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Libro N° 14623. Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad. Topper, Ilya U.


© Libro N° 14623. Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad. Topper, Ilya U. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Ilya U. Topper. Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad

 

Versión Original: © Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad. Ilya U. Topper

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/dios-marca-registrada-una-defensa-de-la-laicidad/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

DIOS, MARCA REGISTRADA:

Una Defensa De La Laicidad

Ilya U. Topper


 

 

 

 

Dios, Marca Registrada:

Una Defensa De La Laicidad

Ilya U. Topper

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué papel ha de ocupar la religión en la vida institucional de un Estado aconfesional? ¿Ha de impartirse clase de Religión en la enseñanza pública? ¿De una religión o de todas? La diversificación de las creencias religiosas ha devuelto a la actualidad un debate que creíamos superado: el de la necesidad de un Estado laico. Con un pulso narrativo espléndido, erudición y una solvencia divulgativa irrebatible, Topper primero aborda las raíces de judaísmo, cristianismo e islam y luego cuestiona el relativismo moral que conduce a retrocesos en la separación entre religión y Estado, desbaratando así los discursos débiles que amparan la nueva intromisión de las religiones en nuestras vidas. Excelente prólogo del veterano militante de la causa laicista Luis Fernández.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilya U. Topper

 

Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad

 

ePub r1.0

 

Titivillus 08.12.2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilya U. Topper, 2023

 

Prólogo: Luis Fernández, 2023

 

Ilustración de la portada: Iván Cuervo Berango, 2023

 

Corrección: Olaya González Dopazo

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

PRÓLOGO SOBRE EL LAICISMO Y LAS RELIGIONES TRÁILER MUERTE EN PARÍS I EL DRAMA DE EUROPA

 

          ¡QUE VIENEN LOS MOROS! LOS ALTAVOCES DE DIOS EL NUEVO ÉXTASIS SOBRE ÁRBOLES Y TUMBAS PAGANOS, CONCILIOS Y BRUJAS

 

          LA CRUZ DE EUROPA

CRUCIFIJO CONTRA CONSTITUCIÓN EL FIN DE OCCIDENTE DIOS EN LA CARTA MAGNA LA IGNORANCIA DEL PECADO

 

          LAICISMO ¿UN SINDIÓS? QUEMACONVENTOS Y TRAGAFRAILES LIBERTAD, PESTILENTE ERROR

 

EL CANCILLER DE HIERRO

LAICISMO, LAICIDAD, ACONFESIONALIDAD PAGAN ATEOS POR PECADORES

II EL CONTINENTE MEDITERRÁNEO

          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ȁ          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ                LOS MOROS DE LA ALHAMBRA SI EL CID LEVANTARA LA CABEZA EL SALVADOR DE OCCIDENTE LOS SIETE DE REGRAGA EUROPA NACIÓ EN LÍBANO

 

DEL ARRAK DE DÁTILES AL ANÍS DEL MONO

          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ȁ          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ                EL JUDÍO ERRANTE EL TIRO POR LA CULATA ALEMANES Y ESPAÑOLES SIONISTAS ANTISEMITAS

 

DE CÓMO ISRAEL ACABÓ CON LOS JUDÍOS LA EXPULSIÓN INVENTADA ANCLADAS Y BASTARDOS

          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ȁ          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ                LA DESGRACIA DE SER ÁRABE EL DESPERTAR QUE ERA UN SUEÑO EL SECRETO DE 300 MILLONES

 

 

FRANCIA ISLAMIZA ARGELIA

 

LA TRAICIÓN DEL PANARABISMO

          LA GRAN MISIÓN

1. LA FE USURPADA

EL PREDICADOR Y LA ESPADA MAIMÓNIDES EN LA MEZQUITA DIOS HA MUERTO, VIVA ALLAH LLEGA EL MAHDI

2. BARBUDOS DE AYER Y HOY LA REVOLUCIÓN VERDE SUNÍES Y CHÍIES HEREDEROS DEL CHE GUEVARA

EL TRAUMA (SEXUAL) DE COLORADO 3. PETROISLAM

DE RAMBO A MESíAS

LA SANTA ALIANZA

EL ORO NEGRO DE RIAD

EL DíA QUE NINA SIMONE DEJó DE CANTAR IV EL RETORNO DE DIOS

1. LOS DINEROS DEL IMAM PREDICADORES Y MALETINES CATAR COMPRA EUROPA CONVERSOS CONTRA HERMANOS SUBVENCIÓN AL SALAFISMO

 

2. EL VELO EXHIBICIONISTA LA CANDIDATA DE PODEMOS EL HARéN Y LA CLASE PÓNTELO, PÓNSELO BEBÉS SEXUALIZADOS MACRON CONTRA LA VIRGINIDAD DE MONTMARTRE AL MAYO

 

3. CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO EL COÑO INSUMISO

UN SALVADOR EN LA PIZARRA PASTORES Y CONCORDATOS EN MISA Y REPICANDO

 

V ¿REFORMA?

1. LA REVOLUCIÓN AUSENTE EL APRENDIZ DE MAGO COPÉRNICO O LOCKE

 

 

DIOS Y CÉSAR

 

¿UN ISLAM ILUSTRADO?

HÉRCULES Y SÍSIFO

          LA BUSCA DEL ANTÍDOTO EL MONJE DE WITTENBERG LAS TESIS DE AYAAN CALVINO, EL SALAFISTA LA FE DE LOS AGNÓSTICOS

 

          LA LEYENDA DE MAHOMA LA QUEMA DE RUSHDIE HISTORIADORES Y CREYENTES ARABISTAS ANTEDILUVIANOS JESUCRISTO EN LA MEZQUITA NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Mimunt Hamido Yahia, mora, laica, feminista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

SOBRE EL LAICISMO Y LAS RELIGIONES

 

 

 

Tras el estallido de una polémica por la no asistencia de la alcaldesa de Gijón, la socialista Ana González, a los actos religiosos de las festividades locales, el párroco de la iglesia de San Pedro expresaba en el periódico La Nueva España del 22 de junio de 2019 su disgusto

 

ante la utilización del laicismo por parte de la corregidora de la ciudad como argumento para no participar en la ceremonia religiosa. Si nos remitimos al Diccionario de la Real Academia —antigua y definitiva fuente de información—, leeremos que tal vocablo significa «independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa». Y ese disgusto (el de la independencia del Estado de cualquier confesión religiosa) llevaba al párroco de San Pedro a unas extrañas reflexiones sobre el Estado laico, la laicidad y el laicismo. A pesar de reconocer que «España es un país aconfesional o laico», le parecía al sacerdote que había que evitar el término laicismo porque «ese sustantivo, comúnmente, lleva consigo una cierta radicalidad, hostilidad o indiferencia». Afirmaba, además, con la seguridad que le da el poseer la verdad (la de la verdadera fe), que «hoy ya se suele utilizar para hablar de las relaciones entre Estado-Iglesia otra palabra, laicidad, que puede ser positiva o negativa. Creo que le va mejor lo de “laicidad positiva” a la Constitución española porque habla de cooperar, no de “defender”». Y concluía: «Nosotros somos gijoneses creyentes, es más, con toda seguridad, somos primero gijoneses y luego creyentes».

 

Aunque no era su voluntad, la afirmación de este párroco sintetiza la esencia del laicismo: la ciudadanía es primero eso, ciudadanía. Y luego, a título individual, cada cual puede tener las creencias particulares que considere adecuadas. Pero como da la impresión de que se está jugando a difuminar los términos queriendo envolverlos en una nube de confusión, parece necesario dar respuesta a la pregunta ¿qué es el laicismo? para continuar buscando respuesta a ¿es diferente laicismo de laicidad?, ¿qué es un Estado laico?

 

De una forma muy simple, el laicismo es el movimiento que pretende alcanzar la laicidad en la organización del Estado, o lo que es lo mismo, trabaja para llegar a un Estado independiente de cualquier confesión religiosa. Para ello asume que la ciudadanía tiene que organizarse en torno a unas coordenadas exteriores a las religiones. Dicho de otra forma, para que un Estado pueda ser considerado como laico es necesario (pero no suficiente) que valore la libertad de conciencia por encima de los diferentes formatos de fe que existen en el mundo.

 

Su fundamentación es también muy simple. Es un principio elemental de la democracia que el poder (y, por lo tanto, la responsabilidad) está en las manos de la ciudadanía, de toda la ciudadanía. Y en la medida en que asumimos esa democracia no es admisible aceptar que la fuente del poder sea la concesión de un determinado dios a una comunidad concreta generalmente en alianza con un poder físico (la cruz y la corona). Es imprescindible construir una estructura estatal exclusivamente humana con unas coordenadas que puedan ser aplicables de forma universal.

Visto desde otra perspectiva, las religiones no pueden ser la razón justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a las demás. Cuando se abre el foco en la percepción de la historia de la humanidad se observa la correspondencia de cada religión con sus circunstancias particulares, por lo que resulta manifiesta la necesidad de organizar la sociedad fuera del marco de todas las religiones. Y ese es el objetivo del laicismo: construir una estructura exterior, ajena a las religiones, donde pueda tener cabida en igualdad de trato toda la ciudadanía, independientemente de que profese alguna o ninguna religión (o, lo que es lo mismo, que pertenezca a una o a ninguna comunidad).

 

Hay un momento en el desarrollo de la humanidad en que la complejidad de las estructuras sociales construidas (donde lo fueron) demanda mecanismos especiales (herramientas culturales) para su coherencia y control. Es el momento de la aparición de las grandes

religiones. Se convierten en la columna vertebral de las organizaciones sociales constituyéndose, simultáneamente, en poderosas armas para todos aquellos que intentan conducir su desarrollo. El control de los modos y las costumbres, apoyado en una narración, en una ficción justificadora de la situación presente, no solo facilita crear, organizar y controlar amplias comunidades con una supuesta historia común, sino que permite utilizar ese sentimiento de exclusividad como una herramienta poderosa para enfrentar unas sociedades con otras.

 

Una parte importante de esta obra de Ilya U. Topper está destinada a mostrarnos, a través de la presentación de hechos significativos, ese valor de las religiones como herramientas de cohesión social mediante la creación de vínculos intracomunitarios. La celebración conjunta de la ceremonia genera fuertes vínculos entre los participantes. Es entonces cuando se convierte en un poderoso punto de apoyo para ejercer el control sobre cada sociedad a través de sus ritos. Ya no es necesario conocer con detalle esa narración presentada como un dogma venido del más allá, generalmente escrita en un libro sagrado, que exige fe absoluta en sus afirmaciones. Basta con agrupar a los fieles a través del rito, quizá por eso le molestaba tanto al párroco de San Pedro que la alcaldesa, argumentando razones de laicidad, no asistiera a su bendición de las aguas.

 

En su función como fuerza cohesiva, las religiones se convierten en ritos, en ceremonias, en celebraciones. La romería en la isla de Büyükada, cinematográficamente narrada por Ilya Topper en este ensayo, nos permite hacernos una idea clara del papel de vinculación social que realizan las ceremonias comunitarias de origen religioso. Para controlar estos ritos se construye una narración que de alguna forma los enhebre. La mayor parte de los que participan en ellos desconocen muchas de las partes significativas de la narración que los justifica. Poco importa. Como dice Topper, «si millones de españoles consideran que cargar la Macarena en angarillas es propio de cristianos, aquello es cristianismo». O más rotundamente: «En el catolicismo mediterráneo, el rito ha remplazado a la fe, facilitado por un elemento clave: los fieles, aun cuando creen, no saben en qué están creyendo. Ni les importa».

 

Desde una óptica sociológica diferente, Jonathan David Haidt, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, afirma:

 

Un partido de fútbol universitario es una excelente analogía de la religión. Desde una perspectiva básica, si nos centramos en lo más evidente (es decir, el juego en el campo), el fútbol universitario es una institución extravagante, costosa y derrochadora que perjudica la capacidad de la gente para pensar racionalmente y deja un largo reguero de víctimas […]. Pero desde una perspectiva sociológicamente informada, es un rito religioso que hace exactamente lo que se supone que debe hacer: que nos sintamos «parte de un todo[1]».

 

Volvamos ahora a la organización del Estado. Aplacemos la consideración de las religiones como herramientas de control social y centrémonos en el hecho de que son hechos colectivos que, como herramientas culturales, agrupan a las personas acogiéndolas en comunidades. Puesto que el poder satisfacer ese impulso de acogida es indudablemente un derecho humano (posiblemente responde a una herencia evolutiva, con forma de emoción, para el refuerzo de las colectividades), no puede existir un Estado laico que no respete la libertad individual de acogerse a una comunidad religiosa. O a ninguna (cuando la evolución cultural permite substituir el vínculo emocional por un concepto asumido racionalmente). Pero es imprescindible que cada comunidad acepte que el Estado es un marco exterior que tiene que garantizar que se respeten todas las creencias.

 

Aproximémonos a caracterizar ese Estado laico. En un primer paso puede resultar atractiva la propuesta de Taylor y Maclure de definir la laicidad como una modalidad de gobierno, destinada a permitir que los Estados respeten «por igual a individuos que tienen visiones del mundo y esquemas de valores diferentes». Para ellos la laicidad

 

descansa en dos grandes principios morales, el de la igualdad de trato y el de la libertad de conciencia, así como en dos procedimientos que permiten la ejecución de estos principios, a saber, la separación entre las iglesias y el Estado y la neutralidad del Estado respecto a todas las religiones. Los procedimientos de la laicidad no son tan solo medios contingentes que nos podemos ahorrar. Por el contrario, son disposiciones institucionales[2].

 

Resulta un planteamiento atractivo por lo nítido de su configuración, pero que suele ser interpretado de forma restrictiva. Su afirmación «neutralidad del Estado respecto a todas las religiones» hace que se interprete con demasiada frecuencia que las «visiones del mundo y esquemas de valores diferentes» solo incluyan a las diferentes religiones reconocidas como tales.

 

Para incluir a todas las estructuras de creencias, incluso aquellas que no son religiones, es decir, a todas las personas, hasta aquellas que no se identifican con ninguna religión y, por lo tanto, no pueden formar comunidad, la filósofa Catherine Kintzler afirma que «el concepto de laicismo moderno […] es un concepto político. Es una manera sin precedentes de pensar la asociación política […] el laicismo no es una corriente de pensamiento entre otras. No tiene estatuto de corriente de pensamiento, sino que tiene estatuto constitutivo de la reunión o agrupamiento político[3]». Y plantea que hay que ir más allá en la construcción de un Estado Laico: «No se trata de considerar las comunidades de pensamiento tal como existen en una sociedad dada y de construir una legislación que les permita flanquearse apaciblemente; se trata de producir un espacio que permita la libertad de las opiniones no solamente reales, sino también posibles[4]».

 

Es destacable en la obra de Ilya Topper el análisis de la evolución de las religiones centrándose fundamentalmente en el islam y su relación con el cristianismo. O más exactamente en las distintas imágenes que desde las estructuras del poder social se han dado de ese islam. Para iniciar la narración de este ensayo, y tras relatar la matanza en la redacción de la revista Charlie Hebdo (doce muertos), Topper cita las palabras de Francisco I, papa de la Iglesia católica: «¡Pero si es normal! Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la fe». De las que concluye: «Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja guerra entre moros y cristianos había terminado de forma definitiva. Cristianismo e islam ya no son adversarios. Son aliados firmes en un frente unido contra quienes valoran la libertad por encima de la fe. Contra el laicismo». Para ello es imprescindible aceptar que la ciudadanía tiene que organizarse en torno a unas coordenadas exteriores a todas las religiones.

 

 

Retomemos la consideración de las religiones como herramientas de control social, y volvamos a citar al profesor Haidt: «Todo aquello que une a la gente en una matriz moral que glorifica al grupo, al mismo tiempo que demoniza a otro grupo, puede conducir a la matanza moralista, y muchas religiones son muy adecuadas para esa tarea. Por lo tanto, la religión es frecuentemente un accesorio de la atrocidad, en lugar de la fuerza que la impulsa».

 

Aquí el trabajo de Topper, configurado por la presentación ordenada de un conjunto significativo de acontecimientos históricos, relatados con llamativa agilidad, es definitivo. Estableciendo una línea de avance desde el nacimiento del wahabismo, pasando por la alianza económica entre Riad y Washington hasta llegar a lo que denomina la compra de Europa por Catar (de esto saben mucho los aficionados al fútbol), presenta una cadena de hechos que configuran con nitidez el uso de la religión como arma de poder. Y lo hace, con ese carácter cinematográfico que caracteriza su obra, presentando de forma dinámica una sucesión documentada de hechos que permiten al lector verse rodeado por sus propias conclusiones. Para resaltar esta forma diferente de considerar la religión, afirma: «Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene miedo a la religión de Arabia Saudí». Pero Topper no se queda en una aguda mirada hacia atrás, hacia la historia. Apoyado en las ideas que ha construido en quien lo lee, pasa a analizar asuntos candentes del presente. Se plantea el problema del velo, campo de controversia entre los multiculturalistas y los comunitaristas franceses, lo que le permite asomarse al uso partidista del relativismo cultural. Y aquí toca un punto sensible de la izquierda: el complejo de excolonizadores que los lleva a aceptar cualquier planteamiento de crítica a la supuesta imposición cultural. Y en la marejada de este relativismo se pierden o al menos se debilitan los derechos universales. Todo se reduce a cuestiones de cada cultura en particular.

 

En los ámbitos progresistas, si entendemos como tales aquellos donde se genera el esfuerzo modificador de las culturas, cada día se acrecienta la sensación de culpa. Su origen está precisamente en la histórica concepción imperialista de la cultura occidental. Resultado: la presencia incontrolada del fantasma del relativismo cultural oculto en una nube protectora de interculturalidad.

 

Las posiciones conservadoras, aquellas que tienen como objetivo perpetuar los modos y costumbres, se suman a la crítica responsabilizando al esfuerzo de cambio de una inaceptable falta de respeto a los valores tradicionales, permitiendo su contaminación por los valores de los otros, necesariamente espurios. Ambos procesos tienden a mezclarse e incluso reforzarse.

La tensión en el lado progresista aparece cuando se observa con un cierto distanciamiento la verdadera realidad de la hipotética acción «civilizadora» de Occidente sobre el resto del mundo. La consciencia de la brutalidad de esa acción colonizadora, la muestra de la verdadera motivación económica (explotación de todo tipo de recursos) oculta en el proceso, y la apropiación del concepto de cultura identificándolo erróneamente con la particular (local) de los colonizadores (apropiación apoyada en los dogmatismos religiosos) se van desvelando poco a poco. Es con el despertar a esa dura realidad de tanta injusticia cometida en nombre de una supuesta verdad indiscutible como ha crecido con fuerza este sentido de culpabilidad. Tras siglos de conquistar el mundo con la disculpa de «iluminarlo con la verdad», confundiendo lo local con lo general, hemos empezado a comprender lo relativo de las posiciones de cada comunidad y, avergonzados de nuestro imperialismo, tratamos de huir de él a toda prisa.

 

Como consecuencia, ese relativismo cultural avanza implacable. Recurramos de nuevo al profesor Haidt, esta vez tras una estancia

 

investigadora en la India:

 

Mis sentimientos durante las primeras semanas en Bhubaneswar oscilaron entre el shock y la disonancia. Cené con hombres cuyas esposas nos servían en silencio y luego se retiraban a la cocina sin dirigirme la palabra en toda la noche. Me dijeron que debía ser más estricto con mis sirvientes y dejar de agradecerles por haberme servido […]. En resumen, estaba inmerso en una devota sociedad religiosa, segregada por sexos, estratificada jerárquicamente, y estaba resuelto a entenderla en sus propios términos, no en los míos.

 

Solo me llevó unas pocas semanas que mi disonancia desapareciera […]. En lugar de rechazar automáticamente a los hombres como opresores sexistas y compadecer a las mujeres, a los niños y a los sirvientes como víctimas indefensas, comencé a ver un mundo moral en el que las familias, no los individuos, son la unidad básica de la sociedad, y los miembros de cada familia extendida

 

(incluidos sus sirvientes) son intensamente interdependientes. En este mundo, la igualdad y la autonomía personal no eran valores sagrados. Sí lo eran honrar a los ancianos, a los dioses y a los invitados, proteger a los subordinados y cumplir con los deberes correspondientes a cada rol[5].

 

El profesor Haidt expresa con académica claridad los fundamentos de esta ola que nos invade. Desde su posición de referente moral de una de las mayores fuerzas imperialistas de Occidente (se identifica como un joven ateo y liberal y declara haberle escrito discursos al presidente Obama), supuestamente arrepentido de su falsa superioridad, está dispuesto a asumir todas las situaciones (entiendo que en los demás), por injustas que sean, amparándolas en el inmenso velo protector (¿ocultador?) del relativismo cultural. Bajo ese ideario, los derechos universales dejan de existir. Una pregunta importante: ¿qué ocurriría si fuese una compañera de universidad la que se desplazase a ese mismo lugar para hacer esa misma investigación? ¿Obtendría las mismas conclusiones de la realidad sociológica que observa? A este profesor de liderazgo ético de una prestigiosa universidad en una ciudad que pretende ser el centro del mundo ¡ni se le ocurre pensarlo! En esa huida alocada, envueltos en el poderoso torbellino que todo lo relativiza y confundidos por él, olvidamos que, si asumimos como propuesta básica la igualdad de todas las personas basada en una imprescindible dignidad común (nadie nace para la esclavitud), aun siendo una propuesta de la denostada Ilustración europea, existen derechos que tienen que ser considerados como universales y no pueden interpretarse como determinadas características particulares de cada sociedad[6].

 

Por su parte, Topper elige la figura de Nora Baños, una joven catalana, gimnasta, hija de padre marroquí y madre catalana, que se presentó como candidata por Podemos a las elecciones europeas del 2019, y analiza su presencia como instrumento político de la izquierda. También aborda el

problema de la libertad de expresión, tema con el que arranca su obra analizando los asesinatos en la revista Charlie Hebdo, pero también toma como eje de análisis la gran procesión del Santo Chumino convocada por la Hermandad del Coño Insumiso, lo que le permite, siguiendo el rastro de las actuaciones judiciales, reflexionar sobre el carácter subjetivo del concepto de blasfemia y la indeterminación de esas actuaciones judiciales como consecuencia.

 

Asimismo, estudia la cuestión de las religiones en la escuela, partiendo de la idea inicial de que si hay una religión oficial en el aula, que es la cristiana, es mejor que haya alguna más, como el islam, para hacer contrapeso. Pero, tras estudiar los currículos, entiende que las clases de religión no están diseñadas para aprender, sino para reconocer y aceptar, y tras volver a reflexionar concluye que no debe haber clase de religión, de ninguna religión, porque no hacen contrapeso; se potencian: «Dios más dios son cuatro». Analiza la sumisión de la educación a la religión. En particular, se encuentra con que en España son los Acuerdos con la Santa Sede y no la Constitución el gran apoyo de esta. Hace una comparativa con otros países europeos. Y con la facilidad que le caracteriza construye un escenario del que el lector saca conclusiones.

 

Siguiendo esta línea, Topper acaba por hacer un rico recorrido por el presente al que hemos llegado desde la historia que nos ha permitido conocer. En este amplio trayecto, desde la profundidad histórica al presente, en el que no rehúye ninguna polémica, el autor construye uno de esos ensayos que te permite apreciar cómo cambias a través de su lectura. Y es que el conocimiento es el mejor mecanismo para promover esa evolución cultural imprescindible para avanzar en el tiempo.

 

Con mayor poder vinculante, pero con la misma necesidad de ser respetada por todas las creencias, el esfuerzo legislativo colectivo redactó e intenta mantener actualizada una Declaración de los Derechos Humanos que puede servir como referencia general. Sea como fuere, lo que es imprescindible es asumir que no todo es relativo, que existen una serie de valores que el desarrollo cultural va incorporando como irrenunciables (resulta muy difícil defender hoy las ejecuciones públicas) y que es necesario trabajar permanentemente en la construcción de ese espacio común asumiendo con sentido crítico nuestras limitaciones, pero aceptando el reto kantiano. Y lo que resulta indiscutible es que en estas sociedades que nos hemos descubierto como multiculturales necesitamos dotarnos de un espacio común externo a cada forma cultural (individual o de comunidad) que, partiendo del respeto a sus particularidades, comprometa a todas en el reconocimiento básico a una norma común. Este último paso resulta más difícil cuando la vertebración de una cultura se realiza alrededor de un dogma, de una verdad considerada como absoluta por una supuesta revelación de un ser superior y registrada en un libro.

 

La gran noche del dominio de las religiones empieza a tener grietas importantes. Alguien se plantea que las religiones no pueden ser la razón justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a las demás (lo que no impide reconocer el valor de esas religiones como herramientas organizadoras). Cuando se abre el foco de la percepción de la historia de la humanidad se observa la relatividad de cada religión a sus circunstancias particulares (y se muestra con nitidez su utilización como herramienta de control social), por lo que resulta manifiesta la necesidad de organizar la sociedad fuera del marco de las religiones.

 

Aparece la necesidad de un Estado laico.

 

LUIS FERNÁNDEZ, presidente de ASTURIAS LAICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TRÁILER

 

MUERTE EN PARÍS

 

 

 

Son las once de la mañana en un barrio céntrico de París. En la redacción de una revista semanal, a veinte minutos del Louvre y a cinco de la plaza de la Bastilla, una quincena de periodistas y dibujantes se han sentado para la reunión del miércoles. Discuten la portada, las viñetas, los titulares. Escuchan disparos en la puerta. Parece un atentado. Como si hubieran ido en serio las amenazas que tanto les llegan, los mensajes de «Os vamos a matar a todos». Suena casi real. Se

 

ríen.

 

Diez minutos más tarde, en la redacción de la revista Charlie Hebdo hay doce muertos.

París deja de reír. Dos días más tarde, la policía cerca a los asesinos en un polígono industrial en las afueras de la capital. Mueren en el tiroteo. Son dos hermanos, se llaman Said Kouachi y Chérif Kouachi, hijos de inmigrantes argelinos. Chérif pasó por la cárcel por intentar afiliarse a Al Qaeda en Iraq, Said pasó por un campo de entrenamiento en Yemen. Pero ambos nacieron en Francia, se educaron toda su vida en Francia, son ciudadanos franceses. Dispuestos a morir por su fe, pero sobre todo dispuestos a matar por ella. A matar a doce periodistas, porque algunos de ellos alguna vez han dibujado, han caricaturizado a Mahoma.

«No somos asesinos. No matamos a civiles. No matamos a nadie. Excepto si alguien ofende al Profeta. Entonces, podemos matarlo». Así se veía Chérif Kouachi, al hablar con la televisión francesa momentos antes de morir[7]. Porque ofender al profeta es un pecado mortal. Y lo que para los creyentes es pecado, para la ciudadanía debe ser delito.

 

La blasfemia ¿delito?

 

Tres días después del atentado, la mayor manifestación nunca registrada en la historia de Francia recorre París. Son millones. Gritan: Jesuis Charlie.

 

Porque la matanza del 7 de enero de 2015 en la redacción de la revista —a la que otro yihadista ha sumado a cuatro ciudadanos judíos en un supermercado, en un extraño afán de dispersar la sangre— es un ataque directo a lo que consideramos la esencia misma de la civilización humana: la libertad. La libertad de pensar, de expresar, de criticar. Por eso, los disparos de los hermanos Kouachi dejan una huella más profunda que otras matanzas de civiles bajo el nombre de una causa: no solo quieren causar terror, pánico, miedo, tensión política, como han hecho luchadores de todo tipo de causas desde Irlanda a Italia, desde Alemania a Euskadi, en las generaciones inmediatamente precedentes. No se trata de matar a inocentes para forzar el pulso a los políticos, la estrategia clásica del terrorismo. No: lo que hacen los hermanos Kouachi es imponer la ley. Una ley proclamada por Dios y desarrollada por sus representantes en la Tierra. Tipifican el delito, advierten, amenazan y, si un ciudadano insiste en vulnerar la norma, ejecutan la sentencia: muerte.

 

Es contra esta ley contra la que se levanta París, clamando por la libertad de expresión. No todo París: pronto recorre las redes el contraeslogan: Je ne suis pas Charlie. Porque por encima de la libertad de pensar está el respeto a la fe. Puedes pensar que la fe es una chorrada, pero no puedes decirlo: mayor que tu derecho a la libertad de expresión es el derecho del creyente a mantener intacta, inmaculada, a ojos de todos, su fe.

Quienes enarbolaban este credo, por supuesto, no exigían matar, no respaldaban a los asesinos. Solo subrayaban que los dibujantes de Charlie Hebdo habían cometido un delito: el de provocar. No, matarlos no estaba bien, pero de alguna forma se lo habían buscado. Porque lo que hicieron, caricaturizar a un profeta, no se puede hacer. Y si lo haces, es normal que te agredan.

«¡Pero si es normal! Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la fe».

Son las palabras literales de Francisco I, papa de la Iglesia católica romana, al ser preguntado una semana después por el atentado de Charlie Hebdo[8].

 

Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja guerra entre moros y cristianos había terminado de forma definitiva. Cristianismo e islam ya no

 

 

 

 

 

 

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son adversarios. Son aliados firmes en un frente unido contra quienes valoran la libertad por encima de la fe. Contra el laicismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

 

EL DRAMA DE EUROPA

 

 

 

 

 

 

 

 

1. ¡QUE VIENEN LOS MOROS!

 

 

 

 

 

LOS ALTAVOCES DE DIOS

 

 

STOP, dice el cartel. Sobre un fondo de bandera suiza, una cruz blanca en campo rojo, crecen torres puntiagudas, se asemejan a lanzas dispuestas a taladrar el cielo. Son minaretes. En primer plano, los ojos de una mujer enteramente oculta bajo velos negros se fijan en ti.

 

STOP, dice el cartel: «Vota sí a la iniciativa contra la construcción de minaretes en Suiza».

«Las torres del miedo», titula un diario alemán[9]. Estamos en 2009: un grupo de ciudadanos suizos ha lanzado una petición de referéndum para prohibir la construcción de minaretes de mezquitas en el país. En Suiza viven 400 000 musulmanes, un escaso 5 % de la población. Entre las mezquitas que hay, exactamente cuatro tienen minarete. No consta que haya planes para construir otro. Tampoco importa. Quienes han pedido la iniciativa, apoyada por partidos conservadores y de la derecha cristiana, no temen los minaretes: temen todo lo que viene detrás, dicen. «Tras el minarete viene el muecín». Y después, el catálogo completo del derecho coránico: «Asesinatos de honor, matrimonio forzado, circuncisiones, el

 

 

 

 

 

 

 

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burka, exenciones de normas en el colegio, incluso lapidaciones», resume el político conservador Walter Wobmann.

 

Los partidos de centroizquierda, por supuesto, se oponen. Hablan de integración, de respeto, de tolerancia, diálogo, comprensión, convivencia. La ciudad de Basilea directamente prohíbe pegar el cartel del referéndum en la calle: es «racista y discriminatorio», decide el municipio. El Gobierno se pronuncia contra la prohibición, alegando que podría vulnerar derechos internacionales. La patronal, también, temiendo una pérdida de negocios en países musulmanes. Las iglesias cristianas, también: limitar el ejercicio de la religión podría dirigirse contra ellas en el futuro. Y, sin embargo, los partidarios de la prohibición ganan con un 57 % de los votos. Gana el miedo.

 

Porque es miedo, confusión, ignorancia, desinformación. De los seis elementos citados por Wobmann, ninguno figura en el Corán y ninguno forma parte del conjunto jurídico-religioso de una sociedad musulmana típica. Los asesinatos de honor, como todo asesinato, están prohibidos en el islam. El matrimonio forzado también, por mucho que se practique en sociedades patriarcales de todo el mundo, incluidas las musulmanas. Con «circuncisiones», obviamente, el político se refería a la femenina —la masculina ya se practica en Suiza de toda la vida entre los judíos—, pero la ablación es desconocida en la inmensa mayoría de los países musulmanes. El burka (más exactamente, el niqab: aquel paño negro de cuerpo entero que oculta a la mujer del cartel) solo se conoce en Arabia Saudí y alguna secta inspirada en la corriente político-religiosa de ese país desértico. Las materias de un currículum escolar marroquí no se distinguen esencialmente de uno suizo, salvando la calidad pedagógica. Y durante la mayor parte del siglo XX, prácticamente ningún país musulmán del mundo, salvo Arabia Saudí y sus vecinos, practicaba lapidaciones.

 

Arabia Saudí es el único país en el mundo en el que todo ese catálogo de horror enumerado por los preocupados suizos se aplica de forma corriente y rutinaria, con respaldo de las máximas autoridades, por ley o por decisión de los imames. Los 35 millones de habitantes de Arabia Saudí no son un ejemplo representativo de los más de mil millones de musulmanes repartidos por el globo. Pero es precisamente ese país cuya sombra proyectan los minaretes en Europa. La mayor mezquita de Suiza, construida en Ginebra, se inauguró en junio de 1978 en presencia del patrón que la financió: el rey saudí Khalid Abdulaziz. Un mes antes, el

 

 

 

 

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mismo monarca había abierto al público también la mayor mezquita de Bélgica en Bruselas, junto al rey Balduino I. La principal mezquita de España, la de la M-30 en Madrid, la inauguró en 1992 el príncipe, luego rey, Salman Abdulaziz, saudí también, junto a Juan Carlos I. La mayor mezquita de Italia, en Roma, financiada por el rey saudí Faisal Abdulaziz, abierta en 1995, la gestiona un consorcio de diplomáticos de países islámicos presidido por el embajador saudí.

 

Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene miedo a la religión de Arabia Saudí. Y con motivo: en estas mezquitas se predica que las mujeres deben ponerse velo o niqab, que el sexo sin casarse es delito penal, que a los homosexuales hay que despeñarlos, que los cristianos son «infieles» y está vetado mezclarse con ellos, que hay que lapidar a los apóstatas. Un catálogo de doctrinas inhumanas que ellos, solo ellos, venden como «el islam».

El drama de Europa es que la secta fundamentalista de Arabia Saudí ha usurpado el nombre del islam.

El segundo drama es que Europa ha colaborado con arrojo y entusiasmo en difundir el ideario inhumano de esta secta, dándole carta de naturaleza.

El tercero es que ahora, buscando un chivo expiatorio, achaca la culpa a quienes son las primeras víctimas de la secta: los inmigrantes.

 

Europa cree que al permitir la inmigración o la llegada de refugiados de países como Siria está importando a islamistas, yihadistas, terroristas. No sabe que la realidad es justo la contraria: Europa exporta yihadistas a Siria.

 

 

 

 

EL NUEVO ÉXTASIS

 

 

 

La ruta del bakalao de hoy día ya no pasa por las macrodiscotecas de Valencia. Ni siquiera va de Londres a Mallorca para ponerse hasta arriba de ácido y pastillas. La nueva droga de la juventud es más dura. La venden en pastillas rectangulares negras con logotipo naíf blanco impreso encima: pone Allah. Así, con doble L y con H al final. Rechacen imitaciones.

 

 

 

 

 

 

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Para hacerse con la droga, no hace falta ir a Ibiza ni a Ámsterdam. Bueno, a Ámsterdam sí, que es desde donde salen vuelos baratos a Estambul, a veces vía Madrid. Y de Estambul a la frontera siria son mil kilómetros en línea recta, pasando por Ankara. Si tienes suerte. Porque si te pilla la policía es capaz de decirte que tienes cara de consumidor y de devolverte a tu tierra. A Bruselas, Birmingham, Berlín o Barcelona.

 

Pero si todo sale bien y en la frontera, allá por Urfa o Antep, consigues montarte en la cunda, en unas horas estás en tu paraíso artificial. A la discoteca ahora le han puesto de nombre «califato», que queda muy retro, casi andalusí, y los espectáculos se retransmiten en alta definición. Iba a decir que en vivo, pero más exacto es decir en muerto.

Mola, ¿verdad? Lo mejor es que una vez en la frontera puedes llamar a tus viejos y decirles cuatro cosas, que dejen de llorar por ti, que se te han abierto los ojos y lo ves todo de color verde y que no te esperen en Navidad. En la discoteca hay piscina y todo, y dentro se graban snuff movie gratis con cámaras acuáticas y jaulas y eso. Retro de verdad. La droga te hace viajar en el tiempo. Catorce siglos atrás, del tirón a la Tierra Media. Dicen que van a acuñar monedas de oro auténticas, como en las películas. Y escucharás las sabias palabras de Gandalf, con su túnica y su turbante. Los Malos y los Buenos, el Concilio Blanco contra Mordor, en vivo. Olvídate de las setas alucinógenas: eso, ni la ayahuasca, oye.

Disculpen el lenguaje, pero es el más adecuado para describir la moda juvenil que entre 2014 y 2018, más o menos, cundió por Europa: afiliarse al Estado Islámico, Daesh para los no amigos, e irse a Siria a combatir. Digo moda porque el fenómeno fue diferente al de otros conflictos a los que acudieron voluntarios islamistas en décadas pasadas, como Afganistán, Bosnia, Chechenia o Iraq: guerras dentro de un marco geopolítico e ideológico que se podían ganar con combatientes, fusiles, munición. En esencia, enfrentamientos comparables a la guerra civil española, donde se dirimía en el campo de batalla el peso regional del comunismo frente al fascismo en Europa. Siria también entra en este esquema: islamismo aliado con los países del Golfo y respaldado por Europa contra el régimen de Asad afiliado al eje de Irán-Rusia. Pero eso no es el esquema en la mente de quienes acuden a Siria: el Daesh combate raramente contra Asad, no es su objetivo primordial. La meta es vivir el islam y morir por el islam. Lo que ellos llaman islam.

 

 

 

 

 

 

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Lo que ellos llaman islam es un universo ficticio, basado en fantasías europeas. Usan el Corán como los adeptos a Tolkien usan El señor de los anillos. El idioma en el que se comunican tiene más de élfico que de la lengua que se habla en casa de sus padres: «Creo en Allah, cumplo el saum y hago el wudu antes del salat en el masjid, y gracias a mi aquida hago la da’wa entre los kuffar para vivir el din e ir a la jannah, según enseñó Muhammad (s. a. s.)». (Traducido: «Creo en Dios, cumplo el ayuno y me lavo antes de rezar en la mezquita, y gracias a mis creencias firmes me dedico a la misión para vivir la fe e ir al paraíso, según enseñó Mahoma»).

 

Desde siempre, los adolescentes han gustado de comunicarse en códigos que no entienden los mayores: forma parte de la rebelión. Y adolescentes son, prácticamente, quienes toman el avión a Estambul y el bus a Siria: tienen entre 18 y 25 años, o como mucho 30, y entre un 4 y un 10 % son menores de edad[10]. Todos viven en núcleos urbanos y, aunque una parte tiene antecedentes por delincuencia de bajo nivel —robo en tiendas, trapicheo, drogas—, no vienen en su mayoría de un ambiente desestructurado o de pobreza. En Holanda, el perfil es más bien el de un joven con pocos estudios, pero los yihadistas procedentes de Reino Unido tienen a menudo «conexiones con estudios superiores[11]». En algunos casos se van al califato como el mes antes se iban a la discoteca. Y en un alto porcentaje son conversos.

 

No se sabe con precisión cuántos conversos al islam hay en Europa, pero las estimaciones oscilan entre el 1,5 y el 5 % de la población musulmana en cada país. La proporción de conversos entre los yihadistas que viajaron a Siria es notablemente mayor: varía entre el 6 % en Bélgica y el 12 % en Alemania, el 14-18 % en Países Bajos y el 23 % en Francia[12]. Este aspecto se ha tenido poco en cuenta al analizar la deriva hacia la yihad de la juventud musulmana europea. Se habla mucho del caldo de cultivo que es una segunda generación de inmigrantes, desubicados entre dos sociedades: la de sus padres, a la que ya no pertenecen, y la de su país de acogida, a la que nunca llegan a pertenecer, por mucho que hayan nacido allí, tengan la nacionalidad, se eduquen en los colegios públicos…, pero siendo siempre «los otros», «los de fuera» para el resto de la ciudadanía. Esta condición del gueto es un factor importante. Pero al igual que ningún caldo de cultivo produce vida si no se le inyecta una célula primero, la marginación no produce yihadismo. Para

 

 

 

 

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llevar a un joven, o a una joven —casi el 20 % son mujeres—, a viajar a Siria para combatir a «los infieles» hace falta otra cosa: una ideología disfrazada de religión. Y esta se puede implantar a cualquiera: ser de familia musulmana no es condición.

 

Además, el dato oculta otro: los yihadistas que vienen de familias musulmanas son en gran medida lo que podríamos llamar «semiconversos»: jóvenes cuyos padres son musulmanes a la manera de su pueblo de origen, con solo una vaga reminiscencia de coletillas religiosas. Así es el perfil de los padres de Tarik Jadaoun, un joven belga que en 2014 se une al Daesh: la madre, de origen marroquí pero ya nacida en Bélgica, trabaja en la Administración local, no lleva velo, no va a la mezquita nunca, como tampoco lo hace su exmarido, obrero de fábrica también marroquí. Saben árabe, pero no lo hablan en casa. Tarik Jadaoun no sabe árabe, bebe cerveza y liga con chicas belgas, pero, además, sin realmente necesidad, empieza a cometer robos. Es en la cárcel belga de Lantin donde se engancha al Corán, sale religioso y sigue por esa vía en varias mezquitas belgas, aprendiendo una religión de la que ignoraba todo[13].

 

Similar es el personaje de Omar El Harchi, marroquí inmigrante —con papeles en regla— en Madrid, escayolista en el sector de la construcción, dedicado los fines de semana a bailar en las discotecas. Que es donde conoce en 2008 a Yolanda Martínez, una chica española de buena familia católica, con estudios de Arte, jefa de sección en unos grandes almacenes de ropa. Aparentemente por curiosidad hacia lo que cree la religión de su novio, Yolanda inicia un acercamiento al islam que acaba en conversión. Se casan ese mismo año en la mezquita de la M-30 en Madrid, donde se dan cita predicadores e imames salafistas, pagados desde Arabia Saudí. Es después de casarse, sin trabajo por la crisis económica de 2008, cuando Omar se empieza a dejar barba y se adentra en el ideario islamista y, finalmente, yihadista. Ella es conversa, él tres cuartas partes de lo mismo[14].

 

Este camino no es un salto de una vida agnóstica hacia el yihadismo: pasa primero por la fase de convertirse en una persona observante, con estrictas normas fundamentalistas. La famosa frase del estudioso francés Oliver Roy, «El terrorismo no surge de la radicalización del islam, sino de la islamización del radicalismo», es solo acertada en parte; puede aplicarse a casos como el de Tarik Jadaoun, que ya buscaba conflicto robando tiendas antes de saber una palabra del Corán, pero está lejos de la realidad

 

 

 

 

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de otros muchos yihadistas, cuya radicalidad se limitaba, antes de su conversión o semiconversión, a bailar en las discotecas. Quizás, como sospecha la periodista Pilar Cebrián en su minucioso libro El infiel que habita en mí, si hay que buscar radicalismo previo en el caso de Yolanda Martínez, lo podríamos encontrar en la frustración de una joven «criada entre algodones» que nunca llega a destacar en el ambiente competitivo de los mejores colegios privados de Madrid y que encuentra en el islamismo una manera de ser distinta a todas las demás, de brillar con luz propia, aunque sea la luz negra del niqab que ella elige llevar para exhibir su nueva fe[15].

 

El niqab —a menudo llamado burka en Europa— es también el elemento principal en el pasaje de chica normal de Ámsterdam, hija de inmigrantes marroquíes poco o nada religiosos, hacia el yihadismo del Daesh, que se representa de forma ficcionada, pero fiel a una realidad ya ubicua, en la película Layla M. de la cineasta neerlandesa Mijke de Jong. En este caso, la protagonista utiliza con un ánimo consciente de provocación los recién adquiridos elementos del islam salafista: citas coránicas y niqab frente a una familia que no tiene el menor interés en las Escrituras y sí en los estudios de Medicina que a su hija le permitirán ser una próspera ciudadana holandesa. Se trata de rebelarse, hacer lo que la sociedad ve mal. Si la sociedad europea tiene miedo al terrorismo islamista, entonces la mejor rebelión es disfrazarse con el niqab, como hace su guía espiritual, que no es un imam barbudo, sino una holandesa de ojos azules y apellido flamenco: una conversa.

 

El islamismo salafista se convierte así en una causa para rebeldes que no tienen otra, porque esencialmente no afrontan problemas reales, salvo un ocasional comentario racista en el patio del colegio… o algo que interpretan como racista, porque es fácil trasladar cualquier animosidad personal al terreno colectivo. Rebelarse es algo innato a la juventud, e igual que cualquiera, los inmigrantes de segunda o tercera generación se rebelan en primer lugar contra sus padres. Contra lo que perciben como incoherencia, aburguesamiento e hipocresía de sus padres: se definen como musulmanes, pero no viven para nada —constatan sus hijos— acorde al islam. Una constatación que solo es posible porque alguien les ha dicho a estos hijos lo que es el verdadero islam.

 

Quien se lo dice son los imames de su barrio y los predicadores salafistas en cadenas de satélite del Golfo, los consejos en los foros de

 

 

 

 

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internet. Por eso es tan alto el número de jóvenes europeos que se afilian al Daesh en comparación con marroquíes, tunecinos o egipcios. Incluso en proporción a la población total, el número de combatientes yihadistas belgas que acudieron a Siria en los primeros años del califato es muy similar al de los que salieron de Marruecos (cerca de 50 por millón). Si lo comparamos solo con la población musulmana de cada país, la tasa de ciertos países europeos multiplica la del Magreb.

 

La misión salafista fundamentalista ha prendido en Europa porque esencialmente se trata de convertir a una nueva religión a una generación que desconoce todo del islam, especialmente de la religión que desde hace siglos se llama islam en el Magreb, en Siria o Anatolia. Porque lo que se llama islam en estas tierras tiene muy poco que ver con lo que hoy se presenta como tal en televisión, internet y redes sociales. Se asemeja, o al menos hasta hace una generación se asemejaba, mucho más a lo que llaman cristianismo los adeptos a la Virgen del Rocío en Andalucía.

 

 

 

 

SOBRE ÁRBOLES Y TUMBAS

 

 

 

Un kilómetro de cuesta empedrada separa la plazuela de la iglesia de San Jorge en la cima de la colina. Un sol de primavera brilla sobre la muchedumbre que se arremolina entre los pinares, curiosea los puestos de venta de chucherías, velas y bobinas de hilo y se dispone a subir el camino hacia el santuario. El 23 de abril es festivo nacional en Turquía y media Estambul ha acudido a la cita en la isla de Büyükada, la antigua Prínkipo: hoy hay romería.

 

La gran mayoría son jóvenes, hay también familias enteras, muchas señoras mayores, adolescentes de ambos sexos. Pero predominan las chicas jóvenes. Visten como es habitual en Estambul: vaqueros, camiseta, cazadora, quizás una diadema de margaritas en el pelo. Unas pocas llevan el pañuelo islamista que denota cercanía a la ideología islamista del Gobierno o, al menos, una familia de firmes convicciones religiosas. Todas se acercan a uno de los pinos para atar al tronco un hilo de coser que acaban de comprar en la plaza. Con la bobina en la mano van subiendo la cuesta, desenrollando el hilo. Si consiguen llegar hasta la iglesia sin

 

 

 

 

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romperlo, el deseo que han pedido se cumplirá. Una tupida red de colores va tapando el bosque.

 

En la cima, la cortina de hilos ya se ha vuelto muy tenue, pero quedan otros métodos para forzar la bondad del destino: se puede atar una cintita a las ramas de uno de los árboles ante la iglesia, se puede colocar una velita en un saliente rocoso o disponer un puñado de azucarillos sobre los muretes, formando el blanco objeto de deseo: una casa, un coche, un bebé o directamente un corazón. Y para que no falte devoción, las chicas hacen cola ante la pequeña iglesia, echan unas monedas en el cepillo, escogen una vela, inclinando la cabeza ante el pope ortodoxo en su sotana negra, y la prenden antes de pasar al interior del templo. Muchas buscan un nicho libre en el reclinatorio para redactar una carta e introducirla luego bien doblada en la urna de cristal bajo el icono. San Jorge se encargará del resto.

 

Todas estas chicas son musulmanas.

 

«Llevo viniendo veinte años, y todos los deseos que he pedido se han cumplido, ya fuesen de matrimonio, de tener hijos o de salud», dice Handan Ala, una señora de 66 años de Estambul que se define como musulmana creyente. Precisamente por eso, por creyente, considera la iglesia un lugar sagrado. «Cristianismo e islam son cultos hermanos. Isa bin Meryem, Jesús hijo de María, es nuestro profeta también —subraya—. Y yo creo en todos los profetas». La misma justificación la expone el joven Ömür, que ha acudido acompañado de su novia, vestida de manga larga y con el pelo púdicamente oculto por el velo. «Somos musulmanes practicantes», insiste la pareja. «Creo en los cuatro libros; no se puede considerar musulmán a quien no crea en los cuatro», agrega Ömür. Se refiere al Corán, la Torá judía, el Nuevo Testamento y la Ginza mandea. «Una iglesia es la casa de Dios —zanja otra señora—. Y Dios hay solo uno».

 

La romería de San Jorge en Prínkipo fue seguramente una importante festividad local cuando aún había cristianos ortodoxos en Estambul, hasta mediados del siglo XX. Pero la desaparición paulatina de la población griega tras los pogromos de la década de 1950 —hoy quedan apenas tres mil, casi todos ancianos— no ha puesto fin al peregrinaje: la fiesta es la misma; los rituales, salvo la eucaristía, son los mismos. Solo ha cambiado la religión de los peregrinos. O quizás habría que decir: su religión

 

 

 

 

 

 

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nominal. Porque lo de atar cintas a un árbol, desenrollar hilos o colocar azucarillos no es que sea muy cristiano tampoco.

 

Las cintas que se agitan en la brisa de abril para lanzar al cielo un deseo son la bandera de una religión popular que se extiende desde las costas atlánticas de Marruecos hasta Crimea y Persia y más lejos quizás, pasando por los Balcanes y el Cáucaso. En Marruecos se describe a veces como marabutismo, porque el rito está estrechamente asociado a la tradición de peregrinar a la tumba de un santo, un morabito, para curarse de una enfermedad o ver cumplido un deseo: encontrar novio, quedarse embarazada.

Frente al mausoleo del santo, que casi siempre es un pequeño edificio cuadrangular con una cúpula blanca, suele haber un árbol. Y de las ramas del árbol suelen ondear trapos, cintas, trozos de tela o incluso, si el santo está especializado en dolencias de mujer, bragas y sujetadores. Porque el culto es una cosa práctica: se peregrina para pedir algo. Salvo en la romería anual, que sirve para recompensar al santo, renovar el lazo de fidelidad mutua: entonces se sacrifican corderos en su honor, se come, se baila y se encala la cúpula para que siempre luzca blanca.

La palabra morabito viene del árabe murabit, miembro de una rábida, es decir, una congregación de guerreros de la fe (término que también dio nombre a los almorávides). En realidad, a los cientos de miles de hombres y mujeres enterrados en estos santuarios raramente se les atribuyen hazañas bélicas, y sí una vida contemplativa y bondadosa. Aparte del nombre, no se recuerda gran cosa de ellos. Ni siquiera se les llama morabito: lo normal es hablar de Sidi Fulano, cuando es un hombre, y de Lalla Mengana, si es una mujer.

 

Podemos hablar de un culto a la tumba, pero en muchos santuarios da la impresión de que lo realmente sagrado no es el catafalco cubierto con un paño verde: eso es solo una manera de formalizar y estandarizar la sacralidad del lugar. Quizás sea el árbol delante. Quizás sea la fuente cercana. Quizás una cueva. También existen morabitos sin tumba, santuarios que marcan solo un lugar donde Sidi Tal vivió un tiempo.

 

La población que acude a estos santuarios en muchos casos no ha visto nunca una mezquita por dentro: si bien Marruecos entero está salpicado de sidis, numerosos pueblos de montaña carecen de un templo islámico formal. Como mucho hay un edificio para reuniones espirituales, llamada zawía. Pero por lo general, los pocos hombres mayores que rezan —entre

 

 

 

 

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las mujeres es más infrecuente todavía— lo hacen en casa, quizás en la azotea, cada uno por su cuenta. No hay imam ni muecín. La fe es un asunto entre cada uno y Dios. Como mucho, en caso de necesidad, con Sidi Fulano o Lalla Mengana de mediador. Y cuando se acude a ellos, se dice bismilá antes de entrar, se rodea el catafalco, se pronuncia una azora del Corán, si se tiene memorizada alguna, y si no, una breve plegaria propia, en el idioma materno, ya sea el árabe magrebí, ya sea el tamazigh (bereber).

 

Esta es la religión que la población del Magreb llama islam.

 

O esto es lo que la población del Marruecos de mi infancia llamaba islam: hablo de los años ochenta del siglo XX. Era similar, con variantes locales, desde Casablanca a Bagdad y Anatolia, con romerías y ceremonias alrededor de morabitos, santuarios locales, fuentes, árboles y tumbas. Usted dirá que de islam tenía poco más que el nombre, y yo estaré de acuerdo, pero no es menos cierto que el fervor religioso de una muchedumbre que salta la reja de la Virgen del Rocío, de cristiano tiene poco más que el nombre. Cuando millones de personas durante siglos llaman islam o catolicismo a los ritos que practican, ya sea atando cintas a árboles, ya sea paseando tallas de madera policromadas, no seré yo quien les quite el término. Los bereberes de las aldeas de mi infancia eran profundamente creyentes, no daban un paso sin invocar a Dios.

 

—Pásame el vino.

 

—Aquí tienes, hermano.

 

—Gracias. Bismilá. En el nombre de Dios.

 

Una playa atlántica de Marruecos. Interiores, noche. Cinco o seis pescadores, algunos jóvenes, otros no tanto, se han reunido en una de las chozas rudimentarias techadas de cañas, donde se guardan las redes, los remos y los motores fueraborda de las barcas con las que se hacen cada día a la mar. La jornada ha terminado, han cenado, han sacado el vino.

—¿Se puede decir bismilá al beber vino? El Corán prohíbe el alcohol.

 

Es pecado.

 

—Eso dicen. Sí, seguramente sea pecado. Pero Dios perdona muchos pecados. Quizás beber no sea de los graves. Lo sabremos el día del Juicio. Pero si no digo bismilá al beber, entonces expreso que en este acto estoy sin Él, que me estoy apartando de Dios. Y apartarse de Dios, eso sí que es pecado con certeza.

 

 

 

 

 

 

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Estar con Dios, de forma incondicional, siempre, rezando o sin rezar, pecando o no, esta era su fe. Y a esta fe la llamaban islam. Eran musulmanes.

 

 

 

 

PAGANOS, CONCILIOS Y BRUJAS

 

 

 

Los árboles de cintas al viento no son exclusivos de los países islámicos: se encuentran también en países cristianos. La iglesia de San Jorge en Prínkipo es solo un ejemplo. Otro es la cueva de Agia Solomoni en Pafos, en Chipre, de tradición greco-ortodoxa. En la muy cristiana Armenia, el culto es tan arraigado que la comunidad armenia de Estambul incluso erigió en 2015 un «árbol de los deseos» adornado de cintas como símbolo nacional de la conmemoración del genocidio armenio de 1915.

 

A primera vista, el culto parece ausente de Europa, pero no es cierto: se ha conservado de la misma forma en Irlanda y Escocia. Bajo el nombre de Clootie Well se conocen ciertas fuentes o pozos con agua curativa. Se acude en peregrinaje, se moja un trozo de tela en el pozo y se cuelga este harapo en un árbol cercano. Al igual que al sur del Mediterráneo se da por hecho que esto es propio de musulmanes creyentes, aquí es parte de la fe cristiana: cada fuente está dedicada a un santo. También existen numerosos ejemplos en Holanda, en Bélgica y en el norte de Francia, sobre todo en Picardía, donde el árbol más famoso —en realidad, varios troncos casi muertos— es el de Senarpont, junto a un altar dedicado a san Claudio. También aquí, los peregrinos son católicos creyentes. En Questembert, en la Bretaña francesa, una imagen de la Virgen María está fijada al tronco de una encina cubierta de trozos de ropa usada. De Alemania, en cambio, solo parece conocerse un caso de la Selva Negra, con el rito documentado aún poco antes de 1900 y hoy desconocido. Hay que ir hasta Bulgaria para encontrar el próximo árbol de cintas.

 

Todo indica que el cristianismo ha arrasado con las tradiciones paganas con una severidad mucho mayor que la que ha ejercido el islam al sur del Mediterráneo. Probablemente, una enorme cantidad de cultos, ritos y prácticas desaparecieran en Europa central durante la persecución de

 

 

 

 

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brujas entre los siglos XV y XVIII: más de doscientos años en los que cualquier comportamiento no conforme a las enseñanzas cristianas podía interpretarse como una alianza con el diablo y castigarse con la hoguera.

 

No fue tanto la Iglesia católica la que perseguía el paganismo como las diversas congregaciones reformadas y protestantes. Martín Lutero pronunció prédicas mucho más enfurecidas contra las brujas («Hay que matar a las hechiceras porque son ladronas, adúlteras, asesinas») que la relativamente laxa bula papal de Inocencio VIII de 1484, que autorizaba «castigar en sus posesiones o cuerpo» a las acusadas. De hecho, por mucho que el autor del Martillo de brujas (1486), el alemán Heinrich Kramer, fuera católico y monje dominico, la Inquisición española rechazó el libro por inútil y apenas impulsaba procesos de brujas, exceptuando el famoso caso de Zugarramurdi, mientras que en Europa central se estima que más de 50 000 personas acabaron ardiendo en las hogueras.

 

No es que en España no se condenase a la hoguera (el número de víctimas de la Inquisición se estima en entre 3000 y 10 000 en tres siglos, aunque otros hablan de 30 000). Torquemada no era más humanista que sus colegas allende los Pirineos. Simplemente, tenía otros enemigos: entre los 50 000 procesos que se celebraron entre 1550 y 1700, casi un tercio (14 000) se dirigían contra «herejes», seguidos de «moriscos» (11 000) y «judaizantes» (5000[16]). Solo 3750 se referían a «supersticiones». Queda por dilucidar quiénes eran los «herejes», porque los luteranos aparecen en una categoría propia (3500 casos), al lado de alguna secta cristiana menor.

 

Una gran cantidad de procesos inquisitoriales —el 40 % en algunas regiones— trataba con «proposiciones», que podían ser todo tipo de «blasfemias y palabras escandalosas, manifestaciones contra el dogma, juicios contra la Iglesia como institución», pero también «actitudes erótico-sexuales como el amancebamiento, la fornicación, el adulterio y el pecado nefando» (homosexualidad[17]). Las condenas eran leves. Y en realidad no se castigaba el hecho en sí —era demasiado común como para ir persiguiéndolo con equipos de inquisidores—, sino su defensa: el que los implicados opinaran públicamente que aquello no era pecado. Hay actas inquisitoriales que, más que el supuesto delito, subrayan la opinión de la acusada.

 

En muchos procesos inquisitoriales, la única acusación era no creer en las enseñanzas de la Iglesia. Cuando a la labradora María Zamorana la torturan en Cuenca en un proceso de 1581 para que delate a sus vecinos

 

 

 

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como «moriscos», ella solo sabe decir que uno estaba «diziendo “reniego de Dios” y “no creo en Dios”», y de otro: «Nunca les bí yr a missa ni oyr la palabra de Dios». De un tercero se le ocurre que un viernes cocinaba una olla de carne diciendo que era para sábado: algo que pudiera ser hábito de judíos, pero no de moriscos[18]. En conclusión: se trataba de delatar a quienes se mantenían apartados de la Iglesia. No hacía falta, como en Europa central, una acusación de brujería o intención de dañar a los demás. La herejía perseguida era el delito de no participar en el culto.

 

La palabra hereje transmite la idea de que el pueblo entero está compuesto por cristianos y que cualquiera que disiente de las normas de la fe ha abandonado el consenso establecido de la comunidad. Esta ficción, la de un pueblo católico que había que proteger contra el peligro de ideas innovadoras, es la que persiste hasta hoy en nuestro concepto histórico, sin que realmente nadie se pregunte mucho cómo se cristianizó España: ¿por las legiones romanas?, ¿por los visigodos arrianos?, ¿por los bereberes musulmanes? Simplemente, se da por hecho que España ya era cristiana cuando se plantea el conflicto entre moros y cristianos, que en el siglo XIX se ha ficcionalizado bajo el término Reconquista.

 

Cristianos serían de nombre: no consta que superviviesen otros cultos con una denominación concreta. Pero ¿qué significaba ser cristiano en el siglo XV o incluso en el XVI? Quizás algo no tan distinto a lo que significaba ser musulmán en Marruecos hasta finales del siglo XX: la adhesión teórica a una religión de la que se ignoraba todo y cuyas normas elaboradas en lejanos concilios o cátedras teológicas no llegaban hasta el pueblo.

La propia Iglesia colaboró en este proceso de confusión. Desde el primer momento se aceptaron festivos paganos como celebraciones de momentos fundacionales del cristianismo: casualmente, Jesucristo nació el día del solsticio de invierno y fue crucificado tras la primera luna llena de la primavera. Con fiestas como la de San Juan no se llegó ni a disimular: simplemente se le puso a la noche de hogueras del solsticio de verano el nombre de un apóstol, del que nadie sabe qué hizo aquel día. Bastaba para cristianizar el rito.

Festivos, invocaciones, veneraciones, deidades locales…, todo se integró en la Iglesia y se pasó a llamar cristianismo. El culto a los morabitos no se erradicó: simplemente se dictaminó que Lalla Fuensanta,

 

 

 

 

 

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Nieves, Rocío, Estrella, Mar, Prado, Monte, Lluvia, Socorro o Remedios eran advocaciones de la Virgen María y, por lo tanto, adorarlas, pedirles milagros o cura de dolencias era algo perfectamente católico. Lo único — imaginamos— que había que evitar era colgar un trapo en un árbol cercano. No fuese a parecer que.

 

El pueblo implicado se fue convenciendo de que eso era, realmente, la fe cristiana. A ningún cofrade de Sevilla que carga con la Macarena se le ocurre considerarse otra cosa que ferviente católico. Aunque basta con leer el Nuevo Testamento para averiguar que el culto a la madre de Jesucristo no tiene ninguna base en las escrituras sagradas cristianas. En el misterio del cristianismo, la encarnación de Dios en su propio hijo humano y su muerte dolorosa para rescatar a la humanidad del fuego eterno, la figura de la madre no tiene importancia alguna, es un mero recipiente para que pueda nacer aquel hijo divino, una fase transitoria, una sirvienta («Soy la esclava del señor. Hágase en mí tu voluntad»). Incluso se puede buscar en los Evangelios una expresa desautorización de María como figura vinculada a la fe («¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?»[19]).

 

Pero todo esto no importa: si millones de españoles consideran que cargar la Macarena en angarillas es propio de cristianos, aquello es cristianismo. Al igual que acudir a un morabito es islam en la otra orilla. Pero, si bien en los países mediterráneos esta forma popular de la fe se ha convertido en dominante, hasta el punto de eclipsar los dogmas, Europa también tiene sus talibanes cristianos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. LA CRUZ DE EUROPA

 

 

 

 

 

CRUCIFIJO CONTRA CONSTITUCIÓN

 

«Arrancan las raíces espirituales y culturales de Europa». «Tocan los fundamentos del Estado». «Atacan el nervio vital de nuestra cultura».

 

«Abandonan los valores de Occidente». «Así es como Hitler empezó su sanguinaria carrera». ¡Protesta!

Un manifiesto recoge 700 000 firmas. Treinta mil personas se reúnen en la plaza central de Múnich, encabezados por los máximos políticos de Baviera. El primer ministro del Estado autónomo bávaro, Edmund Stoiber, de la Unión Social Cristiana (CSU, formación hermana del mayor partido alemán, la Unión Demócrata Cristiana, CDU), les promete que Occidente no se irá a pique. Lo impedirá con todos los medios: «No permitiremos que junto a los símbolos cristianos expulsen los valores cristianos de la vida pública[20]».

 

Estamos en 1995. Seis semanas antes, el 10 de agosto, el Tribunal Constitucional alemán, sito en Karlsruhe, ha emitido un juicio: la norma administrativa de Bavaria que obliga a colocar un crucifijo en toda aula de colegio vulnera el artículo cuatro de la Carta Magna alemana («La libertad de fe, de conciencia, y la libertad del credo religioso y de la visión del mundo son invulnerables»). Una familia de orientación antroposófica — una filosofía creada en 1913 por el alemán Rudolf Steiner y relativamente cercana a ideas cristianas— había interpuesto denuncia en 1991 para exigir que se retirasen los crucifijos de las aulas en las que estudiaban sus hijos, alegando que la visión de un cuerpo martirizado podría traumatizarlos. El tribunal bávaro había rechazado la queja, subrayando una «tensión entre una libertad religiosa negativa y una positiva» que impediría respetar la «libertad de confesión negativa» de unos en detrimento de otros, es decir,

 

 

 

 

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los alumnos educados en una confesión religiosa, con derecho a tener delante un crucifijo. Curiosamente, los jueces reconocieron que la propia sala del tribunal carece de cruces por el mandato de neutralidad del Estado, pero esto no se aplicaría a la escuela porque en la educación de los jóvenes, las ideas religiosas y de visión del mundo son relevantes[21].

 

En otras palabras: es necesario adoctrinar. Efectivamente, la Constitución de Baviera —redactada en 1946 «ante los escombros de una sociedad sin Dios» y vigente con estas palabras hasta hoy— prevé como «supremos objetivos» de la escuela la educación «en la veneración de Dios, el respeto a las convicciones religiosas y la dignidad humana» (en este orden), y en consonancia reconoce «el derecho propio de las comunidades religiosas» a «una influencia adecuada en la educación de los niños de su confesión», «sin perjuicio del derecho educativo de sus padres[22]».

 

Los jueces de Karlsruhe rechazan la sentencia en su revisión y deciden, con cinco a tres votos, que «colocar un crucifijo en el aula de un colegio público no confesional vulnera la Constitución». Porque si bien es totalmente legítimo realizar actos de culto religioso en público, también es legítimo no participar en ellos. Sin embargo, la educación pública obligatoria no permite a los niños ausentarse del aula, de manera que están obligados a la contemplación continua del crucifijo, símbolo esencial del cristianismo y, por lo tanto, un elemento de culto religioso.

 

Hay quien opina que ninguna sentencia ha causado un debate tan encendido desde que existe la República Federal Alemana. Desde Múnich a Hamburgo, la prensa, no solo la católica, pone el grito en el cielo. Los políticos de partidos izquierdistas prefieren callar, los conservadores suben a las barricadas. «Quien quita la cruz no crea neutralidad, sino el vacío», dice Stoiber. Y advierte que el pueblo pide desacatar la sentencia. Otros van más lejos: un diputado de la CSU propone «que vengan los jueces en persona a quitar los crucifijos». «Nosotros, campesinos, los esperaremos como debe ser: con mayales», agrega[23]. «Los católicos sabrán defenderse», advierte un alto cargo clerical. «Contra la pura estupidez hasta de los tribunales más altos se impone la resistencia», dice un exministro[24]. Hay quien pide reflexionar sobre si una sentencia del Constitucional es vinculante. Y un vicepresidente de la CSU elige la vía fácil: declara anticonstitucional la sentencia e invoca el artículo 20 de la

 

 

 

 

 

 

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Carta Magna, que permite a todo alemán ofrecer resistencia a cualquiera que intente derrocar el orden constitucional[25].

 

Quienes no se atreven a pedir directamente la revolución siguen la línea marcada por los tres magistrados disidentes: el crucifijo, aseguran, no es un símbolo religioso, sino simplemente una seña de identidad bávara. La sociedad, argumentan, es ya laica y el crucifijo hoy día no significa nada más que una pertenencia general a la cultura occidental cristiana; se ha despojado de su valor ritual. Y como es no religioso, la Iglesia tiene derecho a exigir su presencia en todo aula, es la conclusión. Lo de la sociedad laica casi sería creíble, observa un sarcástico analista, si no hubiera surgido un debate tan encarnizado sobre el crucifijo.

 

La avalancha de críticas, con muy pocas voces respaldando a los magistrados de Karlsruhe, tiene éxito. En primer lugar, el presidente del Tribunal, Johann Friedrich Henschel, asegura que la sentencia se ha entendido mal, porque estaba mal formulada. Donde dice que «colocar un crucifijo en el aula vulnera la Constitución[26]», en realidad se había querido decir que la vulnera la ley bávara, que obliga a colocar un crucifijo en cada aula. El estamento político bávaro le toma la palabra: ya no pide desacatar la sentencia, sino que acepta como dictamen una entrevista en prensa del magistrado en lugar de la sentencia escrita. Y acto seguido simplemente mantiene la ley que obliga a colocar un crucifijo en cada aula. Así de sencillo. Solo añadiendo una cláusula: si unos padres se oponen a la presencia de la cruz «por razones serias y comprensibles de su fe o su cosmovisión», la dirección del colegio intentará llegar a un acuerdo; si no lo consigue (es decir, si los padres insisten), las autoridades educativas deben «imponer una solución que respete la libertad religiosa de los padres disconformes y los equilibre con las convicciones religiosas y la visión de los demás afectados en clase, respetando, dentro de lo posible, la voluntad de la mayoría[27]». En otras palabras: la cruz se queda.

 

 

 

EL FIN DE OCCIDENTE

 

 

 

La cruz se queda. Es así de sencillo. En 2004 y en 2008 hay casos de profesores que van a juicio contra la presencia obligatoria de un crucifijo

 

 

 

 

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en sus aulas. Los tribunales bávaros son categóricos: no tienen derecho a retirarlos ni a considerarse perjudicados por la presencia de un símbolo «de los valores occidentales cristianos». El Gobierno bávaro se alegra «de que se mantenga la jurisprudencia» —es decir, el desacato judicial— y de que «los gustos personales del profesor deban subordinarse» a los valores de la cruz. La sentencia de la máxima instancia de la Judicatura de Alemania queda así simplemente anulada por la voluntad unida de Iglesia y políticos.

