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Libro N° 14622. El Amor No Maltrata. Barroso Braojos, Olga


© Libro N° 14622. El Amor No Maltrata. Barroso Braojos, Olga. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © El Amor No Maltrata. Todo Lo Que Necesitas Para Identificar Y Escapar Del Maltrato En La Pareja. Olga Barroso Braojos

 

Versión Original: © El Amor No Maltrata. Todo Lo Que Necesitas Para Identificar Y Escapar Del Maltrato En La Pareja. Olga Barroso Braojos

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/el-amor-no-maltrata/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL AMOR NO MALTRATA

Todo Lo Que Necesitas Para Identificar Y Escapar Del Maltrato En La Pareja


Olga Barroso Braojos


 

 

 

 

El Amor No Maltrata

Todo Lo Que Necesitas Para Identificar Y Escapar Del Maltrato En La Pareja

Olga Barroso Braojos

 





 

Olga Barroso, psicóloga especialista en violencia de género, nos da las claves para identificar el maltrato y salir de la pesadilla. Todo hombre que pega es un maltratador. Pero un maltratador no es un hombre que pega. Muchos maltratadores nunca agreden físicamente. Todo hombre que te hace sentir inferior es un maltratador. Pero un maltratador no es un hombre que insulta. Muchos nunca lo hacen, aunque te hacen sentir que eres peor que él. Todo hombre que trata de controlarte y decidir cómo organizas tu mundo es un maltratador. Pero algunos maltratadores te impulsan a trabajar o a destacar socialmente para beneficiarse, no porque se alegren de tus éxitos. Entonces, ¿qué es un maltratador? Imaginémoslo así: un maltratador es un planeta que conoce a su pareja, que es otro planeta. Primero la seducirá mostrándose normal y hará que el planeta mujer se acerque. Seguirá comportándose así hasta que la mujer decida formar parte de su universo. Una vez ahí, el planeta maltratador tratará de introducir a la mujer en su órbita y que sea su satélite. Para esto tendrá que empequeñecerla empleando la violencia psicológica, a veces muy sutil, sibilina, invisible, sin malas palabras. Y cuando la mujer planeta esté dentro de su órbita querrá que gire únicamente alrededor de él, que toda su vida emocional sea esa. Y esto no es amor. Ilustrado con el testimonio de víctimas reales, este libro expone y analiza el comportamiento de los hombres que maltratan a sus parejas mujeres, las causas, las estrategias de manipulación, el modo en el que las conductas violentas van sustituyendo a las afectivas. En él se explican las tácticas abusivas que siguen estos hombres agresores heterosexuales que, a lo largo de la geografía mundial, no constituyen casos puntuales ni anecdóticos. Todo lo contrario. Forman parte, como establece la Organización de las Naciones Unidas, de un grave problema mundial: la violencia de género.




 

 

 

 

 

 

 

 

Olga Barroso Braojos

 

El Amor No Maltrata

 

Todo Lo Que Necesitas Para Identificar Y Escapar Del Maltrato En La Pareja

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 14.12.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

Olga Barroso Braojos, 2024

 

Diseño de cubierta: Pau Taverna

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

A todas las mujeres valientes que han sobrevivido al maltrato en la pareja y que han compartido conmigo sus historias de superación y de esperanza, por enseñarme el camino y la mayor parte de lo que sé sobre la psicología. A Antonio, por hacer real la utopía que, en este mundo con violencia hacia las mujeres, supone ver a un hombre amando con tanta sinceridad. A mi amigo Rafa Guerrero, porque gracias a él he llegado a escribir este libro. A Carmen Díaz Baruque, por la ayuda, la luz y el cariño que me ha aportado siempre. A todas las compañeras que en tantos rincones atienden y curan cada día las heridas de la violencia de género.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un caso real

 

 

 

 

 

«La mejor manera de comprender la violencia que sucede en el hogar es escuchar las descripciones obtenidas de aquellas personas que la han experimentado».

 

El síndrome de la mujer maltratada, LENORE WALKER

 

 

Yo me consideraba una mujer fuerte. Trabajo como redactora de un periódico, he viajado sola por diferentes países y he logrado comprar una casa preciosa. Nunca pensé que llegaría a despertarme un día sin saber quién era. Pero sucedió, donde menos lo esperaba, en los brazos de la persona que amaba. Lo contaré desde el principio para explicar detalladamente qué es lo que siente una mujer cuando se cruza con el maltrato en su vida. Necesito entender cómo mi pareja disfrazó un sucio juego psicológico de amor sincero.

 

La noche que nos conocimos fue muy especial. Era junio, mi mejor amiga celebraba su trigésimo cumpleaños en su casa de campo. Me encontré con Miguel en el porche. Él se servía una copa, me vio esperando y se ofreció a preparar otra para mí. Cruzamos varias sonrisas. Después de un rato, cuando volvimos a encontrarnos, quise pensar que el destino se ponía de nuestro lado. En el salón, en un escenario improvisado, unos amigos tocaban. «Me encanta la música en directo», me dijo. «Y a mí», respondí. «Tengo contactos, ¿qué te gustaría escuchar?», me preguntó bromeando. «Ojos de gata, de Los Secretos», dije. Tres canciones después, empezó a sonar: «Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto». Busqué su mirada entre el gentío y la encontré. Sonrió y me guiñó el ojo. Una vez terminó la canción, me acerqué a él para darle las gracias y comenzamos a hablar. Tuvo que marcharse pronto porque trabajaba al día siguiente. Me dijo que le encantaría tener mi teléfono. Nos escribimos un tiempo y tuvimos nuestra



 

 

 

 

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primera cita. Me explicó que a él le gustaba construir los proyectos importantes despacio, respetándolos. Desde el principio dejó claro que quería una relación conmigo. Mis anteriores ligues siempre habían estado anclados a un «quiero que lo pasemos bien, pero no una relación». Me emocionaba sentirme respetada y amada con esa seguridad. Había conocido a un hombre fantástico, interesante y cariñoso, ese era Miguel. También era así en el resto de los aspectos de su vida: tenía un trabajo con mucha responsabilidad en un centro de investigación y mantenía sus amigos de siempre. Me sentía afortunada, nada me podía llevar a imaginar que nuestra película tenía escrito un final terrible.

 

Viéndolo con perspectiva, el primer comportamiento «raro» de Miguel fue el que ahora contaré. Decidimos vivir juntos, habíamos pasado un año fantástico, todo iba muy bien, así que se instaló en mi casa. Dos meses después yo había cambiado de sección en el periódico. Una mañana, frente a la máquina de café, descubrí que uno de mis nuevos compañeros compartía conmigo la afición por el tenis. Le propuse que jugáramos juntos alguna tarde entre semana. Le pareció una idea estupenda. La segunda vez que quedamos, al llegar a casa, me encontré a Miguel sentado en el sofá, ensimismado, como si estuviera desengañado de la vida. «¿Qué te pasa?», le pregunté. Me explicó que sentía que yo ya no estaba tan ilusionada como él y que quizá por ello estaba buscando otros alicientes. «Por supuesto que no, solo me apetecía practicar un deporte que me gusta», le respondí. Cuando le aseguré que seguía queriéndolo igual, respiró aliviado. Nos fundimos en un abrazo y me besó con todo el amor que podía guardar en su interior. Después me dijo que lo había pasado muy mal, que lo entendiera, que hasta ahora él nunca había tenido claro que estaba frente al amor de su vida. Tras una preocupación inicial por él, sus palabras embriagadoras me generaron una especie de borrachera emocional. Siguió hablando, pasó a decir lo inadecuado que era mi comportamiento. Me explicó que, en algo inocente



 

 

 

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como jugar al tenis, se podía leer que yo no estaba satisfecha con mi pareja y que andaba buscando conocer a otras personas. A pesar de sentirme aturdida, le respondí que no era así. «Tú también vas a patinar con tus amigas», le dije Él me contestó que era distinto porque sus amigas ya eran sus amigas. «Pero a tu compañero no lo conoces, quedar con él se puede entender como ganas de ligar», añadió. «Yo no tengo ninguna intención de ligar con él», aclaré. «Eso da igual, lo que importa es que tu comportamiento puede ser interpretado así, por eso está mal», me espetó. Otra vez le mostré que estaba totalmente en desacuerdo. Pero rápidamente me reprochó: «Un montón de veranos, antes de conocerme, hiciste viajes de turismo solidario, y me has contado que en ellos aprendiste que puede haber muchas interpretaciones de la realidad en función de cada cultura, y ahora no puedes entender lo que te digo. Claro, cuando se trata de poder hacer lo que te da la gana, solo tu interpretación de la realidad es la correcta, ¿no? Hay muchos puntos de vista, no intentes imponer el tuyo». Aquí dudé. Es cierto que hay muchas maneras de entender la realidad. Tal vez mi comportamiento podía leerse claramente como ganas de ligar, y yo no me estaba dando cuenta de que mis compañeros lo iban a interpretar así. Miguel era un investigador sensato, no iba a ponerse de esta manera si no tenía razón. En ese momento de la discusión estaba agotada mentalmente. Y prosiguió: «Antes de zanjar este asunto, creo que también debes tener en cuenta que tú eres una persona muy fuerte y, por eso, a veces, vas por la vida decidida a hacer lo que te apetece sin medir el impacto que puede tener en los demás. No creo que quieras que se lleven impresiones equivocadas de ti en el nuevo equipo. Sabes que te digo esto porque te quiero y quiero que te vaya bien. Yo no soy de esos a los que no les gusta que su pareja haga nuevos amigos». No solo consiguió que dudara de mis planteamientos, sino que fue un paso más allá y me hizo dudar de mí. Me hizo sentir que, quizás, yo era un poco desconsiderada. ¿Por qué se empeñaba en darme todas estas explicaciones si no era



 

 

 

 

 

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porque me quería y era una persona honesta? Miguel no me lo pidió, pero decidí dejar de jugar al tenis. Confié en él y esto me llevó a desconfiar de mí. Después de lo sucedido, nuestra vida normal y llena de cariño siguió, volvimos a nuestras risas y a nuestra conexión especial.

 

Al final de ese segundo año, decidí apuntarme a un curso de escritura creativa. A Miguel le pareció una muy buena decisión y se ofreció a recogerme en coche porque terminaba muy tarde los viernes. Me explicó: «Así te ahorras el metro, si a mí no me cuesta nada». Me pareció muy generoso. Ahora veo que su deseo real era vigilar cómo me relacionaba con mis compañeros e impedir que pudiera pasar más tiempo allí. Pero en ese momento Miguel era el chico que pedía a los músicos mi canción y yo alguien que solo podía definirlo de ese modo. Ahora me siento un poco necia por no haber sido capaz de, al menos, preguntarme si no estaba delante de una persona que trataba de controlarme. Terminé el curso, pero no trabé ninguna amistad. Entonces me dijo: «Ahora que sabes escribir aún mejor, crearás algo bonito para mí, ¿no?, gracias a mi apoyo has podido aprovecharlo más. Una parte de lo que has aprendido me lo debes a mí».

 

«Si a mí no me cuesta nada recogerte», esas palabras resonaron muchas veces en mi mente. Una de ellas fue una tarde que había ido a ver a mi padre y, estando allí, me entró una jaqueca horrible. Había ido en metro y Miguel tenía el día libre. A la hora de regresar le llamé para contárselo, imaginaba que me diría que vendría a buscarme. Pero no lo hizo. Se limitó a responder: «Ya verás cómo pronto se te pasa, yo te espero aquí en casita».

El control camuflado, no bajo conductas de cuidado, sino bajo manifestaciones de amor regresó en el momento en el que comencé a viajar bastante debido al trabajo. Miguel me llamaba cuando estaba cenando con mis compañeros. Me decía: «Quería decirte que te lo pases fenomenal. Luego, cuando llegues al hotel, ¿me mandas un mensajito?». «Qué atento es, se nota que está superenamorado», solían decirme mis compañeros, «qué suerte tienes, mi pareja es un cardo,



 

 

 

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cuídalo bien porque hay muy pocos hombres así». Sin embargo, a mí me empezaban a agobiar esas llamadas. Después de un largo día de trabajo quería desconectar, pasarlo bien, no interrumpir cada cena para hablar media hora con él. Quería llegar al hotel e irme a dormir sin tener que estar otra media hora expresándole todo mi amor. Si alguna vez no oía el teléfono, cuando le devolvía la llamada estaba borde: «Estoy cansado, te dejo para que te lo sigas pasando bien», me respondía con retintín y me cortaba el teléfono. Al día siguiente, no me cogía las llamadas, ni me respondía a los mensajes. Empecé a pensar que esa actitud distante no tenía nada que ver con su cansancio, sino con que mi atención no estaba centrada en él. Tras uno de estos viajes, una noche le planteé si le molestaba que me lo pasara bien con mis compañeros. Su cara cambió. Tuvimos una bronca terrible. Me gritó. Esa fue la primera vez, aunque lamentablemente no la última. «Yo me preocupo por ti, yo cuido nuestro amor y tú me lo devuelves acusándome. ¿Eres tan retorcida que ves en un acto bonito egoísmo por mi parte? Yo solo quería estar cerca de ti», me reprochó. «¿Me estás llamando retorcida?», conseguí responderle, a duras penas, pues su actitud tan beligerante y hostil me empequeñecía. Yo no quería una bronca. «Ah, sí, claro, ahora lo relevante va a ser que yo te digo que estás retorciendo la situación y no que tú desprecies mi cariño», me contestó. «Me estás gritando, Miguel», le dije. Y continuó: «No, no te estoy gritando, tú has hecho que te grite al insultarme diciéndome que soy un egoísta y que solo te quiero para mí. Yo no te hubiera subido la voz si tú no hubieras empezado. De qué vas, acaso no te digo que disfrutes cuando sales, ¿eh? ¿No sabes de sobra lo que te he apoyado para asumir estos viajes? Respóndeme ahora a eso si eres capaz. ¿No estás siendo retorcida? Pues claro que me parece bien que disfrutes con tus compañeros, ¡joder!». Seguía teniendo la convicción de que, en realidad, no le gustaba que saliera, pero no podía contemplar la posibilidad de que me mintiera, él era una persona honesta. Esto, sumado a que negara tan



 

 

 

 

 

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rotundamente lo que yo veía, me llevaba a un callejón sin salida.

 

Acorralada, solo podía pensar en que yo lo había malinterpretado, lo había tratado mal y que esta era la causa de su enfado y de sus gritos. Miguel siguió: «Y, ¿sabes?, también te pasa otra cosa. Te pasa que no eres capaz de amar tanto como yo. A mí me encanta interrumpir lo que sea para saber de ti y a ti te molesta porque quieres estar en tus cosas. Yo creo de verdad en el amor, para ti es solo un eslogan». Esto fue un golpe bajo. Era cierto que me había agobiado tener que hablar tanto con él. Me creí que yo lo quería menos y peor que él a mí. «Bueno Miguel, mejor vamos a dejar este tema», sentencié. «No, no lo vamos a dejar porque me merezco una disculpa, ¿o esa fuerza tuya te va a llevar a ser incapaz de disculparte?», me reprendió. «Perdóname, pero de verdad vamos a dejar este tema», concluí. Esa noche se fue tranquilizando y, al acostarnos, se mostró muy cariñoso. Hicimos el amor. Al día siguiente volvió a ser amable y divertido como acostumbraba a ser. Volvimos a estar muy bien. Nuestra vida era, quitando ese incidente, y otros parecidos que se sucedieron, verdaderamente feliz, lo que me llevó a olvidar un poco este desencuentro, a relativizar la importancia de las cosas que había dicho sobre mí y su manera de gritarme. «Mentalízate, hija, de que no existe el hombre perfecto, hay que transigir un poco si lo más importante está bien», me decía siempre mi abuela. En los siguientes viajes procuré estar más pendiente; él me quería mucho y yo quería estar a su altura.

 

No sé identificar bien a partir de qué momento el cariño de Miguel fue apagándose. Seguíamos teniendo momentos bonitos, pero había desaparecido parte de su afecto. Si se lo decía, me respondía con argumentos como estos: «Llevas un tiempo con nuevos proyectos, viajes. Estás más centrada en todo eso que en nosotros, y cuando a uno lo desprecian se resiente». «No es que yo haya cambiado, eres tú, eres una persona muy inteligente como para no verlo». Estos comentarios de Miguel me dejaban muy mal, me quedaba



 

 

 

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como sin energía. ¿Realmente lo estaba despreciando? Quizás él se había dado cuenta antes que yo de que me estaba pasando esto. Solía decirme que me conocía mejor que yo misma.

 

En los meses siguientes, seguía raro y, a ratos, estaba como amargado. Volvió, en algunos momentos, a ser plenamente el chico atento y respetuoso de la fiesta. Estos días buenos me traían de nuevo a mi Miguel. Volvía a conectar con la sensación de que ese era él y de que yo lo conocía. Esa fue mi mayor equivocación, pensar que su identidad coincidía con la imagen que había construido de él durante el primer año de relación. Una de mis mayores conquistas fue huir de la convicción de saber quién era Miguel.

Su versión hostil regresó el día que cumplí 35 años, que era el cuarto cumpleaños que vivía con él. Para mí los cumpleaños son días muy importantes y, aunque no soy una persona para nada materialista, me gusta mucho recibir un regalito, porque me recuerda a mi madre. Mi madre murió al final de mi adolescencia y ella siempre se tomaba muy en serio los regalos de cumpleaños. Él lo sabía perfectamente. Al levantarme, me felicitó, pero no me dio ningún regalo. Mientras desayunaba, le pregunté si iba a haber un regalito para mí, como los años anteriores. «No, lo siento, este año no me ha dado tiempo, pensaba ir a comprártelo esta tarde», respondió. «Jolín, sabes lo importante que es para mí», le expliqué. No había terminado de pronunciar la frase y ya le había cambiado, otra vez, la cara. Se creó una tensión horrible y una bronca de lo más desagradable. «¿Crees que me merezco que me hables y me trates así?», me reprochó. «¿Cómo?», conseguí articular a duras penas. Y siguió: «Vale, no te he tenido el regalo a primera hora, pero sabes que me desvivo por ti, y eso, ¿no cuenta?, ¿qué más quieres que el haberte entregado mi vida?, ¿no puedes parar de exigirme para que sea todo a tu antojo? Y otra vez me has hablado con ese desprecio tuyo y alzándome la voz». Yo no le había alzado la voz. «Yo te he hablado bien», le aclaré. «Es que tú no te das cuenta, pero sí me has hablado mal. Como tienes



 

 

 

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ese carácter, no te lo parece», Miguel añadió. Otra vez dudé de mí misma, otra vez pensé que él no se pondría así si yo no hubiera hecho algo mal. Seguía sin haber aprendido que no todo lo que él me decía era verdad. Le pedí perdón por no valorar lo importante. Él también me pidió perdón, se puso cariñoso y me dijo que esa tarde tendría mi regalo porque quería darme lo que me hacía feliz. Ahora veo que esta fue una de las tantas discusiones con las que Miguel consiguió asentar que, en nuestra relación, mis valores no eran importantes y no eran los que se iban a seguir. Sabiendo lo que significaban los regalos de cumpleaños para mí, debería haber resultado fácil que comprendiera mi tristeza. Ya está, no tendríamos que haberle dado más vueltas. Pero era imposible; que yo dialogara en tono conciliador no servía de nada. Él había impuesto una dinámica en la que, si yo le decía que se había equivocado, lo entendía como una agresión hacia él. Él hacía algo mal, pero la mala terminaba siendo yo; era un clásico darle la vuelta a la tortilla. Y aún peor. Me decía, otra vez, que yo no lo quería tanto como él a mí, que su amor era incondicional y el mío no. «Si tú me quisieras de verdad, no te importarían tanto los comportamientos; a mí me da igual cómo hagas las cosas, porque yo te quiero», concluyó. Este día cedí. Otros, las broncas eran infinitas porque yo insistía en que se había equivocado. Me resultaba insoportable que tener razón no sirviera de nada. En lugar de aceptar que él nunca iba a reconocer la verdad, seguía luchando inútilmente para que la admitiera. Si hubiera sido capaz de verlo como a un maltratador, habría desistido, pero lo veía como un investigador inteligente, como un hombre que me amaba.

 

Un año después, me premiaron en el periódico. Tras la entrega de premios, habría una fiesta. Cuando llamé a Miguel para contárselo me dio la enhorabuena tibiamente. Acto seguido, me dijo que se había levantado con dolor de espalda, que estaba empezando con una de sus frecuentes lumbalgias. «Pero me hará mucha ilusión ir contigo a la entrega de premios», añadió. Efectivamente, fue, pero



 

 

 

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cuando el acto terminó y llegó la hora de ir a la fiesta, su actitud cambió. «No creo que pueda aguantar, me está empezando a doler más, he hecho de tripas corazón para acompañarte, ¿vendrás pronto a casa? Yo te cuido y tú me cuidas, ¿no?», me dijo. Me molestó muchísimo su actitud; era mi noche, yo quería estar en la fiesta. Sentí rechazo hacia él, pero también empecé a preguntarme: ¿acaso no me estaré entregando lo suficiente?, ¿estaré siendo egoísta? Tenía la sensación de que él no quería que me quedara, que estaba utilizando una excusa, pero ¿cómo podía pensar algo así de él? Mucho menos podía planteárselo. Ya no tenía claro quién era yo, ni cuál sería el comportamiento correcto, por lo que me creí las mentiras de Miguel. Como en una partida de ajedrez, había matado a la reina. Decidí ir a la fiesta, saludar, disculparme por no poder quedarme e irme a casa a cuidarlo. Jaque mate. Cuando llegué a casa me recibió con amor. Aquel día, cuando me metí en la cama, el veneno que poco a poco había conseguido introducir en mí con todas sus manipulaciones y discusiones imposibles y desquiciantes, llegó a una arteria principal y se extendió por todo mi cuerpo. Hizo mella. Impidió que mi maquinaria mental funcionara bien, me paralizó y empezó a matarme psicológicamente. El veneno había acabado con mi capacidad de saber quién era la víctima y quién era el verdugo. Había conseguido que me considerara completamente culpable de nuestras broncas, de nuestros problemas, de su amargura.

 

A partir de aquel día fui haciendo cada vez más y más concesiones para no estropear una bonita relación que sufría tempestades cuando yo no me comportaba «bien». Dejé de nombrar sus errores, dejé de viajar por trabajo, rechacé un ascenso que me propusieron tras el premio, dejé casi de salir con mis amigas y de visitar frecuentemente a mi padre. Sin embargo, seguía pidiéndome más y más. Hasta que un día, que celebraré toda mi vida, recibí el antídoto. Miguel me había invitado a cenar con él y unos compañeros de Barcelona. Uno de ellos era casualmente del pueblo de mi



 

 

 

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padre. Hablé mucho con él, nos reímos y compartimos un montón de anécdotas. Cuando llegamos a casa, no sé bien cómo, porque solo pude retener fragmentos, empezó a chillarme: «¿Con quién se supone que estás saliendo, conmigo o con mi colega Jordi? ¿Cómo te atreves a vacilarme de esta manera? ¡Te llevo a una cena de trabajo y te pones a zorrear en mi puta cara!». «¿Qué estás diciendo, Miguel?», le contesté. Tras eso solo recuerdo que me empujó contra la pared. «Encima no tengas la poca vergüenza de negármelo», me reprendió. Ese golpe hizo que saliera de un plumazo todo el veneno de mi cuerpo. De repente, sabía que no había justificaciones para esa agresión física, que yo no la había provocado. Se había acabado lo de acusarme a mí de los errores que cometía él. Sin dudarlo, decidí romper la relación. Ahora me pregunto: ¿cómo no pude verlo antes? Por eso estoy aquí pidiendo ayuda psicológica, para curar las muchas heridas que esta relación me ha dejado y para que, si alguna vez vuelve a ponerse en contacto conmigo el Miguel dulce y cariñoso, tenga claro que sería un espejismo, porque él no es esa persona.

 

Con estas palabras de un testimonio real, en versión anónima para preservar la intimidad de la víctima, pueden empezar a hacerse una idea de qué es la violencia en la pareja. Ella es una de las valientes y generosas mujeres que ha compartido conmigo esta realidad, y a las que he tenido el honor de acompañar, de las que tanto aprendo. Nunca me cansaré de decir que es fundamentalmente gracias a ellas, y al análisis exhaustivo de la información que recojo sobre sus vidas, a lo que debo el 80 % de mi conocimiento sobre el maltrato en la pareja; el resto lo saco de los libros.

En este libro van a encontrar, por un lado, descripciones de lo que ocurre en una relación en la que un hombre maltrata a la mujer con la que tiene o ha tenido una relación afectiva. Por otro lado, las evidencias científicas más relevantes halladas por la investigación psicológica en este ámbito. Todo con el fin de mezclar la teoría con los hechos para responder las grandes preguntas que rodean a esta realidad. Hay un sinfín de interrogantes que es necesario resolver para erradicarla y que puede que alguna vez se hayan planteado. ¿Por qué un hombre que dice amar a su



 

 

 

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pareja, tras mostrar un comportamiento positivo, comienza poco a poco a desvalorizarla, controlarla, aislarla y destruirla psicológicamente hasta llegar, en los casos más graves, a golpearla? ¿Por qué no es fácil reconocer el maltrato y salir de una relación? ¿Por qué hay mujeres que duermen con su asesino, pero que nunca lo denuncian, que no pueden concebir el peligro real en el que viven? ¿Por qué en todo el mundo las relaciones afectivas, que deberían ser contextos de seguridad y de cuidados, pueden suponer un peligro para las mujeres? ¿Por qué mientras escribo este libro son cuarenta las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, en España, pero cuando acabe el año serán lamentablemente más? ¿Por qué en todos los países de la Unión Europea y del mundo la cantidad de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas cada año es tan alta?

 

Según los datos de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) de 2019, en 2017 los homicidios intencionados de mujeres por parte de su pareja fueron, seleccionando algunos países, 56 en Italia, 153 en Alemania, 70 en Reino Unido, 17 en Países Bajos, 108 en Francia y 52 en Rumanía. Según datos del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, en 2020, fueron asesinadas por su pareja o expareja 167 mujeres en Argentina, 115 en Colombia, 64 en Ecuador y 43 en Chile. Del total de mujeres residentes en España que tienen entre 16 y

74 años y que han tenido pareja alguna vez en su vida, se estima que: El 28,7 % (4 806 054 mujeres) han sido víctimas alguna vez en su vida de algún tipo de violencia en la pareja.

El Estudio Mundial sobre el homicidio de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) de 2019 recoge que, en 2017, se produjeron 87 000 homicidios intencionados de mujeres en el mundo, un 58 % de se llevaron a cabo en el seno de la familia y un 34 % fueron cometidos por la pareja de la víctima. La región con mayor porcentaje de feminicidios fue Oceanía (42 %), seguida de África (38 %) y América (35 %). Por debajo de la media global se encuentran Asia (31 %) y Europa (29 %). Aunque las tasas de feminicidios en la UE son las más bajas, en el contexto de la pareja las mujeres tienen un riesgo cinco veces mayor de ser asesinadas por su compañero íntimo que los hombres.

En este libro, se va a exponer y a analizar el comportamiento de los hombres que maltratan a sus parejas mujeres, así como las causas de este, puesto que, a lo largo de la geografía mundial, estos hombres no constituyen casos puntuales ni anecdóticos. Todo lo contrario. Forman



 

 

 

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parte, como establece la Organización de las Naciones Unidas, de un grave problema mundial: la violencia de género.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comprendiendo la violencia en las relaciones afectivas

 

 

 

 

¿Qué es la violencia de género?

 

En 1993 la Organización de las Naciones Unidas definió la violencia de género como «todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como privada». Esta definición quedó recogida en la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, conocida como CEDAW, por sus siglas en inglés. La CEDAW es el segundo tratado internacional más ratificado por los Estados miembros de la ONU, hasta la fecha, 188 —el primero es la Convención sobre los Derechos de la Niñez—.

 

Son múltiples las manifestaciones de la violencia de género: la restricción de derechos civiles, la mutilación genital, las agresiones sexuales, los feminicidios, la explotación sexual, el diferenciado acceso a la educación, las diferencias salariales, los abortos selectivos de niñas, el matrimonio infantil, la dificultad de acceso a puestos de poder y un larguísimo etcétera. En esta obra, se analizará una de estas violencias: el maltrato que sufren las mujeres en las relaciones afectivas. Un tipo de violencia que, junto a los demás, conforman un todo.

Un feminicidio en Ciudad Juárez, los menores asesinados en España por sus padres para matar psicológicamente a sus madres, una periodista afgana torturada por reivindicar los derechos de la mujer, una mujer ucraniana captada en la frontera polaca por proxenetas que aprovechan la desesperación provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania para traficar con mujeres, u otra violada por un soldado ruso no son hechos independientes, sino que comparten la misma etiología cultural. Constituyen las diferentes caras de un mismo fenómeno.

 

Según datos de ONU Mujeres, a escala mundial, el 35 % de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja, o violencia sexual por una persona distinta de su pareja. La



 

 

 

 

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Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, por sus siglas en inglés), en 2014, publicó el informe Violencia de Género contra las mujeres: una encuesta a escala de la UE. En él se recoge que el 22 % de las mujeres que han mantenido una relación sentimental con un hombre refieren haber sufrido en algún momento de su vida violencia física o sexual y el 43 % han sufrido alguna forma de violencia psicológica por parte de su pareja.

 

En su artículo «Análisis epidemiológico de la violencia de género en la Unión Europea», Paz Bermúdez y Montserrat Meléndez-Domínguez realizan un profundo análisis estadístico, basándose en datos del informe anteriormente citado, de Eurostat y del Instituto Europeo de la Igualdad de Género, que extrae las siguientes conclusiones. Los países que tienen una prevalencia mayor en todos los tipos de violencia que se pueden dar dentro de la pareja (física, sexual, psicológica y económica) son Letonia, Dinamarca, Reino Unido, Suecia, Bélgica, Finlandia, Eslovaquia y Luxemburgo. Y los países que tienen unos índices menores que la media son España, Austria, Croacia, Eslovenia, Malta, Irlanda, Chipre, Grecia y Portugal. El país con más porcentaje de mujeres que han sufrido violencia física en algún momento de su vida por parte de su pareja fue Letonia (31 %), seguido de Dinamarca (29 %), Reino Unido (28 %) y Finlandia (27 %), mientras que aquellos con porcentajes más bajos de víctimas de este tipo de violencia fueron España, Austria, Croacia, Eslovenia y Polonia (todos ellos con el 12 %). La violencia psicológica es el tipo de violencia que presenta porcentajes más elevados.

