© Libro N° 14623. Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad. Topper, Ilya U. Emancipación. Diciembre 20 de 2025
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DIOS, MARCA REGISTRADA:
Ilya U. Topper
Dios, Marca
Registrada:
Una Defensa
De La Laicidad
Ilya U. Topper
¿Qué papel ha de ocupar la religión en la vida institucional de un
Estado aconfesional? ¿Ha de impartirse clase de Religión en la enseñanza
pública? ¿De una religión o de todas? La diversificación de las creencias
religiosas ha devuelto a la actualidad un debate que creíamos superado: el de
la necesidad de un Estado laico. Con un pulso narrativo espléndido, erudición y
una solvencia divulgativa irrebatible, Topper primero aborda las raíces de
judaísmo, cristianismo e islam y luego cuestiona el relativismo moral que
conduce a retrocesos en la separación entre religión y Estado, desbaratando así
los discursos débiles que amparan la nueva intromisión de las religiones en
nuestras vidas. Excelente prólogo del veterano militante de la causa laicista
Luis Fernández.
Ilya U. Topper
Dios, Marca Registrada: Una Defensa De La Laicidad
ePub r1.0
Titivillus 08.12.2025
Ilya U. Topper, 2023
Prólogo: Luis Fernández, 2023
Ilustración de la portada: Iván Cuervo Berango, 2023
Corrección: Olaya González Dopazo
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
PRÓLOGO SOBRE EL LAICISMO Y LAS RELIGIONES TRÁILER MUERTE EN PARÍS I EL
DRAMA DE EUROPA
¡QUE VIENEN LOS MOROS!
LOS ALTAVOCES DE DIOS EL NUEVO ÉXTASIS SOBRE ÁRBOLES Y TUMBAS PAGANOS,
CONCILIOS Y BRUJAS
LA CRUZ DE EUROPA
CRUCIFIJO CONTRA CONSTITUCIÓN EL FIN DE OCCIDENTE DIOS EN LA CARTA MAGNA
LA IGNORANCIA DEL PECADO
LAICISMO ¿UN SINDIÓS?
QUEMACONVENTOS Y TRAGAFRAILES LIBERTAD, PESTILENTE ERROR
EL CANCILLER DE HIERRO
LAICISMO, LAICIDAD, ACONFESIONALIDAD PAGAN ATEOS POR PECADORES
II EL CONTINENTE MEDITERRÁNEO
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ LOS
MOROS DE LA ALHAMBRA SI EL CID LEVANTARA LA CABEZA EL SALVADOR DE OCCIDENTE LOS
SIETE DE REGRAGA EUROPA NACIÓ EN LÍBANO
DEL ARRAK DE DÁTILES AL ANÍS DEL MONO
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ EL
JUDÍO ERRANTE EL TIRO POR LA CULATA ALEMANES Y ESPAÑOLES SIONISTAS ANTISEMITAS
DE CÓMO ISRAEL ACABÓ CON LOS JUDÍOS LA EXPULSIÓN INVENTADA ANCLADAS Y
BASTARDOS
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ LA
DESGRACIA DE SER ÁRABE EL DESPERTAR QUE ERA UN SUEÑO EL SECRETO DE 300 MILLONES
FRANCIA ISLAMIZA ARGELIA
LA TRAICIÓN DEL PANARABISMO
LA GRAN MISIÓN
1. LA FE USURPADA
EL PREDICADOR Y LA ESPADA MAIMÓNIDES EN LA MEZQUITA DIOS HA MUERTO, VIVA
ALLAH LLEGA EL MAHDI
2. BARBUDOS DE AYER Y HOY LA REVOLUCIÓN VERDE SUNÍES Y CHÍIES HEREDEROS
DEL CHE GUEVARA
EL TRAUMA (SEXUAL) DE COLORADO 3. PETROISLAM
DE RAMBO A MESíAS
LA SANTA ALIANZA
EL ORO NEGRO DE RIAD
EL DíA QUE NINA SIMONE DEJó DE CANTAR IV EL RETORNO DE DIOS
1. LOS DINEROS DEL IMAM PREDICADORES Y MALETINES CATAR COMPRA EUROPA
CONVERSOS CONTRA HERMANOS SUBVENCIÓN AL SALAFISMO
2. EL VELO EXHIBICIONISTA LA CANDIDATA DE PODEMOS EL HARéN Y LA CLASE
PÓNTELO, PÓNSELO BEBÉS SEXUALIZADOS MACRON CONTRA LA VIRGINIDAD DE MONTMARTRE
AL MAYO
3. CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO EL COÑO INSUMISO
UN SALVADOR EN LA PIZARRA PASTORES Y CONCORDATOS EN MISA Y REPICANDO
V ¿REFORMA?
1. LA REVOLUCIÓN AUSENTE EL APRENDIZ DE MAGO COPÉRNICO O LOCKE
DIOS Y CÉSAR
¿UN ISLAM ILUSTRADO?
HÉRCULES Y SÍSIFO
LA BUSCA DEL ANTÍDOTO EL
MONJE DE WITTENBERG LAS TESIS DE AYAAN CALVINO, EL SALAFISTA LA FE DE LOS
AGNÓSTICOS
LA LEYENDA DE MAHOMA LA
QUEMA DE RUSHDIE HISTORIADORES Y CREYENTES ARABISTAS ANTEDILUVIANOS JESUCRISTO
EN LA MEZQUITA NOTAS
Para Mimunt Hamido Yahia, mora, laica, feminista.
PRÓLOGO
SOBRE EL LAICISMO Y LAS RELIGIONES
Tras el estallido de una polémica por la no asistencia de la alcaldesa
de Gijón, la socialista Ana González, a los actos religiosos de las
festividades locales, el párroco de la iglesia de San Pedro expresaba en el
periódico La Nueva España del 22 de junio de 2019 su disgusto
ante la utilización del laicismo por parte de la corregidora de la
ciudad como argumento para no participar en la ceremonia religiosa. Si nos
remitimos al Diccionario de la Real Academia —antigua y definitiva fuente de
información—, leeremos que tal vocablo significa «independencia del individuo o
de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier
organización o confesión religiosa». Y ese disgusto (el de la independencia del
Estado de cualquier confesión religiosa) llevaba al párroco de San Pedro a unas
extrañas reflexiones sobre el Estado laico, la laicidad y el laicismo. A pesar
de reconocer que «España es un país aconfesional o laico», le parecía al
sacerdote que había que evitar el término laicismo porque «ese sustantivo,
comúnmente, lleva consigo una cierta radicalidad, hostilidad o indiferencia».
Afirmaba, además, con la seguridad que le da el poseer la verdad (la de la
verdadera fe), que «hoy ya se suele utilizar para hablar de las relaciones
entre Estado-Iglesia otra palabra, laicidad, que puede ser positiva o negativa.
Creo que le va mejor lo de “laicidad positiva” a la Constitución española
porque habla de cooperar, no de “defender”». Y concluía: «Nosotros somos
gijoneses creyentes, es más, con toda seguridad, somos primero gijoneses y
luego creyentes».
Aunque no era su voluntad, la afirmación de este párroco sintetiza la
esencia del laicismo: la ciudadanía es primero eso, ciudadanía. Y luego, a
título individual, cada cual puede tener las creencias particulares que
considere adecuadas. Pero como da la impresión de que se está jugando a difuminar
los términos queriendo envolverlos en una nube de confusión, parece necesario
dar respuesta a la pregunta ¿qué es el laicismo? para continuar buscando
respuesta a ¿es diferente laicismo de laicidad?, ¿qué es un Estado laico?
De una forma muy simple, el laicismo es el movimiento que pretende
alcanzar la laicidad en la organización del Estado, o lo que es lo mismo,
trabaja para llegar a un Estado independiente de cualquier confesión religiosa.
Para ello asume que la ciudadanía tiene que organizarse en torno a unas
coordenadas exteriores a las religiones. Dicho de otra forma, para que un
Estado pueda ser considerado como laico es necesario (pero no suficiente) que
valore la libertad de conciencia por encima de los diferentes formatos de fe
que existen en el mundo.
Su fundamentación es también muy simple. Es un principio elemental de la
democracia que el poder (y, por lo tanto, la responsabilidad) está en las manos
de la ciudadanía, de toda la ciudadanía. Y en la medida en que asumimos esa
democracia no es admisible aceptar que la fuente del poder sea la concesión de
un determinado dios a una comunidad concreta generalmente en alianza con un
poder físico (la cruz y la corona). Es imprescindible construir una estructura
estatal exclusivamente humana con unas coordenadas que puedan ser aplicables de
forma universal.
Visto desde otra perspectiva, las religiones no pueden ser la razón
justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que
reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a
las demás. Cuando se abre el foco en la percepción de la historia de la
humanidad se observa la correspondencia de cada religión con sus circunstancias
particulares, por lo que resulta manifiesta la necesidad de organizar la
sociedad fuera del marco de todas las religiones. Y ese es el objetivo del
laicismo: construir una estructura exterior, ajena a las religiones, donde
pueda tener cabida en igualdad de trato toda la ciudadanía, independientemente
de que profese alguna o ninguna religión (o, lo que es lo mismo, que pertenezca
a una o a ninguna comunidad).
Hay un momento en el desarrollo de la humanidad en que la complejidad de
las estructuras sociales construidas (donde lo fueron) demanda mecanismos
especiales (herramientas culturales) para su coherencia y control. Es el
momento de la aparición de las grandes
religiones. Se convierten en la columna vertebral de las organizaciones
sociales constituyéndose, simultáneamente, en poderosas armas para todos
aquellos que intentan conducir su desarrollo. El control de los modos y las
costumbres, apoyado en una narración, en una ficción justificadora de la
situación presente, no solo facilita crear, organizar y controlar amplias
comunidades con una supuesta historia común, sino que permite utilizar ese
sentimiento de exclusividad como una herramienta poderosa para enfrentar unas
sociedades con otras.
Una parte importante de esta obra de Ilya U. Topper está destinada a
mostrarnos, a través de la presentación de hechos significativos, ese valor de
las religiones como herramientas de cohesión social mediante la creación de
vínculos intracomunitarios. La celebración conjunta de la ceremonia genera
fuertes vínculos entre los participantes. Es entonces cuando se convierte en un
poderoso punto de apoyo para ejercer el control sobre cada sociedad a través de
sus ritos. Ya no es necesario conocer con detalle esa narración presentada como
un dogma venido del más allá, generalmente escrita en un libro sagrado, que
exige fe absoluta en sus afirmaciones. Basta con agrupar a los fieles a través
del rito, quizá por eso le molestaba tanto al párroco de San Pedro que la
alcaldesa, argumentando razones de laicidad, no asistiera a su bendición de las
aguas.
En su función como fuerza cohesiva, las religiones se convierten en
ritos, en ceremonias, en celebraciones. La romería en la isla de Büyükada,
cinematográficamente narrada por Ilya Topper en este ensayo, nos permite
hacernos una idea clara del papel de vinculación social que realizan las
ceremonias comunitarias de origen religioso. Para controlar estos ritos se
construye una narración que de alguna forma los enhebre. La mayor parte de los
que participan en ellos desconocen muchas de las partes significativas de la
narración que los justifica. Poco importa. Como dice Topper, «si millones de
españoles consideran que cargar la Macarena en angarillas es propio de
cristianos, aquello es cristianismo». O más rotundamente: «En el catolicismo
mediterráneo, el rito ha remplazado a la fe, facilitado por un elemento clave:
los fieles, aun cuando creen, no saben en qué están creyendo. Ni les importa».
Desde una óptica sociológica diferente, Jonathan David Haidt, profesor
de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, afirma:
Un partido de fútbol universitario es una excelente analogía de la
religión. Desde una perspectiva básica, si nos centramos en lo más evidente (es
decir, el juego en el campo), el fútbol universitario es una institución
extravagante, costosa y derrochadora que perjudica la capacidad de la gente
para pensar racionalmente y deja un largo reguero de víctimas […]. Pero desde
una perspectiva sociológicamente informada, es un rito religioso que hace
exactamente lo que se supone que debe hacer: que nos sintamos «parte de un
todo[1]».
Volvamos ahora a la organización del Estado. Aplacemos la consideración
de las religiones como herramientas de control social y centrémonos en el hecho
de que son hechos colectivos que, como herramientas culturales, agrupan a las
personas acogiéndolas en comunidades. Puesto que el poder satisfacer ese
impulso de acogida es indudablemente un derecho humano (posiblemente responde a
una herencia evolutiva, con forma de emoción, para el refuerzo de las
colectividades), no puede existir un Estado laico que no respete la libertad
individual de acogerse a una comunidad religiosa. O a ninguna (cuando la
evolución cultural permite substituir el vínculo emocional por un concepto
asumido racionalmente). Pero es imprescindible que cada comunidad acepte que el
Estado es un marco exterior que tiene que garantizar que se respeten todas las
creencias.
Aproximémonos a caracterizar ese Estado laico. En un primer paso puede
resultar atractiva la propuesta de Taylor y Maclure de definir la laicidad como
una modalidad de gobierno, destinada a permitir que los Estados respeten «por
igual a individuos que tienen visiones del mundo y esquemas de valores
diferentes». Para ellos la laicidad
descansa en dos grandes principios morales, el de la igualdad de trato y
el de la libertad de conciencia, así como en dos procedimientos que permiten la
ejecución de estos principios, a saber, la separación entre las iglesias y el
Estado y la neutralidad del Estado respecto a todas las religiones. Los
procedimientos de la laicidad no son tan solo medios contingentes que nos
podemos ahorrar. Por el contrario, son disposiciones institucionales[2].
Resulta un planteamiento atractivo por lo nítido de su configuración,
pero que suele ser interpretado de forma restrictiva. Su afirmación
«neutralidad del Estado respecto a todas las religiones» hace que se interprete
con demasiada frecuencia que las «visiones del mundo y esquemas de valores
diferentes» solo incluyan a las diferentes religiones reconocidas como tales.
Para incluir a todas las estructuras de creencias, incluso aquellas que
no son religiones, es decir, a todas las personas, hasta aquellas que no se
identifican con ninguna religión y, por lo tanto, no pueden formar comunidad,
la filósofa Catherine Kintzler afirma que «el concepto de laicismo moderno […]
es un concepto político. Es una manera sin precedentes de pensar la asociación
política […] el laicismo no es una corriente de pensamiento entre otras. No
tiene estatuto de corriente de pensamiento, sino que tiene estatuto
constitutivo de la reunión o agrupamiento político[3]». Y plantea que hay que
ir más allá en la construcción de un Estado Laico: «No se trata de considerar
las comunidades de pensamiento tal como existen en una sociedad dada y de
construir una legislación que les permita flanquearse apaciblemente; se trata
de producir un espacio que permita la libertad de las opiniones no solamente
reales, sino también posibles[4]».
Es destacable en la obra de Ilya Topper el análisis de la evolución de
las religiones centrándose fundamentalmente en el islam y su relación con el
cristianismo. O más exactamente en las distintas imágenes que desde las
estructuras del poder social se han dado de ese islam. Para iniciar la
narración de este ensayo, y tras relatar la matanza en la redacción de la
revista Charlie Hebdo (doce muertos), Topper cita las palabras de Francisco I,
papa de la Iglesia católica: «¡Pero si es normal! Es normal. No se puede
provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la
fe». De las que concluye: «Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja
guerra entre moros y cristianos había terminado de forma definitiva.
Cristianismo e islam ya no son adversarios. Son aliados firmes en un frente
unido contra quienes valoran la libertad por encima de la fe. Contra el
laicismo». Para ello es imprescindible aceptar que la ciudadanía tiene que
organizarse en torno a unas coordenadas exteriores a todas las religiones.
Retomemos la consideración de las religiones como herramientas de
control social, y volvamos a citar al profesor Haidt: «Todo aquello que une a
la gente en una matriz moral que glorifica al grupo, al mismo tiempo que
demoniza a otro grupo, puede conducir a la matanza moralista, y muchas
religiones son muy adecuadas para esa tarea. Por lo tanto, la religión es
frecuentemente un accesorio de la atrocidad, en lugar de la fuerza que la
impulsa».
Aquí el trabajo de Topper, configurado por la presentación ordenada de
un conjunto significativo de acontecimientos históricos, relatados con
llamativa agilidad, es definitivo. Estableciendo una línea de avance desde el
nacimiento del wahabismo, pasando por la alianza económica entre Riad y
Washington hasta llegar a lo que denomina la compra de Europa por Catar (de
esto saben mucho los aficionados al fútbol), presenta una cadena de hechos que
configuran con nitidez el uso de la religión como arma de poder. Y lo hace, con
ese carácter cinematográfico que caracteriza su obra, presentando de forma
dinámica una sucesión documentada de hechos que permiten al lector verse
rodeado por sus propias conclusiones. Para resaltar esta forma diferente de
considerar la religión, afirma: «Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene
miedo a la religión de Arabia Saudí». Pero Topper no se queda en una aguda
mirada hacia atrás, hacia la historia. Apoyado en las ideas que ha construido
en quien lo lee, pasa a analizar asuntos candentes del presente. Se plantea el
problema del velo, campo de controversia entre los multiculturalistas y los
comunitaristas franceses, lo que le permite asomarse al uso partidista del
relativismo cultural. Y aquí toca un punto sensible de la izquierda: el
complejo de excolonizadores que los lleva a aceptar cualquier planteamiento de
crítica a la supuesta imposición cultural. Y en la marejada de este relativismo
se pierden o al menos se debilitan los derechos universales. Todo se reduce a
cuestiones de cada cultura en particular.
En los ámbitos progresistas, si entendemos como tales aquellos donde se
genera el esfuerzo modificador de las culturas, cada día se acrecienta la
sensación de culpa. Su origen está precisamente en la histórica concepción
imperialista de la cultura occidental. Resultado: la presencia incontrolada del
fantasma del relativismo cultural oculto en una nube protectora de
interculturalidad.
Las posiciones conservadoras, aquellas que tienen como objetivo
perpetuar los modos y costumbres, se suman a la crítica responsabilizando al
esfuerzo de cambio de una inaceptable falta de respeto a los valores
tradicionales, permitiendo su contaminación por los valores de los otros,
necesariamente espurios. Ambos procesos tienden a mezclarse e incluso
reforzarse.
La tensión en el lado progresista aparece cuando se observa con un
cierto distanciamiento la verdadera realidad de la hipotética acción
«civilizadora» de Occidente sobre el resto del mundo. La consciencia de la
brutalidad de esa acción colonizadora, la muestra de la verdadera motivación
económica (explotación de todo tipo de recursos) oculta en el proceso, y la
apropiación del concepto de cultura identificándolo erróneamente con la
particular (local) de los colonizadores (apropiación apoyada en los dogmatismos
religiosos) se van desvelando poco a poco. Es con el despertar a esa dura
realidad de tanta injusticia cometida en nombre de una supuesta verdad
indiscutible como ha crecido con fuerza este sentido de culpabilidad. Tras
siglos de conquistar el mundo con la disculpa de «iluminarlo con la verdad»,
confundiendo lo local con lo general, hemos empezado a comprender lo relativo
de las posiciones de cada comunidad y, avergonzados de nuestro imperialismo,
tratamos de huir de él a toda prisa.
Como consecuencia, ese relativismo cultural avanza implacable.
Recurramos de nuevo al profesor Haidt, esta vez tras una estancia
investigadora en la India:
Mis sentimientos durante las primeras semanas en Bhubaneswar oscilaron
entre el shock y la disonancia. Cené con hombres cuyas esposas nos servían en
silencio y luego se retiraban a la cocina sin dirigirme la palabra en toda la
noche. Me dijeron que debía ser más estricto con mis sirvientes y dejar de
agradecerles por haberme servido […]. En resumen, estaba inmerso en una devota
sociedad religiosa, segregada por sexos, estratificada jerárquicamente, y
estaba resuelto a entenderla en sus propios términos, no en los míos.
Solo me llevó unas pocas semanas que mi disonancia desapareciera […]. En
lugar de rechazar automáticamente a los hombres como opresores sexistas y
compadecer a las mujeres, a los niños y a los sirvientes como víctimas
indefensas, comencé a ver un mundo moral en el que las familias, no los
individuos, son la unidad básica de la sociedad, y los miembros de cada familia
extendida
(incluidos sus sirvientes) son intensamente interdependientes. En este
mundo, la igualdad y la autonomía personal no eran valores sagrados. Sí lo eran
honrar a los ancianos, a los dioses y a los invitados, proteger a los
subordinados y cumplir con los deberes correspondientes a cada rol[5].
El profesor Haidt expresa con académica claridad los fundamentos de esta
ola que nos invade. Desde su posición de referente moral de una de las mayores
fuerzas imperialistas de Occidente (se identifica como un joven ateo y liberal
y declara haberle escrito discursos al presidente Obama), supuestamente
arrepentido de su falsa superioridad, está dispuesto a asumir todas las
situaciones (entiendo que en los demás), por injustas que sean, amparándolas en
el inmenso velo protector (¿ocultador?) del relativismo cultural. Bajo ese
ideario, los derechos universales dejan de existir. Una pregunta importante:
¿qué ocurriría si fuese una compañera de universidad la que se desplazase a ese
mismo lugar para hacer esa misma investigación? ¿Obtendría las mismas conclusiones
de la realidad sociológica que observa? A este profesor de liderazgo ético de
una prestigiosa universidad en una ciudad que pretende ser el centro del mundo
¡ni se le ocurre pensarlo! En esa huida alocada, envueltos en el poderoso
torbellino que todo lo relativiza y confundidos por él, olvidamos que, si
asumimos como propuesta básica la igualdad de todas las personas basada en una
imprescindible dignidad común (nadie nace para la esclavitud), aun siendo una
propuesta de la denostada Ilustración europea, existen derechos que tienen que
ser considerados como universales y no pueden interpretarse como determinadas
características particulares de cada sociedad[6].
Por su parte, Topper elige la figura de Nora Baños, una joven catalana,
gimnasta, hija de padre marroquí y madre catalana, que se presentó como
candidata por Podemos a las elecciones europeas del 2019, y analiza su
presencia como instrumento político de la izquierda. También aborda el
problema de la libertad de expresión, tema con el que arranca su obra
analizando los asesinatos en la revista Charlie Hebdo, pero también toma como
eje de análisis la gran procesión del Santo Chumino convocada por la Hermandad
del Coño Insumiso, lo que le permite, siguiendo el rastro de las actuaciones
judiciales, reflexionar sobre el carácter subjetivo del concepto de blasfemia y
la indeterminación de esas actuaciones judiciales como consecuencia.
Asimismo, estudia la cuestión de las religiones en la escuela, partiendo
de la idea inicial de que si hay una religión oficial en el aula, que es la
cristiana, es mejor que haya alguna más, como el islam, para hacer contrapeso.
Pero, tras estudiar los currículos, entiende que las clases de religión no
están diseñadas para aprender, sino para reconocer y aceptar, y tras volver a
reflexionar concluye que no debe haber clase de religión, de ninguna religión,
porque no hacen contrapeso; se potencian: «Dios más dios son cuatro». Analiza
la sumisión de la educación a la religión. En particular, se encuentra con que
en España son los Acuerdos con la Santa Sede y no la Constitución el gran apoyo
de esta. Hace una comparativa con otros países europeos. Y con la facilidad que
le caracteriza construye un escenario del que el lector saca conclusiones.
Siguiendo esta línea, Topper acaba por hacer un rico recorrido por el
presente al que hemos llegado desde la historia que nos ha permitido conocer.
En este amplio trayecto, desde la profundidad histórica al presente, en el que
no rehúye ninguna polémica, el autor construye uno de esos ensayos que te
permite apreciar cómo cambias a través de su lectura. Y es que el conocimiento
es el mejor mecanismo para promover esa evolución cultural imprescindible para
avanzar en el tiempo.
Con mayor poder vinculante, pero con la misma necesidad de ser respetada
por todas las creencias, el esfuerzo legislativo colectivo redactó e intenta
mantener actualizada una Declaración de los Derechos Humanos que puede servir
como referencia general. Sea como fuere, lo que es imprescindible es asumir que
no todo es relativo, que existen una serie de valores que el desarrollo
cultural va incorporando como irrenunciables (resulta muy difícil defender hoy
las ejecuciones públicas) y que es necesario trabajar permanentemente en la
construcción de ese espacio común asumiendo con sentido crítico nuestras
limitaciones, pero aceptando el reto kantiano. Y lo que resulta indiscutible es
que en estas sociedades que nos hemos descubierto como multiculturales
necesitamos dotarnos de un espacio común externo a cada forma cultural
(individual o de comunidad) que, partiendo del respeto a sus particularidades,
comprometa a todas en el reconocimiento básico a una norma común. Este último
paso resulta más difícil cuando la vertebración de una cultura se realiza
alrededor de un dogma, de una verdad considerada como absoluta por una supuesta
revelación de un ser superior y registrada en un libro.
La gran noche del dominio de las religiones empieza a tener grietas
importantes. Alguien se plantea que las religiones no pueden ser la razón
justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que
reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a
las demás (lo que no impide reconocer el valor de esas religiones como
herramientas organizadoras). Cuando se abre el foco de la percepción de la
historia de la humanidad se observa la relatividad de cada religión a sus
circunstancias particulares (y se muestra con nitidez su utilización como
herramienta de control social), por lo que resulta manifiesta la necesidad de
organizar la sociedad fuera del marco de las religiones.
Aparece la necesidad de un Estado laico.
LUIS FERNÁNDEZ, presidente de ASTURIAS LAICA
TRÁILER
MUERTE EN PARÍS
Son las once de la mañana en un barrio céntrico de París. En la
redacción de una revista semanal, a veinte minutos del Louvre y a cinco de la
plaza de la Bastilla, una quincena de periodistas y dibujantes se han sentado
para la reunión del miércoles. Discuten la portada, las viñetas, los titulares.
Escuchan disparos en la puerta. Parece un atentado. Como si hubieran ido en
serio las amenazas que tanto les llegan, los mensajes de «Os vamos a matar a
todos». Suena casi real. Se
ríen.
Diez minutos más tarde, en la redacción de la revista Charlie Hebdo hay
doce muertos.
París deja de reír. Dos días más tarde, la policía cerca a los asesinos
en un polígono industrial en las afueras de la capital. Mueren en el tiroteo.
Son dos hermanos, se llaman Said Kouachi y Chérif Kouachi, hijos de inmigrantes
argelinos. Chérif pasó por la cárcel por intentar afiliarse a Al Qaeda en Iraq,
Said pasó por un campo de entrenamiento en Yemen. Pero ambos nacieron en
Francia, se educaron toda su vida en Francia, son ciudadanos franceses.
Dispuestos a morir por su fe, pero sobre todo dispuestos a matar por ella. A
matar a doce periodistas, porque algunos de ellos alguna vez han dibujado, han
caricaturizado a Mahoma.
«No somos asesinos. No matamos a civiles. No matamos a nadie. Excepto si
alguien ofende al Profeta. Entonces, podemos matarlo». Así se veía Chérif
Kouachi, al hablar con la televisión francesa momentos antes de morir[7].
Porque ofender al profeta es un pecado mortal. Y lo que para los creyentes es
pecado, para la ciudadanía debe ser delito.
La blasfemia ¿delito?
Tres días después del atentado, la mayor manifestación nunca registrada
en la historia de Francia recorre París. Son millones. Gritan: Jesuis Charlie.
Porque la matanza del 7 de enero de 2015 en la redacción de la revista
—a la que otro yihadista ha sumado a cuatro ciudadanos judíos en un
supermercado, en un extraño afán de dispersar la sangre— es un ataque directo a
lo que consideramos la esencia misma de la civilización humana: la libertad. La
libertad de pensar, de expresar, de criticar. Por eso, los disparos de los
hermanos Kouachi dejan una huella más profunda que otras matanzas de civiles
bajo el nombre de una causa: no solo quieren causar terror, pánico, miedo,
tensión política, como han hecho luchadores de todo tipo de causas desde
Irlanda a Italia, desde Alemania a Euskadi, en las generaciones inmediatamente
precedentes. No se trata de matar a inocentes para forzar el pulso a los
políticos, la estrategia clásica del terrorismo. No: lo que hacen los hermanos
Kouachi es imponer la ley. Una ley proclamada por Dios y desarrollada por sus
representantes en la Tierra. Tipifican el delito, advierten, amenazan y, si un
ciudadano insiste en vulnerar la norma, ejecutan la sentencia: muerte.
Es contra esta ley contra la que se levanta París, clamando por la
libertad de expresión. No todo París: pronto recorre las redes el
contraeslogan: Je ne suis pas Charlie. Porque por encima de la libertad de
pensar está el respeto a la fe. Puedes pensar que la fe es una chorrada, pero
no puedes decirlo: mayor que tu derecho a la libertad de expresión es el
derecho del creyente a mantener intacta, inmaculada, a ojos de todos, su fe.
Quienes enarbolaban este credo, por supuesto, no exigían matar, no
respaldaban a los asesinos. Solo subrayaban que los dibujantes de Charlie Hebdo
habían cometido un delito: el de provocar. No, matarlos no estaba bien, pero de
alguna forma se lo habían buscado. Porque lo que hicieron, caricaturizar a un
profeta, no se puede hacer. Y si lo haces, es normal que te agredan.
«¡Pero si es normal! Es normal. No se puede provocar, no se puede
insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la fe».
Son las palabras literales de Francisco I, papa de la Iglesia católica
romana, al ser preguntado una semana después por el atentado de Charlie
Hebdo[8].
Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja guerra entre moros y
cristianos había terminado de forma definitiva. Cristianismo e islam ya no
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son adversarios. Son aliados firmes en un frente unido contra quienes
valoran la libertad por encima de la fe. Contra el laicismo.
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I
EL DRAMA DE EUROPA
1. ¡QUE VIENEN LOS MOROS!
LOS ALTAVOCES DE DIOS
STOP, dice el cartel. Sobre un fondo de bandera suiza, una cruz blanca
en campo rojo, crecen torres puntiagudas, se asemejan a lanzas dispuestas a
taladrar el cielo. Son minaretes. En primer plano, los ojos de una mujer
enteramente oculta bajo velos negros se fijan en ti.
STOP, dice el cartel: «Vota sí a la iniciativa contra la construcción de
minaretes en Suiza».
«Las torres del miedo», titula un diario alemán[9]. Estamos en 2009: un
grupo de ciudadanos suizos ha lanzado una petición de referéndum para prohibir
la construcción de minaretes de mezquitas en el país. En Suiza viven 400 000
musulmanes, un escaso 5 % de la población. Entre las mezquitas que hay,
exactamente cuatro tienen minarete. No consta que haya planes para construir
otro. Tampoco importa. Quienes han pedido la iniciativa, apoyada por partidos
conservadores y de la derecha cristiana, no temen los minaretes: temen todo lo
que viene detrás, dicen. «Tras el minarete viene el muecín». Y después, el
catálogo completo del derecho coránico: «Asesinatos de honor, matrimonio
forzado, circuncisiones, el
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burka, exenciones de normas en el colegio, incluso lapidaciones», resume
el político conservador Walter Wobmann.
Los partidos de centroizquierda, por supuesto, se oponen. Hablan de
integración, de respeto, de tolerancia, diálogo, comprensión, convivencia. La
ciudad de Basilea directamente prohíbe pegar el cartel del referéndum en la
calle: es «racista y discriminatorio», decide el municipio. El Gobierno se
pronuncia contra la prohibición, alegando que podría vulnerar derechos
internacionales. La patronal, también, temiendo una pérdida de negocios en
países musulmanes. Las iglesias cristianas, también: limitar el ejercicio de la
religión podría dirigirse contra ellas en el futuro. Y, sin embargo, los
partidarios de la prohibición ganan con un 57 % de los votos. Gana el miedo.
Porque es miedo, confusión, ignorancia, desinformación. De los seis
elementos citados por Wobmann, ninguno figura en el Corán y ninguno forma parte
del conjunto jurídico-religioso de una sociedad musulmana típica. Los
asesinatos de honor, como todo asesinato, están prohibidos en el islam. El
matrimonio forzado también, por mucho que se practique en sociedades
patriarcales de todo el mundo, incluidas las musulmanas. Con «circuncisiones»,
obviamente, el político se refería a la femenina —la masculina ya se practica
en Suiza de toda la vida entre los judíos—, pero la ablación es desconocida en
la inmensa mayoría de los países musulmanes. El burka (más exactamente, el
niqab: aquel paño negro de cuerpo entero que oculta a la mujer del cartel) solo
se conoce en Arabia Saudí y alguna secta inspirada en la corriente
político-religiosa de ese país desértico. Las materias de un currículum escolar
marroquí no se distinguen esencialmente de uno suizo, salvando la calidad
pedagógica. Y durante la mayor parte del siglo XX, prácticamente ningún país
musulmán del mundo, salvo Arabia Saudí y sus vecinos, practicaba lapidaciones.
Arabia Saudí es el único país en el mundo en el que todo ese catálogo de
horror enumerado por los preocupados suizos se aplica de forma corriente y
rutinaria, con respaldo de las máximas autoridades, por ley o por decisión de
los imames. Los 35 millones de habitantes de Arabia Saudí no son un ejemplo
representativo de los más de mil millones de musulmanes repartidos por el
globo. Pero es precisamente ese país cuya sombra proyectan los minaretes en
Europa. La mayor mezquita de Suiza, construida en Ginebra, se inauguró en junio
de 1978 en presencia del patrón que la financió: el rey saudí Khalid Abdulaziz.
Un mes antes, el
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mismo monarca había abierto al público también la mayor mezquita de
Bélgica en Bruselas, junto al rey Balduino I. La principal mezquita de España,
la de la M-30 en Madrid, la inauguró en 1992 el príncipe, luego rey, Salman
Abdulaziz, saudí también, junto a Juan Carlos I. La mayor mezquita de Italia,
en Roma, financiada por el rey saudí Faisal Abdulaziz, abierta en 1995, la
gestiona un consorcio de diplomáticos de países islámicos presidido por el
embajador saudí.
Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene miedo a la religión de
Arabia Saudí. Y con motivo: en estas mezquitas se predica que las mujeres deben
ponerse velo o niqab, que el sexo sin casarse es delito penal, que a los
homosexuales hay que despeñarlos, que los cristianos son «infieles» y está
vetado mezclarse con ellos, que hay que lapidar a los apóstatas. Un catálogo de
doctrinas inhumanas que ellos, solo ellos, venden como «el islam».
El drama de Europa es que la secta fundamentalista de Arabia Saudí ha
usurpado el nombre del islam.
El segundo drama es que Europa ha colaborado con arrojo y entusiasmo en
difundir el ideario inhumano de esta secta, dándole carta de naturaleza.
El tercero es que ahora, buscando un chivo expiatorio, achaca la culpa a
quienes son las primeras víctimas de la secta: los inmigrantes.
Europa cree que al permitir la inmigración o la llegada de refugiados de
países como Siria está importando a islamistas, yihadistas, terroristas. No
sabe que la realidad es justo la contraria: Europa exporta yihadistas a Siria.
EL NUEVO ÉXTASIS
La ruta del bakalao de hoy día ya no pasa por las macrodiscotecas de
Valencia. Ni siquiera va de Londres a Mallorca para ponerse hasta arriba de
ácido y pastillas. La nueva droga de la juventud es más dura. La venden en
pastillas rectangulares negras con logotipo naíf blanco impreso encima: pone
Allah. Así, con doble L y con H al final. Rechacen imitaciones.
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Para hacerse con la droga, no hace falta ir a Ibiza ni a Ámsterdam.
Bueno, a Ámsterdam sí, que es desde donde salen vuelos baratos a Estambul, a
veces vía Madrid. Y de Estambul a la frontera siria son mil kilómetros en línea
recta, pasando por Ankara. Si tienes suerte. Porque si te pilla la policía es
capaz de decirte que tienes cara de consumidor y de devolverte a tu tierra. A
Bruselas, Birmingham, Berlín o Barcelona.
Pero si todo sale bien y en la frontera, allá por Urfa o Antep,
consigues montarte en la cunda, en unas horas estás en tu paraíso artificial. A
la discoteca ahora le han puesto de nombre «califato», que queda muy retro,
casi andalusí, y los espectáculos se retransmiten en alta definición. Iba a
decir que en vivo, pero más exacto es decir en muerto.
Mola, ¿verdad? Lo mejor es que una vez en la frontera puedes llamar a
tus viejos y decirles cuatro cosas, que dejen de llorar por ti, que se te han
abierto los ojos y lo ves todo de color verde y que no te esperen en Navidad.
En la discoteca hay piscina y todo, y dentro se graban snuff movie gratis con
cámaras acuáticas y jaulas y eso. Retro de verdad. La droga te hace viajar en
el tiempo. Catorce siglos atrás, del tirón a la Tierra Media. Dicen que van a
acuñar monedas de oro auténticas, como en las películas. Y escucharás las
sabias palabras de Gandalf, con su túnica y su turbante. Los Malos y los
Buenos, el Concilio Blanco contra Mordor, en vivo. Olvídate de las setas
alucinógenas: eso, ni la ayahuasca, oye.
Disculpen el lenguaje, pero es el más adecuado para describir la moda
juvenil que entre 2014 y 2018, más o menos, cundió por Europa: afiliarse al
Estado Islámico, Daesh para los no amigos, e irse a Siria a combatir. Digo moda
porque el fenómeno fue diferente al de otros conflictos a los que acudieron
voluntarios islamistas en décadas pasadas, como Afganistán, Bosnia, Chechenia o
Iraq: guerras dentro de un marco geopolítico e ideológico que se podían ganar
con combatientes, fusiles, munición. En esencia, enfrentamientos comparables a
la guerra civil española, donde se dirimía en el campo de batalla el peso
regional del comunismo frente al fascismo en Europa. Siria también entra en
este esquema: islamismo aliado con los países del Golfo y respaldado por Europa
contra el régimen de Asad afiliado al eje de Irán-Rusia. Pero eso no es el
esquema en la mente de quienes acuden a Siria: el Daesh combate raramente
contra Asad, no es su objetivo primordial. La meta es vivir el islam y morir
por el islam. Lo que ellos llaman islam.
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Lo que ellos llaman islam es un universo ficticio, basado en fantasías
europeas. Usan el Corán como los adeptos a Tolkien usan El señor de los
anillos. El idioma en el que se comunican tiene más de élfico que de la lengua
que se habla en casa de sus padres: «Creo en Allah, cumplo el saum y hago el
wudu antes del salat en el masjid, y gracias a mi aquida hago la da’wa entre
los kuffar para vivir el din e ir a la jannah, según enseñó Muhammad (s. a.
s.)». (Traducido: «Creo en Dios, cumplo el ayuno y me lavo antes de rezar en la
mezquita, y gracias a mis creencias firmes me dedico a la misión para vivir la
fe e ir al paraíso, según enseñó Mahoma»).
Desde siempre, los adolescentes han gustado de comunicarse en códigos
que no entienden los mayores: forma parte de la rebelión. Y adolescentes son,
prácticamente, quienes toman el avión a Estambul y el bus a Siria: tienen entre
18 y 25 años, o como mucho 30, y entre un 4 y un 10 % son menores de edad[10].
Todos viven en núcleos urbanos y, aunque una parte tiene antecedentes por
delincuencia de bajo nivel —robo en tiendas, trapicheo, drogas—, no vienen en
su mayoría de un ambiente desestructurado o de pobreza. En Holanda, el perfil
es más bien el de un joven con pocos estudios, pero los yihadistas procedentes
de Reino Unido tienen a menudo «conexiones con estudios superiores[11]». En
algunos casos se van al califato como el mes antes se iban a la discoteca. Y en
un alto porcentaje son conversos.
No se sabe con precisión cuántos conversos al islam hay en Europa, pero
las estimaciones oscilan entre el 1,5 y el 5 % de la población musulmana en
cada país. La proporción de conversos entre los yihadistas que viajaron a Siria
es notablemente mayor: varía entre el 6 % en Bélgica y el 12 % en Alemania, el
14-18 % en Países Bajos y el 23 % en Francia[12]. Este aspecto se ha tenido
poco en cuenta al analizar la deriva hacia la yihad de la juventud musulmana
europea. Se habla mucho del caldo de cultivo que es una segunda generación de
inmigrantes, desubicados entre dos sociedades: la de sus padres, a la que ya no
pertenecen, y la de su país de acogida, a la que nunca llegan a pertenecer, por
mucho que hayan nacido allí, tengan la nacionalidad, se eduquen en los colegios
públicos…, pero siendo siempre «los otros», «los de fuera» para el resto de la
ciudadanía. Esta condición del gueto es un factor importante. Pero al igual que
ningún caldo de cultivo produce vida si no se le inyecta una célula primero, la
marginación no produce yihadismo. Para
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llevar a un joven, o a una joven —casi el 20 % son mujeres—, a viajar a
Siria para combatir a «los infieles» hace falta otra cosa: una ideología
disfrazada de religión. Y esta se puede implantar a cualquiera: ser de familia
musulmana no es condición.
Además, el dato oculta otro: los yihadistas que vienen de familias
musulmanas son en gran medida lo que podríamos llamar «semiconversos»: jóvenes
cuyos padres son musulmanes a la manera de su pueblo de origen, con solo una
vaga reminiscencia de coletillas religiosas. Así es el perfil de los padres de
Tarik Jadaoun, un joven belga que en 2014 se une al Daesh: la madre, de origen
marroquí pero ya nacida en Bélgica, trabaja en la Administración local, no
lleva velo, no va a la mezquita nunca, como tampoco lo hace su exmarido, obrero
de fábrica también marroquí. Saben árabe, pero no lo hablan en casa. Tarik
Jadaoun no sabe árabe, bebe cerveza y liga con chicas belgas, pero, además, sin
realmente necesidad, empieza a cometer robos. Es en la cárcel belga de Lantin
donde se engancha al Corán, sale religioso y sigue por esa vía en varias
mezquitas belgas, aprendiendo una religión de la que ignoraba todo[13].
Similar es el personaje de Omar El Harchi, marroquí inmigrante —con
papeles en regla— en Madrid, escayolista en el sector de la construcción,
dedicado los fines de semana a bailar en las discotecas. Que es donde conoce en
2008 a Yolanda Martínez, una chica española de buena familia católica, con
estudios de Arte, jefa de sección en unos grandes almacenes de ropa.
Aparentemente por curiosidad hacia lo que cree la religión de su novio, Yolanda
inicia un acercamiento al islam que acaba en conversión. Se casan ese mismo año
en la mezquita de la M-30 en Madrid, donde se dan cita predicadores e imames
salafistas, pagados desde Arabia Saudí. Es después de casarse, sin trabajo por
la crisis económica de 2008, cuando Omar se empieza a dejar barba y se adentra
en el ideario islamista y, finalmente, yihadista. Ella es conversa, él tres
cuartas partes de lo mismo[14].
Este camino no es un salto de una vida agnóstica hacia el yihadismo:
pasa primero por la fase de convertirse en una persona observante, con
estrictas normas fundamentalistas. La famosa frase del estudioso francés Oliver
Roy, «El terrorismo no surge de la radicalización del islam, sino de la
islamización del radicalismo», es solo acertada en parte; puede aplicarse a
casos como el de Tarik Jadaoun, que ya buscaba conflicto robando tiendas antes
de saber una palabra del Corán, pero está lejos de la realidad
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de otros muchos yihadistas, cuya radicalidad se limitaba, antes de su
conversión o semiconversión, a bailar en las discotecas. Quizás, como sospecha
la periodista Pilar Cebrián en su minucioso libro El infiel que habita en mí,
si hay que buscar radicalismo previo en el caso de Yolanda Martínez, lo
podríamos encontrar en la frustración de una joven «criada entre algodones» que
nunca llega a destacar en el ambiente competitivo de los mejores colegios
privados de Madrid y que encuentra en el islamismo una manera de ser distinta a
todas las demás, de brillar con luz propia, aunque sea la luz negra del niqab
que ella elige llevar para exhibir su nueva fe[15].
El niqab —a menudo llamado burka en Europa— es también el elemento
principal en el pasaje de chica normal de Ámsterdam, hija de inmigrantes
marroquíes poco o nada religiosos, hacia el yihadismo del Daesh, que se
representa de forma ficcionada, pero fiel a una realidad ya ubicua, en la
película Layla M. de la cineasta neerlandesa Mijke de Jong. En este caso, la
protagonista utiliza con un ánimo consciente de provocación los recién
adquiridos elementos del islam salafista: citas coránicas y niqab frente a una
familia que no tiene el menor interés en las Escrituras y sí en los estudios de
Medicina que a su hija le permitirán ser una próspera ciudadana holandesa. Se
trata de rebelarse, hacer lo que la sociedad ve mal. Si la sociedad europea
tiene miedo al terrorismo islamista, entonces la mejor rebelión es disfrazarse
con el niqab, como hace su guía espiritual, que no es un imam barbudo, sino una
holandesa de ojos azules y apellido flamenco: una conversa.
El islamismo salafista se convierte así en una causa para rebeldes que
no tienen otra, porque esencialmente no afrontan problemas reales, salvo un
ocasional comentario racista en el patio del colegio… o algo que interpretan
como racista, porque es fácil trasladar cualquier animosidad personal al
terreno colectivo. Rebelarse es algo innato a la juventud, e igual que
cualquiera, los inmigrantes de segunda o tercera generación se rebelan en
primer lugar contra sus padres. Contra lo que perciben como incoherencia,
aburguesamiento e hipocresía de sus padres: se definen como musulmanes, pero no
viven para nada —constatan sus hijos— acorde al islam. Una constatación que
solo es posible porque alguien les ha dicho a estos hijos lo que es el
verdadero islam.
Quien se lo dice son los imames de su barrio y los predicadores
salafistas en cadenas de satélite del Golfo, los consejos en los foros de
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internet. Por eso es tan alto el número de jóvenes europeos que se
afilian al Daesh en comparación con marroquíes, tunecinos o egipcios. Incluso
en proporción a la población total, el número de combatientes yihadistas belgas
que acudieron a Siria en los primeros años del califato es muy similar al de
los que salieron de Marruecos (cerca de 50 por millón). Si lo comparamos solo
con la población musulmana de cada país, la tasa de ciertos países europeos
multiplica la del Magreb.
La misión salafista fundamentalista ha prendido en Europa porque
esencialmente se trata de convertir a una nueva religión a una generación que
desconoce todo del islam, especialmente de la religión que desde hace siglos se
llama islam en el Magreb, en Siria o Anatolia. Porque lo que se llama islam en
estas tierras tiene muy poco que ver con lo que hoy se presenta como tal en
televisión, internet y redes sociales. Se asemeja, o al menos hasta hace una
generación se asemejaba, mucho más a lo que llaman cristianismo los adeptos a
la Virgen del Rocío en Andalucía.
SOBRE ÁRBOLES Y TUMBAS
Un kilómetro de cuesta empedrada separa la plazuela de la iglesia de San
Jorge en la cima de la colina. Un sol de primavera brilla sobre la muchedumbre
que se arremolina entre los pinares, curiosea los puestos de venta de
chucherías, velas y bobinas de hilo y se dispone a subir el camino hacia el
santuario. El 23 de abril es festivo nacional en Turquía y media Estambul ha
acudido a la cita en la isla de Büyükada, la antigua Prínkipo: hoy hay romería.
La gran mayoría son jóvenes, hay también familias enteras, muchas
señoras mayores, adolescentes de ambos sexos. Pero predominan las chicas
jóvenes. Visten como es habitual en Estambul: vaqueros, camiseta, cazadora,
quizás una diadema de margaritas en el pelo. Unas pocas llevan el pañuelo
islamista que denota cercanía a la ideología islamista del Gobierno o, al
menos, una familia de firmes convicciones religiosas. Todas se acercan a uno de
los pinos para atar al tronco un hilo de coser que acaban de comprar en la
plaza. Con la bobina en la mano van subiendo la cuesta, desenrollando el hilo.
Si consiguen llegar hasta la iglesia sin
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romperlo, el deseo que han pedido se cumplirá. Una tupida red de colores
va tapando el bosque.
En la cima, la cortina de hilos ya se ha vuelto muy tenue, pero quedan
otros métodos para forzar la bondad del destino: se puede atar una cintita a
las ramas de uno de los árboles ante la iglesia, se puede colocar una velita en
un saliente rocoso o disponer un puñado de azucarillos sobre los muretes,
formando el blanco objeto de deseo: una casa, un coche, un bebé o directamente
un corazón. Y para que no falte devoción, las chicas hacen cola ante la pequeña
iglesia, echan unas monedas en el cepillo, escogen una vela, inclinando la
cabeza ante el pope ortodoxo en su sotana negra, y la prenden antes de pasar al
interior del templo. Muchas buscan un nicho libre en el reclinatorio para
redactar una carta e introducirla luego bien doblada en la urna de cristal bajo
el icono. San Jorge se encargará del resto.
Todas estas chicas son musulmanas.
«Llevo viniendo veinte años, y todos los deseos que he pedido se han
cumplido, ya fuesen de matrimonio, de tener hijos o de salud», dice Handan Ala,
una señora de 66 años de Estambul que se define como musulmana creyente.
Precisamente por eso, por creyente, considera la iglesia un lugar sagrado.
«Cristianismo e islam son cultos hermanos. Isa bin Meryem, Jesús hijo de María,
es nuestro profeta también —subraya—. Y yo creo en todos los profetas». La
misma justificación la expone el joven Ömür, que ha acudido acompañado de su
novia, vestida de manga larga y con el pelo púdicamente oculto por el velo.
«Somos musulmanes practicantes», insiste la pareja. «Creo en los cuatro libros;
no se puede considerar musulmán a quien no crea en los cuatro», agrega Ömür. Se
refiere al Corán, la Torá judía, el Nuevo Testamento y la Ginza mandea. «Una
iglesia es la casa de Dios —zanja otra señora—. Y Dios hay solo uno».
La romería de San Jorge en Prínkipo fue seguramente una importante
festividad local cuando aún había cristianos ortodoxos en Estambul, hasta
mediados del siglo XX. Pero la desaparición paulatina de la población griega
tras los pogromos de la década de 1950 —hoy quedan apenas tres mil, casi todos
ancianos— no ha puesto fin al peregrinaje: la fiesta es la misma; los rituales,
salvo la eucaristía, son los mismos. Solo ha cambiado la religión de los
peregrinos. O quizás habría que decir: su religión
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nominal. Porque lo de atar cintas a un árbol, desenrollar hilos o
colocar azucarillos no es que sea muy cristiano tampoco.
Las cintas que se agitan en la brisa de abril para lanzar al cielo un
deseo son la bandera de una religión popular que se extiende desde las costas
atlánticas de Marruecos hasta Crimea y Persia y más lejos quizás, pasando por
los Balcanes y el Cáucaso. En Marruecos se describe a veces como marabutismo,
porque el rito está estrechamente asociado a la tradición de peregrinar a la
tumba de un santo, un morabito, para curarse de una enfermedad o ver cumplido
un deseo: encontrar novio, quedarse embarazada.
Frente al mausoleo del santo, que casi siempre es un pequeño edificio
cuadrangular con una cúpula blanca, suele haber un árbol. Y de las ramas del
árbol suelen ondear trapos, cintas, trozos de tela o incluso, si el santo está
especializado en dolencias de mujer, bragas y sujetadores. Porque el culto es
una cosa práctica: se peregrina para pedir algo. Salvo en la romería anual, que
sirve para recompensar al santo, renovar el lazo de fidelidad mutua: entonces
se sacrifican corderos en su honor, se come, se baila y se encala la cúpula
para que siempre luzca blanca.
La palabra morabito viene del árabe murabit, miembro de una rábida, es
decir, una congregación de guerreros de la fe (término que también dio nombre a
los almorávides). En realidad, a los cientos de miles de hombres y mujeres
enterrados en estos santuarios raramente se les atribuyen hazañas bélicas, y sí
una vida contemplativa y bondadosa. Aparte del nombre, no se recuerda gran cosa
de ellos. Ni siquiera se les llama morabito: lo normal es hablar de Sidi
Fulano, cuando es un hombre, y de Lalla Mengana, si es una mujer.
Podemos hablar de un culto a la tumba, pero en muchos santuarios da la
impresión de que lo realmente sagrado no es el catafalco cubierto con un paño
verde: eso es solo una manera de formalizar y estandarizar la sacralidad del
lugar. Quizás sea el árbol delante. Quizás sea la fuente cercana. Quizás una
cueva. También existen morabitos sin tumba, santuarios que marcan solo un lugar
donde Sidi Tal vivió un tiempo.
La población que acude a estos santuarios en muchos casos no ha visto
nunca una mezquita por dentro: si bien Marruecos entero está salpicado de
sidis, numerosos pueblos de montaña carecen de un templo islámico formal. Como
mucho hay un edificio para reuniones espirituales, llamada zawía. Pero por lo
general, los pocos hombres mayores que rezan —entre
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las mujeres es más infrecuente todavía— lo hacen en casa, quizás en la
azotea, cada uno por su cuenta. No hay imam ni muecín. La fe es un asunto entre
cada uno y Dios. Como mucho, en caso de necesidad, con Sidi Fulano o Lalla
Mengana de mediador. Y cuando se acude a ellos, se dice bismilá antes de
entrar, se rodea el catafalco, se pronuncia una azora del Corán, si se tiene
memorizada alguna, y si no, una breve plegaria propia, en el idioma materno, ya
sea el árabe magrebí, ya sea el tamazigh (bereber).
Esta es la religión que la población del Magreb llama islam.
O esto es lo que la población del Marruecos de mi infancia llamaba
islam: hablo de los años ochenta del siglo XX. Era similar, con variantes
locales, desde Casablanca a Bagdad y Anatolia, con romerías y ceremonias
alrededor de morabitos, santuarios locales, fuentes, árboles y tumbas. Usted
dirá que de islam tenía poco más que el nombre, y yo estaré de acuerdo, pero no
es menos cierto que el fervor religioso de una muchedumbre que salta la reja de
la Virgen del Rocío, de cristiano tiene poco más que el nombre. Cuando millones
de personas durante siglos llaman islam o catolicismo a los ritos que
practican, ya sea atando cintas a árboles, ya sea paseando tallas de madera
policromadas, no seré yo quien les quite el término. Los bereberes de las
aldeas de mi infancia eran profundamente creyentes, no daban un paso sin
invocar a Dios.
—Pásame el vino.
—Aquí tienes, hermano.
—Gracias. Bismilá. En el nombre de Dios.
Una playa atlántica de Marruecos. Interiores, noche. Cinco o seis
pescadores, algunos jóvenes, otros no tanto, se han reunido en una de las
chozas rudimentarias techadas de cañas, donde se guardan las redes, los remos y
los motores fueraborda de las barcas con las que se hacen cada día a la mar. La
jornada ha terminado, han cenado, han sacado el vino.
—¿Se puede decir bismilá al beber vino? El Corán prohíbe el alcohol.
Es pecado.
—Eso dicen. Sí, seguramente sea pecado. Pero Dios perdona muchos
pecados. Quizás beber no sea de los graves. Lo sabremos el día del Juicio. Pero
si no digo bismilá al beber, entonces expreso que en este acto estoy sin Él,
que me estoy apartando de Dios. Y apartarse de Dios, eso sí que es pecado con
certeza.
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Estar con Dios, de forma incondicional, siempre, rezando o sin rezar,
pecando o no, esta era su fe. Y a esta fe la llamaban islam. Eran musulmanes.
PAGANOS, CONCILIOS Y BRUJAS
Los árboles de cintas al viento no son exclusivos de los países
islámicos: se encuentran también en países cristianos. La iglesia de San Jorge
en Prínkipo es solo un ejemplo. Otro es la cueva de Agia Solomoni en Pafos, en
Chipre, de tradición greco-ortodoxa. En la muy cristiana Armenia, el culto es
tan arraigado que la comunidad armenia de Estambul incluso erigió en 2015 un
«árbol de los deseos» adornado de cintas como símbolo nacional de la
conmemoración del genocidio armenio de 1915.
A primera vista, el culto parece ausente de Europa, pero no es cierto:
se ha conservado de la misma forma en Irlanda y Escocia. Bajo el nombre de
Clootie Well se conocen ciertas fuentes o pozos con agua curativa. Se acude en
peregrinaje, se moja un trozo de tela en el pozo y se cuelga este harapo en un
árbol cercano. Al igual que al sur del Mediterráneo se da por hecho que esto es
propio de musulmanes creyentes, aquí es parte de la fe cristiana: cada fuente
está dedicada a un santo. También existen numerosos ejemplos en Holanda, en
Bélgica y en el norte de Francia, sobre todo en Picardía, donde el árbol más
famoso —en realidad, varios troncos casi muertos— es el de Senarpont, junto a
un altar dedicado a san Claudio. También aquí, los peregrinos son católicos
creyentes. En Questembert, en la Bretaña francesa, una imagen de la Virgen
María está fijada al tronco de una encina cubierta de trozos de ropa usada. De
Alemania, en cambio, solo parece conocerse un caso de la Selva Negra, con el
rito documentado aún poco antes de 1900 y hoy desconocido. Hay que ir hasta
Bulgaria para encontrar el próximo árbol de cintas.
Todo indica que el cristianismo ha arrasado con las tradiciones paganas
con una severidad mucho mayor que la que ha ejercido el islam al sur del
Mediterráneo. Probablemente, una enorme cantidad de cultos, ritos y prácticas
desaparecieran en Europa central durante la persecución de
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brujas entre los siglos XV y XVIII: más de doscientos años en los que
cualquier comportamiento no conforme a las enseñanzas cristianas podía
interpretarse como una alianza con el diablo y castigarse con la hoguera.
No fue tanto la Iglesia católica la que perseguía el paganismo como las
diversas congregaciones reformadas y protestantes. Martín Lutero pronunció
prédicas mucho más enfurecidas contra las brujas («Hay que matar a las
hechiceras porque son ladronas, adúlteras, asesinas») que la relativamente laxa
bula papal de Inocencio VIII de 1484, que autorizaba «castigar en sus
posesiones o cuerpo» a las acusadas. De hecho, por mucho que el autor del
Martillo de brujas (1486), el alemán Heinrich Kramer, fuera católico y monje
dominico, la Inquisición española rechazó el libro por inútil y apenas
impulsaba procesos de brujas, exceptuando el famoso caso de Zugarramurdi,
mientras que en Europa central se estima que más de 50 000 personas acabaron
ardiendo en las hogueras.
No es que en España no se condenase a la hoguera (el número de víctimas
de la Inquisición se estima en entre 3000 y 10 000 en tres siglos, aunque otros
hablan de 30 000). Torquemada no era más humanista que sus colegas allende los
Pirineos. Simplemente, tenía otros enemigos: entre los 50 000 procesos que se
celebraron entre 1550 y 1700, casi un tercio (14 000) se dirigían contra
«herejes», seguidos de «moriscos» (11 000) y «judaizantes» (5000[16]). Solo
3750 se referían a «supersticiones». Queda por dilucidar quiénes eran los
«herejes», porque los luteranos aparecen en una categoría propia (3500 casos),
al lado de alguna secta cristiana menor.
Una gran cantidad de procesos inquisitoriales —el 40 % en algunas
regiones— trataba con «proposiciones», que podían ser todo tipo de «blasfemias
y palabras escandalosas, manifestaciones contra el dogma, juicios contra la
Iglesia como institución», pero también «actitudes erótico-sexuales como el
amancebamiento, la fornicación, el adulterio y el pecado nefando»
(homosexualidad[17]). Las condenas eran leves. Y en realidad no se castigaba el
hecho en sí —era demasiado común como para ir persiguiéndolo con equipos de
inquisidores—, sino su defensa: el que los implicados opinaran públicamente que
aquello no era pecado. Hay actas inquisitoriales que, más que el supuesto
delito, subrayan la opinión de la acusada.
En muchos procesos inquisitoriales, la única acusación era no creer en
las enseñanzas de la Iglesia. Cuando a la labradora María Zamorana la torturan
en Cuenca en un proceso de 1581 para que delate a sus vecinos
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como «moriscos», ella solo sabe decir que uno estaba «diziendo “reniego
de Dios” y “no creo en Dios”», y de otro: «Nunca les bí yr a missa ni oyr la
palabra de Dios». De un tercero se le ocurre que un viernes cocinaba una olla
de carne diciendo que era para sábado: algo que pudiera ser hábito de judíos,
pero no de moriscos[18]. En conclusión: se trataba de delatar a quienes se
mantenían apartados de la Iglesia. No hacía falta, como en Europa central, una
acusación de brujería o intención de dañar a los demás. La herejía perseguida
era el delito de no participar en el culto.
La palabra hereje transmite la idea de que el pueblo entero está
compuesto por cristianos y que cualquiera que disiente de las normas de la fe
ha abandonado el consenso establecido de la comunidad. Esta ficción, la de un
pueblo católico que había que proteger contra el peligro de ideas innovadoras,
es la que persiste hasta hoy en nuestro concepto histórico, sin que realmente
nadie se pregunte mucho cómo se cristianizó España: ¿por las legiones romanas?,
¿por los visigodos arrianos?, ¿por los bereberes musulmanes? Simplemente, se da
por hecho que España ya era cristiana cuando se plantea el conflicto entre
moros y cristianos, que en el siglo XIX se ha ficcionalizado bajo el término
Reconquista.
Cristianos serían de nombre: no consta que superviviesen otros cultos
con una denominación concreta. Pero ¿qué significaba ser cristiano en el siglo
XV o incluso en el XVI? Quizás algo no tan distinto a lo que significaba ser
musulmán en Marruecos hasta finales del siglo XX: la adhesión teórica a una
religión de la que se ignoraba todo y cuyas normas elaboradas en lejanos
concilios o cátedras teológicas no llegaban hasta el pueblo.
La propia Iglesia colaboró en este proceso de confusión. Desde el primer
momento se aceptaron festivos paganos como celebraciones de momentos
fundacionales del cristianismo: casualmente, Jesucristo nació el día del
solsticio de invierno y fue crucificado tras la primera luna llena de la
primavera. Con fiestas como la de San Juan no se llegó ni a disimular:
simplemente se le puso a la noche de hogueras del solsticio de verano el nombre
de un apóstol, del que nadie sabe qué hizo aquel día. Bastaba para cristianizar
el rito.
Festivos, invocaciones, veneraciones, deidades locales…, todo se integró
en la Iglesia y se pasó a llamar cristianismo. El culto a los morabitos no se
erradicó: simplemente se dictaminó que Lalla Fuensanta,
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Nieves, Rocío, Estrella, Mar, Prado, Monte, Lluvia, Socorro o Remedios
eran advocaciones de la Virgen María y, por lo tanto, adorarlas, pedirles
milagros o cura de dolencias era algo perfectamente católico. Lo único —
imaginamos— que había que evitar era colgar un trapo en un árbol cercano. No
fuese a parecer que.
El pueblo implicado se fue convenciendo de que eso era, realmente, la fe
cristiana. A ningún cofrade de Sevilla que carga con la Macarena se le ocurre
considerarse otra cosa que ferviente católico. Aunque basta con leer el Nuevo
Testamento para averiguar que el culto a la madre de Jesucristo no tiene
ninguna base en las escrituras sagradas cristianas. En el misterio del
cristianismo, la encarnación de Dios en su propio hijo humano y su muerte
dolorosa para rescatar a la humanidad del fuego eterno, la figura de la madre
no tiene importancia alguna, es un mero recipiente para que pueda nacer aquel
hijo divino, una fase transitoria, una sirvienta («Soy la esclava del señor.
Hágase en mí tu voluntad»). Incluso se puede buscar en los Evangelios una
expresa desautorización de María como figura vinculada a la fe («¿Quién es mi
madre, y quiénes son mis hermanos?»[19]).
Pero todo esto no importa: si millones de españoles consideran que
cargar la Macarena en angarillas es propio de cristianos, aquello es
cristianismo. Al igual que acudir a un morabito es islam en la otra orilla.
Pero, si bien en los países mediterráneos esta forma popular de la fe se ha
convertido en dominante, hasta el punto de eclipsar los dogmas, Europa también
tiene sus talibanes cristianos.
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2. LA CRUZ DE EUROPA
CRUCIFIJO CONTRA CONSTITUCIÓN
«Arrancan las raíces espirituales y culturales de Europa». «Tocan los
fundamentos del Estado». «Atacan el nervio vital de nuestra cultura».
«Abandonan los valores de Occidente». «Así es como Hitler empezó su
sanguinaria carrera». ¡Protesta!
Un manifiesto recoge 700 000 firmas. Treinta mil personas se reúnen en
la plaza central de Múnich, encabezados por los máximos políticos de Baviera.
El primer ministro del Estado autónomo bávaro, Edmund Stoiber, de la Unión
Social Cristiana (CSU, formación hermana del mayor partido alemán, la Unión
Demócrata Cristiana, CDU), les promete que Occidente no se irá a pique. Lo
impedirá con todos los medios: «No permitiremos que junto a los símbolos
cristianos expulsen los valores cristianos de la vida pública[20]».
Estamos en 1995. Seis semanas antes, el 10 de agosto, el Tribunal
Constitucional alemán, sito en Karlsruhe, ha emitido un juicio: la norma
administrativa de Bavaria que obliga a colocar un crucifijo en toda aula de
colegio vulnera el artículo cuatro de la Carta Magna alemana («La libertad de
fe, de conciencia, y la libertad del credo religioso y de la visión del mundo
son invulnerables»). Una familia de orientación antroposófica — una filosofía
creada en 1913 por el alemán Rudolf Steiner y relativamente cercana a ideas
cristianas— había interpuesto denuncia en 1991 para exigir que se retirasen los
crucifijos de las aulas en las que estudiaban sus hijos, alegando que la visión
de un cuerpo martirizado podría traumatizarlos. El tribunal bávaro había
rechazado la queja, subrayando una «tensión entre una libertad religiosa
negativa y una positiva» que impediría respetar la «libertad de confesión
negativa» de unos en detrimento de otros, es decir,
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los alumnos educados en una confesión religiosa, con derecho a tener
delante un crucifijo. Curiosamente, los jueces reconocieron que la propia sala
del tribunal carece de cruces por el mandato de neutralidad del Estado, pero
esto no se aplicaría a la escuela porque en la educación de los jóvenes, las
ideas religiosas y de visión del mundo son relevantes[21].
En otras palabras: es necesario adoctrinar. Efectivamente, la
Constitución de Baviera —redactada en 1946 «ante los escombros de una sociedad
sin Dios» y vigente con estas palabras hasta hoy— prevé como «supremos
objetivos» de la escuela la educación «en la veneración de Dios, el respeto a
las convicciones religiosas y la dignidad humana» (en este orden), y en
consonancia reconoce «el derecho propio de las comunidades religiosas» a «una
influencia adecuada en la educación de los niños de su confesión», «sin perjuicio
del derecho educativo de sus padres[22]».
Los jueces de Karlsruhe rechazan la sentencia en su revisión y deciden,
con cinco a tres votos, que «colocar un crucifijo en el aula de un colegio
público no confesional vulnera la Constitución». Porque si bien es totalmente
legítimo realizar actos de culto religioso en público, también es legítimo no
participar en ellos. Sin embargo, la educación pública obligatoria no permite a
los niños ausentarse del aula, de manera que están obligados a la contemplación
continua del crucifijo, símbolo esencial del cristianismo y, por lo tanto, un
elemento de culto religioso.
Hay quien opina que ninguna sentencia ha causado un debate tan encendido
desde que existe la República Federal Alemana. Desde Múnich a Hamburgo, la
prensa, no solo la católica, pone el grito en el cielo. Los políticos de
partidos izquierdistas prefieren callar, los conservadores suben a las
barricadas. «Quien quita la cruz no crea neutralidad, sino el vacío», dice
Stoiber. Y advierte que el pueblo pide desacatar la sentencia. Otros van más
lejos: un diputado de la CSU propone «que vengan los jueces en persona a quitar
los crucifijos». «Nosotros, campesinos, los esperaremos como debe ser: con
mayales», agrega[23]. «Los católicos sabrán defenderse», advierte un alto cargo
clerical. «Contra la pura estupidez hasta de los tribunales más altos se impone
la resistencia», dice un exministro[24]. Hay quien pide reflexionar sobre si
una sentencia del Constitucional es vinculante. Y un vicepresidente de la CSU
elige la vía fácil: declara anticonstitucional la sentencia e invoca el
artículo 20 de la
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Carta Magna, que permite a todo alemán ofrecer resistencia a cualquiera
que intente derrocar el orden constitucional[25].
Quienes no se atreven a pedir directamente la revolución siguen la línea
marcada por los tres magistrados disidentes: el crucifijo, aseguran, no es un
símbolo religioso, sino simplemente una seña de identidad bávara. La sociedad,
argumentan, es ya laica y el crucifijo hoy día no significa nada más que una
pertenencia general a la cultura occidental cristiana; se ha despojado de su
valor ritual. Y como es no religioso, la Iglesia tiene derecho a exigir su
presencia en todo aula, es la conclusión. Lo de la sociedad laica casi sería
creíble, observa un sarcástico analista, si no hubiera surgido un debate tan
encarnizado sobre el crucifijo.
La avalancha de críticas, con muy pocas voces respaldando a los
magistrados de Karlsruhe, tiene éxito. En primer lugar, el presidente del
Tribunal, Johann Friedrich Henschel, asegura que la sentencia se ha entendido
mal, porque estaba mal formulada. Donde dice que «colocar un crucifijo en el
aula vulnera la Constitución[26]», en realidad se había querido decir que la
vulnera la ley bávara, que obliga a colocar un crucifijo en cada aula. El
estamento político bávaro le toma la palabra: ya no pide desacatar la
sentencia, sino que acepta como dictamen una entrevista en prensa del
magistrado en lugar de la sentencia escrita. Y acto seguido simplemente
mantiene la ley que obliga a colocar un crucifijo en cada aula. Así de
sencillo. Solo añadiendo una cláusula: si unos padres se oponen a la presencia
de la cruz «por razones serias y comprensibles de su fe o su cosmovisión», la
dirección del colegio intentará llegar a un acuerdo; si no lo consigue (es
decir, si los padres insisten), las autoridades educativas deben «imponer una
solución que respete la libertad religiosa de los padres disconformes y los
equilibre con las convicciones religiosas y la visión de los demás afectados en
clase, respetando, dentro de lo posible, la voluntad de la mayoría[27]». En
otras palabras: la cruz se queda.
EL FIN DE OCCIDENTE
La cruz se queda. Es así de sencillo. En 2004 y en 2008 hay casos de
profesores que van a juicio contra la presencia obligatoria de un crucifijo
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en sus aulas. Los tribunales bávaros son categóricos: no tienen derecho
a retirarlos ni a considerarse perjudicados por la presencia de un símbolo «de
los valores occidentales cristianos». El Gobierno bávaro se alegra «de que se
mantenga la jurisprudencia» —es decir, el desacato judicial— y de que «los
gustos personales del profesor deban subordinarse» a los valores de la cruz. La
sentencia de la máxima instancia de la Judicatura de Alemania queda así
simplemente anulada por la voluntad unida de Iglesia y políticos.
