© Libro No. 487. Geografías
Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y
Susana Adamo. Colección E.O. Septiembre 21 de 2013.
Títulos originales: © Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)
Versión Original: © Geografías Culturales. Aproximaciones, intersecciones y desafíos. Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos.
Este libro en
particular fue extraído de las páginas:
http://www.filo.uba.ar/contenidos/investigacion/institutos/geo/librogeoculturalcompletocontapa.pdf
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original
© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Geografías
Culturales
Aproximaciones,
intersecciones y desafíos
Perla
Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)
libros
de filo
Geografías
Culturales
Aproximaciones,
intersecciones y desafíos
Perla Zusman, Rogério
Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo (editores)
Decano
Hugo Trinchero
Vicedecana
Ana María Zubieta
Secretaria Académica Leonor Acuña
Secretaria de Supervisión
Administrativa
Marcela Lamelza
Secretaria de Extensión Universitaria y Bienestar
Estudiantil
Silvana Campanini
Secretario General
Jorge Gugliotta
Secretario de Investigación y Posgrado
Claudio Guevara
Subsecretaria de Bibliotecas
María Rosa Mostaccio
Subsecretario
de Publicaciones
Rubén Mario
Calmels
Prosecretario
de Publicaciones
Jorge Winter
Coordinadora
Editorial
Julia Zullo
Consejo Editor Amanda
Toubes Lidia Nacuzzi Susana Cella Myriam Feldfeber Silvia Delfino Diego
Villarroel Germán Delgado Sergio Castelo
Dirección
de Imprenta
Rosa Gómez
Editorial de la Facultad de Filosofia y Letras
Colección “Libros de Filo”
Edición: Juan Carlos Ciccolella y Liliana Cometta
Colaboración: Yanina Demarco y Juan Marcos Córdoba,
estudiantes de la carrera de Edición dentro de la Práctica Profesio- nal en
Instituciones Públicas u ONG.
Diseño de tapa e interior: Pica y punto. Magali
Canale-Fernando Lendoiro
Geografías culturales:
aproximaciones, intersecciones y desafíos / coordinado por Perla Brígida
Zusman; Hortensia Castro; Susana B. Adamo. - 1a ed. - Buenos Aires: Editorial
de la Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires, 2011.
342 p. ; 20 x 14 cm. - (Libros de filo) ISBN
978-987-1785-00-1
1. Política Cultural. 2. Espacios Públicos. I. Zusman,
Perla Brígida, coord. II. Castro, Hortensia, coord. III. Adamo, Susana B.,
coord.
CDD 306
ISBN: 978-987-1785-00-1
© Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2011
Subsecretaría de Publicaciones
Puan 480 - Ciudad Autónoma de Buenos Aires - República
Argentina
Tel.: 4432-0606, int. 167 - editor@filo.uba.ar
Índice
Introducción 5
Perla
Zusman y Rogério Haesbaert
Parte
A: Espacio, política y cultura 19
Las
formas simbólicas espaciales y la política 21
Roberto
Lobato Corrêa
Viviendo
en el límite: los dilemas del hibridismo
y
de la multi/transterritorialidad 49
Rogério
Haesbaert
Alteridentidad:
estrategia espacial y cultura política 77
Jacques
Lévy
Parte
B: Ciudad, espacio público y cultura 89
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 91
Odette
Carvalho de Lima Seabra
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 117
Ana
Fani Alessandri Carlos
El
lugar y el espacio público 139
Vincent
Berdoulay
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 155
Paulo
César da Costa Gomes
Parte
C: Perspectivas teóricas y desafíos temáticos 175
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 177
Alicia
Lindón
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 213
Daniel
Hiernaux-Nicolas
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 235
Zeny
Rosendahl
Del
rodar del dado al clickear del mouse: explorando
las
Geografías Culturales del juego por Internet 253
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 277
Jens
Andermann
Epílogo:
Aproximaciones culturales en Geografía:
dilemas
epistemológicos y políticos 291
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía? 293
Paul
Claval
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional
por
un Año Internacional de la Cultura y la Globalización
de
las Naciones Unidas 315
Benno
Werlen
Los
autores 333
Introducción
Perla
Zusman* y Rogério Haesbaert**
Las
Geografías Culturales ocupan hoy un lugar destacado en la agenda de la
Geografía como disciplina. A su vez, cons- tituyen un
área de trabajo que
mantiene un fluido diálogo con otros campos, particularmente,
con las diversas perspec- tivas que se tejen en el marco de los estudios culturales.
El
espacio, tanto institucional como epistemológico, que las Geografías Culturales han adquirido en
el interior de la disciplina
desde los inicios de la
década de 1990 no
se explica solo por el “giro cultural”
sino también por algunas transformaciones del mundo de hoy que requieren
poner en juego la relación espacio-cultura.
En
primer lugar, el capital actúa de modo tal que distintas expresiones culturales
–presentes o pasadas, occidentales o no
occidentales– han sido objeto de mercantilización o, en términos de David
Harvey (2003), de estrategias de acumu-
lación por desposesión. En este contexto la producción/rein- vención de la diferencia adquiere cada vez mayor peso
a fin de crear nuevos nichos de mercado. Así, el valor simbólico es
*
Universidad de Buenos Aires (Argentina).
**
Universidad Federal Fluminense (Brasil).
5
crecientemente
incorporado a las mercaderías, a los lugares y a los paisajes. Simultáneamente,
distintos actores sociales (empresas transnacionales, gobiernos
locales, movimientos sociales, ONG, grupos
étnicos, religiosos o lingüísticos, en- tre otros) se valen de prácticas materiales y simbólicas para reivindicar su
lugar en el mundo.
En
segundo lugar, junto con la globalización se han desen- cadenado prácticas de homogeneización y heterogeneización
que involucran modas, valores y creencias. Por ejemplo, las empresas transnacionales han
hecho del consumo de sus pro- ductos un objeto de distinción o de estatus de
ciertos sectores sociales. También algunos
organismos internacionales, como aquellos asociados
a la patrimonialización –por
ejemplo, el Consejo Internacional
de Monumentos y Sitios (ICOMOS)–, definen criterios globales para situar
ciertos ámbitos geográfi- cos en la escena internacional. Sin embargo, las
prácticas glo- bales afectan de
modo diferencial a los lugares. Mientras
que algunas sociedades crean nuevas
formas culturales a partir
de la influencia de aquellas
prácticas globales, otras
prefie- ren mantenerse en una
postura predominantemente defen- siva. Ello se expresa mediante algunas reivindicaciones iden- titarias históricas
(como ciertos regionalismos) o a
través de otras nuevas (como se observa en el caso de los movimientos
ambientalistas e indígenas latinoamericanos).
En
tercer lugar, se han
intensificado los flujos de pobla- ción,
particularmente, los migratorios y los turísticos. En este caso, no son las empresas, sino los
propios grupos socia- les los que, con
sus desplazamientos, llevan concepciones del mundo y modos de concebir la realidad
de un ámbito a otro. A los movimientos
de población debemos agregar otros tipos
de flujos, no materiales: los de las redes
informáticas. El ci- berespacio se ha convertido en un nuevo ámbito de produc- ción de comunidades culturales
(virtuales) con implicancias en la construcción social y espacial de la
realidad. Estas son solo algunas de las
transformaciones que, a la vez que han
6 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
aproximado
a las personas y sus culturas y han conformado sociedades multi o transculturales y lugares híbridos, han desencadenado también nuevos
procesos de exclusión.
Aproximaciones
Con
el fin de problematizar y tematizar estos procesos, las Geografías Culturales ponen en
juego la propia tradición
disciplinar y recurren, también, a los abordajes y conceptos de otras áreas.
De ese modo, construyen
nuevas aproxima- ciones. Así, por
ejemplo, a la forma clásica de trabajar
la re- lación entre espacio y cultura a través de lo
material y lo visible, iniciada con la
propuesta saueriana en la década de
1930,
se le han sumado otras aproximaciones que, con larga trayectoria en la
Antropología, han buscado analizar la
mul- tiplicidad de significados y
representaciones que atraviesan el mundo
de lo simbólico y que elaboran y recrean la reali- dad material.
La
perspectiva antropológica –mediada, por ejemplo, por los estudios de las geógrafas feministas–
permitió, también, incorporar ciertas
preocupaciones sobre el
posicionamien- to del investigador y sobre
la necesidad de otorgarles voz a aquellos que, hasta el momento, no habían
tenido su espacio y habían sido excluidos
como sujetos y objetos de reflexión en la Geografía.
Por su lado,
la escuela de Birmingham, representada por las producciones de Stuart Hall,
Raymond Williams y Richard Hoggart,
entre otros, ha ampliado el concepto de cultura a to- das las prácticas
sociales cotidianas. En esta línea de trabajo
se entiende también que las
significaciones de las prácticas cul-
turales están atravesadas por relaciones de poder y que, por lo tanto, son objeto de negociación y también de
resistencia.
A
estos aspectos debemos agregar los aportes de los estu- dios literarios,
particularmente, el del trabajo de John Ber- ger, Modos de ver (2002) y el libro
Orientalismo de Edward Said (2002). Estas obras
fundacionales sirvieron para quebrar con la perspectiva que consideraba la representación como mero reflejo de la realidad para trabajar, en
cambio, con las políticas de
representación, ya que estas
pueden “revelar más acerca de
aquellos que poseen la facultad de definirlas que acerca de aquellos cuyas vidas tratan de representar” (Philo,
1999: 45).
La
crítica literaria también introduce la
interpretación de textos como método de trabajo, mediante el cual estos son analizados en su
contexto y/o en relación con otros
textos para examinar su significatividad.
Intersecciones
Las
implicancias epistemológicas del “giro cultural” han afectado a distintos subcampos de la Geografía. Ello ha lle-
vado a algunos autores (Haesbaert, 2008;
Claval, en este libro) a
reconocer que la Geografía Cultural más que una subárea
dentro de la Geografía se
constituye en un tipo de abordaje. Así,
por ejemplo, en algunos estudios
de Geogra- fía Rural, la naturaleza es ahora trabajada en términos dis- cursivos y
simbólicos; se focaliza la atención
en las formas en las que se construyen ciertas narrativas
de imágenes en torno a la naturaleza y se discute el uso político de algunas de esas representaciones (Nates
Cruz y Raymond, 2007). Del mismo
modo, en el marco
de la Geografía Política,
el po- der puede discutirse no
solo a partir de la “dominación” y la
“manipulación” sino a través de la “seducción”
(Allen, 2003) o, en el ámbito de la Geografía Económica, la economía
pue- de requerir la incorporación de aspectos
imaginativos en el análisis
(Peet, 1999).
El
abordaje cultural también habría derivado
en la redefi- nición de algunos conceptos que forman parte del cuerpo
dis- ciplinar. Así, por ejemplo, los paisajes, entendidos en la Geo- grafía
saueriana como expresiones materiales de una cultura, pasan a ser analizados como
representaciones que resultan de elaboraciones literarias o pictográficas, o como elementos
8 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
construidos
a través de prácticas performativas. En ambos ca- sos, el paisaje adquiere una
connotación estética. Los lugares, pensados desde la Geografía
humanista como expresión de las
experiencias cotidianas de los sujetos,
son ahora diversi- ficados a
partir de vivencias diferenciadas
desde el punto de vista de género, étnico, religioso
o etario. Otros conceptos, como los de región o territorio, no permanecieron
ajenos a la renovación cultural;
por el contrario, la región comenzó a ser pensada también como un
“espacio vivido” (Frémont,
1976)
y el territorio como “valor” (Bonnémaison y Cambrézy,
1996).
Paisajes, lugares, regiones y
territorios participan en las dinámicas que configuran las identidades (una
categoría que entra definitivamente en
el terreno de la Geografía entre las
décadas de 1980 y 1990). Y, al igual que las dinámicas espa- ciales, las
identidades están siempre en proceso de
definición; son múltiples, ambivalentes y potencialmente conflictivas.
Tradiciones
En
la actualidad, encontramos distintas formas de pensar lo cultural en Geografía.
Entre ellas destacamos, en primer lugar,
los trabajos adscriptos a la tradición
francesa que, ha- cia la década de 1980, a partir de los aportes de la escuela vidaliana y de
la recuperación de las reflexiones de base exis- tencialista de Eric Dardel, diversificaron sus temas y objetos de
interés. La renovación encontró en la
revista Géographie et Cultures, fundada por Paul Claval, un espacio para su
efecti- vación (Collignon, 1999; Lobato Corrêa
y Rosendahl, 2002). En segundo lugar,
reconocemos aquellos otros
trabajos que siguen las nuevas
Geografías Culturales desplegadas en el
mundo anglosajón, donde conviven las
posturas marxistas y fenomenológicas con distintas perspectivas
posestructura- listas (la teoría
no-representacional de Nigel Thrift o la pro- puesta de Actor Network
Theory de Bruno Latour son ejemplos de estas perspectivas) y donde
se ha incorporado reciente- mente al análisis la relación entre el cuerpo, las
emociones y el entorno (Lorimer, 2007). En tercer lugar,
reconocemos los aportes de los trabajos latinoamericanos sobre Geografía
Cultural. Si bien estos estudios tienen una historia más breve que la de
los franceses y los anglosajones,
poseen algunas características que les otorgan cierta especificidad. En pri- mer lugar,
destacamos su diálogo con las ciencias
sociales, en especial, con los estudios
culturales latinoamericanos1 y
con las perspectivas francesas
y anglosajonas en Geografía
Cultural. Dentro de este marco, buscaron alejarse de las pos- turas eurocéntricas y comprender las
particularidades del subcontinente a partir
de la propia historia y del
sincretismo de las culturas populares. En segundo lugar, señalamos
el interés por construir una
perspectiva crítica de los procesos globales y por pensar la cultura como
elemento de transfor- mación social. El
Núcleo de Estudos e Pesquisas
sobre Espaço e Cultura (NEPEC) de
la Universidad Estadual de Río de Ja-
neiro (bajo la dirección de Roberto
Lobato Corrêa y Zeny Rosendahl) y la edición de su revista
Espaço e Cultura se han constituido en
referentes de estas preocupaciones y perspec- tivas en la región.
La
conferencia “Aspectos culturales en las Geografías Económicas, Sociales y
Políticas”
En
el año 1996 se organizó, en el marco de
la Unión Geo- gráfica Internacional (UGI), la comisión denominada La Aproximación Cultural en
Geografía. Desde entonces, ese grupo ha organizado una serie de actividades en
distintas ciu- dades del mundo. Invitados para representar a América Lati- na
en esta comisión, organizamos entre los
días 11 y 13 de oc- tubre del año 2007 la primera conferencia de dicha comisión
en Buenos Aires. El evento, titulado “Aspectos culturales en las
Geografías Económicas, Sociales y Políticas”, se estructuró
1 Estamos pensando especialmente en los
trabajos de Néstor García Canclini, Walter Mignolo, Jesús Bar- bero y Renato
Ortiz.
10 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
a
partir de 3 conferencias, 3 mesas
redondas y 24 sesiones te- máticas. Participaron alrededor de 400 personas,
número que refleja el alto nivel de convocatoria del encuentro.
El
objetivo de la conferencia fue explorar las interseccio- nes de la
Geografía Cultural con otros
campos de la disci- plina, como
los de las Geografías Políticas,
Económicas y Sociales. La decisión de
centrar el eje de la discusión en la
indagación de esa interfase se basó en
considerar que los análisis que
conciben la cultura como una esfera autónoma resultaban muy limitados para
entender los modos en los que ella moldea la realidad. En un mundo
en el que, según se afirma, vivimos en el “cruce” de las fronteras, trabajar en
áreas bien delimitadas se torna cada vez
más difícil y hasta contraproducente. De manera que explorar los desafíos que
plantean las intersecciones entre estas áreas de trabajo de la Geografía aparecía como
una cuestión de gran potenciali- dad para ser indagada a lo largo
de la conferencia.
En
este libro se presentan algunos
resultados de esa expe- riencia.
Las intersecciones exploradas han
ido más allá del encuentro entre subcampos disciplinares. Por un lado,
se ha establecido un espacio de diálogo entre las perspectivas clási- cas y las nuevas que hoy tematizan la
relación entre espacio y cultura. Por otro lado, se han podido establecer
vínculos en- tre las problemáticas que se debaten actualmente en Europa,
Norteamérica y América Latina desde distintas
perspectivas teóricas. La participación
de geógrafos reconocidos interna-
cionalmente por sus aproximaciones
propias e innovadoras, en particular,
procedentes de Estados Unidos,
Inglaterra, Francia,
Alemania, Argentina, México y Brasil,
manifiesta esta recreación de vínculos y la riqueza del debate. Además, las distintas formas
de intercambio se han entablado
desde las distintas lenguas en que
cada una de las investigaciones
fue concebida (español, portugués, inglés o francés). Consi- deramos que el
libro que tienen en sus manos es una
fiel ex- presión de los desafíos implicados en el evento.
La
estructura del libro
La
obra se organizó a partir de las conferencias y parti- cipaciones en
mesas redondas desarrolladas durante el en- cuentro. Sobre la base de
estas contribuciones, el libro ha
sido dividido en cuatro
partes. En la primera, titulada
Es- pacio, política y cultura, los textos
articulan la relación entre estos tres conceptos desde distintas
perspectivas. El artículo de
Roberto Lobato Corrêa, “Las formas
simbólicas espacia- les y la política”,
entiende los paisajes, los monumentos o la toponimia como reflejo,
medio y expresión de los procesos
de construcción de poder, memorialización y/o resistencia en torno a distintos conflictos
políticos y sociales pasados o presentes. Además de comprender la relevancia de la di- ferenciación espacial en estos
procesos, Lobato Corrêa
des- taca la multiplicidad de significados políticos
que puede adquirir una misma forma simbólica.
El trabajo de Rogério Haesbaert,
“Viviendo en el límite: los dilemas
del hibridis- mo y de la multi/transterritorialidad”, busca
problematizar la relación entre identidad y territorio a partir de la articu- lación de los conceptos de hibridismo y multi o,
mejor aún, transterritorialidad. En la
base de esta problematización subyace el cuestionamiento a la idea de que las identidades son únicamente estables
cuando existe una correspondencia entre identidad y territorio. Finalmente, el
texto de Jacques Lévy, “Alteridentidad:
estrategia espacial y cultura política”, analiza la relación entre el voto y la
elección del lugar de re- sidencia. En
este contexto, entonces, la racionalidad espacial aparece como una de las
variables que orienta las decisiones de los actores. A partir
del análisis de los comportamientos electorales del año 2007 en
Francia, Lévy sostiene que, más que
las divisiones regionales clásicas, son las localizaciones en términos
de gradientes de urbanidad las que parecerían ser útiles a la hora de predecir las decisiones del voto.
La
segunda sección, titulada Ciudad, espacio público y cultu- ra, está conformada
por cuatro textos que eligen estrategias
12 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
diferentes
para comprender la relación entre espacio público y construcción de espacios
democráticos en la ciudad. En el
primero, “El nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación”,
Odette Carvalho de Lima Seabra analiza los recientes procesos de valorización cultural de las ciuda- des a través de las
políticas de patrimonialización o de reca- lificación de centros
históricos a la luz de los
requerimientos de reproducción del capital.
Desde su punto de vista, estas
políticas transforman estos objetos en mercadería, alejándo- los de los significados que
les otorgan o les han otorgado
los modos de vida en la ciudad.
En el segundo texto, “Del ágora
al speaker’s corner : el espacio público
en la ciudad”, Ana Fani Alessandri
Carlos relaciona también las dinámicas del capital con las de la
ciudad. En este contexto se entiende el
espacio público como uno de los lugares donde se realiza la vida urbana. Sin embargo,
los cambios en la apropiación del espacio público que se observan desde los griegos hasta la
actualidad hablan de un proceso diferenciado de construc- ción de la ciudadanía. Así, las reivindicaciones
en torno al derecho a la ciudad estarían
poniendo en cuestión la idea de ciudadanía restrictiva definida metafóricamente
a partir del speaker’s corner. El
tercer texto, “El lugar y el espacio
público”, de Vincent Berdoulay explora las potencialidades que pre- senta el concepto de lugar para
redefinir el papel del espacio público
en el ámbito de la vida
democrática. Berdoulay con- sidera que, a
través de la idea de lugar, se puede
recuperar el carácter culturalmente plural
de los espacios públicos
y disociarlos de cualquier
identificación con una única
iden- tidad étnica. En
este marco, la planificación urbana debe limitarse a abrir
el espacio para la negociación en torno a las apropiaciones, los usos y los
valores universales que se
deben defender en los ámbitos urbanos.
Finalmente, el tra- bajo de Paulo César da Costa Gomes, “Ciudadanos de fiesta:
los espacios públicos entre la razón y la emoción”, analiza los múltiples
significados que poseen los espacios públicos al tomar en cuenta las dimensiones física, política y
social. Esta forma innovadora de abordar
el espacio le permite identifi- car
“nuevos” espacios públicos en Río de
Janeiro. Se trata de ámbitos elegidos
para celebrar showmícios (fiestas
con mani- festaciones políticas),
luego de la vuelta a la democracia en la
década de 1980.
En
la tercera sección, titulada
Perspectivas teóricas y desafíos temáticos, se ha agrupado un conjunto de
trabajos que plan- tean
propuestas innovadoras para el
campo de la Geografía Cultural,
tanto por las perspectivas que
desarrollan como por los temas que incorporan. Así, el texto de Alicia
Lindón busca, como indica
su título, “Revisitar
la concepción de lo social
para una
Geografía constructivista”. En
este senti- do, la autora pone en diálogo
las concepciones sobre el es-
pacio y lo social desarrolladas en la
Geografía con algunas discusiones de la Teoría
Social. Dentro de este marco,
Lin- dón elabora una perspectiva alternativa que, partiendo del sujeto, articula
lo social y lo espacial, tomando
en cuenta el giro cultural. En la misma línea de análisis, Daniel Hiernaux
realiza, en el capítulo titulado “El giro cultural y las nuevas
interpretaciones geográficas del
turismo”, un racconto de las perspectivas teóricas
francófonas, anglosajonas e hispáni- cas que han
guiado los estudios en
Geografía del Turismo para
luego construir una
propuesta propia que, partiendo del giro cultural, incorpora la perspectiva del
sujeto, lo co- tidiano y la
corporificación de las prácticas turísticas
en la indagación de la relación
entre espacio y ocio. En “Religión, bienes simbólicos, mercado y red”, Zeny
Rosendahl analiza la relación entre economía, religión y espacialidad en las ciuda- des que
adquieren especificidades a partir de su
vínculo con lo sagrado: las hierápolis.
Charlotte Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes, en el trabajo titulado “Del rodar del dado al clickear del
mouse : explorando las Geografías
Culturales del juego por Internet”, proponen incorporar el estudio de los juegos por Internet en el temario de la Geografía Cultural.
14 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
Esta
práctica, caracterizada por sobrepasar las fronteras de los territorios
y, por lo tanto, no estar atada a las legislacio- nes nacionales, configura
una nueva espacialidad que escapa del control de las regulaciones e
incentiva los problemas de adicción al juego.
Finalmente, el texto de Jens
Andermann, “Paisaje: imagen, entorno,
ensamble”, invita a trabajar la idea de ensamble como modo de aproximación al paisaje, en una
perspectiva no-dicotomizadora, que busca no dejar de lado la materialidad ni la
representación.
El
texto finaliza con la sección que hemos
denominado Aproximaciones culturales en Geografía: dilemas
epistemológicos y políticos. Esta sección incluye los trabajos de quienes han con- ducido la comisión La Aproximación Cultural en Geografía
desde su conformación hasta el presente:
Paul Claval (1996-
2004)
y Benno Werlen (2004-actualidad). El
primer texto de Paul Claval, “¿Geografía Cultural o abordaje cultural en Geo-
grafía?”, explicita la diferencia entre definir
un campo de tra- bajo dentro de la Geografía (Geografía Cultural) y proponer una perspectiva de análisis que pueda resultar transversal a las distintas temáticas
que se abordan en el campo (aborda- je cultural en Geografía). En este
sentido, el autor considera que la
aproximación cultural puede envolver un proyecto no solo académico sino político; ello significa, por ejemplo, con- templar
simultáneamente el respeto por las diferencias identi- tarias y la construcción
de principios universales. El segundo
texto, correspondiente a Benno Werlen,
“La Iniciativa de la Unión
Geográfica Internacional por un Año
Internacional de la Cultura y la Globalización de las Naciones Unidas”, des- cribe los pasos recorridos y
los pendientes por recorrer para obtener
el apoyo para la declaración del Año Internacional para el Entendimiento Global por parte de la ONU. El texto se convierte en una
invitación para que los países latinoameri- canos se incorporen a este proceso.
A
partir de estas aproximaciones,
intersecciones y desafíos creemos que el
texto puede contribuir a producir
Geografías Culturales híbridas y plurales
que ayuden a reformular geopo- líticamente el proceso de producción de
conocimiento. Una reformulación que, creemos, debería producir, en
términos de Mignolo (2003),
conocimientos fronterizos (entre tradiciones y desde ninguna de ellas) elaborados en la tensión y
la crítica entre las propuestas hegemónicas y aquellas propias de la Geo- grafía latinoamericana.
Deseamos finalizar esta introducción con un agradeci-
miento a todos aquellos que hicieron posible la organización del libro. A Mónica
Farías, quien contribuyó no solo
con la traducción de los textos en inglés sino también en la edición del
libro. A quienes nos ayudaron a traducir
los textos del portugués al
español: Carolina Cisterna, Mariel Fabregas, Gustavo Mazzei y Laura
Pérez. A María Laura Silveira, quien también colaboró con la revisión
de algunas traducciones. Finalmente, agradecemos a la
Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Buenos Aires por la oportunidad que nos ofrece para
publicar un libro que, en
cierta medida, es pionero en el
tratamiento de cuestiones de Geografía
Cultu- ral en el país.
16 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
Bibliografía
Allen,
J. 2003. Lost Geographies of Power. Oxford, Blackwell. Berger, J. [1972] 2002.
Modos de ver. Barcelona, Gustavo Gili. Bonnemaison, J. y Cambrézy, L. 1996. “Le lien territorial:
entre
frontières et identités”.
Géographie et Cultures (Le
Territoire),
20. París, L’Harmattan.
Collignon,
B. 1999. “La Geografía Cultural en
Francia: un estado de la cuestión”. Documents d’Anàlisi Geogràfica, 34, pp.
103-117.
Frémont,
A. 1976. La région, espace vécu. París, PUF. Haesbaert, R. 2008. “Hibridismo,
mobilidade e multiterrito-
rialidade
numa perspeciva geográfico-cultural integra-
dora”,
en Serpa, A (org.). Espaços culturais. Vivências, ima- ginações e
representações. Salvador, Eduf ba, pp. 393-419.
Harvey,
D. 2003. El nuevo imperialismo. Madrid,
Akal.
Lobato Corrêa,
R. y Rosendahl, Z. 2002. “A Geografia
Cul- tural francesa: Apresentação
de textos selecionados”, en Geografia Cultural: Um século (3). Río de
Janeiro, UERJ, pp. 7-13.
Lorimer,
H. 2007. “Cultural geography: worldly
shapes, di- fferently arranged”.
Progress in Human Geography, 31, (1), pp. 89-100.
Mignolo, W. 2003. Historias locales/diseños globales.
Coloniali- dad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. Ma- drid,
Akal.
Nates
Cruz, B. y Raymond, S. 2007. Buscando la naturaleza.
Migración
y dinámicas rurales contemporáneas. Barcelona, Anthropos.
Peet,
R. 1999. “Les régions de la différance,
les espaces de la nouveauté: Aspects culturels de la théorie de la régula-
tion”. Géographie, Économie, Sociéte, 1, pp. 7-24.
Philo, C. 1999. “Más palabras, más mundos: reflexiones en torno al
‘giro cultural’ y a la Geografía Social”. Docu- ments d’Anàlisi Geogràfica,
34, pp. 81-99.
Said,
E. [1978] 2002. Orientalismo. Madrid,
Debate.
18 Perla Zusman y Rogério Haesbaert
Parte
A
Espacio,
política y cultura
Las
formas simbólicas espaciales y la política *
Roberto
Lobato Corrêa 1
El
presente texto busca establecer
algunas relaciones en- tre las formas
simbólicas espaciales y la política. Para
ello se basa en numerosos estudios realizados
en distintos con- textos culturales. Se trata de un
esfuerzo de sistematización acerca de las dimensiones culturales y
políticas de la acción humana sobre el
espacio.
En
primer lugar, se presenta la naturaleza
política de la cultura, para luego
discutir el concepto de formas
simbó- licas espaciales en su
connotación política. Luego, se abor- dan
tres conjuntos de ejemplificaciones relacionados con la toponimia, con
las formas simbólicas asociadas
al pasado y con los lugares
–públicos o no– impregnados de sentido
po- lítico. Formas simbólicas aparentemente tan distintas
entre sí, como nombres de calles y de ciudades, espacios públicos,
predios y una ciudad fantasma, componen el universo de las formas simbólicas
espaciales debatidas aquí. Es la dimen- sión política que detentan, la que une, por ejemplo, a Neue Wache, a Bodie, a
Gernika (Guernica) y a Tiananmen.
*
Traducción: Carolina Cisterna.
1 Universidad Federal de Río de Janeiro
(Brasil).
21
Cultura
y política
Desde
hace un tiempo la dimensión política de
las prácti- cas culturales ha atraído la atención de los científicos socia- les. Williams (2003), por ejemplo,
distingue la cultura de la clase dominante y las culturas alternativas, es decir, culturas residuales y
emergentes. En esta distinción hay un nítido sentido político, en el cual la idea gramsciana de hegemonía se
hace presente. La relación entre cultura y política remite a las diferencias entre clases sociales, a la
estructura de poder y a las políticas culturales de diferenciación, como lo
señalan Amariglio, Resnick y Wolff
(1988) y Smith (1999). A partir de esta
relación la cultura es considerada, simultáneamente, como reflejo,
medio y condición de existencia
y reproduc- ción, y ya no más como superestructura determinada por la
base (Williams, 2003) ni como entidad supraorgánica, inde- pendiente, que flota
por encima de la sociedad, como lo ex-
plica Duncan (2003). Reflejo, medio y condición confieren a la cultura un
nítido carácter político.
Las
relaciones entre cultura y política
fueron también ex- plicitadas
por Geertz (1989), al quebrar con la idea de que ambas
constituirían esferas distintas de la vida social. Geertz sostiene que esta relación deriva del entendimiento de
la cultura como una estructura de significados y de la política como un poderoso medio a través del cual esas estructuras se tornan
públicas. Se trata de la
política de producción y circulación de significados.
La
naturaleza política de la cultura fue también caracteri- zada por
geógrafos como Taillard (1981) y Mitchell (2000). El primero
identifica tres funciones políticas de
la cultura: la función de integración, que involucra las nociones de pertenencia e identificación;
la de regulación, que controla el comportamiento individual en sociedades tradicionales; y la de
encuadramiento, asociada a las sociedades con escri- tura. En relación con estas políticas, el poder elabora una constante
reinterpretación de la cultura. Mitchell, por su
22 Roberto Lobato Corrêa
parte, señala
el carácter político de la
Geografía Cultural, sugiriendo que ella
debe intervenir activamente en las polí-
ticas culturales.
Las
relaciones entre cultura y política se
manifiestan de modo material e
inmaterial. Los códigos, las normas y
las leyes son ejemplos del último modo,
mientras que el paisaje cultural se constituye en la manifestación más corriente del
primero. El paisaje cultural está impregnado de sentido po- lítico. Así, como
lo señala Cosgrove (1998), los innumerables paisajes de la cultura dominante
exhiben, por medio de las formas
simbólicas, el poder que tiene la clase
dominante. El paisaje palladiano de Venecia y sus alrededores de los siglos XV
y XVI (Cosgrove, 1993) y el de la capital
del reino de Kandy en Sri Lanka del primer cuarto del siglo XIX (Dun- can, 1990) son notables
ejemplos de la manifestación de las
relaciones entre cultura y
política. En palabras
de Rown- tree y Conley (1980:
465), los paisajes culturales constituyen “mecanismos regulatorios que controlan significados”. Esto remite
al concepto de formas
simbólicas espaciales, que se
discute a continuación.
Formas
simbólicas espaciales y política
Los
símbolos, expresados en formas
simbólicas, consti- tuyen rasgos fundamentales del ser humano. White
afirma que “todo comportamiento humano es comportamiento simbólico, todo
comportamiento simbólico es comporta- miento humano” (White, 1973: 335). Las
representaciones de la realidad
constituyen manifestaciones dotadas
de un sentido abierto, inestables, sujetas a innumerables y, a veces,
contrastantes interpretaciones. De esta manera, son poli- vocales (Hall, 1997),
resultado de un complejo proceso de
construcción de significados apoyados
en la experiencia y en la imaginación de los individuos y los grupos
sociales. La polivocalidad de las formas simbólicas es reconocida por
innumerables geógrafos, entre ellos
Duncan y Sharp (1993),
Las
formas simbólicas espaciales y la política
23
Peet
(1996) y Auster (1997). La polivocalidad acentúa el ca- rácter político
de las formas simbólicas, ya que
una misma forma simbólica supone
celebración y protesta.
Las
formas simbólicas se tornan formas simbólicas
espa- ciales cuando, al ser directamente relacionadas al espacio, se
constituyen en fijos y flujos, es decir, en localizaciones e itine- rarios.
Palacios, templos, cementerios,
memoriales, estatuas, obeliscos, shopping centers, parques temáticos, ríos,
montañas, procesiones, desfiles y paradas son ejemplos de fijos y flujos que pueden ser vistos como
formas simbólicas espaciales dis- tintas de una joya, un mueble o una
vestimenta.
Las
relaciones entre la forma simbólica y el espacio
son complejas y bidireccionales,
e interfieren una en la otra. Las formas simbólicas espaciales incorporan atributos ya confe- ridos a
determinadas localizaciones e itinerarios, y estos son afectados por la existencia de ciertos objetos y flujos.
A
partir de la naturaleza política de las formas
simbóli- cas espaciales se
establece una política
locacional, que im- plica la selección
de una localización
absoluta, un sitio, y de una localización relativa, definida por la accesibilidad al
conjunto del espacio urbano o de una región amplia. Am- bas localizaciones interfieren en la
capacidad de las formas simbólicas para
comunicar los mensajes que se
esperan de ellas. Además, la política
locacional implica una perspecti-
va relacional, asociada a otras formas
simbólicas situadas en otros
lugares, próximos o no, y que
reflejan visiones e intereses
semejantes o contrastantes o, aún más,
antagóni- cos. Repetición, en el primer
caso, y contrastación, en el segundo;
sin embargo, ambas prácticas tienen
una natura- leza relacional.
Por
otro lado, la naturaleza política de las formas simbóli- cas implica una
política de escala en la cual las
dimensiones de las formas simbólicas
espaciales son concebidas política-
mente. Se puede hablar de dimensión
absoluta, dimensión relacional y
dimensión espacial. La primera se
refiere a la
24 Roberto Lobato Corrêa
dimensión
física, expresada en medidas de
área, volumen y altura, y está asociada a la magnitud del evento o del per- sonaje que va
a ser celebrado, rechazado o recordado, y a los recursos disponibles. La dimensión relacional se
refiere a la comparación con otras formas simbólicas espaciales y a sus dimensiones que representan eventos,
personajes o posi- ciones políticas en conflicto. Las dos dimensiones indicadas
arriba se vinculan con la
idea de poder y, más aún, con la
idea de superioridad. Por otro lado, ambas escalas se asocian a la dimensión
espacial, es decir, al alcance espacial deseado de la forma simbólica. Las
formas simbólicas construidas que pretenden alcance global tienden a
exhibir escalas absolutas y relacionales
más amplias que aquellas de expresión
nacio- nal, regional o local. Al respecto de la política
locacional y de la escala de las formas
simbólicas espaciales, se puede consultar mi artículo sobre monumentos, política y espacio (Corrêa, 2005).
Las
relaciones entre las formas
simbólicas espaciales y la política
están dotadas también de una nítida
temporalidad. Ellas no solo reflejan
la naturaleza y la intensidad de las for- maciones económicas,
políticas y sociales de cada
período de la historia, sino
que también manifiestan el sentido que
los diversos tipos de representaciones materiales tienen para la sociedad en los diversos períodos.
Muchas
formas simbólicas espaciales constituyen tradicio- nes inventadas (Hobsbawm,
2002), que pretenden, de modo artificial, dar continuidad al pasado. Ellas se volvieron nece- sarias en virtud de
las rápidas y profundas transformaciones
sociales que convirtieron en ineficaces
las antiguas formas simbólicas
espaciales. Hobsbawm (2002)
sostiene que, entre
1870
y 1914, fueron creadas innumerables formas simbólicas espaciales, suscitadas
como consecuencia de los procesos de
unificación e independencia nacionales,
del ascenso de la
burguesía, de la expansión imperial y de las guerras en am- plia escala, entre otros eventos.
Después de 1914, prosiguió
Las
formas simbólicas espaciales y la política
25
la
construcción de formas simbólicas espaciales relacionadas con las dos
guerras mundiales, la guerra de Vietnam,
la diso- lución de la Unión Soviética,
las luchas raciales y la política de
identidad nacional y religiosa,
como lo señalo (Corrêa,
2005),
entre otros, al reunir y comentar innumerables textos sobre esta temática.
Sin embargo, como
afirma Osborne (1998) siguiendo a Accorsi, el espacio y el tiempo desempeñan papeles dife- rentes
en relación con el devenir de las estatuas, obeliscos, memoriales y otros monumentos.
Los monumentos fijos y durables,
construidos con bronce, mármol o
granito, con- gelan ideas y valores en
el espacio. El tiempo, sin embargo,
recrea ideas, valores y modos de pensar y de ver, de manera que muchos
monumentos pueden volverse “arcaicos, extra- ños e irrelevantes (…)
elementos enigmáticos en el paisaje” (Osborne, 1998: 434). Pero el curso de los
procesos sociales engendra nuevas
formas simbólicas, nuevos
objetos fijos en el espacio, como
los shopping centers y los
parques temáticos, y nuevos recorridos
que encierran nuevas manifestaciones sociales en espacios públicos
o no (Goss, 1993; Sorkin, 2002, entre otros).
Los nuevos fijos y flujos se
vinculan con una nueva temporalidad; sin embargo, las
nuevas formas simbó- licas guardan y recrean el antiguo sentido político que en el pasado las creó.
Toponimia
y política territorial
La
toponimia, entendida como forma
simbólica espacial,
constituye una importante marca cultural impregnada, en muchos casos, de
un intencional sentido político. Ella ex- presa una
efectiva apropiación del espacio.
Sobre el espa- cio se imprimen,
simbólicamente, la memoria, la identidad y el poder de aquellos que
imponen nombres a los lugares y, así, controlan y comunican
significados espacialmente proyectados,
transformando esos lugares en “virtuales am- bientes políticos”
(Azaryahu, 1996: 311). En este sentido, la
26 Roberto Lobato Corrêa
toponimia
puede ser considerada como la articulación entre el lenguaje, el poder
territorial y la identidad (Azaryahu y Golan, 2001). En realidad, como señala
Yeoh, basándose en el personaje Humpty
Dumty de Alicia en el país de las mara- villas : “los nombres no tienen
raíces en la realidad ni en las costumbres, sino que, por el contrario,
expresan el poder del nombre sobre la cosa nominada” (Yeoh, 1996: 298).
La
toponimia aparece con un fuerte y, a
veces, dramático sentido político
en situaciones de tensión
y ruptura políti- ca, envuelve
conflictos raciales y étnicos,
en el interior de los Estados y
entre ellos, y en un contexto
colonial. Nuevas situaciones políticas implican, por
lo general, la reformula- ción
en la toponimia de los ríos, las montañas, las provin- cias, las
ciudades, las calles o las plazas. Gade (2003) destaca la importancia del control del
territorio para la existencia de un padrón dominante de toponimia. Sin embargo,
hay innumerables situaciones intermedias
entre la del Estado- nación –consolidado
desde hace mucho tiempo– y la de las minorías
étnicas sin territorios, como la de los espacios “en proceso de consolidar
su base cultural” (Gade, 2003: 429).
En
el presente texto se abordarán algunos casos asociados a contextos de
conflicto abierto y de cambio
político en mar- cos de naturaleza
colonial.
El
conflicto abierto entre israelíes y
palestinos asume tam- bién una dimensión
toponímica, como lo señalan, entre otros, Cohen y Kliot (1992) y Azaryahu y Golan (2001). Es- tos últimos indican que, a
partir de 1949, el Estado de Israel,
actuando según una explícita
política de hebraización para
demarcar el territorio y crear una identidad israelí, alteró los nombres de
montañas, ríos y ciudades de territorios israelíes. Los nombres árabes, en su mayoría, y otros nombres cristia- nos fueron hebraizados;
Tel Rabia, por ejemplo, fue sustitui- do por Tel Aviv y Um Haled fue redenominada Netanya.
La
hebraización continuó en los territorios anexados des- pués de la Guerra de los Seis Días en 1967, es
decir, en las
Las
formas simbólicas espaciales y la política
27
colinas
de Golán, en la Franja de Gaza y en las áreas localiza- das al oeste del río
Jordán, Judea y Samaria, todas ellas estra- tégicas desde el punto de vista
militar y con valor simbólico, ya que formaban parte de la antigua Tierra de Israel (Cohen y
Kliot, 1992).
En los denominados territorios administrados indicados arriba, innumerables núcleos de población fueron creados y sometidos a
una explícita y diferenciada política de nomi- nación. Nombres bíblicos y talmúdicos fueron dados a más de un
tercio de los 174 núcleos creados,
evocando la conti- nuidad de la ocupación y la filiación religiosa,
especialmente en Judea y en Samaria. Nombres árabes, pero
judaizados, fueron atribuidos a otros núcleos, lo que reveló, por un lado, la fuerza de
ciertos topónimos y, por otro, vínculos con algu- nos aspectos de la Biblia. Otros núcleos
fueron nominados sobre la base de nombres de líderes sionistas, héroes milita- res y personajes
simbólicos. Finalmente, enfatizando el lado estético de la
lengua hebraica, fueron atribuidos
nombres abstractos (Cohen y Kliot,
1992).
Territorios
negados y disputados presentan, como
marca de esta disputa,
carteles indicadores en tres
lenguas, en tres tipos de
escrituras: judaica, árabe y latina. La
cartografía de la región revela el ocultamiento de lugares y nombres, ára- bes en el caso de los mapas
israelitas y judaicos en el caso de mapas palestinos. Así, la toponimia es un
instrumento activo en las disputas
territoriales.
Los
conflictos raciales se pueden traducir en enfrenta- mientos que involucran a la
toponimia de los espacios públi- cos, lo que revela también la naturaleza
política del acto de nombrar calles,
plazas y avenidas en una ciudad. De
acuerdo con el análisis de Alderman
(2005), Estados Unidos ofrece un notable
ejemplo en torno al nombre del héroe negro Martin Luther King.
Alrededor
de 1995, había en Estados Unidos más de 480 espacios públicos con el nombre del líder negro, la mayoría
28 Roberto Lobato Corrêa
de
los cuales se encontraba en el sur del país, particularmente en el estado de Georgia,
tierra natal de Martin Luther
King. La redenominación de espacios públicos
para homenajear- lo fue
objeto de controversias que revelan un
nítido carácter geográfico. Los adeptos al movimiento negro sostenían que el nombre debía ser atribuido a calles y avenidas importan- tes de la ciudad y no a calles pequeñas y escondidas localiza-
das en barrios negros.
Así, la escala geográfica
era percibi- da como factor
importante para garantizar la
memoria del gran líder. La posición
contraria, defendida por los blancos, se apoyaba en la tesis de la desvalorización de los
inmuebles y en los prejuicios
comerciales para estos
espacios públicos, cuyos propietarios y
usuarios eran en su mayoría blancos. Se trata, en realidad, de una de las
dimensiones simbólicas y espaciales de las luchas sociales.
Cambios
políticos como la independencia o
profundas alteraciones del régimen político
implican, normalmente, cambios en la toponimia de las unidades que se
convirtieron en autónomas o cuyos
regímenes políticos se alteraron. La
nueva toponimia traduce una necesidad identitaria o el re- querimiento de
resaltar nuevos y antiguos personajes o even- tos de la historia política.
El
caso de K azajistán, estudiado por
Brunet (2001), es claro. Con la disolución de la Unión Soviética y la inde- pendencia nacional, se
verificó la alteración de nombres de montañas, ríos y ciudades. En
general, ellos pasaron a tener un nombre equivalente en la lengua kazajo, como
es el caso de la antigua capital
Alma Ata, rebautizada Alma- ty. En otros
casos, el nombre fue sustituido, tal es el caso de la nueva capital que,
de llamarse Tselinograd, pasó a denominarse
Astana. Se trata de un proceso en
el que el establecimiento de la
identidad nacional incluye la “desru- sificación” del país.
El
catalán, una de las
cuatro lenguas oficiales
de Espa- ña, fue
prohibido durante el régimen franquista. A partir
Las
formas simbólicas espaciales y la política
29
de
la segunda mitad de la década de 1970,
con las mudanzas políticas vivenciadas
en el país, el catalán se convirtió en la lengua
obligatoria en la administración
pública de Catalu- ña y en las escuelas
primarias. Gade (2003) analiza los cam- bios en la toponimia de la pequeña
ciudad catalana de Olot: espacios públicos
que tenían nombres en lengua castellana pasaron a recibir denominaciones
en lengua catalana, las re-
ferencias al franquismo fueron
suprimidas y se rescataron las referencias a personajes catalanes.
Como afirma
Azaryahu (1997), la ciudad de Berlín,
en su antiguo lado oriental, reafirma nítidamente las relacio - nes
entre toponimia y mudanzas políticas. En cada momen- to marcante de la historia
de la ciudad su toponimia fue alterada. Así, los nombres
asociados a la dinastía prusiana estuvieron presentes en los espacios
públicos durante el si- glo XIX hasta la
unificación alemana, en 1871. Nombres asociados
a personalidades nacionales y a la mitología ale- mana nominaron los espacios públicos durante el período comprendido entre la
unificación y el final de la Guerra Mundial. Alteraciones sustanciales se verificaron durante el Tercer Reich y en el período de la
República Democráti- ca Alemana.
Espacios públicos que homenajearon a Adolf Hitler y Horst
Wessel o a Joseph Stalin y Wilhelm
Thael- mann, personalidades del
nazismo y del comunismo res- pectivamente, denotan el
sentido político de la toponimia en un
contexto de profundas transformaciones políticas. En 1990, después de la reunificación alemana, la toponimia
fue nuevamente alterada. Las controversias y negociacio- nes involucraron a distintos
grupos, radicales y moderados. Los
nombres asociados a la antigua República Democrática Alemana fueron eliminados, pero se mantuvieron aquellos relacionados con la
resistencia al nazismo y con la historia
del socialismo, como
Rosa Luxemburgo. Más que nunca,
la historia de la toponimia de la
antigua Berlín oriental se confunde, en
gran parte, con la historia alemana.
30 Roberto Lobato Corrêa
En
el contexto colonial y poscolonial
existen muestras ex- presivas del uso de
la toponimia como instrumento político que
demarca la posesión de un
territorio. Los ejemplos se
refieren a la Amazonia de la segunda mitad
del siglo XVIII, a Singapur, en tanto
colonia británica, y a Hawái,
territorio incorporado por Estados Unidos en el final del siglo XIX. En los
tres casos, los nombres de los núcleos
de poblamiento o de las calles fueron impuestos y, algunas veces,
rechazados.
Conforme
al planteo de Dias (1970), la Amazonia pombali- na, principal territorio de
acción de la Compañía General del Grão-Pará y Maranhão controlada por el
Marqués de Pombal, fue sometida a innumerables transformaciones económicas,
sociales, políticas y espaciales. Entre estas transformaciones se puede
mencionar la alteración de los nombres de innumera- bles aldeas indígenas
elevadas a la condición de pueblos. Los nuevos nombres, provenientes de
poblaciones portuguesas, marcaron la posesión
lusitana del territorio y confirieron una identidad lusa a la Amazonia.
Esta identidad se visualizaría en la cartografía y en el conocimiento de
marineros y comercian- tes europeos: Alenquer, Almeirim, Barcelos,
Borba, Breves, Ega, Faro,
Óbidos, Ourem, Santarém y Soure, entre
otros.
Yeoh
(1996), por su parte, examina las bases cambiantes que subyacen en el acto de
nombrar calles en Singapur después de su
independencia en 1967. La heterogeneidad cultural, marca- da por la presencia
de malayos, chinos e hindúes, llevó al Estado a desarrollar una política de creación del sentido de Nación y de la identidad nacional, “estableciendo la
discontinuidad con el pasado
colonial” (Yeoh, 1996: 299). El
cambio del nombre de los espacios
públicos de la ciudad es parte integrante de esta política. Los nombres coloniales fueron sustituidos, y se elimi- naron las referencias a
personalidades del período colonial, a
la realeza británica (como Victoria Street), y a las ciudades de Gran Bretaña.
También fueron eliminados nombres asociados a las áreas étnicas de la ciudad,
como China Street,
Baghdad Street o Hindoo Road. La lengua
inglesa fue abolida.
Las
formas simbólicas espaciales y la política
31
Sin
embargo, la redefinición toponímica de los espacios públicos de la ciudad
no se produjo sin enfrentamientos en- tre los grupos étnicos y lingüísticos. Se adoptaron o explora- ron soluciones provisorias, como
la identificación numérica de
calles y la imposición dominante de
la lengua malaya. Finalmente se
adoptó el bilingüismo basado en el
malayo y en el mandarín.
El
artículo de Herman (1999) sobre las islas de Hawái pro- porciona el tercer ejemplo de
relaciones entre toponimia, política
colonial y política de descolonización. Incorporada a Inglaterra
a partir de 1778, Hawái se
convirtió en 1840 en una monarquía independiente, con una
economía basada en las plantations. En 1893, bajo la presión de Estados Uni- dos, se convirtió en república y, en 1898, fue anexada como
parte del territorio estadounidense. En
1959, se transformó en uno de los Estados de la Unión norteamericana.
A
partir de 1820, las calles de Honolulú,
la capital, fueron nominadas sobre la
base de las elites extranjeras, constitui- das por comerciantes, militares, propietarios de plantations, religiosos y exploradores. Sin embargo, la realeza hawaiana también fue homenajeada. Como sostiene
Herman (1999), se trata de
parte del proceso de occidentalización
del terri- torio hawaiano, que
incluyó una toponimia predominante- mente occidental.
Con
la anexión a Estados Unidos, la
política toponímica fue cambiada. En la
búsqueda aparente de minimizar los efectos de la práctica colonial,
nombres hawaianos fueron atribuidos a los espacios públicos de Honolulú. Se intentaba reforzar la
identidad local enfatizando el exotismo
de la ciu- dad. Sin embargo, como la lengua hawaiana
había sido pro- hibida en las
escuelas, los nombres de estos espacios públicos se tornaron ininteligibles,
por lo cual, en muchos casos, fue-
ron inventados o adulterados; de
modo que, en
áreas nue- vas, se prefirió la
adopción de palabras de la lengua inglesa. Mientras tanto,
a partir de la década
de 1960 apareció un
32 Roberto Lobato Corrêa
movimiento
que, además de realizar esfuerzos para revitali- zar la lengua hawaiana,
persigue la independencia nacional (Herman, 1999).
El
pasado y las formas simbólicas espaciales
El pasado
puede ser visto como
un texto incompleto, cuyo conocimiento es problemático
y selectivo. Dicho co- nocimiento se
apoya en informaciones registradas, en in- terpretaciones producidas en
el pasado y en
expresiones como la literatura,
la música, la pintura y las esculturas, así como en informaciones contenidas en
los paisajes residuales (Cosgrove, 1998). Sin embargo, estas informaciones no
son inocentes; poseen un sentido político
comúnmente vincula- do a intereses dominantes que pueden construir la imagen que se desea que
en el futuro se tenga del presente
(Wood,
1991).
Por otro lado, en el intento de legitimar
el presente, el pasado es
justificado, pudiendo ser construido,
inventado o reinventado (Lowenthal, 1975).
Las
formas simbólicas espaciales describen una cierta inter- pretación del pasado;
por ejemplo, las estatuas, los memoriales y los edificios, gracias a la
aparente objetividad que presentan, en razón de la permanencia que disfrutan al
presentarse como fijos, comunican informaciones impregnadas de intenciones.
Ciudades enteras, activas o en ruinas, pueden también desem- peñar este
papel de comunicar el pasado. Esta sección
consi- dera tres casos de formas
simbólicas espaciales localizadas en contextos geográficos distintos: Berlín, Nueva Inglaterra y Ca-
lifornia. Ellas tienen en común la
intención de reconstruir el pasado,
glorificándolo e intentado darle continuidad.
A
diferencia de las estatuas, los obeliscos y otros monumen- tos cerrados, la
fachada y el interior de un edificio
pueden ser remodelados alterando su iconografía de acuerdo con las inten-
ciones de quien pretende y detenta el
poder de reconstruir el pasado. Así, se
crean y recrean nuevos significados y,
al mismo tiempo, se eliminan aquellas
representaciones juzgadas como
Las
formas simbólicas espaciales y la política
33
indeseables
para el presente y el futuro. De este modo,
un pre- dio puede ser sometido a una refuncionalización simbólica. Su
flexibilidad para la remodelación
resulta útil en términos de políticas de
significados.
En el
estudio de Till
(1999) sobre el palacio
de Neue Wache, localizado en el distrito histórico de Berlín, se anali- za un caso de
forma simbólica remodelada varias veces para ser adecuada a los diversos
contextos políticos por los cuales pasó Alemania. En cada remodelación se
intentó reconstruir el pasado.
Construido entre 1816 y 1818 por el rey Friedrich Wilhelm III como una
unidad militar, durante la República de
Weimar fue transformado en memorial de los soldados alemanes muertos
durante la Primera Guerra Mundial. Su
refuncionalización simbólica se tradujo en el remodelamien- to de su interior:
un bloque de mármol negro, en cuya parte superior se situaba una corona de
hojas doradas o plateadas constituía el punto focal del
memorial. Durante el Tercer Reich el predio sufrió una nueva
refuncionalización. Su ico- nografía aludía
a millones de años
de identidad alemana.
Situado en Berlín
oriental, después de la Segunda Guerra Mundial, el Neue Wache, fue refuncionalizado simbólica-
mente otra vez: su iconografía hacía referencia a las víctimas del nazismo
(Till, 1999).
Luego
de la reunificación alemana, el Neue Wache fue nuevamente reconfigurado y el pasado reconstruido.
¿Pero qué pasado? La refuncionalización simbólica se constituye en objeto
de controversias. La iconografía principal es una estatua de
una madre con su hijo muerto en los brazos, copia de la escultura de Kathe
Kollwitz de 1937. La redefinición ico- nográfica se constituye en objeto
de debates principalmente en torno a tres aspectos: el de la identidad nacional, carac-
terizada por una fuerte tensión; el del carácter cristiano de la iconografía principal, que representa la Piedad de Miguel Ángel y que acaba
ofendiendo a la población no cristiana;
y sobre todo, el hecho de que el nuevo memorial sea dedicado a
34 Roberto Lobato Corrêa
los
muertos de todas las guerras, lo que aplana
las diferencias entre víctimas y criminales, entre grupos étnicos
y religiosos, como si la muerte
apagase las diferencias, como si el pasa- do hubiese sido el mismo para
todos. Así, el Neue Wache se constituye en un dramático ejemplo de reconstrucciones
del pasado por medio de formas simbólicas.
En
un contexto de cambios económicos,
sociales y políti- cos se inventan imágenes de lugares y regiones, en las
cuales ciertos aspectos de la realidad son retenidos y enfatizados y
otros, dejados de lado. Se busca
perpetuar estas imágenes e incorporarlas al imaginario social. Estas imágenes,
selectiva- mente construidas, son impregnadas de sentidos
positivos. Meinig (1979)
identifica tres de las imágenes urbanas que mejor expresan los
ideales de la sociedad estadounidense:
la imagen de la pequeña ciudad (village) de Nueva Inglaterra, la de la calle
principal de la pequeña ciudad del Medio Oeste y la del suburbio californiano.
La
pequeña ciudad de Nueva Inglaterra del siglo XIX, ejem- plificada por
los casos de Concord y Litchfield,
es analizada por Wood (1991), quien
demuestra la invención de un
ideal asociado a su pasado colonial
y del siglo XIX. El modo de vida
regional, calcado de los valores puritanos, en la actividad agrí- cola
basada en la pequeña propiedad familiar y en el paisaje bucólico pasado
de Nueva Inglaterra fue proclamado en los textos literarios de escritores
de la región vinculados al movi-
miento romántico americano, como
Timothy Dwight, Cathe- rine Sedgwick, Ralph Emerson y Henry Thoreau, y en obras de científicos, como George
Perkins Marsh. En estos textos las pequeñas ciudades, centros de la vida
rural dispersa, represen- taban el
apogeo de un conjunto de valores transformados por la literatura en ideal para
el futuro. Las pequeñas ciudades fue- ron así transformadas en metáforas, en
formas simbólicas que orientarían la organización del espacio del futuro.
Se
valorizaba el pasado cuya continuidad
había sido pro- gresivamente debilitada
en el transcurso del siglo XIX con
Las
formas simbólicas espaciales y la política
35
el
declive de la agricultura y con los cambios funcionales en las pequeñas
ciudades, alcanzadas o marginalizadas
por el ferrocarril, por la expansión industrial o refuncionalizadas
como núcleos suburbanos o como lugares
de residencia de verano de las elites de las grandes ciudades de la
región nor- deste de Estados Unidos.
Así,
el pasado es proyectado para el futuro por medio de una forma simbólica, la pequeña
ciudad, pero el pasado está asociado a
los valores de una elite que ve esos valores sucum- bir sobre su propia acción,
cuyos emprendimientos, como señala
Wood (1991), alteraron la organización
económica, social, política y del
espacio.
La
autenticidad de los artefactos que remiten al pasado se constituye en un
elemento fundamental para
que los men- sajes que estos artefactos emiten sean efectivamente
acep- tados. De Lyser (1999), siguiendo a Barthel, sostiene
que la autenticidad de las
formas simbólicas espaciales
puede ser reconocida por
medio del sitio original, de las
estructuras físicas o de su contenido.
Es
el caso del Bodie State Historic Park, un
parque te- mático situado en las
proximidades de Sierra Nevada
en California (De Lyser, 1999).
Bodie es una ciudad
fantas- ma, una entre muchas de las localizadas en el Oeste
ame- ricano. Surgida en el siglo XIX, a partir de la explotación del oro,
vivió su apogeo entre 1879 y 1881. En la década de 1880 se agotaron las
minas, la vida económica de la ciudad
entró en colapso y su población, de cerca de 10.000 habitantes, la
abandonó en masa. En la década
de 1960, toda el área de la
ciudad fantasma fue adquirida por la entonces División de
Playas y Parques del Estado de Cali- fornia, que la
transformó con fines educativos en parque histórico.
A
diferencia de otras ciudades
fantasma, Bodie no fue
alterada. No hubo restauración de
edificios, ni fueron reproducidos
predios o creados nuevos.
Las estructuras
36 Roberto Lobato Corrêa
físicas
de Bodie fueron sometidas a la práctica
de estabi- lización (arrested decay), que buscó frenar el proceso de
degradación. Nada fue alterado, ni
siquiera el contenido de los predios.
Bodie no cuenta con comercios de venta de suvenires, como
es común en los parques
temáticos. A sí, se establece la
autenticidad, siempre relativa, de la ciudad
fantasma que se convierte
en un centro turístico que, a
fines de
la década de 1990, fue
visitado anualmente por alrededor
de 200.000 turistas (De Lyser, 1999).
Se
trata de una forma simbólica espacial,
concebida para que:
El
visitante (vea) un ejemplo de una ciudad
minera del pa- sado localizada en
un área remota y distante de los aspectos opresivos de nuestro mundo
civilizado… El visitante será ca- paz de ver no solamente cómo esa población
vivía, sino tam- bién cómo ella trabajaba en las minas y procesaba el mineral
para obtener el precioso oro… En ese ambiente el visitante estará en
condiciones de comprender el coraje y la capacidad de nuestros antepasados
en la construcción de esa Nación. (De
Lyser, 1999: 602, citando el documento de
la División de Playas y Parques
de California, datado aproximadamente en 1958.)
La
autenticidad de la ciudad fant asma
la transforma en “vent ana hacia el pasado” (De Lyser, 1999 : 624),
desde donde los v isit antes extraen
lecciones para el presente. Pero ese
pasado es selectivamente reconstr uido, repre- sent ado por formas
simbólicas espaciales que no revelan aspectos esenciales
de la v ida cotidiana. De
hecho, es - t as formas
simbólicas espaciales contribuyen
a ratif icar la imagen del Oeste
mítico, incorporada al imaginario americano a partir del cine, la telev isión y los medios de comunicación en general.
Las
formas simbólicas espaciales y la política
37
Lugares
de densidad política
En
razón de
los innumerables eventos que ocurren a lo largo del tiempo, algunos
lugares se impregnan de una fuer- te dimensión política. Siguiendo a
Mandoki (1998) se puede hablar de lugares de densidad política. Los espacios
públicos o la propia ciudad pueden
construirse en formas simbólicas, donde los paisajes, los rituales oficiales y
las manifestaciones colectivas que
tienen lugar allí reafirman el
pasado políti- co del lugar. Según
Mandoki (1998) se forman estratos de significados políticos,
cuya acumulación reafirma la fuerza simbólica del
lugar y configura su dimensión
política. Un excelente ejemplo es el
Zócalo, la plaza central de la capital de México, foco de la vida política actual. Lugar mitológico, centro de
Tenochtitlan –la capital azteca–, sede del gobierno colonial y sede
del gobierno mexicano. Todas
estas signifi- caciones confieren
al Zócalo una fuerte
densidad política, como
referencia simbólica de todo el país
(Mandoki, 1998).
En
esta sección veremos tres casos de
lugares dotados de fuerte densidad
política. Ellos se localizan en
áreas y con- textos culturales distintos, pero
tienen en común el hecho de
presentar una continuidad de
significados políticos que pueden ser organizados en estratos. Dos de esos lugares son espacios públicos:
Tiananmen, en Beijing y la Plaza de
la República, en Belgrado. El
tercero es la pequeña ciudad de
Gernika (Guernica), en el País Vasco
(España).
La
Plaza Tiananmen, en Beijing (China), constituye
un importante ejemplo de
espacio público con
innumerables significados y palco
de tensiones políticas que marcaron la
historia china. Data de fines del siglo
XIV, momento en que la dinastía Ming
construyó la ciudad. La plaza Tiananmen
es parte de la estructura conceptual que generó Beijing; fue construida de acuerdo con
la cosmografía china: cuadra- da,
orientada según los puntos cardinales y
con la entrada principal volcada hacia el sur. Tres murallas, una exterior y dos internas delimitaban la
ciudad y sus espacios internos.
38 Roberto Lobato Corrêa
La
muralla más interna cercaba el Palacio
Imperial, cono- cido como la
“Ciudad Prohibida”. Un conjunto de
portones controlaba las ligazones entre los espacios comprendidos en- tre las
murallas y el mundo exterior
(Hershkovitz, 1993).
El
más importante de estos portones, que
controlaba el acceso a la Ciudad
Prohibida, se denomina Tiananmen o Portón de la Paz Celestial. Enfrente, se situaba un
amplio espacio abierto en
forma de T, que incorporó el nombre de
Tiananmen (Hershkovitz, 1993). La importancia simbólica de Tiananmen
residía en el hecho de ser “parte de la única zona de transición gradual entre
el interior y el exterior, en- tre lo sagrado
y lo profano, lo imperial y lo común, un con- tinuo de espacios de sacralidad decreciente en la
medida en que se aleja del Palacio Imperial”
(Hershkovitz, 1993: 483).
A
partir de la segunda mitad del siglo
XIX, la importancia política y
simbólica de la Ciudad Prohibida y del Portón de la Paz Celestial
fue progresivamente alterada en razón de los cambios políticos que afectaron a
toda China. La morfología y el papel
simbólico de Tiananmen fueron
alterados. Con el advenimiento de la República, la Plaza fue abierta a la circu- lación y ornamentada con símbolos
del nuevo régimen polí- tico, como el memorial dedicado a Sun Yatsen, fundador
del movimiento nacionalista que, en 1911, estableció la Repúbli- ca China. Tiananmen perdió su carácter de espacio
cerrado y se convirtió en un
espacio público, abierto,
frecuentado por la población en general, incluyendo vendedores calle- jeros, desocupados y mendigos. Ella se
convirtió también en lugar de masivas
demostraciones de protesta contra el Estado
chino. Por ejemplo, en 1919, se
organizó una fuerte protesta estudiantil
contra la actitud pasiva del gobierno
chi- no frente a la cesión de parte del territorio nacional por el Tratado de Versalles. También, en las
décadas de 1920, 1930 y 1940
tuvieron lugar allí cerca
de una docena de
protes- tas estudiantiles (Hershkovitz, 1993). Tiananmen se volvió
simultáneamente un espacio de celebración, de protesta y de
Las
formas simbólicas espaciales y la política
39
parte de la vida cotidiana de Beijing. Su
centralidad política, simbólica y social tomaba pleno vigor.
A
partir de 1949, con el régimen
comunista, Tiananmen fue objeto de
remodelación y resignificación. El Portón de la Paz Celestial fue erigido símbolo
nacional. De este modo, se estableció
la continuidad de la hegemonía del Estado chi- no, expresada por
el conjunto espacial y
arquitectónico de Tiananmen, centro de máximo
simbolismo del nuevo régi- men,
y se relegó la Ciudad Prohibida a un plano secundario en la iconografía política de Beijing. La centralidad política de
Tiananmen fue reforzada con la construcción de nuevos predios y monumentos,
como el obelisco dedicado a los Hé- roes del Pueblo, de 38 m de altura, el Museo de la Historia Revolucionaria, el
Hall del Pueblo y el Mausoleo de Mao Tse
Tung. Los rituales de celebración continuaron realizándose allí
con la participación de millares y
millares de personas. Las
manifestaciones más intensas de la
Revolución Cultural tuvieron lugar
en Tiananmen, y también fue allí
donde, a partir de 1976, las protestas
políticas entraron de nuevo en escena (Hershkovitz, 1993).
La
dialéctica entre celebración y protesta
fue evidente en
1989,
cuando centenas de millares de
estudiantes ocuparon temporariamente y transformaron Tiananmen imponiendo su
propia iconografía, expresada en banderas, carteles y en el monumento dedicado
a la Diosa de la Democracia, alineado con el Mausoleo de Mao Tse Tung y con el Monumento a los Héroes del
Pueblo. En las semanas en
que se desarrolló el movimiento
estudiantil, Tiananmen exhibía símbolos
de visi- ble confrontación. A los ojos de las autoridades chinas la sa- cralidad de Tiananmen fue profanada y
el poder del Estado desafiado; este
desafío se concretizaba en la apropiación del símbolo nacional. La represión
fue violenta. Desde su origen, Tiananmen se caracterizó por su centralidad política y sim- bólica, y modeló innumerables significados contradictorios: público y privado,
sagrado y profano, celebración y
protesta.
40 Roberto Lobato Corrêa
Tiananmen
es parte integrante de una historia nacional den- sa y caracterizada por estos
mismos elementos en contradic- ción; la Plaza del Portón de la Paz Celestial es
así una forma simbólica dotada de fuerte
densidad política.
El
segundo caso es el de la Plaza de la República, en el centro de Belgrado,
capital de Serbia
y, hasta la década de 1990, capital
de la Federación Yugoslava. La Plaza de la República se constituyó en un
importante centro de la vida cotidiana de la ciudad y, al mismo tiempo, un espacio donde la
“memoria pública” ( Johnson, 2004) es cultiva- da. Como señala
Lavrence (2005), en realidad, la Plaza
se transformó en una forma
simbólica espacial impregnada de una fuerte
densidad política, lugar donde la identidad nacional fue proclamada y
varias veces renovada durante los siglos XIX y XX.
Sitio
arqueológico romano, en la Plaza se construyó una importante fortaleza otomana, que
fue tomada y destrui- da por los serbios
en 1867. En su lugar, se
erigió la estatua ecuestre del príncipe
Mihail, para celebrar la expulsión de
los otomanos y la restauración de la monarquía serbia, des- tituida del poder desde 1389. Denominada Plaza del
Teatro, en 1945 el Mariscal Tito la redenominó Plaza de la Repúbli- ca, con lo
que dotó
a este espacio público de la centralidad que tendría durante la Federación
Socialista que se implan- taría en la entonces Yugoslavia. En el final de la
Segunda Guerra Mundial, en la Plaza hubo
una fuerte resistencia a las tropas alemanas. En 1997,
tuvieron lugar allí las manifes- taciones contra el autoritarismo del Estado y,
en el año 2000, contra el bombardeo del territorio serbio por la aviación de la
OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) (Lavrence, 2005).
Tanto la acción
del Estado como
las luchas y manifesta-
ciones políticas buscaron dar
continuidad o transformar las condiciones de existencia política,
económica y social con un fuerte
cuño identitario. La Plaza se
constituye en un
lugar
Las
formas simbólicas espaciales y la política
41
simbólicamente
denso, tenso y ambiguo, en un palco impor- tante en el que
se desarrolló parte significativa de la vida de la ciudad y del país. Lavrence (2005), siguiendo a
Agnes Heller, entiende que la Plaza, como “lugar de la memoria” está lejos de
ser un lugar de contemplación para ser un lugar donde la memoria promueve
acciones. Esto pone en evidencia las
com- plejas relaciones entre la celebración, la protesta y la memo-
rialización y, por lo tanto,
la inestabilidad de las formas sim- bólicas espaciales en términos de
interpretación. Retomando expresiones acuñadas por Boyer, la Plaza de la República se
constituye así no solo en un “lugar
retórico” y un “lugar ver- nacular”
(rethorical topoi y vernacular topoi [Boyer, 1994]), en un lugar del
discurso oficial y de las prácticas de la población, sino que también es un
“lugar de la memoria activa”
(active memory topoi). Esta misma
característica se hace presente
en Tiananmen y, de cierta forma, en Guernica.
Esta
última es otro lugar
de fuerte densidad política. El País Vasco está situado en su mayor parte en España,
tiene como principal referencia a Guernica y no ciudades mayores como
Bilbo (Bilbao), Donostia (San
Sebastián), Gasteiz (Vi- toria) e Iruña (Pamplona). Como indican Raento y Watson (2000), Guernica constituye para
los nacionalistas vascos el centro de la identidad cultural y
territorial vasca y su conti- nuidad, así como el foco de resistencia al Estado
español. La fuerza de su nombre llevó a los nacionalistas vascos a consi-
derarla como sinónimo de todo el País
Vasco.
La
importancia simbólica de Guernica fue construida, poco a poco, desde la Edad
Media, cuando fue un importante centro comercial, manufacturero y
político, con una
amplia autono- mía –que mantuvo durante la formación del Estado español en el siglo XV–. A fines del siglo
XIX con la pérdida progresiva de la autonomía, su exclusión del proceso de industrialización y el
vaciamiento demográfico de su hinterland, limitaron su cre- cimiento. Sin
embargo, la ciudad heredó del pasado el carácter de centro de la identidad
vasca (Raento y Watson, 2000).
42 Roberto Lobato Corrêa
La
importancia simbólica de Guernica fue
mayor a par- tir de 1937, durante la
Guerra Civil Española. Reducto na-
cionalista y republicano, la ciudad fue bombardeada por la aviación alemana. Esta tragedia fue
representada por Pablo Picasso en
un mural expuesto en
el pabellón de la España republicana en la Feria Internacional de París.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el
mural fue exhibido en diversos países, lo que amplió la fuerza simbólica de la ciudad y pro- yectó internacionalmente al artista.
A
nivel regional, más que a nivel nacional, la fuerza sim- bólica de Guernica se expresa en
todo el espacio urbano, considerado por muchos como memorial de guerra. Se ex- presa particularmente en el lugar donde están
protegidos los restos de un roble,
el “Árbol de Guernica”, donde, en el pasado, se tomaban decisiones importantes, relacionadas con la autonomía de
la ciudad. Próximo a estos restos se
encuentra el edificio de la Asamblea Vasca, el monumento Nire Aitaren Etxea (La Casa de mi Padre) y un roble plan- tado
en 1979, cuando fue establecida, en el ámbito del Es- tado
español, la Comunidad Autónoma Vasca. Se trata del lugar
con mayor densidad simbólica de la
ciudad, donde están representados el pasado, por
medio de los restos del viejo
roble –que simboliza las tradiciones y
la autonomía–, el monumento La Casa de mi Padre
–que simboliza las raí- ces rurales
vascas–, y el futuro, por
medio del roble plan- tado
en 1979 –que simboliza la esperanza de la autonomía reconquistada–.
El
viejo roble es un poderoso símbolo del mundo vasco y es considerado un elemento sagrado por
los nacionalistas. Su importancia se manifiesta en los rituales
que son reali- zados junto a él, como
los juramentos solemnes de los go- bernantes vascos, ocasiones en las que se canta el Himno Nacional Vasco (Raento y Watson, 2000).
Este
estudio sugiere la existencia
de una jerarquía de es- pacios
simbólicos, y presenta a la ciudad de Guernica como
Las
formas simbólicas espaciales y la política
43
el
lugar donde se concentra el conjunto de símbolos de máxima sacralidad cívica.
Destaca también que la importan- cia simbólica de un lugar determinado es
independiente de su importancia económica. La densidad simbólica de un lu- gar
tiene su lógica derivada de los significados socialmente construidos e integrados a la
vida del grupo social que los construyó.
A
modo de conclusión
Este
texto procuró establecer algunas relaciones entre las formas simbólicas y la
política. En él se reafirma el carácter
político de la cultura, explícito en los debates en torno a la imposición de significados.
Mientras que esta imposición tie- ne para
algunos el sentido de
celebración, tiene para otros el de protesta. Estos significados involucran la memoria, la identidad y el
poder, el pasado, el presente y el
futuro.
Bibliografía
Alderman,
D. H. 2005. “Street names and the scaling of me- mory. The
politics of commemorating Martin Luther King Jr. within the African
American community”. Área,
35,
(2), pp. 163-173.
Amariglio,
J.; Resnick, S. A. y Wolff, R. D. 1988. “Class, power and culture”, en
Grossberg, L. y Nelson, C. (orgs.). Mar- xism and the interpretation
of culture. Urbana, University of Illinois Press, pp. 487-501.
Auster,
M. 1997. “Monument in a landscape: the question of meaning”. Australian
Geographer, 28, (2), pp. 219-227.
Azaryahu,
M. 1996. “The power of commemorative street names”. Society and Space, 14, pp.
311-330.
44 Roberto Lobato Corrêa
–––––.
1997. “German reunification and the politics of street names: the
case of East Berlin”. Political
Geography, 16, (6), pp. 479-493.
Azaryahu,
M. y Golan, A. 2001. “(Re)naming the landscape: the formation of the
Hebrew maps of Israel, 1949-1960”.
Journal of Historical Geography, 27 (2). pp. 178-195.
Boyer,
C. 1994. The city of collective memory: Its historical imagery and
architectural entertainments. Cambridge, The MIT Press.
Brunet,
R. 2001. “Hauts lieux et mauvais lieux du
Kazakis- tan”. L’Espace Géographique, 30, (1), pp. 37-52.
Cohen,
S. B. y Kliot, N. 1992. “Place names in Israel’s ideologi- cal struggle over
the administered territories”. Annals of the Association of American
Geographers, 82, (4), pp. 653-680.
