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© Libro N° 15002. El Vizconde Que Me Amo. Quinn, Julia. Emancipación. Abril 11 de 2026

 

Título Original: © El Vizconde Que Me Amo. Julia Quinn

 

Versión Original: © El Vizconde Que Me Amo. Julia Quinn

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL VIZCONDE QUE ME AMO

Julia Quinn  


El Vizconde Que Me Amo

Julia Quinn 

Estaba decidida a proteger el corazón de su hermana…

Kate siempre supo que el éxito en sociedad no era para ella: pensaba que era demasiado alta, algo mayor para el matrimonio a sus veintiún años, y no especialmente bella. Por eso se dedica en cuerpo y alma a proteger a su adorable hermana pequeña de todos los vividores sin escrúpulos que la rondan en bailes y reuniones, atraídos por su belleza. Kate se siente más que capaz de mantener a raya a solteros de dudosa fama como el vizconde Anthony Bridgerton… aunque pronto descubrirá que del enfrentamiento a la pasión hay un paso muy pequeño.

¿Pero quién protegería el suyo propio?

Anthony Bridgerton tenía clara una cosa en su vida: que no viviría más años que los que vivió su padre, muerto antes de los cuarenta. Por eso ha decidido vivir su juventud intensamente, sin comprometerse a un amor que quedaría bruscamente interrumpido. Sin embargo, llega un momento en que decide casarse para dejar un heredero. Pero encuentra un formidable obstáculo, la persistente hermana de la novia elegida, que se atreve a desafiarle continuamente. Poco a poco, Anthony descubre en aquella mujer un rival

digno de él mismo, capaz de hacerle replantearse muchas cosas… y un ser excepcional del que le va ser muy difícil no acabar enamorado.

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Titivillus 22.09.2020

Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16

Sobre la autora

Vizconde de Bridgerton como su partido más cotizado para este año y, de hecho, si el pobre hombre parece despeinado y su cabello alborotado por el viento se debe a que no puede ir a ningún sitio sin que alguna joven señorita sacuda sus pestañas con tal vigor y celeridad que provoque una brisa de fuerza huracanada. Tal vez la única joven dama que no ha mostrado interés por Bridgerton sea la señorita Katharine Sheffield; su actitud hacia el vizconde en ocasiones roza más bien la hostilidad.

Y este es el motivo, querido lector, de que esta autora crea que un emparejamiento entre Bridgerton y la señorita Sheffield sería precisamente lo que animaría una temporada de otro modo vulgar.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

13 de abril de 1814

Oh, pero no de niño. El pequeño Anthony nunca había tenido motivos para pensar en su propia mortalidad. Sus primeros años habían sido la envidia de cualquier muchacho de su edad, una existencia perfecta desde el mismo día de su nacimiento.

Cierto que Anthony era el heredero de un antiguo y rico vizcondado, pero lord y lady Bridgerton, a diferencia de la mayoría de parejas aristocráticas, estaban muy enamorados, y el nacimiento de su hijo no fue recibido como la llegada de un heredero, sino como la de un hijo.

Por lo tanto no hubo más fiestas ni actos sociales, no hubo más celebraciones que la de una madre y un padre contemplando maravillados a su retoño.

Los Bridgerton eran padres jóvenes pero sensatos —Edmund apenas tenía veinte años y Violet solo dieciocho— y también eran padres fuertes que querían a su hijo con un fervor e intensidad poco común en su círculo social. Para gran horror de la madre de Violet, esta insistió en cuidar ella misma del muchacho. Edmund, por su parte, nunca había aceptado la actitud imperante entre la aristocracia según la cual los padres no debían ver ni oír a sus hijos. Se llevaba al niño a sus largas caminatas por los campos de Kent, le hablaba de filosofía y de poesía incluso antes de que el pequeño entendiera sus palabras, y cada noche le contaba un cuento antes de dormir.

Con una pareja tan joven y tan enamorada, para nadie fue una sorpresa que justo dos años después del nacimiento de Anthony se sumara a este un hermano más pequeño, a quien llamaron Benedict. Edmund hizo los ajustes necesarios en su rutina diaria para poder llevar a sus dos hijos con él en sus excursiones; se pasó una semana metido en los establos trabajando con su curtidor para idear una mochila especial que sostuviera a Anthony a su bajando la voz, esforzándose porque sus palabras sonaran cargadas de horror—.Dios bendito, ¿qué haría yo sin tres hombres fuertes para protegerme?

—Benedict es un bebé —contestaba Anthony.

—Pero crecerá —le aclaraba siempre ella mientras le alborotaba el cabello— igual que has hecho tú. E igual que continuarás haciendo.

Aunque Edmund siempre trataba a los niños con idéntico afecto y devoción, cuando a última hora de la noche Anthony sostenía contra su pecho el reloj de bolsillo de los Bridgerton (que le había regalado por su octavo cumpleaños su padre, quien a su vez lo había recibido de su padre, también por su octavo cumpleaños), al muchacho le gustaba pensar que su relación era un poco especial. No porque Edmund le quisiera más a él. A aquellas alturas los niños Bridgerton ya eran cuatro (Colin y Daphne habían llegado muy seguidos), y Anthony sabía bien que todos eran muy queridos.

No, a Anthony le gustaba pensar que su relación con su padre era especial porque le conocía desde hacía más tiempo. Así de sencillo. Al fin y al cabo, no importaba cuánto hiciera que Benedict conociera a su padre, Anthony siempre le llevaría dos años de ventaja. Y seis a Colin. Y en cuanto a Daphne, bien, aparte del hecho de que era una niña (¡qué horror!), conocía a su padre desde hacía ocho años menos que él y siempre sería así, le gustaba recordarse a sí mismo.

Edmund Bridgerton, en pocas palabras, ocupaba el mismísimo centro del mundo de Anthony. Era alto, de hombros anchos y cabalgaba a caballo como si hubiera nacido sobre la silla. Siempre sabía las respuestas a las preguntas de aritmética (incluso las que su tutor desconocía), no ponía pegas a que sus hijos tuvieran una cabaña en los árboles (por eso fue él mismo quien la sus metas y esperanzas… todo era por su padre.

Y luego, de repente, un día, todo cambió. Qué curioso, reflexionó a posteriori, cómo la vida podía alterarse en un instante, cómo en tal minuto las

cosas eran de cierto modo y al siguiente sencillamente… no.

Sucedió cuando Anthony tenía dieciocho años, había vuelto a casa para pasar el verano y prepararse para su primer año en Oxford. Iba a entrar en el All Souls College, igual que su padre antes que él, y su existencia era todo lo prometedora y resplandeciente que un joven de dieciocho años tiene derecho a desear. Había descubierto a las mujeres y, algo tal vez más maravilloso, las mujeres le habían descubierto a él. Sus padres seguían reproduciéndose felizmente y habían añadido a la familia a Eloise, Francesca y Gregory. Anthony hacía todo lo posible para no entornar los ojos cada vez que se cruzaba con su madre por el pasillo, ¡embarazada de su octavo hijo! En

opinión de Anthony, todo aquello resultaba bastante impropio —tener hijos a la edad de sus padres— pero se guardaba sus opiniones para sí.

¿Quién era él para poner en duda la prudencia de Edmund? Tal vez él mismo querría también tener más hijos a la madura edad de treinta y ocho.

Cuando Anthony se enteró ya era última hora de la tarde. Regresaba de una larga y dura cabalgada con Benedict y acababa de entrar por la puerta principal de Aubrey Hall, el hogar ancestral de los Bridgerton, cuando vio a su hermana de diez años sentada en el suelo. Benedict estaba aún en los establos pues había perdido una tonta apuesta con Anthony que le exigía cepillar ambos caballos de arriba abajo.

Anthony se paró en seco al ver a Daphne. Era sin duda inusual que su hermana estuviera sentada en medio del suelo en el vestíbulo principal. Era

—Teequivocas—le dijo a Daphne—. Tienes que estar equivocada. La niña sacudió la cabeza.

—Melo ha dicho Eloise. Leha…ha sido una…

Anthony sabía que no debía coger y zarandear a su hermana sollozante, pero no pudo contenerse.

—¿Queha sido qué, Daphne?

—Una abeja —susurró—. Le ha picado una abeja.

Por un instante, lo único que Anthony pudo hacer fue mirarla con fijeza. Finalmente con voz áspera y apenas reconocible dijo:

—Unhombre no se muere por la picadura de una abeja, Daphne.

La niña no dijo nada, continuó allí, sentada en el suelo. Su garganta se agitaba temblorosa mientras intentaba contener las lágrimas.

—Yale han picado antes—añadióAnthony elevando el volumen de voz—.Yo estaba con él una vez. Nos picaron a los dos. Nos encontramos un panal. A mí me picó en el hombro.—Deforma instintiva, subió la mano para tocarse el punto en que la abeja le había picado tantos años atrás. Y añadió en un susurró—: A él le picó en el brazo.

Daphne le miraba con fijeza y con una inquietante expresión de perplejidad.

—Nole pasó nada —insistió Anthony. Podía oír el pánico en su voz y sabía que estaba asustando a su hermana, pero era incapaz de controlarlo—.¡Un hombre no puede morir por una picadura de abeja!

Daphne sacudió la cabeza, de pronto sus ojos oscuros parecían los de alguien cien años mayor.

Pero cuando Anthony llegó al pasillo del piso superior, pudo detectar por el silencio de la docena más o menos de criados inmóviles que la situación era nefasta.

Y sus rostros de lástima… Aquella lástima en sus rostros le obsesionaría el resto de su vida.

Pensó que tendría que empujarles para que le permitieran entrar en la habitación de sus padres, pero los criados se apartaron como si fueran gotas del Mar Rojo, y cuando Anthony abrió la puerta de par en par, supo la verdad.

Su madre estaba sentada sobre el borde la cama, sin llorar, sin tan siquiera emitir un sonido, tan solo sostenía la mano de su padre mientras se balanceaba hacia delante y atrás.

Su padre estaba inmóvil. Inmóvil como…

Anthony ni siquiera quería pensar en aquella palabra.

—¿Mamá?—llamó con voz entrecortada. No la llamaba así desde hacía años; había sido «madre» desde que marchó a Eton.

Ella se volvió, despacio, como si oyera su voz a través de un largo, largo túnel.

—¿Quéha sucedido? —preguntó Anthony en un susurro. Ella sacudió la cabeza, con la mirada por completo distante.

—No sé —contestó. Sus labios se quedaron separados unos dos centímetros, como si quisiera decir algo más y luego hubiera olvidado hacerlo.

Anthony se adelantó un paso con movimiento torpe e irregular.

—Hamuerto —susurró finalmente Violet—. Ha muerto yyo…oh, Dios,

yo…—Sellevó una mano al vientre, hinchado y redondo por el embarazo— aquel corazón.

Él tampoco lo entendía.

Más tarde aquella misma noche llegaron los médicos, quienes manifestaron su perplejidad. Habían oído hablar de cosas de este tipo, pero en alguien tan

joven y fuerte… Él era tan vital, de una naturaleza tan poderosa; nadie podía haberlo imaginado. Era cierto que el hermano menor del vizconde, Hugo, había muerto de forma bastante repentina el año anterior, pero estas cosas no venían necesariamente de familia y, aparte, aunque Hugo también había muerto al aire libre, nadie había advertido que le picara una abeja.

Pero, claro, también era cierto que nadie estaba mirando.

Nadie podía haberlo sabido, repetían los médicos una y otra vez, hasta que Anthony sintió ganas de estrangularlos a todos. Tras un buen rato, consiguióque se fueran de la casa y consiguió acostar a su madre. Tuvieron que llevarla a una habitación desocupada. A Violet le perturbaba la idea de dormir en la cama que había compartido durante tantos años con Edmund. Anthony también consiguió mandar a la cama a sus seis hermanos, diciéndoles que por la mañana tendrían que hablar todos ellos, que todo iba a ir bien y que se

ocuparía de ellos como le habría gustado a su padre.

Luego entró en la habitación en la que aún yacía el cuerpo de su padre y se quedó mirándolo. Le miró y le miró, con fijeza, durante horas, sin apenas parpadear.

Y cuando salió de la habitación, lo hizo con una visión nueva de su propia vida, una nueva noción de su propia mortalidad.

El tema de los mujeriegos se ha tratado con anterioridad en esta columna, y esta autora ha llegado a la conclusión de que hay mujeriegos y Mujeriegos.

Anthony Bridgerton es un Mujeriego.

Un mujeriego (con minúscula) es joven e inmaduro. Hace alarde de sus hazañas, se comporta con suma imbecilidad y se cree peligroso para las mujeres.

Un Mujeriego (con mayúscula) sabe que es peligroso para las mujeres.

No hace alarde de sus hazañas porque no siente ninguna necesidad. Sabe que tanto hombres como mujeres murmurarán sobre él. Sabe quién es y qué ha hecho; los demás cuentos son superfluos.

No se comporta como un idiota por la sencilla razón de que no lo es (no más de lo que debe esperarse de todos los miembros del género masculino). Tiene poca paciencia con las debilidades de la sociedad, y con toda franqueza, la mayoría de las veces esta autora no puede decir que le culpe.

Y si eso no describe a la perfección al vizconde de Bridgerton —sin duda el soltero más cotizado de esta temporada—, esta autora dejará su pluma de inmediato. Laúnica pregunta es: ¿será 1814 la temporada en la que, por fin, sucumba a la exquisita dicha del matrimonio?

Esta autora piensa…que no.

—¿Loves? —continuó Kate dándole un codazo en el brazo—. Siempre te ríes cuando escribe de algún libertino reprochable. —Pero Kate esbozó una sonrisa. Pocas cosas le gustaban más que tomar el pelo a su hermana. De buenas, por supuesto.

Mary Sheffield, la madre de Edwina y madrastra de Kate desde hacía casi dieciocho años, alzó la vista un instante de su bordado y se subió las gafas un poco más por el caballete de la nariz.

—¿Dequé os reís vosotras dos?

—AKate le ha dado un pronto porque lady Confidencia está escribiendo

otra vez sobre ese vizconde tarambana —explicó Edwina.

—Nome ha dado ningún pronto —dijo Kate, aunque nadie le hizo caso.—¿Bridgerton? —preguntó Mary con aire distraído.

Edwina asintió.—Sí.

—Siempre escribe sobre él.

—Creo que la verdad es que le gusta escribir sobre mujeriegos —comentóEdwina.

—Por supuesto que le gusta —replicó Kate—. Si escribiera sobre gente aburrida, nadie compraría su periódico.

—Eso no es cierto —contestó Edwina—. La semana pasada sin ir más lejos escribió sobre nosotras, y Dios sabe que no somos la gente más interesante de Londres.

Kate sonrió ante la ingenuidad de su hermana. Kate y Mary tal vez no fueran las personas más interesantes de Londres, pero Edwina, con su cabello color mantequilla y sus ojos de aquel azul sorprendentemente claro, ya había sido nombrada la Incomparable de 1814. Por otro lado, Kate, con su vulgar

.

Con tales apuros económicos, las Sheffield solo podrían juntar los fondos para pagar un único viaje a Londres. Alquilar una casa—yun carruaje— y contratar el mínimo necesario de criados para pasar la temporada costaba dinero. Más del que podían permitirse gastar dos veces. Por consiguiente, tuvieron que ahorrar durante cinco años enteritos para poder permitirse este

viaje a Londres. Y si las chicas no tenían éxito en el Mercado Matrimonial…bien, nadie iba a encerrarles en la prisión de morosos, pero tendrían que contentarse con una vida discreta de digna escasez en alguna pequeña y encantadora casita en Somerset.

Por lo tanto, las dos muchachas se vieron obligadas a hacer su debut el mismo año. Habían decidido que el momento más lógico sería cuando Edwina cumpliera los diecisiete y Kate casi tuviera veintiuno. A Mary le habría gustado esperar hasta que Edwina tuviera dieciocho y fuera un poco más madura, pero entonces Kate tendría casi veintidós, y cielos, ¿quién querría casarse entonces con ella?

Kate sonrió con gesto irónico. Ni siquiera había querido una temporada en Londres. Desde el principio sabía que no era el tipo de chica que atraía la atención de la aristocracia más elitista. No era lo suficientemente guapa como para compensar la falta de dote, y nunca había aprendido a sonreír, a moverse con afectación, caminar con delicadeza y todas esas cosas que otras chicas parecían saber desde la cuna. La propia Edwina sabía de algún modo cómo estar de pie, caminar y suspirar para que los hombres se disputaran a golpes el honor de ayudarla a cruzar la calle, pese a no ser ninguna inválida.

Kate, por otra parte, siempre sobresalía por su altura y hombros erguidos; era incapaz de permanecer sentada quieta aunque su vida dependiera de ello y

Mary siguiera adelante:

—Tengo una responsabilidad también con tu pobre madre, Dios la guarde en paz. Parte de esa responsabilidad es verte felizmente casada y con el futuro asegurado.

—Enel campo también podrías verme felizmente casada y con el futuro asegurado —había replicado Kate.

Mary rebatió:

—EnLondres hay más hombres entre los que escoger.

Tras lo cual Edwina se había sumado a la conversación y había insistido en que se sentiría del todo desdichada sin ella, y puesto que Kate nunca podía soportar ver a su hermana infeliz, su destino quedó escrito.

De modo que aquí estaba ella, sentada en un salón un poco ajado en una

casa alquilada de un sector de Londres casi elegantey…Miró a su alrededor con aire travieso.

… porque estaba a punto de arrebatarle a su hermana el diario que sostenía en las manos.

—¡Kate! —chilló Edwina. Los ojos se le salían de las órbitas mientras miraba el pequeño triángulo de papel que le había quedado entre el pulgar y elíndice de la mano derecha—. ¡Aún no había acabado!

—Llevas una eternidad leyéndolo —dijo Kate con una mueca traviesa—. Aparte, quiero ver qué tiene que decir hoy del vizconde de Bridgerton.

Los ojos de Edwina, que muchas veces eran comparados con los plácidos lagos escoceses, se encendieron con picardía.

—Teinteresa muchísimo el vizconde, Kate. ¿Hay alguna cosa que no nos cuentas?

—Oh. —Kate se sonrojó. Pocas cosas le hacían menos gracia que el hecho de que la contradijeran cuando intentaba hacer una observación importante—. Bien, entonces, él tiene el doble. Sea lo que sea, es mucho más promiscuo que la mayoría de señores, y no es precisamente el tipo de hombre que Edwina debería permitir que la cortejara.

—Tútambién estás disfrutando de la temporada—lerecordó Mary.

Kate le lanzó a Mary la más sarcástica de las miradas. Todas ellas sabían que si el vizconde decidía cortejar a una Sheffield, no sería a Kate.

—Nocreo que ese diario diga algo que vaya a alterar tu opinión—comentó Edwina encogiéndose de hombros mientras se inclinaba hacia Kate para poder ver mejor el periódico—. No dice gran cosa sobre él, a decir verdad. Más bien es un tratado sobre el tema de los libertinos.

Los ojos de Kate recorrieron las palabras impresas.

—¡Buf! —dijo con su expresión favorita de desdén—. Apuesto a que tiene razón. Es probable que no se retire este año.

—Siempre crees que lady Confidencia tiene razón —murmuró Mary con una sonrisa.

—Por lo general es así —contestó Kate—. Tienes que admitir que para ser una columnista de cotilleo, da muestras de una sensatez remarcable. Sin duda, hasta ahora ha acertado en su valoración de todas las personas que he conocido en Londres.

—Deberías formarte tus propias opiniones, Kate —dijo Mary en tono alegre—. No es propio de ti basar tus opiniones en una columna de cotilleo.

Kate sabía que su madrastra tenía razón, pero no quería admitirlo, y por lo tanto soltó otro «buf» y volvió la atención al diario que tenía en las manos.

Kate no le dio importancia al insulto. Había oído decir en más de una

ocasión que uno no podía considerarse «alguien» de la sociedad hasta que lady Confidencia le dedicara un insulto. Incluso Edwina, quien tenía un granéxito social en opinión de todo el mundo, se había sentido celosa de que Kate hubiera sido objeto del honor del insulto.

Y pese a que Kate seguía sin querer pasar en Londres la temporada, se imaginó que, ya que tenía que participar en el torbellino social, mejor intentar no ser un total fracaso. Si recibir un insulto en una columna de cotilleo iba a ser su único síntoma de éxito, pues entonces bienvenido fuera. Kate conocía sus limitaciones.

Ahora, cada vez que Penelope Featherington se jactaba de que lady Confidencia la había comparado con un cítrico demasiado maduro con su vestido de satén mandarina, Kate podía sacudir el brazo y suspirar con gran dramatismo: «Sí, bueno, yo soy un narciso chamuscado».

—Algún día —anunció Mary de súbito mientras se empujaba los lentes una vez más con el dedo índice— alguien va a descubrir la verdadera identidad de esa mujer, y entonces tendrá un problema serio.

Edwina miró a su madre con interés.

—¿De verdad crees que alguien va a descubrirla? Ha sido capaz de mantener el secreto durante un año.

—Algo así no puede permanecer en secreto eternamente —respondióMary. Pinchó el bordado con su aguja y tiró de una larga hebra de hilo amarillo a través del tejido—. Tomad nota de mis palabras. Todo se desvelarámás tarde o más temprano, y cuando suceda saltará un escándalo de tales dimensiones que jamás antes habréis conocido algo parecido.

Kate se encogió de hombros mientras acariciaba el espeso pelaje color caramelo.

—Nome importa.

Edwina suspiró, pero estiró la mano y dio también una rápida palmadita a Newton.

—¿Yqué más cuenta? —preguntó, inclinándose hacia delante con interés—.No he podido llegar ni a la página dos.

Kate le sonrió a su hermana con sarcasmo.

—Nogran cosa. Algo sobre el duque y la duquesa de Hastings, quienes por lo visto llegaron a la ciudad a principios de semana; una lista de las viandas en el baile de lady Danbury, que calificó de «sorprendentemente deliciosas», y una descripción bastante desgraciada del vestido de la señora Featherington el pasado lunes.

Edwina frunció el ceño.

—Parece tomársela bastante con los Featherington.

—Yno es de extrañar —dijo Mary, quien dejó su bordado para levantarse—.Esa mujer no sabría escoger el color del vestido de sus hijas aunque tuviera todo un arcoíris a su alrededor.

—¡Madre! —exclamó Edwina.

Kate se tapó la boca con la palma para intentar no reírse. Era raro que Mary se pronunciara de una manera tan dogmática, pero cuando lo hacía siempre salía con afirmaciones maravillosas.

—Bien, es la verdad. Se empeña en vestir a su hija menor de naranja. Cualquiera puede darse cuenta de que esa pobre muchacha necesita un azul o un verde menta.

—Yo estoy sorprendida pero no agradecida —dijo Edwina con una sonrisa maliciosa—. Pensad solo en el jugo que le habría sacado a eso lady Confidencia.

—Ah, sí —dijo Kate devolviéndole la mueca—. Me lo imagino: «El narciso chamuscado se arranca los pétalos».

—Mevoy arriba —anunció Mary sacudiendo la cabeza al oír las gracias de sus hijas—. Intentad no olvidar que tenemos que asistir a una fiesta esta noche. Tal vez queráis, chicas, descansar un poco antes de salir. Estoy segura de que, una noche más, regresaremos bastante tarde a casa.

Kate y Edwina asintieron y murmuraron sus promesas de tener aquello en cuenta mientras Mary recogía el bordado y salía de la habitación. En cuanto se marchó, Edwina se volvió a Kate y le preguntó:

—¿Hasdecidido qué vas a llevar hoy?

—Lagasa verde, creo. Debería ir de blanco, lo sé, pero temo que no me quede bien.

—Sino vas de blanco —dijo Edwina por lealtad—, entonces yo tampoco lo haré. Llevaré la muselina azul.

Kate asintió con aprobación mientras volvía a hojear el diario que tenía en la mano, a la vez que intentaba sostener a Newton, que se había puesto patas arriba, colocado para que le frotaran la barriga.

—Justo la semana pasada, el señor Berbrooke dijo que eras un ángel vestido de azul, por lo bien que le va este color a tus ojos.

Edwina pestañeó llena de sorpresa.

—¿Elseñor Berbrooke dijo eso? ¿Te lo dijo a ti? Kate volvió a alzar la vista.

Edwina cruzó los brazos y soltó un «buf» que hizo que pareciera su hermana mayor.

—Bien, es la verdad, o sea que no me importa quién lo sepa. Sé que todo el mundo espera de mí que haga una boda grandiosa y esplendorosa, pero no tengo que casarme con alguien que no se porte bien conmigo. Alguien con condiciones para impresionarte a ti sin duda sería satisfactorio.

—¿Asíque soy tan difícil de impresionar?

Las dos hermanas se miraron la una a la otra y contestaron al unísono.—Sí.

Pero mientras Kate se reía junto con Edwina, creció en su interior una preocupante sensación de culpabilidad. Las tres Sheffield sabían que iba a ser Edwina la que conseguiría enganchar a un noble o la que lograría casarse con una fortuna. Sería Edwina quien garantizaría el futuro a su familia, y les permitiera salir de su digna escasez. Edwina era una belleza, mientras Kate

era…

Kate era Kate.

A Kate no le importaba. La belleza de Edwina era un hecho de la vida. Hacía tiempo que Kate había acabado por aceptar ciertas verdades. Kate nunca aprendería a bailar el vals sin ser ella la que intentara guiar a su pareja; siempre tendría miedo de las tormentas eléctricas, por mucho que se repitiera que estaba siendo tonta, y se pusiera lo que se pusiera, no importaba cómo se peinara o aunque se pellizcara las mejillas, nunca estaría tan guapa como Edwina.

Por otro lado, Kate no estaba segura de si le gustaría recibir toda la atención de la que Edwina era objeto. Y estaba acabando por comprender que

nosotras dos. Disfrutaremos la una de la compañía de la otra.

—Esposible que tú también encuentres a alguien con quien casarte—indicó Edwina.

Kate notó que sus labios formaban una pequeña sonrisa.

—Esposible —concedió, aunque sabía que lo más probable era que no fuera así. No quería quedarse soltera para toda la vida, pero dudaba de que fuera a encontrar un marido aquí en Londres—. Tal vez uno de tus pretendientes enfermos de amor recurra a mí una vez que se percate de que eres inalcanzable —bromeó.

Edwina intentó darle con el cojín.—Noseas tonta.

—¡Yno lo soy! —protestó Kate. No lo era. Con toda franqueza, aquella parecía la vía más probable para que ella encontrara un marido en la capital.

—¿Sabes con qué tipo de hombre me gustaría casarme? —preguntóEdwina y de pronto puso ojos soñadores.

Kate sacudió la cabeza.—Unintelectual.

—¿Unintelectual?

—Unerudito —dijo Edwina con firmeza. Kate se aclaró la garganta.

—Noestoy segura de que vayas a encontrar muchos de estos en la ciudad durante la temporada.

—Losé. —Edwina soltó un pequeño suspiro—. Pero lo cierto es que, y túlo sabes, aunque se supone que no debería soltarlo en público, soy todo un ratón de biblioteca. Preferiría pasarme el día entre libros que dando vueltas

incluso el vizconde de Bridgerton, del que no deja de hablar lady Confidencia, podría ser en el fondo un erudito.

—Cuidado con lo que dices, Edwina. No vas a tener nada que ver con el vizconde de Bridgerton. Todo el mundo sabe que es un mujeriego de la peor clase. De hecho, es el peor de los mujeriegos, y sanseacabó. De todo Londres.¡De todo el país!

—Losé, solo le estaba poniendo de ejemplo. Aparte, no es probable que escoja esposa este año. Eso dice lady Confidencia, y tú misma has dicho que casi siempre está en lo cierto.

Kate dio una palmadita en el brazo a su hermana.

—Note preocupes. Te encontraremos un marido apropiado. Pero no, desde luego que no, ¡no el vizconde de Bridgerton!

En aquel preciso momento, su tema de conversación se encontraba pasando el rato en White’s con dos de sus tres hermanos más jóvenes, disfrutando de una copa por la tarde.

Anthony Bridgerton se recostó en su sillón de cuero y contempló su whisky escocés con expresión pensativa mientras lo hacía girar. Luego anunció:

—Estoy pensando en casarme.

Benedict Bridgerton, quien llevaba un rato entregado a un vicio que su madre detestaba —oscilar tambaleante sobre las dos patas traseras de su silla—se cayó al suelo.

Colin Bridgerton se atragantó.

de honor. Nunca había coqueteado con jovencitas de buena familia. Cualquier muchacha que tuviera algún derecho a exigirle matrimonio quedaba estrictamente relegada a territorio prohibido.

Puesto que tenía cuatro hermanas menores, Anthony mostraba un grado saludable de respeto por la buena reputación de las mujeres de buena cuna. Ya casi se había batido en duelo por una de sus hermanas, y todo por un

desaire a su honor. Y en cuanto a las otras tres…, tenía que admitir sin reparos que sentía un sudor frío solo de pensar en que se enredaran con un hombre con una reputación parecida a la suya.

No, era cierto, no iba a aprovecharse de la hermana menor de otro caballero.

Pero en cuanto a otros tipos de mujeres —viudas y actrices, que sabían lo que querían y dónde se estaban metiendo—, disfrutaba de su compañía y disfrutaba a tope. Desde el día en que salió de Oxford y partió hacia al oeste, a Londres, nunca le había faltado una amante.

Y en ocasiones, pensó con ironía, no le habían faltado dos.

Podía decirse que había participado en todas las carreras de caballos que la sociedad organizaba, había boxeado en Gentleman Jackson’s y había ganado más partidas de cartas de las que podía recordar. (Había perdido unas cuantas también, pero esas no las consideraba.) La década de los veinte a los treinta había transcurrido en una búsqueda consciente de placer, atenuada solo por su abrumador sentido de la responsabilidad para con su familia.

La muerte de Edmund Bridgerton había sido repentina e inesperada; no había tenido ocasión de manifestar ninguna petición final a su hijo mayor antes de fallecer. Pero Anthony estaba seguro de que, si lo hubiera hecho, le

vez, y descubrió que ya no sentía la necesidad de participar en cada carrera de caballos que se organizaba o de quedarse hasta tarde en una fiesta solo para ganar esa última mano de cartas.

Por supuesto, conservaba la misma reputación que años atrás. Eso era algo que en sí no le importaba. Había ciertas ventajas en que se le considerara el vividor más censurable de toda Inglaterra. Por ejemplo, le temían casi en todas partes.

Todo tenía un lado bueno.

Pero ahora era el momento de casarse. Tenía que sentar cabeza, tener un hijo. Al fin y al cabo, tenía que transmitir a alguien su título. Sintió una penetrante punzada de lástima—ytal vez también un toque de culpabilidad—porque era poco probable que viviera para ver a su hijo convertido en adulto. Pero ¿qué podía hacer? Era el primogénito Bridgerton de un primogénito Bridgerton de un primogénito Bridgerton, hasta ocho veces. Tenía la responsabilidad dinástica de ser fértil y multiplicarse.

Aparte, le producía cierto consuelo saber que dejaba tres hermanos competentes y bondadosos. Ellos se ocuparían de que su hijo fuera criado con el amor y el honor del que todos los Bridgerton habían disfrutado. Sus

hermanas mimarían al niño, y su madre tal vez lo malcriaría…

Anthony sonrió un poco mientras pensaba en su numerosa y a veces ruidosa familia. Su hijo no necesitaría un padre para ser querido.

Y tuviera los hijos que tuviera, bien, era probable que no le recordasen una vez faltara. Serían pequeños, aún no formados. No le había pasado por alto que, de todos los niños Bridgerton, a él, el mayor, le había afectado más profundamente la muerte de su padre.

colegio, ella no había sido capaz de hablar de otra cosa que no fuera de comida (tenía un plato de fresas en aquel momento) y del tiempo (y ni siquiera se aclaró entonces: cuando Anthony le había preguntado si le parecía que iban a tener tiempo inclemente, ella había contestado que no tenía ni idea.«Nunca he estado en Clemente»).

Tal vez pudiera evitar conversar con una esposa que no fuera del todo lista, pero no quería unos niños estúpidos.

En tercer lugar—yeste era el punto más importante—, no podía tratarse de alguien de quien él pudiera enamorarse.

Esta regla no podía quebrantarse bajo circunstancia alguna.

Tampoco era tan cínico: él sabía que el amor verdadero existía. Cualquiera que hubiera estado en la misma habitación que sus padres sabía que existía el amor verdadero.

Pero el amor era una complicación que deseaba evitar. No deseaba que se produjera aquel milagro en concreto en su vida.

Y puesto que Anthony estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, no albergaba dudas de que iba a encontrar una mujer atractiva e inteligente de la que nunca se enamoraría. ¿Qué problema había en ello? Eran muchas las posibilidades de que nunca encontrara el amor de su vida pese a buscarlo. De hecho, la mayoría de los hombres no lo conseguían.

—Santo cielo, Anthony, ¿por qué frunces el ceño así? No puede ser por la aceituna. He visto con claridad que ni siquiera te ha tocado.

La voz de Benedict le sacó de su ensueño. Anthony pestañeó unas pocas veces antes de contestar.

—Noes nada. Nada en absoluto.

había conocido nunca, posiblemente el hombre más grande que había vivido jamás. Pensar que podía ser más que eso parecía presuntuoso en extremo.

Algo le había sucedido la noche en que su padre había muerto, cuando permaneció en el dormitorio de sus padres a solas con el cadáver, simplemente sentado allí durante horas, observando a Edmund e intentando con desespero recordar cada momento que habían compartido. Sería tan fácil

olvidar las cosas pequeñas: cómo apretaba el brazo de Anthony cuando le hacía falta ánimo o cómo podía recitar entera de memoria la canción Sigh no more de Balthazar de Mucho ruido y pocas nueces, no porque le pareciera significativa, sino porque le gustaba, sin más.

Y cuando por fin Anthony salió de la habitación, con los primeros rayos del amanecer tornando el cielo de rosa, en cierto modo sabía que tenía los días contados; contados del mismo modo que lo habían estado para Edmund.

—Suéltalo —dijo Benedict, interrumpiendo una vez más sus pensamientos—. No voy a ofrecer nada por saber lo que piensas, ya que séque es imposible que tus pensamientos valgan algo, pero ¿en qué diantres estás pensando?

De repente Anthony se sentó más erguido, decidido a volver su atención al tema que tenían entre manos. Al fin y al cabo, tenía que elegir esposa, y sin duda eso constituía un asunto serio.

—¿Aquién se considera el diamante de esta temporada? —preguntó.

Sus hermanos se pararon a pensar un momento en esto y enseguida Colin dijo:

—Edwina Sheffield. Sin duda la has visto. Bastante menuda, con el pelo rubio y ojos azules. Puedes distinguirla por el rebaño de pretendientes

En el baile de los Heartside el miércoles por la noche, se pudo ver al vizconde Bridgerton bailando con más de una joven soltera. Esta conducta solo puede calificarse de «sorprendente», ya que normalmente Bridgerton evita a las jovencitas recatadas con una perseverancia que sería admirable si no resultara tan frustrante para todas las mamás con intenciones matrimoniales.

¿Es posible que el vizconde haya leído la columna más reciente de esta autora y que, haciendo gala de esa actitud perversa que todos los varones parecen compartir, haya decidido demostrar a esta autora que se equivocaba?

Podría dar la impresión de que esta autora se atribuye más importancia de la que de hecho ejerce, pero está claro que los hombres han tomado decisiones basándose en mucho, mucho menos.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

22 de abril de 1814

Para las once de la noche, todos los temores de Kate se habían materializado.

Anthony Bridgerton le había pedido un baile a Edwina. Y aún peor, Edwina había aceptado.

Y mucho peor todavía, Mary estaba contemplando a la pareja como si quisiera reservar la iglesia en aquel mismo minuto.

Edwina tenga tal cantidad de vividores y mujeriegos pisándole los talones. No puedes imaginarte la de tiempo que me ha llevado separar a los buenos pretendientes de los malos. ¡Pero Bridgerton! —Kate se encogió de hombros—.Es muy posible que sea el peor mujeriego de todo Londres. No puedes querer que se case con un hombre como él.

—Nose te ocurra decirme qué puedo y qué no puedo hacer, Katharine Grace Sheffield —respondió Mary cortante e irguió la espalda hasta enderezarse en toda su altura, que de todos modos era una cabeza más baja que Kate—. Sigo siendo tu madre. Bien, tu madrastra. Y eso cuenta para algo.

Kate se sintió de inmediato como un gusano.

Mary era la única madre que había conocido y nunca, ni una sola vez, le había hecho sentirse menos hija que Edwina. La había arropado por las noches, le había contado cuentos, la había besado y abrazado, y le había ayudado durante esos años difíciles entre la infancia y la edad adulta. Loúnico que no había hecho era pedir a Kate que la llamara «madre».

—Sícuenta —dijo Kate con voz suave, bajando avergonzada la mirada a los pies—. Cuenta mucho. Eres mi madre, en todos los sentidos y en todo lo que importa.

Mary se la quedó mirando durante un largo momento, luego empezó a pestañear de forma bastante frenética.

—Oh, cielos —dijo con voz entrecortada mientras buscaba en su cartera un pañuelo—. Ahora ya me has dejado hecha una regadera.

—Losiento —murmuró Kate—. Mira, ven aquí, vuélvete para que nadie

te vea. Así,así…

menuda. Su cabello rubio estaba recogido en lo alto de su cabeza, con unos pocos rizos sueltos que enmarcaban su rostro, y su forma era la gracia personificada mientras iba ejecutando los pasos del baile.

El vizconde, advirtió Kate con irritación, era de un guapo deslumbrante. Vestido de negro y blanco rigurosos, evitaba los colores chillones que se habían hecho populares entre los miembros más coquetos de la elite aristocrática. Era alto, estirado y orgulloso, y tenía un espeso cabello castaño que tendía a caer hacia delante sobre su frente.

Al menos a primera vista, era todo lo que se suponía que un hombre tenía que ser.

—Forman una pareja muy guapa, ¿verdad? —murmuró Mary. Kate se mordió la lengua. Y se hizo daño de veras.

—Es un pelín alto para ella, pero no lo veo como un obstáculo insuperable, ¿no crees?

Kate se agarró las manos y se clavó las uñas en la piel. Decía mucho sobre la fuerza de su agarre el hecho de que pudiera sentirlas incluso a través de los guantes de cabritilla.

Mary sonrió. Una sonrisa bastante taimada, pensó Kate. Lanzó una mirada desconfiada a su madrastra.

—¿Élbaila bien, no te parece? —preguntó Mary.—¡Nova a casarse con Edwina! —estalló Kate.

La sonrisa de Mary se estiró hasta formar una mueca.

—Meestaba preguntando cuánto tardarías en romper tu silencio.

—Mucho más de lo que es mi tendencia natural —replicó Kate, prácticamente mordiendo con cada palabra.

persona solo por su aspecto externo, pero sin duda estarás de acuerdo conmigo en que, por todo lo que hemos oído decir de él, no parece el tipo de hombre que vaya a pasar las tardes inclinado sobre libros antiguos en una biblioteca.

—Tal vez no —dijo Mary en tono meditativo— pero he tenido una conversación encantadora con su madre esta noche, más temprano.

—¿Sumadre? —Kate se forzó por seguir la conversación—. ¿Qué tiene que ver eso ahora?

Mary se encogió de hombros.

—Mecuesta creer que una dama tan cortés e inteligente haya criado a un hijo que no sea el más perfecto de los caballeros, a pesar de su reputación.

—Pero, Mary…

—Cuando seas madre —dijo con altivez— entenderás a lo que me refiero.

—Pero…

—¿Tehe dicho ya —interrumpió de pronto Mary con un tono de voz intencionado que indicaba que quería cambiar de tema— lo guapa que estás con la gasa verde? Estoy contentísima de que la escogiéramos.

Kate se quedó mirando su vestido sin palabras mientras se preguntaba por qué diablos Mary había cambiado de tema de forma tan repentina.

—Este color te sienta muy bien. ¡Lady Confidencia no te comparará con ninguna brizna chamuscada en su columna del viernes!

Kate se quedó mirando a Mary llena de consternación. Tal vez su madre estaba demasiado acalorada. El salón de baile se encontraba abarrotado y el ambiente estaba cada vez más cargado.

—Señorita Sheffield —murmuró él.

—Kate —continuó Mary—, te presento al señor Colin Bridgerton. Le he conocido antes mientras hablaba con su madre, lady Bridgerton, esta misma noche. —Se volvió a Colin con sonrisa radiante—. ¡Qué dama tan encantadora!

Él le devolvió la sonrisa.—Eso creemos nosotros.

Mary soltó una risita ahogada. ¡Una risita ahogada! Kate sintió una arcada.

—Kate —repitió Mary—, el señor Bridgerton es el hermano del vizconde. El que baila con Edwina—añadiósin que fuera necesario.

—Eso he deducido —respondió Kate.

Colin Bridgerton le lanzó una mirada de soslayo, y ella supo al instante que no le había pasado por alto el vago sarcasmo en su tono de voz.

—Esun placer conocerla, señorita Sheffield —dijo con amabilidad—. Espero que esta noche me haga el honor de concederme uno de sus bailes.

—Yo…por supuesto.—Seaclaró la garganta—. Será un honor.

—Kate —dijo Mary dándole levemente con el codo—, enséñale tu tarjeta de baile.

—¡Oh!Sí, por supuesto. —Kate buscó a tientas su tarjeta, que llevaba atada con pulcritud a su muñeca con una cinta verde. Que tuviera que buscar a tientas algo que, de hecho, llevaba atado a su cuerpo era un poco alarmante, pero Kate decidió atribuir su falta de compostura a la aparición repentina e inesperada de un hermano Bridgerton desconocido hasta entonces.

Kate observó durante un momento la forma en que su madrastra se retiraba a toda prisa, y luego se volvió de nuevo al señor Bridgerton.

—Creo —dijo con sequedad— que no quiere limonada.

Una chispa de humor destelló en los ojos verde esmeralda de él.

—Oeso o es que planea ir corriendo hasta España a recoger ella misma los limones.

A su pesar, Kate se rio. Prefería que el señor Colin Bridgerton no le cayera bien. No tenía demasiadas ganas de que nadie de la familia Bridgerton le gustara después de todo lo que había leído sobre el vizconde en el diario. Pero tuvo que admitir que no parecía justo juzgar a un hombre por las fechorías de su hermano, de modo que se obligó a sí misma a relajarse un poco.

—¿Yusted tiene sed—lepreguntó Kate— o se limitaba a ser amable?

—Siempre soy amable —dijo con una sonrisa maliciosa—, pero también tengo sed.

Kate echó una rápida ojeada a esa sonrisa que, combinada con aquellos devastadores ojos verdes, conseguía un efecto letal, y casi suelta un gemido.

—Usted también es un seductor —dijo con un suspiro.

Colin se atragantó. Con qué, ella no lo sabía, pero de todos modos se atragantó.

—Perdón, ¿cómo ha dicho?

El rostro de Kate se sonrojó al percatarse con horror de que había hablado en voz alta.

—No, soy yo quien le pide perdón. Por favor, discúlpeme. Mi descortesía es imperdonable.

—Oh. —Entonces se sintió estúpida—. Lo siento.

—Yotambién lo siento —dijo él, como si de verdad lo lamentara—. La mayoría de las veces son un fastidio atroz.

Kate tuvo que toser para disimular un pequeño resuello de sorpresa.

—Pero al menos no me ha comparado con Gregory —dijo él con un suspiro dramático de alivio. En ese momento lanzó a Kate una pícara mirada de soslayo—. Tiene trece años.

Kate captó la sonrisa dibujada en sus ojos y comprendió que había estado bromeando con ella todo el tiempo. En absoluto se trataba de un hombre que deseara perder de vista a sus hermanos.

—Siente bastante devoción por su familia, ¿verdad que sí?—lepreguntó. Los ojos de él, risueño a lo largo de toda la conversación se volvieron

serios por completo sin tan siquiera pestañear.—Total.

—Igual que yo —dijo Kate lanzando una indirecta.

—¿Yeso quiere decir…?

—Quiere decir —contestó ella consciente de que debía contener la lengua pero de todas formas explicarse— que no permitiré que nadie rompa el corazón de mi hermana.

Colin se quedó callado durante un momento y volvió la cabeza con lentitud para observar a su hermano y a Edwina, quienes en ese mismo momento concluían el baile.

—Yaveo —murmuró.—¿Ah,sí?

—Tiene la reputación de ser todo un mujeriego. Colin la miró intentando formarse un juicio.

—Eso es cierto.

Es difícil imaginarse a un tunante de tan mala reputación formalizándose con una esposa y encontrando la felicidad en el matrimonio.

—Parece haber pensado mucho en esta perspectiva, señorita Sheffield. Le apuntó con una mirada franca y directa a su rostro.

—Suhermano no es el primer hombre de carácter cuestionable que le ha hecho la corte a mi hermana, señor Bridgerton. Y le aseguro que no me tomo la felicidad de mi hermana a la ligera.

—Lo cierto es que cualquier chica encontraría la felicidad en un matrimonio con un caballero acaudalado y con título. ¿No consiste justo en eso una temporada en Londres?

—Tal vez —admitió Kate—, pero me temo que esa línea de pensamiento no aborda el verdadero problema que nos ocupa.

—¿Quees…?

—Que un marido puede romper el corazón con una intensidad muy superior a la de un mero pretendiente. —Sonrió con una clase de sonrisa leve y sabedora. Luego añadió—: ¿No le parece?

—Puesto que nunca me he casado, está claro que no estoy en situación de hacer conjeturas.

—Lástima, lástima, señor Bridgerton. Esa ha sido la peor evasiva que podía ocurrírsele.

—¿Deveras? Más bien pensaba que podría ser la mejor. Está claro que estoy perdiendo habilidades.

pero como ya le he dicho, solo tiene trece años y es probable que le ponga una rana en la silla.

—¿Yel vizconde?

—Noes probable que le ponga una rana en la silla —respondió él con una expresión absolutamente seria.

Kate nunca sabría cómo consiguió no echarse a reír. Con los labios muy rectos y serios, contestó:

—Ya veo. Tiene muchos consejos que dar a su hermano pequeño entonces.

Colin puso una mueca.—Noes tan malo.

—Quéalivio saberlo. Creo que voy a empezar a planear el banquete nupcial de inmediato.

Colin se quedó boquiabierto.

—No me refería… No debería… Es decir, una medida así sería prematura.

Kate sintió lástima por él y dijo:

—Estaba bromeando.

El rostro de él se sonrojó levemente.—Por supuesto.

—Bien, si me disculpa, tengo que despedirme. Colin alzó una ceja.

—¿Noirá a irse tan pronto, señorita Sheffield?

—Enabsoluto. —Pero no iba a decirle que tenía que ir al escusado. Cuatro vasos de limonada tendían a provocar esa reacción corporal—. He

Entonces tendrías que conocer a su hermana.—¿Disculpa?

—Suhermana —repitió Colin, y empezó a reírse—. Simplemente tienes que conocer a su hermana.

Veinte minutos más tarde, Anthony estaba convencido de haber comprendido toda la historia que Colin le explicó sobre Edwina Sheffield. Y por lo visto, la vía para alcanzar el corazón de Edwina y su mano en matrimonio pasaba directamente por su hermana.

Al parecer, Edwina Sheffield no iba a casarse sin la aprobación de su hermana mayor. Según Colin esto era vox populi, o al menos lo era desde la semana anterior, ya que Edwina así lo había manifestado en la velada musical anual de los Smythe-Smith. Todos los hermanos Bridgerton se habían perdido esta declaración de capital importancia, ya que evitaban las veladas musicales de los Smythe-Smith como si fueran la plaga, igual que hacía cualquiera con un poco de aprecio por Bach, Mozart o la música en general.

La hermana mayor de Edwina, una tal Katharine Sheffield, más conocida como Kate, también hacía su debut este año, pese a que era sabido que al menos tenía veintiún años. Esta coincidencia llevó a Anthony a la conclusión de que las Sheffield debían encontrarse entre las categorías inferiores de la aristocracia, un hecho que a él le iba bien. No necesitaba una novia con una gran dote, y una novia sin dote podría necesitarle más a él.

Anthony creía en aprovechar todas las ventajas.

que Edwina buscara consejo en Katharine cuando estaba claro que la propia Katharine no sabía a qué atenerse en asuntos relacionados con la ton.

Pero Anthony no tenía especial interés en buscar otra candidata adecuada a la que cortejar, de modo que decidió convenientemente que aquello solo quería decir que la familia era importante para Edwina. Y puesto que la familia era lo más importante para él, esto era un indicio más de que sería una

opción excelente como esposa.

De modo que daba la impresión de que lo único que tendría que hacer sería cautivar a la hermana. ¿Y cómo iba a ser eso algo difícil?

—Notendrás problemas en conquistarla —predijo Colin con una sonrisa de seguridad iluminando su rostro—. Ningún problema en absoluto. ¿Una solterona tímida y anticuada? Es probable que nunca haya recibido las atenciones de un hombre como tú. Nunca sabrá qué le habrá sucedido.

—Noquiero que se enamore de mí —replicó Anthony—. Solo quiero que me recomiende a su hermana.

—Nopuedes fallar —continuó Colin—. Así de sencillo: no puedes fallar. Confía en mí, he pasado unos minutos conversando con ella antes esta misma noche y no podía hablar mejor de ti.

—Bien. —Anthony se incorporó de la pared y lanzó una ojeada con aire decidido—. Y bien, ¿dónde está? Necesito que nos presentes.

Colin inspeccionó la sala durante un minuto más o menos y luego dijo:

—Ah, ahí está. Mira, viene en esta dirección. Qué coincidencia tan maravillosa.

Anthony había llegado a la conclusión hacía tiempo de que nada que se acercara a cinco metros de su hermano era una coincidencia, pero siguió de

capaz de encontrar un marido para ella. Tal vez cuando él se casara con Edwina pudiera proporcionar una dote para la hermana. Parecía lo menos que un hombre podía hacer.

A su lado, Colin se adelantó un poco para abrirse camino entre la multitud.

—¡Señorita Sheffield! ¡Señorita Sheffield!

Anthony no quiso quedarse detrás de Colin y se preparó mentalmente para encandilar a la hermana mayor de Edwina. Una solterona no valorada como era debido, eso era. La tendría comiéndole de la mano en un visto y no visto.

—Señorita Sheffield —estaba diciendo Colin—, qué placer volver a verla. Ella se mostró un poco perpleja, pero Anthony no la culpó. Colin hacía

que sonara como si se hubieran topado el uno con el otro por accidente, cuando todos sabían que, al menos, había atropellado a media docena de personas para llegar a su lado.

—Yes encantador volver a verle también a usted, señor —respondió con ironía—. Y de un modo tan inesperadamente rápido después de nuestroúltimo encuentro.

Anthony sonrió para sus adentros. Tenía un ingenio más agudo de lo que le habían incitado a pensar.

Colin puso una mueca encantadora, y entonces Anthony tuvo la impresión clara y turbadora de que su hermano andaba detrás de algo.

—Nopuedo explicar por qué —dijo Colin a la señorita Sheffield—, pero de pronto me parece imperioso presentarle a mi hermano.

Kate volvió de forma abrupta la vista a la derecha de Colin y se enderezócuando su mirada recayó sobre Anthony. Más bien dio la impresión de que

Y entonces Anthony lo supo de repente. Una sola mirada al rostro de su hermano debería habérselo revelado. No se trataba de una solterona tímida, retraída, no valorada como era debido. Fuera lo que fuera que le hubiera dicho ella a Colin aquella misma noche, no incluía ningún cumplido para con Anthony.

El fratricidio era legal en Inglaterra, ¿o no? Si no lo era, pronto debería serlo, qué carajo.

Anthony comprendió con retraso que la señorita Sheffield le había tendido la mano, como era lo educado. La tomó y rozó con un leve beso sus nudillos enguantados.

—Señorita Sheffield —murmuró sin pensar—, es tan encantadora como su hermana.

Si hasta antes había parecido estar incómoda, su actitud entonces se volvió abiertamente hostil. Y Anthony se dio cuenta con una bofetada mental de que había dicho exactamente lo incorrecto. Por supuesto que no debería haberla comparado con su hermana. Era el cumplido que ella jamás creería.

—Yusted, lord Bridgerton —respondió en un tono que podría haber helado el champán—, es casi tan apuesto como su hermano.

Colin volvió a soltar un resoplido, solo que esta vez sonaba como si le estuvieran estrangulando.

—¿Seencuentra bien? —preguntó la señorita Sheffield.—Estábien —ladró Anthony.

Ella no le hizo caso y mantuvo la atención en Colin.—¿Estáseguro?

Colin asintió con furia.

siguiente baile con usted, señorita Sheffield.

—Nole exigiré que lo cumpla —dijo con un ademán.

—Oh, pero no podría soportar dejarla aquí sola —repuso él.

Anthony podía ver que a la señorita Sheffield le preocupaba cada vez más el brillo malicioso en los ojos de Colin. Encontró un placer poco caritativo en esto. Anthony sabía que su reacción era un pelín desproporcionada, pero algo en esta señorita Katharine Sheffield encendía su ánimo al tiempo que le provocaba unas ganas terribles de presentarle batalla.

Y ganar. Eso no hacía falta decirlo.

—Anthony —dijo Colin con un tono tan condenadamente inocente y ansioso que Anthony lo tuvo difícil para no matarle allí mismo—, no estás comprometido para este baile, ¿verdad que no?

Anthony no dijo nada, sencillamente le fulminó con la mirada.—Bien. Entonces bailarás con la señorita Sheffield.

—Estoy segura de que eso no será necesario —soltó la dama en cuestión. Anthony lanzó otra mirada iracunda a su hermano, luego, por si acaso, a

la señorita Sheffield, quien le observaba a él como si acabara de violar a diez vírgenes en su presencia.

—Oh, pero sí que lo es —dijo Colin con gran dramatismo, haciendo caso

omiso de las dagas ópticas que se intercambiaban en ese momento entre su pequeño trío—. Ni soñaría con dejar abandonada a una joven dama en su hora de necesidad. Qué poco caballeroso —dijo estremeciéndose.

Anthony calibró muy en serio la posibilidad de poner en práctica algún comportamiento poco caballeroso. Tal vez algo como plantar su puño en el rostro de Colin.

—No—dijo ella y sonó intencionadamente pensativa—. Creo que no tenía previsto lamentar nada.

—Seguro que acabará por hacerlo —dijo él en tono ominoso. Y entonces le cogió el brazo y se diría que la llevó a rastras hasta la mismísima pista de baile.

Al vizconde de Bridgerton se le vio bailando también con la señorita Katharine Sheffield, la hermana mayor de la rubia Edwina. Esto solo puede significar una cosa, ya que a esta autora no le ha pasado por alto que la mayor de las Sheffield ha estado muy solicitada en la pista de baile desde que la hermana pequeña hizo su singular anuncio sin precedentes en la velada musical de los Smythe-Smith de la semana pasada.

¿Quién ha oído que una chica necesitara el permiso de su hermana para escoger marido?

Y otra cuestión que tal vez sea más importante: ¿quién ha decidido que las palabras «Smythe-Smith» y «velada musical»puedan usarse en la misma frase? Esta autora asistió a una de estas reuniones en el pasado y no oyó nada que pudiera calificarse con rigor como «música».

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

22 de abril de 1814

En realidad no podía hacer nada, comprendió Kate con consternación. Él era un vizconde, ella una mera desconocida de Somerset, y ambos estaban en medio de un salón de baile abarrotado de gente. No importaba el hecho de queél le hubiera disgustado a primera vista. Tenía que bailar con él.