 

En la tabla 1 se analizan algunos países en concreto y los tipos de violencia dentro de la pareja que allí sufren las mujeres:

 

Tabla 1. TIPO DE VIOLENCIA DE GÉNERO POR PAÍSES

 

Tipo de violencia / % de mujeres que la han

Física

Sexual

Psicológica

Económica

sufrido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francia

25

9

47

11

 

 

 

 

 

Rumanía

23

5

39

12

 

 

 

 

 

Italia

17

7

38

13

 

 

 

 

 

Alemania

20

8

50

11

 

 

 

 

 

Portugal

18

3

36

8

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

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Media de la UE 28



20



 

7



43



12



 

 

España es uno de los países de la UE que cuenta con un análisis estadístico sobre la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja más exhaustivo. Una de las herramientas españolas para la investigación en esta materia es la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer, que se

 

citará varias veces a lo largo del libro puesto que supone una de las investigaciones más completas con las que contamos en la UE sobre este fenómeno y cuyas conclusiones explicativas de la violencia en la pareja son extrapolables al resto de países de la UE. Esta investigación, además, tiene un amplio recorrido, ya que se lleva realizando desde 1999 aproximadamente cada cuatro años. Su última edición de 2019 muestra que, del total de mujeres de 16 o más años residentes en España:

 

El 11 % ha sufrido violencia física de la pareja actual o de alguna pasada. 2 234 567 mujeres han sufrido violencia física de alguna pareja o expareja a lo largo de sus vidas.

El 23,2 % ha sufrido violencia psicológica emocional por parte de la pareja actual o de alguna pasada. 4 744 106 la han sufrido de alguna pareja o expareja.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Qué no es violencia de género?

 

También hay mujeres que maltratan a sus parejas masculinas. Este comportamiento es igualmente deleznable, injusto y destructivo. Para los hombres que lo sufren no es fácil pedir una ayuda que, por supuesto, merecen. El temor de ser ridiculizados, de que se menosprecie su virilidad suele impedirles romper el silencio. Pero esta realidad es anecdótica; afortunadamente, no se dan más que casos puntuales en el conjunto de la sociedad. No es un fenómeno social como sí lo es a la inversa. También existen malos tratos en parejas homosexuales, que son, del mismo modo, hechos violentos que la sociedad debe condenar, para los que se deben facilitar intervenciones especializadas, puesto que las víctimas homosexuales cuentan con una gran dificultad añadida: la terrible homofobia de nuestra cultura.

 

Hay otra diferencia radical entre la violencia que ejerce un hombre en una relación sentimental contra una mujer y la misma violencia a la inversa. Durante toda nuestra historia como civilización, en Occidente, hasta hace cien escasos años, las mujeres no han sido reconocidas como individuos iguales a los hombres, ni en valor, ni ante la ley, ni en sus derechos. Han sido consideradas como inferiores a los hombres física, intelectual y moralmente. Y, a causa de esta definición, el papel que se les asignó, exclusiva o preferentemente, en la sociedad y en la pareja fue el de subordinadas de los hombres. Un maltratador heterosexual se beneficia de estos hechos. Se vale de ellos para establecer que no ejerce violencia, sino que mantiene el orden natural de las cosas. Esto no sucede en el resto de las relaciones violentas. Por este motivo, el maltrato de un hombre a una mujer es violencia de género y a la inversa no, porque ser mujer ha sido equiparado, culturalmente, a pertenecer a un género, el femenino, que se ha definido arbitrariamente como de peor naturaleza. Este hecho ha destinado a sus integrantes, las mujeres, a ser objetos propiedad de los hombres, limitados a obedecerlos, satisfacerlos, cuidarlos y ser tutorizados por ellos. En nuestra cultura, a los hombres nunca se les asignó tal condición de inferioridad con respecto a las mujeres ni, por tanto, el papel incuestionable de subalternos ante ellas. Nuestra historia aceptó y validó la



 

 

 

 

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violencia contra las mujeres al definirla como la herramienta necesaria para situar a la mujer en el lugar que le corresponde, en la posición correcta. Viéndola, por tanto, no como algo aberrante, injusto e injustificado sino como algo moralmente adecuado. Los maltratadores tienen toda la historia de nuestra civilización como argumento de autoridad en el que basar su ejercicio de la violencia. Llegan al amor con una posición de superioridad ante su pareja que la historia les ha otorgado, con un desequilibrio de poder claramente a su favor. Muchas mujeres me han contado cómo, en la década de 1980, incluso de 1990, cuando la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género aún no se vislumbraba en el horizonte, habían acudido a la policía o a la Guardia Civil para pedir ayuda tras una paliza y la respuesta que habían recibido había sido un «señora, algo habrá hecho» o «señora, esto son cosas del matrimonio y de los hombres, tiene que aguantar, obedecer y tratar de tenerlo más contento». Esto no es ciencia ficción, es la historia reciente de España, de Europa y de nuestro mundo. Donde no hay diferencias es en el proceso psicológico que siguen las personas maltratadoras, sean hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales, para acabar dominando y anulando a su pareja. Tampoco lo hay en las estrategias de manipulación, ni en el modo en el que las conductas violentas van sustituyendo a las afectivas. Lo que se va a explicar sobre las tácticas abusivas que siguen los hombres agresores heterosexuales se puede extrapolar al resto de personas violentas en las relaciones sentimentales. Por otro lado, las personas del colectivo LGBTIAQ+ también sufren violencia por motivos de género ya que no cumplen las normas de género impuestas por la sociedad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo definir el maltrato en una relación de pareja?

 

 

Cuando Miguel empuja a su pareja, en el caso real del capítulo anterior, desvela el maltrato. A partir de ese momento, a ella le queda claro que es un maltratador, y probablemente también a ustedes, como lectores. La pregunta es la siguiente: ¿lo había sido antes?

 

Ningún hombre, ninguna persona que no sea maltratadora pega a su pareja, ni mucho menos lo hace por hablar en una cena con un amigo. Por este motivo, cualquier empujón, humillación, desvalorización sistemática, o cualquier obligación a seguir una conducta sexual no deseada solo puede ser definida de una manera: como maltrato. Sin embargo, el maltrato en una relación afectiva es mucho más que la aparición de agresiones físicas o psicológicas, es violencia. En palabras de Grosman, Mesterman y Adamo, investigadoras de la violencia en la familia y en la pareja, «la violencia es la utilización de la fuerza, de forma explícita o implícita, con el fin de obtener de una persona o grupo lo que no quiere consentir libremente, para que se someta a la voluntad y el dominio del que infringe tales conductas». Una buena definición nunca es banal, pero, para poder identificar el maltrato y entenderlo como un proceso violento, es imprescindible. La Asociación Americana de Psicología (American Psychological Association o APA) se ha basado en las investigaciones con mujeres maltratadas de la psicóloga Lenore Walker, pionera en la investigación del maltrato en la pareja, y lo ha definido como: «un patrón de conductas abusivas, que incluye un amplio rango de maltrato físico, sexual y psicológico, usado por una persona en una relación íntima contra otra, para ganar poder, o para mantener el abuso de poder, control y autoridad sobre esa persona».

 

Los agresores tratan de convencer a sus víctimas de que las aman y de que, puntualmente, tienen conductas agresivas. Es decir, conductas que hieren pero que cualquiera podría llegar a producir si ha sido violentado o en defensa propia. Y que no van a repetirse. Nada de esto es cierto. Los agresores son personas profundamente violentas que, en una relación afectiva, persiguen dominar, controlar y poseer a su pareja. El patrón de comportamiento que usan para conseguirlo está compuesto de agresiones,



 

 

 

 

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pero también de conductas afectuosas, y la manera de secuenciarlos en el tiempo es lo que llamamos maltrato o violencia contra la pareja.

 

Esta definición es válida tanto para las relaciones heterosexuales como para las homosexuales. Aunque puedan existir algunas diferencias en la violencia entre el mismo sexo y la violencia heterosexual, su uso para ejercer el poder y el control es exactamente igual. La definición también es válida si la agresora es una mujer. Ahora bien, cuando la violencia la comete un hombre contra una mujer es violencia contra la pareja como manifestación de violencia de género, porque no estamos solo ante un individuo con la particular finalidad de dominar a su pareja, estamos ante el objetivo universal de situar a la mujer en el papel asignado para ella en las relaciones afectivas por parte de nuestra historia patriarcal.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Definición europea de violencia de género y legislación al respecto

 

El interés por erradicar la violencia de género es común en todos los países de la Unión Europea, gracias al cual, en 2006, se creó el Instituto Europeo de la Igualdad de Género (EIGE) y, en 2011, se estableció el Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica, conocido como Convenio de Estambul. En su artículo n.º 3, se expone la definición de violencia de género y la de violencia doméstica, que deben ser recogidas por todos los países que lo ratifiquen. El Convenio define así la violencia de género:

 

Violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada.

 

Y la violencia doméstica de la siguiente manera:

 

Todo acto de maltrato que se produce en la familia o en el hogar, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima.

 

Sin embargo, no todos los países tienen en vigor leyes para regular y prevenir la violencia de género. Diez países de la UE no disponen de ninguna ley que regule la violencia de género y, de los dieciocho países que sí cuentan con una normativa, solo Suecia, Bélgica, Irlanda y España diferencian violencia de género de violencia doméstica. De igual forma, tampoco entre los países que cuentan con una normativa, existe una unificación de la conceptualización; así, la República Checa reconoce como violencia doméstica el maltrato hacia las personas que conviven en



 

 

 

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una misma residencia sin tener que gozar de ningún lazo de parentesco. La ley española es la única de todos los Estados miembros que incluye en su normativa que la violencia de género debe ser ejercida por el hombre hacia la mujer.

 

En el Ordenamiento Jurídico español, el término violencia de género, a efectos de la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, se limitó a la violencia que se ejerce contra la mujer en el seno de la pareja o expareja sentimental, por ser la más habitual y visible de las violencias ejercidas contra las mujeres.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La causa de la violencia no está en la víctima está dentro del agresor

 

Todas las víctimas inician una relación sentimental pensando que van a ser amadas. Tras disfrutar durante un tiempo de experiencias positivas, se encuentran con que en el contexto que debería ser más seguro, son insultadas, devaluadas, en ocasiones golpeadas y, finalmente, con su integridad psicológica o física en peligro. ¿Por qué? Ellas también se lo preguntan. El desconcierto las lleva a cuestionarse a sí mismas: ¿estaré haciendo algo mal? Estos interrogantes tendrán que resolverse en la terapia para superar el maltrato.

 

 

 

¿Por qué un hombre maltrata a su pareja?

 

Después de cuarenta años juntos, pensé que no me soportaba, eso era lo que él me decía y les decía a mis hijos cuando venían a vernos: «Vuestra madre me desquicia, al final vamos a tener una desgracia, un día la mato». Mis hijos me obligaron a separarme de él, me buscaron una casa en la que vivir yo sola porque decían que temían por mí.

Yo siempre había hecho todo lo que él quería, había vivido para él. Por eso no puedo entender que a sus 65 años me hablara así y empezara a hacer cosas raras. Me despertaba en mitad de la noche porque decía que quería saber con qué soñaba. Cuando estaba haciéndole la comida se enfadaba porque no había adivinado que, en lugar de cocinar, quería que viera la televisión con él. Ya no le gustaba cómo hacía las cosas, ni tampoco yo.

 

Aurora, 62 años

 

 

 

 

La idea central para entender por qué surge la violencia es que su causa no está en la víctima, sino en el agresor. No se produce por variables que tengan que ver con la mujer, por nada que esta haga o deje de hacer. No tenía importancia que la pareja de Miguel hiciera el curso de escritura creativa o no, que tuviera que viajar por trabajo o no, finalmente Miguel trataría de controlar cada vez más su vida y no habría parado hasta conseguirlo. Lenore Walker realizó dos grandes investigaciones en las que comprobó la responsabilidad única del agresor. La primera se desarrolló a finales de la década de 1970 y la segunda en 2002. Sus conclusiones se



 

 

 

 

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recogen, en castellano, en la edición de 2012 del clásico libro El síndrome de la mujer maltratada. Una de las más rotundas es esta: «la violencia no surge de la interacción de las parejas en la relación, ni tampoco de la provocación causada por los irritantes rasgos de personalidad de las mujeres maltratadas, sino de las respuestas conductuales aprendidas por el maltratador. La responsabilidad de la violencia recae en su totalidad en el hombre, ya que es él quien necesita ejercer el control sobre la mujer».

 

Neil Jacobson y John Gottman, en la década de 1990, se arriesgaron más. Querían observar directamente las discusiones en parejas en las que el hombre ejercía un alto grado de violencia física, en lugar de basarse en los relatos de las mujeres posteriores a las agresiones. Buscaban evaluar, de la manera más directa posible, las experiencias emocionales de los agresores y de las mujeres en el transcurso de los conflictos en los que el hombre terminaba ejerciendo violencia física. Por esta razón, citaron a estas parejas en su laboratorio y las estudiaron. Uno de sus hallazgos principales fue, también, que la causa de la violencia está situada en el agresor: «Los hombres (maltratadores) inician la violencia independientemente de lo que hagan o digan sus mujeres». Analicemos uno de sus ejemplos.

 

Al llegar a casa, Vicky encuentra a su pareja en el salón dispuesto a ver en la televisión un programa en el que aparecen chicas con poca ropa. Él decía que este tipo de espectáculos lo relajaban. Al principio de la relación, Vicky le había explicado que consideraba que estos programas eran una explotación de la mujer y que no los quería en su casa. El caso es que ella empieza a preparar la cena y él pone uno de estos programas. Al darse cuenta, se lo recrimina: «¿Cómo puedes ver esa porquería mientras yo estoy cocinando para los dos? Me parece completamente degradante». El agresor le responde que es estúpida. Ella le recuerda que no quiere estos programas en su casa y que en el pasado él había estado de acuerdo. La siguiente respuesta de él es: «A ti ya no te quedan bien esos trajes de baño, esa es la razón por la que no puedes soportar que yo vea estos programas… No estoy de acuerdo con esa norma tuya. En esta casa puedo hacer lo que me salga de las narices». Acto seguido, Vicky va al salón y apaga la tele. Después de esto su pareja le propina un puñetazo. Y no se detuvo aquí, sino que siguió insultándola y golpeándola.

 

Con este ejemplo, queda claro que lo que produce los golpes e insultos es el deseo de él de someter a su pareja e imponerle un comportamiento



 

 

 

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que ella no quiere aceptar. Si ese día ella hubiera hecho la cena para los dos sin quejarse y con la televisión de fondo —de forma que habría aceptado la injusticia—, en otra ocasión en la que le hubiera pedido no tener un comportamiento irrespetuoso hacia ella, él la habría agredido. Y, si se hubiera sometido absolutamente a todo, él, como en el ejemplo de Aurora, habría terminado aplicando violencia para conseguir el dominio sobre lo único que le quedaba, su alteridad, su condición de ser otra persona. Por mucho que la mujer cambie o se entregue, el abuso no cesará, porque lo que produce la violencia es que se está delante de un maltratador. Es decir, de un hombre cuya estructura emocional conlleva que, en las relaciones afectivas, quiera poder, control y dominio sobre la pareja. Las agresiones no son el fin de un maltratador, sino el medio que emplea para conseguir su meta. El agresor ya tiene esta estructura emocional al llegar a la relación. A un agresor, enamorarse, sentirse fuertemente atraído sentimentalmente, le activa este patrón de comportamiento aprendido. Un agresor quiere mucho a su pareja, mucho más incluso de lo que ella lo ama a él. Pero ese «querer» del agresor no es amor. Para un agresor querer a su pareja significa aspirar a controlarla, dominarla, poseerla o instrumentalizarla. Un agresor no desea amar ni va a hacerlo. «Me di cuenta de que me quería mucho, pero que no me quería bien», suelen decir las mujeres supervivientes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cómo es una relación de maltrato: el proceso de la violencia

 

Todas las personas, queremos algo de las relaciones interpersonales significativas, tenemos una finalidad asociada a ellas, y esto no es malo si lo que perseguimos es adecuado. En la relación con nuestros hijos, lo correcto y sano es querer amarlos dentro del amor filial; en una relación amistosa es aspirar a crear una amistad; y, si estamos en una relación afectiva, lo adecuado es desear amar.

 

 

 

¿Cómo definir el amor?

 

La respuesta afectiva de un agresor no cumple las características que permiten definirla como amor de pareja. Basándonos en la definición de Juan Luis Linares, recogida en su libro Del abuso y otros desmanes, podemos decir que el amor de pareja es una respuesta humana compleja compuesta de subrespuestas a nivel emocional, cognitivo, fisiológico y conductual. Cuando amamos a alguien, surgen en nosotros las siguientes subrespuestas:

 

Emocionales: cariño, deseo de cuidado, ternura, protección, intimidad, empatía.

 

Cognitivas: reconocimiento, aprecio, admiración.

Fisiológicas: deseo sexual y de contacto físico.

Conductuales: protección, cuidado, respeto, apoyo al crecimiento personal.

 

 

 

 

 

Esta finalidad de las personas violentas en la pareja, opuesta al amor, esta motivación de controlar y dominar a la pareja genera un proceso y unas pautas concretas de comportamiento que, una vez se conocen, se pueden identificar. Antes no. Por este motivo, la APA define la violencia contra la pareja como un patrón, no como conductas aisladas, sino como un orden conductual particular que entremezcla comportamientos abusivos y afectuosos. Querer amar también genera un orden y unas pautas. Hace que, primero, conozcamos a nuestra pareja, que vayamos poco a poco



 

 

 

 

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compartiendo la vida, que creemos objetivos conjuntos, que la apoyemos en construir sus sueños, que la ayudemos en los momentos difíciles y que, todo esto se produzca de un modo recíproco. Sin necesidad de pensarlo, de manera prácticamente automática, si nuestra pareja está sufriendo, la calmaremos; si está en problemas, trataremos de ayudarla; fomentaremos que disfrute de sus personas queridas; si algo le hace muy feliz, la apoyaremos para conseguirlo y disfrutaremos si lo logra.

 

Un agresor es capaz de golpear duramente a su pareja, incluso de dejarla inconsciente en el suelo, y seguir cenando como si nada. Un agresor es capaz de dejar a su mujer sola con su bebé recién nacido e irse varios días seguidos de fiesta. Un agresor es capaz de montarle a su pareja una bronca monumental justo el día antes de que ella se examine de unas oposiciones que lleva un año preparando.

 

Para entender el patrón de comportamiento de un agresor, es necesario conocer otra característica que motiva las relaciones afectivas, y es que, en general, la finalidad que las organiza es ambiciosa. Es decir, dentro de las relaciones afectivas, se pretende alcanzar cada vez más de aquello que se quiere. Esto no es nada malo si queremos adecuadamente, si queremos cuidar, proteger, apoyar, amar… Cada vez querremos más de algo sano, y esto derivará en acciones progresivamente más positivas. El problema aparece cuando este «querer» es inadecuado y va aumentando; se llegará entonces a situaciones muy peligrosas y dañinas. Un agresor querrá cada vez más control y dominio. Primero querrá que la mujer que le gusta inicie una relación con él. Una vez conseguido esto, querrá que comparta tiempo con él; después que le dedique mucho tiempo, y finalmente que le dedique todo el tiempo. Primero querrá que le dé la razón, después que acabe pensando como él y, finalmente, que haga las cosas como él quiere, que esté para él, que sea para él. A veces, esta tendencia ambiciosa se da incluso después de que la mujer haya salido de la relación (y es entonces cuando, desgraciadamente, podemos encontrar el maldito «la maté porque era mía»). Esta es una de las razones que explica que el agresor de 65 años sea capaz de matar a su pareja, como bien vieron sus hijos, pero cuando era un joven de 30, no. Su deseo de controlar y dominar a su mujer había llegado muy lejos, había llegado a querer tener el dominio absoluto de su mente porque ya había conseguido todo lo demás. No le molestaba su pareja, le molestaba no alcanzar este último paso para dominarla.



 

 

 

 

 

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Las cuatro etapas del maltratador en la relación

 

Este patrón de comportamiento que sigue un maltratador presenta una estructura común con cuatro etapas.

 

Etapa 1. «Engañar». Lo primero que necesita el maltratador es que la mujer que le gusta se sienta atraída por él y quiera unirse afectivamente a él. En este primer momento, aunque el deseo profundo y distintivo del agresor es el control y el dominio, este se expresa solo queriendo la cercanía de la mujer. Deliberadamente entrecomillo «engañar» porque, excepto los agresores de tipo psicopático que premeditadamente diseñan cómo engañar y embaucar a su víctima, el resto, que son la mayoría, en esta etapa no fingen. Un agresor le dice a la mujer que la ve maravillosa, que quiere hacerla feliz, porque en ese momento lo siente así. Por este motivo, el comportamiento de una persona agresora y de una persona no agresora, aunque sus motivaciones profundas sean radicalmente distintas, en el inicio de una relación, es muy parecido.

 

Etapa 2. Debilitar. Lograda la unión afectiva con la mujer, al agresor esto ya no le va a bastar. Su motivación de control y dominio sube un nivel más. Ahora desea que la mujer empiece a darle prioridad y que acepte sus opiniones como las válidas. Para conseguirlo, tendrá que debilitarla. Tendrá que hacerle creer que ella es peor que él, no tan capaz, ni inteligente, ni que está tan implicada en la relación como él. En esta etapa, la desacreditará, le sembrará dudas sobre su capacidad para entregarse a la pareja, para analizar la realidad y para tomar decisiones, y la insultará. Y hará todo esto lentamente. El agresor, al final de esta etapa, habrá logrado minar el autoconcepto de la víctima, habrá conseguido hacerle sentir inferior a él y hacerle creer que lo necesita.

 

Etapa 3. Culpar. Una vez que el agresor ha conseguido hacer creer a la víctima que ella es inferior a él, empezará a culparla de hacer las cosas mal en la relación, de no hacer lo suficiente, de no tener un comportamiento adecuado. El agresor sentenciará que sus reacciones violentas se producen por estos errores y culpará a la mujer de estas.

 

Etapa 4. Recrudecimiento de la violencia. Cuando la mujer se ha creído que ella es la causante de la violencia, el agresor puede seguir aumentándola para conseguir más y más poder. Vendrán entonces las agresiones físicas o psicológicas más graves y continuas.



 

 

 

 

 

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Cómo se producen las agresiones: el ciclo de la violencia

 

Otro de los grandes hallazgos de Lenore Walker fue que las mujeres describían de manera muy semejante el proceso en el que aparecían las agresiones. Era como si todas hubieran estado con el mismo hombre, porque narraban el mismo comportamiento. A este patrón compuesto por tres fases lo denominó «el ciclo de la violencia», y se organiza como muestra la figura 1.

 

Fase 1. Luna de miel

 

El agresor comienza la relación en esta fase. Durante la etapa 1, «Engañar», el agresor está aquí todo el tiempo. En ella muestra una imagen positiva de sí mismo, un inmenso interés por su pareja, un comportamiento afectuoso y propio de un compañero sentimental que quiere amar. Cuando el agresor ha logrado que la mujer se una a él, esto ya no le va a bastar y su deseo de control, poder y dominio va a aumentar. Cuando no lo consiga, acumulará tensión, lo que lo llevará a la siguiente fase.

 

Fase 2. Acumulación de tensión

 

Esta fase se caracteriza por una escalada gradual de la tensión en el agresor, que experimentará malestar cuando la mujer no esté prioritariamente a su disposición. Aún no de forma extrema, pero este se manifiesta en actos que aumentan la fricción y los conflictos. A la mujer le queda clara esta hostilidad y este descontento, aunque el agresor no se haya comportado de manera explosiva. Las mujeres suelen decir a este respecto: «Le cambiaba la cara, sabía que íbamos a tener bronca». Finalmente, la tensión del agresor aumenta tanto que salta a la siguiente fase.

 

Fase 3. Liberación de tensión



 

 

 

 

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Cuando el agresor está saturado de tensión, al ver que su pareja no hace lo que él quiere o como él quiere, la libera mediante una agresión. Los maltratadores agreden en un intento de recuperar un control que sienten que han perdido y para aliviar su malestar. Citando a Walker: «Esta fase se caracteriza por una descarga incontrolable de las tensiones acumuladas durante la fase anterior». Cuando han emitido la conducta violenta, se sienten bien porque, con esta, suelen conseguir lo que querían (en el caso que exponíamos en la introducción de este libro, Miguel logra que su pareja deje de jugar al tenis). Y se sienten aliviados cuando han liberado su tensión. Pero saben que, si continuaran con este comportamiento, probablemente, perderían pronto a su pareja. Por eso vuelven a la fase de Luna de miel, y continúa girando el ciclo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vuelta a la fase 1. Reconciliación o Luna de miel

 

Esta vuelta a la Luna de miel lleva a la mujer a interpretar que lo sucedido es un hecho puntual, que su pareja es el hombre de siempre y que la quiere, pero que, circunstancialmente, se ha portado mal. Darse cuenta de que, cuando ella acepta determinadas peticiones, él cesa las agresiones, puede generarle una ilusión de control sobre la conducta de su pareja.



 

 

 

 

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Puede hacerle creer que es capaz de detener la violencia, cuando esto no es real.

 

Para comprender completamente la manera de ejercer la violencia del agresor, es necesario imbricar las etapas de una relación violenta con el ciclo de la violencia. En cada una de las etapas, menos en la de «Engañar», el ciclo gira muchas veces, pero de una determinada manera. En esta etapa, el agresor está instalado en la fase Luna de miel, el ciclo aún no ha comenzado a girar, las agresiones aún no han aparecido, aunque dentro del agresor esté el patrón violento.

Ahora bien, una vez se produce la primera agresión, por leve que esta sea, el agresor abandona esta etapa y salta a la de debilitamiento. A partir del momento en que el ciclo comienza a girar, ya no va a parar de hacerlo, y las agresiones van a aumentar en gravedad y frecuencia. En la etapa de debilitamiento, el agresor libera la tensión con una violencia psicológica destinada a que la mujer se sienta inferior o equivocada. Tras emitir una conducta violenta de este tipo, volverá a la fase de Luna de miel. En la etapa de culpabilización, el ciclo continúa girando, y da paso a la fase deliberación de tensión en la que se producen agresiones psicológicas destinadas a que la mujer se sienta culpable. Cuando el agresor sabe que la mujer se siente culpable, saltará a la etapa de Recrudecimiento de la violencia. En esta, las agresiones serán de todo tipo, cada vez estará menos tiempo en la fase de Luna de miel y será menor el tiempo que tarda el agresor en pasar de la acumulación de tensión a la liberación.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La violencia es viciosa y ambiciosa

 

El paso por el ciclo de la violencia hace que tanto los maltratadores como las mujeres, cuando termina la relación, sean muy diferentes de cómo eran cuando la iniciaron. El ciclo de la violencia anula a las víctimas, pero también destruye a los agresores, porque es vicioso y ambicioso. Vicioso, ya que el maltratador obtiene sensaciones agradables y, por consiguiente, un premio, después de emitir comportamientos violentos. Por esta razón, estos se refuerzan. De este modo, se acostumbra a agredir a su pareja como mecanismo para sentirse bien. Y ambicioso, porque cada vez es necesario emitir más violencia, y más grave, para liberar su tensión y para conseguir sus deseos.

 

Si recordamos a Miguel, hallaremos en él este patrón en su comportamiento. Veremos que llevó a cabo muchas más conductas propias de un maltratador que un empujón, parte de ellas positivas. Sin embargo, nos falta una última escena. ¿Qué sucedió después de que empujara a su pareja y ella le dijera que la relación se acababa? Con lo que han leído, ustedes podrían anticiparlo. Su reacción fue volver a la Luna de miel. Como había cometido una agresión muy grave, en la fase Liberación de tensión, tuvo que emitir conductas afectivas especialmente intensas para intentar recuperar el control de la relación. De perder a su pareja, este también estaría completamente perdido. «Perdóname, no sé lo que he hecho, no volverá a suceder, te quiero, eres mi vida», se secó las lágrimas y continuó: «Hoy me asusté, sentí que podías dejarme por alguien mejor y este miedo se ha apoderado de mí, yo nunca te haría algo así, perdóname». Afortunadamente, la pareja de Miguel no le creyó; de haberlo hecho, esta no hubiera sido la última agresión que habría sufrido, porque el ciclo de la violencia hubiera seguido girando.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mitos y grandes preguntas sobre el maltrato a las mujeres en las relaciones de pareja

 

Seguro que aún les quedan muchas dudas sobre el complejo fenómeno social que es el maltrato en la pareja. Vamos a tratar de despejarlas analizando los mitos y las dos preguntas clave para entender a las víctimas y a los agresores. Empecemos por los mitos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mito 1. A mí no me pasaría, hay un perfil de víctima al que yo no pertenezco

 

En 2010 la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA, por sus siglas en inglés) comenzó a investigar la violencia de género en los países miembros. ¿Por qué? Porque hasta ese momento la Unión Europea no tenía ninguna herramienta común para realizar mediciones de la incidencia de esta violencia. Se contaba con indicadores compartidos y estudios sobre variables económicas, epidemiológicas, educativas, etcétera, pero el estudio de la violencia de género era un erial. No se podía responder a una pregunta tan sencilla como la siguiente: ¿El porcentaje de mujeres agredidas por sus parejas es el mismo en todos los países de la UE? La investigación terminó en 2014 con la publicación del informe Violencia de género contra las mujeres: una encuesta a escala de la UE, que ya se ha mencionado en el capítulo anterior. Con él, por primera vez, se obtuvieron datos comparables sobre violencia de género en los 28 Estados miembros en ese momento.

 

El informe, basado en entrevistas realizadas a 42 000 mujeres, concluyó que la violencia afecta, de un modo desproporcionado, a las mujeres, y que constituye una gran vulneración de los derechos humanos. A modo de resumen, una de cada cinco mujeres ha sido víctima de violencia física o sexual por parte de su pareja actual o de las previas y una de cada diez mujeres indica que ha experimentado algún tipo de violencia sexual por parte de un adulto antes de los 15 años. Esto sucede en la Unión Europea y en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2005, publicó su Estudio multipaís de la OMS sobre la salud de la mujer y violencia doméstica. En él se recogen datos de 35 países. Destacan los siguientes: entre el 10 % y el 52 % de las mujeres reportaron haber sufrido maltrato físico por parte de su pareja en algún momento de su vida, y entre el 10 % y el 30 % afirmaron que habían sido víctimas de violencia sexual. Como reflejan estas cifras, sufrir violencia dentro de una pareja es un hecho estadísticamente frecuente. Es decir, existe un porcentaje bastante alto de hombres que se relacionan de un modo violento. Que exista este volumen de hombres agresores, que además en el inicio de la relación no



 

 

 

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se muestran como tales, hace que sea probable emparejarse con uno de ellos y terminar sufriendo violencia. Independientemente de la forma de ser de la mujer que la sufre. El Primer Informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer realizado en España en 2007 así lo recoge: «La manifestación de maltrato se da en mujeres de todas las edades, clase social, situación laboral, tamaño del municipio en el que residen, nivel educativo, posicionamiento ideológico u opciones religiosas». El primer Informe mundial de la OMS sobre la Violencia y la Salud (World Report on Violence and Health), publicado en el año 2002, pone de manifiesto que la violencia que los hombres llevan a cabo contra las mujeres en las relaciones de pareja ocurre en todos los países, culturas y clases sociales.