Corrêa, R. L. 2005. “Monumentos, política e espaço”, en Ro- sendahl, Z. y Corrêa, R. L. (orgs.). Geografia: Temas sobre cultura
e espaço. Río de Janeiro, EDUERJ, pp.
9-42.
Cosgrove,
D. 1993. The Palladian landscape. Geographical change and its cultural
representation. University Park, Pennsylvania State University Press.
–––––.
1998. “A Geografia está em toda
parte: Cultura e sim- bolismo nas paisagens
humanas”, en Corrêa, R. L. y Ro-
sendahl, Z. (orgs.). Paisagem, tempo e
cultura. Río de Janei- ro, EDUERJ, pp. 92-123.
De
Lyser, D. 1999. “Authenticity in the ground: Engaging the past in a
California ghost town”. Annals of the
Association of American Geographers, 89, (4), pp. 602-632.
Dias,
M. N. 1970. A Companhia Geral do Grão Pará e Maranhão
(1755-1778).
Belén, Universidade Federal do Pará.
Las
formas simbólicas espaciales y la política
45
Duncan,
J. 1990. The city as text: The politics of landscape inter- pretation in the
Kandyan Kingdom. Cambridge, Cambridge University Press.
–––––.
2003. “O supraorgânico na Geografia
Cultural america- na”, en Corrêa, R. L. y Rosendahl, Z. (orgs.).
Introdução à Geo- grafia Cultural. Río de Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 63-102.
Duncan,
N. y Sharp, J. P. 1993. “Confronting
representa- tions”. Society and Space, 11, pp. 473-486.
Gade,
D. 2003. “Language, identity and the scriptural lands- cape in Quebec and Catalonia”.
Geographical Review, 93, (4), pp. 429-448.
Geertz, C. 1989. A Interpretação das culturas. Río de
Janeiro, Ao Livro Técnico e
Científico Editora.
Goss,
J. 1993. “The ‘Magic of the mall’. An analysis of form, function and meaning in the contemporary retail built environment”. Annals of the Association
of American Geogra- phers, 83, (1), pp. 18-47.
Hall,
S. 1997. Representations: Cultural representations and signi- fying practices.
Londres, Sage Publications.
Herman,
R. D. K. 1999. “The aloha state: Place
names and the anti-conquest of Hawai’i”. Annals of the
Association of American Geographers, 89,
(1), pp. 76 -102.
Hershkovitz,
L. 1993. “Tiananmen Square and the politics of place”. Political Geography, 12,
(5), pp. 395-420.
Hobsbawm, E. 2002. “Introdução: A invenção da tradição”, en Hobsbawm, E. y Ranger,
T. (orgs.). A Invenção da tra- dição. San Pablo, Paz e Terra, pp. 9-23.
Johnson,
N. 2004. “Public memory”, en Duncan, J.; Johnson, N. y Scheín, R. (orgs.), A
companion in Cultural Geography. Oxford, Blackwell, pp. 316 -327.
46 Roberto Lobato Corrêa
Lavrence, C. 2005. “‘The Serbian Bastille’. Memory, agency and monumental
public space in Belgrade”. Space and Culture, 8, (1), pp. 31-46.
Lowenthal, D. 1975.
“Past time, present place.
Landscape and memory”. The Geographical Review, 65, (1), pp. 1-36.
Mandoki, K. 1998. “Sites of symbolic density: A relativistic approach to experienced
space”, en Light, A. y Smith, J. M. (orgs.). Philosophy and geography III:
Philosophies of place. Lanham, Rowman and Littlefield, pp. 73-95.
Meinig, D. 1979. “Symbolic landscapes. Some idealizations of American communities”, en Meinig, D. (org.). The in-
terpretation of ordinary landscape. Oxford, Oxford Univer- sity Press, pp. 164
-192.
Mitchell, D. 2000. Cultural Geography: A critical
introduction.
Oxford,
Blackwell.
Osborne,
B. S. 1998. “Constructing landscape of power: The George Etienne Cartier
Monument, Montreal”. Journal of Historical Geography, 24, (1), pp. 431-458.
Peet,
R. 1996. “A sign taken for history.
Daniel Shays Memo- rial in Petersham, Massachusetts”. Annals of the Associa- tion of American
Geographers, 86, (1), pp. 21-43.
Raento, P. y Watson, C. 2000. “Gernika, Guernica, Guernica ?
Contested
meanings of a basque place”. Political
Geogra- phy, 19, pp. 707-736.
Rowntree, L. B. y Conley, M. W. 1980. “Symbolism
and the cultural landscape”. Annals of
the Association of American Geographers,
70, (4), pp. 459-479.
Smith,
S. 1999. “The Cultural politics of difference”, en Mas- sey, D.; Allen, J. y
Sarre, P. (orgs.). Human Geography today. Cambridge, Polity Press, pp. 129-150.
Las
formas simbólicas espaciales y la política
47
Sorkin, M. 2002. “See you in Disneyland”, en
Fainstein, S. y Campbell, S.
(orgs.). Readings in urban theory. Oxford, Blackwell Publishing, pp. 392-414.
Taillard,
C. 1981. “Diversité des définitions et differenciation des pratiques
géographiques: Contribution au débat sur
la culture”. L’Espace Géographique, 10, (4), pp. 263-269.
Till,
K. 1999. “Staging the past: Landscape designs, cultural identify and
Erinnerungspolitik at Berlin’s Neue Wache”. Ecumene, 6, (3), pp. 251-283.
White,
L. 1973. “Energy and the evolution of culture”, en Bohannan, P. y Glazer, M.
(orgs.). High points in Anthropo- logy. Nueva York, Alfred A. Knopf, pp. 336
-355.
Williams,
R. 2003 [1973]. “Base e superestrutura na teoria cultural marxista”.
Espaço e Cultura, 14, pp. 7-21.
Wood, J. S. 1991. “‘Build, therefore, your own world’: The New England village as
settlement ideal”. Annals of the
Association of the American Geographers, 81, (1), pp. 31-50.
Yeoh,
B. 1996. “Street-naming and nation-building: Toponi- mic inscription of
nationhood in Singapore”. Area, 28, (3),
pp. 298-307.
48 Roberto Lobato Corrêa
Viviendo
en el límite: los dilemas del hibridismo y de la multi/transterritorialidad *
Rogério
Haesbaert 1
Como
en el mundo contemporáneo se vive en múltiples escalas al mismo tiempo, una
simultaneidad atroz de eventos se vivencian también, concomitantemente,
múltiples territorios. Se requiere que nos posicionemos delante de una
determinada territorialidad o delante de otra, como si nuestros marcos de
referencia y controles espaciales fuesen traspasados por múltiples escalas de
poder y de identidad. Ello desemboca en una Geografía compleja, una realidad
multiterritorial (o más aún transterritorial) que
se
procura traducir en nuevas concepciones, por ejemplo, a través de los términos
“cosmopolita” y “glocal”. Este último, implica que los niveles global y local
pueden estar casi enteramente confundidos.
(Haesbaert,
1996: 35-36, reeditado en 2002: 121)
Hoy
las identidades, que se conciben móviles y múltiples, pueden indicar,
no
necesariamente desapropiación y fluidez social, sino también una nueva
estabilidad, seguridad de sí mismo y quietismo. El carácter fijo de la
identidad solo se recupera en momentos de inestabilidad y ruptura, de conflicto
y
cambio.
(...) la heterogeneidad o el intercambio cultural y la diversidad ahora se
tornaron la identidad autoconsciente de la sociedad moderna.
(Young,
2005: 5)
Vivimos
un tiempo de paradoja y de
perplejidad que se revela en las
más diversas esferas, desde la económica
hasta la política, desde la cultural
hasta la ambiental. Por ejemplo, discursos
–y prácticas– culturalistas
sobrevaloran el “vector identitario” en la comprensión y/o en la propia
producción
*
Traducción: Perla Zusman.
1 Universidad Federal Fluminense (Brasil).
49
de
los principales dilemas contemporáneos,
al mismo tiem- po en que otros discursos,
de carácter algunas veces econo-
micista, difunden la idea de un (neo)liberalismo capitalista generalizado (por
lo menos aquel que antecedió a la actual crisis
financiera),2 como si no nos quedase otra opción que la aceptación de la inexorable
homogeneización mercantil y cultural globalizada.
En
medio de todo emergen “salidas” intermediarias o, li-
teralmente, “fronterizas” como
aquellas que, en nombre del dominio de
la multiplicidad y de la movilidad,
defienden la idea de una especie de “vida en el límite” o en el
“liminar”, en un mundo de identidades mezcladas, “mestizas”, “híbridas” o “transculturadas”:
mundo en que el discurso del hibridis-
mo tiene un claro sentido positivo, que
implica la adopción de una posición que
debe ser defendida y estimulada.
Young,
en la cita de la introducción, expresa
bien esta aparente contradicción, evidenciando una nueva
forma de construcción
identitaria, moldeada en el carácter móvil y múltiple, que no
sería en sí misma
representativa de crisis y
ruptura, sino más bien de “estabilidad,
seguridad de sí y quietismo”, en el sentido de una nueva “identidad autocons-
ciente” de la sociedad contemporánea. “Globalización par- ticularizadora” o “glocalización”, “estabilidad en la fluidez y en la
multiplicidad”: con estos juegos ambivalentes nos de- paramos al analizar los procesos
actuales de construcción identitaria.
Imaginemos
ahora una mirada geográfica
sobre esa cues- tión, introduciendo en el debate identitario la
dimensión espacial o, de forma más
estricta, territorial. Si, como in-
dicamos en la cita de la introducción, los territorios/terri- torialidades
están igualmente sufriendo transformaciones sensibles, ¿cómo
se daría esta relación, inmanente, entre
2 El autor se está refiriendo a la crisis
financiera que se desató en Estados Unidos en el año 2008 y que afectó
fuertemente a las economías de los países centrales (N. de los Eds.).
50 Rogério Haesbaert
territorios/territorialidades
y construcción identitaria? ¿En qué
sentido la ambivalencia aludida en
el párrafo anterior también es alimentada cuando la identificación de
los gru- pos sociales se relaciona, sobre todo,
con un referente de orden espacial/territorial considerado como cada
vez más móvil? ¿Cómo se rediseña
el juego entre la diferenciación, la
hibridación, el carácter múltiple y “liminar” de la cultura y los múltiples
territorios o la multi/transterritorialidad que vivimos hoy?
Este
artículo pretende problematizar un
poco más los conceptos
relacionados de hibridismo/transculturación y multi/transterritorialidad. En
este sentido, iniciaremos el texto discutiendo algunos presupuestos más generales. El primero, y el
más obvio, es el presupuesto de que
nuestras identidades no se están
diluyendo con la globalización, por el contrario, pueden estar fortaleciéndose, a través de for- mas concebidas como reesencializadas o, como planteamos aquí, pueden estar siendo recreadas por la propia movilidad a través de
formas más híbridas, resaltándose sobre todo
su carácter múltiple y liminar/transfronterizo. Otro presupues- to es
que nuestros territorios/territorialidades, concebidos cada vez como
más inestables, móviles (lo que también es discutible), no ofrecen, como en el pasado,
referentes esta- bles para la
construcción de nuestras identidades sociales/ territoriales. En este caso cabe
la pregunta: ¿acaso no es posible (como ya lo indicamos anteriormente en
Haesbaert,
2004)
territorializarnos en el y por el movimiento?
Así,
llegaremos a problematizar la construcción identita- rio-territorial
contemporánea a partir de las diversas
formas de manifestación del llamado
hibridismo cultural (especial- mente aquel de matriz latinoamericana,
asociado al concep- to de
“transculturación”), cimentado
en una
combinación desigual de fuerzas; desde una hibridación más positiva, que
proponemos denominar “antropofágica”, movimiento cons- cientemente asumido a su
favor por los grupos subalternos
Viviendo
en el límite:... 51
(o
“contrahegemónicos”, si confiamos en la potencial cons- trucción por parte del hibridismo de una nueva hegemonía a
partir de la subalternidad), hasta una
hibridación más ne- gativa, que beneficiaría sobre todo a los intereses de los
gru- pos hegemónicos.
Posteriormente,
vincularemos estos múltiples procesos de
hibridación con su reverso territorial: la multi o transterri- torialidad, también a través de
sus diversas manifestaciones. Esta diversidad
de rasgos de los procesos
de hibridación y de (multi o
trans) territorialización está inextricablemente ligada, en primer lugar, a las relaciones de poder que están en juego
y, dentro de estas, al carácter
cada vez más mer- cantilizado o de
creciente “valor de cambio” incorporado
a nuestros procesos de identificación
social/territorial.
La
identidad entre el valor simbólico y el valor de cambio:
reconocimiento
y mercantilización
Antes
de ingresar en el debate sobre la hibridación-territo- rialización contemporánea, es muy importante recordar, en
un sentido amplio, que
los procesos de identificación,
más o menos híbridos, pasan hoy, a la vez, por una
apropiación simbólica por parte
de los grupos sociales que buscan su re- conocimiento, y por una
producción en términos de valor de cambio mediante los mecanismos de mercado. Es decir
que no podemos ignorar que la identidad, en tanto que está acoplada a relaciones de poder –y de
poder económico, en este caso–, también “se vende”.
Como
sabemos, la cuestión efectiva no es discutir la “verdad” o la “falsedad” de una
construcción identitaria –pues, como nos advierten autores como Bayart (1996),
la “ilusión identitaria” es su marca constitutiva–. Antes que nada, se busca
analizar su efi- cacia, sobre todo su eficacia política, sus efectos reales o,
como afirmaba Lévi-Strauss (1995), las
“condiciones objetivas de las cuales ella es síntoma y que ella refleja” (1995:
10-11), es decir su performance y las consecuencias que se derivan de ello.
52 Rogério Haesbaert
Hoy,
más que nunca, los procesos de
identificación están inmersos en
acciones de naturaleza política –y, debemos agregar, también económica–,
aun cuando estas, como las propias
identidades, no siempre estén
explícita y claramente definidas.
Por un
lado, paralelamente a su
naturaleza política –en una especie
de “empoderamiento” que conceden
a los gru- pos sociales que las construyen–, las identidades, en un mun-
do de
creciente precarización socioeconómica, se revelan también como un
recurso por excelencia en la búsqueda de un mínimo de reconocimiento: se
proyecta una identidad teniendo en vista
romper con la indiferencia y el “desconoci- miento” que la
masificación (en especial, aunque no única- mente, la de la pobreza)
promueve.
También
el aumento de la violencia y la proliferación de las pandillas o de las mafias hoy pueden ser vistos como
una forma de buscar algún tipo de reconocimiento, aun cuando ello se exprese a través de la pretendida fuerza física y/o a través de las acciones violentas que sus individuos manifies- tan. Todos ellos acaban
organizándose en torno de una de-
terminada identidad de grupo que, en algún momento, pue- de afirmarse –es decir, combatir la “indiferencia” con que
es tratada– por el camino de la violencia y de la incitación del
miedo. O que muchas
veces implica –y se fortalece
por– la propia definición de
territorialidades específicas.
En
el sentido económico, la mercantilización de nuestro tiempo también es un factor
de creciente promoción de las dinámicas de identificación social. Como
se sabe, son los pro- pios circuitos de
la globalización capitalista los que
promue- ven, muchas veces, la exacerbación de las diferencias, buscan- do
también alimentar nuevos nichos de mercado y, en el caso de las identidades más
estrictamente territoriales, “vender” el propio espacio, a través del marketing de paisajes (más
explí- cito cuando son estos acoplados a los mercados inmobiliario y turístico)
urbanos, regionales o aun nacionales (sin hablar
Viviendo
en el límite:... 53
de
los “patrimonios de la humanidad”, puesto
cada vez más disputado en el mercado simbólico de los lugares). Casi
siem- pre se vende más la imagen
que las condiciones objetivas y
materiales que el territorio efectivamente posee.
Así,
la identificación social, en tanto producción de dife- rencias, es construida tanto para
afirmar los procesos de do- minación como para fortalecer los
movimientos de resistencia
–y
estos no se encuentran obligatoriamente disociados–. Un mismo
movimiento, como el movimiento
negro o el homo- sexual, puede ser visto, al mismo tiempo, como
resistencia a la sociedad
dominada por la cultura blanca, europea, hetero- sexual y como un
instrumento de mercantilización a través del fortalecimiento de un nuevo
nicho específico de consumo.
Si
la “diferencia/identidad” incorporada como
valor de cambio “vende” –y de esta manera también produce desigual-
dad–, algunos pueden tener, o mejor, pueden ser capaces de producir o de disponer
de un capital simbólico más poderoso que otros.
Este capital simbólico (Bourdieu, 1989) se puede tornar aún más eficaz cuando se hace uso de determinados referenciales
territoriales para fortalecerse.
En
este caso se encuentran los famosos
“certificados de origen” o de “denominación de origen controlado” de pro- ductos, “procedencia” u “origen” de carácter
geográfico, obviamente, que hoy
asocian producción de una identidad territorial –pautada,
pretendidamente o no, a través de in-
dicadores “objetivos” de origen– y agregación de valor
de cambio. Como si la confirmación de un determinado origen
–y
tan solamente ello– pudiese,
automáticamente, agregar valor a un producto.
Por
lo tanto, tiende a ampliarse todo un
debate en rela- ción con este pasaje –no siempre claro– de una identidad
territorial que promueve el reconocimiento de un
grupo, que le agrega poder político
y “valor simbólico” (y, así poder en tanto grupo cultural), a una identidad que
es, al mismo tiempo, construida según
intereses económicos, capaces de
54 Rogério Haesbaert
transformar
con facilidad un valor simbólico, cualitativo, incomparable, en valor de cambio, contable, y donde todo puede ser objeto de
compra y venta a través de un
mismo padrón de comparación y referencia: el dinero.
La
búsqueda frenética y poco reflexionada
de nuestras “raíces identitarias” o de
nuestros “valores culturales” –mu- chas
veces, aunque de forma inconsciente,
anclada en el in- terior de fuertes
intereses mercantiles– ha sido siempre
un cuchillo de doble filo. Puede
llevarnos a un fortalecimiento como
grupo, a través de un
mayor reconocimiento social
frente a los “otros” con quienes nos relacionamos. Pero tam- bién puede
llevarnos a un empobrecimiento, justamente por impedir o intentar evitar el
contacto y el intercambio cultu- ral, lo que
promueve una especie de “ensimismamiento” o de “guetización” social conservadora.
Mientras tanto,
más allá de sus implicancias más estricta- mente mercadológicas, en este
tiempo de crisis de valores en
el que aparecen con vigor discursos que
interpretan el mundo como una especie de “refortalecimiento de la
ilusión identitaria” (como por ejemplo en la polémica propuesta por Samuel Huntington y sus “fracturas” entre grandes civiliza- ciones como fuente
prioritaria de conflictos), es también un tiempo que puede ser definido –como hacen otros
tantos discursos– por la movilidad
y por el “hibridismo” o mezcla de
identidades.
Hibridismo:
ambivalencia y antropofagia
Cuando
hablamos de un proceso de “hibridismo cultural” como marca mayor de la
globalización contemporánea o, por el contrario, de la esencialización identitaria por parte
de grupos fundamentalistas,
tenemos que ser muy cuidadosos. Es preciso historizar y geografizar mejor
nuestra concepción del hibridismo –o, para valorizarla más como proceso, de la
hibridación– y reconocer, sobre
todo, los diferentes sujetos que
la producen y los contextos geopolíticos en los que ella
Viviendo
en el límite:... 55
se
realiza y en los que circula
su debate, un poco como
en las “geometrías del poder”
propuestas por Massey (1994) a
fin de complejizar las relaciones en las que se produce la “compresión espacio-tiempo”
y las distintas accesibilidades y velocidades
de nuestro tiempo.
En
primer lugar, es interesante situar el hibridismo en el marco de sus raíces latinoamericanas, concibiendo a
Améri- ca Latina, muchas veces, como
un “continente híbrido” por excelencia –sino en la práctica, al menos
ampliamente en el campo
discursivo–.3 No es por casualidad que, en
América Latina, tenemos algunos de los principales representantes de
este debate, especialmente en la intersección entre los estu- dios culturales y
los estudios literarios. Así, por
ejemplo, Wal- ter Mignolo (2003), en su discurso poscolonial, defendió una
episteme o “gnosis liminar”; Fernando Ortiz
(1973) y Ángel Rama (1982) desarrollaron el concepto de
transculturación; Édouard Glissant (2005), a partir de la mirada
caribeña, defendió la “criollización”
americana (y mundial); y Néstor García
Canclini (1997) analizó nuestras “culturas híbridas”, sin dejar de hacer mención al trabajo más amplio
de clásicos como Gilberto Freyre
y Darcy Ribeiro. Según Young:
El
hibridismo transforma (...) la diferencia en igualdad y la igualdad en
diferencia, pero de forma tal que la igualdad no sea más lo mismo, y lo
diferente no más simplemente lo dife- rente. (...) quebrar y reunir al mismo
tiempo y en el mismo lugar: diferencia e
igualdad en una aparentemente imposi-
ble simultaneidad. (Young, 2005: 32)
3 Glissant prefiere ser más preciso
geográficamente y distinguir una “Euroamérica” que incluye, además de casi la
totalidad de la llamada América anglosajona (Canadá y Estados Unidos, menos el
sur), partes del “Cono Sur” chileno-argentino (al cual podríamos agregar
Uruguay y el sur de Brasil), y una “Neo- américa” o “América de la
criollización” (y del hibridismo), que “comprende el Caribe, el nordeste de
Brasil, las Guayanas y Curazao, el sur de los Estados Unidos, la costa caribeña
de Venezuela y de Colom- bia, y una gran parte de América Central y de México”
(2005: 16).
56 Rogério Haesbaert
La
ambivalencia es, así, una marca inmanente de los pro- cesos de hibridación.
Sin embargo, es el propio Young quien, a pesar de proponer una lectura más posestructuralista, más “dialógica” que
propiamente dialéctica de la cuestión, se refie- re al hibridismo tanto como
una “fusión” como una
“articu- lación dialéctica”. Este “hibridismo doble”, afirma Young refi-
riéndose a Rushdie, “fue considerado un
modelo que puede ser utilizado por las
formas de sincretismo que caracterizan a todas
las culturas y literaturas
poscoloniales” (Young, 2005:
29).
Puede afirmarse que el
hibridismo opera simultánea- mente de
manera doble, “‘orgánicamente’,
hegemonizando, creando nuevos espacios, estructuras, escenas e, ‘intencional-
mente’, diasporizando, interviniendo como una forma de sub- versión,
traducción, transformación” (Young, 2005: 30).
A
su vez, para Stam, el discurso dominante sobre el hibri- dismo:
(...)
fracasa en los términos de discriminar entre las diversas modalidades de
hibridismo, tales como la imposición colonial (...) u otras
interacciones como la asimilación
obligatoria, la cooptación política,
el mimetismo cultural, la explotación económica, la apropiación de arriba
para abajo, la subver- sión de
abajo para arriba.
(Stam, 1999: 60; los destacados son nuestros)
Con
fines ilustrativos, cabe destacar que el
hibridismo de las identidades sociales en un contexto (pos)colonial cultural-
mente tan rico y matizado como el latinoamericano no es sim- plemente un
instrumento de ruptura con la “unidad” cultural del colonizador, que
desterritorializa tanto a los
grupos hege- mónicos (en un nivel más atenuado) como a los subalternos (en un nivel mucho más
violento), sino que representa tam- bién una
forma de resistencia y reterritorialización algunas
veces bastante rica, que recrea a través de la mezcla, nuevas formas de
construcción identitario-territorial.
Viviendo
en el límite:... 57
Algunas
sociedades y espacios viven el hibridismo de ma- nera más pronunciada, o se
encuentran más abiertos y/o son
forzados a intercambios culturales mucho
más intensos. El historiador cultural Peter Burke (2003), en un trabajo sobre el hibridismo, afirma que
este, cuando es impuesto, puede representar importantes pérdidas
culturales. Sin embargo, como debe ser
considerado siempre una vía de
doble mano, la hibridación también puede
transformarse en un instru- mento de innovación y/o de resistencia,
como fue muy cla- ramente defendido en
la visión “antropofágica” del escritor modernista brasilero Oswald de Andrade.
Por
este motivo pretendemos detenernos un poco en la in- terpretación de
aquello que proponemos denominar como “hibridismo
antropofágico”,4 un hibridismo de contextuali- zación
brasileño-latinoamericana, dotado de un sentido cla- ramente positivo, y que
fue pautado de forma pionera en la
lectura literario-filosófica de Oswald
de Andrade.
Para Oswald,
en su “Manifiesto
Antropofágico”, “solo la
antropofagia nos une” (Andrade, 1995:
47), tanto social como económica y filosóficamente.
Contrariamente a la vi- sión de los
colonizadores, con su “interpretación materialis- ta e inmoral” de la antropofagia, esta es, para él, una
visión del mundo, un Weltanschauung proveniente
de cierta “fase primitiva” de la humanidad y su rico
mundo espiritual:
Contraponiéndose,
en su sentido armónico y comunitario, al canibalismo que viene a ser la
antropofagia por gula y tam- bién la
antropofagia por hambre, conocida a través de la cró- nica de las ciudades
sitiadas y de los viajantes perdidos. La operación metafísica que se vincula al rito antropofágico es la de
transformación del tabú en tótem. Del
valor opuesto al
4 Un ejercicio interesante, que por
limitaciones de espacio no se nos permitirá realizar aquí, sería discutir esta
visión “antropofágica” a la luz de la noción de “hibridismo salvaje” de Homi
Bhabha (1998), reto- mada como “hibridismo cultural” por Alberto Moreiras
(2001).
58 Rogério Haesbaert
valor
favorable. La vida es devoración
pura. En este devorar que amenaza a cada minuto la existencia humana, cabe
al hombre totemizar el tabú. ¿Qué
es el tabú sino lo intocable, el límite? (Andrade, 1995: 101)
Romper
la “cultura mesiánica” del colonizador
con la cul- tura liminar, “antropofágica”, llamada “salvaje” de los pue- blos originarios es, en
síntesis, la proposición de Oswald de Andrade. Nada de fines preconcebidos,
teleología rumbo a la redención divina, sin embargo rehacer constante del otro
–y de sí mismo– por la “devoración pura”. Otra especie de “des- trucción
creadora” diferenciada de aquella
que se alimenta constantemente
deglutiendo la propia fuerza del otro.
En
otras palabras, el hibridismo como fuerza, la antropofa- gia como arma:
devorar es instigar a la recreación
constante, el brotar de un pensamiento mítico-poético indomable por el
utilitarismo, por la domesticación del pensamiento y por las identidades
eurocolonizadoras. Como sostuvo Maltz:
Destruir
para construir por arriba. Deglutir para, en lugar de tomar posesión
del instrumental del “enemigo”,
lograr com- batirlo y superarlo. Deglutir el viejo saber, transformándolo en materia prima
de lo nuevo (...) la
contrapartida de esta actitud de inercia
ideológica y cultural, de brutal asimilación que legitimaba la influencia extranjera, sería la
actitud an- tropofágica de “deglutir”
el saber europeo, “devorándolo”
no ya para incorporarlo de modo
mecánico sino para ab- sorberlo dialécticamente en el intento de
brasileñizar nues- tra cultura, otorgándole una
identidad. (...) desacralizar la herencia cultural del colonizador para
inaugurar una nueva tradición. (Maltz, 1993: 11)
Por
eso, algunos autores, como Helena, definen la antro- pofagia como “el
ethos de la cultura brasileña” (1983:
91). La antropofagia constituye así la
cara “positiva” del hibridismo
Viviendo
en el límite:... 59
–que, si por
un lado puede representar la destrucción y el
empobrecimiento de culturas pretéritas,
por el otro puede rejuvenecerlas y empujarlas hacia lo
nuevo, que también puede ser más rico–. “Totemizando” el
tabú, la sociedad an- tropofágica viola
lo intocable, rompe con los límites (o vive en los límites...), se
des-reterritorializa en un espacio donde la multiplicidad no es solo un
estorbo o un resquicio, sino
también una condición de existencia y de recreación no-es- tabilizadora de lo
nuevo.
La
“filosofía” antropofágica, sin duda,
anticipó el pensa- miento poscolonial, preocupado sobre todo
con la contex- tualización de las
epistemes por la naturaleza geohistórica de su producción
(al respecto, ver especialmente Mignolo,
2003).
Esta lectura cultural de los
procesos de hibridación/
antropofagización puede instigarnos a pensar, también, en un nivel más
concreto, en cómo articular espacios capaces de reproducir y/o de inducir a
esta condición subversiva. Pro- ponemos entonces retrabajar nuestro concepto de
“multi” o “transterritorialidad” (Haesbaert, 1996, 2001, 2004, 2008) a la luz
de los procesos de hibridación.
Hibridismo
y multiterritorialidad
El
espacio y el territorio, como sabemos,
más que refe- rentes mentales (“absolutos”) para nuestra
localización en el mundo o más que
simples objetos materiales en relación con nuestro entorno, son
constitutivos de nuestra propia existen-
cia, ya sea en su dimensión físico-biológica (en tanto “cuer- pos”, que para
algunos serían nuestro “primer territorio”), como en su dimensión
simbólico-social. De este modo, si
afirmamos que el hombre no es solamente un “animal terri- torial”, sino más
aún: un “animal multiterritorial”, que expe- rimenta diversos territorios al
mismo tiempo, esto significa que esta
dimensión espacial no es mero palco o
apéndice de la condición humana, sino una de sus dimensiones constitu- tivas
fundamentales.
60 Rogério Haesbaert
Es
importante aquí, presentar, aunque de
forma muy su- cinta, las distintas caras de la multiterritorialidad. Partimos de
un concepto menos parcelario del territorio; no lo defini- mos simplemente por
un recorte empírico, una “porción de lo real”, sino por una problemática y una
forma de abordar- la, o sea, por una
determinada “mirada” y, a
partir de aquí, al poner la atención
sobre un aspecto de la realidad, defen- demos que el
territorio es el espacio geográfico visto a partir de “poner el foco” en las
relaciones de poder, sea el poder en sus efectos más estrictamente materiales,
de carácter políti- co-económico, sea en su articulación más simbólica. De esta
manera, se busca abordar el territorio a
través de las rela- ciones de poder que
le son inherentes: desde un poder más
“tradicional”, de naturaleza estatal-administrativa, hasta su configuración más simbólica, donde la propia construcción identitaria es
vista, antes que nada, como un instrumento de poder (o, para utilizar un
término polémico, de “empodera- miento”) de los grupos y/o clases sociales.
Por
lo tanto, habría
(multi)territorialidades de mayor car- ga funcional y otras de mayor
carga simbólica, de acuerdo con la fuerza de las funciones y
de los significados que les son atribuidos por los diferentes sujetos sociales
en territorializa- ción. En el abordaje que se prioriza aquí, nos interesan más los territorios
dotados de fuerte significación,
pasibles de es- tar envueltos en
una “hibridación” en términos culturales. No podemos ignorar la
fuerte relación entre las formas polí-
ticas de gestión territorial y las
implicancias en términos de propensión que estas cargan a los fines de constituir formas culturales
más (o menos) híbridas de identificación social.
Por
lo tanto, la producción de culturas híbridas, tal como lo plantea García Canclini
(1997), significa también cons-
truir espacios de alguna forma “híbridos”, liminares o “fron- terizos” (como en
Tijuana, en la frontera entre México y
Es- tados Unidos, analizada
por él), territorios múltiples
cuyo diseño interfiere directamente en nuestras concepciones del
Viviendo
en el límite:... 61
mundo,
en la construcción de nuestras identidades sociales. La propia
multiterritorialidad contemporánea
puede, por lo tanto,
favorecer procesos de hibridación, sea por nuestra creciente movilidad física, que
articula más que un
territo- rio, como ocurre
con los migrantes en diáspora, sea
por la propia diversidad territorial in situ, como ocurre especial- mente en el cosmopolitismo
de las grandes ciudades globa- les. En ellas, en espacios relativamente
restringidos, algunas veces en un mismo barrio,
habita un número culturalmente
cada vez más diversificado de
grupos sociales.
La
multiterritorialidad, podemos decir, se
manifiesta de dos formas generales: una, de carácter más amplio, que pue- de
ser denominada como “multiterritorialidad lato sensu” o sucesiva, y que
envuelve la vinculación de múltiples territo - rios (zonales) articulados
en red,
lo que implica, para
los grupos sociales, un
determinado grado de movilidad física. Y
otra, de carácter más específico, que
podemos denomi- nar como “multiterritorialidad stricto sensu” o simultánea, y que involucra
territorios en sí mismos híbridos y/o
que permiten la articulación simultánea con otros
territorios (por mecanismos de
control informacional o virtual).
En el primer caso, nuestra hibridación es, digamos, inducida por
la movilidad; es fundamental
que vivenciemos el des- plazamiento físico para que
tengamos nuestra experiencia
–y
nuestro “control”– multiterritorial,
con la importante aclaración de que,
obviamente, no todos los que se mueven por
diferentes espacios,
obligatoriamente, viven de hecho una multiterritorialidad, más allá de
su carácter meramen- te funcional.
No
es simplemente porque tengamos mayor movilidad
o porque habitemos territorios (o lugares, en el amplio
abor- daje de la Geografía
anglosajona) cada vez más híbridos que,
automáticamente, estaremos vivenciando
un mayor hibridismo cultural e identitario. La burguesía planetaria,
por ejemplo, se desplaza mucho; sin embargo, casi siempre
62 Rogério Haesbaert
frecuenta
los mismos lugares, e ignora la inmensa diversidad cultural –y territorial– que
se extiende a su alrededor. Aquí y allí, ella puede hasta cruzarse con el “otro”; sin embargo, es como si este otro
estuviese invisibilizado, ya
que no se esta- blece ningún tipo de
diálogo o, cuando por obligación, este
se da (como en los servicios de los hoteles o restaurantes y en el comercio),
se trata de un contacto de carácter meramente funcional.
Por
otro lado, no es tampoco por habitar espacios re- veladores de
una gran diversidad
étnica que, automática- mente, estaremos vivenciando una multiterritorialidad
en el sentido cultural. Existe aquí
una importante distinción entre
su carácter potencial y efectivo. Podemos vivir en una ciudad altamente cosmopolita y culturalmente
múltiple, como Londres o Nueva
York y, sin embargo, negarnos a usufructuar esta
multiplicidad. En este sentido, podemos tener “múltiples [tipos de] territorios” sin construir allí,
efectivamente, una multiterritorialidad. Esta, implica tran- sitar y, sobre
todo, “experimentar” esta multiplicidad
de te- rritorios y territorialidades.
Esto
significa que las relaciones entre
hibridismo cultu- ral y multiterritorialidad no son biunívocas: podemos tener,
por ejemplo, una multiterritorialidad en un sentido funcio- nal sin que se promuevan allí experiencias de hibridación
cultural. Sin embargo, es interesante resaltar
que la mayor movilidad de nuestro tiempo, que afecta tanto nuestra mul- ti-territorialidad “sucesiva”
(que implica desplazamiento fí- sico)
cuanto “simultánea” (o “in situ”, en el
sentido de un lugar culturalmente múltiple
y/o de una “movilidad virtual” que
permite “controlar” territorios a distancia), es un ele- mento potencialmente favorecedor –y
mucho– de los procesos de hibridación.
Como lo habíamos indicado inicialmente,
no podemos olvidarnos que una forma de
territorialización también es aquella
que se realiza “en y
por el movimien- to”. Son innumerables
aquellos que hoy se identifican con
Viviendo
en el límite:... 63
esta
movilidad de tal forma que,
el territorio, tal como sus
identidades, es para ellos, construido
por la amalgama en- tre múltiples territorialidades distintas o –de
manera más “radical”–, por el propio “estar en movimiento” o “transitar
entre múltiples territorios”; lo que nos lleva, también, a pen- sar en una
especie de “transterritorialidad”.
El
hibridismo siempre abierto:
de
la transculturación a la transterritorialidad
A
una escala más personal (“subjetiva”), puedo ser amigo de un bengalí
musulmán en la British Library
en un con- tacto
que se reduce a la biblioteca y
su carácter funcional, en una relación básicamente entre funcionario y
usuario, y otra cosa muy diferente es
hacer amistad con su
familia y frecuentar su barrio en el este
de Londres. Aquí, a tra- vés del transitar efectivo por
múltiples territorios, podemos afirmar
que estamos produciendo una multiterritorialidad en el
sentido estricto o, bajo
un término probablemente aún más
adecuado, una transterritorialidad, pues ella impli- ca más que la simple
articulación de territorios diferentes, el tránsito entre ellos, su
imbricación debida a la frecuente movilidad
y, consecuentemente, un proceso de
identifica- ción que incorpora, de manera central, este ir y venir o
este “estar entre” territorios.
Así
como el hibridismo no es una
condición estancada, propiamente un
“estado”, sino un
proceso en incesante ir y venir
–o, en otras palabras, en constante
devenir –, la mul- ti o transterritorialidad también debe ser vista, sobre todo, dentro de un
movimiento de entrada, de
salida y, por lo tanto,
de tránsito entre diferentes territorios. Lo que más im- porta aquí
es la condición de posibilidad, siempre
abierta, de nuestra inserción en un “territorio ajeno” (que también pasa
así, de forma ambivalente, a ser “nuestro”), la apertura de estos territorios
que plantea permanentemente la posibi- lidad de entrar, salir y/o transitar por
estas territorialidades
64 Rogério Haesbaert
o,
si quisiéramos, esta condición de transitoriedad, en el sen- tido amplio, de eventualidad).5
Es
a partir de enfatizar esta idea de movimiento y de tránsito que, tal vez, el
término más apropiado sea construido no por el prefijo multi, sino por el prefijo
trans, como lo sugeríamos
hace ya más de una década
(Haesbaert, 1996, en la cita que abre
este texto). Y, ya que
estamos enfatizando esta dimen-
sión cultural de la territorialización, es importante establecer un
vínculo, aunque introductorio, con el
concepto, bastante próximo, de transculturación.
Según Mignolo,
ya en la década de 1940 y a
partir de la realidad cubana, el
sociólogo cubano Fernando Ortiz, sugi-
rió sustituir la terminología europea de
“aculturación”, pro- puesta por
Malinowski, por la de “transculturación”:
Mientras que la
aculturación contemplaba los cambios
cultu- rales en una única dirección, el aporte de la transculturación
estaba dirigido a llamar la atención hacia los procesos comple- jos y
multidireccionales que tienen lugar en la transformación cultural. (Mignolo,
2003: 233, los destacados son del autor)
Parafraseando
las palabras del propio Ortiz, Mignolo
des- taca que la transculturación:
expresa mejor
las distintas fases del proceso de
transición de una cultura a otra, ya que
este no consiste meramente en adquirir otra cultura, que es lo
que implica realmente la
5 Un trabajo reciente, que también desarrolla
de manera creativa la concepción de transterritorialidad, es el de Mondardo
(2009). Para corroborarlo él hace uso de la noción de “transitoriedad migrante”
(Goettert, 2008 [2004]) en el que la relación ambigua “transterritorial” del
migrante envuelve “la condición de pertenecer a dos (o más territorios) y no
pertenecer a ninguno”, caracterizada por la “translocalidad del migrante”,
situado “en la frontera entre lugares”, siempre al mismo tiempo “aquel que fue”
y aquel “que permanece”, entre el espacio que perdió, que no le pertenece más y
aquel al cual, de alguna forma, debería pertenecer pero que aún le resulta
extraño (Mondardo, 2009: 90, los destacados son del autor).
Viviendo
en el límite:... 65
palabra
(....) aculturación, sino que supone necesariamente la pérdida y el
desenraizamiento de una cultura anterior, que podría definirse como desculturación. Además, incor- pora
la idea de creación consecutiva de nuevos
fenómenos culturales que podrían
denominarse neoculturación (…) el retoño
siempre cuenta con algo
de ambos progenitores siendo siempre, no obstante, diferente a cada
uno de ellos. (Ortiz, citado en Mignolo,
2003: 235)
Es
posible hacer aquí, claramente, una analogía entre esta definición de
transculturación y la de (trans)territorializa- ción. Mientras
que la primera es vista como producto del juego entre desculturación y neoculturación, los
procesos geográficos de
(trans)territorialización resultan de la imbri- cación entre
desterritorialización y re (o “neo”, para ser fieles a Ortiz)
territorialización. Aunque Moreiras
parta del con- cepto de hibridismo, afirma, en este mismo sentido,
que:
El
concepto de hibridismo es complejo y particularmente su- gestivo porque puede
ser usado para agrupar fenómenos que derivan tanto de la
territorialización como de la desterritoriali- zación. En el caso de la última,
el hibridismo se refiere a los pro- cesos de pérdida de posiciones previamente
determinadas (es decir que el hibridismo aumentaría en el mundo de hoy porque
hay desculturación y esta es una pérdida bruta,
irremediable). En el caso de la primera, el hibridismo se refiere a la
positividad que tal pérdida
implica, estructural o
constitutivamente (no hay desculturación
sin reculturación), y la reculturación puede llegar a producir –bajo ciertas
circunstancias– una amenaza a la propia economía del sistema). La
reterritorialización híbrida y la desterritorialización híbrida son entonces
dos lados –dife- rentes– de la misma
moneda. (Moreiras, 2001: 342)
En
la década de 1970, desde el campo de los
estudios literarios, Ángel Rama
también desdobló el concepto de
66 Rogério Haesbaert
transculturación,
ahora enfatizando otra escala, la intra-
nacional. Mientras que Ortiz se interesó
en la formación “transcultural” de una
sociedad nacional –la cubana–, en
relación con el contexto del colonizador, el europeo, Rama destaca también las relaciones intranacionales: entre “el centro”
(“capital o puerto”, “vanguardista”, volcado hacia afuera) y “la
periferia” (o “la cultura regional
interna”, de tendencias más rurales,
volcadas hacia dentro).6
Se
abre así otro “ juego” espacial al que
podemos deno- minar “ juego de
escalas” (parafraseando el título del
libro de Revel de 1998), y dentro del cual igualmente se diseñan los
procesos denominados aquí de multi o
transterritoriali- zación. No se trata de una simple “acumulación” o “pasaje”
de una escala hacia otra, sino de su vivencia concomitante en términos que
recuerdan, un poco, lo que
Yves Lacoste llamó “espacialidad diferencial” (Lacoste, 1988).
Claro
que “diferencial” aquí está implicando,
no simple- mente una “diferencia de nivel” o “de grado” cuantitativa (de
una escala cartográficamente mayor y menos
importante a una
cartográficamente menor y más importante, por ejem- plo), sino la efectiva diferenciación
cualitativa (“diferencia de naturaleza”) a partir de la
nueva amalgama construida. En este
sentido, algunas
“multiterritorialidades” no representan más que una
diferencia de grado, como en la
organización multiterritorial de los Estados-nación, estructurados de modo
de “encajar” perfectamente
múltiples escalas dentro de un mismo orden político-territorial, que se extiende, por ejem- plo, del territorio del municipio (o
condado) al estado (o pro- vincia), de ahí al Estado-nación y, hoy, a los
bloques político- económicos,
especialmente en el caso de la Unión Europea.
6 Para un análisis de la perspectiva de Rama
del campo literario y sus repercusiones contemporáneas, ver Aguiar y
Vasconcelos (2004). Aunque los autores no se refieran a ella, desde un abordaje
más político podemos asociar la “transculturación” de Rama con la noción de
“colonialismo interno” desarrollada por González-Casanova (1965).
Viviendo
en el límite:... 67
La
alianza, digamos, entre hibridismo o
transculturación y multi o
transterritorialidad solo se da de hecho cuando un cambio
de territorio o de territorialidad implica efecti- vamente un
cambio de comportamiento y una mezcla
cul- tural. Lo importante aquí, finalmente, es no ver el espacio o el
territorio como simple reflejo de estos procesos de hibri- dación, sino como uno de sus elementos
constitutivos funda- mentales. No es
por casualidad que los espacios
transfron- terizos –o si quisiéramos, “liminares”–, se convirtieron en paradigmáticos, ya
que son mucho más sensibles a los pro- cesos de hibridación –tanto por
una dinámica que podría- mos considerar más “espontánea”, como por
“obligación” o “necesidad”–, ya
que mezclar identidades (nacionales, por ejemplo), es
también allí una estrategia7 de sobrevivencia.
Hibridismo
y (trans)territorialización: implicancias políticas
La
apertura y la movilidad territorial, que
algunos en for- ma equivocada asocian
estrictamente a los procesos de deste- rritorialización, tienen relevancia en el sentido que promue- ven los
intercambios culturales, los procesos de
hibridación y/o transculturación. El hecho de que estos movimientos resulten ser política
y socialmente positivos o negativos
es otra historia aunque se trate
de una historia nada desprecia- ble. Más
allá del debate en relación con su valor heurístico o conceptual, el hibridismo
y la multi o transterritorialidad se constituyeron muchas veces en una
especie de programa político. Como afirmó Nestor García Canclini:
Una
política es democrática tanto por
construir espacios para el reconocimiento y el desarrollo colectivos como por
susci- tar las condiciones
de reflexión críticas, sensibles
para que
7 Para Moreiras (2001) se trataría más de una táctica que de
una estrategia. Sobre este debate que en- vuelve la noción de “esencialismo
estratégico” de Gayatri Spivak (1988), ver especialmente Moreiras (2001:
336-337).
68 Rogério Haesbaert
sea
pensado lo que obstaculiza ese
reconocimiento. Quizás el tema central de las políticas culturales sea hoy cómo
construir sociedades con proyectos democráticos compartidos por to- dos sin que se igualen todos, donde la disgregación se eleve a
diversidad y las desigualdades (entre
clases, etnias o grupos) se reduzcan a diferencias. (García Canclini, 1997: 157)
¿Cuál
es, entonces, el tipo de hibridismo (o, si preferimos, de transculturación) que
deseamos promover? ¿Cuál es el tipo de
multi/transterritorialidad que permite estimular es- tos procesos “positivos” (o, en otros términos,
“antropofági- cos”, como se planteó aquí) de hibridación?
Retomando
las consideraciones que hicimos en el primer apartado de este trabajo, no
podemos olvidarnos que tam- bién el (discurso del) hibridismo está
de moda, y como todo lo que está de
moda, tiene alto “valor de cambio”. Como afir- mó Moreiras:
(...)
el hibridismo puede actualmente casi ser, en su aspecto preformativo [no
constativo], una especie de disfraz ideoló- gico para la reterritorialización capitalista. (...) Argumentar a favor del hibridismo,
contra la reificación de las identidades culturales, como una especie de
prescripción para la flexibili- dad perpetua, es exagerar su utilidad.
(Moreiras, 2001: 316)
Es
“bueno” ser híbrido, “mestizo”, créole,
porque esto “vende”, y vende porque nos
dicen que hace
bien realizar mezclas,
circular por territorialidades
diferentes, en fin, consumir el world hybrid, tal vez una nomenclatura que pue-
de sintetizar esta vertiente más
comercial y globalizada del hibridismo.
Solo seríamos efectivamente “globales”
si fuéra- mos “híbridos”. Aquí aparece otro elemento fundamental en este debate y en el cual pocos
parecen reparar: depen- diendo de
la escala en la que
es abordado, el hibridismo adquiere rasgos e implicancias políticas
distintas. Hablar de
Viviendo
en el límite:... 69
hibridismo
(o transculturación) “local”, “regional” o “nacio- nal” no es lo mismo
que hablar de hibridismo continental
(“latinoamericano”), y menos aún global, como
uno de los rasgos básicos de una
identidad mundializada.
Como
parte de la propia lógica “flexible” del
capitalismo, solo sería bueno aquello
que es móvil, efímero, abierto a los cambios y a la mezcla constantes
(para ser consumido [pero no antropofágicamente “deglutido”] de nuevo). Sin
embar- go, como ya nos advertía el gran
“teórico de la velocidad” (o de la
“dromología”), Paul Virilio, en un sentido más amplio:
(...)
siempre se dice que la libertad
primordial es la libertad de movimiento. Es verdad, sin embargo no lo es la
velocidad. Cuando se está demasiado apurado, se está enteramente des- pojado de sí mismo,
se aliena totalmente. Es
posible, por lo tanto,
una dictadura del movimiento
[a lo que podríamos agregar: y una alienación del territorio]. (Virilio,
1984: 65)
Como
complemento a lo que hemos dicho hace poco, lo que importa no es solo el “estar
en movimiento” (aunque algunos grupos
sobrevaloren esta condición), sino la posibilidad que tenemos de
desencadenar este movimiento cuando lo precisa- mos –o, de forma más libre, cuando querramos–. De hecho, “la
libertad primordial” de ser, como indica
Virilio, “la liber- tad de movimiento”, no significa que tengamos que
estar, obli- gatoriamente, siempre, en movimiento. Es como si defendiése- mos
la movilidad, el hibridismo y la multi-transterritorialidad de tal forma que ellas se tornasen así compulsorias.
“Conde- nados” al hibridismo y/o al
tránsito entre territorios podría- mos, en el extremo, perder cualquier punto
de referencia más estable,
imprescindible, de cierta
forma, a nuestra condición de
humanos; humanos que no tienen la
“obligatoriedad” de un mismo comportamiento socioterritorial el tiempo entero,
porque la imbricación entre movimiento y reposo
constituye una presencia permanente en nuestras vidas.
70 Rogério Haesbaert
De
forma amplia, es lo que indica también esta expresión contundente de Cornelius
Castoriadis:
(...)
un sujeto no es nada si no es la creación que él protagoni- za de un mundo en
clausura relativa (...) Esta creación
siem- pre creación de una multiplicidad (...) Esta multiplicidad se despliega siempre
de dos modos: el modo de lo
simplemente diferente, como diferencia,
repetición (...) y el modo de lo
otro, como alteridad, emergencia,
multiplicidad creativa, imaginaria o poiética.
(Castoriadis, 1990: 248)
El
discurso dominante hoy sobre el hibridismo/transcultura- ción y sobre la multi
o transterritorialidad, ligado muchas veces a la concepción de una movilidad
irrestricta, debe ser tomado con cautela,
pues la “creación” de un tiempo
nuevo, la “emergencia creativa, poiética”, a la que alude Castoriadis,
proveniente de esta multiplicidad, incluye siempre, también, de algún
modo, la pre- sencia de una alteridad, y
esta solo puede existir en el ámbito de un relativo cierre, de “un mundo... en
una clausura relativa”.
No
podemos olvidarnos que la tesis según la
cual vivimos
–o
según la cual debemos vivir– en un
tiempo de apertu- ra y de movilidad
indiscriminadas fue propagada también por el economicismo neoliberal, como si fuese parte de un paradigma inexorable: apertura de mercados, apertura –o mismo “fin”– de fronteras, “Estado mínimo” en sus
formas de control (que son, siempre, también territoriales), flujos
financieros instantáneos y globalizados... La reciente crisis financiera
global vino a zanjar la cuestión en esta boutade, defendiéndose y recurriéndose,
con toda fuerza, a las nuevas formas
de intervencionismo estatal.
En verdad, bien
sabe- mos, el propio capitalismo
vive de la intercalación de mo- mentos de mayor fluidez
y apertura y momentos de mayor estancamiento y cierre.8
8 Al respecto, ver la interpretación sobre la
historia del capitalismo de Arrighi (1996).
Viviendo
en el límite:... 71
Aun
en un mundo en el que la metáfora del nomadismo se convirtió casi en un lugar común, la gran movilidad
y la hibridación cultural, obviamente, no rigen la vida de todos; por el contrario, lo que
vemos hoy es, hasta de cierta forma, muchas
veces un proceso inverso, con un conjunto creciente de restricciones a
la movilidad, principalmente en lo que
se refiere a la movilidad de personas, y que tiende a fortalecer- se
frente a la actual crisis económica global.
La
apertura –relativa– para mudar y, así, fortalecer nuestra autonomía, es muy
diferente de la apertura –permanente, casi absoluta– para
no desarrollar lazos en una especie
de noma- dismo irrefrenable. De la misma forma, cerrarse (tácticamen-
te) para resistir es muy diferente de cerrarse –indefinidamen- te– para aislarse lo máximo posible
del contacto con el otro. La gran
cuestión no es optar por la
apertura a la transcultu- ración, al
hibridismo “antropofágico”, a la multi/transterrito- rialidad, frente al cierre
identitario, a la monocultura (!) y a la uniterritorialidad, porque las
culturas aisladas y los territorios completamente cerrados, de cierto modo,
nunca existieron. De hecho, culturas
completamente abiertas al
intercambio, a la hibridación, nunca fueron producidas; sería como decre- tar, al extremo, su propia
desaparición. Mientras tanto, convi- ven
formas muy distintas en este juego de apertura y (relativo) cierre, hibridación y (pretendida) esencialización.
No
se trata, pues, de apertura o cierre, de hibridismo o esen- cialización. En el
inmenso conjunto de situaciones y contextos geohistóricos, se diseña
siempre la posibilidad de lo múltiple;
múltiple no solo en el sentido de “vivir en el límite”, a través de las/en las
fronteras, sino también en el sentido de la posi- bilidad, siempre abierta,
de transitar por diferentes culturas
y por diferentes territorios. Políticamente, más importante que concebir
nuestra vida y nuestras identidades como intrínseca- mente “híbridas” y “multi” o “transterritoriales” es la
certeza de, si y cuando nos produzca placer
tendremos a nuestra dis- posición
la alternativa de mudar de territorio, experimentar
72 Rogério Haesbaert
otras
formas de identificación cultural, intercambiar valores; y que nadie
nos obligará ni a la permanente
hibridación, ni a la constante movilidad
dentro de la enorme multiplicidad territorial de nuestro tiempo.
Como afirmaron Gatens y Lloyd (1999: 78), de un lado se encuentra
“la libertad crítica para cuestionar y desafiar en la práctica nuestras formas culturales
heredadas; del otro, la aspi- ración por
pertenecer a una cultura y a un lugar y, así, sentirse en casa en este mundo”.
Por transitoria que parezca la cons- trucción contemporánea de
“identidades” y “territorios”, casi siempre fruto de mezclas inusitadas, si la
quisiéramos “madura” y mínimamente reflexionada o reflexiva, vendrá acompañada también de cierta duración o
“tiempo”, y su dilapidación se dará siempre por la constatación y/o invención
de otro. Pero un otro no solo para reconocernos –y producir– en tanto diferentes, al transitar por “nuestros” territorios,
sino también para compar- tir plenamente con nosotros, al construir y practicar
territorios de uso y apropiación efectivamente colectivos, comunes.
Es
en este sentido que debemos hablar de un espacio-tiempo siempre “alternativo”; no solo en el sentido de
representar una alternativa, la creación de lo nuevo, sino también de permitir alternancias:,
alternancias entre lo más y lo menos híbrido, en- tre lo más y lo menos
abierto, entre lo más y lo menos duradero. Un espacio-tiempo, finalmente, que
vincule el intercambio, la extroversión y la movilidad con los igualmente imprescindibles
recogimiento, introspección y reposo. Y
el pretendido “equili- brio” entre estas dimensiones solo puede ser valorizado
a través del riguroso trabajo empírico y
de la consideración de las múl- tiples necesidades e intereses en juego para
cada sujeto, grupo y/o clase social a la que nos estuvimos refiriendo.
Viviendo
en el límite:... 73
Bibliografía
Aguiar,
F. y Vasconcellos, S. 2004. “O conceito de transcultu- ração na obra
de Ángel Rama”, en Abdala Jr., B. (org.). Margens da cultura:
Mestiçagem, hibridismo e outras misturas. San Pablo, Boitempo, pp. 87-99.
Andrade,
O. 1995. A Utopia antropofágica. San Pablo, Globo. Arrighi, G. 1996 [1994]. O longo século XX. Río
de Janeiro,
Contraponto
y San Pablo, EdUNESP.
Bayart,
J. F. 1996. L’Illusion identitaire. París, Fayard.
Bhabha,
H. 1998. O local da cultura. Belo Horizonte, EdUFMG. Bourdieu, P. 1989. O poder
simbólico. Lisboa, Difel y Río de
Janeiro, Bertrand Brasil.
Burke,
P. 2003. Hibridismo cultural. San Leopoldo, Editora da
Unisinos.
Castoriadis,
C. 1990. Le monde morcelé: les carrefours du labyrinthe
III.
París, Seuil.
García
Canclini, N. 1997 [1989]. Culturas híbridas. San Pablo, Editora da USP.
Gatens, M. y Lloyd,
G. 1999. Collective imaginings: Spinoza, Past and Present.
Londres-Nueva York, Routledge.
Glissant,
E. 2005 [1996]. Introdução a uma poética da diversida- de. Juiz de Fora,
Editora da UFJF.
Goettert,
J. 2008 [2004]. O espaço e o vento:
olhares da migração gaúcha para Mato Grosso de quem partiu e de quem ficou. Do-
rados, Editora UFGD.
González-Casanova,
P. 1965. “Internal colonialism and na- tional
development”. Studies in Comparative International Development 1, (4),
pp. 27-37.
74 Rogério Haesbaert
Haesbaert,
R. 1996. “O binômio território-rede e seu signifi- cado político-cultural”, en
A Geografia e as transformações globais:
conceitos e temas para o ensino (Anais do Encontro “O ensino da Geografia de 1o e 2o
Graus frente às transformações globais”). Río de Janeiro, UFRJ, pp. 1769-1777.
–––––.
2001. “Da desterritorialização à multiterritorialidade”, en Anais do IX
Encontro Nacional da ANPUR. Río de Janei- ro, ANPUR.
–––––.
2002. Territórios alternativos. Campinas, Contexto y Ni- teroi, EdUFF.
–––––.
2004. O Mito da desterritorialização. Río de Janeiro, Ber- trand Brasil.
–––––.
2008. “Território e multiterritorialidade: um debate”.
GEOgraphia,
17, pp. 19-45.
Helena,
L. 1983. Uma literatura antropofágica. Fortaleza, UFC. Kraniauskas, J. 1992.
“Hybridism and reterritorialization”.
Travesía,
1, (2), pp. 143-146.
Lacoste, Y.
1988. A Geografia serve,
antes de mais nada, para fazer a
guerra. Campinas, Papirus.
Lévi-Strauss,
C. 1995 [1977]. L’Identité. París, Presses Univer- sitaires de France.
Maltz,
B. 1993. “Antropofagia: rito, metáfora e
pau-brasil”, en Maltz, B.; Teixeira, J.
y Ferreira, S. Antropofagia e tropi-
calismo. Puerto Alegre, Editora da
UFRGS, pp. 9-15.
Massey,
D. 1994. “A global sense of place”, en Space, place and gender. Cambridge,
Polity Press, pp. 146 -156.
Mignolo, W. 2003. Histórias locais/Projetos globais:
colonialida- de, saberes subalternos e pensamento liminar. Belo Horizonte,
Editora da UFMG.
Viviendo
en el límite:... 75
Mondardo,
M. 2009. Os períodos das migrações:
territórios e iden- tidades em
Francisco Beltrão/PR. Disertación de Maestría. Dourados, Programa de Posgrado
en Geografía, Univer- sidad Federal de
Grande Dourados.
Moreiras,
A. 2001. A exaustão da diferença: a política dos estudos culturais
latino-americanos. Belo Horizonte, EdUFMG.
Ortiz,
F. 1973 [1940]. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.
Barcelona,
Ariel.
Rama,
A. 1982. “Literatura y cultura”, en
Transculturación narrativa en América Latina. México, Siglo Veintiuno, pp.
11-56.
Revel,
J. 1998. Jogos de escalas. Río de Janeiro,
Fundação Ge- túlio Vargas Editora.
Spivak,
G. 1988. “Subaltern studies: Deconstructing historio- graphy”, en Guha, R. y
Spivak, G. (orgs.). Selected subaltern studies. Nueva York, Oxford University
Press, pp. 3-32.
Stam,
R. 1999. “Palimpsestic aesthetics: a
meditation on hibridity and garbage”,
en May, J. y Tink, J. Performing hibridity. Minneapolis-Londres,
University of Minnesota Press, pp. 59-78.
Tomlinson,
J. 1999. Globalisation and culture. Chicago,
Chica- go University Press.
Virilio,
P. 1984. Guerra pura. San Pablo, Brasiliense.
Young,
R. 2005 [1995]. O desejo colonial. San Pablo, Perspectiva.
76 Rogério Haesbaert
Alteridentidad:
estrategia espacial y cultura política
Jacques
Lévy 1
Durante
mucho tiempo, los geógrafos han oscilado
en- tre dos actitudes epistemológicas. La primera puede ser denominada
ecológica. De inspiración predarwiniana,
esta orientación otorgaba un poder
explicativo determinante a un ambiente estable, cuya concepción derivaba de la noción de medio natural. La segunda actitud formaba parte
de un paradigma socioeconómico que representaba al espacio solo como una
tela en la que se proyectaban estructuras no espa- ciales, también estables.
Tanto el naturalismo como el estruc-
turalismo han demostrado sus debilidades
y, quizás, aparez- can como recursos
teóricos agotados. Muchos
investigadores reconocen hoy que,
por un lado,
las sociedades tienen sus lógicas propias entre las cuales la de la espacialidad merece
ser explorada, y que, por otro,
ellas son animadas por acto- res
múltiples de variados tamaños, capaces
de desarrollar sus propias
intencionalidades, competencias y estrategias.
En
el caso de las elecciones, algo cambió de forma es- pectacular en muchos países cuando la mayoría de los ciu- dadanos tuvo la posibilidad de
incluir la localización de su
1 Escuela Politécnica Federal - Lausanne
(Suiza).
77
residencia
entre sus decisiones estratégicas. En
este contex- to, el voto, como opción estratégica, puede ser relacionado
con otra
opción, como lo es el acto de
escoger si se va a residir, e inclusive
a habitar, acá o allá. Ambas decisiones pueden ser consideradas
expresiones de una identidad so- cial en
general. Más específicamente, ambas comprometen métodos variados orientados al
“ser en conjunto”, al “hacer sociedad”,
métodos que el “mercado” político,
electoral y no electoral supuestamente ofrece.
En
este sentido, muchas de las elecciones
que se celebra- ron en las últimas
décadas en Europa mostraron que la loca- lización de los electores en un lugar
definido por su gradien- te de urbanidad
(centro, suburbio, periurbano, ex urbano o infraurbano) se revela fuertemente
predictiva de los re- sultados del voto, muchas veces más predictiva que las agru- paciones
socio-profesionales clásicas o que los recortes re- gionales. Los centros
urbanos aparecen como lugares donde simultáneamente se observa, algunas veces y
contrariamente a lo que la intuición
llevaría a suponer, el nivel máximo de
mezcla social y un rechazo de los partidos tribunitiens2 (ex- presión inventada por el politólogo Georges Lavau [1969]), es decir prostestateurs-populistes.3 Ese concepto se inscribe en una
reflexión que Hannah Arendt (1974) desarrolló en su análisis del totalitarismo y que, de forma
literaria, fue cardi- nalmente explorado en la novela de Julio Cortázar, Los pre- mios (1960). Por un lado,
la democracia es una
variante de lo político y representa la esencia misma de lo político. Sin embargo, por otro
lado, la democracia puede
volverse un arma contra lo político.
Diciendo esto, no quiero solamente evocar el modo
de acceso al poder sino
también el hecho de que estos
movimientos se pretenden
representantes de la democracia
verdadera en contraposición a la democracia
2 La expresión tribunitien/tribunitienne de
Lavau se refiere a ofrecer una tribuna a los “sin voz” (N. de los Eds.).
3 En castellano, partidos populistas y/o que
representan el voto de protesta (N. de los Eds.).
78 Jacques Lévy
“formal”,
“corrupta”, “burocrática” o “burguesa”.
Esto acon- tece cuando el carácter abstracto, sistémico, contradictorio con el proyecto de un intercambio directo (lo scambio como se
dice para definir el clientelismo en Italia) es rechazado. La
democracia, particularmente la democracia directa, pue- de servir de
palanca para destruir la sociedad política
como aconteció con el fascismo y con el comunismo.
Por
otra parte, podemos utilizar el
neologismo alteridenti- dad, para referirnos a la aceptación voluntaria por
parte del individuo de ser expuesto a
una alteridad social sustancial y, a
partir de ahí, desarrollar una
estrategia espacial basada en la búsqueda de una urbanidad máxima sobre
la opción política de un
“progresismo posmaterialista”.
La
noción de posmaterialismo fue propuesta por Ron In- glehart (1977). Este
autor considera que estamos
viviendo una “revolución silenciosa” con la emergencia de sectores
socio-políticos que no buscan prioritariamente la acumula- ción de
bienes materiales, sino una
construcción personal que supone
intensas interacciones productivas con
ambien- tes sociales ricos en
bienes sistémicos, es decir,
producidos por la sociedad entera como
la educación, la cultura, la na- turaleza o la urbanidad.
Se
entiende, entonces, que la relación con lo político no es ortogonal, es decir, que no
es metodológicamente indepen- diente de la relación con el espacio. Podemos
identificar dos grandes posturas político-geográficas radicales: la primera se
encuentra bien encarnada en el apartheid sudafricano (1948-
1994),
y la segunda, en la ciudad
individual-societal que, si
bien no
existe, por lo menos
encuentra algunos elementos
representativos en el modelo “europeo” de urbanidad. La pri- vatización del
espacio, típica de la suburbia estadounidense de la segunda mitad del siglo XX
o, en general, de la ciudad sin espacio
público, aparece como una versión “aceptable”
de la primera actitud en el sentido que traduce de forma práctica la
retracción de un espacio común que puede, a pesar de todo,
Alteridentidad:
estrategia espacial y cultura política
79
existir
en ciertas zonas con ese tipo de configuración. Sin embargo, se destaca nítidamente que allí se encuentran las fuerzas latentes para
una radicalización del planteo.
Los ex urbanos estadounidenses o los periurbanos europeos, cuan- do se
manifiesta una cierta confusión en el escenario público (Öffentlichkeit),
pueden adoptar posturas agresivas como
los personajes de Cortázar.
Quisiera
ilustrar este planteo con el análisis de las eleccio- nes que tuvieron lugar en
Francia en el año 2007. Del 22 de abril
al 17 de junio, Francia vivió cuatro
vueltas de elecciones nacionales ricas en acontecimientos sorprendentes
y en des- encadenantes inesperados (Andrieu y Lévy, 2007). Tres me- ses
después del fin de esa secuencia se
puede pensar que es posible
realizar reformas en un país
donde esto parecía im- posible y de superar bloqueos que todos reconocen que
esta sociedad pudo sobreponer más que ninguna. Esta compro- bación se entiende a una escala temporal específica, la del calendario y la de la agenda de la
vida política institucional, del sistema
político, en el cual la escansión de los ejercicios electorales estructura
cualquier periodización. Ahora bien, el
análisis geográfico de los resultados permite la aparición de una temporalidad distinta, que se
caracteriza por su re- lativa
continuidad a través de varias décadas y
que, además, no encaja fácilmente en los modelos explicativos “ecológico” o
“socio-espacial” a los que me
referí antes. Esa evolución puede ser definida por tres
tendencias (ver Mapa 1).
80 Jacques Lévy
Mapa
1
Primera
vuelta de la elección presidencial de 2007. Resultado de los candidatos
tribunitiens
Porcentaje
de votos a favor de los 0
tribunitiens
por comuna*. 18
22
26
Superficie
de las áreas 30 proporcionales a
la población de 35
1999
(en millones de habitantes). 70
500 100
Límite
del polo urbano**
Límite
de departamento
Primera
vuelta de la elección presidencial de
2007. Resultado de los candidatos tribunitiens.
*
Los tribunitiens agrupan los votos de Schivardi, Besancenot, Laguiller, Bové,
Buffet, De Villiers, Nihous y Le Pen.
**
Definición del INSEE (Instituto Nacional de Estadística y Estudios
Económicos)
La
primera tendencia demuestra la notable oposición geográfica, y que se refuerza en cada elección, entre parti- dos de gobierno y
partidos tribunitiens. Los primeros pierden su influencia de manera creciente a medida que se va del centro hacia las márgenes (ver Mapa
1). El resultado del año
2002
(en el que el líder de la
extrema derecha alcanzó la segunda
posición y calificó para la segunda vuelta) se veri- fica en un
contexto de reflujo de las corrientes
que reflejan el voto de protesta (con un total de 22,8% en comparación con el
37,2% o el 43,7%, según el modo de
cálculo, en el año
2002).
En el año 2007, la expresión espacial aparece aun más estilizada. Así, los
electores de las zonas centrales demostra- ron
su rechazo hacia los movimientos populistas mientras que el centro de
gravedad del voto tribunitien se
desplazó del periurbano interno al
periurbano externo, digamos, hacia las
configuraciones “hipourbanas” (ex-urban); es decir, di- sociadas de las áreas
urbanas no solamente desde el punto de
vista morfológico (lo que había caracterizado el voto de
2002)
sino también funcional. En realidad, en varias regio- nes del Rust Belt
(Cinturón Industrial) francés, en el norte y en
el nordeste, existe un
continuo entre el periurbano y los gradientes de urbanidad inferior,
hipo o infraurbano. Y fue precisamente
en esas regiones donde el voto tribunitien aumentó su carácter periférico
aun en 2007. En todo caso, no cabe duda de que el papel discriminante del nivel de ur- banidad fue,
en 2007, más fuerte aun que en 2002.
La
segunda tendencia muestra que, entre las familias polí- ticas “de gobierno”, se
manifestó una influencia creciente de la izquierda en relación con la derecha
en los centros de las ciudades (ver Mapa 2). Se trata de un fenómeno que ha
sido señalado en 1986 y que se confirma de elección en elección.
82 Jacques Lévy
Mapa
2
Segunda
vuelta de la elección presidencial de 2007. Nicole Sarkozy contra Ségolènne
Royal.
Porcentaje
de votos a favor de
S.
Royal por comuna.
Superficie
de las áreas proporcionales a la población de
1999
(millones de habitantes).
0
43
47
50
53
60
100
500 100
Límite
del polo urbano*
Límite
de departamento
Segunda
vuelta de la elección presidencial de
2007. Nicole Sarkozy contra Ségolènne Royal
*
Definición del INSEE (Instituto Nacional
de Estadística y Estudios
Económicos).
Finalmente,
se observa un desplazamiento de las zonas de fuerza y de debilidad entre estos mismos partidos.
El Medi- terráneo “pasa” de la izquierda hacia la derecha, la Bretaña y el
oeste, de la derecha hacia la izquierda. En el sudoeste, la izquierda se
mantiene, mientras que en la cuenca
parisina (fuera del área metropolitana de París) y en Alsacia, se man-
tiene la derecha.
Esa
última tendencia podría
eventualmente ser leída si- guiendo el modelo ecológico. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que, en cada región, no
solamente el voto es afectado por
cambios. No solo los electores no son los mismos, sino que
tampoco los sistemas productivos, las relaciones socia- les, las
legitimidades políticas y los
espacios. Quien quiera explicar por
qué el oficinista que
reside en las cercanías de Laval
o de Quimper vota hoy, a menudo, de forma contraria al campesino que vivía algunas
décadas atrás en el
mismo sitio debe, primero, admitir
que este sitio se volvió un lugar distinto. Debe observar
y reflexionar para poder entender
cómo esas discontinuidades, que no son discutibles, son qui- zás, en parte, el resultado de procesos continuos.
Las
otras dos tendencias atañen claramente a los gradien- tes de urbanidad. El
espacio francés se lee como una serie de áreas urbanas recortadas en un disco
central de varios ani- llos: suburbano, periurbano, hipourbano, infraurbano.
Esta disposición puede ser perturbada por
arreglos en sectores angulares, como en la aglomeración
lionesa, donde el oeste es más
“burgués” y tradicionalmente de derecha,
mientras que el este y el sur son más
“populares” y de izquierda. Las diferencias regionales, por más fuertes que sean –como por ejemplo en Provenza, que
expresa un alto nivel de voto tribu-
nitien – no desmienten el modelo general.
La
disposición del territorio francés
como una colección de áreas urbanas no se reduce a los
datos electorales. Entre las diversidad
de variables posibles, seleccioné la de las ren- tas individuales (ver
Mapa 3).
84 Jacques Lévy
Mapa
3
Ingreso
fiscal (2004)
Ingreso
fiscal por unidad de cuenta* (en euros).
7.000
13.000
14.500
16.000
17.500
38.600
Superficie
de las áreas proporcionales a la población de
1999
(millones de habitantes):
500
100
Ausencia
de datos
Límite
del polo urbano* Límite departamental
Ingreso fiscal, 2004.
*
Definición del INSEE (Instituto Nacional
de Estadística y Estudios
Económicos).
Si
se adoptasen los modelos espaciales habituales, ese in- dicador se imaginaría
distribuido en relación con los recor- tes regionales y, dentro de las
ciudades, dispuesto según los
sectores angulares. Estos cuadros
explicativos son en parte pertinentes,
pero no tienen en cuenta la lógica de
archipié- lago que caracteriza el mapa.
Las diferencias regionales, en efecto,
aparecen poco marcadas y, si los
habitantes de las ciudades son más ricos
que los del campo, el contraste entre
grandes y pequeñas aglomeraciones no se ve mucho. Lo que se nota es una
configuración repetitiva en un
gran número de áreas urbanas:
1.
En el centro, rentas medias, que
resultan de la mezcla socioeconómica que prevalece.
2.
En los suburbios, mantenimiento de la
estructura en sectores angulares.
3.
En los límites del suburbano y del periurbano interno, presencia sistemática de
un “Anillo de los Señores”.
4.
Finalmente, un descenso rápido de las
rentas en las lo- calizaciones ex urbanas.
Se
observa que esos recortes no corresponden completa- mente a la
geografía de los votos. En particular,
se identifica que las zonas periurbanas (es decir, exteriores a la aglomera-
ción morfológica, pero interiores al
área funcional) son bas- tante
homogéneas desde el punto de
vista electoral, aunque heterogéneas desde
el punto de vista de las rentas.
La razón deriva, probablemente, del hecho de que la diversidad socio- lógica de esos habitantes no se reduce
a su componente eco- nómico. Parte de los periurbanos que
son suficientemente ricos para
poder comprar casas en lugares próximos a la aglo- meración comparten sin
embargo con estos una actitud
de limitación voluntaria respecto a su exposición a la alteridad social.
El gradiente financiero no cambia la postura general. Ese segmento se
diferencia de los habitantes más desprovis- tos que tratan de explotar los
espacios intersticiales donde es
86 Jacques Lévy
posible sobrevivir con menos
dinero y también del “fondo”
de
población rural que se urbanizó in situ, sin moverse.
La
gran mayoría de las variables disponibles se distribu- ye
de una forma comparable según los gradientes de urba- nidad, con poca diferenciación regional. Por lo tanto, todo el espacio francés
debe ser releído, revisitado con
planteos teóricos, medidas sistemáticas
e instrumentos cartográficos idóneos para detectar estas dinámicas
profundas.
Insistiré
diciendo que esa configuración del espacio como archipiélago se hace visible gracias al uso de datos finos o detallados (a nivel municipal, hay
36.000 municipios en Francia) y de cartogramas, es decir, mapas
no euclidianos, que tienen una
base proporcional a otra variable distinta a la superficie, en este caso, la
población residente. Sin ese tipo de mapas sería extremadamente difícil leer y
hasta percibir estos fenómenos, que quedarían enmascarados en razón de la pequeña superficie ocupada por las
concentraciones urba- nas y de la confusión provocada por la agrupación
arbitraria de los votos por unidades espaciales mayores. Se justificaría un uso
sistemático de esa metodología para
construir la his- toria de la periurbanización no solo como contexto en el cual
otros eventos acontecen, sino como evento en sí mismo.