—Nohace falta que me arrastre—ledijo entre dientes.Él aflojó el asimiento con gran ostentación.

—Nohace falta que me deje lisiado, señorita Sheffield.

—Hasido un accidente, se lo aseguro.—Ylo era, aunque en realidad no le importaba este ejemplo concreto de su falta de gracia.

—¿Porqué —dijo en tono meditativo— me resulta difícil creerla?

La franqueza, decidió Kate con rapidez, sería su mejor estrategia. Si él podía ser directo, pues adelante, ella también.

—Puede ser —respondió con sonrisa maliciosa— porque sabe que si se me hubiera ocurrido pisarle el pie a propósito, lo habría hecho.

Él arrojó la cabeza hacia atrás y se rio. No era la reacción que ella había esperado ni en la que había confiado. Aunque, si lo pensaba mejor, no tenía ni idea del tipo de reacción que había esperado, pero desde luego que no era eso.

—¿Puede dejarlo, milord? —susurró con apremio—. La gente empieza a mirar.

—Lagente ha empezado a mirar hace dos minutos—lecontestó—. No es frecuente que un hombre como yo baile como una mujer como usted.

Como intercambio de pullas, esta había sido lanzada con puntería, pero para desgracia de él, también era incorrecta.

—Noes cierto —contestó Kate con desenfado—. En verdad, usted no es el primero de los idiotas locos por mi hermana que intentan congraciarse con ella a través de mí.

Él puso una mueca.

—¿Nopretendientes sino idiotas?

Kate encontró su mirada y se quedó sorprendida al ver auténtico regocijo ahí.

—¡Santo cielo! —dijo él arrastrando las palabras—, ¿no habrá sido eso un cumplido? Podría morirme de la impresión.

—Siquiere considerarlo un cumplido, le dejo hacerlo —dijo con ironía—. No hay muchas probabilidades de que reciba más.

—Mehiere, señorita Sheffield.

—¿Quiere eso decir que su piel no es tan resistente como sus botas?—Oh, ni mucho menos.

Kate notó su propia risa antes incluso de caer en la cuenta de cuánto se estaba divirtiendo.

—Eso es algo que me cuesta creer.

Él esperó a que la sonrisa de ella desapareciera para decir.—Noha contestado a mi pregunta. ¿Por qué me odia?

Una ráfaga de aire salió entre los labios de Kate. No había contado con que él repitiera la pregunta. O al menos confiaba en que no lo hiciera.

—No le odio, milord —contestó escogiendo las palabras con sumo cuidado—. Ni siquiera le conozco.

—Conocer a alguien no es un requisito esencial para odiar —dijo él en tono suave, y sus ojos se fijaron en ella con una persistencia letal—. Vamos, señorita Sheffield, no me parece una cobarde. Responda a mi pregunta.

Kate permaneció callada durante todo un minuto. Era cierto, no estaba predispuesta a que este hombre le cayera bien. Desde luego no iba a dar su bendición para que cortejara a Edwina. No creía ni por un momento que los mujeriegos reformados fueran luego los mejores maridos. Para empezar, ni siquiera estaba segura de que un mujeriego pudiera reformarse.

oculto, porque era obvio que no estaba ciego.

Podría haberle hecho algún otro cumplido vacuo y ella lo habría aceptado como la conversación amable de un caballero. Incluso se habría sentido halagada si sus palabras se hubieran acercado un tanto a la verdad. Pero

compararla con Edwina…

Kate adoraba a su hermana. De veras, lo hacía. Y sabía mejor que nadie que el corazón de Edwina era tan hermoso y radiante como su rostro. No es

que se considerara una persona celosa, pero aunasí…la comparación de alguna forma la hería en lo más profundo.

—Nole odio —contestó por fin. Tenía los ojos fijos en la barbilla de él pero, puesto que no toleraba la cobardía y menos en ella misma, se obligó a encontrar su mirada para añadir—: Pero encuentro que no puede caerme bien.

Algo en la mirada de él le dijo que apreciaba su sinceridad directa.—¿Ypor qué? —preguntó con voz tranquila.

—¿Puedo ser franca?

Los labios de Anthony se estiraron.—Por favor.

—Está bailando ahora mismo conmigo porque quiere cortejar a mi hermana. Eso no me importa —se apresuró a asegurarle—. Estoy muy acostumbrada a recibir atenciones de los pretendientes de Edwina.

Estaba claro que no tenía la mente en los pasos de baile. Anthony apartóel pie antes de que sus pies volvieran a lastimarle. Advirtió con interés que volvía a referirse a ellos como pretendientes en vez de como idiotas.

—Por favor, continúe —murmuró.

—Yusted es tan mayor, ¿cuántos años, veinte tal vez?—Veintiuno —soltó con brusquedad.

—Ah, eso la convierte en una verdadera experta en hombres y en especial en maridos. Sobre todo teniendo en cuenta que estará casada, ¿verdad?

—Sabe muy bien que no lo estoy —dijo apretando los dientes.

Anthony reprimió las ganas de sonreír. Santo Dios, sí que era divertido hacer picar el anzuelo a la mayor de las Sheffield.

—Creo que… —dijo entonces pronunciando las palabras de forma lenta e intencionada— le ha resultado relativamente fácil controlar a la mayoría de hombres que han llamado a la puerta de su hermana. ¿Es eso cierto?

Kate guardó un silencio sepulcral.—¿Esasí?

Finalmente ella consintió un leve gesto de asentimiento.—Eso pensaba —murmuró—. Parece de ese tipo.

Ella le fulminó con una mirada tan feroz que a él le costó aguantar la risa. Si no estuvieran bailando, lo más probable es que se hubiera acariciado la barbilla, fingiendo una profunda reflexión. Pero, puesto que tenía las manos

ocupadas en otra cosa, tuvo que contentarse con torcer de forma lenta y pesada la cabeza, algo que combinó con un gesto altivo de sus cejas.

—Pero también creo—añadió—que comete un grave error al pensar que podrá controlarme a mí.

Los labios de Kate formaban una línea grave y recta, pero consiguió decir:

—Nointento controlarle, lord Bridgerton. Solo intento mantenerle alejado de mi hermana.

pequeño chillido, sin duda poco mujeriego y poco libertino.

No obstante, cuando el vizconde le lanzó una mirada hostil, ella se limitóa encogerse de hombros y a decir:

—Era mi única defensa.

La mirada de él se oscureció.

—Usted, señorita Sheffield, es una amenaza. El vizconde le sujetó el brazo con más fuerza.

—Antes de que regrese a su santuario de acompañantes y solteronas, hay una cosa que tenemos que aclarar.

Kate contuvo la respiración. No le gustaba el tono duro que detectaba en su voz.

—Voy a cortejar a su hermana. Y si decido que podría ser una lady Bridgerton idónea, la convertiré en mi esposa.

Kate alzó con brusquedad la cabeza para encararse a él con fuego en los

ojos.

—Entonces supongo que piensa que le corresponde a usted decidir el destino de Edwina. No lo olvide, milord: aunque usted decida que va a ser una lady Bridgerton—ypronunció con desdén la palabra— idónea, tal vez ella escoja a otra persona.

Él la miró con la seguridad del varón al que nunca contrarían.—Sime decido a pedírselo a Edwina, no dirá que no.

—¿Intenta decirme que ninguna mujer ha sido capaz de resistírsele?

No contestó, solo alzó una ceja altanera para que ella misma dedujera sus propias conclusiones.

correcta.

No es que fuera probable que alguien fuera a cometer el error de equivocarse. Las flores eran por regla general para Edwina. Y realmente, de regla general no había nada, ya que todos los ramos que habían llegado a la residencia Sheffield durante el último mes eran para Edwina. Todos.

A Kate le gustaba pensar que, de todos modos, ella se reía la última. La mayoría de las flores le provocaban estornudos a Edwina, así que los ramos solían acabar en el dormitorio de Kate.

—Oh, preciosidad —dijo mientras rozaba con ternura una hermosa

orquídea—. Creo que tu sitio está sobre la cabecera de mi cama. Y vosotras—seinclinó hacia delante y olisqueó un ramo de perfectas rosas blancas—, vosotras estaréis imponentes sobre mi tocador.

—¿Siempre le habla a las flores?

Kate se giró en redondo al oír el sonido de una profunda voz masculina. Santo cielo, era lord Bridgerton con un aspecto pecaminosamente apuesto con su chaqué azul de mañana. ¿Qué diantres estaba haciendo aquí?

No tenía sentido quedarse callada sin hacer preguntas.

—¿Quédian…?—Secontuvo justo a tiempo. No permitiría que este hombre la rebajara a maldecir en voz alta, por mucho que lo hiciera para sus adentros—. ¿Qué hace aquí?

El vizconde alzó una ceja mientras retocaba el gran ramo que llevaba debajo del brazo. Rosas rosas, advirtió ella. Eran preciosas. Sencillas y elegantes. Exactamente el tipo de cosa que elegiría para sí misma.

—Creo que la costumbre es que los pretendientes visiten a las jovencitas,¿no es cierto? —murmuró—. ¿O he confundido el libro de protocolo?

—Tal vez tenga instrucciones previas de que «estarán en casa» para míbajo cualquier circunstancia.

Kate se irritó.

—Yono le he dado instrucciones de ese tipo.

—No —respondió lord Bridgerton con una risita—, nunca lo habría pensado.

—Ysé que Edwina no lo ha hecho.Él sonrió.

—¿Talvez su madre? Por supuesto.

—Mary—gruñóella, un mundo de acusaciones en aquella única palabra.—¿Lallama por su nombre de pila? —preguntó él con amabilidad.

Kate asintió.

—En realidad es mi madrastra. Aunque es la única madre que he conocido. Se casó con mi padre cuando yo solo tenía tres años. No sé por quésigo llamándola Mary. —Sacudió un poco la cabeza al tiempo que alzaba los hombros y los encogía con gesto de perplejidad—. Pero lo hago.

Los ojos marrones del vizconde continuaban fijos en el rostro de ella. Kate cayó de pronto en la cuenta: acababa de permitir que este hombre —su Némesis, en realidad— accediera a un pequeño rincón de su vida. Notó que las palabras «lo siento» borbotaban en su lengua; un reflejo, pensó, por haber hablado más de la cuenta. Pero no quería pedir disculpas a este hombre por nada, así que dijo:

—Metemo que Edwina ha salido, de modo que su visita ha sido para nada.

preciosas.—Seinclinó hacia delante para olerlas y suspiró de placer con su intenso aroma. Cuando volvió a alzar la vista añadió—: Ha sido muy considerado de su parte pensar en Mary y en mí.

Él hizo una gentil inclinación con la cabeza.

—Hasido un placer para mí. Tengo que confesar que, en una ocasión, un pretendiente de mi hermana hizo lo mismo con mi madre, y creo que nunca la he visto tan encantada.

—¿Asu madre o a su hermana?

Él sonrió con su descarada pregunta.—Alas dos.

—¿Yqué sucedió con el pretendiente? —preguntó Kate. La mueca de Anthony se volvió maliciosa en extremo.—Secasó con mi hermana.

—Hum…No piense en la probabilidad de que la historia se repita. Pero…—Kate tosió, pues no tenía especial interés en ser franca con aquel hombre, aunque se sentía por completo incapaz de hacer otra cosa—. Pero las flores

son de verdad preciosas,y…y ha sido un detalle encantador por su parte.—Tragó saliva. Esto no le resultaba fácil—. Y se lo agradezco.

Él hizo una ligera inclinación hacia delante. Sus ojos marrones estaban claramente conmovidos.

—Una frase muy amable —dijo pensativo—. Y más teniendo en cuenta que iba dirigida a mí. Vaya, no ha sido tan difícil, ¿verdad que no?

En un instante, Kate pasó de estar inclinada con gesto encantador sobre las flores a adoptar una rigidez incómoda.

—Parece tener una habilidad especial para decir exactamente lo indebido.

—Creo que no. No tengo mucha confianza en que llegue a sus manos sin manipular.

Eso ya era demasiado.

—Nunca osaría interferir en la correspondencia de otra persona —consiguió decir Kate. Todo su cuerpo temblaba de rabia, y si hubiera sido una mujer menos controlada sin duda se habría lanzado a su cuello—. ¿Cómo se atreve a insinuar lo contrario?

—Sihe de ser sincero, señorita Sheffield —dijo con una calma fastidiosa—,la verdad es que no la conozco demasiado bien. La única certeza es su ferviente declaración de que nunca me encontraré a tres metros de la presencia angelical de su hermana. Dígame usted, ¿si fuera yo, dejaría una nota con tranquilidad?

—Si intenta obtener la aceptación de mi hermana a través de mí —contestó Kate en tono gélido—, no lo está haciendo demasiado bien.

—Soy consciente de ello —dijo él—. Desde luego que no debería provocarla. No está bien por mi parte, ¿verdad que no? Pero me temo que no puedo evitarlo. —Puso una mueca desvergonzada y estiró las manos con gesto de impotencia—. ¿Qué puedo decir? Usted tiene ese efecto sobre mí, señorita Sheffield.

Kate tuvo que reconocer con consternación que aquella sonrisa era una verdadera fuerza a tener en cuenta. De pronto sintió que le flaqueaban las fuerzas. Un asiento, sí, lo que le hacía falta era sentarse.

—Por favor, siéntese —dijo Kate indicando con un ademán el sofá de damasco azul mientras ella cruzaba con dificultad la habitación para ocupar una silla. No es que deseara especialmente que él se entretuviera por aquí,

ponía fin al tema, ya que luego preguntó con amabilidad:

—¿Cuándo espera que regrese Edwina?

—Almenos tardará una hora, creo yo. El señor Berbrooke la ha llevado a dar un paseo en su carrocín.

—¿Nigel Berbrooke? —Casi se le atraganta aquel nombre.—Sí,¿por qué?

—Ese hombre solo tiene pelo en la cabeza.

—Yeso que se está quedando calvo. —Kate no pudo evitar el comentario.Él puso una mueca divertida.

—Pues si eso no apoya mi tesis, ya no sé qué decir.

Kate había llegado a la misma conclusión sobre la inteligencia del señor Berbrooke, o más bien su carencia, pero preguntó.

—¿Nose considera maleducado insultar a los pretendientes rivales? Anthony dejó ir un pequeño resoplido.

—No ha sido un insulto. Es la verdad. El año pasado cortejó a mi hermana. O lo intentó. Daphne hizo todo lo que pudo para disuadirle. Es bastante buen tipo, lo reconozco, pero no me gustaría que me construyera un barco si estuviera perdido en una isla desierta.

Kate tuvo una extraña e inoportuna visión del vizconde perdido en una isla desierta, con la ropa hecha jirones, la piel bañada por el sol. Le dejó una sensación incómoda de calor.

Anthony ladeó la cabeza y la observó con mirada socarrona.—Perdone, señorita Sheffield, ¿se encuentra bien?

—¡Muybien!—Surespuesta fue casi un ladrido—. Nunca me había encontrado mejor. ¿Qué estaba diciendo?

la mayor de las señoritas Sheffield, lo cual le provocó un inmediato sudor frío. Kate era tan diferente a cualquier debutante que él hubiera conocido que había olvidado por completo que incluso necesitaban una acompañante.

—Tal vez no esté enterada de que me encuentro aquí—seapresuró a comentar.

—Sí,seguro que se trata de eso. —Kate se puso en pie como movida por un resorte y cruzó la habitación hasta el tirador de la campanilla. Con un fuerte tirón, dijo:

—Llamaré para que alguien la avise. Estoy segura de que no quiere dejar de saludarle.

—Bien. Tal vez pueda hacernos compañía mientras esperamos a que regrese su hermana —comentó él.

Kate se paralizó cuando aún se encontraba a medio camino de la silla.—¿Tiene planeado esperar a Edwina?

Él se encogió de hombros y disfrutó del desasosiego de ella.—Notengo más planes para esta tarde.

—¡Pero puede tardar horas!

—Como mucho una hora, estoy seguro, y aparte… —Se detuvo al advertir la llegada de una doncella al umbral de la puerta.

—¿Hallamado, señorita? —preguntó la doncella.

—Sí,gracias, Annie —contestó Kate—. ¿Harás el favor de informar a la señora Sheffield de que tenemos un invitado?

La doncella hizo una inclinación y se marchó.

—Estoy segura de que Mary bajará en cualquier momento —dijo Kate, totalmente incapaz de dejar de dar golpecitos con el pie—. En cualquier

—Miperro —explicó Kate con un suspiro al tiempo que se ponía en pie

—.Nose…

—¡NEWTON!

—…no se lleva demasiado bien con Mary, me temo. —Kate se fue hasta la puerta—. ¿Mary? ¿Mary?

Anthony se levantó detrás de Kate y dio un respingo cuando el perro soltótres estridentes ladridos más a los que de inmediato siguió otro chillido aterrorizado de Mary.

—¿Quées? —mascullóél—.¿Un mastín? —Tenía que ser un mastín. La mayor de las Sheffield parecía justo el tipo de persona que tiene un mastín devorador de humanos a su entera disposición.

—No —respondió Kate mientras se apresuraba a salir al vestíbulo

mientras Mary soltaba otro chillido—. Esun…

Pero Anthony no escuchó sus palabras. De cualquier modo, no importaba demasiado, ya que un segundo después entró trotando el corgi de aspecto más benigno que había visto en su vida, con un espeso pelaje color caramelo y una barriga que casi arrastraba por el suelo.

Anthony se quedó paralizado a causa de la sorpresa. ¿Esta era la temible criatura del vestíbulo?

—Buenos días, perro —dijo con firmeza.

El perro se detuvo en seco, se sentóy…¿sonrió?

Lamentablemente, esta autora ha sido incapaz de determinar todos los detalles, pero el pasado jueves hubo un considerable revuelo cerca del Serpentine, en Hyde Park, en el que estuvieron implicados el vizconde de Bridgerton, el señor Nigel Berbrooke, las dos señoritas Sheffield y un perro no identificado de raza indeterminada.

Esta autora no fue testigo presencial, pero todas las versiones parecen apuntar a que el perro no identificado se alzócomo vencedor.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

25 de abril de 1814

Kate regresó a trompicones al salón cogida del brazo de Mary; ambas se apretujaron a través de la puerta al mismo tiempo. Newton estaba feliz, sentado en medio de la sala, echando pelo sobre la alfombra azul y blanca mientras sonreía al vizconde.

—Creo que le cae bien —dijo Mary con un tono en cierto modo acusador.—Tútambién le caes bien, Mary —explicó Kate—. El problema es que él

no te cae bien a ti.

—Mecaería mejor si no intentara importunarme cada vez que cruzo el vestíbulo.

—Pensaba que había dicho que la señora Sheffield y el perro no se llevaban bien —comentó lord Bridgerton.

Kate se apresuró a ponerse al lado de su madrastra, justo cuando Newton se incorporaba sobre las patas traseras y plantaba las delanteras sobre las rodillas de Mary.

—¡Newton, abajo!—lereprendió—. Perro malo. Perro malo. El perro se sentó otra vez con un pequeño gemido.

—Kate —dijo Mary con voz extremadamente firme—, hay que sacar a este perro a pasear. Ahora.

—Eslo que planeaba hacer cuando llegó el vizconde —replicó Kate al tiempo que hacía una indicación al hombre que se encontraba al otro lado de la habitación. La verdad, era extraordinario el número de cosas de las que podía culpar a ese hombre insufrible si se paraba a pensar.

—¡Oh!—dijo Mary con un grito—. Le ruego me disculpe, milord. Quédescortés por mi parte no haberle saludado.

—Nose preocupe —dijo con tranquilidad—. Estaba un poco absorta al llegar.

—Sí—rezongó Mary—, esa bestia de perro… Oh, pero ¿qué modales son estos? ¿Puedo ofrecerle un té? ¿Algo de comer? ¡Qué amable que haya venido a visitarnos!

—No, gracias. He estado disfrutando de la estimulante compañía de su hija mientras espero la llegada de la señorita Edwina.

—Ah, sí —respondió Mary—. Edwina ha salido con el señor Berbrooke, creo. ¿No es así, Kate?

Kate asintió con gesto impávido, no estaba segura de si le gustaba que la llamaran «estimulante».

—¿Conoce al señor Berbrooke, lord Bridgerton? —preguntó Mary.

—Sime disculpan…

—¡Pero, Kate, espera! —llamó su madre—. No puedes dejar a lord Bridgerton aquí conmigo. Estoy segura de que se morirá de aburrimiento.

Kate se volvió muy despacio, temerosa de oír las siguientes palabras de Mary.

—Usted nunca podría aburrirme —dijo el vizconde como el mujeriego desenvuelto que era.

—Oh, sí que puedo—leaseguró Mary—. Nunca se ha visto atrapado en una conversación conmigo durante una hora. Que es lo que Edwina tardará en regresar.

Kate se quedó mirando a su madrastra, del todo boquiabierta a causa del asombro. ¿Qué diablos estaba haciendo?

—¿Porqué no va con Kate a sacar a Newton a pasear? —sugirió Mary.

—Oh, pero nunca podría pedir a lord Bridgerton que me acompañe a cumplir con una de mis tareas —dijo Kate enseguida—. Sería muy descortés y, al fin y al cabo, es un estimado invitado.

—Noseas tonta —respondió Mary antes de que el vizconde tan siquiera pudiera mediar palabra—. Estoy segura de que no se lo tomará como una tarea. ¿O sí, milord?

—Por supuesto que no —murmuró con aspecto por completo sincero. Pero, la verdad, ¿que otra cosa podía decir?

—Ya está. Esto lo deja claro —dijo Mary, quien sonaba demasiado complacida consigo misma—. ¿Quién sabe? Es posible que se topen con Edwina durante el paseo. ¿No estaría bien?

Edwina, ¿y no sería una coincidencia deliciosa?

—Deliciosa —contestó Kate con tono cansino—. Sencillamente deliciosa.—¡Excelente! —dijo Mary dando unas palmadas de alegría—. Veo la

correa de Newton encima de la mesa del vestíbulo. Un momento, yo te la traigo.

Anthony observó salir a Mary y luego se volvió a Kate para decirle:

—Eso le ha quedado muy bien.

—Yave usted… —masculló Kate.

—¿Cree —susurró él inclinándose hacia Kate— que intenta emparejarme con Edwina o con usted?

—¿Conmigo? —replicó Kate casi con un graznido—. Seguro que está de broma.

Anthony se frotó el mentón con aire pensativo mientras observaba la puerta por la que Mary acababa de salir.

—Noestoy seguro —dijo con tono meditabundo—, pero… —Cerró la boca al oír las pisadas de Mary acercándose de nuevo.

—Aquítienes —dijo la madrastra al tiempo que le tendía la correa a Kate. Newton ladró con entusiasmo y retrocedió como si se preparara para embestir contra Mary, sin duda para colmarla de todo tipo de muestras de su amor difícil de aceptar, pero Kate lo sujetó con firmeza por el collar.

—Aquítiene —corrigió Mary con rapidez, y tendió la correa a Anthony en vez de a Kate—. ¿Por qué no le da esto a Kate? Yo mejor no me acerco mucho.

Newton ladró y miró con anhelo a Mary, quien se apartaba cuanto podía.

—¡Ay!—dijo ella con poca sinceridad—. ¡Cuánto lo siento!

—Sutierna preocupación me amedrenta de veras—lecontestó mientras volvía a levantarse—. Podría echarme a llorar.

Mary desplazaba la mirada de Kate a Anthony. No podía oír lo que decían, pero era evidente que estaba fascinada.

—¿Sucede algo? —preguntó.

—No, en absoluto —contestó Anthony al mismo tiempo que Kate pronunciaba un firme «no».

—Bien —dijo Mary con energía—. Entonces les acompañaré a la puerta.—Yante el ladrido entusiasta de Newton, añadió—: Pues, igual que antes, tal vez mejor que no. No quiero acercarme a tres metros de ese perro. Pero me despediré desde aquí.

—¿Quéharía yo—ledijo Kate a Mary al pasar a su lado— si te tuviera a ti para despedirme?

Mary sonrió con gesto astuto.

—Sin duda, yo no lo sé, Kate, sin duda no lo sé.

Lo cual dejó a Kate con una sensación revuelta en el estómago y la vaga sospecha de que tal vez lord Bridgerton tuviera razón. Quizá Mary esta vez estuviera haciendo de casamentera con alguien más que con Edwina.

Era una idea horripilante.

Con Mary de pie en el vestíbulo, Kate y Anthony salieron por la puerta de entrada y se encaminaron en dirección oeste por Milner Street.

—Normalmente me quedo por las calles pequeñas y voy paseando hacia Brompton Road —explicó Kate, pensando que tal vez él no estuviera

Aquello hizo que Kate se detuviera en seco.—Perdón, ¿cómo ha dicho?

—¿Sabe qué me había estado contando antes de que nos presentara?

Kate dio un traspiés antes de negar con la cabeza. No, Newton no se había parado, por supuesto, y tiraba de la correa como un loco.

—Medijo que usted y él habían mantenido algunas palabras sobre mí.

—Bueeeeno —exclamó Kate, conteniéndose—. Por decirlo con cierta educación, eso no es del todo cierto.

—Mihermano quiso dar a entender que usted solo tenía buenas palabras para conmigo.

Kate no debería haber sonreído.—Eso no es cierto.

Probablemente él tampoco debería haber sonreído, pero Kate se alegró.—Yono pensé eso —contestó él.

Tomaron Brompton Road en dirección a Knightsbridge y Hyde Park, y Kate preguntó:

—¿Porqué iba a hacer su hermano algo así? Anthony le dedicó una mirada de soslayo.

—¿Notiene ningún hermano, verdad?

—No, solo Edwina, me temo, y ella es decididamente femenina.

—Mi hermano lo hizo —continuó él— con el único objetivo de torturarme.

—Unobjetivo noble —dijo Kate bajando la voz.—Lahe oído.

—Esperaba que lo hiciera—añadióella.

Road, ya dentro de Hyde Park. Newton, que era en el fondo un perro de campo, aceleró el paso de forma considerable nada más entraron en un entorno más verde, aunque era difícil imaginarse al corpulento can moviéndose a un paso al que calificar como rápido sin incurrir en error.

De todos modos, el perro parecía bastante alegre y estaba claro que se interesaba por cada flor, animalillo o transeúnte que se cruzaba en su camino. El aire primaveral era fresco, pero el sol calentaba y el cielo era de un sorprendente azul claro después de tantos días de lluvia típicamente londinense. Y aunque la mujer que llevaba Anthony del brazo no era con la que tenía planeado casarse—enrealidad era una mujer con la que no tenía nada planeado—, Anthony notó que le invadía una grata sensación de satisfacción.

—¿Leparece que crucemos hasta Rotten Row?—lepreguntó a Kate.

—¿Hum? —Fue su respuesta distraída. Tenía el rostro inclinado hacia arriba, al sol, y disfrutaba de su calor. Y durante un momento de extremo

desconcierto, Anthony sintió una penetrante punzadade…algo.

¿Algo? Sacudió un poco la cabeza. No era posible que fuera deseo. No por esa mujer.

—¿Hadicho algo? —murmuró ella.

Se aclaró la garganta y respiró hondo con la esperanza de aclarar su cabeza. En vez de ello, lo que percibió fue el olorcillo embriagador de su aroma, que era una combinación peculiar de lirios exóticos y práctico jabón.

—Parece que está disfrutando del sol —comentó Anthony. Ella sonrió y se volvió hacia él con la mirada clara.

cuenta —sugirió.

—¿Cree que sí? —Todo su rostro se iluminó ante aquella perspectiva. Aquella extraña punzada de algo perforó de nuevo las entrañas de Anthony.

—Por supuesto —murmuró y alzó una mano para ajustarle el ala del sombrero. Era uno de esos extraños tocados que parecían gustar a las mujeres, todo cintas y encajes, atados de tal manera que ningún hombre razonable podría encontrarle algún sentido.

—Así,permanezca quieta un momento. Lo ajustaré.

Kate no se movió, tal y como él le había ordenado con amabilidad, pero cuando le rozó la piel de la sien sin querer, ella incluso dejó de respirar. Estaba tan cerca, había algo peculiar en aquello. Kate podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma limpio, enjabonado de Anthony.

Y aquella sensación propagó de inmediato por todo su cuerpo un hormigueo que la puso alerta.

Le odiaba, o al menos le provocaba un profundo desagrado y reprobación. No obstante, sintió una absurda disposición a inclinarse un poco hacia

delante, hasta que el espacio entre sus cuerpos se vio comprimido a naday…Tragó saliva con fuerza y se obligó a sí misma a retrasarse. ¡Santo cielo!,

¿qué se había apoderado de ella?

—Aguante un momento—ledijoél—,aún no he acabado. Kate alzó también las manos para ajustarse el sombrero.

—Estoy segura de que está bien. No tiene que… que molestarse.—¿Puede disfrutar del sol un poco mejor? —preguntó él.

Ella asintió, pese a que estaba tan trastornada que ni tan siquiera estaba segura de que fuera cierto.

corría con igual vigor.

—Señorita Sheffield, permítame coger la correa—seofreció él con voz de trueno al tiempo que se adelantaba para ayudarla. No era la manera más seductora de hacer de héroe, pero cualquier cosa servía cuando uno intentaba impresionar a la hermana de su futura esposa.

Pero justo cuando Anthony llegó a su altura, Newton dio un fiero tirón de la correa, que se escapó del asimiento de Kate y salió volando por los aires. Con un chillido, su dueña se lanzó hacia delante, pero el perro ya se había ido corriendo con la correa saltando sobre la hierba tras él.

Anthony no sabía si reírse o gruñir. Estaba claro que Newton no tenía ninguna intención de dejarse atrapar.

Kate se quedó paralizada durante un instante, tapándose la boca con la mano. Luego encontró la mirada de Anthony, y él tuvo una intuición clara de

que sabía lo que pretendía…

—Señorita Sheffield —dijo a toda prisa—. Estoy seguro de que…

Pero ella ya había salido corriendo y chillando «¡Newton!» con indiscutible falta de decoro. Anthony dejó ir un suspiro cansino y empezó a correr tras ella. No podía dejarla perseguir sola al perro y pretender a la vez seguir llamándose caballero.

Pero Kate llevaba de todos modos un poco de ventaja, y cuando Anthony la alcanzó al doblar un recodo ya se había detenido. Respiraba con dificultad e inspeccionaba los alrededores con los brazos en jarras.

—¿Adónde habrá ido? —preguntó Anthony intentando olvidar que había algo bastante excitante en una mujer jadeante.

cualquier momento tiene que meterse corriendo entre los pies de alguna damisela y darle un susto de muerte.

—¿Esocree?—noparecía convencida—. Porque no es un perro que dé

mucho miedo. Él se lo cree, y en realidad es un cielo, pero la verdad es que…—¡Aghgggh!

—Creo que tenemos la respuesta —dijo Anthony secamente, y entonces salió corriendo en dirección al grito de la dama anónima.

Kate se apresuró tras él, atajando a través del césped en dirección a Rotten Row. El vizconde corría delante, y lo único en lo que Kate pudo pensar fue en que él debía de desear de veras casarse con Edwina: pese a quedar claro que era un atleta espléndido, no daba una imagen demasiado digna corriendo a lo loco por el parque tras un corgi rechoncho. Aún peor, iban a tener que correr justo por en medio de Rotten Row, la vía favorita de la aristocracia para cabalgar y pasear en carruaje por Hyde Park.

Todo el mundo iba a verles. Un hombre menos decidido se habría rendido hacía rato.

Kate continuó corriendo tras ellos, pero cada vez le sacaban más ventaja. No es que hubiera vestido pantalones muchas veces, pero con toda certeza era más fácil correr con esa prenda que con faldas. En especial cuando te encontrabas en público y no podías levantártelas por encima de los tobillos.

Atravesó Rotten Row a toda velocidad, negándose a mirar a los ojos de ninguna dama o caballero elegante de los que se encontraban allí paseando con sus caballos. Siempre existía la posibilidad de que no la identificaran con la muchacha marimacho que corría por el parque como si alguien le pisara los talones. Solo era una posibilidad remota, pero estaba ahí.

había manera de alcanzar a Newton, pero tal vez pudiera alcanzar a lord Bridgerton antes de que matara al perro.

Porque él tenía que tener en mente matarlo, aquel hombre tenía que ser un santo si no quisiera asesinar a Newton.

Y si solo el uno por ciento de lo que se decía de él en Confidencia era cierto, desde luego no era un santo.

Kate tragó saliva.

—¡Lord Bridgerton! —llamó en un intento de pedirle que detuviera la persecución. Esperaría sencillamente a que el perro se agotara. Con sus patas de diez centímetros, eso tenía que suceder más tarde o más temprano—. ¡Lord

Bridgerton! Podemos…

Kate se detuvo en seco. ¿No era esa Edwina, allí al lado del Serpentine? Miró entrecerrando los ojos. Era Edwina, de pie con suma gracia con las manos entrelazadas delante del cuerpo. Y parecía que un desventurado señor Berbrooke estaba realizando algún tipo de reparación en su carrocín.

Newton se detuvo en seco durante un momento y descubrió a Edwina en el mismo momento que Kate, y cambió de repente su trayectoria, ladrando con alegría mientras corría en dirección a su querida ama.

—¡Lord Bridgerton! —gritó Kate otra vez—. ¡Mire, mire! Ahíestá…Anthony se dio media vuelta al oír su voz, luego siguió su dedo con la

mirada en dirección a Edwina. De modo que por eso se había girado el maldito perro y había cambiado su trayectoria en noventa grados. Anthony estuvo a punto de resbalar con el barro y caer sobre su trasero en el intento de maniobrar después de aquel giro tan cerrado.

Iba a matar a ese perro.

perder el equilibrio, cayendo hacia atrás. Directamente al Serpentine.

—¡Nooooooo! —gritó abalanzándose hacia delante pese a que sabía que

todos los intentos heroicos por su parte eran del todo inútiles…¡Splash!

—¡Santo cielo! —exclamó Berbrooke—. ¡Está toda mojada!

—Pues no se quede ahí parado —soltó Anthony aproximándose a la escena del accidente y abalanzándose dentro del agua—. ¡Haga algo para ayudar!

Estaba claro que Berbrooke no entendía del todo qué quería decir eso, ya que se quedó allí, de pie, con los ojos saliéndose de sus órbitas mientras Anthony se agachaba, cogía a Edwina de la mano y tiraba de ella para levantarla.

—¿Estábien? —preguntó con brusquedad.

Ella asintió. Balbuceaba y estornudaba con demasiada fuerza como para responder.

—Señorita Sheffield —bramó Bridgerton al ver que Kate se detenía de golpe en la orilla—. No, usted no—añadiócuando sintió que Edwina pegaba una sacudida a su lado—, su hermana.

—¿Kate? —preguntó Edwina pestañeando para expulsar la asquerosa agua de sus ojos—. ¿Dónde está Kate?

—Del todo seca en la orilla —masculló él, y a continuación pegó un grito en su dirección—: ¡Sujete la correa de su maldito perro!

Newton había salido alegre del Serpentine entre salpicones y ahora estaba sentado con la lengua fuera con gesto de felicidad. Kate se fue disparada a su

llamarse perro?

—¿Edwina? —preguntó Kate adelantándose todo lo que le permitía la correa de Newton—. ¿Estás bien?

—Creo que ya ha hecho bastante —ladró Anthony, quien avanzó hacia ella hasta que se encontraron apenas a treinta centímetros.

—¿Yo?—preguntó boquiabierta.

—Mírela —respondió él con brusquedad, indicando con el dedo en dirección a Edwina pese a tener toda la atención centrada en Kate—. ¡No tiene más que mirarla!

—¡Pero ha sido un accidente!

—¡Deverdad, estoy bien! —dijo Edwina alzando la voz, y sonó un poco asustada por el nivel de enfado que hervía entre su hermana y el vizconde—.¡Tengo frío, pero estoy bien!

—¿Love? —replicó Kate y tragó saliva repetidamente mientras se fijaba en el aspecto despeinado de su hermana—. Ha sido un accidente.

Anthony se limitó a cruzarse de brazos y arquear una ceja.

—Nome cree —dijo Kate entre dientes—. No puedo creer que no me crea.

El vizconde no dijo nada. Era inconcebible para él que Kate Sheffield, pese a todo su ingenio e inteligencia, no estuviera celosa de su hermana. Y aunque no pudiera haber hecho nada para evitar este percance, sin duda debería de encontrar un poco de placer en el hecho de que ella estuviera seca y cómoda mientras Edwina parecía una rata empapada. Una rata atractiva, eso sí, pero empapada de todas formas.

Estaba claro que Kate no había dado por concluida la conversación.

amenazador.

—Las mujeres no deberían llevar animales si no son capaces de controlarlos.

—Ylos hombres no deberían llevar a pasear por el parque a mujeres con animales si tampoco son capaces de controlarlas —replicó con furia.

Anthony notó que, de hecho, se le estaban poniendo coloradas las puntas de las orejas a causa de la ira difícil de contener.

—Usted, señora, es una amenaza para la sociedad.

Kate abrió la boca como si fuera a devolverle el insulto, pero en su lugar le dedicó simplemente una sonrisa maliciosa casi aterrorizadora. Se volvió al perro y dijo:

—Sacúdete, Newton.

Newton miró el dedo de Kate que indicaba directamente a Anthony y trotó obediente unos pocos pasos para acercarse a él antes de permitirse una sacudida corporal que roció agua del estanque por todas partes.

Anthony se lanzó a por su garganta.

—Voy…voya…¡a matarla! —rugió.

Kate se apartó con agilidad y se colocó con rapidez al lado de Edwina.

—Vaya, vaya, lord Bridgerton —bromeó buscando seguridad detrás de la figura empapada de su hermana—. No le ayudará perder los nervios delante de la buena Edwina.

—¿Kate? —susurró Edwina en tono apremiante—. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás siendo tan cruel con él?

—¿Por qué está siendo él tan cruel conmigo? —Kate le devolvió el susurro.

—Les diré lo que tenemos que hacer —continuó en voz baja y muy grave.—Loque tengo que hacer —dijo el señor Berbrooke con jovialidad, sin

ser consciente de que era probable que lord Bridgerton asesinara a la primera persona que abriera la boca— es acabar de arreglar el carrocín. Luego puedo llevar a casa a la señorita Sheffield. —Indicó a Edwina por si acaso alguien no entendía a qué señorita Sheffield se refería.

—Señor Berbrooke —dijo Anthony entre dientes—, ¿sabe cómo arreglar un carrocín?

El señor Berbrooke pestañeó unas pocas veces.

—¿Sabe siquiera qué problema tiene su carrocín?

Berbrooke abrió y cerró la boca unas veces más y luego dijo:

—Tengo algunas ideas. No me llevará tanto rato deducir cuál es el problema concreto.

Kate miró a Anthony con fijeza, fascinada por la vena que sobresalía en su garganta. Nunca antes había visto a un hombre tan claramente al límite de su paciencia. Puesto que sentía un poco de inquietud por la inminente explosión, dio un prudente medio paso para situarse detrás de Edwina.

No le gustaba considerarse una cobarde, pero el instinto de supervivencia era algo por completo diferente.

El vizconde consiguió controlarse de todos modos, su voz sonó con un tono regular aterrador cuando dijo:

—Esto es lo que vamos a hacer.

Tres pares de ojos se abrieron llenos de expectación.

—Voy a caminar hasta ahí—señalóa una dama y un caballero situados a unos veinte metros, quienes intentaban sin éxito no mirarles fijamente— y

—Nada —musitó ella, reprendiéndose por haber abierto la boca—. Por favor, continúe.

—Como decía, puesto que, como amigo y caballero —fulminó con la mirada a Kate—, dirá que sí, llevaré a la señorita Sheffield a su casa, luego regresaré a la mía y haré que uno de mis hombres devuelva el carruaje a Montrose.

Nadie se molestó en preguntar a qué señorita Sheffield se refería.

—¿Yqué hay de Kate? —preguntó Edwina. Al fin y al cabo, el carruaje solo tenía dos asientos.

Kate le apretó la mano. Querida y dulce Edwina. Anthony miró a Edwina de frente.

—Elseñor Berbrooke acompañará a su hermana a casa.

—Pero no puedo —dijo Berbrooke—. Tengo que acabar de arreglar el carrocín, bien lo sabe.

—¿Dóndevive? —preguntó con rudeza Anthony. Berbrooke pestañeó con sorpresa pero le dio su dirección.

—Pararé en su casa y les enviaré a un sirviente para que espere aquí junto a su vehículo mientras usted acompaña a la señorita Sheffield a su casa. ¿Estáclaro?—Sedetuvo y miró a todo el mundo, incluido al perro, con expresión bastante dura. Excepto a Edwina, por supuesto, quien era la única persona presente que no había provocado su mal genio.

—¿Estáclaro? —repitió.

Todo el mundo asintió, y su plan se puso en marcha. Minutos después, Kate se encontró observando a lord Bridgerton y a su hermana partir hacia el

A esta autora le han llegado informaciones de que la señorita Katharine Sheffield se ofendió por la descripción de su querido animal de compañía como «un perro no identificado de raza indeterminada».

Esta autora, desde luego, está postrada de vergüenza por el grave y atroz error y les pide a ustedes, queridos lectores, que acepten esta disculpa abyecta y que presten atención a la primera corrección en la historia de esta columna.

El perro de la señorita Katharine Sheffield es un corgi. Se llama Newton, aunque cuesta imaginar que el inventor y físico más importante de Inglaterra hubiera apreciado quedar inmortalizado en forma de un can pequeño, gordo y con malos modales.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Aquella misma noche quedó patente que Edwina no había salido indemne de su terrible aunque breve experiencia. Se le puso la nariz roja, los ojos le empezaron a lagrimear y era evidente para cualquiera que mirara durante tan solo un segundo su rostro hinchado que, aunque no estaba seriamente enferma, había cogido un fuerte resfriado.

Pero aunque Edwina estaba bien arropada bajo las mantas con una bolsa de agua caliente entre los pies y una pócima curativa preparada por el

—¿Lord Bridgerton? —preguntó Edwina con aire despreocupado—. Oh, las cosas habituales. Ya sabes a qué me refiero. Frases de cortesía y todo eso.

—¿Teha dicho frases de cortesía mientras estabas chorreando agua?—preguntó Kate con tono desconfiado.

Edwina dio un sorbo vacilante, luego casi hace una arcada.—¿Quéhay aquí?

Kate se inclinó y olisqueó el contenido.

—Huele un poco a regaliz. Y creo que veo una pasa en el fondo. —Pero mientras olía pensó que le parecía oír lluvia contra el vidrio de la ventana y volvió a incorporarse—. ¿Está lloviendo?

—Nolo sé —contestó Edwina—. Podría ser. Estaba bastante nublado antes cuando se ha puesto el sol.—Echóuna mirada más de desconfianza a la taza, luego volvió a dejarla en la mesa—. Si me bebo esto, sé que voy a ponerme más enferma —manifestó.

—Pero ¿qué más te dijo? —insistió Kate mientras se levantaba a mirar por la ventana. Corrió a un lado el visillo y escudriñó el exterior. Estaba lloviendo, pero solo un poco, y era demasiado temprano para decir si la precipitación vendría acompañada de truenos o electricidad.

—¿Quién, el vizconde?

Kate pensó que era una santa por no sacudir a su hermana hasta dejarla sin sentido.

—Sí,el vizconde.

Edwina se encogió de hombros, pues era evidente que no estaba tan interesada en la conversación como Kate.

muy interesante. Ni siquiera recuerdo la mitad de lo dicho.

Kate se quedó mirando a su hermana, incapaz de entender que Edwina hubiera mantenido una conversación con ese odioso mujeriego durante más de diez minutos y no le quedara una impresión imborrable. Para su propia consternación eterna, cada una de las espantosas palabras que él le había dicho habían quedado grabadas en su cerebro de forma permanente.

—Por cierto —añadió Edwina—, ¿cómo te ha ido a ti con el señor Berbrooke? Has tardado casi una hora en regresar.

Kate se estremeció a ojos vista.—¿Tanmal?

—Estoy segura de que será un buen marido para alguna mujer —explicóKate—, pero no para cualquier joven con una pizca de inteligencia.

Edwina soltó una risita.

—Oh, Kate, eres un espanto. Kate suspiró.

—Losé, lo sé. Eso ha sido de lo más cruel por mi parte. El pobre hombre

no tiene un gramo de maldad en su cuerpo. Solo que…

—Notiene un gramo de inteligencia tampoco —concluyó Edwina.

Kate alzó las cejas. No era propio de Edwina hacer un comentario tan categórico.

—Losé —dijo Edwina con mirada avergonzada—. Ahora yo soy la mala. No debería haber dicho eso, cierto, pero la verdad es que pensaba que iba a morirme durante nuestro paseo en carrocín.

Kate se enderezó con cierta preocupación.—¿Esun conductor peligroso?

Edwina sacudió la cabeza con violencia.—Sabe a demonios.

Kate esperó unos breves momentos, luego tuvo que preguntar:

—¿Tedijo el vizconde algo sobre mí?—¿Sobre ti?

—No, sobre… —replicó Kate con bastante brusquedad—. Por supuesto que sobre mí. ¿A cuántas personas más me refiero como a mí?

—Nohace falta que te pongas así.

—Nome pongo tanasí…

—Pues la verdad es que no, no te mencionó. De pronto Kate se sintió molesta.

—Sin embargo tenía mucho que decir sobre Newton.

Los labios de Kate se separaron a causa de la tribulación que la inundó. Nunca resultaba halagador verse superada por un perro.

—Leaseguré que Newton era de verdad un animal perfecto, y que yo no estaba para nada enfadada con él. Pero, por lo visto, el vizconde se había molestado e inquietado bastante por mí, qué encantador.

—Quéencantador —masculló Kate.

Edwina cogió un pañuelo y se sonó la nariz.

—Meparece, Kate, que te interesa bastante el vizconde.

—Paséprácticamente toda la tarde obligada a conversar con él —replicóKate como si eso lo explicara todo.

—Bien. Entonces habrás tenido ocasión de comprobar lo amable y encantador que puede ser. Es muy rico, además. —Edwina soltó un sonoro estornudo y luego se volvió para coger otro pañuelo—. Y pese a que opino

que tengo de encontrar un verdadero erudito. Lord Bridgerton parece bastante inteligente. Solo tendré que idear una manera de enterarme de si le gusta leer.

—Mesorprendería que ese grosero supiera leer —masculló Kate.

—¡Kate Sheffield! —exclamó Edwina con una risa—. ¿Acabas de decir lo que creo que has dicho?

—No—dijo Kate lisa y llanamente. Era evidente que el vizconde sabía leer, pero era de veras espantoso en todo lo demás.

—Lohas dicho —acusó Edwina—. Eres la peor, Kate.—Sonrió—.Pero me haces reír.

El estruendo profundo de unos truenos distantes reverberó en la noche, y Kate se obligó a sí misma a esbozar una sonrisa en un intento de no estremecerse. Por lo general los soportaba bien, siempre que los truenos y los relámpagos sonaran lejos. Solo cuando se sucedían uno tras otro, y en apariencia encima de su cabeza, sentía que iba a perder los nervios.

—Edwina —Kate siguió la conversación con su hermana. Necesitaba aclarar aquello, pero además le hacía falta decir algo que apartara su mente de aquella tormenta que les amenazaba—, debes quitarte al vizconde de la cabeza. No es el tipo de hombre que vaya a hacerte feliz, en absoluto. Aparte del hecho de ser el peor de los mujeriegos y que es harto probable que hiciera

ostentación de una docena de amantes delante de tus narices…

Al ver el ceño fruncido de Edwina, Kate dejó el resto de la frase y decidióahondar en esta cuestión.

—¡Claro que sí! —dijo con gran dramatismo—. ¿No has estado leyendo Confidencia? ¿O no prestas atención a lo que tienen que decir algunas de las mamás de las otras jóvenes? Las que llevan varios años en el circuito social y

Lo cual, tuvo que admitir ella misma, no colaba.

—Edwina —dijo con voz apaciguadora, decidida a llevar el tema en otra dirección—, aparte de todo eso, creo que ni tan siquiera te gustaría el vizconde si llegaras a conocerle.

—Parecía bastante agradable cuando me acompañó a casa.

—¡Pero se estaba comportando lo mejor que podía! —insistió Kate—. Claro que parecía agradable. Quiere que te enamores de él.

Edwina pestañeó.

—Osea, que crees que era una actuación.

—¡Esomismo! —exclamó Kate aprovechando el concepto—. Edwina, entre la noche de ayer y esta tarde he pasado varias horas en su compañía y puedo asegurarte que conmigo no intentaba comportarse bien.

Edwina soltó un resuello cargado de horror y tal vez un poco de excitación.

—¿Tebesó? —preguntó en voz baja.

—¡No!—aulló Kate—. ¡Por supuesto que no! ¿De dónde demonios has sacado esa idea?

—Dijiste que no se comportaba bien.

—Merefería a que —explicó Kate entre dientes— no fue nada amable. Tampoco fue agradable. De hecho fue de un arrogante insufrible y terriblemente grosero y ofensivo.

—Quéinteresante —murmuró Edwina.

—Notiene nada de interesante. ¡Fue horrible!

—No, no me refería a eso —continuó Edwina mientras se rascaba la barbilla sin disimulo—. Es muy curioso que se comportara de forma tan ruda

—Notiene gracia. Edwina se secó los ojos.

—Pues es lo más gracioso que he oído en todo el mes. ¡En todo el año!¡Oh, santo cielo! —Soltó unas cuantas toses, provocadas por el ataque de risa

—.Ay, Kate…, creo que has conseguido limpiar del todo mi nariz.—Edwina, no seas desagradable.

Edwina se llevó el pañuelo a la cara para sonarse.—Pues es verdad —dijo triunfante.

—Note hagas ilusiones —masculló Kate—. Por la mañana vas a tener un resfriado terrible.

—Tienes toda la razón —admitió Edwina—, pero qué divertido. ¿Te dijo que no podía evitarlo? Oh, Kate, es muy gracioso.

—Nohace falta que hagas tanto hincapié en ello —refunfuñó Kate.

—¿Sabes? Es posible que sea el primer caballero de los que hemos conocido en toda la temporada al que no has sido capaz de controlar.

Los labios de Kate formaron una mueca torcida. El vizconde había usado la misma palabra, y ambos tenían razón. Y era cierto que había pasado la temporada controlando hombres: controlándolos para Edwina. Y de pronto no estuvo tan segura de que le gustara aquel papel de madraza en el que se había visto metida.

O tal vez ella misma se había metido.

Edwina vio el juego de emociones sobre el rostro de su hermana y de inmediato adoptó un tono de disculpa.

—Oh, querida —murmuró—, lo siento, Kate. No era mi intención burlarme.

—Bien —dijo con firmeza—, y cuando te recuperes un poco, podremos mirar entre los actuales pretendientes en busca de un candidato mejor.

—Ytal vez tú también puedas buscar un marido —sugirió Edwina.

—Por supuesto, siempre estoy buscando —insistió Kate—. ¿Qué sentido tendría una temporada en Londres si no buscara?

Edwina dio muestras de tener ciertas reservas.

—Nocreo que estés mirando, Kate. Pienso que lo único que haces es estudiar las posibilidades para mí. Y no hay motivo para no encontrar marido tú misma. Necesitas tu propia familia. En realidad, no se me ocurre ninguna

otra persona más capacitada para ser madre que tú.

Kate se mordió el labio, no quería responder directamente a la cuestión planteada por Edwina. Tras esos preciosos ojos azules y ese rostro perfecto, su hermana era sin duda la persona más perspicaz que conocía. Y Edwina tenía razón, Kate no había estado buscando marido. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Por otro lado, tampoco nadie la consideraba candidata al matrimonio.

Suspiró y echó una mirada a la ventana. La tormenta parecía haber pasado sin castigar la zona de Londres en la que se encontraban. Supuso que debía sentirse agradecida por cualquier cuestión favorable, por pequeña que fuera.

—¿Porqué no nos ocupamos de ti primero? —dijo finalmente Kate—. Me parece que las dos estábamos conformes en que era más probable que túrecibieras proposiciones antes que yo. Luego ya pensaremos en mis posibilidades.

Edwina se encogió de hombros, y Kate sabía que su silencio intencionado quería decir que no estaba de acuerdo.

Mary había manifestado que Edwina no asistiría a ningún acto social hasta el martes como muy pronto. Kate había dado por entendido que todas ellas disfrutarían de un respiro porque, la verdad, ¿qué sentido tenía asistir a un baile sin Edwina? Pero tras pasar un bendito fin de semana sin otra cosa que hacer que leer y sacar a Newton de paseo, Mary declaró de pronto que las dos

asistirían a la velada musical de lady Bridgerton el lunes por la nochey…(En este momento Kate intentó argumentar con vehemencia por qué tal cosa no era una buena idea.)

…y no había más que hablar sobre el asunto.

Kate cedió con relativa rapidez. En realidad no tenía mucho sentido seguir discutiendo, ya que Mary había dado media vuelta y se había ido andando nada más pronunciar la última palabra.

Kate tenía ciertas normas y entre ellas se incluía la de no discutir con puertas cerradas.

Y por consiguiente, el lunes por la noche se encontró vestida con una seda color azul grisáceo y el abanico en la mano, atravesando junto a Mary las calles de Londres en su barato carruaje, camino de la mansión Bridgerton en Grosvenor Square.

—Atodo el mundo le sorprenderá vernos sin Edwina —comentó Kate mientras toqueteaba con la mano izquierda la gasa negra de su capa.

—Tútambién buscas marido —replicó Mary.

Kate permaneció un momento callada. Era difícil rebatir aquello ya que, al fin y al cabo, se suponía que era cierto.

—Ydeja de sobar la capa—añadióla mujer—. Estará arrugada toda la noche.

de que la cama estaba ardiendo. Kate dijo:

—Seguramente la música será horrorosa. Después de lo de Smythe-

Smith…

—Las intérpretes en aquella velada musical eran las propias hijas de los Smythe-Smith —contestó Mary, y su voz empezaba a denotar un matiz de impaciencia—. Lady Bridgerton ha contratado a una cantante de ópera profesional procedente de Italia que se encuentra unos días en Londres. El mero hecho de haber recibido una invitación ya es un honor.

Kate no ponía en duda que la invitación era para Edwina; ella y Mary estaban incluidas solo por cortesía. Pero Mary estaba empezando a apretar los dientes, de modo que Kate juró morderse la lengua durante el resto del trayecto. Lo cual no era tan difícil, ya que, a fin de cuentas, en aquel preciso momento llegaban rodando a la entrada de la residencia Bridgerton.

Kate se quedó boquiabierta mientras miraba por la ventana.—Esenorme —dijo estupefacta.

—¿Verdad que sí? —contestó Mary cogiendo sus cosas—. Por lo que sé, lord Bridgerton no vive aquí. Aunque le pertenece, aún permanece en su residencia de soltero para que su madre y hermanos puedan disfrutar de la mansión Bridgerton. ¿No es considerado por su parte?

«Considerado» y «lord Bridgerton» eran dos expresiones que Kate nunca hubiera pensado emplear en la misma frase, pero de todos modos asintió, demasiado impresionada por el tamaño y la armonía del edificio de piedra como para hacer algún comentario inteligente.

verdad, no había ningún motivo para desear situarse en una posición visible. Sin duda lord Bridgerton asistiría al acto—sieran ciertas todas las leyendas sobre su devoción familiar—, y si tenía suerte, tal vez no advirtiera su presencia.

