitario, a la monocultura (!) y a la uniterritorialidad, porque las culturas aisladas y los territorios completamente cerrados, de cierto  modo,  nunca existieron. De hecho, culturas  completamente abiertas  al intercambio, a la hibridación, nunca fueron producidas; sería como  decre- tar, al extremo, su propia desaparición. Mientras tanto,  convi- ven formas muy distintas en este juego de apertura y (relativo) cierre,  hibridación y (pretendida) esencialización.

No se trata, pues, de apertura o cierre, de hibridismo o esen- cialización. En el inmenso conjunto de situaciones y contextos geohistóricos, se diseña siempre  la posibilidad de lo múltiple; múltiple no solo en el sentido de “vivir en el límite”, a través de las/en las fronteras, sino también en el sentido de la posi- bilidad, siempre  abierta,  de transitar por diferentes culturas  y por diferentes territorios. Políticamente, más importante que concebir nuestra vida y nuestras identidades como intrínseca- mente “híbridas”  y “multi” o “transterritoriales” es la certeza de, si y cuando nos produzca placer  tendremos a nuestra dis- posición  la alternativa de mudar de territorio, experimentar

 

 

 

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otras formas de identificación cultural, intercambiar valores; y que  nadie  nos obligará  ni a la permanente hibridación, ni a la constante movilidad  dentro de la enorme multiplicidad territorial de nuestro tiempo.

Como  afirmaron Gatens  y Lloyd (1999: 78), de un lado se encuentra “la libertad crítica  para  cuestionar y desafiar  en la práctica nuestras formas culturales heredadas; del otro, la aspi- ración  por pertenecer a una cultura y a un lugar y, así, sentirse en casa en este mundo”. Por transitoria que  parezca  la cons- trucción contemporánea de “identidades” y “territorios”, casi siempre fruto de mezclas inusitadas, si la quisiéramos “madura” y mínimamente reflexionada o reflexiva, vendrá  acompañada también de cierta duración o “tiempo”, y su dilapidación se dará siempre por la constatación y/o invención de otro. Pero un otro no solo para reconocernos –y producir– en tanto  diferentes, al transitar por “nuestros” territorios, sino también para compar- tir plenamente con nosotros, al construir y practicar territorios de uso y apropiación efectivamente colectivos, comunes.

Es en este sentido que debemos hablar de un espacio-tiempo siempre  “alternativo”; no solo en el sentido de representar una alternativa, la creación de lo nuevo,  sino también de permitir alternancias:, alternancias entre lo más y lo menos híbrido, en- tre lo más y lo menos abierto, entre lo más y lo menos duradero. Un espacio-tiempo, finalmente, que vincule el intercambio, la extroversión y la movilidad con los igualmente imprescindibles recogimiento, introspección y reposo.  Y el pretendido “equili- brio” entre estas dimensiones solo puede ser valorizado a través del riguroso trabajo  empírico y de la consideración de las múl- tiples necesidades e intereses en juego para cada sujeto, grupo y/o clase social a la que nos estuvimos refiriendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Alteridentidad: estrategia espacial y cultura política

 

Jacques Lévy 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante mucho tiempo, los geógrafos  han  oscilado  en- tre dos actitudes epistemológicas. La primera puede ser denominada ecológica.  De inspiración predarwiniana, esta orientación otorgaba un  poder explicativo  determinante  a un ambiente estable,  cuya concepción derivaba  de la noción de medio  natural. La segunda actitud  formaba parte  de un paradigma socioeconómico que representaba al espacio solo como una tela en la que se proyectaban estructuras no espa- ciales, también estables. Tanto  el naturalismo como el estruc- turalismo han  demostrado sus debilidades y, quizás, aparez- can como recursos  teóricos  agotados. Muchos investigadores reconocen hoy que,  por  un  lado,  las sociedades tienen sus lógicas propias  entre las cuales la de la espacialidad merece ser explorada, y que,  por  otro,  ellas son animadas por  acto- res múltiples  de variados tamaños, capaces de desarrollar sus propias  intencionalidades, competencias y estrategias.

En el caso de las elecciones, algo cambió de forma es- pectacular en muchos  países cuando la mayoría  de los ciu- dadanos tuvo la posibilidad de incluir  la localización  de su

 

 

1  Escuela Politécnica Federal - Lausanne (Suiza).

 

 

 

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residencia entre sus decisiones  estratégicas. En este contex- to, el voto, como opción estratégica, puede ser relacionado con  otra  opción, como  lo es el acto  de  escoger  si se va a residir,  e inclusive  a habitar, acá o allá. Ambas decisiones pueden ser consideradas expresiones de una  identidad so- cial en general. Más específicamente, ambas comprometen métodos variados orientados al “ser en conjunto”, al “hacer sociedad”,  métodos que  el “mercado”  político,  electoral y no electoral supuestamente ofrece.

En este sentido, muchas  de las elecciones que  se celebra- ron en las últimas décadas en Europa mostraron que la loca- lización de los electores en un lugar definido por su gradien- te de  urbanidad (centro, suburbio, periurbano, ex urbano o infraurbano) se revela fuertemente predictiva  de los re- sultados  del voto, muchas  veces más predictiva  que las agru- paciones socio-profesionales  clásicas o que  los recortes re- gionales. Los centros urbanos aparecen como lugares donde simultáneamente se observa, algunas veces y contrariamente a lo que  la intuición llevaría a suponer, el nivel máximo  de mezcla  social y un  rechazo de los partidos tribunitiens2  (ex- presión inventada por  el politólogo Georges  Lavau [1969]), es decir  prostestateurs-populistes.3  Ese concepto se inscribe  en una  reflexión que  Hannah Arendt  (1974) desarrolló en  su análisis del totalitarismo y que, de forma literaria, fue cardi- nalmente explorado en la novela de Julio Cortázar,  Los pre- mios (1960). Por un  lado,  la democracia es una  variante  de lo político  y representa la esencia  misma de lo político.  Sin embargo, por  otro  lado,  la democracia puede volverse un arma contra lo político.  Diciendo esto, no quiero solamente evocar  el modo  de  acceso  al poder sino  también el hecho de  que  estos  movimientos  se pretenden representantes  de la democracia verdadera en contraposición a la democracia

 

 

2  La expresión tribunitien/tribunitienne de Lavau se refiere a ofrecer una tribuna a los “sin voz” (N. de los Eds.).

3   En castellano, partidos populistas y/o que representan el voto de protesta (N. de los Eds.).

 

 

 

78  Jacques Lévy

 

 

 

 

 

“formal”, “corrupta”, “burocrática” o “burguesa”.  Esto acon- tece cuando el carácter abstracto, sistémico,  contradictorio con el proyecto  de un intercambio directo (lo scambio como se dice para  definir  el clientelismo en Italia) es rechazado. La democracia, particularmente la democracia directa, pue- de servir de palanca  para destruir la sociedad  política  como aconteció con el fascismo y con el comunismo.

Por otra parte,  podemos utilizar el neologismo alteridenti- dad, para referirnos a la aceptación voluntaria por parte  del individuo de ser expuesto a una  alteridad social sustancial y, a partir  de ahí, desarrollar una estrategia espacial basada en la búsqueda de una  urbanidad máxima  sobre  la opción política  de un “progresismo posmaterialista”.

La noción de posmaterialismo fue propuesta por Ron In- glehart (1977). Este autor  considera que  estamos  viviendo una “revolución silenciosa” con la emergencia de sectores socio-políticos que  no buscan  prioritariamente la acumula- ción  de  bienes  materiales, sino  una  construcción personal que  supone intensas  interacciones productivas con ambien- tes sociales ricos en  bienes  sistémicos,  es decir,  producidos por  la sociedad  entera como  la educación, la cultura, la na- turaleza  o la urbanidad.

Se entiende, entonces, que la relación con lo político  no es ortogonal, es decir,  que  no es metodológicamente indepen- diente de la relación con el espacio. Podemos identificar dos grandes posturas político-geográficas radicales: la primera se encuentra bien encarnada en el apartheid sudafricano (1948-

1994), y la segunda, en la ciudad  individual-societal que,  si bien  no  existe,  por  lo menos  encuentra algunos  elementos representativos en el modelo “europeo” de urbanidad. La pri- vatización del espacio, típica de la suburbia estadounidense de la segunda mitad del siglo XX o, en general, de la ciudad  sin espacio público, aparece como una versión “aceptable”  de la primera actitud en el sentido que traduce de forma práctica la retracción de un espacio común que puede, a pesar de todo,

 

 

 

Alteridentidad: estrategia espacial y cultura política    79

 

 

 

 

 

existir en ciertas zonas con ese tipo de configuración. Sin embargo, se destaca  nítidamente que  allí se encuentran las fuerzas latentes  para  una  radicalización del planteo. Los ex urbanos estadounidenses o los periurbanos europeos, cuan- do se manifiesta una cierta confusión en el escenario público (Öffentlichkeit), pueden adoptar posturas agresivas como  los personajes de Cortázar.

Quisiera ilustrar este planteo con el análisis de las eleccio- nes que tuvieron lugar en Francia  en el año 2007. Del 22 de abril al 17 de junio, Francia vivió cuatro  vueltas de elecciones nacionales ricas en acontecimientos sorprendentes y en des- encadenantes inesperados (Andrieu y Lévy, 2007). Tres me- ses después  del fin de esa secuencia se puede pensar que es posible  realizar  reformas en un país donde esto parecía im- posible y de superar bloqueos que todos reconocen que esta sociedad  pudo  sobreponer más que  ninguna. Esta compro- bación  se entiende a una  escala temporal específica,  la del calendario y la de la agenda de la vida política  institucional, del sistema político,  en el cual la escansión  de los ejercicios electorales estructura cualquier periodización. Ahora  bien, el análisis geográfico de los resultados permite la aparición de una  temporalidad distinta,  que  se caracteriza por  su re- lativa continuidad a través de varias décadas  y que, además, no encaja fácilmente en los modelos  explicativos “ecológico” o “socio-espacial”  a los que  me  referí  antes.  Esa evolución puede ser definida por tres tendencias (ver Mapa 1).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

80  Jacques Lévy

 

 

 

 

Mapa 1

Primera vuelta de la elección presidencial de 2007. Resultado de los candidatos tribunitiens

 

Porcentaje de votos a favor de los 0

tribunitiens por comuna*.     18

22

26

Superficie de las áreas         30 proporcionales a la población de       35

1999 (en millones de habitantes). 70

 

500   100

 

 

Límite del polo urbano**

 

Límite de departamento

 

 

 

 

 

 

 

Primera vuelta de la elección  presidencial de 2007. Resultado de los candidatos tribunitiens.

 

* Los tribunitiens agrupan los votos de Schivardi, Besancenot, Laguiller, Bové, Buffet, De Villiers, Nihous y Le Pen.

** Definición del INSEE (Instituto Nacional de Estadística y Estudios

Económicos)

 

 

 

 

 

La primera tendencia demuestra la notable oposición geográfica, y que  se refuerza en cada  elección, entre parti- dos de gobierno y partidos tribunitiens. Los primeros pierden su influencia de  manera creciente a medida que  se va del centro hacia las márgenes (ver Mapa 1). El resultado del año

2002 (en el que  el líder  de  la extrema derecha alcanzó  la segunda posición  y calificó para  la segunda vuelta) se veri- fica en un contexto de reflujo  de las corrientes que reflejan el voto de protesta (con un total de 22,8% en comparación con el 37,2% o el 43,7%, según el modo  de cálculo, en el año

2002). En el año 2007, la expresión espacial aparece aun más estilizada. Así, los electores de las zonas centrales demostra- ron  su rechazo hacia  los movimientos  populistas mientras que el centro de gravedad  del voto tribunitien se desplazó  del periurbano interno al periurbano externo, digamos,  hacia las configuraciones “hipourbanas” (ex-urban); es decir, di- sociadas de las áreas urbanas no solamente desde  el punto de vista morfológico (lo que  había  caracterizado el voto de

2002) sino también funcional. En realidad, en varias regio- nes del Rust Belt (Cinturón Industrial) francés,  en  el norte y en  el nordeste,  existe  un  continuo entre el periurbano y los gradientes de urbanidad inferior, hipo  o infraurbano. Y fue precisamente en esas regiones donde el voto tribunitien aumentó su carácter periférico aun  en 2007. En todo  caso, no cabe duda  de que el papel  discriminante del nivel de ur- banidad fue, en 2007, más fuerte  aun que en 2002.

La segunda tendencia muestra que, entre las familias polí- ticas “de gobierno”, se manifestó una influencia creciente de la izquierda en relación con la derecha en los centros de las ciudades (ver Mapa 2). Se trata de un fenómeno que ha sido señalado en 1986 y que se confirma de elección  en elección.

 

 

 

 

 

 

 

 

82  Jacques Lévy

 

 

 

 

Mapa 2

Segunda vuelta de la elección presidencial de 2007. Nicole Sarkozy contra Ségolènne Royal.

 

 

 

Porcentaje de votos a favor de

S. Royal por comuna.

 

 

 

Superficie de las áreas proporcionales a la población de

1999 (millones de habitantes).

 

0

43

47

50

53

60

100

 

 

500   100

 

 

Límite del polo urbano*

 

Límite de departamento

 

 

 

 

 

 

 

Segunda vuelta de la elección  presidencial de 2007. Nicole Sarkozy contra Ségolènne Royal

 

* Definición del INSEE  (Instituto Nacional de Estadística y Estudios

Económicos).

 

 

 

 

 

Finalmente, se observa un desplazamiento de las zonas de fuerza  y de debilidad entre estos mismos partidos. El Medi- terráneo “pasa” de la izquierda hacia la derecha, la Bretaña y el oeste,  de la derecha hacia  la izquierda. En el sudoeste, la izquierda se mantiene, mientras que en la cuenca  parisina (fuera del área metropolitana de París) y en Alsacia, se man- tiene  la derecha.

Esa última  tendencia podría eventualmente  ser leída  si- guiendo el modelo ecológico.  Sin embargo, debe  tenerse en cuenta que, en cada región, no solamente el voto es afectado por  cambios.  No solo los electores no  son los mismos,  sino que  tampoco los sistemas productivos, las relaciones socia- les, las legitimidades políticas  y los espacios.  Quien quiera explicar  por  qué  el oficinista  que  reside  en las cercanías de Laval o de Quimper vota hoy, a menudo, de forma contraria al campesino que  vivía algunas  décadas  atrás  en  el mismo sitio debe,  primero, admitir que  este sitio se volvió un  lugar distinto. Debe  observar  y reflexionar para  poder entender cómo esas discontinuidades, que no son discutibles,  son qui- zás, en parte,  el resultado de procesos  continuos.

Las otras dos tendencias atañen claramente a los gradien- tes de urbanidad. El espacio francés se lee como una serie de áreas urbanas recortadas en un disco central de varios ani- llos: suburbano, periurbano, hipourbano, infraurbano. Esta disposición puede ser perturbada por  arreglos  en  sectores angulares, como en la aglomeración lionesa,  donde el oeste es más “burgués”  y tradicionalmente de derecha, mientras que  el este y el sur son más “populares” y de izquierda. Las diferencias regionales, por más fuertes  que sean –como por ejemplo en Provenza, que expresa  un alto nivel de voto tribu- nitien – no desmienten el modelo general.

La disposición del territorio francés  como  una  colección de áreas urbanas no se reduce a los datos electorales. Entre las diversidad  de variables posibles, seleccioné la de las ren- tas individuales (ver Mapa 3).

 

 

 

84  Jacques Lévy

 

 

 

 

 

Mapa 3

Ingreso fiscal (2004)

 

 

Ingreso fiscal por unidad de cuenta* (en euros).

7.000

13.000

14.500

16.000

17.500

38.600

 

 

 

 

 

 

Superficie de las áreas proporcionales a la población de

1999 (millones de habitantes):

 

 

500   100

 

 

 

 

Ausencia de datos

Límite del polo urbano* Límite departamental

 

 

 

 

 

Ingreso  fiscal, 2004.

 

* Definición del INSEE  (Instituto Nacional de Estadística y Estudios

Económicos).

 

 

 

 

 

Si se adoptasen los modelos  espaciales  habituales, ese in- dicador se imaginaría distribuido en relación con los recor- tes regionales y, dentro de las ciudades, dispuesto según  los sectores  angulares. Estos cuadros explicativos  son en parte pertinentes, pero  no tienen en cuenta la lógica de archipié- lago que caracteriza el mapa.  Las diferencias regionales, en efecto,  aparecen poco  marcadas y, si los habitantes de  las ciudades son más ricos que los del campo,  el contraste entre grandes y pequeñas aglomeraciones no se ve mucho. Lo que se nota  es una  configuración repetitiva  en un gran  número de áreas urbanas:

1. En el centro, rentas  medias,  que  resultan de la mezcla socioeconómica que prevalece.

2. En los suburbios, mantenimiento de  la estructura  en sectores angulares.

3. En los límites del suburbano y del periurbano interno, presencia sistemática de un “Anillo de los Señores”.

4. Finalmente, un descenso  rápido de las rentas  en las lo- calizaciones  ex urbanas.

 

Se observa  que  esos recortes no  corresponden completa- mente a la geografía  de los votos. En particular, se identifica que las zonas periurbanas (es decir, exteriores a la aglomera- ción morfológica, pero  interiores al área funcional) son bas- tante  homogéneas desde  el punto de vista electoral, aunque heterogéneas desde  el punto de vista de las rentas.  La razón deriva, probablemente, del hecho de que la diversidad  socio- lógica de esos habitantes no se reduce a su componente eco- nómico. Parte  de  los periurbanos  que  son  suficientemente ricos para poder comprar casas en lugares próximos a la aglo- meración comparten sin embargo con  estos una  actitud  de limitación voluntaria respecto a su exposición a la alteridad social. El gradiente financiero no cambia la postura general. Ese segmento se diferencia de los habitantes más desprovis- tos que tratan de explotar los espacios intersticiales donde es

 

 

 

86  Jacques Lévy

 

 

 

 

 

posible  sobrevivir con  menos  dinero y también del “fondo”

de población rural que se urbanizó in situ, sin moverse.

La gran  mayoría  de las variables disponibles se distribu- ye de una  forma  comparable según  los gradientes de urba- nidad, con poca  diferenciación regional. Por lo tanto,  todo el espacio  francés  debe  ser releído, revisitado  con  planteos teóricos,  medidas  sistemáticas  e instrumentos cartográficos idóneos para detectar estas dinámicas profundas.

Insistiré diciendo que esa configuración del espacio como archipiélago se hace  visible gracias  al uso de datos  finos o detallados (a nivel municipal, hay 36.000 municipios en Francia) y de cartogramas, es decir,  mapas  no  euclidianos, que tienen una base proporcional a otra variable distinta a la superficie, en este caso, la población residente. Sin ese tipo de mapas sería extremadamente difícil leer y hasta percibir estos fenómenos, que quedarían enmascarados en razón  de la pequeña superficie ocupada por las concentraciones urba- nas y de la confusión provocada por la agrupación arbitraria de los votos por unidades espaciales mayores. Se justificaría un uso sistemático  de esa metodología para construir la his- toria de la periurbanización no solo como contexto en el cual otros eventos acontecen, sino como evento en sí mismo.

La noción de alteridentidad hace referencia a un enfoque más general que trata de identificar los procesos  por los cua- les el individuo se vuelve actor  societal  en una  sociedad  de individuos  (Lévy, 1999). Con esa fórmula quiero decir que la fuerza de la organización social (y, especialmente, espacial) que reside en el individuo nos impone entender mejor cómo se producen y se usan realidades que, por un tiempo dema- siado largo, las ciencias sociales abandonaron a la psicología: lógicas biográficas,  relación entre esferas cognitivas y afecti- vas, entre experiencia y conciencia, dinámica de  la identi- dad.  Para  avanzar  en  este  rumbo los métodos cualitativos (entrevistas, observación, etcétera) aparecen evidentemente relevantes  pero,  para  quien  sabe  interpretarlos,  los dados

 

 

 

Alteridentidad: estrategia espacial y cultura política    87

 

 

 

 

 

cuantitativos pueden también revelarse muy útiles. Por ejem- plo, al considerar que  el momento en el que  la localización del habitar es, por lo menos en parte, la consecuencia de una elección  individual, es posible extraer un conjunto de infor- maciones interesantes para un planteo basado en las lógicas de los actores. La cantidad es una cosa demasiado seria para ser dejada a los “cuantitativistas”, es decir, en la práctica,  a los estructuralistas positivistas. El conocimiento de la pragmática del espacio  puede hacer  un  uso provechoso de un  enfoque abierto, pragmático de las fuentes  de información.

La geografía  del individuo no debe  ser un ghetto literario, sino el corazón de una Geografía  emergente, constructivista y realista, justamente constructivista porque es realista.

 

 

Bibliografía

 

Andrieu, D. y Lévy, J. 2007. “L’archipel  français”.  Espaces- Temps.net, disponible en http://www.espacestemps.net/ document2861.html

 

Arendt,  H. 1974 [1951]. Los orígenes del totalitarismo.  Madrid, Taurus.

Cortázar,  J. 1960. Los premios. Bienos Aires, Sudamericana. Inglehart, R. 1977. The silent revolution. Changing values and

political styles among Western publics. Princeton, Princeton

University Press.

 

Lavau, G. 1969. “Le Parti Communiste dans le système poli- tique français”, en Bon, F., et al. Le communisme en France. París, Armand  Colin. pp. 7-83

 

Lévy, J. 1999. Le tournant géographique. París, Belin.

 

 

 

 

 

 

88  Jacques Lévy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte B

Ciudad, espacio público y cultura

 

 

 

 

 

 

 

El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación *

 

Odette Carvalho de Lima Seabra 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Existen fenómenos culturales que se manifiestan en la su- perficie  de la sociedad  y ganan  visibilidad social por la prác- tica social de los agentes  culturales insertos  en el modelo organizacional del Estado, de la libre empresa y, en la actua- lidad, también del Tercer Sector (incluidas las ONG). Obvia- mente, esto no es todo,  porque hay una dimensión social de la cultura, perteneciente a las cosas del pueblo, que va sien- do tejida al ras de los acontecimientos cotidianos y al sabor del  movimiento  de  la modernidad pari passu la formación de la sociedad  del trabajo.  El lugar  subalterno reservado a la cultura como  expresión de  los modos  de  ser no  impide arraigos  profundos en  el mundo de  la vida, donde el vivir y lo vivido se debaten; donde residuos  de  tiempos  históri- cos, a veces admitidos como tradición, pudieron permanecer naturalizados, como  si siempre  hubiesen sido así y, por  eso, fueron considerados insignificantes. Lo paradójico es que en cualquier momento una razón  práctica  interesada, de natu- raleza diversa, puede destacarlos (a los residuos), retirarlos

 

 

* Traducción: María Laura Pérez .

1   Universidad de San Pablo (Brasil).

 

 

 

91

 

 

 

 

 

de las sombras  para integrarlos a la esfera de la cultura (ofi- cial, sistémica), a través de la práctica  social de los agentes, lo que  generaría un  repertorio de representaciones formales, lingüísticas  y estéticas.

Con  frecuencia, la modernización establece  procesos  de esta naturaleza, e incide  sobre  los modos  de vida en su im- pulso por procesar productos que son reliquias de un pasado no siempre  distante y que pertenecen a las cosas del pueblo.

En  tales  términos, el impulso  espontáneo  (atributo na- tural  del  género humano), en  tanto  fuente generadora de cultura, tal y como aparece en las habilidades de hacer  y en las formas lúdicas del uso del tiempo, tendía en la moderni- dad  a ser circunscrito a las necesidades y determinaciones formales de la sociedad  del trabajo en formación, lo que pro- piciaba  las metamorfosis que  llevaban  a la resignificación y recontextualización de las prácticas.

El nudo gordiano, entendido como  obstáculo teórico, es la cosificación  y el fetiche  que envuelve los productos cultu- rales, ahora  en tanto  productos de múltiples desdoblamien- tos que  parecen fluctuar sin historia  y sin contradicciones. Por eso, la cuestión consiste  en desmitificar los productos y las cosas admitidas como culturales cuando son presentadas como  pertenecientes a un  orden de problemas que  supues- tamente escaparía a las determinaciones de la formación so- cial. En verdad, nada escapa al movimiento de la formación, pues se trata  de una  totalidad en proceso. En su devenir,  la formación social es marcada por  desencuentros y desigual- dades  de todo  tipo  que  integran la historia  social. Se trata de alcanzar los grados de realidad en tanto  un nivel de la prác- tica. Desmitificar  quiere decir  poner de reverso,  develando la ideología de  la ideología, la representación  de  la repre- sentación. Para pensar en la cultura es necesario reflexionar sobre esto.

Así, introducido el problema, a continuación se presenta- rán sintéticamente los argumentos referidos a la crisis de la

 

 

 

92  Odette Carvalho de Lima Seabra

 

 

 

 

 

modernidad porque es a partir  de ella que  se hablará de la posmodernidad, de la cultura posmoderna, del fin de la his- toria, de la industria cultural y del ascenso de los fenómenos culturales. Finalmente, la reflexión incide  sobre  experien- cias de investigación referidas a la ciudad  de San Pablo.

 

La crisis de la modernidad

Cuando, a fines del siglo XIX, fue ampliamente instalado el problema de la reproducción social, el cual tuvo como con- secuencia inmediata los enormes flujos de población de un continente a otro, el capital, como forma de reproducción de la riqueza,  estaba ya dominando los resultados de la historia y se apoderaba de ellos, integrando y redefiniendo, según su lógica, en su propio movimiento, los subsistemas relativos a la familia y al ocio establecidos antes del capitalismo.

De la misma manera, el capital seguía subyugando las re- des de intercambio, las ideas, la ciudad  y el campo, el conoci- miento, la ciencia, el derecho y la justicia. En Londres, París y Viena se vivía la belle époque del capitalismo.

En relación con la producción material se trató  siempre  de descubrir nuevos  productos que  encadenasen nuevas  necesi- dades  y, como  se ha mencionado, de profundizar indefinida- mente la división social del trabajo. El hecho es que el capitalis- mo, en tanto  formación social, describe  un proceso de escala mundial, amparando las desigualdades de desarrollo, y estas desigualdades están,  relativamente, en  virtud  al movimiento de la formación. Son ellas las que  explican la movilidad  del capital y del trabajo. Mientras que para el capital lo fundamen- tal es encontrar oportunidades de inversión,  para el trabajo  lo fundamental es encontrar una inserción productiva.

La crisis consiste  en  que  estos elementos no  se encuen- tren:  que el capital no pueda disponer del trabajo  en la me- dida y en la calidad  necesaria o que el trabajo  (caso excep- cional) no sea productivo para  el capital.  Pero,  sobre  todo, consiste  en  que  las condiciones sociales de realización del

 

 

 

El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación    93

 

 

 

 

 

capital no posibiliten el proceso de reproducción ampliada. De esto resulta que la contradicción interna del capital (fuer- zas productivas  x relaciones de  producción) se manifiesta concretamente en  el espacio  por  oposición, contradicción y conflicto, lo que  profundiza y exacerba el fenómeno de segregación socio-espacial. Al punto que, para  administrar las contradicciones, es necesario implementar la gestión del espacio,  siempre  en  la perspectiva de crear  oportunidades de inversiones  productivas. Nuevos frentes  de valorización se tornan necesarios para dar curso al proceso de reproduc- ción social. En este punto, producir espacio es una  alterna- tiva que pasa a ser la estrategia combinada de los gobiernos y de las empresas.

La crisis de  la modernidad colocó  a la orden del  día  el problema de la ciudad  y de lo urbano en función de la enor- me concentración de actividades, de población y de empresas (trabajo y capital), que culminó en la formación de las gran- des aglomeraciones urbanas. Se fueron formando regiones urbanas de enorme extensión por la agregación (asimilación) de centros urbanos de diversos tamaños e importancia.2

La ciudad,  de un  modo  general, fue el lugar  de realiza- ción de la riqueza  de la sociedad, inclusive de aquella  origi- nada en el campo.  Como centro de la vida civil y política fue impregnándose de significación  histórica  por  haber sido el lugar  original  de los procesos  de modernización social en una  época  en la que  frecuentar la ciudad  era ser y estar up

 

 

2  La teoría geográfica de la ciudad consideró la reunión, el trueque y el comercio como elementos nodales de la concentración, en función de los cuales las ciudades fueron disponiéndose jerárquicamente en el espacio, configurando  las redes urbanas y las regiones nodales. Las ciudades que tuvieron mayor fuerza de concentración se tornaron puntos nodales de las redes o cabeceras de redes. La comprensión   de tal espacialidad del fenómeno urbano, aunque reviste interés, fue superada por la necesidad de discernir la problemática de lo urbano como fenómeno social complejo, ya que de la industrialización resultó una inflexión que inclinó todo el proceso social hacia la ciudad y lo urbano. Por lo tanto, en el movimiento de la modernidad, la ciudad que pasaba a ser el lugar de convergencia del capital y del trabajo concentraría la problemática de una época.

 

 

 

94  Odette Carvalho de Lima Seabra

 

 

 

 

 

to date. Finalmente, el mundo se transformaba a partir  de la ciudad;  tanto  que a medida que la mecanización y la indus- trialización de la agricultura acontecían, comenzaba a sur- gir un  nuevo  modo  de vida de características propiamente urbanas.

Pero las ciudades que presentaron la mayor fuerza de concentración, en  su desarrollo, en  general no  soportaron la densidad económica y social contradictoria. Tanto  que el ideario  civilizatorio de la ciudad,  expresado en las utopías de la ciudad, se fue desvaneciendo a partir  de la implosión que desarticuló las estructuras internas de la propia ciudad  por la enorme concentración formadora de las grandes aglome- raciones  urbanas.

De modo  más amplio,  el fenómeno urbano evidencia  la explosión, los fragmentos, aquello  que fue siendo  lanzado hacia  afuera  de la ciudad,  y que  pasó a integrar el enorme espacio  de urbanización continua. Los primeros fueron los habitantes pobres,  en  general obreros  de  la industria, que con sus familias, construyendo sus propias  viviendas, ensan- charon los límites del espacio urbano; después  fueron las in- fraestructuras precarias, la desconcentración de la industria que,  en los suburbios, liberaba la ciudad  para  la expansión del comercio y los servicios, al punto en que la propia ciudad no tenía capacidad para los flujos de demanda. La ciudad  se fue por los aires.

Será  necesario, estratégicamente, recuperar la ciudad  a través de  la idea  de  centro; procedimiento, puede decirse, fetichista,  porque originalmente solo podrían ser y estar up to date  los ciudadanos que  tuviesen  acceso  a los bienes  de civilización propios de la ciudad.  Bienes que, más allá de los discursos, o sea, en la práctica,  atendían al consumo de cla- se. Ello permite considerar que  la ciudad,  por  lo que  fue, era  una  ilusión  práctica  en  primer grado  y, por  lo que  es, no deja de ser una ilusión en segundo grado,  y por lo tanto, mistificación.

 

 

 

El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación    95

 

 

 

 

 

Finalmente, como el proceso del capital no deja de inter- nalizar  los atributos de la naturaleza, de la cultura y de la historia,  es posible distinguir la faz económica de los nuevos campos de operación del capital, principalmente cuando ac- túa sobre  aquellos  que supuestamente pertenecerían al ám- bito de la cultura. Sean las tradiciones del mundo agrario  o las propias culturas posmodernas, él se encarga de la mezcla. Específicamente, en relación con este proceso, la historia y la memoria urbana guardan un repertorio inagotable.

 

Economía simbólica

Se está desarrollando una  economía simbólica  (o econo- mía del símbolo) que articula discursos, imágenes y represen- taciones en la concepción de productos, de objetos y de cosas, con  el sentido de transformarlos en  bienes  económicos por sus atributos de excepcionalidad en  el mercado de carácter monopolista. Para los agentes económicos se tratará de conce- bir un bien simbólico, de basar en él un monopolio (exclusivi- dad), de proyectarlo en el mercado envuelto en discursos, en imágenes, integrándolo a los nexos de la economía.

En una  situación social en la que  todo  se vende  y todo  se compra, realizar transacciones en el mercado de bienes y fac- tores presupone estrategias.  Y, por irónico  que pueda parecer, hasta  la ciudad,  que  como  se ha señalado, fue en la historia una entidad de importancia fundamental en el proceso civili- zatorio, en partes y como conjunto, terminó por entrar en un ciclo de valorización-desvalorización que sujeta la estructura material y simbólica a los intereses monopolistas/rentistas, ca- paces de movilizar las inversiones  en esa dirección.3

 

 

 

3   Según Harvey, todo campo cultural privilegia las rentas monopólicas. Las mercancías culturales poseerían una dinámica diferenciada en relación con las mercancías convencionales, pues el lenguaje de excepciona- lidad, originalidad y autenticidad es decisivo para el establecimiento de las rentas. (“El arte de la renta: glo- balización y la mercantilización de la cultura”, en: Harvey, D. y Smith N. 2005. Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura. Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, apud Arantes, 2008: 177).

 

 

 

96  Odette Carvalho de Lima Seabra

 

 

 

 

 

Esta forma  de comprender tanto  la crisis de la moderni- dad como la economía del símbolo  está ligada a la constata- ción de una diferencia en el estatuto de la forma mercancía, pues asumiendo la condición de bien cultural, la producción de  la mercancía simbólica  está destinada a obtener rentas de  tipo  monopólico. Hay una  transferencia de  dinero que remunera el bien cultural. Esta transferencia corresponde a una cuota parte  del sobreproducto social que circula despe- gada  de la base material de producción de mercancías. La posibilidad de ganancia está desprendida de los fundamen- tos del proceso del capital que genera lucro (por ejemplo, el capital  industrial). En términos generales, se sabe que  hay una  automatización del  dinero en  relación con  la mercan- cía (cada mercancía circula en su mercado específico); de la misma forma, este proceso está basado en la automatización de  la imagen  (marca), en  tanto  producto cultural en  rela- ción al objeto.

Por  eso en  la cultura posmoderna los objetos  culturales parecen fluctuar sin historia  y sin contradicciones. Y,  si la forma  dinero deja de estar articulada a un contenido como es el de la producción de valor, desplazándose de su funda- mento, la dominación aparece sin sujeto. En esto consiste el fetichismo del capital, pues está produciéndose una abstrac- ción  (la mercancía en primera instancia) de la abstracción (mercancía en segunda instancia).

Ciertos atributos inmateriales de las ciudades, tales como los recuerdos, pueden ser convertidos en  memoria e histo- ria, tornarse materia prima en los circuitos de valorización y, así, transitar hacia su patrimonialización y preservación. Es en el movimiento que  se establece  entre recuerdo y memo- ria (en la perspectiva de la preservación y de la patrimonia- lización  de  bienes  simbólicos), conjugado con  las políticas de recalificación del centro histórico de las ciudades, que se puede localizar,  por  lo menos,  uno  de los fundamentos de una economía simbólica. Porque las ciudades, además de ser

 

 

 

El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación    97

 

 

 

 

 

objeto  de  una  especie  de  botín  por  la actuación combina- da de los agentes  económicos en su proceso de crecimiento y de producción material, siendo  dilaceradas en el proceso de formación de las gigantescas  periferias, principalmente aquellas  que se hicieron metrópolis, son recortadas en terri- torios exclusivos4  para  los cuales ya no existe ciudad  alguna.5

Las referencias al lugar, al espacio y a las obras que orientan la urbanización moderna están  siendo  consumidas por  la instauración de estos nuevos procesos.

Las políticas destinadas a la cultura que afectan  a las ciu- dades  contemporáneas operan a través de la economía del símbolo,  sea manipulando monumentos  y obras  de  la ciu- dad, sea recuperando relatos  e historias,  en un proceso que ha llevado a la museificación de los centros históricos,  siempre en  la perspectiva  de  integrar el consumo del  tiempo libre al conjunto  de  las actividades  del  turismo. Se trata  de  un proceso que valoriza la estética urbana ornamentándola con discursos de diferente tenor y calidad.

La cuestión teórica que está imbricada en tal constatación implica,  en  principio, comprender que  la lógica,  inocente- mente, ha ido definiendo modos  de existencia  superpuestos a toda  y cualquier inocencia, porque al revestirse  de inten- cionalidad realizaba  una razón práctica  dotada de universa- lidad, tal como es la razón del mercado y del dinero. Se llega así a la pregunta inevitable que indaga sobre el embate entre la lógica (artificio del pensamiento), el recuerdo y el sentido

 

 

4   La noción de territorios exclusivos fue formulada  para designar la relativa autonomía que presentan ciertas modalidades de ocupación territorial. Estos territorios son autorreferentes. No se confunden con la noción social de ciudad, de barrio o de región. Fundamentalmente, los condominios cerrados, insertos en el tejido de urbanización continua que forman las regiones metropolitanas o las regiones urbanas, funcionan como enclaves territoriales.

5  Los proyectos culturales atenientes a la revalorización del centro histórico de San Pablo funcionan como islas de belleza y de bienestar, completamente desvinculados del contexto real del propio centro. Un buen ejemplo es el de la Sala San Pablo de Música, cuyo funcionamiento presupone el acceso exclusiva- mente en automóvil. El deterioro del espacio circundante impide otra forma de acceso.

 

 

 

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de la belleza (inmanencia que  se elabora como  cultura). El hecho es que el recuerdo y el sentido de la belleza como  fa- cultad,  sensibilidad y sentido, subsisten en los rincones de la dimensión propiamente humana de la existencia,  ambos re- tenidos en la malla de una humanización/deshumanización construida. En respuesta a la razón  práctica  de las cosas del mundo, ellos ganan  el estatuto de memoria y de estética,  y entonces, dotados aquí de institucionalidad (intención) y de sentido práctico, se sitúan  en la dirección de los productos y de las cosas. Así, ellos se integran en los discursos  justifi- cativos que adornan los procesos  en los cuales están involu- crados.

En suma, en lo que concierne a lo urbano, la estética (es- tética  urbana) que  estaba  destinada a ser el discurso  sobre la forma,  debería traducir la plasticidad de un modo  de ser, o mejor,  de un  modo  de vida. Y a la memoria le restaba  la función de justificación,  actualizando la expresión de los ob- jetos, de los relatos, de los hechos  que hacen a la urbanidad, pero  que también pueden integrar los nexos del proceso de valorización.

Parece necesario retomar ciertos argumentos sobre la me- moria,  como  la institucionalidad aplicada  a la ciudad;  por ejemplo, cuando la unidad original  de la ciudad  propiciada por la centralidad original  no funciona más porque los pro- cesos de segregación espacial (estructuralmente determina- dos)  fueron profundizados, la ciudad  como  espacio  políti- co, económico y social pierde unidad y funcionalidad. Para hacer  frente a un  proceso de pérdida, que  es en su esencia lógico y del cual resultó el vaciamiento de las áreas centrales, y, teniendo en  cuenta la magnitud de  los desplazamientos de capitales en dirección a las nuevas localizaciones intraur- banas,  se articularon fuerzas políticas.  Entre  ellas, especial- mente, los propietarios de inmuebles centrales y los empre- sarios ligados a ciertos  servicios que supieron albergarse en las estructuras de mando del Estado.

 

 

 

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Es por  eso que  nace  el concepto de centro histórico, ahora como objetivación de la memoria de la ciudad,  que sirve de anclaje a las inversiones  culturales. Razones objetivas no fal- tan; finalmente, se trata del lugar original en el que nacieron las instituciones de la ciudad:  el foro, la catedral, todos hitos espaciales  fundadores. Como  resultado de esto será necesa- rio  preservar  el centro  histórico ; preservar  sus monumentos, reconocerlos como  símbolos,  redescubrir  y datar  pórticos, callejones,  iglesias... El centro solo se tornó histórico cuan- do la ciudad  saltó por  los aires. Mientras  el centro tuvo un sentido simbólico,  que  era  inmediatamente práctico, como se señaló,  el centro apenas  era. Él era,  sin ningún discurso justificativo, apenas  hacía  referencia a las prácticas  de una comunidad de destino.6

Entonces, si por un lado el vaciamiento de sentido creaba la necesidad de  confirmarlo como  centro  histórico, lugar  de la memoria, por el otro  lado también es relevante señalar  la lógica económica de esa confirmación al interior de la eco- nomía  del símbolo.

Por  lo tanto,  la economía del símbolo  está basada  en  un discurso de segundo grado, que es un discurso sobre una cosa que no necesariamente coincide con esa cosa. Se trata, por lo tanto,  de discursos  justificativos que  recuperan, contextuali- zan y valorizan productos, obras o habilidades ancestrales, de artesanías indicadoras de diferentes modos de vida.

La mistificación  es la otredad de lo auténtico, de lo ori- ginal y, en este sentido, parece legítimo  buscar lo auténtico de esta época  que  aparece en la manifestación cultural de las periferias urbanas. De aquello  que  pertenece al inte- rior,  como  los bailes  funk,  el forró,  la feria,  todavía  no  se sabe  mucho. Lo que  tiene  mayor  visibilidad  y se difunde

 

 

6  Esencialmente la comunidad de destino no resulta de una elección, ella es atribuida, por ejemplo, al sentirse y ser paulista, en el caso de San Pablo, o al sentirse y ser porteño en el caso de Buenos Aires, y así sucesivamente.

 

 

 

 

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más, alcanzando la centralidad de la metrópolis, es el arte de contestación (mural y musical) que se traslada  desde  la cotidianeidad de los expresivos  contingentes de población que  habitan la periferia hasta las grandes aglomeraciones. El rap y el hip hop constituyen expresiones subjetivas de las prácticas  de los jóvenes pobres  urbanos. Funcionan como un código  de comunicación territorial de los excluidos,  ya que los producen como expresión propia, apropiada por ellos mismos, y con fuerza  para  irradiarse hacia  otros  uni- versos socioculturales que componen la sociedad  de clases. Un siglo de acumulación de riqueza  y de pobreza, de mul- tiplicación de espacios segregados (de los cuales resulta  el binomio pobreza y violencia como la principal característi- ca del siglo XXI), permitió la formación de universos  cul- turales  distintos,  separados. ¡Pero  la periferia da el tono! Lentamente ella deja traslucir  lo que  hace  y lo que  piensa a través  de  los murales,  muchos  de  ellos  subterráneos, y de sus cantos  de amor,  de dolor  y pasión,  aún  poco  deco- dificados.  La transgresión acompaña a las actividades  de la periferia, valiéndose  de,  desde  la producción pirata  de discos compactos, hasta  los complejos  procesos  de control territorial ejercidos  por grupos  organizados.

Desde hace más de dos décadas,  se constata  la existencia de  una  ciudad  ilegal en  vastas porciones del  espacio  de  la periferia de San Pablo. Se examinaron la aplicación y la eje- cución de los códigos urbanísticos, y se descubrió un mundo impregnado por  reglas  propias  y sujeto  a atrocidades. Una separación de tal orden permitió que fuese forjada  una ma- nera  propia de ver y operar las cosas del mundo. Por eso, se identifica una cultura propia de la periferia, la cual aflora en el sentimiento de no pertenecer, de no tener, de no ser. Esta negatividad adquirió su expresión poética.7  No se trata  de

 

 

7   La profesora de Geografía Rosalina Burgos estudia la periferia desde diferentes ángulos y sostiene que la visibilidad alcanzada por el hip hop, por el rap, por el arte mural, que se expresan en los espacios

 

 

 

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corregir las rimas, de perfeccionar los trazados o los colores. Esta manifestación cultural exige  comprender la periferiza- ción de los pobres.

Una  vez más,  retomo ciertos  argumentos. La industria- lización  y, posteriormente, los servicios adquirieron una centralidad estratégica en los procesos  definidores de la modernidad, ya que  operaron la concentración del capital y del trabajo,  de modo  que, como núcleo de la producción y reproducción capitalista,  reunían las condiciones que  suje- taron la ciudad  a su propio proceso. El peso económico de las grandes empresas arrastraba un número mayor de otras dependientes tanto  económica como  financieramente, aun bajo  el dominio del  capital  tradicional (comercial). En los países dependientes, la industrialización sostuvo el predomi- nio de la agricultura y la presencia de población rural en las ciudades (la primera generación de migrantes), y combinó, de manera curiosa, una producción artesanal, manufacture- ra y obrera (cuando se trata  de la pequeña industria). Este período fue marcado por el arraigo  de población de origen campesino, por la formación de la clase obrera en las ciuda- des que  se industrializaban, con  sus asociaciones de  clase, cultura cívica y también religiosa.  En  sus contenidos, este período fue muy diferente de aquel  que  visibiliza al pobre urbano de la periferia. Ahora, los sistemas parciales, además de  desarticulados (familia, referenciales de  género, etcéte- ra), implican la fragmentación del espacio  y del tiempo vi- vido, exactamente cuando el dinero es proyectado como un deus ex machina, como denominador universal.

El modo  de vida propiamente urbano (que hoy nos toca vivir) pasó por  una  fase de arraigos  profundos, traducidos en  términos de  una  espacialidad y una  cultura específica.

 

 

prestigiados de la metrópoli, se debe a la búsqueda de reconocimiento. Sostiene también que se puede suponer que esta derivación de explosión de energía originada en los recónditos espacios periféricos representaría el encuadramiento, la cooptación de lo auténtico.

 

 

 

 

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Incluso  una  vez dominadas por  el gran  capital,  las grandes ciudades continuaron siendo  ciudades históricas  por  varias décadas.  Mantenían funciones históricas  como  centro de la administración pública,  de  los poderes  civiles y religiosos, con  sus monumentos y obras.  La formación socioeconómi- ca capitalista  subordinó  sectores  y actividades  exteriores y anteriores; produjo nuevos sectores  y así transformó lo que preexistía y alteró organizaciones e instituciones. Se trata de un proceso que devastó obras y estilos, transformándolos en objetos de producción y de consumo.

Se puede decir,  entonces, que  la crisis de la modernidad realiza  la modernidad. Ella manifiesta tal realización en la corrosión de los padrones (modelos) que justificaron el pro- pio movimiento de lo moderno. Se modifica el modelo de fa- milia, el lugar social de la mujer,  la actitud  de los individuos frente al casamiento, la moral sexual, la noción de juventud, de vejez y de infancia. Como consecuencia, bajo múltiples as- pectos,  se estableció  una cultura propia del capitalismo que puede ser admitida como  un  sistema de valores que  funda- ban actitudes y formas de comportamiento a medida que se sumergían aspectos del tradicionalismo que caracterizó a la sociedad  del trabajo  en formación.

La reproducción social solo se hace rehaciendo la dialéctica de la parte con el todo. Ella altera, sin cesar, la posición de cualquiera de las partes que integran lo urbano. Así, se puede comprender que  la familia trabajadora se reproduzca sin re- producir el lugar social de sus miembros, aunque pueda haber, en fases de expansión del ciclo económico, una cierta movili- dad social vertical de elementos de la clase trabajadora.

En plena  crisis de  la modernidad, el movimiento  de  re- producción es acelerado y se establece  una  gran  ebullición que hace del espacio urbano un lugar de contradicción con- creta,  que  se manifiesta a través de  síntesis  parciales:  pro- blemas de género, de ancianos, de niños, de vivienda, de ra- ción alimentaria, y así sucesivamente. En verdad,  es en esta

 

 

 

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ebullición y por  ella que  los sistemas parciales  se presentan con  autonomía frente a la sociedad  y a lo social; y que,  en la fragmentación que  los sostiene  como  un  en sí, según  las formas de uso del tiempo y del espacio, tiene lugar la cultura posmoderna.

En la esfera de la cultura de la sociedad, dimensión de la práctica  social envuelta  en simbolismos  diversos (del parti- do, de la religión, del equipo de fútbol,  de la pandilla, del gueto), es  más  evidente  aún  que  la  percepción aparezca como desplazada o despegada de su base estructural, que funciona como  sustrato  material:  el en sí de la cultura. Esto equivale a considerar que los aspectos culturales tomados como objeto  en sí funcionan como una amenaza para el co- nocimiento, porque no impiden caer en la cosificación  y en el fetiche  que  oscurecen las bases de lo real. La alternativa se encontraría en abordar los modos  de vida movilizando lo cotidiano como categoría analítica.

Sin embargo, existe la necesidad de descubrir y de tratar  a la cultura como objeto  de conocimiento. Esto justifica y tor- na necesario una  reflexión sobre  el método. En la historici- dad que impregna al objeto  de conocimiento, ejercitado en el movimiento de la dialéctica  materialista, se puede divisar la cultura como  un ámbito  de la práctica  (práctica simbóli- ca). Cabe destacar  que,  en el proceso de la modernidad, la práctica  simbólica ha sido visceralmente confrontada por la razón instrumental.

Se puede ensayar más de una respuesta para justificar por qué  buscar  los nexos  fundantes cuando se quieren conocer y comprender los aspectos  culturales de la vida. Por ahora, basta considerar que, en la actualidad, la cultura se erige en una  esfera separada y privilegiada  de la práctica  social; que las políticas  culturales se tornan la tabla de salvación  para  la movilidad del capital rentista, inclusive internacional, gracias al aval de los gobiernos nacionales. Además de esto, en lo que concierne a los estudios e investigaciones, la reestructuración

 

 

 

 

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productiva, con  las embestidas neoliberales, fue desplazan- do el interés  y la motivación del debate sobre las transforma- ciones  estructurales: políticas,  económicas y sociales, lo que no autoriza, en principio, a desistir de señalar  el lugar de las contradicciones del proceso  social, en todos los niveles y mo- mentos de las prácticas.

Finalmente, la búsqueda de los nexos  de lo que  aparece sin historia,  que fluctúa  sobre  la sociedad, corresponde a la utopía de la apropiación que  desaliena, que  genera presen- cia y que, como tal, proporciona adquisiciones en diferentes niveles y dimensiones. Pero  esto,  coincide con  el descubri- miento de que es fascinante estudiar la cultura como atribu- to que  le da anclaje  a las prácticas  sociales en una  articula- ción de valores simbólicos. La cultura posmoderna sería, por lo tanto,  la fusión de los fragmentos dispersos objetivados en una  imagen,  y estaría  justificada,  santificada  como  tal, por el discurso.  De cara a eso, hay en la actualidad una opinión generalizada de que a la lingüística  se le reserva un lugar importante en el conocimiento del mundo.

Esta breve exposición se orientó a señalar  el despren- dimiento del  proceso de  acumulación en  relación con  sus fundamentos, de  lo que  resulta  la ruptura (relativa)  entre lo moderno y lo posmoderno y la oportunidad, según varios autores, de una cultura del símbolo, en esencia posmoderna. Por oposición, se sugirió la necesidad de señalar algunos ras- gos de la cultura moderna, expresados en los modos de vida, para poder situar las rupturas de las que se habló.

 

La relación entre modos de producción y modos de vida

Para  ensayar  una  aproximación  cultural en  Geografía bajo  el enfoque de  la dialéctica  materialista, en  tanto  filo- sofía de la praxis, fue necesario localizar el debate en curso con sus elementos, temas y problemas. En este marco, se bus- có situar un cierto bagaje de conocimientos referidos a la ur- banización de San Pablo construidos a partir  de un abordaje

 

 

 

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histórico-genético. En lo que se refiere  a los postulados de la Geografía  Cultural, se ofrece más una problematización que unos resultados.

A partir  de ciertas ideas, Cosgrove establece  una relación intrínseca entre modo de producción y modo de vida :

 

(...) para que nuestra comprensión de cultura corresponda a la evidencia  de la práctica  necesitamos recuperar la noción de modo  de producción como un modo  de vida, incorporan- do a la cultura dentro de la producción humana, conectada en igualdad dialéctica  con la producción de bienes.  La con- ciencia humana, las ideas y las creencias son parte  del proce- so productivo material. (Cosgrove, 2003: 118)

 

En estos términos, y, bajo tales premisas,  la cultura esta- ría integrada a la producción humana y ligada en igualdad dialéctica  con la producción material de bienes, ya que el in- terés en abordar tales cuestiones bajo este prisma  residiría, en principio, en desarrollar los recursos  teóricos  necesarios para discutir  los modos  de vida en la modernidad. Y, princi- palmente, en establecer las premisas  para  poder tratar  a la cultura como  parte  integrante del proceso social, en  tanto objeto  de las ciencias humanas y, por ende,  de la Geografía tout court.

El modo  de producción bajo el capitalismo es una combi- nación específica de capital y de trabajo,  en una totalidad en movimiento cuyo análisis permite la reconstrucción cientí- fica de la realidad. Es el modo  históricamente determinado de explotación del trabajo  en el proceso de producción y en el cual son producidas también las relaciones fundamentales de esta sociedad. Ahora, el modo  de vida es la forma a través de la cual, en el ámbito  de la vida inmediata, en el marco  de la vida, se realiza el modo  de producción.

Una  cuestión importante es saber  bajo qué  condiciones

(de tiempo y de  espacio) un  modo  de  producción puede

 

 

 

 

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corresponder  a un  modo  de  vida. Mi hipótesis  es que  un modo  de producción corresponde, en principio, a un modo de  vida, aunque es siempre  difícil imaginar una  adhesión completa (punto por  punto) entre un  modo  de  vida y un modo  de producción. Las sociedades premodernas, marca- das por fuertes continuidades, presentaban una estrecha co- rrelación entre el modo  de producción y los medios de vida. De esta forma, la hipótesis  de la correlación entre modos de producción y modos  de vida puede tener algún sentido más o menos  preciso.  Sin embargo, como  se sabe, el encuentro de tales sociedades con los procesos  de modernización fue marcado por rupturas y desencuentros.

Pero la historia  de la sociedad  y de la cultura se hace con mucho más que con este desencuentro entre el modo de pro- ducción y el modo  de  vida. En principio, en  ello reside  el interés  teórico  de esta formulación, pues permite considerar los desencuentros como objeto de conocimiento. Este desen- cuentro es traducido a través de diferentes formas  de apro- piación  de la naturaleza (instrumentos y medios materiales), a través de las habilidades de hacer y del extrañamiento recí- proco  de las prácticas,  sean estas simbólicas o instrumenta- les, con sus sentidos  rituales.

La modernidad, en tanto  lógica de los agentes,  avanza so- bre  los territorios aún  no  explorados y hace  tabula rasa de lo que encuentra delante, “describe  su movimiento como el caminar de un  elefante en línea  recta,  indiferente al dolor de los pequeños animales”.8  Estudios  sobre  la urbanización de San Pablo mostraron claramente cómo un modo  de vida puede ser identificado por los medios materiales de vida aso- ciados a la presencia de población tradicional y cómo  la es- casez de esos medios  materiales implicó  el desplazamiento/ metamorfosis del modo  de vida.

 

 

8   Fue así que el príncipe de Salinas identificó la acción del burgués emergente en su marco de vida aristocrático, en el romance de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Il Gatopardo.