 

En 2009, la polémica vuelve a saltar a las primeras páginas de la prensa alemana, esta vez por una pelea judicial en Italia. Una madre atea de origen finés había interpuesto una queja análoga contra el crucifijo en el aula de sus hijos. Los tribunales italianos han decidido como los bávaros: la cruz es parte de la historia y cultura de Italia. La madre, Soile Lautsi, llega hasta Estrasburgo, donde el Tribunal Europeo de Derechos Humanos le da la razón: la cruz es un símbolo religioso cristiano, deciden los jueces. Y, por lo tanto, un país que separa religión y Estado no puede obligar a tenerlo en los colegios.

No solo la Iglesia protesta, con apoyo de todo el espectro conservador italiano y parte del centro-izquierda. Sobre todo, protesta Alemania. «No se ha tenido en cuenta el derecho de los padres que quieren que sus hijos crezcan dentro de la religión y cuyas convicciones no permiten que los niños tengan que afrontar ya en la edad escolar la relativización y el desprecio a la religión», escribe el muy influyente diario Frankfurter Allgemeine Zeitung[28]. No tener la religión todos los días delante es despreciarla, se deduce. «No se debe privilegiar una adhesión al ateísmo», dice un alto cargo de la CSU. Además, la cruz simboliza «la protección de la dignidad de todas las personas, sin importar su confesión religiosa». La argumentación es original: como la cruz simboliza el respeto, no necesita respetar a quienes no comparten esta idea. La Conferencia Episcopal católica alemana emite una declaración para dejar claro un punto: «La libertad religiosa no significa “ser libre de la religión[29]”», asegura. Esto también es original.

 

Italia apela la decisión y diez países del Consejo de Europa se personan en la causa en apoyo, junto a diputados y organizaciones cristianas. La propia Convención de los derechos humanos que defiende Estrasburgo «sería totalmente impensable en el futuro sin cruz ni

 

 

 

 

 

 

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cristianismo»; amenaza «el derrumbe espiritual por pérdida de sustancia», asegura un político alemán adherido a la causa.

 

«Habría que tachar el concepto de la dignidad humana de la Constitución, porque sus raíces espirituales están en la idea de que el ser humano está creado a imagen y semejanza de Dios», advierte la Frankfurter Allgemeine. Si Estrasburgo no recula, le pasará lo que le pasó a Karlsruhe: un desacato justificado, porque «una sentencia debe ajustarse a derecho». Y esta no lo hace, porque significaría que «es un derecho humano vivir en un Estado en el que la religión se retire completamente a la esfera privada». Impensable. Sería el fin de Occidente.

La campaña hace efecto. En 2001, la Gran Cámara de Estrasburgo emite una sentencia, ya inapelable, que contradice la anterior: no se puede demostrar que un crucifijo en la pared influya sobre la mente infantil en clase, porque se trata de «símbolos mudos y pasivos» y, además, «populares». Por lo tanto, cada Estado puede decidir si los coloca o no. La Iglesia ha ganado[30].

 

La Alemania católica se regocija. Y para no pecar por omisión, el nuevo primer ministro bávaro, Markus Söder, de familia protestante, decreta en 2018, al mes de asumir el cargo, la colocación de un crucifijo obligatorio en el vestíbulo de todos los edificios administrativos de Baviera. Ante las críticas de quienes reivindican una neutralidad del Estado, Söder asegura que «la cruz no es un símbolo de una religión», sino de «la identidad de Baviera y su estilo de vida[31]». Allí, hasta a algunos clérigos se les caen los palos del baldaquín. Importantes medios católicos critican la utilización del símbolo con fines políticos y el propio arzobispo de Múnich, el cardenal Reinhard Marx, se pronuncia en contra de «confiscar la cruz en nombre del Estado». Pero son apenas escaramuzas sobre la estrategia más razonable para mantener la cruz en la vida pública. Es un debate de política religiosa en toda Europa: a ratos salta la polémica en Alemania, Suiza, Italia «y hasta en la católica España», apunta una emisora clerical de Colonia.

 

Lo que no sabe el redactor es que, en la católica España, el debate no solo no suscita apenas atención pública, sino que se resuelve de la manera contraria: los crucifijos desaparecen sin pena ni gloria.

 

En 2008, un tribunal de Valladolid da la razón a un padre que exigía retirar un crucifijo del colegio público al que acudía su hijo; la Fiscalía respaldaba la petición. En 2010, lo mismo ocurre en una escuela de

 

 

 

 

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Extremadura[32]. En 2011, sin embargo, la Junta de Andalucía — gobernada por el partido socialista y laico PSOE— emite una circular, basada en la sentencia definitiva de Estrasburgo, que adjudica a cada colegio la potestad de decidir sobre la presencia del crucifijo[33]. Es un giro completo respecto a la postura que había defendido en la década anterior, concretamente en 2006, cuando ordenó a un colegio de Baeza retirar los crucifijos tras una queja de los padres. La orden se encontró con alguna protesta local, un repique de campanas y una ofrenda floral, pero se cumplió[34]. Era acorde al informe del defensor del pueblo andaluz, José Chamizo, quien había dictaminado en 2001 que los símbolos religiosos en un centro docente público no eran en sí ilegítimos, pero colocarlos «puede vulnerar el derecho a la libertad religiosa de las personas y, por tanto, deben ser retirados cuando así lo solicite alguno de los que se consideren afectados[35]». Chamizo era sacerdote católico.

 

Veinte años más tarde, su sucesor se pierde en consideraciones sobre quién tiene la autoridad de decidir y la Junta se lava las manos. En 2020, después de tres años de batalla legal, un colegio de un pueblo de Córdoba mantiene la cruz[36]. Una proposición no de ley del Congreso de los Diputados, votada al calor de la primera sentencia de Estrasburgo en 2009, que instaba al Gobierno a retirar todas las cruces de los centros educativos —a favor: PSOE, Esquerra Republicana y BNG; en contra: PP y CiU—, no llega a ninguna parte[37]. (La revisión de la sentencia no debería influir, dado que reconoce a los Estados el derecho a legislar en la materia). Con todo ello, no hay que perder de vista una diferencia abismal entre el caso de España y el de Alemania: la presencia de crucifijos en las aulas es tan anecdótica que hay quien se sorprende de que aún existan. Una investigación de la prensa en Jerez de la Frontera en 2008 entre los colegios públicos con nombre de virgen, santo o papa mostró que en ninguno de ellos había crucifijos, que normalmente nadie se había planteado siquiera que podría haberlos, y que muchos no los tenían desde que se construyeran[38]. La asociación Europa Laica tenía contabilizados en 2019 en Andalucía 33 centros docentes públicos —un 1 % de los aproximadamente 3200 que existen en la comunidad autónoma— que en años anteriores mantenían una cruz en alguna parte del edificio, aunque el número real ya ha disminuido[39].

 

 

 

 

 

 

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En otras palabras: el debate que todavía hoy hace correr ríos de agua bendita en Alemania lleva una generación o más superado en la católica España. Y no es un detalle anecdótico: la imbricación de Iglesia y Estado es mucho mayor en los países del centro y norte de Europa que en los mediterráneos. Lo confirma un vistazo a las constituciones del continente, aunque en la última década algunas se han enmendado.

 

 

 

 

DIOS EN LA CARTA MAGNA

 

 

 

Ningún país va tan lejos como Irlanda, cuya Carta Magna empieza con el preámbulo: «En nombre de la Santísima Trinidad, de la que emana toda autoridad y a la que, como objetivo final, hay que referir toda acción tanto de los hombres como del Estado, nosotros, pueblo de Irlanda, humildemente reconociendo nuestras obligaciones ante nuestro divino Señor, Jesucristo, quien sustentó a nuestros padres durante siglos de aflicciones…». La de la igualmente católica Polonia tiene mucho cuidado de subrayar su ecuanimidad: «Nosotros, la nación polaca —todos los ciudadanos de la República, tanto los que creen en Dios como fuente de la verdad, la justicia, el bien y la belleza, como aquellos que no comparten esta fe pero respetan estos valores universales como surgidos de otras fuentes, iguales en derechos y obligaciones por el bien común—, Polonia, agradeciendo a nuestros ancestros su labor, su lucha por la independencia conseguida con gran sacrificio, por nuestra cultura arraigada en la herencia cristiana de la nación y en los valores humanos universales…».

 

Alemania, con su población dividida a partes iguales entre católicos y protestantes, se limita a iniciar la Carta Magna con un «Conscientes de su responsabilidad ante Dios y la humanidad…». Mucho más lejos va Noruega. Desde 2014 ya no obliga, por mandato constitucional, a que más de la mitad de los miembros del Consejo del Estado sean evangélicos-luteranos, ni a que los noruegos de esta confesión eduquen a sus hijos en la misma fe, ni a que los colegios den a los alumnos «una educación cristiana y moral». Pero sigue manteniendo en el artículo 2: «Nuestros valores seguirán siendo nuestra herencia cristiana y humanista», en el 4: «El rey debe profesar en todo momento la religión evangélica-luterana», y en el

 

 

 

 

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          «La Iglesia de Noruega, una iglesia evangélica-luterana, seguirá siendo la Iglesia establecida de Noruega y como tal recibirá el apoyo del Estado». Muy similar es la fórmula en la Constitución de Dinamarca, que también obliga al monarca a profesar la fe luterana y establece la Iglesia como cuerpo oficial. Suecia se liberó de toda referencia a la religión en la reforma de 1998, pero Reino Unido, que no tiene Carta Magna codificada, mantiene a la reina como cabeza de la Iglesia anglicana. Frente a estos ejemplos, casi sorprende que el rey de España no tendría ninguna traba legal si decidiera un día convertirse al budismo o, simplemente, declararse ateo.

 

No solo en el texto constitucional, sino también en la práctica institucional, Alemania separa mucho menos Iglesia y Estado que países como España, Italia o Francia. Así, el consejo de Radiotelevisión pública, la máxima autoridad de la emisora estatal, cuenta entre sus 60 miembros no solo con delegados de los principales partidos alemanes, las federaciones sindicales, las patronales y asociaciones cívicas, sino también con cinco delegados de las fuerzas religiosas: dos representantes del clero católico, dos de las iglesias luteranas y uno del consejo central de los judíos. Esta fórmula fija de cinco representantes de las tres ramas religiosas se repite a nivel autonómico en todos los estados federados, aunque tengan menos miembros: en el de 50 sillones de Baviera, en el de 42 de Sajonia-Turingia y en el de 35 de Sarre, donde solo tres miembros son parte de las jerarquías religiosas, pero están complementados por una delegada de la federación de asociaciones de mujeres católicas y otra de la fundación de asistencia a mujeres evangélicas; ambas estrechamente vinculadas a sus respectivas iglesias, con rezos comunes y lecturas de Biblia como parte esencial de su programa social. Cinco delegados, el mismo número que en Sarre, suman juntos sindicatos, patronales, funcionariado, colegios profesionales y trabajadores autónomos. ¿Alguna asociación cívica anticlerical? Dios no lo quiera.

Este respaldo rotundo del Estado alemán a las estructuras religiosas como parte esencial de la sociedad también se refleja en el sector de la enseñanza, aunque la apariencia parezca decir lo contrario. La muy laica Francia dispone de unos 7000 colegios católicos financiados con dinero público que acogen a dos millones de alumnos, el 18 % del total del alumnado francés[40]. Es una cifra muy similar a la española, donde la proporción de la escuela concertada llega al 30 %, pero solo entre el 60 y

 

 

 

 

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el 70 % de este sector es confesional, lo cual también arroja una cifra entre el 18 y el 21 % del total del alumnado[41]. En Alemania, la cifra es mucho más baja: solo un 11 % de los alumnos va a un colegio «privado», el equivalente al concertado español, financiado con dinero público. Aproximadamente la mitad de esos colegios son confesionales, ya sean católicos o protestantes. Pero esto no necesariamente indica un mayor grado de laicismo. Antes al contrario, opina un exministro bávaro: es el propio colegio público alemán el que «busca adecuarse a las tradiciones cristianas de la enseñanza». Si no lo hiciera, los padres cristianos crearían un sistema de colegios confesionales como en Francia, advierte; la ausencia de esta red concertada demuestra que la población religiosa siente que el colegio público es suficientemente cristiano[42].

 

Y tanto que lo es: dos estados federales incluso siguen segregando al alumnado por religión en partes de la enseñanza pública: hay colegios para católicos y hay colegios para protestantes. Si en Baja Sajonia solo el 7,6 % del alumnado está segregado por la fe de sus padres, en Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado de Alemania, la proporción llega al 32 %. Y además, si en Francia no existe asignatura de religión en los colegios, y en España es optativa desde 1990, aunque vuelve a ser manzana de discordia continua en cada etapa legislativa, en Alemania es obligatoria y evaluable por mandato constitucional. Salvo una declaración de los padres o tutores, alegando motivos de conciencia, para una exención individual, todos los alumnos deben participar en la clase, y no saber que la humanidad apareció en la Tierra a consecuencia de la ingestión de una manzana por consejo de un ofidio arbóreo parlante hace suspender el curso y baja la nota media al igual que ignorar el concepto de selección natural planteado por Darwin. O así lo prevé la ley, porque desde los años setenta, gradualmente, se ha implantado también en Alemania una asignatura sustitutoria de ética, eso sí, concebida para evitar que los padres retiren a sus hijos del aula de religión.

 

Frente a esta imbricación, los países del sur sí que se nos antojan prácticamente laicos: aquí las relaciones con la Iglesia no son parte de la estructura constitucional, sino que se basan en tratados firmados con un cuerpo ajeno a la nación. La Constitución italiana subraya expresamente en su artículo 7 que «Estado e Iglesia católica son independientes y soberanos, cada uno en su esfera propia» y que «sus relaciones las regulan los Pactos de Letrán», firmados en 1929 por Benito Mussolini para otorgar

 

 

 

 

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soberanía al Vaticano. Lo mismo ocurre en España, donde el Concordato con el Vaticano tiene fuerza vinculante como tratado internacional, pero no aparece en la Constitución. La relación del pueblo español con el Omnipotente, por lo tanto, se rige por convenciones diplomáticas. Dios es una potencia extranjera.

 

Tan extranjera que, en España, el pueblo ni siquiera lee sus misivas.

 

 

 

 

 

LA IGNORANCIA DEL PECADO

 

 

 

—¿Tú sabes qué es la Inmaculada?

 

—Una prima mía.

 

—No. Digo el día de la Inmaculada.

 

—Ah. Un puente. Un festivo que se junta con un fin de semana. —¿En qué fecha cae?

—Déjame pensar. El 6 de diciembre. No. Ese es el día de la Constitución. El 8 de diciembre.

—¿Y qué se celebra ahí?

 

—La inmaculada concepción. Lo de la Virgen María.

 

—¿Qué es exactamente la inmaculada concepción de la Virgen María? —Pues lo de Jesucristo, que nació de madre virgen y esas cosas, que María no tenía sexo para concebir al niño Jesús porque fue por el Espíritu

Santo.

 

—¿Y en qué fecha nace el niño? —¡Pues en Navidad! El 25 de diciembre.

 

—O sea, ¿que concibe el 8 de diciembre y diecisiete días más tarde nace el crío? Vaya preñez más acelerada…

—Ahora que lo dices…

 

Es una conversación que he tenido cien veces con españoles de cualquier edad, condición y nivel cultural. Entre ellos, unas cuantas amigas educadas en un colegio de monjas de la época tardofranquista, una asidua a la misa de domingo, una joven que a los veinte años era voluntaria en las clases de catecismo para niños y un monaguillo en activo. De cien, uno solo supo dar la respuesta correcta: el dogma de la Inmaculada Concepción, solo proclamado en 1854, pero tenido por tan

 

 

 

 

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importante en la Iglesia católica española que es hasta hoy festivo nacional y onomástica popular —estuvo en el top 5 de nombres de niñas nacidas en la década de los setenta en Cádiz, Granada o Málaga y aún en el top 10 de gran parte de Andalucía en la de los ochenta—, no tiene nada que ver con el nacimiento de Jesucristo.

 

La gran mayoría de los españoles que por edad han tenido a alguna Inma por compañera de clase aún saben que si el cura te saluda con un «Ave María purísima» hay que responder «sin pecado concebida», pero jamás se han planteado que la forma gramatical del verbo no es conceptora, sino que va en pasiva. Claro, ¿cómo sospechar que el dogma se refiere al polvo que echaron Joaquín y Ana, padres de la niña María? Porque esto sí fue un acto sexual, no una concepción virginal. Pero uno «sin pecado». Frase que solo adquiere sentido —la pareja estaba casada— cuando se conoce la teología de san Agustín de Hipona y su teoría, hoy dogma, del pecado original de la humanidad. El causado por la desobediencia de Adán y Eva al comer del árbol del bien y del mal y desde entonces transmitido por herencia de generación en generación a través del acto biológico de procreación y concepción.

 

El hecho de que el hombre no es capaz de dominar a voluntad su deseo sexual y que tiene que vivir con un órgano que le desobedece es para Agustín un reflejo directo de la desobediencia de Adán y Eva ante Dios. En el paraíso, conjetura el pensador norteafricano, no hubo deseo sexual, pero en el valle de lágrimas que es la Tierra, ese deseo, pecaminoso por desobediente, es parte necesaria de toda procreación y como tal transmite el pecado original. Por lo tanto, todo acto sexual, no solo la fornicación, sino también el deber conyugal santificado por el sacramento del matrimonio, es un momento de pecado, imprescindible para mantener la existencia de la humanidad, un mal inevitable, perdonable cuando sirve para el único fin legítimo, la procreación, pero mal al fin y al cabo. Por ello, todo bebé nace ya cargado con el pecado: hay que lavar ese pecado original mediante el primer sacramento, el bautismo, antes de que pueda ir al paraíso; si muere sin bautizar tendrá que ir al limbo: no es puro.

 

Solo en este marco de demonización de la sexualidad se entiende el dogma de la concepción inmaculada, la única de la historia de la humanidad en la que no se transmitió ese pecado original y, por lo tanto, permitió a María nacer purísima, sin necesidad de bautizo, y serlo también a la hora de concebir al hijo de Dios, es decir, Dios. Que lo siguió siendo,

 

 

 

 

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y virginal además, también después de concebir media docena de hijos e hijas más, es otro de los misterios de la fe, pero de menos o nula importancia para la vida sexual de los creyentes, incluida la prohibición de usar anticonceptivos.

 

Por supuesto, prácticamente ningún católico español, salvo tras estudiar en una facultad de Teología, conoce estos detalles. Una especie de ignorancia afortunada que exime al común de los mortales de la conciencia de vivir en continuo pecado. Es distinto en los países centroeuropeos: en la muy católica y muy vividora ciudad de Colonia — cuyos habitantes discuten sobre si el número de iglesias supera al de bares o al revés— se celebra el carnaval por todo lo alto, pero el Miércoles de Ceniza se acabó lo que se daba y hay colas de penitentes ante la iglesia para llevarse su cruz en la frente. Algo simplemente desconocido en Cádiz, donde el carnaval dura de un fin de semana al siguiente, con un da capo el domingo después. Que en medio de todos estos festejos ya ha comenzado la Cuaresma y se prohíbe estrictamente diversión, baile y gula probablemente no lo sepa nadie. Como también sería bastante difícil encontrar a un católico español que tenga presente la norma de no comer carne ningún viernes del año. Y, salvo las supernumerarias del Opus Dei, tampoco será fácil hallar en la misa del domingo a alguna joven —en la medida en la que haya jóvenes en misa— que en el confesionario recuerde enumerar como pecado haber usado condón con el novio. Eso, si confiesa el sexo con el novio como pecado. Y aun si lo hace, es muy poco probable que se arrepienta de corazón. En el catolicismo mediterráneo, el rito ha reemplazado a la fe, facilitado por un elemento clave: los fieles, aun cuando creen, no saben en qué están creyendo. Ni les importa.

 

Esta ignorancia respecto a las propias escrituras entronca con la convicción general, dominante durante siglos, de que los cristianos tienen prohibido leer la Biblia. Por supuesto, la Iglesia ha aclarado una y otra vez que no existe tal prohibición…, pero siempre añadiendo un pero: no se debe leer la Biblia sin orientación por parte de un sacerdote, o sin comentarios que ayuden a interpretarla, porque solo la Iglesia, gracias a la tradición de la que es guardiana, puede saber cuál es el verdadero significado de los textos, no un lector cualquiera. Aún en una edición española de la Biblia de la década de 1950, el editor se veía obligado a desmentir la idea de que estaba publicando un libro prohibido, eso sí, subrayando la importancia de buscar asesoría clerical para la lectura. En la

 

 

 

 

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práctica, esta postura ha llevado a un hecho simple: normalmente, un europeo católico no ha leído la Biblia, mientras que cualquier protestante se la sabe casi de memoria: es la lectura suprema en todo hogar que se tenga por cristiano. Y de tanto sabérsela, muchos protestantes se sienten autorizados a interpretarla a su manera, buscándole el sentido que quieren.

 

Solo esta feliz ignorancia explica la postura benevolente de gran parte de los pensadores europeos hacia la religión cristiana. El periodista estadounidense Christopher Caldwell llega incluso a afirmar, invocando al filósofo alemán Jürgen Habermas: «El cristianismo, y no otra cosa, es el cimiento último de la libertad, la conciencia, los derechos humanos y la democracia[43]». Lo que hace sospechar que Caldwell, y quizás tampoco Habermas, no se ha leído las encíclicas papales de los tiempos modernos. Ni parecen tener constancia de Giordano Bruno y Miguel Servet, de los muertos de la Inquisición, de los autores de los 6000 libros que hasta 1965 constaban en el Index librorum prohibitorum del Vaticano, ni de las víctimas del franquismo, calificado de «cruzada» por los obispos españoles. Pronto llegaremos a creer que las mujeres dicen misa en Roma y que cada cuatro años se colocan urnas de votar en la plaza de San Pedro.

 

No: si Europa es democrática y vota a sus representantes no es gracias a la Iglesia, sino a pesar de ella. Pero esta postura de atribuir al clero todas las virtudes de democracia que combatió con tanto ahínco se ha convertido en argumento típico hoy: se busca enfrentar un cristianismo pasado por el filtro de la democracia europea, alcanzada a través de las luchas contra la Iglesia, con un islamismo político del tipo talibán financiado por monarquías absolutistas. De esa confrontación deducen algunos que el islam como tal posee una inherente, innata disposición a la violencia, frente a la «religión de la paz» que creen predicada por Cristo. Postura respaldada por toda una escuela de expertos europeos, que conocen de memoria el puñado de versos del Corán que llaman a combatir al enemigo —ni que hubiesen estudiado con Osama bin Laden de profe— y concluyen que todo musulmán lleva dentro un yihadista.

 

Si uno responde que, por la misma regla de tres, todo cristiano debería lapidar sin piedad a cualquier homosexual que encuentre, véase Levítico 20, 13, no falta quien aduce que esta ley del Antiguo Testamento, si bien es parte de las Escrituras Sagradas cristianas, la anula Juan 8, 7; y si uno contesta con Mateo 5, 17, nos quedamos con una disputa teológica medieval que ni Tomás de Aquino. Edificante espectáculo.

 

 

 

 

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No: el sistema actual de libertades, derechos humanos y democracia no se edificó en Europa leyendo a san Agustín. Se edificó contra ello, incendiando iglesias, destruyendo el poder de una jerarquía decidida a mantener el control sobre el pensamiento del pueblo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. LAICISMO ¿UN SINDIÓS?

 

 

 

 

 

QUEMACONVENTOS Y TRAGAFRAILES

 

«Esta iglesia es preciosa. ¡Que todas sean como esta!». Es un grafiti dibujado con tizón sobre la pared de lo que en Lavapiés llaman a veces «la basílica», aunque nunca pasó de oratorio adosado a un colegio religioso para niños sin recursos, las Escuelas Pías de San Fernando. Se distingue de las demás iglesias de Madrid no solo por su planta cuadrada con la hermosa cúpula octogonal que le da cierto aire de templo bizantino,

 

sino por otro detalle llamativo: está en ruinas.

 

Sobre el valor estético de la ruina como concepto se puede discrepar —seguramente más de un amante de la arquitectura clásica se horrorizaría ante una Acrópolis fielmente restaurada y policromada—, pero el autor incógnito de la pintada pensaba con certeza en otro aspecto: la basílica ya no sirve al culto. Fue secularizada por la fuerza, es decir, incendiada y en parte destruida, por militantes anticlericales en 1936, al desatarse en España la pugna entre una república laica y una sublevación militar bajo el signo de la cruz.

 

Dicen que hubo quien disparó desde la iglesia a los transeúntes[44], y quizás esto explique el furor destructivo, que no se abatió sobre todas las iglesias de la capital, aunque unas cuantas sí. Pero con o sin disparos, las iglesias llevaban siglos siendo un símbolo de opresión para el pueblo, o para la parte del pueblo que se planteara las cosas. Desde Isabel la Católica, la alianza entre reyes y obispos era firme, y hasta el último cura del pueblo, salvo honrosas y contadas excepciones, era una ruedecita más en una inmensa máquina de poder. Un poder, en primer lugar, económico: Iglesia, monasterios y órdenes religiosas poseían una enorme cantidad de tierras por cuya labranza los vecinos tenían que pagar un arrendamiento.

 

 

 

 

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En eso, el cuerpo eclesiástico no se distinguía tanto de aristocracia y latifundistas, pero al poder de la ley y los títulos de propiedad añadía una herramienta potente para mantener este sistema de explotación: el chantaje perpetuo con los castigos en el más allá. Al conde había que pagarle lo que marcase el contrato, al cura había que darle voluntariamente para no pasarse mil años en el infierno del más allá, después del vivido en la tierra. «Si se muere un pobre y Dios le condena al purgatorio a cien mil años y su viuda no puede pagar más que una misa de tres pesetas, no tiene más que dos o tres mil días de indulgencia. Pero si se muere un rico y paga un funeral de primera clase…». Hablamos de 1910; el párrafo describe la infancia de Arturo Barea, cuando por una peseta se podía comprar un libro[45].

 

El pueblo pagaba el dinero que no tenía para ofrecer una educación a sus hijos y sostener un sistema que, con términos de la sociología actual, llamaríamos intimidación colectiva, maltrato psicológico, abuso emocional, bullying. Pagaba para vivir con miedo, pagaba para adornar con oro en paño los púlpitos desde donde se le decía que iban a sufrir torturas indecibles durante miles de años. No sorprende que más de uno ardiera en ganas de meter fuego a todo aquello.

 

No era algo especialmente nuevo: aunque los términos quemaconventos, comecuras y tragafrailes no aparecen en el Diccionario de la Real Academia, es probable que sean anteriores a la Segunda República, incluso a la Primera: ya en 1812, el reverendísimo padre maestro Francisco Alvarado, filósofo rancio, defendía a los religiosos contra el hombre «atacado por la fratifagia[46]». Eso fue antes del motín de Madrid de 1834 en el que una muchedumbre enfurecida, compuesta principalmente por las clases bajas, degolló a 73 frailes en Madrid, atribuyéndoles la culpa de la epidemia de cólera: habían envenenado las fuentes, se aseguraba, para facilitar la victoria del ejército carlista, aliado con el clero contra el Gobierno liberal. Era un bulo; lo que sí habían hecho algunas órdenes, parece, era explicar a la población diezmada por la plaga que aquello era un castigo divino que se cernía sobre los habitantes de la ciudad por descreídos.

 

Un siglo más tarde se repitió la misma constelación, con el clero bendiciendo a los generales sublevados contra la República, y se reprodujo la escena de incendios. Las Escuelas Pías de Lavapiés eran, desde luego, el blanco peor elegido para esa furia. Desde su fundación en 1729, el edificio

 

 

 

 

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estaba concebido como un lugar de enseñanza para los niños de las clases más desfavorecidas; el propio Arturo Barea, hijo de una lavandera, adquirió allí su formación. El templo pertenecía a los Padres Escolapios, una orden católica que había asumido la educación de los niños pobres como su razón de ser. Por supuesto, financiándola con donaciones: por mucho que las reglas de la orden obligaban a una estricta pobreza, financiar estas escuelas pías siempre corría a cargo del erario o de donaciones de particulares. La enseñanza era de buen nivel e incluso poco ortodoxa para algunos: los escolapios ya aceptaban las ideas de Copérnico y Galileo cuando sus libros aún figuraban en el Index librorum prohibitorum. Probablemente, si había una iglesia en Madrid que no merecía el fuego, era aquella.

 

Pero hasta esta cara amable del clero católico se derrumba con una mirada más cercana. No solo porque su virtud está precisamente en ofrecer como limosna lo que el sistema al que apoya y del que es parte —el Estado confesional católico— niega como derecho a las clases obreras: la enseñanza gratuita universal. No solo porque, por mucha astronomía heliocéntrica que se diera, la finalidad de la orden era evangelizar y afirmar la fe cristiana, no enseñar a pensar: las propias constituciones de la orden exhortan al novicio que quiere tomar el hábito escolapio para que se ocupe «en quebrantar el propio querer y el propio pensar». No solo porque el ordenamiento de la vida de los padres escolapios, una vez ordenados, preveía una segregación de la sociedad que dejaría en bragas cualquier seminario talibán: «despojarse de toda afección hacia familiares y amigos», «nadie hable con seglares, aunque sean parientes» —tampoco se debía comer y beber fuera de la institución eclesiástica— y, por supuesto: «No debemos cultivar amistad con mujeres, aunque sean parientes y muy piadosas». Reiterado: «Ha de rehuirse el trato y conversación con mujeres, por muy piadosas que parezcan y aunque sean madres o familiares de nuestros alumnos. Cuando algunos de nuestros maestros tengan que hablar con una mujer, sea en presencia del designado por el superior y con la mayor brevedad[47]». Frente a esta disciplina misógina, casi consuela descubrir, en el mismo libro de Arturo Barea, a un padre escolapio sentado en la sacristía con una mujer en las rodillas: al final, eran humanos como cualquiera. Más hipócritas que fanáticos.

 

Porque la institución a la que pertenecían, ellos y cualquier otro sacerdote católico, cuya doctrina difundían, la que soportaban con sus

 

 

 

 

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prédicas como infalible, a la que financiaban con aquellas tres pesetas de las lavanderas del barrio, esa institución tenía muy claro su papel en el mundo: ejercía y reivindicaba la dictadura, especialmente sobre las mentes.

 

 

 

 

LIBERTAD, PESTILENTE ERROR

 

 

 

La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual, es decir, una sociedad formada por dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, que ocupan grados diferentes en la jerarquía y la multitud de los fieles. Estas categorías son tan distintas que solo en el cuerpo de los pastores reside el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el objetivo de la sociedad, mientras que la multitud no tiene otro deber que el de dejarse guiar y seguir, como dócil rebaño, a su pastor[48].

 

Este texto no lo ha escrito Voltaire, ni ningún activista anticlerical. El autor es el papa Pío X, en 1906. Y es doctrina bien asentada y afirmada ex cátedra reiteradamente durante el siglo XIX. En 1888 lo había dejado claro León XIII: «Es totalmente inconcebible una libertad humana que no esté sumisa a Dios y sujeta a su voluntad». Por lo tanto, «es totalmente ilícito pedir, defender, conceder la libertad de pensamiento, de imprenta, de enseñanza, de cultos». «Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca[49]».

 

Leer encíclicas evita el muy frecuente error de formular la pregunta: ¿Son compatibles islam y democracia? Porque es obvio que tampoco son compatibles cristianismo y democracia, si se toma al cristianismo en su forma dogmática, tal y como lo proclaman sus máximos representantes. Basta con leer las encíclicas papales, que resumen la ideología oficial de la Iglesia católica[50].

 

Es una «cruel pestilencia» la idea de «que la sociedad humana se constituya y gobierne sin relación alguna a la religión», escribe Pío IX en

 

 

 

 

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1864. Y es un «delirio» pretender «que la libertad de conciencia y cultos es un derecho propio de todo hombre», y más aún «que los ciudadanos tienen derecho a la libertad omnímoda de manifestar y declarar públicamente y sin rebozo sus conceptos, sean cuales fueren, ya de palabra o por impresos, o de otro modo, sin trabas ningunas por parte de la autoridad eclesiástica o civil». El texto también rechaza rotundamente a quienes no quieren «reconocer al imperante o soberano derecho ni obligación de reprimir con penas a los infractores de la religión católica».

 

No fue un desliz de pluma, sino una doctrina elaborada. «La Iglesia debe estar separada del Estado y el Estado debe estar separado de la Iglesia» es el error 55 en la lista de 80 frases condenadas de forma expresa por Pío IX en el Syllabus errorum de 1864. Por si quedasen dudas, el mismo documento rechaza (error 42) que «en caso de conflicto entre las leyes de ambos poderes, prevalece el derecho del poder político», así como «la legislación promulgada en algunas naciones católicas, en virtud de la cual los extranjeros que a ellas emigran pueden ejercer lícitamente el ejercicio público de su propio culto» (error 78), o «la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos» (error 79[51]).

 

 

 

EL CANCILLER DE HIERRO

 

 

 

La encíclica de León XIII, que rechaza una sociedad con libertad religiosa en pleno siglo XIX europeo ilustrado, se inscribe en el combate que en este momento desgarraba Europa, conocido como Kulturkampf («Lucha de culturas») en Alemania, y que desembocó en la separación final entre Estado e Iglesia. La Revolución francesa había iniciado este proceso, de forma sangrienta, un siglo antes, y la Ilustración había allanado el camino para concebir una vida política más allá de la religión, basada en la razón humana, pero hizo falta un hombre al que llamaban «el canciller de hierro» para llevar a cabo esta tarea en los Estados del Imperio alemán: Otto von Bismarck.

 

No era un enfrentamiento inspirado por el lema marxista de la religión como opio del pueblo. Hijo de la aristocracia rural, Bismarck había sido

 

 

 

 

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durante décadas un político ultraconservador, opuesto de forma vehemente a sindicatos, socialistas y hasta liberales. Ni era tampoco una lucha de protestantes contra católicos. Bismarck era de familia luterana y durante años se había definido como panteísta, aunque no directamente ateo, si bien en el momento de lanzar la lucha contra la Iglesia ya había recuperado cierta fe. Pero el canciller acabó colocando el interés del Estado por encima de las ideologías propias y ajenas. Y la secularización de la Administración estaba en el interés del Estado: el clero católico alemán seguía directrices del papa, una figura extranjera.

 

El discurso contra los «ultramontanos», es decir, quienes obedecían a Roma, ciudad allende los Alpes, tenía tintes nacionalistas, pero también se encontró con la oposición de gran parte del clero protestante, porque las reformas fundamentales de Bismarck recortaban igualmente de forma tajante el poder de los luteranos: instauraban una enseñanza pública sin control eclesiástico y un matrimonio civil, arrebatando a los sacerdotes el control de juventud y vida marital. Eso sí, la resistencia más feroz vino del bando católico, el más organizado.

 

Bismarck les dio duro. La lucha no fue sangrienta —en parte por la mala puntería de un obrero católico que disparó contra el canciller en 1874 —, pero sí acerba: 1800 curas y dos obispos fueron a la cárcel, otros se exiliaron, los jesuitas fueron expulsados, el Estado confiscó propiedades eclesiásticas por lo que hoy serían 120 millones de euros y se canceló toda subvención a los obispados que no jurasen acatar las leyes del Estado. No era una victoria plena: las leyes de 1886 constituían una especie de compromiso entre Roma y Berlín, pero la separación de clero y Administración ya era una realidad.

 

Esta realidad, que tiene poco más de un siglo de presencia en el corazón de Europa, ha calado tanto que hoy los defensores de los «valores cristianos» de la civilización europea dan por hecho que el cristianismo es una religión ilustrada sin pretensión de inmiscuirse en la política. Es incluso habitual afirmar hoy día que si el cristianismo se puede amoldar a las leyes civiles es porque todos sabemos que la Biblia es un mero producto humano, a diferencia del Corán, que reclama ser la palabra inmutable y exacta de Dios. Opinión que deja de lado que, según la doctrina católica, la Biblia también lo es.

Seguramente a usted, lectora, incluso si es creyente, le parecerán muy razonables frases como «Los que creen que Dios es verdaderamente autor

 

 

 

 

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de la Sagrada Escritura dan prueba de una simplicidad o ignorancia excesivas» o «Los Evangelios fueron aumentados con continuas adiciones y correcciones hasta que se llegó a un canon definitivo y constituido». Es algo en lo que estaríamos todos de acuerdo, ¿no?

 

Pues no: estas frases, literalmente así, fueron condenadas como «error» por el papa Pío X en 1907[52] y esta condena nunca se ha revocado. Es decir: según la Iglesia católica, Dios es verdaderamente autor de la Biblia y los Evangelios son literalmente inspiración exacta de Dios, sin adiciones ni correcciones. Como el Corán, en suma.

 

La pugna entre cristianismo e islam que invocaban los partidos cristianos de Suiza con su cartel de un país ocupado por minaretes no es más que un ejercicio de esgrima ante un espejo. Cristianismo e islam se parecen como dos gotas de agua bendita. Y confluyen en el combate contra el enemigo común: el laicismo.

 

 

 

 

LAICISMO, LAICIDAD, ACONFESIONALIDAD

 

 

 

¿Qué es exactamente el laicismo? ¿O habría que decir laicidad? ¿Son dos conceptos distintos? A veces se lee que el laicismo es «un movimiento que, bajo la apariencia de exigir el respeto de la religión de cada uno, en realidad procura la eliminación de la religión en la vida pública y su confinamiento al ámbito de la conciencia individual», frente al «concepto de “laicidad”, que, si bien parte del dualismo entre la Iglesia y el Estado, no ignora que los sujetos sometidos a la soberanía del Estado tienen necesidades religiosas, por lo que es permitido que los creyentes practiquen el ejercicio de la religión de modo colectivo y público, dentro del marco del orden público[53]». Un planteamiento que un andaluz anónimo resume en román paladino, al definir «la nueva táctica de los defensores de las prebendas religiosas de diferenciar entre laicidad y laicismo»: «Según ellos, la primera es justa y necesaria, pues implica un “justo” respeto a la libertad religiosa, mientras que el segundo es pernicioso y ha de ser sañudamente combatido. Para subrayar la diferencia, la palabra “laicidad” vendrá siempre acompañada de adjetivos como “sana”, “justa”, “positiva”, mientras que la palabra “laicismo”

 

 

 

 

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vendrá siempre adjetivada con “excluyente”, “radical”, “fundamentalista” o similares[54]».

 

En francés, donde los dos términos se usan con frecuencia, los hablantes les adjudican una diferencia semántica, no ideológica: laïcité es el principio de separación de Estado y religión, y laïcisme es el movimiento ideológico que reivindica este principio. La asociación española Europa Laica intenta fijar esta misma distinción en castellano: «Si la laicidad designa el estado ideal de emancipación mutua de las instituciones religiosas y el Estado, el laicismo evoca el movimiento histórico de reivindicación de esta emancipación laica[55]». Pero es dudoso hasta qué punto funciona la propuesta, cuando incluso los eruditos se lían: el mismo autor que habla de «la laicidad, defendida por el laicismo», y utiliza solo el término laicidad en su ensayo, afirma en el resumen de su trabajo que «en la historia de América Latina ha predominado el laicismo más que la laicidad», aclarando luego que «para los defensores de “la laicidad”, esta es la mejor garantía para el ejercicio de la libertad de creencias y de culto, mientras que para sus detractores, “el laicismo” (al que toman de manera equivocada por la laicidad) es un régimen de persecución anticlerical que atenta contra las libertades religiosas[56]». ¿Todo depende, pues, de con qué ánimo se usa la palabra?

 

Así es, asegura el jurista mexicano Diego Valadés: si bien en francés se encuentran esfuerzos para diferenciar ambos conceptos, esto «no forma parte de la lengua común», y los dos vocablos «para todos los hablantes del español quieren decir lo mismo», como demuestra con amplios ejemplos, desde el Congreso Constituyente de México en 1917 hasta Alfonso Guerra en 1998[57]. De hecho, desde 1927, la Real Academia consideraba laicidad un «neologismo inútil por laicismo» y solo en 2014 lo recogía en el Diccionario, con la definición de «principio que establece la separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa». ¿Podría usted, lector, explicar la diferencia de modelo político que establece esta frase respecto a «independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, ante cualquier organización o confesión religiosa», que es la que aparece bajo laicismo? Yo no.

 

Porque en español, la aparición del neologismo laicidad se debe esencialmente a la iracundia —el vocablo se queda corto— con la que la Iglesia combatía los intentos de separar religión y Estado, explica Valadés.

 

 

 

 

 

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«Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos», dijo Pío XI en 1925[58], y por si no quedaba claro a qué se refería, lo explicó en 1933: «Aquella separación del Estado y de la Iglesia, que desgraciadamente había sido sancionada en la nueva Constitución española», la de 1931. Porque «la separación no es más que una funesta consecuencia del laicismo, o sea, de la apostasía de la sociedad moderna que pretende alejarse de Dios y de la Iglesia[59]». Con la palabra laicismo tan denostada, parecía conveniente reemplazarla por laicidad, lo que a algunos les dio pie a proclamar que se trataba de algo distinto, menos grave, mucho más fácil de conciliar con el Vaticano. En otras palabras, resumía aquel andaluz sin nombre, se usa laicidad para fingir que se defiende la separación de Estado y religión a la vez que se intenta socavar este principio: «No existe un laicismo malo y una laicidad buena: el objetivo es confundir a la opinión pública para mantener un statu quo que les privilegia[60]».

 

El laberinto semántico se complica con otras dos piezas: por una parte, laicos son no solo los defensores de esta separación entre cosa pública y fe, sino también los miembros activos de un movimiento religioso que no han ingresado en una orden clerical. Es decir, personas que por doctrina católica deben estar rotundamente opuestas al laicismo. En este aspecto, laico se solapa con seglar, también utilizado para los afiliados a un movimiento cristiano que no han tomado los votos monásticos. Seglar también se puede usar en su forma latina original, secular, que en el Diccionario de la Real Academia no significa «laico», pero se usa así hoy día por influencia del inglés secular, uso popularizado por una legión de periodistas que saquean fuentes anglosajonas sin plantearse una traducción. De hecho, el sustantivo secularidad se acaba de admitir en la Academia con el significado de «independencia de los asuntos públicos en relación con los religiosos», es decir, laicismo, y tampoco sorprende, porque ahí está desde siempre el verbo secularizar, es decir, retornar a la autoridad civil o a la vida común lo que antes era eclesiástico. Pero el adjetivo secular tiene el problema de significar a la vez «lo que dura muchos siglos», de manera que al escribir «la secular dinastía alauí» no nos aclaramos sobre si el rey de Marruecos ha dejado de ser comendador de los creyentes, o si sus antepasados reinan desde el siglo XVII (lo segundo). Lo preferible, proponemos, es ceñirnos a los términos laicismo

 

 

 

 

 

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y laico para lo que atañe a la separación de Iglesia y Estado, dejando seglar para una determinada condición de los religiosos, y secular para lo que perdura más de un siglo.

 

 

 

 

PAGAN ATEOS POR PECADORES

 

 

 

La otra pieza del rompecabezas, quizás diseñada para romper cabezas con el mazo dando y a Dios rogando, es el hábito de afirmar que España no es un país «laico», sino uno «aconfesional». La Carta Magna de 1978 no recoge ninguno de los dos términos, por lo que es un ejercicio de interpretación basado en el artículo 16.3: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones».

Tener en cuenta la realidad es un rasgo loable en todo político; de hecho, difícilmente un país podría llamarse democrático si sus leyes se propusieran no tener en cuenta las condiciones en las que vive el pueblo, creencias incluidas. De esto no se deduce todavía que la Constitución se oponga al laicismo. El mandamiento que obliga a mantener «relaciones de cooperación» con las confesiones que existan en el país ¿contradice el laicismo? De entrada, no. Cooperar no significa someter las leyes públicas a las divinas. Sería bastante difícil gestionar el patrimonio histórico de iglesias en España sin cooperar con el clero, si no se quiere llegar al extremo de secularizar todos esos edificios y prohibir la celebración de misas en ellos. Algo que solo se ha planteado en la Albania de Enver Hoxha, pero ni siquiera en la oficialmente atea Unión Soviética. Y desde luego nunca se ha propuesto una medida así en la muy laica Francia. Todo lo contrario: la República, orgullosa de su laicismo, mantiene una perfecta relación de cooperación con las confesiones religiosas.

 

Desde la ley de 1905, que separó Iglesia y Estado, aprobada contra la feroz resistencia de la Santa Sede, Francia ya no es jurídicamente la «hija mayor de la Iglesia», título con el que se decoraba durante siglos, y la religión no figura en ninguna parte de la Carta Magna, pero no por eso está ausente de los presupuestos públicos. No faltan capellanes —católicos,

 

 

 

 

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protestantes, judíos y musulmanes— en las Fuerzas Armadas francesas. A diferencia de España, las iglesias edificadas antes de 1905, con los objetos que contengan, son todas de propiedad pública. Por esa misma razón es el Estado quien debe correr con los gastos de mantenimiento del edificio, al mismo tiempo que otorga a la congregación católica, representada por el párroco nombrado por el obispo, la utilización «gratuita, permanente y perpetua» del espacio para fines de culto. En otras palabras, la nación laica financia un sinfín de inmuebles para el disfrute único de los creyentes cristianos. Sin exigir nada a cambio. Pagan ateos por pecadores.

 

Lo de pagar está regulado, eso sí, hasta el último detalle: el municipio es titular del templo y como tal es responsable de mantener techo y fachadas; además, «puede» financiar otras reparaciones, pero no está obligado a hacerlo, salvo si son necesarias para la conservación del edificio. En este concepto —hay jurisprudencia al respecto— se puede incluir la renovación del sistema de calefacción o gastos de iluminación, considerando que son esenciales para la seguridad de los visitantes o para evitar daños a las obras de arte en el interior, pero sería ilegal pagar una factura de la luz entera, porque eso incluiría el gasto ocasionado por la misa. Y eso no[61]. Laicismo meticuloso, sí, pero cooperación.

 

En España es la propia Iglesia la propietaria de los edificios, y la tercera parte de su presupuesto —330 millones de los 1088 millones que figuran como presupuesto anual en 2019— se dedica a conservación de edificios y gastos de funcionamiento[62]. También es dinero público, desde luego, aunque en este caso se procura que la cantidad sea acorde a la proporción de creyentes que hay: cada contribuyente puede elegir mediante una crucecita en la declaración de la renta anual si quiere destinar el 0,7 % de sus impuestos a la Iglesia. Algo más de 7 millones de declarantes, un tercio de los casi 22 millones que hay en España, eligieron esa opción, otorgando al clero unos 273 millones de euros en 2019.

 

Un sistema similar rige en Italia, aunque con una diferencia curiosa: por una parte, se permite elegir también otras confesiones que tengan firmado un acuerdo con el Estado; por otra, el dinero de quienes no marcan ninguna casilla también se entrega a estas congregaciones religiosas, según un sistema proporcional basado en el reparto de quienes sí la marcaron[63]. En ambos países se puede, además, elegir otra casilla para destinar una cantidad similar «a otros fines de interés social», una medida que se antoja como un hoja de parra para tapar la vergüenza de la

 

 

 

 

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traición al laicismo que es destinar dinero público a una congregación religiosa. No solo porque más de un tercio de las ONG que son las habituales receptoras de esta partida también están vinculadas a la Iglesia católica[64], sino sobre todo porque se supone que el Estado de todas formas debe destinar dinero a fines de interés social: es su obligación. Proponer al contribuyente canalizar este dinero a través de entidades privadas, preferiblemente católicas, solo sirve para mantener el modelo ideológico que enaltece la función social de la Iglesia: los padres escolapios son buenos porque enseñan a leer y escribir a los niños pobres.

 

En Alemania, el sistema es distinto: aquí el presupuesto de las Iglesias —la católica y la protestante, principalmente— sale efectivamente del bolsillo del contribuyente: pagan solo los feligreses; los ateos se ahorran el gasto. Pero es el propio Estado el que recauda este dinero, y lo hace de forma obligatoria, junto a los demás impuestos, sin dejar opción. Porque todo ciudadano que haya sido bautizado por sus padres cuenta automáticamente como parte de la grey y debe pagar. No es poco: el 8-9 % de la cuota líquida, casi 300 euros al año como media. Si quiere evitarlo, debe acudir a una oficina del registro civil, rellenar un formulario y pagar una tasa de 30 euros. Y luego guardarse bien la copia, porque no es raro que años después la Iglesia le exija demostrar que efectivamente se ha dado de baja. Si no puede demostrarlo, es el Estado el que le cobrará los impuestos no pagados durante todos los años transcurridos, como a cualquier otro moroso. La fe será privada, pero el cepillo no tanto.

 

Bismarck dejó a medias el trabajo de separar Iglesia y Estado. Ciento treinta años después, poco se ha ensanchado la brecha. Y eso que Bismarck solo tuvo que luchar contra la Iglesia, las dos iglesias de Alemania. Hoy día, el trabajo es más arduo: a las encíclicas del papa se han unido las prédicas de los imames, que reclaman su parte del pastel. Dios hay solo uno, pero sus representantes en la tierra se están multiplicando de forma llamativa.

Lo más llamativo, sin embargo, es que esta pugna ya no se plantea bajo la forma del Kulturkampf del canciller alemán: laicos contra clericales de cualquier bando. En lugar de este enfrentamiento nos encontramos hoy día con un planteamiento de «lucha cultural» muy distinta: «cultura cristiana» contra «cultura musulmana». Con los sectores de la derecha conservadora apoyando sin ambages al clero católico o cristiano en general bajo la reivindicación de los «valores culturales de Occidente» —

 

 

 

 

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como si Bismarck no hubiera tenido valores «occidentales»— y lanzando proclamas contra la «invasión islámica». Y con gran parte de la izquierda, quizás por simple espíritu contestatario, apoyando el despliegue público de todo lo que parezca o se diga «musulmán», porque parece ser lo opuesto al sempiterno adversario cristiano y las proclamas de la derecha.

 

¿Cómo ha podido ocurrir que dos ramas del mismo monoteísmo, orgánicamente crecidas en las mismas regiones geográficas y tan semejantes en sus planteamientos de cielo, infierno, pecado y moral, desde la manzana al mesías, se presenten hoy como dos opciones culturales, políticas, ideológicas opuestas? ¿Por qué su lucha secular de rivales que siempre han sido, rivales precisamente porque se parecen y compiten por el mismo perfil de cliente-consumidor, porque venden lo mismo y exigen lo mismo, se ha tornado en una guerra de civilizaciones? ¿Por qué hemos llegado a creer que en nuestro apretado espacio mediterráneo, tan lleno de dioses y demonios, existe más de una civilización?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

EL CONTINENTE MEDITERRÁNEO

 

 

 

 

 

 

 

 

1. LOS MOROS DE LA ALHAMBRA

 

 

 

 

 

SI EL CID LEVANTARA LA CABEZA

 

¡Si el Cid levantara la cabeza! Eso debió de pensar más de uno al leer en agosto de 2011 el titular que corría por la prensa española, incluidos diarios de gran tirada y agencias serias como El Mundo y Europa Press: «Marruecos reclama a España la mitad de los ingresos que genera la Alhambra». La noticia incluía declaraciones del ministro de Cultura marroquí, Bensalem Himmich, quien fundaba su propuesta en que la Alhambra era una obra de arte islámica y que los descendientes de Boabdil, el último rey nazarí, eran marroquíes. ABC incluso propuso a sus

 

lectores una encuesta para ver qué les parecía la idea.

 

Al día siguiente, un modesto redactor del diario Ideal de Granada, con más oficio que sus colegas de Madrid, llamó a la embajada marroquí y resultó que todo era falso. El panfleto ultraderechista y nacionalcatólico Alerta Digital se había inventado la noticia desde cero. Citaba como fuente un diario digital local marroquí, Nador City, así, por las buenas. Nadie en España se había tomado la molestia de verificarlo, porque Nador City está en árabe, y eso no hay quien lo lea. Desenmascarado el bulo, muchos de los que lo habían compartido en redes sociales buscaban justificarse: «Es

 

 

 

 

 

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que podría haber sido verdad». Pues no, señores, no podría haber sido verdad porque era mentira. A usted le dicen que los moros reclaman el dinero de la Alhambra porque, al fin y al cabo, los moros la construyeron, ¿no?, y usted se lo cree porque «los moros son así».

 

En realidad, quienes son así son los nacionalistas españoles: son ellos los que consideran a «los moros» de al-Ándalus un cuerpo extranjero, una etnia bárbara que invadió España en el siglo VIII y que afortunadamente fue expulsada en el XV mediante la Reconquista. Término, el de la Reconquista, que no existía hasta 1796 y fue popularizado solo en 1850 por Modesto Lafuente en su Historia general de España, postulando por primera vez que los diferentes reinos de la Península habían constituido desde siempre una única nación cristiana, invadida solo momentáneamente por moros[65]. Antes, la expansión del cristianismo hacia el sur en detrimento del islam se describía a menudo como Restauración, un término asociado a un cambio de paradigma político-religioso dentro de una población; al reemplazarlo por Reconquista se convertía a aquella otra parte de la población de repente en un enemigo militar, ocupante, extranjero, venido de lejanos desiertos. Las luchas entre moros y cristianos, que aún se conmemoran cada año en las fiestas de Valencia, dejaron de enfrentar en el imaginario colectivo a dos estandartes religiosos y se convertían en una guerra de dos etnias: moros y españoles.

 

Así lo subraya la decisión de la curia gallega al decidir en 2004 retirar de la catedral de Santiago de Compostela una de las figuras de Santiago Matamoros, una escultura del siglo XVIII que muestra al apóstol cercenando cabezas de musulmanes; la decisión se tomaba «para no herir a otras etnias», formuló el cabildo[66]. Media España aplaudió la decisión, no tanto porque es un poco absurdo venerar como jinete cortacabezas a un pescador palestino del siglo I llegado muerto a Galicia en una barca de piedra, sino en aras de una buena convivencia con los pueblos vecinos. La otra mitad puso el grito en el cielo, acusando a los obispos de humillarse ante el enemigo: como si aquellos musulmanes, desde Tánger a Teherán, no cometiesen fechorías suficientes como para merecer ampliamente que se les corte la cabeza. A nadie se le ocurría que las víctimas del espadachín no son pueblos lejanos ni cercanos: son españoles. Aquellos españoles a los que la historiografía reciente niega la condición de españoles porque eran moros, es decir, musulmanes.

 

 

 

 

 

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El término moro proviene del latín maurus, que describía a los habitantes de África noroccidental (Mauritania), bastión temprano del cristianismo. San Agustín, padre de la Iglesia, era moro (nativo de Hipona, hoy Annaba, en Argelia). Tras la expansión del islam, la palabra mutó en sinónimo de musulmán. Hasta el punto de que los navegantes españoles llamaron «moros» a la población musulmana de Mindanao en Filipinas, donde hoy existe una guerrilla denominada Frente Moro de Liberación Nacional, con ramas salafistas. Muy claro lo tenían en el siglo XV, cuando las Capitulaciones de Granada (1491) decretan «que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra á los cristianos ó cristianas que antes destas capitulaciones se hobieren vuelto moros[67]». Uno no cambia de etnia al «volverse moro»: cambia de religión.

 

Devolver a la palabra su antiguo significado geográfico y convertir así a la población musulmana española en un pueblo foráneo es algo nuevo, asociado a una visión étnica de la nación que surgió en toda Europa en el siglo XIX y se potenció nuevamente bajo el franquismo. Ya no se hablaba de la «España islámica»: si no era cristiana, no podía ser España. En esta visión, la Alhambra tenía que ser extranjera necesariamente, mora o árabe. Una cosa traída de lejanos desiertos. Así se explica la credulidad de periodistas y lectores ante el bulo de Alerta Digital: solo tras haber sido despojada psicológicamente por la ideología nacionalcatólica de sus monumentos propios, propios pero no cristianos, la sociedad española puede creer que Marruecos pretende ahora quitarles parte de su valor material. ¿Alguien habría publicado, sin llamar previamente a la Embajada italiana, la noticia de que Silvio Berlusconi exigía desviar a las arcas italianas parte de los ingresos por las visitas al Teatro de Mérida?

 

Si el Cid levantara la cabeza, recordaría que se ganó el apodo como caudillo de una tropa de mercenarios, que a él, Rodrigo Ruy Díaz, le honraban con este título —mío Cid, del árabe Sidi, «mi señor»— porque estaban al servicio del rey de Zaragoza. Un rey moro.

 

Una mentalidad en la que los teatros romanos, el acueducto de Segovia y los tratados de Columela son españoles, pero la Alhambra, la mezquita de Córdoba y la poesía de Ibn Hazm son producto de una «invasión extranjera», no es exactamente religiosa —las obras de arte romanas no son cristianas—, pero se basa en una ideología que postula, como hizo Modesto Lafuente con España, que el destino histórico para toda Europa

 

 

 

 

 

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es ser una nación cristiana, desde antes de Jesucristo, y para toda la eternidad. La expansión gradual del islam por el Mediterráneo se convierte así en un ataque frontal contra los designios de la Providencia, una calamidad de la que se salvó Europa gracias a una batalla igual de providencial.

 

 

 

 

EL SALVADOR DE OCCIDENTE

 

 

 

Siete días se quedan observando los ejércitos en la llanura al sur del monasterio de Tours, a una milla de Poitiers, un pueblo de Aquitania. Es el mes de octubre del año 732 de la era cristiana. A un lado los árabes, al otro los francos bajo comando de Carlos Martel. Un sábado, por fin, forman y pasan al ataque. La batalla dura todo el día y en ella muere el comandante árabe, Abderramán Gafiqi. Cuando amanece, los francos descubren, incrédulos, que los árabes se han retirado al abrigo de la noche: Carlos Martel ha salvado Occidente.

 

Porque si las tropas francas no hubieran ganado aquella batalla, hoy se estudiaría el Corán en los colegios de Oxford en lugar de la Biblia y se circuncidaría a los estudiantes desde Escocia a Polonia. «De esta calamidad liberó a la cristiandad el genio y la fortuna de un solo hombre», escribe el historiador británico Edward Gibbon en 1788, reclamando que a Carlos Martel se le tendría que haber canonizado por lo menos[68]. Y así se sigue leyendo hasta hoy en los libros de colegio y revistas europeas: si la infantería franca con sus hachas de guerra no hubiera resistido cual muro de hielo el embate de la caballería árabe, la historia de Europa y, de paso, del resto del mundo habría sido totalmente distinta. En Poitiers se enfrentaron cristianismo e islam en una batalla decisiva para la humanidad.

 

Ya en 1904, el académico norteamericano S. P. Scott, asiduo viajero por España, comentó con cierto sarcasmo que los que menos se enfrentaban en Poitiers eran cristianos y musulmanes: el propio Carlos Martel (¿no era el martillo un símbolo pagano nórdico?) «no tenía respeto a la Iglesia, ni creía en sus doctrinas, no respetaba ni sus posesiones ni sus cargos, y decomisaba relicarios y copas sagradas para acuñar monedas con

 

 

 

 

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las que pagar el gasto de sus campañas», pero, además, gran parte de sus tropas eran tipos que adoraban a dioses de los bosques germánicos o de los crómlech británicos. Y en el otro lado, ¿fanáticos musulmanes? Sus filas estaban repletas de «bereberes, judíos e infieles», una «pandilla heterogénea cuya religión era a menudo un disfraz para el objetivo innoble del saqueo[69]». Aunque Scott sí otorga importancia a la batalla, subraya que los historiadores árabes «no le prestaron la atención que parecería merecer».

 

¿La merecía? Solo hay cinco o seis frases sueltas a lo largo de 800 años de historiografía —la más extensa es de Maqqari, del siglo XVII— que en algunos casos simplemente se limitan a apuntar que Abderramán Gafiqi «murió en tierra enemiga» o «en la guerra contra los francos», sin describir ninguna batalla. Dos o tres mencionan el lugar como «pavimento de los mártires», de lo que se deduce que tuvo que haber cerca una vía romana. Si se identifica con la batalla de Poitiers, y no con cualquier otra escaramuza, es únicamente porque las crónicas mencionan el año de la muerte del comandante, 114 o 115, correspondiente al 732 de la era cristiana.

 

Los detalles que a veces se leen sobre una supuesta memoria árabe de la batalla como «la del millón de lágrimas» no son más que una fantasía europea, incluida la palabra millón, inexistente en árabe. Un historiador francés, Jean-Louis Chalmel, se inventó incluso un manuscrito andalusí entero en el que un testigo presencial describía los pormenores de la batalla[70]. La falsedad no se propagó, pero la fascinación por aquel encuentro, sí. A partir del siglo XIX, la imagen de una marea árabe que viene arrollando todo desde Arabia, pasando por el norte de África y la península ibérica, hasta romper contra el muro de hielo de Carlos Martel y sus guerreros francos se convirtió en una verdad histórica para toda Europa. Sin que nadie se preguntara cómo era posible. Era por la fe, se decía: eran fanáticos guerreros de Alá.

 

La fe mueve montañas, sobre todo la de los historiadores que creen en un mito establecido. Es muy difícil encontrar estimaciones sobre el total de población de Arabia en el siglo VII, pero teniendo en cuenta que toda la península arábiga no llegaba a los cinco millones a inicios del siglo XX, con dos tercios asentados en Yemen y Omán[71], se puede colegir que no superaría el millón y medio en la época en la que el islam empezó a

 

 

 

 

 

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expandirse, supuestamente por la espada. Esto daría una cifra de no más de 300 000 hombres capaces de repartir mandobles[72]. Pensar que cien mil pudieran abandonar campos, pesca y rebaños sin que colapsara la economía en Arabia ya es optimista. Si ninguno de ellos caía en combate, en treinta años tuvieron que controlar un territorio enemigo que abarcaba desde Trípoli en Libia hasta los desiertos orientales de Persia, tres millones de kilómetros cuadrados. Y otros setenta años más tarde, sus hijos y nietos, caso de que les diera tiempo a engendrar a alguno entre batalla y batalla, se dispersaban del Hindukush a los Pirineos, del río Indo al Ródano. Si incluimos la propia Arabia, el califato duplicaba en extensión al Imperio romano en su mejor momento. Matemáticamente hablando, no pudo haber más de dos o tres árabes frente a las huestes de Carlos Martel.

 

Por supuesto, responden los historiadores: sabemos perfectamente que las tropas omeyas en Iberia y Provenza se componían en su inmensa mayoría de bereberes, con unos pocos caudillos llegados desde Arabia. Eso lo dicen las propias crónicas y es del todo lógico. Así se explica todo.

¿Se explica? Lo que nadie ha intentado detallar es cómo esos pocos caudillos llegados de las llanuras de Arabia fueron capaces de someter, en aproximadamente diez años, las cordilleras de todo Marruecos y forzar a la población a mandar inmensos contingentes de tropas a Iberia para acabar con el reino visigótico. La «conquista árabe» del Magreb, más allá de las batallas de Túnez, simplemente se pasa por alto. Quizás porque es una imposibilidad desde el punto de vista militar. Basta con recordar lo que les costó a Francia y España en el siglo XX, empleando ametralladoras y aviones frente a una población armada con espingardas.

 

Así, tácitamente, sin por eso dejar de utilizar el concepto «conquista del Magreb», se da por hecho que los bereberes cristianos, judíos y paganos no fueron vencidos y forzados a la guerra como pueblo sometido: seguramente les gustó aquello y se apuntaron de forma entusiasta a rapiñar la península ibérica en compañía de sus nuevos amigos. Total, eran todos moros, ¿no?

Solo al otro lado del Estrecho, de repente, la llegada de «los árabes» deja de ser un fenómeno al que apuntarse con entusiasmo para rapiñar las huertas del vecino y se convierte en una invasión, en una oleada de bárbaros sometiendo Europa a sangre y fuego. Hasta toparse con Carlos Martel, momento estelar en el que se salva la civilización de Occidente. Así ha pasado al imaginario colectivo europeo —no tanto al español, por

 

 

 

 

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motivos obvios— y así lo refleja la literatura. Desde una novela contemporánea en la que el protagonista, un judío alemán culto y agnóstico (como su autor)[73] considera los ataques de los fedayín palestinos contra patrullas israelíes como «un intento de tomarse la venganza por Tours y Poitiers» hasta los foros de griterío digital (llamarlo debate sería un eufemismo) en los que ciudadanos enfurecidos tipifican el islam como amenaza eterna de la civilización europea, firmemente cristiana. O, con más elegancia, judeocristiana. Incluso el ya citado Caldwell considera que «hasta su brusco declive en los siglos XIX y XX, el islam fue el archienemigo de la civilización europea», y que «durante la práctica totalidad de la historia de Europa desde la Alta Edad Media había constituido una amenaza mortal[74]».

 

Proyectando esta imagen de un islam enemigo hacia atrás en la historia, la expansión de la religión se ha ido leyendo como un asalto militar asiático y norteafricano contra Europa. Pero el estrecho de Gibraltar donde quemó sus naves Tariq ibn Ziyad para pasar de tierra de moros a reinos cristianos no era en esa época una divisoria: tan cristianos eran los habitantes de Marruecos como los de Andalucía. Lo que hoy se pinta como una ola de hordas guerreras que salta de un continente a otro era una penetración, durante siglos, de una renovación religiosa en un territorio permeado a ambos lados del Mediterráneo por la misma herencia griega y romana y por las mismas doctrinas monoteístas.

 

 

 

 

LOS SIETE DE REGRAGA

 

 

 

La imagen de una «conquista árabe» se difunde hoy desde diversos bandos: con orgullo por una hazaña heroica quienes se creen descendientes de esos «árabes», con profundo rencor y denuncias de genocidio quienes se consideran víctimas de ella por ser bereberes. Pero estos últimos, tan afanados en cimentar el mito que inventaron sus opresores, pasan por alto que la propia tradición oral marroquí ve las cosas de forma muy distinta: ellos mismos se trajeron el islam de Arabia, cuentan los bereberes.

 

No es más que una leyenda, pero ilustra cómo los propios pueblos del Magreb se han imaginado su pasado antes de ser engullidos por el mito

 

 

 

 

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político de la conquista. Hasta los pueblos de pescadores en la costa atlántica —en concreto, los situados al norte de Esauira, donde se ha conservado la leyenda alrededor de las doce zawías conocidas como Regraga— llegaron rumores de que en la lejana Arabia había surgido un predicador que se decía enviado por Dios. Sabían que tenía que venir: al ser buenos cristianos conocían la promesa de Jesucristo, hecha antes de morir en la cruz, de enviarles en algún momento a un paracleto, alguien que los ayudaría a mantenerse firmes en la fe durante el tiempo que faltaba para la llegada del mesías: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre[75]». A fin de ver si el árabe era efectivamente aquel, se envió una embajada de siete hombres hasta La Meca, y los delegados, tras conocer a Mahoma en persona, se convencieron de que efectivamente era el sostén prometido[76].

 

La leyenda destaca que los bereberes pudieron comunicarse con Mahoma en su propio idioma, pero no está claro que eso fuese un milagro, habida cuenta de que un guía de caravanas como Mahoma pudo muy bien haber aprendido unas frases de tamazigh, idioma que hasta hoy se habla en partes de Egipto. En todo caso, la delegación retornó a las costas atlánticas y las tribus cristianas de la región adoptaron lo que para ellos era la continuación de su propia fe. En realidad, cabe matizar, continuarían su propia fe de toda la vida, la de las romerías y los árboles santos, pero transformando el barniz cristiano en uno musulmán, con el árabe reemplazando el latín.

 

No hace falta tomarse la leyenda al pie de la letra para entender la expansión del islam como una renovación de la fe cristiana, al igual que el cristianismo se expandió como una renovación —una Nueva Alianza— de la fe recogida en el Antiguo Testamento judío (de hecho, donde los cristianos ven dos libros, Biblia y Corán, los musulmanes ven tres: Torá, Evangelios y Corán). Y no hay ningún motivo para pensar que tal misión renovadora era posible entre los cristianos al sur del Mediterráneo pero inaceptable en la orilla norte. Aún tuvieron que pasar siglos antes de que el nombre del continente Europa adquiriera un significado de bloque político o cultural. Y la Europa de ese significado que se le da hoy no existiría sin la civilización que llamamos islámica. Porque Europa vino del sur.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EUROPA NACIÓ EN LÍBANO

 

 

 

Europa no nació el día en el que los romanos clavaron en la cruz a un predicador ambulante palestino, ni el día en que un judío cilicio predicaba en las plazas de Anatolia y Grecia que tal cosa había sucedido, aunque no lo había visto personalmente, y que encima el muerto había vuelto a resucitar.

 

Europa no nació en Jerusalén, sino un poco más al norte: en Líbano. En concreto, en las playas de la ciudad de Tiro, y era una princesa, hija de un rey fenicio. O eso dice la leyenda, asegurando que Zeus se convirtió en toro, sedujo a la chica y se la llevó a cuestas hasta Creta. Y es indiferente si nos creemos la historia —no es mucho más complicada que aquella del hombre crucificado y resucitado— o si nos quedamos con la versión de Herodoto, según el cual unos griegos de Creta raptaron a una princesa fenicia por venganza. Lo que importa es que su hermano Cadmo fue a buscarla a Grecia y se trajo, de paso, el alfabeto.

 

Esto también es leyenda; lo que es un hecho histórico es que el alfabeto griego proviene del fenicio, el primer sistema de escritura fonética. Porque grafías había muchas, pero todas aptas para un idioma concreto, normalmente en forma de sílabas como el jeroglífico o el cuneiforme. La genial simplificación de los fenicios consistía en asignar un signo a cada fonema; con unos 20 o 30 dibujos era suficiente para escribir casi cualquier lengua. Algo que les vino muy bien en su oficio de comerciantes navegando de Tiro y Biblos hasta Cartago, Córcega y Cádiz, Lisboa y Mogador. No es casualidad que la primera cultura panmediterránea no se basara en someter a los pueblos por la espada, sino en convencerlos de las bondades del consumo. Vino, aceite de oliva, púrpura, vidrio, potingues, textil fino, cubertería de plata. Y si el alfabeto les servía para escribir contratos comerciales, los griegos descubrieron que facilitaba, además, los cálculos matemáticos, la ingeniería, la astronomía.