Contrariamente a su opinión, Anthony supo con exactitud en qué momento Kate salió del carruaje y entró en casa de su familia. Había estado en su estudio tomando una copa en solitario antes de encaminarse hacia la velada musical que organizaba su madre anualmente. En un intento de mantener su privacidad había optado por no vivir en la mansión Bridgerton estando todavía soltero, pero aún conservaba ahí su estudio. Su posición como cabeza de la familia Bridgerton acarreaba responsabilidades serias, y Anthony por lo general encontraba más fácil ocuparse de tales responsabilidades desde la proximidad al resto de la familia.

No obstante, las ventanas del estudio daban a Grosvenor Square, y por consiguiente se había divertido un rato observando la llegada de los carruajes y los invitados que descendían de ellos. Cuando bajó Kate Sheffield, alzó la mirada a la fachada de la mansión e inclinó la cabeza con un gesto muy similar al que hizo al disfrutar del calor del sol en Hyde Park. La luz de los apliques ubicados a ambos lados de la entrada principal se había filtrado a través de su piel y la bañaban de un relumbre titilante.

Y Anthony se quedó sin aliento.

Su vaso de cristal aterrizó sobre el amplio alféizar de la ventana con un golpe pesado. Esto empezaba a ser ridículo. No era capaz de engañarse a sí

fruncidos y, contando con que estuvieran cerrados y por supuesto no hablaran, eminentemente besuqueables.

¿Besuqueables?

Anthony se estremeció. La idea de besar a Kate Sheffield era escalofriante. En realidad, el mero hecho de haber pensado en ello debería ser suficiente como para que le encerraran en un manicomio.

Y no obstante…

Anthony se dejó caer en un sillón.

Y no obstante había soñado con ella.

Había sucedido después del fiasco del Serpentine. Estaba tan furioso que casi no podía hablar. Fue un milagro que consiguiera decirle algo a Edwina durante el corto trayecto de regreso a su casa. Frases corteses fue todo lo que consiguió pronunciar: palabras sin sentido tan familiares que saltaban de su lengua como si las supiera de memoria.

Una suerte, de cualquier modo, puesto que, definitivamente, su mente no estaba donde debería: en Edwina, su futura esposa.

Oh, ella no había accedido aún. Ni siquiera se lo había pedido todavía. Pero reunía todos los requisitos para convertirse en su esposa; ya había decidido que sería ella a quien finalmente propondría en matrimonio. Era hermosa, inteligente y su talante era sereno. Atractiva, pero sin que le acelerara el pulso. Pasarían unos años deleitables juntos, pero nunca se enamoraría de ella.

Era justo lo que necesitaba.

Y no obstante…

Anthony alcanzó su copa y se bebió de un trago el resto del contenido.

repitió. Solo un sueño.

Se había quedado dormido enseguida después de volver a casa aquella tarde. Se había desnudado y se había sumergido en un baño caliente durante casi una hora, en un intento de sacarse el frío de los huesos. Aunque no se había metido del todo en el Serpentine como Edwina, sus piernas se habían empapado, igual que una de sus mangas, y la sacudida estratégica de Newton había garantizado que ni un solo centímetro de su cuerpo mantuviera el calor durante el sinuoso recorrido de vuelta a casa en aquel carruaje prestado.

Después del baño se metió en la cama, sin importarle demasiado que aún fuera de día en el exterior; aún quedaba una hora de luz más o menos. Estaba agotado y su única intención era sumirse en un letargo profundo, sin sueños, del que no despertaría hasta que los primeros rayos de sol vetearan la mañana.

Pero en algún momento de la noche su cuerpo se sintió inquieto y hambriento, una sensación que fue en aumento. Y su mente traicionera se llenó de la más espantosa de las imágenes. Observaba la imagen como si estuviera flotando cerca del techo, pero no obstante lo sentía todo: su cuerpo desnudo se movía sobre la forma esbelta de una mujer, sus manos acariciaban y apretaban la carne caliente. El delicioso enredo de brazos y piernas, el

aroma almizcleño de dos cuerpos que se atraen… Todo estaba ahí, ardiente e intenso en su mente.

Y entonces él se desplazó. Solo un poco, tal vez para besar la oreja de la mujer sin rostro. Solo que cuando se movió a un lado, ya no era una mujer sin rostro. Primero apareció un espeso mechón de pelo marrón oscuro, que se rizaba suavemente y le hacía cosquillas en el hombro. Luego se desplazó un

poco másy…

impidiera que se repitiera el sueño.

Durante horas estuvo mirando el techo, primero conjugando verbos latinos, luego contando hasta mil, todo en un intento de mantener el cerebro

ocupado con cualquier cosa que no fuera Kate Sheffield.

Y, de forma asombrosa, había exorcizado la imagen de su cerebro y se había quedado dormido.

Pero ahora ella había regresado. Estaba aquí. En su casa. La idea le espantaba.

¿Y dónde diablos estaba Edwina? ¿Por qué no había acompañado a su madre y hermana?

Las primeras notas de un cuarteto de cuerda se introdujeron por debajo de la puerta, discordantes y embrolladas, sin duda ya se estaban preparando los músicos que su madre había contratado para acompañar a Maria Rosso, laúltima soprano que había cautivado al público londinense.

Desde luego que Anthony no se lo había contado a su madre, pero él y Maria habían disfrutado de un agradable interludio la última vez que la soprano había estado en la ciudad. Tal vez debiera considerar reanudar su amistad. Si la sensual belleza italiana no curaba sus males, nada conseguiría hacerlo.

Anthony se levantó y enderezó los hombros, consciente de que más bien parecía prepararse para la batalla. Diablos, así era como se sentía. Tal vez con un poco de suerte fuera capaz de evitar por completo a Kate Sheffield. No podía imaginarse que ella hiciera algún intento de entablar conversación conél. Había dejado del todo claro que le tenía la misma estima que él a ella.

Sí, eso era exactamente lo que haría. Evitarla. ¿Resultaría muy difícil?

La velada musical de lady Bridgerton resultó ser una reunión indiscutiblemente artística, lo cual no siempre es la norma en este tipo de veladas. Esta autora se lo puede asegurar. La intérprete invitada no era otra que Maria Rosso, la soprano italiana que tuvo su debut en Londres hace dos años y que ha regresado tras un breve periodo en los escenarios vieneses.

Con su espeso cabello azabache y centelleantes ojos oscuros, la señorita Rosso demostró tener tanto encanto en su voz como en su figura. Y más de uno (de hecho, más de una docena) de los denominados «caballeros de la sociedad» encontraron dificultades para apartar la mirada de su persona, incluso después de que hubiera concluido la actuación.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Kate supo en qué minuto preciso entró él en la sala.

Intentó convencerse de que aquello no quería decir que ella estuviera cada vez más pendiente de aquel hombre. Él era terriblemente apuesto; de hecho, no era una opinión, era la realidad. No podía imaginarse que el resto de mujeres presentes no se hubieran fijado en él.

Llegó tarde. No mucho, la soprano no podía llevar más de doce compases de su pieza. Pero lo bastante tarde como para que intentara no hacer ruido mientras ocupaba una silla hacia la parte delantera, cerca de su familia. Kate

había pensado. Tendría que estar satisfecha de tener la confirmación. Tendría que pensar que aquello le daba la razón.

En vez de ello, lo único que sentía era decepción. Era una sensación pesada, incómoda, que envolvía su corazón y la dejaba un poco hundida en su asiento.

Cuando acabó la interpretación, no pudo evitar advertir que la soprano, tras aceptar graciosamente los aplausos, se dirigió con el mayor descaro hacia el vizconde y le ofreció una de esas sonrisas seductoras, el tipo de sonrisa que Kate nunca aprendería a esbozar aunque una docena de cantantes de ópera intentaran enseñárselo. Aquella sonrisa no dejaba dudas sobre las intenciones de la cantante.

¡Dios bendito! Aquel hombre ni siquiera necesitaba perseguir a las mujeres, casi se rendían a sus pies.

Era asqueroso. De verdad, muy asqueroso. Y aun así, Kate no podía dejar de mirar.

Lord Bridgerton ofreció por su parte una misteriosa media sonrisa a la cantante de ópera. Luego estiró el brazo y le recogió tras la oreja un mechón suelto de su pelo azabache.

Kate sintió un escalofrío.

El vizconde ahora se había inclinado hacia delante para susurrarle algo al

oído. Kate se descubrió aguzando el oído en aquella dirección, aunque era

obvio que resultaba imposible oír algo desde tan lejos.

Pero de cualquier modo, ¿acaso era un crimen morirse de curiosidad?Y…¡Santo cielo! ¿No acababa de besarle en el cuello? Seguro que no se

atrevía a hacer eso en casa de su propia madre. Bueno, se suponía que la

que a Bridgerton no le importaba lo más mínimo quién les viera.

Mary frunció los labios formando una línea apretada antes de decir:

—Estoy segura de que su conducta no es de nuestra incumbencia.

—Por supuesto que es de nuestra incumbencia. Quiere casarse con Edwina.

—Eso aún no podemos asegurarlo.

Kate recordó algunas conversaciones con lord Bridgerton.—Creo que no andamos tan desencaminadas.

—Bien, deja de mirarle. Estoy segura de que no quiere nada contigo después del fiasco de Hyde Park. Y aparte, aquí hay unos cuantos buenos partidos. Harías bien en dejar de pensar todo el tiempo en Edwina y empezar a buscar algo para ti.

Kate notó cómo se hundían sus hombros. La mera idea de intentar atraer a algún pretendiente era agotadora. A fin de cuentas, todos se interesaban por Edwina. Y aunque ella misma no quería tener nada con el vizconde, le dolía que Mary dijera con tal seguridad que él no quería tener nada con ella.

Mary la cogió del brazo con una firmeza que no admitía protestas.

—Vamos ya, Kate —dijo con voz tranquila—. Acerquémonos a saludar a nuestra anfitriona.

Kate tragó saliva. ¿Lady Bridgerton? ¿Tenía que conocer a lady Bridgerton? ¿La madre del vizconde? Era bastante difícil creer que una criatura como él tuviera una madre.

Pero los modales eran los modales. Por mucho que Kate hubiera preferido escabullirse por el pasillo y marcharse, sabía que debía dar las gracias a su anfitriona por organizar una actuación tan maravillosa.

—Nose nos habría ocurrido pasar la velada en ningún otro lugar—contestó Mary—. ¿Me permite que le presente a mi hija? —Hizo un gesto hacia Kate, quien dio un paso hacia delante e hizo la conveniente reverencia.

—Esun placer conocerla, señorita Sheffield —dijo lady Bridgerton.—Para mí es también un honor —repuso Kate.

Lady Bridgerton indicó a una joven situada a su lado.—Yesta es mi hija, Eloise.

Kate sonrió con afecto a la muchacha, quien parecía tener la misma edad que Edwina. Eloise Bridgerton tenía el mismo color de pelo que sus hermanos mayores y un rostro iluminado por una amplia y simpática sonrisa. A Kate le cayó bien al instante.

—¿Qué tal está, señorita Bridgerton? —dijo Kate—. ¿Es su primera temporada?

Eloise asintió.

—Oficialmente no me toca hasta el año que viene, pero mi madre me ha permitido asistir a las funciones celebradas aquí en la residencia Bridgerton.

—¡Quésuerte ha tenido! —replicó Kate—. Me habría encantado haber asistido a alguna fiesta el año pasado. Al llegar a Londres esta primavera, todo me resultaba tan nuevo. Una se queda aturdida solo de intentar recordar el nombre de cada una de las personas.

Eloise sonrió ampliamente.

—Dehecho, mi hermana Daphne fue presentada hace dos años y siempre me describe todo y a todo el mundo con gran detalle, o sea, que me parece que conozco a casi todo el mundo.

—¿Daphne es su hija mayor? —preguntó Mary a lady Bridgerton.

—Espero que no sea nada serio.—Lavizcondesa expresó su interés a Mary, en un tono de madre a madre.

—No, nada serio —contestó Mary—. De hecho, ya casi ha recuperado su buena forma. Pero me ha parecido que necesitaba un día más de convalecencia antes de animarse a salir. No le convendría sufrir una recaída.

—No, por supuesto que no.—Lady Bridgerton hizo una pausa, luego sonrió—. Pero es una pena. Me hacía mucha ilusión conocerla. Edwina se llama, ¿verdad?

Kate y Mary asintieron al unísono.

—He oído decir que es preciosa. —Pese a estar hablando en aquel momento, lady Bridgerton lanzó una ojeada a su hijo, quien coqueteaba como un loco con la cantante de ópera italiana, y frunció el ceño.

Kate sintió una gran agitación en su estómago. De acuerdo con las recientes ediciones de Confidencia, lady Bridgerton se había propuesto la misión de casar a su hijo. Y aunque el vizconde no parecía ser el tipo de hombre que se somete a la voluntad de una madre (ni a la de nadie, para el caso), Kate tuvo la impresión de que lady Bridgerton podía ser capaz de ejercer cierta presión si así lo decidía.

Tras unos momentos más de charla cortés, Mary y Kate dejaron que lady Bridgerton saludara al resto de invitados. Enseguida se les aproximó la señora Featherington; como madre de tres jovencitas solteras siempre tenía mucho que contar a Mary sobre temas diversos. Pero en aquella ocasión la rechoncha mujer, mientras se encaminaba hacia ellas, tenía la mirada fija en Kate.

Kate empezó de inmediato a considerar posibles rutas de escapatoria.

que es un corgi de pura raza.

—Escierto que no tuvo mayor importancia —dijo Mary, saliendo en defensa de Kate—. Me sorprende incluso que mereciera una mención en su columna.

Kate dedicó a la señora Featherington la más insulsa de las sonrisas, muy consciente de que tanto ella como Mary mentían con descaro. Sumergir a Edwina (y casi a lord Bridgerton) en el Serpentine no era un incidente «sin mayor importancia», pero si lady Confidencia no había creído conveniente

ofrecer todos los detalles, Kate desde luego no iba a dar explicaciones.

La señora Featherington abrió la boca y respiró hondo, lo cual comunicó a Kate que se estaba preparando para lanzar uno de sus prolongados monólogos sobre el tema de la importancia del buen comportamiento (o los buenos modales o la buena cuna o cualquier cosa buena que fuera el tema del día), de manera que Kate se apresuró a decir de forma un tanto brusca:

—¿Quieren que vaya a buscar un poco de limonada?

Las dos matronas dijeron que sí y dieron las gracias a Kate, quien se escabulló al instante. Sin embargo, en cuanto regresó, sonrió con gesto inocente y dijo:

—Solo tengo dos manos, o sea, que ahora tengo que regresar a por un vaso para mí.

Y tras decir eso, se marchó una vez más.

Se detuvo un instante junto a la mesa de la limonada, por si acaso Mary estaba mirando, luego salió disparada de la sala al pasillo, donde se hundió en un mullido banco situado a unos diez metros de la sala de música, ansiosa por conseguir un poco de aire. Lady Bridgerton había dejado abiertas las

toda la aristocracia compartía la opinión que tenía de ella: que era una amenaza impertinente y poco atractiva para la sociedad.

¿Amenaza para la sociedad? Kate apretó los dientes. Le llevaría mucho, mucho tiempo perdonarle tal insulto.

Pero, de todos modos, estaba cansada y no tenía ganas de enfrentarse a él justo en ese momento, de modo que se levantó las faldas varios centímetros para no tropezarse y se metió por la primera puerta que encontró junto al banco. Con un poco de suerte, él y su amada pasarían de largo y ella podría regresar pitando a la sala de música sin que nadie se percatara.

Kate echó una rápida mirada a su alrededor nada más cerrar la puerta. Había una lámpara encendida encima del escritorio y, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, comprendió que se encontraba en algún tipo de despacho. Las paredes estaban llenas de libros, aunque la habitación, dominada por un monumental escritorio de roble, no era tan grande como para ser la biblioteca de los Bridgerton. Encima del escritorio había papeles

ordenados en pilas y una pluma con un tintero se hallaba sobre el cartapacio. Estaba claro que no era un despacho para darse tono: aquí trabajaba

alguien.

Kate deambuló hasta el escritorio, la curiosidad la estaba dominando, y pasó los dedos distraídamente por el borde de madera. Había un ligero olor a tinta en el aire, tal vez incluso se detectaba un leve resto de humo de pipa.

En conjunto, decidió, era una habitación preciosa. Cómoda y práctica. Una persona podía pasar horas aquí ensimismado en perezosas reflexiones.

Pero mientras Kate se recostaba contra el escritorio, saboreando la tranquila soledad, oyó un sonido espantoso.

Kate cerró los ojos con gran agonía. Estaba atrapada en aquel despacho con una pareja de amantes. Sencillamente, la vida no le podía ir peor.

Bueno, podían descubrirla. Aquello sí que sería peor. De todos modos, era curioso que aquello no consiguiera animarla. Su situación era francamente difícil.

—Lo dicen por toda la ciudad, milord —contestó Maria—. Todo el mundo dice que ha decidido sentar cabeza y buscar esposa.

Hubo un silencio, pero Kate habría jurado oírle a él encogerse de hombros.

Algunas pisadas. Los amantes se acercaron a la mesa un poco más. Luego Bridgerton murmuró:

—Probablemente ya era hora.

—Merompe el corazón, ¿lo sabe? Kate pensó que iba a darle una arcada.

—Vamos, vamos, mi dulce signorina —sonido de labios sobre la piel—, ambos sabemos que su corazón es inmune a cualquiera de mis maquinaciones.

A continuación se oyó un roce de sedas, que Kate interpretó como el sonido de Maria apartándose con timidez, tras lo cual se oyó:

—Pero no soy aficionada a los escarceos, milord. No es que busque el matrimonio, por supuesto, pero la próxima vez que busque un protector digamos que será a largo plazo.

Pisadas. ¿Tal vez Bridgerton cruzaba de nuevo la distancia que les separaba?

Su voz sonó grave y ronca cuando dijo:

Maria murmuró una respuesta afirmativa y las zancadas enérgicas de

Bridgerton reverberaron por el suelo, se acercaron más y más hasta que…¡Oh, no!

Kate inspeccionó la licorera, que descansaba sobre la repisa de la ventana, directamente enfrente de su escondite debajo del escritorio. Si él continuaba de cara a la ventana mientras servía, Kate podría escapar sin ser detectada,

pero si se volvía tan solo noventa grados…

Se quedó paralizada. Paralizada por completo. Dejó de respirar del todo. Con los ojos muy abiertos, sin pestañear (¿podían producir algún sonido

los ojos?), observó con completo horror que Bridgerton aparecía ante su vista y su silueta atlética quedaba destacada de modo sorprendente desde aquel puesto aventajado en el suelo.

Los vasos entrechocaron un instante cuando él los dispuso para servir, luego retiró el tapón de la licorera y sirvió dos dedos de líquido ámbar en cada copa.

No te vuelvas. No te vuelvas.

—¿Todo bien? —llamó Maria.

—Perfecto —respondió Bridgerton, aunque sonaba algo distraído. Alzólas copas y canturreó algo para sí mismo mientras su cuerpo empezaba a volverse con parsimonia.

Continúa andando. Continúa andando. Si se apartaba de ella mientras se daba la vuelta, volvería al lado de Maria y ella estaría a salvo. Pero si se daba la vuelta y luego caminaba, podía darse por muerta.

Sin duda, él la mataría. Con toda franqueza, aún le sorprendía que no lo hubiera intentado la semana anterior en el Serpentine.

No se sentía culpable por utilizarla para su propio placer. A ese respecto, ella le estaba utilizando también a él. Y al menos ella se vería compensada por ello, mientras que a él le costaría varias joyas, una asignación trimestral y el alquiler de una casa elegante en una parte bastante elegante de la ciudad, aunque tampoco demasiado.

No, el motivo de que se sintiera inquieto, de que se sintiera frustrado, de que tuviera ganas de atravesar con el puño un muro de ladrillo, era que estaba utilizando a Maria para sacarse de la cabeza aquella pesadilla que era Kate Sheffield. No quería volver a despertarse torturado, con una erección, sabiendo que Kate Sheffield era la causa. Quería hundirse en otra mujer hasta que todo recuerdo de aquel sueño se disolviera y se desvaneciera en la nada.

Porque Dios sabía que nunca iba a tomar parte activa en esa fantasía erótica particular. Ni siquiera le gustaba Kate Sheffield. La idea de acostarse con ella le provocaba un sudor frío, aunque extendiera una oleada de deseo por sus entrañas.

No, la única manera de que el sueño se hiciera realidad era que Anthony

estuviera delirando de fiebre… y ella tal vez tendría que estar delirando

también… y quizá los dos tendrían que haberse perdido en una isla desierta o

estar sentenciados a muerte a la mañana siguienteo…

Sintió un estremecimiento. Aquello, sencillamente, no iba a suceder.

Pero, ¿qué diantres?, aquella mujer tenía que haberle hechizado. No había

otra explicación para aquel sueño, no, mejor dicho, aquella pesadilla. Y aparte de eso, incluso en aquel preciso instante podía olerla. Era aquella mezcla enloquecedora de lirios y jabón, aquel aroma cautivador que se había apoderado de él mientras estaban en Hyde Park la semana pasada.

Una mujer práctica como Kate Sheffield se frotaría con jabón hasta quedarse bien limpia.

Su pie vaciló en el aire y su primer paso resultó ser corto en vez de la habitual zancada larga. No podía escapar a aquel olor, o sea, que continuódándose la vuelta, su olfato le hizo torcer instintivamente la vista hacia donde sabía que no podía haber lirios, y sin embargo su aroma estaba allí, por imposible que pareciera.

Y entonces la vio. Debajo de su escritorio. Era imposible.

Sin duda esto era una pesadilla. Sin duda si cerraba los ojos y volvía a abrirlos, ella habría desaparecido.

Pestañeó. Ella continuaba allí.

Kate Sheffield, la mujer más exasperante, irritante y diabólica de toda Inglaterra, estaba agazapada, en cuclillas como una rana, debajo de su escritorio.

Fue un milagro que no dejara caer el whisky.

Sus miradas se encontraron, vio sus ojos muy abiertos a causa del pánico y el temor. Bien, pensó con furia. Merecía pasar miedo. Iba a curtirla a palos hasta que estuviera escarmentada.

¿Qué diablos estaba haciendo aquí? ¿Empaparle de la inmunda agua del Serpentine no era suficiente para su espíritu sanguinario? ¿No estaba satisfecha con sus intentos de frustrar el cortejo de su hermana? ¿Además tenía que espiarle?

Anthony confió al menos en que fueran sus uñas. Podrían haber sido sus dientes.

—¿Estáseguro de que no pasa nada? —preguntó Maria.

—Nada…en…—fuera cual fuera la parte del cuerpo que Kate clavaba en su pierna, se hundió un pocomás—¡absoluto!—Laúltima palabra surgiómás bien como un aullido y entonces sacudió la pierna hacia delante, dando contra algo que tuvo la leve sospecha de que era el estómago de Kate.

En circunstancias normales, Anthony hubiera preferido morir antes que pegar a una mujer, pero esto parecía un caso de veras excepcional. En realidad se regodeó un poco al propinarle una patada mientras ella permanecía allí agazapada.

Al fin y al cabo, ella le estaba mordiendo la pierna.

—Permítame que la acompañe hasta la puerta—ledijo a Maria mientras se sacudía a Kate del tobillo.

Pero la mirada de Maria mostró curiosidad. La cantante se adelantó unos pocos pasos.

—Milord, ¿hay un animal debajo de la mesa? Anthony soltó una risotada.

—Asípodría decirse.

Kate le dio con el puño en el pie.—¿Esun perro?

Anthony consideró en serio ofrecer una respuesta afirmativa, pero ni siquiera él podía ser tan cruel. Por lo visto, Kate apreció su tacto poco característico ya que le soltó la pierna.

—Esuna mujer excepcional, Maria Rosso. Ella se rio.

—Pero, por lo visto, no lo bastante.

Salió flotando y Anthony cerró la puerta con un chasquido decidido. Luego, seguramente un demoniejo sobre su hombro le pinchó y decidió dar una vuelta a la llave en la cerradura y metérsela en el bolsillo.

—Usted —dijo con un bramido mientras salvaba la distancia hasta el escritorio en cuatro largas zancadas—. Salga de ahí.

Al ver que Kate no se daba suficiente prisa, se agachó, le puso la mano en la parte superior del brazo y la sacó a rastras para ponerla de pie.

—Explíquese —ordenó entre dientes.

A Kate casi se le doblan las piernas mientras la sangre volvía precipitadamente a sus rodillas, que habían estado dobladas durante casi un cuarto de hora.

—Hasido un accidente —dijo, y se agarró al borde del escritorio en busca de apoyo.

—Escurioso con qué sorprendente frecuencia surgen esas palabras de su boca.

—¡Esverdad! —protestó—. Estaba sentada en el pasilloy…—tragósaliva. Él se había adelantado y ahora estaba muy, muy cerca—. Estaba sentada en el pasillo —dijo otra vez, la voz le sonaba insegura y ronca— y le

oí venir. Simplemente intentaba evitarle.

—¿Ypor eso invadió mi despacho privado?

—Nosabía que era su despacho.Yo…—Kate tomó aliento. Él incluso se había acercado más, sus amplias y planchadas solapas ahora estaban a tan

detenía, dejaba de hacerlo cuando él se movía. No cabía duda de que su corazón latía al compás del puso de él.

—Tal vez —susurró él, tan cerca ahora que su aliento besó sus labios—deseaba en realidad alguna cosa más.

Kate intentó sacudir la cabeza pero sus músculos se negaban a obedecer.—¿Estásegura?

En esta ocasión, su cabeza la traicionó y dio una pequeña sacudida. Anthony sonrió y ambos supieron que él había ganado.

También presentes en la velada musical de lady Bridgerton: la señora Featherington y sus tres hijas mayores (Prudence, Philippa y Penelope, ninguna de las cuales vestía con colores que favorecieran sus cutis); el señor Nigel Berbrooke (quien, como es habitual, tenía mucho que contar, aunque nadie salvo Philippa Featherington parecía interesada), y, por supuesto, la señora Sheffield y la señorita Katharine Sheffield.

Esta autora supone que la invitación a las Sheffield incluía también a la señorita Edwina Sheffield, pero no se encontraba presente. Lord Bridgerton parecía de buen humor pese a la ausencia de la joven señorita Sheffield, pero, ¡ay!, su madre no podía disimular su decepción.

Pero, claro está, la tendencia de lady Bridgerton a hacer parejas es ya legendaria y, sin duda, no puede estar inactiva ahora que su hija ya está casada con el duque de Hastings.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

27 de abril de 1814

Anthony sabía que tenía que estar loco.

No podía haber otra explicación. Su intención era asustarla, aterrorizarla, hacerle entender que nunca podría pretender inmiscuirse en sus asuntos y salir

indemne, y no obstante…La besó.

Iba a dejarlo justo entonces, iba a dejarla preocupada y sin aliento. Pero cuando les separaban menos de tres centímetros, la atracción se hizo más fuerte. El aroma de Kate era demasiado cautivador, el sonido de su respiración demasiado excitante. La comezón del deseo que él había pretendido desatar en ella de pronto se encendió en su interior y extendió una cálida garra de necesidad hasta la punta de sus pies. Y el dedo que acababa de pasar por su mejilla —solo para torturarla, se dijo— de pronto se convirtió en una mano que la sujetó por la nuca mientras sus labios la tomaban en una explosión de rabia y deseo.

Ella jadeó contra su boca, y entonces él aprovechó la separación de sus labios para deslizar la lengua entre ellos. Aunque Kate estaba rígida entre sus brazos, daba la impresión de que aquello tenía más que ver con la sorpresa que con cualquier otra cosa, por lo que Anthony se apretó un poco más y permitió que una de sus manos se deslizara por detrás y sujetara la suave curva de su trasero.

—Esto es una locura —susurró él contra su oído. Pero no hizo ningún movimiento para soltarla.

La respuesta de Kate fue un gemido incoherente y confuso. Su cuerpo se volvió un poco más maleable entre sus brazos, permitió que lo amoldara al suyo, con más proximidad. Él sabía que debía detenerse, sabía que desde luego no tenía que haber empezado, pero su sangre se aceleraba a causa de la

necesidad, y ella sabía tan… tan…Tan bien.

Anthony soltó un gemido, apartó los labios de su boca para saborear un instante la piel salada del cuello. Había algo en ella que se adaptaba a él,

indiscutible que ella le estaba devolviendo el beso.

Un gemido grave y triunfante surgió de la boca de Anthony mientras desplazaba la boca otra vez hasta los labios de ella y la besaba con ardor, desafiándola a que continuara lo que había empezado.

—Oh, Kate—sequejó, empujándola con suavidad hasta que ella se quedóapoyada contra el borde del escritorio—. Dios, qué bien sabe.

—¿Bridgerton? —Su voz sonó trémula, aquella palabra era más una pregunta que cualquier otra cosa.

—Nodiga nada —susurróél—.Haga lo que haga, no diga nada.

—Pero…

—Niuna palabra —interrumpió él, y le puso un dedo sobre los labios. Loúltimo que quería era que ella arruinara ese momento tan perfecto abriendo su boca e iniciando una discusión.

—Peroyo…—Apoyó las manos en el pecho de Anthony y se zafó de un estirón, dejándole a él tambaleante y sin aliento.

Anthony soltó una maldición, y no era leve.

Kate se escabulló rápidamente, no hasta el otro extremo de la habitación, pero sí hasta un alto sillón con orejas, lo bastante lejos como para no estar al alcance de sus brazos. Se agarró al rígido respaldo del sillón, luego se parapetó tras él, pensando que podría ser una buena idea tener un mueble sólido entre ellos.

El vizconde no dio muestras de estar de buen humor.

—¿Porqué ha hecho eso? —preguntó ella en voz tan baja que casi era un susurro.

—Eso me ha estado diciendo —contestó con voz suave—. Tendré que creer en su palabra, puesto que hace unos segundos esto no era tan aparente.

Kate sintió que sus mejillas se sonrojaban de vergüenza. Había respondido a su desvergonzado beso, y se odiaba por ello, casi tanto como le odiaba a él por iniciar aquellas intimidades.

Pero no hacía falta que se burlara de ella. Había sido el acto de un canalla. Se agarró al respaldo del sillón hasta que sus nudillos se pusieron blancos, ya no estaba segura de si lo utilizaba como defensa contra Bridgerton o como medio para contenerse y no abalanzarse sobre él para estrangularlo.

—Novoy a permitir que se case con Edwina—ledijo en voz baja.

—No—murmuró él y se movió con lentitud hasta situarse al otro lado del sillón—. No pensaba que fuera a hacerlo.

Kate elevó la barbilla de forma casi imperceptible.

—Ytengo la certeza de que yo no voy a casarme con usted.

Anthony plantó sus manos sobre los reposabrazos y se inclinó hacia delante, hasta dejar su rostro a tan solo unos centímetros del de ella.

—Norecuerdo habérselo pedido —dijo él. Kate se retiró hacia atrás con brusquedad.—¡Pero si acaba de besarme!

Él se rio.

—Sime ofreciera en matrimonio a cada mujer a la que he besado, me habrían metido en la cárcel por polígamo hace mucho tiempo.

Kate notó que empezaba a temblar y se agarró al respaldo del sillón en busca de apoyo.

—Usted, señor —casi le escupe—, no tiene honor.

No, eso era imposible. Nada podía sorprender a este hombre.—Noera mi intención hacerle daño—añadióen tono suave.—¿Ah,no?

Él sacudió un poco la cabeza.

—No. Tal vez asustarla. Pero no quería hacerle daño. Kate retrocedió con piernas temblorosas.

—No es más que un mujeriego —dijo mientras deseaba que su voz surgiera con un poco más de desdén y un poco menos de temblor.

—Losé —dijo encogiéndose de hombros. El intenso fuego en sus ojos pareció apagarse hasta denotar una leve diversión—. Va con mi manera de ser.

Kate dio otro paso hacia atrás. No le quedaban energías para enfrentarse a los abruptos cambios de humor de él.

—Mevoy ahora mismo.

—Váyase —dijo él en tono afable, y le hizo una indicación hacia la puerta.

—Nopuede detenerme.Él sonrió.

—Nilo soñaría.

Kate empezó a apartarse, retrocedió con lentitud, temerosa de que si le quitaba la vista de encima durante un segundo, él tal vez se abalanzara sobre ella.

—Mevoy —repitió de modo innecesario.

Pero cuando tenía la mano a un centímetro del pomo de la puerta, él dijo:

—Supongo que la veré la próxima vez que vaya a visitar a Edwina.

como los de un gato.

—¿Después de que me besara?

—Yo no… —Pero las palabras le quemaron la parte posterior de la laringe, pues era obvio que eran mentira. Ella no había iniciado aquel beso pero al final sí había participado en él.

—Oh, vamos, señorita Sheffield —dijo estirándose y cruzándose de brazos—. No sigamos por ahí. No nos gustamos, hasta ahí es verdad, pero la respeto de un modo peculiar, pervertido, y sé que usted no es una mentirosa.

Kate no dijo nada. La verdad, ¿qué podía decir? ¿Qué podía responder a una afirmación que contenía las palabras «respeto» y «pervertido»?

—Medevolvió el beso —dijo con una leve sonrisa de satisfacción—. No con gran entusiasmo, lo admito, pero eso sería cuestión de tiempo.

Ella sacudió la cabeza, incapaz de dar crédito a lo que oía.

—¿Cómopuede hablar de ese tipo de cosas tan solo un minuto después de haber declarado su intención de casarse con mi hermana?

—Esto no obstaculiza lo más mínimo mis planes, es la verdad —comentócon voz reflexiva pero despreocupada, como si considerara la compra de un nuevo caballo o decidiera qué pañuelo ponerse en el cuello.

Quizá fuera su postura desenfadada, quizá la manera en que se frotaba el mentón como si fingiera estar pensándose un poco aquella cuestión, pero algo encendió una mecha en el interior de Kate. Sin tan siquiera pensar, se lanzóhacia delante, todas las furias del mundo reunidas en su alma mientras se arrojaba contra él y le golpeaba el pecho con los puños.

—¡Nunca se casará con ella!—chilló—.¡Nunca! ¿Me oye?Él levantó un brazo para parar un golpe contra su cara.

diversión? Porque, le aseguro, milord, que se me ocurren cosas mucho más divertidas que estar retenida en su estudio.

Él le soltó las muñecas de forma brusca. Kate se frotó la carne enrojecida y maltratada mientras continuaba hablando:

—Pensaba que, al menos, mi amor por Edwina era una faceta que usted podía entender con perfecta claridad —dijo gimoteando—. Usted, quien supuestamente siente tal devoción por su familia.

Anthony no dijo nada, se limitó a observarla y preguntarse si, tal vez, esta mujer escondía mucho más de lo que en un principio había estimado.

—Si usted fuera hermano de Edwina —dijo Kate con escalofriante precisión—, ¿permitiría que se casara con un hombre como usted?

Él se quedó callado durante un largo instante, lo bastante largo como para que el silencio resonara con incomodidad en sus oídos. Por fin dijo:

—Esto no viene a cuento.

En favor de Kate había que decir que no sonrió, no alardeó, no se mofó. Cuando volvió a hablar, sus palabras sonaron tranquilas y francas.

—Creo que ya me ha contestado. —Luego se giró sobre sus talones y empezó a alejarse.

—Mihermana —dijo entonces él, con voz lo bastante alta como para que Kate detuviera su avance hacia la puerta— se ha casado con el duque de Hastings. ¿Está familiarizada con su reputación?

Kate se detuvo, pero no se volvió.

—Esconocido por su evidente devoción a su esposa. Anthony soltó una risita.

—¿Yama a mi hermana, lord Bridgerton?

—Por supuesto que no —contestó—. Y nunca se me ocurriría insultar a su inteligencia diciendo lo contrario. Pero—añadióalzando la voz, para frustrar la interrupción que estaba seguro se iba a producir— tan solo hace una semana que conozco a su hermana. No hay motivo para creer que no pueda enamorarme de ella si pasáramos muchos años unidos en santo matrimonio.

Kate se cruzó de brazos.

—¿Porqué será que no puedo creerme ni una palabra de lo que sale de su boca?

Él se encogió de hombros.

—Desde luego que no lo sé. —Pero sí lo sabía. Precisamente el motivo por el que había elegido a Edwina para esposa era saber que nunca se enamoraría de ella. Le gustaba, la respetaba y estaba seguro de que sería una madre excelente para sus herederos, pero nunca la amaría. Aquella chispa no se había encendido entre ellos.

Kate sacudió la cabeza con decepción en la mirada. Una decepción que en cierto modo a él le hizo sentirse menos hombre.

—Tampoco pensaba que fuera un mentiroso —dijo en voz baja—. Un mujeriego y un vividor sí, y tal vez un montón de cosas más, pero no un mentiroso.

Anthony sintió sus palabras como puñetazos. Algo desagradable estrujósu corazón, algo que le dio ganas de arremeter contra ella, de hacerle daño o al menos mostrarle que no tenía el poder de herirle.

—Oh, señorita Sheffield—suvoz se arrastraba con cierta crueldad—, no irá muy lejos sin esto.

ridículo impulso de saltar hacia delante, coger la llave de la alfombra, hincarse sobre una rodilla y tendérsela a ella, para disculparse por su conducta y rogarle perdón.

Pero no hizo nada de esto. No quería enmendar esa falta, no quería ganarse una opinión favorable.

Porque aquella chispa tan esquiva, cuya ausencia era tan patente con su hermana, con quien se había propuesto casarse, refulgía con tal fuerza que la habitación parecía estar iluminada como si fuera de día.

Y nada podía aterrorizarle más.

Kate continuó inmóvil durante más tiempo del que él hubiera pensado,

obviamente resistiéndose a arrodillarse delante de él, aunque solo fuera para recoger la llave que le permitiría la huida que tanto deseaba.

Anthony forzó una sonrisa entonces, bajó la mirada al suelo y luego volvió a su rostro:

—¿No quiere marcharse, señorita Sheffield? —dijo con demasiada suavidad.

Continuó observando a Kate mientras le temblaba la barbilla y tragaba saliva con nerviosismo. Y también, cuando de forma abrupta se agachó y cogió la llave.

—Nunca se casará con mi hermana—jurócon una voz grave e intensa que le provocó un escalofrío en los mismísimos huesos—. Nunca.

Y luego, con un chasquido decisivo en la cerradura, ya se había marchado.

sintiera lo que sintiera el vizconde la noche anterior en el estudio, no había sido aburrimiento.

No obstante, no había venido de visita. Kate no podía imaginarse por qué, ya que sacar a pasear a Edwina iba a ser una bofetada aún más ofensiva que la nota. En sus momentos más fantasiosos, le gustaba pensar ufana que él no se había dejado ver porque tenía miedo de enfrentarse a ella. Pero sabía que aquello no era verdad, estaba claro.

Aquel hombre no tenía miedo a nadie. Y mucho menos a una vulgar solterona entrada en años a la que, probablemente, había besado por una mezcla de curiosidad, rabia y lástima.

Kate cruzó la habitación hasta la ventana y se quedó mirando Milner Street. No era la vista más pintoresca de Londres, pero al menos así conseguía no mirar la nota. Era la lástima lo que de verdad la consumía. Rogó para que, fuera cual fuera el motivo de aquel beso, la curiosidad y la rabia superaran la lástima.

Pensó que no podría soportar que él sintiera lástima de ella.

Pero Kate no tuvo mucho tiempo para obsesionarse con el beso y su posible significado, porque aquella tarde—latarde siguiente a las flores—llegó una invitación mucho más inquietante que cualquier cosa que el propio lord Bridgerton pudiera haber enviado. Al parecer se requería la presencia de las Sheffield en una reunión campestre que organizaba lady Bridgerton de forma bastante espontánea en su casa solariega.

La madre del mismísimo diablo.

Y no había manera de que Kate pudiera escabullirse y no acudir. A no ser que se produjera un terremoto combinado con un huracán, combinado con un

sentirse acariciada y querida; no, necesitada. Había sido algo de veras embriagador. Casi tanto como para que una dama olvidara que el hombre que la estaba besando eran un canalla indigno.

Casi… pero no del todo.

Como bien sabe cualquier lector habitual de esta columna, hay dos sectas en Londres que siempre se mantendrán en la más extrema oposición: las «mamás ambiciosas» y los «solteros convencidos».

Las mamás ambiciosas tienen hijas en edad casadera. El soltero convencido no quiere una esposa. La esencia del conflicto debería resultar obvia para cualquiera con un poco de cerebro o, en otras palabras, aproximadamente el cincuenta por ciento de los lectores de esta autora.

Esta autora aún no ha visto la lista de invitados a la reunión social que va a celebrarse en la casa solariega de lady Bridgerton, pero fuentes informadas indican que esta próxima semana se reunirán en Kent casi todas las jóvenes candidatas en edad de casarse.

Esto no es una sorpresa para nadie. Lady Bridgerton nunca ha ocultado su deseo de ver a sus hijos bien casados. Este parecer la ha convertido en una presencia favorita entre las mamás ambiciosas, quienes consideran con desesperación a los hermanos Bridgerton los peores solteros convencidos.

Si tuviéramos que confiar en las libretas de apuestas, al menos uno de los hermanos Bridgerton debería oír campanas de boda antes de que acabe este año.

Por mucho que le duela a esta autora mostrar su conformidad con las libretas de apuestas (están escritas por

Había visto la lista de invitados. No cabía duda de que su madre había decidido organizar esta fiesta con un único motivo: casar a uno de sus hijos, a poder ser él mismo. Aubrey Hall, la residencia ancestral de los Bridgerton, se llenaría hasta los topes de jóvenes candidatas, cada cual más encantadora y más cabeza hueca que la otra. Para mantener las cosas compensadas, lady Bridgerton había tenido que invitar también a una buena cantidad de caballeros, cierto, pero ninguno era tan rico o tan influyente como sus propios hijos, a excepción de unos pocos que ya estaban casados.

Su madre, pensó Anthony atribulado, no era famosa por su sutileza. Al menos no en lo referente al bienestar (su definición de «bienestar», por supuesto) de sus hijos.

No le había sorprendido ver que también se había cursado invitación a las señoritas Sheffield. Su madre había mencionado —varias veces— lo bien que le caía la señora Sheffield. Y se había visto obligado a escuchar demasiadas veces la teoría de que «los buenos padres dan buenos hijos» como para no saber qué quería decir con eso.

De hecho sintió una especie de satisfacción resignada al ver el nombre de Edwina en la lista. Estaba ansioso por proponerle matrimonio y acabar con todo aquello. Sentía cierta inquietud por lo que había sucedido con Kate, pero daba la impresión de que ahora poco podía hacer a menos que quisiera pasar por las molestias de encontrar otra posible novia.

Algo que no deseaba. Una vez que había tomado una decisión—eneste caso, casarse por fin—, no veía motivo en demorarse con noviazgos y devaneos. La falta de decisión era para quienes tenían más tiempo para vivir la vida. Era cierto que Anthony había evitado la trampa del párroco durante

lo más probable era que bloqueara una unión entre él y Edwina con todo su empeño.

Estaba claro que había llegado el momento de pasar a la acción. Si existía un sitio romántico para una petición de mano, ese era Aubrey Hall. Construido a principios del siglo XVIII con una cálida piedra amarillenta, estaba cómodamente ubicado sobre un gran pasto verde, rodeado de sesenta acres de parque, de los cuales diez eran jardines floridos. A lo largo del verano, el jardín se llenaría de rosas, pero ahora los terrenos estaban alfombrados de jacintos y brillantes tulipanes que su madre había mandado importar de Holanda.

Anthony miró por la ventana desde el otro lado de la habitación. Los viejos olmos se alzaban majestuosos en torno a la casa y daban sombra a la calzada. Y le gustaba pensar que con ellos la casa solariega parecía integrarse en la naturaleza, en vez de asemejarse a las típicas residencias campestres de la aristocracia: monumentos artificiales a la riqueza, la posición y el poder. Había varios estanques, un arroyo e incontables colinas y depresiones, cada una de ellas con sus recuerdos especiales de la infancia.

Y de su padre.

Anthony cerró los ojos y espiró. Le encantaba venir a Aubrey Hall, pero las vistas e imágenes familiares le devolvían a su padre con una claridad tan vívida que resultaba casi dolorosa. Todavía ahora, casi doce años después de la muerte de Edmund Bridgerton, Anthony continuaba esperando verle doblar la esquina, con el más pequeño de los Bridgerton chillando de deleite, montado sobre los hombros de su padre.

Anthony se apartó del retrato de su progenitor para cruzar la habitación hasta la ventana. Durante toda la tarde no habían dejado de llegar invitados, cada vehículo parecía traer otra dama de rostro lozano, con ojos iluminados por la felicidad de haber recibido el regalo de una invitación a la reunión social en la casa solariega de los Bridgerton.

No sucedía con frecuencia que su madre se decidiera a llenar su casa de campo de invitados. Cuando lo hacía, siempre era el acontecimiento de la temporada.

Aunque, en honor a la verdad, ninguno de los Bridgerton pasaba ya demasiado tiempo en Aubrey Hall. Anthony sospechaba que su madre padecía la misma enfermedad que él: recuerdos de Edmund por cada rincón. Los hijos menores tenían pocos recuerdos del lugar, puesto que habían sido criados sobre todo en Londres. Lo cierto era que no recordaban las largas excursiones por los campos, las jornadas de pesca o la casa en el árbol.

A Hyacinth, quien solo tenía once años, su padre ni siquiera había llegado a sostenerla en brazos. Anthony había intentado llenar ese vacío lo mejor posible, pero sabía que era una comparación muy pobre.

Con un suspiro cansino, se apoyó pesadamente en el ventanal, en un intento de decidir si quería o no servirse algo de beber. Miraba fuera, al césped, sin enfocar la mirada en nada concreto, cuando llegó un carruaje decididamente más gastado que el resto de los que aparecían por la calzada de llegada. No es que fuera de mala calidad, estaba bien hecho y era sólido. Pero carecía de los emblemas dorados que adornaban los demás carruajes, y parecía dar más sacudidas que los otros, como si no estuviera tan bien mantenido como para viajar con comodidad.

pudo ver que adoptaban la misma postura. La inclinación de la cabeza era idéntica, al igual que su actitud y compostura.

Edwina no perdería su belleza. Sin duda, este sería un buen atributo para una esposa, aunque —lanzó una mirada compungida al retrato de su padre—no era probable que Anthony estuviera presente para verla envejecer.

Finalmente descendió Kate.

Y Anthony fue consciente de que contuvo la respiración.

No se movía como las otras dos Sheffield. Ellas habían descendido con delicadeza, apoyándose en el lacayo, reposando su mano en la de este con un gracioso arqueo de la muñeca.

Kate, por otro lado, casi había saltado del carruaje. Aceptó el brazo que le brindaba el lacayo, pero en realidad parecía no necesitar su ayuda. En cuanto sus pies tocaron el suelo, se estiró en toda su altura y alzó el rostro para

observar la fachada de Aubrey Hall. Todo en ella era directo y franco. Anthony no dudó ni un momento que si hubiera estado lo bastante cerca como para mirarla a los ojos, habría encontrado su mirada de frente.

No obstante, en cuanto ella le viera, aquellos ojos se llenarían de desdén y tal vez de un poco de odio. Que en realidad era lo único que se merecía. Un caballero no podía tratar a una dama como él había tratado a Kate Sheffield y esperar seguir gozando de su favor.

Kate se volvió hacia su madre y hermana y dijo algo que provocó la risa de Edwina mientras Mary sonreía con gesto indulgente. Anthony se percatóde que no había tenido demasiadas oportunidades de ver a las tres relacionándose entre sí.

peculiar para describir una casa con cincuenta habitaciones, como poco, pero sus caprichosas torretas y almenas parecían casi salidas de un cuento de hadas, en especial con el sol del atardecer, que proporcionaba un relumbre casi rojizo a la piedra amarilla. No había nada austero o sobrecogedor en Aubrey Hall, y a Kate le gustó de inmediato.

—¿Noes preciosa? —susurró Edwina. Kate asintió.

—Lobastante preciosa como para hacer casi soportable una semana en compañía de un hombre espantoso.

Edwina se rio y Mary la regañó, pero ni siquiera ella pudo contener una sonrisa indulgente. De todos modos, mientras echaba una ojeada al lacayo que se fue a la parte posterior del coche para descargar el equipaje, le reprendió:

—Nodeberías decir esas cosas, Kate. Nunca sabes quién está escuchando y es muy poco decoroso hablar de ese modo de nuestro anfitrión.

—Notemas, no me ha oído —contestó Kate—. Y aparte, pensaba que lady Bridgerton era nuestra anfitriona. Fue ella quien mandó la invitación.

—Elvizconde es el propietario de la casa —respondió Mary.

—Muy bien —admitió Kate y señaló Aubrey Hall con un dramático movimiento de brazo—. En cuanto entre en esa morada sagrada, seré toda dulzura y luz.

Edwina soltó un resoplido.—Seráalgo digno de ver.

Mary lanzó a Kate la mirada de una madre que conoce bien a su hija:

—«Dulzura» y «luz» son términos que también se aplican en jardinería. Kate se limitó a sonreír.

igualmente acallada—, creo que tendría que pegarte.

Lady Bridgerton se encontraba en el vestíbulo principal cuando entraron en el interior de la mansión. Kate alcanzó a ver los dobladillos ribeteados de unos vestidos en movimiento que desaparecían por lo alto de las escaleras mientras las ocupantes del carruaje anterior se dirigían a sus habitaciones.

—¡Señora Sheffield! —saludó lady Bridgerton al tiempo que cruzaba el vestíbulo hacia ellas—. ¡Qué alegría verla! Y la señorita Sheffield—añadióvolviéndose a Kate—, ¡cuánto me alegra que hayan podido venir a vernos!

—Hasido muy amable al invitarnos —respondió Kate—. Y de veras es un placer escaparse de la ciudad durante una semana.

Lady Bridgerton sonrió.

—¿Asíque en el fondo es una chica de campo?

—Eso me temo. Londres es excitante, y siempre merece la pena una visita, pero prefiero los verdes campos y el aire fresco.

—Ami hijo le pasa lo mismo —dijo lady Bridgerton—. Oh, pasa el tiempo en la ciudad, pero una madre sabe lo que le gusta de verdad.

—¿Elvizconde? —preguntó Kate sin convicción. Parecía un mujeriego consumado, y todo el mundo sabía que el hábitat natural del mujeriego era la ciudad.

—Sí,Anthony. Cuando era niño vivíamos casi siempre aquí. Íbamos a Londres durante la temporada, por supuesto, ya que a mí me encanta asistir a fiestas y bailes, pero nunca pasábamos más de unas pocas semanas. Solo tras la muerte de mi esposo, trasladamos nuestra primera residencia a la ciudad.

—Lamento mucho su defunción —murmuró Kate.

nuevo a Mary— y aún no he conocido a su otra hija.

—¿Aúnno? —preguntó Mary frunciendo el ceño—. Supongo que tiene razón. Edwina no pudo asistir a la velada musical en su casa.

—Por supuesto la he visto de lejos con anterioridad —le dijo lady Bridgerton a Edwina mientras le dedicaba una sonrisa deslumbrante.

Mary hizo las presentaciones, y Kate no pudo evitar advertir la manera en que lady Bridgerton evaluaba a Edwina. No había ninguna duda. Había decidido que Edwina constituiría una excelente incorporación a la familia.

Tras unos momentos más de cháchara, lady Bridgerton les ofreció un témientras sus maletas eran trasladadas a sus habitaciones, pero ellas declinaron el ofrecimiento, ya que Mary estaba cansada y quería estirarse un rato.

—Como deseen —dijo lady Bridgerton e indicó a una doncella—. Mandaré a Rose para que les enseñe sus habitaciones. La cena es a las ocho.¿Hay alguna cosa que pueda ofrecerles antes de que se retiren?

Mary y Edwina negaron con la cabeza, y Kate iba a seguir su ejemplo, pero en el último momento dijo:

—Dehecho, me gustaría hacerle una pregunta. Lady Bridgerton sonrió con afecto.

—Por supuesto.

—Headvertido al llegar que tiene unos amplísimos jardines de flores.¿Podría inspeccionarlos?

—¿Asíque usted también es jardinera? —inquirió lady Bridgerton.

—No muy buena —admitió Kate—, pero sí admiro el trabajo de un experto.

La vizcondesa se ruborizó.

—No, nunca, es la verdad. Pero no permití que eso me detuviera.

Kate esbozó una amplia sonrisa, la mujer le inspiraba simpatía de forma instintiva.

—Pero no dejen que las entretenga tanto —dijo lady Bridgerton—. Que Rose las lleve arriba para que puedan instalarse. Y, señorita Sheffield —le dijo a Kate—, estaré encantada de darle una vuelta por los jardines un día de esta semana, si quiere. Me temo que ahora mismo estoy demasiado atareada recibiendo invitados, pero será un placer encontrar tiempo para usted uno de estos días.

—Me encantaría, muchas gracias —dijo Kate, y luego ella, Mary y Edwina siguieron a la doncella escaleras arriba.

Anthony salió de su reducto, de detrás de la puerta ligeramente entreabierta de su despacho, y bajó al vestíbulo para ir al encuentro de su madre.

—¿Eran las Sheffield este grupo al que saludabas? —preguntó pese a saber a la perfección que así era. Pero su despacho estaba demasiado apartado en el pasillo como para haber oído algo de lo que el cuarteto de mujeres había dicho, de modo que decidió que precisaba un breve interrogatorio.

—Cierto, eran ellas —respondió Violet—. ¡Qué familia más encantadora!,¿no crees?

Anthony se limitó a soltar un gruñido.

—Mealegro mucho de haberlas invitado.

Anthony no dijo nada, aunque consideró responder con otro gruñido.—Las añadí en el último minuto a la lista de invitados.

un muchacho así a una comida familiar; si no se trataba de actos formales, los Bridgerton rompían las costumbres establecidas y permitían que los menores comieran también en el comedor, sin tener en cuenta la edad. Por eso, la primera vez que Anthony fue a visitar a un amigo, se quedó consternado al comprobar que todo el mundo contaba con que él comería en las habitaciones infantiles.

Pero, de cualquier modo, una reunión social en el campo era una reunión social, y ni Violet Bridgerton permitía que los niños se sentaran a la mesa.

—Creo que ya conoces a las dos señoritas Sheffield —dijo Violet. Anthony asintió.

—Las dos me parecen encantadoras —continuó su madre—. No se puede decir que dispongan de una fortuna, pero siempre he mantenido que a la hora de buscar esposa la fortuna no es tan importante como el carácter, siempre que el interesado no tenga apuros financieros, por supuesto.

—Que, desde luego, no es—añadióAnthony arrastrando las palabras—, como estoy seguro de que vas a indicar, mi caso.

Violet resopló y le lanzó una mirada altiva.

—Nodeberías burlarte de mí con tanta ligereza, hijo mío. Solo estoy comentando la realidad. Deberías postrarte de rodillas a diario y agradecer a tu Creador no tener que casarte con una rica heredera. La mayoría de hombres no gozan del lujo del libre albedrío a la hora de contraer matrimonio, ¿sabes?

Anthony se limitó a sonreír.

—¿Debería agradecer a mi Creador o a mi madre?—Eres un bruto.

Le cogió la barbilla con ternura.

—Hace siglos que no vengo al campo —comentó él.

