© Libro N° 15008. Seduciendo A Mr Bridgerton. Quinn, Julia. Emancipación. Abril 11 de 2026
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SEDUCIENDO
A MR BRIDGERTON
Julia Quinn
Seduciendo A Mr Bridgerton
Julia Quinn
audaz… y muy atractiva.
Durante años se han conocido casi como hermanos, y de repente se dan cuenta de que no saben nada el uno del otro.
Pero no todo lo que descubrirán va a resultar tan placentero…
ePub r1.0
Titivillus 07.01.2021
Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15
Epílogo
Sobre la autora
Y para Paul, aun cuando lo más cercano que te parecería romántico en este campo sería una charla titulada «El beso de la muerte».
En cuanto a sus presas, los solteros empedernidos, el señor Colin Bridgerton ocupa nuevamente el primer lugar en las listas de maridos apetecibles, aun cuando todavía no regresa de un reciente viaje al extranjero. No tiene título, cierto, pero está en abundante posesión de buena apariencia, fortuna y, como lo sabe cualquiera que haya estado aunque sea un minuto en Londres, encanto.
Pero el señor Bridgerton ha llegado a la algo avanzada edad de treinta y tres años sin manifestar nunca un interés en ninguna determinada damita, y hay pocos motivos para esperar que la temporada de 1824 difiera mucho de la de 1823 en este respecto.
Tal vez las queridísimas jovencitas que se presentan en sociedad y, tal vez más importante aún, sus ambiciosas madres, harían bien en poner la atención en otra parte. Si el señor Bridgerton anda en busca de esposa, oculta muy bien ese deseo.
Aunque, por otra parte, ¿no es eso justamente el tipo de reto que más gusta a las jovencitas que se presentan en sociedad?
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN
dieciséis años, Penelope Featherington se enamoró.
Fue algo, resumido en una palabra, estremecedor. La tierra tembló, el corazón le dio un vuelco, el momento la dejó sin aliento. Y pudo decirse, con cierta satisfacción, que el hombre involucrado, un tal Colin Bridgerton, se sintió exactamente igual.
Ah, no en el aspecto del amor, eso sí. No se enamoró de ella en 1812 (ni en 1813, 1814, 1815, ni, ¡ay, maldición! en los años 1816-1822, ni en 1823 tampoco, pues en esos periodos estuvo ausente del país). Pero sí le tembló la tierra, le dio un vuelco el corazón y, Penelope lo sabía sin la menor sombra de duda, también se quedó sin aliento, unos buenos diez segundos.
Caerse del caballo suele hacerle eso a un hombre. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera:
Ella iba paseando por Hyde Park en compañía de su madre y sus dos hermanas mayores cuando sintió un atronador retumbo en el suelo (véase arriba: el temblor de tierra). Su madre no le prestaba mucha atención (rara vez se la prestaba en realidad), así que ella se alejó del grupo un momento para ver qué ocurría. El resto de las Featherington estaban embelesadas conversando con la vizcondesa Bridgerton y su hija Daphne, la que acababa de comenzar su segunda temporada en Londres, así que fingían no haber oído el ruido. La familia Bridgerton era de una importancia fundamental, por lo que no se podía desatender una conversación con ellas.
Cuando Penelope se asomó por un lado del tronco de un árbol particularmente ancho, vio a dos jinetes galopando hacia ella a una velocidad te lleve el diablo o cual fuera la expresión favorita para describir a dos locos a caballo despreocupados por su seguridad, salud y bienestar. Se le aceleró el corazón (habría sido francamente difícil mantener el pulso tranquilo en causa de que se cayera del caballo y estuviera cubierto de barro, dos cosas que garantizaban que un caballero se pusiera del peor humor posible. Pero cuando por fin él logró ponerse de pie, pasándose la mano por la ropa para quitarse el barro que era posible quitarse, no arremetió contra ella, no le dijo nada despectivo, no le gritó, ni siquiera la miró furioso.
Se echó a reír.¡Se rio!
Penelope no tenía mucha experiencia con risas de hombres, y la poca que tenía era de risas nada amables. Pero los ojos de ese hombre, de un color verde bastante intenso, solo expresaban risa, mientras se quitaba una vergonzosa mancha de barro de la mejilla.
—Bueno—dijo—,no lo he hecho muy bien, ¿eh?
Y en ese preciso instante, Penelope se enamoró de él.
Cuando encontró su voz (lo que ocurrió sus buenos tres segundos después de que una persona con cierta inteligencia habría contestado, le dolióreconocer), dijo:
—Oh, no, soy yo la que debo pedir disculpas. Se me voló la papalinay…Se interrumpió al caer en la cuenta de que, en realidad, él no había pedido
disculpas, por lo que no tenía ningún sentido contradecirlo.
—Nopasa nada —dijo él, mirándola con una expresión algo divertida—.
Yo…Ah, ¡buenos días, Daphne! No sabía que estabas en el parque.
Penelope se giró y se encontró mirando a Daphne Bridgerton, que estaba al lado de su madre (la de ella, no la de Daphne), la que al instante siseó:
«¿Quéhas hecho, Penelope Featherington?», y ella ni siquiera pudo contestar su habitual «Nada», porque en realidad el accidente era totalmente su culpa, y
—Estoy tan bien como la lluvia —terció Colin, dando un paso hacia un lado antes de que lady Bridgerton pudiera cogerlo con su maternal preocupación.
Se hicieron las presentaciones, pero el resto de la conversación fue insubstancial, principalmente porque Colin no tardó en colegir, acertadamente, que la señora Featherington era una madre casamentera. A Penelope no la sorprendió en absoluto que él se apresurara a marcharse.
Pero el daño ya estaba hecho. Ella ya había descubierto un motivo para soñar.
Esa noche, mientras revivía el encuentro por milésima vez, se le ocurriópensar que sería agradable poder decir que se enamoró de él cuando él le besóla mano antes de un baile, sus ojos verdes brillando con un destello travieso al apretarle los dedos con un poco más de fuerza de lo que sería decoroso. O tal vez podría haber ocurrido cuando él cabalgaba osadamente por un páramo barrido por el viento, y el viento (ya mencionado) no impedía que él (o mejor dicho, su caballo) galopara con la intención (de él, no del caballo) de acercarse cada vez más a ella.
Pero no, tenía que ir y enamorarse de Colin Bridgerton cuando se cayó del caballo y fue a aterrizar de trasero en un charco de barro. Eso era algo tremendamente raro y tremendamente poco romántico, pero sin duda no carente de una cierta justicia, puesto que no iba a salir nada de eso.
¿Para qué desperdiciar sueños románticos en un amor que jamás sería correspondido? Mucho mejor reservar las presentaciones en un páramo barrido por el viento a personas que realmente pudieran tener un futuro juntas.
más nerviosa que un baile en Londres.
Intentó convencerse de que la belleza estaba a solo un pelín bajo la piel, pero eso no le ofrecía ninguna disculpa cuando se reprendía por no saber jamás qué decir a las personas. No había nada más deprimente que una niña
fea sin personalidad. Una niña fea sin…, ah, bueno, tenía que darse algún mérito, vale, una niña fea con muy poca personalidad.
En el fondo sabía quién era, y esa persona era inteligente, amable y muchas veces incluso ingeniosa, divertida, pero no sabía cómo, su personalidad siempre se le quedaba perdida más o menos entre su corazón y su boca, y se sorprendía diciendo algo erróneo o, con más frecuencia, nada en absoluto.
Para empeorar las cosas, su madre se negaba a permitirle que eligiera su ropa, y cuando no vestía del color blanco obligado que llevaban la mayoría de las jovencitas (y que de ninguna manera sentaba a su tez), se veía obligada a vestir de amarillo, rojo y naranja, colores que la hacían verse totalmente un desastre. La única vez que sugirió el color verde, la señora Featherington se plantó las manos en sus más que anchas caderas y declaró que el color verde era demasiado triste.
El amarillo, en cambio, declaró la señora Featherington, era un color«feliz», y una jovencita «feliz» cazaría un marido.
En ese momento y lugar, Penelope decidió que era mejor no intentar comprender el funcionamiento de la mente de su madre.
Y así fue como siempre iba vestida de amarillo con naranja y de tanto en tanto de rojo, aun cuando esos colores la hacían verse decididamente «infeliz»e iban atrozmente mal con sus ojos castaños y su pelo castaño con visos
Pero ya nadie podía vivir sin la dosis casi diaria de cotilleo y todos pagaron sus peniques.
En algún lugar, una mujer (o tal vez un hombre, como elucubraban algunos) se estaba haciendo muy rica.
Lo que diferenciaba a la hoja Revista de Sociedad de Lady Whistledown de todas las hojas anteriores acerca de la sociedad era que la autora ponía los nombres completos de las personas mencionadas. No escondía a los personajes tras abreviaturas como lord P. o lady B. Si lady Whistledown deseaba escribir acerca de alguien, ponía su nombre completo.
Y cuando lady Whistledown deseaba escribir acerca de Penelope Featherington, lo hacía. La primera mención de Penelope en la Revista de Sociedad de Lady Whistledown fue la siguiente:
El desafortunado vestido de la señorita Penelope Featherington hacía parecer a la desafortunada jovencita un cítrico demasiado maduro.
Golpe bastante hiriente, sin duda, pero nada menos que la verdad. Su segunda mención en la hoja no fue mejor:
No se oyó salir ni una sola palabra de la boca de la señorita Penelope Featherington, ¡y no es de extrañar!, la pobre jovencita parecía estar ahogándose entre los volantes de su vestido.
Eso no era algo que pudiera aumentar su popularidad, calculó Penelope.
había marchado de la casa familiar para alquilar habitaciones de soltero.
Si antes se había creído enamorada de él, eso no era nada con lo que sintiódespués de conocerlo realmente. Colin Bridgerton estaba dotado de ingenio, gallardía y un sentido del humor tan despreocupado y travieso para hacer bromas que era capaz de hacer desmayarse a las mujeres, pero
principalmente…
Colin Bridgerton era simpático.
Simpático, palabrita tonta. Debería considerarse banal, pero en cierto modo le venía a la perfección. Siempre tenía algo agradable para decir a Penelope, y cuando ella por fin lograba armarse de valor para decir algo (aparte de las consabidas palabras de saludo y despedida) él escuchaba, lo cual le hacía todo más fácil la próxima vez.
Al final de la temporada, Penelope calculaba que Colin Bridgerton era elúnico hombre con el que había logrado tener una conversación entera.
Eso era amor. Ah, eso era amor amor amor amor amor amor. Tonta repetición de palabras, tal vez, pero eso fue exactamente lo que Penelope escribió en una hoja de papel ridículamente cara, junto con las palabras:
«Señora Colin Bridgerton», «Penelope Bridgerton» y «Colin Colin Colin». (El papel desapareció consumido por el fuego del hogar en el instante en que
oyó pasos en el corredor.)
¡Qué maravilloso sentir amor por una persona simpática, aun cuando fuera el tipo de amor unilateral! Eso hace sentirse decididamente sensata.
Claro que no hacía ningún daño que Colin poseyera, como todos los hombres Bridgerton, una belleza fabulosa. Estaba ese famoso pelo castaño Bridgerton, esa boca ancha y sonriente Bridgerton, los hombros anchos, la
cambiado lo bastante para justificar la compra de todo un guardarropa nuevo. Desgraciadamente, su madre volvió a insistir en el amarillo, naranja y una
ocasional pincelada de rojo. Y esta vez, lady Whistledown escribió:
La señorita Featherington (la menos necia de las hermanas Featherington) llevaba un vestido amarillo limón que dejaba un regusto agrio en la boca.
Lo cual por lo menos significaba que ella era el miembro más inteligente de su familia, aun cuando el cumplido fuera hecho, efectivamente, del revés.
Pero Penelope no fue la única elegida por la mordaz columnista. A Kate Sheffield, de pelo moreno, la comparó con un narciso chamuscado con su vestido amarillo, y resultó que Kate fue y se casó con Anthony Bridgerton, el hermano mayor de Colin, y vizconde por añadidura.
Así pues, Penelope mantuvo la esperanza.
Bueno, la verdad es que no la mantuvo. Sabía que Colin no se iba a casar con ella, pero por lo menos bailaba con ella en todos los bailes, la hacía reír y, de tanto en tanto, ella lo hacía reír a él, y sabía que con eso tenía que conformarse.
Y así continuó su vida. Tuvo su tercera temporada y luego la cuarta. Sus dos hermanas mayores, Prudence y Philippa, encontraron marido finalmente y se marcharon de casa. La señora Featherington mantuvo la esperanza de que ella
de Eloise, Benedict, se casara con Sophie, aun cuando en esos momentos él todavía no sabía quién era realmente Sophie, y, bueno, esto no tenía mayor importancia, aparte de que la verdadera identidad de Sophie era tal vez elúnico gran secreto de los diez últimos años que lady Whistledown no había logrado descubrir.
En todo caso, terminado el té ella iba caminando por el vestíbulo de entrada, oyendo sus pisadas sobre el suelo de mármol, en dirección a la puerta. Iba arreglándose la caída de su capa, preparándose para caminar la corta distancia hacia su casa (que estaba justo a la vuelta de la esquina), cuando oyó voces. Eran voces masculinas, voces masculinas Bridgerton.
Eran las voces de los tres hermanos Bridgerton mayores: Anthony, Benedict y Colin. Estaban conversando como suelen conversar los hombres, con muchos gruñidos y gastándose bromas entre ellos. A ella siempre le encantaba observar a los Bridgerton cuando hablaban entre ellos de esa manera; ¡qué maravillosa familia formaban!
Los vio a través de la puerta abierta, pero no oyó lo que estaban diciendo hasta cuando llegó al umbral. Y como para confirmar la importunidad que había atormentado toda su vida, la primera voz que escuchó fue la de Colin, y sus palabras no eran amables:
—…y ciertamente no me voy a casar con Penelope Featherington.—¡Ah!
La exclamación se le escapó de los labios antes de que pudiera pensar, una especie de chillido que perforó el aire como un silbido desentonado.
Los tres hermanos se giraron a mirarla con caras igualmente horrorizadas, y ella comprendió que se había metido en los que, sin duda, serían los cinco
—Síque lo hay —insistióél—.Herí tus sentimientosy…—Nosabías que yo estaba aquí.
—Detodos modos…
—Note vas a casar conmigo —dijo ella, y sintió rara y hueca su voz—. No hay nada malo en eso. Yo no me voy a casar con tu hermano Benedict.
Era evidente que Benedict había estado tratando de no mirar, pero al oír eso se irguió, atento.
Ella apretó las manos en puños, a los costados.
—Aél no le hiero los sentimientos cuando declaro que no me voy a casar con él.—Giróla cabeza hacia Benedict y se obligó a mirarlo a los ojos—.¿Verdad, señor Bridgerton?
—Claro que no—seapresuró a contestar él.
—Todo arreglado entonces —dijo ella entre dientes—. No se ha herido ningún sentimiento. Y ahora, si me disculpáis, caballeros, tendría que irme a casa.
Los tres caballeros se apartaron para dejarla pasar, y ella habría logrado escapar sin más problemas si Colin no hubiera soltado repentinamente:
—¿Note acompaña una doncella?
—Vivo solo a la vuelta de la esquina —contestó ella, negando con la cabeza.
—Losé, pero…
—Yote acompañaré —dijo Anthony tranquilamente.—Eso no es necesario, milord, de verdad.
—Dame ese gusto —dijo él, en un tono firme que no le dejaba otra
opción.
—Bueno, yo no diría eso —musitó Anthony, con una voz que no sonaba mucho a la del muy temido y respetado vizconde, sino más bien a la de un hijo de muy buen comportamiento—. A mí no me gustaría estar casado con alguien que le cayera mal a mi madre. —Agitó la cabeza en un gesto de grave respeto—. Es una fuerza de la naturaleza.
—¿Sumadre o su esposa?
Él lo pensó durante más o menos medio segundo.—Las dos —contestó.
Continuaron en silencio un momento y entonces ella soltó:
—Colin debería marcharse.
—¿Cómohas dicho? —preguntó Anthony mirándola curioso.
—Debería marcharse. Viajar. No está preparado para casarse y su madre
no será capaz de refrenarse de insistirle. Tiene buena intención…
Se mordió el labio horrorizada. Era de esperar que el vizconde no pensara que ella pretendía criticar a lady Bridgerton. En su opinión, no había una dama más magnífica en toda Inglaterra.
—Mimadre siempre tiene buena intención —dijo Anthony, sonriendo indulgente—, pero tal vez tienes razón. Tal vez Colin debería marcharse. Y le encanta viajar. Aunque acaba de regresar de Gales.
—¿Ah,sí? —musitó ella muy amable, como si no supiera perfectamente bien que Colin había estado en Gales.
—Hemos llegado —dijo él, asintiendo—. Esta es la casa, ¿no?—Sí,muchas gracias por acompañarme.
—Hasido un placer para mí, te lo aseguro.
Ella lo observó alejarse, después entró en la casa y se echó a llorar.
Si la señorita Featherington llegara a arreglárselas para llevar al altar a un hermano Bridgerton querría decir que habría llegado el fin del mundo tal como lo conocemos, y que esta autora, que no vacila en reconocer que ese mundo no tendría ni pies ni cabeza para ella, se vería obligada a renunciar a esta columna en el acto.
Por lo visto, hasta lady Whistledown comprendía la inutilidad de sus sentimientos por Colin.
Transcurrieron los años y casi sin darse cuenta llegó el día en que Penelope se encontró sentada entre las señoras mayores que hacían de carabinas, vigilando a su hermana menor Felicity, sin duda la única hermana Featherington agraciada con belleza y encanto, que disfrutaba de sus temporadas en Londres.
Colin se aficionó a viajar y comenzó a pasar cada vez más tiempo fuera de Londres; no bien pasaba unos pocos meses en la ciudad, volvía a marcharse hacia un nuevo destino. Cuando estaba en Londres durante la temporada, siempre reservaba un baile y una sonrisa para Penelope, y ella se las arreglaba para fingir que nunca había ocurrido nada, que él nunca había declarado su aversión a ella en una calle pública, que sus sueños no habían sido aplastados jamás.
Y cuando él estaba en la ciudad, lo que no ocurría con frecuencia, se establecía entre ellos una apacible amistad, si bien no tremendamente
Las madres casamenteras están unidas en su dicha: ¡Colin Bridgerton ha regresado de Grecia!
Para información de aquellos amables (y desconocedores) lectores que vienen por primera vez a la ciudad, el señor Bridgerton es el tercero del legendario octeto de hermanos Bridgerton (de ahí su nombre, Colin, cuya inicial es C; sigue a Anthony y Benedict, y precede a Daphne, Eloise, Francesca, Gregory y Hyacinth).
Si bien el señor Bridgerton no posee título de nobleza, y es muy improbable que lo posea (es el séptimo en la línea de sucesión para el título de vizconde; viene detrás de los dos hijos del actual vizconde, de su hermano mayor Benedict y sus tres hijos), sigue siendo considerado uno de los mejores partidos de la temporada, gracias a su fortuna, su cara, su figura y, por encima de todo, su encanto. De todos modos es difícil pronosticar si el señor Bridgerton sucumbirá a la dicha conyugal en esta temporada; sin duda está en edad para casarse (treinta y tres años), pero nunca ha manifestado un interés decidido por ninguna damita de linaje adecuado, y para complicar aún más las cosas, tiene una detestable tendencia a marcharse de Londres en un abrir y cerrar de ojos con rumbo a algún lugar exótico.
—¿Cómoleíste el Whistledown antes que yo? Le dije a Briarly que me lo
apartara y no permitiera que nadielo…
—Nolo vi en el Whistledown—lainterrumpió Penelope, antes de que su madre fuera a castigar al pobre y asediado mayordomo—. Me lo dijo Felicity ayer por la tarde. A ella se lo dijo Hyacinth Bridgerton.
—Tuhermana se pasa muchísimo tiempo en la casa de los Bridgerton.
—Como yo —observó Penelope, tratando de discernir adónde quería llegar su madre.
Portia se dio unos golpecitos con el dedo a un lado del mentón, como hacía siempre que estaba tramando algo.
—Colin Bridgerton está en edad de buscarse una esposa.
Penelope alcanzó a cerrar los ojos antes de que se le salieran de lasórbitas.
—¡Colin Bridgerton no se va a casar con Felicity!
—Cosas más raras han ocurrido —dijo Portia haciendo un leve encogimiento de hombros.
—Noque yo lo haya visto —musitó Penelope.
—Anthony Bridgerton se casó con esa niña Kate Sheffield, y eso que era aún menos popular que tú.
Eso no era del todo cierto, pensó Penelope, pues en su opinión las dos habían estado en un peldaño igualmente bajo de la escala social. Pero no tenía mucho sentido decirle eso a su madre, la que tal vez creía haberle hecho un elogio a su tercera hija al decirle que no había sido la menos popular durante esa temporada. Notó que se le tensaban los labios; los «elogios» de su madre tenían la costumbre de aterrizar como aguijones de avispa.
casado con hombres muy adinerados y poseyeran sus buenos fondos para
ocuparse de dar todas las comodidades a su madre! O que su madre fuera moderadamente rica; cuando su familia le estableció su dote, le reservaron la cuarta parte de ese dinero para su cuenta personal.
No, cuando Portia hablaba de «ser cuidada» no se refería a dinero; lo que deseaba era una esclava.
Exhaló un suspiro. Era demasiado dura para juzgar a su madre, aunque solo fuera en sus pensamientos; y eso lo hacía con muchísima frecuencia. Su madre la quería. Sabía que su madre la quería. Y ella quería a su madre.
Solo ocurría que a veces no le caía nada bien su madre.
Era de esperar que eso no la hiciera una mala persona. Pero, francamente, su madre era capaz de poner a prueba la paciencia de la más amable y bondadosa de sus hijas y, como su tercera hija era la primera en reconocer, sabía ser su poquitín sarcástica a veces.
—¿Porqué no crees que Colin se casaría con Felicity?—lepreguntóPortia.
Penelope levantó la vista, sorprendida; pensaba que ya habían acabado con ese tema; debería haberlo sabido, su madre no era otra cosa que tenaz.
—Bueno —dijo, haciendo una pausa para pensar—, es doce años menor que él.
—¡Puf! —musitó Portia haciendo un gesto con la mano para descartar eso—.Eso no es nada, y lo sabes.
Penelope frunció el ceño y a continuación lanzó un gritito, al enterrarse casualmente la aguja en el dedo.
—Francamente, Penelope. A mí nome…—Escasi incestuoso —masculló Penelope.—¿Quéhas dicho?
—Nada —repuso, volviendo a coger su labor.—Estoy segura de que dijiste algo.
—Meaclaré la garganta —explicó Penelope, negando con la cabeza—.
Tal vez oíste…
—Teoí decir algo. ¡Estoy segura!
Penelope gimió. Su vida se extendía larga y tediosa ante ella.
—Madre —dijo, con la paciencia de, si no de una santa, al menos de una monja muy devota—, Felicity está prácticamente comprometida con el señor Albansdale.
Portia empezó a frotarse las manos.
—Nose comprometerá con él si logra pescar a Colin Bridgerton.—Felicity preferiría morir antes que irle detrás a Colin.
—No, desde luego que no. Es una niña inteligente. Cualquiera puede ver que Colin Bridgerton es mejor partido.
—¡Pero Felicity ama al señor Albansdale!
Portia se desinfló, desanimada, en su muy mullido sillón.—Estáeso.
—Yel señor Albansdale posee una fortuna perfectamente respetable. Portia se dio unos golpecitos en la mejilla con el índice.
—Cierto. No tan respetable como una tajada Bridgerton—añadióen tono agudo—, pero nada despreciable, supongo.
que sentía por sus otras tres hijas? Sabía que Colin no la elegiría por esposa,¿pero no debería una madre ser por lo menos un poquito ciega a los defectos de sus hijas? Era evidente que ni Prudence ni Philippa ni Felicity habían tenido jamás una oportunidad con un Bridgerton. ¿Por qué su madre parecía pensar que sus encantos superaban tanto a los de ella?
Muy bien, tenía que reconocer que Felicity gozaba de una popularidad que superaba la de sus tres hermanas mayores juntas. Pero ni Prudence ni Philippa fueron jamás Incomparables. En los bailes revoloteaban por el perímetro del salón igual que ella.
Pero claro, ya estaban casadas. Ella no habría deseado casarse con ninguno de sus dos cuñados, pero por lo menos ellas ya eran esposas.
Pero, por suerte, la mente de Portia ya andaba por pastos más verdes.
—Debería ir a ver a Violet —estaba diciendo—. ¡Qué aliviada debe de estar por el regreso de Colin!
—Seguro que lady Bridgerton estará encantada de verte —dijo Penelope.—Esa pobre mujer —suspiró Portia teatralmente—. Se preocupa mucho
por él, ¿sabes?—Losé.
—Deverdad, creo que eso es más de lo que tendría que soportar una madre. Tanto que viaja, solo el buen Señor sabe dónde, a países que son
claramente paganos…
—Creo que en Grecia se practica el cristianismo —masculló Penelope volviendo la atención a su labor.
—Noseas impertinente, Penelope Anne Featherington, y además, ¡son católicos! —concluyó, estremeciéndose ante esa palabra.
—Nolo sé. En lo que sea que haces que te tiene contemplando el espacio y soñando despierta con tanta frecuencia.
—Simplemente pienso —repuso Penelope mansamente—. A veces me gusta parar a pensar.
—¿Parar qué?
Penelope no pudo evitar sonreír. Esa pregunta de Portia resumía más o menos lo que diferenciaba a madre e hija.
—Noes nada, madre. De verdad.
Portia dio la impresión de que quería decir algo más pero lo pensó mejor. O tal vez solo tenía hambre. Cogió una galleta de la bandeja del té y se la echó a la boca.
Penelope alargó la mano para coger la última galleta y entonces decidiódejársela a su madre; podría convenirle mantenerle llena la boca. Lo último que deseaba era encontrarse en otra conversación acerca de Colin Bridgerton.
—¡LlegóColin!
Penelope levantó la vista de su libro, Breve historia de Grecia, para mirar Eloise Bridgerton, que venía entrando como una tromba en su habitación. Como siempre, no la habían anunciado. El mayordomo de las Featherington estaba tan acostumbrado a verla allí que la trataba como a un miembro de la familia.
—¿Sí?—preguntó, consiguiendo fingir (en su opinión) una indiferencia bastante realista.
pensó qué suerte era tenerla por amiga íntima. Las dos eran inseparables desde los diecisiete años; juntas pasaron sus temporadas en Londres, juntas llegaron a la edad adulta, y juntas se convirtieron en solteronas, para gran consternación de sus respectivas madres.
Eloise aseguraba que nunca conoció a la persona adecuada. A Penelope, claro, nunca nadie se lo propuso.
—¿Legustó Chipre?
—Dice que es fantástico. ¡Ay, cómo me gustaría viajar! Tengo la impresión de que todo el mundo ha estado en alguna parte, menos yo.
—Niyo—lerecordó Penelope.—Nitú. Gracias a Dios por ti.
—¡Eloise! —exclamó Penelope arrojándole un almohadón.
Pero también ella agradecía a Dios por Eloise. Todos los días. Muchas mujeres se pasaban toda la vida sin tener ni una sola amiga íntima, y ella tenía a una a la que podía contarle todo. Bueno, casi todo. Nunca le había dicho nada acerca de sus sentimientos por Colin, aunque tenía la idea de que Eloise lo sospechaba. Pero por tacto no lo mencionaba, lo cual le confirmaba la certeza de que Colin no la amaría jamás. Si a Eloise le hubiera pasado la idea por la cabeza, aunque solo fuera un momento, habría comenzado a urdir estrategias casamenteras con una tenacidad que impresionaría a cualquier general de ejército.
Cuando le interesaba algo, Eloise era un tipo de persona bastante mandona.
—…y dijo que el agua estaba tan agitada que echó las tripas por la borda, y —Eloise se interrumpió, mirándola enfurruñada—. No me estás
—Ypor fin logré que me dijera que sí, que piensa quedarse por lo menos unos meses. Pero me hizo prometer que no se lo diría a madre.
—Bueno, eso noes…—Penelope se aclaró la garganta— terriblemente inteligente por su parte. Si tu madre cree que el tiempo que va a pasar aquí es limitado, va a redoblar sus esfuerzos en casarlo. Yo diría que eso es lo que más desea evitar él.
—Ese parece ser su objetivo en la vida —convino Eloise.
—Sila tranquilizara diciéndole que no tiene ninguna prisa por marcharse, tal vez ella no lo acosaría tanto.
—Interesante idea, pero probablemente eso es más cierto en la teoría que en la práctica. Mi madre está tan resuelta a verlo casado que no le importa aumentar su empeño. Sus esfuerzos normales ya lo vuelven loco.
—¿Puede uno volverse doblemente loco? —musitó Penelope. Eloise ladeó la cabeza.
—Nolo sé. Ni creo que me interese descubrirlo.
Las dos se quedaron calladas un rato (algo bastante raro en realidad) y de repente Eloise se incorporó de un salto.
—Tengo que irme.
Penelope sonrió. Las personas que no conocían muy bien a Eloise creían que esta tenía la costumbre de cambiar de tema con frecuencia (y bruscamente), pero ella sabía que la verdad era totalmente diferente. Cuando Eloise tenía la mente puesta en algo era incapaz de olvidarlo. Lo cual significaba que si de pronto quería marcharse, eso tenía que ver con algo que habían hablado antes esa tarde.
—Esperamos a Colin para el té.
finalmente quién es, ¿no te parece?
Eloise llegó a la puerta, cogió el pomo, lo giró y tiró.
—Nolo sé. Yo pensaba eso. Pero ya van diez años. Más en realidad. Si la fueran a descubrir, yo creo que ya habría ocurrido.
Penelope la siguió por la escalera.
—Finalmente cometerá un error. Tiene que cometerlo. No es más que un ser humano.
Eloise se echó a reír.
—Mira tú, y yo que creía que era un dios menor. Penelope se sorprendió sonriendo de oreja a oreja.
En eso Eloise se detuvo y se giró tan de repente que Penelope chocó con ella y a punto estuvieron las dos de caer rodando por los últimos peldaños de la escalera.
—¿Sabes qué?
—Nologro ni empezar a elucubrar —repuso Penelope. Eloise ni se molestó en hacer una mueca.
—Apostaría que ya ha cometido un error.—¿Qué?
—Túlo dijiste. Ella, o podría ser él, supongo, lleva más de diez años escribiendo esa hoja. Nadie podría hacer eso tanto tiempo sin cometer un error. ¿Sabes qué creo yo?
Penelope abrió las palmas en un gesto de impaciencia.
—Creo que los demás somos tan estúpidos que no notamos sus errores. Penelope la miró fijamente un momento y luego le entró un ataque de risa.
—¡Penelope! —exclamó Eloise, pero sonriendo.—Quiero a mi madre.
—Yalo sé —dijo Eloise en tono algo apaciguador.—No, de verdad, la quiero.
A Eloise empezó a curvársele la comisura izquierda de la boca.—Yasé que es de verdad. De verdad.
—Essolo que…
Eloise la interrumpió levantando una mano.
—Nohace falta que digas nada más. Lo comprendo perfectamente.Yo…¡Ah!, buen día señora Featherington.
—Eloise —dijo Portia, irrumpiendo en el vestíbulo—. No sabía que estabas aquí.
—Soy tan sigilosa como siempre. Descarada, incluso. Portia le sonrió indulgente.
—Supe que tu hermano ha regresado a la ciudad.—Sí,todos estamos dichosísimos.
—Seguro que lo estaréis, en especial tu madre.
—Enefecto. Está fuera de sí. Creo que ya está haciendo una lista.
Portia se reanimó toda entera, como le ocurría siempre que se mencionaba algo que pudiera considerarse un cotilleo.
—¿Unalista? ¿Qué tipo de lista?
—Ah, ya sabe, la misma lista que ha hecho para todos sus hijos adultos. Posibles cónyuges y todo eso.
—Ah, pues eso me hace pensar —dijo Penelope en tono sarcástico— quéconstituye «todo eso».
Cuando su hijo mayor se casó, su madre, Violet, se marchó de la residencia oficial de los Bridgerton. Anthony, que heredó el título de vizconde a los dieciocho años, le dijo que no tenía para qué marcharse, pero ella insistió en que él y su esposa necesitaban de su intimidad. En consecuencia, Anthony y Kate vivían con sus tres hijos en la casa Bridgerton, mientras Violet vivía con sus hijos solteros (a excepción de Colin, que tenía sus habitaciones propias) a solo unas manzanas, en Bruton Street número 5. Después de más o menos un año de infructuosos intentos de ponerle un nombre a la nueva residencia de lady Bridgerton, la familia optó por llamarla simplemente casa «Número Cinco».
—Que lo paséis bien —dijo Portia—. Tengo que ir a buscar a Felicity. Estamos retrasadas para la prueba con la modista.
Eloise esperó que Portia desapareciera en el rellano de la escalera para comentar a Penelope:
—Meparece que tu hermana pasa muchísimo tiempo en la modista. Penelope se encogió de hombros.
—Felicity está a punto de volverse loca con tantas pruebas, pero ella es laúnica esperanza de madre para un matrimonio verdaderamente grandioso. Creo que está convencida de que Felicity va a pescar a un duque si lleva el vestido adecuado.
—¿Noestá prácticamente comprometida con el señor Albansdale?
—Meimagino que él va a hacer la proposición formal la semana que viene, pero mientras tanto madre mantiene abiertas sus opciones.—Miróhacia arriba poniendo en blanco los ojos—. Será mejor que adviertas a tu hermano para que guarde la distancia.
—Alégrate, amiga —rio Eloise—. Por lo menos te has librado de todos esos vestidos amarillos.
Penelope se miró su vestido de mañana, que era de un muy favorecedor tono de azul, si ella se lo decía.
—Dejóde elegirme la ropa cuando por fin comprendió que ya estaba
oficialmente para vestir santos. Una hija sin perspectivas de matrimonio no vale el tiempo ni la energía que le consume ofrecer consejos sobre moda. No me ha acompañado a la modista ni una sola vez desde hace más de un año.¡Dicha!
Eloise le sonrió a su amiga, observando de paso que su piel adquiría una hermosa tonalidad melocotón y crema siempre que llevaba colores más fríos.
—Fue evidente para todos el momento en que te permitieron elegir tu ropa. Incluso lady Whistledown lo comentó.
—Escondí ese número para que no lo viera madre —confesó Penelope—. No quería que le hiriera los sentimientos.
Eloise pestañeó varias veces y luego dijo:
—Eso fue muy amable de tu parte, Penelope.
—Tengo mis momentos de caridad y buen talante. Eloise soltó un bufido.
—Uno diría que un componente esencial de la caridad es la capacidad de no atraer la atención a que uno la posee.
Penelope frunció los labios y la empujó hacia la puerta.—¿Notenías que irte a casa?
—¡Mevoy! ¡Me voy! Y se fue.
que volví. El ouzo tiene sus encantos, pero esto —levantó la copa— es celestial.
—¿Ycuánto tiempo piensas quedarte esta vez?—lepreguntó Anthony, sonriendo irónico.
Colin fue a ponerse junto a la ventana a fingir que miraba hacia fuera. Su hermano mayor ni siquiera intentaba disimular su impaciencia con él por su gusto de ver mundo. Y la verdad, no podía decir que no lo comprendiera. De tanto en tanto resultaba difícil hacer llegar cartas a casa, por lo que seguro que su familia tenía que esperar un mes o incluso dos para saber cómo estaba. Pero si bien no le agradaría nada estar en su piel, sin saber nunca si un ser querido estaba vivo o muerto, esperando constantemente que el mensajero golpeara la puerta, eso no bastaba para hacerlo mantener sus pies firmemente plantados en Inglaterra.
De vez en cuando sencillamente tenía que alejarse. No había otra manera de explicarlo.
Alejarse de los miembros de la aristocracia, que lo consideraban un pícaro encantador y nada más, alejarse de Inglaterra, que alentaba a los hijos menores a entrar en el ejército o en el clero, opciones que no se avenían en nada con su temperamento. Incluso alejarse de sus familiares, que aun cuando lo amaban incondicionalmente no tenían la menor idea de que lo de que de verdad deseaba, en lo más profundo de su ser, era hacer algo.
Anthony poseía el vizcondado, con la miríada de responsabilidades anejas; llevaba las propiedades, administraba la economía familiar, se
ocupaba del bienestar de los incontables aparceros y criados. Benedict, su hermano mayor en cuatro años, ya gozaba de fama como pintor; había
Exhaló un suspiro. No era de extrañar que se pasara tanto tiempo viajando.
—¿Colin? —dijo su hermano.
Se giró a mirarlo, pestañeando. Estaba bastante seguro de que le había hecho una pregunta, pero en algún momento mientras dejaba vagar la mente, se le olvidó.
—Ah, sí.—Seaclaró la garganta—. Me quedaré hasta que termine la temporada, por lo menos.
Anthony no dijo nada, pero habría sido difícil no ver su expresión de satisfacción.
—Sino otra cosa—añadióColin, fijándose su legendaria sonrisa sesgada en la cara—: alguien tiene que mimar a tus hijos. No creo que Charlotte tenga suficientes muñecas.
—Solo cincuenta —convino Anthony, con la voz sin expresión—. La pobre cría está terriblemente descuidada.
—Estáde cumpleaños a finales del mes, ¿verdad? Creo que tendré que descuidarla un poco más.
—Yhablando de cumpleaños —dijo Anthony instalándose detrás de su escritorio en el enorme sillón—. De este domingo al otro es el de madre.
—¿Porqué crees que me di prisa en volver?
Anthony arqueó una ceja, y Colin tuvo la clara impresión de que estaba tratando de decidir si realmente él había vuelto para estar en el cumpleaños de su madre, o sencillamente aprovechaba el momento para hacer ver lo
oportuno de su vuelta.
—Vamos a hacerle una fiesta —explicó Anthony.
oportunidad para encontrarme esposa?—Muy pocas.
—Yame lo parecía.
Anthony se apoyó en el respaldo del sillón.
—Yatienes treinta y tres años, Colin…
—¡Dios de los cielos! —exclamó Colin, mirándolo incrédulo—, no empieces a regañarme.
—Nilo soñaría. Simplemente te iba a sugerir que mantuvieras los ojos abiertos durante esta temporada. No tienes para qué buscar una esposa, pero no te hará ningún daño mantenerte por lo menos flexible a la posibilidad.
Colin miró hacia la puerta, con la intención de atravesarla muy pronto.—Teaseguro que no me repugna la idea del matrimonio.
—Nose me ha pasado por la cabeza la idea de que te repugnara —dijo Anthony con voz arrastrada.
—Pero no veo mucho motivo para precipitarme.
—Nunca hay un motivo para precipitarse —replicó Anthony—. Bueno, rara vez en todo caso. Simplemente dale en el gusto a madre, por favor.
Colin no se había dado cuenta de que seguía sosteniendo la copa vacía, hasta que se le deslizó por los dedos y cayó sobre la alfombra con un fuerte clinc.
—¡Buen Dios! —susurró—, ¿está enferma?
—¡No!—exclamó Anthony, en voz demasiado alta y enérgica, por la sorpresa—. Nos va a sobrevivir a todos, no me cabe duda.
—¿Entonces qué pasa? Anthony suspiró.
—Si fueras verdaderamente feliz —insistió Anthony—, no vivirías marchándote.
Colin se detuvo con la mano en el pomo.—Anthony, me «gusta» viajar.
—¿Constantemente?
—Debe de ser así, si no, no lo haría.
—Esa es una respuesta evasiva si he oído alguna.
—Y esta —dijo Colin mirándolo con una pícara sonrisa— es una maniobra evasiva.
—¡Colin!
Pero él ya había salido de la sala.
Siempre ha estado de moda entre los miembros de la alta sociedad quejarse de tedio, pero sin duda la cosecha de fiesteros de este año ha elevado el aburrimiento a una forma de arte. No se pueden dar dos pasos en una reunión social sin oír la expresión «mortalmente aburrido» o «espantosamente vulgar». En efecto, a esta autora la han informado de que Cressida Twombley comentó hace poco que perecería de aburrimiento si se veía obligada a asistir a una desentonada velada musical más.
(Esta autora debe dar la razón a lady Twombley en ese particular; si bien la selección de jovencitas debutantes este año forma un grupo simpático, no hay una sola entre ellas que posea dotes musicales decentes.)
Si ha de haber un antídoto para la enfermedad de tedio, sin duda será la fiesta del domingo en la casa Bridgerton. Se reunirá toda la familia con unos cien de sus mejores amigos para celebrar el cumpleaños de la vizcondesa viuda.
Se considera grosería mencionar la edad de una dama, por lo tanto, esta autora no revelará qué cumpleaños celebra lady Bridgerton.
Pero no temáis, ¡esta autora lo sabe!
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
9 de abril de 1824
tanto, había dejado de ponerla en el camino de todos los solteros convenientes de tercera clase. A Portia jamás se le ocurrió pensar que su hija podría tener una mínima posibilidad de atraer la atención de solteros de primera o segunda clase, lo cual tal vez era cierto, pero a la mayoría de los solteros de tercera se los clasificaba en esa categoría por algún motivo, y, lamentablemente, ese motivo solía ser su personalidad o falta de personalidad. Lo cual, combinado con la timidez de ella ante desconocidos, no tendía a favorecer una conversación chispeante.
Y por último, podía volver a comer. Era enloquecedor, tomando en cuenta la cantidad de comida expuesta en las fiestas de la aristocracia, que las mujeres a la caza de marido no pudieran exhibir un apetito algo más robusto que el de un pajarillo. Eso, pensó Penelope alegremente (hincándole el diente a un delicioso y delicado pastelillo relleno con crema y chocolate importado de Francia), tenía que ser la principal ventaja de ser solterona.
—¡Cielo santo! —gimió, pensando que si el pecado pudiera tomar forma sólida, seguro que sería un pastel, de preferencia uno con chocolate.
—Estábueno, ¿eh?
Penelope se atragantó con el pastelillo, y luego tosió, enviando una fina rociada de crema por el aire.
—Colin —exclamó, rogando fervientemente que el trozo de crema más grande no le hubiera caído a él en la oreja.
—Penelope —dijo él, sonriendo cálidamente—. ¡Cuánto me alegra verte!—Ya mí.
Él se balanceó sobre los talones una, dos, tres veces, y luego dijo:
—Teves bien.
—Alfin no pude resistirme a visitar el lugar donde nació Afrodita. Penelope se sorprendió sonriendo también. El buen humor de él era
contagioso, aun cuando lo último que deseara hacer ella fuera tomar parte en una conversación sobre la diosa del amor.
—¿Estan soleado como dice todo el mundo? No, olvida la pregunta. Por tu cara ya veo que sí.
—Adquirí un buen poco de bronceado —dijo él, asintiendo—. Mi madre casi se desmayó cuando me vio.
—De placer, no me cabe duda —dijo ella enérgicamente—. Te echa terriblemente de menos cuando no estás.
Él se le acercó más.
—Vamos, Penelope, no irás a comenzar a regañarme, ¿eh? Entre mi madre, Anthony, Eloise y Daphne, me van a hacer morir de sentimiento de culpa.
—¿Benedict no?—nopudo evitar bromear ella.Él la miró con una sonrisa algo satisfecha.
—Estáfuera de la ciudad.
—Ah, bueno, eso explica su silencio.
La expresión de él con los ojos entrecerrados armonizaba a la perfección con sus brazos cruzados.
—Siempre has sido una descarada, ¿lo sabías?—Looculto bien —repuso ella modestamente.
—Esfácil comprender por qué eres tan buena amiga de mi hermana—dijo él, irónico.
—¿Hede suponer que eso lo dices como un cumplido?
Colin contestó haciendo un gesto hacia una planta en maceta que estaba cerca.—¡No!—exclamó ella agrandando los ojos.
Él se acercó más.
—Aque no eres capaz…
Ella miró del pastelillo a la planta y luego la cara de Colin.—Nopodría.
—Con lo lejos que van las travesuras, esta es bastante moderada—señalóél.
Eso era un reto, y ella normalmente era inmune a esas tácticas infantiles, pero la media sonrisa de Colin era difícil de resistir.
—Muy bien —dijo.
Cuadrando los hombros, dejó caer el pastelillo en la tierra de la maceta. Retrocedió un paso para contemplar su obra, miró alrededor para ver si alguien la estaba mirando aparte de Colin, y entonces cogió la maceta y la giró, para que una rama frondosa ocultara la prueba del delito.
—Nocreí que lo harías —dijo Colin.
—Como has dicho, no es una travesura tan terrible.
—No, pero es la palma en maceta favorita de mi madre.
—¡Colin! —exclamó ella, girándose con toda la intención de sacar el
pastelillo de la maceta—. ¿Cómo pudiste permit…? Un momento. —Se enderezó y entrecerró los ojos—. Esto no es una palma.
—¿No?—preguntó él, todo inocencia.—Esto es un naranjo enano.
—¿Ah,sí? Vaya.
—Enrealidad soy excelente para mentir. Pero para lo que de veras soy bueno es para parecer avergonzado y adorable cuando me pillan.
¿Y qué podía contestar ella a eso?, pensó Penelope. Porque seguro que no había nadie más adorablemente avergonzado (¿o vergonzosamente adorable?) que Colin Bridgerton con las manos cogidas a la espalda, sus ojos recorriendo el cielo raso y sus labios en un morro como si estuviera silbando inocentemente.
—¿Nunca te castigaban cuando eras niño? —le preguntó, cambiando bruscamente el tema.
Al instante Colin se enderezó, atento.—Perdona, no te oí.
—¿Te castigaron alguna vez cuando eras niño? —repitió ella—. ¿Te castigan alguna vez ahora?
Colin se limitó a mirarla, pensando si ella tendría una remota idea de lo que le preguntaba. Probablemente, no.
—Eh…,esto… —dijo, más que nada porque no sabía qué otra cosa decir.—Ya me parecía que no —dijo ella, soltando un suspiro vagamente
condescendiente.
Si él fuera un hombre menos indulgente, pensó él, y si ella fuera otra persona cualquiera, no Penelope Featherington, la cual, estaba seguro, no tenía ni un solo hueso maligno en su cuerpo, podría sentirse ofendido. Pero él era un tipo muy acomodadizo, y esa era Penelope Featherington, una muy leal amiga de su hermana desde solo Dios sabía cuántos años, así que en lugar de adoptar una expresión dura y cínica (expresión que jamás le había resultado bien, de acuerdo), simplemente sonrió y musitó:
seguro de que toda su vida se las había arreglado para pasar por esas fiestas de tres horas sin aventurarse jamás a decir palabras de más de una sílaba.
Pero cuando estaba en compañía de personas con las que se sentía cómoda, y se daba cuenta de que él podría tener el privilegio de contarse entre esas personas, ella hacía gala de un humor agudo, una sonrisa guasona, pícara, y de todas las pruebas que indicaban que poseía una mente muy, muy inteligente.
No lo sorprendía que nunca hubiera atraído a ningún pretendiente serio; no era una beldad bajo ningún criterio, aunque mirándola más detenidamente era más atractiva de lo que él recordaba. Sus cabellos castaños tenían visos cobrizos, bellamente destacados por la parpadeante luz de las velas de las lámparas. Y tenía una piel muy hermosa, esa tez melocotón y nata que las damas pretendían conseguir untándoselas con arsénico.
Pero el atractivo de Penelope no era del tipo en el que se fijan los hombres normalmente. Y su natural tímido y sus ocasionales tartamudeos no reflejaban con exactitud su personalidad.
De todos modos, era una lástima esa falta de popularidad, porque podría haber sido una esposa perfectamente buena para alguien.
—¿Quieres decir entonces que yo debería considerar la posibilidad de una vida de delincuencia? —dijo, obligándose a volver la atención al tema que tenían entre manos.
—Nada de eso —repuso ella, con una recatada sonrisa en la cara—. Solo que sospecho que con tu labia podrías salir impune de cualquier cosa.—Y entonces, inesperadamente, se puso seria y añadió en voz baja—: Envidio eso.
Colin se sorprendió tendiéndole la mano y diciendo:
Ella lo miró con una leve expresión de lástima, y eso lo fastidió, porque jamás se había imaginado que Penelope Featherington pudiera tenerle lástima. Notó que se le ponía rígido el espinazo.
—Sicrees que vas a poder librarte de bailar conmigo ahora, estás muy equivocada.
—Notienes que bailar conmigo solo para demostrar que no te molesta hacerlo —dijo ella.
—«Deseo» bailar contigo —dijo él, casi en un gruñido.
—Muy bien —dijo ella al cabo de un momento que a él le parecióridículamente largo—. Sin duda sería una grosería mía si me negara.
—Probablemente fue grosería dudar de mis intenciones —dijo él, cogiéndole el brazo—, pero estoy dispuesto a perdonarte si tú te perdonas.
Ella tropezó, y eso lo hizo sonreír.
—Creo que me las arreglaré —logró decir ella, con voz ahogada.
—Excelente—lamiró con una cálida sonrisa—. Detestaría imaginarte viviendo con la culpa.
La música estaba empezando, así que Penelope le cogió la mano, hizo su venia y comenzaron el minué. Era difícil hablar durante la danza, y eso le dio unos momentos para recuperar el aliento y ordenar sus pensamientos.
Tal vez se le pasó la mano en su dureza con Colin. No debería haberlo regañado por invitarla a bailar, cuando la verdad era que esos bailes con él estaban entre sus más preciados recuerdos. ¿Importaba que él lo hubiera hecho solo por lástima? Habría sido peor si no la hubiera sacado nunca a bailar. Arrugó la nariz. Peor aún, ¿significaba eso que tenía que pedirle disculpas?
Era insufrible, pero Penelope decidió no decírselo, porque la haría parecer un personaje de una mala novela romántica. Acababa de leer una en que la heroína empleaba esa palabra (o un sinónimo) casi en todas las páginas.
—Gracias por el baile —dijo, cuando llegaron a la orilla del salón.
Casi añadió «Ahora puedes ir a decirle a tu madre que has cumplido con tu obligación», pero al instante lamentó el impulso. Colin no había hecho nada que mereciera ese sarcasmo. No era culpa de él que los hombres solo bailaran con ella cuando los obligaban sus madres. Por lo menos él siempre sonreía y reía mientras cumplía con su deber, lo cual era más de lo que se podía decir del resto de la población masculina.
Él se inclinó amablemente y musitó sus gracias. Estaban a punto de separarse y partir cada uno por su lado cuando oyeron un fuerte ladrido femenino:
—¡SeñorBridgerton!
Los dos se quedaron inmóviles, paralizados. Era una voz que los dos conocían. Una voz que todo el mundo conocía.
—¡Dios me asista! —gimió Colin.
Penelope miró por encima del hombro y vio a la maligna lady Danbury abriéndose paso por entre el gentío; se encogió al ver enterrarse ese
omnipresente bastón en el pie de una desventurada jovencita.
—Tal vez se refería a otro señor Bridgerton —sugirió—. Hay varios,
después de todo, y es posible…
—Te daré diez libras si no te apartas de mi lado —dijo Colin a borbotones.
Penelope se atragantó con el aire.
Menos de un segundo después, cuando Penelope empezaba a abrir la boca para defender por lo menos a su hermana menor, lady Danbury ladró:
—¡Ja!Veo que ninguno de los dos me contradice.
—Siempre es un placer verla, lady Danbury —dijo Colin, obsequiándola con una sonrisa del tipo que podría haber dirigido a una cantante de ópera.
—Mucha labia tiene este —dijo lady Danbury a Penelope—. Tendrá que vigilarlo.
—Rara vez es necesario hacerlo —repuso Penelope—, ya que con mayor frecuencia está fuera del país.
—¡Love! —graznó lady Danbury—. Le dije que es inteligente.
—Habrá observado que yo no la contradije —dijo Colin tranquilamente. La anciana sonrió aprobadora.
—No, ya lo noté. Se está volviendo inteligente en la vejez, señor Bridgerton.
—Devez en cuando se ha comentado que yo poseía una pequeña cantidad de inteligencia en mi juventud también.
—¡Vaya! La palabra importante en esa frase sería «pequeña», claro.
Colin miró a Penelope con los ojos entrecerrados y vio que parecía estar atragantada de risa.
—Las mujeres debemos ayudarnos mutuamente —dijo lady Danbury a nadie en particular—, ya que está claro que nadie más lo hará.
Colin decidió que era el momento de alejarse.—Creo que veo a mi madre.
—Escapar es imposible —graznó lady Danbury—. No se moleste en intentarlo y, además, sé de cierto que no ha visto a su madre. Está ayudando a
—Soy tercer hijo. Perpetuamente escaso de fondos, me temo.
—¡Ja!Tiene el bolsillo tan gordo como al menos tres condes —dijo lady Danbury—. Bueno, tal vez no condes—añadiódespués de pensarlo un poco—.Pero unos cuantos vizcondes y muchos barones, eso sí.