 

Hacer que un barco flote no es difícil; explicar por qué flota, convertir la técnica en ciencia, condensar el saber humano en una fórmula…, eso es lo que ha dado nacimiento a una cultura, distinta a otras, con aspiración global. «Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso del volumen de fluido desalojado», expresa un pensamiento racional y válido para toda la humanidad: esto es

 

 

 

 

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lo que llamamos civilización europea. «Todo cuerpo de una persona muerta bajo tortura que se diga hijo de Dios se puede comer en forma de oblea con efectos positivos posmortales», expresa un misterio que solo funciona para quienes se lo creen (si es que les funciona). El misterio, el concepto de la magia ininteligible para los no iniciados, se puede hallar con ciertas variantes en cualquier tribu humana donde haya chamanes con aspiración de dividir la sociedad entre detentores del saber y rebaño ignorante. La ciencia es lo contrario: es accesible a cualquiera porque es universal.

 

La ciencia es la base de la civilización europea. No nació exactamente en lo que hoy llamamos el continente de Europa: Arquímedes vivía en la isla de Sicilia, Pitágoras en Asia Menor, Ptolomeo en África. El Imperio romano, sostenido gracias a técnicas y avances de ingeniería basados en las ciencias griegas —intenten construir un puente, un anfiteatro, un acueducto sin saber matemáticas—, tenía su centro en Italia, pero tan romanas eran las provincias africanas y las sirias como las hispanas y las ilíricas. Más de un emperador era de familia libia o asiática[77]. Y una vez derrumbado el Imperio, no fue en Italia, ni en Galia ni en Panonia donde se guardaron, copiaron y, sobre todo, leyeron los libros de Euclidio, Aristóteles, Hipócrates, Galeno o Demócrito: fue en Siria. No solo se leyeron: también se tradujeron a nuevos idiomas. Al arameo y, cuando se instituyó como nuevo idioma administrativo de la región, al árabe.

 

Sin esta herencia científica, conservada en las ciudades de cultura grecorromana de la costa levantina, no podría haberse formado una civilización árabe. Mejor dicho: lo que conocemos como civilización árabe (mal llamada «islámica») es la continuación directa, sin ruptura, de la civilización grecorromana siria, solo trasladada a un nuevo idioma internacional. Con una escritura que, por una vía distinta del griego, también se deriva del alfabeto fenicio. Y que acaba abarcando aproximadamente el mismo espacio geográfico cuyas costas tocaban los mercaderes de Tiro y cuyo interior fortificaron y pavimentaron las legiones romanas: del Éufrates al Ródano y del Cáucaso al Atlas. Pero añadiendo lo que antes de los romanos ya había sido territorio de cultura griega: toda Mesopotamia, Irán hasta Bactria en Asia Central —justo hasta donde se dice que había llegado Alejandro Magno—, la península arábiga y el Alto Nilo.

 

 

 

 

 

 

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Les faltó la parte del norte, eso sí. Bajo los sucesores de Carlos Martel y Carlomagno, los francos siguieron dedicados a los mandobles, sin aprender árabe ni circuncidar a sus hijos. Aunque, eso sí, se pagaba en monedas de plata omeyas, acuñadas en Córdoba o Damasco, desde Dinamarca hasta las costas de Suecia y hasta Nóvgorod en Rusia. La globalización siempre ha empezado por el sector financiero. El científico vino después: hubo que esperar tres o cuatro siglos hasta que en Oxford o París se pudiera estudiar medicina, astronomía e ingeniería. Lo que tardaron los becarios de Sicilia y al-Ándalus, regiones que habían sucumbido al «peligro mortal» del islam, en traducir al latín las versiones árabes de los autores griegos.

 

Que el Renacimiento europeo arrancó con las traducciones desde el árabe de autores griegos y latinos clásicos es un hecho conocido. Pero raramente se le dedica a esta circunstancia más de una frase. Es prácticamente imposible encontrar en las enciclopedias información sobre cómo se transmitieron las obras de la Antigüedad al mundo moderno, habida cuenta de que prácticamente todas —salvo las de Aristóteles, se suele subrayar— se habían perdido durante la Edad Media. Hay quien supone que en vísperas de la caída de Constantinopla (1453) hubo un intenso tráfico de manuscritos griegos hacia Roma, para salvar un tesoro que aparentemente no le había interesado a nadie durante siglos. De hecho, a inicios del siglo XVI es cuando se empiezan a publicar, sobre todo en Venecia, los originales griegos. Cuando ve la luz la primera traducción directa de Los elementos de Euclidio al latín, en Viena en 1505, la obra se lleva estudiando en Europa desde hace 300 años, gracias a la traducción del árabe hecha por Gerardo de Cremona a finales del siglo XII[78]. Y lo mismo vale para un amplio espectro de otros autores, como Ptolomeo, Galeno o Hipócrates, cuyos originales se recuperan en el siglo XV tardío o a inicios del XVI, pero que entonces ya llevaban mucho tiempo formando el fundamento imprescindible para el desarrollo de ciencia y filosofía europeos.

 

No solo era la transmisión: lo que llega a Italia y de ahí a Praga, París, Oxford y Königsberg es muchísimo más que una conserva helénica. Las aportaciones de matemáticos, astrónomos, filósofos y médicos en lengua árabe, aramea y hebrea son ingentes. Los cálculos matemáticos modernos no serían imaginables sin los guarismos estandarizados por el persa

 

 

 

 

 

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al-Juarismi en Bagdad. Los andaluces Maimónides y Averroes y los persas al-Razi y Avicena —y decenas de otros colegas menos conocidos hoy, que estudiaban y enseñaban anatomía, la circulación de la sangre, procesos fisiológicos y farmacología— eran mejores médicos que Galeno e Hipócrates. Los astrolabios desarrollados por los discípulos del sirio al-Batani para producción en serie eran técnicamente más avanzados y más manejables que los de Ptolomeo. Sin ellos, Cristóbal Colón no habría levado anclas. Dante no lo dudó: colocó a Avicena y Averroes en el limbo de su Divina comedia, al lado de Aristóteles, Sócrates, Platón y Horacio.

 

Aunque Europa tardó hasta 1671 en descubrir el Filósofo autodidacta del andaluz Ibn Tufail —se convirtió en superventas y referencia obligada durante la Ilustración—, no cabe duda de que la apelación a la observación crítica y la razón pura de este novelista del siglo XII ha marcado la visión del mundo que transmitieron escritores árabes como su discípulo Averroes al humanismo renacentista: el protagonista, Hayy ibn Yaqzan, criado en una isla desierta, acaba postulando la existencia de un dios creador, pero llega a esta convicción por sus observaciones empíricas y sus razonamientos. Sin necesidad de profetas, revelaciones ni escrituras sagradas. Sin rezos, ayunos ni peregrinajes, sin magia, sin religión.

 

Fue en el siglo XVII, finalmente, cuando esta «amenaza mortal» a la civilización europea llegó hasta Oxford: en las carreras de humanidades, incluida Medicina, era obligatorio asistir a una clase de árabe a la semana[79]. Aún en el siglo XIX, antes de que se inventara la fotocopiadora, no era raro para los estudiantes de Berlín sacarse un sobresueldo copiando manuscritos árabes[80].

 

Árabes es un decir: muchos de los mayores pensadores de esta civilización eran persas, otros magrebíes, andalusíes, bereberes, coptos, arameos, kurdos… Prácticamente ninguno venía del territorio conocido como Arabia. Vincular el desarrollo de esta civilización científica y racional a un «pueblo árabe» sería absurdo, al igual que sería absurdo adscribir la literatura científica del siglo XXI al «pueblo inglés». El idioma árabe, estandarizado y con una cursiva rápida de escribir, casi una estenografía en comparación con otros alfabetos más aptos para grabar inscripciones en lápidas, se había convertido en una herramienta de comunicación internacional.

 

 

 

 

 

 

 

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Pero si árabe no es la palabra más adecuada para describir una civilización, porque define únicamente el idioma utilizado, mucho más equívoco sería llamarla «civilización islámica». No solo porque entre sus grandes pensadores hubo judíos como Maimónides —que escribía en hebreo, pero también en árabe—, cristianos nestorianos como Ishaq ibn Hunein o Abu Bishr Matta ibn Yunus, o sabeos como Thabit ibn Qurra, sino sobre todo porque el rasgo característico del islam en las grandes obras árabes es su ausencia. Al menos en las obras más científicas: no parece que los astrónomos árabes tuvieran problemas análogos a Galilei, que tuvo que dedicar varios ensayos a justificar su idea de que la Tierra (eppur) se mueve, frente a un argumento que los clérigos consideraban irrefutable: si Josué en la batalla había mandado parar el Sol, y no la Tierra, lo demás era herejía[81]. Averroes sí tuvo que desarrollar su filosofía aristotélica en disputa con el islam, categorizando e interpretando versos coránicos para convencer a su público, o al menos a los teólogos en puestos de poder, de que razonar con lógica no era un sindiós. Funcionó a medias: en una coyuntura política determinada, un tribunal de Córdoba ordenó quemar sus libros, pero un par de años más tarde, el pensador recuperó el favor del rey. También a al-Razi le acusaron de ser hereje y ateo, y por lo que sabemos de él, probablemente con motivo.

 

Es habitual llamar a estos siglos la Edad de Oro del islam. Lo fueron: por la relativa ausencia del islam. Una edad en la que pudo llegar a poeta aclamado y popular un joven que no paraba de alabar el vino y el sexo con chicos, y que flagelaba con mordaces versos el terrible invento del ramadán, el mes del ayuno: Abu Nuwas, hasta hoy considerado el segundo mayor lírico de toda la historia árabe, lectura obligada en los colegios hasta el siglo XX.

 

Cuando hoy un político asegura que «el islam es parte de Europa», hay que darle la razón, pero sin olvidar nunca que lo que es, sobre todo, parte de Europa es esa civilización que floreció al lado de, bajo y, sobre todo, contra los teólogos del islam: escritores y pensadores que forman parte del islam al igual que Voltaire, Descartes y Rousseau forman parte de la civilización cristiana.

 

En realidad, ni Voltaire era cristiano ni Abu Nuwas era musulmán. Todos formaban parte de una civilización mediterránea común cuyos orígenes podemos buscar en alguna parte entre Mesopotamia, Egipto y Tartesos o, mejor dicho, en el intercambio entre estas culturas, pero que

 

 

 

 

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tenemos documentada mejor a partir de la Grecia clásica, y que en los milenios siguientes se ha desarrollado en continua pugna con diversas religiones que intentaban monopolizarla y limitarla.

 

 

 

 

DEL ARRAK DE DÁTILES AL ANÍS DEL MONO

 

 

 

Esta condición mediterránea común no solo se muestra en la literatura científica: alcanza todos los ámbitos de la vida, hasta la gastronomía. Una paella, un risotto, una pizza de mozzarella, una ratatouille utilizan todos ingredientes que llegaron a Europa a través de Mesopotamia y el norte de África. La misma vía por la que habían llegado, muchos siglos antes, la cerveza, el vino y también la cría del cerdo, tres elementos que hoy marcan con tanta claridad la divisoria entre la «cultura europea» y «el islam». Tanto que en Francia hay grupos que invitan a un «aperitivo con vino y chorizo» en la calle para protestar contra los rezos de musulmanes en la vía pública…, y tanto que SOS Racismo exige prohibir el acto porque «es racista». Y si bien es cierto que el consumo de carne de cerdo desapareció pronto de las regiones bajo dominio islámico, el vino nunca dejó de formar parte de la vida cotidiana de la población musulmana, desde Shiraz en Persia hasta Marrakech (donde todavía una puerta de la muralla se llama Bab ar Rubb: la puerta del vino, donde se cobraba el impuesto municipal sobre la bebida).

 

Abu Nuwas no era el único que cantaba al vino: lo hacían todos los poetas, todos. Especialmente aquellos que eran creyentes y reflexionaban sobre la unión con Dios, místicos como Yalaladín Rumi, Hafez o Faridudín Attar. Es más: si bien vino y cerveza ya corrían por toda Europa en esa época, lo que aún no existía eran el whisky, el ron, el coñac, la grappa, el pacharán, la absenta, el Anís del Mono. Ninguna de estas bebidas podría producirse sin un invento que fue tomando forma a orillas del Tigris entre los siglos VIII y X, sí, en plena época islámica: el alambique. La destilación del alcohol es un invento que viene de esta civilización llamada árabe que hoy se equipara a la prohibición del alcohol.

 

 

 

 

 

 

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La prohibición se puede rastrear en el Corán, con cierta voluntad, porque hay cuatro versículos que hablan del alcohol y los cuatro se contradicen. Uno asegura que Dios creó para los creyentes «la palmera y la viña, de las que obtendréis embriagadora bebida y alimento[82]». Otro dictamina que no se debe rezar en estado de embriaguez («hasta que sepáis lo que decís») al igual que no se puede hacerlo tras una eyaculación sin lavarse antes[83]. El tercero aclara que «en el juego y el vino hay gran pecado y algún beneficio[84], pero es mayor el pecado que el beneficio», y el cuarto, finalmente, asegura que Satán inventó el juego y el vino para sembrar cizaña y hacer olvidar a Dios y el rezo, así que «¿os abstendréis[85]»? Otros dos insisten en que, en el paraíso, los creyentes beberán todo el vino que quieran y, además, sin emborracharse[86].

 

La media aritmética de estos versos arroja como resultado la prohibición del vino, según consenso de los teólogos islámicos desde hace siglos. Pero solo de los teólogos: el consenso del pueblo, desde el rey y el poeta hasta el último pescador, era que el vino formaba parte de la gastronomía de toda la vida de dios. Y no solo el vino: una vez inventado el alambique, el arrak —la palabra es árabe y significa «sudor», «transpiración», «exudación»— se convirtió en bebida popular del golfo Pérsico hasta el Atlántico, al igual que se difundió del Cáucaso a los Pirineos. Era siempre el mismo licor: alcohol de alta graduación, aromatizado con los granos del anís, conocido en España también como matalahúva, del árabe habbathuluwa: grano dulce. Lo fundamental era el sabor de esta hierba, no el orujo utilizado para la destilación: puede ser de uva como en España, Grecia o Turquía, puede ser de higos como en Marruecos, puede ser de dátiles como en Iraq; se llamará arrak, raki, ouzo, anís, sambuca o pastis, pero la bebida es la misma: el licor panmediterráneo.

 

¿En qué momento la Cultura del Anís fue reemplazada por el Choque de Civilizaciones? La respuesta es: en el siglo XX. Nuestra generación es la primera de la historia de la humanidad que ha crecido alrededor de un Mediterráneo convertido en frontera política desde Algeciras a Estambul. La primera que ha visto este mar como una barrera, una divisoria entre bloques, en lugar de entenderlo como unas aguas interiores que comunican partes de la misma nación.

 

 

 

 

 

 

 

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La ruptura se completa en 1962, el año de la independencia de Argelia. Hasta ese momento, siempre hubo reinos o repúblicas con territorio a ambos lados del mar. El Imperio romano era anfimediterráneo, lo era el bizantino y lo fue el conjunto civilizatorio árabe, incluso si los reyes de Córdoba o Sevilla no siempre estaban sujetos a los de Fez y Marrakech. Antes de que los Reyes Católicos hubiesen derrotado al último rey moro en Granada, Portugal ya consideraba suya la costa atlántica de Marruecos, y no como colonia ni hilera de plazas de comercio, sino como parte del territorio cuyo soberano era «el rey de Portugal y del Algarve de aquí y allende el mar». Para el monarca, la frontera entre sus dos dominios no era una línea en el mar; era el riachuelo de Odeceixe, que limita el Alentejo al sur. De ahí hasta Marrakech, todo era Algarve.

 

Con la derrota portuguesa en Alcazarquivir en 1578 se establece la primera frontera política marítima en el extremo occidental del Mediterráneo (salvo Mazagán, Ceuta, Melilla y Orán). Pero ya hacía medio siglo que la linde entre moros y cristianos en la parte oriental se había desplazado hasta la periferia de Viena. Con Grecia y los Balcanes incorporados, el Imperio otomano, que se iba extendiendo hasta Yemen, Túnez y Argel, se convirtió en una reedición exacta del Imperio romano, salvando Italia, Iberia y las Galias. Con el centro de gravedad otra vez en Constantinopla y la misma civilización greco-arábigo-persa estandarizada ahora en un idioma de base turca.

La historia se escribe con sangre, y en los imperios mediterráneos se combate, se mata y se masacra como en cualquier parte. A veces con la religión como pretexto político o como herramienta del divide y reinarás. Pero la frontera política no se convierte en religiosa en Occidente hasta 1610, con la expulsión de los moriscos de España. En Oriente, esto no sucede: el Imperio otomano es multiétnico, lo cual quiere decir, en la época, multirreligioso. Un pueblo aquí es un colectivo unido por la misma religión y, a veces, el idioma, pero nunca por el territorio: hay griegos desde Alejandría hasta Georgia, hay armenios desde el Cáucaso hasta Egipto, hay judíos de Agadir hasta Crimea, hay circasianos de Rusia hasta Palestina, hay turcos de Albania hasta Libia, hay albaneses desde Bulgaria hasta Sicilia.

 

Y pronto hay franceses: desde la invasión de Egipto por Napoleón en 1798 y, definitivamente, la conquista de Argelia por Francia a partir de

 

 

 

 

 

 

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1830. Y ahí es cuando cambian las tornas y el Mediterráneo se empieza a resquebrajar.

 

Porque Francia no absorbió el territorio con todo lo que había dentro, como era habitual en las conquistas de imperios, desde Aníbal a Solimán, sino que inventó un nuevo método: el colonialismo, la separación entre colonos e indígenas. O, mejor dicho, por primera vez llevó esta división, la que hay entre conquistadores y pueblos sometidos, al terreno de un concepto distinto, recién estrenado: la ciudadanía de la República, la igualdad jurídica de todas las clases sociales, sin siervos ni señores…, siempre que no fuesen indígenas. Es decir, musulmanes.

Porque a los judíos argelinos, tan bereberes, tan africanos y tan árabes (de idioma) como el resto de la población, sí se les dio la nacionalidad en bloque en 1870, haciéndoles creer que ellos eran algo distinto, algo mejor que los moros. Colocando el primer clavo en un ataúd en el que medio siglo más tarde se iría inhumando Palestina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. EL JUDÍO ERRANTE

 

 

 

 

 

EL TIRO POR LA CULATA

 

—¿Ves a estos? —El viejo Uri, coordinador de voluntarios en el kibutz de Givat Haim, me señala a dos chicos que hacen autostop en la carretera entre Haifa y Jerusalén. Llevan trajes negros y sombrero negro; las mejillas cubiertas por largos rizos—. Yo dejo subir a cualquiera, pero

 

no a estos. Nunca. Los odio.

 

Los chicos son parte de la comunidad judía haredí que hoy forma aproximadamente un 12 % de la población de Israel. Su nombre significa «los que tiemblan (ante Dios)»: son ultraortodoxos. Dedican su vida a estudiar la Torá y cumplen escrupulosamente los 613 mandamientos de la Halajá, la ley religiosa judía: desde no encenderse un cigarro en sábado hasta no tocar a una mujer. En sus barrios, mujeres y hombres no comparten acera. En las líneas de autobús urbanas insisten en que los hombres viajen delante, y las mujeres, detrás. En algunos municipios han conseguido que se delimiten playas separadas para mujeres y hombres. Algo que en ese momento —estamos en 2001— no hay ni en Egipto, solo en Arabia Saudí. El movimiento Chabad, también conocido como Lubavitch, con cientos de miles de seguidores, activo en política y dedicado a una misión mundial, enseña que cerrar la puerta de una habitación en la que se hallan un hombre y una mujer es un acto sexual[87].

 

Uri tiene motivo para odiarlo: él se crio en el kibutz, un espacio con ideales socialistas y sin religión, sin rezos, sin Torá. Eran los años cincuenta. Años austeros. Niños y niñas vestían igual, jugaban igual, se bañaban igual y se metían todos juntos y desnudos en las duchas comunales. Esta era la sociedad por la que luchaba, el país por el que habría dado su vida si le hubiera tocado ir al frente, este era el pueblo

 

 

 

 

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hebreo, trabajador, sano y bello, con el que soñaba. Medio siglo después, este pueblo tiene miedo a agarrar una herramienta en sábado, no vaya a ir al infierno, tiene miedo a cruzarse con una mujer por la calle, no vaya a perder la pureza.

 

El Israel del año 2000 es exactamente lo contrario de lo que imaginaban los padres de Uri. Es la peor pesadilla de quienes fueron a inicios del siglo XX a Palestina para crear un Estado para lo que llamaron «el pueblo judío». No imaginaron que, al cargar el arma de la historia con la pólvora de las Sagradas Escrituras, les iba a estallar en la cara.

 

El concepto de un pueblo judío es parte central del dogma religioso del judaísmo. La Torá —el Antiguo Testamento para los cristianos— es en grandes extensiones una lista genealógica para trazar el linaje de Adán y Eva hasta Abraham y de ahí hasta sus nietos, los doce hermanos que dieron lugar a las doce tribus de Israel. Salta a la vista que se trata de un relato mitológico y que cualquier similitud con hechos históricos o figuras reales es fruto de la casualidad. Un pastor de ovejas de Ur en Caldea se muda a Anatolia y desde allí, por una promesa divina, se traslada a Canaán en la costa mediterránea que Dios le entrega como patria y hogar para sus descendientes…, pero que solo ocupan como dueños después de pasar un par de generaciones en Egipto como esclavos, país del que huyen dividiendo en dos el mar Rojo.

 

La historia de un dios tribal que hace un pacto con una tribu de ganaderos, prometiéndole una tierra que no es suya —porque Abraham debe comprársela a un agricultor local— a cambio de asegurarse de tener adoradores en exclusividad («No tendrás otros dioses delante de mí, porque yo, tu Dios, soy un dios celoso[88]»), está bien como leyenda; se puede enumerar junto a la epopeya de Gilgamesh en busca de la inmortalidad, la de los argonautas para robar el vellocino de oro o el viaje de Thor hasta Utgard para recuperar su martillo. Lo que no se puede hacer es tomarlo como crónica histórica.

 

Y mucho menos tiene sentido tomarse como crónica histórica la tradición religiosa judía, que, siguiendo la epopeya de linajes, patriarcas y tierras prometidas, eleva esta franja de costa mediterránea, Canaán, Judea o Palestina, en dogma central. Un mito que convierte todas las comunidades judías del mundo en un «exilio» sobrevenido cuando, tras varias rebeliones de los israelitas, las legiones romanas destruyeron el

 

 

 

 

 

 

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templo de Jerusalén en el año 3830, contado a partir de la creación del mundo, y, supuestamente, deportan a los fieles a todas partes.

 

En realidad, no solo las pruebas históricas, sino las propias tradiciones judías atestiguan que hubo comunidades judías ya siglos antes, desde Marruecos hasta la India y desde Crimea a Etiopía. Los historiadores modernos estiman que en el primer siglo de la era cristiana, antes de la destrucción del templo, pudo haber dos millones y medio de judíos en el reino de Herodes, luego convertido en provincia romana de Judea, otro millón en Egipto y unos cuatro millones en el resto del Imperio romano[89]. La conclusión es obvia: en épocas romanas, el judaísmo no era un culto de una federación de tribus alrededor de Jerusalén, sino una religión de alcance mundial.

 

Que esta religión se había expandido como hacen todas las religiones, por misión, también es obvio. Basta con visitar Israel para observar en el mismo patio de vecinos a niños rubios con ojos azules, morenos mediterráneos, centroasiáticos, negros: son judíos todos. Nadie en su sano juicio los consideraría miembros de una misma etnia simplemente porque ellos o sus padres practiquen la misma religión. Y menos aún, sabiendo que los judíos del Atlas marroquí hablaban tamazigh como lengua materna; los de Túnez, árabe magrebí; los judíos de Irán, farsi; los de Afganistán, pastún; los de Etiopía, amhárico; los de Alemania, alemán. Ni una sola de las comunidades de la diáspora judía desde que existen testimonios sobre ellas tiene como lengua materna el arameo que hablaban los judíos de Palestina en el siglo I d. C. —aunque en todas se estudia para leer el Talmud— y todas se parecen en gastronomía, hábito y costumbres a los pueblos musulmanes o cristianos que los rodean. Salvo en un caso: el de los sefardíes, los judíos expulsados de España en 1492. Durante cinco siglos mantuvieron su idioma original, por mucho que alrededor se hablase turco, árabe, griego, búlgaro o serbocroata. Ellos sí eran una etnia aparte.

 

 

 

 

ALEMANES Y ESPAÑOLES

 

 

 

Llega una nave al puerto de Salónica —el chiste lo cuenta el investigador sefardí Eliezer Papo, oriundo de Sarajevo— y los marineros bajan a tierra

 

 

 

 

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para irse de bares. Uno de ellos hace buenas migas con una muchacha judía y ella lo invita a cenar a casa la noche del viernes, el shabat. El mancebo le cae muy bien al padre y el romance parece tener futuro. Pero al padre le queda una duda respecto a su potencial yerno y va a consultar al rabino. «Mire —le dice—, mi hija se ha echado novio y es un chico muy educado, yo los casaría, pero lo que me extraña es que no conoce nuestros ritos, no sabe ni la más simple oración de shabat». El rabino se interesa por las circunstancias y concluye: «Está claro, este chico es cristiano».

 

«¡Imposible! —replica el padre—. ¡Habla perfectamente judeo!». Hubo que explicarle al padre que el idioma judeo, más conocido en el

mundo como castellano, se habla entre muy diversos pueblos de distintas religiones.

La anécdota muestra que los judíos sefardíes, a nivel popular, sí se consideraban una etnia. En concreto, una etnia española. Y el chiste concluye con la muchacha de Salónica casándose con otro marinero, este sí conocedor de los ritos del shabat, aunque sin hablar judeo, porque era asquenazí. Esta vez, quien no entendía nada era la abuela. «¿A aquel judeo no le quisiste dar a tu hija y a este alemán sí?», se queja a su hijo.

La abuela tenía razón: los judíos asquenazíes también son una etnia. En concreto, una etnia alemana. Y como tal se consideran. Lo retrata una frase atribuida a Golda Meir, primera ministra de Israel en los años setenta, cuando a Tel Aviv llegaban inmigrantes judíos de Marruecos, de habla árabe o bereber, apreciados como mano de obra barata, pero considerados ciudadanos de segunda: «Estos no son ni auténticos judíos. Un judío de verdad habla yidis[90]». La palabra yidis significa «judío» en el idioma yidis, el que comparten los judíos desde Alsacia hasta los Urales. Es un idioma alemán. Su origen se busca en las regiones meridionales, entre Selva Negra y Baviera, ya que comparte muchos aspectos con el dialecto franconio.

 

A partir del siglo XIV, los judíos de Alemania, salvo determinadas ciudades de Renania, empezaron a sufrir pogromos y persecuciones alentadas por los discursos de la Iglesia cristiana, que tachaba a todos los seguidores de la fe judía como «asesinos de Dios» por haber exigido a Poncio Pilato la crucifixión de Jesucristo al considerarlo un falso mesías. Al mismo tiempo, los nobles del reino de Polonia y Lituania, que en el

 

 

 

 

 

 

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siglo XV abarcaba territorios desde el Báltico hasta el mar Negro, fomentaron la inmigración de los judíos, a menudo contratándolos como gestores y capataces de sus vastas posesiones feudales labradas por campesinos en la condición de servidumbre. Llegaron a construir pueblos o pequeñas ciudades expresamente para estos nuevos pobladores.

 

Durante siglos se mantuvo esta diferenciación: en casi todas partes de Europa oriental, los judíos tenían prohibido adquirir tierras, por lo que se dedicaban a oficios de artesanía, comercio, transportes, hostelería, despacho de bebidas alcohólicas bajo licencia de los aristócratas locales, o bien a las ciencias, la medicina y la Administración. Formaban una parte esencial de la sociedad, pero siempre aparte, diferenciada por el idioma y por la religión del campesinado cristiano, ya fuese polaco, lituano, ucraniano, moldavo, ruso, rumano o húngaro. Vivían aparte, en un gueto de la ciudad o, en las regiones rurales, en un pueblo propio, el shtetl (ciudadela).

La gigantesca aberración, que ha marcado de forma indeleble el concepto de judío para muchas generaciones venideras, era confundir esta etnia alemana, la asquenazí, con una religión, la judía.

Es un error basado en la propia teología judía, que considera miembros de un mismo linaje, el de Sem, Abraham, Jacobo y José, a todas las personas del mundo que tengan una madre judía. Un dogma teológico aproximadamente tan racional como la aseveración islámica de que el Corán existe, en exactamente la misma forma en la que se presenta hoy, desde antes de la creación del mundo, o la creencia cristiana de que una paloma insufló a una chica virgen en Palestina el espermatozoide que dio lugar a Dios en persona. Pero mientras que todo lingüista sabe que el árabe, tanto el idioma como la escritura, se fueron estandarizando a partir del siglo VII, y ningún biólogo se dedica a investigar la partenogénesis entre humanos, son legión los laboratorios que todavía hoy día comparan muestras de ADN de judíos etíopes, afganos y holandeses para hallar su linaje.

 

Sería de risa si esa fe ciega en los dogmas del judaísmo no hubiera abierto el camino a la mayor tragedia del siglo XX.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SIONISTAS ANTISEMITAS

 

 

 

Llegado el siglo XIX, la mayor parte de las familias judías en Alemania ya habían asimilado el alemán estándar moderno y formaban parte de la vida comercial, cultural, literaria, artística y política del país. Eran alemanes, solo con ritos religiosos distintos a los cristianos, aunque muy a menudo compartían con estos el abandono de todo rito. Distinto era el Este de Europa, donde solo cierta élite abandonó el yidis a favor del alemán estándar y proliferaban movimientos místicos que daban a la religión un enorme valor en la vida social, incluso considerando el estudio de la Torá —siempre entre los varones— como una actividad de mayor prestigio que cualquier oficio. Se fue cristalizando así una sociedad cada vez más erudita en lectura hebrea y aramea y más empobrecida; también más alejada de su entorno.

 

Esto lo intentó remediar desde principios del siglo XIX el movimiento de la Haskalá (Ilustración), que abogaba por estudiar menos la Torá y más los idiomas de la sociedad local para posibilitar una mejor integración, sin abandonar las reglas religiosas y recuperando, además, el hebreo como idioma común. De Berlín al oeste tenía poco éxito frente al avance de la asimilación en la sociedad alemana; al este no consiguió imponerse a los poderosos movimientos jasídicos que ejercían un control religioso fundamentalista sobre la sociedad judía. Además, varios decretos y pogromos en el imperio zarista impulsaron durante ese siglo una nueva migración de judíos ortodoxos hacia Alemania, donde reforzaron el imaginario alemán del judío como alguien distinto, ajeno y desarraigado. A los del este, los «judíos del caftán», se les miraba con desprecio, como a cualquier inmigrante pobre de idioma casi incomprensible que va formando su gueto.

 

Es en esta Europa del siglo XIX que descubre el nacionalismo moderno donde se va formando lo que se dio en llamar la «cuestión judía». Es entonces cuando el rechazo cristiano contra los judíos, que había tenido siempre visos de una rivalidad entre iguales, con cierta envidia de competencia, se va transformando en un concepto asociado a la cuestión de las razas humanas, que se había popularizado desde finales del XVIII como un concepto biológico (antes, el término raza hacía referencia a

 

 

 

 

 

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categorías sociales). Esto era un cambio esencial respecto al antijudaísmo de Isabel la Católica que expulsó a los judíos de España… si no querían aceptar el bautismo. Porque un judío bautizado obviamente dejaba de ser judío. Salvo si practicaba en secreto su antigua religión, como era frecuente; entonces era un traidor. La Inquisición se inventó para esto: comprobar si alguien era fiel a los preceptos del cristianismo. Ser descendiente de judíos, musulmanes o herejes era motivo de sospecha, eso sí, durante generaciones, y servía para mantener los privilegios de ciertos linajes de «cristianos antiguos», pero no era nunca una condición únicamente propia de judíos.

 

Esto cambió en el siglo XIX en Alemania, cuando algunos pensadores se tomaron en serio el mito judío de una descendencia común del «pueblo» de Abraham de Caldea. Siguiendo la exégesis clásica según la cual los tres hijos de Noé se repartieron el mundo, con Sem afincado en Asia y eslabón en el linaje de los patriarcas, los judíos se convirtieron en «semitas». Se les asignaba un fenotipo y unas características físicas determinadas y, siguiendo la teoría entonces en boga de que la forma del cráneo refleja el carácter, también una actitud determinada: materialismo, avaricia, agudeza mental, astucia…

 

No es de descartar que en las comunidades asquenazíes de Europa oriental, con una endogamia estricta de muchas generaciones, las leyes genéticas reforzaran ciertos rasgos físicos que otros pudieran considerar «típicamente judíos». Ni sorprende que la especialización obligatoria en oficios relacionados con comercio y Administración crease una socialización específica. A todo pueblo se le atribuye un carácter, un conjunto de estereotipos a veces basados en ciertas costumbres, a veces no —es extraño pensar hoy que en el imaginario alemán el rasgo más destacado de los españoles es el orgullo—, y el pueblo asquenazí era tan víctima de estos clichés como cualquier otro. Hasta que unos políticos acuñaron un nuevo término para dividir y enfrentar a las comunidades: el antisemitismo. Convirtieron un cliché social en biología.

 

En 1879 se creó en Berlín la primera Liga Antisemita. Su fundador, el periodista Wilhelm Marr, publicó ese mismo año un panfleto sobre «La victoria del judaísmo contra los germánicos» que, subrayaba, consideraba la cuestión «desde el punto de vista no confesional[91]». Rechazó expresamente las acusaciones de la Iglesia católica contra los judíos, y basó su furibundo ataque exclusivamente en los propios mitos judíos,

 

 

 

 

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desde la superioridad sobre todos los pueblos afirmada en el Antiguo Testamento hasta el exilio en Babilonia y la diáspora iniciada por Tiberio en el año 70. La situación social de los judíos alemanes y de Europa oriental, fruto de una evolución secular de relaciones de poder entre dinastías, ducados, siervos y oficios, se convirtió bajo su pluma en una cuestión de razas: la semita contra la germánica. Marr le echó arte al invocar la lucha contra «la dictadura social y política» del judaísmo en Alemania, que llamaba «un régimen extranjero»: dibujó al judío como mucho más inteligente que el «torpe germano», destacó los «indecibles sufrimientos del pueblo judío» y aclamaba su «victoria», que consideraba «el derecho de los judíos, extranjeros obligados desde hace 1800 años a hacernos la guerra», para concluir: «Me inclino en admiración ante este pueblo semítico que nos ha colocado el pie en la nuca».

 

Son extranjeros, son semitas, son asiáticos. De sangre, genéticamente, biológicamente. Este era el mensaje, tomándose en serio los mitos religiosos de la Torá y creando un mensaje infinitamente más destructivo que la guerra de competencia de la Iglesia. El antisemitismo como ideología, pretendidamente científica, nació al trasladarse el concepto teológico de un pueblo judío, elegido en el Sinaí hace milenios, a los esquemas modernos de pueblos en el sentido de comunidades políticas organizadas en Estados en un momento en el que en toda Europa se fueron formando las conciencias nacionales y se proyectaron futuras entidades políticas sobre lo que iban a ser las ruinas del Imperio austrohúngaro, el alemán y el otomano.

 

Este proceso dejó fuera a los judíos: su idioma, el yidis, y su religión les impedían pertenecer a ninguna de las comunidades de lenguas bálticas, eslavas o románicas y de fe cristiana —ya fuese católica, ortodoxa o protestante— que se iban constituyendo en pueblos, desde Lituania hasta Moldavia. Ni tampoco podían reclamar un territorio propio, porque no formaban la mayoría de población en ningún lugar. Quedaban como un cuerpo extraño en un mosaico de sociedades en el que siempre habían sido inmigrantes y a menudo, tras pogromos o expulsiones, nuevos migrantes, un pueblo casi nómada, el «judío eterno». Ni siquiera eran bienvenidos en la propia Alemania, destino de muchas familias huidas de persecuciones en el imperio zarista: las clases judías educadas miraban no solo con desdén a los «orientales», sino incluso con el secreto temor de que su presencia reforzaría los estereotipos antijudíos y dinamitaría su propio

 

 

 

 

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proceso de asimilación. No faltaban industriales judíos que financiaban la emigración de estos inmigrantes judíos a América, con tal de no tenerlos en Alemania, «una obra caritativa que ocultaba un antisemitismo judío[92]».

 

Es desde este esquema mental que el filósofo y activista judío Aaron David Gordon, nacido en la Rusia zarista en 1856, escribe un texto que parece todavía más «antisemita» que el panfleto de Marr: «Somos un pueblo parásito. No tenemos raíces en la tierra, no tenemos suelo bajo los pies. Y no solo somos parásitos en el sentido económico, sino en el espíritu, en el pensamiento, en la poesía, la literatura y todas nuestras virtudes, nuestros ideales, nuestras aspiraciones humanas más altas. Todo movimiento ajeno nos barre, todo viento del mundo se nos lleva. En nosotros mismos apenas existimos, y así desde luego tampoco somos nada en los ojos de otros pueblos[93]». En un tono similar, otro gran activista y político judío, Zeev Jabotinsky, nacido en Odessa, dejó dicho: «Los judíos son un pueblo terrible. Sus vecinos los odian con toda la razón». Su biógrafo y aliado Joseph Schechtman lo intentó suavizar con una frase explicativa: «Los enemigos de los judíos no están del todo equivocados, porque en su dispersión, los judíos son un absceso doloroso en el organismo de otras naciones[94]».

 

Gordon y Jabotinsky lo tenían claro: eran sionistas.

 

 

 

 

 

DE CÓMO ISRAEL ACABÓ CON LOS JUDÍOS

 

 

 

El sionismo era la reacción asquenazí a los movimientos nacionalistas del fin de siglo en Europa central. Tenía unas lejanas raíces en el dogma judío de que al final de los tiempos el mesías reuniría a todos los judíos del mundo en Jerusalén, un concepto expresado en la frase ritual del Pésaj: «El año que viene en Jerusalén». Pero eran lejanas, porque para este traslado a Tierra Santa hacía falta, precisamente, el mesías. Esto cambió en 1862 con el libro Roma y Jerusalén, escrito por un intelectual alemán socialista cercano a Marx y Engels: Moses Hess. El autor, filósofo judío universalista, se inspiró en la recién terminada creación del Estado de Italia por las milicias de Garibaldi para proponer un futuro similar para el

 

 

 

 

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«pueblo judío». Más significativo fue veinte años más tarde el médico ruso judío Leo Pinsker, inicialmente activista a favor de la asimilación, quien cambió de idea al experimentar los pogromos de Ucrania y se convirtió en líder del movimiento Amantes de Sion, fundado en 1881, que proclamaba la necesidad de reunir a todos los judíos en un Estado propio, aunque poco importaba dónde fuera.

Fue Theodor Herzl quien dio forma definitiva a la idea al publicar en 1896 el ensayo El Estado judío[95]. Herzl había sido el ejemplo perfecto del judío vienés asimilado, cosmopolita y progresista: jurista, escritor y periodista, miembro de una liga estudiantil nacionalista alemana, tan alejado de los dogmas que ni siquiera llevó a su hijo a circuncidar[96] —el equivalente a un cristiano que no bautiza a su bebé— y defensor de una solución muy sencilla de la «cuestión judía»: un bautismo cristiano colectivo en la plaza pública. No porque fuera creyente cristiano, sino para acabar con una diferenciación burocrática, para erradicar la palabra judío en la casilla del documento de identidad, cuando no tenía ya significado alguno en su vida.

 

Le fue cambiando las ideas una estancia en París, donde cubría, como corresponsal de un diario vienés, el proceso contra el capitán Alfred Dreyfus, un militar francés judío condenado en 1894 por un delito de espionaje que no había cometido. El proceso sacudió Francia durante años y desató todos los demonios del «antisemitismo». En El Estado judío, Herzl se mostró convencido de que la asimilación era imposible, porque la Europa cristiana nunca iba a aceptar a «los judíos». La única solución era emigrar para fundar un Estado propio. No era una huida solo del antisemitismo, sino de la esencia que provocaba y justificaba el antisemitismo: el ser judío. «La cuestión judía existe en todas partes donde viven judíos en cierto número. Donde no está, la traen los judíos inmigrantes. Migramos desde luego a donde no nos persiguen, y al aparecer nosotros surge la persecución». «Los pobres judíos ahora llevan el antisemitismo a Inglaterra; a América ya lo han llevado». «Considero la cuestión judía ni social ni religiosa, aunque se tiña así o de otra manera. Es una cuestión nacional». «Somos un pueblo. Un pueblo[97]».

 

Con esta premisa, Herzl negaba para siempre la posibilidad de una coexistencia de judíos con cualquier otro pueblo de la humanidad, exactamente igual que los antisemitas. De hecho, veía el antisemitismo como fuerza impulsora de su proyecto de fundar un Estado propio: «Atizar

 

 

 

 

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laboriosamente el movimiento no será necesario. Esto lo harán los antisemitas por nosotros». Incluso preveía que la empresa de emigración la podrían financiar no solo judíos ricos ganados para la causa, sino también cristianos que quisieran liberarse de los judíos en su país.

 

Herzl concibió su tratado como una propuesta práctica, resolviendo detalles de planificación urbana, normas laborales y pago de salarios en el futuro Estado. Dónde hubiera que edificarlo no le importaba. Dedicó exactamente 15 líneas a evaluar si sería mejor Argentina —ideal por tener enormes terrenos fértiles con muy baja densidad de población— o Palestina, «patria histórica inolvidable» y por ello «un lema emocionante» para fomentar la emigración. «Si el sultán [otomano] nos lo cediera», acotó. Más tarde estuvo a punto de llevarse a la práctica una tercera propuesta: Uganda. Solo por encima se mencionó la opción de Madagascar, que más tarde fue propuesta como destino de deportación por el Gobierno polaco en 1937 y el régimen nazi en 1940. Pero, tras debatirse las alternativas en varios congresos, se fueron descartando todas salvo Palestina. Y no exactamente por motivos religiosos: los rabinos ortodoxos, en general, eran quienes más se oponían a la empresa. Teológicamente no había dudas: solo el mesías podía llevar a los judíos de vuelta «a casa» desde el exilio; hacerlo antes era rebelarse contra los designios de Dios. En Europa oriental, donde proliferaban cofradías místicas y predicadores que vivían de vender milagros a la población, se desató un enfrentamiento acérrimo entre los defensores racionales y agnósticos del sionismo y los estamentos religiosos. Aun así, el nombre de Jerusalén servía de banderín de enganche a cierta población más vinculada a las tradiciones y era la única manera de poner en marcha la emigración, jugando con la fascinación que ejercían las historias de la Biblia.

 

Era una alianza contra natura, porque la mayoría de los pensadores sionistas, desde Herzl a David Ben-Gurión, que en 1948 proclamó la independencia de Israel, eran ateos o agnósticos. Fundar un nuevo Estado significaba para ellos no solo huir del antisemitismo, sino sobre todo dejar atrás de una vez por todas el judaísmo. Herzl sí preveía la colaboración de los rabinos con la empresa sionista, sugiriendo que la propagaran durante los servicios religiosos, pero aclaró también el lugar que tendrían en el futuro Estado: «Solo nos reconocemos unidos por la fe de nuestros padres», razonaba Herzl, al faltar un idioma común, pero rechazó tajantemente «una teocracia». «No permitiremos que surjan veleidades

 

 

 

 

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teócratas de nuestros sacerdotes. Sabremos mantenerlos encerrados en sus templos, al igual que mantendremos encerrado nuestro ejército profesional en sus cuarteles[98]».

 

Nadie se daba cuenta entonces de la inmensa paradoja que significaba renegar de una religión y a la vez llevar a la Liga de las Naciones unas reivindicaciones sobre una «tierra histórica» edificadas sobre dogmas religiosos sin fundamento histórico. Para cualquiera que no creyese en los profetas de la Biblia tendría que haber sido obvio que una familia de judíos alemanes no era una tribu semita y que, si Dios no existía, nunca podía haber prometido a Abraham esa franja de costa mediterránea como propiedad hereditaria. Sin embargo, esa promesa —«La tierra de nuestros padres»— seguía incrustada en las mentes hasta de los ateos más rotundos y sigue ahí en Israel hasta hoy. Un israelí me lo resumió así: «No creen que Dios existe. Pero creen que existía[99]».

 

En todo caso, existía la tierra y existía la promesa divina, convertida en convicción de realidad histórica. Ante esto, a nadie se le ocurrió que milenios después no solo Dios había dejado de existir, sino que habían empezado a existir otros pueblos. La pregunta no se hacía. El sionismo partía de la idea de obtener «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra[100]». Sabemos lo que esta postura ha significado para los habitantes de Palestina, cuya presencia simplemente se ha negado (hasta el punto de que hoy día no faltan quienes creen que utilizar el término Palestina —que empleaban Herzl y sus contemporáneos y todos los sionistas hasta 1948— es señal de oponerse a la existencia de Israel). Lo que se conoce mucho menos es qué ha significado para los judíos.

 

Significa que Israel acabó con los judíos.

 

Esto no es una boutade ni un efecto secundario: era el objetivo expreso de los sionistas. Herzl lo dejó claro: quienes quisieran emigrar al nuevo país —que solo llamaba «allá» en su tratado— serían ciudadanos como los de cualquier Estado soberano, sin particularidades salvo mejores leyes laborales; quienes no emigrasen se asimilarían completamente a la sociedad que los rodeaba y dejarían de ser judíos. La «diáspora», el «exilio», cesaría de existir. Sus contemporáneos y seguidores, Max Nordau, Gordon y Jabotinsky, fueron perfilando la idea, renegando de todo lo que caracterizaba al «judío de la diáspora», su percibida debilidad, su humildad, su capacidad de sufrimiento y su tendencia al estudio y los oficios intelectuales. Plantearon en su lugar al futuro hombre fuerte,

 

 

 

 

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musculoso, orgulloso, trabajador ligado a la tierra…, una especie de ideal del campesino germánico bajo nuevos cielos. «Todo lo relacionado con “el exilio” era merecedor de desprecio: el shtetl judío, la religión judía, los prejuicios y las supersticiones judías. Aprendimos que los judíos “del exilio” estaban involucrados en “negocios del aire”, es decir, intercambios en la bolsa de valores, propios de parásitos, que no producían nada tangible, que los judíos rehuían el trabajo físico, que su estructura social era una “pirámide inversa”, pirámide que nosotros volcaríamos, al crear una sociedad sana de campesinos y trabajadores». Así lo formula Uri Avnery, quien llegó con su familia a Palestina en 1933 y se convirtió aún adolescente en un sionista ferviente[101].

 

Los recién llegados en estas primeras décadas del siglo XX hicieron lo posible para quemar todos los puentes con su pasado judío. Lo primero era cambiarse de apellido. Así, Helmut Ostermann —salido de una familia culta y agnóstica, con nombre de pila germánico y apellido alemán judío— se convirtió en Uri Avnery. David Grün (apellido alemán que significa «Verde», común entre judíos) se hizo llamar Ben-Gurión. Cierta corriente agnóstica, en la que estaba activo Avnery, rechazaba de plano el adjetivo judío: a partir de ahora eran hebreos. Era una manera de sentirse heredero de una tribu semita local, borrando de un plumazo dos mil años de «exilio». «La religión, sentíamos, se extinguiría pronto. Todo lo que fuera bueno y sano era hebreo: la comunidad hebrea, la agricultura hebrea, los kibutz hebreos, la “primera ciudad hebrea” (Tel Aviv), las organizaciones militares clandestinas hebreas, el futuro Estado hebreo. En cambio, el adjetivo judío se aplicaba a cosas “del exilio”, como la religión, la tradición y otros cachivaches inútiles[102]».

Los judíos, así lo preveía el sionismo, iban a desaparecer de la faz de la tierra. Existirían orgullosos hebreos en su tierra histórica, y existirían alemanes, franceses, rusos y polacos felices, algunos de ellos nietos de judíos, indistinguibles ya del resto de la sociedad. Pero ya no habría judíos. Era lo que exigía el antisemitismo con su lema «Juden raus» («Judíos fuera»), un lema que cita el propio Herzl en 1894 para «resumir la cuestión judía en su forma más escueta: ¿ya nos tenemos que ir y adónde? ¿O aún podemos quedarnos y para cuánto tiempo?». En otro párrafo se pregunta si él mismo es un adelantado a su tiempo y «los sufrimientos de los judíos aún no son lo suficientemente grandes[103]». En

 

 

 

 

 

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1894 no lo eran: el sionismo ganó escasos seguidores. A partir de 1933, todo cambió.

 

La decisión de Hitler de convertir Alemania y los territorios que conquistaba en judenrein, es decir, «limpios de judíos», era «la palanca» que permitía mover la causa sionista. Esta era la metáfora que usaba David Ben-Gurión[104]. El judío búlgaro Angel Wagenstein, sefardí (pese a su apellido asquenazí) nacido en Bulgaria en 1922 y criado en París, lo vivió exactamente así: «Si alguien me ha devuelto el sentido de ser judío, ese ha sido el camarada Hitler. Los judíos alemanes intelectuales, la élite, nunca han sentido que fuesen judíos, solo los nacionalsocialistas han vuelto a convertirlos en judíos. Mi madre y su familia tenían que llevar la estrella amarilla. El antisemitismo produce más judíos que las sinagogas. Sin Hitler, hoy no existiría Israel[105]».

 

La frase lapidaria desde luego amalgama en el nombre del dictador alemán los movimientos antisemitas en Europa central que dieron lugar al ascenso de Hitler —no los inventó, sino que los utilizó— con la presión ejercida por leyes y pogromos rusos y polacos. Pero la coincidencia de objetivos de sionistas y antisemitas tuvo incluso efectos prácticos. El Gobierno alemán firmó en 1933 un pacto con la Organización Mundial Sionista, heredera de Herzl, para financiar la emigración de judíos a Palestina. Según este Acuerdo Haavara, los judíos que querían emigrar ingresaban su dinero en un banco alemán, este pagaba la exportación de productos alemanes a Palestina y, al llegar allí, los inmigrantes recibían el valor de estas mercancías en dinero[106]. Era una ganancia para las empresas alemanas de exportación y facilitaba a las organizaciones sionistas no solo la llegada de bienes necesarios para construir nuevos asentamientos, sino, sobre todo, de material humano: quien emigrase a otros países, perdía todo. Solo Palestina era la tierra prometida para los perseguidos por el régimen nazi.

 

Ochenta años más tarde, esta postura fundamental del sionismo no ha cambiado.

 

 

 

 

LA EXPULSIÓN INVENTADA

 

 

 

 

 

 

 

 

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«Los políticos israelíes podrían estar muy bien ayudando a los terroristas fanáticos para acabar el trabajo que iniciaron los nazis y sus colaboradores de Vichy: convertir Francia en judenrein», escribió indignado Chemi Shalev, columnista del diario israelí Haaretz, en 2015, días después de los ataques contra un supermercado judío en París que dejaron cuatro muertos justo después del atentado yihadista contra Charlie Hebdo[107]. Porque el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, había pedido a los judíos franceses abandonar el país: «A todos los judíos de Francia, a todos los judíos de Europa: Israel es tu casa», proclamó. Un mes más tarde, tras un atentado contra una sinagoga danesa, repitió: «Israel es tu casa. Pedimos una inmigración masiva desde Europa». Su ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, fue más explícito: «Con el debido respeto a las comunidades judías en la diáspora: ustedes saben lo que ocurre hoy con la asimilación, no solo con el antisemitismo y las amenazas de terror. Creo que solo existe un lugar para todos los judíos: Israel[108]». Es la visión de Herzl: no podría haber judíos fuera de Israel.

Lo aberrante de esta visión es que impuso un modelo elaborado dentro del marco de los nacionalismos europeos, diseñado para una minoría étnica europea, a todos los seguidores de la religión judía en el mundo. Convirtió una cuestión étnica concreta en un problema religioso, y convirtió esta religión en una ficción étnica.

Porque el resto de los judíos del mundo, desde Marruecos a Yemen y Afganistán, exceptuando la comunidad sefardí exiliada de España, nunca habían formado una etnia diferenciada. Eran parte de los pueblos bereberes, magrebíes, etíopes, árabes, mesopotámicos, iraníes y centroasiáticos, diferenciados por su religión, pero no por su idioma ni por sus hábitos, salvando detalles de gastronomía asociados a los ritos religiosos o cierto vocabulario derivado de sus textos sagrados, propio de cualquier comunidad endogámica. Y endogámicas eran todas las comunidades religiosas minoritarias, algunas incluso con idioma propio y mucho más «étnicas» que la judía: los cristianos en Egipto habían hablado copto hasta el siglo XVII, los de Iraq siguen hablando arameo hasta nuestros días, al igual que los mandeos, una rama religiosa monoteísta que impide estrictamente toda conversión o siquiera boda con alguien de otra fe. La endogamia también es la norma entre los drusos y, bajo amenaza de muerte, entre los yazidíes. Comparada con estos colectivos, la religión judía era relativamente abierta y permisiva ante las mezclas, porque

 

 

 

 

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admite conversiones y, aunque prohíbe las bodas mixtas, considera judía a toda persona nacida de madre judía.

 

Es fácil encontrar en cualquier sociedad bajo dominio de una religión concreta episodios de persecución de minorías religiosas, y los reinos, sultanatos e imperios musulmanes no son una excepción. Pero hasta la aparición de las ideas nacionalistas europeas del siglo XIX —que motivaron el terrible genocidio contra los armenios cristianos en 1915—, estos enfrentamientos nunca llegaron a la amplitud de los pogromos antijudíos de la Europa cristiana y mucho menos a los excesos sanguinarios perpetrados contra los cátaros o los hugonotes o en las guerras husitas. En consecuencia, el mundo bajo dominio de potentados musulmanes conservaba hasta el siglo XX minorías cristianas de ramas diversas, judías, drusas, mandeas, zoroastras y yazidíes, un mosaico religioso desconocido en Europa. Y fueron el Imperio otomano y el reino marroquí las tierras que acogieron a los sefardíes expulsados de España.

 

En todo caso, las comunidades judías al sur del Mediterráneo nunca desarrollaron una conciencia de ser una minoría especialmente rechazada, distinta a todas las demás. El concepto base del sionismo, la convicción de que los judíos habían sido perseguidos en todas partes y en todos los tiempos, no formaba parte de su visión del mundo. Compartían la cultura de sus vecinos, incluida la figura de Yoha, el protagonista de los chistes desde Marruecos hasta Iraq, una especie de pícaro dedicado a escandalizar a la buena sociedad[109]. Mientras que entre los asquenazíes el héroe de los chistes, a menudo llamado Hershel, es siempre judío, de Yoha no se sabe qué religión tiene. «En algunos episodios realiza ritos judíos, en otros es derviche, o sea, musulmán, en otros cristiano: pertenece a un mundo de una cultura compartida», analiza el sociólogo sefardí Eliezer Papo[110]. Entre los judíos de habla árabe o ladina ni siquiera se conoce el concepto de goy, una palabra hebrea que originalmente significa «pueblo», pero que entre los asquenazíes describe a cualquier persona no judía, similar a payo para los gitanos: el mundo se divide entre judíos y los demás. Es una cosmovisión totalmente ajena a los judíos sefardíes y los del mundo musulmán.

 

Pero esta cosmovisión no interesaba en absoluto a los promotores del sionismo. Superpusieron su idea del judío étnico asquenazí al resto del mundo y se dedicaron a una ardua tarea de misión en países musulmanes.

 

 

 

 

 

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Que tuvieran cierto éxito en Marruecos se explica más por factores económicos —al principio del siglo XX, el antaño próspero sector de artesanía marroquí se hallaba arruinado por la competencia de la recién desarrollada industria europea— que por conceptos religiosos o sociales. Hizo falta una propaganda incesante y, a veces, alguna provocación que avivara las tensiones y acelerara el flujo, recuerda el historiador marroquí judío Simón Levy[111]. La guerra de la independencia de Israel en 1948, con la intervención de Jordania, Egipto y Siria contra las milicias sionistas, la victoria de estas últimas y la expulsión de cientos de miles de musulmanes y cristianos de Palestina hacia los países vecinos envenenó las relaciones con todos los miembros de la recién fundada Liga Árabe. La pretensión de Israel de representar a todos los judíos del mundo suscitó en muchos países árabes y musulmanes la reacción de considerar a los judíos locales una especie de quinta columna. Si su patria era Israel, no podía ser Egipto, Iraq o Túnez. Emergieron tensiones, incidentes de acoso, en algunos casos pogromos, al tiempo que las organizaciones sionistas desarrollaban una esforzada labor para mostrar la emigración como única salvación. Una vez conseguido el objetivo de atraer a cientos de miles de judíos magrebíes, iraquíes y yemeníes a Israel, se proclamó que aquello había sido una «expulsión»: los países árabes, por causa de su histórico odio a los judíos, habían expulsado a los judíos e Israel los había salvado.

 

En mayo de 2021, un monumento se erigió en Jerusalén para cimentar esta visión global del sionismo de cara a las futuras generaciones: «Con el nacimiento del Estado de Israel, más de 850 000 judíos fueron forzados a abandonar tierras árabes e Irán. Israel acogió a los refugiados desesperados[112]». Y para que no faltara detalle, incluso se tildaba esta «expulsión» de «Nakba judía», utilizando el término árabe para la expulsión de musulmanes y cristianos del territorio conquistado por las milicias sionistas para fundar Israel: una tragedia compensa otra.

 

Es una falsedad. Pero es necesaria para mantener la aspiración mundial del sionismo: no puede permitir que la realidad estropee la visión de un pueblo judío perseguido en todas partes y en todo momento. La realidad fue completamente distinta. Los países árabes no expulsaron a sus ciudadanos judíos. Les prohibieron emigrar.

La excepción es Egipto, que en 1956, durante la invasión del Sinaí por parte de los ejércitos de Israel, Francia e Inglaterra —lanzada en respuesta a la nacionalización del canal de Suez por Gamal Abdel Nasser—, decretó

 

 

 

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la expulsión de todos los franceses, británicos y judíos, aunque finalmente solo llegó a deportar formalmente a un pequeño número de egipcios judíos[113]. Otros muchos optaron por abandonar el país debido a la presión creciente en una sociedad que ponía a todos los judíos bajo sospecha. Especialmente desde el escándalo Lavon de 1954, un ataque de falsa bandera organizado por el espionaje militar israelí, que había reclutado a nueve judíos egipcios para colocar bombas en oficinas británicas y estadounidenses, con el objetivo de minar las relaciones de Egipto con estos países[114].

 

Tanto en Egipto como en casi todos los demás países árabes, el Mossad llevaba desde 1948 coordinando la emigración clandestina de los judíos deseosos de ir a Israel y creando las condiciones psicológicas propicias para ello, formando desde asociaciones juveniles para fomentar un ideario nacionalista hasta grupos clandestinos armados para la «autodefensa», conocidos como Misgeret en el Magreb[115]. Hasta hoy se debate si las bombas contra propiedades judías plantadas en Bagdad en 1950 y 1951 eran obra de agentes judíos o de sus enemigos[116]; en todo caso, el incidente demostró la existencia de una red sionista armada. Poco después, el primer ministro iraquí, Tawfiq al-Suwaidi, se dejó convencer por Israel de legalizar la emigración, en la creencia de que solo unos siete u ocho mil judíos se irían. Se equivocó: decenas de miles se apuntaron y el Gobierno israelí dispuso una flota de aviones para llevarlos a Israel. No le debió de doler: el Mossad había contratado una agencia de viajes local en la que Suwaidi tenía acciones[117]. En Yemen, una operación aérea masiva tuvo lugar en 1949-1950.

 

Menos sangriento fue el proceso en Marruecos, país que había decretado la plena igualdad legal de los ciudadanos judíos —unas 280 000 almas, un 3 % de la población, una cifra superior a cualquier otro país musulmán[118]— en el momento de la independencia en 1956, pero puso trabas a la emigración por miedo a perder una mano de obra cualificada, importante pilar de su economía y vida intelectual. Durante años, el Mossad desplegó intensos esfuerzos diplomáticos para conseguir el derecho a organizar una emigración masiva, llegando a proponer un «arreglo financiero» con el príncipe heredero, Hassan, para que convenciera a su padre, el rey Mohamed V, de aceptar un acuerdo similar al de Iraq[119]. Pero solo el naufragio del Pisces, un buque fletado por el

 

 

 

 

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Mossad para la emigración clandestina, incidente en el que murieron 43 judíos marroquíes, cambió la percepción pública internacional y forzó a Rabat a dar en 1962 —tras la muerte de Mohamed V y el ascenso al trono de Hasán II— su acuerdo a la emigración organizada. Llevó al extranjero a la mayoría de la población judía marroquí, a menudo desgarrando familias o arrastrando contra su voluntad a los miembros que no veían motivo para dejar su país[120].

 

El duro trabajo del Mossad para trasladar a todos los judíos del mundo árabe a Israel tenía un efecto práctico: aportaba la mano de obra necesaria para edificar el nuevo país, al tiempo que garantizaba una superioridad demográfica judía frente a la población palestina. Pero sobre todo servía para trazar frentes claros y cumplir con la visión sionista de Herzl: una vez establecido el Estado judío, no podría haber judíos en el resto del mundo (el pragmatismo israelí exceptuó de esta visión a Estados Unidos, cuya población judía era imprescindible para financiar la defensa del nuevo país). Servía para forjar el concepto del pueblo judío perseguido en todas partes del mundo en todos los tiempos y finalmente a salvo en la tierra prometida.

 

Para ello hubo que erradicar del imaginario público todo recuerdo que mostraba la falsedad del fundamento. Aunque judíos magrebíes, iraquíes, yemeníes, sefardíes, afganos y etíopes pronto formaron la mitad de la población judía de Israel, su historia y su bagaje cultural desaparecieron por completo. La tradición literaria en yidis, la música klezmer y el violín marcaron la imagen del judío en la imaginación del mundo entero, junto con el gueto, la estrella amarilla y el pijama a rayas. Tanto que el filósofo israelí ortodoxo Yeshayahu Leibowitz tildó la narrativa del holocausto nazi de «nueva religión judía». Era necesaria para unir a millones de israelíes y judíos americanos que ya no creían en la Torá, pero compartían la referencia de este suceso para no olvidar su condición de ser diferentes[121].

 

«Lo que el dios judío no ha conseguido en dos mil años, resolver el problema de la Tierra Prometida —porque les había prometido algo que no le pertenecía—, Hitler lo hizo en pocos años», lo resume con sarcasmo Angel Wagenstein. Fue el recuerdo del genocidio asquenazí el que transformó a los judíos en un pueblo único, elegido por su condición de víctima, les permitió tener idioma, territorio y ejército propio. El mesías no lo podría haber hecho mejor.

 

 

 

 

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Los judíos de habla árabe —llamados en Israel mizrajíes, es decir, «orientales», aunque la mitad venía de Marruecos, es decir, del extremo Occidente— podrían haber constituido un puente entre los inmigrantes polacos, ucranianos y alemanes y sus vecinos palestinos. Ocurrió lo contrario: impulsados por la necesidad de no parecerse al enemigo, se esforzaron por olvidarse de sus antiguas patrias, desprenderse de sus recuerdos y de su idioma, mostrar un patriotismo exagerado y odio a los «árabes[122]». Cambiaron hasta su religión. Porque los mizrajíes seguían la liturgia sefardí del judaísmo, ligeramente distinta de la asquenazí — motivo por el que, hasta hoy, mucha gente llama «sefardíes» a todos los judíos no asquenazíes—, pero sobre todo la seguían relativamente poco. Eran tradicionales, eran ortodoxos, pero de la misma manera en que eran tradicionales y ortodoxos los musulmanes de Marruecos, con su culto a árboles y santos, alejado de cuestiones teológicas.

 

También para los judíos marroquíes, la romería anual, llamada hilula, a la tumba de algún rabino era el punto central de su vida religiosa, y hay casos en los que musulmanes y judíos veneraban el mismo santo. Sin embargo, a su llegada a Israel, aparte de sufrir un racismo bastante marcado por parte de la sociedad asquenazí, se hallaron desubicados: por una parte, eran demasiado judíos, en el sentido religioso, para la nueva élite agnóstica que se consideraba directamente hebrea y había dejado atrás todo vestigio de culto judío[123]; por otra parte, no eran lo suficientemente judíos para las congregaciones devotas asquenazíes. El Estado les facilitó enseñanza religiosa de la mano de rabinos lituanos, la rama más rigorista del mundo, y en pocas décadas, esta «lituanización» de los marroquíes había creado una enorme masa popular estrictamente religiosa, un poderoso peón político para los líderes asquenazíes fundamentalistas, opuestos al ideario laico de los sionistas fundadores del Estado[124].

 

Pasarían unas cuantas décadas hasta que los herederos de aquel sionismo laico, decididos a dejar atrás sinagogas, rabinos y rollos de Torá, se dieran cuenta de que el tiro de una utópica tierra hebrea les había salido por la culata y les había estallado en plena cara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ANCLADAS Y BASTARDOS

 

 

 

Esta teocracia es hoy especialmente llamativa, precisamente porque el sistema de leyes religiosas absolutistas se inserta en una sociedad dominada por un sector agnóstico y habituado a las libertades sociales e individuales comunes en Europa. Bares, ocio nocturno, discotecas de ambiente gay en Tel Aviv, playas donde reina el bikini… Nada parece distinto a Málaga o París. Hasta que una se quiera casar. O peor: hasta que una quiera divorciarse.

 

En Israel no existe una ley estatal para dirimir asuntos de familia. El registro civil está en manos de rabinos, muftíes y párrocos, cada uno dedicado a controlar a sus ovejitas. Y no hace falta ser creyente para ser ovejita: la religión se inscribe en este registro al nacer. También este 8 % de la población judía israelí que se define como ateo, y por supuesto el otro 57 % que marca la casilla de «no religioso[125]» es judío, y como tal legalmente obligado a cumplir hasta el último mandamiento de la Torá si quiere obtener un certificado de matrimonio o si quiere romperlo. Para empezar, un judío solo se puede casar con una judía; no se admiten los matrimonios mixtos. Quien crea en el amor más que en Dios, tiene una escapatoria: un billete de avión a Chipre está al alcance de casi cualquier bolsillo, y ahí sí que hay laicismo. Suficiente, al menos, para casar a dos personas adultas sin indagar en la religión de sus padres. El certificado expedido en Nicosia se reconoce en Israel, así que ya se puede pasar a la fase de comer perdices.

 

El problema de verdad empieza cuando las perdices se han acabado o ella se encuentra a un nuevo comensal. Porque el divorcio lo tiene que conceder el hombre: es un papelito llamado get que debe firmar voluntariamente de su puño y letra. Y si por algún motivo no quiere firmarlo, ni a cambio de mucho dinero o de quedarse con todos los bienes de la pareja, no hay nada que hacer: seguirán casados. Si un tribunal rabínico está convencido de que la mujer realmente merece el divorcio, puede aplicar presiones varias al marido, desde sociales a económicas, a ver si se reforma. Eso si lo localizan, claro: un marido desaparecido es un caso para detectives privados. Uno desaparecido en una guerra o un accidente es un caso para rabinos: trece años tardaron en Israel para declarar viudas a las mujeres de los tripulantes del submarino Dakar,

 

 

 

 

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hundido en 1986. Si el marido está en coma o simplemente se ha vuelto loco, no hay dios que lo arregle: se aguanta. En todos esos casos la mujer es una aguná, «anclada» a un marido que ya no lo es[126].

 

Y el papelito no es un capricho para sentirse mejor. Aunque en Israel ya no se lapida a las adúlteras, y nadie fruncirá siquiera el ceño en Tel Aviv si la no tan viuda se va a vivir con su nueva pareja, lo de tener hijos se complica, y mucho: si una mujer casada tiene un hijo con un hombre que no es su marido, ese niño o niña será mamzer, bastardo, no solo para toda la vida, sino para diez generaciones. Sí, la categoría de bastardo existe en la ley israelí: se estima que hay unos mil mamzer en Israel[127].

 

Un mamzer no se puede casar con otro judío, salvo que sea mamzer también (o que se vaya a Chipre, claro). El estigma es tan eterno que los tribunales rabínicos, primero, y los estatales, a continuación, hacen lo imposible para evitar asignar la condición a un criatura. Ya puede la propia madre jurar que hace años que no ve a su no tan ex y que el padre es otro, no importa: se descartarán todos los testimonios y todas las pruebas —la de ADN directamente no se acepta— para acabar concluyendo que hay duda, y en caso de duda, siempre a favor del niño.

 

¿A favor del niño? No necesariamente, si ese niño tiene un interés, ya sea emocional, ya sea económico, en que se registre su padre verdadero. En realidad, es a favor de Dios y las leyes teocráticas.

 

Como la Halajá exige entregar el get en mano a la mujer, también hay hombres anclados, si ella desaparece o evita aceptar el papelito. Pero no tiene las mismas consecuencias, porque la Torá no prohíbe la poligamia — aunque en la práctica está vetada— y un hombre puede recibir el permiso de volver a casarse sin divorcio, si cien rabinos se ponen de acuerdo. Además, si tiene hijos con una amante, no pasa nada desde el punto de vista religioso: no serán mamzer. La impura solo es la madre. Israel es un pueblo, así los llama la Torá, de patriarcas.