 

 

 

No existe un perfil de mujer víctima

 

«Los datos me llevaron a concluir que no existen rasgos específicos de personalidad en las mujeres que las haga propensas a convertirse en víctimas».

 

Lenore Walker

 

 

 

 

La violencia en una relación de pareja le puede pasar a cualquier mujer con independencia de todo. Solo existen variables que pueden suponer factores de vulnerabilidad a la hora de abandonar una relación abusiva.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mito 2. Las relaciones de pareja son siempre contextos afectivos y seguros

 

Según datos de ONU Mujeres, cada día, 137 mujeres son asesinadas por miembros de su propia familia. Se calcula que, de las 87 000 mujeres asesinadas intencionadamente en 2017 en todo el mundo, más de un tercio (30 000) fallecieron a manos de su pareja íntima o de una pareja anterior. Sí, las relaciones de pareja son contextos potencialmente peligrosos para las mujeres. Sin embargo, esta no es la idea extendida para definirlas y, por tanto, no es la que suele acompañar a una mujer cuando inicia una relación afectiva. Sufrir violencia en la pareja es un hecho traumático, puesto que pone en peligro la integridad física y psicológica de la víctima y genera un nivel de sufrimiento que las estructuras emocionales humanas no pueden soportar. El psiquiatra y neurólogo Viktor Frankl, superviviente de varios campos de concentración, entre ellos Auschwitz, en su obra El hombre en busca de sentido recoge las características que definen a un hecho como traumático:

 

Ser inenarrable.

 

Romper las creencias básicas sobre la bondad del mundo y, por tanto, generar incredulidad o estado de shock. Ser difícil de comprender.

Llevar a tener que enfrentarse al absurdo.

Ser imprevisible.

 

Que una mujer se encuentre con violencia en su relación de pareja, cuando no lo puede esperar, ni prever, puesto que, en general, la cultura sigue este segundo mito, cumple todas estas características que hacen que sea aún más traumático. Los hechos y procesos traumáticos dañan fuertemente la estructura emocional de quien los sufre. Cuando una mujer es violentada por su pareja, esto la erosiona e impide que pueda emplear todos sus recursos psicológicos, al menos en el contexto en el que se produce lo traumático, por muy potentes que estos sean.



 

 

 

 

 

 

 

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Mito 3. Las mujeres que sufren violencia en su pareja desarrollan un comportamiento basado en la impotencia

 

A las víctimas, a veces se les recrimina ser pasivas, adoptar un comportamiento impotente en la pareja y no haber puesto freno a los abusos saliendo antes de una relación tan perniciosa. No obstante, una cosa es no salir de la relación y otra cosa es mostrarse impotente. Tras su investigación, Jacobson y Gottman describían así a las víctimas: «Nos dimos cuenta de que eran personas con recursos, valientes y en muchos aspectos heroicas». A pesar de los gritos, los insultos y los golpes, a pesar de tener miedo, las mujeres que sufren maltrato desarrollan sus trabajos correctamente, cuidan eficientemente de sus hijos, mantienen su casa y muchas veces apoyan también a familiares y amigos. Incluso en los primeros momentos de la relación, se enfrentan a sus agresores pidiéndoles que dejen de insultarlas o golpearlas. Como hizo Vicky. Hacen todo esto al lado de alguien que minimiza sus recursos y les pone obstáculos. Esto es algo titánico, que supone estar muy lejos de la impotencia. Pensemos en algún icono social, por ejemplo, Tina Turner, que sufría una gravísima violencia física. Ella era capaz de salir al escenario, después de ser agredida, y no bloquearse, sino de actuar con esa fuerza que la caracterizaba. Ahora bien, a pesar de que las víctimas no se muestran impotentes, pueden verse afectadas por lo que Martin Seligman definió, a principios de la década de 1980, como indefensión aprendida. Este concepto explica cómo una persona deja de intentar actuar tras haber aprendido que todo lo que haga da igual, que su comportamiento no tiene ninguna capacidad de modificar la situación en la que se encuentra. En sus experimentos, Seligman comprobó que a los perros a los que se les daban descargas eléctricas y que, durante un tiempo, hicieran lo que hicieran, no podían impedir que estas se les aplicaran, dejaban de actuar, se paralizaban. Incluso no huían de las descargas aun en las situaciones en las que se les permitía hacerlo. Cuando el agresor consigue hacer sentir a su pareja que, haga lo que haga, va a seguir recibiendo agresiones, esta puede



 

 

 

 

 

 

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mostrar indefensión aprendida. Es decir, puede quedarse dentro de la relación al haber aprendido que no hay nada que pueda hacer para dejar de sufrir violencia. Ahora bien, a pesar de no actuar en lo que tiene que ver con abandonar la relación, las víctimas sí actúan en todo lo demás; no se quedan impotentes porque siguen luchando en el resto de las cuestiones de su vida. Veamos un caso:

 

El último año de relación, cuando entraba en el hospital me concentraba al máximo en mi trabajo, en las personas cuya salud estaba en mis manos y en las de mi equipo. Era capaz de trabajar diez o doce horas y hacerlo todo con eficacia. Me felicitaban por ello. Sin embargo, no sé cómo, cuando entraba en casa me sentía perdida y confundida, me bloqueaba, un inmenso abatimiento se apoderaba de mí, pensaba que todo lo hacía mal; no sé por qué todas las capacidades que demostraba tener como jefa de servicio en el hospital no me servían para escapar de él.

 

Claudia, cirujana, 47 años

 

Tras pasar muchos años dentro de una relación violenta, a veces, la indefensión se generaliza al resto de la vida de las mujeres. Entonces sí pueden tener una sensación de impotencia generalizada ante cualquier desafío de la vida, por pequeño que sea, y a partir de ahí desarrollar una depresión severa. Si hubiera seguido sufriendo violencia, Claudia podría haber llegado a ser incapaz de hacer su trabajo como cirujana.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mito 4. Es fácil salir de una relación violenta

 

En general, el tiempo medio que pasa una mujer dentro de una relación violenta, enredada por el juego abusivo, es largo. La investigación de Amor et al. (2002) expone que el tiempo medio puede llegar hasta los 13 años. Echeburúa (2008) habla de más de 10 y según datos de Krug et al. (2002), la duración promedio es de 6. No es sencillo salir de una relación de maltrato; es un proceso en el que intervienen factores psicológicos y sociales. Como tal, no se puede ejecutar en un instante. Si una ruptura normal ya es compleja, imaginen romper con una persona que se relaciona de manera violenta. Por no hablar de las complicaciones que se producen si la pareja tiene hijos en común. Además, en muchas ocasiones, las mujeres se mantienen dentro de las relaciones violentas porque los factores sociales les impiden salir; no tienen una vivienda ni la posibilidad de mantenerse económicamente. Para que la mujer pueda llegar a romper, es necesario que los factores sociales lo permitan. Por otra parte, será necesario que la mujer haya alcanzado lo que muchos autores, entre otros Anderson y Saunders, (2003), Roca-Cortes et al. (2005), han denominado «la separación psicológica». Es decir, que la mujer identifique el maltrato y que desaparezca la vinculación emocional con el agresor. En términos coloquiales, que lo haya dejado de querer, aunque guarde aún algún sentimiento afectivo residual hacia quien creyó que era su pareja o hacia sus conductas positivas. Para romper la relación, a veces, se necesita de varias separaciones físicas del agresor. Así pues, las separaciones temporales, a pesar de que se regrese posteriormente a la relación, algo también estadísticamente frecuente, son acercamientos a la ruptura final. Deben ser entendidas como tal y no como fracasos, y mucho menos como indicadores de que la relación no desagrada a la mujer. Lamentablemente aún están presentes en la sociedad comentarios del tipo: «Hay mujeres muy masoquistas a las que parece que les gusta el maltrato», que son profundamente erróneos y falsos.

 

No es fácil romper una relación de maltrato porque dentro de ella es común sentir miedo, y la decisión de romper suma aún más miedo al ya habitual. Eso añadido a que no es fácil tomar decisiones correctas cuando



 

 

 

 

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se siente miedo. Volviendo a los datos de la Macroencuesta de 2019, del total de mujeres de 16 o más años residentes en España, el 13,9 % ha sentido miedo de alguna pareja actual o pasada. Además, otro hecho que la investigación demuestra es que la separación del agresor, el mero hecho de planteársela o que él detecte que esta es la intención de la mujer es un importante factor de riesgo para la incidencia de la violencia letal. Para estar protegidas de un agresor, se debe cesar el contacto con él. Sin embargo, a veces, aunque las mujeres ya sepan que la única manera de estar resguardadas de la violencia es salir de esta, pueden tomar la decisión de permanecer un poco más en la relación al estimar que aún no tienen un plan de huida seguro. En estas situaciones las mujeres pueden valorar que mantenerse en la relación es la alternativa menos peligrosa para ellas. Deciden esperar y salir de la relación cuando tienen la garantía de que salir de ella no compromete su integridad física.

 

Decidí romper la relación porque estaba cansada de insultos y de algún que otro golpe, pero no lo había denunciado, no quería complicar las cosas. Él aceptó a regañadientes irse a vivir a casa de su madre. Estábamos en trámites de divorcio. Mientras, de manera informal habíamos acordado que los niños se quedaban conmigo y que él los veía dos veces por semana en el parque de nuestra urbanización. Una de esas tardes comenzó a llover intensamente, me llamó y me pidió subir a casa con los niños y hacer la visita allí. No me hacía mucha gracia estar de nuevo a solas con él, pero accedí por los niños. Cuando llevaba 10 minutos en casa, sacó una pistola de la chaqueta. Yo no me podía creer lo que estaba sucediendo. Apuntó a los niños, me dijo que iba a pagar muy caro haber sido tan zorra. Yo no sé de dónde saqué las fuerzas para hacerlo, pero me puse muy amable y cariñosa con él. Durante una hora eterna le pedí perdón, le dije que me arrepentía, que había sido una imbécil, que él no merecía mi comportamiento, que lo amaba y que quería volver con él. Le dije que esa tarde estábamos todos muy tensos, que por qué no regresaba a casa de su madre, recogía sus cosas, yo tranquilizaba a los niños y a la mañana siguiente regresaba a casa. Él me creyó. En cuanto se fue por la puerta, llamé a la



 

 

 

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policía y lo denuncié. Me quedó muy claro que bajo ningún concepto ni yo ni mis hijos podíamos volver a entrar en contacto con él.

 

Marian, 35 años

 

Antes de entrar a analizar por qué cuesta tanto abandonar una relación de maltrato, veamos cuál es el perfil tipo de los agresores y su comportamiento.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo son los agresores?

 

Todos los agresores comparten la misma finalidad en la pareja, ejercen su violencia en un proceso parecido y agreden siguiendo el ciclo de la violencia. Pero existen diferencias entre ellos que permiten establecer tipologías. No todos emplean los mismos tipos de violencia; hay muchos que, por ejemplo, no llegan a agredir físicamente nunca. También hay variaciones en el nivel de gravedad que alcanzan las conductas violentas que emiten y en el nivel de peligro que suponen para su pareja. Hay maltratadores que, tras agredir a la mujer, lloran desconsolados, piden disculpas o se muestran especialmente cariñosos, la llevan a cenar a un sitio bonito o le hacen un regalo. Otros, después de ejercer la violencia, no piden nunca perdón, no muestran emociones de arrepentimiento, simplemente se muestran más tranquilos y tratan de justificarse o de responsabilizar a la víctima de su comportamiento violento. Hay agresores que circunscriben su violencia a la pareja mostrando un comportamiento adecuado en el resto de las esferas de su vida, en algunas de ellas incluso abanderando causas solidarias y pacifistas. Este es el caso de Bertrand Cantat, el cantante del famoso grupo francés Noir Desir, que en 2003 asesinó a su novia a puñetazos, la actriz Marie Trintignant.

 

Por el contrario, hay agresores cuya violencia se extiende fuera de la pareja, algunos se meten en peleas y otros desarrollan conductas delictivas de guante blanco, como estafas o negocios fraudulentos. A pesar de estas diferencias, lo más relevante para definirlos es lo que comparten. Esto permite que víctimas que han tenido agresores de diferente tipo se sientan identificadas entre ellas. A lo largo de mi trayectoria, he realizado también muchas sesiones de terapia en grupo con mujeres supervivientes. Fue muy impactante escuchar, por ejemplo, las vivencias de una mujer marroquí, a la que una mujer francesa —española o colombiana— respondió con un «¿En serio a ti también te hacía eso de esa manera? No me lo puedo creer, a mí me decía esas mismas palabras y yo reaccionaba como tú. Pero ¿qué pasa?, ¿lo llevan en los genes, o se lo enseñan de niños en los colegios de Francia y Marruecos —o de España y Colombia—?». Todas estas mujeres,



 

 

 

 

 

 

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a pesar de haber vivido historias muy diferentes, se reconocían en las demás como sujetos que han experimentado la misma fenomenología.

 

Veamos las tipologías de agresores más relevantes. En Amor, Echeburúa y Loinaz (2009), se recoge una revisión de los distintos estudios internacionales que coinciden en que existen tres tipos de agresores:

 

Normalizados o limitados a la pareja: no tienen problemas psicológicos y funcionan bien en el resto de los contextos. Borderline o patológicos: presentan más problemas de salud mental. Violentos, en general/antisociales: emiten violencia en todos los contextos de su vida.

 

La clasificación que encaja mejor con las descripciones dadas por las mujeres supervivientes a las que he apoyado es la de los autores Dutton y Golant. Esta tipología establece tres tipos de agresores: cíclicos o emocionalmente inestables, hipercontrolados y agresores psicopáticos.

 

Los cíclicos o emocionalmente inestables presentan una profunda inseguridad emocional que los lleva a sentirse abandonados o despreciados por comportamientos de la mujer que objetivamente son normales. Por ejemplo, mostrar interés en sus amigas, familiares, compañeros de trabajo o incluso en tareas como estudiar, trabajar o tener aficiones. Cuando liberan la tensión, al sentirse muy agraviados por no ser el centro del pensamiento de la mujer, emiten conductas violentas movidas por un fuerte sentimiento de venganza. Hasta que no causan en la mujer un daño, no se reduce su malestar y persiguen que no se repita el hecho de no ser priorizados. Estos agresores después pueden sentirse arrepentidos o pseudoarrepentidos, no del «castigo» impuesto a la mujer, puesto que siguen pensando que «ella empezó», sino de la intensidad de su agresión. Tras esta, pueden ser muy cariñosos, pueden pedir perdón. Estos agresores buscan poseer a su pareja para que no los abandone. Para ellos la distancia emocional constituye el mayor problema de la relación. Siempre encuentran el modo de malinterpretar y culpar a su pareja, ven en ella la causa de su propio desaliento y no paran de exigirle cosas imposibles de cumplir y de castigarla por no haberlas hecho. Son personas que suelen estar muchas veces malhumoradas, irritables, celosas, cambiantes. Es muy común



 

 

 

 

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escuchar de las mujeres con agresores de este estilo frases como «Mi marido tiene doble personalidad, a veces es el hombre más dulce del mundo y otras veces es una fiera». «Son dos personas en una». La película Te doy mis ojos de Icíar Bollaín muestra con brillantez a un agresor de esta tipología.

 

Los hipercontrolados son los agresores que quieren fundamentalmente el control. Solo se sienten bien cuando consiguen que la mujer les obedezca y siga todas sus directrices sobre cómo actuar y pensar. Tienen una distancia tan profunda con sus propias emociones que únicamente controlando a la mujer y consiguiendo que esta haga todo como ellos desean pueden sentirse amados o tranquilos. Estos agresores son mucho más fríos y mucho más reacios a pedir perdón. Suelen reprocharle a la mujer que «se pone histérica por las cosas que suceden». Su maltrato está muy centrado en los ataques verbales y en la supresión del apoyo emocional. Son los que más difieren del estereotipo de maltratador, puesto que fuera de la pareja son personas que tratan de ser muy correctas.

Los agresores psicopáticos son los más peligrosos, por lo que son capaces de hacer y porque son difíciles de detectar. Estos «juegan a ser Dios» con la pareja, es decir, quieren lograr un dominio de su persona, un poder absoluto sobre ella. Estos agresores presentarán rasgos muy psicopáticos y pueden mostrar todo tipo de emociones, pero serán siempre fingidas dentro de un plan para conseguir sus objetivos. Aunque se presentan de un modo muy seductor, tratando de agradar —incluso pueden resultar encantadores—, hay en ellos una frialdad, una insensibilidad difícil de definir. Acostumbran a tener a sus espaldas una carrera delictiva que no suele ser «marginal», ya que su violencia no se dirige solo contra sus parejas, sino también lo hace contra otras personas. Avanzan tras las relaciones violentas sin mirar atrás, sin remordimientos. Cuando discuten con sus parejas, sus reacciones fisiológicas son tranquilas y controladas, porque en ellos existe una profunda desconexión entre la fisiología, el pensamiento y la conducta.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pitbulls y cobras

 

Otra clasificación muy interesante es la extrapolada de las investigaciones ya citadas de Jacobson y Gottman. En la muestra analizada de agresores que ejercían mucha violencia física, hallaron dos tipos claramente diferenciados. Los denominaron «pitbull» y «cobra». Al monitorizarlos en un polígrafo del laboratorio que medía el latido cardíaco, la presión sanguínea y la resistencia de la piel, encontraron una diferencia fundamental entre ambos grupos. La distinta activación del sistema nervioso autónomo, a medida que su agresividad verbal o psicológica aumentaba mientras discutían con la pareja:

 

Los «cobras» se mostraban calmados fisiológicamente en el momento en el que agredían. No se alteraban fisiológicamente, lo que les permitía ejercer la violencia de un modo frío, controlado y calculado.

 

Los «pitbulls» se mostraban muy alterados fisiológicamente cuando agredían. Esto los llevaba a comportarse de un modo más descontrolado y muy cargado de emoción y, por tanto, de sufrimiento.

 

 

 

 

 

Al estudiar la historia de Miguel que narrábamos en la introducción, podemos afirmar que es un «pitbull» (véase el recuadro «Pitbulls y cobras») y un agresor cíclico. Es decir, Miguel experimenta mucha intensidad emocional cuando ejerce la violencia; por este motivo, según la clasificación de Jacobson y Gottman, sería un agresor tipo «pitbull» y, según la clasificación de Dutton y Golan, encaja a la perfección con un agresor cíclico. Por otro lado, es un agresor cuyo comportamiento se limita a la pareja; fuera de esta, su comportamiento en el trabajo, con los amigos, los compañeros, etcétera, es ejemplar. Esta es una de las razones por las que, a veces, no se cree a las víctimas y por las que cuesta identificar el maltrato.

 

Tras haber comprendido cómo actúan los agresores, podemos regresar a la pregunta sobre por qué es tan difícil salir de una relación violenta.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las dificultades de abandonar una relación violenta

 

 

Muchas personas se preguntan por qué las mujeres no salen de las relaciones violentas cuando empiezan a sufrir agresiones. Esta es una pregunta delicada, porque puede encerrar una acusación velada hacia las víctimas e impedir poner el foco en lo verdaderamente relevante: por qué un hombre agrede en lugar de amar. Al preguntarnos por qué las mujeres no salen de la relación, podemos estar dando por hecho que esto es extraño y anómalo. Que cualquiera en su situación rompería fácilmente, cuando es lo contrario, como ya se ha expuesto. Analicemos ahora los procesos psicológicos que explican por qué lo normal es que sea difícil salir de una relación cuando se sufre violencia, para comprender a las víctimas y no culparlas por no haber salido antes de ella.

 

Hay tres grandes momentos en el proceso de abandonar una relación violenta. El primero es un tiempo en el que no se puede ver la violencia porque esta no está presente. Como se explicó en el capítulo anterior, el patrón de comportamiento de un agresor se inicia con una fase en la que no se producen agresiones. Por corta que esta sea, supone un tiempo en el que las conductas del maltratador son semejantes a las de un hombre que quiere amar. Por este motivo, la violencia en la pareja le puede pasar a cualquier mujer, porque no se elige a un maltratador sino a un hombre amable y cariñoso que se muestra normal. Este tiempo sin violencia es muy relevante para explicar el comportamiento posterior de la mujer. Con la información que en él se recoge, la mujer construye una representación de su pareja. Con estos datos, su cerebro responde a las preguntas: ¿cómo es mi pareja?, ¿qué intención tiene hacia mí y cuál es su motivación en la relación? Como a lo largo de este tiempo el comportamiento ha sido positivo, la mujer construye una conceptualización positiva de su pareja, de sus intenciones y de lo que va a ser su vida con él. Esta información será la más relevante a la hora de pensar en el agresor, pues la antepondrá cuando explique su comportamiento. Por un lado, porque al ser la primera se beneficia del efecto de primacía, sesgo cognitivo según el cual las personas suelen recordar más y mejor la información que les ha sido presentada en primer lugar. Y, por otro, porque es la que coincide con lo



 

 

 

 

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que culturalmente se nos ha transmitido y hemos aprendido, es decir, que la pareja es un contexto amoroso. La información coherente con nuestros esquemas previos se retiene más y la que es incoherente se tiende a descartar. También, en este tiempo, la mujer construye la confianza en su pareja. Como su comportamiento hacia ella ha sido protector y cuidadoso, la mujer siente que puede confiar en él y lo define como alguien de confianza.

 

A partir de aquí el agresor comenzará a emitir agresiones poco a poco, leves y sutiles. Empieza un segundo momento en el que, aunque haya conductas agresivas, un cerebro sano no las catalogaría como violentas. ¿Por qué?

 

Porque son compatibles aún con conductas adecuadas. Por ejemplo, cuando me voy de viaje sola, mi madre siempre me pide que la avise al llegar al hotel. Mi madre no trata de controlarme, ni de averiguar si estoy en el hotel o de fiesta con un amante. No, mi madre se preocupa por mí. Cuando un agresor pide esto mismo, lo está haciendo para controlar a su pareja, pero como inicialmente la conducta es igual a la de mi madre, ¿por qué iba a pensar la mujer —que todo lo que conoce hasta ese momento de él es positivo— que su intención real es el control?

Porque son compatibles con conductas inadecuadas que puede mostrar una persona no violenta. A veces, las personas presentamos comportamientos equivocados en las relaciones afectivas que son puntuales, que no rebasan un umbral y que intentamos con todo nuestro esfuerzo no repetir. Una persona no agresora nunca va a humillar a su pareja, pero un día —colapsada emocionalmente por factores externos— puede decirle «Déjame», o gritarle «¡Es que no te das cuenta!». La persona no agresora pedirá perdón y dirá que no quiso hacerlo. En los primeros momentos de una relación violenta el agresor actúa de la misma manera. ¿Cómo etiquetarlo, por tanto, como agresor? La diferencia está en que en una persona no agresora serán conductas muy anecdóticas que no se agravarán. Si se tiene delante a un agresor, estas irán aumentando en intensidad y frecuencia. Sin embargo, para verlo es necesario tiempo.

Porque, con la representación positiva que la mujer tiene sobre el agresor, lo más plausible es interpretarlas como un error puntual, como algo no malintencionado. Además, el agresor vuelve a la fase



 

 

 

 

 

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de Luna de miel y, con esto, subraya la percepción de que es un fallo puntual.

 

Porque son aún datos aislados. Es decir, para construir una explicación sobre algo, si tenemos mil datos que nos dicen que es positivo y uno que nos dice que es negativo, solemos emplear los datos más numerosos.

 

La relación avanza y, con ella, aumentan tanto la frecuencia de las conductas agresivas como su gravedad. Esta continuidad de las agresiones y el endurecimiento de estas hacen que el maltrato se descubra, que sea explícito y claro. Se entra ahora en un tercer momento en el que la violencia, aunque se pueda ver, no es fácil de reconocer, porque hacerlo es terriblemente doloroso. Si la mujer no puede con este dolor, entrará en un proceso de negación de la violencia. Además, recordemos que la mujer llega a este punto de la relación muy debilitada y, por tanto, sin la capacidad de usar todos sus recursos cognitivos y emocionales. El maltrato es evidente, pero la mujer está aturdida. Ya ha girado muchas veces el ciclo de la violencia, ya ha sufrido mucha violencia psicológica. Recordemos a la pareja de Miguel; ella es una mujer muy inteligente, pero no vio que él la estaba devaluando porque confió en él.

 

Aceptar que lo que está sucediendo en la relación es violencia resulta muy doloroso, porque supone tener que hacer tres duelos y no uno. El primero implica aceptar que la persona de la que uno se ha enamorado no existe. Miguel no existe, ahora es un maltratador. El segundo duelo es de carácter retroactivo. A este propósito, las mujeres a menudo preguntan en terapia: «Entonces, ¿todo este tiempo en el que yo pensaba que estaba dentro de una pareja bonita, en realidad, estaba dentro de una relación violenta?», «¿Todo lo que he vivido ha sido una mentira?», «¿No me ha querido?». Y el tercer duelo es por lo que estaba por llegar; tampoco existe todo lo que la mujer imaginó para su futuro, como, por ejemplo, envejecer con el padre de sus hijos. Para algunas mujeres estos tres duelos son tan duros que ya no siguen aferradas a su pareja, sino a la ilusión de tener una buena pareja. A la ilusión de que aún es posible que se haga real ese amor tan increíble que les prometieron. Se mantienen en las relaciones porque son leales a sus sueños, no al agresor.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Mujeres nacidas entre 1940-1950

 

Cuando empecé a atender a mujeres supervivientes de relaciones violentas en 2005, me encontré con muchas mujeres nacidas entre 1940 y 1950. A sus aproximadamente 50 o 60 años habían decidido hacer terapia por primera vez, o bien para salir de las relaciones violentas en las que estaban o bien para, una vez fuera de ellas, separadas o divorciadas, recuperarse de las secuelas del maltrato. Me llamó poderosamente la atención que bastantes de ellas contaban haber vivido lo mismo: «Mi marido me engañó. Estuvimos seis años de novios. Durante todo ese tiempo fue una persona encantadora. Era cariñoso, atento, contaba conmigo. Me escribía cartas en las que me explicaba lo bonita que iba a ser nuestra vida juntos, apoyándonos, construyendo un hogar y una familia de la mano. Me hizo sentir que me iba a cuidar y a proteger, que iba a ser un compañero, cada uno atendiendo a nuestras tareas, pero contando el uno con el otro. Por eso decidí casarme con él. Sin embargo, nada de esto sucedió. Tras casarnos, cambió totalmente. Me situó en el papel de su criada; yo tenía que ocuparme de todo lo relacionado con la casa, de él, y seguir sus órdenes. Él disponía cómo organizar nuestro tiempo, cómo vivir, todo, y yo en ese terreno no tenía derecho a entrar. Durante el noviazgo, estos hombres, si ven un charco, te dicen ¡cuidado! y hacen todo lo posible para que no te caigas en él ni te manches una mota y, de casados, si pueden, te empujan al charco. Y ya, ahí, casada, con dos criaturas, qué iba a hacer. En esos tiempos el divorcio no se estilaba, ni era fácil para una mujer. Y cómo iba yo a conseguir trabajo con dos criaturas. Y, además, tenía miedo a que, si me divorciaba, él me quitara a mis hijos. Total, que aguantas y sigues adelante con lo que te ha tocado».

 

En este ejemplo, que contiene la vida de muchas mujeres de una generación, se ve cómo los factores sociales pueden no solo dificultar la ruptura con un agresor, sino impedirla. En las décadas de 1960 y 1970 era verdaderamente complicado para una mujer poder salir, no ya de una relación de maltrato, sino de una relación consolidada por el matrimonio. Este ejemplo muestra muy claramente también cómo los agresores inician la relación en la fase Luna de miel, cómo pueden estar mucho tiempo en ella y cómo esta circunstancia, sumada a factores sociales y culturales, puede impedir a la mujer conocer quién es en realidad su pareja. En esos años no era factible para las mujeres iniciar una convivencia con una pareja sin matrimonio mediante, por tanto, no la podían conocer realmente. En esa época el noviazgo estaba limitado, en muchas ocasiones, a breves encuentros, a contactos superficiales que, a veces, eran por carta. Esto impedía a las mujeres acceder a la información necesaria para conocer verdaderamente a una persona y facilitaba al agresor hacerse pasar por una persona que no era. La cultura permitía a los agresores engañar fácilmente a sus parejas. Y, posteriormente, la cultura impedía o complicaba al extremo la situación de las mujeres, que, a pesar de no amar ya a sus maridos, de haber conseguido la separación psicológica de ellos, tenían dificultades para trabajar, ser bien vistas, encontrar una opción de ser independientes y, por tanto, salir de la violencia. En esa España de los años 60 y 70 era la cultura la que atrapaba a las mujeres en las relaciones violentas y no su falta de capacidades, valor y competencia.

 

 

 

Para la mujer puede ser también terriblemente doloroso tener que asumir que ella «eligió mal», «que no vio dónde se estaban metiendo». Por esto es tan importante explicar bien el proceso del maltrato en terapia. Para



 

 

 

 

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que entienda que ella no hizo nada mal, que no se podía ver, que a cualquier mujer capaz e inteligente le puede pasar, que sufrir maltrato no habla mal de las víctimas, sino de los agresores. Que todos los pasos que dio están dentro de la respuesta normal ante algo anormal como la violencia en la pareja. En palabras de Jacobson y Gottman, «Es más fácil entrar en una relación abusiva que salir de ella».

Otra fuente de mucho sufrimiento en la ruptura es tener que enfrentarse a la reacción del entorno. A veces, salir de la relación es sinónimo de cuestionamiento, en lugar de apoyo emocional, en lugar de reconocimiento por la valentía de las mujeres. Muchas de ellas escuchan: «Él era una mala opción, no sé cómo no te diste cuenta», «Te lo dijimos, la culpa es tuya por no hacernos caso». Estos comentarios son tan demoledores que hay mujeres que se mantienen en las relaciones violentas porque es menos hostil el maltrato que sufrir esta reacción por parte de los amigos y familiares.

A lo mencionado, hay que sumarle dos cuestiones más: las promesas de cambio y la indefensión aprendida como factores limitantes a la hora de salir de la violencia. Las promesas de cambio pueden parecer tan reales que las mujeres se las creen. Una vez, una adolescente me preguntó: «Tú crees en el cambio de las personas, ¿verdad? Trabajas en esto porque sabes que es posible, entonces, ¿por qué no va a ser posible que mi pareja cambie y por qué no voy a creer yo en ello?».