—¿Nose considera mala educación hablar de dinero en compañía mixta?—preguntó Colin, sonriendo levemente.
Lady Danbury dejó escapar un sonido que bien podía ser un resuello o una risita (Colin no logró determinarlo) y dijo:
—Siempre es mala educación hablar de dinero, sea en compañía mixta o no, pero cuando uno tiene mi edad puede hacer casi todo lo que se le antoja.
—Megustaría saber —musitó Penelope— qué «no» puede hacer uno a su edad.
—¿Qué?—preguntó lady Danbury mirándola.
—Hadicho que uno puede hacer «casi» todo lo que se le antoja.
Lady Danbury la miró incrédula y luego esbozó una sonrisa. Colin se sorprendió sonriendo también.
—Megusta—ledijo lady Danbury, apuntando a Penelope como si fuera una especie de estatua a la venta—. ¿Le he dicho que me gusta?
—Creo que sí —repuso él.
Lady Danbury miró a la cara a Penelope y con una máscara de absoluta seriedad le dijo:
—Creo que no podría salir impune de un asesinato, pero eso podría ser todo.
Penelope y Colin se echaron a reír al mismo tiempo.—¿Eh?¿Qué es tan divertido?
—Vaya, ¿por qué será que no creo que haya dicho eso como un cumplido, lady Danbury?
—Pues sí que es un cumplido, zoquete.
—Encuanto opuesto a «eso» —dijo Colin a Penelope—, que está muy claro que sí es un cumplido.
Lady Danbury sonrió de oreja a oreja.
—Declaro —dijo (o con toda verdad declaraba)— que este ha sido el momento más divertido que he disfrutado en toda la temporada.
—Encantado de agradecerlo —dijo Colin con una llana sonrisa.
—Este ha sido un año especialmente aburrido, ¿no le parece? —comentólady Danbury a Penelope.
Penelope asintió.
—Elaño pasado fue un poco tedioso también.
—Pero no tanto como este —insistió la anciana.
—Amí no me pregunte —dijo Colin afablemente—. He estado fuera del país.
—¡Vaya!, supongo que va a decir que su ausencia es el motivo de que hayamos estado tan aburridos.
—Nilo soñaría —repuso Colin con su encantadora sonrisa—. Pero claro, si la idea me ha pasado por la cabeza es que debe de tener un cierto mérito.
—¡Vaya! Sea como sea, me aburro.
Colin miró a Penelope, que parecía esforzarse por mantenerse muy, muy quieta, presumiblemente para aguantar la risa.
—¡Haywood! —exclamó de repente la anciana, haciendo un gesto a un caballero de edad madura—. ¿No estaría de acuerdo conmigo?
Colin miró disimuladamente a Penelope y alcanzó a verla estirar los labios en una sonrisita mal lograda.
—Aquí, a su lado —masculló ella en voz baja.
—Sí, aquí —dijo Haywood jovialmente—, y sí, la temporada es mortalmente aburrida.
—¿Alguien ha dicho que la temporada es aburrida?
Colin miró a la derecha. Un hombre y dos damas acababan de unirse al grupo y estaban expresando entusiastamente su acuerdo.
—Tediosa —musitó una de ellas—. Horriblemente tediosa.
—Nunca había asistido a una ronda de fiestas más banales —declaró la
otra dama exhalando un afectado suspiro.
—Tendré que informar a mi madre —dijo Colin entre dientes.
Sí que se contaba entre los hombres más acomodadizos, pero claro, había ciertos insultos que no podía dejar pasar.
—Ah, no esta reunión—seapresuró a enmendar la mujer—. Este baile es verdaderamente la única luz brillante en una cadena de reuniones por lo
demás oscuras y tétricas. Vamos, justamente iba a decir…
—Pare—leordenó lady Danbury—, antes de que se atragante con su pie. La dama se apresuró a callarse.
—Escurioso —musitó Penelope.
—¡Ah, señorita Featherington! —dijo la dama que había estado en reuniones oscuras y tétricas—. No la había visto ahí.
—¿Quées curioso?—lepreguntó Colin, antes de que otro pudiera decirle lo nada notable que la encontraba.
—Loúnico interesante que se puede hacer es leer el Whistledown —dijo la dama que no estaba pestañeando, como si Penelope no hubiera hablado.
El caballero que estaba a su lado manifestó su acuerdo con un murmullo. Y entonces lady Danbury empezó a esbozar una sonrisa.
Colin se alarmó. La anciana tenía un destello raro en los ojos. Una expresión aterradora.
—Tengo una idea —dijo ella.
Alguien ahogó una exclamación. Alguien gimió.—Una idea brillante.
—Yno de que no sean brillantes todas sus ideas —musitó Colin con su voz más afable.
Lady Danbury lo hizo callar agitando la mano.
—¿Cuántos verdaderos misterios hay en la vida? Nadie contestó, así que Colin aventuró:
—¿Cuarenta y dos?
Ella ni se molestó en mirarlo ceñuda.
—Osdigo a todos aquí y ahora…
Todos se le acercaron más. Incluso Colin. Era imposible sustraerse del dramatismo del momento.
—Todos sois mis testigos…
Colin creyó oír mascullar a Penelope: «Dilo de una vez».—Mil libras —dijo lady Danbury.
Aumentó el número de personas congregadas alrededor.
—Mil libras —repitió ella, aumentando en volumen de su voz. La verdad,
tenía dones innatos para estar en un escenario—. Mil libras…
Esta autora sería negligente si no dijera que el momento más comentado anoche en el baile de cumpleaños en la casa Bridgerton no fue el emocionante brindis por lady Bridgerton (su edad no se ha de revelar), sino la impertinente oferta que hiciera lady Danbury de dar mil libras a la persona que
desenmascare…A mí.
Haced lo que queráis, damas y caballeros de la aristocracia. No tenéis la más mínima posibilidad de resolver este misterio.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
12 de abril de 1824
Bastaron tres minutos exactos para que la noticia del escandaloso desafío de lady Danbury se propagara por todo el salón de baile. Penelope sabía que esto era así porque dio la casualidad de que ella estaba de cara a un inmenso reloj de pie (el que, según Kate Bridgerton, era muy preciso) cuando lady Danbury hizo su oferta. En el momento en que pronunció las palabras «mil libras a la persona que desenmascare a lady Whistledown», el reloj daba las 10.44. El minutero solo había avanzado hasta el minuto 47 cuando apareció Nigel Berbrooke en el círculo de personas cada vez más ancho que rodeaba a lady Danbury para proclamar que esa oferta era el «ardid bochinchero» más divertido del mundo.
—Noseas tonto —dijo Penelope—. En el tiempo total que has estado en Londres ha habido fiestas y reuniones suficientes para formarte unas cuantas teorías.
—Laverdad es que no sabría decirlo —insistió él, negando con la cabeza. Penelope lo miró atentamente un rato más largo de lo que era necesario o,
con toda sinceridad, socialmente aceptable. Vio algo extraño en los ojos de Colin; algo fugaz y esquivo. Los aristócratas solían considerarlo un despreocupado encantador, pero era mucho más inteligente de lo que dejaba ver, y habría apostado su vida a que tenía unas cuantas sospechas.
Pero por el motivo que fuera, él no quería hacerla partícipe de ellas.
—¿Quiéncrees tú que es?—lepreguntó él, eludiendo así su respuesta—. Has estado presente en las funciones sociales más o menos el mismo tiempo que lleva escribiendo lady Whistledown, así que seguro que lo habrás pensado.
Penelope paseó la mirada por el salón, deteniendo los ojos en esa y aquella persona, y luego volvió la atención a la pequeña multitud que los rodeaba.
—Creo que muy bien podría ser lady Danbury —contestó—. ¿No sería una broma inteligente para reírse de todos?
Colin miró a la anciana, que lo estaba pasando en grande hablando de suúltima intriga. Golpeaba el suelo con el bastón, charlando animadamente y sonriendo como una gata ante un plato de nata, pescado y un pavo asado entero.
—Tiene lógica —dijo, pensativo— de una manera algo perversa. A Penelope se le curvaron las comisuras de los labios.
Aún tienes tiempo. ¿Pero misterioso y siniestro?—Sonrió—.No es muy probable.
—Una pena —dijo él airosamente, ofreciéndole otra de sus famosas sonrisas, la sesgada, de niño—. Los tipos misteriosos y siniestros atraen a todas las mujeres.
Penelope tosió discretamente, algo sorprendida de que él hablara de esas cosas con ella, por no decir que Colin Bridgerton jamás había tenido ningún problema para atraer mujeres. Él le estaba sonriendo, a la espera de su reacción, y ella estaba calculando si la reacción correcta sería manifestar una educada indignación de doncella o reírse, con una risa franca y comprensiva, cuando apareció Eloise y se detuvo prácticamente con un patinazo ante ellos.
—¿Sabéis la última? —les preguntó, sin aliento.
—¿Venías corriendo?—lepreguntó Penelope; correr era una verdadera hazaña en ese salón de baile atiborrado.
—¡Lady Danbury ha ofrecido mil libras a quienquiera desenmascare a lady Whistledown!
—Lo sabemos —dijo Colin en ese tono vagamente de superioridad exclusiva de los hermanos mayores.
—¿Losabéis? —exclamó Eloise exhalando un suspiro de decepción.
Colin hizo un gesto hacia lady Danbury, que todavía estaba a unos pocos metros de distancia.
—Estábamos aquí cuando ocurrió —explicó.
Eloise parecía sentirse muy, muy fastidiada, y Penelope comprendióexactamente qué estaba pensando (y seguramente se lo diría la tarde
interese esto —declaró Colin.
—Esmucho dinero —dijo Penelope, pensativa.Él la miró incrédulo.
—Nome digas que vas a participar en este ridículo juego.
Ella ladeó la cabeza y alzó el mentón de una manera que esperaba fuera enigmática, y si no enigmática, por lo menos ligeramente misteriosa.
—Nosoy tan adinerada como para hacer caso omiso de una oferta de mil libras —dijo.
—Tal vez si trabajáramos juntas —sugirió Eloise.—¡Dios me libre! —comentó Colin.
—Podríamos repartirnos el dinero —continuó Eloise sin hacer caso de Colin.
Penelope abrió la boca para contestar, pero en ese instante apareció el bastón de lady Danbury moviéndose en el aire. Colin dio un salto a un lado y evitó por un pelo que no le golpeara la oreja.
—¡Señorita Featherington! —tronó lady Danbury—. No me ha dicho de quién sospecha.
—No, Penelope —dijo Colin, mirándola con una sonrisa bastante satisfecha—. No lo has dicho.
El primer impulso de Penelope fue mascullar algo en voz baja y esperar que la edad de lady Danbury la hubiera hecho tan dura de oído que supusiera que si no entendía era a causa de sus oídos y no de la boca de ella. Pero aun sin mirar hacia el lado sentía la presencia de Colin, percibía su sonrisa engreída, caprichosa, incitándola a decir algo, y de pronto se sorprendió
—Megustas, Penelope Featherington —dijo lady Danbury, golpeándole la punta del pie con el bastón—. Apuesto a que la mitad del salón tiene la misma idea pero nadie más ha tenido el valor de decírmelo.
—Enrealidad yo tampoco —confesó Penelope, y emitió un ligero sonido al sentir enterrarse el codo de Colin en las costillas.
—Evidentemente lo tiene —dijo lady Danbury con una extraña luz en los
ojos.
Penelope no supo qué decir. Miró a Colin, que le estaba sonriendo alentador, y luego volvió a mirar a lady Danbury, que la estaba mirando con
una expresión… casi maternal.
Y eso tenía que ser lo más raro de todo, porque Penelope dudaba de que lady Danbury hubiera mirado con expresión maternal a sus hijos.
—¿Noes fantástico descubrir que no somos exactamente lo que creíamos ser?—ledijo la anciana acercándosele tanto que solo ella la oyó.
Y acto seguido la anciana se alejó, y Penelope se quedó pensando si tal vez no sería exactamente lo que creía que era.
Tal vez, solo tal vez, era algo más, aunque solo fuera un poquitín más.
El día siguiente era lunes, lo cual significaba que a Penelope le tocaba ir a tomar el té con las damas Bridgerton en la casa Número Cinco. No recordaba exactamente cuándo comenzó esa costumbre, pero ya eran casi diez años, y si no se presentaba por la tarde del lunes creía que lady Bridgerton enviaría a alguien a buscarla.
día estaba de un humor extraño, algo alegre y tal vez un poco infantil, así que decidió tomar un atajo y atravesar esa parte de la plaza por el césped desde la esquina, sin otro motivo aparte del gusto de sentir el sonido de chapoteo que hacían sus botas sobre la hierba húmeda.
Todo era culpa de lady Danbury, pensó. Tenía que serlo. Se sentía francamente atolondrada desde su encuentro con ella esa noche pasada.
—No…lo que…yo…creía… que era —entonó en voz baja, diciendo una palabra cada vez que las suelas de las botas se hundían en la hierba—.
Algo… más. Algo… más.
Llegó a un trecho particularmente mojado y empezó a avanzar como una patinadora por la hierba, cantando (muy suavecito, por supuesto; no era tanto lo que había cambiado desde la noche anterior que deseara que alguien la
oyera cantar en público) «Algooo… máaaas», y deslizándose.
Y esto lo hizo, lógicamente (ya tenía bastante bien establecido, en su mente al menos, que poseía el peor sentido de la oportunidad de toda la historia de la civilización), justo cuando oyó una voz masculina diciendo su nombre.
Paró con un patinazo, agradeció fervientemente haber mantenido el equilibrio en el último instante en lugar de aterrizar de trasero en la hierba mojada y sucia.
Era«él»,lógicamente.
—¡Colin! —exclamó, en un tono levemente azorado, quedándose muy quieta esperando que él llegara a su lado—. ¡Qué sorpresa!
Él parecía estar reprimiendo una sonrisa.—¿Estabas bailando?
Esbozó una sonrisa que ni siquiera sabía que sabía hacer. Era una sonrisa pícara, y ella era misteriosa, y vio que no todo estaba en su cabeza porque los
ojos de Colin se agrandaron al oírla decir:
—Eso es una pena. Es bastante agradable.
—Penelope Featherington —dijo él con la voz arrastrada—, creí oírte decir que no estabas bailando.
—Mentí —repuso ella, encogiéndose de hombros.
—Enese caso, entonces seguro que este debe de ser mi baile.
De repente ella sintió algo muy raro en las entrañas. Por eso no debía permitir que los susurros de lady Danbury se le fueran a la cabeza. Ella era capaz de ser osada y encantadora durante un fugaz momento, pero no tenía idea de cómo continuar.
A diferencia de Colin, evidentemente, que estaba sonriendo diabólicamente con los brazos listos en la posición perfecta para un vals.
—Colin, ¡estamos en Berkeley Square!
—Losé. Acababa de decirte que nunca he bailado aquí, ¿no lo recuerdas?
—Pero…
Colin se cruzó de brazos.
—Shhh…No puedes lanzar un desafío así y luego tratar de escabullirte. Además, me parece que bailar en Berkeley Square es el tipo de cosa que una persona debería hacer por lo menos una vez en su vida, ¿no te parece?
—Cualquiera podría vernos —susurró ella en tono apremiante.
Él se encogió de hombros, tratando de disimular que lo divertía bastante su reacción.
—Amí no me importa. ¿Y a ti?
Frunció el ceño. En realidad ya no debería llamarla «niña». A los veintiocho años no era más una niña que él un niño a sus treinta y tres años.
Finalmente, con mucha cautela y en un tono que esperaba reflejara una buena dosis de sensibilidad, le preguntó:
—¿Hayalgún motivo para que lo lamentemos si la gente piensa que estamos cortejando?
Ella cerró los ojos y por un instante él pensó que podría estar sufriendo. Cuando los abrió, su mirada era casi agridulce:
—Enrealidad sería muy divertido—dijo—,al principio.Él no dijo nada, simplemente esperó que continuara.
—Pero después se haría evidente que no estamos cortejando y sería…—se interrumpió y tragó saliva.
Entonces Colin cayó en la cuenta de que ella no estaba tan serena en su interior como quería aparentar.
—Sesupondría —continuó ella— que fuiste tú el que rompiste, porque…bueno, simplemente sería así.
Él no le discutió; sabía que eso era cierto. Ella hizo una espiración que sonó triste.
—No quiero someterme a esto —dijo—. Incluso lady Whistledown escribiría sobre ello. ¿Cómo podría no hacerlo? Sería un cotilleo demasiado jugoso para resistirse.
—Losiento, Penelope —dijo Colin.
No sabía de qué pedía disculpas, pero le pareció que era lo correcto. Ella hizo un leve gesto de asentimiento.
—Séque no debería importarme lo que digan los demás, pero me importa.
acogido amistosamente, pero en la mayoría de sus recuerdos, Penelope estaba en las orillas del salón de baile mirando cualquier cosa que no fueran las parejas bailando, fingiendo claramente que no deseaba bailar. Normalmente era entonces cuando él se le acercaba a sacarla a bailar. Ella siempre parecía agradecida, pero también algo avergonzada, porque los dos sabían que él lo hacía al menos un poco por compasión.
Trató de ponerse en su piel. No le resultó fácil. Él siempre había sido popular; en el colegio sus amigos lo admiraban y cuando entró en sociedad las mujeres se agrupaban a su lado. Y por mucho que dijera que no le importaba
lo que pensara la gente, pensándolo bien…Le gustaba bastante caer bien.
De pronto no supo qué decir, lo cual era raro porque siempre sabía quédecir. De hecho, tenía su cierta fama por saber siempre qué decir. Y probablemente, pensó, eso era uno de los motivos de que cayera tan bien.
Pero tenía la impresión de que los sentimientos de Penelope dependían de lo que le dijera él, y en algún momento de esos últimos diez minutos esos sentimientos se le habían hecho muy importantes.
—Tienes razón —dijo al fin, decidiendo que siempre conviene decirle a alguien que tiene razón—. He sido un tonto insensible. ¿Qué te parece si empezamos de nuevo?
Ella pestañeó.
—¿Quéquieres decir?
Él movió la mano abarcando el entorno, como si ese movimiento lo explicara todo.
—Empezar de nuevo.
qué, de reprimir su sonrisa. ¿Bajo qué estrella mágica nacería Colin que siempre sabía qué decir? Era el flautista encantado que solo dejaba corazones felices y caras sonrientes a su paso. Apostaría dinero, mucho más que las mil libras que ofrecía lady Danbury, a que ella no era la única mujer de Londres perdidamente enamorada del tercer Bridgerton.
Él ladeó la cabeza y luego la enderezó, como para indicarle su turno.
—Yocontestaría… —dijo ella—, contestaría…Él esperó dos segundos y dijo:
—Deverdad, cualquier cosa irá bien.
Ella había planeado pegarse una alegre sonrisa en la cara, pero descubrióque la sonrisa que tenía en los labios era muy auténtica.
—¡Colin! —dijo, tratando de parecer sorprendida—. ¿Qué andas haciendo por aquí?
—Excelente respuesta —dijo él. Ella movió un dedo ante él.
—Tehas salido de tu papel.
—¡Ah,sí, sí! Mis disculpas. —Pestañeó dos veces y continuó—: Aquívamos. ¿Qué tal esto?: Más o menos lo mismo que tú, me imagino. De camino a la Número Cinco a tomar el té.
A Penelope no le costó entrar en el ritmo de la conversación.—Hablas como si solo fueras de visita. ¿No vives ahí?
Él hizo un mal gesto.
—Espero que solo sea hasta la próxima semana. Dos semanas como máximo. Ando buscando otro alojamiento. Cuando me marché a Chipre tuve que dejar las habitaciones que alquilaba y aún no he encontrado otras buenas
—¿Penelope?
Ella pegó un salto.
—Sí,de acuerdo. Yo también voy a casa de tu madre a tomar el té. Voy
todos los lunes. Y muchas veces otros días también. Cuando…eh…cuando no ocurre nada interesante en mi casa.
—Notienes para qué decirlo como si te sintieras culpable. Mi madre es una mujer encantadora. Si desea tenerte para el té, debes ir.
Penelope tenía la costumbre de intentar leer entre líneas en las conversaciones, y tuvo la sospecha de que, en realidad, Colin quería decir que la comprendía si escapaba de su madre de cuando en cuando. Lo cual, inexplicablemente, la apenó un poco.
Él se balanceó sobre los talones un momento y luego dijo:
—Bueno, no debería retenerte aquí bajo la lluvia.
Ella sonrió, ya que llevaban ahí detenidos por lo menos quince minutos. De todos modos, si él quería continuar la representación, ella estaba bien dispuesta.
—Soy yo la que lleva quitasol —observó. A él se le curvaron ligeramente los labios.
—Pues sí. Pero de todos modos, no tendría mucho de caballero si no te hiciera caminar hacia a un entorno más acogedor. —Frunció el ceño y miró
alrededor—. Hablando de lo cual…—¿Hablando de qué?
—Deser un caballero. Creo que debemos ocuparnos del bienestar de las damas.
—¿Y?
mirarla—. Donde podría acechar un delincuente.—¿EnMayfair?
—En Mayfair —dijo él, implacable—. De verdad creo que deberías hacerte acompañar por una doncella cuando vas de aquí para allá. No me gustaría nada que te ocurriera algo.
Ella se sintió extrañamente conmovida por su preocupación, aun cuando sabía que él haría extensiva su consideración a cualquiera de las mujeres que conocía. Eso era sencillamente la clase de hombre que era.
—Te aseguro que observo todas las reglas del decoro cuando hago
trayectos largos —explicó—, pero es que esto está tan cerca… Solo unas pocas manzanas. Ni siquiera a mi madre le importa.
De pronto a Colin se le puso rígida la mandíbula.
—Por no decir—añadióella—, que tengo veintiocho años.
—¿Quétiene que ver eso con nada? Yo tengo treinta y tres, si quieres saberlo.
Ella ya lo sabía, lógicamente, puesto que lo sabía casi todo de él.
—Colin —dijo, sin poder evitar que se le metiera un sonido agudo de molestia en la voz.
—Penelope —contestó él, exactamente en el mismo tono. Ella hizo una larga espiración y dijo:
—Estoy firmemente establecida para vestir santos, Colin. No tengo ninguna necesidad de preocuparme de todas las reglas que me fastidiaban cuando tenía diecisiete.
—Nocreo…
—Hay quienes podrían decir —replicó, alzando la barbilla con un cierto aire gazmoño— que también tú deberías estar casado ya.
—Vamos, porfa…
—Tienes treinta y tres años, como acabas de informarme con tanto
orgullo.
Él la miró con una expresión ligeramente divertida, pero con un matiz de irritación que le dijo que no seguiría divertido mucho rato.
—Penelope, no int…
—¡Anciano! —gorjeó ella.
Él soltó una maldición en voz baja, y eso la sorprendió, porque no recordaba haberlo oído nunca hacerlo en presencia de una dama. Tal vez debería hacer caso de ese aviso, pero estaba demasiado irritada. Tal vez era cierto el viejo dicho: el valor engendra más valor.
O tal vez sencillamente era más cierto que la temeridad alienta más temeridad, porque lo miró sarcástica y dijo:
—¿Noestaban ya casados tus dos hermanos mayores a los treinta?
Ante su sorpresa, Colin se limitó a sonreír, se cruzó de brazos y apoyó un hombro en el árbol bajo el cual estaban.
—Mis hermanos y yo somos hombres muy distintos. Esa era una afirmación muy reveladora, comprendió ella, porque muchos miembros de la alta sociedad, entre ellos la legendaria lady Whistledown, daban mucha importancia al enorme parecido entre los hermanos Bridgerton. Algunos llegaban incluso a decir que eran intercambiables. A ella nunca se le había
ocurrido pensar que eso les molestara; en realidad, suponía que se sentían
verdaderamente, no, intensamente, furioso para descontrolarse. Y ese tipo de furia solo lo puede provocar alguien a quien uno quiere intensamente.
Ella le caía bastante bien, tal vez más que muchas otras personas, pero no la «quería». No de esa manera.
—Tal vez deberíamos ponernos de acuerdo en el desacuerdo —dijo al fin.—¿Enqué?
—Eh…—nolograba recordarlo—.Eh…¿en lo que puede o no puede hacer una solterona?
—Tal vez eso me obligaría a someterme en cierto modo al juicio de mi hermana menor, lo cual me resultaría muy difícil, como sin duda te puedes imaginar.
—¿Pero no te importa someterte a mi juicio?Él la miró con una sonrisa perezosa y pícara.
—No, si me prometes no decírselo a ningún alma viviente.
No lo decía en serio, por supuesto. Y sabía que él sabía que ella sabía que no lo decía en serio. Pero ese era su método. Con humor y una sonrisa despejaba cualquier camino. Y, maldito él, le daba resultado, porque ella se
oyó suspirar, se sintió sonreír y antes de darse cuenta ya estaba diciendo:
—¡Basta! Pongámonos en camino a la casa de tu madre. Colin sonrió de oreja a oreja.
—¿Crees que tendrá galletas?
Penelope miró al cielo poniendo los ojos en blanco.—Séque tendrá galletas.
—Estupendo —dijo él echando a correr y medio arrastrándola conél—. Quiero mucho a mi familia, pero en realidad voy ahí por la comida.
Es difícil imaginarse que haya alguna noticia del baile de los Bridgerton distinta a la resolución de lady Danbury de descubrir la identidad de esta autora, pero convendría tomar nota de los siguientes detalles:
Al señor Geoffrey Albansdale se lo vio bailar con la señorita Felicity Featherington.
A la señorita Felicity Featherington se la vio bailar también con el señor Lucas Hotchkiss.
Al señor Lucas Hotchkiss se lo vio bailar también con la señorita Hyacinth Bridgerton.
A la señorita Hyacinth Bridgerton se la vio bailar también con el vizconde Burwick.
Al vizconde Burwick se lo vio bailar también con la señorita Jane Hotchkiss.
A la señorita Jane Hotchkiss se la vio bailar también con el señor Colin Bridgerton.
Al señor Colin Bridgerton se lo vio bailar también con la señorita Penelope Featherington.
Y para redondear este circulito teóricamente incestuoso, a la señorita Penelope Featherington se la vio conversando con el señor Geoffrey Albansdale. (Habría sido perfecto si hubiera bailado con él, ¿no estáis de acuerdo, mis queridos lectores?)
galletas de mantequilla.
Colin fue en línea recta hacia la comida, sin apenas detenerse a saludar a sus hermanas.
Penelope siguió el movimiento de la mano de lady Bridgerton hacia un sillón cercano y se sentó.
—Galletas están buenas —dijo Hyacinth, ofreciéndole un plato.
—Hyacinth, procura hablar en frases completas—ledijo lady Bridgerton en tono vagamente desaprobador.
Hyacinth la miró sorprendida.
—Galletas. Están. Buenas. —Ladeó la cabeza—. Sustantivo. Verbo. Adjetivo.
—¡Hyacinth!
Penelope observó que lady Bridgerton deseaba poner una expresión severa al reprender a su hija, pero no lo conseguía del todo.
—Sustantivo. Verbo. Adjetivo —dijo Colin, limpiándose las migas de su cara sonriente—. Frase. Es. Correcta.
—Sieres mínimamente culta —continuó Kate cogiendo una galleta—. Estas están buenas.—Miróa Penelope, sonriendo tímidamente—. Esta es mi cuarta.
—Tequiero, Colin —dijo Hyacinth, sin hacer caso de Kate.—Pues claro —musitó él.
—Yo, personalmente —dijo Eloise, sarcástica—, prefiero poner artículos delante de los sustantivos en mis escritos.
—¿Tusescritos?—bufóHyacinth.
general —dijo, frunciendo los labios en gesto desdeñoso—, pero en este caso,
puesto que hablabas de galletas «concretas»…
Penelope creyó oír gemir a lady Bridgerton, aunque no podía estar segura.
—…entonces, concretamente —terminó Eloise, arqueando las cejas—, tu frase era incorrecta.
Hyacinth se volvió hacia Penelope.
—Estoy segura de que no usó de la forma correcta «concretamente» en esa última frase.
Penelope alargó la mano para coger otra galleta.—Meniego a entrar en la discusión.
—Cobarde—ledijo Colin.
—No, simplemente hambrienta. Estas están buenas —dijo a Kate. Kate manifestó su acuerdo asintiendo.
—He oído rumores —dijo a Penelope— de que tu hermana podría comprometerse.
Penelope pestañeó, sorprendida. No se había imaginado que la conexión de Felicity con el señor Albansdale fuera de conocimiento público.
—Eh…¿dónde oíste ese rumor?
—AEloise, por supuesto —contestó Kate con la mayor naturalidad—. Siempre lo sabe todo.
—Ylo que no sé yo —dijo Eloise con su franca sonrisa—, normalmente lo sabe Hyacinth. Es muy cómodo.
—¿Estáis seguras de que ninguna de las dos sois lady Whistledown?—bromeó Colin.
manera de detectar su identidad.
Cinco pares de ojos se volvieron hacia ella.
—Tiene que ser alguien que posee más dinero del que debería tener—explicó Penelope.
—Buen argumento —dijo Hyacinth—, aunque no tengo la menor idea de cuánto dinero deberían tener las personas.
—Bueno, yo tampoco —repuso Penelope—, pero uno tiene más o menos una idea general.—Alver la cara de incomprensión de Hyacinth, añadió—:
Por ejemplo, si de repente yo fuera y me comprara un juego de joyas de diamante, eso sería muy sospechoso.
Kate le dio un codazo.
—Note has comprado un jueguito de diamantes últimamente, ¿eh? A míme irían muy bien las mil libras.
Penelope miró hacia el techo poniendo los ojos en blanco un momento antes de contestar, porque siendo la vizcondesa Bridgerton, Kate no necesitaba en absoluto mil libras.
—Teaseguro que no poseo ni una sola joya de diamantes. Ni siquiera un anillo.
Kate dejó escapar un «uf» de desilusión.—Bueno, no me sirves, entonces.
—Noes tanto por el dinero —declaró Hyacinth—. Es la gloria. Lady Bridgerton se atragantó con el té y tosió sobre la taza.
—Perdona, Hyacinth, ¿qué acabas de decir?
—Pensad en los entusiastas elogios que recibiría uno por haber pillado por fin a lady Whistledown —explicó Hyacinth—. Sería glorioso.
después de cuarenta años de maternidad sé muy bien que no debo intentar detenerte cuando tienes la mente tan puesta en algo, por tonto que sea.
Penelope se llevó la taza a la boca para ocultar su sonrisa.
—Simplemente es sabido que eres algo —lady Bridgerton se aclaródelicadamente la garganta— resuelta a veces.
—¡Madre!
—…y no quiero que olvides que tu principal centro de atención ahora debe ser buscar un marido —continuó lady Bridgerton como si Hyacinth no hubiera dicho nada.
Hyacinth volvió a pronunciar la palabra «madre», pero le salió más como un gemido que como protesta.
Penelope miró con disimulo a Eloise, que tenía los ojos clavados en el techo y estaba claramente poniendo todo su empeño en no sonreír. Eloise había soportado años de implacables sermones y maquinaciones casamenteras por parte de su madre y no le importaba lo más mínimo que esta hubiera tirado la toalla con ella y pasado su atención a Hyacinth.
Dicha sea la verdad, a Penelope la sorprendía que lady Bridgerton hubiera aceptado finalmente el estado de soltería de Eloise. Jamás había hecho nada por ocultar que el principal objetivo de su vida era ver felizmente casados a sus ocho hijos. Y lo había logrado con cuatro. La primera, Daphne, se casócon Simon, convirtiéndose en la duquesa de Hastings; al año siguiente Anthony se casó con Kate. Después transcurrió un buen tiempo sin novedades, hasta que Benedict y Francesca se casaron con diferencia de un año, Benedict con Sophie y Francesca con el escocés conde de Kilmartin.
marido, mientras al mismo tiempo sonreía pícaramente a su hermano y su hermana. No bien había vuelto a sentarse, dijo a todos los congregados:
—¿Asíque creéis que la van a descubrir?
—¿Vamos a seguir hablando de esa mujer Whistledown? —gimió lady Bridgerton.
—¿Noha oído, entonces, la teoría de Eloise? —preguntó Penelope. Todos los ojos se volvieron a ella y luego a Eloise.
—Esto…¿cuál es mi teoría? —preguntó Eloise.
—Fue…,ah, no lo sé, tal vez la semana pasada. Estábamos hablando de lady Whistledown y yo dije que no me parecía posible que pudiera continuar eternamente sin cometer finalmente un error. Entonces Eloise dijo que no veía tan claro eso, porque ya llevaba más de diez años escribiendo y que si había de cometer un error, ¿cómo era que no lo habría cometido ya? Entonces yo dije no, solo era un ser humano. Finalmente tendría que equivocarse, porque
nadie puede continuar eternamentey…
—¡Ah,ahora lo recuerdo! —interrumpió Eloise—. Estábamos en tu casa, en tu habitación. ¡Y yo tuve una idea luminosa! Le dije que apostaría a que lady Whistledown ya ha cometido un error y que nosotros somos tan estúpidos que no lo hemos notado.
—Nomuy elogioso para nosotros, he de decir —masculló Colin.
—Bueno, quise decir toda la sociedad, no solo los Bridgerton —acotóEloise con voz arrastrada.
—Ah, o sea, que tal vez —musitó Hyacinth, pensativa— lo único que tenemos que hacer es echar una mirada a los números anteriores de su hoja.
Lady Bridgerton la miró con ojos casi aterrados.
con el papel de la pared, quedaba totalmente sin palabras.
—Eh… sí, es bastante posible —contestó—. El señor Albansdale ha estado insinuando sus intenciones. Pero si decide proponerle matrimonio me imagino que viajará a East Anglia para pedirle su mano a mi tío.
—¿Tutío? —preguntó Kate.
—Mitío Geoffrey. Vive cerca de Norwich. Es nuestro pariente masculino más cercano, aunque, la verdad sea dicha, no lo vemos muy a menudo. Pero el señor Albansdale es bastante tradicional. No creo que se sienta cómodo pidiéndosela a mi madre.
—Esde esperar que se la pida a Felicity también —dijo Eloise—. Muchas veces he pensado que es una tontería que un hombre pida la mano de una mujer a su padre en lugar de pedírsela a ella. No es el padre el que va a tener que vivir con él.
—Esa actitud —dijo Colin, ocultando solo a medias su sonrisa detrás de la taza— podría explicar por qué continúas soltera.
—Colin —musitó lady Bridgerton en tono desaprobador, mirándolo con expresión severa.
—Ah, no, madre —dijo Eloise al instante—. A mí no me importa. Me siento muy a gusto como vieja doncella.—Miróa Colin con un cierto aire de superioridad—. Prefiero con mucho ser una solterona a estar casada con un pelmazo. ¡Como prefiere Penelope! —añadió, señalándola con un ademán triunfal.
Sobresaltada por el repentino movimiento de la mano en su dirección, Penelope enderezó la espalda y dijo:
—Eh…Sí, claro.
que ya había renunciado a toda esperanza con Colin. Significaba que no era fiel a sus principios, como había esperado ser. Significaba que estaba dispuesta a conformarse con un marido menos que perfecto con el fin de tener un hogar y una familia propios.
No era nada que no hicieran cada año cientos de mujeres, pero era algo que jamás había pensado que haría ella.
—Tehas puesto muy seria de repente—ledijo Colin. Eso la sacó bruscamente de su ensimismamiento.
—¿Yo?Ah, no, no. Simplemente estaba sumida en mis pensamientos. Colin aceptó su explicación asintiendo, y alargó la mano para coger otra
galleta.
—¿Tenemos algo más substancioso? —preguntó, arrugando la nariz.
—Sihubiera sabido que vendrías —contestó su madre en tono sarcástico—,habría duplicado la comida.
Él se levantó y caminó hasta el cordón de llamar.
—Llamaré para que traigan más. —Después de tirar el cordón, se volvió a preguntar a su madre—: ¿Has oído la teoría de Penelope sobre lady Whistledown?
—No—contestó lady Bridgerton.
—Esmuy ingeniosa, la verdad.—Seinterrumpió para pedirle bocadillos a la criada y concluyó—: Opina que es lady Danbury.
—¡Ooooh! —exclamó Hyacinth, visiblemente impresionada—. Eso es muy perspicaz, Penelope.
Penelope inclinó la cabeza hacia ella, agradeciéndole.
—Yjusto el tipo de cosa que haría lady Danbury—añadióHyacinth.
movimiento del brazo señaló a su hermana— creyera que es Eloise.—¡Noes Eloise! —protestó lady Bridgerton.
—Nosoy yo —dijo Eloise sonriendo.
—Pero supongamos que yo creyera que lo es —insistió Hyacinth, en tono exagerado, como para contrarrestar la oposición—. Y que lo dijera en público.
—Loque no harías jamás —dijo su madre severamente.
—Loque no haría jamás —repitió Hyacinth imitando a un loro—. Pero solo para ser académicos, simulemos que lo hago, y digo que Eloise es lady Whistledown. Que no lo es—seapresuró a añadir antes de que su madre volviera a interrumpirla.
Lady Bridgerton levantó las manos dándose por derrotada.
—¿Quémejor manera de engañar a las masas que reírse de mí en su columna? —continuó Hyacinth.
—Claro que si lady Whistledown fuera realmente Eloise… —musitóPenelope.
—¡Nolo es! —exclamó lady Bridgerton. Penelope no pudo contener la risa.
—Pero si lo fuera…
—¿Sabéis? Ahora desearía serlo, de veras —dijo Eloise.
—¡Québroma nos estarías gastando a todos! —continuó Penelope—. Claro que entonces el miércoles no podrías escribir una columna riéndote de Hyacinth por pensar que eres lady Whistledown, porque todos sabríamos que tendrías que ser tú.
—Las posibilidades son infinitas —suspiró Hyacinth, limpiándose las lágrimas de los ojos.
—Tal vez, sencillamente todos deberíamos mirar a la izquierda —sugirióColin volviendo a sentarse—. ¿Quién sabe?, esa persona podría muy bien ser nuestra infame lady Whistledown.
Todos miraron a la izquierda, a excepción de Eloise, que miró a la derecha, a Colin.
—¿Erapara decirme algo que te has sentado a mi derecha?—lepreguntó, sonriendo divertida.
—No, no, nada —dijo él, alargando la mano hacia la fuente con galletas y deteniéndola en seco al recordar que estaba vacía.
Pero no miró a los ojos a Eloise al decir eso.
Si alguien aparte de Penelope observó ese gesto evasivo, no pudo preguntarle nada, porque en ese instante llegaron los bocadillos y él quedóinutilizado para la conversación.
Ha llegado al conocimiento de esta autora que lady Blackwood se torció el tobillo esta semana cuando perseguía a uno de los niños que reparten esta humilde hoja informativa.
Mil libras es, sin duda, una gran cantidad de dinero, pero lady Blackwood no está necesitada de fondos y, además, la situación se está volviendo ridícula. Sería de suponer que los londinenses tienen cosas mejores que hacer con su tiempo que dar caza a esos pobres y desventurados críos en un infructuoso intento de descubrir la identidad de esta autora.
O tal vez no.
Esta autora ha dado cuenta de las actividades de los miembros de la aristocracia desde hace ya más de una década y la verdad es que no ha encontrado ninguna prueba de que tengan algo mejor que hacer con su tiempo.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
14 de abril de 1824
Dos días después, Penelope se encontró atravesando nuevamente la parte norte de Berkeley Square, de camino a la Número Cinco, a encontrarse con Eloise. Pero esta vez era última hora de la mañana, el día estaba soleado y no se encontró con Colin en el camino.
No supo decidir si eso era bueno o malo.
—Nolo sé. Pero salió con su madre y la señorita Hyacinth hace unas dos horas.
—Comprendo. —Penelope frunció el ceño tratando de decidir qué hacer—.¿Podría esperarla, entonces? Tal vez simplemente se ha retrasado. No es propio de Eloise olvidar una cita.
Él asintió amablemente y la condujo al salón informal de la primera planta, prometiéndole traerle una bandeja con refrigerios y pasándole elúltimo número del Whistledown para que se entretuviera leyendo mientras esperaba.
Penelope ya lo había leído, lógicamente; lo pasaban a dejar a su casa por la mañana temprano y había tomado la costumbre de echarle una mirada durante el desayuno. Al tener tan poco en qué ocupar la mente, atravesó el salón y se allegó a la ventana, a contemplar el paisaje urbano de Mayfair. Pero no había mucho de nuevo para ver; eran las mismas casas que había visto miles de veces, incluso las mismas personas caminando por la calle.
Tal vez se debió a que estaba reflexionando sobre la monotonía de su vida que se fijó en el único objeto nuevo que tenía a la vista: una libreta encuadernada en piel abierta sobre la mesa. Desde los varios palmos que la separaban de la mesa se veía al instante que no era un libro impreso, pues se distinguían claramente las líneas escritas a mano.
Avanzó unos pasos y se inclinó a mirar, sin tocar las páginas. Parecía ser una especie de diario, y más o menos a la mitad de la página de la derecha se destacaba un título, escrito hacia el margen derecho, separado del resto del texto por un espacio arriba y otro abajo:
22 de febrero de 1824
Pero claro, Colin tenía todos los motivos para suponer que nadie se toparía con su diario si se ausentaba de ahí un rato. Lo más seguro era que sabía que su madre y sus hermanas estarían fuera toda la mañana. Normalmente a las visitas las hacían pasar al salón formal de la planta baja; que ella supiera, Felicity y ella eran las únicas personas no Bridgerton a las que hacían pasar directamente al salón informal de arriba. Y puesto que Colin no la esperaba (o, mejor dicho, no había pensado en ella de una ni otra manera), se imaginaría que no corría ningún peligro al dejar su diario ahímientras salía a hacer algún recado.
Por otro lado, lo dejó abierto.
¡Abierto, por el amor de Dios! Si hubiera algún secreto valioso en ese diario, seguro que Colin habría tenido más cuidado, dejándolo escondido, al salir de la sala. No era ningún estúpido, después de todo.
Se inclinó a mirar.
Vaya incordio. No alcanzaba a leer desde esa distancia. El título era legible porque estaba rodeado por un buen espacio en blanco, pero el resto eran líneas bastante juntas, que hacían difícil leer desde tan lejos.
Por algún motivo desconocido, se había hecho a la idea de que no se sentiría tan culpable si no se acercaba más para leerlo. Total, qué más daba que ya hubiera atravesado toda la sala para encontrarse donde estaba en ese momento.
Se dio unos golpecitos con un dedo en la mandíbula, cerca de la oreja. Ese era buen argumento. Había atravesado el salón hacía un rato, lo cual podía significar que ya había cometido el peor pecado que iba a cometer ese día. Un paso más no era nada comparado con todo el largo de la sala.
lamer la playa formando un delgado encaje de espuma, haciendo hormiguear la piel y transformando la arena perfecta en un delicioso cojín de polvillo mojado que se desliza por entre los dedos hasta que llega otra ola y los limpia.
Es fácil comprender por qué se dice que este es el lugar de nacimiento de Afrodita. A cada paso casi espero verla surgir del mar, como en el cuadro de Boticelli, perfectamente equilibrada sobre una gigantesca concha, sus largos cabellos dorados cayendo en cascada alrededor.
Si alguna vez nació una mujer perfecta, seguro que este
es el lugar donde nació. Y sin embargo…
Y sin embargo, cada cálida brisa y cada cielo sin nubes me recuerda que esta no es mi tierra, que nací para vivir mi vida en otra parte. Esto no apaga el deseo, no, la imperiosa necesidad, de viajar, de ver, de conocer. Pero sí atiza un extraño anhelo de tocar hierba mojada, o sentir una fría neblina en la cara, o incluso recordar la alegría de un día perfecto después de una semana de lluvia.
22 de febrero de 1824 Macizo de Tróodos, Chipre
Es extraordinario que sienta frío. Es febrero, claro, y como inglés estoy muy acostumbrado al frío de febrero
mitad de la frase. ¿Con quién se encontró? ¿Qué ocurrió? ¿Qué peligro? Contempló el diario, absolutamente muerta de ganas de volver la página
para ver qué ocurrió. Pero cuando comenzó a leer se las había ingeniado para justificarlo diciéndose que, en realidad, no invadía la intimidad de Colin; al fin y al cabo él lo había dejado abierto. Solo iba a mirar lo que estaba a la vista.
Pero volver la página era algo totalmente diferente.
Alargó la mano y la retiró bruscamente. No, eso no era correcto. No debía leer su diario. Bueno, no más de lo que ya había leído.
Por otro lado, estaba claro que ese era un escrito que valía la pena leer. Era un crimen que Colin se lo guardara para él. Los escritos deberían
celebrarse, compartirse. Deberían…
—¡Anda, vamos, por el amor de Dios! —masculló en voz baja. Alargó la mano y la puso en el borde de la página.
—¿Quéhaces?
Ella se giró bruscamente.—¡Colin!
—¡Yomismo! —ladró él.
Penelope retrocedió. Nunca lo había oído hablar en ese tono. No se lo había imaginado capaz.
Él atravesó la sala a largas zancadas, cogió el diario y lo cerró.—¿Quéhaces aquí?
—Estoy esperando a Eloise —logró decir ella, con la boca repentinamente reseca.
—¿Eneste salón?
—normalmente uno no lleva un libro.
—Noes muy grande —dijo ella, pensando por qué, por qué, por qué, seguía hablando cuando era tan evidente que había obrado mal.
—¡Porel amor de Dios! —explotóél—.¿Quieres que diga la palabra«orinal» en tu presencia?
Penelope sintió arder las mejillas; las tendría de un rojo subido, seguro.
—Serámejor que me vaya. Por favor, dile a Eloise…
—Meiré yo —dijo él, prácticamente en un gruñido—. Me voy a mudar esta tarde, en todo caso. Igual podría irme ahora mismo, ya que es tan obvio que te has apoderado de la casa.
Penelope nunca había pensado que las palabras pudieran causar dolor físico, pero en ese momento habría jurado que acababan de enterrarle un cuchillo en el corazón. Hasta ese momento no había comprendido lo mucho que significaba para ella que lady Bridgerton le hubiera abierto su casa.
Ni cuánto le dolería que a Colin le molestara su presencia ahí.
—¿Por qué tienes que hacerme tan difícil pedir disculpas? —soltó, siguiéndolo cuando él fue al otro lado de la sala a recoger el resto de sus cosas.
—¿Ypor qué, dime, debería hacértelo fácil? —replicó él. No la miró al decirlo, ni siquiera detuvo sus pasos.
—Porque eso sería lo simpático.
Eso le captó la atención. Se giró a mirarla, sus ojos tan relampagueantes de furia que ella retrocedió un paso. Colin era el simpático, el acomodadizo. No se enfadaba, no se descontrolaba.
Hasta ese momento.
—¿Quépa…? ¡Ay, Dios mío!
Le manaba sangre de una herida en la palma.
Jamás tan elocuente ante una crisis, consiguió decir:
—¡Uy,uy, la alfombra!
De un salto fue a coger una hoja de papel que vio en una mesa cercana y volvió a ponérsela debajo de la mano para que recogiera la sangre antes de que esta estropeara la valiosísima alfombra.
—Siempre la enfermera atenta —dijo Colin con voz temblorosa.
—Bueno, tú no te vas a morir —explicó ella—, mientras que la
alfombra…
—Estábien—leaseguróél—.Solo quería hacer una broma.
Penelope le miró la cara. Estaba muy pálido y alrededor de la boca se le marcaban unas arruguitas blancas.
—Creo que es mejor que te sientes.
Él asintió lúgubremente y se dejó caer en un sillón.
A Penelope se le revolvió un poco el estómago. Nunca había soportado muy bien la vista de sangre.
—Creo que es mejor que yo me siente también —masculló, sentándose en la mesita delante de él.
—¿Tevas a poner bien?—lepreguntó él.
Ella asintió, tragando saliva para combatir una oleada de náuseas.—Tenemos que encontrar algo para vendar esto —dijo.
Hizo una mueca al mirar el ridículo arreglo que había hecho; el papel no era absorbente y la sangre iba rodando precariamente por la superficie, por lo que intentó doblarlo para impedir que cayera por los lados.
sangre.
—Sesiente peor de lo que se ve —bromeó él. Ella le miró la cara horrorizada.
—Otra broma—latranquilizóél—.Bueno, en realidad no. Es cierto que se siente peor de lo que se ve, pero es soportable.
—Losiento —dijo ella, presionando más sobre la herida para restañar la sangre—. Todo esto es culpa mía.
—¿Queme corte la mano?
—Sino hubieras estado tan enfadado…
Él negó con la cabeza y cerró los ojos un momento para aguantar el dolor de la presión.
—Noseas tonta, Penelope. Si no me hubiera enfadado contigo me habría enfadado con cualquier otra persona en otro momento.
—Ysin duda habrías tenido un abrecartas listo al lado cuando ocurriera eso —musitó ella, mirándolo a través de las pestañas, al estar inclinada sobre su mano.
Cuando él la miró a los ojos vio humor en sus ojos, y tal vez un pelín de admiración.
Y otra cosa que jamás se imaginó que vería: vulnerabilidad, vacilación, e incluso inseguridad. Él no sabía lo bien que escribía, comprendió sorprendida. No tenía idea, y se sentía avergonzado de que ella hubiera visto su escrito.
—Colin—ledijo, presionando más fuerte sobre la herida al apoyar la
mano en ella—. Tengo que decirte…
Se interrumpió al oír pasos, bien fuertes, en el corredor.
a tu comida.
Wickham asintió y quitó el paño que cubría las fuentes. Era comida fría, lonchas de carne, queso, un poco de fruta y una gran jarra de limonada.
Penelope sonrió alegremente.
—Espero que no pensaras que yo podría comerme todo esto sola.
—Lady Bridgerton y sus hijas llegarán pronto. Pensé que podrían tener hambre también.
—Noquedará nada cuando yo haya dado cuenta de esto —dijo Colin con una jovial sonrisa.
Wickham hizo una leve inclinación hacia él.
—Sihubiera sabido que estaba aquí, señor Bridgerton, habría triplicado las raciones. ¿Quiere que le prepare un plato?
—No, no —repuso Colin haciendo un gesto con la mano sana—. Iré
enseguida, eh…, tan pronto como acabe este capítulo.
—Dígamelo si necesita algo más —dijo el mayordomo y salió del salón.
—Aaaaahh —gimió Colin tan pronto como dejaron de oírse los pasos de
Wickham por el corredor—. Maldic… Perdón, caramba que duele. Penelope cogió una servilleta de la bandeja.
—Ten, vamos a reemplazar ese pañuelo.—Lequitó el pañuelo, fijando los ojos en la tela para no mirar la herida; no entendía por qué, pero eso no le afectaba tanto el estómago—. Me parece que tu pañuelo ha quedado inservible.
Colin se limitó a cerrar los ojos y negar con la cabeza. Penelope fue lo bastante lista para entender que eso quería decir «No me importa». Y también
leído…
—¡Ah,Penelope! —dijo, y lo sorprendió el titubeo que notó en su voz. Ella levantó la vista para mirarlo.
—Perdona, ¿te estoy apretando muy fuerte?
Por un momento Colin no hizo otra cosa que pestañear. ¿Cómo era posible que nunca se hubiera fijado en lo grandes que tenía los ojos? Sabía
que eran castaños, claro, y… No, pensándolo bien, si quería ser sincero consigo mismo, tendría que reconocer que si esa mañana se lo hubieran preguntado no habría sido capaz de decir de qué color tenía los ojos.
Pero algo le dijo que no lo volvería a olvidar. Ella le aflojó un poco la venda.
—¿Estábien así?Él asintió.
—Gracias. Lo haría yo, pero es la mano derechay…
—Nodigas nada más. Esto es lo mínimo que puedo hacer despuésde…
despuésde…
Miró ligeramente hacia un lado y él comprendió que iba a volver a disculparse.
—Penelope —empezó otra vez.—¡No,espera! —exclamó ella.
Sus ojos oscuros relampagueabande…¿podría ser pasión? No la clase de pasión con la que él estaba más familiarizado, pero habían otros tipos de
pasión, ¿verdad? Pasión por aprender. Pasión por… ¿la literatura?
—Debo decirte esto —dijo ella, apremiante—. Sé que fue una intrusión
imperdonable la mía al mirar tu diario. Simplemente estaba… aburrida…
—¿Te…te gustó? —preguntó al fin.
—¿Sime gustó? ¡Colin, me fascinó!Me…—¡Aaay!
En su exaltación, ella le había apretado con demasiada fuerza la mano.
—¡Ah,perdona! —dijo ella sin inmutarse, y continuó—: Colin, de verdad tengo que saberlo, por favor. ¿Cuál era el peligro? No soportaría quedar con ese suspense.
—Nofue nada —dijo él, modestamente—. La página que leíste no era una parte muy emocionante.
