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© Libro N° 14621. La Liga Spartakus. Luxemburgo, Rosa. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © La Liga Spartakus. Rosa Luxemburgo

 

Versión Original: © La Liga Spartakus. Rosa Luxemburgo

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA LIGA SPARTAKUS

Rosa Luxemburgo


 

 

 

 

La Liga Spartakus

Rosa Luxemburgo

 

 

 


 

 

 

 

 


Este cuaderno contiene los textos «Rosa Luxemburg, el espartaquismo y la fundación del Partido comunista alemán», de Gilbert Badia, «Nuestro programa y la situación política» y «El orden reina en Berlín (Testamento político)», de Rosa Luxemburg, «Los objetivos de Spartakus (Programa de la Liga Spartakus)», «¡A pesar de todo! (Testamento político)», de Karl Liebknecht, así como una «Cronología de la revolución alemana» y un listado de las «Organizaciones políticas alemanas que declaraban ser expresión de los intereses de la clase obrera» en dicha época.



 

 


 

Rosa Luxemburgo

 

La Liga Spartakus

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 05.12.2025






 

Rosa Luxemburgo, 1976

 

Traducción: Bernat Muniesa i Brito

 

Revisión: Michael Faber-Kaiser

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

GILBERT BADIA

 

ROSA LUXEMBURG,

 

EL ESPARTAQUISMO Y LA FUNDACION DEL PARTIDO COMUNISTA ALEMAN[1]

 

 

 

 

 

 

Hace justamente medio siglo que fue fundado en Berlín, durante el Congreso celebrado entre el 30 de diciembre y el 1 de enero de 1919, el Partido comunista alemán —KPD—, el primero de los partidos comunistas nacido en un país económicamente muy desarrollado. Quince días más tarde, Karl Liebknecht y Rosa Lüxemburg, que habían desempeñado un papel determinante en el nacimiento del KPD —en este sentido cabe recordar que Rosa Luxemburg redactó el programa, que luego comentaría en un célebre discurso—, serían asesinados por los oficiales de una de las unidades que bajo la autoridad de Noske rastreaban la capital a la caza de los revolucionarios berlineses.

 

En las páginas que siguen, vamos a intentar abordar algunos de los problemas planteados por aquellos acontecimientos. Para nosotros, se trata menos de conmemorar un aniversario, a pesar de su importancia, que de analizar de nuevo unas cuestiones que hoy siguen siendo actualidad. En los medios universitarios y estudiantiles vuelven a interesar extraordinariamente —y no sólo en Francia— el pensamiento de Rosa Luxemburg, la revolución alemana y la experiencia de los espartaquistas.

Hay cierto número de cuestiones que vienen siendo objeto de controversias desde hace años. En 1931, tras condenar Stalin abruptamente la acción de la Izquierda socialdemócrata en Alemania[2], la mayor parte de los historiadores comunistas dejaron de interesarse por este período y los nombres de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, entes asociados cada mes de enero (el de su muerte) al de Lenin, apenas eran ya mencionados. Únicamente se les citaba en artículos de carácter conmemorativo, para



 

 

 

 

 

 

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destacar su coraje revolucionario, sin analizar sus planteamientos y sus concepciones.

 

Sin embargo, ahora, en Polonia, en Alemania, en la U.R.S.S., en Italia, en Gran Bretaña y en Francia, los historiadores se interesan nuevamente por el pensamiento y la acción de aquellos revolucionarios[3]. Y ese renovado interés coincide con la posibilidad de investigar archivos hasta hace muy poco tiempo difícilmente accesibles. Nuevos documentos entran en juego. Se hacen menos interpretaciones y se analizan más directamente los textos. Se habla ya menos de «luxemburguismo» y más de las ideas de Rosa Luxemburg, expuestas en artículos y cartas recientemente publicadas, que habían permanecido inéditas.

 

 

* * *

 

Durante mucho tiempo, especialmente en Alemania occidental, se ha pretendido presentar al espartaquismo como un movimiento casi sin importancia, alegando lo reducido del número de sus militantes como prueba de su debilidad. Pero esta debilidad, aunque real, ha sido exagerada sin fundamento e incluso con cierto placer. El historiador germano-occidental Kolb estima que «el núcleo activo de los espartaquistas era como máximo de mil personas»[4]. Por otra parte, Ossip K. Flechtheim ha escrito que el KPD, en el momento de su fundación, no disponía en Berlín más que de una cincuentena de miembros[5], lo cual es una valoración sencillamente ridícula. Y en cuanto al estudio de Kolb, llega incluso a precisar que en el momento de Ja fundación del KPD solamente un militante espartaquista desempeñó un papel digno de figurar en el «núcleo activo».