Israel, creada por alemanes agnósticos que quisieron abandonar todo vestigio religioso, Israel, que se considera la única democracia de Oriente Próximo, rodeada de pueblos fanáticos entregados al islam, Israel, patria del hombre nuevo hebreo, se ha ido asemejando a sus vecinos musulmanes de la peor de las maneras posibles. Se cree aún democracia, pero es una democracia controlada por Dios y sus delegados en la Tierra. Exactamente igual que los países árabes: hicieron el mismo camino.

 

 

 

 

 

 

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3. LA DESGRACIA DE SER ÁRABE

 

 

 

 

 

EL DESPERTAR QUE ERA UN SUEÑO

 

 

No solo Israel es un producto del ideario nacionalista creado en el siglo XIX en Europa: también lo son los países árabes, concepto que en un momento determinado deja de referirse a la península de Arabia para agrupar a todos los pueblos entre Casablanca y el Tigris.

Fu e un esfuerzo consciente, una proyección ideológica con un objetivo claro. Como cualquier invasión, el colonialismo había suscitado desde el primer momento revueltas, sublevaciones populares, movimientos de guerrilla, aun cuando el poder oficial ya había entregado las llaves del país. No era raro que algún caudillo rebelde buscara el respaldo de los eruditos religiosos para legitimar su lucha contra las tropas extranjeras y, a menudo, también contra las del gobierno local convertido en peón de una potencia europea. Una guerra santa siempre es mucho mejor que simplemente una guerra. Desde Ma al Ainein en el Sáhara, que combatió al sultán marroquí por someterse a los franceses, pasando por Abd el Krim en el Rif, en guerra con los españoles, hasta el mahdi en Sudán y líderes sublevados en India utilizaron el concepto de la yihad para arengar a sus tropas. Y desde finales del siglo XIX, el viajero y agitador persa Yamaludín Afghani (1839-1897) y su seguidor, el teólogo egipcio Mohammed Abduh (1849-1905), habían elaborado un marco teórico para utilizar la religión común como elemento de cohesión en una lucha contra el colonialismo.

 

La propuesta de Afghani y Abduh de reformar el islam e insuflarle nueva vida como fuerza política tuvo una gran repercusión en el movimiento de la Nahda. Esta corriente intelectual, nacida a mediados del siglo XIX, prometía una nueva vida cultural y política en el Levante, es decir, las regiones otomanas de Siria y Líbano, y en Egipto. En gran parte,

 

 

 

 

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la Nahda, un término que engloba las ideas de levantarse, despertar, renacer, avanzar, se inspiraba en la Ilustración europea. Varios de sus promotores habían estudiado en Francia e Inglaterra y hubo cristianos y judías entre ellos. Se propagaban ideas cosmopolitas, se creaban imprentas, surgían periódicos como setas en Beirut y El Cairo, se organizaban salones literarios, se reivindicaban derechos cívicos, también los de las mujeres. La vida culta y desarrollada de Europa, esta era la consigna, era perfectamente posible en Siria y Egipto, y en lengua árabe, solo había que ponerse. La pretensión de Afghani y Abduh de sacar el islam de los rígidos esquemas tradicionalistas de los muftíes y utilizarlo como herramienta para crear una sociedad justa e igualitaria, como imaginaban que habría sido la del primer siglo del islam, parecía atractiva a muchos.

 

Uno de ellos era el teólogo Rashid Rida, nacido en 1865 cerca de Trípoli, en Líbano. Inspirado por los escritos panislamistas de Afghani, se trasladó a El Cairo con 32 años para colaborar con Mohammed Abduh. Pronto publicaba su propia revista: Manar («Faro»), pero escorándose cada vez más hacia la búsqueda de un islam literal, fundamentalista, como lo practicaban los seguidores de Abu Wahhab al otro lado del mar Rojo, considerados entonces por muchos como una secta desviada. Rida desenterró y difundió los escritos del polémico y por entonces casi olvidado teólogo Ibn Taimiyya del siglo XIII, que en sus tiempos había sido admirado como heroico, virtuoso y erudito asceta por sus incondicionales seguidores, mientras que la opinión general de los teólogos lo pintaba como alguien descaminado, sectario o hereje o, según dejó dicho el viajero marroquí Ibn Battuta, como alguien que simplemente no estaba del todo bien de la cabeza[128].

 

En 1924, la revista Manar ganó un asiduo lector: Hassan al Banna, un estudiante de Magisterio, nacido en un pueblo del delta del Nilo, hijo de un imam local. Recién llegado al gran Cairo, el joven empezaba a interesarse por el camino virtuoso del islam y pronto se convirtió en seguidor de Rashid Rida, que por entonces pedía una revuelta panislámica para establecer un nuevo califato árabe y proponía excomulgar como «apóstata» a todo régimen político que no aplicara las leyes de la sharía. A Banna le convenció. Cuatro años más tarde se unió a las protestas sindicales de los empleados del canal de Suez, en manos francesas, y convenció a seis obreros de crear una hermandad centrada en la

 

 

 

 

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propagación de las virtudes del islam. Se hacían llamar Hermanos Musulmanes. Una década más tarde eran decenas de miles. Hassan al Banna predicaba en mezquitas, reuniones y hasta cafés. Levantaba la voz contra los «infieles que pisotean las tierras de los musulmanes y ensucian su honor». La solución, aseveraba, era siempre el islam, «un concepto integral que ordena todos los ámbitos de la vida y responde a toda cuestión con un orden preciso».

 

Eran los años treinta. Europa, arruinada por la Primera Guerra Mundial, entraba en un nuevo torbellino de enfrentamientos entre naciones. El futuro al sur del Mediterráneo era fácil de prever: se dibujaba una lucha del islam politizado, sectario y fundamentalista, contra los colonizadores.

A Michel Aflaq, un profesor de historia en un colegio de secundaria de Damasco con estudios en la Sorbona e ideas marxistas, se le encendieron todas las alarmas. Usar el islam como bandera anticolonialista iba a condenar necesariamente al ostracismo a la importante población cristiana de Siria y de cualquier otro país donde prendiera la chispa: Iraq, Egipto… Y con más motivo ante unas políticas francesas que se apoyaban en esa población local cristiana, reviviendo el rol histórico de las dinastías francesas como protectoras de la población cristiana de Levante desde las cruzadas.

Michel Aflaq era cristiano, de la rama greco-ortodoxa y de habla árabe, cosmopolita en el espíritu de la Nahda. Se puso de acuerdo con un compañero de estudios de su época de París, de familia suní: Salahadín Bitar. Juntos empezaban a distribuir en 1941 folletos de reivindicaciones anticoloniales, firmando como Movimiento del Revivir Árabe (al-Ihya al-Arabi). Su tesis: todos los pueblos de la región, al margen de su religión, formaban un solo conjunto, la Nación Árabe. Poco después, el movimiento se fusionó con un partido creado por otro agitador político, Zaki Arsuzi, de Latakía, en la costa de Siria y de familia alawí, una rama monoteísta que formalmente se considera parte del islam, pero cuyas prácticas son más bien agnósticas. Los tres coincidían en una idea: independizar los pueblos colonizados, pero no bajo la bandera de la religión, sino bajo el estandarte del pueblo árabe, de tan glorioso pasado. Había nacido el movimiento Baath: «Resucitar».

 

Resucitar un pueblo supone postular que existió alguna vez en la historia. Mejor dicho, supone proyectar los conceptos modernos de pueblo,

 

 

 

 

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nación o etnia, desarrollados en la Europa del siglo XIX, a un lejano pasado, anterior al siglo XV. Así, varios siglos de expansión de una misión religiosa entre pueblos de muy diversas lenguas, dirigida por caudillos, reyes o dinastías africanas, hispanas, asiáticas, apoyados a veces por mercenarios, desde el Cid a los Beni Hilal, librando guerras, conquistas y enfrentamientos entre ellos y con otros pueblos, se convirtieron de repente en la forja de un «pueblo» único.

 

El primero en difundir esta idea fue el escritor y periodista libanés Jurji Zaidan (1861-1914), él también de familia cristiana ortodoxa, referente de la Nahda en la última década del siglo XIX, pero fueron Aflaq, Bitar y Arsuzi quienes vertieron estas ideas en la forma de un movimiento nacionalista moderno. A la idea del «pueblo» (qaum) árabe le añadieron la necesidad de dotar a este pueblo de una patria común (watan). Los tres habían estudiado en la Sorbona; armados con las herramientas intelectuales de los filósofos alemanes y franceses intentaron trasladar a los diferentes movimientos políticos anticolonialistas del sur y este del Mediterráneo un nuevo marco de cohesión: la nación árabe.

 

Pasaron por alto que su concepto de un pueblo que englobara todas las religiones diseminadas desde el Tigris y el Éufrates hasta el Atlántico excluía por definición a los pueblos en el mismo territorio que hablasen un idioma distinto. Así empezó la negación de kurdos y bereberes, llevada en las décadas siguientes a una terrible —y a veces sangrienta— represión. En Marruecos, Argelia, Siria e Iraq, donde eran una parte importante de la población y no podían colocarse simplemente en una vitrina de minoría protegida, hubo que negar directamente su existencia. Simboliza esta postura el primer discurso de Ahmed Ben Bella como presidente de una Argelia recién independizada: «Somos árabes, somos árabes, diez millones de árabes. No hay futuro para este país fuera del arabismo[129]». Ahmed Ben Bella, padre de la patria argelina, era hijo de una familia bereber oriunda del Alto Atlas marroquí, se había escolarizado en francés y era incapaz de dar un discurso en árabe estándar[130].

 

 

 

EL SECRETO DE 300 MILLONES

 

 

 

 

 

 

 

 

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Es algo así como el secreto mejor guardado de trescientos millones de personas. No se lo contarán a usted, lectora, antes de matricularse en Filología Árabe en una universidad española. Aun después de apuntarse a clases, es probable que se lo nieguen tres veces profesores, filólogos y cualquier colega marroquí, egipcio o libanés al que pregunte. Quizás se ruboricen al negarlo: da vergüenza admitir que en realidad uno no sabe hablar su propio idioma.

 

Que sea su propio idioma lo dice la ley en todos los países de Marruecos a Iraq: «El idioma del Estado es el árabe». Árabe es lo que se enseña en el colegio. Y a nadie le gusta confesar que el primer día que llegó al colegio no entendía ni papa, aunque le sonara vagamente. Como si a usted, lectora, nada más soltar la cartilla en el pupitre con seis añitos, le dijeran: Latinus est lingua tua, scribere et legere discere necesse est.

Claro que al final una se va acostumbrando. No es tan difícil. Al cabo de unos años, usted redactará fluidamente ensayos en latín —lo hizo media Europa hasta bien entrado el siglo XX— y hasta podrá dar discursos ante un micrófono. Lo que nunca hará es decir en una esquina del patio de colegio a un compañero: Dona mihi osculum, speciose mee.

 

La comparación con el latín puede retratar la situación lingüística del árabe hoy día. Deriva de la segunda ficción del panarabismo, también planteada por Jurji Zaidan y asumida como dogma básico por el Baath: el postulado de una lengua árabe única, común a todos los pueblos árabes. Es casi un principio de fe: «Solo hay un único árabe» es una frase tan inasequible al razonamiento como el postulado «Solo hay un único islam» entre los conversos. Pero es una ficción, como sabe cualquiera que haya viajado a más de dos países de la región. El idioma árabe hablado en Marruecos (y con variantes en Argelia, Túnez, Malta y el oeste de Libia) simplemente no se entiende en Egipto o Iraq; un egipcio sería incapaz de comunicarse con una siria si no fuera por la influencia de las telenovelas rodadas en El Cairo que han acostumbrado el oído de los oyentes; una iraquí estaría perdida en Yemen. Y no se trata solo de diferencias fonéticas que se pueden superar con un poco de buena voluntad: cambian el vocabulario, la gramática, las conjugaciones verbales y la sintaxis.

 

Las diferencias entre las lenguas árabes que se describen hasta hoy como «dialectos del árabe» son al menos tan grandes como las que separan el portugués, el castellano, el catalán, el italiano y el rumano. Por supuesto, todas tienen como referencia el árabe del Corán, al igual que

 

 

 

 

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todos los idiomas románicos tuvieron el latín de Cicerón y Séneca como referencia. Y es ese árabe clásico el que figura hoy día como lengua oficial o cooficial de una veintena de países, convencidos de que comparten un único idioma.

 

Llamar al árabe de la prensa y las novelas del siglo XX «árabe moderno», diferenciándolo del «árabe clásico» de siglos anteriores, como hacen algunas enciclopedias, finge un desarrollo inexistente: salvo el uso de la puntuación, y algún raro préstamo moderno, ni una tilde vocálica permite distinguir un texto del siglo XXI de uno escrito en el IX. ¿Una lengua muerta? En todo caso petrificada, inmutable, útil para un uso oficial o científico internacional. Como lo fue el latín en aquella época en la que un libro redactado por un tal Regiomontanus en Viena se leía y se discutía tal cual en Londres, Lisboa, Sevilla y Venecia, sin necesidad de intérpretes… entre quienes tuvieran la erudición necesaria. El pueblo llano no podía leer aquellos libros. Para aprender a leer, primero había que estudiar un idioma nuevo.

 

Hasta 1492 en España: aquel año, Antonio de Nebrija publicó su Gramática castellana, bajo la premisa de que «tenemos de escrivir como pronunciamos i pronunciar como escrivimos». Se cristaliza el castellano moderno. El mismo proceso tuvo lugar en el resto de Europa, no de forma simultánea, pero en paralelo. A partir del siglo XVI, numerosas grandes lenguas habladas en Europa —con notables excepciones, como el griego— se habían establecido como idiomas escritos. Por circunstancias históricas, entre ellas la dominación otomana de casi todo el Mediterráneo sur, las sociedades que hablaban idiomas árabes perdieron este tren.

 

Tampoco se subieron al siguiente, que pasó durante el siglo XIX y hasta inicios del XX, cuando en toda Europa, con el derrumbe de los grandes imperios y el advenimiento de Estados «étnicos», intelectuales y escritores se lanzaron a estandarizar idiomas que marcasen la pertenencia a una nación: griego, albanés, serbocroata, búlgaro, turco. Habría sido el momento para los movimientos nacionalistas de Marruecos, Egipto, Siria, Yemen de fijar sus lenguas nacionales. Es difícil imaginar cómo sería el mundo árabe hoy si los intelectuales de entonces se hubiesen dedicado a forjar un cuerpo lingüístico que permitiera a cualquiera escribir una nota que entendiera el vecino. No ocurrió.

 

 

 

 

 

 

 

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Imbuidos del espíritu de resucitar glorias pasadas, los intelectuales desde Fez hasta Bagdad se adhirieron al panarabismo. Con ello sacrificaron el futuro literario de sus naciones sobre el altar de una ficción política inalcanzable. El resultado: países como Marruecos o Argelia, cada uno de 30 millones de habitantes, editan hoy día unos tres o cuatro mil libros al año. Con 25 000 títulos en total, la Nación Árabe, con más de 400 millones de habitantes, aparece en las estadísticas en alguna parte entre Polonia y Vietnam. Y la mayor parte de esto son ensayos y libros de texto universitarios, especialmente estudios islámicos. No lee el pueblo: leen los estudiantes porque deben.

 

Medio milenio después de Gutenberg, es difícil imaginar cómo es vivir sin literatura, sin la posibilidad de ver la sociedad a través del cristal literario. Todos somos Madame Bovary, Anna Karenina, Zalacaín el aventurero, Jim Hawkins, el hijo de Pedro Páramo… o Simbad el marino. El drama de la nación árabe es que nadie es ninguno de ellos, ni siquiera Simbad, en un mundo alfabetizado al máximo, sometido a un constante bombardeo de noticias, discursos y prédicas en televisión, redes sociales y la pantalla del móvil.

Esta falta de cultura propia, creen algunos, explica por qué Argelia fue tan fácilmente víctima del islamismo violento en los años noventa. Los regímenes dictatoriales siempre habían enseñado un orgullo nacional, pero evitando toda referencia al pasado local, a la historia numidia, cartaginesa, griega, romana, bizantina, bereber. La historia de la nación argelina empieza, por una parte, en el año 622 en Arabia al aparecer el islam en la faz de la Tierra, y por otra, en 1962, al ganarse la guerra contra el colonizador. En medio no hubo nada. Quien no tuviera medios o ganas de quedarse con el idioma del enemigo y leer en francés, solo se quedaba con la opción de mirar a La Meca.

 

De la desgracia de ser árabe es el título de un ensayo del periodista libanés Samir Kassir (desgraciadamente, asesinado con un coche bomba en 2005) en el que analiza con una mirada amarga pero aguda los muchos males que aquejan a esta parte del mundo: dictaduras totalitarias, corrupción rampante, represión sexual, un pasado demasiado glorioso, movimientos islamistas, invasiones extranjeras y, por supuesto, el ubicuo conflicto israelí… Curiosamente, el pensador no dedica ni una sola línea al hecho de hablar árabe o, mejor dicho, al hecho de no hablar árabe, de no

 

 

 

 

 

 

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ser capaz de expresarse en la lengua que por definición legal es la propia.

 

Quizás no sintió la necesidad de hacerlo: publicó el libro en francés.

 

 

 

 

 

FRANCIA ISLAMIZA ARGELIA

 

 

 

Francia no es ajena a esta evolución de los países hoy llamados árabes. De hecho, fue el colonialismo francés el que inventó la división contra la que se levantó el panarabismo. Lo que durante siglos había sido una pugna de diversos imperios en el Mediterráneo se transformó a partir de 1830, año del desembarco francés en Argelia, en una confrontación de dos bloques: europeos y musulmanes. Los primeros identificados por un concepto geográfico —entraban en el saco españoles, italianos, malteses, por modestos y proletarios que fueran— y los otros por una fe. Con ello, Francia convirtió la religión, únicamente la de los sometidos, en algo que antes no había sido: una bandera política enfrentada no a otra religión, como de toda la vida de dios, sino a un concepto civilizatorio, a la ciudadanía, a la República.

 

La vieja lucha entre moros y cristianos, hermanos enemigos, mellizos indistinguibles, se transformó en una confrontación radicalmente distinta: entre ciudadanos y colonizados. Y así lo dejó claro el propio Tribunal de Apelaciones de Argel en 1903 al decidir que los indígenas argelinos son franceses, pero no son ciudadanos franceses, porque son musulmanes, al margen de la religión que tengan. El término musulmán, explica la sentencia, «no tiene un sentido puramente confesional, sino que describe el conjunto de individuos de origen musulmán que, al no haber sido admitido como parte de la ciudadanía, ha conservado necesariamente su estatuto personal musulmán, sin que se deba distinguir si pertenecen o no al culto mahometano[131]».

 

En otras palabras: musulmán se nace, y no hay nada que hacer. Ni siquiera sirve convertirse, porque la fe no tiene nada que ver: ser musulmán es una condición étnica o, mejor dicho, ciudadana, jurídica, nacional. Pero esa misma condición, según la jurisprudencia y la práctica política de la época, se basa en normas religiosas elaboradas por muftíes. Porque la piedra de toque por la que París rechazaba dar ciudadanía a los

 

 

 

 

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argelinos era precisamente el «estatuto personal musulmán» que, así se subrayaba expresamente, permitía la poligamia, los matrimonios de menores, los divorcios por parte del marido pero no de la mujer…, normas incompatibles con la ley francesa. Por lo tanto, para acceder a la ciudadanía hacía falta renunciar expresamente a este estatuto, dejar de ser musulmán jurídicamente (la fe no importaba) y convertirse en francés. Era posible, pero exigía un largo proceso burocrático: en los cien años entre 1865 y 1962, algo menos de 7000 argelinos se acogieron a esta vía[132].

 

No parece que las autoridades francesas tuvieran especial interés en fomentar el proceso; es más: estaban orgullosas de preservar el legado musulmán de sus súbditos. Tanto que algunos administradores coloniales estudiaban jurisprudencia islámica para así poder guiar a los cadíes, los jueces locales nombrados por Francia para aplicar la ley islámica a los «indígenas». Y como muchos de estos cadíes no tenían demasiados conocimientos de normas e interpretaciones coránicas —la sharía es un vasto laberinto de opiniones diversas—, los aplicados funcionarios franceses les explicaban estas normas, basándose en teólogos y juristas egipcios y sirios del siglo XIV y XV como Khalil ibn Ishaq o Ibrahim Halabi. En otras palabras, como ya se temía el poeta y diplomático Paul Morand, Francia se dispuso a islamizar Argelia[133].

 

Morand sabía de qué hablaba: él mismo intentó en 1916 codificar un cuerpo de derecho islámico para Argelia, basándose en jurisprudencia de siglos pasados y países diversos. Su intención era acercar cuidadosamente las normas a las francesas, pero el código nunca se llegó a aplicar. Hubo quien creía que para los musulmanes era demasiado alejado de las tradiciones; hubo quien opinaba que precisamente por codificarse, en lugar de dejar vía libre de interpretación a jueces de mente abierta, petrificaba unas normas desfasadas que de otro modo se irían dejando atrás. El debate seguía aún en 1926, con un fiscal francés preguntándose por «el respeto tal vez excesivo que Francia mostraba a la legislación de sus súbditos en Argelia», cuando Turquía, recién constituida en república bajo el liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk y derrocado el último sultán, acababa de hacer tabla rasa con toda jurisprudencia coránica y había instaurado un código civil calcado al de Suiza[134].

 

Turquía es hasta hoy el único ejemplo —exceptuando las repúblicas exsoviéticas— de un país casi enteramente musulmán con un

 

 

 

 

 

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ordenamiento laico, y sus cien años de historia solo demuestran que es perfectamente posible combinar la práctica de la religión islámica con el laicismo. Una comparación somera de las leyes y costumbres turcas, no tan diferentes de otras regiones bajo dominio otomano hasta finales del siglo XIX —es decir, lo que hoy llamamos mundo árabe—, muestra diferencias abismales: formalmente, mujeres y hombres tienen los mismos derechos en Turquía, y en ciertas partes del país (no solo en las grandes ciudades, también en pueblos y aldeas de la parte occidental y meridional) esto se traduce en una igualdad efectiva y unas actitudes de vida social perfectamente comparables a cualquier país mediterráneo de legado cristiano.

 

Pero incluso Turquía tiene una inmensa asignatura pendiente con la religión: a menudo, la palabra laicismo parece solo otro nombre para un islam suní concebido como religión del Estado. Mejor dicho, de la nación. Nadie en Turquía tiene que cumplir con los dictámenes de la fe islámica, pero todo ciudadano debe ser musulmán. Esto no lo dice la ley, pero sí lo recalca el discurso oficial de la República laica fundada por Atatürk, desde mucho antes de que surgieran los primeros movimientos islamistas. Y este discurso no es herencia del califato otomano, que era multirreligioso, sino todo lo contrario: es una importación de Europa.

 

 

 

 

LA TRAICIÓN DEL PANARABISMO

 

 

 

El derrumbe definitivo del Imperio otomano, simultáneo al de los Austrias, igualmente multinacional, vino en el peor momento, a principios de un siglo XX europeo que ya había inventado el concepto de nación como un colectivo «étnico» unido por históricos lazos de sangre, pero aún le atribuía una religión única irrenunciable. Hubo que crear un colectivo nacional «turco» para crear la nación, inventando incluso, muy al gusto de la época, una lejana «patria original», en este caso las estepas de Asia Central. Para ello, Turquía y Grecia firmaron en 1923 un «intercambio de población»; hoy diríamos limpieza étnica. Un millón y medio de griegos tuvieron que abandonar Anatolia y asentarse en Grecia; algo cercano a 400 000 turcos fueron obligados a hacer el camino inverso. Casi todos los

 

 

 

 

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turcos eran musulmanes, casi todos los griegos eran cristianos ortodoxos. Pero solo casi. Hubo poblaciones significativas de musulmanes de habla griega en Creta y hubo cristianos de habla turca en Capadocia y Karaman en Anatolia. Todos tuvieron que irse, exiliarse a un país con un idioma que no hablaban. Un país ajeno que de repente se había convertido en su patria porque compartía su religión. El acuerdo puso el colofón a años de masacres de griegos y armenios en los últimos años del Imperio otomano y dio lugar a la creación de lo que entonces en toda Europa se consideraba la forma ideal, o incluso la única forma posible de un Estado: una nación unida por historia, idioma, religión.

 

Sin embargo, la «etnia», es decir, la ficción oficial de ser un pueblo descendido de los montes Altái y asentado en Anatolia por el derecho de la conquista, se vio reemplazada en la práctica por el islam. El Tratado de Lausana, firmado en Suiza en 1923, garantizaba los derechos religiosos y lingüísticos de las «minorías no musulmanas» de la nueva República turca, y aunque no se especificaron, todos los implicados asumieron que se trataba de griegos ortodoxos, armenios cristianos y judíos. Bajo el paraguas de un tratado respaldado por la Liga de las Naciones, estos colectivos adquirieron un estatus especial: al mismo tiempo que pudieron tener colegios en su idioma y lugares de culto, se convirtieron en un cuerpo extraño en la nación. Una quinta columna de los poderes extranjeros que los protegían. Tolerado por ley, pero nunca parte del pueblo turco. El Gran Rabinato judío de Estambul renunció oficialmente a este estatus en 1925 y eligió la integración en la comunidad turca; las otras dos comunidades mantienen ese estatus semiextranjero hasta hoy.

 

Es fácil pensar que el ideario de Michel Aflaq o Salahudín Bitar, al romper con el sistema otomano de categorizar a la ciudadanía por la religión y dejando la fe fuera de la ecuación nacionalista, se convertiría en un baluarte contra el islamismo. No fue así. El propio Aflaq consideraba el islam como elemento esencial de su idea del nacionalismo árabe. Con razón: lo que se había expandido siglos atrás por el norte de África y Asia occidental no era una etnia. Era una religión. La fijación de esa religión en un libro sagrado escrito en árabe era indisociable de la expansión del idioma, por mucho que este se revelaba útil para fines administrativos y comerciales. Es más: la propia palabra árabe, aunque utilizada desde antes como gentilicio por otros pueblos, se había popularizado al aplicarse a la dispar muchedumbre de caudillos, mercenarios y aventureros que fueron

 

 

 

 

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extendiéndose desde Siria a los territorios vecinos bajo la bandera del islam; hasta entonces, los pueblos de la península arábiga se habían reconocido bajo el nombre de ma’add (o maaditas[135]). Árabe, en la propia literatura árabe, nunca había sido una etnia y siempre un proyecto político vinculado a una religión.

 

Arraigado en esta tradición por su lógica inherente —habría sido absurdo postular la existencia de una etnia única desde el Atlas hasta Mesopotamia—, el panarabismo nunca se liberó del componente del islam. Tampoco lo hizo Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto y para varias generaciones el héroe de la «nación árabe». La Constitución que Nasser impulsó en 1956 mantuvo el islam como religión del Estado, aunque no fue hasta Anwar Sadat, con el texto de 1971, cuando se inscribió además la sharía como fuente legislativa. El propio Nasser reconoció que en 1953 intentaba forjar una alianza con los Hermanos Musulmanes para «ir por el camino recto» y, de hecho, había llegado al poder utilizando la capacidad de movilización del movimiento islamista, antes de descabezarlo mandando a sus dirigentes a la horca[136]. Y fue Nasser, junto a su gran admirador Ahmed Ben Bella, quien puso los fundamentos de la misión integrista en Argelia que una generación más tarde estallaría en sangrienta guerra civil. Fiel a su consigna de ser «árabes árabes», Ben Bella lanzó un ambicioso programa de enseñanza primaria en árabe clásico en un país recién independizado. El problema: no había profesores. Nadie hablaba árabe estándar en Argelia, empezando por el presidente. Nasser vino al rescate: envió a millares de profesores egipcios durante los años sesenta y setenta, entre ellos a miembros de los Hermanos Musulmanes a los que prefería alejar del país[137]. Por mucho que Argelia se integrara en la órbita soviética y exhibiera un ideario oficial de tintes socialistas, daba vía libre a la difusión del islamismo en sus colegios, como elemento imprescindible de su «identidad árabe».

 

El panarabismo creado por pensadores laicos se convirtió así en el germen del panislamismo que más tarde daría a luz al yihadismo; es más: en su heraldo y sherpa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

LA GRAN MISIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

1. LA FE USURPADA

 

 

 

 

 

EL PREDICADOR Y LA ESPADA

 

 

La historia empieza en alguna parte del desierto árabe, a mediados del siglo XVIII. En concreto, en el pueblecito campesino de Diría en el centro de Arabia. Allí, un oscuro estudiante de teología islámica, llamado Mohamed Abdul Wahab, nacido alrededor de 1700 en el altiplano del Nedjd, expulsado de numerosos sitios por sus incendiarias prédicas, se encontró con un cabecilla local llamado Mohamed Ibn Saud. Los dos don nadie se debieron de caer bien y en 1744 juraron un pacto: unir la palabra y la espada. Ibn Saud iba a someter a sangre y fuego a las regiones de alrededor y Abdul Wahab iba a proclamar que esta guerra era sacrosanta para propagar la verdadera fe. «Cada vez que se propone atacar un distrito de herejes, los advierte tres veces y los invita a adoptar su religión. Tras el tercer aviso proclama que ha terminado el tiempo del perdón y permite a sus tropas saquear y matar a placer». Es como se describían los métodos de Ibn Saud dos generaciones más tarde en

Arabia[138].

 

Por supuesto, los «herejes» eran todos buenos musulmanes desde las épocas de Mahoma. Pero no para Abdul Wahab: para él eran paganos y

 

 

 

 

 

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politeístas porque practicaban el culto a las tumbas. Algo que era totalmente normal, empezando con la tumba del propio profeta en Medina, hasta hoy visita casi obligatoria para cualquiera que peregrine a La Meca.

 

El predicador, que había iniciado su carrera lapidando a una mujer adúltera, talando un árbol sagrado y destruyendo un mausoleo, invocaba los escritos del polémico teólogo Ibn Taimiyya, muerto en Damasco en 1328, que había sido hasta entonces el único en criticar el hábito de visitar las tumbas, en confrontación con todos los demás pensadores musulmanes de épocas pasadas o posteriores. También había sido el primero en emitir una fetua que permitía matar sin juicio previo a otros musulmanes —algo anatema en el islam, bajo cualquier punto de vista— si a esos otros musulmanes se les podía considerar herejes. En ese momento, la intención era obvia: expedir una patente de corso para la guerra contra el emperador mongol y sus huestes, que ya se habían convertido al islam.

 

Esta guerra religiosa de Ibn Saud y Abdul Wahab contra los musulmanes de Arabia iba a seguir siendo la tónica para casi un siglo. En 1802, el nieto del caudillo local saqueó Kerbala en Iraq, profanando la tumba de Husein, el hijo del califa Alí, y en 1806 tomó La Meca y Medina, destruyendo las tumbas de los seguidores y descendientes del profeta. El Imperio otomano contraatacó y en 1818 derribó el emirato fanático de los Saud, llevó al entonces dirigente, bisnieto del fundador, a Estambul y lo decapitó públicamente por sus crímenes contra los lugares santos.

Dos siglos más tarde, la religión de aquel profanador de tumbas es lo que llamamos islam.

Es lo que se enseña en todas las mezquitas de Europa, se propaga en todas las páginas de internet, se financia con fondos públicos de los países de la Unión Europea, con donaciones y convenios de los bancos, desde La Caixa al Deutsche Bank, y se respalda con el logotipo de ministerios, gobiernos regionales, alcaldías y concejalías. Hoy, todos los políticos europeos de todas las corrientes políticas están unidos en el apoyo a la guerra religiosa del wahabismo contra los musulmanes.

 

Todos. La izquierda respalda el wahabismo para mostrar públicamente su «respeto a la diversidad» y la «tolerancia» ante la fe de los demás. Cuanto más explícita esta fe, cuanto más negro y cerrado el velo que se pone una candidata a un cargo político, mejor: más puntos otorga a la hora de hacer méritos de tolerar lo que a muchos musulmanes les parece

 

 

 

 

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intolerable. La derecha lo respalda atacándolo, afirmando que «los musulmanes» son así, porque «el islam» es una religión de guerreros fanáticos y lo ha sido desde Mahoma. Si alguien pone en duda que «el islam» sea así, los pensadores de la derecha son los primeros en saberse de memoria todo Ibn Taimiyya y su interpretación del Corán, sus hadices y sus versículos preferidos para demostrar que sí, que solo los wahabíes son auténticos musulmanes. Los demás son unos desviados de la fe que no cumplen con su mandato de decapitar, lapidar y exterminar a los infieles.

Que la inmensa mayoría de las personas que acaban decapitadas, lapidadas y exterminadas por los fanáticos wahabíes —desde atentados yihadistas al «Estado Islámico», es decir, Daesh— son musulmanas es un detalle en el que no reparan quienes defienden que el mandato de «el islam» es acabar con «los infieles». El término teológico es takfirismo, sustantivo del árabe káffara: declarar a alguien káfir, o sea, no creyente. Hacerlo sin un fundamento obvio y sólido es uno de los pecados más graves en el islam, según dejó dicho Mahoma: «Si un musulmán dice a otro: “No eres creyente”, uno de los dos, efectivamente, no lo es: o el acusado o el acusador[139]».

 

Siguiendo esta máxima, lo habitual en la jurisprudencia islámica ha sido no condenar como apóstata a nadie, si no se declara expresamente como tal a sí mismo. El wahabismo rompe con esta doctrina: apóstata es todo el que no siga las normas de la secta. «Quién es judío lo decido yo» es una frase atribuida a Hermann Göring; y los wahabíes la llevan a la práctica decidiendo quién es musulmán.

 

Si una corriente musulmana declara a otra apóstata, una de las dos lo es. Entre algunas decenas de millones de wahabíes en la península arábiga, con una historia de apenas dos siglos y medio, y mil millones de musulmanes con una tradición de más de un milenio, no debería ser tan complicado averiguar cuál será en este caso. De hecho, el gran muftí de La Meca, Ahmed Zayni Dahlan, lo tenía muy claro al publicar en 1878 su libro sobre la tribulación de los wahabíes: calificó a los seguidores de Abdul Wahab de secta herética, merecedora del infierno y mayor calamidad del islam. Incluso apuntó que ya Mahoma, proféticamente, había advertido contra ellos, al vaticinar que un día iba a aparecer en el este de Arabia una secta «peor que personas y animales», proclamándose musulmanes sin serlo, invocando el Corán en falso, «y se les reconoce en que se afeitan la cabeza[140]». Los skinheads del islam, en resumen.

 

 

 

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MAIMÓNIDES EN LA MEZQUITA

 

 

 

La guerra de los wahabíes contra el islam ha creado incluso jurisprudencia civil. En 2013, un juez federal de Malasia, Mohamed Apandi Ali, zanjó una cuestión legal: ¿pueden los cristianos malayos utilizar la palabra Allah para referirse a Dios en sus escritos?

 

No, decidió el juez: «Este uso propuesto causará confusión innecesaria en la comunidad islámica[141]». Aparentemente, se refería a algunos grupos islámicos temerosos de que «el uso de la palabra Allah por parte de cristianos podría incitar a algunos musulmanes a convertirse al cristianismo[142]». Claro: si ambas religiones utilizan la misma palabra, los musulmanes podrían llegar a pensar que los cristianos hablan del mismo dios que ellos, ¿no?

 

Para el juez Apandi Ali y para los cientos de musulmanes que saludaron la decisión con gritos de Allahu akbar en el patio del tribunal, calificando la «defensa del nombre de Allah una forma de yihad[143]», obviamente no hablan del mismo dios. El de la Biblia, dijo Apandi Ali en la sentencia, tras una rápida lectura del Antiguo Testamento, en hebreo, y del Nuevo Testamento, en griego, nunca aparece como Alá, sino como Yavé. Por lo tanto, concluye, la ley debe vetar el uso del mismo nombre: para no inducir a confusión.

 

Es una lástima que un juez tan erudito, licenciado en una universidad británica, inscrito en un colegio de abogados de Londres, no haya sabido acceder a un ejemplar de la Biblia impreso en árabe. También le habría bastado un paseo por Damasco, Haifa, Beirut o Alejandría para ver en las paredes esquelas escritas en árabe con una cruz y el nombre de Alá. Habría sido suficiente con consultar a cualquier párroco católico libanés, ortodoxo sirio o copto egipcio o con escuchar una misa en internet. O con abrir un diccionario para estudiantes para comprobar que la palabra Alá (transcrita en inglés, francés, alemán y malayo como Allah) simplemente significa «Dios» en árabe. Pero el juez no supo leer diccionarios.

Aparentemente, el juez y quienes aclamaban su decisión tampoco se habían leído el Corán.

Porque el Corán lo dice con toda claridad: «No hagas disputas con la gente del Libro, salvo de buenas maneras, o si actúan con injusticia, y

 

 

 

 

 

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diles: “Nosotros creemos en las Escrituras que nos fueron dadas, y en las que os fueron dadas a vosotros, porque nuestro dios y el vuestro es uno, y por Él somos musulmanes[144]”». Las chicas turcas que peregrinan a San Jorge en Prínkipo lo saben aún. Los jueces de Malasia, no.

 

La «gente del Libro» son quienes siguen el Libro (Biblia, en latín): cristianos y judíos. El término históricamente abarca además a los sabeos, hoy conocidos como mandeos, y reducidos a un colectivo de menos de 100 000 almas en Iraq. A menudo también se incluyen los zoroastrios y cualquier otro grupo monoteísta. En todo caso, respecto a cristianos y judíos, Corán y tradición islámica no admiten duda: Dios —solo puede haber uno— envió decenas de profetas a la humanidad, como Noé, Abraham, Moisés, David, Jonás, Juan Bautista y finalmente Jesús, el último antes de Mahoma. Los libros del Antiguo Testamento y los del Nuevo Testamento son por lo tanto escrituras sagradas enviadas por Dios, solo que se entendieron mal, se copiaron mal y se manipularon tanto que ya no reflejan lo que deben. Pero su origen es tan divino como el Corán. Esto es dogma.

 

También es certeza popular de cualquiera que se digne llamarse musulmán. «Mi hobby favorito son las disputas teológicas. Y entre los muchos temas que hay, mi preferido es la pregunta ¿son lo mismo islam y cristianismo o son cosas distintas? —me dijo el viejo dueño del café Shabendar en Bagdad, una semana antes de la invasión estadounidense en 2003—. Y si concluimos que son distintos, ¿son distintos en la forma o en el fondo?». El tiempo no permitió que me dijera a qué conclusión había llegado, pero el fundamento teológico del que partía era claro: se admitía la tesis de que islam y cristianismo pudieran ser lo mismo.

También lo son judaísmo e islam: el gran pensador Maimónides, autoridad suprema para todo rabino, dictaminó que, a falta de sinagogas, un judío puede rezar en una mezquita: es la casa de Dios. En una iglesia no, porque el crucifijo, junto a tallas de santos y vírgenes, va contra la orden de no hacer imagen de Dios. Y lo que diga el Rambam va a misa: en nuestros días lo ha confirmado el Gran Rabino sefardí de Israel, Ovadia Yosef[145], no especialmente distinguido como hombre de ideas ecuménicas ni conciliadoras. Para entendernos: Ovadia Yosef (1920-2013), que escandalizaba hasta a los ministros israelíes, y ya es decir, deseándoles plagas y exterminio a los árabes, era un fundamentalista

 

 

 

 

 

 

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de libro, patriarcal e irredento. Pero el dogma es el dogma, y que judíos y musulmanes rezan al mismo dios simplemente no admite debate.

 

En la aniconía, el rechazo a la imagen, se encuentran judaísmo e islam. Y aunque el judaísmo ha derivado de los iconos cristianos la interpretación de que los seguidores de Jesús son adoradores de ídolos y, por lo tanto, ver una iglesia por dentro es pecado grave —el mismo Ovadia Yosef, cuando era asistente del gran rabino de Egipto en 1948, se negó tajantemente a acudir al funeral de un diplomático cristiano porque no quería pisar la iglesia—,[146] el islam ha pasado por alto este aspecto. Las fieles musulmanas que acuden a Prínkipo para meter un mensaje con un deseo en la urna de san Jorge están en buena compañía: el califa Omar se negó a rezar en la iglesia bizantina de Ammán no porque no le pareciera piadoso, sino por temor a que todo el mundo lo imitara y no dejara espacio a los fieles cristianos, por lo cual hizo edificar una mezquita al lado de la iglesia. O así lo cuentan hoy los jóvenes en Jordania a quien se dé una vuelta por las ruinas de ambos templos.

 

 

 

 

DIOS HA MUERTO, VIVA ALLAH

 

 

 

Se acerca la hora del rezo en la mezquita de la plaza Firdos, no lejos del río Tigris. Es un día de marzo de 2003; falta menos de una semana para que los cazabombarderos estadounidenses aparezcan en el cielo sobre Bagdad. Nadie lo sabe todavía, pero nadie duda tampoco de que el suceso, y el fin de Iraq como se ha conocido, está al caer. Un equipo de grabación cinematográfica —dos trípodes, un par de cámaras analógicas, una pértiga de sonido, tres profesionales— se arremolina en la escalinata. El director, Javier Corcuera, cineasta de documentales peruano-español que ha acudido a Iraq para grabar una cinta que acabará llamándose Invierno en Bagdad, observa con cara circunspecta mi conversación con el imam local. Esta mañana hemos tomado imágenes en el interior, con permiso del religioso, pero el mismo hombre se muestra ahora reacio a que el equipo monte sobre las alfombras lo que parece todo un estudio de rodaje portátil para entrevistar a una mexicana que ha venido a protestar contra la guerra. Ella se define como escudo humano. El imam agradece el gesto, pero no

 

 

 

 

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quiere ver más cámaras. Podría molestar a los fieles, aduce, aunque prácticamente no hay: es zona suní. Y ya dice el chiste local cuál es la manera más fácil de distinguir una mezquita suní de una chií: está vacía.

 

Pedimos, rogamos, insistimos: Corcuera quiere aquel espacio, esta luz entre columnas. Sin resultado. Hasta que se me ocurre disparar la bala de plata. Aclaro el oficio de Luz Rodríguez, la activista mexicana que se sentará ante las cámaras.

—Es que ella es monja.

 

Al imam se le cambia la cara.

 

—Ahora lo entiendo. Si es monja, efectivamente, le corresponde una entrevista en la casa de Dios. No hay mejor lugar. Venid cuando queráis.

Curiosamente, los cristianos —sor Luz aparte— no lo tienen tan claro. Aunque deberían, porque lo que sí es dogma es que Yavé, el dios de los judíos, el del Antiguo Testamento, es el mismo que el del Nuevo Testamento. El dios que creó a Adán y Eva, el que mandó el diluvio, el que le otorgó a Moisés los Diez Mandamientos es el mismo dios que se encarna en Jesucristo. A nadie se le ocurriría ponerlo en duda.

 

Sin embargo, en la agnóstica Europa parece haberse instalado una extraña convicción generalizada de que este dios judeocristiano no es el mismo que el que, después de Jesucristo, le dio una misión profética a Mahoma. No faltan ni viñetas de humoristas que muestran disputas entre «Dios» y «Alá». Algo que ningún cristiano egipcio, sirio o iraquí podría entender siquiera, porque su dios se llama Alá. El error ha llegado lejos: el muy grueso, muy erudito y muy caro The Cambridge Handbook of Language Policy (2012) —coordinado por un profesor de la universidad pública semirreligiosa de Bar Ilan en Israel— llega a afirmar que «los fieles de Jehová y Alá consideran, cada uno por su parte, que el dios del otro no existe[147]». Eso es tan falso que ya cuesta esfuerzo atribuir a la ignorancia lo que parece mala fe.

 

La prensa no hace más que cimentar el error. Basta con abrir cualquier diario inglés, español, alemán o francés para encontrarse con que tal presidente o ministro egipcio, iraní, tunecino o yemení invoca a Alá para salir victorioso de un conflicto. Darle color local, lo llaman. Pero ¿alguna vez hemos leído que George W. Bush prometió invadir Iraq en nombre de God?, ¿que Putin considera la música de las Pussy Riot una ofensa a Bog?, ¿que los cardenales franceses se quejan de que las Femen la hayan tomado con Dieu?, ¿que Angela Merkel cree en Gott?

 

 

 

 

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La regla es clara: si se supone que el presidente en cuestión es cristiano (o judío), se traduce el nombre de Dios del idioma local al idioma europeo de turno, junto con el resto de la oración. Si quien habla es notoriamente musulmán, se desactiva rápidamente el traductor. Y el cerebro, de paso. Alá solo puede ser el otro, el islámico. Los obispos árabes ya pueden decir misa.

 

Por supuesto, este afán de división es mutuo. Los wahabíes —y esto hoy día ya quiere decir: los dirigentes de la religión conocida como islam

— colaboran de forma entusiasta en afianzar este crepúsculo de los dioses. Arabia Saudí no permite iglesias, niega la entrada a sacerdotes cristianos, prohíbe la posesión de biblias. Y sus telepredicadores llaman «infieles» a los cristianos, como si no fueran parte de la «gente del Libro», es decir, creyentes. Es lo que usted verá en cualquier página web dedicada al islam, cualquiera: el proceso de usurpación del islam por parte de la secta wahabí aún no ha alcanzado las montañas del Atlas, y quizás ni siquiera todos los pueblos a orillas del Tigris, pero en el mundo digital ha triunfado de forma plena: el islam ha quedado erradicado de la faz de internet.

 

Dios ha muerto: ya solo está Alá. Mejor dicho, Allah. Incluso en castellano. Una palabra de cinco letras, estandarizada cual logotipo de una gaseosa, inconfundible, una marca registrada, lista para una explotación comercial sin competencia.

¿Cómo ha sido posible que una oscura secta del desierto árabe, tribulación del islam y mayor calamidad de los musulmanes, se haya transformado en dueña y señora de esta religión, propietaria de su imagen de marca, explotadora y administradora única?

 

 

 

 

LLEGA EL MAHDI

 

 

 

La historia empieza, por segunda vez, en 1902. Abdelaziz Al Saud, descendiente de la familia Al Saud, exiliada en el emirato de Kuwait, que acababa de pasar de provincia otomana a protectorado británico, lanza un asalto al interior de Arabia y toma Riad, nueva capital de la zona no lejos de Diría. Consigue unificar varias tribus y hacer frente a los otomanos, ya debilitados por la presión de las potencias colonialistas europeas. En 1915

 

 

 

 

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firma un tratado de protección con Gran Bretaña. Al mismo tiempo forma una milicia, conocida como Ijwan («Hermanos», sin relación con los Hermanos Musulmanes fundados años más tarde en Egipto), dedicada al saqueo, robo y difusión del credo wahabí. Sus adherentes lo llaman salafista («tradicional»), intentando dar a entender que siguen la vida de los primeros musulmanes. Y a diferencia de lo que se cree, no se trata en absoluto de un credo beduino, porque los beduinos de Arabia desconocen esa nueva fe fundamentalista. Todo lo contrario: los Ijwan obligan a las tribus nómadas a asentarse en los pueblos para poder controlar su forma de vida y forzarlas a cumplir con la nueva religión.

 

Durante doce años, Gran Bretaña aprovisiona a Ibn Saud, como ahora se le conoce, con armas, dinero y munición para facilitar su guerra contra tribus árabes aliadas con la Puerta Sublime. En 1927, caído el Imperio otomano, Londres e Ibn Saud firman el Tratado de Jeddah, que otorga independencia a lo que a partir de ahora será el Reino de Arabia Saudí.

Queda un último fleco para el estadista que ha conseguido crear un reino sobre las arenas, mayor que ningún otro surgido de las ruinas del Imperio otomano: acabar con su propia milicia. En 1929, con apoyo de tanquetas y aviones británicos, Ibn Saud derrota a los Ijwan, castiga a los cabecillas y pacifica al resto convirtiéndolo en su guardia pretoriana. A partir de ahora, el wahabismo es doctrina oficial, pero sin saqueos ni masacres.

En 1938, una compañía estadounidense descubre petróleo en territorio saudí. El país se hace rico. En 1951, Ibn Saud firma un tratado de mutua defensa con Estados Unidos: el hatajo de tribus se convierte en una potencia geopolítica. Pero todavía pasarán décadas antes de que esta fuerza económica y política cambie la historia de una religión con catorce siglos de antigüedad: los wahabíes continúan durante una generación más simplemente como una secta del desierto a la que nadie hace mucho caso, ni siquiera los propios ciudadanos saudíes. Hasta 1979.

El 20 de noviembre de 1979, día 1 del mes 1 del año 1400 de la hégira, un hombre de 43 años llamado Yuhaiman Otaibi, hijo y nieto de Ijwan, miembro de la guardia pretoriana nacional y austero estudiante de teología, acompañado de medio millar de seguidores, interrumpe la oración de madrugada en la Gran Mezquita de La Meca. Los insurgentes sacan armas automáticas, matan a dos policías y se atrincheran en el templo, donde previamente han almacenado un arsenal. Otaibi proclama a

 

 

 

 

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su cuñado Mohamed ibn Abdulá Qahtani como mahdi, es decir, precursor del mesías, pronostica el próximo fin del mundo y exige el derrocamiento de la dinastía saudí por «occidentalizada» y corrupta.

No es el primer mahdi de la historia, aunque hasta la fecha ha sido el último con repercusión internacional. El caso más conocido es el de Mohamed Ahmed ben Abdalá de Dongola, que entre 1881 y 1898 dominó grandes partes de Sudán en una revuelta contra el colonialismo británico, conocida con el sobrenombre de guerras mahdistas. Pero la historia del islam está llena de personajes que se proclaman mahdi: una figura religiosa que aparecerá en el fin de los tiempos para unir a todos los musulmanes en la batalla final contra los infieles. Terminada la lucha, se inicia una breve época de paz antes de que Dios convoque el juicio final.

El juicio final para Obaidi y sus seguidores llegó tras dos semanas de combates en los que participaron comandos franceses especializados. En enero, el cabecilla y más de sesenta seguidores suyos fueron ejecutados en la plaza pública. La dinastía wahabí sacó del incidente una lección sobre los peligros del ultrafundamentalismo en un país fundamentalista, pero la estrategia que adoptó no era limitar el poder de los religiosos, sino todo lo contrario: les entregó amplias competencias y les otorgó control sobre la sociedad. El niqab, el velo de cuerpo entero, se hizo predominante, las mujeres desaparecieron de prensa y televisión, la segregación de sexos se expandió hasta el último rincón del reino y la policía de la moral adquirió omnipotencia. Yuhaiman Obaidi había ganado la batalla después de morir, con una salvedad: la dinastía de Al Saud quedó al mando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. BARBUDOS DE AYER Y HOY

 

 

 

 

 

LA REVOLUCIÓN VERDE

 

 

El proceso de ultrafundamentalización de Arabia Saudí no conllevó de inmediato su transformación en potencia geopolítica o, mejor dicho, georreligiosa. El auge internacional del islamismo wahabí se debe curiosamente a su histórico enemigo: el Imperio persa.

 

Persia, una nación de tradición milenaria, siempre ha formado parte del conjunto cultural y político mediterráneo, desde épocas de la polis griega, Atenas y Esparta, Temístocles, Leónidas y, más tarde, Alejandro Magno. Antes de la aparición del islam, la península arábiga era campo de confrontación entre bizantinos y persas. Una vez someramente islamizado Irán, la participación de médicos, astrónomos, científicos, teólogos, filósofos y poetas persas en la floreciente civilización arábiga medieval y, a través de ella, en el Renacimiento europeo y el desarrollo del humanismo fue fundamental, solo comparable a la que surgió en el otro extremo del Mediterráneo, en al-Ándalus.

 

En 1979, Irán era un país al que le gustaba reflejarse en el espejo de Europa (y viceversa: no en vano las teorías de supremacía de la raza blanca buscaban el origen de los «arios» y de los idiomas indogermánicos en Irán). Por supuesto, solo la clase alta se podía permitir el lujo de irse de compras a París, y por supuesto hubo extensas secciones de la sociedad conservadoras y religiosas. Pero también hubo movimientos políticos laicos, sindicatos, asociaciones feministas y varios partidos comunistas.

Fue precisamente uno de estos partidos comunistas, el Tudeh, fundado en 1941, el que más se esforzó para derrocar la dictadura del sah Mohamed Reza Pahlevi y su terrible policía secreta, el Savak. Junto a sindicatos, intelectuales, estudiantes y religiosos, estos reunidos en torno al

 

 

 

 

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teólogo exiliado Ruholá Jomeini, formó parte de un amplio frente que durante el año 1978 puso en jaque el Gobierno del sah mediante huelgas y manifestaciones populares masivas. Jomeini, exiliado durante catorce años en Iraq, viajó a Francia y desde allí se convirtió en líder de la revolución, cortejado por los grandes medios de comunicación europeos. El 1 de febrero de 1979, un avión de Air France lo llevó de vuelta a Teherán. Fue recibido entre vítores y clamores: un hombre modesto, austero, íntegro, lo contrario al sah. Pocos se imaginaron lo que iba a ocurrir a continuación.

Apenas cinco semanas después de aterrizar en Teherán, Jomeini decretó que las mujeres no podían entrar en el lugar de trabajo «desnudas», es decir, sin llevar velo. Al día siguiente, el 8 de marzo de 1979, decenas de miles de mujeres se manifestaron en las calles de Teherán contra el decreto, intentado recuperar su revolución secuestrada repentinamente por el clero. Durante semanas hubo enfrentamientos con ultraconservadores que atacaban a las feministas y proclamaban muerte a las mujeres «desnudas». Durante un tiempo parecía que el movimiento feminista iba a imponerse, pero el proceso era ya imparable: en 1981 se decretó una ley que obligaba a todas las mujeres y niñas mayores de nueve años a taparse en todo espacio público con el chador, un velo de cuerpo entero que solo deja visibles cara, manos y pies. Al mismo tiempo se imponía cierta segregación por sexos en oficinas, colegios, eventos deportivos[148].

 

De forma simultánea, Arabia y Persia dieron paso a una época extremista del islam que probablemente nunca antes se había registrado con esta amplitud en mil cuatrocientos años de historia musulmana. Desde una dinastía unos, desde una república clerical otros. Suníes árabes y chiíes persas. Pero en esta época, la división suní y chií todavía no tenía importancia alguna: no iba a dividir el mundo del islam hasta veinte años más tarde.

 

 

 

 

SUNÍES Y CHÍIES

 

 

 

Son las tres de la mañana. Husein sale de una discoteca de ambiente en Estambul. Cuerpo de gimnasio, un pequeño tatuaje, camiseta floreada y

 

 

 

 

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pantalón muy ceñido. Husein es iraquí de familia acomodada y se busca la vida trabajando de profesor de yoga. En la calle lo para un chico, de indumentaria parecida. Unas miraditas: parece que hay ganas de ligar.

 

—¿De dónde eres?

 

—De Iraq.

 

—¿Suní o chií?

 

—¿Esta es la nueva versión del «¿Estudias o trabajas?»?

 

Estamos en la segunda década del siglo XXI: ahora, lo primero que se le ocurre a alguien al escuchar el nombre de Iraq es imaginar un país sombreado en dos matices de verde: suní y chií. Lo mismo le sucede a Adnan, periodista de Bagdad afincado en Málaga con su familia desde hace ya quince años, cada vez que responde a la pregunta «¿De dónde eres?».

 

—Soy iraquí.

 

—Ah, ¿suní o chií?

 

—Iraquí.

 

No es que Adnan quiera ocultar algo. Es que ni siquiera sabe en qué categoría debería encuadrarse. En su familia hay una rama chií, cierto, pero su abuelo era suní. Falso. Su abuelo era comunista y ateo. Esto era antes de que la humanidad inventara un mapa de dos colores para el mundo musulmán.

La división del mundo islámico en dos bloques, suníes y chiíes, es una de las mentiras geopolíticas más voluminosas y más sangrientas de nuestra generación. Su origen se puede incluso fechar: se proclamó en verano de 2003. Su autor es un general estadounidense llamado Paul Bremer, apodado «virrey de Iraq», por quedarse al mando tras la invasión que derrocó el régimen de Sadam Huseín.

Bremer, autoridad última de un país descabezado, tuvo que enfrentarse a la cuestión de cómo crear un nuevo Gobierno para una población de 25 millones de personas. ¿Convocar elecciones? ¡Dios no lo quiera! Elecciones en Oriente Medio, habrase visto un mayor despropósito. ¿Desde cuándo a los árabes les conviene la democracia? De manera que Paul Bremer prohibió el partido Baath, expulsó de la Administración a todos sus afiliados, en gran parte funcionarios obligados a tener el carné de partido para poder ascender, y estableció un Consejo Gubernamental con delegados escogidos según cuotas étnicas y religiosas: trece chiíes

 

 

 

 

 

 

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(árabes), cinco suníes (árabes), cinco kurdos (suníes), un turcomano (suní) y un asirio (cristiano).

 

Era la vía perfecta para convertir una capital con una larga tradición política de partidos e ideologías varias —en los años cincuenta se pegaban tiros en la calle comunistas, liberales, nacionalistas y panarabistas— en un cuadrilátero de boxeos tribales. Porque eso es lo que son suníes y chiíes: denominaciones hereditarias de pertenencia a determinados clanes o familias. La fe no tiene nada que ver. Nadie elige ser suní o chií: se nace con el sambenito puesto. Sambenito en el caso de que el otro bando haya tomado el poder en el barrio, claro.

 

Esa toma de poder por barrios ocurrió a partir de 2003: antes no se conocía. Antes, suníes y chiíes se casaban entre ellos, en la medida en la que alguien se podía casar fuera de su círculo familiar amplio. Había más disciplina religiosa en el bando chií: a diferencia del suní dispone de un clero. Un sistema de jeraquías religiosas con estudios obligatorios, exámenes, títulos y rangos que definen la autoridad que tiene un dictamen o fetua, aceptado a menudo de forma incondicional por los seguidores del teólogo en cuestión. Pero los escritos en los que se basan esos teólogos son en su gran mayoría los mismos que utilizan sus colegas suníes y los resultados también coinciden. Una selección aleatoria de fetuas no permitiría distinguir cuál fue redactada por un muftí suní y cuál por un mulá chií.

 

Ahora corre la especie de que los suníes consideran a los chiíes herejes, adoradores del diablo, paganos, cualquier cosa menos musulmanes, y que esta división data del principio de los tiempos. Desde el principio del islam, quiero decir. Desde el año 632, la muerte del profeta Mahoma.

A la hora de elegir a un nuevo dirigente político —así lo cuenta la leyenda islámica que todavía en las universidades se enseña como historia

— hubo diferencias entre quienes creían que el sucesor debía ser votado en sesión plenaria de los fieles y quienes aseguraban que el delfín designado y único legítimo era Alí ibn Abu Talib, casado con Fátima, la hija del profeta. Hubo elecciones y ganó primero Abu Bakr, tras su muerte Omar y finalmente Othman. A Alí le tocó en cuarto lugar, pero empezó una guerra civil entre sus partidarios (chia en árabe) y otros clanes alrededor de Muawía, potentado de Damasco. Ganó Muawía e instaló el califato omeya, mientras que los derrotados intentaron resistir alrededor de Hasan

 

 

 

 

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y Husein, los hijos de Alí y Fátima. La muerte de Husein en la batalla de Kerbala en 680 selló la división entre suníes y chiíes. Hasta ahí, la leyenda.

 

Sobre todo es leyenda que esta división perdurase siglos tal cual, cuando es obvio que no se basaba en ninguna diferencia teológica ni dogmática, sino que era una simple lucha de poder entre clanes enfrentados, como las hubo en todas las décadas de todos los siglos. Y por supuesto durante esos siglos también hubo distintas ramas interpretativas del islam, siguiendo a uno u otro maestro, sin que pueda hablarse de dos bloques claramente delimitados. Solo en el año 1501, la dinastía safávida de Irán elevó una rama chií concreta a religión de Estado, para así trazar líneas de separación respecto a otros reinos competidores: de nuevo un acto de dominancia política, no teológico.

 

Avance rápido de cinco siglos y nos hallamos ante proclamas en las redes sociales como esta:

«El chiismo no es islam, no es parte del islam y no es una secta islámica. El chiismo es una religión aparte, con sus propias doctrinas, con creencias diferentes a las islámicas…».

La cita en concreto es del blog de un converso colombiano, pero refleja una tendencia creciente alimentada por predicadores wahabíes que van difundiendo la idea de una división teológica entre chiíes y suníes. No sorprende que sean sobre todo los seguidores del Daesh quienes promueven esa idea: hay que ser extremamente ignorante —como son los seguidores, cabecillas y activistas del Daesh, europeos semiconversos que del islam tienen una vaga reminiscencia de expresiones populares escuchadas a sus padres— para creérselo.

 

Hay que ignorar toda la historia y la actualidad del islam: No solo Alí es el cuarto califa para todos, sino que los nombres de sus hijos, Hasan y Husein, tan venerados por los chiíes, figuran en los paneles que adornan las grandes mezquitas otomanas (suníes) de Estambul, al mismo tamaño que los de los cuatro califas, Mahoma y Dios. Es más: pese a la popular creencia de que los chiíes veneran especialmente la descendencia del profeta, las dos dinastías que hoy se reclaman como jerifes, trazando su linaje hasta Mahoma a través de Alí y Fátima y su hijo Hasan, son la alauí de Marruecos y la hachemí de Jordania, ambas suníes.

También es popular la creencia de que los chiíes viven en la espera eterna del último imam, una figura de mesías que vive oculto durante

 

 

 

 

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siglos y que es de tanta trascendencia que la Constitución actual de Irán acota su propia validez «hasta la llegada del imam». Pero ya hemos visto que la misma figura, bajo el término de mahdi, ha provocado infinitamente más levantamientos, revueltas y cambios políticos en el mundo suní que en el chií.

 

Y salta a la vista que hoy día, con las costumbres populares de las diferentes regiones del mundo musulmán arrolladas por el auge de un islam fundamentalista, orientado en las Escrituras, las diferencias se han reducido a cero. Los decretos de los guardianes de la revolución de Jomeini (chiíes) y los de la policía moral wahabí (suní) coinciden en todo, salvo el número exacto de los centímetros de la piel que una mujer puede mostrar entre ojos y barbilla. Por lo demás —ocultación del pelo de la mujer, veto al acceso de mujeres a determinados cargos, sumisión legal al marido en cuanto se case, prohibición de viajar sin permiso de él, segregación de sexos, prohibición estricta del alcohol, castigo de la sexualidad sin matrimonio y de la homosexualidad— hay una unanimidad absoluta. El jomeinismo y el wahabismo se parecen como dos pelos de una barba.

 

Es la misma religión. Y es una religión muy distinta del islam de toda la vida, incluso del islam ortodoxo de países oficialmente musulmanes como Marruecos, donde una mujer puede hacer todo lo que pudieron hacer las mujeres iraníes hasta 1979: llegar a jueza del Tribunal Supremo, ir en bikini a la playa, tomarse un vino en un restaurante, casarse con quien ella elija, viajar por donde quiera aun después de casarse… Mejor dicho, todavía puede hacerlo.

Porque al paso que vamos, esto se acabará: al igual que el integrismo de Jomeini ha sometido Irán, el wahabismo está en vías de someter el mundo musulmán entero.

 

 

 

 

HEREDEROS DEL CHE GUEVARA

 

 

 

Fue la revolución de Jomeini la que propició la expansión mundial del salafismo wahabí. Porque el salafismo wahabí de la dinastía saudí es monárquico, alimentado por multinacionales del petróleo, aliado con

 

 

 

 

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Estados Unidos, es decir, de derechas, incluso de ultraderecha. Pero la revolución de Jomeini era de izquierdas. Toda revolución es de izquierdas, especialmente si los revolucionarios queman unas cuantas banderas estadounidenses en la plaza pública. Los de Teherán no solo quemaban banderas: incluso tomaron a unos diplomáticos estadounidenses como rehenes. ¿Cabe mayor demostración de que aquí se había levantado el pueblo contra el imperialismo y de que Jomeini era el esperado heredero del Che Guevara, llamado a alzar el fusil del guerrillero caído en Bolivia?

 

La presencia del partido comunista Tudeh en el primer Gobierno iraní facilitaba la aceptación de la teocracia por parte de la izquierda internacional. La anulación de los derechos de las mujeres no parecía importar gran cosa, ni la persecución de intelectuales y disidentes. El despertar del Tudeh fue amargo: en 1982 empezaron a surgir tensiones y en 1983 Jomeini lanzó una oleada de purgas, disolvió el partido e hizo detener y torturar a la plana mayor de la formación y a decenas de miles de afiliados; cientos murieron en la cárcel o fueron ejecutados. La alianza islamista-comunista se acabó, Irán se convirtió en una teocracia dominada por enturbantados clérigos y guardias de la moral pública. Pero la izquierda no tomaba nota: al seguir usando el discurso antiimperialista, aquello seguía siendo la Revolución.

 

Sobre todo lo fue en los países de tradición musulmana. Para muchos era fácil aceptar las normas fundamentalistas impuestas por los mulás como un «retorno a las raíces» del islam, una recuperación de una supuesta originalidad religiosa, combinada con el lanzamiento de un programa universal destinado a salvar el mundo de los males del capitalismo e imperialismo.

Era fácil para los hombres: ellos no tenían que velarse, como las mujeres. No tenían que cambiar de ropa ni de imagen. Ni siquiera tenían que afeitarse. Los líderes estudiantiles marxistas en las universidades de Marruecos solían exhibir una espesa barba, emulando a Fidel Castro y al Che. No tuvieron que hacer nada para cambiar El Capital por el Corán: ser barbudo seguía siendo revolucionario.

 

Los barbudos. Ese fue el nombre con el que el pueblo marroquí describe a los islamistas desde los años ochenta y hasta hoy. Surgieron en las aulas, argumentaban con la justicia social, contra la corrupción del Gobierno de turno, contra la explotación del mundo pobre por parte de las potencias europeas y americanas. Un discurso que tenía una larga tradición

 

 

 

 

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en las sociedades de habla árabe: en la primera mitad del siglo XX existían partidos comunistas en prácticamente todos los países en la orilla sur del Mediterráneo. El de Palestina se fundó en 1922, Líbano siguió dos años más tarde, Iraq y Túnez en 1934, Egipto en 1942, Marruecos en 1943, una década larga antes de la independencia. En Sudán, el partido se formó en 1946, en Baréin en 1955… En ningún país tuvo tanto éxito como en Iraq, donde el militar golpista Abdelkarim Qasim, durante su breve gobierno de 1958 a 1963, dio cierta influencia y algún cargo público a comunistas. En la misma década, el marroquí Mehdi Ben Barka se perfiló como un líder antiimperialista del mundo árabe y africano, comparable con Nelson Mandela y Che Guevara… hasta su secuestro y asesinato en París en 1965. Dos años más tarde, el médico cristiano y marxista George Habash fundó el Frente Popular para la Liberación de Palestina, hasta hoy una de las tres principales fuerzas políticas de la población palestina. Y en 1969, un movimiento marxista tomó el poder en la recién descolonizada Yemen del Sur, emprendió reformas sociales radicales e integró el país en la órbita soviética.

 

Los movidos años setenta, con el venezolano Carlos el Chacal volando día sí, día no de Bagdad a Adén, Trípoli y Beirut para cometer atentados en nombre de la liberación de Palestina, debieron de dar canguelo a más de un régimen de la zona. En Marruecos empezaron los llamados Años de Plomo. Miles de izquierdistas, entre ellos el ingeniero judío sefardí Abraham Serfaty, fundador de la organización clandestina Ila al Amam, acabaron en la cárcel; todo un movimiento social descabezado, roto, destruido mediante prisión y tortura. En Egipto, Anwar Sadat, el sucesor de Nasser, hizo la paz con los Hermanos Musulmanes y les permitió fortalecer su presencia en la sociedad. En Argelia, Chadli Benjedid tomó el relevo de Houari Boumédiène y se dedicó a construir mezquitas y salas de rezo en un país hasta entonces nominalmente socialista. Quien estaba descontento con el régimen solo tenía un espacio seguro al que acudir para desahogarse, encontrarse con otros desafectos, maldecir a los poderosos. Este espacio era la mezquita.

 

La estrategia era la misma en todas partes: dar más espacio a los islamistas, al tiempo que se perseguía a marxistas y a cualquier otro rebelde. Con esta táctica se podía neutralizar a los izquierdistas en la población, oponiéndolos a un movimiento islamista reforzado. Ambos grupos atraían a la población joven por un discurso disidente,

 

 

 

 

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revolucionario, similar en muchos aspectos pero incompatible en detalles prácticos, empezando por el rol de la mujer o, al menos, su vestimenta. Al final, los marxistas, los pocos que quedaban, gastaban más tiempo en defender su visión materialista contra los nuevos religiosos que contra el poder.

 

En ningún país esta estrategia fue más lejos —o fue revelada con más claridad luego— que en Turquía, donde una unidad secreta del Ejército, el guardián del laicismo, financiaba y entrenaba a un grupo ultrafundamentalista kurdo, llamado Hizbullah («Partido de Dios», sin relación con el homónimo movimiento libanés), cuyos miembros no solo lanzaban ácido a la cara de mujeres que no iban lo suficientemente tapadas, en su opinión, sino que sobre todo secuestraban, torturaban y asesinaban a militantes de la izquierda kurda en la órbita de la entonces marxista guerrilla PKK. Eran en realidad una milicia clandestina de sicarios. Pero al mismo tiempo eran altavoces de un fundamentalismo religioso inaudito hasta entonces. Una generación más tarde, el grupo ha cambiado de nombre, raramente usa la violencia y se presenta como partido, bajo el nombre de Hüda Par (que también significa «Partido de Dios», pero esta vez en kurdo, no en árabe), aunque en muy pocas provincias supera el 1 % de los votos.