—No, era principalmente descriptiva —convino ella—, pero la
descripción es muy elocuente y evocadora. Lo veía todo. Perono…¡ay, Dios, cómo explicar esto!
Colin descubrió que estaba impaciente por saber qué intentaba decir ella.—Aveces —continuó ella por fin—, cuando uno lee una descripción, esta
es…, ¡ay, nosé!,…objetiva, fría, aséptica, incluso. Tú haces cobrar vida a la isla. Otras personas podrían llamar cálida o tibia al agua, pero tú la relacionas con algo que todos conocemos y entendemos. Me hizo sentir como si estuviera ahí, con los dedos de los pies metidos ahí, a tu lado.
Colin sonrió, ridículamente complacido por el elogio.
—¡Ah! Y antes de que lo olvide, hay otra cosa brillante que quería comentarte.
Bueno, él ya sabía que estaba sonriendo como un idiota. Brillante brillante brillante. ¡Qué palabra más bonita!
Penelope se inclinó ligeramente hacia él y continuó:
por el interés.
—Hace valorar la propia tierra —contestó él en voz baja. Ella lo miró a los ojos; los de ella serios, interrogantes.—Ysin embargo sigues deseando marcharte.
Él asintió.
—Nopuedo evitarlo. Es como una enfermedad. Ella se rio, y su risa sonó inesperadamente musical.
—Noseas ridículo. Una enfermedad es dañina. Está claro que tus viajes te alimentan el alma.—Bajóla vista a su mano y con sumo cuidado le levantó la servilleta para examinarle la herida—. Está casi mejor —dijo.
—Casi —convino él.
En realidad sospechaba que ya se había detenido la sangre, pero no quería que acabara la conversación. Y sabía que en el instante que ella hubiera acabado de atenderlo se marcharía.
No creía que ella deseara marcharse, pero sabía que lo haría. Pensaría que era lo correcto, y tal vez creería también que eso era lo que él deseaba.
Nada podría estar más lejos de la verdad, lo sorprendió comprender. Y nada podría haberlo asustado más.
Todo el mundo tiene secretos. Especialmente, yo.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
14 de abril de 1824
—Ojalá hubiera sabido que llevabas un diario —dijo Penelope volviéndole a aplicar presión en la palma.
—¿Porqué?
Ella se encogió de hombros.
—Nosé. Siempre es interesante descubrir que alguien es algo más de lo que ven los ojos, ¿no crees?
Colin estuvo callado un momento y de repente le preguntó:
—¿Deverdad te gustó?
Ella pareció divertida. Él se sintió horrorizado. Ahí estaba él, considerado uno de los hombres más populares y sofisticados de la alta sociedad, convertido en un tímido escolar, pendiente de cada palabra de Penelope Featherington, solo para agarrarse de un pequeño elogio.
Penelope Featherington, ¡por el amor de Dios!
Y no que hubiera nada malo en Penelope, claro, se dijo. Simplemente que
era…, bueno…, Penelope.
—Claro que me gustó —dijo ella sonriendo levemente—. Acabo de decírtelo.
—Nome cabe duda.—¡Vaya!
Ella bajó la vista, claramente tratando de no sonreír.—Soy muy bueno para mis trazos —añadió.
Ya era solo un juego pero encontraba bastante divertido hacer el papel de escolar malhumorado.
—Eso es obvio. Me gustaron especialmente las curvas en las haches.
Muy… experta mano la tuya.—Enefecto.
Ella le imitó la cara seria a la perfección.—Enefecto.
Él desvió la vista y por un momento se sintió inexplicablemente tímido.—Mealegra que te haya gustado el diario —dijo.
—Loencontré precioso —dijo ella, con una voz suave, como lejana—.
Muy hermosoy…—Desvió la vista, ruborizándose—. Vas a pensar que soy tonta.
—Nunca.
—Bueno, creo que uno de los motivos de que me gustara tanto es que, no sé, me pareció que disfrutabas escribiéndolo.
Colin guardó silencio un largo rato. Nunca se le había ocurrido pensar que disfrutaba escribiendo; era algo que simplemente hacía.
Lo hacía porque no podía imaginarse no haciéndolo. ¿Cómo iba a viajar a
otros países sin dejar constancia de lo que veía, de sus experiencias y, tal vez lo más importante, de lo que sentía?
de felicidad.
Sí, disfrutaba escribiendo. Curioso que nunca antes se hubiera dado cuenta.
—Esbueno tener algo en la vida —dijo Penelope apaciblemente—. Algo que satisfaga, que llene las horas con una sensación de finalidad. —Cruzó las manos en la falda y se las miró, al parecer muy interesada en sus nudillos—. Nunca he entendido las supuestas alegrías de una vida de ocio.
Colin sintió deseos de ponerle los dedos bajo el mentón para verle los ojos cuando le preguntara«¿Yqué haces tú para llenar tus horas con la sensación de finalidad?». Pero no lo hizo. Sería demasiado atrevido, y significaría reconocer para sí mismo lo interesado que estaba en su respuesta.
Así que le hizo la pregunta, pero mantuvo quietas las manos.
—Nada, en realidad —contestó ella, examinándose las uñas. Pasado un momento, repentinamente lo miró, alzando el mentón con tanta rapidez que él casi se mareó—. Me gusta leer. Leo bastante, en realidad. Y de tanto en tanto bordo, pero no soy muy buena para el bordado. Ojalá hubiera algo más, pero,
bueno…
—¿Qué?—laanimó él.
—No, nada. Deberías estar agradecido por tus viajes. Te envidio muchísimo.
A eso siguió un largo silencio, no incómodo, pero extraño, y finalmente lo rompió Colin diciendo bruscamente:
—Eso no basta.
Su tono estaba tan fuera de lugar en la conversación que Penelope solo pudo mirarlo.
Él estuvo un momento sin decir nada, luego soltó un bufido de burla y cerró el diario con un fuerte golpe.
—Estos no cuentan. Son solo para mí.—Notienen por qué serlo.
Si él la oyó, no dio señales.
—Estámuy bien y es bueno llevar un diario mientras viajas, pero cuando vuelvo a casa sigo sin tener nada que hacer.
—Encuentro difícil creer eso.
Él no dijo nada; se limitó a coger una loncha de queso de la bandeja. Ella guardó silencio mientras lo comía, observándolo. Cuando terminó de comerlo bebió otro trago de limonada, y entonces ella notó que había cambiado totalmente su actitud; se veía más alerta, más nervioso cuando le preguntó:
—¿Hasleído el Whistledown últimamente?
Penelope pestañeó ante el repentino cambio de tema.—Sí,claro, ¿por qué? ¿No lo lee todo el mundo?
Él descartó la pregunta con un gesto de la mano.—¿Tehas fijado en cómo me describe?
—Eh…Casi siempre es favorable, ¿no?
Él volvió a mover la mano, con un aire algo despectivo, en opinión de ella.
—Sí,sí, pero eso no hace al caso —dijo, en tono inquieto.
—Tal vez encontrarías que sí hace al caso si te hubiera comparado con un cítrico demasiado maduro —replicó ella, irritada.
Él la miró sorprendido, abrió y cerró la boca dos veces y al fin dijo:
creo que tal vez lo entiendas.
Eso era un cumplido, un cumplido raro, insólito, pero cumplido de todos modos. Penelope deseó más que cualquier otra cosa poner su mano sobre la de él, pero no podía hacerlo, por supuesto, así que se limitó a asentir.
—Puedes decirme cualquier cosa, Colin.
—Mis hermanos… Mis hermanos son…—Miróhacia la ventana, con una expresión vaga y pasado un momento se volvió hacia ella y continuó—: Son muy diestros. Anthony es el vizconde, y Dios sabe que yo no desearía esa responsabilidad, pero tiene una finalidad; todo nuestro patrimonio está en sus manos.
—Másque eso diría yo —dijo Penelope dulcemente.Él la miró interrogante.
—Creo que tu hermano se siente responsable de toda tu familia. Me imagino que eso es una carga pesada.
Colin intentó mantener la cara impasible, pero jamás había sido un estoico consumado, por lo que en su cara debió de reflejarse su consternación, porque Penelope prácticamente se levantó de su asiento al apresurarse a añadir:
—¡Noes que yo crea que eso le molesta! Es parte de lo que es.
—¡Exactamente! —exclamó Colin, como si acabara de descubrir algo muy importante, en cuanto opuesto a esa banal conversación sobre su vida. No tenía nada de qué quejarse; sabía que no tenía nada de qué quejarse, y sin
embargo…—. ¿Sabías que Benedict pinta? —preguntó inesperadamente.
—Por supuesto. Todo el mundo sabe que pinta. Tiene un cuadro en la National Gallery. Y creo que piensan colgarle otro muy pronto. Otro paisaje.
—¿Sí?
expresar todo lo que tenía en la mente—. Te adoran.
—Losé —gimió él, con expresión angustiada y azorada al mismo tiempo
—.Pero…—Sepasó una mano por el pelo—. No sé cómo decir esto sin parecer un burro absoluto.
Penelope lo miró con los ojos agrandados.
—Estoy harto de que me consideren un encantador casquivano —soltó al final.
—Noseas tonto —dijo ella, más rápido que al instante, si eso fuera posible.
—Penelope…
—Nadie te considera estúpido.
—¿Cómopue…?
—Porque llevo clavada aquí en Londres más años de los que tendría que estar nadie —dijo ella ásperamente—. Puede que no sea la mujer más popular de la ciudad, pero en diez años he oído más que mi justa cuota de chismes, mentiras y opiniones idiotas, y jamás, ni una sola vez, he oído a alguien calificarte de estúpido.
Él la miró fijamente un momento, algo sorprendido por su apasionada defensa.
—No quise decir «estúpido» exactamente —dijo con voz suave, que
esperaba fuera humilde—. Más bien… sin substancia. Incluso lady Whistledown me llama «encantador».
—¿Quéhay de malo en eso?
—Nada —repuso él, irritado—, si no lo hiciera día sí día no.—Solo publica su hoja día sí día no.
—¿Entre ellas tú?
—Enrealidad, pienso que lady Whistledown es bastante astuta —dijo ella, cogiéndose recatadamente las manos en la falda.
—¡Esamujer te llamó «un melón demasiado maduro»! Aparecieron manchas rojas en las mejillas de ella.
—Uncítrico demasiado maduro —dijo entre dientes—. Te aseguro que hay una gran diferencia.
Colin decidió en ese instante y lugar que la mente femenina es un órgano extraño e incomprensible, uno que ningún hombre debería intentar comprender jamás. No había ni una sola mujer viva capaz de pasar del punto A al B sin pararse en C, D, X y otros doce entre medio.
—Penelope —dijo finalmente, mirándola incrédulo—, esta mujer te insultó. ¿Cómo puedes defenderla?
—Nodijo otra cosa que la verdad —repuso ella cruzándose de brazos—. De hecho, ha sido bastante amable desde que mi madre comenzó a permitirme que yo eligiera mi ropa.
Colin emitió un gemido.
—Meparece que estábamos hablando de otra cosa en algún momento. Dime que no era nuestra intención hablar de tu guardarropa.
Ella entrecerró los ojos.
—Creo que estábamos hablando de tu insatisfacción con la vida del hombre más popular de Londres.
Elevó la voz en las últimas palabras, y Colin comprendió que acababan de reprenderlo, de verdad.
Y eso lo encontró extraordinariamente irritante.
elige algo y hazlo. Tienes el mundo a tus pies, Colin. Eres joven, rico, y eres«hombre».—Lavoz le salió amargada, resentida—. Puedes hacer cualquier cosa que desees.
Él la miró enfurruñado, y eso no la sorprendió. Cuando una persona estáconvencida de que tiene problemas, lo último que desea es oír una solución sencilla y clara.
—Noes tan sencillo —dijo él.
—Esexactamente así de sencillo.
Lo contempló un buen rato, deseando saber, tal vez por primera vez en su vida, quién era él realmente. Antes creía que lo sabía todo de él, pero no sabía que llevaba un diario.
No sabía que era capaz de enfadarse y tener prontos de genio. No sabía que estaba insatisfecho con su vida.
Y no sabía que era lo bastante irritable y malcriado para sentir esa insatisfacción, la que el cielo sabía no tenía por qué. ¿Qué derecho tenía a sentirse desgraciado con su vida? ¿Cómo podía atreverse a quejarse, en particular a ella?
Se levantó y se alisó la falda con un gesto brusco, como a la defensiva.
—Lapróxima vez que desees quejarte de los sufrimientos y tribulaciones que te causa la adoración universal, trata de ser una solterona por un día. Ve cómo te sientes siéndolo y entonces dime de qué deseas quejarte.
Y entonces, mientras Colin seguía repantigado en el sillón, mirándola boquiabierto como si fuera un fenómeno con tres cabezas, doce dedos y cola, salió del salón.
irreparable a su amistad con Penelope. Lo cual lo hacía sentirse peor aún, dado que a) valoraba bastante su amistad con Penelope, b) no había comprendido cuánto valoraba su amistad con Penelope, lo cual c) le producía un leve terror.
Penelope era una constante en su vida. Era la amiga de su hermana, la que siempre estaba en la periferia de la fiesta, cerca, pero no verdaderamente partícipe.
Pero al parecer el mundo había cambiado. Solo llevaba dos semanas de vuelta en Inglaterra y Penelope ya había cambiado. O tal vez había cambiadoél. O tal vez no era ella la que había cambiado, sino la forma de verla él.
Ella le importaba. No sabía de qué otra manera expresarlo.
Y después de diez años en que ella siempre estaba simplemente… «ahí», encontraba bastante raro que le importara tanto.
No le gustaba nada que ese mediodía se hubieran separado de esa manera tan violenta. No recordaba ninguna ocasión en que se hubiera sentido violento
con Penelope. No, eso no era cierto. Estaba aquella vez…, ¡santo Dios!,¿cuántos años hacía? ¿Seis? ¿Siete? Sí que la recordaba bien. Su madre había estado acosándolo para que se casara, lo cual no era nada nuevo, solo que esa vez le sugirió a Penelope como posible esposa. Eso sí era nuevo, y él no estaba de humor para contender con sus maquinaciones casamenteras embromándola como de costumbre, por lo que ella continuó y continuóhablando de Penelope día y noche, hasta que él no tuvo más remedio que escapar. Nada drástico, simplemente una corta visita a Gales; ¿pero qué se había creído su madre?
realidad, que se había esforzado por olvidar. No creía que él le gustara a Penelope, al menos no más de lo que le gustaba a otras damitas, pero la
avergonzó. Elegirla a ella para hacer esa declaración…Imperdonable.
Le pidió disculpas, lógicamente, y ella las aceptó, pero jamás había podido perdonarse del todo.
Y ahora había vuelto a insultarla, otra vez. No de forma tan directa, cierto, pero debería haberlo pensado más antes de quejarse de su vida.
Demonios, si incluso él encontraba estúpidas sus quejas. ¿De qué tenía que quejarse?
De nada.
Sin embargo, seguía sintiendo ese fastidioso vacío. Un anhelo, en realidad, de algo que no sabía definir. Les tenía envidia a sus hermanos, por el amor de Dios, por haber encontrado sus pasiones, sus legados.
La única señal que dejaría él de su paso por el mundo estaba en las páginas de Revista de Sociedad de Lady Whistledown.
¡Qué broma!
Pero todas las cosas son relativas, ¿no? Y comparado con Penelope, él tenía muy poco de qué quejarse.
Lo cual significaba que habría hecho mejor guardándose para él sus pensamientos. No le gustaba pensar en ella como en una solterona ya destinada a vestir santos, pero tal vez eso era exactamente lo que era. Y esa no era una posición muy respetada en la sociedad británica.
De hecho, era una situación de la que muchas personas se quejarían. Amargamente.
¡Demonios! Pues tendría que asistir a la velada musical en casa de los Smythe-Smith esa noche. Ese era un evento anual penoso y discordante; justo cuando parecía que todas las hijas Smythe-Smith eran adultas, aparecía otra primita que ocupaba su lugar, cada una más sorda que la anterior.
Pero allí era donde iba a estar Penelope esa noche, y eso significaba que allí era donde tendría que estar él también.
Colin Bridgerton tuvo a toda una bandada de damitas a su lado en la velada musical Smythe-Smith la noche del viernes, todas deseando acariciar su mano herida.
Esta autora no sabe cómo se hizo la herida; la verdad es que el señor Bridgerton se ha mostrado molestamente hermético al respecto. Y hablando de molestias, el susodicho caballero parecía bastante irritado por toda la atención. En realidad, esta autora lo oyó decirle a su hermano Anthony que ojalá se hubiera dejado en casa la (palabra irrepetible) venda.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
16 de abril de 1824
¿Por qué por qué por qué se hacía eso?, estaba pensando Penelope. Año tras año llegaba la invitación enviada por mano, con mensajero, y año tras año ella juraba, poniendo a Dios por testigo, que nunca jamás volvería a asistir a otra velada musical Smythe-Smith.
Sin embargo, año tras año se encontraba sentada en la sala de música de la casa Smythe-Smith, haciendo ímprobos esfuerzos por no encogerse (al menos no visiblemente) mientras la última generación de niñas Smythe-Smith destrozaba al pobre señor Mozart en su efigie musical.
Era penoso. Horrible, atroz, espantosamente penoso. No había otra manera de describirlo, de verdad.
veces.
Tal vez por eso nunca conseguía quedarse en casa cuando se ofrecía ese recital. Alguien tenía que estar ahí para sonreír alentadora y fingir que estaba disfrutando con la música.
En todo caso, no era que se viera obligada a asistir y escuchar más de una vez al año.
De todos modos, era imposible no elucubrar acerca de la fortuna que se podría hacer fabricando discretos tapones para los oídos.
Las componentes del cuarteto se estaban calentando: un revoltijo de notas y escalas discordantes que solo prometía empeorar cuando comenzaran a tocar en serio.
Penelope eligió un asiento en el centro de la segunda fila, para gran consternación de Felicity.
—Hay dos asientos perfectamente buenos en el rincón de atrás—lesiseóFelicity al oído.
—Yaes demasiado tarde —replicó Penelope, acomodándose en la silla ligeramente acolchada.
—Dios me asista —gimió Felicity.
Penelope cogió su programa y empezó a hojearlo.
—Sino nos sentamos aquí, se sentarán otras personas —explicó.—Exactamente lo que deseo.
—Contamos con que nosotras vamos a sonreír y ser amables. Imagínate que aquí se sentara alguien como Cressida Twombley y estuviera todo el recital riendo burlona.
Felicity miró alrededor.
la persona que acababa de ocupar el asiento de al lado era Eloise.
—Eloise—ledijo, sonriendo encantada—, creí que pensabas quedarte en casa.
Eloise hizo una mueca y su piel adquirió un decidido tinte verdoso.
—Nosé explicarlo, pero parece que no puedo no venir. Es como un accidente de coche. Simplemente no puedes «no» mirarlo.
—Oescucharlo—añadióFelicity—, como podría darse el caso. Penelope sonrió. No pudo evitarlo.
—¿Estabais hablando de lady Whistledown cuando llegué? —preguntóEloise.
—Ledije a Penelope —explicó Felicity, inclinándose nada elegantemente por delante de su hermana para hablar en voz baja— que lady W las va a destrozar esta semana.
—Nolo sé —dijo Eloise, pensativa—. No elige a las niñas Smythe-Smith para hacer sus comentarios cada año. No sé por qué.
—Yosé por qué —cacareó alguien detrás.
Eloise, Penelope y Felicity se giraron en sus asientos y tuvieron que echarse atrás al ver moverse el bastón de lady Danbury demasiado cerca de sus caras.
—Lady Danbury —exclamó Penelope, sin poder resistirse a tocarse la nariz, aunque solo fuera para asegurarse de que seguía ahí.
—Tengo calada a esa lady Whistledown —dijo lady Danbury.—¿Sí?—preguntó Felicity.
—Tiene blando el corazón —continuó la anciana. Apuntó con el bastón a la cellista, casi perforando de paso la oreja de Eloise—. ¿Veis a esa de ahí?
Felicity, Penelope y Eloise bajaron las cabezas para evitar el bastón que se movió en una barrida.
—¡Bah!, el resto no podría importarle menos.—Interesante esa teoría —comentó Penelope.
Lady Danbury se acomodó muy satisfecha en su asiento.—Sí,¿verdad?
—Creo que tiene razón —asintió Penelope.—¡Vaya! Normalmente la tengo.
Todavía girada en el asiento, Penelope miró primero a Felicity y luego a Eloise.
—Ese es el mismo motivo de que yo venga a estos infernales recitales año tras año —dijo.
—¿Aver a lady Danbury? —preguntó Eloise, pestañeando confundida.
—No. Debido a las niñas como ella—señalóa la cellista—. Porque séexactamente cómo se siente.
—Noseas tonta, Penelope —dijo Felicity—. Nunca has tocado el piano en público, y en el caso de que lo hicieras, tocas muy bien.
—Nome refiero a la música, Felicity.
Entonces a lady Danbury le ocurrió algo de lo más extraño. Le cambió la cara; le cambió absoluta y asombrosamente. Se le empañaron y entristecieron los ojos; se le suavizó la boca, la que normalmente tenía fruncida en las comisuras en gesto sarcástico.
—Yofui esa niña también, señorita Featherington —dijo, en voz tan baja que Eloise y Felicity tuvieron que acercarse más; Eloise preguntando«Perdón, no laoí»y Felicity un menos educado «¿Qué?».
Casi como un desafío.
—¿Sabe lo que pienso, señorita Featherington?—ledijo lady Danbury en un tono engañosamente dulce.
—Nopodría ni empezar a imaginármelo —dijo Penelope, con mucha sinceridad y respeto en la voz.
—Pienso que usted podría ser lady Whistledown. Felicity y Eloise ahogaron exclamaciones.
A Penelope se le abrió la boca de sorpresa. A nadie se le había ocurrido
jamás acusarla de eso. Era increíble, impensable…Y bastante halagador, en realidad.
Notó que los labios se le curvaban en una sonrisa astuta y se inclinó un poco hacia ella, como para comunicarle una noticia de la mayor importancia.
Lady Danbury se echó hacia delante. Felicity y Eloise acercaron las cabezas.
—¿Sabe lo que yo pienso, lady Danbury? —preguntó Penelope, en voz muy dulce.
—Bueno —dijo la anciana, con un destello travieso en los ojos—, le diría que estoy sin aliento por la expectación, pero ya me dijo la otra noche que cree que yo soy lady Whistledown.
—¿Loes?
Lady Danbury sonrió pícara.—Igual sí.
Felicity y Eloise volvieron a exclamar, esta vez más fuerte. A Penelope le dio un vuelco el estómago.
—¿Loreconoce? —preguntó Eloise en un susurro.
soy.
Lady Danbury no honró a Felicity ni siquiera con una mirada.—Permítanme que les diga una cosa —dijo.
—Como si pudiéramos impedírselo —dijo Penelope, en tono tan dulce que salió como un cumplido.
Y dicha sea la verdad, era un cumplido. Ella admiraba muchísimo a lady Danbury; admiraba a cualquiera que supiera hablar claro en público.
Lady Danbury se echó a reír.
—Hay más en ti que lo de ven los ojos, Penelope Featherington.
—Eso es cierto —dijo Felicity sonriendo—. Puede ser bastante cruel, por
ejemplo. Nadie lo creería, pero cuando éramos niñas…Penelope le dio un codazo en las costillas.
—¿Loven? —dijo Felicity.
—Loque iba a decir —continuó lady Danbury— es que los miembros de la alta sociedad han reaccionado a mi desafío de una manera muy equivocada.
—¿Cómosugiere que lo hagamos, entonces? —preguntó Eloise. Lady Danbury agitó la mano ante la cara de Eloise.
—Primero tengo que explicar qué es lo que están haciendo mal. Vuelven la mirada hacia las personas más evidentes.—Miróa Penelope y a Felicity—. Personas como vuestra madre.
—¿Mimadre? —dijeron las dos al unísono.
—¡Vamos, por favor!—bufólady Danbury—. Persona más metomentodo no ha visto jamás la ciudad. Es exactamente el tipo de persona de la que todo el mundo sospecha.
descubierto hace tiempo, ¿no os parece?
Le contestó el silencio, hasta que quedó claro que era necesaria una reacción; entonces las tres asintieron con la debida consideración y energía.
—Tiene que ser una persona de la que nadie sospeche —dijo la anciana—.Tiene que serlo.
Penelope se sorprendió asintiendo otra vez. Eso tenía sentido, de una extraña manera.
—Justamente por eso, ¡yo no soy una candidata probable! —concluyótriunfalmente lady Danbury.
Penelope entrecerró los ojos, sin entender del todo esa lógica.—Perdón, no la sigo.
Lady Danbury la obsequió con una mirada de lo más desdeñosa.
—Vamos, por favor. ¿Cree que usted es la única que sospecha de mí? Penelope negó con la cabeza.
—Sigo pensando que es usted.
Eso le ganó una medida de respeto.
—Esmás descarada de lo que parece —dijo, asintiendo aprobadora. Felicity se acercó más y dijo en tono de complicidad:
—Eso es cierto.
—Creo que va a comenzar el recital —advirtió Eloise.
—¡Dios nos asista a todos! —declaró lady Danbury—. No sé por qué
ven… ¡Señor Bridgerton!
Penelope ya se había sentado bien de cara al pequeño escenario, pero volvió a girar la cabeza y vio a Colin avanzando hacia la silla desocupada al
Penelope.
—Buenas noches, señorita Featherington. —Hizo una inclinación hacia Felicity—. Señorita Featherington.
Penelope tardó un momento en encontrar la voz. Ese mediodía se habían separado de una manera bastante violenta, y ahora él estaba ahí con una sonrisa amistosa.
—Buenas noches, señor Bridgerton —logró decir al fin.
—¿Alguien sabe qué contiene el programa de esta noche? —preguntó él, como si estuviera tremendamente interesado.
Penelope tuvo que admirarle eso. Colin tenía una manera de mirar, como indicando que nada en el mundo podía ser más interesante que lo que uno iba a decir. Eso era un verdadero talento. Sobre todo en ese momento, cuando todos sabían que de ninguna manera podía importarle qué habían elegido las niñas Smythe-Smith para tocar esa noche.
—Creo que Mozart —contestó Felicity—. Casi siempre eligen Mozart.
—¡Fantástico! —dijo Colin, reclinándose en el asiento como si acabara de terminar una excelente comida—. Soy gran admirador de Mozart.
—Enese caso —cacareó lady Danbury, dándole un codazo en las costillas—,tal vez le convenga escapar mientras existe esa posibilidad.
—Nosea tonta —dijoél—.Estoy seguro de que las niñas tocarán lo mejor posible.
—Ah, de eso no cabe la menor duda —dijo Eloise en tono ominoso.—¡Shhh! —musitó Penelope—. Creo que están listas para empezar.
No, se reconoció para sí misma, no estaba terriblemente impaciente por escuchar la versión Smythe-Smith de Eine Kleine Nachtmusic [Pequeña
niñas sonrieron de oreja a oreja ante los educados aplausos, mientras la cuarta, la cellista, daba la impresión de querer meterse reptando debajo de una piedra.
Por lo menos a ella, pensó Penelope suspirando, en ninguna de sus fracasadas temporadas, nunca la obligaron a exhibir sus deficiencias delante de toda la aristocracia, como a esas niñas. Siempre le permitieron fundirse con las sombras, rondar calladamente por el perímetro del salón, mirando a las demás jovencitas hacer sus turnos en la pista de baile. Ah, sí que su madre la arrastraba aquí y allá, intentando ponerla en el camino de uno u otro caballero elegible, pero eso no era nada, ¡nada!, comparado con lo que
obligaban a soportar a las niñas Smythe-Smith.
Aunque, con toda sinceridad, tres de las cuatro parecían dichosamente inconscientes de su ineptitud musical. Penelope se limitó a sonreír y aplaudir. De ninguna manera iba a romperles su burbuja colectiva.
Y si la teoría de lady Danbury era la correcta, lady Whistledown no escribiría nada acerca del recital.
El aplauso terminó bastante rápido, y muy pronto todos se estaban moviendo de aquí para allá, conversando con sus vecinos y mirandoávidamente la mesa con refrigerios dispuesta en la parte de atrás de la sala.
Limonada, se dijo. Perfecto. Tenía un calor horrible, la verdad, ¿en quéestaría pensando cuando se puso ese vestido de terciopelo para esa noche tan calurosa?, y una bebida fresca sería exactamente lo que necesitaba para sentirse mejor. Por no decir que Colin estaba atrapado conversando con lady Danbury, así que era el momento ideal para escapar.
Él acercó más el brazo, solo unas pulgadas, pero el mensaje era claro.—Por favor.
Ella asintió y dejó el vaso en la mesa.—Muy bien.
Llevaban casi un minuto caminando en silencio cuando él dijo:
—Quiero pedirte disculpas.
—Fui yo la que salí como un huracán del salón—señalóella.
Él ladeó la cabeza, y ella vio una sonrisa indulgente esbozada en sus labios.
—Yono diría «como un huracán» —dijo.
Penelope frunció el ceño. Tal vez no debería haber salido tan enfadada, pero puesto que ya lo había hecho, se sentía curiosamente orgullosa. No todos los días tiene una mujer como ella la oportunidad de hacer una salida tan espectacular.
—Bueno, no debería haber sido tan grosera —musitó, aunque ya no lo decía en serio.
Él arqueó una ceja y fue evidente que decidió no continuar con eso.—Quiero pedirte disculpas por portarme como un crío llorica. Penelope se tropezó con el pie.
Él la ayudó a recuperar el equilibrio y continuó:
—Séque tengo muchas, muchísimas cosas en mi vida por las que debería estar agradecido. Por las que estoy agradecido —enmendó, con una sonrisa que no era una verdadera sonrisa, sino más un gesto de azoramiento—. Fue imperdonablemente grosero que me quejara ante ti.
—¿Pero qué, Penelope?—Notiene importancia.
—Para mí tiene importancia, Penelope. —Tenía la mano en su brazo, asíque se lo apretó suavemente para indicarle que lo decía en serio.
Esperó un buen rato, y justo cuando estaba pensando que ella no iba a contestar, cuando ya creía que se le iba a romper la cara por la sonrisa que mantenía con sumo cuidado en los labios, al fin y al cabo estaban en público, y no iría nada bien provocar comentarios y elucubraciones pareciendo apremiante y perturbado, ella suspiró.
Fue un sonido hermoso, curiosamente consolador, suave, juicioso. Y lo hizo desear mirarla más detenidamente, para verle la mente, para oír los ritmos de su alma.
—Colin —dijo ella en voz baja—, si te sientes frustrado con tu situación actual deberías hacer algo para cambiarla. Es así de sencillo.
—Eso es lo que hago —dijo él con un despreocupado encogimiento del hombro que no daba al lado de ella—. Mi madre me acusa de coger y
marcharme del país por puro capricho, pero la verdad es que…—Lohaces cuando te sientes frustrado —terminó ella.
Él asintió. Ella lo entendía. No sabía cómo ocurrió ni si tenía mucha lógica, pero Penelope Featherington lo comprendía.
—Deberías publicar tus diarios —dijo ella.—Nopodría.
—¿Porqué no?
Él se detuvo en seco y le soltó el brazo. La verdad era que no tenía ninguna respuesta a eso, aparte del extraño golpeteo de su corazón.
—Basta —advirtió él, pero estaba sonriendo. Penelope se miró la mano en la de él y añadió:
—Muchas personas querrán leer acerca de tus viajes. Tal vez al principio solo lo desearán porque eres una figura muy conocida en Londres. Pero no llevará mucho tiempo que todo el mundo se dé cuenta de lo buen escritor que eres. Y entonces gritarán pidiendo más.
—Noquiero ser un éxito debido al apellido Bridgerton —replicó él. Ella retiró la mano de la de él y se la plantó en la cadera.
—¿Nome has escuchado? Acabo de decirte que…—¿Dequé estáis hablando vosotros dos?
Era Eloise, con una expresión de mucha, mucha curiosidad.—Denada —dijeron los dos al mismo tiempo.
—Nome insultéis—bufóEloise—. No era de nada. Penelope parecía a punto de estallar en llamas en cualquier momento.
—Loque pasa es que tu hermano está muy obtuso —explicó Penelope.—Bueno, eso no es nada nuevo.
—¡Unmomento! —exclamó Colin.
—¿Yen qué está obtuso ahora? —preguntó Eloise como si no hubiera
oído a Colin.
—Esun asunto privado —dijo Colin entre dientes.
—Locual lo hace mucho más interesante —replicó Eloise, y miró a Penelope expectante.
—Losiento, no puedo decirlo —dijo Penelope.
—¡Nolo puedo creer! —exclamó Eloise—. ¿No me lo vas a decir?
Penelope no lo pudo evitar. Se echó a reír.—¡Yencima te ríes de mí!—añadióEloise.
—No, no —dijo Penelope, sin dejar de reír—. No, de verdad que no.—¿Sabes lo que necesitas? —preguntó Colin.
—¿Quién, yo? —preguntó Eloise.
—Unmarido —contestó él, asintiendo.—¡Eres tan terrible como madre!
—Podría ser mucho peor si pusiera empeño.—Deeso no me cabe la menor duda.
—¡Basta, basta! —exclamó Penelope, ya riendo casi a carcajadas. Los dos la miraron expectantes, como diciendo «¿Ahora qué?».
—Mealegra muchísimo haber venido a esta velada —dijo Penelope; las palabras le salieron solas, como por voluntad propia—. No logro recordar una velada más agradable. De verdad, no lo logro.
Varias horas después, cuando Colin yacía en su cama contemplando el cielo raso de su dormitorio en la casa recién alquilada en Bloomsbury, se le ocurrióque él se sentía exactamente igual.
Colin Bridgerton y Penelope Featherington fueron vistos en animada conversación en la velada musical Smythe-Smith, aunque al parecer nadie sabe de qué hablaban. Esta autora aventuraría la opinión de que su conversación se centró en la identidad de esta autora, puesto que ese era el tema de que hablaban todos antes, después y durante (y con bastante grosería, en opinión de esta autora) el recital.
Pasando a otra noticia, el violín de la señorita Honoria Smythe-Smith sufrió graves daños cuando lady Danbury lo hizo caer de la mesa accidentalmente al mover su bastón.
Lady Danbury insistió en resarcir el daño restituyéndole el instrumento, pero declaró que, puesto que ella no tiene por costumbre comprar nada que no sea lo muy mejor, Honoria recibirá un violín Ruggieri, importado de Cremona, Italia.
De acuerdo al entendimiento de esta autora, si uno toma en cuenta el tiempo de manufactura y de transporte en barco, además de la sin duda larga lista de espera, el violín Ruggieri tardará seis meses en llegar a nuestras costas.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
16 de abril de 1824
—¡No!—exclamó Penelope, casi en un chillido—. No—añadióen un tono más moderado—, pero necesitaré diez minutos para adecentarme un poco.—Semiró en el espejo e hizo un mal gesto al ver su descuidada apariencia—. Quince.
—Como quiera, señorita Penelope.
—Ah, y ordena que preparen una bandeja con comida. El señor Bridgerton debe de tener hambre, sin duda. Siempre tiene hambre.
El mayordomo volvió a asentir.
Penelope se mantuvo inmóvil como una estatua mientras Briarly salía y desaparecía por la puerta. Después, sin poder contenerse, bailó y saltó de uno a otro pie, emitiendo una especie de chillido, uno que, estaba convencida, o al menos eso esperaba, jamás había salido de sus labios.
Pero claro, le era imposible recordar la última vez que vino a visitarla un caballero, y mucho menos aquel del que llevaba perdidamente enamorada casi la mitad de su vida.
—¡Cálmate! —dijo, estirando los dedos y moviendo las palmas abiertas más o menos igual que cuando se quiere apaciguar a una pequeña multitud agitada—. Debes mantenerte tranquila. Tranquila —repitió, como si esa fuera la palabra clave—. Tranquila.
Pero por dentro le bailaba el corazón.
Hizo unas cuantas respiraciones profundas, fue hasta el tocador y cogió el cepillo. Solo le llevaría unos minutos arreglarse el pelo y recolocarse las horquillas; seguro que Colin no se iba a marchar si lo hacía esperar un ratito.Él supondría que a ella le llevaría un rato arreglarse, ¿no?
Chipre se habían hecho amigos de verdad. Era algo mágico.
Aun cuando él nunca la amara, y tenía la idea de que nunca la amaría, eso era mejor que lo que tenían antes.
—¿Aqué debo el placer? —preguntó, sentándose en el sofá de brocado amarillo algo desteñido.
Colin se sentó al frente, en un sillón de respaldo alto bastante incómodo. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas, y ella comprendió al instante que algo iba mal. Sencillamente esa no era la postura que adopta un caballero para una visita social normal. Además, se veía afligido, muy nervioso.
—Esbastante grave —dijo él con cara lúgubre. Penelope casi se levantó.
—¿Haocurrido algo? ¿Alguien está enfermo?
—No, no, nada de eso. —Exhaló un largo suspiro y se pasó la mano por el pelo ya algo revuelto—. Se trata de Eloise.
—¿Quéle pasa?
—Nosé cómo decir esto. Eh, ¿tienes algo para comer? Penelope le habría retorcido el cuello.
—¡Porel amor de Dios, Colin!
—Losiento —mascullóél—,no he comido en todo el día.
—Una novedad, sin duda —dijo ella, impaciente—. Ya le dije a Briarly que preparara una bandeja. Y ahora, ¿vas a decirme qué pasa o piensas esperar a que yo haya expirado de impaciencia?
—Creo que ella es lady Whistledown —soltó él.
—Nocreo que estés al tanto de todo lo que hace Eloise.
—No, desde luego que no —repuso Penelope, dirigiéndole una mirada algo irritada—, pero puedo decirte con absoluta certeza que de ninguna manera podría haberme ocultado un secreto de esa magnitud más de diez años. Sencillamente es incapaz de eso.
—Penelope, es la persona más fisgona que conozco.
—Bueno, eso es cierto —convino ella—. A excepción de mi madre, supongo. Pero eso no basta para condenarla.
Colin detuvo el paseo y se plantó las manos en las caderas.—Vive escribiendo cosas.
—¿Porqué dices eso?
Él levantó la mano y se pasó fuertemente el pulgar por las yemas de los dedos.
—Manchas de tinta. Constantemente.
—Muchas personas usan pluma y tinta —rebatió ella. Hizo un amplio gesto con el brazo haciaél—.Tú escribes diarios. Me imagino que has tenido manchas de tinta en los dedos.
—Sí,pero no «desaparezco» cuando escribo en mis diarios. Penelope notó que se le aceleraba el pulso.
—¿Quéquieres decir? —preguntó, con la voz ya casi en un resuello.
—Quiero decir que se encierra en su habitación y se pasa horas y horas ahí, y es después de esos periodos cuando tiene los dedos todos manchados de tinta.
Penelope guardó silencio un largo y penoso momento. La «prueba» de Colin era condenadora, sí, sobre todo si se combinaba con la muy conocida y
Él se arrellanó en el sillón.—Tengo hambre.
A ella se le curvaron los labios.—Sí,ya lo había deducido.
Él exhaló un largo suspiro, cansado, preocupado.
—Siella es lady Whistledown, será un desastre. Un puro y absoluto desastre.
—Nosería tan terrible —dijo ella, cautelosa—. No creo que sea lady Whistledown, ¡simplemente porque no lo creo! Pero en el caso de que lo fuera, ¿sería tan horroroso? A mí me cae bastante bien lady Whistledown.
—Sí,Penelope —replicó él en tono algo duro—, sería muy horroroso. Estaría deshonrada.
—Nocreo que estaría deshonrada…
—Claro que estaría deshonrada. ¿Tienes una idea de a cuántas personas ha insultado esa mujer a lo largo de los años?
—Nosabía que odiaras tanto a lady Whistledown.
—No la odio —repuso él, impaciente—. ¿Qué importaría que yo la
odiara? Todos los demás la odian.
—Nocreo que eso sea cierto. Todos compran su hoja.
—¡Claro que compran su hoja! Todo el mundo compra esa maldita hoja.—¡Colin!
—Perdona —masculló él, pero no parecía lamentarlo. Penelope asintió, aceptando la disculpa.
—Quienquiera sea lady Whistledown —dijo él, moviendo un dedo hacia ella con tal vehemencia que ella tuvo que echarse hacia atrás—, cuando la
Penelope dejó salir una larga espiración.
—Deveras creo que te estás angustiando por nada —dijo.—Espero que tengas razón —dijo él, cerrando los ojos.
No sabía bien en qué momento comenzó a sospechar que su hermana podría ser lady Whistledown. Probablemente después de que lady Danbury lanzara su famoso reto. A diferencia de la mayoría de los londinenses, a él nunca le había interesado mucho conocer la verdadera identidad de lady Whistledown. La hoja era entretenida y la leía igual que todos, pero en su
mente, lady Whistledown era simplemente… lady Whistledown, y eso era loúnico que necesitaba ser.
Pero ante el desafío de lady Danbury comenzó a pensar y, como todos los demás Bridgerton, una vez que se le metía algo en la cabeza era absolutamente incapaz de dejarla estar. Sin saber cómo, se le ocurrió que Eloise tenía el temperamento y la habilidad para escribir una hoja así, y luego, antes de que lograra convencerse de que eso era una locura, le vio las manchas de tinta en los dedos. Desde ese momento casi se había vuelto loco, sin poder pensar en otra cosa que en la posibilidad de que Eloise tuviera una vida secreta.
No sabía qué lo irritaba más, que Eloise pudiera ser lady Whistledown o que se las hubiera arreglado para ocultarle eso a él durante más de diez años.
¡Qué humillante ser engañado por una hermana! A él le gustaba creerse más listo.
Pero tenía que centrar la atención en el presente, porque si no estaba equivocado en sus sospechas, ¿cómo demonios iban a arreglárselas con el escándalo cuando la descubrieran?
Penelope decidió pasar por alto el sarcasmo.
—Bueno, pero eres tan buen escritor que podrías habértelas arreglado muy bien para hacerlo.
Colin pensó decirle algo gracioso y ligeramente malhumorado para rebatir ese débil argumento, pero la verdad fue que se sintió tan encantado por el cumplido «buen escritor» que lo único que pudo hacer fue quedarse quieto con una estúpida sonrisa en la cara.
—¿Tesientes mal?
—Estoy muy bien —repuso él, enfocando la atención y adoptando una expresión más seria—. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque de repente me pareció que te sentías mal. Mareado.
—Estoy bien —repitió él, tal vez en voz más alta de lo que era necesario—.Estaba pensando en el escándalo.
Ella exhaló un suspiro, como si estuviera molesta, y eso lo irritó porque no veía qué motivo podía tener ella para sentirse impaciente con él.
—¿Quéescándalo? —preguntó ella.
—Elescándalo que va a estallar cuando la descubran.—¡Pero si no es lady Whistledown! —insistió ella.
De pronto Colin se enderezó, sus ojos iluminados por una nueva idea.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo con una voz algo intensa—. No creo que importe si es lady Whistledown o no.
Penelope lo miró sin entender durante tres segundos enteros y luego miróalrededor.
—¿Dóndeestá la comida? —masculló—. Debo de estar atontada. ¿No te has pasado los diez últimos minutos volviéndote loco por la posibilidad de
—¿Noquieres comer algo? —preguntó Penelope, levantando un plato que acababa de llenar con diversas cosas para picar.
Él se sentó, cogió una loncha de queso, se la zampó nada delicadamente en dos bocados, y continuó:
—Noimporta si Eloise no es lady Whistledown, aunque eso sí, sigo pensando que lo es. Porque si «yo» sospecho que es ella, seguro que otra persona también lo sospechará.
—¿Ycon eso quieres decir…?
Colin alcanzó a notar que había levantado los brazos y detuvo el movimiento justo antes de cogerla por los hombros y sacudirla.
—¡Queno importa! ¿No lo ves? Si alguien la señala con el dedo, estarádeshonrada.
—Pero no si no es lady Whistledown —dijo Penelope, que al parecer tuvo que hacer un enorme esfuerzo para separar los dientes.
—¿Cómopodría demostrarlo? —replicó Colin, poniéndose de pie de un salto—. Una vez que se echa a correr el rumor, ya está hecho el daño. Cobra vida propia.
—Colin, dejaste olvidada la lógica hace cinco minutos.
—No, escúchame.—Segiró a mirarla y lo sobrecogió un sentimiento tan intenso que no podría haber desviado los ojos de los de ella ni aunque la casa se hubiera estado desmoronando alrededor—. Imagínate que yo le dijera a alguien que te seduje.
Penelope se quedó muy, muy quieta.
—Estarías deshonrada para siempre —continuó él, acuclillándose junto al brazo del sofá para quedar al mismo nivel—. No importaría que yo nunca te
atractiva, insólitamente atractiva; ¿cómo pudo no haberse fijado antes en eso? No era su hermana.
Decididamente no era su hermana.—¿Colin? —dijo ella.
Su nombre sonó apenas un susurro en sus labios, sus ojos adorablemente
confundidos… ¿y cómo era que nunca se había fijado en ese precioso matiz castaño? Casi dorado cerca de las pupilas. Nunca había visto nada igual, y no era que no la hubiera visto cientos de veces.
Se incorporó, sintiéndose repentinamente borracho. Sería mejor si no estaban al mismo nivel. Más difícil verle los ojos desde arriba.
Ella también se levantó.¡Condenación!
—¿Colin? —repitió ella, con voz apenas audible—. ¿Podría pedirte un favor?
Llámese intuición masculina, llámese locura, pero una voz interior muy insistente le gritaba que lo que fuera que ella deseara «tenía» que ser muy inconveniente.
Pero era un idiota.
Tenía que serlo, porque notó que se le abrían los labios y oyó una voz tremendamente parecida a la suya decir:
—Por supuesto.
Ella hizo un morro y por un momento él creyó que iba a tratar de besarlo, pero entonces comprendió que solo los había juntado para formar una palabra.
—¿Me…?
Cada semana parece haber una invitación más codiciada que las demás, y el premio de esta semana debe ir sin duda a la condesa de Macclesfield, que ofrece un magnífico baile la noche del lunes. Lady Macclesfield no es una anfitriona frecuente en Londres, pero es muy popular, como también su marido, y se espera que asistan muchos solteros, entre ellos el señor Colin Bridgerton (suponiendo que no lo desmorone el agotamiento después de cuatro días con los diez nietos Bridgerton), el vizconde Burwick y el señor Anstruther-Wetherby.
Esta autora espera que después de leer esta columna decidan asistir también muchísimas jovencitas solteras.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
16 de abril de 1824
Su vida, tal como la conocía, estaba acabada.
—¿Qué?—preguntó, consciente de que estaba pestañeando.
A ella la cara se le tornó de un color carmesí más intenso de lo que habría creído humanamente posible, y se giró, dándole la espalda.
—Note preocupes. Olvida que dije algo. Colin pensó que eso era muy conveniente.
Entonces, justo cuando pensaba que su mundo podría reanudar su curso normal (o al menos él aparentar que lo había reanudado), ella volvió a girarse,
solterona vieja y nunca me han besado.
—Ga…ga…ga…
Él sabía que sabía hablar; estaba bastante seguro de que solo hacía unos minutos era capaz de hablar perfectamente bien, pero en ese momento no era capaz de formar una palabra.
Y Penelope seguía hablando, sus mejillas deliciosamente rosadas, y moviendo los labios tan rápido que él no pudo dejar de pensar cómo los
sentiría sobre su piel. En el cuello, en el hombro,en…en otras partes.
—Voy a ser una solterona vieja a los veintinueve —estaba diciendo ella
—,y voy a ser una solterona vieja a los treinta. Podría morirme mañanay…—¡Note vas a morir mañana! —logró decir él.
—¡Pero podría! Podría, y eso me mataría porque…
—Yaestarías muerta —dijo él, pensando que la voz le sonaba rara, como si no saliera de él.
—Noquiero morirme sin que me hayan besado alguna vez —concluyóella.
A Colin se le ocurrieron muchísimos motivos que hacían muy inconveniente besar a Penelope Featherington, siendo el número uno que«deseaba» besarla.
Abrió la boca, con la esperanza de que le saliera algún murmullo que pudiera interpretarse como palabra ininteligible, pero no le salió nada por los labios, aparte del aire al espirar.
Y entonces Penelope hizo justamente lo que podía destrozar su resolución en un instante. Lo miró intensamente a los ojos y pronunció dos sencillas palabras:
Él dio un paso, apenas avanzó un palmo, pero eso bastó para quedar tan cerca de ella que, cuando le acarició el mentón y le levantó la cara, sus labios quedaron a unos pocos dedos de los de él.
Se mezclaron los alientos y el aire pareció tornarse caliente y denso. Penelope estaba temblando, lo notó en la mano, pero no estaba muy seguro de que él no estuviera temblando también.
Había supuesto que diría alguna tontería graciosa como el hombre despreocupado que tenía fama de ser. Por ejemplo «Cualquier cosa por ti», o tal vez «Toda mujer se merece por lo menos un beso». Pero al cerrar la distancia que los separaba comprendió que no había palabras que pudieran captar la intensidad del momento.
Ni palabras para la pasión. Ni palabras para el deseo.
Ni palabras para la simple materialización del momento.
Y así, una tarde de viernes por lo demás ordinaria, en el corazón de Mayfair, en un silencioso salón de Mount Street, Colin Bridgerton besó a Penelope Featherington.
Y fue glorioso.
Al principio posó suavemente los labios sobre los de ella, no porque quisiera ser suave, aunque si hubiera tenido la presencia de ánimo para pensar en esas cosas, tal vez se le habría ocurrido que ese era el primer beso para ella y que debía ser reverente, hermoso y todas las cosas con que sueña una jovencita cuando está en la cama por la noche.
Pero, dicha sea la verdad, ninguna de esas cosas le pasó por la mente a Colin. En realidad, casi no estaba pensando. Su beso comenzó suave porque seguía sorprendido por estar besándola. La conocía de años y jamás se le
su corazón a través de su piel.
Había un algo en saber que era «ella».
Deslizó los labios hacia la izquierda hasta coger entre ellos la comisura de su boca, y le lamió suavemente ese punto, y desde ahí le recorrió la boca presionando la lengua entre sus labios explorándole los contornos, saboreando su aroma dulce y salobre.
Eso era más que un beso.
Las manos, que tenía ligeramente abiertas en la espalda de ella, se le tensaron y presionaron hundiéndose en la tela del vestido. A través de la muselina sintió el calor de su cuerpo en las yemas de los dedos, al subir y bajar las manos en círculo presionando sus delicados músculos.
La fue atrayendo más y más hacia él, hasta que sus cuerpos estaban estrechamente unidos. La sintió, a todo lo largo del cuerpo, y eso lo encendió. Se estaba endureciendo de excitación; la deseaba, ¡Dios santo, cuánto la deseaba!
Aumentó la fuerza del beso, puso la lengua entre sus labios, instándola hasta que ella los entreabrió. Aspiró con la boca su suave gemido de aceptación, e introdujo la lengua para saborearla. Sabía dulce y un tanto ácida por la limonada, y claramente era tan embriagadora como un coñac fino, porque él ya comenzaba a dudar de su capacidad para continuar de pie.
Deslizó las manos a lo largo de ella, lentamente, para no asustarla. Comprobó que era flexible, curvilínea, exuberante, tal como siempre había pensado que debía ser una mujer. Palpó las amplias curvas de sus caderas, su
trasero perfecto, y los pechos…, ¡buen Dios!, sentía sus pechos apretados contra el pecho de él. Las palmas le hormiguearon por ahuecarse en ellos,
sabía que estaba excitada.
Se apartó un poco, solo unos centímetros, para poder tocarle el mentón y levantarle la cara hacia la de él. Ella abrió los párpados y él vio sus ojos nublados por la pasión, haciendo juego a la perfección con sus labios, ligeramente entreabiertos, blandos y totalmente hinchados por sus besos.
Era hermosa. Absoluta, total y conmovedoramente hermosa. No sabía cómo no se había fijado antes, todos esos años.
¿Estaría el mundo poblado por hombres ciegos, o simplemente estúpidos?—Puedes besarme también —susurró, apoyando ligeramente la frente en
la de ella.
Ella se limitó a pestañear.
—Unbeso es para dos personas —susurró él, posando nuevamente los labios en los de ella, aunque solo un fugaz momento.
Ella movió la mano en su espalda.—¿Quédebo hacer? —susurró.
—Loque sea que desees hacer.
Ella levantó lentamente una mano y la colocó en su cara. Deslizósuavemente los dedos por su mejilla, luego siguió por el contorno de su mandíbula, y bajó la mano.
—Gracias —susurró.¿Gracias?
Esa era exactamente la palabra que no habría querido oír. No quería que le agradecieran ese beso.
Lo hacía sentirse culpable. Y superficial.
—¡Nolo estoy! —ladró él.