A pesar de todas las dificultades emocionales que genera el maltrato, la mayoría de las mujeres, en el momento en el que la violencia se puede identificar, logran la separación psicológica. Es decir, toman conciencia del maltrato y, tras abrir los ojos, se dinamita el amor que sentían por su pareja. Este es el paso previo para romper la relación. La pareja de Miguel lo hace en el mismo instante en el que recibe la agresión física. Según datos de la Macroencuesta, en nuestro país la mayoría de las mujeres que sufren violencia en su pareja salen de esta. De manera que la verdadera respuesta a la pregunta sobre por qué las mujeres agredidas se quedan es que no se quedan.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cómo identificar las conductas violentas en una relación

 

 

 

 

Tipos de conductas violentas que puede adoptar un agresor

 

Los agresores adoptan muchos tipos de conductas violentas contra su pareja y no todos las muestran todas. Para poder identificar a un agresor es necesario conocerlas. La investigación publicada en 2014 por la FRA sobre violencia de género en Europa estableció la siguiente clasificación: violencia física, violencia psicológica emocional, violencia psicológica de control, violencia sexual, violencia económica y miedo. A continuación, se recogen las conductas que engloban cada una de ellas.

 

Violencia física

 

En este apartado encontramos acciones como abofetear a la mujer o lanzarle algo que pueda dañarla, empujarla, tirarle del pelo, golpearla o alguna otra acción que pueda ocasionarle daño, como palizas, patadas o arrastrarla. También intentos de asfixiarla o de producirle quemaduras. Amenazas con armas (pistola, cuchillo, sustancias peligrosas) o el uso de la fuerza de alguna otra manera que haga daño.

 

Violencia psicológica emocional

 

Aquí se incluyen insultar o hacer sentir mal a la mujer, los menosprecios y las humillaciones delante de otras personas. Asustarla o intimidarla. Las amenazas verbales con dañarla a ella, a sus hijos o a alguna otra persona importante. Las amenazas del hombre también pueden consistir en anunciar que se provocará daño a sí mismo si se le abandona, o bien que le quitará los hijos a la mujer.

 

Violencia sexual



 

 

 

 

 

 

 

 

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Este tipo de violencia incluye obligar a mantener relaciones sexuales, incluso cuando se es incapaz de rechazarlas por estar bajo la influencia del alcohol o las drogas.

 

Acceder a tener relaciones sexuales sin desearlo por tener miedo de lo que él podría hacer si la mujer se niega, tocar las partes íntimas, los genitales o los pechos, cuando la mujer no lo desea, o bien obligarla a tocar las partes íntimas de la pareja.

 

Violencia psicológica de control

 

La violencia en el control se manifiesta al tratar de impedir a la mujer que vea a los amigos o las amigas, o impedir que se relacione con los familiares y parientes. También cuando insiste en saber dónde está su pareja en cada momento, al tratarla con indiferencia, o al enfadarse si habla con otra persona. Por último, se hace expresa cuando sospecha sin motivos que le es infiel, o bien la obliga a que le pida permiso para salir, ir al hospital, a centros culturales o deportivos, etc.

 

Violencia económica

 

En estos casos, el agresor puede negarse a darle dinero para los gastos del hogar cuando no le faltan recursos económicos, impedir que tome decisiones relacionadas con la economía familiar o que trabaje fuera del hogar. También puede usar dinero, tarjetas de crédito o pedir préstamos a su nombre sin su consentimiento.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Indicadores de que se ha intimado con un

 

maltratador

 

Si en una relación sentimental aparecen las conductas detalladas en el apartado anterior, se está dentro de una relación violenta. No obstante, como se analizó a fondo en el capítulo «Comprendiendo la violencia en las relaciones afectivas», la mayor parte del maltrato no tiene tanto que ver con lo que el agresor hace, sino con para qué lo hace. Además, la expresión identificable de las conductas violentas que se acaban de detallar, a veces, tarda bastante tiempo en aparecer. Recordemos a Miguel. Era imposible que su pareja percibiera unos insultos directos que no estaban y unos golpes que aún no habían llegado. Sin embargo, Miguel estaba desarrollando el comportamiento propio de un agresor. Sí, estaban presentes tanto la intención de imponer a su pareja que se subordinara a él como el juego psicológico encubierto para lograrlo. Para ayudar a las víctimas a identificar que están en una relación de maltrato, cuando las agresiones claras y explícitas aún no han aparecido, es necesario facilitarles indicadores que hagan visible esta intención del agresor, este «para qué hace lo que hace». Y, posteriormente, será necesario ayudarlas a reconocer los pasos concretos que su pareja da dirigidos a conseguir, sobre ellas, ese control y dominio. Para ambas cuestiones contamos con los siguientes indicadores.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Indicadores para detectar que un hombre tiene la intención de hacer que su pareja viva para él y supeditada a lo que él desea

 

Trata de hacer que organices tu vida y tu tiempo como él considera que es adecuado.

Intenta que dejes de ser una persona propia, diferente de él, para convertirte en un apéndice suyo o de la relación.

Sin que te des cuenta, ha conseguido que él y la relación ocupen todo o la mayor parte de tu espacio mental.

Has ido dejando de atender tus necesidades y las cuestiones importantes para ti, sin saber muy bien cómo.

Tienes la sensación de que te trata como si fueras su enemiga en las discusiones, aun en las que son por cuestiones triviales. Sientes como si perdieras batallas dentro de una especie de guerra en la que no quieres participar.

Sientes que cuando tratas de explicarle algo que no te ha gustado de su comportamiento o un error que objetivamente ha cometido, él retuerce los argumentos para defender que la equivocada eres tú.

No es feliz con tus éxitos o le ponen algo incómodo, y trata de desplazar la atención de estos.

Sientes que no le gusta que disfrutes con otras personas, que te entusiasmes al ver a un amigo o algo que no sea él.

Cuando quieres negociar con él, al final te cuesta mucho que haya acuerdos claros.

Te hace sentir que sus problemas o malestares son tan grandes que tienes que estar disponible para él, de lo contrario estarías actuando como una mala persona.

Las discusiones no terminan hasta que tú cedes o reconoces que estás equivocada. No existe otra manera de «hacer las paces». Sientes que tienes que exigir tu lugar en la relación.

Tienes la sensación de que se hace la víctima de situaciones o «daños» que él mismo crea.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un caso real

 

Una adolescente que atendí me planteaba en una sesión lo siguiente.

 

El año pasado le gustaba que yo fuera una chica estudiosa. Los dos nos esforzamos al máximo para entrar en la carrera que queríamos. Muchos fines de semana me los pasé estudiando en la biblioteca y a él le parecía perfecto. Ahora se enfada si lo hago. Me dice que soy una empollona, que soy demasiado ambiciosa, que como ya no nos vemos en clase debería dedicarle más tiempo los fines de semana. Me dice que, como a mí no me cuesta estudiar y como él se angustia tanto (el año pasado tuvo problemas de ansiedad), debería estudiar con él en su casa en lugar de irme a la facultad con mis «amiguitos». Que siendo la chica más lista que conoce, en algunas cosas parezco tonta. Mi carrera es un doble grado, si no estudio lo bastante, no la sacaré. No entiendo por qué está tan molesto. ¿Será que ya no le gusto?, ¿será que le estoy fallando? Él me dice que no es que no quiera que yo estudie, pero que yo no soy una novia normal.

 

Este chico estaba intentando que su pareja dejara de hacer lo necesario para cubrir sus necesidades y se ocupara primero de él. Ella no lo percibe así porque piensa que él la quiere bien y que, por tanto, va a velar por su bienestar. Para ayudarla a identificar la intencionalidad real de su novio, continué la conversación de este modo.

Terapeuta: Creo que a él le gusta que seas estudiosa y que le gustas, por eso quiere que pases tiempo con él. Los problemas aparecen cuando tus necesidades chocan con las suyas. Entonces lo que le gusta de ti parece que queda en un segundo plano, porque lo que él quiere es que supedites tus necesidades a las suyas. Si esto es así, el peligro es que, en esta relación, no podrás desarrollar realmente lo que tú desees. Tendrás que estar para él en todo momento. Creo que tenemos que vigilar esto. Hay chicos que van a querer que su novia esté siempre por ellos, en lugar de disfrutar a la hora de construir juntos los sueños de cada uno. Lo que hacen estos chicos es decirte a ti que estás haciendo algo anormal, equivocado o egoísta cuando te ocupas de ti y de lo que te hace feliz que no lo involucra a él.

 

Víctima: Pero él me dice que me quiere, entonces tendría que querer que yo estuviera bien, que pudiera sacar adelante mis estudios.

 

Terapeuta: Bueno, creo que sí que te quiere. Pero de este modo, subordinándote a él. De ser así, es un chico que no tiene un funcionamiento sano en las relaciones de pareja.

 

Con la terapia, esta menor consiguió mantenerse firme en no desatender sus estudios para ayudarlo a él, en estudiar como ella lo necesitaba y en no sentirse culpable por ello. A los tres meses de intervención psicológica, tras sacar el primer cuatrimestre con notas excelentes y con sus 18 años ya cumplidos, un día él la insultó con dureza. Le dijo que, si iba a comportarse igual el resto del curso, le demostraba que era «una cabrona insensible». Ella rompió la relación con él. Y lo hizo teniendo claro que era un maltratador, que la quería mucho, pero que la quería mal.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una manera fácil de explicar a las víctimas qué es un agresor

 

Todo hombre que pega es un maltratador. Pero un maltratador no es un hombre que pega. Muchos maltratadores nunca agreden físicamente.

 

Todo hombre que te hace sentir inferior es un maltratador. Pero un maltratador no es un hombre que insulta. Muchos nunca lo hacen, aunque te hacen sentir que eres peor que él.

Todo hombre que trata de controlarte y decidir cómo organizas tu mundo es un maltratador. Sin embargo, algunos maltratadores te impulsan a trabajar o a destacar socialmente para beneficiarse, pero no porque se alegren de tus éxitos.

Entonces, ¿qué es un maltratador? Imaginémoslo así.

 

Un maltratador es un planeta que conoce a su pareja, que es otro planeta. Primero la seducirá mostrándose normal y hará que el planeta mujer se acerque. Seguirá mostrándose así hasta que la mujer decida formar parte de su universo. Una vez ahí, el planeta maltratador tratará de meter a la mujer en su órbita y que sea su satélite. Para esto tendrá que empequeñecerla empleando la violencia psicológica, a veces muy sutil, sibilina, invisible, sin malas palabras. Y cuando la mujer planeta esté dentro de su órbita querrá que únicamente gire alrededor de él, que toda su vida emocional sea esa. Y esto no es amor.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En el maltrato no existe el ritual de retirada

 

Las parejas que no son violentas, ya sean felices o infelices en su relación, cuando tienen una discusión, se abstienen de cruzar una línea invisible. Estas parejas no adoptan conductas que puedan generar un nivel extremo de dolor, ni físico ni psicológico. Por eso, si un miembro de la pareja cruza este umbral, podemos sospechar que es violento. Además, las parejas sanas, en cierto punto del proceso de escalada de un conflicto, se detienen e invierten sus pasos. Se inicia lo que se denomina como «el ritual de retirada», o bien dándose un respiro o llegando a un compromiso. Un hombre maltratador, en general, no sigue esta máxima. No se detiene antes de adoptar una conducta dañina para su pareja, sino una vez ejecutada esta, tras infligir un daño significativo. Y, además, evitará a toda costa que se llegue a un acuerdo. Él nunca va a ceder, solo se detendrá cuando sienta que ha conseguido imponer su criterio, cuando haya doblegado a su pareja para que esta reconozca que ella es la equivocada o la que no supo interpretar la realidad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un caso real para identificar a los hombres que quieren que su pareja viva supeditada a ellos

 

Esta es una situación real vivida por una mujer superviviente de la violencia de género. En el pequeño fragmento que presentamos sobre la relación que ella mantuvo con su maltratador se muestra cómo se relaciona un hombre que, lejos de querer amar a su pareja, lo que quiere es conseguir que esta viva para él. Lo escribimos juntas para que fuera lo más fidedigno posible. Ella quiso colaborar narrando su historia de una manera novelada, regalando este trocito de su vida, con el objetivo de que otras mujeres pudieran aprender a detectar estas relaciones insanas. Aquí va lo que escribimos juntas, ella puso su historia, yo le ayudé a describirla y a cambiar algunos detalles para que no pudiera ser reconocida.

 

El lunes pasado, mientras desayunábamos, le conté a Pedro que Raquel, mi mejor amiga de Valencia, vendría a Barcelona el jueves por trabajo. El viernes iba a disfrutar de uno de mis días de vacaciones para estar con ella. Durante el día, pasearíamos por el centro y por la noche cenaríamos con sus compañeras de trabajo. Así que yo regresaría a casa ya de madrugada. Este fue el plan descrito, al que él me respondió, sin demasiado entusiasmo, que le parecía fantástico.

La semana pasó rápida, y el viernes me levanté temprano ilusionada. Me arreglé y Pedro aún dormía cuando salí de casa. Raquel y yo desayunamos en el mercado de la Boquería, recorrimos Las Ramblas, comimos en la Barceloneta y nos mojamos los pies en la playa. Nos disponíamos a perdernos por Gracia, cuando recibí la llamada de Pedro.

—¡Mónica!, ¿quién tiene el mejor novio del mundo? Gracias a un compañero de trabajo, ¡tenemos hueco esta noche en la cena clandestina a la que llevas meses intentando ir! Empieza a las 20:00h, ya sabes, primero hay que hacer lo de las pistas para averiguar el sitio secreto en el que hacen el evento.



 

 

 

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—¿Hoy? —respondí.

 

—Sí, esta noche, te lo acabo de decir. Por fin vas a poder hacer un súper plan que te apetecía mucho —añadió Pedro. —Pero yo no puedo ir. Raquel ya ha quedado con unas compañeras y amigas suyas del trabajo para cenar en Gracia y para ir después al concierto de otros amigos. Quiere que las conozca para que tenga más gente en Barcelona —le expliqué.

—¿También a un concierto? Esa parte no me la habías contado. Anda que me invitas —me reprochó.

—Yo tampoco lo sabía, Raquel se ha enterado esta tarde; lo ha propuesto una de sus amigas. Además, la noche sigue siendo de chicas —agregué.

—Bueno, volvamos al planazo que te he conseguido. Que, por cierto, no me has dado ni las gracias; yo partiéndome los cuernos para conseguirlo y tú no le das ni un poquito de reconocimiento a mi esfuerzo —insistió Pedro.

 

—Claro que te lo agradezco. Ha sido un detallazo que hayas estado tratando de conseguir algo que me hace tanta ilusión —le aclaré.

Raquel me miraba sin entender de qué hablaba con Pedro, un poco extrañada pero como siempre dándome mi espacio. —Por eso, porque sé que es muy importante para ti, no sé qué problema hay. Llevas todo el día con Raquel, por un rato que os separéis no va a pasar nada. Cenamos tú y yo, después te unes a su plan y volvéis a estar juntas. Si se puede tener todo, disfrutar de tu amiga y disfrutar de un plan chulo, ¿por qué renunciar a algo? —argumentó.

 

—Sé que la cena clandestina termina entrada la media noche, así que cuando quiera encontrarme con ellas será casi la una y me habré perdido el concierto. Además, mañana vuelan temprano a Madrid a un evento de trabajo. Para conocer a las amigas de Raquel y poder salir otro día con ellas, lo suyo es estar hoy en la cena —expuse.

 

—Seguro que si se lo explicas a Raquel querrá quedarse un rato contigo, lo peor que le puede pasar es tener más sueño



 

 

 

 

 

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de la cuenta al día siguiente, nada que no se solucione con un buen café —me sugirió.

 

—No voy a cambiarle yo los planes, no me parece bien —le respondí.

—¿Y sí te parece bien perder un planazo y no valorar lo que yo he hecho por ti? ¿Qué culpa tengo yo de haber conseguido la cena justo hoy? —me preguntó entristecido.

 

—Claro que valoro lo que haces por mí, Pedro —le aclaré. —Pues no lo parece, no has mostrado entusiasmo ninguno cuando te lo he dicho. Como si el hecho de que esté tu amiga aquí hiciera que te olvidaras completamente de mí, como si yo ya no existiera. Tú hablas mucho de responsabilidad afectiva, pues no estás demostrando mucha —dijo aún más triste.

—No es así, yo siempre te cuido y estoy pendiente de ti, pero a Raquel la veo muy poco desde que nos vinimos a vivir aquí por tu trabajo —le expliqué.

—¿Sí? ¿Estás pendiente de mí? Y por eso ni te has planteado que además de perder la cena vas a hacerme quedar fatal con mis compañeros porque me consiguen dos invitaciones que se van a ir a la mierda. ¡Pero ella no puede dormir un poco menos un día, muy bonito! Si ella no está dispuesta a esforzarse un poco por ti, tampoco debe de ser tan buena amiga —dijo entonces con tono enfadado.

—Bueno, pero ¿qué tiene que ver si Raquel es buena amiga en todo esto?, que ella ni sabe nada ni ha dicho nada —dije subiendo ligeramente la voz.

Raquel se volvió hacia mí y me miró más extrañada.

 

—Y encima te pones borde conmigo, fantástico. Primero no sale de ti agradecerme el regalo que te he hecho, después te muestras desconsiderada al no tener en cuenta lo que rechazar la cena puede suponer para mí y ahora me gritas y te pones borde —me reprochó.

—No te he gritado, solo he subido un poco la voz, perdona, pero me estoy agobiando. Claro que me importa lo que te pase, no pensé que sería tan grave decir que no podemos ir. Y sí, la cena es un planazo, pero si Raquel está aquí, que



 

 

 

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viene una vez al año, prefiero quedarme con ella, eso es lo mejor para mí. Tú puedes ir a la cena con algún amigo y que no se pierda —le propuse.

 

—Perdona por pensar primero en ti para hacer este plan. Y claro que yo sé que Raquel es muy buena amiga, no podrás acusarme de hablar nunca mal de ella. Por eso sé que no le va a importar que tú puedas hacer una actividad con la que llevas soñando meses. Es más, se va a alegrar por ti. Te conozco bien, si no vas te acabarás arrepintiendo y luego seré yo quien tendrá que consolarte y pagar los platos rotos —me dijo.

—Lo dices como si consolarme fuera un suplicio —le respondí.

—¿Por qué me insultas? Como puedes decirme eso, ¿acaso no estoy a tu lado ayudándote siempre que lo necesitas? No creo que me merezca esto y menos hoy —añadió.

—No te he insultado, perdona si lo has sentido así, te lo he dicho por tu tono, que parecía de reproche. Bueno, creo que tendríamos que zanjar este tema ya, tengo a Raquel esperando y no creo que sea para darle más vueltas. Aprecio mucho lo que has hecho, pero créeme, lo mejor para mí hoy es ir con Raquel. ¿Podrías entenderme y podríamos dejarlo ya? Aprovecha tú la cena y vete con un amigo —dije con tono conciliador.

—No pensé en ir con un amigo porque quería que fuera para ti, descubrirlo contigo y estar a tu lado, acompañándote en algo importante para ti —Pedro insistió.

 

—Te agradezco de verdad el detalle, que hayas intentado que la cena fuera para mí, pero ir hoy no sería algo bueno para mí. Lo que verdaderamente me hace bien hoy es quedarme con Raquel. Si tú quieres lo mejor para mí acepta que me quede con ella y no le demos más vueltas. Entiéndeme por favor —le expliqué.

—¿Sabes lo que estás haciendo? Lo de siempre, poner primero a los demás antes que a ti misma, anteponer que tu amiga se acueste temprano y no cambiarle los planes a hacer algo especial para ti. Como has hecho siempre. Como tienes



 

 

 

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grabado a fuego por lo que te ha tocado vivir en tu familia. Si no vas a la cena volverás a olvidarte de lo que es verdaderamente importante para ti en pro de cuidar a los demás —añadió.

 

Tocada, hundida. Esto me hizo perder completamente el equilibrio. Me confundió. Me hizo dudar sobre estar haciendo lo correcto, sobre tener la capacidad de tomar las decisiones adecuadas para mí, porque Pedro llevaba parte de razón. Mi madre se quedó viuda muy joven cuando yo tenía diez años y mis hermanas, uno y tres. Yo tuve que ayudarla mucho y continuamente sacrificarme por ellas. Era lo que decían que tenía que hacer, era mi papel por ser la mayor, por ser yo.

 

—Pedro, no quiero hablar ahora de mi familia. Mira, he tenido a Raquel ya un buen rato esperando, deja de insistir por favor. Te aseguro que prefiero estar con ellas no por cuidarlas sino porque es lo que me apetece. Parece como si no quisieras que fuera —me atreví a insinuar.

 

—¿Cómo me puedes decir algo así? Sabes por qué, porque nadie te ha cuidado nunca, y entonces cuando alguien te cuida no lo puedes reconocer porque no sabes lo que es. Y en lugar de apreciarlo, ante algo que no entiendes, me atacas y me acusas de tener unas intenciones que no tengo —me reprochó.

—Bueno déjame un rato, dame un tiempo para que pueda pensar tranquilamente en todo esto. Luego te llamo —y le colgué.

 

Semanas después, me recriminaría que le había colgado, que una vez más lo había tratado como no se merecía. Volvió a hacerme sentir culpable por no tratarlo bien. Utilizó que le colgara el teléfono ese día como argumento ganador cada vez que le recriminaba que me gritaba o insultaba diciéndome que todos cometemos errores. Me hacía ver que él no me daba un trato inadecuado, sino que todos hacemos cosas mal en las parejas. Sí, reconocía que él me gritaba o insultaba, pero también establecía como verdad inmutable que yo le



 

 

 

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colgaba, que lo acusaba de intenciones que no tenía, que no lo apreciaba, que era desconsiderada, que no hacía cosas por él al mismo nivel que él las hacía por mí. Estábamos en tablas, o quizás el resultado era que yo lo trataba incluso peor que él a mí. Y que él me quería tanto que no me lo tenía en cuenta.

 

Fui a la cena clandestina y anulé mis planes con Raquel. Fui porque me sentía culpable, culpable por haber pensado mal de él, por haber pensado que estaba molesto porque yo estuviera con mi amiga. Tan culpable que entonces lo único que me quedaba era pensar como él quería que pensara para no hacerle daño.

Mi amiga Raquel no acabó de entender lo sucedido, le pareció raro y esto hizo que mostrara un poco de desagrado con mi decisión. Suficiente para que él me hiciera dudar de si ella se alegraba por mí, de si era buena amiga. Menos mal que siempre lo fue y, a pesar de todo, siguió a mi lado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conclusiones sobre el caso real de Pedro y Mónica

 

 

El hecho de que Pedro hubiera aceptado las invitaciones para la cena el día que Mónica iba a pasar con Raquel, que le propusiera irse con él en lugar de quedarse con su amiga no lo convierte en un agresor ni en un manipulador psicológico. Realmente, puede suceder que un miembro de la pareja esté genuinamente preocupado por conseguirle un plan importante al otro y que lo haga, por coincidencia, justo un día que este ya ha quedado con otra persona. Podría ocurrir, pero no es lo que le ha pasado a Pedro. Lo que no sucedería, si no se tratara de un agresor, es que presionara sin tregua a su pareja hasta conseguir imponer lo que él quiere hacer, lo que él considera correcto, y que esto fuera que su pareja dejara lo que tenía planeado para estar con él.

 

Si Pedro no hubiera sido un agresor, habría sucedido algo como lo que se expone a continuación:

 

Pedro: —No te lo vas a creer, justo hoy me han ofrecido invitaciones para la cena clandestina. ¡Qué mala suerte, justo el día que tenías para estar con Raquel! Llevo un tiempo tratando de conseguirlas. Quería darte una sorpresa, porque sé que te mueres de ganas de ir, y justo las consigo para hoy. Entiendo que no va a ser posible porque ya has organizado todo con Raquel, pero bueno, no quería dejar de decírtelo por si acaso, para que pudieras elegir, o bueno, por si incluso te cuadra ir con ella.

 

Mónica: —¡Jo, qué rabia!, muchas gracias de todas formas por tratar de conseguirlas, eres un sol. Es que tampoco puedo ir con ella, porque ha quedado para cenar con otras amigas.

 

Pedro: —Ya, ya, me imaginaba, solo te lo decía por si acaso. No te preocupes, ya lo lograremos otro día. Si lo he conseguido esta vez, lo conseguiré otra. Bueno, pasadlo muy bien esta noche.

Mónica: —Oye, pero tú aprovéchalas, vete con algún amigo.



 

 

 

 

 

 

 

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Pedro: —Sí, eso estaba pensando, pero quería decírtelo primero a ti, por si acaso podías, o por si las podíais aprovechar vosotras. Iré igual con Jordi, ya te contaré cómo es.

 

Mónica: —Genial. Luego hablamos. Besos.

 

Pedro: —Besos, pasadlo muy bien.

 

El asunto se habría zanjado en un minuto de conversación agradable, sin chantajes, sin acusaciones directas o veladas, sin dobleces, sin presiones ni coacciones. Con una pareja no agresora, las conversaciones suelen ser fáciles y gratificantes.

 

Lo que convierte a Pedro en un hombre manipulador es que utiliza las invitaciones como coartada de sus dos verdaderas intenciones; la primera, que su pareja pase la noche con él. La segunda, evitar a toda costa que Mónica viva un día especial con su amiga y que disfrutar con Raquel sea, durante ese día, lo más importante para ella. Y lo que lo convierte en un hombre que ejerce abuso emocional es el tipo de comunicación que establece para conseguir hacer realidad sus intenciones.

En este ejemplo se ven materializados la mayoría de los indicadores, que se enumeraron anteriormente, que muestran que un hombre tiene la intención de hacer que su pareja viva para él y supeditada a lo que él desea. Se observa el juego psicológico que es necesario imponer para conseguirlo. Vemos cómo Pedro trata de entrar en una discusión cuando Raquel no quiere discutir. Advertimos cómo inicia una especie de pelea con la que lograr imponer su criterio, en lugar de explicar honestamente su punto de vista, su deseo, y validar el punto de vista y el deseo de Raquel. Esto último es especialmente relevante. Raquel le explica, le reitera no solo lo que quiere, sino que eso es bueno para ella. Pedro no la toma en serio, no le cree. Se erige como una figura, por encima de ella, que sabe lo que verdaderamente es bueno para ella. Le hace ver que ella no sabe lo que hace, lo que realmente necesita, que ella no es capaz de tomar las decisiones adecuadas para alcanzar su bienestar. Y este es uno de los criterios para considerarlo como un agresor. Este comportamiento es una manera indirecta y encubierta de insultar duramente a la pareja, de hacerla sentir inferior a él, no capaz, autónoma y válida. De hacerla dudar de sí misma. Y, aunque sea muy sutil, es muy grave.



 

 

 

 

 

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Otra cuestión que se refleja muy bien en este caso real es que, en el maltrato, como se ha explicado, no hay ritual de retirada. Esto no solo tiene que ver con que los miembros de las parejas sanas, cuando alcanzan mucha tensión en una discusión, se dan cuenta y ambos, deliberadamente, inician acciones para reducirla, sino también con que se empeñan en llegar a un entendimiento, a un cierto acercamiento de las posturas contrarias. Tratan de privilegiar el hecho de que se ama a la otra persona por encima de no estar de acuerdo con ella. Pero el que no exista un ritual de retirada también tiene que ver con que el agresor, en este caso Pedro, no va a parar hasta que consiga que su pareja dude de ella misma, crea que ha hecho algo mal, o bien, acceda a cumplir con lo que él quiere. Pedro, en lugar de parar en la primera ocasión que Mónica le dice que lo mejor para ella es estar con Raquel, utiliza toda la artillería disponible para convencerla de que eso no es lo bueno para ella, de que ella no es capaz de elegir bien y de que lo adecuado es ir con él a la cena. Por eso Mónica, aunque es capaz de exponer su punto de vista, aunque tiene un momento de lucidez y explica qué es lo que necesita y quiere, finalmente decide ir con él en lugar de con su amiga. Esto es muy común en las relaciones violentas. De este modo, a pesar de que las mujeres tienen su criterio y lo mantienen con inteligencia, finalmente, se ven arrastradas en sus decisiones por la manipulación del agresor porque este no cesa hasta que da con el argumento que convence a su víctima. Y porque juega sucio desde un punto de vista psicológico y, quien juega sucio, lamentablemente durante un tiempo tiene ventaja, aunque finalmente pierda. Como el agresor insiste tanto, la mujer deja de creer en lo que ella quiere, es como si la víctima pensara: «Si él insiste tanto será porque tiene razón, de no tenerla, no insistiría así».

 

Mónica finalmente pudo, tras vivir decenas de episodios como este, darse cuenta de que realmente Pedro no quería que ella viviera experiencias fantásticas con otras personas. Comprobó que Pedro en realidad quería que ella no disfrutara de sus amigos, de su familia, de su trabajo, sino que estuviera prioritariamente pensando en él, haciendo cosas con él y centrada en él. Que fuera una suerte de súbdita de su reinado, mientras él se erigía en un rey todopoderoso que ser admirado por ella y reconocido como quien verdaderamente la conocía, la podía guiar, cuidar y era poseedor de todas las decisiones de su vida. Otros agresores sitúan a su pareja subordinada a ellos para que sea una especie de madre que los



 

 

 

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cuide y proteja, que viva para atenderlos. Y otros agresores relegan a la pareja a una suerte de asistente personal, obligada a vivir para garantizar su bienestar y apoyarlo en todo lo que el agresor desee. En cualquier caso, todos tratarán de evitar que su pareja tenga su propia vida, todos querrán que la vida de su pareja se subordine a la suya.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Daño psicológico, tratamiento y ayuda a la víctima

 

 

 

 

Daño psicológico derivado de sufrir maltrato en la pareja

 

Para entender el daño generado en las mujeres por el maltrato, es necesario dar por hecho que este lo ha producido la violencia. Es decir, los síntomas, las heridas emocionales que se van a encontrar en ellas no estarían de no haber pasado por esta situación abusiva. No se ha producido un fallo psicológico en ellas, sino el impacto de la violencia. La sintomatología de la mujer maltratada se va gestando en una compleja relación interpersonal violenta y no se puede entender si no desmenuzamos tal interacción. Como exponía Lenore Walker: «Puede ser potencialmente dañino interpretar la conducta de la mujer sin tener en cuenta el contexto en el que se da el abuso».

 

Decidí deliberadamente no ponerle nombre a la pareja de Miguel, porque podría haber sido cualquiera de nosotras. Ella muestra el proceso normal ante algo tan anormal como es encontrarse con la violencia en la pareja. Nos relata el proceso de pensamiento emocional y conductual que sigue cualquier mujer sana e inteligente si se le aplica el patrón del comportamiento violento. Cuanto más sofisticado, refinado y sagaz sea este, más nocivo y destructivo resultará para la mujer.

 

El daño que la violencia en la pareja genera en las mujeres es muy severo. Las mujeres de todo el mundo que han sido víctimas de una violencia infligida por su pareja tienen más problemas de salud mental, angustia emocional y comportamientos suicidas que las mujeres que no han sufrido esta violencia. Esta violencia es una de las principales causas de reducción de la calidad de vida de las mujeres. Además, tiene un impacto negativo muy fuerte en la familia y en la economía. Por ello, desde 1996 la violencia contra la mujer ha sido reconocida por la Organización Mundial de la Salud como un grave problema de salud pública, además de un problema de derechos humanos.