 

Es un hecho indiscutible que el movimiento espartaquista no pudo compararse nunca, en cuanto a número de militantes, con el grupo de los Mayoritarios, ni siquiera con el de los Independientes. Pero a partir de finales de 1914, los futuros espartaquistas comenzaron a desplegar una gran actividad, difundiendo centenares de miles de folletos y octavillas[6], que llegaron a movilizar considerables masas de la población. Así, en abril de 1915 los nueve mil ejemplares del primer número de Die Internationale fueron vendidos en pocas horas. El Primero de Mayo de 1916, a la llamada de los espartaquistas respondieron miles de manifestantes —creemos que



 

 

 

 

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por lo menos unos cinco mil— convocados en la Potsdamer Platz de Berlín. Cuando Rosa Luxemburg salió de la cárcel, en febrero de 1915, la esperaban cerca de mil personas. El 23 de noviembre de 1918, día en que Karl Liebknecht llegó a Berlín después de su liberación, lo recibieron en la estación unas veinte mil personas en un ambiente triunfal.

 

Durante toda la guerra, perseguidos, encarcelados, obligados a actuar en la clandestinidad, los espartaquistas tuvieron enormes dificultades para organizarse. Después de la revolución del 9 de noviembre, cuando en teoría todavía formaban parte de la USPD (socialistas independientes), consiguieron movilizar, durante los días 8, 16 y 24 de diciembre, en Berlín, a unas masas de varias decenas de miles de manifestantes (concretamente unas doscientas cincuenta mil personas el día 16).

Siempre ha sido muy difícil evaluar de manera exacta el número de personas que en un momento determinado se han manifestado por las calles. Pero en el caso que nos ocupa, lo que resulta indiscutible es el progreso de los votos espartaquistas (comunistas) y socialistas de izquierda (independientes) en las diversas elecciones realizadas a partir de 1919, a pesar del sangriento golpe que Noske y sus cuerpos francos proporcionaron a la actividad espartaquista hacia mediados de enero de aquel año[7]. Desde el punto de vista electoral su avance fue indudable, y aún más evidente por parte del USPD. De todos modos, es necesario tener en cuenta que por lo menos durante todo el año 1919, e incluso hasta el Congreso de unificación celebrado en 1920, muchos de los futuros comunistas militaban todavía en el USPD. Tales serían los casos, por citar solamente dos, de Clara Zetkin y de Thälmann. Así, al igual que no puede negarse la radicalización de las masas obreras alemanas, tampoco puede negarse el rápido progreso de los espartaquistas (comunistas).

 

Ese progreso no fue casual, así como tampoco fue un hecho fortuito la popularidad alcanzada y reconocida por todos —incluido Kautsky[8]— de los dirigentes del espartaquismo. Popularidad que tiene su explicación en los trabajos de desarrollo teórico y en el constante esfuerzo de clarificación que los espartaquistas llevaron a cabo entre las masas después de 1914. Contra la política de la «Unión Sagrada» practicada por la mayoría de la socialdemocracia, ellos analizaron incansablemente el verdadero carácter de la guerra, presentada por los Mayoritarios como una guerra defensiva, en tanto que los espartaquistas la denunciaban como una «guerra imperialista del más bello estilo» (K. Liebknecht).



 

 

 

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En 1910 Rosa Luxemburg denunciaba ya el oportunismo de aquél que todavía era considerado como el mejor teórico de la II Internacional: Karl Kautsky.

 

En 1915 le acusó de ser «el teórico de la confusión, que ha degradado la teoría hasta convertirla en un fiel servidor de la práctica de la dirección del Partido socialdemócrata»[9], poniendo así de manifiesto el peligro que significaba el oportunismo para el movimiento obrero. Todos los espartaquistas insistían en la necesidad de clarificar las causas del desmoronamiento de la Internacional y de la traición de la socialdemocracia en agosto de 1914.