 

 

 

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La población –considerada tradicional– que habitó  la re- gión  de San Pablo  lidió con  los desencuentros promovidos por  la sociedad  del trabajo  basada  en la industrialización y dotada de gran ímpetu. En la medida en que los medios ma- teriales  de  vida se retraían (lugares de  pesca,  de  pastura, de fiesta) e iba siendo  eliminada la posibilidad de la reco- lección,  del  intercambio simple  de  productos-mercancías, se debilitaban las posibilidades de reproducción de ese con- tingente de población. Ello se debe  a que  un modo  de vida es también una  estructura compleja que  articula  diferentes esferas de la vida y les da unidad. La sujeción  impuesta por los impactos  de la modernidad desarticula lo preexistente y llega, incluso, a agotarlo.

La región de San Pablo no dejó margen ni para  la recrea- ción ni para  la reforma. La lógica del mundo del trabajo  no podía promover la absorción de estos contingentes porque, en tanto  sujetos  de esa espacialidad específica,  estaban  destina- dos a desaparecer. Los caipiras de San Pablo (como era conoci- da esa población) eran sujetos que no poseían la necesidad de trabajo, como lo demostró el profesor Antonio Candido en sus estudios sobre los caipiras del interior del estado de San Pablo. De hecho, ellos no conocieron la categoría trabajo, no ejercita- ron su lógica. Cuando la industriosa inmigración extranjera se insertó en el mundo de los caipiras, comenzaron las fragmenta- ciones en el modo  de vida de esa población tradicional.

En verdad, se trata de identificar en el interior del modo de producción capitalista,  cuya base técnica  involucraba ahora  a la gran industria y al trabajo  asalariado, el centro de articula- ción del modo  de vida en la modernidad donde estaban  sien- do desarrolladas las categorías del capital. En estos términos, la presencia del caipira, en tanto portador de un modo de vida tradicional, estaba destinada a ser, cada vez más, residual.

El abordaje histórico-genético de la problemática de la sociedad  y de su espacio,  basado  en los estudios  sobre la ur- banización en San Pablo, reveló cómo las ideas, las creencias

 

 

 

 

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y los valores expresados en  la práctica  socioespacial  de  los agentes,  son parte  del proceso de producción material. En este sentido es plausible  la hipótesis  de Cosgrove, pues  ella permitió explorar cómo  la sociedad  del  trabajo  en  forma- ción  confrontó el modo  de vida de la sociedad  tradicional, y provocó  reducciones, enfrentamientos y conflictos  que  se manifestaron en  la religiosidad del  pueblo, en  las concep- ciones de género, en la cuestiones de familia y en las formas lúdicas de uso del tiempo, entre otros aspectos importantes.

Este recurso metodológico tiene el mérito  de librarnos de la manifestación superficial  de los aspectos culturales (como la posmodernidad opera  al nivel de la cultura) y, análoga- mente, de  la condena a tratar  a las sociedades tradiciona- les como  un pasado  distante tomado en sí. Pues, cuando se trata  de entender la cultura como  la expresión subjetiva de las prácticas  que  inciden sobre  los modos  de ser, lo funda- mental parece ser la genealogía de lo moderno; el análisis y delimitación de las continuidades, las discontinuidades y las rupturas entre ambas.

Las características propias  de la colonización portuguesa en  términos de  la religiosidad y el sincretismo (resultante de la presencia de negros  africanos  y de indígenas) definie- ron el perfil del poblamiento de la región de San Pablo; tres siglos de colonización en esta región permitieron la confor- mación  de  un  tipo  étnico:  el caboclo9   de  San Pablo,  que  es también conocido como caipira por su modo  de ser.

El caipira de San Pablo practicó un género de vida resultan- te del aislamiento al que fue sometido. Como grupo, fue mar- cado  por  un  conjunto de actitudes que  tomaban su sentido de su propio interior, fuesen  ellas relativas tanto  a la manera de vestir, de hablar, de habitar, como al ejercicio  de las prác- ticas religiosas y lúdicas; en suma, todas ellas representativas

 

 

9  En Brasil, el término caboclo alude al mestizaje del indio con el blanco, pero también a otros tipos físicos y culturales con herencia indígena (N. de la T.).

 

 

 

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de su manera de ser. El género de vida del caipira de San Pablo traducía inmediatamente una estructura circular que encade- naba  su supervivencia  y en la cual eran  incluidos los medios materiales de vida.

La modernidad estaba llamada  a quebrar tales circulari- dades  al introducir nuevas nociones de tiempo, de espacio, de  trabajo,  de  familia,  de  dinero. Se trataba de  redefinir la forma  de  vida en  la que  lo cotidiano sería  la categoría exploratoria. Se trataba de confrontar, hasta subvertir,  el modo  de  vida de  una  población que  tenía  escasos medios de  vida provenientes  de  la recolección y de  la agricultura de subsistencia,  con una comercialización poco significativa de excedentes. Sus rasgos de pobreza, en términos materia- les, fueron señalados por  estudiosos  de  San Pablo  (Prado Junior,  1966).

La producción de  ideas,  de  concepciones y de  concien- cias estaría íntimamente ligada a las actividades materiales y simbólicas, pareciendo traducir un lenguaje de la vida real. Ocurre que la vida real no presentaba momentos y circuns- tancias tan separados como  vendría  a suceder más tarde,  al ritmo  de la modernidad.

La oración y la fiesta ocupaban la totalidad del tiempo:  los días, las semanas,  los meses, el año.  El calendario religioso, con sus ritos y ceremonias que  celebran la vida, tales como los nacimientos y las muertes, era el que dictaba las formas de uso del tiempo. No fue sin dificultades que los días sagrados, días reservados  a homenajear santos y festejar  el encuentro de la comunidad en torno de los altares  domésticos, de las capillas y de las iglesias dispersas  por el vasto territorio usa- do por esa población tradicional, se convirtieron en feriados cívicos, en  alternancia con  el tiempo de  trabajo.  Mientras tanto,  las procesiones y romerías, expresión del catolicismo rústico y de la religiosidad del pueblo, perdían gradualmen- te la fuerza  de cohesión y la capacidad de generar una  in- terpretación del mundo. Un nuevo  modo  de producción, la

 

 

 

 

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producción capitalista  de la industrialización, transformaba a la sociedad  de arriba  abajo.10

El prestigio, en tanto  reconocimiento, es el valor funda- mental y deriva  de la forma  en que  los individuos  respon- den  a las demandas del grupo al que pertenecen, sea la fa- milia, los parientes, los vecinos, la hermandad, además  de las funciones prestigiosas  propias  del Estado y de la Iglesia. En relación con este aspecto,  el desplazamiento será formi- dable  ya que el prestigio  será identificado con una función destacada en  la estructura del Estado  (cargos y funciones públicas,  profesiones prestigiosas) y por  la riqueza  mate- rial. Las funciones de prestigio  jamás dejaron de confron- tar a la modernidad. No es por casualidad que lo mejor sea travestir  de  tradiciones los contenidos especulativos  de  la modernidad cuando esta declaradamente opera  en la esfe- ra de la cultura.

Una  ligera  aproximación a la trama  de  las escuelas  de samba  mostrará cuán  significativos son los barones, los pa- triarcas,  las señoras,  la madre negra,  entre otros, que llena- ron de contenido y de vida a la sociedad  tradicional.

Nada  mejor  que  el fútbol  para  dilucidar cómo  las prác- ticas modernas invadían  el universo,  la vida, el espacio  de este contingente de población tradicional, sustrayéndoles, incluso,  ciertos medios  materiales de vida como lo era el es- pacio; aun para poder mostrar cómo esta actividad, en tanto práctica  cultural, fue alzada  a la condición de espectáculo

 

 

10 Hasta donde pude seguir el proceso a través de las investigaciones, los caipiras no entendían qué era lo que les sucedía. En relación con esta falta de entendimiento recuerdo el relato de un descendiente de una gran familia de caipiras habitantes de las proximidades de la vega de Tietê en San Pablo. Me dijo que su tía, que era miembro de una familia con diez hijos, había fallecido ya mayor.  En esa ocasión, fue encontrada sobre su lecho una lata de veinte litros de monedas de plata (segunda década del siglo XX). Había ganado ese dinero haciendo redes de pesca. Ella nunca había precisado nada, y por eso no lo había gastado. Al pertenecer al contingente de población tradicional, sus ganancias  monetarias no habían sido inmediatamente transformadas en necesidades  nuevas. Además,  sus relaciones con el mundo no dependían todavía absolutamente del dinero.

 

 

 

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de masas que,  como  tal, presenta la escisión entre realidad e imagen.11

 

El aspecto lúdico de las prácticas de fútbol

En las primeras décadas  del siglo XX, cuando San Pablo era todavía una ciudad  muy provinciana, una pasión que arrebataba los corazones y las mentes  atravesó  la sociedad entera y se realizaba  como  se podía  en  los diferentes con- textos  socioculturales. El juego  de pelota  motivó relaciones entre diferentes edades,  entre diferentes profesiones, entre las diversas localidades, entre ricos y pobres.  Fue objeto  de acción  interesada de políticos  populistas en busca de votos. Fue un  medio  abierto a la integración de los migrantes ru- rales al ambiente urbano en formación. Fue una  fiesta que, por lo menos  durante cinco décadas,  produjo diversas moti- vaciones y movilizó el interés  de los ciudadanos de un modo general, al punto que  la ciudad  fue completamente organi- zada bajo una  estructura de clubes. Eran  clubes de fábrica, clubes  de barrio,  clubes  de funcionarios públicos,  de sindi- catos, de ciudades y muchos  más. La centralidad del fútbol confrontó en  sus orígenes concepciones políticas,  como  la de los anarquistas y comunistas, que lo veían como una gran alienación, y la de la Iglesia, que intentó vedarlo por diversos medios.  Sin embargo, tanto  unos  como  otros  acabaron por admitirlo, y fundaron sus propias  asociaciones.

El impulso modernizador por el que pasaba la ciudad  con la industria naciente y la masa  de  obreros  formada, sobre todo,  por  inmigrantes extranjeros que  poblaron los barrios de San Pablo,  producía para  sí misma  su espacio  de vida y de relaciones, conceptualmente entendido como espacio de

 

 

11 En este apartado me valgo de la tardía investigación sobre las prácticas del fútbol en San Pablo. En este estudio, el fútbol fue abordado  desde sus orígenes, a inicios del siglo XX, hasta el movimiento de las hinchadas organizadas, de los estadios repletos, cuando el profesionalismo pasó a ser la expectativa de las prácticas del fútbol y acabó por restringir su sentido lúdico.

 

 

 

 

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representación. En la vida de barrio,  en las vicisitudes de las peleas del fútbol,  a veces marginalmente y otras no tanto,  la población tradicional iba siendo enredada en ese movimien- to. El principal obstáculo para  una  real interacción parece estar  ligado  a la historia  social de  los sujetos  presentes. El inmigrante obrero experimentó una  historia  de conquista: llegó a algún lugar y se insertó  en el mundo del trabajo.  Esto ensanchó su visión del mundo. En contraposición, para  los caipiras de San Pablo,  se trató  de la pérdida de sus medios materiales de vida.

Solo  para  señalar  con  más  precisión este  encuentro, se puede recordar que, en la década  de 1930, el Estado Nuevo creó  la CBD (Confederación Brasileña  de Deporte), y una de sus disposiciones normativas sobre el fútbol incidió  exac- tamente sobre  sus prácticas  que,  hasta  entonces, aún  eran muy lúdicas.  Ella establecía  que,  para  participar de las dis- putas  organizadas por  las ligas, los jugadores tendrían que obtener su registro  en  la Federación y firmar  los formula- rios. Por lo tanto,  se presuponía que  todos  podían asimilar los códigos  que  comenzaban a surgir  profusamente, leer  y firmar el nombre. ¡Pero esta era una norma destinada a una sociedad  de analfabetos!

La teoría de la difusión cultural da cuenta de la expansión geográfica del fútbol en el proceso de conquista territorial de los últimos  cien años, pero  no da cuenta satisfactoriamente de su inserción en el universo  social de las prácticas  lúdicas del pueblo; porque el fútbol  es una  actividad  que  progresa también en el sentido vertical, es decir, en la profundidad de la vida social. Y esta incidencia vertical provocaba clivajes, a veces ciertas adecuaciones, contradicciones y rupturas en el modo  de vida de la sociedad  tradicional, al mismo  tiempo en que  articulaba internamente una  presencia en todos  los lugares y ocupaba todos los tiempos.

Considerando el desencuentro entre el modo  de produc- ción, vorazmente articulado por la gran industria, y el modo

 

 

 

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de vida de la población tradicional en el interior del movi- miento de formación, fue posible  constatar que  la pérdida de los medios  materiales de vida no correspondía a la adop- ción inmediata de otro modo  de vida. Parece  haber existido una  imposibilidad lógica para  esta adopción. De modo  que llega a ser preocupante la constatación de la rápida  desapa- rición del caipira de San Pablo.

 

En conclusión, el objetivo  de este ensayo es el de asegu- rar  que  la cultura, desde  el punto de  vista de  la dialéctica materialista, no se constituye  en un  campo  o subcampo en el cual los objetos  de estudio  y reflexión puedan ser separa- dos: la cultura en sí. Finalmente, todo  se conecta con todo, dicen siempre  los viejos maestros.  En este texto se sugirieron dos niveles de abordaje de la cultura:  uno  que  verticaliza y problematiza la práctica  cultural relacionando los atributos inmanentes –las particularidades– con  el ámbito  que  le da universalidad (por ejemplo, el fútbol). El otro  es el nivel de abordaje de la cultura como economía del símbolo; se parte de la premisa  de que  el proceso de acumulación capitalista se desprendió de su fundamento y que las mercancías cultu- rales tienen un  estatuto diferente, son remuneradas por  la autenticidad, excepcionalidad, conforme a la estructura de los rendimientos en la cual ellas se insertan. Es por eso que los parámetros de raciocinio propios del movimiento de la formación fueron presentados aquí.

 

 

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Odette Carvalho de Lima Seabra

 

 

 

 

 

–––––. 2003. “Em direção a uma Geografia  Cultural radical: Problemas de teoria”,  en  Corrêa,  R. L. y Rosendahl, Z. (orgs.). Introdução à Geografia; Cultural. Río de Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 103-134.

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Del ágora al speaker’s corner:

el espacio público en la ciudad *

 

Ana Fani Alessandri Carlos 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este texto, partimos de la idea de que el espacio públi- co no puede ser analizado en sí, ya que se trata  de un espa- cio-tiempo constitutivo de la ciudad  y de la realización de la vida en la ciudad;  por lo tanto,  su sentido está determinado por el proceso constitutivo de la ciudad  en su totalidad. En este contexto, las relaciones del individuo se realizan  en un espacio-tiempo propio, debido a que cada sujeto se sitúa en un  espacio  real y concreto, inmerso en una  red  de relacio- nes con  significados  propios como  exigencia  de la realiza- ción  de la vida humana. Desde  esta perspectiva, podemos afirmar  que  el espacio  público  aparece como  el lugar  de la realización concreta de la historia  individual  como historia colectiva por  la mediación de los lugares  de la realización de la vida.

El concepto de espacio público, por lo tanto,  se vincula a la praxis, invadida  de contenidos simbólicos.  El espacio  pú- blico  revela  su uso y este se liga a las determinaciones del intercambio social en su objetividad-subjetividad material y

 

 

* Traducción: Perla Zusman.

1   Universidad de San Paulo (Brasil).

 

 

 

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simbólica. La vida cotidiana, como el espacio-tiempo de este proceso, se presenta como  una  práctica  objetiva, y revela la vida como acción y las representaciones que la sustentan y la explican. Es decir,  las relaciones sociales entre los hombres se realizan  por  apropiaciones sucesivas de los espacios  y de los tiempos,  como  condición y realización de su existencia, lo que  les otorga  contenido y sentido. En  este  proceso, se evidencia  la contradicción entre espacio  privado  y espacio público, siendo  el último  término la negación del primero.

Esta idea señala el posible pasaje de la comprensión del es- pacio  público, entendido como  aquel  de la “esfera pública”, hacia el entendimiento de la apropiación del espacio público

–en tanto  determinado lugar de la ciudad–  como condición de  realización de  la esfera  pública  en  tanto  momento de la práctica  socio-espacial. Esta orientación significa presu- poner que,  a partir  de la perspectiva geográfica, el espacio público  puede ser analizado como  espacio-tiempo,  lugar  y momento de la práctica  socio-espacial, definidora de la vida en la ciudad.

En esta perspectiva, las transformaciones en los sentidos y contenidos del espacio público  se explicitan como momen- tos definidores de las transformaciones de la producción de la ciudad  en el movimiento de constitución de la sociedad, como momento de la reproducción del espacio urbano. Por ello, la dinámica del proceso de producción del espacio  ur- bano  revela el movimiento de la sociedad  en su totalidad.

El título del texto señala el movimiento que va del “ágo - ra al speaker’s corner ”, de la producción del espacio  cosmo - lógico  – de  la ciudad  griega–  al espacio  abstracto – de  la ciudad  capitalista–.  Indica  un movimiento de transforma- ción  del  sentido del  espacio  público  en  la ciudad  como proceso de transformación de la propia ciudad  a lo largo de  la historia,  lo  que  revela  un  profundo cambio  en  el modo  en  el que  se constituye  el sentido de  los términos ciudadanía  y democracia  en  la ciudad.   Es decir,  mientras

 

 

 

 

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Ana Fani Alessandri Carlos

 

 

 

 

 

que  en  el ágora  la participación presuponía  la igualdad, en la ciudad  contemporánea el espacio público  presupone la forma  de lo equivalente.

El ágora es el lugar del discurso, del comercio, del encuen- tro, el lugar de realización de la ciudadanía como arte políti- co manifiesto en la igualdad del ciudadano, en su capacidad y derecho de autogobierno. “No puede haber ciudad  al me- nos que todos tengan aquel mínimo de virtud cívica, de res- peto  por la opinión pública,  sentido de justicia que viabiliza la vida en comunidad” (Stone, 2007: 73).

El speaker’s corner, usado  aquí  como  metáfora del espacio público  en la ciudad  actual, tiene su referencia en un peque- ño  lugar  en el Hyde Park de Londres, donde el ciudadano puede manifestar su opinión siempre  que  no  esté pisando suelo inglés. Ello significa que, para  hablar  al público, debe pararse sobre  alguna  cosa, un banco,  por ejemplo. Por otro lado,  su discurso  tampoco puede contemplar una  crítica  a la familia real ni a las políticas como, por ejemplo, el ali- neamiento de  Gran  Bretaña con  los Estados  Unidos  en  la invasión  de  Irak.  De este  modo,  suponemos aquí  que  esta metáfora es la expresión más representativa del estrecha- miento de la esfera pública,  pasible de ser identificado en el momento de pasaje de la democracia directa a la democracia representativa; del lugar  de la reunión de los desiguales  en asamblea  (definiendo los contornos de la vida), al lugar nor- matizado donde no todo  puede ser dicho,  donde el orador es “desterritorializado” y donde el diálogo  es sustituido por el monólogo, donde los temas, en lugar de ser debatidos, son apenas  presentados por un único  individuo sobre un banco, delante de una platea  de curiosos, muchos  de ellos turistas.

El speaker’s corner es, sobre todo,  la representación del espacio  institucionalizado vivido como  exterioridad, como escenario de  la no  participación; es el lugar  de  la libertad restrictiva  y vigilada en una  ciudad  donde la vida cotidiana se determina en el seno de una  pasividad controlada. Aquí,

 

 

 

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la práctica  socio-espacial, a pesar de fundarse en la realidad, la disimula;  la ciudad  actual  revela que  el hombre crea,  al mismo  tiempo, las condiciones de su existencia  y las condi- ciones de vida que se oponen a ella, a través de la reducción de las posibilidades de apropiación en las transformaciones de los usos, a través de la reducción de las posibilidades de realización del intercambio como condición de sociabilidad. En esta trayectoria se constata  no solo el vaciamento de los contenidos de los espacios  públicos,  sino también los cam- bios sustantivos de la vida humana en la ciudad.

 

La contradicción espacio privado y espacio público

Los espacios  privados  y los públicos  –en su indisociabili- dad–, en tanto  momentos privilegiados  que constituyen la identidad ciudadano/ciudad como  relación contradictoria, están marcados por formas de apropiación diferenciadas: el adentro y el afuera,  lo individual  y lo colectivo, lo protegido y lo violento.  La especificidad se revela en  la diferencia de sus contenidos en las relaciones sociales. Contemplan un “to- pos” como presupuesto y producto de las relaciones sociales de intercambio.

Arendt  (2000) señala que, en la polis, la esfera pública  era la esfera de la libertad, en contraposición a la esfera privada subyugada  a la necesidad pues,  para  los griegos,  la libertad se situaba,  exclusivamente, en  la esfera  de  la política,  aquí contrapuesta a aquella  de  la necesidad, que  aparece como un  fenómeno prepolítico, característico del hogar  privado. En esta esfera se justificaba la violencia como medio  de ven- cer la necesidad y alcanzar la libertad (también se justificaba la esclavitud). En este sentido, los conceptos de dominio y de sumisión  pertenecían a la esfera  privada.  La polis (que sig- nificaba  lo público), en cambio,  se diferenciaba de la fami- lia (centro de la desigualdad), para  concebir a los hombres como  iguales, puesto  que  la esfera de lo político  igualaba  a los hombres. Así, ser libre  significaba  no  estar  sujeto  a las

 

 

 

 

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necesidades de la vida ni de otro  hombre. La igualdad era la esencia  de la libertad, una  esfera donde no existía ni go- bierno ni gobernados. Esto significaba  que  no  había  ley ni justicia fuera de la esfera pública,  que era la que constituía el sentido de la ciudadanía. Para Aristóteles, la condición pre- via de la libertad era la eliminación de cualquier modo  de vida dedicado básicamente a la sobrevivencia  del individuo, pues a causa de ello el individuo no disponía de la libertad de movimientos y de acción, por lo tanto no podría ocuparse de lo bello, pues esta ocupación no era ni necesaria, ni útil. A la sobrevivencia  se le contraponía la vida volcada a los pla- ceres del cuerpo, a los asuntos de la polis y a la vida filosófica. Ello denotaba una forma de organización política muy espe- cial y libremente elegida  (Arendt, 2000: 21).

Vernant llama la atención al hecho de que en el panteón griego se pueda encontrar al par Hestia/Hermes que, en su oposición, señala  una  asociación  entre el espacio  privado  y el espacio  público. En su interpretación, Hestia reside  en la casa donde está instalado un hogar  que representa el centro del hábitat humano, pero  “Hestia no constituye  solo el cen- tro del espacio doméstico. Fijada en el suelo, el hogar  circu- lar es como  el ombligo  que  enraíza  la morada en la tierra. Ella es el símbolo  y garantía de lo fijo, de lo inmutable, de lo permanente. (...) El punto fijo, el centro a partir  del cual el espacio humano se orienta y se organiza”  (Vernant, 1990:

191).  Por su lado,  Hermes representa en el “espacio  y en el mundo humano, el movimiento, el pasaje, el cambio de esta- do, las transiciones, los contactos entre elementos extraños. (...) él reside  en la entrada de las ciudades, en las fronteras de  los Estados,  en  las encrucijadas” (1990: 192). En  todos los lugares  donde los hombres dejan  su vivienda privada  se reúnen y entran en contacto en el intercambio. Por lo tanto, se trata del sentido social del intercambio –como lazo social– que  solo puede establecer la posibilidad de autogobierno a través de la presencia del otro, de la reunión, del encuentro.

 

 

 

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Aquí el espacio público  aparece como opuesto al espacio pri- vado, se trata de una relación entre, por un lado, el adentro y el afuera,  lo familiar y lo restrictivo y, por el otro, el contacto con  el exterior en  el sentido amplio,  es decir,  tanto  desde el punto de vista espacial  como  de las relaciones con  otras personas.

Según  Vernant,  los mitos  de  Hestia  y Hermes aparecen asociados  al mito de la autoctonía –los hombres nacidos  en la tierra en que están instalados–. “Así como los poetas y filó- sofos identifican a Hestia con la tierra  inmóvil, el centro del cosmos, la ciudad  aparece como el terreno del oikos que debe permanecer como el privilegio y la marca del ciudadano au- tóctono, comunión entre la tierra  y el grupo humano” (Ver- nant,  1990: 208). Me parece que esta interpretación está en el centro de la comprensión de la relación del ciudadano con la polis, donde la jerarquía se ligaba al espacio privado como aquel  del poder, mientras que el espacio del ágora  abrigaba la posibilidad real de crear  las condiciones de autogobierno a través del encuentro con los iguales.

Sustancialmente, el mito revela el intercambio social como elemento central en la definición de los espacios de la vida, el intercambio social como  acción  que  solo puede desarro- llarse a través de lo diferente, el otro  que es, en realidad, lo colectivo; en un lugar determinado, donde la individualidad se constituye  a través de la participación activa. En esta con- dición  del intercambio, en su sustancialidad como sociabili- dad, se realiza el seno de lo colectivo.

La esfera pública,  tanto  como la privada, presupone y re- quiere un  espacio  efectivo  para  su realización; presupone y construye un  espacio-tiempo de la acción  que  orienta la vida. Pero  no solo la representación Hestia/Hermes revela el sentido de  la espacialidad, es también preciso  recordar que  la constitución de  la ciudadanía en  la polis griega  del siglo V a. C. tuvo como  fundamento las reformas, primero de Solón y luego  de Clístenes,  que revolucionaron el modo

 

 

 

 

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cómo  el suelo,  y la riqueza  presa  al mismo,  era  apropiado diferencialmente en la sociedad  griega. Por lo tanto,  el aná- lisis de la polis griega contempla necesariamente un momen- to espacial que los análisis del espacio  público  reducidos al de la esfera pública,  ignoran.

En este sentido, la polis no  solo es reducto de lo político sino también la posibilidad y el lugar  del discurso  como  ac- ción.  En el ágora  se realiza  la reunión de los hombres, un contacto en  un  espacio  determinado para  la acción  y para el establecimiento del  discurso  por  la mediación del  inter- cambio,  puesto  que  toda  actividad  humana exige  un  espa- cio-tiempo que le es propio y todo espacio exige un centro a partir  del cual se organiza, se orienta.

Las obras de Sófocles (1998) y Eurípides (s/d) nos revelan que el sentido de pertenencia y de constitución de la idea de ciudadanía no  se resume  al uso del ágora,  es de la ciudad de lo que se habla2 y esta expresa  una articulación entre los espacios  públicos  (no solo aquel  del ágora,  sino también el del  teatro  de  Dionisio), que  involucra  todos  los lugares  de la práctica  espacial. La relación entre ágora y acrópolis  es la relación entre la representación a través del mito y la prácti- ca. Para Pericles, la definición del “hombre griego” es reve- ladora  de esta idea. Es decir,  el sentido del hombre es aquel que contempla un conjunto de actividades  como  aquella  de la poesía,  del deporte, de la filosofía, de la política,  de los trabajos  manuales. Así, la sociedad  no  se compone de una sumatoria de individuos  sino que es expresión de la articula- ción de las relaciones sociales, condiciones en las cuales los individuos  producen su existencia,  unos en relación con los otros,  en  el espacio  de la polis. Esta orientación exige  tras- cender el individuo. Ello nos coloca  delante de la cuestión

 

 

2  “Hermana mía: Edipo, tu esposo, encuentra justo hacerme padecer una terrible suerte. Entre dos males: ser expulsado de la tierra paterna, o ser condenado a muerte, me da a elegir”, habla Creonte, dirigiéndo- se a Yocasta en la tragedia Edipo Rey, de Sófocles.

 

 

 

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del  sujeto  no  preconstituido  (aunque con  la potencialidad para constituirse). Este sujeto se estructura a través de los procesos  de  construcción real  en  la praxis,  lo cual  resulta congruente con el orden de las determinaciones sociales (Artous, 2006).

Podemos pensar que  el hombre habita  y vive el mundo a partir  de su casa. Bosi (1995) afirma  que,  para  el sujeto,  la casa es el centro nervioso; ella está repleta de objetos que re- velan el mundo interior pleno  de significados que adquieren sentido a medida que la vida se desenvuelve.  Pero la vida no se resume  a estos lugares, ella es expresión de un despla- zamiento de  acciones  que  se desarrollan en  otros  lugares. Por  ejemplo, Walter  Benjamin en  el cuento sobre  Nápoles (Benjamin, 1993), describe  los actos de la vida cotidiana sin distinguir entre espacio  público  y espacio  privado,  es decir que,  ya que  ellos se mezclan,  se realizan  en el liminar  de la casa y de la calzada de la calle, sin separación entre el aden- tro y el afuera.

El habitar –que conserva la dimensión del uso– involucra el cuerpo en el sentido que el “que hace uso” tiene  una pre- sencia real y concreta, de este modo  restituye  la presencia y lo vivido. Involucra un determinado lugar en el espacio, por lo tanto,  una  localización  y una  distancia  que se relacionan con otros lugares de la ciudad  y que, por ello, adquieren cua- lidades  específicas.  A su vez, estas cualidades constituyen el mundo de  la percepción sensible,  cargado de  significados afectivos  o  de  representaciones que,  al superar  el  instan- te, son capaces  de traducir significados  profundos sobre  el modo  en el que aquellas se construyeron a lo largo del tiem- po.  El habitar produce limitaciones al mismo  tiempo que abre posibilidades.

A su vez, el espacio público tiene una multiplicidad de sen- tidos para  la sociedad  en función de la cultura, los hábitos, las costumbres, que no pueden ser tratados con negligencia. En este marco  es sustancialmente intercambio, movimiento.

 

 

 

 

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Se vincula con la actividad plena  del individuo a través de la relación con el otro,  definidora de sus destinos.  Se trata  de un lugar  donde se realiza un tipo de intercambio de conte- nido  social diferente de aquel que otorga  contenido al espa- cio privado  –del oikos, dominado por  relaciones jerárquicas definidas en el seno  de y por  la familia y por  las relaciones de parentesco–; el espacio  público  expone tensiones, ambi- güedades, conflictos.  Diferenciándose del nivel de lo priva- do, contempla la posibilidad de lo fortuito y lo inesperado. Desde  una  dimensión política  que  no  puede ser dejada  de lado contiene la posibilidad del autogobierno.

La contradicción entre espacio público  y espacio privado revela  la praxis  como  la práctica  socio-espacial que  funda las relaciones sociales, condición de  realización de  la vida humana en su multiplicidad. La relación del hombre con el mundo es construida a partir  de un momento en el cual el individuo se reconoce y construye una  trama  de relaciones con  el otro  y, a través de este, con  el mundo que  lo rodea. De este modo,  se produce en tanto  humano a medida que construye la realidad. Así, si el punto de partida del análisis es el espacio privado,  revelándose a través del habitar aque- llo que  es real y concreto, es decir,  los gestos, el cuerpo (el lugar  del habitar envuelve  el mundo privado,  el cuarto  del apartamento o de la casa), él se abre  a la calle, al mercado, al centro comercial, a los centros de  servicios, al área  de ocio o, más aún, a la de trabajo.  Se trata de los lugares de la práctica  cotidiana que  describen y otorgan contenido a la vida en la ciudad  vinculando a los lugares  y a las personas en ella.

Para muchos  autores, los espacios públicos  hacen referen- cia a aquellos  correspondientes a los equipamientos colecti- vos. Ello niega el sentido más profundo del espacio público: aquel  vinculado  a la posibilidad de apropiaciones múltiples en tanto  lugar de encuentros y desencuentros, de comunica- ción, de diálogo  y de sociabilidad.

 

 

 

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Jacques  Lév y (2003) señala  que  el término “espacio  pú- blico” presenta dos acepciones: a) en la filosofía política,  es el dispositivo que permite la comunicación en una delibera- ción entre ciudadanos, en este caso (la ciudad) contiene una metáfora espacial que guarda relación con el “ágora griega” o con el forum romano, el sentido del lugar  privilegiado de la reunión pública  de los ciudadanos; b) el espacio  público como  objeto  de  acción  de  los arquitectos urbanistas y, en este sentido, contemplaría el “universo de los posibles”. A es- tas dos connotaciones podemos agregar  el hecho de que la Geografía  permite pensar:  a) el espacio público  como un lu- gar concreto de la realización de la vida en la ciudad,  como espacio-tiempo de la práctica  social, lugar  de la reunión y del encuentro con el “otro”; ello significa que  su sentido es aquel  de la alteridad, donde la historia  particular de cada uno puede realizarse en tanto historia colectiva, mucho más que a través de la simple localización  de la acción;  b) el es- pacio  público  se define  por  la relación y no  por  la forma. Las posibilidades de reunión y de encuentro no  significan proximidad al otro,  estar al lado del otro,  sino una relación dialéctica  del  sujeto  con  el otro  de  la relación. Por  eso es posible  también afirmar  que  no todos  los espacios  de usos públicos  pueden ser construidos a priori en las ciudades. Si la ciudad  es en sí el lugar de la vida, ella contempla la posi- bilidad  de que  todos  los lugares  sean  pasibles  de ser apro- piados  como  lugares  de constitución de la sociabilidad: tal es el caso de una manifestación política en la que el “cuerpo puede tomar  el lugar del automóvil  en la calle”; o aún más, cuando la calle es tomada por el “ juego”, etcétera.

Así, el espacio público  es sin duda  de orden social, se vin- cula  a la idea  de  un  espacio  de  usos que  no  siempre  es o puede ser definido a priori en función de su forma o función social. La forma  puede o no  apelar  a contenidos  precisos, pero,  ciertamente, no  en  el caso de  los espacios  públicos. Así, el sentido del espacio  público  se liga a los espacios  de

 

 

 

 

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la ciudad  como  un  todo.  Con  esto quiero decir  que  la vir- tualidad que  apunta Lévy, desde  mi punto de vista, no está en la mano  de los urbanistas, presos de la lógica de la racio- nalidad “estatista” que  normatiza y funcionaliza el espacio urbano, sino que  se encuentra en  el plano  de  la sociedad, en la acción  de los ciudadanos que  participan activamente de sus destinos.  En esta dirección, el espacio  público, como uso público  de  la ciudad,  se vincula  a las posibilidades de los lugares (inmediatos o mediatos) apropiados y supone un sujeto  activo en contraposición con la idea de un actor  que actúa en el escenario preestablecido de la ciudad.

Esto significa afirmar  que el espacio público  solo tiene un sentido público  en términos reales en la medida en que per- mite la relación social a través de la simultaneidad de usos. Sin embargo, es necesario considerar que los espacios públi- cos encierran en sí una  contradicción: a) el espacio  público es el lugar  de lo político,  pero  es también bajo la égida  de lo político  en el mundo moderno que  el espacio  público  se convierte  en  el lugar  de  la norma, en  objeto  de  estrategia del Estado; b) el espacio público  es el lugar de la realización de  la vida urbana como  posibilidad de  encuentro, pero  es también el lugar de la copresencia como  negación del otro; c) el espacio público  es el lugar de encuentro por excelencia, pero  también se ve invadido  por  el mundo de la mercade- ría, es decir,  se ve inmerso en  los procesos  de valorización del espacio  que hacen que su existencia  represente óptimas oportunidades de lucro para el sector inmobiliario.

La ciudad  contemporánea revela estas contradicciones en la medida en que su producción se funda  en la funcionaliza- ción de los lugares  de la vida, autonomizándolos. Una  con- quista  de la modernidad fue fragmentar la vida cotidiana, separándola en espacios-tiempos definidos y recortados, con funciones específicas,  señalando la condición objetiva  del ser humano escindido, envuelto en el individualismo, preso al mundo de la mercadería.

 

 

 

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La etapa  actual  de  la economía potencia el carácter de la ciudad  como  concentradora de riqueza,  de poder, desde la riqueza  mobiliaria a la inmobiliaria; la generalización del mundo de la mercadería lleva a que el uso del espacio de la ciudad  esté cada vez más dominado por el valor de cambio, lo cual produce al ciudadano como consumidor. La produc- ción de la ciudad comandada por lo económico elimina poco a poco  el sentido de la ciudad  como  obra,  como  espacio  de creación y de goce.

El individualismo moderno, vinculado  a la implosión de las orientaciones socioculturales y de la crisis de la ciudad, señala el hecho de que las transformaciones del proceso de reproducción del espacio urbano tienden a separar y a divi- dir a los habitantes de la ciudad  en función de las formas de apropiación, determinadas por la existencia  de la propiedad del suelo urbano; la presencia de cada uno  en su domicilio específico  desemboca en una  segregación espacial  bien  ní- tida,  pasible  de ser observada  en el paisaje como  producto de la articulación entre una jerarquía social y una jerarquía espacial que caracteriza los usos y los intercambios en el es- pacio urbano.

Esta delimitación, bien marcada, que separa  la casa de la calle, que  reduce el espacio  público  y que  apaga  la vida en los barrios  donde cada  uno  se reconocía (porque este  era el espacio  de la vida), vuelve a la ciudad  más fría, anónima, funcional e institucionalizada y, en  este  marco,  el espacio público  es vivido como extrañamiento.

A lo largo  del proceso histórico, la producción de la ciu- dad  se va revelando como  un modo  de segregación de gru- pos e individuos.  Jerarquizados  social y espacialmente, los individuos  participan desigualmente de  la sociedad, en  la que el espacio  público, como  subversión  y negatividad, apa- rece más como posibilidad que como realidad. Este proceso revela, también, el encogimiento de la esfera  pública  en  el mundo moderno y la expansión de la esfera privada. Arendt

 

 

 

 

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señala que la esfera privada no es más lo opuesto de la esfera pública,  ya que ambas fueron absorbidas por la existencia  de una  esfera social, por  el movimiento de pasaje de la acción al comportamiento. Así, se revela aquello  que Arendt  llamó “la victoria de la sociedad  en la era moderna”, la sustitución inicial de la acción por el comportamiento y la posterior sus- titución del gobierno personal por  la burocracia, que  es el gobierno de nadie.

 

Desde el auge de la sociedad, desde  la admisión de la fami- lia y de las actividades  propias  de la organización doméstica a la esfera pública,  una  de las notables características de la nueva esfera ha sido una irresistible  tendencia a crecer,  a de- vorar las más antiguas  esferas de lo político  y lo privado (…) así como  de la más reciente de la intimidad. Este constante crecimiento (…) adquiere su fuerza, a través de la sociedad, debido a que  de una  forma  u otra  ha sido canalizado hacia la esfera pública  el propio proceso de la vida (…) Tal vez la indicación más clara de que la sociedad  constituye  la organi- zación pública  del propio proceso de la vida pueda hallarse en  el hecho de  que  (…) la nueva  esfera  social transformó todas  las comunidades modernas en sociedades de trabaja- dores  y empleados; en otras palabras,  quedaron en seguida centradas en una actividad necesaria para mantener la vida, la labor. (Arendt, 2000: 52)

 

Para  obtener una  sociedad  de trabajadores, está claro  que no es necesario que  cada uno  de los miembros sea trabaja- dor,  y ni siquiera  la emancipación de la clase trabajadora y el enorme poder potencial que  le concede el gobierno de la mayoría  son decisivos: sino que  todos  los miembros con- sideren lo que  hacen  fundamentalmente como  medio  para mantener su propia vida y la (…) de sus familias. La socie- dad es la forma en la que la mutua dependencia en beneficio de la vida y nada  más adquiere público  significado,  donde

 

 

 

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las actividades relacionadas con la pura  sobrevivencia son admitidas en la plaza pública.  (Arendt, 2000: 52-56)

 

El surgimiento de la sociedad de masa indica que los distin- tos grupos  sociales fueron absorbidos por una sociedad  única que controla con igual fuerza a todos los miembros “donde la igualdad (…) es solo el reconocimiento legal y político basado en el conformismo inherente a la sociedad  que  únicamente es posible porque la conducta ha reemplazado la acción como principal relación humana” (Arendt, 2000: 50).

Sobre  este proceso de alienación, Lefebvre  nos recuerda una fórmula de Marx y escribe que:

 

(...) la abstracción del Estado como tal pertenece a los tiem- pos modernos, porque la abstracción de la vida privada pertenece a los tiempos  modernos.  (...) La paradoja de  la situación, en efecto,  no significa la consolidación de la vida familiar reducida, ni los procesos  de reprivatización. Lo chocante es el conjunto de contradicciones que acompañan este proceso y que lo constituyen. La reprivatización aparece cuando y en  tanto  la historia  se acelera.  Ella no  tiene  solo una  relación con las derrotas y los peligros  que  emanan de esa aceleración, ella se refiere también a las técnicas [comen- zando  por  la radio  y por  la televisión] que  abrieron la vida privada  sobre  la vida social y política,  sobre  la historia,  so- bre el conocimiento. El cierre  de la conciencia sobre  sí y de la vida privada  acompaña la globalización de la vida y de la conciencia. La apertura produce resultados imprevistos.  La globalización previsible  y esperada se realiza sobre  el modo de cierre.  Desde su poltrona el hombre privado  –que  no se siente  más ciudadano– asiste al universo  sin preocupación. Él mira  el mundo y se mundializa en  tanto  puro  y simple mirar.  Él gana un saber. ¿Pero en qué consiste ese saber? No es un  verdadero conocimiento, ni un  poder sobre  las cosas vistas, ni una participación real sobre los eventos. Existe allí

 

 

 

 

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una nueva modalidad de mirar:  una mirada  social colocada sobre  la imagen  de las cosas pero  reducida a la impotencia, a la detención de una  falsa conciencia y de una  cuasi con- ciencia, a la no participación. De esta mirada  se aparta  el reconocimiento real,  la potencia real,  la participación real. Es más bien una mirada  privada, aquella del hombre privado que se convierte en social. (Lefebvre, 2001: 93)

 

De este modo,  en la mundialidad pasivamente contemplada, sin participación efectiva, se desarrollan los procesos inacce- sibles, a pesar  de ser vistos: la tecnificación, la exploración del cosmos, las estrategias  políticas.  Este proceso de distan- ciamiento vertiginoso  delante de la mirada  socializada  que sustituye a la conciencia activa –actuando– de la práctica social. (...) La vida privada  implica  privación  [que es para Lefebvre el sentido de la palabra privado], el mundo viene a camuflar las frustraciones. Mientras  la reprivatización de la vida tiene lugar por los mismos medios, el poder y la riqueza se personalizan. La vida pública,  la política  se impregna de imágenes y significaciones tomadas  prestadas de la vida pri- vada. (Lefebvre, 2001: 93 -94)

 

Desde los medios de producción hasta la casa como lugar de reproducción de la especie,  todos  los lugares  de la vida pasan,  tendencialmente, por las formas posibles de apro- piación  sometidas  a las relaciones de intercambio mercantil como consecuencia de la expansión de la propiedad privada en todos los planos de la vida, revelándose como privación de la ciudad.  Aquí se levantan  las fronteras urbanas –impuestas por la propiedad privada del suelo urbano, por el narcotráfi- co, por las pandillas–  que van limitando la vida al encogerse los espacios públicos,  al deteriorarse los espacios privados, a partir  de la expansión de las periferias urbanas.

Producto de  la explosión/implosión  de  la ciudad,  por la potencia organizadora y totalizadora del Estado,  por  la

 

 

 

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extensión del mundo de la mercadería a través de la pro- ducción del espacio urbano, los lugares de la realización de la vida exponen y refuerzan el poder de la propiedad priva- da, del dinero, solidificando un  conjunto de valores éticos y estéticos  orientadores de la vida urbana, actualizando la alienación.

 

La tríada espacio privado-espacio público-ciudad

La ciudad  en tanto  práctica  social es el espacio-tiempo de la acción  que  funda  la vida humana en su objetividad. Este no se limita a ser un  simple  campo  de experiencia, pues  la apropiación del espacio se realiza a través del cuerpo y de to- dos los sentidos,  que son las determinaciones del ser huma- no. Por lo tanto,  al enfocarnos en la práctica,  el movimiento del pensamiento se dirige a lo concreto, a la práctica  real en sus contradicciones vividas, y aquí,  como  fue  expuesto, se descubre la contradicción espacio privado y espacio público. Pero  esta contradicción se desdobla y es superada en el tér- mino “ciudad”.

Es así que,  en el análisis de la ciudad,  nos confrontamos con  las situaciones que  emergen en  el seno  de  la realidad como  urgencia de una  vida cotidiana fragmentada, realiza- da en  espacios  segregados, bien  como  con  las aspiraciones a “otra vida”, restaurando la dialéctica  de la necesidad y del deseo como presupuesto de la lucha en torno a la ciudad.

Por lo tanto,  si el espacio fue durante mucho tiempo pen- sado  como  localización  de  los fenómenos, palco  donde se despliega  la vida humana, es posible pensarlo desde otra determinación, aquella  que encierra en su naturaleza un contenido social dado por las relaciones sociales (prácticas y simbólicas) que se realizan en un espacio-tiempo determina- do; aquella  de la reproducción constante de la vida humana a lo largo de la historia.

El proceso tiene  una  materialidad pasible  de  ser vista y percibida con todos los sentidos  humanos, en los lugares del

 

 

 

 

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“acontecer diario”, en las actividades más banales que vincu- lan los hombres a los lugares y al “otro de la relación social”. Este proceso está marcado por un tiempo determinado y es circunscripto a ciertos espacios. En esta situación, el hombre se apropia del mundo, a partir  de la apropiación del espacio

–con todos sus sentidos–  revelando la importancia del cuer- po. El uso de los lugares de la realización de la vida, a través del cuerpo (el propio cuerpo como  extensión del espacio) y de todos  los sentidos  humanos realiza  la acción  humana, produciendo un  mundo real  y concreto, delimitando e im- primiendo en  el espacio  los “rastros” de la civilización con sus contenidos históricos.

La ciudad,  en  tanto  espacio  apropiable para  la vida, in- volucra el uso del espacio  por  el cuerpo; ello implica  el uso de los lugares  donde se realiza la vida a través de relaciones sofisticadas como  las de vecindad,  a través del acto de ir de compras, de caminar, de encontrarse, de jugar,  de entrete- nerse.  El recorrido propio de una  práctica  vivida y recono- cida en los pequeños actos cotidianos, y aparentemente sin sentido, que  crea  lazos profundos  de  identidad de  los ha- bitantes  entre sí y de los habitantes con  los lugares,  marca- dos por la presencia y que, por ello, gana significado  en sus posibilidades y en  sus límites.  Se trata,  por  lo tanto,  de un espacio  palpable, real y concreto –la extensión exterior, ex- terior  a nosotros– al mismo tiempo que revela al ciudadano como uno de sus referentes. Estos referentes no son específi- cos a una  función o forma,  sino que son producidos por un conjunto de sentidos,  impresos  por un uso definido, en este caso, a través de las propiedades del tiempo vivido.

La acción que constituye  el mundo concretamente se rea- liza como  modo  de  apropiación del  espacio  para  la repro- ducción de la vida en todas sus dimensiones. Se refiere  a los modos de apropiación que construyen el ser humano y crean la identidad que se realiza por la mediación del otro (sujeto de la relación). Esta es una característica de la vida humana

 

 

 

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que  envuelve  dos planos:  el individual  (que se revela en su plenitud, en el acto de habitar, vinculándose a los conteni- dos y sentidos  del espacio  privado) y el colectivo  (plano de realización de la sociedad, realizándose en la ciudad,  vincu- lándose  a los contenidos y a los sentidos del espacio público). Esta relación gana sentido objetivo y subjetivo en la ciudad. En  este  marco,  la ciudad  es también un  lugar  apropiado para la realización de los deseos del ciudadano, para el uso, cuyo contenido traspasa el del mero  consumo productivo de sus lugares.

En la ciudad  contemporánea, la contradicción entre es- pacio  público  y espacio  privado  revela  la extensión de  la privación –a través de la forma jurídica de la propiedad privada  de  la riqueza–  que  se traduce en  la jerarquía so - cial. Ella define el acceso a los lugares de la ciudad,  pon- derando la diferenciación entre los individuos.  Al mismo tiempo, revela  la explosión del  centro de  la ciudad  como lugar  simbólico  constitutivo de  la identidad. Así, el senti- do de este centro es radicalmente diferente ahora. Si todo espacio  requiere de un  centro como  condición de su pro - ducción, el sentido de  lo que  es el centro se transformó: se obser va el pasaje  de la participación colectiva a la par- ticipación representativa, donde el ciudadano se eclipsa y solamente queda la monumentalidad que  revela la espec- tacularización del espacio.

En este sentido, la producción de  la ciudad  contempo- ránea  también señala  el pasaje del espacio  del consumo al consumo del espacio,  marcado por  la mediación del inter- cambio  sobre la lógica de la mercadería, donde el uso y las formas de apropiación del espacio de realización de la vida se someten y se orientan bajo los designios  del intercambio mercantil. Esto  ocurre en  un  momento histórico en  que el espacio-tiempo de realización de la mercadería y de su mundo aparece como  condición de reproducción de la so- ciedad.  Mientras  tanto,  la participación –como posibilidad

 

 

 

 

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de  participación en  la vida pública–  aparece inmersa en el mundo del  espectáculo de  la sociedad  de  masas como conciencia alienada.

Espacio de la contemplación pasiva más que de la acción cívica,  las representaciones asumen un  papel  importante en la disimulación de la participación del individuo en el proyecto  colectivo de la ciudad.  El espacio público  saturado de imágenes, de signos de lo urbano y de la vida moderna, actúa  como  elemento orientador de los comportamientos y definidor de los valores que organizan el intercambio, jerar- quizando a los individuos  a través de su acceso a los lugares de la ciudad.

Al contrario del espacio del ágora, que para Sennet (1991) era el refugio  de la segregación, los espacios públicos  en la ciudad  contemporánea se realizan  en la segregación, al mis- mo tiempo que  son lugar  de tensión y de conflicto. En este sentido, el “espacio urbano es contradicción concreta. El es- tudio de su lógica y de sus propiedades formales lleva al aná- lisis dialéctico  de sus contradicciones” (Lefebvre, 1970: 56)

Sin embargo, a nivel sincrónico, es posible señalar  tres di- mensiones espacio-temporales diacrónicas, definidoras de la ciudad:  a) la ciudad  es obra de la civilización y, en este senti- do, es cultura –desde  esta perspectiva contempla el sentido de la historia  como acumulación de tiempos–;  b) ella es una realidad presente,  en  tanto  práctica   socio-espacial  vivida, por  lo tanto  espacio-tiempo de la acción  que  funda  la vida humana en su objetividad que no se limita a un simple cam- po de experiencias individuales, sino que también es el lugar de la apropiación de la vida, a través del cuerpo y de todos los sentidos;  y c) vislumbra  la posibilidad futura  de realiza- ción de otra vida –en este plano  ella señala la universalidad de lo humano en dirección a su constitución–.

 

La yuxtaposición  de  estos tres  momentos podría definir  a la  ciudad   como  obra   de  arte,  posibilidad destacada  por

 

 

 

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Mumford (1965). Sin embargo, sí es posible reconocer, como lo hace Lefebvre (1953), que a cada forma artística le co- rresponde  un  sentido humano:  a la pintura y la escultura le corresponden el ojo, a la música  el oído,  (aún podemos agregar) a la cocina el paladar; la ciudad,  vinculada  (en este razonamiento) a lo práctico-sensible, puede ser relacionada al cuerpo, que,  en  sí mismo  incluye  todos  los sentidos  hu- manos.  Así, la ciudad,  en  tanto  obra  de arte,  es producida para el cuerpo, vivida por el hombre a través de sus sentidos. Sin embargo, la ciudad,  en tanto  obra de arte, no es produc- ción de un individuo solo, sino del conjunto de la sociedad. Ello dispone a un individuo en relación con el otro.  De esta manera, la ciudad  es obra  de  todos  y para  cada  uno,  es la historia  particular realizándose como  historia  colectiva,3   y en esta condición, la ciudad  es la capacidad posible  de libe- rar al ser humano de sus límites. Esta proposición señala lo universal proyectándose más allá del mundo circundante en su inmediatez. Así, el proceso de  producción de  la ciudad es objetivo y se orienta a la objetivación en tanto  realización del ser humano en su práctica  a lo largo de la historia.  Este movimiento  revela  que  los espacios  privados  y públicos  en la ciudad  tienen un  sentido de  uso,  como  espacio-tiempos de realización de la vida social en el espacio,  y de intercam- bios que fundan las relaciones sociales, como movimiento de constitución de lo humano en su trayectoria contradictoria. (Carlos, 2005: 225-226)

 

Aquí la relación contradictoria privado-público señala  el “espacio  institucionalizado”, es decir  vacío y normatizado, como  un  tercer  término, y explica  el movimiento de  cons- titución de  la producción capitalista  en  la ciudad  contem- poránea en su fundamento, como proceso de reproducción

 

 

3  Este razonamiento reconoce la importancia de la apropiación del mundo por el hombre en tanto acto de creación.

 

 

 

 

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de las relaciones sociales en el ámbito  del proceso de valori- zación. En este sentido, se abre al análisis de la vida cotidia- na como  absorción de los contenidos del espacio  público  y privado,  como  condición de  la reproducción social bajo  el capital;  este proceso se realiza  constituyendo la cotidianei- dad en un espacio abstracto, sin cualidades, como aquel del speaker’s corner.

Pero  el espacio  institucionalizado que  invade  y reduce el sentido, tanto  de lo privado  como de lo público, acarrea una negatividad que  aparece a través de la acción  reivindicativa, momento en el que el espacio público  se carga de un sentido que proviene de la acción de los individuos que, al tomar el es- pacio público  con su cuerpo, exigen  el derecho de la palabra como participación en la elaboración de un destino común.

Así, aparece la ciudad  como  tercer  término, señalando y superando la contradicción entre público y privado a través de la constitución de la lucha  en torno al “derecho a la ciudad” como negatividad, es decir, como proyecto  transformador en el seno de la reproducción social, restaurando el sentido de la libertad contenido en el ámbito  del espacio urbano.

En este sentido, el espacio público  permanece como resi- duo, o quizás, en la espontaneidad siempre  posible. Espacio- tiempo de implosión de la norma y de reafirmación de lo co- lectivo como  posibilidad de autogestión, el espacio  público aparece en  su negatividad como  momento constitutivo del “derecho a la ciudad”.