—Yote pedí que me besaras. Prácticamente te obligué.
Bueno, esa sí era una manera segura de hacer sentirse hombre a un hombre.
—Nome obligaste —dijo mordaz.
—No, pero…
—¡Porel amor de Dios, Penelope, basta! Ella retrocedió, con los ojos agrandados.—Perdona —susurró.
Él le miró las manos; le temblaban. Cerró los ojos, angustiado. ¿Por qué, por qué se portaba como un burro?
—Penelope…
—No, está bien. No tienes por qué decir nada —dijo ella, a borbotones.—Debo.
—Deverdad, prefiero que no.
Y ahora se veía tan serenamente majestuosa. Y eso lo hizo sentirse peor aún. Estaba ahí erguida, las manos cogidas recatadamente por delante, los
ojos bajos, no mirando el suelo, pero tampoco mirándolo a la cara. Creía que la había besado por lástima.
Y él era un maldito canalla porque una pequeña parte de él deseaba que ella creyera eso. Porque si ella creía eso, igual él lograría convencerse de que era cierto, que solo era lástima, que de ninguna manera podía ser algo más.
—Tengo que irme —dijo, en voz baja, pero en el silencio de la sala las palabras sonaron demasiado fuertes.
Ella no intentó detenerlo.
la única manera de impedir que sus pensamientos siguieran ese camino tan peligroso. Continuó hasta la puerta, esperando que ella dijera algo, que lo llamara.
Pero ella no dijo nada. Y él se marchó.
Y jamás nunca se había odiado tanto.
Colin ya estaba de un humor de perros cuando se presentó el lacayo a su puerta con un mensaje de su madre de que fuera a verla. Después, ya su mal humor era sin remedio.
¡Maldición! Iba a reanudar el ataque para casarlo. Sus llamadas siempre tenían que ver con casarlo. Y no estaba de ánimo para eso en esos momentos.
Pero ella era su madre. Y él la quería. Y eso significaba que no podría desentenderse de ella. Así que con considerables gruñidos y una buena sarta de palabrotas intercaladas, fue a su dormitorio a ponerse las botas y la chaqueta y salió al corredor.
Estaba viviendo en Bloomsbury, no el barrio más elegante de la ciudad para un miembro de la aristocracia, aunque Bedford Square, donde estaba la casa pequeña pero elegante que había alquilado, era un domicilio digno y respetable.
Le gustaba bastante vivir en Bloomsbury, donde sus vecinos eran médicos, abogados, eruditos y personas que realmente hacían cosas distintas de asistir a fiesta tras fiesta. No cambiaría su patrimonio por una vida en un
oficio o empleo, al fin y al cabo era muy agradable ser un Bridgerton, pero
que había imaginado si soltaba maldiciones al pensar en su madre, a la que quería y tenía en la más alta estima (como todos los Bridgerton).
Todo era culpa de Penelope.
No, la culpa era de Eloise, pensó, haciendo rechinar los dientes. Mejor echarle la culpa a una hermana.
No, gimió, sentándose en el sillón de su escritorio, la culpa era de él. Si estaba de mal humor, si estaba dispuesto a arrancarle la cabeza a alguien con sus manos, era culpa de él, y solo de él.
No debería haber besado a Penelope. ¡Qué más daba que hubiera deseado besarla, aun cuando solo se hubiera dado cuenta de eso cuando ella lo dijo! De todos modos no debería haberla besado.
Aunque, pensándolo bien, no sabía por qué no debería haberla besado.
Se levantó, fue hasta la ventana y apoyó la frente en el cristal. Bedford Square se veía tranquila, solo andaban unos cuantos hombres por la acera. Parecían trabajadores, probablemente de las obras de construcción del nuevo museo que estaban erigiendo al frente, en el lado este. (Por eso él había alquilado una casa del lado oeste de la plaza, pues las obras de construcción podrían ser muy ruidosas.)
Desvió la mirada a la parte norte, hacia la estatua de Charles James Fox. Ese sí fue un hombre con una finalidad. Dirigió a los Whigs durante años. No siempre fue popular, si se podía creer a los miembros mayores de la aristocracia, pero ya empezaba a pensar que se sobrevaloraba la popularidad. El cielo sabía que no había nadie que cayera tan bien como él a todo el mundo, y ahí estaba, sintiéndose frustrado e insatisfecho, tan malhumorado que bien podría golpear a cualquiera que se cruzara en su camino.
coche de alquiler para que lo llevara el resto del camino. Así pues, continuó caminando.
Pero pasado más o menos un minuto de molestia empezó a encontrar curiosamente agradable la lluvia. Era bastante cálida, por lo que no lo enfriaba hasta los huesos, y el golpeteo de los gordos goterones le parecía casi una penitencia.
Y tenía la impresión de que se la merecía.
La puerta de la casa de su madre se abrió antes de que él pusiera el pie en el último peldaño, como si Wickham lo hubiera estado esperando.
—¿Podría sugerirle una toalla? —entonó el mayordomo, ofreciéndole una enorme toalla blanca.
Colin la cogió, pensando cómo diablos Wickham encontró el tiempo para ir a buscar una toalla. No sabía que él sería tan tonto como para venir caminando bajo la lluvia.
No por primera vez se le ocurrió pensar que los mayordomos debían de poseer poderes extraños, misteriosos; tal vez eso era un requisito para ese puesto.
Aprovechó la toalla para secarse el pelo, causando enorme consternación a Wickham, que era tremendamente etiquetero y seguro que supuso que él se retiraría, como mínimo, media hora a una habitación para arreglar su apariencia.
—¿Dóndeestá mi madre? —preguntó.
Wickham frunció los labios y le miró intencionadamente los pies, que estaban formando charquitos en el suelo.
—Estáen su oficina, pero está hablando con su hermana.
dormitorio de su hermano Gregory tenemos ropa de él.
Colin se sorprendió sonriendo. Gregory estaba terminando su último trimestre en Cambridge. Era once años menor que él, y era difícil creer que pudieran intercambiarse ropa, pero tal vez ya era hora de aceptar que su hermano pequeño era adulto.
—Excelente idea —dijo, mirándose pesaroso la manga empapada—. Estas las dejaré aquí para que las limpien y las pasaré a recoger después.
—Como quiera —dijo Wickham, asintiendo, y luego desapareció por el corredor con rumbo desconocido.
Colin subió de a dos peldaños la escalera hacia los aposentos de la familia. Cuando iba a toda prisa por el corredor oyó abrirse una puerta. Al girarse vio aparecer a Eloise.
No era la persona que deseaba ver. Inmediatamente le trajo todos los recuerdos de su visita a Penelope. La conversación. El beso.
En especial el beso.
Y peor aún, la culpabilidad que sintió después. La culpabilidad que todavía sentía.
—Colin —dijo Eloise alegremente—, no sabía que… ¿Qué has hecho, venir a pie?
—Megusta la lluvia —repuso él, encogiéndose de hombros.
Ella lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza, como hacía siempre que estaba perpleja por algo.
—Estás de un humor extraño hoy.—¡Estoy empapado, Eloise!
dientes, salió al corredor.
—Supe que hoy fuiste a ver a Penelope —dijo ella, sin preámbulos. Mala elección de tema.
Sabía que su hermana era íntima amiga de Penelope, pero seguro que esta no le habría dicho «eso».
—¿Cómolo supiste? —preguntó cauteloso.—Felicity se lo dijo a Hyacinth.
—YHyacinth te lo dijo a ti.—Por supuesto.
—Hay que hacer algo con el cotilleo en esta ciudad —masculló él.
—No creo que eso cuente como cotilleo, Colin. No es que tú estés interesado en Penelope.
Si se hubiera referido a cualquier otra mujer, él habría esperado que lo mirara de reojo y añadiera un coquetón «¿verdad?». Pero esta era Penelope, y aun cuando Eloise era su mejor amiga y su principal defensora, ni siquiera ella podía imaginarse que un hombre de la reputación y popularidad de él pudiera estar interesado en una mujer de la reputación y (falta de) popularidad de Penelope.
Su humor pasó de malo a pésimo.
—En todo caso —continuó Eloise, totalmente inconsciente de la tempestad que se estaba incubando en su alegre y jovial hermano—, Felicity le dijo a Hyacinth que Briarly le comentó que habías ido a visitarla. Simplemente quería saber a qué fuiste.
—A nada que sea asunto tuyo —repuso él enérgicamente, con la esperanza de que ella lo dejara estar, aunque sin creer que lo hiciera.
—¿Nohay nada privado en este mundo?—Noen esta familia.
Colin decidió que lo mejor sería adoptar su personalidad alegre, aun cuando no se sentía ni un poquitín caritativo hacia ella en el momento, así que se puso su sonrisa más dulce y encantadora, ladeó un poco la cabeza y dijo:
—Meha parecido oír que me llama mi madre.
—Yono he oído nada —dijo Eloise muy fresca—, ¿y qué te pasa? Te encuentro muy raro.
—Estoy muy bien.
—Noestás bien, tienes cara de haber ido al dentista.
—Siempre es agradable recibir cumplidos de la familia —dijo él en apenas un murmullo.
—Sino puedes fiarte de que tu familia sea sincera contigo, ¿de quién puedes fiarte?
Él se apoyó tranquilamente en la pared y se cruzó de brazos.—Prefiero la adulación a la verdad.
—Noes cierto.
¡Dios santo! sentía ganas de darle una bofetada. Eso no lo hacía desde que tenía doce años. Y la buena paliza que recibió a causa de eso. Era la única vez que recordaba a su padre poniéndole la mano encima.
—Lo que deseo es el cese inmediato de esta conversación —dijo, arqueando una ceja.
—Loque deseas es que yo deje de preguntarte a qué fuiste a ver a Penelope Featherington, pero creo que los dos sabemos que eso no va a
ocurrir.
—¡Colin! —chilló ella, tratando de soltarse—. ¿Qué haces?
Él cerró de un golpe la puerta, la soltó y se cruzó de brazos, con los pies separados y la expresión amenazadora.
—¿Colin? —repitió ella, intrigada.—Sélo que has estado haciendo.
—Loque he estado…
Y entonces, la condenada se echó a reír.
—¡Eloise! —tronóél—.¡Te estoy hablando!—Yalo oigo —logró decir ella, apenas.
Él se mantuvo firme, mirándola furioso.
Ella no lo miró, doblada casi en dos por la risa. Finalmente dijo:
—¿Qué quieres dec…? —pero entonces lo miró y aunque trató de mantener cerrada la boca, volvió a estallar en carcajadas.
Si ella hubiera estado bebiendo, pensó él, sin una pizca de humor, la bebida le habría salido por las narices.
—¡¿Quédiablos te pasa?! —ladró.
Eso logró captarle la atención; él no supo decidir si fue el tono de su voz o la palabrota, pero se puso seria al instante.
—Caramba, lo dices en serio —dijo, en voz baja.—¿Tengo cara de estar bromeando?
—No, aunque al principio sí. Lo siento, Colin, pero es que no es propio de ti enfurecerte y gritar así. Te parecías bastante a Anthony.
—Ytú…
—Enrealidad —interrumpió ella, mirándolo con una expresión no todo lo recelosa que hubiera debido—, te parecías más a ti intentando imitar a
—¿Colin?
—Séque eres lady Whistledown.—¡¿Quéeeee?!
—Note servirá de nada negarlo. He visto…
—¡Solo que no es cierto! —exclamó ella levantándose de un salto. De pronto él dejó de sentirse enfadado. Solo se sintió cansado, viejo.—Eloise, he visto la prueba.
—¿Qué prueba? —preguntó ella, con la voz más aguda por la incredulidad—. ¿Cómo puede haber prueba de algo que no es cierto?
Él le cogió una mano.—Mírate los dedos. Ella se los miró.
—¿Quéles pasa a mis dedos?—Manchas de tinta.
Ella lo miró boquiabierta.
—¿Deeso has deducido que yo soy lady Whistledown?—¿Porqué tienes esas manchas, entonces?
—¿Nunca has usado una pluma?
—Eloise… —dijo él en tono muy amenazador.
—Notengo por qué decirte por qué tengo manchas de tinta en los dedos.
—Eloise…
—Note debo ninguna… Ah, muy bien, de acuerdo.—Secruzó de brazos, indignada—. Escribo cartas.
Él la miró con una expresión muy, muy incrédula.
todos los días? Yo no, ciertamente.
Ella lo miró fijamente, sus ojos relampagueando de furia.
—Nome importa lo que creas —dijo en voz muy baja—. No, eso no es cierto. Me enfurece que no me creas.
—Nome das mucho en qué creer —dijo él cansinamente. Ella se le acercó y le enterró un dedo en el pecho, fuerte.
—¡Eres mi hermano!—ladró—.Deberías creerme incondicionalmente, quererme incondicionalmente. Eso es lo que significa ser familia.
—Eloise —dijo él, y el nombre le salió apenas en un suspiro.—Nointentes inventar disculpas ahora.
—Nilo pensaba.
—¡Peor aún! —exclamó ella, caminando hacia la puerta—. Deberías estar a cuatro patas rogándome que te perdone.
Él no habría pensado que sería capaz de sonreír, pero eso lo consiguió.—Vamos, eso no estaría en conformidad con mi carácter, ¿no?
Ella abrió la boca para decir algo, pero el sonido que le salió no fue una palabra exactamente, sino algo así como un «Ooooooh», con una voz muy muy airada, y luego salió hecha una furia dando un fuerte portazo.
Colin se arrellanó en un sillón, pensando a qué hora se daría cuenta ella de que lo había dejado en su habitación.
La ironía era tal vez, reflexionó, el único punto luminoso en un día por lo demás desgraciado.
Queridos lectores:
Es con un corazón sorprendentemente sentimental que escribo estas palabras. Después de once años de informar acerca de la vida y actividades del bello mundo, esta autora abandona su pluma.
Si bien el desafío de lady Danbury ha acelerado mi retiro, en realidad no se puede poner (enteramente) la culpa sobre los hombros de la condesa. La redacción de la hoja informativa se me ha hecho pesada este último tiempo, menos gratificante y, tal vez, menos entretenida de leer. Esta autora necesita un cambio; esto no es difícil imaginárselo. Once años es mucho tiempo.
Y, la verdad, la reciente renovación del interés por la identidad de esta autora se ha hecho inquietante. Amigos se vuelven contra amigos, hermanos contra hermanas, todo en el inútil intento de resolver un secreto insoluble. Además, los métodos detectivescos de la alta sociedad se han tornado claramente peligrosos. La semana pasada fue la torcedura del tobillo de lady Blackwood; el daño de esta semana ha ido a recaer, al parecer, en Hyacinth Bridgerton, que se lesionóligeramente en la fiesta del sábado ofrecida en la casa de ciudad de lord y lady Riverdale. (No ha escapado a la atención de esta autora que lord Riverdale es sobrino de lady Danbury.) La
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
19 de abril de 1824
A nadie sorprendió que esto fuera el tema de conversación en el baile de los Macclesfield.
—¡Lady Whistledown se ha retirado!—¿Telo puedes creer?
—¿Quévoy a leer ahora con mi desayuno?
—¿Cómovoy a saber lo que me perdí si no asisto a una fiesta?—Ahora no vamos a descubrir jamás quién es.
—¡Lady Whistledown se ha retirado!
Una mujer se desmayó, y casi se rompió la cabeza en el borde de una mesa al caer desgarbadamente al suelo. Al parecer no había leído la hoja esa mañana y se enteró de la noticia allí, en el baile. La reanimaron haciéndola
oler sales, pero pasado un momento volvió a desmayarse.
—Eso es fingido —comentó Hyacinth Bridgerton a Felicity Featherington.
Las dos estaban en un pequeño grupo con la vizcondesa Bridgerton viuda y Penelope. Penelope asistía oficialmente como carabina de Felicity, ya que su madre decidió quedarse en casa porque estaba mal del estómago.
—Elprimer desmayo fue de verdad —explicó Hyacinth—. Eso le quedó
claro a cualquiera por la forma torpe como cayó. Pero eso… —hizo un gesto de disgusto con la mano hacia la dama que estaba en el suelo—. Nadie se desmaya como una bailarina de ballet. Ni siquiera las bailarinas de ballet.
—Bueno, todavía no hemos pasado más de dieciocho horas sin ella —se sintió obligada a señalar Penelope—. Recibimos una hoja esta mañana. ¿De qué hay que sentirse abandonada?
—Esel principio —dijo lady Bridgerton suspirando—. Si este fuera un lunes normal, sabríamos que recibiríamos un nuevo informe el miércoles.
Pero ahora…
—Ahora estamos perdidas —dijo Felicity, sorbiendo por la nariz. Penelope miró incrédula a su hermana.
—Vaya, sí que estás melodramática.
Felicity hizo un exagerado encogimiento de hombros, digno del escenario.—¿Melodramática? ¿Yo?
Hyacinth le dio una compasiva palmadita en la espalda.
—Note creas eso, Felicity. Yo me siento exactamente igual que tú.
—Solo es una hoja de cotilleos —dijo Penelope, mirándolas a todas como en busca de alguna señal de cordura en ellas.
Tenían que saber que el mundo no se iba a acabar simplemente porque lady Whistledown había decidido poner fin a su carrera.
—Tienes razón, por supuesto —dijo lady Bridgerton, alzando el mentón y frunciendo los labios de una manera que suponía le daría un aire pragmático—.Gracias por ser la voz de la razón para este pequeño grupo. —Pero entonces pareció desinflarse un poco y añadió—: Pero he de reconocer que me había acostumbrado bastante a tenerla por aquí. Sea quien sea.
Penelope decidió que ya era hora de cambiar el tema.—¿Dóndeestá Eloise esta noche?
Eloise dejó la bandeja en el corredor, estaba totalmente vacía.
Hyacinth Bridgerton tenía un ojo sorprendentemente bueno para los detalles, decidió Penelope.
—Haestado de mal humor desde que se peleó con Colin —continuóHyacinth.
—¿Sepeleó con Colin? —preguntó Penelope, empezando a sentir una desagradable sensación en el estómago—. ¿Cuándo?
—Undía de la semana pasada —contestó Hyacinth.
¡¿Quédía?!, deseó gritar Penelope, pero seguro que parecería raro si pedía que le dijeran el día exacto. ¿Sería el viernes?
Siempre recordaría que su primer beso, y muy probablemente el único de su vida, lo había recibido un viernes.
Tenía esa rareza. Siempre recordaba los días de la semana. Conoció a Colin un lunes.
Él la besó un viernes. Doce años después.
Suspiró. Más patético imposible.
—¿Tepasa algo, Penelope?—lepreguntó lady Bridgerton.
Penelope miró a la madre de Eloise. Sus ojos azules eran todo cariño y preocupación, y algo en su manera de ladear la cabeza le produjo deseos de llorar.
Sí que se había puesto emotiva; llorar por un ladeo de la cabeza, desde luego.
—No me pasa nada —contestó, con la esperanza de que su sonrisa pareciera sincera—. Solo estoy preocupada por Eloise.
—¡Señorita Featherington! ¡Señorita Featherington! Felicity retrocedió un paso.
—Creo que te llama a ti —susurró, apremiante.
—Por supuesto que me llama a mí —dijo Penelope, con un cierto toque de altivez—. Considero una muy querida amiga a lady Danbury.
—¿Sí?—exclamó Felicity, con los ojos desorbitados.
—¡Señorita Featherington! —exclamó lady Danbury llegando a su lado y golpeando con su bastón a un centímetro del pie de Penelope—. Usted no—dijo a Felicity, aun cuando esta solo se había limitado a sonreír amablemente—.Usted —dijo a Penelope.
—Eh…,buenas noches, lady Danbury —dijo Penelope, pensando que el saludo contenía un buen número de palabras, tomando en cuenta las circunstancias.
—Lahe andado buscando toda la noche —declaró lady Danbury. Eso lo encontró algo sorprendente.
—¿Sí?
—Sí.Quiero hablar con usted sobre el anuncio que hace en su última hoja esa mujer Whistledown.
—¿Conmigo?
—Sí,con usted—gruñólady Danbury—. Me encantaría hablar con otra persona si me señalara a alguna con más de medio cerebro.
Penelope tragó saliva para disimular y contener el comienzo de risa e hizo un gesto hacia sus acompañantes.
—Eh…,esto…, le aseguro que lady Bridgerton…
Lady Danbury la interrumpió negando enérgicamente con la cabeza.
—Sefueron —cacareó lady Danbury—, y buena cosa, también. Esas dos niñas no tienen ni una sola cosa inteligente para decir.
—Oh, vamos, eso no es cierto —protestó Penelope, sintiéndose obligada—.Felicity y Hyacinth son muy inteligentes las dos.
—No he dicho que no sean inteligentes —replicó lady Danburyásperamente—, solo que no tienen nada inteligente para decir. Pero no se preocupe —añadió, dándole una alentadora palmadita en el brazo (¿alentadora?, ¿alguien podía decir que lady Danbury dijera o hiciera algo alentador?)—, no es culpa de ellas que su conversación sea tan sosa. Ya crecerán. Las personas son como los buenos vinos. Si comienzan buenos solo mejoran con la edad.
Penelope había estado mirando ligeramente por encima del hombro derecho de lady Danbury, a un hombre que pensó que podría ser Colin (pero no era), pero eso le llevó inmediatamente la atención hacia donde quería la condesa.
—¿Buenos vinos? —repitió.
—¡Vaya! Y yo que creía que no estaba escuchando.
—Síque estaba escuchando —dijo Penelope, notando que se le curvaban
los labios en algo que no era exactamente una sonrisa—. Solo que… me distraje.
—Buscando a ese muchacho Bridgerton, sin duda. Penelope ahogó una exclamación de sorpresa.
—Ah, no se sorprenda tanto. Lo tiene escrito en toda la cara. Lo único que me sorprende es que él no lo haya notado.
—Meimagino que sí lo ha notado —masculló Penelope.
arrugada cara.
—¡Pero claro! Me extraña que no lo haya descubierto antes.
—¿Pero por qué? —preguntó Penelope, sin lograr comprenderlo.
Lady Danbury suspiró. El suspiro no sonó triste, sino más bien reflexivo.—¿Leimportaría que nos sentáramos? Estos huesos viejos ya no son lo
que eran.
Penelope se sintió fatal por no haber pensado en la edad de la condesa mientras estaban ahí de pie en el atiborrado salón. Pero claro, la anciana era tan vibrante que era difícil imaginársela débil o adolorida.
—Por supuesto—seapresuró a decir, cogiéndole el brazo y llevándola hasta un banco cercano—. Aquí. —Una vez que lady Danbury estuvo instalada, ella se sentó a su lado—. ¿Se siente más cómoda ahora? ¿Le apetece beber algo?
Lady Danbury asintió, agradecida, de modo que Penelope le hizo una seña a un lacayo para que les trajera dos vasos de limonada. No quería dejar sola a la condesa, que estaba muy pálida.
—Yano soy tan joven —dijo lady Danbury una vez que el lacayo partióen dirección a la mesa de refrescos.
—Ninguna de las dos lo somos —repuso Penelope.
Ese podía ser un comentario frívolo, pero lo dijo con irónico cariño, y algo le dijo que la anciana agradecería ese sentimiento.
Tenía razón. Lady Danbury se echó a reír y la miró agradecida.
—Cuanto mayor me hago, más comprendo que la mayoría de las personas de este mundo son unas tontas.
—Claro que sé eso—bufólady Danbury—. No tema, no siento ninguna responsabilidad hacia usted. Si la sintiera, esto no sería tan divertido.
—Nolo entiendo —dijo Penelope, sabiendo que eso la hacía parecer una boba total, pero fue lo único que se le ocurrió.
Lady Danbury guardó silencio mientras dos lacayos les entregaban vasos con limonada y las dos bebían unos cuantos sorbos.
—Me cae bien, señorita Featherington —explicó después—. Y son muchas las personas que me caen mal. Es así de simple. Y quiero verla feliz.
—Pero es que soy feliz —dijo Penelope, más por reflejo que por otra cosa.
Lady Danbury arqueó una arrogante ceja, gesto que hacía a la perfección.—¿Deveras? —preguntó.
¿Era feliz?, pensó Penelope. ¿Qué significaba que tuviera que pararse a pensar la respuesta? No era infeliz, de eso sí estaba segura. Tenía amigas maravillosas, una verdadera confidente en su hermana menor Felicity, y si su madre y sus hermanas mayores no eran mujeres a las que habría elegido por amigas, bueno, las quería de todos modos. Y sabía que ellas la querían.
La suya no era tan mala suerte. A su vida le faltaba drama y emoción, pero estaba contenta.
Pero «contento» no es lo mismo que «felicidad», y sintió una fuerte punzada en el pecho al caer en la cuenta de que no podía contestar afirmativamente la pregunta de lady Danbury.
—Hecriado a mi familia —dijo lady Danbury—. Cuatro hijos, y todos se casaron bien. Incluso le encontré esposa a mi sobrino, el cual, la verdad sea
—¡Puf!, no sea tonta —dijo la anciana en tono de no tomárselo en serio, pero no hizo ademán de retirar la mano de la de Penelope—. No soy una persona depresiva—añadió—,simplemente soy realista. Ya he pasado de los setenta, y no voy a decir cuántos años hace de eso. No me queda mucho tiempo en este mundo y eso no me importa ni un ápice.
Penelope deseó ser capaz de enfrentar su mortalidad con la misma ecuanimidad.
—Pero usted me gusta, señorita Featherington. Me recuerda a mí misma. No tiene miedo de hablar claro.
Penelope solo pudo mirarla pasmada. En los diez últimos años de su vida no había logrado jamás decir lo que deseaba decir. Con las personas a las que conocía bien era sincera y locuaz, a veces incluso divertida, pero entre desconocidos su lengua simplemente se negaba a moverse.
Recordó un baile de máscaras al que asistió una vez. En realidad había asistido a muchos bailes de máscaras, pero ese fue único porque encontró un disfraz, nada especial, simplemente un vestido a la moda del siglo diecisiete, el que le dio la impresión de que de verdad escondía totalmente su identidad. O tal vez fue el antifaz; le quedaba un poco grande y le cubría casi toda la cara.
Se sintió transformada. Repentinamente libre de la carga de ser Penelope Featherington, sintió aflorar una nueva personalidad. No fue darse aires de ser diferente, sino que lo sintió como si fuera más ella misma, la que no sabía mostrarse ante nadie que no conociera bien, y por fin se soltó.
Se rio, gastó bromas, incluso coqueteó.
Era tanto culpa de ella como de cualquier otra persona. Un círculo vicioso, en realidad. Cada vez que entraba en un salón de baile y veía a toda esa gente que la conocía desde hacía tanto tiempo, se sentía replegándose, cerrándose en su interior, convirtiéndose en la niña tímida y torpe que fuera años atrás, en lugar de ser la mujer segura de sí misma en que le gustaba pensar que se había transformado, al menos en su corazón.
—¿Señorita Featherington?—lellegó la voz dulce, sorprendentemente dulce, de lady Danbury—. ¿Le pasa algo?
Comprendió que tardaba más tiempo del debido en contestar, pero le hicieron falta unos segundos para encontrar la voz.
—Nocreo que sepa hablar claro —dijo al fin, y se volvió a mirar a la anciana antes de añadir—: Nunca sé qué decir a la gente.
—Sabe qué decirme a mí.—Usted es diferente.
Lady Danbury echó atrás la cabeza y se rio.
—Sialguna vez ha existido un eufemismo… Vamos, Penelope, espero que no te moleste que te tutee, si eres capaz de hablarme claro a mí, eres capaz de hacerlo con cualquiera. La mitad de los hombres adultos presentes en este salón corren acobardados a esconderse en un rincón tan pronto como me ven acercarme.
—Simplemente no la conocen —dijo Penelope, dándole unas palmaditas en la mano.
—A ti tampoco te conocen —repuso lady Danbury, muy intencionadamente.
—No—dijo Penelope, con un leve dejo de resignación.
se apresuró a alejarse, tal vez para evitar seguir hablando con lady Danbury, o tal vez para evitar su bastón.
—Detesto a Cressida Twombley —susurró Penelope. Lady Danbury casi se atragantó de risa.
—Ydices que no sabes hablar claro. No me tengas en suspense. ¿Por quéla detestas?
Penelope se encogió de hombros.
—Siempre se ha portado muy mal conmigo. Lady Danbury asintió como buena conocedora.
—Todos los matones tienen una víctima favorita.
—Ahora no es tan terrible —dijo Penelope—, pero en ese tiempo cuando las dos estábamos recién presentadas en sociedad, cuando ella todavía era Cressida Cowper, siempre aprovechaba cualquier oportunidad para
atormentarme. Y la gente…, bueno… —Movió la cabeza—. No tiene importancia.
—No, por favor. Continúa.
—Enrealidad no tiene importancia —suspiró Penelope—. Solo que he
observado que las personas no suelen acudir en defensa de otras. Cressida era popular, al menos en ciertos grupos, e inspiraba miedo a las otras niñas de nuestra edad. Nadie se atrevía a ir en su contra. Bueno, casi nadie.
Eso captó la atención de lady Danbury, y sonrió.—¿Quiénera tu defensor, Penelope?
—Defensores, en realidad. Los Bridgerton siempre acudían en mi ayuda. Anthony Bridgerton una vez le dio el esquinazo y me acompañó al comedor para la cena —elevó la voz al emocionarse, recordando—, y no debería
Penelope volvió a suspirar. Al parecer esa era una noche para suspiros.
—Bueno, que me gustaría que no tuvieran que defenderme con tanta frecuencia. Me gustaría saber que soy capaz de defenderme sola, o por lo menos que sé portarme de tal manera que no sea necesario defenderme.
Lady Danbury le dio unas palmaditas en la mano.
—Creo que te las arreglas mucho mejor de lo que crees. Y en cuanto a esa
Cressida Twombley…—sele arrugó la cara en una expresión de disgusto—. Bueno, ha recibido su merecido, si me lo preguntas. Aunque —añadió, sarcástica— la gente no me pregunta con la frecuencia que debiera.
Penelope no pudo reprimir una risita.
—Fíjate cómo está ahora. Viuda y sin siquiera una fortuna para demostrar que estuvo casada. Se casó con ese viejo libertino Horace Twombley, y resultó que él se las había arreglado para engañar a todo el mundo haciendo creer que tenía dinero. Ahora ella no tiene nada aparte de una belleza marchita.
—Sigue siendo muy atractiva —dijo Penelope, impulsada por la sinceridad.
—¡Vaya, si te gustan las mujeres relumbronas! —dijo lady Danbury entrecerrando los ojos—. Hay un algo demasiado ostentoso en esa mujer.
Penelope miró hacia el estrado, donde estaba Cressida de pie, esperando con una sorprendente paciencia que se hiciera el silencio en el salón.
—¿Quéquerrá decir? —comentó.
—Nada que pueda interesarme —repuso lady Danbury—. Amí…Oh…Se quedó callada, con una expresión extrañísima, un pelín ceñuda, un
pelín sonriente.
—Señor Bridgerton —dijo lady Danbury—. ¡Cuánto me alegra verle! Colin miró a Penelope.
—Señor Bridgerton —dijo ella, sin saber qué más decir.
¿Qué le dice una mujer a un hombre al que besó no hace mucho? Ella no tenía la menor experiencia en ese aspecto. Por no añadir la complicación de que él salió hecho una furia de la casa después de que acabara el beso.
—Tenía la esperanza… —dijo Colin, pero se interrumpió y frunció el ceño, mirando hacia el estrado—. ¿Qué mira todo el mundo?
—Cressida Twombley va a hacer una especie de anuncio —contestó lady Danbury.
La expresión de Colin adquirió un leve ceño de molestia.
—Nome imagino que podría tener que decir que yo desee escuchar—masculló.
Penelope no pudo evitar sonreír. A Cressida Twombley se la consideraba líder en la sociedad, o al menos se la consideraba así cuando era joven y soltera, pero a los Bridgerton nunca les había caído bien, y eso siempre la hacía sentirse un poco mejor.
En ese instante sonó una trompeta y todos se quedaron en silencio, volviendo la atención hacia el conde de Macclesfield, que parecía sentirse algo incómodo al ser el foco de toda esa atención.
Penelope sonrió. Le habían contado que el conde fue en otro tiempo un libertino terrible, pero ahora era de tipo más bien estudioso, erudito, consagrado a su familia. Aunque seguía siendo apuesto como para ser un libertino. Casi tan apuesto como Colin.
Esperó a que todos se callaran y entonces dijo:
—Señoras y señores, muchas gracias por tomaros un tiempo de la festividad para darme vuestra atención.
—¡Date prisa! —gritó una voz, tal vez la misma persona que le gritara las buenas noches al conde.
Cressida no se alteró por la interrupción.
—Hellegado a la conclusión de que ya no puedo continuar el engaño que ha regido mi vida estos once últimos años.
El salón pareció estremecerse con el murmullo de susurros. Todos sabían lo que iba a decir, pero nadie se podía creer que fuera cierto.
—Por lo tanto —continuó Cressida, elevando el volumen de su voz—, he decidido revelar mi secreto. Señoras y señores, yo soy lady Whistledown.
Colin no lograba recordar ni una sola vez que hubiera entrado en un salón de baile con tanta aprensión.
Esos últimos días no se podían contar entre los mejores de su vida. Había estado de mal humor, el que solo se lo empeoró el hecho de ser bastante famoso por su buen humor, lo que significaba que todos se sentían obligados a comentar su mala disposición.
Nada peor para el mal humor que ser sometido constantemente a la pregunta «¿Por qué estás tan malhumorado?».
En su familia dejaron de preguntárselo después de que él le gruñó, ¡le gruñó!, a Hyacinth cuando esta le pidió que la acompañara al teatro un día de la próxima semana.
Hasta ese momento, él no tenía ni idea de que sabía gruñir.
Tendría que pedirle disculpas a Hyacinth, lo cual iba a ser una tarea penosa, porque Hyacinth jamás aceptaba disculpas con garbo, al menos no las que procedían de sus hermanos o hermanas.
Pero Hyacinth era el menor de sus problemas, pensó, gimiendo. Su hermana no era la única persona que se merecía disculpas.
Y ese era el motivo de que el corazón le latiera con esa extraña rapidez nerviosa, totalmente sin precedentes, cuando entró en el salón de baile de los Macclesfield. Penelope estaría allí. Eso lo sabía porque ella siempre asistía a
él no había tenido la madurez para notarlo.
No, mejor pensar que había cambiado ella. Él nunca había sido muy partidario de la autoflagelación.
Fuera como fuera tenía que presentar sus disculpas, y debía hacerlo pronto. Tenía que pedirle disculpas por ese beso, porque ella era una dama yél un caballero (al menos la mayor parte del tiempo). Y tenía que pedirle disculpas por haberse portado como un idiota loco de atar después, simplemente porque eso era lo correcto.
Solo Dios sabía qué creía Penelope que él pensaba de ella.
Una vez que entró en el salón no le fue difícil encontrarla. Ni se molestóen mirar hacia las parejas que estaban bailando (y eso lo enfureció: ¿por quélos demás no la sacaban a bailar?). Centró la atención en las paredes y, cómo no, ahí estaba ella, sentada en un banco al lado de, ¡ay, Dios!, lady Danbury.
Bueno, no tenía otra cosa que hacer que ir allí derecho. A juzgar por la forma como Penelope y la vieja entrometida estaban cogidas de la mano, no cabía esperar que esta se esfumara muy pronto.
Cuando llegó hasta ellas, saludó primero a lady Danbury, inclinándose en una elegante reverencia («Lady Danbury»), y luego volvió su atención a Penelope («Señorita Featherington»).
—Señor Bridgerton —dijo lady Danbury, en un tono sorprendentemente dulce— ¡cuánto me alegra verle!
Él asintió y miró a Penelope, tratando de imaginar qué estaría pensando ella, pensando si lograría verlo en sus ojos.
Pero fuera lo que fuera lo que ella estaba pensando, o sintiendo, estaba
oculto bajo una gruesa capa de nerviosismo. O tal vez solo era nerviosismo lo
ocurría algo raro en el salón. Todos estaban hablando en susurros y apuntando hacia la pequeña orquesta, cuyos componentes acababan de bajar sus instrumentos. Además, ni Penelope ni lady Danbury le prestaban ni la más mínima atención.
—¿Quémira todo el mundo? —preguntó.
—Cressida Twombley va a hacer una especie de anuncio —contestó lady Danbury, sin siquiera molestarse en mirarlo.
Vaya fastidio. Jamás le había caído bien Cressida Twombley. Ya era mezquina, rencorosa y criticona cuando era Cressida Cowper, y como Cressida Twombley lo era más aún. Pero era hermosa y astuta, en cierto modo cruel, y además estaba considerada una líder en ciertos círculos sociales.
—Nome imagino qué podría tener que decir que yo desee escuchar—masculló.
Vio que Penelope trataba de reprimir una sonrisa, y la miró como diciéndole «Te pillé», pero al mismo tiempo diciéndole «Estoy totalmente de acuerdo contigo».
—Buenas noches —dijo entonces el conde en voz alta.
—¡Buenas noches tengas! —gritó un tonto borracho desde la parte de atrás.
Se giró a mirar pero la gente se había apretujado y no logró ver quién era. El conde dijo algo más, luego Cressida abrió la boca y él dejó de prestar
atención. Lo que fuera que tuviera que decir la mujer, no le iba a servir para solucionar el problema principal: con qué palabras se iba a disculpar ante Penelope. Había intentado ensayarlas mentalmente pero de ninguna manera le sonaban bien, así que esperaba que su famoso pico de oro lo llevara en la
parecía a punto de desmayarse.
Lo cual era bastante alarmante, ya que él estaría dispuesto a apostar una buena suma de dinero a que lady Danbury no se había desmayado jamás en sus setenta y tantos años.
—¿Qué?—volvió a preguntar, con la esperanza de que una de las dos saliera de su estado de estupefacción.
—Nopuede ser —susurró lady Danbury finalmente, con la mandíbula todavía caída—. No lo creo.
—¿Qué?
Ella apuntó hacia Cressida, su dedo tembloroso bajo la parpadeante luz de las velas de las lámparas.
—¡Esadama no es lady Whistledown! —exclamó al fin.
Colin giró bruscamente la cabeza de lado a lado. Hacia Cressida, hacia lady Danbury, hacia Cressida, hacia Penelope.
—¿«Ella»es lady Whistledown? —preguntó.
—Eso dice ella —repuso lady Danbury, la duda marcada en toda su cara. Colin se sintió en absoluto acuerdo con ella. Cressida Twombley era la
última persona a la que habría imaginado como lady Whistledown. Era ladina, sí, eso era innegable. Pero no era inteligente, y tampoco era tan ingeniosa, a no ser que fuera para reírse de otros. Lady Whistledown tenía un sentido del humor muy mordaz, pero a excepción de sus infames comentarios sobre la moda, jamás se cebaba con las personas menos populares de la sociedad.
Una vez todo dicho y hecho, él tenía que reconocer que lady Whistledown tenía bastante buen gusto en personas.
Lady Danbury soltó una blasfemia, la que cogió por sorpresa a Colin, pero luego añadió otras maldiciones, las que lo hicieron pensar que muy bien podrían haber cambiado la inclinación del eje del planeta.
—¿Lady Danbury? —dijo, boquiabierto.
—Viene hacia aquí —masculló ella, girando la cabeza hacia la derecha—. Tendría que haber supuesto que no podría escapar.
Colin miró a la izquierda. Cressida venía abriéndose paso por entre el gentío, seguro que con la intención de llegar hasta lady Danbury para recoger el premio. Naturalmente a cada paso la abordaban diversos fiesteros. Ella parecía disfrutar con la atención, pero también se veía resuelta en continuar su camino hasta lady Danbury.
—Nohay manera de eludirla, me parece —dijo él a lady Danbury.
—Losé —gimió ella—. Llevo años intentando evitarla y nunca lo he conseguido. Yo que me creía tan lista. —Lo miró, moviendo la cabeza disgustada—. Pensé que sería muy divertido descubrir la identidad de lady Whistledown.
—Eh…,bueno, ha sido divertido —dijo él, aunque no lo decía en serio. Lady Danbury le golpeó la pierna con el bastón.
—Esto no tiene nada de divertido, niño tonto. Fíjate lo que tengo que hacer ahora. —Agitó el bastón hacia Cressida, que ya estaba bastante cerca—. Jamás soñé que tendría que tratar con una mujer de su calaña.
—Lady Danbury —dijo Cressida, deteniéndose ante ella con un frufrú de faldas—, ¡cuánto me alegra verla!
Lady Danbury jamás había tenido fama de decir cosas simpáticas, pero en ese momento se superó a sí misma; ni siquiera fingió alguna forma de saludo.
escepticismo, lady Danbury. Después de todo no está en su naturaleza ser confiada y afable.
Lady Danbury sonrió. Bueno, tal vez no fue una sonrisa, sino que simplemente se le movió el labio.
—Eso lo tomaré como un cumplido—dijo—,y le permitiré que me diga que esa era su intención.
Colin estaba observando el duelo en empate con interés y con creciente inquietud, hasta que lady Danbury se volvió repentinamente hacia Penelope, que se había levantado también un segundo después de ella.
—¿Quéle parece, señorita Featherington?—lepreguntó.
Visiblemente sorprendida, a Penelope se le estremeció ligeramente todo el cuerpo.
—¿Qué…?Perdone, no le entendí —tartamudeó.
—¿Quéle parece? —insistió lady Danbury—.¿Lady Twombley es lady Whistledown?
—Ah…,esto…, no lo sé.
—Ah, vamos, señorita Featherington —dijo lady Danbury, plantándose las manos en las caderas y mirándola con una expresión rayana en la exasperación—. Seguro que tiene una opinión sobre este asunto.
Colin se acercó un paso a Penelope. Lady Danbury no tenía ningún derecho a hablarle así. Además, no le gustaba nada la expresión que veía en la cara de Penelope. Parecía sentirse atrapada, como un zorro en una cacería, mirándolo con un terror que él nunca había visto en sus ojos.
La había visto incómoda, la había visto apenada, pero nunca verdaderamente aterrada. Y entonces se le ocurrió: ella detestaba ser el centro
—No, no—dijo—.Tengo algo que decir. Lady Danbury sonrió.
Penelope miró a los ojos a la anciana condesa y dijo:
—Nocreo que sea lady Whistledown. Creo que miente.
Instintivamente Colin se acercó más a su lado. Cressida parecía estar a punto de arrojársele al cuello.
—Siempre me ha gustado lady Whistledown —continuó Penelope, alzando el mentón, adoptando un porte casi regio. Miró a Cressida hasta captarle la mirada y añadió—: Y se me rompería el corazón si resultara ser alguien como lady Twombley.
Colin le cogió la mano y se la apretó. No pudo evitarlo.
—Bien dicho, señorita Featherington —exclamó lady Danbury batiendo palmas, encantada—. Eso es exactamente lo que estaba pensando yo pero no lograba encontrar las palabras. —Miró a Colin, sonriendo—. Es muy inteligente, ¿sabe?
—Losé —repuso él, sintiéndose inundado de un nuevo orgullo.
—Lamayoría de la gente no lo nota —susurró lady Danbury, girándose hacia él para que le llegaran sus palabras, y tal vez para que solo él la oyera.
—Losé, pero yo sí —susurró él.
Tuvo que sonreír ante el comportamiento de lady Danbury, el que estaba seguro ella eligió en parte para fastidiar y sacar de quicio a Cressida, a la que no le gustaba nada que no le hicieran caso.
—Nopermitiré que me insulte esa… esa «nadie» —exclamó Cressida, furiosa. Miró a Penelope hirviendo de rabia y siseó—: Exijo una disculpa.
Penelope se limitó a asentir lentamente y dijo:
Twombley?
Colin le dirigió su muy practicada sonrisa.
—Debe de estar loca si cree que voy a ofrecer una opinión.
—Esusted un hombre sorprendentemente juicioso, señor Bridgerton—dijo lady Danbury aprobadora.
Él asintió modestamente y luego estropeó el efecto diciendo:
—Meprecio de ello.
Pero, ¡demonios!, no todos los días lady Danbury llamaba «juicioso» a un hombre. La mayoría de sus adjetivos eran de la variedad decididamente negativa.
Cressida ni siquiera se molestó en agitar las pestañas en dirección a él; tal como ya había supuesto, no era estúpida sino simplemente cruel, y después de doce años en sociedad tenía que saber que no le caía bien y que él no iba a caer presa de sus encantos. Ella simplemente miró a lady Danbury y le preguntó con la voz muy serena y modulando bien:
—¿Quéharemos entonces, milady?
Lady Danbury apretó los labios hasta que ya parecía que no tenía boca, y luego dijo:
—Necesito una prueba. Cressida pestañeó.
—¿Cómoha…?
—¡Una prueba! —exclamó lady Danbury golpeando el suelo con su bastón, bastante fuerte—. ¿Qué letra de la palabra no ha entendido? No voy a entregar el rescate de un rey sin pruebas.
¡Buen Dios, niña, uno no llega a mi edad sin que se le permita insultar a quien le plazca!
Colin creyó oír atragantarse a Penelope, pero cuando la miró ella seguía a su lado, observando con mucho interés la conversación. Sus ojos castaños se veían grandes y luminosos en su cara, y ya había recuperado el color que le desapareció cuando Cressida hizo su anuncio. De hecho, Penelope parecía estar muy interesada en lo que estaba ocurriendo.
—Muy bien —dijo Cressida en voz baja y letal—. Le presentaré la prueba dentro de dos semanas.
—¿Quétipo de prueba? —preguntó Colin.
Al instante se dio de patadas mentalmente. Lo último que necesitaba era embrollarse en ese desastre, pero su curiosidad pudo con él.
Cressida se volvió hacia él, su cara notablemente plácida, tomando en cuenta el insulto que acababa de arrojarle lady Danbury ante incontables testigos.
—Losabrá cuando la presente—ledijo en tono coqueto.
Acto seguido extendió el brazo, esperando que alguno de sus favoritos se lo cogiera y se la llevara.
Y en realidad fue bastante pasmoso, porque al instante se materializó a su lado un joven (un tonto enamorado, por toda su apariencia), como si ella lo hubiera conjurado con el simple movimiento del brazo.
Pasado un momento, ya se habían alejado.
—Bueno —suspiró lady Danbury, cuando ya todos llevaban casi un minuto en silencio, tal vez reflexivo, tal vez pasmado—. Esto ha sido desagradable.
—Esmuy interesante —dijo Penelope repentinamente.
Algo en el tono reflexivo de su voz exigía atención, y a los pocos segundos todos los que los rodeaban estaban en silencio.
—¡Habla!—leordenó lady Danbury—. Todos te escuchamos.
Colin supuso que esa orden pondría incómoda a Penelope, pero fuera cual fuese la infusión de confianza que había experimentado unos minutos atrás seguía en efecto, porque ella se irguió orgullosamente y dijo:
—¿Conqué fin querría alguien revelarse como lady Whistledown?—Por el dinero, por supuesto —contestó Hyacinth.
Penelope negó con la cabeza.
—Sí,pero uno supondría que lady Whistledown ya debe de ser bastante rica. Todos hemos pagado por su hoja durante años.
—¡Pardiez, tiene razón! —exclamó lady Danbury.
—Tal vez Cressida solo deseaba atención —sugirió Colin.
No era una hipótesis tan increíble; Cressida se había pasado la mayor parte de su vida adulta intentando colocarse en el centro de los focos de atención.
—Seme ocurrió eso —concedió Penelope—, ¿pero de veras desea «este»tipo de atención? Lady Whistledown ha insultado a unas cuantas personas a lo largo de los años.
—Anadie que signifique algo para mí —bromeó Colin. Entonces, cuando se hizo evidente que sus acompañantes necesitaban más explicación, añadió—:¿No se han fijado en que lady Whistledown solo insulta a las personas que necesitan insultos?
Penelope se aclaró delicadamente la garganta.
Hyacinth. Miró a Penelope y añadió—: Oye, eres muy inteligente, ¿sabías eso?
Penelope se ruborizó modestamente y miró a su hermana.—Tenemos que irnos, Felicity.
—¿Tanpronto? —exclamó Felicity.
Horrorizado, Colin cayó en la cuenta de que había modulado esas mismas palabras.
—Madre quería que volviéramos temprano —dijo Penelope.—¿Sí?—preguntó Felicity, verdaderamente extrañada.
—Sí.Y aparte de eso, no me siento bien. Felicity asintió lúgubremente.
—Lediré a un lacayo que haga traer nuestro coche.
—No, tú te quedas —dijo Penelope, colocándole una mano en el brazo—. Yo me encargaré de eso.
—Yome encargaré de eso —declaró Colin.
La verdad, ¿de qué servía ser un caballero si las damas insistían en hacer las cosas ellas solas?
Y entonces, antes de darse cuenta de lo que hacía, ya había organizado la partida de Penelope, y ella abandonó el escenario sin que él alcanzara a pedirle disculpas.
Y por ese solo motivo debería dar por fracasada esa noche, pero dicha sea la verdad, no lograba decidirse a darla por fracasada.
Al fin y al cabo, había pasado una buena parte de cinco minutos con la mano de ella en la de él.
Solo fue al despertar a la mañana siguiente cuando Colin cayó en la cuenta de que todavía no le había pedido disculpas a Penelope. Estrictamente hablando, tal vez ya no era necesario hacerlo; aun cuando casi no habían hablado esa noche en el baile de los Macclesfield, tenía la impresión de que habían firmado una especie de tregua tácita. De todos modos, sabía que no se sentiría cómodo en su piel mientras no hubiera dicho las palabras «Lo siento».
Eso era lo correcto.
Él era un caballero, después de todo.
Además, tenía bastantes ganas de verla esa mañana.
Pasó a desayunar con su familia en la casa Número Cinco. Pero puesto que deseaba volverse directamente a su casa después de ver a Penelope, subióen su coche para hacer el trayecto hasta la casa de Mount Street, aun cuando la distancia era tan corta que hacerlo lo hacía sentirse absolutamente perezoso.
Sonriendo satisfecho se instaló cómodamente entre los cojines y se dedicóa contemplar la hermosa escena primaveral que iba pasando por la ventanilla. Era uno de esos días perfectos, en que todo se siente sencillamente correcto. Brillaba el sol, se sentía lleno de energía, y acababa de tomar un excelente desayuno.
La vida no podía ser mejor.
E iba de camino a ver a Penelope.
era visible a nadie que mirara por una ventana de la casa Featherington. E iba subiendo a un coche de alquiler.
Interesante.
Frunciendo el ceño se dio mentalmente una palmada en la frente. Eso no era interesante; ¿pero qué demonios estaba pensando? No tenía nada de interesante. Podría ser interesante si ella fuera, digamos, un hombre; o si el vehículo en el que acababa de subir fuera uno de la cochera Featherington y no un destartalado coche de alquiler.
Pero no, esa era Penelope, la que sin lugar a dudas no era un hombre, y además, subió al coche sola, presumiblemente para dirigirse a algún lugar nada conveniente, porque si quisiera hacer algo normal y decente iría en un vehículo de la familia. O, mejor aún, iría acompañada por una hermana, una doncella o cualquier otra persona, no sola, ¡maldita sea!
Eso no era interesante, era una idiotez.—Tonta mujer —masculló.
Sin perder un instante, abrió la puerta para bajar y correr a sacarla de un tirón de ese coche. Pero justo cuando había sacado el pie derecho, lo golpeó la misma locura que lo llevaba a correr mundo.
La curiosidad.
Soltó varias palabrotas selectas en voz baja, todas dirigidas a él. No podría evitarlo. Era algo tan impropio de Penelope salir sola en un coche de alquiler que tenía que saber adónde iba.
Así pues, en lugar de ir a sacudirla para meterle por la fuerza un poco de sensatez, le ordenó a su cochero que siguiera al coche de alquiler y a los pocos segundos iban traqueteando en dirección norte, hacia Oxford Street,
Y hablando de lady Whistledown, estaba más seguro que nunca que no era otra que su hermana Eloise. Esa mañana había ido a desayunar a la Número Cinco con la expresa intención de interrogarla, y resultó que todavía se sentía mal y no bajaría a desayunar con la familia.
No escapó a su observación, eso sí, que le subieron una bandeja bastante llena a la habitación. Lo que fuera que aquejaba a Eloise, no afectaba a su apetito.
Lógicamente él no hizo ninguna alusión a sus sospechas durante el desayuno; no veía ningún motivo para inquietar a su madre, a la que sin duda horrorizaría la idea. Era difícil, sin embargo, creer que Eloise, a cuyo gusto por hablar de un escándalo solo lo eclipsaba la emoción de descubrirlo, se fuera a perder la oportunidad de comentar la revelación de Cressida Twombley la noche pasada.
A no ser que fuera realmente lady Whistledown, en cuyo caso estaría encerrada en su habitación planeando su próximo paso.
Todas las piezas encajaban. Le resultaría deprimente si no se sintiera tan curiosamente entusiasmado por haberla descubierto.