 

No solamente aconsejaban a los parlamentarios socialdemócratas del ala izquierda que rechazaran los créditos militares, siguiendo con ello el ejemplo de Liebknecht en la jornada del 2 de diciembre de 1914, sino que además procuraban desplazar el poder de decisión del Parlamento a las calles. Apelaban a las masas para que pasaran a la acción, poniendo como ejemplo a Liebknecht, el cual, en la Potsdamer Platz de Berlín, el Primero de Mayo de 1916, clamaba «¡Abajo la guerra! ¡Abajo el Gobierno!», por lo que fue arrestado y condenado a cuatro años de presidio. En todos estos puntos, los espartaquistas diferían radicalmente no sólo de los Mayoritarios, sino también de los Centristas.

 

Investigando documentos a menudo inéditos[10], el historiador germano-oriental Heinz Wohlgemuth llega a la conclusión de que, entre 1915 y 1918, los dirigentes espartaquistas mantenían posiciones análogas a las de Lenin en lo referente a numerosas cuestiones, o en cualquier caso estaban muy próximos[11] —sus puntos de vista coincidían acerca del carácter de la guerra, de la necesidad de separarse de los «socialchovinistas» y de la necesidad de tomar el poder—. Sin embargo, contrariamente, Wohlgemuth no señala las divergencias que subsistían entre Lenin y los espartaquistas. En lo esencial, los dirigentes del espartaquismo denunciaban la guerra imperialista siguiendo la consigna de «guerra a la guerra», sin recoger la tesis leninista de transformar la guerra imperialista en guerra revolucionaria. Finalmente, y esto es importante, hasta fines de 1918 no quisieron separarse orgánicamente de las otras corrientes políticas opuestas a la dirección socialdemócrata. Ellos rehusaron —en líneas generales, si se exceptúan los grupos minoritarios de los Izquierdistas de Bremen y algunos otros[12]—, a constituirse en un



 

 

 

 

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partido, a pesar de que afirmaban su autonomía ideológica y sólo tenían sarcasmos para los métodos de la «oposición moderada».

 

Esta última es una cuestión que requiere ser analizada muy de cerca. En efecto, a partir de 1915 los futuros espartaquistas tomaban distancias respecto a la dirección socialdemócrata, pero poco después se distanciaban también de la oposición.

El 12 de octubre de 1914, en una carta dirigida al socialista suizo Karl Mohr, Rosa Luxemburg manifestaba que en el Partido socialdemócrata se estaba produciendo una grieta entre los elementos «que, hablando con propiedad, forman parte del campo de la burguesía y constituyen como máximo un partido obrero reformista con una fuerte influencia nacionalista» y «aquéllos que no quieren renunciar a la lucha de clases y al internacionalismo»[13].

 

En 1915 los espartaquistas elaboraron una plataforma teórica, las llamadas «Tesis» o Leitsätze, las cuales serían presentadas a la Conferencia internacional de Kienthal. Fue en ese momento cuando puede hablarse de una cuasi-ruptura con las otras corrientes de la oposición. En una carta dirigida a Bertha Thalheimer —que luego representaría al espartaquismo en las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal—, Karl Liebknecht escribía: «Cuanto más reducido sea el núcleo, más decidido y unido, y en consecuencia más eficaz»[14]. Rosa Luxemburg aún fue más rotunda: «Nuestra táctica en esa reunión —la Conferencia nacional a celebrar a principios de 1916 en la que debían de ser discutidas las tesis espartaquistas— deberá tender no a intentar englobar a toda la oposición bajo un mismo manto, sino todo lo contrario: desentrañar de ese magma al pequeño núcleo sólido y capaz de actuar, al cual podamos agrupar en torno a nuestra plataforma. Es necesario ser muy prudente acerca del problema de una organización que reuniría a toda la oposición. Yo tengo la amarga experiencia de todos los intentos de reagrupación en el seno de la “Izquierda” del Partido, que sólo condujeron a una cosa: atar las manos de todos los compañeros capaces de actuar»[15]. Kate Duncker, otra dirigente espartaquista, pensaba de modo similar. Así, escribió a su marido movilizado en el frente bélico: «Creo que estamos obligados a romper con ellos —se refería a Georg Ledebour y Joseph Herzfeld, también delegados en la Conferencia de Zimmerwald—. Ellos constituyen un freno para cualquier tipo de actividad»[16].



 

 

 

 

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La posición de los dirigentes espartaquistas es testimoniada por veinte documentos[17]. Los espartaquistas reprochaban a Haase, Hoffman y Ledebour, su temor a la acción de las masas, de dar muestra de una excesiva prudencia, de rehusar el votar contra los créditos militares y de dar prioridad a la gestión parlamentaria.