 

 

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Vernant, J. P. 1990. Mito e pensamento entre os gregos. Río de

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El lugar y el espacio público *

 

Vincent Berdoulay 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los  debates   acerca  de  la  posmodernidad  responden  a los desafíos que  debe  enfrentar la sociedad  actual  en su re- lación  con  el espacio;  también se trata  de  un  desafío  que se le plantea a la Geografía  y a la planificación a fin de su- ministrar elementos de análisis y propuestas de acción.  Las tensiones vividas tanto  por la territorialidad contemporánea como aquellas ligadas a la crisis de la modernidad requieren especialmente un cuestionamiento a las acepciones clásicas del  territorio y el ambiente. En este contexto nos  propusi- mos restringirnos aquí  a señalar  la pertinencia de recurrir a  la  noción de  lugar  tanto   para  intentar comprender lo nuevo  que  ocurre en  el marco  de  la territorialidad actual como  para  clarificar  algunas  implicancias para  la planifica- ción.  Entendemos  esta última  preocupación en  su sentido más amplio  de intervención en el espacio  que mediatiza  las relaciones entre los seres humanos. Ahora  bien,  una  de las

 

 

* Traducción: Perla Zusman. Revisión: Hortensia Castro. Este artículo ha sido publicado originalmente en Cahiers de Géographie du Québec, 1997, vol. 41, n° 114, pp. 301-309. La reproducción ha sido autorizada por dicha revista.

1   Universidad de Pau (Francia).

 

 

 

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cuestiones más importantes que la sociedad  contemporánea debe  enfrentar, ¿no es, justamente, la de promover lugares de debate público?,  ¿qué servicio puede ofrecer  al respecto la noción de lugar?

En efecto, en estos tiempos  de posmodernismo, de estalli- do cultural de la sociedad  y de rechazo a criterios  comunes de juicio, algunos  se preocupan por  el devenir  del espacio público  donde se supone que  se construirá la democracia. Esta inquietud toma frecuentemente la forma  de una as- piración, un  poco  nostálgica  o idealizada, por  dispositivos construidos al estilo de los cafés del siglo XVIII o por plazas urbanas con alta interacción social. Se trata  de dispositivos que facilitarían la emergencia de un espacio  público  donde se formularía democráticamente la opinión. En el espíritu de quienes comparten esta línea de pensamiento, este espa- cio al cual se aspira es concebido de forma inmaterial, ya que se orienta, por sobre todo, a superar las diferencias sociales y las pertenencias culturales. En consecuencia, y en el fondo, habría una oposición radical  entre la noción de espacio pú- blico y la de identidad colectiva. Se comprende así por  qué los investigadores están menos  interesados en las relaciones que  puedan existir  entre el espacio  geográfico –altamente singular–  y la noción tan  universal  de espacio  público. Sin embargo, ¿debemos aceptar este abandono de la aproxima- ción  geográfica  como  contribución potencial a los desafíos (tanto modernos como posmodernos) en relación con el es- tatus y el papel  que le cabe al espacio público  hoy?

 

El lugar del sujeto

Al afinar   los  instrumentos  que  permiten comprender qué  hay de  nuevo  en  la territorialidad contemporánea se observa que,  últimamente, ha recrudecido el interés  por  la noción de  lugar  (Berdoulay,  1985; Entrikin, 1991  y 1997; Retaillé,  1997). Una  razón  de ello es, ciertamente, la insa- tisfacción  engendrada por  un  pensamiento vinculado  a la

 

 

 

 

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Vincent Berdoulay

 

 

 

 

 

noción de  territorio: esta  noción funciona como  el lecho de Procusto en la medida que predetermina la reflexión al imponer desde  el inicio un cuadro espacial y una  voluntad política  determinadas.

El observador contemporáneo es particularmente sensible a las ideologías  en las que la retórica está fuertemente deste- rritorializada. Desde la publicidad comercial hasta los slogans antiestatales (o a favor de la desaparición de las fronteras), la moda  es considerar la transparencia total de los espacios, de modo  que  el individuo pueda expandirse plenamente en la cultura mundial. Sin embargo, se constata  también la tenden- cia inversa hacia el cierre, el repliegue sobre los nuevos territo- rios, sobre la tribu,  incluso sobre la secta, donde visiblemente se juega el deseo de pertenencia comunitaria. Es, por lo tanto, entre estas dos interpretaciones que  se inmiscuye  el interés por la noción de lugar, ya que ella enfatiza  la persistencia de poderosos lazos que,  a pesar  de ciertas  apariencias, ligan  el sujeto contemporáneo a su mundo, es decir al individuo que busca  ser el autor  de  su propia vida (Berdoulay  y Entrikin,

1998). En este proceso se establece  una  tensión entre la sub- jetividad y la objetividad, entre el sujeto y su ambiente. Es este hueco el que remite  a la noción de lugar (Entrikin, 1991). En síntesis: el sujeto, tiene lugar.

Esta perspectiva de investigación invita a liberar  la diná- mica discursiva, principalmente narrativa, que instituye el lugar. Es que la construcción del yo, de su identidad profun- da, corresponde a un proceso análogo al de la construcción del lugar. Las relaciones de la identidad con la alteridad, del territorio con la norma, así como los fenómenos de terri- torialidad múltiple, son reveladores de las modalidades de construcción de lugares  por el sujeto y, particularmente, de su concretización2 narrativa. En efecto, el sujeto construye el

 

 

 

2   En francés  instanciation (N. de la T.).

 

 

 

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lugar por la mediación de relatos  que dan  sentido a su rela- ción con las personas, con los objetos  y con el ambiente. Es- tos relatos  corresponden a (re)descripciones de los elemen- tos de este ambiente, desplegadas según una trama narrativa portadora de sentido.

Pero  la redefinición de  las identidades, del  sujeto  y del lugar,  debido al juego  de interacciones que  involucra,  ape- la tanto  a los valores colectivos como  a la materialidad del mundo. El frecuente desajuste  de los relatos  con relación a la racionalidad instrumental sugiere  que la cultura no pue- de ser reducida a las condiciones materiales y sociales de su producción y que  el proyecto  de  la modernidad, o de  sus avatares actuales, no excluye la conciliación de lo subjetivo y lo objetivo, de lo individual  y lo colectivo.

La cultura, en tanto  crisol de valores y campo  de expre- sión de la intersubjetividad, tiende a estabilizar la configura- ción de los lugares.  La materialidad en la cual se desarrolla la vida social y personal va en el mismo sentido. Dos casos fi- gurativos de carácter extremo resultan bastante ilustrativos. El primero se refiere  al hecho de que el lugar que viene a la conciencia del  sujeto  presupone  otro  tipo  de  realidad que el que  le permite existir.  El ejemplo más sobrecogedor es, probablemente, el del matadero. Mientras que, años atrás, lo podíamos ver desde  la calle, en la actualidad, la matanza  se ha convertido en una actividad especializada y recluida a un espacio  cerrado: “a partir  de ahora, la matanza  debe  tener un  carácter industrial, es decir  masiva y anónima; debe  ser no  violenta,  idealmente: indolora; debe  ser invisible, ideal- mente: inexistente. Debe  ser como  si no existiera”  (Vialles,

1987: 21). En suma, funciona como un anti-lugar (ya que es cada  vez más reprimida/rechazada) que  permite que  el lu- gar de la vida moderna o posmoderna sea configurado por el sujeto. Estos espacios cóncavos, segregados, son por lo tanto menos  no-lugares  que  los elementos escondidos de  ciertos lugares particulares que son su razón de ser.

 

 

 

 

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El otro  caso figurativo  extremo, y que  vale la pena  men- cionar,  es el de las fronteras de lo Estados que, por otra par- te, ocupan una  función análoga  y que  son  blanco  favorito de las críticas de la modernidad. Las fronteras han  podido constituirse por la emergencia de lo transfronterizo, de los lu- gares de expresión del sujeto  por  excelencia. En efecto,  las fronteras inducen a su propia transgresión, elemento fun- damental de la identidad individual  o colectiva  de las per- sonas que deben acomodarse a ellas. Como  lo muestran las investigaciones efectuadas en el país vasco francés,  las fron- teras cambian al ritmo de la inversión personal y social sobre el espacio transfronterizo (Velasco, 1998). Las fronteras u otros límites no son entonces necesariamente los de los luga- res, aun cuando los primeros sean, algunas veces, elementos constitutivos  esenciales  de los segundos.

Habiendo recuperado así la pertinencia acerca de una re- flexión sobre la noción de lugar para aproximarnos al punto de vista geográfico de las transformaciones contemporáneas de la territorialidad, no podemos más que llevar la discusión a la cuestión de la ciudadanía. En efecto, mientras que la no- ción de territorio precisa más bien del campo de ejercicio de los deberes y de los poderes, la problemática del lugar remite a una  perspectiva de  participación activa, ciudadana y po- tencialmente constructiva del sujeto. Los vínculos que unen el sujeto  al lugar  se fundan necesariamente sobre  los valo- res y las reglas de funcionamiento. Pero...  ¿son ellos necesa- riamente particularizadores o tienen un alcance  universal?,

¿podemos conseguir un espacio público, es decir un espacio donde se desplegará el debate público?  Si es así, ¿cómo?

 

El lugar del espacio público

Desde la década  de 1970, el creciente interés  por el espacio público  está ligado a la toma de conciencia –por parte  de los urbanistas– de los vínculos que aquel guarda con las prácticas sociales (Louisy, 1988). Pero  esta noción, haciéndose eco de

 

 

 

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preocupaciones filosóficas muy anteriores, ha conservado las múltiples acepciones que los especialistas de la Arquitectura, la Sociología  y la Ciencia Política han  buscado  promover. En este contexto, resulta fácil señalar las grandes características de  lo que  será  el espacio  público  y, más difícil,  esbozar  la cuestión de sus relaciones con  la territorialidad. De hecho, nos parece que podemos ir desde una aproximación que privilegie  algunos  sitios o instituciones urbanas localizadas hacia otra donde la dimensión espacial, concreta, sea aban- donada al servicio de consideraciones de la filosofía política. Y esto aun cuando tengamos conciencia de que no podemos separar lo social de lo espacial. Para clarificar nuestro propó- sito lo abordaremos, por  lo tanto,  desde  el sesgo de las dos grandes dimensiones que han sido utilizadas para caracteri- zar lo público.

En  primer lugar  retomamos una  idea  de  la Antigüedad griega. El espacio que tiene  la cualidad de público  es el que permite hacer  consciente la presencia del otro.  Por ello, este espacio debe ser ampliamente abierto, accesible a todo el mundo, más allá de las características individuales o colec- tivas de las personas que  lo frecuenten (Sennet, 1979). Por lo tanto,  mínimamente, es un espacio sensible a la alteridad, un espacio donde se despliega  la escenificación de sí mismo y de los otros ( Joseph,  1984; Sennet, 1992; Plan Urbain, 1991; Quéré y Brezger, 1993). Las formas de sociabilidad, los modos de copresencia, las maneras de abordar u observar al prójimo

–aun cuidando la presentación de uno  frente a la mirada  de los otros–, en suma, todas estas prácticas,  sean ritualizadas o no en relación con los comportamientos que exigen,  institu- yen el espacio público  y, al mismo tiempo, militan  –como se ha  señalado frecuentemente– contra toda  apropiación per- manente por un grupo particular (Sansot, 1991).

Pero  el espacio  público  también ha sido considerado, es- pecialmente en  el pensamiento  filosófico,  como  condición de despliegue del debate político,  requisito sine qua non de la

 

 

 

 

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vida democrática. Se corresponde entonces con el conjunto de individuos que ejercen públicamente su propia razón críti- ca y revindican la discusión  de cuestiones de interés  general. Ciertamente, este espacio  público  no  debe  ser confundido con el de la decisión;  sin embargo, se constituye  en una con- dición para el desarrollo democrático. El espacio público, así concebido, es el que  asegura  la reflexión y el libre ejercicio de la argumentación en vista de una  sana armonización de las opiniones (Habermas, 1993 y 1997). Esta idea antigua ha sido reforzada por las prácticas  de la sociedad  burguesa del siglo XVIII (en los salones  y cafés) y presenta un  renovado interés  a la luz de los desafíos contemporáneos (Cottereau y Ladrière, 1992; Dahlgren, 1994).

Se trata  de dos formas  de conceptualizar el espacio  públi- co; la primera es más fácilmente caracterizable en  términos concretos, materiales, mientras que la segunda, a pesar  de la multidimensionalidad de su formulación filosófica, reviste fun- damentalmente un carácter inmaterial. Claro que uno  siente que  un  tipo  de  espacio  público  acompaña al otro  y vicever- sa (Querrien, 1992-1993). Sin embargo, ¿es posible encontrar entre ambas  una  aproximación que  sea operatoria? Es aquí donde podemos hacer  intervenir de forma  útil la noción de lugar. Porque ella no implica a priori ningún tipo de escala ni ningún tipo de cierre en los límites espaciales; aun cuando su caracterización remita  a la materialidad, la noción de  lugar permite aproximar bajo una misma mirada los fenómenos que estas dos concepciones tienden a separar. Es aquí, precisamen- te, que debe superarse la oposición que tan frecuentemente se establece  entre espacio público  e identidad colectiva.

En efecto, la preocupación por preservar el espacio públi- co de toda apropiación por parte  de un grupo o de otro y de asegurar una  accesibilidad máxima  requiere que  el indivi- duo se separe  de su comunidad de origen  o de pertenencia. Más aun, a fin de mantener de forma duradera la libre discu- sión y el espíritu crítico,  la comunicación que  se efectúa  en

 

 

 

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el espacio público  no debe derivar en una comunión tal que el sentimiento comunitario pueda dañarla (Tassin, 1991). Se comprende, entonces, la antigua hostilidad de esta corriente de  pensamiento  al nacionalismo étnico  como  fundamento del Estado. Pero...  ¿esto no significa rápidamente confundir comunidad e identidad colectiva  y reducir la cultura a su determinación étnica?  Sabemos  bien  que,  en la práctica,  la planificación y el funcionamiento del espacio  público  refle- jan las circunstancias históricas,  culturales o socioeconómi- cas en  las cuales  se insertan sin que,  sin embargo, todo  su potencial de comunicación y de intercambio sea fundamen- talmente afectado (Korosec-Serfaty, 1991; Barbichon, 1991). Pero por sobre todo,  de forma más positiva, la identidad co- lectiva funciona, si ella tiene  conciencia de sí misma, como un  medio  de  concebir lo universal  y de  acceder al espacio público, “ya que lo universal  no está dado” (Descamp, 1991:

22). Nos encontramos aquí con la cuestión del funciona- miento de  la cultura, que,  precisamente, puede ser puesto en paralelo con el funcionamiento del lugar.

En efecto, por un lado, el lugar y la cultura están anclados en lo cotidiano, en la puesta en escena de sí y de los otros, en los múltiples compromisos y ajustes, y es en el espacio donde se despliega  el género de  vida. Por  otro  lado,  el lugar  y la cultura son, para  el sujeto,  apertura hacia  el mundo, hacia la universalidad de la conciencia humana, hacia  la búsque- da de valores universales.  Esta polaridad se expresa  frecuen- temente a través de  una  terminología siempre  endeble en relación con  la complejidad de las cosas: cultura primera/ cultura segunda, cultura local/cultura universal o, aun más, localidad/universalidad, localismo/mundialismo, etcétera. Pero estos polos no son más que figuras extremas de trabajo del ser humano sobre sí mismo y en relación con el mundo. Desde  este  punto de  vista, si ello  conlleva  una  tensión, la cultura –en el sentido más fuerte  del término– es antes que nada  el “lugar del hombre” (Dumont, 1968).

 

 

 

 

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El espacio  público  aparece entonces  como  un  caso par- ticular  del  fenómeno que  la noción de lugar  busca  captar. Ahora  bien,  el lugar  en relación con  la alteridad, tal como se constata  y es escenificado por el prójimo (el otro), puede convertirse en materia de reflexión a partir  de reconocer la diferencia y el esfuerzo de otorgarle coherencia. En este sen- tido,  la cultura y el lugar,  a pesar  de la singularidad de los elementos en que ambas se nutren, confluyen en esta volun- tad  de  poner una  distancia  que  es también fundadora del espacio público, “espacio de distanciación, espacio de me- diación  que prohíbe el darse a sí mismo a la vez que preserva el rapto  de sí mismo” (Tassin, 1991: 23).

El relato,  tan  íntimamente ligado  a la emergencia de los lugares, reencuentra plenamente aquí sus derechos. Presen- te ya en el nivel de la escenificación de la alteridad, se con- vierte en esencial para significar la confrontación frente a la novedad, incluso  para  establecer las condiciones de un pro- yecto colectivo.  En este sentido, el lugar  y el espacio  públi- co participan de una  misma actividad narrativa. Los relatos que ella produce corresponden a una cultura abierta, a una identidad que se pone  cuestión. Esta es la razón  por la cual, gracias a la noción de lugar y contrariamente al pensamien- to filosófico dominante, no es necesario oponer a priori el es- pacio público  y la identidad colectiva. Delante  de la tensión entre sus aspectos materiales e ideales, locales y universales, ellos ofrecen el mismo potencial de abertura, de comunica- ción y reflexividad en relación con la alteridad.

Evidentemente no se trata de una identidad que busca im- ponerse negando la del otro,  sino todo  lo contrario. ¿No es por cierto  la identidad a lo que el territorio remite  tal como es habitualmente  concebido? Solo una  visión reduccionista de  la cultura puede servir para  defender esta visión de  la territorialidad. Se trata  más bien de ideología. En efecto,  la ideología, portadora de territorio, fuertemente orientativa y movilizante,  busca la eficacia de la acción (Berdoulay, 1985 y

 

 

 

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1988). Su discurso no busca especialmente establecer el diá- logo y la fabricación de un  consenso a partir  de otros  pun- tos de vista totalmente radicales.  En síntesis, mientras que la noción de lugar sustenta  la del espacio público, la noción de territorio refuerza la de la ideología. Pero  entonces, ¿cómo abordar la cuestión de la acción, finalidad del espacio públi- co, sin por ello renunciar a la noción de lugar?

 

Una estrategia de lugar

La crisis actual de la modernidad y sus avatares posmoder- nos han promovido el abandono de la planificación racional o de la ordenación directa  del territorio (Marié, 1989). Esto no  quiere decir  que  la prospectiva deba  emprender la reti- rada.  Por  el contrario, ella aún  aparece, bajo  otras  formas y según  otras modalidades más aptas, útil para  organizar el futuro y a las poblaciones afectadas (Berdoulay y Soubeyran,

1994). La planificación se considera parte  interesada del es- pacio público. Ahora bien,  en relación con este retorno a la prospectiva, el lugar,  a la vez objeto  y contexto de la acción, puede ser homenajeado con toda la singularidad y la narra- tividad que le son propias  (Berdoulay y Entrikin, 1994). En- tonces,  ¿cómo puede organizarse una estrategia?

El lugar  nos advierte  respecto de la ilusión  de la mirada neutra y distanciada en  relación con  el objeto  de interven- ción. Aunque nos esforcemos por conservar  una distancia crítica, el planificador busca comprender algunas tramas narrativas  que  organizan los lugares  y asume  la exigencia retórica del ejercicio  de su profesión (Berdoulay y Entrikin,

1994). De esta manera, él se torna capaz de facilitar la emer- gencia  de relatos  que,  si no  traen  soluciones, por  lo menos plantean el futuro. Pero  hay algo más que  la identificación de los relatos.

En efecto,  la estrategia del  lugar  involucra  una  relación con el espacio  donde ni la escala ni la definición territorial de  las delimitaciones a llevar  a cabo  son  dominantes, así

 

 

 

 

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como  tampoco la previsión  de los mecanismos precisos  de transformación. Lo importante es pensar en una intervención mínima pero  suficiente  para  tener, comparativamente, gran- des efectos.  Se trata  de identificar el sitio de intervención en el medio afectado, de forma tal que aquella tenga importantes repercusiones. Una vez determinado adecuadamente, la inter- vención debe insertarse en las estructuras de sentido que defi- nen su alcance y que permiten que el sujeto se resitúe.

Esta perspectiva involucra  también una  táctica,  es decir, una  concepción precisa  de la intervención, apta  por  su for- ma, para poner en marcha procesos  transformadores del medio.  Las operaciones contemporáneas  de  protección de sitios históricos  o naturales tienen frecuentemente este efec- to de “contaminación” de sus ambientes. Esto puede obser- varse alrededor de  zonas  adquiridas por  el Conservatoire de l’espace litoral  et des rivages lacustres. Es también este el efecto que  buscan  desencadenar las operaciones de desarrollo lo- cal fundadas sobre  la puesta  en  valor del  patrimonio. Un nuevo sentido se propaga según una diseminación que igno- ra los mecanismos exactos o, al menos, cuyo funcionamiento no  podríamos anticipar. Un  poco  como  las rotondas,  este tipo  de intervención deja a los sujetos libres para  negociar, entre ellos y sin parar,  las formas  de  organizar el uso  del nuevo  equipamiento, y actúa  de forma  inversa al semáforo rojo  u otro  tipo  de instalación que  no  da lugar  a ninguna elección.

La dimensión narrativa del lugar  y su recomposición en un  relato  nuevo  aseguran a esta estrategia de intervención relativamente puntual su potencial eficacia, su efecto reduc- tor. Al mismo tiempo, sabemos  que  los espacios públicos materiales clásicos (plazas, calles, jardines) se tornan pun- tos de mira  privilegiados.  En efecto,  ellos presentan menos restricciones, incluidas  las fundiarias y las financieras, que los espacios privados.  También es verdad  que estos espacios públicos  frecuentemente están  abiertos,  apenas  o casi nada

 

 

 

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construidos. En relación con el aspecto reflexivo y argumen- tativo de este tipo de espacio  público, se puede derivar  una frecuentación o un uso social y cultural muy diverso, para el que una reglamentación mínima resulta suficiente, en gene- ral, como garantía.

Así, pueden crearse las condiciones de un espacio público que no se limita a una  categoría teórica  de la reflexión filo- sófica, sino  que  más bien  es un  lugar  verdadero, relevante para el análisis geográfico. Los aspectos más cotidianos de la identidad colectiva se transforman allí, ya que en el espacio se proyecta la tensión que reúne a las formas más universales de la reflexión y de la conciencia de sí y de los otros. A ima- gen de los procesos  culturales en los que se basa, el espacio público  –como lugar– no puede ser concebido a priori como contradictorio a la identidad colectiva.

Vemos, entonces, que la estrategia de lugar incorpora también una  reflexión sobre  el medio,  una  revalorización del punto de vista ecológico.  Sabemos,  por  ejemplo, que  el futuro ecológico  de las ciudades depende de las territoriali- dades contrastadas que condicionan la vida política  en ellos (Sénécal y Hamel,  1996). El papel  actual de los desafíos am- bientales en la organización instituida del debate público  y de la democracia participativa es una manifestación reciente de esto (Berdoulay y Soubeyran, 1994, Berdoulay,  1996). Por lo tanto,  la planificación ambiental y el desarrollo sostenible deben también ser abordados y tratados bajo el ángulo  de las nociones de lugar y de espacio público.

 

Conclusión

La noción de lugar  no solo permite abordar los fenóme- nos de territorialidad asociados a la crisis de la modernidad, sino que  también permite relativizar su alcance.  Específica- mente, la retórica antiestatista y antifrontera vinculada  al posmodernismo aparece como una visión simple de la diná- mica de las culturas  y de los lugares. Sobre todo, es el precio

 

 

 

 

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del reconocimiento de la autonomía del lugar el que puede considerarse como  condición de emergencia de un  espacio público  útil a la vida democrática. Concebido de esta mane- ra, el espacio público  no debe  ser pensado en oposición a la identidad colectiva en la medida en que esta nutre el trabajo de la cultura sobre sí misma.

En síntesis, esta aproximación entre la noción de lugar  y la de espacio  público  invita a inclinarse, desde  un punto de vista geográfico, hacia  el rol activo y creador del sujeto  que busca reabsorber las contradicciones donde se desarrolla su vida. ¿No será necesario girar hoy nuestra atención hacia la profundización de una epistemología que estudie  la tensión entre los fenómenos: entre lo particular y lo universal, la sub- jetividad y objetividad, etcétera?

 

 

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Ciudadanos de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción *

 

Paulo César da Costa Gomes 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde  hace  muchos  años,  venimos  estudiando  los espa- cios públicos urbanos dentro de una perspectiva que preten- de ser innovadora, pues  aspira  a demostrar la importancia de la comprensión geográfica  para el análisis de este tipo de espacios.2 En tal sentido, en estos últimos años, y a través de múltiples ejemplos,  intentamos reunir en  un  mismo  análi- sis dos aspectos que frecuentemente son considerados como esferas  independientes  y autónomas en  los estudios  sobre espacios públicos: la esfera política  y la esfera física. La Geo- grafía urbana, pero  también la Arquitectura y el Urbanismo cuentan, comúnmente, con trabajos sobre los espacios públi- cos en los cuales ambas esferas son tratadas como meras ex- tensiones físicas, como  equipamientos funcionales urbanos desprovistos  de cualquier importancia sociopolítica. Por su parte,  la Ciencia  Política  entiende al espacio  público  como

 

 

 

* Traducción: Mariel Fabregas.

1   Universidad Federal de Río de Janeiro (Brasil).

2   Se impone aquí el uso de la primera persona del plural ya que hablamos de un conjunto de personas que trabajan o colaboran con el grupo de investigación Territorio y Ciudadanía, y que exploran diversos aspectos de un mismo dominio de investigación.

 

 

 

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un terreno abstracto de acciones  políticas,  como  una  esfera independiente de  cualquier soporte  físico material. Desde esta acepción la palabra espacio apenas  denota un dominio, un campo  con determinadas propiedades.

En cambio,  nosotros afirmamos que  en  la definición de la naturaleza singular  de los espacios públicos  se intersectan tres dimensiones fundamentales. La primera corresponde a un cierto arreglo físico de los objetos y acciones que definen las propiedades esenciales  de  este tipo  de  espacio  (visibili- dad, accesibilidad, garantía de libertad de circulación, etc.). En la segunda dimensión, la política,  este espacio  es un  lu- gar de encuentro y de confrontación entre diferentes, donde se chocan, se discuten, se establecen y se renegocian los lími- tes de las manifestaciones de la vida social. Estos límites se fundamentan en  valores asociados  al individualismo, prin- cipalmente los referidos a la libertad y a la responsabilidad individual. Por último,  tales espacios físicos –portadores de las propiedades antes  mencionadas– se encuentran fuerte- mente cargados  de significados.  Estos no se manifiestan de forma  homogénea, sino que  interactúan con la propia vida social urbana, y de esta fusión  resulta  una  compleja carto- grafía de sentidos  asociados  a los lugares  dentro de las ciu- dades.  De este modo,  distinguimos una  gran  diversidad  de valores y sentidos  atribuidos a este o aquel  espacio  urbano en particular que, en última instancia, es un espacio público perfectamente análogo a otro  (Gomes, 2002). En tal senti- do, es posible  decir  que  las ciudades funcionan a partir  de una  estructura mutable e intrincada de morfologías físicas, comportamentales y simbólicas que, de muchas  maneras, se vinculan  entre sí.

Esto puede verificarse cuando observamos  que  las ciuda- des disponen de un gran número de plazas públicas, que son frecuentadas, vividas y significadas de muy diversas formas y siguiendo diferentes criterios.  Entre  los más importantes po- demos mencionar: el lugar de la ciudad donde se localizan, el

 

 

 

 

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Paulo César da Costa Gomes

 

 

 

 

 

tipo de visitantes que reciben, las acciones  y comportamien- tos que en ellas se realizan y, por último,  las imágenes simbó- licas que se asocian a estos espacios y que las particularizan. En este sentido damos  cuenta de cómo  estas formas  físicas

–las plazas públicas para este caso en particular– pueden po- seer  contenidos  muy diversos,  que  remiten a las diferentes dinámicas en las cuales se encuentran enredadas.

En  trabajos  anteriores, hemos  analizado las dinámicas y acciones  sobre  el espacio  público  que  se relacionaban di- rectamente con  la vida política.  El interés  central de  estas investigaciones era dar cuenta de algunas  relaciones funda- mentales entre la vida urbana y la construcción y ejercicio de la ciudadanía en la cotidianeidad de nuestras ciudades. De la misma forma, la actividad política fue concebida como tri- butaria e integrada a esta simbología. El análisis espacial de la dinámica de ciertos  espacios públicos  concretos permitió que  estableciéramos cómo  estos valores y sentidos  variados transforman la actividad política.

En la misma línea,  en uno  de estos estudios  vimos cómo las playas cariocas  se transformaban en  lugares  centrales de la escena urbana en la ciudad  de Río de Janeiro  y cómo, a partir  de  allí, eran  representados  los intereses y las es- trategias  de diferentes grupos  sociales configurándose, así, un espacio  de discusión  de suma importancia para  la vida política  de  la ciudad.  Vimos también cómo  los comporta- mientos en determinados espacios públicos  pueden adqui- rir casi un estatuto de manifestación por  la visibilidad que ganan. Tal es el caso de las personas que  viven en la calle; ellas invierten las relaciones entre los predicados relaciona- dos con los espacios públicos  y los privados  (Gomes, 2002; Santos, 2006). Asimismo, en otro trabajo  se demostró la im- portancia de la elección  del lugar  donde se desarrollarían dos grandes mitines  políticos  dentro de la ciudades de Río de Janeiro  y San Pablo y su vínculo con el sentido que estos tendrían (Silva, 2006).

 

 

 

Ciudadanos de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción    157

 

 

 

 

 

Sin embargo, en el curso de estas investigaciones percibi- mos que había además otro fenómeno que rara vez se lo con- cebía  vinculado  a los espacios  públicos,  a pesar  de su enor- me importancia en la vida de las ciudades:  las fiestas. No es que las diversas manifestaciones festivas, su estructura, su dinámica, sus desarrollos no hayan sido suficientemente es- tudiadas. Sobre  este asunto  hay una  variada bibliografía de origen  antropológico, pero  también de otros  dominios dis- ciplinares, inclusive dentro de la Geografía.3  Por eso puede decirse que este tema recibió  un tratamiento bastante varia- do y fue estudiado desde  diferentes ángulos.  Sin embargo, consideramos que  existe un sentido que,  hasta donde sabe- mos, no  ha sido suficientemente analizado y valorizado.  Es aquel  que indaga  sobre las relaciones que las fiestas mantie- nen con los valores y sentidos  de los espacios sobre los cuales ellas se desarrollan. En otras  palabras,  y como  el título  del presente trabajo  permite entrever, nos parece interesante preguntarnos sobre cómo los espacios consagrados al uso público, espacio  señalizado y regulado para  los ciudadanos a partir  de  una  lógica  claramente racional, se transforma en un escenario de otras prácticas,  festivas, con otras reglas, donde predomina la emoción, el pathos.4

Los espacios públicos tienen esencialmente la vocación de ser terrenos de copresencia y de cohabitación, de encuentro, de visibilidad; pero,  a veces, la actividad convocante no es exclusivamente aquella  que  tiene  una  finalidad claramente política.  Los espacios  públicos  de  una  ciudad  son también los lugares de las festividades, sean ellas de carácter cívico o

 

 

3   La Geografía Cultural ha estudiado, principalmente  en los últimos años, diversas fiestas religiosas, tradicionales, populares; sin embargo las relaciones entre ellas y los espacios públicos no han sido la preocupación central de esos trabajos. Al respecto ver Maia (1999) y Di Méo (2001). Cabe destacar que este último ha sido un caso excepcional entre los geógrafos ya que ha relacionado las fiestas con los espacios públicos (Di Méo, 2006), pero desde un ángulo diferente del que se presenta aquí.

4   En otra oportunidad intentamos presentar este espacio regulador sobre la forma de un modelo  y lo denominamos “nomoespacio” (Gomes, 2002).

 

 

 

 

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no.  ¿En qué  medida estos dos registros,  el político  y el cul- tural (de las fiestas) se asocian, se contaminan o se buscan? Nos referimos a que, en muchos  casos, a lo cívico le interesa recuperar los valores asociados  a las festividades y tal vez lo mismo suceda de forma inversa.

Como nos enseñó Nietzsche,  podemos encontrar una po- sible síntesis entre la racionalidad de la brillante claridad del día,  de la serenidad espiritual, y la locura  y la embriaguez que emergen de las oscuras fuerzas del placer,  de la ruptura de las tensiones (Nietzsche, 1996). Los valores apolíneos no precisan ser vistos como opuestos perfectos a los dionisíacos, ellos forman, con  sus respectivas  diferencias, una  síntesis, una  unidad. Nos interesa, además,  focalizar  en  dos aspec- tos fundamentales de los propósitos de Nietzsche.  El prime- ro es aquel  que  resalta  que,  de la relación entre los valores apolíneos y dionisíacos se originan otros  valores. En otras palabras,  esta relación es creadora de nuevas concepciones, de nuevas  conductas. Asimismo, siguiendo a Nietzsche,  los valores asociados a Apolo, como los principios de sabiduría, de  moderación, de  las bellas  imágenes y del  placer  de  las formas, se integran dialécticamente a la desmesura, a lo or- giástico, a las pulsiones populares, creando una nueva forma de expresión: la tragedia. El segundo aspecto es que este en- cuentro tiene  un lugar propio: el teatro  (del griego theatrón, “lugar para  contemplar”). Fue dentro de un contexto físico singular,  dentro de una  ciudad,  de un  lugar  de representa- ción  en  un  período de  festividades  (dedicadas a Dionisio) que,  como  una  forma  de  espectáculo o de  escenificación, surgió la tragedia.

En la mitología, Apolo es también identificado como un creador de imágenes. Nuestra  idea es que la relación entre valores –que  son aparentemente  contradictorios– puede manifestarse en  ciertos  y en  determinados  lugares  en  la ciudad  contemporánea. Estos lugares  marcan y son marca- dos por  nuevos  valores que  crean  nuevos  significados  que

 

 

 

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son vehiculizados  a través de imágenes. Así, determinados espacios  públicos  de  la ciudad  son  transformados por  las festividades  y, al mismo  tiempo, estas los transforman. En otras palabras,  estos espacios públicos  crean  nuevos valores que mezclan  o integran la acción  ciudadana a la fiesta, de- limitan  la embriaguez dionisíaca y, simultáneamente, pro- ducen imágenes de lo sublime  apolíneo, que  asocian  todo esto a un espacio público  singular. Estos valores pasan, entonces, a significar lugares. De esta forma, el presente trabajo tiene como objetivo iniciar una discusión sobre los espacios públicos  que se entienden como lugares que, si- multáneamente, vinculan  manifestaciones políticas  y festi- vas; y, a la vez, pretende echar  luz sobre algunos  elementos y valores que  unen lo público, la política  y la fiesta, en un mismo lugar.

 

Un gran precursor en el análisis de la espacialidad de las fiestas

De manera provocadora hemos  dicho  que este campo  de investigación todavía no ha sido suficientemente explorado. Sin embargo, esto no  es completamente exacto.  De hecho, hubo  un importante pionero en la exploración de este asun- to. El filósofo y sociólogo  francés  Jean Duvignaud abordó la temática  del espacio  público  justamente desde  la perspecti- va que aquí fue señalada como  casi ausente. Desde los años sesenta,  Duvignaud se interesó y llamó la atención sobre  la importancia y riqueza  del encuentro analítico integrado por las festividades  y por  el espacio.  En verdad,  no es nada  sor- prendente que  Duvignaud se haya mostrado tan  sensible  a la dimensión espacial en la interpretación del fenómeno de las fiestas, dado  que en diversas oportunidades insistió en indicar  que  las Ciencias Sociales precisaban de este ángulo de análisis para  lograr  una  real comprensión de ciertos  te- mas: “las relaciones del hombre con el espacio constituyen el soporte de la mayoría de nuestras actividades, sean ellas téc- nicas, simbólicas y hasta filosóficas” (Duvignaud, 1983: 36).

 

 

 

 

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Sin embargo, su camino  para  analizar  las fiestas como  un fenómeno espacializado no fue solamente guiado  por un in- terés general y gratuito, sino que su razonamiento, un tanto caótico, lo llevó a esta conceptualización bastante original.

Para  Duvignaud,  algunos  tipos  de  festividades  podrían ser  comprendidos  como  reacciones al orden y a la clase de organización del espacio impuesto por las sociedades urbano-industriales. Las festividades  revelarían, entonces, valores y sentidos  que  no se explicarían en la racionalidad y en la lógica que preside los comportamientos y al arreglo espacial de estas sociedades. Así, las fiestas serían  manifes- taciones  de resistencia, momentos de suspensión del orden hegemónico, se presentarían como una “subversión exal- tante”  (Duvignaud, 1983: 31). Ellas introducirían también otra vivencia y, a partir  de ahí, un nuevo sentido de la espa- cialidad  sería trasmitido a los lugares  donde ellas se llevan a cabo; además  establecerían una ruptura con el tiempo social  vigente  e  inaugurarían una  temporalidad relacio- nada  con la propia fiesta. En tal sentido, las festividades actuarían como  un  evento  extraordinario, creador de  un intervalo,  de un  paréntesis en  lo cotidiano, como  algo no regulado, transformándose en  el elemento que  introduci- ría en la vida urbana el “corte en una secuencia”.

El comportamiento social vivido –el vécu  social –5  y reve- lado  en  estas festividades  puede, a partir  de este punto de vista, ser concebido, en un primer momento, como la emer- gencia  reveladora  de  una  desregulación, indicando la pre- sencia de una anomia social. La definición dada al concepto de anomia social por Duvignaud difiere  del establecido por Durkheim. Para  Duvignaud se trata  de acciones  explosivas que  surgen   como  resultado de  una  dinámica conflictiva, pues  están  atadas  a valores del pasado  –ya superados– que

 

 

 

5  Esta expresión, siguiendo al propio Duvignaud, corresponde a Simmel.

 

 

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atacan  los nuevos  sistemas  de  significación  que  están  aún en  gestación, o bien  que  no  son enteramente compartidos por el conjunto de la sociedad. Son ocasiones  de conflicto  y de tensión, de drama  entre dos lealtades  que  no consiguen aniquilarse completamente una  a otra  (Duvignaud,  1973). Es más, desde  su punto de vista, las fiestas de este tipo rom- pen  con  las ideas  de  funcionalidad y de  rentabilidad, y su interpretación debe partir  de la pregunta sobre “el precio de las cosas sin precio  y sobre  lo que  trasmite  valor a las cosas inútiles” (Duvignaud, 1983: 23).

En lo que  respecta propiamente al espacio,  el autor  con- sidera  que  este está vivo y se modifica  por  los intercambios funcionales y emocionales que  operan allí. Las festividades pueden otorgar nuevas  cualidades tanto  a las formas  que existen  como  también pueden demandar nuevas maneras y elementos de organización y distribución de los objetos  so- bre el espacio:

 

Cada  conjunto  humano posee  su propia manera de  orga- nizar  la extensión que  sirve de  fundamento a las culturas. Las formas  no son hechas  de arena, de piedra, de cemento o de vidrio y los reagrupamientos y relaciones múltiples no se cristalizan en moldes  definidos por un tipo de sociedad  o de civilización. Frecuentemente, estas manifestaciones de la “dimensión oculta”  dejan  de corresponder a las conforma- ciones tradicionales o a las configuraciones establecidas del espacio y, a veces, tienden hasta a enfrentar y a destruir tales formas. (Duvignaud, 1983: 55)

 

En varios momentos y circunstancias, las culturas  se ligan a determinados lugares  donde se manifiestan los elementos que animan su vida (Duvignaud, 1983: 56). La estructura físi- ca de estos lugares se modifica  y su cualificación simbólica se transforma. En estos espacios son creados  y vividos nuevos va- lores. La presencia y representación de las fiestas modifican el

 

 

 

 

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estatuto del lugar, vehiculizando y construyendo nuevas imá- genes. Es en este sentido que Duvignaud se opone a concebir a las fiestas como  simples celebraciones reafirmatorias, pero también se opone a considerarlas como negación absoluta  de los valores dominantes en una sociedad. Por eso, no concuer- da con quienes las interpretan como momentos circunscriptos de emergencia del maná – o como  la irrupción momentánea de lo sagrado–  reificando sentimientos metafísicos  en medio de lo profano. Su contribución no solo es original  por incor- porar los aspectos  espaciales  a un  análisis  que  se realizaba únicamente en  términos de temporalidad, sino también en relación con la perspectiva de Durkheim, que reconocía una funcionalidad necesaria en las formas festivas recurrentes, las cuales, al suspender excepcionalmente –por  un intervalo  de tiempo– determinadas reglas, demostraban y reafirmaban la necesidad de su vigencia  en  la vida social. Por  el contrario, para Duvignaud, las festividades permiten que surjan  nuevos comportamientos y sentidos;  ellas no  se construyen a partir de una utilidad presupuesta sino que, y en palabras del propio autor,  son actividades con “finalidad  cero”.6

A su vez, Duvignaud  señala  que  no  todas  las manifesta- ciones festivas son iguales o poseen el mismo sentido, focali- zando su atención en un tipo de festividades que posee otras propiedades: la fiesta cívica. Para ello, parte del ejemplo revo- lucionario de 1789 y establece,  a partir  de este caso histórico, un modelo. Este tipo de fiesta permite suprimir o suspender las barreras y diferencias entre los hombres. En palabras  de Robespierre: “el más magnífico de los espectáculos es el del gran pueblo reunido”. Las fiestas instauran un clima de exal- tación  de la unanimidad que se exterioriza bajo la forma  de

 

 

6   Para una discusión más profunda ver Amaral (1998) quien mapea y comenta la posición de diversos pensadores respecto al hecho de que las fiestas sean –o no– una negación del orden social. Incluso la autora afirma que desde los trabajos pioneros, entre los cuales se encuentran los de Jean Duvignaud, se ha agregado muy poco a los términos originales del debate.

 

 

 

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una  identidad venturosa, contraponiéndose a la triste  cons- tatación de las divergencias de intereses que caracteriza a la mayor parte  de la vida social cotidiana de las sociedades ur- bano-industriales. Siguiendo a Rousseau y a las ideas que de- sarrolla  en el Contrato Social, las fiestas cívicas se constituyen en momentos en que  se manifiesta con  fuerza  y claridad la “voluntad  general”.  Por eso, él pretendía cambiar  la vanidosa y melancólica conciencia de la individualidad, trabajada por el teatro, por la exaltación colectiva y consensual de las fiestas cívicas. En este sentido, la catarsis operada por el teatro  sería sustituida  por aquella  generada por la comunión festiva.

A modo  de ejemplo, Duvignaud nos muestra cómo la fies- ta cívica se volvió un  mecanismo esencial  de los gobiernos republicanos en la modernidad francesa  y cómo, a través de ese medio,  los legisladores procuraban instituir  un momen- to fundamental de fervor unánime que suspendiera los con- flictos entre grupos  opuestos (Duvignaud, 1965: 243).

Además, este autor  identifica que desde el comienzo la preocupación de las elites revolucionarias era encontrar un marco  espacial adaptado a las nuevas demandas festivas. Es- tas fiestas se realizaban en un marco  urbano que los revolu- cionarios soñaban transformar para  construir las bases de una  escenificación acorde con el desarrollo de una  política grandilocuente. Crear  estos espacios  significaba  “organizar los conjuntos, coordinar las masas, distribuir las emociones colectivas y animar el cuerpo social” (Duvignaud, 1965: 246). Los diferentes tipos de régimen –en los distintos momentos– se servirían  de lugares  muy diferentes dentro de la ciudad, procurando en cada uno de ellos agregar  significados, orga- nizar los sentidos  y así concretar sus objetivos.

La reflexión de Duvignaud nos inspiró  para establecer al- gunos  puentes entre la espacialidad y la naturaleza de estas fiestas. No haremos la distinción por  él realizada  entre fies- tas de participación y fiestas de representación, ya que  uno de nuestros intereses es demostrar que hoy casi siempre  nos

 

 

 

 

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encontramos con un término medio  entre estas dos grandes categorías. En tal sentido, nuestra principal contribución es la de llamar  la atención sobre dos ingredientes centrales en la dinámica de las fiestas que  creemos  que  tienen relación directa  con la espacialidad. El primero remite  a la emoción compartida que  fácilmente se transforma en una  identidad que fusiona.  El hombre es extraído de su soledad  y se reúne en entera comunión con el colectivo. Nuevamente, los valo- res dionisíacos se integran a los apolíneos; los individuos,  sin dejar  de ser unidades autónomas y distintas,  se congregan en un cuerpo común y colocan  entre paréntesis gran  parte de sus diferencias e intereses;  el espacio público, sin abando- nar  sus marcas  y formas,  se indiferencia y se transforma en una isotopía  colectiva.

El segundo ingrediente es que en estas festividades el pue- blo es el sujeto  y el objeto  del  espectáculo. En este punto, también hay una perfecta sintonía con una de las propieda- des esenciales  del espacio  público, el principio de “ver y ser visto”. En palabras  de Paquot (2003: 8): “una fiesta digna de ese nombre no tiene  espectadores, solo tiene  participantes”. Como  dijimos  en  otras  ocasiones,  esto se corresponde con la característica que  posibilita  el intercambio de posiciones sin cambiar  el estatuto de las personas; el espectáculo existe tanto  en aquellos que actúan (danzan, desfilan, realizan  dis- cursos, etc.) como en los que observan  (Gomes, 2001; 2002;

2005). Este es el modelo básico de los espacios públicos,  des- de los cafés en forma  de vitrina del siglo XIX hasta las con- temporáneas galerías de los shopping centers, sin olvidarse de las plazas, jardines  y calles.

La fiesta es siempre  una comunión en torno a un símbolo, promueve  una  escenificación y da  una  imagen  de  grande- za a la vida que  la eleva al nivel de  la historia,  pues  lidia con el orden de aquello  que es extraordinario. Pero una vez más, en  el momento de las fiestas, el espacio  público  de la indistinción ciudadana se transforma en el escenario de una

 

 

 

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narrativa ejemplar, ganando una  densidad singular.  Como los individuos,  los espacios públicos  ocupados por las fiestas pierden sus habituales usos, jerarquías, fronteras, etc., y pa- san a ser parte  de esta momentánea colectividad.

En  la fiesta,  la sociedad  civil se organiza;  hay en  el iti- nerario de la escenificación una  apelación a múltiples ele- mentos para  demostrar los sentidos  que se quieren obtener de aquella  reunión. El resultado debe  ser entendido como consensual, fuerte  y soberano. Así, cada  grupo de  interés intentará celebrar, muchas  veces de forma  bastante subrep- ticia,  esta  unanimidad,  asociándola a sus puntos  de  vista políticos  o ideológicos. De cierta  forma,  esta dinámica se opone en  apariencia a los trámites  fríos, distantes,  expre- sados  en  reglamentos escritos  que  se asocian  al gobierno o al Estado,  toda  vez que  ella celebra  una  voluntad que  es común y espontánea.

El desarrollo y consolidación de las modernas sociedades democráticas disminuirían, y mucho, la posibilidad de  las celebraciones de  carácter unánime, dado  que  son socieda- des que  se representan como  legítimamente fragmentadas. El nacionalismo, siempre  renaciente, parece ser uno  de los últimos  recursos  eficientes  en la fabricación de la moderna comunión consensual. Sin embargo, las sociedades contem- poráneas parecen desarrollar de forma más eficaz dinámicas de celebración por categorías:  partidos políticos,  grupos  de afinidad, simpatizantes, hinchadas, etc.,  las cuales  operan sus festividades a partir  de una  idea de oposición regulada, fruto de la construcción de una identidad dicotómica.

 

Las fiestas hoy: elementos para una reflexión

El espacio público  es uno de los principales componentes de  la sociedad  contemporánea. Este funciona, sobre  todo, como  el terreno de afirmación de las diferencias y, de cier- ta forma,  de su celebración. En lo cotidiano, estos espacios son, por lo tanto,  lugares  fundamentales en la construcción

 

 

 

 

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de  una  solidaridad entre entidades diversas, unidas  por  el vínculo contractual el respeto mutuo. Este es justamente nuestro principal interés  aquí: mostrar cómo, en determina- dos momentos, hay una  suspensión de esta condición para volver a promover  una  comunión entre individuos  que  se reencuentran en  una  fusión  emocional y no  en  la soledad y aislamiento de  una  conciencia ciudadana.7  Sin embargo, parece que  este mecanismo en  las sociedades contemporá- neas debe  ser suficientemente controlado, la emoción debe revestirse de los valores que animan la vida democrática, y el espacio público  cumple el papel de ser el lugar que recuerda y se asocia a esos valores.8

Así, vemos una  gran  voluntad de los poderes públicos  de promover eventos en espacios valorizados de la ciudad, inten- tando crear varios tipos de asociación. La primera asociación se refiere  a la normalización generada por el propio paisaje del espacio público; este espacio es durante la vigencia de las festividades, objeto de nuevas prácticas, donde se suspenden las frías reglas del contrato de ciudadanía constitucional y se permite el surgimiento de las reglas de las fiestas públicas. La otra asociación  se construye a partir  de la penetración de valores simbólicos  positivos, los cuales han  sido apropiados por  los lugares  y otorgados por  la propia festividad.  Como nos  enseña  Da Matta,  la fiesta –como  muchos  otros  ritua- les– teje asociaciones y uniones, pero  también separaciones y oposiciones; rediseñando, entonces, de forma  simbólica la vida social (Da Matta, 1979). Por último,  también es posible

 

 

7  Maffesoli (1991) sostiene que la fiesta es capaz de proporcionar   una creativa tensión contradictoria (contradictorielle)  que se opone a una pura argumentación racional. Por ello, la disminución de los actos de los festejos es, según el autor, proporcional al aumento del individualismo en las sociedades modernas.

8   En sus últimos trabajos la historiadora Arlette Farge se ha dedicado a demostrar que la emoción puede ser una forma de manifestación política. Ella sostiene que así ha sido, por lo menos, en el caso de la Francia del siglo XVIII, donde los canales de expresión política eran bastante limitados y dejaban poco espacio para el disenso racional, claro y regulado (Farge, 2007).

 

 

 

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encontrar en  estas festividades  los valores  que  celebran la espontaneidad  y la creatividad  popular; el espectáculo del pueblo para  el pueblo, sin que  eso se transforme en oposi- ción  al poder institucionalizado del gobierno o del Estado. Por el contrario, en este caso, las festividades  lo reafirman. Se trata pues de una especie de captura sutilmente construi- da por un juego de simples asociaciones.

Todo esto, sin embargo, parece casi obvio para los urbanis- tas e investigadores que trabajan en la estructura del Estado. En tal sentido, Jean-Pierre Charbonneau (2003) sostiene:

 

El abordaje es político (...) la fiesta, la manifestación, forman parte  de  la vida de  una  democracia y deben poder encon- trar un terreno para su ejercicio (...) ese abordaje consiste en darles  un  lugar  pero  conservando un  espíritu de confianza atenta, sin inocencia (por ejemplo, la seguridad debe  ser un servicio público  y debe  ser provisto por  la colectividad) (...) La fiesta en la ciudad  es una  especie  de metáfora de la vida en  sociedad, donde la libertad individual  y la responsabili- dad  pública  están  siempre  en  negociación: es preciso  com- binar  creatividad y seguridad, espontaneidad y negociación, regulaciones y transgresión de las reglas, etc.

 

Desde  el proceso de  apertura política  de  la década  de

1980, percibimos en Brasil una fuerte  tendencia a organizar grandes mitines  electorales que, cada vez más, se aproxima- ban a un evento festivo. Artistas y políticos se confundían en el escenario de grandes concentraciones, dando origen a una forma  propia de  organización denominada el “showmício”.9

Recientemente este tipo de evento fue prohibido por la justi- cia electoral; a pesar de ello, este evento demuestra de forma clara el juego  de asociaciones que  se hacía  entre la razón  y

 

 

 

9  Término construido combinando las palabras show y comício (mitin) (N. de la T.).

 

 

 

 

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la emoción, entre la adhesión a los principios y la adhesión emocional, entre los valores apolíneos y los valores dionisía- cos, entre el civismo y la fiesta, entre lo individual  y lo colec- tivo, entre el espacio de participación pública y el espacio del espectador, entre el maná y el civismo. Como  resultado, las personas quedan satisfechas y felices; la diversión  y el placer se justifican  en la necesidad de manifestar la participación política.  El pueblo gana  las calles, se expresa,  se divierte: “el pueblo unido jamás será vencido”.  Así, algunos  espacios ganan  un nuevo  estatuto dentro de la ciudad:  lugares  de la diversión  y de la manifestación política.

A fin de capturar los sentidos  arriba  mencionados, fo- calizamos  nuestra atención en  la ciudad  de Río de Janeiro donde varios espacios  han  sido elegidos  y ocupados, en di- versos momentos y por  varios movimientos políticos,  como núcleos  espaciales de las pretendidas narrativas,  originando una verdadera peregrinación hacia cada uno de ellos. Luga- res como Central de Brasil, avenida Río Branco,  Cinelândia, Candelária, playa de Copacabana, playa de Ipanema, playa de  Botafogo,  Laguna  Rodrigo  de  Freitas,  entre otros,  han sido  espacios  ocupados por  diversas  manifestaciones polí- tico-festivas. Creemos  que  cada  una  de estas localizaciones fue elegida con el objetivo de sumar sentidos  a las narrativas de las manifestaciones festivas y cumplir así con las finalida- des de sus organizadores.

Como   dijimos   anteriormente, entre  los  criterios   para la elección  del  espacio  público  donde se desarrollará una manifestación, se encuentran, sin duda,  el lugar  de  la ciu- dad  donde se emplaza,  el tipo  de visitantes que  recibe,  las acciones  y comportamientos que  en  él se realizan  y, final- mente, las imágenes simbólicas  que  se le asocian  y que  lo particularizan. Muchas veces, en la estructura de las fiestas hay una disociación entre el lugar o los lugares de su produc- ción  respecto del lugar  de su realización, dando cuenta así de una compleja relación entre puntos jerarquizados en esta

 

 

 

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Geografía  del festejo. Por ello, consideramos que para  estos movimientos es fundamental la selección del lugar donde ha de  realizarse  el evento.  En toda  escenificación, la elección del espacio  es el ingrediente básico que  se relaciona con el sentido que  se pretende alcanzar  o conquistar. A modo  de ejemplo, uno  de  los partidos políticos  que  durante buena parte  de la década  de 1980 tuvo una  fuerte  presencia en la política carioca intentó fijar un dominio y, al mismo tiempo, mantener una  constante presencia física en  el espacio  que era en aquella  época reconocido como el principal lugar pú- blico de manifestación política,  es decir la plaza Cinêlandia, “Brizolândia”.10

Entonces, si por  un lado las manifestaciones políticas  in- tentan asociarse a espacios que generan formas positivas de festividades, por otro, los poderes públicos también intentan ligarse a los espacios donde se realizan  las festividades en la ciudad.  Así, los espacios de placer valorizados y frecuentados son ahora  objeto de inversión del poder público. De esta ma- nera,  este se perfila como una fuerza activa que se mantiene y se asocia a las fuerzas de la sociedad  civil. Actualmente, es común que  en  las grandes ciudades los gobiernos organi- cen  festejos y eventos  en los sitios donde las personas ya se reúnen, revalorizando de este modo  su propia acción  plani- ficadora  y transformadora: “La fiesta tiene  la necesidad de lugares  para  existir. Debe considerársela como una  función de la ciudad  y debe  hacerse  lo posible  para  que exista, caso contrario, su organización es una  tarea  que  la colectividad debe  asumir” (Charbonneau, 2003).