La
noción de alteridentidad hace referencia a un enfoque más general que trata de
identificar los procesos por los cua-
les el individuo se vuelve actor
societal en una sociedad
de individuos (Lévy, 1999). Con
esa fórmula quiero decir que la fuerza de la organización social (y,
especialmente, espacial) que reside en el individuo nos impone entender mejor
cómo se producen y se usan realidades que, por un tiempo dema- siado largo, las
ciencias sociales abandonaron a la psicología: lógicas biográficas, relación entre esferas cognitivas y afecti-
vas, entre experiencia y conciencia, dinámica de la identi- dad. Para
avanzar en este
rumbo los métodos cualitativos (entrevistas, observación, etcétera)
aparecen evidentemente relevantes
pero, para quien
sabe interpretarlos, los dados
Alteridentidad:
estrategia espacial y cultura política
87
cuantitativos
pueden también revelarse muy útiles. Por ejem- plo, al considerar que el momento en el que la localización del habitar es, por lo menos
en parte, la consecuencia de una elección
individual, es posible extraer un conjunto de infor- maciones
interesantes para un planteo basado en las lógicas de los actores. La cantidad
es una cosa demasiado seria para ser dejada a los “cuantitativistas”, es decir,
en la práctica, a los estructuralistas
positivistas. El conocimiento de la pragmática del espacio puede hacer
un uso provechoso de un enfoque abierto, pragmático de las fuentes de información.
La
geografía del individuo no debe ser un ghetto literario, sino el corazón de
una Geografía emergente, constructivista
y realista, justamente constructivista porque es realista.
Bibliografía
Andrieu,
D. y Lévy, J. 2007. “L’archipel
français”. Espaces- Temps.net,
disponible en http://www.espacestemps.net/ document2861.html
Arendt, H. 1974 [1951]. Los orígenes del
totalitarismo. Madrid, Taurus.
Cortázar, J. 1960. Los premios. Bienos Aires,
Sudamericana. Inglehart, R. 1977. The silent revolution. Changing values and
political
styles among Western publics. Princeton, Princeton
University
Press.
Lavau,
G. 1969. “Le Parti Communiste dans le système poli- tique français”, en Bon,
F., et al. Le communisme en France. París, Armand Colin. pp. 7-83
Lévy,
J. 1999. Le tournant géographique. París, Belin.
88 Jacques Lévy
Parte
B
Ciudad,
espacio público y cultura
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación *
Odette
Carvalho de Lima Seabra 1
Existen
fenómenos culturales que se manifiestan en la su- perficie de la sociedad y ganan
visibilidad social por la prác- tica social de los agentes culturales insertos en el modelo organizacional del Estado, de la
libre empresa y, en la actua- lidad, también del Tercer Sector (incluidas las
ONG). Obvia- mente, esto no es todo,
porque hay una dimensión social de la cultura, perteneciente a las cosas
del pueblo, que va sien- do tejida al ras de los acontecimientos cotidianos y
al sabor del movimiento de la
modernidad pari passu la formación de la sociedad del trabajo.
El lugar subalterno reservado a
la cultura como expresión de los modos
de ser no impide arraigos profundos en
el mundo de la vida, donde el
vivir y lo vivido se debaten; donde residuos
de tiempos históri- cos, a veces admitidos como
tradición, pudieron permanecer naturalizados, como si siempre
hubiesen sido así y, por eso,
fueron considerados insignificantes. Lo paradójico es que en cualquier momento
una razón práctica interesada, de natu- raleza diversa, puede
destacarlos (a los residuos), retirarlos
*
Traducción: María Laura Pérez .
1 Universidad de San Pablo (Brasil).
91
de
las sombras para integrarlos a la esfera
de la cultura (ofi- cial, sistémica), a través de la práctica social de los agentes, lo que generaría un
repertorio de representaciones formales, lingüísticas y estéticas.
Con frecuencia, la modernización establece procesos
de esta naturaleza, e incide
sobre los modos de vida en su im- pulso por procesar
productos que son reliquias de un pasado no siempre distante y que pertenecen a las cosas del
pueblo.
En tales
términos, el impulso
espontáneo (atributo na-
tural del género humano), en tanto
fuente generadora de cultura, tal y como aparece en las habilidades de
hacer y en las formas lúdicas del uso
del tiempo, tendía en la moderni- dad a
ser circunscrito a las necesidades y determinaciones formales de la sociedad del trabajo en formación, lo que pro-
piciaba las metamorfosis que llevaban
a la resignificación y recontextualización de las prácticas.
El
nudo gordiano, entendido como obstáculo
teórico, es la cosificación y el
fetiche que envuelve los productos
cultu- rales, ahora en tanto productos de múltiples desdoblamien- tos
que parecen fluctuar sin historia y sin contradicciones. Por eso, la cuestión
consiste en desmitificar los productos y
las cosas admitidas como culturales cuando son presentadas como pertenecientes a un orden de problemas que supues- tamente escaparía a las
determinaciones de la formación so- cial. En verdad, nada escapa al movimiento
de la formación, pues se trata de
una totalidad en proceso. En su
devenir, la formación social es marcada
por desencuentros y desigual- dades de todo
tipo que integran la historia social. Se trata de alcanzar los grados de
realidad en tanto un nivel de la prác-
tica. Desmitificar quiere decir poner de reverso, develando la ideología de la ideología, la representación de la
repre- sentación. Para pensar en la cultura es necesario reflexionar sobre
esto.
Así,
introducido el problema, a continuación se presenta- rán sintéticamente los
argumentos referidos a la crisis de la
92 Odette Carvalho de Lima Seabra
modernidad
porque es a partir de ella que se hablará de la posmodernidad, de la cultura
posmoderna, del fin de la his- toria, de la industria cultural y del ascenso de
los fenómenos culturales. Finalmente, la reflexión incide sobre
experien- cias de investigación referidas a la ciudad de San Pablo.
La
crisis de la modernidad
Cuando,
a fines del siglo XIX, fue ampliamente instalado el problema de la reproducción
social, el cual tuvo como con- secuencia inmediata los enormes flujos de
población de un continente a otro, el capital, como forma de reproducción de la
riqueza, estaba ya dominando los
resultados de la historia y se apoderaba de ellos, integrando y redefiniendo,
según su lógica, en su propio movimiento, los subsistemas relativos a la
familia y al ocio establecidos antes del capitalismo.
De
la misma manera, el capital seguía subyugando las re- des de intercambio, las
ideas, la ciudad y el campo, el conoci-
miento, la ciencia, el derecho y la justicia. En Londres, París y Viena se
vivía la belle époque del capitalismo.
En
relación con la producción material se trató
siempre de descubrir nuevos productos que
encadenasen nuevas necesi-
dades y, como se ha mencionado, de profundizar indefinida-
mente la división social del trabajo. El hecho es que el capitalis- mo, en
tanto formación social, describe un proceso de escala mundial, amparando las
desigualdades de desarrollo, y estas desigualdades están, relativamente, en virtud
al movimiento de la formación. Son ellas las que explican la movilidad del capital y del trabajo. Mientras que para
el capital lo fundamen- tal es encontrar oportunidades de inversión, para el trabajo lo fundamental es encontrar una inserción
productiva.
La
crisis consiste en que
estos elementos no se encuen-
tren: que el capital no pueda disponer
del trabajo en la me- dida y en la
calidad necesaria o que el trabajo (caso excep- cional) no sea productivo
para el capital. Pero,
sobre todo, consiste en
que las condiciones sociales de
realización del
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 93
capital
no posibiliten el proceso de reproducción ampliada. De esto resulta que la
contradicción interna del capital (fuer- zas productivas x relaciones de producción) se manifiesta concretamente
en el espacio por
oposición, contradicción y conflicto, lo que profundiza y exacerba el fenómeno de
segregación socio-espacial. Al punto que, para
administrar las contradicciones, es necesario implementar la gestión del
espacio, siempre en la
perspectiva de crear oportunidades de
inversiones productivas. Nuevos
frentes de valorización se tornan
necesarios para dar curso al proceso de reproduc- ción social. En este punto,
producir espacio es una alterna- tiva
que pasa a ser la estrategia combinada de los gobiernos y de las empresas.
La
crisis de la modernidad colocó a la orden del día el
problema de la ciudad y de lo urbano en
función de la enor- me concentración de actividades, de población y de empresas
(trabajo y capital), que culminó en la formación de las gran- des
aglomeraciones urbanas. Se fueron formando regiones urbanas de enorme extensión
por la agregación (asimilación) de centros urbanos de diversos tamaños e
importancia.2
La
ciudad, de un modo
general, fue el lugar de realiza-
ción de la riqueza de la sociedad,
inclusive de aquella origi- nada en el
campo. Como centro de la vida civil y
política fue impregnándose de significación
histórica por haber sido el lugar original
de los procesos de modernización
social en una época en la que
frecuentar la ciudad era ser y
estar up
2 La teoría geográfica de la ciudad consideró
la reunión, el trueque y el comercio como elementos nodales de la
concentración, en función de los cuales las ciudades fueron disponiéndose
jerárquicamente en el espacio, configurando
las redes urbanas y las regiones nodales. Las ciudades que tuvieron
mayor fuerza de concentración se tornaron puntos nodales de las redes o
cabeceras de redes. La comprensión de
tal espacialidad del fenómeno urbano, aunque reviste interés, fue superada por
la necesidad de discernir la problemática de lo urbano como fenómeno social
complejo, ya que de la industrialización resultó una inflexión que inclinó todo
el proceso social hacia la ciudad y lo urbano. Por lo tanto, en el movimiento
de la modernidad, la ciudad que pasaba a ser el lugar de convergencia del
capital y del trabajo concentraría la problemática de una época.
94 Odette Carvalho de Lima Seabra
to
date. Finalmente, el mundo se transformaba a partir de la ciudad;
tanto que a medida que la
mecanización y la indus- trialización de la agricultura acontecían, comenzaba a
sur- gir un nuevo modo
de vida de características propiamente urbanas.
Pero
las ciudades que presentaron la mayor fuerza de concentración, en su desarrollo, en general no
soportaron la densidad económica y social contradictoria. Tanto que el ideario civilizatorio de la ciudad, expresado en las utopías de la ciudad, se fue
desvaneciendo a partir de la implosión
que desarticuló las estructuras internas de la propia ciudad por la enorme concentración formadora de las
grandes aglome- raciones urbanas.
De
modo más amplio, el fenómeno urbano evidencia la explosión, los fragmentos, aquello que fue siendo lanzado hacia
afuera de la ciudad, y que
pasó a integrar el enorme espacio
de urbanización continua. Los primeros fueron los habitantes
pobres, en general obreros de la
industria, que con sus familias, construyendo sus propias viviendas, ensan- charon los límites del
espacio urbano; después fueron las in-
fraestructuras precarias, la desconcentración de la industria que, en los suburbios, liberaba la ciudad para
la expansión del comercio y los servicios, al punto en que la propia
ciudad no tenía capacidad para los flujos de demanda. La ciudad se fue por los aires.
Será necesario, estratégicamente, recuperar la
ciudad a través de la idea
de centro; procedimiento, puede
decirse, fetichista, porque
originalmente solo podrían ser y estar up to date los ciudadanos que tuviesen
acceso a los bienes de civilización propios de la ciudad. Bienes que, más allá de los discursos, o sea,
en la práctica, atendían al consumo de
cla- se. Ello permite considerar que la
ciudad, por lo que
fue, era una ilusión
práctica en primer grado
y, por lo que es, no deja de ser una ilusión en segundo
grado, y por lo tanto, mistificación.
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 95
Finalmente,
como el proceso del capital no deja de inter- nalizar los atributos de la naturaleza, de la cultura
y de la historia, es posible distinguir
la faz económica de los nuevos campos de operación del capital, principalmente
cuando ac- túa sobre aquellos que supuestamente pertenecerían al ám- bito
de la cultura. Sean las tradiciones del mundo agrario o las propias culturas posmodernas, él se
encarga de la mezcla. Específicamente, en relación con este proceso, la
historia y la memoria urbana guardan un repertorio inagotable.
Economía
simbólica
Se
está desarrollando una economía
simbólica (o econo- mía del símbolo) que
articula discursos, imágenes y represen- taciones en la concepción de
productos, de objetos y de cosas, con el
sentido de transformarlos en bienes económicos por sus atributos de
excepcionalidad en el mercado de
carácter monopolista. Para los agentes económicos se tratará de conce- bir un
bien simbólico, de basar en él un monopolio (exclusivi- dad), de proyectarlo en
el mercado envuelto en discursos, en imágenes, integrándolo a los nexos de la
economía.
En
una situación social en la que todo
se vende y todo se compra, realizar transacciones en el
mercado de bienes y fac- tores presupone estrategias. Y, por irónico que pueda parecer, hasta la ciudad,
que como se ha señalado, fue en la historia una
entidad de importancia fundamental en el proceso civili- zatorio, en partes y
como conjunto, terminó por entrar en un ciclo de valorización-desvalorización
que sujeta la estructura material y simbólica a los intereses
monopolistas/rentistas, ca- paces de movilizar las inversiones en esa dirección.3
3 Según Harvey, todo campo cultural privilegia
las rentas monopólicas. Las mercancías culturales poseerían una dinámica
diferenciada en relación con las mercancías convencionales, pues el lenguaje de
excepciona- lidad, originalidad y autenticidad es decisivo para el
establecimiento de las rentas. (“El arte de la renta: glo- balización y la
mercantilización de la cultura”, en: Harvey, D. y Smith N. 2005. Capital
financiero, propiedad inmobiliaria y cultura. Barcelona, Universitat Autònoma
de Barcelona, apud Arantes, 2008: 177).
96 Odette Carvalho de Lima Seabra
Esta
forma de comprender tanto la crisis de la moderni- dad como la economía
del símbolo está ligada a la constata-
ción de una diferencia en el estatuto de la forma mercancía, pues asumiendo la
condición de bien cultural, la producción de
la mercancía simbólica está
destinada a obtener rentas de tipo monopólico. Hay una transferencia de dinero que remunera el bien cultural. Esta
transferencia corresponde a una cuota parte
del sobreproducto social que circula despe- gada de la base material de producción de
mercancías. La posibilidad de ganancia está desprendida de los fundamen- tos
del proceso del capital que genera lucro (por ejemplo, el capital industrial). En términos generales, se sabe
que hay una automatización del dinero en
relación con la mercan- cía (cada
mercancía circula en su mercado específico); de la misma forma, este proceso
está basado en la automatización de la
imagen (marca), en tanto
producto cultural en rela- ción
al objeto.
Por eso en
la cultura posmoderna los objetos
culturales parecen fluctuar sin historia
y sin contradicciones. Y, si la
forma dinero deja de estar articulada a
un contenido como es el de la producción de valor, desplazándose de su funda-
mento, la dominación aparece sin sujeto. En esto consiste el fetichismo del
capital, pues está produciéndose una abstrac- ción (la mercancía en primera instancia) de la
abstracción (mercancía en segunda instancia).
Ciertos
atributos inmateriales de las ciudades, tales como los recuerdos, pueden ser
convertidos en memoria e histo- ria,
tornarse materia prima en los circuitos de valorización y, así, transitar hacia
su patrimonialización y preservación. Es en el movimiento que se establece
entre recuerdo y memo- ria (en la perspectiva de la preservación y de la
patrimonia- lización de bienes
simbólicos), conjugado con las
políticas de recalificación del centro histórico de las ciudades, que se puede
localizar, por lo menos,
uno de los fundamentos de una
economía simbólica. Porque las ciudades, además de ser
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 97
objeto de
una especie de
botín por la actuación combina- da de los agentes económicos en su proceso de crecimiento y de
producción material, siendo dilaceradas
en el proceso de formación de las gigantescas
periferias, principalmente aquellas
que se hicieron metrópolis, son recortadas en terri- torios
exclusivos4 para los cuales ya no existe ciudad alguna.5
Las
referencias al lugar, al espacio y a las obras que orientan la urbanización
moderna están siendo consumidas por la instauración de estos nuevos procesos.
Las
políticas destinadas a la cultura que afectan
a las ciu- dades contemporáneas
operan a través de la economía del símbolo,
sea manipulando monumentos y
obras de
la ciu- dad, sea recuperando relatos
e historias, en un proceso que ha
llevado a la museificación de los centros históricos, siempre en
la perspectiva de integrar el consumo del tiempo libre al conjunto de las
actividades del turismo. Se trata de un
proceso que valoriza la estética urbana ornamentándola con discursos de diferente
tenor y calidad.
La
cuestión teórica que está imbricada en tal constatación implica, en
principio, comprender que la
lógica, inocente- mente, ha ido
definiendo modos de existencia superpuestos a toda y cualquier inocencia, porque al
revestirse de inten- cionalidad
realizaba una razón práctica dotada de universa- lidad, tal como es la
razón del mercado y del dinero. Se llega así a la pregunta inevitable que
indaga sobre el embate entre la lógica (artificio del pensamiento), el recuerdo
y el sentido
4 La noción de territorios exclusivos fue
formulada para designar la relativa
autonomía que presentan ciertas modalidades de ocupación territorial. Estos
territorios son autorreferentes. No se confunden con la noción social de
ciudad, de barrio o de región. Fundamentalmente, los condominios cerrados,
insertos en el tejido de urbanización continua que forman las regiones
metropolitanas o las regiones urbanas, funcionan como enclaves territoriales.
5 Los proyectos culturales atenientes a la
revalorización del centro histórico de San Pablo funcionan como islas de
belleza y de bienestar, completamente desvinculados del contexto real del
propio centro. Un buen ejemplo es el de la Sala San Pablo de Música, cuyo
funcionamiento presupone el acceso exclusiva- mente en automóvil. El deterioro
del espacio circundante impide otra forma de acceso.
98 Odette Carvalho de Lima Seabra
de
la belleza (inmanencia que se elabora
como cultura). El hecho es que el
recuerdo y el sentido de la belleza como
fa- cultad, sensibilidad y
sentido, subsisten en los rincones de la dimensión propiamente humana de la
existencia, ambos re- tenidos en la
malla de una humanización/deshumanización construida. En respuesta a la
razón práctica de las cosas del mundo, ellos ganan el estatuto de memoria y de estética, y entonces, dotados aquí de institucionalidad
(intención) y de sentido práctico, se sitúan
en la dirección de los productos y de las cosas. Así, ellos se integran
en los discursos justifi- cativos que
adornan los procesos en los cuales están
involu- crados.
En
suma, en lo que concierne a lo urbano, la estética (es- tética urbana) que
estaba destinada a ser el
discurso sobre la forma, debería traducir la plasticidad de un
modo de ser, o mejor, de un
modo de vida. Y a la memoria le
restaba la función de
justificación, actualizando la expresión
de los ob- jetos, de los relatos, de los hechos
que hacen a la urbanidad, pero
que también pueden integrar los nexos del proceso de valorización.
Parece
necesario retomar ciertos argumentos sobre la me- moria, como
la institucionalidad aplicada a
la ciudad; por ejemplo, cuando la unidad
original de la ciudad propiciada por la centralidad original no funciona más porque los pro- cesos de
segregación espacial (estructuralmente determina- dos) fueron profundizados, la ciudad como
espacio políti- co, económico y
social pierde unidad y funcionalidad. Para hacer frente a un
proceso de pérdida, que es en su
esencia lógico y del cual resultó el vaciamiento de las áreas centrales, y,
teniendo en cuenta la magnitud de los desplazamientos de capitales en dirección
a las nuevas localizaciones intraur- banas,
se articularon fuerzas políticas.
Entre ellas, especial- mente, los
propietarios de inmuebles centrales y los empre- sarios ligados a ciertos servicios que supieron albergarse en las
estructuras de mando del Estado.
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 99
Es
por eso que nace
el concepto de centro histórico, ahora como objetivación de la memoria
de la ciudad, que sirve de anclaje a las
inversiones culturales. Razones
objetivas no fal- tan; finalmente, se trata del lugar original en el que
nacieron las instituciones de la ciudad:
el foro, la catedral, todos hitos espaciales fundadores. Como resultado de esto será necesa- rio preservar
el centro histórico ;
preservar sus monumentos, reconocerlos
como símbolos, redescubrir
y datar pórticos, callejones, iglesias... El centro solo se tornó histórico
cuan- do la ciudad saltó por los aires. Mientras el centro tuvo un sentido simbólico, que
era inmediatamente práctico, como
se señaló, el centro apenas era. Él era,
sin ningún discurso justificativo, apenas hacía
referencia a las prácticas de una
comunidad de destino.6
Entonces,
si por un lado el vaciamiento de sentido creaba la necesidad de confirmarlo como centro
histórico, lugar de la memoria,
por el otro lado también es relevante
señalar la lógica económica de esa
confirmación al interior de la eco- nomía
del símbolo.
Por lo tanto,
la economía del símbolo está
basada en un discurso de segundo grado, que es un
discurso sobre una cosa que no necesariamente coincide con esa cosa. Se trata,
por lo tanto, de discursos justificativos que recuperan, contextuali- zan y valorizan
productos, obras o habilidades ancestrales, de artesanías indicadoras de
diferentes modos de vida.
La
mistificación es la otredad de lo
auténtico, de lo ori- ginal y, en este sentido, parece legítimo buscar lo auténtico de esta época que
aparece en la manifestación cultural de las periferias urbanas. De
aquello que pertenece al inte- rior, como
los bailes funk, el forró,
la feria, todavía no se
sabe mucho. Lo que tiene
mayor visibilidad y se difunde
6 Esencialmente la comunidad de destino no
resulta de una elección, ella es atribuida, por ejemplo, al sentirse y ser
paulista, en el caso de San Pablo, o al sentirse y ser porteño en el caso de
Buenos Aires, y así sucesivamente.
100
Odette
Carvalho de Lima Seabra
más,
alcanzando la centralidad de la metrópolis, es el arte de contestación (mural y
musical) que se traslada desde la cotidianeidad de los expresivos contingentes de población que habitan la periferia hasta las grandes
aglomeraciones. El rap y el hip hop constituyen expresiones subjetivas de las
prácticas de los jóvenes pobres urbanos. Funcionan como un código de comunicación territorial de los
excluidos, ya que los producen como
expresión propia, apropiada por ellos mismos, y con fuerza para
irradiarse hacia otros uni- versos socioculturales que componen la
sociedad de clases. Un siglo de
acumulación de riqueza y de pobreza, de
mul- tiplicación de espacios segregados (de los cuales resulta el binomio pobreza y violencia como la
principal característi- ca del siglo XXI), permitió la formación de
universos cul- turales distintos,
separados. ¡Pero la periferia da
el tono! Lentamente ella deja traslucir
lo que hace y lo que
piensa a través de los murales,
muchos de ellos
subterráneos, y de sus cantos de
amor, de dolor y pasión,
aún poco deco- dificados. La transgresión acompaña a las
actividades de la periferia,
valiéndose de, desde
la producción pirata de discos
compactos, hasta los complejos procesos
de control territorial ejercidos
por grupos organizados.
Desde
hace más de dos décadas, se
constata la existencia de una
ciudad ilegal en vastas porciones del espacio
de la periferia de San Pablo. Se
examinaron la aplicación y la eje- cución de los códigos urbanísticos, y se
descubrió un mundo impregnado por
reglas propias y sujeto
a atrocidades. Una separación de tal orden permitió que fuese
forjada una ma- nera propia de ver y operar las cosas del mundo.
Por eso, se identifica una cultura propia de la periferia, la cual aflora en el
sentimiento de no pertenecer, de no tener, de no ser. Esta negatividad adquirió
su expresión poética.7 No se trata de
7 La profesora de Geografía Rosalina Burgos
estudia la periferia desde diferentes ángulos y sostiene que la visibilidad
alcanzada por el hip hop, por el rap, por el arte mural, que se expresan en los
espacios
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 101
corregir
las rimas, de perfeccionar los trazados o los colores. Esta manifestación
cultural exige comprender la periferiza-
ción de los pobres.
Una vez más,
retomo ciertos argumentos. La
industria- lización y, posteriormente,
los servicios adquirieron una centralidad estratégica en los procesos definidores de la modernidad, ya que operaron la concentración del capital y del
trabajo, de modo que, como núcleo de la producción y
reproducción capitalista, reunían las
condiciones que suje- taron la ciudad a su propio proceso. El peso económico de las
grandes empresas arrastraba un número mayor de otras dependientes tanto económica como financieramente, aun bajo el dominio del capital
tradicional (comercial). En los países dependientes, la
industrialización sostuvo el predomi- nio de la agricultura y la presencia de
población rural en las ciudades (la primera generación de migrantes), y
combinó, de manera curiosa, una producción artesanal, manufacture- ra y obrera
(cuando se trata de la pequeña
industria). Este período fue marcado por el arraigo de población de origen campesino, por la
formación de la clase obrera en las ciuda- des que se industrializaban, con sus asociaciones de clase, cultura cívica y también
religiosa. En sus contenidos, este período fue muy
diferente de aquel que visibiliza al pobre urbano de la periferia.
Ahora, los sistemas parciales, además de
desarticulados (familia, referenciales de género, etcéte- ra), implican la
fragmentación del espacio y del tiempo
vi- vido, exactamente cuando el dinero es proyectado como un deus ex machina,
como denominador universal.
El
modo de vida propiamente urbano (que hoy
nos toca vivir) pasó por una fase de arraigos profundos, traducidos en términos de
una espacialidad y una cultura específica.
prestigiados
de la metrópoli, se debe a la búsqueda de reconocimiento. Sostiene también que
se puede suponer que esta derivación de explosión de energía originada en los
recónditos espacios periféricos representaría el encuadramiento, la cooptación
de lo auténtico.
102
Odette
Carvalho de Lima Seabra
Incluso una
vez dominadas por el gran capital,
las grandes ciudades continuaron siendo
ciudades históricas por varias décadas. Mantenían funciones históricas como
centro de la administración pública,
de los poderes civiles y religiosos, con sus monumentos y obras. La formación socioeconómi- ca
capitalista subordinó sectores
y actividades exteriores y
anteriores; produjo nuevos sectores y
así transformó lo que preexistía y alteró organizaciones e instituciones. Se
trata de un proceso que devastó obras y estilos, transformándolos en objetos de
producción y de consumo.
Se
puede decir, entonces, que la crisis de la modernidad realiza la modernidad. Ella manifiesta tal
realización en la corrosión de los padrones (modelos) que justificaron el pro-
pio movimiento de lo moderno. Se modifica el modelo de fa- milia, el lugar
social de la mujer, la actitud de los individuos frente al casamiento, la
moral sexual, la noción de juventud, de vejez y de infancia. Como consecuencia,
bajo múltiples as- pectos, se
estableció una cultura propia del
capitalismo que puede ser admitida como
un sistema de valores que funda- ban actitudes y formas de
comportamiento a medida que se sumergían aspectos del tradicionalismo que
caracterizó a la sociedad del
trabajo en formación.
La
reproducción social solo se hace rehaciendo la dialéctica de la parte con el
todo. Ella altera, sin cesar, la posición de cualquiera de las partes que
integran lo urbano. Así, se puede comprender que la familia trabajadora se reproduzca sin re-
producir el lugar social de sus miembros, aunque pueda haber, en fases de
expansión del ciclo económico, una cierta movili- dad social vertical de
elementos de la clase trabajadora.
En
plena crisis de la modernidad, el movimiento de re-
producción es acelerado y se establece
una gran ebullición que hace del espacio urbano un
lugar de contradicción con- creta, que se manifiesta a través de síntesis
parciales: pro- blemas de género,
de ancianos, de niños, de vivienda, de ra- ción alimentaria, y así
sucesivamente. En verdad, es en esta
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 103
ebullición
y por ella que los sistemas parciales se presentan con autonomía frente a la sociedad y a lo social; y que, en la fragmentación que los sostiene
como un en sí, según
las formas de uso del tiempo y del espacio, tiene lugar la cultura
posmoderna.
En
la esfera de la cultura de la sociedad, dimensión de la práctica social envuelta en simbolismos diversos (del parti- do, de la religión, del
equipo de fútbol, de la pandilla, del
gueto), es más evidente
aún que la
percepción aparezca como desplazada o despegada de su base estructural,
que funciona como sustrato material:
el en sí de la cultura. Esto equivale a considerar que los aspectos
culturales tomados como objeto en sí
funcionan como una amenaza para el co- nocimiento, porque no impiden caer en la
cosificación y en el fetiche que
oscurecen las bases de lo real. La alternativa se encontraría en abordar
los modos de vida movilizando lo
cotidiano como categoría analítica.
Sin
embargo, existe la necesidad de descubrir y de tratar a la cultura como objeto de conocimiento. Esto justifica y tor- na
necesario una reflexión sobre el método. En la historici- dad que impregna
al objeto de conocimiento, ejercitado en
el movimiento de la dialéctica
materialista, se puede divisar la cultura como un ámbito
de la práctica (práctica simbóli-
ca). Cabe destacar que, en el proceso de la modernidad, la
práctica simbólica ha sido visceralmente
confrontada por la razón instrumental.
Se
puede ensayar más de una respuesta para justificar por qué buscar
los nexos fundantes cuando se
quieren conocer y comprender los aspectos
culturales de la vida. Por ahora, basta considerar que, en la
actualidad, la cultura se erige en una
esfera separada y privilegiada de
la práctica social; que las
políticas culturales se tornan la tabla
de salvación para la movilidad del capital rentista, inclusive
internacional, gracias al aval de los gobiernos nacionales. Además de esto, en
lo que concierne a los estudios e investigaciones, la reestructuración
104
Odette
Carvalho de Lima Seabra
productiva,
con las embestidas neoliberales, fue
desplazan- do el interés y la motivación
del debate sobre las transforma- ciones
estructurales: políticas,
económicas y sociales, lo que no autoriza, en principio, a desistir de
señalar el lugar de las contradicciones
del proceso social, en todos los niveles
y mo- mentos de las prácticas.
Finalmente,
la búsqueda de los nexos de lo que aparece sin historia, que fluctúa
sobre la sociedad, corresponde a
la utopía de la apropiación que
desaliena, que genera presen- cia
y que, como tal, proporciona adquisiciones en diferentes niveles y dimensiones.
Pero esto, coincide con
el descubri- miento de que es fascinante estudiar la cultura como
atribu- to que le da anclaje a las prácticas sociales en una articula- ción de valores simbólicos. La
cultura posmoderna sería, por lo tanto,
la fusión de los fragmentos dispersos objetivados en una imagen,
y estaría justificada, santificada
como tal, por el discurso. De cara a eso, hay en la actualidad una
opinión generalizada de que a la lingüística
se le reserva un lugar importante en el conocimiento del mundo.
Esta
breve exposición se orientó a señalar el
despren- dimiento del proceso de acumulación en relación con
sus fundamentos, de lo que resulta
la ruptura (relativa) entre lo
moderno y lo posmoderno y la oportunidad, según varios autores, de una cultura
del símbolo, en esencia posmoderna. Por oposición, se sugirió la necesidad de
señalar algunos ras- gos de la cultura moderna, expresados en los modos de
vida, para poder situar las rupturas de las que se habló.
La
relación entre modos de producción y modos de vida
Para ensayar
una aproximación cultural en
Geografía bajo el enfoque de la dialéctica
materialista, en tanto filo- sofía de la praxis, fue necesario
localizar el debate en curso con sus elementos, temas y problemas. En este
marco, se bus- có situar un cierto bagaje de conocimientos referidos a la ur-
banización de San Pablo construidos a partir
de un abordaje
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 105
histórico-genético.
En lo que se refiere a los postulados de
la Geografía Cultural, se ofrece más una
problematización que unos resultados.
A
partir de ciertas ideas, Cosgrove
establece una relación intrínseca entre
modo de producción y modo de vida :
(...)
para que nuestra comprensión de cultura corresponda a la evidencia de la práctica necesitamos recuperar la noción de modo de producción como un modo de vida, incorporan- do a la cultura dentro
de la producción humana, conectada en igualdad dialéctica con la producción de bienes. La con- ciencia humana, las ideas y las
creencias son parte del proce- so
productivo material. (Cosgrove, 2003: 118)
En
estos términos, y, bajo tales premisas,
la cultura esta- ría integrada a la producción humana y ligada en
igualdad dialéctica con la producción
material de bienes, ya que el in- terés en abordar tales cuestiones bajo este
prisma residiría, en principio, en
desarrollar los recursos teóricos necesarios para discutir los modos
de vida en la modernidad. Y, princi- palmente, en establecer las
premisas para poder tratar
a la cultura como parte integrante del proceso social, en tanto objeto
de las ciencias humanas y, por ende,
de la Geografía tout court.
El
modo de producción bajo el capitalismo
es una combi- nación específica de capital y de trabajo, en una totalidad en movimiento cuyo análisis
permite la reconstrucción cientí- fica de la realidad. Es el modo históricamente determinado de explotación del
trabajo en el proceso de producción y en
el cual son producidas también las relaciones fundamentales de esta sociedad.
Ahora, el modo de vida es la forma a
través de la cual, en el ámbito de la
vida inmediata, en el marco de la vida,
se realiza el modo de producción.
Una cuestión importante es saber bajo qué
condiciones
(de
tiempo y de espacio) un modo
de producción puede
106
Odette
Carvalho de Lima Seabra
corresponder a un
modo de vida. Mi hipótesis es que
un modo de producción
corresponde, en principio, a un modo de
vida, aunque es siempre difícil
imaginar una adhesión completa (punto
por punto) entre un modo
de vida y un modo de producción. Las sociedades premodernas,
marca- das por fuertes continuidades, presentaban una estrecha co- rrelación
entre el modo de producción y los medios
de vida. De esta forma, la hipótesis de
la correlación entre modos de producción y modos de vida puede tener algún sentido más o
menos preciso. Sin embargo, como se sabe, el encuentro de tales sociedades con
los procesos de modernización fue
marcado por rupturas y desencuentros.
Pero
la historia de la sociedad y de la cultura se hace con mucho más que con
este desencuentro entre el modo de pro- ducción y el modo de
vida. En principio, en ello
reside el interés teórico
de esta formulación, pues permite considerar los desencuentros como
objeto de conocimiento. Este desen- cuentro es traducido a través de diferentes
formas de apro- piación de la naturaleza (instrumentos y medios
materiales), a través de las habilidades de hacer y del extrañamiento recí-
proco de las prácticas, sean estas simbólicas o instrumenta- les, con
sus sentidos rituales.
La
modernidad, en tanto lógica de los
agentes, avanza so- bre los territorios aún no
explorados y hace tabula rasa de
lo que encuentra delante, “describe su
movimiento como el caminar de un
elefante en línea recta, indiferente al dolor de los pequeños
animales”.8 Estudios sobre
la urbanización de San Pablo mostraron claramente cómo un modo de vida puede ser identificado por los medios
materiales de vida aso- ciados a la presencia de población tradicional y
cómo la es- casez de esos medios materiales implicó el desplazamiento/ metamorfosis del modo de vida.
8 Fue así que el príncipe de Salinas
identificó la acción del burgués emergente en su marco de vida aristocrático,
en el romance de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, Il Gatopardo.
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 107
La
población –considerada tradicional– que habitó
la re- gión de San Pablo lidió con
los desencuentros promovidos por
la sociedad del trabajo basada
en la industrialización y dotada de gran ímpetu. En la medida en que los
medios ma- teriales de vida se retraían (lugares de pesca,
de pastura, de fiesta) e iba
siendo eliminada la posibilidad de la
reco- lección, del intercambio simple de
productos-mercancías, se debilitaban las posibilidades de reproducción
de ese con- tingente de población. Ello se debe
a que un modo de vida es también una estructura compleja que articula
diferentes esferas de la vida y les da unidad. La sujeción impuesta por los impactos de la modernidad desarticula lo preexistente
y llega, incluso, a agotarlo.
La
región de San Pablo no dejó margen ni para
la recrea- ción ni para la
reforma. La lógica del mundo del trabajo
no podía promover la absorción de estos contingentes porque, en
tanto sujetos de esa espacialidad específica, estaban
destina- dos a desaparecer. Los caipiras de San Pablo (como era conoci-
da esa población) eran sujetos que no poseían la necesidad de trabajo, como lo
demostró el profesor Antonio Candido en sus estudios sobre los caipiras del
interior del estado de San Pablo. De hecho, ellos no conocieron la categoría
trabajo, no ejercita- ron su lógica. Cuando la industriosa inmigración
extranjera se insertó en el mundo de los caipiras, comenzaron las fragmenta-
ciones en el modo de vida de esa población
tradicional.
En
verdad, se trata de identificar en el interior del modo de producción
capitalista, cuya base técnica involucraba ahora a la gran industria y al trabajo asalariado, el centro de articula- ción del
modo de vida en la modernidad donde
estaban sien- do desarrolladas las categorías
del capital. En estos términos, la presencia del caipira, en tanto portador de
un modo de vida tradicional, estaba destinada a ser, cada vez más, residual.
El
abordaje histórico-genético de la problemática de la sociedad y de su espacio, basado
en los estudios sobre la ur-
banización en San Pablo, reveló cómo las ideas, las creencias
108
Odette
Carvalho de Lima Seabra
y
los valores expresados en la
práctica socioespacial de los
agentes, son parte del proceso de producción material. En este
sentido es plausible la hipótesis de Cosgrove, pues ella permitió explorar cómo la sociedad
del trabajo en
forma- ción confrontó el
modo de vida de la sociedad tradicional, y provocó reducciones, enfrentamientos y
conflictos que se manifestaron en la religiosidad del pueblo, en
las concep- ciones de género, en la cuestiones de familia y en las
formas lúdicas de uso del tiempo, entre otros aspectos importantes.
Este
recurso metodológico tiene el mérito de
librarnos de la manifestación superficial
de los aspectos culturales (como la posmodernidad opera al nivel de la cultura) y, análoga- mente,
de la condena a tratar a las sociedades tradiciona- les como un pasado
distante tomado en sí. Pues, cuando se trata de entender la cultura como la expresión subjetiva de las prácticas que
inciden sobre los modos de ser, lo funda- mental parece ser la
genealogía de lo moderno; el análisis y delimitación de las continuidades, las
discontinuidades y las rupturas entre ambas.
Las
características propias de la
colonización portuguesa en términos
de la religiosidad y el sincretismo
(resultante de la presencia de negros
africanos y de indígenas)
definie- ron el perfil del poblamiento de la región de San Pablo; tres siglos
de colonización en esta región permitieron la confor- mación de
un tipo étnico:
el caboclo9 de San Pablo,
que es también conocido como
caipira por su modo de ser.
El
caipira de San Pablo practicó un género de vida resultan- te del aislamiento al
que fue sometido. Como grupo, fue mar- cado
por un conjunto de actitudes que tomaban su sentido de su propio interior,
fuesen ellas relativas tanto a la manera de vestir, de hablar, de habitar,
como al ejercicio de las prác- ticas
religiosas y lúdicas; en suma, todas ellas representativas
9 En Brasil, el término caboclo alude al
mestizaje del indio con el blanco, pero también a otros tipos físicos y
culturales con herencia indígena (N. de la T.).
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 109
de
su manera de ser. El género de vida del caipira de San Pablo traducía
inmediatamente una estructura circular que encade- naba su supervivencia y en la cual eran incluidos los medios materiales de vida.
La
modernidad estaba llamada a quebrar
tales circulari- dades al introducir
nuevas nociones de tiempo, de espacio, de
trabajo, de familia,
de dinero. Se trataba de redefinir la forma de
vida en la que lo cotidiano sería la categoría exploratoria. Se trataba de
confrontar, hasta subvertir, el
modo de
vida de una población que
tenía escasos medios de vida provenientes de la
recolección y de la agricultura de
subsistencia, con una comercialización
poco significativa de excedentes. Sus rasgos de pobreza, en términos materia-
les, fueron señalados por
estudiosos de San Pablo
(Prado Junior, 1966).
La
producción de ideas, de
concepciones y de concien- cias
estaría íntimamente ligada a las actividades materiales y simbólicas,
pareciendo traducir un lenguaje de la vida real. Ocurre que la vida real no
presentaba momentos y circuns- tancias tan separados como vendría
a suceder más tarde, al
ritmo de la modernidad.
La
oración y la fiesta ocupaban la totalidad del tiempo: los días, las semanas, los meses, el año. El calendario religioso, con sus ritos y
ceremonias que celebran la vida, tales
como los nacimientos y las muertes, era el que dictaba las formas de uso del
tiempo. No fue sin dificultades que los días sagrados, días reservados a homenajear santos y festejar el encuentro de la comunidad en torno de los
altares domésticos, de las capillas y de
las iglesias dispersas por el vasto
territorio usa- do por esa población tradicional, se convirtieron en feriados
cívicos, en alternancia con el tiempo de
trabajo. Mientras tanto, las procesiones y romerías, expresión del
catolicismo rústico y de la religiosidad del pueblo, perdían gradualmen- te la
fuerza de cohesión y la capacidad de
generar una in- terpretación del mundo.
Un nuevo modo de producción, la
110
Odette
Carvalho de Lima Seabra
producción
capitalista de la industrialización,
transformaba a la sociedad de
arriba abajo.10
El
prestigio, en tanto reconocimiento, es
el valor funda- mental y deriva de la
forma en que los individuos respon- den
a las demandas del grupo al que pertenecen, sea la fa- milia, los
parientes, los vecinos, la hermandad, además
de las funciones prestigiosas
propias del Estado y de la
Iglesia. En relación con este aspecto,
el desplazamiento será formi- dable
ya que el prestigio será
identificado con una función destacada en
la estructura del Estado (cargos
y funciones públicas, profesiones prestigiosas)
y por la riqueza mate- rial. Las funciones de prestigio jamás dejaron de confron- tar a la
modernidad. No es por casualidad que lo mejor sea travestir de
tradiciones los contenidos especulativos
de la modernidad cuando esta
declaradamente opera en la esfe- ra de
la cultura.
Una ligera
aproximación a la trama de las escuelas
de samba mostrará cuán significativos son los barones, los pa-
triarcas, las señoras, la madre negra, entre otros, que llena- ron de contenido y de
vida a la sociedad tradicional.
Nada mejor
que el fútbol para
dilucidar cómo las prác- ticas
modernas invadían el universo, la vida, el espacio de este contingente de población tradicional,
sustrayéndoles, incluso, ciertos
medios materiales de vida como lo era el
es- pacio; aun para poder mostrar cómo esta actividad, en tanto práctica cultural, fue alzada a la condición de espectáculo
10
Hasta donde pude seguir el proceso a través de las investigaciones, los
caipiras no entendían qué era lo que les sucedía. En relación con esta falta de
entendimiento recuerdo el relato de un descendiente de una gran familia de
caipiras habitantes de las proximidades de la vega de Tietê en San Pablo. Me
dijo que su tía, que era miembro de una familia con diez hijos, había fallecido
ya mayor. En esa ocasión, fue encontrada
sobre su lecho una lata de veinte litros de monedas de plata (segunda década
del siglo XX). Había ganado ese dinero haciendo redes de pesca. Ella nunca
había precisado nada, y por eso no lo había gastado. Al pertenecer al
contingente de población tradicional, sus ganancias monetarias no habían sido inmediatamente
transformadas en necesidades nuevas.
Además, sus relaciones con el mundo no
dependían todavía absolutamente del dinero.
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 111
de
masas que, como tal, presenta la escisión entre realidad e
imagen.11
El
aspecto lúdico de las prácticas de fútbol
En
las primeras décadas del siglo XX,
cuando San Pablo era todavía una ciudad
muy provinciana, una pasión que arrebataba los corazones y las mentes atravesó
la sociedad entera y se realizaba
como se podía en los
diferentes con- textos socioculturales.
El juego de pelota motivó relaciones entre diferentes
edades, entre diferentes profesiones,
entre las diversas localidades, entre ricos y pobres. Fue objeto
de acción interesada de
políticos populistas en busca de votos.
Fue un medio abierto a la integración de los migrantes ru-
rales al ambiente urbano en formación. Fue una
fiesta que, por lo menos durante
cinco décadas, produjo diversas moti-
vaciones y movilizó el interés de los
ciudadanos de un modo general, al punto que
la ciudad fue completamente
organi- zada bajo una estructura de
clubes. Eran clubes de fábrica,
clubes de barrio, clubes
de funcionarios públicos, de
sindi- catos, de ciudades y muchos más.
La centralidad del fútbol confrontó en
sus orígenes concepciones políticas,
como la de los anarquistas y
comunistas, que lo veían como una gran alienación, y la de la Iglesia, que
intentó vedarlo por diversos medios. Sin
embargo, tanto unos como
otros acabaron por admitirlo, y
fundaron sus propias asociaciones.
El
impulso modernizador por el que pasaba la ciudad con la industria naciente y la masa de
obreros formada, sobre todo, por
inmigrantes extranjeros que
poblaron los barrios de San Pablo,
producía para sí misma su espacio
de vida y de relaciones, conceptualmente entendido como espacio de
11
En este apartado me valgo de la tardía investigación sobre las prácticas del
fútbol en San Pablo. En este estudio, el fútbol fue abordado desde sus orígenes, a inicios del siglo XX,
hasta el movimiento de las hinchadas organizadas, de los estadios repletos,
cuando el profesionalismo pasó a ser la expectativa de las prácticas del fútbol
y acabó por restringir su sentido lúdico.
112
Odette
Carvalho de Lima Seabra
representación.
En la vida de barrio, en las vicisitudes
de las peleas del fútbol, a veces
marginalmente y otras no tanto, la
población tradicional iba siendo enredada en ese movimien- to. El principal
obstáculo para una real interacción parece estar ligado
a la historia social de los sujetos
presentes. El inmigrante obrero experimentó una historia
de conquista: llegó a algún lugar y se insertó en el mundo del trabajo. Esto ensanchó su visión del mundo. En
contraposición, para los caipiras de San
Pablo, se trató de la pérdida de sus medios materiales de
vida.
Solo para
señalar con más
precisión este encuentro, se
puede recordar que, en la década de
1930, el Estado Nuevo creó la CBD
(Confederación Brasileña de Deporte), y
una de sus disposiciones normativas sobre el fútbol incidió exac- tamente sobre sus prácticas
que, hasta entonces, aún
eran muy lúdicas. Ella establecía que,
para participar de las dis-
putas organizadas por las ligas, los jugadores tendrían que obtener
su registro en la Federación y firmar los formula- rios. Por lo tanto, se presuponía que todos
podían asimilar los códigos
que comenzaban a surgir profusamente, leer y firmar el nombre. ¡Pero esta era una norma
destinada a una sociedad de analfabetos!
La
teoría de la difusión cultural da cuenta de la expansión geográfica del fútbol
en el proceso de conquista territorial de los últimos cien años, pero no da cuenta satisfactoriamente de su
inserción en el universo social de las
prácticas lúdicas del pueblo; porque el
fútbol es una actividad
que progresa también en el
sentido vertical, es decir, en la profundidad de la vida social. Y esta
incidencia vertical provocaba clivajes, a veces ciertas adecuaciones,
contradicciones y rupturas en el modo de
vida de la sociedad tradicional, al
mismo tiempo en que articulaba internamente una presencia en todos los lugares y ocupaba todos los tiempos.
Considerando
el desencuentro entre el modo de produc-
ción, vorazmente articulado por la gran industria, y el modo
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 113
de
vida de la población tradicional en el interior del movi- miento de formación,
fue posible constatar que la pérdida de los medios materiales de vida no correspondía a la adop-
ción inmediata de otro modo de vida.
Parece haber existido una imposibilidad lógica para esta adopción. De modo que llega a ser preocupante la constatación
de la rápida desapa- rición del caipira
de San Pablo.
En
conclusión, el objetivo de este ensayo
es el de asegu- rar que la cultura, desde el punto de
vista de la dialéctica
materialista, no se constituye en
un campo
o subcampo en el cual los objetos
de estudio y reflexión puedan ser
separa- dos: la cultura en sí. Finalmente, todo
se conecta con todo, dicen siempre
los viejos maestros. En este
texto se sugirieron dos niveles de abordaje de la cultura: uno
que verticaliza y problematiza la
práctica cultural relacionando los
atributos inmanentes –las particularidades– con
el ámbito que le da universalidad (por ejemplo, el fútbol).
El otro es el nivel de abordaje de la
cultura como economía del símbolo; se parte de la premisa de que
el proceso de acumulación capitalista se desprendió de su fundamento y
que las mercancías cultu- rales tienen un
estatuto diferente, son remuneradas por
la autenticidad, excepcionalidad, conforme a la estructura de los
rendimientos en la cual ellas se insertan. Es por eso que los parámetros de
raciocinio propios del movimiento de la formación fueron presentados aquí.
Bibliografia
Arantes, P. F. 2008. “O grau zero
da arquitetura na era fi- nanceira”. Novos Estudos, 80, pp.
175-195.
Cosgrove,
D. E. 2002. “Observando la naturaleza: El paisaje y el sentido europeo de la
vista”. Boletín de la AGE, 34, pp. 63-89.
114
Odette
Carvalho de Lima Seabra
–––––.
2003. “Em direção a uma Geografia
Cultural radical: Problemas de teoria”,
en Corrêa, R. L. y Rosendahl, Z. (orgs.). Introdução à
Geografia; Cultural. Río de Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 103-134.
Debord,
G. 1992. La société du spectacle. París, Gallimard. Lefebvre, H.
1974. La production de l´espace.
París, Anthro-
pos.
Prado Junior,
C. 1966. Evolução política do Brasil e outros estu- dos. San Pablo,
Brasiliense.
Ortiz,
R. 2006. A moderna tradição brasileira. San Pablo, Brasiliense.
Sahlins,
M. 2004. Cultura na prática. Río de Janeiro,
UFRJ.
El
nudo gordiano de la cultura en el movimiento de la formación 115
Del
ágora al speaker’s corner:
el
espacio público en la ciudad *
Ana
Fani Alessandri Carlos 1
En
este texto, partimos de la idea de que el espacio públi- co no puede ser
analizado en sí, ya que se trata de un
espa- cio-tiempo constitutivo de la ciudad
y de la realización de la vida en la ciudad; por lo tanto,
su sentido está determinado por el proceso constitutivo de la
ciudad en su totalidad. En este contexto,
las relaciones del individuo se realizan
en un espacio-tiempo propio, debido a que cada sujeto se sitúa en
un espacio real y concreto, inmerso en una red de
relacio- nes con significados propios como
exigencia de la realiza-
ción de la vida humana. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que el
espacio público aparece como
el lugar de la realización
concreta de la historia individual como historia colectiva por la mediación de los lugares de la realización de la vida.
El
concepto de espacio público, por lo tanto,
se vincula a la praxis, invadida
de contenidos simbólicos. El
espacio pú- blico revela
su uso y este se liga a las determinaciones del intercambio social en su
objetividad-subjetividad material y
*
Traducción: Perla Zusman.
1 Universidad de San Paulo (Brasil).
117
simbólica.
La vida cotidiana, como el espacio-tiempo de este proceso, se presenta
como una
práctica objetiva, y revela la
vida como acción y las representaciones que la sustentan y la explican. Es
decir, las relaciones sociales entre los
hombres se realizan por apropiaciones sucesivas de los espacios y de los tiempos, como
condición y realización de su existencia, lo que les otorga
contenido y sentido. En este proceso, se evidencia la contradicción entre espacio privado
y espacio público, siendo el
último término la negación del primero.
Esta
idea señala el posible pasaje de la comprensión del es- pacio público, entendido como aquel
de la “esfera pública”, hacia el entendimiento de la apropiación del
espacio público
–en
tanto determinado lugar de la
ciudad– como condición de realización de la esfera
pública en tanto
momento de la práctica
socio-espacial. Esta orientación significa presu- poner que, a partir
de la perspectiva geográfica, el espacio público puede ser analizado como espacio-tiempo, lugar
y momento de la práctica
socio-espacial, definidora de la vida en la ciudad.
En
esta perspectiva, las transformaciones en los sentidos y contenidos del espacio
público se explicitan como momen- tos
definidores de las transformaciones de la producción de la ciudad en el movimiento de constitución de la
sociedad, como momento de la reproducción del espacio urbano. Por ello, la
dinámica del proceso de producción del espacio
ur- bano revela el movimiento de
la sociedad en su totalidad.
El
título del texto señala el movimiento que va del “ágo - ra al speaker’s corner
”, de la producción del espacio cosmo -
lógico – de la ciudad
griega– al espacio abstracto – de la ciudad
capitalista–. Indica un movimiento de transforma- ción del
sentido del espacio público
en la ciudad como proceso de transformación de la propia
ciudad a lo largo de la historia,
lo que revela
un profundo cambio en el
modo en
el que se constituye el sentido de
los términos ciudadanía y democracia en la
ciudad. Es decir, mientras
118
Ana
Fani Alessandri Carlos
que en el
ágora la participación presuponía la igualdad, en la ciudad contemporánea el espacio público presupone la forma de lo equivalente.
El
ágora es el lugar del discurso, del comercio, del encuen- tro, el lugar de
realización de la ciudadanía como arte políti- co manifiesto en la igualdad del
ciudadano, en su capacidad y derecho de autogobierno. “No puede haber ciudad al me- nos que todos tengan aquel mínimo de
virtud cívica, de res- peto por la
opinión pública, sentido de justicia que
viabiliza la vida en comunidad” (Stone, 2007: 73).
El
speaker’s corner, usado aquí como
metáfora del espacio público en
la ciudad actual, tiene su referencia en
un peque- ño lugar en el Hyde Park de Londres, donde el
ciudadano puede manifestar su opinión siempre
que no esté pisando suelo inglés. Ello significa
que, para hablar al público, debe pararse sobre alguna
cosa, un banco, por ejemplo. Por
otro lado, su discurso tampoco puede contemplar una crítica
a la familia real ni a las políticas como, por ejemplo, el ali-
neamiento de Gran Bretaña con
los Estados Unidos en la
invasión de Irak.
De este modo, suponemos aquí que
esta metáfora es la expresión más representativa del estrecha- miento de
la esfera pública, pasible de ser
identificado en el momento de pasaje de la democracia directa a la democracia
representativa; del lugar de la reunión
de los desiguales en asamblea (definiendo los contornos de la vida), al
lugar nor- matizado donde no todo puede
ser dicho, donde el orador es
“desterritorializado” y donde el diálogo
es sustituido por el monólogo, donde los temas, en lugar de ser
debatidos, son apenas presentados por un
único individuo sobre un banco, delante
de una platea de curiosos, muchos de ellos turistas.
El
speaker’s corner es, sobre todo, la
representación del espacio
institucionalizado vivido como
exterioridad, como escenario de
la no participación; es el
lugar de
la libertad restrictiva y
vigilada en una ciudad donde la vida cotidiana se determina en el
seno de una pasividad controlada. Aquí,
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 119
la
práctica socio-espacial, a pesar de
fundarse en la realidad, la disimula; la
ciudad actual revela que
el hombre crea, al mismo tiempo, las condiciones de su existencia y las condi- ciones de vida que se oponen a
ella, a través de la reducción de las posibilidades de apropiación en las
transformaciones de los usos, a través de la reducción de las posibilidades de
realización del intercambio como condición de sociabilidad. En esta trayectoria
se constata no solo el vaciamento de los
contenidos de los espacios
públicos, sino también los cam-
bios sustantivos de la vida humana en la ciudad.
La
contradicción espacio privado y espacio público
Los
espacios privados y los públicos –en su indisociabili- dad–, en tanto momentos privilegiados que constituyen la identidad ciudadano/ciudad
como relación contradictoria, están
marcados por formas de apropiación diferenciadas: el adentro y el afuera, lo individual
y lo colectivo, lo protegido y lo violento. La especificidad se revela en la diferencia de sus contenidos en las
relaciones sociales. Contemplan un “to- pos” como presupuesto y producto de las
relaciones sociales de intercambio.
Arendt (2000) señala que, en la polis, la esfera
pública era la esfera de la libertad, en
contraposición a la esfera privada subyugada
a la necesidad pues, para los griegos,
la libertad se situaba,
exclusivamente, en la esfera de la
política, aquí contrapuesta a
aquella de la necesidad, que aparece como un fenómeno prepolítico, característico del
hogar privado. En esta esfera se
justificaba la violencia como medio de
ven- cer la necesidad y alcanzar la libertad (también se justificaba la esclavitud).
En este sentido, los conceptos de dominio y de sumisión pertenecían a la esfera privada.
La polis (que sig- nificaba lo
público), en cambio, se diferenciaba de
la fami- lia (centro de la desigualdad), para
concebir a los hombres como
iguales, puesto que la esfera de lo político igualaba
a los hombres. Así, ser libre
significaba no estar
sujeto a las
120
Ana
Fani Alessandri Carlos
necesidades
de la vida ni de otro hombre. La
igualdad era la esencia de la libertad,
una esfera donde no existía ni go-
bierno ni gobernados. Esto significaba
que no había
ley ni justicia fuera de la esfera pública, que era la que constituía el sentido de la
ciudadanía. Para Aristóteles, la condición pre- via de la libertad era la
eliminación de cualquier modo de vida
dedicado básicamente a la sobrevivencia
del individuo, pues a causa de ello el individuo no disponía de la
libertad de movimientos y de acción, por lo tanto no podría ocuparse de lo
bello, pues esta ocupación no era ni necesaria, ni útil. A la
sobrevivencia se le contraponía la vida
volcada a los pla- ceres del cuerpo, a los asuntos de la polis y a la vida
filosófica. Ello denotaba una forma de organización política muy espe- cial y
libremente elegida (Arendt, 2000: 21).
Vernant
llama la atención al hecho de que en el panteón griego se pueda encontrar al
par Hestia/Hermes que, en su oposición, señala
una asociación entre el espacio privado
y el espacio público. En su
interpretación, Hestia reside en la casa
donde está instalado un hogar que
representa el centro del hábitat humano, pero
“Hestia no constituye solo el
cen- tro del espacio doméstico. Fijada en el suelo, el hogar circu- lar es como el ombligo
que enraíza la morada en la tierra. Ella es el símbolo y garantía de lo fijo, de lo inmutable, de lo
permanente. (...) El punto fijo, el centro a partir del cual el espacio humano se orienta y se
organiza” (Vernant, 1990:
191). Por su lado,
Hermes representa en el “espacio
y en el mundo humano, el movimiento, el pasaje, el cambio de esta- do,
las transiciones, los contactos entre elementos extraños. (...) él reside en la entrada de las ciudades, en las
fronteras de los Estados, en las
encrucijadas” (1990: 192). En todos los
lugares donde los hombres dejan su vivienda privada se reúnen y entran en contacto en el
intercambio. Por lo tanto, se trata del sentido social del intercambio –como
lazo social– que solo puede establecer
la posibilidad de autogobierno a través de la presencia del otro, de la
reunión, del encuentro.
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 121
Aquí
el espacio público aparece como opuesto
al espacio pri- vado, se trata de una relación entre, por un lado, el adentro y
el afuera, lo familiar y lo restrictivo
y, por el otro, el contacto con el
exterior en el sentido amplio, es decir,
tanto desde el punto de vista
espacial como de las relaciones con otras personas.
Según Vernant,
los mitos de Hestia
y Hermes aparecen asociados al
mito de la autoctonía –los hombres nacidos
en la tierra en que están instalados–. “Así como los poetas y filó-
sofos identifican a Hestia con la tierra
inmóvil, el centro del cosmos, la ciudad
aparece como el terreno del oikos que debe permanecer como el privilegio
y la marca del ciudadano au- tóctono, comunión entre la tierra y el grupo humano” (Ver- nant, 1990: 208). Me parece que esta interpretación
está en el centro de la comprensión de la relación del ciudadano con la polis,
donde la jerarquía se ligaba al espacio privado como aquel del poder, mientras que el espacio del
ágora abrigaba la posibilidad real de
crear las condiciones de autogobierno a
través del encuentro con los iguales.
Sustancialmente,
el mito revela el intercambio social como elemento central en la definición de
los espacios de la vida, el intercambio social como acción
que solo puede desarro- llarse a
través de lo diferente, el otro que es,
en realidad, lo colectivo; en un lugar determinado, donde la individualidad se
constituye a través de la participación
activa. En esta con- dición del
intercambio, en su sustancialidad como sociabili- dad, se realiza el seno de lo
colectivo.
La
esfera pública, tanto como la privada, presupone y re- quiere
un espacio efectivo
para su realización; presupone y
construye un espacio-tiempo de la
acción que orienta la vida. Pero no solo la representación Hestia/Hermes
revela el sentido de la espacialidad, es
también preciso recordar que la constitución de la ciudadanía en la polis griega del siglo V a. C. tuvo como fundamento las reformas, primero de Solón y
luego de Clístenes, que revolucionaron el modo
122
Ana
Fani Alessandri Carlos
cómo el suelo,
y la riqueza presa al mismo,
era apropiado diferencialmente en
la sociedad griega. Por lo tanto, el aná- lisis de la polis griega contempla
necesariamente un momen- to espacial que los análisis del espacio público
reducidos al de la esfera pública,
ignoran.
En
este sentido, la polis no solo es
reducto de lo político sino también la posibilidad y el lugar del discurso
como ac- ción. En el ágora
se realiza la reunión de los
hombres, un contacto en un espacio
determinado para la acción y para el establecimiento del discurso
por la mediación del inter- cambio, puesto
que toda actividad
humana exige un espa- cio-tiempo que le es propio y todo
espacio exige un centro a partir del
cual se organiza, se orienta.
Las
obras de Sófocles (1998) y Eurípides (s/d) nos revelan que el sentido de
pertenencia y de constitución de la idea de ciudadanía no se resume
al uso del ágora, es de la ciudad
de lo que se habla2 y esta expresa una
articulación entre los espacios
públicos (no solo aquel del ágora,
sino también el del teatro de
Dionisio), que involucra todos
los lugares de la práctica espacial. La relación entre ágora y
acrópolis es la relación entre la
representación a través del mito y la prácti- ca. Para Pericles, la definición
del “hombre griego” es reve- ladora de
esta idea. Es decir, el sentido del
hombre es aquel que contempla un conjunto de actividades como
aquella de la poesía, del deporte, de la filosofía, de la política, de los trabajos manuales. Así, la sociedad no se
compone de una sumatoria de individuos
sino que es expresión de la articula- ción de las relaciones sociales,
condiciones en las cuales los individuos
producen su existencia, unos en
relación con los otros, en el espacio
de la polis. Esta orientación exige
tras- cender el individuo. Ello nos coloca delante de la cuestión
2 “Hermana mía: Edipo, tu esposo, encuentra
justo hacerme padecer una terrible suerte. Entre dos males: ser expulsado de la
tierra paterna, o ser condenado a muerte, me da a elegir”, habla Creonte,
dirigiéndo- se a Yocasta en la tragedia Edipo Rey, de Sófocles.
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 123
del sujeto
no preconstituido (aunque con
la potencialidad para constituirse). Este sujeto se estructura a través
de los procesos de construcción real en la
praxis, lo cual resulta congruente con el orden de las
determinaciones sociales (Artous, 2006).
Podemos
pensar que el hombre habita y vive el mundo a partir de su casa. Bosi (1995) afirma que,
para el sujeto, la casa es el centro nervioso; ella está
repleta de objetos que re- velan el mundo interior pleno de significados que adquieren sentido a
medida que la vida se desenvuelve. Pero
la vida no se resume a estos lugares,
ella es expresión de un despla- zamiento de
acciones que se desarrollan en otros
lugares. Por ejemplo, Walter Benjamin en
el cuento sobre Nápoles
(Benjamin, 1993), describe los actos de
la vida cotidiana sin distinguir entre espacio
público y espacio privado,
es decir que, ya que ellos se mezclan, se realizan
en el liminar de la casa y de la
calzada de la calle, sin separación entre el aden- tro y el afuera.
El
habitar –que conserva la dimensión del uso– involucra el cuerpo en el sentido
que el “que hace uso” tiene una pre-
sencia real y concreta, de este modo
restituye la presencia y lo
vivido. Involucra un determinado lugar en el espacio, por lo tanto, una
localización y una distancia
que se relacionan con otros lugares de la ciudad y que, por ello, adquieren cua- lidades específicas.
A su vez, estas cualidades constituyen el mundo de la percepción sensible, cargado de
significados afectivos o de
representaciones que, al
superar el instan- te, son capaces de traducir significados profundos sobre el modo
en el que aquellas se construyeron a lo largo del tiem- po. El habitar produce limitaciones al mismo tiempo que abre posibilidades.
A
su vez, el espacio público tiene una multiplicidad de sen- tidos para la sociedad
en función de la cultura, los hábitos, las costumbres, que no pueden ser
tratados con negligencia. En este marco
es sustancialmente intercambio, movimiento.
124
Ana
Fani Alessandri Carlos
Se
vincula con la actividad plena del
individuo a través de la relación con el otro,
definidora de sus destinos. Se
trata de un lugar donde se realiza un tipo de intercambio de
conte- nido social diferente de aquel
que otorga contenido al espa- cio
privado –del oikos, dominado por relaciones jerárquicas definidas en el
seno de y por la familia y por las relaciones de parentesco–; el
espacio público expone tensiones, ambi- güedades,
conflictos. Diferenciándose del nivel de
lo priva- do, contempla la posibilidad de lo fortuito y lo inesperado.
Desde una dimensión política que no puede ser dejada de lado contiene la posibilidad del
autogobierno.
La
contradicción entre espacio público y
espacio privado revela la praxis como
la práctica socio-espacial
que funda las relaciones sociales,
condición de realización de la vida humana en su multiplicidad. La
relación del hombre con el mundo es construida a partir de un momento en el cual el individuo se
reconoce y construye una trama de relaciones con el otro
y, a través de este, con el mundo
que lo rodea. De este modo, se produce en tanto humano a medida que construye la realidad.
Así, si el punto de partida del análisis es el espacio privado, revelándose a través del habitar aque- llo
que es real y concreto, es decir, los gestos, el cuerpo (el lugar del habitar envuelve el mundo privado, el cuarto
del apartamento o de la casa), él se abre a la calle, al mercado, al centro comercial,
a los centros de servicios, al área de ocio o, más aún, a la de trabajo. Se trata de los lugares de la práctica cotidiana que
describen y otorgan contenido a la vida en la ciudad vinculando a los lugares y a las personas en ella.
Para
muchos autores, los espacios
públicos hacen referen- cia a
aquellos correspondientes a los
equipamientos colecti- vos. Ello niega el sentido más profundo del espacio
público: aquel vinculado a la posibilidad de apropiaciones múltiples
en tanto lugar de encuentros y desencuentros,
de comunica- ción, de diálogo y de
sociabilidad.
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 125
Jacques Lév y (2003) señala que el
término “espacio pú- blico” presenta dos
acepciones: a) en la filosofía política,
es el dispositivo que permite la comunicación en una delibera- ción
entre ciudadanos, en este caso (la ciudad) contiene una metáfora espacial que
guarda relación con el “ágora griega” o con el forum romano, el sentido del
lugar privilegiado de la reunión
pública de los ciudadanos; b) el
espacio público como objeto
de acción de los
arquitectos urbanistas y, en este sentido, contemplaría el “universo de los
posibles”. A es- tas dos connotaciones podemos agregar el hecho de que la Geografía permite pensar: a) el espacio público como un lu- gar concreto de la realización de
la vida en la ciudad, como
espacio-tiempo de la práctica social,
lugar de la reunión y del encuentro con
el “otro”; ello significa que su sentido
es aquel de la alteridad, donde la
historia particular de cada uno puede
realizarse en tanto historia colectiva, mucho más que a través de la simple
localización de la acción; b) el es- pacio público
se define por la relación y no por la
forma. Las posibilidades de reunión y de encuentro no significan proximidad al otro, estar al lado del otro, sino una relación dialéctica del
sujeto con el otro
de la relación. Por eso es posible también afirmar que no
todos los espacios de usos públicos pueden ser construidos a priori en las
ciudades. Si la ciudad es en sí el lugar
de la vida, ella contempla la posi- bilidad
de que todos los lugares
sean pasibles de ser apro- piados como
lugares de constitución de la
sociabilidad: tal es el caso de una manifestación política en la que el “cuerpo
puede tomar el lugar del automóvil en la calle”; o aún más, cuando la calle es
tomada por el “ juego”, etcétera.
Así,
el espacio público es sin duda de orden social, se vin- cula a la idea
de un espacio
de usos que no
siempre es o puede ser definido a
priori en función de su forma o función social. La forma puede o no
apelar a contenidos precisos, pero, ciertamente, no en el
caso de los espacios públicos. Así, el sentido del espacio público
se liga a los espacios de
126
Ana
Fani Alessandri Carlos
la
ciudad como un
todo. Con esto quiero decir que la
vir- tualidad que apunta Lévy,
desde mi punto de vista, no está en la
mano de los urbanistas, presos de la
lógica de la racio- nalidad “estatista” que
normatiza y funcionaliza el espacio urbano, sino que se encuentra en el plano
de la sociedad, en la acción de los ciudadanos que participan activamente de sus destinos. En esta dirección, el espacio público, como uso público de la
ciudad, se vincula a las posibilidades de los lugares (inmediatos
o mediatos) apropiados y supone un sujeto
activo en contraposición con la idea de un actor que actúa en el escenario preestablecido de
la ciudad.
Esto
significa afirmar que el espacio
público solo tiene un sentido
público en términos reales en la medida
en que per- mite la relación social a través de la simultaneidad de usos. Sin
embargo, es necesario considerar que los espacios públi- cos encierran en sí
una contradicción: a) el espacio público es el lugar de lo político, pero
es también bajo la égida de lo
político en el mundo moderno que el espacio
público se convierte en el
lugar de
la norma, en objeto de
estrategia del Estado; b) el espacio público es el lugar de la realización de la vida urbana como posibilidad de encuentro, pero es también el lugar de la copresencia
como negación del otro; c) el espacio
público es el lugar de encuentro por
excelencia, pero también se ve
invadido por el mundo de la mercade- ría, es decir, se ve inmerso en los procesos
de valorización del espacio que
hacen que su existencia represente
óptimas oportunidades de lucro para el sector inmobiliario.
La
ciudad contemporánea revela estas
contradicciones en la medida en que su producción se funda en la funcionaliza- ción de los lugares de la vida, autonomizándolos. Una con- quista
de la modernidad fue fragmentar la vida cotidiana, separándola en
espacios-tiempos definidos y recortados, con funciones específicas, señalando la condición objetiva del ser humano escindido, envuelto en el
individualismo, preso al mundo de la mercadería.
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 127
La
etapa actual de la
economía potencia el carácter de la ciudad
como concentradora de
riqueza, de poder, desde la riqueza mobiliaria a la inmobiliaria; la
generalización del mundo de la mercadería lleva a que el uso del espacio de la
ciudad esté cada vez más dominado por el
valor de cambio, lo cual produce al ciudadano como consumidor. La produc- ción
de la ciudad comandada por lo económico elimina poco a poco el sentido de la ciudad como
obra, como espacio
de creación y de goce.
El
individualismo moderno, vinculado a la
implosión de las orientaciones socioculturales y de la crisis de la ciudad,
señala el hecho de que las transformaciones del proceso de reproducción del
espacio urbano tienden a separar y a divi- dir a los habitantes de la
ciudad en función de las formas de
apropiación, determinadas por la existencia
de la propiedad del suelo urbano; la presencia de cada uno en su domicilio específico desemboca en una segregación espacial bien
ní- tida, pasible de ser observada en el paisaje como producto de la articulación entre una
jerarquía social y una jerarquía espacial que caracteriza los usos y los
intercambios en el es- pacio urbano.
Esta
delimitación, bien marcada, que separa
la casa de la calle, que reduce
el espacio público y que
apaga la vida en los barrios donde cada
uno se reconocía (porque
este era el espacio de la vida), vuelve a la ciudad más fría, anónima, funcional e
institucionalizada y, en este marco,
el espacio público es vivido como
extrañamiento.
A
lo largo del proceso histórico, la
producción de la ciu- dad se va
revelando como un modo de segregación de gru- pos e individuos. Jerarquizados
social y espacialmente, los individuos
participan desigualmente de la
sociedad, en la que el espacio público, como
subversión y negatividad, apa-
rece más como posibilidad que como realidad. Este proceso revela, también, el
encogimiento de la esfera pública en el
mundo moderno y la expansión de la esfera privada. Arendt
128
Ana
Fani Alessandri Carlos
señala
que la esfera privada no es más lo opuesto de la esfera pública, ya que ambas fueron absorbidas por la
existencia de una esfera social, por el movimiento de pasaje de la acción al
comportamiento. Así, se revela aquello
que Arendt llamó “la victoria de
la sociedad en la era moderna”, la
sustitución inicial de la acción por el comportamiento y la posterior sus-
titución del gobierno personal por la
burocracia, que es el gobierno de nadie.
Desde
el auge de la sociedad, desde la
admisión de la fami- lia y de las actividades
propias de la organización
doméstica a la esfera pública, una de las notables características de la nueva
esfera ha sido una irresistible
tendencia a crecer, a de- vorar
las más antiguas esferas de lo
político y lo privado (…) así como de la más reciente de la intimidad. Este
constante crecimiento (…) adquiere su fuerza, a través de la sociedad, debido a
que de una forma
u otra ha sido canalizado hacia
la esfera pública el propio proceso de
la vida (…) Tal vez la indicación más clara de que la sociedad constituye
la organi- zación pública del
propio proceso de la vida pueda hallarse en
el hecho de que (…) la nueva
esfera social transformó
todas las comunidades modernas en
sociedades de trabaja- dores y empleados;
en otras palabras, quedaron en seguida
centradas en una actividad necesaria para mantener la vida, la labor. (Arendt,
2000: 52)
Para obtener una
sociedad de trabajadores, está
claro que no es necesario que cada uno
de los miembros sea trabaja- dor,
y ni siquiera la emancipación de
la clase trabajadora y el enorme poder potencial que le concede el gobierno de la mayoría son decisivos: sino que todos
los miembros con- sideren lo que
hacen fundamentalmente como medio
para mantener su propia vida y la (…) de sus familias. La socie- dad es
la forma en la que la mutua dependencia en beneficio de la vida y nada más adquiere público significado,
donde
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 129
las
actividades relacionadas con la pura
sobrevivencia son admitidas en la plaza pública. (Arendt, 2000: 52-56)
El
surgimiento de la sociedad de masa indica que los distin- tos grupos sociales fueron absorbidos por una
sociedad única que controla con igual
fuerza a todos los miembros “donde la igualdad (…) es solo el reconocimiento
legal y político basado en el conformismo inherente a la sociedad que
únicamente es posible porque la conducta ha reemplazado la acción como
principal relación humana” (Arendt, 2000: 50).
Sobre este proceso de alienación, Lefebvre nos recuerda una fórmula de Marx y escribe
que:
(...)
la abstracción del Estado como tal pertenece a los tiem- pos modernos, porque
la abstracción de la vida privada pertenece a los tiempos modernos.
(...) La paradoja de la
situación, en efecto, no significa la
consolidación de la vida familiar reducida, ni los procesos de reprivatización. Lo chocante es el
conjunto de contradicciones que acompañan este proceso y que lo constituyen. La
reprivatización aparece cuando y en
tanto la historia se acelera.
Ella no tiene solo una
relación con las derrotas y los peligros
que emanan de esa aceleración,
ella se refiere también a las técnicas [comen- zando por la
radio y por la televisión] que abrieron la vida privada sobre
la vida social y política,
sobre la historia, so- bre el conocimiento. El cierre de la conciencia sobre sí y de la vida privada acompaña la globalización de la vida y de la
conciencia. La apertura produce resultados imprevistos. La globalización previsible y esperada se realiza sobre el modo de cierre. Desde su poltrona el hombre privado –que
no se siente más ciudadano–
asiste al universo sin preocupación. Él
mira el mundo y se mundializa en tanto
puro y simple mirar. Él gana un saber. ¿Pero en qué consiste ese
saber? No es un verdadero conocimiento,
ni un poder sobre las cosas vistas, ni una participación real
sobre los eventos. Existe allí
130
Ana
Fani Alessandri Carlos
una
nueva modalidad de mirar: una
mirada social colocada sobre la imagen
de las cosas pero reducida a la
impotencia, a la detención de una falsa
conciencia y de una cuasi con- ciencia,
a la no participación. De esta mirada se
aparta el reconocimiento real, la potencia real, la participación real. Es más bien una mirada privada, aquella del hombre privado que se
convierte en social. (Lefebvre, 2001: 93)
De
este modo, en la mundialidad pasivamente
contemplada, sin participación efectiva, se desarrollan los procesos inacce-
sibles, a pesar de ser vistos: la
tecnificación, la exploración del cosmos, las estrategias políticas.