 

La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿Por qué los espartaquistas no rompieron totalmente, desde 1914, con el Partido socialdemócrata, cuando por otra parte no cesaban de denunciar la política de la «Unión Sagrada»? ¿Por qué en 1917 aceptaron formar parte del USPD, grupo de socialistas independientes acerca de cuya combatividad los espartaquistas no se hacían excesivas ilusiones?

En una carta a Henriette Roland-Holst, militante holandesa descontenta de la orientación del Partido socialista y decidida a abandonarlo, Rosa Luxemburg escribía en agosto de 1908: «… Una ruptura entre marxistas —que no debe ser confundida con las diferencias de opinión— es un hecho fatal… Tú no tienes el derecho de excluirte del movimiento socialista; ninguno de nosotros tiene ese derecho. Nosotros no podemos mantenernos fuera de la organización, sin contactos con las masas. El peor de los partidos obreros es mejor que tener que partir de

cero»[18].

 

Todavía a principios de 1917, a pesar de constatar que la «descomposición de la socialdemocracia alemana es un proceso histórico de vasta amplitud»[19], Rosa Luxemburg no abandonó la esperanza de «reconquistar el partido»[20].

Cuando se constituyó, tras la expulsión de los «oposicionistas» por la mayoría, el Partido socialdemócrata independiente, Leo Jogiches definió sin ambigüedades la posición espartaquista en una circular con fecha de 13 de febrero de 1917. Allí exponía la cuestión con suma claridad. Se trataba de saber «si nuestra tendencia debe de organizarse abierta y oficialmente en un partido distinto o adherirse al partido intentando reagrupar al conjunto de la oposición». Esto es lo que había que clarificar y lo que Jogiches solicitaba. De todos modos, es necesario precisar que el propio autor dejaba clara su preferencia en el mismo escrito, al afirmar: «en favor de un partido común juegan consideraciones que han determinado nuestro mantenimiento en las filas del viejo partido (la SPD); el nuevo partido, que reunirá a grandes masas, deberá ser concebido como un campo de



 

 

 

 

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reclutamiento para nuestras ideas; …se trata, en fin, de promover el avance del partido a través de nuestras acciones autónomas»[21].

 

Sin embargo, había un dirigente espartaquista que no compartía el punto de vista de los demás. Era Otto Rühle, diputado de Sajonia, que en 1915 fue el primero en seguir el ejemplo de Liebknecht votando contra la concesión de los créditos militares. El 12 de febrero de 1916, Rühle publicó en Vorwärts un artículo en el que decía que a pesar de no ser partidario de una escisión «a la ligera», él «respiraría, liberado, si la escisión se consumase. Ya que solamente así será posible luchar por la consecución de los objetivos del socialismo con una transparencia absoluta». Sin embargo, su punto de vista no prosperó en una reunión que tuvo lugar a principios del mes de febrero. En ella se adoptó la tesis de aceptar la escisión «si se hiciera políticamente necesaria», pero se rechazó el hacer de ello un objetivo, «una consigna de lucha»[22]. Fue entonces cuando Lenin tomó claramente partido en favor de Rühle y en contra del «grupo Internacional»[23], es decir, en contra de los futuros espartaquistas.

 

Los espartaquistas se adhirieron al USPD, en diciembre de 1918, por las mismas razones que les impidieron romper con los socialdemócratas después de agosto de 1914. Ellos estaban decididos a militar allí donde se encontrasen las masas. Tenían extraordinaria confianza en las masas y en su propia política. En consecuencia, se sentían firmemente convencidos de que a través de su constante agitación y su incesante trabajo de explicación ganarían para sí a la base, a los militantes, para finalmente acabar convenciendo a los dirigentes demasiado tibios, casi traidores.

 

La opción de militar allí donde están las masas es una opción legítima de la que han participado todos los dirigentes del movimiento obrero. La dificultad estriba en elegir el momento en que se impone otro imperativo: construir una organización distinta, necesariamente minoritaria al principio, pero que, precisamente por la justeza de su programa, no tardará en aglutinar a las masas. En sus notas acerca de la Revolución rusa, Rosa Luxemburg demuestra cómo los bolcheviques resolvieron el aparente dilema. Tal es «la dialéctica real de las revoluciones… el camino no pasa por la mayoría para llegar a la táctica revolucionaria, sino que pasa por la táctica revolucionaria para llegar a la mayoría… La resolución con la que Lenin y sus camaradas lanzaron en el momento decisivo la única consigna capaz de hacer progresar la situación, la de todo el poder para el



 

 

 

 

 

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proletariado y los campesinos, ha hecho de ellos (ayer) minoría “ilegal” y calumniada… los dueños absolutos de la situación»[24].