 

La estrategia se basaba en el postulado de que los grupos islamistas iban a ser más fáciles de controlar que los movimientos marxistas, adscritos a un ideario universal y con contactos en numerosos países del mundo. Además, a un discurso islamista siempre se le podía oponer la legitimidad ortodoxa encarnada en el aparato religioso estatal: imames, muftíes, teólogos de universidades estatales, toda una maquinaria dedicada a utilizar la religión a favor del Estado. Los movimientos islamistas, bajo la atenta observación de los servicios secretos, no iban a ser más que una válvula que permitiría canalizar hacia ninguna parte las protestas del sector más contestatario de la juventud.

Se configuraba así lo que el politólogo franco-argelino Sami Naïr llama «los tres islames»: el del pueblo, el del Estado y el revolucionario[149]. Tres formas de vivir la religión tan distintas que un antropólogo llegado desde Marte quizás las habría calificado de tres religiones distintas. El islam del pueblo es aquel que venera árboles y tumbas. El oficial, el que mantiene una vasta red de funcionarios dedicados a justificar con la voluntad divina cualquier norma que el

 

 

 

 

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Estado ve conveniente aplicar o dejar de aplicar, teñido de un color u otro según las tradiciones locales. Y el revolucionario es aquel fundado por Hassan Banna y sus correligionarios, rompedor con las tradiciones, opuesto al Estado y aniquilador de la religión popular. Un islam profanador de tumbas.

 

 

 

 

EL TRAUMA (SEXUAL) DE COLORADO

 

 

 

La expansión de ese islam revolucionario se había fraguado durante décadas, pero sin despegar, sin traducirse en un cambio político. Aunque los Hermanos Musulmanes supieron labrarse una buena reputación entre una importante parte de la clase media de Egipto —médicos, abogados, ingenieros…—, nunca habían desarrollado un discurso político concreto, limitándose a la proclama de que el islam sería la solución para todo. Bastaba con islamizar la sociedad para erradicar sus problemas: corrupción, pobreza, crimen… La pregunta era cómo llegar a esa sociedad islámica perfecta. Por una parte, la Hermandad proponía la misión (da’wa ), una labor de ir convenciendo a las personas una por una de afiliarse a esa rectitud islámica de virtud y oración. Por otra parte, en el seno de la misma organización se leían las obras de uno de los más destacados intelectuales del movimiento, el ideólogo del salafismo yihadista: Sayyid Qutb.

 

Qutb, nacido en 1906 en Asiut en el Alto Egipto como hijo de un terrateniente, era un joven conservador pero normal en El Cairo de los años treinta y cuarenta: trabajaba como funcionario en el Ministerio de Educación, escribía relatos, ensayo y crítica literaria, leía a Victor Hugo y veía cine de Hollywood, como el resto de sus contemporáneos. En 1948 viajó a Estados Unidos para una estancia de dos años, trabajando en Washington, California y Colorado. Volvió cambiado. El contacto con la cultura norteamericana, que para él era la de «Occidente» a secas, lo debió de traumatizar. Y no erramos mucho si pensamos que fue un trauma sexual: su descripción de las chicas estadounidenses como ejemplo de una cultura vulgar y exhibicionista que se debe rechazar rebosa de excitada voluptuosidad. Quizá el problema de Qutb era simplemente que no ligaba.

 

 

 

 

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La ironía es que la ciudad estadounidense donde Qutb pasó más tiempo es Greeley, en Colorado, fundada por una comunidad de vida cristiana utópica, no tan distinta quizás de los propios Hermanos Musulmanes; no se servía un vaso de bebida alcohólica en todo el municipio, y los bailes «cargados de deseo» que describe el egipcio se hacían en la iglesia[150]. Muy necesitado debía de andar el estudiante.

 

«La humanidad está al borde de la destrucción», empieza el prefacio de Hitos en el camino, la obra magna de Qutb, escrita en 1960 en la cárcel. El motivo: la falta de valores espirituales. Con tono mesiánico, el escritor plantea el islam como único sistema de valores llamado a cumplir los designios de Dios para la humanidad. Pero para que el islam pueda asumir ese rol, primero hay que revivirlo, porque —constata Qutb— «la comunidad musulmana lleva extinta varios siglos». «No existe el islam en un país en el que no domine el islam y no se haya establecido la sharía», asegura. Egipto, desde luego, no era un país islámico para él, sino sumido en la yahilía, un término árabe que significa «ignorancia» y que define en la teología clásica el estado de la población de Arabia antes de la revelación de Mahoma, cuando aún se ignoraba el mensaje divino. Pero Qutb le da un nuevo sentido: «Esta yahilía se basa en la rebelión contra la soberanía de Dios en la Tierra». «Reivindica que el derecho a crear valores, a legislar normas de comportamiento colectivo y a elegir cualquier forma de vivir reside en los humanos, sin importar lo que haya ordenado Dios Todopoderoso. El resultado de esta rebelión contra la autoridad de Dios es la opresión de sus criaturas». Y tanto comunismo como capitalismo son igualmente culpables de esa rebelión contra Dios, concluye[151].

 

El libro de Sayyid Qutb se convirtió en un superventas que inspiraba a millones y ganó en popularidad cuando su autor fue condenado y ahorcado en 1966 por su supuesta participación en una conspiración para asesinar a Gamal Abdel Nasser. La acusación pudo ser falsa; los escritos de Qutb eran una única larga llamada a derribar mediante la yihad a todo régimen que se opusiera a la aplicación del islam puro. Parte del libro se dedica a desmontar el ordenamiento coránico de que «no puede haber coerción en la religión[152]». Claro que no, concede Qutb, toda persona tendrá derecho a elegir libremente la vía de Dios, pero solo cuando sea libre de toda otra influencia. ¿Cómo se podría difundir el mensaje del islam ante «obstáculos materiales como el sistema político del Estado, el sistema socioeconómico

 

 

 

 

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basado en razas y clases, y todo respaldado por el poder militar del Gobierno»? Así no hay quien elija, por lo tanto, «no hay más remedio que eliminar estas dificultades y obstáculos por la fuerza, para que la gente pueda elegir con una mente abierta». En otras palabras: solo hay elección libre cuando el islam es la única opción.

 

El planteamiento de la yahilía de Qutb significa que ningún Gobierno es islámico, que ninguna sociedad es islámica, dado que en ninguna se aplica la sharía, que para él no era solo un concepto teórico, sino un compendio de leyes minuciosas, incluidas las lapidaciones por adulterio o los cien azotes por sexo entre solteros[153]. Por lo tanto, la lucha armada contra toda sociedad, también las nominalmente musulmanas, es un deber. Es el fundamento intelectual de lo que hoy se conoce como takfirismo, la corriente yihadista que, para justificar atentados y masacres de musulmanes, declara primero infieles a todos los musulmanes (takfir: «hacer kafir, infidelizar»), dado que no siguen la sharía. Un truco teológico para desactivar la rotunda prohibición de matar sin juicio público. Qutb la derivó de la obra de Ibn Taimiyya: aquel erudito, quizás en uno de los pocos momentos en los que se dejó instrumentalizar por la política, había declarado legítima la guerra del régimen de los mamelucos contra el ilkanato de Iraq, aduciendo que los mongoles, pese a haberse convertido al islam, no seguían todos los preceptos de la fe y, por tanto, se podía combatir contra ellos sin caer en pecado.

 

Sayyid Qutb es todavía hoy uno de los autores más venerados y publicitados en asociaciones musulmanes europeas, desde cualquier blog de barrio hasta doctorandos de las universidades españolas. Es el texto fundacional de la religión moderna que usurpó el nombre del islam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. PETROISLAM

 

 

 

 

 

DE RAMBO A MESíAS

 

 

Año 1979. Cinco olas de un tsunami político recorren el mundo árabe e islámico. En enero, Ruholá Jomeini derroca al sah de Persia y proclama la Revolución islámica. En febrero, el cargo de presidente de Argelia, un país en la órbita socialista y panarabista, pasa a manos

 

del devoto Chadli Benjedid, cercano al ideario islamista. En marzo, Anwar Sadat firma el acuerdo de paz de Egipto con Israel, el primer reconocimiento de la «entidad sionista» por un Estado árabe islámico, y la Liga Árabe suspende a Egipto como miembro. En noviembre, Yuhaiman Otaibi toma la Gran Mezquita de La Meca y proclama mahdi a su primo. El 24 de diciembre, cazas soviéticos aterrizan en Kabul, derrocan el Gobierno comunista de Hafizullah Amín y ocupan el país. Comienza la guerra. Afganistán se convierte para una década larga en imán del islamismo.

En Egipto, las aguas siguieron revoltosas. Gamal Abdel Nasser, que nunca se había fiado de los Hermanos Musulmanes, había enviado a prisión a muchos seguidores de Sayyid Qutb. Tras la muerte del presidente en 1970, su sucesor, Anwar Sadat, busca un acuerdo con el grupo y libera a los dirigentes. Los militantes de base se envalentonan y se dedican a su manera a permitir la libre elección de los creyentes, eliminando primero las condiciones que pueden incitar a no seguir la vía islámica: destruyen tiendas de alcohol, interrumpen festivales de música, impiden clases mixtas en alguna universidad y llevan a la práctica el mandamiento de «incitar al bien e impedir el mal», que es como se dice en árabe coránico «A Dios rogando y con el mazo dando». Los más decididos se unen en un grupo llamado Gama’a Islamía («Comunidad islámica»), que pronto se

 

 

 

 

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hace fuerte en las universidades y reduce la influencia, antaño firme, de los marxistas. A finales de los setenta empiezan a tomarse en serio las consignas de Qutb y forman campos de entrenamiento para la lucha armada.

 

En 1981, un islamista radical, miembro del grupo Yihad Islámica Egipcia, escindido de los Hermanos, asesina a Anwar Sadat. Sigue una oleada de represión no solo contra los grupos armados sino contra todo el movimiento. Muchos de los dirigentes, de todas formas, ya han puesto pies en polvorosa desde que salieron de la cárcel en los setenta, y muchos han elegido como refugio Arabia Saudí, país que se está convirtiendo en la meca del islamismo y donde reciben cargos, premios, honores. Uno de ellos es Mohamed Qutb, el hermano menor de Sayyid, editor de sus libros y autor, él mismo, de una vasta obra de teología islamista que sigue estrechamente el ideario de su hermano[154]. Recibe un puesto de docente en la universidad Rey Abdelaziz en Yidda, donde una vez a la semana imparte clases de teología basada en los escritos de su hermano. Entre sus oyentes habituales destaca un joven que más tarde dará mucho que hablar: Osama bin Laden.

 

El hombre que para una generación de europeos va a simbolizar el levantamiento de los parias de la tierra bajo la bandera verde o negra del islam yihadista había nacido en una familia de clase media de Riad, lo que en el caso de Arabia Saudí quiere decir una familia no principesca pero multimillonaria, incluidas vacaciones con jet privado y Rolls Royce en Suecia y estudios en Oxford[155]. Osama bin Laden, hijo de un obrero yemení convertido en empresario exitoso de la construcción, estudió ingeniería en Yidda y por lo muy poco que sabemos de él sería uno más de la clase, oscilando entre el whisky y el Corán. El tsunami de 1979 lo arrastró a su destino.

 

Nunca se ha sabido qué circunstancias se juntaron para que un joven de 23 años, eso sí, con una herencia millonaria en el bolsillo, se plantara en Afganistán como agente e intermediario entre los servicios secretos saudíes, los pakistaníes y los muyahidines afganos, alzados en armas contra la ocupación soviética del país. En realidad, la guerra había empezado un poco antes de la invasión: ya en 1975, algunos estudiantes islamistas, inspirados por los discursos del profesor Burhanudín Rabbani —traductor de los libros de Qutb al idioma dari—,[156] habían intentado un levantamiento armado contra el gobierno comunista afgano. Pero fue la

 

 

 

 

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llegada de los tanques soviéticos la que desató una oleada de solidaridad islamista internacional. Y Bin Laden supo cómo canalizarla.

 

Esta época se representa a menudo de forma abreviada como el tiempo en el que Bin Laden trabajaba para la CIA. En realidad, no consta que el joven Osama estuviera efectivamente en la lista de empleados del organismo estadounidense, pero tampoco cabe duda de que la CIA estaba estrechamente involucrada en los esfuerzos de fortalecer el frente islamista afgano para impedir que Moscú se hiciera con el control de la fortaleza geoestratégica de Afganistán. Lo que se conoce menos es qué papel jugaba en todo ello un oscuro agente doble egipcio, llamado Alí Mohamed, que había formado parte de la célula que asesinó a Anwar Sadat y, según algunos, se convirtió en entrenador de Bin Laden o sus hombres en Afganistán[157], al tiempo que era miembro de las Fuerzas Armadas estadounidenses y a todas luces informante del FBI, aunque la CIA no se fiara de él[158].

 

En todo caso, las armas que Bin Laden acababa haciendo llegar a los sublevados eran de factura estadounidense, incluyendo modernos misiles antiaéreos de la marca Stinger. Esos que los muyahidines usan en los filmes de Rambo para derribar helicópteros soviéticos. Y muy probablemente también pasara por sus manos al menos una pequeña parte de las decenas y pronto cientos de millones de dólares que la CIA dedicaba cada año a esta guerra, a través de sus socios saudíes y pakistaníes.

 

No solo llegaban armas y dinero. También llegaban voluntarios. Afganistán se convirtió para el islamismo internacional en lo que España durante la guerra civil había sido para el marxismo: un destino al que había que acudir para poner la propia vida en el tablero: aquí se iba a decidir el devenir del mundo.

Las Brigadas Internacionales en España no llegaron a decidir el curso de la guerra, y el balance final era de un fracaso que sirve para poco más que para unas cuantas canciones de mi infancia y una nostalgia de héroes: de cuando la izquierda aún creía que era posible ganar en el campo de batalla. Tampoco los voluntarios egipcios, sirios y jordanos en Afganistán tuvieron mucha vela en el entierro de la nación afgana bajo los escombros de las guerras sucesivas que duran hasta hoy, pero sí crearon una conciencia islamista mundial de lucha armada, una brigada de veteranos prestos a poner su experiencia al servicio de la causa en cualquier parte del

 

 

 

 

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mundo. Apodarse al Afgani no transmitía nostalgia: indicaba fama, causaba admiración, era glamur. Un aura de héroe que facilitaba el ascenso de Osama bin Laden hasta convertirlo en estrella de un movimiento internacional, absolutamente ridículo en cifras y aún más ridículo en ideología, porque no tenía ninguna —conquistar el mundo entero no es un ideario que se pueda tomar en serio—, pero presentado, casi celebrado, por la prensa europea y norteamericana como el gran adversario del mundo libre, el enemigo definitivo, el Mal absoluto. El mesías de los Otros.

 

 

 

 

LA SANTA ALIANZA

 

 

 

La enorme cantidad de dinero que Washington dedicaba a fomentar la lucha islamista contra el enemigo soviético contrasta con el hecho de que el principal enemigo del islam, en la visión del ideólogo Mohamed Qutb —no tanto en la de su hermano Sayyid—, era precisamente Estados Unidos. Esta triangulación de adversarios a la vez aliados pudo parecer un equilibrio inestable, pero descansaba sobre una base firme: la impertérrita alianza política, militar y económica de Riad y Washington. La económica ya se cimentó en 1938, cuando la Californian Arabian Standard Oil, más tarde Arab American Oil Company —Aramco— encontró petróleo bajo las arenas de Dhahran en el golfo Pérsico. En 1945, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt, volviendo desde la Conferencia de Yalta, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, se entrevistó durante varios días con el rey Ibn Saud a bordo de un buque de guerra norteamericano en un lago de Suez. En 1951, su sucesor Harry Truman firmó el acuerdo de mutua ayuda de defensa. La alianza nunca fue cuestionada en serio, ni siquiera cuando Barack Obama mostraba abiertamente su antipatía. Un trato es un trato.

 

Frente a esta piedra angular de la geopolítica moderna, poco importaba que Arabia Saudí a la vez diera refugio, púlpito y estipendio a quienes predicaban la lucha armada contra la democracia, el laicismo, el imperialismo, Occidente en general y Estados Unidos en particular. Además, Mohamed Qutb denostaba el comunismo no menos que el capitalismo, y un frente común contra el sindiós del materialismo parecía

 

 

 

 

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plausible. Así, al menos, ya lo había sugerido el presidente estadounidense Dwight Eisenhower en 1957, preocupado al ver que Siria giraba hacia la órbita soviética: pidió al rey Al Saud, como «guardián de los Lugares Sagrados del islam», ejercer su «gran influencia para que el credo ateo del comunismo no se atrinchere en una posición clave del mundo musulmán[159]».

 

Si esta idea cristalizó veinte años más tarde en una estrategia de crear un «cinturón verde» de regímenes islamistas a lo largo del flanco sur de la Unión Soviética, es debatible; se atribuye el concepto a Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente Jimmy Carter, aunque hay poca constancia documental al respecto. Lo que sí surgió de la aventura afgana fue un uso cada vez más agresivo de la herramienta islamista por parte de Arabia Saudí para cimentar su posición geoestratégica. No era exactamente lo que hoy llamaríamos soft power, es decir, la influencia política de un país basada en la simpatía que la población de otros países siente hacia él (como la que beneficia a España, ¿a quién no le gustan el flamenco y la paella?). De hecho, el oleoducto financiero de Arabia Saudí que alimentaba a los yihadistas (en zonas de guerra) y a los imames (en regiones en paz) solía ser invisible, pero servía a un fin preciso: nadie muerde la mano que le da de comer.

 

Porque desde que Yuhaiman Otaibi proclamara la llegada del mahdi en la Gran Mezquita de La Meca, exigiendo el derrocamiento de la corrupta monarquía saudí, los hijos y nietos de Ibn Saud tienen clara una cosa: la sombra de la guillotina es alargada y llega hasta las arenas árabes. Los austeros discípulos de Sayyid y Mohamed Qutb no tienen ninguna simpatía por los miles de príncipes ociosos que beben bourbon americano en la intimidad, conducen descapotables en público, viajan a Casablanca para gastarse millones en prostitutas, a Marbella para ir de discotecas, a Londres para comprar caballos purasangre y a Texas para hacer negocios con la familia Bush. Representan exactamente la cara más corrupta de lo que los hermanos Qutb llamaban yahilía: falta de fe.

 

Tras el incidente de Otaibi, la dinastía decidió huir hacia adelante: entregando cargos a los clérigos wahabíes y cediéndoles el poder para someter a la población a las estrictas normas religiosas… con los príncipes exentos, desde luego. Ofrecer cátedras a sus mayores enemigos formaba parte de la misma estrategia: Mohamed Qutb jamás criticó públicamente la dinastía saudí. A los chicos más dados a la acción que a los libros se les

 

 

 

 

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repartían kaláshnikovs. Como a Ibn Khattab, un chico de Arar en el norte de Arabia que se fue a Afganistán a los 17 años, combatió con Bin Laden, buscó nuevo destino en Tayikistán tras la derrota de los soviéticos y acabó a mediados de los noventa en Daguestán y Chechenia. Financiar guerrillas en Asia Central y el Cáucaso quizás no persiguiera ningún fin político especial —aunque erosionar a Rusia siempre fuera un buen favor que se podía hacer a Estados Unidos—, pero tenía un efecto positivo: alejaba del reino a potenciales yihadistas con ganas de luchar por la causa justa del islam universal. Eran bienvenidos de hacerlo, con todo el dinero que necesitasen, donde fuese, siempre que fuese lejos de Arabia Saudí.

 

Dinero no faltaba. Durante los años setenta, el Gobierno saudí había ido comprando las acciones de Aramco, inicialmente todas en manos de empresas estadounidenses, y en 1988, la compañía, una de las más cotizadas del mundo, era enteramente suya. Los yacimientos bajo mar y arena parecían inagotables, y lo siguen pareciendo hoy. Es probable que antes se agote la sed de petróleo del mundo que los pozos saudíes. Pero a la dinastía no le faltaba visión de futuro. Empezó a invertir en algo más duradero que fusiles de asalto, muertes heroicas y banderas erigidas sobre ruinas salvadas del materialismo comunista. Empezó a invertir en las mentes del futuro.

 

El cálculo se imponía a partir de 1979, al observar la oleada de simpatía por la Revolución islámica que recorría el mundo, especialmente en los sectores izquierdistas. Por mucho que Jomeini acabara muy pronto con sus aliados y rivales del partido Tudeh, el concepto de unir republicanismo y teocracia, islam fundamentalista y justicia social, parecía ahora posible como vía política. Como movimiento popular encauzable por estructuras de partidos, urnas, votos, ministros y gobiernos, yendo más allá de la abstracta sumisión individual y masiva a las normas del islam que preconizaban los libros de los hermanos Qutb. El que Jomeini fuese chií no era ningún obstáculo en el mundo musulmán suní; la idea iba mucho más allá de este matiz. Por lo tanto, la mejor herramienta para frenar esa expansión del ideario jomeinista, clerical y antimonárquico era difundir ese mismo ideario, pero sin componente republicano. ¿Quién mejor que Arabia Saudí, en posesión no solo de las ediciones de Qutb, sino además de los Lugares Sagrados, para definir lo que era el verdadero islam, incluso el verdadero islam político?

 

 

 

 

 

 

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Por supuesto, la etiqueta wahabí era lo primero que había que quitarle a ese islam: sonaba demasiado a secta local. Se promovía el uso de la palabra salafista, del concepto salaf, «antepasado», sugiriendo que se trataba de volver a la interpretación de la época de Mahoma (la única en la que existían musulmanes de verdad, según Qutb). No faltan doctores que diferencian entre hermanos, salafistas, wahabíes, takfiristas, yihadistas, como si se tratase de interpretaciones distintas, creando catálogos enteros de orientaciones según una mayor o menor lealtad a Riad, los escritos de Qutb o al gatillo de su fusil de asalto. Para el militante de base hay poca diferencia: le basta con saber que practica el verdadero islam.

 

 

 

 

EL ORO NEGRO DE RIAD

 

 

 

Aunque ya en los años setenta se había constituido una herramienta de influencia internacional con la creación del Banco de Desarrollo Islámico (IDB) con sede en Yidda y un cuarto del capital en manos de Riad, en los ochenta, Arabia Saudí multiplicó los esfuerzos para tener un pie en cualquier país islámico del mundo, y no solo en los islámicos. De Yakarta a Washington empezaron a aparecer colegios y academias que enseñaban lengua árabe y religión islámica, algunas adscritas directamente a la embajada saudí, otras dirigidas por asociaciones locales, pero con generosa financiación que venía sobre todo de empresarios saudíes, sin pasar por canales gubernamentales, lo que permitía presentarlo como un asunto privado sin relación con la diplomacia de Riad.

 

El caso de Indonesia es el mejor analizado sobre cómo el dinero saudí cambió la faz de un archipiélago nominalmente islámico, este islam popular que veneraba árboles y tumbas y que incluía hasta alguna romería en la que los y las participantes acaban follando alrededor del mausoleo de una mítica pareja de enamorados…,[160] hasta tornarlo en un país con partidos ultrafundamentalistas, candidatos a la yihad en Siria, burkas en la universidad y territorios con policía de la sharía y flagelaciones públicas por adulterio.

 

Con una población de más de 200 millones de almas, de las que más del 80 % están registradas como musulmanas, y con seis religiones

 

 

 

 

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igualmente oficiales (cristianismo católico, protestante, budismo, hinduismo y confucianismo), Indonesia se convirtió pronto en el objetivo preferido de las inversiones saudíes. El inicio lo hizo el rey Faisal en 1967, abriendo la espita de donaciones al ex primer ministro Mohamed Natsir, abanderado de la islamización del país. En 1980 abrió sus puertas en Yakarta el buque insignia de la red de centros saudíes en las islas: el LIPIA, una institución universitaria de élite, gratuita y con becas, con un currículum enteramente en árabe —idioma que no se habla en Indonesia— y centrado en el islam wahabí. Con profesores saudíes, segregación estricta de mujeres y hombres —ellos en el aula con el profesor, ellas en otra aula con una pantalla de televisión— y con normas que prohíben escuchar música, ver televisión o reírse en voz alta[161]. Los licenciados pueden continuar su formación en universidades de Arabia Saudí, siempre gratis; tienen una larga carrera asegurada. Para seleccionar las mejores mentes hay una amplia red de residencias universitarias aptas para las clases modestas, concursos de recitación del Corán, premios y reuniones sociales, además de un enorme número de instituciones caritativas que operan bajo el lema de «Pan y Corán», con muchas actividades coordinadas desde la embajada saudí[162].

 

El Gobierno indonesio prefiere no oponerse, porque Riad tiene en sus manos la llave del descontento popular: la cuota de la peregrinación anual a La Meca, el hadj. Lo que antaño era el quinto pilar del islam, pero obligación religiosa solo para los musulmanes que pudieran permitírselo —y por lo tanto algo bastante fuera del planteamiento de cualquier familia normal en Marruecos, Afganistán o Sumatra—, se ha ido convirtiendo en un signo de distinción social por el que compite toda persona de bien, o quizás toda persona que cree necesitar esta aura de devoción para merecerse el respeto de sus vecinos. Se dedican sorteos gubernamentales a quienes no pueden pagarse el viaje, pero con o sin dinero, el límite que admite Arabia Saudí al mes de la peregrinación, entre dos y tres millones de personas, es siempre muy inferior al número de solicitudes. De ahí que cada país tenga asignada una cuota nacional. Aumentarla en unos cuantos miles o rebajarla es un regulador perfecto para exacerbar el descontento de la población o suscitar aplausos a un Gobierno dócil (porque la ira nunca se dirigirá contra Arabia Saudí: de eso se encargan los predicadores a sueldo de Riad). Una vez creada, mediante décadas de misión, la absoluta necesidad de peregrinar, la cuota del hadj es ahora una eficaz herramienta

 

 

 

 

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geopolítica para tener a Yakarta en la vía recta: dificultar la peregrinación sería un suicidio político[163].

 

La luna de miel entre Hermanos y reyes se rompió a inicios de los años noventa: durante casi dos décadas, los seguidores de Qutb, tanto egipcios y sirios refugiados como saudíes afiliados a la idea, se habían hecho fuertes en el aparato educativo. Cuando el dictador iraquí Sadam Huseín invadió Kuwait en agosto de 1990, amenazando a Arabia Saudí y desencadenando la primera guerra del Golfo, Riad pidió ayuda a Washington, que envío contingentes de tropas al país wahabí. Fue una confrontación entre Estados Unidos y un dictador panarabista, líder del partido Baath, rotundamente opuesto al islamismo, pero muchos teólogos en la órbita de Mohamed Qutb la consideraron un enfrentamiento entre el mundo árabe-islámico y el imperialismo de Occidente: su bando era el de Sadam Huseín. En todo caso, no podían consentir que militares estadounidenses pisaran Arabia Saudí, simbolizando así el dominio de Occidente sobre la cuna del islam.

 

La carta que un influyente grupo de teólogos saudíes del movimiento Sahwa («Despertar») entregó al rey saudí en enero de 1991, al mismo tiempo que los cazabombarderos estadounidenses empezaban a aplastar posiciones iraquíes, tenía un aspecto más local: pedía otorgar mayor poder a los teólogos, incluida la formación de un consejo religioso que examinara la política interior y exterior del reino para determinar si era conforme a la sharía. Cuando se atrevieron a publicar una versión ampliada de la carta en la prensa —concretamente en el semanario árabe Al Muharrir, publicado en París: para esto sí servía Occidente—, a la dinastía de los Saud se le acabó la paciencia. Un puñado de miembros de la Sahwa dieron con sus huesos en la cárcel, otros se exiliaron, el propio Mohamed Qutb fue deportado a Catar. El bastón de mando del islamismo salafista wahabí fue a parar a los seguidores del jeque saudí Rabi’ Madjali (o Madkhali), al menos igual de fundamentalista que los Hermanos, pero rotundamente opuesto a utilizar el islam para fines republicanos. O, al menos, opuesto a utilizarlo para nada que pudiera molestar a la monarquía saudí.

 

El beneficiario del cisma era Catar, un pequeño emirato en la costa del golfo Pérsico, con poco más de dos millones de habitantes, solo unos 300 000 de ellos ciudadanos cataríes, el resto trabajadores extranjeros, oriundos sobre todo del subcontinente indio. Dominado, al igual que su gran vecino, por la interpretación wahabí del islam, Catar es uno de los

 

 

 

 

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países más ricos del mundo gracias a sus enormes yacimientos de gas natural. La dinastía de los Al Thani, que había firmado un tratado de protectorado con Reino Unido en 1916 y se había independizado amigablemente en 1971, es uno de los regímenes más autócratas del planeta: no ha convocado nunca elecciones, salvo a nivel municipal, ni siquiera para hacer el paripé. Pero supo aprovechar el tirón de un movimiento islamista perseguido por antimonárquico: aparte del propio Qutb, invitó a un gran número de Hermanos Musulmanes, lo que afianzó el papel del emirato como potencia islamista internacional. En 1996, el mismo año en el que acogió a Qutb y sus «hermanos» expulsados de Arabia Saudí, el emir catarí, Hamad bin Khalifa Al Thani, lanzó la cadena de televisión por satélite Al Jazeera, que pronto se convirtió en una de las herramientas de influencia geopolítica más destacadas de todo el mundo árabe… y del islamismo internacional. Desde sus primeros días, y durante décadas, ofrecía una tribuna regular a un antiguo discípulo de Hassan Banna, compañero de luchas de Sayyid Qutb, en su juventud organizador de los Hermanos Musulmanes en la Universidad de Al Azhar en El Cairo, exiliado de Egipto a Catar en 1961 y desde entonces dedicado a la difusión de fetuas salafistas: Yusuf Qaradawi.

 

 

 

 

EL DíA QUE NINA SIMONE DEJó DE CANTAR

 

 

 

A la difusión del islamismo de influencia wahabí desde Riad, a golpe de beca, y desde Doha por vía satélite, se unió un tercer factor: el lento retorno a su patria de cientos de miles de egipcios que habían trabajado años o décadas en Arabia Saudí a partir de los años setenta. Ya en 1982, el número de egipcios empleados en el país allende el mar Rojo se estimaba entre medio millón y 800 000 personas, desde jornaleros a obreros de la construcción y, a menudo, profesores de colegio[164], y en 2013, la cifra rondaba los 3 millones[165]. Pero el ir y venir era continuo por el sistema de kafala («tutela»), vigente en la mayoría de los países del Golfo, que vincula el permiso de residencia al visto bueno del empleador: un despido significa regreso o deportación. No hubo integración posible de la diáspora egipcia en los países árabes, que hasta hoy se define en la ley egipcia

 

 

 

 

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como formada por «trabajadores temporales[166]». Como resultado, Egipto tiene cientos de miles de migrantes retornados que trajeron cierto bienestar de su experiencia laboral… y un hábito de vivir según las normas wahabíes: de repente Egipto se empezó a poblar de velos.

 

La islamización wahabí de Egipto desde abajo, por las clases trabajadoras, fue acelerada, por supuesto, desde arriba con el programa de becas saudí. En dos décadas, Al Azhar, la universidad de El Cairo que había sido el faro de la teología islámica durante siglos, se convirtió en feudo del salafismo, ahora representado como islam ortodoxo. De baluarte antiislamista bajo Nasser, Egipto había pasado a ser fiel escudero del panislamismo salafista.

Este cambio de paradigma se vivió en todo el mundo islámico, de Yakarta a Casablanca. A veces facilitado desde los colegios de élite, como en Indonesia, a veces desde abajo, con barbudos zarrapastrosos vendiendo por los mercadillos cintas de casete con prédicas de imames saudíes y cataríes, como en Marruecos. Las emisiones de televisión por satélite contribuyeron notablemente: aparte de los programas de Qaradawi en Al Jazeera, hicieron lo suyo algunos canales egipcios, dedicados exclusivamente a discursos teológicos salafistas, en los que estaba vetada la aparición de mujeres, pero sobre todo la saudí-egipcia Iqraa TV, que se perfilaba como la cara amable de la islamización. Su personaje estrella era el predicador Amr Khaled, guapo, alegre, juvenil y rico, con actitud de cantante de pop dedicado a enamorar a las adolescentes. Prometía el éxito en la vida mediante fórmulas como «Un poco de tu tiempo para Dios, un poco para tu familia, un poco para el trabajo». Promovía el hiyab como un accesorio de moda imprescindible, muy fashion, y aseguraba que la molestia de no poder llevar el pelo al aire se compensaba con el prestigio que otorga el detalle de exhibir una superioridad moral: «Que todos vean que te has sacrificado por amor al islam». Insistía en que todo el mundo podía ser practicante: «Si no te da tiempo a rezar cinco veces al día, pues reza al menos una vez[167]». Por supuesto, estaba rotundamente opuesto a toda violencia en general y a Al Qaeda en concreto, solo llevaba a la población hacia el mismo destino que había proyectado Qutb, pero de buen rollo[168].

 

El mensaje fue calando. La sociedad cambió. Parte de la población lo vivió como un profundo choque psicológico, una sensación de perder el país que había sido suyo. La libanesa Darina al-Joundi lo ha reflejado

 

 

 

 

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literariamente en El día que Nina Simone dejó de cantar, una novela con tintes autobiográficos cuya protagonista-narradora se cría en el Beirut de los locos años setenta como hija de un intelectual sirio, marxista, ateo, amigo de Carlos el Chacal y la flor y nata de la intelectualidad árabe. En una casa donde lo único sagrado es la estatuilla del Che Guevara, donde no se reza nunca —Hijas mías, jamás levantéis el culo hacia el cielo; hacia los hombres, todas las veces que queráis, pero jamás hacia Dios— y donde la tentación de la hija adolescente a hacer el ramadán, la transgresión absoluta, se cura metiéndole a la fuerza un trago de whisky en la boca…, en esta misma casa, fallecido el padre —estamos ya en el siglo XXI—, suenan cánticos del Corán en el funeral, reunidos los jeques para un entierro como dios manda, mirando a La Meca. Cuando la hija, desesperada, sale a la discoteca para bailar al son de la música que a él le gustaba, la de Nina Simone, la consideran loca, puta, atea: paliza e ingreso en el manicomio[169].

 

Pero si en países como Líbano el cambio de paradigma lo facilitaron las milicias religiosas surgidas de la guerra civil de los años ochenta, que certificó el fracaso de las ideologías de izquierda, y en Egipto el retorno de los emigrantes wahabizados, países como Marruecos tardaron un poco más, hasta finales de los años noventa. Aquí también fueron los inmigrantes retornados quienes traían, durante las vacaciones de verano, las nuevas modas del velo, los rezos, la abstención del alcohol, la vida recta salafista. Pero no venían de Arabia. Venían de Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, España.

 

Porque la mayor inversión de Arabia Saudí y Catar, quizás no en volumen de dólares, pero sí en envergadura de consecuencias políticas, no se dirige a las sociedades árabes e islámicas: incide en la diáspora. En los trabajadores humildes surgidos de países musulmanes que poco sabían de su propia religión y que estaban en vías de olvidar ese poco durante el proceso de integración en los países de Europa necesitados de mano de obra. El nuevo ejército del panislamismo salafista no es ni árabe, ni magrebí ni indio. Es europeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

EL RETORNO DE DIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

1. LOS DINEROS DEL IMAM

 

 

 

 

 

PREDICADORES Y MALETINES

 

 

Un millón por aquí. Otro por allí. Unos pocos miles de euros por allá. El inmenso flujo de dinero desde los países del Golfo a Europa se produce  por  una  red  de  fundaciones,  mezquitas,  instituciones oficiales y mecenas privados difícil de desentrañar. Destacan tres países: Arabia Saudí y Catar, ambos dominados por la corriente wahabí, aunque enfrentados por su rivalidad geopolítica, y Kuwait, emirato que a menudo ha actuado de mediador entre ambos y cuya interpretación de la legislación coránica es algo menos estricta, aunque su dinero fluye a las

 

mismas mezquitas extremistas en Europa.

 

De sde Arabia Saudí actúan la Liga Mundial Musulmana (Muslim World League, MWL) y la Asamblea Mundial de la Juventud Musulmana (World Assembly of Muslim Youth, WAMY). La primera fue creada por el propio Gobierno saudí en 1962 y actúa a menudo como portavoz de Riad. La WAMY, fundada en 1972, estuvo dirigida al principio por Kamal Helbawi, egipcio formado en Arabia Saudí y Afganistán, durante décadas una de las figuras más importantes de los Hermanos Musulmanes y hasta hoy uno de los principales portavoces del salafismo en Reino Unido[170].

 

 

 

 

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En Catar destacan la Eid Charity del jeque Mohammad Bin Eid Al-Thani y Qatar Charity, que financia 138 escuelas y mezquitas en toda Europa[171]. Esta organización tiene vínculos con 47 proyectos en Italia, 22 en Francia, 11 en España, 11 en Reino Unido y 10 en Alemania, amén de otros en Noruega, Suiza, Bélgica y los Balcanes. Un documental de la cadena francesa ARTE asegura que, de un total de 260 millones de euros que recibieron 138 instituciones europeas vinculadas al islamismo, 120 millones pasaron por Qatar Charity. La fundación, por su parte, se financia con donaciones de ciudadanos cataríes a menudo anónimas, pero también constan como donantes miembros de la dinastía Al Thani y el secretariado personal del emir de Catar[172].

 

Otra patrocinadora habitual del islamismo europeo es la Sociedad Kuwaití del Renacimiento del Patrimonio Islámico (Society of the Revival of Islamic Heritage, RIHS), prohibida en Estados Unidos desde 2008 por considerarse que financia a organizaciones armadas[173].

 

Desde Kuwait se ha financiado la mezquita holandesa de Al Fitrah, protagonista de polémicas por celebrar enlaces religiosos sin matrimonio civil —algo ilegal en Países Bajos— y por sus clases, en las que se les advertía a los niños «no desviarse» de las enseñanzas divinas. En 2012 recibió 10 000 dinares (unos 30 000 euros) de la Organización Internacional de Caridad Islámica y 245 681 dinares (0,7 millones de euros) de la RIHS. Dos años más tarde, la organización Kuwait Zakat House le entregó 35 000 dinares (100 000 €) junto a otros 50 000 dinares (150 000 €) procedentes de la fundación pública Kuwait Waqf[174]. En total, la mezquita recibió unos 1,5 millones de euros desde Kuwait, según reconocieron los representantes de Al Fitrah ante una investigación de una comisión parlamentaria. Por su parte, la Mezquita Azul de Ámsterdam, dirigida por un excristiano converso al islam, Jacob van der Blom, recibió 2,6 millones de euros desde Kuwait y 3 millones desde Catar.

 

Menos destacada es la influencia saudí y catarí en Alemania, donde aparece con fuerza otro actor: Turquía. Se da la paradoja de que la República turca es una nación formalmente laica que incluso prohibió desde 1980 hasta 2010 el velo islamista en la universidad y en toda función pública…, pero al mismo tiempo ha exportado un islam salafista perfectamente comparable al de los países del Golfo. Quizás «exportar» no sea la palabra: el islamismo turco nació en Alemania. Concretamente, de

 

 

 

 

 

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la mano de Necmettin Erbakan, un joven y prometedor ingeniero de la costa del mar Negro en Turquía que hizo su doctorado sobre «los sucesos previos a la deflagración en un motor diésel» en la Universidad de Aquisgrán en 1953. No es de descartar que la experiencia alemana fuera lo que le empujó a la religión, como en el caso de Sayyid Qutb.

 

En 1970, Erbakan fundó el primer partido islamista de Turquía, pero este fue prohibido al año siguiente por «instrumentalizar la religión con fines políticos» y el ingeniero se exilió a Suiza, donde fundó el movimiento Milli Görüş (Visión Nacional), registrado formalmente en Alemania al año siguiente[175]. Faltaban aún treinta años para que el discípulo de Erbakan, un joven llamado Recep Tayyip Erdogan, ganara las elecciones en Turquía y se convirtiera en primer ministro y más tarde en presidente.

 

Ya en 1984, se fundó en Colonia, el principal feudo de los seguidores de Erbakan, la coordinadora de mezquitas Ditib, por sus estatutos directamente vinculado a la Diyanet, un organismo oficial turco comparable a un ministerio de Religión. La Ditib controla unas 900 mezquitas según datos de la propia organización[176], lo que equivaldría a más de la tercera parte del total de templos musulmanes en Alemania, que se estima —no hay cifras oficiales— en algo entre 2400 y 2700, aunque menos de un millar son edificios reconocibles como mezquitas[177]. Los imames y dirigentes de la Ditib son funcionarios enviados desde Ankara, pagados por la Diyanet y coordinados desde la embajada turca en Alemania[178]. Algo que no importaba demasiado al Gobierno alemán mientras Ankara representaba un islam estrictamente sujeto al marco laico de la Constitución turca. Pero esto cambió a partir de 2002, con la llegada al poder del AKP, el partido de Erdogan.

 

Aunque el AKP se presentaba como islamo-demócrata, al estilo de los partidos democristianos europeos, y rechazaba la etiqueta de «islamista», en realidad fue desarrollando el ideario fundamentalista y político de Erbakan poco a poco, siempre tanteando hasta dónde se iban a plegar la Judicatura, los partidos de la oposición y la sociedad en general. En Turquía era una cautelosa navegación con avances, globos sonda y retiradas tácticas; en las mezquitas alemanas, pronto poco o nada diferenciaba el discurso de la Ditib del que se impulsa desde el Milli Görüş.

 

 

 

 

 

 

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Y poco o nada diferencia el ideario de Erbakan y el Milli Görüş del que promueven los Hermanos Musulmanes y sus rivales salafistas con respaldo saudí wahabí. A veces, hasta las personas son las mismas. Es el caso de Ibrahim El Zayat, de 2002 a 2010 presidente de la IGD, una organización islamista cercana a los Hermanos Musulmanes, fundada en 1960 en Múnich por Said Ramadan, yerno de Hassan Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes[179]. Zayat, hijo de un «hermano» egipcio y una alemana conversa, está casado con Sabiha El Zayat, sobrina de Necmettin Erbakan y hermana de Mehmet Erbakan, quien fue de 1996 a 2002 secretario general de la organización Milli Görüş en Alemania. En su función de cargo de la federación de mezquitas EMUG, el propio Zayat coordina templos afiliados a Milli Görüş…, pero también era miembro de la junta directiva del organismo saudí-wahabí WAMY en Alemania[180]. Y por otra parte, Sabiha El Zayat trabaja en Francia en el Institut Européen des Sciences Humaines (IESH), pese a su nombre una academia privada para formar imames, cuyo guía espiritual —y también miembro del consejo asesor— es el predicador egipcio-catarí Yusuf Qaradawi, una de las figuras más destacadas del islamismo marca «Hermanos».

 

El IESH, fundado en 1992 en las verdes llanuras del departamento de Nièvre, en el centro de Francia, hoy con filiales en Birmingham, Fráncfort y Helsinki, ofrece cursos y seminarios centrados en tres temas: lengua árabe fusha, ciencias religiosas y memorización del Corán. Además, propone estancias de vacaciones para niños y niñas de seis a diecisiete años, prometiendo una experiencia de «inmersión total en la lengua árabe» para practicarla con naturalidad, todo ello «por amor a la lengua del Santo Corán[181]». Depende de la Federación de Organizaciones Islámicas de Europa (FIOE, o FOIE en francés), un organismo que agrupa a numerosas entidades en la órbita de los Hermanos Musulmanes en el continente[182] y está dominado en gran parte por la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF, renombrado en 2017 como Musulmans de France, MF), firme defensor del ideario de los Hermanos, aunque en público niega los vínculos, y financiado en gran parte desde el Golfo, si bien asegura que solo un 30 % de sus fondos proviene directamente del extranjero[183].

 

La red transeuropea de los Hermanos saltó a la luz en 2007, cuando aduaneros franceses interceptaron al suizo-francés Mohamed Karmous en el tren de Zúrich a París con 500 000 euros en efectivo, destinados al

 

 

 

 

 

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IESH, donde era tesorero[184]. El emisario dirige un centro sociocultural en Lausana, financiado con 1,4 millones de euros por Qatar Charity y que arrancó gracias a una donación personal de Yusuf Qaradawi de 50 000 dólares[185], y está casado con la suizo-argelina Nadia Karmous, enardecida defensora del predicador Tariq Ramadan cuando este fue acusado de violación y partidaria del hiyab en los colegios y de la separación de sexos en las piscinas[186], además de ser directora del Museo de la Civilización islámica (Mucivi), abierto en 2016 en el municipio suizo La Chaux-de-Fonds, gracias a una donación de 1,2 millones de euros de Qatar Charity, con la condición de que todo el proyecto fuese compatible con la sharía[187].

 

 

 

 

CATAR COMPRA EUROPA

 

 

 

Las ramificaciones financieras de los Hermanos Musulmanes europeos con dinero catarí son solo un ejemplo de una red muy opaca de numerosas entidades, personajes y gobiernos del Golfo que llevan años promoviendo un islam de corte salafista en Europa, y que van imponiéndose a otras agrupaciones menos politizadas y rigoristas. En Francia, sin embargo, la influencia política de la UOIF se ve limitada por el peso de varias otras organizaciones en el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), un organismo dependiente del Ministerio del Interior creado en 2003 bajo el Gobierno conservador de Nicolas Sarkozy: aparte del comité de musulmanes turcos CCMTF, dependiente de la Diyanet, destacan la Gran Mezquita de París, financiada por Argel con dos millones de euros al año[188] y la FNMF, que recibe 6 millones al año de Marruecos. Justo detrás de Marruecos, en generosidad, viene Arabia Saudí, con 3,8 millones de euros, cuya vitrina más destacada es la mezquita de Lyon[189]. A partir de 2019, al menos en el seno del CFCM, la FNMF ha sido reemplazada por la RMF, inicialmente escindida de la anterior en 2006 e igualmente vinculada a Marruecos.

 

El dinero catarí no aparece en estas cuentas porque es más discreto. Pero Doha lleva tiempo diversificando sus estrategias para mantener su

 

 

 

 

 

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influencia política en Europa: no solo invierte en mezquitas e imames, sino en bancos, hoteles, aeropuertos, clubes de fútbol y marcas de coches. Qatar Holding, bajo control del fondo estatal de inversiones Qatar Investment Authority (QIA), tiene acciones en Barclays, Crédit Suisse, Deutsche Bank, Volkswagen, Vinci, Veolia, Hapag-Lloyd, Tiffany, Heathrow, la cadena de hoteles Hyatt y el club de fútbol Paris Saint-Germain. Y también, por muy incompatible con la sharía que sean los juegos de azar, posee un 23 % de la sociedad del casino de Cannes[190].

 

También en España se cruzan las influencias de Arabia Saudí, los Hermanos Musulmanes y Marruecos. El colectivo marroquí es, de lejos, el más numeroso, con unas 820 000 personas en 2021, a lo que se añaden unas 250 000 nacionalizadas durante la década anterior y cierto número de hijos nacidos de padres ya nacionalizados. En un lejano segundo lugar viene, desde hace pocos años, la comunidad pakistaní, con actualmente unas 90 000 almas, seguida de senegaleses (unos 70 000) y argelinos (60 000). La comunidad turca, y con ella la influencia de la Diyanet, es casi inexistente. Sin embargo, el principal templo de Madrid, llamado Mezquita de la M-30 por situarse al lado de la autovía de este nombre, no pertenece a ninguno de estos grupos nacionales: fue financiada con 2000 millones de pesetas por el rey Fahd de Arabia Saudí y, cuando se inauguró en 1992, todos sus dirigentes eran saudíes[191].

 

También era de capital saudí el único canal de televisión de marca islamista, Córdoba TV, que emitía entre 2012 y 2018 desde Madrid: lo financiaba Fundación para el Mensaje del Islam, presidida por el jeque saudí Abdulaziz al Fawzan, cercano a la familia real[192]. No solo había programación religiosa y prédicas, sino también noticiarios, pero a las candidatas a presentadora se les dejaba claro un detalle en la entrevista de trabajo: no podrían salir en pantalla sin hiyab[193]. Catar, por su parte, tenía una presencia más discreta en España, salvo por su patrocinio del Barça entre 2014 y 2017. El proyecto de algunos religiosos de comprar con dinero catarí la plaza de toros Monumental de Barcelona para convertirla en una macromezquita se quedó en agua de borrajas.

 

Sin embargo, según un informe del CNI, el servicio secreto español, Catar financia la Liga Islámica para el Diálogo y la Convivencia (LIDCOE) —miembro español de la FIOE, la entidad europea de los Hermanos— y pagó 300 000 euros al Centro Cultural Islámico Catalán

 

 

 

 

 

 

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(CCIC), vinculado a la LIDCOE. Ninguna de estas congregaciones islámicas señala estos lazos internacionales; todas se presentan como asociaciones locales dedicadas a la integración y el diálogo. Sin embargo, según el mismo informe del CNI, cuando la RIHS kuwaití financió la construcción de las mezquitas de Reus y Torredembarra en 2011, se observaba en estos municipios catalanes una «interpretación religiosa contraria a la integración en la sociedad española, fomentando la separación y el odio hacia los colectivos no musulmanes[194]». Y nadie habría dicho que un pueblo de 8000 habitantes como es Corella, en Navarra, con unos 500 musulmanes entre ellos, dispusiera de 700 000 euros para comprar una parcela y elevar una mezquita. El dinero, se cree, llegó de la RIHS. Y el discurso del imam, en este caso marroquí, parecía acorde: en 2018 fue expulsado de España por promover el radicalismo y las obras se paralizaron[195].

 

El caso de Corella revela un aspecto habitual: el dinero llega del Golfo, los imames que lo gestionan y adaptan su discurso suelen ser marroquíes. Pero normalmente en niveles inferiores: durante dos décadas no hubo magrebíes en los puestos de poder de las dos principales organizaciones que compiten por la hegemonía frente al Gobierno de España: la UCIDE y la FEERI. Dios es Uno, dice el credo, pero en España, sus representantes siempre han sido dos.

 

 

 

 

CONVERSOS CONTRA HERMANOS

 

 

 

La rivalidad de estas organizaciones se remonta a los últimos años ochenta, cuando el Gobierno planteó la necesidad de contar con un interlocutor formal, a imagen y semejanza de la Conferencia Episcopal española, para tratar asuntos relacionados con mezquitas, festivos, cementerios, clases de religión en los colegios… Los primeros en presentarse como tales eran un grupo de conversos españoles, sobre todo andaluces, reunidos en torno al médico neurólogo malagueño Francisco Escudero, más conocido como Mansur Escudero, nombre que adoptó al convertirse en 1979. En 1989, este círculo creó la Junta Islámica, una entidad que impulsó en seguida la Federación Española de Entidades

 

 

 

 

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Religiosas Islámicas (FEERI), agrupando a quince colectivos locales, para fungir como representante oficial del islam en España. Pero no les dio tiempo a firmar acuerdos con el Gobierno: antes de sentarse en la mesa se salió del organismo una de las entidades federadas, la Asociación Musulmana de España (AME), fundada en 1971 por el médico sirio Riay Tatary, y creó en 1991 la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE). En 1992, el Gobierno obligó a los dos contrincantes a establecer la Comisión Islámica de España (CIE) como interlocutor oficial, con dirección bicéfala y profundamente paralizada por una nunca superada rivalidad.

 

Tatary, nacido en Damasco en 1948, había llegado como estudiante a Oviedo en 1970 y, tras veinte años al frente de la AME, dirigiría durante otras dos décadas la UCIDE hasta su muerte en 2020, cuando le sucedió otro médico sirio, Ayman Adlbi, que en todo parece su alter ego. Tatary siempre negó tener relación con los Hermanos Musulmanes, pero siempre se le ha considerado cercano al movimiento, y una entrevista con ABC en 1980 dejaba claro que su ideal era un «Estado islámico», también en España, y si bien carecía de modelo ideal «el de Irán se aproxima», dijo[196].

 

Muy distintos eran, inicialmente, sus rivales: andaluces de movimientos políticos de izquierdas que por una parte admiraban la época dorada de al-Ándalus, con su convivencia de diferentes religiones, donde florecían ciencias, artes y poesía, y por otra parte descubrieron de la mano del converso escocés Ian Dallas la fascinación por el sufismo, la corriente mística del islam, bajo su forma de cofradías y hermandades, sus bailes en trance y sus lecturas de Ibn Arabi y Averroes. Las primeras comunidades musulmanas de conversos en Andalucía eran casi unas comunas hippy, en todo caso ecologistas, instaladas en pueblos de las Alpujarras o de Huelva. Si bien no practicarían el amor libre, estaban convencidos de que la espiritualidad del islam era perfectamente compatible con la vida en democracia con libertades sociales e individuales, como se las planteaba la España recién salida de la dictadura franquista. Convertirse al islam era, en ese momento, la búsqueda de un espíritu ecuménico, cosmopolita, de reivindicación de un pasado suprimido por el ideario nacionalcatólico, una conciencia de que el islam no solo formaba parte original de España, sino que incluso era su mejor parte. Y no solo de su pasado, sino también de su futuro.

 

 

 

 

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Mansur Escudero y sus compañeros de Junta Islámica dedicaron durante años ingentes esfuerzos a crear un islam español, una fe renovada sin relación alguna con las tradiciones y hábitos que conforman lo que llaman «islam» los marroquíes, sirios o iraquíes. Pensadores y filósofos buscaban entre teólogos de siglos pasados lo que les pareciera apto para su propia idea del credo, a menudo sin saber nada de árabe. No importaba: si ellos eran musulmanes —y lo eran con la fe del converso— tenían derecho a definir su religión. Una religión llamada a seducir a gran parte de la población española e incluso iberoamericana, creían. Lo cual no les impidió coquetear con la Revolución islámica iraní, por su percibido carácter izquierdista. Incluso intentaron invitar a Córdoba en 2007 al dirigente libio Muamar el Gadafi, líder de una ideología islamista de tintes personalistas pero de aspiración internacional, y plantearon un acuerdo por el que Libia enviaría profesores de árabe a España. Finalmente, ambos proyectos quedaron en nada.

 

En las páginas de la revista Verde Islam, y luego en Webislam, la web que Escudero y sus compañeros de Junta Islámica crearon en 1997, había de todo. Abdennur Prado, uno de los colaboradores más cercanos de Escudero, defendía, versículo coránico y exégesis en mano, que la homosexualidad es perfectamente lícita en el islam[197]. En las mismas páginas, María Jesús Uribe (Sabora Uribe), la mujer de Escudero, definía en 1997 lo que era el matrimonio islámico aplicando un modelo estrictamente apegado a normas que, más que ortodoxas, son salafistas: la esposa tiene derecho a ser mantenida por el marido, con independencia de si ella es rica o pobre, porque los hombres son los protectores y guardianes de las mujeres[198]. «La mujer ha de obedecer al marido en lo que es razonable: que no reciba visitas o regalos de otros hombres, que no abandone la casa si el marido no lo juzga conveniente», remachó, dibujando una subordinación femenina que iba a regir, en su visión, la vida de las españolas que abrazaran su fe. Es de suponer que Sabora Uribe nunca se había encontrado con mujeres marroquíes de cualquier clase o condición: le habrían tirado el panfleto machista a la cara.

 

Pero la FEERI no pudo ser eternamente un círculo de intelectuales conversos. Para dotarse de una base social buscaba fortalecer sus vínculos con comunidades de marroquíes inmigrantes y, sobre todo, asociaciones islámicas de Ceuta y Melilla, todo ello frente a una Administración que prefería financiar a la UCIDE. En este proceso, los conversos fueron

 

 

 

 

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cediendo influencia. En 2006, Escudero, tras años de retraso, convocó elecciones y perdió: llegaron marroquíes y otros inmigrantes a la cúpula, pero según denunciaron los defenestrados, varios de ellos cobraban salario de la Mezquita de la M-30, es decir, de Arabia Saudí[199].

 

Uno de los compañeros de Escudero, Vicente Haya, que firmaba como Abdelmumin Aya, más versado en poesía japonesa que en lengua árabe, pero creador de la filosofía religiosa de lo que iba a ser el islam español, lo denunció sin tapujos: el propio Estado, presionado por la Iglesia católica, aseguró, fortalecía la influencia de Arabia Saudí y otros países árabes sobre el islam español, porque así siempre iba a quedar circunscrito a una religión de inmigrantes, útil para controlar a estos, pero nunca atractiva para los españoles; no habría conversiones en masa a una religión ahora percibida como extranjera. «El islam saudí es perfecto para el Opus Dei porque es intragable por los españoles, pero puede controlar a los marroquíes inmigrantes. Con dinero, con imames muy “religiosos” (…), con impresionantes mezquitas… pueden tener tranquilos a los inmigrantes, mientras que los wahabíes nunca podrán fabricar un islam seductor para los españoles», dijo Aya.

 

No solo la FEERI fue adoptando el mismo discurso integrista que ya tenía la UCIDE: los antiguos compañeros de Escudero, como Abdennur Prado o Natalia Andújar, durante años directora de Webislam, también adecuaron sus voces al espíritu de los tiempos y empezaron a denunciar como «islamofobia» cualquier crítica al salafismo, especialmente al velo islamista. Ese velo que no llevaban las conversas de la primera generación como Sabora Uribe y que no lleva la propia Andújar, aunque ella, en consonancia con el salafismo y el wahabismo que tanto rechaza en público, lo promueve fervorosamente como señal ineludible de la mujer musulmana o hasta de la niña musulmana en el colegio[200]. Pronto ya no hubo ninguna diferencia de discurso entre los conversos y el salafismo financiado desde Catar o Kuwait.

 

Ese salafismo del Golfo no solo ha reemplazado las creencias de los conversos hippy de primera hora, también ha erradicado la fe de los inmigrantes y la ha sustituido con una agresiva ideología totalitaria. Es un fenómeno que ha ocurrido en toda Europa. El ya citado periodista estadounidense Caldwell aporta multitud de datos que demuestran —en contradicción con su propia tesis— que no son los inmigrantes, sino las generaciones nacidas en Europa las que causan el problema que él atribuye

 

 

 

 

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al «islam» como histórico enemigo de la civilización europea: La «experiencia con los barrios conflictivos dice que la segunda generación es peor que la primera y que la tercera es peor que la segunda». «No era solo que los jóvenes musulmanes se estaban asimilando demasiado despacio en la cultura europea. Se estaban desasimilando». «La sensación de pertenencia a Gran Bretaña era más alta entre los que pasaban de 45 años que entre los que tenían edades comprendidas entre los 18 y los 24». «Un 90 % de las mujeres en un barrio de Malmö (Suecia) llevaban velo (entre ellas muchas que no lo habían llevado antes de llegar al país[201])».

 

Se puede seguir: un 53 % de los musulmanes de Gran Bretaña prefiere que las mujeres lleven velo. La cifra es del 28 % entre los mayores de 55 años y del 74 % entre los que tienen entre 18 y 24. El 19 % de los mayores de 55 y un 36 % de los jóvenes cree que la apostasía es punible con la muerte. «Esta cifra enmascara un giro incontenible hacia la tradición por parte de las generaciones más jóvenes», concluye Caldwell, aunque el sondeo demuestra precisamente lo contrario: velo y pena capital no son una tradición, sino un símbolo político-religioso de nuevo cuño; el fanatismo religioso anglomusulmán no corresponde a los inmigrantes, sino a los británicos de segunda generación. El escritor intenta superar esta contradicción asegurando que «las tradiciones musulmanas ejercían una poderosa influencia aun en los niños nacidos en Europa, cuyas familias ya habían renunciado a ellas», como si el islam fuese un rasgo genético que se transmite saltándose una generación, acorde a las leyes de Mendel[202].

 

Recomendar a Europa que cierre las puertas a la inmigración para evitar la difusión del islam wahabí radical, como propugna Caldwell, equivale a cerrar las ventanas para combatir el mal olor de las tuberías en casa.

 

 

 

 

SUBVENCIÓN AL SALAFISMO

 

 

 

Lo que no parece obvio a primera vista es que el aquelarre de imames, teólogos y muftíes, compitiendo unos con otros para ser más papistas que Al Azhar, lo ha financiado el Estado español. Pero así fue. En concreto, por iniciativa de un Gobierno que se presentaba como de izquierdas: el de

 

 

 

 

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José Luis Rodríguez Zapatero, dirigente del PSOE. De forma consciente, sistemática, con más de un millón de euros al año canalizado directamente hacia las mezquitas. Hacia cualquier cosa que se llamase mezquita.

 

Hasta finales de los años noventa, el organismo de referencia para los inmigrantes marroquíes en España era la ATIME: Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España. Fundada en 1989 en Madrid por un exiliado político de Tetuán, Abdelhamid Beyuki, junto a otros jóvenes del ámbito de la izquierda marxista marroquí, la asociación se implantó durante los años noventa en todo el territorio español, con sedes locales y amplia presencia en medios de comunicación, encuentros de vecinos, organizaciones solidarias, charlas universitarias… ATIME era el portavoz para todo lo que atañera a la comunidad inmigrante marroquí en España y, sobre todo, en lo relativo a sus derechos laborales y cívicos. Tenía un fuerte enfoque sindical, primero de la mano de Comisiones Obreras, el sindicato español cercano al Partido Comunista, y luego apegado a UGT, socialdemócrata. En ningún momento hablaba de la religión: hablaba de salarios, papeles, integración.

 

Esto cambia a partir de 2004. En marzo de ese año, tres días después de los atentados yihadistas de Atocha, el PSOE gana las elecciones generales. Habría sido lógico poner en marcha iniciativas para detectar movimientos integristas en España, fomentar el laicismo y procurar la integración social plena de los inmigrantes provenientes de países musulmanes para acabar con los guetos e ir secando el caldo de cultivo del yihadismo. El PSOE hizo lo contrario.

En octubre de 2004, el Consejo de Ministros decide crear la Fundación Pluralismo y Convivencia, formalizada en enero de 2005, una entidad pública —todos sus patronos son ex oficio altos cargos de los ministerios

— cuyo fin declarado es «promover la normalización del hecho religioso en la sociedad». Su única actividad es financiar la expansión de diversos cultos religiosos. Todos los que tengan suscrito convenio con el Gobierno español. Que son tres: el islam, el judaísmo y el cristianismo protestante. La Iglesia católica se queda fuera, porque tiene su convenio aparte, anterior, bajo el paraguas del Concordato con el Vaticano.

Ante los 250 millones de euros que la Iglesia recibe cada año como ingreso directo del Estado, los tres, cuatro o cinco millones de presupuesto anual de la Fundación apenas son una limosna. Incluso en términos proporcionales: en 2007, año en el que la Fundación reparte 1,6 millones

 

 

 

 

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de euros a las comunidades islámicas y una cantidad muy similar a las protestantes, aparte de 250 000 a las judías, en España hay unos 33 millones de católicos (el 75 % de la población, acorde al CIS de aquel año); a un católico le tocan 7,5 euros por cabeza, frente a menos de 2 euros por cada uno del escaso millón de musulmanes que se estima hay entonces, y una cifra aún menor para los 1,5 millones de evangélicos. Este reparto se ha mantenido constante a lo largo de los años: la Fundación siempre entrega aproximadamente un 40 % de sus fondos a los musulmanes, otro tanto a los cristianos no católicos, y el 20 % restante a la comunidad judía, probablemente unas escasas 50 000 almas. Tras la llegada del PP al poder, en 2011, cae bruscamente el montante total de unos 4 millones anuales a menos de un millón, pero el esquema se mantiene.

 

De aquel maná, unos 600 000 euros —seguimos hablando del año 2007, como ejemplo representativo— van directamente a la estructura central de la Comisión Islámica de España (CIE) y una cifra igual a la FEREDE, que agrupa a evangelistas de diverso pelaje, desde luteranos a bautistas, adventistas y pentecostales. Y aproximadamente un millón (para cada confesión) se entrega a proyectos locales de asistencia social, fiestas, conferencias, clases, encuentros… Va muy bien repartido: cada año, varios centenares de mezquitas y otras tantas iglesias evangelistas reciben partidas de 3000, 4000 o 5000 euros. Sumas modestas, que no convierten en rica a ninguna congregación, pero cumplen la función enunciada por los estatutos: normalizar el hecho religioso. Sirven, en el caso musulmán, para convencer a los inmigrantes de que la mezquita es el centro de su vida social, un puerto donde buscar ayuda, un punto de encuentro. Con clases de aprendizaje de idiomas y alfabetización de mujeres (mientras no sean impuras, es decir, durante los días de la regla, condición impuesta de forma habitual por los imames para pisar el templo).

 

Medio millón de euros al año no está mal para crear una infraestructura y se podría haber esperado un claro protagonismo de la CIE, interlocutora oficial del Gobierno, en todo lo que tuviera que ver con las comunidades musulmanas. En realidad, debido a la rivalidad de UCIDE y FEERI en su propio seno, su mayor virtud es el mutismo absoluto. La ATIME, mientras tanto, vive sus propias rencillas internas y a finales de la década 2000, lastrada por un escándalo de mala gestión o desfalco de una subvención, simplemente desaparece sin dejar rastro.

 

 

 

 

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El claro favorito del Gobierno es la UCIDE: recibe sumas muy por encima de la FEERI. Es cierto que los conversos no tenían apenas contacto con los inmigrantes, pero la UCIDE probablemente tampoco. En todo caso, la Fundación explica que los cientos de miles de euros al año en ayudas monetarias directas para el organismo deben servir para «conseguir una relación más cercana con las comunidades locales, una gestión más ajustada a sus necesidades y una mayor vinculación de las comunidades con su federación regional». Es decir, el dinero público se destinaba expresamente a empujar a los inmigrantes musulmanes a los brazos del organismo fundamentalista.

 

Las memorias de Pluralismo y Convivencia intentan disfrazar este fomento de la religión con proclamas de «libertad religiosa», sugiriendo que al financiar los credos minoritarios se equilibra el terreno de juego dominado por la Iglesia católica. Pero la «libertad religiosa» en este marco es únicamente la libertad del clero de captar más ovejitas, de adoctrinar mejor, de afianzar su poder. En ningún momento se destina dinero a quienes quieren ser libres de la religión.

Frente al público español y la prensa, los millones gastados en la representación oficial de los musulmanes tienen un único efecto, y quizás fuera precisamente el buscado: la ausencia de toda entidad de referencia política o social. Riay Tatary no da entrevistas. En la FEERI nunca se aclaran sobre quién las debería dar. Los viejos fieles de Mansur Escudero ya son poco más que curiosidades, exceptuando a Natalia Andújar, quien sigue dando charlas de promoción del velo integrista bajo las consignas de identidad y libertad. Y mientras, los imames en cada pueblo, cada mezquita, esas mezquitas que obtienen 3000, 4000 o 5000 mil euros al año, hacen y deshacen, dan prédicas, invitan a quien quizás venga con el bolsillo forrado y buenas conexiones con algún diplomático marroquí, un jeque saudí o una fundación kuwaití.

 

La Fundación hace el bien y no mira a quién: con certeza no tiene recursos materiales ni humanos como para investigar una por una ese centenar largo de mezquitas agraciadas. O eso es lo mejor que podemos suponer. Porque entre 2006 y 2012 entrega una media de 20 000 euros anuales —suma bastante superior a la que reciben otras mezquitas— a dos oratorios de Barcelona gestionados por una congregación llamada Camino por la Paz. A la Fundación le debió de gustar el nombre, aunque es una especie de seudónimo: se trata de la delegación local de la secta paquistaní

 

 

 

 

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Camino del Corán —Minhaj ul Quran internacionalmente— cuyo jefe, Tahir ul Qadri, dirige en Lahore el partido «revolucionario» Pakistan Awami Tehreek (PAT, sin relación con el partido marxista del mismo nombre). Qadri exhorta a sus seguidores a «luchar por la gracia de Dios todopoderoso», «revivir los valores islámicos», «prepararse para el día de la Revolución» y «acabar con el régimen de los faraones», en referencia a los dirigentes paquistaníes, aunque el símil es aplicable a cualquier Gobierno que no siga la doctrina islamista[203].

 

Así, el afán de «normalizar el hecho religioso» en España acaba financiando intentos de derrocar un régimen en Pakistán. Porque las religiones tienen eso: parte del «hecho religioso» es exigir que el Gobierno imponga la doctrina religiosa por ley; lo ha exigido la Iglesia católica durante siglos, lo sigue pidiendo ahora, lo exigen los rabinos en Israel y, por supuesto, lo exigen multitud de líderes islámicos. Era cuestión de tiempo que entre esos líderes financiados por España saliera alguno decidido a exigírselo a Madrid o, al menos, a crear un ambiente de terror para pescar en río revuelto.

 

No es una relación causa-efecto, no podemos decir que los pocos miles de euros entregados a la comunidad islámica de Ripoll en 2011 y 2012 (a partir de 2014, la Fundación deja de ofrecer la lista completa de mezquitas financiadas) sirvieron para financiar al predicador Abdelbaki Es Satty, que llegó allí en 2015 y dos años más tarde murió en la preparación de los atentados de las Ramblas. Y desde luego hay que tener muy mala fe para titular, como hizo el diario ABC, que «un diputado de Podemos dio una ayuda a la mezquita del yihadista[204]», en referencia a la partida de 1600 euros que Pluralismo y Convivencia entregó a la comunidad Al Baraka en Sevilla en 2012, cuando entonces ni existía Podemos, ni era aún diputado el director de la fundación, José Manuel López, todos sus superiores eran ministros del PP y el presunto yihadista detenido en 2019, Zouhair Bouhdidi, tenía quince años en 2012.

 

Pero es innegable que la estrategia de «normalizar el hecho religioso» va normalizando numerosas interpretaciones diversas de ese hecho. Un simple cálculo de probabilidades estadísticas habría podido predecir que entre los resultados aparecerían algunos fenómenos extremistas, como en cualquier experimento sin control determinado. Y no había control ni podía haberlo: son los curas, los rabinos y los imames los que deciden cuál es la religión que representan, no el Estado que los financia. El Estado no

 

 

 

 

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es teólogo; no puede opinar sobre si el verdadero cristianismo exige impedir el culto de los demás o si el verdadero islam exige perseguir a apóstatas: eso lo dirán los clérigos. Lo único que puede hacer el Estado es financiarlos.