Este proceso de distan- ciamiento vertiginoso delante de la mirada socializada
que sustituye a la conciencia activa –actuando– de la práctica social.
(...) La vida privada implica privación
[que es para Lefebvre el sentido de la palabra privado], el mundo viene
a camuflar las frustraciones. Mientras
la reprivatización de la vida tiene lugar por los mismos medios, el
poder y la riqueza se personalizan. La vida pública, la política
se impregna de imágenes y significaciones tomadas prestadas de la vida pri- vada. (Lefebvre,
2001: 93 -94)
Desde
los medios de producción hasta la casa como lugar de reproducción de la
especie, todos los lugares
de la vida pasan,
tendencialmente, por las formas posibles de apro- piación sometidas
a las relaciones de intercambio mercantil como consecuencia de la expansión
de la propiedad privada en todos los planos de la vida, revelándose como
privación de la ciudad. Aquí se
levantan las fronteras urbanas
–impuestas por la propiedad privada del suelo urbano, por el narcotráfi- co,
por las pandillas– que van limitando la
vida al encogerse los espacios públicos,
al deteriorarse los espacios privados, a partir de la expansión de las periferias urbanas.
Producto
de la explosión/implosión de la
ciudad, por la potencia organizadora y
totalizadora del Estado, por la
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 131
extensión
del mundo de la mercadería a través de la pro- ducción del espacio urbano, los
lugares de la realización de la vida exponen y refuerzan el poder de la
propiedad priva- da, del dinero, solidificando un conjunto de valores éticos y estéticos orientadores de la vida urbana, actualizando
la alienación.
La
tríada espacio privado-espacio público-ciudad
La
ciudad en tanto práctica
social es el espacio-tiempo de la acción
que funda la vida humana en su objetividad. Este no se
limita a ser un simple campo
de experiencia, pues la
apropiación del espacio se realiza a través del cuerpo y de to- dos los
sentidos, que son las determinaciones del
ser huma- no. Por lo tanto, al
enfocarnos en la práctica, el movimiento
del pensamiento se dirige a lo concreto, a la práctica real en sus contradicciones vividas, y
aquí, como fue
expuesto, se descubre la contradicción espacio privado y espacio
público. Pero esta contradicción se
desdobla y es superada en el tér- mino “ciudad”.
Es
así que, en el análisis de la
ciudad, nos confrontamos con las situaciones que emergen en
el seno de la realidad como urgencia de una vida cotidiana fragmentada, realiza- da
en espacios segregados, bien como
con las aspiraciones a “otra
vida”, restaurando la dialéctica de la
necesidad y del deseo como presupuesto de la lucha en torno a la ciudad.
Por
lo tanto, si el espacio fue durante
mucho tiempo pen- sado como localización
de los fenómenos, palco donde se despliega la vida humana, es posible pensarlo desde
otra determinación, aquella que encierra
en su naturaleza un contenido social dado por las relaciones sociales
(prácticas y simbólicas) que se realizan en un espacio-tiempo determina- do;
aquella de la reproducción constante de
la vida humana a lo largo de la historia.
El
proceso tiene una materialidad pasible de ser
vista y percibida con todos los sentidos
humanos, en los lugares del
132
Ana
Fani Alessandri Carlos
“acontecer
diario”, en las actividades más banales que vincu- lan los hombres a los
lugares y al “otro de la relación social”. Este proceso está marcado por un
tiempo determinado y es circunscripto a ciertos espacios. En esta situación, el
hombre se apropia del mundo, a partir de
la apropiación del espacio
–con
todos sus sentidos– revelando la
importancia del cuer- po. El uso de los lugares de la realización de la vida, a
través del cuerpo (el propio cuerpo como
extensión del espacio) y de todos
los sentidos humanos realiza la acción
humana, produciendo un mundo
real y concreto, delimitando e im-
primiendo en el espacio los “rastros” de la civilización con sus
contenidos históricos.
La
ciudad, en tanto
espacio apropiable para la vida, in- volucra el uso del espacio por el
cuerpo; ello implica el uso de los
lugares donde se realiza la vida a
través de relaciones sofisticadas como
las de vecindad, a través del
acto de ir de compras, de caminar, de encontrarse, de jugar, de entrete- nerse. El recorrido propio de una práctica
vivida y recono- cida en los pequeños actos cotidianos, y aparentemente
sin sentido, que crea lazos profundos de
identidad de los ha- bitantes entre sí y de los habitantes con los lugares,
marca- dos por la presencia y que, por ello, gana significado en sus posibilidades y en sus límites.
Se trata, por lo tanto,
de un espacio palpable, real y
concreto –la extensión exterior, ex- terior
a nosotros– al mismo tiempo que revela al ciudadano como uno de sus
referentes. Estos referentes no son específi- cos a una función o forma, sino que son producidos por un conjunto de
sentidos, impresos por un uso definido, en este caso, a través
de las propiedades del tiempo vivido.
La
acción que constituye el mundo
concretamente se rea- liza como
modo de apropiación del espacio
para la repro- ducción de la vida
en todas sus dimensiones. Se refiere a
los modos de apropiación que construyen el ser humano y crean la identidad que
se realiza por la mediación del otro (sujeto de la relación). Esta es una
característica de la vida humana
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 133
que envuelve
dos planos: el individual (que se revela en su plenitud, en el acto de
habitar, vinculándose a los conteni- dos y sentidos del espacio
privado) y el colectivo (plano de
realización de la sociedad, realizándose en la ciudad, vincu- lándose a los contenidos y a los sentidos del espacio
público). Esta relación gana sentido objetivo y subjetivo en la ciudad. En este
marco, la ciudad es también un
lugar apropiado para la
realización de los deseos del ciudadano, para el uso, cuyo contenido traspasa
el del mero consumo productivo de sus
lugares.
En
la ciudad contemporánea, la
contradicción entre es- pacio
público y espacio privado
revela la extensión de la privación –a través de la forma jurídica
de la propiedad privada de la riqueza–
que se traduce en la jerarquía so - cial. Ella define el acceso
a los lugares de la ciudad, pon- derando
la diferenciación entre los individuos.
Al mismo tiempo, revela la
explosión del centro de la ciudad
como lugar simbólico constitutivo de la identidad. Así, el senti- do de este
centro es radicalmente diferente ahora. Si todo espacio requiere de un centro como
condición de su pro - ducción, el sentido de lo que
es el centro se transformó: se obser va el pasaje de la participación colectiva a la par-
ticipación representativa, donde el ciudadano se eclipsa y solamente queda la
monumentalidad que revela la espec-
tacularización del espacio.
En
este sentido, la producción de la
ciudad contempo- ránea también señala el pasaje del espacio del consumo al consumo del espacio, marcado por
la mediación del inter- cambio
sobre la lógica de la mercadería, donde el uso y las formas de
apropiación del espacio de realización de la vida se someten y se orientan bajo
los designios del intercambio mercantil.
Esto ocurre en un
momento histórico en que el
espacio-tiempo de realización de la mercadería y de su mundo aparece como condición de reproducción de la so-
ciedad. Mientras tanto,
la participación –como posibilidad
134
Ana
Fani Alessandri Carlos
de participación en la vida pública– aparece inmersa en el mundo del espectáculo de la sociedad
de masas como conciencia
alienada.
Espacio
de la contemplación pasiva más que de la acción cívica, las representaciones asumen un papel
importante en la disimulación de la participación del individuo en el
proyecto colectivo de la ciudad. El espacio público saturado de imágenes, de signos de lo urbano
y de la vida moderna, actúa como elemento orientador de los comportamientos y
definidor de los valores que organizan el intercambio, jerar- quizando a los
individuos a través de su acceso a los
lugares de la ciudad.
Al
contrario del espacio del ágora, que para Sennet (1991) era el refugio de la segregación, los espacios públicos en la ciudad
contemporánea se realizan en la
segregación, al mis- mo tiempo que son
lugar de tensión y de conflicto. En este
sentido, el “espacio urbano es contradicción concreta. El es- tudio de su
lógica y de sus propiedades formales lleva al aná- lisis dialéctico de sus contradicciones” (Lefebvre, 1970: 56)
Sin
embargo, a nivel sincrónico, es posible señalar
tres di- mensiones espacio-temporales diacrónicas, definidoras de la
ciudad: a) la ciudad es obra de la civilización y, en este senti-
do, es cultura –desde esta perspectiva
contempla el sentido de la historia como
acumulación de tiempos–; b) ella es una
realidad presente, en tanto
práctica socio-espacial vivida, por
lo tanto espacio-tiempo de la
acción que funda
la vida humana en su objetividad que no se limita a un simple cam- po de
experiencias individuales, sino que también es el lugar de la apropiación de la
vida, a través del cuerpo y de todos los sentidos; y c) vislumbra la posibilidad futura de realiza- ción de otra vida –en este
plano ella señala la universalidad de lo
humano en dirección a su constitución–.
La
yuxtaposición de estos tres
momentos podría definir a la ciudad
como obra de
arte, posibilidad destacada por
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 135
Mumford
(1965). Sin embargo, sí es posible reconocer, como lo hace Lefebvre (1953), que
a cada forma artística le co- rresponde
un sentido humano: a la pintura y la escultura le corresponden
el ojo, a la música el oído, (aún podemos agregar) a la cocina el paladar;
la ciudad, vinculada (en este razonamiento) a lo
práctico-sensible, puede ser relacionada al cuerpo, que, en sí
mismo incluye todos
los sentidos hu- manos. Así, la ciudad, en
tanto obra de arte,
es producida para el cuerpo, vivida por el hombre a través de sus
sentidos. Sin embargo, la ciudad, en
tanto obra de arte, no es produc- ción
de un individuo solo, sino del conjunto de la sociedad. Ello dispone a un
individuo en relación con el otro. De
esta manera, la ciudad es obra de
todos y para cada
uno, es la historia particular realizándose como historia
colectiva,3 y en esta condición,
la ciudad es la capacidad posible de libe- rar al ser humano de sus límites.
Esta proposición señala lo universal proyectándose más allá del mundo
circundante en su inmediatez. Así, el proceso de producción de
la ciudad es objetivo y se orienta a la objetivación en tanto realización del ser humano en su
práctica a lo largo de la historia. Este movimiento revela
que los espacios privados
y públicos en la ciudad tienen un
sentido de uso, como
espacio-tiempos de realización de la vida social en el espacio, y de intercam- bios que fundan las relaciones
sociales, como movimiento de constitución de lo humano en su trayectoria
contradictoria. (Carlos, 2005: 225-226)
Aquí
la relación contradictoria privado-público señala el “espacio
institucionalizado”, es decir
vacío y normatizado, como un tercer
término, y explica el movimiento
de cons- titución de la producción capitalista en la
ciudad contem- poránea en su fundamento,
como proceso de reproducción
3 Este razonamiento reconoce la importancia de
la apropiación del mundo por el hombre en tanto acto de creación.
136
Ana
Fani Alessandri Carlos
de
las relaciones sociales en el ámbito del
proceso de valori- zación. En este sentido, se abre al análisis de la vida
cotidia- na como absorción de los
contenidos del espacio público y privado,
como condición de la reproducción social bajo el capital;
este proceso se realiza
constituyendo la cotidianei- dad en un espacio abstracto, sin
cualidades, como aquel del speaker’s corner.
Pero el espacio
institucionalizado que
invade y reduce el sentido, tanto de lo privado
como de lo público, acarrea una negatividad que aparece a través de la acción reivindicativa, momento en el que el espacio
público se carga de un sentido que
proviene de la acción de los individuos que, al tomar el es- pacio público con su cuerpo, exigen el derecho de la palabra como participación
en la elaboración de un destino común.
Así,
aparece la ciudad como tercer
término, señalando y superando la contradicción entre público y privado
a través de la constitución de la lucha
en torno al “derecho a la ciudad” como negatividad, es decir, como
proyecto transformador en el seno de la
reproducción social, restaurando el sentido de la libertad contenido en el
ámbito del espacio urbano.
En
este sentido, el espacio público
permanece como resi- duo, o quizás, en la espontaneidad siempre posible. Espacio- tiempo de implosión de la
norma y de reafirmación de lo co- lectivo como
posibilidad de autogestión, el espacio
público aparece en su negatividad
como momento constitutivo del “derecho a
la ciudad”.
Bibliografía
Arendt, H. 2000. A condição humana. Río de
Janeiro, Forense
Universitária.
Artous, A. 2006. Le
fétichisme chez Marx: Le marxisme
comme théorie critique. París, Syllepse.
Del
ágora al speaker’s corner: el espacio público en la ciudad 137
Benjamin,
W. 1993. “Rua de mão única”, en Obras
escolhidas
II:
Rua de mão única. San Pablo, Ática.
Bosi,
E. 1995. Memória e sociedade. San Pablo, Companhia das
Letras.
Carlos,
A. F. 2005. “O direito à cidade e à
construção da me- tageografia”. Cidades, 4, (2), pp. 221-247.
Eurípides
(s/d). Electra, Río de Janeiro, Ediouro.
Lefebvre, H. 1953. Contribution à l´esthètique. París,
Éditions
Sociales.
–––––.
1970. La revolution urbaine. París, Gallimard.
–––––.
2001. La fin de l´ histoire. París, Anthropos.
Lévy,
J. 2003. “Urbanization honteuse, urbanization hereuse”, en Marcel, R. et al. De
la ville et du citadin. Lille, Parenthèses, pp. 75-91.
Mumford,
L. 1965. A cidade na
história. Belo Horizonte,
Itatiaia.
Sennet,
R. 1991. “La conscience de l´oeil”, en L’ espace du public.
Les
competénces du citadin. París, Plan Urbain, pp. 32-35. Sófocles 1998. A
trilogia tebana. Río de Janeiro, Jorge
Zahar.
Stone,
F. 2007. O julgamento de Sócrates. San Pablo, Companhia das Letras.
Vernant,
J. P. 1990. Mito e pensamento entre os gregos. Río de
Janeiro, Paz e Terra.
138
Ana
Fani Alessandri Carlos
El
lugar y el espacio público *
Vincent
Berdoulay 1
Los debates
acerca de la
posmodernidad responden a los desafíos que debe
enfrentar la sociedad actual en su re- lación con el
espacio; también se trata de
un desafío que se le plantea a la Geografía y a la planificación a fin de su- ministrar
elementos de análisis y propuestas de acción.
Las tensiones vividas tanto por
la territorialidad contemporánea como aquellas ligadas a la crisis de la
modernidad requieren especialmente un cuestionamiento a las acepciones clásicas
del territorio y el ambiente. En este
contexto nos propusi- mos restringirnos
aquí a señalar la pertinencia de recurrir a la
noción de lugar tanto
para intentar comprender lo
nuevo que ocurre en
el marco de la territorialidad actual como para
clarificar algunas implicancias para la planifica- ción. Entendemos
esta última preocupación en su sentido más amplio de intervención en el espacio que mediatiza
las relaciones entre los seres humanos. Ahora bien,
una de las
*
Traducción: Perla Zusman. Revisión: Hortensia Castro. Este artículo ha sido
publicado originalmente en Cahiers de Géographie du Québec, 1997, vol. 41, n°
114, pp. 301-309. La reproducción ha sido autorizada por dicha revista.
1 Universidad de Pau (Francia).
139
cuestiones
más importantes que la sociedad
contemporánea debe enfrentar, ¿no
es, justamente, la de promover lugares de debate público?, ¿qué servicio puede ofrecer al respecto la noción de lugar?
En
efecto, en estos tiempos de
posmodernismo, de estalli- do cultural de la sociedad y de rechazo a criterios comunes de juicio, algunos se preocupan por el devenir
del espacio público donde se
supone que se construirá la democracia.
Esta inquietud toma frecuentemente la forma
de una as- piración, un poco nostálgica
o idealizada, por dispositivos
construidos al estilo de los cafés del siglo XVIII o por plazas urbanas con
alta interacción social. Se trata de
dispositivos que facilitarían la emergencia de un espacio público
donde se formularía democráticamente la opinión. En el espíritu de
quienes comparten esta línea de pensamiento, este espa- cio al cual se aspira es
concebido de forma inmaterial, ya que se orienta, por sobre todo, a superar las
diferencias sociales y las pertenencias culturales. En consecuencia, y en el
fondo, habría una oposición radical
entre la noción de espacio pú- blico y la de identidad colectiva. Se
comprende así por qué los investigadores
están menos interesados en las
relaciones que puedan existir entre el espacio geográfico –altamente singular– y la noción tan universal
de espacio público. Sin embargo,
¿debemos aceptar este abandono de la aproxima- ción geográfica
como contribución potencial a los
desafíos (tanto modernos como posmodernos) en relación con el es- tatus y el
papel que le cabe al espacio
público hoy?
El
lugar del sujeto
Al
afinar los instrumentos
que permiten comprender qué hay de
nuevo en la territorialidad contemporánea se observa
que, últimamente, ha recrudecido el
interés por la noción de
lugar (Berdoulay, 1985; Entrikin, 1991 y 1997; Retaillé, 1997). Una
razón de ello es, ciertamente, la
insa- tisfacción engendrada por un
pensamiento vinculado a la
140
Vincent
Berdoulay
noción
de territorio: esta noción funciona como el lecho de Procusto en la medida que
predetermina la reflexión al imponer desde
el inicio un cuadro espacial y una
voluntad política determinadas.
El
observador contemporáneo es particularmente sensible a las ideologías en las que la retórica está fuertemente
deste- rritorializada. Desde la publicidad comercial hasta los slogans
antiestatales (o a favor de la desaparición de las fronteras), la moda es considerar la transparencia total de los
espacios, de modo que el individuo pueda expandirse plenamente en
la cultura mundial. Sin embargo, se constata
también la tenden- cia inversa hacia el cierre, el repliegue sobre los
nuevos territo- rios, sobre la tribu,
incluso sobre la secta, donde visiblemente se juega el deseo de
pertenencia comunitaria. Es, por lo tanto, entre estas dos interpretaciones
que se inmiscuye el interés por la noción de lugar, ya que
ella enfatiza la persistencia de
poderosos lazos que, a pesar de ciertas
apariencias, ligan el sujeto
contemporáneo a su mundo, es decir al individuo que busca ser el autor
de su propia vida (Berdoulay y Entrikin,
1998).
En este proceso se establece una tensión entre la sub- jetividad y la
objetividad, entre el sujeto y su ambiente. Es este hueco el que remite a la noción de lugar (Entrikin, 1991). En
síntesis: el sujeto, tiene lugar.
Esta
perspectiva de investigación invita a liberar
la diná- mica discursiva, principalmente narrativa, que instituye el
lugar. Es que la construcción del yo, de su identidad profun- da, corresponde a
un proceso análogo al de la construcción del lugar. Las relaciones de la
identidad con la alteridad, del territorio con la norma, así como los fenómenos
de terri- torialidad múltiple, son reveladores de las modalidades de
construcción de lugares por el sujeto y,
particularmente, de su concretización2 narrativa. En efecto, el sujeto
construye el
2 En francés
instanciation (N. de la T.).
El
lugar y el espacio público 141
lugar
por la mediación de relatos que dan sentido a su rela- ción con las personas, con
los objetos y con el ambiente. Es- tos
relatos corresponden a (re)descripciones
de los elemen- tos de este ambiente, desplegadas según una trama narrativa
portadora de sentido.
Pero la redefinición de las identidades, del sujeto
y del lugar, debido al juego de interacciones que involucra,
ape- la tanto a los valores
colectivos como a la materialidad del
mundo. El frecuente desajuste de los
relatos con relación a la racionalidad
instrumental sugiere que la cultura no
pue- de ser reducida a las condiciones materiales y sociales de su producción y
que el proyecto de la
modernidad, o de sus avatares actuales,
no excluye la conciliación de lo subjetivo y lo objetivo, de lo individual y lo colectivo.
La
cultura, en tanto crisol de valores y
campo de expre- sión de la
intersubjetividad, tiende a estabilizar la configura- ción de los lugares. La materialidad en la cual se desarrolla la
vida social y personal va en el mismo sentido. Dos casos fi- gurativos de
carácter extremo resultan bastante ilustrativos. El primero se refiere al hecho de que el lugar que viene a la
conciencia del sujeto presupone
otro tipo de
realidad que el que le permite
existir. El ejemplo más sobrecogedor es,
probablemente, el del matadero. Mientras que, años atrás, lo podíamos ver
desde la calle, en la actualidad, la
matanza se ha convertido en una
actividad especializada y recluida a un espacio
cerrado: “a partir de ahora, la
matanza debe tener un
carácter industrial, es decir
masiva y anónima; debe ser
no violenta, idealmente: indolora; debe ser invisible, ideal- mente: inexistente.
Debe ser como si no existiera” (Vialles,
1987:
21). En suma, funciona como un anti-lugar (ya que es cada vez más reprimida/rechazada) que permite que
el lu- gar de la vida moderna o posmoderna sea configurado por el
sujeto. Estos espacios cóncavos, segregados, son por lo tanto menos no-lugares
que los elementos escondidos
de ciertos lugares particulares que son
su razón de ser.
142
Vincent
Berdoulay
El
otro caso figurativo extremo, y que vale la pena
men- cionar, es el de las
fronteras de lo Estados que, por otra par- te, ocupan una función análoga y que
son blanco favorito de las críticas de la modernidad.
Las fronteras han podido constituirse
por la emergencia de lo transfronterizo, de los lu- gares de expresión del
sujeto por excelencia. En efecto, las fronteras inducen a su propia
transgresión, elemento fun- damental de la identidad individual o colectiva
de las per- sonas que deben acomodarse a ellas. Como lo muestran las investigaciones efectuadas en
el país vasco francés, las fron- teras
cambian al ritmo de la inversión personal y social sobre el espacio
transfronterizo (Velasco, 1998). Las fronteras u otros límites no son entonces
necesariamente los de los luga- res, aun cuando los primeros sean, algunas
veces, elementos constitutivos
esenciales de los segundos.
Habiendo
recuperado así la pertinencia acerca de una re- flexión sobre la noción de
lugar para aproximarnos al punto de vista geográfico de las transformaciones
contemporáneas de la territorialidad, no podemos más que llevar la discusión a
la cuestión de la ciudadanía. En efecto, mientras que la no- ción de territorio
precisa más bien del campo de ejercicio de los deberes y de los poderes, la
problemática del lugar remite a una
perspectiva de participación
activa, ciudadana y po- tencialmente constructiva del sujeto. Los vínculos que
unen el sujeto al lugar se fundan necesariamente sobre los valo- res y las reglas de funcionamiento.
Pero... ¿son ellos necesa- riamente
particularizadores o tienen un alcance
universal?,
¿podemos
conseguir un espacio público, es decir un espacio donde se desplegará el debate
público? Si es así, ¿cómo?
El
lugar del espacio público
Desde
la década de 1970, el creciente
interés por el espacio público está ligado a la toma de conciencia –por
parte de los urbanistas– de los vínculos
que aquel guarda con las prácticas sociales (Louisy, 1988). Pero esta noción, haciéndose eco de
El
lugar y el espacio público 143
preocupaciones
filosóficas muy anteriores, ha conservado las múltiples acepciones que los
especialistas de la Arquitectura, la Sociología
y la Ciencia Política han buscado promover. En este contexto, resulta fácil
señalar las grandes características de
lo que será el espacio
público y, más difícil, esbozar
la cuestión de sus relaciones con
la territorialidad. De hecho, nos parece que podemos ir desde una
aproximación que privilegie algunos sitios o instituciones urbanas localizadas
hacia otra donde la dimensión espacial, concreta, sea aban- donada al servicio
de consideraciones de la filosofía política. Y esto aun cuando tengamos
conciencia de que no podemos separar lo social de lo espacial. Para clarificar
nuestro propó- sito lo abordaremos, por
lo tanto, desde el sesgo de las dos grandes dimensiones que
han sido utilizadas para caracteri- zar lo público.
En primer lugar
retomamos una idea de la
Antigüedad griega. El espacio que tiene
la cualidad de público es el que
permite hacer consciente la presencia
del otro. Por ello, este espacio debe
ser ampliamente abierto, accesible a todo el mundo, más allá de las
características individuales o colec- tivas de las personas que lo frecuenten (Sennet, 1979). Por lo tanto, mínimamente, es un espacio sensible a la
alteridad, un espacio donde se despliega
la escenificación de sí mismo y de los otros ( Joseph, 1984; Sennet, 1992; Plan Urbain, 1991; Quéré
y Brezger, 1993). Las formas de sociabilidad, los modos de copresencia, las
maneras de abordar u observar al prójimo
–aun
cuidando la presentación de uno frente a
la mirada de los otros–, en suma, todas
estas prácticas, sean ritualizadas o no
en relación con los comportamientos que exigen,
institu- yen el espacio público
y, al mismo tiempo, militan –como
se ha señalado frecuentemente– contra
toda apropiación per- manente por un
grupo particular (Sansot, 1991).
Pero el espacio
público también ha sido
considerado, es- pecialmente en el
pensamiento filosófico, como
condición de despliegue del debate político, requisito sine qua non de la
144
Vincent
Berdoulay
vida
democrática. Se corresponde entonces con el conjunto de individuos que ejercen
públicamente su propia razón críti- ca y revindican la discusión de cuestiones de interés general. Ciertamente, este espacio público
no debe ser confundido con el de la decisión; sin embargo, se constituye en una con- dición para el desarrollo
democrático. El espacio público, así concebido, es el que asegura
la reflexión y el libre ejercicio de la argumentación en vista de
una sana armonización de las opiniones
(Habermas, 1993 y 1997). Esta idea antigua ha sido reforzada por las
prácticas de la sociedad burguesa del siglo XVIII (en los salones y cafés) y presenta un renovado interés a la luz de los desafíos contemporáneos
(Cottereau y Ladrière, 1992; Dahlgren, 1994).
Se
trata de dos formas de conceptualizar el espacio públi- co; la primera es más fácilmente
caracterizable en términos concretos,
materiales, mientras que la segunda, a pesar
de la multidimensionalidad de su formulación filosófica, reviste fun-
damentalmente un carácter inmaterial. Claro que uno siente que
un tipo de
espacio público acompaña al otro y vicever- sa (Querrien, 1992-1993). Sin
embargo, ¿es posible encontrar entre ambas
una aproximación que sea operatoria? Es aquí donde podemos hacer intervenir de forma útil la noción de lugar. Porque ella no
implica a priori ningún tipo de escala ni ningún tipo de cierre en los límites
espaciales; aun cuando su caracterización remita a la materialidad, la noción de lugar permite aproximar bajo una misma mirada
los fenómenos que estas dos concepciones tienden a separar. Es aquí,
precisamen- te, que debe superarse la oposición que tan frecuentemente se
establece entre espacio público e identidad colectiva.
En
efecto, la preocupación por preservar el espacio públi- co de toda apropiación
por parte de un grupo o de otro y de
asegurar una accesibilidad máxima requiere que
el indivi- duo se separe de su
comunidad de origen o de pertenencia.
Más aun, a fin de mantener de forma duradera la libre discu- sión y el espíritu
crítico, la comunicación que se efectúa
en
El
lugar y el espacio público 145
el
espacio público no debe derivar en una
comunión tal que el sentimiento comunitario pueda dañarla (Tassin, 1991). Se
comprende, entonces, la antigua hostilidad de esta corriente de pensamiento
al nacionalismo étnico como fundamento del Estado. Pero... ¿esto no significa rápidamente confundir
comunidad e identidad colectiva y
reducir la cultura a su determinación étnica?
Sabemos bien que,
en la práctica, la planificación
y el funcionamiento del espacio público refle- jan las circunstancias históricas, culturales o socioeconómi- cas en las cuales
se insertan sin que, sin embargo,
todo su potencial de comunicación y de
intercambio sea fundamen- talmente afectado (Korosec-Serfaty, 1991; Barbichon,
1991). Pero por sobre todo, de forma más
positiva, la identidad co- lectiva funciona, si ella tiene conciencia de sí misma, como un medio
de concebir lo universal y de
acceder al espacio público, “ya que lo universal no está dado” (Descamp, 1991:
22).
Nos encontramos aquí con la cuestión del funciona- miento de la cultura, que, precisamente, puede ser puesto en paralelo
con el funcionamiento del lugar.
En
efecto, por un lado, el lugar y la cultura están anclados en lo cotidiano, en
la puesta en escena de sí y de los otros, en los múltiples compromisos y
ajustes, y es en el espacio donde se despliega
el género de vida. Por otro
lado, el lugar y la cultura son, para el sujeto,
apertura hacia el mundo, hacia la
universalidad de la conciencia humana, hacia
la búsque- da de valores universales.
Esta polaridad se expresa
frecuen- temente a través de
una terminología siempre endeble en relación con la complejidad de las cosas: cultura primera/
cultura segunda, cultura local/cultura universal o, aun más,
localidad/universalidad, localismo/mundialismo, etcétera. Pero estos polos no
son más que figuras extremas de trabajo del ser humano sobre sí mismo y en
relación con el mundo. Desde este punto de
vista, si ello conlleva una
tensión, la cultura –en el sentido más fuerte del término– es antes que nada el “lugar del hombre” (Dumont, 1968).
146
Vincent
Berdoulay
El
espacio público aparece entonces como
un caso par- ticular del
fenómeno que la noción de
lugar busca captar. Ahora
bien, el lugar en relación con la alteridad, tal como se constata y es escenificado por el prójimo (el otro),
puede convertirse en materia de reflexión a partir de reconocer la diferencia y el esfuerzo de
otorgarle coherencia. En este sen- tido,
la cultura y el lugar, a
pesar de la singularidad de los
elementos en que ambas se nutren, confluyen en esta volun- tad de
poner una distancia que es
también fundadora del espacio público, “espacio de distanciación, espacio de
me- diación que prohíbe el darse a sí
mismo a la vez que preserva el rapto de
sí mismo” (Tassin, 1991: 23).
El
relato, tan íntimamente ligado a la emergencia de los lugares, reencuentra
plenamente aquí sus derechos. Presen- te ya en el nivel de la escenificación de
la alteridad, se con- vierte en esencial para significar la confrontación
frente a la novedad, incluso para establecer las condiciones de un pro- yecto
colectivo. En este sentido, el
lugar y el espacio públi- co participan de una misma actividad narrativa. Los relatos que
ella produce corresponden a una cultura abierta, a una identidad que se pone cuestión. Esta es la razón por la cual, gracias a la noción de lugar y
contrariamente al pensamien- to filosófico dominante, no es necesario oponer a
priori el es- pacio público y la
identidad colectiva. Delante de la
tensión entre sus aspectos materiales e ideales, locales y universales, ellos
ofrecen el mismo potencial de abertura, de comunica- ción y reflexividad en
relación con la alteridad.
Evidentemente
no se trata de una identidad que busca im- ponerse negando la del otro, sino todo
lo contrario. ¿No es por cierto
la identidad a lo que el territorio remite tal como es habitualmente concebido? Solo una visión reduccionista de la cultura puede servir para defender esta visión de la territorialidad. Se trata más bien de ideología. En efecto, la ideología, portadora de territorio,
fuertemente orientativa y movilizante,
busca la eficacia de la acción (Berdoulay, 1985 y
El
lugar y el espacio público 147
1988).
Su discurso no busca especialmente establecer el diá- logo y la fabricación de
un consenso a partir de otros
pun- tos de vista totalmente radicales.
En síntesis, mientras que la noción de lugar sustenta la del espacio público, la noción de
territorio refuerza la de la ideología. Pero
entonces, ¿cómo abordar la cuestión de la acción, finalidad del espacio
públi- co, sin por ello renunciar a la noción de lugar?
Una
estrategia de lugar
La
crisis actual de la modernidad y sus avatares posmoder- nos han promovido el
abandono de la planificación racional o de la ordenación directa del territorio (Marié, 1989). Esto no quiere decir
que la prospectiva deba emprender la reti- rada. Por el
contrario, ella aún aparece, bajo otras
formas y según otras modalidades
más aptas, útil para organizar el futuro
y a las poblaciones afectadas (Berdoulay y Soubeyran,
1994).
La planificación se considera parte
interesada del es- pacio público. Ahora bien, en relación con este retorno a la
prospectiva, el lugar, a la vez
objeto y contexto de la acción, puede
ser homenajeado con toda la singularidad y la narra- tividad que le son
propias (Berdoulay y Entrikin, 1994).
En- tonces, ¿cómo puede organizarse una
estrategia?
El
lugar nos advierte respecto de la ilusión de la mirada neutra y distanciada en relación con
el objeto de interven- ción.
Aunque nos esforcemos por conservar una
distancia crítica, el planificador busca comprender algunas tramas narrativas que
organizan los lugares y
asume la exigencia retórica del
ejercicio de su profesión (Berdoulay y
Entrikin,
1994).
De esta manera, él se torna capaz de facilitar la emer- gencia de relatos
que, si no traen
soluciones, por lo menos plantean
el futuro. Pero hay algo más que la identificación de los relatos.
En
efecto, la estrategia del lugar
involucra una relación con el espacio donde ni la escala ni la definición
territorial de las delimitaciones a
llevar a cabo son
dominantes, así
148
Vincent
Berdoulay
como tampoco la previsión de los mecanismos precisos de transformación. Lo importante es pensar en
una intervención mínima pero
suficiente para tener, comparativamente, gran- des
efectos. Se trata de identificar el sitio de intervención en el
medio afectado, de forma tal que aquella tenga importantes repercusiones. Una
vez determinado adecuadamente, la inter- vención debe insertarse en las
estructuras de sentido que defi- nen su alcance y que permiten que el sujeto se
resitúe.
Esta
perspectiva involucra también una táctica,
es decir, una concepción precisa de la intervención, apta por su
for- ma, para poner en marcha procesos
transformadores del medio. Las
operaciones contemporáneas de protección de sitios históricos o naturales tienen frecuentemente este efec-
to de “contaminación” de sus ambientes. Esto puede obser- varse alrededor
de zonas
adquiridas por el Conservatoire
de l’espace litoral et des rivages
lacustres. Es también este el efecto que
buscan desencadenar las
operaciones de desarrollo lo- cal fundadas sobre la puesta
en valor del patrimonio. Un nuevo sentido se propaga según
una diseminación que igno- ra los mecanismos exactos o, al menos, cuyo
funcionamiento no podríamos anticipar.
Un poco
como las rotondas, este tipo
de intervención deja a los sujetos libres para negociar, entre ellos y sin parar, las formas
de organizar el uso del nuevo
equipamiento, y actúa de
forma inversa al semáforo rojo u otro
tipo de instalación que no da
lugar a ninguna elección.
La
dimensión narrativa del lugar y su
recomposición en un relato nuevo
aseguran a esta estrategia de intervención relativamente puntual su
potencial eficacia, su efecto reduc- tor. Al mismo tiempo, sabemos que
los espacios públicos materiales clásicos (plazas, calles, jardines) se
tornan pun- tos de mira
privilegiados. En efecto, ellos presentan menos restricciones,
incluidas las fundiarias y las
financieras, que los espacios privados.
También es verdad que estos
espacios públicos frecuentemente
están abiertos, apenas
o casi nada
El
lugar y el espacio público 149
construidos.
En relación con el aspecto reflexivo y argumen- tativo de este tipo de
espacio público, se puede derivar una frecuentación o un uso social y cultural
muy diverso, para el que una reglamentación mínima resulta suficiente, en gene-
ral, como garantía.
Así,
pueden crearse las condiciones de un espacio público que no se limita a
una categoría teórica de la reflexión filo- sófica, sino que
más bien es un lugar
verdadero, relevante para el análisis geográfico. Los aspectos más
cotidianos de la identidad colectiva se transforman allí, ya que en el espacio
se proyecta la tensión que reúne a las formas más universales de la reflexión y
de la conciencia de sí y de los otros. A ima- gen de los procesos culturales en los que se basa, el espacio
público –como lugar– no puede ser
concebido a priori como contradictorio a la identidad colectiva.
Vemos,
entonces, que la estrategia de lugar incorpora también una reflexión sobre el medio,
una revalorización del punto de
vista ecológico. Sabemos, por
ejemplo, que el futuro ecológico de las ciudades depende de las territoriali-
dades contrastadas que condicionan la vida política en ellos (Sénécal y Hamel, 1996). El papel actual de los desafíos am- bientales en la
organización instituida del debate público
y de la democracia participativa es una manifestación reciente de esto
(Berdoulay y Soubeyran, 1994, Berdoulay,
1996). Por lo tanto, la
planificación ambiental y el desarrollo sostenible deben también ser abordados
y tratados bajo el ángulo de las
nociones de lugar y de espacio público.
Conclusión
La
noción de lugar no solo permite abordar
los fenóme- nos de territorialidad asociados a la crisis de la modernidad, sino
que también permite relativizar su
alcance. Específica- mente, la retórica
antiestatista y antifrontera vinculada
al posmodernismo aparece como una visión simple de la diná- mica de las
culturas y de los lugares. Sobre todo,
es el precio
150
Vincent
Berdoulay
del
reconocimiento de la autonomía del lugar el que puede considerarse como condición de emergencia de un espacio público útil a la vida democrática. Concebido de esta
mane- ra, el espacio público no
debe ser pensado en oposición a la
identidad colectiva en la medida en que esta nutre el trabajo de la cultura sobre
sí misma.
En
síntesis, esta aproximación entre la noción de lugar y la de espacio público
invita a inclinarse, desde un
punto de vista geográfico, hacia el rol
activo y creador del sujeto que busca
reabsorber las contradicciones donde se desarrolla su vida. ¿No será necesario
girar hoy nuestra atención hacia la profundización de una epistemología que
estudie la tensión entre los fenómenos:
entre lo particular y lo universal, la sub- jetividad y objetividad, etcétera?
Bibliografía
Barbichon,
G. 1991. “Espaces partagés:
variation et variétés de
cultures”. Espaces et sociétés, 62-63,
pp. 107-134.
Berdoulay,
V. 1985. “Les idéologies comme phénomènes géogra- phiques”. Cahiers de
géographie du Québec, 29, pp. 205-216.
–––––.
1988. “Géographie: lieux de discours”.
Cahiers de géo- graphie du Québec, 32, pp. 245-252.
–––––.
1996. Débat public et développment
durable. París, Villes et Territoires.
Berdoulay, V. y Entrikin, J. 1994. “Singuralité des lieux
et prospective”. Espaces et
Sociétés, 74 -75, pp. 189-202.
–––––.
1998. “Lieu et sujet. Perspectives théoriques”.
Espace géographique, 2, pp. 75-89.
Berdoulay, V. y Soubeyran, O. 1994. “Retour de la
prospective et crise de la modernité”. Espaces et sociétes, 74-75, pp. 3-10.
El
lugar y el espacio público 151
Cottereau,
A. y Ladrière, P. (eds.) 1992. “Pouvoir et légitimi- té: figures de l’espace
public”. Raisons pratiques, 3.
Dahlgren,
P. 1994. “L’espace public et les médias. Une nouvelle ère?”. Hermès, 13-14, pp.
243-262.
Descamp. C. 1991. “Espace public et communauté”. Hermès,
10,
pp. 18-22.
Dumont,
F. 1968. Le lieu de l’homme. Montréal, HMH. Entrikin, J. N. 1991. The
betweennes of place: Towards a Geography
of
Modernity. Baltimore, Johns Hopkins University Press.
–––––.
1997. “Place and Region 3”. Progress in Human Geogra- phy, 21, pp.
263-268.
Habermas,
J. 1993. L’espace public. París, Payot.
–––––.
1997. Droit et démocratie: entre faits et normes. París, Ga- llimard.
Joseph, I.
1984. Le passant
considérable. París, Méridiens
Klincksieck.
Korosec-Serfaty,
P. 1991. “Le public et ses domaines. Contribu- tion de l’histoire des mentalités à l’étude de la sociabilité publique et privée”.
Espaces et Sociétés, 62-63, pp. 29-63.
Louisy,
A. (ed.) 1988. Espaces publics. París,
Plan Urbain-La documentación française.
Marié,
M. 1989. Les terres et les mots. París, Méridiens Klincksieck. Plan Urbain
1991. L’espace du public. Les compétences du citadin.
París,
Plan Urbain-Editions Recherches.
Quéré,
L. y Brezger, D. 1993. “L’étrangeté mutuelle des pas- sants”. Annales de la
Recherche Urbaine, 57-58, pp. 89-100.
Querrien,
A. 1992-1993. “Introduction. Espaces
publics en ville”. Annales de la
Recherche Urbaine, 57-58, pp. 3-5.
152
Vincent
Berdoulay
Retaillé, D. 1997. Le monde du géographe. París,
Presses de la
Fondation
National des Sciences Politiques.
Sansot, P. 1991.
“Autour de l’accessibilité aux
espaces pu- blics”. Espaces et
Sociétés, 62-63, pp. 77-82.
Sénécal,
G. y Hamel, P. J. 1996. “L’écologie
humaine et le dé- veloppement durable: la dialectique des écosystèmes et des systèmes sociaux”. Environments, 24,
(2), pp. 43-64.
Sennet,
R. 1979. Les tyrannies de l’intimité. París, Payot.
–––––.
1992. La ville à vue d’oeil. París, Plon.
Tassin, E.
1991. “Espace commun
ou espace public?
L’antagonisme
de la communauté et de la
publicité?”.
Hermès,
10, pp. 23-37.
Velasco, H.
1998. “La frontière vue
au prisme des
actes d’état-civil à Larrau (Pays
basque)”. Hommes et Terres du Nord, 1, pp. 11-15.
Vialles,
N. 1987. Le sang et la chair. Les abattoirs des pays de l’Adour.
París,
Éd. de la Maison des sciences de l’ homme.
El
lugar y el espacio público 153
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción *
Paulo
César da Costa Gomes 1
Desde hace
muchos años, venimos
estudiando los espa- cios
públicos urbanos dentro de una perspectiva que preten- de ser innovadora,
pues aspira a demostrar la importancia de la comprensión
geográfica para el análisis de este tipo
de espacios.2 En tal sentido, en estos últimos años, y a través de múltiples
ejemplos, intentamos reunir en un
mismo análi- sis dos aspectos que
frecuentemente son considerados como esferas
independientes y autónomas
en los estudios sobre espacios públicos: la esfera
política y la esfera física. La Geo-
grafía urbana, pero también la
Arquitectura y el Urbanismo cuentan, comúnmente, con trabajos sobre los
espacios públi- cos en los cuales ambas esferas son tratadas como meras ex-
tensiones físicas, como equipamientos
funcionales urbanos desprovistos de
cualquier importancia sociopolítica. Por su parte, la Ciencia
Política entiende al espacio público
como
*
Traducción: Mariel Fabregas.
1 Universidad Federal de Río de Janeiro
(Brasil).
2 Se impone aquí el uso de la primera persona
del plural ya que hablamos de un conjunto de personas que trabajan o colaboran
con el grupo de investigación Territorio y Ciudadanía, y que exploran diversos
aspectos de un mismo dominio de investigación.
155
un
terreno abstracto de acciones
políticas, como una
esfera independiente de cualquier
soporte físico material. Desde esta
acepción la palabra espacio apenas
denota un dominio, un campo con
determinadas propiedades.
En
cambio, nosotros afirmamos que en la
definición de la naturaleza singular de
los espacios públicos se intersectan
tres dimensiones fundamentales. La primera corresponde a un cierto arreglo
físico de los objetos y acciones que definen las propiedades esenciales de
este tipo de espacio
(visibili- dad, accesibilidad, garantía de libertad de circulación,
etc.). En la segunda dimensión, la política,
este espacio es un lu- gar de encuentro y de confrontación entre
diferentes, donde se chocan, se discuten, se establecen y se renegocian los
lími- tes de las manifestaciones de la vida social. Estos límites se
fundamentan en valores asociados al individualismo, prin- cipalmente los
referidos a la libertad y a la responsabilidad individual. Por último, tales espacios físicos –portadores de las
propiedades antes mencionadas– se
encuentran fuerte- mente cargados de
significados. Estos no se manifiestan de
forma homogénea, sino que interactúan con la propia vida social urbana,
y de esta fusión resulta una
compleja carto- grafía de sentidos
asociados a los lugares dentro de las ciu- dades. De este modo,
distinguimos una gran diversidad
de valores y sentidos atribuidos
a este o aquel espacio urbano en particular que, en última instancia,
es un espacio público perfectamente análogo a otro (Gomes, 2002). En tal senti- do, es
posible decir que
las ciudades funcionan a partir
de una estructura mutable e
intrincada de morfologías físicas, comportamentales y simbólicas que, de muchas maneras, se vinculan entre sí.
Esto
puede verificarse cuando observamos
que las ciuda- des disponen de un
gran número de plazas públicas, que son frecuentadas, vividas y significadas de
muy diversas formas y siguiendo diferentes criterios. Entre
los más importantes po- demos mencionar: el lugar de la ciudad donde se
localizan, el
156
Paulo
César da Costa Gomes
tipo
de visitantes que reciben, las acciones
y comportamien- tos que en ellas se realizan y, por último, las imágenes simbó- licas que se asocian a
estos espacios y que las particularizan. En este sentido damos cuenta de cómo estas formas
físicas
–las
plazas públicas para este caso en particular– pueden po- seer contenidos
muy diversos, que remiten a las diferentes dinámicas en las
cuales se encuentran enredadas.
En trabajos
anteriores, hemos analizado las
dinámicas y acciones sobre el espacio
público que se relacionaban di- rectamente con la vida política. El interés
central de estas investigaciones
era dar cuenta de algunas relaciones
funda- mentales entre la vida urbana y la construcción y ejercicio de la
ciudadanía en la cotidianeidad de nuestras ciudades. De la misma forma, la
actividad política fue concebida como tri- butaria e integrada a esta
simbología. El análisis espacial de la dinámica de ciertos espacios públicos concretos permitió que estableciéramos cómo estos valores y sentidos variados transforman la actividad política.
En
la misma línea, en uno de estos estudios vimos cómo las playas cariocas se transformaban en lugares
centrales de la escena urbana en la ciudad de Río de Janeiro y cómo, a partir de
allí, eran representados los intereses y las es- trategias de diferentes grupos sociales configurándose, así, un espacio de discusión
de suma importancia para la vida
política de la ciudad.
Vimos también cómo los comporta-
mientos en determinados espacios públicos
pueden adqui- rir casi un estatuto de manifestación por la visibilidad que ganan. Tal es el caso de
las personas que viven en la calle;
ellas invierten las relaciones entre los predicados relaciona- dos con los
espacios públicos y los privados (Gomes, 2002; Santos, 2006). Asimismo, en
otro trabajo se demostró la im-
portancia de la elección del lugar donde se desarrollarían dos grandes
mitines políticos dentro de la ciudades de Río de Janeiro y San Pablo y su vínculo con el sentido que
estos tendrían (Silva, 2006).
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 157
Sin
embargo, en el curso de estas investigaciones percibi- mos que había además
otro fenómeno que rara vez se lo con- cebía
vinculado a los espacios públicos,
a pesar de su enor- me
importancia en la vida de las ciudades:
las fiestas. No es que las diversas manifestaciones festivas, su
estructura, su dinámica, sus desarrollos no hayan sido suficientemente es-
tudiadas. Sobre este asunto hay una
variada bibliografía de origen
antropológico, pero también de
otros dominios dis- ciplinares, inclusive
dentro de la Geografía.3 Por eso puede
decirse que este tema recibió un
tratamiento bastante varia- do y fue estudiado desde diferentes ángulos. Sin embargo, consideramos que existe un sentido que, hasta donde sabe- mos, no ha sido suficientemente analizado y
valorizado. Es aquel que indaga
sobre las relaciones que las fiestas mantie- nen con los valores y
sentidos de los espacios sobre los
cuales ellas se desarrollan. En otras
palabras, y como el título
del presente trabajo permite
entrever, nos parece interesante preguntarnos sobre cómo los espacios
consagrados al uso público, espacio
señalizado y regulado para los
ciudadanos a partir de una
lógica claramente racional, se
transforma en un escenario de otras prácticas,
festivas, con otras reglas, donde predomina la emoción, el pathos.4
Los
espacios públicos tienen esencialmente la vocación de ser terrenos de
copresencia y de cohabitación, de encuentro, de visibilidad; pero, a veces, la actividad convocante no es
exclusivamente aquella que tiene
una finalidad claramente
política. Los espacios públicos
de una ciudad
son también los lugares de las festividades, sean ellas de carácter
cívico o
3 La Geografía Cultural ha estudiado,
principalmente en los últimos años,
diversas fiestas religiosas, tradicionales, populares; sin embargo las
relaciones entre ellas y los espacios públicos no han sido la preocupación
central de esos trabajos. Al respecto ver Maia (1999) y Di Méo (2001). Cabe
destacar que este último ha sido un caso excepcional entre los geógrafos ya que
ha relacionado las fiestas con los espacios públicos (Di Méo, 2006), pero desde
un ángulo diferente del que se presenta aquí.
4 En otra oportunidad intentamos presentar
este espacio regulador sobre la forma de un modelo y lo denominamos “nomoespacio” (Gomes, 2002).
158
Paulo
César da Costa Gomes
no. ¿En qué
medida estos dos registros, el
político y el cul- tural (de las
fiestas) se asocian, se contaminan o se buscan? Nos referimos a que, en
muchos casos, a lo cívico le interesa
recuperar los valores asociados a las
festividades y tal vez lo mismo suceda de forma inversa.
Como
nos enseñó Nietzsche, podemos encontrar
una po- sible síntesis entre la racionalidad de la brillante claridad del
día, de la serenidad espiritual, y la
locura y la embriaguez que emergen de
las oscuras fuerzas del placer, de la
ruptura de las tensiones (Nietzsche, 1996). Los valores apolíneos no precisan
ser vistos como opuestos perfectos a los dionisíacos, ellos forman, con sus respectivas diferencias, una síntesis, una
unidad. Nos interesa, además,
focalizar en dos aspec- tos fundamentales de los
propósitos de Nietzsche. El prime- ro es
aquel que resalta
que, de la relación entre los
valores apolíneos y dionisíacos se originan otros valores. En otras palabras, esta relación es creadora de nuevas
concepciones, de nuevas conductas.
Asimismo, siguiendo a Nietzsche, los
valores asociados a Apolo, como los principios de sabiduría, de moderación, de las bellas
imágenes y del placer de las
formas, se integran dialécticamente a la desmesura, a lo or- giástico, a las
pulsiones populares, creando una nueva forma de expresión: la tragedia. El
segundo aspecto es que este en- cuentro tiene
un lugar propio: el teatro (del
griego theatrón, “lugar para
contemplar”). Fue dentro de un contexto físico singular, dentro de una
ciudad, de un lugar
de representa- ción en un
período de festividades (dedicadas a Dionisio) que, como
una forma de
espectáculo o de escenificación,
surgió la tragedia.
En
la mitología, Apolo es también identificado como un creador de imágenes.
Nuestra idea es que la relación entre
valores –que son aparentemente contradictorios– puede manifestarse en ciertos
y en determinados lugares
en la ciudad contemporánea. Estos lugares marcan y son marca- dos por nuevos
valores que crean nuevos
significados que
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 159
son
vehiculizados a través de imágenes. Así,
determinados espacios públicos de la
ciudad son transformados por las festividades y, al mismo
tiempo, estas los transforman. En otras palabras, estos espacios públicos crean
nuevos valores que mezclan o
integran la acción ciudadana a la
fiesta, de- limitan la embriaguez
dionisíaca y, simultáneamente, pro- ducen imágenes de lo sublime apolíneo, que
asocian todo esto a un espacio
público singular. Estos valores pasan,
entonces, a significar lugares. De esta forma, el presente trabajo tiene como
objetivo iniciar una discusión sobre los espacios públicos que se entienden como lugares que, si-
multáneamente, vinculan manifestaciones
políticas y festi- vas; y, a la vez,
pretende echar luz sobre algunos elementos y valores que unen lo público, la política y la fiesta, en un mismo lugar.
Un
gran precursor en el análisis de la espacialidad de las fiestas
De
manera provocadora hemos dicho que este campo de investigación todavía no ha sido
suficientemente explorado. Sin embargo, esto no
es completamente exacto. De
hecho, hubo un importante pionero en la
exploración de este asun- to. El filósofo y sociólogo francés
Jean Duvignaud abordó la temática
del espacio público justamente desde la perspecti- va que aquí fue señalada
como casi ausente. Desde los años
sesenta, Duvignaud se interesó y llamó la
atención sobre la importancia y
riqueza del encuentro analítico
integrado por las festividades y
por el espacio. En verdad,
no es nada sor- prendente
que Duvignaud se haya mostrado tan sensible
a la dimensión espacial en la interpretación del fenómeno de las
fiestas, dado que en diversas
oportunidades insistió en indicar
que las Ciencias Sociales
precisaban de este ángulo de análisis para
lograr una real comprensión de ciertos te- mas: “las relaciones del hombre con el
espacio constituyen el soporte de la mayoría de nuestras actividades, sean
ellas téc- nicas, simbólicas y hasta filosóficas” (Duvignaud, 1983: 36).
160
Paulo
César da Costa Gomes
Sin
embargo, su camino para analizar
las fiestas como un fenómeno
espacializado no fue solamente guiado
por un in- terés general y gratuito, sino que su razonamiento, un tanto
caótico, lo llevó a esta conceptualización bastante original.
Para Duvignaud,
algunos tipos de
festividades podrían ser comprendidos
como reacciones al orden y a la
clase de organización del espacio impuesto por las sociedades
urbano-industriales. Las festividades
revelarían, entonces, valores y sentidos
que no se explicarían en la
racionalidad y en la lógica que preside los comportamientos y al arreglo
espacial de estas sociedades. Así, las fiestas serían manifes- taciones de resistencia, momentos de suspensión del
orden hegemónico, se presentarían como una “subversión exal- tante” (Duvignaud, 1983: 31). Ellas introducirían
también otra vivencia y, a partir de
ahí, un nuevo sentido de la espa- cialidad
sería trasmitido a los lugares
donde ellas se llevan a cabo; además
establecerían una ruptura con el tiempo social vigente
e inaugurarían una temporalidad relacio- nada con la propia fiesta. En tal sentido, las
festividades actuarían como un evento
extraordinario, creador de un
intervalo, de un paréntesis en
lo cotidiano, como algo no regulado,
transformándose en el elemento que introduci- ría en la vida urbana el “corte en
una secuencia”.
El
comportamiento social vivido –el vécu
social –5 y reve- lado en
estas festividades puede, a
partir de este punto de vista, ser
concebido, en un primer momento, como la emer- gencia reveladora
de una desregulación, indicando la pre- sencia de
una anomia social. La definición dada al concepto de anomia social por
Duvignaud difiere del establecido por
Durkheim. Para Duvignaud se trata de acciones
explosivas que surgen como
resultado de una dinámica conflictiva, pues están
atadas a valores del pasado –ya superados– que
5 Esta expresión, siguiendo al propio
Duvignaud, corresponde a Simmel.
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 161
atacan los nuevos
sistemas de significación
que están aún en
gestación, o bien que no son
enteramente compartidos por el conjunto de la sociedad. Son ocasiones de conflicto
y de tensión, de drama entre dos
lealtades que no consiguen aniquilarse completamente
una a otra (Duvignaud,
1973). Es más, desde su punto de
vista, las fiestas de este tipo rom- pen
con las ideas de
funcionalidad y de rentabilidad,
y su interpretación debe partir de la
pregunta sobre “el precio de las cosas sin precio y sobre
lo que trasmite valor a las cosas inútiles” (Duvignaud, 1983:
23).
En
lo que respecta propiamente al
espacio, el autor con- sidera
que este está vivo y se
modifica por los intercambios funcionales y emocionales
que operan allí. Las festividades pueden
otorgar nuevas cualidades tanto a las formas
que existen como también pueden demandar nuevas maneras y
elementos de organización y distribución de los objetos so- bre el espacio:
Cada conjunto
humano posee su propia manera
de orga- nizar la extensión que sirve de
fundamento a las culturas. Las formas
no son hechas de arena, de
piedra, de cemento o de vidrio y los reagrupamientos y relaciones múltiples no
se cristalizan en moldes definidos por
un tipo de sociedad o de civilización.
Frecuentemente, estas manifestaciones de la “dimensión oculta” dejan
de corresponder a las conforma- ciones tradicionales o a las
configuraciones establecidas del espacio y, a veces, tienden hasta a enfrentar
y a destruir tales formas. (Duvignaud, 1983: 55)
En
varios momentos y circunstancias, las culturas
se ligan a determinados lugares
donde se manifiestan los elementos que animan su vida (Duvignaud, 1983:
56). La estructura físi- ca de estos lugares se modifica y su cualificación simbólica se transforma.
En estos espacios son creados y vividos
nuevos va- lores. La presencia y representación de las fiestas modifican el
162
Paulo
César da Costa Gomes
estatuto
del lugar, vehiculizando y construyendo nuevas imá- genes. Es en este sentido
que Duvignaud se opone a concebir a las fiestas como simples celebraciones reafirmatorias, pero
también se opone a considerarlas como negación absoluta de los valores dominantes en una sociedad.
Por eso, no concuer- da con quienes las interpretan como momentos
circunscriptos de emergencia del maná – o como
la irrupción momentánea de lo sagrado–
reificando sentimientos metafísicos
en medio de lo profano. Su contribución no solo es original por incor- porar los aspectos espaciales
a un análisis que se
realizaba únicamente en términos de
temporalidad, sino también en relación con la perspectiva de Durkheim, que
reconocía una funcionalidad necesaria en las formas festivas recurrentes, las
cuales, al suspender excepcionalmente –por
un intervalo de tiempo–
determinadas reglas, demostraban y reafirmaban la necesidad de su vigencia en la
vida social. Por el contrario, para
Duvignaud, las festividades permiten que surjan
nuevos comportamientos y sentidos;
ellas no se construyen a partir
de una utilidad presupuesta sino que, y en palabras del propio autor, son actividades con “finalidad cero”.6
A
su vez, Duvignaud señala que
no todas las manifesta- ciones festivas son iguales o
poseen el mismo sentido, focali- zando su atención en un tipo de festividades
que posee otras propiedades: la fiesta cívica. Para ello, parte del ejemplo
revo- lucionario de 1789 y establece, a
partir de este caso histórico, un
modelo. Este tipo de fiesta permite suprimir o suspender las barreras y
diferencias entre los hombres. En palabras
de Robespierre: “el más magnífico de los espectáculos es el del gran
pueblo reunido”. Las fiestas instauran un clima de exal- tación de la unanimidad que se exterioriza bajo la
forma de
6 Para una discusión más profunda ver Amaral
(1998) quien mapea y comenta la posición de diversos pensadores respecto al
hecho de que las fiestas sean –o no– una negación del orden social. Incluso la
autora afirma que desde los trabajos pioneros, entre los cuales se encuentran
los de Jean Duvignaud, se ha agregado muy poco a los términos originales del
debate.
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 163
una identidad venturosa, contraponiéndose a la
triste cons- tatación de las
divergencias de intereses que caracteriza a la mayor parte de la vida social cotidiana de las sociedades
ur- bano-industriales. Siguiendo a Rousseau y a las ideas que de- sarrolla en el Contrato Social, las fiestas cívicas se
constituyen en momentos en que se
manifiesta con fuerza y claridad la “voluntad general”.
Por eso, él pretendía cambiar la
vanidosa y melancólica conciencia de la individualidad, trabajada por el teatro,
por la exaltación colectiva y consensual de las fiestas cívicas. En este
sentido, la catarsis operada por el teatro
sería sustituida por aquella generada por la comunión festiva.
A
modo de ejemplo, Duvignaud nos muestra
cómo la fies- ta cívica se volvió un
mecanismo esencial de los
gobiernos republicanos en la modernidad francesa y cómo, a través de ese medio, los legisladores procuraban instituir un momen- to fundamental de fervor unánime
que suspendiera los con- flictos entre grupos
opuestos (Duvignaud, 1965: 243).
Además,
este autor identifica que desde el
comienzo la preocupación de las elites revolucionarias era encontrar un
marco espacial adaptado a las nuevas
demandas festivas. Es- tas fiestas se realizaban en un marco urbano que los revolu- cionarios soñaban
transformar para construir las bases de
una escenificación acorde con el
desarrollo de una política
grandilocuente. Crear estos
espacios significaba “organizar los conjuntos, coordinar las
masas, distribuir las emociones colectivas y animar el cuerpo social”
(Duvignaud, 1965: 246). Los diferentes tipos de régimen –en los distintos
momentos– se servirían de lugares muy diferentes dentro de la ciudad,
procurando en cada uno de ellos agregar
significados, orga- nizar los sentidos
y así concretar sus objetivos.
La
reflexión de Duvignaud nos inspiró para
establecer al- gunos puentes entre la
espacialidad y la naturaleza de estas fiestas. No haremos la distinción por él realizada
entre fies- tas de participación y fiestas de representación, ya
que uno de nuestros intereses es
demostrar que hoy casi siempre nos
164
Paulo
César da Costa Gomes
encontramos
con un término medio entre estas dos
grandes categorías. En tal sentido, nuestra principal contribución es la de
llamar la atención sobre dos
ingredientes centrales en la dinámica de las fiestas que creemos
que tienen relación directa con la espacialidad. El primero remite a la emoción compartida que fácilmente se transforma en una identidad que fusiona. El hombre es extraído de su soledad y se reúne en entera comunión con el
colectivo. Nuevamente, los valo- res dionisíacos se integran a los apolíneos;
los individuos, sin dejar de ser unidades autónomas y distintas, se congregan en un cuerpo común y colocan entre paréntesis gran parte de sus diferencias e intereses; el espacio público, sin abando- nar sus marcas
y formas, se indiferencia y se
transforma en una isotopía colectiva.
El
segundo ingrediente es que en estas festividades el pue- blo es el sujeto y el objeto
del espectáculo. En este punto,
también hay una perfecta sintonía con una de las propieda- des esenciales del espacio
público, el principio de “ver y ser visto”. En palabras de Paquot (2003: 8): “una fiesta digna de ese
nombre no tiene espectadores, solo
tiene participantes”. Como dijimos
en otras ocasiones,
esto se corresponde con la característica que posibilita
el intercambio de posiciones sin cambiar el estatuto de las personas; el espectáculo
existe tanto en aquellos que actúan
(danzan, desfilan, realizan dis- cursos,
etc.) como en los que observan (Gomes,
2001; 2002;
2005).
Este es el modelo básico de los espacios públicos, des- de los cafés en forma de vitrina del siglo XIX hasta las con-
temporáneas galerías de los shopping centers, sin olvidarse de las plazas,
jardines y calles.
La
fiesta es siempre una comunión en torno
a un símbolo, promueve una escenificación y da una
imagen de grande- za a la vida que la eleva al nivel de la historia,
pues lidia con el orden de
aquello que es extraordinario. Pero una
vez más, en el momento de las fiestas,
el espacio público de la indistinción ciudadana se transforma en
el escenario de una
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 165
narrativa
ejemplar, ganando una densidad
singular. Como los individuos, los espacios públicos ocupados por las fiestas pierden sus
habituales usos, jerarquías, fronteras, etc., y pa- san a ser parte de esta momentánea colectividad.
En la fiesta,
la sociedad civil se
organiza; hay en el iti- nerario de la escenificación una apelación a múltiples ele- mentos para demostrar los sentidos que se quieren obtener de aquella reunión. El resultado debe ser entendido como consensual, fuerte y soberano. Así, cada grupo de
interés intentará celebrar, muchas
veces de forma bastante subrep-
ticia, esta unanimidad,
asociándola a sus puntos de vista políticos o ideológicos. De cierta forma,
esta dinámica se opone en
apariencia a los trámites fríos,
distantes, expre- sados en
reglamentos escritos que se asocian
al gobierno o al Estado,
toda vez que ella celebra
una voluntad que es común y espontánea.
El
desarrollo y consolidación de las modernas sociedades democráticas
disminuirían, y mucho, la posibilidad de
las celebraciones de carácter
unánime, dado que son socieda- des que se representan como legítimamente fragmentadas. El nacionalismo,
siempre renaciente, parece ser uno de los últimos recursos
eficientes en la fabricación de
la moderna comunión consensual. Sin embargo, las sociedades contem- poráneas
parecen desarrollar de forma más eficaz dinámicas de celebración por
categorías: partidos políticos, grupos
de afinidad, simpatizantes, hinchadas, etc., las cuales
operan sus festividades a partir
de una idea de oposición
regulada, fruto de la construcción de una identidad dicotómica.
Las
fiestas hoy: elementos para una reflexión
El
espacio público es uno de los
principales componentes de la
sociedad contemporánea. Este funciona,
sobre todo, como el terreno de afirmación de las diferencias
y, de cier- ta forma, de su celebración.
En lo cotidiano, estos espacios son, por lo tanto, lugares
fundamentales en la construcción
166
Paulo
César da Costa Gomes
de una
solidaridad entre entidades diversas, unidas por el
vínculo contractual el respeto mutuo. Este es justamente nuestro principal
interés aquí: mostrar cómo, en
determina- dos momentos, hay una
suspensión de esta condición para volver a promover una
comunión entre individuos
que se reencuentran en una
fusión emocional y no en la
soledad y aislamiento de una conciencia ciudadana.7 Sin embargo, parece que este mecanismo en las sociedades contemporá- neas debe ser suficientemente controlado, la emoción
debe revestirse de los valores que animan la vida democrática, y el espacio
público cumple el papel de ser el lugar
que recuerda y se asocia a esos valores.8
Así,
vemos una gran voluntad de los poderes públicos de promover eventos en espacios valorizados
de la ciudad, inten- tando crear varios tipos de asociación. La primera
asociación se refiere a la normalización
generada por el propio paisaje del espacio público; este espacio es durante la
vigencia de las festividades, objeto de nuevas prácticas, donde se suspenden
las frías reglas del contrato de ciudadanía constitucional y se permite el
surgimiento de las reglas de las fiestas públicas. La otra asociación se construye a partir de la penetración de valores simbólicos positivos, los cuales han sido apropiados por los lugares
y otorgados por la propia
festividad. Como nos enseña
Da Matta, la fiesta –como muchos
otros ritua- les– teje
asociaciones y uniones, pero también
separaciones y oposiciones; rediseñando, entonces, de forma simbólica la vida social (Da Matta, 1979).
Por último, también es posible
7 Maffesoli (1991) sostiene que la fiesta es
capaz de proporcionar una creativa
tensión contradictoria (contradictorielle)
que se opone a una pura argumentación racional. Por ello, la disminución
de los actos de los festejos es, según el autor, proporcional al aumento del
individualismo en las sociedades modernas.
8 En sus últimos trabajos la historiadora
Arlette Farge se ha dedicado a demostrar que la emoción puede ser una forma de
manifestación política. Ella sostiene que así ha sido, por lo menos, en el caso
de la Francia del siglo XVIII, donde los canales de expresión política eran
bastante limitados y dejaban poco espacio para el disenso racional, claro y
regulado (Farge, 2007).
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 167
encontrar
en estas festividades los valores
que celebran la espontaneidad y la creatividad popular; el espectáculo del pueblo para el pueblo, sin que eso se transforme en oposi- ción al poder institucionalizado del gobierno o
del Estado. Por el contrario, en este caso, las festividades lo reafirman. Se trata pues de una especie de
captura sutilmente construi- da por un juego de simples asociaciones.
Todo
esto, sin embargo, parece casi obvio para los urbanis- tas e investigadores que
trabajan en la estructura del Estado. En tal sentido, Jean-Pierre Charbonneau
(2003) sostiene:
El
abordaje es político (...) la fiesta, la manifestación, forman parte de la
vida de una democracia y deben poder encon- trar un
terreno para su ejercicio (...) ese abordaje consiste en darles un
lugar pero conservando un espíritu de confianza atenta, sin inocencia
(por ejemplo, la seguridad debe ser un
servicio público y debe ser provisto por la colectividad) (...) La fiesta en la
ciudad es una especie
de metáfora de la vida en
sociedad, donde la libertad individual
y la responsabili- dad
pública están siempre
en negociación: es preciso com- binar
creatividad y seguridad, espontaneidad y negociación, regulaciones y
transgresión de las reglas, etc.
Desde el proceso de
apertura política de la década
de
1980,
percibimos en Brasil una fuerte
tendencia a organizar grandes mitines
electorales que, cada vez más, se aproxima- ban a un evento festivo.
Artistas y políticos se confundían en el escenario de grandes concentraciones,
dando origen a una forma propia de organización denominada el “showmício”.9
Recientemente
este tipo de evento fue prohibido por la justi- cia electoral; a pesar de ello,
este evento demuestra de forma clara el juego
de asociaciones que se hacía entre la razón y
9 Término construido combinando las palabras
show y comício (mitin) (N. de la T.).
168
Paulo
César da Costa Gomes
la
emoción, entre la adhesión a los principios y la adhesión emocional, entre los
valores apolíneos y los valores dionisía- cos, entre el civismo y la fiesta,
entre lo individual y lo colec- tivo,
entre el espacio de participación pública y el espacio del espectador, entre el
maná y el civismo. Como resultado, las
personas quedan satisfechas y felices; la diversión y el placer se justifican en la necesidad de manifestar la
participación política. El pueblo
gana las calles, se expresa, se divierte: “el pueblo unido jamás será
vencido”. Así, algunos espacios ganan un nuevo
estatuto dentro de la ciudad:
lugares de la diversión y de la manifestación política.
A
fin de capturar los sentidos arriba mencionados, fo- calizamos nuestra atención en la ciudad
de Río de Janeiro donde varios espacios
han sido elegidos y ocupados, en di- versos momentos y por varios movimientos políticos, como núcleos
espaciales de las pretendidas narrativas, originando una verdadera peregrinación hacia
cada uno de ellos. Luga- res como Central de Brasil, avenida Río Branco, Cinelândia, Candelária, playa de Copacabana,
playa de Ipanema, playa de
Botafogo, Laguna Rodrigo
de Freitas, entre otros,
han sido espacios ocupados por
diversas manifestaciones polí-
tico-festivas. Creemos que cada
una de estas localizaciones fue
elegida con el objetivo de sumar sentidos
a las narrativas de las manifestaciones festivas y cumplir así con las
finalida- des de sus organizadores.
Como dijimos
anteriormente, entre los criterios
para la elección del espacio
público donde se desarrollará una
manifestación, se encuentran, sin duda,
el lugar de la ciu- dad
donde se emplaza, el tipo de visitantes que recibe,
las acciones y comportamientos
que en
él se realizan y, final- mente,
las imágenes simbólicas que se le asocian
y que lo particularizan. Muchas
veces, en la estructura de las fiestas hay una disociación entre el lugar o los
lugares de su produc- ción respecto del
lugar de su realización, dando cuenta
así de una compleja relación entre puntos jerarquizados en esta
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 169
Geografía del festejo. Por ello, consideramos que
para estos movimientos es fundamental la
selección del lugar donde ha de
realizarse el evento. En toda
escenificación, la elección del espacio
es el ingrediente básico que se
relaciona con el sentido que se pretende
alcanzar o conquistar. A modo de ejemplo, uno de los
partidos políticos que durante buena parte de la década
de 1980 tuvo una fuerte presencia en la política carioca intentó
fijar un dominio y, al mismo tiempo, mantener una constante presencia física en el espacio
que era en aquella época
reconocido como el principal lugar pú- blico de manifestación política, es decir la plaza Cinêlandia,
“Brizolândia”.10
Entonces,
si por un lado las manifestaciones
políticas in- tentan asociarse a
espacios que generan formas positivas de festividades, por otro, los poderes
públicos también intentan ligarse a los espacios donde se realizan las festividades en la ciudad. Así, los espacios de placer valorizados y
frecuentados son ahora objeto de
inversión del poder público. De esta ma- nera,
este se perfila como una fuerza activa que se mantiene y se asocia a las
fuerzas de la sociedad civil. Actualmente,
es común que en las grandes ciudades los gobiernos organi-
cen festejos y eventos en los sitios donde las personas ya se
reúnen, revalorizando de este modo su
propia acción plani- ficadora y transformadora: “La fiesta tiene la necesidad de lugares para
existir. Debe considerársela como una
función de la ciudad y debe hacerse
lo posible para que exista, caso contrario, su organización
es una tarea que la
colectividad debe asumir” (Charbonneau,
2003).
En tal sentido, en la ciudad
de R ío de Janeiro
obser- vamos una gran concentración de activ idades en los mis - mos sitios,
situación que podríamos
caracterizar como
10
Brizolândia alude al político Leonel Brizola, figura con gran presencia en la
política brasileña y carioca por más de cincuenta años. Brizola fue dos veces
gobernador de Río de Janeiro y dos veces
candidato a presidente por el Partido Democrático Trabalhista (PDT) (N. de la
T.)
170
Paulo
César da Costa Gomes
uso
abusivo de ciertas áreas. Por ejemplo, la playa de Co - pacabana es objeto de innumerables eventos organizados por el poder público, siendo a su vez un
espacio público ya intensamente v
isitado en días normales por la propia población de la ciudad.
Si comparamos R ío de Janeiro con París, vemos que también allí el poder público busca legitimarse mediante la realización de
eventos y celebra- ciones asociados
a imágenes y a valores de ciertos
espa- cios públicos, pero estos no son organizados de forma tan
concentrada ni tan parasitaria como en
Brasil. Entre las diversas
manifestaciones festivas, se encuentran los con- ciertos y el cine
al aire libre, París-Playa,
la Fiesta de la Música, el
circuito de rollers, París Puertas Abiertas, etc.
Para finalizar,
queremos destacar que este trabajo
es de carácter exploratorio. De hecho, recién comenzamos nues- tra investigación y, por
eso, partimos de observaciones gene- rales. Pretendemos, sin embargo,
desentrañar próximamen- te el tema a partir
de los estudios de casos mencionados. Asimismo, tenemos la certeza de que la exploración e inves- tigación de la dimensión de las fiestas en los
espacios públi- cos pueden aportar, de forma
original, a la comprensión de
ciertas dinámicas en curso en las ciudades contemporáneas. Además, pueden
contribuir, desde una perspectiva geográfi- ca, a dar cuenta del vínculo
fundamental entre la política y la
cultura urbana.
Por
último, este trabajo pretende ser nuestro modesto homenaje a Jean
Duvignaud, fallecido en 2007. Se trata de uno
de los últimos grandes intelectuales de una
brillante generación, quien
dejó un voluminoso y rico legado, pero aún
poco explorado. Duvignaud,
que tanto admiraba Bra- sil y sus intelectuales, consideraba
que sus mejores inspira- ciones
provenían de sus viajes por dicho país,
en el cual to- davía hoy es poco conocido. Sin pretender de forma alguna
realizar una reparación a esta
injusticia, este trabajo es tan solo un
testimonio de nuestra gran admiración.
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 171
Bibliografía
Amaral,
R. 1998. Festa à brasileira. Significados do festejar, no país que
“não
é sério”. Tesis de Doctorado. Universidad de San Pablo.
Charbonneau,
J.-P. 2003. “La ville-mouvement”. Urbanisme, nº 331. Disponible en: http://www.urbanisme.fr/issue/
report.php?code =331&code_menu= FOCUS #article418
Da
Matta, R. 1979. Carnavais, malandros e
heróis. Para uma so- ciologia do dilema brasileiro. Río de Janeiro, Zahar.