 

Por otra parte, a medida que la revolución se aproximaba, en 1918, fueron muchos los dirigentes espartaquistas que reconocían que el mantenimiento de su organización en el seno del USPD había sido un error. Por ejemplo, Mehring en su Carta abierta a los bolcheviques, del 3 de junio de 1918, después de analizar la debilidad de los Independientes, escribió: «Ha habido un punto en el que nos hicimos falsas ilusiones: cuando después de la fundación del USPD nos unimos a ellos en una misma organización con la esperanza de progresar»[25]. Mas, en el momento de la fundación del Partido comunista, ni Liebknecht ni Rosa Luxemburg incidieron sobre esa cuestión. Ninguno de ellos llegó a admitir claramente que aquella opción fuera un error político.

 

Al no romper orgánicamente con los Independientes, los espartaquistas contribuyeron, en noviembre de 1918, a mantener cierta confusión entre las masas. ¿Cómo entender que Haase fuera comisario del pueblo al tiempo que Liebknecht reclamaba la dimisión del Gobierno, siendo ambos miembros del mismo Partido, el USPD?

Entretanto, durante el mes de diciembre se produjeron diversas rupturas. Por una parte, el ala derecha de los Independientes (Haase, Kautsky) se aproximó a los Mayoritarios, y por otra, a menudo podía verse a los líderes del ala izquierda (Ledebour, Däumig) compartiendo la misma tribuna que Liebknecht.

Sin embargo, ese proceso fue frenado por los sangrientos acontecimientos de principios de enero. Militares y Mayoritarios no dieron tiempo a que los espartaquistas (comunistas) consolidasen sólidamente su partido entre las masas y afirmasen su posición. El factor tiempo desempeñó un papel fundamental. Y posiblemente no se le ha valorado con la profundidad suficiente.

Los bolcheviques, por su parte, evitaron el enfrentamiento hasta el día en que finalmente conquistaron la mayoría en los soviets. En cambio, los espartaquistas se dejaron imponer el día y la hora de la confrontación armada.

 

 

* * *



 

 

 

 

 

 

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Numerosos historiadores —americanos y germano-occidentales— se han dedicado a señalar las diferencias existentes entre los espartaquistas y los bolcheviques. Pero las divergencias eran esencialmente el resultado de la diversa situación existente en Rusia y en Alemania. En noviembre de 1918, la burguesía alemana no había perdido nada —o casi nada— de su poder. La derrota militar y la subida al poder de los socialistas les sorprendió momentáneamente, pero como clase no cedió ninguna de sus posiciones fundamentales. Su gran habilidad estribó en comprender que el mejor medio de salvaguardar sus privilegios consistía precisamente en sostener a los «socialistas moderados». Hindenburg y Groener dieron instrucciones en tal sentido a sus jefes militares desde el mismo día de la Revolución, es decir, desde el 9 de noviembre.

 

Espartaquistas y bolcheviques tenían plena conciencia de obrar en favor de la misma causa: el triunfo del socialismo sobre los mismos enemigos.

Por muchas que fueran las reservas, e incluso las críticas, que tal o cual dirigente espartaquista expresara inicialmente acerca de determinadas medidas tomadas por los bolcheviques, éstos no tenían en Alemania defensores más firmes que los espartaquistas[26].

 

El primer número de Rote Fahne contiene esta significativa nota: «La Rote Fahne —órgano de la tendencia espartaquista— envía su primer saludo, su más cálido saludo, a la República Federativa Socialista de los Soviets, al tiempo que anuncia a nuestros hermanos rusos que los obreros de Berlín han celebrado el primer aniversario de la Revolución rusa en compañía de los revolucionarios alemanes»[27].

 

Algunos han intentado crear entre Lenin y Rosa Luxemburg una oposición total de criterios. Al respecto, es significativo el hecho de que después de la publicación de La revolución rusa de Rosa Luxemburg, bajo la supervisión de Paul Levi —que acababa de ser expulsado del Partido comunista alemán— en Francia fuese editado por la Librería del Populaire.