En  tal sentido, en  la ciudad  de  R ío de  Janeiro  obser- vamos una  gran  concentración de activ idades  en los mis - mos  sitios,  situación   que  podríamos  caracterizar como

 

 

10 Brizolândia alude al político Leonel Brizola, figura con gran presencia en la política brasileña y carioca por más de cincuenta años. Brizola fue dos veces gobernador  de Río de Janeiro y dos veces candidato a presidente por el Partido Democrático Trabalhista (PDT) (N. de la T.)

 

 

 

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uso abusivo de ciertas áreas. Por ejemplo, la playa de Co - pacabana es objeto  de innumerables eventos organizados por  el poder público, siendo  a su vez un  espacio  público ya intensamente v isitado  en  días normales por  la propia población de  la ciudad.   Si comparamos R ío  de  Janeiro con París, vemos que  también allí el poder público  busca legitimarse mediante la realización de eventos  y celebra- ciones  asociados  a imágenes y a valores  de  ciertos  espa- cios públicos,  pero  estos no son organizados de forma tan concentrada ni tan  parasitaria como  en  Brasil. Entre  las diversas manifestaciones festivas, se encuentran los con- ciertos  y el cine  al aire  libre,  París-Playa,  la Fiesta de  la Música, el circuito  de rollers, París Puertas  Abiertas, etc.

Para  finalizar,  queremos destacar  que  este trabajo  es de carácter exploratorio. De hecho, recién  comenzamos nues- tra investigación y, por eso, partimos de observaciones gene- rales. Pretendemos, sin embargo, desentrañar próximamen- te el tema a partir  de los estudios de casos mencionados. Asimismo, tenemos la certeza  de que la exploración e inves- tigación  de la dimensión de las fiestas en los espacios públi- cos pueden aportar, de forma  original,  a la comprensión de ciertas dinámicas en curso en las ciudades contemporáneas. Además, pueden contribuir, desde una perspectiva geográfi- ca, a dar cuenta del vínculo fundamental entre la política  y la cultura urbana.

Por último,  este trabajo  pretende ser nuestro modesto homenaje a Jean Duvignaud, fallecido  en 2007. Se trata  de uno  de  los últimos  grandes intelectuales de  una  brillante generación, quien  dejó  un  voluminoso y rico legado,  pero aún  poco  explorado. Duvignaud, que  tanto  admiraba Bra- sil y sus intelectuales, consideraba que sus mejores  inspira- ciones provenían de sus viajes por dicho  país, en el cual to- davía hoy es poco conocido. Sin pretender de forma alguna realizar  una reparación a esta injusticia, este trabajo  es tan solo un testimonio de nuestra gran  admiración.

 

 

 

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Parte C

Perspectivas teóricas y desafíos temáticos

 

 

 

 

 

 

 

Revisitar la concepción de lo social para una

Geografía constructivista

 

Alicia Lindón 1

 

Soy totalmente indiferente a los límites disciplinarios de la Geografía, pero estoy totalmente preocupado por la Geografía como una condición ontológica, como una realidad ineludible existencialmente. Cada uno tiene un cuerpo, nadie puede evitar su cuerpo, y por consiguiente toda la

actividad humana –cada forma de práctica individual y colectiva– es una práctica situada y así geográfica.

Allan Pred

 

 

Iniciamos  con  una  reflexión detonante de  gran  alcance en la disciplina,  que  no deja de constituir una  provocación constructiva, como  es aquella  pista fecunda que  fuera  lan- zada tempranamente dentro del pensamiento geográfico francófono por una geógrafa,  Renée Rochefort.2 En los años sesenta esta geógrafa  planteó, desde una postura sino de ruptura al menos  muy innovadora para  la época,  la célebre frase –con la cual iniciaba la Geografía  Social– según la cual “la Geografía  Social comienza con la inversión  del orden de los factores [entre el espacio y la sociedad], una inversión del interés”  (Rochefort, 1963: 20). Dicho de otra forma,  sus pa- labras constituían un alegato  a favor de una  Geografía  que le diera mayor peso a lo social frente a las posturas más espa- cialistas y, no pocas veces, casi deterministas del espacio  de

 

 

 

1   Universidad Autónoma Metropolitana, Campus Iztapalapa (Ciudad de México).

2  Si bien Renée Rochefort desarrolló ideas innovadoras y es una de las pioneras de la Geografía Social, es innegable que no ha alcanzado a ser lo suficientemente valorizada en el contexto de la Geografía fran- cófona, cuyas grandes voces reconocidas –al menos, hasta tiempos más o menos recientes– han sido las de los “geógrafos” (de género masculino), y más allá de las fronteras del pensamiento geográfico francófono, hasta ahora es literalmente muy poco conocida.

 

 

 

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cara a lo social, o al menos  aquellas  que relegaban lo social a un  segundo plano  para  enfatizar  el espacio  aun  cuando fuera entendido en sentido amplio, es decir, como modelado del ser humano y con todas sus declinaciones (región, lugar, territorio, etc.). Desde  la perspectiva del discurso  geográfi- co, una  invitación  a prestar  más atención a lo social para comprender el espacio  sin duda  era  una  innovación.  Una forma  de  sopesar  esta  innovación  es recordar que,  en  ese momento, aun  resonaban con  fuerza  en la Geografía  fran- cófona  las palabras  de Vidal de la Blache: “la Geografía  es la ciencia de los lugares  y no de los hombres”. Pero también diversas posturas posteriores a la vidaliana –francófonas y de otras  tradiciones– han  asumido que  la Geografía  es, antes que nada,  la ciencia del espacio.

Nuestro énfasis en este alegato por lo social no desconoce ni resta el valor de muchas otras voces –usualmente posterio- res– de la Geografía  francófona y también de la anglosajo- na, que  han  hecho señalamientos con  este mismo  horizon- te, incluso  más refinados. Por  ejemplo, la propuesta de “la dimensión espacial  de lo social” (Lévy, 1994; Séchet,  1998; Ripoll, 2006; Veschambre, 2006). Sin embargo, nos interesa destacar  la voz de Renée  Rochefort por  su carácter tempra- no y desafiante.

En los años siguientes  al planteamiento de Renée  Roche- fort,  si bien  la Geografía  se interesó crecientemente por  lo social –por ejemplo en las desigualdades sociales analizadas espacialmente, la división del trabajo  también espacializada, entre muchos  otros  temas notoriamente sociales y de sensi- bilidad social–, es relevante notar que no profundizó lo sufi- ciente  en las concepciones posibles de lo social. Antes bien, lo social se integró en la Geografía  a partir  de problemáticas sociales. De esta forma,  la concepción de lo social se remi- tió sin mucha discusión  a la idea de estructura social, otras veces a la de estratificación social, o simplemente a la consa- bida  de población, en todas  sus declinaciones... En sentido

 

 

 

 

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más estricto,  para  la Geografía  de los años  sesenta  y seten- ta el avance  teórico  más relevante sobre  lo social fue el de transmutar el concepto universal  de hombre o ser humano en el de estructura social, lo que implicaba reconocer que si bien todos somos seres humanos, estamos insertos en estruc- turas sociales que  implican distintas  posiciones y diferentes abanicos de oportunidades, con consecuencias encadenadas en todos los aspectos de la vida. Fue un avance con respecto a la concepción universal  de ser humano, aunque al mismo tiempo no dejó de ser insuficiente por su sesgo estructural.

En este horizonte, los avances en  la teoría  geográfica  fi- nalmente se dieron en torno a las diversas concepciones del espacio  y no  así con  relación a lo social. Este devenir  pue- de considerarse paradójico desde  aquellas  voces tempranas

–como  la citada–  que  advertían  sobre  la centralidad de  lo social. Aunque, desde la más fuerte  tradición geográfica  (“la Geografía  como ciencia de los lugares”) lo esperado era pre- cisamente que  se profundizara en el concepto de espacio  y espacio  geográfico, mientras que  lo social se tomara de  la Sociología,  o más aun  de cierta  Sociología  más legitimada, sin profundizar demasiado. Indudablemente,  esta posición frente a la concepción de lo social dejó abiertos  canales por los que penetraron algunos sesgos, que terminarían afectan- do las concepciones sobre el espacio. En cierta forma,  nues- tra  interpretación de  este  devenir  sugiere  que,  a pesar  de estas ideas pioneras acerca de la importancia de lo social, el sesgo espacial favoreció un desarrollo teórico desequilibrado entre los avances más fuertes  sobre el concepto de espacio y los más débiles respecto de la concepción de sociedad.

A sí,  se  hicieron  esfuerzos   teóricos   muy  importantes para  ir más allá de la tradicional concepción del espacio como región natural o región con un fuerte  peso natural, pero  también por superar la concepción del espacio como localización  o lo que se conoce  como la concepción del espacio  en  términos relativos,  que  siempre  lleva consigo

 

 

 

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un  considerable trasfondo geométrico (Bailly  y Beguin,

2000). En este camino  también se fue desarrollando la perspectiva del espacio  en  tanto  producto social, con  un notorio énfasis en lo material, no como realidad físico -na- tural,  sino como  una  producción histórica.  Otra  línea  de avance  teórico  en  torno a la concepción del espacio  muy diferente fue  la que  planteó expresamente las perspecti- vas del espacio  percibido, vivido, experimentado. A simis- mo, cabe destacar  el surgimiento posterior de las concep - ciones  que  buscan  una  articulación entre lo material y lo inmaterial, y que usualmente se identifican con el espacio socialmente construido (Di Méo,  1991 y 2000 ; Di Méo  y Buléon,  2005; Lussault, 2007; Gumuchian et al ., 2003).

Estas últimas concepciones del espacio –por su interés  en lo inmaterial que reside en las personas, y que permite cons- truirlo social y simbólicamente– vienen  a articularse con el giro  reciente de  la Geografía  Humana hacia  lo cultural y en alguna  forma  pueden recuperar aquel  sentido profundo contenido en  las palabras  citadas  de  Renée  Rochefort. Ac- tualmente, ya no es suficiente  con reconocer la importancia de lo social. Se necesita  una  fortaleza  teórica  respecto a lo social que  permita evitar el camino  de los reduccionismos, como  suele ocurrir, por  ejemplo, con  los conocidos y soco- rridos  agregados de  población. Asimismo,  tomando como punto de partida la frase pionera de Rochefort, actualmen- te podríamos observar  que  al invertir  el orden de  los fac- tores  y poner primero lo social, esto  también trae  consigo lo cultural. Sin embargo, una  vez más, no es suficiente  con reconocerlo, también se debe reflexionar respecto a las posi- bles formas de concebirlo, sobre todo  por las tendencias tan instauradas –dentro y fuera  de  la Geografía–  a reducir lo cultural a su expresión material.

En esta perspectiva, el actual  giro cultural en la Geogra- fía Humana trae consigo la posibilidad de realizar  una nue- va inversión del orden de los factores dentro del campo de lo

 

 

 

 

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Alicia Lindón

 

 

 

 

 

social y lo cultural:  una de las formas de concebir esta inver- sión es a la manera de un tránsito de la concepción de lo so- cial como  un agregado (tal el caso de la población, aunque no  exclusivamente) hacia  concepciones de lo social en  tér- minos  de sujetos  sociales entendidos como  agentes  activos, capaces  de  transformar la sociedad, aunque  también con constricciones sociales. Y respecto de lo cultural, la inversión del orden de los factores  puede implicar,  entre otras opcio- nes, por un lado pasar de la regencia de la cultura material a la inclusión de lo inmaterial junto  a lo material, todo  desde el punto de vista del sujeto que, en su actuar,  articula  lo ma- terial y lo inmaterial. Y por  otro  lado, esto permite evitar la salida frecuente de reducir lo cultural a una estructura, para darle centralidad al actor creativo aunque, al mismo tiempo, condicionado y limitado. Por  ello el desafío  actual  de  rea- lizar una  nueva  inversión  del  orden de  los factores  dentro de lo social y cultural para la Geografía, pasa por compren- derlos  como  una  construcción social que  se recrea  en cada instante de manera consensuada entre diferentes actores y al mismo tiempo en conflicto  entre otros.

Con este contexto, las reflexiones que planteamos en este texto  se organizan en tres apartados:3  en el primero revisa- mos muy someramente algunos  de los avances teóricos  más recientes de la Geografía  en torno a la concepción de espa- cio. En la segunda parte,  penetramos en algunos de los cami- nos que  parecen más fructíferos sobre  la forma  de concebir lo social para  una  Geografía  que  gira hacia  lo cultural y el sujeto.  En realidad, el primero de  estos apartados –la revi- sión de las concepciones sobre el espacio– no es la tarea más profunda de este texto, ya que solo la planteamos como clave de entrada al segundo apartado, lo que constituye  el núcleo del trabajo.  Por último, esbozamos algunas de las alternativas

 

 

 

3   Recurrimos a la relación “texto-contexto” en el sentido hermenéutico.

 

 

 

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geográficas  constructivistas que articulan las revisiones de lo social y lo espacial en el sentido del giro cultural.

 

Los replanteamientos en la concepción espacial

Una  lectura  rápida  sobre  el devenir  de las concepciones del espacio  podría asumir  que  esta es una  tarea  propia de la Geografía  y a realizarse  puertas adentro. Sin embargo, el giro cultural hacia  el constructivismo –entre otras  cuestio- nes–  permite retroalimentar esta revisión  del  concepto de espacio  con los avances sobre  el tema  que  se han  realizado en las otras  Ciencias  Sociales (Lindón y Hiernaux, 2010; Chivallon, 2000).

La teorización acerca  del espacio  producida por  la Geo- grafía,  en  parte  resulta  de  perspectivas  que  más o menos asumen a la Geografía  como  ciencia  del espacio,  y en parte resulta  de otras  concepciones que  son más cercanas  a este alegato  por  invertir  el orden de los factores.  Dicho  de otra forma,  unas teorizaciones geográficas  sobre  el espacio  deri- van de darle  cierta  centralidad al espacio  –como  por  ejem- plo, las que plantea Roger Brunet (1986)– y otras, de darle más fuerza a lo social, o al sujeto y a la acción con su capaci- dad para hacer  y rehacer el espacio (Gumuchian et al., 2003:

28; Séchet,  Garat  y Zeneidi,  2008: 8). Las primeras tienen una  historia  más extensa  en  la disciplina  y sus elaboracio- nes han  sido las más difundidas. No podemos plantearnos como  meta  concreta en estas páginas,  encarar esta revisión

–en sus dos vertientes–  a fondo.  Solo nos interesa revisar de esas concepciones lo que alimenta y se articula  con una revi- sión geográfica  de la concepción de lo social armónica con el giro cultural.

Entre  las primeras propuestas (las que le dan centralidad al espacio sobre lo social), y pensando el tema desde América Latina, es importante reconocer el papel clave que ha tenido en  este devenir  el pensamiento de Milton  Santos.  En estas perspectivas,  y de manera específica en el caso de Santos, un

 

 

 

 

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sesgo que se ha presentado –o solo se ha esbozado–  es el de entender el espacio como “cosa”. Seguramente este matiz no es independiente de  la “pesadez  de  las formas  espaciales”, como dijera Lacarrieu (2007) con relación a los estudios  ur- banos en particular. El sesgo por lo material tal vez encubre la vieja centralidad que  tienen las formas  materiales en  la Geografía  Física y que se filtró hacia la Geografía  Humana, aunque a lo largo  del  siglo XX esa materialidad física fue elaborada en el pensamiento geográfico en términos de for- mas materiales construidas por  el ser humano. Este “sesgo materialista” (Lussault,  2007: 70) ha sido un lastre que,  en- tre otras cuestiones, ha dificultado el posicionamiento de la Geografía  en el concierto de las Ciencias Sociales.

En otras ocasiones hemos mencionado –sin detenernos demasiado en  el asunto,  como  pretendemos  hacer  en  este momento– este interés  o tendencia reiterada en la Geogra- fía, por concebir al espacio como cosa. Esto ha sido observa- do por  diversos autores recientemente, a veces identificado como una tendencia materialista (Lussault,  2007). Conside- ramos que esta cuestión amerita ser revisada y reflexionada con detenimiento por parte  de aquella Geografía  actual que se involucra  de  lleno  en  su propia revisión  a través de  los conocidos giros. En este sentido nos interesa destacar  una expresión relevante de esta desafortunada –a nuestro modo de ver– concepción reificadora que  acompaña el desarrollo de  la disciplina,  que  se puede observar,  entre otros  casos, nada  menos  que  en  la obra  de uno  de los pensadores más lúcidos  de la Geografía  contemporánea, como  ha sido Mil- ton Santos.

Este geógrafo latinoamericano se empeñó en  construir una  Geografía  al mismo  nivel que  las otras  Ciencias  Socia- les. Una  Geografía  que  fuera  capaz  de  dialogar  con  esos otros  campos  del  saber  cercanos, es decir  una  ciencia  que diera  una  reflexión teórica  intensa  acerca  del espacio  como objeto de estudio  de la disciplina,  dejando atrás aquella vieja

 

 

 

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Geografía  apegada a la descripción y carente de teoría.  Sin embargo, al mismo tiempo no dudó  en defender la tesis del espacio  como  un  hecho social, incluso  haciendo referencia explícita  a Émile Durkheim. Al respecto, cabe recordar que en  su conocida obra  Las reglas del método  sociológico (1994), cuya primera edición es de 1895,4  el sociólogo  francés  plan- teó  su célebre  primera regla  acerca  de los hechos  sociales, que  deben ser  tratados como  cosas.  El propio Durkheim tuvo que  escribir  un  prefacio  a la segunda edición del mis- mo libro, algunos  años después,  reconociendo que esta idea de tratar  los hechos  sociales como cosas había promovido “varias controversias”, y aclarar  en  esa ocasión  qué  sentido le otorgaba al tratamiento de los objetos  de la ciencia como cosas: Durkheim concebía a los hechos  sociales con existen- cia anterior al individuo, y por eso los veía como externos al individuo y como mecanismos de coerción.

Más allá de cuánto pudo  el propio Durkheim y sus segui- dores  justificar un asunto  tan ríspido,  lo cierto  es que desde la Sociología  de fines del siglo XIX hasta la contemporánea, se han escrito innumerables críticas a esta idea de Durkheim, y algunos  pocos intentos de defensa  de aquella  posición  tan controversial. Reconstruir las críticas  al concepto de hecho social de Durkheim ameritaría la escritura de un nuevo libro, porque en esencia  ha sido una  de las ideas más revisadas –y descalificadas–  del pensamiento social desde  fines del siglo XIX a la actualidad. Incluso,  no  se debería olvidar  que  en

1967, uno de los teóricos sociales contemporáneos más desta- cados y reconocidos a nivel internacional, como  es Anthony Giddens, parafraseó el viejo título  del libro de Durkheim en

 

 

 

4   Recordemos la fascinación del joven Durkheim por el método científico, que indudablemente en ese momento generaba gran interés en muchos célebres pensadores. Aunque también se puede  recordar que Henry Bergson fue parte de la misma generación intelectual de Durkheim (incluso en la Escuela Normal Superior de París), y lejos de sentirse atraído por estas ideas, fue quien  en ese tiempo dio la batalla más dura contra el racionalismo.

 

 

 

 

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su libro  Las nuevas  reglas del método  sociológico, en  donde lo “nuevo” (anunciado en el título) radica  en partir  de la idea inversa a la de Durkheim en las (viejas) Reglas..., como  es la centralidad de la acción.  Entre  muchas  otras observaciones, en ese texto,  Giddens  plantea –con una  sólida y fundamen- tada  argumentación– que  el funcionalismo de Durkheim y Parsons  (este  último  fue  el continuador del  funcionalismo durkheimniano, pero  americanizado) “resulta defectuoso” (Giddens, 1993: 22) o que  “en el marco  de referencia de la acción  de  Parsons,  no  hay acción”  (Giddens, 1993: 18). La ausencia  de la acción  en el esquema teórico  necesariamente implica la ausencia  del actor y/o del sujeto.

Posiblemente para  buena parte  de la Geografía  contem- poránea esta discusión  en torno a los hechos  sociales de Durkheim y la crítica  que  desarrolla Giddens  a las (viejas) Reglas en sus Nuevas reglas, pueda carecer  de interés.  No fal- tarán  los geógrafos  que no reconozcan algún  valor geográ- fico en este debate por tratarse de una discusión puramente sociológica. Sin embargo, podría no resultar tan tangencial a la Geografía  actual, si consideramos que esta ha recupera- do esas ideas sobre los hechos  sociales, tan descalificadas  en la disciplina  que  les dio origen, la Sociología.  Por ello nos resulta muy significativo que a fines del siglo XX, una de las Geografías  más reconocidas por  sus aspiraciones teóricas, como la santosiana, al realizar su gran propuesta teórica  so- bre  el concepto de espacio,5 retome este punto de partida. Dicho sea de paso, Santos se confronta con la Geografía  de la acción  (que podría resultar afín a la perspectiva gidden- siana  de las Nuevas reglas). En particular, Santos  despliega sus críticas sobre  la versión de la Geografía  de la acción  de Benno  Werlen  (Santos, 2000: 71-74). Así resulta  significati- vo que a fines del siglo XX, la Geografía  santosiana regresa

 

 

5  Cabe tener en cuenta que Milton Santos buscaba construir una teoría geográfica al nivel de la teoría social

más reconocida.

 

 

 

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sobre  las viejas y criticadas  ideas de Durkheim, ya que  aun en La naturaleza del espacio,6  Milton Santos destacó  enfáti- camente el pensamiento  durkheimniano sobre  los hechos sociales, cuestión que ya había  planteado dos décadas  antes en Por una nueva Geografía (1990).7

La perspectiva del espacio  como  un  producto social, de- fendida por  el mismo  Milton  Santos,  articula  con  esta idea del  hecho social de  raíces  durkheimnianas, porque en  úl- tima instancia  es una concepción del espacio en términos materiales, aun cuando se trate  de una materialidad produ- cida  históricamente. Finalmente, esto  nos  hace  regresar a la observación reciente de Michel  Lussault  (2007) sobre  la tendencia materialista que  acompaña a la Geografía  y que termina siendo  su propio límite.

En la búsqueda de miradas  más amplias con las cuales contrastar esta defensa  geográfica  santosiana de los hechos sociales  durkheimnianos,  resulta  pertinente citar  las pala- bras  de  Daniel  Cefaï (2007: 5), quien  al realizar  una  sem- blanza  de  Isaac  Joseph,  muestra que  entre los méritos  de este autor  estuvo el de haber “contribuido a la exhumación de Tarde  y Simmel,  autores malditos  de la sociología  fran- cesa, erigidos en antídotos de Durkheim”.8 De esta forma, destacamos el hecho de que  en  el pensamiento social con- temporáneo –incluso,  con fuerte  interés  en el espacio como es el de Joseph–  se han  realizado importantes aportes que toman como  punto de partida la crítica  a Durkheim, parti- cularmente al joven Durkheim que  escribiera las Reglas del método y que un siglo después  sirviera de inspiración a Milton

 

 

 

6  Cuya primera edición en portugués es de 1996. La segunda, en el mismo idioma, es de 1997. La versión en español es de 2000.

7  La primera edición en portugués es de 1978.

8  Esta exhumación metafórica de Gabriel Tarde y Georg Simmel, como antídotos de Émile Durkheim, la realiza Isaac Joseph desde 1984, cuando publica Le passant considérable, obra que en 1988 se publicara en español (por Gedisa) bajo el titulo de El transeúnte y el espacio urbano  (Joseph, 1988). Esto muestra contemporaneidad con Milton Santos, aunque el geógrafo eligiera el camino durkheimniano tan criticado.

 

 

 

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Santos.  En suma,  este posicionamiento de  Santos  –uno  de los principales geógrafos contemporáneos– es significativo con relación a nuestra hipótesis  acerca del débil tratamiento de lo social que ha caracterizado a la teoría  geográfica.

Como resultado de los límites que han  traído consigo  las concepciones  materialistas del  espacio,  el giro  de  la Geo- grafía Humana actual  no solo se ha embarcado en la tarea de reconstruir el edificio  teórico  en torno al espacio  (Lévy,

1999), sino que lo ha hecho con un interés  expreso en evitar las reificaciones del espacio, sin por ello negar  la componen- te material que forma parte  de él. Y para evitar la reificación del espacio,  consideramos que  las apuestas  teóricas  realiza- das por las Geografías  que le dan centralidad a lo social (lo que al inicio de este apartado denotamos como una segunda línea geográfica, en cuanto a la conceptualización del espa- cio) pueden resultar de máximo  interés.

Así es que,  por  cauces  diferentes a estas tendencias ma- terialistas,  la propia Geografía  ha producido en las últimas tres décadas  otras concepciones del espacio y de la espaciali- dad que han  realizado un lento  deslizamiento desde  la con- cepción del espacio como un producto social,9  hacia con- cepciones como  la del espacio  vivido, experimentado y más recientemente, construido socialmente. En todos  los casos, detrás de este deslizamiento ha estado (y sigue estando) pre- sente la preocupación que Godelier (1989) planteara tan lú- cidamente: “la realidad no solo es lo material, sino también lo ideal que está intrínsecamente unido a lo material”.

Dentro de estas perspectivas  geográficas  interesadas por lo “ideal” que  es parte  de la realidad geográfica, se halla la vertiente que ha trabajado arduamente en torno al concepto de espacio  entendido como  vivencia, como  representación,

 

 

 

9  Asimismo se puede considerar que las representaciones del espacio legitimadas (la cartografía) se fun- dan en la visión a vuelo de pájaro, que en última instancia es una visión del espacio desde “afuera”.

 

 

 

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como experiencia, como lugar y construcción social. En este camino  y dentro del pensamiento francófono se puede des- tacar la voz temprana de Antoine  Bailly, quien  ha afirmado que la reflexión filosófica acerca del papel de lo imaginario y lo simbólico que se integra en nuestras prácticas es necesaria (Bailly, 1989). También se destaca la voz de Armand Frémont (Frémont, 1999; Frémont et al., 1984) en el mismo  sentido. En  el caso de  Bailly, cabe  recordar su advertencia  respec- to a que este es el camino  para que la Geografía  vuelva a encontrar la condición humana que perdió cuando decidió seguir  las pistas de la geometría, camufladas bajo el manto de lo locacional. Esta perspectiva –el espacio como expe- riencia  o vivencia– lleva consigo  dificultades metodológicas ampliadas porque su estudio  requiere la perspectiva del su- jeto que lo experimenta: no es posible verlo desde afuera del sujeto (Lindón, 2008). En este sentido, algunas voces fuertes de la Geografía  más actual han señalado claramente esta cuestión:  “La Geografía  no  se puede contentar con  tomar en cuenta a los grupos  sociales, también debe  anclarse  en el sujeto,  el individuo, la persona, el actor”  (Di Méo y Buléon

2005: 39). En estos términos resulta  básico  reconocer que el espacio  no puede ser reducido ni a una  localización  (“el dónde” en su versión  más pura), ni tampoco a la obra  o el producto material de  una  sociedad  o de  un  grupo social, producto que siempre  sería observable  y medible.

La concepción del  espacio  como  experiencia que  fue- ra cultivada  dentro del pensamiento anglosajón desde  los años  setenta  por  voces tan  destacadas como  las de  Y i-Fu Tuan  y Anne  Buttimer (Tuan 1977; Buttimer y Seamon,

1980) resulta  innegablemente relevante  y ajustada  al ac- tual momento histórico caracterizado, para  la Geografía, por  la presencia del  giro  cultural;   y para  casi todas  las otras  disciplinas,  por  el tránsito hacia  posturas más sub - jetivistas. No obstante, no  se puede olvidar  que  casi toda la Geografía  como  disciplina  ha sido construida como  un

 

 

 

 

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cuerpo de  conocimiento desde  enfoques  materialistas y externos al sujeto -habitante. Este tipo de perspectivas  han sido identificadas como miradas “exocéntricas” (Hiernaux y Lindón 2004). A sí, al replantear la concepción espacial hacia  lo experiencial se estaría  dando en la disciplina  un deslizamiento desde las visiones exocéntricas a otras “ego - céntricas”,  que  parten del  punto de  vista del  sujeto,  o al menos  lo asumen como meta; dicho con las palabras  de Bernard Debarbieux (1997a): “esto implicaría ir más allá de las puertas de los mundos interiores frente a las cuales nos hemos  detenido por largo tiempo”.  Una circunstancia de este tipo –una perspectiva discordante con la tradición más fuerte en la disciplina– implica un desafío de con- siderable magnitud porque tiene  implicaciones encade- nadas desde los niveles teóricos hasta los metodológicos (Lindón, 2008), e incluso,  en lo técnico.

Como  parte  de esta segunda concepción del espacio  en términos de experiencia espacial  y también como  vivencia, el camino  específico  del  “lugar  como  construcción social” persigue una postura media  que aspira a no dejar de lado la materialidad del espacio en aras de una concepción exclusi- vamente  idealista o subjetivista, pero tampoco olvida todo lo no material con lo cual los sujetos le dan  sentido al espacio materialmente dado,  ya que construirlo socialmente implica hacerlo materialmente y también dotarlo de sentido y apro- piarlo.  Esto último  es lo que Claude  Raffestin ha denomina- do la “semiotización del espacio”,  es decir  la incorporación de un conjunto de signos culturales que caracterizan a una sociedad  en el espacio material –y que este autor  denomina “semiósfera”–  (Raffestin, 1986). Muchos  otros  autores han penetrado analíticamente en distintas  esferas de lo no  ma- terial que acompaña a lo material. Un ejemplo que reciente- mente viene tomando creciente interés  de cierta  Geografía Urbana es lo que ha dado  en denominarse “imaginarios ur- banos” (Hiernaux, 2007).

 

 

 

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Este tipo de visiones que buscan  integrar lo material y lo no material, no pretenden ubicarse  en puntos medios  en el sentido literal  de la expresión, sino en una  articulación de ambas dimensiones que genera una tercera dimensión. Para el geógrafo, observar  el mundo (y  sus fragmentos) desde esta articulación material-ideal supone colocarse  en  un  lu- gar diferente al de la observación de lo material o lo exclusi- vamente  ideal. Esta articulación no es ni la sumatoria de lo material y lo no material, ni lo intermedio entre ambos.  El constructivismo geográfico busca  la comprensión del espa- cio a partir  de la articulación profunda de las dimensiones materiales y no materiales, desde la experiencia espacial del sujeto  (Lindón 2007a; Lindón 2007b). En suma,  el estudio de la espacialidad desde  las Geografías  que  giran  hacia  lo cultural encuentra en el constructivismo –como perspectiva filosófica– una  ventana  fecunda ya que  integra lo no mate- rial con lo material, evitando  de esta forma  el largo camino reificacionista que ha prevalecido en la disciplina  por  largo tiempo. Así, uno  de los presupuestos centrales de esta pers- pectiva  señala  que  todo  aquello  que  conocemos y creemos resulta  del lenguaje con el que  entendemos y transmitimos nuestras percepciones del mundo. La revisión geográfica  de ese presupuesto nos permite plantear que la labor constante de  las personas de  hacer  el territorio, así como  el conoci- miento espacial de sentido común que utilizan en ese hacer, están  configurados por  el lenguaje con  el que  entendemos y transmitimos nuestras percepciones espaciales,  nuestro sentir  sobre  los lugares,  nuestra  imaginación espacial.  Por ello, estas concepciones constructivistas del espacio se cons- tituyen  en un camino  fecundo para una Geografía  que gira hacia lo cultural.

 

Sobre las concepciones de lo social de la Geografía

Si las concepciones del espacio que sortean los sesgos ma- terialistas  son esenciales  para  una  Geografía  que gira hacia

 

 

 

 

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lo cultural, no  es menos  necesaria la revisión  de  lo social en  un  camino  acorde a lo anterior. La tarea  geográfica  de revisitar las concepciones de lo social y, en particular desde la perspectiva  del  sujeto,  requiere de  la Geografía  una  in- mersión profunda en la teoría  social, cuestión que desde los años ochenta han empezado a plantear diferentes voces geo- gráficas (Pred, 1981; Thrift  y Pred,  1981). Sin embargo, aun así, para los geógrafos  anónimos esta tarea sigue siendo algo ajeno, una tarea que no genera interés  y, sobre todo,  una ac- tividad difícil de alcanzar  por el contacto apenas  tangencial de los geógrafos  con la teoría  social.

La Geografía  siempre  tuvo consigo la dimensión humana, pero no así la social. El sentido de la condición humana tem- pranamente encontró su expresión más clara en la tradición vidaliana  en  términos amplios,  es decir  tanto  en  Vidal de la Blache como en sus discípulos.  Aunque también estuvo presente en otras voces pioneras relevantes, como Elisée Re- clus. Asimismo y con anterioridad a los vidalianos, Ratzel se refirió al ser humano y lo mismo Humboldt y Ritter aun más tempranamente.

En este sentido del ser humano se puede recordar aque- lla idea vidaliana,  afinada  por  Max Sorre  (1967), de los gé- neros  de vida como  modeladores del paisaje, o la posterior idea  fecunda de  Pierre  Gourou del  ser humano como  ha- cedor  de paisajes (Gourou, 1979). En todas  esas ocasiones la referencia al ser humano, al hombre, venía  de  la mano de la posesión  de técnicas,  de una cultura materializada, de costumbres, y la realización de actividades  para  asegurar la sobrevivencia; incluso, como agregara Pierre  Gourou, de las conocidas técnicas de encuadramiento del paisaje que en ocasiones  eran  reglamentaciones y normas definidas por los hombres y marcadas en el paisaje. Todo  ello expresaba una concepción del ser humano y su capacidad transformadora del entorno. Lo social estaba  presente en la medida en que se reconocía que el ser humano no desarrolla las técnicas ni

 

 

 

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construye una cultura como actos individuales, sino que ello es una empresa colectiva.

No  obstante, se podría observar  que  esa idea  fecunda de  Gourou del  ser  humano como  hacedor de  paisajes  o las otras  ideas  vidalianas  previas  del  modelado del  paisa- je, quedaron inconclusas en tanto  no se desarrolló entera- mente la explicación sobre  la manera en  que  se realizaba esa empresa colectiva, más allá de hacerlo en su dimensión eminentemente material. En cierto  nivel de lo material se dio una  respuesta: el paisaje se hace  y se modela al aplicar las técnicas  que  transforman físicamente los lugares.  Esta es una  explicación de la dimensión más evidente. Sin em- bargo,  actualmente podríamos intentar ir más allá de esa primera respuesta: ¿cómo  se desarrolla una  técnica  y no otra? ¿Cómo se decide  aplicar  una técnica  y no otra? ¿Solo se transforma el paisaje por  obras  materiales?  ¿Esas técni- cas que  modelan el paisaje  resultan de  acuerdos sociales que se reiteran en el tiempo, o bien surgen  rompiendo con pautas y criterios  sociales? En cierta forma Torsten Hägers- trand, en sus primeros años, retomó este problema y buscó un camino  de respuestas al desarrollar su teoría  sobre la difusión  de las innovaciones: las resistencias  sociales ini- ciales frente a toda  innovación, terminan cediendo con  la posterior aceptación amplia  de la innovación.

Aun así, otros  aspectos  que  hacen de manera intrínseca a lo social demoraron años en hacerse  explícitos  en la Geo- grafía. Este es el caso de la estructura social, las diversas po- siciones que el ser humano puede tener en la sociedad, que tan  lúcidamente desarrollaran autores como  Norbert Elias (1990). Sin  duda,   de  alguna  forma  estas  posiciones tam- bién  estaban  presentes desde  tiempo atrás, por  ejemplo en la Geografía  vidaliana  a través del  reconocimiento de  que unos  seres  humanos  eran  agricultores, otros  pastores,  etc. A pesar de todo,  la noción de estructura social, la trama  so- cial, las posiciones en esa trama,  y más aun,  los procesos  de

 

 

 

 

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socialización,  eran  muy difusos y tenues  para  la Geografía. El anclaje  en  lo social venía  dado  a través de  las activida- des económicas desarrolladas por  los seres humanos, así lo económico profundizaba el sesgo materialista. En los años sesenta los geógrafos  descubren esas posiciones sociales con más intensidad y aparecen referencias explícitas  a las dife- rencias  espaciales  de los grupos  sociales, por  ejemplo en el acceso al suelo urbano. Se desarrolla así una  idea de lo so- cial muy apegada a la visión de la sociedad  como estructura, como  posiciones de  poder y de  oportunidades,  posiciones más desfavorecidas, y también va emergiendo la idea  de la sociedad  como estratificación social.

En la medida en que avanzaba la segunda mitad del siglo XX, la Geografía  se fue apegando crecientemente a una concepción muy simple  de lo social. De alguna  forma  nos atrevemos  a plantear que el reconocimiento de las diferen- tes posiciones  en una  estructura social vino de la mano  de un  cierto  abandono del carácter holístico  del ser humano de  los años  previos.  Esas concepciones parciales  de  lo so- cial que  fue abrazando la Geografía  tienen raíces  dobles: por un lado, en la relación parcial  e incluso marginal de la Geografía  con las Ciencias Sociales y más aun con la teoría social en el sentido giddensiano de la expresión (Giddens,

1995: 16 -19). En algunos  casos, la incorporación de ideas relacionadas con la estratificación social, o estructuralistas, se hizo sin una  reflexión de fondo  acerca  del estructuralis- mo ni del estratificacionismo. Por otro,  esas concepciones simples de lo social asumidas  por  la Geografía  se imbrica- ron  muy bien  con  las concepciones dominadas por  lo evi- dente del espacio, que se arraigaron desde mediados de los años  cincuenta del siglo XX. Básicamente nos referimos a las concepciones del espacio en términos locacionales.

Una de estas concepciones parciales  de lo social, que en la Geografía  ha adquirido una  gran  trascendencia y legiti- mación,  es la de  población. Tanto  es así que  se consolidó

 

 

 

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un campo  disciplinario muy fuerte  en torno a esta concep- ción de lo social (Mendoza, 2006). Es muy importante y valioso este desarrollo, pero  al mismo  tiempo tuvo efectos notorios en el pensamiento geográfico que  no han  sido lo suficientemente revisados: se creó,  se afianzó  y se legitimó la fantasía de que el concepto de población resolvía toda la concepción necesaria de lo social. Dicho de otra  forma,  se produjo la reducción de lo social a lo poblacional. El con- cepto  de  población en  sí mismo  es valioso. Sin embargo, no se debería olvidar que lo social va más allá de lo pobla- cional.  Posiblemente, porque la Geografía  siempre asumió que su objeto  de estudio  es el espacio (territorio, regiones, lugares,  etc.), es que  ese análisis de lo social más fino que se hubiese requerido para  sacar a la luz la reducción de lo social a lo poblacional, no  ha estado  en  la agenda teórica de la disciplina.

El concepto de población es una de las concepciones de lo social más claramente construida desde  la perspectiva de los agregados. Una población es sin duda  alguna  un conjunto de personas que  comparten alguna  característi- ca: población por  grupos  de edades,  por  lugares  de resi- dencia,  por tipo de empleo. El agregado de personas tiene una  esencia  material y al mismo  tiempo refiere  a un  con- junto  de rasgos tratados desde  la idea del aislamiento del rasgo en cuestión. Por ejemplo, se analiza la edad.  A sí, las personas terminan siendo  analizadas  como  conjuntos de cosas (notoria reificación), considerando que las cosas se- rían  las personas con un lugar  de residencia, cierta  edad, un  nivel de  educación, etc.  Analíticamente se procede a una  suerte  de  reducción de  la persona a un  conjunto de atributos. En este sentido parecería que se pierde de vista la vieja idea  gestáltica  de que  el todo  es más que  la suma de las partes.

 

 

 

 

 

 

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Una  de las fantasías  geográficas  de los geógrafos,10  deri- vada de  esta  versión  de  lo social como  agregado, es la de asumir a esas poblaciones ancladas a un cierto territorio, sea el lugar  de origen, el de residencia, el de trabajo,  etc. Si la reducción de lo social a lo poblacional es peligrosa,  sin duda alguna  esta fantasía  geográfica  agrega  un  riesgo  adicional que deriva de asociaciones muy simples entre personas y lu- gares. En buena medida la reducción, es decir  todo  lo que este tipo de procedimiento teórico-metodológico pierde de lo social, es todo  aquello  que  precisamente no  es tangible, aun cuando tenga connotaciones importantes en lo material y tangible que  marcan la relación de  las personas con  los lugares.  Esa asociación  de personas y lugares  manejada de manera tan simple también invisibiliza la movilidad espacial cotidiana ya que  crea  la ilusión  de  que  las personas están fijadas a ciertos lugares, por ejemplo, por constituir su lugar de residencia.

Así, una parte sustancial de lo que esa reducción –de lo so- cial a lo poblacional– oculta, es la trama de sentido que lleva a las personas a seguir ciertos cursos de acción y no otros, o bien a romper con un curso de acción muy aceptado y encon- trar nuevas formas de proceder. Asimismo, esas repeticiones o rupturas  con  ciertas  formas  de  actuar  espacialmente no surgen  ni de imposiciones dadas,  ni son decisiones  que  los actores  toman con independencia de los otros.  Más bien,  la interacción entre unos  actores  y otros es lo que lleva a unas y otras formas de actuar.  Dicho de otra manera, esas formas de actuar  no derivan  ni del voluntarismo de actores  entera- mente libres, ni de la coerción social de las estructuras. Por su parte,  esas formas  de  actuar  terminan siendo  prácticas

 

 

10  Aunque la expresión “fantasías geográficas de los geógrafos” pueda resultar excesiva en una primera lectura, es pertinente para enfatizar el sujeto que construye esa subjetividad (los geógrafos), ya que también se pueden referir fantasías geográficas de los sujetos que simplemente habitan el mundo, sin pretender estudiarlo como los geógrafos.

 

 

 

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espacializadas,  prácticas  configuradoras del espacio y confi- guradas  por el espacio. Como plantearan Gumuchian et al.: “el espacio en movimiento resulta de esas prácticas  de los actores”  (2003: 6), es decir,  la vida que  anima  el espacio  lo transforma de manera continua y ello ocurre a través de las prácticas  cotidianas.

La Geografía  no ha sido la única  ciencia social que toma- ra la senda  más sencilla  en cuanto a las concepciones de lo social. Muchas otras Ciencias Sociales, incluidas ciertas so- ciologías,  caminaron de  esta forma.  Con  el espíritu de  re- montar esas visiones, desde  la teoría  social contemporánea se han  hecho análisis muy lúcidos  en  los cuales  se muestra que estas concepciones (no solo la que se basa en el concepto de población) tienen su fundamento último  en la noción del agregado (Knorr-Cetina y Cicourel,  1981), y así se produce la reducción de lo social. Como  alternativa, algunos  enfoques sociológicos contemporáneos se plantean que lo social emer- ge en las prácticas  concretas de los sujetos, en las formas de llevarlas a cabo, en los saberes que ponen en juego.

Frente  a las visiones de lo social como agregado, tan usua- les en la Geografía, consideramos que la perspectiva geográ- fica del sujeto en tanto  actor territorializado, abre nuevas posibilidades de comprensión del mundo. Sin duda  alguna, el interés  por el sujeto en la Geografía  también debe recono- cer algunas  voces pioneras de mediados del siglo XX (más allá del espíritu clásico inspirado en el ser humano), como es el caso de Eric Dardel (1990)11 y Maurice Le Lannou (1949), que introducen al sujeto por la vía del habitante. Más allá de esas voces pioneras, cuyo aporte central fue el de ponerlo en el centro de  la reflexión sin llegar  a desarrollar aproxima- ciones profundas, en las últimas décadas  del siglo XX e ini- cios del tercer  milenio, se han hecho frecuentes las palabras

 

 

 

11 La edición francesa es de 1952.

 

 

 

 

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actor  y sujeto  en la Geografía  (Berdoulay y Entrikin, 1998; Berdoulay,  2002). Sin embargo, estas referencias no han lle- vado a una reflexión más fuerte,  más bien parecería que las palabras  en sí mismas resolvieran el problema (Gumuchian et al., 2003: 29). En este sentido, algunos geógrafos han seña- lado que la figura del actor y/o el sujeto en Geografía  resulta frecuentemente anunciada pero  siempre  diferida (Debar- bieux,  1997b). Aun así, con todo  lo diferido, es significativo que  cada  vez aparezcan más voces geográficas  interesadas en  reflexionar sobre  este tema  de  fondo,  tanto  de  manera general, es decir,  sobre  la condición de sujeto,  o mejor  aun de  sujeto-habitante  o de  actor  territorializado (Berdoulay,

2002; Berdoulay  y Entrikin, 1998; Séchet,  Garat  y Zeneidi,

2008), como también sobre los diversos tipos de sujetos par- ticularizados, por  ejemplo, actores  por  la condición de gé- nero  (Bondi, 1990; García Ramón,  2006; Sabaté et al., 1995; McDowell, 2000; Rose, 1994; Brooks Gardner, 1994), étnica (Garnier; 2008; Collignon, 1996 y 2001), generacional (Guy,

2008; Rowles y Chaudhury, 2005), o por condición ocupacio- nal y residencial (Zeneidi-Henry, 2002 y 2008; Veschambre,

2008). Esta última  vertiente ha venido a alimentar lo que se conoce  como las Geografías  de las diferencias.

La concepción de lo social desde  la perspectiva del actor o el sujeto  territorializado, para  algunos  no  deja  de  reavi- var en  la Geografía  viejas preocupaciones epistemológicas, como por ejemplo, si ello representa un nuevo retorno a pos- turas ideográficas o al estudio  de lo único.  Precisamente, la forma  de eludir  esas reservas –que  no tienen fundamentos sólidos– es con un acercamiento al sujeto/actor con la fuer- za y el sustento que  otorga  la teoría  social contemporánea de corte constructivista. En otros términos, es necesario recordar que  la sociedad  es producida y reproducida, crea- da y recreada por  las personas en su cotidiano quehacer, y sin duda  es más reproducida que producida. Pero al mismo tiempo, esa sociedad  producida por las personas configura a

 

 

 

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esas mismas personas y a otras (Berger y Luckmann, 1968). Esa producción y reproducción es constante, resulta  del dis- currir  de la vida. Ello no es una tarea  que un individuo rea- lice de  manera aislada  de  los otros,  sino  en  las constantes interacciones de  unas  personas con  otras.  En  este  sentido se pueden recordar las palabras  de Berger  y Luckmann: “el ser humano no se concibe  dentro de una  esfera cerrada de interioridad estática” (1968: 73).

En los encuentros de una  persona con otra,  en cualquier circunstancia, por  banal  que  sea, se ponen en  juego  y en movimiento,  y a veces en  tela  de  juicio,  principios, pautas y acuerdos sociales,  formas  de  hacer;  ya sea para  reiterar- los y reafirmarlos, como  para  transformarlos en la práctica misma.  En todo  encuentro no  solo se movilizan  cuestiones inmateriales (como pautas de acción, códigos, valores, inten- ciones,  etc.) sino también objetos  (materialidades) y accio- nes, que si bien no deberían ser reducidas a la condición de cosa u objeto,  sin duda  alguna  llevan consigo  una  exteriori- dad a la corporalidad del sujeto que actúa. Esta es otra forma de concebir lo social, muy distante del agregado. Lo social no sería el conjunto de personas. Lo social serían esos acuer- dos que  se negocian en  cada  instante, o que  simplemente se aceptan, o que se recrean, y de acuerdo con los cuales se realizan  diversas actividades.  Por eso podemos decir  que  lo social emerge en cada micro-situación.

Cuando llegamos  a un lugar y actuamos de cierta  forma, por  ejemplo, cierta  manera de saludar  al otro  o a los otros, al realizar  esa práctica  específica  de saludar  de esa manera, traemos a la situación  particular una  pauta  social instituida previamente en cierto mundo social. Al volver a realizarla,  la práctica  banal reafirma la validez de ese acuerdo social, o di- cho de otra forma, reproduce una vez más lo instituido para ese tipo  de situaciones. En otras  ocasiones,  nos incorpora- mos en una  situación  y nuestro actuar  no corresponde con lo instituido: ese actuar  puede indicar  una resistencia frente

 

 

 

 

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a las formas instituidas, pero  también puede evidenciarse la inconformidad de los otros  con un actuar  fuera  del marco. Estos simples  ejemplos  muestran que  lo social siempre  son formas  de hacer  acordadas, negociadas, impuestas, recrea- das, en alguna  interacción entre actores.  El simple recuento del número de actores presentes en una situación no permite apreciar esas formas instituidas ni la apertura de perspectiva de los sujetos  como  para  cambiar  lo instituido o la rigidez para no cambiarlo. Por eso decíamos previamente que lo so- cial va más allá del agregado de personas. El agregado, en tanto  número, no puede dar cuenta de esos consensos, de su persistencia o su transformación.

En la base de los consensos  entre las personas está el fe- nómeno de  la habituación y el de  la rutinización. Ambas expresiones refieren a la repetición de  ciertas  prácticas  de determinadas maneras. Berger  y Luckmann han  recurrido extensamente a la expresión habituación (1968: 73-75), en tanto  que Giddens  (1995) ha reflexionado sobre el tema des- de la rutinización. Este último concepto tiene el gran interés de que no solo integra la repetición de las prácticas,  sino su espacio-temporalidad. Por su parte,  cuando la habituación no solo implica  la reiteración de una  práctica  por  parte  de un individuo, sino también su tipificación recíproca (es de- cir, una estandarización de ciertos rasgos del hacer que es asumida por diferentes sujetos y no solo por quien la realiza), se transforma en algo de mayor fuerza y peso social: se trata de la institucionalización o construcción de lo instituido res- pecto  a ese hacer  particular. Se podrían comentar diversas institucionalizaciones. Por ejemplo, ciertas prácticas propias del espacio público  tales como la forma de esperar un trans- porte público  la forma  de ascender al mismo. En esos casos es notorio el nivel de lo instituido. En este mecanismo radica el núcleo fundante de la producción de la sociedad. Lo que negocian los actores en situaciones concretas son cuestiones rutinizadas, habituadas e instituidas. Por ello, las Geografías

 

 

 

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constructivistas no solo pueden fundarse en una visión reno- vada del espacio,  también requieren replantear su concep- ción de lo social para tomar  en cuenta este tipo de procesos, ya que la construcción social de los lugares  está relacionada con  rutinizaciones,  habituaciones  e  institucionalizaciones de prácticas  o sus transformaciones.

La  habituación, la  rutinización y la  institucionalización son procesos  que ocurren en la vida cotidiana de los actores/ sujetos. La necesaria condición externa-corporal de todas las prácticas12 (Pred, 1981), trae  consigo  encuentros entre unos actores y otros. Todos los encuentros entre actores ocurren en ciertos  fragmentos espacio-temporales que  se pueden deno- minar  “situaciones”  desde  una  perspectiva goffmaniana. En estos procesos  de  habituación, rutinización e institucionali- zación que despliegan constantemente los actores/sujetos, el espacio  en su dimensión locacional, material y en el sentido que le otorgan los actores  presentes y pasados,  se hace parte de ese proceso de reproducción o transformación social.

Los encuentros  entre los actores/sujetos  se desarrollan a través del  lenguaje verbal  y no  verbal.  El lenguaje es el medio  y el depositario de códigos sociales, de los acuerdos, de  los sentidos  y significados  colectivamente  construidos, de  lo instituido. Al hablar  y expresarnos –en  un  mundo siempre  compartido con  otros–13  creamos  y recreamos la realidad, porque nuestras palabras  (piezas de ese todo  so- cialmente construido y compartido, que  es el lenguaje)14

 

 

12 Nos referimos al hecho evidente pero usualmente olvidado, de que cualquier práctica de un sujeto invo- lucra el cuerpo y sus movimientos corporales, y por ello mismo puede ser percibida por otros.

13 Desde los primeros interaccionistas de los años veinte del siglo XX, sabemos que aun cuando se trate de un actor que en cierta circunstancia se encuentra solo, su hablar consigo mismo también es una forma de hablar con los otros. Esto es lo que los interaccionistas, desde Georges Mead a inicios del siglo XX, denominaban diálogos internos y su principal función es la de anticipar el diálogo con los otros, recrear el diálogo con los otros.

14 Tal como ha sido planteado por interaccionistas y etnometodólogos, tales como Erving Goffman, Harold

Garfinkel, Harvey Sacks y Melvin Pollner.

 

 

 

 

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dan  significados,  reconocen ciertos  elementos del  mundo externo y omiten otros.15 Por eso, un mismo fenómeno, una misma realidad, puede ser construida de diferentes formas en función de distintos  puntos de vista y de acuerdo con las formas  de  nombrarlas y más aun,  de  contarlas. De modo tal que el cotidiano hacer  del sujeto/actor siempre  moviliza voces de otros,  voces sociales: cuando un actor  realiza una cierta práctica  en un lugar se pone  en juego una forma socialmente compartida dentro de un cierto mundo social, que dice cómo ejecutar esa práctica  en el espacio y sobre la forma  de nombrarla.

Por esto último,  las preocupaciones de algunos  geógrafos por asociar las prácticas  que realiza un individuo con lo úni- co, es un  falso dilema:  antes  bien,  se trata  de un  problema más complejo que el de lo único.  Se trata  de la singularidad (Berdoulay y Entrikin, 1994). De modo  tal que la perspectiva del sujeto/actor ni da cuenta de lo que es único,  ni de lo so- cial como  una  generalidad que se repite  siempre  de idéntica forma en toda circunstancia y con toda persona. Más bien, la singularidad expresa  las formas  particulares que  adquieren esos consensos  y negociaciones sociales, colectivas, en las si- tuaciones particulares. Además, es necesario tomar  en cuen- ta que  esas situaciones se configuran por  la coincidencia en un espacio-tiempo de ciertos  actores,  que en esencia  poseen biografías que también son expresiones de singularidades: es decir, la coincidencia de vidas únicas en todo  el sentido de la expresión pero ancladas  en un cierto momento histórico y en un cierto  territorio, que le dan  a lo único  de esa vida rasgos compartidos con otros, por lo que lo único se torna singular.

 

 

 

15 Siempre resulta iluminadora la célebre frase de Ludwig  Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”. También cabe recordar la revisión geográfica de aquella frase, realizada por el geógrafo sueco Gunnar Olsson: “Los límites del ecúmene son los límites de mi mundo. Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje. Los límites de mi lenguaje son pensamiento-y-acción al límite de sí mismo” (Olsson, 1997: 39).