Di
Méo, G. 2001. La géographie en fêtes. París, Ophrys.
–––––.
2006. “Fêtes patrimoniales et renouvellement des fêtes”, en La place et le rôle
de la fête dans l’espace publique. Débats nº 50, pp. 29-37.
Duvignaud,
J. 1965. “La fête civique”, en Histoire
des Specta- cles. Encyclopédie de la Pléiade.
París, Gallimard.
–––––.
1973. Anomie, hérésie et subversion. París, Anthropos.
–––––.
1983. Festas e civilizações. Río de Janeiro, Tempo Brasileiro. Farge, A. 2007.
Effusions et tourment, le récit des
corps. Histoire du
peuple
au XVIIIe siècle. París, Odile Jacob.
Fernandes,
N. N. 2001. Festa, cultura popular e identidade nacio- nal. As escolas de samba
do Rio de Janeiro (1928-1949). Tesis de
Doctorado. Río de Janeiro, Universidad
Federal de Río de Janeiro.
Ferreira,
L. F. 2002. O lugar do carnaval: espaço
e poder na festa carnavalesca no Rio de Janeiro, Paris e Nice (1850-1930). Te- sis de Doctorado. Río
de Janeiro, Universidad Federal de Río
de Janeiro.
172
Paulo
César da Costa Gomes
Ferreti,
S. (s/f), “Religião e cultura popular. Estudo de festas populares e do sincretismo religioso”, en Os
Urbanitas. Disponible en: http://www.aguaforte.com/antropolo-
gia/osurbanitas/revista/Ferretti.html
Gomes, P. C. 2001. “A cultura pública e o espaço”,
en Ro - sendhal, Z. y Corrêa, R. (orgs.). Religião, identidade e te-
rritório. Río de Janeiro, EDUERJ, pp. 93
-114.
–––––.
2002. A condição urbana: Ensaios de geopolítica da cidade.
Río
de Janeiro, Bertrand Brasil.
–––––.
2005. “O silêncio das cidades: os espaços públicos sob ameaça,
a democracia em suspensão”.
Cidades nº 4, pp.
249-266.
Maia,
C. E. S. 1999, “Ensaio interpretativo da dimensão espa- cial das festas
populares”, en Rosendhal, Z. y Corrêa,
R. (orgs.), Manifestações da cultura no espaço. Río de Janeiro, EDUERJ,
pp.191-218.
Maffesoli,
M. 1991. L’Ombre de Dionysios, contribution
à sociolo- gie de l’orgie. París, Le Livre de Poche.
Nietzsche, F. 1996. O nascimento da tragédia. San
Pablo. Cia. das Letras.
Paquot,
T. 2003. “La fête en ville”. Urbanisme, nº 331. Disponible en:
http://www.urbanisme.fr/issue/report.php?code=331&code_ menu=EDITO
Santos,
A. N. G. 2006. “Encenação pública da
vida privada”.
VI
Encontro Nacional da ANPEGE. Fortaleza.
CD Rom.
Silva,
T. R. F. 2006. O espetáculo das multidões:
Manifestações políticas e signos espaciais nos espaços públicos do Rio
de Janei- ro. Disertación de Maestría. Programa de
Posgrado en Geografía de la
Universidad Federal de Río de Janeiro,
PPGG -UFRJ.
Ciudadanos
de fiesta: los espacios públicos entre la razón y la emoción 173
Parte
C
Perspectivas
teóricas y desafíos temáticos
Revisitar
la concepción de lo social para una
Geografía
constructivista
Alicia
Lindón 1
Soy
totalmente indiferente a los límites disciplinarios de la Geografía, pero estoy
totalmente preocupado por la Geografía como una condición ontológica, como una
realidad ineludible existencialmente. Cada uno tiene un cuerpo, nadie puede
evitar su cuerpo, y por consiguiente toda la
actividad
humana –cada forma de práctica individual y colectiva– es una práctica situada
y así geográfica.
Allan
Pred
Iniciamos con
una reflexión detonante de gran
alcance en la disciplina,
que no deja de constituir
una provocación constructiva, como es aquella
pista fecunda que fuera lan- zada tempranamente dentro del
pensamiento geográfico francófono por una geógrafa, Renée Rochefort.2 En los años sesenta esta
geógrafa planteó, desde una postura sino
de ruptura al menos muy innovadora para la época,
la célebre frase –con la cual iniciaba la Geografía Social– según la cual “la Geografía Social comienza con la inversión del orden de los factores [entre el espacio y
la sociedad], una inversión del interés”
(Rochefort, 1963: 20). Dicho de otra forma, sus pa- labras constituían un alegato a favor de una Geografía
que le diera mayor peso a lo social frente a las posturas más espa-
cialistas y, no pocas veces, casi deterministas del espacio de
1 Universidad Autónoma Metropolitana, Campus
Iztapalapa (Ciudad de México).
2 Si bien Renée Rochefort desarrolló ideas
innovadoras y es una de las pioneras de la Geografía Social, es innegable que
no ha alcanzado a ser lo suficientemente valorizada en el contexto de la
Geografía fran- cófona, cuyas grandes voces reconocidas –al menos, hasta
tiempos más o menos recientes– han sido las de los “geógrafos” (de género
masculino), y más allá de las fronteras del pensamiento geográfico francófono,
hasta ahora es literalmente muy poco conocida.
177
cara
a lo social, o al menos aquellas que relegaban lo social a un segundo plano
para enfatizar el espacio
aun cuando fuera entendido en
sentido amplio, es decir, como modelado del ser humano y con todas sus
declinaciones (región, lugar, territorio, etc.). Desde la perspectiva del discurso geográfi- co, una invitación
a prestar más atención a lo
social para comprender el espacio sin
duda era
una innovación. Una forma
de sopesar esta
innovación es recordar que, en ese
momento, aun resonaban con fuerza
en la Geografía fran- cófona las palabras
de Vidal de la Blache: “la Geografía
es la ciencia de los lugares y no
de los hombres”. Pero también diversas posturas posteriores a la vidaliana
–francófonas y de otras tradiciones–
han asumido que la Geografía
es, antes que nada, la ciencia
del espacio.
Nuestro
énfasis en este alegato por lo social no desconoce ni resta el valor de muchas
otras voces –usualmente posterio- res– de la Geografía francófona y también de la anglosajo- na, que han
hecho señalamientos con este
mismo horizon- te, incluso más refinados. Por ejemplo, la propuesta de “la dimensión
espacial de lo social” (Lévy, 1994;
Séchet, 1998; Ripoll, 2006; Veschambre,
2006). Sin embargo, nos interesa destacar
la voz de Renée Rochefort
por su carácter tempra- no y desafiante.
En
los años siguientes al planteamiento de
Renée Roche- fort, si bien
la Geografía se interesó
crecientemente por lo social –por
ejemplo en las desigualdades sociales analizadas espacialmente, la división del
trabajo también espacializada, entre
muchos otros temas notoriamente sociales y de sensi-
bilidad social–, es relevante notar que no profundizó lo sufi- ciente en las concepciones posibles de lo social.
Antes bien, lo social se integró en la Geografía a partir
de problemáticas sociales. De esta forma, la concepción de lo social se remi- tió sin
mucha discusión a la idea de estructura
social, otras veces a la de estratificación social, o simplemente a la consa-
bida de población, en todas sus declinaciones... En sentido
178
Alicia
Lindón
más
estricto, para la Geografía
de los años sesenta y seten- ta el avance teórico
más relevante sobre lo social fue
el de transmutar el concepto universal
de hombre o ser humano en el de estructura social, lo que implicaba
reconocer que si bien todos somos seres humanos, estamos insertos en estruc-
turas sociales que implican
distintas posiciones y diferentes
abanicos de oportunidades, con consecuencias encadenadas en todos los aspectos
de la vida. Fue un avance con respecto a la concepción universal de ser humano, aunque al mismo tiempo no dejó
de ser insuficiente por su sesgo estructural.
En
este horizonte, los avances en la
teoría geográfica fi- nalmente se dieron en torno a las
diversas concepciones del espacio y
no así con relación a lo social. Este devenir pue- de considerarse paradójico desde aquellas
voces tempranas
–como la citada–
que advertían sobre
la centralidad de lo social.
Aunque, desde la más fuerte tradición
geográfica (“la Geografía como ciencia de los lugares”) lo esperado era
pre- cisamente que se profundizara en el
concepto de espacio y espacio geográfico, mientras que lo social se tomara de la Sociología, o más aun
de cierta Sociología más legitimada, sin profundizar demasiado.
Indudablemente, esta posición frente a
la concepción de lo social dejó abiertos
canales por los que penetraron algunos sesgos, que terminarían afectan-
do las concepciones sobre el espacio. En cierta forma, nues- tra
interpretación de este devenir
sugiere que, a pesar
de estas ideas pioneras acerca de la importancia de lo social, el sesgo
espacial favoreció un desarrollo teórico desequilibrado entre los avances más
fuertes sobre el concepto de espacio y
los más débiles respecto de la concepción de sociedad.
A
sí, se
hicieron esfuerzos teóricos
muy importantes para ir más allá de la tradicional concepción del
espacio como región natural o región con un fuerte peso natural, pero también por superar la concepción del espacio
como localización o lo que se
conoce como la concepción del espacio en
términos relativos, que siempre
lleva consigo
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 179
un considerable trasfondo geométrico
(Bailly y Beguin,
2000).
En este camino también se fue
desarrollando la perspectiva del espacio
en tanto producto social, con un notorio énfasis en lo material, no como
realidad físico -na- tural, sino
como una
producción histórica. Otra línea
de avance teórico en
torno a la concepción del espacio
muy diferente fue la que planteó expresamente las perspecti- vas del
espacio percibido, vivido,
experimentado. A simis- mo, cabe destacar
el surgimiento posterior de las concep - ciones que
buscan una articulación entre lo material y lo
inmaterial, y que usualmente se identifican con el espacio socialmente
construido (Di Méo, 1991 y 2000 ; Di
Méo y Buléon, 2005; Lussault, 2007; Gumuchian et al .,
2003).
Estas
últimas concepciones del espacio –por su interés en lo inmaterial que reside en las personas,
y que permite cons- truirlo social y simbólicamente– vienen a articularse con el giro reciente de
la Geografía Humana hacia lo cultural y en alguna forma
pueden recuperar aquel sentido
profundo contenido en las palabras citadas
de Renée Rochefort. Ac- tualmente, ya no es
suficiente con reconocer la importancia
de lo social. Se necesita una fortaleza
teórica respecto a lo social
que permita evitar el camino de los reduccionismos, como suele ocurrir, por ejemplo, con
los conocidos y soco- rridos
agregados de población.
Asimismo, tomando como punto de partida
la frase pionera de Rochefort, actualmen- te podríamos observar que al
invertir el orden de los fac- tores y poner primero lo social, esto también trae
consigo lo cultural. Sin embargo, una
vez más, no es suficiente con reconocerlo,
también se debe reflexionar respecto a las posi- bles formas de concebirlo,
sobre todo por las tendencias tan
instauradas –dentro y fuera de la Geografía–
a reducir lo cultural a su expresión material.
En
esta perspectiva, el actual giro
cultural en la Geogra- fía Humana trae consigo la posibilidad de realizar una nue- va inversión del orden de los
factores dentro del campo de lo
180
Alicia
Lindón
social
y lo cultural: una de las formas de
concebir esta inver- sión es a la manera de un tránsito de la concepción de lo
so- cial como un agregado (tal el caso
de la población, aunque no
exclusivamente) hacia
concepciones de lo social en tér-
minos de sujetos sociales entendidos como agentes
activos, capaces de transformar la sociedad, aunque también con constricciones sociales. Y
respecto de lo cultural, la inversión del orden de los factores puede implicar, entre otras opcio- nes, por un lado pasar de
la regencia de la cultura material a la inclusión de lo inmaterial junto a lo material, todo desde el punto de vista del sujeto que, en su
actuar, articula lo ma- terial y lo inmaterial. Y por otro
lado, esto permite evitar la salida frecuente de reducir lo cultural a
una estructura, para darle centralidad al actor creativo aunque, al mismo
tiempo, condicionado y limitado. Por
ello el desafío actual de
rea- lizar una nueva inversión
del orden de los factores
dentro de lo social y cultural para la Geografía, pasa por compren-
derlos como una
construcción social que se recrea en cada instante de manera consensuada entre
diferentes actores y al mismo tiempo en conflicto entre otros.
Con
este contexto, las reflexiones que planteamos en este texto se organizan en tres apartados:3 en el primero revisa- mos muy someramente
algunos de los avances teóricos más recientes de la Geografía en torno a la concepción de espa- cio. En la
segunda parte, penetramos en algunos de
los cami- nos que parecen más
fructíferos sobre la forma de concebir lo social para una
Geografía que gira hacia
lo cultural y el sujeto. En
realidad, el primero de estos apartados
–la revi- sión de las concepciones sobre el espacio– no es la tarea más
profunda de este texto, ya que solo la planteamos como clave de entrada al
segundo apartado, lo que constituye el
núcleo del trabajo. Por último,
esbozamos algunas de las alternativas
3 Recurrimos a la relación “texto-contexto” en
el sentido hermenéutico.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 181
geográficas constructivistas que articulan las revisiones
de lo social y lo espacial en el sentido del giro cultural.
Los
replanteamientos en la concepción espacial
Una lectura
rápida sobre el devenir
de las concepciones del espacio
podría asumir que esta es una
tarea propia de la Geografía y a realizarse puertas adentro. Sin embargo, el giro
cultural hacia el constructivismo –entre
otras cuestio- nes– permite retroalimentar esta revisión del
concepto de espacio con los
avances sobre el tema que se
han realizado en las otras Ciencias
Sociales (Lindón y Hiernaux, 2010; Chivallon, 2000).
La
teorización acerca del espacio producida por
la Geo- grafía, en parte
resulta de perspectivas
que más o menos asumen a la
Geografía como ciencia
del espacio, y en parte
resulta de otras concepciones que son más cercanas a este alegato por
invertir el orden de los
factores. Dicho de otra forma, unas teorizaciones geográficas sobre
el espacio deri- van de
darle cierta centralidad al espacio –como
por ejem- plo, las que plantea
Roger Brunet (1986)– y otras, de darle más fuerza a lo social, o al sujeto y a
la acción con su capaci- dad para hacer
y rehacer el espacio (Gumuchian et al., 2003:
28;
Séchet, Garat y Zeneidi,
2008: 8). Las primeras tienen una
historia más extensa en la
disciplina y sus elaboracio- nes
han sido las más difundidas. No podemos
plantearnos como meta concreta en estas páginas, encarar esta revisión
–en
sus dos vertientes– a fondo. Solo nos interesa revisar de esas
concepciones lo que alimenta y se articula
con una revi- sión geográfica de
la concepción de lo social armónica con el giro cultural.
Entre las primeras propuestas (las que le dan
centralidad al espacio sobre lo social), y pensando el tema desde América
Latina, es importante reconocer el papel clave que ha tenido en este devenir
el pensamiento de Milton
Santos. En estas
perspectivas, y de manera específica en
el caso de Santos, un
182
Alicia
Lindón
sesgo
que se ha presentado –o solo se ha esbozado–
es el de entender el espacio como “cosa”. Seguramente este matiz no es
independiente de la “pesadez de las
formas espaciales”, como dijera
Lacarrieu (2007) con relación a los estudios
ur- banos en particular. El sesgo por lo material tal vez encubre la
vieja centralidad que tienen las
formas materiales en la Geografía
Física y que se filtró hacia la Geografía Humana, aunque a lo largo del
siglo XX esa materialidad física fue elaborada en el pensamiento
geográfico en términos de for- mas materiales construidas por el ser humano. Este “sesgo materialista”
(Lussault, 2007: 70) ha sido un lastre
que, en- tre otras cuestiones, ha
dificultado el posicionamiento de la Geografía
en el concierto de las Ciencias Sociales.
En
otras ocasiones hemos mencionado –sin detenernos demasiado en el asunto,
como pretendemos hacer
en este momento– este
interés o tendencia reiterada en la
Geogra- fía, por concebir al espacio como cosa. Esto ha sido observa- do por diversos autores recientemente, a veces
identificado como una tendencia materialista (Lussault, 2007). Conside- ramos que esta cuestión
amerita ser revisada y reflexionada con detenimiento por parte de aquella Geografía actual que se involucra de
lleno en su propia revisión a través de
los conocidos giros. En este sentido nos interesa destacar una expresión relevante de esta desafortunada
–a nuestro modo de ver– concepción reificadora que acompaña el desarrollo de la disciplina, que se
puede observar, entre otros casos, nada
menos que en la
obra de uno de los pensadores más lúcidos de la Geografía contemporánea, como ha sido Mil- ton Santos.
Este
geógrafo latinoamericano se empeñó en
construir una Geografía al mismo
nivel que las otras Ciencias
Socia- les. Una Geografía que
fuera capaz de
dialogar con esos otros
campos del saber
cercanos, es decir una ciencia
que diera una reflexión teórica intensa
acerca del espacio como objeto de estudio de la disciplina, dejando atrás aquella vieja
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 183
Geografía apegada a la descripción y carente de
teoría. Sin embargo, al mismo tiempo no
dudó en defender la tesis del espacio como
un hecho social, incluso haciendo referencia explícita a Émile Durkheim. Al respecto, cabe recordar
que en su conocida obra Las reglas del método sociológico (1994), cuya primera edición es
de 1895,4 el sociólogo francés
plan- teó su célebre primera regla
acerca de los hechos sociales, que
deben ser tratados como cosas.
El propio Durkheim tuvo que
escribir un prefacio
a la segunda edición del mis- mo libro, algunos años después,
reconociendo que esta idea de tratar
los hechos sociales como cosas
había promovido “varias controversias”, y aclarar en esa
ocasión qué sentido le otorgaba al tratamiento de los
objetos de la ciencia como cosas:
Durkheim concebía a los hechos sociales
con existen- cia anterior al individuo, y por eso los veía como externos al
individuo y como mecanismos de coerción.
Más
allá de cuánto pudo el propio Durkheim y
sus segui- dores justificar un
asunto tan ríspido, lo cierto
es que desde la Sociología de
fines del siglo XIX hasta la contemporánea, se han escrito innumerables
críticas a esta idea de Durkheim, y algunos
pocos intentos de defensa de
aquella posición tan controversial. Reconstruir las críticas al concepto de hecho social de Durkheim
ameritaría la escritura de un nuevo libro, porque en esencia ha sido una
de las ideas más revisadas –y descalificadas– del pensamiento social desde fines del siglo XIX a la actualidad.
Incluso, no se debería olvidar que en
1967,
uno de los teóricos sociales contemporáneos más desta- cados y reconocidos a
nivel internacional, como es Anthony
Giddens, parafraseó el viejo título del
libro de Durkheim en
4 Recordemos la fascinación del joven Durkheim
por el método científico, que indudablemente en ese momento generaba gran
interés en muchos célebres pensadores. Aunque también se puede recordar que Henry Bergson fue parte de la
misma generación intelectual de Durkheim (incluso en la Escuela Normal Superior
de París), y lejos de sentirse atraído por estas ideas, fue quien en ese tiempo dio la batalla más dura contra
el racionalismo.
184
Alicia
Lindón
su
libro Las nuevas reglas del método sociológico, en donde lo “nuevo” (anunciado en el título) radica en partir
de la idea inversa a la de Durkheim en las (viejas) Reglas..., como es la centralidad de la acción. Entre
muchas otras observaciones, en
ese texto, Giddens plantea –con una sólida y fundamen- tada argumentación– que el funcionalismo de Durkheim y Parsons (este
último fue el continuador del funcionalismo durkheimniano, pero americanizado) “resulta defectuoso” (Giddens,
1993: 22) o que “en el marco de referencia de la acción de
Parsons, no hay acción”
(Giddens, 1993: 18). La ausencia
de la acción en el esquema
teórico necesariamente implica la
ausencia del actor y/o del sujeto.
Posiblemente
para buena parte de la Geografía contem- poránea esta discusión en torno a los hechos sociales de Durkheim y la crítica que
desarrolla Giddens a las (viejas)
Reglas en sus Nuevas reglas, pueda carecer
de interés. No fal- tarán los geógrafos
que no reconozcan algún valor
geográ- fico en este debate por tratarse de una discusión puramente
sociológica. Sin embargo, podría no resultar tan tangencial a la Geografía actual, si consideramos que esta ha recupera-
do esas ideas sobre los hechos sociales,
tan descalificadas en la disciplina que
les dio origen, la Sociología.
Por ello nos resulta muy significativo que a fines del siglo XX, una de
las Geografías más reconocidas por sus aspiraciones teóricas, como la
santosiana, al realizar su gran propuesta teórica so- bre
el concepto de espacio,5 retome este punto de partida. Dicho sea de
paso, Santos se confronta con la Geografía
de la acción (que podría resultar
afín a la perspectiva gidden- siana de
las Nuevas reglas). En particular, Santos
despliega sus críticas sobre la
versión de la Geografía de la
acción de Benno Werlen
(Santos, 2000: 71-74). Así resulta
significati- vo que a fines del siglo XX, la Geografía santosiana regresa
5 Cabe tener en cuenta que Milton Santos
buscaba construir una teoría geográfica al nivel de la teoría social
más
reconocida.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 185
sobre las viejas y criticadas ideas de Durkheim, ya que aun en La naturaleza del espacio,6 Milton Santos destacó enfáti- camente el pensamiento durkheimniano sobre los hechos sociales, cuestión que ya había planteado dos décadas antes en Por una nueva Geografía (1990).7
La
perspectiva del espacio como un
producto social, de- fendida por
el mismo Milton Santos,
articula con esta idea del
hecho social de raíces durkheimnianas, porque en úl- tima instancia es una concepción del espacio en términos
materiales, aun cuando se trate de una
materialidad produ- cida históricamente.
Finalmente, esto nos hace
regresar a la observación reciente de Michel Lussault
(2007) sobre la tendencia
materialista que acompaña a la
Geografía y que termina siendo su propio límite.
En
la búsqueda de miradas más amplias con
las cuales contrastar esta defensa
geográfica santosiana de los
hechos sociales durkheimnianos, resulta
pertinente citar las pala-
bras de
Daniel Cefaï (2007: 5),
quien al realizar una
sem- blanza de Isaac
Joseph, muestra que entre los méritos de este autor
estuvo el de haber “contribuido a la exhumación de Tarde y Simmel,
autores malditos de la
sociología fran- cesa, erigidos en
antídotos de Durkheim”.8 De esta forma, destacamos el hecho de que en el
pensamiento social con- temporáneo –incluso,
con fuerte interés en el espacio como es el de Joseph– se han
realizado importantes aportes que toman como punto de partida la crítica a Durkheim, parti- cularmente al joven
Durkheim que escribiera las Reglas del
método y que un siglo después sirviera de
inspiración a Milton
6 Cuya primera edición en portugués es de 1996.
La segunda, en el mismo idioma, es de 1997. La versión en español es de 2000.
7 La primera edición en portugués es de 1978.
8 Esta exhumación metafórica de Gabriel Tarde y
Georg Simmel, como antídotos de Émile Durkheim, la realiza Isaac Joseph desde
1984, cuando publica Le passant considérable, obra que en 1988 se publicara en
español (por Gedisa) bajo el titulo de El transeúnte y el espacio urbano (Joseph, 1988). Esto muestra contemporaneidad
con Milton Santos, aunque el geógrafo eligiera el camino durkheimniano tan
criticado.
186
Alicia
Lindón
Santos. En suma,
este posicionamiento de
Santos –uno de los principales geógrafos contemporáneos–
es significativo con relación a nuestra hipótesis acerca del débil tratamiento de lo social que
ha caracterizado a la teoría geográfica.
Como
resultado de los límites que han traído
consigo las concepciones materialistas del espacio,
el giro de la Geo- grafía Humana actual no solo se ha embarcado en la tarea de
reconstruir el edificio teórico en torno al espacio (Lévy,
1999),
sino que lo ha hecho con un interés
expreso en evitar las reificaciones del espacio, sin por ello negar la componen- te material que forma parte de él. Y para evitar la reificación del
espacio, consideramos que las apuestas
teóricas realiza- das por las
Geografías que le dan centralidad a lo
social (lo que al inicio de este apartado denotamos como una segunda línea
geográfica, en cuanto a la conceptualización del espa- cio) pueden resultar de
máximo interés.
Así
es que, por cauces
diferentes a estas tendencias ma- terialistas, la propia Geografía ha producido en las últimas tres décadas otras concepciones del espacio y de la
espaciali- dad que han realizado un
lento deslizamiento desde la con- cepción del espacio como un producto
social,9 hacia con- cepciones como la del espacio vivido, experimentado y más recientemente,
construido socialmente. En todos los
casos, detrás de este deslizamiento ha estado (y sigue estando) pre- sente la
preocupación que Godelier (1989) planteara tan lú- cidamente: “la realidad no
solo es lo material, sino también lo ideal que está intrínsecamente unido a lo
material”.
Dentro
de estas perspectivas geográficas interesadas por lo “ideal” que es parte
de la realidad geográfica, se halla la vertiente que ha trabajado
arduamente en torno al concepto de espacio
entendido como vivencia,
como representación,
9 Asimismo se puede considerar que las
representaciones del espacio legitimadas (la cartografía) se fun- dan en la
visión a vuelo de pájaro, que en última instancia es una visión del espacio
desde “afuera”.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 187
como
experiencia, como lugar y construcción social. En este camino y dentro del pensamiento francófono se puede
des- tacar la voz temprana de Antoine
Bailly, quien ha afirmado que la
reflexión filosófica acerca del papel de lo imaginario y lo simbólico que se
integra en nuestras prácticas es necesaria (Bailly, 1989). También se destaca
la voz de Armand Frémont (Frémont, 1999; Frémont et al., 1984) en el mismo sentido. En
el caso de Bailly, cabe recordar su advertencia respec- to a que este es el camino para que la Geografía vuelva a encontrar la condición humana que
perdió cuando decidió seguir las pistas
de la geometría, camufladas bajo el manto de lo locacional. Esta perspectiva
–el espacio como expe- riencia o
vivencia– lleva consigo dificultades
metodológicas ampliadas porque su estudio
requiere la perspectiva del su- jeto que lo experimenta: no es posible
verlo desde afuera del sujeto (Lindón, 2008). En este sentido, algunas voces
fuertes de la Geografía más actual han
señalado claramente esta cuestión: “La
Geografía no se puede contentar con tomar en cuenta a los grupos sociales, también debe anclarse
en el sujeto, el individuo, la
persona, el actor” (Di Méo y Buléon
2005:
39). En estos términos resulta
básico reconocer que el
espacio no puede ser reducido ni a
una localización (“el dónde” en su versión más pura), ni tampoco a la obra o el producto material de una
sociedad o de un
grupo social, producto que siempre
sería observable y medible.
La
concepción del espacio como
experiencia que fue- ra
cultivada dentro del pensamiento
anglosajón desde los años setenta
por voces tan destacadas como las de
Y i-Fu Tuan y Anne Buttimer (Tuan 1977; Buttimer y Seamon,
1980)
resulta innegablemente relevante y ajustada
al ac- tual momento histórico caracterizado, para la Geografía, por la presencia del giro
cultural; y para casi todas
las otras disciplinas, por el
tránsito hacia posturas más sub -
jetivistas. No obstante, no se puede
olvidar que casi toda la Geografía como
disciplina ha sido construida
como un
188
Alicia
Lindón
cuerpo
de conocimiento desde enfoques
materialistas y externos al sujeto -habitante. Este tipo de perspectivas han sido identificadas como miradas
“exocéntricas” (Hiernaux y Lindón 2004). A sí, al replantear la concepción
espacial hacia lo experiencial se
estaría dando en la disciplina un deslizamiento desde las visiones
exocéntricas a otras “ego - céntricas”,
que parten del punto de
vista del sujeto, o al menos
lo asumen como meta; dicho con las palabras de Bernard Debarbieux (1997a): “esto implicaría
ir más allá de las puertas de los mundos interiores frente a las cuales nos
hemos detenido por largo tiempo”. Una circunstancia de este tipo –una
perspectiva discordante con la tradición más fuerte en la disciplina– implica
un desafío de con- siderable magnitud porque tiene implicaciones encade- nadas desde los niveles
teóricos hasta los metodológicos (Lindón, 2008), e incluso, en lo técnico.
Como parte
de esta segunda concepción del espacio
en términos de experiencia espacial
y también como vivencia, el
camino específico del
“lugar como construcción social” persigue una postura
media que aspira a no dejar de lado la
materialidad del espacio en aras de una concepción exclusi- vamente idealista o subjetivista, pero tampoco olvida
todo lo no material con lo cual los sujetos le dan sentido al espacio materialmente dado, ya que construirlo socialmente implica
hacerlo materialmente y también dotarlo de sentido y apro- piarlo. Esto último
es lo que Claude Raffestin ha
denomina- do la “semiotización del espacio”,
es decir la incorporación de un
conjunto de signos culturales que caracterizan a una sociedad en el espacio material –y que este autor denomina “semiósfera”– (Raffestin, 1986). Muchos otros
autores han penetrado analíticamente en distintas esferas de lo no ma- terial que acompaña a lo material. Un
ejemplo que reciente- mente viene tomando creciente interés de cierta
Geografía Urbana es lo que ha dado
en denominarse “imaginarios ur- banos” (Hiernaux, 2007).
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 189
Este
tipo de visiones que buscan integrar lo
material y lo no material, no pretenden ubicarse en puntos medios en el sentido literal de la expresión, sino en una articulación de ambas dimensiones que genera
una tercera dimensión. Para el geógrafo, observar el mundo (y
sus fragmentos) desde esta articulación material-ideal supone
colocarse en un lu-
gar diferente al de la observación de lo material o lo exclusi- vamente ideal. Esta articulación no es ni la
sumatoria de lo material y lo no material, ni lo intermedio entre ambos. El constructivismo geográfico busca la comprensión del espa- cio a partir de la articulación profunda de las
dimensiones materiales y no materiales, desde la experiencia espacial del
sujeto (Lindón 2007a; Lindón 2007b). En
suma, el estudio de la espacialidad
desde las Geografías que
giran hacia lo cultural encuentra en el constructivismo
–como perspectiva filosófica– una
ventana fecunda ya que integra lo no mate- rial con lo material,
evitando de esta forma el largo camino reificacionista que ha
prevalecido en la disciplina por largo tiempo. Así, uno de los presupuestos centrales de esta pers- pectiva señala
que todo aquello
que conocemos y creemos
resulta del lenguaje con el que entendemos y transmitimos nuestras
percepciones del mundo. La revisión geográfica
de ese presupuesto nos permite plantear que la labor constante de las personas de hacer
el territorio, así como el
conoci- miento espacial de sentido común que utilizan en ese hacer, están configurados por el lenguaje con el que
entendemos y transmitimos nuestras percepciones espaciales, nuestro sentir sobre
los lugares, nuestra imaginación espacial. Por ello, estas concepciones constructivistas
del espacio se cons- tituyen en un
camino fecundo para una Geografía que gira hacia lo cultural.
Sobre
las concepciones de lo social de la Geografía
Si
las concepciones del espacio que sortean los sesgos ma- terialistas son esenciales para
una Geografía que gira hacia
190
Alicia
Lindón
lo
cultural, no es menos necesaria la revisión de lo
social en un camino
acorde a lo anterior. La tarea
geográfica de revisitar las
concepciones de lo social y, en particular desde la perspectiva del
sujeto, requiere de la Geografía
una in- mersión profunda en la
teoría social, cuestión que desde los
años ochenta han empezado a plantear diferentes voces geo- gráficas (Pred,
1981; Thrift y Pred, 1981). Sin embargo, aun así, para los
geógrafos anónimos esta tarea sigue
siendo algo ajeno, una tarea que no genera interés y, sobre todo, una ac- tividad difícil de alcanzar por el contacto apenas tangencial de los geógrafos con la teoría
social.
La
Geografía siempre tuvo consigo la dimensión humana, pero no así
la social. El sentido de la condición humana tem- pranamente encontró su
expresión más clara en la tradición vidaliana
en términos amplios, es decir
tanto en Vidal de la Blache como en sus
discípulos. Aunque también estuvo
presente en otras voces pioneras relevantes, como Elisée Re- clus. Asimismo y
con anterioridad a los vidalianos, Ratzel se refirió al ser humano y lo mismo
Humboldt y Ritter aun más tempranamente.
En
este sentido del ser humano se puede recordar aque- lla idea vidaliana, afinada
por Max Sorre (1967), de los gé- neros de vida como
modeladores del paisaje, o la posterior idea fecunda de
Pierre Gourou del ser humano como ha- cedor
de paisajes (Gourou, 1979). En todas
esas ocasiones la referencia al ser humano, al hombre, venía de la
mano de la posesión de técnicas, de una cultura materializada, de costumbres,
y la realización de actividades
para asegurar la sobrevivencia;
incluso, como agregara Pierre Gourou, de
las conocidas técnicas de encuadramiento del paisaje que en ocasiones eran
reglamentaciones y normas definidas por los hombres y marcadas en el
paisaje. Todo ello expresaba una
concepción del ser humano y su capacidad transformadora del entorno. Lo social
estaba presente en la medida en que se
reconocía que el ser humano no desarrolla las técnicas ni
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 191
construye
una cultura como actos individuales, sino que ello es una empresa colectiva.
No obstante, se podría observar que
esa idea fecunda de Gourou del
ser humano como hacedor de
paisajes o las otras ideas
vidalianas previas del
modelado del paisa- je, quedaron
inconclusas en tanto no se desarrolló
entera- mente la explicación sobre la
manera en que se realizaba esa empresa colectiva, más allá
de hacerlo en su dimensión eminentemente material. En cierto nivel de lo material se dio una respuesta: el paisaje se hace y se modela al aplicar las técnicas que
transforman físicamente los lugares.
Esta es una explicación de la
dimensión más evidente. Sin em- bargo,
actualmente podríamos intentar ir más allá de esa primera respuesta:
¿cómo se desarrolla una técnica
y no otra? ¿Cómo se decide
aplicar una técnica y no otra? ¿Solo se transforma el paisaje
por obras materiales?
¿Esas técni- cas que modelan el
paisaje resultan de acuerdos sociales que se reiteran en el tiempo,
o bien surgen rompiendo con pautas y
criterios sociales? En cierta forma
Torsten Hägers- trand, en sus primeros años, retomó este problema y buscó un
camino de respuestas al desarrollar su
teoría sobre la difusión de las innovaciones: las resistencias sociales ini- ciales frente a toda innovación, terminan cediendo con la posterior aceptación amplia de la innovación.
Aun
así, otros aspectos que
hacen de manera intrínseca a lo social demoraron años en hacerse explícitos
en la Geo- grafía. Este es el caso de la estructura social, las diversas
po- siciones que el ser humano puede tener en la sociedad, que tan lúcidamente desarrollaran autores como Norbert Elias (1990). Sin duda,
de alguna forma
estas posiciones tam- bién estaban
presentes desde tiempo atrás,
por ejemplo en la Geografía vidaliana
a través del reconocimiento de que unos
seres humanos eran
agricultores, otros
pastores, etc. A pesar de
todo, la noción de estructura social, la
trama so- cial, las posiciones en esa
trama, y más aun, los procesos
de
192
Alicia
Lindón
socialización, eran
muy difusos y tenues para la Geografía. El anclaje en lo
social venía dado a través de
las activida- des económicas desarrolladas por los seres humanos, así lo económico
profundizaba el sesgo materialista. En los años sesenta los geógrafos descubren esas posiciones sociales con más intensidad
y aparecen referencias explícitas a las
dife- rencias espaciales de los grupos
sociales, por ejemplo en el
acceso al suelo urbano. Se desarrolla así una
idea de lo so- cial muy apegada a la visión de la sociedad como estructura, como posiciones de
poder y de oportunidades, posiciones más desfavorecidas, y también va
emergiendo la idea de la sociedad como estratificación social.
En
la medida en que avanzaba la segunda mitad del siglo XX, la Geografía se fue apegando crecientemente a una
concepción muy simple de lo social. De
alguna forma nos atrevemos
a plantear que el reconocimiento de las diferen- tes posiciones en una
estructura social vino de la mano
de un cierto abandono del carácter holístico del ser humano de los años
previos. Esas concepciones
parciales de lo so- cial que fue abrazando la Geografía tienen raíces
dobles: por un lado, en la relación parcial e incluso marginal de la Geografía con las Ciencias Sociales y más aun con la
teoría social en el sentido giddensiano de la expresión (Giddens,
1995:
16 -19). En algunos casos, la
incorporación de ideas relacionadas con la estratificación social, o
estructuralistas, se hizo sin una
reflexión de fondo acerca del estructuralis- mo ni del
estratificacionismo. Por otro, esas
concepciones simples de lo social asumidas
por la Geografía se imbrica- ron muy bien
con las concepciones dominadas
por lo evi- dente del espacio, que se
arraigaron desde mediados de los años
cincuenta del siglo XX. Básicamente nos referimos a las concepciones del
espacio en términos locacionales.
Una
de estas concepciones parciales de lo
social, que en la Geografía ha adquirido
una gran
trascendencia y legiti- mación,
es la de población. Tanto es así que
se consolidó
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 193
un
campo disciplinario muy fuerte en torno a esta concep- ción de lo social
(Mendoza, 2006). Es muy importante y valioso este desarrollo, pero al mismo
tiempo tuvo efectos notorios en el pensamiento geográfico que no han
sido lo suficientemente revisados: se creó, se afianzó
y se legitimó la fantasía de que el concepto de población resolvía toda
la concepción necesaria de lo social. Dicho de otra forma,
se produjo la reducción de lo social a lo poblacional. El con-
cepto de
población en sí mismo es valioso. Sin embargo, no se debería
olvidar que lo social va más allá de lo pobla- cional. Posiblemente, porque la Geografía siempre asumió que su objeto de estudio
es el espacio (territorio, regiones, lugares, etc.), es que
ese análisis de lo social más fino que se hubiese requerido para sacar a la luz la reducción de lo social a lo
poblacional, no ha estado en la
agenda teórica de la disciplina.
El
concepto de población es una de las concepciones de lo social más claramente
construida desde la perspectiva de los
agregados. Una población es sin duda
alguna un conjunto de personas
que comparten alguna característi- ca: población por grupos
de edades, por lugares
de resi- dencia, por tipo de
empleo. El agregado de personas tiene una
esencia material y al mismo tiempo refiere a un
con- junto de rasgos tratados
desde la idea del aislamiento del rasgo
en cuestión. Por ejemplo, se analiza la edad.
A sí, las personas terminan siendo
analizadas como conjuntos de cosas (notoria reificación),
considerando que las cosas se- rían las
personas con un lugar de residencia,
cierta edad, un nivel de
educación, etc. Analíticamente se
procede a una suerte de
reducción de la persona a un conjunto de atributos. En este sentido
parecería que se pierde de vista la vieja idea
gestáltica de que el todo
es más que la suma de las partes.
194
Alicia
Lindón
Una de las fantasías geográficas
de los geógrafos,10 deri- vada
de esta
versión de lo social como agregado, es la de asumir a esas poblaciones
ancladas a un cierto territorio, sea el lugar
de origen, el de residencia, el de trabajo, etc. Si la reducción de lo social a lo
poblacional es peligrosa, sin duda
alguna esta fantasía geográfica
agrega un riesgo
adicional que deriva de asociaciones muy simples entre personas y lu-
gares. En buena medida la reducción, es decir
todo lo que este tipo de
procedimiento teórico-metodológico pierde de lo social, es todo aquello
que precisamente no es tangible, aun cuando tenga connotaciones
importantes en lo material y tangible que
marcan la relación de las
personas con los lugares. Esa asociación de personas y lugares manejada de manera tan simple también
invisibiliza la movilidad espacial cotidiana ya que crea
la ilusión de que
las personas están fijadas a ciertos lugares, por ejemplo, por
constituir su lugar de residencia.
Así,
una parte sustancial de lo que esa reducción –de lo so- cial a lo poblacional–
oculta, es la trama de sentido que lleva a las personas a seguir ciertos cursos
de acción y no otros, o bien a romper con un curso de acción muy aceptado y
encon- trar nuevas formas de proceder. Asimismo, esas repeticiones o
rupturas con ciertas
formas de actuar
espacialmente no surgen ni de
imposiciones dadas, ni son decisiones que
los actores toman con
independencia de los otros. Más
bien, la interacción entre unos actores
y otros es lo que lleva a unas y otras formas de actuar. Dicho de otra manera, esas formas de actuar no derivan
ni del voluntarismo de actores
entera- mente libres, ni de la coerción social de las estructuras. Por
su parte, esas formas de
actuar terminan siendo prácticas
10 Aunque la expresión “fantasías geográficas de
los geógrafos” pueda resultar excesiva en una primera lectura, es pertinente
para enfatizar el sujeto que construye esa subjetividad (los geógrafos), ya que
también se pueden referir fantasías geográficas de los sujetos que simplemente
habitan el mundo, sin pretender estudiarlo como los geógrafos.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 195
espacializadas, prácticas
configuradoras del espacio y confi- guradas por el espacio. Como plantearan Gumuchian et
al.: “el espacio en movimiento resulta de esas prácticas de los actores” (2003: 6), es decir, la vida que
anima el espacio lo transforma de manera continua y ello
ocurre a través de las prácticas
cotidianas.
La
Geografía no ha sido la única ciencia social que toma- ra la senda más sencilla
en cuanto a las concepciones de lo social. Muchas otras Ciencias
Sociales, incluidas ciertas so- ciologías,
caminaron de esta forma. Con el
espíritu de re- montar esas visiones,
desde la teoría social contemporánea se han hecho análisis muy lúcidos en los
cuales se muestra que estas concepciones
(no solo la que se basa en el concepto de población) tienen su fundamento
último en la noción del agregado
(Knorr-Cetina y Cicourel, 1981), y así
se produce la reducción de lo social. Como
alternativa, algunos enfoques
sociológicos contemporáneos se plantean que lo social emer- ge en las
prácticas concretas de los sujetos, en
las formas de llevarlas a cabo, en los saberes que ponen en juego.
Frente a las visiones de lo social como agregado,
tan usua- les en la Geografía, consideramos que la perspectiva geográ- fica del
sujeto en tanto actor territorializado,
abre nuevas posibilidades de comprensión del mundo. Sin duda alguna, el interés por el sujeto en la Geografía también debe recono- cer algunas voces pioneras de mediados del siglo XX (más
allá del espíritu clásico inspirado en el ser humano), como es el caso de Eric
Dardel (1990)11 y Maurice Le Lannou (1949), que introducen al sujeto por la vía
del habitante. Más allá de esas voces pioneras, cuyo aporte central fue el de
ponerlo en el centro de la reflexión sin
llegar a desarrollar aproxima- ciones
profundas, en las últimas décadas del
siglo XX e ini- cios del tercer milenio,
se han hecho frecuentes las palabras
11
La edición francesa es de 1952.
196
Alicia
Lindón
actor y sujeto
en la Geografía (Berdoulay y
Entrikin, 1998; Berdoulay, 2002). Sin
embargo, estas referencias no han lle- vado a una reflexión más fuerte, más bien parecería que las palabras en sí mismas resolvieran el problema
(Gumuchian et al., 2003: 29). En este sentido, algunos geógrafos han seña- lado
que la figura del actor y/o el sujeto en Geografía resulta frecuentemente anunciada pero siempre
diferida (Debar- bieux, 1997b).
Aun así, con todo lo diferido, es
significativo que cada vez aparezcan más voces geográficas interesadas en reflexionar sobre este tema
de fondo, tanto
de manera general, es decir, sobre
la condición de sujeto, o
mejor aun de sujeto-habitante o de
actor territorializado
(Berdoulay,
2002;
Berdoulay y Entrikin, 1998; Séchet, Garat
y Zeneidi,
2008),
como también sobre los diversos tipos de sujetos par- ticularizados, por ejemplo, actores por la
condición de gé- nero (Bondi, 1990;
García Ramón, 2006; Sabaté et al., 1995;
McDowell, 2000; Rose, 1994; Brooks Gardner, 1994), étnica (Garnier; 2008;
Collignon, 1996 y 2001), generacional (Guy,
2008;
Rowles y Chaudhury, 2005), o por condición ocupacio- nal y residencial
(Zeneidi-Henry, 2002 y 2008; Veschambre,
2008).
Esta última vertiente ha venido a
alimentar lo que se conoce como las
Geografías de las diferencias.
La
concepción de lo social desde la
perspectiva del actor o el sujeto
territorializado, para
algunos no deja
de reavi- var en la Geografía
viejas preocupaciones epistemológicas, como por ejemplo, si ello
representa un nuevo retorno a pos- turas ideográficas o al estudio de lo único.
Precisamente, la forma de
eludir esas reservas –que no tienen fundamentos sólidos– es con un
acercamiento al sujeto/actor con la fuer- za y el sustento que otorga
la teoría social contemporánea de
corte constructivista. En otros términos, es necesario recordar que la sociedad
es producida y reproducida, crea- da y recreada por las personas en su cotidiano quehacer, y sin
duda es más reproducida que producida.
Pero al mismo tiempo, esa sociedad
producida por las personas configura a
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 197
esas
mismas personas y a otras (Berger y Luckmann, 1968). Esa producción y
reproducción es constante, resulta del
dis- currir de la vida. Ello no es una
tarea que un individuo rea- lice de manera aislada de los
otros, sino en las
constantes interacciones de unas personas con
otras. En este
sentido se pueden recordar las palabras
de Berger y Luckmann: “el ser
humano no se concibe dentro de una esfera cerrada de interioridad estática”
(1968: 73).
En
los encuentros de una persona con
otra, en cualquier circunstancia,
por banal que
sea, se ponen en juego y en movimiento, y a veces en
tela de juicio,
principios, pautas y acuerdos sociales,
formas de hacer;
ya sea para reiterar- los y
reafirmarlos, como para transformarlos en la práctica misma. En todo
encuentro no solo se
movilizan cuestiones inmateriales (como
pautas de acción, códigos, valores, inten- ciones, etc.) sino también objetos (materialidades) y accio- nes, que si bien no
deberían ser reducidas a la condición de cosa u objeto, sin duda
alguna llevan consigo una
exteriori- dad a la corporalidad del sujeto que actúa. Esta es otra
forma de concebir lo social, muy distante del agregado. Lo social no sería el
conjunto de personas. Lo social serían esos acuer- dos que se negocian en cada
instante, o que simplemente se
aceptan, o que se recrean, y de acuerdo con los cuales se realizan diversas actividades. Por eso podemos decir que lo
social emerge en cada micro-situación.
Cuando
llegamos a un lugar y actuamos de
cierta forma, por ejemplo, cierta manera de saludar al otro
o a los otros, al realizar esa
práctica específica de saludar
de esa manera, traemos a la situación
particular una pauta social instituida previamente en cierto mundo
social. Al volver a realizarla, la
práctica banal reafirma la validez de
ese acuerdo social, o di- cho de otra forma, reproduce una vez más lo instituido
para ese tipo de situaciones. En
otras ocasiones, nos incorpora- mos en una situación
y nuestro actuar no corresponde
con lo instituido: ese actuar puede
indicar una resistencia frente
198
Alicia
Lindón
a
las formas instituidas, pero también
puede evidenciarse la inconformidad de los otros con un actuar
fuera del marco. Estos
simples ejemplos muestran que
lo social siempre son formas de hacer
acordadas, negociadas, impuestas, recrea- das, en alguna interacción entre actores. El simple recuento del número de actores
presentes en una situación no permite apreciar esas formas instituidas ni la
apertura de perspectiva de los sujetos
como para cambiar
lo instituido o la rigidez para no cambiarlo. Por eso decíamos
previamente que lo so- cial va más allá del agregado de personas. El agregado,
en tanto número, no puede dar cuenta de
esos consensos, de su persistencia o su transformación.
En
la base de los consensos entre las
personas está el fe- nómeno de la
habituación y el de la rutinización.
Ambas expresiones refieren a la repetición de
ciertas prácticas de determinadas maneras. Berger y Luckmann han recurrido extensamente a la expresión
habituación (1968: 73-75), en tanto que
Giddens (1995) ha reflexionado sobre el
tema des- de la rutinización. Este último concepto tiene el gran interés de que
no solo integra la repetición de las prácticas,
sino su espacio-temporalidad. Por su parte, cuando la habituación no solo implica la reiteración de una práctica
por parte de un individuo, sino también su tipificación
recíproca (es de- cir, una estandarización de ciertos rasgos del hacer que es
asumida por diferentes sujetos y no solo por quien la realiza), se transforma
en algo de mayor fuerza y peso social: se trata de la institucionalización o
construcción de lo instituido res- pecto
a ese hacer particular. Se
podrían comentar diversas institucionalizaciones. Por ejemplo, ciertas
prácticas propias del espacio público
tales como la forma de esperar un trans- porte público la forma
de ascender al mismo. En esos casos es notorio el nivel de lo
instituido. En este mecanismo radica el núcleo fundante de la producción de la
sociedad. Lo que negocian los actores en situaciones concretas son cuestiones
rutinizadas, habituadas e instituidas. Por ello, las Geografías
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 199
constructivistas
no solo pueden fundarse en una visión reno- vada del espacio, también requieren replantear su concep- ción
de lo social para tomar en cuenta este
tipo de procesos, ya que la construcción social de los lugares está relacionada con rutinizaciones, habituaciones
e institucionalizaciones de
prácticas o sus transformaciones.
La habituación, la rutinización y la institucionalización son procesos que ocurren en la vida cotidiana de los
actores/ sujetos. La necesaria condición externa-corporal de todas las
prácticas12 (Pred, 1981), trae
consigo encuentros entre unos
actores y otros. Todos los encuentros entre actores ocurren en ciertos fragmentos espacio-temporales que se pueden deno- minar “situaciones”
desde una perspectiva goffmaniana. En estos
procesos de habituación, rutinización e institucionali-
zación que despliegan constantemente los actores/sujetos, el espacio en su dimensión locacional, material y en el
sentido que le otorgan los actores
presentes y pasados, se hace
parte de ese proceso de reproducción o transformación social.
Los
encuentros entre los
actores/sujetos se desarrollan a través
del lenguaje verbal y no
verbal. El lenguaje es el
medio y el depositario de códigos
sociales, de los acuerdos, de los sentidos y significados colectivamente construidos, de lo instituido. Al hablar y expresarnos –en un
mundo siempre compartido con otros–13
creamos y recreamos la realidad,
porque nuestras palabras (piezas de ese
todo so- cialmente construido y
compartido, que es el lenguaje)14
12
Nos referimos al hecho evidente pero usualmente olvidado, de que cualquier
práctica de un sujeto invo- lucra el cuerpo y sus movimientos corporales, y por
ello mismo puede ser percibida por otros.
13
Desde los primeros interaccionistas de los años veinte del siglo XX, sabemos
que aun cuando se trate de un actor que en cierta circunstancia se encuentra
solo, su hablar consigo mismo también es una forma de hablar con los otros.
Esto es lo que los interaccionistas, desde Georges Mead a inicios del siglo XX,
denominaban diálogos internos y su principal función es la de anticipar el
diálogo con los otros, recrear el diálogo con los otros.
14
Tal como ha sido planteado por interaccionistas y etnometodólogos, tales como
Erving Goffman, Harold
Garfinkel,
Harvey Sacks y Melvin Pollner.
200
Alicia
Lindón
dan significados,
reconocen ciertos elementos
del mundo externo y omiten otros.15 Por
eso, un mismo fenómeno, una misma realidad, puede ser construida de diferentes
formas en función de distintos puntos de
vista y de acuerdo con las formas
de nombrarlas y más aun, de
contarlas. De modo tal que el cotidiano hacer del sujeto/actor siempre moviliza voces de otros, voces sociales: cuando un actor realiza una cierta práctica en un lugar se pone en juego una forma socialmente compartida
dentro de un cierto mundo social, que dice cómo ejecutar esa práctica en el espacio y sobre la forma de nombrarla.
Por
esto último, las preocupaciones de
algunos geógrafos por asociar las
prácticas que realiza un individuo con
lo úni- co, es un falso dilema: antes
bien, se trata de un
problema más complejo que el de lo único. Se trata
de la singularidad (Berdoulay y Entrikin, 1994). De modo tal que la perspectiva del sujeto/actor ni da
cuenta de lo que es único, ni de lo so-
cial como una generalidad que se repite siempre
de idéntica forma en toda circunstancia y con toda persona. Más bien, la
singularidad expresa las formas particulares que adquieren esos consensos y negociaciones sociales, colectivas, en las
si- tuaciones particulares. Además, es necesario tomar en cuen- ta que esas situaciones se configuran por la coincidencia en un espacio-tiempo de
ciertos actores, que en esencia poseen biografías que también son expresiones
de singularidades: es decir, la coincidencia de vidas únicas en todo el sentido de la expresión pero ancladas en un cierto momento histórico y en un
cierto territorio, que le dan a lo único
de esa vida rasgos compartidos con otros, por lo que lo único se torna
singular.
15
Siempre resulta iluminadora la célebre frase de Ludwig Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje,
son los límites de mi mundo”. También cabe recordar la revisión geográfica de
aquella frase, realizada por el geógrafo sueco Gunnar Olsson: “Los límites del
ecúmene son los límites de mi mundo. Los límites de mi mundo son los límites de
mi lenguaje. Los límites de mi lenguaje son pensamiento-y-acción al límite de
sí mismo” (Olsson, 1997: 39).
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 201
Ese
anclaje social e histórico en general ha sido analiza- do en los
últimos años desde visiones que recuperan la idea de Pierre
Bourdieu del habitus, por lo que
suelen conocer- se como
perspectivas disposicionales
(por la
concepción bourdiana del habitus como
un sistema de disposiciones
durables),16 o como planteara Bernard Lahire:
“la presencia determinante del
pasado en el presente
(...) propensiones, inclinaciones, hábitos, tendencias, modos de ser
persistentes” (Lahire, 2002: 19). Pero al mismo tiempo, desde perspectivas de
corte interaccionistas, se reconoce la capacidad del sujeto/ actor para
negociar lo instituido, y en consecuencia de inno- var. Como parte de estás
búsquedas de evitar las visiones más deterministas de lo social (las tendencias
a la reproducción), que invisibilizan la capacidad creativa del actor, pero sin
olvi- dar las constricciones sociales, se produjeron numerosos in- tentos
teóricos. Entre ellos se puede citar un amplio
espectro que va desde la concepción giddensiana de la estructuración (Giddens,
1995), hasta otras opciones como
el concepto de transacción social lanzado por
Remy, Voyé y Servais en su
conocida obra Produire ou reproduire: une sociologie de la vie quo- tidienne
(1991a y b), con el claro propósito de reconocer en el sujeto un nivel de
libertad e innovación.
Todos estos aspectos que
hacen a lo social se tornan im- prescindibles para una
Geografía constructivista que
gire hacia lo cultural. Al mismo tiempo, esto muestra que la po- blación resulta
así un concepto evidentemente insuficiente,
16
Recordemos que Pierre Bourdieu concibió el habitus como aquella “estructura
estructurante, que orga- niza las prácticas y la percepción de las prácticas
[...] es también estructura estructurada: el principio del mundo social es a su
vez producto de la incorporación de la división de clases sociales. [...]
Sistema de esquemas generadores de prácticas que expresa de forma sistémica la
necesidad y las libertades inherentes a la condición de clase y la diferencia
constitutiva de la posición, el habitus aprehende las diferencias de condición,
que retiene bajo la forma de diferencias entre unas prácticas enclasadas y
enclasantes (como productos del habitus), según unos principios de
diferenciación que, al ser a su vez producto de estas diferencias, son objetivamente
atribuidos a estas y tienden por consiguiente a perci- birlas como naturales”
(1988: 170-171).
202
Alicia
Lindón
lo
mismo la sociedad como estructura
dada o como conjun- to estratificado.
De
la revisión de lo social hacia las Geografías constructivistas
La
relevancia de revisar las concepciones
del espacio y de lo social que se utilizan en el análisis geográfico, solo
adquie- re todo su sentido con miras a una
Geografía más potente para
comprender el mundo actual en toda su complejidad y en las diversas escalas,
que además resultan de la interrela- ción de unas con
otras.
En
este camino, las Geografías constructivistas parecen propuestas
relevantes por la amplitud de niveles y dimensio- nes que
permiten abordar. Sin asumir en este apartado un es- píritu de exhaustividad, sino más bien planteando
unas pistas iniciales que seguimos
explorando actualmente, nos interesa destacar que
las anteriores revisiones,
tanto del concepto de espacio como
de lo social, nos permiten esbozar en este cami- no de las Geografías
constructivistas, por lo menos dos opcio- nes fecundas: a una de ellas la denominamos Geografías
situa- cionales y la otra son las
Geografías de los escenarios móviles. En ambos casos el desafío radica en
comprender el espacio desde la perspectiva del sujeto-habitante y como una
construcción siempre en curso
realizada por el sujeto
en interacción con otros,
pero también con formas espaciales
heredadas (no ne- cesariamente de un
pasado lejano, puede ser de un pasado inmediato) y con saberes espaciales
consensuados.
Tanto las Geografías situacionales como las Geografías de los escenarios móviles
pueden verse como formas de dar- le inteligibilidad a la relación
espacio/sociedad a través de fragmentos espaciales –lugares,
espacios vividos, espacios de
vida– en los cuales los sujetos-habitantes realizan prácti- cas con implicaciones
espaciales, haciendo uso de saberes y competencias territoriales, recurriendo a
su memoria espa- cial, realizando negociaciones con los otros respecto al uso y apropiación del lugar, aun
cuando se trate de formas de
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 203
apropiación
efímeras. Las Geografías situacionales pueden constituir así, un recurso fértil para comprender el lugar y su construcción socio-espacial permanente.
En tanto que las Geografías de los escenarios móviles, en nuestra propuesta,
permiten aproximarnos a sucesiones de
lugares interconec- tados por la
movilidad espacial de los actores, considerando que la interconexión no solo resulta del estar
del sujeto en los distintos lugares,
sino también de lo que ese estar
en el lugar se sedimenta en el sujeto e
integra en su memoria es- pacial, y se puede rememorar posteriormente en
otro lugar si le resulta necesario.
Estas
dos entradas de las Geografías
constructivistas, lejos de ser excluyentes, pueden ser utilizadas
analítica- mente –puestas en operación en
la investigación geográ- fica empírica– de manera articulada y complementaria. A
simismo, cabe subrayar
que resultan de particular inte-
rés para algunos campos
de la disciplina como puede ser la Geografía Urbana, precisamente por la complejidad y diversidad de escenarios y situaciones que se hacen y des- hacen en cada momento en la ciudad, y en los cuales sue- len emerger numerosos códigos y saberes
característicos de la ciudad
misma y de su vida urbana. En trabajos
pre- vios se ha destacado el interés
ampliado para la Geografía de
estos acercamientos por su
carácter holográfico (Lin- dón, 2007a),
es decir, la capacidad de un lugar
de hablar de otros lugares. Entre
algunas de las Geografías Urbanas
particularmente planteadas en este rumbo, se pueden ci- tar las que
se han desarrollado dentro del
pensamiento francófono bajo el paraguas de la Geografía Social (Ves- chambre, 2008; Séchet, Garat
y Zeneidi, 2008; Vescham- bre, 2006), y dentro del pensamiento anglosajón
también son numerosas, pero nos interesa
destacar en particular la perspectiva
desarrollada por David Ley (1983).
Con rela- ción al pensamiento
anglosajón, pero más allá de lo urba-
no, estas Geografías
constructivistas intentan
recuperar
204
Alicia
Lindón
la
esencia de los planteamientos acerca de las
coreogra- fías espaciales de autores como
David Seamon (1979) y A llan
Pred (1977).
Estos
dos tipos de Geografías constructivistas
vienen a constituir una particular expresión de las Geografías que giran
hacia lo cultural, y en ese giro redescubren lo social entendido en
términos de actores territorializados
creativos y al mismo tiempo
condicionados; actores territorializados
que despliegan un constante hacer y rehacer de su mundo cotidiano, actores territorializados provistos de una subjeti- vidad social que ha sido
internalizada a lo largo de su vida y externalizada en cada interacción. Estos
actores territoriali- zados hacen el
espacio con sus prácticas y al mismo tiempo resultan condicionados por el espacio
construido. A veces, los actores territorializados reconstruyen su
identidad (la respuesta, implícita o
explícita, a la pregunta sobre quién soy)
con relación a ese espacio en el
cual actúan, espacio siempre habitado de alguna forma.
En esta concepción, el constructivismo geográfico revaloriza el punto de vista del sujeto/actor que
habita –circunstancial o
prolongadamen- te– el lugar. Un desafío enorme para la Geografía construc- tivista será reconstruir e
interpretar ese punto de vista del habitante.
Bibliografía
Bailly,
A. 1989. “Lo imaginario espacial y la
Geografía, en defensa de la
Geografía de las representaciones”.
Anales de Geografía de la Universidad Complutense, 9, pp. 11-19.
Bailly,
A. y Beguin, H. 2000. Introducción a la Geografía Huma- na. Madrid, Salvat-Masson.
Berdoulay, V. 2002. “Sujeto y acción en la
Geografía Cultural:
el
cambio sin concluir”. Boletín de la AGE,
34, pp. 51-61.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 205
Berdoulay, V. y Entrikin, N. 1994. “Singularité des
lieux et prospective”. Espaces et Sociétés, 74/75, pp. 189-202.
–––––.
1998. “Lieu et sujet: Perspectives théoriques”,
Espace
Géographique,
2, pp. 111-121.
Berger, P. y Luckmann, T. 1968. La construcción social de la realidad. Buenos Aires,
Amorrortu.
Bondi, L. 1990. “Progress in geography
and gender: femi- nism and
difference”. Progress in Human
Geography, 14 (3), pp. 428-436.
Bourdieu,
P. 1988. La distinción: criterio y bases
sociales del gus- to. Madrid, Taurus.
Brooks
Gardner, C. 1994. “Out of place: gender, public places and situational disadvantage”, en Friedland, R. y
Boden, D. (eds.). Nowhere, space, time
and Modernity. Berkeley, University of California Press, pp. 335 -355.
Brunet,
R. 1986. “La géographie dite
sociale: fonctions et
valeurs de la distinction”. L’Espace Géographique,
2, pp.
127-139.
Buttimer,
A. y Seamon, D. (eds.) 1980. The human
experience of space and place. Londres, Croom
Helm.
Cefaï, D.
2007. “De la
microphysique du pouvoir à l´ethnographie coopérative: Itinéraires
d’un pragmatiste, Préface”, en:
Joseph, I., L’athlète moral et
l’enquêteur modeste. París, Economica, pp. 1-47.
Chivallon,
C. 2000. “D’un espace appelant forcément les sciences sociales pour le comprendre”, en Lév y, J. y Lus- sault, M.
(dirs.). Logiques de l’espace, esprit des lieux: Géo- graphies à Cerisy. París,
Belin, pp. 299 -318.
206
Alicia
Lindón
Collignon,
B. 1996. Les Inuit: ce qu´ ils savent du territoire. Paris, L´Harmattan.
–––––.
2001. “Esprit des lieux et modèles
culturels. La muta- tion des espaces domestiques en arctique inuit”.
Annales de Géographie, 620, pp. 383-404.
Dardel, E. 1990. L’homme et la terre. Nature de la
réalité géogra- phique. París, Editions
du CTHS.
Debarbieux,
B. 1997a. “L’exploration des mondes intérieurs”, en: Knafou, R. (dir.). L’état de la géographie, París,
Belin, pp. 371-384.
–––––.
1997b. “L’acteur et le territoire.
Chronique d’un rendez-vous souvent annoncé mais toujours différé”. Montagnes
Méditerranéennes, 5, Mirabel,
CERMOSEM, pp. 65 - 66.
Di
Méo, G. 1991. “De l’espace subjectif à l´espace objectif: L´itinéraire du labyrinthe”. L’Espace Géographique, 4, pp.
359-373.
–––––.
2000. Géographie sociale et territoires. París, Nathan.
Di
Méo, G. y Buléon, P. 2005. L’espace social: Lecture géographique des sociétés.
París, Armand Colin.
Durkheim,
E. [1895] 1994. Las reglas del
método sociológico.
México,
Quinto Sol.
Elias,
N. 1990. La sociedad de los individuos. Barcelona, Península. Frémont, A. 1999.
La région: Espace vécu. París, Flammarion. Frémont, A.; Chevalier, J.; Hérin, R. y Renard, J. 1984. Géo-
graphie
sociale. París, Masson.
García Ramón,
M. 2006. “Geografías de Género”,
en Hier- naux, D. y Lindón, A. (dirs.).
Tratado de Geografía Huma- na. Barcelona, Anthropos-UAMI, pp. 337-355.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 207
Garnier,
E. 2008. “La reterritorialisation de la population pied-noire ou comment
conserver un particularisme cul- turel et identitaire”, en Raymonde, S.; Garat,
I. y Zeneidi, D. (dirs.). Espaces en transactions. Rennes, Presses Univer- sitaires de Rennes, pp. 279-292.
Giddens,
A. 1993. Las nuevas reglas del método sociológico. Bue- nos Aires, Amorrortu.
–––––.
1995. La constitución de la sociedad:
Bases para la teoría de la estructuración. Buenos Aires, Amorrortu.
Godelier,
M. 1989. Lo ideal y lo material: Pensamiento,
econo- mías, sociedades. Madrid,
Taurus.
Gourou,
P. 1979. Introducción a la Geografía Humana. Alianza, Madrid.
Gumuchian,
H.; Grasset, E.; Lajarge, R. y Roux,
E. 2003.
Les
acteurs, ces oubliés du territoire. París, Anthropos-Eco- nomica.
Guy,
C. 2008. “Des habitants si (peu)
présents: temps étu- diants et temps
urbains ”, en Séchet, R.;
Garat, I. y Ze- neidi, D. (dirs.). Espaces en transactions.
Rennes, Presses Universitaires de
Rennes, pp. 253-269.
Hiernaux,
D. 2007. “Los Imaginarios urbanos: de la teoría
y los aterrizajes en los estudios
urbanos”. EUR E, XXXIII (99), pp. 17-30.
Hiernaux,
D. y Lindón, A. 2004. “Repensar la
periferia: De la voz a las visiones exo
y egocéntricas”, en Aguilar, A. (coord.). Procesos metropolitanos y grandes
ciudades. Diná- micas recientes
en México y otros países. México, Instituto de Geografía, PUEC,
CRIM-UNAM, CONACY T, Miguel Ángel Porrúa, pp. 413-443.
208
Alicia
Lindón
–––––.
2008. “Compartir el espacio: Encuentros
y desencuen- tros de las Ciencias
Sociales y la Geografía Humana”. México, X Años de Estudios Sociales en la Universidad Autó- noma
Metropolitana Iztapalapa, 17 de octubre de 2008.
Joseph,
I. 1988. El transeúnte y el espacio urbano: Ensayo sobre la dispersión del
espacio público. Barcelona, Gedisa.
Knorr-Cetina,
K. y Cicourel, A. 1981. Advances in social theory and methodology:
Toward and integration of micro and macro sociologies. Londres, Routledge-Kegan
Paul.
Lacarrieu,
M. 2007. “La ‘insoportable levedad’ de lo urbano: tensiones y distensiones
entre imágenes/imaginarios, prácticas
urbanas y el patrimonio material/inmaterial”. EUR E, XXXIII (99), pp.
47-64.
Lahire, B. 2002. Portraits sociologiques:
Dispositions et variation individuelles.
París, Nathan.
Le
Lannou, M. 1949. La Géographie Humaine. París, Flammarion. Lévy, J. 1994.
L’espace légitime: Sur la dimension géographique de
la
fonction politique. París, Presses de la FNSP.
–––––.
1999. Le tournant géographique: Penser l’espace pour lire le monde. París,
Belin.
Ley,
D. 1983. A Social Geography of the City.
Nueva York, Har- per & Row Publishers.
Lindón,
A. 2007a. “Los imaginarios urbanos y el construc- tivismo geográfico:
los hologramas espaciales”. EUR
E, XXXIII (99), pp. 31-46.
–––––.
2007b. “El constructivismo geográfico y las aproxima- ciones cualitativas”.
Revista de Geografía Norte Grande. 37, pp. 5-21.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 209
–––––.
2008. “De las Geografías
constructivistas a las narra- tivas de vida espaciales como
metodologías geográficas cualitativas”. Revista da ANPEGE, 4, pp. 3-27.
Lindón,
A. y Hiernaux, D. 2010. “Epílogo:
Compartir el es- pacio: Encuentros y desencuentros de las Ciencias
Socia- les y la Geografía Humana”, en
Lindón, A. y Hiernaux, D. (dirs.). Los giros de la Geografía Humana. Barcelona, Anthropos-UAMI.
Lussault, M. 2007.
L’homme spatial: la
construction sociale de l’espace humain.
París, Seuil.
McDowell,
L. 2000. Género, identidad y lugar. Valencia, Cátedra. Mendoza, C. 2006. “Geografía de la Población”, en Hiernaux,
D.
y Lindón, A. (dirs.). Tratado de Geografía Humana. Bar-
celona, Anthropos-UAMI, pp. 147-169.
Olsson,
G. 1997. “Misión imposible”. Anales de
Geografía de la
Universidad
Complutense, nº 17, p. 39-51.
Pred, A. 1977. “The
choreography of existence:
Comments on Hägerstrand’s time-geography and its usefulness”. Economic
Geography, vol. 53, nº 2, pp. 207-221.
–––––.
1981. “Social reproduction and the time-geography of everyday life”,
Geografiska Annaler, Series B, Human Geo- graphy, vol. 63, nº 1, pp. 5-22.
Raffestin, C. 1986. “Ecogenèse territoriale et territorialité”, en Auriac,
F. y Brunet, R. (eds.). Espace, Jeux et Enjeux. París, Fayard-Fondation
Diderot, pp. 173-185.
Remy,
J.; Voyé, L. y Servais, E. 1991a. Produire ou reproduire?
Une
sociologie de la vie quotidienne. Tome 1: Conflits et Tran- saction Sociale.
Bruselas, Editions De Boeck Ouvertures Sociologiques.
210
Alicia
Lindón
–––––.
1991b. Produire ou reproduire? Une sociologie de la vie quo- tidienne, Tome 2:
Transaction Sociale et Dynamique Culturelle. Bruselas, Editions De Boeck Ouvertures Sociologiques.
Ripoll,
F. 2006. “Du rôle de l’espace aux théories de l’acteur (aller-retour)”, en
Séchet, R. y Veschambre, V. (dirs.). Penser et faire la géographie
sociale: Contributions à une épis-
témologie de la géographie sociale. Rennes,
Presses Universi- taires de Rennes,
pp. 194 -210.
Rochefort,
R. 1963. “Géographie sociale et sciences humaines”.
Bulletin
de l’Association des Géographes Français,
314-315, pp.
18-32.
Rose,
G. 1994. Feminism and geography: the limits of geographical knowledge.
Cambridge, Polity.
Rowles,
G. y Chaudhury, H. (eds.). 2005. Home and identity in late life: International
perspectives. Nueva York, Springer Publishing Company.
Sabaté,
A.; Rodríguez, J. M. y Díaz, M.A. 1995. Mujeres, espacio y sociedad: hacia una
geografía del género. Madrid, Síntesis.
Santos, M. 1990.
Por una Geografía nueva.
Madrid, Espasa
Calpe.
–––––.
2000. La naturaleza del espacio: Técnica y tiempo. Razón y emoción. Barcelona,
Ariel.
Seamon, D. 1979. A geography of the lifeworld. Nueva
York, St.
Martin’s
Press.
Séchet,
R. 1998. “Des espaces de la pauvreté aux terres d’exclusion. Dix ans de
géographie sociale”, en Hérin, R. y Muller, C. (dirs.). Espaces et sociétés à la fin du XXe siècle: Quelles Géographies Sociales? Caen,
Les Documents de la MRSH, 7, pp. 195-214.
Revisitar
la concepción de lo social para una Geografía constructivista 211
Séchet, R.; Garat,
I. y Zeneidi, D. 2008.
“Introduction” en Séchet, R.; Garat, I. y Zeneidi, D. (dirs.). Espaces en tran- sactions.
Rennes, Presses Universitaires de
Rennes, Coll. Géographie Sociale, pp.
7-26.
Sorre,
M. 1967. El hombre y la tierra. Barcelona, Labor.
Thrift,
N. 2004. “Movement-space: changing domain of thin- king resulting from the
development of new kinds of spa- tial awareness”. Economy and Society, 33(4),
pp. 582-604.
Thrift, N. y Pred,
A. 1981. “Time-Geography: A new begin- ning (a reply
to Alan Baker’s Historical
Geography: A new beginning)”.
Progress in Human Geography, 5 (2), pp.
277-286.
Tuan, Yi-Fu. 1977. Space and place: The perspective
of experience.
Minneapolis,
University of Minnesota.
Veschambre, V. 2006.
“Penser l’espace comme
dimension de la société: Pour une géographie sociale de plain-pied avec
les sciences sociales”, en Séchet, R.;
Veschambre, V. (dirs.). Penser et faire la géographie sociale: Contributions à
une épistémologie de la géographie sociale. Rennes, Presses Universitaires de Rennes, pp. 211-227.
–––––.
2008. Traces et mémoires urbaines: Enjeux sociaux de la pa- trimonialisation et
de la démolition. Rennes, Presses
Univer- sitaires de Rennes.
Zeneidi-Henry,
D. 2002. Les SDF et la ville: Géographie du savoir-survivre. París, Breal.
–––––.
2008. “Ce n’est pas nous qui sommes à la rue, c’est la rue qui est à nous: Pour
une autre lecture de l’espace à partir des mo- des d’appropriation des espaces
publics par les sans domicile fixe”, en Séchet, R.; Garat, I. y Zeneidi, D.
(dirs.). Espaces en tran- sactions. Rennes, Presses Universitaires de Rennes,
pp. 269-2
212
Alicia
Lindón
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo
Daniel
Hiernaux-Nicolas 1
Introducción
Fenómeno
masivo ligado a la expansión de la modernidad durante el siglo XX, el
turismo ha sido poco estudiado por la Geografía Humana, a pesar de su
singular importancia en nuestras
sociedades. Para entender esta laguna
parcial, es pertinente remitirnos
a algunos idearios de la modernidad de la cual la Geografía se ha hecho ampliamente eco en la selec- ción
de sus campos principales de trabajo. El
más importante es, sin lugar a
duda, el ideario del progreso asociado con la
expansión del capitalismo industrial y de la urbanización. La visión del
progreso, corolario del crecimiento económico, se asociaba entonces a un
binomio central: la urbanización y la
industria. Frente a estos competidores
de peso mayor, el tu- rismo se situaba más bien, en un
primer momento, como un “desliz” de la modernidad, una suerte de pasatiempo exclusi- vo de la clase ociosa
(véase Veblen, 1974).
Posteriormente,
se lo vio como uno de los mecanismos de reposición de la fuerza de trabajo
industrial, cuando se trans- formó en
turismo de masas a partir de la década
del treinta.
1 Universidad Autónoma Metropolitana, Campus
Iztapalapa (Ciudad de México).
213
En
ese contexto, el estudio del
turismo pudo adquirir ciertas cartas de nobleza, aunque la oposición ocio-negocio no dejó de
ser vista como una dialéctica central, y
se siguió valoran- do más el segundo término. Particularmente, las corrientes
críticas del marxismo –triunfante en los años
sesenta– no dejaron de repudiar
al turismo y marginarlo de las temáti-
cas privilegiadas de las Ciencias
Sociales, salvo para criticar
abiertamente estas prácticas de ocio
consideradas antes que todo como “burguesas”.