En 2009, la polémica vuelve a saltar a las primeras páginas de la prensa
alemana, esta vez por una pelea judicial en Italia. Una madre atea de origen
finés había interpuesto una queja análoga contra el crucifijo en el aula de sus
hijos. Los tribunales italianos han decidido como los bávaros: la cruz es parte
de la historia y cultura de Italia. La madre, Soile Lautsi, llega hasta
Estrasburgo, donde el Tribunal Europeo de Derechos Humanos le da la razón: la
cruz es un símbolo religioso cristiano, deciden los jueces. Y, por lo tanto, un
país que separa religión y Estado no puede obligar a tenerlo en los colegios.
No solo la Iglesia protesta, con apoyo de todo el espectro conservador
italiano y parte del centro-izquierda. Sobre todo, protesta Alemania. «No se ha
tenido en cuenta el derecho de los padres que quieren que sus hijos crezcan
dentro de la religión y cuyas convicciones no permiten que los niños tengan que
afrontar ya en la edad escolar la relativización y el desprecio a la religión»,
escribe el muy influyente diario Frankfurter Allgemeine Zeitung[28]. No tener
la religión todos los días delante es despreciarla, se deduce. «No se debe
privilegiar una adhesión al ateísmo», dice un alto cargo de la CSU. Además, la
cruz simboliza «la protección de la dignidad de todas las personas, sin
importar su confesión religiosa». La argumentación es original: como la cruz
simboliza el respeto, no necesita respetar a quienes no comparten esta idea. La
Conferencia Episcopal católica alemana emite una declaración para dejar claro
un punto: «La libertad religiosa no significa “ser libre de la religión[29]”»,
asegura. Esto también es original.
Italia apela la decisión y diez países del Consejo de Europa se personan
en la causa en apoyo, junto a diputados y organizaciones cristianas. La propia
Convención de los derechos humanos que defiende Estrasburgo «sería totalmente
impensable en el futuro sin cruz ni
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cristianismo»; amenaza «el derrumbe espiritual por pérdida de
sustancia», asegura un político alemán adherido a la causa.
«Habría que tachar el concepto de la dignidad humana de la Constitución,
porque sus raíces espirituales están en la idea de que el ser humano está
creado a imagen y semejanza de Dios», advierte la Frankfurter Allgemeine. Si
Estrasburgo no recula, le pasará lo que le pasó a Karlsruhe: un desacato
justificado, porque «una sentencia debe ajustarse a derecho». Y esta no lo
hace, porque significaría que «es un derecho humano vivir en un Estado en el
que la religión se retire completamente a la esfera privada». Impensable. Sería
el fin de Occidente.
La campaña hace efecto. En 2001, la Gran Cámara de Estrasburgo emite una
sentencia, ya inapelable, que contradice la anterior: no se puede demostrar que
un crucifijo en la pared influya sobre la mente infantil en clase, porque se
trata de «símbolos mudos y pasivos» y, además, «populares». Por lo tanto, cada
Estado puede decidir si los coloca o no. La Iglesia ha ganado[30].
La Alemania católica se regocija. Y para no pecar por omisión, el nuevo
primer ministro bávaro, Markus Söder, de familia protestante, decreta en 2018,
al mes de asumir el cargo, la colocación de un crucifijo obligatorio en el
vestíbulo de todos los edificios administrativos de Baviera. Ante las críticas
de quienes reivindican una neutralidad del Estado, Söder asegura que «la cruz
no es un símbolo de una religión», sino de «la identidad de Baviera y su estilo
de vida[31]». Allí, hasta a algunos clérigos se les caen los palos del
baldaquín. Importantes medios católicos critican la utilización del símbolo con
fines políticos y el propio arzobispo de Múnich, el cardenal Reinhard Marx, se
pronuncia en contra de «confiscar la cruz en nombre del Estado». Pero son
apenas escaramuzas sobre la estrategia más razonable para mantener la cruz en
la vida pública. Es un debate de política religiosa en toda Europa: a ratos
salta la polémica en Alemania, Suiza, Italia «y hasta en la católica España»,
apunta una emisora clerical de Colonia.
Lo que no sabe el redactor es que, en la católica España, el debate no
solo no suscita apenas atención pública, sino que se resuelve de la manera
contraria: los crucifijos desaparecen sin pena ni gloria.
En 2008, un tribunal de Valladolid da la razón a un padre que exigía
retirar un crucifijo del colegio público al que acudía su hijo; la Fiscalía
respaldaba la petición. En 2010, lo mismo ocurre en una escuela de
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Extremadura[32]. En 2011, sin embargo, la Junta de Andalucía — gobernada
por el partido socialista y laico PSOE— emite una circular, basada en la
sentencia definitiva de Estrasburgo, que adjudica a cada colegio la potestad de
decidir sobre la presencia del crucifijo[33]. Es un giro completo respecto a la
postura que había defendido en la década anterior, concretamente en 2006,
cuando ordenó a un colegio de Baeza retirar los crucifijos tras una queja de
los padres. La orden se encontró con alguna protesta local, un repique de
campanas y una ofrenda floral, pero se cumplió[34]. Era acorde al informe del
defensor del pueblo andaluz, José Chamizo, quien había dictaminado en 2001 que
los símbolos religiosos en un centro docente público no eran en sí ilegítimos,
pero colocarlos «puede vulnerar el derecho a la libertad religiosa de las
personas y, por tanto, deben ser retirados cuando así lo solicite alguno de los
que se consideren afectados[35]». Chamizo era sacerdote católico.
Veinte años más tarde, su sucesor se pierde en consideraciones sobre
quién tiene la autoridad de decidir y la Junta se lava las manos. En 2020,
después de tres años de batalla legal, un colegio de un pueblo de Córdoba
mantiene la cruz[36]. Una proposición no de ley del Congreso de los Diputados,
votada al calor de la primera sentencia de Estrasburgo en 2009, que instaba al
Gobierno a retirar todas las cruces de los centros educativos —a favor: PSOE,
Esquerra Republicana y BNG; en contra: PP y CiU—, no llega a ninguna parte[37].
(La revisión de la sentencia no debería influir, dado que reconoce a los
Estados el derecho a legislar en la materia). Con todo ello, no hay que perder
de vista una diferencia abismal entre el caso de España y el de Alemania: la
presencia de crucifijos en las aulas es tan anecdótica que hay quien se
sorprende de que aún existan. Una investigación de la prensa en Jerez de la
Frontera en 2008 entre los colegios públicos con nombre de virgen, santo o papa
mostró que en ninguno de ellos había crucifijos, que normalmente nadie se había
planteado siquiera que podría haberlos, y que muchos no los tenían desde que se
construyeran[38]. La asociación Europa Laica tenía contabilizados en 2019 en
Andalucía 33 centros docentes públicos —un 1 % de los aproximadamente 3200 que
existen en la comunidad autónoma— que en años anteriores mantenían una cruz en
alguna parte del edificio, aunque el número real ya ha disminuido[39].
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En otras palabras: el debate que todavía hoy hace correr ríos de agua
bendita en Alemania lleva una generación o más superado en la católica España.
Y no es un detalle anecdótico: la imbricación de Iglesia y Estado es mucho
mayor en los países del centro y norte de Europa que en los mediterráneos. Lo
confirma un vistazo a las constituciones del continente, aunque en la última
década algunas se han enmendado.
DIOS EN LA CARTA MAGNA
Ningún país va tan lejos como Irlanda, cuya Carta Magna empieza con el
preámbulo: «En nombre de la Santísima Trinidad, de la que emana toda autoridad
y a la que, como objetivo final, hay que referir toda acción tanto de los
hombres como del Estado, nosotros, pueblo de Irlanda, humildemente reconociendo
nuestras obligaciones ante nuestro divino Señor, Jesucristo, quien sustentó a
nuestros padres durante siglos de aflicciones…». La de la igualmente católica
Polonia tiene mucho cuidado de subrayar su ecuanimidad: «Nosotros, la nación
polaca —todos los ciudadanos de la República, tanto los que creen en Dios como
fuente de la verdad, la justicia, el bien y la belleza, como aquellos que no
comparten esta fe pero respetan estos valores universales como surgidos de
otras fuentes, iguales en derechos y obligaciones por el bien común—, Polonia,
agradeciendo a nuestros ancestros su labor, su lucha por la independencia
conseguida con gran sacrificio, por nuestra cultura arraigada en la herencia
cristiana de la nación y en los valores humanos universales…».
Alemania, con su población dividida a partes iguales entre católicos y
protestantes, se limita a iniciar la Carta Magna con un «Conscientes de su
responsabilidad ante Dios y la humanidad…». Mucho más lejos va Noruega. Desde
2014 ya no obliga, por mandato constitucional, a que más de la mitad de los
miembros del Consejo del Estado sean evangélicos-luteranos, ni a que los
noruegos de esta confesión eduquen a sus hijos en la misma fe, ni a que los
colegios den a los alumnos «una educación cristiana y moral». Pero sigue
manteniendo en el artículo 2: «Nuestros valores seguirán siendo nuestra
herencia cristiana y humanista», en el 4: «El rey debe profesar en todo momento
la religión evangélica-luterana», y en el
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«La Iglesia de Noruega,
una iglesia evangélica-luterana, seguirá siendo la Iglesia establecida de
Noruega y como tal recibirá el apoyo del Estado». Muy similar es la fórmula en
la Constitución de Dinamarca, que también obliga al monarca a profesar la fe luterana
y establece la Iglesia como cuerpo oficial. Suecia se liberó de toda referencia
a la religión en la reforma de 1998, pero Reino Unido, que no tiene Carta Magna
codificada, mantiene a la reina como cabeza de la Iglesia anglicana. Frente a
estos ejemplos, casi sorprende que el rey de España no tendría ninguna traba
legal si decidiera un día convertirse al budismo o, simplemente, declararse
ateo.
No solo en el texto constitucional, sino también en la práctica
institucional, Alemania separa mucho menos Iglesia y Estado que países como
España, Italia o Francia. Así, el consejo de Radiotelevisión pública, la máxima
autoridad de la emisora estatal, cuenta entre sus 60 miembros no solo con
delegados de los principales partidos alemanes, las federaciones sindicales,
las patronales y asociaciones cívicas, sino también con cinco delegados de las
fuerzas religiosas: dos representantes del clero católico, dos de las iglesias
luteranas y uno del consejo central de los judíos. Esta fórmula fija de cinco
representantes de las tres ramas religiosas se repite a nivel autonómico en
todos los estados federados, aunque tengan menos miembros: en el de 50 sillones
de Baviera, en el de 42 de Sajonia-Turingia y en el de 35 de Sarre, donde solo
tres miembros son parte de las jerarquías religiosas, pero están complementados
por una delegada de la federación de asociaciones de mujeres católicas y otra
de la fundación de asistencia a mujeres evangélicas; ambas estrechamente
vinculadas a sus respectivas iglesias, con rezos comunes y lecturas de Biblia
como parte esencial de su programa social. Cinco delegados, el mismo número que
en Sarre, suman juntos sindicatos, patronales, funcionariado, colegios
profesionales y trabajadores autónomos. ¿Alguna asociación cívica anticlerical?
Dios no lo quiera.
Este respaldo rotundo del Estado alemán a las estructuras religiosas
como parte esencial de la sociedad también se refleja en el sector de la
enseñanza, aunque la apariencia parezca decir lo contrario. La muy laica
Francia dispone de unos 7000 colegios católicos financiados con dinero público
que acogen a dos millones de alumnos, el 18 % del total del alumnado
francés[40]. Es una cifra muy similar a la española, donde la proporción de la
escuela concertada llega al 30 %, pero solo entre el 60 y
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el 70 % de este sector es confesional, lo cual también arroja una cifra
entre el 18 y el 21 % del total del alumnado[41]. En Alemania, la cifra es
mucho más baja: solo un 11 % de los alumnos va a un colegio «privado», el
equivalente al concertado español, financiado con dinero público.
Aproximadamente la mitad de esos colegios son confesionales, ya sean católicos
o protestantes. Pero esto no necesariamente indica un mayor grado de laicismo.
Antes al contrario, opina un exministro bávaro: es el propio colegio público
alemán el que «busca adecuarse a las tradiciones cristianas de la enseñanza».
Si no lo hiciera, los padres cristianos crearían un sistema de colegios
confesionales como en Francia, advierte; la ausencia de esta red concertada
demuestra que la población religiosa siente que el colegio público es
suficientemente cristiano[42].
Y tanto que lo es: dos estados federales incluso siguen segregando al
alumnado por religión en partes de la enseñanza pública: hay colegios para
católicos y hay colegios para protestantes. Si en Baja Sajonia solo el 7,6 %
del alumnado está segregado por la fe de sus padres, en Renania del
Norte-Westfalia, el estado más poblado de Alemania, la proporción llega al
32 %. Y además, si en Francia no existe asignatura de religión en los colegios,
y en España es optativa desde 1990, aunque vuelve a ser manzana de discordia
continua en cada etapa legislativa, en Alemania es obligatoria y evaluable por
mandato constitucional. Salvo una declaración de los padres o tutores, alegando
motivos de conciencia, para una exención individual, todos los alumnos deben
participar en la clase, y no saber que la humanidad apareció en la Tierra a
consecuencia de la ingestión de una manzana por consejo de un ofidio arbóreo
parlante hace suspender el curso y baja la nota media al igual que ignorar el
concepto de selección natural planteado por Darwin. O así lo prevé la ley,
porque desde los años setenta, gradualmente, se ha implantado también en
Alemania una asignatura sustitutoria de ética, eso sí, concebida para evitar
que los padres retiren a sus hijos del aula de religión.
Frente a esta imbricación, los países del sur sí que se nos antojan
prácticamente laicos: aquí las relaciones con la Iglesia no son parte de la
estructura constitucional, sino que se basan en tratados firmados con un cuerpo
ajeno a la nación. La Constitución italiana subraya expresamente en su artículo
7 que «Estado e Iglesia católica son independientes y soberanos, cada uno en su
esfera propia» y que «sus relaciones las regulan los Pactos de Letrán»,
firmados en 1929 por Benito Mussolini para otorgar
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soberanía al Vaticano. Lo mismo ocurre en España, donde el Concordato
con el Vaticano tiene fuerza vinculante como tratado internacional, pero no
aparece en la Constitución. La relación del pueblo español con el Omnipotente,
por lo tanto, se rige por convenciones diplomáticas. Dios es una potencia
extranjera.
Tan extranjera que, en España, el pueblo ni siquiera lee sus misivas.
LA IGNORANCIA DEL PECADO
—¿Tú sabes qué es la Inmaculada?
—Una prima mía.
—No. Digo el día de la Inmaculada.
—Ah. Un puente. Un festivo que se junta con un fin de semana. —¿En qué
fecha cae?
—Déjame pensar. El 6 de diciembre. No. Ese es el día de la Constitución.
El 8 de diciembre.
—¿Y qué se celebra ahí?
—La inmaculada concepción. Lo de la Virgen María.
—¿Qué es exactamente la inmaculada concepción de la Virgen María? —Pues
lo de Jesucristo, que nació de madre virgen y esas cosas, que María no tenía
sexo para concebir al niño Jesús porque fue por el Espíritu
Santo.
—¿Y en qué fecha nace el niño? —¡Pues en Navidad! El 25 de diciembre.
—O sea, ¿que concibe el 8 de diciembre y diecisiete días más tarde nace
el crío? Vaya preñez más acelerada…
—Ahora que lo dices…
Es una conversación que he tenido cien veces con españoles de cualquier
edad, condición y nivel cultural. Entre ellos, unas cuantas amigas educadas en
un colegio de monjas de la época tardofranquista, una asidua a la misa de
domingo, una joven que a los veinte años era voluntaria en las clases de
catecismo para niños y un monaguillo en activo. De cien, uno solo supo dar la
respuesta correcta: el dogma de la Inmaculada Concepción, solo proclamado en
1854, pero tenido por tan
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importante en la Iglesia católica española que es hasta hoy festivo
nacional y onomástica popular —estuvo en el top 5 de nombres de niñas nacidas
en la década de los setenta en Cádiz, Granada o Málaga y aún en el top 10 de
gran parte de Andalucía en la de los ochenta—, no tiene nada que ver con el
nacimiento de Jesucristo.
La gran mayoría de los españoles que por edad han tenido a alguna Inma
por compañera de clase aún saben que si el cura te saluda con un «Ave María
purísima» hay que responder «sin pecado concebida», pero jamás se han planteado
que la forma gramatical del verbo no es conceptora, sino que va en pasiva.
Claro, ¿cómo sospechar que el dogma se refiere al polvo que echaron Joaquín y
Ana, padres de la niña María? Porque esto sí fue un acto sexual, no una
concepción virginal. Pero uno «sin pecado». Frase que solo adquiere sentido —la
pareja estaba casada— cuando se conoce la teología de san Agustín de Hipona y
su teoría, hoy dogma, del pecado original de la humanidad. El causado por la
desobediencia de Adán y Eva al comer del árbol del bien y del mal y desde entonces
transmitido por herencia de generación en generación a través del acto
biológico de procreación y concepción.
El hecho de que el hombre no es capaz de dominar a voluntad su deseo
sexual y que tiene que vivir con un órgano que le desobedece es para Agustín un
reflejo directo de la desobediencia de Adán y Eva ante Dios. En el paraíso,
conjetura el pensador norteafricano, no hubo deseo sexual, pero en el valle de
lágrimas que es la Tierra, ese deseo, pecaminoso por desobediente, es parte
necesaria de toda procreación y como tal transmite el pecado original. Por lo
tanto, todo acto sexual, no solo la fornicación, sino también el deber conyugal
santificado por el sacramento del matrimonio, es un momento de pecado,
imprescindible para mantener la existencia de la humanidad, un mal inevitable,
perdonable cuando sirve para el único fin legítimo, la procreación, pero mal al
fin y al cabo. Por ello, todo bebé nace ya cargado con el pecado: hay que lavar
ese pecado original mediante el primer sacramento, el bautismo, antes de que
pueda ir al paraíso; si muere sin bautizar tendrá que ir al limbo: no es puro.
Solo en este marco de demonización de la sexualidad se entiende el dogma
de la concepción inmaculada, la única de la historia de la humanidad en la que
no se transmitió ese pecado original y, por lo tanto, permitió a María nacer
purísima, sin necesidad de bautizo, y serlo también a la hora de concebir al
hijo de Dios, es decir, Dios. Que lo siguió siendo,
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y virginal además, también después de concebir media docena de hijos e
hijas más, es otro de los misterios de la fe, pero de menos o nula importancia
para la vida sexual de los creyentes, incluida la prohibición de usar
anticonceptivos.
Por supuesto, prácticamente ningún católico español, salvo tras estudiar
en una facultad de Teología, conoce estos detalles. Una especie de ignorancia
afortunada que exime al común de los mortales de la conciencia de vivir en
continuo pecado. Es distinto en los países centroeuropeos: en la muy católica y
muy vividora ciudad de Colonia — cuyos habitantes discuten sobre si el número
de iglesias supera al de bares o al revés— se celebra el carnaval por todo lo
alto, pero el Miércoles de Ceniza se acabó lo que se daba y hay colas de
penitentes ante la iglesia para llevarse su cruz en la frente. Algo simplemente
desconocido en Cádiz, donde el carnaval dura de un fin de semana al siguiente,
con un da capo el domingo después. Que en medio de todos estos festejos ya ha
comenzado la Cuaresma y se prohíbe estrictamente diversión, baile y gula
probablemente no lo sepa nadie. Como también sería bastante difícil encontrar a
un católico español que tenga presente la norma de no comer carne ningún
viernes del año. Y, salvo las supernumerarias del Opus Dei, tampoco será fácil
hallar en la misa del domingo a alguna joven —en la medida en la que haya
jóvenes en misa— que en el confesionario recuerde enumerar como pecado haber
usado condón con el novio. Eso, si confiesa el sexo con el novio como pecado. Y
aun si lo hace, es muy poco probable que se arrepienta de corazón. En el
catolicismo mediterráneo, el rito ha reemplazado a la fe, facilitado por un
elemento clave: los fieles, aun cuando creen, no saben en qué están creyendo. Ni
les importa.
Esta ignorancia respecto a las propias escrituras entronca con la
convicción general, dominante durante siglos, de que los cristianos tienen
prohibido leer la Biblia. Por supuesto, la Iglesia ha aclarado una y otra vez
que no existe tal prohibición…, pero siempre añadiendo un pero: no se debe leer
la Biblia sin orientación por parte de un sacerdote, o sin comentarios que
ayuden a interpretarla, porque solo la Iglesia, gracias a la tradición de la
que es guardiana, puede saber cuál es el verdadero significado de los textos,
no un lector cualquiera. Aún en una edición española de la Biblia de la década
de 1950, el editor se veía obligado a desmentir la idea de que estaba
publicando un libro prohibido, eso sí, subrayando la importancia de buscar
asesoría clerical para la lectura. En la
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práctica, esta postura ha llevado a un hecho simple: normalmente, un
europeo católico no ha leído la Biblia, mientras que cualquier protestante se
la sabe casi de memoria: es la lectura suprema en todo hogar que se tenga por
cristiano. Y de tanto sabérsela, muchos protestantes se sienten autorizados a
interpretarla a su manera, buscándole el sentido que quieren.
Solo esta feliz ignorancia explica la postura benevolente de gran parte
de los pensadores europeos hacia la religión cristiana. El periodista
estadounidense Christopher Caldwell llega incluso a afirmar, invocando al
filósofo alemán Jürgen Habermas: «El cristianismo, y no otra cosa, es el
cimiento último de la libertad, la conciencia, los derechos humanos y la
democracia[43]». Lo que hace sospechar que Caldwell, y quizás tampoco Habermas,
no se ha leído las encíclicas papales de los tiempos modernos. Ni parecen tener
constancia de Giordano Bruno y Miguel Servet, de los muertos de la Inquisición,
de los autores de los 6000 libros que hasta 1965 constaban en el Index librorum
prohibitorum del Vaticano, ni de las víctimas del franquismo, calificado de
«cruzada» por los obispos españoles. Pronto llegaremos a creer que las mujeres
dicen misa en Roma y que cada cuatro años se colocan urnas de votar en la plaza
de San Pedro.
No: si Europa es democrática y vota a sus representantes no es gracias a
la Iglesia, sino a pesar de ella. Pero esta postura de atribuir al clero todas
las virtudes de democracia que combatió con tanto ahínco se ha convertido en
argumento típico hoy: se busca enfrentar un cristianismo pasado por el filtro
de la democracia europea, alcanzada a través de las luchas contra la Iglesia,
con un islamismo político del tipo talibán financiado por monarquías
absolutistas. De esa confrontación deducen algunos que el islam como tal posee
una inherente, innata disposición a la violencia, frente a la «religión de la
paz» que creen predicada por Cristo. Postura respaldada por toda una escuela de
expertos europeos, que conocen de memoria el puñado de versos del Corán que
llaman a combatir al enemigo —ni que hubiesen estudiado con Osama bin Laden de
profe— y concluyen que todo musulmán lleva dentro un yihadista.
Si uno responde que, por la misma regla de tres, todo cristiano debería
lapidar sin piedad a cualquier homosexual que encuentre, véase Levítico 20, 13,
no falta quien aduce que esta ley del Antiguo Testamento, si bien es parte de
las Escrituras Sagradas cristianas, la anula Juan 8, 7; y si uno contesta con
Mateo 5, 17, nos quedamos con una disputa teológica medieval que ni Tomás de
Aquino. Edificante espectáculo.
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No: el sistema actual de libertades, derechos humanos y democracia no se
edificó en Europa leyendo a san Agustín. Se edificó contra ello, incendiando
iglesias, destruyendo el poder de una jerarquía decidida a mantener el control
sobre el pensamiento del pueblo.
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3. LAICISMO ¿UN SINDIÓS?
QUEMACONVENTOS Y TRAGAFRAILES
«Esta iglesia es preciosa. ¡Que todas sean como esta!». Es un grafiti
dibujado con tizón sobre la pared de lo que en Lavapiés llaman a veces «la
basílica», aunque nunca pasó de oratorio adosado a un colegio religioso para
niños sin recursos, las Escuelas Pías de San Fernando. Se distingue de las
demás iglesias de Madrid no solo por su planta cuadrada con la hermosa cúpula
octogonal que le da cierto aire de templo bizantino,
sino por otro detalle llamativo: está en ruinas.
Sobre el valor estético de la ruina como concepto se puede discrepar
—seguramente más de un amante de la arquitectura clásica se horrorizaría ante
una Acrópolis fielmente restaurada y policromada—, pero el autor incógnito de
la pintada pensaba con certeza en otro aspecto: la basílica ya no sirve al
culto. Fue secularizada por la fuerza, es decir, incendiada y en parte
destruida, por militantes anticlericales en 1936, al desatarse en España la
pugna entre una república laica y una sublevación militar bajo el signo de la
cruz.
Dicen que hubo quien disparó desde la iglesia a los transeúntes[44], y
quizás esto explique el furor destructivo, que no se abatió sobre todas las
iglesias de la capital, aunque unas cuantas sí. Pero con o sin disparos, las
iglesias llevaban siglos siendo un símbolo de opresión para el pueblo, o para
la parte del pueblo que se planteara las cosas. Desde Isabel la Católica, la
alianza entre reyes y obispos era firme, y hasta el último cura del pueblo,
salvo honrosas y contadas excepciones, era una ruedecita más en una inmensa
máquina de poder. Un poder, en primer lugar, económico: Iglesia, monasterios y
órdenes religiosas poseían una enorme cantidad de tierras por cuya labranza los
vecinos tenían que pagar un arrendamiento.
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En eso, el cuerpo eclesiástico no se distinguía tanto de aristocracia y
latifundistas, pero al poder de la ley y los títulos de propiedad añadía una
herramienta potente para mantener este sistema de explotación: el chantaje
perpetuo con los castigos en el más allá. Al conde había que pagarle lo que
marcase el contrato, al cura había que darle voluntariamente para no pasarse
mil años en el infierno del más allá, después del vivido en la tierra. «Si se
muere un pobre y Dios le condena al purgatorio a cien mil años y su viuda no
puede pagar más que una misa de tres pesetas, no tiene más que dos o tres mil
días de indulgencia. Pero si se muere un rico y paga un funeral de primera
clase…». Hablamos de 1910; el párrafo describe la infancia de Arturo Barea,
cuando por una peseta se podía comprar un libro[45].
El pueblo pagaba el dinero que no tenía para ofrecer una educación a sus
hijos y sostener un sistema que, con términos de la sociología actual,
llamaríamos intimidación colectiva, maltrato psicológico, abuso emocional,
bullying. Pagaba para vivir con miedo, pagaba para adornar con oro en paño los
púlpitos desde donde se le decía que iban a sufrir torturas indecibles durante
miles de años. No sorprende que más de uno ardiera en ganas de meter fuego a
todo aquello.
No era algo especialmente nuevo: aunque los términos quemaconventos,
comecuras y tragafrailes no aparecen en el Diccionario de la Real Academia, es
probable que sean anteriores a la Segunda República, incluso a la Primera: ya
en 1812, el reverendísimo padre maestro Francisco Alvarado, filósofo rancio,
defendía a los religiosos contra el hombre «atacado por la fratifagia[46]». Eso
fue antes del motín de Madrid de 1834 en el que una muchedumbre enfurecida,
compuesta principalmente por las clases bajas, degolló a 73 frailes en Madrid,
atribuyéndoles la culpa de la epidemia de cólera: habían envenenado las
fuentes, se aseguraba, para facilitar la victoria del ejército carlista, aliado
con el clero contra el Gobierno liberal. Era un bulo; lo que sí habían hecho algunas
órdenes, parece, era explicar a la población diezmada por la plaga que aquello
era un castigo divino que se cernía sobre los habitantes de la ciudad por
descreídos.
Un siglo más tarde se repitió la misma constelación, con el clero
bendiciendo a los generales sublevados contra la República, y se reprodujo la
escena de incendios. Las Escuelas Pías de Lavapiés eran, desde luego, el blanco
peor elegido para esa furia. Desde su fundación en 1729, el edificio
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estaba concebido como un lugar de enseñanza para los niños de las clases
más desfavorecidas; el propio Arturo Barea, hijo de una lavandera, adquirió
allí su formación. El templo pertenecía a los Padres Escolapios, una orden
católica que había asumido la educación de los niños pobres como su razón de
ser. Por supuesto, financiándola con donaciones: por mucho que las reglas de la
orden obligaban a una estricta pobreza, financiar estas escuelas pías siempre
corría a cargo del erario o de donaciones de particulares. La enseñanza era de
buen nivel e incluso poco ortodoxa para algunos: los escolapios ya aceptaban
las ideas de Copérnico y Galileo cuando sus libros aún figuraban en el Index
librorum prohibitorum. Probablemente, si había una iglesia en Madrid que no
merecía el fuego, era aquella.
Pero hasta esta cara amable del clero católico se derrumba con una
mirada más cercana. No solo porque su virtud está precisamente en ofrecer como
limosna lo que el sistema al que apoya y del que es parte —el Estado
confesional católico— niega como derecho a las clases obreras: la enseñanza
gratuita universal. No solo porque, por mucha astronomía heliocéntrica que se
diera, la finalidad de la orden era evangelizar y afirmar la fe cristiana, no
enseñar a pensar: las propias constituciones de la orden exhortan al novicio
que quiere tomar el hábito escolapio para que se ocupe «en quebrantar el propio
querer y el propio pensar». No solo porque el ordenamiento de la vida de los
padres escolapios, una vez ordenados, preveía una segregación de la sociedad
que dejaría en bragas cualquier seminario talibán: «despojarse de toda afección
hacia familiares y amigos», «nadie hable con seglares, aunque sean parientes»
—tampoco se debía comer y beber fuera de la institución eclesiástica— y, por
supuesto: «No debemos cultivar amistad con mujeres, aunque sean parientes y muy
piadosas». Reiterado: «Ha de rehuirse el trato y conversación con mujeres, por
muy piadosas que parezcan y aunque sean madres o familiares de nuestros
alumnos. Cuando algunos de nuestros maestros tengan que hablar con una mujer,
sea en presencia del designado por el superior y con la mayor brevedad[47]».
Frente a esta disciplina misógina, casi consuela descubrir, en el mismo libro
de Arturo Barea, a un padre escolapio sentado en la sacristía con una mujer en las
rodillas: al final, eran humanos como cualquiera. Más hipócritas que fanáticos.
Porque la institución a la que pertenecían, ellos y cualquier otro
sacerdote católico, cuya doctrina difundían, la que soportaban con sus
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prédicas como infalible, a la que financiaban con aquellas tres pesetas
de las lavanderas del barrio, esa institución tenía muy claro su papel en el
mundo: ejercía y reivindicaba la dictadura, especialmente sobre las mentes.
LIBERTAD, PESTILENTE ERROR
La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual, es decir, una
sociedad formada por dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, que
ocupan grados diferentes en la jerarquía y la multitud de los fieles. Estas
categorías son tan distintas que solo en el cuerpo de los pastores reside el
derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros
hacia el objetivo de la sociedad, mientras que la multitud no tiene otro deber
que el de dejarse guiar y seguir, como dócil rebaño, a su pastor[48].
Este texto no lo ha escrito Voltaire, ni ningún activista anticlerical.
El autor es el papa Pío X, en 1906. Y es doctrina bien asentada y afirmada ex
cátedra reiteradamente durante el siglo XIX. En 1888 lo había dejado claro León
XIII: «Es totalmente inconcebible una libertad humana que no esté sumisa a Dios
y sujeta a su voluntad». Por lo tanto, «es totalmente ilícito pedir, defender,
conceder la libertad de pensamiento, de imprenta, de enseñanza, de cultos».
«Una libertad no debe ser considerada legítima más que cuando supone un aumento
en la facilidad para vivir según la virtud. Fuera de este caso, nunca[49]».
Leer encíclicas evita el muy frecuente error de formular la pregunta:
¿Son compatibles islam y democracia? Porque es obvio que tampoco son
compatibles cristianismo y democracia, si se toma al cristianismo en su forma
dogmática, tal y como lo proclaman sus máximos representantes. Basta con leer
las encíclicas papales, que resumen la ideología oficial de la Iglesia
católica[50].
Es una «cruel pestilencia» la idea de «que la sociedad humana se
constituya y gobierne sin relación alguna a la religión», escribe Pío IX en
Página 53
1864. Y es un «delirio» pretender «que la libertad de conciencia y
cultos es un derecho propio de todo hombre», y más aún «que los ciudadanos
tienen derecho a la libertad omnímoda de manifestar y declarar públicamente y
sin rebozo sus conceptos, sean cuales fueren, ya de palabra o por impresos, o
de otro modo, sin trabas ningunas por parte de la autoridad eclesiástica o
civil». El texto también rechaza rotundamente a quienes no quieren «reconocer
al imperante o soberano derecho ni obligación de reprimir con penas a los
infractores de la religión católica».
No fue un desliz de pluma, sino una doctrina elaborada. «La Iglesia debe
estar separada del Estado y el Estado debe estar separado de la Iglesia» es el
error 55 en la lista de 80 frases condenadas de forma expresa por Pío IX en el
Syllabus errorum de 1864. Por si quedasen dudas, el mismo documento rechaza
(error 42) que «en caso de conflicto entre las leyes de ambos poderes,
prevalece el derecho del poder político», así como «la legislación promulgada
en algunas naciones católicas, en virtud de la cual los extranjeros que a ellas
emigran pueden ejercer lícitamente el ejercicio público de su propio culto»
(error 78), o «la libertad civil de cultos y la facultad plena, otorgada a
todos, de manifestar abierta y públicamente las opiniones y pensamientos» (error
79[51]).
EL CANCILLER DE HIERRO
La encíclica de León XIII, que rechaza una sociedad con libertad
religiosa en pleno siglo XIX europeo ilustrado, se inscribe en el combate que
en este momento desgarraba Europa, conocido como Kulturkampf («Lucha de
culturas») en Alemania, y que desembocó en la separación final entre Estado e
Iglesia. La Revolución francesa había iniciado este proceso, de forma
sangrienta, un siglo antes, y la Ilustración había allanado el camino para
concebir una vida política más allá de la religión, basada en la razón humana,
pero hizo falta un hombre al que llamaban «el canciller de hierro» para llevar
a cabo esta tarea en los Estados del Imperio alemán: Otto von Bismarck.
No era un enfrentamiento inspirado por el lema marxista de la religión
como opio del pueblo. Hijo de la aristocracia rural, Bismarck había sido
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durante décadas un político ultraconservador, opuesto de forma vehemente
a sindicatos, socialistas y hasta liberales. Ni era tampoco una lucha de
protestantes contra católicos. Bismarck era de familia luterana y durante años
se había definido como panteísta, aunque no directamente ateo, si bien en el
momento de lanzar la lucha contra la Iglesia ya había recuperado cierta fe.
Pero el canciller acabó colocando el interés del Estado por encima de las
ideologías propias y ajenas. Y la secularización de la Administración estaba en
el interés del Estado: el clero católico alemán seguía directrices del papa,
una figura extranjera.
El discurso contra los «ultramontanos», es decir, quienes obedecían a
Roma, ciudad allende los Alpes, tenía tintes nacionalistas, pero también se
encontró con la oposición de gran parte del clero protestante, porque las
reformas fundamentales de Bismarck recortaban igualmente de forma tajante el
poder de los luteranos: instauraban una enseñanza pública sin control
eclesiástico y un matrimonio civil, arrebatando a los sacerdotes el control de
juventud y vida marital. Eso sí, la resistencia más feroz vino del bando
católico, el más organizado.
Bismarck les dio duro. La lucha no fue sangrienta —en parte por la mala
puntería de un obrero católico que disparó contra el canciller en 1874 —, pero
sí acerba: 1800 curas y dos obispos fueron a la cárcel, otros se exiliaron, los
jesuitas fueron expulsados, el Estado confiscó propiedades eclesiásticas por lo
que hoy serían 120 millones de euros y se canceló toda subvención a los
obispados que no jurasen acatar las leyes del Estado. No era una victoria
plena: las leyes de 1886 constituían una especie de compromiso entre Roma y
Berlín, pero la separación de clero y Administración ya era una realidad.
Esta realidad, que tiene poco más de un siglo de presencia en el corazón
de Europa, ha calado tanto que hoy los defensores de los «valores cristianos»
de la civilización europea dan por hecho que el cristianismo es una religión
ilustrada sin pretensión de inmiscuirse en la política. Es incluso habitual
afirmar hoy día que si el cristianismo se puede amoldar a las leyes civiles es
porque todos sabemos que la Biblia es un mero producto humano, a diferencia del
Corán, que reclama ser la palabra inmutable y exacta de Dios. Opinión que deja
de lado que, según la doctrina católica, la Biblia también lo es.
Seguramente a usted, lectora, incluso si es creyente, le parecerán muy
razonables frases como «Los que creen que Dios es verdaderamente autor
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de la Sagrada Escritura dan prueba de una simplicidad o ignorancia
excesivas» o «Los Evangelios fueron aumentados con continuas adiciones y
correcciones hasta que se llegó a un canon definitivo y constituido». Es algo
en lo que estaríamos todos de acuerdo, ¿no?
Pues no: estas frases, literalmente así, fueron condenadas como «error»
por el papa Pío X en 1907[52] y esta condena nunca se ha revocado. Es decir:
según la Iglesia católica, Dios es verdaderamente autor de la Biblia y los
Evangelios son literalmente inspiración exacta de Dios, sin adiciones ni
correcciones. Como el Corán, en suma.
La pugna entre cristianismo e islam que invocaban los partidos
cristianos de Suiza con su cartel de un país ocupado por minaretes no es más
que un ejercicio de esgrima ante un espejo. Cristianismo e islam se parecen
como dos gotas de agua bendita. Y confluyen en el combate contra el enemigo
común: el laicismo.
LAICISMO, LAICIDAD, ACONFESIONALIDAD
¿Qué es exactamente el laicismo? ¿O habría que decir laicidad? ¿Son dos
conceptos distintos? A veces se lee que el laicismo es «un movimiento que, bajo
la apariencia de exigir el respeto de la religión de cada uno, en realidad
procura la eliminación de la religión en la vida pública y su confinamiento al
ámbito de la conciencia individual», frente al «concepto de “laicidad”, que, si
bien parte del dualismo entre la Iglesia y el Estado, no ignora que los sujetos
sometidos a la soberanía del Estado tienen necesidades religiosas, por lo que
es permitido que los creyentes practiquen el ejercicio de la religión de modo
colectivo y público, dentro del marco del orden público[53]». Un planteamiento
que un andaluz anónimo resume en román paladino, al definir «la nueva táctica
de los defensores de las prebendas religiosas de diferenciar entre laicidad y
laicismo»: «Según ellos, la primera es justa y necesaria, pues implica un
“justo” respeto a la libertad religiosa, mientras que el segundo es pernicioso
y ha de ser sañudamente combatido. Para subrayar la diferencia, la palabra
“laicidad” vendrá siempre acompañada de adjetivos como “sana”, “justa”,
“positiva”, mientras que la palabra “laicismo”
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vendrá siempre adjetivada con “excluyente”, “radical”, “fundamentalista”
o similares[54]».
En francés, donde los dos términos se usan con frecuencia, los hablantes
les adjudican una diferencia semántica, no ideológica: laïcité es el principio
de separación de Estado y religión, y laïcisme es el movimiento ideológico que
reivindica este principio. La asociación española Europa Laica intenta fijar
esta misma distinción en castellano: «Si la laicidad designa el estado ideal de
emancipación mutua de las instituciones religiosas y el Estado, el laicismo
evoca el movimiento histórico de reivindicación de esta emancipación
laica[55]». Pero es dudoso hasta qué punto funciona la propuesta, cuando
incluso los eruditos se lían: el mismo autor que habla de «la laicidad,
defendida por el laicismo», y utiliza solo el término laicidad en su ensayo,
afirma en el resumen de su trabajo que «en la historia de América Latina ha
predominado el laicismo más que la laicidad», aclarando luego que «para los
defensores de “la laicidad”, esta es la mejor garantía para el ejercicio de la
libertad de creencias y de culto, mientras que para sus detractores, “el
laicismo” (al que toman de manera equivocada por la laicidad) es un régimen de
persecución anticlerical que atenta contra las libertades religiosas[56]».
¿Todo depende, pues, de con qué ánimo se usa la palabra?
Así es, asegura el jurista mexicano Diego Valadés: si bien en francés se
encuentran esfuerzos para diferenciar ambos conceptos, esto «no forma parte de
la lengua común», y los dos vocablos «para todos los hablantes del español
quieren decir lo mismo», como demuestra con amplios ejemplos, desde el Congreso
Constituyente de México en 1917 hasta Alfonso Guerra en 1998[57]. De hecho,
desde 1927, la Real Academia consideraba laicidad un «neologismo inútil por
laicismo» y solo en 2014 lo recogía en el Diccionario, con la definición de
«principio que establece la separación entre la sociedad civil y la sociedad
religiosa». ¿Podría usted, lector, explicar la diferencia de modelo político
que establece esta frase respecto a «independencia del individuo o de la sociedad,
y más particularmente del Estado, ante cualquier organización o confesión
religiosa», que es la que aparece bajo laicismo? Yo no.
Porque en español, la aparición del neologismo laicidad se debe
esencialmente a la iracundia —el vocablo se queda corto— con la que la Iglesia
combatía los intentos de separar religión y Estado, explica Valadés.
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«Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores
y abominables intentos», dijo Pío XI en 1925[58], y por si no quedaba claro a
qué se refería, lo explicó en 1933: «Aquella separación del Estado y de la
Iglesia, que desgraciadamente había sido sancionada en la nueva Constitución
española», la de 1931. Porque «la separación no es más que una funesta
consecuencia del laicismo, o sea, de la apostasía de la sociedad moderna que
pretende alejarse de Dios y de la Iglesia[59]». Con la palabra laicismo tan
denostada, parecía conveniente reemplazarla por laicidad, lo que a algunos les
dio pie a proclamar que se trataba de algo distinto, menos grave, mucho más
fácil de conciliar con el Vaticano. En otras palabras, resumía aquel andaluz
sin nombre, se usa laicidad para fingir que se defiende la separación de Estado
y religión a la vez que se intenta socavar este principio: «No existe un
laicismo malo y una laicidad buena: el objetivo es confundir a la opinión
pública para mantener un statu quo que les privilegia[60]».
El laberinto semántico se complica con otras dos piezas: por una parte,
laicos son no solo los defensores de esta separación entre cosa pública y fe,
sino también los miembros activos de un movimiento religioso que no han
ingresado en una orden clerical. Es decir, personas que por doctrina católica
deben estar rotundamente opuestas al laicismo. En este aspecto, laico se solapa
con seglar, también utilizado para los afiliados a un movimiento cristiano que
no han tomado los votos monásticos. Seglar también se puede usar en su forma
latina original, secular, que en el Diccionario de la Real Academia no
significa «laico», pero se usa así hoy día por influencia del inglés secular,
uso popularizado por una legión de periodistas que saquean fuentes anglosajonas
sin plantearse una traducción. De hecho, el sustantivo secularidad se acaba de
admitir en la Academia con el significado de «independencia de los asuntos
públicos en relación con los religiosos», es decir, laicismo, y tampoco
sorprende, porque ahí está desde siempre el verbo secularizar, es decir,
retornar a la autoridad civil o a la vida común lo que antes era eclesiástico.
Pero el adjetivo secular tiene el problema de significar a la vez «lo que dura
muchos siglos», de manera que al escribir «la secular dinastía alauí» no nos
aclaramos sobre si el rey de Marruecos ha dejado de ser comendador de los
creyentes, o si sus antepasados reinan desde el siglo XVII (lo segundo). Lo
preferible, proponemos, es ceñirnos a los términos laicismo
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y laico para lo que atañe a la separación de Iglesia y Estado, dejando
seglar para una determinada condición de los religiosos, y secular para lo que
perdura más de un siglo.
PAGAN ATEOS POR PECADORES
La otra pieza del rompecabezas, quizás diseñada para romper cabezas con
el mazo dando y a Dios rogando, es el hábito de afirmar que España no es un
país «laico», sino uno «aconfesional». La Carta Magna de 1978 no recoge ninguno
de los dos términos, por lo que es un ejercicio de interpretación basado en el
artículo 16.3: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos
tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán
las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás
confesiones».
Tener en cuenta la realidad es un rasgo loable en todo político; de
hecho, difícilmente un país podría llamarse democrático si sus leyes se
propusieran no tener en cuenta las condiciones en las que vive el pueblo,
creencias incluidas. De esto no se deduce todavía que la Constitución se oponga
al laicismo. El mandamiento que obliga a mantener «relaciones de cooperación»
con las confesiones que existan en el país ¿contradice el laicismo? De entrada,
no. Cooperar no significa someter las leyes públicas a las divinas. Sería
bastante difícil gestionar el patrimonio histórico de iglesias en España sin
cooperar con el clero, si no se quiere llegar al extremo de secularizar todos
esos edificios y prohibir la celebración de misas en ellos. Algo que solo se ha
planteado en la Albania de Enver Hoxha, pero ni siquiera en la oficialmente
atea Unión Soviética. Y desde luego nunca se ha propuesto una medida así en la
muy laica Francia. Todo lo contrario: la República, orgullosa de su laicismo,
mantiene una perfecta relación de cooperación con las confesiones religiosas.
Desde la ley de 1905, que separó Iglesia y Estado, aprobada contra la
feroz resistencia de la Santa Sede, Francia ya no es jurídicamente la «hija
mayor de la Iglesia», título con el que se decoraba durante siglos, y la
religión no figura en ninguna parte de la Carta Magna, pero no por eso está
ausente de los presupuestos públicos. No faltan capellanes —católicos,
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protestantes, judíos y musulmanes— en las Fuerzas Armadas francesas. A
diferencia de España, las iglesias edificadas antes de 1905, con los objetos
que contengan, son todas de propiedad pública. Por esa misma razón es el Estado
quien debe correr con los gastos de mantenimiento del edificio, al mismo tiempo
que otorga a la congregación católica, representada por el párroco nombrado por
el obispo, la utilización «gratuita, permanente y perpetua» del espacio para
fines de culto. En otras palabras, la nación laica financia un sinfín de
inmuebles para el disfrute único de los creyentes cristianos. Sin exigir nada a
cambio. Pagan ateos por pecadores.
Lo de pagar está regulado, eso sí, hasta el último detalle: el municipio
es titular del templo y como tal es responsable de mantener techo y fachadas;
además, «puede» financiar otras reparaciones, pero no está obligado a hacerlo,
salvo si son necesarias para la conservación del edificio. En este concepto
—hay jurisprudencia al respecto— se puede incluir la renovación del sistema de
calefacción o gastos de iluminación, considerando que son esenciales para la
seguridad de los visitantes o para evitar daños a las obras de arte en el
interior, pero sería ilegal pagar una factura de la luz entera, porque eso
incluiría el gasto ocasionado por la misa. Y eso no[61]. Laicismo meticuloso,
sí, pero cooperación.
En España es la propia Iglesia la propietaria de los edificios, y la
tercera parte de su presupuesto —330 millones de los 1088 millones que figuran
como presupuesto anual en 2019— se dedica a conservación de edificios y gastos
de funcionamiento[62]. También es dinero público, desde luego, aunque en este
caso se procura que la cantidad sea acorde a la proporción de creyentes que
hay: cada contribuyente puede elegir mediante una crucecita en la declaración
de la renta anual si quiere destinar el 0,7 % de sus impuestos a la Iglesia.
Algo más de 7 millones de declarantes, un tercio de los casi 22 millones que
hay en España, eligieron esa opción, otorgando al clero unos 273 millones de
euros en 2019.
Un sistema similar rige en Italia, aunque con una diferencia curiosa:
por una parte, se permite elegir también otras confesiones que tengan firmado
un acuerdo con el Estado; por otra, el dinero de quienes no marcan ninguna
casilla también se entrega a estas congregaciones religiosas, según un sistema
proporcional basado en el reparto de quienes sí la marcaron[63]. En ambos
países se puede, además, elegir otra casilla para destinar una cantidad similar
«a otros fines de interés social», una medida que se antoja como un hoja de
parra para tapar la vergüenza de la
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traición al laicismo que es destinar dinero público a una congregación
religiosa. No solo porque más de un tercio de las ONG que son las habituales
receptoras de esta partida también están vinculadas a la Iglesia católica[64],
sino sobre todo porque se supone que el Estado de todas formas debe destinar
dinero a fines de interés social: es su obligación. Proponer al contribuyente
canalizar este dinero a través de entidades privadas, preferiblemente
católicas, solo sirve para mantener el modelo ideológico que enaltece la
función social de la Iglesia: los padres escolapios son buenos porque enseñan a
leer y escribir a los niños pobres.
En Alemania, el sistema es distinto: aquí el presupuesto de las Iglesias
—la católica y la protestante, principalmente— sale efectivamente del bolsillo
del contribuyente: pagan solo los feligreses; los ateos se ahorran el gasto.
Pero es el propio Estado el que recauda este dinero, y lo hace de forma
obligatoria, junto a los demás impuestos, sin dejar opción. Porque todo
ciudadano que haya sido bautizado por sus padres cuenta automáticamente como
parte de la grey y debe pagar. No es poco: el 8-9 % de la cuota líquida, casi
300 euros al año como media. Si quiere evitarlo, debe acudir a una oficina del
registro civil, rellenar un formulario y pagar una tasa de 30 euros. Y luego
guardarse bien la copia, porque no es raro que años después la Iglesia le exija
demostrar que efectivamente se ha dado de baja. Si no puede demostrarlo, es el
Estado el que le cobrará los impuestos no pagados durante todos los años
transcurridos, como a cualquier otro moroso. La fe será privada, pero el
cepillo no tanto.
Bismarck dejó a medias el trabajo de separar Iglesia y Estado. Ciento
treinta años después, poco se ha ensanchado la brecha. Y eso que Bismarck solo
tuvo que luchar contra la Iglesia, las dos iglesias de Alemania. Hoy día, el
trabajo es más arduo: a las encíclicas del papa se han unido las prédicas de
los imames, que reclaman su parte del pastel. Dios hay solo uno, pero sus
representantes en la tierra se están multiplicando de forma llamativa.
Lo más llamativo, sin embargo, es que esta pugna ya no se plantea bajo
la forma del Kulturkampf del canciller alemán: laicos contra clericales de
cualquier bando. En lugar de este enfrentamiento nos encontramos hoy día con un
planteamiento de «lucha cultural» muy distinta: «cultura cristiana» contra
«cultura musulmana». Con los sectores de la derecha conservadora apoyando sin
ambages al clero católico o cristiano en general bajo la reivindicación de los
«valores culturales de Occidente» —
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como si Bismarck no hubiera tenido valores «occidentales»— y lanzando
proclamas contra la «invasión islámica». Y con gran parte de la izquierda,
quizás por simple espíritu contestatario, apoyando el despliegue público de
todo lo que parezca o se diga «musulmán», porque parece ser lo opuesto al
sempiterno adversario cristiano y las proclamas de la derecha.
¿Cómo ha podido ocurrir que dos ramas del mismo monoteísmo,
orgánicamente crecidas en las mismas regiones geográficas y tan semejantes en
sus planteamientos de cielo, infierno, pecado y moral, desde la manzana al
mesías, se presenten hoy como dos opciones culturales, políticas, ideológicas
opuestas? ¿Por qué su lucha secular de rivales que siempre han sido, rivales
precisamente porque se parecen y compiten por el mismo perfil de
cliente-consumidor, porque venden lo mismo y exigen lo mismo, se ha tornado en
una guerra de civilizaciones? ¿Por qué hemos llegado a creer que en nuestro
apretado espacio mediterráneo, tan lleno de dioses y demonios, existe más de
una civilización?
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II
EL CONTINENTE MEDITERRÁNEO
1. LOS MOROS DE LA ALHAMBRA
SI EL CID LEVANTARA LA CABEZA
¡Si el Cid levantara la cabeza! Eso debió de pensar más de uno al leer
en agosto de 2011 el titular que corría por la prensa española, incluidos
diarios de gran tirada y agencias serias como El Mundo y Europa Press:
«Marruecos reclama a España la mitad de los ingresos que genera la Alhambra».
La noticia incluía declaraciones del ministro de Cultura marroquí, Bensalem
Himmich, quien fundaba su propuesta en que la Alhambra era una obra de arte
islámica y que los descendientes de Boabdil, el último rey nazarí, eran
marroquíes. ABC incluso propuso a sus
lectores una encuesta para ver qué les parecía la idea.
Al día siguiente, un modesto redactor del diario Ideal de Granada, con
más oficio que sus colegas de Madrid, llamó a la embajada marroquí y resultó
que todo era falso. El panfleto ultraderechista y nacionalcatólico Alerta
Digital se había inventado la noticia desde cero. Citaba como fuente un diario
digital local marroquí, Nador City, así, por las buenas. Nadie en España se
había tomado la molestia de verificarlo, porque Nador City está en árabe, y eso
no hay quien lo lea. Desenmascarado el bulo, muchos de los que lo habían
compartido en redes sociales buscaban justificarse: «Es
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que podría haber sido verdad». Pues no, señores, no podría haber sido
verdad porque era mentira. A usted le dicen que los moros reclaman el dinero de
la Alhambra porque, al fin y al cabo, los moros la construyeron, ¿no?, y usted
se lo cree porque «los moros son así».
En realidad, quienes son así son los nacionalistas españoles: son ellos
los que consideran a «los moros» de al-Ándalus un cuerpo extranjero, una etnia
bárbara que invadió España en el siglo VIII y que afortunadamente fue expulsada
en el XV mediante la Reconquista. Término, el de la Reconquista, que no existía
hasta 1796 y fue popularizado solo en 1850 por Modesto Lafuente en su Historia
general de España, postulando por primera vez que los diferentes reinos de la
Península habían constituido desde siempre una única nación cristiana, invadida
solo momentáneamente por moros[65]. Antes, la expansión del cristianismo hacia
el sur en detrimento del islam se describía a menudo como Restauración, un
término asociado a un cambio de paradigma político-religioso dentro de una
población; al reemplazarlo por Reconquista se convertía a aquella otra parte de
la población de repente en un enemigo militar, ocupante, extranjero, venido de
lejanos desiertos. Las luchas entre moros y cristianos, que aún se conmemoran
cada año en las fiestas de Valencia, dejaron de enfrentar en el imaginario
colectivo a dos estandartes religiosos y se convertían en una guerra de dos
etnias: moros y españoles.
Así lo subraya la decisión de la curia gallega al decidir en 2004
retirar de la catedral de Santiago de Compostela una de las figuras de Santiago
Matamoros, una escultura del siglo XVIII que muestra al apóstol cercenando
cabezas de musulmanes; la decisión se tomaba «para no herir a otras etnias»,
formuló el cabildo[66]. Media España aplaudió la decisión, no tanto porque es
un poco absurdo venerar como jinete cortacabezas a un pescador palestino del
siglo I llegado muerto a Galicia en una barca de piedra, sino en aras de una
buena convivencia con los pueblos vecinos. La otra mitad puso el grito en el
cielo, acusando a los obispos de humillarse ante el enemigo: como si aquellos
musulmanes, desde Tánger a Teherán, no cometiesen fechorías suficientes como
para merecer ampliamente que se les corte la cabeza. A nadie se le ocurría que
las víctimas del espadachín no son pueblos lejanos ni cercanos: son españoles.
Aquellos españoles a los que la historiografía reciente niega la condición de
españoles porque eran moros, es decir, musulmanes.
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El término moro proviene del latín maurus, que describía a los
habitantes de África noroccidental (Mauritania), bastión temprano del
cristianismo. San Agustín, padre de la Iglesia, era moro (nativo de Hipona, hoy
Annaba, en Argelia). Tras la expansión del islam, la palabra mutó en sinónimo
de musulmán. Hasta el punto de que los navegantes españoles llamaron «moros» a
la población musulmana de Mindanao en Filipinas, donde hoy existe una guerrilla
denominada Frente Moro de Liberación Nacional, con ramas salafistas. Muy claro
lo tenían en el siglo XV, cuando las Capitulaciones de Granada (1491) decretan
«que no se permitirá que ninguna persona maltrate de obra ni de palabra á los
cristianos ó cristianas que antes destas capitulaciones se hobieren vuelto
moros[67]». Uno no cambia de etnia al «volverse moro»: cambia de religión.
Devolver a la palabra su antiguo significado geográfico y convertir así
a la población musulmana española en un pueblo foráneo es algo nuevo, asociado
a una visión étnica de la nación que surgió en toda Europa en el siglo XIX y se
potenció nuevamente bajo el franquismo. Ya no se hablaba de la «España
islámica»: si no era cristiana, no podía ser España. En esta visión, la
Alhambra tenía que ser extranjera necesariamente, mora o árabe. Una cosa traída
de lejanos desiertos. Así se explica la credulidad de periodistas y lectores
ante el bulo de Alerta Digital: solo tras haber sido despojada psicológicamente
por la ideología nacionalcatólica de sus monumentos propios, propios pero no
cristianos, la sociedad española puede creer que Marruecos pretende ahora quitarles
parte de su valor material. ¿Alguien habría publicado, sin llamar previamente a
la Embajada italiana, la noticia de que Silvio Berlusconi exigía desviar a las
arcas italianas parte de los ingresos por las visitas al Teatro de Mérida?
Si el Cid levantara la cabeza, recordaría que se ganó el apodo como
caudillo de una tropa de mercenarios, que a él, Rodrigo Ruy Díaz, le honraban
con este título —mío Cid, del árabe Sidi, «mi señor»— porque estaban al
servicio del rey de Zaragoza. Un rey moro.
Una mentalidad en la que los teatros romanos, el acueducto de Segovia y
los tratados de Columela son españoles, pero la Alhambra, la mezquita de
Córdoba y la poesía de Ibn Hazm son producto de una «invasión extranjera», no
es exactamente religiosa —las obras de arte romanas no son cristianas—, pero se
basa en una ideología que postula, como hizo Modesto Lafuente con España, que
el destino histórico para toda Europa
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es ser una nación cristiana, desde antes de Jesucristo, y para toda la
eternidad. La expansión gradual del islam por el Mediterráneo se convierte así
en un ataque frontal contra los designios de la Providencia, una calamidad de
la que se salvó Europa gracias a una batalla igual de providencial.
EL SALVADOR DE OCCIDENTE
Siete días se quedan observando los ejércitos en la llanura al sur del
monasterio de Tours, a una milla de Poitiers, un pueblo de Aquitania. Es el mes
de octubre del año 732 de la era cristiana. A un lado los árabes, al otro los
francos bajo comando de Carlos Martel. Un sábado, por fin, forman y pasan al
ataque. La batalla dura todo el día y en ella muere el comandante árabe,
Abderramán Gafiqi. Cuando amanece, los francos descubren, incrédulos, que los
árabes se han retirado al abrigo de la noche: Carlos Martel ha salvado
Occidente.
Porque si las tropas francas no hubieran ganado aquella batalla, hoy se
estudiaría el Corán en los colegios de Oxford en lugar de la Biblia y se
circuncidaría a los estudiantes desde Escocia a Polonia. «De esta calamidad
liberó a la cristiandad el genio y la fortuna de un solo hombre», escribe el
historiador británico Edward Gibbon en 1788, reclamando que a Carlos Martel se
le tendría que haber canonizado por lo menos[68]. Y así se sigue leyendo hasta
hoy en los libros de colegio y revistas europeas: si la infantería franca con
sus hachas de guerra no hubiera resistido cual muro de hielo el embate de la
caballería árabe, la historia de Europa y, de paso, del resto del mundo habría
sido totalmente distinta. En Poitiers se enfrentaron cristianismo e islam en
una batalla decisiva para la humanidad.
Ya en 1904, el académico norteamericano S. P. Scott, asiduo viajero por
España, comentó con cierto sarcasmo que los que menos se enfrentaban en
Poitiers eran cristianos y musulmanes: el propio Carlos Martel (¿no era el
martillo un símbolo pagano nórdico?) «no tenía respeto a la Iglesia, ni creía
en sus doctrinas, no respetaba ni sus posesiones ni sus cargos, y decomisaba
relicarios y copas sagradas para acuñar monedas con
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las que pagar el gasto de sus campañas», pero, además, gran parte de sus
tropas eran tipos que adoraban a dioses de los bosques germánicos o de los
crómlech británicos. Y en el otro lado, ¿fanáticos musulmanes? Sus filas
estaban repletas de «bereberes, judíos e infieles», una «pandilla heterogénea
cuya religión era a menudo un disfraz para el objetivo innoble del saqueo[69]».
Aunque Scott sí otorga importancia a la batalla, subraya que los historiadores
árabes «no le prestaron la atención que parecería merecer».
¿La merecía? Solo hay cinco o seis frases sueltas a lo largo de 800 años
de historiografía —la más extensa es de Maqqari, del siglo XVII— que en algunos
casos simplemente se limitan a apuntar que Abderramán Gafiqi «murió en tierra
enemiga» o «en la guerra contra los francos», sin describir ninguna batalla.
Dos o tres mencionan el lugar como «pavimento de los mártires», de lo que se
deduce que tuvo que haber cerca una vía romana. Si se identifica con la batalla
de Poitiers, y no con cualquier otra escaramuza, es únicamente porque las
crónicas mencionan el año de la muerte del comandante, 114 o 115,
correspondiente al 732 de la era cristiana.
Los detalles que a veces se leen sobre una supuesta memoria árabe de la
batalla como «la del millón de lágrimas» no son más que una fantasía europea,
incluida la palabra millón, inexistente en árabe. Un historiador francés,
Jean-Louis Chalmel, se inventó incluso un manuscrito andalusí entero en el que
un testigo presencial describía los pormenores de la batalla[70]. La falsedad
no se propagó, pero la fascinación por aquel encuentro, sí. A partir del siglo
XIX, la imagen de una marea árabe que viene arrollando todo desde Arabia,
pasando por el norte de África y la península ibérica, hasta romper contra el
muro de hielo de Carlos Martel y sus guerreros francos se convirtió en una
verdad histórica para toda Europa. Sin que nadie se preguntara cómo era posible.
Era por la fe, se decía: eran fanáticos guerreros de Alá.
La fe mueve montañas, sobre todo la de los historiadores que creen en un
mito establecido. Es muy difícil encontrar estimaciones sobre el total de
población de Arabia en el siglo VII, pero teniendo en cuenta que toda la
península arábiga no llegaba a los cinco millones a inicios del siglo XX, con
dos tercios asentados en Yemen y Omán[71], se puede colegir que no superaría el
millón y medio en la época en la que el islam empezó a
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expandirse, supuestamente por la espada. Esto daría una cifra de no más
de 300 000 hombres capaces de repartir mandobles[72]. Pensar que cien mil
pudieran abandonar campos, pesca y rebaños sin que colapsara la economía en
Arabia ya es optimista. Si ninguno de ellos caía en combate, en treinta años
tuvieron que controlar un territorio enemigo que abarcaba desde Trípoli en
Libia hasta los desiertos orientales de Persia, tres millones de kilómetros
cuadrados. Y otros setenta años más tarde, sus hijos y nietos, caso de que les
diera tiempo a engendrar a alguno entre batalla y batalla, se dispersaban del
Hindukush a los Pirineos, del río Indo al Ródano. Si incluimos la propia
Arabia, el califato duplicaba en extensión al Imperio romano en su mejor
momento. Matemáticamente hablando, no pudo haber más de dos o tres árabes
frente a las huestes de Carlos Martel.
Por supuesto, responden los historiadores: sabemos perfectamente que las
tropas omeyas en Iberia y Provenza se componían en su inmensa mayoría de
bereberes, con unos pocos caudillos llegados desde Arabia. Eso lo dicen las
propias crónicas y es del todo lógico. Así se explica todo.
¿Se explica? Lo que nadie ha intentado detallar es cómo esos pocos
caudillos llegados de las llanuras de Arabia fueron capaces de someter, en
aproximadamente diez años, las cordilleras de todo Marruecos y forzar a la
población a mandar inmensos contingentes de tropas a Iberia para acabar con el
reino visigótico. La «conquista árabe» del Magreb, más allá de las batallas de
Túnez, simplemente se pasa por alto. Quizás porque es una imposibilidad desde
el punto de vista militar. Basta con recordar lo que les costó a Francia y
España en el siglo XX, empleando ametralladoras y aviones frente a una
población armada con espingardas.
Así, tácitamente, sin por eso dejar de utilizar el concepto «conquista
del Magreb», se da por hecho que los bereberes cristianos, judíos y paganos no
fueron vencidos y forzados a la guerra como pueblo sometido: seguramente les
gustó aquello y se apuntaron de forma entusiasta a rapiñar la península ibérica
en compañía de sus nuevos amigos. Total, eran todos moros, ¿no?
Solo al otro lado del Estrecho, de repente, la llegada de «los árabes»
deja de ser un fenómeno al que apuntarse con entusiasmo para rapiñar las
huertas del vecino y se convierte en una invasión, en una oleada de bárbaros
sometiendo Europa a sangre y fuego. Hasta toparse con Carlos Martel, momento
estelar en el que se salva la civilización de Occidente. Así ha pasado al
imaginario colectivo europeo —no tanto al español, por
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motivos obvios— y así lo refleja la literatura. Desde una novela
contemporánea en la que el protagonista, un judío alemán culto y agnóstico
(como su autor)[73] considera los ataques de los fedayín palestinos contra
patrullas israelíes como «un intento de tomarse la venganza por Tours y
Poitiers» hasta los foros de griterío digital (llamarlo debate sería un
eufemismo) en los que ciudadanos enfurecidos tipifican el islam como amenaza
eterna de la civilización europea, firmemente cristiana. O, con más elegancia,
judeocristiana. Incluso el ya citado Caldwell considera que «hasta su brusco
declive en los siglos XIX y XX, el islam fue el archienemigo de la civilización
europea», y que «durante la práctica totalidad de la historia de Europa desde
la Alta Edad Media había constituido una amenaza mortal[74]».
Proyectando esta imagen de un islam enemigo hacia atrás en la historia,
la expansión de la religión se ha ido leyendo como un asalto militar asiático y
norteafricano contra Europa. Pero el estrecho de Gibraltar donde quemó sus
naves Tariq ibn Ziyad para pasar de tierra de moros a reinos cristianos no era
en esa época una divisoria: tan cristianos eran los habitantes de Marruecos
como los de Andalucía. Lo que hoy se pinta como una ola de hordas guerreras que
salta de un continente a otro era una penetración, durante siglos, de una
renovación religiosa en un territorio permeado a ambos lados del Mediterráneo
por la misma herencia griega y romana y por las mismas doctrinas monoteístas.
LOS SIETE DE REGRAGA
La imagen de una «conquista árabe» se difunde hoy desde diversos bandos:
con orgullo por una hazaña heroica quienes se creen descendientes de esos
«árabes», con profundo rencor y denuncias de genocidio quienes se consideran
víctimas de ella por ser bereberes. Pero estos últimos, tan afanados en
cimentar el mito que inventaron sus opresores, pasan por alto que la propia
tradición oral marroquí ve las cosas de forma muy distinta: ellos mismos se
trajeron el islam de Arabia, cuentan los bereberes.
No es más que una leyenda, pero ilustra cómo los propios pueblos del
Magreb se han imaginado su pasado antes de ser engullidos por el mito
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político de la conquista. Hasta los pueblos de pescadores en la costa
atlántica —en concreto, los situados al norte de Esauira, donde se ha
conservado la leyenda alrededor de las doce zawías conocidas como Regraga—
llegaron rumores de que en la lejana Arabia había surgido un predicador que se
decía enviado por Dios. Sabían que tenía que venir: al ser buenos cristianos
conocían la promesa de Jesucristo, hecha antes de morir en la cruz, de
enviarles en algún momento a un paracleto, alguien que los ayudaría a mantenerse
firmes en la fe durante el tiempo que faltaba para la llegada del mesías: «Y yo
rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para
siempre[75]». A fin de ver si el árabe era efectivamente aquel, se envió una
embajada de siete hombres hasta La Meca, y los delegados, tras conocer a Mahoma
en persona, se convencieron de que efectivamente era el sostén prometido[76].
La leyenda destaca que los bereberes pudieron comunicarse con Mahoma en
su propio idioma, pero no está claro que eso fuese un milagro, habida cuenta de
que un guía de caravanas como Mahoma pudo muy bien haber aprendido unas frases
de tamazigh, idioma que hasta hoy se habla en partes de Egipto. En todo caso,
la delegación retornó a las costas atlánticas y las tribus cristianas de la
región adoptaron lo que para ellos era la continuación de su propia fe. En
realidad, cabe matizar, continuarían su propia fe de toda la vida, la de las
romerías y los árboles santos, pero transformando el barniz cristiano en uno
musulmán, con el árabe reemplazando el latín.
No hace falta tomarse la leyenda al pie de la letra para entender la
expansión del islam como una renovación de la fe cristiana, al igual que el
cristianismo se expandió como una renovación —una Nueva Alianza— de la fe
recogida en el Antiguo Testamento judío (de hecho, donde los cristianos ven dos
libros, Biblia y Corán, los musulmanes ven tres: Torá, Evangelios y Corán). Y
no hay ningún motivo para pensar que tal misión renovadora era posible entre
los cristianos al sur del Mediterráneo pero inaceptable en la orilla norte. Aún
tuvieron que pasar siglos antes de que el nombre del continente Europa
adquiriera un significado de bloque político o cultural. Y la Europa de ese
significado que se le da hoy no existiría sin la civilización que llamamos
islámica. Porque Europa vino del sur.
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EUROPA NACIÓ EN LÍBANO
Europa no nació el día en el que los romanos clavaron en la cruz a un
predicador ambulante palestino, ni el día en que un judío cilicio predicaba en
las plazas de Anatolia y Grecia que tal cosa había sucedido, aunque no lo había
visto personalmente, y que encima el muerto había vuelto a resucitar.
Europa no nació en Jerusalén, sino un poco más al norte: en Líbano. En
concreto, en las playas de la ciudad de Tiro, y era una princesa, hija de un
rey fenicio. O eso dice la leyenda, asegurando que Zeus se convirtió en toro,
sedujo a la chica y se la llevó a cuestas hasta Creta. Y es indiferente si nos
creemos la historia —no es mucho más complicada que aquella del hombre
crucificado y resucitado— o si nos quedamos con la versión de Herodoto, según
el cual unos griegos de Creta raptaron a una princesa fenicia por venganza. Lo
que importa es que su hermano Cadmo fue a buscarla a Grecia y se trajo, de
paso, el alfabeto.