 

 

 

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Ese anclaje  social e histórico en  general ha sido analiza- do en los últimos  años desde  visiones que recuperan la idea de  Pierre  Bourdieu del  habitus, por  lo que  suelen  conocer- se  como   perspectivas   disposicionales (por  la  concepción bourdiana del habitus como  un  sistema de disposiciones durables),16 o como planteara Bernard Lahire:  “la presencia determinante del  pasado  en  el presente  (...) propensiones, inclinaciones, hábitos, tendencias, modos de ser persistentes” (Lahire, 2002: 19). Pero al mismo tiempo, desde perspectivas de corte interaccionistas, se reconoce la capacidad del sujeto/ actor para negociar lo instituido, y en consecuencia de inno- var. Como parte de estás búsquedas de evitar las visiones más deterministas de lo social (las tendencias a la reproducción), que invisibilizan la capacidad creativa del actor, pero sin olvi- dar las constricciones sociales, se produjeron numerosos in- tentos teóricos.  Entre ellos se puede citar un amplio espectro que va desde la concepción giddensiana de la estructuración (Giddens, 1995), hasta  otras  opciones como  el concepto de transacción social lanzado  por  Remy, Voyé y Servais en  su conocida obra Produire ou reproduire: une sociologie de la vie quo- tidienne (1991a y b), con el claro propósito de reconocer en el sujeto un nivel de libertad e innovación.

Todos  estos aspectos  que  hacen a lo social se tornan im- prescindibles para  una  Geografía  constructivista  que  gire hacia lo cultural. Al mismo tiempo, esto muestra que la po- blación  resulta  así un concepto evidentemente insuficiente,

 

 

16 Recordemos que Pierre Bourdieu concibió el habitus como aquella “estructura estructurante, que orga- niza las prácticas y la percepción de las prácticas [...] es también estructura estructurada: el principio del mundo social es a su vez producto de la incorporación de la división de clases sociales. [...] Sistema de esquemas generadores de prácticas que expresa de forma sistémica la necesidad y las libertades inherentes a la condición de clase y la diferencia constitutiva de la posición, el habitus aprehende las diferencias de condición, que retiene bajo la forma de diferencias entre unas prácticas enclasadas y enclasantes (como productos del habitus), según unos principios de diferenciación que, al ser a su vez producto de estas diferencias, son objetivamente atribuidos a estas y tienden por consiguiente a perci- birlas como naturales” (1988: 170-171).

 

 

 

 

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lo mismo la sociedad  como estructura dada  o como conjun- to estratificado.

 

De la revisión de lo social hacia las Geografías constructivistas

La relevancia  de revisar las concepciones del espacio y de lo social que se utilizan en el análisis geográfico, solo adquie- re todo  su sentido con  miras a una  Geografía  más potente para comprender el mundo actual en toda su complejidad y en las diversas escalas, que  además  resultan de la interrela- ción de unas con otras.

En este camino,  las Geografías  constructivistas parecen propuestas relevantes  por  la amplitud de niveles y dimensio- nes que permiten abordar. Sin asumir en este apartado un es- píritu  de exhaustividad, sino más bien planteando unas pistas iniciales que seguimos  explorando actualmente, nos interesa destacar  que  las anteriores revisiones,  tanto  del concepto de espacio como de lo social, nos permiten esbozar en este cami- no de las Geografías constructivistas, por lo menos dos opcio- nes fecundas:  a una de ellas la denominamos Geografías situa- cionales y la otra  son las Geografías de los escenarios móviles. En ambos casos el desafío radica en comprender el espacio desde la perspectiva del sujeto-habitante y como  una  construcción siempre  en  curso  realizada  por  el sujeto  en  interacción con otros, pero  también con formas espaciales heredadas (no ne- cesariamente de un  pasado  lejano,  puede ser de un  pasado inmediato) y con saberes espaciales consensuados.

Tanto  las Geografías  situacionales como  las Geografías de los escenarios móviles pueden verse como formas de dar- le inteligibilidad a la relación espacio/sociedad a través de fragmentos espaciales  –lugares,  espacios  vividos, espacios de vida– en los cuales los sujetos-habitantes realizan  prácti- cas con implicaciones espaciales,  haciendo uso de saberes  y competencias territoriales, recurriendo a su memoria espa- cial, realizando negociaciones con los otros  respecto al uso y apropiación del lugar,  aun  cuando se trate  de formas  de

 

 

 

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apropiación efímeras.  Las Geografías  situacionales pueden constituir así, un  recurso fértil para  comprender el lugar  y su construcción socio-espacial permanente. En tanto  que las Geografías  de los escenarios móviles, en nuestra propuesta, permiten aproximarnos a sucesiones  de lugares  interconec- tados por la movilidad  espacial de los actores,  considerando que  la interconexión no solo resulta  del estar  del sujeto  en los distintos  lugares,  sino también de lo que  ese estar en el lugar  se sedimenta en el sujeto e integra en su memoria es- pacial, y se puede rememorar posteriormente en otro  lugar si le resulta  necesario.

Estas dos entradas de las Geografías  constructivistas, lejos de ser excluyentes, pueden ser utilizadas analítica- mente –puestas  en  operación en  la investigación geográ- fica empírica– de  manera articulada y complementaria. A simismo,  cabe  subrayar  que  resultan de particular inte- rés para  algunos  campos  de la disciplina  como  puede ser la Geografía  Urbana, precisamente por  la complejidad y diversidad  de escenarios y situaciones que  se hacen y des- hacen  en cada momento en la ciudad,  y en los cuales sue- len  emerger numerosos códigos  y saberes  característicos de la ciudad  misma y de su vida urbana. En trabajos  pre- vios se ha destacado el interés  ampliado para la Geografía de  estos acercamientos por  su carácter holográfico (Lin- dón,  2007a), es decir,  la capacidad de un  lugar  de hablar de otros lugares. Entre  algunas de las Geografías  Urbanas particularmente planteadas en este rumbo, se pueden ci- tar  las que  se han  desarrollado dentro  del  pensamiento francófono bajo el paraguas de la Geografía  Social (Ves- chambre, 2008; Séchet,  Garat  y Zeneidi,  2008; Vescham- bre,  2006), y dentro del pensamiento anglosajón también son numerosas, pero  nos interesa destacar  en particular la perspectiva desarrollada por  David Ley (1983). Con  rela- ción al pensamiento anglosajón, pero  más allá de lo urba- no,  estas  Geografías  constructivistas  intentan recuperar

 

 

 

 

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la esencia  de  los planteamientos acerca  de  las coreogra- fías espaciales  de  autores como  David Seamon  (1979) y A llan Pred  (1977).

Estos dos tipos de Geografías  constructivistas vienen a constituir una particular expresión de las Geografías  que giran  hacia  lo cultural, y en  ese giro redescubren lo social entendido en términos de actores  territorializados creativos y al mismo  tiempo condicionados; actores  territorializados que  despliegan un  constante hacer  y rehacer de su mundo cotidiano, actores  territorializados provistos de una  subjeti- vidad social que ha sido internalizada a lo largo de su vida y externalizada en cada interacción. Estos actores  territoriali- zados hacen el espacio  con sus prácticas  y al mismo tiempo resultan condicionados por  el espacio  construido. A veces, los actores territorializados reconstruyen su identidad (la respuesta, implícita  o explícita,  a la pregunta sobre  quién soy)  con  relación a ese espacio  en  el cual  actúan, espacio siempre  habitado de alguna  forma.  En esta concepción, el constructivismo geográfico revaloriza  el punto de vista del sujeto/actor  que  habita  –circunstancial o prolongadamen- te– el lugar. Un desafío enorme para la Geografía  construc- tivista será reconstruir e interpretar ese punto de vista del habitante.

 

 

Bibliografía

 

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Alicia Lindón

 

 

 

 

 

El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo

 

Daniel Hiernaux-Nicolas 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

Fenómeno masivo ligado a la expansión de la modernidad durante el siglo XX, el turismo  ha sido poco  estudiado por la Geografía  Humana, a pesar  de  su singular  importancia en nuestras sociedades. Para entender esta laguna  parcial,  es pertinente remitirnos a algunos idearios de la modernidad de la cual la Geografía  se ha hecho ampliamente eco en la selec- ción de sus campos principales de trabajo.  El más importante es, sin lugar  a duda,  el ideario  del progreso asociado  con  la expansión del capitalismo industrial y de la urbanización. La visión del progreso, corolario del crecimiento económico, se asociaba entonces a un binomio central:  la urbanización y la industria. Frente  a estos competidores de peso  mayor,  el tu- rismo se situaba más bien, en un primer momento, como un “desliz” de la modernidad, una suerte  de pasatiempo exclusi- vo de la clase ociosa (véase Veblen, 1974).

Posteriormente, se lo vio como uno de los mecanismos de reposición de la fuerza de trabajo industrial, cuando se trans- formó  en turismo  de masas a partir  de la década  del treinta.

 

 

 

1   Universidad Autónoma Metropolitana, Campus Iztapalapa (Ciudad de México).

 

 

 

213

 

 

 

 

 

En ese contexto, el estudio  del turismo  pudo  adquirir ciertas cartas de nobleza,  aunque la oposición ocio-negocio no dejó de ser vista como una dialéctica  central, y se siguió valoran- do más el segundo término. Particularmente, las corrientes críticas  del  marxismo –triunfante en  los años  sesenta–  no dejaron de repudiar al turismo  y marginarlo de las temáti- cas privilegiadas  de las Ciencias Sociales, salvo para  criticar abiertamente estas prácticas  de ocio consideradas antes que todo  como “burguesas”.

El análisis geográfico del turismo  fue también marcado, desde  sus inicios, por  una  fuerte  orientación economicista, así como  por  una  visión de  pequeña escala,  privilegiando los enfoques estructuralistas, tanto  de corte crítico-marxista (esencialmente de repudio al turismo  como forma de explo- tación  y por  su misma esencia  de ocio), como  de corte  más neoclásico, con análisis de los modelos  de desarrollo, los patrones  temporales de  crecimiento/declinación,  los efec- tos sobre  el ordenamiento territorial, etc. Todo  lo anterior ha modelado una  Geografía  del Turismo que  domina aún ampliamente los estudios  actuales, sustentada en personajes emblemáticos como  Richard  Butler  (2004), Douglas  Pear- ce (1981) y Michael C. Hall y Stephen Page (2002) del lado anglosajón; Georges  Cazes (1989; 1992) desde  los estudios francófonos o la obra  de Fernando Vera et al. (1997) en  el medio  ibérico.  Numerosos autores latinoamericanos han se- guido esta tendencia.

Sin embargo, el giro  cultural en  Geografía  Humana ha puesto  a prueba esta orientación; sugiere  recorrer nuevas corrientes de análisis, sustentadas no solo en un mayor hin- capié en la dimensión cultural (lo que en cierta forma logra- ban  ya ciertos  autores, particularmente los antropólogos) sino también en el individuo y sus prácticas  turísticas  en el espacio, en una Geografía  más ligada a lo inmediato, lo coti- diano  o lo trivial (la Lay Geography de los anglosajones) y a la “corporeidad” de las prácticas  turísticas.

 

 

 

 

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Daniel Hiernaux-Nicolas

 

 

 

 

 

Este texto  presenta un  breve  balance  de esta nueva  ten- dencia,  extremadamente potente en la Geografía  anglosajo- na, evidenciando de qué  manera se contrapone a los enfo- ques tradicionales, qué planteos permite y qué limitaciones ofrece,  algunas  de las cuales son evidentes  y tal vez dramá- ticas. Al final de este ensayo ofrecemos algunas  reflexiones sobre el impacto que puede tener esta nueva orientación de la Geografía  del Turismo sobre  nuestros estudios  del tema desde América Latina.

 

La Geografía estructural del Turismo

Sin lugar  a duda,  el privilegio  de ser el primer autor  en estudiar científicamente el turismo  desde  la Geografía  re- cae sobre  Walter Christaller. No cabe  duda  que,  para  él, el turismo  era una especie de “caso aparte”  que no cabía en el planteo de su teoría  de los lugares centrales, como lo hemos analizado en otra oportunidad (Hiernaux, 2006a).

El turismo, situado  (por lo menos  en la época  del autor) esencialmente en localizaciones periféricas donde el interés del  turista  no  era  agregar  su demanda a la de  los demás, sino más bien  aislarse en residencias distantes  entre sí y en el campo, era una anomalía fuerte  para el modelo christalle- riano (Christaller, 1963). Afortunadamente, no era tan deci- sivo el turismo  en las sociedades de los años treinta, cuando elaboró el autor  sus primeras reflexiones sobre la Geografía del  Turismo, como  para  que  ello contribuyera  a afectar  el éxito  que  conoció el planteo de los lugares  centrales en  la Geografía  de la segunda posguerra.

A partir  de la obra  de Christaller y en armonía con ella, se desarrollaron diversos planteos que proponían esfuerzos de  teorización que  se centraban en  intentos  de  modeliza- ción  del  espacio  turístico  a partir  de  la localización  de  la oferta  y la demanda.

Claramente se fue construyendo un incipiente campo nue- vo en la materia de la Geografía  del Turismo, de escaso peso

 

 

 

El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo    215

 

 

 

 

 

frente a otros campos relevantes como la Geografía Industrial o la Urbana, al privilegiar  el estudio  de la oferta  de servicios turísticos  e interrogarse sobre  la morfología de los espacios resultantes. En particular los trabajos  de Miossec en Francia (1976), o de Richard  Butler  (2004) y Douglas  Pearce  (1981) en  el mundo anglosajón, reflejan  esta tendencia a la mode- lización,  buscando desenmarañar los grandes principios de organización del espacio turístico.

También, y en  concordancia con  lo que  se daba  en  esa época,  se le prestaba atención a una  oferta  agregada, es de- cir “turistas-grupo”, ignorando totalmente el planteo poco escuchado de Thorsten Hägerstrand cuando llamaba  a pre- guntarse por  las “personas”  en la ciencia  regional (Hägers- trand, 1970).

Esta visión estructuralista del espacio turístico  es el fiel reflejo  de la orientación “teorética-analítica” de la Geogra- fía que  se impuso  después  de la Segunda Guerra Mundial, como bien lo remarcó Ortega Valcárcel (2000).

Sin embargo, esta búsqueda de la explicación general de la configuración del  espacio  turístico  no  fue  solo el resul- tado  de las dominantes teoréticas de la época:  también re- mite a que  el turismo  era visto esencialmente como  campo profesional para  el  geógrafo. Importaba  entonces  ofrecer al geógrafo –integrado al mundo profesional– los modelos teóricos y los instrumentos de análisis que requería para em- prender no solamente el análisis del desarrollo existente del turismo, sino para proyectar nuevos desarrollos.

Claramente la Geografía  del Turismo se situó  entonces en esa línea dominante, la de la “Geografía aplicada” como la calificó Philipponneau (2001). Se trató  entonces de una Geografía  de poca monta, más propicia a proponer “mode- litos”, soluciones bajo la forma  de “recetas”, que  a compro- meterse con un  verdadero análisis geográfico del turismo. Por ello es que,  por  ejemplo, las traducciones de los traba- jos de Pearce  al castellano han  tenido tanto  éxito, o que el

 

 

 

 

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Daniel Hiernaux-Nicolas

 

 

 

 

 

modelo de  “ciclo de  vida del  producto” de  Butler,  que  no es más que  una  visión paralela al modelo económico pro- puesto  por Raymond  Vernon, aplicada  al turismo, se han vuelto paradigmáticos del enfoque estructuralista aplicado al análisis del espacio turístico.

 

De la estructura a la crítica marxista

Vacía de  personas, la Geografía  del  Turismo impulsada por las visiones estructuralistas no estaba vacía de intereses, afirmaron pronto los críticos marxistas. El evidente éxito del análisis marxista de las sociedades modernas no podía  dejar de interesarse en un fenómeno que,  para  los setenta, se en- contraba prácticamente en su apogeo.

La visión marxista del turismo  se situó también en la esfe- ra de reflexión del estructuralismo, pero  con obvias diferen- cias ideológicas. La demanda fue transformada en “hordas doradas”  (Turner y Ash, 1991); los “empresarios” en  “capi- talistas” y el “espacio  turístico  optimizado” en  “espacio  de- pendiente y colonizado” (Britton, 1991; Mullins, 1991; Nash,

1992; MacCannell, 2003; D’Hautesserre, 2004); la crítica se impuso  sobre  un  modelo turístico  masivo que  bien  se las merecía (Shaw y Williams, 1994). En efecto,  a partir  de los sesenta,  y siguiendo las pautas  del  modelo industrial de  la época,  se definió  claramente un modelo que  podemos cali- ficar de “fordista”, tanto  desde la perspectiva de la organiza- ción de la prestación de los servicios turísticos  como  desde la estructuración del espacio en sí (Torres y Momsen,  2005; Hiernaux, 1999 y 2003).

Finalmente, el turismo  podía ganarse un espacio entre las preocupaciones de las Ciencias Sociales, pero resulta notorio que fueron esencialmente antropólogos y sociólogos quienes relevaron el desafío de estudiar ese fenómeno masivo que, a lo largo de varias décadas,  se expandió en olas sucesivas de “colonización” del espacio periférico, creando lo que Turner y Ash llamaron las “periferias  del placer” (1991).

 

 

 

El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo    217

 

 

 

 

 

No existe, en nuestra opinión, una clara línea de produc- ción de la Geografía crítica sobre el turismo  con temas noda- les, sino una cierta producción (bastante reducida) de traba- jos que  se sitúan  en la orientación marxista,  esencialmente estructuralista y, en  gran  medida, fuertemente  marcados por  una  ideología de rechazo contundente al turismo, pre- vio al análisis mismo del fenómeno (por ejemplo:  García de Fuentes,  1979; Mullins, 1991; Balastreri Rodrigues, 1996).

En la Geografía  crítica aplicada  al turismo  predominó el prurito de entender al turismo  como  algo superfluo, mien- tras se consideraba que  lo decisivo para  el progreso de las sociedades era la producción de bienes manufacturados y en general de plusvalor. Decididamente fáustica, la visión de los geógrafos  marxistas condenó al turismo  antes de conocerlo bien,  ya que  los análisis fueron esencialmente de dos tipos: la crítica al modelo económico del turismo  aplicado en espa- cios particulares, o la crítica al supuesto enfrentamiento, en espacios  turísticos  definidos, entre los grupos  dominantes externos (ricos y por  ende  capaces  de hacer  turismo) y los grupos  e intereses locales, sea de los campesinos, pequeños propietarios, etc. En resumen, una  visión fuertemente ma- quiavélica del turismo  y un escaso interés  hacia el estudio  de la configuración del espacio turístico.

 

Un balance: un déficit analítico evidente

Si reflexionamos sobre  la producción de  la Geografía  del Turismo que se da entre la Segunda Guerra Mundial y los años ochenta, resalta  una  plétora de deficiencias pero  también de lagunas analíticas que sintetizaremos a continuación. No en balde  requerimos de este balance:  es sobre  estas bases que se construirá una nueva percepción del turismo  desde la Geogra- fía, visión marcada por el giro cultural como se explicará poste- riormente, aunque no exenta a su turno de serias deficiencias.

El déficit de la Geografía  del Turismo resulta bastante cru- cial y determinante para el desarrollo que siguió en la época

 

 

 

 

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Daniel Hiernaux-Nicolas

 

 

 

 

 

a la cual nos referimos. No deja de asombrarnos la escasa re- flexión teórica sobre la ontología misma del turismo. Para casi todos los autores, el turismo  es antes que todo una manifesta- ción de la economía de los servicios. Lo anterior no es secun- dario: el turismo  como manifestación económica (definición que  debemos en  primera instancia  a Christaller) no  puede entonces ser tratado más que  como  proceso económico. De allí que paneles  enteros del edificio conceptual del turismo  se menosprecian y, más aun, se ignoran: estamos frente a presta- dores de servicios versus consumidores de los mismos.

Otro  déficit notorio es el que  deriva de la interpretación del juego de actores: mientras que las visiones “macro” se im- ponían, el individuo seguía desaparecido, cuando las demás Ciencias  Sociales,  y particularmente la Sociología,  habían iniciado  ya la incorporación del  individuo  en  sus análisis bajo diversas modalidades, entre ellas, la del “actor”.

Finalmente, la dimensión cultural del turismo, en  todas sus facetas,  había  sido  casi totalmente ignorada tanto  por los geógrafos estructuralistas como por los críticos, mientras que existían  por lo menos  algunos  antecedentes de un aná- lisis más cultural del turismo  entre los sociólogos y filósofos radicales  (Henry Lefebvre y Guy Debord, por ejemplo) y en- tre los antropólogos, aunque su visión dual de las sociedades confrontadas en el espacio turístico (huéspedes y anfitriones, locales y foráneos) deje mucho que desear  (Smith, 1992).

 

El “giro cultural” y su impacto en la Geografía

No es pertinente, en este breve espacio, repasar en detalle el llamado  giro cultural en sí ni sus implicaciones –bien co- nocidas  ahora–  sobre  el desarrollo de la Geografía  contem- poránea (Lippuner, 2003; Debbage  e Ioannides, 2004). Nos limitaremos a afirmar  que todas las Ciencias Sociales fueron sometidas  a severas críticas, en el marco  de la revisión de las corrientes tradicionales emprendidas  en  los años  ochenta, sean  marxistas  o no,  que  las habían marcado y orientado

 

 

 

El giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo    219

 

 

 

 

 

desde el siglo XIX. Las reflexiones sobre el sentido y el peso de lo cultural en las sociedades contemporáneas son el resul- tado  de una  crisis de la racionalidad moderna, un  regreso parcial  a visiones y enfoques signados  por  la subjetividad, y la evidente insuficiencia de los enfoques marcados por  la economía para explicar  el mundo contemporáneo. Como lo afirmó  el sociólogo  Ritzer (2000) hace  unos  años,  estamos frente a un “reencantamiento del mundo”.

El giro cultural permite también desprenderse del “exceso de materialidad” con el cual se analizó el mundo, y a los geógrafos en particular, desprenderse del estudio del espacio. Además de lo físico-material, los enfoques culturales plantean que el espa- cio está cargado de símbolos, invita a construir imaginarios y es el sujeto de una “mirada” particular (el tourist gaze sugerido por John Urry para el caso que nos interesa (Urry, 2002).

Otra dimensión importante del giro cultural es que redu- ce progresivamente la fuerte  imposición de la dualidad na- turaleza-cultura propia del pensamiento de la Ilustración, lo que ha permitido una nueva mirada  hacia el mundo natural, como paisaje y como mundo vivo. Es en ese sentido también que la distinción entre humanidad y animalidad se ha redu- cido  considerablemente, así como,  en  otro  tenor pero  por las mismas razones,  la diferencia entre hombre y máquina particularmente en los estudios  sobre los cyborgs. Asimismo, la reflexión sobre  el espacio  introduce ahora  la existencia de  mundos  alternativos,  mundos  virtuales  que  pueden ser creados  a partir  de los avances tecnológicos.

Finalmente, resaltaremos que el giro cultural conlleva un regreso  al individuo,  que  ya señalábamos como  un  impor- tante  déficit de las visiones anteriores de las Ciencias Socia- les, a las cuales la Geografía  no había  podido escapar.  Una Geografía  que vuelve a poner al individuo en su centro tam- bién  prestará más atención a las prácticas  individuales  en el espacio,  aspecto  decisivo en la constitución de una  nueva Geografía  alejada de las visiones estructuralistas.

 

 

 

 

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La Nueva Geografía Cultural del Turismo

Mientras  que  la Geografía  del Turismo francófona e his- panoparlante continúa ubicada  centralmente en las corrien- tes estructuralistas, con  notables excepciones, sin embargo no  cabe  duda  que  la Geografía  anglosajona ha  adquirido una  orientación nueva,  totalmente distanciada de  la ante- rior,  como  bien  lo observaron algunos  autores (Lew, Hall y Williams, 2004).

Esta Nueva Geografía Cultural del Turismo se basa en una serie de enfoques o postulados que no han sido explicitados de forma sintética,  lo que intentaremos hacer  acá aunque de manera muy resumida (se  puede encontrar una  excelente antología de textos sobre el tema en Hall y Page, 2002).

En primer lugar,  estamos  frente a una  Geografía  que  no parte  de una  supuesta “demanda”, sino del individuo y, en particular, de sus prácticas  en  el espacio.  Así, la definición de turismo  que ofrecieron recientemente Knafou y Stock se engarza satisfactoriamente en estas nuevas orientaciones: “el turismo  es un sistema de actores,  de prácticas  y de espacios que  participan de  la “recreación” de  los individuos  por  el desplazamiento y el habitar temporal fuera de los lugares de lo cotidiano” (Knafou y Stock, 2003: 931).

La definición hace pertinente considerar un juego de acto- res (inclusive los no turistas  o “turistificados”  por  el proceso analizado), diversas prácticas  y espacios, todos articulados en torno a lo que  hemos  llamado,  en otro  contexto, el “mundo del ocio”, que no es la cotidianeidad vivida en torno al mundo del trabajo,  sino la vivida fuera de los lugares del mismo.

Valorizando así actores, prácticas y espacios, la definición evi- dencia también, aunque no lo exprese como tal, la necesidad de la movilidad, tradicionalmente el viaje; aunque hoy la movilidad virtual también es parte del turismo, viéndolo ampliamente.

Por  otra  parte,  el enfoque cultural en  la Geografía  del Turismo elimina  tajantemente la preeminencia de las “es- tructuras” del turismo, como se ha valorizado en los estudios

 

 

 

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sistémicos. El geógrafo se enfrenta entonces a la necesidad de reconstruir las prácticas  de los actores  sobre  diversos es- pacios, para entender esta particular articulación que es jus- tamente el turismo  (articulación que Knafou y Stock llaman un poco desafortunadamente “sistema”, lo que se presta a interpretaciones erróneas sobre  su enfoque). En otro  texto hemos  definido al turismo  como un “proceso  societario”,  lo que  puede ser tomado como  equivalente  a la articulación de actores/prácticas/espacios propuesta por esos autores (Hiernaux, 1996).

Un aspecto  particularmente significativo, que ha sido tra- tado  en obras  como  la de Crouch (1999), es la dilución de las fronteras entre turismo  y ocio-recreación. En efecto, por varias décadas,  el turismo  y las prácticas  de ocio fueron tra- tados como ámbitos  separados, en particular por las férreas definiciones impuestas por  los organismos internacionales, en  especial  la OMT  (Organización Mundial  del  Turismo). Hoy en  día,  como  bien  lo señala  Crouch, “el turismo  y el ocio han sido des-diferenciados en el posfordismo, y conjun- tamente son emblemáticos de la posmodernidad” (Crouch,

1999: 1). En este sentido, ni las motivaciones de los turistas ni  la duración del  desplazamiento –si un  desplazamiento aún se produce, lo que ya no es el caso en el turismo  virtual– son  determinantes  para  construir una  taxonomía clara  de los desplazamientos en  el mundo del ocio: ciertamente no es evidente diferenciar las prácticas  espaciales  o los imagi- narios  de  quienes practican lo que  Crouch invita a llamar “ocio/turismo”, como  un  concepto “siamés” que  es preferi- ble no querer separar.

Otro concepto central en la Nueva Geografía  Cultural del Turismo es, sin lugar  a duda,  la Lay Geography o “Geogra- fía de  la Cotidianeidad del  Turismo”.  En sentido inmedia- to, los colegas anglosajones se refieren a una Geografía  que remite  a las prácticas  inmediatas, a “ras del piso”. Nosotros pensamos que  esta forma  de enfocar la Geografía  remite  a

 

 

 

 

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lo que,  en nuestros contextos intelectuales, conocemos me- jor como  Geografía  de la vida cotidiana. Por ello, se quiere plantear la necesidad de construir una  Geografía  que  trate de acercarse más a los individuos,  sus prácticas y los espacios de esta práctica fundamental del ocio/turismo. Este enfoque ha  sido ampliamente defendido por  los geógrafos  cultura- les anglosajones, pero  ha surgido  también en  la Geografía francófona, particularmente en el excelente libro  del equi- po dirigido por  Remy Knafou  (Equipe MIT, 2002). Hemos contribuido también a la misma orientación en otro  escrito (Hiernaux, 2000).

La insistencia  en  las prácticas  –aparentemente menores que construyen el espacio y el acto de ocio/turismo– ha sido un elemento decisivo para  volver a un análisis del espacio  a gran escala, es decir, viendo los detalles.  A manera de ejem- plo, podemos afirmar  desde una perspectiva estructuralista, que el turista está encerrado en una burbuja turística  donde las reglas de comportamiento son decisivamente determina- das por rutinas, mensajes explícitos  e implícitos,  etc. Ciertas fotos de cuerpos alineados en Mar de Plata o la Costa Adriá- tica italiana,  por ejemplo, hacen pensar más en la existencia de falanges de tipo romanas, formadas por turistas discipli- nados  y estereotipados, que en turistas felices y libres. Pero, por  otra  parte,  un  estudio  como  el de Gay-Para (1985) nos sitúa a su turno en un análisis donde la pequeña subversión del espacio y de las reglas de su apropiación modifica  efíme- ramente pero  con certeza  los modelos  “vistos desde  el cielo” que han  dominado en la Geografía  estructural del Turismo (también Hiernaux, 2000).

En ese contexto es entendible entonces, y parafraseando a Touraine, “el regreso  del cuerpo” en  la Geografía  Cultu- ral del Turismo:  la práctica  turística  debe  analizarse  a una escala tal que  podamos distinguir no solo las porciones del espacio apropiadas, sino también los juegos corporales para esta apropiación. Los ritos sexuales  en torno a las albercas

 

 

 

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que  analiza Gay-Para son particularmente ilustrativos de lo mencionado. Es en ese sentido que los geógrafos  culturales anglosajones hablan de  una  “Geografía  encarnada”  (embo- died Geography) del Turismo.

Las nuevas visiones del turismo  tienen, forzosamente, que retomar la discusión  emprendida por la Geografía  Humana en general (entre otros en Balastreri Rodrigues, 1997), o so- bre  el sentido mismo  del espacio,  la existencia  de “lugares” y eventuales  “no  lugares”  (véase  por  ejemplo Cruz,  2007), así como el tema, ya ampliamente trabajado en la Geografía Humana, de la llamada  “apropiación del territorio” vista no solamente desde una perspectiva material sino también sim- bólica (Coriolano, 2006; Cammarata, 2006).

Finalmente, no  puede eludirse el tema  de  la metodolo- gía usada  por  la Nueva Geografía  Cultural del Turismo. La cartografía tradicional, las encuestas sistemáticas  a través de  muestras, entre otras  técnicas  de  abordaje metodológi- co, distan  de ser útiles  para  el tipo  de información que  se quiere producir en esta orientación: es ciertamente un  en- foque  cualitativo,  donde la observación es central (el turista difícilmente se deja  abstraer de su escaso tiempo de ocio/ turismo  para contestar cuestionarios o prestarse a largas en- trevistas); observación no solo basada  en la vista sino en los diversos sentidos.  La descripción densa  de los antropólogos es evidentemente un instrumento privilegiado para este tipo de trabajos.

 

Limitaciones y problemas de la Nueva Geografía Cultural del Turismo

La Nueva Geografía  Cultural del Turismo no está exenta tampoco de serias deficiencias, aunque parezca una vía inte- resante para  salir de las visiones teñidas  de la racionalidad excesiva de la modernidad y de los enfoques estructuralistas que fueron adoptados en el pasado.

La principal y primera deficiencia es lo que  puede lla- marse  el “riesgo  culturalista”. Si revisamos  la producción

 

 

 

 

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anglosajona sobre  los temas  que  nos interesan, no deja de asombrar la excesiva presencia de estudios  totalmente ano- dinos,  sobre  hechos  turísticos-culturales menores, que  no aportan gran  cosa a la comprensión del turismo  como  fe- nómeno cultural. Lo llamamos  “riesgo culturalista” o qui- zás deberíamos decir  “culturaloide” porque responde a un exceso  de desmenuzamiento de lo turístico  en prácticas  o juegos  de situaciones elementales de escaso interés.  Claro es que  lo pequeño es parte  del  turismo  que  pretendemos estudiar, como lo han señalado ciertos sociólogos como Mi- chel Maffesoli o Claude  Javeau.

Pero el interés  por elementos microscópicos, en ocasiones auténticas fruslerías,  provoca,  con frecuencia, la disolución misma de la esencia turística  de la práctica.  Esto ha permiti- do a muchos  autores, totalmente ajenos al fenómeno turísti- co, apropiarse de este tema como lo hacen con muchos otros: a través de una verborrea y un discurso  irrelevante, como lo ha señalado Carlos Reynoso (2000) en su destacado trabajo sobre el auge y la declinación de los estudios  culturales.

Otra  dimensión crítica,  propia de la Geografía  Cultural en  general y también aplicable  a los estudios  geográficos sobre  el turismo, es el rechazo inicial que  percibimos de la materialidad de las cosas y de las prácticas  sociales. Para la Geografía  este sesgo es particularmente crítico,  cuando la materialidad del espacio es una referencia que no puede elu- dirse.  En cierta  forma  se asiste ahora  a una  “rematerializa- ción” de la Geografía  Cultural, después  de una fase durante la cual lo subjetivo era analizado solo a partir  de las percep- ciones; en el contexto de los estudios  sobre  imaginarios del turismo, por ejemplo, es evidente que las formas materiales, tanto  configuraciones complejas  como objetos independien- tes, son esenciales  en la formación de los imaginarios: a raíz de la modernidad, nuestra percepción del mundo es esen- cialmente visual (Gregory, 1994) y remite  a la forma  mate- rial, visible, de las cosas y del espacio.

 

 

 

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El olvido del juego de las grandes estructuras y de sus im- plicaciones sobre  la cultura ha sido ampliamente criticado en buena parte  de los estudios culturales más incisivos (Gar- cía Canclini,  1999). En este sentido, estudiar el turismo  solo a partir  de las prácticas  y la subjetividad  o aun mismo de los objetos  particulares, sin tomar  en cuenta las determinacio- nes provenientes de las grandes estructuras, sean económi- cas o institucionales, equivale a ignorar los grandes procesos que signan el mundo actual. Podemos afirmar,  sin embargo, que en el turismo  existen márgenes de maniobra que permi- ten a los turistas ejercer  cierto grado  de subversión  de lo im- puesto  por el ejercicio  institucionalizado del turismo  (Hier- naux,  2000), pero  no  debe  ignorarse o menospreciarse el peso de las configuraciones institucionales que modelan los llamados  productos turísticos  y determinan ciertos compor- tamientos turísticos,  tanto  individuales como  colectivos, así como  los espacios turísticos  que  se transforman en réplicas al infinito  y ad ascum de ciertos modelos  preestablecidos.

Por otra  parte,  se asiste, indudablemente, a la exagerada presencia de un  narcisismo  e individuación en los estudios de la Geografía  Cultural del Turismo. Por ello, entendemos que han proliferado estudios que reflejan  más bien las expe- riencias  personales de ciertos  grupos  o individuos  particu- lares desde  una  visión personalizada, y con  la intención de entenderse mejor  a sí mismo  que  en el marco  de una  apor- tación  científica  al estudio  geográfico del turismo. En este sentido, muchos  trabajos  publicados sobre  turismo  gay, la situación  de la mujer  en el turismo  o temas afines, no dejan ni siquiera  aportaciones sustantivas al estudio  del tema.  Lo anterior no se deriva de un prejuicio según  el cual no pue- den existir excelentes estudios sobre el turismo  de ciertos grupos  particulares en función del género, de las preferen- cias sexuales,  de  las orientaciones religiosas,  las razas, etc. Es más bien  una  situación  de  particularización excesiva lo que criticamos,  no la necesidad ineludible de fragmentar el

 

 

 

 

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estudio  agregado desde  las “hordas”  o las “clases sociales” en grupos  más afines de intereses y con definiciones hetero- doxas de los mismos.

Finalmente, trataremos el tema  de “la casuística versus la teorización”: los estudios de caso, como en muchos  otros ám- bitos, nos ayudan  ciertamente a hacer  explotar los grandes modelos  tradicionales que amordazaron el estudio  geográfi- co del turismo. En este sentido, la Nueva Geografía  Cultural del Turismo, como  todo  lo que  se deriva de una  aplicación excesiva de  posiciones posmodernas, hace  correr el riesgo de de-construir más que lo que se re-construye. Si la decons- trucción es una  tarea  necesaria, la política  de la mesa vacía es necesariamente peligrosa  para  las Ciencias Sociales y, en particular, para  una Geografía  Humana que, a duras  penas puede reivindicar una posición  selecta en el concierto de las Ciencias  Sociales. La necesidad de teorización que  parece- rían eludir  ciertos grupos  de estudiosos  del turismo  desde la Nueva Geografía  Cultural es, a pesar de todo, un anhelo im- postergable y vital para el futuro de la Geografía  Humana.

 

Reflexiones finales para América Latina

En América Latina,  a pesar del auge del turismo  a partir de los años cincuenta en algunos  países como la Argentina, Brasil o México, la producción de la Geografía  del Turismo ha sido exigua.  Lo anterior puede entenderse por  el hecho de que  priman los mismos prejuicios en contra del turismo que en otras latitudes; también se ha considerado prioritario atender al estudio  de quienes padecen de las condiciones del desarrollo del capitalismo, ahora  en sus formas globalizadas, es decir a analizar los grupos sociales enfrentados a la pobre- za y las carencias,  más que  atender unas  dimensiones de la vida de las sociedades ligadas al glamour y al ocio (Hiernaux,

1999 y 2006b).

Sin embargo, parecería que el turismo  ha ganado espacio, aunque sea escasamente, a nivel de teorización o desde  las

 

 

 

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perspectivas  culturales que nos ocupan aquí. En este sentido dominan claramente los estudios  de caso de tipo  aplicado, donde la reflexión suele ser secundaria frente a una informa- ción pletórica. En efecto,  muchos  trabajos  son descriptivos, escasamente analíticos  y poco críticos de los procesos turísti- cos. Lo anterior se debe  también a la carencia de referentes conceptuales propios de la región latinoamericana, que per- mitirían entender el turismo  de una  manera más incisiva y aplicada  al contexto en el cual vivimos.

Sin embargo, muy particularmente en Brasil, como se pue- de apreciar en la bibliografía final de este trabajo,  existe un acervo creciente de publicaciones que rebasan las visiones es- tructuralistas e imponen una  discusión  importante sobre  la Geografía  del Turismo, de las cuales las aproximaciones más culturales forman una  componente de creciente relevancia. No hay duda  con respecto a la influencia que tuvo la vasta y arrolladora obra  de  Milton  Santos  para  suscitar  vocaciones nuevas con enfoques innovadores sobre nuestros temas.

Las perspectivas  están abiertas,  y no cabe duda  que la ex- pansión –pero quizás más aun la diversificación– de las expe- riencias  turísticas  en América Latina,  tales como el turismo de naturaleza, el turismo  en áreas indígenas, el ecoturismo (pero también las nuevas formas de turismo  urbano asocia- do a la revitalización  de los centros históricos,  por ejemplo), apelan a la comunidad geográfica  a extender sus ámbitos analíticos  a esos nuevos temas.

En ese contexto, es evidente que  podemos contar con  la cada  vez más consolidada experiencia de  los estudios  geo- gráficos de países “desarrollados”, pero  también con  la crí- tica que podemos dirigirles,  a la par de las que se fomentan en sus propios ámbitos  profesionales.

Desde las perspectivas  culturales, podemos plantear que la Geografía  latinoamericana es susceptible de hacer  gran- des aportaciones, entre otras  por  el hecho de que  se desa- rrolla en espacios donde se ejerce una parte  significativa del

 

 

 

 

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turismo  desde  países centrales. Asimismo, la diversidad  cul- tural  misma de nuestros países abre  la posibilidad de gene- rar hallazgos específicos que no pueden ser descubiertos en contextos desarrollados.

Aunque quizás, siguiendo la enseñanza de Milton Santos, también debamos aspirar  a generar teoría  misma sobre  tu- rismo, ya que la Geografía  latinoamericana tiene  bases sóli- das para lograrlo.

 

 

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Religión, bienes simbólicos, mercado y red *

 

Zeny Rosendahl 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El propósito de este artículo es contribuir a la compren- sión de la dimensión económica de la religión  y su espaciali- dad a través de las relaciones entre los bienes  simbólicos,  el mercado y las redes  religiosas.  La relación entre economía y religión  será abordada a partir  de las normas, los valores y las reglas  religiosas  que  tienen lugar  en  un  tipo  particu- lar de ciudad:  la hierápolis y/o ciudad-santuario. Este tipo de ciudad  no es de las más numerosas pero,  aun  así, se en- cuentra universalmente en todos los continentes desde  la aparición de las primeras ciudades. Son ciudades cósmicas, ciudades en que los geógrafos,  al interpretar y teorizar, bus- can  la fuente cultural de  la economía, y proponen el uso de términos culturales tales como símbolo,  imaginario y ra- cionalidad, para  entender el proceso económico en el lugar religioso (Barnes, 2005).

 

 

* Traducción: Gustavo Mazzei. Versión modificada del texto publicado originalmente como “Espaço, cul- tura e religião: dimensões de análise”, en Lobato Correa, R. y Rosendahl, Z. 2003. Introdução à Geografia Cultural. Río de Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 187-224.

1   Universidad del Estado de Río de Janeiro (Brasil).

 

 

 

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Dentro de  este marco,  se desea  reconocer la dimensión geográfica  del proceso productivo de los bienes  simbólicos conectados a lo sagrado.  ¿Cómo son producidos los valores?

¿Quiénes  son  los productores  de  estos  bienes  simbólicos?

¿Dónde  tiene  lugar el proceso de producción simbólica? La intención no es desarrollar algunas  ideas relativas al campo simbólico  en  general de  diferentes religiones, sino  restrin- girnos a los bienes simbólicos utilizados en las prácticas  reli- giosas del catolicismo  popular brasileño.

Los bienes son expresiones que designan una realidad dotada de algún valor, algunas veces moral,  y la mayoría de las veces, positivo. El énfasis de nuestro análisis recae sobre el valor y el símbolo de los bienes religiosos, aquí considera- dos como  bienes  que expresan la revelación de lo sagrado. Tal revelación constituye  el resultado de los procesos  de producción simbólica  que  hacen posible  el acto o el acon- tecimiento en  el cual  la unificación de  las dos  partes  del símbolo  –forma  y acontecimiento– puede realizarse.  Para el geógrafo, el estudio  de la consumación simbólica,  es de- cir, el acto final del proceso de las dos partes  del símbolo, simbolizante y simbolizado, ocurre en el espacio  y tiempo sagrado  (Rosendahl, 2003).

Eugenio Trías (2000) formaliza  tres etapas de análisis en el acontecer simbólico.  La primera etapa  del  proceso sim- bólico  se destaca  por  definir  la forma  o la figura  material que será receptora del acontecer simbólico,  pues la forma simbólica es la condición fundamental en el proceso para que tengan lugar las etapas siguientes.  En una segunda etapa,  el acontecimiento simbólico exige el recorte espacio-temporal reli- gioso: el espacio sagrado delimitado o demarcado en el tem- plo posee  las condiciones que  favorecen  la transformación de la materia en cosmos. El acontecer simbólico  presupone también un recorte temporal, referido al tiempo sagrado  o tiempo de fiesta. Así, “comparecen como  los efectos  (en el espacio y el tiempo) de esa transformación de la materia en

 

 

 

 

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cosmos” (Trias, 2000: 120). La consumación  simbólica revela la tercera etapa  del acontecer simbólico:  se produce un  en- cuentro entre las dos partes  del símbolo,  las partes  se unifi- can y el símbolo  se realiza como tal.

La diferencia entre un bien simbólico y un bien no simbóli- co está en la propia naturaleza de su significado.  La naturale- za del bien simbólico  refleja dos realidades: la mercancía y el significado,  es decir,  el valor mercantil y el valor cultural del bien. Podríamos decir que los bienes  simbólicos son mercan- cías que poseen valor de uso y que, en determinado contexto cultural, pasan a asociar este valor de uso al valor simbólico.

Al reconocer que  existe más simbolismo  en los objetos  y en  las cosas, aparecen nuevas  posibilidades en  la Geogra- fía. Los lugares  sagrados  no son solamente una  serie de da- tos acumulados, sino que  también involucran experiencias humanas. No debemos detenernos en describir los bienes simbólicos  que  existen  en los lugares,  pero  sí saber qué  sig- nifican  esos bienes  para  sus usuarios.  Ello implica  el cono- cimiento, por un lado, de la religión  como un sistema de símbolos sagrados  y de valores y, por el otro,  la dinámica de la producción de bienes  simbólicos  religiosos  que  involucra a los agentes  sociales del proceso en sus dimensiones simbó- lica, económica, social y política.

“Es cierto  que  el sistema  religioso  está conformado por un conjunto de símbolos sagrados ordenados entre sí, en un orden conocido por sus adeptos”,  señala Geertz (1989: 143). El bien  religioso  está profundamente comprometido con lo sagrado  y, como  tal, está marcado por signos y significados; pero  debe  ser reconocido también como  suministrador de reglas y sentidos  a los grupos  religiosos. Es el bien simbólico el que  otorga  sentido y significado  a las prácticas  religiosas de diferentes grupos.

La comprensión del campo simbólico, escenario en el que ocurre el acto simbólico,  deriva de la noción del campo  reli- gioso de Bourdieu, reelaborada sin embargo por Benedetti,

 

 

 

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quien  sostiene  que el campo  religioso es “como un conjunto estructurado de agentes  institucionales tensionalmente uni- dos en el interior de una configuración mediatizada por los intereses de los ‘legos’ (situados en su clase social) y por los intereses propios a los agentes  religiosos” (Benedetti, 2000:

30). La idea de capital religioso  de Bourdieu (1987) sugiere que,  por  un lado, este capital  religioso  depende de las rela- ciones entre la demanda y la oferta religiosa que las diferen- tes instituciones religiosas son obligadas a producir. Por otro lado,  este capital  religioso  determina tanto  la naturaleza y la forma  como la fuerza de las estrategias  que las instancias religiosas sitúan al servicio de sus intereses, así como las fun- ciones que tales instituciones cumplen en la división del tra- bajo religioso.

El proceso de producción de bienes simbólicos, en la mayor parte  de los casos, está orientado a consagrar y legitimar  los valores ya establecidos en la sociedad. En los estudios  realiza- dos por Weber (1964), esta producción está institucionalmen- te asentada. Según Weber, los sacerdotes forman el cuerpo de especialistas religiosos concernientes a la gestión de los bienes de la salvación, constituyéndose en los detentadores exclusi- vos de la producción o reproducción de esos bienes  simbóli- cos. El secreto de lo sagrado confiere poder a los especialistas religiosos, cabiendo a los legos, creyentes  y fieles la categoría de destituidos del capital religioso y excluidos  del trabajo  sim- bólico por el simple hecho de que no poseen el conocimiento para el ejercicio de ese poder sagrado.

De esta manera, el capital religioso  tiende a ser acumula- do y concentrado en las manos  de un grupo de administra- dores  de lo sagrado.  La separación simbólica  entre el saber sagrado  y la ignorancia profana es reforzada; ella acentúa la distinción entre los productores de lo sagrado y los consumi- dores de los bienes simbólicos.

El capital religioso  es, sin duda,  un instrumento de poder y de estrategia fuertemente vinculado  a la política económica

 

 

 

 

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del  capitalismo global.  La actual  coyuntura  mundial refleja un momento de gran efervescencia en los espacios religiosos, sea por el retorno de los fundamentalistas, sea por la fragmen- tación de las nuevas sensibilidades mágico-religiosas en varia- dísimas formas espaciales. En Brasil, por ejemplo, la situación se reconoce en una intensa  multiplicidad de filiales de la Igle- sia Universal del Reino de Dios, en la cual el capital simbólico está concentrado en las manos de un grupo de “empresarios” de lo sagrado,  que  manipulan un  stock de bienes  simbólicos disponibles en la sociedad  (Rosendahl, 2003).

La lectura  de los bienes  simbólicos  en su dimensión eco- nómica,  destacada anteriormente, no  significa decir  que  la religión  es solo una  mercancía y que el comportamiento re- ligioso del devoto  adquiere inteligibilidad en las estrategias de la economía de mercado. El sistema de producción de bie- nes simbólicos religiosos se convierte en el eje básico del aná- lisis geográfico. El recrudecimiento y la demanda por nuevos símbolos  religiosos  se acentúan en  el espacio  y adquieren funciones y significados  distintos  entre los diversos grupos involucrados. Al geógrafo de la religión  le cabe interpretar los lugares  religiosos  y sus sucesivas combinaciones espacia- les frente a las nuevas funciones y significados  asociados  al cambio  de demanda del grupo de legos, es decir, grupos  so- ciales que imponen nuevas prácticas  en la demanda por bie- nes de salvación. Benedetti nos obliga a repensar las teorías de Bourdieu sobre  la función de los agentes  e instituciones religiosas. Para este autor,  hay un nuevo escenario y en él, la “religión  deja de ser un principio ordenador de la vida perso- nal y social, un sentido de mundo, y se presenta cada vez más

‘pegada’ a la condiciones materiales de vida, como remedio, como  respuesta a problemas, como  control de incertidum- bres.” (2000: 16).

En  nuestra  sociedad, es  posible  reconocer los  pedidos por  las necesidades básicas en  los espacios  sagrados  de los centros de peregrinación. Los pedidos por  salud,  trabajo  y

 

 

 

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amor, frente a los conflictos y contradicciones sociales, mate- rializados  en la hierápolis de Porto  das Caixas, Itaboraí/RJ, retrata el triángulo de las necesidades: salud, trabajo  y amor (Rosendahl, 2002a). Es un acto de culto que tiende a reducir la religiosidad ética a una moral estrictamente formalista del do est des (Weber, 1964). El devoto es un hombre religioso que tiene  fe y recurre a lo sagrado  al sentirse  amenazado por las contingencias de la vida o, cuando se encuentra delante de la desesperación y de la inoperancia de las soluciones huma- nas, busca  en  las divinidades las soluciones que  desea.  Las prácticas  religiosas  son  rigurosamente personales (Mauss,

1979: 137), no están  sometidas  a cualquier reglamentación. Los creyentes son guiados en sus elecciones de consumo y de producción de lo sagrado  a través del espacio  y del tiempo sagrados.  La comunidad religiosa es llevada por la fe a ver y a creer  en una  cosa que supuestamente no está allí (Rosen- dahl, 2002b).

A fin de comprender el mercado de bienes  simbólicos  a partir  de la división del trabajo,  se resalta el trabajo  religio- so especializado, realizado por los productores y portavoces de lo sagrado,  investidos  de poder, institucionalizado o no, encargados de la gestión  de los bienes  de salvación. Se en- tiende aquí  que  la producción de  lo sagrado,  como  indica Weber,  es ejercida  por  un  cuerpo de  funcionarios del  cul- to, dotados de una  formación especializada en religión, en- cargados  de la gestión  de los bienes  de la salvación y con la función específica de satisfacer los intereses religiosos. En el catolicismo  popular brasileño, existe un conjunto de bienes simbólicos (imágenes, velas, ofrendas, rosarios, medallas, es- tampitas  y otros objetos) que suscita un proceso productivo que  involucra  mecanismos de  mercado. La producción de estos artículos  religiosos  está fuertemente influenciada por la variación intranual e interanual de la demanda vinculada a lo sagrado; tal es el caso de las diversas fiestas y ceremonias que  definen tanto  los tiempos  sagrados  específicos  como

 

 

 

 

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los eventos  externos a lo sagrado.  Como  observa  Bourdieu (1987), los periodos de crisis económicas y políticas pueden aumentar o disminuir la búsqueda de estos bienes,  que  así son variablemente consumidos.

La diversidad  de  las mercancías no  religiosas  colocadas a la venta revela que  son, en su mayoría,  de uso personal y están integradas a la cultura local, pudiendo abarcar distin- tos tipos de vestuario,  alimentación típica  del lugar,  utensi- lios comúnmente usados en las residencias, entre otros. Son objetos  tradicionales que ya forman parte  del imaginario religioso católico, como los rosarios, las medallas  y las publi- caciones religiosas.2 Estos objetos, en su mayoría, simbolizan el lugar  y el motivo de su adquisición es siempre  el mismo: “llevar un recuerdo del lugar”.

 

El consumo de lo sagrado y las hierápolis

El consumo de lo sagrado  es una  característica singular de  la ciudad-santuario  independientemente de  la localiza- ción del espacio sagrado;  ello puede ocurrir en el Santuario de Fátima, en Portugal; en el espacio  sagrado  del Canindé, en  Ceará;  en  Muquém, en  Goiás; en  Santa  Cruz dos Mila- gres, en  Piauí  y en  otros  santuarios católicos  brasileños. A pesar  de las diferencias sociales y culturales que  estos cen- tros poseen, el comercio de lo sagrado  es realizado con  ar- tículos religiosos  de la misma naturaleza. Así, lo sagrado  es comercializado de forma  integrada con el sistema religioso católico universal.

En el análisis de la dimensión económica de lo sagrado en las hierápolis católicas  serán  consideradas siete caracte- rísticas, explícita  o implícitamente evidenciadas, tanto  en la literatura como en nuestras investigaciones realizadas en di- ferentes contextos socio-espaciales (Rosendahl, 1996, 1997,

 

 

 

2  La autora usa el término livreto (N. del T.).

 

 

 

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1999a). Veamos  sumariamente estas  siete  características y tengamos en cuenta que ellas están articuladas entre sí.

 

1. La preeminencia de lo sagrado sobre lo profano en las funciones urbanas

A partir  de nuestro interés  por conocer el impacto que lo sagrado impone al lugar en las actividades humanas, se hace necesario definir  el significado  de la hierápolis o ciudad- santuario. Se trata  de ciudades donde predomina el orden espiritual y que están marcadas por la práctica  religiosa de la peregrinación o romería al lugar sagrado.  Así, las hierápolis son centros de convergencia de devotos que,  con sus prácti- cas y creencias, materializan una peculiar organización fun- cional y social del espacio.

Al reconocer la predominancia de lo sagrado sobre lo pro- fano en las funciones urbanas de estas hierápolis, es preciso considerar dos aspectos:  su organización interna y el papel que  las romerías representan como  modeladoras de la con- figuración espacial. La romería no es un agente modelador permanente a lo largo  del  tiempo como,  por  ejemplo, los promotores inmobiliarios (Rosendahl, 1999a). La romería es un agente singular, no permanente. Puede  ser un obrero, un comerciante, un  desempleado, que  en  un  tiempo singular, fuera de su cotidianeidad, se transforma en un agente singu- lar que actúa también en espacios singulares.

Las ciudades-santuarios  o hierápolis cumplen una  fun- ción  que  las desvincula  de la esfera  de lo económico y que las lleva hacia la esfera de lo simbólico. La configuración espacial tiene  lugar en su articulación con lo sagrado.

 

2. La variabilidad de las funciones según los ritmos propios del tiempo sagrado Las hierápolis poseen  ritmos  propios marcados por  la práctica  religiosa de la peregrinación al lugar santo. La fuer- za dinamizadora de lo sagrado en la reorganización espacial de los lugares de peregrinación, periódicamente, acentúa la

relación entre lo urbano y lo sagrado.