—Cierto —concedió la vizcondesa—. En tal caso, tienes que ir antes que nada a mis jardines. Están empezando a florecer las primeras especies, es sencillamente espectacular. No hay nada comparable en Londres.

Anthony hizo un ademán con la cabeza.—Teveré a la hora de cenar.

Violet sonrió y le despidió con la mano. Observó cómo desaparecía por el interior de sus oficinas, que ocupaban la esquina de Aubrey Hall y tenían ventanales que daban al césped lateral.

El interés de su hijo mayor por las Sheffield era muy intrigante. ¡Ay!, si al menos pudiera adivinar por qué Sheffield estaba interesado.

Un cuarto de hora más tarde Anthony había salido a pasear por los jardines de flores de su madre. Estaba disfrutando de la contradicción del cálido sol y la fresca brisa cuando oyó el leve sonido de las pisadas de una segunda persona por un sendero cercano. Aquello le picó la curiosidad. Los invitados estaban todos instalándose en sus habitaciones y el jardinero tenía fiesta. Con franqueza, había contado con estar a solas.

Se volvió en dirección a las pisadas y avanzó en silencio hasta que llegó al extremo del sendero. Miró a la derecha, luego a la izquierda y entonces vio a…

Ella.

¿Por qué, se preguntó, le sorprendía aquello?

—Son preciosos y bastante raros de ver en un jardín inglés, pero, ¡ay!, no tienen perfume.

Kate se demoró en contestar más tiempo de lo que él esperaba, luego dijo:

—Nunca antes había visto un tulipán. Algo en aquella frase le hizo sonreír a él.—¿Nunca?

—Bueno, nunca plantado en la tierra —explicó—. Edwina ha recibido muchos ramos: las flores bulbosas crean sensación este último año. Pero en realidad nunca había visto crecer ninguno.

—Son las flores favoritas de mi madre —dijo Anthony mientras estiraba el brazo para coger uno—. Y los jacintos, por supuesto.

Ella sonrió con curiosidad.

—¿Porsupuesto? —repitió ella.

—Mihermana pequeña se llama Hyacinth —dijo él tendiéndole la flor—. Oh, ¿no lo sabía?

Negó con la cabeza.—No.

—Yaveo —murmuróél—.Nuestros nombres siguen ordenadamente las letras del alfabeto, desde Anthony hasta Hyacinth. Es un detalle bastante conocido. Pero, claro, tal vez yo sé mucho más de su vida que usted de la mía.

Los ojos de Kate se agrandaron de sorpresa ante aquella frase enigmática, pero lo único que dijo fue:

—Tal vez sea así. Anthony alzó una ceja.

—Pero se supone que no debe discutir con su anfitrión, ¿correcto? Kate le miró arqueando las cejas.

—Hemos mantenido cierto debate sobre si podemos considerarle nuestro anfitrión. Al fin y al cabo, la invitación fue cursada por su madre.

—Cierto —admitió—, pero yo soy el propietario de la casa.—Sí—masculló ella—, Mary ha dicho lo mismo.

Él sonrió con una mueca.

—¿Esto la está matando, verdad que sí?—¿Seramable con usted?

Anthony asintió.

—Noes que me resulte la cosa más fácil del mundo.

La expresión de él cambió un tanto, tal vez como si ya se hubiera cansado de bromear con ella. Como si tuviera algo por completo diferente en la cabeza.

—Pero tampoco es lo más difícil, ¿cierto? —murmuró.—Nome cae bien, milord —soltó ella.

—No—dijo él con sonrisa divertida—. Eso pensaba.

Kate empezó a sentir algo muy extraño, parecido a la sensación experimentada en su estudio, justo antes de que él la besara. De repente notóuna opresión en la garganta y las palmas de las manos se le calentaron. Y sus

entrañas… Bien, no tenía palabras para describir la sensación de tensión, como un picor, que le comprimía el abdomen. De forma instintiva, tal vez como un impulso de supervivencia, dio un paso atrás.

Él parecía divertido, como si supiera con exactitud qué estaba pensando. Kate jugueteó un poco más con la flor, luego manifestó de forma brusca:

Kate sacudió la cabeza.

—Yale digo, no creo que mi opinión de usted pueda hundirse mucho más.

—¡Oh! —Anthony agitó un dedo en su dirección—. Pensaba que su comportamiento iba a ser impecable.

Kate miró a su alrededor.

—Nocuenta si no hay nadie cerca que pueda oírme, ¿no cree?—Yopuedo oírla.

—Usted sí que no cuenta, de eso tengo la certeza.

Él inclinó la cabeza un poco más en dirección a Kate.—Yyo que pensaba que era el único que contaba.

Kate no dijo nada, ni siquiera quería mirarle a los ojos. Cada vez que se permitía una mirada a esas profundidades aterciopeladas, su estómago se revolvía de nuevo.

—¿Señorita Sheffield?

Ella alzó la vista. Gran error. El estómago otra vez.—¿Porqué me va detrás? —preguntó ella.

Anthony se apartó del poste de madera y se irguió.

—Locierto es que no era mi intención. A mí me ha sorprendido tanto encontrarla como a usted encontrarme a mí. —Aunque, pensó con mordacidad, no debería de haberle sorprendido. Tendría que haberse percatado de que su madre andaba detrás de algo desde el momento en que sugirió por dónde debería ir a pasear.

Pero ¿era posible que su madre le dirigiera hacia la otra señorita Sheffield? Sin duda ella no prefería a Kate antes que a Edwina como futura

¿El beso? Ni siquiera había considerado disculparse por el beso. Nunca se había disculpado por un beso, nunca antes había besado a alguien con quien fuera necesario disculparse por eso. De hecho, había estado pensando más bien en las cosas desagradables que le había dicho después del beso.

—Err…sí—mintió—.El beso. Y también por lo que dije.

—Yaveo —murmuró ella—. Creía que los mujeriegos no se disculpaban. Anthony dobló la mano y luego formó un puño. Era francamente

incordiante esta maldita costumbre de ella: siempre llegando a conclusiones sobre él.

—Pues este mujeriego sí lo hace —dijo en tono cortante.

Kate respiró hondo, luego soltó una exhalación lenta y prolongada.—Entonces acepto la disculpa.

—Excelente —respondió él y le dedicó una sonrisa victoriosa—. ¿Me permite que la acompañe de regreso a la casa?

Ella asintió.

—Pero no crea que eso quiere decir que voy a cambiar de opinión en lo que respecta a usted y Edwina.

—Jamás se me ocurriría pensar que sea tan fácil de convencer —dijo él, y hablaba con sinceridad.

Kate se volvió con una mirada sorprendentemente directa, incluso en ella.—Los hechos siguen siendo que me besó a mí —dijo sin rodeos.

—Yusted a mí—nopudo resistirse a responder.

Las mejillas de Kate adquirieron un matiz sonrosado delicioso.

—Los hechos siguen siendo —repitió ella con decisión— que sucedió. Y si se casara con Edwina, a pesar de su reputación, que no me parece algo

¿Olería como el jardín? ¿O conservaría en su piel esa fragancia enloquecedora a lirio y jabón? ¿Se fundiría ella en su abrazo? ¿O le apartaría para salir corriendo hacia la casa?

Solo había una manera de enterarse, una manera que acabaría para siempre con sus opciones de conseguir la mano de Edwina.

Pero, como había comentado Kate, casarse con Edwina tal vez le acarreara demasiadas complicaciones. Al fin y al cabo no tenía que ser demasiado cómodo estar deseando siempre a la cuñada de uno.

Tal vez había llegado el momento de besar de nuevo a Kate Sheffield, aquí, entre la belleza perfecta de los jardines de Aubrey Hall, con las flores rozándoles las piernas y el olor a lilas suspendido en el aire.

Tal vez…

Tal vez…

Los hombres son criaturas con espíritu de contradicción, sus cabezas y sus corazones nunca guardan concordancia. Y como bien saben todas las mujeres, sus actos normalmente están regidos por otro aspecto completamente diferente.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

29 de abril de 1814

O tal vez no.

Justo cuando Anthony empezaba a trazar la mejor trayectoria hasta los labios de Kate, oyó un sonido del todo espantoso: la voz de su hermano pequeño.

—¡Anthony! —gritó Colin—. Ahí estás.

La señorita Sheffield, muy tranquila, sin darse cuenta de lo cerca que había estado de ser besada hasta perder el sentido, se volvió para observar a Colin, que se acercaba hacia ellos.

—Undía de estos —masculló Anthony— tendré que matarle. Kate se volvió otra vez al vizconde.

—¿Hadicho algo, milord?

Anthony no le hizo caso. Sin duda era la mejor opción, ya que hacerle caso tendía a provocarle un deseo desesperado por ella. Y, como bien sabía, aquello era un rápido camino hacia el desastre más absoluto.

Para ser sinceros, quizá debería estarle agradecido a Colin por su inoportuna interrupción. Unos pocos segundos más y habría besado a Kate

llevaban bien—. ¡Qué sorpresa!

—Estaba recorriendo los jardines de su madre —dijo Kate— y me topécon su hermano.

Anthony se limitó a hacer un gesto de asentimiento.—Daphne y Simon han llegado —dijo Colin. Anthony se volvió hacia Kate y le explicó.

—Mihermana y su marido.

—¿Elduque? —inquirió ella con cortesía.—Enpersona —refunfuñó él.

Colin se rio del despecho de su hermano.

—Era contrario a ese matrimonio—leexplicó a Kate—. Detesta que sean felices.

—Oh, por el amorde…—dijo el vizconde con brusquedad—. Estoy muy contento de que mi hermana sea feliz—añadióentre dientes, aunque no sonaba especialmente feliz—. Simplemente creo que tendría que haber tenido

más oportunidades de molerle a palos a ese hij… sinvergüenza antes de que se embarcaran en su «vivieron felices y comieron perdices».

Kate se atragantó de la risa.

—Yaveo —dijo ella, segura de que no había logrado poner la expresión seria que pretendía.

Colin le lanzó una mueca antes de volverse a su hermano.

—Daff ha sugerido una partida de palamallo. ¿Qué te parece? Hace siglos que no jugamos. Y, si empezamos pronto, podremos escapar de las señoritas melindrosas que mamá ha invitado para nosotros.—Sevolvió de nuevo a

Colin.

—Metemo que no. Creo que ni siquiera estoy segura de lo que es.

—Esun juego de jardín. La mejor diversión. En Francia es más popular que aquí, aunque lo llaman Paille Maille.

—¿Ycómo se juega? —preguntó Kate.

—Secolocan aros en un recorrido —explicó Colin—, luego se lanzan a través de ellos unas pelotas de madera que se golpean con un mazo.

—Parece bastante simple —respondió con aire meditativo.—No—añadióél—si se juega con los Bridgerton.

—¿Yeso qué quiere decir?

—Quiere decir —interrumpió Anthony— que nunca hemos considerado necesario establecer un recorrido reglamentario. Colin, por ejemplo, coloca

los aros sobre raíces de árboles…

—Ytú pones los tuyos en pendientes que descienden al lago—añadióColin—. Nunca hemos vuelto a encontrar la bola roja después de que Daphne la hundiera.

Kate sabía que no debía comprometerse a pasar una tarde en compañía del vizconde de Bridgerton, pero, ¡qué diantres!, el palamallo parecía muy divertido.

—¿Haysitio para un jugador más? —preguntó—. Puesto que ya me han

excluido del grupo de las melindrosas…

—¡Porsupuesto! —dijo Colin—. Sospecho que se amoldará bien al resto de nosotros, tramposos e intrigantes.

—Viniendo de usted —dijo Kate con una risa—, sé que eso ha sido un cumplido.

suavidad —dijo Anthony, aunque era obvio que mentía.

—¡Excelente! —exclamó alegre Colin—. Estaremos igualados entonces. Tres hombres y tres mujeres.

—¿Sejuega en equipo? —preguntó Kate.

—No—contestóél—,pero mi madre siempre insiste sobremanera en que hay que estar emparejados en todas las cosas. Le disgustaría bastante que no fuera así.

Kate no podía imaginar que a la encantadora y graciosa mujer con la que había charlado apenas una hora antes le preocupara una partida de palamallo, pero se imaginó que ella no era quién para hacer comentarios.

—Meocuparé de que vayan a buscar a la señorita Sheffield —murmuróAnthony, quien tenía un aspecto muy complacido—. Colin, ¿por qué no acompañas a esta señorita Sheffield hasta el campo de juego y nos reunimos allí dentro de media hora?

Kate abrió la boca para protestar por aquellos arreglos que iban a dejar a Edwina a solas en compañía del vizconde, aunque fuera solo durante el breve tiempo que llevaba caminar hasta el campo, pero al final se quedó callada. No había ninguna excusa razonable para impedir aquello, y lo sabía.

Anthony captó sus resoplidos y torció la comisura de su boca del modo más odioso para decir:

—Mecomplace ver que está de acuerdo conmigo, señorita Sheffield.

Ella se limitó a gruñir. Si hubiera articulado algunas palabras, no habrían sido amables.

—Excelente —repitió Colin—. Entonces nos vemos dentro de un rato.

—Sufamilia está muy unida, ¿verdad?

—Másque ninguna —respondió Colin con convencimiento mientras se acercaba a un cobertizo próximo.

Kate siguió sus pasos dándose golpecitos en el muslo de forma distraída.—¿Sabe qué hora es? —preguntó en voz alta.

Él se detuvo, sacó el reloj de bolsillo y lo abrió con un golpecito.—Tres y diez.

—Gracias —contestó Kate, tomando nota mentalmente.

Habían dejado a las tres menos cinco a Anthony, quien había prometido traer a Edwina al campo de palamallo en cuestión de media hora, de modo que llegarían a eso de las tres y veinticinco.

Como muy tarde a las tres y media. Kate estaba dispuesta a ser generosa y permitir ciertos retrasos inevitables. Si el vizconde traía a Edwina a las tres y media, no pondría pegas.

Colin continuó su recorrido hasta el cobertizo y Kate observó con interés cómo abría la puerta con cierto esfuerzo.

—Parece oxidada —comentó ella.

—Hace ya un tiempo que no venimos a jugar —explicó.

—¿Deveras? Si yo tuviera una casa como Aubrey Hall, nunca iría a Londres.

Colin se volvió hacia ella con la mano aún en la puerta medio abierta del cobertizo.

—Separece mucho a Anthony, ¿lo sabe? Kate soltó un resuello.

—Sin duda bromea.

Colin la miró sin comprender por un momento, como si hubiera olvidado que la conversación había comenzado con su inocente comentario sobre lo preciosa que era la casa solariega.

—Nada, supongo —dijo finalmente—. Y también todo. A Anthony le encanta esto.

—Pero pasa todo el tiempo en Londres —dijo Kate—. ¿No es cierto?—Losé. —Colin se encogió de hombros—. Qué extraño, ¿no?

Kate no tenía ninguna respuesta, de modo que se quedó mirando mientrasél tiraba de la puerta del cobertizo hasta que consiguió abrirla.

—Yaestá. —Del interior sacó una carretilla con ruedas que se había construido especialmente para llevar ocho mazos y otras tantas bolas de madera—. Un poco descuidado, pero tampoco está tan mal.

—Excepto por la bola roja perdida —dijo Kate con una sonrisa.

—Toda la culpa es de Daphne —contestó Colin—. Culpo de todo a Daphne y así mi vida es mucho más fácil.

—¡Tehe oído!

Kate se volvió y vio a una atractiva y joven pareja que se acercaba a ellos. El hombre era terriblemente guapo, con pelo oscuro, y ojos oscuros y alegres. La mujer solo podía ser una Bridgerton, con el mismo cabello castaño que Anthony y Colin. Por no mencionar la misma estructura ósea y aquella misma sonrisa. Kate había oído decir que todos los Bridgerton se parecían bastante, pero nunca hasta entonces se lo había acabado de creer.

—¡Daff! —exclamó Colin—. Llegas justo a tiempo para ayudarnos a sacar los mazos.

La joven le dedicó una amplia sonrisa.

—Ospresento a la señorita Sheffield. Daphne pareció confundida.

—Acabo de cruzarme con Anthony en casa. Creo que me ha dicho que iba a buscar a la señorita Sheffield.

—Mihermana —explicó Kate—. Edwina. Yo soy Katharine. Kate para los amigos.

—Bien, si es lo bastante valiente como para jugar al palamallo con los Bridgerton, sin duda me gustaría incluirla entre mis amigas —dijo Daphne con una amplia sonrisa—. Por lo tanto, tiene que llamarme Daphne. Y a mi esposo, Simon. ¿Simon?

—Oh, por supuesto —respondió él, y Kate tuvo la clara impresión de que diría lo mismo si Daphne declarara que el cielo se había vuelto naranja. No porque él no le prestara atención, sino porque era evidente que estaba loco por ella.

Esto, pensó Kate, era lo que quería para Edwina.

—Déjame coger la mitad —dijo Daphne estirando el brazo para coger los

aros que su hermano ya tenía en la mano—. La señorita Sheffield yyo…es decir, Kate y yo —dedicó a Kate una amplia sonrisa llena de afecto—colocaremos tres de estos, y tú y Simon podéis colocar el resto.

Antes de que Kate se atreviera a opinar, Daphne ya la había cogido por el brazo y se la llevaba hacia el lago.

—Tenemos que asegurarnos del todo de que la bola de Anthony acaba en el agua —masculló Daphne—. Nunca le he perdonado lo de la última vez. Creí que Benedict y Colin iban a morirse de la risa. Y Anthony fue el peor.

Kate buscó las palabras.

—Suena un poco…

—¿Horrible? —preguntó Daphne sonriente—. No lo es. Nunca se habrádivertido tanto, se lo garantizo. Pero al paso que vamos, todas las bolas van a acabar en el lago dentro de poco. Supongo que pediremos a Francia otro juego. —Metió un aro en la tierra—. Parecerá un derroche, lo sé, pero merece la pena con tal de humillar a mis hermanos.

Kate intentó no reírse, pero no lo consiguió.

—¿Tiene algún hermano, señorita Sheffield? —inquirió Daphne.

Puesto que la duquesa había olvidado llamarla por su nombre de pila, Kate consideró mejor volver a las maneras formales.

—No, Excelencia —contestó—. Edwina es mi única hermana.

Daphne se protegió los ojos con la mano e inspeccionó la zona en busca de alguna ubicación alevosa. Cuando avistó una —situada justo encima de la raíz de un árbol— se fue para allá sin dejarle otra opción a Kate que seguirla.

—Cuatro hermanos —dijo Daphne, metiendo otro aro en la tierra— te dan una educación maravillosa.

—Lade cosas que habrá aprendido —dijo Kate bastante impresionada—.¿Sabe dejarle un ojo morado a un hombre? ¿Tumbarle en el suelo de un puñetazo?

Daphne puso una mueca maliciosa.—Pregúntele a mi esposo.

—¿Queme pregunte el qué? —gritó el duque desde el lado opuesto delárbol, donde él y Colin se encontraban colocando un aro sobre una raíz.

Simon se cruzó de brazos.

—Piensa lo que quieras, querida.—Sevolvió a Kate—. Con los años he aprendido un par o tres de cosas sobre las mujeres.

—¿Deveras? —preguntó Kate fascinada.

Él asintió y se inclinó, como si fuera a desvelar un serio secreto de Estado.—Esmucho más fácil manejarlas si se creen que son más listas y más intuitivas que los hombres. Y—añadiócon mirada de superioridad a su esposa— nuestras vidas transcurren con mucha más tranquilidad si fingimos

que solo nos enteramos del cincuenta por ciento de lo que hacen. Colin se acercó balanceando un mazo.

—¿Estándiscutiendo?—lepreguntó a Kate.—Solo deliberamos —corrigió Daphne.

—Que Dios me libre de tales deliberaciones —masculló Colin—. Escojamos los colores.

Kate le siguió de regreso junto a la carretilla de palamallo, tamborileando sobre el muslo con los dedos.

—¿Tiene hora?—lepreguntó. Colin sacó su reloj de bolsillo.

—Pasa un poco de las tres y media, ¿por qué?

—Pensaba que Edwina y el vizconde deberían estar ya por aquí, eso es todo —respondió, intentando no parecer demasiado preocupada.

Colin se encogió de hombros.

—Estarán en camino. —Luego, inconsciente de la inquietud de ella, indicó la carretilla de palamallo—. Pues bien. Usted es la invitada. Es la primera en escoger. ¿Qué color quiere?

¿no cree?

—Para mí el amarillo —dijo Colin—, y el azul para la señorita Edwina,¿no le parece?

—Oh, sí —replicó Kate—. A Edwina le encanta el azul.

Los cuatro se quedaron mirando los dos mazos restantes: el rosa y el púrpura.

—Nole va a gustar ninguno de los dos —dijo Daphne. Colin asintió.

—Pero el rosa aún menos.—Ycon aquello, cogió el mazo púrpura y lo arrojó dentro del cobertizo, luego se agachó y tiró la bola púrpura tras él.

—Ydigo yo —empezó el duque—, ¿dónde está Anthony?

—Esa es una buena pregunta —masculló Kate, tamborileando otra vez con los dedos sobre la falda.

—Supongo que querrá saber qué hora es —apuntó Colin con astucia. Kate se sonrojó. Ya le había pedido dos veces que mirara la hora.

—Nohace falta —contestó sin encontrar una respuesta más ingeniosa.

—Muy bien, solo que he tomado nota de que cada vez que empieza a

mover la mano…

Kate detuvo la mano.

—…está a punto de preguntarme qué hora es.

—Ha tomado nota de muchas cosas sobre mí en la última hora —respondió Kate con sequedad.

Él puso una mueca.

—Soy un tipo observador.

—Esevidente —masculló ella.

comprometida, pero era más que probable que se estuviera esforzando todo lo posible para aturdirla con sus encantos. Y eso en sí mismo ya era peligroso.

Kate sostuvo el mazo en la mano para comprobar su peso e intentóimaginar la manera de usarlo sobre la cabeza del vizconde y hacer que pasara por un accidente.

El mazo de la muerte, desde luego que sí.

Anthony miró la hora en el reloj de la repisa de su estudio. Casi las tres y media. Iban a llegar tarde.

Puso una mueca. Oh, bien, no podía hacer nada.

Normalmente insistía mucho en la puntualidad, pero si el retraso tenía como resultado la tortura de Kate Sheffield, no le importaba demasiado llegar tarde.

Y Kate Sheffield, sin duda, se estaría retorciendo de agonía para entonces, horrorizada solo con la idea de que su preciosa hermana pequeña estuviera en sus malignas garras.

Anthony bajó la vista a sus malignas garras —sus manos, se recordó a símismo— y esbozó otra amplia sonrisa. Hacía siglos que no se había divertido tanto, y lo único que hacía era perder el tiempo en su despacho, imaginándose a Kate Sheffield con la mandíbula apretada mientras le salía humo por las

orejas.

Era una imagen de lo más graciosa.

Por supuesto, aquello no era culpa suya. Él habría salido con puntualidad de no haber tenido que esperar a Edwina. La joven había mandado aviso con

cabía duda de que ningún hombre permanecería inmune a su belleza.

Nada. Ni siquiera la menor necesidad de besarla. Casi parecía un crimen contra la naturaleza.

Pero tal vez era algo bueno. Al fin y al cabo no quería una esposa de la que pudiera enamorarse. El deseo era algo agradable, pero el deseo podía ser peligroso. Con certeza, el deseo podía transformarse en amor con más facilidad que el desinterés.

—Siento enormemente llegar tarde, milord —dijo Edwina con su encanto particular.

—Noes ningún problema, en absoluto —contestó él. Se sintió un poco animado por las recientes racionalizaciones de la espera. Nada había cambiado, ella sería una buena esposa. No hacía falta buscarmás—.Pero tenemos que salir ya. Los otros ya habrán preparado el recorrido de la partida.

La cogió por el brazo y salieron caminando de la casa. Él hizo un comentario sobre el tiempo. Ella hizo un comentario sobre el tiempo. Él hizo un comentario sobre el tiempo del día anterior. Ella estuvo conforme en todo lo que él dijo (ni siquiera recordaba el qué un minuto después).

Tras agotar todos los temas relacionados con la climatología, se quedaron callados, y luego, tras tres minutos sin que ninguno de los dos tuviera algo que decir, Edwina soltó:

—¿Quéestudió en la Universidad?

Anthony la miró con extrañeza. No recordaba que ninguna jovencita le hubiera hecho antes esta pregunta.

—Oh, lo habitual —respondió.

vida y que no le hace falta que un hombre ya muerto le dé instrucciones. Anthony pensó en sus experiencias cuando leía a Aristóteles, Bentham y

Descartes en la Universidad. Luego pensó en sus experiencias intentando no leer a Aristóteles, Bentham y Descartes en la Universidad.

—Creo—murmuró—que tendré que mostrar mi conformidad con su hermana.

Edwina esbozó una amplia sonrisa.

—¿Usted conforme con mi hermana? Creo que tendría que buscar una libreta para apuntar este momento. Sin duda es la primera vez.

Él le lanzó una mirada de soslayo para poder evaluarla mejor.—Esmás impertinente de lo que deja entrever, ¿verdad que sí?—Pero ni la mitad que Kate.

—Eso nunca lo he dudado.

Anthony le oyó una risita pero, cuando la miró de reojo, parecía que ella intentaba con gran esfuerzo mantener el rostro serio. Doblaron el último recodo antes del campo de juego y, cuando llegaron a lo alto de la elevación, encontraron al resto del grupo de jugadores de palamallo esperándoles, balanceando distraídamente sus mazos mientras aguardaban.

—Oh, maldita sea —juró Anthony, olvidando por completo que se encontraba en compañía de la mujer a la que planeaba convertir en su esposa—.Tiene el mazo de la muerte.

Las reuniones campestres son acontecimientos muy peligrosos. Las personas casadas a menudo se encuentran disfrutando junto a invitados que no son sus cónyuges, y las personas solteras regresan a menudo a la ciudad como personas comprometidas en matrimonio con cierto apresuramiento.

De hecho, los compromisos más sorprendentes se anuncian inmediatamente después de estas jornadas de vida rústica.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de mayo de 1814

—Sí que se lo han tomado con calma —comentó Colin en cuanto Anthony y Edwina alcanzaron al grupo—. Bueno, ya estamos listos para empezar. Edwina, usted juega con el azul.—Letendió el mazo—. Anthony, eres el rosa.

—¿Yosoy rosa y ella —indicó con un dedo a Kate— se queda con el mazo de la muerte?

—Ledejé escoger la primera —dijo Colin—. Al fin y al cabo es nuestra invitada.

—Anthony suele jugar con el negro —explicó Daphne—. De hecho, él dio el nombre al mazo.

—Nodebería jugar con el rosa—ledijo Edwina a Anthony—. No le pega lo más mínimo. Tenga.—Letendió el mazo—. ¿Por qué no cambiamos?

juego de quienes tienen más experiencia que yo.

—Una mujer sabia —murmuró Colin—. Entonces empieza el mayor. Anthony, creo que eres el más anciano entre nosotros.

—Losiento, querido hermano, pero Hastings me lleva unos pocos meses.—¿Porqué tengo la sensación—lesusurró Edwina a Kate— de que me

estoy metiendo en una pelea familiar?

—Creo que los Bridgerton se toman el palamallo muy en serio —le explicó Kate al oído. Los tres hermanos Bridgerton habían adoptado expresiones de bulldogs y todos ellos parecían bastante resueltos a ganar.

—¡Eh,eh, eh! —les regañó Colin agitando un dedo en su dirección—. No se permite ninguna connivencia.

—Nisiquiera sabemos qué pactar —comentó Kate— ya que aún nadie se ha dignado a explicarnos las reglas del juego.

—Aprenderán sobre la marcha —dijo Daphne con energía—. Se lo imaginarán a medida que avancemos.

—Creo —susurró Kate a Edwina— que el objeto es hundir las bolas de los oponentes en el lago.

—¿Deveras?

—No. Pero creo que así es como lo ven los Bridgerton.

—¡Nodejan de susurrarse! —les gritó Colin sin tan siquiera dedicarles una mirada. Luego se volvió al duque—. Hastings, golpea la maldita bola. No tenemos todo el día.

—Colin —interrumpió Daphne—, no hace falta que maldigas. Hay damas presentes.

—Túno cuentas.

—Tendría que ser el último. Daphne alzó la barbilla.

—Yohe preparado el recorrido, es el primero.

—Creo que aquí va a haber sangre—lesusurró Edwina a Kate. El duque se volvió a Anthony y le dedicó una sonrisa falsa.

—Creo que creeré en la palabra de Daphne en esta cuestión.—Esella la que preparó el recorrido —comentó Kate.

Anthony, Colin, Simon y Daphne la miraron con consternación, como si no pudieran creer del todo que tuviera el valor de meterse en la conversación.

—Bien, así fue—añadióKate.

Daphne entrelazó su brazo con el de ella.

—Creo que la adoro, Kate Sheffield —manifestó.—Dios me ayude —masculló Anthony.

Hastings echó hacia atrás el mazo, golpeó y la bola naranja se precipitóenseguida por el césped.

—¡Bien hecho, Simon! —gritó Daphne.

Colin se volvió y miró a su hermana con desdén.

—Enel juego del palamallo nunca se ovaciona a los contrincantes —le dijo con arrogancia.

—Nunca antes ha jugado —respondió—. No es probable que gane.—Noimporta.

Daphne se volvió hacia Kate y Edwina y les explicó:

—Metemo que la falta de deportividad es un requisito en el palamallo Bridgerton.

—Eso había deducido —dijo Kate con sequedad.

con todas sus fuerzas y sacudió la bola. Salió volando por el aire formando un arco bastante impresionante, luego chocó contra el mismo árbol que había frustrado la tirada de Anthony y cayó pesadamente al suelo, al lado de la bola rosa.

—Oh, cielos —dijo Daphne mientras se disponía a apuntar. Echó hacia atrás el brazo varias veces antes de darle a la bola.

—¿Porqué ese «cielos»? —preguntó Kate con preocupación. La débil sonrisa de lástima de la duquesa no la tranquilizó.

—Yaverá. —Daphne tiró y luego se fue siguiendo la dirección que había trazado su bola.

Kate miró a Anthony. Parecía muy, muy complacido con la situación actual de las cosas.

—¿Quéme va a hacer? —preguntó ella.

El vizconde se inclinó hacia delante con aire muy malicioso.—Una pregunta más apropiada sería qué no voy a hacerle.

—Creo que me toca —dijo Edwina y se adelantó hasta el punto de inicio. Dio a su bola un golpe anémico y luego gimió al ver que no había avanzado ni la tercera parte que los demás.

—Aplique un poco más de fuerza la próxima vez —dijo Anthony antes de irse hacia su bola.

—Deacuerdo —masculló Edwina a su espalda—. Nunca me lo habría imaginado.

—¡Hastings! —aulló Anthony—. Es tu turno.

Mientras el duque daba un golpecito a la bola para acercarla al siguiente aro, Anthony se apoyó en el árbol con los brazos cruzados y su ridículo mazo

—¿Quéquiere decir? —preguntó ella.

—¡Porel amor de Dios, Anthony! —gritó Colin—. ¡Tira de una vez! Anthony miró hacia donde se hallaban las dos bolas pegadas sobre la

hierba, la negra de ella y la de él, de un rosa terrible.

—Deacuerdo —murmuró—. No quiero hacer esperar al querido y dulce

Colin.—Ycon eso, puso un pie sobre su bola y echó el mazo hacia atrás…—¿Quéestá haciendo? —chilló Kate.

…y lo lanzó. La bola de Anthony permaneció firme en su sitio, debajo de su bota. La de Kate salió colina abajo recorriendo lo que parecían millas.

—Desalmado —rezongó.

—Todo vale en el amor y en la guerra —bromeó.—Voy a matarle.

—Puede intentarlo —le tomó el pelo—, pero tendrá que alcanzarme primero.

Kate sopesó el mazo de la muerte, luego observó el pie de él.—Nise le ocurra —advirtió el vizconde.

—Esuna tentación —dijo entre dientes.

Él se inclinó con gesto amenazador hacia ella.—Tenemos testigos.

—Yeso es lo único que le salva la vida en este momento.Él se limitó a sonreír.

—Creo que su bola se ha ido colina abajo, señorita Sheffield. Estoy convencido de que volveremos a verla dentro de una media hora cuando consiga alcanzarnos.

favorable era que estaba tan rezagada que no tenía que ver su rostro de regodeo.

Luego, mientras esperaba su turno haciendo girar los pulgares (poco más podía hacer, ya que ningún otro jugador quedaba ni remotamente cerca de ella), oyó que Anthony soltaba un grito ofendido.

Esto atrajo de inmediato su atención.

Sonriendo ante la expectativa de que hubiera sucedido alguna desgracia, miró a su alrededor con ansia hasta que avistó la bola rosa volando sobre la hierba directamente hacia ella.

—¡Uh!—gorjeó Kate. Dio un salto y se apartó con rapidez a un lado para no perder un dedo del pie.

Cuando volvió a alzar la vista, vio a Colin brincando en el aire y su mazo elevándose hacia arriba mientras gritaba exultante:

—¡Yuju!

Anthony puso cara de querer destripar a su hermano allí mismo.

Kate también habría ejecutado la danza de la victoria. Ya que no podía ganar, lo mejor era saber que Anthony tampoco podría vencer, solo que ahoraél volvía a quedarse retrasado junto a ella durante varios turnos. Y aunque su soledad no era la cosa más entretenida del mundo, era mejor que tener que conversar con él.

De todos modos fue difícil no mostrar un poco de petulancia cuando Anthony se acercó hacia ella pisoteando la hierba, con el ceño fruncido como si una nube de tormenta acabara de instalarse en su cerebro.

—Hasido mala suerte, milord —murmuró Kate. La fulminó con la mirada.

El vizconde se cruzó de brazos.

—Laúnica manera que tiene de arruinarme la partida es arruinar la suya también.

—Cierto —admitió ella. Si quería enviar la bola de él al quinto pino, tenía que renunciar también a la suya, pues no le quedaba otro remedio que golpear primero la suya con todas sus fuerzas para conseguir que la de Anthony se moviera. Solo el cielo sabía dónde acabaría.

—Pero—alzóla vista para mirarle y sonrió con gesto inocente— de cualquier modo, en realidad no tengo ninguna posibilidad de ganar esta partida.

—Podría acabar segunda o tercera —intentó él. Kate sacudió la cabeza.

—Poco probable, ¿no le parece? Estoy tan retrasada, de hecho, y ya casi

nos acercamos al final…

—Noquerrá hacer eso, señorita Sheffield—leadvirtió.

—Oh—dijo con gran sentimiento—. Sí quiero, de verdad, lo quiero.—Y en ese momento, con la sonrisa más maligna que habían esbozado sus labios en la vida, echó hacia atrás el mazo y propinó un porrazo a su bola con cada gramo de emoción que había dentro de ella. Esta dio a la bola de Anthony con una fuerza sorprendente y la mandó volando colina abajo.

Y más abajo…

Ymás…

Directamente dentro del lago.

Boquiabierta de deleite, Kate se quedó mirando durante un momento cómo se hundía la bola rosa en el lago. Luego algo se propagó por su interior,

—¿Estásegura de que no es una Bridgerton disfrazada? Ha estado de verdad a la altura del espíritu del juego.

—Nopodría haberlo hecho sin su ayuda—ledijo Kate muy cortés—. Si

no hubiera enviado su bola colina abajo…

—Tenía la esperanza de que recogiera las riendas de su destrucción—explicó Colin.

El duque finalmente se aproximó acompañado de Edwina.—Unfinal de partida realmente asombroso —comentó.

—Aúnno ha acabado —recalcó Daphne. Su marido le dedicó una mirada divertida.

—Seguir jugando parece ahora bastante decepcionante, ¿no creen? Por sorprendente que fuera, incluso Colin se mostró conforme.

—Desde luego no puedo imaginar nada que lo supere. Kate sonrió radiante.

El duque echó una mirada al cielo y comentó:

—Esmás, está empezando a taparse. Quiero llevar a Daphne de vuelta a la casa antes de que empiece a llover. En su estado delicado, ya saben.

Kate miró llena de sorpresa a Daphne, quien había empezado a sonrojarse. No presentaba síntomas de estar embarazada.

—Muy bien —dijo Colin—. Propongo que pongamos fin a la partida y declaremos vencedora a la señorita Sheffield.

—Iba dos aros por detrás de todos los demás —objetó Kate.

—Decualquier modo—añadióColin—, cualquier verdadero aficionado al palamallo Bridgerton entiende que enviar al lago la bola de Anthony es mucho más importante que meter la bola a través de los aros. Lo cual la

duque—. Y dicho esto, Daphne y yo debemos despedirnos. Quiero que regrese antes de que empiece a llover. Confío en que a nadie le importará que nos vayamos sin ayudar a recoger las cosas.

Por supuesto, a nadie le importaba, y pronto el duque y la duquesa emprendieron el regreso en dirección a Aubrey Hall.

Edwina, que había permanecido callada durante la conversación (aunque

observaba a los diversos Bridgerton como si hubieran escapado directamente de un manicomio), de pronto se aclaró la garganta.

—¿Creen que debemos intentar recuperar la bola? —preguntó mirando colina abajo con ojos entrecerrados.

El resto del grupo contempló las aguas calmadas como si nunca hubieran considerado aquella noción tan singular.

—Noparece que haya aterrizado en medio del lago—añadió—.Bajórodando, nada más. Es probable que se halle junto a la orilla.

Colin se rascó la cabeza. Anthony continuó con el ceño fruncido.

—Sin duda no querrán perder otra bola —insistió Edwina. Al ver que nadie se dignaba a responder, arrojó su mazo y levantó los brazos al aire diciendo—: ¡De acuerdo! Iré yo a buscar la estúpida bola.

Aquello por fin sacó a los hombres de su estupor, y los dos saltaron en su ayuda.

—Nosea tonta, señorita Sheffield —dijo Colin cortés, al tiempo que empezaba a caminar colina abajo—. Yo la cogeré.

—¡Porel amor de Dios! —masculló Anthony—. Yo sacaré la maldita bola.—Sepuso a descender la colina a zancadas y alcanzó enseguida a su hermano. Pese a toda su ira, en realidad no podía culpar a Kate de su acción.

desplazaba unos pasos hacia la derecha para inspeccionar otra franja de la

orilla. De pronto alzó la vista y fulminó con la mirada a su hermano—. Y, veamos, ¿qué diantres ha sucedido con el mazo púrpura?

Colin se encogió de hombros.—Yyo qué sé.

—Loque yo sí sé —masculló Anthony— es que reaparecerá de forma milagrosa mañana por la noche entre los demás mazos de palamallo.

—Esprobable que tengas razón —respondió Colin animado. Se movió un poco más allá de Anthony sin dejar de mirar al agua todo el rato—. Tal vez incluso esta tarde, si tenemos suerte.

—Undía de estos —dijo Anthony como si tal cosa— voy a matarte.

—Deeso no tengo duda. —Colin inspeccionó el agua, luego de pronto indicó con su dedo índice—. ¡Mira! Ahí está.

En efecto, la bola rosa se había quedado dentro del agua poco profunda, a poco más de medio metro del borde del lago. Parecía no haber más de unos treinta centímetros de profundidad. Anthony maldijo en voz baja. Tendría que sacarse las botas y meterse en el agua. Daba la impresión de que Kate Sheffield siempre le obligaba a sacarse las botas y adentrarse en alguna masa de agua.

No, pensó cansinamente, cuando irrumpió en el Serpentine para salvar a Edwina, no tuvo tiempo de sacarse las botas. La piel se había quedado hecha una ruina. Su asistente casi se desmaya de horror al verlas.

Con un gemido se sentó en una roca y se sacó el calzado. Supuso que salvar a Edwina bien merecía un par de buenas botas. Salvar una estúpida

sociedad durante una misma temporada.

—Perdón, ¿cómo ha dicho? —preguntó ella inclinando la cabeza a un lado.

—Hedicho que está helada —mintió él.—Oh, cuánto lo siento.

Eso atrajo la atención del vizconde.

—No, no lo siente —afirmó finalmente.

—Bueno, no —admitió—. No que haya perdido, eso no. Pero no era mi intención que se le helaran las puntas de los pies.

De repente Anthony se sintió dominado por el deseo más demencial de ver las puntas de los pies de ella. Era un pensamiento horrible. No tenía ningún sentido desear a esa mujer. Ni siquiera le gustaba.

Suspiró. No era cierto. Supuso que le gustaba de alguna forma peculiar, paradójica. Y pensó, por extraño que pareciera, que tal vez él también le estuviera empezando a gustar de un modo paradójico.

—Habría hecho lo mismo en mi caso —continuó Kate.

Anthony no dijo nada, se limitó a seguir avanzando con cuidado.—¡Lohabría hecho! —insistió ella.

Él se inclinó hacia abajo y sacó la bola, mojándose también la manga. Maldición.

—Losé —contestó entonces.

—Oh—dijo Kate. Sonaba sorprendida, como si no esperara que él lo admitiera.

Anthony retrocedió por el agua para salir, agradecido de que la tierra de la

orilla estuviera firme y apretada, y por lo tanto no se pegara a sus pies.

pasar un rato con la mujer a la que estoy considerando convertir en mi esposa?

Kate se ruborizó un poco, pero luego masculló:

—Tal vez sea lo más ególatra que he dicho en mi vida pero, no, creo que solo quería irritarme a mí.

Tenía razón, por supuesto, pero él no iba a decírselo.

—Pues da la casualidad —explicóél—que fue Edwina quien se retrasó.¿Por qué? No lo sé. Consideré poco educado ir a buscarla a su habitación y exigirle que se diera prisa, de modo que esperé en mi despacho hasta que estuvo lista.

Se produjo un largo momento de silencio, y luego Kate dijo:

—Gracias por explicármelo.Él sonrió con gesto irónico.

—Nosoy una persona tan terrible, ¿sabe? Ella suspiró.

—Losé.

Algo en su expresión de resignación hizo que Anthony sonriera.—Pero ¿tal vez un poco terrible? —bromeó.

Ella se animó, era obvio que volver a las frivolidades hacía que le resultara más cómodo conversar con él.

—Oh, desde luego.

—Bien. Detesto ser aburrido.

Kate sonrió y le observó mientras se ponía los calcetines y las medias. Se acercó y cogió la bola rosa.

—Mejor llevo esto al cobertizo.

—Supongo que puedo tolerar su compañía durante unos minutos más si usted puede tolerar la mía.

Anthony no dijo nada y aquello sorprendió a Kate. Parecía el tipo de comentario para el que tendría una contestación ingeniosa y tal vez incluso mordaz. Le miró y luego apartó la vista con una leve sorpresa. Él la miraba

del modo más extraño…

—¿Todo…Está todo bien, milord? —preguntó con vacilación.Él asintió.

—Bien. —Pero sonaba bastante distraído.

El resto del trayecto hasta el cobertizo lo cubrieron en silencio. Kate dejóla bola rosa en su lugar en la carretilla de palamallo y advirtió que Colin y Edwina habían retirado todos los aros del recorrido y lo habían recogido todo, incluido el mazo púrpura y la bola a juego. Echó una mirada furtiva a Anthony y tuvo que sonreír. Era obvio por su ceño atribulado que él también se había dado cuenta.

—Lamanta va aquí, milord—ledijo con una mueca mal disimulada y se apartó de su camino.

Anthony se encogió de hombros.

—Lallevaré a la casa. Hace falta lavarla bien.

Ella expresó su conformidad, cerraron la puerta y se fueron.

No hay nada como una situación de competición para sacar lo

peor de un hombre… o lo mejor de una mujer.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

Anthony iba silbando mientras caminaban sin ninguna prisa en dirección a la casa, observando de forma furtiva a Kate cuando esta no miraba. Sin duda era también una mujer verdaderamente atractiva. No entendía por qué siempre le sorprendía esto, pero era así. Cada vez que la recordaba, su imagen no estaba a la altura de la realidad cautivadora de su rostro. Siempre estaba en movimiento, siempre sonriendo, frunciendo el ceño o los labios. Nunca conseguía mantener la expresión plácida y serena a la que debían aspirar las damas jóvenes.

Anthony había caído en la misma trampa que el resto de la sociedad:

pensar en ella solo en función de su hermana pequeña. Y Edwina tenía una belleza tan asombrosa y sorprendente, tan prodigiosa, que cualquiera que se encontrara cerca de ella no podía evitar quedarse en segundo plano. Era difícil, admitió Anthony, mirar a otra persona cuando Edwina estaba presente.

Y no obstante…

Frunció el ceño. Y no obstante, en la práctica no había dedicado ni un vistazo a Edwina durante toda la partida de palamallo. Esto tal vez fuera comprensible porque se trataba del palamallo Bridgerton, modalidad que sacaba lo peor de cualquiera con ese apellido. Diablos, seguramente no habría

—¿Ocurre algo? —preguntó con cortesía. Ella sacudió la cabeza.

—Solo me preguntaba si va a llover.Él también alzó la vista.

—Demomento, no, imagino.

Kate asintió despacio con conformidad.—Detesto la lluvia.

Algo en la expresión de su rostro, que le recordó un poco a una niña frustrada de tres años, provocó una risa en Anthony.

—Pues vive en el país equivocado, señorita Sheffield. Se volvió a él con mirada avergonzada.

—Nome importa que caiga una lluvia suave. Solo me disgusta cuando se vuelve violenta.

—Yosiempre he disfrutado bastante con las tormentas eléctricas.

Kate le lanzó una mirada sorprendida, pero no dijo nada, luego volvió a bajar la mirada a los guijarros del camino. Iba dando patadas a un guijarro mientras andaba, de vez en cuando rompía el paso o se apartaba a un lado para poder darle otra patada y mantener la piedra por delante de ella. Había algo encantador y hasta dulce en aquello, la manera en que su pie enfundado en una bota aparecía por debajo del dobladillo del vestido a intervalos regulares y alcanzaba el guijarro.

Anthony la miró con curiosidad, olvidándose de apartar la mirada cuando ella se volvió.

—¿Cree que…? ¿Por qué me mira así? —preguntó.

—Oh, por el amor de Dios —balbuceó—. ¿Cuál es el problema?

Anthony se hundió contra el tronco de un olmo próximo, todo su cuerpo temblaba con su alborozo apenas contenido.

Kate plantó las manos en las caderas. La expresión en su rostro era en parte curiosidad, en parte furia.

—¿Quées tan gracioso?

Por fin él cedió a las carcajadas y apenas consiguió encoger los hombros.

—Nosé —dijo entre jadeos—. La expresión de su rostro…es…Él advirtió que ella sonreía. Le encantó que ella sonriera.

—Pues la expresión de su rostro no es que sea demasiado seria, milord—comentó ella.

—Oh, estoy convencido. —Respiró profundamente unas cuantas veces y entonces, cuando estuvo seguro de que había recuperado el control, se enderezó. Volvió a echar una rápida ojeada al rostro de Kate, todavía con un vago gesto de desconfianza, y de pronto comprendió que necesitaba saber quépensaba ella de él.

No podía esperar al día siguiente. No podía esperar hasta la noche.

No estaba seguro de cómo había llegado a esta situación, pero su buena

opinión significaba mucho para él. Por supuesto necesitaba su aprobación para el cortejo de Edwina —que tan abandonado tenía—, pero había más en todo aquello. Ella le había insultado, casi le había hundido en el Serpentine, le había humillado al palamallo, y de todos modos ansiaba su buena opinión.

Anthony no podía recordar la última vez en que la consideración de alguien había significado tanto para él y, con franqueza, era humillante.

—Nosería propio de usted—ledijo él con voz extremadamente seca—haberse resistido a reconocer la verdad.

Kate le dedicó una mirada recatada:

—Una dama debe ser sincera en todo.

Cuando Kate alzó de nuevo la vista para mirarle, un extremo de la boca de Anthony formaba una sonrisa de complicidad.

—Confiaba en que dijera algo parecido.—¿Yeso por qué?

—Porque mi prenda, señorita Sheffield, es hacerle una pregunta, la pregunta que yo escoja. Y debe ser sincera en su respuesta.—Elvizconde plantó una mano en el tronco del árbol, bastante cerca del rostro de Kate, y se inclinó hacia delante. De pronto ella se sintió atrapada, pese a que sería bastante fácil alejarse corriendo.

Con cierta consternación, y temblando de excitación, Kate se percató de que la tenía atrapada con sus ojos, que se clavaban oscuros y ardientes en los de ella.

—¿Cree que podrá hacerlo, señorita Sheffield? —murmuró.

—¿C-cuál es la pregunta? —inquirió, sin darse cuenta de que estaba susurrando hasta que se oyó la voz, entrecortada y crepitante como el viento.

Él ladeó la cabeza un poco más.

—Ahora, recuerde, tiene que contestar con franqueza.

Ella asintió. En honor a la verdad, no estaba del todo convencida de que fuera capaz de moverse.

Anthony se inclinó hacia delante, no tanto como para notar su aliento pero lo bastante cerca como para que ella tiritara.

preparemos para la velada de esta noche, ¿no le parece?

Kate se hundió contra el árbol, totalmente vacía de energía.

—¿Prefiere permanecer afuera un momento más? —Anthony se plantó las manos en las caderas y alzó la vista al cielo con actitud pragmática y eficiente, completamente diferente del seductor lento, perezoso, de hacía diez segundos—. Como quiera. No parece que vaya a llover después de todo. Al menos no durante las próximas horas.

Ella se le quedó mirando. O bien él había perdido la cabeza o a ella se le había olvidado hablar. O ambas cosas.

—Muy bien. Siempre he admirado a las mujeres que saben apreciar un poco de aire fresco. ¿La veo en la cena entonces?

Kate hizo un gesto de asentimiento. Le sorprendió incluso haber conseguido hacer ese leve movimiento.

—Excelente. —Estiró el brazo y, tomando la mano de Kate, depositó un beso abrasador en el interior de su muñeca, sobre la única franja de carne desnuda que asomaba entre el guante y el dobladillo de la manga.

—Hasta esta noche, señorita Sheffield.

Y luego se fue a buen paso, y la dejó con una peculiar sensación, como si acabara de suceder algo bastante importante.

Pero podría jurar por su propia vida que no tenía ni idea de qué.

Aquella noche a las siete y media, Kate consideró ponerse horriblemente enferma. A las ocho menos cuarto había definido mejor cuál sería su indisposición, decidiendo sufrir un ataque. Pero cuando faltaban cinco

encontró sola al salir al pasillo. Suponía que podía entrar en la habitación de Mary y esperar allí con las dos, pero no sentía demasiadas ganas de conversar, y Edwina ya había advertido antes el extraño humor reflexivo de Mary. Loúltimo que Kate necesitaba era una tanda de«¿Quéserá lo que le pasa?».

Y la verdad era que Kate ni siquiera sabía qué le pasaba. Lo único que sabía era que aquella tarde algo había cambiado entre ella y el vizconde. Algo era diferente y no tenía reparos en admitir (al menos para sí misma) que estaba asustada. Lo cual era normal, ¿verdad? La gente siempre tenía miedo a lo que no entendía.

Y era indiscutible que Kate no entendía al vizconde.

Pero justo cuando empezaba a disfrutar de veras de su soledad, la puerta situada al otro lado del pasillo se abrió y por ella salió otra joven. Kate la reconoció al instante: era Penelope Featherington, la pequeña de las tres afamadas hermanas Featherington, bien, de las tres que se habían presentado en sociedad. Kate había oído que existía una cuarta que aún estaba en la escuela.

Para su desgracia, las hermanas Featherington eran famosas por su pocoéxito en el mercado matrimonial. Prudence y Philippa habían sido presentadas hacía ya tres años y no habían conseguido ni una sola proposición entre las dos. Para Penelope ya era su segunda temporada y, por lo general, se la encontraba en los actos sociales intentando evitar a su madre y hermanas, quienes eran consideradas universalmente unas tontainas.

A Kate siempre le había caído bien Penelope. Se había establecido un vínculo especial entre ellas, ya que ambas habían sido acribilladas por lady Confidencia por llevar vestidos de colores que no les favorecían.

sorpresa! No estaba enterada de que hubieras venido. Kate asintió.

—Creo que nos enviaron una invitación de última hora. Coincidimos con lady Bridgerton la semana pasada.

—Bien, sé que acabo de decir que estaba sorprendida, pero la verdad es que no lo estoy. Lord Bridgerton le ha estado prestando mucha atención a tu hermana.

Kate se acaloró.

—Eh…s-sí —contestó tartamudeando de pronto—. Así es.

—Eso es al menos lo que dicen los cotilleos —continuó Penelope—. Pero, claro, una no siempre puede creer esas cosas.

—Que yo sepa, lady Confidencia se ha equivocado pocas veces —dijo Kate.

Penelope se encogió de hombros y luego miró su vestido con disgusto.—Ciertamente nunca se equivoca conmigo.

—Oh, no seas tonta—seapresuró a decir Kate, pero ambas sabían que solo estaba siendo amable.

Penelope sacudió la cabeza con aire cansino.

—Mimadre está convencida de que el amarillo es el color de la felicidad y que una chica feliz acabará atrapando marido.

—Oh, cielos —dijo Kate soltando una risita.

—Lo que no entiende —continuó Penelope con ironía— es que ese amarillo de la felicidad a mí me hace parecer bastante infeliz y, en realidad, repele a los caballeros.

suelo.

Penelope le hizo un ademán con la mano para declinar su oferta.

—Esmuy amable por tu parte, pero me he resignado a aceptar mi destino. Al menos este año es mejor que el pasado.

Kate arqueó una ceja.

—Oh, claro. No estabas el año pasado. —Penelope se estremeció—. Pesaba casi trece quilos más que ahora.

—¿Trece quilos? —repitió Kate. No podía creerlo. Penelope asintió y puso una mueca.

—Lagordita. Supliqué a mamá que no me obligara a presentarme en sociedad hasta cumplir los dieciocho, pero ella pensaba que me iría bien empezar con tiempo.

Kate solo necesitó una mirada al rostro de Penelope para saber que no le había ido nada bien. Sentía cierta afinidad con la muchacha, pese a que Penelope era casi tres años más joven que ella. Ambas conocían aquella sensación singular de no ser la chica más popular del lugar, conocía la expresión exacta que adquiere tu rostro cuando nadie te pide un baile, pero quieres que parezca que no te importa.

—Digo yo —dijo Penelope—, ¿por qué no bajamos nosotras dos juntas a cenar? Perece que tu familia y la mía se retrasan.

Kate no tenía demasiada prisa por llegar al salón y encontrarse en la inevitable compañía de lord Bridgerton, pero esperar a Mary y Edwina retardaría la tortura tan solo unos minutos, de modo que perfectamente podía bajar con Penelope, pensó.

mirada escrupulosamente apartada.

Pero de todos modos le notaba. Era consciente de que tenía que estar loca, pero juraría que sabía cuándo ladeaba la cabeza y que le oía cuando hablaba o se reía.

Y desde luego sabía cuándo tenía la mirada puesta en su espalda. Era como si el cuello fuera a encendérsele en llamas.

—Nome había percatado de que lady Bridgerton hubiera invitado a tanta gente —dijo Penelope.

Con cuidado de mantener la vista alejada de la chimenea, Kate recorrió la habitación con la mirada para ver quién estaba allí.

—Oh, no —medio susurró, medio gimió Penelope—. Cressida Cowper está aquí.