 

En cuanto a las secuelas concretas que la violencia doméstica causa, estas se componen de distintos síntomas. Se calcula (Lorente, 2003) que el



 

 

 

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60 % de las mujeres maltratadas tiene problemas psicológicos moderados o graves y que los cuadros clínicos que aparecen con mayor frecuencia en las víctimas de maltrato doméstico son la depresión y el trastorno de estrés postraumático (Walker, 1994). Los síntomas que también aparecen con alta frecuencia son la ansiedad, la tristeza, la pérdida de autoestima, la labilidad emocional, la inapetencia sexual, la fatiga permanente y el insomnio (Amor et al., 2002).

 

Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2015, tras los episodios de violencia, el 60,71 % de las mujeres víctimas de violencia de género afirma haber sentido impotencia ante la situación, el 59,76 % tristeza, el 58,37 % rabia, el 51,55 % miedo, el 49,92 % ansiedad o angustia, el 38,71 % vergüenza, el 30,15 % culpa y el 19,04 % agresividad. Además, el 78,2 % afirma que la violencia de género sufrida les ha afectado bastante (35,3 %) o mucho (42,9 %) a su bienestar físico o mental. El 44,1 % afirma que su estado de salud en el último año ha sido malo o regular frente al 32,9 % de las mujeres que nunca ha sufrido violencia de género.

 

De nuevo, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2015, el 69,95 % de las mujeres víctimas cree que para proteger a las mujeres que sufren violencia de género es necesario proporcionarles apoyo psicológico, el 22 % ayuda médica, el 34,4 % apoyo jurídico y el 44,94 % ayuda económica. Como establecen las propias mujeres, para superar el maltrato la terapia psicológica es imprescindible.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El tipo de violencia más demoledor: la violencia psicológica emocional

 

Es especialmente importante conocer más en profundidad las tácticas de violencia psicológica emocional para identificar a un agresor, porque este tipo de violencia siempre está en todas las relaciones de maltrato. A continuación, se explican las más comunes y las que en mi experiencia clínica he encontrado más demoledoras y frecuentes.

 

Generar en la mujer la sensación de que están viviendo un amor especial e inalcanzable

 

Esta táctica se pone en práctica al principio de la relación, cuando algunos agresores invierten mucho esfuerzo en explicarles a sus parejas que nunca han sentido por nadie lo que sienten por ellas, que es la primera vez que se enamoran de verdad. Muestran un lado muy tierno, encantador y amable, como si se tratara de un regalo exclusivo para ellas. Aderezan todo este argumentario con muchas conductas afectuosas, con hacerle vivir a la mujer momentos mágicos. Una vez pasada esta etapa de ensueño, la magia empieza a desvanecerse. Miguel es el ejemplo perfecto. Cuando se acaba lo bonito, la víctima empieza a desencantarse poco a poco. Al mismo tiempo, añora lo que ha vivido, pues comienza a quedar atrás, como un sueño. Pero que fue real, no una película protagonizada por otros. La mujer puede quedarse atrapada en la relación porque desea alcanzar el ideal de pareja prometido, que, al haberlo vivido durante un tiempo, cree que puede existir.

 

Una mujer me describía así este proceso: «No hay mejor anzuelo que el anhelo de que regrese algo maravilloso que tuviste. Algo que él te ha hecho creer es que, si te esfuerzas lo suficiente, volverá».

 

Pasar de un comportamiento extremadamente amoroso y cuidadoso al desprestigio y a la devaluación



 

 

 

 

 

 

 

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Algunos agresores se esfuerzan por ser, inicialmente, muy correctos, caballerosos, románticos y detallistas. A diferencia de la táctica anterior, el agresor no le dice a su pareja que ella le ha despertado los sentimientos amorosos más profundos. No, el agresor se limita a tratarla con extrema «caballerosidad». Le hace grandes y efusivas manifestaciones afectivas, como regalarle un viaje sorpresa carísimo a su ciudad favorita.

 

Una vez ha mostrado todos estos fuegos artificiales, el agresor comienza a ignorar a su pareja, a veces súbitamente, a ser descortés en público con ella cuando antes era increíblemente educado.

Cuando la víctima está convencida de que ha encontrado a un hombre maravilloso, el agresor comienza a mostrarse muy abusivo. La mujer se enfrenta a lo que en psicología llamamos «disonancia cognitiva», un concepto creado en 1957 por Leon Festinger. La mujer experimenta una tensión interna y un profundo malestar al enfrentarse a dos ideas, y sus correspondientes emociones, que están en conflicto porque son incompatibles. Por un lado, la víctima tiene en su cabeza una representación de su pareja como alguien amoroso, bueno, alguien que la quiere y, por otro lado, la víctima está viendo el abuso. A veces, se produce la disonancia porque un comportamiento entra en conflicto con nuestras creencias. Esto también les sucede a las víctimas: piensan que su pareja es alguien que las quiere, porque así se lo ha mostrado, no porque se lo inventen, y que alguien que quiere no puede adoptar comportamientos crueles.

 

La teoría de Festinger propone que, cuando se está ante una disonancia, la persona se ve inmediatamente motivada a generar nuevas ideas y creencias que le permitan reducir la tensión. Esta no parará hasta que, junto con ellas, desaparezca la contradicción de ver dos conductas opuestas. O hasta que la idea y la conducta contradictorias encajen entre sí, hasta restablecer la coherencia. ¿Qué ideas logran esto? Las que se defienden con argumentos como los siguientes: «Él es la persona maravillosa de la que me enamoré, pero ha debido sucederle algo», «Yo hice algo mal para que él cambiara», «Debe estar pasando un mal momento, ya se le pasará», «Él sufrió tanto en su infancia que a veces le sale ese dolor y por eso se porta mal».

 

La violencia dulce; la violencia que no duele



 

 

 

 

 

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En esta tercera táctica la violencia es muy nociva y devastadora, pero cuando se aplica no causa dolor, todo lo contrario, genera sensaciones agradables. Sí, esto es posible. Veamos cómo. El agresor le regala a la mujer un mensaje especialmente bonito, le dice que ella es la mujer más maravillosa que existe, que es la persona más inteligente o especial que conoce, que no hay nadie como ella… y acto seguido, le dice que ha hecho algo mal, que ha sido torpe, que no ha hecho lo correcto. Por ejemplo, los agresores dicen cosas como esta: «Precisamente porque eres la persona más brillante e inteligente que conozco, porque tienes una sensibilidad especial, sé que te podrás dar cuenta de que una buena pareja no iría este fin de semana a esa fiesta». Con este argumento, el agresor en realidad está controlando y aislando a su pareja, pero invisibiliza este hecho, porque al mismo tiempo la hace sentir muy valorada y especial. También pueden decir algo como lo siguiente: «Como eres lo que más quiero en el mundo y quiero cuidarte, tengo que decirte que no estás tomando la decisión correcta, que a veces por impaciente, y no porque no seas válida y capaz, porque lo eres mucho más que yo, te precipitas. Hazme caso, sé lo que te conviene». Con estos mensajes, el agresor, a la vez que está devaluando a su pareja, la hace sentir amada e importante. El maltratador menosprecia la capacidad de la mujer de saber qué es bueno para ella, de tomar decisiones correctas esgrimiendo que lo hace porque la ama, porque su amor hacia ella es inmenso, dado lo valiosa que es.

 

Para salir de las garras de esta táctica abusiva es necesario que la sociedad desarrolle tolerancia cero ante los mensajes del tipo «Te pego porque te quiero», «Te he hecho llorar por tu bien, porque te quiero y quiero que te vaya lo mejor posible», «porque te quiero, tengo que tomar las decisiones por ti».

En el caso real de Mónica y Pedro, recogido en el anterior capítulo, se observa cómo el agresor utiliza esta táctica. Le dice a Mónica que, como él quiere cuidarla, debe mostrarle cuándo ella misma no lo hace, cuando prioriza cuidar a otras personas en lugar de a sí misma. De nuevo, este agresor está haciendo sentir a la mujer que la quiere mucho, que la quiere cuidar, tanto que está siempre pendiente de hacerlo, cuando en realidad lo que quiere es que no salga con su amiga, que no haga nuevas amigas y que se quede con él.

 

Desquiciar a la víctima, forzándola a que tenga una mala reacción, para posteriormente acusarla de que ella también es violenta o que es la



 

 

 

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violenta. Con esta táctica, el agresor hace que su pareja le grite, le ponga una mala cara o lo acuse de actuar con mala intención. El agresor desarrolla con insistencia, a veces de manera velada, comportamientos que exasperan a su pareja, que la irritan como irritarían a cualquier persona emocionalmente sana. Esto lleva a que finalmente la víctima explote, normalmente, con reacciones mucho más suaves que las del agresor. Reacciones que están dentro de los umbrales en los que las personas no agresoras emiten sus manifestaciones de enfado. Respuestas que no causan daño, solo muestran la molestia que se siente. Sin embargo, el agresor las iguala a las que emite él, aunque las suyas son mucho más intensas y se producen por una causa completamente distinta. Los agresores les dirán a las víctimas: «Tú me acusas de gritarte, pero tú también me gritas», «Tú dices que yo te insulto, pero tú acusándome de que te intento controlar, me estás insultando igual». El maltratador trata de tapar que él es un agresor forzando a la víctima a que tenga malas reacciones que, en la forma, y levemente, se parecen a las suyas.

 

De nuevo, en el caso real de Pedro y Mónica, también se reconoce claramente esta táctica. Pedro le insiste una y otra vez a Mónica cuando ella ya le ha dicho que no le va bien ir a la cena. La acusa reiteradamente de que ella no ha valorado que le haya conseguido un plan con el que ella soñaba cuando esto no es lo que ella está haciendo. Mónica no puede reaccionar mejor porque está siendo presionada, delante de su amiga, para ir a un plan que la perjudica. No puede agradecerle porque tiene que hacer un esfuerzo ímprobo para poder explicarse y ser validada. Algo que finalmente no consigue. Y no contento con toda esta presión, Pedro termina acusando a su amiga Raquel de no apoyarla, cuando esta ni siquiera sabe qué está pasando. En ese momento, Mónica le sube la voz porque Pedro le ha dado suficientes motivos objetivos de enojo. No porque sea una persona que le grita a su pareja, sino porque ya no puede más. No obstante, con esta subida de tono, Pedro puede acusarla de gritarle y equiparar su reacción a los gritos que él a veces le profiere. Estamos ante una manipulación psicológica muy bien elaborada.

 

Esta táctica de abuso emocional confunde mucho a las víctimas. En las terapias que he desarrollado era frecuente que la víctima me preguntara: «¿Dónde está la diferencia entre él y yo? Si decimos que una persona no agresora es capaz de manejar sus enfados sin gritar o faltar, yo también tendría que hacer lo mismo. Entonces, si él lo está haciendo mal, yo



 

 

 

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también, ¿no? En realidad, somos iguales». Con este razonamiento concluían que, si de él decíamos que era un agresor, lo mismo habría que decir de ellas. Para sacarlas de esta confusión y apartarlas de esta conclusión errónea a la que llegaban por la manipulación a la que estaban siendo sometidas, era necesario explicar que sus comportamientos eran completamente distintos. Porque ellas solo tenían malas reacciones como respuesta a un hostigamiento silencioso e indirecto, tras no ser entendidas ni validadas, tras ser controladas o sometidas, tras ser acusadas de algo que no habían hecho o ser tratadas con extrema insensibilidad. De no recibir este trato objetivamente injusto, jamás las habrían emitido. Enfadarse cuando se recibe este trato no nos convierte en agresoras, es normal y necesario para identificar que no nos están tratando bien. Por el contrario, un agresor lleva a cabo conductas agresivas no porque su pareja haga algo mal, sino porque él considera, erróneamente, que ella ha hecho algo mal. Aquí radica la diferencia.

 

El agresor emite conductas agresivas bien cuando su pareja no hace, piensa o decide exactamente lo que él quiere, o esta se arregla para salir a cenar con sus amigos o compañeros de trabajo sin él. O en ocasiones como ir un fin de semana al funeral de su abuela, ayudar a sus padres con una mudanza, o cualquier situación que le impida estar con él, cuidándolo, prestándole toda la atención.

También lo hace cuando su pareja lo contradice o le pide que haga algo por ella en público.

Todas estas situaciones no enfadarían ni producirían reacciones agresivas en alguien que no es un agresor.

En su momento, le expliqué a Mónica, durante su terapia, que no era igual que su pareja, pues ella nunca se habría molestado con Pedro si él hubiera rechazado un plan propuesto por ella porque le perjudicaba. Ella lo habría respetado y punto. Y que tampoco era igual que su pareja porque, si Pedro la hubiera validado, en lugar de insistirle e insistirle para que hiciera lo que él quería, ella nunca le habría alzado la voz y le habría agradecido mucho el detalle. Si él le hubiera dicho: «Claro, mantén tu plan con tu amiga, ya iremos otro día a la cena clandestina. ¡Qué mala suerte conseguir entradas para el único día que tú puedes estar con tu amiga!», Mónica nunca habría reaccionado mal.



 

 

 

 

 

 

 

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Cuando el agresor comete un error objetivo y su pareja lo señala, en lugar de reconocerlo, acusa a la víctima de descalificarlo

 

En general, los agresores no soportan que se les diga que han hecho algo mal, aunque objetivamente así sea. Algunos, además, consideran que su pareja no tiene la autoridad ni el derecho de nombrar sus errores. Otros consideran que, si su pareja los quiere, debe pasar por alto todas sus equivocaciones, debe aguantarlas como muestra de amor. Para este tipo de agresor, si su pareja le señala que ha hecho algo mal o que se ha sentido mal con alguno de sus comportamientos, es que no lo quiere. La mayoría se sienten muy mal cuando se les indica que han errado, tan mal, que esto los lleva a percibir que están siendo atacados o agredidos, cuando no es así. Siguen un pensamiento profundamente infantil y simplista: «Si me siento mal cuando tú me dices algo, es que tú me estás tratando mal».

 

Todo esto lleva a que, cuando la pareja de un agresor le dice que ha cometido un error —siendo un hecho que lo ha cometido—, este automáticamente le diga que ella ya lo está atacando, machacando o que le está reprochando algo. Esta afirmación, expresada con la vehemencia y rotundidad que suelen emplear los agresores, hace dudar a las víctimas. Esto las lleva a pensar que quizás ellas hicieron algo mal, que exageraron, que fueron demasiado quisquillosas. Que tal vez deberían ser más tolerantes y que lo adecuado sea fijarse en lo bueno y pasar por alto los errores.

La hija de una víctima me contaba en terapia: «Mi madre me ha dicho toda la vida que mi padre era un hombre muy bueno porque no se iba al bar cada tarde con los amigotes, que éramos afortunadas porque esto es lo que hacía la mayoría, que trabajaba mucho por nosotras y que siempre estaba en casa. Y que, entonces, no se merecía que le reprocháramos que nos insultara o gritara, que nunca tuviera una muestra de cariño, o que no nos preguntara nunca cómo estábamos, que todos cometemos errores y que hay que aprender a tolerar los de cada uno». En este caso, es necesario explicarles que, si su pareja se pone furibundo cuando se le señala un error que ha cometido y no cambia esta actitud, tiene muchas probabilidades de ser un agresor. Y, lo que es seguro, es una persona con una mala gestión emocional y es él quien está equivocado, no ellas.



 

 

 

 

 

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Además, esta táctica está profundamente imbricada con la anterior. Ambas suelen ser usadas conjuntamente por los agresores. Estos acostumbran a tratar de negar e invisibilizar a toda costa su violencia. Los agresores tratan de ocultar que son violentos, que agreden para conseguir controlar a su pareja o someterla, defendiendo que sus conductas negativas son reacciones ante el hecho de haber sido ellos previamente agredidos. Defienden hasta sus últimas consecuencias que sus reacciones son las mismas que tendría cualquier persona, no agresora, si ha sido violentada. Como se explicó en el apartado anterior, se puede reaccionar mal, incluso a veces gritar —siempre que no se rebase el umbral de dañar ni emocional ni físicamente a la otra persona— sin ser un agresor, si es como reacción a una agresión, «en legítima defensa». Los agresores van a tratar de esconderse debajo de esta premisa. Cuando insultan, golpean o gritan, lo justifican diciendo que su pareja los trató anteriormente mal, que ellos fueron agredidos en primer lugar y que simplemente respondieron o se defendieron. Se mantienen firmes en el argumento «Ella se portó mal primero, yo no inicié nada», estableciendo, por ejemplo, que es inadecuado que se nos digan nuestros errores cuando eso no es así. La mejor forma de tener siempre este argumento disponible es definir como inadecuados comportamientos normales de la pareja. De este modo, tienen la coartada perfecta. Coartada que desactivaremos explicándole a la víctima, con detenimiento, todas estas tácticas. Esto se puede hacer en terapia, pero también lo pueden hacer las personas cercanas a la víctima buscando momentos en los que hablar con ella y facilitarle la información con la que poder pensar críticamente sobre lo que está viviendo en su relación de pareja.

 

A estas tácticas más globales, hay que añadir las que el agresor suele ejecutar tras la fase de liberación de tensión, en el tránsito en el que se regresa a la Luna de miel, para evitar que la víctima quiera romper la relación. En general, las más usadas por los agresores son: minimizar el daño de las agresiones, racionalizarlas, desviar la atención de lo sucedido, proyectar el olvido o directamente negar las agresiones. También puede ser amenazar con autolesionarse, formular compromisos y promesas de cambio, o modificar aleatoriamente el significado de las cosas.

El uso de todas estas tácticas de forma continua instalará en la mujer la sensación de que ella no entiende bien la realidad y, a partir de esta, se construye la creencia que podríamos resumir de la siguiente manera: «Yo



 

 

 

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no soy capaz de leer bien lo que sucede». De este modo, la víctima irá abandonando su propio criterio en favor del de su pareja.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Psicoterapia dirigida a salir del maltrato y superarlo

 

 

 

 

 

 

«La meta del tratamiento debe ser el reempoderamiento de la mujer más que su ajuste o el meramente seguir con su vida sin haber integrado previamente la experiencia de victimización».

 

LENORE WALKER

 

 

Las mujeres víctimas de maltrato pueden solicitar apoyo profesional, normalmente de tipo terapéutico, en dos situaciones muy diferentes. Pueden pedir ayuda cuando aún están dentro de la relación violenta o cuando ya han salido de esta.

 

Dentro de cada situación, las demandas más comunes suelen ser las que se exponen en la tabla 2.

 

Tabla 2. DEMANDAS MÁS COMUNES DE LAS MUJERES VÍCTIMAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO

 

Demandas de las víctimas cuando están dentro de la

Demandas de las víctimas cuando

han roto la relación con su pareja

relación violenta

agresora

 

 

 

Poder entender qué sucede en su relación de pareja,

Entender lo que han vivido con su

porque saben que algo va mal pero no si es por su culpa

pareja.

o por la de su pareja.

 

 

 

Poder manejar la manipulación verbal y emocional de

Recuperarse de las secuelas que les

su pareja para no verse atrapada y anulada por ella.

ha dejado el maltrato.

 

 

Ayuda para poder romper la relación violenta, ya que

Deshacerse de los sentimientos

han tomado conciencia de que están sufriendo maltrato,

afectivos que aún tienen hacia su

a pesar de los sentimientos afectivos que aún tienen.

pareja.

 

 

Deshacerse de los sentimientos afectivos que mantienen

Poder manejar la añoranza de lo

bueno de su expareja para no regresar

hacia su pareja.

a la relación.

 

 

 

Apoyo para poder romper la relación violenta de una

Poder protegerse del acoso que su

manera segura, evitando sufrir una agresión física que

expareja ejerce contra ellas.

comprometa su vida o su bienestar físico.

 

 

 



 

 

 

 

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Ayuda para confiar en que pueden valerse por sí mismas, en que no necesitan a su pareja para salir de la relación.



Poder estar protegidas ante la posibilidad de sufrir de una nueva agresión que comprometa su bienestar físico.



 

Lenore Walker desarrolló una metodología de intervención psicológica destinada a eliminar la sintomatología derivada del maltrato, aplicable tanto para las mujeres dentro de las relaciones violentas como para las mujeres que habían salido de estas. Con las mujeres que están dentro de la relación violenta, el objetivo principal de eliminar esta sintomatología es que la mujer pueda estar en sus plenas facultades para tomar conciencia de que está sufriendo maltrato. Y, si es posible, conseguir que rompa la relación y salga de ella de un modo seguro. Con las mujeres que han salido de la relación, el objetivo principal de eliminar esta sintomatología es que puedan dejar atrás esta experiencia traumática, que esta no les condicione la vida y que pongan en marcha todas las medidas posibles para protegerse. Esto último es especialmente relevante en los casos considerados de máximo riesgo, es decir, los de agresores que no aceptan la ruptura y prefieren matar a su expareja que vivir con el dolor que les genera no estar con ella.

 

Walker basó su intervención en tres pilares claves: el primero, el enfoque de género; el segundo, la terapia cognitivo conductual; y el tercero, el trabajo sobre la traumatización. Estos se han convertido en el eje vertebrador de la mayoría de las terapias que se desarrollan actualmente en los recursos especializados con víctimas de violencia de género.

En todo proceso psicoterapéutico, es especialmente importante crear un clima de confianza y seguridad, pero cuando se trabaja con personas que han sido violentadas en relaciones afectivas, es decir, por personas en las que confiaban, esto pasa a ser especialmente relevante. Será fundamental, desde las primeras sesiones, demostrar a la mujer que se la cree, que no se la va a juzgar, que nada es culpa suya, porque la causa tanto del maltrato como de las secuelas que ellas presentan están en el agresor. Será de cabal importancia demostrarle que podemos explicar lo que ha sufrido en la pareja y los porqués de lo ocurrido. Además, esto facilitará otra parte imprescindible de la terapia: exteriorizar, poder hablar y enfrentarse a nombrar las agresiones. Es normal que la violencia genere



 

 

 

 

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mucha vergüenza, así como la sensación de haber sido o ser tonta, de no valer nada. La Macroencuesta reflejaba que el 33,1 % de las mujeres víctimas de violencia de género en el último año sufrían tristeza por pensar que no valían nada frente al 14,9 % de las mujeres que nunca habían sido víctimas de esta violencia.

 

Inicialmente, la terapia tiene que permitir a la víctima el desahogo, la expresión de los abusos que ha estado sufriendo para, por un lado, poder sentir alivio, y, por el otro, poder pensar sobre ellos y lograr identificarlos. Como indicaba Walker, cuando se haya roto el silencio, será necesario dar a la mujer mucha información teórica sobre el maltrato para que pueda pensar en lo que está viviendo con ella, para que pueda identificarlo y entenderlo. Esta autora comprobó también que, una vez que se realiza un gráfico del ciclo de la violencia y se ayuda a las víctimas a identificar sus tres fases, estas tienen la posibilidad de romperlo y dejar de estar bajo la influencia y el control del agresor.

La terapia cognitivo-conductual es una herramienta muy útil para eliminar las ideas irracionales que pueda haber instalado el agresor con su abuso. Para lograrlo, se facilita a la mujer un proceso cuidadoso de psicoeducación, ajustado al ritmo de la persona en cada momento. Este proceso eliminará los síntomas emocionales más comunes: la culpa, la vergüenza, la tristeza, la sensación de falta de valía y los sentimientos afectivos hacia el agresor que aún puedan estar presentes.

 

Finalmente, llegamos al tercer punto anunciado, que será imprescindible trabajarlo desde la perspectiva del trauma para eliminar la sintomatología postraumática. Esta es una intervención específica dirigida, como se hizo en su momento con los supervivientes de Vietnam, a eliminar las reexperimentaciones (pesadillas con el agresor, flashbacks, sensaciones intrusivas de que él está cerca y puede hacerle daño), el aumento de activación y la evitación (dejar de hacer actividades o de ir a lugares porque le recuerdan a él y al dolor padecido). Esta sintomatología es muy perturbadora. Pensemos de nuevo en un veterano de guerra. Es común que, a pesar de estar a salvo en su país, con su familia, si abre una lata de refresco y escucha ese particular sonido al romper el aluminio, el sonido despierte el recuerdo de abrir una granada. Ese recuerdo puede secuestrar la percepción del veterano y este, pese a estar en el salón de su casa, ve la jungla y escucha los disparos y el estallido de las bombas. No puede darse cuenta de que, aunque vea ese escenario, no está allí, de que



 

 

 

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está seguro en su sofá. De que lo que le está pasando es que su cerebro está recordando, tan vívidamente que ve como real algo que no lo es.

 

A las mujeres veteranas de la violencia de género les pasan cosas parecidas. Y es muy perturbador, sobre todo, al darse cuenta tiempo después de que perdieron la noción de la realidad. Si no les explicamos lo que les está pasando, que se trata de estrés postraumático, que lo tienen todas las personas sometidas a violencia intencional muy grave, que es la respuesta que necesita emitir el cerebro para recuperarse de lo vivido, vendrán a su mente las sentencias del agresor como «Tú estás loca» o «Tu cabeza no funciona bien» y se las creerán. Entenderán lo que les está pasando como una prueba irrefutable de que lo que les decía el agresor era cierto. No podemos dejarlas solas ante esta manipulación, es imprescindible que tengan recursos, que la sociedad facilite que hagan terapia y que se repare el daño que causó la violencia, pues esta es la mejor manera de hacer justicia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cómo ayudar a una mujer que sufre maltrato

 

Cuando una mujer está dentro de una relación violenta, la mayor ayuda que podemos prestarle, tanto desde el ámbito profesional como desde el informal, es facilitar que tome conciencia del maltrato que está sufriendo para que pueda salir de él. De no hacerlo, el agresor seguirá aplicando su violencia psicológica y destruyendo con ella a la mujer. Puesto que el agresor no reconoce que esté haciendo algo mal —que lo que persigue en la relación es tener, dominar y controlar a la mujer y que esto es inadecuado— seguirá diciéndole a su pareja que ella lo provoca, que lo hace enfadar y que por eso la agrede, que todo va mal porque ella no hace las cosas bien. Los maltratadores no saldrán espontáneamente de este demoledor planteamiento que no puede sino imponer más y más violencia, ni reconocerán que ellos son los equivocados y que tienen un problema relacional muy grave si la mujer sigue con ellos.

 

Denunciar la violencia, buscar ayuda en algún servicio formal o hablar de lo sucedido con alguien del entorno son acciones que incrementan en todos los casos las posibilidades de acabar con la relación violenta.

La investigación realizada a nivel europeo en 2014 por la FRA muestra que la tercera parte de las víctimas de violencia en la pareja (33 %) recurrieron a la policía o a algún otro servicio como una organización de apoyo a las víctimas, después del incidente más grave.

 

En España, según la Macroencuesta de 2019, el 92,4 % de las mujeres que habían sufrido violencia física, sexual, emocional o miedo (VFSEM) de una pareja pasada y lo denunciaron rompieron la relación violenta. El 88,2 % de las mujeres que sufrieron VFSEM y acudieron a algún servicio de ayuda formal rompieron la relación violenta. Y el 82,2 % de las mujeres que también sufrieron VFSEM y hablaron de lo sucedido con alguien del entorno rompieron la relación violenta.

 

Por tanto, para facilitar que las víctimas salgan de la violencia, ayudémoslas a romper el silencio. Muchos de nosotros tenemos alrededor a alguna mujer que sufre maltrato. Lo muestran los datos del Eurobarómetro (encuesta llevada a cabo de forma periódica por la Comisión Europea desde 1973 para analizar y sintetizar la opinión pública



 

 

 

 

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en determinados temas relacionados con la Unión Europea). A continuación, en la figura 2, se facilitan los datos de 2010.

 

En la figura 3, se exponen los motivos más habituales por los que la víctima no denuncia la violencia de género. Por tanto, para que la mujer pueda romper el silencio será imprescindible eliminar estos obstáculos. ¿Cómo lo hacemos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No alejándonos de la mujer maltratada a pesar de que nos cause sufrimiento ser testigos de la violencia que se ejerce contra ella, y no considerando que acercarnos a ella puede complicar su situación. Lo que más puede empeorar la situación de la mujer es que tenga que vivirla sola. Tendremos que intentar buscar momentos en los que, sin despertar



 

 

 

 

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sospechas en el agresor, ella entienda como seguros, en definitiva, poder hablar con ella, estar a su lado. Es importante seguir cerca de ella, aunque el maltratador, con sus tácticas, la ponga en contra nuestra para aislarla. Eliminar la incomprensión que inicialmente podríamos experimentar ante la violencia de género, especialmente ante el hecho que supone que la mujer siga con el maltratador. Si nosotros conocemos los motivos por los que es tan complejo salir de la violencia, podremos dar pequeños mensajes con los que ayudar a que la mujer pueda abrir los ojos. Explicarle a la mujer —no utilizando la palabra maltrato si ella todavía no está preparada para escucharla— que los problemas en la pareja son difíciles de reconocer, porque dan mucha vergüenza, pero que ella debe tener claro que no habla mal de ella lo que está viviendo, que nosotros no la vamos a culpar ni a «mirar mal».

 

Hacerle ver que, cuando aparecen problemas en la pareja, es muy difícil o casi imposible cambiar sola la situación que se vive. Que por muy fuerte que sea una persona, necesita ayuda para enfrentar estas dificultades. Que recibir esta ayuda es bueno para todos, especialmente para sus hijos e hijas, si los tiene.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Figura 3. Razones que manifiestan las víctimas de violencia de género para no explicar lo sucedido ni pedir ayuda.

 

Dejarle claro que, si su relación de pareja no sale bien, no es una fracasada, que nosotros nunca la vamos a catalogar de esta manera. Le diremos que pasará todo lo contrario, y que la veremos como una mujer aún más fuerte. Insistirle en que ella atienda a su malestar, es decir,



 

 

 

 

 

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preguntarle por cómo está, decirle que la vemos triste, agobiada, y que nos preocupa, para que tome conciencia de que no está bien dentro de la pareja. Mostrarle que no tiene por qué vivir así, que merece estar bien, que el bienestar es alcanzable para ella y que nadie merece ser abusado, ni esto compensa por mucho que queramos a la pareja.

 

Explicarle que, al principio, puede que le resulte difícil y doloroso hablar del maltrato. Pero que, poco a poco, gracias a ello sentirá alivio y podrá solucionar su situación. Con esto intentamos que persevere en su decisión, una vez que ha resuelto romper la relación violenta, a pesar del dolor que sienta por la ruptura. Facilitarle los recursos especializados a los que recurrir, porque probablemente ella quiera, pero le sea muy difícil acceder a estos.