 

También podría no financiarlos, claro. Eso es lo que planteaba el Partido Socialista Obrero Español, el mismo que creó la Fundación Pluralismo y Convivencia un siglo antes: en 1900 pidió no solo que «hiciérase laica la enseñanza», sino también que «suprimiérase toda subvención pública, cualquiera que fuese su índole, a las congregaciones religiosas[205]». Su fundador, el tipógrafo Pablo Iglesias Posse, tenía claro cómo acabar con el sistema que dispensaba limosnas del erario a través de las instituciones religiosas. No quemando los edificios, sino cortándoles el flujo de dinero. «Queremos la muerte de la Iglesia cooperadora de la explotación de la burguesía; queremos confiscarle los bienes para que carezca de medios de vida», escribió en 1902[206].

 

Pero la izquierda ha cambiado. Pablo Iglesias Turrión ha derrocado el ideario de Pablo Iglesias Posse. De una ideología laica que consideraba la religión el opio del pueblo y abogaba por la razón, la izquierda se ha convertido en el mayor traficante de este narcótico, eso sí, en pastillas multicolor. Se ha olvidado de que poner fin al monopolio del clero cristiano y entregar poder a varios conjuntos clericales rivales no es separar religión y Estado: es multiplicar el poder de la religión en el Estado. Dios más dios son cuatro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. EL VELO EXHIBICIONISTA

 

 

 

 

 

LA CANDIDATA DE PODEMOS

 

 

Sonrisa encantadora, mano alzada a media altura para subrayar el discurso, el perfecto óvalo de cara envuelto por un abundante manto negro que cae hasta medio torso, en lo que parece una imitación del modelo popular en los peores años de la República Islámica de Irán, concebido para evitar la furia de la policía moral de Jomeini. Al fondo el logotipo  violeta  del  partido  de  izquierdas  español  Podemos.  Así comparece Nora Baños, precandidata para la lista que Podemos presentará en 2019 a las elecciones europeas. En la prensa, que la entrevista

 

ávidamente, desgrana su ideario:

 

«El concepto de integración no me gusta. Considero que ninguna sociedad tendría que ser integradora, sino una sociedad que reconozca las identidades múltiples y plurales para crear Estados plurinacionales[207]».

 

«Integración e inclusión son conceptos negativos, como si tuviéramos que hacer renuncias, y lo importante es que se visualice y se verbalice el carácter plural y diverso de la sociedad[208]».

 

Nora Baños no especifica qué tipo de «naciones» podrían convivir en una España plurinacional, pero a juzgar por su discurso, se trataría de religiones: cuando habla de «un contexto social donde convivan distintas culturas», agrega de inmediato que «hay que crear un diálogo interreligioso para conseguir este nivel de convivencia». De las cuestiones de la inmigración no parece saber nada, y se entiende: Nora El Gharbaoui Baños, hija de un padre marroquí y una madre española, probablemente no se distinguía en nada de cualquier otra chica catalana de su edad durante su infancia y adolescencia. A los 17 años, joven estrella del atletismo (modalidad: lanzamiento de martillo), no llevaba hiyab. Si sufrió racismo a

 

 

 

 

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raíz de su apellido es algo que ignoramos: de esto no habla; solo habla del islam y de islamofobia. Insiste en visualizar, en no integrar, en no incluir y en «reconocer identidades». Es obvio que no se refiere a una «identidad» marroquí o magrebí: ella misma, poco después de presentarse a la candidatura, eliminó su primer apellido de sus presentaciones públicas: ya solo sería Nora Baños, española, musulmana. En realidad, islamista: utilizar la religión para definir una «nación» es una ideología política.

 

Lo extraño no es que una joven de 23 años semiconversa diga ante la cámara sandeces como que el islam dio el derecho de voto a las mujeres desde el primer día o que inventó la seguridad social[209]. Lo llamativo es que televisiones y diarios se apresuren a ofrecerle espacios donde decirlo. Especialmente, los diarios que se consideran de izquierdas. Sin hacer ni un apunte crítico, ninguna pregunta incómoda. Se considera de buen gusto y acorde al ideario de izquierdas exhibir a una defensora del ultrafundamentalismo islámico para que diga que el islam es más democrático que cualquier otra cosa y que debe mantenerse aparte en una democracia, sin integrarse. Se usan aún palabras como multiculturalidad, pero en realidad a nadie le interesa ya el reto de gestionar la inmigración mediante la integración de diferentes culturas: solo se trata ya de exhibir religiones. Si no hay religión que se pueda mostrar, los inmigrantes no interesan.

 

En la misma lista de Podemos se presentó como precandidata otra chica de origen marroquí, casi de la misma edad, con uso fluido de cinco idiomas y estudios en Marruecos e Italia. Obtuvo un número de votos muy similar a Nora Baños (ninguna de las dos llegó a ser candidata), pero a Ilham Atrass ningún periódico la llamó nunca para preguntarle su opinión sobre integración, multiculturalidad o inmigración, no apareció en ningún plató de televisión, nadie escuchó hablar de ella. Le faltaba un detalle esencial para servir de símbolo de la izquierda multicultural: no llevaba velo. No era exhibicionista.

El velo se había convertido para la izquierda española —y la europea en general— en una especie de santo grial adorado sobre el altar de los valores de tolerancia, diversidad, aceptación. Este afán llegó hasta el punto de que desde Europa se critica a países de población musulmana si no se muestran lo suficientemente islamistas. Fue el argumento utilizado por Marisol Casado, miembro español del Comité Olímpico en 2013, para buscarle pegas a la candidatura de Estambul como sede de los Juegos en

 

 

 

 

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2020: «Nunca tenían una imagen de una mujer con velo en sus vídeos de presentación —le afeó Casado a la República turca—. La gente que vive en naciones árabes pide algo más representativo de su cultura[210]». Probablemente, la atleta no se había fijado en que salvo los equipos de Irán y Arabia Saudí —donde la ley obliga a ello—, raramente alguna deportista de un país árabe lleva velo, y que en Turquía, al igual que en Marruecos, quedaría directamente extemporáneo: ¿para qué exhibir una ideología política en un evento deportivo? Si Casado creía que el velo no era un símbolo ideológico, sino «cultural», debería haberse preguntado por qué en el vídeo de la candidatura de Madrid no salían deportistas vestidas con traje de faralaes.

 

Pero el velo no son faralaes: es ideología.

 

 

 

 

 

EL HARéN Y LA CLASE

 

 

 

El velo islamista es un producto ideológico de la segunda mitad del siglo XX asociado estrechamente a la misión de los Hermanos Musulmanes. Con anterioridad, por supuesto, la inmensa mayoría de las mujeres campesinas marroquíes, palestinas, iraquíes o kurdas —fuesen musulmanas, cristianas o judías— se cubrían el pelo con un pañuelo, exactamente igual que se lo cubrían las andaluzas, gallegas, sicilianas, tirolesas, rumanas y suecas. En las clases altas se fue difundiendo además el hábito de cubrirse la cara entera o en parte: era un signo de clase, reservado a las señoras que no necesitaban ni labrar el campo ni servir en casa ajena ni —más tarde— acudir a su puesto en la fábrica. No hablamos solo del Imperio otomano: las novelas negras alemanas y norteamericanas hasta las primeras décadas del siglo XX están llenas de señoras a las que el detective no puede identificar porque se cubren la cara con un velo. Solo puede ser porque son señoras: una proletaria jamás lo haría. El famoso gesto de Huda Shaarawi, la feminista egipcia que en 1923, al retornar de un congreso internacional de sufragistas en Roma, se arrancó el velo de la cara en la estación de trenes de El Cairo, no era una afrenta a la religión: era una manera de renegar de su estatus social como señora burguesa, un gesto de solidaridad con las obreras del mundo.

 

 

 

 

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Ser de clase alta conllevaba ser «harén» (del árabe haram: prohibido, sagrado), es decir, intocable, fuera del alcance del común de los mortales, en concreto de los hombres (salvo que fuesen familiares o esclavos); y esa reclusión respecto al mundo masculino se llevaba a cuestas, en forma de aparatosos velos, cuando se salía a la calle. A nadie se le habría ocurrido, sin embargo, que la criada que acompañaba a la señora velada, o la campesina que le vendiera fruta, ambas sin velar, fuesen menos musulmanas que la burguesa. Eran de otra clase, no de otra religión.

 

La era de internet nos ha abierto acceso a millares de fotografías tomadas a inicios del siglo XX tanto por viajeros europeos como por fotógrafos locales de Marruecos, Egipto, Yemen, Iraq, Palestina, Jordania… Evidentemente, hay que apartar las imágenes tomadas para satisfacer un mercado europeo orientalista en el que muestran sus encantos unas cantantes o bailarinas, de probablemente dudosa reputación en su pueblo, posando con atrezo de labriegas. Tampoco faltan campesinas que imitan el estilo de las señoras burguesas, velándose hasta las cejas quizás solo para estar más elegantes ante la cámara (recuerdo de los años setenta en Marruecos a labradoras que no habían llevado velo ningún día en su vida y se colocaban una gasa negra sobre la cara para una visita a la ciudad, en la creencia de que esto era el colmo del buen gusto). Pero el material es lo suficientemente abundante como para concluir que entre la miríada de trajes regionales entre Omán y Marruecos, algunos más cerrados que otros, según clima y vientos, no existe un concepto de hiyab, no existe un mandamiento de ocultar pelo y escote ante los hombres.

 

Por supuesto, se puede argumentar que las fotos de mujeres en bañador en la playa o en falda corta paseando por la ciudad solo muestran a una «élite». Pero lo mismo se puede decir de cualquier foto comparable de una universidad o playa española de 1930 o 1950, sin que por eso nadie afirme que la esencia del espíritu español es taparse hasta las cejas. Claro que eran élite las afganas que iban a la universidad en Kabul en 1970, pero tampoco llevaban velo, ni muchísimo menos burka, las nómadas que fotografió Annemarie Schwarzenbach en 1939.

No: el pelo no era algo que ocultasen las mujeres del pueblo llano de las sociedades musulmanas de principios del siglo XX. Y al igual que España se fue adaptando a cortes, estilos y modas más modernas a lo largo de las siguientes décadas, lo hicieron también las clases urbanas de Casablanca, Argel, Túnez, Bengasi, El Cairo, Ramala, Damasco y Bagdad.

 

 

 

 

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¿Por qué no iban a hacerlo? ¿Qué sentido tiene ir a la playa en ropaje largo, arrastrando vestidos por la calle en julio, sudar bajo un pañuelo, cuando se puede llevar pantalón corto y basta con una boina para protegerse del sol? A nadie se le ocurría que la fe tuviera algo que ver con el pelo.

 

Hasta que a alguien se le ocurrió: a la cofradía. Fue en 1953 cuando el dirigente de los Hermanos Musulmanes exigió una condición al líder egipcio Gamal Abdel Nasser para forjar una alianza: hacer obligatorio el uso del velo en la calle en Egipto. Así al menos lo cuenta el propio Nasser en un famoso vídeo de 1958, ante carcajadas de la audiencia, y recordando que la propia hija del jefe de los Hermanos, estudiante de Medicina, no usaba velo[211]. En 1965, la activista turca Şule Yüksel Şenler, una joven escritora moderna que por deseo de su hermano se había afiliado a la secta ultrafundamentalista de Said Nurcu, se cubrió la cabeza y diseñó una prenda moderna para hacerlo sin necesidad de recurrir a los incómodos ropajes de las señoras otomanas: había nacido el hiyab[212]. Tardó en expandirse: aún en 1970, en una clase de la muy ortodoxa Universidad Islámica de Al Azhar en Egipto, todas las estudiantes iban con el pelo descubierto. Hay fotos.

 

Fue en 1979, con la obligación de cubrirse proclamada urbi et orbi por la Revolución islámica de Jomeini, cuando el hiyab se lanzó a la conquista del mundo. A partir de la década de 1990 se popularizó más allá de ciertos círculos de ideología islamista y con el nuevo siglo se convirtió en estándar público del «islam», es decir, la versión del islam formateada por los Hermanos Musulmanes con apoyo saudí y catarí. Se estandarizó también el fundamento teológico: una mujer sin taparse pelo y escote está «desnuda». Y contemplar a una mujer «desnuda» dispara los instintos sexuales del varón, por lo tanto, es probable que intente asaltarla y violarla. Esto, lógicamente, provocará tensiones, enfrentamientos, disturbará la paz social. En una palabra: creará fitna, es decir, «calamidades». A la mujer le corresponde evitar estas adversidades tapándose púdicamente. La mujer «desnuda» es, ella misma, la calamidad.

 

 

 

 

PÓNTELO, PÓNSELO

 

 

 

 

 

 

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El velo se ha convertido en obligatorio. Así lo afirma la Comisión Islámica de España, ex cátedra, en cuanto se plantea un conflicto que vaya más allá de unas preguntas de periodistas con ganas de brillar como adalides de la tolerancia y pidiendo que se les venda la moto de la libre decisión. Porque esta obligatoriedad, la ausencia de la libre elección, es su línea de defensa: cuando un instituto de Gijón intentó impedir el acceso al aula a una alumna con hiyab, Riay Tatary confirmó por escrito que el hiyab era «una prescripción religiosa necesaria[213]». Porque si no lo fuera, si se tratase solamente de un capricho, un extra innecesario, algo libremente elegido, el colegio podría perfectamente vetarlo en aras de cierto orden de vestimenta o apariencia, como podría vetar gorras de béisbol, peinados punk o minifaldas. No puede, en el caso del velo, argumentan Tatary y las redes salafistas, porque se trata de un elemento obligatorio para las musulmanas y por lo tanto protegido por la libertad de religión: el hombre no puede prohibir lo que Dios ha ordenado.

 

Es con este argumento con el que varias demandantes han acudido al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo o al Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo, aduciendo discriminación religiosa. Una discriminación que, obviamente, solo tiene lugar si ellas, como musulmanas, no tienen otra opción que ir veladas. Si el rechazo del velo es, automáticamente, una discriminación de su condición de musulmanas. «Al llevar velo estaba obedeciendo un precepto religioso, manifestando su deseo de cumplir estrictamente los deberes impuestos por la fe islámica», se lee en el caso de la estudiante de Medicina Leyla Sahin, que llevó en 2004 al banquillo de Estrasburgo a la República de Turquía por no permitirle examinarse con velo. Este veto vulneraba, reclamaba, el principio que prohíbe discriminar por religión y obliga a tratar a todos por igual[214].

 

En realidad, es exactamente al revés, como revela la argumentación de la propia demandante en el juicio: de haberse quitado el velo, la habrían tratado sin diferenciarla en modo alguno de las demás mujeres, pero eso no es lo que ella quería. Quería ser tratada distinta: como creyente, no como las demás. «El derecho a no ser discriminado también se viola cuando un Estado, sin justificación objetiva y razonable, se niega a tratar distinto a personas en situaciones significativamente diferentes. En su opinión, las estudiantes islámicas estaban en una posición distinta de otros

 

 

 

 

 

 

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estudiantes, y por lo tanto debían ser tratadas de forma diferente», resume la sentencia su postura.

 

Estamos usando el femenino (que no existe en turco) porque la noción de que es necesario discriminar a las mujeres, solo a ellas —los hombres no tienen vestuario de creyentes—, es central en la argumentación. Ya lo expresó en 1998 la conversa suiza Lucia Dahlab, despedida de un colegio de primaria en Ginebra por insistir en dar clase con el hiyab: aseguró en Estrasburgo, sin éxito, que las autoridades suizas la habían discriminado por motivo de sexo, dado que «un hombre que fuese de fe musulmana podría ser maestro en un colegio público sin que se le prohibiera nada[215]». Achacaba, con notable descaro, a los principios laicos lo que era la discriminación sexista de su propia religión, el islam salafista, que no le impone una marca pública al hombre y sí a la mujer.

 

¿Cuál es esa «posición distinta» de las estudiantes musulmanas que reivindica Leyla Sahin? No lo detalló, pero a la vista está que el hiyab en estas batallas es solo la bandera bajo la que se reclaman reglas específicas, exenciones de determinadas tareas, segregaciones. Los colegios europeos dan fe de ello: no solo ya hay padres que reclaman enviar a la niña con hiyab al instituto o, incluso, a una escuela de primaria, sino que piden tratamientos diferenciados. En primer lugar, que no participen en clase de natación: ¿cómo pueden permitir que un chico las vea en bañador? No aprenderán a nadar, pues. Casi mejor que de paso no participen en ninguna clase de gimnasia, no vaya a ser que para correr, saltar o jugar al balón haya que ponerse ropa corta. No habrá educación física, pues. Algunas las quieren también exentas de clase de música, arguyendo que la música está prohibida en el islam…, una opinión que ahora se puede encontrar en cualquier página de internet cimentada con decenas de citas eruditas, pero que dejaría muy muy sorprendido a cualquier pastor de rebaños con su flauta de caña entre el Atlas y Afganistán, por no hablar de los artistas del laúd y generaciones de divas egipcias como Umm Kulthum, que tenían a sus pies a millones de fieles de varios continentes.

 

Es inútil razonar: lo que es islam lo decido yo, y que me lo ratifique Estrasburgo, esa es la postura del salafismo que intenta imponer discriminaciones contra sus hijas o familiares en el sistema público europeo, bajo el argumento falaz de que no discriminar a una niña, no tratarla distinta por ser musulmana, no exonerarla de clases, no separarla

 

 

 

 

 

 

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de sus compañeros en determinados momentos, es «discriminación» y delito.

 

 

 

 

BEBÉS SEXUALIZADOS

 

 

 

La Comisión Islámica de España, y toda una pléyade de defensores del velo, combinan la declaración de la obligatoriedad del velo con una enardecida defensa de la «libertad de la mujer para llevarlo», ocultando que ninguna mujer que lleva el velo islamista cree que es libre de hacerlo: quien toma el velo lo hace porque cree que debe. Porque si fuese libre de ponérselo, también sería libre de quitárselo. Y eso no ocurre. Porque sabe —y este dato lo tiene interiorizado absolutamente toda mujer que lleva hiyab— que solo puede quitárselo delante de su marido o bien delante de personas con las que no se concibe una relación sexual: otras mujeres, niños varones de corta edad, el padre, los hermanos y los hijos, es decir, hombres con los que las normas coránicas no consideran posible casarse. Primos y tíos no entran en la categoría: ante ellos hay que velarse.

 

Porque el hiyab es una cortina —este es el significado de la raíz árabe H-Y-B— que oculta a la vista del varón los «encantos eróticos» de la mujer, es decir, esencialmente su pelo y cuello; así lo explican los teólogos salafistas. Los más radicales aconsejan ponerse guantes: no vaya a ser que los dedos también irradien erotismo. Y las más guapas, agregan, deberían taparse la cara entera, algo de lo que están exentas las feas. Literal. Y lógico, porque «el requerimiento del uso del velo» sirve para «no exhibir la hermosura» de la mujer, explica la propia Comisión Islámica de España, que también traza la lista de hombres no incluidos en la categoría de seductor o agresor sexual, apuntando que la norma del velo «se relaja entre mujeres que por su edad ya no pueden tener hijos y no esperan matrimonio[216]».

 

En resumen: el velo es una herramienta para prevenir todo acto de sexo ilícito durante los años que dura la época fértil de la mujer. Por eso mismo, hasta en Arabia Saudí y en Afganistán, las niñas pequeñas corretean sin velo: no son aún mujeres, no caen bajo la definición porque no tienen una «hermosura» sexual por ocultar. Esto lo confirmaría cualquier teólogo

 

 

 

 

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ortodoxo…, salvo los salafistas de las organizaciones europeas. Para la UCIDE no es una grave contravención de las normas coránicas ponerle velo a una niña de nueve años: es islamofobia si un colegio de Vitoria se niega a admitirla en el aula. Y por si quedaban dudas de que los padres hacen bien en tapar a sus hijas desde que nacen, no vaya a ser que aviven los instintos sexuales de los hombres, el mismo informe de la UCIDE de 2016 que recoge el caso de Gijón presenta como frontispicio la foto de una niña ceutí de apenas tres o cuatro años, profundamente velada y asiendo con las manitas un cartel en el que asegura, en perfecto inglés: «Yo apoyo el Día del Hiyab[217]».

 

El Día del Hiyab: aquella fecha —1 de febrero— en la que los movimientos islamistas, apoyados por una pléyade de organizaciones de izquierdas de toda Europa, exhortan a millones de ateas, agnósticas o cristianas a colocarse velo por un día, unas horas, lo que dure una foto en las redes sociales, en solidaridad con las musulmanas víctimas de la «islamofobia». Jamás, ni en los peores momentos del Daesh o de los talibanes, nadie ha propuesto nunca a las musulmanas quitarse el velo una hora para una foto en las redes sociales en solidaridad con las mujeres amenazadas, encerradas, azotadas o ejecutadas por no querer llevar el velo. El mensaje es muy sencillo: no se puede defender el pelo desnudo. El velo es el Bien, el pelo es el Mal.

 

No hay más calamidad que la mujer, y el hiyab es su antídoto. Esta es la ideología tras el uniforme ideológico conocido como velo «islámico».

Esta es la ideología que difunde la UCIDE, hasta el extremo de respaldar la difusión de fotos de niñas veladas de cuatro o cinco años, equiparándolas a un objeto sexual, sin encontrarse un unánime rechazo de la sociedad española y de las leyes, el mismo rechazo y denuncia penal que debería esperar a alguien que pasee a una niña de preescolar con minifalda, medias negras, tacones y maquillaje. Aunque en un país en el que los grandes almacenes venden bikinis para niñas de cuatro años, no sorprende que también vendan velos infantiles. De hecho, los venden.

Esta explotación de la infancia por parte de los salafistas forma parte de una táctica: utilizar a las mujeres, desde pequeñas, como carne de cañón para impulsar un proyecto político. Porque los hombres pueden ir perfectamente en sintonía con la sociedad que los rodea; en bañador en la playa y en chaqueta y corbata en la oficina. Casi nadie se toma la molestia de andar por la calle en túnica, zaragüelles y turbante, intentando parecer

 

 

 

 

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una ilustración de una biografía de Mahoma. Se deja a las mujeres la ingrata tarea de exhibir públicamente la presencia del islam en la calle, cargando con las consecuencias. Unas consecuencias deseadas por los gerifaltes de la comunidad: todo rechazo a una mujer que pone la manifestación de una ideología política patriarcal por encima de su necesidad de estudiar o de trabajar sirve para llenar informes sobre la islamofobia y martillear en la conciencia pública que en «el islam» es normal tapar a las mujeres y que el resto de la sociedad debe aceptar esta norma, al igual que cualquier otra que proclame un imam. No solo aceptarla: impulsarla, celebrarla, aplaudirla como una manera de las mujeres musulmanas de rebelarse contra «Occidente» y reafirmar sus propias ideas.

 

Así lo proclama la politóloga española Sirin Adlbi Sibai, doctora por la Universidad Autónoma de Madrid, ampliamente citada por activistas e invitada a conferencias por la izquierda española, especialmente gracias a un ensayo que define el propio feminismo como «cárcel» y pide rebelarse mediante el uso del velo: «En este sentido, usar hiyab en el espacio público occidental puede suponer un doble ejercicio de resistencia, una contestación al patriarcado temporal y simultáneamente al espacial[218]». Al usar el hiyab «las mujeres rompen de golpe y porrazo con la posibilidad de dominación de los hombres, afirman que su imagen es exclusivamente suya, mostrándose solo a quienes ellas tienen la voluntad de hacerlo». Es decir, rompen con la dominación de los hombres haciendo exactamente lo que les exigen, bajo amenaza, los hombres. Curiosa forma de resistencia, pero, claro, no se trata de resistir contra el patriarcado ni contra el machismo, sino contra Occidente: «El hiyab de las mujeres musulmanas en/de Occidente puede resignificarse como la contra-arma principal desde donde se reivindica la libertad de las mujeres de disponer de sus cuerpos y sus imágenes[219]». Con la libertad de disponer de sus cuerpos —que se lo pregunte a su padre, su hermano o al imam—, la autora evidentemente se refiere a lo contrario: la libertad de no disponer de su cuerpo, la libertad de delegar a otros la decisión de qué puede hacer con su cuerpo, la libertad de limitarse a lo único que se le permite hacer a una mujer con hiyab: llegar virgen al matrimonio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MACRON CONTRA LA VIRGINIDAD

 

 

 

El problema no es el laicismo. El laicismo es el cemento de una Francia unida. El problema es el separatismo islamista. Este proyecto consciente, teorizado, político-religioso, que se concreta por apartarse de los valores de la República, que se traduce a menudo en la constitución de una contrasociedad… El problema es esta ideología, que afirma que sus propias leyes son superiores a las de la República. Yo no pido a ningún ciudadano creer o no creer, creer solo un poco o moderadamente, eso no es asunto de la República, pero sí pido a todo ciudadano, tenga la religión que tenga o no tenga, respetar absolutamente todas las leyes de la República[220]…

 

Habla Emmanuel Macron, presidente de Francia. Es el 2 de octubre de 2020, y muchos creen que por primera vez un político dice las cosas claras respecto al islamismo. Es duro, incisivo, habla de la negación de la igualdad entre mujeres y hombres, del uso del velo en empresas subcontratadas para servicios públicos, de empleados que se niegan a darle la mano a una mujer, de 50 000 niños que no van al colegio y se educan en casa o en escuelas privadas clandestinas, de imames enviados desde fuera, de subvenciones para organismos que no respetan la laicidad. Promete una nueva ley para acabar con el «separatismo». Y también advierte contra la «trampa de la amalgama, tendida por los polemistas y los extremistas, que sería estigmatizar a todos los musulmanes».

 

Otros creen que, con su discurso, Macron abandera precisamente este extremismo. La ley propuesta es «una hoja de ruta de la islamofobia» que va a «caldear el ambiente» para una «caza de brujas» de «extrema derecha» que evidencia el «carácter represor y racista del Estado francés», escribe Ángeles Ramírez, antropóloga en la Universidad Autónoma de Madrid[221]. Y destaca un aspecto, mencionado una semana antes por la ministra del Interior, Marlène Schiappa[222], y efectivamente recogido luego en la ley: el artículo 16 prohíbe, bajo altas multas y un año de cárcel, expedir un certificado de virginidad. Y esto, clama Ramírez, es islamofobia. «Utilizando el argumento feminista para sostener el enésimo

 

 

 

 

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intento de estigmatizar y criminalizar a la población musulmana a través de la relación entre hombres y mujeres».

 

No es una frase errática. Las medidas que ponen freno al patriarcado de tintes islamistas se han encontrado con una amplia oposición en la prensa de izquierdas y su ambiente académico. Criticar el machismo que promueven los islamistas es una «criminalización de los hombres musulmanes a partir de la adjudicación del ejercicio de la violencia contra las propias mujeres de su cultura», resume Ramírez el ideario de las antropólogas catalanas Fátima Aatar y Salma Amzian, ambas portavoces de lo que hoy se llama «enfoque de género» en las cuestiones de la inmigración. Denunciar la violencia machista en el ámbito islámico «instrumentaliza la idea de la violencia contra las mujeres musulmanas para justamente seguir ejerciendo violencia contra los hombres y, por tanto, contra las comunidades», resume[223]. Ya lo dijo la política francesa Houria Bouteldja, portavoz del Partido de los Indígenas de la República (PIR): «Yo pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi barrio, a mi raza, a Argelia, al islam». Intentar proteger a una mujer contra los hombres de su clan es agredir al clan y, por lo tanto, a ella.

 

Lo más llamativo es que la ley francesa no habla en ningún momento de religiones. Pero donde Schiappa dice «virginidad», sus críticos automáticamente leen «musulmanes». Porque, eso lo sabe cualquiera, solo los musulmanes exigen que sus hijas se casen vírgenes de forma certificada, ¿no? Y, por lo tanto, enviar a la cárcel a un médico francés, titulado en una universidad francesa, por expedir un certificado a una familia que lo necesita para casar a su hija es «criminalizar a los musulmanes». Estigmatizarlos. No caeremos en la tentación de pensar que lo que estigmatiza y criminaliza a una mujer es exigirle que sea virgen y que pueda certificarlo. Eso es lo normal, es su cultura, ¿no? Ya lo dicen las Escrituras: «Si es verdad que la joven no fue hallada virgen, entonces llevarán a la joven a la puerta de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, porque ella ha cometido una infamia». Perdonen, me he confundido. Esto no lo dice el Corán, sino la Biblia. En concreto, el quinto libro de Moisés[224].

 

La vida no son las Escrituras. Y es cierto que la violencia, paliza, destierro de la familia y hasta muerte es hoy día una amenaza bastante más inmediata para las mujeres del entorno musulmán que para las educadas en países que se reclaman de herencia judeocristiana, por mucho que en el

 

 

 

 

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Corán no exista la pena de muerte para el sexo fuera del matrimonio, «solo» un castigo de latigazos o el encierro. El mandamiento social de asesinar a la propia hermana o hija si ha perdido la virginidad o si ha dado lugar a sospechas de que podría haberla perdido (para la sospecha puede bastar una foto en redes sociales posando con un chico), que se da en numerosos países de Oriente Próximo, no se basa en el Corán, y ni siquiera en esa interpretación estricta de la sharía —muy raramente aplicada antes del siglo XX— que defienden algunos teólogos y que sí prevé lapidar a los «fornicadores» (en la práctica solo a la mujer, porque en el hombre el delito es indemostrable). Pero un castigo islámico exige juicio público previo. Y juicio no hay en esta tradición: solo hay un consejo familiar que designa al ejecutor.

 

Digo yo que asesinar a una mujer sin juicio es contrario al islam, y lo ha dicho más de una fetua de Al Azhar, pero ya no es contrario al salafismo. El Frente de Acción Islámica, el partido de Jordania que funciona como brazo político de los Hermanos Musulmanes, defiende el crimen a capa y espada: abolir la ley que prevé atenuantes (en la práctica, impunidad) para el asesino sería «contrario a la sharía», declaró en una fetua en 2000, y «una conspiración occidental para destruir y corromper la sociedad» de Jordania[225]. No será muy islámico asesinar a hermanas e hijas, pero menos islámico aún es follar por ahí: mientras no se pueda obligar al Gobierno a castigar con latigazos o muerte a toda chica que se salga del redil, es necesario facilitar que los familiares se ocupen del asunto, se podría resumir esta postura.

 

Por supuesto, la costumbre en sí no es islámica. Se está dando entre musulmanes, yazidíes, cristianos e hindúes en un amplio arco de países que van desde el mar Rojo a Líbano y al Kurdistán turco y desde Afganistán y Pakistán hasta India y Bangladés, así como zonas de Chechenia y, en menor medida, Albania. En Italia, donde la ley hasta 1981 prácticamente legitimaba este tipo de asesinatos, prescribiendo un castigo de solo tres a siete años de prisión[226], el último intento conocido en Sicilia se registró en 2006[227].

 

En el Magreb e Irán, por otra parte, no existe este mandamiento social. Eso sí, la difusión mundial del ideario salafista, que coloca la castidad de la mujer por encima de la vida, ha llevado ya a algunos casos, aún llamativos y escandalosos, en Marruecos, y avanza para marcar la vida

 

 

 

 

 

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cotidiana en las comunidades magrebíes en Europa. Cada vez más, en Francia un certificado como el que ha prohibido la ley de Macron puede decidir sobre vida y muerte.

 

Al prohibir los certificados se ataca directamente la concepción del sacrosanto valor de la virginidad —la de las mujeres, por supuesto: el sustantivo el virgen solo se usa para el aceite de oliva—. Un marchamo de calidad para garantizar que la mercancía se entrega intacta. Palabra que a la izquierda europea le parecería reflejo de un trasnochado machismo si la pronunciara una chica francesa o española de familia cristiana, pero que asume como orden natural de las cosas si ha nacido musulmana. Es su cultura, ¿no? ¿Para qué querrá una musulmana tener libertades? No será para follar, ¿verdad? Seguro que a las musulmanas les encanta ser vírgenes.

Lo que la izquierda europea no concibe —al menos la antropóloga Ramírez no da señal de planteárselo— es que, si a las musulmanas les encantara ser vírgenes, no haría falta el certificado. El papel se exige porque, a diferencia de estas académicas, los hombres musulmanes saben perfectamente que están imponiendo a la fuerza su dogma patriarcal, que la mujer intentará escaparse de ese corsé en cuanto pueda y que la única manera de mantenerla sometida a las normas machistas es ejercer un estricto control. Utilizando todos los medios que tiene a su alcance. Entre ellos, el sistema de salud francés.

 

El mismo trasnochado machismo que la izquierda europea denuncia en los discursos de la Iglesia se convierte en un elemento cultural que respetar en boca del clero salafista. Una actitud que un médico podría certificar tal vez como esquizofrenia. O quizás sea un simple afán de definir «civilizaciones» bien delimitadas. Las musulmanas ¿para qué querrán libertad? La liberación sexual es un privilegio de blancas. Y debe seguir siéndolo, parece.

Como si no hubiera costado sangre llegar hasta esa libertad en Europa.

 

 

 

 

 

DE MONTMARTRE AL MAYO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Y qué le hemos hecho mi hija y yo para que usted no se quiera casar con ella?

 

—Se lo diré: mis valores morales me impiden casarme con una chica que no me aporta su pureza al matrimonio.

El diálogo, ubicado en el Berlín de 1892, enfrenta a un empresario con el joven al que cree su futuro yerno, porque sabe que es el amante de su hija. Pero el joven es Diederich Hessling y no va a estropear su futuro casándose con la hija de un fabricante arruinado. Ni le dará tampoco ese motivo: aduce la falta de virginidad de la chica, razón irrefutable.

—Pero si usted fue su primero.

 

—¿Y cómo puedo saberlo? Con uno es con cualquiera.

 

La escena es de la novela El súbdito de Heinrich Mann[228] y caricaturiza los códigos de honor de la sociedad burguesa alemana, no tan diferentes de los que hoy podemos encontrar en Egipto o en Argelia. No es el único: la literatura del siglo XIX rebosa de personajes femeninos sujetos al drama del sexo, chicas abandonadas por el novio antes de llegar al altar que se ven obligadas a meterse a prostituta o acaban ingresando a la fuerza en un convento. Si no prefieren directamente, ante el dilema, tirarse a las aguas del río más cercano.

 

La Iglesia católica —y la protestante luego, en varias de sus corrientes

 

— no era ajena a este drama. Llevaba siglos elevando la virtud de la mujer a principal estandarte de su guerra contra los paganos. Llama la atención que, de los 50 000 procesos inquisitoriales celebrados entre 1550 y 1700, casi un 6 %, unos 2800, fueran por denuncia de una condición concreta: bigamia[229]. No eran tríos amorosos. Ni se trataba de moriscos que mantuvieran un hábito islámico (que quizás nunca había sido frecuente en al-Ándalus, visto que también es casi desconocido en Marruecos hasta hoy). No: la Iglesia perseguía a hombres y mujeres que se habían separado de su cónyuge y se habían juntado en matrimonio con otro. Lo que hoy sería un vulgar divorcio y un nuevo amor. El problema: ya no existía el divorcio.

 

Ha leído bien: ya no. No es que aún no se hubiera llegado a instaurar (usted piensa en la ley de 1932 en la Segunda República, o en la de 1981); es que acababa de abolirse. Divorciarse había sido algo normal en la España cristiana, de toda la vida de Dios, hasta 1563, fecha en la que el Concilio de Trento proclamó el matrimonio como sacramento. A partir de entonces, ya solo se podía contraer ante sacerdote, no como antes

 

 

 

 

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mediante un simple pacto entre dos personas. Y, lo que era más grave, ya no se podía volver a disolver nunca más, hasta la muerte: lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre[230].

 

A partir de ahí, el sexo se convirtió en delito: si no era sancionado por un sacerdote era fornicación o amancebamiento; si era con otra persona que la oficialmente desposada, adulterio o, en caso de convivencia, bigamia. No se quemaba a la gente por eso: normalmente, la condena podía ser unos pocos años de galeras (para los hombres) o destierro. O se quedaba todo en una amonestación, incluso el amancebamiento de los propios párrocos locales, «por ser muy frecuente este error en el reino de Navarra y en este obispado de Calahorra en personas que no se puede presumir ser herejes, sino ignorantes y faltos de la enseñanza de la doctrina cristiana»: el pueblo aún no se había enterado de que una vida sexual normal se había convertido en ilegal[231].

 

Pero se iba enterando. La Iglesia puso empeño en ello y, para los próximos 400 años, la vida sexual de las mujeres —casi siempre la de ellas

— se convirtió en materia para códigos penales, aparte de prédicas desde el púlpito. Los códigos no se reformaron hasta bien entrado el siglo XX; las

 

prédicas, nunca. Aún hoy —hablamos del catecismo oficial disponible en la página web del Vaticano— se considera «ofensa a la castidad» todo lo que no sea el objetivo de procreación dentro de la sacralidad del matrimonio monógamo. Aclarando: «El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión». Siguen siendo totalmente prohibidos la masturbación, la fornicación (sexo entre personas no casadas), la homosexualidad, el adulterio, el divorcio («ofensa grave a la ley natural», que «por su efecto contagioso» es «una verdadera plaga social»), todos los métodos anticonceptivos salvo el recurso a los días infecundos, y también la «unión libre» que se produce «cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual[232]». Es decir, es ofensa grave prácticamente todo lo que puede ocurrir cuando una no se encierra en un convento.

 

La sociedad europea solo empezó a cambiar, y muy despacio, hacia finales del siglo XIX. Si el París de 1920 tenía fama de ser un lugar de libertades sexuales, no era por haber acabado con el concepto de la deshonra sexual. Era por la cantidad de chicas que, descarriadas,

 

 

 

 

 

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mancilladas, deshonradas en su pueblo, habían sido empujadas a la prostitución y poblaban las calles de la gran urbe. Fueron ellas, su «libertad» producto de la falta de libertad sexual, las que le dieron fama a Montmartre. Henry Miller, Hemingway o Lawrence Durrell no es que se pasaran el día ligando: iban de putas.

 

Por supuesto, en la buena sociedad parisina, tener un amante era habitual para madame, al igual que era habitual que la historia acabara con disparos de pistola entre dos hombres. Aún en la cosmopolita Viena de los años veinte, el duelo era un recurso necesario para remediar no ya unos cuernos, sino una simple insinuación de que pudiera haberlos. Hay resmas de tramas novelescas austríacas que solo se sostienen en la negativa de un caballero de comprometer el buen nombre de una señorita confesando que la ha visto a solas en un parque. La clase obrera, con menos dinero para balas y menos tiempo para estupideces, se lo tomaba de otra manera, dejaba de casarse, convertía el amor libre en lema de una revolución socialista. Pero no fue hasta el Mayo del 68, con las estudiantes parisinas convirtiendo la minifalda en signo de la revolución, cuando la liberación sexual se extendió por fin a la burguesía de Europa.

 

En España, esta evolución se ralentizó debido a que la dictadura de Francisco Franco seguía imponiendo por ley la moral de la Iglesia católica. En los años setenta, gran parte de la sociedad española se sentía encerrada en una burbuja de represión sexual, percibida como antinatural en los tiempos que corrían. Hubo que esperar hasta la muerte del Caudillo para que las prédicas dejaran de diseñar el Código Penal. Entonces llegó el destape. Cayeron cadenas, bozales y bragas.

 

En muy pocos años, España se convirtió en lo que probablemente fuese una de las sociedades más liberales de Europa respecto al sexo, en la —errónea pero muy saludable— convicción de que esto era lo normal en el resto del mundo, y que solo lo había impedido la asfixiante presencia de una Iglesia católica dotada de poder por obra y gracia del dictador. La vieja oposición entre conservadores y tragafrailes. Hasta hoy, quienes luchan en España a favor de la libertad sexual tienen muy claro a quién se enfrentan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO

 

 

 

 

 

EL COÑO INSUMISO

 

«Contra el Vaticano / poder clitoridiano». «Sacad vuestros rosarios / de nuestros ovarios». «El papa no nos deja / comernos la almeja». «La Virgen María / también abortaría». Este fue el tenor de los cánticos que se oyeron un 8 de marzo de 2013 por las calles de Málaga, por boca de una decena de mujeres que portaban lo que en Andalucía se conoce como un paso: unas angarillas con una gran escultura de Cristo o la Virgen María encima. En este caso, los contornos sugerían notoriamente el manto de la

 

Virgen. Pero los pliegues no dejaban lugar a dudas: aquello era un coño. Se trataba de la gran procesión del Santo Chumino Rebelde,

 

convocada por la —ficticia— Hermandad del Coño Insumiso, según recoge el escrito de acusación que se leyó siete años más tarde en la Audiencia de Málaga. La sentencia, emitida en noviembre de 2020 y recurrida, multa con 2700 euros a la única acusada por el artículo 525, que castiga con ocho a doce meses a quienes «para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias». Lo que vulgarmente se conoce como delito de blasfemia.

Las mujeres también gritaron «Vamos a quemar / la Conferencia Episcopal / por machista y patriarcal», pero no se las acusó de un delito de amenazas, bien por no apreciarse intención pirómana real o por no considerarse inflamable la institución. El problema no era un insulto a una persona, sino a una creencia. No funcionó el argumento de la defensa: aseguraba que la acusada «no tuvo intención de ofender». ¡Pues claro que tuvo intención de ofender! En esto consiste la sátira: en hacer escarnio de

 

 

 

 

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un dogma, una creencia o una postura política o ideológica. Es lícita —y considerada parte de las bellas artes desde Marcial— no porque no ofenda, sino porque lo hace con motivo.

 

Por eso, un tribunal de Sevilla absolvió en 2019 a tres mujeres que habían hecho exactamente lo mismo: pasear un coño en procesión. Los cánticos y lemas eran literalmente los mismos que los de la protesta de Málaga, celebrada un año antes. «Lo que hicieron ofendió claramente a muchos católicos, practicantes y devotos, de número indeterminado eso sí, e igualmente es de resaltar que también hay católicos, igualmente practicantes y devotos, que no se sintieron expresa y directamente atacados», considera la sentencia. De hecho, resalta el juez David Candilejos, no fueron las cofradías de Sevilla, numerosas y en algún caso testigo directo de la procesión —sin que hubiese ningún tipo de confrontación; es más: se rieron—, los cuales interpusieron denuncia, sino Abogados Cristianos, quienes, subraya, no se pueden considerar perjudicados «por el simple hecho de que no son los titulares del bien jurídico protegido», es decir, de los sentimientos religiosos. Y respecto a si la Virgen María también abortaría, recordó, «es una aseveración que es difícil de constatar». Eso sí, reprendió a una de las activistas por su «evidente “poco arte” a la hora de bailar sevillanas[233]».

 

La marcha, «absolutamente prescindible y gratuita en sus formas para este juzgador, tenía igualmente una finalidad concreta y era la protesta incardinada en el contexto social propio de aquellas fechas»: momento de debate sobre la ley del aborto, razona Candilejos su sentencia; pudieron ser gratuitas las formas, pero no el fondo, no la intención. La sátira tenía motivo. Por lo tanto, absolución.

 

Pasear una efigie del obispo con cabeza de cerdo, pongo por caso, habría sido una injuria gratuita: no hay nada que vincule el clero a la porcicultura. Un coño en procesión, sin embargo, resume a la perfección el discurso misógino de la Iglesia católica: es la Iglesia la que reduce a la mujer a su calidad de virgen, de virgo, de órgano sexual o, mejor dicho, antisexual: el virgo es el antítesis del sexo. Llevar este discurso a un punto visual preciso, casi digo a un clítoris, es sátira política irreprochable. Ofende porque tiene razón.

La primera vez que en España se celebró un juicio por el artículo 525 —formulado en la reforma del Código Penal de 1995— fue en 2012, por un vídeo grabado en 1977 por el cantautor Javier Krahe junto a unos

 

 

 

 

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amigos y emitido en televisión en 2004. En él, una voz en off explica cómo cocinar un cristo sobre lecho de patatas con mantequilla y finas hierbas al tiempo que se observa el proceso. «Calcúlese un cristo ya macilento para cada dos personas. Se le extraen las alcayatas y se le separa de la cruz, que dejaremos aparte. Los estigmas pueden mecharse con tocino…». El truco estaba en dejarlo en el horno tres días, «al cabo de los cuales sale completamente solo».

 

Media España se reía, sobre todo quienes, por haberse criado aún en colegios de curas y monjas, entendían la alusión a los tres días. Quizás se reía toda España. Salvo un abogado de firmes credenciales católicas —tan firmes que años más tarde lamentaría el rumbo de la Iglesia bajo Benedicto XVI y abogaría por «devolver al catolicismo su auténtico rostro[234]»— llamado Javier María Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna, presidente del Centro Jurídico Tomás Moro, fundado en 2004. Con la finalidad de asumir «la defensa de la libertad religiosa de todos los españoles independientemente de su religión, creencias y opiniones[235]», interpuso denuncia contra Krahe, pidiendo multa de 144 000 euros. La Fiscalía pidió la absolución; los jueces no vieron ánimo de ofender: absolvieron a Krahe y a la directora del programa, Montse Fernández Villa, también acusada. La cobertura de la prensa muestra el estupor de la sociedad española ante algo tan extemporáneo como hablar de delitos de blasfemia. Hubo quien opinaba que ya era hora de abolir el artículo[236]. Pero ocurrió lo contrario: al juicio de Krahe le siguieron otros muchos.

 

«Que no te den una hostia. Ponte condón». Es la frase por la que los abogados del Centro Tomás Moro pidieron 144 000 euros y un año de cárcel al exsecretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía: firmaba responsable de un cartel de una campaña de prevención del sida, en la que se dibujaban dos manos que levantaban un disco rojo y la frasecita. Tuvo que pagar fianza, pero fue absuelto en 2013[237]. En 2015, poco después de haber sido nombrada portavoz del Ayuntamiento de Madrid, le llegó denuncia a Rita Maestre, también firmada por el Centro Tomás Moro, por haber irrumpido con un grupo de activistas, de las cuales algunas se quedaron en tetas, en una capilla en el campus de la Universidad Complutense, entre cánticos similares a los arriba citados. Fue condenada a una multa en marzo de 2016 por el artículo 524, que castiga con hasta un año de cárcel la «profanación» de un templo, pero absuelta en diciembre

 

 

 

 

 

 

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del mismo año en segunda instancia, al considerar el juez que no hubo tal delito, porque las activistas no destrozaron ni apenas tocaron nada[238].

 

Quizás cansados de tanto perder, los de Tomás Moro pasaron el testigo: a partir de ahí, quien firma las acusaciones particulares es la asociación Abogados Cristianos, bajo la presidencia de la jurista vallisoletana Polonia Castellanos, a la que algunos medios creen vinculada a la secta ultracatólica El Yunque[239]. Tampoco tuvieron mucho más éxito: en 2017, los tribunales archivaron la denuncia contra el artista Abel Azcona, que en el marco de una exposición en 2015 en Pamplona había compuesto la palabra pederastia con 242 hostias consagradas. Y en 2020, un tribunal absolvió al actor Willy Toledo de la acusación de ofensa a los sentimientos religiosos por haber escrito «Me cago en Dios y en la Virgen» en Facebook. El tribunal no apreció ánimo de ofender porque los mensajes «iban dirigidos a sus seguidores y personas que comparten las ideas del acusado y el gusto por su especial estilo literario». El recurso de Abogados Cristianos en el caso del Coño Insumiso de Sevilla —por la blasfemia, no por las sevillanas— fue desestimado en abril de 2021.

 

Ante tanto juicio perdido —queda por ver qué pasará en Málaga— surge la pregunta: ¿por qué siguen denunciando? Y la respuesta la da la propia Polonia Castellanos: «Yo creo que nuestro trabajo es disuasorio: la gente debe saber que si vas a profanar una catedral, o a hacer negocio con los abortos, van a tenernos enfrente. Que al menos no les salga gratis[240]».

 

En otras palabras: se trata de someter a acoso judicial a quienes se atreven a protestar contra los dogmas de la Iglesia católica, incluso cuando está claro que no han cometido un delito. Conseguir que se achanten por miedo a sufrir las consecuencias. Los métodos —utilizar la Judicatura— son pacíficos y democráticos; la meta es la misma que la de los hermanos Kouachi al disparar contra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo: imponer la ley del silencio, acallar a los defensores del laicismo, colocar la religión fuera del ámbito de las críticas ciudadanas, blindada, intocable, sagrada.

 

Salvo en el caso de Azcona, en el que también se personó el arzobispado navarro[241], la Iglesia como institución no ha intervenido en la campaña contra satíricos, artistas, activistas, pero por mucho que sus integrantes subrayan que no hay vínculos entre la asociación y el clero, está claro que el «trabajo disuasorio» de Abogados Cristianos beneficia

 

 

 

 

 

 

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directamente a la Iglesia: las críticas mordaces, las risas, las parodias evidencian ante la ciudadanía lo absurdas que son las pretensiones de poder político de la institución religiosa. Acallarlas, silenciarlas, facilita mantener el statu quo.

 

Porque de poder político se trata. La labor de la Iglesia no se limita a unas enseñanzas místicas en el interior del templo para hablar del verbo hecho carne, la resurrección de los cuerpos, el sufrimiento de Dios en persona como acto de salvación de la humanidad entera en el más allá. Es una labor centrada en el más acá, utilizando los resortes de poder a su alcance, para imponer a toda la sociedad, al margen de las creencias de cada uno, determinadas leyes diseñadas por el clero y difundidas bajo la proclama de que se trata de la palabra de Dios; inmutable e indiscutible, por lo tanto. Si por la Iglesia fuera, nadie en España se podría divorciar, nadie podría abortar (lo cual no significaría que no se abortase, sino que muchas mujeres morirían en el intento), nadie podría hacer públicamente vida de pareja con una persona del mismo sexo. Y todos los niños estarían obligados a aprender en el colegio público estas normas como única forma de vida digna del ser humano.

 

No es así, ya no es así, ya no es la sociedad que tenemos. Pero no porque la Iglesia haya renunciado a imponer sus leyes, sino porque la sociedad le arrebató el poder de hacerlo. Pero la resistencia del clero a abandonar ese poder, su intento de guardar al menos algún resto de su influencia donde puede —y donde puede es en los colegios— es ahora el asidero del islamismo salafista para expandir su poder e imponer sus propias normas a la población europea que se considera musulmana. O que los políticos consideran musulmanes.

 

 

 

 

UN SALVADOR EN LA PIZARRA

 

 

 

«Por fin una buena noticia». Así arrancaba una columna que escribí en 1996 para Europa Sur, un diario local de Algeciras, cuyo director, Juan José Téllez, me reservaba de tanto en tanto la firma de la contraportada. La noticia era que acababa de firmarse el acuerdo entre el Gobierno y la Comisión Islámica de España para introducir la asignatura de Religión

 

 

 

 

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Islámica en la enseñanza pública. Antes de enviarla por fax al periódico, se la enseñé a Virginia Calvache, periodista y amiga. Me dedicó una mirada reprobatoria.

 

—¿Una buena noticia? Llevamos años, décadas, pidiendo que quiten la asignatura de religión de los colegios. ¿Y ahora vienes tú a decir que está bien que se dé más religión?

Yo intentaba defenderme. Había publicado solo semanas antes otra columna en el mismo diario, arremetiendo contra la presencia de la religión católica en el currículo escolar. Citando un libro de colegio de primer grado en el que María se definía como «la esclava del Señor» (sí: ponía esclava, ni siquiera sierva). Pero esto era diferente, intenté argumentar. El islam formaba parte de España, bastaba con levantar la vista —estábamos tomando tapas en el Albaicín—, y haberlo negado durante siglos, haber pintado la «invasión musulmana» como un episodio de dominación extranjera, era no solo una enorme falacia, sino también una amputación de la historia propia, tan propia como el omnipresente catolicismo. Al menos había que conocerla, re-conocerla, darle simbólicamente rango de igualdad en nuestra conciencia cultural, defendí. Y, además, el racismo nace de la ignorancia, de conocer solo cuatro estereotipos del islam: velos negros, lapidaciones, poligamia, yihad, en fin, una caricatura. La asignatura podría corregir esto.

 

—Ya, pero no mediante clases de religión. —Virginia no estaba convencida.

Modifiqué la columna antes de enviarla; añadí una frase: «En realidad, es triste que esta cultura se tenga que colar en las escuelas a través de la ventana de la religión, pero algo aprenderán, digo yo, los niños con la nueva asignatura, aunque solo sirva para olvidar los tópicos».

Lo que no supe entonces es que, 24 años más tarde, los titulares de la prensa española seguirían destacando «la llegada del islam a las aulas». En concreto, a las de Cataluña, porque en Andalucía y Aragón, aparte de Ceuta y Melilla, ya se imparte la asignatura desde 2006. Luego se sumaron Canarias, Castilla y León, Madrid y País Vasco. En 2018, ya hubo clases en Castilla-La Mancha, Valencia, Extremadura y La Rioja. Pero la polémica vuelve a saltar. Y yo volví a escribir una columna, pero esta vez en sentido contrario: ya no me parecía en absoluto una buena idea ofrecer una asignatura de religión islámica.

 

 

 

 

 

 

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Porque en 1996 yo creía que se trataba de una oferta dirigida a todo el alumnado español: aparte de Ceuta y Melilla, el número de alumnos marroquíes en España —prácticamente no había aún otras nacionalidades

 

— todavía era muy bajo entonces, y si algo necesitaban eran clases de refuerzo de idioma, no religión. Pero un cuarto de siglo más tarde resultaba obvio que aquello era una ingenuidad: se trataba de ofrecer a los padres la posibilidad de catequizar a sus hijos en el colegio público conforme a su propia fe. Los «alumnos destinatarios» de la asignatura no son quienes se interesen por la materia, sino quienes son hijos o nietos de musulmanes: así lo deja claro un estudio demográfico de la organización islámica española UCIDE, que los cifra en 344 000 personas[242]. Y a la vista del contenido de las clases, según lo previsto por la ley, efectivamente sería imposible ofrecer esta asignatura a ningún alumno que no sea musulmán: comprende «recitar correctamente la shahada» (el

 

credo) como actividad escolar evaluable[243]. Es decir, si alguien entra en clase sin ser musulmán, sale convertido.

 

Porque el objetivo de las clases de religión no es enseñar nada ni aprender nada. Para aprender hay que pensar, y no es este el fin de la asignatura: se trata de «reconocer y aceptar» un contenido cuyo control no corresponde al Estado, sino que es «competencia de las respectivas autoridades religiosas», como insiste la ley española. Lo es tanto que hasta el propio Boletín Oficial del Estado utiliza al describir el temario la ortografía eclesiástica de «Dios y Su existencia» en el caso cristiano, o de «Muhammad (P. B.)», una abreviatura de Paz y Bendiciones que es obligatoria para los creyentes, en el musulmán. Y afirma sin pudor que «el ser humano pretende apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado». Pero ser ateo no es solo pecaminoso, es un infortunio: «Este rechazo de Dios tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz», asegura el temario de la fe católica[244]. Por lo tanto, como práctica escolar, el alumno deberá «evaluar circunstancias que manifiestan la imposibilidad de la naturaleza humana para alcanzar la plenitud» y, como consecuencia, «reconocer y aceptar la necesidad de un Salvador para ser feliz». O cristiano o desgraciado.

 

En comparación con la pretensión católica de hacer creer al alumnado que «Dios interviene en la historia», el contenido propuesto por la Comisión Islámica de España (CIE) se lee como un texto para niños de

 

 

 

 

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primera comunión: Adán y Eva, el Corán como palabra divina, Jesús como profeta, los padres, los derechos de los animales, el medio ambiente. Hasta afirma que mujer y hombre son iguales ante Dios (Al-lah). Que no lo son ante los hombres, eso ya lo aclarará la profesora cuando les mande a las niñas ponerse velo a la hora de tocar el Corán.

 

Porque si bien la CIE ha hecho un encomiable esfuerzo para presentar un contenido de asignatura sin aristas ni polémicas, la elección del profesorado corresponde al mismo organismo, que debe certificar la idoneidad del enseñante, exactamente igual que hace la Conferencia Episcopal con los suyos. Y la CIE, interlocutor del Gobierno español para asuntos religiosos, ha evitado cuidadosamente oponerse al salafismo. No ha hecho nada para frenar la deriva integrista del islam en España. Ha exhibido un elocuente silencio ante la proliferación del ideario salafista, convirtiéndolo a ojos del público en el islam estándar. Con este silencio, lejos de desterrar estereotipos, rubrica la plena validez de la caricatura del islam que conoce la sociedad española y que yo deploraba en mi columna. Desde el niqab hasta la poligamia, desde la yihad —siempre matizando que «en realidad» es una lucha interna personal, pero sin nunca desautorizar a los teólogos para los que sí es una llamada a las armas— hasta las lapidaciones.

 

No, por supuesto ningún teólogo europeo, de estos que figuran como interlocutores de los Gobiernos, defiende lapidar a las mujeres, pero tampoco ninguno es capaz de rechazarlo de plano. Porque esto significaría cuestionar no el Corán —allí no aparece—, pero sí todo el conjunto de exégesis e interpretaciones legales de la ortodoxia que han convertido un libro de prédicas e historietas en una religión mundial con compendio de derecho canónico y aspiración de poder político al mismo nivel que la Iglesia. Y cuestionar esa aspiración no conviene. Mejor no tocar el tema, dejarlo correr, hablar de Adán y Eva y dejar el resto en manos de Dios.

 

 

 

 

PASTORES Y CONCORDATOS

 

 

 

Ante el manifiesto fundamentalismo de quienes se pasean por los platós de televisión europeos como representantes del «islam moderado», no

 

 

 

 

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sorprende que el titular de la «llegada del islam a las aulas» haga saltar las alarmas y suscite una marea de comentarios en foros y cartas al director de ciudadanos preocupados con que se vaya a adoctrinar a los niños en clase para educar a pequeños yihadistas. Pero eso es acordarse de santa Bárbara cuando truena. Porque Europa ha aceptado, por consenso y razón, que nadie debe ser discriminado por razón de su fe. Este artículo —de obligado cumplimiento: si se vulnera, el Tribunal de Estrasburgo amparará al ciudadano— obliga a los Gobiernos a entregar al clero musulmán la misma cuota de poder, proporcional a su población, de la que disfruta el cristiano. Si existen capellanes en el Ejército, debe haber imames. Si se financian iglesias, deben subvencionarse mezquitas. Si hay clases de religión católica en los colegios, debe haberlas de fe islámica. Puede usted patalear, pero es la ley.

 

Esto no significa que sea obligatorio gastar dinero público en mezquitas, imames y clases coránicas. También cabe la vía inversa: eliminar las subvenciones a capellanes, curas y profesores del dogma católico. Nada en la Constitución española impide hacerlo. Es cierto que el artículo 27 garantiza «el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones», pero no especifica que esta formación deba tener lugar en horario escolar ni en el aula del colegio ni quién debe pagarlo. Un derecho ciudadano no siempre es una obligación financiera del Estado. Ni el artículo 20, que garantiza el derecho a difundir libremente los propios pensamientos, obliga al Estado a sufragar los gastos de un blog personal a todo ciudadano, ni tampoco el artículo 47, que recoge «el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada», exime a nadie de pagar un alquiler. Hace falta cierta voluntad para interpretar que el 27 obliga a toda la ciudadanía sin convicciones religiosas a sufragar con sus impuestos el adoctrinamiento de los hijos de quienes sí las tienen.

 

No es la Carta Magna la que obliga a hacerlo. Son los Acuerdos con la Santa Sede, firmados el 3 de enero de 1979, cinco días después de entrar en vigor la Constitución, esto es, negociados al margen de ella y nunca sometidos a referéndum. No derogan el Concordato de 1953, que describen expresamente como «vigente», pero reemplazan ciertas disposiciones de este. Establecen la obligación de ofrecer «la enseñanza de la religión católica en todos los centros de educación, en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales». Y para que no haya

 

 

 

 

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tentación de renunciar a ella, «las autoridades académicas adoptarán las medidas oportunas para que el hecho de recibir o no recibir la enseñanza religiosa no suponga discriminación alguna en la actividad escolar[245]». Es decir, no puede ser una asignatura suplementaria: formarse como cristiano no puede ser un esfuerzo añadido, no puede dejar cabreado al alumno devoto porque los descreídos se pasen esa hora en el recreo: a esos impíos hay que cargarles alguna tarea extra para compensar.

 

Exactamente así lo expresó el ministro de Cultura bávaro, Hans Maier, quien lideró en 1972 la introducción de las clases de ética en los colegios alemanes, con el objetivo de «evitar que quienes habían dejado la clase de religión se sentaran en un café para enfado de los alumnos que aguantaban en el aula[246]». La medida se había vuelto necesaria tras el famoso Mayo de 1968, que también en Alemania supuso un revulsivo para toda la sociedad: entre 1972 y 1983, millones de ciudadanos se dieron de baja en la Iglesia, y la participación regular en la misa bajó del 55 al 35 % entre los católicos y del 15 al 7 % entre los protestantes[247]. Hasta entonces no se había cuestionado la clase de religión, anclada en el artículo 7 de la Constitución alemana, que la describe expresamente como una asignatura «regular», igual que cualquier otra. Pero a diferencia de cualquier otra, su contenido no lo determina el Estado, sino la Iglesia correspondiente (católica o luterana). O, como lo expresó el sociólogo alemán Alfred Treml: es un derecho y una obligación garantizada y financiada por el Estado para toda la ciudadanía y, a la vez, una enseñanza de ideario bajo la única responsabilidad de las iglesias para sus propios feligreses: «una anacronía» que solo podía funcionar mientras la inmensa mayoría de los afectados, los alumnos, eran efectivamente feligreses[248].

 

Esto cambió cuando cada vez más familias retiraban a sus hijos de la asignatura o los propios alumnos declaraban su baja, algo que en la mayoría de los estados federados pueden hacer a partir de los 14 años, salvo en Baviera y Sarre, donde solo se acepta la decisión de padres o tutores, no de los alumnos antes de cumplir los 18. La reacción, con la propuesta de introducir una asignatura sustitutoria, llamada filosofía o ética, llegó desde las propias iglesias —de hecho, el primer estado en introducirla fue la muy católica Baviera—, que aspiraban frenar así la sangría. Antes, un alumno exento de religión podía irse a casa o leer una novela en el patio; la obligación de pasar al aula de filosofía llevó

 

 

 

 

 

 

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efectivamente a una fuerte disminución de las peticiones de exención. Era este el único cometido de la asignatura: ser un «castigo para apóstatas», una «red de morralla para quienes se habían atrevido a dejar la clase de religión o incluso la religión entera», formula Treml, en el fondo solo parafraseando las palabras de Maier. Una intención tan indisimulada que la asignatura no puede impartirse por su cuenta: en el hipotético caso de que casi todos los alumnos de un colegio se pasen de religión a ética y la Iglesia deje de ofertar su asignatura por falta de demanda, el colegio también debe anular la de ética[249].

 

En añadidura, el propio contenido de las clases ha sido elaborado por gremios con una fuerte representación de delegados de las iglesias, y a falta de docentes formados en el tema, con la ley facultando a absolutamente cualquier maestro a hacerse cargo de esa hora, son a menudo los propios profesores de religión los que dan también la clase de ética, «con el Estado permitiendo a las comunidades religiosas que utilicen esta asignatura como puerta trasera para transmitir sus creencias[250]». Eso, cuando alguien da esa clase: aunque la oferta ha ido ampliándose gradualmente, en los estados de la antigua Alemania Occidental, más religiosa que la parte excomunista, entre el 30 y el 60 % de los colegios, según el tipo y la región, no ofrecían aún la asignatura en el ciclo 2006-2007, décadas después de introducirse por ley, y se va extendiendo solo gradualmente[251].

 

Una excepción es la ciudad de Berlín, que se salva de cumplir el mandato constitucional gracias a una cláusula inicialmente adoptada porque la ciudad de Bremen se negaba a ofrecer clases —más exactamente, sesiones de adoctrinamiento— de religión católica y luterana por separado, tal y como es obligado en el resto del país, y reivindicaba darlas con un fundamento cristiano común. Berlín, desde siempre feudo de descreídos y librepensadores, incluso de gente que se consideraba nunca del todo cristianizada, se aprovechó y dejó la asignatura entera como optativa. En el vecino estado de Brandeburgo se sigue un modelo similar desde 1996, con las iglesias denunciando en los tribunales lo que consideraban un menoscabo a la obligatoriedad constitucional de la clase de religión. Cuando Berlín aprobó en 2006 una ley para introducir una asignatura obligatoria de ética, manteniendo la de religión como optativa libre, el asunto llegó hasta el Tribunal Constitucional, impulsado por la denuncia de unos padres evangélicos que veían inadmisible que su hija

 

 

 

 

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tuviera que asistir a clase de ética. Era incompatible con su fe cristiana, argumentaron con lógica: «Uno de los fundamentos de la clase es la filosofía, y en el pensamiento filosófico, el ser humano es la medida de todas las cosas. Toda filosofía parte de que Dios no existe y en este sentido es atea, es un sindiós. En conjunto, la asignatura de ética parte de una cosmovisión laica». Así resume la postura de los querellantes la sentencia del Constitucional de 2007[252]. La alumna asegura «tener el derecho, garantizado por la libertad de religión, de orientar todo su comportamiento por las enseñanzas de su fe y de actuar según sus convicciones religiosas». Y definir la clase de ética como algo neutral, añade, «pasa por alto que la forma de la asignatura se basa en un ideario ateo que contradice la fe cristiana».

 

Se deduce, pues, que ser confrontado con la existencia de un ideario que prescinde de Dios ya es un acto contrario a la fe. Pero no es contrario a la convivencia cívica de los ciudadanos, decidió el Constitucional: estar abierto a una pluralidad de ideas es condición esencial para un colegio público en una democracia liberal. El Legislativo, aseguraron los jueces, tiene derecho a prevenir la formación de «sociedades paralelas» y hacer esfuerzos a favor de la integración de las minorías. Y la integración, concluyeron, no solo consiste en que la mayoría no margine a una minoría; también exige que esa mayoría no se encierre en sí misma, negando el diálogo con los demás. Por lo tanto, ser cristiano no da derecho a rechazar la participación en una clase de filosofía laica. Y de paso, aclararon los togados de Karlsruhe, los derechos fundamentales de libertad religiosa y de una educación de los hijos conforme al ideario religioso o ideológico de sus padres «no les otorgan derecho a una asignatura de religión equiparable a las demás asignaturas en el colegio».

 

Berlín se apuntó así, con década y media de retraso, al debate que en España calienta los ánimos tras cada cambio de Gobierno, sea del signo conservador al progresista o al revés. Ya en 1990, tras ocho años de Gobierno socialista, la asignatura de religión había dejado de ser obligatoria y evaluable; un intento del Partido Popular de revertir esta evolución quedó en agua de borrajas por una nueva victoria socialista en 2004, y solo en 2013, el PP consiguió restablecer la plena validez académica de la religión, como materia evaluable y puntuable en el expediente académico. En 2020, el nuevo Ejecutivo de PSOE y Podemos

 

 

 

 

 

 

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volvió a cambiar la ley y religión es, de nuevo, optativa y sin valor académico.

 

 

 

 

EN MISA Y REPICANDO

 

 

 

También en España, el Constitucional ha tenido que meterse en las zarzas de la religión entendida como materia académica, pero no para ocuparse de los derechos de padres y alumnos, sino de los profesores. Curiosamente, para defenderlos contra sus propios patronos, los clérigos. Porque el Concordato aclara que los profesores, pagados por el Estado, «sean designados por la autoridad académica entre aquellos que el ordinario diocesano proponga» cada año, pasando a formar «parte, a todos los efectos, del claustro de profesores[253]». Este es el origen de los juicios que se repiten con regularidad en España cuando la diócesis le retira a un maestro la competencia para impartir clase de doctrina católica y lo deja en paro. La legislación laboral no permite rescindir el contrato de un trabajador sin motivo, y la razón que aduce el obispado, una conducta no compatible con los preceptos católicos, no se puede justificar como motivo de despido de un empleo público, categoría a la que pertenecen los profesores de religión desde 1998 (antes los contrataba la Iglesia, pasando la factura de los gastos al Estado).

 

La cuestión llegó hasta el Tribunal Constitucional en 2007, después de que el obispado de Canarias le retirase el certificado a la profesora Carmen Galayo tras nueve años de trabajo, «por mantener una relación afectiva [léase: sexual] con un hombre distinto de su esposo, del que se había separado». La profesora ganó en primera instancia una indemnización, pero el Constitucional rechazó un posterior recurso en el que exigía ser readmitida. Porque, dictaminó, «resultaría sencillamente irrazonable que la enseñanza religiosa en los centros escolares se llevase a cabo sin tomar en consideración como criterio de selección del profesorado las convicciones religiosas de las personas que libremente deciden concurrir a los puestos de trabajo correspondientes». En otras palabras: no se puede estar en misa y repicando.

 

 

 

 

 

 

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Tiene lógica: si alguien se quiere beneficiar de los privilegios de la Iglesia, cobrando un salario para enseñar fantasiosas historias de paraísos, serpientes y pecados, no puede quejarse si se le exige fingir al menos que se cree esas historias, junto a las normas y leyes que esa misma Iglesia hace derivar de ellas. «Creo en el amor, que es la esencia del cristianismo», afirma Carmen Galayo al defenderse de las acusaciones de incoherencia[254]. Ni siquiera Jesucristo había condenado a María Magdalena, recuerda[255]. «¿Qué ley prohíbe enamorarse? La de Cristo, no», aduce Resurrección Galera, despedida en 2001 por casarse con un hombre divorciado, solo otro ejemplo más de una práctica recurrente de la Iglesia[256].