Esto también es leyenda; lo que es un hecho histórico es que el alfabeto
griego proviene del fenicio, el primer sistema de escritura fonética. Porque
grafías había muchas, pero todas aptas para un idioma concreto, normalmente en
forma de sílabas como el jeroglífico o el cuneiforme. La genial simplificación
de los fenicios consistía en asignar un signo a cada fonema; con unos 20 o 30
dibujos era suficiente para escribir casi cualquier lengua. Algo que les vino
muy bien en su oficio de comerciantes navegando de Tiro y Biblos hasta Cartago,
Córcega y Cádiz, Lisboa y Mogador. No es casualidad que la primera cultura
panmediterránea no se basara en someter a los pueblos por la espada, sino en
convencerlos de las bondades del consumo. Vino, aceite de oliva, púrpura,
vidrio, potingues, textil fino, cubertería de plata. Y si el alfabeto les
servía para escribir contratos comerciales, los griegos descubrieron que
facilitaba, además, los cálculos matemáticos, la ingeniería, la astronomía.
Hacer que un barco flote no es difícil; explicar por qué flota,
convertir la técnica en ciencia, condensar el saber humano en una fórmula…, eso
es lo que ha dado nacimiento a una cultura, distinta a otras, con aspiración
global. «Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y
hacia arriba igual al peso del volumen de fluido desalojado», expresa un
pensamiento racional y válido para toda la humanidad: esto es
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lo que llamamos civilización europea. «Todo cuerpo de una persona muerta
bajo tortura que se diga hijo de Dios se puede comer en forma de oblea con
efectos positivos posmortales», expresa un misterio que solo funciona para
quienes se lo creen (si es que les funciona). El misterio, el concepto de la
magia ininteligible para los no iniciados, se puede hallar con ciertas
variantes en cualquier tribu humana donde haya chamanes con aspiración de
dividir la sociedad entre detentores del saber y rebaño ignorante. La ciencia
es lo contrario: es accesible a cualquiera porque es universal.
La ciencia es la base de la civilización europea. No nació exactamente
en lo que hoy llamamos el continente de Europa: Arquímedes vivía en la isla de
Sicilia, Pitágoras en Asia Menor, Ptolomeo en África. El Imperio romano,
sostenido gracias a técnicas y avances de ingeniería basados en las ciencias
griegas —intenten construir un puente, un anfiteatro, un acueducto sin saber
matemáticas—, tenía su centro en Italia, pero tan romanas eran las provincias
africanas y las sirias como las hispanas y las ilíricas. Más de un emperador
era de familia libia o asiática[77]. Y una vez derrumbado el Imperio, no fue en
Italia, ni en Galia ni en Panonia donde se guardaron, copiaron y, sobre todo,
leyeron los libros de Euclidio, Aristóteles, Hipócrates, Galeno o Demócrito:
fue en Siria. No solo se leyeron: también se tradujeron a nuevos idiomas. Al
arameo y, cuando se instituyó como nuevo idioma administrativo de la región, al
árabe.
Sin esta herencia científica, conservada en las ciudades de cultura
grecorromana de la costa levantina, no podría haberse formado una civilización
árabe. Mejor dicho: lo que conocemos como civilización árabe (mal llamada
«islámica») es la continuación directa, sin ruptura, de la civilización
grecorromana siria, solo trasladada a un nuevo idioma internacional. Con una
escritura que, por una vía distinta del griego, también se deriva del alfabeto
fenicio. Y que acaba abarcando aproximadamente el mismo espacio geográfico
cuyas costas tocaban los mercaderes de Tiro y cuyo interior fortificaron y
pavimentaron las legiones romanas: del Éufrates al Ródano y del Cáucaso al
Atlas. Pero añadiendo lo que antes de los romanos ya había sido territorio de
cultura griega: toda Mesopotamia, Irán hasta Bactria en Asia Central —justo
hasta donde se dice que había llegado Alejandro Magno—, la península arábiga y
el Alto Nilo.
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Les faltó la parte del norte, eso sí. Bajo los sucesores de Carlos
Martel y Carlomagno, los francos siguieron dedicados a los mandobles, sin
aprender árabe ni circuncidar a sus hijos. Aunque, eso sí, se pagaba en monedas
de plata omeyas, acuñadas en Córdoba o Damasco, desde Dinamarca hasta las
costas de Suecia y hasta Nóvgorod en Rusia. La globalización siempre ha
empezado por el sector financiero. El científico vino después: hubo que esperar
tres o cuatro siglos hasta que en Oxford o París se pudiera estudiar medicina,
astronomía e ingeniería. Lo que tardaron los becarios de Sicilia y al-Ándalus,
regiones que habían sucumbido al «peligro mortal» del islam, en traducir al
latín las versiones árabes de los autores griegos.
Que el Renacimiento europeo arrancó con las traducciones desde el árabe
de autores griegos y latinos clásicos es un hecho conocido. Pero raramente se
le dedica a esta circunstancia más de una frase. Es prácticamente imposible
encontrar en las enciclopedias información sobre cómo se transmitieron las
obras de la Antigüedad al mundo moderno, habida cuenta de que prácticamente
todas —salvo las de Aristóteles, se suele subrayar— se habían perdido durante
la Edad Media. Hay quien supone que en vísperas de la caída de Constantinopla
(1453) hubo un intenso tráfico de manuscritos griegos hacia Roma, para salvar
un tesoro que aparentemente no le había interesado a nadie durante siglos. De
hecho, a inicios del siglo XVI es cuando se empiezan a publicar, sobre todo en
Venecia, los originales griegos. Cuando ve la luz la primera traducción directa
de Los elementos de Euclidio al latín, en Viena en 1505, la obra se lleva
estudiando en Europa desde hace 300 años, gracias a la traducción del árabe
hecha por Gerardo de Cremona a finales del siglo XII[78]. Y lo mismo vale para
un amplio espectro de otros autores, como Ptolomeo, Galeno o Hipócrates, cuyos
originales se recuperan en el siglo XV tardío o a inicios del XVI, pero que
entonces ya llevaban mucho tiempo formando el fundamento imprescindible para el
desarrollo de ciencia y filosofía europeos.
No solo era la transmisión: lo que llega a Italia y de ahí a Praga,
París, Oxford y Königsberg es muchísimo más que una conserva helénica. Las
aportaciones de matemáticos, astrónomos, filósofos y médicos en lengua árabe,
aramea y hebrea son ingentes. Los cálculos matemáticos modernos no serían
imaginables sin los guarismos estandarizados por el persa
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al-Juarismi en Bagdad. Los andaluces Maimónides y Averroes y los persas
al-Razi y Avicena —y decenas de otros colegas menos conocidos hoy, que
estudiaban y enseñaban anatomía, la circulación de la sangre, procesos
fisiológicos y farmacología— eran mejores médicos que Galeno e Hipócrates. Los
astrolabios desarrollados por los discípulos del sirio al-Batani para
producción en serie eran técnicamente más avanzados y más manejables que los de
Ptolomeo. Sin ellos, Cristóbal Colón no habría levado anclas. Dante no lo dudó:
colocó a Avicena y Averroes en el limbo de su Divina comedia, al lado de
Aristóteles, Sócrates, Platón y Horacio.
Aunque Europa tardó hasta 1671 en descubrir el Filósofo autodidacta del
andaluz Ibn Tufail —se convirtió en superventas y referencia obligada durante
la Ilustración—, no cabe duda de que la apelación a la observación crítica y la
razón pura de este novelista del siglo XII ha marcado la visión del mundo que
transmitieron escritores árabes como su discípulo Averroes al humanismo
renacentista: el protagonista, Hayy ibn Yaqzan, criado en una isla desierta,
acaba postulando la existencia de un dios creador, pero llega a esta convicción
por sus observaciones empíricas y sus razonamientos. Sin necesidad de profetas,
revelaciones ni escrituras sagradas. Sin rezos, ayunos ni peregrinajes, sin
magia, sin religión.
Fue en el siglo XVII, finalmente, cuando esta «amenaza mortal» a la
civilización europea llegó hasta Oxford: en las carreras de humanidades,
incluida Medicina, era obligatorio asistir a una clase de árabe a la
semana[79]. Aún en el siglo XIX, antes de que se inventara la fotocopiadora, no
era raro para los estudiantes de Berlín sacarse un sobresueldo copiando
manuscritos árabes[80].
Árabes es un decir: muchos de los mayores pensadores de esta
civilización eran persas, otros magrebíes, andalusíes, bereberes, coptos,
arameos, kurdos… Prácticamente ninguno venía del territorio conocido como
Arabia. Vincular el desarrollo de esta civilización científica y racional a un
«pueblo árabe» sería absurdo, al igual que sería absurdo adscribir la
literatura científica del siglo XXI al «pueblo inglés». El idioma árabe,
estandarizado y con una cursiva rápida de escribir, casi una estenografía en comparación
con otros alfabetos más aptos para grabar inscripciones en lápidas, se había
convertido en una herramienta de comunicación internacional.
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Pero si árabe no es la palabra más adecuada para describir una
civilización, porque define únicamente el idioma utilizado, mucho más equívoco
sería llamarla «civilización islámica». No solo porque entre sus grandes
pensadores hubo judíos como Maimónides —que escribía en hebreo, pero también en
árabe—, cristianos nestorianos como Ishaq ibn Hunein o Abu Bishr Matta ibn
Yunus, o sabeos como Thabit ibn Qurra, sino sobre todo porque el rasgo
característico del islam en las grandes obras árabes es su ausencia. Al menos
en las obras más científicas: no parece que los astrónomos árabes tuvieran
problemas análogos a Galilei, que tuvo que dedicar varios ensayos a justificar
su idea de que la Tierra (eppur) se mueve, frente a un argumento que los
clérigos consideraban irrefutable: si Josué en la batalla había mandado parar
el Sol, y no la Tierra, lo demás era herejía[81]. Averroes sí tuvo que
desarrollar su filosofía aristotélica en disputa con el islam, categorizando e
interpretando versos coránicos para convencer a su público, o al menos a los
teólogos en puestos de poder, de que razonar con lógica no era un sindiós.
Funcionó a medias: en una coyuntura política determinada, un tribunal de
Córdoba ordenó quemar sus libros, pero un par de años más tarde, el pensador recuperó
el favor del rey. También a al-Razi le acusaron de ser hereje y ateo, y por lo
que sabemos de él, probablemente con motivo.
Es habitual llamar a estos siglos la Edad de Oro del islam. Lo fueron:
por la relativa ausencia del islam. Una edad en la que pudo llegar a poeta
aclamado y popular un joven que no paraba de alabar el vino y el sexo con
chicos, y que flagelaba con mordaces versos el terrible invento del ramadán, el
mes del ayuno: Abu Nuwas, hasta hoy considerado el segundo mayor lírico de toda
la historia árabe, lectura obligada en los colegios hasta el siglo XX.
Cuando hoy un político asegura que «el islam es parte de Europa», hay
que darle la razón, pero sin olvidar nunca que lo que es, sobre todo, parte de
Europa es esa civilización que floreció al lado de, bajo y, sobre todo, contra
los teólogos del islam: escritores y pensadores que forman parte del islam al
igual que Voltaire, Descartes y Rousseau forman parte de la civilización
cristiana.
En realidad, ni Voltaire era cristiano ni Abu Nuwas era musulmán. Todos
formaban parte de una civilización mediterránea común cuyos orígenes podemos
buscar en alguna parte entre Mesopotamia, Egipto y Tartesos o, mejor dicho, en
el intercambio entre estas culturas, pero que
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tenemos documentada mejor a partir de la Grecia clásica, y que en los
milenios siguientes se ha desarrollado en continua pugna con diversas
religiones que intentaban monopolizarla y limitarla.
DEL ARRAK DE DÁTILES AL ANÍS DEL MONO
Esta condición mediterránea común no solo se muestra en la literatura
científica: alcanza todos los ámbitos de la vida, hasta la gastronomía. Una
paella, un risotto, una pizza de mozzarella, una ratatouille utilizan todos
ingredientes que llegaron a Europa a través de Mesopotamia y el norte de
África. La misma vía por la que habían llegado, muchos siglos antes, la
cerveza, el vino y también la cría del cerdo, tres elementos que hoy marcan con
tanta claridad la divisoria entre la «cultura europea» y «el islam». Tanto que
en Francia hay grupos que invitan a un «aperitivo con vino y chorizo» en la
calle para protestar contra los rezos de musulmanes en la vía pública…, y tanto
que SOS Racismo exige prohibir el acto porque «es racista». Y si bien es cierto
que el consumo de carne de cerdo desapareció pronto de las regiones bajo
dominio islámico, el vino nunca dejó de formar parte de la vida cotidiana de la
población musulmana, desde Shiraz en Persia hasta Marrakech (donde todavía una
puerta de la muralla se llama Bab ar Rubb: la puerta del vino, donde se cobraba
el impuesto municipal sobre la bebida).
Abu Nuwas no era el único que cantaba al vino: lo hacían todos los
poetas, todos. Especialmente aquellos que eran creyentes y reflexionaban sobre
la unión con Dios, místicos como Yalaladín Rumi, Hafez o Faridudín Attar. Es
más: si bien vino y cerveza ya corrían por toda Europa en esa época, lo que aún
no existía eran el whisky, el ron, el coñac, la grappa, el pacharán, la
absenta, el Anís del Mono. Ninguna de estas bebidas podría producirse sin un
invento que fue tomando forma a orillas del Tigris entre los siglos VIII y X,
sí, en plena época islámica: el alambique. La destilación del alcohol es un
invento que viene de esta civilización llamada árabe que hoy se equipara a la
prohibición del alcohol.
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La prohibición se puede rastrear en el Corán, con cierta voluntad,
porque hay cuatro versículos que hablan del alcohol y los cuatro se
contradicen. Uno asegura que Dios creó para los creyentes «la palmera y la
viña, de las que obtendréis embriagadora bebida y alimento[82]». Otro dictamina
que no se debe rezar en estado de embriaguez («hasta que sepáis lo que decís»)
al igual que no se puede hacerlo tras una eyaculación sin lavarse antes[83]. El
tercero aclara que «en el juego y el vino hay gran pecado y algún
beneficio[84], pero es mayor el pecado que el beneficio», y el cuarto,
finalmente, asegura que Satán inventó el juego y el vino para sembrar cizaña y
hacer olvidar a Dios y el rezo, así que «¿os abstendréis[85]»? Otros dos
insisten en que, en el paraíso, los creyentes beberán todo el vino que quieran
y, además, sin emborracharse[86].
La media aritmética de estos versos arroja como resultado la prohibición
del vino, según consenso de los teólogos islámicos desde hace siglos. Pero solo
de los teólogos: el consenso del pueblo, desde el rey y el poeta hasta el
último pescador, era que el vino formaba parte de la gastronomía de toda la
vida de dios. Y no solo el vino: una vez inventado el alambique, el arrak —la
palabra es árabe y significa «sudor», «transpiración», «exudación»— se
convirtió en bebida popular del golfo Pérsico hasta el Atlántico, al igual que
se difundió del Cáucaso a los Pirineos. Era siempre el mismo licor: alcohol de
alta graduación, aromatizado con los granos del anís, conocido en España
también como matalahúva, del árabe habbathuluwa: grano dulce. Lo fundamental
era el sabor de esta hierba, no el orujo utilizado para la destilación: puede
ser de uva como en España, Grecia o Turquía, puede ser de higos como en
Marruecos, puede ser de dátiles como en Iraq; se llamará arrak, raki, ouzo,
anís, sambuca o pastis, pero la bebida es la misma: el licor panmediterráneo.
¿En qué momento la Cultura del Anís fue reemplazada por el Choque de
Civilizaciones? La respuesta es: en el siglo XX. Nuestra generación es la
primera de la historia de la humanidad que ha crecido alrededor de un
Mediterráneo convertido en frontera política desde Algeciras a Estambul. La
primera que ha visto este mar como una barrera, una divisoria entre bloques, en
lugar de entenderlo como unas aguas interiores que comunican partes de la misma
nación.
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La ruptura se completa en 1962, el año de la independencia de Argelia.
Hasta ese momento, siempre hubo reinos o repúblicas con territorio a ambos
lados del mar. El Imperio romano era anfimediterráneo, lo era el bizantino y lo
fue el conjunto civilizatorio árabe, incluso si los reyes de Córdoba o Sevilla
no siempre estaban sujetos a los de Fez y Marrakech. Antes de que los Reyes
Católicos hubiesen derrotado al último rey moro en Granada, Portugal ya
consideraba suya la costa atlántica de Marruecos, y no como colonia ni hilera
de plazas de comercio, sino como parte del territorio cuyo soberano era «el rey
de Portugal y del Algarve de aquí y allende el mar». Para el monarca, la
frontera entre sus dos dominios no era una línea en el mar; era el riachuelo de
Odeceixe, que limita el Alentejo al sur. De ahí hasta Marrakech, todo era
Algarve.
Con la derrota portuguesa en Alcazarquivir en 1578 se establece la
primera frontera política marítima en el extremo occidental del Mediterráneo
(salvo Mazagán, Ceuta, Melilla y Orán). Pero ya hacía medio siglo que la linde
entre moros y cristianos en la parte oriental se había desplazado hasta la
periferia de Viena. Con Grecia y los Balcanes incorporados, el Imperio otomano,
que se iba extendiendo hasta Yemen, Túnez y Argel, se convirtió en una
reedición exacta del Imperio romano, salvando Italia, Iberia y las Galias. Con
el centro de gravedad otra vez en Constantinopla y la misma civilización
greco-arábigo-persa estandarizada ahora en un idioma de base turca.
La historia se escribe con sangre, y en los imperios mediterráneos se
combate, se mata y se masacra como en cualquier parte. A veces con la religión
como pretexto político o como herramienta del divide y reinarás. Pero la
frontera política no se convierte en religiosa en Occidente hasta 1610, con la
expulsión de los moriscos de España. En Oriente, esto no sucede: el Imperio
otomano es multiétnico, lo cual quiere decir, en la época, multirreligioso. Un
pueblo aquí es un colectivo unido por la misma religión y, a veces, el idioma,
pero nunca por el territorio: hay griegos desde Alejandría hasta Georgia, hay
armenios desde el Cáucaso hasta Egipto, hay judíos de Agadir hasta Crimea, hay
circasianos de Rusia hasta Palestina, hay turcos de Albania hasta Libia, hay
albaneses desde Bulgaria hasta Sicilia.
Y pronto hay franceses: desde la invasión de Egipto por Napoleón en 1798
y, definitivamente, la conquista de Argelia por Francia a partir de
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1830. Y ahí es cuando cambian las tornas y el Mediterráneo se empieza a
resquebrajar.
Porque Francia no absorbió el territorio con todo lo que había dentro,
como era habitual en las conquistas de imperios, desde Aníbal a Solimán, sino
que inventó un nuevo método: el colonialismo, la separación entre colonos e
indígenas. O, mejor dicho, por primera vez llevó esta división, la que hay
entre conquistadores y pueblos sometidos, al terreno de un concepto distinto,
recién estrenado: la ciudadanía de la República, la igualdad jurídica de todas
las clases sociales, sin siervos ni señores…, siempre que no fuesen indígenas.
Es decir, musulmanes.
Porque a los judíos argelinos, tan bereberes, tan africanos y tan árabes
(de idioma) como el resto de la población, sí se les dio la nacionalidad en
bloque en 1870, haciéndoles creer que ellos eran algo distinto, algo mejor que
los moros. Colocando el primer clavo en un ataúd en el que medio siglo más
tarde se iría inhumando Palestina.
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2. EL JUDÍO ERRANTE
EL TIRO POR LA CULATA
—¿Ves a estos? —El viejo Uri, coordinador de voluntarios en el kibutz de
Givat Haim, me señala a dos chicos que hacen autostop en la carretera entre
Haifa y Jerusalén. Llevan trajes negros y sombrero negro; las mejillas
cubiertas por largos rizos—. Yo dejo subir a cualquiera, pero
no a estos. Nunca. Los odio.
Los chicos son parte de la comunidad judía haredí que hoy forma
aproximadamente un 12 % de la población de Israel. Su nombre significa «los que
tiemblan (ante Dios)»: son ultraortodoxos. Dedican su vida a estudiar la Torá y
cumplen escrupulosamente los 613 mandamientos de la Halajá, la ley religiosa
judía: desde no encenderse un cigarro en sábado hasta no tocar a una mujer. En
sus barrios, mujeres y hombres no comparten acera. En las líneas de autobús
urbanas insisten en que los hombres viajen delante, y las mujeres, detrás. En
algunos municipios han conseguido que se delimiten playas separadas para
mujeres y hombres. Algo que en ese momento —estamos en 2001— no hay ni en
Egipto, solo en Arabia Saudí. El movimiento Chabad, también conocido como
Lubavitch, con cientos de miles de seguidores, activo en política y dedicado a
una misión mundial, enseña que cerrar la puerta de una habitación en la que se
hallan un hombre y una mujer es un acto sexual[87].
Uri tiene motivo para odiarlo: él se crio en el kibutz, un espacio con
ideales socialistas y sin religión, sin rezos, sin Torá. Eran los años
cincuenta. Años austeros. Niños y niñas vestían igual, jugaban igual, se
bañaban igual y se metían todos juntos y desnudos en las duchas comunales. Esta
era la sociedad por la que luchaba, el país por el que habría dado su vida si
le hubiera tocado ir al frente, este era el pueblo
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hebreo, trabajador, sano y bello, con el que soñaba. Medio siglo
después, este pueblo tiene miedo a agarrar una herramienta en sábado, no vaya a
ir al infierno, tiene miedo a cruzarse con una mujer por la calle, no vaya a
perder la pureza.
El Israel del año 2000 es exactamente lo contrario de lo que imaginaban
los padres de Uri. Es la peor pesadilla de quienes fueron a inicios del siglo
XX a Palestina para crear un Estado para lo que llamaron «el pueblo judío». No
imaginaron que, al cargar el arma de la historia con la pólvora de las Sagradas
Escrituras, les iba a estallar en la cara.
El concepto de un pueblo judío es parte central del dogma religioso del
judaísmo. La Torá —el Antiguo Testamento para los cristianos— es en grandes
extensiones una lista genealógica para trazar el linaje de Adán y Eva hasta
Abraham y de ahí hasta sus nietos, los doce hermanos que dieron lugar a las
doce tribus de Israel. Salta a la vista que se trata de un relato mitológico y
que cualquier similitud con hechos históricos o figuras reales es fruto de la
casualidad. Un pastor de ovejas de Ur en Caldea se muda a Anatolia y desde
allí, por una promesa divina, se traslada a Canaán en la costa mediterránea que
Dios le entrega como patria y hogar para sus descendientes…, pero que solo
ocupan como dueños después de pasar un par de generaciones en Egipto como esclavos,
país del que huyen dividiendo en dos el mar Rojo.
La historia de un dios tribal que hace un pacto con una tribu de
ganaderos, prometiéndole una tierra que no es suya —porque Abraham debe
comprársela a un agricultor local— a cambio de asegurarse de tener adoradores
en exclusividad («No tendrás otros dioses delante de mí, porque yo, tu Dios,
soy un dios celoso[88]»), está bien como leyenda; se puede enumerar junto a la
epopeya de Gilgamesh en busca de la inmortalidad, la de los argonautas para
robar el vellocino de oro o el viaje de Thor hasta Utgard para recuperar su
martillo. Lo que no se puede hacer es tomarlo como crónica histórica.
Y mucho menos tiene sentido tomarse como crónica histórica la tradición
religiosa judía, que, siguiendo la epopeya de linajes, patriarcas y tierras
prometidas, eleva esta franja de costa mediterránea, Canaán, Judea o Palestina,
en dogma central. Un mito que convierte todas las comunidades judías del mundo
en un «exilio» sobrevenido cuando, tras varias rebeliones de los israelitas,
las legiones romanas destruyeron el
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templo de Jerusalén en el año 3830, contado a partir de la creación del
mundo, y, supuestamente, deportan a los fieles a todas partes.
En realidad, no solo las pruebas históricas, sino las propias
tradiciones judías atestiguan que hubo comunidades judías ya siglos antes,
desde Marruecos hasta la India y desde Crimea a Etiopía. Los historiadores
modernos estiman que en el primer siglo de la era cristiana, antes de la
destrucción del templo, pudo haber dos millones y medio de judíos en el reino
de Herodes, luego convertido en provincia romana de Judea, otro millón en
Egipto y unos cuatro millones en el resto del Imperio romano[89]. La conclusión
es obvia: en épocas romanas, el judaísmo no era un culto de una federación de
tribus alrededor de Jerusalén, sino una religión de alcance mundial.
Que esta religión se había expandido como hacen todas las religiones,
por misión, también es obvio. Basta con visitar Israel para observar en el
mismo patio de vecinos a niños rubios con ojos azules, morenos mediterráneos,
centroasiáticos, negros: son judíos todos. Nadie en su sano juicio los
consideraría miembros de una misma etnia simplemente porque ellos o sus padres
practiquen la misma religión. Y menos aún, sabiendo que los judíos del Atlas
marroquí hablaban tamazigh como lengua materna; los de Túnez, árabe magrebí;
los judíos de Irán, farsi; los de Afganistán, pastún; los de Etiopía, amhárico;
los de Alemania, alemán. Ni una sola de las comunidades de la diáspora judía
desde que existen testimonios sobre ellas tiene como lengua materna el arameo
que hablaban los judíos de Palestina en el siglo I d. C. —aunque en todas se
estudia para leer el Talmud— y todas se parecen en gastronomía, hábito y
costumbres a los pueblos musulmanes o cristianos que los rodean. Salvo en un
caso: el de los sefardíes, los judíos expulsados de España en 1492. Durante
cinco siglos mantuvieron su idioma original, por mucho que alrededor se hablase
turco, árabe, griego, búlgaro o serbocroata. Ellos sí eran una etnia aparte.
ALEMANES Y ESPAÑOLES
Llega una nave al puerto de Salónica —el chiste lo cuenta el
investigador sefardí Eliezer Papo, oriundo de Sarajevo— y los marineros bajan a
tierra
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para irse de bares. Uno de ellos hace buenas migas con una muchacha
judía y ella lo invita a cenar a casa la noche del viernes, el shabat. El
mancebo le cae muy bien al padre y el romance parece tener futuro. Pero al
padre le queda una duda respecto a su potencial yerno y va a consultar al
rabino. «Mire —le dice—, mi hija se ha echado novio y es un chico muy educado,
yo los casaría, pero lo que me extraña es que no conoce nuestros ritos, no sabe
ni la más simple oración de shabat». El rabino se interesa por las
circunstancias y concluye: «Está claro, este chico es cristiano».
«¡Imposible! —replica el padre—. ¡Habla perfectamente judeo!». Hubo que
explicarle al padre que el idioma judeo, más conocido en el
mundo como castellano, se habla entre muy diversos pueblos de distintas
religiones.
La anécdota muestra que los judíos sefardíes, a nivel popular, sí se
consideraban una etnia. En concreto, una etnia española. Y el chiste concluye
con la muchacha de Salónica casándose con otro marinero, este sí conocedor de
los ritos del shabat, aunque sin hablar judeo, porque era asquenazí. Esta vez,
quien no entendía nada era la abuela. «¿A aquel judeo no le quisiste dar a tu
hija y a este alemán sí?», se queja a su hijo.
La abuela tenía razón: los judíos asquenazíes también son una etnia. En
concreto, una etnia alemana. Y como tal se consideran. Lo retrata una frase
atribuida a Golda Meir, primera ministra de Israel en los años setenta, cuando
a Tel Aviv llegaban inmigrantes judíos de Marruecos, de habla árabe o bereber,
apreciados como mano de obra barata, pero considerados ciudadanos de segunda:
«Estos no son ni auténticos judíos. Un judío de verdad habla yidis[90]». La
palabra yidis significa «judío» en el idioma yidis, el que comparten los judíos
desde Alsacia hasta los Urales. Es un idioma alemán. Su origen se busca en las
regiones meridionales, entre Selva Negra y Baviera, ya que comparte muchos
aspectos con el dialecto franconio.
A partir del siglo XIV, los judíos de Alemania, salvo determinadas
ciudades de Renania, empezaron a sufrir pogromos y persecuciones alentadas por
los discursos de la Iglesia cristiana, que tachaba a todos los seguidores de la
fe judía como «asesinos de Dios» por haber exigido a Poncio Pilato la
crucifixión de Jesucristo al considerarlo un falso mesías. Al mismo tiempo, los
nobles del reino de Polonia y Lituania, que en el
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siglo XV abarcaba territorios desde el Báltico hasta el mar Negro,
fomentaron la inmigración de los judíos, a menudo contratándolos como gestores
y capataces de sus vastas posesiones feudales labradas por campesinos en la
condición de servidumbre. Llegaron a construir pueblos o pequeñas ciudades
expresamente para estos nuevos pobladores.
Durante siglos se mantuvo esta diferenciación: en casi todas partes de
Europa oriental, los judíos tenían prohibido adquirir tierras, por lo que se
dedicaban a oficios de artesanía, comercio, transportes, hostelería, despacho
de bebidas alcohólicas bajo licencia de los aristócratas locales, o bien a las
ciencias, la medicina y la Administración. Formaban una parte esencial de la
sociedad, pero siempre aparte, diferenciada por el idioma y por la religión del
campesinado cristiano, ya fuese polaco, lituano, ucraniano, moldavo, ruso,
rumano o húngaro. Vivían aparte, en un gueto de la ciudad o, en las regiones
rurales, en un pueblo propio, el shtetl (ciudadela).
La gigantesca aberración, que ha marcado de forma indeleble el concepto
de judío para muchas generaciones venideras, era confundir esta etnia alemana,
la asquenazí, con una religión, la judía.
Es un error basado en la propia teología judía, que considera miembros
de un mismo linaje, el de Sem, Abraham, Jacobo y José, a todas las personas del
mundo que tengan una madre judía. Un dogma teológico aproximadamente tan
racional como la aseveración islámica de que el Corán existe, en exactamente la
misma forma en la que se presenta hoy, desde antes de la creación del mundo, o
la creencia cristiana de que una paloma insufló a una chica virgen en Palestina
el espermatozoide que dio lugar a Dios en persona. Pero mientras que todo
lingüista sabe que el árabe, tanto el idioma como la escritura, se fueron
estandarizando a partir del siglo VII, y ningún biólogo se dedica a investigar
la partenogénesis entre humanos, son legión los laboratorios que todavía hoy día
comparan muestras de ADN de judíos etíopes, afganos y holandeses para hallar su
linaje.
Sería de risa si esa fe ciega en los dogmas del judaísmo no hubiera
abierto el camino a la mayor tragedia del siglo XX.
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SIONISTAS ANTISEMITAS
Llegado el siglo XIX, la mayor parte de las familias judías en Alemania
ya habían asimilado el alemán estándar moderno y formaban parte de la vida
comercial, cultural, literaria, artística y política del país. Eran alemanes,
solo con ritos religiosos distintos a los cristianos, aunque muy a menudo
compartían con estos el abandono de todo rito. Distinto era el Este de Europa,
donde solo cierta élite abandonó el yidis a favor del alemán estándar y
proliferaban movimientos místicos que daban a la religión un enorme valor en la
vida social, incluso considerando el estudio de la Torá —siempre entre los
varones— como una actividad de mayor prestigio que cualquier oficio. Se fue
cristalizando así una sociedad cada vez más erudita en lectura hebrea y aramea
y más empobrecida; también más alejada de su entorno.
Esto lo intentó remediar desde principios del siglo XIX el movimiento de
la Haskalá (Ilustración), que abogaba por estudiar menos la Torá y más los
idiomas de la sociedad local para posibilitar una mejor integración, sin
abandonar las reglas religiosas y recuperando, además, el hebreo como idioma
común. De Berlín al oeste tenía poco éxito frente al avance de la asimilación
en la sociedad alemana; al este no consiguió imponerse a los poderosos
movimientos jasídicos que ejercían un control religioso fundamentalista sobre
la sociedad judía. Además, varios decretos y pogromos en el imperio zarista
impulsaron durante ese siglo una nueva migración de judíos ortodoxos hacia
Alemania, donde reforzaron el imaginario alemán del judío como alguien
distinto, ajeno y desarraigado. A los del este, los «judíos del caftán», se les
miraba con desprecio, como a cualquier inmigrante pobre de idioma casi
incomprensible que va formando su gueto.
Es en esta Europa del siglo XIX que descubre el nacionalismo moderno
donde se va formando lo que se dio en llamar la «cuestión judía». Es entonces
cuando el rechazo cristiano contra los judíos, que había tenido siempre visos
de una rivalidad entre iguales, con cierta envidia de competencia, se va
transformando en un concepto asociado a la cuestión de las razas humanas, que
se había popularizado desde finales del XVIII como un concepto biológico
(antes, el término raza hacía referencia a
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categorías sociales). Esto era un cambio esencial respecto al
antijudaísmo de Isabel la Católica que expulsó a los judíos de España… si no
querían aceptar el bautismo. Porque un judío bautizado obviamente dejaba de ser
judío. Salvo si practicaba en secreto su antigua religión, como era frecuente;
entonces era un traidor. La Inquisición se inventó para esto: comprobar si
alguien era fiel a los preceptos del cristianismo. Ser descendiente de judíos,
musulmanes o herejes era motivo de sospecha, eso sí, durante generaciones, y
servía para mantener los privilegios de ciertos linajes de «cristianos
antiguos», pero no era nunca una condición únicamente propia de judíos.
Esto cambió en el siglo XIX en Alemania, cuando algunos pensadores se
tomaron en serio el mito judío de una descendencia común del «pueblo» de
Abraham de Caldea. Siguiendo la exégesis clásica según la cual los tres hijos
de Noé se repartieron el mundo, con Sem afincado en Asia y eslabón en el linaje
de los patriarcas, los judíos se convirtieron en «semitas». Se les asignaba un
fenotipo y unas características físicas determinadas y, siguiendo la teoría
entonces en boga de que la forma del cráneo refleja el carácter, también una
actitud determinada: materialismo, avaricia, agudeza mental, astucia…
No es de descartar que en las comunidades asquenazíes de Europa
oriental, con una endogamia estricta de muchas generaciones, las leyes
genéticas reforzaran ciertos rasgos físicos que otros pudieran considerar
«típicamente judíos». Ni sorprende que la especialización obligatoria en
oficios relacionados con comercio y Administración crease una socialización
específica. A todo pueblo se le atribuye un carácter, un conjunto de
estereotipos a veces basados en ciertas costumbres, a veces no —es extraño
pensar hoy que en el imaginario alemán el rasgo más destacado de los españoles
es el orgullo—, y el pueblo asquenazí era tan víctima de estos clichés como
cualquier otro. Hasta que unos políticos acuñaron un nuevo término para dividir
y enfrentar a las comunidades: el antisemitismo. Convirtieron un cliché social
en biología.
En 1879 se creó en Berlín la primera Liga Antisemita. Su fundador, el
periodista Wilhelm Marr, publicó ese mismo año un panfleto sobre «La victoria
del judaísmo contra los germánicos» que, subrayaba, consideraba la cuestión
«desde el punto de vista no confesional[91]». Rechazó expresamente las
acusaciones de la Iglesia católica contra los judíos, y basó su furibundo
ataque exclusivamente en los propios mitos judíos,
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desde la superioridad sobre todos los pueblos afirmada en el Antiguo
Testamento hasta el exilio en Babilonia y la diáspora iniciada por Tiberio en
el año 70. La situación social de los judíos alemanes y de Europa oriental,
fruto de una evolución secular de relaciones de poder entre dinastías, ducados,
siervos y oficios, se convirtió bajo su pluma en una cuestión de razas: la
semita contra la germánica. Marr le echó arte al invocar la lucha contra «la
dictadura social y política» del judaísmo en Alemania, que llamaba «un régimen
extranjero»: dibujó al judío como mucho más inteligente que el «torpe germano»,
destacó los «indecibles sufrimientos del pueblo judío» y aclamaba su
«victoria», que consideraba «el derecho de los judíos, extranjeros obligados
desde hace 1800 años a hacernos la guerra», para concluir: «Me inclino en
admiración ante este pueblo semítico que nos ha colocado el pie en la nuca».
Son extranjeros, son semitas, son asiáticos. De sangre, genéticamente,
biológicamente. Este era el mensaje, tomándose en serio los mitos religiosos de
la Torá y creando un mensaje infinitamente más destructivo que la guerra de
competencia de la Iglesia. El antisemitismo como ideología, pretendidamente
científica, nació al trasladarse el concepto teológico de un pueblo judío,
elegido en el Sinaí hace milenios, a los esquemas modernos de pueblos en el
sentido de comunidades políticas organizadas en Estados en un momento en el que
en toda Europa se fueron formando las conciencias nacionales y se proyectaron
futuras entidades políticas sobre lo que iban a ser las ruinas del Imperio
austrohúngaro, el alemán y el otomano.
Este proceso dejó fuera a los judíos: su idioma, el yidis, y su religión
les impedían pertenecer a ninguna de las comunidades de lenguas bálticas,
eslavas o románicas y de fe cristiana —ya fuese católica, ortodoxa o
protestante— que se iban constituyendo en pueblos, desde Lituania hasta
Moldavia. Ni tampoco podían reclamar un territorio propio, porque no formaban
la mayoría de población en ningún lugar. Quedaban como un cuerpo extraño en un
mosaico de sociedades en el que siempre habían sido inmigrantes y a menudo,
tras pogromos o expulsiones, nuevos migrantes, un pueblo casi nómada, el «judío
eterno». Ni siquiera eran bienvenidos en la propia Alemania, destino de muchas
familias huidas de persecuciones en el imperio zarista: las clases judías
educadas miraban no solo con desdén a los «orientales», sino incluso con el
secreto temor de que su presencia reforzaría los estereotipos antijudíos y
dinamitaría su propio
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proceso de asimilación. No faltaban industriales judíos que financiaban
la emigración de estos inmigrantes judíos a América, con tal de no tenerlos en
Alemania, «una obra caritativa que ocultaba un antisemitismo judío[92]».
Es desde este esquema mental que el filósofo y activista judío Aaron
David Gordon, nacido en la Rusia zarista en 1856, escribe un texto que parece
todavía más «antisemita» que el panfleto de Marr: «Somos un pueblo parásito. No
tenemos raíces en la tierra, no tenemos suelo bajo los pies. Y no solo somos
parásitos en el sentido económico, sino en el espíritu, en el pensamiento, en
la poesía, la literatura y todas nuestras virtudes, nuestros ideales, nuestras
aspiraciones humanas más altas. Todo movimiento ajeno nos barre, todo viento
del mundo se nos lleva. En nosotros mismos apenas existimos, y así desde luego
tampoco somos nada en los ojos de otros pueblos[93]». En un tono similar, otro
gran activista y político judío, Zeev Jabotinsky, nacido en Odessa, dejó dicho:
«Los judíos son un pueblo terrible. Sus vecinos los odian con toda la razón».
Su biógrafo y aliado Joseph Schechtman lo intentó suavizar con una frase
explicativa: «Los enemigos de los judíos no están del todo equivocados, porque
en su dispersión, los judíos son un absceso doloroso en el organismo de otras
naciones[94]».
Gordon y Jabotinsky lo tenían claro: eran sionistas.
DE CÓMO ISRAEL ACABÓ CON LOS JUDÍOS
El sionismo era la reacción asquenazí a los movimientos nacionalistas
del fin de siglo en Europa central. Tenía unas lejanas raíces en el dogma judío
de que al final de los tiempos el mesías reuniría a todos los judíos del mundo
en Jerusalén, un concepto expresado en la frase ritual del Pésaj: «El año que
viene en Jerusalén». Pero eran lejanas, porque para este traslado a Tierra
Santa hacía falta, precisamente, el mesías. Esto cambió en 1862 con el libro
Roma y Jerusalén, escrito por un intelectual alemán socialista cercano a Marx y
Engels: Moses Hess. El autor, filósofo judío universalista, se inspiró en la
recién terminada creación del Estado de Italia por las milicias de Garibaldi
para proponer un futuro similar para el
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«pueblo judío». Más significativo fue veinte años más tarde el médico
ruso judío Leo Pinsker, inicialmente activista a favor de la asimilación, quien
cambió de idea al experimentar los pogromos de Ucrania y se convirtió en líder
del movimiento Amantes de Sion, fundado en 1881, que proclamaba la necesidad de
reunir a todos los judíos en un Estado propio, aunque poco importaba dónde
fuera.
Fue Theodor Herzl quien dio forma definitiva a la idea al publicar en
1896 el ensayo El Estado judío[95]. Herzl había sido el ejemplo perfecto del
judío vienés asimilado, cosmopolita y progresista: jurista, escritor y
periodista, miembro de una liga estudiantil nacionalista alemana, tan alejado
de los dogmas que ni siquiera llevó a su hijo a circuncidar[96] —el equivalente
a un cristiano que no bautiza a su bebé— y defensor de una solución muy
sencilla de la «cuestión judía»: un bautismo cristiano colectivo en la plaza
pública. No porque fuera creyente cristiano, sino para acabar con una
diferenciación burocrática, para erradicar la palabra judío en la casilla del
documento de identidad, cuando no tenía ya significado alguno en su vida.
Le fue cambiando las ideas una estancia en París, donde cubría, como
corresponsal de un diario vienés, el proceso contra el capitán Alfred Dreyfus,
un militar francés judío condenado en 1894 por un delito de espionaje que no
había cometido. El proceso sacudió Francia durante años y desató todos los
demonios del «antisemitismo». En El Estado judío, Herzl se mostró convencido de
que la asimilación era imposible, porque la Europa cristiana nunca iba a
aceptar a «los judíos». La única solución era emigrar para fundar un Estado
propio. No era una huida solo del antisemitismo, sino de la esencia que
provocaba y justificaba el antisemitismo: el ser judío. «La cuestión judía
existe en todas partes donde viven judíos en cierto número. Donde no está, la
traen los judíos inmigrantes. Migramos desde luego a donde no nos persiguen, y
al aparecer nosotros surge la persecución». «Los pobres judíos ahora llevan el
antisemitismo a Inglaterra; a América ya lo han llevado». «Considero la
cuestión judía ni social ni religiosa, aunque se tiña así o de otra manera. Es
una cuestión nacional». «Somos un pueblo. Un pueblo[97]».
Con esta premisa, Herzl negaba para siempre la posibilidad de una
coexistencia de judíos con cualquier otro pueblo de la humanidad, exactamente
igual que los antisemitas. De hecho, veía el antisemitismo como fuerza
impulsora de su proyecto de fundar un Estado propio: «Atizar
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laboriosamente el movimiento no será necesario. Esto lo harán los
antisemitas por nosotros». Incluso preveía que la empresa de emigración la
podrían financiar no solo judíos ricos ganados para la causa, sino también
cristianos que quisieran liberarse de los judíos en su país.
Herzl concibió su tratado como una propuesta práctica, resolviendo
detalles de planificación urbana, normas laborales y pago de salarios en el
futuro Estado. Dónde hubiera que edificarlo no le importaba. Dedicó exactamente
15 líneas a evaluar si sería mejor Argentina —ideal por tener enormes terrenos
fértiles con muy baja densidad de población— o Palestina, «patria histórica
inolvidable» y por ello «un lema emocionante» para fomentar la emigración. «Si
el sultán [otomano] nos lo cediera», acotó. Más tarde estuvo a punto de
llevarse a la práctica una tercera propuesta: Uganda. Solo por encima se
mencionó la opción de Madagascar, que más tarde fue propuesta como destino de
deportación por el Gobierno polaco en 1937 y el régimen nazi en 1940. Pero,
tras debatirse las alternativas en varios congresos, se fueron descartando
todas salvo Palestina. Y no exactamente por motivos religiosos: los rabinos
ortodoxos, en general, eran quienes más se oponían a la empresa. Teológicamente
no había dudas: solo el mesías podía llevar a los judíos de vuelta «a casa»
desde el exilio; hacerlo antes era rebelarse contra los designios de Dios. En
Europa oriental, donde proliferaban cofradías místicas y predicadores que
vivían de vender milagros a la población, se desató un enfrentamiento acérrimo
entre los defensores racionales y agnósticos del sionismo y los estamentos
religiosos. Aun así, el nombre de Jerusalén servía de banderín de enganche a
cierta población más vinculada a las tradiciones y era la única manera de poner
en marcha la emigración, jugando con la fascinación que ejercían las historias
de la Biblia.
Era una alianza contra natura, porque la mayoría de los pensadores
sionistas, desde Herzl a David Ben-Gurión, que en 1948 proclamó la
independencia de Israel, eran ateos o agnósticos. Fundar un nuevo Estado
significaba para ellos no solo huir del antisemitismo, sino sobre todo dejar
atrás de una vez por todas el judaísmo. Herzl sí preveía la colaboración de los
rabinos con la empresa sionista, sugiriendo que la propagaran durante los
servicios religiosos, pero aclaró también el lugar que tendrían en el futuro
Estado: «Solo nos reconocemos unidos por la fe de nuestros padres», razonaba
Herzl, al faltar un idioma común, pero rechazó tajantemente «una teocracia».
«No permitiremos que surjan veleidades
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teócratas de nuestros sacerdotes. Sabremos mantenerlos encerrados en sus
templos, al igual que mantendremos encerrado nuestro ejército profesional en
sus cuarteles[98]».
Nadie se daba cuenta entonces de la inmensa paradoja que significaba
renegar de una religión y a la vez llevar a la Liga de las Naciones unas
reivindicaciones sobre una «tierra histórica» edificadas sobre dogmas
religiosos sin fundamento histórico. Para cualquiera que no creyese en los
profetas de la Biblia tendría que haber sido obvio que una familia de judíos
alemanes no era una tribu semita y que, si Dios no existía, nunca podía haber
prometido a Abraham esa franja de costa mediterránea como propiedad hereditaria.
Sin embargo, esa promesa —«La tierra de nuestros padres»— seguía incrustada en
las mentes hasta de los ateos más rotundos y sigue ahí en Israel hasta hoy. Un
israelí me lo resumió así: «No creen que Dios existe. Pero creen que
existía[99]».
En todo caso, existía la tierra y existía la promesa divina, convertida
en convicción de realidad histórica. Ante esto, a nadie se le ocurrió que
milenios después no solo Dios había dejado de existir, sino que habían empezado
a existir otros pueblos. La pregunta no se hacía. El sionismo partía de la idea
de obtener «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra[100]». Sabemos lo
que esta postura ha significado para los habitantes de Palestina, cuya
presencia simplemente se ha negado (hasta el punto de que hoy día no faltan
quienes creen que utilizar el término Palestina —que empleaban Herzl y sus
contemporáneos y todos los sionistas hasta 1948— es señal de oponerse a la
existencia de Israel). Lo que se conoce mucho menos es qué ha significado para
los judíos.
Significa que Israel acabó con los judíos.
Esto no es una boutade ni un efecto secundario: era el objetivo expreso
de los sionistas. Herzl lo dejó claro: quienes quisieran emigrar al nuevo país
—que solo llamaba «allá» en su tratado— serían ciudadanos como los de cualquier
Estado soberano, sin particularidades salvo mejores leyes laborales; quienes no
emigrasen se asimilarían completamente a la sociedad que los rodeaba y dejarían
de ser judíos. La «diáspora», el «exilio», cesaría de existir. Sus
contemporáneos y seguidores, Max Nordau, Gordon y Jabotinsky, fueron perfilando
la idea, renegando de todo lo que caracterizaba al «judío de la diáspora», su
percibida debilidad, su humildad, su capacidad de sufrimiento y su tendencia al
estudio y los oficios intelectuales. Plantearon en su lugar al futuro hombre
fuerte,
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musculoso, orgulloso, trabajador ligado a la tierra…, una especie de
ideal del campesino germánico bajo nuevos cielos. «Todo lo relacionado con “el
exilio” era merecedor de desprecio: el shtetl judío, la religión judía, los
prejuicios y las supersticiones judías. Aprendimos que los judíos “del exilio”
estaban involucrados en “negocios del aire”, es decir, intercambios en la bolsa
de valores, propios de parásitos, que no producían nada tangible, que los
judíos rehuían el trabajo físico, que su estructura social era una “pirámide
inversa”, pirámide que nosotros volcaríamos, al crear una sociedad sana de
campesinos y trabajadores». Así lo formula Uri Avnery, quien llegó con su
familia a Palestina en 1933 y se convirtió aún adolescente en un sionista
ferviente[101].
Los recién llegados en estas primeras décadas del siglo XX hicieron lo
posible para quemar todos los puentes con su pasado judío. Lo primero era
cambiarse de apellido. Así, Helmut Ostermann —salido de una familia culta y
agnóstica, con nombre de pila germánico y apellido alemán judío— se convirtió
en Uri Avnery. David Grün (apellido alemán que significa «Verde», común entre
judíos) se hizo llamar Ben-Gurión. Cierta corriente agnóstica, en la que estaba
activo Avnery, rechazaba de plano el adjetivo judío: a partir de ahora eran
hebreos. Era una manera de sentirse heredero de una tribu semita local,
borrando de un plumazo dos mil años de «exilio». «La religión, sentíamos, se
extinguiría pronto. Todo lo que fuera bueno y sano era hebreo: la comunidad
hebrea, la agricultura hebrea, los kibutz hebreos, la “primera ciudad hebrea”
(Tel Aviv), las organizaciones militares clandestinas hebreas, el futuro Estado
hebreo. En cambio, el adjetivo judío se aplicaba a cosas “del exilio”, como la
religión, la tradición y otros cachivaches inútiles[102]».
Los judíos, así lo preveía el sionismo, iban a desaparecer de la faz de
la tierra. Existirían orgullosos hebreos en su tierra histórica, y existirían
alemanes, franceses, rusos y polacos felices, algunos de ellos nietos de
judíos, indistinguibles ya del resto de la sociedad. Pero ya no habría judíos.
Era lo que exigía el antisemitismo con su lema «Juden raus» («Judíos fuera»),
un lema que cita el propio Herzl en 1894 para «resumir la cuestión judía en su
forma más escueta: ¿ya nos tenemos que ir y adónde? ¿O aún podemos quedarnos y
para cuánto tiempo?». En otro párrafo se pregunta si él mismo es un adelantado
a su tiempo y «los sufrimientos de los judíos aún no son lo suficientemente
grandes[103]». En
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1894 no lo eran: el sionismo ganó escasos seguidores. A partir de 1933,
todo cambió.
La decisión de Hitler de convertir Alemania y los territorios que
conquistaba en judenrein, es decir, «limpios de judíos», era «la palanca» que
permitía mover la causa sionista. Esta era la metáfora que usaba David
Ben-Gurión[104]. El judío búlgaro Angel Wagenstein, sefardí (pese a su apellido
asquenazí) nacido en Bulgaria en 1922 y criado en París, lo vivió exactamente
así: «Si alguien me ha devuelto el sentido de ser judío, ese ha sido el
camarada Hitler. Los judíos alemanes intelectuales, la élite, nunca han sentido
que fuesen judíos, solo los nacionalsocialistas han vuelto a convertirlos en
judíos. Mi madre y su familia tenían que llevar la estrella amarilla. El
antisemitismo produce más judíos que las sinagogas. Sin Hitler, hoy no
existiría Israel[105]».
La frase lapidaria desde luego amalgama en el nombre del dictador alemán
los movimientos antisemitas en Europa central que dieron lugar al ascenso de
Hitler —no los inventó, sino que los utilizó— con la presión ejercida por leyes
y pogromos rusos y polacos. Pero la coincidencia de objetivos de sionistas y
antisemitas tuvo incluso efectos prácticos. El Gobierno alemán firmó en 1933 un
pacto con la Organización Mundial Sionista, heredera de Herzl, para financiar
la emigración de judíos a Palestina. Según este Acuerdo Haavara, los judíos que
querían emigrar ingresaban su dinero en un banco alemán, este pagaba la
exportación de productos alemanes a Palestina y, al llegar allí, los
inmigrantes recibían el valor de estas mercancías en dinero[106]. Era una
ganancia para las empresas alemanas de exportación y facilitaba a las
organizaciones sionistas no solo la llegada de bienes necesarios para construir
nuevos asentamientos, sino, sobre todo, de material humano: quien emigrase a
otros países, perdía todo. Solo Palestina era la tierra prometida para los
perseguidos por el régimen nazi.
Ochenta años más tarde, esta postura fundamental del sionismo no ha
cambiado.
LA EXPULSIÓN INVENTADA
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«Los políticos israelíes podrían estar muy bien ayudando a los
terroristas fanáticos para acabar el trabajo que iniciaron los nazis y sus
colaboradores de Vichy: convertir Francia en judenrein», escribió indignado
Chemi Shalev, columnista del diario israelí Haaretz, en 2015, días después de
los ataques contra un supermercado judío en París que dejaron cuatro muertos
justo después del atentado yihadista contra Charlie Hebdo[107]. Porque el
primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, había pedido a los judíos
franceses abandonar el país: «A todos los judíos de Francia, a todos los judíos
de Europa: Israel es tu casa», proclamó. Un mes más tarde, tras un atentado
contra una sinagoga danesa, repitió: «Israel es tu casa. Pedimos una
inmigración masiva desde Europa». Su ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman,
fue más explícito: «Con el debido respeto a las comunidades judías en la
diáspora: ustedes saben lo que ocurre hoy con la asimilación, no solo con el
antisemitismo y las amenazas de terror. Creo que solo existe un lugar para
todos los judíos: Israel[108]». Es la visión de Herzl: no podría haber judíos
fuera de Israel.
Lo aberrante de esta visión es que impuso un modelo elaborado dentro del
marco de los nacionalismos europeos, diseñado para una minoría étnica europea,
a todos los seguidores de la religión judía en el mundo. Convirtió una cuestión
étnica concreta en un problema religioso, y convirtió esta religión en una
ficción étnica.
Porque el resto de los judíos del mundo, desde Marruecos a Yemen y
Afganistán, exceptuando la comunidad sefardí exiliada de España, nunca habían
formado una etnia diferenciada. Eran parte de los pueblos bereberes, magrebíes,
etíopes, árabes, mesopotámicos, iraníes y centroasiáticos, diferenciados por su
religión, pero no por su idioma ni por sus hábitos, salvando detalles de
gastronomía asociados a los ritos religiosos o cierto vocabulario derivado de
sus textos sagrados, propio de cualquier comunidad endogámica. Y endogámicas
eran todas las comunidades religiosas minoritarias, algunas incluso con idioma
propio y mucho más «étnicas» que la judía: los cristianos en Egipto habían
hablado copto hasta el siglo XVII, los de Iraq siguen hablando arameo hasta
nuestros días, al igual que los mandeos, una rama religiosa monoteísta que
impide estrictamente toda conversión o siquiera boda con alguien de otra fe. La
endogamia también es la norma entre los drusos y, bajo amenaza de muerte, entre
los yazidíes. Comparada con estos colectivos, la religión judía era
relativamente abierta y permisiva ante las mezclas, porque
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admite conversiones y, aunque prohíbe las bodas mixtas, considera judía
a toda persona nacida de madre judía.
Es fácil encontrar en cualquier sociedad bajo dominio de una religión
concreta episodios de persecución de minorías religiosas, y los reinos,
sultanatos e imperios musulmanes no son una excepción. Pero hasta la aparición
de las ideas nacionalistas europeas del siglo XIX —que motivaron el terrible
genocidio contra los armenios cristianos en 1915—, estos enfrentamientos nunca
llegaron a la amplitud de los pogromos antijudíos de la Europa cristiana y
mucho menos a los excesos sanguinarios perpetrados contra los cátaros o los
hugonotes o en las guerras husitas. En consecuencia, el mundo bajo dominio de
potentados musulmanes conservaba hasta el siglo XX minorías cristianas de ramas
diversas, judías, drusas, mandeas, zoroastras y yazidíes, un mosaico religioso
desconocido en Europa. Y fueron el Imperio otomano y el reino marroquí las
tierras que acogieron a los sefardíes expulsados de España.
En todo caso, las comunidades judías al sur del Mediterráneo nunca
desarrollaron una conciencia de ser una minoría especialmente rechazada,
distinta a todas las demás. El concepto base del sionismo, la convicción de que
los judíos habían sido perseguidos en todas partes y en todos los tiempos, no
formaba parte de su visión del mundo. Compartían la cultura de sus vecinos,
incluida la figura de Yoha, el protagonista de los chistes desde Marruecos
hasta Iraq, una especie de pícaro dedicado a escandalizar a la buena
sociedad[109]. Mientras que entre los asquenazíes el héroe de los chistes, a
menudo llamado Hershel, es siempre judío, de Yoha no se sabe qué religión
tiene. «En algunos episodios realiza ritos judíos, en otros es derviche, o sea,
musulmán, en otros cristiano: pertenece a un mundo de una cultura compartida»,
analiza el sociólogo sefardí Eliezer Papo[110]. Entre los judíos de habla árabe
o ladina ni siquiera se conoce el concepto de goy, una palabra hebrea que
originalmente significa «pueblo», pero que entre los asquenazíes describe a
cualquier persona no judía, similar a payo para los gitanos: el mundo se divide
entre judíos y los demás. Es una cosmovisión totalmente ajena a los judíos
sefardíes y los del mundo musulmán.
Pero esta cosmovisión no interesaba en absoluto a los promotores del
sionismo. Superpusieron su idea del judío étnico asquenazí al resto del mundo y
se dedicaron a una ardua tarea de misión en países musulmanes.
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Que tuvieran cierto éxito en Marruecos se explica más por factores
económicos —al principio del siglo XX, el antaño próspero sector de artesanía
marroquí se hallaba arruinado por la competencia de la recién desarrollada
industria europea— que por conceptos religiosos o sociales. Hizo falta una
propaganda incesante y, a veces, alguna provocación que avivara las tensiones y
acelerara el flujo, recuerda el historiador marroquí judío Simón Levy[111]. La
guerra de la independencia de Israel en 1948, con la intervención de Jordania,
Egipto y Siria contra las milicias sionistas, la victoria de estas últimas y la
expulsión de cientos de miles de musulmanes y cristianos de Palestina hacia los
países vecinos envenenó las relaciones con todos los miembros de la recién
fundada Liga Árabe. La pretensión de Israel de representar a todos los judíos
del mundo suscitó en muchos países árabes y musulmanes la reacción de
considerar a los judíos locales una especie de quinta columna. Si su patria era
Israel, no podía ser Egipto, Iraq o Túnez. Emergieron tensiones, incidentes de
acoso, en algunos casos pogromos, al tiempo que las organizaciones sionistas
desarrollaban una esforzada labor para mostrar la emigración como única
salvación. Una vez conseguido el objetivo de atraer a cientos de miles de
judíos magrebíes, iraquíes y yemeníes a Israel, se proclamó que aquello había
sido una «expulsión»: los países árabes, por causa de su histórico odio a los
judíos, habían expulsado a los judíos e Israel los había salvado.
En mayo de 2021, un monumento se erigió en Jerusalén para cimentar esta
visión global del sionismo de cara a las futuras generaciones: «Con el
nacimiento del Estado de Israel, más de 850 000 judíos fueron forzados a
abandonar tierras árabes e Irán. Israel acogió a los refugiados
desesperados[112]». Y para que no faltara detalle, incluso se tildaba esta
«expulsión» de «Nakba judía», utilizando el término árabe para la expulsión de
musulmanes y cristianos del territorio conquistado por las milicias sionistas para
fundar Israel: una tragedia compensa otra.
Es una falsedad. Pero es necesaria para mantener la aspiración mundial
del sionismo: no puede permitir que la realidad estropee la visión de un pueblo
judío perseguido en todas partes y en todo momento. La realidad fue
completamente distinta. Los países árabes no expulsaron a sus ciudadanos
judíos. Les prohibieron emigrar.
La excepción es Egipto, que en 1956, durante la invasión del Sinaí por
parte de los ejércitos de Israel, Francia e Inglaterra —lanzada en respuesta a
la nacionalización del canal de Suez por Gamal Abdel Nasser—, decretó
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la expulsión de todos los franceses, británicos y judíos, aunque
finalmente solo llegó a deportar formalmente a un pequeño número de egipcios
judíos[113]. Otros muchos optaron por abandonar el país debido a la presión
creciente en una sociedad que ponía a todos los judíos bajo sospecha.
Especialmente desde el escándalo Lavon de 1954, un ataque de falsa bandera
organizado por el espionaje militar israelí, que había reclutado a nueve judíos
egipcios para colocar bombas en oficinas británicas y estadounidenses, con el
objetivo de minar las relaciones de Egipto con estos países[114].
Tanto en Egipto como en casi todos los demás países árabes, el Mossad
llevaba desde 1948 coordinando la emigración clandestina de los judíos deseosos
de ir a Israel y creando las condiciones psicológicas propicias para ello,
formando desde asociaciones juveniles para fomentar un ideario nacionalista
hasta grupos clandestinos armados para la «autodefensa», conocidos como
Misgeret en el Magreb[115]. Hasta hoy se debate si las bombas contra
propiedades judías plantadas en Bagdad en 1950 y 1951 eran obra de agentes
judíos o de sus enemigos[116]; en todo caso, el incidente demostró la
existencia de una red sionista armada. Poco después, el primer ministro iraquí,
Tawfiq al-Suwaidi, se dejó convencer por Israel de legalizar la emigración, en
la creencia de que solo unos siete u ocho mil judíos se irían. Se equivocó:
decenas de miles se apuntaron y el Gobierno israelí dispuso una flota de
aviones para llevarlos a Israel. No le debió de doler: el Mossad había
contratado una agencia de viajes local en la que Suwaidi tenía acciones[117].
En Yemen, una operación aérea masiva tuvo lugar en 1949-1950.
Menos sangriento fue el proceso en Marruecos, país que había decretado
la plena igualdad legal de los ciudadanos judíos —unas 280 000 almas, un 3 % de
la población, una cifra superior a cualquier otro país musulmán[118]— en el
momento de la independencia en 1956, pero puso trabas a la emigración por miedo
a perder una mano de obra cualificada, importante pilar de su economía y vida
intelectual. Durante años, el Mossad desplegó intensos esfuerzos diplomáticos
para conseguir el derecho a organizar una emigración masiva, llegando a
proponer un «arreglo financiero» con el príncipe heredero, Hassan, para que
convenciera a su padre, el rey Mohamed V, de aceptar un acuerdo similar al de
Iraq[119]. Pero solo el naufragio del Pisces, un buque fletado por el
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Mossad para la emigración clandestina, incidente en el que murieron 43
judíos marroquíes, cambió la percepción pública internacional y forzó a Rabat a
dar en 1962 —tras la muerte de Mohamed V y el ascenso al trono de Hasán II— su
acuerdo a la emigración organizada. Llevó al extranjero a la mayoría de la
población judía marroquí, a menudo desgarrando familias o arrastrando contra su
voluntad a los miembros que no veían motivo para dejar su país[120].
El duro trabajo del Mossad para trasladar a todos los judíos del mundo
árabe a Israel tenía un efecto práctico: aportaba la mano de obra necesaria
para edificar el nuevo país, al tiempo que garantizaba una superioridad
demográfica judía frente a la población palestina. Pero sobre todo servía para
trazar frentes claros y cumplir con la visión sionista de Herzl: una vez
establecido el Estado judío, no podría haber judíos en el resto del mundo (el
pragmatismo israelí exceptuó de esta visión a Estados Unidos, cuya población
judía era imprescindible para financiar la defensa del nuevo país). Servía para
forjar el concepto del pueblo judío perseguido en todas partes del mundo en
todos los tiempos y finalmente a salvo en la tierra prometida.
Para ello hubo que erradicar del imaginario público todo recuerdo que
mostraba la falsedad del fundamento. Aunque judíos magrebíes, iraquíes,
yemeníes, sefardíes, afganos y etíopes pronto formaron la mitad de la población
judía de Israel, su historia y su bagaje cultural desaparecieron por completo.
La tradición literaria en yidis, la música klezmer y el violín marcaron la
imagen del judío en la imaginación del mundo entero, junto con el gueto, la
estrella amarilla y el pijama a rayas. Tanto que el filósofo israelí ortodoxo
Yeshayahu Leibowitz tildó la narrativa del holocausto nazi de «nueva religión
judía». Era necesaria para unir a millones de israelíes y judíos americanos que
ya no creían en la Torá, pero compartían la referencia de este suceso para no olvidar
su condición de ser diferentes[121].
«Lo que el dios judío no ha conseguido en dos mil años, resolver el
problema de la Tierra Prometida —porque les había prometido algo que no le
pertenecía—, Hitler lo hizo en pocos años», lo resume con sarcasmo Angel
Wagenstein. Fue el recuerdo del genocidio asquenazí el que transformó a los
judíos en un pueblo único, elegido por su condición de víctima, les permitió
tener idioma, territorio y ejército propio. El mesías no lo podría haber hecho
mejor.
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Los judíos de habla árabe —llamados en Israel mizrajíes, es decir,
«orientales», aunque la mitad venía de Marruecos, es decir, del extremo
Occidente— podrían haber constituido un puente entre los inmigrantes polacos,
ucranianos y alemanes y sus vecinos palestinos. Ocurrió lo contrario:
impulsados por la necesidad de no parecerse al enemigo, se esforzaron por
olvidarse de sus antiguas patrias, desprenderse de sus recuerdos y de su
idioma, mostrar un patriotismo exagerado y odio a los «árabes[122]». Cambiaron
hasta su religión. Porque los mizrajíes seguían la liturgia sefardí del
judaísmo, ligeramente distinta de la asquenazí — motivo por el que, hasta hoy,
mucha gente llama «sefardíes» a todos los judíos no asquenazíes—, pero sobre
todo la seguían relativamente poco. Eran tradicionales, eran ortodoxos, pero de
la misma manera en que eran tradicionales y ortodoxos los musulmanes de
Marruecos, con su culto a árboles y santos, alejado de cuestiones teológicas.
También para los judíos marroquíes, la romería anual, llamada hilula, a
la tumba de algún rabino era el punto central de su vida religiosa, y hay casos
en los que musulmanes y judíos veneraban el mismo santo. Sin embargo, a su
llegada a Israel, aparte de sufrir un racismo bastante marcado por parte de la
sociedad asquenazí, se hallaron desubicados: por una parte, eran demasiado
judíos, en el sentido religioso, para la nueva élite agnóstica que se
consideraba directamente hebrea y había dejado atrás todo vestigio de culto
judío[123]; por otra parte, no eran lo suficientemente judíos para las
congregaciones devotas asquenazíes. El Estado les facilitó enseñanza religiosa
de la mano de rabinos lituanos, la rama más rigorista del mundo, y en pocas
décadas, esta «lituanización» de los marroquíes había creado una enorme masa
popular estrictamente religiosa, un poderoso peón político para los líderes
asquenazíes fundamentalistas, opuestos al ideario laico de los sionistas
fundadores del Estado[124].
Pasarían unas cuantas décadas hasta que los herederos de aquel sionismo
laico, decididos a dejar atrás sinagogas, rabinos y rollos de Torá, se dieran
cuenta de que el tiro de una utópica tierra hebrea les había salido por la
culata y les había estallado en plena cara.
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ANCLADAS Y BASTARDOS
Esta teocracia es hoy especialmente llamativa, precisamente porque el
sistema de leyes religiosas absolutistas se inserta en una sociedad dominada
por un sector agnóstico y habituado a las libertades sociales e individuales
comunes en Europa. Bares, ocio nocturno, discotecas de ambiente gay en Tel
Aviv, playas donde reina el bikini… Nada parece distinto a Málaga o París.
Hasta que una se quiera casar. O peor: hasta que una quiera divorciarse.
En Israel no existe una ley estatal para dirimir asuntos de familia. El
registro civil está en manos de rabinos, muftíes y párrocos, cada uno dedicado
a controlar a sus ovejitas. Y no hace falta ser creyente para ser ovejita: la
religión se inscribe en este registro al nacer. También este 8 % de la
población judía israelí que se define como ateo, y por supuesto el otro 57 %
que marca la casilla de «no religioso[125]» es judío, y como tal legalmente
obligado a cumplir hasta el último mandamiento de la Torá si quiere obtener un
certificado de matrimonio o si quiere romperlo. Para empezar, un judío solo se
puede casar con una judía; no se admiten los matrimonios mixtos. Quien crea en
el amor más que en Dios, tiene una escapatoria: un billete de avión a Chipre
está al alcance de casi cualquier bolsillo, y ahí sí que hay laicismo.
Suficiente, al menos, para casar a dos personas adultas sin indagar en la
religión de sus padres. El certificado expedido en Nicosia se reconoce en
Israel, así que ya se puede pasar a la fase de comer perdices.
El problema de verdad empieza cuando las perdices se han acabado o ella
se encuentra a un nuevo comensal. Porque el divorcio lo tiene que conceder el
hombre: es un papelito llamado get que debe firmar voluntariamente de su puño y
letra. Y si por algún motivo no quiere firmarlo, ni a cambio de mucho dinero o
de quedarse con todos los bienes de la pareja, no hay nada que hacer: seguirán
casados. Si un tribunal rabínico está convencido de que la mujer realmente
merece el divorcio, puede aplicar presiones varias al marido, desde sociales a
económicas, a ver si se reforma. Eso si lo localizan, claro: un marido
desaparecido es un caso para detectives privados. Uno desaparecido en una
guerra o un accidente es un caso para rabinos: trece años tardaron en Israel para
declarar viudas a las mujeres de los tripulantes del submarino Dakar,
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hundido en 1986. Si el marido está en coma o simplemente se ha vuelto
loco, no hay dios que lo arregle: se aguanta. En todos esos casos la mujer es
una aguná, «anclada» a un marido que ya no lo es[126].
Y el papelito no es un capricho para sentirse mejor. Aunque en Israel ya
no se lapida a las adúlteras, y nadie fruncirá siquiera el ceño en Tel Aviv si
la no tan viuda se va a vivir con su nueva pareja, lo de tener hijos se
complica, y mucho: si una mujer casada tiene un hijo con un hombre que no es su
marido, ese niño o niña será mamzer, bastardo, no solo para toda la vida, sino
para diez generaciones. Sí, la categoría de bastardo existe en la ley israelí:
se estima que hay unos mil mamzer en Israel[127].
Un mamzer no se puede casar con otro judío, salvo que sea mamzer también
(o que se vaya a Chipre, claro). El estigma es tan eterno que los tribunales
rabínicos, primero, y los estatales, a continuación, hacen lo imposible para
evitar asignar la condición a un criatura. Ya puede la propia madre jurar que
hace años que no ve a su no tan ex y que el padre es otro, no importa: se
descartarán todos los testimonios y todas las pruebas —la de ADN directamente
no se acepta— para acabar concluyendo que hay duda, y en caso de duda, siempre
a favor del niño.
¿A favor del niño? No necesariamente, si ese niño tiene un interés, ya
sea emocional, ya sea económico, en que se registre su padre verdadero. En
realidad, es a favor de Dios y las leyes teocráticas.
Como la Halajá exige entregar el get en mano a la mujer, también hay
hombres anclados, si ella desaparece o evita aceptar el papelito. Pero no tiene
las mismas consecuencias, porque la Torá no prohíbe la poligamia — aunque en la
práctica está vetada— y un hombre puede recibir el permiso de volver a casarse
sin divorcio, si cien rabinos se ponen de acuerdo. Además, si tiene hijos con
una amante, no pasa nada desde el punto de vista religioso: no serán mamzer. La
impura solo es la madre. Israel es un pueblo, así los llama la Torá, de
patriarcas.