También conviene facilitarle compañía, acciones agradables y apoyo emocional. No es necesario hablar de lo que le sucede en su pareja para hacerle sentir que estamos a su lado, y que hay un mundo mejor al que ella puede llegar, en el que la estamos esperando, fuera de la pareja. Puede que no sea adecuado que nosotros denunciemos la violencia, a no ser que la mujer esté dentro de una situación en la que su integridad física corra grave peligro, en la que no haya más remedio que hacerlo, porque de lo contrario puede suponer perder el contacto con la mujer. Pero lo que sí podemos hacer es informar a los profesionales que rodean a la mujer, los profesionales de la salud que la atienden, los profesionales del colegio de sus hijos, etcétera. Si ella no puede ir a la montaña, que es la ayuda de los profesionales especializados, hagamos que la montaña vaya a ella.

 

Cuando la mujer haya salido de la relación violenta —insisto porque esto es de máxima relevancia si queremos reducir las cifras de mujeres asesinadas cada año por sus exparejas— nuestra principal ayuda será facilitarle que ponga en marcha todas las medidas posibles para protegerse. Especialmente en los casos en los que la mujer está siendo acosada y este acoso, lejos de cesar, se incrementa en frecuencia e intensidad. En estos, lo principal para que la mujer pueda protegerse es que reconozca tres cosas: la primera es que está en peligro porque tiene una expareja capaz de atentar contra su integridad física y que, probablemente, está pensando en hacerlo. La segunda, que el riesgo nunca se reduce si no denuncia. Y la tercera, el riesgo tampoco desaparece, todo lo contrario, aumenta, si entra en contacto con él para «dejar las cosas bien», para calmarlo o si le dice que sí a peticiones inadmisibles para que



 

 

 

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este acepte la ruptura y solucionarlo todo «por las buenas». Lamentablemente, tenemos noticia con frecuencia a través de los medios de comunicación de asesinatos de mujeres a las que no conseguimos mostrar ni convencer de estas tres ideas. Y esto no es un fallo de ellas es un fallo de toda la sociedad en su conjunto.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La violencia contra la pareja en las primeras relaciones afectivas

 

 

 

 

 

«Durante los primeros años aprendemos a tocar y ser tocados (sin otro límite que el del incesto y el abuso sexual), mirar y ser mirados confiadamente, acariciar y ser acariciados, abrazar y ser abrazados, decir palabras de amor y escucharlas. Y, por último, estar próximos físicamente al otro. Estas experiencias nos enseñan el código que después, de mayores, usaremos en la intimidad sexual».

 

FÉLIX LÓPEZ



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El maltrato no empieza cuando una mujer cumple 18 años

 

 

 

 

 

Un chico de mi edad aún no puede ser un maltratador, esto pasa cuando te casas. Un maltratador te hace sentir que no vales nada y mi novio me quiere mucho, por eso se pone celoso y le molesta tanto que salga.

 

Andrea, 14 años

 

Mi novio no me encajaba con un maltratador, que es un hombre mayor, que pega y que no hace cosas románticas.

 

Aitana, 15 años

 

 

Durante bastante tiempo, la investigación sobre la violencia de género en la pareja no contempló que el maltrato pudiera ocurrir a las chicas menores de edad. La encuesta a nivel europeo realizada en 2014 por la FRA marca un hito en este sentido, puesto que la muestra estudiada fue de mujeres de 16 años en adelante. A partir de este momento, la Macroencuesta, en nuestro país, se hace con la misma metodología. Pero con anterioridad a esa fecha, solo se había estudiado el maltrato en mujeres mayores de edad. Este interés en las menores apareció porque, por fin, se daba por hecho que también puede suceder el maltrato en estas edades. Algo que, hoy en día, aún no ha sido asimilado en profundidad por la sociedad, por algunos profesionales que trabajan la franja de la adolescencia, ni lógicamente por las propias adolescentes.

 

¿Cómo esperar que las adolescentes reconozcan en sus relaciones de pareja algo que los expertos en la materia no nombrábamos? Ya se sabe, todo lo que no se nombra no existe. Cuando la investigación empezó a dar por hecho que el maltrato en menores de edad también ocurría, se buscó y se encontró. Se hallaron cifras de incidencia incluso superiores que las de las adultas. La Macroencuesta de 2019 sacó a la luz que el 19,3 % de las mujeres jóvenes (de entre 16 y 25 años), que han tenido pareja alguna vez, ha sufrido violencia física o sexual, frente al 14,4 % de las mujeres que



 

 

 

 

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tienen 25 o más años. El 46,1 % de las adolescentes ha sufrido algún tipo de violencia psicológica frente al 31,9 % de las que tienen 25 o más años.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Quién maltrata a las chicas menores de edad?

 

Si bien en España, a partir de 2015, se comenzó a investigar la incidencia del maltrato en mujeres menores de edad con la estadística oficial, en realidad, este estudio, en nuestro país, había empezado un poco antes. No con la herramienta oficial, pero sí desde el Ministerio de Igualdad con los estudios de María José Díaz-Aguado. En 2010, esta catedrática de la Universidad Complutense realizó la primera investigación, a nivel nacional, llevada a cabo para conocer el alcance de la violencia de género en las mujeres menores de edad, así como para estudiar sus causas. Esta investigación titulada Igualdad y Prevención de la Violencia de Género en la Adolescencia evaluó tanto a los estudiantes de educación secundaria de 12 a 24 años como al profesorado. En el año 2013, se repitió para analizar la evolución con respecto al análisis que se hizo en el año 2010 y la efectividad de los programas educativos llevados a cabo sobre igualdad. Este estudio fue muy exhaustivo y arrojó datos muy esclarecedores sobre cómo es la violencia en la adolescencia, y el proceso por el que se desarrolla, en la estructura emocional de un chico, futuro hombre, un patrón de comportamiento violento en las relaciones afectivas.

 

La investigación preguntó a las adolescentes si habían sufrido una serie de acciones violentas dentro de una relación de pareja, pero también preguntó a los adolescentes si habían cometido las mismas acciones sobre sus parejas. Las cifras fueron prácticamente semejantes, un poco inferiores las de los chicos, probablemente por deseabilidad social. Es decir, ellos reconocían estar ejerciendo, aproximadamente, la misma violencia que las chicas decían sufrir. Por otro lado, se analizó el nivel de acuerdo de los chicos y las chicas con las ideas machistas, así como, si los adultos de su entorno se las habían transmitido. Por último, se analizó si los adolescentes validaban lo que la investigación denominó «dureza emocional» y si se comportaban de acuerdo con esta. Esta variable se evaluaba a partir del grado de acuerdo mostrado por los adolescentes con las siguientes cuestiones: me resulta difícil relacionarme con las chicas, me resulta difícil relacionarme con los chicos, si la gente creyera que soy una persona sensible abusaría de mí, tengo control sobre lo que me pasa, si



 

 

 

 

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pides ayuda a los demás creerán que no vales nada, tomo decisiones con facilidad, si no consigo lo que me propongo sigo intentándolo, si los demás saben lo que sientes te harán daño. Los resultados obtenidos en 2013 vuelven a poner de manifiesto, como ocurría en 2010, que los adolescentes que más suscribían la mentalidad sexista eran los que más reconocían maltratar a sus parejas.

Del mismo modo, los que más de acuerdo estaban con las ideas machistas eran los que más las habían escuchado en su entorno. Y estos adolescentes, que reconocían tanto maltratar como estar de acuerdo con las ideas machistas, eran los que más mostraban y validaban un comportamiento basado en la dureza emocional. Principalmente, con el rechazo a mostrar sensibilidad o debilidad o pedir ayuda.

Por lo tanto, la principal condición de riesgo para terminar ejerciendo violencia de género es la mentalidad y el comportamiento sexista, basados en la validación del dominio de la pareja y de la dureza emocional masculina como el comportamiento correcto. Cuestiones que, por tanto, la prevención debería erradicar en los chicos si no queremos convertirlos en agresores.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo se convierte un niño sano en un maltratador?

 

 

Estos datos reflejan bien el proceso por el que un niño sano se vuelve un hombre que se relaciona, en la pareja, de un modo violento. En este proceso son muy importantes los valores que le transmiten sus referentes adultos —normalmente padre y madre—, lo que los ve hacer a ellos y los escucha decir. Pero son mucho más relevantes aún las pautas de crianza con las que es tratado. Es decir, lo que su padre y su madre hacen, no sobre sí mismos, sino sobre él. Estas pautas organizan cuándo y cómo se le proporcionan al niño atención, afecto, reconocimiento, cuidados y validación emocional. Si un niño ve que su padre, cuando ocurre algo triste no llora, porque dice que es de débiles, que hay que ser duro y mostrarse fuerte, aprenderá que esto es lo correcto y lo que hay que hacer. Pero lo aprenderá aún de un modo más significativo y duradero si esto es lo que su padre o su madre le imponen hacer a él. Es decir, si no le permiten llorar si le sucede algo triste, le retiran el afecto si lo hace, o le transmiten desprecio por expresar su tristeza o su miedo.

 

Los niños primero sienten y luego piensan. En general, solo pueden pensar basándose en lo que sienten, porque aún no han desarrollado el pensamiento abstracto. Por eso, si a un niño se le hace sentir que es tonto, pensará que es tonto, no que su padre lo trata de un modo incorrecto. Los adultos, con años de entrenamiento, podemos realizar el proceso contrario, es decir, pensar y con ello generarnos una emoción. Utilizando nuestro razonamiento somos capaces de salir de la emoción negativa que nos ha generado un trato injusto y no definirnos con ella. Por ejemplo, si un jefe nos devalúa por no hacer más de lo posible en nuestro horario laboral, podemos pensar que nos trata mal porque es un jefe abusivo no porque nosotros no seamos buenos profesionales. Pensando de este modo evitamos sentirnos insuficientemente valiosos para ser bien tratados por el jefe o concluir que está bien ser tratados irrespetuosamente. Aunque si sufriéramos un mobbing sostenido, esta capacidad de razonamiento se anularía, igual que sucede en el maltrato en la pareja. Los niños no pueden hacer el razonamiento descrito en el ejemplo del jefe. La neurociencia vino a demostrar que los seres humanos somos primero emocionales y después



 

 

 

 

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cognitivos. Esto es así porque nuestro cerebro primero desarrolla las estructuras que regulan los procesos emocionales y, posteriormente, las estructuras con las que pensamos, memorizamos o aprendemos. Si un niño llora y automáticamente le retiramos el afecto, pensando en que dárselo lo hará débil, si se siente triste y no le damos consuelo, se sentirá rechazado. Sentirá y a continuación pensará que es rechazado porque es rechazable. Terminará pensando que es rechazado porque no vale lo suficiente para ser atendido y para retener a los demás a su lado. No podrá pensar que quienes fallan son los adultos y su falta de sensibilidad. Lo mismo sucederá si cuando está asustado, le decimos que tiene que ser fuerte y resolver lo que le dé miedo, pueda o no, solo. Ese niño acabará sintiendo y después pensando o bien que él no se merece el apoyo ni el respeto emocional —y que, por tanto, no lo va a recibir de los demás—, o bien que el apoyo emocional es de débiles. En función de la manera particular en la que el niño sea rechazado acabará aprendiendo uno u otro planteamiento, o una mezcla de ambos.

 

La mayoría de los agresores cíclicos o emocionalmente inestables fueron estos niños dura y cruelmente rechazados cuando sentían emociones que el machismo define como inaceptables en los varones. Estos agresores presentan un profundo miedo inconsciente a ser rechazados afectivamente, a ser de nuevo emocionalmente despreciados como lo fueron en su infancia. Miedo a que, aunque sean queridos, a la vez aparezca el rechazo en los momentos en los que sientan tristeza, vulnerabilidad o temor. Este miedo inconsciente está presente porque esto era lo que pasaba en su vida, que, cuando se sentían mal o inseguros, se los rechazaba y abandonaba. Esta fue la realidad afectiva en la que vivieron, un lugar ambivalente en el que el afecto no era permanente. Una realidad en la que lo único permanente era que en algún momento serían rechazados. Estos agresores, por ese miedo ancestral, anticipan que van a encontrar esa misma realidad afectiva en las relaciones románticas. Esto los lleva a situar a su pareja en un lugar de sometimiento para evitar que se den situaciones en las que puedan sentirse rechazados por ella. Un ejemplo de esta actuación es la de un agresor que impide trabajar a su mujer y le obliga a estar al cuidado de la casa —de nuevo remitimos a la película Te doy mis ojos que recoge magistralmente una situación así—. De este modo, se asegura de que ella estará siempre para él, no dará más relevancia al trabajo que a él y no lo acabará viendo como alguien sin



 

 

 

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importancia. Este tipo de agresores reproducen ideas machistas del tipo «si no atas a la mujer en corto te la pega» con las que justifican su comportamiento. No son conscientes de que realmente lo que les pasa es que la relación con su pareja les evoca las emociones que sintieron en su familia, por el trato que recibieron de pequeños. Y esto sucede porque la relación de pareja es una relación análoga, en nivel de intimidad, a la que se tiene con las primeras figuras afectivas.

 

A los agresores primero se les «inyectan» estas emociones de inseguridad —en sí mismos y respecto a los demás— y, sobre ellas, posteriormente enraizarán las ideas machistas cuando la sociedad, o también su familia, se las acerquen. Esas emociones traumáticas infantiles son las que hacen que se crean las ideas machistas, que les resulten coherentes y creíbles. Por este motivo, los chicos que reportaron haber sido tratados con dureza emocional, en la investigación anteriormente explicada, eran los que más suscribían ideas machistas. Este miedo infantil queda grabado inconscientemente en el agresor de una manera tan profunda que no se cura con amor, como creen muchas víctimas, porque parece lógico. Aunque la mujer le entregue su vida entera al agresor, esto no servirá de nada. No servirá para que pierda un miedo que él no identifica tener. Este miedo solo se puede eliminar con años de terapia si previamente el agresor reconoce plena y genuinamente, sin justificaciones, que él tiene un problema y que no es su mujer quien hace las cosas mal. A pesar de ser amado profundamente por su pareja, un agresor sigue desconfiando de ella, porque, sin saberlo, está recordando lo que le hicieron de niño, y no analizando objetivamente la realidad que tiene delante. Es como si no pudiera actualizar su sistema. Él tratará de someterla más y más en un absurdo intento por estar protegido, en lugar de darse cuenta de que ya está protegido porque ella lo quiere. Como los agresores son incapaces de hacer esto, siguen incrementando la violencia y destrozando la relación de pareja o a su pareja.

 

Un agresor hipercontrolador sigue un proceso diferente. Este se comporta con su pareja como ese padre, tan duro emocionalmente, le trató a él. A ella la define como una niña, como ese niño inicialmente sensible que él fue. Si ella dice que se siente mal, que algo de él le hizo daño, la acusa de ser una histérica, de ser incapaz de afrontar la vida con la valentía que requiere, como sí hace él. Y por eso él la tiene que controlar para que haga las cosas bien y no como una niña débil y ñoña.



 

 

 

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Por tanto, para explicar el desarrollo de la estructura emocional de un agresor no solo es importante el aprendizaje social, proceso por el cual aprendemos observando cómo se comportan otras personas, que autores tan relevantes como Skinner, Rotter y, sobre todo, Bandura describieron, sino también los hallazgos de la teoría del apego de Bowlby, Ainswoth, Main. Estos demostraron cómo aprendemos a tratarnos a nosotros mismos y a los demás en función de cómo hemos sido tratados por nuestras figuras de cuidado y protección. Los chicos de la investigación que reconocían agredir a sus parejas y que mostraban estar de acuerdo con la dureza emocional no solo eran adolescentes que habían visto a su padre comportarse de este modo, sino que habían sido tratados así. Eran niños a los que les habían dicho «No tienes que llorar, como hago yo» y a los que, si se los veía hacerlo, se les retiraba el cariño. Niños a los que se les daba atención si reprimían su sensibilidad, a los que se les decía que solo eran válidos si no expresaban emociones. En definitiva, niños a quienes se les privó de las experiencias necesarias para desarrollar las capacidades afectivas mientras si se les daba la estimulación necesaria para desarrollar las capacidades cognitivas. Para que el cerebro desarrolle las capacidades afectivas es necesario permitir a los niños que expresen sus emociones y necesidades y también cubrir sus demandas afectivas y emocionales. Es decir, si el niño tiene miedo, hacerlo sentir protegido con nuestra presencia y seguridad; si se siente nervioso, calmarle; si se siente triste, acompañarlo, darle afecto y animarlo; si se enfada, validar su emoción y ayudarlo a gestionarla sin violencia. Este trato permitirá que los niños desarrollen las capacidades afectivas. Esta es la infraestructura neuronal con la que se pueden identificar las emociones propias y las de los demás, calmarse por uno mismo cuando se está nervioso o enfadado en lugar de dañar a los demás para sentir alivio, manejar la inseguridad y, la joya de la corona del funcionamiento humano, mostrar empatía. Y, más importante aún, estas componen la infraestructura emocional que nos permite amar. Sin las capacidades afectivas desarrolladas, no se tiene la competencia para amar en una relación afectiva. Sin ella, cuando un chico se enamora, su estructura emocional solo puede producir control, dominio o posesión. Posteriormente, sobre esta estructura emocional desarrollada de un modo anómalo, por haber recibido un trato emocional inadecuado, la cultura instala las ideas machistas que legitiman que esto es lo que debe hacer un hombre en una relación de pareja.



 

 

 

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Los chicos tratados con dureza emocional, que posteriormente asimilarán mucho mejor las ideas machistas porque son coherentes con lo que han vivido, y que con alta probabilidad maltratarán perpetuando así el maltrato a las mujeres podrían parar esta rueda de violencia. ¿Cómo? Si llegamos a tiempo a atender a esos niños que fueron. Facilitando a esos niños una experiencia emocional de buen trato alternativa a la que tuvieron en su familia, que permita reparar el daño emocional. Por este motivo es tan necesario facilitar a los niños y niñas programas de inteligencia emocional en contextos educativos formales o informales, apoyo terapéutico o vínculos con figuras emocionalmente sanas pertenecientes a la familia extensa o a grupos de apoyo comunitario.

 

Si los chicos que agreden son los que creen, sin dudar, en las ideas machistas y los que han recibido una crianza que les impidió desarrollar las capacidades necesarias para amar, eliminemos las ideas machistas y trabajemos para que desarrollen sus capacidades afectivas. Pero cuidado con esto, no quiere decir que los agresores sean personas que sufren un trastorno mental; no es así, como también ha puesto de relieve la investigación. Los agresores saben bien lo que hacen y saben que golpear e insultar está mal, que hace daño; otra cosa es que lo justifiquen empleando el machismo. Ahora bien, los agresores tienen una estructura emocional anómala que lleva a que, en una relación afectiva, sean incapaces de generar amor y poseen unas creencias culturales asimiladas que defienden lo que hacen. Por tanto, si queremos prevenir el maltrato, tendremos que dejar, como sociedad, de transformar a niños sanos en hombres que se relacionan en la pareja con violencia. Para esto son necesarias estos dos requisitos; el primero, conseguir que no haya personas que crean que son ciertas las ideas machistas; y el segundo, más importante todavía, lograr extender los buenos tratos a todos los niños y niñas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La importancia de la edad

 

Durante cinco años atendí solo a chicas adolescentes que habían sufrido maltrato en la pareja o lo estaban sufriendo dentro del programa No te Cortes de la Comunidad de Madrid. Una de las realidades que observamos durante el programa fue que aproximadamente el 80 % de las chicas que atendíamos habían estado o estaban con parejas que eran mayores que ellas. La media de la diferencia de edad era de tres años, algo muy significativo en estas edades. Este hecho no era casual, pues algunos agresores eligen deliberadamente a mujeres menores que ellos ya que las perciben como más fáciles de dominar, y ello conlleva que el impacto de las agresiones sea aún mayor. Especialmente cuando la chica es menor de edad y el agresor mayor de edad. Esta circunstancia establece una enorme diferencia de poder y asimetría en la relación. Los agresores emplean, además, la edad de la chica como argumento privilegiado para desacreditarla, para negar e invisibilizar el maltrato, afirmando que ellos no hacen nada mal, sino que ellas, por su menor edad y falta de experiencia, no saben qué es una relación ni cómo comportarse en ella. Esta es una de las razones que explican que, si bien la afectación en las menores de edad derivada del maltrato es semejante que en las mujeres adultas en la tipología de secuelas, la devastación psicológica es mucho mayor.

 

En terapia he atendido a menores que habían sufrido un nivel de daño psicológico en un año de relación comparable al que presentaban mujeres adultas tras diez. Por otro lado, también es mayor porque las adolescentes son personas en desarrollo, es decir, aún no cuentan con todas las herramientas psicológicas de la etapa adulta. Sufrir maltrato, por tanto, las dañará más porque tienen menos capacidades con las que manejar este proceso traumático. Las chicas más jóvenes que llegaban al programa No te Cortes, si bien de manera excepcional, eran niñas de 12 años. Estas menores jugaban al amor en una inmensa inferioridad de condiciones.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El patrón de comportamiento de los maltratadores adolescentes

 

Cuando pasé de trabajar con mujeres adultas, que ya habían salido de la violencia, a atender a menores, que en ese momento sufrían violencia en sus noviazgos, sentí que estaba haciendo un viaje en el tiempo. Muchas mujeres me habían contado que cuando eran menores de edad sus parejas les habían hecho sentir que no valían, que las habían intentado controlar y a algunas también les habían pegado. Escuchar a las adolescentes era retroceder a la adolescencia de las mujeres adultas. Lo que me contaban las chicas que sus parejas les hacían era lo mismo que las mujeres adultas me habían descrito que les habían hecho. Eso era lo más llamativo, que no había prácticamente diferencias. Lo que en 1970 o 1980 había hecho un agresor a sus 17 años, era lo mismo que en 2013 hacían los agresores de 15 o 16 años. Y eso que hacían los adolescentes de 15 y 16 años en 2013, cuando empezaban sus relaciones sentimentales, tampoco difería mucho de lo que hacían en ese mismo momento agresores de 30 o 40 años cuando también comenzaban con una pareja.

 

Esta realidad arroja varias certezas. La primera es que la estructura emocional que hace que un hombre se relacione de manera violenta aparece muy pronto en el desarrollo, es decir, que ya está en la adolescencia. Sin ayuda profesional intensiva, esta estructura será difícilmente modificable, y se agravará, probablemente, en el adolescente y futuro hombre. Los maltratadores que agredieron a sus parejas a los 30 años ya lo hacían a los 15 años, es decir, iban a empezar a maltratar en el momento en el que tuvieran relaciones sentimentales. Por este motivo, aunque la investigación no diera por hecho, hasta hace muy poco, que el maltrato sucede en la adolescencia, este empieza cuando se inician las relaciones afectivas.

 

Y la segunda es que el patrón de comportamiento de los agresores, menores o adultos, es muy parecido. En la investigación de Díaz-Aguado se concluye que las primeras conductas que referían sufrir las adolescentes son las mismas con las que empieza a maltratar un agresor adulto: control, aislamiento y violencia psicológica. En mi experiencia clínica con las



 

 

 

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adolescentes he observado, de igual manera, el mismo esquema coercitivo, de control abusivo, que Walker encontró en las relaciones adultas. Algunos de estos patrones los hemos mostrado a través de casos reales. En las primeras fases aparece el abuso emocional y las coacciones dirigidas a romper todos los vínculos que la víctima tenía antes de iniciar la relación y trata de lesionar su autoestima cada vez que no se conforma con el deseo del abusador. Y ante esto he observado las mismas respuestas en las adolescentes que en las adultas: intentar acomodarse a dichos deseos para evitar las agresiones, que suelen hacerse cada vez más graves y frecuentes.

 

Este patrón presenta solo dos grandes diferencias. La primera es que los agresores adolescentes o jóvenes que muestran un patrón más grave, es decir, que su deseo de control y de dominio es más fuerte, ejercen una violencia más dura que sus análogos adultos. En su comportamiento, la rapidez con la que gira el ciclo de la violencia es mayor y el tiempo que tarda en pasar de una etapa de la violencia a otra es menor. Esto lleva a que, en menos tiempo, las menores o chicas jóvenes que están con agresores más peligrosos pueden tener que enfrentar niveles más altos de violencia. Esta diferencia de ritmo tiene que ver con que el cerebro adolescente es mucho más impulsivo que el adulto y menos temeroso ante las consecuencias negativas de las acciones, puesto que estas se experimentan con un nivel menor de malestar.

 

La segunda es que las agresiones se producen, en ocasiones, en la calle o en sitios públicos puesto que, en general, las adolescentes no conviven con su pareja, como sí suele pasar en el caso de las adultas. Este hecho tiene muchas repercusiones, pero destacan estas tres. Los iguales pueden, en alguna situación, apoyar al agresor, ya sea expresando a la víctima que ella se portó inadecuadamente y que por eso él la insultó, empujó, etcétera, con frases como «Tú no debiste bailar en la fiesta con tu amigo si estaba él delante, normal que se mosquee»; ya sea porque «le ríen la gracia» o porque le dicen a la víctima que «no es para tanto» o «Es que se pone así porque está superpillado por ti». Esto hace que sea muy complicado para la víctima tomar conciencia de que está sufriendo maltrato. Y provoca que la vergüenza y el impacto emocional de las agresiones sean mucho mayores. No avergüenza lo mismo sufrir una desvalorización en privado que en público, siempre daña más en público, sobre todo, si los demás guardan silencio. A mayor impacto mayor debilitamiento de la víctima y mayor dificultad, por tanto, para que pueda salir de la violencia.



 

 

 

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Puede suceder que los padres de la menor no apoyen la relación o se la prohíban y ella, si aún no es capaz de salir de esta, llegue a mentir diciendo que ha roto el noviazgo cuando no lo ha hecho. Hay menores que ocultan durante cierto tiempo que siguen saliendo con sus parejas maltratadoras a su familia y, a veces, también a sus amigos. Puede que los padres, que quizás no entiendan el proceso de la violencia, si la descubren, la consideren mentirosa, mala, tonta, traidora, desleal… Por un lado, esto legitimará lo que el agresor dice sobre ella, e impedirá que se dé cuenta de que las desvalorizaciones que lanza el agresor sobre ella son falsas. Y, por otro lado, puede tener un impacto emocional muy grave en un momento evolutivo en el que la personalidad se está terminando de forjar, en parte con la información que nuestra familia nos devuelve sobre nosotros mismos. Si la menor cree estas descalificaciones que le devuelve la familia y que le dice también el agresor, podrá construir una definición de sí misma basada en ellas.

 

Como sucede con las mujeres adultas, dar a conocer a las menores, primero, que el maltrato en la pareja también puede suceder en la adolescencia y, segundo, cómo es el inicio de la violencia en la pareja, puede ayudar a prevenirla.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Chicas con un daño emocional previo atrapadas en relaciones violentas

 

Desgraciadamente hay menores que no han tenido un suficiente buen trato familiar o alguna alternativa análoga en sus contextos de desarrollo. Recibirlo es imprescindible para llegar a la adolescencia sintiéndose valiosas, seguras y con una motivación mayor por explorar, divertirse y aprender que por consolidar una relación afectiva.

 

Cuando Fran dejó de tratarme como a una princesa, como a la protagonista de una película romántica, cuando comenzó a insultarme y a pasar de mí, me puse muy triste. Ya no estaba el Fran del que me enamoré. Se podría decir que se me partió el corazón. Pero entonces empecé a angustiarme mucho. Porque no me sentía fuerte para no tener pareja. Para mí era muy importante tener un novio, era lo que más feliz me hacía. El resto de las cosas no me llenaban tanto. Cuando salía con mis amigas, que sí son importantes, claro, no disfrutaba igual que ellas. Siempre he sido muy romántica. A otras chicas las llenan otras cosas, a mi amiga Samanta la danza, a Rebeca, conseguir estudiar Medicina o a Julia le vuelve loca viajar. ¡Lo disfrutan tanto! Pero yo como más disfruto es en pareja y, por eso, cuando Fran empezó a hacer todo esto yo no era feliz, pero no me veía capaz de romper con él.

 

Sara, 15 años

 

Peor aún es el hecho de que hay menores que antes de llegar a una relación de pareja ya han sido maltratadas o tratadas de un modo negligente por su familia, nuclear o extensa, o por personas cercanas de su entorno social o educativo. Al igual que sucede con las víctimas adultas, no todas las chicas que sufren maltrato en una relación de pareja han tenido entornos familiares maltratantes, es más, son la minoría. Solo un 20 % de las mujeres víctimas de violencia contra la pareja tiene antecedentes de



 

 

 

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maltrato infantil o de exposición a la violencia en la familia de origen (Echeburúa et al., 1997). Cuando la chica procede de una situación familiar maltratante o negligente, tomar conciencia de la violencia y salir de esta es mucho más difícil. La terapia que se desarrolle con ellas tendrá que ser mucho más profunda y mucho más larga. En estos casos, a las dificultades ya analizadas para romper una relación violenta hay que sumar, principalmente, las siguientes:

 

Si la menor ha crecido en una familia en la que su padre maltrataba a su madre, puede haber asimilado por aprendizaje vicario la indefensión como mecanismo ante la violencia. Igualmente, puede no haber aprendido mecanismos protectores ante la violencia, fundamentalmente romper el silencio y salir de esta.

Si ha sufrido violencia física en la infancia por parte de su familia, puede haber aprendido que las agresiones físicas no están reñidas con el amor. Y con esto, no interpretar las agresiones físicas como el maltrato.

 

En relación con la violencia física, la Macroencuesta de 2015 realizada en España saca a la luz estos datos que se recogen en la tabla 3.

 

Tabla 3. PREVALENCIA DE LA VIOLENCIA FÍSICA O SEXUAL FUERA DEL ÁMBITO DE LA PAREJA O EXPAREJA A LO LARGO DE LA VIDA

 

A lo largo de la vida



 

Total (antes y después de los 15 años)



Desde los 15 años



Antes de los 15 años



 

Física o sexual



 

 

No

 

N. C.



 

15,9 %

 

10,4 %

8,8 %

83 %

 

89,5 %

91 %

1,1 %

 

0,1 %

0,3 %

 

 

 

 

 

Física

 



 

 

No

 

N. C.



 

11,6 %

 

7,5 %

6,4 %

88 %

 

92,4 %

93,5 %

0,5 %

 

0,1 %

0,2 %

 

 

 

 

 

Sexual

 

 



 

 

 

 

 

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7,2 %

4,2 %

3,5 %

 

 

 

 

No

92 %

95,8 %

96,4 %

 

 

 

 

N. C.

0,8 %

0,1 %

0,1 %

 

 

 

 

 

El informe Violencia de Género contra las mujeres de la FRA arroja datos semejantes sobre la incidencia de la violencia hacia las niñas y su relación con la violencia sufrida en la edad adulta. Cerca de una tercera parte (30 %) de las mujeres víctimas de violencia sexual en una relación de pareja indicaron que habían tenido experiencias de violencia sexual durante la infancia.

 

Una de cada 10 mujeres (10 %) declara haber sufrido formas de victimización psicológica durante la infancia en su familia; un 6 % de las mujeres recuerda que se les dijo que no las querían. Esta es la forma de violencia psicológica más común de las incluidas en la encuesta.