El
análisis geográfico del turismo fue
también marcado, desde sus inicios,
por una
fuerte orientación economicista,
así como por una
visión de pequeña escala, privilegiando los enfoques estructuralistas,
tanto de corte crítico-marxista
(esencialmente de repudio al turismo
como forma de explo- tación y
por su misma esencia de ocio), como de corte
más neoclásico, con análisis de los modelos de desarrollo, los patrones temporales de
crecimiento/declinación, los
efec- tos sobre el ordenamiento
territorial, etc. Todo lo anterior ha
modelado una Geografía del Turismo que domina aún ampliamente los estudios actuales, sustentada en personajes
emblemáticos como Richard Butler
(2004), Douglas Pear- ce (1981) y
Michael C. Hall y Stephen Page (2002) del lado anglosajón; Georges Cazes (1989; 1992) desde los estudios francófonos o la obra de Fernando Vera et al. (1997) en el medio
ibérico. Numerosos autores
latinoamericanos han se- guido esta tendencia.
Sin
embargo, el giro cultural en Geografía
Humana ha puesto a prueba esta
orientación; sugiere recorrer nuevas
corrientes de análisis, sustentadas no solo en un mayor hin- capié en la
dimensión cultural (lo que en cierta forma logra- ban ya ciertos
autores, particularmente los antropólogos) sino también en el individuo
y sus prácticas turísticas en el espacio, en una Geografía más ligada a lo inmediato, lo coti-
diano o lo trivial (la Lay Geography de
los anglosajones) y a la “corporeidad” de las prácticas turísticas.
214
Daniel
Hiernaux-Nicolas
Este
texto presenta un breve
balance de esta nueva ten- dencia,
extremadamente potente en la Geografía
anglosajo- na, evidenciando de qué
manera se contrapone a los enfo- ques tradicionales, qué planteos
permite y qué limitaciones ofrece,
algunas de las cuales son
evidentes y tal vez dramá- ticas. Al
final de este ensayo ofrecemos algunas
reflexiones sobre el impacto que puede tener esta nueva orientación de
la Geografía del Turismo sobre nuestros estudios del tema desde América Latina.
La
Geografía estructural del Turismo
Sin
lugar a duda, el privilegio
de ser el primer autor en
estudiar científicamente el turismo
desde la Geografía re- cae sobre
Walter Christaller. No cabe
duda que, para
él, el turismo era una especie de
“caso aparte” que no cabía en el planteo
de su teoría de los lugares centrales,
como lo hemos analizado en otra oportunidad (Hiernaux, 2006a).
El
turismo, situado (por lo menos en la época
del autor) esencialmente en localizaciones periféricas donde el interés
del turista no
era agregar su demanda a la de los demás, sino más bien aislarse en residencias distantes entre sí y en el campo, era una anomalía
fuerte para el modelo christalle- riano
(Christaller, 1963). Afortunadamente, no era tan deci- sivo el turismo en las sociedades de los años treinta, cuando
elaboró el autor sus primeras
reflexiones sobre la Geografía del
Turismo, como para que
ello contribuyera a afectar el éxito
que conoció el planteo de los
lugares centrales en la Geografía
de la segunda posguerra.
A
partir de la obra de Christaller y en armonía con ella, se
desarrollaron diversos planteos que proponían esfuerzos de teorización que se centraban en intentos
de modeliza- ción del
espacio turístico a partir
de la localización de la
oferta y la demanda.
Claramente
se fue construyendo un incipiente campo nue- vo en la materia de la
Geografía del Turismo, de escaso peso
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 215
frente
a otros campos relevantes como la Geografía Industrial o la Urbana, al
privilegiar el estudio de la oferta
de servicios turísticos e
interrogarse sobre la morfología de los
espacios resultantes. En particular los trabajos de Miossec en Francia (1976), o de Richard Butler
(2004) y Douglas Pearce (1981) en
el mundo anglosajón, reflejan
esta tendencia a la mode- lización,
buscando desenmarañar los grandes principios de organización del espacio
turístico.
También,
y en concordancia con lo que
se daba en esa época,
se le prestaba atención a una
oferta agregada, es de- cir
“turistas-grupo”, ignorando totalmente el planteo poco escuchado de Thorsten Hägerstrand
cuando llamaba a pre- guntarse por las “personas” en la ciencia
regional (Hägers- trand, 1970).
Esta
visión estructuralista del espacio turístico
es el fiel reflejo de la
orientación “teorética-analítica” de la Geogra- fía que se impuso
después de la Segunda Guerra
Mundial, como bien lo remarcó Ortega Valcárcel (2000).
Sin
embargo, esta búsqueda de la explicación general de la configuración del espacio
turístico no fue
solo el resul- tado de las
dominantes teoréticas de la época:
también re- mite a que el turismo era visto esencialmente como campo profesional para el
geógrafo. Importaba entonces ofrecer al geógrafo –integrado al mundo
profesional– los modelos teóricos y los instrumentos de análisis que requería
para em- prender no solamente el análisis del desarrollo existente del turismo,
sino para proyectar nuevos desarrollos.
Claramente
la Geografía del Turismo se situó entonces en esa línea dominante, la de la
“Geografía aplicada” como la calificó Philipponneau (2001). Se trató entonces de una Geografía de poca monta, más propicia a proponer “mode-
litos”, soluciones bajo la forma de
“recetas”, que a compro- meterse con
un verdadero análisis geográfico del
turismo. Por ello es que, por ejemplo, las traducciones de los traba- jos
de Pearce al castellano han tenido tanto
éxito, o que el
216
Daniel
Hiernaux-Nicolas
modelo
de “ciclo de vida del
producto” de Butler, que no
es más que una visión paralela al modelo económico pro-
puesto por Raymond Vernon, aplicada al turismo, se han vuelto paradigmáticos del
enfoque estructuralista aplicado al análisis del espacio turístico.
De
la estructura a la crítica marxista
Vacía
de personas, la Geografía del
Turismo impulsada por las visiones estructuralistas no estaba vacía de
intereses, afirmaron pronto los críticos marxistas. El evidente éxito del
análisis marxista de las sociedades modernas no podía dejar de interesarse en un fenómeno que, para
los setenta, se en- contraba prácticamente en su apogeo.
La
visión marxista del turismo se situó
también en la esfe- ra de reflexión del estructuralismo, pero con obvias diferen- cias ideológicas. La
demanda fue transformada en “hordas doradas”
(Turner y Ash, 1991); los “empresarios” en “capi- talistas” y el “espacio turístico
optimizado” en “espacio de- pendiente y colonizado” (Britton, 1991;
Mullins, 1991; Nash,
1992;
MacCannell, 2003; D’Hautesserre, 2004); la crítica se impuso sobre
un modelo turístico masivo que
bien se las merecía (Shaw y
Williams, 1994). En efecto, a
partir de los sesenta, y siguiendo las pautas del
modelo industrial de la
época, se definió claramente un modelo que podemos cali- ficar de “fordista”, tanto desde la perspectiva de la organiza- ción de
la prestación de los servicios turísticos
como desde la estructuración del
espacio en sí (Torres y Momsen, 2005;
Hiernaux, 1999 y 2003).
Finalmente,
el turismo podía ganarse un espacio
entre las preocupaciones de las Ciencias Sociales, pero resulta notorio que
fueron esencialmente antropólogos y sociólogos quienes relevaron el desafío de
estudiar ese fenómeno masivo que, a lo largo de varias décadas, se expandió en olas sucesivas de
“colonización” del espacio periférico, creando lo que Turner y Ash llamaron las
“periferias del placer” (1991).
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 217
No
existe, en nuestra opinión, una clara línea de produc- ción de la Geografía
crítica sobre el turismo con temas noda-
les, sino una cierta producción (bastante reducida) de traba- jos que se sitúan
en la orientación marxista,
esencialmente estructuralista y, en
gran medida, fuertemente marcados por
una ideología de rechazo
contundente al turismo, pre- vio al análisis mismo del fenómeno (por
ejemplo: García de Fuentes, 1979; Mullins, 1991; Balastreri Rodrigues,
1996).
En
la Geografía crítica aplicada al turismo
predominó el prurito de entender al turismo como
algo superfluo, mien- tras se consideraba que lo decisivo para el progreso de las sociedades era la
producción de bienes manufacturados y en general de plusvalor. Decididamente
fáustica, la visión de los geógrafos
marxistas condenó al turismo
antes de conocerlo bien, ya que los análisis fueron esencialmente de dos
tipos: la crítica al modelo económico del turismo aplicado en espa- cios particulares, o la
crítica al supuesto enfrentamiento, en espacios
turísticos definidos, entre los
grupos dominantes externos (ricos y por ende
capaces de hacer turismo) y los grupos e intereses locales, sea de los campesinos,
pequeños propietarios, etc. En resumen, una
visión fuertemente ma- quiavélica del turismo y un escaso interés hacia el estudio de la configuración del espacio turístico.
Un
balance: un déficit analítico evidente
Si
reflexionamos sobre la producción
de la Geografía del Turismo que se da entre la Segunda Guerra
Mundial y los años ochenta, resalta
una plétora de deficiencias
pero también de lagunas analíticas que
sintetizaremos a continuación. No en balde
requerimos de este balance: es
sobre estas bases que se construirá una
nueva percepción del turismo desde la
Geogra- fía, visión marcada por el giro cultural como se explicará poste-
riormente, aunque no exenta a su turno de serias deficiencias.
El
déficit de la Geografía del Turismo
resulta bastante cru- cial y determinante para el desarrollo que siguió en la
época
218
Daniel
Hiernaux-Nicolas
a
la cual nos referimos. No deja de asombrarnos la escasa re- flexión teórica
sobre la ontología misma del turismo. Para casi todos los autores, el
turismo es antes que todo una manifesta-
ción de la economía de los servicios. Lo anterior no es secun- dario: el
turismo como manifestación económica
(definición que debemos en primera instancia a Christaller) no puede entonces ser tratado más que como
proceso económico. De allí que paneles
enteros del edificio conceptual del turismo se menosprecian y, más aun, se ignoran:
estamos frente a presta- dores de servicios versus consumidores de los mismos.
Otro déficit notorio es el que deriva de la interpretación del juego de
actores: mientras que las visiones “macro” se im- ponían, el individuo seguía
desaparecido, cuando las demás Ciencias
Sociales, y particularmente la
Sociología, habían iniciado ya la incorporación del individuo
en sus análisis bajo diversas
modalidades, entre ellas, la del “actor”.
Finalmente,
la dimensión cultural del turismo, en
todas sus facetas, había sido
casi totalmente ignorada tanto
por los geógrafos estructuralistas como por los críticos, mientras que
existían por lo menos algunos
antecedentes de un aná- lisis más cultural del turismo entre los sociólogos y filósofos
radicales (Henry Lefebvre y Guy Debord,
por ejemplo) y en- tre los antropólogos, aunque su visión dual de las
sociedades confrontadas en el espacio turístico (huéspedes y anfitriones,
locales y foráneos) deje mucho que desear
(Smith, 1992).
El
“giro cultural” y su impacto en la Geografía
No
es pertinente, en este breve espacio, repasar en detalle el llamado giro cultural en sí ni sus implicaciones
–bien co- nocidas ahora– sobre
el desarrollo de la Geografía
contem- poránea (Lippuner, 2003; Debbage
e Ioannides, 2004). Nos limitaremos a afirmar que todas las Ciencias Sociales fueron
sometidas a severas críticas, en el
marco de la revisión de las corrientes
tradicionales emprendidas en los años
ochenta, sean marxistas o no,
que las habían marcado y
orientado
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 219
desde
el siglo XIX. Las reflexiones sobre el sentido y el peso de lo cultural en las
sociedades contemporáneas son el resul- tado
de una crisis de la racionalidad
moderna, un regreso parcial a visiones y enfoques signados por la
subjetividad, y la evidente insuficiencia de los enfoques marcados por la economía para explicar el mundo contemporáneo. Como lo afirmó el sociólogo
Ritzer (2000) hace unos años,
estamos frente a un “reencantamiento del mundo”.
El
giro cultural permite también desprenderse del “exceso de materialidad” con el
cual se analizó el mundo, y a los geógrafos en particular, desprenderse del
estudio del espacio. Además de lo físico-material, los enfoques culturales
plantean que el espa- cio está cargado de símbolos, invita a construir
imaginarios y es el sujeto de una “mirada” particular (el tourist gaze sugerido
por John Urry para el caso que nos interesa (Urry, 2002).
Otra
dimensión importante del giro cultural es que redu- ce progresivamente la
fuerte imposición de la dualidad na-
turaleza-cultura propia del pensamiento de la Ilustración, lo que ha permitido
una nueva mirada hacia el mundo natural,
como paisaje y como mundo vivo. Es en ese sentido también que la distinción
entre humanidad y animalidad se ha redu- cido
considerablemente, así como,
en otro tenor pero
por las mismas razones, la
diferencia entre hombre y máquina particularmente en los estudios sobre los cyborgs. Asimismo, la reflexión
sobre el espacio introduce ahora la existencia de mundos
alternativos, mundos virtuales
que pueden ser creados a partir
de los avances tecnológicos.
Finalmente,
resaltaremos que el giro cultural conlleva un regreso al individuo,
que ya señalábamos como un
impor- tante déficit de las
visiones anteriores de las Ciencias Socia- les, a las cuales la Geografía no había
podido escapar. Una
Geografía que vuelve a poner al
individuo en su centro tam- bién
prestará más atención a las prácticas
individuales en el espacio, aspecto
decisivo en la constitución de una
nueva Geografía alejada de las
visiones estructuralistas.
220
Daniel
Hiernaux-Nicolas
La
Nueva Geografía Cultural del Turismo
Mientras que la
Geografía del Turismo francófona e his-
panoparlante continúa ubicada
centralmente en las corrien- tes estructuralistas, con notables excepciones, sin embargo no cabe
duda que la Geografía
anglosajona ha adquirido una orientación nueva, totalmente distanciada de la ante- rior, como
bien lo observaron algunos autores (Lew, Hall y Williams, 2004).
Esta
Nueva Geografía Cultural del Turismo se basa en una serie de enfoques o
postulados que no han sido explicitados de forma sintética, lo que intentaremos hacer acá aunque de manera muy resumida (se puede encontrar una excelente antología de textos sobre el tema
en Hall y Page, 2002).
En
primer lugar, estamos frente a una
Geografía que no parte
de una supuesta “demanda”, sino
del individuo y, en particular, de sus prácticas en el
espacio. Así, la definición de
turismo que ofrecieron recientemente
Knafou y Stock se engarza satisfactoriamente en estas nuevas orientaciones: “el
turismo es un sistema de actores, de prácticas
y de espacios que participan de la “recreación” de los individuos por el
desplazamiento y el habitar temporal fuera de los lugares de lo cotidiano” (Knafou
y Stock, 2003: 931).
La
definición hace pertinente considerar un juego de acto- res (inclusive los no
turistas o “turistificados” por el
proceso analizado), diversas prácticas y
espacios, todos articulados en torno a lo que
hemos llamado, en otro
contexto, el “mundo del ocio”, que no es la cotidianeidad vivida en
torno al mundo del trabajo, sino la
vivida fuera de los lugares del mismo.
Valorizando
así actores, prácticas y espacios, la definición evi- dencia también, aunque no
lo exprese como tal, la necesidad de la movilidad, tradicionalmente el viaje;
aunque hoy la movilidad virtual también es parte del turismo, viéndolo
ampliamente.
Por otra
parte, el enfoque cultural
en la Geografía del Turismo elimina tajantemente la preeminencia de las “es-
tructuras” del turismo, como se ha valorizado en los estudios
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 221
sistémicos.
El geógrafo se enfrenta entonces a la necesidad de reconstruir las
prácticas de los actores sobre
diversos es- pacios, para entender esta particular articulación que es
jus- tamente el turismo (articulación
que Knafou y Stock llaman un poco desafortunadamente “sistema”, lo que se
presta a interpretaciones erróneas sobre
su enfoque). En otro texto
hemos definido al turismo como un “proceso societario”,
lo que puede ser tomado como equivalente
a la articulación de actores/prácticas/espacios propuesta por esos
autores (Hiernaux, 1996).
Un
aspecto particularmente significativo,
que ha sido tra- tado en obras como
la de Crouch (1999), es la dilución de las fronteras entre turismo y ocio-recreación. En efecto, por varias
décadas, el turismo y las prácticas de ocio fueron tra- tados como ámbitos separados, en particular por las férreas
definiciones impuestas por los
organismos internacionales, en
especial la OMT (Organización Mundial del
Turismo). Hoy en día, como
bien lo señala Crouch, “el turismo y el ocio han sido des-diferenciados en el
posfordismo, y conjun- tamente son emblemáticos de la posmodernidad” (Crouch,
1999:
1). En este sentido, ni las motivaciones de los turistas ni la duración del desplazamiento –si un desplazamiento aún se produce, lo que ya no
es el caso en el turismo virtual–
son determinantes para
construir una taxonomía
clara de los desplazamientos en el mundo del ocio: ciertamente no es evidente
diferenciar las prácticas
espaciales o los imagi-
narios de quienes practican lo que Crouch invita a llamar “ocio/turismo”,
como un
concepto “siamés” que es preferi-
ble no querer separar.
Otro
concepto central en la Nueva Geografía
Cultural del Turismo es, sin lugar
a duda, la Lay Geography o
“Geogra- fía de la Cotidianeidad
del Turismo”. En sentido inmedia- to, los colegas
anglosajones se refieren a una Geografía
que remite a las prácticas inmediatas, a “ras del piso”. Nosotros
pensamos que esta forma de enfocar la Geografía remite
a
222
Daniel
Hiernaux-Nicolas
lo
que, en nuestros contextos
intelectuales, conocemos me- jor como
Geografía de la vida cotidiana.
Por ello, se quiere plantear la necesidad de construir una Geografía
que trate de acercarse más a los
individuos, sus prácticas y los espacios
de esta práctica fundamental del ocio/turismo. Este enfoque ha sido ampliamente defendido por los geógrafos
cultura- les anglosajones, pero
ha surgido también en la Geografía francófona, particularmente en
el excelente libro del equi- po dirigido
por Remy Knafou (Equipe MIT, 2002). Hemos contribuido también
a la misma orientación en otro escrito
(Hiernaux, 2000).
La
insistencia en las prácticas
–aparentemente menores que construyen el espacio y el acto de
ocio/turismo– ha sido un elemento decisivo para
volver a un análisis del espacio
a gran escala, es decir, viendo los detalles. A manera de ejem- plo, podemos afirmar desde una perspectiva estructuralista, que el
turista está encerrado en una burbuja turística
donde las reglas de comportamiento son decisivamente determina- das por
rutinas, mensajes explícitos e
implícitos, etc. Ciertas fotos de
cuerpos alineados en Mar de Plata o la Costa Adriá- tica italiana, por ejemplo, hacen pensar más en la
existencia de falanges de tipo romanas, formadas por turistas discipli-
nados y estereotipados, que en turistas
felices y libres. Pero, por otra parte,
un estudio como
el de Gay-Para (1985) nos sitúa a su turno en un análisis donde la
pequeña subversión del espacio y de las reglas de su apropiación modifica efíme- ramente pero con certeza
los modelos “vistos desde el cielo” que han dominado en la Geografía estructural del Turismo (también Hiernaux,
2000).
En
ese contexto es entendible entonces, y parafraseando a Touraine, “el
regreso del cuerpo” en la Geografía
Cultu- ral del Turismo: la
práctica turística debe
analizarse a una escala tal que podamos distinguir no solo las porciones del
espacio apropiadas, sino también los juegos corporales para esta apropiación.
Los ritos sexuales en torno a las
albercas
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 223
que analiza Gay-Para son particularmente
ilustrativos de lo mencionado. Es en ese sentido que los geógrafos culturales anglosajones hablan de una
“Geografía encarnada” (embo- died Geography) del Turismo.
Las
nuevas visiones del turismo tienen,
forzosamente, que retomar la discusión
emprendida por la Geografía
Humana en general (entre otros en Balastreri Rodrigues, 1997), o so-
bre el sentido mismo del espacio,
la existencia de “lugares” y
eventuales “no lugares”
(véase por ejemplo Cruz,
2007), así como el tema, ya ampliamente trabajado en la Geografía
Humana, de la llamada “apropiación del
territorio” vista no solamente desde una perspectiva material sino también sim-
bólica (Coriolano, 2006; Cammarata, 2006).
Finalmente,
no puede eludirse el tema de la
metodolo- gía usada por la Nueva Geografía Cultural del Turismo. La cartografía
tradicional, las encuestas sistemáticas
a través de muestras, entre
otras técnicas de
abordaje metodológi- co, distan
de ser útiles para el tipo
de información que se quiere
producir en esta orientación: es ciertamente un
en- foque cualitativo, donde la observación es central (el turista
difícilmente se deja abstraer de su
escaso tiempo de ocio/ turismo para
contestar cuestionarios o prestarse a largas en- trevistas); observación no
solo basada en la vista sino en los
diversos sentidos. La descripción densa de los antropólogos es evidentemente un
instrumento privilegiado para este tipo de trabajos.
Limitaciones
y problemas de la Nueva Geografía Cultural del Turismo
La
Nueva Geografía Cultural del Turismo no
está exenta tampoco de serias deficiencias, aunque parezca una vía inte-
resante para salir de las visiones
teñidas de la racionalidad excesiva de
la modernidad y de los enfoques estructuralistas que fueron adoptados en el
pasado.
La
principal y primera deficiencia es lo que
puede lla- marse el “riesgo culturalista”. Si revisamos la producción
224
Daniel
Hiernaux-Nicolas
anglosajona
sobre los temas que
nos interesan, no deja de asombrar la excesiva presencia de
estudios totalmente ano- dinos, sobre
hechos turísticos-culturales
menores, que no aportan gran cosa a la comprensión del turismo como
fe- nómeno cultural. Lo llamamos
“riesgo culturalista” o qui- zás deberíamos decir “culturaloide” porque responde a un
exceso de desmenuzamiento de lo
turístico en prácticas o juegos
de situaciones elementales de escaso interés. Claro es que
lo pequeño es parte del turismo
que pretendemos estudiar, como lo
han señalado ciertos sociólogos como Mi- chel Maffesoli o Claude Javeau.
Pero
el interés por elementos microscópicos,
en ocasiones auténticas fruslerías,
provoca, con frecuencia, la
disolución misma de la esencia turística
de la práctica. Esto ha permiti-
do a muchos autores, totalmente ajenos
al fenómeno turísti- co, apropiarse de este tema como lo hacen con muchos
otros: a través de una verborrea y un discurso
irrelevante, como lo ha señalado Carlos Reynoso (2000) en su destacado
trabajo sobre el auge y la declinación de los estudios culturales.
Otra dimensión crítica, propia de la Geografía Cultural en
general y también aplicable a los
estudios geográficos sobre el turismo, es el rechazo inicial que percibimos de la materialidad de las cosas y
de las prácticas sociales. Para la
Geografía este sesgo es particularmente
crítico, cuando la materialidad del
espacio es una referencia que no puede elu- dirse. En cierta
forma se asiste ahora a una
“rematerializa- ción” de la Geografía
Cultural, después de una fase
durante la cual lo subjetivo era analizado solo a partir de las percep- ciones; en el contexto de los
estudios sobre imaginarios del turismo, por ejemplo, es evidente
que las formas materiales, tanto
configuraciones complejas como
objetos independien- tes, son esenciales
en la formación de los imaginarios: a raíz de la modernidad, nuestra
percepción del mundo es esen- cialmente visual (Gregory, 1994) y remite a la forma
mate- rial, visible, de las cosas y del espacio.
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 225
El
olvido del juego de las grandes estructuras y de sus im- plicaciones sobre la cultura ha sido ampliamente criticado en
buena parte de los estudios culturales
más incisivos (Gar- cía Canclini, 1999).
En este sentido, estudiar el turismo
solo a partir de las
prácticas y la subjetividad o aun mismo de los objetos particulares, sin tomar en cuenta las determinacio- nes provenientes
de las grandes estructuras, sean económi- cas o institucionales, equivale a
ignorar los grandes procesos que signan el mundo actual. Podemos afirmar, sin embargo, que en el turismo existen márgenes de maniobra que permi- ten a
los turistas ejercer cierto grado de subversión
de lo im- puesto por el
ejercicio institucionalizado del turismo (Hier- naux,
2000), pero no debe
ignorarse o menospreciarse el peso de las configuraciones
institucionales que modelan los llamados
productos turísticos y determinan
ciertos compor- tamientos turísticos,
tanto individuales como colectivos, así como los espacios turísticos que se
transforman en réplicas al infinito y ad
ascum de ciertos modelos
preestablecidos.
Por
otra parte, se asiste, indudablemente, a la exagerada
presencia de un narcisismo e individuación en los estudios de la
Geografía Cultural del Turismo. Por
ello, entendemos que han proliferado estudios que reflejan más bien las expe- riencias personales de ciertos grupos
o individuos particu- lares
desde una visión personalizada, y con la intención de entenderse mejor a sí mismo
que en el marco de una
apor- tación científica al estudio
geográfico del turismo. En este sentido, muchos trabajos
publicados sobre turismo gay, la situación de la mujer
en el turismo o temas afines, no
dejan ni siquiera aportaciones
sustantivas al estudio del tema. Lo anterior no se deriva de un prejuicio
según el cual no pue- den existir
excelentes estudios sobre el turismo de
ciertos grupos particulares en función
del género, de las preferen- cias sexuales,
de las orientaciones
religiosas, las razas, etc. Es más
bien una
situación de particularización excesiva lo que criticamos, no la necesidad ineludible de fragmentar el
226
Daniel
Hiernaux-Nicolas
estudio agregado desde las “hordas”
o las “clases sociales” en grupos
más afines de intereses y con definiciones hetero- doxas de los mismos.
Finalmente,
trataremos el tema de “la casuística
versus la teorización”: los estudios de caso, como en muchos otros ám- bitos, nos ayudan ciertamente a hacer explotar los grandes modelos tradicionales que amordazaron el estudio geográfi- co del turismo. En este sentido, la
Nueva Geografía Cultural del Turismo,
como todo lo que
se deriva de una aplicación
excesiva de posiciones posmodernas,
hace correr el riesgo de de-construir
más que lo que se re-construye. Si la decons- trucción es una tarea
necesaria, la política de la mesa
vacía es necesariamente peligrosa
para las Ciencias Sociales y, en
particular, para una Geografía Humana que, a duras penas puede reivindicar una posición selecta en el concierto de las Ciencias Sociales. La necesidad de teorización
que parece- rían eludir ciertos grupos de estudiosos
del turismo desde la Nueva
Geografía Cultural es, a pesar de todo,
un anhelo im- postergable y vital para el futuro de la Geografía Humana.
Reflexiones
finales para América Latina
En
América Latina, a pesar del auge del
turismo a partir de los años cincuenta
en algunos países como la Argentina,
Brasil o México, la producción de la Geografía
del Turismo ha sido exigua. Lo
anterior puede entenderse por el hecho
de que priman los mismos prejuicios en
contra del turismo que en otras latitudes; también se ha considerado
prioritario atender al estudio de
quienes padecen de las condiciones del desarrollo del capitalismo, ahora en sus formas globalizadas, es decir a
analizar los grupos sociales enfrentados a la pobre- za y las carencias, más que
atender unas dimensiones de la
vida de las sociedades ligadas al glamour y al ocio (Hiernaux,
1999
y 2006b).
Sin
embargo, parecería que el turismo ha
ganado espacio, aunque sea escasamente, a nivel de teorización o desde las
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 227
perspectivas culturales que nos ocupan aquí. En este
sentido dominan claramente los estudios
de caso de tipo aplicado, donde
la reflexión suele ser secundaria frente a una informa- ción pletórica. En
efecto, muchos trabajos
son descriptivos, escasamente analíticos
y poco críticos de los procesos turísti- cos. Lo anterior se debe también a la carencia de referentes
conceptuales propios de la región latinoamericana, que per- mitirían entender
el turismo de una manera más incisiva y aplicada al contexto en el cual vivimos.
Sin
embargo, muy particularmente en Brasil, como se pue- de apreciar en la
bibliografía final de este trabajo,
existe un acervo creciente de publicaciones que rebasan las visiones es-
tructuralistas e imponen una
discusión importante sobre la Geografía
del Turismo, de las cuales las aproximaciones más culturales forman
una componente de creciente relevancia.
No hay duda con respecto a la influencia
que tuvo la vasta y arrolladora obra de Milton
Santos para suscitar
vocaciones nuevas con enfoques innovadores sobre nuestros temas.
Las
perspectivas están abiertas, y no cabe duda que la ex- pansión –pero quizás más aun la
diversificación– de las expe- riencias
turísticas en América
Latina, tales como el turismo de
naturaleza, el turismo en áreas
indígenas, el ecoturismo (pero también las nuevas formas de turismo urbano asocia- do a la revitalización de los centros históricos, por ejemplo), apelan a la comunidad
geográfica a extender sus ámbitos
analíticos a esos nuevos temas.
En
ese contexto, es evidente que podemos
contar con la cada vez más consolidada experiencia de los estudios
geo- gráficos de países “desarrollados”, pero también con
la crí- tica que podemos dirigirles,
a la par de las que se fomentan en sus propios ámbitos profesionales.
Desde
las perspectivas culturales, podemos
plantear que la Geografía
latinoamericana es susceptible de hacer
gran- des aportaciones, entre otras
por el hecho de que se desa- rrolla en espacios donde se ejerce
una parte significativa del
228
Daniel
Hiernaux-Nicolas
turismo desde
países centrales. Asimismo, la diversidad cul- tural
misma de nuestros países abre la
posibilidad de gene- rar hallazgos específicos que no pueden ser descubiertos
en contextos desarrollados.
Aunque
quizás, siguiendo la enseñanza de Milton Santos, también debamos aspirar a generar teoría misma sobre
tu- rismo, ya que la Geografía
latinoamericana tiene bases sóli-
das para lograrlo.
Bibliografía
Balastreri Rodrigues, A. (org.) 1996. Turismo e
Geografía.
Reflexões teóricas
e enfoques regionais. San Pablo,
Editora
Hucitec.
–––––.
1997. Turismo e espaço, rumo a um conhecimento transdisci- plinar. San Pablo,
Editora Hucitec.
Britton, S. G. 1991. “Tourism, capital
and space: Toward
a Critical Geography of Tourism”.
Environment and Plan- ning D: Society and Space, 9, pp. 451-478.
Butler,
R. 2004. “The Tourism area life cycle in the twenty-first century”, en Lew, A.;
Hall, C. M. y Williams, A. M. (eds.). A companion to tourism. Malden, Blackwell Publishing, pp.
159-169.
Cazes,
G. 1989. Les nouvelles colonies de vacances? (Le tourisme international à la
conquête du Tiers-Monde), Tomo 1. París,
L’Harmattan.
–––––. 1992.
Tourisme et Tiers-Monde, un
bilan controver- sé: Les
nouvelles colonies de vacances?, Tomo
II. París, L’Harmattan.
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 229
Cammarata,
E. 2006. “El turismo como práctica
social y su papel en la apropiación y consolidación del
territorio”, en Geraiges de Lemos,
A.; Arroyo, M. y Silveira, M. L. (orgs.). América Latina: cidade, campo
e turismo. San Pablo, Universidade de São Paulo y CLACSO, pp. 351-366.
Christaller,
W. 1963. “Some considerations on tourism
loca- tions in Europe: the peripheral regions –underdeveloped countries–
recreational areas”. Regional Science Association Papers, 12, pp. 95-105.
Coriolano,
L. N. 2006. “Turismo, práctica social de apro- priação e de dominação de territórios”, en Geraiges de Lemos,
A.; Arroyo, M. y Silveira, M. L. (orgs.). América Latina: cidade,
campo e turismo. San Pablo, Universidade de São Paulo y CLACSO, pp.
367-378.
Crouch,
D. (ed.). 1999. Leisure/tourism geographies (practical and geographical
knowledge). Londres, Routledge.
Cruz,
R. 2007. Geografias do turismo. De lugares a pseudo-lugares.
San
Pablo, Roca.
Debbage,
K . e Ioannides, D. 2004.
“The cultural turn?
Toward a
more critical economic geography of tourism”, en
Lew, A.; Hall, M. C. y
Williams, A. M. (eds.). A companion to tourism. Malden, Blackwell Pu- blishing, pp. 99 -109.
D’Hautesserre,
Anne-Marie. 2004. “Postcolonialism, colo- nialism, and tourism”, en Lew, A.;
Hall, M. C. y Williams, A. M. (eds.). A companion to tourism. Malden, Blackwell Publishing, pp. 235-245.
Equipe MIT. 2002. Tourisme 1: Lieux communs. París,
Belin. García Canclini, N. 1999.
Imaginarios urbanos. Buenos Aires,
EUdeBA.
230
Daniel
Hiernaux-Nicolas
García de
Fuentes, A. 1979. Cancún:
turismo y subdesarrollo regional. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Serie Cuadernos.
Gay-Para,
G. 1985. La pratique du tourisme. París, Económica. Gregory, D. 1994.
Geographical Imaginations. Londres, Blackwell
Publishing.
Hägerstrand,
T. 1970. “What about People in Regional Science?”.
Papers
of the Regional Science Association, vol. XXIV, pp. 7-21.
Hall,
M. C. y Page, S. 2002. The geography of tourism and recreation:
environment,
place and space. Londres-Nueva York, Routledge.
Hiernaux,
D. 1989. “La dimensión territorial de las activida- des turísticas”, en
Hiernaux, D. (comp.). Teoría y praxis del espacio turístico. México,
Universidad Autónoma Me-
tropolitana Xochimilco, pp. 51-73.
–––––.
1996. “Elementos para un análisis sociogeográfico del turismo”, en Rodrígues Adyr A. (org.). Turismo e
geogra- fía. Reflexões Teóricas e Enfoques Regionais. San Pablo, Hu- citec, pp.
39-54.
–––––.
1999. “Cancun bliss”, en Judd, D. y
Fainstein, S. Tourist cities. New Haven,
Yale University Press, pp 125-139.
–––––.
2000. “La fuerza de lo efímero: apuntes
sobre la cons- trucción de la vida cotidiana en el turismo”, en Lindón Villoria, A. (coord.). La vida
cotidiana y su espacio-tempora- lidad. Barcelona-México, Anthropos-UNAM/CRIM y
El Colegio Mexiquense, pp. 95-122.
–––––.
2003. “Mexico: tensions in the fordist model of tourism development”, en
Hoffman, L. M.; Fainstein, S. S. y Judd,
D. R. (eds.). Cities and visitors: Regulating people, markets and city space.
Malden, Oxford, Blackwell Publishing,
pp.
187-199.
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 231
–––––.
2006a. “Geografía del
Turismo”, en Hiernaux, D. y Lindón, A. Tratado de
Geografía Humana. México-Barce- lona, Universidad Autónoma Metropolitana
Iztapalapa- Anthropos, pp. 397-428.
–––––.
2006b. “Tourisme au Mexique:
modèle de masse, de l’étatisme
au marché”, en Expansion du tourisme: gagnants et perdants, vol. 13.
París, Centre Tricontinental de Louvain La Neuveet-Syllepse, pp. 199-214.
Knafou, R. y Stock, M. 2003. “Tourisme”, en Levy, J. y Lus- sault, M. (dirs.).
Dictionnaire de la Géographie et de
l’espace des sociétés. París, Belin, pp. 931-934.
Lew,
A.; Hall, C. M. y Williams, A. M. (eds.). 2004. A compa- nion to tourism.
Malden, Blackwell Publishing.
Lippuner,
R. 2003. “Géographie, culture et quotidien: un re- nouveau théorique”.
Géographie et cultures, 47, otoño, pp.
29-44.
MacCannell,
D. 2003. El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa, Barcelona, Melusina.
Miossec,
J. M. 1976. Éléments pour une théorie de l’espace touristique. Aix-en-Provence,
Centre des Hautes Études Touristiques.
Mullins, P. 1991. “Tourism urbanization”. International Jour- nal of
Urban and Regional Research, 15 (3), pp. 326 -342.
Nash,
D. 1992. “El turismo considerado como
una forma de imperialismo”, en
Smith, V. (ed.). Anfitriones e
invitados, (Antropología del
turismo). Madrid, Endymion, pp. 69-91.
Ortega
Valcárcel, J. 2000. Los horizontes de la geografía: teoría de la geografía.
Barcelona, Ariel.
Pearce, D. 1981. Tourism development. Harlow,
Longman.
232
Daniel
Hiernaux-Nicolas
Philipponneau, M.
2001. Geografía aplicada.
Barcelona, Ariel.
Reynoso,
C. 2000. Apogeo y decadencia de los estudios culturales
(una
visión antropológica). Barcelona, Gedisa.
Ritzer,
G. 2000. El encanto de un mundo desencantado. Barce- lona, Ariel.
Shaw,
G. y Williams, A. M. 1994. Critical issues in tourism (A geographical
perspective). Oxford-Cambridge, Blackwell Publishers.
Smith, V. (ed.). 1992. Anfitriones e invitados,
(Antropología del turismo). Madrid,
Endymion.
Torres,
R. M. y Momsen, J. D. 2005. “Gringolandia: The cons- truction of a new
tourist space in Mexico”. Annals of the
Association of American Geographers, 95 (2), pp. 314 -335.
Turner,
L. y Ash, J. 1991. La horda dorada: el turismo internacio- nal y la periferia
del placer. Madrid, Endymion.
Urry,
J. 2002. The tourist gaze. Londres, Sage Publications. Veblen, T. 1974. Teoría de la clase ociosa. México,
Fondo de
Cultura
Económica.
Vera,
F.; López Palomeque, F.; Marchena, M. J.
y Antón, S.
1997.
Análisis territorial del turismo. Barcelona, Ariel.
El
giro cultural y las nuevas interpretaciones geográficas del turismo 233
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red *
Zeny
Rosendahl 1
El
propósito de este artículo es contribuir a la compren- sión de la dimensión
económica de la religión y su espaciali-
dad a través de las relaciones entre los bienes
simbólicos, el mercado y las
redes religiosas. La relación entre economía y religión será abordada a partir de las normas, los valores y las reglas religiosas
que tienen lugar en
un tipo particu- lar de ciudad: la hierápolis y/o ciudad-santuario. Este tipo
de ciudad no es de las más numerosas
pero, aun así, se en- cuentra universalmente en todos
los continentes desde la aparición de
las primeras ciudades. Son ciudades cósmicas, ciudades en que los
geógrafos, al interpretar y teorizar,
bus- can la fuente cultural de la economía, y proponen el uso de términos
culturales tales como símbolo,
imaginario y ra- cionalidad, para
entender el proceso económico en el lugar religioso (Barnes, 2005).
*
Traducción: Gustavo Mazzei. Versión modificada del texto publicado
originalmente como “Espaço, cul- tura e religião: dimensões de análise”, en
Lobato Correa, R. y Rosendahl, Z. 2003. Introdução à Geografia Cultural. Río de
Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 187-224.
1 Universidad del Estado de Río de Janeiro
(Brasil).
235
Dentro
de este marco, se desea
reconocer la dimensión geográfica
del proceso productivo de los bienes
simbólicos conectados a lo sagrado.
¿Cómo son producidos los valores?
¿Quiénes son
los productores de estos
bienes simbólicos?
¿Dónde tiene
lugar el proceso de producción simbólica? La intención no es desarrollar
algunas ideas relativas al campo
simbólico en general de
diferentes religiones, sino
restrin- girnos a los bienes simbólicos utilizados en las prácticas reli- giosas del catolicismo popular brasileño.
Los
bienes son expresiones que designan una realidad dotada de algún valor, algunas
veces moral, y la mayoría de las veces,
positivo. El énfasis de nuestro análisis recae sobre el valor y el símbolo de
los bienes religiosos, aquí considera- dos como
bienes que expresan la revelación
de lo sagrado. Tal revelación constituye
el resultado de los procesos de
producción simbólica que hacen posible
el acto o el acon- tecimiento en
el cual la unificación de las dos
partes del símbolo –forma
y acontecimiento– puede realizarse.
Para el geógrafo, el estudio de
la consumación simbólica, es de- cir, el
acto final del proceso de las dos partes
del símbolo, simbolizante y simbolizado, ocurre en el espacio y tiempo sagrado (Rosendahl, 2003).
Eugenio
Trías (2000) formaliza tres etapas de
análisis en el acontecer simbólico. La
primera etapa del proceso sim- bólico se destaca
por definir la forma
o la figura material que será
receptora del acontecer simbólico, pues
la forma simbólica es la condición fundamental en el proceso para que tengan
lugar las etapas siguientes. En una
segunda etapa, el acontecimiento
simbólico exige el recorte espacio-temporal reli- gioso: el espacio sagrado
delimitado o demarcado en el tem- plo posee
las condiciones que
favorecen la transformación de la
materia en cosmos. El acontecer simbólico
presupone también un recorte temporal, referido al tiempo sagrado o tiempo de fiesta. Así, “comparecen
como los efectos (en el espacio y el tiempo) de esa
transformación de la materia en
236
Zeny
Rosendahl
cosmos”
(Trias, 2000: 120). La consumación
simbólica revela la tercera etapa
del acontecer simbólico: se
produce un en- cuentro entre las dos
partes del símbolo, las partes
se unifi- can y el símbolo se
realiza como tal.
La
diferencia entre un bien simbólico y un bien no simbóli- co está en la propia
naturaleza de su significado. La
naturale- za del bien simbólico refleja
dos realidades: la mercancía y el significado,
es decir, el valor mercantil y el
valor cultural del bien. Podríamos decir que los bienes simbólicos son mercan- cías que poseen valor
de uso y que, en determinado contexto cultural, pasan a asociar este valor de
uso al valor simbólico.
Al
reconocer que existe más simbolismo en los objetos y en
las cosas, aparecen nuevas
posibilidades en la Geogra- fía.
Los lugares sagrados no son solamente una serie de da- tos acumulados, sino que también involucran experiencias humanas. No
debemos detenernos en describir los bienes simbólicos que
existen en los lugares, pero
sí saber qué sig- nifican esos bienes
para sus usuarios. Ello implica
el cono- cimiento, por un lado, de la religión como un sistema de símbolos sagrados y de valores y, por el otro, la dinámica de la producción de bienes simbólicos
religiosos que involucra a los agentes sociales del proceso en sus dimensiones
simbó- lica, económica, social y política.
“Es
cierto que el sistema
religioso está conformado por un
conjunto de símbolos sagrados ordenados entre sí, en un orden conocido por sus
adeptos”, señala Geertz (1989: 143). El
bien religioso está profundamente comprometido con lo sagrado y, como
tal, está marcado por signos y significados; pero debe
ser reconocido también como
suministrador de reglas y sentidos
a los grupos religiosos. Es el
bien simbólico el que otorga sentido y significado a las prácticas religiosas de diferentes grupos.
La
comprensión del campo simbólico, escenario en el que ocurre el acto
simbólico, deriva de la noción del
campo reli- gioso de Bourdieu,
reelaborada sin embargo por Benedetti,
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 237
quien sostiene
que el campo religioso es “como
un conjunto estructurado de agentes
institucionales tensionalmente uni- dos en el interior de una
configuración mediatizada por los intereses de los ‘legos’ (situados en su
clase social) y por los intereses propios a los agentes religiosos” (Benedetti, 2000:
30).
La idea de capital religioso de Bourdieu
(1987) sugiere que, por un lado, este capital religioso
depende de las rela- ciones entre la demanda y la oferta religiosa que
las diferen- tes instituciones religiosas son obligadas a producir. Por otro
lado, este capital religioso
determina tanto la naturaleza y
la forma como la fuerza de las
estrategias que las instancias
religiosas sitúan al servicio de sus intereses, así como las fun- ciones que
tales instituciones cumplen en la división del tra- bajo religioso.
El
proceso de producción de bienes simbólicos, en la mayor parte de los casos, está orientado a consagrar y
legitimar los valores ya establecidos en
la sociedad. En los estudios realiza-
dos por Weber (1964), esta producción está institucionalmen- te asentada. Según
Weber, los sacerdotes forman el cuerpo de especialistas religiosos
concernientes a la gestión de los bienes de la salvación, constituyéndose en
los detentadores exclusi- vos de la producción o reproducción de esos
bienes simbóli- cos. El secreto de lo
sagrado confiere poder a los especialistas religiosos, cabiendo a los legos,
creyentes y fieles la categoría de
destituidos del capital religioso y excluidos
del trabajo sim- bólico por el
simple hecho de que no poseen el conocimiento para el ejercicio de ese poder
sagrado.
De
esta manera, el capital religioso tiende
a ser acumula- do y concentrado en las manos
de un grupo de administra- dores
de lo sagrado. La separación
simbólica entre el saber sagrado y la ignorancia profana es reforzada; ella
acentúa la distinción entre los productores de lo sagrado y los consumi- dores
de los bienes simbólicos.
El
capital religioso es, sin duda, un instrumento de poder y de estrategia
fuertemente vinculado a la política
económica
238
Zeny
Rosendahl
del capitalismo global. La actual
coyuntura mundial refleja un
momento de gran efervescencia en los espacios religiosos, sea por el retorno de
los fundamentalistas, sea por la fragmen- tación de las nuevas sensibilidades
mágico-religiosas en varia- dísimas formas espaciales. En Brasil, por ejemplo,
la situación se reconoce en una intensa
multiplicidad de filiales de la Igle- sia Universal del Reino de Dios,
en la cual el capital simbólico está concentrado en las manos de un grupo de
“empresarios” de lo sagrado, que manipulan un
stock de bienes simbólicos
disponibles en la sociedad (Rosendahl,
2003).
La
lectura de los bienes simbólicos
en su dimensión eco- nómica,
destacada anteriormente, no
significa decir que la religión
es solo una mercancía y que el
comportamiento re- ligioso del devoto
adquiere inteligibilidad en las estrategias de la economía de mercado.
El sistema de producción de bie- nes simbólicos religiosos se convierte en el
eje básico del aná- lisis geográfico. El recrudecimiento y la demanda por
nuevos símbolos religiosos se acentúan en el espacio
y adquieren funciones y significados
distintos entre los diversos
grupos involucrados. Al geógrafo de la religión
le cabe interpretar los lugares
religiosos y sus sucesivas
combinaciones espacia- les frente a las nuevas funciones y significados asociados
al cambio de demanda del grupo de
legos, es decir, grupos so- ciales que
imponen nuevas prácticas en la demanda
por bie- nes de salvación. Benedetti nos obliga a repensar las teorías de
Bourdieu sobre la función de los
agentes e instituciones religiosas. Para
este autor, hay un nuevo escenario y en
él, la “religión deja de ser un
principio ordenador de la vida perso- nal y social, un sentido de mundo, y se
presenta cada vez más
‘pegada’
a la condiciones materiales de vida, como remedio, como respuesta a problemas, como control de incertidum- bres.” (2000: 16).
En nuestra
sociedad, es posible reconocer los
pedidos por las necesidades
básicas en los espacios sagrados
de los centros de peregrinación. Los pedidos por salud,
trabajo y
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 239
amor,
frente a los conflictos y contradicciones sociales, mate- rializados en la hierápolis de Porto das Caixas, Itaboraí/RJ, retrata el triángulo
de las necesidades: salud, trabajo y
amor (Rosendahl, 2002a). Es un acto de culto que tiende a reducir la
religiosidad ética a una moral estrictamente formalista del do est des (Weber,
1964). El devoto es un hombre religioso que tiene fe y recurre a lo sagrado al sentirse
amenazado por las contingencias de la vida o, cuando se encuentra
delante de la desesperación y de la inoperancia de las soluciones huma- nas,
busca en
las divinidades las soluciones que
desea. Las prácticas religiosas
son rigurosamente personales
(Mauss,
1979:
137), no están sometidas a cualquier reglamentación. Los creyentes son
guiados en sus elecciones de consumo y de producción de lo sagrado a través del espacio y del tiempo sagrados. La comunidad religiosa es llevada por la fe a
ver y a creer en una cosa que supuestamente no está allí (Rosen-
dahl, 2002b).
A
fin de comprender el mercado de bienes
simbólicos a partir de la división del trabajo, se resalta el trabajo religio- so especializado, realizado por los
productores y portavoces de lo sagrado,
investidos de poder,
institucionalizado o no, encargados de la gestión de los bienes
de salvación. Se en- tiende aquí
que la producción de lo sagrado,
como indica Weber, es ejercida
por un cuerpo de
funcionarios del cul- to, dotados
de una formación especializada en
religión, en- cargados de la
gestión de los bienes de la salvación y con la función específica
de satisfacer los intereses religiosos. En el catolicismo popular brasileño, existe un conjunto de
bienes simbólicos (imágenes, velas, ofrendas, rosarios, medallas, es-
tampitas y otros objetos) que suscita un
proceso productivo que involucra mecanismos de
mercado. La producción de estos artículos religiosos
está fuertemente influenciada por la variación intranual e interanual de
la demanda vinculada a lo sagrado; tal es el caso de las diversas fiestas y
ceremonias que definen tanto los tiempos
sagrados específicos como
240
Zeny
Rosendahl
los
eventos externos a lo sagrado. Como
observa Bourdieu (1987), los
periodos de crisis económicas y políticas pueden aumentar o disminuir la
búsqueda de estos bienes, que así son variablemente consumidos.
La
diversidad de las mercancías no religiosas
colocadas a la venta revela que
son, en su mayoría, de uso
personal y están integradas a la cultura local, pudiendo abarcar distin- tos
tipos de vestuario, alimentación
típica del lugar, utensi- lios comúnmente usados en las
residencias, entre otros. Son objetos
tradicionales que ya forman parte
del imaginario religioso católico, como los rosarios, las medallas y las publi- caciones religiosas.2 Estos
objetos, en su mayoría, simbolizan el lugar
y el motivo de su adquisición es siempre
el mismo: “llevar un recuerdo del lugar”.
El
consumo de lo sagrado y las hierápolis
El
consumo de lo sagrado es una característica singular de la ciudad-santuario independientemente de la localiza- ción del espacio sagrado; ello puede ocurrir en el Santuario de Fátima,
en Portugal; en el espacio sagrado del Canindé, en Ceará;
en Muquém, en Goiás; en
Santa Cruz dos Mila- gres,
en Piauí
y en otros santuarios católicos brasileños. A pesar de las diferencias sociales y culturales
que estos cen- tros poseen, el comercio
de lo sagrado es realizado con ar- tículos religiosos de la misma naturaleza. Así, lo sagrado es comercializado de forma integrada con el sistema religioso católico
universal.
En
el análisis de la dimensión económica de lo sagrado en las hierápolis
católicas serán consideradas siete caracte- rísticas,
explícita o implícitamente evidenciadas,
tanto en la literatura como en nuestras
investigaciones realizadas en di- ferentes contextos socio-espaciales
(Rosendahl, 1996, 1997,
2 La autora usa el término livreto (N. del T.).
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 241
1999a).
Veamos sumariamente estas siete
características y tengamos en cuenta que ellas están articuladas entre
sí.
1.
La preeminencia de lo sagrado sobre lo profano en las funciones urbanas
A
partir de nuestro interés por conocer el impacto que lo sagrado impone
al lugar en las actividades humanas, se hace necesario definir el significado de la hierápolis o ciudad- santuario. Se
trata de ciudades donde predomina el
orden espiritual y que están marcadas por la práctica religiosa de la peregrinación o romería al
lugar sagrado. Así, las hierápolis son
centros de convergencia de devotos que,
con sus prácti- cas y creencias, materializan una peculiar organización
fun- cional y social del espacio.
Al
reconocer la predominancia de lo sagrado sobre lo pro- fano en las funciones
urbanas de estas hierápolis, es preciso considerar dos aspectos: su organización interna y el papel que las romerías representan como modeladoras de la con- figuración espacial.
La romería no es un agente modelador permanente a lo largo del
tiempo como, por ejemplo, los promotores inmobiliarios
(Rosendahl, 1999a). La romería es un agente singular, no permanente. Puede ser un obrero, un comerciante, un desempleado, que en
un tiempo singular, fuera de su
cotidianeidad, se transforma en un agente singu- lar que actúa también en
espacios singulares.
Las
ciudades-santuarios o hierápolis cumplen
una fun- ción que
las desvincula de la esfera de lo económico y que las lleva hacia la
esfera de lo simbólico. La configuración espacial tiene lugar en su articulación con lo sagrado.
2.
La variabilidad de las funciones según los ritmos propios del tiempo sagrado
Las hierápolis poseen ritmos propios marcados por la práctica
religiosa de la peregrinación al lugar santo. La fuer- za dinamizadora
de lo sagrado en la reorganización espacial de los lugares de peregrinación,
periódicamente, acentúa la
relación
entre lo urbano y lo sagrado.
242
Zeny
Rosendahl
Las
ciudades-santuario que atraen un
flujo permanente de peregrinos
son aquellas hacia las que se desplazan miles de fieles hacia el
santuario, durante todo el año y no solamen- te en ocasión de las fiestas (el
tiempo sagrado). Las otras, las hierápolis de flujo periódico, son
aquellas en que la prácti- ca religiosa implica
la visita en ciertas ocasiones.
Rinschede (1985) explica que es preciso
prever, alrededor del santua- rio, alojamientos, hoteles, restaurantes, comercios, estacio- namientos y
otros servicios. Es alrededor del santuario, en el espacio sagrado
de estos santuarios, donde se organiza
la vida urbana en el tiempo de fiesta o en el tiempo sagrado.
Deffontaines
(1948) dio el nombre de “ciudades
de do- mingo” a estos centros urbanos de función
religiosa, locali- zados principalmente
en América del Sur y que, alejados de la vida urbana, sea por la distancia,
sea por la dificultad de acceso,
o quizás por ambos factores,
presentan una discon- tinuidad
temporal en la función religiosa. En cada
tiempo sagrado, sea este
semanal, mensual o anual, la vida urbana es recreada en las hierápolis.
3.
La naturaleza específica del alcance espacial que no se manifiesta a través de
las leyes de mercado
El
alcance espacial de la fe revela
una configuración es- pacial que sigue una
lógica, es decir, los elementos
se arti- culan con lo sagrado
(Rosendahl, 1994, 1996, 1999b). En las hierápolis del catolicismo las interacciones espaciales demuestran
distintos patrones espaciales. La diversidad
de participantes confiere una variedad
en el espacio y el tiem- po (Corrêa, 1997). Las interacciones no son
definidas solo por las relaciones de los individuos con lo sagrado, sino también por las relaciones entre los grupos heterogéneos de participantes. Es
posible reconocer al peregrino, al tu-
rista, al visitante, al comerciante y al habitante; además de los padres, los pastores
y otros profesionales especializados en el trabajo religioso.
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 243
Así
podemos distinguir dos grandes
grupos: los que se manifiestan consumidores de lo
sagrado y los que repre- sentan
a los productores de lo sagrado.
El espacio social es preparado
diferencialmente para atender a la
demanda de bienes simbólicos en cada tiempo sagrado.
4.
Los participantes tienen motivaciones ideológicas y desarrollan itinerarios
religiosos que no siguen la racionalidad de los patrones de la economía
Las
hierápolis son organizaciones socioespaciales que es- tán presentes en más de
un tipo de sistema religioso. Pueden tener lugar en el
cristianismo, en el islamismo y en
el bu- dismo; sin embargo, las formas espaciales resultantes varían con
cada religión y con los diferentes
contextos culturales.
Las
maneras que tiene un
devoto para expresar sus sen- timientos son innumerables, desde las
menos elaboradas hasta las más
complejas (que provienen del
inconsciente) en las cuales cada símbolo
posee un significado.
Las prácticas religiosas presentan un itinerario religioso más o menos
pre- establecido en la percepción jerárquica visual y sensorial de lo sagrado en el espacio y el tiempo del
peregrino. Los facto- res invisibles presentes en las prácticas religiosas solo serán visibilizados si son
interrogados. Es preciso develar los sím- bolos del imaginario colectivo
religioso (Halbwachs, 1950) y sus impresiones en el paisaje religioso (Park, 1994). Así, las múltiples trayectorias
religiosas vivenciadas en los espacios sagrados representan un valioso
instrumento de investiga- ción en Geografía
Urbana.
5.
Las actividades presentan una organización de su espacio interno fuerte- mente
marcada por la propia lógica de lo sagrado, que confiere al espacio un tipo
particular de centralidad y segregación
Se
insiste en el estudio de lo sagrado
como un camino más de acceso a la comprensión de lo
urbano. Las hierápo- lis cuentan con un orden espiritual predominante y marca-
do por la práctica religiosa de la
peregrinación. En muchos
244
Zeny
Rosendahl
casos,
las funciones urbanas están fuertemente especializa- das y se asocian al orden de lo sagrado; esto quiere decir que sus funciones básicas son de naturaleza
religiosa. Esta configuración puede
tener un carácter permanente o pre- sentar
una periodicidad marcada por los tiempos
sagrados. Las teorías de Corrêa
(1989), Rinschede (1985) y Eliade (1991) nos sirven para el análisis específico de la organiza- ción de las hierápolis
católicas en razón de la valorización
que lo sagrado atribuye
al lugar. Basados en estos
autores, reconocemos los elementos espaciales
directa e indirecta- mente
vinculados a lo sagrado. Son ellos: el espacio sagrado, el espacio profano directamente vinculado a lo sagrado,
el espacio indirectamente vinculado
y el espacio remotamen- te vinculado
a lo sagrado (Rosendahl, 1997,
1999b).
6.
Además de una función religiosa e ideológica, la hierápolis desempeña también
un papel político
En este
apartado se destacan los estudios
de hierápolis que absorben dos funciones: la política y la religiosa. En su mayoría, las hierápolis son lugares
impregnados del sim- bolismo asociado a
la vida de los fundadores o los líderes religiosos. Estos santuarios, aún hoy,
están asociados a las personas que
poseen reconocida credibilidad religiosa. Po- lignac (1995) señala la fuerte
conexión entre los territorios religiosos y los espacios políticos.
La
historia registra varios movimientos religiosos de
protesta en diferentes
contextos políticos. La sociedad se organiza a través
de nuevas formas
y el rescate de lo cívíco -religioso adquiere un efecto
político en la devoción popular,
religiosa y nacionalista. En determinados contex- tos culturales la fe es
explotada a los fines de ablandar los miedos
y formar nuevas opiniones, demostrando que la
religión y la política tienen lugar conjuntamente en un es- pacio y
un tiempo específicos. La Geografía Urbana ofre- ce un rico material para
reflexionar sobre el fenómeno de
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 245
las
peregrinaciones, centradas en la
figura carismática y religiosa
del hombre público o líder religioso.
7.
La localización de las hierápolis está dada por la sacralidad atribuida a los
lugares
El
estudio de las hierápolis ha demostrado
la existencia de cinco tipos de localizaciones. Para Tuan (1978), todos los lugares son potencialmente
sagrados, pero solo algunos
son escogidos para que este potencial sea realizado. La manifes-
tación de poder de lo sagrado en determinados lugares los diferencia de los demás lugares.
Las
funciones urbanas presentes en
estos núcleos per- miten
considerar a las hierápolis como
un tipo particular de ciudad. Los cinco tipos de localizaciones son: a)
núcleos rurales; b) pequeñas ciudades en
el área rural; c) ciudades- santuarios
entre los centros metropolitanos; d) ciudades- santuarios en las metrópolis y,
e) ciudades-santuarios en las periferias metropolitanas.
Las
hierápolis tanto reflejan como fijan el poder. Hay una dis- ciplina religiosa
en el espacio y en el tiempo. Las relaciones entre bienes simbólicos,
mercados y redes contienen las
preferencias de los individuos que interactúan en los santuarios. Son estas
preferencias las que contienen las normas, los valores y las reglas culturales,
requiriendo un examen minucioso del comporta- miento del devoto y de su fuerte
actuación en la hierápolis.
Los
bienes simbólicos y las redes de las ciudades-santuario
La
oferta de bienes simbólicos implica el conocimiento de la existencia de una red de distribución que abarca los
diver- sos agentes sociales, sus localizaciones y los diversos flujos que unen las ciudades santuario o
hierápolis.
La
Iglesia Católica Apostólica Romana
reconoce y contro- la varios tipos
de redes religiosas,
pero nos focalizaremos solo en una: la Red de
Santuarios de Brasil. Se sabe que todos los lugares sagrados
no son igualmente santos o sagrados
246
Zeny
Rosendahl
para los devotos católicos. Algunas iglesias son
consagradas a un evento milagroso.
En los centros de peregrinación o
ciudades-santuario, la dinámica espacial del poder religioso puede ser
comprendida si consideramos el espacio
sagrado como el centro de la gestión
religiosa. La Red de Santuarios está marcada por las articulaciones
entre los santuarios y el proceso de gestión,
que se integran en Brasil a un poder su- perior, con sede en Brasilia.
Se trata del Consejo de Rectores de Santuarios de Brasil que forma
parte de la Conferencia
Nacional de Obispos de Brasil (CNBB).
Este se organiza por la aplicación de
las normativas del Código de Derecho Canó- nico y de las Directrices de la Pastoral de los Santuarios. El poder de control y
decisión no es local sino central. El
poder religioso local que, en realidad es “otorgado como franqui- cia” a una congregación religiosa o
hermandad que lo admi- nistra, está
integrado a la Red de Santuarios Nacionales. La red alcanza espacios sagrados
multilocalizados.
Se
puede imaginar un aglomerado de
santuarios nacio- nales e internacionales integrados y que funciona armóni- camente, una red mundial de
santuarios, según las directrices establecidas por el Vaticano.
Un ejemplo de ello es el San- tuario
de Jesús Crucificado de Porto das
Caixas (municipio de Itaboraí, Río de Janeiro) y el Santuario de Nossa Senhora
d’Abadía de Muquém, en Goiás,
administrado por el obis- po diocesano
de la ciudad de Uruaçu. En este sentido,
los referidos santuarios de gestión religiosa, diocesana o no, tienen un
significado que no se debe disociar del
papel que desempeñan en una
red de lugares
sagrados, controlada por la Sede Oficial, localizada en el Vaticano (Rosendahl,
1997).
Tal como lo sugiere Corrêa (1997) es importante verificar las dimensiones organizacional, temporal y
espacial. El concepto de red se aplica a
la red simbólica y sirve para caracterizarla como formal o
informal, jerárquica o no, pe- riódica o
permanente, planificada o espontánea, dendríti- ca o compleja, cualquiera sea
su escala espacial, es decir,
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 247
más allá de
que ella sea efectivamente de
carácter local, regional o nacional.
Conclusión
Al
dilucidar la organización espacial específica de las ciu- dades-santuario o
hierápolis, es posible distinguir la existen- cia de formas espaciales que
cumplen funciones directamen- te asociadas
a los itinerarios religiosos y a
las demandas de los devotos en el santuario. Los elementos que configuran el
espacio se organizan de acuerdo con una lógica singular, re- sultante de su articulación con lo
sagrado. Nuestros trabajos anteriores (Rosendahl, 1996, 1999a y
2003) revelan que el flujo periódico y sistemático de las romerías ha generado la aparición de
actividades económicas vinculadas a satisfacer las necesidades de los
peregrinos (alimentación, transporte, hospedaje, entre otras). Tales
actividades revelan la natura- leza de los santuarios. Según nuestros estudios, se pueden explorar seis aspectos en
futuras investigaciones:
• La magnitud de la hierápolis, que puede ser conocida a partir del número y de la diversidad de bienes
y servicios ofrecidos.
• El nivel social de los peregrinos, que se revela en la cali- dad de los bienes y en
los servicios disponibles.
• El patrón cultural, que puede ser
analizado inclusive a partir de la infraestructura pública utilizada por
las rome- rías: a) cocinas colectivas o
particulares; b) baños públi- cos
próximos al templo o instalaciones colectivas dentro del centro religioso; c)
alojamientos equipados con camas o al aire libre (redes y carpas).
• El grado
de atracción de los capitales
locales y de los externos, inducidos por la demanda de los peregrinos. Tales
capitales pueden ser invertidos en
negocios o en establecimientos
diversos, no necesariamente en el co - mercio
local.
248
Zeny
Rosendahl
• El carácter permanente o temporal de la peregrinación
–anual, estacional o diaria– que
permite clasificar las in- versiones realizadas en provisorias o fijas.
• La accesibilidad en relación al área de
atracción de las ro- merías y,
consecuentemente, los días de permanencia en el lugar. Ello define el tipo de transporte utilizado, el tipo de
alojamiento e instalaciones como
hoteles, hospitales, bares, restaurantes, centrales telefónicas,
estacionamien- tos, etc.
La
distribución de las actividades no religiosas en las proximidades de la iglesia
revela la creación de áreas especia- lizadas que favorecen los intercambios económicos y simbó- licos.
El conjunto compacto de venta de artículos
religiosos frente a la iglesia, la concentración de la venta de
artesanía o de productos naturales como verduras o frutas, o el agrupa- miento de bares y
restaurantes próximos al estacionamiento, son ejemplos de economías externas de aglomeración. Y, di-
ríamos con Corrêa (1989: 57-58), que “aún cuando sean de
distinta naturaleza, ellas están
localizadas juntas unas de las otras, formando un conjunto compacto que puede
inducir al consumidor a comprar otros bienes
que no formaban parte de sus propósitos religiosos”. La concentración de
tales acti- vidades se observa en las proximidades del espacio sagrado. A
pesar de
las diferencias sociales y culturales, esto se ob- serva tanto en
santuarios nacionales como
internacionales (Rosendahl, 2003).
El
geógrafo, cuando analiza la dimensión
económica de la religión, la encara bajo
la dimensión espacial. Las rela-
ciones entre bienes simbólicos,
mercado y redes religiosas fueron
reunidas en nuevos planos de percepción
teórica en la investigación llevada a
cabo en el área de la Geografía de la
Religión. Estos planos se consolidan junto a la explora- ción de los conceptos de lo
sagrado y lo profano. Y, tal vez, sea en las hierápolis donde más nítidamente lo
sagrado se
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 249
materializa
en el espacio. En el catolicismo popular, el pe- regrino es el agente
modelador del espacio, es el agente que simultáneamente produce y consume los
bienes simbólicos religiosos.
Como se observa,
existe un amplio campo
para la inves- tigación sobre
la dimensión económica de lo sagrado
en el espacio, abarcando las
diferentes y diversas religiones prac- ticadas en Brasil. Esperamos que este
análisis pueda contri- buir a futuras interpretaciones de las relaciones entre
bienes simbólicos, mercados y redes.
Bibliografía
Barnes, T. 2005. “Culture: Economy”,
en Cloke, P. y Johns- ton, R. (orgs.). Spaces of geographical thought.
Londres, Sage, pp. 61-80.
Benedetti,
L. R. 2000. Templo, praça, coração. A articulação do campo religioso católico.
San Pablo, Humanitas, FFLCH, USP-CER.
Bourdieu,
P. 1987. A economia das trocas simbólicas. San Pablo, Perspectiva.
Corrêa, R. L. 1997. Trajetórias geográficas. Río de
Janeiro, Ber- trand Brasil.
–––––.
1989. Região e organização espacial. San Pablo, Ática. Deffontaines, P. 1948.
Géographie et religions. París, Gallimard. Eliade, M. 1991. Imagens e símbolos. Ensaio sobre o simbolismo
mágico-religioso.
San Pablo, Martins Fontes.
Geertz, C. 1989. A interpretação das culturas. Río de
Janeiro, Livros Técnicos e Científicos.
Halbwachs,
M. 1950. La mémoire collective. París, PUF.
250
Zeny
Rosendahl
Mauss,
M. 1979. Marcel Mauss. San Pablo, Ática.
Park,
C. C. 1994. Sacred worlds. An introduction to geography and religion. Londres,
Routledge.
Polignac, F. 1995.
Cults, territory and the origins of the Greck city-state. Chicago y Londres, The University of Chicago Press.
Rinschede,
G. 1985. “Das Pilgerzentum Lourdes”, en
Geogra- phia Religionum. Vol. 1.
Berlín, Dietrich Reiner
Verlag, pp. 195-257.
Rosendahl,
Z. 1994. “Le pouvoir du sacré sur
l’espace: Mu- quém et Santa Cruz dos
Milagres au Brésil”. Géographie et Cultures, 12, pp.71-89.
–––––.
1996. Espaço e religião: Uma abordagem geográfica. Río de
Janeiro, EdUERJ.
–––––.
1997. “O Sagrado e o Espaço”, en Castro, I. E.; Gomes, P. E. y Corrêa, R. L. (orgs). Explorações geográficas. Río de
Janeiro, Bertrand Brasil, pp. 119-154.
–––––.
1999a. Hierópolis: O sagrado e o urbano.
Río de Janeiro, EdUERJ.
–––––.
1999b. “O Sagrado e o Profano”,
en Rosendahl, Z. y Corrêa, R. L. Manifestações da cultura no espaço. Río
de Janeiro, EdUERJ, pp. 9-39.
–––––.
2002a. “Saúde, Trabalho e Amor: O Triângulo das Necessidades Materializadas na
Hierópolis de Porto das Caixas.
Itaboraí. Rio de Janeiro”, en Marafon, G. J. y Ri- beiro, M. F. (orgs.). Estudos sobre o espaço fluminense e seu interior. Río
de Janeiro, Infobook, pp. 143-158.
–––––.
2002b. “Géographie et Religion.
Quelques orienta- tions de recherche. Exemples Brésiliens”. Géographie
et Cultures, 42. pp. 37-57.
Religión,
bienes simbólicos, mercado y red 251
–––––.
2003. “Espaço, Cultura e Religião: dimensões de aná- lise”, en Corrêa, R. L. y Rosendahl, Z. (orgs.), Introdução à
geografia cultural. Río de Janeiro,
Bertrand Brasil, pp.
187-224.
Trias,
E. 2000. “Pensar a Religião: O
Símbolo e o Sagrado”, en Vattimo, G. y
Derrida, J. (orgs.). A religião e o
seminário de Capri. San Pablo, Estação Liberdade, pp. 109-124.
Tuan, Yi-Fu.
1978. “Sacred space. Exploration of an idea”, en: Butzer, K. (org.). Dimension of
Human Geography. Chi- cago, The University of Chicago, pp. 615-632.
Weber, M. 1964. Economía y sociedad.
México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
252
Zeny
Rosendahl
Del
rodar del dado al clickear del mouse: explorando las Geografías Culturales del
juego por Internet *
Charlotte
Kenten 1, Gill Valentine y Kahryn Hughes 2
Introducción
El
juego es un fenómeno multifacético: una apasionante actividad de ocio, una
forma mundana de consumo, una manera de socializar con otros, una oportunidad
para desplegar habilidades, un hobby con la posibilidad de ganar dinero. La
heterogeneidad de juegos es equivalente a la heterogeneidad de jugadores y
motivaciones. (Reith, 1999: 126)
A
lo largo del tiempo el juego ha
pasado de ser una acti- vidad
clandestina a una industria
global que mueve
miles de millones de libras y que,
frecuentemente, es apoyada por el
Estado. En el Reino Unido, el Gambling Act de 1960 dio lugar a cambios
que permitieron apostar en
lugares especí- ficos controlados por la legislación, como
por ejemplo, los
bookmakers.3 Desde ese momento si una
persona quería jugar, tenía que encontrar un
sitio apropiado para hacerlo
(Par- sons y Webster, 2000). Con el desarrollo de la tecnología, las oportunidades para jugar se incrementaron y alrededor de 1994,
cuando Antigua y Barbuda aprobaron leyes que las convirtieron en jurisdicciones
legales con capacidad para otorgar licencias de juego, se dio inicio al juego
por Internet. En 1995 comenzó a operar el primero casino online, Internet
*
Traducción: Mónica Farias. Revisión: Susana Adamo. Internet Gambling en el
original. La traducción al castellano de gambling es “juego de azar” (N. de la
T.).
1 King’s College, Universidad de Londres (Reino
Unido).
2 Universidad de Leeds (Reino Unido).
3 Bookmaker es el lugar físico donde se
realiza la apuesta (N. de la T.).
253
Casinos
Inc. (EE.UU.), con 18 juegos diferentes. Esta com- pañía, como
tantas otras, estaba
ubicada off-shore operando desde
las Islas Turcas y Caicos para evitar las acciones legales del gobierno de
Estados Unidos ( Janower,
1996). El juego por Internet ha
visto un crecimiento rápido y global en sus operaciones en los últimos doce
años, ya que:
(...)
trasciende límites geográficos y
temporales tornándo- se un gigantesco
casino global: un
ambiente en el que los individuos son libres para apostar, sin los impedimentos de las restricciones
asociadas a los juegos de azar terrestres. Al ofrecer acceso
inmediato y crédito instantáneo, vincula
a jugadores de todo el mundo, las
veinticuatro horas del día. La
transferencia instantánea de efectivo se suma a la in- mediatez del juego. Generalmente, los jugadores compran crédito
con la tarjeta de crédito o por
medio de fondos electrónicos
transferidos desde el bookie 4 del casino
y lue- go juegan con dinero
virtual respaldado por este depósito. Cuando el dinero se acaba, simplemente
repiten el proceso. (Reith, 1999: 124)
El
juego por Internet, es una de las formas de juego online o a distancia5 que usa
los desarrollos tecnológicos para posi- bilitar el juego desde lugares
y espacios no tradicionales, de modo
que las apuestas que
hubieran tenido que realizarse en
lugares específicos ahora pueden
hacerse desde el hogar gracias a Internet. Además, esto elimina
los aspectos nega- tivos propios
de los espacios designados para el juego
como
4 Abreviatura de bookmaker (N. de la T.).
5 El juego online a menudo se refiere a dos tipos de prácticas. La
primera consiste en una apuesta online
sobre un evento material, por ejemplo las carreras de caballos que se
desarrollan en una localización física y que, con el desarrollo de la
tecnología, se pueden tornar eventos globales y en “tiempo real”, o sea que es
posible apostar a un resultado mientras se lleva a cabo el acontecimiento. En
la segunda los juegos son generados por computadora y los resultados son
determinados por un generador de números aleatorios (McMillen, 2000).
254
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
los
sitios de apuestas o pistas de carrera,
en general, atmós- feras masculinas y
llenas de humo.6
Este
trabajo esboza, en
primer lugar, el proyecto que lo
orienta para después discutir la naturaleza global y local del juego por
Internet y hacer referencia a la
regulación de la práctica. En segundo
lugar, considera los impactos sociales del juego por Internet, para luego
focalizarse específicamen- te en los problemas del juego y sus consecuencias
familiares. En la conclusión, el trabajo
identifica qué enseñanzas pue-
den extraerse de este proyecto y también realiza considera- ciones futuras
para próximas investigaciones
sobre el juego por Internet.
Métodos
El
proyecto7 que orienta este trabajo se enfocó
en el es- tudio del
problema del juego por
Internet y fue diseñado para
considerar, por un lado, si este genera nuevas formas de participación por
parte de personas que no considerarían
el tradicional juego offline 8 y, por
el otro, para explorar el rol de la familia en torno al
juego por Internet, y obtener nue- va información sobre
lo que es actualmente descripto como conductas auto-correctivas en los
problemas del juego por Internet. El proyecto estaba
interesado tanto en las trayec- torias de las personas dentro y
fuera del juego por Internet, como en el
rol de la familia en torno a esta problemática.
La
investigación se inició con una encuesta preliminar online, disponible para ser completada por cualquiera que jugara vía Internet. La encuesta comenzaba con cuestiones
6 En Inglaterra estuvo permitido fumar en los
espacios de juego, incluyendo los sitios de apuestas y bin- gos, hasta que en
el año 2007 se implementó la prohibición
para fumar en lugares cerrados.