Kate siguió discretamente la mirada de Penelope. Si Edwina tenía alguna rival al título de belleza reinante de 1814, esa era Cressida Cowper. Alta, delgada, con pelo color miel y destelleantes ojos verdes, casi nunca se la veía sin su pequeño enjambre de admiradores. Pero si Edwina era amable y generosa, Cressida era, en opinión de Kate, una bruja egoísta de malos modales que se divertía atormentando a los demás.

—Meodia —susurró Penelope.

—Odia a todo el mundo —contestó Kate.—Ya, pero a mí me odia de verdad.

—¿Yeso por qué? —Kate se volvió a su amiga con ojos curiosos—. ¿Quépodrías haberle hecho?

—Tropecé con ella el año pasado y por mi culpa derramó todo el ponche

encima… de ella y del duque de Ashbourne.

—.Lady Confidencia cambia de opinión todo el rato. Aparte, a todo el mundo le resulta obvio que el vizconde está cortejando a tu hermana.

Kate se mordió la lengua para no mascullar un «no me lo recuerdes».

Pero su gesto de dolor quedó disimulado por el susurro ronco de Penelope:

—Oh, no, viene hacia aquí —refiriéndose a Cressida. Kate le dio un apretujón tranquilizador.

—Note preocupes por ella. No es mejor que tú. Penelope le lanzó una mirada llena de sarcasmo.

—Eso ya lo sé. Pero eso no hace que sea menos desagradable. Y siempre se empeña en que yo le haga caso.

—Kate, Penelope —gorjeó Cressida, situándose al lado de ellas, tras lo cual sacudió con afectación su brillante cabello.

—Quésorpresa veros aquí.

—¿Yeso por qué? —preguntó Kate.

Cressida pestañeó, era obvio que le sorprendía incluso que Kate cuestionara su declaración.

—Bien —dijo despacio—, supongo que no es tanta sorpresa verte a ti, ya que tu hermana está muy solicitada y todos sabemos que tienes que ir adonde

ella vaya, pero la presencia de Penelope…—Seencogió de hombros con delicadeza—. Bien, ¿quién soy yo para juzgar? Lady Bridgerton es una mujer muy generosa.

Fue un comentario tan descortés que Kate no pudo evitar quedarse boquiabierta. Y mientras miraba escandalizada a Cressida, esta se dispuso a rematar:

qué le habría invitado una dama tan encantadora como la vizcondesa de Bridgerton era algo que nunca sabría. Probablemente para equilibrar el amplio número de señoritas invitadas a su casa.

Grimston acudió hasta allí y estiró un extremo de su boca para esbozar una sonrisa burlona.

—Suservidor —dijo a Cressida después de dedicar a Kate y a Penelope una fugaz mirada de desdén.

—¿Nole parece que la querida Penelope está guapísima con ese vestido?—preguntó Cressida—. El amarillo tiene que ser sin duda el color de la temporada.

Grimston llevó a cabo un examen insultante de Penelope, desde lo alto de su cabeza a la punta de los pies y otra vez hasta arriba. Apenas movió la cabeza, nada más dejó que sus ojos recorrieran de arriba abajo su cuerpo. Kate contuvo un acceso de repugnancia que estuvo a punto de provocarle una

oleada de náuseas. Más que nada, sintió ganas de rodear con sus brazos a Penelope y estrechar a la pobre muchacha. Pero tanta atención solo serviría para destacarla como alguien débil y fácil de intimidar.

Cuando Grimston acabó por fin su maleducada inspección, se volvió hacia Cressida y se encogió de hombros, como si no se le ocurriera algo elogioso que decir.

—¿Notiene ningún otro sitio adonde ir? —soltó Kate. Cressida la miró consternada.

—Caray, señorita Sheffield, me cuesta tolerar su impertinencia. El señor Grimston y yo solo estábamos admirando el aspecto de Penelope. Ese tono

—Qué lástima tan terrible, porque el año pasado había muchos más hombres en la ciudad. Por supuesto, a muchas de nosotras no nos falta nunca una pareja de baile, pero me da pena la pobre Penelope cuando la veo sentada con las matronas.

—Las matronas —dijo entonces Penelope entre dientes— a menudo son las únicas personas con un atisbo de inteligencia en la sala.

Kate sintió ganas de saltar y vitorearla.

Cressida profirió un entrecortado «Oh», como si tuviera algún derecho a sentirse ofendida.

—Detodos modos, una no puede evitar… ¡Oh! ¡Lord Bridgerton!

Kate se apartó a un lado para permitir que el vizconde se agregara al pequeño círculo y advirtió con asco cómo cambiaba la actitud de Cressida. Empezó a agitar los párpados y la boca formó un pequeño arco de cupido.

Era tan atroz que Kate olvidó su cohibición en presencia del vizconde. Bridgerton dedicó una dura mirada a Cressida pero no le dijo nada. En vez

de ello, se volvió de forma bastante intencionada hacia Kate y Penelope y murmuró sus nombres para saludarlas.

Kate casi se queda boquiabierta de regocijo. ¡Vaya corte le había dado a Cressida Cowper!

—Señorita Sheffield —dijo con tono suave—, espero que nos disculparási acompaño a la señorita Featherington al comedor.

—¡Pero no puede acompañarla a ella! —soltó Cressida de forma abrupta. Bridgerton le dedicó una mirada gélida.

—Losiento —dijo con una voz que dejaba claro que menos lamentarlo podía sentir cualquier cosa—. ¿Acaso la he incluido a usted en nuestra

cabeza de Penelope, y en aquel momento Kate tuvo la extraña sensación de entender por completo a este hombre.

Pero aún más extraño le pareció… que de repente no estuviera segura de que el vizconde fuera ese desalmado y censurable mujeriego que con demasiada facilidad había creído que era.

Un hombre encantador es algo divertido, y un hombre atractivo, por supuesto, es algo digno de contemplar. Pero un

hombre de honor… ¡Ay!, querido lector, tras él deberían ir las damas más jóvenes.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de mayo de 1814

Más tarde, aquella misma noche, después de que acabara la cena y los hombres se retiraran a tomar sus oportos antes de volver a reunirse con las damas con expresión de superioridad en el rostro, como si acabaran de hablar de cosas más transcendentes que del caballo con más probabilidades de ganar la Royal Ascot; después de que los invitados hubieran jugado unas rondas de charadas a veces tediosas y a veces más animadas; después de que lady Bridgerton se aclarara la garganta y sugiriera con discreción que tal vez fuera hora de retirarse; después de que las damas cogieran las velas y se retiraran a

sus camas; después de que los caballeros supuestamente las siguieran…Kate no podía dormir.

Estaba claro que iba a ser una de esas noches mirando-todas-las-grietas- del-techo. Solo que no había grietas en el techo en Aubrey Hall. Y la luna ni siquiera había salido, de modo que no entraba luz alguna a través de las cortinas, lo cual significaba que aunque hubiera habido rendijas, no sería

capaz de verlas,y…

Kate había pasado todo el día observando a los Bridgerton o relacionándose con ellos. Y una cosa había sacado en claro: todo lo que había

oído sobre Anthony y su devoción por la familia… era del todo cierto.

Y aunque no estaba demasiado dispuesta a cambiar su opinión de que era un mujeriego y un vividor, estaba empezando a comprender que podía ser todo eso y también algo más.

Algo bueno.

Y, aunque admitía que le costaba mucho ser del todo objetiva en aquel tema, ese algo precisamente no lo descalificaba como potencial marido para Edwina.

Oh, ¿por qué, por qué, por qué tenía que ser agradable? ¿Por qué no podía seguir siendo el libertino meloso pero superficial que tan fácil le había resultado creer que era? Ahora se trataba de otra persona por completo diferente, alguien por quien ella temía sentir de hecho cierto afecto.

Kate sintió que se sonrojaba incluso en la oscuridad. Tenía que dejar de pensar en Anthony Bridgerton. A este paso no iba a poder dormir nada en toda una semana.

Tal vez si tuviera algo para leer… Había visto una biblioteca bastante grande y amplia aquella misma tarde, sin duda los Bridgerton tendrían allíalgún tomo con el que quedarse dormida.

Se puso la bata y se fue de puntillas hasta la puerta, con cuidado de no despertar a Edwina. Tampoco es que aquello fuera complicado. Edwina siempre había dormido como un lirón. Según Mary, dormía toda la noche como una criatura desde el día en que nació.

los patrones de la aristocracia, pero las paredes estaban cubiertas desde el suelo hasta el techo de estantes con libros. Kate empujó la puerta hasta dejarla casi cerrada—sialguien andaba levantado dando vueltas por ahí, no quería alertarle de su presencia con el chasquido de la puerta al cerrarse— y se acercó a la estantería más próxima para inspeccionar los títulos.

—Hum…—murmuró para sí misma mientras sacaba un libro y miraba la portada: «Botánica». Le encantaba la jardinería, pero en cierto sentido un libro de texto sobre aquel tema no le parecía demasiado sugerente. ¿Debería buscar una novela, que atrapara su imaginación, o mejor se decidía por un texto árido, con más probabilidades de darle sueño?

Devolvió el libro a su sitio y pasó a la siguiente estantería, dejando la vela sobre una mesita próxima. Parecía la sección de filosofía.

—Decididamente no —farfulló, y deslizó un poco la vela sobre la mesa mientras pasaba a una estantería situada más a la derecha. La botánica podía darle sueño, pero era muy probable que la filosofía la dejase con un estupor que le duraría días.

Movió la vela un poco hacia la derecha y se inclinó hacia delante para examinar la siguiente hilera de libros cuando un relámpago, brillante y por completo inesperado, iluminó la habitación.

De sus pulmones surgió un breve y entrecortado grito, al mismo tiempo que ella daba un brinco hacia atrás y se pegaba de espaldas contra la mesa. Ahora no, suplicó en silencio, aquí no.

Pero mientras su mente formulaba esa última frase, toda la habitación explotó con el estruendo sordo de un trueno.

conseguía ocultar la medida de su terror.

Parecía una debilidad espantosa, sin causa aparente y, por desgracia, sin cura clara.

No oía lluvia contra las ventanas; tal vez la tormenta no fuera tan mala. Tal vez había empezado lo suficientemente lejana y ahora se alejaba aún más.

Tal vez…

Otro destello iluminó la habitación y extrajo un segundo grito de los pulmones de Kate. En este momento los truenos se habían acercado más incluso que los relámpagos, lo cual indicaba que la tormenta se aproximaba.

Kate sintió que se echaba al suelo.

Era tan ruidoso. Demasiado ruidoso, y demasiado brillante y demasiado…¡Boom!

Kate se metió debajo de la mesa, encogió las piernas y se rodeó las rodillas con los brazos, esperando aterrorizada la siguiente tronada.

Y entonces empezó a llover.

Era un poco más tarde de medianoche, y todos los invitados (por algún motivo seguían los horarios del campo en cierto modo) se habían ido a la cama. Pero Anthony seguía en su estudio, tamborileando con sus dedos sobre el borde de su escritorio al ritmo de la lluvia que golpeaba la ventana. De vez en cuando un relámpago iluminaba la habitación con un destello brillante y cada trueno era tan ruidoso e inesperado que daba un brinco en su silla.

Dios, le encantaban las tormentas…

Había sido un día largo, admitió mientras cerraba el libro y dejaba un pedazo de papel para marcar el sitio. Había pasado buena parte de la mañana visitando a arrendatarios e inspeccionando edificios. Una familia necesitaba que le repararan la puerta. Otra tenía problemas para recoger las cosechas y pagar la renta, debido a la pierna rota del padre. Anthony había oído disputas e intentado poner solución, había admirado a bebés recién nacidos e incluso había ayudado a arreglar un techo con goteras. Todo formaba parte de su posición de terrateniente, y a él le gustaba. Pero era cansado.

La partida de palamallo había sido un interludio grato, pero en cuanto regresó a la casa se había visto sumergido en el papel de anfitrión de la fiesta de su madre. Lo cual había sido casi tan agotador como las visitas a los arrendatarios. Eloise apenas tenía diecisiete años y estaba claro que hacía falta que alguien la vigilara un poco, aquella lagarta de la Cowper había estado atormentando a la pobre Penelope Featherington, y alguien tenía que hacer

algo al respectoy…

Y luego estaba Kate Sheffield. La pesadilla de su existencia. Y el objeto de sus deseos. Todo al mismo tiempo.

Vaya barullo. Se suponía que estaba cortejando a su hermana, por el amor de Dios, Edwina. La belleza de la temporada. Preciosa sin parangón. Dulce y generosa, e incluso serena.

Y en su lugar no podía dejar de pensar en Kate. Kate por la que, por mucho que le enfureciera, no podía evitar sentir un gran respeto. ¿Cómo podía evitar admirar a alguien que se aferraba tanto a sus convicciones? Y

llama a un lado y a otro, observando el juego de sombras contra los muros y

los muebles. Era una sensación bastante peculiar de control, pero…

Alzó una ceja con gesto intrigado. La puerta de la biblioteca estaba abierta unos pocos centímetros y podía distinguir una franja de pálida luz de vela relumbrando desde el interior.

Estaba del todo seguro de que no quedaba nadie levantado. Y desde luego no se oía ningún ruido en la biblioteca. Alguien debía de haber entrado a por un libro y había dejado la vela encendida. Anthony frunció el ceño. Aquello era muy irresponsable. Un incendio podía devastar la casa con más rapidez que cualquier otra cosa, incluso en medio de una tormenta, y la biblioteca—llena a reventar de libros— era el lugar ideal para que prendiera una llama.

Abrió la puerta y entró en la estancia. Toda una pared de la biblioteca estaba ocupada por altas ventanas, de modo que el sonido de la lluvia era más intenso aquí que en el pasillo. Un trueno sacudió entonces el suelo y, a continuación, prácticamente seguido, un relámpago atravesó la noche.

La electricidad del momento le hizo poner una mueca, y cruzó hasta donde la vela ofensiva se había quedado ardiendo. Se inclinó hacia delante, la

sopló y luego…Oyó algo.

Era el sonido de una respiración. Fatigosa, presa del pánico, con el toque ligero de un quejido.

Anthony miró con atención.

—¿Hayalguien ahí? —llamó. Pero no vio a nadie. Luego lo volvió a oír. Llegaba desde abajo.

Sostuvo la vela con firmeza y se agachó para mirar debajo de la mesa.

Daba la impresión de que fuera a romperse en millones de fragmentos tan solo con tocarla.

Un trueno sacudió la habitación, y su cuerpo se agitó con tal tormento que Anthony lo sintió en sus propias entrañas.

—Oh, Kate —susurró. Le rompía el corazón verla de ese modo. Aproximó su mano con cuidado y firmeza para tocarla, aun así no estaba seguro de que ella pudiera advertir su presencia; sorprenderla tal vez fuera igual que despertar a un sonámbulo.

Le puso la mano con delicadeza sobre la parte superior del brazo y le dio un mínimo apretón.

—Aquíestoy, Kate —murmuró—. No va a pasar nada.

Un relámpago rasgó la noche y alumbró la habitación con un pronunciado estallido de luz. Kate se encogió todavía más, si es que era posible apretar aún más el ovillo. Se le ocurrió pensar que ella intentaba sellar sus ojos manteniendo la cara contra las rodillas.

Anthony se acercó un poco más y tomó una de sus manos en la suya. Tenía la piel helada, los dedos rígidos de terror. Era difícil despegarle el brazo de sus piernas, pero logró llevarse la mano hasta su boca y apretó sus labios contra su piel en un intento de calentarla.

—Aquíestoy, Kate —repitió, ni siquiera estaba seguro de qué otra cosa podía decir—. Aquí estoy, no va a pasar nada.

Finalmente consiguió meterse debajo de la mesa para poder sentarse a su lado en el suelo, con un brazo alrededor de sus hombros temblorosos. Ella pareció relajarse algo con su contacto, lo cual le proporcionó una extrañísima sensación: sensación casi de orgullo por ser él quien conseguía ayudarla. Eso

Los pequeños músculos que rodeaban sus ojos temblaron durante unos quince segundos antes de que, por fin, agitara los párpados. Estaba intentando abrir los ojos, pero estos se resistían. Anthony tenía poca experiencia en este tipo de terror, pero encontraba cierta lógica en que sus ojos no quisieran abrirse, en que, así de sencillo, no quisieran ver lo que tanto miedo les infundía, fuera lo que fuera.

Tras varios segundos más de parpadeo, Kate consiguió abrir los ojos del todo y encontrar la mirada de él.

Anthony sintió que le daban un puñetazo en las tripas.

Si los ojos eran de verdad las ventanas del alma, algo se había hecho añicos en el interior de Kate Sheffield aquella noche. Parecía angustiada, atormentada, por completo perdida y desconcertada.

—Norecuerdo —susurró con voz apenas audible.

Él le cogió la mano, aunque en ningún momento la había soltado, y volvióa acercarla a sus labios. Le dio un beso tierno, casi paternal en la palma.

—¿Norecuerdas el qué? Ella negó con la cabeza.—Nolo sé.

—¿Recuerdas haber venido a la biblioteca? Ella asintió.

—¿Recuerdas la tormenta?

Kate cerró los ojos durante un momento, como si el esfuerzo de mantenerlos abiertos requiriera más energía de la que poseía.

—Aúnhay tormenta.

percibirle. Tal vez fuera capaz de oír la sonrisa en su voz.—Pues bien—caviló—,¿de qué puedo hablarte?

—Dela casa —susurró ella.

—¿Deesta casa? —preguntó Anthony con sorpresa. Ella volvió a hacer un ademán afirmativo.

—Muy bien —continuó él con una sensación absurda de complacencia por que ella se interesara por aquel montón de piedras y argamasa que tanto significaba paraél—.Yo crecí aquí, ¿sabes?

—Eso dijo tu madre.

Anthony sintió una chispa de algo cálido y poderoso en el pecho cuando ella habló. Él le había dicho que no tenía que decir nada, y era obvio que ella se había sentido agradecida, pero ahora estaba tomando parte activa en la conversación. Sin duda aquello tenía que significar que se encontraba mejor. Si abriera los ojos, y si no se encontrara debajo de la mesa, podría parecer casi normal.

Y era asombroso cuánto deseaba él ser la persona que le hiciera sentirse mejor.

—¿Teapetece que te explique la vez en que mi hermano ahogó la muñeca favorita de mi hermana? —preguntó.

Ella negó con la cabeza, luego se estremeció cuando el viento cobrófuerza, lo que hizo que la lluvia diera contra las ventanas con ferocidad. Pero ella se armó de valor y dijo:

—Cuéntame algo de ti.

—Deacuerdo —dijo Anthony despacio, intentando pasar por alto aquella sensación vaga e incómoda que se extendió por su pecho. Era mucho más

quería mucho.

Kate se volvió para mirarle, la primera vez que encontraba su mirada desde que él le había alzado la barbilla con los dedos minutos antes.

—Tumadre habla de él con mucho afecto. Por eso he preguntado.

—Todos le queríamos —dijo sencillamente, y volvió la cabeza para mirar por la habitación. Su vista se centró en la pata de una silla, pero en realidad no la veía. No veía otra cosa que los recuerdos en su mente—. Era el mejor padre que un muchacho puede desear.

—¿Cuándo murió?

—Hace once años. En verano. Cuando yo tenía dieciocho años. Justo antes de que me fuera a Oxford.

—Esuna edad difícil para que un hombre pierda a su padre —murmuróella.

Anthony se volvió de forma repentina hacia ella.

—Cualquier edad es difícil para que un hombre pierda a su padre.

—Por supuesto—seapresuró a corroborar ella—, pero hay veces peores que otras, creo. Y sin duda debe de ser diferente para los chicos y para las chicas. Mi padre falleció hace cinco años y le echo muchísimo de menos, pero no creo que sea lo mismo.

No hizo falta que Anthony formulara su pregunta. Estaba en sus ojos.

—Mipadre era encantador —explicó Kate, cuyos ojos se animaron con el recuerdo—. Amable y bondadoso, pero firme cuando hacía falta. Pero el

padre de un muchacho… Bien, tiene que enseñarle a su hijo a ser un hombre. Y perder a un padre a los dieciocho años, cuando empiezas a aprender todo lo

que significa… —soltó una larga exhalación—. Es probable que sea

meses después. No guardó el periodo de luto apropiado, y algunos vecinos se escandalizaron un poco, pero pensó que yo necesitaba una madre y que eso era más importante que seguir las costumbres en estos casos.

Por primera vez, Anthony se preguntó qué habría sucedido si hubiera sido su madre quien hubiera muerto y hubiera dejado a su padre con una casa llena de críos, varios de ellos niños pequeños. Para Edmund no habría resultado fácil. Para ninguno de ellos.

Y tampoco había sido fácil para Violet. Pero al menos ella tenía a Anthony, quien había sido capaz de asumir la responsabilidad de intentar hacer el papel de sustituto de su padre con los hermanos pequeños. Si Violet hubiera muerto, los Bridgerton habrían perdido por completo la figura materna. Al fin y al cabo, Daphne—lamayor de las hermanas Bridgerton—solo tenía diez años cuando Edmund murió. Y Anthony estaba seguro de que su padre no se habría vuelto a casar.

Por mucho que su padre hubiera querido una madre para sus hijos, no habría sido capaz de buscar otra esposa.

—¿De qué murió tu madre? —preguntó Anthony, sorprendido por la profundidad de su curiosidad.

—Gripe. O al menos eso creyeron. Podía haber sido cualquier tipo de dolencia pulmonar. —Apoyó la barbilla en la mano—. Sucedió muy rápido, por lo que me contaron. Mi padre dijo que yo también me puse enferma, aunque mi caso fue muy leve.

Anthony pensó en el hijo que esperaba tener algún día, precisamente el motivo de que hubiera decidido casarse por fin.

Anthony asintió con la cabeza.—Tiene mucho sentido.

—Creo que perder a uno de tus padres cuando ya le conoces y le quieres es más duro—añadióKate—. Y lo sé, porque he perdido a los dos.

—Losiento —dijo él en voz baja.

—Nopasa nada—letranquilizó—. Ese viejo dicho «el tiempo lo cura todo» es muy cierto.

Él la miro con fijeza, Kate se percató por su expresión de que no estaba conforme con eso.

—Laverdad es que es más difícil cuando ya eres mayor. Tienes la suerte de haberles conocido, pero el dolor de la pérdida es mucho más intenso.

—Fue como perder un brazo —susurró Anthony.

Kate asintió con gesto grave, en cierto modo sabía que él no había hablado de su dolor con mucha gente. Se relamió los labios con nerviosismo, los tenía bastante secos. Era extraño lo que sucedía. Afuera podía estar cayendo toda la lluvia del mundo, y ahí estaba ella, requeteseca.

—Tal vez fue mejor para mí —continuó Kate con voz tranquila— perder a mi madre tan joven. Y Mary ha sido maravillosa. Me quiere como a una

hija. De hecho…—Secalló en mitad de la frase, sorprendida por sus ojos de repente húmedos. Cuando por fin encontró de nuevo su voz, habló en un susurro emotivo—. De hecho, ni una sola vez ha hecho diferencias con

Edwina.No…no creo que hubiera podido querer más a mi propia madre. Los ojos de Anthony ardían mientras la miraba.

—Mealegro muchísimo —dijo con voz grave e intensa. Kate tragó saliva.

—Alfinal, todo funciona en realidad —explicó—. Yo perdí a mi madre,

pero gané a Mary. Y a una hermana a la que quiero con locura.Y…

Un relámpago iluminó la habitación. Kate se mordió el labio e intentó

obligarse a respirar de forma lenta y regular por la nariz. El trueno iba a

llegar, pero estaba preparaday…

La habitación se sacudió con el estruendo, pero fue capaz de mantener los

ojos abiertos.

Soltó una larga exhalación y se permitió una sonrisa de orgullo. No había sido tan difícil. Desde luego que no había sido divertido, pero tampoco algo imposible. Tal vez fuera la presencia tranquilizadora de Anthony junto a ella

o, simplemente, tenía que ver con que la tormenta se alejaba, pero lo había superado sin que el corazón le saltara del pecho.

—¿Teencuentras bien? —preguntó Anthony.

Kate le miró, y algo en su interior se fundió al ver la mirada de inquietud en su rostro. Fuera lo que fuera lo que él hubiera hecho en el pasado, por mucho que hubieran discutido y se hubieran peleado, en este momento, él de verdad se preocupaba por ella.

—Sí—dijo, y oyó la sorpresa en su voz pese a que no lo pretendía—. Sí, creo que sí.

Él le apretó la mano.

—¿Desde cuándo has estado así?—¿Esta noche o en mi vida?

—Las dos cosas.

—Esta noche desde el primer trueno. Me pongo bastante nerviosa cuando empieza a llover, pero mientras no haya truenos y relámpagos, lo aguanto

vacilante luz de la vela, y contuvo el aliento al detectar un destello de dolor durante un breve segundo antes de que él apartara la mirada. Supo con cada fibra de su ser que no hablaba de algo intangible. Hablaba de sus propios temores, de algo muy específico que le obsesionaba a cada minuto del día.

Algo sobre lo que no tenía ningún derecho a preguntar. Aunque lo deseaba —¡oh, cuánto lo deseaba!—, deseaba que cuando él estuviera preparado para hacer frente a sus temores, ella pudiera estar ahí para ayudarle.

Pero eso no iba a suceder. Él iba a casarse con otra persona, tal vez la misma Edwina, y solo su esposa tendría derecho a hablarle de cuestiones tan personales.

—Creo que tal vez ya estoy lista para regresar a mi habitación —dijo. De pronto era demasiado duro encontrarse en su presencia, demasiado doloroso saber que él le pertenecería a alguien más.

Los labios de Anthony se curvaron formando una sonrisa juvenil.—¿Quieres decir que por fin puedo salir de debajo de esta mesa?

—¡Oh,cielos!—Sepegó una de las manos a la mejilla con expresión avergonzada—. ¡Lo siento tanto! Me temo que he olvidado hace rato dónde estábamos sentados. Debes de pensar que soy una tonta.

Él negó con la cabeza, pero seguía sonriendo.

—Una tonta, nunca, Kate Sheffield. Ni siquiera cuando pensaba que eras la criatura femenina más insufrible del planeta, tenía dudas acerca de tu inteligencia.

Kate, que había empezado a salir de debajo de la mesa, se quedó quieta.

—Ahora mismo no sé si debo sentirme halagada o insultada por esa afirmación.

—Bien, tal vez lo sea —corrigió ella pensando que era posible que fuera el mujeriego y vividor que afirmaba el resto de la sociedad—. Pero es posible que también sea una persona bastante agradable.

—Agradable suena demasiado insulso —comentó él con aire meditativo.—Agradable —dijo ella con énfasis— es agradable. Y teniendo en cuenta

mi antigua opinión de ti, deberías estar encantado con el cumplido. Anthony se rio.

—Hay una cosa de ti, Kate Sheffield, que sí que es cierta: nunca eres aburrida.

—Aburrida suena demasiado insulso —repitió.

Él sonrió con gesto sincero, no la curva irónica que empleaba en las funciones sociales, sino algo auténtico. De pronto Kate notó un nudo en la garganta.

—Metemo que no puedo acompañarte de regreso a tu habitación. Si

alguien se topara con nosotros a esta hora…

Kate hizo un gesto de asentimiento. Habían forjado una amistad insólita, pero no quería que la obligaran a casarse con él, ¿no era cierto? Y no hacía falta decir que él no quería casarse con ella.

Anthony puso una mueca.

—Especialmente teniendo en cuenta cómo vas vestida…

Kate bajó la vista y soltó un resuello mientras se ajustaba un poco la bata. Había olvidado por completo que no iba vestida de forma apropiada. Era cierto que su ropa de noche no era atrevida ni reveladora, sobre todo su gruesa bata, pero no dejaba de ser ropa de noche.

—¿Teencontrarás bien?—lepreguntó con voz suave—. Aún llueve.

oíste nada de lo que dije.

—Probablemente estés en lo cierto, Anthony. —Sonrió con vacilación. Su nombre sonaba extraño en su lengua.

Él se inclinó un poco hacia delante con una luz peculiar, casi maliciosa, en sus ojos.

—Kate —dijo él como respuesta.

—Solo quería decir gracias —dijo ella—. Por ayudarme esta noche.Yo…—seaclaró la garganta—. Habría sido mucho más difícil sin ti.

—Nohe hecho nada —dijo con aspereza.

—No, lo has hecho todo.—Yentonces, antes de que sintiera la tentación de quedarse, se apresuró por el pasillo y luego continuó por la escalera.

Hay poco de lo que informar en Londres con tanta gente pasando unos días en Kent, en la reunión campestre de los Bridgerton. Esta autora tan solo puede imaginarse todos los chismes que pronto llegarán a la ciudad. Habrá un escándalo,¿verdad? Siempre hay un escándalo en una reunión campestre.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

La mañana siguiente era ese tipo de mañana que por lo común seguía a una tormenta violenta: clara y luminosa, pero con una húmeda bruma que se pegaba fría y refrescante a la piel.

Anthony no era consciente del clima, pues había pasado la mayor parte de la noche contemplando la oscuridad y viendo tan solo el rostro de Kate. Al final se había quedado dormido cuando los primeros rayos del amanecer tocaban el cielo. Para cuando se despertó ya era más de mediodía, pero no se sentía descansado. Su cuerpo estaba envuelto por una mezcla de agotamiento y energía nerviosa. Le pesaban los párpados y tenía los ojos inexpresivos en sus cuencas, pero no obstante los dedos no dejaban de tamborilear sobre la cama, se desplazaban hacia el borde como si ellos solos pudieran sacarle de allí y ponerle en pie.

Pero cuando su estómago gimió con tal sonoridad que pudo jurar que el yeso del techo había temblado ante sus ojos, se levantó tambaleante y se puso la bata. Con un fuerte bostezo, abriendo mucho la boca, se acercó hasta la

Y supo que tenía que reunirse con ella.

El clima continuó en aquel estado contradictorio durante la mayor parte del día, dividiendo a los invitados a la reunión campestre por la mitad entre los que insistían en que el brillante sol llamaba a participar en actividades al aire libre, y quienes evitaban la hierba mojada y el aire húmedo para buscar el ambiente más cálido y seco del salón.

Kate se situaba claramente entre el primer grupo, aunque no estaba de humor para buscar compañía. El estado de su mente era demasiado reflexivo como para entablar conversaciones corteses con gente que apenas conocía, asíque se escabulló una vez más hasta los espectaculares jardines de lady Bridgerton y buscó un lugar tranquilo en un banco próximo a la pérgola de rosas. La piedra estaba fría y todavía un poco húmeda debajo de su trasero, pero como no había dormido lo que se dice bien la noche anterior, se encontraba cansada y aquello era mejor que estar de pie.

Con un suspiro se percató de que se trataba casi del único sitio donde podía estar a solas. Si continuaba dentro de la casa, sin duda se vería arrastrada a unirse al grupo de damas que charlaban en el salón mientras les escribían cartas a sus amigos y familiares, o aún peor, se vería atrapada en el corro de las damas que se habían retirado al invernadero para trabajar en sus bordados.

En cuanto a los entusiastas de las actividades al aire libre, también se habían dividido en dos grupos. Uno se había marchado al pueblo para hacer compras y ver las atracciones que pudieran encontrar allí, y el otro había

Aunque en realidad no había mucho que aclarar. Porque todo lo que había sabido en los últimos días dirigía su conciencia en una única y singular dirección. Sabía que ya no podía oponerse al cortejo de Edwina por parte de Bridgerton.

En los días anteriores él había demostrado ser sensible, comprensivo y un hombre de principios. Incluso heroico, pensó con un atisbo de sonrisa mientras se acordaba de la luz en los ojos de Penelope Featherington cuandoél la salvó de las garras verbales de Cressida Cowper.

Sentía devoción por su familia.

Había aprovechado su posición social y su poder no para tratar a alguien con prepotencia, sino para librar del insulto a otra persona.

La había ayudado a superar uno de sus ataques de pánico con una gentileza y sensibilidad que, analizado ahora con la mente despejada, la dejaba admirada.

Tal vez hubiera sido un mujeriego y un vividor —tal vez aún lo fuera—, pero estaba claro que su conducta en ese sentido no era lo único que le caracterizaba. Y la única objeción que tenía Kate para que él no se casara con

Edwina era…

Tragó saliva dolorosamente. Tenía un nudo en la garganta del tamaño de una bala de cañón.

Porque en lo más profundo de su corazón, lo quería para ella misma.

Pero eso era egoísta, y Kate se había pasado la vida intentando ser altruista, y sabía que nunca podría pedir a Edwina que no se casara con Anthony por un motivo así. Si Edwina supiera que Kate estaba encaprichada mínimamente del vizconde, pondría fin al cortejo. ¿Y qué objeto tendría

Le dolía el corazón.

Y entonces una voz llenó sus oídos. Su voz, grave y suave, como un cálido remolino en torno a ella.

—¡Santo cielo! ¡Qué aspecto tan serio!

Kate se levantó de forma tan repentina que la parte posterior de sus piernas chocó contra el borde del banco de piedra. Aquello le hizo perder el equilibrio y dar un traspiés.

—Milord —exclamó.

Los labios de Anthony formaron un esbozo de sonrisa.—Pensé que tal vez te encontraría aquí.

Kate abrió los ojos al darse cuenta de que él la había buscado de forma deliberada. Su corazón también empezó a latir más deprisa, pero al menos aquello era algo que podía disimular.

Anthony echó una rápida ojeada al banco de piedra para indicarle que podía volver a sentarse sin más formalismos.

—Adecir verdad, te he visto desde mi ventana. Quería asegurarme de que te sentías mejor —dijo con tranquilidad.

Kate se sentó, la decepción se apoderó de su garganta. Tan solo quería ser cortés. Por supuesto solo estaba siendo cortés. Qué tontería por su parte soñar—aunque solo fuera por un momento— que podría haber algo más. Por fin había acabado por comprender que él era una persona agradable, y cualquier persona agradable querría asegurarse de que ella se encontraba mejor después de lo que había sucedido la noche anterior.

—Asíes —contestó—. Mucho mejor. Gracias.

resultaba imposible no sentir alguna esperanza.

—Siento haberle molestado a esas horas de la noche—sedisculpó con voz suave, sobre todo porque pensaba que debía decírselo. La verdad era que se alegraba desesperadamente de que él hubiera estado allí.

—Noseas tonta —dijo él enderezándose un poco y clavando en ella una mirada bastante severa—. No te podía imaginar sola durante toda la tormenta. Estoy contento de haber estado allí para consolarte.

—Normalmente aguanto sola las tormentas —admitió ella. Anthony frunció el ceño.

—¿Tufamilia no te reconforta en esos momentos?

Ella adoptó un aspecto un poco avergonzado para decir:

—Nosaben que aún me dan miedo. Bridgerton asintió con la cabeza.

—Yaveo. Hay veces en que… —Anthony hizo una pausa para aclararse la garganta, una táctica para desviar la atención que empleaba con frecuencia cuando no estaba del todo seguro de lo que quería decir—. Creo que te

sentirías mejor si buscaras la ayuda de tu madre y tu hermana, pero sé que…—Seaclaró la garganta una vez más. Conocía bien la extraña y singular sensación de querer a tu familia hasta la locura y por otro lado no sentirte capaz de compartir con ellos los temores más profundos e inextricables. Le producía una sensación de aislamiento, de estar muy solo en medio de una multitud ruidosa y cordial—. Sé —repitió intentando mantener la voz firme y contenida— que a veces resulta de lo más difícil compartir los temores de uno con aquellos a quienes amas de un modo más profundo.

con una risa.

—Lamayor parte del tiempo soy bastante disparatado. Ella negó con la cabeza.

—No. Creo que, como dice el refrán, has dado justo en el clavo. Por supuesto, no se lo voy a contar a Mary ni a Edwina. No quiero preocuparlas.—Semordisqueó el labio durante un momento; un movimiento gracioso con los dientes que a él le resultó extrañamente seductor—. Por supuesto—añadió ella—, para ser sincera, tengo que confesar que mis motivos no son del todo desinteresados. Sin duda, parte de mis reparos tienen que ver con mi deseo de no mostrarles mi debilidad.

—Noes un pecado tan terrible —murmuró.

—Enlo relativo a pecados, supongo que no —dijo Kate con una sonrisa—.Pero me atrevería a adivinar que tú también sufres del mismo defecto.

No dijo nada, solo expresó con la cabeza su conformidad.

—Todos tenemos nuestro papel en la vida —continuó ella— y el mío siempre ha sido ser fuerte y sensata. Esconderme debajo de la cama durante una tormenta eléctrica no es ninguna de las dos cosas.

—Tuhermana —continuó él con calma— es probable que sea mucho más fuerte de lo que piensas.

Kate volvió la mirada al rostro de él. ¿Intentaba decirle que se había enamorado de Edwina? Ya había halagado la belleza y elegancia de su hermana con anterioridad, pero nunca se había referido a su persona interior.

Kate estudió sus ojos todo lo que pudo, pero no encontró nada que revelara sus verdaderos sentimientos.

como si pudiera hundirse contra él y enterrarse en el calor de su cuerpo, supo que no podía posponer su obligación más tiempo.

Tenía que comunicarle que había retirado su oposición a su relación con Edwina. No era justo que se lo guardara para ella, solo porque quisiera quedarse con Anthony, aunque solo fuera durante unos breves momentos perfectos justo ahí en el jardín.

Respiró hondo, enderezó los hombros y se volvió hacia él.

Y él la miró con expectación. Era obvio, al fin y al cabo, que tenía algo que decir.

Los labios de Kate se separaron. Pero nada surgió de su boca.—¿Sí?—preguntó él con aspecto bastante divertido.

—Milord —soltó ella.

—Anthony—lecorrigió con afecto.

—Anthony —repitió mientras se preguntaba por qué el uso de su nombre de pila hacía esto más difícil—. Necesito hablar de algo contigo.

Él sonrió.

—Eso me parecía.

Los ojos de Kate parecieron ensimismarse de forma inexplicable en su pie derecho, que trazaba medialunas en el polvo del sendero.

—Es…hum… sobre Edwina.

Anthony arqueó las cejas y siguió con la mirada su pie, que había dejado ya las medialunas y ahora dibujaba líneas serpenteantes.

—¿Sucede algo con tu hermana?—seinteresó con amabilidad. Kate negó con la cabeza y volvió a alzar la vista.

estaba bien, y yo he contestado que, por supuesto, y te he contado dónde

estaba, y luego hemos perdido por completo el hiloy…

Anthony puso una mano sobre la suya, y consiguió por fin interrumpirla.—¿Quétenías que decirme, Kate?

La observó con interés mientras enderezaba los hombros y apretaba la barbilla. Parecía que se estuviera preparando para una tarea horrible. Luego, con una gran frase apresurada, dijo:

—Solo quería que supieras que he retirado mis objeciones a tu petición de mano de Edwina.

De pronto, Anthony sintió su pecho un poco hundido.

—Ya…veo —dijo, no porque entendiera, solo porque tenía que decir algo.

—Admito mis prejuicios contra usted —continuó rápida—, pero he podido conocerle desde mi llegada a Aubrey Hall, y con toda conciencia, no

puedo permitir que siga pensando que iba a interponerme en su camino.No…no sería justo por mi parte.

Anthony se quedó mirándola, sin palabras. Había algo deprimente, se percató débilmente, en el hecho de que ella aceptara que se casara con su hermana, ya que había pasado la mayor parte de los dos últimos días combatiendo una necesidad imperiosa de besarla hasta dejarla sin sentido.

Por otro lado, ¿no era eso lo que él quería? Edwina sería una esposa perfecta.

Kate no.

Edwina cumplía con todos los criterios que él había establecido cuando decidió que, por fin, ya era hora de casarse.

oportunidad, de amarla.

Que era lo que más miedo le daba del mundo. Tal vez lo único a lo que tenía un miedo atroz.

Era irónico, pero la muerte no era algo que le asustara. La muerte no asustaba a un hombre que estuviera solo. El más allá no infundía ningún terror cuando alguien había conseguido evitar los vínculos terrenales.

El amor era algo verdaderamente espectacular y sagrado. Anthony lo sabía. Lo había visto cada día de su infancia, cada vez que sus padres se miraban o se tocaban la mano.

Pero el amor era el enemigo de un hombre que iba a morir. Era lo único que podía convertir el resto de años en algo intolerable: saborear la dicha y saber que todo le iba a ser arrebatado. Y era probable que ese fuera el motivo de que, cuando Anthony reaccionó finalmente a las palabras de Kate, no la estrechara en sus brazos y la besara hasta dejarla sin sentido, no apretara sus labios contra su oreja y le quemara la piel con su aliento, para asegurarse de que entendía que estaba loco por ella, no por su hermana.

Nunca por su hermana.

En vez de eso, continuó observándola sin inmutarse, con la mirada mucho más serena que su corazón, y dijo:

—Metranquiliza. —Pero lo dijo con la extraña sensación de que en realidad no se encontraba allí, sino que observaba toda la escena, nada más que una farsa, la verdad, desde fuera de su cuerpo, preguntándose en todo momento qué diantres estaba pasando.

Ella sonrió con debilidad y dijo:

—Pensaba que te tranquilizaría saberlo.

—Que no te muevas —repitió.

Kate desplazó la mirada a la izquierda, luego lo hizo su barbilla, tan solo medio centímetro.

—¡Oh,solo es una abeja!—Surostro esbozó una mueca de alivio, y alzóla mano para espantarla—. Por el amor de Dios, Anthony, no vuelvas a hacer eso. Por un momento me has asustado.

Anthony lanzó su mano para coger la muñeca de Kate con una fuerza dolorosa.

—Hedicho que no te muevas —dijo entre dientes.

—Anthony —respondió ella riéndose—, es una abeja.

Él la obligó a quedarse inmóvil, la sujetaba con fuerza, incluso le hacía daño, y sus ojos no se apartaban en ningún momento de la asquerosa criatura, la observaban zumbando resuelta alrededor de la cabeza de Kate. Estaba paralizado de miedo, de furia y de algo más que no podía calificar con exactitud.

No es que no hubiera estado en contacto con abejas en los once años transcurridos desde la muerte de su padre. Al fin y al cabo, no se podía residir en Inglaterra y esperar evitarlas por completo.

Hasta ahora, de hecho, se había obligado a coquetear con ellas de un modo peculiar y fatalista. Siempre había sospechado que estaba condenado a seguir los pasos de su padre en todos los sentidos. Si un humilde insecto tenía que acabar con él, desde luego que él se mantendría firme, sin ceder terreno.

Iba a morir más pronto omás…bien, más pronto, pero no iba a escapar corriendo de un maldito bicho. Y por lo tanto, cuando alguna abeja aparecía

impaciencia—, ¿qué te sucede?

Él le tiró de la mano en un intento de obligarla a levantarse, pero ella se resistió.

—Esuna abeja —dijo con voz exasperada—. Deja de comportarte de forma tan extraña. Por el amor de Dios, no va a matarme.

Sus palabras pesaron en el aire, casi como objetos sólidos, listas para estrellarse contra el suelo y hacerse añicos. Luego, finalmente, cuando Anthony notó que su garganta se relajaba lo suficiente como para hablar, dijo con voz grave e intensa:

—Podría hacerlo.

Kate se quedó paralizada, no porque tuviera intención de seguir susórdenes, sino porque algo en su aspecto, algo en sus ojos, la espantó del todo. Parecía cambiado, poseído por algún demonio desconocido.

—Anthony —dijo con un tono de voz que esperaba que sonara firme y autoritario—, suéltame la muñeca de inmediato.

Kate tiró, pero él no aflojó, y la abeja continuó zumbando sin pausa a su alrededor.

—¡Anthony! —exclamó—. Para esto ahora…

El resto de la frase se perdió mientras ella conseguía finalmente estirar la mano hasta soltarla de su agobiante asimiento. La repentina liberación hizo que perdiera el equilibrio: sacudió los brazos como aspas y la parte interior del codo propinó un golpe a la abeja, que soltó un sonoro y furioso zumbido cuando la fuerza del batacazo la envió por el espacio, arrojándola sobre la franja de piel desnuda situada sobre el corpiño ribeteado de encaje de su vestido de tarde.

—Oh, Dios mío —susurró él, y lo más extraño era que sus labios ni siquiera se movían—. Oh, Dios mío.

—¿Anthony? —preguntó inclinándose hacia delante y olvidando por un instante la dolorosa picadura en su pecho—. Anthony, ¿qué sucede?

Fuera cual fuera el trance en que se encontrara, de pronto reaccionó, y saltó hacia delante, con una mano la cogió con brusquedad por los hombros mientras con la otra forcejeaba con el corpiño del vestido para retirarlo hacia abajo y despejar la zona de la herida.

—¡Milord! —chilló Kate—. ¡Para!

Bridgerton no dijo nada, pero su respiración era entrecortada y rápida mientras la sujetaba contra el respaldo del banco, sosteniendo el vestido hacia abajo, no tanto como para revelar su seno, pero ciertamente más abajo de lo que permitía la decencia.

—¡Anthony! —intentó de nuevo, con la esperanza de que si usaba su nombre de pila tal vez captara su atención. Este no era el hombre que conocía; no era el que había estado sentado a su lado dos minutos antes. Estaba enloquecido y hacía caso omiso de sus protestas.

—¿Vas a callarte? —dijo entre dientes, sin alzar la vista ni un solo momento. Tenía los ojos fijos en el círculo rojo e hinchado de su pecho y, con manos temblorosas, procedió a arrancar el aguijón de la piel.

—¡Anthony, estoy bien! —insistió—. Queno…

Soltó un jadeo. Había movido levemente una de sus manos mientras empleaba la otra para sacar un pañuelo que tenía en el bolsillo y ahora le cogía todo el seno sin demasiada delicadeza.

—¿Quealgo me está matando? ¿Estás loco? ¡Nada me está matando! Es una picadura de abeja.

Pero él no le hizo el menor caso, estaba demasiado concentrado en la tarea autoasignada de curar la herida.

—Anthony —dijo con voz apaciguadora en un intento de razonar con él—,agradezco tu inquietud, pero me han picado abejas al menos media docena

de vecesy…

—Aél también le habían picado antes —interrumpió.

Algo en su voz le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna.—¿Aquién? —preguntó en un susurro.

Él apretó con más firmeza la hinchazón y secó con unos toques el líquido claro que supuraba de la picadura.

—Ami padre —dijo con tono rotundo—. Y murió. A Kate le costaba creer aquello.

—¿Unaabeja?

—Sí,una abeja —respondió con brusquedad—. ¿No me escuchas?—Anthony, una abeja no puede matar a un hombre.

Él se detuvo de hecho durante un breve instante para dirigirle una rápida mirada. Una mirada dura, obsesiva.

—Teaseguro que puede —dijo con brusquedad.

Kate no podía creer que hablara en serio, pero tampoco pensaba que estuviera mintiendo, por lo tanto, permaneció quieta durante un momento. Reconocía que la necesidad que él sentía de tratar la picadura de abeja era muy superior a su necesidad de escabullirse de sus cuidados.

reducía la distancia que les separaba casi como si tuviera intención de besarla.—Voy a tener que succionar el veneno —dijo con aire grave—.

Permanece quieta.

—Anthony —chilló ella—. No puedes… —dijo entre jadeos, incapaz por completo de finalizar la frase una vez sintió que sus labios se apoyaban en su piel y aplicaban una presión suave, inexorable, que tiraba de ella hacia su boca. Kate no sabía cómo responder, no sabía si apartarle o atraerle hacia sí.

Pero al final se quedó paralizada. Porque cuando alzó la cabeza y miró por encima del hombro, descubrió a un grupo de tres mujeres que les observaban con la misma expresión escandalizada.

Mary.

Lady Bridgerton.

Y la señora Featherington, posiblemente la mayor chismosa de la aristocracia londinense.

Y Kate supo, sin asomo de duda, que su vida nunca volvería a ser igual.

Y si el escándalo salta en la reunión campestre de lady Bridgerton, aquellos de nosotros que nos hemos quedado en Londres podemos estar por completo seguros de que todas y cada una de las excitantes noticias alcanzarán nuestros tiernos

oídos a la mayor brevedad. Con tantas chismosas reconocidas allí presentes, todos nosotros tenemos garantizado un informe completo y detallado.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de mayo de 1814

Durante una fracción de segundo, todo el mundo permaneció paralizado como si aquello fuera un retablo dramático. Kate miró a las tres matronas llena de consternación. Ellas la miraban a su vez con absoluto horror.

Y Anthony continuaba empeñado en extraer el veneno de la picadura de abeja de Kate, ajeno por completo al hecho de tener público.

Del quinteto, Kate fue la primera en encontrar la voz, y la fuerza para hablar. Empujando a Anthony por el hombro con toda su energía, soltó un grito vehemente:

—¡Basta!

Anthony, del todo desprevenido, resultó sorprendentemente fácil de apartar y aterrizó en el suelo sobre su trasero, con la mirada aún llameante en su empeño de salvarla de lo que él percibía como un destino mortal.

—Kate —dijo Mary por fin, encontrando dificultades para articular

palabra—, tiene los labios sobretu…sobretu…

—Sobre su pecho —concluyó la señora Featherington servicial, con los brazos doblados sobre su amplio seno. Un ceño de desaprobación marcaba su rostro, pero estaba claro que se estaba divirtiendo de lo lindo.

—¡Noes eso! —exclamó Kate mientras se esforzaba por levantarse, lo cual no era una tarea fácil, puesto que Anthony había aterrizado sobre uno de sus pies cuando ella le apartó del banco—. ¡Me ha picado justo aquí! —Con un gesto impetuoso, señaló con el dedo la señal roja, aún hinchada, sobre la fina piel que cubría su clavícula.

Las tres mujeres mayores miraron con fijeza la picadura, y su piel adquirió también idénticos sonrojos de un débil carmesí.

—¡Noestá tan cerca de mi pecho, desde luego que no! —protestó Kate, demasiado horrorizada por el cariz de la conversación como para sentirse azorada por emplear aquel lenguaje bastante anatómico.

—Noestá lejos —indicó la señora Featherington.—¿Nadie va a callarla? —soltó Anthony.

—¡Vaya!—Laseñora Featherington se enfurruñó—. ¡Si yo nunca…!—No—replicó Anthony—. Usted siempre.

—¿Qué quiere decir con eso? —quiso saber la señora Featherington dando un codazo a lady Bridgerton en el brazo. Al ver que la vizcondesa no contestaba, se volvió a Mary y repitió la pregunta.

Pero Mary solo tenía ojos para su hija.

—Kate—ordenó—,ven aquí al instante. Su hija, diligente, se fue a su lado.

—¡Noes así! —gimió Kate—. Me ha picado una abeja. ¡Una abeja!

—Portia —intervino lady Bridgerton—, no creo que haga falta usar un lenguaje tan gráfico.

—Eneste momento la delicadeza tiene poco sentido —contestó la señora Featherington—. Lo describamos como lo describamos, va a constituir un bonito chismorreo. El soltero más empedernido de toda la aristocracia, derrocado por una abeja. Tengo que decir, milord, que no me había imaginado nada así.

—No va a haber ningún chismorreo —gruñó Anthony mientras se acercaba a ella con aire amenazador— porque nadie va a decir una sola palabra. No permitiré que se mancille el buen nombre de la señorita Sheffield.

A la señora Featherington se le salieron los ojos de las órbitas, pues no daba crédito a lo que acababa de oír.

—¿Cree que podrá impedir que se hable de esto?

—Yono voy a decir nada, y dudo bastante de que la señorita Sheffield vaya a hacerlo —manifestó mientras se plantaba las manos en las caderas y fulminaba a la matrona con la mirada. Era el tipo de mirada con la que conseguía que cualquier hombre hecho y derecho se pusiera de rodillas, pero la señora Featherington o bien era inmune a ella o era estúpida, de modo que Bridgerton tuvo que continuar—. Lo cual nos deja con nuestras respectivas madres, quienes por lógica tienen un interés personal en proteger nuestras reputaciones. Lo cual la deja a usted, señora Featherington, como único miembro de este reducido e íntimo grupo que podría preferir ser una verdulera vocinglera y chismosa.

La señora Featherington se puso roja como un tomate.

expresión era dura, callada e ilegible.

Kate cerró los ojos con amargura. No era así como se suponía que tendría que suceder. Aunque le había dicho a Anthony que daba el visto bueno a su boda con su hermana, en secreto lo que deseaba era que fuera para ella, pero no de este modo.

Oh, Dios bendito, de este modo no. No de manera que él se sintiera atrapado. No de manera que él tuviera que pasar el resto de su vida mirándola y deseando que fuera otra persona.

—¿Anthony? —dijo en un susurro. Tal vez si hablaban, tal vez si él la miraba, Kate pudiera deducir lo que estaba pensando.

—Nos casaremos la semana que viene —manifestó. Su voz sonaba firme y clara, pero por otro lado carente de toda emoción.

—¡Oh,bien! —dijo lady Bridgerton con gran alivio y se cogió ambas manos—. La señora Sheffield y yo comenzaremos de inmediato con los preparativos.

—Anthony —volvió a susurrar Kate, esta vez con más apremio—, ¿estás seguro de lo que dices? —Le cogió del brazo e intentó apartarle de las matronas. Solo ganó unos pocos centímetros, pero al menos ahora no estaban de cara a ellas.

Bridgerton la miró con ojos implacables.

—Nos casaremos —dijo sencillamente, con la voz del aristócrata consumado, sin tolerar ninguna protesta y esperando ser obedecido—. No podemos hacer otra cosa.

—Pero tú no quieres casarte conmigo —repuso ella. Aquella frase consiguió que Anthony arqueara una ceja.

—Nunca va a creérselo.

Él se encogió de hombros.

—Entonces dile la verdad. Que te ha picado una abeja, y que yo intentaba ayudarte, y que nos atraparon en una postura comprometida. Dile lo que quieras. Es tu hermana.

Kate se dejó caer otra vez sobre el banco de piedra con un suspiro.

—Nadie va a creerse que quieras casarte conmigo —concluyó—. Todo el mundo pensará que te he atrapado. —Anthony lanzó una furiosa mirada significativa a las tres mujeres, quienes continuaban observándoles con sumo interés. Tras un «¿Nos disculpan?», tanto su madre como la de Kate retrocedieron algún metro y se dieron la vuelta para facilitarles cierta intimidad. Al ver que la señora Featherington no seguía su ejemplo de inmediato, Violet se acercó para cogerla del brazo y casi se lo desencaja al hacerlo.

Anthony, tras sentarse al lado de Kate, dijo:

—Poco podemos hacer para impedir que la gente hable, sobre todo con Portia Featherington como testigo. No confío en que esa mujer mantenga la boca cerrada más de lo que tarde en regresar a la casa.—Sereclinó un poco hacia atrás y apoyó el tobillo izquierdo en la rodilla derecha—. O sea, que también podemos intentar que salga lo mejor posible. Tengo que casarme este

año…

—¿Porqué?

—¿Porqué el qué?

—¿Porqué tienes que casarte este año?

que le gustaría asesinar a todos esos hombres y mujeres que la habían comparado con Edwina y habían pensado que no estaba a la altura. En realidad, Kate no tenía ni idea de que podía ser atractiva y deseable por derecho propio.

Cuando la señora Featherington anunció que debían casarse, su reacción inicial había sido la misma que la de Kate: horror absoluto. Por no mencionar que su orgullo se había sentido tocado en cierto sentido. A ningún hombre le gusta verse obligado a casarse, y era en especial mortificante que lo que le

obligara fuera una abeja.

Pero mientras permanecía ahí observando a Kate aullando sus protestas (no la más halagadora de las reacciones, pensó), le inundó una sensación de satisfacción.