 

En torno al 22 % de todas las encuestadas indicaron que un adulto de 18 años o mayor «les causó dolor con bofetadas o tirones de pelo». La mayoría de las mujeres señalaron que lo anterior había sucedido en más de una ocasión (16 % del total de encuestadas).

Los autores de actos de violencia física durante la infancia proceden principalmente del entorno familiar. Más de la mitad de las mujeres que han sufrido alguna forma de violencia física antes de los 15 años identifican como autor a su padre (55 %).

Si una menor ha sufrido violencia psicológica en la infancia, se la ha insultado y se le ha dicho que no vale nada, le va a resultar especialmente agradable verse valiosa para alguien y sentirse, por primera vez, importante. Esto lo veremos a continuación en el caso de Nélida. En terapia les explico a las mujeres que no haber tenido nunca el cariño de nuestros familiares hace que el cariño de una pareja se sienta especialmente intenso, especialmente dulce. Y que esta sensación dulce funciona como el azúcar ante algo ácido. Si a lo ácido le echas mucho azúcar, tapas la acidez hasta el punto de no notarla. Si no se ha tenido cariño en la infancia, el cariño del agresor resulta tan dulce que tapa lo ácido de su comportamiento agresivo. Además, estas sensaciones placenteras que generan los comportamientos afectivos del agresor, al ser más intensas si no se ha tenido cariño en la infancia, pueden, por una parte, resultar un bálsamo ante las emociones traumáticas sentidas de niña.



 

 

 

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Como también le sucede a Nélida. Y, por otra parte, al sentirse tan agradables, pueden confundir a la menor haciéndole pensar que estar en pareja le gusta más que cualquier otra actividad, como estar con las amigas, hacer deporte o viajar.

 

Si una menor ha sufrido negligencia afectiva, puede haber aprendido, al no haberse sentido valorada, querida ni importante para nadie, que no merece amor o que no lo puede suscitar en otra persona. Y quedarse en la relación violenta porque, en el fondo, cree verdaderamente que no puede conseguir otra relación que tenga tantas cosas bonitas como esa.

Si las niñas violentadas por sus familiares o por personas de su entorno no han tenido una oportunidad para reparar el profundo daño que causa el maltrato o la negligencia en la infancia, este seguirá estando en las adolescentes. Y si no se repara en la adolescencia, seguirá estando en las mujeres adultas y les hará mucho más complicado que a las adultas que recibieron un buen trato en su infancia, escapar de la violencia en la pareja si se cruzan con ella.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Nélida, un caso real de maltrato o negligencia en la infancia y de posterior violencia en la pareja

 

Mi madre siempre me había hecho saber que yo le sobraba. Me llevo doce años con el mayor de mis hermanos y diez años con el que lo sigue. Ellos han sido su ojito derecho. De hecho, cuando habla de sus hijos, se refiere a ellos, sin incluirme. En la familia estamos su marido, sus hijos y la chica (que soy yo). «Cuando estábamos empezando a vivir tranquilos, llegaste tú a incordiar. Más te vale portarte bien, estudiar y no darnos problemas que, a pesar de todo, te estamos cuidando igual que al resto». Empezó a decirme cuando pasé al colegio.

 

En la adolescencia me refugié en la música, me hice unas amigas grunge de mi instituto con las que me sentía muy bien. Pasaba horas y horas encerrada en mi cuarto, aislada de mi familia. Mi madre me decía que era una rara, que vivía fuera de este mundo.

Una noche, a los 16 años, cuando regresé a casa, pasadas las doce, después de salir con mis amigas, sufrí una agresión sexual. Cuando entré en el edificio en el que vivía me sorprendió un hombre en mi portal. Yo no lo vi al entrar, debía estar escondido detrás de la puerta de los contadores. Se abalanzó sobre mí por la espalda, me tapó la boca con una manaza gigante y empezó a tocarme por todas partes. Yo no podía hacer nada porque estaba paralizada por el miedo. Cuando comenzó a bajarse los pantalones y a subirme la falda el destino se apiadó de mí. Se oyó abrirse una puerta en el piso de arriba y el tipo se marchó corriendo. Al día siguiente reuní todo mi valor para explicárselo a mi madre; estaba muy asustada y necesitaba saber qué hacer si volvía a pasar. Cuando se lo conté, ella puso los ojos en blanco, suspiró y me dijo: «Ya no sabes qué inventarte para que te hagan caso, de verdad, un hombre escondido en el portal, eso



 

 

 

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en este barrio no pasa. Déjate de películas y no me des más martirios que con tenerte ya he tenido bastante».

 

Cuando empecé a salir con Santi, a los 17 años, me sentía muy bien y, al fin, protegida por alguien. Él siempre decía que no permitiría que nadie le hiciera daño a su princesa. A veces, era un poco brusco, porque me decía algunas cosas a gritos o cosas como «estás tonta». Mis amigas me decían que cómo podía aguantar esas salidas de tono, pero a mí, verdaderamente, no me parecían tan mal. Bueno, más bien, no me hacían sentir mal. Era tan genial ser importante para alguien, sentirme querida por primera vez, saber que él estaba preocupado por mí, que las cosas que hacía mal no me dolían. Es más, todo lo bueno que nuestra relación tenía era como que me quitaba el dolor que yo tenía de mi familia. Otra cosa fue cuando empezó a pegarme. Al principio eran collejas tontas de vez en cuando. Pero una vez me pegó bien fuerte. De un rodillazo me partió una costilla. El siempre defendió que se le fue la mano jugando. Mis amigas me dijeron que tenía que ir al médico y dejar a Santi. Ellas lo odiaban, según decía él, porque querían que yo no tuviera novio, como todas ellas. Fui al médico y me vieron la costilla rota. Me preguntaron cómo me había hecho algo así. Les respondí que me había caído de un columpio al que me había subido haciendo el tonto. El médico no se lo creyó mucho, pero lo dejó estar. A la mañana siguiente, me moría del dolor, quería contárselo a mi madre para saber si tenía que darle importancia o no a que Santi hubiera hecho esto. Quería comprobar si mis amigas tenían razón. A mi madre no le parecía mal que estuviera con él, me decía que desde que estaba con él yo molestaba menos y hacía menos cosas raras. Cuando fui a explicárselo a mi madre algo me detuvo en seco. Recordé lo que un año antes me había pasado en el portal. Mi madre no me creería. Me volvería a decir que me estaba inventando problemas en mi relación para que me hicieran caso. Me callé. Era menos doloroso para mí quedarme con la duda de si lo que pasaba con Santi estaba bien que volver a escuchar a mi madre decirme que yo era



 

 

 

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una mentirosa. Y fíjate, así seguí con Santi hasta ahora que tengo 40 años y me he atrevido a venir a terapia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una macabra sincronía: el asesinato de Claudia

 

La mañana del 9 de febrero de 2022 me disponía a recopilar información sobre los casos más graves de violencia en adolescentes, porque quería acabar este capítulo con un apartado sobre ellos. Antes decidí leer la prensa. Con la primera noticia se me heló la sangre. El titular: «Un hombre de 19 años confiesa haber matado a su exnovia, de 17, tras ser detenido en Totana».

 

Dejé pasar unos días para recopilar un poco más de información y para reponer fuerzas. Otro titular: «El cuerpo de la menor, que llevaba un día desaparecida de la localidad murciana, ha sido hallado en el trastero de una vivienda». Desgraciadamente, Claudia se había convertido en la protagonista que ejemplificaba todo lo que tenía pensado contar en tercera persona del plural.

Claudia, como la mayoría de las mujeres, menores o mayores de edad, que están o han estado dentro de una relación en la que corre peligro su vida, no había denunciado. Según las estadísticas del Ministerio de Igualdad de España, en 2021, el 80 % de las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas no lo hicieron. Esta dificultad de percibir el peligro se produce principalmente por tres razones:

La primera es porque resulta inconcebible para una mente sana, a no ser que se conozca a fondo el funcionamiento de un agresor, describir como un potencial asesino a esa persona que nos dice que nos quiere, con la que hemos tenido una relación sentimental, que a veces es el padre de nuestros hijos. El director del instituto en el que tanto Claudia como su asesino estudiaban decía de él, para la prensa: «Era un crío no especialmente problemático, correcto, que estaba repitiendo primero de Bachillerato». Probablemente, y es normal, él tampoco podía imaginarse a su alumno como un asesino. En el caso de las adolescentes esto es especialmente complicado puesto que su agresor es un chico de su entorno, que a veces es especialmente estudioso, deportista, reconocido por los amigos, que encaja todavía menos en el prototipo de un asesino.

 

Reconstruyendo la situación a partir de la información facilitada por los medios, Claudia había dejado a su asesino unos días antes del fatal



 

 

 

 

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desenlace. La tarde en la que se produjo el asesinato había quedado con él. Mi hipótesis es que él le habría insistido mucho para que se produjera el encuentro, probablemente con la excusa de poder devolverle sus cosas. Con esto la convenció para que entrase en el trastero. Claudia pensó que iba a eso, a recoger sus cosas y a zanjar la relación con él. No podía imaginarse lo que su pareja había tramado, incluso aunque hubiera sido consciente de que era un maltratador, algo que nunca sabremos. Muchas mujeres así lo expresan: «Sí le veo capaz de mucho, de pegarme más fuerte todavía, pero de matarme no, eso es otra cosa». Cuando he trabajado con familiares de mujeres asesinadas —el trabajo más duro que he hecho en mi vida, sin lugar a dudas—, me han contado en varias ocasiones que ellos tampoco se podían imaginar al agresor, aun sabiendo que lo era, como un asesino. Y en algunos de estos casos, las mujeres, como Claudia, o quedaron con su asesino a solas o le abrieron la puerta de su casa cuando él llamó al timbre con la macabra intención de matarlas, pero poniendo cara de cordero. ¿Quién no le abriría la puerta a un corderito? Solo quien sabe bien que existen lobos con este disfraz. Lamentablemente, este conocimiento aún no está extendido.

 

El segundo motivo: porque si la violencia lleva ya muchos años en la relación, puede haber anulado y devastado tanto a la mujer que ella está atrapada en el patrón de la indefensión aprendida. Imaginemos que la mujer o la menor ha tenido una victimización anterior por maltrato infantil que ya haya escrito esta respuesta. En ese caso, salir de la relación es misión casi imposible. Y, tercer motivo, porque el agresor puede haber lanzado amenazas tan aterradoras como «De la cárcel se sale, del cementerio no» y, con ellas, la víctima puede haber llegado a creer que verdaderamente es más seguro seguir con él que salir de la relación.

Pero Claudia había roto la relación, aunque sabemos que la violencia no termina porque la relación cese. En la investigación de Díaz-Aguado se les preguntaba a las chicas quién era el chico que ejercía o ejerció violencia contra ellas. Como reflejan los datos en la tabla 4, no es nada desdeñable la cifra de agresores que, una vez rota la relación, siguen ejerciendo violencia; afortunadamente no son todos, pero son bastantes. De ahí la necesidad de denunciar para poder llegar a las víctimas y protegerlas, aunque ya no estén en la relación violenta. Claudia no había denunciado y, por tanto, no entró en el Sistema de Seguimiento Integral de



 

 

 

 

 

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los casos de Violencia de Género español (VioGén), en el que en diciembre de 2021 había 764 casos activos de menores de 14 a 17 años.

 

Tabla 4. ¿QUIÉN ERA EL CHICO QUE EJERCIÓ EL MALTRATO?

 

¿Quién era el chico?

Frecuencia (%)

 

 

El chico con el que salgo

402 (22,4)

 

 

El chico con el que salía

729 (40,7)

 

 

El chico que quería salir conmigo

136 (7,6)

 

 

El chico con quien yo quería salir

123 (6,9)

 

 

 

Precisamente, la ruptura con un agresor es uno de los momentos más peligrosos. Para ser más precisos, no exactamente la ruptura en sí misma, sino el hecho de que el agresor haya detectado que la mujer tiene esa decisión en mente y que es irrevocable. Por este motivo, la mayor parte de los asesinatos que se llevan a cabo cada año son de mujeres que están en relaciones violentas, no de mujeres que han roto. Las tablas 5, 6 y 7 presentan datos del Ministerio de Igualdad.

 

Tabla 5. MUJERES VÍCTIMAS MORTALES POR VIOLENCIA DE GÉNERO EN ESPAÑA, SEGÚN EL TIPO DE RELACIÓN SENTIMENTAL Y DE CONVIVENCIA CON SU PRESUNTO AGRESOR. AÑO 2019

 

Tipo de relación/convivencia

Número

(%)

 

 

 

 

 

Pareja

40

72.7

 

 

 

 

 

Expareja o pareja en fase de ruptura

15

27.3

 

 

 

 

 

Total

55

100.0

 

 

 

 

 

Convivían

36

65.5

 

 

 

 

 

No convivían

13

23.6

 

 

 

 

 

No consta

6

10.9

 

 

 

 

 

Total

55

100.0

 

 

 

 

 

 

Tabla 6. MUJERES VÍCTIMAS MORTALES POR VIOLENCIA DE GÉNERO EN ESPAÑA, SEGÚN EL TIPO DE RELACIÓN SENTIMENTAL Y DE CONVIVENCIA CON SU PRESUNTO AGRESOR. AÑO 2020



 

 

 

 

 

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Tipo de relación/convivencia

Número

(%)

 

 

 

Pareja

35

74.5

 

 

 

Expareja o pareja en fase de ruptura

12

25.5

 

 

 

Total

47

100.0

 

 

 

Convivían

35

74.5

 

 

 

No convivían

8

17.0

 

 

 

No consta

4

8.5

 

 

 

Total

47

100.0

 

 

 

 

Tabla 7. MUJERES VÍCTIMAS MORTALES POR VIOLENCIA DE GÉNERO EN ESPAÑA, SEGÚN EL TIPO DE RELACIÓN SENTIMENTAL Y DE CONVIVENCIA CON SU PRESUNTO AGRESOR. AÑO 2021

 

Tipo de relación/convivencia

Número

(%)

 

 

 

 

 

Pareja

22

50.0

 

 

 

 

 

Expareja o pareja en fase de ruptura

22

50.0

 

 

 

 

 

Total

44

100.0

 

 

 

 

 

Convivían

27

61.4

 

 

 

 

 

No convivían

14

31.8

 

 

 

 

 

No consta

3

6.8

 

 

 

 

 

Total

47

100.0

 

 

 

 

 

 

Ya llegamos tarde para evitar la muerte de Claudia; hemos fracasado como sociedad una vez más. Hasta que no tengamos una sociedad que no genere maltratadores, tal vez podamos evitar otros asesinatos si nos esforzamos por hacer comprensible el peligro que supone un agresor. Debemos contarles a las chicas, a las mujeres, a la sociedad en su conjunto, qué es un agresor y cómo se comporta. Que algunos son capaces de asesinar a su expareja porque les resulta insoportable no tener dominio sobre ella. Que, por tanto, las chicas, las mujeres, durante la ruptura o tras la misma han de protegerse. Y que protegerse supone, si se ha roto la relación, no quedar a solas nunca con el agresor, especialmente los días inmediatamente posteriores a la separación, sobre todo si él no para de insistir —en la



 

 

 

 

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prensa también se recogió que los últimos meses el control del asesino de Claudia se había intensificado mucho especialmente por redes sociales—. Protegerse es no abrirle la puerta de nuestra casa, ni mucho menos acceder a ir con él a un sitio privado en el que sea imposible que nos vean otras personas o pedirles ayuda. Es necesario dar a conocer esta información como forma prevención, para que no haya más Claudias, porque lamentablemente mientras yo escribo este libro, mientras ustedes lo leen, hay hombres y chicos pensando en asesinar a sus parejas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia en la pareja

 

 

 

 

La familia no siempre es un contexto libre de violencia

 

Se considera que la familia es una estructura afectuosa, protectora y adecuada para alcanzar el correcto desarrollo físico y psicológico de los niños y las niñas. Lamentablemente, esto no siempre es así. En todos los estratos sociales existen familias que son entornos violentos, por tanto, lugares inapropiados para crecer, en los que mantener la salud emocional se vuelve una tarea muy complicada.

 

Como ya exponían Gelles y Straus, en 1979, en un artículo sobre los determinantes de la violencia en la familia, cuando en esta hay agresiones físicas, emocionales o sexuales hacia los niños y las niñas, cuando se los maltrata dentro de ella, se convierte en «la institución más violenta de nuestra sociedad con excepción del ejército en tiempos de guerra». Esto es así porque no hay escapatoria, los menores no tienen la posibilidad de salir de este contexto. Además, como personas en desarrollo que no poseen aún un cerebro adulto con las herramientas necesarias para afrontar la vida, se encuentran inermes ante la violencia. Por otro lado, no les es posible saber que las agresiones que sufren no son lo normal, ni mucho menos lo que merecen, ya que es la realidad en la que viven —no conocen otra— y su pensamiento aún concreto y no abstracto tampoco les permite imaginar otras. Frecuentemente, los menores piensan que su padre hace lo correcto, porque los papás son adultos y los adultos tienen razón. Creen que si los agreden es porque ellos son malos o se portan mal, como vimos en los casos reales del capítulo anterior. Este hecho conlleva, asimismo, que les sea muy difícil hablar de lo que les está pasando y pedir ayuda. Por último, sufrir violencia dentro de la familia es tan grave porque los menores dependen de los cuidados de los adultos para desarrollarse y sobrevivir. Por tanto, los niños y las niñas en esta situación se enfrentan a una paradoja: dependen de las personas que los dañan. La misma persona que tiene en su mano la protección que necesitan es quien los hiere. Por esta razón, para acceder al cuidado del adulto, tendrán que negar o minimizar



 

 

 

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la violencia que este ejerce contra ellos, o contra sus madres, o desconectarse del sufrimiento que les genera; de lo contrario, podrían no acercarse a ese adulto, huir de él, y esto es algo que no se pueden permitir.

 

Una tarde de las que mi madre estaba trabajando me corté con un cuchillo mientras me preparaba la merienda. El corte era profundo, nunca había sangrado tanto. Papá estaba en casa; tenía que decirle que me había cortado para que me curara o me llevara al médico. Cuando me iba acercando a él para decírselo, empecé a asustarme porque él solía regañarme muy fuerte y, a veces, me pegaba si hacía algo mal. También pensé que podía gritarle a mamá e insultarla. Mi mano seguía sangrando; tenía que ir al médico, tenía que decírselo. Entonces me pasó algo que me pasa a veces, fue como si no sintiera nada, solo miraba las baldosas del suelo, las contaba mientras avanzaba hacia él. A veces, en clase me distraigo, me voy lejos, mis amigas me dicen que parece que estoy ausente, me asusta un poco esto. Es como si no pudiera sentirme ni sentir lo que pasa dentro de mí.

 

Nuria, 15 años



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un tipo de maltrato infantil: crecer expuesto al maltrato en la pareja

 

Esta violencia contra los menores dentro de la familia puede darse de diferentes maneras, porque hay muchos tipos de maltrato infantil. Uno de los más graves es el que sufren los niños y las niñas que crecen en hogares donde su padre o la pareja de su madre es un maltratador y, por ende, los maltrata a ellos también. Crecer expuesto a la violencia contra la pareja supone sufrir violencia directa, siempre por tres motivos. Son muchos los hombres que maltratan a su pareja y que insultan o pegan también a sus hijos o a los hijos de esta. La Macroencuesta de Violencia de Género de 2019 evaluó si los hijos de las mujeres que habían sufrido maltrato habían, a su vez, sufrido directamente violencia de la pareja agresora de su madre. El 16,8 % de las mujeres que estaban sufriendo violencia de tipo físico, sexual, emocional o que refería sentir miedo (VFSEM) exponía que sus hijos habían sufrido también violencia, y el 32,2 % de las que habían padecido esta violencia de parejas pasadas reconocía esta violencia directa hacia sus hijos. El segundo motivo es que, en muchas ocasiones, la violencia contra la mujer sucede delante de los menores. Presenciar cómo le hacen daño a un ser querido genera mucho estrés y dolor emocional. De nuevo, según la Macroencuesta, el 54,1 % de las mujeres que ha sufrido VFSEM de cualquier pareja, actual o pasada, y tenían hijos en el momento en que tuvo lugar la violencia, afirma que estos presenciaron o escucharon las agresiones. Por último, en las relaciones en las que hay violencia, la madre es la figura de protección de los menores, quien los cuida, quien vela por su bienestar. La seguridad y el sano desarrollo de los menores dependen de ella. El daño que la violencia del agresor causa en la madre puede impedir que cuide a sus hijos adecuadamente. De este modo, el maltratador los priva de los cuidados que necesitan y que él no les va a dar. Además, el agresor genera un fuerte estrés y gran ansiedad en los niños, al hacerles presenciar cómo su seguridad no está garantizada, ya que peligra la integridad de su madre, que es quien se la proporciona.

 

Por otro lado, en relación con el comportamiento del agresor como padre, los profesionales especializados en el trabajo sobre este tipo de



 

 

 

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padre, como es el caso de Bancroft y Silverman, señalan que se trata en general de un padre controlador y autoritario, que modela roles que perpetúan la violencia, poco consistente, que crea divisiones intrafamiliares, que hace uso de los menores para perjudicar a la madre y socava la autoridad de esta frente a los niños.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cuántos menores viven en esta situación en nuestro país?

 

Como se está analizando, no todos los niños y las niñas crecen viendo a su papá tratar bien a su mamá. Muchos menores se desarrollan sin haber observado una relación sentimental entre sus padres basada en el amor y el respeto, en la resolución de los conflictos y problemas sin agresividad, mediante la negociación y el diálogo, en la que no existen los abusos de poder. Pero ¿cuántos son estos niños en el mundo? En España, donde se recoge de un modo muy sistemático esta información, según, de nuevo, datos de la última Macroencuesta, 1 678 959 menores viven en un hogar en el que su madre está sufriendo algún tipo de violencia. Mientras que 265 860 viven en hogares en los que su madre sufre violencia física o sexual dentro de su pareja.

 

Según datos de Naciones Unidas de 2006, el número estimado de menores expuestos a violencia de género por países sería el siguiente: en Canadá, de 85 000 a 362 000; en Reino Unido, entre 240 000 y 963 000: en Estados Unidos, entre 339 000 y 2,7 millones; en Italia, entre 385 000 y 1,1 millón; en Portugal, entre 44 000 y 168 000; en Rumanía alrededor de 300 000. Y si nos fijamos en Latinoamérica y el Caribe, las cifras serían entre 11,3 y 25,5 millones de niños y niñas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Qué viven exactamente los menores que están dentro de relaciones abusivas

 

Save the Children, en el informe En la violencia de género no hay una sola víctima, recoge una clasificación de las formas de exposición a la violencia de género en la pareja que sufren los niños. En esta clasificación, se puede vislumbrar cómo es la vida dentro de la familia de estos menores. Entre los diferentes tipos de violencia, la violencia perinatal es aquella que ejerce el hombre hacia la mujer cuando está embarazada, o bien por acciones violentas directas, como golpes y empujones, o bien por acciones indirectas, como impedirle que lleve a cabo los cuidados necesarios o generarle estrés, angustia o miedo —emociones que sentirá también el feto y que pueden comprometer su sano desarrollo—. Otra es del tipo intervención, que es aquella que sufre el niño cuando, al producirse una agresión contra su madre o al intuir que su padre va a agredirla, intenta distraer la atención del padre para frenar su violencia. Por ejemplo, hay niños que, al empezar a escuchar los gritos del padre, sacan un juego de mesa y piden a los adultos que jueguen, en un intento de detener la violencia, algo que no siempre consiguen con éxito. Cuando el niño se convierte en objeto de la violencia psicológica o física del maltratador en el transcurso de una agresión que inicialmente tenía como objetivo a la madre y no al menor, hablamos de victimización. En otras ocasiones, el agresor utiliza al menor como objeto de su violencia para obligar a la madre a realizar una conducta que ella no desea. Por ejemplo, el agresor le quita al menor un libro que necesita para estudiar un examen y le dice a la madre que no se lo va a devolver hasta que ella no llame a su familia y le diga que no la telefoneen tanto, que dejen de meterse en su matrimonio. Cuando el agresor fuerza o convence al menor para colaborar en la violencia, hablamos de participación. Este tipo de violencia es muy grave, puesto que el menor aprende que la única manera de estar seguro, el modo en el que se reduce su miedo es agrediendo también. El agresor consigue esto diciéndole al menor cosas como «Si no quieres que te dé a ti igual que a tu madre, dile lo imbécil que es», «¿A que tu madre es tonta?, díselo tú, que eres inteligente y fuerte como yo, no un bobo como ella».



 

 

 

 

 

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Y, por supuesto, ser testimonio de las agresiones del padre hacia la madre o escucharlas desde otra habitación es de las más graves. Así como observar las consecuencias inmediatas a la agresión: los menores ven cómo ha resultado herida su madre, cómo ha quedado el lugar donde ha sido agredida o ven llegar a la policía o a la ambulancia.

 

También puede ser que los niños desconozcan los acontecimientos violentos, pero luego se encuentren de modo abrupto todas las secuelas de la violencia. Por ejemplo, es posible que una agresión se haya producido mientras los niños estaban de campamento y que, al volver, se enteren de que su madre está hospitalizada y de que ellos tienen que vivir con su tía. Uno de los casos más graves y duros con los que me he enfrentado en mi carrera profesional fue el de un niño de cuatro años al que su padre recogió una mañana en su casa, en la que vivía ya solo con su madre, y a partir de ahí su vida cambió para siempre. La pareja se había separado hacía unas semanas. El agresor dejó a su hijo en la escuela infantil, regresó a la casa de su expareja con la excusa de recoger unas herramientas que se había dejado, y la asesinó. Después de una mañana normal en el colegio, el niño no volvió a ver nunca más a su madre.

 

Tras esta descripción de lo que supone vivir en un hogar violento, queda claro que la manida frase «Los niños no se enteran de la violencia en el hogar» no es más que un peligroso mito en relación con el impacto que la violencia tiene en los menores. En el informe Violencia de Género contra las mujeres: una encuesta a escala de la UE, se recoge que el 73 % de las madres que han sido víctimas de violencia física o sexual a manos de su pareja indican que al menos uno de sus hijos es consciente de lo que ocurre.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Cómo daña a los menores vivir en un hogar en el que su padre maltrata a su madre?

 

Como ya se ha expuesto, los menores son personas en desarrollo, lo que supone que una acción violenta ejecutada sobre ellos les afecta mucho más que a los adultos. Los hiere en el momento de la agresión y, además, daña su desarrollo posterior. Como explican Barudy y Dartagnan, el desarrollo cerebral depende de los cuidados y de los buenos tratos que las personas recibimos especialmente en la niñez. Si un niño se desarrolla en un ambiente estresante, su cerebro puede sufrir diferentes formas de atrofia y daño cerebral. Un niño que crece en un ambiente en el que constantemente hay discusiones, en el que varios días a la semana ve a su madre llorar, en el que se va a dormir con gritos y golpes de fondo, en el que pasa miedo, podría ver dañado su cerebro, y tener dificultades para que este desarrolle en igual medida las capacidades motoras, afectivas, cognitivas e intelectuales que los niños que viven en un entorno tranquilo, afectivo, agradable y colmado de sensaciones de seguridad.

 

El espectro de consecuencias que pueden sufrir los menores expuestos a la violencia contra la pareja es muy amplio, puesto que va desde lo más grave, que puede ser la muerte del menor —según datos del Ministerio de Igualdad de España, de 2013 a enero de 2021, 49 menores han sido asesinados por sus padres o las parejas de sus madres—, hasta lo más leve, que pueden ser pequeñas secuelas psicológicas.

Entre estos dos extremos podemos encontrar secuelas físicas de mayor o menor intensidad, educativas y de aprendizaje, sociales y de relación, de conducta, en el apego con los propios progenitores o en la manera de establecer vínculos emocionales con iguales o con otros adultos. Estas consecuencias que provoca la exposición a la violencia contra la pareja van a depender de una serie de factores que modulan el impacto mayor o menor de la violencia.

El primero de ellos es el tipo de violencia. Si hay varios hijos, la clase de violencia que sufre cada uno de los hermanos no tiene por qué ser la misma. Por ejemplo, un agresor puede pegar a sus hijos varones y no a las niñas por pensar que eso es de cobardes, o puede pegar a las hijas y no a



 

 

 

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los hijos por considerar que estos son «de los suyos». Otros factores pueden ser la intensidad o la duración de la violencia a la que se está expuesto, y la edad del menor, ya que a menor edad mayor es el daño. Y, por último, la cantidad de herramientas compensadoras de la violencia que pueda tener el menor, externas e internas. El menor puede vivir con su familia, pero pasar cuatro tardes a la semana en una ludoteca del barrio en la que tiene educadores que lo hacen sentir querido, que le proporcionan un «hogar» sustitutivo y unos vínculos afectivos seguros alternativos, y apuntalarse con esto su desarrollo psíquico. El menor puede tener una enorme afición a la lectura, al deporte o a las manualidades y una gran capacidad para abstraerse con estas ocupaciones y amortiguar con ellas, tanto el daño emocional como las heridas, puesto que estas actividades le proporcionan la esperanza de poder tener una vida mejor.

 

En el trabajo de Save the Children anteriormente citado, se expone una clasificación de las secuelas que podemos encontrar en los menores expuestos a la violencia de género dentro de la pareja. Son las siguientes:

 

Problemas de socialización: aislamiento, inseguridad, agresividad y reducción de competencias sociales.

Síntomas depresivos: llanto, tristeza, baja autoestima, aislamiento. Miedos: temores no específicos a la muerte, a perder al padre, a la madre, «presentimientos» de que algo malo va a ocurrir. Alteraciones del sueño: pesadillas, miedo a dormir solo, terrores nocturnos.

Síntomas regresivos: encopresis/enuresis, retraso en el desarrollo del lenguaje, actuar como niños menores de la edad que tienen. Problemas de integración en la escuela: dificultades de aprendizaje o de atención, disminución del rendimiento escolar, dificultades para convivir con otros niños.

Problemas emocionales y de comportamiento: rabia, cambios repentinos de humor, sensación de desprotección y vivencia del mundo como algo amenazante, sentimientos de culpa y de causar los conflictos entre sus padres o de no evitarlos, dificultad en la expresión y el manejo de las emociones, negación o minimización de la situación violenta, normalización del sufrimiento y la agresión como modos naturales de relación, aprendizaje de modelos violentos y posibilidad de repetirlos, tanto de víctima como de agresor.



 

 

 

 

 

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Síntomas de estrés postraumático: pesadillas recurrentes, fobias, ansiedad, reexperimentación de los hechos traumáticos vividos. Parentalización de los niños y niñas: asumir roles parentales y protectores hacia los hermanos menores o con la madre.

 

A esto también tendríamos que añadir problemas de crecimiento y salud: menor desarrollo físico, mayor probabilidad de contraer enfermedades o mayor número de ellas (alergias atípicas, problemas respiratorios como el asma, problemas en la piel, problemas digestivos…).