Cuando ya llevaban varios minutos de trayecto, asomó la cabeza por la ventanilla para asegurarse de que el cochero no había perdido de vista el coche en que iba Penelope. Ahí iba, justo delante del de él. O al menos le pareció que era; la mayoría de los coches de alquiler eran más o menos iguales. Tendría, pues, que fiarse de su cochero y esperar que fuera siguiendo al correcto. Pero al mirar vio también que iban mucho más al este de lo que había esperado. En ese momento iban pasando por Soho Street, lo cual
Road. ¿Qué demonios iba a hacer tan al este? Le pasó la idea por la cabeza de que, tal vez, el cochero no conocía muy bien el tráfico de la ciudad y pensótomar por Bloomsbury Street para subir hasta Bedford Square, aun cuando
eso era hacer un largo rodeo, pero…
Oyó un sonido muy raro y cayó en la cuenta de que era el rechinar de sus dientes. Acababan de dejar atrás Bloomsbury Street e iban entrando en High Holborn.
¡Condenación!, pero si ya estaban cerca de la City. ¿Qué pensaba hacer Penelope en la City? Ese no era lugar para una mujer. ¡Demonios!, si ni siquiera él iba allí nunca. El mundo de la alta sociedad estaba mucho más al
oeste, en los sagrados barrios de St. James’s y Mayfair. No en la City, con sus calles medievales estrechas y serpenteantes y la peligrosa proximidad de las barriadas pobres del East End.
La mandíbula le fue bajando y bajando a medida que continuaban y continuaban hacia el este, hasta que vio que viraban a la derecha y entraban en Shoe Lane. Sacó la cabeza por la ventanilla. Solo había estado una vez ahí, a los nueve años, cuando su preceptor los llevó a rastras a él y a Benedict para enseñarles el lugar donde comenzó el gran incendio de Londres en 1666. Recordaba su sentimiento de desencanto cuando se enteró de que el culpable fue un simple panadero que no apagó bien las brasas de su horno. Un incendio de esa magnitud debería haber sido causado por un pirómano o tener algún tipo de intriga en su origen.
Un incendio de esa magnitud no era nada comparado con los sentimientos que sentía hervir en su pecho. A Penelope le valía más tener un motivo
—¡Porel amor de Dios, Penelope, este no es el momento de buscar la religión! —masculló, totalmente inconsciente de la blasfemia y del juego de palabras.
Ella se perdió de vista al entrar en la iglesia. Las piernas de él devoraron la acera hasta llegar a la puerta, donde aminoró el paso. No quería sorprenderla demasiado pronto. Primero debía descubrir exactamente qué iba a hacer ahí. A pesar de las palabras masculladas antes, ni por un momento había creído que ella hubiera adquirido repentinamente el deseo de extender su asistencia a la iglesia a los días de semana.
Entró sigilosamente en el templo, pisando con sumo cuidado para no hacer el menor ruido. Penelope iba caminando por el pasillo central,
colocando la mano izquierda en cada banco, casi como si estuviera…¿Contándolos?
Con el ceño fruncido la vio detenerse ante un banco y luego entrar y avanzar por el largo reclinatorio hasta sentarse justo en el medio. Pasado un momento de inmovilidad absoluta, ella abrió su ridículo y sacó un sobre. Movió casi imperceptiblemente la cabeza a la izquierda y luego a la derecha. Colin pudo imaginarse su cara, sus ojos oscuros mirando en cada dirección comprobando si había otras personas en la nave. A él no lo podía ver, pues estaba justo en línea recta detrás de ella, oculto por la oscuridad, prácticamente apoyado en la pared de atrás. Además, ella parecía muy decidida a mantenerse muy quieta y disimular al máximo el movimiento de la cabeza; no la movió para mirar hacia atrás.
En el respaldo de los reclinatorios había biblias y libros de oraciones metidos en estrechos receptáculos. De pronto ella colocó subrepticiamente el
—¿Sorpresa? Ella tragó saliva.—Sí.
—Nome cabe duda.
Ella miró hacia la puerta, paseó los ojos por la nave, por todas partes, pero no miró hacia la parte del banco donde había escondido su sobre.
—No…,nunca te había visto aquí.—Nunca había estado.
Penelope movió varias veces la boca hasta que al fin le salieron las palabras:
—Esmuy apropiado, en realidad, que te encuentres aquí, porque… en
realidad…eh…¿conoces la historia de la iglesia Saint Bride?Él arqueó una ceja.
—¿Asíse llama esta iglesia?
Vio claramente que ella trataba de sonreír, pero lo que le salió fue más o menos una boca abierta de idiota. Normalmente eso lo habría divertido, pero seguía enfadado con ella por haber salido sola, sin preocuparse de su seguridad.
Pero más que ninguna otra cosa, lo enfurecía que ella tuviera un secreto. No tanto que hubiera guardado un secreto; los secretos son para
guardarlos, y eso podía comprenderlo. Pero, por irracional que fuera, no podía tolerar de ninguna manera que «ella» tuviera un secreto. Era Penelope; tenía que ser un libro abierto. Él la conocía; siempre la había conocido.
Y ahora era como si no la hubiera conocido nunca.
—¡Ah! —exclamó ella, ruborizándose intensamente, sus mejillas del
color rojo culpable—. ¡No! ¡No! Es solo que… Lo que quería decir es que es la iglesia de los escritores. Y de los editores. Creo. Es decir, de los editores.
Se le estaba acabando la verba, y ella lo sabía. Él lo veía en sus ojos, en su cara, en su forma de retorcerse las manos mientras hablaba. Pero seguía intentándolo, tratando de mantener la simulación, así que él se limitó a mirarla con expresión sardónica cuando continuó:
—Pero que es de los escritores estoy segura. —Y entonces, con un movimiento de la mano que podría haber sido triunfal si no lo hubiera estropeado tragando saliva por los nervios, añadió—: ¡Y tú eres escritor!
—¿Osea, que quieres decir que esta es mi iglesia?
—Eh…—miróhacia la izquierda—. Sí.—Excelente.
Ella volvió a tragar saliva.—¿Sí?
—Oh, sí —dijo él, en tono de dulce despreocupación, con la intención de aterrarla.
Ella volvió a mover los ojos hacia la izquierda, hacia el lugar del banco donde había escondido su carta. Hasta el momento lo había hecho tan bien manteniendo la atención alejada de la prueba incriminatoria que él casi se había sentido orgulloso de ella.
—Miiglesia—musitó—.¡Qué idea más bonita! Ella agrandó los ojos, asustada.
—Creo que no entiendo lo que quieres decir.
—Estupendo —dijo él sonriéndole—. Entonces creo que necesito unos minutos solo.
—Perdona, no te entendí.
Él dio un paso a la derecha.
—Estoy en una iglesia. Creo que deseo rezar. Ella dio un paso a la izquierda.
—¿Perdón?
Él ladeó ligeramente la cabeza, interrogante.
—Dije que deseo rezar. Me parece que no es un deseo muy difícil de entender.
Vio que ella se estaba esforzando en no picar el anzuelo. Quería sonreír, pero tenía la mandíbula rígida, y él habría apostado a que se iba a moler los dientes de tanto apretarlos.
—Nosabía que fueras una persona particularmente religiosa.
—Nolo soy —repuso él. Esperó a ver su reacción y añadió—: Quiero rezar por ti.
Ella tragó saliva otra vez.—¿Pormí? —casi chilló.
—Porque, cuando haya terminado —continuó él, sin poder evitar elevar la voz—, ¡la oración es lo único que te va a salvar!
Dicho eso, la apartó hacia un lado y avanzó por en medio del reclinatorio hasta donde estaba escondido el sobre.
—¡Colin! —gritó ella, angustiada, corriendo tras él.
Él sacó el sobre de detrás del libro de oraciones, pero no lo miró.
Y de repente, él ya no sabía lo que hacía. Ese no era él. Esa furia, esa
rabia demencial… no podía ser de él. Pero lo era.
Pero la parte problemática era… era que Penelope lo había puesto así. ¿Y qué había hecho? ¿Viajar sola por Londres? Sí, lo irritaba que no la preocupara su seguridad, pero eso quedaba pálido ante la furia que sentía porque ella le ocultaba secretos.
Su furia era totalmente injustificada. Él no tenía ningún derecho a esperar que ella le contara sus secretos. No había ningún compromiso entre ellos, nada aparte de una agradable amistad y un solo beso, por perturbadoramente conmovedor que hubiera sido. Él no le habría enseñado sus diarios si ella no hubiera encontrado uno abierto.
—Colin —musitó ella—. Por favor, no.
Ella había visto sus escritos secretos. ¿Por qué no podía él ver los de ella?¿Tendría un amante? Toda esa tontería de que no la habían besado nunca,¿sería exactamente eso, una tontería?
¡Santo cielo!, ese fuego que le quemaba las entrañas, ¿era de celos?—Colin —repitió ella, con la voz ahogada.
Puso la mano sobre la de él, tratando de impedirle que abriera el sobre; no con fuerza, porque jamás podría igualarlo en eso, sino solo con su presencia.
Pero no había manera… Nada podría detenerlo en ese momento. Moriría antes que entregarle ese sobre sin abrir.
Lo abrió.
Penelope emitió un grito ahogado y salió corriendo de la iglesia. Colin leyó el papel.
El coche de alquiler se había marchado. Ella le dio la orden concreta al cochero de que la esperara, que solo tardaría un minuto, pero el coche no estaba por ninguna parte.
Otra transgresión de la que podía acusar a Colin. Él la retrasó dentro de la iglesia, ahora el coche se había marchado y estaba clavada en la escalinata de Saint Bride, en medio de la City, tan lejos de su casa en Mayfair que igual podría estar en Francia. La gente ya empezaba a mirarla y en cualquier momento alguien la abordaría, porque ¿quién había visto jamás a una dama de alcurnia sola en la City, sobre todo a una que estaba tan evidentemente al borde de un ataque de nervios?
¿Por qué, por qué, había sido tan tonta para pensar que él era el hombre perfecto? Se había pasado la mitad de su vida adorando a un hombre que ni siquiera era real; porque estaba claro que el Colin que conocía, no, el Colin que creía conocer, no existía en la realidad. Y fuera quien fuera ese hombre, no sabía si le caía bien. El hombre al que amara tan fielmente a lo largo de los
años jamás se habría portado así. Para empezar, no la habría seguido… Ah, bueno, igual sí la habría seguido, pero solo para asegurarse de que no le
ocurriera nada. Pero no habría sido tan cruel, y seguro que no le habría abierto una carta personal.
Ella leyó dos páginas de su diario, cierto, ¡pero no estaban en un sobre sellado!
Se sentó en uno de los peldaños, y sintió pasar el frío de la piedra por la tela del vestido. No era mucho lo que podía hacer, aparte de quedarse sentada ahí esperando a Colin. Solo una tonta echaría a andar a pie estando tan lejos de casa. Sí, podría ir a Fleet Street a ver si pasaba un coche de alquiler, ¿pero
los seis meses siguientes, en ese momento él era su único medio seguro de volver a casa.
Él movió bruscamente la cabeza en dirección a la calle.—Alcoche.
Caminó hasta el coche, y mientras subía oyó a Colin dar al cochero la dirección de ella, y añadir: «Toma la ruta larga».
¡Ay, Dios!
Ya llevaban sus buenos treinta segundos de trayecto cuando él le pasó la hoja que había estado doblada dentro del sobre que dejara en la iglesia.
—Creo que esto es tuyo —dijo.
Ella tragó saliva y miró el papel, aun cuando no tenía ninguna necesidad. Ya se sabía de memoria todo el texto. Había escrito y reescrito tantas veces las palabras la noche pasada que creía que no se le irían jamás de la memoria.
Nada detesto más que a un caballero que encuentre divertido darle a una dama una desdeñosa palmadita en la mano diciendo: «Es la prerrogativa de una mujer cambiar de decisión». Y efectivamente, dado que pienso que uno siempre ha de apoyar sus palabras con sus actos, procuro que mis
opiniones y decisiones sean firmes y verídicas.
Por eso, amables lectores, cuando escribí mi hoja del 19 de abril, mi verdadera intención era que fuera la última. Sin embargo, acontecimientos que escapan a mi control (o escapan a mi aprobación, en realidad) me obligan a poner mi pluma sobre el papel una última vez.
Él no dijo nada, así que se vio obligada a mirarlo. Al instante deseó no haberlo hecho. Colin parecía ser absolutamente otra persona. Esa sonrisa llana que siempre jugueteaba en sus labios, ese buen humor que siempre iluminaba sus ojos, habían desaparecido, reemplazados por unos surcos que le daban una expresión dura y fría, hielo puro.
El hombre que conocía, el hombre al que había amado tanto tiempo, ya no sabía quién era.
—Tomaré eso por un no —dijo, con la voz temblorosa.
—¿Sabes lo que estoy haciendo en este momento? —preguntó él, su voz sobrecogedora, fuerte, que resonó por encima del clop clop de los cascos de los caballos.
Ella abrió la boca para decir no, pero una sola mirada a su cara le dijo queél no esperaba respuesta, así que volvió a cerrarla.
—Estoy intentando decidir por qué motivo exactamente estoy más enfadado contigo —continuóél—.Porque son tantas las cosas, tantas, tantas, que me está resultando extraordinariamente difícil centrar la atención en una sola.
Penelope tuvo en la punta de la lengua una sugerencia, la de que el mejor tema para comenzar sería el engaño de ella, pero pensándolo bien, le parecióque el momento era excelente para guardar silencio.
—En primer lugar —continuó él, dando la impresión, por su tono tremendamente monótono, que estaba haciendo ímprobos esfuerzos por dominar su genio (lo cual era ya de suyo bastante perturbador, puesto que ella siempre pensó que él no tenía mal genio)—, me cuesta creer que hayas sido tan estúpida para aventurarte en la City sola, y en un coche de alquiler, nada menos.
segunda parte de la respuesta deél—,no podía usar uno de nuestros coches. Ninguno de nuestros cocheros habría aceptado traerme aquí.
—¡Estáclaro que vuestros cocheros son hombres de sabiduría y sensatez impecables! —ladró él.
Penelope no dijo nada.
—¿Tienes una idea de lo que podría haberte ocurrido? —preguntó él, su dura máscara de autodominio algo resquebrajada.
—Eh…,muy poco, en realidad —dijo, tragando saliva—. He venido aquí
antesy…
—¡¿Qué?!—Lecogió el brazo con tanta fuerza que le causó dolor—.¿Qué acabas de decir?
Repetirlo sería casi peligroso para su salud, pensó Penelope, así que se limitó a mirarlo, con la esperanza de poder abrirse paso a través de la rabia de sus ojos y encontrar al hombre que conocía y amaba tanto.
—Solo vengo cuando necesito dejar un mensaje urgente para el impresor—explicó—. Le envío un mensaje cifrado, y entonces él sabe que ha de recoger mi nota aquí.
—Yhablando de eso —dijo Colin ásperamente, arrancándole el papel de las manos—, ¿qué demonios es esto?
Penelope lo miró perpleja.
—Yohabría pensado que es evidente. Yo soy…
—Sí,ya, eres la maldita lady Whistledown, y me imagino que te habrás reído de mí una semana cuando yo insistí en que era Eloise —dijo él, con la cara contraída.
Eso casi le rompió el corazón a ella.
—Tenías una escapada perfecta a la espera. Cressida Twombley estaba dispuesta a atribuirse tu culpa.
Y entonces, de repente, la cogió por los hombros y se los apretó con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¿Porqué no pudiste dejarlo estar, Penelope?—lepreguntó.
Su tono era apremiante, desesperado, le relampagueaban los ojos. Era el sentimiento más intenso que ella había visto en él en toda su vida, y le partióel corazón que estuviera dirigido a ella con rabia. Y con vergüenza.
—Nopodía permitírselo —susurró—. No puedo permitir que se haga pasar por mí.
—¡¿Porqué demonios no?!
Penelope no pudo hacer otra cosa que mirarlo fijamente unos segundos.
—Porque… porque…
Se le quebró la voz, pensando cuál sería la mejor manera de explicarlo. Se le estaba rompiendo el corazón, le habían destrozado su más aterrador, y estimulante, secreto, ¿y él creía que tendría la presencia de ánimo para explicarse?
—Séque es, muy posiblemente, la zorra más maligna…Penelope ahogó una exclamación.
—…que ha producido Inglaterra, al menos en esta generación, pero por el amor de Dios, Penelope—sepasó una mano por el pelo y clavó en ella una
intensa mirada—, se iba a echar encima la culpa…—Elmérito —interrumpió ella, irritada.
—Laculpa —continuóél—.¿Tienes una idea de lo que te ocurrirá si la gente descubre quién eres realmente?
A ella se le tensaron las comisuras de los labios, por impaciencia e irritación ante ese tono de superioridad tan evidente.
—Hetenido más de diez años para rumiar esa posibilidad.—¿Esun sarcasmo eso? —dijo él, entrecerrando los ojos.
—No—ladró ella—. ¿De veras crees que no me he pasado una buena parte de estos diez años de mi vida contemplando qué me ocurriría si me
tanto tiempo el engaño? Era invisible, Colin. Nadie me veía, nadie hablaba conmigo. Yo estaba simplemente ahí y escuchaba, y nadie se fijaba.
—Eso no es cierto —dijo él, pero desvió la mirada al decirlo.
—Ah, sí que es cierto, y lo sabes.—Logolpeó en el brazo—. Lo niegas porque te sientes culpable.
—¡Nome siento culpable!
—Vamos, por favor —bufó ella—. Todo lo que haces, lo haces por sentimiento de culpa.
—Penel…
—Enlo que se refiere a mí al menos —enmendó ella. Tenía la respiración agitada, la piel le escocía de calor y, por una vez, sentía arder el alma—.¿Crees que no sé que tu familia me tiene lástima? ¿Crees que no me he fijado en que siempre que estás tú o tus hermanos en la misma fiesta que yo, me sacáis a bailar?
—Somos amables —dijo él entre dientes—, y nos caes bien.
—Ysientes lástima de mí. Felicity te cae bien pero no te veo bailar con ella cada vez que se cruzan vuestros caminos.
Repentinamente él la soltó y se cruzó de brazos.—Bueno, no me cae tan bien como tú.
Ella pestañeó, interrumpido su tranquillo verbal por esa limpia zancadilla. Típico de él hacerle un cumplido en medio de una pelea. Nada podría haberla desarmado más.
—Y no has respondido a mi primer punto —continuó él, alzando el mentón en gesto algo desdeñoso.
—¿Quees…?
seis años.
—Ni soñaría con denigrar lo que has hecho —dijo él, con aire de superioridad.
—Claro que lo harías.—No.
—¿Yqué crees que estás haciendo, entonces?
—¡Seradulto! —exclamó él, en tono elevado e impaciente—. Uno de los dos tiene que serlo.
—¡Note atrevas a hablarme a mí de comportamiento adulto! —estallóella—. Tú, que huyes a la menor insinuación de responsabilidad.
—¿Yqué demonios quieres decir con eso?—Meparece que es bastante evidente.
Él se echó hacia atrás.
—Nopuedo creer que me hables así.
—¿Nopuedes creer que lo haga o que tenga el valor para hacerlo?Él se limitó a mirarla, visiblemente sorprendido por la pregunta.
—Soy algo más de lo que crees, Colin —dijo ella, y luego añadió en tono más apacible—: Soy algo más de lo que yo creía.
Él estuvo callado un momento, hasta que de pronto, como si simplemente no pudiera apartarse del tema, le preguntó, entre dientes:
—¿Quéquisiste decir con eso de que huyo de la responsabilidad?
Ella frunció los labios y luego los relajó, haciendo una respiración larga con la esperanza de que la calmara.
—¿Porqué crees que viajas tanto?
—Porque me gusta —repuso él, entre dientes.
insulto, así que soltó un bufido y añadió—: ¡Por el amor de Dios, Colin, tienes treinta y tres años!
—Ytú tienes veintiocho—señalóél, y no en tono amable.
Eso a ella le sentó como un puñetazo en el vientre, pero ya estaba demasiado irritada para retirarse dentro de su conocido caparazón.
—Adiferencia de ti —dijo con grave precisión—, yo no gozo del lujo de proponerle matrimonio a alguien. Y a diferencia de ti —añadió, con la sola intención de inducirle el sentimiento de culpa de que lo había acusado antes—,no dispongo de una inmensa reserva de posibles pretendientes, así que nunca he podido darme el lujo de decir no.
Él apretó los labios.
—¿Y crees que revelarte como lady Whistledown va a aumentar tu número de pretendientes?
—¿Pretendes insultarme?
—¡Lo que pretendo es ser realista! Algo que al parecer has perdido totalmente de vista.
—Nunca he dicho que piense revelarme como lady Whistledown.Él cogió el sobre con la última hoja del asiento.
—¿Entonces qué es esto? Ella lo cogió y sacó el papel.
—Tienes que perdonarme —dijo, cada sílaba cargada de sarcasmo—, debo de haber pasado por alto la frase en que proclamo mi identidad.
—¿Crees que esa canción de cisne tuya va a hacer algo para calmar el frenesí de interés en la identidad de lady Whistledown? Vamos, perdona, tal
—Ese es un riesgo que tendré que correr —contestó, cruzándose de brazos y desviando la mirada—. Llevo once años sin que me detecten. No veo por qué he de preocuparme exageradamente ahora.
Él expulsó el aliento en un corto bufido de exasperación.
—¿Notienes ningún concepto del dinero? ¿Tienes una idea de cuántas personas querrían ganar las mil libras que ofrece lady Danbury?
—Tengo más concepto del dinero que tú —repuso ella, erizada por el insulto—. Además, la recompensa de lady Danbury no hace más vulnerable mi secreto.
—Los hace a todos más resueltos y eso te hace más vulnerable. Por no decir que —añadió, curvando los labios en una sonrisa irónica—, como señaló mi hermana menor, está la gloria.
—¿Hyacinth?
Él asintió pesaroso, dejando el papel en el asiento, a su lado.
—Ysi Hyacinth considera envidiable la gloria de descubrir tu identidad, puedes estar segura de que no es la única. Bien podría ser el motivo de que Cressida haya decidido llevar a cabo su estúpido engaño.
—Cressida lo hace por el dinero—gruñóPenelope—. Estoy segura.
—Muy bien. No importa por qué lo hace. Lo único que importa es que lo hace, y una vez que tú la hayas eliminado con tu idiotez —golpeó el papel con el puño, haciéndola pegar un salto con el fuerte ruido—, otra persona
ocupará su lugar.
—Eso no es nada que yo no sepa ya —dijo ella, principalmente porque no soportaba dejarlo con la última palabra.
—¡Basta!—lerogó ella—. No digas nada más. No puedo permitírselo.—¿Haspensado en lo que ganarías?
Ella lo miró fijamente.
—¿Crees que he sido capaz de pensar en otra cosa estos últimos días?Él probó otra táctica:
—¿Importa verdaderamente que la gente sepa que tú eras lady Whistledown? Tú sabes que has sido lista y nos has engañado a todos. ¿No basta eso?
—¡Nome has escuchado! —exclamó ella. Y continuó con la boca abierta en un óvalo de incredulidad, como si no pudiera creer que él no le hubiera entendido—. No necesito que la gente sepa que era yo. Solo necesito que sepan que no era ella.
—Pero en realidad no te importa que la gente crea que era otra persona—insistióél—.Después de todo, llevas semanas acusando a lady Danbury.
—Tenía que acusar a alguien. Lady Danbury me preguntó a bocajarro quién creía yo que era, y lógicamente no podía decirle que era yo. Además, no sería tan terrible si la gente pensara que era lady Danbury. Por lo menos ella me cae bien.
—Penelope…
—¿Cómote sentirías si publicaran tus diarios poniendo a Nigel Berbrooke como su autor?
—Nigel Berbrooke difícilmente sabe unir dos oraciones —bufó él, despectivo—. Me imagino que nadie creería que pudiera haber escrito mis diarios.
—¡Nohe dicho nada! Lo único que hice fue suspirar.
—¡Vamos, Penelope, por el amor de Dios! —dijo él, irritado—.
Claramente estuviste de acuerdo…
Ella lo miró boquiabierta por esa audacia.
—¿Cuándo te he dado permiso para interpretar mis suspiros?
Él miró el papel incriminador, todavía en sus manos, pensando quédemonios debía hacer con él en ese momento.
—Yen todo caso —continuó ella, sus ojos relampagueantes de furia y fuego, que la hacían casi hermosa—, no creerás que no tengo memorizada hasta la última palabra. Puedes destruir ese papel, pero no puedes destruirme a mí.
—Megustaría —masculló él.—¿Quéhas dicho?
—AWhistledown —dijo él entre dientes—. Me gustaría destruir a la Whistledown. A ti, me encantará dejarte como estás.
—Pero es que yo soy la Whistledown.—¡Dios nos asista a todos!
Entonces algo se quebró dentro de ella. Se le soltaron toda la rabia, toda la frustración, todos y cada uno de los sentimientos negativos que había tenido reprimidos a lo largo de los años, todo dirigido a Colin, el que, de todos los miembros de la alta sociedad, era tal vez el que menos se lo merecía.
—¿Porqué estás tan enfadado conmigo? —explotó—. ¿Qué he hecho que sea tan repugnante? ¿Ser más lista que tú? ¿Guardar un secreto? ¿Echar una buena risa a expensas de la sociedad?
—Penelope,no…
ponche en el vestido ese primer año, el único no amarillo o naranja que le permitió usar su madre.
Cressida, suplicándole dulcemente a los jóvenes solteros que la sacaran a bailar a ella, hablando en voz tan elevada y con tanto fervor que ella solo podía sentirse humillada.
Cressida, comentando ante un grupo de personas cuánto la preocupaba la apariencia de ella: «Sencillamente no es sano pesar quince kilos más a nuestra edad».
Ella nunca supo si Cressida logró disimular su sonrisa burlona después de ese dardo, porque salió corriendo del salón, cegada por las lágrimas, sin poder desentenderse del movimiento de sus regordetas caderas mientras corría.
Cressida siempre sabía exactamente dónde clavar su espada, sabía muy bien retorcer su bayoneta. Por mucho que Eloise continuara siendo su defensora y lady Bridgerton siempre tratara de estimularle la seguridad en símisma, había llorado hasta dormirse más veces de las que lograba recordar, y siempre debido a un muy certero dardo de Cressida Cowper Twombley.
Había dejado que Cressida se saliera con la suya en muchísimas cosas en el pasado, simplemente porque nunca tuvo el valor para defenderse. Pero no podía permitir que se saliera con la suya en «eso»; no podía permitir que se apoderara de su vida secreta, del recoveco de su alma en que era fuerte,
orgullosa y absolutamente intrépida.
Podía ser que ella no supiera defenderse, pero por Dios que lady Whistledown sí sabía.
—¿Penelope? —preguntó Colin, cauteloso.
—Cressida no se deshonró —dijo en voz baja.
Él se volvió a mirarla, con un ligero velo de confusión en los ojos.—¿Perdón?
—Cressida dijo que era lady Whistledown y eso no la deshonró —dijo ella ligeramente más fuerte.
—Eso porque nadie le creyó —repuso Colin—. Además —añadió, sin
pensar—, ellaes…diferente.
Penelope se giró lentamente, muy lentamente, a mirarlo, la mirada firme.—¿Diferente en qué sentido?
Algo parecido al terror comenzó a golpearle en el pecho a Colin. Ya mientras le salían las palabras de la boca se dio cuenta de que no eran las correctas. ¿Cómo podía una corta frase ser tan errónea?
«Ella es diferente.»
Los dos sabían lo que quiso decir. Cressida era popular. Cressida era hermosa. Cressida sabía llevarlo todo con aplomo.
Penelope, en cambio…
Era Penelope. Penelope Featherington. Y no tenía la influencia ni las conexiones que la salvaran de la deshonra. Los Bridgerton podían respaldarla y ofrecerle apoyo, pero ni siquiera ellos podrían impedir su caída. Cualquier
otro escándalo sería controlable, pero lady Whistledown había insultado, en uno u otro momento, a casi todas las personas importantes de las Islas Británicas. Una vez que la gente superara la sorpresa, comenzarían los comentarios malignos.
A Penelope no la alabarían por ser inteligente, ingeniosa u osada. La calificarían de mezquina, rencorosa y envidiosa.
—Pensaba que tú creías en mí —dijo, entonces—, que veías más allá del patito feo.
Su cara le era tan conocida, pensó él; la había visto miles de veces y sin embargo hasta esas últimas semanas no habría podido decir que la conocía.¿Habría recordado esa pequeña marca de nacimiento que tenía cerca del lóbulo de la oreja izquierda? ¿Había notado alguna vez el cálido color de su piel? ¿O que sus ojos castaños tenían pintitas doradas justo cerca de la pupila?
¿Cómo había bailado con ella tantas veces sin fijarse nunca en que su boca era llena, ancha, hecha para besarla?
Se pasaba la lengua por los labios cuando estaba nerviosa. La había visto hacerlo unos días atrás. Seguro que lo habría hecho más de una vez en los doce años que se conocían y, sin embargo, era solo ahora que el solo verle la lengua le contraía de deseo el cuerpo.
—Noeres fea—ledijo, en voz baja y apremiante. Ella agrandó los ojos.
—Eres hermosa.
—No—dijo ella, su voz apenas algo más que un murmullo—. No digas cosas que no piensas.
Él le enterró los dedos en los hombros.
—Eres hermosa —repitió—. No sécómo…No sé cuándo…—letocó los labios, y sintió su cálido aliento en las yemas—. Pero lo eres —susurró.
Se inclinó y la besó, lenta, reverentemente, ya no tan sorprendido de que estuviera ocurriendo, de desearla tanto. La sorpresa o conmoción había desaparecido, reemplazada por una simple y primitiva necesidad de reclamarla, de poseerla, de marcarla como suya.
más que pasablemente atractiva, y eso solo en sus días buenos. Pero él la
encontraba hermosa, y cuando la miraba…
Se sentía hermosa. Y jamás antes se había sentido así.
Él volvió a besarla, sus labios más ávidos esta vez, mordisqueando, acariciando, despertándole el cuerpo, despertándole el alma. Empezó a hormiguearle el vientre y sintió la piel caliente y ansiosa donde él la acariciaba por encima de la delgada tela verde del vestido.
Y ni una sola vez se le ocurrió pensar «Esto está mal». Ese beso era todo lo que le habían enseñado a temer y evitar, pero sabía, en cuerpo, mente y alma, que nada en su vida había sido tan correcto jamás. Había nacido para ese hombre, y había pasado muchísimos años tratando de aceptar que él había nacido para otra mujer.
Que le demostraran que estaba equivocada era el placer más exquisito imaginable.
Lo deseaba, deseaba eso, deseaba sentir lo que él la hacía sentir. Deseaba ser hermosa, aunque solo fuera a los ojos de ese hombre.
Esos eran los únicos ojos que importaban, pensó soñadora mientras él la empujaba hasta dejarla tendida sobre el mullido asiento acolchado del coche, con la cabeza apoyada en un cojín.
Lo amaba. Siempre lo había amado. Lo amaba incluso cuando él estaba tan enfadado con ella que apenas lo reconocía. Incluso cuando estaba tan enfadado que ni siquiera sabía si él le caía bien, lo amaba.
Y deseaba ser de él.
La primera vez que la besó, ella lo aceptó con un placer pasivo, pero esta vez estaba resuelta a ser una pareja activa. Aún le costaba creer que estuviera
tuviera una idea de lo que debía hacer. Los labios de él le estaban evaporando toda razón e inteligencia, pero de todas maneras no pudo dejar de notar que la textura de su pelo era igual a la del pelo de Eloise, el que había cepillado
incontables veces en todos esos años de amistad. Y, ¡santo cielo…! Se le escapó una risita.
Eso captó la atención de él, y levantó la cabeza, sus labios curvados en una sonrisa de diversión.
—¿Qué?—lepreguntó.
Ella negó con la cabeza, tratando de borrarse la sonrisa de la cara, pero sabiendo que iba a perder la batalla.
—Ah, no, tienes que decírmelo —insistióél—.No podría continuar sin saber el motivo de esa risita.
Ella sintió arder las mejillas, y entonces cayó en la cuenta de lo ridículamente tarde que venía eso. Ahí estaba, portándose absolutamente mal dentro de un coche, ¿y solo en ese momento tenía la decencia de ruborizarse?
—Dímelo —musitó él, mordisqueándole la oreja. Ella negó con la cabeza.
Él encontró con los labios el punto exacto donde le latía el pulso en la garganta.
—Dímelo.
Lo único que hizo ella, lo único que pudo hacer, fue gemir y arquear el cuello para darle más acceso.
Su vestido, que ni siquiera se había dado cuenta que estaba desabotonado en parte, bajó hasta dejarle al descubierto la clavícula, y lo observó fascinada
—,pararé.
—No—gimió ella.—Entonces dímelo.
Ella se miró el pecho, como hipnotizada por verlo desnudo y descubierto a la mirada de él.
—Dímelo —susurró él, soplando suavemente, rozándoselo con el aliento. Penelope sintió contraerse algo dentro de ella, abajo, muy al fondo, en
esos lugares de los que nunca se habla.—Colin, por favor —suplicó.
Él sonrió, una sonrisa perezosa, satisfecha aunque todavía algo hambrienta.
—¿Porfavor qué?—Acaríciame.
Él le pasó el dedo índice por el hombro, siguiendo la curva del cuello.—¿Aquí?
Ella negó enérgicamente con la cabeza.Él bajó por la curva del cuello.
—¿Mevoy acercando?
Ella asintió, sin dejar de mirarse el pecho.
Él volvió a acariciarle el pezón, deslizando los dedos lenta y seductoramente en espirales, por alrededor, por encima, y mientras ella miraba sentía el cuerpo cada vez más tenso.
Lo único que oía era su respiración, agitada, el aire caliente al salir de su boca.
Entonces…
nadie así, a excepción de ella misma, tal vez, y aun así, no le era fácil tocarse la espalda.
Él gimió al sentir su contacto y se tensó al sentir deslizarse sus manos por su piel. A ella le dio un vuelco el corazón. A él le gustaba eso; le gustaba su forma de acariciarlo. No tenía idea de lo que debía hacer, pero le gustó de todos modos.
—Eres perfecta —susurró él, con la boca sobre su piel.
Subió los labios, dejándole una estela de besos, hasta llegar a la curva bajo el mentón. Nuevamente se apoderó de su boca, esta vez con mayor ardor, y deslizó las manos por debajo de ella hasta cogerle las nalgas, apretándoselas, presionándola contra su miembro excitado.
—¡Dios mío, te deseo! —resolló, moviendo y presionando las caderas contra las de ella—. Deseo desnudarte, hundirme en ti y no soltarte jamás.
Penelope gimió de deseo, sin poder creer cuánto placer podía sentir por simples palabras. Él la hacía sentirse escandalosa, traviesa y ¡oh!, muy deseable.
—¡Penelope, oh, Penelope! —estaba gimiendo él, sus labios y manos cada vez más frenéticos—. ¡Penelope, Penelope, oh! —Levantó la cabeza; muy bruscamente—. ¡Ay, Dios!
—¿Quépasa? —preguntó ella, tratando de levantar la cabeza del cojín.—Hemos parado.
A ella le llevó un momento darse cuenta de la importancia de eso. Si habían parado quería decir, muy probablemente, que habían llegado a su
destino, que era…Su casa.
—Puedo subir corriendo a mi habitación —dijo ella—. Nadie me verá.
—Eso lo dudo —dijo él en tono ominoso, metiéndose la camisa dentro de las calzas y arreglándose el pelo.
—No, te aseguro que…
—Yyo te aseguro —interrumpióél—que te verán.—Selamió los dedos y se los pasó por el pelo—. ¿Estoy presentable?
—Sí—mintió ella.
La verdad, se veía bastante sonrojado, tenía los labios hinchados y su pelo no se adhería ni remotamente a ningún estilo de peinado del momento.
—Estupendo —dijo él.
Acto seguido bajó de un salto y le tendió la mano.—¿Vasa entrar también?—lepreguntó ella.
Él la miró como si de repente se hubiera vuelto loca.—Por supuesto.
Ella no se movió, tan perpleja por sus actos que no lograba darle a sus piernas la orden de bajar. No había ningún motivo en absoluto para que él
entrara con ella en la casa. El decoro no lo exigía, y además…
—¡Por el amor de Dios, Penelope! —dijo él, cogiéndole la mano y dándole un tirón—. ¿Te vas a casar conmigo o no?
Penelope cayó en la acera cuan larga era.
Era bastante más ágil, al menos en su opinión, de lo que la creía la mayoría de la gente. Era buena bailarina, sabía tocar el piano con los dedos flexionados a la perfección, y normalmente se abría paso por un salón atiborrado sin chocar con nada, ni persona ni mueble.
Pero cuando Colin le hizo esa proposición con tanta naturalidad, el pie, que acababa de sacar del coche, solo encontró aire, y así fue como la cadera fue a estrellársele en el bordillo y la cabeza en el pie de Colin.
—¡Buen Dios, Penelope! —exclamó él, acuclillándose—. ¿Te has hecho daño?
—Estoy muy bien —logró balbucear ella, buscando el hoyo que tenía que haberse abierto en el suelo para meterse ahí y morir.
—¿Estássegura?
—Noha sido nada —repuso ella, sosteniéndose la mejilla, la que, seguro, ya lucía la impresión perfecta del empeine de la bota de Colin—. Me sorprendí un poco, nada más.
—¿Porqué?
—¿Porqué? —repitió ella.—Sí,¿por qué?
Ella pestañeó. Una vez, dos veces, otra más.
—Eh…,bueno…, podría tener que ver con tu alusión al matrimonio.
—Todavía estoy tratando de entender lo que has dicho —reconoció ella.
Él se puso de manos en cadera y la miró con una decidida falta de tolerancia.
—Tienes que reconocer —dijo ella, bajando el mentón hasta que quedó
mirándolo, dudosa, a través de las pestañas— que dio la impresión de que…
eh…has hecho proposiciones de matrimonio antes.
—Desde luego que no —repuso él, ceñudo—. Ahora, cógete de mi brazo, antes de que empiece a llover.
Ella miró el cielo, azul, despejado.
—Alpaso que vas —dijo él, impaciente—, estaremos días aquí.
—Mmm…, bueno… —se aclaró la garganta—, supongo que podrás perdonarme la falta de serenidad ante tamaña sorpresa.
—Vamos, ¿quién habla en círculos?—Perdona.
—Vamos —dijo él, apretando la mano sobre su brazo.
—¡Colin! —dijo ella, casi en un chillido, tropezándose al subir la
escalinata—. ¿Estás seguro…?
—Nohay momento como el presente —dijo él, casi airosamente.
Parecía muy complacido consigo mismo, y eso la desconcertaba, porque habría apostado toda su fortuna (y en calidad de lady Whistledown había amasado su buena fortuna) a que él no había tenido la menor intención de pedirle que se casara con él, hasta el momento en que su coche se detuvo delante de la casa.
Y tal vez hasta que las palabras le salieron de la boca.Él giró la cabeza hacia ella.
¿Dónde está?
—Enel salón, pero debo decirle que…
Pero Colin ya iba a medio camino por el vestíbulo, y Penelope a un paso detrás de él (y no podría haber ido de otra manera, porque él le tenía firmemente cogido el brazo).
—¡Señor Bridgerton! —gritó el mayordomo, en un tono ligeramente aterrado.
Penelope se giró a mirarlo, aunque sus pies continuaron siguiendo a Colin. Briarly no se aterraba jamás. Por nada. Si pensaba que Colin no debía entrar en el salón, tenía que tener un muy buen motivo.
Tal vez incluso…¡Oh, no!
Plantó los talones, que se fueron deslizando por la madera dura, ya que Colin seguía arrastrándola cogida del brazo.
—Colin —dijo, atragantándose en la primera sílaba—. ¡Colin!—¿Qué?—preguntó él, sin detenerse.
—Enrealidad creo que… ¡Aaay! —los talones chocaron con el borde de la alfombra, y salió volando hacia delante.
Él la cogió limpiamente y la puso de pie.—¿Quépasa?
Ella miró nerviosa hacia la puerta del salón. Estaba un pelín entreabierta, pero tal vez había tanto ruido dentro que su madre aún no los había oído acercarse.
—Penelope —dijo él, impaciente.
—Eh…
admitía protesta.
—Pero es quees…—¿Qué?
Martes, pensó ella tristemente. Y era recién pasado el mediodía, lo cual
significaba…
—Vamos —dijo él, avanzando.
Y antes de que ella pudiera impedírselo, empujó la puerta.
El primer pensamiento de Colin al abrir la puerta del salón fue que el día, si bien no se iba desarrollando de ninguna manera como él podría haber pensado esa mañana al levantarse de la cama, se estaba convirtiendo en una empresa muy excelente. Casarse con Penelope era una idea eminentemente sensata, y asombrosamente atractiva también, si se podía juzgar por su reciente encuentro en el coche.
Su segundo pensamiento fue que acababa de entrar en su peor pesadilla. Porque la madre de Penelope no estaba sola en el salón. Estaban ahí todas
las Featherington, actuales y pasadas, junto con sus diversos maridos, e incluso un gato.
Era el conjunto de personas más aterrador que había visto en su vida. La
familia de Penelope era…, bueno…, a excepción de Felicity (aun cuando esta siempre le había inspirado un cierto recelo, porque, ¿cómo puede uno fiarse de alguien que sea tan buena amiga de Hyacinth?); en fin, la familia de
Penelope era…, bueno…
con aspecto de sentirse indispuesta.
—Todos los martes —dijo ella, sonriendo débilmente—. ¿No te lo dije?
—No—contestó él, aun cuando era evidente que ella había hecho la pregunta a beneficio del público—. No, no me lo dijiste.
—¡Bridgerton! —gritó Robert Huxley, que estaba casado con la hermana mayor de Penelope, Prudence.
—Huxley —saludó Colin, dando un discreto paso atrás. Mejor protegerse los tímpanos, por si el cuñado de Penelope decidía dejar su lugar junto a la ventana.
Afortunadamente, Huxley continuó donde estaba, pero el otro cuñado de Penelope, el bien intencionado pero cabeza hueca Nigel Berbrooke, síatravesó el salón y lo saludó con una cordial palmada en la espalda.
—Note esperaba —dijo jovialmente.—No, me imagino que no.
—Estamos solo la familia, después de todo—añadióBerbrooke—, y túno eres de la familia. Al menos no de la mía.
—No todavía, en todo caso —musitó Colin, mirando a Penelope de soslayo; vio que se había ruborizado.
Entonces volvió a mirar a la señora Featherington, que parecía a punto de desmayarse por la emoción. Colin emitió un gemido por en medio de sus sonrientes labios. Sin saber muy bien por qué, había deseado reservar un elemento de sorpresa antes de pedir la mano de Penelope. Si Portia Featherington conocía sus intenciones de antemano, lo más probable era que enredaría las cosas (en su mente, al menos) de tal manera que diera a entender que ella había orquestado el matrimonio.
hubiera estado ocupado en pensar a) cómo podría evitar quedar atrapado en una conversación con los parientes de Penelope y al mismo tiempo b)
arreglárselas para hacer la proposición de matrimonio…, bueno, habría sentido bastante curiosidad por saber cuál era la causa de todas esas miraditas disimuladas que iban y venían entre las mujeres Featherington.
La señora Featherington echó una última mirada a Felicity y le hizo un gesto que él habría jurado quería decir «Siéntate derecha», y luego fijó la atención en él.
—¿No quiere sentarse? —le dijo, con una ancha sonrisa, dando una palmadita al sofá, al lado de ella.
—Ah, sí, sí —musitó él, porque ya no había forma de salir de esa.
Todavía tenía que pedir la mano de Penelope y aunque no le agradaba particularmente la idea de hacerlo delante de todas las Featherington (y los dos sosos maridos), estaba clavado ahí, al menos mientras no se le presentara una oportunidad de escapar educadamente. Se giró y le ofreció el brazo a la mujer con la que quería casarse.
—¿Penelope?
—Ah, sí, sí, claro —tartamudeó ella, colocando la mano en su codo.
—Ah, sí —dijo la señora Featherington, como si se hubiera olvidado totalmente de la presencia de su hija—. Lo siento terriblemente, Penelope, no te había visto. ¿Podrías hacerme el favor de ir a decirle a la cocinera que aumente la ración de comida? Vamos a necesitar más comida estando aquí el señor Bridgerton.
—Por supuesto —dijo Penelope, con las comisuras de los labios temblorosos.
Colin pensó que la joven se veía el cuadro mismo de la salud perfecta, pero esta volvió a sentarse.
—Penelope —dijo Prudence en voz muy alta, desde la ventana—, necesito hablar contigo.
Penelope miró indecisa de Colin a Prudence a Felicity y a su madre. Colin la acercó más a él.
—Necesito hablar con ella también —dijo tranquilamente.
—Muy bien, supongo que hay sitio para los dos aquí —dijo la señora Featherington, moviéndose a un lado para dejar más espacio en el sofá.
Colin se sintió atrapado entre los buenos modales que le habían inculcado desde la cuna y el avasallador deseo de estrangular a la mujer que algún día sería su suegra. No tenía idea de por qué trataba a Penelope como a una especie de hijastra menos favorecida, pero eso tenía que acabar.
—¿Quéte ha traído por aquí? —gritó Robert Huxley. Colin se tocó la oreja, sin poder evitarlo.
—Iba…
—¡Uy,Dios mío! —interrumpió la señora Featherington—, no vamos a interrogar a nuestro invitado, ¿verdad?
A Colin no se le había pasado por la mente que la pregunta de Huxley constituyera un interrogatorio, pero no quería insultar a la señora Featherington diciéndolo, así que se limitó a asentir y dijo algo totalmente sin sentido:
—Sí,bueno, por supuesto.
—¿Porsupuesto qué? —preguntó Philippa.
—Dijo que podría ir Philippa, no Prudence.
Él deseó preguntarle dónde se había dejado el cerebro, porque estaba claro que este le desapareció en algún lugar del trayecto entre el coche y ese sofá.
—¿Importa eso?—lepreguntó.
—No, no, pero…
—Felicity —interrumpió la señora Featherington—, ¿por qué no le explicas lo de tus acuarelas al señor Bridgerton?
Ni aunque en ello le fuera la vida podría imaginarse Colin un tema menos interesante (a no ser, tal vez, para las acuarelas de Felicity), pero de todos modos miró a la menor de las Featherington, sonriendo amistoso y le preguntó:
—¿Cómoestán tus acuarelas?
Entonces Felicity, bendito su corazón, lo miró con una sonrisa amistosa y contestó:
—Meimagino que están bien, gracias.
La señora Featherington dio la impresión de haberse tragado una anguila viva.
—¡Felicity! —exclamó.
—¿Sí?—preguntó Felicity dulcemente.
—Nole has dicho que ganaste un premio —dijo ella, y se volvió hacia Colin—. Las acuarelas de Felicity son muy únicas.—Segiró hacia Felicity—.Dile al señor Bridgerton lo de tu premio.
—Ah, no me imagino que a él le interese eso.
—Pues claro que le interesa —insistió la señora Featherington.
repente, cogiendo del brazo a su marido—. Penelope, ¿vienes conmigo? Penelope abrió la boca y la dejó así unos segundos, como pensando qué
decir, y eso le dio el aspecto de un pececito desorientado (aunque, en opinión de Colin, un pececito bastante atractivo, si eso fuera posible). Finalmente su mentón adquirió un aire resuelto y dijo:
—Creo que no, Prudence.
—¡Penelope! —exclamó la señora Featherington.
—Necesito que me enseñes una cosa —insistió Prudence.
—Creo que se me necesita aquí —repuso Penelope—. Más tarde puedo ir contigo, si quieres.
—Tenecesito ahora.
Penelope miró a su hermana sorprendida; estaba claro que no había esperado tanta resistencia.
—Losiento, Prudence, creo que se me necesita aquí.
—Tonterías —dijo la señora Featherington despreocupadamente—. Felicity y yo podemos hacer compañía al señor Bridgerton.
—¡Uy,no! —exclamó Felicity, poniéndose de pie de un salto, los ojos agrandados, todo inocencia—. Olvidé algo.
—¿Quépuedes haber olvidado? —preguntó la señora Featherington entre dientes.
—Ehh…,mis acuarelas.—Sevolvió a Colin, con una sonrisa traviesa—. Quería verlas, ¿verdad?
—Pues sí —musitó él, decidiendo que le caía muy bien la hermana menor de Penelope—. Para ver qué las hace tan únicas.
abanicándose el pecho con la mano.
Miró hacia Prudence y Robert, que seguían junto a la ventana. Los dos salieron inmediatamente de la sala, aunque no sin una buena cantidad de gruñidos por parte de Prudence.
—Penelope —continuó la señora Featherington—, tal vez deberías acompañar a Felicity.
—Penelope se queda —dijo Colin entre dientes.
—¿Penelope? —preguntó la señora Featherington, dudosa.
—Sí,Penelope —dijo él pronunciando lento, por si todavía no entendía lo que quería decir.
—Pero…
Colin la miró con tanta indignación que ella se echó hacia atrás y juntó las manos en la falda.
—¡Mevoy! —gorjeó Felicity, saliendo del salón.
Pero Colin vio que, antes de cerrar la puerta, ella le hacía un rápido guiño a Penelope. Y Penelope sonrió, su cariño por su hermana menor brillando en sus ojos.
Colin se relajó. No se había dado cuenta de lo nervioso que lo ponía el sufrimiento de Penelope. Y era evidente que sufría. ¡Buen Dios!, no veía las horas de sacarla del seno de su ridícula familia.
La señora Featherington estiró los labios en un débil intento de esbozar una sonrisa; luego miró a Colin, miró a Penelope y volvió a mirarlo a él.
—¿Deseaba hablar conmigo? —preguntó finalmente.
—Sí—contestó él, impaciente por acabar con eso de una vez—. Me sentiría muy honrado si me concediera la mano de su hija en matrimonio.
Colin pensó que igual se ponía a vomitar.
—¡No,por el amor de Dios!—ladró—.No quiero casarme con Felicity. Si quisiera casarme con Felicity no la habría enviado arriba a buscar sus malditas acuarelas, ¿no?
La señora Featherington tragó saliva, incómoda.
—Señor Bridgerton —dijo, retorciéndose las manos—. No lo entiendo.Él la miró horrorizado, hasta que el horror se transformó en repugnancia.
—Con Penelope —dijo, cogiéndole la mano, levantándola y atrayéndola hasta tenerla muy junto aél—.Quiero casarme con Penelope.
—¿Penelope? —repitió ella—. Pero…
—¿Pero qué? —interrumpió él, su voz amenaza pura.
—Pero…pero…
—Estábien, Colin, no pasa nada—seapresuró a decir Penelope—,yo…—No, no está bien —explotóél—.Nunca he dado el menor indicio de
que tenga el más mínimo interés en Felicity.
En ese momento apareció Felicity en la puerta, se cubrió la boca con la mano y desapareció al instante, cerrando juiciosamente la puerta.
—Ya—dijo Penelope, apaciguadora, echando una rápida mirada a su
madre—, pero Felicity está solteray…—Tútambién —observó él.
—Losé, pero yo soy viejay…
—¡YFelicity es un bebé! —ladróél—.¡Buen Dios, casarme con ella sería como casarme con Hyacinth!
—Eh…,solo que no sería incesto —dijo Penelope.Él la miró con una expresión nada divertida.
—Quiero casarme con el señor Bridgerton —dijo, tratando de hacer acopio de toda la dignidad posible—. Él me lo pidió y yo le dije sí.
—Bueno, claro que dirías sí —replicó su madre—. Tendrías que ser una idiota para decir no.
—Señora Featherington —dijo Colin ásperamente—, le sugiero que trate con más respeto a mi futura esposa.
—Colin, eso no es necesario —dijo Penelope, colocándole la mano en el brazo.
Pero la verdad era que sentía volar el corazón. Él podía no amarla, pero le tenía afecto. Ningún hombre podría defender a una mujer con esa fiereza sin tenerle un poco de afecto.
—Esnecesario —repusoél—.¡Por el amor de Dios, Penelope!, lleguéaquí contigo, insistí y dejé muy claro que necesitaba tu presencia en el salón, y prácticamente empujé a Felicity por la puerta para que fuera a buscar sus acuarelas. ¿Por qué demonios iba a pensar alguien que yo deseaba casarme con Felicity?
La señora Featherington abrió y cerró la boca varias veces, hasta que al fin dijo:
—Quiero a Penelope, por supuesto, pero…
—¿Pero la conoce?—lainterrumpió Colin—. Es hermosa, es inteligente y tiene un maravilloso sentido del humor. ¿Quién no desearía casarse con una mujer así?
Penelope habría caído derretida al suelo si no hubiera estado cogida de la mano de él.