La deseaba.

La deseaba con desesperación.

Ni en un millón de años se permitiría elegirla a ella como esposa. Era demasiado peligrosa, en exceso, para su paz mental.

Pero el destino había intervenido y ahora parecía que tenía que casarse

con ella…, bien, tenía la impresión de que no iba a servir de mucho armar un alboroto. Había destinos peores que casarse con una mujer inteligente, entretenida, a quien encima deseaba las veinticuatro horas del día.

Lo único que tenía que hacer era asegurarse de que no se enamoraba de ella. Lo cual no tenía que ser imposible, ¿verdad que no? Dios sabía que le volvía loco la mitad de las veces con sus riñas incesantes. Pero podría tener un matrimonio agradable con Kate. Disfrutaría de su amistad y disfrutaría de su cuerpo, y eso sería todo. No había por qué ir más al fondo.

jardín.

—Por supuesto —murmuró la vizcondesa.

—¿Leparece eso prudente? —preguntó la señora Featherington.

Anthony se adelantó, acercó mucho la boca al oído de su madre y susurró:

—Sino te la llevas de mi presencia en los siguientes segundos, la asesino aquí mismo.

Lady Bridgerton se atragantó con una risa y asintió con la cabeza. Al final consiguió decir:

—Por supuesto.

En menos de un minuto, Anthony y Kate estaban a solas en el jardín. Anthony se volvió para mirarla; Kate se había levantado y había dado

unos pocos pasos hacia él.

—Creo —murmuró Bridgerton, y enlazó suavemente su brazo con el de ella— que deberíamos considerar retirarnos de la vista de la casa.

Su paso era largo y resuelto, y Kate dio algún traspiés mientras intentaba encontrar el paso y situarse a su altura.

—Milord —preguntó apresurándose a su lado—, ¿te parece de verdad prudente?

—Suena como la señora Featherington —comentó sin aminorar la marcha ni un momento.

—Dios me libre —musitó Kate—, pero mantengo la pregunta.

—Sí,pienso que es del todo prudente —respondió, y la metió en una glorieta. Tenía las paredes parcialmente abiertas para dejar pasar el aire, pero estaba rodeada de lilos que ofrecían una intimidad considerable.

—Pero…

Todo en ti es totalmente inapropiado. Y no obstante…

Kate soltó un jadeo cuando las manos de Anthony la sorprendieron por la espalda para atraerla con brusquedad contra su erección.

—¿Loves? —dijo con voz entrecortada mientras movía sus labios sobre la mejilla de Kate—. ¿Lo sientes?—Serio con voz ronca, con un extraño sonido burlón—. ¿Ya lo entiendes? —La estrujó sin piedad, luego mordisqueó la tierna piel de su oreja—. Por supuesto que no.

Kate sintió que se escurría contra él. La piel empezaba a arderle, y los brazos traidores de Anthony no dejaban de escabullirse hacia arriba y alrededor de su cuello. Estaba avivando un fuego dentro de ella, algo que ni siquiera sabía cómo controlar. Estaba poseída por una necesidad primitiva, algo abrasador, fundido, que solo necesitaba el contacto de la piel de Anthony contra la de ella.

Le deseaba. ¡Oh, cuánto le deseaba! No debería desearle, no debería desear a este hombre que se casaba con ella por todas las razones equivocadas.

Y no obstante le deseaba con una desesperación que la dejaba sin aliento. No estaba bien, no estaba nada bien. Tenía graves dudas acerca de este

matrimonio y sabía que debía mantener la cabeza despejada. Continuórecordándoselo a sí misma, pero eso no impidió que sus labios se separaran para permitirle la entrada a él, ni que su propia lengua saliera con timidez para saborear la comisura de su boca.

Y el deseo que se iba acumulando en su vientre —sin duda eso tenía que ser esta sensación extraña, aquel remolino de picor— se hacía cada vez más intenso.

manos con apremio sobre su cuerpo. Dejó una sobre su cintura mientras la

otra la subía hacia la suave prominencia de su pecho—. En este preciso lugar, en este preciso momento, aquí y ahora, en este jardín, eres perfecta.

Kate encontró algo perturbador en sus palabras, como si intentara decirle—ytal vez también a sí mismo— que tal vez no fuera tan perfecta mañana, y menos que al día siguiente. Pero sus labios y manos eran convincentes, y Kate expulsó aquellos pensamientos desagradables de su cabeza y optó por deleitarse en la dicha embriagadora del momento.

Se sentía hermosa. Se sentía… perfecta. Y justo ahí, justo entonces no pudo evitar adorar al hombre que la hacía sentirse de esa manera.

Anthony deslizó la mano hasta la parte de atrás de su cintura y la sostuvo mientras con la otra encontraba su pecho y estrujaba su carne a través de la fina muselina del vestido. Los dedos parecían fuera de su control, con movimientos firmes y espasmódicos, se agarraban a ella como si estuviera a punto de caerse por un precipicio y finalmente hubiera conseguido cogerse a algo. El pezón estaba duro y compacto bajo la palma de la mano, incluso con el tejido del vestido encima, y Anthony necesitó hasta el último gramo de autodominio para no irse a la parte posterior del vestido y liberar despacio cada botón de su aprisionamiento.

Podía verlo todo en su mente, incluso mientras sus labios se unían a los de ella en otro beso abrasador. Su vestido se deslizaría desde los hombros hasta dejar los pechos desnudos. Podía imaginárselos también en su mente, y de alguna manera sabía que, también, serían perfectos. Tomaría uno en su mano, levantaría el pezón al sol, y despacio, muy despacio, inclinaría la cabeza hacia ella justo hasta que pudiera tocarlo con la lengua.

Y la tentación estaba ahí. Cometió el error de mirar su rostro, y en aquel momento habría jurado que Kate Sheffield era sin lugar a dudas tan hermosa como su hermana.

La suya era una clase diferente de atracción. Sus labios eran más carnosos, no seguían tanto los cánones del momento, pero eran infinitamente

más besuqueables. Sus pestañas… ¿cómo no había advertido antes lo largas que eran? Cuando pestañeaba parecían descansar sobre sus mejillas como una alfombra. Y su piel, cuando estaba sonrosada por el matiz del deseo, relucía. Anthony sabía que estaba siendo imaginativo, pero al mirar su rostro no pudo evitar pensar en el alba al amanecer, en el momento exacto en que el sol se asoma sobre el horizonte y pinta el cielo con su sutil paleta de albaricoques y rosas.

Permanecieron así durante todo un minuto, los dos conteniendo la respiración, hasta que Anthony por fin dejó caer sus brazos, y ambos dieron un paso atrás. Kate se llevó una mano a la boca, sus dedos índice, corazón y anular apenas le tocaron los labios.

—Nodeberíamos haber hecho eso —susurró.

Él se apoyó contra una de las columnas de la glorieta, con aspecto de encontrarse verdaderamente satisfecho con su suerte.

—¿Porqué no? Estamos prometidos.

—Nolo estamos —admitió ella—. En realidad, no. Alzó una ceja.

—Nose ha formalizado ningún acuerdo aún —explicó Kate apurada—. Ni se ha firmado ningún documento. Y yo no tengo dote. Deberías saber que no tengo dote.

como novia, que prefería mucho más a Edwina, que se casaba con ella solo porque tenía que hacerlo. Le dolería de un modo horroroso, pero si él lo manifestaba, ella ya lo sabría. Y saberlo, aunque fuera amargo, siempre sería mejor que no saberlo.

Al menos entonces calibraría con exactitud dónde se encontraba. Tal y como estaban las cosas, se sentía sobre arenas movedizas.

—Dejemos una cosa clara —dijo Anthony, y captó toda su atención con un tono decidido. Kate encontró su mirada, y los ojos de él ardían con tal intensidad que no pudo apartar la vista—. He dicho que iba a casarme contigo. Soy un hombre de palabra. Cualquier otra especulación sobre el tema sería de lo más insultante.

Kate hizo un gesto de asentimiento. Pero no pudo evitar pensar «Cuidado

con lo que deseas… Cuidado con lo que deseas».

Acababa de aceptar casarse con el mismo hombre del que temía estar enamorándose, y lo único que se pudo preguntar fue: ¿piensa en Edwina cuando me besa?

Cuidado con lo que deseas, bramó su mente. Es posible que luego lo consigas.

Una vez más, esta autora ha demostrado tener razón. Las reuniones en el campo ofrecen como resultado los compromisos más sorprendentes.

Desde luego que sí, querido lector, sin duda lo lee aquí por primera vez: el vizconde de Bridgerton va a casarse con la señorita Katharine Sheffield. No con la señorita Edwina, como habían especulado los cotilleos, sino con la señorita Katharine.

En cuanto a la manera en que se formalizó el compromiso, la dificultad para obtener detalles al respecto está siendo asombrosa. Esta autora sabe de buena tinta que la nueva pareja fue atrapada en una postura comprometedora, y que la señora Featherington fue testigo, pero la señora F ha tenido los labios sellados en lo referente a todo este asunto, algo poco común en ella. Dada la propensión al cotilleo de la dama, a esta autora no le queda otro remedio que imaginar que el vizconde (quien no destaca precisamente por su debilidad de carácter) ha amenazado con lesionar a la señora F si se atreve a pronunciar una sola sílaba.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

11 de mayo de 1814

Kate no tardó en comprender que la mala fama no le sentaba bien.

Lo cual dejó a Kate bastante perpleja, ya que había estado convencida de que Anthony tenía su mira matrimonial puesta en Edwina.

En cuanto Kate regresó a Londres, las especulaciones fueron incluso peores. Por lo visto, cada miembro de la elite aristocrática encontraba

obligado detenerse en el pequeño hogar alquilado de las Sheffield en Milner Street para hacer una visita a la futura vizcondesa. La mayoría de ellos conseguían comunicar sus felicitaciones con una dosis sustancial de implicación poco halagadora. Nadie creía posible que el vizconde en realidad quisiera casarse con Kate, y por lo visto nadie se percataba de lo grosero que era decirle eso a la cara.

—¡Santo cielo! ¡Eso sí que es tener suerte! —dijo lady Cowper, la madre de la infame Cressida Cowper, quien, por su parte, no le dijo ni una sola palabra a Kate y permaneció enfurruñada en un rincón lanzando miradas asesinas en su dirección.

—Notenía ni idea de que estuviera interesado por ti —insistió efusiva la señorita Gertrude Knight, con una expresión facial que decía a las claras que seguía sin creerlo, y tal vez incluso confiaba en que tal compromiso resultara ser puro teatro, pese a su anuncio en el London Times.

Y lady Danbury, quien era conocida por no andarse nunca con rodeos, manifestó:

—Notengo ni idea de cómo le ha atrapado, pero tiene que haber sido un truco ingenioso. Hay unas cuantas muchachitas ahí afuera a las que les encantaría que les diera un par de lecciones, hágame caso.

Kate se limitó a sonreír (o eso intentó al menos; sospechaba que sus esfuerzos por conseguir respuestas corteses y amistosas no eran siempre

intención de casar a sus hijos adultos, quería simplemente ver a Anthony delante del obispo antes de que tuviera ocasión de cambiar de idea.

Kate tuvo que mostrarse conforme con lady Bridgerton. Pese a lo nerviosa que estaba por la boda y el matrimonio que vendría a continuación, nunca había sido persona que pospusiera las cosas. Una vez que tomaba una decisión, o como en este caso, una vez que alguien había decidido algo por ella, no veía motivos para demorar las cosas. Y en cuanto a los«comentarios», una boda apresurada podría incrementar las insinuaciones, pero Kate sospechaba que, cuanto antes se casaran ella y Anthony, antes se apagarían, y antes podría confiar en regresar a la oscuridad habitual de su propia vida.

Por supuesto, su vida no sería solo suya durante mucho tiempo más. Tenía que acostumbrarse a eso.

Ni siquiera le parecía suya en aquellos momentos. Sus días eran un torbellino de actividad, lady Bridgerton la arrastraba de una tienda a otra, gastando una enorme cantidad del dinero de Anthony en su ajuar. Kate había comprendido deprisa que resistirse no tenía ningún sentido. Cuando lady Bridgerton—oViolet, como le había dado instrucciones de que la llamara—se decidía por algo, que Dios ayudara al necio que se interpusiera en su camino. Mary y Edwina las habían acompañado en algunas salidas, pero se habían apresurado a declararse agotadas por la infatigable energía de Violet, y se habían ido a tomar un sorbete en Gunter.

Al final, tan solo dos días antes de la boda, Kate recibió una nota de Anthony en la que le pedía que estuviera en casa a las cuatro de la tarde para que pudiera hacerle una visita. Kate estaba un poco nerviosa por verle otra

por lo visto, era sencillamente no permitírselo a sí mismo. Y cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que no representaría ningún problema. Era un hombre, al fin y al cabo, y sabía controlar a la perfección sus acciones y emociones. No era ningún necio, sabía que existía el amor, pero también creía en el poder de la mente, y, tal vez más importante, el poder de la voluntad. Con franqueza, no veía motivo alguno por el cual el amor tuviera que ser algo involuntario.

Si no quería enamorarse, pues ¡qué puñetas!, no iba a hacerlo. Era tan sencillo como eso. Tenía que ser tan sencillo como eso. Si no lo fuera, él no sería tan hombre, ¿o sí?

De todos modos, tendría que hablar con Kate de esta cuestión antes de la boda. Había ciertas cosas acerca del matrimonio que tenían que quedar claras.

No eran normas, sino más bien… acuerdos. Sí, ese era el término.

Kate necesitaba comprender con exactitud qué podía esperar de él y quéesperaba él a cambio. Su boda no era una unión por amor. Y no iba a convertirse en eso. Simplemente no era una opción. No pensaba que ella se hiciera alguna ilusión al respecto, pero por si acaso quería dejarlo claro ya, antes de que algún malentendido pudiera crecer hasta convertirse en un desastre con todas las de la ley.

Era mejor poner todas las cartas sobre la mesa, como dice el dicho, para que ninguna de las partes se llevara sorpresas desagradables más tarde. Sin duda Kate estaría conforme. Era una chica práctica. Querría saber cómo estaban las cosas. No era el tipo de persona a la que le gusta tener que adivinar lo que pasará.

el ribete blanco del vestido de tarde azul claro.

El gorro, decidió, sería lo primero que tendría que desaparecer cuando estuvieran casados. Tenía un pelo precioso, largo, lustroso y espeso. Sabía que los buenos modales dictaban que se pusiera tocados cuando andaba por ahí, pero, la verdad, parecía un pecado cubrirlo mientras se encontraban en el calor del hogar.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, incluso para saludar, ella indicó un servicio de plata colocado sobre la mesa delante de ella y dijo:

—Mehe tomado la libertad de pedir té. Empieza a hacer un poco de fresco y he pensado que te gustaría tomar algo. Si no, estaré encantada de pedir alguna otra cosa.

No había nada de aire fresco, al menos él no lo había detectado, pero dijo de todos modos:

—Esto será perfecto, gracias.

Kate asintió y cogió la tetera para servir. La inclinó algún centímetro y luego la enderezó con el ceño fruncido mientras decía:

—Nisiquiera sé cómo te gusta el té.

Anthony sintió que un extremo de su boca se curvaba levemente hacia arriba.

—Leche. Sin azúcar.

Ella hizo un gesto afirmativo, dejó la tetera para coger la leche.—Parece algo que una esposa debe saber.

Él se sentó en la silla que se encontraba en el ángulo derecho del sofá.—Yahora ya lo sabes.

Kate respiró hondo y luego soltó aire.

su dirección.

Anthony cogió el platillo y permitió que sus dedos enfundados en guantes rozaran los dedos desnudos de ella. Mantuvo la mirada en el rostro de Kate, y advirtió la leve mancha rosada que ruborizó sus mejillas.

Por algún motivo, aquello le complació.

—¿Tienes alguna cosa en concreto que quieras preguntarme, milord?—preguntó, una vez puso su mano a salvo de la de él y rodeó con los dedos el asa de su taza de té.

—Minombre es Anthony, como lo recuerdas sin duda, y ¿no puedo hacer una visita a mi prometida tan solo por el placer de su compañía?

Kate le dedicó una mirada ceñuda por encima del borde de la taza.

—Por supuesto que puedes —contestó—, pero no creo que sea ese el caso.

Él alzó una ceja al oír la impertinencia.

—Pues da la casualidad de que tienes razón.

Kate murmuró algo. Él no lo entendió bien, pero tuvo la leve sospecha de que había dicho «normalmente la tengo».

—Hepensado que deberíamos tratar de nuestro matrimonio —empezó.—Perdón, ¿cómo has dicho?

Anthony se reclinó hacia atrás.

—Ambos somos personas prácticas. Creo que nos sentiremos más cómodos una vez que entendamos qué podemos esperar el uno del otro.

—Por…por supuesto.

—Bien.—Dejóla taza en el platillo y luego este sobre la mesa que tenía delante—. Me alegra que pienses así.

pontificó— y en mi caso yo no podría sentirme más complacido por tal disposición.

—Respeto —repitió Kate, sobre todo porque él la miraba con expectación.

—Harétodo lo posible para ser un buen esposo—siguió—.Y, siempre que no me excluyas de tu cama, te seré fiel tanto a ti como a nuestros votos matrimoniales.

—Eso es ciertamente progresista por tu parte —murmuró ella. Él no decía nada que ella no diera por supuesto, y no obstante le resultaba todo un poco fastidioso.

Bridgerton entrecerró los ojos.

—Confío en que me estés tomando en serio, Kate.—Oh, desde luego.

—Bien. —Pero Anthony le dedicó una mirada peculiar. Kate no estuvo segura de que él la creyera—. A cambio —añadió— espero que ningún comportamiento tuyo mancille el nombre de mi familia.

Kate sintió que su espalda se ponía rígida.—Nisoñaría con eso.

—Eso pensaba. Esa es una de las razones de que esté tan complacido con este matrimonio. Serás una vizcondesa excelente.

Lo dijo como un cumplido, Kate lo sabía, pero de todos modos sonó un poco hueco, tal vez un pelín condescendiente. Hubiera preferido, sin duda, que le dijera que iba a ser una esposa excelente.

—Tendremos una buena amistad —anunció—, nos tendremos respeto mutuo y tendremos hijos; hijos inteligentes, gracias a Dios, ya que eres sin

claro si me lo escupieras a la cara.

—Nunca me he propuesto casarme por amor —continuó él.—Noes eso lo que me dijiste cuando cortejabas a Edwina.

—Cuando cortejaba a Edwina —contestó—, yo intentaba impresionarte a ti.

Kate entrecerró los ojos.

—Nome estás impresionando ahora.Él soltó una larga exhalación.

—Kate, no he venido aquí a discutir. Sencillamente me parecía mejor que fuéramos sinceros el uno con el otro antes de nuestra boda el sábado por la mañana.

—Por supuesto —suspiró ella, y se obligó a asentir una vez más. No era intención de él insultarla, y ella no debería haber reaccionado de forma exagerada. Le conocía lo suficiente ya como para saber que solo actuaba asípor preocupación. Anthony sabía que nunca la amaría; lo mejor era dejar aquello claro desde el principio.

Pero dolía de todos modos. Kate no sabía si le amaba, pero estaba bastante segura de que podría amarle, y se temía que después de semanas de matrimonio le querría.

Y habría sido tan encantador que él pudiera corresponderle.

—Lomejor es que nos entendamos bien —repitió él con amabilidad.

Kate no paraba de asentir. Un cuerpo en movimiento tendía a permanecer en movimiento. Se temía que si paraba empezaría a hacer algo estúpido como echarse a llorar.

murmuró mientras se lo tendía.

Kate pasó los dedos sobre la cubierta de terciopelo azul antes de abrir la cajita. Dentro había un anillo de oro bastante sencillo, adornado por un único diamante de talla redonda.

—Es una reliquia Bridgerton —explicó—. Hay varios anillos de compromiso en la colección, pero he pensado que este te gustaría más. Los

otros eran bastante pesados y recargados.

—Esmuy hermoso —dijo Kate, incapaz de apartar la mirada de la joya. Anthony le cogió el estuche.

—¿Puedo? —murmuró mientras sacaba el anillo de su cavidad de terciopelo.

Kate estiró la mano y se maldijo al darse cuenta de que estaba temblando; no mucho, pero seguro que lo bastante para que él lo notara. Sin embargo, Anthony no dijo nada; la calmó con su mano mientras con la otra le deslizaba el anillo por el dedo.

—¿Queda bastante bien, no te parece? —preguntó mientras le sostenía aún las puntas de los dedos.

Kate hizo un gesto afirmativo, incapaz de apartar la mirada del anillo. Nunca había sido muy aficionada a los anillos; este iba a ser el primero que llevara con regularidad. Le resultaba extraño tenerlo en el dedo, pesado, frío y muy, muy sólido. En cierto modo, hacía que todo lo sucedido durante laúltima semana pareciera más real. Más definitivo. Se le ocurrió pensar mientras contemplaba el anillo que había medio esperado que un rayo cayera del cielo y detuviera el desarrollo de los eventos antes de que pronunciaran definitivamente sus votos nupciales.

Pero una vez despierto, el perro se negó a quedarse sin tomar parte en la acción, y con un ladrido un poco más despierto, dio un salto sobre la silla y luego aterrizó sobre el regazo de Kate.

—¡Newton! —chilló.

—Oh, por el amorde…—Anthony se vio obligado a parar de refunfuñar al recibir un gran beso baboso de Newton.

—Creo que le caes bien —dijo Kate tan divertida con la expresión de asco de Anthony que se olvidó incluso de sentirse cohibida por su posición sentada encima de él.

—¡Perro —ordenó Anthony—, baja al suelo ahora mismo! Newton bajó la cabeza y gimió.

—¡Ahora!

Con un gran suspiro, Newton se dio media vuelta y se dejó caer pesadamente en el suelo.

—¡Cielo santo! —exclamó Kate estudiando al perro, que ahora se cobijaba debajo de la mesa, con el morro echado sobre la alfombra con aire lastimero—. Estoy impresionada.

—Todo está en el tono de voz—ledijo Anthony con tono de superioridad mientras le deslizaba un firme brazo por la cintura para que no pudiera levantarse.

Kate miró el brazo, luego le miró a la cara con expresión inquisidora.

—Vaya —dijo en tono reflexivo— ¿por qué tengo la impresión de que ese tono de voz te resulta eficaz también con las mujeres?

Él se encogió de hombros y se inclinó hacia delante sonriendo con los párpados caídos.

Los dientes de Anthony tiraban del ribete de su corpiño.—¿Ycuánto tardará?

—Nolo sé. —Soltó un leve chillido cuando la lengua avanzó bajo la muselina y trazó una línea erótica sobre su piel—. Dios bendito, Anthony,¿qué estás haciendo?

—¿Cuánto rato? —repitió.—Una hora. Tal vez dos.

Él alzó la vista para asegurarse de que había cerrado la puerta antes al entrar.

—¿Tal vez dos? —murmuró sonriente contra la piel de Kate—. ¿De veras?

—Tal vez solo una.

Le metió un dedo bajo el borde superior del corpiño, cerca del hombro, asegurándose de sujetar también el extremo de su camisola.

—Una hora —dijo— también me parece espléndido. —Luego, tras detenerse tan solo para llevar sus labios a la boca de Kate de modo que no pudiera protestar lo más mínimo, le bajó el vestido con un rápido movimiento, llevándose también la camisola.

Anthony notó el jadeo de ella en su boca, pero continuó ahondando en su beso mientras ponía la palma de la mano sobre la plenitud del pecho de Kate. Le parecía perfecta bajo sus dedos, suave y respingada, llenando su mano como si estuviera hecha a su medida.

Cuando notó que su resistencia se desvanecía, pasó a besarle la oreja, mordisqueando con suavidad el lóbulo.

—Estoy segura de que lo habrá —contestó, su voz un mero jadeo.

—¿Ah,sí?—lepreguntó en tono bromista mientras volvía a estrujarla.

—Noestoy tan verde como para pensar que se puede hacer un bebé solo con lo que estamos haciendo.

—Estaré encantado de enseñarte el resto —murmuró él.

—No…¡Oh!

Volvió a estrecharla, esta vez permitió que sus dedos le hicieran cosquillas en la piel. Le encantaba que ella no fuera capaz de pensar cuando él le tocaba el pecho.

—¿Quédecías?—seinteresó mientras le mordisqueaba el cuello.

—¿Yo…algo?

Él hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, la débil barba le rozó la garganta.

—Estoy seguro. Pero, claro, tal vez sea mejor que no te oiga. Había empezado con la palabra «no». Sin duda—añadiópasándole la lengua por la parte inferior de la barbilla— es una palabra que no debe pronunciarse entre nosotros en un momento como este. Pero—sulengua continuó por la línea de la garganta hasta el hueco de la clavícula— estoy divagando.

—¿Ah…sí? Anthony asintió.

—Creo que estaba intentando determinar qué es lo que te agrada, como debería hacer todo esposo.

Kate no dijo nada, pero su respiración se aceleró.Él sonrió contra su piel.

—Muy bien —murmuró, el aliento caliente y húmedo contra su piel—.¡Qué bien sabe!

—Anthony.—Lavoz de Kate sonaba ronca—. ¿Estás seguro…?

Le puso un dedo en los labios sin tan siquiera levantar la cara para mirarla.

—Notengo ni idea de qué quieres preguntar, pero la respuestaes…—Desplazó la atención al otro pecho—. Estoy seguro.

Kate soltó un sonido gimiente, de esa clase que sale del fondo de la garganta. Todo su cuerpo se arqueaba bajo las atenciones de Anthony, quien jugueteaba con renovado fervor con el pezón, acariciándolo con delicadeza entre sus dientes.

—Oh, cielos… Oh, ¡Anthony!

Recorrió con la lengua la aureola. Era perfecta, simplemente perfecta. Le encantaba el sonido de su voz, ronca y quebrada por el deseo. Su cuerpo sintió un cosquilleo de solo pensar en su noche de bodas, sus gritos de pasión y necesidad. Ella ardería debajo de él, y se deleitó ante la perspectiva de hacerla explotar.

Se apartó para poder verle el rostro. Estaba sonrojada, los ojos aturdidos y dilatados. El pelo empezaba a soltarse de ese horrendo gorrito.

—Yesto… —dijo estirándoselo de la cabeza— tiene que desaparecer.—¡Milord!

—Prométeme que no volverás a ponértelo.

Kate se retorció en su asiento, de hecho sobre su regazo, lo cual contribuyó bien poco al estado de urgencia de su entrepierna, para mirar por encima de la silla.

—Heestado de compras con tu madre.

—Ah. Bien. Estoy seguro de que no te ha permitido comprar nada como esto. —Hizo una indicación al gorro ahora destrozado en la boca de Newton.

Cuando volvió a mirarla, Kate había torcido la boca hasta formar una línea contrariada que le sentaba muy bien. No pudo evitar sonreír. Se dejaba leer con tal facilidad. Su madre no le habría dejado comprar un gorro tan poco atractivo, y ahora la consumía no ser capaz de ofrecer una respuesta a estaúltima frase.

Anthony suspiró con agrado. La vida con Kate no iba a ser aburrida.

Pero se hacía tarde, probablemente ya era hora de marcharse. Kate había dicho que no esperaba a su madre al menos durante una hora, pero Anthony sabía que no había que confiar en la noción del tiempo de las mujeres. Kate podría equivocarse o su madre podría cambiar de idea o cualquier cosa podría haber sucedido, y aunque él y Kate iban a casarse dentro de dos días, no parecía demasiado prudente que les atraparan en el salón en una posición tan comprometedora.

Muy a su pesar, porque estar sentado en la silla con Kate sin hacer otra cosa que abrazarla le producía una satisfacción sorprendente, se puso en pie y la levantó en sus brazos mientras lo hacía, volviendo luego a dejarla en la silla.

—Hasido un interludio delicioso —murmuró inclinándose para darle un beso en la frente—. Pero me temo que tu madre estará a punto de llegar. Te veré el sábado por la mañana.

Kate parpadeó.—¿Elsábado?

—Esuna de las cosas que más me gusta de ti.

Anthony hizo una especie de gesto como si quisiera cambiar de tema, pero ella lo interrumpió con:

—No, es la verdad. Eres una persona mucho más bondadosa de lo que te gustaría que creyera la gente.

Puesto que no iba a ser capaz de salir victorioso de una discusión con ella, y tenía poco sentido contradecir a una mujer que le estaba haciendo un cumplido, se llevó un dedo a los labios y dijo:

—Shhh. No se lo digas a nadie.—Yentonces, con un último beso en su mano y murmurando un Adieu, se encaminó hacia la puerta y salió a la calle.

Una vez sobre su caballo y de regreso a su pequeña casa de la ciudad al

otro lado de Londres, se permitió valorar la visita. Había ido bien, pensó. Kate parecía haber entendido los límites que él había establecido al matrimonio y había reaccionado a sus relaciones con un deseo que era tierno e intenso al mismo tiempo.

En conjunto, pensó con una sonrisa de satisfacción, el futuro parecía brillante. Su matrimonio sería un éxito. En cuanto a las inquietudes

anteriores…, bien, estaba claro que no tenía nada de qué preocuparse.

Kate estaba preocupada. Anthony se había desvivido por que ella entendiera que nunca la querría. Y lo cierto era que parecía no querer que ella le amara.

Luego había empezado a besarla como si el mundo se acabara al día siguiente, como si fuera la mujer más hermosa de la Tierra. Era la primera en

Ha sido puesto en conocimiento de esta autora que el enlace entre lord Bridgerton y la señorita Sheffield va a ser un acto reducido, íntimo y privado.

En otras palabras: esta autora no está invitada.

Pero no tema, querido lector. En situaciones como esta, esta autora es una persona de recursos y promete descubrir los detalles de la ceremonia, tanto los interesantes como los banales.

La boda del soltero más cotizado de Londres es, sin duda, algo de lo que esta humilde columna debe informar, ¿no creen?

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

13 de mayo de 1814

La noche anterior a la boda, Kate estaba sentada en su cama ataviada con su vestido favorito mirando con aturdimiento una multitud de baúles esparcidos por el suelo. Todas sus pertenencias estaban recogidas, dobladas y embaladas con esmero, listas para ser trasladadas a su nuevo hogar.

Incluso Newton estaba preparado para el viaje. Le habían bañado y secado, le habían colocado un nuevo collar en el cuello, y habían metido sus juguetes favoritos en un macuto que ahora se encontraba en el vestíbulo de la entrada, justo al lado del arcón de madera delicadamente tallada que Kate tenía desde que era una niña. La presencia aquí en Londres del arcón, lleno de los juguetes y tesoros de la infancia de Kate, había provocado en ella un alivio

para Kate. ¡Al fin y al cabo era la madre de su prometido quien estaba seleccionando prendas para la noche de bodas!

Mientras Kate cogía el camisón y lo metía con cuidado en el baúl, oyóunos golpecitos en la puerta. Invitó a entrar a quien llamara y Edwina asomóla cabeza. También ella estaba vestida para irse a dormir, con el pelo claro recogido en un moño flojo en la nuca.

—Pensaba que a lo mejor te apetecía un poco de leche caliente —dijo Edwina.

Kate sonrió agradecida.—Suena muy apetecible.

Edwina se agachó y cogió la jarra de cerámica que había dejado en el suelo.

—Nopuedo sostener dos jarras y abrir el pomo al mismo tiempo—explicó con una sonrisa. Una vez dentro cerró la puerta con el pie y le tendióuna jarra. Con la mirada fija en Kate, Edwina le preguntó sin más preámbulos—:¿Estás asustada?

Kate dio un sorbo con cautela para comprobar la temperatura antes de tragar. Estaba muy caliente, aunque no quemaba, algo que de alguna manera le produjo bienestar. Bebía leche caliente desde la infancia, y su sabor y textura siempre le aportaban aquella sensación de calor y bienestar.

—Noexactamente asustada —contestó por fin mientras se sentaba sobre el extremo de la cama—, pero sí nerviosa. Decididamente nerviosa.

—Bien, no es de extrañar —dijo Edwina mientras sacudía animadamente la mano que le quedaba libre—. Habría que ser idiota para no estar nerviosa. Toda tu vida va a cambiar. ¡Toda! Hasta tu nombre. Serás una mujer casada.

la leche, que dejó un bigote blanco poco apropiado, luego se acomodó sobre el extremo al otro lado de la cama—. Hay todo tipo de cosas que yo no sé y no sé cómo habrías podido aprenderlas tú, a menos que hayas estado metida en cosas raras sin yo saberlo.

Kate se preguntó si sería muy descortés amordazar a su hermana con alguna de las prendas de lencería que había escogido lady Bridgerton. Encontraba cierta justicia poética en una medida de ese tipo.

—¿Kate? —preguntó Edwina pestañeando con curiosidad—. ¿Kate? ¿Por qué me miras de un modo tan extraño?

Kate contemplaba las prendas de lencería con anhelo.—Seguro que prefieres no saberlo.

—Hum…Bien, entonces…

Las murmuraciones de Edwina fueron interrumpidas en seco por un suave golpe en la puerta.

—Seguro que es nuestra madre —dijo Edwina con una mueca maliciosa—.No puedo esperar.

Kate entornó los ojos en dirección a Edwina mientras se levantaba a abrir la puerta. Como había esperado, Mary estaba de pie en el pasillo con dos tazas humeantes.

—Pensé que te apetecería un poco de leche caliente —dijo con una débil sonrisa.

Kate levantó su taza como respuesta.—Edwina tuvo la misma idea.

—¿Quéestá haciendo Edwina aquí? —preguntó Mary al entrar en la habitación.

Edwina meneó la cabeza con entusiasmo.—Asolas.

Edwina parpadeó.

—¿Tengo que marcharme?

Mary hizo un gesto afirmativo y le tendió la taza de leche que se había enfriado.

—¿Ahora?

Mary volvió a mover la cabeza.

Edwina pareció acongojada, luego su expresión se transformó en una sonrisa.

—¿Estásde broma, verdad? Me puedo quedar, ¿a que sí?—No—contestó Mary.

Edwina le devolvió una mirada suplicante a Kate.

—Amí no me mires —replicó Kate con una sonrisa mal disimulada—. Ella decide. Es quien va a hablar al fin y al cabo. Yo solo voy a escuchar.

—Y a hacer preguntas —señaló Edwina—. Y yo también tengo preguntas.—Sevolvió a su madre—. Muchas preguntas.

—Estoy segura de que así es —contestó su madre— y estaré encantada de responderlas todas la noche anterior a tu boda.

Edwina se levantó refunfuñando.

—Noes justo —masculló al tiempo que le arrebataba la taza.—Lavida no es justa —dijo Mary con una mueca.

—Eso digo yo —rezongó la muchacha mientras cruzaba la habitación arrastrando los pies.

—¡Ynada de escuchar tras la puerta!—legritó Mary.

con una mirada bastante directa.

—Estoy segura de que sabes por qué estoy aquí. Kate respondió con un gesto afirmativo.

Mary dio un trago a la leche y se quedó callada durante un largo momento antes de decir:

—Cuando me casé —por primera vez, no con tu padre— no tenía ni idea

de lo que podía esperar en el lecho matrimonial. No se trataba… —Durante un breve instante cerró los ojos y por un momento pareció que sufría—. Mi falta de conocimiento lo hacía todo más complicado —reconoció finalmente, y la forma lenta y cuidadosa en que escogió las palabras reveló a Kate que«complicado» probablemente era un eufemismo.

—Entiendo —murmuró Kate.

Mary alzó la vista de forma abrupta.

—No, creo que no. Y espero que nunca lo entiendas. Pero eso no viene ahora a cuento. Siempre he jurado que ninguna hija mía irá al matrimonio con tal ignorancia sobre lo que ocurre entre marido y mujer.

—Yaestoy al corriente de lo más básico de la operación —admitió Kate. Con clara expresión de sorpresa, Mary preguntó:

—¿Deveras?

Kate hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.—Noserá muy diferente de los animales, ¿verdad?

Mary negó con la cabeza, y sus labios se fruncieron formando una sonrisa levemente divertida.

—No, no lo es.

Mary volvió a cerrar los ojos, su rostro adoptó la misma expresión que antes, como si recordara algo que prefería mantener guardado en los rincones más oscuros de su mente. Cuando abrió de nuevo los ojos, dijo:

—Eldisfrute de una mujer depende por completo de su marido.—¿Yel de un hombre?

—Elacto del amor —dijo Mary sonrojándose— puede ser, y debería serlo, una experiencia agradable tanto para el hombre como para la mujer.

Pero… —tosió y dio un sorbo a la leche— sería negligente por mi parte no contarte que una mujer no siempre encuentra placer en el acto.

—Pero ¿un hombre sí?

Mary hizo un gesto de asentimiento.—Eso no parece justo.

La mirada de Mary fue irónica.

—Creo que acabo de decirle a Edwina que la vida no siempre es justa. Kate frunció el ceño mientras contemplaba la leche en su taza.

—Bien, pero, de verdad, esto no parece justo.

—Aunque no quiere decir—seapresuró a añadir— que la experiencia sea necesariamente desagradable para la mujer. Y estoy segura de que no será

desagradable para ti. Supongo que el vizconde te ha besado…Kate asintió sin levantar la vista.

Cuando Mary habló, Kate pudo oír la sonrisa en su voz.—Ypor tu rubor supongo que te gustó.

Kate volvió a hacer un gesto afirmativo. Le ardían las mejillas.

—Site gustó el beso —dijo Mary—, entonces estoy segura de que no te molestará que él continúe con sus atenciones. Estoy segura de que será

satisfaga, pero yo no lo creo. Pienso que una mujer tiene que sentir afecto por su esposo para disfrutar en el lecho matrimonial.

Kate se quedó un momento callada.

—Noamabas a tu primer esposo, ¿verdad? Mary negó con la cabeza.

—Eso lo cambia todo, cielo mío. Eso y que el marido sea considerado con su esposa. Pero he visto al vizconde en tu compañía. Soy consciente de que vuestro enlace ha sido repentino e inesperado, pero te trata con cariño y respeto. No debes temer nada, estoy segura. El vizconde te tratará bien.

Y con eso, Mary besó a Kate en la frente y le deseó buenas noches. Luego recogió las dos tazas vacías y salió de la habitación. Kate se quedó sentada en la cama, con la vista perdida en la pared de enfrente durante varios minutos.

Mary se equivocaba. Kate estaba segura de ello. Tenía mucho que temer. Detestaba no ser la primera elección de Anthony como esposa, pero era

práctica, pragmática y sabía que ciertas cosas de la vida sencillamente se tenían que aceptar como un hecho. Pero se había consolado con el recuerdo

del deseo que había sentido… y pensaba que Anthony también lo había sentido cuando ella estaba en sus brazos.

Ahora parecía que tal deseo ni siquiera tenía que ser obligatoriamente por ella; era más bien una necesidad bastante primitiva que todo hombre sentía por toda mujer.

Y Kate nunca sabría si, cuando Anthony apagara las velas, se la llevara a

la cama y cerrara los ojos…Imaginaría el rostro de otra mujer.

Kate lo había visto todo desde su posición estratégica en el vestíbulo, desde donde había estado observando a través de una rendija en la puerta. Aquello le había arrancado una sonrisa, algo que agradeció, puesto que hacía más de una hora que las rodillas no le dejaban de temblar. Solo podía agradecer que lady Bridgerton no hubiera insistido en organizar una celebración por todo lo alto. Kate, que nunca antes se había considerado una persona nerviosa, era probable que se hubiera desmayado del susto.

De hecho, Violet había mencionado la posibilidad de una gran boda como método para combatir los rumores que circulaban acerca de ella, Anthony y su compromiso tan repentino. La señora Featherington estaba cumpliendo su palabra y mantenía un silencio completo sobre los detalles del asunto, pero ya había dejado ir suficientes insinuaciones referentes a que todo el mundo sabía que el compromiso no había seguido el cauce habitual.

Como resultado, los comentarios no cesaban, y Kate sabía que solo era cuestión de tiempo que la señora Featherington dejara de contenerse y todo el mundo se enterara de la verdadera historia de su perdición a manos—omás bien, aguijón— de una abeja.

De modo que al final Violet había decidido que un matrimonio rápido era lo mejor, y puesto que no se podía organizar una fiesta esplendorosa en una semana, la lista de invitados se había reducido a la familia. Kate contó con Edwina a su lado y Anthony estuvo acompañado por su hermano Benedict, y tras las formalidades habituales, se convirtieron en marido y mujer.

Era extraño, Kate pensó aquella tarde con la mirada fija en la alianza que ahora adornaba junto al anillo del diamante su mano izquierda, lo rápido que puede cambiar la vida de una. La ceremonia había sido breve, todo se sucedió

Ahora se encontraba en un carruaje y recorría la corta distancia entre la mansión Bridgerton, donde se había celebrado la recepción, y la residencia privada de Anthony, a la que se suponía que ya no se podía llamar «residencia de soltero».

Miró de soslayo a su nuevo esposo. Miraba al frente y su rostro tenía una peculiar expresión seria.

—¿Tienes planeado trasladarte a la mansión Bridgerton ahora que estás casado?—lepreguntó Kate con calma.

Anthony pareció sorprendido, casi como si hubiera olvidado que ella estaba allí.

—Sí—contestó volviéndose hacia ella—, aunque no hasta dentro de unos meses. He pensado que nos iría bien un poco de intimidad al comienzo del matrimonio, ¿no crees?

—Por supuesto —murmuró Kate. Bajó la vista a sus manos, que se retorcían sobre el regazo. Intentó pararlas, pero era imposible. Era sorprendente que no reventara los guantes.

Anthony siguió su mirada y dejó una de sus grandes manos sobre las de ella. Kate se paró al instante.

—¿Estásnerviosa? —preguntó.

—¿Pensabas que no lo estaría? —contestó intentando que su voz sonara seca e irónica.

Él sonrió como respuesta.—Nohay nada que temer.

Kate casi estalla en una risotada nerviosa. Parecía que estaba destinada a

oír aquel tópico una y otra vez.

Luego soltó:

—Creo que deberíamos esperar.Él le mordisqueó la oreja.

—¿Esperar a qué?

Ella intentó escabullirse. Él no entendía. Si lo hubiera entendido estaría furioso, y no parecía especialmente molesto.

Aún.

—P-para el matrimonio —tartamudeó ella.

Aquello pareció hacerle gracia. Jugueteó animado con los anillos que descansaban en sus dedos enguantados.

—Esun poco tarde para eso, ¿no te parece?—Para la noche de bodas —aclaró.

Él retrocedió y sus oscuras cejas formaron una línea recta, tal vez un poco enojada.

—No—dijo sin más, pero no se movió para volver a abrazarla.

Kate intentó encontrar palabras que le ayudaran a él a entender, pero no era fácil; no estaba segura de entenderse a sí misma. Estaba casi convencida de que no la creería si le explicaba que no era su intención haber hecho esta petición; sencillamente había surgido de su interior de forma repentina, producto de un pánico que, hasta aquel momento, ni siquiera sabía que estuviera ahí.

—Nolo pido para siempre —explicó. Odiaba el temblor que oyó en sus palabras—. Solo una semana.

Aquello atrajo la atención de Anthony, quien alzó una de sus cejas con expresión de ironía.

—Para ti no tanto —respondió ella—. Las intimidades del matrimonio no son algo nuevo para ti.

Un extremo de su boca formó una mueca algo arrogante.—Leaseguro, milady, que nunca antes he estado casado.—Nome refiero a eso, y lo sabes.

No la contradijo.

—Estan sencillo como que me gustaría disponer de un poco más de tiempo para prepararme —explicó Kate, y dobló los brazos sobre el regazo con gesto remilgado. Pero no podía tener los pulgares quietos: giraban con ansiedad, como prueba de su estado de nervios.

Anthony se la quedó mirando durante un buen rato, luego volvió a reclinarse hacia atrás en su asiento y apoyó el tobillo izquierdo con aire informal en su rodilla derecha.

—Muy bien —admitió.

—¿Deveras? —Kate se enderezó con sorpresa. No confiaba en que él capitulara con tal facilidad.

—Siempre que… —continuó él.

Kate se hundió. Debería haber sabido que habría algún imprevisto.

—…que me alecciones en una cuestión. Ella tragó saliva.

—¿Yde qué se trata, milord?

Él se inclinó hacia delante con ojos de diablo.

—¿Cómo,con exactitud, tienes planeado prepararte?

Kate miró por la ventana, luego soltó un juramento ininteligible al percatarse de que ni siquiera habían entrado todavía en la calle de Anthony.

entiendo.

Él centró la mirada en la boca de Kate mientras sacaba la lengua para humedecerse los labios.

—Entenderías —murmuró Anthony— solo con que te entregaras a lo inevitable y te olvidaras de tu tonta petición.

—Nome gusta que me traten con condescendencia —dijo Kate en un tono tenso.

Los ojos de Anthony centellearon.

—Ya mí no me gusta que me nieguen mis derechos —replicó con voz fría. Su rostro era el duro reflejo del poder aristocrático.

—Noestoy negando nada —insistió.

—Oh, ¿de veras? —arrastró las palabras sin nada de humor.

—Solo pido un aplazamiento. Un aplazamiento breve, temporal, breve—repitió la palabra por si el cerebro de Anthony estuviera demasiado embotado por su resuelto orgullo varonil como para entenderla a la primera—. Sin duda no me negarás una petición tan sencilla.

—Denosotros dos —respondió con voz cortante— no creo que sea yo quien niega algo.

Tenía razón, caray con aquel hombre, y Kate no tenía ni idea de qué más podía decir. Sabía que llevaba todas las de perder con aquella petición imprevista; él tenía todo el derecho del mundo a echarse a su esposa sobre el hombro, arrastrarla hasta la cama y encerrarla en la habitación durante una semana si así le venía en gana.

Actuaba de un modo alocado, prisionera de su propia inseguridad…inseguridad que desconocía hasta que conoció a Anthony.

después de hacerlo con su hermana. Hasta ahora.

Quería que la mirada de Anthony se iluminara cuando ella entrara en la habitación. Quería que recorriera la multitud hasta encontrar su cara. No hacía falta que la amara—oal menos eso era lo que se repetía a sí misma—, pero quería desesperadamente ser la primera en recibir su afecto, la primera en su deseo.

Y tenía la espantosa impresión de que todo esto significaba que se estaba enamorando.

Enamorarte de tu esposo… ¿Quién habría pensado que podía ser un desastre?

—Yaveo que no tienes respuesta —dijo Anthony con calma.

El carruaje acabó por detenerse, a Dios gracias la libró de tener que responder. Pero cuando un lacayo con librea se adelantó con premura e intentó abrir la puerta, Anthony la cerró de nuevo de golpe, sin apartar la mirada de ella ni por un instante.

—¿Cómo,milady? —repitió.

—Como…—repitió Kate. Casi había olvidado qué le preguntaba.

—¿Cómo—repitió una vez más, con una voz gélida como el hielo pero intensa y fervorosa como una llama— planeas prepararte para la noche de bodas?

—No…no lo he considerado aún —fue su respuesta.

—Eso pensaba. —Soltó la manilla de la puerta, y esta se abrió de par en par. Aparecieron los rostros de dos lacayos que, obviamente, se esforzaban

como ella era capaz de adivinar que las acciones y reacciones de Anthony cuando la besaba eran buena prueba de su deseo. Él le enseñaría lo que debía hacer, de eso no tenía duda.

Lo que la asustaba…

Lo que la asustaba…

Sintió que el nudo en la garganta la asfixiaba, que se atragantaba. Se llevóel puño a la boca, mordió el nudillo para calmar su estómago, como si aquello pudiera aliviar el espantoso malestar en sus tripas.

—¡Dios mío! —susurró Anthony cuando llegaron al rellano—. Estás aterrorizada.

—No—mintió.

Él la cogió por los hombros y le dio media vuelta para tenerla de cara y poder mirarla profundamente a los ojos. Con una maldición, le cogió la mano y la llevó hasta el dormitorio.

—Necesitamos un poco de intimidad.

Al entrar en la alcoba, una habitación masculina con ricos detalles, decorada de forma exquisita en tonos borgoñas y dorados, le puso las manos en las caderas e inquirió:

—¿Note ha hablado tu madre acercade…ah…de…?

De no haber estado tan nerviosa, Kate se habría reído de sus intentos fallidos.

—Por supuesto—seapresuró a responder—. Mary me lo ha explicado todo.

—Entonces ¿cuál es el problema? —Volvió a maldecir, luego se disculpó—.Te ruego que me perdones —dijo en tono tenso—. Ya sé que no es la

con una voz ahogada que sonaba muy peculiar—. ¿Me tienes miedo? ¿Te repugno?

Kate sacudió la cabeza de un modo frenético, incapaz de creer que pudiera pensar que alguna mujer le encontrara repulsivo.

—Explícame —le susurró y apretó los labios contra su oreja—. Explícame cómo hacerlo bien. Porque no creo que pueda concederte ese aplazamiento. —Amoldó su cuerpo al de ella, sus fuertes brazos la abrazaron mientras gemía—: No puedo esperar una semana, Kate. Así de sencillo, no puedo.

—Yo…—Kate cometió el error de alzar la vista y mirarle a los ojos. Olvidó todo lo que tenía que decir. La estaba mirando con una intensidad ardiente que encendió un fuego en el centro de su ser, la dejó sin aliento, ansiosa, desesperada por algo que no entendía del todo.

Y sabía que no podía hacerle esperar. Si examinaba su propia alma y miraba con sinceridad, sin engañarse, tenía que admitir que ella tampoco quería esperar.

¿Y qué sentido podía tener? Tal vez él nunca llegara a amarla. Tal vez el deseo de Anthony nunca estuviera centrado con tal firmeza en ella como el de Kate en él.

Podía fingir. Y cuando la estrechó en los brazos y apretó los labios contra

su piel, le pareció tan, tan fácil fingir…

—Anthony —susurró, su nombre sonaba como una bendición, un ruego y un rezo, todo al mismo tiempo.

—Cualquier cosa —contestó él con voz irregular y se dejó caer de rodillas ante ella, dejando el rastro ardiente de sus labios por toda su piel mientras sus

¡Ya está hecho! La señorita Sheffield es ahora Katharine, vizcondesa de Bridgerton.

Esta autora expresa sus mejores deseos a la feliz pareja. La gente sensata y honorable escasea, sin duda, entre nuestra elite aristocrática, por lo cual resulta de lo más gratificante ver unidos en matrimonio a dos ejemplares de esta especie tan poco frecuente.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

16 de mayo de 1814

Hasta ese momento, Anthony ni siquiera se había percatado de cuánto necesitaba que ella dijera que sí, que admitiera su necesidad. La abrazó con firmeza, apretó su mejilla contra la suave curva de su vientre. Incluso con su traje de novia olía a lirios y jabón, aquella fragancia que le enloquecía y le

obsesionaba desde hacía semanas.

—Tenecesito—sequejó, no demasiado seguro de si sus palabras se perdían entre las capas de seda que aún la separaban deél—.Te necesito ahora.

Se puso en pie y la levantó en sus brazos. Fue sorprendente los pocos pasos que necesitó para alcanzar la cama de cuatro postes que dominaba el dormitorio. Nunca antes había llevado a una mujer hasta ahí, siempre había preferido llevar sus relaciones a otro sitio, y de pronto aquello le regocijó de un modo absurdo.

ojal, y su deseo se multiplicó por diez al advertir que Kate sacaba la lengua para humedecerse los labios.

Ella le deseaba. Conocía suficientes mujeres que no lo disimulaban. Y para cuando acabara la noche, ella ya no podría vivir sin él.

La posibilidad de que él no pudiera vivir sin ella era algo que se negaba a considerar. Lo que ardía en el dormitorio y lo que susurraba su corazón eran cosas diferentes. Él podía mantenerlas separadas. Lo haría.

Tal vez no quisiera amar a su esposa, pero aquello no significaba que no pudieran disfrutar con plenitud uno del otro en la cama.

Deslizó las manos hasta el botón superior de sus pantalones y lo desabrochó, pero entonces se detuvo. Ella aún estaba completamente vestida, y aún era completamente inocente. Todavía no estaba lista para contemplar la prueba de su deseo.

Se subió a la cama y, como un gato montés, avanzó poco a poco, se aproximó centímetro a centímetro hasta que los codos sobre los que Kate se sostenía flaquearon y ella se quedó tumbada de espaldas, mirándole desde abajo. Su respiración acelerada y superficial salía por sus labios entreabiertos.

No había nada, decidió, más impresionante que el rostro de Kate ruborizado por el deseo. Su cabello oscuro, sedoso y espeso, había empezado a soltarse de las horquillas y ganchos que mantenían en su sitio el elaborado tocado nupcial. Sus labios, un poco demasiado carnosos según los cánones de belleza convencionales, habían adquirido un color rosado oscuro bajo la luz

oblicua del atardecer. Y su piel… nunca le había parecido tan perfecta, tan luminiscente. Un pálido rubor teñía sus mejillas, negándole el cutis blanco que las damas que seguían la moda siempre parecían desear. Pero Anthony

Negó con la cabeza, su voz sonó entrecortada al contestar:

—Elcorte del vestido no lo permitía.

Un lado de la boca de Anthony se elevó formando una sonrisa muy varonil.

—Recuérdame que envíe una gratificación a tu modista.

La mano bajó aún más, cogió uno de los pechos y lo apretujó con suavidad. Sintió que un gemido de deseo ascendía dentro de él mientras escuchaba un gimoteo similar que escapaba de los labios de Kate.

—¡Quépreciosidad! —murmuró. Retiró la mano y se dedicó a acariciarla con la mirada. Nunca se le había ocurrido pensar que pudiera producir tanto placer el simple acto de contemplar a una mujer. Hacer el amor siempre había tenido que ver con tocar y saborear, y ahora, por vez primera, la vista resultaba igual de seductora.

Era tan perfecta, era tan absolutamente hermosa paraél…Notó que le producía una sensación de satisfacción bastante extraña y primitiva el hecho de que la mayoría de hombres estuvieran ciegos a su belleza. Era como si cierto lado de ella solo fuera visible para él. Le encantaba que sus encantos quedaran ocultos al resto del mundo.

La hacía parecer más suya.

De repente estuvo ansioso porque ella le tocara también, de modo que le cogió una de las manos, todavía envuelta en el guante de satén, y se la llevó al pecho. Pudo sentir el calor de su piel incluso a través del tejido, pero no era suficiente.

—Quiero sentirte —susurró, y luego le quitó los dos anillos que llevaba en el dedo anular. Los dejó en el hueco que formaban sus pechos, un espacio

Kate, como respuesta, sintió un tirón de deseo por todo el brazo que estremeció luego su pecho y se propagó por ella hasta acumularse ardiente y misterioso en su interior y entre sus piernas. Algo despertaba dentro de ella, algo oscuro y tal vez un poco peligroso, algo que había permanecido aletargado durante años, a la espera de un solo beso de este hombre.

Toda su vida había sido una preparación para este momento, ni siquiera sabía qué esperar a continuación.

La lengua de Anthony descendió por la longitud interior de su dedo, luego siguió las líneas de la palma de la mano.

—¡Quémanos tan preciosas! —murmuró mientras mordisqueaba la parte carnosa del pulgar y entrelazaba sus dedos con los de ella—. Fuertes, y no

obstante tan graciosas y delicadas.

—¡Quétonterías dices! —dijo Kate con timidez—. Mis manos…Pero él la calló con un dedo sobre los labios.

—Shhh —reprendió—. ¿Aún no has aprendido que no deberías llevar la contraria a tu esposo mientras este admira tus formas?