 

Con toda esta información cae también otro mito, el que mantiene que es perjudicial para los niños privarles de una familia unida y separarlos de su padre. No, cuando la familia es una institución violenta no es mejor para el desarrollo de los menores permanecer dentro de ella. Cuando el padre de los menores agrede a la madre y, por tanto, a ellos también, lo mejor para su desarrollo es alejarlos de la testificación de esta violencia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una secuela difícil de manejar: niños y niñas que se unen afectivamente a un padre que los maltrata

 

Los niños, las niñas, las crías humanas nacen fundamentalmente inmaduras, no pueden mantenerse a salvo por sí mismas y, por tanto, necesitan una figura adulta que las proteja. Esta necesidad hará que los niños intenten mantenerse cerca de sus figuras de cuidado y unidos a ellas. Para esto la evolución nos dotó del vínculo del apego. Los niños nacen predeterminados para construir este vínculo, esta unión afectiva, con las personas que la vida les puso como figuras de cuidado. Para, así, querer mantenerse cerca de ellas y estar protegidos. Los niños sanos nacen con esta tendencia a amar a estas figuras. Esta predisposición a unirse afectivamente a sus papás sigue estando ahí, aunque este ejerza violencia, maltrate a sus mamás o a ellos. Los niños que tienen un padre violento, para construir esa unión afectiva con ellos, necesaria para vivir, van a pagar un peaje muy caro. Tendrán que normalizar la violencia, negarla o bien explicarla diciéndose que su mamá hace algo mal y que por eso ocurre, o que ellos hacen algo mal. Estos niños vivirán con una fuerte confusión, que se produce porque identifican la tendencia a apegarse a su padre con amor hacia él. Y porque se sorprenden a sí mismos «queriéndolo», a la vez que saben que inflige violencia a su madre, a sus hermanos y a ellos mismos, lo que —por tener estas reacciones afectivas

 

— suele generarles una profunda culpa. Para ellos es inmanejable la predisposición a unirse afectivamente a su padre a la vez que sienten el rechazo que les genera la violencia que ven y sufren.

En el documental Veo, veo… ¿tú me ves?, realizado por la Federación de Mujeres Progresistas en colaboración con el Ministerio de Igualdad, muy interesante para comprender la realidad de los menores que son víctimas de violencia de género, se recoge el siguiente testimonio de la hija de un maltratador, que ilustra esta realidad:

 

Yo mi infancia la viví, desde que tengo uso de razón, con mucho miedo. Como desprotegida, como pensando que algo malo iba a pasar. Tenía mucha inseguridad, la autoestima



 

 

 

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baja. Yo, en ese tema (querer a un padre que te ha maltratado), tengo ambivalencia, porque yo no puedo evitar querer a mi padre. No lo puedo evitar y nunca lo he podido evitar… A la gente que no ha tenido un padre le digo que es mejor un padre ausente que un padre presente que está haciendo daño de manera directa, o indirecta, a tu madre. Si mi padre no hubiera estado, yo hubiera crecido con seguridad. Aunque no sé si económica, pero emocional, sí la hubiera tenido.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sufrir violencia en la infancia no es estar abocado a ser un maltratador o una víctima

 

Los estudios realizados sobre la violencia reflejan que estar expuestos a modelos violentos durante la infancia y la adolescencia es un factor de riesgo importante para terminar justificando la violencia, así como para ejercerla o sufrirla en la edad adulta, pero no condena definitivamente a los menores. Es decir, la reproducción de esta violencia es algo que se puede evitar. Lo he visto en muchas de las familias que he atendido. Como sucede en la película La vida es bella, en la que un padre oculta a su hijo que están en un campo de concentración y logra que este viva ajeno a la violencia, he comprobado cómo muchas madres consiguieron hacer imposibles y, a pesar de vivir en un entorno violento, con su cariño, con su dedicación, lograron que sus hijos no fueran dañados por la violencia. ¿Cuál fue el chaleco antibalas emocional que pusieron a sus hijos para lograr tal hazaña? Hablar con ellos, fundamentalmente, y reparar el daño de la violencia diciéndoles que lo que hacía su papá no estaba bien, que estaba equivocado, que ellos no merecían esos insultos que él les profería. Que no merecían ninguno de sus golpes y que ellas los iban a proteger, hasta que finalmente los protegieron del todo saliendo de la violencia. La mayoría de estos menores, a pesar de la violencia, con el esfuerzo ímprobo de sus madres, se pudieron sentir protegidos, queridos y valiosos, gracias a lo cual se desarrollaron bien y se convirtieron en adultos que rechazaban la violencia. Que decían «No en mi nombre» y que condenaron el comportamiento de sus padres, a la vez que no lo perpetuaron.

 

Como mostraron los datos de las investigaciones de Kaufman, J. y Zigler, E. F. (1989), la mayoría de las personas que han vivido la violencia en su familia de origen, alrededor del 67 %, no reproducen dicho patrón en la familia que establecen cuando son adultos. Estas difieren de las que sí lo hacen por cuatro características que deben, por tanto, ser desarrolladas para romper la transmisión intergeneracional de la violencia.

La primera es el establecer vínculos sociales no violentos que ayuden a construir esquemas y expectativas sociales alternativas a la violencia. También hay que rechazar toda forma de violencia, incluyendo el maltrato



 

 

 

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infantil y la violencia de género. Por último, es necesario comprometerse de forma explícita a no ejercer la violencia, y adquirir habilidades alternativas a ella que permitan afrontar el estrés y resolver los conflictos sociales con eficacia.

 

Estas madres «La vida es bella», con el amor a sus hijos y su cuidado, construyeron con ellos un vínculo no violento que fue sentido como una protección que blindó a sus hijos de la violencia. A veces, no son las madres, pero es otro adulto del entorno quien construye este vínculo que protege a los niños: una abuela, un tío, un profesor, una monitora…

Por el contrario, cuando la violencia es mucho más dura e impide que los niños sientan a sus madres como una figura de protección, aunque ellas los estén intentando proteger, las secuelas en los menores suelen ser muy graves. Esta es una de las mayores injusticias de la violencia de género, que también, tristemente, he presenciado en mi trabajo. Si, cuando el padre agrede a su hijo en presencia de la madre, esta no interviene porque sabe que si lo hace el padre le agredirá con más fuerza, el menor entenderá que su padre no lo protege, pero que su madre tampoco. Sentirá, aunque no sea cierto, que su madre lo traiciona porque no lo ha defendido. Si la madre después no le explica a su hijo que, en realidad, sí lo estaba defendiendo, que no hizo nada, no por deslealtad, sino para que la violencia no fuera mayor, el niño se quedará con la sensación de haber sido abandonado o traicionado. Estas sensaciones pueden dañar profundamente la vinculación entre el niño y la madre y sumir a este en una profunda soledad, porque ni quien lo cuida, su madre, lo hace sentir querido y protegido. Estas situaciones tienen un impacto en el desarrollo emocional muy grave en los menores, y las probabilidades de que esto sí reproduzca la violencia en el futuro son altas. Por eso, es tan importante explicarles a las madres que, aunque no puedan detener la violencia o proteger a sus hijos en el momento, sí pueden hacerlo después hablando con ellos y explicándoles lo sucedido. Que no basta con que ellas estén protegiendo a sus hijos, sino que tienen que lograr que ellos lo sientan así. Igualmente, es importante apoyarlas y acompañarlas para que tengan las fuerzas que las muevan a hacer estas intervenciones con sus hijos, puesto que la violencia a la que están sometidas se las arrebata. Asimismo, si su madre está muy debilitada por la violencia, se tiene que facilitar a los menores un tutor que les aporte resiliencia. Es decir, ese adulto que les dé seguridad y protección emocional, en el que puedan apoyarse y gracias al cual se desarrollen



 

 

 

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sanos, porque, como se recoge en el Informe sobre violencia contra los niños y las niñas, del experto independiente Paulo Sérgio Pinheiro de Naciones Unidas:

 

La violencia que los menores experimentan en el contexto del hogar y la familia puede tener consecuencias para su salud y desarrollo que duran toda la vida. Pueden perder la confianza en otros seres humanos, que es esencial para el desarrollo normal. Aprender a confiar desde la infancia a través de los lazos familiares es una parte esencial de la niñez y está estrechamente relacionado con la capacidad de amar y sentir empatía en las relaciones futuras. A un nivel más amplio, la violencia puede atrofiar el potencial de desarrollo personal y representar costes elevados para la sociedad en su conjunto.

 

Por lo que la mejor intervención que podemos desarrollar, si estamos al lado de niños y niñas que sufren la violencia, es garantizarles que tengan al menos una persona permanente a lo largo de su desarrollo en la que puedan confiar, para que no pierdan la confianza en el ser humano y construyan así su capacidad de amar, que los alejará de la violencia en el futuro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hablar o no con los menores de la violencia que sufren en casa

 

Las personas no estamos preparadas para vivir en la mentira, ni en un entorno incoherente. Los niños que están expuestos a la violencia la van a percibir, por mucho que se trate de ocultar. Si les mentimos y les decimos «No, en casa no pasa nada», «Nuestra familia va bien; papá y mamá se quieren mucho, solo discuten a veces», les estamos negando la realidad, una realidad de la que son perfectamente conscientes. Cuando a los niños les negamos la realidad, aumentamos la probabilidad de que tengan problemas psicológicos y de que sean incapaces de adaptarse exitosamente al mundo.

 

Por tanto, es importante hablar de manera sincera de estas agresiones con los niños, de lo que ha hecho su padre, adaptándolo a su edad. La recomendación sería explicarles que las personas mayores a veces se equivocan y a veces hacen cosas mal. Que gritar, insultar y pegar siempre está mal, y es peor hacerlo con las personas que queremos, que son nuestra familia. Pero algunas personas mayores hacen mal todo el tiempo algo que tendrían que hacer bien. Si su papá ha pegado y ha insultado, esto está mal y él es el único responsable de no haber tratado bien a mamá o a sus hijos.

 

Es fundamental explicarles a los niños que, si un papá no sabe comportarse bien y no para de emitir conductas agresivas, lo adecuado es demostrarle que él está equivocado. Lo correcto es cesar la convivencia con él para que se pueda dar cuenta de que está haciendo las cosas mal, que eso no es abandonarlo, sino ayudarle y quererlo. Para que pueda reparar su corazón, que no funciona bien, primero tiene que darse cuenta de que algo anda mal en él. Si se permanece a su lado, dándole más del amor que le ha dado mamá, ese tipo de problemas no se curan. Se curan cuando papá reconoce que lo que ha hecho está mal, que es solo culpa suya, y trabaja mucho para cambiar. Además, lo correcto es que los niños puedan vivir en un entorno sin violencia para que su corazón pueda crecer sano y no le pase como al de papá, que no se desarrolle bien y no sea capaz de amar.



 

 

 

 

 

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Violencia vicaria, la violencia más severa

 

El 30 de diciembre de 2021 se produjo en el centro de Madrid otro terrible caso de violencia vicaria, ese tipo de violencia que un maltratador ejerce contra las personas queridas de la víctima para herir a esta. Un hombre francés, en trámites de divorcio con la madre de su hija de tres años, mató a la pequeña en su domicilio y posteriormente se suicidó. Como ya se ha explicado, los hombres que maltratan a sus parejas no responden a un perfil social, económico, cultural, ni patológico concreto, ni sufren trastorno mental, ni pertenecen a minorías. Los padres asesinan a sus hijos para imponer un maltrato mayor y más profundo a sus exparejas. El asesino de esta menor era fotógrafo y, según declaraciones de sus vecinos a la prensa, un poco antipático con la gente, cariñoso en público con la niña, padre en una familia que, aparentemente, había sido normal.

 

Esta menor no fue la única. Antes que ella, en 2021, otros seis menores habían sido asesinados por sus padres o por las parejas de sus madres solo en España. ¿Qué se le puede pasar a un hombre por la cabeza para matar a su hija de tres años? Se le pasa por la cabeza querer hacer más daño a su pareja por haberlo dejado, seguir dominándola a pesar de no estar con ella. Se le pasa por la cabeza impedirle llevar una vida libre y feliz.

 

En este ejercicio de poder, los agresores cosifican a sus hijos. Su deseo de imponer que la vida de sus exparejas, si no es con ellos, sea absolutamente desgraciada, hace que transformen a sus hijos en meros instrumentos para hacerles daño. Por encima de todo está el apoderarse del alma de la mujer, y no el amor que puedan tener por sus hijos, si es que tienen algún tipo de amor. Lo más habitual es que los agresores de la violencia vicaria usen a los hijos en este ejercicio, pero también pueden usar a los padres, los hermanos o los amigos, a cualquier persona emocionalmente importante para la mujer.

Uno de los casos más graves que he atendido en mi trayectoria profesional fue el de una mujer que, cuando decidió emigrar de su país a España, su expareja prendió fuego a su casa sabiendo que la hija de ambos estaba allí sola. Afortunadamente, la menor sobrevivió, pero quedó desfigurada para siempre. Sus cicatrices parecían el intento del agresor de



 

 

 

 

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hacer sentir eternamente culpable a la víctima diciéndole: «Si no hubieras decidido irte, si no me hubieras desobedecido, tu hija no estaría así. Tú eres la culpable de su dolor de ahora en adelante». Si queremos proteger a las mujeres y a los menores de esta violencia vicaria, debe entrar en nuestro imaginario que un padre es capaz de matar a sus hijos para dañar a la madre. Hacerlo es necesario para poder detectar estos casos, como el del padre de las menores asesinadas en Tenerife en abril de 2021. Un padre como este, que desde su separación descalifica a su expareja por haber rehecho su vida, que no acepta ni soporta que ella tenga una nueva relación sentimental, puede ser un padre que contemple matar a sus hijas para hacer daño a la madre por increíble que nos parezca.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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De la invisibilidad de la violencia contra las mujeres al reconocimiento del problema

 

El 16 de febrero de 2022, una semana después del asesinato de Claudia, la revista médica británica The Lancet publicó el estudio más completo realizado hasta el momento sobre la prevalencia de la violencia contra la mujer en la pareja, que se basaba en los datos de la Organización Mundial de la Salud de 2018. Un día antes de esta publicación, otra menor, Khawla, de 15 años, fue asesinada, esta vez en Jaén, por un hombre de 22 que llamó a la policía para confesar el crimen. Otro feminicidio por el simple hecho de ser mujer. No solo son Claudia y Khawla, en el mundo existen más de mil millones de «Claudias». Este es el número de mujeres a las que sus parejas han pegado, amenazado, gritado o violado en algún momento de su vida en el mundo, según la investigación llevada a cabo por la revista científica británica. The Lancet se suma a muchas otras organizaciones, como Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, Amnistía Internacional, la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, etcétera, que tratan de evidenciar el alcance epidémico de la violencia que sufren las mujeres en todo el mundo. Esta es una prueba de que se está avanzando en la lucha contra este tipo de violencia, de que el mundo pelea para impedir que se silencie u oculte. El primer paso para conseguir erradicarla es un compromiso político global inexorable.

 

Sin embargo, nos hallamos en un momento histórico en el que está cobrando fuerza, a nivel mundial, el movimiento contrario. A pesar de la contundencia de las cifras procedentes del estudio científico de entidades mundiales de esta relevancia, siguen existiendo personas y organizaciones, algunas con fuerte calado político, que tratan de negar esta violencia o su envergadura. Son voces que defienden que las mujeres ya no sufren discriminación laboral, académica ni salarial, que ya tienen la libertad suficiente para poder llegar profesionalmente donde quieren si se esfuerzan. Mientras tanto, los ministerios de muchos países crean campañas para alcanzar la igualdad de género en la ciencia, dado que los estereotipos de género afectan a las niñas haciéndoles sentir incapaces frente a las matemáticas y desestimar carreras de ciencias. Natalia Ayuso ha encontrado este fenómeno en sus investigaciones desde la Universidad



 

 

 

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de Zaragoza y, también, ha sido recogido recientemente en un estudio publicado en 2017 en la revista Science.

 

Aún hay personas y organizaciones que expresan que la violencia contra las mujeres en la pareja es algo que ya no pasa, o que no pasa en Occidente, que puede ser real, pero en África o en Asia. Volviendo a las cifras de The Lancet, el 27 % de la población femenina mundial entre 15 y 49 años ha sufrido violencia en la pareja. Y una de cada siete mujeres ha sufrido este tipo de violencia en el último año.

 

La violencia contra las mujeres, como cualquier forma de violencia, es una violación de los derechos humanos. Este es un tema para el que, en lugar de voces, son necesarios datos e investigación, en el que es peligroso negar lo que la ciencia, esta vez con The Lancet a la cabeza, pone sobre la mesa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cómo se sacó de la invisibilidad a la violencia de género

 

Son muchas las pensadoras que, desde hace muchos siglos, a lo largo de nuestra historia —Aspasia de Mileto en la Grecia clásica, Christine de Pizan en la Edad Media, Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges en el siglo XVIII, Sojourner Truth en el siglo XIX—, denunciaron la discriminación y la violencia que sufrían las mujeres. Autores como Condorcet en el siglo XVIII y Stuart Mill en el XIX se sumaron a esta denuncia. Desde que el feminismo moderno cobró fuerza en el siglo XVIII, se lucha por los derechos de la mujer y por la erradicación de la violencia. Sin embargo, la violencia contra la mujer en las relaciones de pareja como uno de los asuntos centrales de la lucha feminista apareció un poco más tarde. El movimiento feminista de mediados de la década de 1960 en Estados Unidos y en algunos países de Europa Occidental convirtió la identificación de la prevalencia del maltrato a las mujeres en la pareja y la protección de estas mujeres en una prioridad. Esta lucha llevó a que en 1970 las Naciones Unidas considerasen la erradicación de la violencia contra la mujer (en todas sus manifestaciones) como una de las estrategias más importantes. Las investigaciones en Estados Unidos sobre la incidencia del maltrato en la pareja en la década de 1980 arrojaron cifras alarmantes. En el libro Hand Book of Family Violence, compilado por V. B. Van Hasselt en 1988, se definió el maltrato en la pareja como un problema de magnitud epidémica, con 1,6 millones de mujeres casadas en Estados Unidos que sufrían graves agresiones por parte de sus maridos y con un índice del 33 % de los feminicidios cometidos por las parejas o exparejas de las víctimas. Toda la presión social que generó sacar a la luz el maltrato a la mujer en la pareja y en otros contextos sigue motivando que desde la ONU se trabaje contra la violencia de género. A partir de 1975, se celebraron diversas conferencias mundiales sobre la mujer. La primera, la «Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer», se celebró en Ciudad de México. En ella se definió un plan de acción mundial con el fin de llevar a cabo un amplio conjunto de directrices para el progreso de las mujeres hasta 1985. En 1980, en Copenhague, se celebró



 

 

 

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la «Conferencia Mundial del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer». Su objetivo era examinar los avances realizados hacia el cumplimiento de los objetivos de la primera conferencia mundial, especialmente los relacionados con el empleo, la salud y la educación. En 1985, se celebró en Nairobi y, en 1995, en Beijing. A partir de Beijing, se han realizado diversas evaluaciones de los objetivos allí definidos. Por su parte, la OMS, en la «49.ª Asamblea Mundial de la Salud» en 1996, reconoció la violencia contra las mujeres como un problema de salud pública creciente en todo el mundo y la identificó como un factor crucial en el deterioro de la salud de las mujeres, tanto por su magnitud como por sus consecuencias.

 

En Europa, el 11 de mayo de 2011 nació el Convenio del Consejo de Europa sobre Prevención y Lucha contra la Violencia contra las Mujeres y la Violencia Doméstica, más conocido como Convenio de Estambul. Este es el instrumento jurídico internacional de ámbito continental más importante para prevenir y luchar contra todas las formas de violencia hacia las mujeres. Entró en vigor el 1 de agosto de 2014. Actualmente, lo han firmado 46 países europeos y ratificado 33, entre ellos, España. Inicialmente Turquía lo firmó, pero el 1 de julio de 2021 retiró su adhesión. Países como Polonia y Hungría valoran retirarse del Convenio y la República Checa rechazó ratificarlo en 2020.

 

El principal logro de toda esta legislación internacional y de nuestra ley nacional ha sido sacar de la esfera privada la violencia contra las mujeres. En las sociedades democráticas, uno de los objetivos principales de los Estados es velar por mantener una convivencia pacífica entre sus ciudadanos, así como la protección de estos. Por este motivo, cualquier manifestación de violencia es un asunto público. Por tanto, luchamos contra el terrorismo político, nacional o internacional y, de la misma manera, debemos luchar contra el terrorismo hacia las mujeres en las relaciones de pareja.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué la violencia contra las mujeres ha estado presente durante toda nuestra historia como civilización?

 

Aristóteles consideraba que la parte intelectiva del alma femenina era débil, por lo que necesitaba de supervisión masculina, y que las mujeres eran seres humanos defectuosos. En su tratado Política definió a los ciudadanos como aquellos que podían participar en el poder político y establecía que la mujer nunca podría convertirse en ciudadana, a diferencia de los extranjeros y los esclavos. Aristóteles no era una excepción ni de su siglo, el I a. C., ni de los diecinueve siguientes, puesto que la definición dominante de las mujeres hasta que el feminismo consiguió que fueran reconocidas como seres iguales en valor a los hombres, con las mismas capacidades y, por tanto, con los mismos derechos, fue parecida.

 

Desde el comienzo de la historia de nuestra civilización, las mujeres fueron definidas como seres inferiores a los hombres. Por eso, todo lo relacionado con ellas fue considerado también de menor valía y relevancia. Desde el principio de nuestros orígenes culturales, se creó una descripción de hombres y mujeres, a partir de esta supuesta inferioridad femenina, que hemos denominado «género». Se creó una división del mundo con base en el género masculino y el femenino. El género femenino fue definido con las siguientes características: debilidad, emotividad, fragilidad, menor racionalidad, menor capacidad intelectual y de liderazgo, pasividad y tendencia al cuidado, al cariño, a lo sentimental y a lo doméstico. Mientras que el género masculino fue definido como racional, capaz, valiente, fuerte, duro, orientado al espacio público, al liderazgo y a la acción. El género, como conjunto de características psicológicas y cognitivas que la sociedad ha asignado a hombres y mujeres, es una construcción. En contraposición, el sexo son las características biológicas con las que nacemos por el hecho de presentar una determinada configuración sexual genética y hormonal. A partir de las mínimas diferencias sexuales entre hombres y mujeres, se creó esta construcción social arbitraria y discriminatoria hacia las mujeres, que es el



 

 

 

 

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género, que no tiene una base ni científica ni racional. El que las mujeres, por tener unos determinados genitales, tengan unas características y los hombres, por tener diferentes genitales, otras, es algo inventado por la cultura.

 

Una vez creados los géneros, se otorgaron unos roles diferenciados y acordes a estos a los hombres y a las mujeres. Así, se situó a la mujer a cargo del cuidado doméstico, al servicio del hombre y de la descendencia. Y al hombre al servicio de la sociedad, de crear progreso científico y artístico dentro de ella, y de sí mismo como individuo inteligente y capaz. Este reparto, estos roles, como dijo Judith Butler, también se han construido socialmente y no se han fijado biológicamente. Este papel otorgado a la mujer en la sociedad se traslada a la pareja. Es decir, se la sitúa al servicio del marido. Se define que el sentido de su vida es la entrega a su cuidado. Un ejemplo extremo de esta idea son prácticas culturales como el sati en la India, tradición que obligaba a las mujeres que enviudaban a suicidarse lanzándose al fuego con el cadáver de sus maridos, puesto que se consideraba que su vida ya no tenía sentido sin él.

 

Este vivir como mujer entregada a un hombre coincide a la perfección con lo que busca un agresor en una relación de pareja. La violencia contra la mujer en la sociedad y en la pareja es la consecuencia de llevar al extremo esta definición de las mujeres y de su papel. Además, la violencia es el instrumento para poder situar a la mujer en ese papel y es un obstáculo para poder alcanzar la igualdad. Los agresores de hoy no hacen sino seguir lo que sus predecesores defendieron. En cada agresor del siglo XXI continúa siendo actual un pasado muy lejano.

 

Geoffrey de la Tour Landry, noble francés del siglo XIV escribió un libro para la educación de sus hijas, Livre pour l’enseignement de ses filles (1371-1372), en el que daba consejos como este a las mujeres desobedientes:

 

Este es un ejemplo para que toda mujer sufra y aguante pacientemente, para que no pelee con su esposo o le conteste ante extraños, como hizo una vez una mujer que contestó a su marido ante extraños con malas palabras; él la tumbó con su puño; con el pie le pegó en la cara y le rompió la nariz… Esto le vino por la lengua que usó para hablar a su marido, o mejor amo, ya que a este se debe.



 

 

 

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En 1762, Rosseau publicó su célebre libro sobre educación, Emilio, o De la educación. Veamos qué consejos propone en él:

 

La educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres, complacerlos, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he aquí los deberes de las mujeres en todos los tiempos y lo que se les debe enseñar desde su infancia. En tanto que no nos remontemos a este principio, nos apartaremos del objetivo y todos los preceptos que se nos den no servirán de nada para su dicha ni para la nuestra.

 

Pero no solo Rosseau como icono de la Revolución francesa defendía estos planteamientos; en general, lo siguieron sus coetáneos. Por eso, en 1791, Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, como contrapartida a los Derechos del Hombre y el Ciudadano redactados tras la Revolución francesa.

 

¿Por qué cuando se estudia a los grandes pensadores y filósofos de la historia, cuando se exponen sus ideas, no se dice lo que pensaban sobre las mujeres? Por ejemplo, veamos qué decía Friedrich Nietzsche:

 

El hombre debe considerar a la mujer como propiedad, un bien que es necesario poner bajo llave, un ser hecho para la domesticidad y que no tiende a su perfección más que en esta situación subalterna.

 

Como hemos analizado, en las bases de la violencia contra las mujeres, todas sus manifestaciones son socioculturales. Cierto es que, como sociedad, no hemos sido capaces de acabar con este abuso machista contra la mujer. Pero a nuestro favor, como civilización, hay que decir que acabar con un problema presente desde hace 2000 años no es fácil y que requiere más que los aproximadamente 150 años de lucha feminista organizada que lleva nuestra historia. No es que toda la lucha por la igualdad no haya funcionado, porque está funcionando; si no, no existiría este libro o no se habrían creado leyes para erradicar la violencia. Si no, no se desarrollarían programas de educación igualitaria y no sexista; las mujeres no habrían conquistado los mismos derechos que los hombres y no se investigaría la



 

 

 

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prevalencia del maltrato sino que se consideraría lo normal y lo adecuado. Claro que ha funcionado. Pero, al mismo tiempo, aún queda mucho por hacer, no por falta de eficacia de lo que se ha hecho, sino por falta de tiempo para un cambio social tan inmenso.

 

La cultura es nuestro ADN. De la misma manera que las células construyen nuevas células a partir de lo que su código genético tiene escrito, la sociedad construye individuos a partir de lo que tiene escrito en la cultura. Y aquí se inicia un proceso que es social y a la vez psicológico. Como vimos en el capítulo «Daño psicológico, tratamiento y ayuda a la víctima», si la cultura ha creado un ADN que tiene escrito que los hombres no deben expresar sus emociones y deben ser los que mandan, los padres criarán a sus hijos varones del siguiente modo: les retirarán el cariño y los regañarán si conectan con su mundo emocional. Si estos niños quieren cariño, y lo querrán porque es una necesidad primaria, se desconectarán de su mundo emocional para conseguirlo. Sin conectar con el mundo emocional, no se pueden desarrollar las capacidades emocionales y, sin estas, no es posible amar. No es posible cuidar, no es posible estar de igual a igual, ni en el mundo ni en la pareja. Estos niños, cuando lleguen a la adolescencia, empezarán a escuchar mensajes machistas que tendrán sentido con sus vivencias. Por lo tanto, serán los que usarán para construir su ideología. Una ideología machista sobre una base emocional machista. Estos niños se harán hombres que entenderán que ser amados es ser obedecidos, que las cosas van bien en su pareja cuando la tienen bajo control y dominio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Motivos para tener esperanza: la violencia no es una fatalidad biológica, sino un producto cultural

 

A pesar de los datos tan duros que hemos analizado durante este libro, hay motivos para la esperanza. Hay dos que son los principales. El primero, que la etiología de la violencia es social, es decir, no es una predestinación biológica; por tanto, si cambiamos las ideas y los valores culturales basados en el machismo por otros fundados en la igualdad, la erradicaremos. El segundo, que las medidas educativas funcionan y están funcionando. El sexismo se aprende desde la infancia y la igualdad también; así que, si educamos en igualdad, tendremos un mundo más libre de violencia.

 

La investigación de Díaz-Aguado mostró que la mayoría de los adolescentes creían en la igualdad, una idea que, desde luego, hace cincuenta años, en nuestro país, no era la norma. Además, este estudio comprobó que cuando se aplicaban programas educativos para prevenir la violencia de género y para fomentar la igualdad, los adolescentes que suscribían valores igualitarios aumentaban.

Los datos de The Lancet también lo muestran de alguna manera, porque la incidencia de la violencia en la pareja no es igual en todos los países del mundo. Europa central es la región con menos incidencia: un 16 %. En otros lugares, esa cifra se multiplica hasta por cuatro, como en Oceanía (49 %) o en África Subsahariana Central (44 %), las dos regiones con las cifras de violencia más elevadas. España está ligeramente por debajo de la media europea, con un 15 %. En Europa contamos con una tradición de lucha por los derechos de la mujer fuerte y en España se están invirtiendo muchos recursos en este ámbito. Esto ha supuesto que los avances en igualdad en los últimos treinta años hayan sido notables; solo tenemos que echar la vista atrás a esos tiempos oscuros en los que nadie tenía derecho a nombrar la violencia que tenía lugar dentro de una casa, por delictiva que fuera. Aún nos queda mucho por hacer y, de no continuar en esta línea o si toman fuerza las corrientes que niegan la violencia, podríamos sufrir retrocesos. Como probablemente ocurra en los países que no ratifican el Convenio de Estambul.



 

 

 

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Pero los incuestionables logros alcanzados hacen que haya muchos motivos para la esperanza. Empleémosla para seguir recorriendo el camino que todavía queda; para que llegue ese año en el que ninguna mujer sea asesinada por su pareja, en el que nos hayamos olvidado de que teníamos estadísticas oficiales para medir los feminicidos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Olga Barroso Braojos es psicóloga y cuenta con una amplia trayectoria en la atención a mujeres supervivientes del maltrato en la pareja. Durante trece años ha coordinado y ha sido una de las psicólogas de diferentes recursos especializados en violencia de género del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid. Es también autora de diferentes libros dentro del ámbito de los buenos tratos a la infancia y la educación igualitaria. Destacan Ni Rosa ni Azul, pautas para educar en igualdad y Los pájaros Arcoíris, cuento para prevenir la violencia de género y promover la igualdad entre niños y niñas.

 





FIN

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