—Síque te quiero, Penelope —dijo Portia—, y estoy muy contenta por ti.—Seapartó y se limpió una lágrima—. Me sentiré sola sin ti, claro, porque había supuesto que envejeceríamos juntas, pero sé que esto es lo mejor para ti, y eso, supongo, es lo que significa ser una madre.
A Penelope se le escapó una sonora sorbida por la nariz y a tientas buscóel pañuelo de Colin, que él ya se había sacado del bolsillo y lo tenía puesto delante de ella.
—Losabrás algún día —dijo Portia, dándole una palmadita en el brazo. Mirando a Colin, añadió—: Estamos encantados de darle la bienvenida a la familia.
Él asintió, no con una simpatía tremenda.
Pero Penelope consideró que había hecho un simpático esfuerzo, tomando en cuenta lo enfadado que estaba solo un momento antes.
Le sonrió y le apretó la mano, muy consciente de que estaba a punto de embarcarse en la aventura de su vida.
—¿Sabes? —dijo Eloise a Penelope—, es una pena que lady Whistledown se haya retirado, porque esto habría sido el broche de oro de la década.
Ya habían pasado tres días desde que Colin y Penelope hicieran su sorprendente anuncio y estaban en el salón informal de la casa de lady Bridgerton.
—Desde el punto de vista de lady Whistledown, no me cabe duda—musitó Penelope, llevándose la taza a los labios y manteniendo fijos los ojos en el reloj de pared.
Mejor no mirar a Eloise a los ojos; tenía el don de ver los secretos en los
ojos de las personas.
Era extraño, pensó. En todos esos años no había temido que Eloise descubriera la verdad acerca de lady Whistledown; al menos no la preocupaba demasiado. Pero ahora que lo sabía Colin, tenía la sensación de que su secreto andaba flotando en el aire, como partículas de polvo a la espera de aglomerarse en una nube de conocimiento. Tal vez los Bridgerton eran como la resolución de un misterio; una vez que se descubre un elemento, solo es cuestión de tiempo que se descubran todos.
—¿Quéquieres decir? —preguntó Eloise, interrumpiendo sus nerviosos pensamientos.
—Simal no recuerdo —dijo Penelope, con mucha cautela—, una vez escribió que tendría que retirarse si yo me casaba con un Bridgerton.
inminente boda (¡fijada para dentro de un mes!), y Hyacinth había salido de compras con Felicity, la cual, cuando se enteró de la noticia de la boda, le echó los brazos al cuello y se puso a gritar de felicidad, hasta casi dejarla sorda. Por lo que a momentos fraternales se refería, ese fue uno maravilloso.
—Bueno —dijo, tragando un bocado de galleta—, me parece que dijo que si yo me casaba con un Bridgerton, sería el fin del mundo tal como lo conocía y que, puesto que ese mundo ya no tendría ni pies ni cabeza para ella, tendría que retirarse inmediatamente.
Eloise la miró fijamente un momento.—¿Noes un recuerdo muy exacto ese?
—Uno no olvida ese tipo de cosas —repuso Penelope, recatadamente.
—¡Vaya! —Eloise arrugó la nariz, desdeñosa—. Bueno, eso fue horrendo por su parte, he de decir. Ahora deseo doblemente que siguiera escribiendo, porque tendría que tragarse una manada entera de cuervos.
—¿Sereúnen en manada los cuervos?—Pues, no lo sé, pero deberían.
—Eres muy buena amiga, Eloise —dijo Penelope en voz baja.—Sí,lo sé —suspiró Eloise, teatralmente—. La muy mejor.
Penelope sonrió. Esa despreocupada respuesta de Eloise dejaba muy claro que no estaba en ánimo para emociones ni nostalgia. Y eso estaba muy bien. Hay un momento y un lugar para todo. Ella ya había dicho lo que deseaba decir y sabía que Eloise correspondía el sentimiento, aun cuando en ese momento prefiriera bromear y tomarse las cosas a la ligera.
—Pero he de confesar —dijo Eloise, cogiendo otra galleta— que tú y Colin me sorprendisteis.
—Noes nada —dijo Penelope—. Déjame verlo. Parece tinta.—Bueno, claro que parece tinta. Es tinta.
—¿Entonces por qué no lo dijiste cuando te lo pregunté?—Porque no es asunto tuyo —repuso Eloise, muy fresca. Penelope se echó hacia atrás, sorprendida por el tono.
—Perdona, lo siento mucho —dijo secamente—, no sabía que fuera un tema tan sensible.
—Ah, no lo es—seapresuró a decir Eloise—. No seas tonta, lo que pasa es que soy torpe y no sé escribir sin chorrearme tinta por todos los dedos. Supongo que podría usar guantes, pero entonces los mancharía y viviría comprándome otros, y te aseguro que no tengo el menor deseo de gastar toda mi asignación, pobre que es, en guantes.
Penelope la estuvo observando atentamente mientras duraba la larga explicación.
—¿Quéestabas escribiendo?—Nada. Solo cartas.
Por el tono brusco, Penelope coligió que Eloise no quería someter a más exploración ese tema, pero ante su actitud tan atípicamente evasiva no se pudo resistir a preguntarle:
—¿Aquién?—¿Lascartas?
—Sí—contestó Penelope, aun cuando la pregunta había sido evidente.—Ah, a nadie.
—Bueno, a no ser que sea un diario en forma epistolar, las cartas son siempre para alguien.
ventana, en claro intento de poner fin a la conversación.—¿Estásenfadada conmigo? —insistió Penelope.
—¿Porqué voy a estar enfadada contigo?—Nosé, pero está claro que lo estás.
—Noestoy enfadada —suspiró Eloise.—Bueno, estás «algo».
—Estoy…estoy… —agitó la cabeza—. No sé lo que estoy. Inquieta, supongo, molesta.
Penelope guardó silencio mientras digería eso, y luego preguntó:
—¿Hayalgo que pueda hacer yo? Eloise sonrió irónica.
—No, si lo hubiera, puedes estar segura de que ya te lo habría pedido. Penelope sintió subir por dentro algo parecido a risa. ¡Qué típico de Eloise
decir eso!
—Supongo quees…—dijo Eloise, alzando el mentón, pensativa—. No, no te preocupes.
—No. Dímelo —insistió Penelope, cogiéndole la mano. Eloise retiró la mano y desvió la cara.
—Vas a pensar que soy tonta.
—Tal vez, pero seguirás siendo mi muy mejor amiga —dijo Penelope, sonriendo.
—Uy, no, Penelope, es que no lo soy —suspiró Eloise tristemente—. No soy digna de eso.
—Eloise, no digas esas tonterías. Yo me habría vuelto completamente loca tratando de arreglármelas con Londres y la alta sociedad sin ti.
Penelope sonrió. Por extraño que fuera, iba a tener un final feliz. Colin era un novio encantador y atento, lo había sido al menos los tres días que hacía ese papel. Y lo más seguro era que no le hubiera resultado particularmente fácil; los habían sometido a más elucubraciones y examen del que ella habría imaginado.
Aunque eso no la sorprendía; cuando escribió (como lady Whistledown) que sería el fin del mundo tal como lo conocía si Penelope Featherington se casaba con un Bridgerton, estaba bastante segura de que se hacía eco de una
opinión predominante. Decir que su compromiso con Colin horrorizó a la aristocracia sería quedarse muy cortos.
Pero por mucho que le gustara reflexionar acerca de su inminente boda y disfrutarla por adelantado, seguía algo inquieta por la extraña actitud de Eloise.
—Eloise —dijo muy seria—, quiero que me digas qué es lo que te perturba.
Eloise exhaló un suspiro.
—Esperaba que lo hubieras olvidado.
—Heaprendido tenacidad de la maestra —comentó Penelope. Eso hizo sonreír a Eloise, pero solo un momento.
—Mesiento desleal —dijo.—¿Quéhas hecho?
—Ah, nada. Está todo dentro—sedio una palmadita en el corazón—.
Ocurre que…
Se interrumpió, desvió la cara y fijó la mirada en la esquina con flecos de la alfombra, pero Penelope calculó que no era mucho lo que veía. Al menos
mi hermana. Y ahora Colin también —añadió, haciendo un gesto hacia ella. Penelope no le dijo que Colin nunca le había dicho que la amaba. No le
pareció el momento oportuno ni, francamente, algo que desearía decir. Además, aunque él no la amara, seguía pensando que sí le tenía afecto y eso le bastaba.
—Nunca he deseado que no te casaras —explicó Eloise—, simplemente pensaba que nunca te casarías. —Cerró los ojos, como si estuviera sufriendo—.Me ha salido todo mal. Te he insultado tremendamente.
—No, no —dijo Penelope, muy en serio—. Yo tampoco creía que me casaría.
Eloise asintió.
—Y,no sé por qué, eso lo hacía todo… perfecto. Yo tenía casi veintiocho años y estaba soltera, y tú ya tenías veintiocho años y estabas soltera, y siempre nos teníamos la una a la otra. Pero ahora tú tienes a Colin.
—También te sigo teniendo a ti. Por lo menos, eso espero.
—Por supuesto que me tienes —dijo Eloise, fervientemente—, pero no será lo mismo. O al menos eso es lo que dicen —añadió, con un destello travieso en los ojos—. Colin estará en primer lugar para ti, y así debe ser. Y, francamente —añadió, con su sonrisa un poco más guasona—, tendría que matarte si no fuera así. Él es mi hermano favorito, después de todo. No le iría bien tener una esposa desleal.
Penelope se rio.—¿Meodias?
—No—repuso Penelope dulcemente, negando con la cabeza—. Si acaso, te quiero más aún, porque sé lo difícil que tiene que haber sido para ti ser
veía entrar en una sala, pero en esos momentos el revoloteo lo notaba diferente, más intenso.
Tal vez porque «sabía».
Sabía cómo era estar con él, ser deseada por él. Sabía que él sería su marido.
El corazón le dio otro vuelco.
—¿Oshabéis comido todo? —preguntó Colin quejumbroso.
—Solo había un plato con galletas—ledijo Eloise, a la defensiva.—Noes eso lo que me dieron a entender—gruñóColin.
Penelope y Eloise se miraron y luego se echaron a reír.
—¿Qué?—preguntó Colin, inclinándose a dar un solícito beso a Penelope en la mejilla.
—Lodices de una manera tan siniestra… —explicó Eloise—. Solo es comida.
—Nunca es solo comida —dijo él, dejándose caer en un sillón. Penelope seguía pensando cuándo dejaría de hormiguearle la mejilla.
—¿Yde qué estabais hablando? —preguntó él, cogiendo una galleta a medio comer del plato de Eloise.
—Delady Whistledown —contestó Eloise al instante. Penelope se atragantó con el té.
—¿Ah,sí? —dijo él, tranquilamente, pero Penelope detectó un claro filo en su voz.
—Sí—dijo Eloise—, le estaba diciendo a Penelope que es una pena que se haya retirado, porque vuestro compromiso habría sido el cotilleo más digno de comentar que hemos tenido en todo el año.
para preguntarme si tenía hambre.—Seechó a la boca el último trozo de la galleta de Eloise—. Un hombre sabio ese Wickham.
—¿Adónde fuiste hoy, Colin? —preguntó Penelope, impaciente por dejar de lado el tema de lady Whistledown.
Él movió la cabeza como un hombre que se siente asediado.
—Que me cuelguen si lo sé. Madre me llevó de tienda en tienda.—¿Notienes treinta y tres años? —preguntó Eloise, dulcemente.Él le contestó mirándola enfurruñado.
—Yopensaba que ya habías pasado de la edad en que madre te lleve de aquí para allá —musitó ella.
—Madre seguirá llevándonos de aquí para allá cuando seamos viejos chochos, y lo sabes —repusoél—.Además, está tan encantada con esto de verme casado, que no puedo decidirme a estropearle la diversión.
Penelope exhaló un suspiro. Seguro que por eso lo amaba. Cualquier hombre que trata tan bien a su madre seguro que tiene que ser un buen marido.
—¿Y cómo van tus preparativos para la boda? —preguntó Colin a Penelope.
Ella no tenía la menor intención de hacer un mal gesto, pero lo hizo.—Jamás me había sentido tan agotada en toda mi vida —dijo.
Él alargó la mano y cogió un buen trozo de galleta de su plato.—Deberíamos fugarnos.
—Uy, sí, ¿podríamos? —exclamó Penelope, o mejor dicho, las palabras le salieron solas.
Él pestañeó.
¿Dónde está la comida?
—Acabas de llegar, Colin —dijo Eloise—. Dales tiempo.
—Yyo que pensaba que Wickham era un brujo—gruñóél—capaz de hacer aparecer comida con un golpe de la mano.
—¡Aquítiene, señor! —dijo Wickham, entrando con una enorme bandeja.—¿Loveis? —exclamó Colin arqueando las cejas y mirando a Eloise y
luego a Penelope—. Os lo dije.
—¿Porqué será que presiento que oiré esas palabras muchísimas veces en mi futuro? —comentó Penelope.
—Lomás seguro, porque las oirás —contestó Colin. La miró con una sonrisa de lo más descarada—. Pronto te enterarás de que casi siempre tengo razón.
—Vamos, por favor —gimió Eloise.
—Podría tener que ponerme de parte de Eloise en esto —dijo Penelope.Él se llevó una mano al corazón, mientras con la otra cogía un bocadillo.—¿Encontra de tu marido? Me siento herido.
—Todavía no eres mi marido.
—Lagatita tiene uñas —dijo Colin a Eloise. Eloise lo miró con las cejas arqueadas.
—¿Yno te diste cuenta de eso antes de proponerle matrimonio?
—Claro que me di cuenta —repuso él, tomando un bocado—. Pero no creí que las usaría conmigo.
Entonces miró a Penelope con una expresión tan ardiente que ella sintióque se le licuaban los huesos.
esto es una pelea, espera a ver una de verdad.—¿Quieres decir que no he visto ninguna?
Eloise y Colin negaron con la cabeza de una manera que inspiraba miedo.¡Ay, Dios!
—¿Hayalgo que deba saber? —preguntó. Colin sonrió de un modo bastante lobuno.—Yaes demasiado tarde.
Penelope miró a Eloise con expresión desvalida, pero esta simplemente se echó a reír y salió del salón, cerrando firmemente la puerta.
—Bueno, ese sí ha sido un gesto simpático de Eloise —musitó Colin.—¿Qué?—preguntó Penelope, con cara de inocente.
A él le brillaron los ojos.—Lapuerta.
—¿Lapuerta? ¡Ah!, la puerta.
Sonriendo, Colin fue a sentarse a su lado en el sofá. Había un algo bastante delicioso en Penelope una tarde lluviosa. Apenas la había visto desde que se comprometieron, los planes para la boda solían hacerle eso a una pareja, y sin embargo no había abandonado sus pensamientos ni siquiera cuando estaba durmiendo.
Curioso cómo le ocurrió eso. Había pasado años sin pensar en ella a no ser que la tuviera delante de la cara, y ahora impregnaba todos sus pensamientos.
Todos sus deseos.¿Cómo ocurrió eso?¿Cuándo ocurrió?
esposa de la que no deseara alejarse.
Sorprendentemente, al parecer había encontrado eso en Penelope.
Lo único que debía hacer era asegurarse de que Su Gran Secreto continuara siendo eso: un secreto.
Porque no se creía capaz de soportar la pena que vería en sus ojos si la excluían de la sociedad.
—¿Colin? —susurró ella, soltando el aliento por sus labios, haciéndolo desear besarla.
Él acercó la cara.—¿Mmm?
—Estás muy callado.—Estaba pensando.—¿Qué?
Él la miró mimoso.
—Seve que has pasado demasiado tiempo con mi hermana.
—¿Quéquieres decir con eso? —preguntó ella, curvando los labios de una manera que no le dejaba dudas de que nunca sentiría ningún escrúpulo en embromarlo.
Lo tendría siempre en estado de alerta esa mujer.
—Parece que le has tomado gusto a la perseverancia.—¿Ala tenacidad?
—Aeso también.
—Pero eso es bueno.
Tenían los labios a solo unos dedos de distancia, pero el deseo de continuar embromando era demasiado fuerte.
—Eso es un comienzo—dijo—.Podrías tener que —puso una mano sobre la de ella y se la presionó, enterrándole los dedos en su piel— aferrarme con más tenacidad.
—Comprendo —musitó ella—. ¿Lo que quieres decir entonces es que no debo soltarte jamás?
Él lo pensó un momento.
—Sí—contestó, cayendo en la cuenta de que esas palabras tenían un significado más profundo, fuera esa la intención de ella o no—. Eso es exactamente lo que quiero decir.
Y ya no fueron suficientes las palabras. Posó los labios sobre los de ella, y el beso fue suave un momento, hasta que lo avasalló la avidez. Entonces la besó con una pasión que ni siquiera sabía que poseía. Eso no iba de deseo, o al menos no era solo deseo.
Era necesidad.
Era una sensación extraña, ardiente y feroz en su interior, que le exigía reclamarla para él, afirmar su posesión, marcarla como suya.
La deseaba desesperadamente, y no tenía la menor idea de cómo podría pasar todo ese mes que faltaba para la boda.
—¿Colin? —dijo ella, cuando él la iba bajando, bajando, hasta dejarla tendida de espaldas en el sofá.
Él le estaba besando la mandíbula, luego el cuello, y tenía los labios tan
ocupados que apenas logró musitar un—¿Mmm?
—Estamos… ¡Oh!
sinceramente creía que iba a estallar en llamas en ese mismo instante si no lo hacía—. Creo —susurró, deslizando la mano por la suave piel de su muslo—que ibas a decir que deseabas que te acariciara aquí.
Ella ahogó una exclamación, luego gimió y al fin logró decir:
—Nocreo que fuera eso lo que iba a decir.Él sonrió, con la boca sobre su cuello.
—¿Estássegura? Ella asintió.
—¿Entonces quieres que pare?
Ella negó con la cabeza. Enérgicamente.
Podría poseerla en ese momento, comprendió él. Podría hacerle el amor ahí mismo, en el sofá de su madre, y ella no solo se lo permitiría, sino que además disfrutaría de todos los modos que debe disfrutar una mujer.
No sería una conquista, ni siquiera sería seducción.
Sería mucho más que eso. Tal vez incluso…Amor.
Se quedó inmóvil.
—¿Colin? —susurró ella, abriendo los ojos.¿Amor?
No era posible.—¿Colin?
O tal vez sí.
—¿Pasa algo?
No era que le tuviera miedo al amor, ni que no creyera en él. Simplemente
no lo había… esperado.
—¿Colin? —repitió ella, en un tono que ya sonaba nervioso.
La volvió a besar, esta vez con fiera resolución. Si eso era amor, ¿no se haría evidente cuando se besaban?
Pero si su mente y su cuerpo estaban funcionando por separado, el beso estaba claramente confabulado con su cuerpo, porque mientras la confusión de su mente continuaba tan borrosa como siempre, la necesidad de su cuerpo era cada vez más definida.
¡Demonios!, si ya le dolía. Y no podía hacer nada de eso ahí en el salón de su madre, aun cuando Penelope fuera una participante bien dispuesta.
Se apartó y bajó la mano por su pierna en dirección a la orilla de la falda.—Nopodemos hacer esto aquí —dijo.
—Losé —dijo ella.
Lo dijo en un tono tan triste que él detuvo la mano en su rodilla, y casi perdió la resolución de hacer lo correcto y atenerse a los dictados del decoro.
Pensó rápido. Era posible que lograra hacerle el amor sin que entrara alguien y los sorprendiera. Dios sabía que en el estado en que se encontraba él sería un asunto vergonzosamente rápido.
—¿Cuándo es la boda?—gruñó.—Dentro de un mes.
—¿Quécostaría cambiarla para dentro de dos semanas? Ella lo pensó un momento.
—Soborno o chantaje. Tal vez las dos cosas. Nuestras madres no se doblegarán fácilmente.
Él gimió, apretó las caderas contra las de ella durante un delicioso momento y se retiró de encima. No podía poseerla en ese momento. Ella iba a
Él le cogió la mano y se la apretó.
—¿Estoy hecha un desastre? —preguntó ella.Él asintió.
—Pero eres «mi» desastre.
Y se sentía contentísimo por eso.
A Colin le encantaba caminar, y lo hacía con mucha frecuencia para despejarse la mente, de modo que no fue ninguna sorpresa que se pasara buena parte del día siguiente caminando por Bloomsbury, Fitzrovia, Marylebone y varios otros barrios de Londres, hasta que al levantar la vista comprobó que estaba en el centro de Mayfair, en Grosvenor Square, para ser exactos, delante de la casa Hastings, la casa de ciudad de los duques de Hastings, el último de los cuales daba la casualidad que estaba casado con su hermana Daphne.
Hacía tiempo que no tenía una conversación con ella aparte de la cháchara familiar habitual. De todos sus hermanos, Daphne era la que estaba más cerca de él en edad, y siempre había habido entre ellos un lazo especial, aun cuando ya no se veían tanto como antes, con los frecuentes viajes de él y la ocupada vida familiar de ella.
La casa Hastings era una de esas inmensas mansiones que se encuentran repartidas por los barrios Mayfair y St. James. Grande y cuadrada, construida con la elegante piedra gris de Portland, era absolutamente imponente en su esplendor ducal.
Lo cual hacía aún más divertido, pensó, sonriendo irónico, que su hermana fuera la actual duquesa. No podría imaginarse una mujer menos altiva o imponente. En realidad, a Daphne le costó encontrar marido cuando estaba en el mercado del matrimonio, justamente porque era tan amistosa y
no.
Pero, pensó sonriendo al pasar por su mente la cara de Penelope, todo eso iba a cambiar muy pronto.
Hijos. Encontraba muy agradable la idea, en realidad.
No había tenido ninguna intención de visitarla, pero estando ahí, pensó, bien podría pasar a verla y saludarla, así que subió la escalinata y golpeó con la enorme aldaba de bronce produciendo su robusto sonido. Jeffries, el mayordomo, abrió la puerta casi inmediatamente.
—Señor Bridgerton—dijo—,su hermana no le esperaba.—No, decidí darle una sorpresa. ¿Está en casa?
—Iréa ver —dijo el mayordomo asintiendo, aun cuando los dos sabían que Daphne jamás se negaría a recibir a un miembro de su familia.
Mientras Jeffries iba a informar a Daphne de su presencia, Colin esperó en el salón, vagando ociosamente de aquí para allá, tan desasosegado que no era capaz de sentarse ni de quedarse quieto en un lugar. Pasados unos minutos, apareció Daphne en la puerta, algo despeinada, pero con un aspecto tan feliz como siempre.
¿Y por qué no iba a estarlo?, pensó él. Todo lo que había deseado en su vida era ser esposa y madre, y por lo visto la realidad había más que sobrepasado sus sueños.
—Hola, hermana —saludó con su sonrisa sesgada, acercándosele a darle
un rápido abrazo—. Tienes…—leseñaló el hombro.
Ella se miró el hombro y sonrió azorada al ver la mancha gris oscura en la tela rosa claro de su vestido.
¿Bastarán unos bocadillos?
—¿Oístegruñir mi estómago desde el otro lado del salón?
—Desde el otro lado de la ciudad, me parece.—Serio—. ¿Sabías que siempre que truena David dice que es tu estómago?
—¡Ay,buen Dios! —masculló Colin, aunque riendo. Su sobrino era un crío bastante listo.
Daphne sonrió de oreja a oreja y se acomodó en los cojines del sofá, juntando elegantemente las manos en la falda.
—¿Quéte trae por aquí, Colin? No es que necesites ningún motivo, por supuesto. Siempre me encanta verte.
Él se encogió de hombros.
—Simplemente iba pasando.
—¿Fuiste a ver a Anthony y Kate? —preguntó ella. La casa Bridgerton, donde vivía su hermano mayor con su familia, estaba en esa misma plaza, justo al frente—. Benedict y Sophie ya están ahí con los niños, ayudando en los preparativos para el baile de tu compromiso de esta noche.
Él negó con la cabeza.
—No, tú eres mi víctima elegida, creo.
Ella volvió a sonreír, pero esta vez la expresión estaba modificada por una buena dosis de curiosidad.
—¿Tepasa algo?
—No, nada—seapresuró a contestarél—.¿Por qué me lo preguntas?—Nolo sé —dijo ella, ladeando la cabeza—. Te encuentro raro.
—Solo estoy cansado. Ella asintió comprensiva.
Penelope para el vestido de bodas, seguro que ya se siente como un acerico.
—Lesugerí que nos fugáramos—lecontó Colin—, y creo que de verdad deseó que lo dijera en serio.
Daphne se echó a reír.
—Mealegra tanto que te vayas a casar con ella, Colin.
Él asintió, con la intención de no decir nada, pero de pronto se oyó decir:
—Daph…—¿Sí?
Él abrió la boca, la cerró y luego dijo:
—No, no te preocupes.
—Ah, no, ahora no te vas a callar. Ya me has picado la curiosidad.Él tamborileó sobre el sofá.
—¿Crees que va a llegar pronto la comida?
—¿Tienes hambre o simplemente quieres cambiar el tema?—Siempre tengo hambre.
Ella estuvo callada varios segundos.
—Colin —dijo al fin, su voz dulce y suave—, ¿qué ibas a decir?
Él se levantó de un salto y empezó a pasearse; no podía tenerse quieto. Se detuvo, se giró a mirarla y vio su cara preocupada.
—Noes nada —dijo, aunque claro, no era nada,y…—.¿Cómo sabe uno?—preguntó, sin darse cuenta de que dejaba inconclusa la pregunta.
—¿Cómosabe uno qué? —preguntó ella.
Él se detuvo ante la ventana. Daba la impresión de que iba a llover. Tendría que pedirle prestado un coche a Daphne si no quería quedar
preguntado. Y no sé decirte lo halagada que me siento porque has acudido a
mí, cuando…
—Daphne… —dijo él, en tono de advertencia.
Ella tenía una manera de salirse del tema, y él no estaba de ánimo para seguir sus divagaciones.
Impulsivamente ella se le acercó y le dio un fuerte abrazo, y dejando las manos en sus hombros, dijo:
—Nolo sé.—¿Perdón?
Ella agitó levemente la cabeza.
—Nosé cómo se sabe si es amor. Creo que es diferente para cada uno.—¿Cómolo supiste tú?
Ella se masticó el labio inferior unos cuantos segundos y al final contestó:
—Nolo sé.—¿Qué?
Ella se encogió de hombros, impotente.
—Nolo recuerdo. Hace mucho tiempo. Solo… lo supe.Él se apoyó en la ventana y se cruzó de brazos.
—¿Quieres decir entonces que si uno no sabe si está enamorado, probablemente no lo está?
—Sí—dijo ella—. ¡No! No es eso lo que quiero decir.—¿Entonces qué quieres decir?
—Nolo sé —contestó ella con una vocecita débil.Él la miró fijamente.
—¿Ycuánto tiempo llevas casada? —masculló.
—Colin —dijo ella, llevándolo hasta el sofá y empujándolo hasta dejarlo sentado—, escúchame. El amor crece y cambia día a día. Y no es como un rayo caído del cielo que te transforma al instante en un hombre diferente. Séque Benedict dice que a él le ocurrió así, pero, ¿sabes?, Benedict no es normal.
Él deseó muchísimo tragarse ese anzuelo, pero sencillamente no logróreunir la energía.
—Amí no me ocurrió así —continuó ella—, y no creo que fuera así para Simon, aunque, sinceramente, creo que nunca se lo he preguntado.
—Pues deberías.
Ella detuvo el movimiento de la boca que estaba empezando a formar una palabra, y quedó con el aspecto de un pajarito sorprendido.
—¿Para qué?
Él se encogió de hombros.
—Para que puedas decírmelo.
—¿Qué?¿Es que crees que para los hombres es diferente?—Todo lo demás lo es.
Ella arrugó la nariz.
—Creo que estoy comenzando a sentir una buena dosis de compasión por Penelope.
—Ah, pues sí que debes —convino él—. Seré un marido horroroso, seguro.
—Nolo serás —dijo ella, golpeándole el brazo—. ¿Por qué demonios dices eso? Nunca le serías infiel.
—.Te vas a casar con la persona correcta. Deja de preocuparte tanto.—Noestoy preocupado —dijo él automáticamente.
Pero claro que estaba preocupado, así que ni siquiera se molestó en defenderse cuando ella lo miró con una expresión sobremanera sarcástica. Pero lo que lo preocupaba no era si Penelope era la mujer correcta. De eso estaba seguro.
Y tampoco lo preocupaba si su matrimonio iba a ser uno bueno. De eso también estaba seguro.
No, lo preocupaban cosas estúpidas. Si la amaba o no la amaba, no porque sería el fin del mundo si la amaba (o el fin del mundo si no la amaba), sino porque encontraba tremendamente inquietante no saber exactamente qué era lo que sentía.
—¿Colin?
Miró a su hermana, que lo estaba mirando con una expresión un tanto confundida. Se levantó, con la intención de marcharse antes de quedar en vergüenza sin remedio, y se inclinó a besarle la mejilla.
—Gracias —dijo.
Ella entrecerró los ojos.
—No sé si lo dices en serio o es una broma por haber sido tan absolutamente inútil.
—Has sido absolutamente inútil —dijoél—,pero el gracias es sincero de todos modos.
—¿Puntos por el esfuerzo?—Algo así.
—¿Ahora vas a ir a la casa Bridgerton?
gustado el salmón ahumado; de hecho se llevó un plato con él en el coche y durante todo el trayecto se fue mirando la lluvia torrencial por la ventanilla.
Cuando los Bridgerton daban una fiesta, la daban bien. Y cuando los Bridgerton daban un baile de compromiso, bueno, si lady Whistledown hubiera seguido escribiendo, habría necesitado por lo menos tres columnas para relatar el acontecimiento.
Incluso ese baile de compromiso, organizado en el último minuto (debido a que ni lady Bridgerton ni la señora Featherington estaban dispuestas a darles a sus hijos ni la más mínima posibilidad de cambiar de opinión durante un largo galanteo), fácilmente cualificaba como «la» fiesta de la temporada.
Aunque parte de eso, pensaba Penelope, irónica, tenía poco que ver con la fiesta en sí y todo que ver con las incesantes elucubraciones sobre por quédemonios Colin Bridgerton fue a elegir a una nadie como Penelope Featherington por esposa. No fue tan terrible cuando Anthony Bridgerton se casó con Kate Sheffield, la que, como ella, nunca había sido considerada un diamante de primerísima calidad. Pero por lo menos Kate no era «vieja». No podía ni empezar a contar las veces que había oído susurrar la palabra«solterona» a su espalda esos últimos días.
Pero si bien el cotilleo era un poco tedioso, no la molestaba, porque seguía flotando en la nube de su dicha. Una mujer no puede haberse pasado toda su vida adulta enamorada de un hombre y luego no estar atontada de felicidad cuando él le pide que se case con él.
Aun cuando todavía no lograra comprender cómo había ocurrido todo.
—Me parece que se supone que lady Whistledown es ella —dijo Penelope, cautelosa.
—¡Vamos, qué tontería! No creo ni por un instante que Cressida sea lady Whistledown, y no creo que tú lo creas tampoco.
—Probablemente, no —concedió Penelope.
Si bien pensaba que su secreto estaría mejor protegido si aseguraba creer el cuento de Cressida, todos los que la conocían lo encontrarían tan poco característico de ella que sería muy sospechoso.
—Cressida solo quería el dinero —continuó Eloise, desdeñosa—, o tal vez la notoriedad. Probablemente las dos cosas.
Penelope observó a su contrincante, que estaba en el otro lado del salón, rodeada por sus amigos de siempre, aunque se habían congregado ahí otras personas también, muy probablemente por curiosidad acerca de los cotilleos acerca de lady Whistledown.
—Bueno—dijo—,por lo menos ha logrado notoriedad. Eloise asintió.
—Nologro imaginarme por qué la invitaron. Está claro que no hay ningún cariño entre tú y ella, y a ninguno de nosotros nos cae bien.
—Colin insistió en que la invitaran. Eloise la miró boquiabierta.
—¿Porqué?
Penelope sospechaba que el principal motivo era la reciente afirmación de Cressida de que era lady Whistledown; la mayoría de los aristócratas no sabían si mentía o no, pero ninguno estaba dispuesto a no invitarla a una fiesta, por si realmente decía la verdad.
tienes que decírmelo. ¿Te lo ha dicho?
Escuchar ese efusivo comentario de Eloise produjo a Penelope algo maravilloso y horrible al mismo tiempo. Por una parte, siempre es agradable compartir los momentos más perfectos de la vida con la mejor amiga, y la alegría y entusiasmo de Eloise eran contagiosos.
Pero, por otra parte, esos sentimientos no estaban del todo justificados, porque Colin no la amaba; o al menos no se lo había dicho.
Pero actuaba como si la amara, y ella se aferraba a esa idea, tratando de enfocar la atención en eso, y no en la realidad de que nunca había dicho las palabras.
Los actos hablan más fuerte que las palabras, ¿no?
Y los actos de él la hacían sentirse como una princesa.—¡Señorita Featherington! ¡Señorita Featherington!
Penelope miró a la izquierda y sonrió. Esa voz solo podía pertenecer a lady Danbury.
—Señorita Featherington —dijo lady Danbury, abriéndose paso con su bastón por entre el gentío hasta quedar delante de Penelope y Eloise.
—Lady Danbury, ¡qué agradable verla!
—Je, je, je —rio lady Danbury, su cara arrugada casi joven por la fuerza de su sonrisa—. Siempre es agradable verme, digan lo que digan. Y tú, demonio de niña, mira lo que has hecho.
—¿Noes lo mejor? —preguntó Eloise.
Penelope miró a su mejor amiga. Con sus sentimientos encontrados y todo, Eloise siempre se sentiría verdadera y sinceramente emocionada por ella. De pronto no le importó nada que estuvieran en medio de un atiborrado
tontos, tratando de entender qué hiciste para lograr que se casara contigo cuando lo único que hiciste fue ser tú misma.
Penelope entreabrió los labios, sintiendo escocer los ojos por las lágrimas.
—Vamos, lady Danbury, eso es lo más hermoso…
—No, no —interrumpió lady Danbury—, nada de eso. No tengo el tiempo ni la inclinación para sentimentalismos.
Pero Penelope observó que sacaba su pañuelo y se lo pasaba discretamente por los ojos.
—Ah, lady Danbury —dijo Colin, llegando hasta el grupo y pasando posesivamente el brazo por el de Penelope—, me alegro de verla.
—Señor Bridgerton —saludó la anciana secamente—, solo vine a felicitar a su novia.
—Ah, pero es que soy yo el que se merece la felicitación.
—¡Vaya! Palabras más ciertas y todo eso —dijo lady Danbury—. Creo que podría tener razón. Es más premio de lo que nadie sabe.
—Yolo sé —dijo él, con la voz tan ronca y tan mortalmente serio que Penelope pensó que se iba a desmayar por la emoción.
—Ysi nos disculpa —continuó Colin tranquilamente—, debo llevarme a
mi novia para presentarla a mi hermano…
—Yaconozco a tu hermano —interrumpió Penelope.
—Considéralo tradición. Es necesario que te dé la bienvenida oficial a la familia.
—¡Ah!—dijo ella, sintiendo discurrir un agradable calorcillo por dentro ante la idea de convertirse en una Bridgerton—. ¡Qué hermoso!
voluntad, por supuesto. Simplemente no tienen nada en común. Es triste, en realidad.
Colin apretó la mano en el brazo de Penelope.—Tenemos que ir.
—Sí,claro —musitó ella.
En el instante en que se giraba para echar a caminar hacia Anthony, al que veía al otro lado del salón, cerca de la pequeña orquesta, oyó una repentina conmoción en la puerta.
—¡Atención! ¡Atención!
En una fracción de segundo sintió que la sangre le abandonaba la cara.«¡Oh, no!», se oyó susurrar. Eso no tenía que ocurrir, no esa noche en todo caso.
—¡Atención!
«El lunes», gritó su mente. Le había dicho a su impresor que el lunes, en el baile de los Mottram.
—¿Quépasa? —preguntó lady Danbury.
Diez niños, pequeños pilluelos, en realidad, iban entrando en el salón, corriendo, llevando fajos de papeles, arrojándolos como grandes rectángulos de confeti.
—¡Laúltima hoja de lady Whistledown! —gritaban todos—. ¡Leedla!¡Leed la verdad!
Colin Bridgerton era famoso por muchas cosas.
Era famoso por su buena apariencia, lo que no era ninguna sorpresa, pues todos los hombres Bridgerton eran famosos por su buena apariencia.
Era famoso por su sonrisa ligeramente sesgada, la que era capaz de derretir el corazón de una mujer desde el otro extremo de un salón lleno de gente e incluso una vez fue causa de que una jovencita perdiera del todo el conocimiento, o por lo menos se desmayó delicadamente y al golpearse la cabeza en una mesa perdió del todo el conocimiento.
Era famoso por su dulce encanto, su capacidad para hacer sentirse cómoda a cualquier persona con una sonrisa llana y un comentario divertido.
Por lo que no era famoso, y de hecho muchas personas jurarían que ni siquiera lo poseía, era por su mal genio.
Y en realidad, debido a su extraordinario (y por lo tanto, desconocido) autodominio, nadie iba a ver ni un atisbo de su mal genio esa noche tampoco, aun cuando la que pronto sería su esposa podría despertar al día siguiente con un buen moretón en el brazo.
—Colin —exclamó suavemente ella, mirándose el lugar donde le tenía cogido el brazo.
Pero él no la soltó. Sabía que le estaba causando dolor, sabía que no era tremendamente agradable estarle causando dolor, pero se sentía tan condenadamente furioso en ese momento que, o bien le apretaba el brazo con
Colin miró a su hermana, que estaba leyendo con la boca abierta.
—¡Cójame una, Bridgerton! —ordenó lady Danbury, golpeándole la pierna con el bastón—. No puedo creer que publique una un sábado. Tiene que ser buena.
Colin se agachó y recogió dos hojas del suelo, le pasó una a lady Danbury y miró la otra, aunque estaba bastante seguro de saber exactamente qué decía.
Tenía razón.
Nada detesto más que a un caballero que encuentre divertido darle a una dama una desdeñosa palmadita en la mano diciendo: «Es la prerrogativa de una mujer cambiar de decisión». Y, efectivamente, dado que pienso que uno siempre ha de apoyar sus palabras con sus actos, procuro que mis
opiniones y decisiones sean firmes y verídicas.
Por eso, amables lectores, cuando escribí mi hoja del 19 de abril, mi verdadera intención era que fuera la última. Sin embargo, acontecimientos que escapan a mi control (o escapan a mi aprobación, en realidad) me obligan a poner mi pluma sobre el papel una última vez.
Señoras y señores, esta autora NO ES lady Cressida Twombley. Esa dama no es otra cosa que una impostora intrigante, y me rompería el corazón ver mis años de arduo trabajo atribuidos a una persona como ella.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
24 de abril de 1824
jovialmente.
—Pero solo casi —acotó lady Danbury.
—Ah, eso seguro. Un apenas «casi», la verdad sea dicha. Colin continuaba ahí de pie, moliéndose los dientes.
—¡Yyo logré ahorrarme mis mil libras! —cacareó lady Danbury.
—¡Penelope! —exclamó Eloise, dándole un codazo—. No has dicho una palabra. ¿No es maravilloso esto?
—Nolo puedo creer —dijo Penelope, asintiendo. Colin le apretó más fuerte el brazo.
—Ahíviene tu hermano —susurró ella.
Él miró a la derecha. Anthony venía caminando hacia ellos, con Violet y Kate pegadas a sus talones.
—Bueno, esto nos eclipsa —dijo Anthony, poniéndose al lado de Colin. Saludó a las damas con una inclinación de la cabeza—. Eloise, Penelope, lady Danbury.
—Meparece que ahora nadie va a escuchar el brindis de Anthony —dijo Violet paseando la vista por el salón.
La actividad era frenética en el salón; en el aire seguían flotando hojas y la gente se resbalaba sobre las que ya habían caído al suelo. El murmullo de susurros era constante y casi irritante, y Colin tenía la sensación de que le iba a salir volando la tapa de los sesos.
Tenía que marcharse. Ya. O por lo menos lo antes posible.
La cabeza le chillaba, se sentía acalorado, la piel ardiente. Era casi como pasión, solo que no era pasión; era furia, era indignación, la horrible y negra
—¿Note sientes bien? —preguntó Eloise a Penelope—. ¿Qué te pasa? No habías dicho nada.
En honor de Penelope hay que decir que se las arregló para decir de modo creíble:
—Solo me duele un poco la cabeza.
—Sí,sí, Anthony —dijo Violet—, venga, haz el brindis ya para que Colin y Penelope puedan bailar su vals. Ella no se puede marchar mientras no lo bailen.
Anthony se limitó a asentir e hizo un gesto a Colin y a Penelope para que lo siguieran hasta el otro extremo del salón. Un trompetista sopló fuerte su instrumento para pedir silencio a los fiesteros. Todos obedecieron, tal vez porque supusieron que el anuncio que se iba a hacer se referiría a lady Whistledown.
—Señoras y señores —dijo Anthony en voz alta, cogiendo una copa de champán que le ofreció un lacayo—. Sé que todos estáis curiosos por la reciente intrusión de lady Whistledown en nuestra fiesta, pero debo invitaros a recordar para qué nos hemos reunido aquí esta noche.
Ese debería haber sido un momento perfecto, pensó Colin, objetivamente. Iba a ser la noche del triunfo de Penelope, su noche para brillar, para mostrar al mundo lo hermosa, encantadora e inteligente que era.
Era la noche para que él hiciera muy públicas sus intenciones, para asegurarse de que todos supieran que él la había elegido y ella lo había elegido a él.
Y lo único que deseaba era cogerla por los hombros y sacudirla hasta quedarse sin fuerzas. Ella lo ponía en peligro todo; ponía en peligro su propio
Estupendo. Debía estar asustada. Asustada de lo que podría ocurrirle si se descubría su secreto. Asustada de lo que ciertamente le ocurriría cuando tuvieran la oportunidad de hablar.
—Por lo tanto —concluyó Anthony—, es un inmenso placer para mí alzar mi copa para brindar por mi hermano Colin y por su futura esposa Penelope Featherington. ¡Por Colin y Penelope!
Colin se miró la mano y vio que alguien le había puesto en ella una copa de champán. La levantó, empezó a llevársela a los labios y entonces lo pensómejor y la acercó a la boca de Penelope. Mientras la multitud aclamaba enloquecida, él la observó beber un sorbo y luego otro y otro, obligada a beber hasta que él le apartó la copa, cosa que no hizo hasta que ella la había terminado.
Entonces cayó en la cuenta de que su infantil exhibición de poder lo había dejado sin beber, lo que necesitaba tremendamente, así que cogió la copa que tenía Penelope en la mano y se la bebió al seco.
La multitud gritó sus vivas más fuerte aún. Entonces él se le acercó a susurrarle al oído:
—Ahora vamos a bailar. Vamos a bailar hasta que los demás se hayan unido a nosotros en la pista y ya no seamos el centro de atención. Entonces túy yo saldremos de aquí. Y hablaremos.
Ella movió el mentón en un imperceptible gesto de asentimiento.
Él le cogió la mano y la llevó a la pista de baile. Entonces le colocó la otra mano en la cintura al tiempo que la orquesta tocaba las primeras notas de un vals.
—Colin —susurró ella—, no era mi intención que ocurriera esto.
Pero no sonrió.
Penelope sintió deseos de fruncir el ceño. Con toda sinceridad, sentía deseos de llorar, pero consiguió curvar las comisuras de los labios, en una sonrisa. Todo el mundo la estaba mirando, todo su mundo, al menos, y sabía que estaban examinando hasta sus más mínimos movimientos y gestos, analizando y calificando cada expresión que pasaba por su cara.
Había pasado años sintiéndose invisible y detestando eso. Y en ese momento daría cualquier cosa por unos breves momentos de anonimato.
No, no cualquier cosa. No daría a Colin. Si tenerlo significaba que se pasaría el resto de la vida sometida a detenido escrutinio por parte de la alta sociedad, valdría la pena. Y si tener que soportar su rabia y desdén en un momento como ese formaba parte del matrimonio también, también lo valdría.
Cuando lo hizo ya sabía que él se enfurecería con ella por publicar unaúltima hoja. Le temblaban las manos cuando volvió a escribirla, y estuvo aterrada todo el tiempo que permaneció en la iglesia Saint. Bride (y durante todo el trayecto de ida y vuelta), segura de que en el momento más inesperado aparecería él y cancelaría la boda porque no soportaba casarse con lady Whistledown.
Pero lo hizo de todos modos.
Sabía que él pensaría que cometía un error, pero sencillamente no podía permitir que Cressida Twombley se llevara el mérito del trabajo de su vida.¿Pero sería demasiado pedir que Colin por lo menos hiciera el intento de considerarlo desde su punto de vista? Ya le habría resultado difícil permitir que cualquier persona declarara ser lady Whistledown, pero que fuera
atraería más dinero a su bolsillo; la hoja Whistledown ya había llegado a su fin y ni ella ni el señor Lacey recibirían ni una libra más por su publicación.
A no ser que…
Frunciendo el ceño, suspiró. Probablemente el señor Lacey esperaba que ella cambiara de opinión.
Sintió más fuerte la presión de la mano de Colin en la cintura y lo miró. Sus ojos estaban clavados en los de ella, sorprendentemente verdes a la luz de las velas. O tal vez simplemente se debía a que ella sabía que eran tan verdes; seguro que se los vería color esmeralda en la oscuridad.
Él hizo un gesto hacia los demás bailarines, que ya llenaban la pista de baile.
—Esel momento para escapar —dijo.
Ella le contestó con un gesto de asentimiento. Ya le habían dicho a la familia de él que ella no se sentía bien y deseaba irse a casa, por lo tanto, nadie le daría mucha importancia a su partida. Y si bien no era «de rigor» que viajaran solos en el coche de él, bueno, a veces se estiraban las normas para las parejas ya comprometidas, sobre todo en esas noches tan románticas.
Se le escapó una ridícula risita de pánico. Esa noche tenía todas las trazas de convertirse en la menos romántica de su vida.
Colin la miró fijamente, con una arrogante ceja arqueada, interrogante.—Noes nada —dijo ella.
Él le apretó la mano, aunque no con un afecto terrible.—Quiero saberlo.
Ella se encogió de hombros, derrotada por el fatalismo. No lograba imaginarse diciendo nada que pudiera estropear esa noche más de lo que ya
—¿Quées esto? —preguntó ella.
La respuesta de él fue empujarla por la espalda a la altura de la cintura, haciéndola entrar en un oscuro vestíbulo.
—¡Sube! —ordenó, indicándole la escalera.
Penelope no sabía si debía sentir miedo o entusiasmo, pero empezó a subir la escalera, muy consciente de la ardiente presencia de él a su espalda.
Cuando ya habían subido varios tramos, Colin la adelantó, abrió una puerta y asomó la cabeza al corredor. No había nadie, por lo tanto, entróllevándola con él cogida de la mano; caminaron silenciosamente por el corredor (el que Penelope ya había reconocido: ahí estaban los aposentos de la familia) hasta llegar a la puerta de una habitación en cuyo interior ella no había estado nunca.
Era la habitación de Colin. Ella lo sabía, desde siempre, aun cuando en todos los años que iba allí a ver a Eloise jamás había hecho algo más que pasar la mano por la madera de la maciza puerta. Hacía años que Colin no vivía allí, pero su madre había insistido en mantenerle su habitación; nunca se sabe cuándo él podría necesitarla, decía, y tenía razón, como se demostró al comienzo de esa temporada cuando Colin volvió de Chipre y no tenía casa alquilada.
Él abrió la puerta y la hizo entrar detrás de él. Pero la habitación estaba tan oscura que ella avanzó a tropezones y cuando se detuvo fue porque chocócon el cuerpo de él, que se había detenido.
Él le cogió los brazos para afirmarla y estabilizarla, pero luego no se los soltó, simplemente la sostuvo ahí en la oscuridad. No era un abrazo, pero su cuerpo tocaba el de ella a todo lo largo. Ella no veía nada, pero lo sentía, lo
—Noahora. No así.
—Comprendo —musitóél—.¿Quieres decir entonces que podría gustarte así?
De pronto ella sintió sus dedos en la piel, deslizándolos por el borde del corpiño.
Y de pronto los quitó.
—No—dijo, con la voz trémula.
—¿Queno te acaricie? —preguntó él en tono burlón, y a ella la alegró no poder verle la cara—. Pero eres mía, ¿no?
—Todavía no.
—Ah, pues sí que lo eres. Tú te encargaste de eso. Fuiste bastante lista en realidad al programar las cosas, esperar hasta nuestro baile de compromiso para hacer tu último anuncio. Sabías que yo no quería que publicaras esa
última hoja. ¡Te lo prohibí! Acordamos…—¡Noacordamos nada!
Él pasó por alto la exclamación.
—Esperaste hasta…
—Noacordamos nada —repitió ella, decidida a dejarle claro que no había incumplido su palabra. Lo que fuera que hubiera hecho, no le había mentido. Bueno, aparte de mantener en secreto la hoja Whistledown casi doce años, pero él no había sido el único engañado en eso—. Y sí —reconoció, porque no encontraba correcto empezar a mentir—, sabía que no me plantarías. Pero
esperaba…
No pudo terminar, se le cortó la voz.
—¿Esperabas qué? —preguntó él después de un silencio interminable.
—Nologro imaginarme qué más hay que decir —dijo Penelope al fin. Colin desvió la cara; no sabía por qué lo hacía, si en realidad no la veía en
la oscuridad. Pero algo que detectó en su voz lo inquietó. Le parecióvulnerable, cansada, triste, apenada. Eso lo hacía desear comprenderla, o por lo menos intentarlo, aun cuando estaba seguro de que ella había cometido un terrible error. Cada vez que notaba que se le entrecortaba un pelín la voz se le enfriaba la furia. Seguía enfadado, pero había perdido la voluntad de exhibir el enfado.
—Tevan a descubrir, ¿sabes? —dijo, en voz baja y controlada—. Has humillado a Cressida; tiene que estar más que furiosa y no va a descansar hasta descubrir a la verdadera lady Whistledown.
Penelope se alejó unos pasos; él oyó el frufrú de sus faldas.
—Cressida no es lo bastante inteligente para descubrirme. Además, no voy a escribir más hojas, así que no habrá ninguna oportunidad de que cometa un desliz y revele algo. —Pasado un momento añadió—: Tienes mi promesa.
—Esdemasiado tarde.
—Noes demasiado tarde —protestó ella—. ¡Nadie lo sabe! Nadie lo sabe fuera de ti, y te avergüenzas tanto de mí que no puedo soportarlo.
—¡Vamos, Penelope, por el amor de Dios! —ladró él—. No me avergüenzo de ti.
—¿Podrías encender una vela, por favor? —suplicó ella.
Colin fue hasta la cómoda y hurgó en un cajón en busca de una vela y los medios para encenderla.
—Nome avergüenzo de ti —repitió—, pero sí creo que has actuado tontamente.
insultando a personas, ofendiéndolas.
—Hedicho muchas cosas simpáticas también —rebatió ella, sus oscuros
ojos brillantes de lágrimas sin derramar.
—Sí,claro que sí, pero esas no son las personas de las que vas a tener que preocuparte. Me refiero a las furiosas, a las insultadas.—Sele acercó y le cogió los brazos—. Penelope, habrá personas que desearán herirte —dijo, apremiante.
Dijo esas palabras para ella, pero estas se volvieron y le perforaron el corazón a él.
Trató de imaginarse la vida sin Penelope; le resultó imposible.
Solo unas semanas atrás ella era… Se detuvo a pensar. ¿Qué era? ¿Una amiga? ¿Una conocida? ¿Una persona a la que veía pero en la que nunca se fijaba?
Y ahora era su novia, pronto sería su esposa. Y tal vez… tal vez era algo más que eso. Algo más profundo, algo más precioso.
—Loque quiero saber —dijo, obligándose a volver la conversación al tema para impedir que su mente vagara por esos caminos tan peligrosos— es por qué no aprovechaste la coartada perfecta si de lo que se trata es de continuar anónima.
—¡Porque de lo que se trata no es de continuar o no anónima! —exclamóella, casi gritando.
—¿Quieres que te descubran? —preguntó él, mirándola boquiabierto.
—No, claro que no. Pero este es mi trabajo. Es el trabajo de mi vida. Es loúnico que tengo para mostrar que he vivido, y si no puedo llevarme el mérito de haberlo hecho, que me cuelguen si se lo lleva otra persona.
Yél…¡Dios de los cielos!, le tenía envidia.
—Mevoy —dijo ella en voz baja, girándose y echando a caminar hacia la puerta.
Por un instante él no reaccionó. Su mente seguía paralizada, deslumbrada por esas revelaciones. Pero cuando vio su mano en el pomo, comprendió que no podía dejar que se marchara. No esa noche, ni nunca.