Israel, creada por alemanes agnósticos que quisieron abandonar todo
vestigio religioso, Israel, que se considera la única democracia de Oriente
Próximo, rodeada de pueblos fanáticos entregados al islam, Israel, patria del
hombre nuevo hebreo, se ha ido asemejando a sus vecinos musulmanes de la peor
de las maneras posibles. Se cree aún democracia, pero es una democracia
controlada por Dios y sus delegados en la Tierra. Exactamente igual que los
países árabes: hicieron el mismo camino.
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3. LA DESGRACIA DE SER ÁRABE
EL DESPERTAR QUE ERA UN SUEÑO
No solo Israel es un producto del ideario nacionalista creado en el
siglo XIX en Europa: también lo son los países árabes, concepto que en un
momento determinado deja de referirse a la península de Arabia para agrupar a
todos los pueblos entre Casablanca y el Tigris.
Fu e un esfuerzo consciente, una proyección ideológica con un objetivo
claro. Como cualquier invasión, el colonialismo había suscitado desde el primer
momento revueltas, sublevaciones populares, movimientos de guerrilla, aun
cuando el poder oficial ya había entregado las llaves del país. No era raro que
algún caudillo rebelde buscara el respaldo de los eruditos religiosos para
legitimar su lucha contra las tropas extranjeras y, a menudo, también contra
las del gobierno local convertido en peón de una potencia europea. Una guerra
santa siempre es mucho mejor que simplemente una guerra. Desde Ma al Ainein en
el Sáhara, que combatió al sultán marroquí por someterse a los franceses,
pasando por Abd el Krim en el Rif, en guerra con los españoles, hasta el mahdi
en Sudán y líderes sublevados en India utilizaron el concepto de la yihad para
arengar a sus tropas. Y desde finales del siglo XIX, el viajero y agitador
persa Yamaludín Afghani (1839-1897) y su seguidor, el teólogo egipcio Mohammed
Abduh (1849-1905), habían elaborado un marco teórico para utilizar la religión
común como elemento de cohesión en una lucha contra el colonialismo.
La propuesta de Afghani y Abduh de reformar el islam e insuflarle nueva
vida como fuerza política tuvo una gran repercusión en el movimiento de la
Nahda. Esta corriente intelectual, nacida a mediados del siglo XIX, prometía
una nueva vida cultural y política en el Levante, es decir, las regiones
otomanas de Siria y Líbano, y en Egipto. En gran parte,
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la Nahda, un término que engloba las ideas de levantarse, despertar,
renacer, avanzar, se inspiraba en la Ilustración europea. Varios de sus
promotores habían estudiado en Francia e Inglaterra y hubo cristianos y judías
entre ellos. Se propagaban ideas cosmopolitas, se creaban imprentas, surgían
periódicos como setas en Beirut y El Cairo, se organizaban salones literarios,
se reivindicaban derechos cívicos, también los de las mujeres. La vida culta y
desarrollada de Europa, esta era la consigna, era perfectamente posible en
Siria y Egipto, y en lengua árabe, solo había que ponerse. La pretensión de
Afghani y Abduh de sacar el islam de los rígidos esquemas tradicionalistas de
los muftíes y utilizarlo como herramienta para crear una sociedad justa e
igualitaria, como imaginaban que habría sido la del primer siglo del islam,
parecía atractiva a muchos.
Uno de ellos era el teólogo Rashid Rida, nacido en 1865 cerca de
Trípoli, en Líbano. Inspirado por los escritos panislamistas de Afghani, se
trasladó a El Cairo con 32 años para colaborar con Mohammed Abduh. Pronto
publicaba su propia revista: Manar («Faro»), pero escorándose cada vez más
hacia la búsqueda de un islam literal, fundamentalista, como lo practicaban los
seguidores de Abu Wahhab al otro lado del mar Rojo, considerados entonces por
muchos como una secta desviada. Rida desenterró y difundió los escritos del
polémico y por entonces casi olvidado teólogo Ibn Taimiyya del siglo XIII, que
en sus tiempos había sido admirado como heroico, virtuoso y erudito asceta por
sus incondicionales seguidores, mientras que la opinión general de los teólogos
lo pintaba como alguien descaminado, sectario o hereje o, según dejó dicho el
viajero marroquí Ibn Battuta, como alguien que simplemente no estaba del todo
bien de la cabeza[128].
En 1924, la revista Manar ganó un asiduo lector: Hassan al Banna, un
estudiante de Magisterio, nacido en un pueblo del delta del Nilo, hijo de un
imam local. Recién llegado al gran Cairo, el joven empezaba a interesarse por
el camino virtuoso del islam y pronto se convirtió en seguidor de Rashid Rida,
que por entonces pedía una revuelta panislámica para establecer un nuevo
califato árabe y proponía excomulgar como «apóstata» a todo régimen político
que no aplicara las leyes de la sharía. A Banna le convenció. Cuatro años más
tarde se unió a las protestas sindicales de los empleados del canal de Suez, en
manos francesas, y convenció a seis obreros de crear una hermandad centrada en
la
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propagación de las virtudes del islam. Se hacían llamar Hermanos
Musulmanes. Una década más tarde eran decenas de miles. Hassan al Banna
predicaba en mezquitas, reuniones y hasta cafés. Levantaba la voz contra los
«infieles que pisotean las tierras de los musulmanes y ensucian su honor». La
solución, aseveraba, era siempre el islam, «un concepto integral que ordena
todos los ámbitos de la vida y responde a toda cuestión con un orden preciso».
Eran los años treinta. Europa, arruinada por la Primera Guerra Mundial,
entraba en un nuevo torbellino de enfrentamientos entre naciones. El futuro al
sur del Mediterráneo era fácil de prever: se dibujaba una lucha del islam
politizado, sectario y fundamentalista, contra los colonizadores.
A Michel Aflaq, un profesor de historia en un colegio de secundaria de
Damasco con estudios en la Sorbona e ideas marxistas, se le encendieron todas
las alarmas. Usar el islam como bandera anticolonialista iba a condenar
necesariamente al ostracismo a la importante población cristiana de Siria y de
cualquier otro país donde prendiera la chispa: Iraq, Egipto… Y con más motivo
ante unas políticas francesas que se apoyaban en esa población local cristiana,
reviviendo el rol histórico de las dinastías francesas como protectoras de la
población cristiana de Levante desde las cruzadas.
Michel Aflaq era cristiano, de la rama greco-ortodoxa y de habla árabe,
cosmopolita en el espíritu de la Nahda. Se puso de acuerdo con un compañero de
estudios de su época de París, de familia suní: Salahadín Bitar. Juntos
empezaban a distribuir en 1941 folletos de reivindicaciones anticoloniales,
firmando como Movimiento del Revivir Árabe (al-Ihya al-Arabi). Su tesis: todos
los pueblos de la región, al margen de su religión, formaban un solo conjunto,
la Nación Árabe. Poco después, el movimiento se fusionó con un partido creado
por otro agitador político, Zaki Arsuzi, de Latakía, en la costa de Siria y de
familia alawí, una rama monoteísta que formalmente se considera parte del
islam, pero cuyas prácticas son más bien agnósticas. Los tres coincidían en una
idea: independizar los pueblos colonizados, pero no bajo la bandera de la
religión, sino bajo el estandarte del pueblo árabe, de tan glorioso pasado.
Había nacido el movimiento Baath: «Resucitar».
Resucitar un pueblo supone postular que existió alguna vez en la
historia. Mejor dicho, supone proyectar los conceptos modernos de pueblo,
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nación o etnia, desarrollados en la Europa del siglo XIX, a un lejano
pasado, anterior al siglo XV. Así, varios siglos de expansión de una misión
religiosa entre pueblos de muy diversas lenguas, dirigida por caudillos, reyes
o dinastías africanas, hispanas, asiáticas, apoyados a veces por mercenarios,
desde el Cid a los Beni Hilal, librando guerras, conquistas y enfrentamientos
entre ellos y con otros pueblos, se convirtieron de repente en la forja de un
«pueblo» único.
El primero en difundir esta idea fue el escritor y periodista libanés
Jurji Zaidan (1861-1914), él también de familia cristiana ortodoxa, referente
de la Nahda en la última década del siglo XIX, pero fueron Aflaq, Bitar y
Arsuzi quienes vertieron estas ideas en la forma de un movimiento nacionalista
moderno. A la idea del «pueblo» (qaum) árabe le añadieron la necesidad de dotar
a este pueblo de una patria común (watan). Los tres habían estudiado en la
Sorbona; armados con las herramientas intelectuales de los filósofos alemanes y
franceses intentaron trasladar a los diferentes movimientos políticos
anticolonialistas del sur y este del Mediterráneo un nuevo marco de cohesión:
la nación árabe.
Pasaron por alto que su concepto de un pueblo que englobara todas las
religiones diseminadas desde el Tigris y el Éufrates hasta el Atlántico excluía
por definición a los pueblos en el mismo territorio que hablasen un idioma
distinto. Así empezó la negación de kurdos y bereberes, llevada en las décadas
siguientes a una terrible —y a veces sangrienta— represión. En Marruecos,
Argelia, Siria e Iraq, donde eran una parte importante de la población y no
podían colocarse simplemente en una vitrina de minoría protegida, hubo que
negar directamente su existencia. Simboliza esta postura el primer discurso de
Ahmed Ben Bella como presidente de una Argelia recién independizada: «Somos
árabes, somos árabes, diez millones de árabes. No hay futuro para este país
fuera del arabismo[129]». Ahmed Ben Bella, padre de la patria argelina, era
hijo de una familia bereber oriunda del Alto Atlas marroquí, se había
escolarizado en francés y era incapaz de dar un discurso en árabe
estándar[130].
EL SECRETO DE 300 MILLONES
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Es algo así como el secreto mejor guardado de trescientos millones de
personas. No se lo contarán a usted, lectora, antes de matricularse en
Filología Árabe en una universidad española. Aun después de apuntarse a clases,
es probable que se lo nieguen tres veces profesores, filólogos y cualquier
colega marroquí, egipcio o libanés al que pregunte. Quizás se ruboricen al
negarlo: da vergüenza admitir que en realidad uno no sabe hablar su propio
idioma.
Que sea su propio idioma lo dice la ley en todos los países de Marruecos
a Iraq: «El idioma del Estado es el árabe». Árabe es lo que se enseña en el
colegio. Y a nadie le gusta confesar que el primer día que llegó al colegio no
entendía ni papa, aunque le sonara vagamente. Como si a usted, lectora, nada
más soltar la cartilla en el pupitre con seis añitos, le dijeran: Latinus est
lingua tua, scribere et legere discere necesse est.
Claro que al final una se va acostumbrando. No es tan difícil. Al cabo
de unos años, usted redactará fluidamente ensayos en latín —lo hizo media
Europa hasta bien entrado el siglo XX— y hasta podrá dar discursos ante un
micrófono. Lo que nunca hará es decir en una esquina del patio de colegio a un
compañero: Dona mihi osculum, speciose mee.
La comparación con el latín puede retratar la situación lingüística del
árabe hoy día. Deriva de la segunda ficción del panarabismo, también planteada
por Jurji Zaidan y asumida como dogma básico por el Baath: el postulado de una
lengua árabe única, común a todos los pueblos árabes. Es casi un principio de
fe: «Solo hay un único árabe» es una frase tan inasequible al razonamiento como
el postulado «Solo hay un único islam» entre los conversos. Pero es una
ficción, como sabe cualquiera que haya viajado a más de dos países de la
región. El idioma árabe hablado en Marruecos (y con variantes en Argelia,
Túnez, Malta y el oeste de Libia) simplemente no se entiende en Egipto o Iraq;
un egipcio sería incapaz de comunicarse con una siria si no fuera por la
influencia de las telenovelas rodadas en El Cairo que han acostumbrado el oído
de los oyentes; una iraquí estaría perdida en Yemen. Y no se trata solo de
diferencias fonéticas que se pueden superar con un poco de buena voluntad:
cambian el vocabulario, la gramática, las conjugaciones verbales y la sintaxis.
Las diferencias entre las lenguas árabes que se describen hasta hoy como
«dialectos del árabe» son al menos tan grandes como las que separan el
portugués, el castellano, el catalán, el italiano y el rumano. Por supuesto,
todas tienen como referencia el árabe del Corán, al igual que
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todos los idiomas románicos tuvieron el latín de Cicerón y Séneca como
referencia. Y es ese árabe clásico el que figura hoy día como lengua oficial o
cooficial de una veintena de países, convencidos de que comparten un único
idioma.
Llamar al árabe de la prensa y las novelas del siglo XX «árabe moderno»,
diferenciándolo del «árabe clásico» de siglos anteriores, como hacen algunas
enciclopedias, finge un desarrollo inexistente: salvo el uso de la puntuación,
y algún raro préstamo moderno, ni una tilde vocálica permite distinguir un
texto del siglo XXI de uno escrito en el IX. ¿Una lengua muerta? En todo caso
petrificada, inmutable, útil para un uso oficial o científico internacional.
Como lo fue el latín en aquella época en la que un libro redactado por un tal
Regiomontanus en Viena se leía y se discutía tal cual en Londres, Lisboa,
Sevilla y Venecia, sin necesidad de intérpretes… entre quienes tuvieran la
erudición necesaria. El pueblo llano no podía leer aquellos libros. Para
aprender a leer, primero había que estudiar un idioma nuevo.
Hasta 1492 en España: aquel año, Antonio de Nebrija publicó su Gramática
castellana, bajo la premisa de que «tenemos de escrivir como pronunciamos i
pronunciar como escrivimos». Se cristaliza el castellano moderno. El mismo
proceso tuvo lugar en el resto de Europa, no de forma simultánea, pero en
paralelo. A partir del siglo XVI, numerosas grandes lenguas habladas en Europa
—con notables excepciones, como el griego— se habían establecido como idiomas
escritos. Por circunstancias históricas, entre ellas la dominación otomana de
casi todo el Mediterráneo sur, las sociedades que hablaban idiomas árabes
perdieron este tren.
Tampoco se subieron al siguiente, que pasó durante el siglo XIX y hasta
inicios del XX, cuando en toda Europa, con el derrumbe de los grandes imperios
y el advenimiento de Estados «étnicos», intelectuales y escritores se lanzaron
a estandarizar idiomas que marcasen la pertenencia a una nación: griego,
albanés, serbocroata, búlgaro, turco. Habría sido el momento para los
movimientos nacionalistas de Marruecos, Egipto, Siria, Yemen de fijar sus
lenguas nacionales. Es difícil imaginar cómo sería el mundo árabe hoy si los
intelectuales de entonces se hubiesen dedicado a forjar un cuerpo lingüístico
que permitiera a cualquiera escribir una nota que entendiera el vecino. No
ocurrió.
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Imbuidos del espíritu de resucitar glorias pasadas, los intelectuales
desde Fez hasta Bagdad se adhirieron al panarabismo. Con ello sacrificaron el
futuro literario de sus naciones sobre el altar de una ficción política
inalcanzable. El resultado: países como Marruecos o Argelia, cada uno de 30
millones de habitantes, editan hoy día unos tres o cuatro mil libros al año.
Con 25 000 títulos en total, la Nación Árabe, con más de 400 millones de
habitantes, aparece en las estadísticas en alguna parte entre Polonia y
Vietnam. Y la mayor parte de esto son ensayos y libros de texto universitarios,
especialmente estudios islámicos. No lee el pueblo: leen los estudiantes porque
deben.
Medio milenio después de Gutenberg, es difícil imaginar cómo es vivir
sin literatura, sin la posibilidad de ver la sociedad a través del cristal
literario. Todos somos Madame Bovary, Anna Karenina, Zalacaín el aventurero,
Jim Hawkins, el hijo de Pedro Páramo… o Simbad el marino. El drama de la nación
árabe es que nadie es ninguno de ellos, ni siquiera Simbad, en un mundo
alfabetizado al máximo, sometido a un constante bombardeo de noticias,
discursos y prédicas en televisión, redes sociales y la pantalla del móvil.
Esta falta de cultura propia, creen algunos, explica por qué Argelia fue
tan fácilmente víctima del islamismo violento en los años noventa. Los
regímenes dictatoriales siempre habían enseñado un orgullo nacional, pero
evitando toda referencia al pasado local, a la historia numidia, cartaginesa,
griega, romana, bizantina, bereber. La historia de la nación argelina empieza,
por una parte, en el año 622 en Arabia al aparecer el islam en la faz de la
Tierra, y por otra, en 1962, al ganarse la guerra contra el colonizador. En
medio no hubo nada. Quien no tuviera medios o ganas de quedarse con el idioma
del enemigo y leer en francés, solo se quedaba con la opción de mirar a La
Meca.
De la desgracia de ser árabe es el título de un ensayo del periodista
libanés Samir Kassir (desgraciadamente, asesinado con un coche bomba en 2005)
en el que analiza con una mirada amarga pero aguda los muchos males que aquejan
a esta parte del mundo: dictaduras totalitarias, corrupción rampante, represión
sexual, un pasado demasiado glorioso, movimientos islamistas, invasiones
extranjeras y, por supuesto, el ubicuo conflicto israelí… Curiosamente, el
pensador no dedica ni una sola línea al hecho de hablar árabe o, mejor dicho,
al hecho de no hablar árabe, de no
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ser capaz de expresarse en la lengua que por definición legal es la
propia.
Quizás no sintió la necesidad de hacerlo: publicó el libro en francés.
FRANCIA ISLAMIZA ARGELIA
Francia no es ajena a esta evolución de los países hoy llamados árabes.
De hecho, fue el colonialismo francés el que inventó la división contra la que
se levantó el panarabismo. Lo que durante siglos había sido una pugna de
diversos imperios en el Mediterráneo se transformó a partir de 1830, año del
desembarco francés en Argelia, en una confrontación de dos bloques: europeos y
musulmanes. Los primeros identificados por un concepto geográfico —entraban en
el saco españoles, italianos, malteses, por modestos y proletarios que fueran—
y los otros por una fe. Con ello, Francia convirtió la religión, únicamente la
de los sometidos, en algo que antes no había sido: una bandera política
enfrentada no a otra religión, como de toda la vida de dios, sino a un concepto
civilizatorio, a la ciudadanía, a la República.
La vieja lucha entre moros y cristianos, hermanos enemigos, mellizos
indistinguibles, se transformó en una confrontación radicalmente distinta:
entre ciudadanos y colonizados. Y así lo dejó claro el propio Tribunal de
Apelaciones de Argel en 1903 al decidir que los indígenas argelinos son
franceses, pero no son ciudadanos franceses, porque son musulmanes, al margen
de la religión que tengan. El término musulmán, explica la sentencia, «no tiene
un sentido puramente confesional, sino que describe el conjunto de individuos
de origen musulmán que, al no haber sido admitido como parte de la ciudadanía,
ha conservado necesariamente su estatuto personal musulmán, sin que se deba
distinguir si pertenecen o no al culto mahometano[131]».
En otras palabras: musulmán se nace, y no hay nada que hacer. Ni
siquiera sirve convertirse, porque la fe no tiene nada que ver: ser musulmán es
una condición étnica o, mejor dicho, ciudadana, jurídica, nacional. Pero esa
misma condición, según la jurisprudencia y la práctica política de la época, se
basa en normas religiosas elaboradas por muftíes. Porque la piedra de toque por
la que París rechazaba dar ciudadanía a los
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argelinos era precisamente el «estatuto personal musulmán» que, así se
subrayaba expresamente, permitía la poligamia, los matrimonios de menores, los
divorcios por parte del marido pero no de la mujer…, normas incompatibles con
la ley francesa. Por lo tanto, para acceder a la ciudadanía hacía falta
renunciar expresamente a este estatuto, dejar de ser musulmán jurídicamente (la
fe no importaba) y convertirse en francés. Era posible, pero exigía un largo
proceso burocrático: en los cien años entre 1865 y 1962, algo menos de 7000
argelinos se acogieron a esta vía[132].
No parece que las autoridades francesas tuvieran especial interés en
fomentar el proceso; es más: estaban orgullosas de preservar el legado musulmán
de sus súbditos. Tanto que algunos administradores coloniales estudiaban
jurisprudencia islámica para así poder guiar a los cadíes, los jueces locales
nombrados por Francia para aplicar la ley islámica a los «indígenas». Y como
muchos de estos cadíes no tenían demasiados conocimientos de normas e
interpretaciones coránicas —la sharía es un vasto laberinto de opiniones
diversas—, los aplicados funcionarios franceses les explicaban estas normas,
basándose en teólogos y juristas egipcios y sirios del siglo XIV y XV como
Khalil ibn Ishaq o Ibrahim Halabi. En otras palabras, como ya se temía el poeta
y diplomático Paul Morand, Francia se dispuso a islamizar Argelia[133].
Morand sabía de qué hablaba: él mismo intentó en 1916 codificar un
cuerpo de derecho islámico para Argelia, basándose en jurisprudencia de siglos
pasados y países diversos. Su intención era acercar cuidadosamente las normas a
las francesas, pero el código nunca se llegó a aplicar. Hubo quien creía que
para los musulmanes era demasiado alejado de las tradiciones; hubo quien
opinaba que precisamente por codificarse, en lugar de dejar vía libre de
interpretación a jueces de mente abierta, petrificaba unas normas desfasadas
que de otro modo se irían dejando atrás. El debate seguía aún en 1926, con un
fiscal francés preguntándose por «el respeto tal vez excesivo que Francia
mostraba a la legislación de sus súbditos en Argelia», cuando Turquía, recién
constituida en república bajo el liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk y derrocado
el último sultán, acababa de hacer tabla rasa con toda jurisprudencia coránica
y había instaurado un código civil calcado al de Suiza[134].
Turquía es hasta hoy el único ejemplo —exceptuando las repúblicas
exsoviéticas— de un país casi enteramente musulmán con un
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ordenamiento laico, y sus cien años de historia solo demuestran que es
perfectamente posible combinar la práctica de la religión islámica con el
laicismo. Una comparación somera de las leyes y costumbres turcas, no tan
diferentes de otras regiones bajo dominio otomano hasta finales del siglo XIX
—es decir, lo que hoy llamamos mundo árabe—, muestra diferencias abismales:
formalmente, mujeres y hombres tienen los mismos derechos en Turquía, y en
ciertas partes del país (no solo en las grandes ciudades, también en pueblos y
aldeas de la parte occidental y meridional) esto se traduce en una igualdad
efectiva y unas actitudes de vida social perfectamente comparables a cualquier
país mediterráneo de legado cristiano.
Pero incluso Turquía tiene una inmensa asignatura pendiente con la
religión: a menudo, la palabra laicismo parece solo otro nombre para un islam
suní concebido como religión del Estado. Mejor dicho, de la nación. Nadie en
Turquía tiene que cumplir con los dictámenes de la fe islámica, pero todo
ciudadano debe ser musulmán. Esto no lo dice la ley, pero sí lo recalca el
discurso oficial de la República laica fundada por Atatürk, desde mucho antes
de que surgieran los primeros movimientos islamistas. Y este discurso no es
herencia del califato otomano, que era multirreligioso, sino todo lo contrario:
es una importación de Europa.
LA TRAICIÓN DEL PANARABISMO
El derrumbe definitivo del Imperio otomano, simultáneo al de los
Austrias, igualmente multinacional, vino en el peor momento, a principios de un
siglo XX europeo que ya había inventado el concepto de nación como un colectivo
«étnico» unido por históricos lazos de sangre, pero aún le atribuía una
religión única irrenunciable. Hubo que crear un colectivo nacional «turco» para
crear la nación, inventando incluso, muy al gusto de la época, una lejana
«patria original», en este caso las estepas de Asia Central. Para ello, Turquía
y Grecia firmaron en 1923 un «intercambio de población»; hoy diríamos limpieza
étnica. Un millón y medio de griegos tuvieron que abandonar Anatolia y
asentarse en Grecia; algo cercano a 400 000 turcos fueron obligados a hacer el
camino inverso. Casi todos los
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turcos eran musulmanes, casi todos los griegos eran cristianos
ortodoxos. Pero solo casi. Hubo poblaciones significativas de musulmanes de
habla griega en Creta y hubo cristianos de habla turca en Capadocia y Karaman
en Anatolia. Todos tuvieron que irse, exiliarse a un país con un idioma que no
hablaban. Un país ajeno que de repente se había convertido en su patria porque
compartía su religión. El acuerdo puso el colofón a años de masacres de griegos
y armenios en los últimos años del Imperio otomano y dio lugar a la creación de
lo que entonces en toda Europa se consideraba la forma ideal, o incluso la
única forma posible de un Estado: una nación unida por historia, idioma,
religión.
Sin embargo, la «etnia», es decir, la ficción oficial de ser un pueblo
descendido de los montes Altái y asentado en Anatolia por el derecho de la
conquista, se vio reemplazada en la práctica por el islam. El Tratado de
Lausana, firmado en Suiza en 1923, garantizaba los derechos religiosos y
lingüísticos de las «minorías no musulmanas» de la nueva República turca, y
aunque no se especificaron, todos los implicados asumieron que se trataba de
griegos ortodoxos, armenios cristianos y judíos. Bajo el paraguas de un tratado
respaldado por la Liga de las Naciones, estos colectivos adquirieron un estatus
especial: al mismo tiempo que pudieron tener colegios en su idioma y lugares de
culto, se convirtieron en un cuerpo extraño en la nación. Una quinta columna de
los poderes extranjeros que los protegían. Tolerado por ley, pero nunca parte
del pueblo turco. El Gran Rabinato judío de Estambul renunció oficialmente a
este estatus en 1925 y eligió la integración en la comunidad turca; las otras
dos comunidades mantienen ese estatus semiextranjero hasta hoy.
Es fácil pensar que el ideario de Michel Aflaq o Salahudín Bitar, al
romper con el sistema otomano de categorizar a la ciudadanía por la religión y
dejando la fe fuera de la ecuación nacionalista, se convertiría en un baluarte
contra el islamismo. No fue así. El propio Aflaq consideraba el islam como
elemento esencial de su idea del nacionalismo árabe. Con razón: lo que se había
expandido siglos atrás por el norte de África y Asia occidental no era una
etnia. Era una religión. La fijación de esa religión en un libro sagrado
escrito en árabe era indisociable de la expansión del idioma, por mucho que
este se revelaba útil para fines administrativos y comerciales. Es más: la
propia palabra árabe, aunque utilizada desde antes como gentilicio por otros
pueblos, se había popularizado al aplicarse a la dispar muchedumbre de
caudillos, mercenarios y aventureros que fueron
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extendiéndose desde Siria a los territorios vecinos bajo la bandera del
islam; hasta entonces, los pueblos de la península arábiga se habían reconocido
bajo el nombre de ma’add (o maaditas[135]). Árabe, en la propia literatura
árabe, nunca había sido una etnia y siempre un proyecto político vinculado a
una religión.
Arraigado en esta tradición por su lógica inherente —habría sido absurdo
postular la existencia de una etnia única desde el Atlas hasta Mesopotamia—, el
panarabismo nunca se liberó del componente del islam. Tampoco lo hizo Gamal
Abdel Nasser, presidente de Egipto y para varias generaciones el héroe de la
«nación árabe». La Constitución que Nasser impulsó en 1956 mantuvo el islam
como religión del Estado, aunque no fue hasta Anwar Sadat, con el texto de
1971, cuando se inscribió además la sharía como fuente legislativa. El propio
Nasser reconoció que en 1953 intentaba forjar una alianza con los Hermanos
Musulmanes para «ir por el camino recto» y, de hecho, había llegado al poder
utilizando la capacidad de movilización del movimiento islamista, antes de descabezarlo
mandando a sus dirigentes a la horca[136]. Y fue Nasser, junto a su gran
admirador Ahmed Ben Bella, quien puso los fundamentos de la misión integrista
en Argelia que una generación más tarde estallaría en sangrienta guerra civil.
Fiel a su consigna de ser «árabes árabes», Ben Bella lanzó un ambicioso
programa de enseñanza primaria en árabe clásico en un país recién
independizado. El problema: no había profesores. Nadie hablaba árabe estándar
en Argelia, empezando por el presidente. Nasser vino al rescate: envió a
millares de profesores egipcios durante los años sesenta y setenta, entre ellos
a miembros de los Hermanos Musulmanes a los que prefería alejar del país[137].
Por mucho que Argelia se integrara en la órbita soviética y exhibiera un ideario
oficial de tintes socialistas, daba vía libre a la difusión del islamismo en
sus colegios, como elemento imprescindible de su «identidad árabe».
El panarabismo creado por pensadores laicos se convirtió así en el
germen del panislamismo que más tarde daría a luz al yihadismo; es más: en su
heraldo y sherpa.
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III
LA GRAN MISIÓN
1. LA FE USURPADA
EL PREDICADOR Y LA ESPADA
La historia empieza en alguna parte del desierto árabe, a mediados del
siglo XVIII. En concreto, en el pueblecito campesino de Diría en el centro de
Arabia. Allí, un oscuro estudiante de teología islámica, llamado Mohamed Abdul
Wahab, nacido alrededor de 1700 en el altiplano del Nedjd, expulsado de
numerosos sitios por sus incendiarias prédicas, se encontró con un cabecilla
local llamado Mohamed Ibn Saud. Los dos don nadie se debieron de caer bien y en
1744 juraron un pacto: unir la palabra y la espada. Ibn Saud iba a someter a
sangre y fuego a las regiones de alrededor y Abdul Wahab iba a proclamar que
esta guerra era sacrosanta para propagar la verdadera fe. «Cada vez que se
propone atacar un distrito de herejes, los advierte tres veces y los invita a
adoptar su religión. Tras el tercer aviso proclama que ha terminado el tiempo
del perdón y permite a sus tropas saquear y matar a placer». Es como se
describían los métodos de Ibn Saud dos generaciones más tarde en
Arabia[138].
Por supuesto, los «herejes» eran todos buenos musulmanes desde las
épocas de Mahoma. Pero no para Abdul Wahab: para él eran paganos y
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politeístas porque practicaban el culto a las tumbas. Algo que era
totalmente normal, empezando con la tumba del propio profeta en Medina, hasta
hoy visita casi obligatoria para cualquiera que peregrine a La Meca.
El predicador, que había iniciado su carrera lapidando a una mujer
adúltera, talando un árbol sagrado y destruyendo un mausoleo, invocaba los
escritos del polémico teólogo Ibn Taimiyya, muerto en Damasco en 1328, que
había sido hasta entonces el único en criticar el hábito de visitar las tumbas,
en confrontación con todos los demás pensadores musulmanes de épocas pasadas o
posteriores. También había sido el primero en emitir una fetua que permitía
matar sin juicio previo a otros musulmanes —algo anatema en el islam, bajo
cualquier punto de vista— si a esos otros musulmanes se les podía considerar
herejes. En ese momento, la intención era obvia: expedir una patente de corso
para la guerra contra el emperador mongol y sus huestes, que ya se habían
convertido al islam.
Esta guerra religiosa de Ibn Saud y Abdul Wahab contra los musulmanes de
Arabia iba a seguir siendo la tónica para casi un siglo. En 1802, el nieto del
caudillo local saqueó Kerbala en Iraq, profanando la tumba de Husein, el hijo
del califa Alí, y en 1806 tomó La Meca y Medina, destruyendo las tumbas de los
seguidores y descendientes del profeta. El Imperio otomano contraatacó y en
1818 derribó el emirato fanático de los Saud, llevó al entonces dirigente,
bisnieto del fundador, a Estambul y lo decapitó públicamente por sus crímenes
contra los lugares santos.
Dos siglos más tarde, la religión de aquel profanador de tumbas es lo
que llamamos islam.
Es lo que se enseña en todas las mezquitas de Europa, se propaga en
todas las páginas de internet, se financia con fondos públicos de los países de
la Unión Europea, con donaciones y convenios de los bancos, desde La Caixa al
Deutsche Bank, y se respalda con el logotipo de ministerios, gobiernos
regionales, alcaldías y concejalías. Hoy, todos los políticos europeos de todas
las corrientes políticas están unidos en el apoyo a la guerra religiosa del
wahabismo contra los musulmanes.
Todos. La izquierda respalda el wahabismo para mostrar públicamente su
«respeto a la diversidad» y la «tolerancia» ante la fe de los demás. Cuanto más
explícita esta fe, cuanto más negro y cerrado el velo que se pone una candidata
a un cargo político, mejor: más puntos otorga a la hora de hacer méritos de
tolerar lo que a muchos musulmanes les parece
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intolerable. La derecha lo respalda atacándolo, afirmando que «los
musulmanes» son así, porque «el islam» es una religión de guerreros fanáticos y
lo ha sido desde Mahoma. Si alguien pone en duda que «el islam» sea así, los
pensadores de la derecha son los primeros en saberse de memoria todo Ibn
Taimiyya y su interpretación del Corán, sus hadices y sus versículos preferidos
para demostrar que sí, que solo los wahabíes son auténticos musulmanes. Los
demás son unos desviados de la fe que no cumplen con su mandato de decapitar,
lapidar y exterminar a los infieles.
Que la inmensa mayoría de las personas que acaban decapitadas, lapidadas
y exterminadas por los fanáticos wahabíes —desde atentados yihadistas al
«Estado Islámico», es decir, Daesh— son musulmanas es un detalle en el que no
reparan quienes defienden que el mandato de «el islam» es acabar con «los
infieles». El término teológico es takfirismo, sustantivo del árabe káffara:
declarar a alguien káfir, o sea, no creyente. Hacerlo sin un fundamento obvio y
sólido es uno de los pecados más graves en el islam, según dejó dicho Mahoma:
«Si un musulmán dice a otro: “No eres creyente”, uno de los dos, efectivamente,
no lo es: o el acusado o el acusador[139]».
Siguiendo esta máxima, lo habitual en la jurisprudencia islámica ha sido
no condenar como apóstata a nadie, si no se declara expresamente como tal a sí
mismo. El wahabismo rompe con esta doctrina: apóstata es todo el que no siga
las normas de la secta. «Quién es judío lo decido yo» es una frase atribuida a
Hermann Göring; y los wahabíes la llevan a la práctica decidiendo quién es
musulmán.
Si una corriente musulmana declara a otra apóstata, una de las dos lo
es. Entre algunas decenas de millones de wahabíes en la península arábiga, con
una historia de apenas dos siglos y medio, y mil millones de musulmanes con una
tradición de más de un milenio, no debería ser tan complicado averiguar cuál
será en este caso. De hecho, el gran muftí de La Meca, Ahmed Zayni Dahlan, lo
tenía muy claro al publicar en 1878 su libro sobre la tribulación de los
wahabíes: calificó a los seguidores de Abdul Wahab de secta herética,
merecedora del infierno y mayor calamidad del islam. Incluso apuntó que ya
Mahoma, proféticamente, había advertido contra ellos, al vaticinar que un día
iba a aparecer en el este de Arabia una secta «peor que personas y animales»,
proclamándose musulmanes sin serlo, invocando el Corán en falso, «y se les
reconoce en que se afeitan la cabeza[140]». Los skinheads del islam, en
resumen.
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MAIMÓNIDES EN LA MEZQUITA
La guerra de los wahabíes contra el islam ha creado incluso
jurisprudencia civil. En 2013, un juez federal de Malasia, Mohamed Apandi Ali,
zanjó una cuestión legal: ¿pueden los cristianos malayos utilizar la palabra
Allah para referirse a Dios en sus escritos?
No, decidió el juez: «Este uso propuesto causará confusión innecesaria
en la comunidad islámica[141]». Aparentemente, se refería a algunos grupos
islámicos temerosos de que «el uso de la palabra Allah por parte de cristianos
podría incitar a algunos musulmanes a convertirse al cristianismo[142]». Claro:
si ambas religiones utilizan la misma palabra, los musulmanes podrían llegar a
pensar que los cristianos hablan del mismo dios que ellos, ¿no?
Para el juez Apandi Ali y para los cientos de musulmanes que saludaron
la decisión con gritos de Allahu akbar en el patio del tribunal, calificando la
«defensa del nombre de Allah una forma de yihad[143]», obviamente no hablan del
mismo dios. El de la Biblia, dijo Apandi Ali en la sentencia, tras una rápida
lectura del Antiguo Testamento, en hebreo, y del Nuevo Testamento, en griego,
nunca aparece como Alá, sino como Yavé. Por lo tanto, concluye, la ley debe
vetar el uso del mismo nombre: para no inducir a confusión.
Es una lástima que un juez tan erudito, licenciado en una universidad
británica, inscrito en un colegio de abogados de Londres, no haya sabido
acceder a un ejemplar de la Biblia impreso en árabe. También le habría bastado
un paseo por Damasco, Haifa, Beirut o Alejandría para ver en las paredes
esquelas escritas en árabe con una cruz y el nombre de Alá. Habría sido
suficiente con consultar a cualquier párroco católico libanés, ortodoxo sirio o
copto egipcio o con escuchar una misa en internet. O con abrir un diccionario
para estudiantes para comprobar que la palabra Alá (transcrita en inglés,
francés, alemán y malayo como Allah) simplemente significa «Dios» en árabe.
Pero el juez no supo leer diccionarios.
Aparentemente, el juez y quienes aclamaban su decisión tampoco se habían
leído el Corán.
Porque el Corán lo dice con toda claridad: «No hagas disputas con la
gente del Libro, salvo de buenas maneras, o si actúan con injusticia, y
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diles: “Nosotros creemos en las Escrituras que nos fueron dadas, y en
las que os fueron dadas a vosotros, porque nuestro dios y el vuestro es uno, y
por Él somos musulmanes[144]”». Las chicas turcas que peregrinan a San Jorge en
Prínkipo lo saben aún. Los jueces de Malasia, no.
La «gente del Libro» son quienes siguen el Libro (Biblia, en latín):
cristianos y judíos. El término históricamente abarca además a los sabeos, hoy
conocidos como mandeos, y reducidos a un colectivo de menos de 100 000 almas en
Iraq. A menudo también se incluyen los zoroastrios y cualquier otro grupo
monoteísta. En todo caso, respecto a cristianos y judíos, Corán y tradición
islámica no admiten duda: Dios —solo puede haber uno— envió decenas de profetas
a la humanidad, como Noé, Abraham, Moisés, David, Jonás, Juan Bautista y
finalmente Jesús, el último antes de Mahoma. Los libros del Antiguo Testamento
y los del Nuevo Testamento son por lo tanto escrituras sagradas enviadas por
Dios, solo que se entendieron mal, se copiaron mal y se manipularon tanto que ya
no reflejan lo que deben. Pero su origen es tan divino como el Corán. Esto es
dogma.
También es certeza popular de cualquiera que se digne llamarse musulmán.
«Mi hobby favorito son las disputas teológicas. Y entre los muchos temas que
hay, mi preferido es la pregunta ¿son lo mismo islam y cristianismo o son cosas
distintas? —me dijo el viejo dueño del café Shabendar en Bagdad, una semana
antes de la invasión estadounidense en 2003—. Y si concluimos que son
distintos, ¿son distintos en la forma o en el fondo?». El tiempo no permitió
que me dijera a qué conclusión había llegado, pero el fundamento teológico del
que partía era claro: se admitía la tesis de que islam y cristianismo pudieran
ser lo mismo.
También lo son judaísmo e islam: el gran pensador Maimónides, autoridad
suprema para todo rabino, dictaminó que, a falta de sinagogas, un judío puede
rezar en una mezquita: es la casa de Dios. En una iglesia no, porque el
crucifijo, junto a tallas de santos y vírgenes, va contra la orden de no hacer
imagen de Dios. Y lo que diga el Rambam va a misa: en nuestros días lo ha
confirmado el Gran Rabino sefardí de Israel, Ovadia Yosef[145], no
especialmente distinguido como hombre de ideas ecuménicas ni conciliadoras.
Para entendernos: Ovadia Yosef (1920-2013), que escandalizaba hasta a los
ministros israelíes, y ya es decir, deseándoles plagas y exterminio a los
árabes, era un fundamentalista
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de libro, patriarcal e irredento. Pero el dogma es el dogma, y que
judíos y musulmanes rezan al mismo dios simplemente no admite debate.
En la aniconía, el rechazo a la imagen, se encuentran judaísmo e islam.
Y aunque el judaísmo ha derivado de los iconos cristianos la interpretación de
que los seguidores de Jesús son adoradores de ídolos y, por lo tanto, ver una
iglesia por dentro es pecado grave —el mismo Ovadia Yosef, cuando era asistente
del gran rabino de Egipto en 1948, se negó tajantemente a acudir al funeral de
un diplomático cristiano porque no quería pisar la iglesia—,[146] el islam ha
pasado por alto este aspecto. Las fieles musulmanas que acuden a Prínkipo para
meter un mensaje con un deseo en la urna de san Jorge están en buena compañía:
el califa Omar se negó a rezar en la iglesia bizantina de Ammán no porque no le
pareciera piadoso, sino por temor a que todo el mundo lo imitara y no dejara
espacio a los fieles cristianos, por lo cual hizo edificar una mezquita al lado
de la iglesia. O así lo cuentan hoy los jóvenes en Jordania a quien se dé una
vuelta por las ruinas de ambos templos.
DIOS HA MUERTO, VIVA ALLAH
Se acerca la hora del rezo en la mezquita de la plaza Firdos, no lejos
del río Tigris. Es un día de marzo de 2003; falta menos de una semana para que
los cazabombarderos estadounidenses aparezcan en el cielo sobre Bagdad. Nadie
lo sabe todavía, pero nadie duda tampoco de que el suceso, y el fin de Iraq
como se ha conocido, está al caer. Un equipo de grabación cinematográfica —dos
trípodes, un par de cámaras analógicas, una pértiga de sonido, tres
profesionales— se arremolina en la escalinata. El director, Javier Corcuera,
cineasta de documentales peruano-español que ha acudido a Iraq para grabar una
cinta que acabará llamándose Invierno en Bagdad, observa con cara circunspecta
mi conversación con el imam local. Esta mañana hemos tomado imágenes en el
interior, con permiso del religioso, pero el mismo hombre se muestra ahora
reacio a que el equipo monte sobre las alfombras lo que parece todo un estudio
de rodaje portátil para entrevistar a una mexicana que ha venido a protestar
contra la guerra. Ella se define como escudo humano. El imam agradece el gesto,
pero no
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quiere ver más cámaras. Podría molestar a los fieles, aduce, aunque
prácticamente no hay: es zona suní. Y ya dice el chiste local cuál es la manera
más fácil de distinguir una mezquita suní de una chií: está vacía.
Pedimos, rogamos, insistimos: Corcuera quiere aquel espacio, esta luz
entre columnas. Sin resultado. Hasta que se me ocurre disparar la bala de
plata. Aclaro el oficio de Luz Rodríguez, la activista mexicana que se sentará
ante las cámaras.
—Es que ella es monja.
Al imam se le cambia la cara.
—Ahora lo entiendo. Si es monja, efectivamente, le corresponde una
entrevista en la casa de Dios. No hay mejor lugar. Venid cuando queráis.
Curiosamente, los cristianos —sor Luz aparte— no lo tienen tan claro.
Aunque deberían, porque lo que sí es dogma es que Yavé, el dios de los judíos,
el del Antiguo Testamento, es el mismo que el del Nuevo Testamento. El dios que
creó a Adán y Eva, el que mandó el diluvio, el que le otorgó a Moisés los Diez
Mandamientos es el mismo dios que se encarna en Jesucristo. A nadie se le
ocurriría ponerlo en duda.
Sin embargo, en la agnóstica Europa parece haberse instalado una extraña
convicción generalizada de que este dios judeocristiano no es el mismo que el
que, después de Jesucristo, le dio una misión profética a Mahoma. No faltan ni
viñetas de humoristas que muestran disputas entre «Dios» y «Alá». Algo que
ningún cristiano egipcio, sirio o iraquí podría entender siquiera, porque su
dios se llama Alá. El error ha llegado lejos: el muy grueso, muy erudito y muy
caro The Cambridge Handbook of Language Policy (2012) —coordinado por un
profesor de la universidad pública semirreligiosa de Bar Ilan en Israel— llega
a afirmar que «los fieles de Jehová y Alá consideran, cada uno por su parte,
que el dios del otro no existe[147]». Eso es tan falso que ya cuesta esfuerzo
atribuir a la ignorancia lo que parece mala fe.
La prensa no hace más que cimentar el error. Basta con abrir cualquier
diario inglés, español, alemán o francés para encontrarse con que tal
presidente o ministro egipcio, iraní, tunecino o yemení invoca a Alá para salir
victorioso de un conflicto. Darle color local, lo llaman. Pero ¿alguna vez
hemos leído que George W. Bush prometió invadir Iraq en nombre de God?, ¿que
Putin considera la música de las Pussy Riot una ofensa a Bog?, ¿que los
cardenales franceses se quejan de que las Femen la hayan tomado con Dieu?, ¿que
Angela Merkel cree en Gott?
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La regla es clara: si se supone que el presidente en cuestión es
cristiano (o judío), se traduce el nombre de Dios del idioma local al idioma
europeo de turno, junto con el resto de la oración. Si quien habla es
notoriamente musulmán, se desactiva rápidamente el traductor. Y el cerebro, de
paso. Alá solo puede ser el otro, el islámico. Los obispos árabes ya pueden
decir misa.
Por supuesto, este afán de división es mutuo. Los wahabíes —y esto hoy
día ya quiere decir: los dirigentes de la religión conocida como islam
— colaboran de forma entusiasta en afianzar este crepúsculo de los
dioses. Arabia Saudí no permite iglesias, niega la entrada a sacerdotes
cristianos, prohíbe la posesión de biblias. Y sus telepredicadores llaman
«infieles» a los cristianos, como si no fueran parte de la «gente del Libro»,
es decir, creyentes. Es lo que usted verá en cualquier página web dedicada al
islam, cualquiera: el proceso de usurpación del islam por parte de la secta
wahabí aún no ha alcanzado las montañas del Atlas, y quizás ni siquiera todos
los pueblos a orillas del Tigris, pero en el mundo digital ha triunfado de
forma plena: el islam ha quedado erradicado de la faz de internet.
Dios ha muerto: ya solo está Alá. Mejor dicho, Allah. Incluso en
castellano. Una palabra de cinco letras, estandarizada cual logotipo de una
gaseosa, inconfundible, una marca registrada, lista para una explotación
comercial sin competencia.
¿Cómo ha sido posible que una oscura secta del desierto árabe,
tribulación del islam y mayor calamidad de los musulmanes, se haya transformado
en dueña y señora de esta religión, propietaria de su imagen de marca,
explotadora y administradora única?
LLEGA EL MAHDI
La historia empieza, por segunda vez, en 1902. Abdelaziz Al Saud,
descendiente de la familia Al Saud, exiliada en el emirato de Kuwait, que
acababa de pasar de provincia otomana a protectorado británico, lanza un asalto
al interior de Arabia y toma Riad, nueva capital de la zona no lejos de Diría.
Consigue unificar varias tribus y hacer frente a los otomanos, ya debilitados
por la presión de las potencias colonialistas europeas. En 1915
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firma un tratado de protección con Gran Bretaña. Al mismo tiempo forma
una milicia, conocida como Ijwan («Hermanos», sin relación con los Hermanos
Musulmanes fundados años más tarde en Egipto), dedicada al saqueo, robo y
difusión del credo wahabí. Sus adherentes lo llaman salafista («tradicional»),
intentando dar a entender que siguen la vida de los primeros musulmanes. Y a
diferencia de lo que se cree, no se trata en absoluto de un credo beduino,
porque los beduinos de Arabia desconocen esa nueva fe fundamentalista. Todo lo
contrario: los Ijwan obligan a las tribus nómadas a asentarse en los pueblos
para poder controlar su forma de vida y forzarlas a cumplir con la nueva
religión.
Durante doce años, Gran Bretaña aprovisiona a Ibn Saud, como ahora se le
conoce, con armas, dinero y munición para facilitar su guerra contra tribus
árabes aliadas con la Puerta Sublime. En 1927, caído el Imperio otomano,
Londres e Ibn Saud firman el Tratado de Jeddah, que otorga independencia a lo
que a partir de ahora será el Reino de Arabia Saudí.
Queda un último fleco para el estadista que ha conseguido crear un reino
sobre las arenas, mayor que ningún otro surgido de las ruinas del Imperio
otomano: acabar con su propia milicia. En 1929, con apoyo de tanquetas y
aviones británicos, Ibn Saud derrota a los Ijwan, castiga a los cabecillas y
pacifica al resto convirtiéndolo en su guardia pretoriana. A partir de ahora,
el wahabismo es doctrina oficial, pero sin saqueos ni masacres.
En 1938, una compañía estadounidense descubre petróleo en territorio
saudí. El país se hace rico. En 1951, Ibn Saud firma un tratado de mutua
defensa con Estados Unidos: el hatajo de tribus se convierte en una potencia
geopolítica. Pero todavía pasarán décadas antes de que esta fuerza económica y
política cambie la historia de una religión con catorce siglos de antigüedad:
los wahabíes continúan durante una generación más simplemente como una secta
del desierto a la que nadie hace mucho caso, ni siquiera los propios ciudadanos
saudíes. Hasta 1979.
El 20 de noviembre de 1979, día 1 del mes 1 del año 1400 de la hégira,
un hombre de 43 años llamado Yuhaiman Otaibi, hijo y nieto de Ijwan, miembro de
la guardia pretoriana nacional y austero estudiante de teología, acompañado de
medio millar de seguidores, interrumpe la oración de madrugada en la Gran
Mezquita de La Meca. Los insurgentes sacan armas automáticas, matan a dos
policías y se atrincheran en el templo, donde previamente han almacenado un
arsenal. Otaibi proclama a
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su cuñado Mohamed ibn Abdulá Qahtani como mahdi, es decir, precursor del
mesías, pronostica el próximo fin del mundo y exige el derrocamiento de la
dinastía saudí por «occidentalizada» y corrupta.
No es el primer mahdi de la historia, aunque hasta la fecha ha sido el
último con repercusión internacional. El caso más conocido es el de Mohamed
Ahmed ben Abdalá de Dongola, que entre 1881 y 1898 dominó grandes partes de
Sudán en una revuelta contra el colonialismo británico, conocida con el
sobrenombre de guerras mahdistas. Pero la historia del islam está llena de
personajes que se proclaman mahdi: una figura religiosa que aparecerá en el fin
de los tiempos para unir a todos los musulmanes en la batalla final contra los
infieles. Terminada la lucha, se inicia una breve época de paz antes de que
Dios convoque el juicio final.
El juicio final para Obaidi y sus seguidores llegó tras dos semanas de
combates en los que participaron comandos franceses especializados. En enero,
el cabecilla y más de sesenta seguidores suyos fueron ejecutados en la plaza
pública. La dinastía wahabí sacó del incidente una lección sobre los peligros
del ultrafundamentalismo en un país fundamentalista, pero la estrategia que
adoptó no era limitar el poder de los religiosos, sino todo lo contrario: les
entregó amplias competencias y les otorgó control sobre la sociedad. El niqab,
el velo de cuerpo entero, se hizo predominante, las mujeres desaparecieron de
prensa y televisión, la segregación de sexos se expandió hasta el último rincón
del reino y la policía de la moral adquirió omnipotencia. Yuhaiman Obaidi había
ganado la batalla después de morir, con una salvedad: la dinastía de Al Saud
quedó al mando.
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2. BARBUDOS DE AYER Y HOY
LA REVOLUCIÓN VERDE
El proceso de ultrafundamentalización de Arabia Saudí no conllevó de
inmediato su transformación en potencia geopolítica o, mejor dicho,
georreligiosa. El auge internacional del islamismo wahabí se debe curiosamente
a su histórico enemigo: el Imperio persa.
Persia, una nación de tradición milenaria, siempre ha formado parte del
conjunto cultural y político mediterráneo, desde épocas de la polis griega,
Atenas y Esparta, Temístocles, Leónidas y, más tarde, Alejandro Magno. Antes de
la aparición del islam, la península arábiga era campo de confrontación entre
bizantinos y persas. Una vez someramente islamizado Irán, la participación de
médicos, astrónomos, científicos, teólogos, filósofos y poetas persas en la
floreciente civilización arábiga medieval y, a través de ella, en el
Renacimiento europeo y el desarrollo del humanismo fue fundamental, solo
comparable a la que surgió en el otro extremo del Mediterráneo, en al-Ándalus.
En 1979, Irán era un país al que le gustaba reflejarse en el espejo de
Europa (y viceversa: no en vano las teorías de supremacía de la raza blanca
buscaban el origen de los «arios» y de los idiomas indogermánicos en Irán). Por
supuesto, solo la clase alta se podía permitir el lujo de irse de compras a
París, y por supuesto hubo extensas secciones de la sociedad conservadoras y
religiosas. Pero también hubo movimientos políticos laicos, sindicatos,
asociaciones feministas y varios partidos comunistas.
Fue precisamente uno de estos partidos comunistas, el Tudeh, fundado en
1941, el que más se esforzó para derrocar la dictadura del sah Mohamed Reza
Pahlevi y su terrible policía secreta, el Savak. Junto a sindicatos,
intelectuales, estudiantes y religiosos, estos reunidos en torno al
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teólogo exiliado Ruholá Jomeini, formó parte de un amplio frente que
durante el año 1978 puso en jaque el Gobierno del sah mediante huelgas y
manifestaciones populares masivas. Jomeini, exiliado durante catorce años en
Iraq, viajó a Francia y desde allí se convirtió en líder de la revolución,
cortejado por los grandes medios de comunicación europeos. El 1 de febrero de
1979, un avión de Air France lo llevó de vuelta a Teherán. Fue recibido entre
vítores y clamores: un hombre modesto, austero, íntegro, lo contrario al sah.
Pocos se imaginaron lo que iba a ocurrir a continuación.
Apenas cinco semanas después de aterrizar en Teherán, Jomeini decretó
que las mujeres no podían entrar en el lugar de trabajo «desnudas», es decir,
sin llevar velo. Al día siguiente, el 8 de marzo de 1979, decenas de miles de
mujeres se manifestaron en las calles de Teherán contra el decreto, intentado
recuperar su revolución secuestrada repentinamente por el clero. Durante
semanas hubo enfrentamientos con ultraconservadores que atacaban a las
feministas y proclamaban muerte a las mujeres «desnudas». Durante un tiempo
parecía que el movimiento feminista iba a imponerse, pero el proceso era ya
imparable: en 1981 se decretó una ley que obligaba a todas las mujeres y niñas
mayores de nueve años a taparse en todo espacio público con el chador, un velo
de cuerpo entero que solo deja visibles cara, manos y pies. Al mismo tiempo se
imponía cierta segregación por sexos en oficinas, colegios, eventos
deportivos[148].
De forma simultánea, Arabia y Persia dieron paso a una época extremista
del islam que probablemente nunca antes se había registrado con esta amplitud
en mil cuatrocientos años de historia musulmana. Desde una dinastía unos, desde
una república clerical otros. Suníes árabes y chiíes persas. Pero en esta
época, la división suní y chií todavía no tenía importancia alguna: no iba a
dividir el mundo del islam hasta veinte años más tarde.
SUNÍES Y CHÍIES
Son las tres de la mañana. Husein sale de una discoteca de ambiente en
Estambul. Cuerpo de gimnasio, un pequeño tatuaje, camiseta floreada y
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pantalón muy ceñido. Husein es iraquí de familia acomodada y se busca la
vida trabajando de profesor de yoga. En la calle lo para un chico, de
indumentaria parecida. Unas miraditas: parece que hay ganas de ligar.
—¿De dónde eres?
—De Iraq.
—¿Suní o chií?
—¿Esta es la nueva versión del «¿Estudias o trabajas?»?
Estamos en la segunda década del siglo XXI: ahora, lo primero que se le
ocurre a alguien al escuchar el nombre de Iraq es imaginar un país sombreado en
dos matices de verde: suní y chií. Lo mismo le sucede a Adnan, periodista de
Bagdad afincado en Málaga con su familia desde hace ya quince años, cada vez
que responde a la pregunta «¿De dónde eres?».
—Soy iraquí.
—Ah, ¿suní o chií?
—Iraquí.
No es que Adnan quiera ocultar algo. Es que ni siquiera sabe en qué
categoría debería encuadrarse. En su familia hay una rama chií, cierto, pero su
abuelo era suní. Falso. Su abuelo era comunista y ateo. Esto era antes de que
la humanidad inventara un mapa de dos colores para el mundo musulmán.
La división del mundo islámico en dos bloques, suníes y chiíes, es una
de las mentiras geopolíticas más voluminosas y más sangrientas de nuestra
generación. Su origen se puede incluso fechar: se proclamó en verano de 2003.
Su autor es un general estadounidense llamado Paul Bremer, apodado «virrey de
Iraq», por quedarse al mando tras la invasión que derrocó el régimen de Sadam
Huseín.
Bremer, autoridad última de un país descabezado, tuvo que enfrentarse a
la cuestión de cómo crear un nuevo Gobierno para una población de 25 millones
de personas. ¿Convocar elecciones? ¡Dios no lo quiera! Elecciones en Oriente
Medio, habrase visto un mayor despropósito. ¿Desde cuándo a los árabes les
conviene la democracia? De manera que Paul Bremer prohibió el partido Baath,
expulsó de la Administración a todos sus afiliados, en gran parte funcionarios
obligados a tener el carné de partido para poder ascender, y estableció un
Consejo Gubernamental con delegados escogidos según cuotas étnicas y
religiosas: trece chiíes
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(árabes), cinco suníes (árabes), cinco kurdos (suníes), un turcomano
(suní) y un asirio (cristiano).
Era la vía perfecta para convertir una capital con una larga tradición
política de partidos e ideologías varias —en los años cincuenta se pegaban
tiros en la calle comunistas, liberales, nacionalistas y panarabistas— en un
cuadrilátero de boxeos tribales. Porque eso es lo que son suníes y chiíes:
denominaciones hereditarias de pertenencia a determinados clanes o familias. La
fe no tiene nada que ver. Nadie elige ser suní o chií: se nace con el sambenito
puesto. Sambenito en el caso de que el otro bando haya tomado el poder en el
barrio, claro.
Esa toma de poder por barrios ocurrió a partir de 2003: antes no se
conocía. Antes, suníes y chiíes se casaban entre ellos, en la medida en la que
alguien se podía casar fuera de su círculo familiar amplio. Había más
disciplina religiosa en el bando chií: a diferencia del suní dispone de un
clero. Un sistema de jeraquías religiosas con estudios obligatorios, exámenes,
títulos y rangos que definen la autoridad que tiene un dictamen o fetua,
aceptado a menudo de forma incondicional por los seguidores del teólogo en
cuestión. Pero los escritos en los que se basan esos teólogos son en su gran
mayoría los mismos que utilizan sus colegas suníes y los resultados también
coinciden. Una selección aleatoria de fetuas no permitiría distinguir cuál fue
redactada por un muftí suní y cuál por un mulá chií.
Ahora corre la especie de que los suníes consideran a los chiíes
herejes, adoradores del diablo, paganos, cualquier cosa menos musulmanes, y que
esta división data del principio de los tiempos. Desde el principio del islam,
quiero decir. Desde el año 632, la muerte del profeta Mahoma.
A la hora de elegir a un nuevo dirigente político —así lo cuenta la
leyenda islámica que todavía en las universidades se enseña como historia
— hubo diferencias entre quienes creían que el sucesor debía ser votado
en sesión plenaria de los fieles y quienes aseguraban que el delfín designado y
único legítimo era Alí ibn Abu Talib, casado con Fátima, la hija del profeta.
Hubo elecciones y ganó primero Abu Bakr, tras su muerte Omar y finalmente
Othman. A Alí le tocó en cuarto lugar, pero empezó una guerra civil entre sus
partidarios (chia en árabe) y otros clanes alrededor de Muawía, potentado de
Damasco. Ganó Muawía e instaló el califato omeya, mientras que los derrotados
intentaron resistir alrededor de Hasan
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y Husein, los hijos de Alí y Fátima. La muerte de Husein en la batalla
de Kerbala en 680 selló la división entre suníes y chiíes. Hasta ahí, la
leyenda.
Sobre todo es leyenda que esta división perdurase siglos tal cual,
cuando es obvio que no se basaba en ninguna diferencia teológica ni dogmática,
sino que era una simple lucha de poder entre clanes enfrentados, como las hubo
en todas las décadas de todos los siglos. Y por supuesto durante esos siglos
también hubo distintas ramas interpretativas del islam, siguiendo a uno u otro
maestro, sin que pueda hablarse de dos bloques claramente delimitados. Solo en
el año 1501, la dinastía safávida de Irán elevó una rama chií concreta a
religión de Estado, para así trazar líneas de separación respecto a otros
reinos competidores: de nuevo un acto de dominancia política, no teológico.
Avance rápido de cinco siglos y nos hallamos ante proclamas en las redes
sociales como esta:
«El chiismo no es islam, no es parte del islam y no es una secta
islámica. El chiismo es una religión aparte, con sus propias doctrinas, con
creencias diferentes a las islámicas…».
La cita en concreto es del blog de un converso colombiano, pero refleja
una tendencia creciente alimentada por predicadores wahabíes que van
difundiendo la idea de una división teológica entre chiíes y suníes. No
sorprende que sean sobre todo los seguidores del Daesh quienes promueven esa
idea: hay que ser extremamente ignorante —como son los seguidores, cabecillas y
activistas del Daesh, europeos semiconversos que del islam tienen una vaga
reminiscencia de expresiones populares escuchadas a sus padres— para creérselo.
Hay que ignorar toda la historia y la actualidad del islam: No solo Alí
es el cuarto califa para todos, sino que los nombres de sus hijos, Hasan y
Husein, tan venerados por los chiíes, figuran en los paneles que adornan las
grandes mezquitas otomanas (suníes) de Estambul, al mismo tamaño que los de los
cuatro califas, Mahoma y Dios. Es más: pese a la popular creencia de que los
chiíes veneran especialmente la descendencia del profeta, las dos dinastías que
hoy se reclaman como jerifes, trazando su linaje hasta Mahoma a través de Alí y
Fátima y su hijo Hasan, son la alauí de Marruecos y la hachemí de Jordania,
ambas suníes.
También es popular la creencia de que los chiíes viven en la espera
eterna del último imam, una figura de mesías que vive oculto durante
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siglos y que es de tanta trascendencia que la Constitución actual de
Irán acota su propia validez «hasta la llegada del imam». Pero ya hemos visto
que la misma figura, bajo el término de mahdi, ha provocado infinitamente más
levantamientos, revueltas y cambios políticos en el mundo suní que en el chií.
Y salta a la vista que hoy día, con las costumbres populares de las
diferentes regiones del mundo musulmán arrolladas por el auge de un islam
fundamentalista, orientado en las Escrituras, las diferencias se han reducido a
cero. Los decretos de los guardianes de la revolución de Jomeini (chiíes) y los
de la policía moral wahabí (suní) coinciden en todo, salvo el número exacto de
los centímetros de la piel que una mujer puede mostrar entre ojos y barbilla.
Por lo demás —ocultación del pelo de la mujer, veto al acceso de mujeres a
determinados cargos, sumisión legal al marido en cuanto se case, prohibición de
viajar sin permiso de él, segregación de sexos, prohibición estricta del
alcohol, castigo de la sexualidad sin matrimonio y de la homosexualidad— hay una
unanimidad absoluta. El jomeinismo y el wahabismo se parecen como dos pelos de
una barba.
Es la misma religión. Y es una religión muy distinta del islam de toda
la vida, incluso del islam ortodoxo de países oficialmente musulmanes como
Marruecos, donde una mujer puede hacer todo lo que pudieron hacer las mujeres
iraníes hasta 1979: llegar a jueza del Tribunal Supremo, ir en bikini a la
playa, tomarse un vino en un restaurante, casarse con quien ella elija, viajar
por donde quiera aun después de casarse… Mejor dicho, todavía puede hacerlo.
Porque al paso que vamos, esto se acabará: al igual que el integrismo de
Jomeini ha sometido Irán, el wahabismo está en vías de someter el mundo
musulmán entero.
HEREDEROS DEL CHE GUEVARA
Fue la revolución de Jomeini la que propició la expansión mundial del
salafismo wahabí. Porque el salafismo wahabí de la dinastía saudí es
monárquico, alimentado por multinacionales del petróleo, aliado con
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Estados Unidos, es decir, de derechas, incluso de ultraderecha. Pero la
revolución de Jomeini era de izquierdas. Toda revolución es de izquierdas,
especialmente si los revolucionarios queman unas cuantas banderas
estadounidenses en la plaza pública. Los de Teherán no solo quemaban banderas:
incluso tomaron a unos diplomáticos estadounidenses como rehenes. ¿Cabe mayor
demostración de que aquí se había levantado el pueblo contra el imperialismo y
de que Jomeini era el esperado heredero del Che Guevara, llamado a alzar el
fusil del guerrillero caído en Bolivia?
La presencia del partido comunista Tudeh en el primer Gobierno iraní
facilitaba la aceptación de la teocracia por parte de la izquierda
internacional. La anulación de los derechos de las mujeres no parecía importar
gran cosa, ni la persecución de intelectuales y disidentes. El despertar del
Tudeh fue amargo: en 1982 empezaron a surgir tensiones y en 1983 Jomeini lanzó
una oleada de purgas, disolvió el partido e hizo detener y torturar a la plana
mayor de la formación y a decenas de miles de afiliados; cientos murieron en la
cárcel o fueron ejecutados. La alianza islamista-comunista se acabó, Irán se
convirtió en una teocracia dominada por enturbantados clérigos y guardias de la
moral pública. Pero la izquierda no tomaba nota: al seguir usando el discurso antiimperialista,
aquello seguía siendo la Revolución.
Sobre todo lo fue en los países de tradición musulmana. Para muchos era
fácil aceptar las normas fundamentalistas impuestas por los mulás como un
«retorno a las raíces» del islam, una recuperación de una supuesta originalidad
religiosa, combinada con el lanzamiento de un programa universal destinado a
salvar el mundo de los males del capitalismo e imperialismo.
Era fácil para los hombres: ellos no tenían que velarse, como las
mujeres. No tenían que cambiar de ropa ni de imagen. Ni siquiera tenían que
afeitarse. Los líderes estudiantiles marxistas en las universidades de
Marruecos solían exhibir una espesa barba, emulando a Fidel Castro y al Che. No
tuvieron que hacer nada para cambiar El Capital por el Corán: ser barbudo
seguía siendo revolucionario.
Los barbudos. Ese fue el nombre con el que el pueblo marroquí describe a
los islamistas desde los años ochenta y hasta hoy. Surgieron en las aulas,
argumentaban con la justicia social, contra la corrupción del Gobierno de
turno, contra la explotación del mundo pobre por parte de las potencias
europeas y americanas. Un discurso que tenía una larga tradición
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en las sociedades de habla árabe: en la primera mitad del siglo XX
existían partidos comunistas en prácticamente todos los países en la orilla sur
del Mediterráneo. El de Palestina se fundó en 1922, Líbano siguió dos años más
tarde, Iraq y Túnez en 1934, Egipto en 1942, Marruecos en 1943, una década
larga antes de la independencia. En Sudán, el partido se formó en 1946, en
Baréin en 1955… En ningún país tuvo tanto éxito como en Iraq, donde el militar
golpista Abdelkarim Qasim, durante su breve gobierno de 1958 a 1963, dio cierta
influencia y algún cargo público a comunistas. En la misma década, el marroquí
Mehdi Ben Barka se perfiló como un líder antiimperialista del mundo árabe y
africano, comparable con Nelson Mandela y Che Guevara… hasta su secuestro y asesinato
en París en 1965. Dos años más tarde, el médico cristiano y marxista George
Habash fundó el Frente Popular para la Liberación de Palestina, hasta hoy una
de las tres principales fuerzas políticas de la población palestina. Y en 1969,
un movimiento marxista tomó el poder en la recién descolonizada Yemen del Sur,
emprendió reformas sociales radicales e integró el país en la órbita soviética.
Los movidos años setenta, con el venezolano Carlos el Chacal volando día
sí, día no de Bagdad a Adén, Trípoli y Beirut para cometer atentados en nombre
de la liberación de Palestina, debieron de dar canguelo a más de un régimen de
la zona. En Marruecos empezaron los llamados Años de Plomo. Miles de
izquierdistas, entre ellos el ingeniero judío sefardí Abraham Serfaty, fundador
de la organización clandestina Ila al Amam, acabaron en la cárcel; todo un
movimiento social descabezado, roto, destruido mediante prisión y tortura. En
Egipto, Anwar Sadat, el sucesor de Nasser, hizo la paz con los Hermanos
Musulmanes y les permitió fortalecer su presencia en la sociedad. En Argelia,
Chadli Benjedid tomó el relevo de Houari Boumédiène y se dedicó a construir
mezquitas y salas de rezo en un país hasta entonces nominalmente socialista.
Quien estaba descontento con el régimen solo tenía un espacio seguro al que
acudir para desahogarse, encontrarse con otros desafectos, maldecir a los
poderosos. Este espacio era la mezquita.
La estrategia era la misma en todas partes: dar más espacio a los
islamistas, al tiempo que se perseguía a marxistas y a cualquier otro rebelde.
Con esta táctica se podía neutralizar a los izquierdistas en la población,
oponiéndolos a un movimiento islamista reforzado. Ambos grupos atraían a la
población joven por un discurso disidente,
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revolucionario, similar en muchos aspectos pero incompatible en detalles
prácticos, empezando por el rol de la mujer o, al menos, su vestimenta. Al
final, los marxistas, los pocos que quedaban, gastaban más tiempo en defender
su visión materialista contra los nuevos religiosos que contra el poder.
En ningún país esta estrategia fue más lejos —o fue revelada con más
claridad luego— que en Turquía, donde una unidad secreta del Ejército, el
guardián del laicismo, financiaba y entrenaba a un grupo ultrafundamentalista
kurdo, llamado Hizbullah («Partido de Dios», sin relación con el homónimo
movimiento libanés), cuyos miembros no solo lanzaban ácido a la cara de mujeres
que no iban lo suficientemente tapadas, en su opinión, sino que sobre todo
secuestraban, torturaban y asesinaban a militantes de la izquierda kurda en la
órbita de la entonces marxista guerrilla PKK. Eran en realidad una milicia
clandestina de sicarios. Pero al mismo tiempo eran altavoces de un
fundamentalismo religioso inaudito hasta entonces. Una generación más tarde, el
grupo ha cambiado de nombre, raramente usa la violencia y se presenta como
partido, bajo el nombre de Hüda Par (que también significa «Partido de Dios»,
pero esta vez en kurdo, no en árabe), aunque en muy pocas provincias supera el
1 % de los votos.
La estrategia se basaba en el postulado de que los grupos islamistas
iban a ser más fáciles de controlar que los movimientos marxistas, adscritos a
un ideario universal y con contactos en numerosos países del mundo. Además, a
un discurso islamista siempre se le podía oponer la legitimidad ortodoxa
encarnada en el aparato religioso estatal: imames, muftíes, teólogos de
universidades estatales, toda una maquinaria dedicada a utilizar la religión a
favor del Estado. Los movimientos islamistas, bajo la atenta observación de los
servicios secretos, no iban a ser más que una válvula que permitiría canalizar
hacia ninguna parte las protestas del sector más contestatario de la juventud.