Kate tembló de deleite.

—Por ejemplo —continuó, con toda la malicia del mundo—, si quiero pasar una hora examinando el interior de tu muñeca —sus dientes, con velocidad de relámpago, rozaron la delicada y delgada piel del interior de la muñeca— está claro que estoy en mi derecho, ¿no te parece?

Kate se quedó sin respuesta, y él soltó una risita, de sonido grave y afable a los oídos de ella.

—Yno confíes en que no vaya a hacerlo —advirtió mientras empleaba el dedo para seguir las venas azules que pulsaban debajo de la piel—. Podría

divertida.

Anthony arqueó una ceja con gesto imperioso.

—¿Estádiscutiendo conmigo, milady? Y en mi noche de bodas ni más ni menos.

—También es mi noche de bodas —aclaró Kate.Él chasqueó con la lengua y sacudió la cabeza.

—Tal vez tenga que castigarla—dijo—.Pero ¿cómo? ¿Tocando? —Sus manos pasaron rozando un pecho, luego el otro—. ¿O sin tocar?

Apartó las manos de su piel, pero se inclinó hacia abajo y, desde sus labios fruncidos, lanzó un suave soplido por encima del pezón.

—Tocando —respondió Kate con un jadeo. Arqueó un poco el cuerpo separándose del colchón—. Sin duda tocando.

—¿Seguro? —Sonrió, despacio, como un gato—. Nunca había pensado que diría esto, pero sin tocar tiene su encanto.

Kate se quedó mirándole y él se elevó sobre ella colocándose a cuatro patas como un cazador primitivo que se prepara para caer sobre su presa. Parecía salvaje, triunfante y poderosamente posesivo. Su espeso pelo castaño caía sobre su frente, y le daba un peculiar aire juvenil, pero sus ojos ardían y relucían con un deseo muy adulto.

La quería. Era cautivador. Aunque fuera un hombre que podía encontrar satisfacción en cualquier mujer, en este preciso instante la deseaba a ella. Kate estaba convencida.

Y la hacía sentir la mujer más hermosa de la Tierra.

Envalentonada por el conocimiento de su deseo, alzó un brazo para colocarle una mano en la nuca y atraerle hacia abajo hasta que sus labios

hacia arriba y sacar el vestido por debajo. Kate soltó un resuello ante una situación tan íntima. Se había quedado vestida solo con su ropa interior:

calzas, medias y ligas. Nunca en su vida se había sentido tan expuesta, y no

obstante le encantó cada momento, cada mirada de él recorriendo su cuerpo.—Levanta la pierna —ordenó Anthony con voz suave.

Lo hizo, y con una lentitud exquisita y agonizante al mismo tiempo, él recogió una de las medias hasta la punta del pie. La otra no tardó en quedar recogida también, las calzas vinieron a continuación y, casi sin darse cuenta, estaba desnuda por completo ante él.

Anthony le acarició el estómago apenas rozándola con la mano, y luego dijo:

—Creo que llevo demasiada ropa, ¿no te parece?

Los ojos de Kate se agrandaron cuando él se retiró de la cama y se quitó el resto de la ropa. Su cuerpo era pura perfección, con un pecho de excelente

musculatura, piernas y brazos poderosos, ysu…—Oh, Dios mío —soltó Kate con un resuello. Anthony puso una mueca.

—Metomo eso como un cumplido.

Kate tragó saliva con fuerza. No era de extrañar que aquellos animales de la granja vecina no dieran muestras de disfrutar del acto de procreación. Al menos las hembras. Le costaba creer que esto fuera a funcionar.

Pero no quería parecer ingenua o insensata, de modo que no dijo nada, o sea, que se limitó a tragarse el temor e intentó sonreír.

Anthony captó no obstante la llamarada de terror en sus ojos y sonrió con ternura.

fantástico.

Mientras exploraba la boca de Kate con sus labios y lengua, bajó aún más la mano, hasta que alcanzó el calor húmedo de su condición de mujer. Ella jadeó una vez más, pero él fue implacable, no paró de hacerle cosquillas y martirizarla, gozando de cada uno de sus gemidos y escalofríos.

—¿Quéestás haciendo? —susurró ella contra sus labios.

Anthony le dedicó una sonrisa torcida, mientras introducía con suavidad uno de sus dedos.

—¿Note hago sentir muy, pero que muy bien?

Ella gimoteó, lo cual complació mucho a Anthony. Si Kate hubiera intentado decir algo ininteligible, él habría sabido que no estaba haciendo bien su trabajo.

Se puso encima de ella, con el muslo le separó las piernas y soltó él también un gemido cuando su miembro viril descansó sobre la cadera de Kate. Incluso así, le resultaba perfecta y casi reventaba con solo pensar en hundirse en ella.

Intentó mantener el control, intentó no olvidar ir despacio y con ternura en todo momento, pero su necesidad cada vez era más fuerte, su propio aliento se aceleraba y entrecortaba.

Kate estaba lista para él, o al menos todo lo lista que iba a estar. Sabía que esta primera vez le produciría dolor, pero rogó para que no durara más que un momento.

Se acomodó contra su abertura empleando ambas manos para sostener su cuerpo tan solo unos pocos centímetros por encima. Pronunció su nombre con

propio pecho.—¿Duele?

Kate negó con la cabeza.

—No, me refería a que te diré si me duele. No duele, pero es tan…peculiar.

Anthony disimuló una sonrisa y se agachó para besarle la punta de la nariz.

—Norecuerdo que me llamaran «peculiar» nunca antes al hacerle el amor a una mujer.

Durante un momento dio la impresión de que Kate tuviera miedo de haberle insultado, luego su boca tembló hasta formar una leve sonrisa.

—Tal vez —dijo con voz suave— hicieras el amor con las mujeres equivocadas.

—Tal vez sea eso —contestó y se adelantó un centímetro más.—¿Puedo contarte un secreto?

Él avanzó un poco más.

—Por supuesto —murmuró.

—Cuando te he visto por primera vez… esta noche, quiero decir…

—¿Entodo mi esplendor? —bromeó él mientras arqueaba las cejas con gesto arrogante.

Kate le dedicó una expresión de reprobación de lo más encantadora.—Pensé que no era posible que esto funcionara.

Él continuó un poco más. Faltaba poco, muy poco, para encontrarse alojado por completo dentro de ella.

—¿Puedo decirte yo un secreto? —fue la respuesta.

Durante un instante ella no dijo nada, luego Anthony notó el sobresalto de sorpresa cuando por fin adivinó qué le estaba preguntando en realidad.

—¿Yahemos acabado? —preguntó con clara incredulidad. Esta vez sí que estalló en risas.

—Nada más lejos, mi querida esposa —soltó entre carcajadas mientras se secaba los ojos con una mano y con la otra intentaba sostenerse—. Nada más lejos. —Puso cara seria y añadió—: ahora es cuando puede doler un poco, querida. Pero te prometo que el dolor no volverá a repetirse.

Ella asintió con la cabeza, pero Anthony notó que su cuerpo se ponía en tensión, algo que sabía solo iba a empeorar las cosas.

—Shhh —canturreó—. Relájate.

Ella hizo un gesto afirmativo con los ojos cerrados.—Estoy relajada.

Se alegró de que no pudiera verle sonreír.—Esindiscutible que no estás relajada. Kate abrió de repente los ojos.

—Estoy relajada.

—Nopuedo creerlo —dijo Anthony, como si hubiera alguien más en la habitación que pudiera oírle—. Estás discutiendo conmigo en nuestra noche de bodas.

—Síque…

La interrumpió con un dedo sobre sus labios.—¿Tienes cosquillas?

—¿Cosquillas?

Él confirmó la pregunta con la cabeza.

—¿Aúnno hemos acabado, verdad?

Él negó despacio con la cabeza mientras su cuerpo empezaba a moverse siguiendo aquel ritmo ancestral.

—Para nada —murmuró.

Le tomó la boca con los labios mientras colocaba estratégicamente una mano en su pecho para acariciarlo. Era todo perfección debajo de él, sus caderas se alzaban para encontrar las de él, al principio con vacilación, luego con un vigor a tono con su creciente pasión.

—Oh, Dios, Kate —gimió él. Había perdido del todo la habilidad de formar frases fluidas en medio del primitivo ardor del momento.

—¡Cómome gustas! ¡Cómo me gustas!

La respiración de Kate era cada vez más rápida, y con cada pequeño jadeo inflamaba más la pasión de Anthony. Quería poseerla, quería ser su amo, quería mantenerla debajo de él y no dejarla ir nunca. Y con cada embestida era más difícil anteponer las necesidades de ella a las suyas. Su mente aullaba que era su primera vez y que tenía que tratarla con mimo, pero su cuerpo pedía una liberación.

Con un quejido entrecortado, se obligó a detener las embestidas y tomar aliento.

—¿Kate? —inquirió, casi sin reconocer su propia voz. Sonaba ronca, distante, desesperada.

Kate, que había mantenido los ojos cerrados mientras la cabeza le iba de un lado a otro, los abrió de golpe.

—Nopares —dijo entre jadeos—, por favor, no pares. Estoy tan cerca de

algo… no sé de qué.

fibra de su cuerpo estaba concentrada en el rostro de Kate, compungido, entristecido, pese a los evidentes intentos de disimularlo.

—Mehas llamado «hermosa».

Él siguió mirándola durante diez segundos. No entendía en absoluto por qué aquello era malo. Pero, claro, nunca había pretendido entender la mente femenina. Aunque pensaba que debía reafirmarse en aquella declaración, una vocecilla en su interior le advirtió de que este era uno de esos momentos en los que, dijera lo que dijera, no iba a ser lo acertado, de modo que decidió ir con mucho tiento. Se limitó a pronunciar su nombre, tenía la intuición de que aquella sería la única palabra que garantizaría que no iba a meter la pata.

—Nosoy hermosa —susurró mirándole a los ojos. Parecía desconsolada, pero antes de que Anthony pudiera contradecirla, le preguntó—: ¿En quién piensas?

Él pestañeó.

—Perdón, ¿cómo has dicho?

—¿Enquién piensas cuando me haces el amor?

Anthony se sintió como si acabara de recibir un puñetazo en la tripa. El aliento salió de su cuerpo con una larga exhalación.

—Kate, estás loca, eres…

—Séque a un hombre no le hace falta desear a una mujer para encontrar placer en ella —lloriqueó.

—¿Piensas que no te deseo? —preguntó con voz irregular. Dios bendito, estaba a punto de explotar dentro de ella y llevaba ya los últimos treinta segundos sin poder moverse.

bien, te deseaba. Es la cosa más demencial, arrebatadora, deplorable sí, pero es así. Y si oigo un solo disparate más saliendo de tus labios, tendré que atarte a la cama y convencerte a mi manera, lo intentaré de mil formas hasta que de una vez por todas te entre en ese cráneo estúpido que eres la mujer más hermosa y deseable de Inglaterra, y si los demás no se dan cuenta es que son una pandilla de necios.

Kate no pensaba que alguien pudiera quedarse boquiabierto estando tumbado, pero de alguna manera fue posible.

Anthony arqueó una de sus cejas con la expresión más arrogante que su rostro pudiera adoptar.

—¿Entendido?

Ella se quedó mirándole, era totalmente incapaz de articular una respuesta.

Anthony se agachó hasta que su nariz quedó a un centímetro de su cara.—¿Entendido?

Kate hizo un gesto afirmativo.

—Bien —masculló y, luego, antes de darle ocasión de recuperar el aliento, sus labios la devoraron con un beso tan fiero en la boca que Kate tuvo que agarrarse a la cama para no ponerse a chillar. Él empujó sus caderas contra ella y adoptó un desenfrenado ritmo, embistió con poder, girando y precipitándose sobre Kate hasta dejarla convencida de su apasionamiento.

Ella se agarró a Anthony, aunque no estaba segura de si intentaba abrazarle o apartarle.

—No puedo seguir —gimió, segura de que iba romperse. Tenía los músculos rígidos, tensos, cada vez era más difícil respirar.

tanto… nunca me había gustado tanto.

Kate, que tardó unos segundos más en recuperarse, sonrió mientras le alisaba el pelo. Se le ocurrió una idea traviesa, un pensamiento juguetón.

—¿Anthony? —murmuró.

Ella no supo cómo consiguió él levantar la cabeza, dio la impresión de que el mero hecho de abrir los ojos y gruñir una respuesta requería un esfuerzo heroico.

Kate sonrió, despacio, con toda la seducción femenina que acababa de aprender aquella noche. Dejó que uno de sus dedos siguiera la línea angular de la mandíbula de Anthony y susurró:

—¿Yahemos acabado?

Durante un segundo él no dijo nada, luego sus labios formaron una sonrisa mucho más maliciosa de lo que ella podría haber imaginado nunca.

—Por ahora —murmuró con voz ronca. Se puso de costado y la atrajo haciaél—.Pero solo por ahora.

Aunque el apresurado matrimonio de lord y lady Bridgerton (antes señorita Katharine Sheffield, para todos aquellos que hayan estado hibernando durante las pasadas semanas) aún estárodeado de especulaciones, esta autora es de la firme opinión de que su unión ha sido una boda por amor. El vizconde de Bridgerton no acompaña a su esposa a todos los actos sociales (aunque, claro, ¿qué esposo lo hace?), pero cuando estápresente, a esta autora no le ha pasado por alto que siempre parece murmurar algo al oído de su dama, y que ese algo siempre la hace sonreír y sonrojarse a ella.

Es más, siempre baila con su esposa un baile más de lo que se considera de rigueur. Teniendo en cuenta que a muchos maridos no les gusta bailar ni una sola vez con sus mujeres, se puede afirmar que estamos ante una historia romántica.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

10 de junio de 1814

Las próximas semanas se sucedieron en un frenesí delirante. Tras una breve estancia en el campo, en Aubrey Hall, los recién casados regresaron a Londres, donde era plena temporada. Kate había confiado en aprovechar las tardes para reanudar sus lecciones de flauta, pero no tardó en descubrir que requerían su presencia continuamente y que sus días estaban ocupados con

mañanas a la semana. Considerando el nivel de interpretación (no muy experto) que había alcanzado Kate, el gesto voluntarioso de Anthony de sentarse durante todo un ensayo de media hora solo podía interpretarse como una muestra de gran afecto.

Por supuesto, a ella no le pasó por alto que nunca volvió a repetirlo.

Su existencia era de lo más agradable, con un matrimonio mucho mejor de lo que la mayoría de mujeres de su posición podían esperar. Aunque su marido no la amara, aunque nunca la amara, al menos se esforzaba mucho por hacer que se sintiera querida y apreciada. Y por el momento Kate estaba siendo capaz de contentarse con eso.

Y si él parecía distante durante el día, bien, estaba claro que no lo era por la noche.

Sin embargo, el resto de la sociedad, y Edwina en particular, se habían metido en la cabeza que el matrimonio de lord y lady Bridgerton era una boda por amor. Edwina solía venir de visita por las tardes y aquel día no era una excepción. Ella y Kate estaban sentadas en el salón, sorbiendo té y mordisqueando galletas, disfrutando de un raro momento de intimidad ahora que Kate había despedido al enjambre diario de visitas.

Por lo visto, todo el mundo quería ver cómo le iba a la nueva vizcondesa, y el salón de Kate casi nunca estaba vacío por la tarde.

Newton se había encaramado al sofá al lado de Edwina, y esta le acariciaba el pelo con despreocupación mientras decía:

—Todo el mundo habla hoy de ti.

Kate ni siquiera hizo una pausa mientras se llevaba el té a los labios y daba un sorbo.

Edwina miraba con desconfianza.—¿Ylo hizo?

—¿Elqué?

—Decirte algo —continuó Edwina con exasperación palpable—. Acabas de decir que estabas convencida de que tenía que contarte algo. Si fuera ese el caso, ¿no te habría contado lo que tuviera que decir? Y tú sabrías lo que tenía que contarte, ¿conforme?

Kate pestañeó.

—Edwina, me estás mareando.

Los labios de la hermana menor formaron un gesto contrariado.—Nunca me cuentas nada.

—¡Nohay nada que contar, Edwina! —Kate estiró el brazo, cogió una galleta y le dio un bocado grande y burdo, lo bastante como para que su boca estuviera demasiado llena para hablar. ¿Qué se suponía que iba a contarle a su hermana? ¿Que antes de casarse su esposo le había informado de forma muy directa y práctica de que nunca la amaría?

Aquello sí que sería una charla de lo más encantadora mientras tomaban té y galletas.

—Bien —anunció por fin Edwina, después de observar a Kate masticando durante todo un minuto, algo francamente inverosímil—. Yo en realidad tenía

otro motivo para venir hoy aquí. Hay algo que quiero decirte. Kate tragó saliva con gesto agradecido.

—¿Deveras?

Edwina hizo un gesto de asentimiento y luego se sonrojó.

con voz irónica—. Comprometiéndote en matrimonio y todo eso.

Kate hizo una mueca, de esas que solo se puede poner delante de una hermana.

—Háblame de este señor Bagwell.

Los ojos de Edwina se llenaron de afecto y brillo.

—Esun segundo hijo, me temo, de modo que no puede esperar muchos ingresos familiares. Pero ahora que tú has hecho una boda tan buena, ya no tengo que preocuparme por eso.

Kate sintió que le saltaban a los ojos unas lágrimas inesperadas. No se había percatado de la presión a la que Edwina se había sentido sometida al principio de temporada. Ella y Mary habían tenido la preocupación de asegurarle que podía casarse con cualquiera que le gustara, pero las tres conocían con exactitud el estado de sus finanzas, y desde luego todas ellas habían hecho bromas acerca de que tan fácil era enamorarse de un hombre rico como de uno pobre.

Solo hacía falta echar un vistazo a Edwina para darse cuenta de que le habían quitado de encima una gran carga.

—Mealegro de que hayas encontrado a alguien que haga buena pareja contigo —murmuró Kate.

—Oh, eso es cierto. Sé que no iremos muy holgados económicamente, pero, la verdad, no necesito sedas y joyas.—Sumirada se detuvo sobre el centelleante diamante en la mano de Kate—. ¡Tampoco es que piense que a ti te hagan falta, por supuesto! —se apresuró a añadir mientras su rostro

enrojecía—. Es solo que…

—Megusta de verdad —susurró.

—Entonces estoy segura de que a mí también me gustará —dijo con firmeza su hermana—. ¿Cuándo puedo conocerle?

—Va a estar en Oxford la próxima quincena, me temo. Tiene compromisos contraídos que no quiero que desatienda por mi causa.

—Por supuesto que no —murmuró Kate—. Seguro que no quieres casarte con un caballero que no sepa cumplir con sus compromisos.

Edwina expresó su conformidad.

—Detodos modos, he recibido una carta suya esta mañana, y dice que vendrá a Londres a finales de mes y que confía en poder hacerme una visita.

Kate sonrió con malicia.—¿Yate envía cartas?

Edwina hizo un gesto de asentimiento y se sonrojó.—Varias a la semana —admitió.

—¿Ya qué estudios se dedica?

—Arqueología. Tiene un gran talento. Ha estado en Grecia. ¡Dos veces! Kate nunca había pensado que fuera posible que su hermana—yafamosa

en todo el país por su belleza— estuviera aún más encantadora de lo habitual, pero cuando Edwina hablaba de ella y del señor Bagwell, su rostro resplandecía de un modo tan radiante que causaba impacto.

—Memuero de ganas de conocerle —anunció Kate—. Tenemos que

organizar una cena informal con él como invitado de honor.—Sería maravilloso.

—Ytal vez los tres podamos ir a dar un paseo por el parque otro día para conocernos mejor. Ahora que soy una madura dama casada, puedo

—,pero creo que mejor me tomo un brandy.

Kate le observó mientras se servía una copa, que a continuación hizo girar en su mano con aire distraído. Eran estos los momentos en que a ella le costaba apartar la vista de su amor. Él estaba tan apuesto a última hora de la

tarde… No estaba segura del motivo; tal vez era el leve atisbo de barba en sus mejillas o el hecho de que tuviera el pelo un poco despeinado por su actividad durante el día. O tal vez era, sencillamente, porque no le veía con frecuencia a esas horas; en una ocasión leyó un poema que decía que el momento inesperado era siempre el más dulce.

Mientras Kate contemplaba a su esposo, pensó que era probable que aquel poema tuviera razón.

—Y bien —dijo Anthony tras dar un sorbo a su bebida—, ¿de quéhablaban las señoras?

Kate miró a su hermana para pedirle permiso para comunicar las últimas noticias, y cuando Edwina hizo un gesto afirmativo, dijo:

—Edwina ha conocido a un caballero que le gusta.

—¿Deveras? —preguntó Anthony. Sonó interesado, con un tono paternal muy peculiar. Se acomodó en el brazo del sillón de Kate, un mueble informal muy mullido que no seguía en absoluto las modas del momento, pero muy apreciado de todos modos entre la familia Bridgerton por su comodidad poco habitual—. Me gustaría conocerle —añadió.

—¿Deverdad? —Edwina pestañeó como un búho—. ¿Querría?

—Por supuesto. De hecho, insisto en ello.—Alver que ninguna de las damas hacía más comentarios, frunció un poco el ceño y añadió—: Soy el

Kate se volvió a Anthony y explicó:

—Edwina y tu hermana se han hecho íntimas amigas desde nuestro matrimonio.

—Dios nos ayude —dijo entre dientes—. Y, si puedo preguntar, ¿de quépodría quejarse Eloise?

Edwina sonrió con gesto inocente.

—Oh, de nada, de verdad. Solo que, a veces, puede ser un poquito…demasiado protector.

—Eso es ridículo —refunfuñó.

Kate se atragantó con el té. Tenía la impresión de que cuando sus hijas estuvieran en edad de casarse, Anthony se convertiría al catolicismo solo para poder encerrarlas en un convento con paredes de cuatro metros.

Anthony le echó una ojeada con los ojos entrecerrados.—¿Dequé te ríes?

Kate se dio unos golpecitos en la boca con la servilleta y musitó desde debajo de los pliegues de la tela:

—Denada.—¡Buf!

—Eloise dice que parecía un policía cuando Simon cortejó a Daphne—explicó Edwina.

—Oh, ¿eso dice?

Edwina asintió con la cabeza.

—¡Dice que se batieron en duelo los dos!

—Eloise habla demasiado —masculló Anthony. Edwina asintió feliz con la cabeza.

quedado dormido tan tranquilo junto a ella en el sofá. Soltó un gemido

ofendido y se dejó caer pesadamente al suelo, donde enseguida se enrollódebajo de la mesa.

Edwina observó al perro y soltó una risita antes de decir:

—Tengo que marcharme. No, no hace falta que me acompañes a la puerta—añadiócuando Kate se levantó para acompañarla a la puerta de la entrada—.Conozco el camino.

—Tonterías —dijo Kate y cogió a su hermana del brazo—. Anthony, vuelvo enseguida.

—Contaré cada segundo —murmuró él, y entonces, mientras daba otro sorbo a la copa, las dos damas salieron de la habitación seguidas de Newton que ladraba con entusiasmo por suponer, lo más seguro, que alguien iba a llevarle a dar un paseo.

Una vez que se fueron las dos hermanas, Anthony se acomodó en el mullido sillón que Kate acababa de dejar vacío. Aún estaba caliente de su cuerpo, le pareció que aún podía oler su aroma en la tapicería. Más jabón que lirios esta vez, pensó mientras olisqueaba con cuidado. Tal vez los lirios eran algún perfume, algo que se ponía por la noche.

No estaba del todo seguro de por qué había regresado a casa esa tarde, la verdad era que no tenía esa intención. Contrariamente a lo que había estado contando a Kate, sus muchas reuniones y responsabilidades no requerían pasar todo el día fuera de la casa; unas cuantas de sus citas podrían haberse programado con facilidad en su casa. Y pese a que, desde luego, era un hombre muy ocupado —nunca había aprobado el estilo de vida indolente de

su mujer por haber pasado una tarde en su presencia. Tampoco era que pensara que corría el peligro de enamorarse de ella, lo más mínimo, se recordó con severidad. Llevaba casi un mes casado y había conseguido por fortuna mantener su vida libre de tales enredos. No había motivos para pensar que no podría mantener esta situación de forma indefinida.

Anthony, bastante complacido consigo mismo, dio otro sorbo al brandy y alzó la vista para mirar a Kate cuando la oyó entrar de nuevo en la habitación.

—Creo que Edwina sí que podría estar enamorada —dijo con todo el rostro iluminado por una sonrisa radiante.

Como respuesta, Anthony sintió cierta tensión en el cuerpo. En sí era bastante ridículo, aquella manera que tenía de reaccionar a sus sonrisas. Sucedía siempre y era una molestia, ¡qué diantre!

Bien, no siempre era una molestia. No le importaba mucho cuando podía hacerle una carantoña y luego acababan en el dormitorio.

Pero era obvio que la mente de Kate no incurría en tanto atrevimiento como la suya, ya que ella prefirió sentarse en la silla situada enfrente, pese a que había espacio suficiente para los dos en su asiento, sobre todo teniendo en cuenta que no les importaba apretujarse el uno al lado del otro. Hubiera sido mejor incluso la silla que quedaba en diagonal junto a la de Anthony; al menos podría haberla levantado de un tirón y haberla sentado sobre su regazo. Si intentaba una maniobra de este tipo estando como estaba ella sentada al

otro lado de la mesa, tendría que arrastrarla por en medio del juego de té. Anthony entrecerró los ojos para evaluar la situación, intentó adivinar con

exactitud cuánto té se derramaría sobre la alfombra, y luego cuánto costaría

a cenar alguna noche. Para ver si hacen buena pareja. Nunca antes la he visto tan interesada por un joven, y quiero de veras que sea feliz.

Anthony estiró el brazo para coger una galleta. Tenía hambre, y había renunciado a cualquier perspectiva de conseguir sentar a su esposa sobre su regazo. Aunque, por otro lado, si conseguía apartar tazas y platillos y tirar de

ella por encima de la mesa, tal vez no tuviera consecuencias tan desastrosas…De forma furtiva, empujó a un lado la bandeja con el juego de té.

—¿Hum? —Masticó la galleta—. Oh, sí, por supuesto. Edwina se merece ser feliz.

Kate le observó con recelo.

—¿Estásseguro de que no quieres un poco de té con las galletas? No soy demasiado aficionada al brandy, pero imagino que el té le irá mejor a una galleta.

De hecho, Anthony pensaba que el brandy iba bastante bien con las galletas, pero desde luego creyó preferible para todos vaciar un poco la tetera, por si acaso luego la volcaba.

—Una idea fantástica —dijo al tiempo que cogía una taza y se la pasaba a ella—. Es lo que me hace falta. No imagino por qué no lo he pensado antes.

—Yotampoco lo imagino —murmuró Kate con mordacidad, si es que era posible murmurar con mordacidad. Después de oír el sarcasmo pronunciado en voz baja por su esposa, Anthony pensó que en efecto era posible.

Pero se limitó a dedicarle una sonrisa jovial cuando estiró el brazo para coger la taza de té que le tendía.

—Gracias —dijo tras verificar que le había servido leche. Así era, lo cual no le sorprendió; ella recordaba muy bien ese tipo de detalles.

—¿Queda té suficiente para tomar otra taza? —preguntó con toda la indiferencia que pudo aparentar.

—Sino es así, estoy segura de que puedo pedir al cocinero que prepare

otra tetera.

—Oh, no, estoy convencido de que no va a ser necesario —exclamó, aunque quizá lo dijo en un tono demasiado alto—. Me tomaré lo que haya quedado.

Kate apuró la tetera hasta que los últimos posos de té giraron en la taza de Anthony. Le puso una pequeña dosis de leche y luego se la tendió en silencio, aunque el arco de sus cejas decía mucho.

Mientras él daba sorbos al té —tenía la tripa demasiado llena como para tragárselo tan deprisa como la última taza—, Kate se aclaró la garganta y preguntó:

—¿Conoces al novio de Edwina?—Nisiquiera sé quién es.

—Oh, lo siento. Debo de haber olvidado mencionar su nombre. Es el señor Bagwell. No sé su nombre de pila, pero Edwina ha dicho que es un segundo hijo, si sirve de algo. Le conoció en la fiesta de tu madre.

Anthony negó con la cabeza.

—Nunca he oído hablar de él. Lo más probable es que sea uno de los pobres tipos a los que invitó mi madre para igualar el número de invitados masculinos y femeninos. Mi madre invitó a un montón terrible de mujeres. Siempre lo hace, con la esperanza de que uno de nosotros se enamore, pero luego tiene que buscar un grupo de hombres poco interesantes para igualar la cifra.

—Bien, eso le pasaría a cualquiera. Anthony sonrió.

—Sabía que había algo de mezquina en ti.

—¡Noestoy siendo mezquina! —protestó Kate. Pero su sonrisa era astuta—.No es más que la verdad.

—Por mí no te defiendas. —Se acabó el té. Estaba amargo y fuerte después de haber estado en la tetera tanto tiempo, pero la leche conseguía que casi supiera agradable. Dejó la taza y añadió—: Tu veta mezquina es una de las cosas que más me gustan de ti.

—Cielos —rezongó—. Creo que no me gustará saber qué es lo que menos te gusta.

Anthony hizo un gesto en el aire con la mano para restar importancia a aquello.

—Pero, volviendo a tu hermana y a su señor Bugwell…—Bagwell.

—Con lo que me gustaba…—¡Anthony!

No le hizo caso.

—Dehecho he estado pensando en que debería proporcionar una dote a Edwina.

La ironía de los hechos no le pasó desapercibida. Cuando él tenía intención de casarse con Edwina, había planeado proporcionar una dote a Kate.

Estudió a Kate para ver su reacción.

extrema, Kate se levantó de un brinco, saltó hasta el otro lado de la mesa y se echó en sus brazos, mientras el pesado dobladillo de su vestido de tarde se llevaba al suelo tres tazas, dos platillos y una cucharilla.

—¡Quétierno eres!—sesecó los ojos mientras se asentaba con firmeza sobre su regazo—. El hombre más bueno de todo Londres.

—Bueno, eso no lo sé —replicó él mientras deslizaba un brazo alrededor

de su cintura—. El más peligroso, quizás, o el más guapo…

—Elmás bueno —interrumpió ella con determinación mientras apoyaba su cabeza en el ángulo de su cuello—. Sin duda, el más bueno.

—Si insistes —murmuró. No podía quejarse del inesperado giro que daban los acontecimientos.

—¡Québien que hubiéramos acabado el té! —dijo Kate mirando las tazas que habían caído al suelo—. Podía haber sido un destrozo horrible.

—Oh, pues sí. —Sonrió para sus adentros mientras la estrechaba un poco más. Había algo cálido y cómodo en tener a Kate en los brazos. Sus piernas colgaban sobre el brazo del sillón y tenía la espalda apoyada en la curva del brazo de Anthony. Se adaptaban muy bien el uno al otro, comprendió. Tenía el tamaño perfecto para un hombre de sus proporciones.

Había muchas cosas de ella que eran igual de perfectas. Darse cuenta de ese tipo de cosas normalmente le aterrorizaba, pero en aquel momento se sentía tan feliz, rematadamente feliz, sentado allí y con ella en el regazo, que se negaba a pensar en el futuro.

—Teportas tan bien conmigo… —murmuró ella.

Anthony pensó en todas las veces que había evitado aposta regresar a casa, todas las veces que había dejado que ella se las arreglara solita, pero

—¿Qué?

—Pienso que nunca me ha interesado demasiado lady Mottram. ¿Y sabes qué más pienso?

Entonces oyó que intentaba que no se le escapara una risita.—¿Qué?

—Creo que deberíamos ir arriba.

—¿Esocrees? —Fingía ignorancia.

—Oh, pues sí. De hecho, en este mismo instante.

La muy pícara contoneó el trasero para determinar por sí misma la urgencia verdadera de él por ir arriba.

—Yaveo —murmuró con seriedad.Él le pellizcó la cadera con suavidad.

—Por lo que me ha parecido, deberías decir «ya lo noto».

—Bien, eso también —admitió—. Es bastante esclarecedor.

—Estoy seguro de que sí —musitó. Luego, con una sonrisa muy maliciosa, le empujó con suavidad la barbilla hasta que sus narices se quedaron pegadas—. ¿Y sabes qué más pienso? —preguntó con voz ronca.

Kate abrió los ojos.

—Nopuedo imaginarlo.

—Pienso —continuó mientras metía una mano debajo del vestido y la subía poco a poco por la pierna— que si no vamos arriba en este mismo instante, estaría contento quedándome aquí.

—¿Aquí?—chilló ella.

Encontró el extremo de las medias con la mano.—Aquí—repitió.

El baile anual de lady Mottram estuvo a reventar, como siempre, pero a los observadores seguro que no se les pasó por alto que lord y lady Bridgerton no hicieron aparición. Lady Mottram insistió en que habían prometido asistir, y esta autora solo puede especular sobre el motivo que retuvo a los recién

casados en casa…

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

13 de junio de 1814

Aquella noche, mucho más tarde, Anthony estaba echado de lado en la cama, sosteniendo contra su pecho a su mujer, quien se había acurrucado de espaldas contra él y en aquel instante dormía profundamente. Lo cual era una suerte, porque había empezado a llover.

Intentó empujar con suavidad las colchas sobre su oreja destapada para que no oyera las gotas que daban contra las ventanas, pero era tan inquieta cuando dormía como cuando estaba despierta, por lo tanto, no pudo estirar la colcha muy por encima del nivel de su cuello sin que ella se la sacudiera.

Aún no podía saberse si acabaría siendo una tormenta eléctrica, pero lo cierto era que la fuerza de la lluvia había aumentado y el viento soplaba cada vez con más intensidad, ahora aullaba en medio de la noche y producía un golpeteo de ramas contra un lado de la casa.

Kate estaba junto a Anthony cada vez más inquieta. Él le hacía sonidos tranquilizadores mientras le alisaba el pelo con la mano. La tormenta no la

igual que otros hombres aceptaban el resto de verdades que formaban el ciclo vital. Tras el invierno venía la primavera, y tras ella el verano. Para él, la muerte venía a ser lo mismo.

Hasta ahora. Había intentado negarlo, había intentado bloquear aquella inquietante noción de su mente, pero la muerte empezaba a mostrar una cara espantosa.

Su matrimonio con Kate había llevado su vida por otro derrotero, por mucho que intentara convencerse de que podía restringir el matrimonio a nada más que amistad y sexo.

Sentía un enorme afecto por ella. Se preocupaba demasiado por ella. Anhelaba su compañía cuando estaban separados, y soñaba con ella por la noche, pese a tenerla entre sus brazos.

No estaba preparado para llamarlo «amor», pero de todos modos era algo que le aterrorizaba.

Fuera lo que fuera aquello que ardía entre ambos, no quería que acabara. Lo cual era, por supuesto, la más cruel de las ironías.

Anthony cerró los ojos mientras soltaba un suspiro cansino y nervioso, preguntándose qué demonios iba a hacer para solventar la complicación que tenía allí mismo tumbada en la cama. Pero mientras pensaba, pese a tener los

ojos cerrados, vio el destello del relámpago que iluminó la noche y convirtióel negro del interior de sus párpados en un sangriento rojo anaranjado.

Tras abrir los ojos, vio que las cortinas se habían quedado un poco descorridas cuando se habían retirado a la cama más temprano aquella noche. Tendría que cerrarlas, al menos así los relámpagos no iluminarían la habitación.

daba tanta luz como para despertarla—almenos confiaba en eso—, pero al mismo tiempo la habitación no estaba en la más completa negrura.

Volvió a meterse en la cama y contempló a Kate. Seguía durmiendo, pero sin sosiego. Se había enrollado hasta formar una posición semifetal y su respiración era fatigosa. Los relámpagos no parecían molestarla demasiado, pero cada vez que la habitación era sacudida por un trueno, daba un respingo.

Le cogió la mano y le alisó el pelo, y durante varios minutos se limitó a permanecer a su lado, intentando tranquilizarla mientras dormía. Pero la intensidad de la tormenta iba en aumento, los truenos y relámpagos se sucedían uno tras otro sin tregua. La inquietud de Kate crecía por segundos, y luego, cuando un trueno especialmente sonoro explotó en el aire, abrió los

ojos de par en par, con el rostro convertido en una máscara de pánico total.—¿Kate? —susurró Anthony.

Se sentó y luego retrocedió con dificultad hasta que tuvo la columna pegada contra el sólido cabezal de la cama. Parecía una estatua de terror, su cuerpo rígido y paralizado en el sitio. Aún tenía los ojos abiertos, sin pestañear apenas, y aunque no movía la cabeza, los agitaba con frenesí de un lado a otro, examinando toda la habitación pero sin ver nada.

—Oh, Kate —susurró. Esto era peor, mucho peor de lo que ella había padecido aquella noche en la biblioteca de Aubrey Hall. Anthony percibía la fuerza del dolor que ella padecía atravesándole directamente el corazón.

Nadie debería sufrir un terror así. Y menos aún su esposa.

Moviéndose despacio para no sorprenderla, se dirigió hasta su lado, luego le puso con cuidado un brazo sobre los hombros. Ella temblaba, pero no le apartó.

diferente, no despierta sino más lúcida, si eso era posible.—No, no.

Y sonaba muy…

—No, no, no te vayas.

…joven.

—¿Kate?—Laabrazó con fuerza, sin estar seguro de qué hacer. ¿Debía despertarla? Podría abrir los ojos, pero era evidente que estaba dormida y soñando. Una parte de él ansiaba sacarla de la pesadilla, pero aunque la despertara, permanecería en el mismo lugar: en la cama en medio de una horrible tormenta eléctrica. ¿Se sentiría algo mejor?

¿O debía dejarla dormir? Tal vez, si superaba toda la pesadilla, él pudiera hacerse una idea de lo que le causaba aquel terror.

—¿Kate? —susurró como si ella, de hecho, pudiera darle alguna pista sobre lo que debía hacer.

—No—gimió ella, más agitada por segundos—. Noooo.

Anthony apretó los labios contra su sien, intentó serenarla con su mera presencia.

—No, por favor…—Sepuso a sollozar, su cuerpo padecía el tormento de enormes resuellos mientras sus lágrimas empapaban el hombro deél—.No,

oh,no…¡Mamá!

Anthony entró en tensión. Sabía que Kate siempre se refería a su madrastra como Mary. ¿Podría estar hablando, pues, de su verdadera madre, la mujer que la había traído al mundo y luego había muerto hacía ya tanto tiempo?

sonido grave de un sollozo que surgía de lo más profundo de su alma. Anthony la sostuvo en sus brazos y luego, cuando ella se hubo calmado un poco, la bajó poco a poco hasta que se quedó echada de costado otra vez, y luego la volvió a abrazar un poco más, hasta que por fin Kate volvió a coger el sueño. Lo cual, advirtió él con ironía, sucedió justo en el momento en que el último trueno y el último relámpago resquebrajaron la habitación.

Cuando Kate se despertó a la mañana siguiente, le sorprendió ver a su marido

sentado en la cama y observándola con la más peculiar de las miradas… Una mezcla de preocupación y curiosidad, y tal vez incluso un mínimo atisbo de lástima. No dijo nada cuando abrió los ojos, pero Kate se dio cuenta de que estudiaba su rostro con atención. Esperó a ver qué hacía él, y luego por fin dijo, con cierta vacilación:

—Pareces cansado.

—Nohe dormido bien —admitió él.—¿No?

Anthony sacudió la cabeza.—Llovía.

—¿Ah,sí?

Él hizo un gesto afirmativo.—Ytronaba.

Kate tragó saliva con actitud nerviosa.

—Acompañado también de relámpagos, supongo.

—Pensaba que ya no las tenía.

—Nome había percatado de que tuvieras pesadillas.

Kate soltó un largo suspiro y se incorporó. Tiró de las mantas con ella y se las metió bajo los brazos.

—Cuando era pequeña. Cada vez que había una tormenta, eso me

contaban. Yo en realidad no lo sé; nunca recordaba nada. Pensaba queya…—Tuvo que detenerse durante un momento, tenía la sensación de que la garganta se le cerraba, las palabras parecían atragantársele.

Anthony estiró la mano para tomar la suya. Fue un gesto simple, pero en cierta manera a Kate la conmovió más de lo que hubiera hecho cualquier palabra.

—¿Kate? —preguntó él con calma—. ¿Te sientes bien? Ella respondió con un gesto afirmativo.

—Pensaba que ya se me había pasado, eso es todo.

Anthony no dijo nada durante un momento, y la habitación permaneciótan silenciosa que Kate tuvo la certeza de poder oír los latidos de ambos. Finalmente, escuchó una mínima ráfaga de aliento inspirado entre los labios de Anthony, y luego él le preguntó:

—¿Sabes que hablas cuando duermes?

Hasta entonces Kate no le había mirado, pero al oír aquel comentario volvió la cabeza a la derecha de forma repentina y encontró la mirada de él.

—¿Deveras?

—Anoche lo hiciste.

Ella agarró la colcha con los dedos.—¿Yqué dije?

—Yocreo —dijo él con dulzura— que deberías preguntárselo a Mary. Kate sacudió de inmediato la cabeza con un movimiento rápido.

—Ni siquiera conocía a Mary cuando mi madre murió. Tampoco la conocía mi padre. No puede saber por qué yo la llamaba anoche.

—Tal vez tu padre le contara algo —contestó mientras se llevaba su mano a los labios para darle un beso tranquilizador.

Kate bajó la mirada a su regazo. Quería entender por qué tenía tanto miedo a las tormentas, pero husmear en sus temores más profundos era casi tan aterrador como el propio miedo. ¿Y si descubría algo que no quería saber?

¿Y si…?

—Irécontigo —dijo Anthony interrumpiendo sus pensamientos. Y de algún modo, aquello hizo que todo resultara fácil.

Kate le miró e hizo un gesto de asentimiento con lágrimas en los ojos.—Gracias —susurró—. Muchísimas gracias.

Más tarde, aquel mismo día, los dos subían por las escaleras de entrada a la pequeña casa adosada de Mary. El mayordomo les acompañó hasta el salón y Kate se sentó en el conocido sofá azul mientras Anthony se iba hasta la ventana, donde se apoyó en el alféizar para mirar al exterior.

—¿Vesalgo interesante? —preguntó ella.

Negó con la cabeza y sonrió avergonzado mientras se volvía para mirarla de frente.

—Solo miro por la ventana, eso es todo.

El resoplido de respuesta de Anthony expresaba sus reservas, y mientras se acercaba hasta el sofá dijo:

—Daría cien libras por saber lo que piensas.

Kate se salvó de hacer más comentarios gracias a la entrada de Mary.

—¡Kate! —exclamó Mary—. ¡Qué sorpresa tan encantadora! Y lord Bridgerton, qué ilusión verles a los dos.

—De verdad, debería llamarme Anthony —dijo con un poco de brusquedad.

Mary sonrió mientras él le daba la mano para saludarla.

—Meesforzaré por recordarlo —dijo. Se sentó enfrente de Kate y luego esperó a que Anthony ocupara su sitio en el sofá antes de continuar—:

Edwina ha salido, me temo. Su señor Bagwell llegó a la ciudad de forma bastante inesperada. Han ido a dar un paseo por el parque.

—Deberíamos prestarles a Newton —dijo Anthony en tono afable—. No puedo imaginarme una carabina mejor.

—Dehecho, es a ti a quien hemos venido a ver —explicó Kate.

La voz de Kate revelaba una nota poco habitual de seriedad, y Mary reaccionó al instante.

—¿Dequé se trata? —preguntó mientras sus ojos pasaban de Kate a Anthony—. ¿Todo está bien?

Kate hizo un gesto afirmativo y tragó saliva mientras buscaba las palabras más convenientes. Era curioso que hubiera estado ensayando toda la mañana lo que quería preguntar y que ahora se encontrara sin palabras. Pero luego sintió la mano de Anthony en la suya, con un peso y calor de extraño consuelo, y alzando la mirada le dijo a Mary:

se le había quedado seca.

—¿Cómomurió, Mary?

Mary pestañeó y luego se hundió un poco, tal vez con alivio.

—Pero eso ya lo sabes. Fue una gripe. O algún tipo de dolencia pulmonar. Los médicos nunca tuvieron la certeza completa.

—Lo sé, pero… —Kate miró a Anthony, quien le dedicó un gesto tranquilizador. Tomó una profunda bocanada y luego se animó a continuar—aún me dan miedo las tormentas, Mary. Quiero saber por qué. No quiero continuar con ese miedo.

Mary separó los labios, pero permaneció callada un instante infinito mientras miraba con atención a su hijastra. Su piel palideció poco a poco, adquirió un tono peculiar, translúcido, y su mirada se angustió.

—Noera consciente —susurró—, no sabía queaún…—Lohe ocultado bien —dijo Kate en voz baja.

Mary levantó una mano y se tocó la sien. Le temblaban las manos.

—Silo hubiera sabido, habría… —Movió los dedos hasta su frente, se alisó las líneas de preocupación mientras buscaba con esfuerzo las palabras—. Bien, no sé qué hubiera hecho. Decírtelo, supongo.

A Kate se le paró el corazón.—¿Decirme el qué?

Mary soltó un largo suspiro, entonces ya se había llevado ambas manos al rostro y se apretaba la parte superior de las órbitas de los ojos. Parecía que tuviera un terrible dolor de cabeza, que el peso del mundo golpeara contra su cráneo, de dentro hacia fuera.

para ella…

—Lohas sido —dijo Kate con fervor—. La mejor.

Mary se volvió hacia ella, mantuvo un silencio durante unos pocos segundos antes de decir, con una voz que sonaba distante de un modo peculiar:

—Tenías tres años cuando murió tu madre. Era tu cumpleaños, de hecho. Kate hizo un gesto de asentimiento, como hipnotizada.

—Cuando me casé con tu padre hice tres juramentos. Estaba el juramento que le hice a él, ante Dios y los testigos, de ser su esposa. Pero mi corazón hizo otras dos promesas. Una promesa era a ti, Kate. Solo tuve que mirarte una vez, tan perdida y desamparada, con esos enormes ojos marrones—yquétristes, oh, qué tristes estaban, ningún niño debería tener esa mirada—. Juréque te querría como si fueras hija mía y que te daría todo lo que hubiera dentro de mí para criarte.

Hizo una pausa para secarse los ojos, aceptando con gratitud el pañuelo que Anthony le ofrecía. Cuando continuó, su voz era apenas un susurro.

—Laotra promesa se la hice a tu madre. Visité su tumba, ¿sabes?

El movimiento de cabeza de Kate estuvo acompañado por una sonrisa nostálgica.

—Losé. Fui contigo en varias ocasiones. Mary sacudió la cabeza.

—No. Quiero decir antes de casarme con tu padre. Me arrodillé allí y fue entonces cuando hice mi tercer juramento. Había sido una buena madre para ti; todo el mundo lo decía, y cualquier tonto podía darse cuenta de que la echabas de menos con todo tu corazón. De modo que le prometí las mismas

Kate contuvo una lágrima.

—Nosé. No quería preocuparte, supongo. O tal vez me daba miedo parecer débil.

—Siempre has intentado ser tan fuerte… —susurró Mary—. Incluso cuando eras una cosita menuda.

Anthony cogió la mano de Kate, pero miró a Mary.—Esfuerte. Y usted también.

Mary contempló el rostro de Kate durante un largo minuto con ojos nostálgicos y tristes y, luego, en voz baja, uniforme, dijo:

—Cuando murió tu madre, aqueldía…yo no estaba allí, pero cuando me casé con tu padre él me contó la historia. Sabía que yo ya te quería y pensóque podría ayudarme a entenderte un poco mejor.

»La muerte de tu madre fue muy rápida. Según tu padre, se puso enferma un jueves y murió al martes siguiente. Y llovía sin parar. Fue una de esas tormentas espantosas que nunca acaban, que cae sobre la tierra sin piedad hasta que los ríos se desbordan y los caminos se vuelven intransitables.

»Dijo que estaba seguro de que solo se recuperaría si la lluvia cesaba. Era una tontería, ya lo sabía, pero cada noche se iba a la cama rezando para que asomara el sol entre las nubes. Rezando cualquier cosa que pudiera darle una pequeña esperanza.

—Oh, papá —susurró Kate, sus palabras surgieron de forma espontánea a través de sus labios.

—Túte encontrabas encerrada en la casa, por supuesto, algo que no podías perdonar de ninguna manera. —Mary alzó la vista y sonrió a Kate, el tipo de sonrisa que hablaba de años de recuerdos—. Siempre te ha encantado

Mary asintió con la cabeza.

—Sucedió aquella noche. Tu padre dijo que fue el sonido más escalofriante que había oído en su vida. Los truenos y relámpagos se superponían, y un rayo partió el árbol en dos en el momento exacto en que un trueno sacudió la tierra.

»Supongo que no podías dormir —continuó—. Yo misma recuerdo aquella tormenta, aunque vivía en el condado de al lado. No sé cómo pudo dormir alguien aquella noche. Tu padre estaba con tu madre. Se estaba muriendo y todo el mundo lo sabía, y en medio del dolor se habían olvidado de ti. Se habían preocupado mucho de que no te enteraras, pero aquella noche su atención estaba en otro sitio.

»Tu padre me dijo que estaba sentado al lado de tu madre, intentaba cogerle la mano mientras ella fallecía. No una muerte dulce, me temo. Las enfermedades pulmonares no lo son en muchos casos. —Mary alzó la vista—. Mi madre también murió así. Lo sé. El final no fue apacible. Daba bocanadas, se sofocaba ante mis propios ojos.

Mary tragó saliva nerviosa, luego concentró su mirada en la de Kate.

—Tengo que suponer—susurró—que tú fuiste testigo de algo similar. Anthony apretó con fuerza la mano de Kate.

—Sí,pero yo tenía veinticinco años cuando murió mi madre —continuóMary—; tú en cambio solo tenías tres. No es el tipo de cosas que debería ver una niña. Intentaron que te marcharas, pero no te ibas. Arañabas, mordías y

gritabas y gritabas y gritabas, y luego…

Mary se detuvo, las palabras se le atragantaron. Se llevó a la cara el pañuelo que Anthony le había dado, y pasaron varios momentos antes de que

—¿Quésucede? —preguntó Kate mientras se volvía a él. Su marido sacudió la cabeza con incredulidad.

—Así era tu aspecto anoche —dijo—. Exactamente así. Pensé esas mismas palabras.

—Yo…—Kate desplazó la mirada de Anthony a Mary. Pero no sabía quédecir.

Anthony le apretó de nuevo la mano mientras se volvía a Mary y la instaba a seguir.

—Por favor, continúe.

La mujer hizo un solo gesto de asentimiento.

—Tenías la mirada fija en tu madre y, por lo tanto, tu padre se volvió para

ver qué te había aterrorizado tanto, y entonces fue… cuando vio…

Kate soltó suavemente su mano de la de Anthony y se fue a sentar al lado de Mary. Acercó una otomana a la silla de Mary y tomó una de las manos de su madrastra entre las suyas.

—No pasa nada, Mary —murmuró—. Puedes contármelo. Necesito saberlo.

Mary hizo un gesto de asentimiento.

—Era el momento de su muerte. Tu madre se incorporó hasta quedarse sentada. Tu padre dijo que no había levantado el cuerpo de las almohadas durante días, y no obstante se sentó erguida por completo. Él dijo que estaba tiesa, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta como si gritara, pero no podía proferir sonido alguno. Y entonces llegó el trueno, y tú debiste de pensar que el sonido surgió de su boca, porque chillaste de un modo que nadie

finalmente susurró:

—Nolo sabía. No sabía que había presenciado eso.

—Tupadre dijo que no hablabas de ello —siguió Mary—. Tampoco es que pudieras. Dormiste durante horas y horas, y luego, cuando despertaste, estaba claro que habías cogido la enfermedad de tu madre. No con la misma gravedad, tu vida nunca estuvo en peligro. Pero estabas enferma, tu estado no te permitía hablar de la muerte de tu madre. Y cuando te pusiste bien, no querías hablar de ello. Tu padre lo intentó, pero dijo que cada vez que lo mencionaba, sacudías la cabeza y te tapabas las orejas con las manos. Al final dejó de intentarlo.

Mary miró con fijeza a Kate.

—Dijo que parecías más feliz cuando él dejó de intentarlo. Hizo lo que le pareció mejor.

—Losé —susurró Kate—. Y al mismo tiempo, probablemente fue lo mejor. Pero ahora necesitaba saber.—Sevolvió a Anthony, no para que la tranquilizara, sino en busca de algún tipo de validación—. Necesitaba saber.

—¿Cómote sientes ahora?—lepreguntó él, con palabras que sonaron suaves y directas.

Pensó en ello un momento.

—Nolo sé. Bien, creo. Un poco más ligera.—Yentonces, sin ni siquiera darse cuenta de lo que hacía, sonrió. Fue algo vacilante, lento, pero de cualquier modo fue una sonrisa. Se volvió a Anthony con ojos asombrados—. Me siento como si me quitaran un enorme peso de encima.

—¿Recuerdas ahora? —preguntó Mary. Kate negó con la cabeza.

Probablemente nunca.

¿Alguien aparte de esta autora ha advertido que la señorita Edwina Sheffield ha estado muy absorta últimamente? Corre el rumor de que le han robado el corazón, aunque nadie parece conocer la identidad del afortunado caballero.

No obstante, a juzgar por el comportamiento de la señorita Sheffield en las fiestas, esta autora se atreve a suponer que el misterioso caballero no es alguien que resida en la actualidad aquí en Londres. La señorita Sheffield no ha mostrado ningún interés especial por ningún otro caballero y, aún más grave, estuvo sentada sin bailar durante la fiesta de lady Mottram el viernes pasado.

¿Podría ser su pretendiente alguna de las personas que conoció en el campo el mes pasado? Esta autora tendrá que hacer de detective un poco para desvelar la verdad.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

13 de junio de 1814

—¿Sabes qué pienso? —preguntó Kate más tarde, aquella noche, mientras estaba sentada ante su tocador cepillándose el pelo.

Anthony se encontraba de pie junto a la ventana, con una mano apoyada en el marco, mirando al exterior.

—¿Hum? —fue su respuesta, más que nada porque estaba demasiado distraído con sus propios pensamientos como para formular una palabra más

No te lo había contado, nunca se lo cuento a nadie, pero cada vez que había

una tormenta, me hacía trizas, pensaba… o más bien no pensaba, y en cierto

sentido sabía que…

—¿Elqué, Kate? —preguntó. Temía la respuesta sin tan siquiera tener una pista de por qué.

—En cierto sentido —contestó pensativa—, mientras sollozaba y temblaba, sabía que iba a morir. Lo sabía. No había manera de que pudiera sentirme tan mal y seguir viviendo al día siguiente. —Inclinó un poco la cabeza a un lado, su rostro adquirió una expresión un tanto tensa, como si no estuviera segura de cómo decir lo que necesitaba decir.

Pero Anthony la entendió de todos modos. Y aquello hizo que la sangre se le congelara.

—Estoy segura de que pensarás que es la cosa más tonta que se pueda imaginar —dijo, levantó y bajó los hombros con gesto avergonzado—. Eres tan racional, tan equilibrado y práctico que no creo que puedas entender algo así.

Si ella supiera… Anthony se frotó los ojos, sentía una extraña embriaguez. Fue tambaleándose hasta una silla para sentarse, con la esperanza de que Kate no advirtiera lo inestable que se sentía.