—No—dijo con la voz ronca, cruzando la distancia en tres pasos—. No—repitió—. Quiero que te quedes.
Ella lo miró, sus ojos dos pozos de confusión.
—Pero si dijiste…
Él ahuecó tiernamente las manos en su cara.—Olvida lo que dije.
Y entonces fue cuando comprendió que Daphne tenía razón. Su amor no fue como un rayo caído del cielo. Comenzó con una sonrisa, una palabra, una mirada guasona. Con cada segundo pasado en presencia de ella fue aumentando hasta llegar a ese momento, en que de repente lo supo.
La amaba.
Seguía furioso con ella por haber publicado esa última hoja, y se sentía terriblemente avergonzado por envidiarle que hubiera encontrado un trabajo y finalidad en su vida, pero aun con todo eso, la amaba.
Y si la dejaba salir por esa puerta en ese momento, no se lo perdonaría jamás.
Tal vez eso era la definición del amor entonces. Cuando uno la desea, la necesita, la adora de todos modos, aun cuando esté absolutamente furioso con
En el instante en que asintió, en realidad en el instante anterior a asentir, Penelope comprendió que accedía a algo más que a un beso. No sabía quéhabía hecho cambiar a Colin, por qué estaba tan furioso un momento y luego tan amoroso y tierno al siguiente.
No lo sabía, pero la verdad era que no le importaba.
Una cosa sí sabía: él no hacía eso, besarla con tanta dulzura, para castigarla. Algunos hombres podrían usar el deseo como arma, la tentación como venganza, pero Colin no era uno de ellos.
Simplemente eso no estaba en él.
Con todas sus calaveradas y diabluras, con todas sus bromas y humorácido, era un hombre bueno y noble. Y sería un marido bueno y noble.
Eso lo sabía tan bien como se conocía a sí misma.
Y si él la estaba besando apasionadamente, bajándola hasta su cama y cubriéndole el cuerpo con el de él, lo hacía porque la deseaba, su afecto había superado a su rabia.
Afecto por ella.
Le correspondió el beso poniendo en él toda su pasión, toda su alma, hasta el último recoveco. Tenía años y años de amor por ese hombre, y lo que le faltaba en técnica, lo compensaba con ardor. Se cogió de su pelo, se moviódebajo de él, sin preocuparse de su apariencia.
Entonces ella pudo verle los ojos, casi negros a la tenue luz de la vela, pero muy verdes en su mente, fijos en los de ella. Su aliento era cálido, su mirada ardiente, y la hacía sentir calor en partes del cuerpo en las que nunca se permitía pensar siquiera.
Él bajó la mano por su espalda, deslizándola expertamente por los botones hasta que ella sintió suelto el corpiño, primero alrededor de los pechos, luego alrededor de las costillas y luego alrededor de la cintura.
Y luego ni siquiera ahí.
—¡Dios mío, qué hermosa eres! —dijo él, su voz apenas más alta que un murmullo.
Y por primera vez en su vida, Penelope creyó de verdad que eso podría ser cierto.
Encontraba un algo muy escandaloso y seductor en tener desnudas esas partes tan íntimas delante de otro ser humano, pero no sintió vergüenza. Colin la estaba mirando con tanto calor, acariciándola con tanta reverencia, que loúnico que pudo sentir fue una avasalladora sensación de destino.
Él le deslizó la mano por la sensible piel de un pecho, primero atormentándolo con las yemas de los dedos y luego la subió acariciando suavemente hasta dejarla nuevamente cerca de la clavícula.
Ella sintió apretarse algo dentro. No sabía si era su caricia o la forma como la miraba, pero algo la estaba cambiando.
Se sentía rara. Maravillosa.
Él estaba arrodillado en la cama junto a ella, todavía totalmente vestido, mirándola con una expresión de orgullo, de deseo, de posesión.
—Nolo sé. Hasta hace unas semanas, sinceramente no creo que lo haya pensado.
—¿Ydesde entonces? —insistió ella, sin saber por qué necesitaba su respuesta; solo sabía que la necesitaba.
Con un rápido movimiento él se colocó a horcajadas sobre ella y se inclinó hasta que la tela de su chaleco le rascó el vientre y los pechos, hasta que su nariz tocó la de ella y su aliento caliente le bañó la piel.
—Desde entonces—gruñó—he pensado mil veces en este momento, me he imaginado cien pares de pechos diferentes, todos hermosos, deseables y llenos, suplicándome mi atención, pero nada, y permíteme que lo repita por si no me oíste la primera vez: nada se acercaba a la realidad.
—¡Ah!—dijo ella.
Y eso fue lo único que se le ocurrió decir.
Él se quitó la chaqueta y el chaleco, quedando con solo su fina camisa de lino y las calzas, y después no hizo otra cosa que mirarla, con una sonrisa pícara, pícara, curvándole una comisura de los labios, mientras ella se movía debajo de él, cada vez más excitada y ávida bajo su implacable mirada.
Y entonces, cuando ella estaba segura de que no podría soportarlo un segundo más, él se inclinó y le cubrió los pechos con las manos, apretándolos ligeramente, como si quisiera comprobar su peso y forma. Gimiendo roncamente, retuvo el aliento y colocó los dedos de forma que los pezones sobresalieran entre ellos.
—Deseo verte sentada, para verlos llenos, hermosos y grandes, y luego ponerme detrás de ti para ahuecar las manos en ellos. —Acercó los labios a su
oído y bajó la voz a un susurro—. Y deseo hacerlo delante de un espejo.
luego subiendo por debajo de la falda.
—Colin —resolló, moviéndose debajo de él cuando él le deslizósuavemente los dedos por la delicada piel de la corva de la rodilla.
—¿Quieres apartarte o acercarte más?—lepreguntó él en un susurro, sin apartar los labios de su pecho.
—Nolo sé.
Él levantó la cabeza y le sonrió con su sonrisa lobuna.—Estupendo.
Se bajó de la cama y lentamente se quitó el resto de la ropa, primero la camisa de lino y luego las botas y las calzas. Y mientras lo hacía, en ningún momento desvió los ojos de los de ella. Cuando terminó, fue a tironearle el vestido, que ya estaba todo arrollado alrededor de la cintura y las caderas, presionándole ligeramente el trasero al levantarla para pasar la tela por debajo.
Y así quedó ella ante él sin otra cosa que sus transparentes susurros de medias. Él se detuvo entonces, demasiado hombre para no pararse a disfrutar de la vista, y luego se las bajó por las piernas y las sacó por los pies hasta dejarlas caer flotando al suelo.
Ella se estremeció al sentir el aire nocturno, así que él se acostó a su lado, apretando el cuerpo contra el de ella, infundiéndole su calor mientras saboreaba la sedosa suavidad de su piel.
La necesitaba. Era humillante cuánto la necesitaba.
Estaba duro, excitado y tan atormentado por el deseo que era una maravilla que todavía pudiera ver derecho. Y sin embargo, mientras su cuerpo clamaba por desahogarse, él estaba poseído por una extraña calma, una
Ella no entendía. Eso casi lo hizo sonreír, y probablemente habría sonreído si no hubiera estado tan preocupado por hacerle placentera esa primera experiencia. Pero sus palabras susurradas, «no podrías», solo podían querer decir una cosa: que ella no tenía idea de lo que significaba hacer el amor con un hombre.
—Penelope —dijo, cubriéndole la mano con la suya—. Tengo que explicarte una cosa. Podría hacerte daño. No sería mi intención, pero podría y…
—Nopodrías —repitió ella—. Te conozco. A veces creo que te conozco mejor de lo que me conozco a mí misma. Y nunca harías nada que me doliera.
Él apretó los dientes para no gruñir.
—Noadrede —explicó, sin poder evitar un leve matiz de exasperación en
la voz—, pero podríay…
—Deja que eso lo juzgue yo —dijo ella, cogiéndole la mano y llevándosela a la boca para besársela de todo corazón—. Y en cuanto a lo
otro…
—¿Quéotro?
Ella sonrió y él tuvo que pestañear, porque habría jurado que ella parecía como si él la divirtiera.
—Medijiste que te lo dijera si hacías algo que no me gustaba.
Él le miró atentamente la cara, repentinamente hipnotizado por sus labios al formar las palabras.
—Teprometo que me gustará todo —dijo ella.
Una extraña burbuja de alegría comenzó a hincharse dentro de él. No sabía qué dios benévolo se la había otorgado, pero se le ocurrió que
con él, que no entendía lo que era el verdadero amor (¡como si él lo hubiera sabido!), y que finalmente encontraría a otro y se establecería en una vida feliz y satisfecha.
Al llegar a ese pensamiento, que ella podría haberse casado con otro, quedó casi paralizado por el miedo.
Estaban acostados lado a lado y ella lo estaba mirando con el corazón en los ojos, toda su cara vibrante de felicidad y satisfacción, como si por fin se sintiera libre, por haber dicho las palabras. Y notó que en su expresión no había ni una sola traza de expectación. No le había dicho que lo amaba con el fin de oír su respuesta. Ni siquiera esperaba su respuesta.
Le había dicho que lo amaba simplemente porque quiso. Porque eso era lo que sentía.
—Yotambién te amo —susurró, y apretó los labios sobre los de ella en un intenso beso.
Después se apartó un poco para verle la reacción.
Penelope lo miró un largo rato en silencio. Finalmente tragó saliva, de modo extraño, convulsivo, y dijo:
—Notienes por qué decir eso solo porque yo lo dije.—Losé —contestó él sonriendo.
Ella se limitó a mirarlo, el agrandar los ojos el único movimiento de su cara.
—Ytú también sabes eso —dijo él dulcemente—. Acabas de decir que me conoces mejor de lo que te conoces tú. Y sabes que yo nunca habría dicho esas palabras si no las dijera en serio.
Pero él debió de entender que no sabía cómo formular la pregunta, porque contestó:
—Nolo sé. No sé cuándo, no sé cómo y, para ser sincero, no me importa. Pero sé que esto es cierto: te amo, y me detesto por no haber visto tu verdadero ser en todos estos años.
—Colin, no —suplicó ella—. Nada de recriminaciones. Nada de pesares. No esta noche.
Pero él sonrió, colocándole un dedo sobre los labios para silenciar su súplica.
—No creo que hayas cambiado —dijo—, al menos no mucho. Pero entonces un día caí en la cuenta de que veía algo diferente cuando te miraba.—Seencogió de hombros—. Tal vez cambié yo. Tal vez crecí.
Ella le colocó un dedo en los labios, silenciándolo tal como hiciera él con ella.
—Tal vez yo crecí también.
—Teamo —dijo él, inclinándose a besarla.
Y esta vez ella no pudo contestar porque la boca de él continuó sobre la de ella, ávida, exigente y muy, muy seductora.
Él sabía exactamente qué hacer; cada movimiento y roce de su lengua, cada mordisqueo de sus dientes le hacían discurrir estremecedoras sensaciones hasta el fondo mismo de su ser. Se entregó, pues, a la dicha pura del momento, a la llama blanca del deseo. Sentía sus manos en todas partes, lo sentía a él en todas partes, sus dedos sobre su piel, su pierna metiéndose entre las de ella.
quedarse quieta debajo de su marido para dejar que él obtuviera su placer.
Pero de ninguna manera habría podido quedarse inmóvil, de ninguna manera podría impedir que sus caderas se apretaran contra las de él, ni que sus piernas rodearan las de él. Además, no quería «dejar» que él obtuviera su placer, deseaba dárselo, participar.
Y deseaba sentir el placer ella también. Fuera lo que fuera aquello que sentía acumularse por dentro, esa tensión, ese deseo, necesitaba liberarse, y no lograba imaginarse que ese momento, esas sensaciones, no fueran los más exquisitos de su vida.
—Dime qué debo hacer —dijo, con la voz ronca por el deseo.
Colin le abrió las piernas y le deslizó las manos por los costados hasta llegar a los muslos y se los apretó.
—Déjame hacerlo todo yo —dijo, jadeante.
Ella le cogió las nalgas, presionándolas para apretarlo más contra ella.—No. Dímelo —insistió.
Él dejó de moverse un instante, mirándola sorprendido.—Acaríciame.
Ella relajó ligeramente las manos sobre sus nalgas y sonrió.—Teestoy acariciando.
—Muévelas —gimió él.
Ella deslizó las manos hasta sus muslos, haciendo suaves círculos, sintiendo el suave vello.
—¿Así?
Él asintió enérgicamente.
a él también y luego volvió a hundirse en el colchón, estremecida de deseo.Él le deslizó los labios hasta la oreja.
—Hay mucho más—lesusurró.
Penelope no se atrevió a preguntar qué. Ya había muchísimo más de lo que le había explicado su madre.
Entonces él le introdujo un dedo, lo que la hizo ahogar otra exclamación (la que lo hizo reír encantado) y empezó a acariciarla lentamente ahí.
—¡Ay,Dios! —gimió ella.
—Estás casi lista para mí —dijo él, más jadeante—. Muy mojada, pero muy estrecha.
—Colin,¿qué…?
Él introdujo otro dedo, poniendo fin a toda su capacidad de hablar con inteligencia.
Tuvo la sensación de que se estiraba por dentro, pero le encantó. Debía ser muy mala, una lasciva de corazón, porque lo único que deseaba era abrir más y más las piernas hasta quedar totalmente abierta para él. Por lo que a ella se refería, él podía hacerle cualquier cosa, tocarla y acariciarla como se le antojara.
Mientras no parara.
—Nopuedo esperar mucho más —resolló él.—Noesperes.
—Tenecesito.
Ella le cogió la cara entre las dos manos, obligándolo a mirarla.—Yotambién te necesito.
Otra pulgada, otro paso más cerca del cielo.
—Penelope —gimió, afirmándose en los brazos para no aplastarla con su peso—. Dime que te gusta, por favor, que lo sientes agradable. Por favor.
Porque si ella decía que no, lo iba a matar retirarse. Ella asintió, pero dijo:
—Necesito un momento.
Él tragó saliva, obligándose a respirar por la nariz, con cortas inspiraciones y espiraciones. Era la única manera para concentrarse en refrenarse. Tal vez ella necesitaba ensancharse alrededor de su miembro, relajar los músculos. Nunca la había penetrado ningún hombre, y estaba exquisitamente estrecha.
De todos modos, no veía las horas de que tuvieran la oportunidad de hacerlo tantas veces que él no tuviera que refrenarse.
Cuando la sintió relajarse ligeramente, empujó otro poco hasta llegar a la prueba de su virginidad.
—¡Ay,Dios, esto te va a doler! No puedo evitarlo, pero te prometo que solo te dolerá esta vez, y no te dolerá mucho.
—¿Cómolo sabes? —preguntó ella.
Él cerró los ojos, desesperado. Típico de Penelope hacerle preguntas.—Créeme —dijo, evadiendo la pregunta.
Entonces embistió fuerte, enterrándose en su calor hasta la base del miembro, hasta saber que estaba todo dentro de ella.
—¡Oh!—exclamó ella, expresando en su cara la conmoción.—¿Cómote sientes?
—Creo que bien —repuso ella asintiendo.
rápidamente las caderas y apretándolo, acicateando su necesidad hasta el frenesí.
Y entonces llegó. A ella le salió de los labios el sonido más dulce que había escuchado en toda su vida; gritó su nombre al tiempo que se le tensaba y estremecía todo el cuerpo de placer, y él pensó «Algún día la miraré. Verésu cara cuando llegue a la cima del placer».
Pero no en ese momento; ya estaba llegando él al orgasmo y tenía los ojos cerrados con la fuerza del éxtasis. Le salió el nombre de ella entrecortado mientras hacía el último y fuerte embiste, y luego se relajó encima de ella, totalmente desprovisto de fuerzas.
Durante un minuto entero solo hubo silencio, los únicos movimientos los de sus pechos al tratar de recuperar el aliento, esperando que sus cuerpos tremendamente agitados se establecieran en esa estremecida dicha que se siente al estar en los brazos del ser amado.
O al menos era lo que Colin pensaba que debía ser. Había estado con mujeres antes, pero solo en ese momento acababa de comprender que nunca había hecho el amor hasta cuando puso a Penelope en su cama y empezó su baile íntimo con un solo beso en sus labios.
Eso era diferente a todo lo que había sentido antes. Eso era amor.
Y se iba a agarrar a él con las dos manos.
No resultó muy difícil conseguir que adelantaran la fecha de la boda.
Cuando iba de vuelta a su casa en Bloomsbury (después de hacer entrar sigilosamente a una muy despeinada y desarreglada Penelope en su casa de Mayfair) a Colin se le ocurrió que podría haber un muy buen motivo para celebrar la boda más pronto.
Claro que era muy improbable que ella hubiera quedado embarazada en ese solo encuentro amoroso. Además, tuvo que reconocer, si hubiera quedado embarazada, el hijo sería un bebé ochomesino, lo cual no era tan terriblemente sospechoso en un mundo lleno de hijos nacidos a solo seis meses de la boda. Por no decir que los primeros bebés solían tardar más en nacer (ya tenía bastantes sobrinas y sobrinos para saber que eso era así), con lo que el hijo nacería a los ocho meses y medio, lo cual no era nada insólito.
Así que en realidad no había una necesidad urgente para adelantar la boda. Aparte de que él deseaba adelantarla.
Así pues, tuvo una «charlita» con las dos madres, en la que, como si tal cosa, dejó caer vagas insinuaciones y circunloquios que daban a entender muchísimo sin decir nada explícito, y ellas se apresuraron a aceptar su plan de precipitar la boda.
Sobre todo dado que «posiblemente» él las llevó a creer erróneamente que sus «intimidades» con Penelope habían ocurrido hacía ya unas cuantas semanas.
de fecha de la boda Bridgerton-Featherington.
Lo cual venía muy bien a los Bridgerton y a las Featherington.
Con la excepción, quizá, de Colin y Penelope, los que no se sentían particularmente cómodos cuando la conversación pasaba al tema de lady Whistledown. Penelope ya estaba acostumbrada, por supuesto; en esos diezúltimos años no pasaba un mes sin que alguien hiciera alguna ociosa elucubración en su presencia acerca de lady Whistledown. Pero Colin seguía tan molesto y furioso por su vida secreta que ella había empezado a sentirse incómoda. Varias veces había intentado sacarle el tema, pero él se cerraba en banda y le decía que no quería hablar de eso (en un tono muy poco característico de él).
Solo podía deducir que él se avergonzaba de ella, y si no de ella exactamente, de su trabajo como lady Whistledown; y eso era como un golpe en el corazón, porque ese trabajo de escribir era la única parte de su vida que podía señalar con mucho orgullo y sensación de logro. Había «hecho» algo. Se había convertido en un gran éxito, aun cuando no pudiera poner su nombre en su trabajo. ¿Cuántos de sus contemporáneos, hombres o mujeres, podían afirmar lo mismo?
Bien podía estar dispuesta a dejar atrás a lady Whistledown y vivir su nueva vida como la señora de Colin Bridgerton, pero eso no significaba de ninguna manera que se avergonzara de lo que había hecho.
¡Ay, si Colin pudiera enorgullecerse también de sus logros!
Ah, sí que creía con todas las fibras de su ser que él la amaba. Colin jamás mentiría en algo así. Podía recurrir a muchas palabras ingeniosas y pícaras sonrisas para hacer sentirse feliz y satisfecha a una mujer sin decir palabras de
que él la hiciera entrar en la casa y cambiara el tema.
—Creo que tenemos un asunto inconcluso del que debemos hablar —dijo.Él arqueó una ceja y la miró con curiosidad, pero con una sonrisa
juguetona. Ella sabía exactamente cuál era su intención, utilizar su encanto e ingenio para desviar la conversación a lo que él quisiera. En cualquier instante esa sonrisa iba a adquirir ese sesgo infantil y diría algo para cambiar el tema
sin que ella se diera cuenta, algo como…
—¿Noes algo muy serio para un día tan soleado? Ella decidió no perder la paciencia.
—Colin, me gustaría que no intentaras cambiar el tema cada vez que hablo de lady Whistledown.
—Meparece que no te oí mencionar su nombre, o supongo que debería decir «tu» nombre —dijo él en tono tranquilo, controlado—. Además, loúnico que hice fue alabar el buen tiempo.
Penelope sintió un fuerte deseo de plantar los pies firmemente sobre la acera y obligarlo a detenerse, pero estaban en público (culpa de ella, claro, por elegir ese lugar para iniciar la conversación), por lo tanto, continuócaminando, con paso tranquilo, aunque los dedos se le enroscaron en pequeños puños.
—La otra noche, cuando publicaron mi última hoja, estabas furioso conmigo.
—Yase me pasó —dijo él, encogiéndose de hombros.—Nolo creo.
Él giró la cabeza y la miró con una expresión de superioridad.—¿Yahora me vas a decir lo que siento?
—Desearía que no fueras tan sarcástico.
Él se volvió a mirarla con los ojos relampagueantes. Su expresión era tan distinta a la de moderado aburrimiento que tenía solo un instante antes, que ella casi retrocedió un paso.
—Ten cuidado con lo que deseas, Penelope. El sarcasmo es lo único que mantiene a raya mis verdaderos sentimientos. Y te aseguro que no los deseas a plena vista.
—Creo que sí los deseo —dijo ella, con una vocecita débil, porque no sabía si deseaba verlos.
—No pasa un día sin que me vea obligado a pararme a pensar quédemonios voy a hacer para protegerte si se descubre tu secreto. Te amo, Penelope. ¡Dios me asista!, pero te amo.
Penelope habría pasado muy bien sin esa súplica a Dios, pero la declaración de amor le sentó muy agradablemente.
—Dentro de tres días —continuóél—seré tu marido. Haré la solemne promesa de protegerte hasta que la muerte nos separe. ¿Entiendes lo que significa eso?
—¿Mesalvarás de minotauros merodeadores?
La expresión de él le dijo que no encontraba nada divertido eso.—¡Cómoquerría que no estuvieras tan enfadado! —musitó.
Él la miró con expresión de incredulidad, como si pensara que ella no tenía ningún derecho a decir nada.
—Siestoy enfadado se debe a que no me gustó saber lo de tu última hoja al mismo tiempo que todos los demás.
Ella asintió, cogiéndose el labio inferior entre los dientes.
pensando…
—Suéltalo, Penelope.
Era tan raro que él hablara en ese tono cortante que eso la catapultó a seguir:
—Estaba pensando si tal vez tu inquietud pormi…mi…—¿Vida secreta? —suplió él, con voz arrastrada.
—Silo quieres llamar así. Se me ocurrió que tal vez tu inquietud no nace totalmente de tu deseo de proteger mi reputación si se descubriera.
—¿Quéquieres decir exactamente? —preguntó él en tono abrupto.
Ella ya había hecho la pregunta; no le quedaba más remedio que contestar sinceramente.
—Creo que te avergüenzas de mí.
Él la miró fijamente tres segundos completos y al final dijo:
—Nome avergüenzo de ti. Ya te lo dije una vez.—¿Qué,entonces?
A él le vacilaron los pies y antes de darse cuenta estaba detenido ante la puerta de la casa Número Tres. La casa de su madre estaba dos casas más allá, y estaba bastante seguro de que los estaban esperando desde hacía cinco
minutos,y…
Y no lograba que se le movieran los pies.
—Nome avergüenzo de ti —repitió, principalmente porque no lograba decidirse a decirle la verdad, que le tenía envidia, que envidiaba su éxito, que la envidiaba a ella.
Ese era un sentimiento muy feo, una emoción muy desagradable; lo corroía, produciéndole un vago sentimiento de vergüenza cada vez que
Y todo se debía a su detestable envidia y a la vergüenza que la acompañaba.
¿O no?
¿Se sentiría tan envidioso de Penelope si no notara ya una carencia en su vida?
Esa era una interesante pregunta desde el punto de vista psicológico, al menos lo sería si se refiriera a otra persona, no a él.
—Mimadre nos está esperando —dijo secamente, sabiendo que eludía el problema, y odiándose por eso, pero incapaz de hacer otra cosa—. Y estará tu madre ahí también, así que es mejor que no nos retrasemos.
—Yaestamos retrasados —observó ella.
Él le cogió el brazo y la llevó hacia la casa Número Cinco.—Mayor razón para no quedarnos aquí.
—Meeludes —dijo ella.
—¿Cómote eludo si estoy aquí contigo con mi mano en tu brazo? Ella lo miró ceñuda.
—Has eludido mi pregunta.
—Lohablaremos después, cuando no estemos en medio de Bruton Street, con solo el cielo sabe cuántas personas mirando por sus ventanas.
Entonces, para demostrar que no aceptaría más protestas, le puso una mano en la espalda y la empujó, sin mucha suavidad, para que empezara a subir la escalinata.
sueños comenzó a aparecer el momento en que ella le revelaba tímidamente su secreto. Él reaccionaba con incredulidad al principio y luego con entusiasmo y orgullo. ¡Qué extraordinaria era ella al haber engañado a todo Londres durante tantos años! ¡Qué ingeniosa al escribir esas frases tan bien redactadas! Le admiraba la inventiva, le alababa el éxito. En algunos sueñosél incluso le sugería la idea de ser él su informante secreto.
Le había parecido el tipo de cosa que a él le gustaría, justo el tipo de tarea divertida, enrevesada, que él disfrutaría.
Pero las cosas no resultaron así.
Él decía que no se avergonzaba de ella, y tal vez incluso creía que eso era cierto, pero ella no conseguía creerle. Le vio la cara cuando él juró que loúnico que deseaba era protegerla. Pero ese deseo de protegerla era un sentimiento enérgico, fiero, ardiente, y cuando Colin hablaba de lady Whistledown sus ojos se tornaban inexpresivos y sosos.
Trataba de no sentirse desilusionada. Se decía que no tenía ningún derecho a esperar que Colin estuviera a la altura de sus sueños, que la visión
que ella tenía de él era injustamente idealizada, pero…
Pero seguía deseando que fuera el hombre que había soñado.
Y se sentía culpable por cada punzada de desilusión. ¡Ese era Colin!¡Colin, por el amor de Dios! Colin, que estaba tan cerca de la perfección como cualquier ser humano podría esperar estar. Ella no tenía ningún derecho
a encontrarle defectos, pero…Pero se los encontraba.
Deseaba que él se enorgulleciera de ella. Eso lo deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo, más aún de lo que lo deseaba a él todos esos
Tal vez no debería comer tanto, pensó, pero la mermelada estaba francamente deliciosa y, además, siempre comía mucho cuando estaba nerviosa. Frunció el ceño, primero mirando el panecillo y luego a nada en particular. No se había dado cuenta de que estuviera tan nerviosa. Había creído que sería capaz de meter el problema de lady Whistledown en algún recóndito recoveco de la mente.
—Tal vez más avanzado el año —contestó Colin, alargando la mano hacia el plato de mermelada—. ¿Me pasas la tostada, por favor?
Ella se la pasó en silencio.
Él levantó la vista, o bien para mirarla a ella o la fuente con arenques ahumados, era difícil saberlo.
—Pareces decepcionada.
Tal vez debería sentirse halagada porque él levantó la vista de su comida. O igual fue para mirar los arenques y ella estaba en medio; lo más probable era que fuera eso; era difícil competir con la comida por la atención de Colin.
—¿Penelope? Ella pestañeó.
—Tedije que pareces decepcionada.
—Ah, sí, bueno, supongo que lo estoy—lomiró con una sonrisa trémula—.Nunca he estado en ninguna parte y tú has estado en todas. Supongo que pensaba que podrías llevarme a alguna parte que te haya gustado especialmente. A Grecia, tal vez, o a Italia. Siempre he deseado visitar Italia.
—Tegustaría —musitó él distraído, su atención más puesta en los huevos que tenía en el plato que en ella—. Venecia sobre todo, creo.
—¿Entonces por qué no me llevas?
—Sillegara a descubrirse el secreto —dijo él, enigmáticamente, por si hubiera algún criado cerca, que era lo habitual—, quiero estar aquí para controlar el daño.
Penelope se desinfló en su silla. Nunca encontraba agradable que la llamaran un daño, que era lo que él acababa de hacer. Bueno, indirectamente al menos. Miró fijamente su panecillo, tratando de determinar si tenía hambre. No tenía hambre, en realidad.
Pero se lo comió de todos modos.
Ya habían transcurrido varios días cuando Penelope volvió de una salida de compras con Eloise, Hyacinth y Felicity, y encontró a su marido sentado ante su escritorio en su estudio. Estaba leyendo algo, muy encorvado, lo que no era típico de él, sobre un libro o documento desconocido.
—¿Colin?
Él levantó la cabeza sobresaltado. No debió de oírla entrar, aun cuando ella no había hecho nada para silenciar sus pasos.
—Penelope —dijo, levantándose mientras ella entraba—, ¿cómo te fue en
tu…, eh, lo que fuera que saliste a hacer?
—Compras —dijo ella, sonriendo divertida—. Fui de compras.
—Eso. Así que fuiste de compras —dijo él, balanceándose sobre uno y
otro pie—. ¿Compraste algo?
—Una papalina —repuso ella, tentada de añadir «y tres anillos de diamantes», para ver si él la estaba escuchando.
—Estupendo, estupendo —musitó él, claramente impaciente por volver a lo que fuera que tenía sobre su escritorio.
—¿Quéestás leyendo?
—Nada —contestó él, casi automáticamente—. Bueno, en realidad este es uno de mis diarios.
En su cara apareció una expresión extraña, algo azorada, algo desafiante, casi como si lo avergonzara que lo hubiera sorprendido y al mismo tiempo la
pensaba. Eran inteligentes, atractivos, ricos, y caían bien a todo el mundo.
Y era imposible odiarlos por llevar esas existencias tan espléndidas, simplemente porque eran muy simpáticos.
Bueno, ella ya era una Bridgerton, por matrimonio si no por nacimiento, y era cierto, la vida era mejor siendo una Bridgerton, aun cuando eso tenía menos que ver con ningún enorme cambio en sí misma y mucho que ver con que estaba perdidamente enamorada de su marido y, por un fabuloso milagro,él le correspondía el amor.
Pero la vida no era perfecta, ni siquiera para los Bridgerton.
Incluso Colin, el niño dorado, el hombre de la sonrisa llana y el humor pícaro, tenía sus puntos débiles. Estaba acosado por sueños no realizados e inseguridades secretas. ¡Qué injusta había sido cuando consideraba su vida sin dar margen para sus debilidades!
—Notiene por qué ser todo—lotranquilizó—. Uno o dos párrafos tal vez, elegidos por ti. Tal vez algo que te guste especialmente.
Él miró el cuaderno abierto, con la cara sin expresión, como si las palabras estuvieran escritas en chino.
—Nosabría qué elegir —masculló—. Todo es lo mismo, en realidad.
—Pues no lo es. Eso lo comprendo mejor que cualquiera.—Depronto miró alrededor, vio que la puerta estaba abierta y se apresuró a ir a cerrarla—. He escrito incontables columnas, y te aseguro que no son iguales. Algunas me encantaban. —Sonrió nostálgica, recordando la oleada de satisfacción y
orgullo que sentía siempre que escribía una columna que parecía salir redonda, una frase o párrafo realmente bueno—. Era maravilloso, ¿sabes lo que quiero decir?
páginas acerca de Chipre—. Bueno, ya no lo hago —añadió—. Pero lo encontré estupendo, Colin. Casi mágico, y en alguna parte dentro de ti tienes que saber eso.
Él continuó mirándola, como si no supiera qué decir. Era una expresión que ella había visto en muchísimas caras, pero jamás en la de él; una expresión muy rara, muy extraña. Sintió deseos de llorar, de estrecharlo en sus brazos. Principalmente, sentía la intensa necesidad de restablecer la sonrisa en su cara.
—Séque tienes que haber experimentado esos momentos que he descrito—insistió—. Esos en que sabes que lo que has escrito es bueno.—Lomiróesperanzada—. Sabes lo que quiero decir, ¿verdad?
Él no contestó.
—Losabes. Sé que lo sabes. No puedes ser un escritor y no saberlo.—Nosoy un escritor.
—Pues sí que lo eres. La prueba está ahí —hizo un gesto hacia el diario y avanzó unos pasos—. Colin, por favor, ¿me permites leer un poco más?
Por primera vez vio que él parecía indeciso, lo que consideró una pequeña victoria.
—Tú ya has leído todo lo que yo he escrito —dijo, tratando de
engatusarlo—. Entonces es justo que…
Se interrumpió al verle la cara. No habría sabido describir su expresión, pero era velada, cerrada, absolutamente inalcanzable.
—¿Colin? —susurró.
—Prefiero guardármelo para mí —dijo él secamente—, si no te importa.—No, claro que no —dijo ella, pero los dos sabían que mentía.
Él había leído todo lo escrito por ella porque ella había publicado las hojas que escribía. En cambio, los escritos de él estaban aburridos y muertos en sus diarios, bien guardados para que nadie pudiera leerlos.
¿Importaba que un hombre escribiera si nadie lo leía nunca? ¿Tenían sentido las palabras si nadie las oía nunca?
Jamás había considerado la posibilidad de publicar sus diarios hasta que Penelope se lo sugirió hacía unas semanas; y el pensamiento ya lo consumía día y noche (cuando no estaba consumido por Penelope, claro está). Pero se sentía atenazado por un potente miedo. ¿Y si ningún editor quería publicar sus escritos? ¿Y si alguno sí los publicaba pero solo porque la suya era una familia rica y poderosa? Él deseaba más que nada ser él mismo, dueño de símismo, ser conocido por sus obras, no por su apellido o posición, y ni siquiera por su sonrisa o encanto.
Y luego estaba la posibilidad más temible de todas: ¿y si publicaba sus escritos y no gustaban a nadie?
¿Cómo arrostraría eso? ¿Cómo existiría siendo un fracasado?
¿O sería peor continuar siendo lo que era en esos momentos: un cobarde?
A última hora de esa tarde, después de que Penelope se levantara por fin de su sillón para beber una restauradora taza de té y luego vagara sin rumbo por el dormitorio hasta, finalmente, instalarse en la cama apoyada en los almohadones con un libro que no lograba obligarse a leer, apareció Colin.
No dijo nada, simplemente se quedó ahí de pie, sonriéndole; pero esta no era una de sus sonrisas habituales, esas que irradian desde dentro e inducen al
luego lo miró a él. Tenía la cara seria, los ojos sombríos, y aunque estaba absolutamente quieto (ni retorciéndose las manos ni jugueteando con ellas) se veía a las claras que estaba nervioso.
Nervioso. Colin. Algo extrañísimo, inimaginable.
—Mesentiría honrada —dijo dulcemente, quitándole el cuaderno de las manos.
Vio que algunas páginas estaban marcadas con cintas, de modo que lo abrió delicadamente en una de las páginas seleccionadas.
14 de marzo de 1819 Las Highlands son curiosamente castañas
—Eso lo escribí cuando fui a Escocia a visitar a Francesca —interrumpióél.
Penelope le dirigió una sonrisa ligeramente indulgente, la que significaba un suave reproche por su interrupción.
—Perdona —masculló él.
Uno habría pensado, al menos uno de Inglaterra, que las montañas y valles serían de un exquisito color verde esmeralda. Al fin y al cabo, Escocia se encuentra en la misma isla y, a decir de todos, padece las mismas lluvias que atormentan a Inglaterra.
Me han dicho que a estos extraños cerros color beige se los llama «mesetas», y son tristes, castaños y desiertos. Y, sin embargo, conmueven el alma.
—¡Fuera de la cama, Colin!
Con cara de sentirse muy castigado, Colin se bajó de la cama y fue a sentarse en un sillón en el extremo más alejado de la habitación; allí se cruzóde brazos y empezó a golpetear con el pie en el suelo, en una especie de loca danza de impaciencia.
Tap tap tap, tapiti tap tap tap.—¡Colin!
Él la miró sinceramente sorprendido.—¿Qué?
—¡Deja de golpear con el pie!
Él se miró el pie como si fuera un objeto desconocido.—¿Loestaba golpeando?
—Sí.
—¡Ah!—Apretó más los brazos cruzados en el pecho—. Lo siento. Penelope volvió la atención al diario.
Tap tap tap.—¡Colin!
Él plantó firmemente los pies sobre la alfombra.
—Nopude evitarlo. Ni siquiera me di cuenta de que lo hacía.
Descruzó los brazos y los apoyó en los brazos del sillón, pero no parecía estar relajado, tenía tensos y flexionados los dedos de las dos manos.
Ella lo miró un momento, esperando para ver si realmente iba a ser capaz de estarse quieto.
—Nolo volveré a hacer—latranquilizóél—.Te lo prometo.
Eso fue lo que me ocurrió cuando estuve en Inveraray, a la orilla del Loch Fyne. Pulcra ciudad, bien planificada, que diseñó Robert Adam cuando el duque de Argyll decidiótrasladar a toda la aldea para dar cabida a su nuevo castillo, está situada al borde del agua, sus casas encaladas en
ordenadas hileras que se cruzan en ángulo recto (sin lugar a dudas, una existencia extrañamente ordenada para uno como yo, criado en medio de las tortuosas intersecciones de Londres).
Estaba tomando mi comida de la tarde en el George Hotel, disfrutando de un buen whisky en lugar de la habitual cerveza que uno podría beber en un establecimiento similar en Inglaterra, cuando caí en la cuenta de que no tenía idea sobre cómo llegar a mi siguiente destino, ni de cuánto tiempo tardaría en llegar ahí. Me acerqué al dueño (un tal señor Clark), le expliquémi intención de visitar el castillo Blair, y luego no pude hacer otra cosa que pestañear maravillado y desconcertado cuando el resto de los ocupantes de la posada intervinieron inesperadamente ofreciendo consejos.
—¿El castillo Blair? —tronó el señor Clark (era un hombre bastante atronador, nada dado a hablar suave)—. Muy bien, pues, si quiere ir al castillo Blair, sin duda le convendrá dirigirse al oeste, hacia Pitlochry y desde ahítomar hacia el norte.
Esto fue recibido por un coro de aprobación y otro coro
con gran sentimiento y convicción).
—No tiene para qué hacer todo el camino hasta el Ben Nevis. Puede virar al oeste en Glencoe.
—Jo, jo, jo, y una botella de whisky. No hay ningún camino decente que lleve al oeste de Glencoe. ¿Quieres matar al pobre muchacho?
Y así continuaron yendo y viniendo los consejos. Si el lector ha observado que dejé de escribir quién dijo qué se debe a que el bullicio de voces era tan abrumador que era imposible distinguir a nadie, y esto continuó sus buenos diez minutos, hasta que habló Angus Campbell, anciano de
ochenta años por lo menos, y por respeto todos se callaron.—Lo que necesita hacer —resolló Angus— es viajar al
sur hasta Kintyre, volver al norte y cruzar el fiordo de Lorne hasta Mull, para que de ahí pueda cruzar hasta Iona, luego navegar hasta Skye, cruzar a tierra firme y llegar a Ullapool, bajar a Inverness, presentar sus respetos en Culloden y de ahí puede proseguir al sur hasta el castillo Blair, y pasar por Grampian si quiere para ver cómo se hace una verdadera botella de whisky.
A este discurso siguió un silencio absoluto. Finalmente un valiente señaló:
—Pero eso le llevará meses.
—¿Y quién ha dicho que no? —dijo Campbell, con un leve matiz de belicosidad—. El sassenach esta aquí para ver
leyó sus escritos; su reacción fue muy apasionada aunque al mismo tiempo fue muy analítica y precisa en sus comentarios. Ya todo adquiría sentido, lógicamente. Ella era escritora también, probablemente mejor que él, y de todas las cosas que entendía de este mundo, entendía las palabras.
Le costaba creer que hubiera tardado tanto en pedirle consejo. El miedo, suponía, se lo impedía. El miedo, la preocupación y todas esas estúpidas emociones que él se imaginaba que lo rebajaban.
¿Quién habría supuesto que le importaría tanto la opinión de una mujer? Había trabajado en sus diarios durante años, relatando esmeradamente sus viajes, tratando de describir más de lo que veía y hacía, tratando de captar lo que «sentía». Y nunca jamás se los había enseñado a nadie.
Hasta ese momento.
No había nadie a quien hubiera deseado enseñárselos. No, eso no era cierto. En el fondo, había deseado enseñárselos a un buen número de personas, pero nunca le pareció que era el momento oportuno, o temía que la persona mintiera o dijera que algo era bueno cuando no lo era, solo para no herirle los sentimientos.
Pero Penelope era distinta. Era escritora, una escritora condenadamente buena, además. Y si ella decía que sus escritos en el diario eran buenos, casi podía creer que era cierto.
Ella frunció ligeramente los labios al dar la vuelta a una página, frunció el ceño al no poder cogerla, se mojó el dedo, cogió la página y continuóleyendo.
Y volvió a sonreír.
Colin soltó el aliento, que había retenido sin darse cuenta.
—A Murray —dijo, refiriéndose a un compañero de colegio cuyo hermano era el duque de Atholl—. Pero he de decirte que al final no seguí la ruta exacta recomendada por Angus Campbell. Para empezar, ni siquiera encontré caminos que conectaran la mitad de los lugares que recomendó.
—Tal vez deberíamos ir ahí en nuestro viaje de luna de miel —dijo ella, con ojos soñadores.
—¿A Escocia? —preguntó él, absolutamente sorprendido—. ¿No prefieres viajar a algún lugar caluroso y exótico?
—Para una que nunca ha viajado más lejos de cien millas de Londres, Escocia «es» exótica —repuso ella descaradamente.
—Teaseguro que Italia es más exótica —dijo él, sonriendo y atravesando la habitación hasta sentarse en el borde de la cama—. Y más romántica.
Ella se ruborizó, cosa que a él le encantó.
—¡Ah!—dijo, con expresión vagamente azorada.
Él pensó cuánto tiempo podría azorarla hablándole de romance y de amor y todas las espléndidas actividades que acompañaban esos temas.
—Iremos a Escocia en otra ocasión—leaseguró—. De todos modos, cada ciertos años voy al norte a visitar a Francesca.
—Mesorprendió que me pidieras la opinión —dijo Penelope pasado un momento.
—¿Aqué otra persona se la iba a pedir?
—Nolo sé —repuso ella, repentinamente muy interesada en mirarse los dedos que estaban enterrados en la colcha—. A tus hermanos, supongo.
Él le cubrió una mano con la suya.—¿Quésaben ellos de escribir?
pensar, Penelope. Has hecho pensar a la gente. No sé qué podría ser una consecución más grande. Por no decir —continuó, casi como si no pudiera parar una vez que había comenzado— que escribes acerca de la sociedad, nada menos. Escribes acerca de la sociedad y la haces divertida, interesante e ingeniosa, cuando todos sabemos que con más frecuencia que menos no puede ser más aburrida.
Durante un largo rato Penelope no pudo decir nada. Todos esos años se había enorgullecido de su trabajo y sonreía para sus adentros siempre que alguien citaba algo de una de sus hojas o se reía de algunas de sus pullas. Pero no tenía a nadie con quien comentar sus triunfos.
Ser anónima era un panorama solitario.
Pero ahora tenía a Colin. Y aunque el mundo nunca sabría que lady Whistledown era la fea, olvidada, solterona hasta el último momento posible, Penelope Featherington, Colin lo sabía. Y estaba llegando a comprender que aun cuando eso no fuera lo único que importaba era lo que importaba más.
Pero seguía sin entender su comportamiento.
—¿Porqué, entonces, te pones tan distante y frío cada vez que saco el tema?—lepreguntó, pronunciando lentamente y midiendo las palabras.
—Es difícil de explicar —dijo él pasado un momento, casi en un murmullo.
—Soy buena para escuchar.
Él bajó la mano que tenía ahuecada tan amorosamente en su cara y la puso sobre la rodilla. Y entonces dijo algo que ella jamás habría esperado.
—Tetengo envidia.—Seencogió de hombros—. Lo siento.
Él la miró cansinamente.
—Nome refiero a eso, Penelope…—Losé.
—Necesito algo a lo que pueda apuntar —dijo él por encima de la corta frase de ella—. Necesito una finalidad. Anthony tiene una, Benedict tiene una, pero yo soy pura baratija.
—Colin no. Eres…
—Estoy harto de que se me considere nada más que un… —se interrumpió.
—¿Qué,Colin? —preguntó ella, algo sobresaltada por la expresión de repugnancia que le cruzó por la cara.
—¡PorCristo de los cielos! —maldijo él en voz baja, siseando la «s».
Ella lo miró con los ojos como platos. Colin no era dado a soltar maldiciones.
—Nolo puedo creer —dijo él, moviendo bruscamente la cabeza hacia la izquierda, casi como si fuera a encogerse.
—¿Qué?—suplicó ella.
—Mehe quejado a ti —dijo él, incrédulo—. Me he quejado de lady Whistledown contigo.
—Muchas personas han hecho eso, Colin. Estoy acostumbrada.
—Nolo puedo creer. Me quejé contigo de que lady Whistledown me llamara «encantador».
—Amí me llamó «cítrico demasiado maduro» —dijo ella, tratando de poner alegría en el asunto.
Él dejó de pasearse el tiempo suficiente para mirarla molesto.
palabras para expresar todo lo que tenía en el corazón. Él tenía a su haber tantos éxitos que ella ni siquiera podía empezar a contarlos. No eran cosas que se pudieran coger como una hoja de Revista de Sociedad de Lady Whistledown, pero igual de especiales.
Tal vez más especiales.
Recordó las muchas veces que lo había visto hacer sonreír a alguien, todas las veces que lo vio pasar de largo ante las jovencitas populares para ir a sacar a bailar a una fea. Pensó en los lazos fuertes, casi mágicos, que tenía con sus hermanos. Si esos no eran logros, no sabía qué lo era.
Pero sabía que esos no eran el tipo de hitos a los que él se refería. Sabía lo que él necesitaba: una finalidad, una vocación.
Algo para demostrar al mundo que era más de lo que creían que era.—Publica las memorias de tus viajes—ledijo.
—Novoya…
—Publícalas. Corre el riesgo y ve si vuelas.
Él la miró a los ojos un momento y luego su mirada pasó al cuaderno que todavía tenía ella en las manos.
—Necesitan corrección —masculló.
Penelope se echó a reír, porque sabía que había ganado. Y él había ganado también. Aún no lo sabía, pero había ganado.
—Todo necesita corrección —dijo, ensanchando la sonrisa con cada palabra—. Bueno, excepto yo, supongo —bromeó—. O tal vez sí la necesitaba —añadió, encogiéndose de hombros—. Nunca lo sabremos porque no tenía a nadie que me corrigiera.
De pronto él levantó la vista.
Él sonrió.
—¿Cómopuede ocurrir por casualidad una cosa así?
—Loescribí como broma, para divertirme. Me sentía tan desgraciada esa
primera temporada…—Lomiró muy seria—. No sé si lo recordarás, pero en ese tiempo pesaba casi diez kilos más que ahora, y no es que ahora estédelgada como está de moda.
—Yote encuentro perfecta —dijo él, lealmente.
Y eso formaba parte, pensó ella, del motivo de que lo encontrara perfecto.—Entodo caso —continuó—, no me sentía tremendamente feliz, así que
escribí una descripción bastante mordaz de la fiesta a la que había asistido la noche anterior. Después escribí otra y otra. No las firmaba lady Whistledown, simplemente las escribía para divertirme y las escondía en mi escritorio. Pero resulta que un día se me olvidó esconderlas.
—¿Quéocurrió? —preguntó él, inclinándose hacia ella, absolutamente interesado.
—Todas habían salido y yo sabía que tardarían bastante en volver, porque entonces fue cuando mi madre seguía pensando que podría convertir a Prudence en un diamante de primerísima calidad, y sus compras les llevaban todo el día.
Colin hizo un gesto circular con la mano, indicándole que fuera al grano.—Bueno, resulta que decidí trabajar en el salón, porque mi habitación
estaba húmeda y con olor a encierro, porque alguien dejó la ventana abierta durante una lluvia torrencial, bueno, igual fui yo. Pero entonces tuve que
ausentarme un momento para ir a atender… bueno, ya sabes.—No—dijo él bruscamente—. No lo sé.
—Bueno, sí, pero de todas maneras… —cerró los ojos dejando pasar los recuerdos por su cabeza—. Eran personas populares, personas influyentes. Personas a las que yo no les caía muy bien. La verdad es no me importaba que fueran horrendas conmigo si se descubría lo que yo escribía. En realidad habría sido peor porque eran personas horrendas. Me habrían arruinado y yo habría arruinado a toda mi familia junto conmigo.
—¿Quéocurrió entonces? Supongo que fue de él la idea de publicarlas. Penelope asintió.
—Sí.Él lo organizó todo con el impresor, el que a su vez buscó a los niños para repartirlas. Y fue idea de él la de dar gratis la hoja las dos primeras semanas. Dijo que necesitábamos crear adicción en la alta sociedad.
—Yoestaba fuera del país cuando comenzó a aparecer la hoja —dijo Colin—, pero recuerdo que mi madre y mis hermanas me lo contaban todo acerca de ella.
—Lagente se fastidió cuando los niños exigieron pago después de esas dos semanas gratis. Pero todos pagaron.
—Brillante idea la de tu abogado —musitó Colin.—Sí,era muy inteligente.
Él captó el uso del tiempo pasado.—¿Era?
Ella asintió, triste.
—Murió hace unos años. Pero sabía que estaba enfermo, así que antes de morir me preguntó si quería continuar. Supongo que entonces podría haber dejado de escribir, pero no tenía ninguna otra cosa que hacer en mi vida, y
—Nopasa nada—ledijo dulcemente—. Ya murió. Su nombre no tiene importancia.
Ella dejó salir suavemente el aliento que tenía retenido.
—Gracias —dijo, mordiéndose el labio inferior—. No es que no me fíe de
ti, es que…
—Lo sé —dijo él, tranquilizador, apretándole los dedos—. Si más adelante quieres decírmelo, muy bien. Y si no quieres, muy bien también.
Ella asintió, sus labios apretados en las comisuras, en esa expresión que ponen las personas cuando se están esforzando en no llorar.
—Éllo tenía todo organizado, así que después de que muriera, yo me entendía directamente con el impresor. Establecimos un sistema para la entrega de los originales, y los pagos continuaron como siempre, los depositaba en una discreta cuenta a mi nombre.
Colin hizo una inspiración entrecortada al pensar cuánto dinero debía haber acumulado en todos esos años. ¿Pero cómo podría haberlo gastado sin despertar sospechas?
—¿Hasretirado dinero? Ella asintió.
—Cuando llevaba unos cuatro años escribiendo, murió mi tía abuela y le dejó su propiedad a mi madre. El abogado de mi padre escribió el testamento. No tenía mucho, así que cogimos mi dinero y simulamos que era de ella. —Se le alegró ligeramente la cara, moviendo la cabeza, como aturdida—. Mi madre se sorprendió. Jamás se había imaginado ni en sueños que la tía Georgette fuera tan rica. Estuvo sonriendo durante meses. Nunca he visto nada igual.
—Siquieres usar el dinero ahora —dijo al fin—, deberías. Nadie haráninguna pregunta si de repente tienes más fondos. Eres una Bridgerton después de todo.—Seencogió de hombros modestamente—. Es bien sabido que Anthony estableció buenos fondos para todos sus hermanos.
—Nosabría qué hacer con todo ese dinero.
—Cómprate algo nuevo —sugirió él. ¿No les gustaba comprar a todas las mujeres?
Ella lo miró con una expresión extraña, casi inescrutable.
—Nosé si entiendes cuánto dinero tengo —dijo, evasiva—. No creo que pueda gastarlo todo.
—Resérvalo para nuestros hijos, entonces —dijoél—.Yo he tenido la inmensa suerte de que mi padre y mi hermano tuvieran a bien proveerme, pero no todos los hijos menores tienen tanta suerte.
—Nilas hijas —dijo ella—. Nuestras hijas deberían tener dinero propio. Aparte de sus dotes.
Colin tuvo que sonreír. Esas disposiciones eran excepcionales, pero quétípico de Penelope insistir en eso.
—Loque tú quieras —dijo afectuosamente.
Ella sonrió y suspiró, reclinándose nuevamente en los almohadones. Le deslizó suavemente los dedos por el dorso de la mano, pero su mirada era remota y él dudó de que estuviera consciente de esos movimientos.
—Tengo que hacerte una confesión —dijo ella entonces, en voz baja y un pelín tímida.
Él la miró dudoso.
—¿Másgrande que la de Whistledown?
mí, y traté de no hacer caso, pero me dolía mucho. Pensaba que te conocía, que sabía quién eras, y me costaba creer que esa persona se sintiera tan por encima de mí, que sintiera vergüenza por mis logros.
Él se limitó a mirarla en silencio, esperando que continuara.