Se configuraba así lo que el politólogo franco-argelino Sami Naïr llama
«los tres islames»: el del pueblo, el del Estado y el revolucionario[149]. Tres
formas de vivir la religión tan distintas que un antropólogo llegado desde
Marte quizás las habría calificado de tres religiones distintas. El islam del
pueblo es aquel que venera árboles y tumbas. El oficial, el que mantiene una
vasta red de funcionarios dedicados a justificar con la voluntad divina
cualquier norma que el
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Estado ve conveniente aplicar o dejar de aplicar, teñido de un color u
otro según las tradiciones locales. Y el revolucionario es aquel fundado por
Hassan Banna y sus correligionarios, rompedor con las tradiciones, opuesto al
Estado y aniquilador de la religión popular. Un islam profanador de tumbas.
EL TRAUMA (SEXUAL) DE COLORADO
La expansión de ese islam revolucionario se había fraguado durante
décadas, pero sin despegar, sin traducirse en un cambio político. Aunque los
Hermanos Musulmanes supieron labrarse una buena reputación entre una importante
parte de la clase media de Egipto —médicos, abogados, ingenieros…—, nunca
habían desarrollado un discurso político concreto, limitándose a la proclama de
que el islam sería la solución para todo. Bastaba con islamizar la sociedad
para erradicar sus problemas: corrupción, pobreza, crimen… La pregunta era cómo
llegar a esa sociedad islámica perfecta. Por una parte, la Hermandad proponía
la misión (da’wa ), una labor de ir convenciendo a las personas una por una de
afiliarse a esa rectitud islámica de virtud y oración. Por otra parte, en el
seno de la misma organización se leían las obras de uno de los más destacados
intelectuales del movimiento, el ideólogo del salafismo yihadista: Sayyid Qutb.
Qutb, nacido en 1906 en Asiut en el Alto Egipto como hijo de un
terrateniente, era un joven conservador pero normal en El Cairo de los años
treinta y cuarenta: trabajaba como funcionario en el Ministerio de Educación,
escribía relatos, ensayo y crítica literaria, leía a Victor Hugo y veía cine de
Hollywood, como el resto de sus contemporáneos. En 1948 viajó a Estados Unidos
para una estancia de dos años, trabajando en Washington, California y Colorado.
Volvió cambiado. El contacto con la cultura norteamericana, que para él era la
de «Occidente» a secas, lo debió de traumatizar. Y no erramos mucho si pensamos
que fue un trauma sexual: su descripción de las chicas estadounidenses como
ejemplo de una cultura vulgar y exhibicionista que se debe rechazar rebosa de
excitada voluptuosidad. Quizá el problema de Qutb era simplemente que no
ligaba.
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La ironía es que la ciudad estadounidense donde Qutb pasó más tiempo es
Greeley, en Colorado, fundada por una comunidad de vida cristiana utópica, no
tan distinta quizás de los propios Hermanos Musulmanes; no se servía un vaso de
bebida alcohólica en todo el municipio, y los bailes «cargados de deseo» que
describe el egipcio se hacían en la iglesia[150]. Muy necesitado debía de andar
el estudiante.
«La humanidad está al borde de la destrucción», empieza el prefacio de
Hitos en el camino, la obra magna de Qutb, escrita en 1960 en la cárcel. El
motivo: la falta de valores espirituales. Con tono mesiánico, el escritor
plantea el islam como único sistema de valores llamado a cumplir los designios
de Dios para la humanidad. Pero para que el islam pueda asumir ese rol, primero
hay que revivirlo, porque —constata Qutb— «la comunidad musulmana lleva extinta
varios siglos». «No existe el islam en un país en el que no domine el islam y
no se haya establecido la sharía», asegura. Egipto, desde luego, no era un país
islámico para él, sino sumido en la yahilía, un término árabe que significa
«ignorancia» y que define en la teología clásica el estado de la población de
Arabia antes de la revelación de Mahoma, cuando aún se ignoraba el mensaje
divino. Pero Qutb le da un nuevo sentido: «Esta yahilía se basa en la rebelión
contra la soberanía de Dios en la Tierra». «Reivindica que el derecho a crear
valores, a legislar normas de comportamiento colectivo y a elegir cualquier
forma de vivir reside en los humanos, sin importar lo que haya ordenado Dios
Todopoderoso. El resultado de esta rebelión contra la autoridad de Dios es la
opresión de sus criaturas». Y tanto comunismo como capitalismo son igualmente
culpables de esa rebelión contra Dios, concluye[151].
El libro de Sayyid Qutb se convirtió en un superventas que inspiraba a
millones y ganó en popularidad cuando su autor fue condenado y ahorcado en 1966
por su supuesta participación en una conspiración para asesinar a Gamal Abdel
Nasser. La acusación pudo ser falsa; los escritos de Qutb eran una única larga
llamada a derribar mediante la yihad a todo régimen que se opusiera a la
aplicación del islam puro. Parte del libro se dedica a desmontar el
ordenamiento coránico de que «no puede haber coerción en la religión[152]».
Claro que no, concede Qutb, toda persona tendrá derecho a elegir libremente la
vía de Dios, pero solo cuando sea libre de toda otra influencia. ¿Cómo se
podría difundir el mensaje del islam ante «obstáculos materiales como el
sistema político del Estado, el sistema socioeconómico
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basado en razas y clases, y todo respaldado por el poder militar del
Gobierno»? Así no hay quien elija, por lo tanto, «no hay más remedio que
eliminar estas dificultades y obstáculos por la fuerza, para que la gente pueda
elegir con una mente abierta». En otras palabras: solo hay elección libre
cuando el islam es la única opción.
El planteamiento de la yahilía de Qutb significa que ningún Gobierno es
islámico, que ninguna sociedad es islámica, dado que en ninguna se aplica la
sharía, que para él no era solo un concepto teórico, sino un compendio de leyes
minuciosas, incluidas las lapidaciones por adulterio o los cien azotes por sexo
entre solteros[153]. Por lo tanto, la lucha armada contra toda sociedad,
también las nominalmente musulmanas, es un deber. Es el fundamento intelectual
de lo que hoy se conoce como takfirismo, la corriente yihadista que, para
justificar atentados y masacres de musulmanes, declara primero infieles a todos
los musulmanes (takfir: «hacer kafir, infidelizar»), dado que no siguen la
sharía. Un truco teológico para desactivar la rotunda prohibición de matar sin
juicio público. Qutb la derivó de la obra de Ibn Taimiyya: aquel erudito,
quizás en uno de los pocos momentos en los que se dejó instrumentalizar por la
política, había declarado legítima la guerra del régimen de los mamelucos
contra el ilkanato de Iraq, aduciendo que los mongoles, pese a haberse
convertido al islam, no seguían todos los preceptos de la fe y, por tanto, se
podía combatir contra ellos sin caer en pecado.
Sayyid Qutb es todavía hoy uno de los autores más venerados y
publicitados en asociaciones musulmanes europeas, desde cualquier blog de
barrio hasta doctorandos de las universidades españolas. Es el texto
fundacional de la religión moderna que usurpó el nombre del islam.
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3. PETROISLAM
DE RAMBO A MESíAS
Año 1979. Cinco olas de un tsunami político recorren el mundo árabe e
islámico. En enero, Ruholá Jomeini derroca al sah de Persia y proclama la
Revolución islámica. En febrero, el cargo de presidente de Argelia, un país en
la órbita socialista y panarabista, pasa a manos
del devoto Chadli Benjedid, cercano al ideario islamista. En marzo,
Anwar Sadat firma el acuerdo de paz de Egipto con Israel, el primer
reconocimiento de la «entidad sionista» por un Estado árabe islámico, y la Liga
Árabe suspende a Egipto como miembro. En noviembre, Yuhaiman Otaibi toma la
Gran Mezquita de La Meca y proclama mahdi a su primo. El 24 de diciembre, cazas
soviéticos aterrizan en Kabul, derrocan el Gobierno comunista de Hafizullah
Amín y ocupan el país. Comienza la guerra. Afganistán se convierte para una
década larga en imán del islamismo.
En Egipto, las aguas siguieron revoltosas. Gamal Abdel Nasser, que nunca
se había fiado de los Hermanos Musulmanes, había enviado a prisión a muchos
seguidores de Sayyid Qutb. Tras la muerte del presidente en 1970, su sucesor,
Anwar Sadat, busca un acuerdo con el grupo y libera a los dirigentes. Los
militantes de base se envalentonan y se dedican a su manera a permitir la libre
elección de los creyentes, eliminando primero las condiciones que pueden
incitar a no seguir la vía islámica: destruyen tiendas de alcohol, interrumpen
festivales de música, impiden clases mixtas en alguna universidad y llevan a la
práctica el mandamiento de «incitar al bien e impedir el mal», que es como se
dice en árabe coránico «A Dios rogando y con el mazo dando». Los más decididos
se unen en un grupo llamado Gama’a Islamía («Comunidad islámica»), que pronto
se
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hace fuerte en las universidades y reduce la influencia, antaño firme,
de los marxistas. A finales de los setenta empiezan a tomarse en serio las
consignas de Qutb y forman campos de entrenamiento para la lucha armada.
En 1981, un islamista radical, miembro del grupo Yihad Islámica Egipcia,
escindido de los Hermanos, asesina a Anwar Sadat. Sigue una oleada de represión
no solo contra los grupos armados sino contra todo el movimiento. Muchos de los
dirigentes, de todas formas, ya han puesto pies en polvorosa desde que salieron
de la cárcel en los setenta, y muchos han elegido como refugio Arabia Saudí,
país que se está convirtiendo en la meca del islamismo y donde reciben cargos,
premios, honores. Uno de ellos es Mohamed Qutb, el hermano menor de Sayyid,
editor de sus libros y autor, él mismo, de una vasta obra de teología islamista
que sigue estrechamente el ideario de su hermano[154]. Recibe un puesto de
docente en la universidad Rey Abdelaziz en Yidda, donde una vez a la semana
imparte clases de teología basada en los escritos de su hermano. Entre sus
oyentes habituales destaca un joven que más tarde dará mucho que hablar: Osama
bin Laden.
El hombre que para una generación de europeos va a simbolizar el
levantamiento de los parias de la tierra bajo la bandera verde o negra del
islam yihadista había nacido en una familia de clase media de Riad, lo que en
el caso de Arabia Saudí quiere decir una familia no principesca pero
multimillonaria, incluidas vacaciones con jet privado y Rolls Royce en Suecia y
estudios en Oxford[155]. Osama bin Laden, hijo de un obrero yemení convertido
en empresario exitoso de la construcción, estudió ingeniería en Yidda y por lo
muy poco que sabemos de él sería uno más de la clase, oscilando entre el whisky
y el Corán. El tsunami de 1979 lo arrastró a su destino.
Nunca se ha sabido qué circunstancias se juntaron para que un joven de
23 años, eso sí, con una herencia millonaria en el bolsillo, se plantara en
Afganistán como agente e intermediario entre los servicios secretos saudíes,
los pakistaníes y los muyahidines afganos, alzados en armas contra la ocupación
soviética del país. En realidad, la guerra había empezado un poco antes de la
invasión: ya en 1975, algunos estudiantes islamistas, inspirados por los
discursos del profesor Burhanudín Rabbani —traductor de los libros de Qutb al
idioma dari—,[156] habían intentado un levantamiento armado contra el gobierno
comunista afgano. Pero fue la
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llegada de los tanques soviéticos la que desató una oleada de
solidaridad islamista internacional. Y Bin Laden supo cómo canalizarla.
Esta época se representa a menudo de forma abreviada como el tiempo en
el que Bin Laden trabajaba para la CIA. En realidad, no consta que el joven
Osama estuviera efectivamente en la lista de empleados del organismo
estadounidense, pero tampoco cabe duda de que la CIA estaba estrechamente
involucrada en los esfuerzos de fortalecer el frente islamista afgano para
impedir que Moscú se hiciera con el control de la fortaleza geoestratégica de
Afganistán. Lo que se conoce menos es qué papel jugaba en todo ello un oscuro
agente doble egipcio, llamado Alí Mohamed, que había formado parte de la célula
que asesinó a Anwar Sadat y, según algunos, se convirtió en entrenador de Bin
Laden o sus hombres en Afganistán[157], al tiempo que era miembro de las
Fuerzas Armadas estadounidenses y a todas luces informante del FBI, aunque la
CIA no se fiara de él[158].
En todo caso, las armas que Bin Laden acababa haciendo llegar a los
sublevados eran de factura estadounidense, incluyendo modernos misiles
antiaéreos de la marca Stinger. Esos que los muyahidines usan en los filmes de
Rambo para derribar helicópteros soviéticos. Y muy probablemente también pasara
por sus manos al menos una pequeña parte de las decenas y pronto cientos de
millones de dólares que la CIA dedicaba cada año a esta guerra, a través de sus
socios saudíes y pakistaníes.
No solo llegaban armas y dinero. También llegaban voluntarios.
Afganistán se convirtió para el islamismo internacional en lo que España
durante la guerra civil había sido para el marxismo: un destino al que había
que acudir para poner la propia vida en el tablero: aquí se iba a decidir el
devenir del mundo.
Las Brigadas Internacionales en España no llegaron a decidir el curso de
la guerra, y el balance final era de un fracaso que sirve para poco más que
para unas cuantas canciones de mi infancia y una nostalgia de héroes: de cuando
la izquierda aún creía que era posible ganar en el campo de batalla. Tampoco
los voluntarios egipcios, sirios y jordanos en Afganistán tuvieron mucha vela
en el entierro de la nación afgana bajo los escombros de las guerras sucesivas
que duran hasta hoy, pero sí crearon una conciencia islamista mundial de lucha
armada, una brigada de veteranos prestos a poner su experiencia al servicio de
la causa en cualquier parte del
Página 138
mundo. Apodarse al Afgani no transmitía nostalgia: indicaba fama,
causaba admiración, era glamur. Un aura de héroe que facilitaba el ascenso de
Osama bin Laden hasta convertirlo en estrella de un movimiento internacional,
absolutamente ridículo en cifras y aún más ridículo en ideología, porque no
tenía ninguna —conquistar el mundo entero no es un ideario que se pueda tomar
en serio—, pero presentado, casi celebrado, por la prensa europea y
norteamericana como el gran adversario del mundo libre, el enemigo definitivo,
el Mal absoluto. El mesías de los Otros.
LA SANTA ALIANZA
La enorme cantidad de dinero que Washington dedicaba a fomentar la lucha
islamista contra el enemigo soviético contrasta con el hecho de que el
principal enemigo del islam, en la visión del ideólogo Mohamed Qutb —no tanto
en la de su hermano Sayyid—, era precisamente Estados Unidos. Esta
triangulación de adversarios a la vez aliados pudo parecer un equilibrio
inestable, pero descansaba sobre una base firme: la impertérrita alianza
política, militar y económica de Riad y Washington. La económica ya se cimentó
en 1938, cuando la Californian Arabian Standard Oil, más tarde Arab American
Oil Company —Aramco— encontró petróleo bajo las arenas de Dhahran en el golfo
Pérsico. En 1945, el presidente estadounidense Franklin Roosevelt, volviendo
desde la Conferencia de Yalta, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, se
entrevistó durante varios días con el rey Ibn Saud a bordo de un buque de
guerra norteamericano en un lago de Suez. En 1951, su sucesor Harry Truman
firmó el acuerdo de mutua ayuda de defensa. La alianza nunca fue cuestionada en
serio, ni siquiera cuando Barack Obama mostraba abiertamente su antipatía. Un
trato es un trato.
Frente a esta piedra angular de la geopolítica moderna, poco importaba
que Arabia Saudí a la vez diera refugio, púlpito y estipendio a quienes
predicaban la lucha armada contra la democracia, el laicismo, el imperialismo,
Occidente en general y Estados Unidos en particular. Además, Mohamed Qutb
denostaba el comunismo no menos que el capitalismo, y un frente común contra el
sindiós del materialismo parecía
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plausible. Así, al menos, ya lo había sugerido el presidente
estadounidense Dwight Eisenhower en 1957, preocupado al ver que Siria giraba
hacia la órbita soviética: pidió al rey Al Saud, como «guardián de los Lugares
Sagrados del islam», ejercer su «gran influencia para que el credo ateo del
comunismo no se atrinchere en una posición clave del mundo musulmán[159]».
Si esta idea cristalizó veinte años más tarde en una estrategia de crear
un «cinturón verde» de regímenes islamistas a lo largo del flanco sur de la
Unión Soviética, es debatible; se atribuye el concepto a Zbigniew Brzezinski,
asesor del presidente Jimmy Carter, aunque hay poca constancia documental al
respecto. Lo que sí surgió de la aventura afgana fue un uso cada vez más
agresivo de la herramienta islamista por parte de Arabia Saudí para cimentar su
posición geoestratégica. No era exactamente lo que hoy llamaríamos soft power,
es decir, la influencia política de un país basada en la simpatía que la
población de otros países siente hacia él (como la que beneficia a España, ¿a
quién no le gustan el flamenco y la paella?). De hecho, el oleoducto financiero
de Arabia Saudí que alimentaba a los yihadistas (en zonas de guerra) y a los
imames (en regiones en paz) solía ser invisible, pero servía a un fin preciso:
nadie muerde la mano que le da de comer.
Porque desde que Yuhaiman Otaibi proclamara la llegada del mahdi en la
Gran Mezquita de La Meca, exigiendo el derrocamiento de la corrupta monarquía
saudí, los hijos y nietos de Ibn Saud tienen clara una cosa: la sombra de la
guillotina es alargada y llega hasta las arenas árabes. Los austeros discípulos
de Sayyid y Mohamed Qutb no tienen ninguna simpatía por los miles de príncipes
ociosos que beben bourbon americano en la intimidad, conducen descapotables en
público, viajan a Casablanca para gastarse millones en prostitutas, a Marbella
para ir de discotecas, a Londres para comprar caballos purasangre y a Texas
para hacer negocios con la familia Bush. Representan exactamente la cara más
corrupta de lo que los hermanos Qutb llamaban yahilía: falta de fe.
Tras el incidente de Otaibi, la dinastía decidió huir hacia adelante:
entregando cargos a los clérigos wahabíes y cediéndoles el poder para someter a
la población a las estrictas normas religiosas… con los príncipes exentos,
desde luego. Ofrecer cátedras a sus mayores enemigos formaba parte de la misma
estrategia: Mohamed Qutb jamás criticó públicamente la dinastía saudí. A los
chicos más dados a la acción que a los libros se les
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repartían kaláshnikovs. Como a Ibn Khattab, un chico de Arar en el norte
de Arabia que se fue a Afganistán a los 17 años, combatió con Bin Laden, buscó
nuevo destino en Tayikistán tras la derrota de los soviéticos y acabó a
mediados de los noventa en Daguestán y Chechenia. Financiar guerrillas en Asia
Central y el Cáucaso quizás no persiguiera ningún fin político especial —aunque
erosionar a Rusia siempre fuera un buen favor que se podía hacer a Estados
Unidos—, pero tenía un efecto positivo: alejaba del reino a potenciales
yihadistas con ganas de luchar por la causa justa del islam universal. Eran
bienvenidos de hacerlo, con todo el dinero que necesitasen, donde fuese,
siempre que fuese lejos de Arabia Saudí.
Dinero no faltaba. Durante los años setenta, el Gobierno saudí había ido
comprando las acciones de Aramco, inicialmente todas en manos de empresas
estadounidenses, y en 1988, la compañía, una de las más cotizadas del mundo,
era enteramente suya. Los yacimientos bajo mar y arena parecían inagotables, y
lo siguen pareciendo hoy. Es probable que antes se agote la sed de petróleo del
mundo que los pozos saudíes. Pero a la dinastía no le faltaba visión de futuro.
Empezó a invertir en algo más duradero que fusiles de asalto, muertes heroicas
y banderas erigidas sobre ruinas salvadas del materialismo comunista. Empezó a
invertir en las mentes del futuro.
El cálculo se imponía a partir de 1979, al observar la oleada de
simpatía por la Revolución islámica que recorría el mundo, especialmente en los
sectores izquierdistas. Por mucho que Jomeini acabara muy pronto con sus
aliados y rivales del partido Tudeh, el concepto de unir republicanismo y
teocracia, islam fundamentalista y justicia social, parecía ahora posible como
vía política. Como movimiento popular encauzable por estructuras de partidos,
urnas, votos, ministros y gobiernos, yendo más allá de la abstracta sumisión
individual y masiva a las normas del islam que preconizaban los libros de los
hermanos Qutb. El que Jomeini fuese chií no era ningún obstáculo en el mundo
musulmán suní; la idea iba mucho más allá de este matiz. Por lo tanto, la mejor
herramienta para frenar esa expansión del ideario jomeinista, clerical y
antimonárquico era difundir ese mismo ideario, pero sin componente republicano.
¿Quién mejor que Arabia Saudí, en posesión no solo de las ediciones de Qutb,
sino además de los Lugares Sagrados, para definir lo que era el verdadero
islam, incluso el verdadero islam político?
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Por supuesto, la etiqueta wahabí era lo primero que había que quitarle a
ese islam: sonaba demasiado a secta local. Se promovía el uso de la palabra
salafista, del concepto salaf, «antepasado», sugiriendo que se trataba de
volver a la interpretación de la época de Mahoma (la única en la que existían
musulmanes de verdad, según Qutb). No faltan doctores que diferencian entre
hermanos, salafistas, wahabíes, takfiristas, yihadistas, como si se tratase de
interpretaciones distintas, creando catálogos enteros de orientaciones según
una mayor o menor lealtad a Riad, los escritos de Qutb o al gatillo de su fusil
de asalto. Para el militante de base hay poca diferencia: le basta con saber
que practica el verdadero islam.
EL ORO NEGRO DE RIAD
Aunque ya en los años setenta se había constituido una herramienta de
influencia internacional con la creación del Banco de Desarrollo Islámico (IDB)
con sede en Yidda y un cuarto del capital en manos de Riad, en los ochenta,
Arabia Saudí multiplicó los esfuerzos para tener un pie en cualquier país
islámico del mundo, y no solo en los islámicos. De Yakarta a Washington
empezaron a aparecer colegios y academias que enseñaban lengua árabe y religión
islámica, algunas adscritas directamente a la embajada saudí, otras dirigidas
por asociaciones locales, pero con generosa financiación que venía sobre todo
de empresarios saudíes, sin pasar por canales gubernamentales, lo que permitía
presentarlo como un asunto privado sin relación con la diplomacia de Riad.
El caso de Indonesia es el mejor analizado sobre cómo el dinero saudí
cambió la faz de un archipiélago nominalmente islámico, este islam popular que
veneraba árboles y tumbas y que incluía hasta alguna romería en la que los y
las participantes acaban follando alrededor del mausoleo de una mítica pareja
de enamorados…,[160] hasta tornarlo en un país con partidos
ultrafundamentalistas, candidatos a la yihad en Siria, burkas en la universidad
y territorios con policía de la sharía y flagelaciones públicas por adulterio.
Con una población de más de 200 millones de almas, de las que más del
80 % están registradas como musulmanas, y con seis religiones
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igualmente oficiales (cristianismo católico, protestante, budismo,
hinduismo y confucianismo), Indonesia se convirtió pronto en el objetivo
preferido de las inversiones saudíes. El inicio lo hizo el rey Faisal en 1967,
abriendo la espita de donaciones al ex primer ministro Mohamed Natsir,
abanderado de la islamización del país. En 1980 abrió sus puertas en Yakarta el
buque insignia de la red de centros saudíes en las islas: el LIPIA, una
institución universitaria de élite, gratuita y con becas, con un currículum
enteramente en árabe —idioma que no se habla en Indonesia— y centrado en el
islam wahabí. Con profesores saudíes, segregación estricta de mujeres y hombres
—ellos en el aula con el profesor, ellas en otra aula con una pantalla de
televisión— y con normas que prohíben escuchar música, ver televisión o reírse
en voz alta[161]. Los licenciados pueden continuar su formación en
universidades de Arabia Saudí, siempre gratis; tienen una larga carrera
asegurada. Para seleccionar las mejores mentes hay una amplia red de
residencias universitarias aptas para las clases modestas, concursos de
recitación del Corán, premios y reuniones sociales, además de un enorme número
de instituciones caritativas que operan bajo el lema de «Pan y Corán», con
muchas actividades coordinadas desde la embajada saudí[162].
El Gobierno indonesio prefiere no oponerse, porque Riad tiene en sus
manos la llave del descontento popular: la cuota de la peregrinación anual a La
Meca, el hadj. Lo que antaño era el quinto pilar del islam, pero obligación
religiosa solo para los musulmanes que pudieran permitírselo —y por lo tanto
algo bastante fuera del planteamiento de cualquier familia normal en Marruecos,
Afganistán o Sumatra—, se ha ido convirtiendo en un signo de distinción social
por el que compite toda persona de bien, o quizás toda persona que cree
necesitar esta aura de devoción para merecerse el respeto de sus vecinos. Se
dedican sorteos gubernamentales a quienes no pueden pagarse el viaje, pero con
o sin dinero, el límite que admite Arabia Saudí al mes de la peregrinación, entre
dos y tres millones de personas, es siempre muy inferior al número de
solicitudes. De ahí que cada país tenga asignada una cuota nacional. Aumentarla
en unos cuantos miles o rebajarla es un regulador perfecto para exacerbar el
descontento de la población o suscitar aplausos a un Gobierno dócil (porque la
ira nunca se dirigirá contra Arabia Saudí: de eso se encargan los predicadores
a sueldo de Riad). Una vez creada, mediante décadas de misión, la absoluta
necesidad de peregrinar, la cuota del hadj es ahora una eficaz herramienta
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geopolítica para tener a Yakarta en la vía recta: dificultar la
peregrinación sería un suicidio político[163].
La luna de miel entre Hermanos y reyes se rompió a inicios de los años
noventa: durante casi dos décadas, los seguidores de Qutb, tanto egipcios y
sirios refugiados como saudíes afiliados a la idea, se habían hecho fuertes en
el aparato educativo. Cuando el dictador iraquí Sadam Huseín invadió Kuwait en
agosto de 1990, amenazando a Arabia Saudí y desencadenando la primera guerra
del Golfo, Riad pidió ayuda a Washington, que envío contingentes de tropas al
país wahabí. Fue una confrontación entre Estados Unidos y un dictador
panarabista, líder del partido Baath, rotundamente opuesto al islamismo, pero
muchos teólogos en la órbita de Mohamed Qutb la consideraron un enfrentamiento
entre el mundo árabe-islámico y el imperialismo de Occidente: su bando era el de
Sadam Huseín. En todo caso, no podían consentir que militares estadounidenses
pisaran Arabia Saudí, simbolizando así el dominio de Occidente sobre la cuna
del islam.
La carta que un influyente grupo de teólogos saudíes del movimiento
Sahwa («Despertar») entregó al rey saudí en enero de 1991, al mismo tiempo que
los cazabombarderos estadounidenses empezaban a aplastar posiciones iraquíes,
tenía un aspecto más local: pedía otorgar mayor poder a los teólogos, incluida
la formación de un consejo religioso que examinara la política interior y
exterior del reino para determinar si era conforme a la sharía. Cuando se
atrevieron a publicar una versión ampliada de la carta en la prensa
—concretamente en el semanario árabe Al Muharrir, publicado en París: para esto
sí servía Occidente—, a la dinastía de los Saud se le acabó la paciencia. Un
puñado de miembros de la Sahwa dieron con sus huesos en la cárcel, otros se
exiliaron, el propio Mohamed Qutb fue deportado a Catar. El bastón de mando del
islamismo salafista wahabí fue a parar a los seguidores del jeque saudí Rabi’
Madjali (o Madkhali), al menos igual de fundamentalista que los Hermanos, pero
rotundamente opuesto a utilizar el islam para fines republicanos. O, al menos,
opuesto a utilizarlo para nada que pudiera molestar a la monarquía saudí.
El beneficiario del cisma era Catar, un pequeño emirato en la costa del
golfo Pérsico, con poco más de dos millones de habitantes, solo unos 300 000 de
ellos ciudadanos cataríes, el resto trabajadores extranjeros, oriundos sobre
todo del subcontinente indio. Dominado, al igual que su gran vecino, por la
interpretación wahabí del islam, Catar es uno de los
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países más ricos del mundo gracias a sus enormes yacimientos de gas
natural. La dinastía de los Al Thani, que había firmado un tratado de
protectorado con Reino Unido en 1916 y se había independizado amigablemente en
1971, es uno de los regímenes más autócratas del planeta: no ha convocado nunca
elecciones, salvo a nivel municipal, ni siquiera para hacer el paripé. Pero
supo aprovechar el tirón de un movimiento islamista perseguido por
antimonárquico: aparte del propio Qutb, invitó a un gran número de Hermanos
Musulmanes, lo que afianzó el papel del emirato como potencia islamista
internacional. En 1996, el mismo año en el que acogió a Qutb y sus «hermanos»
expulsados de Arabia Saudí, el emir catarí, Hamad bin Khalifa Al Thani, lanzó
la cadena de televisión por satélite Al Jazeera, que pronto se convirtió en una
de las herramientas de influencia geopolítica más destacadas de todo el mundo
árabe… y del islamismo internacional. Desde sus primeros días, y durante
décadas, ofrecía una tribuna regular a un antiguo discípulo de Hassan Banna,
compañero de luchas de Sayyid Qutb, en su juventud organizador de los Hermanos
Musulmanes en la Universidad de Al Azhar en El Cairo, exiliado de Egipto a
Catar en 1961 y desde entonces dedicado a la difusión de fetuas salafistas:
Yusuf Qaradawi.
EL DíA QUE NINA SIMONE DEJó DE CANTAR
A la difusión del islamismo de influencia wahabí desde Riad, a golpe de
beca, y desde Doha por vía satélite, se unió un tercer factor: el lento retorno
a su patria de cientos de miles de egipcios que habían trabajado años o décadas
en Arabia Saudí a partir de los años setenta. Ya en 1982, el número de egipcios
empleados en el país allende el mar Rojo se estimaba entre medio millón y
800 000 personas, desde jornaleros a obreros de la construcción y, a menudo,
profesores de colegio[164], y en 2013, la cifra rondaba los 3 millones[165].
Pero el ir y venir era continuo por el sistema de kafala («tutela»), vigente en
la mayoría de los países del Golfo, que vincula el permiso de residencia al
visto bueno del empleador: un despido significa regreso o deportación. No hubo
integración posible de la diáspora egipcia en los países árabes, que hasta hoy
se define en la ley egipcia
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como formada por «trabajadores temporales[166]». Como resultado, Egipto
tiene cientos de miles de migrantes retornados que trajeron cierto bienestar de
su experiencia laboral… y un hábito de vivir según las normas wahabíes: de
repente Egipto se empezó a poblar de velos.
La islamización wahabí de Egipto desde abajo, por las clases
trabajadoras, fue acelerada, por supuesto, desde arriba con el programa de
becas saudí. En dos décadas, Al Azhar, la universidad de El Cairo que había
sido el faro de la teología islámica durante siglos, se convirtió en feudo del
salafismo, ahora representado como islam ortodoxo. De baluarte antiislamista
bajo Nasser, Egipto había pasado a ser fiel escudero del panislamismo
salafista.
Este cambio de paradigma se vivió en todo el mundo islámico, de Yakarta
a Casablanca. A veces facilitado desde los colegios de élite, como en
Indonesia, a veces desde abajo, con barbudos zarrapastrosos vendiendo por los
mercadillos cintas de casete con prédicas de imames saudíes y cataríes, como en
Marruecos. Las emisiones de televisión por satélite contribuyeron notablemente:
aparte de los programas de Qaradawi en Al Jazeera, hicieron lo suyo algunos
canales egipcios, dedicados exclusivamente a discursos teológicos salafistas,
en los que estaba vetada la aparición de mujeres, pero sobre todo la
saudí-egipcia Iqraa TV, que se perfilaba como la cara amable de la
islamización. Su personaje estrella era el predicador Amr Khaled, guapo,
alegre, juvenil y rico, con actitud de cantante de pop dedicado a enamorar a
las adolescentes. Prometía el éxito en la vida mediante fórmulas como «Un poco
de tu tiempo para Dios, un poco para tu familia, un poco para el trabajo».
Promovía el hiyab como un accesorio de moda imprescindible, muy fashion, y
aseguraba que la molestia de no poder llevar el pelo al aire se compensaba con
el prestigio que otorga el detalle de exhibir una superioridad moral: «Que
todos vean que te has sacrificado por amor al islam». Insistía en que todo el
mundo podía ser practicante: «Si no te da tiempo a rezar cinco veces al día,
pues reza al menos una vez[167]». Por supuesto, estaba rotundamente opuesto a
toda violencia en general y a Al Qaeda en concreto, solo llevaba a la población
hacia el mismo destino que había proyectado Qutb, pero de buen rollo[168].
El mensaje fue calando. La sociedad cambió. Parte de la población lo
vivió como un profundo choque psicológico, una sensación de perder el país que
había sido suyo. La libanesa Darina al-Joundi lo ha reflejado
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literariamente en El día que Nina Simone dejó de cantar, una novela con
tintes autobiográficos cuya protagonista-narradora se cría en el Beirut de los
locos años setenta como hija de un intelectual sirio, marxista, ateo, amigo de
Carlos el Chacal y la flor y nata de la intelectualidad árabe. En una casa
donde lo único sagrado es la estatuilla del Che Guevara, donde no se reza nunca
—Hijas mías, jamás levantéis el culo hacia el cielo; hacia los hombres, todas
las veces que queráis, pero jamás hacia Dios— y donde la tentación de la hija
adolescente a hacer el ramadán, la transgresión absoluta, se cura metiéndole a
la fuerza un trago de whisky en la boca…, en esta misma casa, fallecido el
padre —estamos ya en el siglo XXI—, suenan cánticos del Corán en el funeral,
reunidos los jeques para un entierro como dios manda, mirando a La Meca. Cuando
la hija, desesperada, sale a la discoteca para bailar al son de la música que a
él le gustaba, la de Nina Simone, la consideran loca, puta, atea: paliza e
ingreso en el manicomio[169].
Pero si en países como Líbano el cambio de paradigma lo facilitaron las
milicias religiosas surgidas de la guerra civil de los años ochenta, que
certificó el fracaso de las ideologías de izquierda, y en Egipto el retorno de
los emigrantes wahabizados, países como Marruecos tardaron un poco más, hasta
finales de los años noventa. Aquí también fueron los inmigrantes retornados
quienes traían, durante las vacaciones de verano, las nuevas modas del velo,
los rezos, la abstención del alcohol, la vida recta salafista. Pero no venían
de Arabia. Venían de Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, España.
Porque la mayor inversión de Arabia Saudí y Catar, quizás no en volumen
de dólares, pero sí en envergadura de consecuencias políticas, no se dirige a
las sociedades árabes e islámicas: incide en la diáspora. En los trabajadores
humildes surgidos de países musulmanes que poco sabían de su propia religión y
que estaban en vías de olvidar ese poco durante el proceso de integración en
los países de Europa necesitados de mano de obra. El nuevo ejército del
panislamismo salafista no es ni árabe, ni magrebí ni indio. Es europeo.
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IV
EL RETORNO DE DIOS
1. LOS DINEROS DEL IMAM
PREDICADORES Y MALETINES
Un millón por aquí. Otro por allí. Unos pocos miles de euros por allá.
El inmenso flujo de dinero desde los países del Golfo a Europa se produce por
una red de
fundaciones, mezquitas, instituciones oficiales y mecenas privados
difícil de desentrañar. Destacan tres países: Arabia Saudí y Catar, ambos
dominados por la corriente wahabí, aunque enfrentados por su rivalidad
geopolítica, y Kuwait, emirato que a menudo ha actuado de mediador entre ambos
y cuya interpretación de la legislación coránica es algo menos estricta, aunque
su dinero fluye a las
mismas mezquitas extremistas en Europa.
De sde Arabia Saudí actúan la Liga Mundial Musulmana (Muslim World
League, MWL) y la Asamblea Mundial de la Juventud Musulmana (World Assembly of
Muslim Youth, WAMY). La primera fue creada por el propio Gobierno saudí en 1962
y actúa a menudo como portavoz de Riad. La WAMY, fundada en 1972, estuvo
dirigida al principio por Kamal Helbawi, egipcio formado en Arabia Saudí y
Afganistán, durante décadas una de las figuras más importantes de los Hermanos
Musulmanes y hasta hoy uno de los principales portavoces del salafismo en Reino
Unido[170].
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En Catar destacan la Eid Charity del jeque Mohammad Bin Eid Al-Thani y
Qatar Charity, que financia 138 escuelas y mezquitas en toda Europa[171]. Esta
organización tiene vínculos con 47 proyectos en Italia, 22 en Francia, 11 en
España, 11 en Reino Unido y 10 en Alemania, amén de otros en Noruega, Suiza,
Bélgica y los Balcanes. Un documental de la cadena francesa ARTE asegura que,
de un total de 260 millones de euros que recibieron 138 instituciones europeas
vinculadas al islamismo, 120 millones pasaron por Qatar Charity. La fundación,
por su parte, se financia con donaciones de ciudadanos cataríes a menudo
anónimas, pero también constan como donantes miembros de la dinastía Al Thani y
el secretariado personal del emir de Catar[172].
Otra patrocinadora habitual del islamismo europeo es la Sociedad Kuwaití
del Renacimiento del Patrimonio Islámico (Society of the Revival of Islamic
Heritage, RIHS), prohibida en Estados Unidos desde 2008 por considerarse que
financia a organizaciones armadas[173].
Desde Kuwait se ha financiado la mezquita holandesa de Al Fitrah,
protagonista de polémicas por celebrar enlaces religiosos sin matrimonio civil
—algo ilegal en Países Bajos— y por sus clases, en las que se les advertía a
los niños «no desviarse» de las enseñanzas divinas. En 2012 recibió 10 000
dinares (unos 30 000 euros) de la Organización Internacional de Caridad
Islámica y 245 681 dinares (0,7 millones de euros) de la RIHS. Dos años más
tarde, la organización Kuwait Zakat House le entregó 35 000 dinares (100 000 €)
junto a otros 50 000 dinares (150 000 €) procedentes de la fundación pública
Kuwait Waqf[174]. En total, la mezquita recibió unos 1,5 millones de euros
desde Kuwait, según reconocieron los representantes de Al Fitrah ante una
investigación de una comisión parlamentaria. Por su parte, la Mezquita Azul de
Ámsterdam, dirigida por un excristiano converso al islam, Jacob van der Blom,
recibió 2,6 millones de euros desde Kuwait y 3 millones desde Catar.
Menos destacada es la influencia saudí y catarí en Alemania, donde
aparece con fuerza otro actor: Turquía. Se da la paradoja de que la República
turca es una nación formalmente laica que incluso prohibió desde 1980 hasta
2010 el velo islamista en la universidad y en toda función pública…, pero al
mismo tiempo ha exportado un islam salafista perfectamente comparable al de los
países del Golfo. Quizás «exportar» no sea la palabra: el islamismo turco nació
en Alemania. Concretamente, de
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la mano de Necmettin Erbakan, un joven y prometedor ingeniero de la
costa del mar Negro en Turquía que hizo su doctorado sobre «los sucesos previos
a la deflagración en un motor diésel» en la Universidad de Aquisgrán en 1953.
No es de descartar que la experiencia alemana fuera lo que le empujó a la
religión, como en el caso de Sayyid Qutb.
En 1970, Erbakan fundó el primer partido islamista de Turquía, pero este
fue prohibido al año siguiente por «instrumentalizar la religión con fines
políticos» y el ingeniero se exilió a Suiza, donde fundó el movimiento Milli
Görüş (Visión Nacional), registrado formalmente en Alemania al año
siguiente[175]. Faltaban aún treinta años para que el discípulo de Erbakan, un
joven llamado Recep Tayyip Erdogan, ganara las elecciones en Turquía y se
convirtiera en primer ministro y más tarde en presidente.
Ya en 1984, se fundó en Colonia, el principal feudo de los seguidores de
Erbakan, la coordinadora de mezquitas Ditib, por sus estatutos directamente
vinculado a la Diyanet, un organismo oficial turco comparable a un ministerio
de Religión. La Ditib controla unas 900 mezquitas según datos de la propia
organización[176], lo que equivaldría a más de la tercera parte del total de
templos musulmanes en Alemania, que se estima —no hay cifras oficiales— en algo
entre 2400 y 2700, aunque menos de un millar son edificios reconocibles como
mezquitas[177]. Los imames y dirigentes de la Ditib son funcionarios enviados
desde Ankara, pagados por la Diyanet y coordinados desde la embajada turca en
Alemania[178]. Algo que no importaba demasiado al Gobierno alemán mientras
Ankara representaba un islam estrictamente sujeto al marco laico de la
Constitución turca. Pero esto cambió a partir de 2002, con la llegada al poder
del AKP, el partido de Erdogan.
Aunque el AKP se presentaba como islamo-demócrata, al estilo de los
partidos democristianos europeos, y rechazaba la etiqueta de «islamista», en
realidad fue desarrollando el ideario fundamentalista y político de Erbakan
poco a poco, siempre tanteando hasta dónde se iban a plegar la Judicatura, los
partidos de la oposición y la sociedad en general. En Turquía era una cautelosa
navegación con avances, globos sonda y retiradas tácticas; en las mezquitas
alemanas, pronto poco o nada diferenciaba el discurso de la Ditib del que se
impulsa desde el Milli Görüş.
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Y poco o nada diferencia el ideario de Erbakan y el Milli Görüş del que
promueven los Hermanos Musulmanes y sus rivales salafistas con respaldo saudí
wahabí. A veces, hasta las personas son las mismas. Es el caso de Ibrahim El
Zayat, de 2002 a 2010 presidente de la IGD, una organización islamista cercana
a los Hermanos Musulmanes, fundada en 1960 en Múnich por Said Ramadan, yerno de
Hassan Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes[179]. Zayat, hijo de un
«hermano» egipcio y una alemana conversa, está casado con Sabiha El Zayat,
sobrina de Necmettin Erbakan y hermana de Mehmet Erbakan, quien fue de 1996 a
2002 secretario general de la organización Milli Görüş en Alemania. En su
función de cargo de la federación de mezquitas EMUG, el propio Zayat coordina
templos afiliados a Milli Görüş…, pero también era miembro de la junta
directiva del organismo saudí-wahabí WAMY en Alemania[180]. Y por otra parte,
Sabiha El Zayat trabaja en Francia en el Institut Européen des Sciences
Humaines (IESH), pese a su nombre una academia privada para formar imames, cuyo
guía espiritual —y también miembro del consejo asesor— es el predicador
egipcio-catarí Yusuf Qaradawi, una de las figuras más destacadas del islamismo
marca «Hermanos».
El IESH, fundado en 1992 en las verdes llanuras del departamento de
Nièvre, en el centro de Francia, hoy con filiales en Birmingham, Fráncfort y
Helsinki, ofrece cursos y seminarios centrados en tres temas: lengua árabe
fusha, ciencias religiosas y memorización del Corán. Además, propone estancias
de vacaciones para niños y niñas de seis a diecisiete años, prometiendo una
experiencia de «inmersión total en la lengua árabe» para practicarla con
naturalidad, todo ello «por amor a la lengua del Santo Corán[181]». Depende de
la Federación de Organizaciones Islámicas de Europa (FIOE, o FOIE en francés),
un organismo que agrupa a numerosas entidades en la órbita de los Hermanos
Musulmanes en el continente[182] y está dominado en gran parte por la Unión de
Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF, renombrado en 2017 como Musulmans de
France, MF), firme defensor del ideario de los Hermanos, aunque en público
niega los vínculos, y financiado en gran parte desde el Golfo, si bien asegura
que solo un 30 % de sus fondos proviene directamente del extranjero[183].
La red transeuropea de los Hermanos saltó a la luz en 2007, cuando
aduaneros franceses interceptaron al suizo-francés Mohamed Karmous en el tren
de Zúrich a París con 500 000 euros en efectivo, destinados al
Página 151
IESH, donde era tesorero[184]. El emisario dirige un centro
sociocultural en Lausana, financiado con 1,4 millones de euros por Qatar
Charity y que arrancó gracias a una donación personal de Yusuf Qaradawi de
50 000 dólares[185], y está casado con la suizo-argelina Nadia Karmous,
enardecida defensora del predicador Tariq Ramadan cuando este fue acusado de
violación y partidaria del hiyab en los colegios y de la separación de sexos en
las piscinas[186], además de ser directora del Museo de la Civilización islámica
(Mucivi), abierto en 2016 en el municipio suizo La Chaux-de-Fonds, gracias a
una donación de 1,2 millones de euros de Qatar Charity, con la condición de que
todo el proyecto fuese compatible con la sharía[187].
CATAR COMPRA EUROPA
Las ramificaciones financieras de los Hermanos Musulmanes europeos con
dinero catarí son solo un ejemplo de una red muy opaca de numerosas entidades,
personajes y gobiernos del Golfo que llevan años promoviendo un islam de corte
salafista en Europa, y que van imponiéndose a otras agrupaciones menos
politizadas y rigoristas. En Francia, sin embargo, la influencia política de la
UOIF se ve limitada por el peso de varias otras organizaciones en el Consejo
Francés del Culto Musulmán (CFCM), un organismo dependiente del Ministerio del
Interior creado en 2003 bajo el Gobierno conservador de Nicolas Sarkozy: aparte
del comité de musulmanes turcos CCMTF, dependiente de la Diyanet, destacan la
Gran Mezquita de París, financiada por Argel con dos millones de euros al
año[188] y la FNMF, que recibe 6 millones al año de Marruecos. Justo detrás de
Marruecos, en generosidad, viene Arabia Saudí, con 3,8 millones de euros, cuya
vitrina más destacada es la mezquita de Lyon[189]. A partir de 2019, al menos
en el seno del CFCM, la FNMF ha sido reemplazada por la RMF, inicialmente
escindida de la anterior en 2006 e igualmente vinculada a Marruecos.
El dinero catarí no aparece en estas cuentas porque es más discreto.
Pero Doha lleva tiempo diversificando sus estrategias para mantener su
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influencia política en Europa: no solo invierte en mezquitas e imames,
sino en bancos, hoteles, aeropuertos, clubes de fútbol y marcas de coches.
Qatar Holding, bajo control del fondo estatal de inversiones Qatar Investment
Authority (QIA), tiene acciones en Barclays, Crédit Suisse, Deutsche Bank,
Volkswagen, Vinci, Veolia, Hapag-Lloyd, Tiffany, Heathrow, la cadena de hoteles
Hyatt y el club de fútbol Paris Saint-Germain. Y también, por muy incompatible
con la sharía que sean los juegos de azar, posee un 23 % de la sociedad del
casino de Cannes[190].
También en España se cruzan las influencias de Arabia Saudí, los
Hermanos Musulmanes y Marruecos. El colectivo marroquí es, de lejos, el más
numeroso, con unas 820 000 personas en 2021, a lo que se añaden unas 250 000
nacionalizadas durante la década anterior y cierto número de hijos nacidos de
padres ya nacionalizados. En un lejano segundo lugar viene, desde hace pocos
años, la comunidad pakistaní, con actualmente unas 90 000 almas, seguida de
senegaleses (unos 70 000) y argelinos (60 000). La comunidad turca, y con ella
la influencia de la Diyanet, es casi inexistente. Sin embargo, el principal
templo de Madrid, llamado Mezquita de la M-30 por situarse al lado de la
autovía de este nombre, no pertenece a ninguno de estos grupos nacionales: fue
financiada con 2000 millones de pesetas por el rey Fahd de Arabia Saudí y,
cuando se inauguró en 1992, todos sus dirigentes eran saudíes[191].
También era de capital saudí el único canal de televisión de marca
islamista, Córdoba TV, que emitía entre 2012 y 2018 desde Madrid: lo financiaba
Fundación para el Mensaje del Islam, presidida por el jeque saudí Abdulaziz al
Fawzan, cercano a la familia real[192]. No solo había programación religiosa y
prédicas, sino también noticiarios, pero a las candidatas a presentadora se les
dejaba claro un detalle en la entrevista de trabajo: no podrían salir en
pantalla sin hiyab[193]. Catar, por su parte, tenía una presencia más discreta
en España, salvo por su patrocinio del Barça entre 2014 y 2017. El proyecto de
algunos religiosos de comprar con dinero catarí la plaza de toros Monumental de
Barcelona para convertirla en una macromezquita se quedó en agua de borrajas.
Sin embargo, según un informe del CNI, el servicio secreto español,
Catar financia la Liga Islámica para el Diálogo y la Convivencia (LIDCOE)
—miembro español de la FIOE, la entidad europea de los Hermanos— y pagó 300 000
euros al Centro Cultural Islámico Catalán
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(CCIC), vinculado a la LIDCOE. Ninguna de estas congregaciones islámicas
señala estos lazos internacionales; todas se presentan como asociaciones
locales dedicadas a la integración y el diálogo. Sin embargo, según el mismo
informe del CNI, cuando la RIHS kuwaití financió la construcción de las
mezquitas de Reus y Torredembarra en 2011, se observaba en estos municipios
catalanes una «interpretación religiosa contraria a la integración en la
sociedad española, fomentando la separación y el odio hacia los colectivos no
musulmanes[194]». Y nadie habría dicho que un pueblo de 8000 habitantes como es
Corella, en Navarra, con unos 500 musulmanes entre ellos, dispusiera de 700 000
euros para comprar una parcela y elevar una mezquita. El dinero, se cree, llegó
de la RIHS. Y el discurso del imam, en este caso marroquí, parecía acorde: en
2018 fue expulsado de España por promover el radicalismo y las obras se
paralizaron[195].
El caso de Corella revela un aspecto habitual: el dinero llega del
Golfo, los imames que lo gestionan y adaptan su discurso suelen ser marroquíes.
Pero normalmente en niveles inferiores: durante dos décadas no hubo magrebíes
en los puestos de poder de las dos principales organizaciones que compiten por
la hegemonía frente al Gobierno de España: la UCIDE y la FEERI. Dios es Uno,
dice el credo, pero en España, sus representantes siempre han sido dos.
CONVERSOS CONTRA HERMANOS
La rivalidad de estas organizaciones se remonta a los últimos años
ochenta, cuando el Gobierno planteó la necesidad de contar con un interlocutor
formal, a imagen y semejanza de la Conferencia Episcopal española, para tratar
asuntos relacionados con mezquitas, festivos, cementerios, clases de religión
en los colegios… Los primeros en presentarse como tales eran un grupo de
conversos españoles, sobre todo andaluces, reunidos en torno al médico
neurólogo malagueño Francisco Escudero, más conocido como Mansur Escudero,
nombre que adoptó al convertirse en 1979. En 1989, este círculo creó la Junta
Islámica, una entidad que impulsó en seguida la Federación Española de
Entidades
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Religiosas Islámicas (FEERI), agrupando a quince colectivos locales,
para fungir como representante oficial del islam en España. Pero no les dio
tiempo a firmar acuerdos con el Gobierno: antes de sentarse en la mesa se salió
del organismo una de las entidades federadas, la Asociación Musulmana de España
(AME), fundada en 1971 por el médico sirio Riay Tatary, y creó en 1991 la Unión
de Comunidades Islámicas de España (UCIDE). En 1992, el Gobierno obligó a los
dos contrincantes a establecer la Comisión Islámica de España (CIE) como
interlocutor oficial, con dirección bicéfala y profundamente paralizada por una
nunca superada rivalidad.
Tatary, nacido en Damasco en 1948, había llegado como estudiante a
Oviedo en 1970 y, tras veinte años al frente de la AME, dirigiría durante otras
dos décadas la UCIDE hasta su muerte en 2020, cuando le sucedió otro médico
sirio, Ayman Adlbi, que en todo parece su alter ego. Tatary siempre negó tener
relación con los Hermanos Musulmanes, pero siempre se le ha considerado cercano
al movimiento, y una entrevista con ABC en 1980 dejaba claro que su ideal era
un «Estado islámico», también en España, y si bien carecía de modelo ideal «el
de Irán se aproxima», dijo[196].
Muy distintos eran, inicialmente, sus rivales: andaluces de movimientos
políticos de izquierdas que por una parte admiraban la época dorada de
al-Ándalus, con su convivencia de diferentes religiones, donde florecían
ciencias, artes y poesía, y por otra parte descubrieron de la mano del converso
escocés Ian Dallas la fascinación por el sufismo, la corriente mística del
islam, bajo su forma de cofradías y hermandades, sus bailes en trance y sus
lecturas de Ibn Arabi y Averroes. Las primeras comunidades musulmanas de
conversos en Andalucía eran casi unas comunas hippy, en todo caso ecologistas,
instaladas en pueblos de las Alpujarras o de Huelva. Si bien no practicarían el
amor libre, estaban convencidos de que la espiritualidad del islam era
perfectamente compatible con la vida en democracia con libertades sociales e
individuales, como se las planteaba la España recién salida de la dictadura
franquista. Convertirse al islam era, en ese momento, la búsqueda de un
espíritu ecuménico, cosmopolita, de reivindicación de un pasado suprimido por
el ideario nacionalcatólico, una conciencia de que el islam no solo formaba
parte original de España, sino que incluso era su mejor parte. Y no solo de su
pasado, sino también de su futuro.
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Mansur Escudero y sus compañeros de Junta Islámica dedicaron durante
años ingentes esfuerzos a crear un islam español, una fe renovada sin relación
alguna con las tradiciones y hábitos que conforman lo que llaman «islam» los
marroquíes, sirios o iraquíes. Pensadores y filósofos buscaban entre teólogos
de siglos pasados lo que les pareciera apto para su propia idea del credo, a
menudo sin saber nada de árabe. No importaba: si ellos eran musulmanes —y lo
eran con la fe del converso— tenían derecho a definir su religión. Una religión
llamada a seducir a gran parte de la población española e incluso
iberoamericana, creían. Lo cual no les impidió coquetear con la Revolución
islámica iraní, por su percibido carácter izquierdista. Incluso intentaron
invitar a Córdoba en 2007 al dirigente libio Muamar el Gadafi, líder de una
ideología islamista de tintes personalistas pero de aspiración internacional, y
plantearon un acuerdo por el que Libia enviaría profesores de árabe a España.
Finalmente, ambos proyectos quedaron en nada.
En las páginas de la revista Verde Islam, y luego en Webislam, la web
que Escudero y sus compañeros de Junta Islámica crearon en 1997, había de todo.
Abdennur Prado, uno de los colaboradores más cercanos de Escudero, defendía,
versículo coránico y exégesis en mano, que la homosexualidad es perfectamente
lícita en el islam[197]. En las mismas páginas, María Jesús Uribe (Sabora
Uribe), la mujer de Escudero, definía en 1997 lo que era el matrimonio islámico
aplicando un modelo estrictamente apegado a normas que, más que ortodoxas, son
salafistas: la esposa tiene derecho a ser mantenida por el marido, con
independencia de si ella es rica o pobre, porque los hombres son los
protectores y guardianes de las mujeres[198]. «La mujer ha de obedecer al
marido en lo que es razonable: que no reciba visitas o regalos de otros
hombres, que no abandone la casa si el marido no lo juzga conveniente»,
remachó, dibujando una subordinación femenina que iba a regir, en su visión, la
vida de las españolas que abrazaran su fe. Es de suponer que Sabora Uribe nunca
se había encontrado con mujeres marroquíes de cualquier clase o condición: le
habrían tirado el panfleto machista a la cara.
Pero la FEERI no pudo ser eternamente un círculo de intelectuales
conversos. Para dotarse de una base social buscaba fortalecer sus vínculos con
comunidades de marroquíes inmigrantes y, sobre todo, asociaciones islámicas de
Ceuta y Melilla, todo ello frente a una Administración que prefería financiar a
la UCIDE. En este proceso, los conversos fueron
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cediendo influencia. En 2006, Escudero, tras años de retraso, convocó
elecciones y perdió: llegaron marroquíes y otros inmigrantes a la cúpula, pero
según denunciaron los defenestrados, varios de ellos cobraban salario de la
Mezquita de la M-30, es decir, de Arabia Saudí[199].
Uno de los compañeros de Escudero, Vicente Haya, que firmaba como
Abdelmumin Aya, más versado en poesía japonesa que en lengua árabe, pero
creador de la filosofía religiosa de lo que iba a ser el islam español, lo
denunció sin tapujos: el propio Estado, presionado por la Iglesia católica,
aseguró, fortalecía la influencia de Arabia Saudí y otros países árabes sobre
el islam español, porque así siempre iba a quedar circunscrito a una religión
de inmigrantes, útil para controlar a estos, pero nunca atractiva para los
españoles; no habría conversiones en masa a una religión ahora percibida como
extranjera. «El islam saudí es perfecto para el Opus Dei porque es intragable
por los españoles, pero puede controlar a los marroquíes inmigrantes. Con
dinero, con imames muy “religiosos” (…), con impresionantes mezquitas… pueden
tener tranquilos a los inmigrantes, mientras que los wahabíes nunca podrán
fabricar un islam seductor para los españoles», dijo Aya.
No solo la FEERI fue adoptando el mismo discurso integrista que ya tenía
la UCIDE: los antiguos compañeros de Escudero, como Abdennur Prado o Natalia
Andújar, durante años directora de Webislam, también adecuaron sus voces al
espíritu de los tiempos y empezaron a denunciar como «islamofobia» cualquier
crítica al salafismo, especialmente al velo islamista. Ese velo que no llevaban
las conversas de la primera generación como Sabora Uribe y que no lleva la
propia Andújar, aunque ella, en consonancia con el salafismo y el wahabismo que
tanto rechaza en público, lo promueve fervorosamente como señal ineludible de
la mujer musulmana o hasta de la niña musulmana en el colegio[200]. Pronto ya
no hubo ninguna diferencia de discurso entre los conversos y el salafismo
financiado desde Catar o Kuwait.
Ese salafismo del Golfo no solo ha reemplazado las creencias de los
conversos hippy de primera hora, también ha erradicado la fe de los inmigrantes
y la ha sustituido con una agresiva ideología totalitaria. Es un fenómeno que
ha ocurrido en toda Europa. El ya citado periodista estadounidense Caldwell
aporta multitud de datos que demuestran —en contradicción con su propia tesis—
que no son los inmigrantes, sino las generaciones nacidas en Europa las que
causan el problema que él atribuye
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al «islam» como histórico enemigo de la civilización europea: La
«experiencia con los barrios conflictivos dice que la segunda generación es
peor que la primera y que la tercera es peor que la segunda». «No era solo que
los jóvenes musulmanes se estaban asimilando demasiado despacio en la cultura
europea. Se estaban desasimilando». «La sensación de pertenencia a Gran Bretaña
era más alta entre los que pasaban de 45 años que entre los que tenían edades
comprendidas entre los 18 y los 24». «Un 90 % de las mujeres en un barrio de
Malmö (Suecia) llevaban velo (entre ellas muchas que no lo habían llevado antes
de llegar al país[201])».
Se puede seguir: un 53 % de los musulmanes de Gran Bretaña prefiere que
las mujeres lleven velo. La cifra es del 28 % entre los mayores de 55 años y
del 74 % entre los que tienen entre 18 y 24. El 19 % de los mayores de 55 y un
36 % de los jóvenes cree que la apostasía es punible con la muerte. «Esta cifra
enmascara un giro incontenible hacia la tradición por parte de las generaciones
más jóvenes», concluye Caldwell, aunque el sondeo demuestra precisamente lo
contrario: velo y pena capital no son una tradición, sino un símbolo
político-religioso de nuevo cuño; el fanatismo religioso anglomusulmán no
corresponde a los inmigrantes, sino a los británicos de segunda generación. El
escritor intenta superar esta contradicción asegurando que «las tradiciones
musulmanas ejercían una poderosa influencia aun en los niños nacidos en Europa,
cuyas familias ya habían renunciado a ellas», como si el islam fuese un rasgo
genético que se transmite saltándose una generación, acorde a las leyes de
Mendel[202].
Recomendar a Europa que cierre las puertas a la inmigración para evitar
la difusión del islam wahabí radical, como propugna Caldwell, equivale a cerrar
las ventanas para combatir el mal olor de las tuberías en casa.
SUBVENCIÓN AL SALAFISMO
Lo que no parece obvio a primera vista es que el aquelarre de imames,
teólogos y muftíes, compitiendo unos con otros para ser más papistas que Al
Azhar, lo ha financiado el Estado español. Pero así fue. En concreto, por
iniciativa de un Gobierno que se presentaba como de izquierdas: el de
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José Luis Rodríguez Zapatero, dirigente del PSOE. De forma consciente,
sistemática, con más de un millón de euros al año canalizado directamente hacia
las mezquitas. Hacia cualquier cosa que se llamase mezquita.
Hasta finales de los años noventa, el organismo de referencia para los
inmigrantes marroquíes en España era la ATIME: Asociación de Trabajadores
Inmigrantes Marroquíes en España. Fundada en 1989 en Madrid por un exiliado
político de Tetuán, Abdelhamid Beyuki, junto a otros jóvenes del ámbito de la
izquierda marxista marroquí, la asociación se implantó durante los años noventa
en todo el territorio español, con sedes locales y amplia presencia en medios
de comunicación, encuentros de vecinos, organizaciones solidarias, charlas
universitarias… ATIME era el portavoz para todo lo que atañera a la comunidad
inmigrante marroquí en España y, sobre todo, en lo relativo a sus derechos
laborales y cívicos. Tenía un fuerte enfoque sindical, primero de la mano de
Comisiones Obreras, el sindicato español cercano al Partido Comunista, y luego
apegado a UGT, socialdemócrata. En ningún momento hablaba de la religión:
hablaba de salarios, papeles, integración.
Esto cambia a partir de 2004. En marzo de ese año, tres días después de
los atentados yihadistas de Atocha, el PSOE gana las elecciones generales.
Habría sido lógico poner en marcha iniciativas para detectar movimientos
integristas en España, fomentar el laicismo y procurar la integración social
plena de los inmigrantes provenientes de países musulmanes para acabar con los
guetos e ir secando el caldo de cultivo del yihadismo. El PSOE hizo lo
contrario.
En octubre de 2004, el Consejo de Ministros decide crear la Fundación
Pluralismo y Convivencia, formalizada en enero de 2005, una entidad pública
—todos sus patronos son ex oficio altos cargos de los ministerios
— cuyo fin declarado es «promover la normalización del hecho religioso
en la sociedad». Su única actividad es financiar la expansión de diversos
cultos religiosos. Todos los que tengan suscrito convenio con el Gobierno
español. Que son tres: el islam, el judaísmo y el cristianismo protestante. La
Iglesia católica se queda fuera, porque tiene su convenio aparte, anterior,
bajo el paraguas del Concordato con el Vaticano.
Ante los 250 millones de euros que la Iglesia recibe cada año como
ingreso directo del Estado, los tres, cuatro o cinco millones de presupuesto
anual de la Fundación apenas son una limosna. Incluso en términos
proporcionales: en 2007, año en el que la Fundación reparte 1,6 millones
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de euros a las comunidades islámicas y una cantidad muy similar a las
protestantes, aparte de 250 000 a las judías, en España hay unos 33 millones de
católicos (el 75 % de la población, acorde al CIS de aquel año); a un católico
le tocan 7,5 euros por cabeza, frente a menos de 2 euros por cada uno del
escaso millón de musulmanes que se estima hay entonces, y una cifra aún menor
para los 1,5 millones de evangélicos. Este reparto se ha mantenido constante a
lo largo de los años: la Fundación siempre entrega aproximadamente un 40 % de
sus fondos a los musulmanes, otro tanto a los cristianos no católicos, y el
20 % restante a la comunidad judía, probablemente unas escasas 50 000 almas.
Tras la llegada del PP al poder, en 2011, cae bruscamente el montante total de
unos 4 millones anuales a menos de un millón, pero el esquema se mantiene.
De aquel maná, unos 600 000 euros —seguimos hablando del año 2007, como
ejemplo representativo— van directamente a la estructura central de la Comisión
Islámica de España (CIE) y una cifra igual a la FEREDE, que agrupa a
evangelistas de diverso pelaje, desde luteranos a bautistas, adventistas y
pentecostales. Y aproximadamente un millón (para cada confesión) se entrega a
proyectos locales de asistencia social, fiestas, conferencias, clases,
encuentros… Va muy bien repartido: cada año, varios centenares de mezquitas y
otras tantas iglesias evangelistas reciben partidas de 3000, 4000 o 5000 euros.
Sumas modestas, que no convierten en rica a ninguna congregación, pero cumplen
la función enunciada por los estatutos: normalizar el hecho religioso. Sirven,
en el caso musulmán, para convencer a los inmigrantes de que la mezquita es el
centro de su vida social, un puerto donde buscar ayuda, un punto de encuentro.
Con clases de aprendizaje de idiomas y alfabetización de mujeres (mientras no
sean impuras, es decir, durante los días de la regla, condición impuesta de
forma habitual por los imames para pisar el templo).
Medio millón de euros al año no está mal para crear una infraestructura
y se podría haber esperado un claro protagonismo de la CIE, interlocutora
oficial del Gobierno, en todo lo que tuviera que ver con las comunidades
musulmanas. En realidad, debido a la rivalidad de UCIDE y FEERI en su propio
seno, su mayor virtud es el mutismo absoluto. La ATIME, mientras tanto, vive
sus propias rencillas internas y a finales de la década 2000, lastrada por un
escándalo de mala gestión o desfalco de una subvención, simplemente desaparece
sin dejar rastro.
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El claro favorito del Gobierno es la UCIDE: recibe sumas muy por encima
de la FEERI. Es cierto que los conversos no tenían apenas contacto con los
inmigrantes, pero la UCIDE probablemente tampoco. En todo caso, la Fundación
explica que los cientos de miles de euros al año en ayudas monetarias directas
para el organismo deben servir para «conseguir una relación más cercana con las
comunidades locales, una gestión más ajustada a sus necesidades y una mayor
vinculación de las comunidades con su federación regional». Es decir, el dinero
público se destinaba expresamente a empujar a los inmigrantes musulmanes a los
brazos del organismo fundamentalista.
Las memorias de Pluralismo y Convivencia intentan disfrazar este fomento
de la religión con proclamas de «libertad religiosa», sugiriendo que al
financiar los credos minoritarios se equilibra el terreno de juego dominado por
la Iglesia católica. Pero la «libertad religiosa» en este marco es únicamente
la libertad del clero de captar más ovejitas, de adoctrinar mejor, de afianzar
su poder. En ningún momento se destina dinero a quienes quieren ser libres de
la religión.
Frente al público español y la prensa, los millones gastados en la
representación oficial de los musulmanes tienen un único efecto, y quizás fuera
precisamente el buscado: la ausencia de toda entidad de referencia política o
social. Riay Tatary no da entrevistas. En la FEERI nunca se aclaran sobre quién
las debería dar. Los viejos fieles de Mansur Escudero ya son poco más que
curiosidades, exceptuando a Natalia Andújar, quien sigue dando charlas de
promoción del velo integrista bajo las consignas de identidad y libertad. Y
mientras, los imames en cada pueblo, cada mezquita, esas mezquitas que obtienen
3000, 4000 o 5000 mil euros al año, hacen y deshacen, dan prédicas, invitan a
quien quizás venga con el bolsillo forrado y buenas conexiones con algún diplomático
marroquí, un jeque saudí o una fundación kuwaití.
La Fundación hace el bien y no mira a quién: con certeza no tiene
recursos materiales ni humanos como para investigar una por una ese centenar
largo de mezquitas agraciadas. O eso es lo mejor que podemos suponer. Porque
entre 2006 y 2012 entrega una media de 20 000 euros anuales —suma bastante
superior a la que reciben otras mezquitas— a dos oratorios de Barcelona
gestionados por una congregación llamada Camino por la Paz. A la Fundación le
debió de gustar el nombre, aunque es una especie de seudónimo: se trata de la
delegación local de la secta paquistaní
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Camino del Corán —Minhaj ul Quran internacionalmente— cuyo jefe, Tahir
ul Qadri, dirige en Lahore el partido «revolucionario» Pakistan Awami Tehreek
(PAT, sin relación con el partido marxista del mismo nombre). Qadri exhorta a
sus seguidores a «luchar por la gracia de Dios todopoderoso», «revivir los
valores islámicos», «prepararse para el día de la Revolución» y «acabar con el
régimen de los faraones», en referencia a los dirigentes paquistaníes, aunque
el símil es aplicable a cualquier Gobierno que no siga la doctrina
islamista[203].
Así, el afán de «normalizar el hecho religioso» en España acaba
financiando intentos de derrocar un régimen en Pakistán. Porque las religiones
tienen eso: parte del «hecho religioso» es exigir que el Gobierno imponga la
doctrina religiosa por ley; lo ha exigido la Iglesia católica durante siglos,
lo sigue pidiendo ahora, lo exigen los rabinos en Israel y, por supuesto, lo
exigen multitud de líderes islámicos. Era cuestión de tiempo que entre esos
líderes financiados por España saliera alguno decidido a exigírselo a Madrid o,
al menos, a crear un ambiente de terror para pescar en río revuelto.
No es una relación causa-efecto, no podemos decir que los pocos miles de
euros entregados a la comunidad islámica de Ripoll en 2011 y 2012 (a partir de
2014, la Fundación deja de ofrecer la lista completa de mezquitas financiadas)
sirvieron para financiar al predicador Abdelbaki Es Satty, que llegó allí en
2015 y dos años más tarde murió en la preparación de los atentados de las
Ramblas. Y desde luego hay que tener muy mala fe para titular, como hizo el
diario ABC, que «un diputado de Podemos dio una ayuda a la mezquita del
yihadista[204]», en referencia a la partida de 1600 euros que Pluralismo y
Convivencia entregó a la comunidad Al Baraka en Sevilla en 2012, cuando
entonces ni existía Podemos, ni era aún diputado el director de la fundación,
José Manuel López, todos sus superiores eran ministros del PP y el presunto
yihadista detenido en 2019, Zouhair Bouhdidi, tenía quince años en 2012.
Pero es innegable que la estrategia de «normalizar el hecho religioso»
va normalizando numerosas interpretaciones diversas de ese hecho. Un simple
cálculo de probabilidades estadísticas habría podido predecir que entre los
resultados aparecerían algunos fenómenos extremistas, como en cualquier
experimento sin control determinado. Y no había control ni podía haberlo: son
los curas, los rabinos y los imames los que deciden cuál es la religión que
representan, no el Estado que los financia. El Estado no
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es teólogo; no puede opinar sobre si el verdadero cristianismo exige
impedir el culto de los demás o si el verdadero islam exige perseguir a
apóstatas: eso lo dirán los clérigos. Lo único que puede hacer el Estado es
financiarlos.