 

Pero invocar los Evangelios es un recurso demasiado cómodo. Ninguna de estas docentes estaba contratada para enseñar amor, sino —así lo dice la ley— «doctrina católica». Si creían que la doctrina católica consiste en amar, tendrían que haber estudiado un poco más. Quizás tendrían que haber leído algunos de los textos de la institución a la que debían su contrato y su pan. Las encíclicas papales, por ejemplo, y ni siquiera las que tipifican como pestilencia y delirio la libertad de conciencia. Basta con leer al papa más moderno para saber que ser católico no consiste en interpretar por cuenta propia lo que quiso decir Jesucristo. «Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el “yo” del fiel y el “Tú” divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al “nosotros”, se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia», lo formula en 2013 Francisco I.[257] Y esta comunión no se basa simplemente en las Escrituras, sino en un compendio de leyes, conceptos y dogmas, de fuerza vinculante, elaborado por la Iglesia por inspiración divina: «Mediante la tradición apostólica, conservada en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo, tenemos un contacto vivo con la memoria fundante», prosigue la encíclica[258].

 

Galayo, Galera y las demás profesoras despedidas —la mayoría de los casos publicitados son mujeres— serán buenas cristianas, pero su contrato laboral no lo había firmado Jesucristo. No emanaba de una voluntad popular, sino de un tratado internacional con un organismo extranjero dotado de una jerarquía precisa y de suficiente poder político y económico

 

 

 

 

 

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como para imponer su voluntad a todos los Gobiernos españoles, fuesen del signo que fuesen, y forzarlos a mantener un sistema que deriva una partida de dinero público hacia el proselitismo en los colegios: unos 700 millones de euros al año para docentes elegidos por el obispado, sin necesidad de oposiciones ni otro proceso selectivo.

 

«No tienen derecho a hacer lo que han hecho. Soy española, no una ciudadana del Vaticano. No soy una esclava del obispo», se rebelaba Carmen Galayo contra su despido[259]. Se equivocaba. Su contrato laboral sí lleva la firma del Vaticano. Sin el Concordato, un tratado vinculante que obliga a ofertar la asignatura en todos los colegios, la mayor parte de los 35 000 puestos de trabajo que actualmente ocupan los profesores de religión habrían desaparecido hace tiempo. Quizás se mantendría alguno en la enseñanza privada o la concertada, por una lógica comercial de responder a una hipotética demanda, pero los 13 000 de los colegios públicos tendrían poca razón de existir. O eso creen los propios profesores de religión: la ley de 2020, que mantiene la materia como de oferta obligada en todos los colegios, pero la relega a un puesto de irrelevancia académica, acabará con ellos, temen, porque simplemente se quedarán sin alumnos[260]. Algo similar aduce la confederación católica de padres de alumnos CONCAPA, que ha recurrido la ley en los tribunales: «Eliminar la asignatura espejo —la alternativa— incurre en una discriminación para el alumnado que elige religión[261]». El mismo argumento que en Alemania: no puede ser que los impíos tengan la vida más fácil, aunque solo sea una hora a la semana.

 

La religión no puede ser voluntaria, es la conclusión: debe ser impuesta por la fuerza, si no queremos que desaparezca. Cristo es amor, creen algunas catequistas, pero en el aula es un amor forzado. Y la vida de una profesora de religión —el 88 % son mujeres[262]— oscila entre el recurso a los tribunales para aferrarse a un puesto de trabajo asignado a dedo por el obispado, y denunciar en esos mismos tribunales al obispado si quita el dedo.

Ya en 2001 le preguntaron a Carmen Galayo qué diría de una profesora de religión musulmana que bebiera alcohol y no ayunara en ramadán. Tuvo el tino de no meterse en el berenjenal, pero con el aumento — legalmente obligado, mientras la asignatura de religión se mantenga— de las clases de catecismo islámico en los colegios públicos, estos casos no

 

 

 

 

 

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tardarán en darse. Si «tomar copas y no ir a misa» justificó incluso el cese de la docente católica Francisca Urbano en 2001 —aunque quizás también influyera su cargo de concejal de Izquierda Unida, habida cuenta de que socialismo y comunismo son «pestilenciales doctrinas condenadas repetidas veces»—,[263] por supuesto tomarse unas cervezas será motivo de despido fulminante para cualquier profesor de doctrina islámica. Pero ¿comer en ramadán? ¿Puede un tribunal español dictaminar con toda seriedad que aguantar quince horas sin siquiera un trago de agua forma parte de unas condiciones laborales aceptables?

 

No lo sabemos. En 2007, al dilucidar el caso de Galayo, el Constitucional dejó pasar el cáliz de la cuestión de si el acceso a empleos públicos puede estar determinado «exclusivamente por un sujeto ajeno a la Administración pública (el obispado) y sometido únicamente a un derecho externo e indisponible por los órganos judiciales nacionales (el derecho canónico)». En esencia, dio la razón al obispado, que se había enrocado en «que los Acuerdos con la Santa Sede, en tanto que tratados, ocupan una posición jerárquica superior a la ley y, en cuanto posconstitucionales, su conformidad con la Constitución ha de darse por sentada a día de hoy, toda vez que su peculiar naturaleza jurídica hace desaconsejable someterlos a controles de constitucionalidad».

 

Desaconsejable, dicen. No vaya a ser que un examen meticuloso revele una profunda contradicción entre un texto según el cual «la soberanía nacional reside en el pueblo español» y otro que deje algo tan importante como Dios en manos de un Estado extranjero.

Pero un hipotético caso de una profesora musulmana denunciando a la Comisión Islámica de España quizás pondría de relieve otra cuestión: ¿puede el Estado español permitir que en un colegio público el profesor les diga a niños de nueve o diez años de edad que aguantar quince horas sin siquiera un trago de agua es algo recomendable, hermoso y que place a Dios? ¿Y decir a los de doce, trece o quince que, si no lo hacen, irán al infierno? En muchas familias musulmanas en España esto está pasando de forma rutinaria, pero ¿pagarlo con dinero público? ¿Y puede pagar el Estado para que alguien diga a las niñas que ir con el pelo al aire es indecente y que nunca deben mirar a los ojos a los chicos, porque eso es adulterio?

 

Los últimos dos ejemplos son de un libro de educación sexual para musulmanes redactado por la holandesa conversa Asma Claassen y

 

 

 

 

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aprobado para el uso en colegios islámicos concertados, es decir, financiados con dinero público, en Países Bajos. Eso sí, la parte donde decía que Dios mataba uno a uno con piedras de arcilla dura a los habitantes de Sodoma y Gomorra por homosexuales tuvo que quitarse tras protestas de asociaciones por los derechos de los gais. Más preocupante, claro, era el material didáctico en las escuelas coránicas privadas, legalizadas como «clubes», pero sin supervisión gubernamental: allí no faltan ejercicios escolares en los que los niños tienen que elegir las respuestas correctas para asignar el castigo correspondiente a cada pecado: latigazos, lapidación o decapitación para adúlteros, homosexuales, apóstatas o brujos.

 

Es un espanto, pero se auguran tiempos difíciles para los legisladores europeos si quieren desterrar estos elementos de la enseñanza pública. Porque cualquier profesor podría reivindicar, citando a autoridades salafistas, que se trata de elementos de la religión que el Estado debe respetar. Y a los inspectores, diputados, ministros de Educación y hasta magistrados les sería difícil demostrar lo contrario. Y todavía más difícil sería encontrar alguna forma escrita, codificada y certificada del islam que rechace expresamente este ideario y sea apta para los colegios. No lo rechaza siquiera el abanderado de lo que muchos políticos llaman «islam europeo», invitado frecuente en los platós de televisión desde Londres a Barcelona, incansable proclamador de una gran reforma del islam desde, por y para Europa. Un hombre que se niega a condenar la lapidación de las adúlteras: Tariq Ramadan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

¿REFORMA?

 

 

 

 

 

 

 

 

1. LA REVOLUCIÓN AUSENTE

 

 

 

 

 

EL APRENDIZ DE MAGO

 

 

 

 

 

Hay hoy día una cuádruple crisis de sistemas políticos cerrados y represivos, autoridades religiosas que sostienen posturas jurídicas contradictorias y masas populares ignorantes arrastradas por mantenerse fieles a las enseñanzas del islam por el fervor religioso antes que por una reflexión auténtica. Esta crisis no puede legitimar nuestro silencio. Somos cómplices y culpables cuando se les castiga, lapida o ejecuta a mujeres y hombres en el nombre de una aplicación formal de las Escrituras.

 

Esto se lee como el grito desesperado de un aprendiz de mago que ha conjurado los espíritus de su maestro y ya no sabe deshacerse de ellos. Pero Tariq Ramadan, el hombre que escribió estas líneas en 2005, no es aprendiz: es el entrenador. Se hace el observador ajeno al constatar  que  «en  todas  partes,  la  población  muestra  una  devoción creciente por el islam y sus enseñanzas», algo que le parece «interesante como tal», pero que «puede ser inquietante e incluso peligroso». Finge ignorar que esta devoción creciente es el objetivo y el resultado de su

 

 

 

 

 

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propia labor y de la de su movimiento político, los Hermanos Musulmanes, desde África a Inglaterra. Fue Hassan Turabi, alto cargo de la cofradía, con estudios en Londres y París, quien asumió la tarea de implantar la sharía en Sudán y convertir la dictadura de Jaafar Nimeiry en un sistema islamista. El dinero de Arabia Saudí y Catar, impulsor del wahabismo en el mundo, también financia los discursos de Tariq Ramadan: la recién creada cátedra de estudios islámicos que obtuvo en Oxford en 2009 lleva el nombre de «Excelencia jeque Hamad bin Khalif Al Thani», en reconocimiento al emir de Catar y una donación de 2,39 millones de libras de una fundación catarí[264].

 

Quienes —esperamos— no fingen su ignorancia son los políticos y académicos europeos, especialmente de la intelectualidad de izquierdas, que describen a Ramadan como un pensador en la «línea de un islam moderado y europeo», con el mérito de «una labor de trabajo social muy eficaz» para ayudar a los jóvenes musulmanes a integrarse en la sociedad europea[265]. Cuando solo es moderado en comparación con los terroríficos dogmas que su propio movimiento ha ido proclamando, moderado en comparación con las abstracciones teológicas de Sayyid Qutb llevadas a la práctica por el Daesh. Y solo es reformador si se cree que el universo tolkieniano del Daesh creado por conversos londinenses en busca del éxtasis es la normalidad de una sociedad musulmana tradicional. Tal vez lo crea él mismo: le viene de familia.

 

Tariq Ramadan es hijo de Said Ramadan y Wafa al-Banna, la hija de Hassan al-Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes. Su padre Said, delegado internacional de la cofradía, vivía en Arabia Saudí y Pakistán y tenía excelentes relaciones con los dirigentes de ambos países, así como con la CIA antes de asentarse en 1958 en Ginebra, donde fundó tres años más tarde un centro islámico[266]. Su hijo continuó la tradición: llegó a asesor del Gobierno británico en 2005, bajo la batuta del primer ministro laborista Tony Blair. Y lejos de luchar contra los estereotipos que denigran la imagen del islam, Tariq Ramadan los reivindica y los justifica primero, para así poder reformarlos. Más que un aprendiz de mago abrumado por los espíritus que no sabe dominar, es un farsante que conjura esos espíritus a conciencia para luego erigirse en valiente luchador contra los demonios.

 

Es precisamente lo que hizo Ramadan en un famoso debate con Nicolas Sarkozy, a la sazón ministro del Interior de Francia y candidato

 

 

 

 

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presidencial de la derecha, quien lo invitó a un debate televisado para exhibir su propio rechazo al islamismo. El punto álgido vino cuando Sarkozy le mencionó la lapidación de mujeres adúlteras, entonces de actualidad por una reciente condena en Nigeria. Ramadan se distanció: él defendía una «moratoria» para permitir «un debate verdadero» en el mundo musulmán, aseguraba. Pero siempre con una «postura pedagógica» para hacer evolucionar a las masas, porque la suya era una posición minoritaria en el mundo musulmán, afirmaba[267].

 

Efectivamente, Tariq Ramadan estaba en una posición extremamente minoritaria. Porque la inmensa mayoría de las masas musulmanas a las que quiere educar el predicador no ha tenido jamás en su vida necesidad de plantearse si lapidar a una mujer adúltera o no: el castigo simplemente no existe en sus países. No existe desde hace un siglo largo, si es que alguna vez se había aplicado en el pasado. Cosa más bien dudosa: en sus 500 años de existencia, el Imperio otomano, caracterizado por su amplia documentación burocrática, registró exactamente una condena a lapidación por adulterio[268]. También en los países fuera de sus fronteras, como Marruecos, se documentan desde el siglo XVI las multas pecuniarias por robo[269], no las de amputación y lapidación. Estas tampoco aparecen en las numerosas recopilaciones de derecho tradicional de las tribus bereberes, desde el Anti-Atlas al Rif, realizadas en vísperas del Protectorado francés. Ni tampoco formaban parte del código legal instaurado por Abdelkrim al Khattabi en la República del Rif, por mucho que reivindicara la sharía como fuente legislativa. Salvando el interior de Arabia, donde la secta wahabí surgió en el siglo XVII, simplemente no se hacían esas barbaridades.

 

Aparte del interior de Arabia, dominado por wahabíes, las penas corporales de la sharía solo han aparecido en el Código Penal a finales del siglo XX. Primero llegó Irán, con la Revolución islámica de Jomeini en 1979, luego Sudán en 1983, los talibanes en Afganistán tras su victoria en 1996, los estados del norte de Nigeria en 1999, Aceh en Indonesia en 2002, las milicias salafistas de Somalia a partir de 2004, Brunei en 2019. Es poca exageración concluir que en el último medio siglo, el mundo musulmán ha lapidado a más adúlteras que en todo el milenio anterior[270].

 

Sin embargo, Tariq Ramadan se ha negado de forma expresa a condenar la lapidación: «No voy a decir esa frase», responde en una

 

 

 

 

 

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entrevista en la cadena catarí Al Jazeera. Su justificación: las mentes solo se pueden ir cambiando recurriendo a un profundo debate sobre la interpretación de las Escrituras[271]. Es decir, tras un milenio en el que este castigo era prácticamente desconocido entre musulmanes, ahora hace falta un debate para dilucidar si debería emplearse o no.

 

 

 

 

COPÉRNICO O LOCKE

 

 

 

El profesor estadounidense Nicholas Tampio, quizás no por casualidad empleado en una universidad jesuita, llega incluso a aplaudir las posturas integristas de Ramadan como «revolución copernicana». Porque Ramadan, explica, ha conseguido superar la vieja división del mundo en «Tierra del islam» y «Tierra de guerra», para denominar a esta segunda parte, la que no está bajo un gobierno islámico, como «Tierra del testimonio», donde los musulmanes deben dar muestra de su fe, sin necesariamente intentar convertir a los demás. Y como exhibir la fe es una buena obra, es perfectamente lícito vivir en estos países, concluye el agudo pensador[272].

 

¡He aquí la revolución! Ahora solo falta que un papa expida una bula para permitir a los jóvenes españoles ir a Londres para trabajar en verano como friegaplatos, tranquilizando su conciencia martirizada de católicos al servicio de herejes anglicanos…, y estamos a punto de alcanzar la paz mundial.

 

La disputa de términos teológicos, tras la que el jurista estadounidense Andrew F. Yale descubre una auténtica voluntad de Tariq Ramadan de aceptar los principios de liberalismo político, acercándose, si no a Copérnico, al menos a John Locke[273], sería motivo de risa si no tuviera la consecuencia desastrosa —criminal sería un adjetivo más adecuado— de haber creado en el debate público europeo una ficción política que utiliza a millones de inmigrantes musulmanes como herramienta para afianzar el poder de los teólogos fundamentalistas. «Tariq Ramadan superpone a la religiosidad de los musulmanes un discurso normativo construido y elaborado a posteriori. Es una cuestión que se plantean los dirigentes religiosos, pero no necesariamente los musulmanes ordinarios», lo

 

 

 

 

 

 

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formula, con una elegancia casi británica, la socióloga franco-argelina Leïla Babès[274].

 

Porque la única división conocida en Marruecos hasta la época francesa era la que diferenciaba Bled el majzén, la tierra sometida a la autoridad del Gobierno, de Bled es-siba’, la tierra rebelde, también llamada Bled el-barud, tierra de la pólvora, en Argelia. Y si ya es mucho suponer que entre los millones de campesinos y obreros argelinos, marroquíes y turcos que desde los años sesenta emigraron a Francia, España, Holanda y Alemania hubiese alguien con suficiente formación literaria como para conocer la división teológica del mundo, llega a insulto suponerle la suficiente falta de inteligencia como para que se la planteara a la hora de emigrar para ganarse el pan. Probablemente, la única persona en el mundo que necesita dilucidar si pedir un visado al Gobierno francés implica firmar un tratado tácito (’ahd) que legitima la estancia en tierra no musulmana sea Tariq Ramadan en persona. O tampoco: no le hace falta visado. Nació en Suiza.

 

 

 

 

DIOS Y CÉSAR

 

 

 

Más sonrojantes todavía son las tesis de Ramadan que justifican teológicamente que un musulmán en tierra de increyentes participe en política porque así podrá contribuir a mejorar la imagen del islam en el mundo. Sirven para pasear a su autor por platós de televisión con el marchamo de representar una corriente islámica «a favor de la integración», como si participar en política fuese una actitud eminentemente europea, ajena a un musulmán normal. Cualquier emigrante le podría explicar los motivos: desde Marruecos a Pakistán, la participación en política significa demasiado a menudo elegir entre el partido del régimen y la cárcel.

 

Esta cuestión sí se la podría haber planteado Tariq Ramadan, declarado persona non grata a causa de su activismo político islamista en ocho países musulmanes, entre ellos Egipto, Túnez, Argelia, Siria, Libia, Arabia Saudí y Mauritania[275]. Pero quizás hace falta una honradez impropia de un teólogo para reconocer que el gran problema de la participación política

 

 

 

 

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de los musulmanes en el mundo no es un bloqueo mental ante un ambiente laico, sino el bloqueo que en nombre de valores sacrosantos islámicos imponen los dictadores del mundo musulmán a sus pueblos, considerándolos siempre súbditos, no ciudadanos.

 

Es simplemente falso lo que afirma Ramadan, que «todos los laicos en Oriente Próximo han sido dictadores[276]». El llamado mundo musulmán, a excepción de Mustafa Kemal Atatürk en Turquía, no ha tenido ni un solo dictador laico. No eran laicos Gamal Abdel Nasser en Egipto ni Habib Burguiba en Túnez ni Hafez al Asad en Siria, ni Sadam Huseín en Iraq ni mucho menos Muammar Gaddafi en Libia y por supuesto tampoco los reyes Hasán II de Marruecos ni Huséin I de Jordania. Todos ellos pusieron cortapisas a los Hermanos Musulmanes y a otros movimientos islamistas, algunos los sometieron a una sangrienta persecución, pero ninguno de ellos instauró jamás un sistema laico. Salvo Siria, todos mantenían el islam como religión de Estado. Y Siria es todo menos laica: simplemente somete a los ciudadanos en sus asuntos civiles a leyes religiosas diversas, según sean musulmanes, cristianos o judíos, al igual que hacen Líbano e Israel.

 

Ni siquiera Burguiba, que llegó lejos en la reforma de la ley civil y eliminó del código del estatuto personal tunecino ya en 1956 prácticamente todas las cláusulas discriminatorias para las mujeres (salvo en la herencia), reclamó nunca un espíritu laico: tuvo mucho cuidado en insistir que el texto legal era totalmente conforme al Corán, solo elaborado mediante un trabajo reformista basado en las fuentes sagradas[277]. Pudo parecer entonces la mejor vía para facilitar la emancipación de las mujeres tunecinas —un logro considerable y, hasta la reforma marroquí de 2004, sin parangón en el mundo árabe—, evitando ofrecer un flanco vulnerable al ataque de los sectores religiosos.

 

Pero la táctica tuvo una consecuencia: cerró para el resto del siglo toda puerta a una evolución de la sociedad en el mismo sentido. Por eso, aunque nada en el código lo justificara, bastaba una simple circular ministerial en 1973 para prohibir el matrimonio entre una tunecina (musulmana) con un hombre no musulmán, mientras que sí se permite el matrimonio mixto a los hombres, tal y como prevé la sharía. La base del derecho, así había dicho el padre de la patria, era la jurisprudencia islámica, no la igualdad entre mujeres y hombres, y por lo tanto se podía imponer una norma de la sharía patriarcal sin necesidad siquiera de aprobar una ley.

 

 

 

 

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Al reivindicar como fundamento de su ley la conformidad al Corán, Burguiba otorgó a los mismos sectores religiosos que quería apartar del Parlamento un derecho de veto para toda futura reforma.

Pero este derecho a veto ha ido más lejos que solo una concesión al poder clerical: ha formado parte intrínseca de la política de prácticamente todos los dictadores. Constituir el islam como esencia fundadora de la nación, superior a la Constitución, sirvió para educar a la ciudadanía en el respeto a un ente sagrado fuera del ámbito de la discusión humana, para instaurar una mentalidad en la que la crítica social se convertía en delito. ¿Qué participación política se puede esperar de un ciudadano cuando es blasfemia discutir si una hija puede heredar lo mismo que un hijo?

Pero se equivocan quienes piensan que esta amalgama entre religión y legislación sea una seña del islam, ausente del ideario cristiano. Es algo que se lee a menudo: que el islam pretende unificar doctrina religiosa y poder político, mientras que el cristianismo tiene implícitamente prevista la separación de Iglesia y Estado, siguiendo aquel dicho evangélico de «dar al César lo que es del César», con la que Jesucristo respondiera a la pregunta de si había que pagar tributo al Imperio romano. Ya hemos visto que leer las encíclicas papales corrige fácilmente este error de atribuirle a la Iglesia una voluntad de renunciar al poder de dictar las leyes. Pero la unión de ambos poderes tampoco ha sido nunca una característica destacada del islam, más allá de que todo potentado absolutista intenta tener control sobre las diferentes fuerzas vivas, también la religiosa.

 

Por mucho que la leyenda islámica retrata a Mahoma como profeta y a la vez caudillo político, la historia enseña que durante milenio y medio — esencialmente hasta la llegada de Jomeini a la jefatura suprema de la república de Irán en 1979— no hubo prácticamente teocracias islámicas, es decir, Estados en los que el máximo dirigente espiritual ejerciera un poder legislativo, quizás con la excepción de Yemen. Por supuesto, numerosos reyes y sultanes reclamaban el rango de suprema autoridad islámica —hasta hoy lo ostenta el rey de Marruecos—, pero en la práctica es un título muy similar al que convierte a la reina de Inglaterra en jefa de la Iglesia anglicana: los reyes no estudian para teólogo.

El califato como institución de un cargo político y jefatura espiritual de todos los musulmanes del mundo es, simplemente, un mito. Ni los califas omeyas o abasíes tenían autoridad religiosa más allá de las fronteras establecidas en combate con otros príncipes musulmanes —o con rivales y

 

 

 

 

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aspirantes de su propia dinastía— ni los califas otomanos intentaban siquiera llevar a la práctica un liderazgo religioso: las guerras de conquista que expandieron el imperio en los siglos XV y XVI y las revueltas árabes que lo redujeron a Anatolia a inicios del siglo XX eran puramente políticas; de disputa teológica no tenían nada.

 

La primera vez que un sultán otomano usó el título de califa como concepto político fue en 1774, cuando Estambul quiso ganar puntos frente al imperio zarista, erigiéndose en potencia protectora de los musulmanes de Crimea… copiando un modelo europeo según el cual los reyes de Francia eran patronos de la población cristiana de Líbano. El título no entró en la Constitución otomana hasta 1876 y duró hasta su abolición en 1924. Y durante estos 48 años demostró su perfecta inutilidad, más allá de dar alas a fantasías europeas orientalistas que perduran hasta hoy. En árabe ni siquiera existe la palabra califato como concepto territorial o de estructura sociopolítica, y son solo los politólogos europeos o norteamericanos los que le dan a la palabra emirato una dimensión religiosa, cuando emir en árabe no significa más que «comandante».

 

La herencia que ese Imperio otomano ha dejado a la vasta región que dominaba no es la idea del califato. Es algo casi peor: el concepto administrativo de los millet, las categorías de naciones transfronterizas identificadas por la religión. Todos los súbditos del sultán se encuadraban en alguna de esas «naciones», viviesen en Albania, en Argelia o en Anatolia: podían ser musulmanes, judíos, cristianos ortodoxos, católicos, armenios, caldeos… y cada millet estaba dominado por su propio clero, dotado de potestades legales, sobre todo en el ámbito civil.

Es este mismo sistema el que hasta hoy se aplica en todos los Estados árabes (también en Marruecos, que no fue otomano). En muchos, ser ciudadano es equivalente a ser musulmán; en otros puede ser equivalente a ser musulmán, judío, ortodoxo, católico, druso, alawí o cualquiera de las diecisiete denominaciones que admite Líbano. Pero siempre es una ciudadanía con marchamo clerical. No existe el concepto de una ciudadanía sujeta a una ley nacional igual para todos: solo se puede ser ciudadano como parte del rebaño de determinado pastor.

Al tratar todas las religiones en pie de igualdad, sin imponer una doctrina única, este sistema se ha confundido a veces con una forma de laicismo. No falta quien describe a Siria como «país laico» porque es casi el único de la Liga Árabe en cuya Constitución no figura el islam como

 

 

 

 

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religión del Estado. Es un error: admitir varias religiones cooficiales y entregarles las llaves de la legislación no tiene nada de laico.

 

Este legado del sistema otomano volvió a aflorar en las guerras balcánicas que sucedieron al desmembramiento de Yugoslavia en 1991: la única diferencia entre serbios, croatas y bosnios, motivo de masacres y crueldades indescriptibles, es la religiosa: son ortodoxos, católicos y musulmanes. No hay diferencia dialectal entre el idioma de estos tres «pueblos»; mejor dicho: las diferencias dialectales del serbocroata se pueden rastrear por regiones y zonas; son geográficas, no ligadas a la «etnia» (es decir, religión) de sus hablantes. Una religión que tampoco es fe, porque por supuesto puede haber serbios, croatas y bosnios ateos. En otras palabras, ortodoxos, católicos y musulmanes ateos.

 

La religión había dejado de ser una cuestión de fe: se había convertido en una bandera nacional. El único fundamento del Estado, lo único que definía la nación, eran las invocaciones del clero.

El sistema otomano se basa, desde luego, en las irrevocables consignas islámicas de respetar plenamente a la gente del Libro, es decir, a las comunidades religiosas poseedoras de unas escrituras reveladas por Dios a algún profeta encuadrado —o con algo de voluntad encuadrable— en la sucesión de Abraham. Pero lo que ha mantenido a las poblaciones de los países llamados islámicos sometidas a diferentes formas de teocracia no es el carácter particular de una religión que impone el respeto a los demás cultos. Es la ausencia de un elemento político particular: una revolución.

 

El enorme cambio que trajo a Europa libertades inauditas en ese momento en la mayor parte del mundo no era una reforma de dogmas. Era una revolución. En concreto, la que empezó en 1789 con la toma de la Bastilla en París. Por supuesto, durante un siglo, pensadores como Descartes, Montesquieu, Rousseau o Voltaire habían puesto el fundamento para el racionalismo, pero fue el enfrentamiento armado, y pronto sanguinario, lo que rompió de forma definitiva e irrevocable las estructuras de poder del clero en el continente entero: la Revolución había demostrado que el pueblo puede vivir sin la Iglesia. A partir de este momento, el papel de la religión en el Estado era un aspecto político e ideológico sujeto a debate, ya no era el fundamento de la nación.

 

Los países vecinos, que no hicieron la revolución por su propia cuenta, fueron copiando la idea a Francia y normalmente tomó más de una guerra civil, con sus alianzas políticas, dinastías y príncipes, para imponerla

 

 

 

 

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contra las estructuras clericales. En España fueron las guerras carlistas las que fueron abriendo camino. En Alemania, como vimos, no fue hasta el Kulturkampf de Bismarck cuando la sociedad adquirió el derecho de estudiar y casarse sin necesidad de un sacerdote.

 

Este es el paso que los países bajo dominio de dinastías o dictaduras islámicas nunca han dado. No faltan pensadores y filósofos para una Ilustración de las sociedades musulmanas; de hecho, abundaban a finales del siglo XIX y a inicios del XX durante la Nahda. La tragedia es que este movimiento intelectual fuera cooptado, usurpado y convertido en cofradía religiosa: lo que había empezado como una recuperación de la cultura en lengua árabe se convirtió en una reforma islamista. Desde luego, cuesta desearle a ningún pueblo un episodio tan sangriento como el que sufrió el francés durante el reino del terror de la Revolución, con sus guillotinas decapitando no solo a reyes, curas y aristócratas, sino también a Olympe de Gouges, pero la ausencia de esta ruptura —que no la falta de sangre derramada— ha mantenido hasta hoy la puerta cerrada al laicismo en los países al sur del Mediterráneo. Y con ello ha mantenido cerrada la puerta a la democracia: las leyes o se hacen en el Parlamento o las hace Dios.

 

Pero debe de haber una manera de quitarle a Dios su escaño sin necesidad de volver a montar las guillotinas en la plaza. Sobre todo, en Europa, donde la revolución ya se hizo, debería ser posible integrar el islam en un sistema de Estado laico. ¿Integrarlo, decimos?

 

 

 

 

¿UN ISLAM ILUSTRADO?

 

 

 

«La laicidad es el cemento de la Francia unida», había proclamado Emmanuel Macron al arrancar su discurso contra el «separatismo islámico» en 2020. Al terminarlo, ya había traicionado la esencia de ese mismo ideario. Porque lo que propuso como remedio contra la amenaza del islamismo era una fórmula sencilla: más islamismo.

 

«Hay que liberar el islam en Francia de influencias extranjeras» y «formar y promover en Francia una generación de imames e intelectuales que defiendan un islam plenamente compatible con los valores de la

 

 

 

 

 

 

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República», propuso el presidente. «Confío en los franceses de confesión musulmana y en su capacidad para construir un islam ilustrado[278]».

 

Un islam no extranjero, sino europeo, ilustrado. Macron no está solo con esta idea: es una propuesta que flota desde hace años en el ambiente de analistas y expertos preocupados con la expansión del islam wahabí en Europa. El dilema es obvio: si el Estado observa una total neutralidad hacia la religión y simplemente deja correr prédicas, enseñanzas y prácticas mientras no constituyan delito, el campo de la religión será labrado por quien tenga interés y dinero para hacerlo. En el caso del islam, los países wahabíes del Golfo. Es lo que ha ocurrido.

Pero si el Estado quiere contrarrestar esta evolución debe ponerse a labrar ese mismo campo, definir enseñanzas, ofrecer seminarios teológicos, nombrar a imames, dirigir rezos. Es decir, tiene que abjurar de la laicidad y convertir el islam en una especie de religión de Estado bajo control de las autoridades, pero también fomentada por ellas. Es el modelo vigente en Turquía, pero la historia muy reciente ha mostrado lo fácil que es invertir la relación de poderes en este modelo: bajo la batuta del primer ministro y luego presidente Recep Tayyip Erdogan ya no son los funcionarios laicos los que controlan el discurso religioso, sino que son los políticos quienes usan la maquinaria de mezquitas, imames y rezos para imponer la religión a la ciudadanía.

 

Combatir el islamismo con sus propias armas, es decir, con el discurso coránico y las prédicas, es más que arriesgado, como ha mostrado el intento de las feministas magrebíes en los años setenta: su sincero esfuerzo de construir un islam ilustrado, como lo llama Macron, con igualdad de derechos para mujeres y hombres y respeto a la libertad de conciencia, se derrumbó como un castillo de naipes el día que algún dirigente del Golfo sopló hacia el Magreb con el aliento cargado de petrodólares.

 

Fue una ilusión. Fatima Mernissi, la pionera del movimiento feminista en Marruecos, admirada por su compromiso con la emancipación de la mujer, su erudición y su estilo afilado, jocoso, irónico, con el que diseccionaba la historia de las sociedades musulmanas y su machismo, aún creía que era posible reformar el islam. Y sobre todo creía que era necesario reformarlo para adaptar la fe a las pautas de los derechos humanos universales del siglo XX.

 

Era comprensible, en cierto modo: nacida en la muy conservadora ciudad de Fez en 1940, pertenecía a una familia de la alta burguesía

 

 

 

 

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marroquí, es decir, que formaba parte de esa minúscula élite marroquí profundamente vinculada a la cultura arábiga y al islam ortodoxo. Criada en un harén, Mernissi creció conociendo los conceptos teológicos del islam que ignora la inmensa mayoría de sus compatriotas, por falta de formación en las clases rurales y modestas, por falta de interés en la burguesía orientada hacia Francia.

El primer error de la socióloga era dar por hecho que estas pautas teológicas del islam, con su diferenciación entre pecados veniales y delitos castigables con azotes o muerte (los hudud), realmente rigen la vida diaria de cientos de millones de musulmanes magrebíes o árabes, cuando lo que realmente rige sus vidas son, por una parte, las leyes estatales, y por otra, especialmente en el caso de las mujeres, una noción vaga aunque bastante omnipresente de ’h’shuma («qué vergüenza»). Al analizar y criticar estas normas islámicas, Mernissi tuvo que darlas a conocer, difundirlas y propagarlas en primer lugar. Solo a su público lector: sería injustificado decir que su libro contribuyera a abrir la vía al islamismo en el pueblo marroquí. Pero sí abrió la vía a un análisis sociológico que se convirtió en el habitual en toda Europa hasta hoy: el de ver a las sociedades declaradas musulmanas únicamente a través de las gafas verdes de la religión.

 

El segundo error de Mernissi, ya no como socióloga, sino como activista comprometida con la emancipación de la mujer, es que, una vez formados los principios de su ideario en los años setenta, no los revisó a fondo después del terremoto que sacudió el islam con la Revolución de Jomeini en 1979 ni quiso ver que la expansión del islamismo salafista como ideología política patriarcal iba a ahogar necesariamente todo intento de utilizar el islam para lo contrario.

 

 

 

 

HÉRCULES Y SÍSIFO

 

 

 

Combatir la religión con sus propias armas: esa era la idea. Mernissi y otras muchas activistas magrebíes, como la gran feminista y abogada argelina Wassyla Tamzali, probaron en los setenta a instrumentalizar el islam, en el que ellas mismas no creían, usarlo como herramienta para una reforma política y social dirigida al pueblo llano. Un pueblo al que ellas no

 

 

 

 

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creían poder convencer de que abandonase sus tradiciones patriarcales si no contaban primero con una aprobación de las Escrituras sagradas. Intentaron «encontrar elementos feministas dentro del Corán y llegar de ahí a la conclusión de que hombre y mujer son libres e iguales», recuerda Tamzali.

 

Reclutaron a historiadores, teólogos de mente abierta, filósofos, jeques… para trabajar «sobre el pensamiento religioso para convertirlo en un instrumento de trabajo, no una demostración gratuita, para llegar a convencer a hombres y mujeres, a los intelectuales islamistas, al señor de la calle que diga “Somos musulmanes[279]”». Sabían que era una tarea hercúlea, y se atrevieron. Lo que en los años setenta aún no se pudo prever es que ellas no eran Hércules: eran Sísifo. No sabían que en la cima del monte esperaba agazapado un jeque árabe para dar un empujón a la piedra que con tanto esfuerzo habían subido y hacerla rodar abajo de nuevo. Aplastando a su paso a quien no se apartara.

 

Treinta años y una guerra civil más tarde, Wassyla Tamzali reconoce:

 

«Hicimos un enorme trabajo. Y no alcanzamos ningún resultado».

 

El error fundamental del movimiento consistía en fingir ante el vulgo la piadosa mentira de que el Corán era divino y, por lo tanto, de obligado seguimiento. No había ninguna intención de poner en duda la palabra de Dios, aseguraban; bastaba con interpretarla de manera distinta, más fiel a lo que realmente quiso decir el Profeta, que era, qué duda cabe, un hombre de excelente carácter y virtud y un modelo a seguir. Si aparecía como defensor de normas patriarcales solo podía ser culpa de exégetas posteriores, todos hombres, sujetos a los hábitos machistas de su época, nunca de las Escrituras. Bastaba con dejar de lado a los hombres y sus interpretaciones y volver al texto divino.

 

Un ejemplo clásico es la prohibición de la poligamia, una reforma que parecía al alcance de la mano en el Magreb en los años setenta. Túnez la ilegalizó, bajo la mano fuerte de Habib Burguiba, nada más acceder a la independencia en 1956; Marruecos y Argelia la permitieron —aunque no formaba realmente parte de la tradición: no llegaba al 2 % de los matrimonios[280]— en virtud del verso coránico «Tomad una esposa, o dos o tres o cuatro». ¿Cómo prohibir lo que el Corán permite? Muy sencillo, argumentaban las feministas: basta con seguir leyendo el versículo, porque concluye: «… pero si temes ser injusto con ellas, entonces solo una». Y unos versos más adelante: «Nunca seréis capaces de ser justos con las

 

 

 

 

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mujeres, aunque lo intentéis[281]». Conclusión: si el trato justo es condición, pero es imposible de cumplir, ¡la poligamia queda prohibida por el propio Corán!

 

Suena bien…, pero al pedir una reforma orientada únicamente a los textos sagrados, las feministas laicas introdujeron una especie de nuevo fundamentalismo, elevando el texto coránico a autoridad suprema. No solo no cuestionaron el carácter confesional del Estado, sino que lo reforzaron. Si incluso ellas, no creyentes siquiera, consideraban el Corán piedra angular de la Constitución, base imprescindible para ley, moral y costumbre, ¿qué apoyo podía recibir un librepensador de un pueblo marroquí o argelino? Y sí, librepensadores los ha habido en todas las épocas y en todas las sociedades, también en las musulmanas, y también en las rurales del Magreb. Lo que no se les ha dado es voz ni respaldo.

Proclamar el feminismo como ideario acorde al Corán era una estratagema de las feministas, pero se volvió contra ellas mismas y contra el feminismo. Porque para derivar de las Escrituras esa interpretación feminista hubo que conceder primero que en efecto mandaban las Escrituras, por encima de cualquier otra consideración. Y con ello, el debate se desplazó de inmediato al campo de la teología. Ya no hacía falta discutir si mujeres y hombres deben tener los mismos derechos, sino solo sobre cómo interpretar correctamente los versos coránicos. Y en ese terreno de exégesis de las Escrituras, los teólogos ortodoxos jugaban con ventaja. Una feminista con pantalón y pelo corto tal vez podría haber convencido a un sector de la población con una arenga por la igualdad de los derechos, pero era imposible presentarse como una autoridad en materia religiosa contra un jeque con luenga barba y túnica blanca. Al aventurarse a un campo de batalla en el que sus adversarios dominaban todos los registros, y ellas habían renunciado voluntariamente a la única arma que tenían, el principio inquebrantable de la igualdad entre mujeres y hombres, la derrota estaba cantada.

 

Es esta labor de Sísifo la que Macron quiere retomar ahora. Pero a la hora de seducir a las masas —y la propuesta de crear un islam europeo parte de la idea de que las masas quieren ser seducidas— no es de prever que un sobrio funcionario francés pueda hacer competencia a un jeque enturbantado. Es más: no podría intentarlo siquiera porque el fundamento de la democracia es la razón; no hay debate político serio sin razonamiento, argumentación y exposición de datos y hechos. La fe, en

 

 

 

 

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cambio, es ciega o no es fe. Religión y razón son incompatibles, porque la religión es misterio. No se puede razonar el fenómeno de la Inmaculada Concepción: solo se puede creer. O dejar de creer.

 

Este es el primer error que comete Macron cuando clama por la instauración de un «islam europeo» ilustrado: el presidente de una República laica no puede ser autoridad en teología. Y contratar a teólogos dóciles pagados por el Estado para que proclamen las bondades de un islam no salafista se revelará inútil: entre un predicador pagado por infieles y uno imbuido por la causa de Dios, está claro quién va a tener autoridad.

El segundo error de Macron es pensar que el islam wahabí, el islam separatista al que quiere combatir, es extranjero. Habría sido suficiente con leerse los discursos del suizo Tariq Ramadan, y un poco de prensa, para saber que ese islam fundamentalista, yihadista, asesino es ya plenamente europeo.

El tercer error de Macron es pensar que lo que necesita el islam es una reforma. Le habría bastado echar un vistazo a la historia de su propio continente para saber a dónde ha llevado la Reforma de la religión cristiana en Europa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. LA BUSCA DEL ANTÍDOTO

 

 

 

 

 

EL MONJE DE WITTENBERG

 

 

Es sábado en Wittenberg, una pequeña ciudad de apenas dos mil habitantes, pero residencia del príncipe de Sajonia, con castillo, universidad y puente sobre el río Elba. Ya ha caído el otoño; estamos a 31 de octubre de 1517, víspera de Todos los Santos. Un monje de la

 

orden de los agustinos, 33 años, profesor de teología en la universidad local, con hábito negro y tonsura, se persona ante la iglesia del castillo, en una mano un martillo, en la otra una hoja impresa con 95 breves párrafos que denuncian el negocio de la Iglesia católica romana con la indulgencia, es decir, el perdón de los pecados a cambio de dinero. El monje se llama Martín Lutero. Empieza a clavar el papel a la puerta. Ha comenzado la Reforma.

Po r supuesto, la escena es más legendaria que real; si alguien realmente fijó las tesis de Lutero en la iglesia de Wittenberg como invitación a una disputa teológica, posiblemente fuera el bedel de la universidad y no el profesor en persona, y con certeza no se usaban clavos, sino pegamento. Además, la disputa que empezó a tener lugar en varias ciudades se desencadenó más por el envío de las tesis por correo a importantes teólogos y su difusión en forma impresa, tanto en latín como en alemán. Pero el momento ha quedado en el imaginario de los países protestantes, al igual que la firmeza de Lutero tres años y medio más tarde, en abril de 1921, ante la Dieta de Worms y el emperador Carlos I de España y V de Alemania, donde se reafirmó en sus tesis. A continuación, fue excomulgado, lo que formalizó su ruptura con la Iglesia de Roma y dio lugar al nacimiento paulatino de diversas congregaciones protestantes:

 

 

 

 

 

 

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luteranas, anglicanas, calvinistas, presbiterianas, menonitas y, más tarde, bautistas y metodistas.

 

Lutero, por supuesto, tenía razón, algo que hoy incluso reconoce la Iglesia católica alemana: el monje «criticaba de la Iglesia católica lo que ya no era católico», lo formula un arzobispo[282], porque «el comercio con la indulgencia era una estafa de los creyentes», reconoce un cardenal[283]. Las indulgencias eran un acuse de recibo por una donación a la Iglesia mediante la que un creyente anulaba el castigo divino por sus pecados. El concepto nacía de la idea de que un pecado necesitaba una penitencia, que podía ser un acto de sufrimiento voluntario, pero también una buena obra, una limosna o un peregrinaje a un lugar santo, ya fuese Roma, Santiago de Compostela o el relicario de una iglesia local, como la de la propia Wittenberg. Este tipo de sacrificio —hoy diríamos turismo religioso— era a la vez una fuente de ingresos para el clero local.

 

Si alguien no se veía capaz de llevar a cabo la penitencia, también podía pagar a otro para que lo hiciera en su lugar. En el siglo XIV, la Iglesia católica fue simplificando el procedimiento: bastaba con pagar en efectivo para evitar el castigo divino. Una especie de ventanilla única que el islam, por cierto, también ha llegado a establecer: el creyente que rompa el ayuno de ramadán sin justificación alguna debe ayunar 60 días, algo poco factible…, o alimentar a 60 pobres. Algo que en el siglo XXI se está popularizando gracias a internet, que ahorra la tediosa tarea de ir repartiendo dátiles casa por casa. Hoy no faltan las organizaciones caritativas islámicas que aceptan donaciones online: por 300 libras esterlinas, Dios perdona lo de no ayunar. Salve su alma con un simple clic[284].

 

La ventaja del islam es que las tarifas comerciales por pecado ya vienen indicadas en las escrituras que recogen dichos atribuidos al profeta. Algo más enrevesada era la justificación teológica cristiana: postulaba que la Iglesia, como sucesora de Jesucristo, gestiona un tesoro inagotable de gracia divina que, administrado en las dosis adecuadas, reduce los días o años que un pecador tiene que pasar en el purgatorio. Se podía también acortar la estancia de familiares ya muertos.

 

Para incentivar el comercio surgió el oficio del predicador de indulgencias —el más famoso era Johann Tetzel—, que describía al pueblo los terribles sufrimientos de las almas en el fuego y animaba a los

 

 

 

 

 

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oyentes a pagar, para luego dividir los ingresos entre Roma, el príncipe regional bajo cuya jurisdicción actuaba y su propio bolsillo. A partir de inicios del siglo XVI, la Santa Sede financiaba así la construcción de la suntuosa iglesia de San Pedro. No sorprende que Martín Lutero, ya excomulgado por quienes se enriquecían con el dinero del pueblo atemorizado, acabara sugiriendo que la Iglesia de Roma era la ramera de Babilonia la grande, adversario apocalíptico de la cristiandad. En 1567, el papa Pío V anuló las indulgencias y en 1570 prohibió el tráfico con estos papeles bajo pena de excomunión, pero era tarde: la Reforma ya había conquistada media Europa.

 

 

 

 

LAS TESIS DE AYAAN

 

 

 

La figura de Lutero, valiente opositor frente a una Iglesia que se enriquece con el temor de los creyentes, es una referencia omnipresente en el ensayo ¡Reformemos el islam! de la activista somalí Ayaan Hirsi Ali, quizás el libro que con más claridad haya planteado en las últimas décadas esta necesidad de reforma. El título en el original inglés utiliza la palabra Reformation, que, a diferencia de la simple reform, alude claramente a la Reforma cristiana del siglo XVI que dio lugar al protestantismo. Ayaan Hirsi Ali no pretende ser, por supuesto, Lutero, pero sí abrir el camino a alguien que pueda serlo, impulsar un camino hacia este profundo «cambio para que el islam pueda unirse al mundo moderno», frase que constituye el subtítulo del libro en inglés[285].

 

Ayaan Hirsi Ali, nacida en 1969 en Mogadiscio, educada durante unos años en Arabia Saudí y desde los once en Kenia, se afilió en su adolescencia a los Hermanos Musulmanes y fue islamista convencida, con el arrojo propio de esa edad. A los 23 años llegó a Países Bajos, donde pidió asilo para evitar un matrimonio concertado por su familia y donde se quedó durante la siguiente década como una inmigrante más, olvidando poco a poco el fervor religioso, dejándose llevar por una sociedad laica hacia la total indiferencia por los conceptos de la fe. Una década más tarde, en 2002, se planteó el tema de nuevo y lo tuvo claro: se declaró atea y a través de ensayos y charlas se fue perfilando como una crítica radical

 

 

 

 

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del islam en todas sus formas. Amenazada de muerte por colaborar con el cineasta holandés Theo van Gogh, asesinado en 2004 por el filme Submission, que denuncia la misoginia del islamismo, Ayaan Hirsi Ali derivó hacia posturas cercanas a la de la derecha cristiana norteamericana, asegurando que la sociedad europea laica estaba «en guerra con el islam» y tenía que aplastar esta religión[286]. En 2011, sin embargo, matizó su visión: una reforma del islam es posible y deseable, y hay que ponerse manos a la obra, proclamó.

 

Para delinear el proyecto, Ayaan[287] hace un análisis del Corán basado en la clásica tradición ortodoxa que divide las 114 azoras del libro santo en dos bloques: las reveladas durante la vida de Mahoma como predicador en La Meca y las posteriores a su huida (la hidjra o hégira, es decir, «emigración») a la ciudad de Medina, donde se convirtió en un caudillo político. La diferenciación existe desde los propios orígenes del Corán — cada azora está etiquetada como «mecana» o «medinense»— y ha servido de fundamento a todos los exégetas de la historia para resolver las innúmeras contradicciones del texto sagrado. Se considera que los versos de La Meca son más espirituales y apelan a una postura ética de los creyentes, mientras que los de Medina entran en mil aspectos legislativos de la vida diaria, como normas referidas a la herencia o al matrimonio o a los castigos del adulterio. El consenso entre la mayoría de los teólogos ortodoxos es que, en caso de discrepancia, los versos de Medina, por ser más tardíos, se imponen a los de La Meca y los corrigen.

 

Siguiendo este modelo, Ayaan divide a los musulmanes de todo el mundo en dos categorías: los mecanos, es decir, aquellos que viven según las ideas morales que creen reflejadas en el Corán, sin meterse en la vida del vecino, y los medinenses, que creen necesario imponer a los demás las normas coránicas, por las buenas si se dejan y por la fuerza si hace falta. En realidad, propone tres categorías, pero la tercera, que engloba a los reformistas, tiene un fallo: su única representante parece ser, de momento, la propia Ayaan Hirsi Ali. Este bloque es un proyecto futuro más que una realidad.

 

No es el único fallo de la propuesta. Otro es que la propia división en mecanos y medinenses solo tiene sentido para quien se tome en serio la leyenda biográfica de Mahoma. Algo que no hace la propia Ayaan: en lo que sea probablemente el capítulo más valiente del libro, «Mahoma y el Corán», ella misma exige reemplazar la fe ciega en la tradición coránica

 

 

 

 

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por un debate racional sobre el surgimiento del islam en Arabia. Sin embargo, utiliza las ficciones de esa tradición para explicar la deriva violenta del islam medinense: atentados suicidas, persecución de apóstatas y homosexuales en Arabia Saudí o Sudán, el Iraq destruido por las milicias ultrafundamentalistas…, intentando hacer ver al lector que estas actitudes se derivan directamente de las enseñanzas del Profeta en Medina y su guerra contra las tribus enemigas.

 

En esta enumeración llega a extremos difícilmente perdonables, más dignos de la tardía aberración de la antaño gran periodista Oriana Fallaci en La rabia y el orgullo que de una pensadora en busca de soluciones. Porque explicar los atentados suicidas en Israel con la fe islámica — incluso apoyándose en una cita de Golda Meir que culpa a «los árabes» («a los musulmanes», prefiere Ayaan) de amar más la muerte que a sus propios hijos— finge ignorar que kamikaze es una palabra japonesa y que la técnica fue popularizada por budistas en Sri Lanka a finales de la década de 1980. Atribuir únicamente a la fe la reacción violenta de una población sometida durante décadas a una represión colonialista diseñada para hacer la vida imposible al vencido oculta que, mucho antes de fundarse Hamás, la organización palestina considerada más violenta era el FPLP, una organización marxista y laica, fundada por el cristiano George Habash.

 

Y es poco sincero el truco narrativo que Ayaan repite capítulo tras capítulo: desgranar la obsesión con el infierno, el paraíso, la inferioridad de la mujer o la homosexualidad como algo genuinamente islámico, basado en las escrituras sagradas, y al final —cuando ya nos preguntamos si en el cristianismo no se promete un paraíso, nunca se ha atemorizado a los niños con los castigos del infierno, no se subyuga el cuerpo de la mujer y no se demoniza a los homosexuales—, añade un breve párrafo admitiendo que en el cristianismo hay conceptos similares, «pero no son comparables» porque nadie los lleva a la práctica hoy día. Callando que en todos los países donde la Iglesia tiene suficiente poder sí se intentan llevar a la práctica, sea la cadena perpetua para gais en Uganda, sea la muerte antes que el aborto en Irlanda o Polonia. Porque la Iglesia, y este es el punto ciego de Ayaan que invalida su propuesta, nunca se reformó.

 

 

 

 

CALVINO, EL SALAFISTA

 

 

 

 

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La Reforma de Lutero no estaba planteada para liberar a la población de las garras de una interpretación rigurosa y fundamentalista de la religión que se tomaba en serio los versos más violentos de las Escrituras. Todo lo contrario. Lutero predicaba para una población que se había dejado de tomar en serio la fe, una masa de fieles inducida a creer que pagando el décimo a la Iglesia ya se podía pecar a voluntad. El monje de Wittenberg condenaba las doctrinas católicas no porque fuesen severas, sino porque eran demasiado laxas, y exigía volver al texto de la Biblia como única fuente de la Verdad y como guía individual para cada creyente. Pero no solo para una edificación personal espiritual, sino como libro de leyes de seguimiento incondicional, empezando con los diez mandamientos: «Es más importante predicar las leyes de Dios que el Evangelio, porque hay muchos malos que deben ser sujetados por la fuerza de la ley. Piadosos hay pocos, y Dios los conoce y sabe que entienden el Evangelio. Si todo el mundo fuese cristiano tendría sentido no predicar la Ley[288]». La cita podría perfectamente haber inspirado a Sayyid Qutb y su teoría de que todo el mundo tendrá libertad de elegir si quiere cumplir con las leyes coránicas, una vez que no quede opción plausible de no cumplirlas. No sorprende: volver al texto literal de las Escrituras, despojadas de interpretaciones posteriores —sola Scriptura—, es lo que llamamos fundamentalismo en general y, en el caso del islam, salafismo.

 

Si Lutero ponía fin a la norma que impide a los sacerdotes casarse —y esto no es una reforma religiosa, porque el celibato no es un dogma católico, sino una mera prescripción de una ley canónica que no rige en las Iglesias católicas orientales— y se quitaba él mismo el hábito de agustino para casarse con una monja escapada del convento, Catalina de Bora, no era precisamente porque tuviera una visión más positiva de la sexualidad humana. Antes al contrario: sabedor de que los sacerdotes obligados al celibato solían vulnerar con demasiada frecuencia el sexto mandamiento, veía en el matrimonio cristiano la vía imprescindible para evitar el pecado. Es la misma actitud que en la última década ha disparado los matrimonios «religiosos» entre estudiantes en El Cairo e incluso en Marruecos, celebrados en un círculo íntimo y normalmente disuelto tras cierto periodo: no es que la juventud musulmana se haya vuelto más liberal. Se ha vuelto menos liberal. Si la generación de sus madres, cuando eran de un ambiente urbano e intelectual, ya iba dejando atrás la obligación de llegar

 

 

 

 

 

 

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virgen al matrimonio, ahora las chicas prefieren llegar con el matrimonio a la virginidad.

 

En el círculo de Lutero hubo otras voces, como la de Johannes Agricola, que ponían la fe por encima de cualquier ley, pero el monje de Wittenberg atacaba con dureza a quienes creían que se podía llegar al cielo siendo «putas y adúlteros». Por supuesto, no todas las poblaciones que se volvían luteranas en Alemania, Dinamarca o Escandinavia se convirtieron a un «salafismo» cristiano —muy a menudo, la decisión no era individual, sino simplemente una proclama del príncipe o rey de un territorio que se pasaba en bloque a uno u otro bando—, pero es innegable que la Reforma impulsada por Lutero llevó, aun en su propia época, a la formación de la corriente calvinista que existe hasta hoy y que se puede perfectamente resumir con el concepto de «talibanes». Bajo la influencia de Juan Calvino, la ciudad de Ginebra impuso a partir de 1541 un orden social en el que se prohibía el baile, el teatro, los juegos de naipes y de dados, se perseguía el adulterio, castigado con el destierro o, en casos considerados graves, incluso con la pena de muerte[289]. No faltaba una «policía de la moral» que vigilaba la decencia pública y promovía las lecturas bíblicas en todas partes. La blasfemia era delito: fue Calvino quien hizo quemar en la hoguera a Miguel Servet por hereje. Una comparación con las leyes predicadas por Abdul Wahab en Arabia no andaría muy descaminada.

 

Fue este «wahabismo» de Calvino el que se iba expandiendo por Holanda y Escocia, inspirando movimientos cristianos en toda Europa y dando lugar a la aparición de comunidades «salafistas», donde la fe ocupaba un alto valor en la vida diaria. Entre los cristianos británicos influidos por el calvinismo, los llamados puritanos, nació la corriente conocida como separatistas, dedicada a formar congregaciones aparte, a menudo sometidas a persecución. Para evitar las presiones, un centenar de puritanos exiliados en Holanda zarparon en 1620 en el buque Mayflower para formar una colonia en una nueva Tierra Prometida: América. Se consideraban peregrinos y una especie de reedición de Israel, el pueblo elegido por Dios.

 

Este es el origen de la sociedad norteamericana, como todavía hoy se conserva con especial claridad en el llamado Bible Belt («cinturón bíblico»), aquella franja del Sur de Estados Unidos que se extiende de las costas atlánticas al sur de Washington hasta la frontera mexicana: vastas regiones pobladas por fundamentalistas cristianos que huyeron de una

 

 

 

 

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sociedad europea corrupta por las tentaciones de Satanás y entregada al pecado. Tan creyentes que, en algunos de estos estados, la homosexualidad no solo era pecado, sino además delito hasta 2003. Se trata de un fenómeno exclusivamente protestante: si Nueva Orleans y Miami están fuera del cinturón es por su proporción de población católica.

 

Los católicos, ya lo dijimos, no se arrepienten de corazón por pecar: basta con echar una moneda a la caja de los donativos, habría dicho Johannes Tetzel, predicador de indulgencias. Son Lutero y sus discípulos quienes acabaron con la impunidad de los creyentes: sin confesionario ni avemarías por rezar ni misas pagadas para las almas en el purgatorio, pecar se convierte en una terrible amenaza para la otra vida. Y pecar, eso no ha cambiado con la Reforma, es sobre todo el sexo (el robo, las estafas y el homicidio ya los persigue la autoridad civil y es mucho menos fácil caer en la tentación, al menos no demasiadas veces). Quizás la palabra puritano no tenía inicialmente la connotación de «sexualmente reprimido» que lleva hoy día, pero la represión es parte de la fe reformada: dado que no existe un esquema de perdón eclesiástico, lo único que se puede hacer con las tentaciones del cuerpo es reprimirlas. Con fe, fe y más fe.

 

Ayaan Hirsi Ali se equivoca de cabo a rabo cuando cree que las libertades —las sexuales, las de conciencia, de pensamiento— en Europa se deben a la Reforma protestante. La evolución de estas libertades ha ido bastante a la par en la católica España y en la protestante Noruega, incluso teniendo en cuenta el paréntesis de la dictadura franquista. Fue la muerte de Franco y la reforma del código legal lo que transformó la sociedad. La Iglesia no cambió ni un ápice sus dictados ni su aspiración de controlar la vida del ciudadano y, especialmente, de la ciudadana. Y, sobre todo, lo que ocurre entre ambos. Esto no lo ha cambiado ni el Concilio Vaticano II ni tampoco, a pesar de ciertos bulos en las redes sociales, el papa Francisco. El catecismo actual publicado por el Vaticano sigue reivindicando la castidad como valor supremo, aunque aclarando que la «castidad conyugal» incluye relaciones sexuales, eso sí, siempre atendiendo al «doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida», porque «el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad[290]».

 

Si la sociedad ignora estas normas, si en España se pueden comprar condones en cualquier máquina expendedora de un bar o una gasolinera, no es porque la Iglesia haya decidido reformar su dogma: no lo ha hecho.

 

 

 

 

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Sino porque la Iglesia ha perdido la potestad política de imponer su dogma.

 

No, no es una reforma luterana lo que necesita el islam. Porque ya la ha tenido. Los reformadores del islam se llaman Abdul Wahab, Hassan Banna, Sayyid Qutb, Abu Bakr al Baghdadi, Daesh. Lo que hace falta es un proceso histórico totalmente distinto.

 

 

 

 

LA FE DE LOS AGNÓSTICOS

 

 

 

Un rebelde, más que un reformador, es el gran poeta árabe Adonis: en su entrevista-libro Violencia e islam ajusta cuentas con la religión en la que se crio, él, nacido en Siria como Ali Ahmed Said Esber, y lo hace sin piedad. Dedica diez páginas a describir los sufrimientos del infierno, tal y como se representan en la ortodoxia islámica (son terribles), para luego trazar una línea recta de episodios de tortura, masacre y crueldad atribuidos a los primeros califas del islam hasta la barbarie del Daesh hoy día: todo surge del Texto, asegura. Los regímenes musulmanes son crueles porque el Corán lo es. A diferencia de otras escrituras sagradas: «Cristo era un poeta[291]».

 

El problema con este análisis es que no explica nada. Un milenio largo de regímenes fervientemente cristianos, entregados al tan poético Evangelio, dispone de un gabinete de horror perfectamente comparable al del islam, quizás incluso más voluminoso y más elaboradamente aterrador en cuanto a torturas se refiere. Y todas las frases que Adonis dedica al islam podrían aplicarse al cristianismo sin cambiar una coma: «No es una religión de conocimiento, de investigación, de cuestionamiento, de realización del individuo. Es una religión de poder». «Combatió las civilizaciones que le precedieron». Efectivamente, en la teología islámica ortodoxa está omnipresente la idea de que antes del islam no pudo haber nada que valga la pena: psicológicamente, se erradica de la historia. En la práctica, sin embargo, es innegable que en los países que llevan siglos bajo dominio musulmán existen multitud de colectivos religiosos anteriores — judíos, cristianos, mandeos, zoroastros— y posteriores —drusos, alevíes, yazidíes, yarsan—, mientras que en la Europa cristiana, salvo el judaísmo,

 

 

 

 

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no queda ni uno solo. Adonis se salta varios siglos de floreciente civilización llamada islámica, aquella que hizo de puente entre la Antigüedad griega y el Renacimiento, como si fuese un error de la historia, un fallo de guion, con una breve sentencia: «Ni Averroes, ni Avicena ni Ibn Rawandi eran verdaderamente musulmanes». Cierto, y quizás tampoco eran verdaderamente cristianos Galileo, Voltaire y Marx.

 

La pregunta que Adonis no se hace es: si existieron Averroes y Avicena en el Medievo, ¿por qué no hoy? Las escrituras sagradas no han cambiado, ni tampoco cambiaron las que llevaron a la hoguera a Giordano Bruno y a Miguel Servet. La presencia de un verso en el Antiguo Testamento que obliga a lapidar a los homosexuales, y la ausencia de tal verso en el Corán, no sirve para explicar que se encarcelara a Oscar Wilde en 1895 al mismo tiempo que en El Cairo se leían en la universidad los muy expresivos poemas homoeróticos de Abu Nuwas. Ni tampoco explica por qué hoy día se encarcela a los gais en Egipto y Marruecos, a la vez que llegan a alcalde de París y Berlín. Sin que nadie tachara un verso de la Biblia.

 

La fe de Adonis en la fuerza y vigencia de los versos violentos del Corán —que también se encuentra en muchos académicos europeos y norteamericanos de la escuela de Huntington, a veces fervientes defensores de la misión de Israel de defender la civilización contra la barbarie islámica— no solo impide preguntarse qué ha cambiado en la sociedad, sino que cimenta incluso el fundamentalismo moderno: si el islam es esto, desde su fundación, entonces es que el Daesh tiene razón. Pero sobre todo cimenta, por aceptarlo de forma acrítica, el rol de la teología islámica como verdad revelada. O al menos tan fiable como si lo fuera. En el capítulo «Repensar los fundamentos», el propio Adonis denuncia: «Desde el momento en el que la historia deviene sagrada, no tenemos la posibilidad de estudiar a la persona de Mahoma como lo hacemos con los demás profetas del monoteísmo». Pero acto seguido renuncia a intentarlo y hasta el fin del libro citará anécdotas de la vida del profeta como si se tratase de hechos históricos. Peor: como si se tratase de hechos históricos que explicaran la formación de lo que es hoy el islam.

 

En esta misma línea se expresan numerosos críticos del islam que han sufrido el adoctrinamiento religioso y, una vez liberados del corsé religioso, atribuyen a Mahoma personalmente todos los males que atenazan hoy día diversas sociedades musulmanas. Tildar al profeta de

 

 

 

 

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«pedófilo» por haberse casado con Aicha a los nueve años es el recurso más habitual…, como si con esto se pudiera explicar el hábito del matrimonio de menores en medio mundo, incluidas vastas regiones no islámicas. Es verdad que varios partidos políticos islamistas aducen el ejemplo de Mahoma para oponerse a reformas legales: ¿cómo prohibir algo que practicó el profeta? Pero aceptar este argumento —se hace hoy porque lo practicó el profeta, él tiene la culpa— no deja de ser un ejercicio de confirmación de una ortodoxia que se toma en serio su propia leyenda, es decir, un fundamentalismo islamista con signo negativo.

 

Repensar los fundamentos es algo distinto: es darse cuenta de que todo lo que sabemos de Mahoma y sus batallitas, sus mujeres, sus esclavos, sus discípulos y sus alianzas es una única gran leyenda sin base histórica, creada de forma paulatina a lo largo de los siglos para fabricar un fundamento posterior y postizo para unos textos sagrados incomprensibles, siempre acorde al interés político del momento. La biografía del profeta, tal y como se enseña hoy en las universidades, también en las no islámicas, basada en los hadithes, es decir, millares de fragmentos de supuesta tradición oral codificados en el siglo IX, es un invento. Mahoma no inventó el islam. El islam inventó a Mahoma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. LA LEYENDA DE MAHOMA

 

 

 

 

 

LA QUEMA DE RUSHDIE

 

 

Corría el año 1989 y yo era un adolescente, cuando mi padre trajo un periódico en árabe —no recuerdo cuál era la cabecera: con la escasa libertad de prensa en Marruecos, las diferencias no eran enormes— y me señaló una columna de opinión. «Te interesará. Está hablando de

 

Rushdie».

 

La fetua del ayatolá Ruholá Jomeini contra Salman Rushdie había causado revuelo en todas partes. También en Marruecos. El columnista — tampoco recuerdo su nombre— se dedicaba a desmenuzar el entuerto para explicar al público que la novela del autor angloindio es, en primer lugar, una novela, es decir, ficción. Y que lo de los versos satánicos no era ninguna novedad. Se trata —explicaba— de un episodio ampliamente debatido entre los teólogos musulmanes de los siglos XII y XIII y desde entonces archivado, sin necesidad de volver a airearlo: un día, el profeta Mahoma recitó unos versos, parte del Corán revelado, en los que nombraba a Lat, Uzza y Manat, «las gloriosas grullas cuya ayuda se desea». Lo de las «grullas» era un término apreciativo para referirse a las tres deidades Lat, Manat y Uzza, veneradas en numerosos santuarios de toda Arabia antes de la expansión del islam.

 

El verso se entendió como una confirmación de que el islam admitía la veneración de estas diosas para que intercedieran ante Dios a favor de sus fieles, a modo de la Virgen cristiana. El detalle facilitó la conversión de quienes no querían dejar su fe tradicional. Pero al día siguiente resultó que aquello fue un error: este verso no había sido revelado por el arcángel Gabriel, como el resto del Corán, sino insuflado por Satanás con ánimo de confundir. Gabriel le llamó la atención a Mahoma y el verso se reemplazó

 

 

 

 

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por otro en el que tras enumerar a las tres deidades se condenaba toda pretensión de adorarlas[292]. Una historia perfectamente conocida, transmitida por varios biógrafos de Mahoma, entre ellos uno tan fundamental como es Tabari, recogida por innúmeros exégetas, normalmente para analizar su historial de trasmisión y concluir que no pudo ser verdadera. Y a esta conclusión de los teólogos, Rushdie no tiene nada que añadir, decía el columnista: quien quiera enterarse del debate de los versos satánicos debería estudiar a Tabari, y quien quiera juzgar la novela debería hacerlo según lo bien o mal escrita que esté, pero no confundir una ficción literaria con un tratado teológico. Asunto concluido: si usted cree que el libro es mala literatura, tírelo al contenedor de papel viejo, pero no se sulfure.

 

Como sabemos, la recomendación de aquel columnista no tuvo mucho eco y medio mundo se sulfuró de espantosa y mortal manera.

Dice Baqer Moin, el biógrafo de Jomeini, que no se sabe qué movió a este a lanzar su famosa fetua —aquella que metió la palabra fetua en los diccionarios europeos— cuando semanas antes había descartado siquiera prohibir la importación del libro (leído y comentado en Irán, donde otra obra de Rushdie incluso había sido premiada) porque «no valía la pena responder a todo loco[293]». Al final sí debió de valer la pena: la fetua y las muertes que provocó certificaron para los años venideros la división del mundo en dos partes, el libre y el islámico. Jomeini tuvo que albergar un terror inmenso a que el libro hiciera escuela, provocara debates, suscitara una reflexión… y abriese las puertas a que alguien descubriera que aquel debate que se archivó, sin resolverse, hace siete siglos es la grieta por la que hace aguas el constructo del islam.

 

Los versos satánicos son, de hecho, diabólicos para el clero del islam: recuerdan a quien quiera verlo que el Corán no cayó del cielo como un texto definitivo, sino que se fue escribiendo mientras evolucionaba la religión como cualquier otra, conviviendo con diosas tradicionales, se reformó y retocó hasta unificarse de forma vinculante. La tradición musulmana asegura que esta unificación tuvo lugar unos veinte años después de la muerte del profeta y que el califa Othman, acto seguido, hizo quemar todas las copias divergentes. Es algo que sabe cualquier alumno de una madraza, pero decirlo hoy es anatema: contradice la versión oficial de que el texto presente hoy día es exactamente el revelado por Dios, letra por letra, aunque sean las letras de un alfabeto que solo cien años después

 

 

 

 

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estandarizó el lexicógrafo iraquí Farahidi. Podríamos reírnos de la ingenuidad de esta afirmación, pero incluso la doctrina del predicador islamista turco Fethullah Gülen, cuyos seguidores ocupan una enorme cantidad de cátedras universitarias de Bogotá a Virginia y se las dan de académicos modernos comprometidos con ciencia e investigación, insiste en que el texto del Corán «es fiable en su totalidad, y nunca ha sido cambiado, editado o modificado desde que fue revelado».

 

Ante la amenaza de un pensamiento crítico, Jomeini optó por el terror. Otros siguieron el ejemplo, desde el asesino de Theo van Gogh al de Samuel Paty. Funcionó: veinte, treinta años más tarde, ya nadie se sorprende si un director de ópera de Berlín se niega a escenificar una obra por miedo a herir a los musulmanes, si un periódico se niega a publicar determinadas caricaturas, si un profesor de universidad francés renuncia a enseñar los hechos históricos más básicos para evitar la furia de sus estudiantes. Pero no es solo el miedo: también es una fascinación. La Academia europea lleva un siglo tomándose en serio la leyenda de Mahoma. Como si hubiera existido de verdad.