 

 

 

 

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Las ciudades-santuario  que  atraen un  flujo  permanente de peregrinos son aquellas  hacia las que  se desplazan miles de fieles hacia el santuario, durante todo el año y no solamen- te en ocasión de las fiestas (el tiempo sagrado). Las otras, las hierápolis de flujo periódico, son aquellas  en que  la prácti- ca religiosa  implica  la visita en ciertas ocasiones.  Rinschede (1985) explica  que  es preciso  prever,  alrededor del  santua- rio, alojamientos, hoteles,  restaurantes, comercios, estacio- namientos y otros  servicios. Es alrededor del  santuario, en el espacio  sagrado  de estos santuarios, donde se organiza  la vida urbana en el tiempo de fiesta o en el tiempo sagrado.

Deffontaines (1948) dio  el nombre de  “ciudades  de  do- mingo”  a estos centros urbanos de función religiosa,  locali- zados principalmente en América del Sur y que, alejados de la vida urbana, sea por  la distancia,  sea por  la dificultad de acceso, o quizás por  ambos  factores,  presentan una  discon- tinuidad temporal en  la función religiosa.  En cada  tiempo sagrado,  sea este semanal,  mensual o anual,  la vida urbana es recreada en las hierápolis.

 

3. La naturaleza específica del alcance espacial que no se manifiesta a través de las leyes de mercado

El alcance  espacial de la fe revela una  configuración es- pacial que  sigue una  lógica, es decir,  los elementos se arti- culan  con  lo sagrado  (Rosendahl, 1994, 1996, 1999b). En las hierápolis del catolicismo  las interacciones espaciales demuestran distintos  patrones espaciales.  La diversidad  de participantes confiere una variedad  en el espacio y el tiem- po (Corrêa, 1997). Las interacciones no son definidas solo por las relaciones de los individuos  con lo sagrado,  sino también por  las relaciones entre los grupos  heterogéneos de participantes. Es posible  reconocer al peregrino, al tu- rista, al visitante, al comerciante y al habitante; además  de los padres,  los pastores  y otros profesionales especializados en el trabajo  religioso.

 

 

 

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Así podemos distinguir dos  grandes grupos:  los que  se manifiestan consumidores de lo sagrado  y los que  repre- sentan  a los productores de lo sagrado.  El espacio  social es preparado diferencialmente para  atender a la demanda de bienes simbólicos en cada tiempo sagrado.

 

4. Los participantes tienen motivaciones ideológicas y desarrollan itinerarios religiosos que no siguen la racionalidad de los patrones de la economía

Las hierápolis son organizaciones socioespaciales que es- tán presentes en más de un tipo de sistema religioso. Pueden tener lugar  en  el cristianismo, en  el islamismo  y en  el bu- dismo; sin embargo, las formas espaciales resultantes varían con cada religión  y con los diferentes contextos culturales.

Las maneras que  tiene  un  devoto  para  expresar sus sen- timientos son  innumerables, desde  las  menos   elaboradas hasta las más complejas  (que provienen del inconsciente) en las cuales cada símbolo  posee  un  significado.  Las prácticas religiosas presentan un itinerario religioso más o menos pre- establecido en la percepción jerárquica visual y sensorial  de lo sagrado en el espacio y el tiempo del peregrino. Los facto- res invisibles presentes en las prácticas  religiosas solo serán visibilizados si son interrogados. Es preciso  develar  los sím- bolos del imaginario colectivo religioso (Halbwachs, 1950) y sus impresiones en el paisaje religioso  (Park, 1994). Así, las múltiples trayectorias religiosas  vivenciadas en  los espacios sagrados representan un valioso instrumento de investiga- ción en Geografía  Urbana.

 

5. Las actividades presentan una organización de su espacio interno fuerte- mente marcada por la propia lógica de lo sagrado, que confiere al espacio un tipo particular de centralidad y segregación

Se insiste en  el estudio  de lo sagrado  como  un  camino más de acceso a la comprensión de lo urbano. Las hierápo- lis cuentan con un orden espiritual predominante y marca- do por la práctica  religiosa de la peregrinación. En muchos

 

 

 

 

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casos, las funciones urbanas están fuertemente especializa- das y se asocian  al orden de lo sagrado;  esto quiere decir que  sus funciones básicas son de naturaleza religiosa.  Esta configuración puede tener un carácter permanente o pre- sentar  una periodicidad marcada por los tiempos  sagrados. Las teorías  de  Corrêa  (1989), Rinschede (1985) y Eliade (1991) nos sirven para  el análisis específico  de la organiza- ción de las hierápolis católicas en razón  de la valorización que  lo sagrado  atribuye  al lugar.  Basados en estos autores, reconocemos los elementos espaciales  directa  e indirecta- mente vinculados a lo sagrado. Son ellos: el espacio sagrado, el espacio  profano directamente vinculado  a lo sagrado,  el espacio indirectamente vinculado  y el espacio remotamen- te vinculado  a lo sagrado  (Rosendahl, 1997, 1999b).

 

6. Además de una función religiosa e ideológica, la hierápolis desempeña también un papel político

En  este  apartado se destacan los estudios  de  hierápolis que  absorben dos funciones: la política  y la religiosa.  En su mayoría, las hierápolis son lugares impregnados del sim- bolismo asociado  a la vida de los fundadores o los líderes religiosos. Estos santuarios, aún hoy, están asociados a las personas que  poseen reconocida credibilidad religiosa.  Po- lignac (1995) señala  la fuerte  conexión entre los territorios religiosos y los espacios políticos.

La historia  registra  varios movimientos religiosos de protesta  en  diferentes  contextos políticos.   La  sociedad se organiza  a través  de  nuevas  formas  y el rescate  de  lo cívíco -religioso adquiere un efecto político  en la devoción popular, religiosa y nacionalista. En determinados contex- tos culturales la fe es explotada a los fines de ablandar los miedos  y formar  nuevas  opiniones, demostrando  que  la religión  y la política  tienen lugar conjuntamente en un es- pacio y un tiempo específicos.  La Geografía  Urbana ofre- ce un rico material para reflexionar sobre el fenómeno de

 

 

 

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las peregrinaciones, centradas en  la figura  carismática  y religiosa  del hombre público  o líder  religioso.

 

7. La localización de las hierápolis está dada por la sacralidad atribuida a los lugares

El estudio  de las hierápolis ha demostrado la existencia de cinco tipos de localizaciones. Para Tuan  (1978), todos los lugares son potencialmente sagrados,  pero  solo algunos  son escogidos para que este potencial sea realizado. La manifes- tación  de poder de lo sagrado  en determinados lugares  los diferencia de los demás lugares.

Las funciones urbanas presentes en  estos  núcleos   per- miten  considerar a las hierápolis como  un  tipo  particular de ciudad.  Los cinco tipos de localizaciones son: a) núcleos rurales;  b) pequeñas ciudades en el área rural;  c) ciudades- santuarios entre los centros metropolitanos; d) ciudades- santuarios en las metrópolis y, e) ciudades-santuarios en las periferias metropolitanas.

Las hierápolis tanto reflejan como fijan el poder. Hay una dis- ciplina religiosa en el espacio y en el tiempo. Las relaciones entre bienes  simbólicos,  mercados y redes  contienen las preferencias de los individuos  que  interactúan en los santuarios. Son estas preferencias las que contienen las normas, los valores y las reglas culturales, requiriendo  un  examen minucioso del  comporta- miento del devoto y de su fuerte actuación en la hierápolis.

 

Los bienes simbólicos y las redes de las ciudades-santuario

La oferta de bienes simbólicos implica el conocimiento de la existencia  de una red de distribución que abarca los diver- sos agentes  sociales,  sus localizaciones y los diversos  flujos que unen las ciudades santuario o hierápolis.

La Iglesia Católica Apostólica Romana  reconoce y contro- la varios tipos  de  redes  religiosas,  pero  nos  focalizaremos solo en una: la Red de Santuarios de Brasil. Se sabe que todos los lugares  sagrados  no  son  igualmente santos  o sagrados

 

 

 

 

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para  los devotos católicos. Algunas iglesias son consagradas a un  evento  milagroso.  En los centros de  peregrinación o ciudades-santuario, la dinámica espacial del poder religioso puede ser comprendida si consideramos el espacio  sagrado como el centro de la gestión  religiosa. La Red de Santuarios está marcada por las articulaciones entre los santuarios y el proceso de gestión,  que se integran en Brasil a un poder su- perior, con sede en Brasilia. Se trata del Consejo de Rectores de Santuarios de Brasil que  forma  parte  de la Conferencia Nacional  de Obispos de Brasil (CNBB). Este se organiza  por la aplicación de las normativas del Código de Derecho Canó- nico y de las Directrices  de la Pastoral  de los Santuarios. El poder de control y decisión  no es local sino central. El poder religioso  local que,  en realidad es “otorgado como  franqui- cia” a una congregación religiosa o hermandad que lo admi- nistra,  está integrado a la Red de Santuarios Nacionales. La red alcanza espacios sagrados multilocalizados.

Se puede imaginar un  aglomerado de santuarios nacio- nales e internacionales integrados y que  funciona armóni- camente, una red mundial de santuarios, según las directrices establecidas por  el Vaticano.  Un ejemplo de ello es el San- tuario  de Jesús Crucificado de Porto  das Caixas (municipio de Itaboraí, Río de Janeiro) y el Santuario de Nossa Senhora d’Abadía  de Muquém, en Goiás, administrado por  el obis- po diocesano de la ciudad  de Uruaçu. En este sentido, los referidos santuarios de gestión religiosa, diocesana o no, tienen un significado  que no se debe disociar del papel que desempeñan  en  una  red  de  lugares  sagrados,  controlada por  la Sede Oficial, localizada  en el Vaticano  (Rosendahl,

1997). Tal como lo sugiere  Corrêa  (1997) es importante verificar  las dimensiones organizacional, temporal y espacial. El concepto de red  se aplica a la red  simbólica  y sirve para caracterizarla como formal o informal, jerárquica o no, pe- riódica  o permanente, planificada o espontánea, dendríti- ca o compleja, cualquiera sea su escala espacial,  es decir,

 

 

 

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más  allá de  que  ella  sea efectivamente  de  carácter local, regional o nacional.

 

Conclusión

Al dilucidar la organización espacial específica de las ciu- dades-santuario o hierápolis, es posible distinguir la existen- cia de formas espaciales que cumplen funciones directamen- te asociadas  a los itinerarios religiosos  y a las demandas de los devotos en el santuario. Los elementos que configuran el espacio se organizan de acuerdo con una lógica singular,  re- sultante de su articulación con lo sagrado.  Nuestros  trabajos anteriores (Rosendahl, 1996, 1999a y 2003) revelan  que  el flujo periódico y sistemático  de las romerías ha generado la aparición de actividades  económicas vinculadas  a satisfacer las necesidades de los peregrinos (alimentación, transporte, hospedaje, entre otras). Tales actividades  revelan  la natura- leza de  los santuarios. Según  nuestros estudios,  se pueden explorar seis aspectos en futuras  investigaciones:

 

   La magnitud de la hierápolis, que  puede ser conocida a partir  del número y de la diversidad  de bienes  y servicios ofrecidos.

   El nivel social de los peregrinos, que  se revela en la cali- dad de los bienes y en los servicios disponibles.

   El patrón cultural, que  puede ser  analizado inclusive  a partir  de la infraestructura pública utilizada por las rome- rías: a) cocinas  colectivas o particulares; b) baños  públi- cos próximos al templo o instalaciones colectivas dentro del centro religioso; c) alojamientos equipados con camas o al aire libre (redes y carpas).

  El grado  de  atracción de  los capitales  locales  y de  los externos, inducidos por  la demanda de los peregrinos. Tales capitales  pueden ser invertidos  en  negocios  o en establecimientos diversos, no necesariamente en el co - mercio  local.

 

 

 

 

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  El carácter permanente o temporal de  la peregrinación

–anual,  estacional o diaria–  que  permite clasificar las in- versiones realizadas  en provisorias o fijas.

  La accesibilidad en relación al área de atracción de las ro- merías  y, consecuentemente, los días de permanencia en el lugar. Ello define  el tipo de transporte utilizado,  el tipo de  alojamiento e instalaciones como  hoteles,  hospitales, bares,  restaurantes, centrales telefónicas, estacionamien- tos, etc.

 

La distribución de las actividades no religiosas en las proximidades de la iglesia revela la creación de áreas especia- lizadas que favorecen  los intercambios económicos y simbó- licos. El conjunto compacto de venta de artículos  religiosos frente a la iglesia, la concentración de la venta de artesanía o de productos naturales como verduras  o frutas, o el agrupa- miento de bares y restaurantes próximos al estacionamiento, son ejemplos  de economías externas de aglomeración. Y, di- ríamos  con Corrêa  (1989: 57-58), que “aún cuando sean de distinta  naturaleza, ellas están localizadas juntas unas de las otras, formando un conjunto compacto que puede inducir al consumidor a comprar otros bienes  que no formaban parte de sus propósitos religiosos”. La concentración de tales acti- vidades se observa en las proximidades del espacio sagrado. A pesar  de  las diferencias sociales y culturales, esto  se ob- serva tanto  en  santuarios nacionales como  internacionales (Rosendahl, 2003).

El geógrafo, cuando analiza  la dimensión económica de la religión, la encara bajo  la dimensión espacial.  Las rela- ciones  entre bienes  simbólicos,  mercado y redes  religiosas fueron reunidas en nuevos planos  de percepción teórica  en la investigación llevada a cabo en el área de la Geografía  de la Religión.  Estos planos  se consolidan junto  a la explora- ción de los conceptos de lo sagrado  y lo profano. Y, tal vez, sea en  las hierápolis donde más nítidamente lo sagrado  se

 

 

 

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materializa en  el espacio.  En el catolicismo  popular, el pe- regrino es el agente modelador del espacio, es el agente que simultáneamente produce y consume los bienes  simbólicos religiosos.

Como  se observa,  existe un  amplio  campo  para  la inves- tigación  sobre  la dimensión económica de lo sagrado  en el espacio,  abarcando las diferentes y diversas religiones prac- ticadas en Brasil. Esperamos que este análisis pueda contri- buir a futuras interpretaciones de las relaciones entre bienes simbólicos, mercados y redes.

 

 

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Religión, bienes simbólicos, mercado y red    251

 

 

 

 

 

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Weber,  M. 1964. Economía y sociedad. México-Buenos  Aires, Fondo  de Cultura Económica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Zeny Rosendahl

 

 

 

 

 

Del rodar del dado al clickear del mouse: explorando las Geografías Culturales del juego por Internet *

 

Charlotte Kenten 1, Gill Valentine y Kahryn Hughes 2

 

 

 

 

Introducción

 

El juego es un fenómeno multifacético: una apasionante actividad de ocio, una forma mundana de consumo, una manera de socializar con otros, una oportunidad para desplegar habilidades, un hobby con la posibilidad de ganar dinero. La heterogeneidad de juegos es equivalente a la heterogeneidad de jugadores y motivaciones. (Reith, 1999: 126)

 

A lo largo del tiempo el juego  ha pasado  de ser una  acti- vidad  clandestina a una  industria global  que  mueve  miles de millones  de libras y que, frecuentemente, es apoyada  por el Estado.  En el Reino  Unido, el Gambling Act de  1960 dio lugar  a cambios  que permitieron apostar  en lugares  especí- ficos controlados por  la legislación,  como  por  ejemplo, los bookmakers.3  Desde ese momento si una persona quería jugar, tenía  que  encontrar un  sitio apropiado para  hacerlo (Par- sons y Webster,  2000). Con  el desarrollo de  la tecnología, las oportunidades para  jugar se incrementaron y alrededor de 1994, cuando Antigua y Barbuda aprobaron leyes que las convirtieron en jurisdicciones legales con capacidad para otorgar licencias de juego, se dio inicio al juego por Internet. En 1995 comenzó a operar el primero casino online, Internet

 

 

* Traducción: Mónica Farias. Revisión: Susana Adamo. Internet Gambling en el original. La traducción al castellano de gambling es “juego de azar” (N. de la T.).

1  King’s College, Universidad de Londres (Reino Unido).

2   Universidad de Leeds (Reino Unido).

3   Bookmaker es el lugar físico donde se realiza la apuesta (N. de la T.).

 

 

 

253

 

 

 

 

 

Casinos Inc. (EE.UU.), con  18 juegos  diferentes. Esta com- pañía,  como  tantas  otras,  estaba  ubicada  off-shore operando desde las Islas Turcas y Caicos para evitar las acciones legales del  gobierno de  Estados  Unidos  ( Janower,  1996). El juego por  Internet ha visto un crecimiento rápido y global en sus operaciones en los últimos doce años, ya que:

 

(...) trasciende límites geográficos  y temporales tornándo- se un  gigantesco casino  global:  un  ambiente en  el que  los individuos  son libres para apostar,  sin los impedimentos de las restricciones asociadas a los juegos de azar terrestres. Al ofrecer  acceso  inmediato y crédito instantáneo, vincula  a jugadores de todo  el mundo, las veinticuatro horas  del día. La transferencia instantánea de efectivo se suma a la in- mediatez del juego.  Generalmente, los jugadores compran crédito con la tarjeta  de crédito o por medio  de fondos electrónicos transferidos desde  el bookie 4  del casino  y lue- go juegan  con dinero virtual respaldado por este depósito. Cuando el dinero se acaba, simplemente repiten el proceso. (Reith, 1999: 124)

 

El juego por Internet, es una de las formas de juego online o a distancia5 que usa los desarrollos tecnológicos para posi- bilitar el juego desde  lugares  y espacios no tradicionales, de modo  que  las apuestas  que  hubieran tenido que  realizarse en lugares específicos ahora  pueden hacerse  desde  el hogar gracias a Internet. Además,  esto elimina  los aspectos  nega- tivos propios de los espacios designados para  el juego como

 

 

4  Abreviatura de bookmaker (N. de la T.).

5  El juego online a menudo   se refiere a dos tipos de prácticas. La primera  consiste en una apuesta online sobre un evento material, por ejemplo las carreras de caballos que se desarrollan en una localización física y que, con el desarrollo de la tecnología, se pueden tornar eventos globales y en “tiempo real”, o sea que es posible apostar a un resultado mientras se lleva a cabo el acontecimiento. En la segunda los juegos son generados por computadora y los resultados son determinados por un generador de números aleatorios (McMillen, 2000).

 

 

 

 

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Charlotte Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes

 

 

 

 

 

los sitios de apuestas  o pistas de carrera, en general, atmós- feras masculinas  y llenas de humo.6

Este trabajo  esboza,  en  primer lugar,  el proyecto  que  lo orienta para después  discutir  la naturaleza global y local del juego  por  Internet y hacer  referencia a la regulación de la práctica.  En segundo lugar,  considera los impactos  sociales del juego por Internet, para luego focalizarse específicamen- te en los problemas del juego y sus consecuencias familiares. En la conclusión, el trabajo  identifica qué  enseñanzas pue- den  extraerse de este proyecto  y también realiza considera- ciones  futuras  para  próximas investigaciones sobre  el juego por Internet.

 

Métodos

El proyecto7  que  orienta este trabajo  se enfocó  en  el es- tudio  del  problema del  juego  por  Internet y fue  diseñado para considerar, por un lado, si este genera nuevas formas de participación por parte  de personas que no considerarían el tradicional juego  offline 8  y, por  el otro,  para  explorar el rol de la familia en torno al juego  por  Internet, y obtener nue- va información sobre lo que es actualmente descripto como conductas auto-correctivas  en  los problemas del  juego  por Internet. El proyecto  estaba  interesado tanto  en  las trayec- torias de las personas dentro y fuera  del juego por Internet, como en el rol de la familia en torno a esta problemática.

La investigación se inició con una encuesta preliminar online,  disponible para  ser completada por  cualquiera que jugara  vía Internet. La encuesta comenzaba con  cuestiones

 

 

6   En Inglaterra estuvo permitido fumar en los espacios de juego, incluyendo los sitios de apuestas y bin- gos, hasta que en el año 2007 se implementó la prohibición  para fumar en lugares cerrados.

7  El “New Forms of Participation: Problem Internet Gambling and the Role of the Family” está financiado por el Economic and Social Research Council (ESRC) y el Responsibility in Gambling Trust (RiGT). Número de subsidio: RES-164-25-0018

8  El término offline, como opuesto a online, hace referencia  a aquellas actividades que no se realizan por

Internet (N. de la T.).

 

 

 

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destinadas a obtener información demográfica básica para después  preguntar acerca de la participación de los entrevis- tados en el juego por Internet. La encuesta estuvo disponible a través del sitio web del proyecto  y el link fue incluido en una serie de sitios web del Reino Unido  relacionados con el juego y la familia.9  La encuesta online estuvo accesible a la población destinataria, permitió obtener una  amplia  muestra y la rela- ción costo-beneficio fue positiva comparada con los costos de distribución offline. Wood y Griffiths (2007) sugieren que hay otros  beneficios  asociados  al uso de  encuestas online.  Ellos incluyen  la posibilidad de participar desde  el ámbito  priva- do del hogar,  desde  el anonimato, y poder llegar a aquellos individuos  definidos como “socialmente inhábiles”  (Wood y Griffiths,  2007: 152), es decir,  a aquellos  que  no  hubieran participado en una investigación offline ; además,  las encues- tas online pueden ser potencialmente desinhibidoras, llevan- do a un mayor grado de apertura personal que la que podría provocar una entrevista cara a cara. La encuesta también fue publicitada offline por  medio  de carteles  y de tarjetas  distri- buidas  a través de  una  amplia  gama  de  organizaciones in- cluyendo el Citizens Advine Bureaux, una agencia británica de voluntariado, en los escaparates de noticias  de las agencias, en los bares y, puerta a puerta, en 2.000 casas distribuidas en dos localidades diferentes (Blackpool y Norwich).

Al final del cuestionario se incluyó el contacto con agen- cias de  ayuda  para  los jugadores, de  modo  que  esta infor- mación  estuviera disponible para quien  quisiera  buscarla. Además, se dejó un espacio  para  que la gente  que estuviera dispuesta a ser entrevistada dejara sus datos. La información

 

 

 

9   Reconocemos que el uso de Internet no permite limitar el estudio a residentes británicos. Sin embargo, dado que esta fue una estrategia tenida en cuenta para reclutar gente que participase en la etapa de realización de entrevistas, resulta más fácil sugerir que los hallazgos de la investigación son aplicables al Reino Unido y, como se discutió más arriba, están enmarcados en las leyes que regulan el juego dentro de este territorio.

 

 

 

 

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Charlotte Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes

 

 

 

 

 

sobre  el proyecto  también estuvo disponible en las páginas web de un cierto  número de estas agencias  de ayuda, inclu- yendo GamCare.

A la fecha la encuesta fue completada por 593 individuos,

92% hombres y 8% mujeres.  Aparentemente esta diferencia- ción  concuerda con  las expectativas  respecto a la división de género presente en los juegos por Internet (conversación personal con Kate Stewart). Más de la mitad  de los encues- tados  son  menores de  34 años  y tres  cuartas  partes  tienen menos  de 44 años. Más del 93% de los participantes se iden- tificó como blanco.  La mitad tiene un ingreso  anual inferior a 25.000 libras sin incluir  las ganancias del juego,  lo que  se aproxima al ingreso  medio  anual  en el Reino Unido.

La etapa de entrevistas del proyecto  consistió en contactar y solicitar entrevistas a todos aquellos que dejaron sus datos y que reconocieron tener problemas asociados a los juegos por Internet. Un total  de 24 personas aceptó  participar en esta etapa  de la investigación;  de estos, 20 se identificaron como jugadores con problemas. Las entrevistas  utilizaron el enfo- que  de historia  de vida y, cuando fue posible,  se realizaron entrevistas  semiestructuradas a personas que  los entrevista- dos identificaron como  significativas (pareja  o familiares). El jugador con problemas fue entrevistado nuevamente tres meses más tarde,  para  reflexionar sobre el período transcu- rrido  entre la primera y la segunda entrevista.  Esta permitió clarificar  aspectos  de  la entrevista  previa  y realizar  nuevas preguntas a todos los entrevistados, que, en líneas generales, abarcaron temas tales como las finanzas, la familia y el aban- dono  del  juego.  La información recolectada fue  analizada con técnicas  estándar de las Ciencias Sociales y a través del programa NVivo7.10

 

 

 

 

10 Se trata de un software usado en la investigación cualitativa (N. de la T.).

 

 

 

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El juego global y local

Allí donde está legalizado,  el juego  es una  industria eco- nómica  en crecimiento que  atraviesa sociedades y culturas. Puede  ser una actividad informal donde exista alguien  listo para  arriesgar algo, generalmente dinero. No hay una  geo- grafía específica  para  esta forma  de juego,  ya que puede desarrollarse en cualquier lugar en cualquier momento. En contraposición, en el juego  offline, también conocido como juego terrestre (Wilson, 2003: 1.246), el juego legal es una in- dustria  por derecho propio y su geografía  y sus operaciones son reguladas por  la legislación  de cada  país. Es decir  que estas leyes controlan dónde, cuándo y cómo  el juego  puede llevarse a cabo, y actúan como un modo de protección moral y ética de los ciudadanos del país. En algunos  países se han desarrollado áreas específicas conocidas por sus actividades de juego, un caso muy famoso es Las Vegas, en Estados Uni- dos. Los casinos  son un  ejemplo de cómo  las regulaciones afectan  los horarios de funcionamiento, los tipos de juegos ofrecidos,  la edad  de los clientes  y, en  ciertas  ocasiones,  la nacionalidad.

En  términos geográficos,  el juego  por  Internet desdibuja los límites entre lo económico, lo cultural y lo social; al mismo tiempo cruza las escalas –desde la local hasta lo global– y más significativamente, transforma los espacios tradicionales de jue- go: se observa el pasaje de lugares específicos como los locales de apuesta  o de bingo a los espacios del hogar y la vida familiar a través de Internet. El crecimiento y el desarrollo de Internet ha permitido que las prácticas  de juego rompieran los límites legales y, en consecuencia, se incrementaran tanto  las oportu- nidades como las opciones para jugar. Ejemplo de ello es la de- cisión de apostar  al caballo que pierde –laying horses– en lugar de hacerlo por aquel que gana en una carrera o en lugar de ha- cerlo mientras se lleva a cabo la carrera –in race betting– (Wilson,

2003). Internet no ayuda a evitar el acceso y la participación en el juego, tampoco permite controlar el lugar y el momento en

 

 

 

 

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Charlotte Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes

 

 

 

 

 

que esta actividad se lleva adelante. Concomitantemente puede ofrecer oportunidades a aquellos que no tienen acceso a las ofi- cinas locales. Además, la conveniencia de jugar desde espacios no tradicionales puede (potencialmente) proporcionar acceso a aquellos  que están legalmente impedidos de llevar adelante esta actividad,  por  estar  situados  en una  situación  de protec- ción, como es el caso de los menores de edad.

El juego  online fue prohibido expresamente en octubre de  2006 por  el Congreso de  Estados  Unidos  a través del Unlawful  Internet  Gambling Enforcement  Bill que  impedía que  los bancos  y compañías de tarjetas  de crédito proce- saran  apuestas  (Walsh, 2006).11  Sin embargo, esta norma excluyó  de  su  área  de  incumbencia las apuestas  locales online  en  carreras de  caballos,  ligas de  fútbol  virtuales  y loterías.  Además,  tampoco tiene  efecto  en  los casinos  de Las Vegas o Atlantic City. A pesar de ello, el Unlawful Inter- net gambling enforcement bill tuvo repercusiones económicas globales en las compañías de juego por Internet incluyen- do  PartyGaming, la compañía de  juego  por  Internet más grande del  mundo, reportando una  caída  en  los benefi- cios y resaltando la naturaleza económica global del juego online. También afectó a los paisajes reguladores locali- zados que,  en  última  instancia, controlan el acceso  a los contenidos de Internet.

Internet se presenta como un fenómeno global, que cruza fronteras y límites; sin embargo, está sujeta a leyes offline loca- lizadas, que crean  geografías  del juego por Internet diferen- ciadas.  Los problemas de  jurisdicción aparecen cuando se

 

 

11 Esta norma fue presentada como una forma de proteger la moral y los valores familiares así como tam- bién de prevenir el lavado de dinero y el terrorismo. Sin embargo, si este fuera el caso, entonces todas las actividades de juego, ya sean online u offline, deberían haber sido incluidas en la prohibición. La norma más bien parece responder a cuestiones económicas ya que permite que el juego doméstico continúe en tanto y en cuanto los beneficios permanezcan dentro de la economía estadounidense. Se trata de un medio que permite evitar que los beneficios del juego por Internet abandonen los Estados Unidos (Walsh, 2006).

 

 

 

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presentan temas que  requieren una  solución  legal (Wilson,

2003). La regulación del  juego  offline  o terrestre  se deriva de su localización  física; sin embargo, Internet ofrece  la po- sibilidad  de localizar  compañías off-shore allí donde existen escasas regulaciones, dificultando el conocimiento respecto a dónde se lleva a cabo el juego y, por lo tanto,  por qué leyes está gobernado y a cuáles  responde. Mientras  que  algunos sitios de juego por Internet son relativamente permanentes, otros son transitorios, con direcciones web que se mueven fácilmente si se imponen restricciones desfavorables  en el te- rritorio o en la jurisdicción donde el sitio se haya registrado. De hecho, algunos  países atrajeron compañías de juego por Internet gracias a los beneficios  financieros que les ofrecían para  instalarse  allí, como  es el caso de Gibraltar. La fluidez locacional del juego por Internet y la habilidad para aprove- char  las ventajas de los sistemas impositivos  más favorables y con  menor regulación pueden dificultar el acceso  de  los individuos  que quieren contactar sitios o compañías especí- ficas (Reith, 1999). En efecto,  algunos  de los entrevistados comentaron sus dificultades para  contactar con  los dueños de los sitios web, particularmente cuando buscaron alguien que se hiciese cargo de sus problemas de juego o cuando quisieron plantear el tema  del  juego  responsable. William, uno  de  los entrevistados,  quiso  contactar a la compañía a cargo del sitio de Internet en el que jugaba:

 

Tuve muchos  problemas con los juegos, con el sitio web. Pre- senté  una  queja  y ellos solo… porque no están…  porque su licencia  para  operar no  está en  el país [Reino Unido] sino en las Antillas Holandesas y no están gobernados por nada, entonces se trata  de una  situación  en que buscaron engatu- sarme. (William, 29 años, trabajador manual)

 

El juego  por  Internet es una  propuesta económica atrac- tiva, con costos iniciales bajos comparados con las operacio-

 

 

 

 

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nes offline. Los vínculos  entre las dos modalidades pueden encontrarse en muchas  de las compañías de juego terrestre del Reino Unido. Por ejemplo, William Hill, Ladbrokes y Coral conservan una alta presencia en la calle mientras capitalizan su nombre y la lealtad de sus clientes en ambientes interacti- vos en Internet. Los nuevos sitios de juego online comienzan en desventaja,  ya que no cuentan con una marca conocida o una clientela  sobre las cuales construirse (Wilson, 2003).

Literalmente, la posibilidad de apostar  vía Internet ha cambiado las localizaciones del juego legal; de espacios cla- ramente demarcados como los casinos, los sitios de apuestas o las pistas de carreras, se ha pasado  a una gama más diver- sa de espacios  accesibles  que  incluyen  el hogar,  el lugar  de trabajo  y las bibliotecas.  Además, el ulterior desarrollo de la tecnología hizo posible  apostar  en cualquier lugar  vía tele- fonía celular  y mediante dispositivos móviles de Internet. Se ha sugerido también que esto alentará a las personas que no han jugado anteriormente y, de esta forma, aumentará el nú- mero  de personas que participarán en esta forma  de consu- mo. De todas formas, la investigación ha indicado que, más allá de la participación de los encuestados en juegos de casi- no, estos llevaron  adelante sus particulares modos  de juego offline antes de hacerlo online. Así, mientras que el 56% jugó solo en  Internet, el 44% lo hizo vía Internet pero  también offline, siendo  los casinos y bookmakers los lugares  preferidos para  apostar.  En  las apuestas  vía Internet, el horario pico se alcanzaba  entre las 18 y las 21 horas  durante la semana; en contraposición, las apuestas  durante el fin de semana  re- gistraban su máximo  entre las 12 y las 15. La actividad  más popular de juego por Internet fue la apuesta  en el sector de deportes, seguida  por  otras  no  deportivas y por  los juegos de casino. Fútbol, carreras de caballo, tenis y críquet fueron los deportes  más populares para  apostar.  Más del  78% de los encuestados que  apostaron  en  actividades  deportivas  y no  deportivas lo hicieron desde  su casa vía Internet. Entre

 

 

 

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aquellos  que apostaban más de 100 libras por semana  las di- ferencias  eran  significativas. Así ellos representaban el 25% de los apostadores offline, mientras que  entre los jugadores por  Internet esta cifra se duplicó llegando a 54%. De todas formas,  esta situación  solo refleja  el monto de dinero “nue- vo”, sin considerar las apuestas  hechas  con dinero obtenido de ganancias o reciclado.

Comparada con los lugares  offline, Internet provee  el am- biente propicio para apostar  dentro del hogar.  Así lo explicó Charles:

 

Estuve en los bookies probablemente… creo que fui tres, cua- tro  veces con  mi papá  y estando ahí  pensaba, qué  diablos estoy haciendo acá. Es un lugar lleno de humo y yo no fumo, está lleno  de hombres viejos borrachos y pensaba, no,  esto no es para mí… pero  yo creo que no se apuesta  tanto  en eso [offline] como  por  Internet. Pero  sí, no es algo que  me haya atraído para nada,  ninguno de ellos. Sí, estuve en los bookies tres o cuatro  veces y no me gustó. Creo que es un ambiente desagradable… pero  desde  que aposté  en Internet nunca se me ocurrió ir a los bookies y apostar. Es… y, creo que probable- mente sea, porque en Internet estás solo, estás en tu propio mundo. Si vas a los bookies te tienta  la gente  que  te mira,  la gente mira la plata que manejás, o… mientras que me podría sentar en Internet y presionar un botón y gastar 500 libras de una vez. Si fuera a un bookie y apostara 500 libras me sentiría muy consciente de lo que  estoy haciendo y posiblemente la gente  alrededor mío también sería muy consciente de lo que hago.  Entonces, sería algo que  no  disfrutaría. (Charles, 36 años, trabajador no-manual calificado)

 

Los espacios de apuesta  offline, en muchos  sentidos,  care- cen de atractivo,  y podría afirmarse  que  actúan como  inhi- bidores  para  que  cierta  gente  juegue.  Significa que  podría haber un elemento de autocontrol o autoconciencia dentro

 

 

 

 

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de los espacios de apuesta  offline, que  afecta al juego  de los individuos y los conduce a “auto-policiar” su propia actividad (Foucault, 1979). Sin embargo, la naturaleza solitaria de In- ternet parece ser un factor  que contribuye al desarrollo del juego y al nivel de las apuestas, lo cual se combina con la faci- lidad de transferir y usar dinero electrónico. Griffiths (2003) sugiere que el juego por Internet reduce la naturaleza social del juego de forma tal que se convierte en una actividad aso- cial. Si los jugadores ahora  con problemas hubieran llevado adelante esta actividad en un entorno social con otra gente, sus problemas podrían no haberse desarrollado. Así, mien- tras que el propio contexto del juego –por ejemplo el interés por  divertirse–  podrían haberlos limitado, la búsqueda ex- clusiva de ganar  los habría incrementado. Griffiths  (2003) también indica que el crecimiento de la tecnología y la falta de interacción social que parecen rodear al juego por Inter- net, pueden contribuir al desarrollo de estos problemas.

 

Los impactos sociales del juego

Para  mucha gente  el juego  es una  actividad  recreativa  y una  forma  de  entretenimiento. Para  algunos  pocos  puede ser una  profesión, pero  para  otros,  el juego  ya sea online u offline puede ser un problema. Reith (1999) discute  la expe- riencia  de jugar,  mayormente desde  una  perspectiva offline. En sus últimos trabajos  sugiere que los impactos  sociales del juego  dentro del Reino  Unido  son escasamente conocidos, ya que  la evidencia  existente proviene  del  ámbito  interna- cional, mayormente de los estudios  realizados  en Canadá, Australia y Estados Unidos (Reith, 2006). En pocas palabras, los impactos  sociales y personales del juego  afectan  la vida familiar y laboral: perturban la estabilidad de las relaciones, crean  dificultades financieras –por ejemplo deudas, pérdida del tiempo laboral–,  presentan efectos  sobre  la salud  física y mental y, en  casos extremos, conducen al suicidio.  Gran parte  de la literatura existente ofrece resultados en relación

 

 

 

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con  investigaciones centradas en  el juego  offline. Las prue- bas sugieren que  hay una  dimensión geográfica  del  juego offline legalizado  que media  entre la disponibilidad de opor- tunidades  para  jugar  y la prevalencia  de  problemas con  el juego.  Volberg (1994) citó cinco  estados  de Estados Unidos con  diferentes niveles  de  accesibilidad al juego  y constató que aquellos  en que el juego legal era más antiguo, presen- taban  una  mayor  proporción de  jugadores con  problemas. Otra dimensión geográfica  analizada  fue la demarcación del espacio  y el tiempo en  que  el juego  estaba  disponible. Las limitaciones espaciales y temporales para el juego legal dise- ñaron perímetros en torno a cuándo y dónde podría jugar la gente.  Aunque las posibilidades de jugar ilegalmente po- drían sortear  estos límites, en general, los controles legales establecían los períodos durante los cuales se prohibía jugar, dando tiempo para pensar la próxima apuesta  así como tam- bién para reflexionar sobre las ganancias o pérdidas. Con la llegada del juego por Internet, estos límites espaciales y tem- porales  se evaporan; esto significa que, en algunos  países incluyendo Reino Unido, el juego por Internet (y en general, el juego a distancia) se ha vuelto accesible veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Además, con el desarrollo y em- pleo de la tecnología, aparecieron nuevas oportunidades de juego, por ejemplo, in-race betting y betting exchanges.12  Por un lado, la liberalización de las leyes de juego provee  a la gente de oportunidades y elecciones para  decidir  si jugar, cuándo y cómo hacerlo pero,  por otro lado, para algunos  esta “liber- tad” ha generado problemas.

Los problemas de  juego  se definen como  una  “conducta que  está fuera  de control y afecta  las relaciones personales, familiares,  financieras y laborales.  Está en relación con  difi- cultades financieras tales como deudas y bancarrota, divorcio,

 

 

12 Se denomina con el nombre de betting exchanges a los sitios donde los apostadores intercambian sus apuestas directamente sin intermediarios (N. de la T.).

 

 

 

 

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pérdida de productividad, crimen (por ejemplo robo  y frau- de), depresión y suicidio” (Reith, 2006: 6). Existen diferentes explicaciones para los problemas de juego; la psiquiatría asu- me que es un desorden psicológico  descrito  como patológico, lo que implica  que el individuo tiene  poco  o ningún control sobre  sus impulsos,  y es por  esta razón  que  se asemeja  a la dependencia de las drogas  y el alcohol  y se lo considera una adicción. Para clasificar a la gente  como  jugadores patológi- cos, se han utilizado  instrumentos de detección tales como el South Oaks Gambling Screen (SOGS) o el DSM-IV.13  El enfoque desde  la salud pública  propone la existencia  de un continuo, desde  los problemas menos  severos hasta el juego patológico (Reith, 2006). El proyecto  que  orienta este trabajo  no buscó identificar a los individuos  como jugadores problemáticos, en cambio,  dejó que los mismos individuos  identificaran su jue- go como un problema para  ellos mismos y para  otros. Como lo señala Reith, los propios individuos  definen el juego como problemático a partir  de sus consecuencias económicas nega- tivas, como  las deudas. Si bien  el carácter negativo  del juego es creado por los propios individuos,  este no solo afecta a los jugadores, sino también a aquellos  que  los rodean, como  la familia.

 

Los problemas del juego y el juego por Internet en el ámbito del hogar A medida que  las tecnologías entran  en  el espacio  del hogar  y proveen entretenimiento hogareño, la necesidad de buscar  diversión  fuera  de las paredes de la casa disminuye y cambian las pautas  del  ocio  familiar,  emergiendo prácti- cas de “encapsulamiento”,14  a través de las cuales algunos  de los juegos por  Internet pueden convertirse en un entreteni- miento familiar  (Griffiths, 2003). Mientras  que  el acceso a

 

 

13 Se trata de dos tipos de cuestionarios utilizados por los profesionales de la salud en el diagnóstico de problemas relacionados con la adicción al juego (N. de la T.).

14 En el original en inglés cocooning (N. de la T.).

 

 

 

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Internet en los hogares crece,  aumenta también el acceso a los sitios de juego por este medio. Si de acuerdo con las cifras de 1999 que sugerían que el 1% de los ciudadanos británicos había jugado en Internet (Griffiths, 2001), se pensaba que el juego por este medio  era relativamente bajo, investigaciones recientes llevadas a cabo por ICM (una compañía de encues- tas) y publicadas a comienzos de 2007, constataron que  de las ocho  mil personas encuestadas a lo largo  de los cuatro cuatrimestres previos a marzo de 2007, el 8,4% había jugado a distancia,  lo que representaba un incremento del 7,9% con respecto a 2006. Los participantes en  esta forma  de  juego eran  mayormente hombres entre 18 y 34 años. Los métodos más utilizados  fueron las computadoras, las computadoras portátiles o los dispositivos de mano  (Gambling Comission,

2007). Si bien Wood y Williams (2007) sugieren que mientras las cifras totales sobre problemas de juego son relativamente bajas,  cuando ellas se comparan con  las correspondientes a jugadores que  no  usan  Internet, los jugadores online son más propensos a tenerlos o corren un  riesgo  mayor  de de- sarrollarlos (Azmier, 2001; Hammer, 2001 citado en Wood y Williams, 2007). Estas cifras no permiten visualizar cuántas de las personas que actualmente juegan  vía Internet tenían previamente problemas con el juego. Se ha sugerido que In- ternet contribuye al desarrollo de problemas con el juego ya que  crea una  realidad alternativa. La construcción de sitios o espacios  individuales  a través de  estímulos  visuales y au- ditivos puede llevar a los jugadores a ser absorbidos por  la realidad virtual y por una actividad frecuentemente solitaria y anónima (Griffiths, 2003).

Todos  estos factores  pueden combinarse con  el uso de dinero electrónico y pueden resultar en pérdidas mayores que aquellas  producidas por el juego offline (Griffiths y Wood,  2000). Smeaton y Griffiths  (2004) indican que  el hecho de haber experimentado ganancias durante juegos de demostración o de haber obtenido un gran  premio en

 

 

 

 

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forma  temprana en  el  juego  online  está  correlacionado con  el desarrollo de  problemas de  juego.  Señalan  a con- tinuación que pocos sitios de juego por Internet tienen salvaguardas  o información que  promuevan el juego  res - ponsable. Esto incluye información sobre cómo establecer un  presupuesto o  límites  para  las apuestas,  y en  dónde buscar  ayuda,  en  el caso de  que  el juego  se convierta  en un problema. Los datos recolectados por Wood y Williams (2007) a  través  de  una  investigación  realizada   online  a

1.920 norteamericanos, canadienses y jugadores interna- cionales  de Internet indican que la tasa de problemas con el juego  es diez veces más alta que  la tasa de la población general y, por  lo tanto,  los jugadores por  Internet repre- sentan  un grupo de alto riesgo. El estudio  también indicó que el riesgo se obser vaba particularmente entre los hom- bres  y, específicamente, entre aquellos  de  origen  étnico africano  y asiático (Wood y Williams, 2007). La evidencia de dicha  tasa sugiere  que más hombres que mujeres  parti- cipan en el juego por Internet, y que el 5% de los hombres que  completaron la encuesta consideran su participación en juegos de Internet como  un problema serio. En el caso de las mujeres  que completaron el estudio  esta cifra se triplica,  ascendiendo al 17%.

La literatura sugiere  que el problema del juego radica  en que  a menudo es una  práctica  individual  e individualizada y se vincula a una  perturbación psicológica  subyacente. Sin dejar de lado las comprensiones de carácter psicológico,  esta investigación sugiere  que  esta problemática va más allá del individuo y está más imbricada al círculo familiar que lo que las investigaciones previas permitían suponer. Light (2007) sugiere que “(…) el problema con el juego es una forma más insidiosa de malestar  social que el problema de la bebida  ya que no se manifiesta en exteriorizaciones públicas de desor- den; los problemas se manifiestan ‘detrás de las cortinas’  en el ámbito  de la vida privada más que en la calle’’.

 

 

 

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Cuando se les preguntó a los encuestados quién  o qué los llevó a jugar por Internet por primera vez, las respuestas más comunes fueron: un amigo, un evento  deportivo o una publicidad online. Concomitantemente se mencionó la “pro- gresión  natural” desde el juego offline al juego online, siendo algo sobre lo que mucha gente había escuchado o con lo que ellos mismos se cruzaron. Durante la entrevista,  cuando se les preguntó a los participantes de dónde creían  que  venía su problema con  el juego,  varios lo relacionaron con  expe- riencias  de la infancia,  a través del juego de miembros de su familia o de ellos mismos en casa o en reuniones familiares. Por ejemplo, las vacaciones  en la costa incluían visitas a sa- las de juegos recreativos  donde el “cambio chico” con el que contaban los niños  podía  usarse  en  máquinas tragamone- das. Charles  cree que su práctica  del juego está relacionada con la de su padre:

 

Mi papá,  él trabajaba lejos, y trabajaba lejos de la familia de lunes  a viernes,  y trabajaba lejos todo  el tiempo. Entonces, de chico ves que tu papá  viene a casa, pasa un par de horas contigo  y después  se va al bar.  Y el sábado  también se va al bar  a la tarde  y noche. Y el domingo sucede  lo mismo.  En- tonces,  su escape  de  toda  la semana  era  venir  a casa, ir al bar y después  ir a jugar los sábados y domingos. Por lo tanto era... era algo frecuente, veíamos que pasaba  todos  los fines de semana.  Y creo  que  sí, probablemente, eso realmente ha tenido una  gran  influencia en  lo que  he  hecho y en  cómo lo hice; esta es probablemente la razón  por  la cual sea muy difícil contarle a mi familia.  (Charles, 36 años,  trabajador calificado no manual)

 

El juego del padre de Charles  hizo normal su práctica  en el hogar,  esto no  fue cuestionado por  la madre de Charles ni por ningún otro miembro de la familia, y proveyó un mo- delo de actividad para los fines de semana  mientras Charles

 

 

 

 

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crecía, afectando lo que otros miembros de la familia hacían durante el fin de semana.  A su vez, Charles  cree  que  el he- cho de que su padre jugara influyó en su propio juego en el sentido que no le llamó la atención ni lo alarmó  el comenzar a jugar  offline.  Este “aprendizaje” de  las prácticas  de  juego en el hogar  puede generar cierta  susceptibilidad a desarro- llar problemas de juego.  Las personas que  jugaron con  sus padres  o que  tuvieron padres  que  jugaban fueron más pro- clives a ser jugadoras (ver Grant  Kalischuk et al., 2006). Para constatar esto se necesita  más investigación en el tema de la transmisión de valores y las prácticas  familiares (Valentine y Hughes, 2008).

Los jugadores de Internet pueden tener problemas pero no admiten tenerlos ni los reconocen porque siguen  tenien- do acceso al dinero para  apostar.  Los juegos por Internet se vuelven un problema solo cuando no se tiene  más acceso al dinero y se pierde el control de  las deudas. Muchos  de  los entrevistados, aunque no todos, adquirieron deudas  por jue- go, que fueron de diez mil hasta más de ciento  cuarenta mil libras. Creemos  que  la velocidad  con la cual la gente  poten- cialmente acumula deudas  de  juego  por  Internet es mayor que si jugara offline. Un factor que contribuye a esto es la frecuencia del evento,  es decir  el número de oportunidades para jugar en un período de tiempo. Griffiths (2003) sugiere que los juegos con tiempos  cortos, por ejemplo, aquellos  con ganancias al instante o con las máquinas tragamonedas, lle- van a su práctica  con una  frecuencia mayor que  una  lotería semanal.  La práctica  más asidua del juego lleva a que los in- dividuos posean  menos tiempo para pensar en sus pérdidas y que las ganancias puedan ser vueltas a apostar  rápidamente. Los entrevistados también relataron haber perdido la noción del  tiempo y haber estado  casi en  trance durante el juego, lo que es descripto como  un fenómeno de inmersión y diso- ciación (Griffiths, 2003). Como resultado de estos factores y, dado  que las oportunidades para jugar están disponibles las

 

 

 

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veinticuatro horas del día, siete días a la semana,  así como es fácil realizar una transferencia de dinero desde el banco a los lugares de juego, es simple entender cómo la gente  se puede encontrar rápidamente en aprietos financieros. Valerie par- ticipó  en un  juego  de ganancia al instante y, en el plazo de ocho semanas, acumuló una deuda de 27.000 libras:

 

¡No era el dinero, es que  no era dinero! Era algo como,  oh maldición perdí  otra  vez, y bueno... Yo me doy cuenta que fue directo a mi cuenta de banco.  A veces, ni siquiera  pensa- ba en eso, depositaba 500 libras... pero  la mitad  de las veces uno  no  piensa  en  eso como  500 o 200 libras, yo estaba...  a veces insegura sobre cuánto apostar,  mis números aparecían en el tablero y yo estaba...  100, 1, 2 libras, ¡oh! voy a poner

5. Así que, ya sabe, no [pensaba en eso]. Digo, si alguien  me pusiera  27 mil en frente mío, probablemente me desmayaría [risas], porque nunca lo vi, nunca vi ese dinero. (Valerie, 42 años, trabajadora manual)

 

La reacción inmediata ante la deuda es to chase,15  término que  significa que  se continúa jugando hasta que  se recupe- ran las pérdidas o se juega hasta salir de la deuda. Para mu- chos, esto solo incrementa la deuda, alcanzándose un punto en donde o no pueden pagarla,  el estrés se vuelve insoporta- ble, o su pareja  o familia se da cuenta de la situación. Llega- do a este punto, el problema del juego deja de ser individual y pasa a ser familiar. Este aspecto será objeto de reflexión del próximo apartado.

 

Los impactos en la familia

Se estima  que  entre 10 y 17 personas se ven afectadas por los problemas de un jugador individual. Ello incluye la

 

 

15 To chase significa perseguir,  cazar, ir a la caza de algo. En este caso significaría ir a la caza de la pérdida de dinero (N. de la T.).

 

 

 

 

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familia, los amigos y los colegas de trabajo  (Lesieur, 1984). Si bien existen trabajos que reconocen los efectos negativos de  los problemas de  juego  en  el jugador (ver  Ciarrochi y Hohmann, 1989 y Mark y Lesieur,  1992), pocos reconocen los impactos  sobre  la familia. Estos incluyen  falta de dine- ro, discusiones, mentiras, desatención, ruptura de relacio- nes  y falta  de  comunicación (para una  revisión  completa de  la literatura sobre  los problemas del  juego  y el impac- to en  la familia ver Grant  K alischuk  et al., 2006). Una  vez que  los otros  se enteran de  los efectos  de  los problemas con el juego, por ejemplo las deudas, aquellos  dejan  de ser afrontados de forma  individual  y pasan  a ser compartidos. Sus consecuencias se hacen visibles en la familia. Mientras que, para algunos,  la familia es la primera que influye en la decisión  de comenzar a jugar,  sostenemos que,  a menudo, la familia  también es fuente de  soluciones. Ella ofrece  al jugador en problemas ayuda en el manejo de su adicción o compulsión y en el tratamiento de los problemas financie- ros; así, la familia ayuda a saldar las deudas, ya sea a través de  un  regalo  o préstamo, y las parejas  buscan  un  trabajo extra para ayudar a liquidar deudas.

Los jugadores con problemas reconocieron los efectos que el juego tuvo sobre sus familias, incluyendo la culpa emocional, el autoreproche y las penurias financieras. Los afectados  por estos problemas no eran  solo las parejas  u otros adultos  de la familia sino también los niños. Por ejemplo, Amanda, la hija de

12 años de Valerie, sabía que las deudas  de su madre afectaban su participación en las actividades que realizaban sus amigas:

 

Como mi cumpleaños es en un mes y ella me acaba de dar cin- cuenta libras, pienso  que voy a querer ir a ver películas  [cine], quiero ir a nadar, a las películas otra vez, quiero ir a [nombre de un shopping] con mis amigos, porque me van a invitar y todo y ella va a decir algo como, oh, no podés esperar un par de sema- nas y cosas como esa. (Amanda, 12 años, hija de Valerie)

 

 

 

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Conclusión

Este trabajo  ha bosquejado algunas  de las nuevas geogra- fías de los juegos por Internet. En particular, se ha sostenido que el traslado  del juego al ámbito  del hogar  ha aumentado la participación en  términos de: primero, quién  juega;  se- gundo, el monto gastado  en el juego; tercero, el tiempo que la gente  pasa jugando; y cuarto, la alteración de la percep- ción que la gente  posee del dinero, ya que este se vuelve solo números en una pantalla y pierde su valor.

El juego  es frecuentemente representado  y considerado en la literatura como una actividad individual. Sin embargo, nuestra investigación sugiere que está corporificado en la familia y en el espacio del hogar.  Paradójicamente la familia es, a menudo, la causa, o al menos  un factor significativo, en el juego  de  algunas  personas; como  así también posee  un papel  clave en la provisión  de soluciones para salir del juego (a través de soporte emocional y financiero).

Los geógrafos  tienen la necesidad de  prestar  más aten- ción a estas relaciones complejas  entre los espacios de juego offline y online para poder comprender de forma  más amplia el juego  de apuestas  por  Internet como  un  nuevo  lugar  de consumo y como un problema social.

 

 

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Jens Andermann 1

 

Mögen immer die Worte von der Natur abprallen, ihre Sprache verraten an die, von welcher jene qualitativ sich scheidet – keine Kritik der Naturteleologie kann fortschaffen, daß südliche Länder wolkenlose Tage kennen, die sind, als ob sie darauf warteten, wahrgenommen zu werden. (Adorno, Ästhetische Theorie2)

 

 

 

 

 

 

Como sugiere  la concesión sorprendente que Adorno, en un giro absolutamente inesperado, reserva para una “natura- leza sureña”,  cuyos encantos prevalecen más allá de la crítica implacable a las nociones traicioneras de “belleza natural”, en la relación entre la modernidad capitalista y sus periferias no industrializadas, el paisaje de estas últimas –el Gran Sur– contiene (o preserva) un poder de afirmación  que excede hasta el más estricto pensamiento negativo. Ese goce sin inversión, sin trabajo,  en una  figura  de resonancias religiosas a la vez que  históricas  y políticas,  es a un  mismo  tiempo tentación, invitación  a un peligroso desvío de la disciplina  crítica al pantanoso terreno de la inmediatez (Eigentlichkeit) y prome- sa radical  de liberación de las cadenas  de subjetividad  bur- guesa y occidental. Podríamos pensar, sugiero,  a esta figura

 

 

 

* Versión revisada del artículo publicado anteriormente en la revista Orbis Tertius XIII, 14 (2008). (N. del A.).