También podría no financiarlos, claro. Eso es lo que planteaba el
Partido Socialista Obrero Español, el mismo que creó la Fundación Pluralismo y
Convivencia un siglo antes: en 1900 pidió no solo que «hiciérase laica la
enseñanza», sino también que «suprimiérase toda subvención pública, cualquiera
que fuese su índole, a las congregaciones religiosas[205]». Su fundador, el
tipógrafo Pablo Iglesias Posse, tenía claro cómo acabar con el sistema que
dispensaba limosnas del erario a través de las instituciones religiosas. No
quemando los edificios, sino cortándoles el flujo de dinero. «Queremos la
muerte de la Iglesia cooperadora de la explotación de la burguesía; queremos
confiscarle los bienes para que carezca de medios de vida», escribió en
1902[206].
Pero la izquierda ha cambiado. Pablo Iglesias Turrión ha derrocado el
ideario de Pablo Iglesias Posse. De una ideología laica que consideraba la
religión el opio del pueblo y abogaba por la razón, la izquierda se ha
convertido en el mayor traficante de este narcótico, eso sí, en pastillas
multicolor. Se ha olvidado de que poner fin al monopolio del clero cristiano y
entregar poder a varios conjuntos clericales rivales no es separar religión y
Estado: es multiplicar el poder de la religión en el Estado. Dios más dios son
cuatro.
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2. EL VELO EXHIBICIONISTA
LA CANDIDATA DE PODEMOS
Sonrisa encantadora, mano alzada a media altura para subrayar el
discurso, el perfecto óvalo de cara envuelto por un abundante manto negro que
cae hasta medio torso, en lo que parece una imitación del modelo popular en los
peores años de la República Islámica de Irán, concebido para evitar la furia de
la policía moral de Jomeini. Al fondo el logotipo violeta
del partido de
izquierdas español Podemos.
Así comparece Nora Baños, precandidata para la lista que Podemos
presentará en 2019 a las elecciones europeas. En la prensa, que la entrevista
ávidamente, desgrana su ideario:
«El concepto de integración no me gusta. Considero que ninguna sociedad
tendría que ser integradora, sino una sociedad que reconozca las identidades
múltiples y plurales para crear Estados plurinacionales[207]».
«Integración e inclusión son conceptos negativos, como si tuviéramos que
hacer renuncias, y lo importante es que se visualice y se verbalice el carácter
plural y diverso de la sociedad[208]».
Nora Baños no especifica qué tipo de «naciones» podrían convivir en una
España plurinacional, pero a juzgar por su discurso, se trataría de religiones:
cuando habla de «un contexto social donde convivan distintas culturas», agrega
de inmediato que «hay que crear un diálogo interreligioso para conseguir este
nivel de convivencia». De las cuestiones de la inmigración no parece saber
nada, y se entiende: Nora El Gharbaoui Baños, hija de un padre marroquí y una
madre española, probablemente no se distinguía en nada de cualquier otra chica
catalana de su edad durante su infancia y adolescencia. A los 17 años, joven
estrella del atletismo (modalidad: lanzamiento de martillo), no llevaba hiyab.
Si sufrió racismo a
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raíz de su apellido es algo que ignoramos: de esto no habla; solo habla
del islam y de islamofobia. Insiste en visualizar, en no integrar, en no
incluir y en «reconocer identidades». Es obvio que no se refiere a una
«identidad» marroquí o magrebí: ella misma, poco después de presentarse a la
candidatura, eliminó su primer apellido de sus presentaciones públicas: ya solo
sería Nora Baños, española, musulmana. En realidad, islamista: utilizar la
religión para definir una «nación» es una ideología política.
Lo extraño no es que una joven de 23 años semiconversa diga ante la
cámara sandeces como que el islam dio el derecho de voto a las mujeres desde el
primer día o que inventó la seguridad social[209]. Lo llamativo es que
televisiones y diarios se apresuren a ofrecerle espacios donde decirlo.
Especialmente, los diarios que se consideran de izquierdas. Sin hacer ni un
apunte crítico, ninguna pregunta incómoda. Se considera de buen gusto y acorde
al ideario de izquierdas exhibir a una defensora del ultrafundamentalismo
islámico para que diga que el islam es más democrático que cualquier otra cosa
y que debe mantenerse aparte en una democracia, sin integrarse. Se usan aún
palabras como multiculturalidad, pero en realidad a nadie le interesa ya el
reto de gestionar la inmigración mediante la integración de diferentes
culturas: solo se trata ya de exhibir religiones. Si no hay religión que se
pueda mostrar, los inmigrantes no interesan.
En la misma lista de Podemos se presentó como precandidata otra chica de
origen marroquí, casi de la misma edad, con uso fluido de cinco idiomas y
estudios en Marruecos e Italia. Obtuvo un número de votos muy similar a Nora
Baños (ninguna de las dos llegó a ser candidata), pero a Ilham Atrass ningún
periódico la llamó nunca para preguntarle su opinión sobre integración,
multiculturalidad o inmigración, no apareció en ningún plató de televisión,
nadie escuchó hablar de ella. Le faltaba un detalle esencial para servir de
símbolo de la izquierda multicultural: no llevaba velo. No era exhibicionista.
El velo se había convertido para la izquierda española —y la europea en
general— en una especie de santo grial adorado sobre el altar de los valores de
tolerancia, diversidad, aceptación. Este afán llegó hasta el punto de que desde
Europa se critica a países de población musulmana si no se muestran lo
suficientemente islamistas. Fue el argumento utilizado por Marisol Casado,
miembro español del Comité Olímpico en 2013, para buscarle pegas a la
candidatura de Estambul como sede de los Juegos en
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2020: «Nunca tenían una imagen de una mujer con velo en sus vídeos de
presentación —le afeó Casado a la República turca—. La gente que vive en
naciones árabes pide algo más representativo de su cultura[210]».
Probablemente, la atleta no se había fijado en que salvo los equipos de Irán y
Arabia Saudí —donde la ley obliga a ello—, raramente alguna deportista de un
país árabe lleva velo, y que en Turquía, al igual que en Marruecos, quedaría
directamente extemporáneo: ¿para qué exhibir una ideología política en un
evento deportivo? Si Casado creía que el velo no era un símbolo ideológico,
sino «cultural», debería haberse preguntado por qué en el vídeo de la
candidatura de Madrid no salían deportistas vestidas con traje de faralaes.
Pero el velo no son faralaes: es ideología.
EL HARéN Y LA CLASE
El velo islamista es un producto ideológico de la segunda mitad del
siglo XX asociado estrechamente a la misión de los Hermanos Musulmanes. Con
anterioridad, por supuesto, la inmensa mayoría de las mujeres campesinas
marroquíes, palestinas, iraquíes o kurdas —fuesen musulmanas, cristianas o
judías— se cubrían el pelo con un pañuelo, exactamente igual que se lo cubrían
las andaluzas, gallegas, sicilianas, tirolesas, rumanas y suecas. En las clases
altas se fue difundiendo además el hábito de cubrirse la cara entera o en
parte: era un signo de clase, reservado a las señoras que no necesitaban ni
labrar el campo ni servir en casa ajena ni —más tarde— acudir a su puesto en la
fábrica. No hablamos solo del Imperio otomano: las novelas negras alemanas y
norteamericanas hasta las primeras décadas del siglo XX están llenas de señoras
a las que el detective no puede identificar porque se cubren la cara con un
velo. Solo puede ser porque son señoras: una proletaria jamás lo haría. El
famoso gesto de Huda Shaarawi, la feminista egipcia que en 1923, al retornar de
un congreso internacional de sufragistas en Roma, se arrancó el velo de la cara
en la estación de trenes de El Cairo, no era una afrenta a la religión: era una
manera de renegar de su estatus social como señora burguesa, un gesto de
solidaridad con las obreras del mundo.
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Ser de clase alta conllevaba ser «harén» (del árabe haram: prohibido,
sagrado), es decir, intocable, fuera del alcance del común de los mortales, en
concreto de los hombres (salvo que fuesen familiares o esclavos); y esa
reclusión respecto al mundo masculino se llevaba a cuestas, en forma de
aparatosos velos, cuando se salía a la calle. A nadie se le habría ocurrido,
sin embargo, que la criada que acompañaba a la señora velada, o la campesina
que le vendiera fruta, ambas sin velar, fuesen menos musulmanas que la
burguesa. Eran de otra clase, no de otra religión.
La era de internet nos ha abierto acceso a millares de fotografías
tomadas a inicios del siglo XX tanto por viajeros europeos como por fotógrafos
locales de Marruecos, Egipto, Yemen, Iraq, Palestina, Jordania… Evidentemente,
hay que apartar las imágenes tomadas para satisfacer un mercado europeo
orientalista en el que muestran sus encantos unas cantantes o bailarinas, de
probablemente dudosa reputación en su pueblo, posando con atrezo de labriegas.
Tampoco faltan campesinas que imitan el estilo de las señoras burguesas,
velándose hasta las cejas quizás solo para estar más elegantes ante la cámara
(recuerdo de los años setenta en Marruecos a labradoras que no habían llevado
velo ningún día en su vida y se colocaban una gasa negra sobre la cara para una
visita a la ciudad, en la creencia de que esto era el colmo del buen gusto).
Pero el material es lo suficientemente abundante como para concluir que entre
la miríada de trajes regionales entre Omán y Marruecos, algunos más cerrados
que otros, según clima y vientos, no existe un concepto de hiyab, no existe un
mandamiento de ocultar pelo y escote ante los hombres.
Por supuesto, se puede argumentar que las fotos de mujeres en bañador en
la playa o en falda corta paseando por la ciudad solo muestran a una «élite».
Pero lo mismo se puede decir de cualquier foto comparable de una universidad o
playa española de 1930 o 1950, sin que por eso nadie afirme que la esencia del
espíritu español es taparse hasta las cejas. Claro que eran élite las afganas
que iban a la universidad en Kabul en 1970, pero tampoco llevaban velo, ni
muchísimo menos burka, las nómadas que fotografió Annemarie Schwarzenbach en
1939.
No: el pelo no era algo que ocultasen las mujeres del pueblo llano de
las sociedades musulmanas de principios del siglo XX. Y al igual que España se
fue adaptando a cortes, estilos y modas más modernas a lo largo de las
siguientes décadas, lo hicieron también las clases urbanas de Casablanca,
Argel, Túnez, Bengasi, El Cairo, Ramala, Damasco y Bagdad.
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¿Por qué no iban a hacerlo? ¿Qué sentido tiene ir a la playa en ropaje
largo, arrastrando vestidos por la calle en julio, sudar bajo un pañuelo,
cuando se puede llevar pantalón corto y basta con una boina para protegerse del
sol? A nadie se le ocurría que la fe tuviera algo que ver con el pelo.
Hasta que a alguien se le ocurrió: a la cofradía. Fue en 1953 cuando el
dirigente de los Hermanos Musulmanes exigió una condición al líder egipcio
Gamal Abdel Nasser para forjar una alianza: hacer obligatorio el uso del velo
en la calle en Egipto. Así al menos lo cuenta el propio Nasser en un famoso
vídeo de 1958, ante carcajadas de la audiencia, y recordando que la propia hija
del jefe de los Hermanos, estudiante de Medicina, no usaba velo[211]. En 1965,
la activista turca Şule Yüksel Şenler, una joven escritora moderna que por
deseo de su hermano se había afiliado a la secta ultrafundamentalista de Said
Nurcu, se cubrió la cabeza y diseñó una prenda moderna para hacerlo sin
necesidad de recurrir a los incómodos ropajes de las señoras otomanas: había
nacido el hiyab[212]. Tardó en expandirse: aún en 1970, en una clase de la muy
ortodoxa Universidad Islámica de Al Azhar en Egipto, todas las estudiantes iban
con el pelo descubierto. Hay fotos.
Fue en 1979, con la obligación de cubrirse proclamada urbi et orbi por
la Revolución islámica de Jomeini, cuando el hiyab se lanzó a la conquista del
mundo. A partir de la década de 1990 se popularizó más allá de ciertos círculos
de ideología islamista y con el nuevo siglo se convirtió en estándar público
del «islam», es decir, la versión del islam formateada por los Hermanos
Musulmanes con apoyo saudí y catarí. Se estandarizó también el fundamento
teológico: una mujer sin taparse pelo y escote está «desnuda». Y contemplar a
una mujer «desnuda» dispara los instintos sexuales del varón, por lo tanto, es
probable que intente asaltarla y violarla. Esto, lógicamente, provocará
tensiones, enfrentamientos, disturbará la paz social. En una palabra: creará
fitna, es decir, «calamidades». A la mujer le corresponde evitar estas
adversidades tapándose púdicamente. La mujer «desnuda» es, ella misma, la
calamidad.
PÓNTELO, PÓNSELO
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El velo se ha convertido en obligatorio. Así lo afirma la Comisión
Islámica de España, ex cátedra, en cuanto se plantea un conflicto que vaya más
allá de unas preguntas de periodistas con ganas de brillar como adalides de la
tolerancia y pidiendo que se les venda la moto de la libre decisión. Porque
esta obligatoriedad, la ausencia de la libre elección, es su línea de defensa:
cuando un instituto de Gijón intentó impedir el acceso al aula a una alumna con
hiyab, Riay Tatary confirmó por escrito que el hiyab era «una prescripción
religiosa necesaria[213]». Porque si no lo fuera, si se tratase solamente de un
capricho, un extra innecesario, algo libremente elegido, el colegio podría
perfectamente vetarlo en aras de cierto orden de vestimenta o apariencia, como
podría vetar gorras de béisbol, peinados punk o minifaldas. No puede, en el
caso del velo, argumentan Tatary y las redes salafistas, porque se trata de un
elemento obligatorio para las musulmanas y por lo tanto protegido por la
libertad de religión: el hombre no puede prohibir lo que Dios ha ordenado.
Es con este argumento con el que varias demandantes han acudido al
Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo o al Tribunal de Justicia
de la Unión Europea en Luxemburgo, aduciendo discriminación religiosa. Una
discriminación que, obviamente, solo tiene lugar si ellas, como musulmanas, no
tienen otra opción que ir veladas. Si el rechazo del velo es, automáticamente,
una discriminación de su condición de musulmanas. «Al llevar velo estaba
obedeciendo un precepto religioso, manifestando su deseo de cumplir
estrictamente los deberes impuestos por la fe islámica», se lee en el caso de
la estudiante de Medicina Leyla Sahin, que llevó en 2004 al banquillo de
Estrasburgo a la República de Turquía por no permitirle examinarse con velo.
Este veto vulneraba, reclamaba, el principio que prohíbe discriminar por
religión y obliga a tratar a todos por igual[214].
En realidad, es exactamente al revés, como revela la argumentación de la
propia demandante en el juicio: de haberse quitado el velo, la habrían tratado
sin diferenciarla en modo alguno de las demás mujeres, pero eso no es lo que
ella quería. Quería ser tratada distinta: como creyente, no como las demás. «El
derecho a no ser discriminado también se viola cuando un Estado, sin
justificación objetiva y razonable, se niega a tratar distinto a personas en
situaciones significativamente diferentes. En su opinión, las estudiantes
islámicas estaban en una posición distinta de otros
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estudiantes, y por lo tanto debían ser tratadas de forma diferente»,
resume la sentencia su postura.
Estamos usando el femenino (que no existe en turco) porque la noción de
que es necesario discriminar a las mujeres, solo a ellas —los hombres no tienen
vestuario de creyentes—, es central en la argumentación. Ya lo expresó en 1998
la conversa suiza Lucia Dahlab, despedida de un colegio de primaria en Ginebra
por insistir en dar clase con el hiyab: aseguró en Estrasburgo, sin éxito, que
las autoridades suizas la habían discriminado por motivo de sexo, dado que «un
hombre que fuese de fe musulmana podría ser maestro en un colegio público sin
que se le prohibiera nada[215]». Achacaba, con notable descaro, a los
principios laicos lo que era la discriminación sexista de su propia religión,
el islam salafista, que no le impone una marca pública al hombre y sí a la
mujer.
¿Cuál es esa «posición distinta» de las estudiantes musulmanas que
reivindica Leyla Sahin? No lo detalló, pero a la vista está que el hiyab en
estas batallas es solo la bandera bajo la que se reclaman reglas específicas,
exenciones de determinadas tareas, segregaciones. Los colegios europeos dan fe
de ello: no solo ya hay padres que reclaman enviar a la niña con hiyab al
instituto o, incluso, a una escuela de primaria, sino que piden tratamientos
diferenciados. En primer lugar, que no participen en clase de natación: ¿cómo
pueden permitir que un chico las vea en bañador? No aprenderán a nadar, pues.
Casi mejor que de paso no participen en ninguna clase de gimnasia, no vaya a
ser que para correr, saltar o jugar al balón haya que ponerse ropa corta. No
habrá educación física, pues. Algunas las quieren también exentas de clase de
música, arguyendo que la música está prohibida en el islam…, una opinión que
ahora se puede encontrar en cualquier página de internet cimentada con decenas
de citas eruditas, pero que dejaría muy muy sorprendido a cualquier pastor de
rebaños con su flauta de caña entre el Atlas y Afganistán, por no hablar de los
artistas del laúd y generaciones de divas egipcias como Umm Kulthum, que tenían
a sus pies a millones de fieles de varios continentes.
Es inútil razonar: lo que es islam lo decido yo, y que me lo ratifique
Estrasburgo, esa es la postura del salafismo que intenta imponer
discriminaciones contra sus hijas o familiares en el sistema público europeo,
bajo el argumento falaz de que no discriminar a una niña, no tratarla distinta
por ser musulmana, no exonerarla de clases, no separarla
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de sus compañeros en determinados momentos, es «discriminación» y
delito.
BEBÉS SEXUALIZADOS
La Comisión Islámica de España, y toda una pléyade de defensores del
velo, combinan la declaración de la obligatoriedad del velo con una enardecida
defensa de la «libertad de la mujer para llevarlo», ocultando que ninguna mujer
que lleva el velo islamista cree que es libre de hacerlo: quien toma el velo lo
hace porque cree que debe. Porque si fuese libre de ponérselo, también sería
libre de quitárselo. Y eso no ocurre. Porque sabe —y este dato lo tiene
interiorizado absolutamente toda mujer que lleva hiyab— que solo puede
quitárselo delante de su marido o bien delante de personas con las que no se
concibe una relación sexual: otras mujeres, niños varones de corta edad, el
padre, los hermanos y los hijos, es decir, hombres con los que las normas
coránicas no consideran posible casarse. Primos y tíos no entran en la
categoría: ante ellos hay que velarse.
Porque el hiyab es una cortina —este es el significado de la raíz árabe
H-Y-B— que oculta a la vista del varón los «encantos eróticos» de la mujer, es
decir, esencialmente su pelo y cuello; así lo explican los teólogos salafistas.
Los más radicales aconsejan ponerse guantes: no vaya a ser que los dedos
también irradien erotismo. Y las más guapas, agregan, deberían taparse la cara
entera, algo de lo que están exentas las feas. Literal. Y lógico, porque «el
requerimiento del uso del velo» sirve para «no exhibir la hermosura» de la
mujer, explica la propia Comisión Islámica de España, que también traza la
lista de hombres no incluidos en la categoría de seductor o agresor sexual,
apuntando que la norma del velo «se relaja entre mujeres que por su edad ya no
pueden tener hijos y no esperan matrimonio[216]».
En resumen: el velo es una herramienta para prevenir todo acto de sexo
ilícito durante los años que dura la época fértil de la mujer. Por eso mismo,
hasta en Arabia Saudí y en Afganistán, las niñas pequeñas corretean sin velo:
no son aún mujeres, no caen bajo la definición porque no tienen una «hermosura»
sexual por ocultar. Esto lo confirmaría cualquier teólogo
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ortodoxo…, salvo los salafistas de las organizaciones europeas. Para la
UCIDE no es una grave contravención de las normas coránicas ponerle velo a una
niña de nueve años: es islamofobia si un colegio de Vitoria se niega a
admitirla en el aula. Y por si quedaban dudas de que los padres hacen bien en
tapar a sus hijas desde que nacen, no vaya a ser que aviven los instintos
sexuales de los hombres, el mismo informe de la UCIDE de 2016 que recoge el
caso de Gijón presenta como frontispicio la foto de una niña ceutí de apenas
tres o cuatro años, profundamente velada y asiendo con las manitas un cartel en
el que asegura, en perfecto inglés: «Yo apoyo el Día del Hiyab[217]».
El Día del Hiyab: aquella fecha —1 de febrero— en la que los movimientos
islamistas, apoyados por una pléyade de organizaciones de izquierdas de toda
Europa, exhortan a millones de ateas, agnósticas o cristianas a colocarse velo
por un día, unas horas, lo que dure una foto en las redes sociales, en
solidaridad con las musulmanas víctimas de la «islamofobia». Jamás, ni en los
peores momentos del Daesh o de los talibanes, nadie ha propuesto nunca a las
musulmanas quitarse el velo una hora para una foto en las redes sociales en
solidaridad con las mujeres amenazadas, encerradas, azotadas o ejecutadas por
no querer llevar el velo. El mensaje es muy sencillo: no se puede defender el
pelo desnudo. El velo es el Bien, el pelo es el Mal.
No hay más calamidad que la mujer, y el hiyab es su antídoto. Esta es la
ideología tras el uniforme ideológico conocido como velo «islámico».
Esta es la ideología que difunde la UCIDE, hasta el extremo de respaldar
la difusión de fotos de niñas veladas de cuatro o cinco años, equiparándolas a
un objeto sexual, sin encontrarse un unánime rechazo de la sociedad española y
de las leyes, el mismo rechazo y denuncia penal que debería esperar a alguien
que pasee a una niña de preescolar con minifalda, medias negras, tacones y
maquillaje. Aunque en un país en el que los grandes almacenes venden bikinis
para niñas de cuatro años, no sorprende que también vendan velos infantiles. De
hecho, los venden.
Esta explotación de la infancia por parte de los salafistas forma parte
de una táctica: utilizar a las mujeres, desde pequeñas, como carne de cañón
para impulsar un proyecto político. Porque los hombres pueden ir perfectamente
en sintonía con la sociedad que los rodea; en bañador en la playa y en chaqueta
y corbata en la oficina. Casi nadie se toma la molestia de andar por la calle
en túnica, zaragüelles y turbante, intentando parecer
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una ilustración de una biografía de Mahoma. Se deja a las mujeres la
ingrata tarea de exhibir públicamente la presencia del islam en la calle,
cargando con las consecuencias. Unas consecuencias deseadas por los gerifaltes
de la comunidad: todo rechazo a una mujer que pone la manifestación de una
ideología política patriarcal por encima de su necesidad de estudiar o de
trabajar sirve para llenar informes sobre la islamofobia y martillear en la
conciencia pública que en «el islam» es normal tapar a las mujeres y que el
resto de la sociedad debe aceptar esta norma, al igual que cualquier otra que
proclame un imam. No solo aceptarla: impulsarla, celebrarla, aplaudirla como
una manera de las mujeres musulmanas de rebelarse contra «Occidente» y
reafirmar sus propias ideas.
Así lo proclama la politóloga española Sirin Adlbi Sibai, doctora por la
Universidad Autónoma de Madrid, ampliamente citada por activistas e invitada a
conferencias por la izquierda española, especialmente gracias a un ensayo que
define el propio feminismo como «cárcel» y pide rebelarse mediante el uso del
velo: «En este sentido, usar hiyab en el espacio público occidental puede
suponer un doble ejercicio de resistencia, una contestación al patriarcado
temporal y simultáneamente al espacial[218]». Al usar el hiyab «las mujeres
rompen de golpe y porrazo con la posibilidad de dominación de los hombres,
afirman que su imagen es exclusivamente suya, mostrándose solo a quienes ellas
tienen la voluntad de hacerlo». Es decir, rompen con la dominación de los hombres
haciendo exactamente lo que les exigen, bajo amenaza, los hombres. Curiosa
forma de resistencia, pero, claro, no se trata de resistir contra el
patriarcado ni contra el machismo, sino contra Occidente: «El hiyab de las
mujeres musulmanas en/de Occidente puede resignificarse como la contra-arma
principal desde donde se reivindica la libertad de las mujeres de disponer de
sus cuerpos y sus imágenes[219]». Con la libertad de disponer de sus cuerpos
—que se lo pregunte a su padre, su hermano o al imam—, la autora evidentemente
se refiere a lo contrario: la libertad de no disponer de su cuerpo, la libertad
de delegar a otros la decisión de qué puede hacer con su cuerpo, la libertad de
limitarse a lo único que se le permite hacer a una mujer con hiyab: llegar virgen
al matrimonio.
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MACRON CONTRA LA VIRGINIDAD
El problema no es el laicismo. El laicismo es el cemento de una Francia
unida. El problema es el separatismo islamista. Este proyecto consciente,
teorizado, político-religioso, que se concreta por apartarse de los valores de
la República, que se traduce a menudo en la constitución de una contrasociedad…
El problema es esta ideología, que afirma que sus propias leyes son superiores
a las de la República. Yo no pido a ningún ciudadano creer o no creer, creer
solo un poco o moderadamente, eso no es asunto de la República, pero sí pido a
todo ciudadano, tenga la religión que tenga o no tenga, respetar absolutamente
todas las leyes de la República[220]…
Habla Emmanuel Macron, presidente de Francia. Es el 2 de octubre de
2020, y muchos creen que por primera vez un político dice las cosas claras
respecto al islamismo. Es duro, incisivo, habla de la negación de la igualdad
entre mujeres y hombres, del uso del velo en empresas subcontratadas para
servicios públicos, de empleados que se niegan a darle la mano a una mujer, de
50 000 niños que no van al colegio y se educan en casa o en escuelas privadas
clandestinas, de imames enviados desde fuera, de subvenciones para organismos
que no respetan la laicidad. Promete una nueva ley para acabar con el
«separatismo». Y también advierte contra la «trampa de la amalgama, tendida por
los polemistas y los extremistas, que sería estigmatizar a todos los
musulmanes».
Otros creen que, con su discurso, Macron abandera precisamente este
extremismo. La ley propuesta es «una hoja de ruta de la islamofobia» que va a
«caldear el ambiente» para una «caza de brujas» de «extrema derecha» que
evidencia el «carácter represor y racista del Estado francés», escribe Ángeles
Ramírez, antropóloga en la Universidad Autónoma de Madrid[221]. Y destaca un
aspecto, mencionado una semana antes por la ministra del Interior, Marlène
Schiappa[222], y efectivamente recogido luego en la ley: el artículo 16
prohíbe, bajo altas multas y un año de cárcel, expedir un certificado de
virginidad. Y esto, clama Ramírez, es islamofobia. «Utilizando el argumento
feminista para sostener el enésimo
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intento de estigmatizar y criminalizar a la población musulmana a través
de la relación entre hombres y mujeres».
No es una frase errática. Las medidas que ponen freno al patriarcado de
tintes islamistas se han encontrado con una amplia oposición en la prensa de
izquierdas y su ambiente académico. Criticar el machismo que promueven los
islamistas es una «criminalización de los hombres musulmanes a partir de la
adjudicación del ejercicio de la violencia contra las propias mujeres de su
cultura», resume Ramírez el ideario de las antropólogas catalanas Fátima Aatar
y Salma Amzian, ambas portavoces de lo que hoy se llama «enfoque de género» en
las cuestiones de la inmigración. Denunciar la violencia machista en el ámbito
islámico «instrumentaliza la idea de la violencia contra las mujeres musulmanas
para justamente seguir ejerciendo violencia contra los hombres y, por tanto,
contra las comunidades», resume[223]. Ya lo dijo la política francesa Houria
Bouteldja, portavoz del Partido de los Indígenas de la República (PIR): «Yo
pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi barrio, a mi raza, a Argelia, al
islam». Intentar proteger a una mujer contra los hombres de su clan es agredir
al clan y, por lo tanto, a ella.
Lo más llamativo es que la ley francesa no habla en ningún momento de
religiones. Pero donde Schiappa dice «virginidad», sus críticos automáticamente
leen «musulmanes». Porque, eso lo sabe cualquiera, solo los musulmanes exigen
que sus hijas se casen vírgenes de forma certificada, ¿no? Y, por lo tanto,
enviar a la cárcel a un médico francés, titulado en una universidad francesa,
por expedir un certificado a una familia que lo necesita para casar a su hija
es «criminalizar a los musulmanes». Estigmatizarlos. No caeremos en la
tentación de pensar que lo que estigmatiza y criminaliza a una mujer es
exigirle que sea virgen y que pueda certificarlo. Eso es lo normal, es su
cultura, ¿no? Ya lo dicen las Escrituras: «Si es verdad que la joven no fue
hallada virgen, entonces llevarán a la joven a la puerta de la casa de su
padre, y los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, porque ella ha
cometido una infamia». Perdonen, me he confundido. Esto no lo dice el Corán,
sino la Biblia. En concreto, el quinto libro de Moisés[224].
La vida no son las Escrituras. Y es cierto que la violencia, paliza,
destierro de la familia y hasta muerte es hoy día una amenaza bastante más
inmediata para las mujeres del entorno musulmán que para las educadas en países
que se reclaman de herencia judeocristiana, por mucho que en el
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Corán no exista la pena de muerte para el sexo fuera del matrimonio,
«solo» un castigo de latigazos o el encierro. El mandamiento social de asesinar
a la propia hermana o hija si ha perdido la virginidad o si ha dado lugar a
sospechas de que podría haberla perdido (para la sospecha puede bastar una foto
en redes sociales posando con un chico), que se da en numerosos países de
Oriente Próximo, no se basa en el Corán, y ni siquiera en esa interpretación
estricta de la sharía —muy raramente aplicada antes del siglo XX— que defienden
algunos teólogos y que sí prevé lapidar a los «fornicadores» (en la práctica
solo a la mujer, porque en el hombre el delito es indemostrable). Pero un
castigo islámico exige juicio público previo. Y juicio no hay en esta tradición:
solo hay un consejo familiar que designa al ejecutor.
Digo yo que asesinar a una mujer sin juicio es contrario al islam, y lo
ha dicho más de una fetua de Al Azhar, pero ya no es contrario al salafismo. El
Frente de Acción Islámica, el partido de Jordania que funciona como brazo
político de los Hermanos Musulmanes, defiende el crimen a capa y espada: abolir
la ley que prevé atenuantes (en la práctica, impunidad) para el asesino sería
«contrario a la sharía», declaró en una fetua en 2000, y «una conspiración
occidental para destruir y corromper la sociedad» de Jordania[225]. No será muy
islámico asesinar a hermanas e hijas, pero menos islámico aún es follar por
ahí: mientras no se pueda obligar al Gobierno a castigar con latigazos o muerte
a toda chica que se salga del redil, es necesario facilitar que los familiares
se ocupen del asunto, se podría resumir esta postura.
Por supuesto, la costumbre en sí no es islámica. Se está dando entre
musulmanes, yazidíes, cristianos e hindúes en un amplio arco de países que van
desde el mar Rojo a Líbano y al Kurdistán turco y desde Afganistán y Pakistán
hasta India y Bangladés, así como zonas de Chechenia y, en menor medida,
Albania. En Italia, donde la ley hasta 1981 prácticamente legitimaba este tipo
de asesinatos, prescribiendo un castigo de solo tres a siete años de
prisión[226], el último intento conocido en Sicilia se registró en 2006[227].
En el Magreb e Irán, por otra parte, no existe este mandamiento social.
Eso sí, la difusión mundial del ideario salafista, que coloca la castidad de la
mujer por encima de la vida, ha llevado ya a algunos casos, aún llamativos y
escandalosos, en Marruecos, y avanza para marcar la vida
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cotidiana en las comunidades magrebíes en Europa. Cada vez más, en
Francia un certificado como el que ha prohibido la ley de Macron puede decidir
sobre vida y muerte.
Al prohibir los certificados se ataca directamente la concepción del
sacrosanto valor de la virginidad —la de las mujeres, por supuesto: el
sustantivo el virgen solo se usa para el aceite de oliva—. Un marchamo de
calidad para garantizar que la mercancía se entrega intacta. Palabra que a la
izquierda europea le parecería reflejo de un trasnochado machismo si la
pronunciara una chica francesa o española de familia cristiana, pero que asume
como orden natural de las cosas si ha nacido musulmana. Es su cultura, ¿no?
¿Para qué querrá una musulmana tener libertades? No será para follar, ¿verdad?
Seguro que a las musulmanas les encanta ser vírgenes.
Lo que la izquierda europea no concibe —al menos la antropóloga Ramírez
no da señal de planteárselo— es que, si a las musulmanas les encantara ser
vírgenes, no haría falta el certificado. El papel se exige porque, a diferencia
de estas académicas, los hombres musulmanes saben perfectamente que están
imponiendo a la fuerza su dogma patriarcal, que la mujer intentará escaparse de
ese corsé en cuanto pueda y que la única manera de mantenerla sometida a las
normas machistas es ejercer un estricto control. Utilizando todos los medios
que tiene a su alcance. Entre ellos, el sistema de salud francés.
El mismo trasnochado machismo que la izquierda europea denuncia en los
discursos de la Iglesia se convierte en un elemento cultural que respetar en
boca del clero salafista. Una actitud que un médico podría certificar tal vez
como esquizofrenia. O quizás sea un simple afán de definir «civilizaciones»
bien delimitadas. Las musulmanas ¿para qué querrán libertad? La liberación
sexual es un privilegio de blancas. Y debe seguir siéndolo, parece.
Como si no hubiera costado sangre llegar hasta esa libertad en Europa.
DE MONTMARTRE AL MAYO
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—¿Y qué le hemos hecho mi hija y yo para que usted no se quiera casar
con ella?
—Se lo diré: mis valores morales me impiden casarme con una chica que no
me aporta su pureza al matrimonio.
El diálogo, ubicado en el Berlín de 1892, enfrenta a un empresario con
el joven al que cree su futuro yerno, porque sabe que es el amante de su hija.
Pero el joven es Diederich Hessling y no va a estropear su futuro casándose con
la hija de un fabricante arruinado. Ni le dará tampoco ese motivo: aduce la
falta de virginidad de la chica, razón irrefutable.
—Pero si usted fue su primero.
—¿Y cómo puedo saberlo? Con uno es con cualquiera.
La escena es de la novela El súbdito de Heinrich Mann[228] y
caricaturiza los códigos de honor de la sociedad burguesa alemana, no tan
diferentes de los que hoy podemos encontrar en Egipto o en Argelia. No es el
único: la literatura del siglo XIX rebosa de personajes femeninos sujetos al
drama del sexo, chicas abandonadas por el novio antes de llegar al altar que se
ven obligadas a meterse a prostituta o acaban ingresando a la fuerza en un
convento. Si no prefieren directamente, ante el dilema, tirarse a las aguas del
río más cercano.
La Iglesia católica —y la protestante luego, en varias de sus corrientes
— no era ajena a este drama. Llevaba siglos elevando la virtud de la
mujer a principal estandarte de su guerra contra los paganos. Llama la atención
que, de los 50 000 procesos inquisitoriales celebrados entre 1550 y 1700, casi
un 6 %, unos 2800, fueran por denuncia de una condición concreta: bigamia[229].
No eran tríos amorosos. Ni se trataba de moriscos que mantuvieran un hábito
islámico (que quizás nunca había sido frecuente en al-Ándalus, visto que
también es casi desconocido en Marruecos hasta hoy). No: la Iglesia perseguía a
hombres y mujeres que se habían separado de su cónyuge y se habían juntado en
matrimonio con otro. Lo que hoy sería un vulgar divorcio y un nuevo amor. El
problema: ya no existía el divorcio.
Ha leído bien: ya no. No es que aún no se hubiera llegado a instaurar
(usted piensa en la ley de 1932 en la Segunda República, o en la de 1981); es
que acababa de abolirse. Divorciarse había sido algo normal en la España
cristiana, de toda la vida de Dios, hasta 1563, fecha en la que el Concilio de
Trento proclamó el matrimonio como sacramento. A partir de entonces, ya solo se
podía contraer ante sacerdote, no como antes
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mediante un simple pacto entre dos personas. Y, lo que era más grave, ya
no se podía volver a disolver nunca más, hasta la muerte: lo que Dios ha unido,
que no lo separe el hombre[230].
A partir de ahí, el sexo se convirtió en delito: si no era sancionado
por un sacerdote era fornicación o amancebamiento; si era con otra persona que
la oficialmente desposada, adulterio o, en caso de convivencia, bigamia. No se
quemaba a la gente por eso: normalmente, la condena podía ser unos pocos años
de galeras (para los hombres) o destierro. O se quedaba todo en una
amonestación, incluso el amancebamiento de los propios párrocos locales, «por
ser muy frecuente este error en el reino de Navarra y en este obispado de
Calahorra en personas que no se puede presumir ser herejes, sino ignorantes y
faltos de la enseñanza de la doctrina cristiana»: el pueblo aún no se había
enterado de que una vida sexual normal se había convertido en ilegal[231].
Pero se iba enterando. La Iglesia puso empeño en ello y, para los
próximos 400 años, la vida sexual de las mujeres —casi siempre la de ellas
— se convirtió en materia para códigos penales, aparte de prédicas desde
el púlpito. Los códigos no se reformaron hasta bien entrado el siglo XX; las
prédicas, nunca. Aún hoy —hablamos del catecismo oficial disponible en
la página web del Vaticano— se considera «ofensa a la castidad» todo lo que no
sea el objetivo de procreación dentro de la sacralidad del matrimonio monógamo.
Aclarando: «El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí
mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión». Siguen siendo
totalmente prohibidos la masturbación, la fornicación (sexo entre personas no
casadas), la homosexualidad, el adulterio, el divorcio («ofensa grave a la ley
natural», que «por su efecto contagioso» es «una verdadera plaga social»),
todos los métodos anticonceptivos salvo el recurso a los días infecundos, y
también la «unión libre» que se produce «cuando el hombre y la mujer se niegan
a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad
sexual[232]». Es decir, es ofensa grave prácticamente todo lo que puede ocurrir
cuando una no se encierra en un convento.
La sociedad europea solo empezó a cambiar, y muy despacio, hacia finales
del siglo XIX. Si el París de 1920 tenía fama de ser un lugar de libertades
sexuales, no era por haber acabado con el concepto de la deshonra sexual. Era
por la cantidad de chicas que, descarriadas,
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mancilladas, deshonradas en su pueblo, habían sido empujadas a la
prostitución y poblaban las calles de la gran urbe. Fueron ellas, su «libertad»
producto de la falta de libertad sexual, las que le dieron fama a Montmartre.
Henry Miller, Hemingway o Lawrence Durrell no es que se pasaran el día ligando:
iban de putas.
Por supuesto, en la buena sociedad parisina, tener un amante era
habitual para madame, al igual que era habitual que la historia acabara con
disparos de pistola entre dos hombres. Aún en la cosmopolita Viena de los años
veinte, el duelo era un recurso necesario para remediar no ya unos cuernos,
sino una simple insinuación de que pudiera haberlos. Hay resmas de tramas
novelescas austríacas que solo se sostienen en la negativa de un caballero de
comprometer el buen nombre de una señorita confesando que la ha visto a solas
en un parque. La clase obrera, con menos dinero para balas y menos tiempo para
estupideces, se lo tomaba de otra manera, dejaba de casarse, convertía el amor
libre en lema de una revolución socialista. Pero no fue hasta el Mayo del 68,
con las estudiantes parisinas convirtiendo la minifalda en signo de la
revolución, cuando la liberación sexual se extendió por fin a la burguesía de
Europa.
En España, esta evolución se ralentizó debido a que la dictadura de
Francisco Franco seguía imponiendo por ley la moral de la Iglesia católica. En
los años setenta, gran parte de la sociedad española se sentía encerrada en una
burbuja de represión sexual, percibida como antinatural en los tiempos que
corrían. Hubo que esperar hasta la muerte del Caudillo para que las prédicas
dejaran de diseñar el Código Penal. Entonces llegó el destape. Cayeron cadenas,
bozales y bragas.
En muy pocos años, España se convirtió en lo que probablemente fuese una
de las sociedades más liberales de Europa respecto al sexo, en la —errónea pero
muy saludable— convicción de que esto era lo normal en el resto del mundo, y
que solo lo había impedido la asfixiante presencia de una Iglesia católica
dotada de poder por obra y gracia del dictador. La vieja oposición entre
conservadores y tragafrailes. Hasta hoy, quienes luchan en España a favor de la
libertad sexual tienen muy claro a quién se enfrentan.
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3. CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
EL COÑO INSUMISO
«Contra el Vaticano / poder clitoridiano». «Sacad vuestros rosarios / de
nuestros ovarios». «El papa no nos deja / comernos la almeja». «La Virgen María
/ también abortaría». Este fue el tenor de los cánticos que se oyeron un 8 de
marzo de 2013 por las calles de Málaga, por boca de una decena de mujeres que
portaban lo que en Andalucía se conoce como un paso: unas angarillas con una
gran escultura de Cristo o la Virgen María encima. En este caso, los contornos
sugerían notoriamente el manto de la
Virgen. Pero los pliegues no dejaban lugar a dudas: aquello era un coño.
Se trataba de la gran procesión del Santo Chumino Rebelde,
convocada por la —ficticia— Hermandad del Coño Insumiso, según recoge el
escrito de acusación que se leyó siete años más tarde en la Audiencia de
Málaga. La sentencia, emitida en noviembre de 2020 y recurrida, multa con 2700
euros a la única acusada por el artículo 525, que castiga con ocho a doce meses
a quienes «para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión
religiosa hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo
de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias». Lo que
vulgarmente se conoce como delito de blasfemia.
Las mujeres también gritaron «Vamos a quemar / la Conferencia Episcopal
/ por machista y patriarcal», pero no se las acusó de un delito de amenazas,
bien por no apreciarse intención pirómana real o por no considerarse inflamable
la institución. El problema no era un insulto a una persona, sino a una
creencia. No funcionó el argumento de la defensa: aseguraba que la acusada «no
tuvo intención de ofender». ¡Pues claro que tuvo intención de ofender! En esto
consiste la sátira: en hacer escarnio de
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un dogma, una creencia o una postura política o ideológica. Es lícita —y
considerada parte de las bellas artes desde Marcial— no porque no ofenda, sino
porque lo hace con motivo.
Por eso, un tribunal de Sevilla absolvió en 2019 a tres mujeres que
habían hecho exactamente lo mismo: pasear un coño en procesión. Los cánticos y
lemas eran literalmente los mismos que los de la protesta de Málaga, celebrada
un año antes. «Lo que hicieron ofendió claramente a muchos católicos,
practicantes y devotos, de número indeterminado eso sí, e igualmente es de
resaltar que también hay católicos, igualmente practicantes y devotos, que no
se sintieron expresa y directamente atacados», considera la sentencia. De
hecho, resalta el juez David Candilejos, no fueron las cofradías de Sevilla,
numerosas y en algún caso testigo directo de la procesión —sin que hubiese
ningún tipo de confrontación; es más: se rieron—, los cuales interpusieron
denuncia, sino Abogados Cristianos, quienes, subraya, no se pueden considerar
perjudicados «por el simple hecho de que no son los titulares del bien jurídico
protegido», es decir, de los sentimientos religiosos. Y respecto a si la Virgen
María también abortaría, recordó, «es una aseveración que es difícil de
constatar». Eso sí, reprendió a una de las activistas por su «evidente “poco
arte” a la hora de bailar sevillanas[233]».
La marcha, «absolutamente prescindible y gratuita en sus formas para
este juzgador, tenía igualmente una finalidad concreta y era la protesta
incardinada en el contexto social propio de aquellas fechas»: momento de debate
sobre la ley del aborto, razona Candilejos su sentencia; pudieron ser gratuitas
las formas, pero no el fondo, no la intención. La sátira tenía motivo. Por lo
tanto, absolución.
Pasear una efigie del obispo con cabeza de cerdo, pongo por caso, habría
sido una injuria gratuita: no hay nada que vincule el clero a la porcicultura.
Un coño en procesión, sin embargo, resume a la perfección el discurso misógino
de la Iglesia católica: es la Iglesia la que reduce a la mujer a su calidad de
virgen, de virgo, de órgano sexual o, mejor dicho, antisexual: el virgo es el
antítesis del sexo. Llevar este discurso a un punto visual preciso, casi digo a
un clítoris, es sátira política irreprochable. Ofende porque tiene razón.
La primera vez que en España se celebró un juicio por el artículo 525
—formulado en la reforma del Código Penal de 1995— fue en 2012, por un vídeo
grabado en 1977 por el cantautor Javier Krahe junto a unos
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amigos y emitido en televisión en 2004. En él, una voz en off explica
cómo cocinar un cristo sobre lecho de patatas con mantequilla y finas hierbas
al tiempo que se observa el proceso. «Calcúlese un cristo ya macilento para
cada dos personas. Se le extraen las alcayatas y se le separa de la cruz, que
dejaremos aparte. Los estigmas pueden mecharse con tocino…». El truco estaba en
dejarlo en el horno tres días, «al cabo de los cuales sale completamente solo».
Media España se reía, sobre todo quienes, por haberse criado aún en
colegios de curas y monjas, entendían la alusión a los tres días. Quizás se
reía toda España. Salvo un abogado de firmes credenciales católicas —tan firmes
que años más tarde lamentaría el rumbo de la Iglesia bajo Benedicto XVI y
abogaría por «devolver al catolicismo su auténtico rostro[234]»— llamado Javier
María Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna, presidente del Centro Jurídico Tomás
Moro, fundado en 2004. Con la finalidad de asumir «la defensa de la libertad
religiosa de todos los españoles independientemente de su religión, creencias y
opiniones[235]», interpuso denuncia contra Krahe, pidiendo multa de 144 000
euros. La Fiscalía pidió la absolución; los jueces no vieron ánimo de ofender: absolvieron
a Krahe y a la directora del programa, Montse Fernández Villa, también acusada.
La cobertura de la prensa muestra el estupor de la sociedad española ante algo
tan extemporáneo como hablar de delitos de blasfemia. Hubo quien opinaba que ya
era hora de abolir el artículo[236]. Pero ocurrió lo contrario: al juicio de
Krahe le siguieron otros muchos.
«Que no te den una hostia. Ponte condón». Es la frase por la que los
abogados del Centro Tomás Moro pidieron 144 000 euros y un año de cárcel al
exsecretario de las Juventudes Socialistas de Andalucía: firmaba responsable de
un cartel de una campaña de prevención del sida, en la que se dibujaban dos
manos que levantaban un disco rojo y la frasecita. Tuvo que pagar fianza, pero
fue absuelto en 2013[237]. En 2015, poco después de haber sido nombrada
portavoz del Ayuntamiento de Madrid, le llegó denuncia a Rita Maestre, también
firmada por el Centro Tomás Moro, por haber irrumpido con un grupo de
activistas, de las cuales algunas se quedaron en tetas, en una capilla en el
campus de la Universidad Complutense, entre cánticos similares a los arriba
citados. Fue condenada a una multa en marzo de 2016 por el artículo 524, que
castiga con hasta un año de cárcel la «profanación» de un templo, pero absuelta
en diciembre
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del mismo año en segunda instancia, al considerar el juez que no hubo
tal delito, porque las activistas no destrozaron ni apenas tocaron nada[238].
Quizás cansados de tanto perder, los de Tomás Moro pasaron el testigo: a
partir de ahí, quien firma las acusaciones particulares es la asociación
Abogados Cristianos, bajo la presidencia de la jurista vallisoletana Polonia
Castellanos, a la que algunos medios creen vinculada a la secta ultracatólica
El Yunque[239]. Tampoco tuvieron mucho más éxito: en 2017, los tribunales
archivaron la denuncia contra el artista Abel Azcona, que en el marco de una
exposición en 2015 en Pamplona había compuesto la palabra pederastia con 242
hostias consagradas. Y en 2020, un tribunal absolvió al actor Willy Toledo de
la acusación de ofensa a los sentimientos religiosos por haber escrito «Me cago
en Dios y en la Virgen» en Facebook. El tribunal no apreció ánimo de ofender porque
los mensajes «iban dirigidos a sus seguidores y personas que comparten las
ideas del acusado y el gusto por su especial estilo literario». El recurso de
Abogados Cristianos en el caso del Coño Insumiso de Sevilla —por la blasfemia,
no por las sevillanas— fue desestimado en abril de 2021.
Ante tanto juicio perdido —queda por ver qué pasará en Málaga— surge la
pregunta: ¿por qué siguen denunciando? Y la respuesta la da la propia Polonia
Castellanos: «Yo creo que nuestro trabajo es disuasorio: la gente debe saber
que si vas a profanar una catedral, o a hacer negocio con los abortos, van a
tenernos enfrente. Que al menos no les salga gratis[240]».
En otras palabras: se trata de someter a acoso judicial a quienes se
atreven a protestar contra los dogmas de la Iglesia católica, incluso cuando
está claro que no han cometido un delito. Conseguir que se achanten por miedo a
sufrir las consecuencias. Los métodos —utilizar la Judicatura— son pacíficos y
democráticos; la meta es la misma que la de los hermanos Kouachi al disparar
contra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo: imponer la ley del
silencio, acallar a los defensores del laicismo, colocar la religión fuera del
ámbito de las críticas ciudadanas, blindada, intocable, sagrada.
Salvo en el caso de Azcona, en el que también se personó el arzobispado
navarro[241], la Iglesia como institución no ha intervenido en la campaña
contra satíricos, artistas, activistas, pero por mucho que sus integrantes
subrayan que no hay vínculos entre la asociación y el clero, está claro que el
«trabajo disuasorio» de Abogados Cristianos beneficia
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directamente a la Iglesia: las críticas mordaces, las risas, las
parodias evidencian ante la ciudadanía lo absurdas que son las pretensiones de
poder político de la institución religiosa. Acallarlas, silenciarlas, facilita
mantener el statu quo.
Porque de poder político se trata. La labor de la Iglesia no se limita a
unas enseñanzas místicas en el interior del templo para hablar del verbo hecho
carne, la resurrección de los cuerpos, el sufrimiento de Dios en persona como
acto de salvación de la humanidad entera en el más allá. Es una labor centrada
en el más acá, utilizando los resortes de poder a su alcance, para imponer a
toda la sociedad, al margen de las creencias de cada uno, determinadas leyes
diseñadas por el clero y difundidas bajo la proclama de que se trata de la
palabra de Dios; inmutable e indiscutible, por lo tanto. Si por la Iglesia
fuera, nadie en España se podría divorciar, nadie podría abortar (lo cual no
significaría que no se abortase, sino que muchas mujeres morirían en el intento),
nadie podría hacer públicamente vida de pareja con una persona del mismo sexo.
Y todos los niños estarían obligados a aprender en el colegio público estas
normas como única forma de vida digna del ser humano.
No es así, ya no es así, ya no es la sociedad que tenemos. Pero no
porque la Iglesia haya renunciado a imponer sus leyes, sino porque la sociedad
le arrebató el poder de hacerlo. Pero la resistencia del clero a abandonar ese
poder, su intento de guardar al menos algún resto de su influencia donde puede
—y donde puede es en los colegios— es ahora el asidero del islamismo salafista
para expandir su poder e imponer sus propias normas a la población europea que
se considera musulmana. O que los políticos consideran musulmanes.
UN SALVADOR EN LA PIZARRA
«Por fin una buena noticia». Así arrancaba una columna que escribí en
1996 para Europa Sur, un diario local de Algeciras, cuyo director, Juan José
Téllez, me reservaba de tanto en tanto la firma de la contraportada. La noticia
era que acababa de firmarse el acuerdo entre el Gobierno y la Comisión Islámica
de España para introducir la asignatura de Religión
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Islámica en la enseñanza pública. Antes de enviarla por fax al
periódico, se la enseñé a Virginia Calvache, periodista y amiga. Me dedicó una
mirada reprobatoria.
—¿Una buena noticia? Llevamos años, décadas, pidiendo que quiten la
asignatura de religión de los colegios. ¿Y ahora vienes tú a decir que está
bien que se dé más religión?
Yo intentaba defenderme. Había publicado solo semanas antes otra columna
en el mismo diario, arremetiendo contra la presencia de la religión católica en
el currículo escolar. Citando un libro de colegio de primer grado en el que
María se definía como «la esclava del Señor» (sí: ponía esclava, ni siquiera
sierva). Pero esto era diferente, intenté argumentar. El islam formaba parte de
España, bastaba con levantar la vista —estábamos tomando tapas en el Albaicín—,
y haberlo negado durante siglos, haber pintado la «invasión musulmana» como un
episodio de dominación extranjera, era no solo una enorme falacia, sino también
una amputación de la historia propia, tan propia como el omnipresente
catolicismo. Al menos había que conocerla, re-conocerla, darle simbólicamente
rango de igualdad en nuestra conciencia cultural, defendí. Y, además, el
racismo nace de la ignorancia, de conocer solo cuatro estereotipos del islam:
velos negros, lapidaciones, poligamia, yihad, en fin, una caricatura. La
asignatura podría corregir esto.
—Ya, pero no mediante clases de religión. —Virginia no estaba
convencida.
Modifiqué la columna antes de enviarla; añadí una frase: «En realidad,
es triste que esta cultura se tenga que colar en las escuelas a través de la
ventana de la religión, pero algo aprenderán, digo yo, los niños con la nueva
asignatura, aunque solo sirva para olvidar los tópicos».
Lo que no supe entonces es que, 24 años más tarde, los titulares de la
prensa española seguirían destacando «la llegada del islam a las aulas». En
concreto, a las de Cataluña, porque en Andalucía y Aragón, aparte de Ceuta y
Melilla, ya se imparte la asignatura desde 2006. Luego se sumaron Canarias,
Castilla y León, Madrid y País Vasco. En 2018, ya hubo clases en Castilla-La
Mancha, Valencia, Extremadura y La Rioja. Pero la polémica vuelve a saltar. Y
yo volví a escribir una columna, pero esta vez en sentido contrario: ya no me
parecía en absoluto una buena idea ofrecer una asignatura de religión islámica.
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Porque en 1996 yo creía que se trataba de una oferta dirigida a todo el
alumnado español: aparte de Ceuta y Melilla, el número de alumnos marroquíes en
España —prácticamente no había aún otras nacionalidades
— todavía era muy bajo entonces, y si algo necesitaban eran clases de
refuerzo de idioma, no religión. Pero un cuarto de siglo más tarde resultaba
obvio que aquello era una ingenuidad: se trataba de ofrecer a los padres la
posibilidad de catequizar a sus hijos en el colegio público conforme a su
propia fe. Los «alumnos destinatarios» de la asignatura no son quienes se
interesen por la materia, sino quienes son hijos o nietos de musulmanes: así lo
deja claro un estudio demográfico de la organización islámica española UCIDE,
que los cifra en 344 000 personas[242]. Y a la vista del contenido de las
clases, según lo previsto por la ley, efectivamente sería imposible ofrecer
esta asignatura a ningún alumno que no sea musulmán: comprende «recitar
correctamente la shahada» (el
credo) como actividad escolar evaluable[243]. Es decir, si alguien entra
en clase sin ser musulmán, sale convertido.
Porque el objetivo de las clases de religión no es enseñar nada ni
aprender nada. Para aprender hay que pensar, y no es este el fin de la
asignatura: se trata de «reconocer y aceptar» un contenido cuyo control no
corresponde al Estado, sino que es «competencia de las respectivas autoridades
religiosas», como insiste la ley española. Lo es tanto que hasta el propio
Boletín Oficial del Estado utiliza al describir el temario la ortografía
eclesiástica de «Dios y Su existencia» en el caso cristiano, o de «Muhammad
(P. B.)», una abreviatura de Paz y Bendiciones que es obligatoria para los
creyentes, en el musulmán. Y afirma sin pudor que «el ser humano pretende
apropiarse del don de Dios prescindiendo de Él. En esto consiste el pecado».
Pero ser ateo no es solo pecaminoso, es un infortunio: «Este rechazo de Dios
tiene como consecuencia en el ser humano la imposibilidad de ser feliz»,
asegura el temario de la fe católica[244]. Por lo tanto, como práctica escolar,
el alumno deberá «evaluar circunstancias que manifiestan la imposibilidad de la
naturaleza humana para alcanzar la plenitud» y, como consecuencia, «reconocer y
aceptar la necesidad de un Salvador para ser feliz». O cristiano o desgraciado.
En comparación con la pretensión católica de hacer creer al alumnado que
«Dios interviene en la historia», el contenido propuesto por la Comisión
Islámica de España (CIE) se lee como un texto para niños de
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primera comunión: Adán y Eva, el Corán como palabra divina, Jesús como
profeta, los padres, los derechos de los animales, el medio ambiente. Hasta
afirma que mujer y hombre son iguales ante Dios (Al-lah). Que no lo son ante
los hombres, eso ya lo aclarará la profesora cuando les mande a las niñas
ponerse velo a la hora de tocar el Corán.
Porque si bien la CIE ha hecho un encomiable esfuerzo para presentar un
contenido de asignatura sin aristas ni polémicas, la elección del profesorado
corresponde al mismo organismo, que debe certificar la idoneidad del enseñante,
exactamente igual que hace la Conferencia Episcopal con los suyos. Y la CIE,
interlocutor del Gobierno español para asuntos religiosos, ha evitado
cuidadosamente oponerse al salafismo. No ha hecho nada para frenar la deriva
integrista del islam en España. Ha exhibido un elocuente silencio ante la
proliferación del ideario salafista, convirtiéndolo a ojos del público en el
islam estándar. Con este silencio, lejos de desterrar estereotipos, rubrica la
plena validez de la caricatura del islam que conoce la sociedad española y que
yo deploraba en mi columna. Desde el niqab hasta la poligamia, desde la yihad
—siempre matizando que «en realidad» es una lucha interna personal, pero sin
nunca desautorizar a los teólogos para los que sí es una llamada a las armas—
hasta las lapidaciones.
No, por supuesto ningún teólogo europeo, de estos que figuran como
interlocutores de los Gobiernos, defiende lapidar a las mujeres, pero tampoco
ninguno es capaz de rechazarlo de plano. Porque esto significaría cuestionar no
el Corán —allí no aparece—, pero sí todo el conjunto de exégesis e
interpretaciones legales de la ortodoxia que han convertido un libro de
prédicas e historietas en una religión mundial con compendio de derecho
canónico y aspiración de poder político al mismo nivel que la Iglesia. Y cuestionar
esa aspiración no conviene. Mejor no tocar el tema, dejarlo correr, hablar de
Adán y Eva y dejar el resto en manos de Dios.
PASTORES Y CONCORDATOS
Ante el manifiesto fundamentalismo de quienes se pasean por los platós
de televisión europeos como representantes del «islam moderado», no
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sorprende que el titular de la «llegada del islam a las aulas» haga
saltar las alarmas y suscite una marea de comentarios en foros y cartas al
director de ciudadanos preocupados con que se vaya a adoctrinar a los niños en
clase para educar a pequeños yihadistas. Pero eso es acordarse de santa Bárbara
cuando truena. Porque Europa ha aceptado, por consenso y razón, que nadie debe
ser discriminado por razón de su fe. Este artículo —de obligado cumplimiento:
si se vulnera, el Tribunal de Estrasburgo amparará al ciudadano— obliga a los
Gobiernos a entregar al clero musulmán la misma cuota de poder, proporcional a
su población, de la que disfruta el cristiano. Si existen capellanes en el
Ejército, debe haber imames. Si se financian iglesias, deben subvencionarse
mezquitas. Si hay clases de religión católica en los colegios, debe haberlas de
fe islámica. Puede usted patalear, pero es la ley.
Esto no significa que sea obligatorio gastar dinero público en
mezquitas, imames y clases coránicas. También cabe la vía inversa: eliminar las
subvenciones a capellanes, curas y profesores del dogma católico. Nada en la
Constitución española impide hacerlo. Es cierto que el artículo 27 garantiza
«el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación
religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones», pero no
especifica que esta formación deba tener lugar en horario escolar ni en el aula
del colegio ni quién debe pagarlo. Un derecho ciudadano no siempre es una
obligación financiera del Estado. Ni el artículo 20, que garantiza el derecho a
difundir libremente los propios pensamientos, obliga al Estado a sufragar los
gastos de un blog personal a todo ciudadano, ni tampoco el artículo 47, que
recoge «el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada», exime a nadie
de pagar un alquiler. Hace falta cierta voluntad para interpretar que el 27
obliga a toda la ciudadanía sin convicciones religiosas a sufragar con sus
impuestos el adoctrinamiento de los hijos de quienes sí las tienen.
No es la Carta Magna la que obliga a hacerlo. Son los Acuerdos con la
Santa Sede, firmados el 3 de enero de 1979, cinco días después de entrar en
vigor la Constitución, esto es, negociados al margen de ella y nunca sometidos
a referéndum. No derogan el Concordato de 1953, que describen expresamente como
«vigente», pero reemplazan ciertas disposiciones de este. Establecen la
obligación de ofrecer «la enseñanza de la religión católica en todos los
centros de educación, en condiciones equiparables a las demás disciplinas
fundamentales». Y para que no haya
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tentación de renunciar a ella, «las autoridades académicas adoptarán las
medidas oportunas para que el hecho de recibir o no recibir la enseñanza
religiosa no suponga discriminación alguna en la actividad escolar[245]». Es
decir, no puede ser una asignatura suplementaria: formarse como cristiano no
puede ser un esfuerzo añadido, no puede dejar cabreado al alumno devoto porque
los descreídos se pasen esa hora en el recreo: a esos impíos hay que cargarles
alguna tarea extra para compensar.
Exactamente así lo expresó el ministro de Cultura bávaro, Hans Maier,
quien lideró en 1972 la introducción de las clases de ética en los colegios
alemanes, con el objetivo de «evitar que quienes habían dejado la clase de
religión se sentaran en un café para enfado de los alumnos que aguantaban en el
aula[246]». La medida se había vuelto necesaria tras el famoso Mayo de 1968,
que también en Alemania supuso un revulsivo para toda la sociedad: entre 1972 y
1983, millones de ciudadanos se dieron de baja en la Iglesia, y la
participación regular en la misa bajó del 55 al 35 % entre los católicos y del
15 al 7 % entre los protestantes[247]. Hasta entonces no se había cuestionado
la clase de religión, anclada en el artículo 7 de la Constitución alemana, que
la describe expresamente como una asignatura «regular», igual que cualquier
otra. Pero a diferencia de cualquier otra, su contenido no lo determina el
Estado, sino la Iglesia correspondiente (católica o luterana). O, como lo
expresó el sociólogo alemán Alfred Treml: es un derecho y una obligación
garantizada y financiada por el Estado para toda la ciudadanía y, a la vez, una
enseñanza de ideario bajo la única responsabilidad de las iglesias para sus
propios feligreses: «una anacronía» que solo podía funcionar mientras la
inmensa mayoría de los afectados, los alumnos, eran efectivamente
feligreses[248].
Esto cambió cuando cada vez más familias retiraban a sus hijos de la
asignatura o los propios alumnos declaraban su baja, algo que en la mayoría de
los estados federados pueden hacer a partir de los 14 años, salvo en Baviera y
Sarre, donde solo se acepta la decisión de padres o tutores, no de los alumnos
antes de cumplir los 18. La reacción, con la propuesta de introducir una
asignatura sustitutoria, llamada filosofía o ética, llegó desde las propias
iglesias —de hecho, el primer estado en introducirla fue la muy católica
Baviera—, que aspiraban frenar así la sangría. Antes, un alumno exento de
religión podía irse a casa o leer una novela en el patio; la obligación de
pasar al aula de filosofía llevó
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efectivamente a una fuerte disminución de las peticiones de exención.
Era este el único cometido de la asignatura: ser un «castigo para apóstatas»,
una «red de morralla para quienes se habían atrevido a dejar la clase de
religión o incluso la religión entera», formula Treml, en el fondo solo
parafraseando las palabras de Maier. Una intención tan indisimulada que la
asignatura no puede impartirse por su cuenta: en el hipotético caso de que casi
todos los alumnos de un colegio se pasen de religión a ética y la Iglesia deje
de ofertar su asignatura por falta de demanda, el colegio también debe anular
la de ética[249].
En añadidura, el propio contenido de las clases ha sido elaborado por
gremios con una fuerte representación de delegados de las iglesias, y a falta
de docentes formados en el tema, con la ley facultando a absolutamente
cualquier maestro a hacerse cargo de esa hora, son a menudo los propios
profesores de religión los que dan también la clase de ética, «con el Estado
permitiendo a las comunidades religiosas que utilicen esta asignatura como
puerta trasera para transmitir sus creencias[250]». Eso, cuando alguien da esa
clase: aunque la oferta ha ido ampliándose gradualmente, en los estados de la
antigua Alemania Occidental, más religiosa que la parte excomunista, entre el
30 y el 60 % de los colegios, según el tipo y la región, no ofrecían aún la
asignatura en el ciclo 2006-2007, décadas después de introducirse por ley, y se
va extendiendo solo gradualmente[251].
Una excepción es la ciudad de Berlín, que se salva de cumplir el mandato
constitucional gracias a una cláusula inicialmente adoptada porque la ciudad de
Bremen se negaba a ofrecer clases —más exactamente, sesiones de
adoctrinamiento— de religión católica y luterana por separado, tal y como es
obligado en el resto del país, y reivindicaba darlas con un fundamento
cristiano común. Berlín, desde siempre feudo de descreídos y librepensadores,
incluso de gente que se consideraba nunca del todo cristianizada, se aprovechó
y dejó la asignatura entera como optativa. En el vecino estado de Brandeburgo
se sigue un modelo similar desde 1996, con las iglesias denunciando en los
tribunales lo que consideraban un menoscabo a la obligatoriedad constitucional
de la clase de religión. Cuando Berlín aprobó en 2006 una ley para introducir
una asignatura obligatoria de ética, manteniendo la de religión como optativa
libre, el asunto llegó hasta el Tribunal Constitucional, impulsado por la
denuncia de unos padres evangélicos que veían inadmisible que su hija
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tuviera que asistir a clase de ética. Era incompatible con su fe
cristiana, argumentaron con lógica: «Uno de los fundamentos de la clase es la
filosofía, y en el pensamiento filosófico, el ser humano es la medida de todas
las cosas. Toda filosofía parte de que Dios no existe y en este sentido es
atea, es un sindiós. En conjunto, la asignatura de ética parte de una
cosmovisión laica». Así resume la postura de los querellantes la sentencia del
Constitucional de 2007[252]. La alumna asegura «tener el derecho, garantizado
por la libertad de religión, de orientar todo su comportamiento por las
enseñanzas de su fe y de actuar según sus convicciones religiosas». Y definir
la clase de ética como algo neutral, añade, «pasa por alto que la forma de la
asignatura se basa en un ideario ateo que contradice la fe cristiana».
Se deduce, pues, que ser confrontado con la existencia de un ideario que
prescinde de Dios ya es un acto contrario a la fe. Pero no es contrario a la
convivencia cívica de los ciudadanos, decidió el Constitucional: estar abierto
a una pluralidad de ideas es condición esencial para un colegio público en una
democracia liberal. El Legislativo, aseguraron los jueces, tiene derecho a
prevenir la formación de «sociedades paralelas» y hacer esfuerzos a favor de la
integración de las minorías. Y la integración, concluyeron, no solo consiste en
que la mayoría no margine a una minoría; también exige que esa mayoría no se
encierre en sí misma, negando el diálogo con los demás. Por lo tanto, ser
cristiano no da derecho a rechazar la participación en una clase de filosofía
laica. Y de paso, aclararon los togados de Karlsruhe, los derechos
fundamentales de libertad religiosa y de una educación de los hijos conforme al
ideario religioso o ideológico de sus padres «no les otorgan derecho a una
asignatura de religión equiparable a las demás asignaturas en el colegio».
Berlín se apuntó así, con década y media de retraso, al debate que en
España calienta los ánimos tras cada cambio de Gobierno, sea del signo
conservador al progresista o al revés. Ya en 1990, tras ocho años de Gobierno
socialista, la asignatura de religión había dejado de ser obligatoria y
evaluable; un intento del Partido Popular de revertir esta evolución quedó en
agua de borrajas por una nueva victoria socialista en 2004, y solo en 2013, el
PP consiguió restablecer la plena validez académica de la religión, como
materia evaluable y puntuable en el expediente académico. En 2020, el nuevo
Ejecutivo de PSOE y Podemos
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volvió a cambiar la ley y religión es, de nuevo, optativa y sin valor
académico.
EN MISA Y REPICANDO
También en España, el Constitucional ha tenido que meterse en las zarzas
de la religión entendida como materia académica, pero no para ocuparse de los
derechos de padres y alumnos, sino de los profesores. Curiosamente, para
defenderlos contra sus propios patronos, los clérigos. Porque el Concordato
aclara que los profesores, pagados por el Estado, «sean designados por la
autoridad académica entre aquellos que el ordinario diocesano proponga» cada
año, pasando a formar «parte, a todos los efectos, del claustro de
profesores[253]». Este es el origen de los juicios que se repiten con
regularidad en España cuando la diócesis le retira a un maestro la competencia
para impartir clase de doctrina católica y lo deja en paro. La legislación
laboral no permite rescindir el contrato de un trabajador sin motivo, y la
razón que aduce el obispado, una conducta no compatible con los preceptos
católicos, no se puede justificar como motivo de despido de un empleo público,
categoría a la que pertenecen los profesores de religión desde 1998 (antes los
contrataba la Iglesia, pasando la factura de los gastos al Estado).
La cuestión llegó hasta el Tribunal Constitucional en 2007, después de
que el obispado de Canarias le retirase el certificado a la profesora Carmen
Galayo tras nueve años de trabajo, «por mantener una relación afectiva [léase:
sexual] con un hombre distinto de su esposo, del que se había separado». La
profesora ganó en primera instancia una indemnización, pero el Constitucional
rechazó un posterior recurso en el que exigía ser readmitida. Porque,
dictaminó, «resultaría sencillamente irrazonable que la enseñanza religiosa en
los centros escolares se llevase a cabo sin tomar en consideración como
criterio de selección del profesorado las convicciones religiosas de las
personas que libremente deciden concurrir a los puestos de trabajo
correspondientes». En otras palabras: no se puede estar en misa y repicando.
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Tiene lógica: si alguien se quiere beneficiar de los privilegios de la
Iglesia, cobrando un salario para enseñar fantasiosas historias de paraísos,
serpientes y pecados, no puede quejarse si se le exige fingir al menos que se
cree esas historias, junto a las normas y leyes que esa misma Iglesia hace
derivar de ellas. «Creo en el amor, que es la esencia del cristianismo», afirma
Carmen Galayo al defenderse de las acusaciones de incoherencia[254]. Ni
siquiera Jesucristo había condenado a María Magdalena, recuerda[255]. «¿Qué ley
prohíbe enamorarse? La de Cristo, no», aduce Resurrección Galera, despedida en
2001 por casarse con un hombre divorciado, solo otro ejemplo más de una
práctica recurrente de la Iglesia[256].