Por suerte, ella había vuelto su atención a diversos frascos y baratijas que tenía sobre el tocador. O tal vez estuviera demasiado ruborizada como para mirarle, tal vez temiera que él fuera a reprenderle por sus miedos irracionales.

—Cada vez que pasaba la tormenta —continuó hablando a la mesa—, sabía lo tonta que había sido y lo ridícula que era esa idea. Al fin y al cabo, había soportado tormentas antes, y ninguna de ellas me había matado nunca.

Hall.—Selevantó y se fue a su lado, se arrodilló delante de él y apoyó la mejilla en su regazo—. Contigo —susurró.

Anthony levantó la mano para acariciarle el pelo. Fue un movimiento reflejo más que otra cosa. La verdad, no era consciente de sus actos.

No tenía ni idea de que Kate fuera consciente de su propia mortalidad. La mayoría de gente no lo era. Aquello le había provocado a él una peculiar sensación de aislamiento a lo largo de los años, como si entendiera una verdad básica y espantosa que el resto de la sociedad no acertaba a comprender.

Y aunque para Kate el conocimiento de su sino no era igual que el suyo—elde ella era efímero, se lo provocaban los estallidos temporales de viento, lluvia y electricidad, mientras que el suyo siempre estaba con él y le acompañaría hasta el día en que muriera— Kate, a diferencia de él, lo había vencido.

Ella había luchado contra sus demonios y había vencido. Y Anthony estaba terriblemente celoso.

No era una reacción noble, lo sabía. Y pese a todo el cariño que sentía por ella, pese a estar emocionado y lleno de alivio, rebosante de alegría por ella, rebosante de todas las emociones puras y buenas imaginables, por que ella hubiera vencido los terrores que llegaban con las tormentas, seguía estando celoso. Muy celoso, ¡qué diantres!

Kate había vencido.

Mientras que él, que había reconocido sus demonios pero se negaba a temerlos, ahora estaba petrificado de terror. Y todo porque lo único que juraba que nunca sucedería, a la postre había pasado.

infantiles de vez en cuando, ¿o no?

—Estoy tan contenta —murmuró Kate con la cabeza aún apoyada sobre su regazo.

Y Anthony también quería estar contento. Deseaba tanto que todo fuera menos complicado, que la felicidad no fuera más que felicidad y nada más. Quería alegrarse de las recientes victorias de Kate sin ningún pensamiento sobre sus propias preocupaciones. Quería perderse en aquel momento, olvidar

el futuro, cogerla en sus brazosy…

Con un movimiento abrupto, sin premeditar, se levantó y los dos se quedaron de pie.

—¿Anthony? —preguntó Kate pestañeando de sorpresa.

Como respuesta, él la besó. Sus labios encontraron los de ella en una explosión de pasión y necesidad que emborronaba su mente, dejando que fuera el cuerpo el que le rigiera. No quería pensar. Lo único que quería era este preciso momento.

Y quería que tal momento durara para siempre.

Atrajo a su esposa hacia sus brazos y se fue hacia la cama, donde la depositó sobre el colchón medio segundo antes de que su cuerpo descendiera sobre ella. Estaba asombrosa debajo de él, suave y fuerte, y consumida por el mismo fuego que rugía dentro de su propio cuerpo. Tal vez no comprendiera qué había provocado su repentina necesidad, pero Kate la sentía y la compartía de todos modos.

Kate ya estaba vestida para acostarse, y su ropa de noche se abrió con facilidad bajo los experimentados dedos de Anthony. Tenía que tocarla, sentirla, asegurarse de que estaba allí, debajo de él, y que él estaba allí para

Ella abrió mucho los ojos, impresionada y excitada, y él se incorporó y se puso a horcajadas sobre ella, aguantando el peso sobre las rodillas para no aplastarla.

—Eres tan hermosa —susurró—. Tan preciosa que resulta increíble.

Kate resplandeció con sus palabras, y alzó sus manos hasta el rostro de él, pasándole los dedos por las mejillas cubiertas por una leve barba. Anthony le atrapó una de las manos y metió el rostro en ella para besarle la palma mientras Kate, con la otra, descendía por los tensos músculos de su cuello.

Los dedos de Anthony encontraron los delicados tirantes de los hombros, que estaban atados en unos lazos flojos. Requirió el menor tirón soltar los nudos, pero una vez que el sedoso tejido se deslizó sobre sus brazos, Anthony perdió todo aire de paciencia y tiró de la prenda hasta que quedó a sus pies, dejándola desnuda por completo bajo su mirada.

Con un gemido jadeante se estiró la camisa, y los botones volaron mientras se la sacaba. Luego necesitó tan solo unos segundos para despojarse de sus pantalones. Y después, cuando por fin no hubo otra cosa sobre la cama que su maravillosa piel, se echó otra vez encima de ella para separarle suavemente las piernas con un musculoso muslo.

—Nopuedo esperar —dijo con voz ronca—. No voy a poder complacerte como debiera.

Kate soltó un gemido enfebrecido mientras le agarraba por las caderas y le atraía hacia su entrada.

—Mecomplaces—jadeó—.Y no quiero que esperes.

Y en ese momento cesaron las palabras. Anthony soltó un grito primitivo y gutural mientras se hundía en ella, enterrándose por completo con una

Anthony observó cómo se iba quedando dormida y luego se quedómirándola en su sueño. Observó la manera en que sus ojos se movían a veces bajo los párpados soñolientos. Calculó el ritmo de su respiración contando las suaves ascensiones y caídas de su pecho. Escuchó cada suspiro, cada sonido entre dientes.

Hay ciertos recuerdos que un hombre quiere grabar en su cerebro, y este era uno de ellos.

Pero justo cuando estaba seguro de que estaba dormida del todo, ella soltóun gracioso sonido afable mientras se acurrucaba aún más en su abrazo, y agitó con lentitud los párpados hasta abrir los ojos.

—Aúnno estás dormido —murmuró, su voz áspera y plácida a causa del sueño.

Él hizo un ademán con la cabeza y se preguntó si la abrazaba con demasiada fuerza. No quería soltarla. No quería soltarla nunca.

—Deberías dormir —dijo Kate.

Él volvió a hacer un gesto afirmativo, pero Anthony no parecía capaz de cerrar los ojos.

Ella bostezó.

—¡Québien…!

Anthony le besó la frente con un «Hum» de conformidad.

Ella arqueó el cuello y le devolvió el beso, de lleno en los labios, y luego se acomodó en las almohadas.

—Espero que estemos siempre así —murmuró, y bostezó otra vez mientras el sueño volvía a apoderarse de ella—. Siempre, eternamente.

Anthony se paralizó.

Levantó la cabeza de golpe. Kate se estaba incorporando en la cama, entre bostezos. Incluso bajo la luz mortecina, distinguió que su mirada era confusa. Y le dolió.

—¿Estásbien?

Le hizo un gesto cortante de asentimiento.

—Entonces ¿por qué intentas meter la pierna por la manga de la camisa? Bajó la vista y soltó una maldición que nunca antes había considerado

siquiera pronunciar ante una dama. Con otro improperio exquisito, hizo una bola con la ofensiva pieza de lino, que acabó arrojada al suelo en una masa arrugada. Se detuvo apenas un segundo antes de dar un tirón a sus pantalones.

—¿Adónde vas? —preguntó con ansia Kate.—Tengo que salir—gruñó.

—¿Ahora?

No respondió porque no sabía cómo contestar.

—¿Anthony? —salió de la cama y se le acercó con un brazo estirado, pero, justo una milésima de segundo antes de que su mano le tocara la mejilla,él se resistió y se tambaleó hacia atrás hasta darse con la espalda en el poste de la cama. Vio el dolor en el rostro de Kate, el dolor por su rechazo, pero sabía que si ella le tocaba con ternura estaría perdido.

—¡Maldición!—espetó—.¿Dónde diablos tengo las camisas?

—Entu ropero —respondió ella nerviosa—. Donde están siempre.

Se apartó para ir a buscar una camisa limpia, incapaz de soportar el sonido de su voz. Dijera lo que dijera, él no dejaba de oír «siempre» y«eternamente».

Y eso le estaba matando.

—Sí—dijo, con voz dolorosamente baja—, ya lo has dicho.

Y luego, sin una mirada atrás y sin ninguna pista de a dónde ir, se marchó. Kate se acercó despacio hasta la cama y se la quedó mirando. En cierto

modo, no parecía correcto meterse sola en el lecho, echar las colchas alrededor de una y acurrucarse. Pensó que debería llorar, pero ninguna lágrima escoció sus ojos. De modo que se fue hasta la ventana, descorrió los cortinajes y se quedó mirando, sorprendida por su propio rezo en voz baja pidiendo una tormenta.

Anthony se había ido, y aunque estaba segura de que regresaría en cuerpo, no estaba tan segura de que lo hiciera en espíritu. Y se percató de que necesitaba algo —necesitaba la tormenta— para demostrarse que podía ser fuerte, por sí sola y para sí sola.

No quería estar a solas, pero seguramente no tendría otra opción en aquella cuestión. Anthony parecía decidido a mantener las distancias. Había en su interior demonios, y se temía que eran demonios a los que él jamás se decidiría a hacer frente en su presencia.

Pero si su destino era estar sola, incluso con un marido a su lado, entonces juraba que sería fuerte en su soledad.

La debilidad, pensó mientras dejaba que su frente descansara sobre el liso y frío vidrio de la ventana, nunca llevaba a ningún lado.

Anthony no recordaba haber cruzado aturdido la casa, pero de algún modo se encontró en la calle, bajando a trompicones la escalera de la entrada, resbaladiza a causa de la leve niebla suspendida en el aire. Cruzó la calle sin

Seguramente rogando para que no estalle una tormenta, pensó mientras levantaba la mirada al cielo encapotado. Era poco probable que tuviera esa suerte. La bruma y la niebla ya estaban fusionándose en gotas de humedad sobre su piel, daba la impresión de que no tardaría mucho en llover a cántaros.

Sabía que debía marcharse, pero un cordón invisible le mantenía clavado en el suelo. Incluso después de que ella abandonara su puesto junto a la ventana, continuó en el mismo sitio, observando la casa. No podía negar el impulso de volver a entrar ahí. Quería regresar corriendo, caer de rodillas ante ella y rogarle perdón. Quería cogerla entre sus brazos y hacerle el amor hasta que los primeros rayos del amanecer tocaran el cielo. Pero sabía que no podía hacer ninguna de esas cosas.

O tal vez, no debería. Ya no lo sabía.

Tras permanecer paralizado en el mismo sitio casi durante una hora, Anthony, una vez que llegó la lluvia y el viento descargó rachas de un aire helador por la calle, se marchó por fin.

Se fue sin sentir el frío, sin sentir esa lluvia que justo empezaba a caer con fuerza sorprendente.

Se fue, sin sentir nada.

Se ha rumoreado que lord y lady Bridgerton se vieron obligados a casarse. Pero aunque eso fuera cierto, esta autora se niega a creer que lo suyo sea otra cosa que una boda por amor.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

15 de junio de 1814

Qué extraño era, pensó Kate mientras miraba la comida del desayuno, dispuesta sobre la mesita auxiliar en el pequeño comedor, sentirse tan famélica y al mismo tiempo no tener apetito. Su estómago hacía ruidos y estaba revuelto, exigía comida ya, y no obstante todo le parecía repugnante, de los huevos a los bollos, de los arenques al cerdo asado.

Con un suspiro de desaliento, alcanzó una solitaria tostada triangular y se hundió en su silla con una taza de té.

Anthony no había vuelto anoche.

Kate dio un mordisco a la tostada y se obligó a tragar. Había confiado en que al menos él hubiera hecho aparición a tiempo para el desayuno. Había retrasado esta comida todo lo posible—yaeran casi las once de la mañana y normalmente ella desayunaba a las nueve—, pero su marido seguía ausente.

—¿Lady Bridgerton?

Kate alzó la vista y pestañeó. Un lacayo estaba de pie ante ella con un pequeño sobre de color crema en la mano.

—Hallegado esto hace unos minutos —dijo.

Kate miró la nota durante unos segundos más, luego echó hacia atrás la silla y se levantó. Era hora de hacer una visita a la mansión Bridgerton.

Para gran sorpresa de Kate, cuando llamó a la puerta de la mansión no fue el mayordomo quien abrió la puerta al instante, sino la propia Eloise, quien dijo de inmediato:

—¡Síque te has dado prisa!

Kate miró por el vestíbulo, medio esperando que algún otro hermano Bridgerton saliera a su encuentro.

—¿Meesperabas?

Eloise respondió con un gesto afirmativo.

—Yno tienes que llamar a la puerta, ¿sabes? La mansión Bridgerton es propiedad de Anthony al fin y al cabo. Tú eres su esposa.

Kate esbozó una débil sonrisa. No es que se sintiera una esposa aquella mañana.

—Espero que no pienses que soy una entrometida incorregible —continuóEloise al tiempo que la cogía del brazo y la guiaba por el pasillo—, pero Anthony tiene un aspecto espantoso, y tuve la leve sospecha de que tú no sabías que se encontraba aquí.

—¿Ypor qué ibas a pensar eso?—nopudo evitar preguntar Kate.

—Bien —explicó Eloise—, tampoco se molestó en contarnos a ninguno de nosotros que estaba aquí.

Kate miró a su cuñada con desconfianza.

—¿Locual quiere decir…?

—¿Máso menos? —repitió Kate.

—Otres —admitió Eloise—. No se hace tan largo cuando de verdad te interesa el tema, y aparte, tenía un libro conmigo para pasar el rato.

Kate meneó la cabeza con admiración a su pesar.—¿Aqué hora llegó anoche?

—Hacia las cuatro más o menos.

—¿Quéhacías levantada tan tarde? Eloise volvió a encogerse de hombros.

—Nopodía dormir. A menudo me cuesta. Había bajado a buscar un libro

de la biblioteca para leer. Al final, a eso de las siete…, bien, supongo que era

un poco antes de las siete, o sea, que tampoco estuve tres horas esperando…Kate empezó a sentirse mareada.

—…antes de las siete salió. No se encaminó al comedor a desayunar, de modo que salió por otro motivo. Tras un minuto o dos, volvió a aparecer y se metió otra vez en el estudio. Donde —concluyó Eloise con una floritura— ha permanecido desde entonces.

Kate se la quedó mirando durante unos buenos diez minutos.

—¿Alguna vez has considerado ofrecer tus servicios al Departamento de Guerra?

Eloise esbozó una amplia sonrisa, tan parecida a la de Anthony que Kate casi gritó.

—¿Como espía? —preguntó. Kate asintió con la cabeza.

—Sería muy buena, ¿no crees?—Magnífica.

entonces se encaminó hacia la puerta del estudio de Anthony. Puso la mano en el pomo y susurró para sí:

—Que no esté cerrada.—Rogómientras lo hacía girar. Para su alivio extremo, se movió y la puerta se abrió de par en par.

—¿Anthony? —llamó. Su voz sonaba suave y vacilante; se percató de que no le gustaba aquel sonido. No estaba acostumbrada a ser suave y vacilante.

No hubo respuesta, de modo que Kate dio otro paso. Las cortinas estaban bien corridas y el tupido terciopelo admitía poca luz. Kate inspeccionó la habitación hasta que sus ojos repararon en la figura de su esposo, repantingado sobre el escritorio, profundamente dormido.

Kate atravesó en silencio la habitación hasta las ventanas y descorrió un poco las cortinas. No quería cegar a Anthony cuando se despertara, pero al mismo tiempo no iba a mantener una conversación tan importante en la

oscuridad. Luego regresó hasta el escritorio y le sacudió el hombro con delicadeza.

—¿Anthony? —susurró—. ¿Anthony?

Su respuesta sonó más como un ronquido que cualquier otra cosa.

Kate frunció el ceño con impaciencia y le sacudió con un poco más de fuerza.

—¿Anthony? —dijo en voz baja—. Anthon…

—¿Qqqueccoouuhhnn…?—Sedespertó con un movimiento repentino, una ráfaga de palabras incoherentes surgió de sus labios mientras enderezaba el torso de forma brusca.

Kate le observó pestañear intentando encontrar un poco de coherencia. Luego se fijaba en ella.

—.Por lo general soy capaz de entender conceptos complejos. A Anthony no pareció gustarle su sarcasmo.

—Noquiero hablar de esto ahora.—¿Cuándo quieres hablar de esto?

—Vete a casa, Kate —dijo con voz suave.—¿Tienes planeado venir conmigo?

Anthony soltó un pequeño gemido y se pasó la mano por el pelo. Cristo, parecía un perro con un hueso. Le estallaba la cabeza, su boca sabía a estropajo, lo único que de verdad quería era refrescarse la cara con agua y

lavarse los dientes, y ahí estaba su mujer, que no dejaba de interrogarle…—¿Anthony? —insistió.

Eso era suficiente. Se levantó de forma tan repentina que la silla cayó al suelo con un resonante estruendo.

—Vas a dejar las preguntas al instante —soltó con brusquedad.

La boca de Kate formó una línea recta y enojada. Pero los ojos…

Anthony tragó saliva para contrarrestar el ácido sabor de la culpabilidad que le llenó la boca.

Porque los ojos de Kate estaban inundados de dolor.

Y la angustia en el corazón de Anthony se multiplicó por diez.

No estaba preparado. Aún no. No sabía qué hacer con ella. No sabía quéhacer consigo mismo. Toda su vida—oal menos desde que su padre había muerto— había sabido que ciertas cosas eran verdaderas, que ciertas cosas tenían que ser verdaderas. Y ahora Kate iba y ponía su mundo patas arriba.

No había querido amarla. Diablos, no había querido amar a nadie. Era la cosa—laúnica cosa— que le hacía temer su propia mortalidad. ¿Y qué

Anthony salió de detrás del escritorio y la cogió por el brazo.

—Nopuedo estar contigo en este momento —dijo con aspereza, evitando sus ojos—. Mañana. Te veré mañana. O al día siguiente.

—Anthony…

—Necesito tiempo para pensar.—¿Sobre qué? —chilló ella.

—Nome lo pongas más difícil…

—¿Cómopuede ser todavía más difícil? —preguntó ella—. Ni siquiera séde lo que estás hablando.

—Solo necesito unos pocos días —dijo, y le sonó como un eco. Unos pocos días para pensar. Para adivinar qué iba a hacer, cómo iba a vivir su vida.

Pero ella se dio la vuelta para mirarle de frente, le puso la mano en la mejilla y le tocó con una ternura que hizo que a él le doliera el corazón.

—Anthony —susurró—, por favor…

Él era incapaz de articular palabra, de proferir sonido alguno.

Kate deslizó la mano hasta su nuca, y luego se fue aproximando…más…

ymás…y él no pudo resistirse. La deseaba tanto, deseaba sentir su cuerpo apretado contra el suyo, saborear la suave sal de su piel. Quería olerla, tocarla,

oír el sonido áspero de su respiración en su oído.

Los labios de ella le tocaron, suaves, buscándole, y su lengua le hizo un cosquilleo en la comisura de la boca. Sería tan fácil perderse en ella, tumbarse

sobre la alfombray…

—¡No!—Lapalabra surgió desgarrada de su garganta y, por Dios, no tenía idea de que fuera a pronunciarla.

A la mañana siguiente, Anthony estaba borracho. Por la tarde, tenía resaca.

La cabeza le estallaba, le zumbaban los oídos, y sus hermanos, a quienes les había sorprendido descubrirle en tal estado en su club, hablaban demasiado y demasiado alto.

Anthony se tapó las orejas con las manos y gruñó. Todo el mundo hablaba demasiado alto.

—¿Teha echado Kate de casa? —preguntó Colin mientras cogía una nuez de la gran fuente de peltre situada en medio de la mesa. La cascó con un resonante crujido.

Anthony levantó la cabeza lo justo para fulminarle con la mirada.

Benedict observaba a su hermano con las cejas levantadas y un vago atisbo de sonrisita.

—Decididamente, le ha echado de casa—ledijo a Colin—. Pásame una de esas nueces, ¿quieres?

Colin se la arrojó por encima de la mesa.—¿También quieres el cascanueces?

Benedict negó con la cabeza y puso una mueca mientras sostenía un libro voluminoso, encuadernado en cuero.

—Esmucho más satisfactorio machacarlas.

—Nise te ocurra —ladró Anthony mientras sacaba veloz la mano para agarrar el libro.

—Tienes un poco sensibles los oídos esta tarde, ¿verdad?

Si Anthony hubiera tenido una pistola, les habría disparado a los dos, y al cuerno el ruido.

diciendo que eres un imbécil.

—¡Esomismo! —exclamó Colin.

Anthony sacudió la cabeza con gesto cansino.—Esmás complicado de lo que pensáis.

—Siempre lo es —dijo Benedict con una sinceridad tan falsa que casi consigue sonar sincero.

—Cuando vosotros dos encontréis mujeres lo bastante crédulas como para casarse con vosotros —soltó Anthony con desprecio—, entonces podréis

atreveros a ofrecerme consejo. Pero hasta entonces… callad la boca. Colin miró a Benedict.

—¿Crees que está enfadado? Benedict movió una ceja.

—Oeso o está borracho. Colin sacudió la cabeza.

—No, borracho no. Ya no, al menos. Está claro que tiene resaca.

—Lo cual explicaría —dijo Benedict con un filosófico gesto de asentimiento— por qué está tan enfadado.

Anthony se pasó una mano por el rostro y se apretó con fuerza las sienes con el pulgar y el corazón.

—Dios de los cielos —balbució—, ¿qué hará falta para que estos dos me dejen en paz?

—Que te vayas a casa, Anthony —dijo Benedict con voz sorprendentemente amable.

Anthony cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Nada deseaba más, pero no estaba seguro de qué podía decirle a Kate, y todavía más importante: no

sinceridad y sin tapujos?

Estaba bastante seguro de que Kate también se había enamorado de él; seguro que le alegraría oír que sentía lo mismo por ella. Y cuando un hombre amaba a una mujer, cuando la amaba de verdad, desde lo más profundo de su alma hasta la punta de los pies, ¿no era su obligación divina intentar hacerla feliz?

De todos modos, no iba a explicarle sus premoniciones. ¿Qué sentido tendría? Ella sufriría si supiera que su tiempo juntos iba a verse interrumpido, pero ¿por qué iba a saberlo? Mejor que la sorprendiera el dolor repentino y agudo de su muerte que padecer la anticipación de todo ello por adelantado.

Iba a morir. Todo el mundo moría, se recordó. Él simplemente iba a tener que morir más pronto de lo normal. Pero, por Dios, iba a disfrutar de cada instante en sus últimos años. Tal vez hubiera sido más conveniente no enamorarse, pero ahora que había sucedido, no iba a esconderlo.

Era sencillo. Su mundo era Kate. Si lo negaba, tal vez dejara de respirar en aquel mismo momento.

—Tengo que marcharme —espetó al mismo tiempo que se ponía en pie de forma tan repentina que se dio con los muslos en el borde de la mesa, con lo cual las cáscaras de nuez salieron impulsadas por encima del tablero.

—Eso me parecía a mí —murmuró Colin. Benedict sonrió y dijo:

—Vete.

Sus hermanos, se percató Anthony, eran un poco más listos de lo que dejaban entrever.

después de subir de tres en tres los escalones de la entrada, descubrió que Kate no estaba en casa.

—¿Adónde ha ido? —preguntó al mayordomo. Era estúpido por su parte, pero en ningún momento había considerado que pudiera no estar en casa.

—Hasalido a dar un paseo por el parque —contestó el mayordomo— con su hermana y un tal señor Bagwell.

—Elpretendiente de Edwina —murmuró para sí. Maldición. Se suponía que tenía que alegrarse por su cuñada, pero aquella visita inoportuna era de lo más molesta. Acababa de tomar una decisión que alteraba toda su vida; hubiera sido agradable que su esposa se encontrara en casa.

—El animal también iba con ellos —dijo el mayordomo con un estremecimiento. Nunca había podido tolerar lo que consideraba una invasión de su hogar por parte del corgi.

—Seha llevado a Newton, ¿eh? —murmuró de nuevo Anthony.—Imagino que regresarán dentro de una hora o dos.

Anthony golpeó con la punta de la bota el mármol del suelo. No quería esperar una hora. Demonios, no quería esperar ni un minuto.

—Yales encontraré —dijo con impaciencia—. No puede ser tan difícil.

El mayordomo hizo un ademán con la cabeza e indicó a través de la puerta abierta de la calle el pequeño carruaje en el que Anthony había llegado a casa.

—¿Vaa necesitar otro carruaje? Anthony negó una vez con la cabeza.—Iréa caballo. Es más rápido.

—Muy bien.—Elmayordomo se inclinó con una pequeña reverencia.

estuviera esperando a que fuera él quien dijera algo primero. No podía culparla si fuera así; justo antes de la boda, él había dado mucho la lata con lo de que su matrimonio no sería por amor.

Qué idiota había sido.

Una vez que entró en el parque, tomó la decisión de encaminarse con su montura hacia Rotten Row. El concurrido paseo parecía el destino más probable del trío; sin duda Kate no tenía motivos para sugerir una ruta másíntima.

Empujó un poco al caballo para que adoptara un trote todo lo rápido que permitiera el circular dentro de los confines del parque, e intentó hacer caso

omiso de las llamadas y gestos de saludo que le hacían otros jinetes y paseantes.

Entonces, justo cuando pensaba que había conseguido que nadie le entretuviera, oyó una voz anciana, femenina y muy imperiosa que le llamaba por su nombre.

—¡Bridgerton! ¡Eh, Bridgerton! Deténgase de inmediato. ¡Le estoy hablando!

Soltó un gruñido y se dio media vuelta. Lady Danbury, el ogro de la aristocracia. No había manera de continuar sin hacerle caso. No tenía ni idea de cuántos años tenía. ¿Sesenta? ¿Setenta? Fueran los que fuesen, era una fuerza de la naturaleza, y nadie se atrevía a no hacerle caso.

—Lady Danbury —dijo intentando no sonar resignado al frenar el caballo—.¡Qué placer verla!

—Pardiez, muchacho—ladró—.Suena como si acabara de tomarse una horrible medicina. ¡Anímese!

—.Podría dejar decididas todas las parejas del Mercado Matrimonial en tan solo una semana.

—Estoy seguro de ello.

La dama entrecerró los ojos.

—¿Nome estará tratando con condescendencia?

—Nunca se me ocurriría —dijo Anthony con total sinceridad.

—Bien. Siempre me había parecido un tipo sensato.Yo…—Sequedóboquiabierta—. ¿Qué diablos es eso?

Anthony siguió la mirada horrorizada de lady Danbury hasta que sus ojos repararon en un carruaje descubierto que doblaba un recodo sobre dos ruedas, avanzando sin control y a toda velocidad. Aún estaba demasiado lejos para ver los rostros de los ocupantes, pero entonces oyó un chillido, y luego el ladrido aterrorizado de un perro.

A Anthony se le heló la sangre en las venas. Su esposa estaba en ese carruaje.

Sin una sola palabra a lady Danbury, dio un puntapié al caballo y se lanzóa todo galope en pos del carruaje. No estaba seguro de lo que iba a hacer una vez lo alcanzara. Tal vez le arrebatara las riendas al desafortunado conductor. Tal vez consiguiera poner a alguien a salvo. Pero sabía que no podía quedarse quieto observando mientras el vehículo se estrellaba ante sus ojos.

Y no obstante, eso fue exactamente lo que sucedió.

Anthony se encontraba a medio camino del desbocado carruaje cuando este hizo un viraje que le sacó del camino y continuó hasta darse contra una gran roca, que lo desestabilizó, dejándolo tumbado de lado.

Contrariamente a la opinión popular, esta autora es consciente de que se la considera una especie de cínica.

Pero, querido lector, eso no podría estar más lejos de la verdad. Pocas cosas gustan más a esta autora que un final feliz. Y si eso la convierte en una tonta romántica, pues bienvenido sea.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

15 de junio de 1814

Para cuando Anthony alcanzó el carruaje volcado, Edwina había conseguido salir arrastrándose de los restos del vehículo y estiraba un trozo destrozado de madera en un intento de abrir un hueco en el otro lado del carruaje. Tenía rota la manga del vestido y el dobladillo raído y sucio, pero no parecía darse cuenta de ello mientras tiraba desesperadamente de la puerta atascada. Newton saltaba y se revolvía a sus pies con ladridos agudos y frenéticos.

—¿Quéha sucedido? —preguntó Anthony con voz cortante y nerviosa mientras descendía del caballo.

—No sé —contestó Edwina entre jadeos, secándose las lágrimas que surcaban su rostro—. El señor Bagwell no es un conductor demasiado

experimentado, creo, y luego Newton se soltó y entonces… yo ya no sé qué

sucedió. Estábamos circulando y a continuación…—¿Dóndeestá el señor Bagwell?

durante el accidente, pero aquello no sirvió demasiado para calmar su corazón acelerado.

—¡Kate! —aulló, aunque intentaba sonar calmado, poco preocupado—. Kate, ¿puedes oírme?

El único sonido que oyó como respuesta, no obstante, fue el relincho de los caballos. Maldición. Tendría que librarles de los arneses y soltarlos antes de que se pusieran nerviosos y empezaran a estirar de los restos del vehículo.

—¿Edwina? —llamó Anthony bruscamente por encima del hombro. Ella se apresuró a acercarse a su lado retorciéndose las manos.

—¿Sí?

—¿Sabes quitar los arreos a los caballos? Hizo un gesto afirmativo.

—Nosoy demasiado rápida, pero puedo hacerlo.

Anthony indicó con la cabeza a los mirones que se acercaban corriendo.—Intenta que alguien te ayude.

Ella volvió a asentir y se puso rápidamente a trabajar.

—¿Kate? —gritó de nuevo Anthony. No veía nada, un banco desplazado bloqueaba la entrada—. ¿Puedes oírme?

Ninguna respuesta.

—Intentémoslo por el otro lado—seoyó la voz frenética de Edwina—. La abertura no está tan aplastada.

Anthony se puso de pie y dio corriendo la vuelta a la parte posterior del carruaje. La puerta ya se había salido de las bisagras y dejaba un agujero lo bastante grande como para que pudiera meter el tronco por él.

roto.

—Mejor que sigas respirando —advirtió con voz temblorosa, peligrosamente próxima a un sollozo—. No tenías que ser tú. Nunca se ha supuesto que fueras a ser tú. No te toca. ¿Me entiendes?

Retiró otro trozo de madera rota y se estiró a través del hueco abierto para cogerle la mano. Le encontró el pulso con los dedos, que a él le parecióbastante constante, pero seguía siendo imposible distinguir si sangraba o si se

había roto la espalda o si se había dado en la cabeza osi…

Su corazón se estremeció. Había tantas maneras de morir. Si una abeja podía acabar con un hombre en la flor de la vida, sin duda un accidente de carruaje podría llevarse la vida de una pequeña mujer.

Anthony agarró el último trozo de madera que se interponía en su camino e intentó levantarlo, pero no se movió.

—Nome hagas esto—musitó—.Ahora, no. No le toca todavía. ¿Me

oyes? ¡A ella no le toca! —Sintió algo húmedo en sus mejillas y comprendiódébilmente que eran lágrimas—. Se suponía que me tocaba a mí —dijo atragantándose—. Siempre se había supuesto que me tocaba a mí.

Y entonces, justo mientras se preparaba para dar otro tirón desesperado a la madera, los dedos de Kate le rodearon con fuerza la muñeca. La mirada de Anthony voló al rostro de ella, justo a tiempo de ver sus ojos abiertos, claros, sin apenas pestañear.

—¿Dequé diablos estás hablando? —preguntó con voz sumamente lúcida y despierta del todo.

Un gran alivio invadió su pecho con tal rapidez que casi le duele.—¿Estásbien? —preguntó, su voz temblaba con cada sílaba.

—Vine a buscarte.

—¿Ah,sí? —susurró. Anthony asintió.

—Vinea…es decir, comprendí que… —Tragó saliva con nerviosismo. Nunca había soñado que llegaría el día en que diría estas palabras a una mujer; se habían hecho tan grandes en su corazón que costó un gran esfuerzo empujarlas afuera—: Te quiero, Kate —dijo con voz entrecortada—. He tardado un poco en entenderlo, pero así es, y tenía que decírtelo. Hoy.

Los labios de Kate formaron temblorosos una sonrisa mientras indicaba con la barbilla el resto de su cuerpo.

—Pues eres oportuno de verdad.

Por asombroso que pareciera, Anthony se encontró devolviéndole la sonrisa.

—Casi te alegras de que tardara tanto, ¿eh? Si te lo hubiera dicho la semana pasada, hoy no te habría seguido al parque.

Ella le sacó la lengua, algo que, teniendo en cuenta las circunstancias, hizo que la quisiera aún más.

—Túsácame de aquí —dijo.

—Entonces ¿me dirás que me quieres? —bromeó.

Kate sonrió, con nostalgia y ternura, e hizo un gesto de asentimiento.

Por supuesto, aquello valía como declaración, y pese a estar arrastrándose entre los restos del carruaje volcado y pese a encontrarse Kate atrapada en el maldito carruaje, muy posiblemente con una pierna rota, de pronto le invadióuna abrumadora sensación de satisfacción y paz.

echaba valor.

—Voy a tener que darte un poco la vuelta —dijo al advertir un trozo de madera rota y punzante que amenazaba desde arriba. Iba a ser difícil maniobrar para esquivarlo. No le importaba lo más mínimo rasgarle la ropa.¡Cuernos!, le compraría un centenar de vestidos nuevos si ella prometía no volver a montarse en un carruaje conducido por otra persona que no fuera él, pero no podía soportar la idea de arañarle la piel ni un solo centímetro. Ya había sufrido bastante. No necesitaba más.

—Tengo que sacarte primero por la cabeza—leexplicó—. ¿Crees que puedes volverte poco a poco tú misma? Justo lo suficiente para que yo pueda sujetarte por debajo de los brazos.

Ella asintió y, apretando los dientes, se fue meneando concienzudamente, centímetro a centímetro, incorporada sobre las manos mientras desplazaba las caderas siguiendo el sentido de las manecillas del reloj.

—Así—ledijo Anthony dándole ánimo—. Ahora voya…

—Haz lo que tengas que hacer —dijo Kate entre dientes—. No hace falta que me lo expliques.

—Muy bien —respondió él mientras empezaba a retroceder hacia atrás hasta que sus rodillas se agarraron a algo en la hierba. Tras contar mentalmente hasta tres, apretó los dientes y empezó a tirar de ella.

Y se detuvo un segundo después, cuando Kate soltó un chillido ensordecedor. Si no hubiera estado tan convencido de que iba a morirse en los próximos nueve años, habría jurado que ella acababa de quitarle diez.

—¿Estásbien?—lepreguntó con apremio.

—Seha dado un golpe en la cabeza, pero ya se ha puesto en pie.

—Noes nada. ¿Puedo ayudar?—Seoyó una voz masculina preocupada. Anthony tenía la sensación de que el accidente había sido tanto culpa de

Newton como de Bagwell, pero de todos modos el joven era quien llevaba el control de las riendas. Anthony no se sentía inclinado a ser caritativo con él justo en aquel momento.

—Ya le avisaré —dijo cortante antes de volverse a Kate y decir—:

Bagwell se encuentra bien.

—Nopuedo creer que me haya olvidado de preguntar por ellos.

—Estoy seguro de que perdonarán tu lapsus, dadas las circunstancias—dijo Anthony retrocediendo aún más hasta que se encontró casi fuera por completo del carruaje. Ahora Kate estaba colocada en la abertura; solo haría falta un tirón más, bastante largo y casi seguro doloroso, para sacarla.

—¿Edwina? ¿Edwina? —llamó Kate—. ¿Estás segura de que no estás herida?

Edwina metió la cara por la abertura.

—Estoy bien —dijo tranquilizadora—. El señor Bagwell salió despedido

y yo pude…

Anthony la apartó de un codazo.

—Aprieta los dientes, Kate —ordenó.

—¿Qué?Me dic… ¡Aaaayyyy!

Con un solo estirón, la sacó por completo del amasijo y los dos aterrizaron en el suelo, respirando con dificultad. Pero mientras la hiperventilación de Anthony era consecuencia del esfuerzo, era evidente que la de Kate respondía a un dolor intenso.

—¡Oh,Dios mío! —dijo con un resuello—. Me duele. No me había

percatado de cómo duele hasta que he visto…—Nomires —ordenó Anthony.

—¡Oh,Dios mío! ¡Oh, Dios mío!

—¿Kate? —Edwina se interesó con voz preocupada y se inclinó hacia delante—. ¿Te encuentras bien?

—¡Mira mi pierna! —casi chilla Kate—. ¿Qué aspecto tiene?—Enrealidad me refería a tu cara. Estás un poco verde.

Pero Kate no pudo responder. Su respiración cada vez era más desigual. Y entonces, con Anthony, Edwina, el señor Bagwell y Newton mirándola fijamente, entornó los ojos, tiró hacia atrás la cabeza y se desmayó.

Tres horas después, Kate se encontraba instalada en su cama, estaba claro que poco cómoda pero, al menos, sin tantos dolores gracias al láudano que Anthony le había obligado a tragar en cuanto llegaron a casa. Los tres cirujanos que Anthony había llamado habían compuesto su pierna (como habían indicado los tres cirujanos, no hacía falta más de uno para encajar un hueso, pero Anthony se había cruzado de brazos con gesto implacable y se había quedado mirándoles hasta que se callaron), y otro doctor se había acercado para dejar varias recetas que juró que acelerarían el proceso de recuperación y la soldadura.

Anthony la había mimado como si fuera una gallina clueca, cuestionaba cualquier movimiento de los doctores hasta que uno de ellos tuvo la audacia

—Tal vez puedas dedicarte a la costura —sugirió.

Kate le lanzó una mirada iracunda. Como si la perspectiva de la costura fuera a hacer que se sintiera mejor.

Anthony se sentó con cautela sobre el borde de la cama y le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.

—Te haré compañía —dijo con una sonrisa alentadora—. Ya había decidido rebajar las horas que paso en el club.

Kate suspiró. Estaba cansada, malhumorada y dolorida, y se la tomaba con su marido, algo que no era justo. Volvió la mano hacia arriba para juntar su palma con la de él y luego se entrelazaron los dedos.

—Tequiero, lo sabes —dijo con voz suave.

Él le dio un apretón e hizo un gesto de asentimiento, el cariño en su mirada al mirarla decía más que cualquier palabra.

—Medijiste que no te quisiera —continuó Kate.—Fui un burro.

Kate no le contradijo. Un movimiento de los labios de Anthony le comunicó que había tomado nota de que, por una vez, no le había llevado la contraria. Tras un momento de silencio, ella dijo:

—Enel parque hablabas de cosas muy raras.

Anthony no retiró la mano, pero su cuerpo retrocedió un poco.—Nosé a qué te refieres —contestó.

—Creo que sí lo sabes—ledijo con dulzura.

Anthony cerró los ojos durante un momento, luego se levantó y sus dedos fueron descendiendo por la mano de ella hasta que finalmente no se tocaron. Hacía muchos años que guardaba celosamente sus peculiares convicciones

Kate no dijo nada, pero él sabía que le había oído. Tal vez fuera el sonido que hizo al cambiar de posición en la cama, tal vez fuera la electricidad que llenaba el aire. Pero lo supo de algún modo.

Se volvió. Habría sido más fácil hablarle a las cortinas, pero ella se merecía algo mejor. Kate estaba sentada en la cama con la pierna reposando sobre almohadones y los ojos muy abiertos, llenos de una mezcla desgarradora de curiosidad y preocupación.

—Nosé cómo contarte esto sin que suene ridículo.

—Aveces lo más fácil es decirlo y ya está —murmuró ella. Dio una palmada sobre un punto vacío de la cama—. ¿Quieres sentarte a mi lado?

Él negó con la cabeza. La proximidad solo serviría para dificultar todo aún más.

—Algo me sucedió cuando mi padre murió —comenzó.—Estabas muy unido a él, ¿no es cierto?

Él asintió.

—Másunido de lo que haya estado a cualquiera, hasta que te conocí. Los ojos de ella brillaron.

—¿Quésucedió?

—Fue muy inesperado —explicó. Su voz era uniforme, como si estuviera relatando una oscura noticia en vez del suceso más inquietante de su vida—. Una abeja, te lo conté.

Kate asintió.

—¿Quiéniba a pensar que una abeja fuera a matar a un hombre? —dijo Anthony con risa cáustica—. Habría sido gracioso de no ser tan trágico.

Ella no dijo nada, solo le miró con un afecto que le rompió el corazón.

Anthony esperó a que ella hiciera algún comentario, esperó a que gritara, a que hiciera cualquier cosa, pero Kate continuó allí sentada mirándole sin ningún cambio perceptible en su expresión, hasta que finalmente él tuvo que decir:

—Nosoy tan gran hombre como mi padre.

—Tal vez él no estuviera de acuerdo —dijo ella con calma.

—Bien, él no está aquí para explicarlo, ¿cierto? —soltó Anthony. De nuevo, Kate no dijo nada. De nuevo, él se sintió fatal.

Maldijo en voz baja y se apretó las sienes con los dedos. Su cabeza parecía querer estallar. Empezaba a sentirse mareado, y se percató en ese momento de que no se acordaba de cuándo había comido por última vez.

—Yopuedo opinar —dijo en voz baja—. Tú no le conociste.

Se hundió contra la pared con una exhalación larga, cansina, y continuó:

—Déjame explicártelo. No hables, no interrumpas, no opines. Me cuesta mucho ya de por sí contarlo. ¿Puedes hacer eso por mí?

Ella asintió.

Anthony tomó aliento con respiración temblorosa.

—Mipadre era el mejor hombre que he conocido. No pasa un día sin que me dé cuenta de que no estoy a su altura. Yo sabía que él era todo a lo que yo podía aspirar. Seguramente no pueda igualar su grandeza, pero si al menos pudiera aproximarme a él, me sentiría satisfecho. Eso es lo único que quiero. Solo aproximarme.

Miró a Kate. No estaba seguro de por qué. Tal vez en busca de ánimo, tal vez comprensión. Tal vez solo para verle el rostro.

Observó a Kate, que se llevaba una mano a la boca y se mordía el extremo del pulgar. Le había visto hacer eso antes, advirtió: cada vez que algo la inquietaba o cuando meditaba profundamente.

—¿Cuántos años tenía tu padre cuando murió? —preguntó.—Treinta y ocho.

—¿Cuántos años tienes tú ahora?

La miró con curiosidad, ella sabía su edad. Pero de todos modos la dijo:

—Veintinueve.

—Osea, que según tus cálculos nos quedan nueve años.—Como mucho.

—Ytú lo crees de veras.

Él hizo un gesto afirmativo.

Kate apretó los labios y soltó una larga exhalación por la nariz. Por fin, después de lo que pareció un silencio eterno, volvió a mirarle con ojos claros y directos y dijo:

—Bien, estás equivocado.

Por extraño que fuera, el tono rotundo de su voz fue bastante tranquilizador. Anthony notó que incluso un extremo de su boca se elevaba formando la más débil de las sonrisas.

—¿Crees que no soy consciente de lo ridículo que suena todo esto?

—Nocreo que suene ridículo en absoluto. En sí parece una reacción perfectamente normal, sobre todo si se considera cuánto adorabas a tu padre.—Seencogió de hombros como si supiera de qué hablaba y ladeó un poco la cabeza—. Pero de cualquier modo te equivocas.

Anthony no dijo nada.

próximo cumpleaños.

—Noseas…

—¿Tonta? —concluyó ella por él.

Se hizo un silencio durante todo un minuto.

Por fin Anthony dijo, con voz apenas más audible que un susurro:

—Nosé si podré superarlo.

—Notienes que superarlo —dijo Kate. Se mordió el labio inferior, que le había empezado a temblar, y luego puso la mano sobre el punto vacío de la cama—. ¿Puedes acercarte aquí para que pueda cogerte la mano?

Anthony se acercó al instante; el calor de su contacto le invadió y se extendió por su cuerpo hasta acariciar su mismísima alma. Y en ese momento esto era más que amor. Esta mujer le hacía sentirse mejor persona. Había sido bueno y fuerte y bondadoso siempre, pero con ella a su lado era algo más.

Y juntos podrían hacer cualquier cosa.

Casi le hizo pensar que cuarenta años tal vez no fuera un sueño tan imposible.

—No tienes que superarlo —repitió ella y sus palabras flotaron con suavidad entre ellos—. Para ser sincera, no sé cómo podrás superarlo del todo hasta que tengas treinta y nueve años. Pero lo que puedes hacer—ledio un apretón en la mano, y Anthony se sintió aún más fuerte que momentos antes—es negarte a permitir que domine tu vida.

—Comprendí eso esta mañana —susurróél—cuando supe que tenía que

decirte que te quería. Pero, de algún modo, ahora… ahora lo sé. Ella asintió y él vio cómo se llenaban sus ojos de lágrimas.

vayas a estar aquí para cumplir tus sueños. Al final, lamentarás tantas cosas como mi padre.

—Yono quería amarte —susurró Anthony—. Era la cosa que más miedo me daba, por encima de todas. Había acabado por acostumbrarme bastante a mi extraña visión de la vida. En realidad casi me sentía cómodo. Pero el

amor…—Suvoz se entrecortó; el sonido sofocado sonó poco viril, le volvióvulnerable. Pero no le importó porque estaba con Kate.

Y no le importaba que ella conociera sus temores más profundos, porque sabía que le quería pese a todo. Era una sublime sensación de liberación.

—Hevisto el amor verdadero —continuó—. No he sido el granuja cínico que la sociedad ha querido retratar. Sabía que existía el amor. Mi madre, mi

padre…—Sedetuvo para tomar aliento de forma irregular. Era lo más duro que había hecho en su vida, y no obstante sabía que tenía que pronunciar aquellas palabras. Por difícil que fuera soltarlas, sabía que al final su corazón

renacería—. Estaba tan seguro de que lo único que podría… hacer…, que…

en realidad, no sé cómo llamarlo…, este conocimiento de mi propia

mortalidad…—Sepasó la mano por el pelo buscando con afán las palabras—.El amor era la única cosa que lo hacía de verdad insoportable. ¿Cómo podía amar a alguien, sincera y profundamente, y saber que estábamos sentenciados?

—Pero no estamos sentenciados —dijo Kate apretando su mano.

—Losé. Me enamoré de ti y entonces lo supe. Aunque esté en lo cierto, aunque mi destino sea vivir solo hasta la edad de mi padre, no estoy condenado.—Seinclinó hacia delante y rozó los labios de Kate con un beso

—No, pero tengo que explicártelo. Fue la primera vez, incluso después de todos estos últimos años esperando mi propia muerte, que de verdad supe qué

significaba morir. Porque si tú hubieras fallecido… no me quedaría nada por lo que vivir. No sé cómo lo consiguió mi madre.

—Tenía a sus hijos —dijo Kate—. No podía dejaros.

—Losé —susurró—, pero cuánto debió de sufrir…

—Creo que el corazón humano es más fuerte de lo que nosotros nos imaginamos.

Anthony se quedó mirándola durante un largo instante, sus miradas se unieron hasta que él se sintió como si fueran la misma persona. Luego, con mano temblorosa, la cogió por la nuca y se inclinó para besarla. La adoró con sus labios, le ofreció cada gramo de amor, devoción, veneración y oración que sentía en su alma.

—Teamo, Kate —susurró, soplando contra su boca aquellas palabras—. Te quiero tanto.

Ella asintió, pues no podía hacer sonido alguno.

—Yjusto ahora, deseo… deseo…

Y entonces sucedió la cosa más extraña. Se le escapó una carcajada. Le invadió la pura dicha del momento, y tuvo que contenerse para no levantar a Kate y lanzarla en volandas por el aire.

—¿Anthony? —preguntó, sonaba confundida y divertida a partes iguales.—¿Sabes qué más significa el amor? —murmuró al tiempo que plantaba

sus manos a ambos lados del cuerpo de Kate y dejaba que su nariz se apoyara en la de ella.

Kate negó con la cabeza.

Él negó con la cabeza.

—Nisiquiera yo tengo el talento para expresarme con un toque tan ligero. Kate soltó una risita. No podía evitarlo. Quería a este hombre y él la

quería a ella y, tanto si él lo sabía como si no, iban a hacerse viejos, muy viejos, juntos. Y eso era suficiente para volver tarambana a cualquier chica; incluso a una chica con la pierna rota.

—¿Teestás riendo de mí? —preguntó con una de sus cejas arqueada con gesto arrogante mientras colocaba su cuerpo justo al lado de ella.

—Nilo soñaría.

—Bien. Porque tengo algunas cosas importantes que decirte.—¿Deveras?

Él asintió con semblante grave.

—Tal vez no sea capaz de enseñarte esta noche cuánto te amo, pero te lo puedo contar.

—Nunca me cansaré de oírlo —murmuró ella.

—Bien. Porque cuando acabe de explicártelo, te voy a contar cómo me gustaría demostrártelo.

—¡Anthony! —chilló.

—Creo que empezaré por el lóbulo de tu oreja —musitó—. Sí, está

decidido, el lóbulo de la oreja. Lo besaré, luego lo mordisquearé y, luego…Kate soltó un jadeo. Y después sintió un escalofrío. Y después se enamoró

de él una vez más.

Y mientras él le susurraba dulces tonterías al oído, tuvo la más extraña de las sensaciones, casi como si pudiera vislumbrar todo su futuro ante ella.

Esta autora cree que se trataba del trigesimonoveno aniversario, pero ella no estuvo invitada.

De todos modos, los detalles de la fiesta han llegado a los

oídos siempre atentos de esta autora, y parece que se trató de una reunión de lo más divertida. El día empezó con un breve concierto: lord Bridgerton a la trompeta y lady Bridgerton a la flauta. La señora Bagwell (la hermana de lady Bridgerton) se

ofreció por lo visto a intervenir al pianoforte, pero la oferta fue rechazada.

Según la viuda del vizconde, nunca se ha interpretado un concierto más discordante, y también nos cuentan que al final el joven Miles Bridgerton se subió a una silla y rogó a sus padres que pararan.

Nos explican también que nadie reprendió al muchacho por su descortesía, sino que más bien todo el mundo dio grandes suspiros de alivio cuando lord y lady Bridgerton dejaron sus instrumentos.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

17 de septiembre de 1823

—Debe de tener un espía en la familia —dijo Anthony a Kate sacudiendo la cabeza.

Kate se rio mientras se cepillaba el pelo antes de meterse en la cama.—Nose ha dado cuenta de que tu cumpleaños es hoy, no ayer.

pensado que llegaría este día.

No, no era cierto. Desde el momento en que dejó que Kate entrara en su corazón, sus temores se fueron desvaneciendo poco a poco. Pero, de cualquier modo, estaba bien tener treinta y nueve. Era tranquilizador. Había pasado buena parte del día en su estudio, mirando fijamente el retrato de su padre. Y se descubrió a sí mismo hablando. Durante cuatro horas completas, había hablado con su padre. Le habló de sus tres hijos, de los matrimonios de sus hermanos y de sus correspondientes hijos. Le habló de su madre, y de cómo le había dado recientemente por pintar al óleo, y que la verdad se encontraba muy bien. Y le habló de Kate, cómo había liberado su alma y cuánto la quería, cuánto.

Anthony comprendió que eso era lo que su padre siempre había deseado para él.

El reloj situado sobre la repisa empezó a dar la hora. Ni Anthony ni Kate hablaron hasta que sonó la duodécima campanada.

—Yaestá entonces —susurró Kate.Él asintió.

—Vamos a la cama.

Ella se apartó y Anthony se dio cuenta de que estaba sonriendo.—¿Asílo quieres celebrar?

Él le cogió la mano y se la llevó a los labios.—Nose me ocurre una forma mejor. ¿Y a ti?

Kate sacudió la cabeza, luego soltó una risita mientras se iba corriendo a la cama.

—¿Hasleído qué más escribía en su columna?

Anthony soltó un resoplido burlón.—Esuna vieja arrugada, y lo sabes.

—Nolo sé —dijo Kate soltándose de él y metiéndose debajo de las mantas—. Creo que podría ser joven.

—Yyo creo —anunció Anthony— que no tengo muchas ganas de hablar de lady Confidencia justo ahora.

Kate sonrió.—¿Ah,no?

Él se echó junto a ella y le rodeó la cadera con los dedos.—Tengo cosas mucho mejores que hacer.

—¿Sí?

—Mucho. —Sus labios encontraron la oreja de Kate—. Mucho, mucho, mucho mejores.

Y en un dormitorio pequeño y amueblado con elegancia, no tan lejos de la mansión Bridgerton, una mujer —que ya no estaba en la flor de la juventud, pero desde luego tampoco arrugada ni vieja— se sentaba al escritorio con pluma y tintero y sacaba una hoja de papel.

Estirando el cuello a un lado y a otro, puso la pluma sobre el papel y empezó a escribir:

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN

19 de septiembre de 1823

Ay, amable lector, a esta autora le han explicado…

especialmente entre los hombres. (En un grado muy inferior, las mujeres cuyas madres fallecen de forma prematura reaccionan de un modo similar.) Los hombres que han perdido a un padre aún muy joven a menudo son presa de la fatídica convicción de que también ellos sufrirán ese mismo destino. Estos hombres saben que sus temores son irracionales, pero les es casi imposible superarlos hasta que alcanzan (y sobrepasan) la edad en que falleció el padre.

Puesto que tengo un público compuesto mayoritariamente por lectoras femeninas, y puesto que el dilema de Anthony es una «cosa tan de hombres»(por emplear una frase moderna), me preocupaba que tal vez les costara identificarse con su problema. Como escritora de novelas románticas, me debato constantemente entre convertir a mis protagonistas en héroes absolutos

o hacerles más reales. Con Anthony, confío en haber logrado el equilibrio. Cuando se lee un libro, es fácil fruncir el ceño y refunfuñar:«¡Aver si se te pasa ya de una vez!», pero lo cierto es que a la mayoría de los hombres les cuesta bastante superar la pérdida repentina y prematura de un padre querido.

Los lectores perspicaces advertirán que la picadura de abeja que mató a Edmund Bridgerton de hecho era le segunda que sufría en su vida. En términos médicos, este dato es correcto: las alergias a las picaduras de abeja, por lo general, no se manifiestan hasta la segunda picadura. Puesto que Anthony solo ha sufrido una picadura en su vida, es imposible saber si es alérgico o no. No obstante, como autora de este libro, me gustaría pensar que ejerzo cierto control creativo sobre las enfermedades de mis personajes, de modo que decidí que Anthony no tuviera ningún tipo de alergia y, es más, que llegara a muy viejo y viviera hasta la avanzada edad de noventa y dos años.

Con mis mejores deseos,


JULIA QUINN (1970, Nueva York, Estados Unidos), este es el seudónimo más utilizado por la escritora Julie Pottinger (de soltera Julie Cotler), la cual se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard, iniciando estudios de Medicina en la de Yale, que no concluyó por el inesperado éxito de sus novelas románticas de corte histórico —comenzó a escribir mientras intentaba ingresar en la universidad de Medicina—. En unos meses abandonóla universidad. En el mismo período en que fue llamada por la universidad,

obtuvo su primer contrato con una editorial. Finalmente, decidió seguir una carrera literaria.

Julia Quinn ha sido traducida a más de 25 idiomas y es una habitual de las listas de los más vendidos del New York Times. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar varios premios Rita.

Julia Quinn es autora de novelas feministas dentro del género histórico- romántico, donde es considerada una maestra de los diálogos.

Actualmente, Julia vive con su familia en el noroeste del Pacífico.



FIN

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