1   Birbeck College, Universidad de Londres (Reino Unido).

2  “Por más que las palabras estallaran contra la naturaleza, al delatar su lengua a aquella que difiere de ella en modo cualitativo, ninguna crítica de la teleología natural puede borrar el hecho de que los países sureños conocen días sin nubes, días que son como si esperaran nuestra percepción.” (Todas las traducciones al castellano son de mi responsabilidad exclusiva).

 

 

 

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de suspensión radical (en el sentido hegeliano de Aufhebung, contención) de la historicidad “norteña” por  y en los cielos desnublados del Gran  Sur, como  una  de las maneras de in- crustación de un pensamiento poscolonial en la propia tra- dición  crítica de Occidente. Es, a un mismo tiempo, la figu- ra espacial  del destierro de una  tradición estético-filosófica disidente interna a Occidente, hilvanada por la declinación de conceptos como revelación, desborde y derroche; y de ins- cripción, en el mismo relato  histórico occidental, de aquello que este solo conoce  como silencio, ausencia  de la densidad del  devenir  temporal, en  suma:  como  espacio.  En el Gran Sur, escribe Michael Taussig:

 

(...) lo prehistórico, como  “segunda  naturaleza”, atado  a la historia  del mundo en tanto  historia  económica de tres océa- nos, es sometido por las condiciones de la modernidad a una estética  específica  de  la revelación,  de  expansión del  valor (...) esta revelación no es la de un secreto  sino de un secreto público, de saber qué es lo que no hay que saber, como la base misma del ser social, y la manipulación de esta labor de nega- ción, impulsada por su revelación, implica una mezcla parti- cular de represión y expresión, aquello  que Georges  Bataille llamaba “derroche” no aprovechable. (Taussig, 2002: 338)

 

Mi interés  en particular se centra en los modos  en que, atravesando  la modernidad latinoamericana, ese lenguaje crítico-afirmativo de la naturaleza ha sido movilizado por proyectos  políticos  y estéticos de transformar la inscripción de la región en el emergente sistema mundial capitalista.  El paisaje, sugiero,  es uno  de los nodos  principales a través de los cuales  podemos pensar  la intersección entre prácticas políticas  y estéticas  de  la modernidad, prácticas  del  Esta- do, así como de su contestación por parte  de disidencias  de cuño  “revolucionario” o “conservador”. Si en el siglo XIX el paisaje pintoresco del naturalismo romántico fue sentando

 

 

 

 

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Jens Andermann

 

 

 

 

 

las bases iconográficas de los emergentes Estados oligárqui- co-liberales, exportadores de materias  primas,  las transfor- maciones que  fue sufriendo la forma  paisaje a lo largo  del siglo XX han  sido, a un mismo tiempo, el índice  de la crisis de este sistema político,  económico y cultural, y del fracaso persistente en trascender sus contradicciones fundamenta- les. Aún hay una  historia  por  escribir  del paisaje moderno, particularmente ahí  donde la tierra  ha  sido,  y en  muchos casos sigue siendo,  el principal objeto  de contienda. ¿Cómo historiar –me pregunto–, en la América Latina del siglo XX, los paisajes para  el desarrollo, para  la revolución o para  el ajuste?  ¿Cuáles fueron, o aún  siguen  siendo,  las prácticas políticas  y estéticas  del  espacio,  de  poder y de  resistencia, que conlleva cada uno  de ellos? Aquí me limitaré  a algunas consideraciones preliminares sobre  el marco  teórico  y me- todológico que  permitiría formular mejor  estas preguntas. Tras una breve reseña  de dos “casos” ejemplares –extraídos, no casualmente, del corpus  brasileño– intentaré mostrar al- gunas limitaciones de los modos  en que las humanidades y las Ciencias Sociales han intentado conceptualizar el paisaje

–como imagen  o como entorno–, para  concluir proponien- do la categoría de ensamble como  un  modo  de franquear estos límites.

Como imagen  cultural de la naturaleza, el paisaje se ins- cribe en una tensión constitutiva entre su apropiación como signo que  otorga  control representacional sobre  un objeto determinado y la experiencia que este mismo signo prome- te y anuncia: experiencia de su propio desborde en  tanto imagen,  y que lo devolverá al espectador a un modo  tangi- ble de experiencias más allá de las mediaciones. Pero es así, precisamente, como la inmediatez una y otra vez anunciada y postergada en un mismo instante por el paisaje –“lo natu- ral” dándose epifánicamente, en estado puro–  contribuye y sanciona a la petrificación de las relaciones sociales que se interponen en la realización de la promesa. En el paisaje,

 

 

 

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la “segunda  naturaleza” (para valernos del concepto lukác- siano) aparece imbricada inexorablemente con la primera que  no existe sino como  efecto  negativo  de esta. En rigor, pues,  como  sugiere  Jacques  Derrida, “no  hay naturaleza, solo sus efectos.” El paisaje representa estos efectos en el do- ble sentido propio del concepto de representación. Por un lado,  remite  a la imagen  hecha, al paisaje-visión  (y  así a la noción de lugar, como  orden estable  de elementos cuya figura  es el conjunto de líneas y volúmenes que  organizan y convierten el marco  visual en  un  todo estéticamente pla- centero, correspondiente a una sensación  de habitabilidad). En cambio, en su sentido performativo, el término represen- tación remite  a la puesta en relación entre cuerpo y entorno, y así a una noción de espacio entendido o bien en términos de rito o ceremonia (como la puesta en acción de un guión  pre- establecido –como  el repertorio que actualiza  y recompone el archivo,  en los términos propuestos por  Diana  Taylor– y, por lo tanto,  nuevamente como producción de lugares) (Taylor,

2003) o bien como ensamble móvil y dinámico de interaccio- nes imprevisibles entre agentes humanos y no humanos; esto es, como  “creación  de  dimensiones en  una  multiplicidad que cambia necesariamente de naturaleza en la medida en que  hace  aumentar sus conexiones” (Deleuze y Guattari,

1980: 15). Para complicar aún  más las cosas, cabe agregar que, por supuesto, estas expresiones múltiples de la forma- paisaje  aparecen constantemente yuxtapuestas o imbrica- das una  en  la otra:  en  el modo  en  que  la imagen  invoca la tridimensionalidad de la performance, por ejemplo, en función de imbuir  la mirada  con una corporalidad fantas- mal al transitar por su espacio visual, o en el modo  en que la danza  se desenvuelve  en (y a la vez excede  a) un  orden prefijado de lugares,  una coreografía ; término que tiene  sus raíces  en  la cosmografía ptolemaica, donde  circunscribe la variedad  de técnicas narrativas,  legales y visuales de em- plazamiento.

 

 

 

 

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No es sino esta oscilación constante entre diferentes órde- nes de representación y su común anclaje,  real y construido al mismo tiempo, en el espacio material y tangible que nos rodea, la que produce el poder singular  de la forma-paisaje. El pai- saje, como dice el historiador de arte W. J. T. Mitchell:

 

(...) no  es solo una  escena  natural ni la representación de una escena  natural, sino una representación natural de una escena  natural, una  traza o un ícono  de la naturaleza en la naturaleza misma, como si la naturaleza estuviera  impri- miendo y codificando sus estructuras esenciales  en nuestro aparato perceptivo. (Mitchell, 1994: 14 -15)

 

Notemos  al paso que,  a no  ser que  estemos  dispuestos a admitir una noción del paisaje como lenguaje divino (admi- sión contra la cual, como vimos, ninguna poética genuina del paisaje  puede quedar completamente inmune), el vínculo entre naturaleza y representación inmediatamente complica la afirmación aparentemente  telúrica  de  Mitchell.  Porque, como  algo  que  representa  –que  se entrega como  imagen que es percibida como bella o como sublime–  la naturaleza, invoca la historia  como  su propio fuera-de-campo, como  la ausencia  que no obstante carga de significación  al conjunto visual aparentemente autónomo y autosuficiente.

Paso a mis dos ejemplos  antes de concluir con algunas reflexiones metodológicas. El primero proviene del último tercio  del  siglo XIX, también conocido como  la era  de  las grandes exposiciones. En la Exposición Universal de Filadel- fia, celebrada en 1876, donde por primera vez se estrenaban pabellones nacionales, el Imperio del Brasil exhibía  un bos- que  artificial  de 1.400 metros  cuadrados, rodeado por  mu- rallas de yeso de aspecto  morisco,  y formado por plantas  en cuyo follaje alternaban los colores verde y amarillo de la ban- dera nacional. Adentro de esta floresta tropical los visitantes se topaban con  animales  embalsamados, arreglos  decorativos

 

 

 

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de plumas y, en el centro, con un “templo” rectangular cons- truido con  bloques  de algodón. El culto  que  ahí  se rendía era, por supuesto, a la mercancía: en el medio  de la sala, una pirámide de vasos de cristal exponía más de cien variedades de granos  de café, en diversos estados de tostado,  a cuyo al- rededor había  muestras  de madera, tabaco,  licores y piedras preciosas  de la colección personal del Emperador Pedro  II (Guimaraens, 1998: 211-12). Esa puesta  en escena  del Esta- do Imperial y su economía agroexportadora de plantación ya anticipaba, de manera curiosa  y de caricatura mutua, el paisaje que  casi cien años después  construiría Hélio  Oitici- ca en su instalación Tropicália, expuesta por  primera vez en

1967 en el Museu de Arte Moderna de Río de Janeiro  y lue- go, con modificaciones, en la mítica muestra londinense de

1969, titulada por el artista The Whitechapel Experiment. Obra inaugural de  todo  un  movimiento  contracultural, Tropicá- lia es un espacio  de aproximadamente seis por  tres metros, compuesto de dos construcciones de madera –o penetrables–, varios loros vivos, plantas tropicales, poemas,  piso de arena  y cascarones, una televisión, sachets con perfume de patchouli y sándalo  y, en la versión de Whitechapel, una  selección  de capas –parangolés, como las llamaba Oiticica– que los visitan- tes fueron invitados a probarse. El primer penetrable, titulado A pureza  é  um mito, es un  cobertizo sin techo  formado por varios paneles  pintados en  distintos  colores,  en  cuyo inte- rior  cuelga  una  bolsa  de  plástico  con  arena  sobre  un  piso de cascarones y, en el borde superior del panel  opuesto a la entrada, la inscripción del letrero titular.  El segundo, titula- do Imagética, es una  construcción laberíntica de paneles  de madera en blanco  y negro, y paños  de plástico y algodón en colores chillones  o impresos  con motivos florales, que llevan al visitante por  una  especie  de tubo  que  se estrecha y oscu- rece paulatinamente, hacia un televisor que emite la progra- mación  del día (enfrente, en un espacio de aspecto  uterino, hay un  banquito invitando al visitante  a sentarse  y mirar).

 

 

 

 

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Jens Andermann

 

 

 

 

 

Entre  ambos  penetrables, corren pequeños  senderos alrede- dor  de las plantas  y los loros  (con o sin caja) y, esparcidos por doquier, están los poemas de Roberta Salgado, escritos a mano  sobre pedazos  de cartón, metal y ladrillo.

Tropicália marca  el final de la fase neoconcretista de Oi- ticica, llevándolo hacia  un  involucramiento cada vez mayor con  los habitantes de  la favela Mangueira y un  interés  por fusionar  su experimentación anterior con  el color  y el vo- lumen, con  las prácticas  concretas y locales  de  la cultura popular (expresada, por  ejemplo, en  la serie de parangolés, vestimentas  a veces abstractas,  a veces de aspecto  cúltico  o inscritas  con  mensajes  políticos,  destinadas a dialogar  con el cuerpo danzante del sambista). En palabras  de Paulo Ve- nancio Filho, Tropicália “es Río de Janeiro  rearticulada por Oiticica (...) Tropicália alterna entre la ciudad  real y la mítica (...) es el punto final de la experiencia del espacio  urbano moderno que  Río había  conocido por  primera vez al cons- truirse  el Ministério  de Educação e Saúde” (Venancio, 2007:

30), edificio modernista cuyo techo  contiene, como se sabe, el famoso jardín  tropical  diseñado por Roberto Burle Marx. Pero Tropicália representa también una contestación disiden- te al Pop Art norteamericano. En su uso de materiales coti- dianos  y pobres  yuxtapuestos  a clichés  kitsch de  brasilidad exportable, reivindicando la cultura local al mismo  tiempo que negándose a cualquier pretensión de esencialismo, al ceder  el interior profundo (la “sala final” de Imagética) a la pura  superficialidad de la imagen  televisiva.

¿Cómo leer, entonces, los “efectos de naturaleza” suscita- dos por  estos dos paisajes? Podríamos decir  que,  en el caso de la Exposición de Filadelfia, se trata de una naturalización de la historia,  más específicamente de las relaciones de ex- plotación propias  de  un  capitalismo periférico de  grandes plantaciones, movilizando al ya convencionalizado lenguaje visual de lo pintoresco para  representar el monocultivo en términos de  abundancia, y de  un  mundo premoderno en

 

 

 

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estado  edénico, ofreciéndose voluptuosamente a la mirada (o sea, al poder adquisitivo) de los centros industriales del Norte.  Pero es precisamente la promesa incumplida de esta imagen  propia de la tradición romántico-indianista (la im- plicación, en la representación falsa de la realidad histórica, de una otra, más justa y verdadera relación entre los hombres y su ambiente), la que será retomada por un modernismo crí- tico que,  desde  la antropofagia oswaldiana  hasta  Tropicália, intentará movilizar ese potencial utópico a través de la de- construcción de la imagen.  De este modo,  la segunda natu- raleza es devuelta  a la primera o más bien,  el efecto natura- lizador  del paisaje convencional es tomado de forma  literal, de manera que  –tanto  en la urbe  paulistana de Macunaíma como en la carioca “rearticulada” por Tropicália – los materia- les y las formas  del entorno moderno se convierten en una especie de selva de segundo orden por la que debe  negociar su paso el visitante, conjeturando huellas  y experimentando itinerarios potenciales. Al quitársele de esta manera al pai- saje su exterioridad objetivizante de imagen,  lo que emerge es un  entorno que  se transforma en  ensamble gracias  a la autoinmersión por  parte  de un público  que,  al negársele la opción de distancia  contemplativa, debe recuperar (o inven- tarse) una  habilidad multisensorial, entrando en relaciones prácticas  de uso e interacción con el ambiente.3

Al contraponer el environment art de Oiticica y el espectácu- lo paisajista del estado decimonónico, intento sugerir la nece- sidad de reaproximar una  crítica  estético-formal y un  modo de estudio  socio-histórico, para poder abarcar al paisaje en su

 

 

3   Demás está decir que, así como el entorno de un modernismo radical hacía explotar las imágenes he- redadas del paisaje, en la era del espectáculo es tal vez el entorno mismo el que proporciona el modelo de apropiación y objetivación de prácticas locales. Sin ir más lejos, unos 35 años después de Tropicália, otra instalación con materiales efímeros de la cultura popular carioca visitaba Londres, esta vez en la muestra Brazil 40° de la casa Selfridges en Oxford Street, incluyendo algunos barracos de favela para degustación de caipirinha y probador de mallas y bikinis. Para una selección de imágenes de la muestra de Selfridges, ver http://www.footvolley.co.uk/news-selfridges.htm

 

 

 

 

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funcionamiento simultáneo como  imagen,  entorno y ensam- ble. Como es sabido, en las Ciencias Sociales el término paisa- je fue introducido desde  los trabajos  pioneros de Carl Sauer en los años veinte, como  un registro  material y simbólico  de las relaciones entre el medio  físico y sus habitantes humanos (Crumley, 1994; Hirsch,  1995: 1-30). El paisaje, afirma por ejemplo el eco-historiador Andrew Sluyter, es un índice  de producción espacial: el espacio,  por tanto,  “al mismo tiempo que objeto de control, es también el medio a través del cual la lucha  por  el control tiene  lugar: las estrategias  espaciales  de dominación y resistencia, [por ejemplo] en  el paisaje de las reservas indígenas en Estados Unidos” (Sluyter, 2002: 10). El paisaje es el archivo físico donde están trazadas las relaciones sociales de la naturaleza. O más bien, se convierte en tal archi- vo a través del abordaje crítico, como en el estudio  fascinante que hace Sluyter de las praderas costeras del Golfo mexicano, una suerte de base de datos ecológicos que el investigador sabe vincular y referenciar con los usos legales, morales  y estéticos del paisaje, documentados en el archivo colonial,  mostrando sus múltiples interrelaciones. El problema, sin embargo, para Sluyter y para  la gran  mayoría  de geógrafos  e historiadores sociales, es que  una  tal interrelación sigue aferrándose –ex- plícita o implícitamente– a una concepción dicotómica entre paisaje empírico y paisaje perceptivo, identificando al segun- do como  deformación coyuntural o ideológica de lo real que, en  cambio,  la terminología desinteresada de la ciencia  sabe transcribir de forma  transparente y sin resto.  De este modo, el paisaje se torna un mero  “resultado de luchas” que tienen lugar en otro plano,  el del “espacio”, vinculadas a una noción vagamente etiológica  de “control”.  Ahora  bien,  al reducir el paisaje  tan  tajantemente al estatus  de  un  “documento” ma- terial,  lo que  se pierde es precisamente la compleja función mediadora que  el mismo  Sluyter había  invocado  al comienzo de su argumento: el modo en que el paisaje, por ser un medio cultural de percepción y representación del espacio (como o a

 

 

 

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través de lugares), es también el mediador entre las relaciones sociales y políticas humanas, y el ambiente no-humano.

Pero  si en  las Ciencias  Sociales es frecuentemente desesti- mada esa dimensión de artificio, sin la cual se vuelve imposible analizar  el modo  en que  el paisaje es investido  de poder, los teóricos  de la cultura visual suelen  caer  en  la trampa opues- ta. Así, según  el crítico  de cine André  Gardiès,  el paisaje “no tiene  sentido –a diferencia del lugar–  sino en relación con la mirada  que lo reclama,  en relación a la cual este se constituye” (Gardiès, 1999: 142). En términos similares se pronuncia el his- toriador de arte W. J. T. Mitchell: “Si un lugar es una localidad específica, el espacio es un ‘lugar practicado’, un sitio activado por movimientos, acciones,  narrativas  y signos, y un paisaje es este sitio encontrado como  imagen  o ‘vista’” (Mitchell, 2002). Si definiciones tan estrechas como estas relegan hasta el paisaje verbal o sonoro de la literatura y la música a meros  derivados de la soberanía absoluta  de la imagen  visual (replicando así en su propia práctica  crítica  el ocularcentrismo que  pretenden deconstruir), su intento por  introducir paisaje como  un tercer término que trasciende el binario espacio/lugar naufraga ade- más porque solo pueden concebirlo como un modo  particular (visual) de situación. El paisaje, para Mitchell, es únicamente un modo  de contener la multisensorialidad dinámica del espacio y devolverla  a la estaticidad del lugar.  Ahora  bien,  el requeri- miento mínimo para una relación triádica como la que postula Mitchell sería la existencia de una relación de afectación mutua (y no meramente unidireccional) entre los tres términos de la ecuación (lugar/paisaje/espacio). El paisaje, lejos de ser apenas el medio  de contención del dinamismo movilizador  del espa- cio, debería entonces pensarse también como expresión de la potencialidad latente del lugar, potencialidad que remitiría preci- samente a un orden espacial alternativo.4

 

 

4   Esa calidad del lugar como estado de latencia de potencialidades históricas está presente en muchos escritos de Walter Benjamin, más que nada en su inconcluso Passagenwerk pero también en la Infancia

 

 

 

 

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Al construir el paisaje  como  puro  artificio  visual, estas estéticas  espaciales  permanecen aún  aferradas a un  legado idealista  cuyos parámetros principales fueron establecidos por Kant, en su discusión,  en la tercera crítica, de la relación entre ergon y parergon (de la esencia  o contenido sustancial de la obra versus su envoltura formal).5 Si en tanto  parergon, el paisaje funcionaba como  mero  accesorio,  o bien  propor- cionándole el fondo  espacial a la escena  pintada que consti- tuía el sujet de la obra,  o bien  como  elemento decorativo en un conjunto mayor (un manuscrito, un fresco, o el revés de un tríptico); en calidad  de ergon el paisaje emerge de su pa- pel servil para  convertirse en el sujeto  principal e indepen- diente de la obra  (Lefebvre, 2006: 22-24; Cauquelin, 1989). Como es sabido, esta autonomización del paisaje como géne- ro artístico  ocurrió de un modo  más o menos  paralelo con el paulatino reemplazo de las relaciones feudales  por la pro- piedad privada,  y la emergencia del sujeto cívico burgués, y también con  la expansión colonial  europea y la formación de las grandes plantaciones esclavistas (Bryson, 1983; Cos- grove,  1998). Sin  embargo, más  que  identificar el paisaje como mera expresión ideológica del capitalismo imperial, se trata de marcar  la raíz compartida entre esta emergencia del paisaje como  fuente de placer  y la transformación de la tie- rra en capital inmueble, ambas presuponiendo la separación entre el sujeto  y el local donde este halla  un  plus de  valor estético  o monetario. Como  propietario y como  espectador el sujeto debe  renunciar primero al lugar en aquello  que re- cién gracias a esta renuncia puede abordar como un paisaje (comprendidos los habitantes nativos quienes, ahora, apare- cen como componentes del ámbito  natural, invirtiéndose la relación suplementaria anterior). Al constituirse sobre  esta

 

 

berlinesa y la serie de retratos urbanos sobre Nápoles, Moscú y Marsella reunidos en Denkbilder (Benja- min, 1991).

5  Para una discusión del concepto kantiano, ver Menninghaus (2000: 27-46).

 

 

 

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renuncia, sin embargo, la autonomización del paisaje y del sujeto a través del acto contemplativo que produce a ambos implica también una pérdida, una falta de origen. Como sos- tiene  Jacques  Derrida, aquello  que  constituye  a los parerga no es simplemente su exceso de exterioridad, sino que es el enlace  estructural interno que  los une  a la falta al interior del ergon. Y esta falta sería constitutiva de la unidad del ergon. Sin esta falta, el ergon no necesitaría al parergon. La falta del ergon es la del parergon (Derrida, 1978: 69).

Es la falta, entonces, la que  sostiene,  paradójicamente, el único  vínculo  entre ergon y parergon; falta que  es, al mismo tiempo, la marca  de una  ausencia  y una  desvinculación ra- dical. Lo que se echa en falta al surgir un paisaje y un suje- to autónomos es precisamente aquello  que,  hasta  entonces, había  impedido esta mutua autonomización al vincularlos de manera indesentrañable. El impacto cataclísmico  de esta mutación fundamental en la relación entre sociedad  y am- biente todavía  resuena  entre nosotros, como  bien  se sabe, tanto  en  las aporías  con  que  se enfrenta hoy la racionali- dad  técnica  de  Occidente como  en  sus críticas  ecologistas de  cuño  “conservacionista”,  ya que  ambas  presuponen,  a su modo,  la separación ergonómica en su construcción del mundo natural como exterior a la relación social. Desde lue- go, no hay “retorno a la naturaleza” en estos términos; por el contrario, lo que habría que recuperar es una  noción del paisaje  que  supiera  dar  cuenta de su posición  intersticial y oscilante  entre imagen  y entorno, como aquello  que ensam- bla la construcción perceptiva con los efectos  que  esta pro- duce en la materialidad de lo que abarca,  siendo  ella misma efecto de la luminiscencia móvil del mundo material. Paisa- je-ensamble, o imagen-movimiento: es hacia esa cinemática natural poskantiana, creo,  que  habría que  avanzar a fin de construir la historicidad del paisaje y así, dotarlo nuevamen- te de futuridad.

 

 

 

 

 

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Jens Andermann

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo

Aproximaciones culturales en Geografía:

dilemas epistemológicos y políticos

 

 

 

 

 

 

 

¿Geografía Cultural o abordaje cultural en Geografía? *

 

Paul Claval 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

Me gustaría  mostrar qué es lo que el estudio  cultural trae a la Geografía. Durante la mayor parte  del siglo XX esta te- mática  ha jugado  un  pequeño papel  en la disciplina:  hasta los años  setenta  la orientación dominante fue positivista o neopositivista. Los colegas evitaban  el análisis de las imáge- nes y representaciones ya que estas carecían de una realidad material. Por ejemplo, cuando hablaban de religión  descri- bían las iglesias, las estatuas de los santos, las ceremonias, las procesiones y las peregrinaciones; pero  ignoraban la fe, las creencias y los diez mandamientos. En el caso del budismo, ignoraban también el nirvana y en el del islam, el Corán y las palabras  del profeta.

Sin embargo, existían  trabajos  interesantes en  el campo cultural, pero  ellos estaban  relacionados a los rasgos mate- riales de las culturas:  Carl Sauer desarrolló el estudio  de las transformaciones de los paisajes bajo la influencia humana, por ejemplo, con el cultivo de los vegetales introducidos para

 

 

* Traducción: Carolina Cisterna.

1   Universidad de París, Sorbonne (Francia).

 

 

 

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la alimentación de los seres humanos o del ganado, o para ornamentación; el análisis de los géneros de vida en Francia enfatizó  la variedad  de  técnicas  utilizadas  para  la explota- ción  de  los ambientes, así como  la diversidad  de  actitudes relacionadas con aquellas.

A partir  de 1970 se produjo un  cambio  profundo en  las concepciones de  la Geografía. Hoy, el papel  de  las actitu- des, de las imágenes, de las representaciones se tornó central en la disciplina.  Se habla  de “giro” cultural en la Geografía (Barnett, 1998; Cook et al., 2000). ¿Cuál es el sentido de este giro? Para algunos  la Geografía  Cultural, en tanto  capítulo nuevo de la disciplina,  fue colocada  al lado de otros más an- tiguos, la Geografía  Económica, la Geografía  Social, la Geo- grafía Política, la Geografía  Regional, etc. Pienso que esta concepción es profundamente equívoca. Se usa la expresión Geografía  Cultural como una frase hecha, como una expre- sión corta. Cuando escribí mi libro sobre este tema, propuse a la editora el siguiente título: “La perspectiva cultural en la Geografía”,  pero  no conseguí convencer al editor de la em- presa. Él prefirió “La Geografía  Cultural”  porque le parecía más clásico.

El sentido del giro cultural no  es solo el de explorar un nuevo  campo  abierto a la investigación, sino también el de repensar  totalmente la disciplina.  Este es el motivo  por  el cual escogí denominar a la Comisión  de la Unión Geográfi- ca Internacional que presidí  entre 1996 y 2004: “El abordaje cultural en Geografía”.

 

Las tres concepciones de cultura

Para  entender bien  el significado  del  abordaje cultural, es bueno partir  de un  análisis de los sentidos  de la palabra cultura. Existen tres familias de definiciones de cultura:

a) Según  la primera, la cultura es el conjunto  de  acti- tudes,  prácticas,  conocimientos, creencias y valores que motivan  la acción  humana; al contrario de  los animales,

 

 

 

 

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Paul Claval

 

 

 

 

 

el instinto no  tiene  un  papel  dominante en  la vida de los seres humanos; la mayor parte  de los comportamientos son adquiridos a través de la educación de los jóvenes o de las experiencias de los adultos.

b) Según  la segunda definición, la cultura es el conjunto de  los signos,  imágenes y símbolos  que  los seres  humanos usan para desarrollar discursos y narrativas  sobre el cosmos, la naturaleza, la sociedad  o la vida cotidiana; la cultura apa- rece como un tejido  de palabras  e imágenes que replican el mundo, permiten concebirlo y otorgan un sentido a la vida individual  o colectiva.

c) La tercera definición considera la cultura como un con- junto  de actividades  que permiten a los seres humanos tras- cenderse a sí mismos a través de la religión, de la filosofía, de la literatura, de las bellas artes, de la música o del cine. En ese sentido, la cultura implica  una  idea de desempeño y de performance. Una  persona culta ultrapasa a las otras por  sus conocimientos o por la sofisticación  de su gusto.

 

Gracias a Tylor y su libro de 1871, la idea de cultura como el conjunto de prácticas  y de conocimientos adquiridos por los seres humanos se convirtió  en el concepto central de la Antropología hasta  la mitad  del siglo XX (Tylor, 1871). La perspectiva de la Antropología Cultural americana cambió en ese período, comenzando a enfatizar  cada vez más la di- mensión simbólica de la cultura. La idea de la cultura como el esfuerzo  individual  para  trascender es más antigua, pero su uso científico  solo apareció más tarde.  La idea de un es- fuerzo colectivo para trascender tiene también gran sentido: es fundamental para entender qué es una civilización.

Los geógrafos  obtuvieron su inspiración de disciplinas ve- cinas tales como la Antropología, la Etnología o la Etnogra- fía. Ellas utilizaban las tres concepciones de la cultura, pero no las integraban a la disciplina  de la misma manera. Hasta los años sesenta, preferían la concepción más amplia, la más

 

 

 

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abierta, aquella  de  Tylor.  Ella fue  central en  la Geografía

Cultural de Carl Sauer,  en los Estados Unidos,  entre 1920 y

1970 (Sauer, 1963).

A partir  de 1970 muchos  geógrafos  optaron por enfatizar la dimensión simbólica de la cultura. En Italia, por ejemplo, Giuliana  Andreotti y Adalberto Vallega, dos de los represen- tantes  más conocidos dentro de la corriente cultural, opta- ron  por estas perspectivas  (Andreotti, 1994; Vallega, 2003). Esta ofrece  la ventaja de enfatizar  el papel  de las represen- taciones,  de las imágenes y los problemas del sentido de la vida. Esos geógrafos  hablan naturalmente de la Geografía Cultural.

Existen  también algunos  geógrafos  que  se refieren a la Geografía  Cultural y la conciben como  el estudio  de la in- dustria  cultural, del  cine  o  de  la televisión  (por ejemplo, Scott, 2000), o como  análisis del fenómeno de las capitales culturales como Berlín (Grésillon, 2002).

Pienso que los geógrafos  tienen que dar cuenta de las tres concepciones que acabo de presentar, ya que cada una expli- ca un aspecto  diferente de las realidades culturales.

 

La cultura como el conjunto de todo lo que los individuos aprenden durante sus vidas

La concepción de la cultura como el bagaje adquirido me parece fundamental por  varias razones  que  detallo  a conti- nuación:

 

Todas las realidades sociales solo existen a través de una cultura que les da forma No  hay realidades económicas, políticas  o sociales  que hayan existido antes de la cultura e independientemente de ella. En el dominio económico, la demanda nunca es una realidad  abstracta e  inmutable. Las  personas no  buscan proteínas, lípidos  o hidrocarbonatos. Las personas desean carne,  pan,  arroz  y vino; en  otro  lugar,  prefieren el arroz, la feijoada y la carne  al sol. La demanda aparece como  una

 

 

 

 

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expresión de la cultura. Los medios de producción también están  insertos  en  las realidades socioculturales, sean  estas las familias o las empresas. Cuando las grandes compañías se juntan, aparecen muchas  dificultades porque los emplea- dos no reciben la misma cultura económica. Los marxistas afirmaban: “La economía es la infraestructura, la cultura es la superestructura, y las infraestructuras determinan las superestructuras”.  Sin  embargo,  estaban   equivocados  ya que la cultura no es una consecuencia de la economía, sino uno de los determinantes de la vida económica. Lo político, lo económico o lo social no  existen  desde  el inicio  de  los tiempos,  expresan las maneras compartidas de sentir  y de actuar de grupos localizados en ciertos lugares, en ciertos períodos: los hombres recurren a códigos,  signos y gramá- ticas que hacen parte  del bagaje que recibieron. La cultura no puede ser aislada del resto de las realidades humanas: es un  componente de todas  ellas (Godelier, 1984). Debido  al hecho de que  todas  las realidades humanas son culturales y no  naturales es que  precisaba surgir  en  la Geografía  un giro cultural.

 

El papel del gesto y de la palabra

Cincuenta años atrás el antropólogo francés Leroi- Gourhan publicó  un libro muy importante: Le geste et la pa- role (Leroi- Gourhan, 1964). Este autor  sostuvo que,  desde una perspectiva evolucionista, lo que diferenciaba al hom- bre  de los monos  era la posibilidad de mantenerse en pie de forma  permanente. Este hecho permitió la diferencia- ción  de la mano  y del pie. La mano  se puede especializar y ser vir para  la fabricación de cosas y de herramientas: la cultura tiene  una  dimensión material. Las cosas son  una prolongación de los seres humanos. La cultura es hecha de martillos  y guadañas, de casas, de autos y de campos  culti- vados. Gracias a la mano,  la cultura se vuelve una realidad material circundante.

 

 

 

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La evolución  de la mano  libera la boca de su primera fun- ción:  la de  descascar  la comida  con  los dientes. De ahí  en adelante, la boca y la laringe  pudieron servir para  modular sonidos. La palabra permitió desdoblar el mundo real en un mundo de signos. Como consecuencia, la cultura no es sola- mente material:  ella existe a través de signos y se expresa  en discursos y narrativas.

En tanto  herencia, la cultura es hecha tanto  de  objetos materiales como  de discursos.  Ella tiene  una  doble  dimen- sión objetiva: la de las cosas y la de las palabras.  La memoria sobre la cual la cultura se restablece no es solamente interior sino que también tiene  una dimensión exterior.

El hombre no se encontraría frente a una naturaleza que le sería  totalmente extraña: el ambiente y el paisaje  apa- recen  como  una  mixtura de  naturaleza y de  cultura. Los hombres imponen un  entretejido de nociones para  descu- brirlas y pensarlas:  campo  y ciudad,  sistema agrario,  recur- sos, riesgos, etc.

 

La comunicación y la diferenciación de las culturas

La concepción de  la cultura como  todo  aquello  que  los hombres  reciben, enfatiza  el papel  de  la comunicación en la producción de las realidades humanas (Claval, 2006): el bagaje de aquello  que los individuos  reciben difiere  porque cada  uno  tiene  una  historia  propia: cada  uno  nació  en  un momento diferente, en un  lugar  diferente; es parte  de una familia diferente; encontró personas diferentes porque visitó lugares  diferentes en períodos diferentes. Es el legado  de la Geografía  del tiempo desarrollada por Torsten Hägerstrand desde 1970 (Hägerstrand, 1970). Esto significa que cada uno recibe  una  cultura original  y desarrolla interpretaciones personales de aquello  que recibió. La cultura no existe como una  entidad superior, ella siempre  cambia  de un  individuo a otro,  de un  lugar  a otro.  La idea  de la cultura como  una realidad  “supraorgánica”, defendida  por  los  antropólogos

 

 

 

 

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americanos del  comienzo del  siglo XX, también aceptada por Carl Sauer, como lo mostró  James Duncan (1980), esta- ba equivocada.

El bagaje que los individuos  reciben depende también de los medios de comunicación utilizados para transmitir los saberes  y las prácticas,  y para  difundir las innovaciones. En los grupos  primitivos  y en  las clases más populares de  las sociedades modernas la transmisión de los saberes  y de las prácticas  solo se apoya en  el gesto  y la palabra. El alumno y el maestro tienen que  estar muy próximos. El proceso de transmisión es local: este hecho introdujo una tendencia a la fragmentación local de las culturas.  Es fácil transmitir acti- tudes,  gestos, comportamientos, conocimientos y creencias de una generación a otra en un determinado lugar. Lo difí- cil es difundir una cultura de un lugar a otro.

La transmisión audiovisual aparece de forma muy eficien- te en el campo  de las técnicas tradicionales de producción y de los gestos de la vida cotidiana: la imitación de los gestos completa aquello  que la palabra aprehende. La transmisión de mensajes  intelectuales es posible  también gracias al ha- bla, pero  en las religiones tradicionales el mensaje  se expre- sa a través de leyendas y no a través de abstracciones.

La introducción de la escritura abre nuevas posibilidades: la transmisión de un lugar o de un período a otro  se vuelve más fácil. La cultura no es más una  realidad esencialmente local.  Ella puede propagarse a través de  largas  distancias. Pero todos los mensajes no se transmiten con la misma facili- dad por escrito. Es difícil aprender gestos y prácticas a través de un texto.  Falta la posibilidad de imitación. Por el contra- rio, un mensaje  científico,  religioso  o filosófico se transmite sin problema.

Los  medios  de  comunicación modernos  desencadenan un nuevo cambio.  Hoy las palabras  y los gestos son transmi- tidos instantáneamente hacia el otro  lado de la Tierra.  Esto se constata  particularmente a partir  de las computadoras e

 

 

 

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Internet que permiten la transferencia de estos mensajes  es- critos y de las imágenes

 

La memoria y la cultura

La cultura es el bagaje  que  los hombres reciben cuando son  jóvenes  y, posteriormente, a través de  sus experiencias vividas. La cultura se apoya sobre  la memoria, pero  existen diferentes tipos de memorias. La primera es la memoria per- sonal: una capacidad común a todos los seres humanos, pero desigualmente compartida y que desaparece con la muerte. A esta memoria personal se suman,  en  las sociedades pri- mitivas, los discursos  que  se aprenden de  memoria y que son transmitidos, sin alteración, de una  persona a otra.  Se suman  también los objetos  que  rodean a las personas: las herramientas, los muebles, las casas y el paisaje. Los objetos con  una  función memorial tienen un  papel  esencial  en las culturas  orales.

La escritura crea un  nuevo  tipo  de memoria: una  objeti- va, material, que  conserva  discursos  o diseños.  Este tipo de memoria tiene una propiedad fundamental: es acumulativa. Gracias a ella se hace  posible  desarrollar saberes  más ricos, más diferenciados y más eruditos.

Los medios  de  comunicación modernos  ofrecen nuevas capacidades para  memorizar la vida: la voz, los gestos,  los movimientos. La acumulación deja  de  limitarse  a la esfera intelectual. Ella se relaciona también con la vida cotidiana, las artes, la música, etc.

 

Culturas populares, culturas elitistas, culturas de masa, culturas científicas y técnicas

La combinación de técnicas  de comunicación y tipos de memoria otorga a las culturas características especiales (Cla- val, 2006).

Cuando los mensajes  solo eran  vehiculizados  por  el ges- to y por  la palabra, a través de los contactos cara  a cara,  y

 

 

 

 

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cuando la memoria era solo personal –o estaba incorporada en las obras materiales– la cultura era oralidad pura:  ella se encontraba fragmentada en unidades locales; el tiempo his- tórico  era  corto;  las duraciones relativas eran  confundidas en un tiempo inmemorial que situaba a todos los eventos del pasado  en un mismo plano.

La mayor parte de las sociedades históricas ofrecieron una yuxtaposición de dos tipos de cultura. En las áreas  rurales y entre las camadas  más pobres  de las poblaciones urbanas, la transmisión siempre  se realizaba  a través del gesto y de la palabra, mediante contactos cara  a cara.  Las personas no sabían ni leer ni escribir.  El contenido de las culturas  popu- lares se basaba en las técnicas de producción y en la vida co- tidiana. Al mismo tiempo, las elites (rurales y urbanas) reci- bían una formación diferente: ellas sabían leer y escribir. La cultura de las elites no se asociaba a las técnicas  de produc- ción. Ella enfatizaba los problemas de orden, de jerarquía y de técnicas  sociales y hablaba también de la Revelación,  de la fe, de la teología  y de la filosofía.

Con los progresos de la imprenta y con la generalización de la enseñanza obligatoria, las culturas populares perdieron la importancia que  tenian anteriormente. En  el comienzo del siglo XX, se predecía su desaparición en un futuro próxi- mo. La evolución  fue diferente gracias a los nuevos  medios de comunicación. La oralidad dejó de permanecer prisione- ra en estrechos círculos.  Las culturas  populares cambiaron: se transformaron en culturas  de masa. Sus contenidos tam- bién. Hoy, enfatizan el consumo y el ocio.

Al mismo  tiempo, las culturas  de  las elites  se volvieron más científicas  y más técnicas.  Ellas discuten las formas mo- dernas de producción. Su contenido religioso  y filosófico perdió la importancia que tenía  en el pasado.

Es importante comprender que  en  una  sociedad  puede existir  una  pluralidad de  culturas:  culturas  orales  y cultu- ras escritas,  culturas  populares y culturas  de  elite.  Pueden

 

 

 

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también existir culturas  de consenso y culturas  de oposición, contraculturas y culturas  de la marginalidad.

 

Conclusión de la primera parte

La concepción de  la cultura como  un  conjunto de  todo lo que  los seres humanos  aprendieron demuestra  que  esta no es una categoría semejante a la economía, la vida política o la organización social: es una  categoría más amplia  que precede a las otras y les ofrece códigos, signos y valores. Esta es la razón por la que tiene lugar un giro cultural en la Geo- grafía. La disciplina  dejó de aparecer como  una  yuxtaposi- ción  de  capítulos  casi independientes  entre sí. Ella cuenta con  una  base que  debe  su unidad al hecho de que  analiza comportamientos que fueron aprendidos, preferencias y va- lores escogidos  entre las diversas posibilidades transmitidas por la cultura.

Debido  a que la cultura es una  realidad que se transmite de hombre a hombre, ella tiene  una  dimensión espacial. La cultura debe ser estudiada como un fenómeno de comunica- ción. El resultado es que la cultura no aparece naturalmente como un factor de unidad sino que tiende a diferenciarse de un lugar a otro y, en una misma área, de un grupo a otro.

La  cultura nunca  surge  como  una  entidad monolíti- ca que  habría caído  del  cielo y que  se impuso  a todos:  la concepción “supraorgánica” de la cultura ya fue criticada por  James Duncan en 1980. La cultura es una  realidad, al mismo  tiempo individual  (es la suma de todo  lo que  cada hombre adquirió durante su existencia) y colectiva  (está constituida por  procesos,  códigos,  reglas, signos, sistemas de representación e imágenes que  fueron elaborados por el grupo). A su dimensión individual  debe  el hecho de ser variable y permanentemente modificada, valorada  de nue- vo, clasificada,  empobrecida y enriquecida. A su  dimen- sión colectiva debe  el hecho de ofrecer  a todos  las mismas posibilidades y los mismos principios. Dependiendo de las

 

 

 

 

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condiciones materiales de transmisión de las actitudes, de las prácticas  de  los conocimientos y de  los valores,  carga con la marca de los sistemas de comunicación: culturas populares que  se basan  en  la oralidad y en  la imitación directa, culturas  eruditas que  se fundan en  la escritura, culturas  de  masa que  se propagan por  los medios  de  co - municación modernos y culturas  científicas  y técnicas  que se apoyan  en Internet.

La segunda dimensión de la cultura, la dimensión simbó- lica, introduce un factor de unidad.

 

La dimensión simbólica de la cultura

La ventaja  que  ofrece  la concepción simbólica  de la cul- tura  que  se desarrolló después  de  los años  cuarenta en  la Antropología Cultural es la de enfatizar  el papel que los dis- cursos y las imágenes tienen en la vida de los grupos  socia- les. Ella también permite mostrar que  la cultura no es una realidad objetiva; a partir  de los valores y las normas, la con- cepción simbólica  de la cultura otorga  un  sentido a la vida individual  o colectiva.

Si la cultura es concebida como  lo que otorga  una  di- mensión simbólica  a la vida de  los grupos,  el estudio  de los imaginarios colectivos, religiones e ideologías, posee un papel  esencial.

 

La cultura y la toma de conciencia individual y colectiva

Como la cultura es conformada a partir  de narrativas,  de discursos  y de  imágenes, nos  podemos distanciar un  poco de  sus proposiciones y reflexionar sobre  su contenido, sus normas y sus valores.  En  este  proceso, nos  volvemos cons- cientes de nosotros mismos y de la sociedad  en que vivimos. La cultura adquiere realidad desde  dos niveles: desde  uno en que es transmitida de un individuo a otro y desde otro en que aparece como un elemento compartido en la conciencia de los miembros de un grupo.

 

 

 

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Los etnógrafos y los geógrafos  siempre  enfatizaron este aspecto  de la vida colectiva. Ellos han mostrado cómo los ri- tos de pasaje preparan la integración del individuo a un gru- po: así, por  ejemplo, el bautismo es un  segundo nacimien- to, un  nacimiento en  el mundo cultural y social, mientras que el primer nacimiento es el que introduce a la vida en el mundo material. En la adolescencia, los jóvenes tienen que pasar por duras pruebas. El objetivo es internalizar las reglas y normas de la cultura, de la sociedad. Al final del ritual  de pasaje los jóvenes ingresan a la clase de los adultos: ellos son considerados como  miembros con pleno  derecho de la cul- tura y de la sociedad.

La cultura permite a los individuos  tomar  conciencia de lo que son y de lo que quieren ser. Genera identidades que vin- culan  a los individuos  con los lugares  y con los paisajes, por- que estos rememoran momentos intensos  de sus historias.

La voluntad de afirmarse  frente a los otros incita a los hombres a marcar  simbólicamente los espacios que conside- ran  propios y a colocar  signos en  los lugares  públicos  que recuerdan a todos su existencia.

 

El simbolismo y las identidades

La cuestión de la identidad adquirió importancia en  las Ciencias Sociales solo recientemente. En las pequeñas socie- dades  primitivas,  cada  uno  sabía lo que  era: los rituales  de pasaje  aseguraban a cada  uno  su pertenencia a un  grupo cuyas reglas y valores tenía interiorizados; el ambiente mate- rial era estable y contribuía también a la identificación en la colectividad;  los elementos materiales y los elementos simbó- licos se reunían para  dar a la identidad una  evidencia  total. El único momento en que la pertenencia se volvía problemá- tica era el de la conversión religiosa,  cuando las referencias simbólicas desaparecían.

La situación  era semejante para los estratos más bajos de las sociedades tradicionales, aquellos  inmersos  en culturas

 

 

 

 

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populares. Su identidad se basaba  en la homogeneidad de lo que  era  transmitido localmente a través del  gesto  y de la palabra:  actitudes, comportamientos, prácticas  y valores semejantes, incluso  en el contexto de lo material. El papel de las técnicas de producción –cuyo monopolio pertenecía a estos estratos– y el de las prácticas de la vida cotidiana era dominante.

Para las elites, la situación  era diferente. Sus identidades encajaban unas en otras: la identidad local de la zona de ori- gen o de la vivienda cotidiana se acoplaba a la identidad más amplia  de la religión  o del Estado. Las identidades del nivel superior tenían la particularidad de ser en parte  personales (un sentimiento de lealtad  frente al rey), lo cual impedía proporcionarles bases materiales.

La situación  cambió  con la revolución industrial y su co- rrelato, la construcción de la nación moderna. La nación moderna –y también la gran metrópoli o la región– son “co- munidades imaginadas”, como  explicó  Benedict Anderson (1983). Nadie puede tener una experiencia directa de la tota- lidad de una nación o de una gran región y aún de una gran metrópoli urbana. El sentido de pertenencia y la identidad son construidos a través de imágenes (el mapa,  los paisajes típicos) y símbolos (la bandera, el himno nacional). Gracias a la escuela obligatoria, todas las clases de la sociedad  apren- den esas nociones. Para conceder un fundamento material a la identidad nacional, fueron escogidos  lugares  simbólicos, y derribados  o construidos monumentos.  El siglo XIX fue la época  en que  los estereotipos de las naciones fueron ela- borados por  los autores de relatos  de viajes, por  los autores de guías turísticas  y por los geógrafos.  El resultado fue que, en el comienzo del siglo XX, la mayoría  de la población de los grandes países modernos tenía  una  identidad múltiple: una  identidad local, ligada  a lo que  quedaba de la cultura popular, y una  identidad nacional vinculada  a la cultura de las elites difundida mediante la escuela y la imprenta.

 

 

 

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La evolución  reciente de los medios de comunicación y de transporte, y de las variantes de la cultura, destruyeron estas formas  de  identidad. Con  la mayor  facilidad  de  los viajes, las personas encuentran más extranjeros, más ideas o creen- cias nuevas.  Las imágenes recíprocas que  se construyen de esta manera ofrecen solo un espacio estrecho a las altas for- mas de la cultura:  las personas visitan Italia por  sus iglesias y palacios,  sus ciudades, sus pintores, sus arquitectos, pero la imagen  popular de Italia está basada en sus restaurantes, sus hoteles,  la cortesía  –o su ausencia–  de su población. La imagen  de la cultura como el esfuerzo  para  superarse es así disociada  de aquella  de la cultura como realidad cotidiana.

Con la transformación de las culturas  populares y su sus- titución por culturas  de masa, las referencias locales desapa- recen;  la mayoría  de  la población no  tiene  más la posibili- dad  de entender la formación de los paisajes circundantes, porque ya no conoce  las técnicas  usadas por los grupos  que los formaron: se trata  de un resultado importante de las in- vestigaciones  del  historiador francés  Pierre  Nora  sobre  lo que  él llama “memoria viva”. Los estereotipos de las nacio- nes fueron superados. Un ejemplo regional: en Galicia, una porción del  noroeste  de  España,  la identidad regional fue asociada en el siglo XIX, a la charneca atlántica,2 los bosques de robles  y castaños,  las iglesias románicas, los hórreos (silos para granos). La mayoría de estos rasgos fueron provisorios: la charneca fue sustituida  por bosques  de eucalipto; los hó- rreos desaparecieron... En la medida en que la identidad ga- llega permanece ligada  a esas imágenes, hace  referencia al pasado.

Al mismo  tiempo, nuevas  comunidades imaginarias en- tran  en  competencia con  las naciones. Para  un  europeo, por ejemplo, ¿qué es lo importante?, ¿la ciudad?, ¿la región?

 

 

2  Se trata de un tipo de arbusto que crece hasta dos metros de altura y que es propio de la región medite- rránea (N. de la T.).

 

 

 

 

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¿Francia,  Alemania,  Italia,  Portugal, etc.? ¿Europa?  ¿Otras entidades, el mundo mediterráneo, el mundo desarrollado, Occidente?

Hablamos de desterritorialización, pero,  como Rogério Haesbaert mostró,   esa  desterritorialización  es seguida  de una reterritorialización que genera identidades de un nuevo tipo: identidades en archipiélagos, como  ya se volvieron  las identidades de las diásporas  (Haesbaert, 2004).

De este modo  la dimensión simbólica  de las culturas  ex- plica la crisis contemporánea de las identidades.

 

La significación territorial del simbolismo

La dimensión simbólica de la cultura tiene  un papel importante en  el dominio territorial. ¡ Sí, las culturas  se constituyen en la superposición de estratos  que  no admi- ten  los mismos  límites!  Sí, las culturas  presentan fronte- ras vagas, imprecisas,  pero  esta af irmación solo es verda- dera  cuando son analizadas  como  realidades objetivas.

Las culturas  son realidades vividas. No es porque otras personas tienen una tonada diferente de la mía, que no cul- tivan los campos  de la misma  manera, que  viven en  otros tipos de casas o que aparecen como extranjeros. Yo los con- sidero hermanos si ellos comparten la misma fe, las mismas creencias religiosas,  o si ellos  son  ciudadanos del  mismo país, si comparten la misma bandera. En este caso, los lími- tes de las áreas culturales dejan  de parecer imprecisos.

Los  geógra fos  saben,  gracias  a  Jean  Gottmann, que los símbolos  – o,  como  él dice,  las iconogra fías – tienen un  papel  central en la constr ucción  de las entidades hu- manas  que se consideran como homogéneas (Gottmann,

1952): la v ida en interacción conduce a cada uno  a desa- rrollar  relaciones específ icas ; esto  lleva a la fragment a- ción  de la sociedad. Pero,  como  los hombres comparten alg unos  principios y se entusiasman con los mismos sím- bolos religiosos  o políticos,  ellos se sienten próximos. Es

 

 

 

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gracias a los símbolos que las sociedades se mantienen unidas  y que  las culturas  son v iv idas como  homogéneas, aun  cuando presenten una  gran  diversidad  real.  Es por- que  los gr upos  constr uyen una  imagen  común de patria que  forman Est ados.

Entonces, desde una perspectiva geográfica, la dimensión simbólica juega un papel esencial: gracias a ella, los hombres consiguen limitar los efectos disolventes de la distancia  y del distanciamiento. Consideran como  uniformes y homogé- neos conjuntos que no lo son. Cada vez que un conjunto de personas cree  que  sus culturas  comparten un  número sufi- ciente  de puntos fundamentales semejantes para superar las diferencias, se prepara la creación de formas políticas exten- sas. La mejoría  de los transportes facilita esos cambios, pero ello no es suficiente  para volverlos necesarios.

La evolución  contemporánea enfatiza  su papel:  la globa- lización  aproxima a los hombres. Las personas viajan más fácilmente, no  dudan en  emigrar, reciben información de todos los lugares del planeta. Sin embargo, estas condiciones no llevan automáticamente a la aproximación de los grupos: simbólicamente, las comunicaciones más fáciles pueden ser interpretadas como  portadoras de fraternidad o como  una amenaza a la seguridad de cada uno y de todos.

 

La cultura como dinámica de la trascendencia

En  la  tercera concepción aparece como  importante la idea de que la cultura tiene  una dimensión dinámica. En la medida en que  es una  herencia, ella vincula a los hombres con el pasado.  En la medida en que  se enriquece de las ex- periencias de la vida, depende también del presente. En la medida en que  introduce valores que  reflejan  la existencia de otro  mundo, de un  más allá, orienta la acción  humana en dirección al futuro. Contiene un elemento dinámico que incita a los hombres a trascender a través de la excelencia moral,  la estética,  la filosófica y la científica.  A escala de la

 

 

 

 

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colectividad,  este  elemento dinámico introduce la búsque- da de lo universal,  es decir,  de actitudes, comportamientos, valores y reglas que no son válidas solamente para el grupo, sino que  tienen el mismo  valor para  todos  los individuos  y para todos los grupos.

La diversidad  de las culturas  aparece como  una  de las ri- quezas  más importantes de  la Tierra,  pero  puede también crear  oposiciones, formas  de incomprensión y desembocar en  conflictos.  Está de moda  alabar  la diversidad  cultural y hacer  todo  para  preservarla.  Los geógrafos  participan de este  movimiento,  pero  se transforman en  críticos  cuando la diversidad  se convierte en un imperativo absoluto. Una cierta dosis de multiculturalismo es fecunda, pero  una dosis demasiado fuerte  es peligrosa.  El universalismo es parte  de las aspiraciones de la mayoría de las poblaciones y de las cul- turas (Taylor, 1994), y debemos respetarlas.