 

 

 

 

HISTORIADORES Y CREYENTES

 

 

 

Decir que Mahoma nunca existió no es más radical que decir que Jesucristo nunca existió. Desde luego, es posible que ambos existieran, es decir: es posible que existieran personas reales en las que se inspiraron los autores que crearon las figuras literarias llamadas Jesucristo y Mahoma. En el caso de Jesucristo, lo máximo que se puede afirmar científicamente es que alguno de los predicadores ambulantes activos en Palestina de la época de Tiberio probablemente se llamase Jesús y fuera crucificado por actividades de rebeldía. Probablemente, pero no con certeza, porque el único testimonio concreto fuera de los escritos hagiográficos de sus discípulos es el del historiador judío Flavio Josefo, un solo párrafo que está manipulado con seguridad, aunque no sabemos si falso enteramente.

 

Esto es algo que los teólogos cristianos fueron asumiendo en el siglo XIX, tras casi dos siglos de Ilustración, al tiempo que los arqueólogos fueron entendiendo que tampoco el Antiguo Testamento es un libro

 

 

 

 

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histórico: es una simple leyenda, desde la edad de Matusalén pasando por el arca de Noé con sus parejitas de animales y hasta el éxodo de Egipto. La teología protestante derivó hacia una postura espiritual: aunque todo lo que dijera la Biblia fuera falso, Cristo seguiría siendo una verdad. La salvación del ser humano a través del martirio del hijo de Dios sería cierta incluso si se demostrase que nadie fue crucificado en Gólgota. Esto se llama fe.

 

En la Iglesia católica, este debate público no se dio. Por orden de Pío X, la jerarquía tuvo que prestar a partir de 1910 el juramento antimodernista, comprometiéndose a «rechazar absolutamente la evolución de los dogmas» y la «creación de la conciencia humana, susceptible de un progreso indefinido». También debían negar la opción de «una doble personalidad», «como si fuera permisible para un historiador sostener cosas que contradigan la fe del creyente». En otras palabras: un creyente católico nunca podría enseñar la evolución de las especies según Darwin, y mucho menos podría dudar de la veracidad literal de los doce apóstoles y su pesca en el lago Tiberíades. Pero el abismo que separa clero y pueblo en el catolicismo hizo que la sociedad no se enterase del dilema: simplemente iba dejando de creer. El juramento fue anulado en 1967: el enemigo ya no eran las corrientes «modernistas», sino el desinterés de la parroquia.

 

Este riesgo de «doble personalidad» parece conjurado en el islam, no solo entre los investigadores musulmanes, sino también entre los que enseñan esta religión desde una cátedra europea: asumen plenamente que ningún historiador puede «sostener cosas que contradigan la fe del creyente». Y si los creyentes están convencidos de que las miles de frases atribuidas a Mahoma, transmitidas de padre a hijo durante siete generaciones antes de ser recogidas en manuscritos luego perdidos pero citados en otros, son literalmente veraces, pues como veraces han de constar en todas las tesis doctorales. Aunque no haya ni una sola inscripción, ni un solo testimonio de historiadores coetáneos, ni un solo vestigio arqueológico para atestiguar ninguno de los sucesos —guerras, conquistas, alianzas, embajadas— relatados en estos compendios orales.

 

Alguien poco versado en historia árabe tardorromana podría replicar que la ausencia de huellas no demuestra la inexistencia de los sucesos y que encontrar testimonios escritos entre unas tribus analfabetas del desierto es mucho pedir. Es un error: el Hiyaz, la franja occidental de Arabia que incluye La Meca y Medina, constituía un puente de enorme

 

 

 

 

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tránsito entre el Imperio bizantino, el persa y Yemen, la Arabia Felix. Yemen, hogar de una impresionante civilización de más de un milenio de antigüedad gracias al famoso embalse de Marib, que siguió funcionando hasta finales del siglo VI, por supuesto tenía escritura, como la tenían Aksum en Etiopía al otro lado del mar Rojo o el reino nabateo, con su capital Petra, en lo que hoy es el sur de Jordania. Mejor dicho, tenían escrituras: tras siglos de usar alfabetos como el taimanítico, dadanítico, dumaítico o hismaico, en la época romana y bizantina era común el uso del safaítico, nabateo y arameo, aparte del latín y griego, así como el sudarábico (sabeo) en Yemen. Decenas de miles de inscripciones, muchas de ellas simples grafitis de pastores de rebaños o soldados de a pie, cubren las rocas de Arabia, desmintiendo la noción de unas tribus analfabetas: más bien parece que cualquier zagal o zagala sabía leer y escribir.

 

El siglo VI, el que vio nacer a Mahoma, está extremamente bien documentado: Arabia era un foco de la geopolítica, porque aquí se cruzaban los intereses de expansión del emperador bizantino Justiniano, el persa Cosroes, el Negus de Aksum en Etiopía y los reyes himyaritas de Yemen, país donde se alternaban dirigentes cristianos con judíos. Se sucedían las embajadas, las expediciones militares, los tratados de paz y los acuerdos de alianza con confederaciones tribales árabes, y en gran parte dejaron su rastro en inscripciones en rocas, palacios, templos e iglesias. Se conocen los nombres de decenas de reyes locales de Arabia central y las rocas revelan hasta nombre, cargo y andanzas de algún centurión nabateo al servicio de los bizantinos. No era la yahilía (edad de la ignorancia), como denomina la tradición islámica a la época anterior a la vida de Mahoma, sino todo lo contrario. De lo que no hay rastro en esta historia escrita en piedra y corroborada por cronistas de los imperios circundantes es de un profeta ni de califas.

 

 

 

 

ARABISTAS ANTEDILUVIANOS

 

 

 

Solo se puede especular sobre cómo representaríamos hoy los siglos VI y VII en Arabia si nos hubiéramos tomado a rajatabla lo que en 1900 era

 

 

 

 

 

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una obviedad para el prestigioso arabista Ignaz Goldziher: «Nadie entre quienes se ocupan en serio de los estudios islámicos se atrevería a utilizar los dichos atribuidos a Mahoma y a sus compañeros como fuente para trazar una imagen del antiguo estado de las cosas y las doctrinas primerizas del islam. La crítica histórica moderna nos pone en guardia contra esta manera antediluviana de considerar las cosas[294]». Porque los hadithes, explicaba, «no nos hacen remontar, salvo de manera muy endeble, a la primera infancia del islam: nos ofrecen más bien una imagen de tendencias a menudo opuestas unas a otras» de la época en la que fueron redactados, es decir, siglos más tarde.

 

Pero la postura oficial durante todo el siglo XX ha abandonado este método crítico y se ilustra más bien, o quizás habría que decir que se caricaturiza, con un párrafo de la escritora británica Karen Armstrong, que en su Biografía de Mahoma —un libro de divulgación, no de investigación académica— describe la escena de la infancia del profeta en la que dos ángeles le abren el pecho al pequeño Mohamed para limpiarle el corazón. El episodio representa la preparación simbólica del profeta para su posterior misión y es «similar a las leyendas iniciáticas de otras culturas», anota la autora. Solo para añadir en la siguiente frase que la madrastra de Mahoma, que educaba al niño, se asustó tanto con el suceso que envió al pequeño de vuelta a La Meca[295].

 

Uno está tentado de preguntarse si Armstrong, exmonja católica, prestó en su momento el juramento antimodernista que prohíbe al «historiador sostener cosas que contradigan la fe», si bien es tener mucha fe en el lector pedirle creer que la madrastra de Mahoma efectivamente viera a los ángeles de aquella «leyenda iniciática de otras culturas». Pero desechar el suceso como invento abre la puerta a descartar también la existencia de la propia madrastra y, finalmente, todo el resto de la biografía: es, en su totalidad, una hagiografía.

Si abandonamos el «método antediluviano», salta a la vista que biografía y hadithes no son otra cosa que inventos tardíos para explicar pasajes coránicos de significado oscuro, creando alrededor del verso en cuestión un episodio de la biografía del profeta. Lo que, dicho sea de paso, lleva a una noción bastante surrealista, para no decir esquizofrénica: por una parte, es dogma que el texto coránico no solo existe en una tabla desde el principio del mundo, sino que, además, es anterior a la Creación entera y tan eterno como Dios en persona; y por otra, refleja fielmente las

 

 

 

 

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circunstancias concretas de dudas, polémicas, amoríos y arrebatos enteramente humanos del profeta, que en cada caso fueron aclarados, legitimados o confirmados por versos revelados a continuación de un suceso determinado de la vida social o política momentánea de La Meca o Medina.

 

Esta construcción de ficciones alrededor de versos coránicos a menudo sirve para justificar normas del islam y destacar la bondad de la nueva religión respecto a las tradiciones paganas. No puede sorprender que sus autores se hayan dedicado a demonizar la época anterior, pintándola en los colores más oscuros posibles. Lo que sí sorprende es que los arabistas modernos se hayan apuntado con tanta fascinación a esa defensa enardecida del islam, representándolo como una nueva fe demócrata, ilustrada, científica y prácticamente feminista frente a una yahilía oscura y cruel…, incluso cuando las propias tradiciones ortodoxas en las que se basan contradicen esta visión. La aseveración de que solo el islam haya dado ciertos derechos, aunque no plenos, a unas mujeres sometidas como esclavas analfabetas es insostenible cuando esa misma leyenda describe a la primera mujer de Mahoma como una comerciante independiente que no necesitaba pedir permiso a nadie para casarse. O cuando cuenta la anécdota de una joven seguidora de Mahoma que consigue convertir a su hermano cuando este la sorprende leyendo en secreto fragmentos de las suras: de analfabetismo, poco.

 

Como el resto de sus colegas, Armstrong justifica el permiso islámico de casarse con cuatro mujeres como una respuesta humanitaria —para nada machista— ante las circunstancias creadas por la batalla perdida en Uhud: había que ofrecer un hogar a tantas viudas de guerra. Una página más tarde asegura que la poligamia era totalmente habitual en Arabia y el versículo coránico no hizo más que limitarla a cuatro, reduciendo así el grado del machismo reinante. Ambas explicaciones son habituales en la literatura teológica islámica, pero Armstrong evita ver que son mutuamente excluyentes.

En resumen: el cuerpo biográfico de Mahoma es una compilación de anécdotas fundacionales para envolver un texto sagrado coránico a menudo mal entendido y para velar su origen: una colección de antiguas canciones cristianas, narraciones tomadas de la Torá y fragmentos de códigos penales y civiles diversos, unidos por jaculatorias mil veces repetidas, propias de un predicador.

 

 

 

 

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JESUCRISTO EN LA MEZQUITA

 

 

 

La presencia de un cancionero cristiano en el Corán lo demostró con enorme precisión el arabista alemán Günter Lüling[296] y lo ha resumido de forma gráfica el andaluz Emilio G. Ferrín al describir el Libro del islam como «un evangelio apócrifo», es decir, uno más de ese centenar largo de textos no canónicos, algunos de ellos en árabe, que narran episodios de la vida de Jesucristo, a menudo enriquecidos con discursos teológicos diseñados para el momento[297].

 

Aun sin entrar en los análisis filológicos de Lüling, que identifica un núcleo original cristiano en lengua siriaca (aramea), es fácil reconocer esta estructura con solo observar el texto sin las gafas de la interpretación coránica ortodoxa. Así, la breve sura 97, «al-Qadr» (el Destino), adquiere un significado totalmente distinto, y por primera vez coherente, cuando leemos la primera línea «Lo hemos hecho descender en la Noche del Destino» sin añadir mentalmente la palabra Corán, que muchos traductores agregan entre paréntesis. Porque la exégesis ortodoxa tiene claro que esa «Noche de paz» en la que «descienden los ángeles y el Espíritu de Dios» es el momento de la revelación del texto a Mahoma, por mucho que contradiga la propia doctrina islámica según la cual el Corán fue revelado trozo por trozo a lo largo de 23 años. Pero basta con leer el homónimo villancico alemán para descubrir a quién envía Dios a la Tierra bajo el júbilo de los ángeles en la Noche de paz…

 

Desde Goldziher, el debate racional sobre los orígenes, la compilación y la redacción del Corán, como existe para cualquier otra obra de la literatura mundial, prácticamente se ha desterrado durante un siglo de la universidad europea, tanto que incluso ha excluido de su círculo a Lüling, pese a su inmensa erudición y sus excelentes credenciales académicas. Solo a inicios del siglo XXI, un grupo de investigadores alemanes alrededor de los arabistas Karl-Heinz Ohlig y Gerd R. Puin ha retomado las ideas de Lüling y busca los orígenes del islam en el movimiento cristiano antitrinitario en Arabia. De hecho, Jesucristo, Isa ben Maryam, es decir, Jesús, hijo de María, se menciona 33 veces en el Corán con su nombre, y diez veces con el título de mesías (masih, «el ungido»), aclarando que es profeta, nacido de madre virgen gracias a la palabra divina, pero no hijo de

 

 

 

 

 

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Dios. Es dogma común que es el profeta más importante de la humanidad, aparte de Mahoma y, en un determinado aspecto, incluso más importante: será Jesucristo quien al final de los tiempos regresará para la batalla antes del juicio final[298].

 

Una mirada crítica a los textos originales muestra hasta qué punto se solapan islam y cristianismo en sus inicios: dos veces, el propio Corán describe a los seguidores de Isa ben Maryam como «musulmanes[299]». La escuela de Ohlig ha ido un paso más lejos: el propio nombre de Mahoma, muhammad, un adjetivo árabe que significa «alabado», no sería un nombre de pila, sino simplemente un título dedicado a Jesucristo, que solo más tarde fue utilizado para construir un personaje distinto. Bajo este prisma se puede leer también lo que es prácticamente la primera inscripción paleográfica árabe islámica: la de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, construida en el año 72 de la hégira (692 d. C.) por el califa omeya Abdelmalik. Se trata de fragmentos de suras coránicas en su gran mayoría dedicadas a Jesucristo que insisten en su naturaleza de profeta y enviado de Dios —pero no hijo de Dios— y van intercaladas con la típica frase del credo musulmán «Mohamed es el enviado de Dios». Basta con leer simplemente «Alabado sea el enviado de Dios» para tener… un texto enteramente cristiano en esta mezquita.

 

Un detalle en la inscripción refuerza esta opción: un fragmento, sin correspondencia en el Corán, dice: «Mohamed es el enviado de Dios, que Dios lo bendiga y acepte su intercesión para su comunidad el día del juicio final», algo que se entiende mucho mejor leyendo «Alabado sea el enviado de Dios (Jesús)…», dado que, según el dogma musulmán, quien volverá el día del juicio será Jesucristo, no Mahoma, y la idea de la intercesión, omnipresente en el cristianismo, es ajena al islam ortodoxo de hoy y expresamente descartada en los versos que reemplazaron a los «satánicos».

 

Un estudioso del círculo de Ohlig y Puin, que escribe bajo el seudónimo de Christoph Luxenberg, ha elaborado en detalle esta tesis, que otros académicos han intentado refutar con poco más que el argumento de que el orden de las palabras, colocando muhammad al principio de la frase, no sería correcto según la sintaxis árabe…,[300] si bien quedaría por discutir si las reglas del árabe clásico, fijadas por los gramáticos un siglo más tarde, ya eran tan rígidas entonces, y, además, hay varios ejemplos de este orden sintáctico en textos árabes cristianos. La misma inscripción contiene un fragmento coránico que establece «el islam como única

 

 

 

 

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religión verdadera de Dios», pero esto tampoco contradice la tesis cristiana, porque el mismo verso habla de «quienes recibieron el libro», una referencia habitual a cristianos y judíos, y ya hemos visto que el propio Corán describe a los seguidores de Jesús como «musulmanes».

 

Este no es el lugar de proponer una tesis concreta de cómo la figura de Jesucristo, entendido como profeta humano en ciertas corrientes cristianas árabes, se haya ido superponiendo a un posible predicador o caudillo de La Meca para dar lugar a la religión que bajo los abasíes se convirtió en lo que hoy conocemos como islam. Solo podemos subrayar la importancia de lanzar este debate sobre la base de los vestigios arqueológicos y numismáticos disponibles —las primeras monedas omeyas, aún copiadas a las persas, con efigies humanas, y los palacios de Jordania adornados con frescos muy poco devotos sorprenderán a algunos— y no únicamente sobre la hagiografía ortodoxa.

 

Solo tras reconocer la inexistencia histórica de Mahoma —es decir: la ausencia de datos que permitan afirmar su existencia en la forma que establece la religión— se podrá salir de una vez por todas del círculo vicioso sobre cuánta influencia las normas atribuidas a un círculo de beduinos del siglo VII deben ejercer sobre un código legal moderno. Las leyendas no hay que reformarlas, sino relegarlas al espacio literario al que pertenecen. Quien pretende reformar una leyenda pretende prorrogar su validez, una validez que no tiene.

 

Este es el debate que necesita el mundo para poder darle al islam el lugar que merece: el de una religión histórica, no distinta al judaísmo o al cristianismo, desarrollada en un contexto social, político y filosófico determinado y utilizada en todo momento, también hoy, para los fines políticos del momento. Solo así, las sociedades musulmanas podrán liberarse del fundamentalismo religioso que, bajo la guisa de ciencia académica confirmada por las mejores cátedras europeas, mantiene bajo control el debate político y social. Porque la idea de una referencia histórica ineludible, innegable, fundamento de su propia sociedad, pesa como una losa incluso sobre quienes no creen ya en la revelación.

 

En este punto se encuentra el ateísmo islámico con el judío: como los sionistas, muchos científicos ilustrados del mundo árabe podrían suscribir la frase de que Dios no existe, pero existía. Adaptado al caso: Dios no existe, pero Mahoma era su profeta.

 

 

 

 

 

 

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Romper con este dogma, defendido hoy a sangre y fuego desde Indonesia hasta París y Barcelona, es el primer paso necesario para un mundo laico. Porque no puede haber un futuro en libertad si no hay libertad de conocer el pasado. Y una vez dado este paso ya puede responderse a la pregunta favorita de tertulianos, polemistas y políticos: ¿son compatibles islam y democracia?

 

La respuesta es obvia: ninguna religión es compatible con la democracia, si esa religión se toma como un fundamento de la política. Porque toda religión pretende dotar a la humanidad de leyes y normas de origen divino, interpretables únicamente por un círculo de iniciados — eruditos, teólogos, sacerdotes—, pero fuera del alcance del debate de la ciudadanía.

Por eso mismo, toda Constitución que invoca una religión como fundamento de la legalidad es radicalmente antidemocrática, incluso si se aprueba en referéndum por una inmensa mayoría de la población: quienes la rubrican están negando a las futuras generaciones de votantes el derecho a debatir sobre las leyes que dicen basarse en escrituras divinas.

No se vive en una democracia, no emerge del pueblo la soberanía de la nación, si ese pueblo debe recurrir para toda reforma legal al beneplácito de una casta clerical que ostenta una autoridad aparte, con sus propias estructuras de poder. Una casta que en el siglo XX, como hemos visto, es fácil de pagar, influir y orientar desde otro país. Desde el Vaticano o desde La Meca. Tanto en España como en los países musulmanes, Dios se ha convertido en una potencia extranjera.






NOTAS

Página 235

Jonathan Haidt, La mente de los justos, Planeta, 2019, pág. 153. <<

Página 236

C. Taylor y J. Maclure, Laicidad y libertad de conciencia, Alianza, 2011, pág. 34. <<

Página 237

Catherine Kintzler, Tolerancia y laicismo, Ediciones Del Signo, 2005, pág. 2. <<

Página 238

Ibid., pág. 7. <<

Página 239

Haidt, op. cit., pág. 384. <<

Página 240

Ibid., pág. 153. <<

Página 241

[7] BFMTV. https://www.nbcnews.com/storyline/paris-magazine-attack/paris-killer-cherif-kouachi-gave-interview-tv-channel-he-died-n283206 <<

Página 242

[8] Papa Francisco, 15 de enero de 2015. Vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=Zb8dSDDIXK4 <<

Página 243

Zeit Online, «Türme der Angst», 24 de noviembre de 2009. https://www.zeit.de/politik/2009-11/minarette-schweiz/komplettansicht

<<

Página 244

ICCT, The Foreign Fighters Phenomenon in the European Union,

2016.http://icct.nl/app/uploads/2016/03/ICCT-Report_Foreign-

Fighters-Pheno-menon-in-the-EU_1-April-2016 _including-AnnexesLinks.pdf <<

Página 245

Ibid. <<

Página 246

[12] ICCT, Converts and Islamist Terrorism, 2016. http://icct.nl/app/uploads/2016/06/ICCT-Schuurman-Grol-Flower-Converts-June-2016.pdf <<

Página 247

Pilar Cebrián, El infiel que habita en mí, Ariel, 2021. <<

Página 248

Ibid. <<

Página 249

Ibid. <<

Página 250

Jesús Callejo, Breve historia de la brujería, Nowtilus, 2017. <<

Página 251

Ángeles Cristóbal Martín, El Santo Oficio de la Inquisición, Ayuntamiento de Logroño, 1994. <<

Página 252

Archivo Diocesano de Cuenca, Proceso contra Beatriz de Padilla en 1581, leg. 341. <<

Página 253

Mateo 12, 48. <<

Página 254

Domradio, «Die Empörung der 700.000», 19 de agosto de 2020. https://www.domradio.de/themen/glaube/2020-08-10/die-empoerung-der-700000-vor-25-jahren-faellte-karlsruhe-sein-kruzifixurteil <<

Página 255

Matthias Reichelt, Symbolische Deutungskonflikte, Múnich, 2019, pág.

80. <<

Página 256

Constitución de Baviera de 1998, arts. 127 y 131. https://www.gesetze-bayern.de/Content/Document/BayVerf/true <<

Página 257

Der Spiegel, «Das Kreuz ist der Nerv», 13 de agosto de 1995. https://www.spiegel.de/politik/das-kreuz-ist-der-nerv-a-0c7cdb36-0002-0001-0000-000009206287 <<

Página 258

Alf Mintzel, «Die bayerische Kruzifix-Debatte 1995», 8 de octubre de

2016. https://www.prof-dr-alf-mintzel.de/blog/2016/10/08/32-die-bayerische-kruzifix-debatte-1995/ <<

Página 259

Jochen Hippler, «Die deutschen Mullahs proben den Aufstand», 1995. http://www.jochenhippler.de/html/kruzifixurteil.html <<

Página 260

Domradio, «Kruzifix-Beschluss», 16 de mayo de 2019. https://www.domradio.de/radio/sendungen/anno-domini/der-streit-ums-kreuz-oeffentlichen-gebaeuden <<

Página 261

Der Spiegel, «Die Kreuze bleiben hängen», 14 de agosto de 2008. https://www.spiegel.de/lebenundlernen/schule/bayerns-schulen-die-kreuze-bleiben-haengen-a-572180.html <<

Página 262

Frankfurter Allgemeine Zeitung, «Ein Menschenrecht auf

Säkularisierung?», 25 de febrero de 2010. https://www.faz.net/aktuell/feuilleton/europaeisches-kruzifixurteil-ein-menschenrecht-auf-saekularisierung-1605556.html <<

Página 263

Der Spiegel, «Europa lässt uns nur noch die Halloween-Kürbisse», 4

de noviembre de 2009. https://www.spiegel.de/lebenundlernen/schule/kruzifixurteil-europa-laesst-uns-nur-noch-die-halloween-kuerbisse-a-659297.html <<

Página 264

Der Spiegel, «Gericht lässt Kruzifixe an Schulen wieder zu», 18 de marzo de 2011. <<

Página 265

Bayerische Staatszeitung, «Kein religiöses Symbol?», 24 de abril de 2018. <<

Página 266

El País, «La Justicia obliga a retirar los crucifijos de dos aulas de un colegio público extremeño», 9 de noviembre de 2010. https://elpais.com/sociedad/2010/11/09/actualidad/1289257206_850215

.html <<

Página 267

[33] Consulta 031/2011, Junta de Andalucía.

https://www.juntadeandalucia.es/educacion/portals/delegate/content/e

f996026-0ae2-48ac-9238-

3b7938b0d09a/ACLARACIONES%20(CONSULTA%20031-2011-

%20Simbolos%20relig%20escuelas%20y%20laicidad.pdf <<

Página 268

Diario Jaén, «La “batalla de los crucifijos” de Baeza», 16 de junio de 2016. https://www.diariojaen.es/provincia/la-batalla-de-los-crucifijos-de-baeza-YF1689450 <<

Página 269

El País, «Las dificultades de sacar el crucifijo del aula», 30 de octubre

de 2001. https://elpais.com/diario/2001/10/30/andalucia/1004397752_850215.ht ml <<

Página 270

Público, «El joven que denunció durante tres años la presencia de crucifijos en el aula cambia de instituto sin lograr su objetivo», 24 de junio de 2020. https://www.publico.es/sociedad/joven-denuncio-tres-anos-presencia-crucifijos-aula-cambia-instituto-lograr-objetivo.html <<

Página 271

El Mundo, «El Congreso insta al Gobierno a retirar los crucifijos de los

colegios», 3 de diciembre de 2009. https://www.elmundo.es/elmundo/2009/12/03/espana/1259826100.html

<<

Página 272

Diario de Jerez, «Sin crucifijos en los colegios», 7 de diciembre de

2008. https://www.diariodejerez.es/jerez/crucifijos-colegios_0_211779215.html <<

Página 273

Eldiario.es, «Andalucía lleva 15 años delegando en los consejos escolares la retirada de símbolos religiosos de los colegios públicos», 9 de octubre de 2019. https://www.eldiario.es/andalucia/censo-colegios-crucificos_1_1322547.html <<

Página 274

Les chiffres clés de l’Enseignement catholique. 2017-2018. https://enseignement-catholique.fr/wp-content/uploads/2018/01/dossier-eca-383.pdf <<

Página 275

Aceprensa, «Escuelas católicas españolas», 14 de junio de 2016. https://www.aceprensa.com/educacion/escuelas-catolicas-espanolas-tan-diversas-como-la-sociedad/Este estudio estima un 70 %; un 60% está afiliado a la patronal Escuelas Católicas. <<

Página 276

Frankfurter Allgemeine, «Plötzlich eine fast magische

Bildauffassung», 29 de mayo de 2020. https://www.faz.net/aktuell/feuilleton/hans-maier-25-jahre-kruzifix-beschluss-des-bundesverfassungsgerichts-16784030.html <<

Página 277

Christopher Caldwell, La revolución europea, Debate, 2010. <<

Página 278

Arturo Barea, «La llama» (cap. VII) en La forja de un rebelde, 1951.

<<

Página 279

Arturo Barea, «La forja» (cap. 10) en La forja de un rebelde, 1951. <<

Página 280

Francisco Alvarado, Cartas críticas. Tomo II, carta XXVI. Madrid, 1825. La palabra tragafrailes aparece en el libro El momento político de Pedro Figari (Montevideo, 1911). <<

Página 281

Constituciones de la Orden de las Escuelas Pías (ed. Madrid, 2004). Puntos 34, 36, 40 y 113. <<

Página 282

Pío X, Vehementer nos, 11 de febrero de 1906. https://www.vatican.va/content/pius-x/it/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_11021906_vehementer-nos.html <<

Página 283

León XIII, Libertas praestantissimum, 20 de junio de 1888. https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html <<

Página 284

Pío IX, Quanta cura, 8 de diciembre de 1864. https://www.vatican.va/content/pius-ix/it/documents/encyclica-quanta-cura-8-decembris-1864.html <<

Página 285

[51] Pío IX, Syllabus errorum, 1864. https://fundacionspeiro.org/downloads/magazines/docs/pdfs/4964_syll abus-1.pdf <<

Página 286

Pío X, Lamentabili sine exitu, 3 de julio de 1907. <<

Página 287

Así lo formula el jurista argentino Gonzalo F. Fernández en Estado laico, laicidad y laicismo (Foro Educacional n.º 34, 2020). <<

Página 288

El País Andalucía, «Laicismo y laicidad», Cartas al director, 8 de

noviembre de 2005. https://elpais.com/diario/2005/11/08/andalucia/1131405726_850215.ht ml <<

Página 289

Europa Laica, «¿Qué es el laicismo?». https://laicismo.org/que-es-el-laicismo/ <<

Página 290

Roberto Blancarte, «Laicidad y laicismo en América Latina», Estudios Sociológicos de El Colegio de México, vol. 26, n.º 76 (Jan.-Apr., 2008).

<<

Página 291

Diego Valadés, Laicidad y laicismo. Notas sobre una cuestión semántica, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015. <<

Página 292

Pío XI, Quas primas, 11 de diciembre de 1925. https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_11121925_quas-primas.html <<

Página 293

Pío XI, Dilectissima Nobis, 3 de junio de 1933. https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19330603_dilectissima-nobis.html <<

Página 294

El País Andalucía, «Laicismo y laicidad», op. cit. <<

Página 295

ATD Actualité, 10 de febrero de 2010. Conseil Départamental Haute-Garonne.https://www.atd31.fr/fr/base-doc/equipement/equipement-cultuel/article-budget-cnal-chauffage-eglise.html <<

Página 296

Conferencia Episcopal Española, Memoria de actividades 2019. http://www.transparenciaconferenciaepiscopal.es/memoria.html <<

Página 297

María del Mar Martín García, «El modelo español de financiación de la Iglesia católica», Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado, 2020. <<

Página 298

Valencia Laica, Comunicado de prensa, 20 de abril de 2022. https://laicismo.org/comunicado-de-prensa-de-valencia-laica-no-marques-la-casilla-de-la-iglesia-catolica-ni-la-de-fines-sociales-en-el-irpf/257939 <<

Página 299

Martín Federico Ríos Soloma, La Reconquista: una construcción historiográfica (siglos XVI-XIX), 2011. <<

Página 300

El País, «La catedral compostelana retira una imagen de Santiago ‘Matamoros’», 4 de mayo de 2004. <<

Página 301

Ver el texto en la web del Ayuntamiento de Granada. https://www.granada.org/inet/wfotos.nsf/capitulaciones <<

Página 302

Ver el texto en la web del Ayuntamiento de Granada. https://www.granada.org/inet/wfotos.nsf/capitulaciones <<

Página 303

S. P. Scott, The History of the Moorish Empire in Europe, 1904. <<

Página 304

Ferdinand Lot, «Études sur la bataille de Poitiers de 732», Revue Belge de Philologie et d’Histoire, 1948. <<

Página 305

Encyclopaedia Britannica, 1911. «Arabia». <<

Página 306

En sociedades tradicionales (tomamos como ejemplo Chad), la población masculina entre 15 y 64 años es un 25 % del total, pero no todos pueden considerarse aptos para la guerra. A finales del Imperio romano, siglo II, se estima la población de Iberia en 7,5 millones; en 1900 se ha triplicado para alcanzar 25 millones (ver Statista). <<

Página 307

Ivan Denes, Gott am Wannsee, 1993. <<

Página 308

Caldwell, op. cit. <<

Página 309

Juan 14, 16; reiterado en Juan 15, 26. <<

Página 310

El propio Corán recoge esa promesa de Jesucristo (sura 61, 6) y es una interpretación habitual en la teología islámica que Mahoma es efectivamente el enviado anunciado por Jesucristo. <<

Página 311

Septimio Severo, nacido en Leptis Magna, en Libia, de idioma materno púnico, casado con Julia Domna de Homs, Siria; su hijo Caracalla; Macrino, nacido en Iol Caesarea, actual Argelia; Elagabal, nacido en Roma de familia siria; Alejandro Severo, de Arca Caesarea, actual Líbano; Filipo el Árabe, de Siria; Emiliano, del actual Túnez. <<

Página 312

Encyclopaedia Britannica, 1911. «Euclid». <<

Página 313

George Saliba, «The “Arabick” Interest of the Natural Philosophers in Seventeenth-Century England», The Journal of the American Oriental

Society; 1 de enero de 1997. http://www.levantineheritage.com/arabick.htm <<

Página 314

Ver E. T. A. Hoffmann, Der Goldene Topf. <<

Página 315

Josué 10, 12-13. <<

Página 316

Sura Las Abejas, 16, 67. <<

Página 317

Sura Las Mujeres, 4, 43. <<

Página 318

Sura La Vaca, 2, 219. <<

Página 319

Sura La Mesa 5, 91. <<

Página 320

Las Filas, 37, 45, y Los Defraudadores, 83, 25. <<

Página 321

Chabad, «Why Is Torah Law So Restrictive of Contact Between the Genders?». https://www.chabad.org/library/article_cdo/aid/3246/jewish/Why-Is-Torah-Law-So-Restrictive-of-Contact-Between-the-Genders.htm <<

Página 322

Éxodo 20, 3-5. <<

Página 323

S. Safrai y M. Stern, The Jewish People in the First Century, Assen, 1974, vol. 1, pág. 109. <<

Página 324

La frase no parece estar documentada de forma oficial, pero aun si es apócrifa refleja una postura común de la clase política asquenazí respecto a judíos de países árabes o norteafricanos. <<

Página 325

Wilhelm Marr, Der Sieg des Judenthums über das Germanenthum, Berna, 1879. https://www.gehove.de/antisem/texte/marr_sieg.pdf <<

Página 326

Así lo formuló Theodor Herzl en su libro Der Judenstaat (1896). <<

Página 327

Zeev Sternhell, The Founding Myths of Israel, Princeton, 1998. https://archive.nytimes.com/www.nytimes.com/books/first/s/sternhell-israel.html <<

Página 328

Michael Stanislawski, Zionism and the Fin de Siècle, California Press, 2001. <<

Página 329

Es como se conoce el libro en la versión en español. La traducción exacta es El Estado de los judíos. Herzl no planteaba un Estado de características judías, sino uno creado por individuos nacidos como judíos.

<<

Página 330

M. Stanislawski, op. cit., pág. 11. <<

Página 331

Theodor Herzl, Der Judenstaat, op. cit., pág. 11. <<

Página 332

Herzl, op. cit., pág 75. <<

Página 333

Si mi memoria no me traiciona, fue Sergio Yahni, activista del Alternative Information Center (AIC). <<

Página 334

La frase —atribuida a menudo a Israel Zangwill— no aparece en el libro de Herzl, pero fue un lema conocido a partir del congreso sionista de Basilea de 1897. Ver Israelnetz, «Die Geburt des politischen Zionismus». https://www.israelnetz.com/die-geburt-des-politischen-zionismus/ <<

Página 335

Uri Avnery, «La judaización de Israel», MSur, noviembre de 2013. https://msur.es/2013/11/10/avnery-judaizacion-israel/ <<

Página 336

Ibid. <<

Página 337

Herzl, op. cit. <<

Página 338

Tom Segev, A State at Any Cost, 2018, cap. 11. <<

Página 339

Angel Wagenstein, «Lo que el dios de los judíos no consiguió…», MSur, mayo de 2010. https://msur.es/2010/05/17/angel-wagenstein/ <<

Página 340

[106] BPD, «Das Haavara-Transfer-Abkommen». https://www.bpb.de/geschichte/nationalsozialismus/die-wohnung/195259/das-haavara-transfer-abkommen <<

Página 341

Chemi Shalev, «Call for French Aliyah», Haaretz, 12 de enero de

2015. https://www.haaretz.com/.premium-call-for-french-aliyah-zionism-or-capitulation-1.5359090 <<

Página 342

Max Newman, «Thanks, But No Thanks», Times of Israel, 15 de febrero de 2015. https://blogs.timesofisrael.com/thanks-but-no-thanks/

<<

Página 343

La palabra pícaro no hace justicia a la figura, porque sugiere un interés económico propio de la picaresca, mientras que Yoha, como el alemán Eulenspiegel, se dedica a epatar simplemente por epatar. <<

Página 344

Ilya U. Topper, «Amaneser en Estambul», MSur, mayo de 2014. https://msur.es/2014/05/05/sefardies-estambul/ <<

Página 345

Conversación personal (2002). <<

Página 346

Times of Israel, «For the forgotten victims of Hate at Israel’s Birth, a Memorial», 16 de mayo de 2021. https://blogs.timesofisrael.com/for-the-forgotten-victims-of-hate-at-israels-birth-a-memorial/ <<

Página 347

Michael Adams, Suez and After, 1958, pág. 89. https://archive.org/details/suezandafteryear009813mbp/page/n105/ <<

Página 348

Ver por ejemplo Leonard Weiss, The Lavon Affair. https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/0096340213493259 <<

Página 349

H. Saadoun y P. Lurçat, «Y a-t-il eu une provocation “sioniste” en Irak pour encourager l’émigration des Juifs d’Irak?», Pardès, n.º 34 (2003). https://www.cairn.info/revue-pardes-2003-1-page-99.htm <<

Página 350

Michael R. Fischbach, «Claiming Jewish Communal Property in Iraq», Merip, 2008. https://merip.org/2008/09/claiming-jewish-communal-property-in-iraq/ <<

Página 351

Shlomo Hillel, «Who Helped 120,000 Jews Flee Iraq, Dies at 97», The New York Times, 21 de febrero de 2021. https://www.nytimes.com/2021/02/21/obituaries/shlomo-hillel-dead.html <<

Página 352

Es la estimación más habitual, aunque las cifras dadas por Yigal Nun (op. cit.) sugieren una población mayor: asegura que hubo 230 000 «tras la independencia» (1956) a la vez que da la cifra de 164 000 en 1957, mientras que anota una emigración a Israel de 130 000 entre 1948 y 1956. Agrega que Israel registra una inmigración de 237 000 marroquíes de 1948 a 1967, mientras que en 1970 aún hubo 30 000 judíos en Marruecos. A ello habría que sumar un número no desdeñable de judíos marroquíes emigrados a Francia y Canadá, lo que sugiere una población original superior a los 300 0000. <<

Página 353

Yigal Bin Nun, «La quête d’un compromis pour l’évacuation des Juifs du Maroc», Pardès, n.º 34 (2003). https://www.cairn.info/revue-pardes-2003-1-page-75.htm <<

Página 354

Emanuela Trevisan Semi, Différents récits sur le départ des juifs du Maroc dans les années 1960-1970, La Bienvenue et l’Adieu, Casablanca, 2012. https://books.openedition.org/cjb/174 <<

Página 355

Uri Avnery, «Remember What? Remember how?», 19 de marzo de

2005. http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/archives_article348 <<

Página 356

Uri Avnery, «Why I’m Angry With Israel’s Mizrahi Elite Haaretz», 10 de enero de 2018. https://www.haaretz.com/opinion/why-im-angry-with-israels-mizrahi-elite-1.5730103 <<

Página 357

Mohamed Chtatou, «Moroccan Jews in Israel: The New Diaspora», The Times of Israel, 22 de agosto de 2021. https://blogs.timesofisrael.com/moroccan-jews-in-israel-the-new-diaspora/ <<

Página 358

Conversación con Sergio Yahni en Jerusalén, 2001. <<

Página 359

Cifras de una encuesta de Gallup, citada en Haaretz, «Israel Among the Least Religious Countries in the World», 14 de abril de 2015. https://www.haaretz.com/israel-china-among-least-religious-nations-1.5350737 <<

Página 360

Yael V. Levy, «The Agunah and the Missing Husband», Journal of Law and Religion, vol. 10, n.º 1 (1993-1994). <<

Página 361

Carmen Rengel, «El divorcio es cosa de hombres… y de rabinos», MSur, 23 de mayo de 2011. https://msur.es/2011/05/23/divorcio-cosa-hombres-rabinos/ <<

Página 362

Donald P. Little, «Did Ibn Taymiyya Have a Screw Loose?», Studia

Islamica, n.º 41 (1975), págs. 93-111. https://www.jstor.org/stable/1595400 <<

Página 363

Jamel Zenati, «L’Algérie à l’épreuve de ses langues et de ses identités: histoire d’un échec répété», Mots, 2004. https://journals.openedition.org/mots/4993 <<

Página 364

Omar Carlier, «Ben Bella: l’homme, le mythe et l’histoire», Confluences Mediterranée, n.º 81, 2012/2. https://www.cairn.info/revue-confluences-mediterranee-2012-2-page-41.htm <<

Página 365

Patrick Weil, «Histoire et mémoire des discriminations en matière de nationalité française», Vingtième Siècle, n.º 84, 2004/4, págs. 5-22. https://www.cairn.info/revue-vingtieme-siecle-revue-d-histoire-2004-4-page-5.htm <<

Página 366

Weil, op. cit. <<

Página 367

Florence Renucci, Le statut personnel des indigènes: comparaison entre les politiques juridiques française et italienne en Algérie et en Libye (1919-1943), tesis doctoral, Universidad Paul Cézanne, 2005. https://halshs.archives-ouvertes.fr/tel-02658018/document <<

Página 368

Renucci, op. cit. <<

Página 369

Peter Webb, «The origin of Arabs: Middle Eastern ethnicity and myth-making», British Academy Review, n.º 26 (Feb 2016). https://www.thebritishacademy.ac.uk/documents/843/BAR27-10-Webb-reduced_0.pdf <<

Página 370

Alejandro Luque, «Jihan El Tahri: “Tras el terror rojo vino el terror verde: ahora nos ha tocado”», MSur, abril de 2020. https://msur.es/2020/04/21/jihan-eltahri/ <<

Página 371

BBC Afrique, «Algérie-Egypte: des hauts et des bas depuis

l’indépendance», 22 de noviembre de 2009. https://www.bbc.co.uk/french/news/story/2009/11/printable/091122_al gerie_egypte.shtml <<

Página 372

Según recoge en 1814 el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt, citado según Cameron Zargar, «Origins of Wahhabism from Hanbali Fiqh», Journal of Islamic and Near Eastern Law, n.º 16 (2017). https://escholarship.org/uc/item/6rp796h4 <<

Página 373

Nawawi, Riad as-Salihin, hadith 1732, Bujari y Muslim. <<

Página 374

[140] Hadith de Sunan Abi Dawud 4765.

https://sunnah.com/abudawud:4765 <<

Página 375

The Washington Post, 14 de octubre de 2013. https://www.washingtonpost.com/national/religion/malaysian-court-only-muslims-can-use-the-word-allah/2013/10/14/a8599a78-34fe-11e3-89db-8002ba99b894_story.html <<

Página 376

BBC, 14 de octubre de 2013. https://www.bbc.com/news/world-asia-24516181 <<

Página 377

[143] Reuters, 14 de octubre de 2013. https://www.reuters.com/article/cnews-us-malaysia-court-allah-idCABRE99D01J20131014 <<

Página 378

Corán, Sura 29, 46. <<

Página 379

[145] Halakha Yomit. http://halachayomit.co.il/en/default.aspx? HalachaID=2367 <<

Página 380

Ibid. <<

Página 381

C. Bratt Paulston y J. Watt, «Language policy and religion», en B. Spolsky (ed.), The Cambridge Handbook of Language Policy (Cambridge Handbooks in Language and Linguistics), 2012, págs. 335-350. <<

Página 382

https://www.cbc.ca/radio/ideas/the-stolen-revolution-iranian-women-of-1979-1.5048382 <<

Página 383

Sami Naïr, Por qué se rebelan, Clave Intelectual, 2013. <<

Página 384

NPR, «Sayyid Qutb’s America», 6 de mayo de 2003. https://www.npr.org/templates/story/story.php? storyId=1253796&t=1635792725593 <<

Página 385

Sayyid Qutb, Maàlim fi tariq (Hitos en el camino, conocido a menudo por su traducción inglesa, Milestones). <<

Página 386

Corán 2, 256 (La Vaca). <<

Página 387

Paul Berman, «The Philosopher of Islamic Terror», New York Times,

23 de marzo de 2003. https://www.nytimes.com/2003/03/23/magazine/the-philosopher-of-islamic-terror.html <<

Página 388

Masami Nishino, Muhammad Qutb’s Islamist Thought: A Missing Link between Sayyid Qutb and al-Qaeda?, Kings College, Londres, 2014. http://www.nids.mod.go.jp/english/publication/kiyo/pdf/2015/bulletin_ e2015_6.pdf <<

Página 389

Oliver Burkeman, «Portrait of the terrorist as a young man», The

Guardian, 25 de septiembre de 2001. https://www.theguardian.com/world/2001/sep/25/afghanistan.terroris m1 <<

Página 390

Robert Irwin, «Is this the man who inspired Bin Laden?», The

Guardian, 1 de noviembre de 2011. https://www.theguardian.com/world/2001/nov/01/afghanistan.terroris m3 <<

Página 391

Jack Cloonan, entrevista en PBS, 13 de julio de 2005. https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline//////torture/interviews/cloon an.html#1 <<

Página 392

San Francisco Chronicle, «Al Qaeda terrorist worked with FBI / Ex-Silicon Valley resident plotted embassy attacks», 4 de noviembre de 2011. https://www.sfgate.com/news/article/Al-Qaeda-terrorist-worked-with-FBI-Ex-Silicon-2861719.php <<

Página 393

Dwight D. Eisenhower, telegrama del Departamento de Estado a la embajada en Arabia Saudí, Washington, 21 de agosto de 1957. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1955-57v13/d364 <<

Página 394

En el monte Kemukus, en Java. Aunque no de forma pública, también en Marruecos el sexo con desconocidos, un antiguo rito de fertilidad, formaba parte de algunas peregrinaciones, normalmente individuales, a tumbas de santos. <<

Página 395

Paul Marshall, «Saudi Influence and Islamic Radicalism in Indonesia», Lausanne Movement, septiembre de 2017. https://lausanne.org/content/lga/2017-09/saudi-influence-islamic-radicalization-indonesia <<

Página 396

Krithika Varagur, «How Saudi Arabia’s religious project transformed Indonesia», The Guardian, 6 de abril de 2020. https://www.theguardian.com/news/2020/apr/16/how-saudi-arabia-religious-project-transformed-indonesia-islam <<

Página 397

Jarryd de Haan, «Saudi Strategies for Religious Influence and Soft Power in Indonesia», Future Directions, julio de 2020. https://www.futuredirections.org.au/publication/saudi-strategies-for-religious-influence-and-soft-power-in-indonesia/ <<

Página 398

Ralph R. Sell, «Egyptian International Labor Migration and Social Processes: Toward Regional Integration», The International Migration

Review, vol. 22, n.º 3 (Autumn, 1988). https://www.jstor.org/stable/2546586 <<

Página 399

Migration Policy Institute (MPI), «Egypt: Migration and Diaspora Politics in an Emerging Transit Country», agosto de 2018. https://www.migrationpolicy.org/article/egypt-migration-and-diaspora-politics-emerging-transit-country <<

Página 400

En marzo de 2021, Arabia Saudí anunció abolir el sistema de kafala para los ciudadanos egipcios. Ver Egypt Today, «Egyptian workers in Saudi Arabia not subjected to Kafala system anymore: Minister», 14 de marzo de 2021. https://www.egypttoday.com/Article/1/99661/Egyptian-workers-in-Saudi-Arabia-not-subjected-to-Kafala-system <<

Página 401

Darío Menor, «Guerra de telepredicadores», MSur, 22 de noviembre de 2007. https://msur.es/2007/11/22/guerra-telepredicadores/ <<

Página 402

Allegra Stratton, Muhayababes, 451 Editores, 2009. <<

Página 403

Darina al-Joundi, Mohamed Kacimi: El día que Nina Simone dejó de cantar, Alfaguara 2010. <<

Página 404

Imane Rachidi, La influencia de los países árabes en Europa (en imprenta). <<

Página 405

Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Qatar papers: comment l’emirat finance l’islam de France et d’Europe, 2019. <<

Página 406

Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Jérôme Sesquin: Qatar, guerre d’influence en Europe, ARTE France, documental, 2019. <<

Página 407

Imane Rachidi, op. cit. <<

Página 408

Ibid. <<

Página 409

Andrés Mourenza e Ilya U. Topper, La democracia es un tranvía, Península, 2019. La asociación se llama hoy Islamische Gemeinschaft Milli Görüş (IGMG); su web es: www.igmg.de <<

Página 410

Ditib. https://www.ditib.de/ <<

Página 411

Deutsche Welle, «Zahl der Moscheen und Gebetsräume unbekannt», 8 de octubre de 2018. https://www.dw.com/de/zahl-der-moscheen-und-gebetsr%C3%A4ume-unbekannt/a-45804430 <<

Página 412

[178] Deutschlandfunk, «Ankaras Einfluss auf deutschen

Moscheeverband», 26 de enero de 2018. https://www.deutschlandfunk.de/ditib-ankaras-einfluss-auf-deutschen-moscheeverband.724.de.html?dram:article_id=409350 <<

Página 413

[179] Konrad-Adenauer-Stiftung, «Die Muslimbruderschaft in

Deutschland». https://www.kas.de/es/web/islamismus/die-muslimbruderschaft-in-deutschland. El organismo se fundó bajo del nombre Comisión de Construcción de Mezquitas, se bautizó como IGD en 1982 y cambió su nombre a DGM en 2018. <<

Página 414

Verfassungsbericht Nordrhein-Westfalen, 2009, pág. 65. <<

Página 415

[181] IESH Colonies. https://iesh-sejour.fr/sejour/langue-arabe-immersion/ <<

Página 416

Bundeszentrale für politische Bildung, «Die Muslimbruderschaft in Deutschland». https://www.bpb.de/politik/extremismus/islamismus/290422/die-muslimbruderschaft-in-deutschland <<

Página 417

Entrevista con Fiammetta Venner, «La face cachée de la UOIF»,

L’Express, 2 de mayo de 2005. https://www.lexpress.fr/actualite/societe/religion/la-face-cachee-de-l-uoif_486103.html <<

Página 418

Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Jérôme Sesquin…, op. cit.

<<

Página 419

Attajdid, 5 de enero de 2004. Recogido en Maghress. https://www.maghress.com/attajdid/14749 <<

Página 420

Mediapart, «Nadia Karmous, la sulfureuse pasionaria des Frères Musulmans», 8 de enero de 2019. https://blogs.mediapart.fr/tanya-klein/blog/080119/nadia-karmous-la-sulfureuse-pasionaria-des-freres-musulmans <<

Página 421

Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Qatar Papers…, op. cit. <<

Página 422

Libération, «Islam de France: du rififi à la Grande mosquée de Paris», 13 de enero de 2020. https://www.liberation.fr/france/2020/01/13/islam-de-france-du-rififi-a-la-grande-mosquee-de-paris_1772779 <<

Página 423

TSA Algérie, « L’Algérie, 3e financeur des mosquées en France après l’Arabie saoudite et le Maroc», 11 de febrero de 2018. https://www.tsa-algerie.com/lalgerie-3e-financeur-des-mosquees-en-france-apres-larabie-saoudite-et-le-maroc/ <<

Página 424

[190] ZoneBourse. https://www.zonebourse.com/cours/action/FERMIERE-DU-CASINO-DE-CAN-35053972/societe/ <<

Página 425

El País, «La mezquita de la M-30 se inaugura hoy tras 17 años de

espera», 21 de septiembre de 1992. https://elpais.com/diario/1992/09/21/madrid/717074656_850215.html

<<

Página 426

El País, «Arranca la TV islámica en español», 20 de diciembre de 2011. https://elpais.com/diario/2011/12/20/radiotv/1324335604_850215.html

<<

Página 427

Imane Rachidi, op. cit. <<

Página 428

El País, «El CNI alerta de que seis países musulmanes financian al

islamismo», 31 de julio de 2011. https://elpais.com/politica/2011/07/31/actualidad/1312140952_655494. html <<

Página 429

Navarra.com, «Expulsan de España al imán de la mezquita de Corella por difundir una de las corrientes más radicales del Islam», 21 de marzo de

2018. https://navarra.elespanol.com/articulo/tribunales/expulsan-espana-iman-mezquita-corella-corrientes-radicales-islam/20180321095620177604.html. Ver también: El Español, «Ruta por las mezquitas más radicales de España: 5 imanes que llaman a la yihad»,

27 de agosto de 2017. https://www.elespanol.com/reportajes/20170825/241726496_0.html <<

Página 430

Entrevista en ABC del 19 de julio de 1980, citada en José María Ortega Sánchez y Javier Callejo Maudes, «Los curiosos orígenes del Islam en España, de mercenarios, misioneros, estudiantes y conversos», Journal of the Sociology and Theory of Religion, diciembre de 2017. https://revistas.uva.es/index.php/socireli/article/view/1820/1555 <<

Página 431

Abdennur Prado, «Homosexualidad en el islam», Webislam, 2006. https://www.oozebap.org/text/homosexualidad_islam.htm <<

Página 432

Sabora Uribe, «La familia islámica», Ver islam, 1997, pág. 37. https://www.verislam.com/la-familia-islamica. Uribe fue asesinada en 1998 por un joven que se suicidó poco después en la cárcel, sin que se hayan aclarado nunca los motivos del crimen. <<

Página 433

El País, «Crece el poder de los líderes prosaudíes y promarroquíes en la comunidad islámica», 5 de febrero de 2006. https://elpais.com/diario/2006/02/05/espana/1139094013_850215.html

<<

Página 434

Natalia Andújar, «Crónica de una discriminación anunciada», 17 de

febrero de 2011. https://nataliaandujar.wordpress.com/2011/02/17/cronica-de-una-discriminacion-anunciada/ <<

Página 435

Christopher Caldwell, op. cit. <<

Página 436

Para un análisis exhaustivo del libro de Caldwell, véase: Ilya U. Topper, «Cerrando ventanas», MSur, octubre de 2010. https://msur.es/2010/10/01/topper-caldwell-ventanas/ <<

Página 437

Tahir ul Qadri, «The Vision for Green Revolution in Pakistan»,

Minhaj ul Quran, 8 de agosto de 2014. https://www.minhaj.org/english/Lahore/tid/29146/The-Vision-for-Green-Revolution-in-Pakistan-by-Dr-Tahir-ul-Qadri.html <<

Página 438

ABC Sevilla, «Un diputado de Podemos dio una ayuda a la mezquita del yihadista», 23 de abril de 2019. https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-diputado-podemos-concedio-ayuda-mezquita-dirige-padre-yihadista-201904222217_noticia.html <<

Página 439

«El clericalismo», en El Socialista, n.º 772, 21 de diciembre de 1900.

<<

Página 440

El Socialista, n.º 861, 5 de septiembre de 1902. <<

Página 441

Diario 16, «En la sociedad hay muchas injusticias y no todo es tan bonito como lo pintaba Karl Marx», 16 de julio de 2018. https://diario16.com/en-la-sociedad-hay-muchas-injusticias-y-no-todo-es-tan-bonito-como-lo-pintaba-karl-marx/ <<

Página 442

La Vanguardia, «Las voces emergentes de los musulmanes», 15 de

diciembre de 2017. https://www.lavanguardia.com/politica/20171215/433628283753/musul manes-catalunya-representacion-elecciones-21-d.html <<

Página 443

AFP, «La española Nora Baños sí dijo que el islam introdujo el derecho al voto femenino y la seguridad social (pero es falso)», 27 de febrero de 2020. https://factual.afp.com/la-espanola-nora-banos-si-dijo-que-el-islam-introdujo-el-derecho-al-voto-femenino-y-la-seguridad <<

Página 444

The Courier Mail, «There was never an image of a woman wearing a veil in any of their presentation videos», 11 de julio de 2013. https://www.couriermail.com.au/sport/more-sports/spains-ioc-member-marisol-casado-says-turkey-has-removed-women-wearing-headscarves-in-bid/news-story/79c03086c6930fff56603502b07486b8

<<

Página 445

EgyptianStreets, «Video of Egyptian President Nasser Mocking Mandatory Hijab Goes Viral», 17 de junio de 2017. https://egyptianstreets.com/2017/06/24/video-of-egyptian-president-nasser-mocking-mandatory-hijab-goes-viral/ <<

Página 446

Andrés Mourenza e Ilya U. Topper, op. cit., cap. II. <<

Página 447

El Comercio de Gijón, «La Comisión Islámica recuerda a un instituto de Gijón el derecho de una alumna a llevar ‘hiyab’», 4 de noviembre de

2019. https://www.elcomercio.es/gijon/gijon-comision-islamica-recuerda-instituto-hiyab-20191104173827-nt.html <<

Página 448

TEDH, Leyla Sahin v. Turquía (29 de junio de 2004). https://hudoc.echr.coe.int/eng?i=001-61863 <<

Página 449

TEDH, Dahlab v. Suiza (15 de febrero de 2001). https://hudoc.echr.coe.int/eng?i=001-22643 <<

Página 450

Observatorio Andalusí/UCIDE, Informe especial 2016, pág. 66. http://observatorio.hispanomuslim.es/isj16.pdf <<

Observatorio Andalusí/UCIDE, op. cit. <<

Sirin Adlbi Sibai, La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial, Akal, 2016, pág. 164. <<

Ibid., pág. 165. <<

Élysée, «La République en actes: discours du Président de la République sur le thème de la lutte contre les séparatismes», 2 de octubre de 2020. https://www.elysee.fr/emmanuel-macron/2020/10/02/la-republique-en-actes-discours-du-president-de-la-republique-sur-le-theme-de-la-lutte-contre-les-separatismes <<

Ángeles Ramírez, «La (vieja) hoja de ruta de la islamofobia en

Francia», CTXT, 21 de octubre de 2020. https://ctxt.es/es/20201001/Firmas/33845/Angeles-Ramirez-Francia-racismo-Islamofobia-Samuel-Paty-asesinato.htm <<

Le Journal du Dimanche, «Tribune: Marlène Schiappa: “Abolissons les certificats de virginité!”», 26 de septiembre de 2020. https://www.lejdd.fr/Societe/tribune-marlene-schiappa-abolissons-les-certificats-de-virginite-3994406 <<

Ángeles Ramírez y Anaitze Agirre Larreta, Islamofobia y género: miradas diversas desde el activismo, las instituciones y la academia, SOS Racismo, Gipuzkoa, 2017. <<

Deuteronomio 22, 20. <<

Rana Hussein, Murder in the name of honour, Oneworld Publications, Oxford, 2011, pág. 52. <<

Ernesto De Cristofaro, «The crime of honor: an Italian story»,

Historia et Ius, 14/2018. http://www.historiaetius.eu/uploads/5/9/4/8/5948821/14_15_de_cristof aro.pdf <<

[227]

https://www.theguardian.com/world/2006/mar/27/italy.johnhooper <<

Heinrich Mann, El súbdito, 1918, cap. II. <<

Gérard Dufour, La Inquisición en España, 1992 (cifras redondeadas).

<<

Mateo 19, 6. <<

Ángeles Cristóbal Martín, op. cit. <<

Catecismo de la Iglesia católica. III/2.ª-2 art. 6: El sexto mandamiento. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a6_sp.html <<

Juzgado de lo Penal 10 de Sevilla, Sentencia 448/19, 9 de octubre de 2019. https://www.diariodesevilla.es/2019/10/11/Contra_los_sentimientos_rel igiosos_11-10-2019_watermark.pdf <<

España Confidencial, «Entrevista de NC a Javier M.ª Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna», 19 de febrero de 2019. https://www.xn-- espaaconfidencial-ixb.com/2019/02/18/entrevista-de-nc-a-javier-ma-perez-roldan-y-suanzes-carpegna/ <<

Centro Jurídico Tomás Moro, «Aclaraciones…». http://www.tomas-moro.org/sala-de-prensa/notas-de-prensa/aclaracionesentornoaljuicioporescarnioalascreenciasreligiosasc ontraelcantautorjavierkrahe <<

[236] El País. https://elpais.com/sociedad/2012/05/28/actualidad/1338195459_992171 .html <<

Diario de Sevilla, «Absuelto el exsecretario de las Juventudes Socialistas por el vídeo ‘Bendito Condón’», 19 de septiembre de 2013. https://www.diariodesevilla.es/sociedad/Absuelto-Juventudes-Socialistas-Bendito-Condon_0_735826601.html <<

Audiencia Provincial de Madrid, Sección 16.ª, Sentencia de 16 de diciembre de 2016, Rec. 747/2016. <<

El Confidencial, «La abogada que ‘encerró’ a Willy Toledo tiene otras

60 causas abiertas: “No pararemos”», 25 de marzo de 2019. https://www.elconfidencial.com/espana/2019-03-25/abogados-cristianos-willy-toledo-polonia-castellanos-yunque_1899014/ <<

Ibid. <<

EITB, «Confirman el archivo de la causa contra Azcona por usar hostias en una obra», 5 de mayo de 2017. https://www.eitb.eus/es/cultura/detalle/4813811/denuncia-abel-azcona-archivan-causa-azcona-usar-hostias/ <<

UCIDE, «Estudio demográfico de la población musulmana», 2021. https://ucide.org/wp-content/uploads/2021/10/estademograf20.pdf <<

Currículo del área Religión Islámica de la Educación Primaria, BOE n.º 299, 11 de diciembre de 2014. Curso 1.º, 5.3. https://www.boe.es/eli/es/res/2014/11/26/(2) <<

Religión Católica de la Educación Primaria, BOE n.º 47, 24 de febrero de 2015. https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-1849 <<

Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales, BOE n.º 300, 15 de diciembre de 1979. https://noticias.juridicas.com/base_datos/Admin/ir051279-1-je.html

<<

Martin F. Meyer, Ethikunterricht in Deutschland - die Bundesländer im Vergleich, 1997. <<

Ibid. <<

Alfred K. Treml, «Ethik als Unterrichtsfach in den verschiedenen Bundesländern», en Ethik macht Schule, Fráncfort, 1994. <<

Meyer, op. cit. <<

Datos del informe de la conferencia de ministros de Cultura de los estados alemanes, 2008 (Zur Situation des Ethikunterrichts in der Bundesrepublik Deutschland). <<

[252] Bundesverfassungsgericht. 1 BvR 2780/06. https://www.bundesverfassungsgericht.de/SharedDocs/Entscheidunge n/DE/2007/03/rk20070315_1bvr278006.html <<

Concordato de 1979 (Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, art. III). <<

Canarias 7, «Entrevista online con Carmen Galayo», 27 de julio de 2007. https://www.canarias7.es/hemeroteca/entrevista_online_con_carmen_ galayo-CWCSE57 <<

El País, «Parece que estamos en la época de la Inquisición», 24 de

febrero de 2007. https://elpais.com/diario/2007/02/24/sociedad/1172271604_850215.htm l <<

El Mundo, «El pecado original», 29 de julio de 2001. https://www.elmundo.es/cronica/2001/308/1000105679.html <<

Francisco I, Lumen Fidei, 29 de junio de 2013. https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/pa pa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei.html <<

Ibid. <<

El País, «Parece que estamos en la época de la Inquisición», 24 de febrero de 2007. <<

El Confidencial, «El vía crucis de 13 000 profesores de Religión», 15 de enero de 2020. https://www.elconfidencial.com/espana/2020-01-15/religion-colegios-profesores-viacrucis-despidos_2411879/ <<

ACI Prensa, «Padres católicos denuncian el adoctrinamiento del Gobierno en las escuelas de España», 4 de mayo de 2022. https://www.aciprensa.com/noticias/padres-catolicos-denuncian-el-adoctrinamiento-del-gobierno-en-las-escuelas-de-espana-55369 <<

Eldiario.es, «Las clases de Religión que paga el Estado», 12 de noviembre de 2018. https://www.eldiario.es/sociedad/datos-religion-educacion_1_2742756.html <<

Pío IX, Syllabus errorum, op. cit. <<

University of Oxford, «Islamic studies chair is appointed», 30 de julio

de 2009. https://web.archive.org/web/20131203013519/

http://www.ox.ac.uk/media/news_stories/2009/090730.html.

Ver

también: University of Oxford,

https://governance.admin.ox.ac.uk/legislation/his-highness-sheikh-hamad-bin-khalifa-al-thani-professor-in-contemporary-islamic-studies <<

Ángeles Ramírez y Laura Mijares, «Gestión del islam y de la inmigración en Europa: tres estudios de caso», Migraciones, n.º 18, 2005.

<<

Ian Johnson, «Washington’s Secret History with the Muslim Brotherhood», The New York Review, 5 de febrero de 2011. https://www.nybooks.com/daily/2011/02/05/washingtons-secret-history-muslim-brotherhood/ <<

L’Obs, «Passe d’arme entre Sarkozy et Ramadan», 21 de noviembre de 2003. https://www.nouvelobs.com/societe/20031121.OBS0073/passe-d-arme-entre-sarkozy-et-ramadan.html <<

Souha Korbatieh, «Adultery Laws in Islam and Stoning in the Modern World», Australian Journal of Islamic Studies 3, nº. 2, 2018. <<

Fernando Rodríguez Mediano, «Justice, crime et châtiment au Maroc

au XVIe siècle», Annales, 1996 51-3. https://www.persee.fr/doc/ahess_0395-2649_1996_num_51_3_410873

<<

Souha Korbatieh, op. cit. <<

Al Jazeera, Head to Head: Has political Islam failed?, min. 34:50 https://www.aljazeera.com/news/2018/3/14/tariq-ramadan-the-professor-of-european-islam <<

Nicolas Tampio (Fordham Univ.), «Constructing the Space of Testimony: Tariq Ramadan’s Copernican Revolution», Political Theory, vol. 39, nº. 5, Sage Publications, 2011, págs. 600-629. http://www.jstor.org/stable/23036075. <<

Andrew F. March, «Reading Tariq Ramadan: Political Liberalism, Islam, and “Overlapping Consensus”», Ethics & International Affairs, vol

21.4 (Winter 2007). https://www.carnegiecouncil.org/publications/journal/21_4/essays/001

<<

Leïla Babès, «L’identité islamique européenne selon Tariq Ramadan»,

Islam de France, n.º 8, 2000. http://leilababes.canalblog.com/archives/2008/01/07/7480121.html <<

[275] Tariq Ramadan, 8 de octubre de 2015. https://tariqramadan.com/english/roar-ik-tariq-ramadan-and-the-case-of-the-multiple-identities/Ver también su tuit del 16 de julio de 2016: https://twitter.com/TariqRamadan/status/754123008487354369 <<

Al Jazeera, Tariq Ramadan: The professor of European Islam, 14 de marzo de 2018. https://www.aljazeera.com/news/2018/3/14/tariq-ramadan-the-professor-of-european-islam <<

Sana Ben Achour, «Le Code tunisien du statut personnel, 50 ans après: les dimensions de l’ambivalence», L’Année du Maghreb II, 2005-2006. https://journals.openedition.org/anneemaghreb/89 <<

Élysée, «La République en actes: discours du président de la République sur le thème de la lutte contre les séparatismes», 2 de octubre de 2020. https://www.elysee.fr/emmanuel-macron/2020/10/02/la-republique-en-actes-discours-du-president-de-la-republique-sur-le-theme-de-la-lutte-contre-les-separatismes <<

Wassyla Tamzali, «No necesitamos un islam moderado, sino un islam valiente», MSur, abril de 2016. https://msur.es/2017/03/24/wassyla-tamzali-16/ <<

En 1966, un 1,8 % de los matrimonios en Argelia eran polígamos. Fuente: Dominique Tabutin, «La polygamie en Algérie», Population,

1974. https://www.persee.fr/doc/pop_0032-4663_1974_num_29_2_16222. En la década de los noventa, la tasa de matrimonios polígamos en Marruecos era del 1,6 %. Fuente: «Féminin-Masculin: La marche vers l’égalité au Maroc 1993-2003». https://library.fes.de/pdf-files/iez/03260.pdf <<

Sura 4, 3 y 4, 129 (Las mujeres). <<

Erzbischof Koch, «Martin Luther ist Vorbild in Sachen Gottvertrauen», katholisch.de, 13 de octubre de 2021. https://www.katholisch.de/artikel/31792-erzbischof-koch-martin-luther-ist-vorbild-in-sachen-gottvertrauen <<

Kardinal Brandmüller, «Martin Luther war Häretiker», katholisch.de, 11 de abril de 2017. https://www.katholisch.de/artikel/12950-kardinal-brandmueller-martin-luther-war-haeretiker <<

[284] Por ejemplo, en Muslimaid.

https://www.muslimaid.org/appeals/kaffarah/ <<

Ayaan Hirsi Ali, ¡Reformemos el islam!, Galaxia Gutenberg, 2015. <<

The Humanist.com, «Absolute Infidel: The Evolution of Ayaan Hirsi

Ali», 22 de diciembre de 2007. https://thehumanist.com/magazine/january-february-2008/features/absolute-infidel-the-evolution-of-ayaan-hirsi-ali <<

Hirsi no es el apellido de Ayaan, sino el nombre de pila de su padre; en las sociedades como la somalí, la árabe o la iraquí, que no utilizan apellidos sino patronímicos, es preferible referirse a las personas con su nombre propio. <<

Heinz-Erich Eisenhuth, «Luther und der Antinomismus», Thüringer

kirchliche Studien, Bd. 1, Berlín, 1963. https://www.ekmd.de/asset/Poo4FxkPSL-nToAR63JlRg/eisenhuth-luther-und-der-antinomismus.pdf <<

Domradio, «Der eiserne Reformator», 10 de julio de 2009. https://www.domradio.de/nachrichten/2009-07-10/vor-500-jahren-wurde-johannes-calvin-geboren <<

Catecismo de la Iglesia católica. III/2.ª-2 art. 6: El sexto mandamiento. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a6_sp.html <<

Adonis, Violencia e islam. Conversación con Houria Abdelouahed, Ariel, 2016. <<

Sura 53, 19-30. <<

Baquer Moin, Khomeini, Thomas Dunne Books, 2000, pág. 283. <<

Ignaz Goldziher, «Islam et Parsisme», conferencia en la Sorbona, París, 6 de septiembre de 1900. <<

Karen Armstrong, Mahoma. Biografía del profeta, Tusquets, 2009. <<

Günter Lüling, Über den Ur-Qur’an, Erlangen, 1979. <<

Emilio González Ferrín, «El evangelio apócrifo por excelencia en Oriente es el Corán», MSur, 6 de septiembre de 2009. https://msur.es/2009/09/06/emilio-gonzalez-ferrin/ <<

Tradición documentada en la colección de hadithes Sahih Muslim, 6924, 7278 o 2897, según la edición. <<

Sura 3, 52 (Al Imran) y 5, 111 (La mesa). <<

Friedrich Erich Dobberahn, Muhammad oder Christus?, Taufkirchen, 2011, págs. 131-179. <<



FIN

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