Pero invocar los Evangelios es un recurso demasiado cómodo. Ninguna de
estas docentes estaba contratada para enseñar amor, sino —así lo dice la ley—
«doctrina católica». Si creían que la doctrina católica consiste en amar,
tendrían que haber estudiado un poco más. Quizás tendrían que haber leído
algunos de los textos de la institución a la que debían su contrato y su pan.
Las encíclicas papales, por ejemplo, y ni siquiera las que tipifican como
pestilencia y delirio la libertad de conciencia. Basta con leer al papa más
moderno para saber que ser católico no consiste en interpretar por cuenta
propia lo que quiso decir Jesucristo. «Es imposible creer cada uno por su
cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la
intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el “yo” del fiel y
el “Tú” divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se
abre al “nosotros”, se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia», lo
formula en 2013 Francisco I.[257] Y esta comunión no se basa simplemente en las
Escrituras, sino en un compendio de leyes, conceptos y dogmas, de fuerza
vinculante, elaborado por la Iglesia por inspiración divina: «Mediante la
tradición apostólica, conservada en la Iglesia con la asistencia del Espíritu
Santo, tenemos un contacto vivo con la memoria fundante», prosigue la
encíclica[258].
Galayo, Galera y las demás profesoras despedidas —la mayoría de los
casos publicitados son mujeres— serán buenas cristianas, pero su contrato
laboral no lo había firmado Jesucristo. No emanaba de una voluntad popular,
sino de un tratado internacional con un organismo extranjero dotado de una
jerarquía precisa y de suficiente poder político y económico
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como para imponer su voluntad a todos los Gobiernos españoles, fuesen
del signo que fuesen, y forzarlos a mantener un sistema que deriva una partida
de dinero público hacia el proselitismo en los colegios: unos 700 millones de
euros al año para docentes elegidos por el obispado, sin necesidad de
oposiciones ni otro proceso selectivo.
«No tienen derecho a hacer lo que han hecho. Soy española, no una
ciudadana del Vaticano. No soy una esclava del obispo», se rebelaba Carmen
Galayo contra su despido[259]. Se equivocaba. Su contrato laboral sí lleva la
firma del Vaticano. Sin el Concordato, un tratado vinculante que obliga a
ofertar la asignatura en todos los colegios, la mayor parte de los 35 000
puestos de trabajo que actualmente ocupan los profesores de religión habrían
desaparecido hace tiempo. Quizás se mantendría alguno en la enseñanza privada o
la concertada, por una lógica comercial de responder a una hipotética demanda,
pero los 13 000 de los colegios públicos tendrían poca razón de existir. O eso
creen los propios profesores de religión: la ley de 2020, que mantiene la
materia como de oferta obligada en todos los colegios, pero la relega a un
puesto de irrelevancia académica, acabará con ellos, temen, porque simplemente
se quedarán sin alumnos[260]. Algo similar aduce la confederación católica de
padres de alumnos CONCAPA, que ha recurrido la ley en los tribunales: «Eliminar
la asignatura espejo —la alternativa— incurre en una discriminación para el
alumnado que elige religión[261]». El mismo argumento que en Alemania: no puede
ser que los impíos tengan la vida más fácil, aunque solo sea una hora a la
semana.
La religión no puede ser voluntaria, es la conclusión: debe ser impuesta
por la fuerza, si no queremos que desaparezca. Cristo es amor, creen algunas
catequistas, pero en el aula es un amor forzado. Y la vida de una profesora de
religión —el 88 % son mujeres[262]— oscila entre el recurso a los tribunales
para aferrarse a un puesto de trabajo asignado a dedo por el obispado, y
denunciar en esos mismos tribunales al obispado si quita el dedo.
Ya en 2001 le preguntaron a Carmen Galayo qué diría de una profesora de
religión musulmana que bebiera alcohol y no ayunara en ramadán. Tuvo el tino de
no meterse en el berenjenal, pero con el aumento — legalmente obligado,
mientras la asignatura de religión se mantenga— de las clases de catecismo
islámico en los colegios públicos, estos casos no
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tardarán en darse. Si «tomar copas y no ir a misa» justificó incluso el
cese de la docente católica Francisca Urbano en 2001 —aunque quizás también
influyera su cargo de concejal de Izquierda Unida, habida cuenta de que
socialismo y comunismo son «pestilenciales doctrinas condenadas repetidas
veces»—,[263] por supuesto tomarse unas cervezas será motivo de despido
fulminante para cualquier profesor de doctrina islámica. Pero ¿comer en
ramadán? ¿Puede un tribunal español dictaminar con toda seriedad que aguantar
quince horas sin siquiera un trago de agua forma parte de unas condiciones
laborales aceptables?
No lo sabemos. En 2007, al dilucidar el caso de Galayo, el
Constitucional dejó pasar el cáliz de la cuestión de si el acceso a empleos
públicos puede estar determinado «exclusivamente por un sujeto ajeno a la
Administración pública (el obispado) y sometido únicamente a un derecho externo
e indisponible por los órganos judiciales nacionales (el derecho canónico)». En
esencia, dio la razón al obispado, que se había enrocado en «que los Acuerdos
con la Santa Sede, en tanto que tratados, ocupan una posición jerárquica
superior a la ley y, en cuanto posconstitucionales, su conformidad con la
Constitución ha de darse por sentada a día de hoy, toda vez que su peculiar
naturaleza jurídica hace desaconsejable someterlos a controles de
constitucionalidad».
Desaconsejable, dicen. No vaya a ser que un examen meticuloso revele una
profunda contradicción entre un texto según el cual «la soberanía nacional
reside en el pueblo español» y otro que deje algo tan importante como Dios en
manos de un Estado extranjero.
Pero un hipotético caso de una profesora musulmana denunciando a la
Comisión Islámica de España quizás pondría de relieve otra cuestión: ¿puede el
Estado español permitir que en un colegio público el profesor les diga a niños
de nueve o diez años de edad que aguantar quince horas sin siquiera un trago de
agua es algo recomendable, hermoso y que place a Dios? ¿Y decir a los de doce,
trece o quince que, si no lo hacen, irán al infierno? En muchas familias
musulmanas en España esto está pasando de forma rutinaria, pero ¿pagarlo con
dinero público? ¿Y puede pagar el Estado para que alguien diga a las niñas que
ir con el pelo al aire es indecente y que nunca deben mirar a los ojos a los
chicos, porque eso es adulterio?
Los últimos dos ejemplos son de un libro de educación sexual para
musulmanes redactado por la holandesa conversa Asma Claassen y
Página 196
aprobado para el uso en colegios islámicos concertados, es decir,
financiados con dinero público, en Países Bajos. Eso sí, la parte donde decía
que Dios mataba uno a uno con piedras de arcilla dura a los habitantes de
Sodoma y Gomorra por homosexuales tuvo que quitarse tras protestas de
asociaciones por los derechos de los gais. Más preocupante, claro, era el
material didáctico en las escuelas coránicas privadas, legalizadas como
«clubes», pero sin supervisión gubernamental: allí no faltan ejercicios escolares
en los que los niños tienen que elegir las respuestas correctas para asignar el
castigo correspondiente a cada pecado: latigazos, lapidación o decapitación
para adúlteros, homosexuales, apóstatas o brujos.
Es un espanto, pero se auguran tiempos difíciles para los legisladores
europeos si quieren desterrar estos elementos de la enseñanza pública. Porque
cualquier profesor podría reivindicar, citando a autoridades salafistas, que se
trata de elementos de la religión que el Estado debe respetar. Y a los
inspectores, diputados, ministros de Educación y hasta magistrados les sería
difícil demostrar lo contrario. Y todavía más difícil sería encontrar alguna
forma escrita, codificada y certificada del islam que rechace expresamente este
ideario y sea apta para los colegios. No lo rechaza siquiera el abanderado de
lo que muchos políticos llaman «islam europeo», invitado frecuente en los
platós de televisión desde Londres a Barcelona, incansable proclamador de una
gran reforma del islam desde, por y para Europa. Un hombre que se niega a
condenar la lapidación de las adúlteras: Tariq Ramadan.
Página 197
V
¿REFORMA?
1. LA REVOLUCIÓN AUSENTE
EL APRENDIZ DE MAGO
Hay hoy día una cuádruple crisis de sistemas políticos cerrados y
represivos, autoridades religiosas que sostienen posturas jurídicas
contradictorias y masas populares ignorantes arrastradas por mantenerse fieles
a las enseñanzas del islam por el fervor religioso antes que por una reflexión
auténtica. Esta crisis no puede legitimar nuestro silencio. Somos cómplices y
culpables cuando se les castiga, lapida o ejecuta a mujeres y hombres en el
nombre de una aplicación formal de las Escrituras.
Esto se lee como el grito desesperado de un aprendiz de mago que ha
conjurado los espíritus de su maestro y ya no sabe deshacerse de ellos. Pero
Tariq Ramadan, el hombre que escribió estas líneas en 2005, no es aprendiz: es
el entrenador. Se hace el observador ajeno al constatar que
«en todas partes,
la población muestra
una devoción creciente por el
islam y sus enseñanzas», algo que le parece «interesante como tal», pero que
«puede ser inquietante e incluso peligroso». Finge ignorar que esta devoción
creciente es el objetivo y el resultado de su
Página 198
propia labor y de la de su movimiento político, los Hermanos Musulmanes,
desde África a Inglaterra. Fue Hassan Turabi, alto cargo de la cofradía, con
estudios en Londres y París, quien asumió la tarea de implantar la sharía en
Sudán y convertir la dictadura de Jaafar Nimeiry en un sistema islamista. El
dinero de Arabia Saudí y Catar, impulsor del wahabismo en el mundo, también
financia los discursos de Tariq Ramadan: la recién creada cátedra de estudios
islámicos que obtuvo en Oxford en 2009 lleva el nombre de «Excelencia jeque
Hamad bin Khalif Al Thani», en reconocimiento al emir de Catar y una donación
de 2,39 millones de libras de una fundación catarí[264].
Quienes —esperamos— no fingen su ignorancia son los políticos y
académicos europeos, especialmente de la intelectualidad de izquierdas, que
describen a Ramadan como un pensador en la «línea de un islam moderado y
europeo», con el mérito de «una labor de trabajo social muy eficaz» para ayudar
a los jóvenes musulmanes a integrarse en la sociedad europea[265]. Cuando solo
es moderado en comparación con los terroríficos dogmas que su propio movimiento
ha ido proclamando, moderado en comparación con las abstracciones teológicas de
Sayyid Qutb llevadas a la práctica por el Daesh. Y solo es reformador si se
cree que el universo tolkieniano del Daesh creado por conversos londinenses en
busca del éxtasis es la normalidad de una sociedad musulmana tradicional. Tal vez
lo crea él mismo: le viene de familia.
Tariq Ramadan es hijo de Said Ramadan y Wafa al-Banna, la hija de Hassan
al-Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes. Su padre Said, delegado
internacional de la cofradía, vivía en Arabia Saudí y Pakistán y tenía
excelentes relaciones con los dirigentes de ambos países, así como con la CIA
antes de asentarse en 1958 en Ginebra, donde fundó tres años más tarde un
centro islámico[266]. Su hijo continuó la tradición: llegó a asesor del
Gobierno británico en 2005, bajo la batuta del primer ministro laborista Tony
Blair. Y lejos de luchar contra los estereotipos que denigran la imagen del
islam, Tariq Ramadan los reivindica y los justifica primero, para así poder
reformarlos. Más que un aprendiz de mago abrumado por los espíritus que no sabe
dominar, es un farsante que conjura esos espíritus a conciencia para luego
erigirse en valiente luchador contra los demonios.
Es precisamente lo que hizo Ramadan en un famoso debate con Nicolas
Sarkozy, a la sazón ministro del Interior de Francia y candidato
Página 199
presidencial de la derecha, quien lo invitó a un debate televisado para
exhibir su propio rechazo al islamismo. El punto álgido vino cuando Sarkozy le
mencionó la lapidación de mujeres adúlteras, entonces de actualidad por una
reciente condena en Nigeria. Ramadan se distanció: él defendía una «moratoria»
para permitir «un debate verdadero» en el mundo musulmán, aseguraba. Pero
siempre con una «postura pedagógica» para hacer evolucionar a las masas, porque
la suya era una posición minoritaria en el mundo musulmán, afirmaba[267].
Efectivamente, Tariq Ramadan estaba en una posición extremamente
minoritaria. Porque la inmensa mayoría de las masas musulmanas a las que quiere
educar el predicador no ha tenido jamás en su vida necesidad de plantearse si
lapidar a una mujer adúltera o no: el castigo simplemente no existe en sus
países. No existe desde hace un siglo largo, si es que alguna vez se había
aplicado en el pasado. Cosa más bien dudosa: en sus 500 años de existencia, el
Imperio otomano, caracterizado por su amplia documentación burocrática,
registró exactamente una condena a lapidación por adulterio[268]. También en
los países fuera de sus fronteras, como Marruecos, se documentan desde el siglo
XVI las multas pecuniarias por robo[269], no las de amputación y lapidación.
Estas tampoco aparecen en las numerosas recopilaciones de derecho tradicional
de las tribus bereberes, desde el Anti-Atlas al Rif, realizadas en vísperas del
Protectorado francés. Ni tampoco formaban parte del código legal instaurado por
Abdelkrim al Khattabi en la República del Rif, por mucho que reivindicara la
sharía como fuente legislativa. Salvando el interior de Arabia, donde la secta
wahabí surgió en el siglo XVII, simplemente no se hacían esas barbaridades.
Aparte del interior de Arabia, dominado por wahabíes, las penas
corporales de la sharía solo han aparecido en el Código Penal a finales del
siglo XX. Primero llegó Irán, con la Revolución islámica de Jomeini en 1979,
luego Sudán en 1983, los talibanes en Afganistán tras su victoria en 1996, los
estados del norte de Nigeria en 1999, Aceh en Indonesia en 2002, las milicias
salafistas de Somalia a partir de 2004, Brunei en 2019. Es poca exageración
concluir que en el último medio siglo, el mundo musulmán ha lapidado a más
adúlteras que en todo el milenio anterior[270].
Sin embargo, Tariq Ramadan se ha negado de forma expresa a condenar la
lapidación: «No voy a decir esa frase», responde en una
Página 200
entrevista en la cadena catarí Al Jazeera. Su justificación: las mentes
solo se pueden ir cambiando recurriendo a un profundo debate sobre la
interpretación de las Escrituras[271]. Es decir, tras un milenio en el que este
castigo era prácticamente desconocido entre musulmanes, ahora hace falta un
debate para dilucidar si debería emplearse o no.
COPÉRNICO O LOCKE
El profesor estadounidense Nicholas Tampio, quizás no por casualidad
empleado en una universidad jesuita, llega incluso a aplaudir las posturas
integristas de Ramadan como «revolución copernicana». Porque Ramadan, explica,
ha conseguido superar la vieja división del mundo en «Tierra del islam» y
«Tierra de guerra», para denominar a esta segunda parte, la que no está bajo un
gobierno islámico, como «Tierra del testimonio», donde los musulmanes deben dar
muestra de su fe, sin necesariamente intentar convertir a los demás. Y como
exhibir la fe es una buena obra, es perfectamente lícito vivir en estos países,
concluye el agudo pensador[272].
¡He aquí la revolución! Ahora solo falta que un papa expida una bula
para permitir a los jóvenes españoles ir a Londres para trabajar en verano como
friegaplatos, tranquilizando su conciencia martirizada de católicos al servicio
de herejes anglicanos…, y estamos a punto de alcanzar la paz mundial.
La disputa de términos teológicos, tras la que el jurista estadounidense
Andrew F. Yale descubre una auténtica voluntad de Tariq Ramadan de aceptar los
principios de liberalismo político, acercándose, si no a Copérnico, al menos a
John Locke[273], sería motivo de risa si no tuviera la consecuencia desastrosa
—criminal sería un adjetivo más adecuado— de haber creado en el debate público
europeo una ficción política que utiliza a millones de inmigrantes musulmanes
como herramienta para afianzar el poder de los teólogos fundamentalistas.
«Tariq Ramadan superpone a la religiosidad de los musulmanes un discurso
normativo construido y elaborado a posteriori. Es una cuestión que se plantean
los dirigentes religiosos, pero no necesariamente los musulmanes ordinarios»,
lo
Página 201
formula, con una elegancia casi británica, la socióloga franco-argelina
Leïla Babès[274].
Porque la única división conocida en Marruecos hasta la época francesa
era la que diferenciaba Bled el majzén, la tierra sometida a la autoridad del
Gobierno, de Bled es-siba’, la tierra rebelde, también llamada Bled el-barud,
tierra de la pólvora, en Argelia. Y si ya es mucho suponer que entre los
millones de campesinos y obreros argelinos, marroquíes y turcos que desde los
años sesenta emigraron a Francia, España, Holanda y Alemania hubiese alguien
con suficiente formación literaria como para conocer la división teológica del
mundo, llega a insulto suponerle la suficiente falta de inteligencia como para
que se la planteara a la hora de emigrar para ganarse el pan. Probablemente, la
única persona en el mundo que necesita dilucidar si pedir un visado al Gobierno
francés implica firmar un tratado tácito (’ahd) que legitima la estancia en
tierra no musulmana sea Tariq Ramadan en persona. O tampoco: no le hace falta
visado. Nació en Suiza.
DIOS Y CÉSAR
Más sonrojantes todavía son las tesis de Ramadan que justifican
teológicamente que un musulmán en tierra de increyentes participe en política
porque así podrá contribuir a mejorar la imagen del islam en el mundo. Sirven
para pasear a su autor por platós de televisión con el marchamo de representar
una corriente islámica «a favor de la integración», como si participar en
política fuese una actitud eminentemente europea, ajena a un musulmán normal.
Cualquier emigrante le podría explicar los motivos: desde Marruecos a Pakistán,
la participación en política significa demasiado a menudo elegir entre el
partido del régimen y la cárcel.
Esta cuestión sí se la podría haber planteado Tariq Ramadan, declarado
persona non grata a causa de su activismo político islamista en ocho países
musulmanes, entre ellos Egipto, Túnez, Argelia, Siria, Libia, Arabia Saudí y
Mauritania[275]. Pero quizás hace falta una honradez impropia de un teólogo
para reconocer que el gran problema de la participación política
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de los musulmanes en el mundo no es un bloqueo mental ante un ambiente
laico, sino el bloqueo que en nombre de valores sacrosantos islámicos imponen
los dictadores del mundo musulmán a sus pueblos, considerándolos siempre
súbditos, no ciudadanos.
Es simplemente falso lo que afirma Ramadan, que «todos los laicos en
Oriente Próximo han sido dictadores[276]». El llamado mundo musulmán, a
excepción de Mustafa Kemal Atatürk en Turquía, no ha tenido ni un solo dictador
laico. No eran laicos Gamal Abdel Nasser en Egipto ni Habib Burguiba en Túnez
ni Hafez al Asad en Siria, ni Sadam Huseín en Iraq ni mucho menos Muammar
Gaddafi en Libia y por supuesto tampoco los reyes Hasán II de Marruecos ni
Huséin I de Jordania. Todos ellos pusieron cortapisas a los Hermanos Musulmanes
y a otros movimientos islamistas, algunos los sometieron a una sangrienta
persecución, pero ninguno de ellos instauró jamás un sistema laico. Salvo
Siria, todos mantenían el islam como religión de Estado. Y Siria es todo menos
laica: simplemente somete a los ciudadanos en sus asuntos civiles a leyes
religiosas diversas, según sean musulmanes, cristianos o judíos, al igual que
hacen Líbano e Israel.
Ni siquiera Burguiba, que llegó lejos en la reforma de la ley civil y
eliminó del código del estatuto personal tunecino ya en 1956 prácticamente
todas las cláusulas discriminatorias para las mujeres (salvo en la herencia),
reclamó nunca un espíritu laico: tuvo mucho cuidado en insistir que el texto
legal era totalmente conforme al Corán, solo elaborado mediante un trabajo
reformista basado en las fuentes sagradas[277]. Pudo parecer entonces la mejor
vía para facilitar la emancipación de las mujeres tunecinas —un logro
considerable y, hasta la reforma marroquí de 2004, sin parangón en el mundo
árabe—, evitando ofrecer un flanco vulnerable al ataque de los sectores
religiosos.
Pero la táctica tuvo una consecuencia: cerró para el resto del siglo
toda puerta a una evolución de la sociedad en el mismo sentido. Por eso, aunque
nada en el código lo justificara, bastaba una simple circular ministerial en
1973 para prohibir el matrimonio entre una tunecina (musulmana) con un hombre
no musulmán, mientras que sí se permite el matrimonio mixto a los hombres, tal
y como prevé la sharía. La base del derecho, así había dicho el padre de la
patria, era la jurisprudencia islámica, no la igualdad entre mujeres y hombres,
y por lo tanto se podía imponer una norma de la sharía patriarcal sin necesidad
siquiera de aprobar una ley.
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Al reivindicar como fundamento de su ley la conformidad al Corán,
Burguiba otorgó a los mismos sectores religiosos que quería apartar del
Parlamento un derecho de veto para toda futura reforma.
Pero este derecho a veto ha ido más lejos que solo una concesión al
poder clerical: ha formado parte intrínseca de la política de prácticamente
todos los dictadores. Constituir el islam como esencia fundadora de la nación,
superior a la Constitución, sirvió para educar a la ciudadanía en el respeto a
un ente sagrado fuera del ámbito de la discusión humana, para instaurar una
mentalidad en la que la crítica social se convertía en delito. ¿Qué
participación política se puede esperar de un ciudadano cuando es blasfemia
discutir si una hija puede heredar lo mismo que un hijo?
Pero se equivocan quienes piensan que esta amalgama entre religión y
legislación sea una seña del islam, ausente del ideario cristiano. Es algo que
se lee a menudo: que el islam pretende unificar doctrina religiosa y poder
político, mientras que el cristianismo tiene implícitamente prevista la
separación de Iglesia y Estado, siguiendo aquel dicho evangélico de «dar al
César lo que es del César», con la que Jesucristo respondiera a la pregunta de
si había que pagar tributo al Imperio romano. Ya hemos visto que leer las
encíclicas papales corrige fácilmente este error de atribuirle a la Iglesia una
voluntad de renunciar al poder de dictar las leyes. Pero la unión de ambos
poderes tampoco ha sido nunca una característica destacada del islam, más allá
de que todo potentado absolutista intenta tener control sobre las diferentes
fuerzas vivas, también la religiosa.
Por mucho que la leyenda islámica retrata a Mahoma como profeta y a la
vez caudillo político, la historia enseña que durante milenio y medio —
esencialmente hasta la llegada de Jomeini a la jefatura suprema de la república
de Irán en 1979— no hubo prácticamente teocracias islámicas, es decir, Estados
en los que el máximo dirigente espiritual ejerciera un poder legislativo,
quizás con la excepción de Yemen. Por supuesto, numerosos reyes y sultanes
reclamaban el rango de suprema autoridad islámica —hasta hoy lo ostenta el rey
de Marruecos—, pero en la práctica es un título muy similar al que convierte a
la reina de Inglaterra en jefa de la Iglesia anglicana: los reyes no estudian
para teólogo.
El califato como institución de un cargo político y jefatura espiritual
de todos los musulmanes del mundo es, simplemente, un mito. Ni los califas
omeyas o abasíes tenían autoridad religiosa más allá de las fronteras
establecidas en combate con otros príncipes musulmanes —o con rivales y
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aspirantes de su propia dinastía— ni los califas otomanos intentaban
siquiera llevar a la práctica un liderazgo religioso: las guerras de conquista
que expandieron el imperio en los siglos XV y XVI y las revueltas árabes que lo
redujeron a Anatolia a inicios del siglo XX eran puramente políticas; de
disputa teológica no tenían nada.
La primera vez que un sultán otomano usó el título de califa como
concepto político fue en 1774, cuando Estambul quiso ganar puntos frente al
imperio zarista, erigiéndose en potencia protectora de los musulmanes de
Crimea… copiando un modelo europeo según el cual los reyes de Francia eran
patronos de la población cristiana de Líbano. El título no entró en la
Constitución otomana hasta 1876 y duró hasta su abolición en 1924. Y durante
estos 48 años demostró su perfecta inutilidad, más allá de dar alas a fantasías
europeas orientalistas que perduran hasta hoy. En árabe ni siquiera existe la
palabra califato como concepto territorial o de estructura sociopolítica, y son
solo los politólogos europeos o norteamericanos los que le dan a la palabra
emirato una dimensión religiosa, cuando emir en árabe no significa más que
«comandante».
La herencia que ese Imperio otomano ha dejado a la vasta región que
dominaba no es la idea del califato. Es algo casi peor: el concepto
administrativo de los millet, las categorías de naciones transfronterizas
identificadas por la religión. Todos los súbditos del sultán se encuadraban en
alguna de esas «naciones», viviesen en Albania, en Argelia o en Anatolia:
podían ser musulmanes, judíos, cristianos ortodoxos, católicos, armenios,
caldeos… y cada millet estaba dominado por su propio clero, dotado de potestades
legales, sobre todo en el ámbito civil.
Es este mismo sistema el que hasta hoy se aplica en todos los Estados
árabes (también en Marruecos, que no fue otomano). En muchos, ser ciudadano es
equivalente a ser musulmán; en otros puede ser equivalente a ser musulmán,
judío, ortodoxo, católico, druso, alawí o cualquiera de las diecisiete
denominaciones que admite Líbano. Pero siempre es una ciudadanía con marchamo
clerical. No existe el concepto de una ciudadanía sujeta a una ley nacional
igual para todos: solo se puede ser ciudadano como parte del rebaño de
determinado pastor.
Al tratar todas las religiones en pie de igualdad, sin imponer una
doctrina única, este sistema se ha confundido a veces con una forma de
laicismo. No falta quien describe a Siria como «país laico» porque es casi el
único de la Liga Árabe en cuya Constitución no figura el islam como
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religión del Estado. Es un error: admitir varias religiones cooficiales
y entregarles las llaves de la legislación no tiene nada de laico.
Este legado del sistema otomano volvió a aflorar en las guerras
balcánicas que sucedieron al desmembramiento de Yugoslavia en 1991: la única
diferencia entre serbios, croatas y bosnios, motivo de masacres y crueldades
indescriptibles, es la religiosa: son ortodoxos, católicos y musulmanes. No hay
diferencia dialectal entre el idioma de estos tres «pueblos»; mejor dicho: las
diferencias dialectales del serbocroata se pueden rastrear por regiones y
zonas; son geográficas, no ligadas a la «etnia» (es decir, religión) de sus
hablantes. Una religión que tampoco es fe, porque por supuesto puede haber
serbios, croatas y bosnios ateos. En otras palabras, ortodoxos, católicos y
musulmanes ateos.
La religión había dejado de ser una cuestión de fe: se había convertido
en una bandera nacional. El único fundamento del Estado, lo único que definía
la nación, eran las invocaciones del clero.
El sistema otomano se basa, desde luego, en las irrevocables consignas
islámicas de respetar plenamente a la gente del Libro, es decir, a las
comunidades religiosas poseedoras de unas escrituras reveladas por Dios a algún
profeta encuadrado —o con algo de voluntad encuadrable— en la sucesión de
Abraham. Pero lo que ha mantenido a las poblaciones de los países llamados
islámicos sometidas a diferentes formas de teocracia no es el carácter
particular de una religión que impone el respeto a los demás cultos. Es la
ausencia de un elemento político particular: una revolución.
El enorme cambio que trajo a Europa libertades inauditas en ese momento
en la mayor parte del mundo no era una reforma de dogmas. Era una revolución.
En concreto, la que empezó en 1789 con la toma de la Bastilla en París. Por
supuesto, durante un siglo, pensadores como Descartes, Montesquieu, Rousseau o
Voltaire habían puesto el fundamento para el racionalismo, pero fue el
enfrentamiento armado, y pronto sanguinario, lo que rompió de forma definitiva
e irrevocable las estructuras de poder del clero en el continente entero: la
Revolución había demostrado que el pueblo puede vivir sin la Iglesia. A partir
de este momento, el papel de la religión en el Estado era un aspecto político e
ideológico sujeto a debate, ya no era el fundamento de la nación.
Los países vecinos, que no hicieron la revolución por su propia cuenta,
fueron copiando la idea a Francia y normalmente tomó más de una guerra civil,
con sus alianzas políticas, dinastías y príncipes, para imponerla
Página 206
contra las estructuras clericales. En España fueron las guerras
carlistas las que fueron abriendo camino. En Alemania, como vimos, no fue hasta
el Kulturkampf de Bismarck cuando la sociedad adquirió el derecho de estudiar y
casarse sin necesidad de un sacerdote.
Este es el paso que los países bajo dominio de dinastías o dictaduras
islámicas nunca han dado. No faltan pensadores y filósofos para una Ilustración
de las sociedades musulmanas; de hecho, abundaban a finales del siglo XIX y a
inicios del XX durante la Nahda. La tragedia es que este movimiento intelectual
fuera cooptado, usurpado y convertido en cofradía religiosa: lo que había
empezado como una recuperación de la cultura en lengua árabe se convirtió en
una reforma islamista. Desde luego, cuesta desearle a ningún pueblo un episodio
tan sangriento como el que sufrió el francés durante el reino del terror de la
Revolución, con sus guillotinas decapitando no solo a reyes, curas y
aristócratas, sino también a Olympe de Gouges, pero la ausencia de esta ruptura
—que no la falta de sangre derramada— ha mantenido hasta hoy la puerta cerrada
al laicismo en los países al sur del Mediterráneo. Y con ello ha mantenido
cerrada la puerta a la democracia: las leyes o se hacen en el Parlamento o las
hace Dios.
Pero debe de haber una manera de quitarle a Dios su escaño sin necesidad
de volver a montar las guillotinas en la plaza. Sobre todo, en Europa, donde la
revolución ya se hizo, debería ser posible integrar el islam en un sistema de
Estado laico. ¿Integrarlo, decimos?
¿UN ISLAM ILUSTRADO?
«La laicidad es el cemento de la Francia unida», había proclamado
Emmanuel Macron al arrancar su discurso contra el «separatismo islámico» en
2020. Al terminarlo, ya había traicionado la esencia de ese mismo ideario.
Porque lo que propuso como remedio contra la amenaza del islamismo era una
fórmula sencilla: más islamismo.
«Hay que liberar el islam en Francia de influencias extranjeras» y
«formar y promover en Francia una generación de imames e intelectuales que
defiendan un islam plenamente compatible con los valores de la
Página 207
República», propuso el presidente. «Confío en los franceses de confesión
musulmana y en su capacidad para construir un islam ilustrado[278]».
Un islam no extranjero, sino europeo, ilustrado. Macron no está solo con
esta idea: es una propuesta que flota desde hace años en el ambiente de
analistas y expertos preocupados con la expansión del islam wahabí en Europa.
El dilema es obvio: si el Estado observa una total neutralidad hacia la
religión y simplemente deja correr prédicas, enseñanzas y prácticas mientras no
constituyan delito, el campo de la religión será labrado por quien tenga
interés y dinero para hacerlo. En el caso del islam, los países wahabíes del
Golfo. Es lo que ha ocurrido.
Pero si el Estado quiere contrarrestar esta evolución debe ponerse a
labrar ese mismo campo, definir enseñanzas, ofrecer seminarios teológicos,
nombrar a imames, dirigir rezos. Es decir, tiene que abjurar de la laicidad y
convertir el islam en una especie de religión de Estado bajo control de las
autoridades, pero también fomentada por ellas. Es el modelo vigente en Turquía,
pero la historia muy reciente ha mostrado lo fácil que es invertir la relación
de poderes en este modelo: bajo la batuta del primer ministro y luego
presidente Recep Tayyip Erdogan ya no son los funcionarios laicos los que
controlan el discurso religioso, sino que son los políticos quienes usan la
maquinaria de mezquitas, imames y rezos para imponer la religión a la
ciudadanía.
Combatir el islamismo con sus propias armas, es decir, con el discurso
coránico y las prédicas, es más que arriesgado, como ha mostrado el intento de
las feministas magrebíes en los años setenta: su sincero esfuerzo de construir
un islam ilustrado, como lo llama Macron, con igualdad de derechos para mujeres
y hombres y respeto a la libertad de conciencia, se derrumbó como un castillo
de naipes el día que algún dirigente del Golfo sopló hacia el Magreb con el
aliento cargado de petrodólares.
Fue una ilusión. Fatima Mernissi, la pionera del movimiento feminista en
Marruecos, admirada por su compromiso con la emancipación de la mujer, su
erudición y su estilo afilado, jocoso, irónico, con el que diseccionaba la
historia de las sociedades musulmanas y su machismo, aún creía que era posible
reformar el islam. Y sobre todo creía que era necesario reformarlo para adaptar
la fe a las pautas de los derechos humanos universales del siglo XX.
Era comprensible, en cierto modo: nacida en la muy conservadora ciudad
de Fez en 1940, pertenecía a una familia de la alta burguesía
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marroquí, es decir, que formaba parte de esa minúscula élite marroquí
profundamente vinculada a la cultura arábiga y al islam ortodoxo. Criada en un
harén, Mernissi creció conociendo los conceptos teológicos del islam que ignora
la inmensa mayoría de sus compatriotas, por falta de formación en las clases
rurales y modestas, por falta de interés en la burguesía orientada hacia
Francia.
El primer error de la socióloga era dar por hecho que estas pautas
teológicas del islam, con su diferenciación entre pecados veniales y delitos
castigables con azotes o muerte (los hudud), realmente rigen la vida diaria de
cientos de millones de musulmanes magrebíes o árabes, cuando lo que realmente
rige sus vidas son, por una parte, las leyes estatales, y por otra,
especialmente en el caso de las mujeres, una noción vaga aunque bastante
omnipresente de ’h’shuma («qué vergüenza»). Al analizar y criticar estas normas
islámicas, Mernissi tuvo que darlas a conocer, difundirlas y propagarlas en
primer lugar. Solo a su público lector: sería injustificado decir que su libro
contribuyera a abrir la vía al islamismo en el pueblo marroquí. Pero sí abrió
la vía a un análisis sociológico que se convirtió en el habitual en toda Europa
hasta hoy: el de ver a las sociedades declaradas musulmanas únicamente a través
de las gafas verdes de la religión.
El segundo error de Mernissi, ya no como socióloga, sino como activista
comprometida con la emancipación de la mujer, es que, una vez formados los
principios de su ideario en los años setenta, no los revisó a fondo después del
terremoto que sacudió el islam con la Revolución de Jomeini en 1979 ni quiso
ver que la expansión del islamismo salafista como ideología política patriarcal
iba a ahogar necesariamente todo intento de utilizar el islam para lo
contrario.
HÉRCULES Y SÍSIFO
Combatir la religión con sus propias armas: esa era la idea. Mernissi y
otras muchas activistas magrebíes, como la gran feminista y abogada argelina
Wassyla Tamzali, probaron en los setenta a instrumentalizar el islam, en el que
ellas mismas no creían, usarlo como herramienta para una reforma política y
social dirigida al pueblo llano. Un pueblo al que ellas no
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creían poder convencer de que abandonase sus tradiciones patriarcales si
no contaban primero con una aprobación de las Escrituras sagradas. Intentaron
«encontrar elementos feministas dentro del Corán y llegar de ahí a la
conclusión de que hombre y mujer son libres e iguales», recuerda Tamzali.
Reclutaron a historiadores, teólogos de mente abierta, filósofos,
jeques… para trabajar «sobre el pensamiento religioso para convertirlo en un
instrumento de trabajo, no una demostración gratuita, para llegar a convencer a
hombres y mujeres, a los intelectuales islamistas, al señor de la calle que
diga “Somos musulmanes[279]”». Sabían que era una tarea hercúlea, y se
atrevieron. Lo que en los años setenta aún no se pudo prever es que ellas no
eran Hércules: eran Sísifo. No sabían que en la cima del monte esperaba
agazapado un jeque árabe para dar un empujón a la piedra que con tanto esfuerzo
habían subido y hacerla rodar abajo de nuevo. Aplastando a su paso a quien no
se apartara.
Treinta años y una guerra civil más tarde, Wassyla Tamzali reconoce:
«Hicimos un enorme trabajo. Y no alcanzamos ningún resultado».
El error fundamental del movimiento consistía en fingir ante el vulgo la
piadosa mentira de que el Corán era divino y, por lo tanto, de obligado
seguimiento. No había ninguna intención de poner en duda la palabra de Dios,
aseguraban; bastaba con interpretarla de manera distinta, más fiel a lo que
realmente quiso decir el Profeta, que era, qué duda cabe, un hombre de
excelente carácter y virtud y un modelo a seguir. Si aparecía como defensor de
normas patriarcales solo podía ser culpa de exégetas posteriores, todos
hombres, sujetos a los hábitos machistas de su época, nunca de las Escrituras.
Bastaba con dejar de lado a los hombres y sus interpretaciones y volver al
texto divino.
Un ejemplo clásico es la prohibición de la poligamia, una reforma que
parecía al alcance de la mano en el Magreb en los años setenta. Túnez la
ilegalizó, bajo la mano fuerte de Habib Burguiba, nada más acceder a la
independencia en 1956; Marruecos y Argelia la permitieron —aunque no formaba
realmente parte de la tradición: no llegaba al 2 % de los matrimonios[280]— en
virtud del verso coránico «Tomad una esposa, o dos o tres o cuatro». ¿Cómo
prohibir lo que el Corán permite? Muy sencillo, argumentaban las feministas:
basta con seguir leyendo el versículo, porque concluye: «… pero si temes ser
injusto con ellas, entonces solo una». Y unos versos más adelante: «Nunca
seréis capaces de ser justos con las
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mujeres, aunque lo intentéis[281]». Conclusión: si el trato justo es
condición, pero es imposible de cumplir, ¡la poligamia queda prohibida por el
propio Corán!
Suena bien…, pero al pedir una reforma orientada únicamente a los textos
sagrados, las feministas laicas introdujeron una especie de nuevo
fundamentalismo, elevando el texto coránico a autoridad suprema. No solo no
cuestionaron el carácter confesional del Estado, sino que lo reforzaron. Si
incluso ellas, no creyentes siquiera, consideraban el Corán piedra angular de
la Constitución, base imprescindible para ley, moral y costumbre, ¿qué apoyo
podía recibir un librepensador de un pueblo marroquí o argelino? Y sí,
librepensadores los ha habido en todas las épocas y en todas las sociedades,
también en las musulmanas, y también en las rurales del Magreb. Lo que no se
les ha dado es voz ni respaldo.
Proclamar el feminismo como ideario acorde al Corán era una estratagema
de las feministas, pero se volvió contra ellas mismas y contra el feminismo.
Porque para derivar de las Escrituras esa interpretación feminista hubo que
conceder primero que en efecto mandaban las Escrituras, por encima de cualquier
otra consideración. Y con ello, el debate se desplazó de inmediato al campo de
la teología. Ya no hacía falta discutir si mujeres y hombres deben tener los
mismos derechos, sino solo sobre cómo interpretar correctamente los versos
coránicos. Y en ese terreno de exégesis de las Escrituras, los teólogos
ortodoxos jugaban con ventaja. Una feminista con pantalón y pelo corto tal vez
podría haber convencido a un sector de la población con una arenga por la igualdad
de los derechos, pero era imposible presentarse como una autoridad en materia
religiosa contra un jeque con luenga barba y túnica blanca. Al aventurarse a un
campo de batalla en el que sus adversarios dominaban todos los registros, y
ellas habían renunciado voluntariamente a la única arma que tenían, el
principio inquebrantable de la igualdad entre mujeres y hombres, la derrota
estaba cantada.
Es esta labor de Sísifo la que Macron quiere retomar ahora. Pero a la
hora de seducir a las masas —y la propuesta de crear un islam europeo parte de
la idea de que las masas quieren ser seducidas— no es de prever que un sobrio
funcionario francés pueda hacer competencia a un jeque enturbantado. Es más: no
podría intentarlo siquiera porque el fundamento de la democracia es la razón;
no hay debate político serio sin razonamiento, argumentación y exposición de
datos y hechos. La fe, en
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cambio, es ciega o no es fe. Religión y razón son incompatibles, porque
la religión es misterio. No se puede razonar el fenómeno de la Inmaculada
Concepción: solo se puede creer. O dejar de creer.
Este es el primer error que comete Macron cuando clama por la
instauración de un «islam europeo» ilustrado: el presidente de una República
laica no puede ser autoridad en teología. Y contratar a teólogos dóciles
pagados por el Estado para que proclamen las bondades de un islam no salafista
se revelará inútil: entre un predicador pagado por infieles y uno imbuido por
la causa de Dios, está claro quién va a tener autoridad.
El segundo error de Macron es pensar que el islam wahabí, el islam
separatista al que quiere combatir, es extranjero. Habría sido suficiente con
leerse los discursos del suizo Tariq Ramadan, y un poco de prensa, para saber
que ese islam fundamentalista, yihadista, asesino es ya plenamente europeo.
El tercer error de Macron es pensar que lo que necesita el islam es una
reforma. Le habría bastado echar un vistazo a la historia de su propio
continente para saber a dónde ha llevado la Reforma de la religión cristiana en
Europa.
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2. LA BUSCA DEL ANTÍDOTO
EL MONJE DE WITTENBERG
Es sábado en Wittenberg, una pequeña ciudad de apenas dos mil
habitantes, pero residencia del príncipe de Sajonia, con castillo, universidad
y puente sobre el río Elba. Ya ha caído el otoño; estamos a 31 de octubre de
1517, víspera de Todos los Santos. Un monje de la
orden de los agustinos, 33 años, profesor de teología en la universidad
local, con hábito negro y tonsura, se persona ante la iglesia del castillo, en
una mano un martillo, en la otra una hoja impresa con 95 breves párrafos que
denuncian el negocio de la Iglesia católica romana con la indulgencia, es
decir, el perdón de los pecados a cambio de dinero. El monje se llama Martín
Lutero. Empieza a clavar el papel a la puerta. Ha comenzado la Reforma.
Po r supuesto, la escena es más legendaria que real; si alguien
realmente fijó las tesis de Lutero en la iglesia de Wittenberg como invitación
a una disputa teológica, posiblemente fuera el bedel de la universidad y no el
profesor en persona, y con certeza no se usaban clavos, sino pegamento. Además,
la disputa que empezó a tener lugar en varias ciudades se desencadenó más por
el envío de las tesis por correo a importantes teólogos y su difusión en forma
impresa, tanto en latín como en alemán. Pero el momento ha quedado en el
imaginario de los países protestantes, al igual que la firmeza de Lutero tres
años y medio más tarde, en abril de 1921, ante la Dieta de Worms y el emperador
Carlos I de España y V de Alemania, donde se reafirmó en sus tesis. A continuación,
fue excomulgado, lo que formalizó su ruptura con la Iglesia de Roma y dio lugar
al nacimiento paulatino de diversas congregaciones protestantes:
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luteranas, anglicanas, calvinistas, presbiterianas, menonitas y, más
tarde, bautistas y metodistas.
Lutero, por supuesto, tenía razón, algo que hoy incluso reconoce la
Iglesia católica alemana: el monje «criticaba de la Iglesia católica lo que ya
no era católico», lo formula un arzobispo[282], porque «el comercio con la
indulgencia era una estafa de los creyentes», reconoce un cardenal[283]. Las
indulgencias eran un acuse de recibo por una donación a la Iglesia mediante la
que un creyente anulaba el castigo divino por sus pecados. El concepto nacía de
la idea de que un pecado necesitaba una penitencia, que podía ser un acto de
sufrimiento voluntario, pero también una buena obra, una limosna o un
peregrinaje a un lugar santo, ya fuese Roma, Santiago de Compostela o el
relicario de una iglesia local, como la de la propia Wittenberg. Este tipo de
sacrificio —hoy diríamos turismo religioso— era a la vez una fuente de ingresos
para el clero local.
Si alguien no se veía capaz de llevar a cabo la penitencia, también
podía pagar a otro para que lo hiciera en su lugar. En el siglo XIV, la Iglesia
católica fue simplificando el procedimiento: bastaba con pagar en efectivo para
evitar el castigo divino. Una especie de ventanilla única que el islam, por
cierto, también ha llegado a establecer: el creyente que rompa el ayuno de
ramadán sin justificación alguna debe ayunar 60 días, algo poco factible…, o
alimentar a 60 pobres. Algo que en el siglo XXI se está popularizando gracias a
internet, que ahorra la tediosa tarea de ir repartiendo dátiles casa por casa.
Hoy no faltan las organizaciones caritativas islámicas que aceptan donaciones
online: por 300 libras esterlinas, Dios perdona lo de no ayunar. Salve su alma
con un simple clic[284].
La ventaja del islam es que las tarifas comerciales por pecado ya vienen
indicadas en las escrituras que recogen dichos atribuidos al profeta. Algo más
enrevesada era la justificación teológica cristiana: postulaba que la Iglesia,
como sucesora de Jesucristo, gestiona un tesoro inagotable de gracia divina
que, administrado en las dosis adecuadas, reduce los días o años que un pecador
tiene que pasar en el purgatorio. Se podía también acortar la estancia de
familiares ya muertos.
Para incentivar el comercio surgió el oficio del predicador de
indulgencias —el más famoso era Johann Tetzel—, que describía al pueblo los
terribles sufrimientos de las almas en el fuego y animaba a los
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oyentes a pagar, para luego dividir los ingresos entre Roma, el príncipe
regional bajo cuya jurisdicción actuaba y su propio bolsillo. A partir de
inicios del siglo XVI, la Santa Sede financiaba así la construcción de la
suntuosa iglesia de San Pedro. No sorprende que Martín Lutero, ya excomulgado
por quienes se enriquecían con el dinero del pueblo atemorizado, acabara
sugiriendo que la Iglesia de Roma era la ramera de Babilonia la grande,
adversario apocalíptico de la cristiandad. En 1567, el papa Pío V anuló las
indulgencias y en 1570 prohibió el tráfico con estos papeles bajo pena de
excomunión, pero era tarde: la Reforma ya había conquistada media Europa.
LAS TESIS DE AYAAN
La figura de Lutero, valiente opositor frente a una Iglesia que se
enriquece con el temor de los creyentes, es una referencia omnipresente en el
ensayo ¡Reformemos el islam! de la activista somalí Ayaan Hirsi Ali, quizás el
libro que con más claridad haya planteado en las últimas décadas esta necesidad
de reforma. El título en el original inglés utiliza la palabra Reformation,
que, a diferencia de la simple reform, alude claramente a la Reforma cristiana
del siglo XVI que dio lugar al protestantismo. Ayaan Hirsi Ali no pretende ser,
por supuesto, Lutero, pero sí abrir el camino a alguien que pueda serlo,
impulsar un camino hacia este profundo «cambio para que el islam pueda unirse
al mundo moderno», frase que constituye el subtítulo del libro en inglés[285].
Ayaan Hirsi Ali, nacida en 1969 en Mogadiscio, educada durante unos años
en Arabia Saudí y desde los once en Kenia, se afilió en su adolescencia a los
Hermanos Musulmanes y fue islamista convencida, con el arrojo propio de esa
edad. A los 23 años llegó a Países Bajos, donde pidió asilo para evitar un
matrimonio concertado por su familia y donde se quedó durante la siguiente
década como una inmigrante más, olvidando poco a poco el fervor religioso,
dejándose llevar por una sociedad laica hacia la total indiferencia por los
conceptos de la fe. Una década más tarde, en 2002, se planteó el tema de nuevo
y lo tuvo claro: se declaró atea y a través de ensayos y charlas se fue
perfilando como una crítica radical
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del islam en todas sus formas. Amenazada de muerte por colaborar con el
cineasta holandés Theo van Gogh, asesinado en 2004 por el filme Submission, que
denuncia la misoginia del islamismo, Ayaan Hirsi Ali derivó hacia posturas
cercanas a la de la derecha cristiana norteamericana, asegurando que la
sociedad europea laica estaba «en guerra con el islam» y tenía que aplastar
esta religión[286]. En 2011, sin embargo, matizó su visión: una reforma del
islam es posible y deseable, y hay que ponerse manos a la obra, proclamó.
Para delinear el proyecto, Ayaan[287] hace un análisis del Corán basado
en la clásica tradición ortodoxa que divide las 114 azoras del libro santo en
dos bloques: las reveladas durante la vida de Mahoma como predicador en La Meca
y las posteriores a su huida (la hidjra o hégira, es decir, «emigración») a la
ciudad de Medina, donde se convirtió en un caudillo político. La diferenciación
existe desde los propios orígenes del Corán — cada azora está etiquetada como
«mecana» o «medinense»— y ha servido de fundamento a todos los exégetas de la
historia para resolver las innúmeras contradicciones del texto sagrado. Se
considera que los versos de La Meca son más espirituales y apelan a una postura
ética de los creyentes, mientras que los de Medina entran en mil aspectos
legislativos de la vida diaria, como normas referidas a la herencia o al
matrimonio o a los castigos del adulterio. El consenso entre la mayoría de los
teólogos ortodoxos es que, en caso de discrepancia, los versos de Medina, por
ser más tardíos, se imponen a los de La Meca y los corrigen.
Siguiendo este modelo, Ayaan divide a los musulmanes de todo el mundo en
dos categorías: los mecanos, es decir, aquellos que viven según las ideas
morales que creen reflejadas en el Corán, sin meterse en la vida del vecino, y
los medinenses, que creen necesario imponer a los demás las normas coránicas,
por las buenas si se dejan y por la fuerza si hace falta. En realidad, propone
tres categorías, pero la tercera, que engloba a los reformistas, tiene un
fallo: su única representante parece ser, de momento, la propia Ayaan Hirsi
Ali. Este bloque es un proyecto futuro más que una realidad.
No es el único fallo de la propuesta. Otro es que la propia división en
mecanos y medinenses solo tiene sentido para quien se tome en serio la leyenda
biográfica de Mahoma. Algo que no hace la propia Ayaan: en lo que sea
probablemente el capítulo más valiente del libro, «Mahoma y el Corán», ella
misma exige reemplazar la fe ciega en la tradición coránica
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por un debate racional sobre el surgimiento del islam en Arabia. Sin
embargo, utiliza las ficciones de esa tradición para explicar la deriva
violenta del islam medinense: atentados suicidas, persecución de apóstatas y
homosexuales en Arabia Saudí o Sudán, el Iraq destruido por las milicias
ultrafundamentalistas…, intentando hacer ver al lector que estas actitudes se
derivan directamente de las enseñanzas del Profeta en Medina y su guerra contra
las tribus enemigas.
En esta enumeración llega a extremos difícilmente perdonables, más
dignos de la tardía aberración de la antaño gran periodista Oriana Fallaci en
La rabia y el orgullo que de una pensadora en busca de soluciones. Porque
explicar los atentados suicidas en Israel con la fe islámica — incluso
apoyándose en una cita de Golda Meir que culpa a «los árabes» («a los
musulmanes», prefiere Ayaan) de amar más la muerte que a sus propios hijos—
finge ignorar que kamikaze es una palabra japonesa y que la técnica fue popularizada
por budistas en Sri Lanka a finales de la década de 1980. Atribuir únicamente a
la fe la reacción violenta de una población sometida durante décadas a una
represión colonialista diseñada para hacer la vida imposible al vencido oculta
que, mucho antes de fundarse Hamás, la organización palestina considerada más
violenta era el FPLP, una organización marxista y laica, fundada por el
cristiano George Habash.
Y es poco sincero el truco narrativo que Ayaan repite capítulo tras
capítulo: desgranar la obsesión con el infierno, el paraíso, la inferioridad de
la mujer o la homosexualidad como algo genuinamente islámico, basado en las
escrituras sagradas, y al final —cuando ya nos preguntamos si en el
cristianismo no se promete un paraíso, nunca se ha atemorizado a los niños con
los castigos del infierno, no se subyuga el cuerpo de la mujer y no se demoniza
a los homosexuales—, añade un breve párrafo admitiendo que en el cristianismo
hay conceptos similares, «pero no son comparables» porque nadie los lleva a la
práctica hoy día. Callando que en todos los países donde la Iglesia tiene
suficiente poder sí se intentan llevar a la práctica, sea la cadena perpetua
para gais en Uganda, sea la muerte antes que el aborto en Irlanda o Polonia.
Porque la Iglesia, y este es el punto ciego de Ayaan que invalida su propuesta,
nunca se reformó.
CALVINO, EL SALAFISTA
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La Reforma de Lutero no estaba planteada para liberar a la población de
las garras de una interpretación rigurosa y fundamentalista de la religión que
se tomaba en serio los versos más violentos de las Escrituras. Todo lo
contrario. Lutero predicaba para una población que se había dejado de tomar en
serio la fe, una masa de fieles inducida a creer que pagando el décimo a la
Iglesia ya se podía pecar a voluntad. El monje de Wittenberg condenaba las
doctrinas católicas no porque fuesen severas, sino porque eran demasiado laxas,
y exigía volver al texto de la Biblia como única fuente de la Verdad y como
guía individual para cada creyente. Pero no solo para una edificación personal
espiritual, sino como libro de leyes de seguimiento incondicional, empezando con
los diez mandamientos: «Es más importante predicar las leyes de Dios que el
Evangelio, porque hay muchos malos que deben ser sujetados por la fuerza de la
ley. Piadosos hay pocos, y Dios los conoce y sabe que entienden el Evangelio.
Si todo el mundo fuese cristiano tendría sentido no predicar la Ley[288]». La
cita podría perfectamente haber inspirado a Sayyid Qutb y su teoría de que todo
el mundo tendrá libertad de elegir si quiere cumplir con las leyes coránicas,
una vez que no quede opción plausible de no cumplirlas. No sorprende: volver al
texto literal de las Escrituras, despojadas de interpretaciones posteriores
—sola Scriptura—, es lo que llamamos fundamentalismo en general y, en el caso
del islam, salafismo.
Si Lutero ponía fin a la norma que impide a los sacerdotes casarse —y
esto no es una reforma religiosa, porque el celibato no es un dogma católico,
sino una mera prescripción de una ley canónica que no rige en las Iglesias
católicas orientales— y se quitaba él mismo el hábito de agustino para casarse
con una monja escapada del convento, Catalina de Bora, no era precisamente
porque tuviera una visión más positiva de la sexualidad humana. Antes al
contrario: sabedor de que los sacerdotes obligados al celibato solían vulnerar
con demasiada frecuencia el sexto mandamiento, veía en el matrimonio cristiano
la vía imprescindible para evitar el pecado. Es la misma actitud que en la
última década ha disparado los matrimonios «religiosos» entre estudiantes en El
Cairo e incluso en Marruecos, celebrados en un círculo íntimo y normalmente
disuelto tras cierto periodo: no es que la juventud musulmana se haya vuelto
más liberal. Se ha vuelto menos liberal. Si la generación de sus madres, cuando
eran de un ambiente urbano e intelectual, ya iba dejando atrás la obligación de
llegar
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virgen al matrimonio, ahora las chicas prefieren llegar con el
matrimonio a la virginidad.
En el círculo de Lutero hubo otras voces, como la de Johannes Agricola,
que ponían la fe por encima de cualquier ley, pero el monje de Wittenberg
atacaba con dureza a quienes creían que se podía llegar al cielo siendo «putas
y adúlteros». Por supuesto, no todas las poblaciones que se volvían luteranas
en Alemania, Dinamarca o Escandinavia se convirtieron a un «salafismo»
cristiano —muy a menudo, la decisión no era individual, sino simplemente una
proclama del príncipe o rey de un territorio que se pasaba en bloque a uno u
otro bando—, pero es innegable que la Reforma impulsada por Lutero llevó, aun
en su propia época, a la formación de la corriente calvinista que existe hasta
hoy y que se puede perfectamente resumir con el concepto de «talibanes». Bajo
la influencia de Juan Calvino, la ciudad de Ginebra impuso a partir de 1541 un
orden social en el que se prohibía el baile, el teatro, los juegos de naipes y
de dados, se perseguía el adulterio, castigado con el destierro o, en casos
considerados graves, incluso con la pena de muerte[289]. No faltaba una
«policía de la moral» que vigilaba la decencia pública y promovía las lecturas
bíblicas en todas partes. La blasfemia era delito: fue Calvino quien hizo
quemar en la hoguera a Miguel Servet por hereje. Una comparación con las leyes
predicadas por Abdul Wahab en Arabia no andaría muy descaminada.
Fue este «wahabismo» de Calvino el que se iba expandiendo por Holanda y
Escocia, inspirando movimientos cristianos en toda Europa y dando lugar a la
aparición de comunidades «salafistas», donde la fe ocupaba un alto valor en la
vida diaria. Entre los cristianos británicos influidos por el calvinismo, los
llamados puritanos, nació la corriente conocida como separatistas, dedicada a
formar congregaciones aparte, a menudo sometidas a persecución. Para evitar las
presiones, un centenar de puritanos exiliados en Holanda zarparon en 1620 en el
buque Mayflower para formar una colonia en una nueva Tierra Prometida: América.
Se consideraban peregrinos y una especie de reedición de Israel, el pueblo
elegido por Dios.
Este es el origen de la sociedad norteamericana, como todavía hoy se
conserva con especial claridad en el llamado Bible Belt («cinturón bíblico»),
aquella franja del Sur de Estados Unidos que se extiende de las costas
atlánticas al sur de Washington hasta la frontera mexicana: vastas regiones
pobladas por fundamentalistas cristianos que huyeron de una
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sociedad europea corrupta por las tentaciones de Satanás y entregada al
pecado. Tan creyentes que, en algunos de estos estados, la homosexualidad no
solo era pecado, sino además delito hasta 2003. Se trata de un fenómeno
exclusivamente protestante: si Nueva Orleans y Miami están fuera del cinturón
es por su proporción de población católica.
Los católicos, ya lo dijimos, no se arrepienten de corazón por pecar:
basta con echar una moneda a la caja de los donativos, habría dicho Johannes
Tetzel, predicador de indulgencias. Son Lutero y sus discípulos quienes
acabaron con la impunidad de los creyentes: sin confesionario ni avemarías por
rezar ni misas pagadas para las almas en el purgatorio, pecar se convierte en
una terrible amenaza para la otra vida. Y pecar, eso no ha cambiado con la
Reforma, es sobre todo el sexo (el robo, las estafas y el homicidio ya los
persigue la autoridad civil y es mucho menos fácil caer en la tentación, al
menos no demasiadas veces). Quizás la palabra puritano no tenía inicialmente la
connotación de «sexualmente reprimido» que lleva hoy día, pero la represión es
parte de la fe reformada: dado que no existe un esquema de perdón eclesiástico,
lo único que se puede hacer con las tentaciones del cuerpo es reprimirlas. Con
fe, fe y más fe.
Ayaan Hirsi Ali se equivoca de cabo a rabo cuando cree que las
libertades —las sexuales, las de conciencia, de pensamiento— en Europa se deben
a la Reforma protestante. La evolución de estas libertades ha ido bastante a la
par en la católica España y en la protestante Noruega, incluso teniendo en
cuenta el paréntesis de la dictadura franquista. Fue la muerte de Franco y la
reforma del código legal lo que transformó la sociedad. La Iglesia no cambió ni
un ápice sus dictados ni su aspiración de controlar la vida del ciudadano y,
especialmente, de la ciudadana. Y, sobre todo, lo que ocurre entre ambos. Esto
no lo ha cambiado ni el Concilio Vaticano II ni tampoco, a pesar de ciertos
bulos en las redes sociales, el papa Francisco. El catecismo actual publicado por
el Vaticano sigue reivindicando la castidad como valor supremo, aunque
aclarando que la «castidad conyugal» incluye relaciones sexuales, eso sí,
siempre atendiendo al «doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la
transmisión de la vida», porque «el amor conyugal del hombre y de la mujer
queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad[290]».
Si la sociedad ignora estas normas, si en España se pueden comprar
condones en cualquier máquina expendedora de un bar o una gasolinera, no es
porque la Iglesia haya decidido reformar su dogma: no lo ha hecho.
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Sino porque la Iglesia ha perdido la potestad política de imponer su
dogma.
No, no es una reforma luterana lo que necesita el islam. Porque ya la ha
tenido. Los reformadores del islam se llaman Abdul Wahab, Hassan Banna, Sayyid
Qutb, Abu Bakr al Baghdadi, Daesh. Lo que hace falta es un proceso histórico
totalmente distinto.
LA FE DE LOS AGNÓSTICOS
Un rebelde, más que un reformador, es el gran poeta árabe Adonis: en su
entrevista-libro Violencia e islam ajusta cuentas con la religión en la que se
crio, él, nacido en Siria como Ali Ahmed Said Esber, y lo hace sin piedad.
Dedica diez páginas a describir los sufrimientos del infierno, tal y como se
representan en la ortodoxia islámica (son terribles), para luego trazar una
línea recta de episodios de tortura, masacre y crueldad atribuidos a los
primeros califas del islam hasta la barbarie del Daesh hoy día: todo surge del
Texto, asegura. Los regímenes musulmanes son crueles porque el Corán lo es. A
diferencia de otras escrituras sagradas: «Cristo era un poeta[291]».
El problema con este análisis es que no explica nada. Un milenio largo
de regímenes fervientemente cristianos, entregados al tan poético Evangelio,
dispone de un gabinete de horror perfectamente comparable al del islam, quizás
incluso más voluminoso y más elaboradamente aterrador en cuanto a torturas se
refiere. Y todas las frases que Adonis dedica al islam podrían aplicarse al
cristianismo sin cambiar una coma: «No es una religión de conocimiento, de
investigación, de cuestionamiento, de realización del individuo. Es una
religión de poder». «Combatió las civilizaciones que le precedieron».
Efectivamente, en la teología islámica ortodoxa está omnipresente la idea de
que antes del islam no pudo haber nada que valga la pena: psicológicamente, se
erradica de la historia. En la práctica, sin embargo, es innegable que en los
países que llevan siglos bajo dominio musulmán existen multitud de colectivos
religiosos anteriores — judíos, cristianos, mandeos, zoroastros— y posteriores
—drusos, alevíes, yazidíes, yarsan—, mientras que en la Europa cristiana, salvo
el judaísmo,
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no queda ni uno solo. Adonis se salta varios siglos de floreciente
civilización llamada islámica, aquella que hizo de puente entre la Antigüedad
griega y el Renacimiento, como si fuese un error de la historia, un fallo de
guion, con una breve sentencia: «Ni Averroes, ni Avicena ni Ibn Rawandi eran
verdaderamente musulmanes». Cierto, y quizás tampoco eran verdaderamente
cristianos Galileo, Voltaire y Marx.
La pregunta que Adonis no se hace es: si existieron Averroes y Avicena
en el Medievo, ¿por qué no hoy? Las escrituras sagradas no han cambiado, ni
tampoco cambiaron las que llevaron a la hoguera a Giordano Bruno y a Miguel
Servet. La presencia de un verso en el Antiguo Testamento que obliga a lapidar
a los homosexuales, y la ausencia de tal verso en el Corán, no sirve para
explicar que se encarcelara a Oscar Wilde en 1895 al mismo tiempo que en El
Cairo se leían en la universidad los muy expresivos poemas homoeróticos de Abu
Nuwas. Ni tampoco explica por qué hoy día se encarcela a los gais en Egipto y
Marruecos, a la vez que llegan a alcalde de París y Berlín. Sin que nadie
tachara un verso de la Biblia.
La fe de Adonis en la fuerza y vigencia de los versos violentos del
Corán —que también se encuentra en muchos académicos europeos y norteamericanos
de la escuela de Huntington, a veces fervientes defensores de la misión de
Israel de defender la civilización contra la barbarie islámica— no solo impide
preguntarse qué ha cambiado en la sociedad, sino que cimenta incluso el
fundamentalismo moderno: si el islam es esto, desde su fundación, entonces es
que el Daesh tiene razón. Pero sobre todo cimenta, por aceptarlo de forma
acrítica, el rol de la teología islámica como verdad revelada. O al menos tan
fiable como si lo fuera. En el capítulo «Repensar los fundamentos», el propio
Adonis denuncia: «Desde el momento en el que la historia deviene sagrada, no
tenemos la posibilidad de estudiar a la persona de Mahoma como lo hacemos con
los demás profetas del monoteísmo». Pero acto seguido renuncia a intentarlo y
hasta el fin del libro citará anécdotas de la vida del profeta como si se
tratase de hechos históricos. Peor: como si se tratase de hechos históricos que
explicaran la formación de lo que es hoy el islam.
En esta misma línea se expresan numerosos críticos del islam que han
sufrido el adoctrinamiento religioso y, una vez liberados del corsé religioso,
atribuyen a Mahoma personalmente todos los males que atenazan hoy día diversas
sociedades musulmanas. Tildar al profeta de
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«pedófilo» por haberse casado con Aicha a los nueve años es el recurso
más habitual…, como si con esto se pudiera explicar el hábito del matrimonio de
menores en medio mundo, incluidas vastas regiones no islámicas. Es verdad que
varios partidos políticos islamistas aducen el ejemplo de Mahoma para oponerse
a reformas legales: ¿cómo prohibir algo que practicó el profeta? Pero aceptar
este argumento —se hace hoy porque lo practicó el profeta, él tiene la culpa—
no deja de ser un ejercicio de confirmación de una ortodoxia que se toma en
serio su propia leyenda, es decir, un fundamentalismo islamista con signo
negativo.
Repensar los fundamentos es algo distinto: es darse cuenta de que todo
lo que sabemos de Mahoma y sus batallitas, sus mujeres, sus esclavos, sus
discípulos y sus alianzas es una única gran leyenda sin base histórica, creada
de forma paulatina a lo largo de los siglos para fabricar un fundamento
posterior y postizo para unos textos sagrados incomprensibles, siempre acorde
al interés político del momento. La biografía del profeta, tal y como se enseña
hoy en las universidades, también en las no islámicas, basada en los hadithes,
es decir, millares de fragmentos de supuesta tradición oral codificados en el
siglo IX, es un invento. Mahoma no inventó el islam. El islam inventó a Mahoma.
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3. LA LEYENDA DE MAHOMA
LA QUEMA DE RUSHDIE
Corría el año 1989 y yo era un adolescente, cuando mi padre trajo un
periódico en árabe —no recuerdo cuál era la cabecera: con la escasa libertad de
prensa en Marruecos, las diferencias no eran enormes— y me señaló una columna
de opinión. «Te interesará. Está hablando de
Rushdie».
La fetua del ayatolá Ruholá Jomeini contra Salman Rushdie había causado
revuelo en todas partes. También en Marruecos. El columnista — tampoco recuerdo
su nombre— se dedicaba a desmenuzar el entuerto para explicar al público que la
novela del autor angloindio es, en primer lugar, una novela, es decir, ficción.
Y que lo de los versos satánicos no era ninguna novedad. Se trata —explicaba—
de un episodio ampliamente debatido entre los teólogos musulmanes de los siglos
XII y XIII y desde entonces archivado, sin necesidad de volver a airearlo: un
día, el profeta Mahoma recitó unos versos, parte del Corán revelado, en los que
nombraba a Lat, Uzza y Manat, «las gloriosas grullas cuya ayuda se desea». Lo
de las «grullas» era un término apreciativo para referirse a las tres deidades
Lat, Manat y Uzza, veneradas en numerosos santuarios de toda Arabia antes de la
expansión del islam.
El verso se entendió como una confirmación de que el islam admitía la
veneración de estas diosas para que intercedieran ante Dios a favor de sus
fieles, a modo de la Virgen cristiana. El detalle facilitó la conversión de
quienes no querían dejar su fe tradicional. Pero al día siguiente resultó que
aquello fue un error: este verso no había sido revelado por el arcángel
Gabriel, como el resto del Corán, sino insuflado por Satanás con ánimo de
confundir. Gabriel le llamó la atención a Mahoma y el verso se reemplazó
Página 224
por otro en el que tras enumerar a las tres deidades se condenaba toda
pretensión de adorarlas[292]. Una historia perfectamente conocida, transmitida
por varios biógrafos de Mahoma, entre ellos uno tan fundamental como es Tabari,
recogida por innúmeros exégetas, normalmente para analizar su historial de
trasmisión y concluir que no pudo ser verdadera. Y a esta conclusión de los
teólogos, Rushdie no tiene nada que añadir, decía el columnista: quien quiera
enterarse del debate de los versos satánicos debería estudiar a Tabari, y quien
quiera juzgar la novela debería hacerlo según lo bien o mal escrita que esté,
pero no confundir una ficción literaria con un tratado teológico. Asunto
concluido: si usted cree que el libro es mala literatura, tírelo al contenedor
de papel viejo, pero no se sulfure.
Como sabemos, la recomendación de aquel columnista no tuvo mucho eco y
medio mundo se sulfuró de espantosa y mortal manera.
Dice Baqer Moin, el biógrafo de Jomeini, que no se sabe qué movió a este
a lanzar su famosa fetua —aquella que metió la palabra fetua en los
diccionarios europeos— cuando semanas antes había descartado siquiera prohibir
la importación del libro (leído y comentado en Irán, donde otra obra de Rushdie
incluso había sido premiada) porque «no valía la pena responder a todo
loco[293]». Al final sí debió de valer la pena: la fetua y las muertes que
provocó certificaron para los años venideros la división del mundo en dos
partes, el libre y el islámico. Jomeini tuvo que albergar un terror inmenso a
que el libro hiciera escuela, provocara debates, suscitara una reflexión… y
abriese las puertas a que alguien descubriera que aquel debate que se archivó,
sin resolverse, hace siete siglos es la grieta por la que hace aguas el
constructo del islam.
Los versos satánicos son, de hecho, diabólicos para el clero del islam:
recuerdan a quien quiera verlo que el Corán no cayó del cielo como un texto
definitivo, sino que se fue escribiendo mientras evolucionaba la religión como
cualquier otra, conviviendo con diosas tradicionales, se reformó y retocó hasta
unificarse de forma vinculante. La tradición musulmana asegura que esta
unificación tuvo lugar unos veinte años después de la muerte del profeta y que
el califa Othman, acto seguido, hizo quemar todas las copias divergentes. Es
algo que sabe cualquier alumno de una madraza, pero decirlo hoy es anatema:
contradice la versión oficial de que el texto presente hoy día es exactamente
el revelado por Dios, letra por letra, aunque sean las letras de un alfabeto que
solo cien años después
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estandarizó el lexicógrafo iraquí Farahidi. Podríamos reírnos de la
ingenuidad de esta afirmación, pero incluso la doctrina del predicador
islamista turco Fethullah Gülen, cuyos seguidores ocupan una enorme cantidad de
cátedras universitarias de Bogotá a Virginia y se las dan de académicos
modernos comprometidos con ciencia e investigación, insiste en que el texto del
Corán «es fiable en su totalidad, y nunca ha sido cambiado, editado o
modificado desde que fue revelado».
Ante la amenaza de un pensamiento crítico, Jomeini optó por el terror.