7 El “New Forms of Participation: Problem
Internet Gambling and the Role of the Family” está financiado por el Economic
and Social Research Council (ESRC) y el Responsibility in Gambling Trust
(RiGT). Número de subsidio: RES-164-25-0018
8 El término offline, como opuesto a online,
hace referencia a aquellas actividades
que no se realizan por
Internet
(N. de la T.).
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
255
destinadas
a obtener información demográfica básica para después preguntar acerca de la participación de los
entrevis- tados en el juego por Internet. La encuesta estuvo disponible a
través del sitio web del proyecto y el
link fue incluido en una serie de sitios web del Reino Unido relacionados con el juego y la familia.9 La encuesta online estuvo accesible a la
población destinataria, permitió obtener una
amplia muestra y la rela- ción
costo-beneficio fue positiva comparada con los costos de distribución offline.
Wood y Griffiths (2007) sugieren que hay otros
beneficios asociados al uso de
encuestas online. Ellos
incluyen la posibilidad de participar
desde el ámbito priva- do del hogar, desde
el anonimato, y poder llegar a aquellos individuos definidos como “socialmente inhábiles” (Wood y Griffiths, 2007: 152), es decir, a aquellos
que no hubieran participado en una investigación
offline ; además, las encues- tas online
pueden ser potencialmente desinhibidoras, llevan- do a un mayor grado de
apertura personal que la que podría provocar una entrevista cara a cara. La
encuesta también fue publicitada offline por
medio de carteles y de tarjetas
distri- buidas a través de una
amplia gama de
organizaciones in- cluyendo el Citizens Advine Bureaux, una agencia
británica de voluntariado, en los escaparates de noticias de las agencias, en los bares y, puerta a
puerta, en 2.000 casas distribuidas en dos localidades diferentes (Blackpool y
Norwich).
Al
final del cuestionario se incluyó el contacto con agen- cias de ayuda
para los jugadores, de modo
que esta infor- mación estuviera disponible para quien quisiera
buscarla. Además, se dejó un espacio
para que la gente que estuviera dispuesta a ser entrevistada
dejara sus datos. La información
9 Reconocemos que el uso de Internet no
permite limitar el estudio a residentes británicos. Sin embargo, dado que esta
fue una estrategia tenida en cuenta para reclutar gente que participase en la
etapa de realización de entrevistas, resulta más fácil sugerir que los
hallazgos de la investigación son aplicables al Reino Unido y, como se discutió
más arriba, están enmarcados en las leyes que regulan el juego dentro de este
territorio.
256
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
sobre el proyecto
también estuvo disponible en las páginas web de un cierto número de estas agencias de ayuda, inclu- yendo GamCare.
A
la fecha la encuesta fue completada por 593 individuos,
92%
hombres y 8% mujeres. Aparentemente esta
diferencia- ción concuerda con las expectativas respecto a la división de género presente en
los juegos por Internet (conversación personal con Kate Stewart). Más de la
mitad de los encues- tados son
menores de 34 años y tres
cuartas partes tienen menos
de 44 años. Más del 93% de los participantes se iden- tificó como
blanco. La mitad tiene un ingreso anual inferior a 25.000 libras sin
incluir las ganancias del juego, lo que
se aproxima al ingreso medio anual
en el Reino Unido.
La
etapa de entrevistas del proyecto
consistió en contactar y solicitar entrevistas a todos aquellos que
dejaron sus datos y que reconocieron tener problemas asociados a los juegos por
Internet. Un total de 24 personas
aceptó participar en esta etapa de la investigación; de estos, 20 se identificaron como jugadores
con problemas. Las entrevistas
utilizaron el enfo- que de
historia de vida y, cuando fue posible, se realizaron entrevistas semiestructuradas a personas que los entrevista- dos identificaron como significativas (pareja o familiares). El jugador con problemas fue
entrevistado nuevamente tres meses más tarde,
para reflexionar sobre el período
transcu- rrido entre la primera y la
segunda entrevista. Esta permitió
clarificar aspectos de la
entrevista previa y realizar
nuevas preguntas a todos los entrevistados, que, en líneas generales,
abarcaron temas tales como las finanzas, la familia y el aban- dono del
juego. La información recolectada
fue analizada con técnicas estándar de las Ciencias Sociales y a través
del programa NVivo7.10
10
Se trata de un software usado en la investigación cualitativa (N. de la T.).
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
257
El
juego global y local
Allí
donde está legalizado, el juego es una
industria eco- nómica en
crecimiento que atraviesa sociedades y
culturas. Puede ser una actividad
informal donde exista alguien listo
para arriesgar algo, generalmente
dinero. No hay una geo- grafía
específica para esta forma
de juego, ya que puede
desarrollarse en cualquier lugar en cualquier momento. En contraposición, en el
juego offline, también conocido como
juego terrestre (Wilson, 2003: 1.246), el juego legal es una in- dustria por derecho propio y su geografía y sus operaciones son reguladas por la legislación de cada
país. Es decir que estas leyes
controlan dónde, cuándo y cómo el
juego puede llevarse a cabo, y actúan
como un modo de protección moral y ética de los ciudadanos del país. En
algunos países se han desarrollado áreas
específicas conocidas por sus actividades de juego, un caso muy famoso es Las
Vegas, en Estados Uni- dos. Los casinos
son un ejemplo de cómo las regulaciones afectan los horarios de funcionamiento, los tipos de
juegos ofrecidos, la edad de los clientes y, en
ciertas ocasiones, la nacionalidad.
En términos geográficos, el juego
por Internet desdibuja los
límites entre lo económico, lo cultural y lo social; al mismo tiempo cruza las
escalas –desde la local hasta lo global– y más significativamente, transforma
los espacios tradicionales de jue- go: se observa el pasaje de lugares
específicos como los locales de apuesta
o de bingo a los espacios del hogar y la vida familiar a través de
Internet. El crecimiento y el desarrollo de Internet ha permitido que las
prácticas de juego rompieran los límites
legales y, en consecuencia, se incrementaran tanto las oportu- nidades como las opciones para
jugar. Ejemplo de ello es la de- cisión de apostar al caballo que pierde –laying horses– en
lugar de hacerlo por aquel que gana en una carrera o en lugar de ha- cerlo
mientras se lleva a cabo la carrera –in race betting– (Wilson,
2003).
Internet no ayuda a evitar el acceso y la participación en el juego, tampoco
permite controlar el lugar y el momento en
258
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
que
esta actividad se lleva adelante. Concomitantemente puede ofrecer oportunidades
a aquellos que no tienen acceso a las ofi- cinas locales. Además, la
conveniencia de jugar desde espacios no tradicionales puede (potencialmente)
proporcionar acceso a aquellos que están
legalmente impedidos de llevar adelante esta actividad, por
estar situados en una
situación de protec- ción, como
es el caso de los menores de edad.
El
juego online fue prohibido expresamente
en octubre de 2006 por el Congreso de Estados
Unidos a través del Unlawful Internet
Gambling Enforcement Bill
que impedía que los bancos
y compañías de tarjetas de
crédito proce- saran apuestas (Walsh, 2006).11 Sin embargo, esta norma excluyó de
su área de
incumbencia las apuestas locales
online en carreras de
caballos, ligas de fútbol
virtuales y loterías. Además,
tampoco tiene efecto en los
casinos de Las Vegas o Atlantic City. A
pesar de ello, el Unlawful Inter- net gambling enforcement bill tuvo
repercusiones económicas globales en las compañías de juego por Internet
incluyen- do PartyGaming, la compañía de juego
por Internet más grande del mundo, reportando una caída
en los benefi- cios y resaltando
la naturaleza económica global del juego online. También afectó a los paisajes
reguladores locali- zados que, en última
instancia, controlan el acceso a
los contenidos de Internet.
Internet
se presenta como un fenómeno global, que cruza fronteras y límites; sin
embargo, está sujeta a leyes offline loca- lizadas, que crean geografías
del juego por Internet diferen- ciadas.
Los problemas de jurisdicción
aparecen cuando se
11
Esta norma fue presentada como una forma de proteger la moral y los valores
familiares así como tam- bién de prevenir el lavado de dinero y el terrorismo.
Sin embargo, si este fuera el caso, entonces todas las actividades de juego, ya
sean online u offline, deberían haber sido incluidas en la prohibición. La
norma más bien parece responder a cuestiones económicas ya que permite que el
juego doméstico continúe en tanto y en cuanto los beneficios permanezcan dentro
de la economía estadounidense. Se trata de un medio que permite evitar que los
beneficios del juego por Internet abandonen los Estados Unidos (Walsh, 2006).
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
259
presentan
temas que requieren una solución
legal (Wilson,
2003).
La regulación del juego offline
o terrestre se deriva de su
localización física; sin embargo,
Internet ofrece la po- sibilidad de localizar
compañías off-shore allí donde existen escasas regulaciones,
dificultando el conocimiento respecto a dónde se lleva a cabo el juego y, por
lo tanto, por qué leyes está gobernado y
a cuáles responde. Mientras que
algunos sitios de juego por Internet son relativamente permanentes,
otros son transitorios, con direcciones web que se mueven fácilmente si se
imponen restricciones desfavorables en
el te- rritorio o en la jurisdicción donde el sitio se haya registrado. De
hecho, algunos países atrajeron
compañías de juego por Internet gracias a los beneficios financieros que les ofrecían para instalarse
allí, como es el caso de
Gibraltar. La fluidez locacional del juego por Internet y la habilidad para
aprove- char las ventajas de los
sistemas impositivos más favorables y
con menor regulación pueden dificultar
el acceso de los individuos que quieren contactar sitios o compañías
especí- ficas (Reith, 1999). En efecto,
algunos de los entrevistados
comentaron sus dificultades para contactar
con los dueños de los sitios web,
particularmente cuando buscaron alguien que se hiciese cargo de sus problemas
de juego o cuando quisieron plantear el tema
del juego responsable. William, uno de los
entrevistados, quiso contactar a la compañía a cargo del sitio de
Internet en el que jugaba:
Tuve
muchos problemas con los juegos, con el
sitio web. Pre- senté una queja
y ellos solo… porque no están…
porque su licencia para operar no
está en el país [Reino Unido]
sino en las Antillas Holandesas y no están gobernados por nada, entonces se
trata de una situación
en que buscaron engatu- sarme. (William, 29 años, trabajador manual)
El
juego por Internet es una propuesta económica atrac- tiva, con costos
iniciales bajos comparados con las operacio-
260
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
nes
offline. Los vínculos entre las dos
modalidades pueden encontrarse en muchas
de las compañías de juego terrestre del Reino Unido. Por ejemplo,
William Hill, Ladbrokes y Coral conservan una alta presencia en la calle
mientras capitalizan su nombre y la lealtad de sus clientes en ambientes
interacti- vos en Internet. Los nuevos sitios de juego online comienzan en
desventaja, ya que no cuentan con una
marca conocida o una clientela sobre las
cuales construirse (Wilson, 2003).
Literalmente,
la posibilidad de apostar vía Internet
ha cambiado las localizaciones del juego legal; de espacios cla- ramente
demarcados como los casinos, los sitios de apuestas o las pistas de carreras,
se ha pasado a una gama más diver- sa de
espacios accesibles que
incluyen el hogar, el lugar
de trabajo y las
bibliotecas. Además, el ulterior
desarrollo de la tecnología hizo posible
apostar en cualquier lugar vía tele- fonía celular y mediante dispositivos móviles de Internet.
Se ha sugerido también que esto alentará a las personas que no han jugado
anteriormente y, de esta forma, aumentará el nú- mero de personas que participarán en esta
forma de consu- mo. De todas formas, la
investigación ha indicado que, más allá de la participación de los encuestados
en juegos de casi- no, estos llevaron
adelante sus particulares modos
de juego offline antes de hacerlo online. Así, mientras que el 56% jugó
solo en Internet, el 44% lo hizo vía
Internet pero también offline,
siendo los casinos y bookmakers los
lugares preferidos para apostar.
En las apuestas vía Internet, el horario pico se
alcanzaba entre las 18 y las 21
horas durante la semana; en
contraposición, las apuestas durante el
fin de semana re- gistraban su
máximo entre las 12 y las 15. La
actividad más popular de juego por
Internet fue la apuesta en el sector de
deportes, seguida por otras
no deportivas y por los juegos de casino. Fútbol, carreras de
caballo, tenis y críquet fueron los deportes
más populares para apostar. Más del
78% de los encuestados que
apostaron en actividades
deportivas y no deportivas lo hicieron desde su casa vía Internet. Entre
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
261
aquellos que apostaban más de 100 libras por
semana las di- ferencias eran
significativas. Así ellos representaban el 25% de los apostadores
offline, mientras que entre los
jugadores por Internet esta cifra se
duplicó llegando a 54%. De todas formas,
esta situación solo refleja el monto de dinero “nue- vo”, sin considerar
las apuestas hechas con dinero obtenido de ganancias o reciclado.
Comparada
con los lugares offline, Internet
provee el am- biente propicio para
apostar dentro del hogar. Así lo explicó Charles:
Estuve
en los bookies probablemente… creo que fui tres, cua- tro veces con
mi papá y estando ahí pensaba, qué
diablos estoy haciendo acá. Es un lugar lleno de humo y yo no fumo, está
lleno de hombres viejos borrachos y
pensaba, no, esto no es para mí…
pero yo creo que no se apuesta tanto
en eso [offline] como por Internet. Pero sí, no es algo que me haya atraído para nada, ninguno de ellos. Sí, estuve en los bookies
tres o cuatro veces y no me gustó. Creo
que es un ambiente desagradable… pero
desde que aposté en Internet nunca se me ocurrió ir a los
bookies y apostar. Es… y, creo que probable- mente sea, porque en Internet estás
solo, estás en tu propio mundo. Si vas a los bookies te tienta la gente
que te mira, la gente mira la plata que manejás, o…
mientras que me podría sentar en Internet y presionar un botón y gastar 500
libras de una vez. Si fuera a un bookie y apostara 500 libras me sentiría muy
consciente de lo que estoy haciendo y
posiblemente la gente alrededor mío
también sería muy consciente de lo que hago.
Entonces, sería algo que no disfrutaría. (Charles, 36 años, trabajador
no-manual calificado)
Los
espacios de apuesta offline, en
muchos sentidos, care- cen de atractivo, y podría afirmarse que
actúan como inhi- bidores para
que cierta gente
juegue. Significa que podría haber un elemento de autocontrol o
autoconciencia dentro
262
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
de
los espacios de apuesta offline,
que afecta al juego de los individuos y los conduce a
“auto-policiar” su propia actividad (Foucault, 1979). Sin embargo, la
naturaleza solitaria de In- ternet parece ser un factor que contribuye al desarrollo del juego y al
nivel de las apuestas, lo cual se combina con la faci- lidad de transferir y
usar dinero electrónico. Griffiths (2003) sugiere que el juego por Internet
reduce la naturaleza social del juego de forma tal que se convierte en una
actividad aso- cial. Si los jugadores ahora
con problemas hubieran llevado adelante esta actividad en un entorno
social con otra gente, sus problemas podrían no haberse desarrollado. Así,
mien- tras que el propio contexto del juego –por ejemplo el interés por divertirse–
podrían haberlos limitado, la búsqueda ex- clusiva de ganar los habría incrementado. Griffiths (2003) también indica que el crecimiento de
la tecnología y la falta de interacción social que parecen rodear al juego por
Inter- net, pueden contribuir al desarrollo de estos problemas.
Los
impactos sociales del juego
Para mucha gente
el juego es una actividad
recreativa y una forma
de entretenimiento. Para algunos
pocos puede ser una profesión, pero para
otros, el juego ya sea online u offline puede ser un
problema. Reith (1999) discute la expe-
riencia de jugar, mayormente desde una
perspectiva offline. En sus últimos trabajos sugiere que los impactos sociales del juego dentro del Reino Unido
son escasamente conocidos, ya que
la evidencia existente
proviene del ámbito
interna- cional, mayormente de los estudios realizados
en Canadá, Australia y Estados Unidos (Reith, 2006). En pocas palabras,
los impactos sociales y personales del
juego afectan la vida familiar y laboral: perturban la
estabilidad de las relaciones, crean
dificultades financieras –por ejemplo deudas, pérdida del tiempo
laboral–, presentan efectos sobre
la salud física y mental y, en casos extremos, conducen al suicidio. Gran parte
de la literatura existente ofrece resultados en relación
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
263
con investigaciones centradas en el juego
offline. Las prue- bas sugieren que
hay una dimensión geográfica del
juego offline legalizado que
media entre la disponibilidad de opor-
tunidades para jugar
y la prevalencia de problemas con
el juego. Volberg (1994) citó
cinco estados de Estados Unidos con diferentes niveles de
accesibilidad al juego y constató
que aquellos en que el juego legal era
más antiguo, presen- taban una mayor
proporción de jugadores con problemas. Otra dimensión geográfica analizada
fue la demarcación del espacio y
el tiempo en que el juego
estaba disponible. Las
limitaciones espaciales y temporales para el juego legal dise- ñaron perímetros
en torno a cuándo y dónde podría jugar la gente. Aunque las posibilidades de jugar ilegalmente
po- drían sortear estos límites, en
general, los controles legales establecían los períodos durante los cuales se
prohibía jugar, dando tiempo para pensar la próxima apuesta así como tam- bién para reflexionar sobre las
ganancias o pérdidas. Con la llegada del juego por Internet, estos límites
espaciales y tem- porales se evaporan;
esto significa que, en algunos países
incluyendo Reino Unido, el juego por Internet (y en general, el juego a
distancia) se ha vuelto accesible veinticuatro horas al día, siete días a la
semana. Además, con el desarrollo y em- pleo de la tecnología, aparecieron
nuevas oportunidades de juego, por ejemplo, in-race betting y betting
exchanges.12 Por un lado, la
liberalización de las leyes de juego provee
a la gente de oportunidades y elecciones para decidir
si jugar, cuándo y cómo hacerlo pero,
por otro lado, para algunos esta
“liber- tad” ha generado problemas.
Los
problemas de juego se definen como una
“conducta que está fuera de control y afecta las relaciones personales, familiares, financieras y laborales. Está en relación con difi- cultades financieras tales como deudas
y bancarrota, divorcio,
12
Se denomina con el nombre de betting exchanges a los sitios donde los
apostadores intercambian sus apuestas directamente sin intermediarios (N. de la
T.).
264
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
pérdida
de productividad, crimen (por ejemplo robo
y frau- de), depresión y suicidio” (Reith, 2006: 6). Existen diferentes
explicaciones para los problemas de juego; la psiquiatría asu- me que es un
desorden psicológico descrito como patológico, lo que implica que el individuo tiene poco o
ningún control sobre sus impulsos, y es por
esta razón que se asemeja
a la dependencia de las drogas y
el alcohol y se lo considera una
adicción. Para clasificar a la gente
como jugadores patológi- cos, se
han utilizado instrumentos de detección
tales como el South Oaks Gambling Screen (SOGS) o el DSM-IV.13 El enfoque desde la salud pública propone la existencia de un continuo, desde los problemas menos severos hasta el juego patológico (Reith,
2006). El proyecto que orienta este trabajo no buscó identificar a los individuos como jugadores problemáticos, en cambio, dejó que los mismos individuos identificaran su jue- go como un problema
para ellos mismos y para otros. Como lo señala Reith, los propios
individuos definen el juego como
problemático a partir de sus
consecuencias económicas nega- tivas, como
las deudas. Si bien el carácter
negativo del juego es creado por los
propios individuos, este no solo afecta
a los jugadores, sino también a aquellos
que los rodean, como la familia.
Los
problemas del juego y el juego por Internet en el ámbito del hogar A medida
que las tecnologías entran en el
espacio del hogar y proveen entretenimiento hogareño, la
necesidad de buscar diversión fuera
de las paredes de la casa disminuye y cambian las pautas del
ocio familiar, emergiendo prácti- cas de
“encapsulamiento”,14 a través de las
cuales algunos de los juegos por Internet pueden convertirse en un entreteni-
miento familiar (Griffiths, 2003).
Mientras que el acceso a
13
Se trata de dos tipos de cuestionarios utilizados por los profesionales de la
salud en el diagnóstico de problemas relacionados con la adicción al juego (N.
de la T.).
14
En el original en inglés cocooning (N. de la T.).
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
265
Internet
en los hogares crece, aumenta también el
acceso a los sitios de juego por este medio. Si de acuerdo con las cifras de
1999 que sugerían que el 1% de los ciudadanos británicos había jugado en
Internet (Griffiths, 2001), se pensaba que el juego por este medio era relativamente bajo, investigaciones
recientes llevadas a cabo por ICM (una compañía de encues- tas) y publicadas a
comienzos de 2007, constataron que de
las ocho mil personas encuestadas a lo
largo de los cuatro cuatrimestres
previos a marzo de 2007, el 8,4% había jugado a distancia, lo que representaba un incremento del 7,9%
con respecto a 2006. Los participantes en
esta forma de juego eran
mayormente hombres entre 18 y 34 años. Los métodos más utilizados fueron las computadoras, las computadoras
portátiles o los dispositivos de mano
(Gambling Comission,
2007).
Si bien Wood y Williams (2007) sugieren que mientras las cifras totales sobre
problemas de juego son relativamente bajas,
cuando ellas se comparan con las
correspondientes a jugadores que no usan
Internet, los jugadores online son más propensos a tenerlos o corren
un riesgo mayor
de de- sarrollarlos (Azmier, 2001; Hammer, 2001 citado en Wood y
Williams, 2007). Estas cifras no permiten visualizar cuántas de las personas
que actualmente juegan vía Internet
tenían previamente problemas con el juego. Se ha sugerido que In- ternet
contribuye al desarrollo de problemas con el juego ya que crea una
realidad alternativa. La construcción de sitios o espacios individuales
a través de estímulos visuales y au- ditivos puede llevar a los
jugadores a ser absorbidos por la
realidad virtual y por una actividad frecuentemente solitaria y anónima
(Griffiths, 2003).
Todos estos factores pueden combinarse con el uso de dinero electrónico y pueden
resultar en pérdidas mayores que aquellas
producidas por el juego offline (Griffiths y Wood, 2000). Smeaton y Griffiths (2004) indican que el hecho de haber experimentado ganancias
durante juegos de demostración o de haber obtenido un gran premio en
266
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
forma temprana en
el juego online
está correlacionado con el desarrollo de problemas de
juego. Señalan a con- tinuación que pocos sitios de juego
por Internet tienen salvaguardas o
información que promuevan el juego res - ponsable. Esto incluye información
sobre cómo establecer un presupuesto
o límites para
las apuestas, y en dónde buscar
ayuda, en el caso de
que el juego se convierta
en un problema. Los datos recolectados por Wood y Williams (2007) a través
de una investigación
realizada online a
1.920
norteamericanos, canadienses y jugadores interna- cionales de Internet indican que la tasa de problemas
con el juego es diez veces más alta que la tasa de la población general y, por lo tanto,
los jugadores por Internet repre-
sentan un grupo de alto riesgo. El
estudio también indicó que el riesgo se
obser vaba particularmente entre los hom- bres
y, específicamente, entre aquellos
de origen étnico africano y asiático (Wood y Williams, 2007). La
evidencia de dicha tasa sugiere que más hombres que mujeres parti- cipan en el juego por Internet, y que
el 5% de los hombres que completaron la
encuesta consideran su participación en juegos de Internet como un problema serio. En el caso de las
mujeres que completaron el estudio esta cifra se triplica, ascendiendo al 17%.
La
literatura sugiere que el problema del
juego radica en que a menudo es una práctica
individual e individualizada y se
vincula a una perturbación
psicológica subyacente. Sin dejar de
lado las comprensiones de carácter psicológico,
esta investigación sugiere
que esta problemática va más allá
del individuo y está más imbricada al círculo familiar que lo que las
investigaciones previas permitían suponer. Light (2007) sugiere que “(…) el
problema con el juego es una forma más insidiosa de malestar social que el problema de la bebida ya que no se manifiesta en exteriorizaciones
públicas de desor- den; los problemas se manifiestan ‘detrás de las cortinas’ en el ámbito
de la vida privada más que en la calle’’.
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
267
Cuando
se les preguntó a los encuestados quién
o qué los llevó a jugar por Internet por primera vez, las respuestas más
comunes fueron: un amigo, un evento
deportivo o una publicidad online. Concomitantemente se mencionó la
“pro- gresión natural” desde el juego
offline al juego online, siendo algo sobre lo que mucha gente había escuchado o
con lo que ellos mismos se cruzaron. Durante la entrevista, cuando se les preguntó a los participantes de
dónde creían que venía su problema con el juego,
varios lo relacionaron con expe-
riencias de la infancia, a través del juego de miembros de su familia
o de ellos mismos en casa o en reuniones familiares. Por ejemplo, las
vacaciones en la costa incluían visitas
a sa- las de juegos recreativos donde el
“cambio chico” con el que contaban los niños
podía usarse en
máquinas tragamone- das. Charles
cree que su práctica del juego
está relacionada con la de su padre:
Mi
papá, él trabajaba lejos, y trabajaba
lejos de la familia de lunes a
viernes, y trabajaba lejos todo el tiempo. Entonces, de chico ves que tu
papá viene a casa, pasa un par de horas
contigo y después se va al bar.
Y el sábado también se va al
bar a la tarde y noche. Y el domingo sucede lo mismo.
En- tonces, su escape de
toda la semana era
venir a casa, ir al bar y
después ir a jugar los sábados y
domingos. Por lo tanto era... era algo frecuente, veíamos que pasaba todos
los fines de semana. Y creo que
sí, probablemente, eso realmente ha tenido una gran
influencia en lo que he
hecho y en cómo lo hice; esta es
probablemente la razón por la cual sea muy difícil contarle a mi
familia. (Charles, 36 años, trabajador calificado no manual)
El
juego del padre de Charles hizo normal
su práctica en el hogar, esto no
fue cuestionado por la madre de
Charles ni por ningún otro miembro de la familia, y proveyó un mo- delo de
actividad para los fines de semana
mientras Charles
268
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
crecía,
afectando lo que otros miembros de la familia hacían durante el fin de
semana. A su vez, Charles cree
que el he- cho de que su padre
jugara influyó en su propio juego en el sentido que no le llamó la atención ni
lo alarmó el comenzar a jugar offline.
Este “aprendizaje” de las
prácticas de juego en el hogar puede generar cierta susceptibilidad a desarro- llar problemas de
juego. Las personas que jugaron con
sus padres o que tuvieron padres que
jugaban fueron más pro- clives a ser jugadoras (ver Grant Kalischuk et al., 2006). Para constatar esto
se necesita más investigación en el tema
de la transmisión de valores y las prácticas
familiares (Valentine y Hughes, 2008).
Los
jugadores de Internet pueden tener problemas pero no admiten tenerlos ni los
reconocen porque siguen tenien- do
acceso al dinero para apostar. Los juegos por Internet se vuelven un
problema solo cuando no se tiene más
acceso al dinero y se pierde el control de
las deudas. Muchos de los entrevistados, aunque no todos,
adquirieron deudas por jue- go, que
fueron de diez mil hasta más de ciento
cuarenta mil libras. Creemos
que la velocidad con la cual la gente poten- cialmente acumula deudas de
juego por Internet es mayor que si jugara offline. Un
factor que contribuye a esto es la frecuencia del evento, es decir
el número de oportunidades para jugar en un período de tiempo. Griffiths
(2003) sugiere que los juegos con tiempos
cortos, por ejemplo, aquellos con
ganancias al instante o con las máquinas tragamonedas, lle- van a su
práctica con una frecuencia mayor que una
lotería semanal. La práctica más asidua del juego lleva a que los in-
dividuos posean menos tiempo para pensar
en sus pérdidas y que las ganancias puedan ser vueltas a apostar rápidamente. Los entrevistados también
relataron haber perdido la noción del
tiempo y haber estado casi
en trance durante el juego, lo que es
descripto como un fenómeno de inmersión
y diso- ciación (Griffiths, 2003). Como resultado de estos factores y,
dado que las oportunidades para jugar
están disponibles las
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
269
veinticuatro
horas del día, siete días a la semana,
así como es fácil realizar una transferencia de dinero desde el banco a
los lugares de juego, es simple entender cómo la gente se puede encontrar rápidamente en aprietos
financieros. Valerie par- ticipó en
un juego
de ganancia al instante y, en el plazo de ocho semanas, acumuló una
deuda de 27.000 libras:
¡No
era el dinero, es que no era dinero! Era
algo como, oh maldición perdí otra
vez, y bueno... Yo me doy cuenta que fue directo a mi cuenta de
banco. A veces, ni siquiera pensa- ba en eso, depositaba 500 libras...
pero la mitad de las veces uno no
piensa en eso como
500 o 200 libras, yo estaba... a
veces insegura sobre cuánto apostar, mis
números aparecían en el tablero y yo estaba...
100, 1, 2 libras, ¡oh! voy a poner
5.
Así que, ya sabe, no [pensaba en eso]. Digo, si alguien me pusiera
27 mil en frente mío, probablemente me desmayaría [risas], porque nunca
lo vi, nunca vi ese dinero. (Valerie, 42 años, trabajadora manual)
La
reacción inmediata ante la deuda es to chase,15
término que significa que se continúa jugando hasta que se recupe- ran las pérdidas o se juega hasta
salir de la deuda. Para mu- chos, esto solo incrementa la deuda, alcanzándose
un punto en donde o no pueden pagarla,
el estrés se vuelve insoporta- ble, o su pareja o familia se da cuenta de la situación.
Llega- do a este punto, el problema del juego deja de ser individual y pasa a
ser familiar. Este aspecto será objeto de reflexión del próximo apartado.
Los
impactos en la familia
Se
estima que entre 10 y 17 personas se ven afectadas por
los problemas de un jugador individual. Ello incluye la
15
To chase significa perseguir, cazar, ir
a la caza de algo. En este caso significaría ir a la caza de la pérdida de
dinero (N. de la T.).
270
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
familia,
los amigos y los colegas de trabajo
(Lesieur, 1984). Si bien existen trabajos que reconocen los efectos
negativos de los problemas de juego
en el jugador (ver Ciarrochi y Hohmann, 1989 y Mark y
Lesieur, 1992), pocos reconocen los
impactos sobre la familia. Estos incluyen falta de dine- ro, discusiones, mentiras,
desatención, ruptura de relacio- nes y
falta de
comunicación (para una
revisión completa de la literatura sobre los problemas del juego
y el impac- to en la familia ver Grant K alischuk
et al., 2006). Una vez que los otros
se enteran de los efectos de los
problemas con el juego, por ejemplo las deudas, aquellos dejan
de ser afrontados de forma
individual y pasan a ser compartidos. Sus consecuencias se hacen
visibles en la familia. Mientras que, para algunos, la familia es la primera que influye en la
decisión de comenzar a jugar, sostenemos que, a menudo, la familia también es fuente de soluciones. Ella ofrece al jugador en problemas ayuda en el manejo de
su adicción o compulsión y en el tratamiento de los problemas financie- ros;
así, la familia ayuda a saldar las deudas, ya sea a través de un
regalo o préstamo, y las
parejas buscan un
trabajo extra para ayudar a liquidar deudas.
Los
jugadores con problemas reconocieron los efectos que el juego tuvo sobre sus
familias, incluyendo la culpa emocional, el autoreproche y las penurias
financieras. Los afectados por estos
problemas no eran solo las parejas u otros adultos de la familia sino también los niños. Por
ejemplo, Amanda, la hija de
12
años de Valerie, sabía que las deudas de
su madre afectaban su participación en las actividades que realizaban sus
amigas:
Como
mi cumpleaños es en un mes y ella me acaba de dar cin- cuenta libras,
pienso que voy a querer ir a ver
películas [cine], quiero ir a nadar, a
las películas otra vez, quiero ir a [nombre de un shopping] con mis amigos,
porque me van a invitar y todo y ella va a decir algo como, oh, no podés
esperar un par de sema- nas y cosas como esa. (Amanda, 12 años, hija de
Valerie)
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
271
Conclusión
Este
trabajo ha bosquejado algunas de las nuevas geogra- fías de los juegos por
Internet. En particular, se ha sostenido que el traslado del juego al ámbito del hogar
ha aumentado la participación en
términos de: primero, quién
juega; se- gundo, el monto
gastado en el juego; tercero, el tiempo
que la gente pasa jugando; y cuarto, la
alteración de la percep- ción que la gente
posee del dinero, ya que este se vuelve solo números en una pantalla y
pierde su valor.
El
juego es frecuentemente
representado y considerado en la
literatura como una actividad individual. Sin embargo, nuestra investigación
sugiere que está corporificado en la familia y en el espacio del hogar. Paradójicamente la familia es, a menudo, la
causa, o al menos un factor
significativo, en el juego de algunas
personas; como así también
posee un papel clave en la provisión de soluciones para salir del juego (a través
de soporte emocional y financiero).
Los
geógrafos tienen la necesidad de prestar
más aten- ción a estas relaciones complejas entre los espacios de juego offline y online
para poder comprender de forma más
amplia el juego de apuestas por
Internet como un nuevo
lugar de consumo y como un
problema social.
Bibliografía
Azmier,
J. J. 2001. Gambling in Canada 2001: an overview. Cal- gary AB, Canada West Foundation.
Ciarrocchi,
J. y Hohmann, A. A. 1989. “The family environ- ment of married male pathological gamblers, alcoholics and dually addicted gamblers”. Journal of Gambling Beha- viour, 5(4), pp.
283-291.
Foucault, M. 1979. Discipline and punish: the birth of
the prison.
Londres,
Penguin.
272
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
Grant Kalischuk, R.; Nowatzki, N.; Cardwell, K.;
Klein, K. y Solowoniuk, J. 2006.
“Problem gambling and its impact on families: a literature review”.
International Gambling Studies, 6(1), pp. 31-60.
Griffiths, M. 2001. “Internet gambling:
preliminary results of the first
U.K. prevalence study, e-gambling”. The Elec- tronic Journal of Gambling
Issues, 5. Disponible en: http:// w w
w.camh.net/egambling/issue5/research/griff iths_ article.html
Griffiths, M. D. 2003. “Internet gambling: issues, concerns and recommendations”. CyberPsychology and Behavior, 6, pp. 557-568.
Griffiths,
M. D. y Wood, R. T. A. 2000. “Risk factors in adoles- cence: the case of
gambling, video-game playing and the Internet”. Journal of Gambling Studies,
16, pp. 199-225.
Hammer,
R. D. 2001. “Does Internet gambling strengthen the US economy? Don’t bet on
it”. Federal Communications Law Journal, 54 (1), pp. 103-28.
Janower, C. R. 1996. “Gambling on the
Internet”. Journal of
Computer
Mediated Communications, 2 (2), pp. 1-21.
Lesieur,
H. R. 1984. The chase: Career of the compulsive gambler.
Cambridge,
Schenkman Books.
Light,
R. 2007. “The Gambling Act 2005: Regulatory
con- tainment and market control”. The Modern Law Review,
70
(4), pp. 626 -653.
McMillen,
J. 2000. “Online Gambling: challenges to
national sovereignty and regulation”. Prometheus, 18 (4), pp. 391-401.
Mark, M. E. y Lesieur, H. R.
1992. “A feminist critique of problem
gambling research”. British Journal of Addiction,
87,
pp. 549-565.
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
273
Parsons, K. y Webster,
D. 2000. “The consumption of gam-
bling in
everyday life”. Journal of
Consumer Studies and Home Economics, 24(4), pp. 263-271.
Reith,
G. 1999. The Age of Chance: gambling in Western culture.
Londres,
Routledge.
–––––.
2006. Research on the social impacts of gambling: final re- port. Edimburgo,
Scottish Executive.
Room,
R.; Turner, N. E. y Ialomiteanu, A. 1999. “Community effects of the opening of
Niagara Casino”. Addiction, 94, pp.
1449-1465.
Smeaton,
M. y Griffiths, M. 2004. “Internet gambling and so- cial responsibility: an exploratory study”. Cyberpsychology and
Behavior, 7 (1), pp. 49-57.
Valentine, G. y Hughes, C. 2008. New forms of participation.
Problem
Internet gambling and the role of the family. Informe de los autores. Leeds,
University of Leeds.
Volberg,
1994. “The prevalence and demographics of pa- thological gamblers: the implications for public health”. American
Journal of Public Health, 84, pp. 237-241.
Walsh,
D. 2006. “Gambling online faces
collapse in US af- ter Senate ban”.
Disponible en: http://www.timesonline. co.uk
Wilson,
R. 2003. “Chips, bits, and the law: an economic geo- graphy of Internet gambling”. Environment and Planning A, 35, pp.
1.245-1.260.
Wood, R. T. y Williams, R. J. 2007. “Problem gambling on the Internet: implications for Internet gambling
policy in North America”. New Media Society, 9, pp. 520-542.
274
Charlotte
Kenten, Gill Valentine y Kahryn Hughes
Wood,
T. A. y Griffiths, M. D. 2007. “Online
data collection from gamblers: Methodological issues”. International Jour-
nal of Mental Health Addiction, 5, pp. 151-163.
Del
rodar del dado al clickear del mouse...
275
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble *
Jens
Andermann 1
Mögen
immer die Worte von der Natur abprallen, ihre Sprache verraten an die, von
welcher jene qualitativ sich scheidet – keine Kritik der Naturteleologie kann
fortschaffen, daß südliche Länder wolkenlose Tage kennen, die sind, als ob sie
darauf warteten, wahrgenommen zu werden. (Adorno, Ästhetische Theorie2)
Como
sugiere la concesión sorprendente que
Adorno, en un giro absolutamente inesperado, reserva para una “natura- leza
sureña”, cuyos encantos prevalecen más
allá de la crítica implacable a las nociones traicioneras de “belleza natural”,
en la relación entre la modernidad capitalista y sus periferias no
industrializadas, el paisaje de estas últimas –el Gran Sur– contiene (o
preserva) un poder de afirmación que
excede hasta el más estricto pensamiento negativo. Ese goce sin inversión, sin
trabajo, en una figura
de resonancias religiosas a la vez que
históricas y políticas, es a un
mismo tiempo tentación,
invitación a un peligroso desvío de la
disciplina crítica al pantanoso terreno
de la inmediatez (Eigentlichkeit) y prome- sa radical de liberación de las cadenas de subjetividad bur- guesa y occidental. Podríamos pensar,
sugiero, a esta figura
*
Versión revisada del artículo publicado anteriormente en la revista Orbis
Tertius XIII, 14 (2008). (N. del A.).
1 Birbeck College, Universidad de Londres
(Reino Unido).
2 “Por más que las palabras estallaran contra
la naturaleza, al delatar su lengua a aquella que difiere de ella en modo
cualitativo, ninguna crítica de la teleología natural puede borrar el hecho de
que los países sureños conocen días sin nubes, días que son como si esperaran
nuestra percepción.” (Todas las traducciones al castellano son de mi
responsabilidad exclusiva).
277
de
suspensión radical (en el sentido hegeliano de Aufhebung, contención) de la
historicidad “norteña” por y en los
cielos desnublados del Gran Sur, como una de
las maneras de in- crustación de un pensamiento poscolonial en la propia tra-
dición crítica de Occidente. Es, a un
mismo tiempo, la figu- ra espacial del
destierro de una tradición
estético-filosófica disidente interna a Occidente, hilvanada por la declinación
de conceptos como revelación, desborde y derroche; y de ins- cripción, en el
mismo relato histórico occidental, de
aquello que este solo conoce como
silencio, ausencia de la densidad
del devenir temporal, en
suma: como espacio.
En el Gran Sur, escribe Michael Taussig:
(...)
lo prehistórico, como “segunda naturaleza”, atado a la historia
del mundo en tanto historia económica de tres océa- nos, es sometido por
las condiciones de la modernidad a una estética
específica de la revelación, de
expansión del valor (...) esta
revelación no es la de un secreto sino
de un secreto público, de saber qué es lo que no hay que saber, como la base
misma del ser social, y la manipulación de esta labor de nega- ción, impulsada
por su revelación, implica una mezcla parti- cular de represión y expresión,
aquello que Georges Bataille llamaba “derroche” no aprovechable.
(Taussig, 2002: 338)
Mi
interés en particular se centra en los
modos en que, atravesando la modernidad latinoamericana, ese lenguaje
crítico-afirmativo de la naturaleza ha sido movilizado por proyectos políticos
y estéticos de transformar la inscripción de la región en el emergente
sistema mundial capitalista. El paisaje,
sugiero, es uno de los nodos
principales a través de los cuales
podemos pensar la intersección
entre prácticas políticas y
estéticas de la modernidad, prácticas del
Esta- do, así como de su contestación por parte de disidencias de cuño
“revolucionario” o “conservador”. Si en el siglo XIX el paisaje
pintoresco del naturalismo romántico fue sentando
278
Jens
Andermann
las
bases iconográficas de los emergentes Estados oligárqui- co-liberales,
exportadores de materias primas, las transfor- maciones que fue sufriendo la forma paisaje a lo largo del siglo XX han sido, a un mismo tiempo, el índice de la crisis de este sistema político, económico y cultural, y del fracaso
persistente en trascender sus contradicciones fundamenta- les. Aún hay una historia
por escribir del paisaje moderno, particularmente ahí donde la tierra ha
sido, y en muchos casos sigue siendo, el principal objeto de contienda. ¿Cómo historiar –me pregunto–,
en la América Latina del siglo XX, los paisajes para el desarrollo, para la revolución o para el ajuste?
¿Cuáles fueron, o aún siguen siendo,
las prácticas políticas y
estéticas del espacio,
de poder y de resistencia, que conlleva cada uno de ellos? Aquí me limitaré a algunas consideraciones preliminares
sobre el marco teórico
y me- todológico que permitiría
formular mejor estas preguntas. Tras una
breve reseña de dos “casos” ejemplares
–extraídos, no casualmente, del corpus
brasileño– intentaré mostrar al- gunas limitaciones de los modos en que las humanidades y las Ciencias
Sociales han intentado conceptualizar el paisaje
–como
imagen o como entorno–, para concluir proponien- do la categoría de
ensamble como un modo
de franquear estos límites.
Como
imagen cultural de la naturaleza, el
paisaje se ins- cribe en una tensión constitutiva entre su apropiación como
signo que otorga control representacional sobre un objeto determinado y la experiencia que
este mismo signo prome- te y anuncia: experiencia de su propio desborde en tanto imagen,
y que lo devolverá al espectador a un modo tangi- ble de experiencias más allá de las
mediaciones. Pero es así, precisamente, como la inmediatez una y otra vez
anunciada y postergada en un mismo instante por el paisaje –“lo natu- ral”
dándose epifánicamente, en estado puro–
contribuye y sanciona a la petrificación de las relaciones sociales que
se interponen en la realización de la promesa. En el paisaje,
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 279
la
“segunda naturaleza” (para valernos del
concepto lukác- siano) aparece imbricada inexorablemente con la primera
que no existe sino como efecto
negativo de esta. En rigor,
pues, como sugiere
Jacques Derrida, “no hay naturaleza, solo sus efectos.” El paisaje
representa estos efectos en el do- ble sentido propio del concepto de
representación. Por un lado, remite a la imagen
hecha, al paisaje-visión (y así a la noción de lugar, como orden estable
de elementos cuya figura es el
conjunto de líneas y volúmenes que
organizan y convierten el marco
visual en un todo estéticamente pla- centero,
correspondiente a una sensación de
habitabilidad). En cambio, en su sentido performativo, el término represen-
tación remite a la puesta en relación
entre cuerpo y entorno, y así a una noción de espacio entendido o bien en
términos de rito o ceremonia (como la puesta en acción de un guión pre- establecido –como el repertorio que actualiza y recompone el archivo, en los términos propuestos por Diana
Taylor– y, por lo tanto,
nuevamente como producción de lugares) (Taylor,
2003)
o bien como ensamble móvil y dinámico de interaccio- nes imprevisibles entre
agentes humanos y no humanos; esto es, como
“creación de dimensiones en una
multiplicidad que cambia necesariamente de naturaleza en la medida en
que hace
aumentar sus conexiones” (Deleuze y Guattari,
1980:
15). Para complicar aún más las cosas,
cabe agregar que, por supuesto, estas expresiones múltiples de la forma-
paisaje aparecen constantemente
yuxtapuestas o imbrica- das una en la otra:
en el modo en
que la imagen invoca la tridimensionalidad de la
performance, por ejemplo, en función de imbuir
la mirada con una corporalidad
fantas- mal al transitar por su espacio visual, o en el modo en que la danza se desenvuelve en (y a la vez excede a) un
orden prefijado de lugares, una
coreografía ; término que tiene sus
raíces en la cosmografía ptolemaica, donde circunscribe la variedad de técnicas narrativas, legales y visuales de em- plazamiento.
280
Jens
Andermann
No
es sino esta oscilación constante entre diferentes órde- nes de representación
y su común anclaje, real y construido al
mismo tiempo, en el espacio material y tangible que nos rodea, la que produce
el poder singular de la forma-paisaje.
El pai- saje, como dice el historiador de arte W. J. T. Mitchell:
(...)
no es solo una escena
natural ni la representación de una escena natural, sino una representación natural de
una escena natural, una traza o un ícono de la naturaleza en la naturaleza misma, como
si la naturaleza estuviera impri- miendo
y codificando sus estructuras esenciales
en nuestro aparato perceptivo. (Mitchell, 1994: 14 -15)
Notemos al paso que,
a no ser que estemos
dispuestos a admitir una noción del paisaje como lenguaje divino (admi-
sión contra la cual, como vimos, ninguna poética genuina del paisaje puede quedar completamente inmune), el
vínculo entre naturaleza y representación inmediatamente complica la afirmación
aparentemente telúrica de
Mitchell. Porque, como algo
que representa –que
se entrega como imagen que es
percibida como bella o como sublime– la
naturaleza, invoca la historia como su propio fuera-de-campo, como la ausencia
que no obstante carga de significación
al conjunto visual aparentemente autónomo y autosuficiente.
Paso
a mis dos ejemplos antes de concluir con
algunas reflexiones metodológicas. El primero proviene del último tercio del
siglo XIX, también conocido como
la era de las grandes exposiciones. En la Exposición
Universal de Filadel- fia, celebrada en 1876, donde por primera vez se
estrenaban pabellones nacionales, el Imperio del Brasil exhibía un bos- que
artificial de 1.400 metros cuadrados, rodeado por mu- rallas de yeso de aspecto morisco,
y formado por plantas en cuyo
follaje alternaban los colores verde y amarillo de la ban- dera nacional.
Adentro de esta floresta tropical los visitantes se topaban con animales
embalsamados, arreglos
decorativos
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 281
de
plumas y, en el centro, con un “templo” rectangular cons- truido con bloques
de algodón. El culto que ahí se
rendía era, por supuesto, a la mercancía: en el medio de la sala, una pirámide de vasos de cristal
exponía más de cien variedades de granos
de café, en diversos estados de tostado,
a cuyo al- rededor había
muestras de madera, tabaco, licores y piedras preciosas de la colección personal del Emperador
Pedro II (Guimaraens, 1998: 211-12). Esa
puesta en escena del Esta- do Imperial y su economía
agroexportadora de plantación ya anticipaba, de manera curiosa y de caricatura mutua, el paisaje que casi cien años después construiría Hélio Oitici- ca en su instalación Tropicália,
expuesta por primera vez en
1967
en el Museu de Arte Moderna de Río de Janeiro
y lue- go, con modificaciones, en la mítica muestra londinense de
1969,
titulada por el artista The Whitechapel Experiment. Obra inaugural de todo
un movimiento contracultural, Tropicá- lia es un
espacio de aproximadamente seis por tres metros, compuesto de dos construcciones
de madera –o penetrables–, varios loros vivos, plantas tropicales, poemas, piso de arena
y cascarones, una televisión, sachets con perfume de patchouli y
sándalo y, en la versión de Whitechapel,
una selección de capas –parangolés, como las llamaba
Oiticica– que los visitan- tes fueron invitados a probarse. El primer
penetrable, titulado A pureza é um mito, es un cobertizo sin techo formado por varios paneles pintados en
distintos colores, en cuyo
inte- rior cuelga una
bolsa de plástico
con arena sobre
un piso de cascarones y, en el
borde superior del panel opuesto a la
entrada, la inscripción del letrero titular.
El segundo, titula- do Imagética, es una
construcción laberíntica de paneles
de madera en blanco y negro, y
paños de plástico y algodón en colores
chillones o impresos con motivos florales, que llevan al visitante
por una
especie de tubo que se
estrecha y oscu- rece paulatinamente, hacia un televisor que emite la progra-
mación del día (enfrente, en un espacio
de aspecto uterino, hay un banquito invitando al visitante a sentarse
y mirar).
282
Jens
Andermann
Entre ambos
penetrables, corren pequeños
senderos alrede- dor de las
plantas y los loros (con o sin caja) y, esparcidos por doquier,
están los poemas de Roberta Salgado, escritos a mano sobre pedazos
de cartón, metal y ladrillo.
Tropicália
marca el final de la fase neoconcretista
de Oi- ticica, llevándolo hacia un involucramiento cada vez mayor con los habitantes de la favela Mangueira y un interés
por fusionar su experimentación
anterior con el color y el vo- lumen, con las prácticas
concretas y locales de la cultura popular (expresada, por ejemplo, en
la serie de parangolés, vestimentas
a veces abstractas, a veces de
aspecto cúltico o inscritas
con mensajes políticos,
destinadas a dialogar con el
cuerpo danzante del sambista). En palabras
de Paulo Ve- nancio Filho, Tropicália “es Río de Janeiro rearticulada por Oiticica (...) Tropicália
alterna entre la ciudad real y la mítica
(...) es el punto final de la experiencia del espacio urbano moderno que Río había
conocido por primera vez al cons-
truirse el Ministério de Educação e Saúde” (Venancio, 2007:
30),
edificio modernista cuyo techo contiene,
como se sabe, el famoso jardín
tropical diseñado por Roberto
Burle Marx. Pero Tropicália representa también una contestación disiden- te al
Pop Art norteamericano. En su uso de materiales coti- dianos y pobres
yuxtapuestos a clichés kitsch de
brasilidad exportable, reivindicando la cultura local al mismo tiempo que negándose a cualquier pretensión
de esencialismo, al ceder el interior
profundo (la “sala final” de Imagética) a la pura superficialidad de la imagen televisiva.
¿Cómo
leer, entonces, los “efectos de naturaleza” suscita- dos por estos dos paisajes? Podríamos decir que,
en el caso de la Exposición de Filadelfia, se trata de una
naturalización de la historia, más
específicamente de las relaciones de ex- plotación propias de un capitalismo periférico de grandes plantaciones, movilizando al ya
convencionalizado lenguaje visual de lo pintoresco para representar el monocultivo en términos
de abundancia, y de un
mundo premoderno en
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 283
estado edénico, ofreciéndose voluptuosamente a la
mirada (o sea, al poder adquisitivo) de los centros industriales del
Norte. Pero es precisamente la promesa
incumplida de esta imagen propia de la
tradición romántico-indianista (la im- plicación, en la representación falsa de
la realidad histórica, de una otra, más justa y verdadera relación entre los
hombres y su ambiente), la que será retomada por un modernismo crí- tico
que, desde la antropofagia oswaldiana hasta
Tropicália, intentará movilizar ese potencial utópico a través de la de-
construcción de la imagen. De este
modo, la segunda natu- raleza es
devuelta a la primera o más bien, el efecto natura- lizador del paisaje convencional es tomado de
forma literal, de manera que –tanto
en la urbe paulistana de
Macunaíma como en la carioca “rearticulada” por Tropicália – los materia- les y
las formas del entorno moderno se
convierten en una especie de selva de segundo orden por la que debe negociar su paso el visitante, conjeturando
huellas y experimentando itinerarios
potenciales. Al quitársele de esta manera al pai- saje su exterioridad
objetivizante de imagen, lo que emerge
es un entorno que se transforma en ensamble gracias a la autoinmersión por parte
de un público que, al negársele la opción de distancia contemplativa, debe recuperar (o inven-
tarse) una habilidad multisensorial,
entrando en relaciones prácticas de uso
e interacción con el ambiente.3
Al
contraponer el environment art de Oiticica y el espectácu- lo paisajista del
estado decimonónico, intento sugerir la nece- sidad de reaproximar una crítica
estético-formal y un modo de
estudio socio-histórico, para poder
abarcar al paisaje en su
3 Demás está decir que, así como el entorno de
un modernismo radical hacía explotar las imágenes he- redadas del paisaje, en
la era del espectáculo es tal vez el entorno mismo el que proporciona el modelo
de apropiación y objetivación de prácticas locales. Sin ir más lejos, unos 35
años después de Tropicália, otra instalación con materiales efímeros de la
cultura popular carioca visitaba Londres, esta vez en la muestra Brazil 40° de
la casa Selfridges en Oxford Street, incluyendo algunos barracos de favela para
degustación de caipirinha y probador de mallas y bikinis. Para una selección de
imágenes de la muestra de Selfridges, ver
http://www.footvolley.co.uk/news-selfridges.htm
284
Jens
Andermann
funcionamiento
simultáneo como imagen, entorno y ensam- ble. Como es sabido, en las
Ciencias Sociales el término paisa- je fue introducido desde los trabajos
pioneros de Carl Sauer en los años veinte, como un registro
material y simbólico de las
relaciones entre el medio físico y sus
habitantes humanos (Crumley, 1994; Hirsch,
1995: 1-30). El paisaje, afirma por ejemplo el eco-historiador Andrew
Sluyter, es un índice de producción
espacial: el espacio, por tanto, “al mismo tiempo que objeto de control, es
también el medio a través del cual la lucha
por el control tiene lugar: las estrategias espaciales
de dominación y resistencia, [por ejemplo] en el paisaje de las reservas indígenas en
Estados Unidos” (Sluyter, 2002: 10). El paisaje es el archivo físico donde están
trazadas las relaciones sociales de la naturaleza. O más bien, se convierte en
tal archi- vo a través del abordaje crítico, como en el estudio fascinante que hace Sluyter de las praderas
costeras del Golfo mexicano, una suerte de base de datos ecológicos que el
investigador sabe vincular y referenciar con los usos legales, morales y estéticos del paisaje, documentados en el
archivo colonial, mostrando sus
múltiples interrelaciones. El problema, sin embargo, para Sluyter y para la gran
mayoría de geógrafos e historiadores sociales, es que una
tal interrelación sigue aferrándose –ex- plícita o implícitamente– a una
concepción dicotómica entre paisaje empírico y paisaje perceptivo,
identificando al segun- do como
deformación coyuntural o ideológica de lo real que, en cambio,
la terminología desinteresada de la ciencia sabe transcribir de forma transparente y sin resto. De este modo, el paisaje se torna un
mero “resultado de luchas” que tienen
lugar en otro plano, el del “espacio”,
vinculadas a una noción vagamente etiológica
de “control”. Ahora bien,
al reducir el paisaje tan tajantemente al estatus de un “documento” ma- terial, lo que
se pierde es precisamente la compleja función mediadora que el mismo
Sluyter había invocado al comienzo de su argumento: el modo en que
el paisaje, por ser un medio cultural de percepción y representación del
espacio (como o a
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 285
través
de lugares), es también el mediador entre las relaciones sociales y políticas
humanas, y el ambiente no-humano.
Pero si en
las Ciencias Sociales es
frecuentemente desesti- mada esa dimensión de artificio, sin la cual se vuelve
imposible analizar el modo en que
el paisaje es investido de poder,
los teóricos de la cultura visual
suelen caer en la
trampa opues- ta. Así, según el crítico de cine André
Gardiès, el paisaje “no
tiene sentido –a diferencia del lugar– sino en relación con la mirada que lo reclama, en relación a la cual este se constituye”
(Gardiès, 1999: 142). En términos similares se pronuncia el his- toriador de
arte W. J. T. Mitchell: “Si un lugar es una localidad específica, el espacio es
un ‘lugar practicado’, un sitio activado por movimientos, acciones, narrativas
y signos, y un paisaje es este sitio encontrado como imagen
o ‘vista’” (Mitchell, 2002). Si definiciones tan estrechas como estas
relegan hasta el paisaje verbal o sonoro de la literatura y la música a
meros derivados de la soberanía
absoluta de la imagen visual (replicando así en su propia práctica crítica
el ocularcentrismo que pretenden
deconstruir), su intento por introducir
paisaje como un tercer término que
trasciende el binario espacio/lugar naufraga ade- más porque solo pueden
concebirlo como un modo particular
(visual) de situación. El paisaje, para Mitchell, es únicamente un modo de contener la multisensorialidad dinámica
del espacio y devolverla a la
estaticidad del lugar. Ahora bien,
el requeri- miento mínimo para una relación triádica como la que postula
Mitchell sería la existencia de una relación de afectación mutua (y no
meramente unidireccional) entre los tres términos de la ecuación
(lugar/paisaje/espacio). El paisaje, lejos de ser apenas el medio de contención del dinamismo movilizador del espa- cio, debería entonces pensarse
también como expresión de la potencialidad latente del lugar, potencialidad que
remitiría preci- samente a un orden espacial alternativo.4
4 Esa calidad del lugar como estado de
latencia de potencialidades históricas está presente en muchos escritos de
Walter Benjamin, más que nada en su inconcluso Passagenwerk pero también en la
Infancia
286
Jens
Andermann
Al
construir el paisaje como puro
artificio visual, estas estéticas espaciales
permanecen aún aferradas a
un legado idealista cuyos parámetros principales fueron
establecidos por Kant, en su discusión,
en la tercera crítica, de la relación entre ergon y parergon (de la
esencia o contenido sustancial de la
obra versus su envoltura formal).5 Si en tanto
parergon, el paisaje funcionaba como
mero accesorio, o bien
propor- cionándole el fondo
espacial a la escena pintada que
consti- tuía el sujet de la obra, o
bien como elemento decorativo en un conjunto mayor (un
manuscrito, un fresco, o el revés de un tríptico); en calidad de ergon el paisaje emerge de su pa- pel
servil para convertirse en el
sujeto principal e indepen- diente de la
obra (Lefebvre, 2006: 22-24; Cauquelin,
1989). Como es sabido, esta autonomización del paisaje como géne- ro
artístico ocurrió de un modo más o menos
paralelo con el paulatino reemplazo de las relaciones feudales por la pro- piedad privada, y la emergencia del sujeto cívico burgués, y
también con la expansión colonial europea y la formación de las grandes
plantaciones esclavistas (Bryson, 1983; Cos- grove, 1998). Sin
embargo, más que identificar el paisaje como mera expresión
ideológica del capitalismo imperial, se trata de marcar la raíz compartida entre esta emergencia del
paisaje como fuente de placer y la transformación de la tie- rra en capital
inmueble, ambas presuponiendo la separación entre el sujeto y el local donde este halla un
plus de valor estético o monetario. Como propietario y como espectador el sujeto debe renunciar primero al lugar en aquello que re- cién gracias a esta renuncia puede
abordar como un paisaje (comprendidos los habitantes nativos quienes, ahora,
apare- cen como componentes del ámbito
natural, invirtiéndose la relación suplementaria anterior). Al
constituirse sobre esta
berlinesa
y la serie de retratos urbanos sobre Nápoles, Moscú y Marsella reunidos en
Denkbilder (Benja- min, 1991).
5 Para una discusión del concepto kantiano, ver
Menninghaus (2000: 27-46).
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 287
renuncia,
sin embargo, la autonomización del paisaje y del sujeto a través del acto
contemplativo que produce a ambos implica también una pérdida, una falta de
origen. Como sos- tiene Jacques Derrida, aquello que
constituye a los parerga no es
simplemente su exceso de exterioridad, sino que es el enlace estructural interno que los une
a la falta al interior del ergon. Y esta falta sería constitutiva de la
unidad del ergon. Sin esta falta, el ergon no necesitaría al parergon. La falta
del ergon es la del parergon (Derrida, 1978: 69).
Es
la falta, entonces, la que
sostiene, paradójicamente, el
único vínculo entre ergon y parergon; falta que es, al mismo tiempo, la marca de una
ausencia y una desvinculación ra- dical. Lo que se echa en
falta al surgir un paisaje y un suje- to autónomos es precisamente aquello que,
hasta entonces, había impedido esta mutua autonomización al
vincularlos de manera indesentrañable. El impacto cataclísmico de esta mutación fundamental en la relación
entre sociedad y am- biente todavía resuena
entre nosotros, como bien se sabe, tanto en las
aporías con que se
enfrenta hoy la racionali- dad
técnica de Occidente como en sus
críticas ecologistas de cuño
“conservacionista”, ya que ambas
presuponen, a su modo, la separación ergonómica en su construcción
del mundo natural como exterior a la relación social. Desde lue- go, no hay
“retorno a la naturaleza” en estos términos; por el contrario, lo que habría
que recuperar es una noción del paisaje que
supiera dar cuenta de su posición intersticial y oscilante entre imagen
y entorno, como aquello que
ensam- bla la construcción perceptiva con los efectos que
esta pro- duce en la materialidad de lo que abarca, siendo
ella misma efecto de la luminiscencia móvil del mundo material. Paisa-
je-ensamble, o imagen-movimiento: es hacia esa cinemática natural poskantiana,
creo, que habría que
avanzar a fin de construir la historicidad del paisaje y así, dotarlo
nuevamen- te de futuridad.
288
Jens
Andermann
Bibliografía
Adorno,
T. W. 1970. Ästhetische Theorie, en Adorno, G. y Tie- demann, R. (eds.).
Frankfurt a. M., Suhrkamp.
Benjamin,
W. 1991. Gesammelte Schriften, en
Tiedemann, R. y
Schweppenhäuser,
H. (eds.). Frankfurt a. M., Suhrkamp.
Bryson,
N. 1983. Vision and painting. The logic of the gaze. Ba- singstoke, Palgrave.
Cauquelin,
A. 1989. L’ invention du paysage, Paris, Plon. Cosgrove, D. 1998. Social
formation and symbolic landscape. Ma-
dison,
University of Wisconsin Press.
Crumley,
C. 1994. “Historical Ecology, a Multidimensional Orientation”, en Crumley, C.
(ed.). Historical ecology. Cultural knowledge and changing landscape. Santa Fe,
SAR Press, pp. 1-16.
Deleuze, G. y Guattari, F. 1980. Mille plateaux:
Capitalisme &
schizophrénie
II. París, Minuit.
Derrida,
J. 1978. La vérité en peinture. París, Flammarion. Gardiès, A. 1999. “Le paysage comme moment narratif ”, en
Mottet, J. (ed.). Les paysages du cinéma. Seyssel, Champ
Vallon,
pp. 141-153.
Guimaraens,
D. 1998. A reinvenção da tradição. A Exposição de Filadélfia e a Primeira Missa
no Brasil. Río de Janeiro, Mu- seu
Nacional/UFRJ.
Hirsch, E.
1995. “Landscape: Between space
and place”, en Hirsch, E. y O’Hanlon, M. (eds.). The anthropology of
landscape. Oxford, Clarendon, pp. 1-30.
Paisaje:
imagen, entorno, ensamble 289
Lefebvre, M. 2006. “Between setting
and landscape in the
cinema”, en Lefebvre, M. (ed.). Landscape and film. Lon- dres,
Routledge, pp. 19-60.
Menninghaus,
W. 2000. “Hummingbirds, shells, picture- frames: Kant’s ‘Free Beauties’ and the
Romantic Arabes- que”, en Helfer, M. B.
(ed.). Rereading romanticism. Ams- terdam, Rodopi, pp. 27-46.
Mitchell,
W. J. T. 1994. “Imperial landscape”, en
Mitchell, W.
J.
T. (ed.). Landscape and power.
Chicago, University of
Chicago
Press, pp. 5-34.
–––––.
2002. “Preface to the second edition”
en Mitchell, W.
J.
T. (ed.). Landscape and power (2º ed.). Chicago, Univer- sity of Chicago Press,
pp. vii-xii.
Sluyter,
A. 2002. Colonialism and landscape. Postcolonial theory and applications.
Lanham, Rowman & Littlefield.
Taussig,
M. 2002. “The beach (a fantasy)”, en
Mitchell, W. J.
T.
(ed.). Landscape and power. Chicago, The
University of
Chicago
Press, pp. 317-346.
Taylor, D. 2003. The archive and the repertoire.
Performing cul- tural memory in the Americas. Durham, Duke University Press.
Venancio Filho,
P. 2007. “Tropicália, its time
and place”, en Brett,
G. y Figueiredo, L. (eds.). Oiticia in London. Lon- dres, Tate
Publishing, pp. 29-32.
290
Jens
Andermann
Epílogo
Aproximaciones
culturales en Geografía:
dilemas
epistemológicos y políticos
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía? *
Paul
Claval 1
Introducción
Me
gustaría mostrar qué es lo que el
estudio cultural trae a la Geografía.
Durante la mayor parte del siglo XX esta
te- mática ha jugado un
pequeño papel en la
disciplina: hasta los años setenta
la orientación dominante fue positivista o neopositivista. Los colegas
evitaban el análisis de las imáge- nes y
representaciones ya que estas carecían de una realidad material. Por ejemplo,
cuando hablaban de religión descri- bían
las iglesias, las estatuas de los santos, las ceremonias, las procesiones y las
peregrinaciones; pero ignoraban la fe,
las creencias y los diez mandamientos. En el caso del budismo, ignoraban
también el nirvana y en el del islam, el Corán y las palabras del profeta.
Sin
embargo, existían trabajos interesantes en el campo cultural, pero ellos estaban
relacionados a los rasgos mate- riales de las culturas: Carl Sauer desarrolló el estudio de las transformaciones de los paisajes bajo
la influencia humana, por ejemplo, con el cultivo de los vegetales introducidos
para
*
Traducción: Carolina Cisterna.
1 Universidad de París, Sorbonne (Francia).
293
la
alimentación de los seres humanos o del ganado, o para ornamentación; el
análisis de los géneros de vida en Francia enfatizó la variedad
de técnicas utilizadas
para la explota- ción de los
ambientes, así como la diversidad de
actitudes relacionadas con aquellas.
A
partir de 1970 se produjo un cambio
profundo en las concepciones de la Geografía. Hoy, el papel de las
actitu- des, de las imágenes, de las representaciones se tornó central en la
disciplina. Se habla de “giro” cultural en la Geografía (Barnett,
1998; Cook et al., 2000). ¿Cuál es el sentido de este giro? Para algunos la Geografía
Cultural, en tanto capítulo nuevo
de la disciplina, fue colocada al lado de otros más an- tiguos, la
Geografía Económica, la Geografía Social, la Geo- grafía Política, la
Geografía Regional, etc. Pienso que esta
concepción es profundamente equívoca. Se usa la expresión Geografía Cultural como una frase hecha, como una
expre- sión corta. Cuando escribí mi libro sobre este tema, propuse a la
editora el siguiente título: “La perspectiva cultural en la Geografía”, pero
no conseguí convencer al editor de la em- presa. Él prefirió “La
Geografía Cultural” porque le parecía más clásico.
El
sentido del giro cultural no es solo el
de explorar un nuevo campo abierto a la investigación, sino también el
de repensar totalmente la
disciplina. Este es el motivo por el
cual escogí denominar a la Comisión de
la Unión Geográfi- ca Internacional que presidí
entre 1996 y 2004: “El abordaje cultural en Geografía”.
Las
tres concepciones de cultura
Para entender bien
el significado del abordaje cultural, es bueno partir de un
análisis de los sentidos de la
palabra cultura. Existen tres familias de definiciones de cultura:
a)
Según la primera, la cultura es el
conjunto de acti- tudes,
prácticas, conocimientos,
creencias y valores que motivan la
acción humana; al contrario de los animales,
294
Paul
Claval
el
instinto no tiene un
papel dominante en la vida de los seres humanos; la mayor
parte de los comportamientos son
adquiridos a través de la educación de los jóvenes o de las experiencias de los
adultos.
b)
Según la segunda definición, la cultura
es el conjunto de los signos, imágenes y símbolos que
los seres humanos usan para
desarrollar discursos y narrativas sobre
el cosmos, la naturaleza, la sociedad o
la vida cotidiana; la cultura apa- rece como un tejido de palabras
e imágenes que replican el mundo, permiten concebirlo y otorgan un sentido
a la vida individual o colectiva.
c)
La tercera definición considera la cultura como un con- junto de actividades que permiten a los seres humanos tras-
cenderse a sí mismos a través de la religión, de la filosofía, de la
literatura, de las bellas artes, de la música o del cine. En ese sentido, la
cultura implica una idea de desempeño y de performance. Una persona culta ultrapasa a las otras por sus conocimientos o por la sofisticación de su gusto.
Gracias
a Tylor y su libro de 1871, la idea de cultura como el conjunto de
prácticas y de conocimientos adquiridos
por los seres humanos se convirtió en el
concepto central de la Antropología hasta
la mitad del siglo XX (Tylor,
1871). La perspectiva de la Antropología Cultural americana cambió en ese
período, comenzando a enfatizar cada vez
más la di- mensión simbólica de la cultura. La idea de la cultura como el
esfuerzo individual para
trascender es más antigua, pero su uso científico solo apareció más tarde. La idea de un es- fuerzo colectivo para
trascender tiene también gran sentido: es fundamental para entender qué es una
civilización.
Los
geógrafos obtuvieron su inspiración de
disciplinas ve- cinas tales como la Antropología, la Etnología o la Etnogra-
fía. Ellas utilizaban las tres concepciones de la cultura, pero no las
integraban a la disciplina de la misma
manera. Hasta los años sesenta, preferían la concepción más amplia, la más
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
295
abierta,
aquella de Tylor.
Ella fue central en la Geografía
Cultural
de Carl Sauer, en los Estados
Unidos, entre 1920 y
1970
(Sauer, 1963).
A
partir de 1970 muchos geógrafos
optaron por enfatizar la dimensión simbólica de la cultura. En Italia,
por ejemplo, Giuliana Andreotti y
Adalberto Vallega, dos de los represen- tantes
más conocidos dentro de la corriente cultural, opta- ron por estas perspectivas (Andreotti, 1994; Vallega, 2003). Esta
ofrece la ventaja de enfatizar el papel
de las represen- taciones, de las
imágenes y los problemas del sentido de la vida. Esos geógrafos hablan naturalmente de la Geografía Cultural.
Existen también algunos geógrafos
que se refieren a la
Geografía Cultural y la conciben
como el estudio de la in- dustria cultural, del
cine o de la
televisión (por ejemplo, Scott, 2000), o
como análisis del fenómeno de las
capitales culturales como Berlín (Grésillon, 2002).
Pienso
que los geógrafos tienen que dar cuenta
de las tres concepciones que acabo de presentar, ya que cada una expli- ca un
aspecto diferente de las realidades
culturales.
La
cultura como el conjunto de todo lo que los individuos aprenden durante sus
vidas
La
concepción de la cultura como el bagaje adquirido me parece fundamental
por varias razones que
detallo a conti- nuación:
Todas
las realidades sociales solo existen a través de una cultura que les da forma
No hay realidades económicas,
políticas o sociales que hayan existido antes de la cultura e
independientemente de ella. En el dominio económico, la demanda nunca es una
realidad abstracta e inmutable. Las personas no
buscan proteínas, lípidos o
hidrocarbonatos. Las personas desean carne,
pan, arroz y vino; en
otro lugar, prefieren el arroz, la feijoada y la
carne al sol. La demanda aparece
como una
296
Paul
Claval
expresión
de la cultura. Los medios de producción también están insertos
en las realidades
socioculturales, sean estas las familias
o las empresas. Cuando las grandes compañías se juntan, aparecen muchas dificultades porque los emplea- dos no
reciben la misma cultura económica. Los marxistas afirmaban: “La economía es la
infraestructura, la cultura es la superestructura, y las infraestructuras
determinan las superestructuras”.
Sin embargo, estaban
equivocados ya que la cultura no
es una consecuencia de la economía, sino uno de los determinantes de la vida
económica. Lo político, lo económico o lo social no existen
desde el inicio de los
tiempos, expresan las maneras
compartidas de sentir y de actuar de
grupos localizados en ciertos lugares, en ciertos períodos: los hombres
recurren a códigos, signos y gramá-
ticas que hacen parte del bagaje que
recibieron. La cultura no puede ser aislada del resto de las realidades
humanas: es un componente de todas ellas (Godelier, 1984). Debido al hecho de que todas
las realidades humanas son culturales y no naturales es que precisaba surgir en la
Geografía un giro cultural.
El
papel del gesto y de la palabra
Cincuenta
años atrás el antropólogo francés Leroi- Gourhan publicó un libro muy importante: Le geste et la pa-
role (Leroi- Gourhan, 1964). Este autor
sostuvo que, desde una
perspectiva evolucionista, lo que diferenciaba al hom- bre de los monos
era la posibilidad de mantenerse en pie de forma permanente. Este hecho permitió la
diferencia- ción de la mano y del pie. La mano se puede especializar y ser vir para la fabricación de cosas y de herramientas: la
cultura tiene una dimensión material. Las cosas son una prolongación de los seres humanos. La
cultura es hecha de martillos y
guadañas, de casas, de autos y de campos
culti- vados. Gracias a la mano,
la cultura se vuelve una realidad material circundante.
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
297
La
evolución de la mano libera la boca de su primera fun- ción: la de
descascar la comida con
los dientes. De ahí en adelante,
la boca y la laringe pudieron servir
para modular sonidos. La palabra
permitió desdoblar el mundo real en un mundo de signos. Como consecuencia, la
cultura no es sola- mente material: ella
existe a través de signos y se expresa
en discursos y narrativas.
En
tanto herencia, la cultura es hecha
tanto de
objetos materiales como de
discursos. Ella tiene una
doble dimen- sión objetiva: la de
las cosas y la de las palabras. La
memoria sobre la cual la cultura se restablece no es solamente interior sino
que también tiene una dimensión
exterior.
El
hombre no se encontraría frente a una naturaleza que le sería totalmente extraña: el ambiente y el
paisaje apa- recen como
una mixtura de naturaleza y de cultura. Los hombres imponen un entretejido de nociones para descu- brirlas y pensarlas: campo
y ciudad, sistema agrario, recur- sos, riesgos, etc.
La
comunicación y la diferenciación de las culturas
La
concepción de la cultura como todo
aquello que los hombres
reciben, enfatiza el papel de la
comunicación en la producción de las realidades humanas (Claval, 2006): el
bagaje de aquello que los
individuos reciben difiere porque cada
uno tiene una
historia propia: cada uno
nació en un momento diferente, en un lugar
diferente; es parte de una
familia diferente; encontró personas diferentes porque visitó lugares diferentes en períodos diferentes. Es el
legado de la Geografía del tiempo desarrollada por Torsten
Hägerstrand desde 1970 (Hägerstrand, 1970). Esto significa que cada uno
recibe una cultura original y desarrolla interpretaciones personales de
aquello que recibió. La cultura no
existe como una entidad superior, ella
siempre cambia de un
individuo a otro, de un lugar
a otro. La idea de la cultura como una realidad
“supraorgánica”, defendida
por los antropólogos
298
Paul
Claval
americanos
del comienzo del siglo XX, también aceptada por Carl Sauer,
como lo mostró James Duncan (1980),
esta- ba equivocada.
El
bagaje que los individuos reciben
depende también de los medios de comunicación utilizados para transmitir los
saberes y las prácticas, y para
difundir las innovaciones. En los grupos
primitivos y en las clases más populares de las sociedades modernas la transmisión de los
saberes y de las prácticas solo se apoya en el gesto
y la palabra. El alumno y el maestro tienen que estar muy próximos. El proceso de transmisión
es local: este hecho introdujo una tendencia a la fragmentación local de las
culturas. Es fácil transmitir acti-
tudes, gestos, comportamientos,
conocimientos y creencias de una generación a otra en un determinado lugar. Lo
difí- cil es difundir una cultura de un lugar a otro.