El papel  de los geógrafos  es el de recordar que  los pro- blemas  culturales e identitarios del mundo actual  resultan de los cambios de las relaciones espaciales que provoca la evolución  contemporánea. El riesgo es el de ver a los grupos, ansiosos, cerrarse sobre sí mismos y optar  por formas más o menos  agresivas de comunitarismo.

Hoy, los ideales  universalistas  inventados  por  la civiliza- ción  occidental son muy criticados  “El siglo XVII europeo tuvo necesidad de este concepto que permitía definir  un mundo en movimiento y oponer a una  cultura superior –la suya– la de los Bárbaros” (Bonnemaison, 2000: 82). La idea según la cual la razón  científica  conduciría automáticamen- te al progreso no es más aceptada. El problema es inventar otras formas de universalismo.

La esperanza viene  de  la posibilidad de  mostrar que, en el futuro, todos  los grupos  humanos se convertirán en solidarios  en un planeta cuyos recursos  aparecen cada día más limitados.  Esta amenaza introduce un  elemento uni- versal nuevo.  Los geógrafos  tienen una  responsabilidad

 

 

 

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particularmente importante en este dominio: la humani- dad tiene  que tomar  sobre  sí su propio destino.

Los problemas de la inserción de los grupos  humanos en el medio  ambiente siempre  fueron difíciles. La explotación de  los recursos  naturales muchas  veces conduce a su ago- tamiento –aún para aquellos  que son, en principio, reno- vables–. El equilibrio de los ambientes está muchas  veces amenazado. Las investigaciones de la Geografía  Histórica muestran  que  no  existen  formas  de  explotación inocuas. Las culturas  tradicionales no  estaban  sistemáticamente en equilibrio con  su medio  ambiente, como  muchas  veces se supone. Los medios técnicos modernos son responsables de una  nueva  escala de los daños  y contaminaciones, pero  no de la existencia  de desequilibrios.

No todas  las culturas  del  pasado  consiguieron incorpo- rar  sus economías en una  perspectiva sustentable. Algunas tuvieron éxito;  sin embargo, sus residuos  generalmente no son transportables en el mundo de hoy. La contribución de los geógrafos  al problema del desarrollo sustentable es mos- trar que este puede, y debe, constituir el elemento común –o uno de los elementos comunes– a partir  del cual las culturas dejen  de cerrarse sobre sí mismas, dialoguen y acepten par- ticipar en una obra colectiva.

La Geografía  no ofrece una solución  milagrosa  al proble- ma del desarrollo sustentable. Ella solo indica que, en un mundo donde los universalismos  que  fueron aceptados en el pasado  son puestos  en cuestión, existen  solamente dos perspectivas  que, probablemente, permiten aproximar a los hombres y a los grupos  sociales: a) la idea de que  todos  los grupos  humanos tienen la misma dignidad, todos  son seres culturales y b) la idea  de  que  todos  los hombres  tienen el mismo interés  en asegurar la sobrevivencia  del planeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conclusión

 

El  abordaje  cultural  que   proporcionan  los  geógrafos debe  incidir  sobre  las tres dimensiones de la cultura;  ellas no son contradictoras, sino que  enfatizan aspectos  comple- mentarios: a) en relación a la primera, la omnipresencia de la cultura y su papel  fundante; b) en relación a la segunda, el sentido de  los signos y de  los símbolos;  c) en  relación a la tercera, el hecho de que  orienta la vida e incita  a la tras- cendencia, tanto  personal como  colectiva. De este modo,  el abordaje cultural sitúa al geógrafo en una  posición  a partir de la cual repiensa las categorías clásicas de la economía, de la vida política,  de la sociedad, de la vida urbana o rural,  a partir  de la cual explica la crisis contemporánea de las iden- tidades  y la superación de las tendencias a la fragmentación local mediante la constitución de grandes entidades, basa- das en símbolos compartidos.

La búsqueda de la trascendencia otorga  a las culturas  una dinámica que no es de reproducción indefinida. Ella las inci- ta a cambiar,  a innovar,  a buscar nuevas experiencias. Así, la trascendencia introduce una  nueva  dimensión: transforma a los hombres. Los grupos  intentan emanciparse de sus limi- taciones  e inventar programas de alcance  universal: partici- pan del proceso civilizatorio.

En las culturas  existe una tendencia espontánea a la frag- mentación: es una  tendencia peligrosa  porque crea  tensio- nes y conflictos. En la mayoría de las culturas la existencia de elementos de alcance universal les permite salir de sí mismas y dialogar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional por un Año Internacional de la Cultura

y la Globalización de las Naciones Unidas *

 

Benno Werlen 1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En los últimos años la Unión Geográfica  Internacional (UGI) apoyó iniciativas de la Organización de las Naciones Unidas  (ONU) tales como  las de  Desarrollo Sustentable y Cambio  Global,  así como  aquellas  que  proponían un  año de la ONU incluyendo, entre otras, el Año Internacional de las Montañas y el Año Internacional del Planeta  Tierra.  To- das las iniciativas  apoyadas  formaban parte  del  campo  de la perspectiva ecológica  integral, enfatizando las condicio- nes naturales de vida y las perspectivas  geocientíficas. Indu- dablemente, el campo  de la investigación integrada es una de las competencias esenciales  de la Geografía  y así ha sido reconocido por  el público  en  general en  las últimas  déca- das.  Sin embargo, los años  de  la ONU  mencionados y las subsecuentes iniciativas de investigación han  descuidado la dimensión cultural en  el (problemático) proceso de trans- formar  la naturaleza.  Necesitamos, además,  un  programa que se centre en la dimensión cultural y por  lo tanto  en las ciencias  culturales y sociales así como  en las humanidades.

 

 

* Traducción: Mónica Farías. Revisión: Susana Adamo  y Hortensia Castro.

1   Universidad de Jena (Alemania).

 

 

 

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Esto puede ser de crucial importancia para la Geografía  Hu- mana  y para  su  contextualización interdisciplinaria  entre estas ciencias.

De este modo,  la cooperación entre las ciencias naturales y socioculturales puede fortalecerse a niveles sumamente im- portantes  tanto  dentro de  la Geografía  como  en  el campo transdisciplinario. Este objetivo concuerda con una de las principales metas de las políticas científicas de la ONU desde los comienzos de los ochenta, cuando Javier Pérez de Cuéllar era su secretario general. Como creador de la iniciativa sobre Cultura y Desarrollo en el siglo XXI, Pérez de Cuéllar  resal- tó  esta relación en  su discurso  durante el encuentro inau- gural  del Congreso Mundial  para  la Cultura y el Desarrollo (WCCD, 17 al 21 de marzo  de 1993), ya que  es la cultura la que  “posee la llave para  el desarrollo humano y sustentable basado  en el compartir [y que] el desarrollo comienza en la cultura humana” (UNESCO, 1993: 1). Por lo tanto,  la dimen- sión cultural del desarrollo debe ser vista como un tema clave para todos los tipos de políticas mundiales.

Hoy en día, las transformaciones de la vida cotidiana por procesos  culturales, sociales, económicos, políticos  y ambien- tales  requieren, además,  que  cada  persona  desarrolle una nueva forma  de entender sus condiciones de vida en nuestro planeta Tierra.  Estas transformaciones ocurren en una  serie de niveles, desde  el cambio  del mapa  político  a las invencio- nes tecnológicas en  la producción, el transporte y la comu- nicación. Estas últimas  son las responsables, en  gran  parte, de la extraordinaria nueva situación  en la cual nos encontra- mos hoy: la globalización de casi todas las esferas de nuestra vida cotidiana. De todos  modos,  todos  los aspectos  suponen nuevas combinaciones y re-combinaciones de lo “cultural”, lo “social”, lo “económico” y lo “natural”,  por  un  lado,  y de lo espacial  y temporal, por  el otro.  Para  comprender estas re- combinaciones, el Año Internacional de la ONU  sobre  Glo- balización  y Cultura se centrará en  las prácticas  cotidianas

 

 

 

 

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Benno Werlen

 

 

 

 

 

de la gente,  en las bases de la globalización en los contextos locales, y en las prácticas  globalizadoras de los denominados jugadores globales,  así como  también en las de los consumi- dores comunes.

Bajo condiciones de vida globalizadas  a nivel local, la di- mensión cultural de las prácticas  humanas adquiere un cre- ciente significado, especialmente en el nivel de la vida cotidia- na en lo que se refiere a la interrelación de tradiciones locales/ regionales y a acciones  a distancia.  Mientras  que  las posibi- lidades de éxito de todo tipo de discursos fundamentalistas aumentan rápidamente, las posibilidades de conocimiento de los diferentes mundos culturales disminuye.  El conocimiento geográfico cultural se vuelve aún  más importante en la con- formación de  imágenes y representaciones  del  mundo. Los cambios  drásticos  en las condiciones geográficas  de vida en nuestro planeta impactan profundamente en las relaciones a nivel local y en las políticas  a ser emprendidas. Así, muchas preguntas centrales para la Geografía  Social y Cultural alcan- zan niveles de interés  público  sin precedentes.

Para afrontar estos desafíos es importante profundizar nuestra comprensión geográfica  sobre  la construcción y re- producción de las realidades culturales –un  proceso implí- cito en las acciones  sociales, económicas y políticas–  y en la transformación de la naturaleza por  medio  de las acciones humanas. Para alcanzar  esta meta,  debemos repensar críti- camente los imaginarios geográficos  tradicionales; necesita- mos una  nueva forma  de comprender desde  la Geografía  la constitución de los mundos culturales. Esta nueva interpre- tación  no  es solo un  desafío  para  los eruditos. Por  el con- trario,  gente  de todas las profesiones y condiciones sociales debe  ver su vida y sus relaciones con  los lugares  en formas esencialmente nuevas. Esta es una  de las convicciones bási- cas de la nueva iniciativa de la UGI, centrada en la cultura y la globalización, y basada  en un emprendimiento anterior de quien  fuera presidente de la UGI, Adalberto Vallega.

 

 

 

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El primer paso de la iniciativa de la UGI por un Año Internacional

de la ONU: Culturas y Civilizaciones para el Desarrollo Humano (CCDH)

En el año 2004 Jean-Robert Pitte (rector de la Sorbona) y Adalberto Vallega (Presidente de  la UGI) redactaron el borrador de un  trabajo  demostrando la necesidad de pro- mover  el diálogo  entre las culturas  y las civilizaciones. En particular, este  trabajo  estableció  que  es de  la mayor  im- portancia:

a) ilustrar la extensión y la profundidad del legado que las civiliza- ciones han desarrollado desde el advenimiento del Neolítico;

b) demostrar  que  este  extenso  legado  se ha  construido  no solo por  medio  de la evolución  individual  de las civiliza- ciones sino también y especialmente a través de la interac- ción positiva de las civilizaciones entre sí;

c) reafirmar el valor universal  del diálogo  entre las culturas y las civilizaciones, y de la existencia  de condiciones que puedan conducir a formas más avanzadas y constructivas de civilización, dando lugar a etapas de desarrollo huma- no cada vez más progresivas;

d) promover iniciativas que  –dentro del marco  de la educa- ción, la comunicación y las relaciones con el público– apun- ten a fortalecer y difundir una  visión precisa  y positiva de las civilizaciones y de la conciencia de los valores apropiados para el diálogo entre las culturas  y entre las civilizaciones.

 

Esta declaración programática constituyó de hecho el borra- dor para el diseño del primer paso que se tomó en dirección a la Iniciativa de la UGI por un Año Internacional de las Culturas y las Civilizaciones de la ONU. Tras el trabajo  de Pitte y Valle- ga, el equipo de dirección constituido (que incluía a Mahmoud Ashour,  Giuliano  Belezza, Anne Buttimer, Aharon  Kellerman y a mí mismo) se reunió en Roma en el otoño de 2005 y re- formuló el título que pasó a ser: Culturas  y Civilizaciones para el Desarrollo Humano (CCDH). Ese encuentro preparó una conferencia de tres días en diciembre de 2005 en la Casa de la

 

 

 

 

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Geografía2 donde se presentó y discutió la primera versión del plan de acción. Las pautas de la Iniciativa CCDH se resumieron en los siguientes  tres leitmotivs: “No hay desarrollo humano sin la promoción de las identidades culturales. No hay promoción de las identidades culturales sin la cooperación entre las civi- lizaciones. No hay cooperación entre las civilizaciones si no se comparten valores universales” (Pitte y Vallega, 2005: 1).

La prematura desaparición del profesor Adalberto Vallega a fines de 2006 dejó un gran  vacío en cuanto a la continuación de la elaboración y revisión de la Iniciativa CCDH. El primer paso en la revisión de CCDH consistió en familiarizarse  con el material y los contactos establecidos por  Adalberto Vallega en los últimos  tres años de elaboración de la iniciativa. Para ello, se examinaron y evaluaron sus increíbles esfuerzos para conse- guir  el apoyo  de importantes instituciones internacionales de investigación. Como  el Consejo  Internacional para  la Ciencia3 y el Consejo  Internacional de Ciencias  Sociales,4   así como  de muchas otras asociaciones científicas internacionales, presiden- tes de las Comisiones  Nacionales de la UGI, sociedades geográ- ficas nacionales y regionales, patrocinadores políticos  como  la Unesco,  el Consejo Pontificio  para la Cultura y organizaciones educativas como Arab League Educational, Cultural and Scien- tific Organisation (ALECSO), EUROGEO,5 HERODOT,6  la Universidad de las Naciones Unidas, etc.

 

 

2  La Casa de la Geografía se encuentra ubicada en Villa Celimontana en la ciudad de Roma y fue estable- cida para guardar los archivos de la UGI y llevar a cabo reuniones académicas así como  actividades de investigación (N. de la T.).

3  International Council for Science (ICSU) (N. de la T.).

4  International Social Science Council (ISSC) (N. de la T.).

5    EUROGEO es una asociación sin fines de lucro que reúne a las asociaciones europeas de profesores de geo- grafía y a la cual le fue concedido el estatus de órgano con participación plena en el Consejo de Europa desde el año 2004. Su objetivo principal es el de promover la “dimensión europea” en la enseñanza geográfica de los países de ese continente para contribuir al desarrollo de una ciudadanía europea (N. de la T.).

6  HERODOT (Network for Geography in Higher Education) es una asociación integrada por más de 150 organizacio- nes cuyas finalidades son mejorar la calidad de la enseñanza de la geografía en el marco del Espacio Europeo de Enseñanza Superior (EEES) y promover la importancia de la geografía como disciplina (N. de la T.).

 

 

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Los  pasos  iniciales  de  la  evaluación   mostraron  rápida- mente algunos  puntos importantes. Primero, casi todos  los miembros del grupo CCDH dentro de la UGI manifestaron un fuerte  interés  en continuar con los esfuerzos  para  hacer del proyecto  una iniciativa exitosa. En segundo lugar, no to- dos los socios y patrocinantes más importantes fuera  de la UGI apoyaron el programa de la CCDH tan entusiastamente como  hubieran podido. Los trabajos  de  Adalberto Vallega contienen muchos  documentos con reservas acerca  del títu- lo de la iniciativa, algunos  de los cuales reflexionaban sobre la posibilidad de darle  más énfasis a la diversidad  cultural antes  que  a “la cultura y las civilizaciones”. Los documen- tos también contienen sugerencias acerca  de  tener más en cuenta las diferentes culturas de la naturaleza y la dimensión natural, en general con relación a lo que fue considerado en los primeros diseños.

Como segundo paso fue necesario tener una imagen  más precisa de las opiniones de las personas implicadas  en el proceso CCDH y de  los representantes de  las instituciones que podían ser de considerable importancia. Durante las discusiones, los ex presidentes de la UGI Bruno  Messerli y Anne  Buttimer, el secretario general de la UGI Woo-Ik Yu, el representante de la Comisión  Ejecutiva y el vicepresidente de la UGI Vladimir  Kolossov, y el director de la Casa de la Geografía  y secretario de la Iniciativa  CCDH Giuliano  Be- llezza, remarcaron su continuo interés  en esta iniciativa de la UGI. Pronto quedó claro que la pregunta más importante para  el futuro no era tanto  si la iniciativa debía  continuarse o no, sino qué dirección debería tomar  exactamente.

 

Los pasos hacia una nueva orientación de la iniciativa

Una comparación temprana de la primera versión de la Ini- ciativa de la UGI por un Año Internacional sobre la Cultura y la Globalización de la ONU, en la forma del Programa CCDH con las iniciativas del Año Internacional de las Montañas y del

 

 

 

 

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Año Internacional del Planeta  Tierra,  por  ejemplo, muestra, en  primer lugar,  que  se necesita  más de  una  sólida  estrate- gia de abajo hacia  arriba,  y menos  de una  lógica que  sea de arriba  hacia  abajo.  Esta comparación hace  que  sea obvia la necesidad de este cambio  de perspectiva para poder mejorar las capacidades y estimular la discusión  futura. Esto implica posiciones firmes del Comité Nacional  de cada país miembro y de las distintas comisiones de la UGI dentro de la Geografía, de otras organizaciones y comisiones de investigación de las ciencias sociales y culturales y de las humanidades, así como de instituciones nacionales de subsidio a la investigación, me- dios de comunicación masivos y ONG potencialmente intere- sadas, tanto  a escala local como global.

Un segundo punto en la comparación muestra, obviamen- te, que la reorganización de la iniciativa de la UGI requiere considerable apoyo institucional y financiero, mucho más de lo que recibió  hasta ahora. Por ejemplo, las iniciativas por el Año Internacional de las Montañas y el Año Internacional del Planeta  Tierra  fueron sostenidas  por una secretaría pro- fesional con filiales en diferentes continentes y países.

Teniendo en cuenta la estructura organizacional de la iniciativa –de abajo hacia arriba–  deben mencionarse dos implicaciones. Primero, las actividades  regionales y nacio- nales serán  de crucial  importancia. Por lo tanto,  el Comité Nacional  de cada país miembro de la UGI funcionará como nexo entre la acción global y las actividades de investigación regionales. En segundo lugar, se debe organizar una serie de talleres  y conferencias en todos  los niveles: regional, nacio- nal e internacional.

El primer paso  en  esta dirección fue una  reunión de un grupo de académicos realizada  en Roma  a principios de ju- nio  de  2008.  Ron  Abler,  Giuliano  Belezza, Anne  Buttimer, Karl Donert, Vladimir  Kolossov, Jacques  Levy, John  Pickles, Ola Soederstroem y Benno Werlen trataron de encontrar una nueva  orientación para  la Iniciativa  de  la UGI.  “Diversidad

 

 

 

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cultural”,  “diversidad  natural” y “desarrollo humano” fueron algunas  de  las palabras  clave en  los debates. Las preguntas más importantes que se discutieron fueron: ¿en qué temas de- bería  concentrarse la iniciativa?, ¿qué tipo de programas de investigación deberían llevarse a cabo a nivel nacional?, ¿qué tipo de acciones deberían realizar cada Comité Nacional de la UGI y las asociaciones geográficas  para reestablecer la inicia- tiva como un movimiento de abajo hacia arriba?

Al mismo tiempo se hizo evidente que uno de los primeros pasos en la construcción de la iniciativa desde  la base debía ser, posiblemente, la preparación de la acción política  a nivel nacional, por medio  de proyectos  de investigación que conta- ran  con  amplio  apoyo.  Para  esto, la cooperación entre cada Comité  Nacional  de la UGI y los investigadores dentro de las instituciones de investigación nacionales es ciertamente una precondición necesaria. Por consiguiente, la participación directa  de los Comités Nacionales resulta muy importante. Teniendo en cuenta la orientación transdisciplinaria de la ini- ciativa, es necesario también un compromiso significativo de todas las comisiones de la UGI: aquellas con una firme orien- tación  cultural, así como  aquellas  con  orientación científica natural. La Geografía  debe  demostrar su potencial integra- dor sobre la base de los fundamentos teóricos más avanzados. También se discutieron intensamente y se preestructuraron las posibilidades de  establecer vínculos  con  la Unesco  y de incorporar a las ciencias  culturales y sociales, y a las huma- nidades. Los resultados de  la reunión se presentaron  en  el

31º Congreso Internacional de Geografía en Túnez, realizado entre el 12 y el 15 de agosto de 2008, y fueron aprobados por el Comité Ejecutivo de la UGI recientemente elegido.

 

La nueva orientación: el Año Internacional para el Entendimiento

Global de la ONU

Los años  internacionales de la ONU  sirven para  arrojar un  haz de luz en áreas de interés  y preocupación y forman

 

 

 

 

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parte  de un  programa mayor  de años,  días, décadas  y me- ses dedicado a causas particulares que  son apoyadas  por  la Carta de las Naciones  Unidas  y por el trabajo  que esta lleva a cabo.  El impacto de  estas acciones,  dentro y fuera  de  la academia, es una clara muestra de la sinergia  que puede re- sultar  del encuentro de formas  de conocimiento “públicas” y de “elite”. En los últimos  años  han  establecido la agenda de investigación científica  y, al mismo  tiempo, han  mejora- do la conciencia pública  sobre la importancia de las geo- ciencias. Sin embargo, las dimensiones culturales de la vida contemporánea no fueron contempladas en estas iniciativas pasadas.  Por  ello, un  año  enfocado en  la Geografía  Cultu- ral promovería  las humanidades  y las ciencias  culturales y sociales, y eliminaría este “punto débil” de los mencionados emprendimientos.

La nueva orientación de la iniciativa focaliza en particular en  las transformaciones actuales  de las actividades  cotidia- nas, transformaciones que  son resultado de las actividades globalizadas en las dimensiones política, social y económica, pero  especialmente en  la cultural. La globalización de  las rutinas  locales y regionales genera nuevos patrones que pro- vocan impactos  durables en la vida de la gente  alrededor del mundo. Por  lo tanto,  también crean  una  nueva  conciencia sobre cuán extensamente están conectados los muchos  tipos de expresiones culturales a la disponibilidad de recursos  na- turales  en  nuestro planeta. La interface de  las ciencias  so- ciales y naturales ha sido un punto central de la Geografía, como se ha demostrado mediante la contribución de los geó- grafos a los debates  sobre temas ecológicos y ambientales. El trabajo  geográfico en esos temas  espinosos  ha ido más allá del estudio  de los elementos físicos, para hurgar en las com- plejas  relaciones entre  los sistemas  culturales y naturales, que son las que conducen a los problemas ambientales. Esta capacidad puede ser usada durante un año de la ONU para dar mayor visibilidad y publicidad a las complejas  relaciones

 

 

 

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entre lo local y lo global,  y entre la cultura y la naturaleza. El año  internacional, cuyo título  operativo es de “Entendi- miento Global”, llegará  más allá de cualquier componente cultural –como las lenguas, las migraciones o las conexiones interculturales– al examinar las conexiones con otros  com- ponentes  culturales y con  el ambiente natural, incluyendo varios elementos del paisaje y sistemas ambientales y la inte- racción  entre ellos.

En la elección  de un título de trabajo para el año in- ternacional, pusimos  especial  atención en una  perspectiva integrada e integradora sobre  el proceso y los resultados de  la globalización, centrándonos  en  la cultura. Además, el título  debía  resultar atrapante, programático e inspira- dor  a simple  vista. Con  el título  “Entendimiento  Global”, esperamos expresar nuestra  meta  principal de  un  modo que despierte el interés  en nuestros esfuerzos. Buscamos aumentar la conciencia pública  sobre las humanidades, los estudios  culturales y las Ciencias  Sociales, incrementando la visibilidad tanto  de su competencia intrínseca como  de su impacto político.

El proceso de globalización supone cambios en las condicio- nes culturales, sociales y naturales. Nuestra  propuesta integra las humanidades, las Ciencias Culturales y las Ciencias Socia- les con las Ciencias Naturales. Esto capitaliza las capacidades esenciales de la Geografía  como disciplina  integradora, y nos permite aprovechar sus fortalezas. Dado que la Geografía  tie- ne una larga tradición en la investigación integrada, creemos que la disciplina  está bien posicionada para lidiar con el com- plicado  grupo de temas que presenta la globalización.

Para poder tratar  con las nuevas condiciones geográficas, en  cada  escala y en  todo  el mundo, se requiere de  nuevas imaginaciones y representaciones geográficas.  La Geografía es la única  disciplina  con la capacidad cultural y con acceso mundial a todos los niveles de la educación necesarios para llevar a cabo esta tarea.  Esto no solo nos permitirá realizar

 

 

 

 

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una investigación en todo el mundo, sino también presentar módulos basados  en  el año  del  “Entendimiento  Global”  a niños tan pequeños como los de la escuela primaria.

El corazón temático del año internacional es la experien- cia vivida de la globalización en sus muchas formas (cultural, social, económica y natural) y las concomitantes transforma- ciones  de las bases naturales de la vida humana. El progra- ma de la iniciativa, tal como ha sido establecido hasta ahora, sugiere  la identificación de los siguientes  campos como cen- tro de sus actividades:

• Alimento  / Comer  (de la finca al tenedor)

• Vivienda / Residir

• Vestimenta  / Vestir

• Comunicación / Comunicar

• Arte / Imaginar

• Religión / Creer

• Movilidad / Movilizarse

• Deportes / Jugar

• Residuos / Reciclar

 

La investigación científica  de estos campos de actividades puede y debe  ser llevada a cabo a la luz de las siguientes  po- sibles dimensiones claves (formales):

• Unidad / Diversidad

• Cosmopolitanismo / Provincianismo

• Identidades fluidas / Identidades rígidas

• Mapear/ Actuar

• Civilizaciones antiguas  (locales)/ Culturas  globales

 

El dossier para  cada  una  de  estas dimensiones clave for- males  debería incluir  la formulación del  objetivo,  las posi- bles orientaciones de investigación programáticas –como los puntos de anclaje o de inicio para los proyectos  de investiga- ción– y un esquema del alcance  (mediático/didáctico). Esto nos conduce a las siguientes  tres subdimensiones:

 

 

 

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- Discurso (objetivo):

• Ejemplificación y análisis de  las expresiones culturales del campo  “Alimento/Comer” (dimensión clave de activida- des)  con  relación al límite  entre la unidad y la diversidad (dimensión clave formal).

 

- Científica (orientaciones para la investigación):

• Analizar las culturas  del comer  mediante la reconstruc- ción de los flujos de productos, desde  la finca hasta el tene- dor  para  diferentes dietas  (desde la unidad/uniformidad a la diversidad  más alta).

• Analizar la imbricación/no imbricación de la producción agrícola orientada al mercado mundial en la cultura local.

• Analizar  las transformaciones de las condiciones natu- rales según dietas diferentes –de la uniformidad a la diversi- dad– y de las diferentes cadenas  alimentarias.

 

- A lcance (mediático/didáctico):

• Esquemas  de documentales sobre  las corrientes de pro- ductos,  la localización  global  de los impactos  de diferentes dietas, etc. Sugerir temas para la enseñanza y material didác- tico para los diferentes niveles de educación, desde la escue- la primaria hasta la secundaria.

 

Cada dossier debería comenzar con un breve esquema de un  campo  temático desde  la perspectiva  de  las geografías globalizadas  y con  sugerencias sobre  enfoques de  entendi- miento global. Cada documento debe ser considerado como la primera versión de un esquema por  dossier, que  será pre- sentado a las diferentes asociaciones/consejos, a los actores políticos,  etc., con el fin de obtener su apoyo. El mismo de- bería ilustrar los principales objetivos y aspiraciones del Año Internacional de las Naciones  Unidas.

 

 

 

 

 

 

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La estructura de la iniciativa

La iniciativa por el Año Internacional, moldeada por apor- tes provenientes de todo  el mundo, está ahora  estructurada de abajo hacia arriba.  Procuramos lograr una mayor concien- cia pública, así como el apoyo de los medios y de las institucio- nes educativas,  ya que esta retroalimentación será crucial  en la formulación de las acciones  de la iniciativa. A lo largo del año,  a medida que  se extiendan nuestros alcances  mediáti- cos y educativos, utilizaremos las respuestas de todo el mundo para darle forma a la iniciativa. Este ida y vuelta será también valioso en la formulación de los programas de investigación.

Más allá del tema, armar  un Año Internacional de la ONU requiere de una  acción  simultánea en  tres frentes  interrela- cionados:  científico, público y político. Cada uno debe estar coor- dinado con el otro  y con las acciones  a escala local, nacional y global en la misma arena. La agenda científica  incluye pla- nes de acción  para  la investigación científica,  debe  motivar a las organizaciones científicas académicas para que organicen conferencias, programas de financiación y otras  actividades del estilo para  estimular la investigación en el tema  del Año Internacional. El título  “Acción  Pública”  reúne estrategias para  fortalecer la conciencia pública  sobre  el tema,  a través de la difusión  en los medios  y del compromiso de los profe- sores de la escuela secundaria. Las acciones políticas están dirigidas primordialmente a los representantes nacionales de la Asamblea  General de la ONU,  que  son los que  votan  las propuestas de los Años Internacionales. Para la proclamación de un año ONU es necesario el apoyo de la mayoría de estos representantes. Tanto los programas científicos como los edu- cativos pueden ser de ayuda en la presentación de la idea de un año ONU a los representantes nacionales.

La tarea  del sector  de investigación es lograr  el compro- miso  de  la comunidad científica  internacional. A lo largo del  año  ONU,  se estimularán y conceptualizarán la inves- tigación  y los programas a escala nacional e internacional.

 

 

 

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Esto incluirá  los proyectos  de investigación de naturaleza conceptual y teórica,  así como los proyectos  de investigación empírica.

En la escala nacional, esto implica  reunir el apoyo de las organizaciones nacionales de investigación, así como  el de las comunidades geográficas  no  académicas. Las agendas de investigación para el “Año Internacional para el Entendi- miento Global” proporcionarán miradas  interdisciplinarias desde  múltiples perspectivas  sobre  temas culturales. Busca- mos propuestas de todas  las áreas  de la Geografía  y de las comunidades científicas interdisciplinarias. En consonancia con los objetivos de investigación internacionales, el trabajo en esta escala incluirá  estudios  teóricos  y estudios  de caso. Además, alentamos el trabajo  más allá de los límites nacio- nales, considerando las transformaciones culturales y natu- rales en regiones o continentes seleccionados.

Las  acciones   “públicas”  involucran  tanto   a  los  medios como  a la educación. Los documentales y los informes en los diferentes medios  de comunicación (prensa escrita, te- levisión, Internet, etc.) acercarán el año  internacional a un público  más amplio  y alentarán la reflexión sobre las dimen- siones  culturales de  la globalización. Al mismo  tiempo, los proyectos  en la escuela primaria y secundaria involucrarán a los alumnos en estos temas, dándole forma a la participación de la próxima generación en materia de estudios  culturales como un campo  dinámico que se ocupa  de temas de la vida contemporánea. La estructura  y el enfoque de  estos alcan- ces públicos  se están conformando mediante la discusión  en amplias audiencias interdisciplinarias. Estas mesas redondas de discusión son tanto geográficas como interdisciplinarias. Cada una trata una cuestión de interés  en particular para el público  en  general, y está a cargo  de   especialistas  en  cada área.  Para  ejemplificar cómo  podrían construirse series  si- milares  para  el “Año Internacional para  el Entendimiento Global”, consideraremos brevemente el dossier sobre “culturas

 

 

 

 

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globalizadoras”. Los objetivos de este volumen  son mostrar cómo las formas de vida globalizadoras se combinan con las tradiciones locales,  cómo  dependen de  capacidades de  ac- ción desiguales y cómo estilos de vida globalizados reducen la diversidad  natural. Cada dossier sobre un aspecto del “Año In- ternacional para  el Entendimiento Global” de la ONU debe comenzar de similar modo  con una  descripción del campo. Luego debe  tratar  las cuestiones de investigación científica  y debe bosquejar los programas de investigación, antes de pre- sentar  los temas didácticos  y el material para los educadores. Cada dossier concluirá con  recursos  para  documentales des- tinados  a los medios  de comunicación y a los libros de texto escolares.  Tal volumen  podría explicar  alguna  investigación geográfica  reciente sobre la globalización, para hacerla  acce- sible a una audiencia amplia.

La tercera arena,  la de la acción  “política”, está dirigida a los encargados de tomar  las decisiones  y consiste  en tra- bajar  con  ellos en  la proclamación del año  internacional. Esto requiere tanto  ejercer  presión sobre  los representan- tes más inclinados a interesarse en el año global –incluyen- do a los que representan a los Estados nacionales grave- mente afectados  por  la globalización– como  en  preparar el documento del proyecto  formal. Los requisitos  para este documento se detallan más adelante en  este capítulo. Es- timamos  que  se necesita  el apoyo  de entre 30 y 50 países para  llegar al nivel del Consejo  Económico y Social de las Naciones  Unidas  (ECOSOC). En la última  etapa  necesita- remos más del 50% de los países representados en la Asam- blea  General para  poder proclamar el año  internacional. La acción  política  es coordinada por  la secretaría global de la iniciativa, pero  la presión a nivel nacional es llevada a cabo por las comisiones de acción regionales, trabajando en conjunto con los secretariados por comunidad lingüísti- ca, que actualmente se encuentran en conformación. Has- ta ahora  Moscú, Seúl y Santiago  de Compostela aceptaron

 

 

 

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ser el centro de operaciones para la coordinación de todas las actividades  de  sus respectivas  comunidades lingüísti- cas, y Canadá  e Italia están evaluando nuestro pedido.

 

Requisitos y procedimientos futuros

Una  vez que  se cuenta con  la declaración de un  año  in- ternacional de la ONU, es necesario seguir criterios  especí- ficos para  la proclamación, la propuesta, la celebración y la evaluación  del año. En los próximos párrafos  de desarrollan cada uno de estos grupos  de requisitos.

Para que la ONU proclame un año internacional, el tema del año debe  concordar con sus principios y debe  ser impor- tante para todos los países. El tema y el año deben contribuir a la resolución de los problemas globales existentes y a la ace- leración de los esfuerzos por la paz internacional. El criterio definitivo  para la elección  del tema del año internacional es que  este debe  conllevar  acciones  a nivel nacional e interna- cional. Una vez que el tema se ha formulado apropiadamen- te y que se ha acordado el financiamiento, la propuesta para la proclamación se puede presentar al Consejo Económico y Social de la ONU. Una vez que la ECOSOC aprueba la pro- puesta,  la misma se vota en la Asamblea General.

Para  que  la propuesta  sea aprobada se debe  demostrar que el año ha sido totalmente organizado. Esto debe incluir: objetivos   claramente  definidos,  medidas   internacionales que  los complementen, medidas  de apoyo  a nivel nacional y comités  nacionales establecidos para  llevar a cabo  el año internacional.

La evaluación  del Año Internacional también debe  ser detallada en la propuesta para  que  esta pueda ser aceptada. Debe  incluir  cuáles  serían  los resultados claros  e identifica- bles de  un  año  exitoso  y establecer procedimientos para  la evaluación. Esta debería continuar después  de que el año in- ternacional hubiese concluido. Programáticamente, estamos avanzando con la definición de las dimensiones centrales de

 

 

 

 

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la agenda. La misma debe  estar disponible en diferentes for- matos y extensiones para  poder ser transmitida fácilmente a distintas  audiencias. Además, debe  ser transformada en una agenda de  investigación  que  inspire  a un  gran  número de académicos a sumarse  al trabajo  relacionado con  el año  in- ternacional. Esta investigación  debería integrarse con  otras numerosas propuestas. Los programas de investigación serán establecidos a nivel nacional e interdisciplinario.

 

Perspectivas

Para poder negociar el diseño definitivo de una resolución de  la ONU,  se necesita  de  las mejores  fuerzas  intelectuales de las Ciencias  Sociales y Culturales. Debemos  lograr  ganar el interés  y el apoyo de las figuras más prominentes de estas disciplinas  y, naturalmente, también el de los más conocidos y distinguidos geógrafos internacionales e interdisciplinarios, quienes están  familiarizados con los últimos  desarrollos teó- ricos en las Ciencias Culturales y Sociales así como  en la in- vestigación ecológica.  Sin embargo, es poco probable que sea una tarea fácil. De todas formas, debemos citar su posición en la resolución y obtener su compromiso con la propuesta para poder transformar el amplio  proyecto  político  (Declaración de la ONU) en una importante investigación en el marco  de las humanidades y de las Ciencias Culturales y Sociales.

No menos  importante será el apoyo de las comunidades lingüísticas  de  geógrafos  para  contribuir a este  proyecto. Para  esto  necesitamos, primero, contactar a todas  las per- sonas en cada país miembro de la UGI para coordinar la in- vestigación y otras actividades que promuevan esta iniciativa

–en  cooperación con  los secretariados lingüísticos  ya esta- blecidos o a ser establecidos– en el nivel nacional y regional. Hasta  ahora   Holanda, Suiza,  Austria,  Italia,  Rusia,  Corea del Sur, Alemania y España ofrecieron su apoyo espontánea- mente, mientras que  las negociaciones con  otros  países  se han iniciado  y esperamos que sean igualmente exitosas.


Es necesario además  contar con  secretariados continen- tales, los cuales  jugarán un  rol  sumamente importante en el proceso de organización desde  abajo  de la iniciativa por un Año Internacional de la ONU. Ellos serán   responsables de coordinar las actividades dentro de sus respectivas comu- nidades lingüísticas  y de  mantener la comunicación entre la secretaría global  y las actividades  locales.  Estas acciones locales  incluyen,  especialmente actividades  científicas  y de difusión  (medios/libros escolares). Además, particularmen- te, en las primeras fases, es de vital importancia que  los se- cretariados ayuden  a establecer contactos locales. Estamos a la espera de un Secretariado Latinoamericano que coordine las actividades para América Latina y que apoye las activida- des arriba  mencionadas.

 

 

Bibliografía

 

Board  of Officers  of the  Corporation of the  International Year of Planet Earth. 2008. Earth science for society: Interna- tional Year of Planet Earth.

 

Pitte,  J. R. y Vallega, A. 2005. “Cultures  and  civilizations”.

Inédito.

 

Proceedings of the UN Economic and Social Council.  1979.

Adopted  decisions on International  years and anniversaries. Ginebra.

 

Unesco.  1993. Two new initiatives for human development. París.

Disponible en:    http://www.unesco.org/education/

educprog/brochure/003.html# 03

 

 

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Los autores

 

 

Susana Adamo

Licenciada en Geografía por la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Población por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, México) y Doctora en Demografía por la Universidad de Texas-Austin (Estados Unidos). Actualmente se desempeña  como investigadora científica asociada en el Center for International Earth Science Information Network (CIESIN) de la Universidad de Columbia y como cocoordinadora de PERN (Popula- tion and Environment Research Network). Es miembro del Comité Nacional Argentino del International Human Dimension Program of Global Environmental Change. Sus trabajos de investigación se desarrollan en el campo de distribución y movilidad espacial de la población y medio ambiente. Correo electrónico: sbadamo@yahoo.com

 

 

Jens Andermann

Profesor Titular de Estudios Latinoamericanos y Luso-Brasileños en Birkbeck College, Uni- versidad de Londres. Es editor del Journal of Latin American Cultural Studies y autor de los libros The Optic of the State: Visuality and Power in Argentina and Brazil (Pittsburgh, Uni- versity of Pittsburgh Press, 2007)  y Mapas de poder: una arqueología literaria del espacio argentino (Rosario, Viterbo, 2000). Con Beatriz González-Stephan ha editado la colección Galerías de progreso: museos, exposiciones y cultura visual en América Latina (Rosario, Vi- terbo, 2006), y con William Rowe, Images of Power: Iconography, Culture and the State in Latin America (Oxford, Berghahn Books, 2005). Actualmente se dedica a las relaciones y tensiones entre paisaje y modernidad  en Latinoamérica, y a lo real en el cine argentino y brasileño contemporáneo. Correo electrónico: j.andermann@sllc.bbk.ac.uk

 

Vincent Berdoulay

Doctor por la Universidad de California, Berkeley (Estados Unidos). Actualmente se desempe- ña como profesor de Geografía y Planificación de la Universidad de Pau (Francia). Es miembro del Laboratorio SET (Société, Environnement, Territoire) del CNRS (Centro Nacional de Investi- gaciones Científicas, Francia). Participa activamente de dos Comisiones de la Unión Geográfi- ca Internacional (La Aproximación Cultural en Geografía e Historia de la Geografía). Realiza sus investigaciones en torno a las siguientes temáticas: Historia de las Ciencias, Geografía Cultural, Pensamiento ecológico, Planificación y Urbanismo. Ha publicado los siguientes libros: L’espace public à l’epreuve. Regressions et émergences (en colaboración con Paulo Cesar Da Costa Gomes y Jacques Lolive. Bordeaux, Maisons de Sciences de l’Homme de Aquitaine, 2004); Les Pyré- nées lieux d’ interactions des savoirs XIXe-début XXes (Éditions du CTHS, París 1995, reeditado en 2004); y La formation de l’école français de géographie (1870-1914) (Bibliothèque Nacionale, París, 1995, reeditado en 2008). Correo electrónico: vincent.berdoulay@univ-pau.fr

 

 

Ana Fani Alessandri Carlos

Graduada en Geografía por la Universidad de San Pablo. Magíster, Doctora y Libre-Docente en Geografía por la misma universidad. Actualmente se desempeña como Profesora Titu- lar del Departamento de Geografía de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas  de la Universidad  de San Pablo. Coordina el Grupo de Estudios sobre San Paulo (GESP), Labur Edições y la Revista ALEFt en el Laboratorio de Geografía Urbana (LABUR/DG/FFLCH/USP). Es autora y organizadora de varios libros en el área de la Geografía  Urbana.  Sus inves- tigaciones y reflexiones  se desarrollan en torno a los siguientes temas: espacio, ciudad, cotidiano, metrópoli y Geografía Urbana, teoría y método con la perspectiva de construir una “Metageografía”. Correo electrónico: anafanic@usp.br

 

 

Hortensia Castro

Graduada en Geografía por  la Universidad  de Buenos Aires y Magíster en Políticas Ambientales y Territoriales de esa misma  universidad.  Se desempeña  como  docente e investigadora del Departamento e Instituto de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad  de Buenos Aires. Se ha especializado en el análisis de los usos (materiales y discursivos) de la naturaleza y su relación con la construcción de luga- res. Actualmente dirige proyectos de investigación sobre valorización de la naturaleza y conflictos socioambientales en áreas rurales (con sede en la Universidad de Buenos

 

 

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana AdamoAires) y sobre la construcción histórica del riesgo ambiental (con sede en la Universidad Nacional del Litoral). Editó junto a Perla Zusman y Carla Lois el libro Viajes y Geografías. Exploraciones, turismo y migraciones en la construcción de lugares (Buenos Aires, Prome- teo, 2007). Correo electrónico: sitacastro@yahoo.com.ar

 

 

Paul Claval

Profesor emérito de la Universidad de París IV, París-Sorbonne. Graduado en Geografía por la Universidad de Toulouse. Se desempeñó como profesor de la Universidad de Besançon y de París-Sorbonne. Desarrolló investigaciones en el área de Historia del Pensamiento Geográfico, exploró las relaciones entre Geografía y Economía (en la década de 1960) y entre Geografía, So- ciología y Ciencia Política (en las década de 1970 y 1980). Desde hace aproximadamente quince años trabaja específicamente en el área de la Geografía Cultural. Es autor de más de treinta libros y de un gran número de artículos publicados en diversos idiomas. Su último libro se titula Religion et Idéologie (París-Sorbonne, Pups, 2008). Correo electrónico: p.claval@wanado.fr

 

 

Roberto Lobato Corrêa

Graduado en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro, ha obtenido una especialización en Geografía Regional por la Universidad de Estrasburgo. Es Magíster en Geografía Urbana por la Universidad de Chicago y Doctor en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro. Actualmente se desempeña  como  Profesor Adjunto de la Uni- versidad Federal de Río de Janeiro. Realiza investigaciones en torno a los siguientes temas: estudios comparativos sobre la red urbana, espacio y cultura y organización interna de la ciudad. Fundador con Zeny Rosendahl del Núcleo de Estudos e Pesquisas sobre Espaço e Cultura (NEPEC), correspondiente a la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Es autor de los siguientes libros: Estudos sobre a Rede Urbana  (Río de Janeiro, Bertrand, 2006); Litera- tura, Música e Espaço (en colaboración con Zenny Rosendhal. Río de Janeiro, Eduerj, 2007); y Cultura, Espaço e o Urbano (en colaboración con Zenny Rosendhal, Río de Janeiro, Eduerj,

2006), entre otros. Correo electrónico: lobatocorrea@uol.com.br

 

 

Paulo César da Costa Gomes

Graduado en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro. Magíster en Geografía por la misma universidad y Doctor en Geografía por la Universidad de París IV, París-Sorbonne.

 

Se ha desempeñado como profesor visitante en diversas universidades de Francia (La Roche- lle, Pau, Lyon y Reims). Actualmente es Profesor Asociado en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Posee una amplia experiencia de trabajo en las áreas de Teoría y Métodos en Geo- grafía, con énfasis en Historia del Pensamiento Geográfico, Epistemología de la Geografía y Geografía Política. Desarrolla su investigación en torno a los siguientes temas: espacio público, territorio, epistemología de la Geografía, ciudadanía y cultura. Es autor de dos libros: Geografia e Modernidade (Río de Janeiro, Bertrand, 1996) y A Condição Urbana (Río de Janeiro, Bertrand,

2006). Correo electrónico: pccgomes@yahoo.com.br

 

 

Rogério Haesbaert

Graduado en Geografía por la Universidad Federal de Santa Maria, Magíster en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro y Doctor en Geografía Humana por la Univer- sidad de San Pablo. Ha realizado estudios posdoctorales en la Open University (Inglaterra). Desde 1986 se desempeña como Profesor Asociado de la Universidad Federal Fluminense. Es investigador del CNPQ (Consejo Nacional de Investigación, Brasil). Ha desarrollado in- vestigaciones en torno a los siguientes temas: territorio y desterritorialización, identidad territorial, globalización, región y regionalización. Ha publicado los siguientes libros: Des- territorialização e Identidade (Niteroi, EdUFF, 1997); Latifúndio e Identidade Regional (Porto Alegre, Mercado Aberto, 1988); Territórios Alternativos (San Pablo y Niteroi, EdUFF/Contex- to, 2002); y O mito da desterritorialização: do ‘fim dos territórios’ à multiterritorialidade (Río de Janeiro, Bertrand, 2004). Correo electrónico: rogergeo@uol.com.br

 

 

Daniel Hiernaux-Nicolas

Máster en Ciencias y Programación   Urbana  y Regional por la Universidad de Lovaina y Doctor en Geografía por la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Actualmente es profesor e investigador titular a tiempo completo (en el área de investigación Espacio y Sociedad) y coordinador de la Licenciatura en Geografía Humana de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa, en la ciudad de México. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores con el nivel III. Sus temas actuales de investigación son: Geografía del Turismo, imaginarios urbanos y lugares, Geografía Urbana y centros históricos, Teoría Geográfica. Es codirector, con Alicia Lindón, del Tratado de Geografía Humana, publicado en Barcelona por Anthropos y la UAM (2006). Correo electrónico: danielhiernaux@gmail.com

 

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo

 

Kahryn Hughes

Senior Research Fellow y codirectora del Families Lifecourse and Generations Research Centre (FLaG). Ha trabajado en el área de las Ciencias de la Salud y en el desarrollo de me- todologías innovadoras  para acceder y reinsertar sujetos y grupos socialmente excluidos. Actualmente se desempeña  como  investigadora principal del proyecto Intergenerational Exchange: grandparenting and social exclusion, financiado por el Economic and Social Research Council (ERSC). Sus principales intereses teóricos comprenden  la teorización del tiempo, el espacio y la conformación de la identidad. En este marco ha trabajado las siguientes temáticas: experiencias intergeneracionales y significados de la exclusión social, las prácticas de adicción y la teorización de redes sociales en el contexto de comunidades con bajos ingresos. Correo electrónico: k.a.hughes@leeds.ac.uk

 

 

Charlotte Kenten

Doctora en Geografía. Ha realizado estudios de posdoctorado en la Universidad de Leeds. Actualmente se desempeña  como  asistente de investigación en el King’s College de la Universidad de Londres. Sus intereses de investigación se centran en el uso de métodos cualitativos en la exploración de una variedad de aspectos que incluyen las geografías de las identidades marginalizadas, problemas en el juego por Internet, expectativas de vida y donación de órganos y transplante. Correo electrónico: charlotte.kenten@kcl.ac.uk

 

 

Jaques Lévy

Es exalumno de la Escuela Normal Superior de Cachan, Francia, con agregación  y docto- rado de Estado en Geografía. Fue profesor de la Universidad de Reims y del Instituto de Estudios Políticos de París. Desde 2004 es profesor ordinario de Geografía y Ordenamiento del Espacio en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza). Es director del Labora- torio Chôros. Ha sido consejero y jefe de misión en varios ministerios e instituciones del gobierno francés relacionados con la investigación y con el ordenamiento del territorio. Sus principales campos de estudio son la Geografía Política, la ciudad, Europa y el mundo. Ha sido profesor visitante en la Universidad de Nueva York, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), en el Instituto Universitario Oriental de Nápoles, en la Universidad de San Pablo y profesor de la Cátedra Reclus de México. Desde 2002 coordina la revista online EspacesTemps.net. Correo electrónico: jacques.levy@epfl.ch

 

Alicia Lindón

Licenciada en Geografía por la Universidad de Buenos Aires. Máster en Estudios Urbanos por El Colegio de México y Doctora en Sociología por la misma institución. Actualmente se desempeña como profesora e investigadora titular a tiempo completo del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa, en donde ejerce como investigadora del área Espacio y Sociedad y responsable del Cuerpo Académico con- solidado Espacio, Imaginarios y Poder. A su vez, es docente y coordinadora de la licenciatura de Geografía Humana. Asimismo es miembro del núcleo básico y comisión académica del Posgrado de Estudios Laborales de la misma universidad y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel II de CONACYT. Sus líneas de investigación son: la investigación cualitativa y la subjetividad espacial; la ciudad, la vida cotidiana y los espacios vividos; y las Geografías constructivistas. Correo electrónico: alicia.lindon@gmail.com

 

 

Zeny Rosendhal

Graduada en Geografía. Magíster en Geografía por la Universidad Estadual de Río de Janeiro (UERJ) y Doctora y Posdoctora por la Universidad de París IV, París-Sorbonne. Desde 1980 se desempeña como profesora del Departamento de Geografía de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ) donde coordina el Núcleo de Estudos e Pesquisas sobre Espaço e Cultura (NEPEC). Desarrolla investigaciones en el área de Geografía de la Religión. Tiene innumerables publicaciones en esta área, destacándose la Colección de Geografía Cultural de la Editorial UERJ que ya cuenta con 16 volúmenes publicados. Correo electrónico: rosendahl@pq.cnpq.br

 

 

Odette Carvalho de Lima Seabra

Geógrafa con especialización en Economía Regional y Urbana por el Instituto de Pesquisas Econômicas de la Faculdade de Economia e Administração de la Universidad de San Pablo. Magíster y Doctora en Geografía Humana por la Universidad de San Pablo, Profesora del Programa de Posgrado del área de Geografía Humana en el Departamento de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de San Pablo. Es también investigadora del CNPq (Consejo Nacional de Investigaciones, Brasil). Desarrolla dos líneas de investigación: políticas del espacio, y cotidiano y modos de vida. Ha estudiado el proceso de valoriza- ción de ríos y áreas inundables de San Pablo y la estructuración de la metrópoli paulista focalizando en los barrios y la vida del barrio en la ciudad, a partir de un enfoque histórico genético. Correo electrónico: odseabra@usp.br

 

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo Gill Valentine Profesora de Geografía Humana y Directora del Leeds Social Science Institute de la Universi- dad de Leeds (Gran Bretaña). Sus áreas de interés incluyen: identidades sociales (focalizándose específicamente en igualdad y diversidad), culturas de consumo y estudios sociales de niñez, crianza y vida familiar. Fue coautora y editora de 14 libros y más de 100 artículos e informes gu- bernamentales. Editora fundadora de la revista Social and Cultural Geography y editora de Gen- der, Place and Culture. Sus investigaciones fueron galardonadas por el Philip Trust Prize y el Royal Geographical Society Award. Entre sus libros se destacan: Public Space and Culture of Chilhood (Londres, Ashgate, 2004); Key Thinkers on space and Place (en colaboración con P. Hubbard y R. Kitchin. Londres, Sage, 2004); y Mapping Desire: Geographies of Sexualities (en colaboración con D. Bell. Londres, Routledge, 1995). Correo electrónico: g.valentine@leeds.ac.uk

 

 

Benno Werlen

Doctor en Geografía por la Universidad de Fribourg y Profesor en Geografía Social en el De- partamento de Geografía de la Universidad Friedrich-Schiller en Jena (Alemania). Actual- mente es Presidente de la Comisión “La Aproximación Cultural en Geografía” de la Unión Geográfica Internacional, Coordinador General de la Iniciativa de la Unión Geográfica In- ternacional por un Año de las Naciones Unidas sobre Entendimiento Global. Es miembro del panel de la European Research Council (Bruselas) y de la Agence National de Recherche (París). Sus investigaciones comprenden la teoría de la acción centrada en Geografía; las Geo- grafías de la Globalización y las regionalizaciones diarias; las imágenes urbanas y las identida- des culturales. Entre sus libros se destacan: Society, Action and Space. An Alternative Human Geography (Londres,  Routledge, 1993); Sozialgeographie alltäglicher Regionalisierungen,

3 Vols. (Stuttgart, Steiner, 1995, 1997, 2007); Sozialgeographie. Eine Einführung (Berna, Haupt/UTB, 2000); y Gesellschaftliche Räumlichkeit, 2 Vols. (Stuttgart, Steiner, 2009). Co- rreo electrónico: Benno.Werlen@uni-jena.de

 

 

Perla Zusman

Profesora de Geografía por la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Integración de América Latina por la Universidad de San Pablo (Brasil) y Doctora en Geografía Humana por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Actualmente es miembro  de la Carrera de Investigador del CONICET, en la categoría de adjunta con sede en el Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires. Es representante argentina en la Co- misión “La Aproximación Cultural en Geografía de la Unión Geográfica Internacional”. Sus trabajos de investigación se desarrollan en el campo de la historia del pensamiento geográfico, los procesos de formación territorial y las Geografías Culturales. Ha publica- do los siguientes libros: Viajes y Geografías (en colaboración con Carla Lois y Hortensia Castro. Buenos Aires, Prometeo, 2007) y Una mirada catalana a l’Africa (en colaboración con Maria Dolors Garcia Ramón y Joan Nogué. Lérida, Pagès Editors, 2008). Correo elec- trónico: perlazusman@yahoo.es

 

Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo

 

 

 

 

 

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