—Pero lo curioso es que…—segiró a mirarlo con una animada sonrisa—.Lo curioso es que no era porque te avergonzaras de mí. Todo se debía a que deseabas algo similar para ti. Algo como Whistledown. Ahora lo encuentro tonto, pero me preocupaba mucho que no fueras el hombre perfecto de mis sueños.
—Nadie es perfecto —dijo él en voz baja.
—Losé.—Sele acercó más y le dio un impulsivo beso en la mejilla—. Eres el hombre imperfecto de mi corazón, y eso es mejor todavía. Siempre creí que eras infalible, que llevabas una vida encantada, que no tenías ninguna preocupación, ni miedos, ni sueños sin realizar. Pero no era justa al pensar eso.
—Nunca me he avergonzado de ti, Penelope —susurróél—.Nunca. Continuaron así sentados los dos en agradable silencio, hasta que de
pronto Penelope preguntó:
—¿Teacuerdas de que te pregunté si podríamos hacer un viaje de luna de miel retrasado?
Él asintió.
—Podríamos usar parte de mi dinero Whistledown para eso, ¿te parece?—«Yo»pagaré el viaje de luna de miel.
—Estupendo —dijo ella con expresión altiva—. Puedes coger del dinero de tu asignación trimestral.
Una semana después, Penelope estaba sentada ante el escritorio del salón leyendo uno de los diarios de Colin, anotando en otras hojas las preguntas o comentarios que se le iban ocurriendo. Él le había pedido que lo ayudara a corregir sus escritos, tarea que ella encontraba apasionante.
Lógicamente le producía una dicha inmensa que él le hubiera confiado esa importante tarea. Significaba que se fiaba de su juicio, que la consideraba inteligente, que pensaba que ella sería capaz de mejorar lo que había escrito.
Pero su felicidad se debía a algo más. Necesitaba un trabajo, algo que hacer. Los primeros días después de renunciar a la hoja Whistledown había disfrutado muchísimo de su nuevo tiempo libre; era como tener unas vacaciones por primera vez en diez años. Lo aprovechó para leer como una loca, todas esas novelas y otros libros que había comprado y esperaban ahíque tuviera el tiempo para leerlos; lo aprovechó para salir a hacer largas caminatas y cabalgar por el parque, para pasar unos ratos sentada en el patio trasero de la casa de Mount Street, poniendo la cara al sol primaveral uno o dos minutos, el suficiente para bañarla de calor, pero no tanto para tostarse las mejillas.
Y estaban también, cómo no, los preparativos para la boda y su miríada de detalles que le consumían muchísimo tiempo. Con todo eso no había tenido mucha ocasión para comprender lo que echaba en falta en su vida.
atención tenía que hacer algún ruido.
—Tiene una visita, señora Bridgerton.
Penelope levantó la vista, sonriendo. Probablemente era una de sus hermanas, o tal vez una de las hermanas Bridgerton.
—¿Sí?¿Quién?
Él entró y le pasó una tarjeta de visita. Ella la miró y ahogó dos exclamaciones, una de asombro y otra de abatimiento. Impresas en las clásicas letras negras sobre fondo crema, había dos sencillas palabras: Lady Twombley.
¿Cressida Twombley? ¿A qué demonios se debía su visita?
Empezó a sentir inquietud. Cressida no la visitaría jamás a no ser que fuera con un fin desagradable. En realidad, Cressida jamás hacía nada que no fuera con un fin desagradable.
—¿Quiere que le diga que se marche?—lepreguntó Dunwoody.
—No—suspiró Penelope. No era una cobarde, y Cressida Twombley no la iba a convertir en una—. La recibiré. Simplemente dame un momento para
ordenar estos papeles. Pero…
Dunwoody se detuvo en seco y ladeó la cabeza, esperando que continuara.—Ah, no importa —musitó ella.
—¿Estásegura, señora Bridgerton?
—Sí. No. —Sele escapó un gemido; estaba indecisa, y esa era otra transgresión más para añadir a la ya larga lista de transgresiones de Cressida;
la iba a convertir en una tonta tartamuda—. Lo que quería decires…si continúa aquí pasados diez minutos, ¿inventarías algún tipo de urgencia que haga absolutamente necesaria mi presencia? ¿Mi presencia inmediata?
cabeza en el lugar perfecto, su piel sin mácula, sus ojos brillantes, su ropa alúltimo grito de la moda, y en la mano un ridículo que hacía juego con la ropa a la perfección.
—Cressida, ¡qué sorpresa verte!
«Sorpresa» fue el sustantivo más educado que se le ocurrió, dadas las circunstancias.
Cressida curvó los labios en una sonrisa misteriosa, casi felina.—Nome cabe duda —musitó.
—¿Note vas a sentar?—lepreguntó Penelope, principalmente porque debía.
Se había pasado toda la vida siendo educada; le habría resultado difícil dejar de serlo en ese momento. Le indicó un sillón cercano, el más incómodo del salón.
Cressida se sentó en el borde del sillón, como si lo encontrara menos que agradable, aunque eso no se podía detectar por su expresión. Su postura era elegante, su sonrisa inamovible, y se veía tan tranquila y serena como cualquiera tenía derecho a estarlo.
—Seguro que te estarás preguntando a qué he venido —dijo. No tenía ningún sentido negarlo, así que Penelope asintió.
—¿Cómoencuentras la vida de casada? —preguntó entonces Cressida, de sopetón.
Penelope pestañeó.—¿Perdón?
—Debe de ser un cambio de ritmo pasmoso —dijo Cressida.—Sí,pero muy agradable —repuso Penelope, cautelosa.
Ella ya estaba sentada en el sofá cuando entró en el salón.
—Noveo qué interés pueden tener para ti mis papeles personales —dijo.—Oh, no te ofendas —dijo Cressida, con un campanilleo de risa que
Penelope encontró bastante aterradora—. Solo quería hacer conversación educada. Preguntar por tus intereses.
—Comprendo.
—Soy muy observadora.
Penelope arqueó una ceja, interrogante.
—De hecho, mi capacidad de observación es muy conocida en los mejores círculos de la sociedad.
—Yo no debo de tener ninguna conexión con esos impresionantes círculos, entonces —musitó Penelope.
Pero Cressida estaba tan inmersa en sus palabras que, al parecer, no la
oyó.
—Por eso —dijo, en tono reflexivo— se me ocurrió que podría convencer a la alta sociedad de que era lady Whistledown.
A Penelope le retumbó el corazón en el pecho.
—¿Entonces reconoces que no lo eres? —preguntó, cautelosa.—Ah, creo que sabes que no lo soy.
A Penelope comenzó a cerrársele la garganta, pero se las arregló, nunca sabría cómo, para conservar la apariencia de serenidad.
—Perdón, no te he entendido.
Cressida sonrió, pero convirtió su expresión feliz en una astuta y cruel.
—Cuando se me ocurrió ese ardid pensé «No puedo perder». O bien convencía a todo el mundo de que era lady Whistledown, o no me creían y
cuando la llamó mentirosa y le dijo, ¡cielo santo!, ¿qué le dijo? Algo terriblemente cruel, seguro, pero bien merecido, sin duda.
—Podría haber tolerado el insulto si hubiera venido de otra persona—
continuó Cressida—, pero de alguien comotú…,bueno, eso no podía quedar sin respuesta.
—Tendrías que pensarlo dos veces antes de insultarme en mi propia casa—dijo Penelope en voz baja; y aunque detestaba esconderse detrás del apellido de su marido, añadió—: Ahora soy una Bridgerton. Llevo el peso de su protección.
Esa advertencia no hizo ninguna mella en la máscara de satisfacción que tenía fijada Cressida en su hermosa cara.
—Creo que será mejor que escuches lo que tengo que decir antes de amenazar.
Penelope comprendió que debía escuchar; era mejor saber qué sabía Cressida que cerrar los ojos y fingir que todo estaba bien.
—Continúa —dijo, secamente.
—Cometiste un error importante —dijo Cressida, apuntándola con el dedo y moviéndolo de arriba abajo—. No se te ocurrió pensar que yo jamás olvido un insulto, ¿verdad?
—¿Quéquieres decir, Cressida? —preguntó Penelope, casi en un susurro, aun cuando intentó que la voz le saliera fuerte y enérgica.
Cressida se levantó y se alejó, meneando ligeramente las caderas, como si quisiera pavonearse.
—Aver si logro recordar tus palabras exactas —dijo, dándose golpecitos con un dedo en la mejilla—. No, no, no me las recuerdes. Seguro que me
Señoras y señores, esta autora NO ES lady Cressida Twombley. Esa dama no es otra cosa que una impostora intrigante, y me rompería el corazón ver mis años de arduo trabajo atribuidos a una persona como ella.
Penelope miró la hoja aunque no tenía para qué leerla, sabía de memoria cada palabra.
—¿Quéquieres decir? —preguntó, aun sabiendo que era inútil fingir que no lo sabía.
—Eres más inteligente de lo que quieres aparentar, Penelope Featherington. Sabes que lo sé.
Penelope continuó mirando fijamente la incriminadora hoja de papel, sin poder apartar los ojos de esas fatales palabras.
«Me rompería el corazón…»
«Me rompería el corazón…»
«Me romperíael…»
—¿Nodices nada? —preguntó Cressida.
Aunque no le veía la cara, Penelope sintió su dura y desdeñosa sonrisa.—Nadie te creerá —dijo.
—Escasamente logro creerlo yo —rio Cressida—. Tú, precisamente. Pero al parecer tenías profundidades ocultas y eres algo más lista de lo que dejas ver. Lo bastante lista —añadió, recalcando las palabras— para saber que una vez que yo encienda la chispa de este determinado chisme, la voz correrácomo un reguero de pólvora.
Penelope sentía girar la cabeza por dentro en mareadores círculos. ¡Ay, Dios!, ¿qué le diría a Colin? ¿Cómo se lo diría? Tenía que decírselo, ¿pero
Penelope tragó saliva, incómoda por la idea de que Cressida sabía su secreto desde hacía casi una semana, mientras ella vivía alegremente su vida, sin saber que el cielo estaba a punto de caerle sobre la cabeza.
—Desde el principio he sabido, lógicamente —continuó Cressida—, que lo que deseaba era dinero. Pero la pregunta era ¿cuánto? Tu marido es un Bridgerton, cierto, así que tiene sus buenos fondos, pero claro, es un hijo menor, y no tiene tan gordo el bolsillo como el vizconde.
—¿Cuánto, Cressida? —preguntó Penelope entre dientes.
Sabía que la mujer estaba dando largas solo para torturarla y que no diría una cifra mientras no se sintiera a gusto y dispuesta.
—Entonces caí en la cuenta —continuó Cressida, sin hacer caso de la pregunta (demostrándole que tenía razón)— de que tú tienes que ser bastante rica también. A no ser que fueras una idiota consumada, y considerando tuéxito en ocultar tu secretito he revisado mi primera opinión de ti, así que no creo que lo seas, tendrías que haber hecho una fortuna escribiendo esa hoja durante todos estos años. Y a juzgar por todas las apariencias externas —le miró despectiva el vestido de tarde—, no te la has gastado. Así que solo puedo deducir que todo el dinero está en una discreta cuentecita bancaria en alguna parte, esperando que lo retires.
—¿Cuánto, Cressida?—Diez mil libras.
—¡Estásloca! —exclamó Penelope.—No. Solo soy muy, muy lista.
—Notengo diez mil libras.—Creo que mientes.
en dos semanas!
—Ah, o sea, que tienes el dinero.—¡No!
—Una semana —dijo Cressida, en tono duro—. Quiero el dinero dentro de una semana.
—Note lo daré —susurró Penelope, más para ella que para Cressida.—Melo darás —dijo Cressida confiadamente—. Si no, te arruinaré.—¿Señora Bridgerton?
Penelope levantó la vista y vio a Dunwoody en la puerta.
—Hay un asunto urgente que requiere su atención. Inmediatamente.
—Muy bien, pues —dijo Cressida, echando a andar hacia la puerta—. Ya he terminado. —Salió al vestíbulo y allí se giró, obligando a Penelope a mirarla perfectamente enmarcada por la puerta—. ¿Tendré noticias tuyas pronto?—lepreguntó en tono dulce e inocente, como si se refiriera a algo de tan poco peso como una invitación a una fiesta o a la hora de una reunión en un establecimiento benéfico.
Penelope asintió levemente, solo con el fin de librarse de ella.
Pero qué más daba eso, pensó. La puerta de calle podía cerrarse y Cressida podía marcharse, pero sus problemas no iban a ir a ninguna parte.
Transcurridas tres horas, Penelope seguía en el salón sentada en el sofá, seguía mirando al espacio, seguía tratando de encontrar una manera de solucionar sus problemas.
Corrección: «problema», en singular.
Solo tenía un problema, pero por su volumen igual podían ser mil.
No era una persona agresiva y no recordaba ninguna ocasión en que hubiera tenido un pensamiento violento, pero en ese momento le habría retorcido alegremente el cuello a Cressida Twombley.
Tristemente fatalista observaba la puerta, esperando la llegada de su marido, pensando que cada segundo que pasaba la acercaba más al momento de la verdad, en que tendría que explicárselo todo.
Él no le diría «Te lo dije»; jamás diría una cosa así. Pero lo pensaría.
Ni por un instante se le había ocurrido la idea de no decírselo. La amenaza de Cressida no era el tipo de cosa que se puede ocultar de un marido y, además, necesitaría su ayuda.
No sabía qué debía hacer, pero fuera lo que fuera, no podría hacerlo sola. Pero había una cosa que sí sabía de cierto: no quería pagarle a Cressida.
Esta no se conformaría jamás con diez mil libras si creía que podía obtener más. Si capitulaba en esos momentos se pasaría el resto de la vida entregándole dinero a Cressida.
las arruguitas de preocupación en las comisuras de sus ojos, sus labios ligeramente entreabiertos musitando su nombre.
Y entonces fue cuando finalmente se dio permiso para llorar.
Era increíble cómo podía contenerse, mantener todo guardado dentro hasta que lo veía. Pero estando ya él ahí, lo único que pudo hacer fue hundir la cara en su cálido pecho, acurrucarse más entre sus brazos.
Como si él, con su sola presencia, pudiera hacer desaparecer sus problemas.
—¿Penelope? ¿Qué ocurrió?—lepreguntó él en tono dulce y preocupado—.¿Qué pasa?
Penelope se limitó a mover la cabeza, y ese movimiento tendría que bastar hasta que encontrara las palabras, reuniera el valor y le pararan las lágrimas.
—¿Quéte hizo?
—¡Uy,Colin! —dijo ella, sacando de alguna parte la energía para levantar la cabeza y poder verle la cara—. Lo sabe.
—¿Cómo?—preguntó él, palideciendo.
Penelope sorbió por la nariz y se pasó el dorso de la mano por la nariz.—Por culpa mía.
Él le pasó un pañuelo sin apartar los ojos de su cara.—Noes por tu culpa —dijo en tono duro.
Ella curvó los labios en una triste sonrisa. El tono duro de él era para Cressida, pero ella también se lo merecía.
—Loes —dijo, con un dejo de resignación—. Ocurrió exactamente como dijiste. No presté atención a lo que escribí. Cometí un desliz.
—¿Quéhiciste?
quitarse el hormigueo de entusiasmo que le discurría por la piel al mirarlo.
—¿Colin? —preguntó, vacilante; había estado hablando un minuto entero y él todavía no decía nada.
—Yome ocuparé de todo —dijoél—.No quiero que te preocupes en lo más mínimo.
—Teaseguro que eso es imposible—ledijo ella con voz trémula.
—Metomo muy en serio mis promesas del matrimonio —contestó él, en un tono casi aterrador—. Creo que prometí honrarte y mantenerte.
—Deja que yo te ayude. Juntos podemos resolver esto.
A él se le curvó una comisura de la boca en una insinuación de sonrisa.—¿Tienes una solución?
—No—negóella con la cabeza—. He estado pensando toda la tarde y no
sé…,aunque…
—¿Aunque qué? —preguntó él, arqueando las cejas.
Ella abrió la boca, luego frunció los labios, y volvió a abrirlos para decir:
—¿Ysi le pidiera ayuda a lady Danbury?
—¿Quieres pedirle que le pague a Cressida?
—No—repuso ella, aun cuando el tono de él le indicó que no decía en serio eso—. Le voy a pedir que sea yo.
—¿Qué?
—Todos creen que ella es lady Whistledown, de todos modos. Al menos,
muchas personas lo creen. Si ella hiciera una declaración…—Cressida la refutaría al instante —interrumpió Colin.
—¿Quiénle creería a Cressida más que a lady Danbury? —dijo ella, mirándolo con los ojos agrandados, muy serios—. Yo no me atrevería a
—Prométeme que no recurrirás a ella.
—Pero…
—Prométemelo.
—Telo prometo, pero…
—Sin peros. Si es necesario, contactaremos con lady Danbury, pero no antes de que yo haya tenido la oportunidad de pensarlo a ver si se me ocurre
otra cosa.—Sepasó la mano por el pelo—. Tiene que haber otra solución.
—Tenemos una semana —dijo ella dulcemente, pero no encontrótranquilizadoras sus palabras, y era difícil imaginarse que para él lo fueran.
Entonces él se dio media vuelta, su giro tan enérgico y preciso que igual podría haber sido un militar.
—Volveré —dijo, dirigiéndose a la puerta.
—¿Adónde vas? —exclamó ella, levantándose de un salto.Él se detuvo con la mano puesta en el pomo.
—Tengo que pensar.
—¿Nopuedes pensar aquí conmigo?
A él se le suavizó la cara y volvió a su lado. Le cogió tiernamente la cara entre las manos, musitando su nombre.
—Tequiero—ledijo en voz baja y ardiente—. Te amo con todo lo que soy, todo lo que he sido y todo lo que espero ser.
—Colin…
—Teamo con mi pasado y te amo por mi futuro.—Labesó dulcemente en los labios—. Te amo por los hijos que tendremos y por los años que tendremos juntos. Te amo por todas y cada una de mis sonrisas y, más aún, por todas y cada una de tus sonrisas.
mirarla cuando cogió el pomo—. No te olvides de la fiesta de mi hermana esta noche.
A Penelope se le escapó un corto gemido.
—¿Tenemos que ir? Lo último que necesito ahora es presentarme en público.
—Tenemos que ir. Daphne no ofrece bailes con mucha frecuencia y lo sentiría muchísimo si no asistiéramos.
—Losé —suspiró Penelope—. Lo sé. Lo sabía mientras me quejaba. Lo siento.
—Nopasa nada. —Sonrió irónico—. Tienes derecho a estar un poco malhumorada hoy.
—Sí—dijo ella, tratando de sonreír también—. Lo tengo, ¿verdad?—Volveré —prometió él.
—¿Adónde…?
No terminó la pregunta. Era evidente que él no quería que le hicieran preguntas, ni siquiera ella. Pero él la sorprendió, contestando:
—Aver a mi hermano.—¿AAnthony?
—Sí.
Ella asintió alentadora.
—Ve. Yo estaré muy bien.
Los Bridgerton siempre encontraban fuerza en otros Bridgerton. Si Colin necesitaba el consejo de su hermano, debía ir ahí sin tardanza.
—Acuérdate de prepararte para el baile de Daphne —dijo él, abriendo la puerta.
cansada, tan agotada, que en ese momento lo único que necesitaba era cerrar los ojos y no pensar en nada aparte de los ojos verdes de su marido y la luz brillante de su sonrisa.
Mañana.
Mañana ayudaría a Colin a resolver el problema.
Esa tarde descansaría. Echaría una cabezada, a ver si lograba dormir, e intentaría imaginarse cómo enfrentaría a la sociedad esa noche, sabiendo que Cressida estaría ahí, observándola y a la espera de que diera un paso en falso.
Cualquiera diría que después de doce años de fingir que no era otra cosa que la feúcha Penelope Featherington, ya estaría acostumbrada a representar papeles y a ocultar su verdadero ser.
Pero eso era cuando su secreto estaba seguro; ahora todo era diferente. Se acomodó en el sofá y cerró los ojos.
Todo era diferente, sí, pero eso no significaba que tuviera que ser peor,¿no?
Todo iría bien. Iría bien. Tenía que ir bien.¿No?
Colin ya empezaba a lamentar su decisión de coger el coche para ir a la casa de su hermano.
Habría preferido caminar, el uso vigoroso de sus piernas, pies y músculos era la única salida socialmente aceptable para su furia. Pero el tiempo era esencial, e incluso con el tráfico, el coche lo llevaría a Mayfair más rápido que sus dos pies.
los caballos del carro de la leche estuvieran bien atendidos, informó a su cochero que continuaría a pie, y echó a andar.
Miraba desafiante las caras de las personas que se cruzaban con él, disfrutando perversamente cuando desviaban la mirada al verle la expresión de hostilidad. Casi deseaba que alguien hiciera un comentario para poder descargar la furia a puñetazos. Aunque la única persona a la que realmente deseaba estrangular era Cressida Twombley, en esos momentos cualquiera habría sido un buen blanco.
La furia lo desequilibraba, lo volvía irracional. Lo transformaba en otro. Todavía no entendía bien lo que le ocurrió cuando Penelope le contó lo de
la amenaza de Cressida. Era más que rabia, más que furia. Era algo físico; discurría por sus venas, le vibraba bajo la piel.
Deseaba golpear a alguien.
Deseaba patear cosas, enterrar los puños en una pared.
Sí que sintió furia cuando Penelope publicó su última hoja; en realidad, pensó que era imposible que pudiera experimentar una furia más grande.
Pues se equivocó.
O tal vez lo que sentía en esos momentos era, simplemente, otro tipo de rabia. Alguien quería hacerle daño a la persona que amaba por encima de todas las demás.
¿Podía tolerar eso? ¿Podía permitir que ocurriera? La respuesta era sencilla: no.
Tenía que impedir eso. Tenía que «hacer» algo.
Después de tantos años de andar muy despacio por la vida, riéndose de las travesuras de los demás, era hora de que actuara él.
—Necesito tu ayuda —dijo Colin. Solo necesitó decir eso.
Penelope ya estaba vestida para el baile cuando entró su doncella con una nota de Colin.
—Dunwoody lo recibió del mensajero —explicó la doncella y después de hacerle una venia se retiró para que pudiera leer la nota tranquila.
Penelope pasó el dedo enguantado bajo la solapa del sobre, lo abrió y sacóla hoja en que vio la hermosa y pulcra letra que ya le era tan conocida desde que comenzara a corregir los diarios de Colin.
Esta noche iré al baile por mi cuenta. Por favor, ve a la casa Número Cinco. Madre, Eloise y Hyacinth te estarán esperando para acompañarte a la casa Hastings.
Todo mi amor Colin
Para ser alguien que escribía tan bien en sus diarios, no era muy bueno para escribir cartas, pensó Penelope sonriendo irónica.
Se levantó y se alisó la fina seda de la falda. Había elegido un vestido de su color favorito, verde salvia, con la esperanza de que le diera valor. Su madre siempre decía que, cuando una mujer se ve bien, se siente bien. Dios sabía que había pasado sus buenos ocho años de su vida sintiéndose bastante mal con los vestidos que su madre aseguraba le sentaban bien.
tiempo para enviar órdenes al personal para que la llevaran a la casa de su madre cuando ella podría haber dado la orden igual de bien.
Tenía que estar planeando algo. ¿Pero qué? ¿Iría a interceptar a Cressida Twombley para embarcarla a una colonia como prisionera?
No, demasiado melodramático.
Tal vez había descubierto algún secreto de Cressida y pensaba chantajearla. Silencio por silencio.
Asintió aprobadora mientras el coche traqueteaba por Oxford Street. Eso tenía que ser. Típico de Colin idear algo tan perfectamente adecuado e ingenioso. ¿Pero qué podría haber descubierto de Cressida en tan poco tiempo? En todos sus años como lady Whistledown jamás había oído ni un susurro de algo escandaloso adherido al nombre de Cressida.
Cressida era cruel, y Cressida era mezquina, pero jamás se salía de las reglas de la sociedad. Lo único verdaderamente atrevido que había hecho en su vida fue declarar que era lady Whistledown.
El coche viró al sur para entrar en Mayfair y a los pocos minutos se detuvo delante de la casa Número Cinco. Eloise debió de haber estado mirando por la ventana, porque bajó prácticamente volando por la escalinata y habría chocado con el coche si el cochero no se hubiera bajado en ese preciso instante bloqueándole el camino.
Saltando de un pie al otro, Eloise esperó que el cochero abriera la puerta; estaba tan impaciente que a Penelope la sorprendió que no hiciera a un lado al cochero para abrir ella la puerta. Una vez estuvo abierta la puerta, no hizo caso de la mano que le tendía el cochero para ayudarla y subió de un salto, se le enredó un pie en la falda y estuvo a punto de caer de bruces al suelo. Tan
hermana sobre el chantaje de Cressida, bueno, a no ser que su plan consistiera en poner a Eloise a hostigarla hasta matarla.
—Nosé qué quieres decir —dijo.
—¡Tienes que saber lo que quiero decir! —insistió Eloise, mirando por encima del hombro hacia la casa. La puerta se estaba abriendo—. ¡Ah, quélata! Ya vienen madre y Hyacinth. ¡Dímelo!
—¿Decirte qué?
—Por qué Colin nos envió esa nota abominablemente enigmática
ordenándonos que nos pegáramos a ti como «cola» toda la noche.—¿Esohizo?
—Sí,¿y puedo señalar que subrayó la palabra «cola»?
—Yyo que pensé que el énfasis era tuyo —dijo Penelope, sarcástica.
—Penelope —dijo Eloise, enfurruñada—, este no es el momento para que te rías de mí.
—¿Cuándo es el momento?—¡Penelope!
—Perdona, no pude resistirme.—¿Sabes de qué iba esa nota?
Penelope negó con la cabeza. Lo cual no era del todo una mentira, se dijo. No sabía lo que tenía planeado Colin para esa noche.
Justo entonces se abrió la puerta y subió Hyacinth de un salto.—¡Penelope! —exclamó muy entusiasmada—. ¿Qué pasa?
—Nolo sabe —contestó Eloise. Hyacinth la miró molesta.
—Seve que llegaste aquí antes.
con la piel.
—¡Hyacinth! —exclamó Violet.
—Todo esto es muy extraño —dijo Hyacinth, encogiéndose de hombros.—Enrealidad —dijo Penelope, deseosa de cambiar el tema, o al menos
desviarlo un poco—, lo que yo me pregunto es qué se va a poner Colin. Eso captó la atención de todas.
—Salió de casa con su ropa de tarde —explicó Penelope— y no volvió. No me imagino que vuestra hermana vaya a aceptar nada inferior a un traje completo de gala para su baile.
—Se pondrá algo de Anthony —dijo Eloise despreocupadamente—. Tienen exactamente la misma talla. Y la misma de Gregory también. Solo Benedict es diferente.
—Cinco centímetros más alto —acotó Hyacinth.
Penelope asintió, fingiendo interés. Miró por la ventanilla al notar que el coche iba más lento. Seguramente el cochero trataba de agenciárselas para pasar por entre la cantidad de coches que abarrotaban Grosvenor Square.
—¿Acuántas personas se espera esta noche? —preguntó.
—Creo que invitaron a quinientas —contestó Violet—. Daphne no ofrece fiestas con mucha frecuencia, pero lo que le falta en frecuencia lo compensa con cantidad.
—Detesto las multitudes —masculló Hyacinth—. No voy a poder hacer una respiración decente esta noche.
—Tengo suerte de que hayas sido la última—ledijo Violet, con cansino cariño—. No habría tenido energía para ninguna hija más después de ti, estoy segura.
medio en broma—. Ya me lo imagino: Los Bridgerton a Coro. Haríamos una fortuna en el escenario.
—Estás de humor pendenciero esta noche—lecomentó Penelope. Hyacinth se encogió de hombros.
—Solo me estoy preparando para mi inminente transformación en cola. Me parece que eso exige una cierta preparación mental.
—¿Unestado mental pegajoso?—Exactamente.
—Tenemos que casarla pronto —dijo Eloise a su madre.—Túprimero —replicó Hyacinth.
—Estoy trabajando en ello —dijo Eloise enigmáticamente.—¡¿Qué?!
La exclamación sonó con un volumen bastante amplificado porque salióde tres bocas al mismo tiempo.
—Eso es todo lo que voy a decir —contestó Eloise, en un tono que hizo comprender a todas que lo decía en serio.
—Yo llegaré al fondo de esto —aseguró Hyacinth a su madre y a Penelope.
—Nome cabe duda —contestó Violet.
Eloise se limitó a alzar el mentón y mirar por la ventanilla.—Hemos llegado —anunció.
Las cuatro damas esperaron a que el cochero abriera la puerta y bajaron una a una.
—¡Buen Dios! —dijo Violet aprobadora—, Daphne se ha superado a símisma.
subir al lado de Penelope.
—Siento magia aquí —comentó Eloise, mirando alrededor, como si nunca hubiera estado en un baile en Londres—. ¿No la sientes?
Penelope se limitó a mirarla, temiendo que si abría la boca soltaría todos sus secretos. Eloise tenía razón. Había algo extraño, eléctrico en el aire, una especie de energía crujiente, la que se siente justo antes de una tormenta eléctrica.
—Casi la siento como un momento decisivo —musitó Eloise—, como si a uno pudiera cambiarle la vida totalmente, todo en una noche.
—¿Quéquieres decir, Eloise?—lepreguntó Penelope, alarmada por la expresión que veía en los ojos de su amiga.
—Nada —dijo Eloise, encogiéndose de hombros. Pero seguía dibujada una sonrisa misteriosa en sus labios cuando pasó el brazo por el de Penelope y musitó—: Vamos, la noche nos espera.
Penelope había estado muchas veces en la casa Hastings, tanto en fiestas formales como en reuniones más informales, pero jamás había visto tan hermoso ni más mágico el antiguo y majestuoso edificio, que esa noche.
Las damas Bridgerton y ella estaban entre los primeros en llegar; lady Bridgerton siempre decía que era muy mala educación que los miembros de la familia se atuvieran a la regla de llegar tarde que estaba de moda. Y era agradable llegar tan temprano, pensó. Podría ver las decoraciones sin tener que abrirse paso por en medio de una multitud.
Daphne había decidido no dar un tema a su baile, a diferencia del baile egipcio de la semana anterior y el griego de hacía dos semanas. Había decorado su casa con la misma sencilla elegancia con que vivía su vida diaria. Cientos de velas en candelabros adornaban las paredes y las mesas, su luz parpadeante reflejándose en las enormes lámparas arañas que colgaban del cielo raso. Las ventanas estaban cubiertas por vaporosas cortinas plateadas, la tela semejante a la que uno se podría imaginar vestían las hadas. Los lacayos, que normalmente vestían librea azul con dorado, esa noche llevaban azul con adornos plateados.
El ambiente casi la hacía sentirse una princesa en un cuento de hadas.
—Meencantaría saber cuánto ha costado todo esto —comentó Hyacinth con los ojos agrandados.
—Aúnno veo a Colin —dijo Eloise, alargando el cuello.
—¿No?—Penelope paseó la vista por el salón—. ¡Qué raro!—¿Tedijo que estaría aquí antes de que llegaras?
—No, pero no sé por qué pensé que estaría. Violet le dio unas palmaditas en el brazo.
—Seguro que no tardará en llegar, Penelope. Y entonces todas sabremos cuál es ese gran secreto que lo ha hecho insistir en que no nos apartemos de tu lado. Y no es que eso lo consideremos una tarea engorrosa—seapresuró a añadir abriendo los ojos como alarmada—. Sabes que adoramos tu compañía.
Penelope le sonrió, tranquilizadora.—Losé. El sentimiento es mutuo.
Ya quedaba solo un grupo de personas delante de ellas en la fila de recepción, así que no tardarían mucho en saludar a Daphne y a su marido Simon.
—¿Quéle pasa a Colin? —preguntó Daphne tan pronto como comprobóque los otros invitados no podían oírla.
Puesto que la pregunta parecía dirigida principalmente a ella, Penelope se vio obligada a contestar:
—Nolo sé.
—¿Envióuna nota aquí también? —preguntó Eloise.
—Sí—asintió Daphne—, tenemos que vigilarla, decía.
—Podría ser peor —dijo Hyacinth—. Nosotras tenemos que pegarnos a ella como cola.—Sele acercómás—.Subrayó «cola».
—Yyo que pensaba que no era una tarea engorrosa —bromeó Penelope.
—¡Alady Danbury! —exclamaron todas.
A excepción de Penelope, que tenía una muy buena idea de por qué Colin podría querer que se mantuviera alejada de la anciana condesa. Tenía que haber ideado algo mejor que su plan de convencer a lady Danbury de que mintiera diciéndole a todo el mundo que ella era lady Whistledown. Tenía que ser la teoría del doble chantaje. ¿Qué otra cosa podía ser? Tenía que haber descubierto algún secreto horrible acerca de Cressida.
Se sintió casi mareada de placer.
—Yocreí que eras muy buena amiga de lady Danbury—ledijo Violet.—Losoy —repuso ella, tratando de parecer perpleja.
—Esto es muy curioso —dijo Hyacinth, dándose golpecitos en la mejilla con el índice—. Muy curioso.
—Eloise, estás muy callada —dijo Daphne de repente.
—Solo ha hablado para decir que estoy loca—señalóHyacinth.
Eloise había estado mirando al espacio, o tal vez a algo que estaba detrás de Daphne y Simon, sin prestar atención a la conversación.
—¿Mmm?—dijo—.Ah, bueno, no tengo nada que decir, supongo.—¿Tú?—exclamó Daphne.
—Exactamente lo que estaba pensando —dijo Hyacinth.
Penelope pensaba igual que Hyacinth, pero decidió guardárselo. No era típico de Eloise no intervenir con una opinión, menos aún en una noche como esa, que a cada segundo iba pareciendo más envuelta en el misterio.
Eloise simplemente se encogió de hombros.
—Todas estabais diciendo todo muy bien—dijo—,¿qué podría haber añadido yo a la conversación?
—Bueno, yo sí —insistió Hyacinth.
—Yhablando de cola —dijo Eloise cuando se alejaban de Daphne y Simon—. Penelope, ¿te parece que puedes conformarte con dos raciones un rato? Yo debo separarme un momento.
—Yoiré contigo —declaró Hyacinth.
—Nopodéis marcharos las dos —dijo Violet—. Estoy segura de que Colin no quería que Penelope se quedara solo conmigo.
—¿Puedo ir cuando ella vuelva, entonces? —preguntó Hyacinth haciendo una mueca—. No es algo que pueda evitar.
Violet miró a Eloise, expectante.—¿Qué?
—Esperaba que dijeras lo mismo.
—Yosoy muy decorosa —dijo Eloise, sorbiendo por la nariz.—¡Vamos, por favor! —masculló Hyacinth.
Violet emitió un gemido.
—¿Estássegura de que deseas que continuemos a tu lado?—lepreguntó a Penelope.
—Meparece que no tengo elección —contestó Penelope, divertida.—Ve—dijo Violet a Eloise—. Pero date prisa.
Eloise asintió y luego, ante la sorpresa de todas, se acercó a Penelope a darle un rápido abrazo.
—¿Yesto por qué?—lepreguntó Penelope, sonriendo afectuosa.
—Ningún motivo —repuso Eloise, sonriéndole con una sonrisa muy parecida a una de Colin—. Solo que creo que esta va a ser una noche especial para ti.
Toda la hora siguiente, Penelope, Violet y Hyacinth se mantuvieron juntas, hablando con otros invitados y avanzando como un ser gigantesco.
—Tres cabezas y seis piernas tenemos —comentó Penelope, caminando hacia una ventana, seguida por las dos Bridgerton.
—¿Cómohas dicho? —preguntó Violet.
—¿Deverdad quieres mirar por la ventana o solo quieres ponernos a prueba?—lepreguntó Hyacinth—. ¿Y dónde está Eloise?
—Quería ponerte a prueba a ti —dijo Penelope—. Y seguro que a Eloise la ha detenido algún invitado. Tú y yo sabemos muy bien que hay muchas personas con las que es bastante difícil cortar una conversación.
—¡Vaya! —masculló Hyacinth—. Alguien necesita revisar su definición de cola.
—Hyacinth, si necesitas ir a alguna parte y dejarme unos minutos, por favor, ve.—Miróa Violet—. Usted también. Si necesita irse, le prometo que continuaré aquí en este rincón hasta que vuelva.
Violet la miró horrorizada.
—¿Yfaltar a la palabra dada a Colin?
—Eh…¿Le dio su palabra?
—No, pero eso estaba implícito en su petición, no me cabe duda. ¡Ah, mira! —exclamó—. ¡Ahí está!
Penelope hizo una señal para captar la atención de su marido lo más discretamente que pudo, pero toda su circunspección la estropeó Hyacinth al agitar vigorosamente los brazos, gritando:
—¡¡Colin!!
Violet emitió un gemido.
—Oye, ¿y qué le ha ocurrido a Eloise?
—Esa es muy buena pregunta —masculló Hyacinth, justo en el momento en que Penelope decía:
—Notardará en volver.
Él asintió, al parecer no demasiado interesado.
—Madre, ¿cómo has estado? —preguntó a Violet.
—¿Hasestado enviando notas por toda la ciudad y quieres saber cómo he estado?
Él sonrió.—Sí.
Violet comenzó a mover un dedo delante de él, cosa que tenía prohibido hacer en público a sus hijos.
—Ah, eso sí que no, Colin Bridgerton. No te vas a escapar de explicarlo. Soy tu madre, ¡tu madre!
—Sémuy bien el parentesco —musitó él.
—Note vas a poner a bailar el vals aquí y distraerme con una frase ingeniosa y una sonrisa seductora.
—¿Encuentras seductora mi sonrisa?—¡Colin!
—Pero has hecho una buena observación —dijo él. Violet pestañeó.
—¿Sí?
—Sí,lo del vals. —Ladeó ligeramente la cabeza—. Creo que oigo el comienzo de uno.
—Yono oigo nada —dijo Hyacinth.
ventana.
—¿Dóndeestamos? —preguntó Penelope, mirando alrededor.—Nolo sé. Me pareció un lugar tan bueno como cualquier otro.—¿Mevas a decir qué pasa?
—No, primero te voy a besar.
Y antes de que ella pudiera contestar (y no que hubiera protestado), los labios de él se apoderaron de los de ella en un beso ávido, avasallador y tierno a la vez.
—¡Colin! —exclamó ella en la fracción de segundo que él apartó los labios para respirar.
—Ahora no —musitó él, volviéndola a besar.
—Pero…—alcanzó a decir ella.
Era el tipo de beso que la envolvía de la cabeza a las puntas de los pies, por la forma como él le mordisqueaba los labios, sus manos apretándole las nalgas y deslizándose por su espalda. Era el tipo de beso que le habría licuado las rodillas y llevado a desmayarse en el sofá, dejándolo hacerle lo que fuera, cuanto más escandaloso mejor, aun cuando estaban a solo unos cuantos
metros de los quinientos aristócratas invitados, pero…—¡Colin! —exclamó, logrando apartar la boca.
—¡Shhh!
—¡Colin, tienes que parar!
Él la miró como un cachorrito perdido.—¿Debo?
—Sí.
—Supongo que vas a decir que por toda la gente que está cerca.
esté en marcha.
Ella lo miró incrédula.—Nolo dices en serio.
—Bueno…—élmiró hacia la puerta, como con la esperanza de escapar.—Dímelo.
—Muy bien —suspiró él, y volvió a suspirar.—¡Colin!
—Voy a hacer un anuncio —dijo él, como si eso lo explicara todo.
Ella estuvo un momento sin decir nada, pensando que todo se aclararía si esperaba y lo pensaba, pero eso no le resultó, así que preguntó, lentamente y con cautela:
—¿Quétipo de anuncio?
—Voy a decir la verdad —dijo él, con la expresión muy resuelta.—¿Sobre mí?
Él asintió.
—¡Nopuedes hacer eso!
—Penelope, creo que es lo mejor.
A ella le subió el terror a la garganta y se le oprimieron terriblemente los pulmones.
—No, Colin, no puedes. ¡No puedes hacer eso! ¡No es un secreto tuyo, que puedas revelar!
—¿Quieres pagarle a Cressida el resto de tu vida?
—No, claro que no, pero puedo pedirle a lady Danbury…
—¡Nole vas a pedir a lady Danbury que mienta por ti! —ladróél—.Eso es indigno de ti, y lo sabes.
quiero. Mientras estemos juntos seremos felices.
—Noes eso —dijo ella, tratando de soltarse una mano para limpiarse las lágrimas.
Pero él no la soltó.
—¿Quées, entonces?
—Tútambién quedarás deshonrado.—Nome importa.
Ella lo miró muda de incredulidad. Decía eso tan tranquilo, tan indiferente a algo que le cambiaría toda su vida, se la cambiaría de maneras que ni podía imaginarse.
—Penelope, esa es la única solución —dijo él, en tono tan tolerante que ella casi no lo pudo soportar—. O lo decimos al mundo nosotros o lo dice Cressida.
—Podríamos pagarle.
—¿Es eso lo que quieres, de verdad? ¿Darle todo el dinero que has ganado trabajando tan arduamente? Igual podrías haberla dejado que dijera al mundo que ella era lady Whistledown.
—No puedo permitirte hacer eso —dijo ella—. Me parece que no entiendes lo que significa estar fuera de la sociedad.
—¿Ytú lo entiendes?—Mejor que tú.
—Penelope…
—Intentas actuar como si no importara, pero sé que no lo sientes así. Te enfureciste tanto cuando publiqué esa última hoja porque pensabas que yo no debía arriesgarme a que se descubriera el secreto.
también, de todas las maneras que él le había enseñado, pero nunca, hasta ese momento, lo había visto tan claro, tan franco, tan puro. Todas sus súplicas de que no hiciera el anuncio, todas eran por él.
Tragó saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta, trató de encontrar palabras, incluso tuvo que tratar de respirar.
Ella le tocó la mano, sus ojos suplicantes, sus mejillas todavía mojadas por las lágrimas.
—No podría perdonármelo jamás —le dijo—. No quiero destruir tus sueños.
—Nunca fueron mis sueños hasta que te conocí —susurró él.
—¿No quieres publicar tus diarios? —le preguntó ella, pestañeando confusa—. ¿Solo lo ibas a hacer por mí?
—¡No!—dijo él, porque ella se merecía una sinceridad total—. Lo deseo. Es mi sueño. Pero es un sueño que tú me diste.
—Eso no significa que pueda estropeártelo.—Nome lo vas a estropear.
—Sí,yo…
—No —dijo él enérgicamente—, no. Y conseguir que publiquen mi trabajo no se compara ni de cerca con mi verdadero sueño, que es pasar el resto de mi vida contigo.
—Eso lo tendrás siempre —dijo ella dulcemente.
—Losé.—Lesonrió y luego adoptó su sonrisa engreída—. ¿Qué tenemos que perder, entonces?
—Posiblemente más de lo que podríamos imaginar.
—Yse mostró bastante complacido. A ella se le iluminó la cara.
—¿Sí?
—Ydivertido. Dijo que era digna de admiración la persona capaz de guardar tantos años un secreto así. Dijo que no veía las horas de contárselo a Kate.
—Supongo, entonces, que tendrás que hacer el anuncio. El secreto ya se sabe.
—Anthony no dirá nada si yo se lo pido. Eso no tiene nada que ver con mi motivo para desear decir la verdad al mundo.
Ella lo miró expectante, recelosa.
—Laverdad es —dijo Colin, tironeándole la mano y acercándola aél—que me siento orgulloso de ti.
Ella notó que estaba sonriendo, y lo encontró de lo más raro, porque solo hacía un momento no podía imaginarse que alguna vez podría volver a sonreír.
Él acercó la cara hasta tocarle la nariz con la suya.
—Quiero que todo el mundo sepa lo orgulloso que me siento de ti. Cuando haya terminado no habrá ni una sola persona en Londres que no reconozca lo inteligente que eres.
—Detodos modos podrían odiarme —dijo ella.
—Podrían —concedióél—,pero ese será problema de ellos, no nuestro.
—¡Ay,Colin, cuánto te quiero! —suspiró ella—. Y eso es algo excelente en realidad.
—Losé —sonrió él.
—.¿O decírselo a alguien y dejar que se propague el rumor?
—No hay nada como un gesto grandioso para que surta efecto un mensaje.
Ella volvió a tragar saliva. En cuanto a gestos, ese sí iba a ser grandioso.
—Nosoy muy buena para ser el centro de atención —dijo, esforzándose por recordar cómo se respira a ritmo normal.
Él le apretó la mano.
—Note preocupes, yo sí.
Paseó la vista por la multitud hasta que sus ojos encontraron los del anfitrión, su cuñado el duque de Hastings. Entonces hizo un gesto de asentimiento y el duque echó a andar hacia la orquesta.
—¿Simon lo sabe? —preguntó Penelope en un susurro.
—Se lo dije cuando llegué —musitó Colin, distraídamente—. ¿Cómo crees que supe encontrar la salita con el balcón?
Y entonces ocurrió algo de lo más extraordinario. Apareció un verdadero ejército de lacayos y comenzaron a pasar copas altas de champán a todos los invitados.
—Aquíestán las nuestras —dijo Colin, cogiendo dos copas que estaban en un extremo de la baranda—. Tal como lo pedí.
Penelope cogió la suya en silencio, todavía sin comprender del todo lo que se estaba desarrollando a su alrededor.
—Probablemente esta ya está menos burbujeante—lesusurró Colin, en un tono de complicidad con el que, comprendió ella, intentaba relajarla—. Pero es lo mejor que logré hacer dadas las circunstancias.
sonrisa sesgada—, por lo tanto, tendréis que consentirme mi comportamiento de enamorado.
Risas amistosas pasaron ondulando por la muchedumbre.
—Sé que muchos os sorprendisteis cuando le pedí a Penelope Featherington que se casara conmigo. Yo me sorprendí.
Por el aire subieron unas pocas risitas nada amables, pero Penelope se mantuvo inmóvil, muy erguida. Colin diría lo correcto, lo sabía. Colin siempre decía lo correcto.
—Nome sorprendió que me enamorara de ella —dijo él con énfasis, mirando a la gente desafiante, como diciendo «a ver si se atreven a hacer un comentario»—; lo que me sorprendió fue haber tardado tanto tiempo. La conozco desde hace muchos años, y no sé por qué nunca me había tomado el tiempo para mirar al fondo, para mirar dentro, para ver a la mujer hermosa, inteligente e ingeniosa en que se había convertido.
Penelope sintió bajar lágrimas por la cara, pero no se movió; en realidad, escasamente podía respirar. Había esperado que él revelara su secreto y, en cambio, él le estaba haciendo ese increíble regalo, esa espectacular declaración de amor.
—Por lo tanto —continuó Colin—, teniéndoos a todos por testigos, quiero decir, Penelope—sevolvió hacia ella, cogiéndole la mano libre—, te quiero, te amo, te adoro. Adoro el suelo que pisas. —Volviéndose hacia la multitud, alzó la copa—: ¡Por mi mujer!
—¡Portu mujer! —gritaron todos, atrapados en la magia del momento. Colin bebió y Penelope bebió, aun cuando no podía dejar de pensar en qué
momento les iba a decir el verdadero motivo de ese discurso.
reojo a Penelope, con expresión pícara—. No me cabe duda de que lo comprenderéis.
Los hombres silbaron y ulularon, mientras Penelope se ponía roja granate.—Pero antes de irme, tengo que decir una última cosa. Una última cosa,
por si todavía alguien no me cree cuando os digo que mi mujer es la mujer más ingeniosa, más inteligente, más encantadora de todo Londres.
—¡Noooo! —gritó una voz en la parte de atrás del salón. Penelope comprendió que era Cressida.
Pero ni siquiera Cressida podía con la multitud; nadie la dejó pasar, nadie hizo el menor caso de sus gritos.
—Podríamos decir que mi mujer tiene dos apellidos de soltera —dijo Colin, muy serio—. Como es lógico, todos la conocéis como Penelope Featherington, como la conocía yo. Pero lo que no sabíais, y lo que ni siquiera
yo tuve la inteligencia para descubrir hasta que ella me lo dijo… —esperóhasta que se hizo el silencio en el salón— es que es también la brillante, la
ingeniosa, la extraordinaria, la pasmosamente magnífica…, ah, todos sabéis a quién me refiero —movió el brazo como para abarcar a toda la muchedumbre—.¡Os revelo a mi mujer! —dijo, su amor y orgullo resonando en el salón—.¡Lady Whistledown!
Por un momento reinó el silencio. Era casi como si nadie se atreviera a respirar.
Y entonces comenzó: clap, clap, clap. Un aplauso lento y metódico, pero con tanta fuerza que todos tuvieron que girarse para ver quién se había atrevido a romper el pasmado silencio.
Era lady Danbury.
habilidades, eso era todo lo que podría haber soñado. Bueno, casi todo.
Todo lo que había soñado siempre estaba a su lado, rodeándole la cintura con el brazo. Y cuando lo miró, le miró su amada cara, él le estaba sonriendo con un amor y un orgullo que le dejó atascado el aire en la garganta.
—Enhorabuena, lady Whistledown —musitó.—Prefiero señora Bridgerton —repuso ella.—Excelente elección —sonrió él.
—¿Podemos irnos? —susurró ella.—¿Ahora?
Ella asintió.
—Ah, pues sí —dijo él entusiasmado.
Y nadie los volvió a ver durante varios días.
—¡Yaestá! ¡Ya está aquí!
Penelope levantó la vista de los papeles que tenía esparcidos en el escritorio. Colin estaba en la puerta de su pequeño despacho, saltando sobre uno y otro pie como un escolar.
—¡Tu libro! —exclamó, levantándose con la mayor rapidez que le permitía su desgarbado cuerpo—. Uy, Colin, déjame verlo. Déjame verlo. No veía las horas.
Él le pasó el libro sin poder reprimir su sonrisa.
—¡Ooohhh! —exclamó ella, reverente, dándole vueltas entre las manos al delgado libro encuadernado en piel, mirándolo por todos lados. Se lo acercó a la cara y aspiró—. ¡Ah, caramba! ¿No te gusta el olor de los libros nuevos?
—Mira esto, mira esto —dijo él, impaciente, apuntando a su nombre sobre la cubierta.
Penelope sonrió de oreja a oreja.
—¡Mira tú, y qué elegante!—Pasóel dedo por las palabras, leyendo—:
Un inglés en Italia, por Colin Bridgerton.
Él parecía estar a punto de reventar de orgullo.—Haquedado bien, ¿verdad?
—Haquedado mejor que bien, ¡es perfecto! ¿Cuándo saldrá Un inglés en Chipre?
—Eleditor dice que cada seis meses. Después de ese quieren publicar Un inglés en Escocia.
—¡Uy,Colin, qué orgullosa estoy de ti!
Él la abrazó y apoyó el mentón en su cabeza.
—¿Quéson esos papeles?—lepreguntó él, mirándolos.
—¿Esto? Ah, nada importante. —Comenzó a ordenarlos en pilas—. Es solo un proyecto en que estaba trabajando.
Él se sentó al frente.—¿Sí?¿Qué?
—Es…,bueno…, en realidad…
—¿Quées, Penelope? —insistió él, con cara de estar divertidísimo por su tartamudeo.
—Meencontraba sin tener nada que hacer desde que terminé de revisar tus diarios—leexplicó ella—, y descubrí que echaba de menos escribir.
Él se inclinó hacia ella, sonriendo.—¿Enqué estás trabajando?
Ella se ruborizó; no sabía por qué.—Enuna novela.
—¿Unanovela? ¡Vamos, Penelope, eso es fantástico!—¿Túcrees?
—Pues claro que lo creo. ¿Cómo se titula?
—Bueno, solo llevo escritas unas doce páginas, y queda mucho trabajo por hacer, pero creo, si no decido cambiarla mucho, que se titulará La fea del baile.
—¿Sí?—dijo él, mirándola con ojos cálidos, casi empañados.—Esun poquitín autobiográfica —reconoció ella.
—¿Solo un poquitín?—Solo un poco.
—¿Pero tiene un final feliz?
JULIA QUINN (1970, Nueva York, Estados Unidos), este es el seudónimo más utilizado por la escritora Julie Pottinger (de soltera Julie Cotler), la cual se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard, iniciando estudios de Medicina en la de Yale, que no concluyó por el inesperado éxito de sus novelas románticas de corte histórico —comenzó a escribir mientras intentaba ingresar en la universidad de Medicina—. En unos meses abandonóla universidad. En el mismo período en que fue llamada por la universidad,
obtuvo su primer contrato con una editorial. Finalmente, decidió seguir una carrera literaria.
Julia Quinn ha sido traducida a más de 25 idiomas y es una habitual de las listas de los más vendidos del New York Times. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar varios premios Rita.
Julia Quinn es autora de novelas feministas dentro del género histórico- romántico, donde es considerada una maestra de los diálogos.
Actualmente, Julia vive con su familia en el noroeste del Pacífico.
FIN


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