Otros siguieron el ejemplo, desde el asesino de Theo van Gogh al de Samuel
Paty. Funcionó: veinte, treinta años más tarde, ya nadie se sorprende si un
director de ópera de Berlín se niega a escenificar una obra por miedo a herir a
los musulmanes, si un periódico se niega a publicar determinadas caricaturas,
si un profesor de universidad francés renuncia a enseñar los hechos históricos
más básicos para evitar la furia de sus estudiantes. Pero no es solo el miedo:
también es una fascinación. La Academia europea lleva un siglo tomándose en
serio la leyenda de Mahoma. Como si hubiera existido de verdad.
HISTORIADORES Y CREYENTES
Decir que Mahoma nunca existió no es más radical que decir que
Jesucristo nunca existió. Desde luego, es posible que ambos existieran, es
decir: es posible que existieran personas reales en las que se inspiraron los
autores que crearon las figuras literarias llamadas Jesucristo y Mahoma. En el
caso de Jesucristo, lo máximo que se puede afirmar científicamente es que
alguno de los predicadores ambulantes activos en Palestina de la época de
Tiberio probablemente se llamase Jesús y fuera crucificado por actividades de
rebeldía. Probablemente, pero no con certeza, porque el único testimonio
concreto fuera de los escritos hagiográficos de sus discípulos es el del
historiador judío Flavio Josefo, un solo párrafo que está manipulado con
seguridad, aunque no sabemos si falso enteramente.
Esto es algo que los teólogos cristianos fueron asumiendo en el siglo
XIX, tras casi dos siglos de Ilustración, al tiempo que los arqueólogos fueron
entendiendo que tampoco el Antiguo Testamento es un libro
Página 226
histórico: es una simple leyenda, desde la edad de Matusalén pasando por
el arca de Noé con sus parejitas de animales y hasta el éxodo de Egipto. La
teología protestante derivó hacia una postura espiritual: aunque todo lo que
dijera la Biblia fuera falso, Cristo seguiría siendo una verdad. La salvación
del ser humano a través del martirio del hijo de Dios sería cierta incluso si
se demostrase que nadie fue crucificado en Gólgota. Esto se llama fe.
En la Iglesia católica, este debate público no se dio. Por orden de Pío
X, la jerarquía tuvo que prestar a partir de 1910 el juramento antimodernista,
comprometiéndose a «rechazar absolutamente la evolución de los dogmas» y la
«creación de la conciencia humana, susceptible de un progreso indefinido».
También debían negar la opción de «una doble personalidad», «como si fuera
permisible para un historiador sostener cosas que contradigan la fe del
creyente». En otras palabras: un creyente católico nunca podría enseñar la
evolución de las especies según Darwin, y mucho menos podría dudar de la
veracidad literal de los doce apóstoles y su pesca en el lago Tiberíades. Pero
el abismo que separa clero y pueblo en el catolicismo hizo que la sociedad no
se enterase del dilema: simplemente iba dejando de creer. El juramento fue
anulado en 1967: el enemigo ya no eran las corrientes «modernistas», sino el
desinterés de la parroquia.
Este riesgo de «doble personalidad» parece conjurado en el islam, no
solo entre los investigadores musulmanes, sino también entre los que enseñan
esta religión desde una cátedra europea: asumen plenamente que ningún
historiador puede «sostener cosas que contradigan la fe del creyente». Y si los
creyentes están convencidos de que las miles de frases atribuidas a Mahoma,
transmitidas de padre a hijo durante siete generaciones antes de ser recogidas
en manuscritos luego perdidos pero citados en otros, son literalmente veraces,
pues como veraces han de constar en todas las tesis doctorales. Aunque no haya
ni una sola inscripción, ni un solo testimonio de historiadores coetáneos, ni
un solo vestigio arqueológico para atestiguar ninguno de los sucesos —guerras, conquistas,
alianzas, embajadas— relatados en estos compendios orales.
Alguien poco versado en historia árabe tardorromana podría replicar que
la ausencia de huellas no demuestra la inexistencia de los sucesos y que
encontrar testimonios escritos entre unas tribus analfabetas del desierto es
mucho pedir. Es un error: el Hiyaz, la franja occidental de Arabia que incluye
La Meca y Medina, constituía un puente de enorme
Página 227
tránsito entre el Imperio bizantino, el persa y Yemen, la Arabia Felix.
Yemen, hogar de una impresionante civilización de más de un milenio de
antigüedad gracias al famoso embalse de Marib, que siguió funcionando hasta
finales del siglo VI, por supuesto tenía escritura, como la tenían Aksum en
Etiopía al otro lado del mar Rojo o el reino nabateo, con su capital Petra, en
lo que hoy es el sur de Jordania. Mejor dicho, tenían escrituras: tras siglos
de usar alfabetos como el taimanítico, dadanítico, dumaítico o hismaico, en la
época romana y bizantina era común el uso del safaítico, nabateo y arameo,
aparte del latín y griego, así como el sudarábico (sabeo) en Yemen. Decenas de
miles de inscripciones, muchas de ellas simples grafitis de pastores de rebaños
o soldados de a pie, cubren las rocas de Arabia, desmintiendo la noción de unas
tribus analfabetas: más bien parece que cualquier zagal o zagala sabía leer y
escribir.
El siglo VI, el que vio nacer a Mahoma, está extremamente bien
documentado: Arabia era un foco de la geopolítica, porque aquí se cruzaban los
intereses de expansión del emperador bizantino Justiniano, el persa Cosroes, el
Negus de Aksum en Etiopía y los reyes himyaritas de Yemen, país donde se
alternaban dirigentes cristianos con judíos. Se sucedían las embajadas, las
expediciones militares, los tratados de paz y los acuerdos de alianza con
confederaciones tribales árabes, y en gran parte dejaron su rastro en
inscripciones en rocas, palacios, templos e iglesias. Se conocen los nombres de
decenas de reyes locales de Arabia central y las rocas revelan hasta nombre,
cargo y andanzas de algún centurión nabateo al servicio de los bizantinos. No
era la yahilía (edad de la ignorancia), como denomina la tradición islámica a
la época anterior a la vida de Mahoma, sino todo lo contrario. De lo que no hay
rastro en esta historia escrita en piedra y corroborada por cronistas de los
imperios circundantes es de un profeta ni de califas.
ARABISTAS ANTEDILUVIANOS
Solo se puede especular sobre cómo representaríamos hoy los siglos VI y
VII en Arabia si nos hubiéramos tomado a rajatabla lo que en 1900 era
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una obviedad para el prestigioso arabista Ignaz Goldziher: «Nadie entre
quienes se ocupan en serio de los estudios islámicos se atrevería a utilizar
los dichos atribuidos a Mahoma y a sus compañeros como fuente para trazar una
imagen del antiguo estado de las cosas y las doctrinas primerizas del islam. La
crítica histórica moderna nos pone en guardia contra esta manera antediluviana
de considerar las cosas[294]». Porque los hadithes, explicaba, «no nos hacen
remontar, salvo de manera muy endeble, a la primera infancia del islam: nos
ofrecen más bien una imagen de tendencias a menudo opuestas unas a otras» de la
época en la que fueron redactados, es decir, siglos más tarde.
Pero la postura oficial durante todo el siglo XX ha abandonado este
método crítico y se ilustra más bien, o quizás habría que decir que se
caricaturiza, con un párrafo de la escritora británica Karen Armstrong, que en
su Biografía de Mahoma —un libro de divulgación, no de investigación académica—
describe la escena de la infancia del profeta en la que dos ángeles le abren el
pecho al pequeño Mohamed para limpiarle el corazón. El episodio representa la
preparación simbólica del profeta para su posterior misión y es «similar a las
leyendas iniciáticas de otras culturas», anota la autora. Solo para añadir en
la siguiente frase que la madrastra de Mahoma, que educaba al niño, se asustó
tanto con el suceso que envió al pequeño de vuelta a La Meca[295].
Uno está tentado de preguntarse si Armstrong, exmonja católica, prestó
en su momento el juramento antimodernista que prohíbe al «historiador sostener
cosas que contradigan la fe», si bien es tener mucha fe en el lector pedirle
creer que la madrastra de Mahoma efectivamente viera a los ángeles de aquella
«leyenda iniciática de otras culturas». Pero desechar el suceso como invento
abre la puerta a descartar también la existencia de la propia madrastra y,
finalmente, todo el resto de la biografía: es, en su totalidad, una
hagiografía.
Si abandonamos el «método antediluviano», salta a la vista que biografía
y hadithes no son otra cosa que inventos tardíos para explicar pasajes
coránicos de significado oscuro, creando alrededor del verso en cuestión un
episodio de la biografía del profeta. Lo que, dicho sea de paso, lleva a una
noción bastante surrealista, para no decir esquizofrénica: por una parte, es
dogma que el texto coránico no solo existe en una tabla desde el principio del
mundo, sino que, además, es anterior a la Creación entera y tan eterno como
Dios en persona; y por otra, refleja fielmente las
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circunstancias concretas de dudas, polémicas, amoríos y arrebatos
enteramente humanos del profeta, que en cada caso fueron aclarados, legitimados
o confirmados por versos revelados a continuación de un suceso determinado de
la vida social o política momentánea de La Meca o Medina.
Esta construcción de ficciones alrededor de versos coránicos a menudo
sirve para justificar normas del islam y destacar la bondad de la nueva
religión respecto a las tradiciones paganas. No puede sorprender que sus
autores se hayan dedicado a demonizar la época anterior, pintándola en los
colores más oscuros posibles. Lo que sí sorprende es que los arabistas modernos
se hayan apuntado con tanta fascinación a esa defensa enardecida del islam,
representándolo como una nueva fe demócrata, ilustrada, científica y
prácticamente feminista frente a una yahilía oscura y cruel…, incluso cuando
las propias tradiciones ortodoxas en las que se basan contradicen esta visión.
La aseveración de que solo el islam haya dado ciertos derechos, aunque no
plenos, a unas mujeres sometidas como esclavas analfabetas es insostenible
cuando esa misma leyenda describe a la primera mujer de Mahoma como una
comerciante independiente que no necesitaba pedir permiso a nadie para casarse.
O cuando cuenta la anécdota de una joven seguidora de Mahoma que consigue
convertir a su hermano cuando este la sorprende leyendo en secreto fragmentos
de las suras: de analfabetismo, poco.
Como el resto de sus colegas, Armstrong justifica el permiso islámico de
casarse con cuatro mujeres como una respuesta humanitaria —para nada machista—
ante las circunstancias creadas por la batalla perdida en Uhud: había que
ofrecer un hogar a tantas viudas de guerra. Una página más tarde asegura que la
poligamia era totalmente habitual en Arabia y el versículo coránico no hizo más
que limitarla a cuatro, reduciendo así el grado del machismo reinante. Ambas
explicaciones son habituales en la literatura teológica islámica, pero
Armstrong evita ver que son mutuamente excluyentes.
En resumen: el cuerpo biográfico de Mahoma es una compilación de
anécdotas fundacionales para envolver un texto sagrado coránico a menudo mal
entendido y para velar su origen: una colección de antiguas canciones
cristianas, narraciones tomadas de la Torá y fragmentos de códigos penales y
civiles diversos, unidos por jaculatorias mil veces repetidas, propias de un
predicador.
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JESUCRISTO EN LA MEZQUITA
La presencia de un cancionero cristiano en el Corán lo demostró con
enorme precisión el arabista alemán Günter Lüling[296] y lo ha resumido de
forma gráfica el andaluz Emilio G. Ferrín al describir el Libro del islam como
«un evangelio apócrifo», es decir, uno más de ese centenar largo de textos no
canónicos, algunos de ellos en árabe, que narran episodios de la vida de
Jesucristo, a menudo enriquecidos con discursos teológicos diseñados para el
momento[297].
Aun sin entrar en los análisis filológicos de Lüling, que identifica un
núcleo original cristiano en lengua siriaca (aramea), es fácil reconocer esta
estructura con solo observar el texto sin las gafas de la interpretación
coránica ortodoxa. Así, la breve sura 97, «al-Qadr» (el Destino), adquiere un
significado totalmente distinto, y por primera vez coherente, cuando leemos la
primera línea «Lo hemos hecho descender en la Noche del Destino» sin añadir
mentalmente la palabra Corán, que muchos traductores agregan entre paréntesis.
Porque la exégesis ortodoxa tiene claro que esa «Noche de paz» en la que
«descienden los ángeles y el Espíritu de Dios» es el momento de la revelación
del texto a Mahoma, por mucho que contradiga la propia doctrina islámica según
la cual el Corán fue revelado trozo por trozo a lo largo de 23 años. Pero basta
con leer el homónimo villancico alemán para descubrir a quién envía Dios a la
Tierra bajo el júbilo de los ángeles en la Noche de paz…
Desde Goldziher, el debate racional sobre los orígenes, la compilación y
la redacción del Corán, como existe para cualquier otra obra de la literatura
mundial, prácticamente se ha desterrado durante un siglo de la universidad
europea, tanto que incluso ha excluido de su círculo a Lüling, pese a su
inmensa erudición y sus excelentes credenciales académicas. Solo a inicios del
siglo XXI, un grupo de investigadores alemanes alrededor de los arabistas
Karl-Heinz Ohlig y Gerd R. Puin ha retomado las ideas de Lüling y busca los
orígenes del islam en el movimiento cristiano antitrinitario en Arabia. De
hecho, Jesucristo, Isa ben Maryam, es decir, Jesús, hijo de María, se menciona
33 veces en el Corán con su nombre, y diez veces con el título de mesías
(masih, «el ungido»), aclarando que es profeta, nacido de madre virgen gracias
a la palabra divina, pero no hijo de
Página 231
Dios. Es dogma común que es el profeta más importante de la humanidad,
aparte de Mahoma y, en un determinado aspecto, incluso más importante: será
Jesucristo quien al final de los tiempos regresará para la batalla antes del
juicio final[298].
Una mirada crítica a los textos originales muestra hasta qué punto se
solapan islam y cristianismo en sus inicios: dos veces, el propio Corán
describe a los seguidores de Isa ben Maryam como «musulmanes[299]». La escuela
de Ohlig ha ido un paso más lejos: el propio nombre de Mahoma, muhammad, un
adjetivo árabe que significa «alabado», no sería un nombre de pila, sino
simplemente un título dedicado a Jesucristo, que solo más tarde fue utilizado
para construir un personaje distinto. Bajo este prisma se puede leer también lo
que es prácticamente la primera inscripción paleográfica árabe islámica: la de
la Cúpula de la Roca en Jerusalén, construida en el año 72 de la hégira (692
d. C.) por el califa omeya Abdelmalik. Se trata de fragmentos de suras
coránicas en su gran mayoría dedicadas a Jesucristo que insisten en su
naturaleza de profeta y enviado de Dios —pero no hijo de Dios— y van
intercaladas con la típica frase del credo musulmán «Mohamed es el enviado de
Dios». Basta con leer simplemente «Alabado sea el enviado de Dios» para tener…
un texto enteramente cristiano en esta mezquita.
Un detalle en la inscripción refuerza esta opción: un fragmento, sin
correspondencia en el Corán, dice: «Mohamed es el enviado de Dios, que Dios lo
bendiga y acepte su intercesión para su comunidad el día del juicio final»,
algo que se entiende mucho mejor leyendo «Alabado sea el enviado de Dios
(Jesús)…», dado que, según el dogma musulmán, quien volverá el día del juicio
será Jesucristo, no Mahoma, y la idea de la intercesión, omnipresente en el
cristianismo, es ajena al islam ortodoxo de hoy y expresamente descartada en
los versos que reemplazaron a los «satánicos».
Un estudioso del círculo de Ohlig y Puin, que escribe bajo el seudónimo
de Christoph Luxenberg, ha elaborado en detalle esta tesis, que otros
académicos han intentado refutar con poco más que el argumento de que el orden
de las palabras, colocando muhammad al principio de la frase, no sería correcto
según la sintaxis árabe…,[300] si bien quedaría por discutir si las reglas del
árabe clásico, fijadas por los gramáticos un siglo más tarde, ya eran tan
rígidas entonces, y, además, hay varios ejemplos de este orden sintáctico en
textos árabes cristianos. La misma inscripción contiene un fragmento coránico
que establece «el islam como única
Página 232
religión verdadera de Dios», pero esto tampoco contradice la tesis
cristiana, porque el mismo verso habla de «quienes recibieron el libro», una
referencia habitual a cristianos y judíos, y ya hemos visto que el propio Corán
describe a los seguidores de Jesús como «musulmanes».
Este no es el lugar de proponer una tesis concreta de cómo la figura de
Jesucristo, entendido como profeta humano en ciertas corrientes cristianas
árabes, se haya ido superponiendo a un posible predicador o caudillo de La Meca
para dar lugar a la religión que bajo los abasíes se convirtió en lo que hoy
conocemos como islam. Solo podemos subrayar la importancia de lanzar este
debate sobre la base de los vestigios arqueológicos y numismáticos disponibles
—las primeras monedas omeyas, aún copiadas a las persas, con efigies humanas, y
los palacios de Jordania adornados con frescos muy poco devotos sorprenderán a
algunos— y no únicamente sobre la hagiografía ortodoxa.
Solo tras reconocer la inexistencia histórica de Mahoma —es decir: la
ausencia de datos que permitan afirmar su existencia en la forma que establece
la religión— se podrá salir de una vez por todas del círculo vicioso sobre
cuánta influencia las normas atribuidas a un círculo de beduinos del siglo VII
deben ejercer sobre un código legal moderno. Las leyendas no hay que
reformarlas, sino relegarlas al espacio literario al que pertenecen. Quien
pretende reformar una leyenda pretende prorrogar su validez, una validez que no
tiene.
Este es el debate que necesita el mundo para poder darle al islam el
lugar que merece: el de una religión histórica, no distinta al judaísmo o al
cristianismo, desarrollada en un contexto social, político y filosófico
determinado y utilizada en todo momento, también hoy, para los fines políticos
del momento. Solo así, las sociedades musulmanas podrán liberarse del
fundamentalismo religioso que, bajo la guisa de ciencia académica confirmada
por las mejores cátedras europeas, mantiene bajo control el debate político y
social. Porque la idea de una referencia histórica ineludible, innegable,
fundamento de su propia sociedad, pesa como una losa incluso sobre quienes no
creen ya en la revelación.
En este punto se encuentra el ateísmo islámico con el judío: como los
sionistas, muchos científicos ilustrados del mundo árabe podrían suscribir la
frase de que Dios no existe, pero existía. Adaptado al caso: Dios no existe,
pero Mahoma era su profeta.
Página 233
Romper con este dogma, defendido hoy a sangre y fuego desde Indonesia
hasta París y Barcelona, es el primer paso necesario para un mundo laico.
Porque no puede haber un futuro en libertad si no hay libertad de conocer el
pasado. Y una vez dado este paso ya puede responderse a la pregunta favorita de
tertulianos, polemistas y políticos: ¿son compatibles islam y democracia?
La respuesta es obvia: ninguna religión es compatible con la democracia,
si esa religión se toma como un fundamento de la política. Porque toda religión
pretende dotar a la humanidad de leyes y normas de origen divino,
interpretables únicamente por un círculo de iniciados — eruditos, teólogos,
sacerdotes—, pero fuera del alcance del debate de la ciudadanía.
Por eso mismo, toda Constitución que invoca una religión como fundamento
de la legalidad es radicalmente antidemocrática, incluso si se aprueba en
referéndum por una inmensa mayoría de la población: quienes la rubrican están
negando a las futuras generaciones de votantes el derecho a debatir sobre las
leyes que dicen basarse en escrituras divinas.
No se vive en una democracia, no emerge del pueblo la soberanía de la
nación, si ese pueblo debe recurrir para toda reforma legal al beneplácito de
una casta clerical que ostenta una autoridad aparte, con sus propias
estructuras de poder. Una casta que en el siglo XX, como hemos visto, es fácil
de pagar, influir y orientar desde otro país. Desde el Vaticano o desde La
Meca. Tanto en España como en los países musulmanes, Dios se ha convertido en
una potencia extranjera.
NOTAS
Página 235
Jonathan Haidt, La mente de los justos, Planeta, 2019, pág. 153. <<
Página 236
C. Taylor y J. Maclure, Laicidad y libertad de conciencia, Alianza, 2011, pág. 34. <<
Página 237
Catherine Kintzler, Tolerancia y laicismo, Ediciones Del Signo, 2005, pág. 2. <<
Página 238
Ibid., pág. 7. <<
Página 239
Haidt, op. cit., pág. 384. <<
Página 240
Ibid., pág. 153. <<
Página 241
[7] BFMTV. https://www.nbcnews.com/storyline/paris-magazine-attack/paris-killer-cherif-kouachi-gave-interview-tv-channel-he-died-n283206 <<
Página 242
[8] Papa Francisco, 15 de enero de 2015. Vídeo:
https://www.youtube.com/watch?v=Zb8dSDDIXK4 <<
Página 243
Zeit Online, «Türme der Angst», 24 de noviembre de 2009. https://www.zeit.de/politik/2009-11/minarette-schweiz/komplettansicht
<<
Página 244
ICCT, The Foreign Fighters Phenomenon in the European Union,
2016.http://icct.nl/app/uploads/2016/03/ICCT-Report_Foreign-
Fighters-Pheno-menon-in-the-EU_1-April-2016 _including-AnnexesLinks.pdf <<
Página 245
Ibid. <<
Página 246
[12] ICCT, Converts and Islamist Terrorism, 2016. http://icct.nl/app/uploads/2016/06/ICCT-Schuurman-Grol-Flower-Converts-June-2016.pdf <<
Página 247
Pilar Cebrián, El infiel que habita en mí, Ariel, 2021. <<
Página 248
Ibid. <<
Página 249
Ibid. <<
Página 250
Jesús Callejo, Breve historia de la brujería, Nowtilus, 2017. <<
Página 251
Ángeles Cristóbal Martín, El Santo Oficio de la Inquisición, Ayuntamiento de Logroño, 1994. <<
Página 252
Archivo Diocesano de Cuenca, Proceso contra Beatriz de Padilla en 1581, leg. 341. <<
Página 253
Mateo 12, 48. <<
Página 254
Domradio, «Die Empörung der 700.000», 19 de agosto de 2020. https://www.domradio.de/themen/glaube/2020-08-10/die-empoerung-der-700000-vor-25-jahren-faellte-karlsruhe-sein-kruzifixurteil <<
Página 255
Matthias Reichelt, Symbolische Deutungskonflikte, Múnich, 2019, pág.
80. <<
Página 256
Constitución de Baviera de 1998, arts. 127 y 131. https://www.gesetze-bayern.de/Content/Document/BayVerf/true <<
Página 257
Der Spiegel, «Das Kreuz ist der Nerv», 13 de agosto de 1995. https://www.spiegel.de/politik/das-kreuz-ist-der-nerv-a-0c7cdb36-0002-0001-0000-000009206287 <<
Página 258
Alf Mintzel, «Die bayerische Kruzifix-Debatte 1995», 8 de octubre de
2016. https://www.prof-dr-alf-mintzel.de/blog/2016/10/08/32-die-bayerische-kruzifix-debatte-1995/ <<
Página 259
Jochen Hippler, «Die deutschen Mullahs proben den Aufstand», 1995. http://www.jochenhippler.de/html/kruzifixurteil.html <<
Página 260
Domradio, «Kruzifix-Beschluss», 16 de mayo de 2019. https://www.domradio.de/radio/sendungen/anno-domini/der-streit-ums-kreuz-oeffentlichen-gebaeuden <<
Página 261
Der Spiegel, «Die Kreuze bleiben hängen», 14 de agosto de 2008. https://www.spiegel.de/lebenundlernen/schule/bayerns-schulen-die-kreuze-bleiben-haengen-a-572180.html <<
Página 262
Frankfurter Allgemeine Zeitung, «Ein Menschenrecht auf
Säkularisierung?», 25 de febrero de 2010. https://www.faz.net/aktuell/feuilleton/europaeisches-kruzifixurteil-ein-menschenrecht-auf-saekularisierung-1605556.html <<
Página 263
Der Spiegel, «Europa lässt uns nur noch die Halloween-Kürbisse», 4
de noviembre de 2009. https://www.spiegel.de/lebenundlernen/schule/kruzifixurteil-europa-laesst-uns-nur-noch-die-halloween-kuerbisse-a-659297.html <<
Página 264
Der Spiegel, «Gericht lässt Kruzifixe an Schulen wieder zu», 18 de marzo de 2011. <<
Página 265
Bayerische Staatszeitung, «Kein religiöses Symbol?», 24 de abril de 2018. <<
Página 266
El País, «La Justicia obliga a retirar los crucifijos de dos aulas de un colegio público extremeño», 9 de noviembre de 2010. https://elpais.com/sociedad/2010/11/09/actualidad/1289257206_850215
.html <<
Página 267
[33] Consulta 031/2011, Junta de Andalucía.
https://www.juntadeandalucia.es/educacion/portals/delegate/content/e
f996026-0ae2-48ac-9238-
3b7938b0d09a/ACLARACIONES%20(CONSULTA%20031-2011-
%20Simbolos%20relig%20escuelas%20y%20laicidad.pdf <<
Página 268
Diario Jaén, «La “batalla de los crucifijos” de Baeza», 16 de junio de 2016. https://www.diariojaen.es/provincia/la-batalla-de-los-crucifijos-de-baeza-YF1689450 <<
Página 269
El País, «Las dificultades de sacar el crucifijo del aula», 30 de octubre
de 2001. https://elpais.com/diario/2001/10/30/andalucia/1004397752_850215.ht ml <<
Página 270
Público, «El joven que denunció durante tres años la presencia de crucifijos en el aula cambia de instituto sin lograr su objetivo», 24 de junio de 2020. https://www.publico.es/sociedad/joven-denuncio-tres-anos-presencia-crucifijos-aula-cambia-instituto-lograr-objetivo.html <<
Página 271
El Mundo, «El Congreso insta al Gobierno a retirar los crucifijos de los
colegios», 3 de diciembre de 2009. https://www.elmundo.es/elmundo/2009/12/03/espana/1259826100.html
<<
Página 272
Diario de Jerez, «Sin crucifijos en los colegios», 7 de diciembre de
2008. https://www.diariodejerez.es/jerez/crucifijos-colegios_0_211779215.html <<
Página 273
Eldiario.es, «Andalucía lleva 15 años delegando en los consejos escolares la retirada de símbolos religiosos de los colegios públicos», 9 de octubre de 2019. https://www.eldiario.es/andalucia/censo-colegios-crucificos_1_1322547.html <<
Página 274
Les chiffres clés de l’Enseignement catholique. 2017-2018. https://enseignement-catholique.fr/wp-content/uploads/2018/01/dossier-eca-383.pdf <<
Página 275
Aceprensa, «Escuelas católicas españolas», 14 de junio de 2016. https://www.aceprensa.com/educacion/escuelas-catolicas-espanolas-tan-diversas-como-la-sociedad/Este estudio estima un 70 %; un 60% está afiliado a la patronal Escuelas Católicas. <<
Página 276
Frankfurter Allgemeine, «Plötzlich eine fast magische
Bildauffassung», 29 de mayo de 2020. https://www.faz.net/aktuell/feuilleton/hans-maier-25-jahre-kruzifix-beschluss-des-bundesverfassungsgerichts-16784030.html <<
Página 277
Christopher Caldwell, La revolución europea, Debate, 2010. <<
Página 278
Arturo Barea, «La llama» (cap. VII) en La forja de un rebelde, 1951.
<<
Página 279
Arturo Barea, «La forja» (cap. 10) en La forja de un rebelde, 1951. <<
Página 280
Francisco Alvarado, Cartas críticas. Tomo II, carta XXVI. Madrid, 1825. La palabra tragafrailes aparece en el libro El momento político de Pedro Figari (Montevideo, 1911). <<
Página 281
Constituciones de la Orden de las Escuelas Pías (ed. Madrid, 2004). Puntos 34, 36, 40 y 113. <<
Página 282
Pío X, Vehementer nos, 11 de febrero de 1906. https://www.vatican.va/content/pius-x/it/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_11021906_vehementer-nos.html <<
Página 283
León XIII, Libertas praestantissimum, 20 de junio de 1888. https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html <<
Página 284
Pío IX, Quanta cura, 8 de diciembre de 1864. https://www.vatican.va/content/pius-ix/it/documents/encyclica-quanta-cura-8-decembris-1864.html <<
Página 285
[51] Pío IX, Syllabus errorum, 1864. https://fundacionspeiro.org/downloads/magazines/docs/pdfs/4964_syll abus-1.pdf <<
Página 286
Pío X, Lamentabili sine exitu, 3 de julio de 1907. <<
Página 287
Así lo formula el jurista argentino Gonzalo F. Fernández en Estado laico, laicidad y laicismo (Foro Educacional n.º 34, 2020). <<
Página 288
El País Andalucía, «Laicismo y laicidad», Cartas al director, 8 de
noviembre de 2005. https://elpais.com/diario/2005/11/08/andalucia/1131405726_850215.ht ml <<
Página 289
Europa Laica, «¿Qué es el laicismo?». https://laicismo.org/que-es-el-laicismo/ <<
Página 290
Roberto Blancarte, «Laicidad y laicismo en América Latina», Estudios Sociológicos de El Colegio de México, vol. 26, n.º 76 (Jan.-Apr., 2008).
<<
Página 291
Diego Valadés, Laicidad y laicismo. Notas sobre una cuestión semántica, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015. <<
Página 292
Pío XI, Quas primas, 11 de diciembre de 1925. https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_11121925_quas-primas.html <<
Página 293
Pío XI, Dilectissima Nobis, 3 de junio de 1933. https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19330603_dilectissima-nobis.html <<
Página 294
El País Andalucía, «Laicismo y laicidad», op. cit. <<
Página 295
ATD Actualité, 10 de febrero de 2010. Conseil Départamental Haute-Garonne.https://www.atd31.fr/fr/base-doc/equipement/equipement-cultuel/article-budget-cnal-chauffage-eglise.html <<
Página 296
Conferencia Episcopal Española, Memoria de actividades 2019. http://www.transparenciaconferenciaepiscopal.es/memoria.html <<
Página 297
María del Mar Martín García, «El modelo español de financiación de la Iglesia católica», Anuario de Derecho Eclesiástico del Estado, 2020. <<
Página 298
Valencia Laica, Comunicado de prensa, 20 de abril de 2022. https://laicismo.org/comunicado-de-prensa-de-valencia-laica-no-marques-la-casilla-de-la-iglesia-catolica-ni-la-de-fines-sociales-en-el-irpf/257939 <<
Página 299
Martín Federico Ríos Soloma, La Reconquista: una construcción historiográfica (siglos XVI-XIX), 2011. <<
Página 300
El País, «La catedral compostelana retira una imagen de Santiago ‘Matamoros’», 4 de mayo de 2004. <<
Página 301
Ver el texto en la web del Ayuntamiento de Granada. https://www.granada.org/inet/wfotos.nsf/capitulaciones <<
Página 302
Ver el texto en la web del Ayuntamiento de Granada. https://www.granada.org/inet/wfotos.nsf/capitulaciones <<
Página 303
S. P. Scott, The History of the Moorish Empire in Europe, 1904. <<
Página 304
Ferdinand Lot, «Études sur la bataille de Poitiers de 732», Revue Belge de Philologie et d’Histoire, 1948. <<
Página 305
Encyclopaedia Britannica, 1911. «Arabia». <<
Página 306
En sociedades tradicionales (tomamos como ejemplo Chad), la población masculina entre 15 y 64 años es un 25 % del total, pero no todos pueden considerarse aptos para la guerra. A finales del Imperio romano, siglo II, se estima la población de Iberia en 7,5 millones; en 1900 se ha triplicado para alcanzar 25 millones (ver Statista). <<
Página 307
Ivan Denes, Gott am Wannsee, 1993. <<
Página 308
Caldwell, op. cit. <<
Página 309
Juan 14, 16; reiterado en Juan 15, 26. <<
Página 310
El propio Corán recoge esa promesa de Jesucristo (sura 61, 6) y es una interpretación habitual en la teología islámica que Mahoma es efectivamente el enviado anunciado por Jesucristo. <<
Página 311
Septimio Severo, nacido en Leptis Magna, en Libia, de idioma materno púnico, casado con Julia Domna de Homs, Siria; su hijo Caracalla; Macrino, nacido en Iol Caesarea, actual Argelia; Elagabal, nacido en Roma de familia siria; Alejandro Severo, de Arca Caesarea, actual Líbano; Filipo el Árabe, de Siria; Emiliano, del actual Túnez. <<
Página 312
Encyclopaedia Britannica, 1911. «Euclid». <<
Página 313
George Saliba, «The “Arabick” Interest of the Natural Philosophers in Seventeenth-Century England», The Journal of the American Oriental
Society; 1 de enero de 1997. http://www.levantineheritage.com/arabick.htm <<
Página 314
Ver E. T. A. Hoffmann, Der Goldene Topf. <<
Página 315
Josué 10, 12-13. <<
Página 316
Sura Las Abejas, 16, 67. <<
Página 317
Sura Las Mujeres, 4, 43. <<
Página 318
Sura La Vaca, 2, 219. <<
Página 319
Sura La Mesa 5, 91. <<
Página 320
Las Filas, 37, 45, y Los Defraudadores, 83, 25. <<
Página 321
Chabad, «Why Is Torah Law So Restrictive of Contact Between the Genders?». https://www.chabad.org/library/article_cdo/aid/3246/jewish/Why-Is-Torah-Law-So-Restrictive-of-Contact-Between-the-Genders.htm <<
Página 322
Éxodo 20, 3-5. <<
Página 323
S. Safrai y M. Stern, The Jewish People in the First Century, Assen, 1974, vol. 1, pág. 109. <<
Página 324
La frase no parece estar documentada de forma oficial, pero aun si es apócrifa refleja una postura común de la clase política asquenazí respecto a judíos de países árabes o norteafricanos. <<
Página 325
Wilhelm Marr, Der Sieg des Judenthums über das Germanenthum, Berna, 1879. https://www.gehove.de/antisem/texte/marr_sieg.pdf <<
Página 326
Así lo formuló Theodor Herzl en su libro Der Judenstaat (1896). <<
Página 327
Zeev Sternhell, The Founding Myths of Israel, Princeton, 1998. https://archive.nytimes.com/www.nytimes.com/books/first/s/sternhell-israel.html <<
Página 328
Michael Stanislawski, Zionism and the Fin de Siècle, California Press, 2001. <<
Página 329
Es como se conoce el libro en la versión en español. La traducción exacta es El Estado de los judíos. Herzl no planteaba un Estado de características judías, sino uno creado por individuos nacidos como judíos.
<<
Página 330
M. Stanislawski, op. cit., pág. 11. <<
Página 331
Theodor Herzl, Der Judenstaat, op. cit., pág. 11. <<
Página 332
Herzl, op. cit., pág 75. <<
Página 333
Si mi memoria no me traiciona, fue Sergio Yahni, activista del Alternative Information Center (AIC). <<
Página 334
La frase —atribuida a menudo a Israel Zangwill— no aparece en el libro de Herzl, pero fue un lema conocido a partir del congreso sionista de Basilea de 1897. Ver Israelnetz, «Die Geburt des politischen Zionismus». https://www.israelnetz.com/die-geburt-des-politischen-zionismus/ <<
Página 335
Uri Avnery, «La judaización de Israel», MSur, noviembre de 2013. https://msur.es/2013/11/10/avnery-judaizacion-israel/ <<
Página 336
Ibid. <<
Página 337
Herzl, op. cit. <<
Página 338
Tom Segev, A State at Any Cost, 2018, cap. 11. <<
Página 339
Angel Wagenstein, «Lo que el dios de los judíos no consiguió…», MSur, mayo de 2010. https://msur.es/2010/05/17/angel-wagenstein/ <<
Página 340
[106] BPD, «Das Haavara-Transfer-Abkommen». https://www.bpb.de/geschichte/nationalsozialismus/die-wohnung/195259/das-haavara-transfer-abkommen <<
Página 341
Chemi Shalev, «Call for French Aliyah», Haaretz, 12 de enero de
2015. https://www.haaretz.com/.premium-call-for-french-aliyah-zionism-or-capitulation-1.5359090 <<
Página 342
Max Newman, «Thanks, But No Thanks», Times of Israel, 15 de febrero de 2015. https://blogs.timesofisrael.com/thanks-but-no-thanks/
<<
Página 343
La palabra pícaro no hace justicia a la figura, porque sugiere un interés económico propio de la picaresca, mientras que Yoha, como el alemán Eulenspiegel, se dedica a epatar simplemente por epatar. <<
Página 344
Ilya U. Topper, «Amaneser en Estambul», MSur, mayo de 2014. https://msur.es/2014/05/05/sefardies-estambul/ <<
Página 345
Conversación personal (2002). <<
Página 346
Times of Israel, «For the forgotten victims of Hate at Israel’s Birth, a Memorial», 16 de mayo de 2021. https://blogs.timesofisrael.com/for-the-forgotten-victims-of-hate-at-israels-birth-a-memorial/ <<
Página 347
Michael Adams, Suez and After, 1958, pág. 89. https://archive.org/details/suezandafteryear009813mbp/page/n105/ <<
Página 348
Ver por ejemplo Leonard Weiss, The Lavon Affair. https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/0096340213493259 <<
Página 349
H. Saadoun y P. Lurçat, «Y a-t-il eu une provocation “sioniste” en Irak pour encourager l’émigration des Juifs d’Irak?», Pardès, n.º 34 (2003). https://www.cairn.info/revue-pardes-2003-1-page-99.htm <<
Página 350
Michael R. Fischbach, «Claiming Jewish Communal Property in Iraq», Merip, 2008. https://merip.org/2008/09/claiming-jewish-communal-property-in-iraq/ <<
Página 351
Shlomo Hillel, «Who Helped 120,000 Jews Flee Iraq, Dies at 97», The New York Times, 21 de febrero de 2021. https://www.nytimes.com/2021/02/21/obituaries/shlomo-hillel-dead.html <<
Página 352
Es la estimación más habitual, aunque las cifras dadas por Yigal Nun (op. cit.) sugieren una población mayor: asegura que hubo 230 000 «tras la independencia» (1956) a la vez que da la cifra de 164 000 en 1957, mientras que anota una emigración a Israel de 130 000 entre 1948 y 1956. Agrega que Israel registra una inmigración de 237 000 marroquíes de 1948 a 1967, mientras que en 1970 aún hubo 30 000 judíos en Marruecos. A ello habría que sumar un número no desdeñable de judíos marroquíes emigrados a Francia y Canadá, lo que sugiere una población original superior a los 300 0000. <<
Página 353
Yigal Bin Nun, «La quête d’un compromis pour l’évacuation des Juifs du Maroc», Pardès, n.º 34 (2003). https://www.cairn.info/revue-pardes-2003-1-page-75.htm <<
Página 354
Emanuela Trevisan Semi, Différents récits sur le départ des juifs du Maroc dans les années 1960-1970, La Bienvenue et l’Adieu, Casablanca, 2012. https://books.openedition.org/cjb/174 <<
Página 355
Uri Avnery, «Remember What? Remember how?», 19 de marzo de
2005. http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/archives_article348 <<
Página 356
Uri Avnery, «Why I’m Angry With Israel’s Mizrahi Elite Haaretz», 10 de enero de 2018. https://www.haaretz.com/opinion/why-im-angry-with-israels-mizrahi-elite-1.5730103 <<
Página 357
Mohamed Chtatou, «Moroccan Jews in Israel: The New Diaspora», The Times of Israel, 22 de agosto de 2021. https://blogs.timesofisrael.com/moroccan-jews-in-israel-the-new-diaspora/ <<
Página 358
Conversación con Sergio Yahni en Jerusalén, 2001. <<
Página 359
Cifras de una encuesta de Gallup, citada en Haaretz, «Israel Among the Least Religious Countries in the World», 14 de abril de 2015. https://www.haaretz.com/israel-china-among-least-religious-nations-1.5350737 <<
Página 360
Yael V. Levy, «The Agunah and the Missing Husband», Journal of Law and Religion, vol. 10, n.º 1 (1993-1994). <<
Página 361
Carmen Rengel, «El divorcio es cosa de hombres… y de rabinos», MSur, 23 de mayo de 2011. https://msur.es/2011/05/23/divorcio-cosa-hombres-rabinos/ <<
Página 362
Donald P. Little, «Did Ibn Taymiyya Have a Screw Loose?», Studia
Islamica, n.º 41 (1975), págs. 93-111. https://www.jstor.org/stable/1595400 <<
Página 363
Jamel Zenati, «L’Algérie à l’épreuve de ses langues et de ses identités: histoire d’un échec répété», Mots, 2004. https://journals.openedition.org/mots/4993 <<
Página 364
Omar Carlier, «Ben Bella: l’homme, le mythe et l’histoire», Confluences Mediterranée, n.º 81, 2012/2. https://www.cairn.info/revue-confluences-mediterranee-2012-2-page-41.htm <<
Página 365
Patrick Weil, «Histoire et mémoire des discriminations en matière de nationalité française», Vingtième Siècle, n.º 84, 2004/4, págs. 5-22. https://www.cairn.info/revue-vingtieme-siecle-revue-d-histoire-2004-4-page-5.htm <<
Página 366
Weil, op. cit. <<
Página 367
Florence Renucci, Le statut personnel des indigènes: comparaison entre les politiques juridiques française et italienne en Algérie et en Libye (1919-1943), tesis doctoral, Universidad Paul Cézanne, 2005. https://halshs.archives-ouvertes.fr/tel-02658018/document <<
Página 368
Renucci, op. cit. <<
Página 369
Peter Webb, «The origin of Arabs: Middle Eastern ethnicity and myth-making», British Academy Review, n.º 26 (Feb 2016). https://www.thebritishacademy.ac.uk/documents/843/BAR27-10-Webb-reduced_0.pdf <<
Página 370
Alejandro Luque, «Jihan El Tahri: “Tras el terror rojo vino el terror verde: ahora nos ha tocado”», MSur, abril de 2020. https://msur.es/2020/04/21/jihan-eltahri/ <<
Página 371
BBC Afrique, «Algérie-Egypte: des hauts et des bas depuis
l’indépendance», 22 de noviembre de 2009. https://www.bbc.co.uk/french/news/story/2009/11/printable/091122_al gerie_egypte.shtml <<
Página 372
Según recoge en 1814 el viajero suizo Johann Ludwig Burckhardt, citado según Cameron Zargar, «Origins of Wahhabism from Hanbali Fiqh», Journal of Islamic and Near Eastern Law, n.º 16 (2017). https://escholarship.org/uc/item/6rp796h4 <<
Página 373
Nawawi, Riad as-Salihin, hadith 1732, Bujari y Muslim. <<
Página 374
[140] Hadith de Sunan Abi Dawud 4765.
https://sunnah.com/abudawud:4765 <<
Página 375
The Washington Post, 14 de octubre de 2013. https://www.washingtonpost.com/national/religion/malaysian-court-only-muslims-can-use-the-word-allah/2013/10/14/a8599a78-34fe-11e3-89db-8002ba99b894_story.html <<
Página 376
BBC, 14 de octubre de 2013. https://www.bbc.com/news/world-asia-24516181 <<
Página 377
[143] Reuters, 14 de octubre de 2013. https://www.reuters.com/article/cnews-us-malaysia-court-allah-idCABRE99D01J20131014 <<
Página 378
Corán, Sura 29, 46. <<
Página 379
[145] Halakha Yomit. http://halachayomit.co.il/en/default.aspx? HalachaID=2367 <<
Página 380
Ibid. <<
Página 381
C. Bratt Paulston y J. Watt, «Language policy and religion», en B. Spolsky (ed.), The Cambridge Handbook of Language Policy (Cambridge Handbooks in Language and Linguistics), 2012, págs. 335-350. <<
Página 382
https://www.cbc.ca/radio/ideas/the-stolen-revolution-iranian-women-of-1979-1.5048382 <<
Página 383
Sami Naïr, Por qué se rebelan, Clave Intelectual, 2013. <<
Página 384
NPR, «Sayyid Qutb’s America», 6 de mayo de 2003. https://www.npr.org/templates/story/story.php? storyId=1253796&t=1635792725593 <<
Página 385
Sayyid Qutb, Maàlim fi tariq (Hitos en el camino, conocido a menudo por su traducción inglesa, Milestones). <<
Página 386
Corán 2, 256 (La Vaca). <<
Página 387
Paul Berman, «The Philosopher of Islamic Terror», New York Times,
23 de marzo de 2003. https://www.nytimes.com/2003/03/23/magazine/the-philosopher-of-islamic-terror.html <<
Página 388
Masami Nishino, Muhammad Qutb’s Islamist Thought: A Missing Link between Sayyid Qutb and al-Qaeda?, Kings College, Londres, 2014. http://www.nids.mod.go.jp/english/publication/kiyo/pdf/2015/bulletin_ e2015_6.pdf <<
Página 389
Oliver Burkeman, «Portrait of the terrorist as a young man», The
Guardian, 25 de septiembre de 2001. https://www.theguardian.com/world/2001/sep/25/afghanistan.terroris m1 <<
Página 390
Robert Irwin, «Is this the man who inspired Bin Laden?», The
Guardian, 1 de noviembre de 2011. https://www.theguardian.com/world/2001/nov/01/afghanistan.terroris m3 <<
Página 391
Jack Cloonan, entrevista en PBS, 13 de julio de 2005. https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline//////torture/interviews/cloon an.html#1 <<
Página 392
San Francisco Chronicle, «Al Qaeda terrorist worked with FBI / Ex-Silicon Valley resident plotted embassy attacks», 4 de noviembre de 2011. https://www.sfgate.com/news/article/Al-Qaeda-terrorist-worked-with-FBI-Ex-Silicon-2861719.php <<
Página 393
Dwight D. Eisenhower, telegrama del Departamento de Estado a la embajada en Arabia Saudí, Washington, 21 de agosto de 1957. https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1955-57v13/d364 <<
Página 394
En el monte Kemukus, en Java. Aunque no de forma pública, también en Marruecos el sexo con desconocidos, un antiguo rito de fertilidad, formaba parte de algunas peregrinaciones, normalmente individuales, a tumbas de santos. <<
Página 395
Paul Marshall, «Saudi Influence and Islamic Radicalism in Indonesia», Lausanne Movement, septiembre de 2017. https://lausanne.org/content/lga/2017-09/saudi-influence-islamic-radicalization-indonesia <<
Página 396
Krithika Varagur, «How Saudi Arabia’s religious project transformed Indonesia», The Guardian, 6 de abril de 2020. https://www.theguardian.com/news/2020/apr/16/how-saudi-arabia-religious-project-transformed-indonesia-islam <<
Página 397
Jarryd de Haan, «Saudi Strategies for Religious Influence and Soft Power in Indonesia», Future Directions, julio de 2020. https://www.futuredirections.org.au/publication/saudi-strategies-for-religious-influence-and-soft-power-in-indonesia/ <<
Página 398
Ralph R. Sell, «Egyptian International Labor Migration and Social Processes: Toward Regional Integration», The International Migration
Review, vol. 22, n.º 3 (Autumn, 1988). https://www.jstor.org/stable/2546586 <<
Página 399
Migration Policy Institute (MPI), «Egypt: Migration and Diaspora Politics in an Emerging Transit Country», agosto de 2018. https://www.migrationpolicy.org/article/egypt-migration-and-diaspora-politics-emerging-transit-country <<
Página 400
En marzo de 2021, Arabia Saudí anunció abolir el sistema de kafala para los ciudadanos egipcios. Ver Egypt Today, «Egyptian workers in Saudi Arabia not subjected to Kafala system anymore: Minister», 14 de marzo de 2021. https://www.egypttoday.com/Article/1/99661/Egyptian-workers-in-Saudi-Arabia-not-subjected-to-Kafala-system <<
Página 401
Darío Menor, «Guerra de telepredicadores», MSur, 22 de noviembre de 2007. https://msur.es/2007/11/22/guerra-telepredicadores/ <<
Página 402
Allegra Stratton, Muhayababes, 451 Editores, 2009. <<
Página 403
Darina al-Joundi, Mohamed Kacimi: El día que Nina Simone dejó de cantar, Alfaguara 2010. <<
Página 404
Imane Rachidi, La influencia de los países árabes en Europa (en imprenta). <<
Página 405
Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Qatar papers: comment l’emirat finance l’islam de France et d’Europe, 2019. <<
Página 406
Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Jérôme Sesquin: Qatar, guerre d’influence en Europe, ARTE France, documental, 2019. <<
Página 407
Imane Rachidi, op. cit. <<
Página 408
Ibid. <<
Página 409
Andrés Mourenza e Ilya U. Topper, La democracia es un tranvía, Península, 2019. La asociación se llama hoy Islamische Gemeinschaft Milli Görüş (IGMG); su web es: www.igmg.de <<
Página 410
Ditib. https://www.ditib.de/ <<
Página 411
Deutsche Welle, «Zahl der Moscheen und Gebetsräume unbekannt», 8 de octubre de 2018. https://www.dw.com/de/zahl-der-moscheen-und-gebetsr%C3%A4ume-unbekannt/a-45804430 <<
Página 412
[178] Deutschlandfunk, «Ankaras Einfluss auf deutschen
Moscheeverband», 26 de enero de 2018. https://www.deutschlandfunk.de/ditib-ankaras-einfluss-auf-deutschen-moscheeverband.724.de.html?dram:article_id=409350 <<
Página 413
[179] Konrad-Adenauer-Stiftung, «Die Muslimbruderschaft in
Deutschland». https://www.kas.de/es/web/islamismus/die-muslimbruderschaft-in-deutschland. El organismo se fundó bajo del nombre Comisión de Construcción de Mezquitas, se bautizó como IGD en 1982 y cambió su nombre a DGM en 2018. <<
Página 414
Verfassungsbericht Nordrhein-Westfalen, 2009, pág. 65. <<
Página 415
[181] IESH Colonies. https://iesh-sejour.fr/sejour/langue-arabe-immersion/ <<
Página 416
Bundeszentrale für politische Bildung, «Die Muslimbruderschaft in Deutschland». https://www.bpb.de/politik/extremismus/islamismus/290422/die-muslimbruderschaft-in-deutschland <<
Página 417
Entrevista con Fiammetta Venner, «La face cachée de la UOIF»,
L’Express, 2 de mayo de 2005. https://www.lexpress.fr/actualite/societe/religion/la-face-cachee-de-l-uoif_486103.html <<
Página 418
Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Jérôme Sesquin…, op. cit.
<<
Página 419
Attajdid, 5 de enero de 2004. Recogido en Maghress. https://www.maghress.com/attajdid/14749 <<
Página 420
Mediapart, «Nadia Karmous, la sulfureuse pasionaria des Frères Musulmans», 8 de enero de 2019. https://blogs.mediapart.fr/tanya-klein/blog/080119/nadia-karmous-la-sulfureuse-pasionaria-des-freres-musulmans <<
Página 421
Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Qatar Papers…, op. cit. <<
Página 422
Libération, «Islam de France: du rififi à la Grande mosquée de Paris», 13 de enero de 2020. https://www.liberation.fr/france/2020/01/13/islam-de-france-du-rififi-a-la-grande-mosquee-de-paris_1772779 <<
Página 423
TSA Algérie, « L’Algérie, 3e financeur des mosquées en France après l’Arabie saoudite et le Maroc», 11 de febrero de 2018. https://www.tsa-algerie.com/lalgerie-3e-financeur-des-mosquees-en-france-apres-larabie-saoudite-et-le-maroc/ <<
Página 424
[190] ZoneBourse. https://www.zonebourse.com/cours/action/FERMIERE-DU-CASINO-DE-CAN-35053972/societe/ <<
Página 425
El País, «La mezquita de la M-30 se inaugura hoy tras 17 años de
espera», 21 de septiembre de 1992. https://elpais.com/diario/1992/09/21/madrid/717074656_850215.html
<<
Página 426
El País, «Arranca la TV islámica en español», 20 de diciembre de 2011. https://elpais.com/diario/2011/12/20/radiotv/1324335604_850215.html
<<
Página 427
Imane Rachidi, op. cit. <<
Página 428
El País, «El CNI alerta de que seis países musulmanes financian al
islamismo», 31 de julio de 2011. https://elpais.com/politica/2011/07/31/actualidad/1312140952_655494. html <<
Página 429
Navarra.com, «Expulsan de España al imán de la mezquita de Corella por difundir una de las corrientes más radicales del Islam», 21 de marzo de
2018. https://navarra.elespanol.com/articulo/tribunales/expulsan-espana-iman-mezquita-corella-corrientes-radicales-islam/20180321095620177604.html. Ver también: El Español, «Ruta por las mezquitas más radicales de España: 5 imanes que llaman a la yihad»,
27 de agosto de 2017. https://www.elespanol.com/reportajes/20170825/241726496_0.html <<
Página 430
Entrevista en ABC del 19 de julio de 1980, citada en José María Ortega Sánchez y Javier Callejo Maudes, «Los curiosos orígenes del Islam en España, de mercenarios, misioneros, estudiantes y conversos», Journal of the Sociology and Theory of Religion, diciembre de 2017. https://revistas.uva.es/index.php/socireli/article/view/1820/1555 <<
Página 431
Abdennur Prado, «Homosexualidad en el islam», Webislam, 2006. https://www.oozebap.org/text/homosexualidad_islam.htm <<
Página 432
Sabora Uribe, «La familia islámica», Ver islam, 1997, pág. 37. https://www.verislam.com/la-familia-islamica. Uribe fue asesinada en 1998 por un joven que se suicidó poco después en la cárcel, sin que se hayan aclarado nunca los motivos del crimen. <<
Página 433
El País, «Crece el poder de los líderes prosaudíes y promarroquíes en la comunidad islámica», 5 de febrero de 2006. https://elpais.com/diario/2006/02/05/espana/1139094013_850215.html
<<
Página 434
Natalia Andújar, «Crónica de una discriminación anunciada», 17 de
febrero de 2011. https://nataliaandujar.wordpress.com/2011/02/17/cronica-de-una-discriminacion-anunciada/ <<
Página 435
Christopher Caldwell, op. cit. <<
Página 436
Para un análisis exhaustivo del libro de Caldwell, véase: Ilya U. Topper, «Cerrando ventanas», MSur, octubre de 2010. https://msur.es/2010/10/01/topper-caldwell-ventanas/ <<
Página 437
Tahir ul Qadri, «The Vision for Green Revolution in Pakistan»,
Minhaj ul Quran, 8 de agosto de 2014. https://www.minhaj.org/english/Lahore/tid/29146/The-Vision-for-Green-Revolution-in-Pakistan-by-Dr-Tahir-ul-Qadri.html <<
Página 438
ABC Sevilla, «Un diputado de Podemos dio una ayuda a la mezquita del yihadista», 23 de abril de 2019. https://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-diputado-podemos-concedio-ayuda-mezquita-dirige-padre-yihadista-201904222217_noticia.html <<
Página 439
«El clericalismo», en El Socialista, n.º 772, 21 de diciembre de 1900.
<<
Página 440
El Socialista, n.º 861, 5 de septiembre de 1902. <<
Página 441
Diario 16, «En la sociedad hay muchas injusticias y no todo es tan bonito como lo pintaba Karl Marx», 16 de julio de 2018. https://diario16.com/en-la-sociedad-hay-muchas-injusticias-y-no-todo-es-tan-bonito-como-lo-pintaba-karl-marx/ <<
Página 442
La Vanguardia, «Las voces emergentes de los musulmanes», 15 de
diciembre de 2017. https://www.lavanguardia.com/politica/20171215/433628283753/musul manes-catalunya-representacion-elecciones-21-d.html <<
Página 443
AFP, «La española Nora Baños sí dijo que el islam introdujo el derecho al voto femenino y la seguridad social (pero es falso)», 27 de febrero de 2020. https://factual.afp.com/la-espanola-nora-banos-si-dijo-que-el-islam-introdujo-el-derecho-al-voto-femenino-y-la-seguridad <<
Página 444
The Courier Mail, «There was never an image of a woman wearing a veil in any of their presentation videos», 11 de julio de 2013. https://www.couriermail.com.au/sport/more-sports/spains-ioc-member-marisol-casado-says-turkey-has-removed-women-wearing-headscarves-in-bid/news-story/79c03086c6930fff56603502b07486b8
<<
Página 445
EgyptianStreets, «Video of Egyptian President Nasser Mocking Mandatory Hijab Goes Viral», 17 de junio de 2017. https://egyptianstreets.com/2017/06/24/video-of-egyptian-president-nasser-mocking-mandatory-hijab-goes-viral/ <<
Página 446
Andrés Mourenza e Ilya U. Topper, op. cit., cap. II. <<
Página 447
El Comercio de Gijón, «La Comisión Islámica recuerda a un instituto de Gijón el derecho de una alumna a llevar ‘hiyab’», 4 de noviembre de
2019. https://www.elcomercio.es/gijon/gijon-comision-islamica-recuerda-instituto-hiyab-20191104173827-nt.html <<
Página 448
TEDH, Leyla Sahin v. Turquía (29 de junio de 2004). https://hudoc.echr.coe.int/eng?i=001-61863 <<
Página 449
TEDH, Dahlab v. Suiza (15 de febrero de 2001). https://hudoc.echr.coe.int/eng?i=001-22643 <<
Página 450
Observatorio Andalusí/UCIDE, Informe especial 2016, pág. 66. http://observatorio.hispanomuslim.es/isj16.pdf <<
Observatorio Andalusí/UCIDE, op. cit. <<
Sirin Adlbi Sibai, La cárcel del feminismo. Hacia un pensamiento islámico decolonial, Akal, 2016, pág. 164. <<
Ibid., pág. 165. <<
Élysée, «La République en actes: discours du Président de la République sur le thème de la lutte contre les séparatismes», 2 de octubre de 2020. https://www.elysee.fr/emmanuel-macron/2020/10/02/la-republique-en-actes-discours-du-president-de-la-republique-sur-le-theme-de-la-lutte-contre-les-separatismes <<
Ángeles Ramírez, «La (vieja) hoja de ruta de la islamofobia en
Francia», CTXT, 21 de octubre de 2020. https://ctxt.es/es/20201001/Firmas/33845/Angeles-Ramirez-Francia-racismo-Islamofobia-Samuel-Paty-asesinato.htm <<
Le Journal du Dimanche, «Tribune: Marlène Schiappa: “Abolissons les certificats de virginité!”», 26 de septiembre de 2020. https://www.lejdd.fr/Societe/tribune-marlene-schiappa-abolissons-les-certificats-de-virginite-3994406 <<
Ángeles Ramírez y Anaitze Agirre Larreta, Islamofobia y género: miradas diversas desde el activismo, las instituciones y la academia, SOS Racismo, Gipuzkoa, 2017. <<
Deuteronomio 22, 20. <<
Rana Hussein, Murder in the name of honour, Oneworld Publications, Oxford, 2011, pág. 52. <<
Ernesto De Cristofaro, «The crime of honor: an Italian story»,
Historia et Ius, 14/2018. http://www.historiaetius.eu/uploads/5/9/4/8/5948821/14_15_de_cristof aro.pdf <<
[227]
https://www.theguardian.com/world/2006/mar/27/italy.johnhooper <<
Heinrich Mann, El súbdito, 1918, cap. II. <<
Gérard Dufour, La Inquisición en España, 1992 (cifras redondeadas).
<<
Mateo 19, 6. <<
Ángeles Cristóbal Martín, op. cit. <<
Catecismo de la Iglesia católica. III/2.ª-2 art. 6: El sexto mandamiento. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a6_sp.html <<
Juzgado de lo Penal 10 de Sevilla, Sentencia 448/19, 9 de octubre de 2019. https://www.diariodesevilla.es/2019/10/11/Contra_los_sentimientos_rel igiosos_11-10-2019_watermark.pdf <<
España Confidencial, «Entrevista de NC a Javier M.ª Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna», 19 de febrero de 2019. https://www.xn-- espaaconfidencial-ixb.com/2019/02/18/entrevista-de-nc-a-javier-ma-perez-roldan-y-suanzes-carpegna/ <<
Centro Jurídico Tomás Moro, «Aclaraciones…». http://www.tomas-moro.org/sala-de-prensa/notas-de-prensa/aclaracionesentornoaljuicioporescarnioalascreenciasreligiosasc ontraelcantautorjavierkrahe <<
[236] El País. https://elpais.com/sociedad/2012/05/28/actualidad/1338195459_992171 .html <<
Diario de Sevilla, «Absuelto el exsecretario de las Juventudes Socialistas por el vídeo ‘Bendito Condón’», 19 de septiembre de 2013. https://www.diariodesevilla.es/sociedad/Absuelto-Juventudes-Socialistas-Bendito-Condon_0_735826601.html <<
Audiencia Provincial de Madrid, Sección 16.ª, Sentencia de 16 de diciembre de 2016, Rec. 747/2016. <<
El Confidencial, «La abogada que ‘encerró’ a Willy Toledo tiene otras
60 causas abiertas: “No pararemos”», 25 de marzo de 2019. https://www.elconfidencial.com/espana/2019-03-25/abogados-cristianos-willy-toledo-polonia-castellanos-yunque_1899014/ <<
Ibid. <<
EITB, «Confirman el archivo de la causa contra Azcona por usar hostias en una obra», 5 de mayo de 2017. https://www.eitb.eus/es/cultura/detalle/4813811/denuncia-abel-azcona-archivan-causa-azcona-usar-hostias/ <<
UCIDE, «Estudio demográfico de la población musulmana», 2021. https://ucide.org/wp-content/uploads/2021/10/estademograf20.pdf <<
Currículo del área Religión Islámica de la Educación Primaria, BOE n.º 299, 11 de diciembre de 2014. Curso 1.º, 5.3. https://www.boe.es/eli/es/res/2014/11/26/(2) <<
Religión Católica de la Educación Primaria, BOE n.º 47, 24 de febrero de 2015. https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2015-1849 <<
Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales, BOE n.º 300, 15 de diciembre de 1979. https://noticias.juridicas.com/base_datos/Admin/ir051279-1-je.html
<<
Martin F. Meyer, Ethikunterricht in Deutschland - die Bundesländer im Vergleich, 1997. <<
Ibid. <<
Alfred K. Treml, «Ethik als Unterrichtsfach in den verschiedenen Bundesländern», en Ethik macht Schule, Fráncfort, 1994. <<
Meyer, op. cit. <<
Datos del informe de la conferencia de ministros de Cultura de los estados alemanes, 2008 (Zur Situation des Ethikunterrichts in der Bundesrepublik Deutschland). <<
[252] Bundesverfassungsgericht. 1 BvR 2780/06. https://www.bundesverfassungsgericht.de/SharedDocs/Entscheidunge n/DE/2007/03/rk20070315_1bvr278006.html <<
Concordato de 1979 (Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, art. III). <<
Canarias 7, «Entrevista online con Carmen Galayo», 27 de julio de 2007. https://www.canarias7.es/hemeroteca/entrevista_online_con_carmen_ galayo-CWCSE57 <<
El País, «Parece que estamos en la época de la Inquisición», 24 de
febrero de 2007. https://elpais.com/diario/2007/02/24/sociedad/1172271604_850215.htm l <<
El Mundo, «El pecado original», 29 de julio de 2001. https://www.elmundo.es/cronica/2001/308/1000105679.html <<
Francisco I, Lumen Fidei, 29 de junio de 2013. https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/pa pa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei.html <<
Ibid. <<
El País, «Parece que estamos en la época de la Inquisición», 24 de febrero de 2007. <<
El Confidencial, «El vía crucis de 13 000 profesores de Religión», 15 de enero de 2020. https://www.elconfidencial.com/espana/2020-01-15/religion-colegios-profesores-viacrucis-despidos_2411879/ <<
ACI Prensa, «Padres católicos denuncian el adoctrinamiento del Gobierno en las escuelas de España», 4 de mayo de 2022. https://www.aciprensa.com/noticias/padres-catolicos-denuncian-el-adoctrinamiento-del-gobierno-en-las-escuelas-de-espana-55369 <<
Eldiario.es, «Las clases de Religión que paga el Estado», 12 de noviembre de 2018. https://www.eldiario.es/sociedad/datos-religion-educacion_1_2742756.html <<
Pío IX, Syllabus errorum, op. cit. <<
University of Oxford, «Islamic studies chair is appointed», 30 de julio
de 2009. https://web.archive.org/web/20131203013519/
http://www.ox.ac.uk/media/news_stories/2009/090730.html.
Ver
también: University of Oxford,
https://governance.admin.ox.ac.uk/legislation/his-highness-sheikh-hamad-bin-khalifa-al-thani-professor-in-contemporary-islamic-studies <<
Ángeles Ramírez y Laura Mijares, «Gestión del islam y de la inmigración en Europa: tres estudios de caso», Migraciones, n.º 18, 2005.
<<
Ian Johnson, «Washington’s Secret History with the Muslim Brotherhood», The New York Review, 5 de febrero de 2011. https://www.nybooks.com/daily/2011/02/05/washingtons-secret-history-muslim-brotherhood/ <<
L’Obs, «Passe d’arme entre Sarkozy et Ramadan», 21 de noviembre de 2003. https://www.nouvelobs.com/societe/20031121.OBS0073/passe-d-arme-entre-sarkozy-et-ramadan.html <<
Souha Korbatieh, «Adultery Laws in Islam and Stoning in the Modern World», Australian Journal of Islamic Studies 3, nº. 2, 2018. <<
Fernando Rodríguez Mediano, «Justice, crime et châtiment au Maroc
au XVIe siècle», Annales, 1996 51-3. https://www.persee.fr/doc/ahess_0395-2649_1996_num_51_3_410873
<<
Souha Korbatieh, op. cit. <<
Al Jazeera, Head to Head: Has political Islam failed?, min. 34:50 https://www.aljazeera.com/news/2018/3/14/tariq-ramadan-the-professor-of-european-islam <<
Nicolas Tampio (Fordham Univ.), «Constructing the Space of Testimony: Tariq Ramadan’s Copernican Revolution», Political Theory, vol. 39, nº. 5, Sage Publications, 2011, págs. 600-629. http://www.jstor.org/stable/23036075. <<
Andrew F. March, «Reading Tariq Ramadan: Political Liberalism, Islam, and “Overlapping Consensus”», Ethics & International Affairs, vol
21.4 (Winter 2007). https://www.carnegiecouncil.org/publications/journal/21_4/essays/001
<<
Leïla Babès, «L’identité islamique européenne selon Tariq Ramadan»,
Islam de France, n.º 8, 2000. http://leilababes.canalblog.com/archives/2008/01/07/7480121.html <<
[275] Tariq Ramadan, 8 de octubre de 2015. https://tariqramadan.com/english/roar-ik-tariq-ramadan-and-the-case-of-the-multiple-identities/Ver también su tuit del 16 de julio de 2016: https://twitter.com/TariqRamadan/status/754123008487354369 <<
Al Jazeera, Tariq Ramadan: The professor of European Islam, 14 de marzo de 2018. https://www.aljazeera.com/news/2018/3/14/tariq-ramadan-the-professor-of-european-islam <<
Sana Ben Achour, «Le Code tunisien du statut personnel, 50 ans après: les dimensions de l’ambivalence», L’Année du Maghreb II, 2005-2006. https://journals.openedition.org/anneemaghreb/89 <<
Élysée, «La République en actes: discours du président de la République sur le thème de la lutte contre les séparatismes», 2 de octubre de 2020. https://www.elysee.fr/emmanuel-macron/2020/10/02/la-republique-en-actes-discours-du-president-de-la-republique-sur-le-theme-de-la-lutte-contre-les-separatismes <<
Wassyla Tamzali, «No necesitamos un islam moderado, sino un islam valiente», MSur, abril de 2016. https://msur.es/2017/03/24/wassyla-tamzali-16/ <<
En 1966, un 1,8 % de los matrimonios en Argelia eran polígamos. Fuente: Dominique Tabutin, «La polygamie en Algérie», Population,
1974. https://www.persee.fr/doc/pop_0032-4663_1974_num_29_2_16222. En la década de los noventa, la tasa de matrimonios polígamos en Marruecos era del 1,6 %. Fuente: «Féminin-Masculin: La marche vers l’égalité au Maroc 1993-2003». https://library.fes.de/pdf-files/iez/03260.pdf <<
Sura 4, 3 y 4, 129 (Las mujeres). <<
Erzbischof Koch, «Martin Luther ist Vorbild in Sachen Gottvertrauen», katholisch.de, 13 de octubre de 2021. https://www.katholisch.de/artikel/31792-erzbischof-koch-martin-luther-ist-vorbild-in-sachen-gottvertrauen <<
Kardinal Brandmüller, «Martin Luther war Häretiker», katholisch.de, 11 de abril de 2017. https://www.katholisch.de/artikel/12950-kardinal-brandmueller-martin-luther-war-haeretiker <<
[284] Por ejemplo, en Muslimaid.
https://www.muslimaid.org/appeals/kaffarah/ <<
Ayaan Hirsi Ali, ¡Reformemos el islam!, Galaxia Gutenberg, 2015. <<
The Humanist.com, «Absolute Infidel: The Evolution of Ayaan Hirsi
Ali», 22 de diciembre de 2007. https://thehumanist.com/magazine/january-february-2008/features/absolute-infidel-the-evolution-of-ayaan-hirsi-ali <<
Hirsi no es el apellido de Ayaan, sino el nombre de pila de su padre; en las sociedades como la somalí, la árabe o la iraquí, que no utilizan apellidos sino patronímicos, es preferible referirse a las personas con su nombre propio. <<
Heinz-Erich Eisenhuth, «Luther und der Antinomismus», Thüringer
kirchliche Studien, Bd. 1, Berlín, 1963. https://www.ekmd.de/asset/Poo4FxkPSL-nToAR63JlRg/eisenhuth-luther-und-der-antinomismus.pdf <<
Domradio, «Der eiserne Reformator», 10 de julio de 2009. https://www.domradio.de/nachrichten/2009-07-10/vor-500-jahren-wurde-johannes-calvin-geboren <<
Catecismo de la Iglesia católica. III/2.ª-2 art. 6: El sexto mandamiento. https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a6_sp.html <<
Adonis, Violencia e islam. Conversación con Houria Abdelouahed, Ariel, 2016. <<
Sura 53, 19-30. <<
Baquer Moin, Khomeini, Thomas Dunne Books, 2000, pág. 283. <<
Ignaz Goldziher, «Islam et Parsisme», conferencia en la Sorbona, París, 6 de septiembre de 1900. <<
Karen Armstrong, Mahoma. Biografía del profeta, Tusquets, 2009. <<
Günter Lüling, Über den Ur-Qur’an, Erlangen, 1979. <<
Emilio González Ferrín, «El evangelio apócrifo por excelencia en Oriente es el Corán», MSur, 6 de septiembre de 2009. https://msur.es/2009/09/06/emilio-gonzalez-ferrin/ <<
Tradición documentada en la colección de hadithes Sahih Muslim, 6924, 7278 o 2897, según la edición. <<
Sura 3, 52 (Al Imran) y 5, 111 (La mesa). <<
Friedrich Erich Dobberahn, Muhammad oder Christus?, Taufkirchen, 2011, págs. 131-179. <<
FIN

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