La
transmisión audiovisual aparece de forma muy eficien- te en el campo de las técnicas tradicionales de producción y
de los gestos de la vida cotidiana: la imitación de los gestos completa aquello que la palabra aprehende. La transmisión de
mensajes intelectuales es posible también gracias al ha- bla, pero en las religiones tradicionales el
mensaje se expre- sa a través de
leyendas y no a través de abstracciones.
La
introducción de la escritura abre nuevas posibilidades: la transmisión de un
lugar o de un período a otro se vuelve
más fácil. La cultura no es más una
realidad esencialmente local.
Ella puede propagarse a través de
largas distancias. Pero todos los
mensajes no se transmiten con la misma facili- dad por escrito. Es difícil
aprender gestos y prácticas a través de un texto. Falta la posibilidad de imitación. Por el
contra- rio, un mensaje científico, religioso
o filosófico se transmite sin problema.
Los medios
de comunicación modernos desencadenan un nuevo cambio. Hoy las palabras y los gestos son transmi- tidos
instantáneamente hacia el otro lado de
la Tierra. Esto se constata particularmente a partir de las computadoras e
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
299
Internet
que permiten la transferencia de estos mensajes
es- critos y de las imágenes
La
memoria y la cultura
La
cultura es el bagaje que los hombres reciben cuando son jóvenes
y, posteriormente, a través de
sus experiencias vividas. La cultura se apoya sobre la memoria, pero existen diferentes tipos de memorias. La
primera es la memoria per- sonal: una capacidad común a todos los seres
humanos, pero desigualmente compartida y que desaparece con la muerte. A esta
memoria personal se suman, en las sociedades pri- mitivas, los
discursos que se aprenden de memoria y que son transmitidos, sin
alteración, de una persona a otra. Se suman
también los objetos que rodean a las personas: las herramientas, los
muebles, las casas y el paisaje. Los objetos con una
función memorial tienen un papel esencial
en las culturas orales.
La
escritura crea un nuevo tipo
de memoria: una objeti- va,
material, que conserva discursos
o diseños. Este tipo de memoria
tiene una propiedad fundamental: es acumulativa. Gracias a ella se hace posible
desarrollar saberes más ricos,
más diferenciados y más eruditos.
Los
medios de comunicación modernos ofrecen nuevas capacidades para memorizar la vida: la voz, los gestos, los movimientos. La acumulación deja de
limitarse a la esfera
intelectual. Ella se relaciona también con la vida cotidiana, las artes, la
música, etc.
Culturas
populares, culturas elitistas, culturas de masa, culturas científicas y
técnicas
La
combinación de técnicas de comunicación
y tipos de memoria otorga a las culturas características especiales (Cla- val,
2006).
Cuando
los mensajes solo eran vehiculizados
por el ges- to y por la palabra, a través de los contactos
cara a cara, y
300
Paul
Claval
cuando
la memoria era solo personal –o estaba incorporada en las obras materiales– la
cultura era oralidad pura: ella se
encontraba fragmentada en unidades locales; el tiempo his- tórico era
corto; las duraciones relativas
eran confundidas en un tiempo inmemorial
que situaba a todos los eventos del pasado
en un mismo plano.
La
mayor parte de las sociedades históricas ofrecieron una yuxtaposición de dos
tipos de cultura. En las áreas rurales y
entre las camadas más pobres de las poblaciones urbanas, la transmisión
siempre se realizaba a través del gesto y de la palabra, mediante
contactos cara a cara. Las personas no sabían ni leer ni
escribir. El contenido de las
culturas popu- lares se basaba en las
técnicas de producción y en la vida co- tidiana. Al mismo tiempo, las elites
(rurales y urbanas) reci- bían una formación diferente: ellas sabían leer y
escribir. La cultura de las elites no se asociaba a las técnicas de produc- ción. Ella enfatizaba los
problemas de orden, de jerarquía y de técnicas
sociales y hablaba también de la Revelación, de la fe, de la teología y de la filosofía.
Con
los progresos de la imprenta y con la generalización de la enseñanza
obligatoria, las culturas populares perdieron la importancia que tenian anteriormente. En el comienzo del siglo XX, se predecía su
desaparición en un futuro próxi- mo. La evolución fue diferente gracias a los nuevos medios de comunicación. La oralidad dejó de
permanecer prisione- ra en estrechos círculos.
Las culturas populares cambiaron:
se transformaron en culturas de masa.
Sus contenidos tam- bién. Hoy, enfatizan el consumo y el ocio.
Al
mismo tiempo, las culturas de las
elites se volvieron más científicas y más técnicas. Ellas discuten las formas mo- dernas de
producción. Su contenido religioso y
filosófico perdió la importancia que tenía
en el pasado.
Es
importante comprender que en una
sociedad puede existir una
pluralidad de culturas: culturas
orales y cultu- ras escritas, culturas
populares y culturas de elite.
Pueden
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
301
también
existir culturas de consenso y
culturas de oposición, contraculturas y
culturas de la marginalidad.
Conclusión
de la primera parte
La
concepción de la cultura como un
conjunto de todo lo que los seres humanos aprendieron demuestra que
esta no es una categoría semejante a la economía, la vida política o la
organización social: es una categoría
más amplia que precede a las otras y les
ofrece códigos, signos y valores. Esta es la razón por la que tiene lugar un
giro cultural en la Geo- grafía. La disciplina
dejó de aparecer como una yuxtaposi- ción de capítulos casi independientes entre sí. Ella cuenta con una
base que debe su unidad al hecho de que analiza comportamientos que fueron
aprendidos, preferencias y va- lores escogidos
entre las diversas posibilidades transmitidas por la cultura.
Debido a que la cultura es una realidad que se transmite de hombre a hombre,
ella tiene una dimensión espacial. La cultura debe ser
estudiada como un fenómeno de comunica- ción. El resultado es que la cultura no
aparece naturalmente como un factor de unidad sino que tiende a diferenciarse
de un lugar a otro y, en una misma área, de un grupo a otro.
La cultura nunca
surge como una
entidad monolíti- ca que habría
caído del cielo y que
se impuso a todos: la concepción “supraorgánica” de la cultura
ya fue criticada por James Duncan en
1980. La cultura es una realidad, al
mismo tiempo individual (es la suma de todo lo que
cada hombre adquirió durante su existencia) y colectiva (está constituida por procesos,
códigos, reglas, signos, sistemas
de representación e imágenes que fueron
elaborados por el grupo). A su dimensión individual debe
el hecho de ser variable y permanentemente modificada, valorada de nue- vo, clasificada, empobrecida y enriquecida. A su dimen- sión colectiva debe el hecho de ofrecer a todos
las mismas posibilidades y los mismos principios. Dependiendo de las
302
Paul
Claval
condiciones
materiales de transmisión de las actitudes, de las prácticas de los
conocimientos y de los valores, carga con la marca de los sistemas de
comunicación: culturas populares que se
basan en
la oralidad y en la imitación
directa, culturas eruditas que se fundan en
la escritura, culturas de masa que
se propagan por los medios de co
- municación modernos y culturas
científicas y técnicas que se apoyan
en Internet.
La
segunda dimensión de la cultura, la dimensión simbó- lica, introduce un factor
de unidad.
La
dimensión simbólica de la cultura
La
ventaja que ofrece
la concepción simbólica de la
cul- tura que se desarrolló después de los
años cuarenta en la Antropología Cultural es la de
enfatizar el papel que los dis- cursos y
las imágenes tienen en la vida de los grupos
socia- les. Ella también permite mostrar que la cultura no es una realidad objetiva; a
partir de los valores y las normas, la
con- cepción simbólica de la cultura
otorga un sentido a la vida individual o colectiva.
Si
la cultura es concebida como lo que
otorga una di- mensión simbólica a la vida de
los grupos, el estudio de los imaginarios colectivos, religiones e
ideologías, posee un papel esencial.
La
cultura y la toma de conciencia individual y colectiva
Como
la cultura es conformada a partir de
narrativas, de discursos y de
imágenes, nos podemos distanciar
un poco de sus proposiciones y reflexionar sobre su contenido, sus normas y sus valores. En
este proceso, nos volvemos cons- cientes de nosotros mismos y
de la sociedad en que vivimos. La
cultura adquiere realidad desde dos
niveles: desde uno en que es transmitida
de un individuo a otro y desde otro en que aparece como un elemento compartido
en la conciencia de los miembros de un grupo.
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
303
Los
etnógrafos y los geógrafos siempre enfatizaron este aspecto de la vida colectiva. Ellos han mostrado cómo
los ri- tos de pasaje preparan la integración del individuo a un gru- po: así,
por ejemplo, el bautismo es un segundo nacimien- to, un nacimiento en
el mundo cultural y social, mientras que el primer nacimiento es el que
introduce a la vida en el mundo material. En la adolescencia, los jóvenes
tienen que pasar por duras pruebas. El objetivo es internalizar las reglas y
normas de la cultura, de la sociedad. Al final del ritual de pasaje los jóvenes ingresan a la clase de
los adultos: ellos son considerados como
miembros con pleno derecho de la
cul- tura y de la sociedad.
La
cultura permite a los individuos
tomar conciencia de lo que son y
de lo que quieren ser. Genera identidades que vin- culan a los individuos con los lugares y con los paisajes, por- que estos rememoran
momentos intensos de sus historias.
La
voluntad de afirmarse frente a los otros
incita a los hombres a marcar
simbólicamente los espacios que conside- ran propios y a colocar signos en
los lugares públicos que recuerdan a todos su existencia.
El
simbolismo y las identidades
La
cuestión de la identidad adquirió importancia en las Ciencias Sociales solo recientemente. En
las pequeñas socie- dades
primitivas, cada uno
sabía lo que era: los
rituales de pasaje aseguraban a cada uno su
pertenencia a un grupo cuyas reglas y
valores tenía interiorizados; el ambiente mate- rial era estable y contribuía
también a la identificación en la colectividad;
los elementos materiales y los elementos simbó- licos se reunían
para dar a la identidad una evidencia
total. El único momento en que la pertenencia se volvía problemá- tica
era el de la conversión religiosa,
cuando las referencias simbólicas desaparecían.
La
situación era semejante para los
estratos más bajos de las sociedades tradicionales, aquellos inmersos
en culturas
304
Paul
Claval
populares.
Su identidad se basaba en la
homogeneidad de lo que era transmitido localmente a través del gesto
y de la palabra: actitudes,
comportamientos, prácticas y valores
semejantes, incluso en el contexto de lo
material. El papel de las técnicas de producción –cuyo monopolio pertenecía a
estos estratos– y el de las prácticas de la vida cotidiana era dominante.
Para
las elites, la situación era diferente.
Sus identidades encajaban unas en otras: la identidad local de la zona de ori-
gen o de la vivienda cotidiana se acoplaba a la identidad más amplia de la religión o del Estado. Las identidades del nivel
superior tenían la particularidad de ser en parte personales (un sentimiento de lealtad frente al rey), lo cual impedía
proporcionarles bases materiales.
La
situación cambió con la revolución industrial y su co-
rrelato, la construcción de la nación moderna. La nación moderna –y también la
gran metrópoli o la región– son “co- munidades imaginadas”, como explicó
Benedict Anderson (1983). Nadie puede tener una experiencia directa de
la tota- lidad de una nación o de una gran región y aún de una gran metrópoli
urbana. El sentido de pertenencia y la identidad son construidos a través de
imágenes (el mapa, los paisajes típicos)
y símbolos (la bandera, el himno nacional). Gracias a la escuela obligatoria,
todas las clases de la sociedad apren-
den esas nociones. Para conceder un fundamento material a la identidad
nacional, fueron escogidos lugares simbólicos, y derribados o construidos monumentos. El siglo XIX fue la época en que
los estereotipos de las naciones fueron ela- borados por los autores de relatos de viajes, por los autores de guías turísticas y por los geógrafos. El resultado fue que, en el comienzo del
siglo XX, la mayoría de la población de
los grandes países modernos tenía
una identidad múltiple: una identidad local, ligada a lo que
quedaba de la cultura popular, y una
identidad nacional vinculada a la
cultura de las elites difundida mediante la escuela y la imprenta.
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
305
La
evolución reciente de los medios de
comunicación y de transporte, y de las variantes de la cultura, destruyeron
estas formas de identidad. Con la mayor
facilidad de los viajes, las personas encuentran más
extranjeros, más ideas o creen- cias nuevas.
Las imágenes recíprocas que se
construyen de esta manera ofrecen solo un espacio estrecho a las altas for- mas
de la cultura: las personas visitan
Italia por sus iglesias y palacios, sus ciudades, sus pintores, sus arquitectos,
pero la imagen popular de Italia está
basada en sus restaurantes, sus hoteles,
la cortesía –o su ausencia– de su población. La imagen de la cultura como el esfuerzo para
superarse es así disociada de
aquella de la cultura como realidad
cotidiana.
Con
la transformación de las culturas
populares y su sus- titución por culturas de masa, las referencias locales desapa-
recen; la mayoría de la
población no tiene más la posibili- dad de entender la formación de los paisajes
circundantes, porque ya no conoce las
técnicas usadas por los grupos que los formaron: se trata de un resultado importante de las in-
vestigaciones del historiador francés Pierre
Nora sobre lo que
él llama “memoria viva”. Los estereotipos de las nacio- nes fueron superados.
Un ejemplo regional: en Galicia, una porción del noroeste
de España, la identidad regional fue asociada en el
siglo XIX, a la charneca atlántica,2 los bosques de robles y castaños,
las iglesias románicas, los hórreos (silos para granos). La mayoría de
estos rasgos fueron provisorios: la charneca fue sustituida por bosques
de eucalipto; los hó- rreos desaparecieron... En la medida en que la
identidad ga- llega permanece ligada a
esas imágenes, hace referencia al
pasado.
Al
mismo tiempo, nuevas comunidades imaginarias en- tran en
competencia con las naciones.
Para un
europeo, por ejemplo, ¿qué es lo importante?, ¿la ciudad?, ¿la región?
2 Se trata de un tipo de arbusto que crece
hasta dos metros de altura y que es propio de la región medite- rránea (N. de
la T.).
306
Paul
Claval
¿Francia, Alemania,
Italia, Portugal, etc.?
¿Europa? ¿Otras entidades, el mundo
mediterráneo, el mundo desarrollado, Occidente?
Hablamos
de desterritorialización, pero, como
Rogério Haesbaert mostró, esa desterritorialización es seguida
de una reterritorialización que genera identidades de un nuevo tipo:
identidades en archipiélagos, como ya se
volvieron las identidades de las
diásporas (Haesbaert, 2004).
De
este modo la dimensión simbólica de las culturas ex- plica la crisis contemporánea de las
identidades.
La
significación territorial del simbolismo
La
dimensión simbólica de la cultura tiene
un papel importante en el dominio
territorial. ¡ Sí, las culturas se
constituyen en la superposición de estratos
que no admi- ten los mismos
límites! Sí, las culturas presentan fronte- ras vagas, imprecisas, pero
esta af irmación solo es verda- dera
cuando son analizadas como realidades objetivas.
Las
culturas son realidades vividas. No es
porque otras personas tienen una tonada diferente de la mía, que no cul- tivan
los campos de la misma manera, que
viven en otros tipos de casas o
que aparecen como extranjeros. Yo los con- sidero hermanos si ellos comparten
la misma fe, las mismas creencias religiosas,
o si ellos son ciudadanos del mismo país, si comparten la misma bandera. En
este caso, los lími- tes de las áreas culturales dejan de parecer imprecisos.
Los geógra fos
saben, gracias a Jean Gottmann, que los símbolos – o,
como él dice, las iconogra fías – tienen un papel
central en la constr ucción de
las entidades hu- manas que se
consideran como homogéneas (Gottmann,
1952):
la v ida en interacción conduce a cada uno
a desa- rrollar relaciones
específ icas ; esto lleva a la fragment
a- ción de la sociedad. Pero, como
los hombres comparten alg unos
principios y se entusiasman con los mismos sím- bolos religiosos o políticos,
ellos se sienten próximos. Es
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
307
gracias
a los símbolos que las sociedades se mantienen unidas y que
las culturas son v iv idas
como homogéneas, aun cuando presenten una gran
diversidad real. Es por- que
los gr upos constr uyen una imagen
común de patria que forman Est
ados.
Entonces,
desde una perspectiva geográfica, la dimensión simbólica juega un papel
esencial: gracias a ella, los hombres consiguen limitar los efectos disolventes
de la distancia y del distanciamiento.
Consideran como uniformes y homogé- neos
conjuntos que no lo son. Cada vez que un conjunto de personas cree que
sus culturas comparten un número sufi- ciente de puntos fundamentales semejantes para
superar las diferencias, se prepara la creación de formas políticas exten- sas.
La mejoría de los transportes facilita
esos cambios, pero ello no es suficiente
para volverlos necesarios.
La
evolución contemporánea enfatiza su papel:
la globa- lización aproxima a los
hombres. Las personas viajan más fácilmente, no
dudan en emigrar, reciben
información de todos los lugares del planeta. Sin embargo, estas condiciones no
llevan automáticamente a la aproximación de los grupos: simbólicamente, las
comunicaciones más fáciles pueden ser interpretadas como portadoras de fraternidad o como una amenaza a la seguridad de cada uno y de
todos.
La
cultura como dinámica de la trascendencia
En la
tercera concepción aparece como
importante la idea de que la cultura tiene una dimensión dinámica. En la medida en
que es una herencia, ella vincula a los hombres con el
pasado. En la medida en que se enriquece de las ex- periencias de la
vida, depende también del presente. En la medida en que introduce valores que reflejan
la existencia de otro mundo, de
un más allá, orienta la acción humana en dirección al futuro. Contiene un
elemento dinámico que incita a los hombres a trascender a través de la
excelencia moral, la estética, la filosófica y la científica. A escala de la
308
Paul
Claval
colectividad, este
elemento dinámico introduce la búsque- da de lo universal, es decir,
de actitudes, comportamientos, valores y reglas que no son válidas
solamente para el grupo, sino que tienen
el mismo valor para todos
los individuos y para todos los
grupos.
La
diversidad de las culturas aparece como
una de las ri- quezas más importantes de la Tierra,
pero puede también crear oposiciones, formas de incomprensión y desembocar en conflictos.
Está de moda alabar la diversidad
cultural y hacer todo para
preservarla. Los geógrafos participan de este movimiento,
pero se transforman en críticos
cuando la diversidad se convierte
en un imperativo absoluto. Una cierta dosis de multiculturalismo es fecunda,
pero una dosis demasiado fuerte es peligrosa.
El universalismo es parte de las
aspiraciones de la mayoría de las poblaciones y de las cul- turas (Taylor,
1994), y debemos respetarlas.
El
papel de los geógrafos es el de recordar que los pro- blemas culturales e identitarios del mundo
actual resultan de los cambios de las
relaciones espaciales que provoca la evolución
contemporánea. El riesgo es el de ver a los grupos, ansiosos, cerrarse
sobre sí mismos y optar por formas más o
menos agresivas de comunitarismo.
Hoy,
los ideales universalistas inventados
por la civiliza- ción occidental son muy criticados “El siglo XVII europeo tuvo necesidad de este
concepto que permitía definir un mundo
en movimiento y oponer a una cultura
superior –la suya– la de los Bárbaros” (Bonnemaison, 2000: 82). La idea según
la cual la razón científica conduciría automáticamen- te al progreso no
es más aceptada. El problema es inventar otras formas de universalismo.
La
esperanza viene de la posibilidad de mostrar que, en el futuro, todos los grupos
humanos se convertirán en solidarios
en un planeta cuyos recursos
aparecen cada día más limitados.
Esta amenaza introduce un
elemento uni- versal nuevo. Los
geógrafos tienen una responsabilidad
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
309
particularmente
importante en este dominio: la humani- dad tiene que tomar
sobre sí su propio destino.
Los
problemas de la inserción de los grupos
humanos en el medio ambiente
siempre fueron difíciles. La explotación
de los recursos naturales muchas veces conduce a su ago- tamiento –aún para
aquellos que son, en principio, reno-
vables–. El equilibrio de los ambientes está muchas veces amenazado. Las investigaciones de la
Geografía Histórica muestran que
no existen formas
de explotación inocuas. Las culturas tradicionales no estaban
sistemáticamente en equilibrio con
su medio ambiente, como muchas
veces se supone. Los medios técnicos modernos son responsables de
una nueva escala de los daños y contaminaciones, pero no de la existencia de desequilibrios.
No
todas las culturas del
pasado consiguieron incorpo-
rar sus economías en una perspectiva sustentable. Algunas tuvieron
éxito; sin embargo, sus residuos generalmente no son transportables en el mundo
de hoy. La contribución de los geógrafos
al problema del desarrollo sustentable es mos- trar que este puede, y
debe, constituir el elemento común –o uno de los elementos comunes– a partir del cual las culturas dejen de cerrarse sobre sí mismas, dialoguen y
acepten par- ticipar en una obra colectiva.
La
Geografía no ofrece una solución milagrosa
al proble- ma del desarrollo sustentable. Ella solo indica que, en un
mundo donde los universalismos que fueron aceptados en el pasado son puestos
en cuestión, existen solamente
dos perspectivas que, probablemente,
permiten aproximar a los hombres y a los grupos
sociales: a) la idea de que
todos los grupos humanos tienen la misma dignidad, todos son seres culturales y b) la idea de
que todos los hombres
tienen el mismo interés en
asegurar la sobrevivencia del planeta.
310
Paul
Claval
Conclusión
El abordaje
cultural que proporcionan
los geógrafos debe incidir
sobre las tres dimensiones de la
cultura; ellas no son contradictoras,
sino que enfatizan aspectos comple- mentarios: a) en relación a la
primera, la omnipresencia de la cultura y su papel fundante; b) en relación a la segunda, el
sentido de los signos y de los símbolos;
c) en relación a la tercera, el
hecho de que orienta la vida e
incita a la tras- cendencia, tanto personal como
colectiva. De este modo, el
abordaje cultural sitúa al geógrafo en una
posición a partir de la cual
repiensa las categorías clásicas de la economía, de la vida política, de la sociedad, de la vida urbana o
rural, a partir de la cual explica la crisis contemporánea de
las iden- tidades y la superación de las
tendencias a la fragmentación local mediante la constitución de grandes
entidades, basa- das en símbolos compartidos.
La
búsqueda de la trascendencia otorga a
las culturas una dinámica que no es de
reproducción indefinida. Ella las inci- ta a cambiar, a innovar,
a buscar nuevas experiencias. Así, la trascendencia introduce una nueva
dimensión: transforma a los hombres. Los grupos intentan emanciparse de sus limi-
taciones e inventar programas de
alcance universal: partici- pan del
proceso civilizatorio.
En
las culturas existe una tendencia
espontánea a la frag- mentación: es una
tendencia peligrosa porque crea tensio- nes y conflictos. En la mayoría de
las culturas la existencia de elementos de alcance universal les permite salir
de sí mismas y dialogar.
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
311
Bibliografía
Anderson,
B. 1983. Imagined Communities.
Reflections on the
Origin
and Spread of Nationalism. Londres, Verso.
Andreotti,
G. 1994. Riscontri di geografia culturale. Trento, Colibri.
Barnett,
C. 1998. “The cultural turn:
fashion or progress in human geography?”. Antipode, 30, pp. 379-394.
Bonnemaison,
J. 2000. La Géographie culturelle. París, CTHS. Claval, P. 2006. “Communicação,
diferenciação de culturas
e
organização do espaço (noções-chave)”,
en Sarmento,
J.;
de Azevedo, A. F. y Pimenta, J. R. Ensaios de geografia cultural. Porto, Figueirinhas, pp. 21-35.
Cook, I.; Crouch, D.; Naylor, S. y Ryan, J. R.
2000. Cultu- ral turn/Geographical turn. Harlow, Pearson Education Limited.
Duncan,
J. S. 1980. “The superorganic in American
cultural geography”. Annals of
the Association of American Geogra- phers, 70 (2), pp. 181-198.
Godelier,
M. 1984. L’idéel et le matériel. Pensée, économies, socié- tés. París, Fayard.
Gottmann,
J. 1952. La politique des Etats et leur géographie. Pa- rís, A. Colin.
Grésillon B. 2002. Berlin, métropole culturelle. París,
Belin. Haesbaert, R. 2004. O Mito da desterritorialização. Do ‘fim’ dos
territorios
a multiterritorialidade. Río de Janeiro,
Bertrand.
Hägerstrand,
T. 1970. “What about people in regional science?”.
Papers
of the Regional Science Association, 24, pp. 7-21.
312
Paul
Claval
Leroi-Gourhan,
A. 1964. Le geste et la parole, vol. 1; Technique et langage, vol. 2. La
Mémoire et les rythmes. París, Albin
Michel.
Nora,
P. 1984. “Entre mémoire et histoire. La problématique des lieux”. Les Lieux de
mémoire, I. La République, pp. XVII- XLII.
Sauer,
C. O. 1963. Land and life. A Selection from the writings of Carl Ortwin Sauer.
Leighly, J. (ed.). Berkeley, University of California Press.
Scott,
A. J. 2000. The cultural economy of cities: Essays on the geo- graphy of
image-producing industries. Londres, Thousand Oaks.
Taylor,
C. 1994. Multiculturalisme. Différence et démocratie. Pa- rís, Aubier.
Tylor,
E. B. 1871. Primitive culture. Londres, Murray.
Vallega,
A. 2003. Geografia culturale. Luoghi, spazi, simboli. To- rino, UTET.
¿Geografía
Cultural o abordaje cultural en Geografía?
313
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional por un Año Internacional de la
Cultura
y
la Globalización de las Naciones Unidas *
Benno
Werlen 1
En
los últimos años la Unión Geográfica
Internacional (UGI) apoyó iniciativas de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU) tales como las de
Desarrollo Sustentable y Cambio
Global, así como aquellas
que proponían un año de la ONU incluyendo, entre otras, el Año
Internacional de las Montañas y el Año Internacional del Planeta Tierra.
To- das las iniciativas
apoyadas formaban parte del campo de la perspectiva ecológica integral, enfatizando las condicio- nes
naturales de vida y las perspectivas
geocientíficas. Indu- dablemente, el campo de la investigación integrada es una de las
competencias esenciales de la Geografía y así ha sido reconocido por el público
en general en las últimas
déca- das. Sin embargo, los
años de
la ONU mencionados y las
subsecuentes iniciativas de investigación han
descuidado la dimensión cultural en
el (problemático) proceso de trans- formar la naturaleza. Necesitamos, además, un
programa que se centre en la dimensión cultural y por lo tanto
en las ciencias culturales y
sociales así como en las humanidades.
*
Traducción: Mónica Farías. Revisión: Susana Adamo y Hortensia Castro.
1 Universidad de Jena (Alemania).
315
Esto
puede ser de crucial importancia para la Geografía Hu- mana
y para su contextualización interdisciplinaria entre estas ciencias.
De
este modo, la cooperación entre las
ciencias naturales y socioculturales puede fortalecerse a niveles sumamente im-
portantes tanto dentro de
la Geografía como en el
campo transdisciplinario. Este objetivo concuerda con una de las principales
metas de las políticas científicas de la ONU desde los comienzos de los
ochenta, cuando Javier Pérez de Cuéllar era su secretario general. Como creador
de la iniciativa sobre Cultura y Desarrollo en el siglo XXI, Pérez de Cuéllar resal- tó
esta relación en su discurso durante el encuentro inau- gural del Congreso Mundial para
la Cultura y el Desarrollo (WCCD, 17 al 21 de marzo de 1993), ya que es la cultura la que “posee la llave para el desarrollo humano y sustentable
basado en el compartir [y que] el
desarrollo comienza en la cultura humana” (UNESCO, 1993: 1). Por lo tanto, la dimen- sión cultural del desarrollo debe
ser vista como un tema clave para todos los tipos de políticas mundiales.
Hoy
en día, las transformaciones de la vida cotidiana por procesos culturales, sociales, económicos,
políticos y ambien- tales requieren, además, que
cada persona desarrolle una nueva forma de entender sus condiciones de vida en
nuestro planeta Tierra. Estas
transformaciones ocurren en una serie de
niveles, desde el cambio del mapa
político a las invencio- nes
tecnológicas en la producción, el
transporte y la comu- nicación. Estas últimas
son las responsables, en
gran parte, de la extraordinaria
nueva situación en la cual nos encontra-
mos hoy: la globalización de casi todas las esferas de nuestra vida cotidiana.
De todos modos, todos
los aspectos suponen nuevas
combinaciones y re-combinaciones de lo “cultural”, lo “social”, lo “económico”
y lo “natural”, por un
lado, y de lo espacial y temporal, por el otro.
Para comprender estas re-
combinaciones, el Año Internacional de la ONU
sobre Glo- balización y Cultura se centrará en las prácticas
cotidianas
316
Benno
Werlen
de
la gente, en las bases de la
globalización en los contextos locales, y en las prácticas globalizadoras de los denominados jugadores
globales, así como también en las de los consumi- dores comunes.
Bajo
condiciones de vida globalizadas a nivel
local, la di- mensión cultural de las prácticas
humanas adquiere un cre- ciente significado, especialmente en el nivel
de la vida cotidia- na en lo que se refiere a la interrelación de tradiciones
locales/ regionales y a acciones a
distancia. Mientras que
las posibi- lidades de éxito de todo tipo de discursos fundamentalistas
aumentan rápidamente, las posibilidades de conocimiento de los diferentes
mundos culturales disminuye. El
conocimiento geográfico cultural se vuelve aún
más importante en la con- formación de
imágenes y representaciones
del mundo. Los cambios drásticos
en las condiciones geográficas de
vida en nuestro planeta impactan profundamente en las relaciones a nivel local y
en las políticas a ser emprendidas. Así,
muchas preguntas centrales para la Geografía
Social y Cultural alcan- zan niveles de interés público
sin precedentes.
Para
afrontar estos desafíos es importante profundizar nuestra comprensión
geográfica sobre la construcción y re- producción de las
realidades culturales –un proceso implí-
cito en las acciones sociales,
económicas y políticas– y en la
transformación de la naturaleza por
medio de las acciones humanas.
Para alcanzar esta meta, debemos repensar críti- camente los imaginarios
geográficos tradicionales; necesita- mos
una nueva forma de comprender desde la Geografía
la constitución de los mundos culturales. Esta nueva interpre-
tación no es solo un
desafío para los eruditos. Por el con- trario, gente
de todas las profesiones y condiciones sociales debe ver su vida y sus relaciones con los lugares
en formas esencialmente nuevas. Esta es una de las convicciones bási- cas de la nueva
iniciativa de la UGI, centrada en la cultura y la globalización, y basada en un emprendimiento anterior de quien fuera presidente de la UGI, Adalberto
Vallega.
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 317
El
primer paso de la iniciativa de la UGI por un Año Internacional
de
la ONU: Culturas y Civilizaciones para el Desarrollo Humano (CCDH)
En
el año 2004 Jean-Robert Pitte (rector de la Sorbona) y Adalberto Vallega
(Presidente de la UGI) redactaron el
borrador de un trabajo demostrando la necesidad de pro- mover el diálogo
entre las culturas y las
civilizaciones. En particular, este
trabajo estableció que es
de la mayor im- portancia:
a)
ilustrar la extensión y la profundidad del legado que las civiliza- ciones han
desarrollado desde el advenimiento del Neolítico;
b)
demostrar que este
extenso legado se ha
construido no solo por medio
de la evolución individual de las civiliza- ciones sino también y
especialmente a través de la interac- ción positiva de las civilizaciones entre
sí;
c)
reafirmar el valor universal del
diálogo entre las culturas y las
civilizaciones, y de la existencia de
condiciones que puedan conducir a formas más avanzadas y constructivas de
civilización, dando lugar a etapas de desarrollo huma- no cada vez más
progresivas;
d)
promover iniciativas que –dentro del
marco de la educa- ción, la comunicación
y las relaciones con el público– apun- ten a fortalecer y difundir una visión precisa y positiva de las civilizaciones y de la
conciencia de los valores apropiados para el diálogo entre las culturas y entre las civilizaciones.
Esta
declaración programática constituyó de hecho el borra- dor para el diseño del
primer paso que se tomó en dirección a la Iniciativa de la UGI por un Año
Internacional de las Culturas y las Civilizaciones de la ONU. Tras el trabajo de Pitte y Valle- ga, el equipo de dirección
constituido (que incluía a Mahmoud Ashour,
Giuliano Belezza, Anne Buttimer,
Aharon Kellerman y a mí mismo) se reunió
en Roma en el otoño de 2005 y re- formuló el título que pasó a ser:
Culturas y Civilizaciones para el
Desarrollo Humano (CCDH). Ese encuentro preparó una conferencia de tres días en
diciembre de 2005 en la Casa de la
318
Benno
Werlen
Geografía2
donde se presentó y discutió la primera versión del plan de acción. Las pautas
de la Iniciativa CCDH se resumieron en los siguientes tres leitmotivs: “No hay desarrollo humano
sin la promoción de las identidades culturales. No hay promoción de las
identidades culturales sin la cooperación entre las civi- lizaciones. No hay
cooperación entre las civilizaciones si no se comparten valores universales”
(Pitte y Vallega, 2005: 1).
La
prematura desaparición del profesor Adalberto Vallega a fines de 2006 dejó un
gran vacío en cuanto a la continuación
de la elaboración y revisión de la Iniciativa CCDH. El primer paso en la
revisión de CCDH consistió en familiarizarse
con el material y los contactos establecidos por Adalberto Vallega en los últimos tres años de elaboración de la iniciativa.
Para ello, se examinaron y evaluaron sus increíbles esfuerzos para conse-
guir el apoyo de importantes instituciones internacionales
de investigación. Como el Consejo Internacional para la Ciencia3 y el Consejo Internacional de Ciencias Sociales,4
así como de muchas otras
asociaciones científicas internacionales, presiden- tes de las Comisiones Nacionales de la UGI, sociedades geográ-
ficas nacionales y regionales, patrocinadores políticos como
la Unesco, el Consejo
Pontificio para la Cultura y
organizaciones educativas como Arab League Educational, Cultural and Scien-
tific Organisation (ALECSO), EUROGEO,5 HERODOT,6 la Universidad de las Naciones Unidas, etc.
2 La Casa de la Geografía se encuentra ubicada
en Villa Celimontana en la ciudad de Roma y fue estable- cida para guardar los
archivos de la UGI y llevar a cabo reuniones académicas así como actividades de investigación (N. de la T.).
3 International Council for Science (ICSU) (N.
de la T.).
4 International Social Science Council (ISSC)
(N. de la T.).
5 EUROGEO es una asociación sin fines de
lucro que reúne a las asociaciones europeas de profesores de geo- grafía y a la
cual le fue concedido el estatus de órgano con participación plena en el
Consejo de Europa desde el año 2004. Su objetivo principal es el de promover la
“dimensión europea” en la enseñanza geográfica de los países de ese continente
para contribuir al desarrollo de una ciudadanía europea (N. de la T.).
6 HERODOT (Network for Geography in Higher
Education) es una asociación integrada por más de 150 organizacio- nes cuyas
finalidades son mejorar la calidad de la enseñanza de la geografía en el marco
del Espacio Europeo de Enseñanza Superior (EEES) y promover la importancia de
la geografía como disciplina (N. de la T.).
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 319
Los pasos
iniciales de la
evaluación mostraron rápida- mente algunos puntos importantes. Primero, casi todos los miembros del grupo CCDH dentro de la UGI
manifestaron un fuerte interés en continuar con los esfuerzos para
hacer del proyecto una iniciativa
exitosa. En segundo lugar, no to- dos los socios y patrocinantes más
importantes fuera de la UGI apoyaron el
programa de la CCDH tan entusiastamente como
hubieran podido. Los trabajos
de Adalberto Vallega contienen
muchos documentos con reservas
acerca del títu- lo de la iniciativa,
algunos de los cuales reflexionaban
sobre la posibilidad de darle más
énfasis a la diversidad cultural
antes que a “la cultura y las civilizaciones”. Los
documen- tos también contienen sugerencias acerca de
tener más en cuenta las diferentes culturas de la naturaleza y la
dimensión natural, en general con relación a lo que fue considerado en los
primeros diseños.
Como
segundo paso fue necesario tener una imagen
más precisa de las opiniones de las personas implicadas en el proceso CCDH y de los representantes de las instituciones que podían ser de
considerable importancia. Durante las discusiones, los ex presidentes de la UGI
Bruno Messerli y Anne Buttimer, el secretario general de la UGI
Woo-Ik Yu, el representante de la Comisión
Ejecutiva y el vicepresidente de la UGI Vladimir Kolossov, y el director de la Casa de la
Geografía y secretario de la Iniciativa CCDH Giuliano
Be- llezza, remarcaron su continuo interés en esta iniciativa de la UGI. Pronto quedó
claro que la pregunta más importante para
el futuro no era tanto si la
iniciativa debía continuarse o no, sino
qué dirección debería tomar exactamente.
Los
pasos hacia una nueva orientación de la iniciativa
Una
comparación temprana de la primera versión de la Ini- ciativa de la UGI por un
Año Internacional sobre la Cultura y la Globalización de la ONU, en la forma
del Programa CCDH con las iniciativas del Año Internacional de las Montañas y
del
320
Benno
Werlen
Año
Internacional del Planeta Tierra, por
ejemplo, muestra, en primer
lugar, que se necesita
más de una sólida
estrate- gia de abajo hacia
arriba, y menos de una
lógica que sea de arriba hacia
abajo. Esta comparación hace que
sea obvia la necesidad de este cambio
de perspectiva para poder mejorar las capacidades y estimular la
discusión futura. Esto implica posiciones
firmes del Comité Nacional de cada país
miembro y de las distintas comisiones de la UGI dentro de la Geografía, de otras
organizaciones y comisiones de investigación de las ciencias sociales y
culturales y de las humanidades, así como de instituciones nacionales de
subsidio a la investigación, me- dios de comunicación masivos y ONG
potencialmente intere- sadas, tanto a
escala local como global.
Un
segundo punto en la comparación muestra, obviamen- te, que la reorganización de
la iniciativa de la UGI requiere considerable apoyo institucional y financiero,
mucho más de lo que recibió hasta ahora.
Por ejemplo, las iniciativas por el Año Internacional de las Montañas y el Año
Internacional del Planeta Tierra fueron sostenidas por una secretaría pro- fesional con filiales
en diferentes continentes y países.
Teniendo
en cuenta la estructura organizacional de la iniciativa –de abajo hacia
arriba– deben mencionarse dos
implicaciones. Primero, las actividades
regionales y nacio- nales serán
de crucial importancia. Por lo
tanto, el Comité Nacional de cada país miembro de la UGI funcionará
como nexo entre la acción global y las actividades de investigación regionales.
En segundo lugar, se debe organizar una serie de talleres y conferencias en todos los niveles: regional, nacio- nal e
internacional.
El
primer paso en esta dirección fue una reunión de un grupo de académicos
realizada en Roma a principios de ju- nio de
2008. Ron Abler,
Giuliano Belezza, Anne Buttimer, Karl Donert, Vladimir Kolossov, Jacques Levy, John
Pickles, Ola Soederstroem y Benno Werlen trataron de encontrar una
nueva orientación para la Iniciativa
de la UGI. “Diversidad
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 321
cultural”, “diversidad
natural” y “desarrollo humano” fueron algunas de las
palabras clave en los debates. Las preguntas más importantes
que se discutieron fueron: ¿en qué temas de- bería concentrarse la iniciativa?, ¿qué tipo de
programas de investigación deberían llevarse a cabo a nivel nacional?, ¿qué
tipo de acciones deberían realizar cada Comité Nacional de la UGI y las
asociaciones geográficas para
reestablecer la inicia- tiva como un movimiento de abajo hacia arriba?
Al
mismo tiempo se hizo evidente que uno de los primeros pasos en la construcción
de la iniciativa desde la base debía
ser, posiblemente, la preparación de la acción política a nivel nacional, por medio de proyectos
de investigación que conta- ran
con amplio apoyo.
Para esto, la cooperación entre
cada Comité Nacional de la UGI y los investigadores dentro de las
instituciones de investigación nacionales es ciertamente una precondición
necesaria. Por consiguiente, la participación directa de los Comités Nacionales resulta muy
importante. Teniendo en cuenta la orientación transdisciplinaria de la ini-
ciativa, es necesario también un compromiso significativo de todas las
comisiones de la UGI: aquellas con una firme orien- tación cultural, así como aquellas
con orientación científica
natural. La Geografía debe demostrar su potencial integra- dor sobre la
base de los fundamentos teóricos más avanzados. También se discutieron
intensamente y se preestructuraron las posibilidades de establecer vínculos con la
Unesco y de incorporar a las
ciencias culturales y sociales, y a las
huma- nidades. Los resultados de la
reunión se presentaron en el
31º
Congreso Internacional de Geografía en Túnez, realizado entre el 12 y el 15 de
agosto de 2008, y fueron aprobados por el Comité Ejecutivo de la UGI
recientemente elegido.
La
nueva orientación: el Año Internacional para el Entendimiento
Global
de la ONU
Los
años internacionales de la ONU sirven para
arrojar un haz de luz en áreas de
interés y preocupación y forman
322
Benno
Werlen
parte de un
programa mayor de años, días, décadas
y me- ses dedicado a causas particulares que son apoyadas
por la Carta de las Naciones Unidas
y por el trabajo que esta lleva a
cabo. El impacto de estas acciones, dentro y fuera de la
academia, es una clara muestra de la sinergia
que puede re- sultar del
encuentro de formas de conocimiento
“públicas” y de “elite”. En los últimos
años han establecido la agenda de investigación
científica y, al mismo tiempo, han
mejora- do la conciencia pública
sobre la importancia de las geo- ciencias. Sin embargo, las dimensiones
culturales de la vida contemporánea no fueron contempladas en estas iniciativas
pasadas. Por ello, un
año enfocado en la Geografía
Cultu- ral promovería las
humanidades y las ciencias culturales y sociales, y eliminaría este
“punto débil” de los mencionados emprendimientos.
La
nueva orientación de la iniciativa focaliza en particular en las transformaciones actuales de las actividades cotidia- nas, transformaciones que son resultado de las actividades globalizadas
en las dimensiones política, social y económica, pero especialmente en la cultural. La globalización de las rutinas
locales y regionales genera nuevos patrones que pro- vocan impactos durables en la vida de la gente alrededor del mundo. Por lo tanto,
también crean una nueva
conciencia sobre cuán extensamente están conectados los muchos tipos de expresiones culturales a la
disponibilidad de recursos na-
turales en nuestro planeta. La interface de las ciencias
so- ciales y naturales ha sido un punto central de la Geografía, como se
ha demostrado mediante la contribución de los geó- grafos a los debates sobre temas ecológicos y ambientales. El
trabajo geográfico en esos temas espinosos
ha ido más allá del estudio de
los elementos físicos, para hurgar en las com- plejas relaciones entre los sistemas
culturales y naturales, que son las que conducen a los problemas
ambientales. Esta capacidad puede ser usada durante un año de la ONU para dar
mayor visibilidad y publicidad a las complejas
relaciones
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 323
entre
lo local y lo global, y entre la cultura
y la naturaleza. El año internacional,
cuyo título operativo es de “Entendi-
miento Global”, llegará más allá de
cualquier componente cultural –como las lenguas, las migraciones o las
conexiones interculturales– al examinar las conexiones con otros com- ponentes
culturales y con el ambiente
natural, incluyendo varios elementos del paisaje y sistemas ambientales y la
inte- racción entre ellos.
En
la elección de un título de trabajo para
el año in- ternacional, pusimos
especial atención en una perspectiva integrada e integradora
sobre el proceso y los resultados
de la globalización, centrándonos en la
cultura. Además, el título debía resultar atrapante, programático e inspira-
dor a simple vista. Con
el título “Entendimiento Global”, esperamos expresar nuestra meta
principal de un modo que despierte el interés en nuestros esfuerzos. Buscamos aumentar la
conciencia pública sobre las
humanidades, los estudios culturales y
las Ciencias Sociales, incrementando la
visibilidad tanto de su competencia
intrínseca como de su impacto político.
El
proceso de globalización supone cambios en las condicio- nes culturales,
sociales y naturales. Nuestra propuesta
integra las humanidades, las Ciencias Culturales y las Ciencias Socia- les con
las Ciencias Naturales. Esto capitaliza las capacidades esenciales de la
Geografía como disciplina integradora, y nos permite aprovechar sus
fortalezas. Dado que la Geografía tie-
ne una larga tradición en la investigación integrada, creemos que la
disciplina está bien posicionada para
lidiar con el com- plicado grupo de
temas que presenta la globalización.
Para
poder tratar con las nuevas condiciones
geográficas, en cada escala y en
todo el mundo, se requiere
de nuevas imaginaciones y
representaciones geográficas. La
Geografía es la única disciplina con la capacidad cultural y con acceso
mundial a todos los niveles de la educación necesarios para llevar a cabo esta
tarea. Esto no solo nos permitirá realizar
324
Benno
Werlen
una
investigación en todo el mundo, sino también presentar módulos basados en el
año del
“Entendimiento Global” a niños tan pequeños como los de la escuela
primaria.
El
corazón temático del año internacional es la experien- cia vivida de la
globalización en sus muchas formas (cultural, social, económica y natural) y
las concomitantes transforma- ciones de
las bases naturales de la vida humana. El progra- ma de la iniciativa, tal como
ha sido establecido hasta ahora, sugiere
la identificación de los siguientes
campos como cen- tro de sus actividades:
•
Alimento / Comer (de la finca al tenedor)
•
Vivienda / Residir
•
Vestimenta / Vestir
•
Comunicación / Comunicar
•
Arte / Imaginar
•
Religión / Creer
•
Movilidad / Movilizarse
•
Deportes / Jugar
•
Residuos / Reciclar
La
investigación científica de estos campos
de actividades puede y debe ser llevada
a cabo a la luz de las siguientes po-
sibles dimensiones claves (formales):
•
Unidad / Diversidad
•
Cosmopolitanismo / Provincianismo
•
Identidades fluidas / Identidades rígidas
•
Mapear/ Actuar
•
Civilizaciones antiguas (locales)/
Culturas globales
El
dossier para cada una
de estas dimensiones clave for-
males debería incluir la formulación del objetivo,
las posi- bles orientaciones de investigación programáticas –como los
puntos de anclaje o de inicio para los proyectos de investiga- ción– y un esquema del
alcance (mediático/didáctico). Esto nos
conduce a las siguientes tres
subdimensiones:
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 325
-
Discurso (objetivo):
•
Ejemplificación y análisis de las
expresiones culturales del campo
“Alimento/Comer” (dimensión clave de activida- des) con
relación al límite entre la
unidad y la diversidad (dimensión clave formal).
-
Científica (orientaciones para la investigación):
•
Analizar las culturas del comer mediante la reconstruc- ción de los flujos de
productos, desde la finca hasta el tene-
dor para
diferentes dietas (desde la
unidad/uniformidad a la diversidad más
alta).
•
Analizar la imbricación/no imbricación de la producción agrícola orientada al
mercado mundial en la cultura local.
•
Analizar las transformaciones de las
condiciones natu- rales según dietas diferentes –de la uniformidad a la
diversi- dad– y de las diferentes cadenas
alimentarias.
- A
lcance (mediático/didáctico):
•
Esquemas de documentales sobre las corrientes de pro- ductos, la localización global
de los impactos de diferentes
dietas, etc. Sugerir temas para la enseñanza y material didác- tico para los
diferentes niveles de educación, desde la escue- la primaria hasta la
secundaria.
Cada
dossier debería comenzar con un breve esquema de un campo
temático desde la
perspectiva de las geografías globalizadas y con
sugerencias sobre enfoques
de entendi- miento global. Cada
documento debe ser considerado como la primera versión de un esquema por dossier, que
será pre- sentado a las diferentes asociaciones/consejos, a los actores
políticos, etc., con el fin de obtener
su apoyo. El mismo de- bería ilustrar los principales objetivos y aspiraciones
del Año Internacional de las Naciones
Unidas.
326
Benno
Werlen
La
estructura de la iniciativa
La
iniciativa por el Año Internacional, moldeada por apor- tes provenientes de
todo el mundo, está ahora estructurada de abajo hacia arriba. Procuramos lograr una mayor concien- cia
pública, así como el apoyo de los medios y de las institucio- nes
educativas, ya que esta
retroalimentación será crucial en la formulación
de las acciones de la iniciativa. A lo
largo del año, a medida que se extiendan nuestros alcances mediáti- cos y educativos, utilizaremos las
respuestas de todo el mundo para darle forma a la iniciativa. Este ida y vuelta
será también valioso en la formulación de los programas de investigación.
Más
allá del tema, armar un Año
Internacional de la ONU requiere de una
acción simultánea en tres frentes
interrela- cionados: científico,
público y político. Cada uno debe estar coor- dinado con el otro y con las acciones a escala local, nacional y global en la misma
arena. La agenda científica incluye pla-
nes de acción para la investigación científica, debe
motivar a las organizaciones científicas académicas para que organicen
conferencias, programas de financiación y otras
actividades del estilo para
estimular la investigación en el tema
del Año Internacional. El título
“Acción Pública” reúne estrategias para fortalecer la conciencia pública sobre
el tema, a través de la
difusión en los medios y del compromiso de los profe- sores de la
escuela secundaria. Las acciones políticas están dirigidas primordialmente a
los representantes nacionales de la Asamblea
General de la ONU, que son los que
votan las propuestas de los Años
Internacionales. Para la proclamación de un año ONU es necesario el apoyo de la
mayoría de estos representantes. Tanto los programas científicos como los edu-
cativos pueden ser de ayuda en la presentación de la idea de un año ONU a los
representantes nacionales.
La
tarea del sector de investigación es lograr el compro- miso de la
comunidad científica internacional. A lo
largo del año ONU,
se estimularán y conceptualizarán la inves- tigación y los programas a escala nacional e
internacional.
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 327
Esto
incluirá los proyectos de investigación de naturaleza conceptual y
teórica, así como los proyectos de investigación empírica.
En
la escala nacional, esto implica reunir
el apoyo de las organizaciones nacionales de investigación, así como el de las comunidades geográficas no
académicas. Las agendas de investigación para el “Año Internacional para
el Entendi- miento Global” proporcionarán miradas interdisciplinarias desde múltiples perspectivas sobre
temas culturales. Busca- mos propuestas de todas las áreas
de la Geografía y de las
comunidades científicas interdisciplinarias. En consonancia con los objetivos
de investigación internacionales, el trabajo en esta escala incluirá estudios
teóricos y estudios de caso. Además, alentamos el trabajo más allá de los límites nacio- nales,
considerando las transformaciones culturales y natu- rales en regiones o
continentes seleccionados.
Las acciones
“públicas” involucran tanto
a los medios como
a la educación. Los documentales y los informes en los diferentes
medios de comunicación (prensa escrita,
te- levisión, Internet, etc.) acercarán el año
internacional a un público más
amplio y alentarán la reflexión sobre
las dimen- siones culturales de la globalización. Al mismo tiempo, los proyectos en la escuela primaria y secundaria
involucrarán a los alumnos en estos temas, dándole forma a la participación de
la próxima generación en materia de estudios
culturales como un campo dinámico
que se ocupa de temas de la vida
contemporánea. La estructura y el
enfoque de estos alcan- ces
públicos se están conformando mediante
la discusión en amplias audiencias
interdisciplinarias. Estas mesas redondas de discusión son tanto geográficas
como interdisciplinarias. Cada una trata una cuestión de interés en particular para el público en
general, y está a cargo de especialistas en cada
área. Para ejemplificar cómo podrían construirse series si- milares
para el “Año Internacional
para el Entendimiento Global”,
consideraremos brevemente el dossier sobre “culturas
328
Benno
Werlen
globalizadoras”.
Los objetivos de este volumen son
mostrar cómo las formas de vida globalizadoras se combinan con las tradiciones
locales, cómo dependen de
capacidades de ac- ción
desiguales y cómo estilos de vida globalizados reducen la diversidad natural. Cada dossier sobre un aspecto del
“Año In- ternacional para el
Entendimiento Global” de la ONU debe comenzar de similar modo con una
descripción del campo. Luego debe
tratar las cuestiones de
investigación científica y debe
bosquejar los programas de investigación, antes de pre- sentar los temas didácticos y el material para los educadores. Cada
dossier concluirá con recursos para
documentales des- tinados a los
medios de comunicación y a los libros de
texto escolares. Tal volumen podría explicar alguna
investigación geográfica reciente
sobre la globalización, para hacerla
acce- sible a una audiencia amplia.
La
tercera arena, la de la acción “política”, está dirigida a los encargados de
tomar las decisiones y consiste
en tra- bajar con ellos en
la proclamación del año
internacional. Esto requiere tanto
ejercer presión sobre los representan- tes más inclinados a interesarse
en el año global –incluyen- do a los que representan a los Estados nacionales
grave- mente afectados por la globalización– como en
preparar el documento del proyecto
formal. Los requisitos para este
documento se detallan más adelante en
este capítulo. Es- timamos
que se necesita el apoyo
de entre 30 y 50 países para
llegar al nivel del Consejo
Económico y Social de las Naciones
Unidas (ECOSOC). En la
última etapa necesita- remos más del 50% de los países
representados en la Asam- blea General
para poder proclamar el año internacional. La acción política
es coordinada por la secretaría
global de la iniciativa, pero la presión
a nivel nacional es llevada a cabo por las comisiones de acción regionales,
trabajando en conjunto con los secretariados por comunidad lingüísti- ca, que
actualmente se encuentran en conformación. Has- ta ahora Moscú, Seúl y Santiago de Compostela aceptaron
La
Iniciativa de la Unión Geográfica Internacional... 329
ser
el centro de operaciones para la coordinación de todas las actividades de sus
respectivas comunidades lingüísti- cas,
y Canadá e Italia están evaluando
nuestro pedido.
Requisitos
y procedimientos futuros
Una vez que
se cuenta con la declaración de
un año
in- ternacional de la ONU, es necesario seguir criterios especí- ficos para la proclamación, la propuesta, la celebración
y la evaluación del año. En los próximos
párrafos de desarrollan cada uno de
estos grupos de requisitos.
Para
que la ONU proclame un año internacional, el tema del año debe concordar con sus principios y debe ser impor- tante para todos los países. El
tema y el año deben contribuir a la resolución de los problemas globales
existentes y a la ace- leración de los esfuerzos por la paz internacional. El
criterio definitivo para la
elección del tema del año internacional
es que este debe conllevar
acciones a nivel nacional e
interna- cional. Una vez que el tema se ha formulado apropiadamen- te y que se
ha acordado el financiamiento, la propuesta para la proclamación se puede
presentar al Consejo Económico y Social de la ONU. Una vez que la ECOSOC
aprueba la pro- puesta, la misma se vota
en la Asamblea General.
Para que la
propuesta sea aprobada se debe demostrar que el año ha sido totalmente
organizado. Esto debe incluir: objetivos
claramente definidos, medidas
internacionales que los
complementen, medidas de apoyo a nivel nacional y comités nacionales establecidos para llevar a cabo
el año internacional.
La
evaluación del Año Internacional también
debe ser detallada en la propuesta
para que
esta pueda ser aceptada. Debe
incluir cuáles serían
los resultados claros e
identifica- bles de un año
exitoso y establecer
procedimientos para la evaluación. Esta
debería continuar después de que el año
in- ternacional hubiese concluido. Programáticamente, estamos avanzando con la
definición de las dimensiones centrales de
330
Benno
Werlen
la
agenda. La misma debe estar disponible
en diferentes for- matos y extensiones para
poder ser transmitida fácilmente a distintas audiencias. Además, debe ser transformada en una agenda de investigación
que inspire a un
gran número de académicos a
sumarse al trabajo relacionado con el año
in- ternacional. Esta investigación
debería integrarse con otras
numerosas propuestas. Los programas de investigación serán establecidos a nivel
nacional e interdisciplinario.
Perspectivas
Para
poder negociar el diseño definitivo de una resolución de la ONU,
se necesita de las mejores
fuerzas intelectuales de las
Ciencias Sociales y Culturales.
Debemos lograr ganar el interés y el apoyo de las figuras más prominentes de
estas disciplinas y, naturalmente,
también el de los más conocidos y distinguidos geógrafos internacionales e
interdisciplinarios, quienes están
familiarizados con los últimos
desarrollos teó- ricos en las Ciencias Culturales y Sociales así como en la in- vestigación ecológica. Sin embargo, es poco probable que sea una
tarea fácil. De todas formas, debemos citar su posición en la resolución y
obtener su compromiso con la propuesta para poder transformar el amplio proyecto
político (Declaración de la ONU)
en una importante investigación en el marco
de las humanidades y de las Ciencias Culturales y Sociales.
No
menos importante será el apoyo de las
comunidades lingüísticas de geógrafos
para contribuir a este proyecto. Para esto
necesitamos, primero, contactar a todas
las per- sonas en cada país miembro de la UGI para coordinar la in-
vestigación y otras actividades que promuevan esta iniciativa
–en cooperación con los secretariados lingüísticos ya esta- blecidos o a ser establecidos– en el
nivel nacional y regional. Hasta
ahora Holanda, Suiza, Austria,
Italia, Rusia, Corea del Sur, Alemania y España ofrecieron
su apoyo espontánea- mente, mientras que
las negociaciones con otros países
se han iniciado y esperamos que
sean igualmente exitosas.
Es
necesario además contar con secretariados continen- tales, los
cuales jugarán un rol
sumamente importante en el proceso de organización desde abajo
de la iniciativa por un Año Internacional de la ONU. Ellos serán responsables de coordinar las actividades
dentro de sus respectivas comu- nidades lingüísticas y de
mantener la comunicación entre la secretaría global y las actividades locales.
Estas acciones locales incluyen, especialmente actividades científicas
y de difusión (medios/libros
escolares). Además, particularmen- te, en las primeras fases, es de vital
importancia que los se- cretariados
ayuden a establecer contactos locales.
Estamos a la espera de un Secretariado Latinoamericano que coordine las
actividades para América Latina y que apoye las activida- des arriba mencionadas.
Bibliografía
Board of Officers
of the Corporation of the International Year of Planet Earth. 2008.
Earth science for society: Interna- tional Year of Planet Earth.
Pitte, J. R. y Vallega, A. 2005. “Cultures and
civilizations”.
Inédito.
Proceedings
of the UN Economic and Social Council.
1979.
Adopted decisions on International years and anniversaries. Ginebra.
Unesco. 1993. Two new initiatives for human
development. París.
Disponible
en: http://www.unesco.org/education/
educprog/brochure/003.html#
03
Benno
Werlen
Los
autores
Susana
Adamo
Licenciada
en Geografía por la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Población por la
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, México) y Doctora en
Demografía por la Universidad de Texas-Austin (Estados Unidos). Actualmente se
desempeña como investigadora científica
asociada en el Center for International Earth Science Information Network
(CIESIN) de la Universidad de Columbia y como cocoordinadora de PERN (Popula-
tion and Environment Research Network). Es miembro del Comité Nacional Argentino
del International Human Dimension Program of Global Environmental Change. Sus
trabajos de investigación se desarrollan en el campo de distribución y
movilidad espacial de la población y medio ambiente. Correo electrónico:
sbadamo@yahoo.com
Jens
Andermann
Profesor
Titular de Estudios Latinoamericanos y Luso-Brasileños en Birkbeck College,
Uni- versidad de Londres. Es editor del Journal of Latin American Cultural
Studies y autor de los libros The Optic of the State: Visuality and Power in
Argentina and Brazil (Pittsburgh, Uni- versity of Pittsburgh Press, 2007) y Mapas de poder: una arqueología literaria
del espacio argentino (Rosario, Viterbo, 2000). Con Beatriz González-Stephan ha
editado la colección Galerías de progreso: museos, exposiciones y cultura visual
en América Latina (Rosario, Vi- terbo, 2006), y con William Rowe, Images of
Power: Iconography, Culture and the State in Latin America (Oxford, Berghahn
Books, 2005). Actualmente se dedica a las relaciones y tensiones entre paisaje
y modernidad en Latinoamérica, y a lo
real en el cine argentino y brasileño contemporáneo. Correo electrónico:
j.andermann@sllc.bbk.ac.uk
Vincent
Berdoulay
Doctor
por la Universidad de California, Berkeley (Estados Unidos). Actualmente se
desempe- ña como profesor de Geografía y Planificación de la Universidad de Pau
(Francia). Es miembro del Laboratorio SET (Société, Environnement, Territoire)
del CNRS (Centro Nacional de Investi- gaciones Científicas, Francia). Participa
activamente de dos Comisiones de la Unión Geográfi- ca Internacional (La
Aproximación Cultural en Geografía e Historia de la Geografía). Realiza sus
investigaciones en torno a las siguientes temáticas: Historia de las Ciencias,
Geografía Cultural, Pensamiento ecológico, Planificación y Urbanismo. Ha
publicado los siguientes libros: L’espace public à l’epreuve. Regressions et
émergences (en colaboración con Paulo Cesar Da Costa Gomes y Jacques Lolive.
Bordeaux, Maisons de Sciences de l’Homme de Aquitaine, 2004); Les Pyré- nées
lieux d’ interactions des savoirs XIXe-début XXes (Éditions du CTHS, París
1995, reeditado en 2004); y La formation de l’école français de géographie
(1870-1914) (Bibliothèque Nacionale, París, 1995, reeditado en 2008). Correo
electrónico: vincent.berdoulay@univ-pau.fr
Ana
Fani Alessandri Carlos
Graduada
en Geografía por la Universidad de San Pablo. Magíster, Doctora y Libre-Docente
en Geografía por la misma universidad. Actualmente se desempeña como Profesora
Titu- lar del Departamento de Geografía de la Facultad de Filosofía y Ciencias
Humanas de la Universidad de San Pablo. Coordina el Grupo de Estudios
sobre San Paulo (GESP), Labur Edições y la Revista ALEFt en el Laboratorio de
Geografía Urbana (LABUR/DG/FFLCH/USP). Es autora y organizadora de varios
libros en el área de la Geografía Urbana. Sus inves- tigaciones y reflexiones se desarrollan en torno a los siguientes
temas: espacio, ciudad, cotidiano, metrópoli y Geografía Urbana, teoría y
método con la perspectiva de construir una “Metageografía”. Correo electrónico:
anafanic@usp.br
Hortensia
Castro
Graduada
en Geografía por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Políticas
Ambientales y Territoriales de esa misma
universidad. Se desempeña como
docente e investigadora del Departamento e Instituto de Geografía de la
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad
de Buenos Aires. Se ha especializado en el análisis de los usos
(materiales y discursivos) de la naturaleza y su relación con la construcción
de luga- res. Actualmente dirige proyectos de investigación sobre valorización
de la naturaleza y conflictos socioambientales en áreas rurales (con sede en la
Universidad de Buenos
Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana AdamoAires) y sobre la construcción histórica del riesgo ambiental (con sede en la Universidad Nacional del Litoral). Editó junto a Perla Zusman y Carla Lois el libro Viajes y Geografías. Exploraciones, turismo y migraciones en la construcción de lugares (Buenos Aires, Prome- teo, 2007). Correo electrónico: sitacastro@yahoo.com.ar
Paul
Claval
Profesor
emérito de la Universidad de París IV, París-Sorbonne. Graduado en Geografía
por la Universidad de Toulouse. Se desempeñó como profesor de la Universidad de
Besançon y de París-Sorbonne. Desarrolló investigaciones en el área de Historia
del Pensamiento Geográfico, exploró las relaciones entre Geografía y Economía
(en la década de 1960) y entre Geografía, So- ciología y Ciencia Política (en
las década de 1970 y 1980). Desde hace aproximadamente quince años trabaja
específicamente en el área de la Geografía Cultural. Es autor de más de treinta
libros y de un gran número de artículos publicados en diversos idiomas. Su
último libro se titula Religion et Idéologie (París-Sorbonne, Pups, 2008).
Correo electrónico: p.claval@wanado.fr
Roberto
Lobato Corrêa
Graduado
en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro, ha obtenido una
especialización en Geografía Regional por la Universidad de Estrasburgo. Es
Magíster en Geografía Urbana por la Universidad de Chicago y Doctor en
Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro. Actualmente se
desempeña como Profesor Adjunto de la Uni- versidad Federal
de Río de Janeiro. Realiza investigaciones en torno a los siguientes temas:
estudios comparativos sobre la red urbana, espacio y cultura y organización
interna de la ciudad. Fundador con Zeny Rosendahl del Núcleo de Estudos e
Pesquisas sobre Espaço e Cultura (NEPEC), correspondiente a la Universidad del
Estado de Río de Janeiro. Es autor de los siguientes libros: Estudos sobre a
Rede Urbana (Río de Janeiro, Bertrand,
2006); Litera- tura, Música e Espaço (en colaboración con Zenny Rosendhal. Río
de Janeiro, Eduerj, 2007); y Cultura, Espaço e o Urbano (en colaboración con
Zenny Rosendhal, Río de Janeiro, Eduerj,
2006),
entre otros. Correo electrónico: lobatocorrea@uol.com.br
Paulo
César da Costa Gomes
Graduado
en Geografía por la Universidad Federal de Río de Janeiro. Magíster en
Geografía por la misma universidad y Doctor en Geografía por la Universidad de
París IV, París-Sorbonne.
Se
ha desempeñado como profesor visitante en diversas universidades de Francia (La
Roche- lle, Pau, Lyon y Reims). Actualmente es Profesor Asociado en la
Universidad Federal de Río de Janeiro. Posee una amplia experiencia de trabajo
en las áreas de Teoría y Métodos en Geo- grafía, con énfasis en Historia del
Pensamiento Geográfico, Epistemología de la Geografía y Geografía Política.
Desarrolla su investigación en torno a los siguientes temas: espacio público,
territorio, epistemología de la Geografía, ciudadanía y cultura. Es autor de
dos libros: Geografia e Modernidade (Río de Janeiro, Bertrand, 1996) y A
Condição Urbana (Río de Janeiro, Bertrand,
2006).
Correo electrónico: pccgomes@yahoo.com.br
Rogério
Haesbaert
Graduado
en Geografía por la Universidad Federal de Santa Maria, Magíster en Geografía
por la Universidad Federal de Río de Janeiro y Doctor en Geografía Humana por
la Univer- sidad de San Pablo. Ha realizado estudios posdoctorales en la Open
University (Inglaterra). Desde 1986 se desempeña como Profesor Asociado de la
Universidad Federal Fluminense. Es investigador del CNPQ (Consejo Nacional de
Investigación, Brasil). Ha desarrollado in- vestigaciones en torno a los
siguientes temas: territorio y desterritorialización, identidad territorial,
globalización, región y regionalización. Ha publicado los siguientes libros:
Des- territorialização e Identidade (Niteroi, EdUFF, 1997); Latifúndio e
Identidade Regional (Porto Alegre, Mercado Aberto, 1988); Territórios
Alternativos (San Pablo y Niteroi, EdUFF/Contex- to, 2002); y O mito da
desterritorialização: do ‘fim dos territórios’ à multiterritorialidade (Río de
Janeiro, Bertrand, 2004). Correo electrónico: rogergeo@uol.com.br
Daniel
Hiernaux-Nicolas
Máster en Ciencias y Programación Urbana y Regional por la Universidad de Lovaina y Doctor en Geografía por la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Actualmente es profesor e investigador titular a tiempo completo (en el área de investigación Espacio y Sociedad) y coordinador de la Licenciatura en Geografía Humana de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, campus Iztapalapa, en la ciudad de México. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores con el nivel III. Sus temas actuales de investigación son: Geografía del Turismo, imaginarios urbanos y lugares, Geografía Urbana y centros históricos, Teoría Geográfica. Es codirector, con Alicia Lindón, del Tratado de Geografía Humana, publicado en Barcelona por Anthropos y la UAM (2006). Correo electrónico: danielhiernaux@gmail.com
Perla
Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo
Kahryn
Hughes
Senior
Research Fellow y codirectora del Families Lifecourse and Generations Research
Centre (FLaG). Ha trabajado en el área de las Ciencias de la Salud y en el
desarrollo de me- todologías innovadoras
para acceder y reinsertar sujetos y grupos socialmente excluidos.
Actualmente se desempeña como investigadora principal del proyecto
Intergenerational Exchange: grandparenting and social exclusion, financiado por
el Economic and Social Research Council (ERSC). Sus principales intereses
teóricos comprenden la teorización del
tiempo, el espacio y la conformación de la identidad. En este marco ha
trabajado las siguientes temáticas: experiencias intergeneracionales y
significados de la exclusión social, las prácticas de adicción y la teorización
de redes sociales en el contexto de comunidades con bajos ingresos. Correo
electrónico: k.a.hughes@leeds.ac.uk
Charlotte
Kenten
Doctora
en Geografía. Ha realizado estudios de posdoctorado en la Universidad de Leeds.
Actualmente se desempeña como asistente de investigación en el King’s
College de la Universidad de Londres. Sus intereses de investigación se centran
en el uso de métodos cualitativos en la exploración de una variedad de aspectos
que incluyen las geografías de las identidades marginalizadas, problemas en el
juego por Internet, expectativas de vida y donación de órganos y transplante.
Correo electrónico: charlotte.kenten@kcl.ac.uk
Jaques
Lévy
Es exalumno de la Escuela Normal Superior de Cachan, Francia, con agregación y docto- rado de Estado en Geografía. Fue profesor de la Universidad de Reims y del Instituto de Estudios Políticos de París. Desde 2004 es profesor ordinario de Geografía y Ordenamiento del Espacio en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (Suiza). Es director del Labora- torio Chôros. Ha sido consejero y jefe de misión en varios ministerios e instituciones del gobierno francés relacionados con la investigación y con el ordenamiento del territorio. Sus principales campos de estudio son la Geografía Política, la ciudad, Europa y el mundo. Ha sido profesor visitante en la Universidad de Nueva York, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), en el Instituto Universitario Oriental de Nápoles, en la Universidad de San Pablo y profesor de la Cátedra Reclus de México. Desde 2002 coordina la revista online EspacesTemps.net. Correo electrónico: jacques.levy@epfl.ch
Alicia
Lindón
Licenciada
en Geografía por la Universidad de Buenos Aires. Máster en Estudios Urbanos por
El Colegio de México y Doctora en Sociología por la misma institución.
Actualmente se desempeña como profesora e investigadora titular a tiempo
completo del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma
Metropolitana, campus Iztapalapa, en donde ejerce como investigadora del área
Espacio y Sociedad y responsable del Cuerpo Académico con- solidado Espacio,
Imaginarios y Poder. A su vez, es docente y coordinadora de la licenciatura de
Geografía Humana. Asimismo es miembro del núcleo básico y comisión académica
del Posgrado de Estudios Laborales de la misma universidad y miembro del
Sistema Nacional de Investigadores, nivel II de CONACYT. Sus líneas de
investigación son: la investigación cualitativa y la subjetividad espacial; la
ciudad, la vida cotidiana y los espacios vividos; y las Geografías
constructivistas. Correo electrónico: alicia.lindon@gmail.com
Zeny
Rosendhal
Graduada
en Geografía. Magíster en Geografía por la Universidad Estadual de Río de
Janeiro (UERJ) y Doctora y Posdoctora por la Universidad de París IV,
París-Sorbonne. Desde 1980 se desempeña como profesora del Departamento de
Geografía de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ) donde coordina
el Núcleo de Estudos e Pesquisas sobre Espaço e Cultura (NEPEC). Desarrolla
investigaciones en el área de Geografía de la Religión. Tiene innumerables
publicaciones en esta área, destacándose la Colección de Geografía Cultural de
la Editorial UERJ que ya cuenta con 16 volúmenes publicados. Correo
electrónico: rosendahl@pq.cnpq.br
Odette
Carvalho de Lima Seabra
Geógrafa con especialización en Economía Regional y Urbana por el Instituto de Pesquisas Econômicas de la Faculdade de Economia e Administração de la Universidad de San Pablo. Magíster y Doctora en Geografía Humana por la Universidad de San Pablo, Profesora del Programa de Posgrado del área de Geografía Humana en el Departamento de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de San Pablo. Es también investigadora del CNPq (Consejo Nacional de Investigaciones, Brasil). Desarrolla dos líneas de investigación: políticas del espacio, y cotidiano y modos de vida. Ha estudiado el proceso de valoriza- ción de ríos y áreas inundables de San Pablo y la estructuración de la metrópoli paulista focalizando en los barrios y la vida del barrio en la ciudad, a partir de un enfoque histórico genético. Correo electrónico: odseabra@usp.br
Perla Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo Gill Valentine Profesora de Geografía Humana y Directora del Leeds Social Science Institute de la Universi- dad de Leeds (Gran Bretaña). Sus áreas de interés incluyen: identidades sociales (focalizándose específicamente en igualdad y diversidad), culturas de consumo y estudios sociales de niñez, crianza y vida familiar. Fue coautora y editora de 14 libros y más de 100 artículos e informes gu- bernamentales. Editora fundadora de la revista Social and Cultural Geography y editora de Gen- der, Place and Culture. Sus investigaciones fueron galardonadas por el Philip Trust Prize y el Royal Geographical Society Award. Entre sus libros se destacan: Public Space and Culture of Chilhood (Londres, Ashgate, 2004); Key Thinkers on space and Place (en colaboración con P. Hubbard y R. Kitchin. Londres, Sage, 2004); y Mapping Desire: Geographies of Sexualities (en colaboración con D. Bell. Londres, Routledge, 1995). Correo electrónico: g.valentine@leeds.ac.uk
Benno
Werlen
Doctor
en Geografía por la Universidad de Fribourg y Profesor en Geografía Social en
el De- partamento de Geografía de la Universidad Friedrich-Schiller en Jena
(Alemania). Actual- mente es Presidente de la Comisión “La Aproximación
Cultural en Geografía” de la Unión Geográfica Internacional, Coordinador
General de la Iniciativa de la Unión Geográfica In- ternacional por un Año de
las Naciones Unidas sobre Entendimiento Global. Es miembro del panel de la
European Research Council (Bruselas) y de la Agence National de Recherche
(París). Sus investigaciones comprenden la teoría de la acción centrada en
Geografía; las Geo- grafías de la Globalización y las regionalizaciones
diarias; las imágenes urbanas y las identida- des culturales. Entre sus libros
se destacan: Society, Action and Space. An Alternative Human Geography
(Londres, Routledge, 1993);
Sozialgeographie alltäglicher Regionalisierungen,
3
Vols. (Stuttgart, Steiner, 1995, 1997, 2007); Sozialgeographie. Eine Einführung
(Berna, Haupt/UTB, 2000); y Gesellschaftliche Räumlichkeit, 2 Vols. (Stuttgart,
Steiner, 2009). Co- rreo electrónico: Benno.Werlen@uni-jena.de
Perla
Zusman
Profesora de Geografía por la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Integración de América Latina por la Universidad de San Pablo (Brasil) y Doctora en Geografía Humana por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Actualmente es miembro de la Carrera de Investigador del CONICET, en la categoría de adjunta con sede en el Instituto de Geografía de la Universidad de Buenos Aires. Es representante argentina en la Co- misión “La Aproximación Cultural en Geografía de la Unión Geográfica Internacional”. Sus trabajos de investigación se desarrollan en el campo de la historia del pensamiento geográfico, los procesos de formación territorial y las Geografías Culturales. Ha publica- do los siguientes libros: Viajes y Geografías (en colaboración con Carla Lois y Hortensia Castro. Buenos Aires, Prometeo, 2007) y Una mirada catalana a l’Africa (en colaboración con Maria Dolors Garcia Ramón y Joan Nogué. Lérida, Pagès Editors, 2008). Correo elec- trónico: perlazusman@yahoo.es
Perla
Zusman, Rogério Haesbaert, Hortensia Castro y Susana Adamo


Publicar un comentario