 

Lo historia demuestra que fueron muchas las ocasiones en que Lenin y Rosa Luxemburg combatieron juntos defendiendo las mismas posiciones (por ejemplo, en 1906 y 1907, durante el Congreso internacional de Stuttgart[28] en el que ambos presentaron una enmienda común que resultó fundamental).



 

 

 

 

 

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A pesar de sus divergencias y de sus transitorias polémicas, la estima entre ellos no decreció nunca[29]. Un mes antes de su muerte, el 20 de diciembre de 1918, Rosa Luxemburg envió a Lenin el siguiente escrito:

 

«Querido Vladimir:

 

Aprovecho el viaje de nuestro amigo [ese amigo era Eduard Fuchs, correo espartaquista] para transmitiros un saludo de toda nuestra familia [se refiere a la Liga Spartakus], de Karl, Franz[30] y los demás. Quiera Dios que el próximo año satisfaga nuestros deseos. ¡Buena suerte!

 

Nuestro amigo os contará lo que hacemos y cómo vivimos. Os estrecha las manos y os saluda

Rosa[31]».

 

Decididamente, ése no es el tono que se emplea con un enemigo, ni siquiera con un adversario.

 

Lo cual no quiere decir que las diferencias que existían entre Lenin y Rosa Luxemburg no fueron serias. Se centraban principalmente en la cuestión nacional, en los problemas de organización y de las relaciones partido-masas, en las medidas tomadas por los bolcheviques respecto a los campesinos, etc.

Sobre el segundo de los puntos que acabamos de citar, quisiéramos precisar el pensamiento de Rosa Luxemburg.

Frecuentemente se reprocha a la dirigente espartaquista el haber desarrollado la idea del espontaneísmo. Es cierto que a menudo utilizaba la palabra espontáneo en sus escritos. En su último artículo, «El orden reina en Berlín», Rosa Luxemburg se congratulaba de que el pueblo de Berlín hubiera resistido espontáneamente a la decisión del gobierno destituyendo al comisario de policía Eichhorn. Asimismo, aprobaba la ocupación espontánea de los diarios y de las agencias de prensa. En el mismo pasaje, insistía también acerca del «sano instinto» y de la «asimilación instintiva»[32] de las masas. Pero Rosa Luxemburg precisaba que cuando las masas se sublevaban espontáneamente —señalando que tal espontaneidad es siempre algo relativo y cambiante, según las circunstancias— lo hacían careciendo de una conciencia clara de los objetivos a alcanzar y de la táctica a seguir. Son los dirigentes, era la socialdemocracia o los organismos revolucionarios quienes tenían que dar



 

 

 

 

 

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«las consignas claras», indicar «los objetivos justos» para desarrollar su conciencia de clase.

 

Por consiguiente, en este punto debe intervenir el partido. Para que las masas posean «la inteligencia teórica de las condiciones sociales de la lucha», es decir, para que conozcan las leyes objetivas que rigen el desarrollo de las sociedades y para que sepan que el capitalismo, en su desarrollo, engendra su propia tumba, el proletariado, la socialdemocracia debe hacer que las masas proletarias tomen una clara conciencia de su situación. Debe desarrollar la conciencia de clase en el proletariado. Debe fijarle con precisión los objetivos a alcanzar. Ella se coloca —o debería colocarse— resueltamente a la cabeza del proletariado para arrastrarlo a la lucha, y suscitar en cada momento el «máximo de acción posible»[33].

 

Resumiendo: para Rosa Luxemburg el partido desempeña un papel fundamental.

 

En la obra de Rosa Luxemburg no es posible encontrar contemporización alguna con el blanquismo y el anarquismo. Ella critica en profundidad la tesis anarquista de la huelga general, concebida como medio milagroso e infalible para asegurar el triunfo de la revolución. Asimismo, critica la concepción blanquista de las minorías agitatorias y conspirativas. Lo que le interesa a ella es la acción de unas masas lo más amplias posibles.

En la polémica mantenida en 1904 con Lenin, o, posteriormente, en el artículo Cuestiones de táctica, Rosa Luxemburg demuestra los peligros de una organización excesivamente rígida y centralizada que paralizaría y asfixiaría las iniciativas de la base.

Al criticar las formas organizativas preconizadas por Lenin en 1903, Rosa Luxemburg no pensaba únicamente en el Partido bolchevique. Acusaba también a la organización de la socialdemocracia alemana, a la que reprochaba —en 1904— de estar adaptada exclusivamente a la lucha parlamentaria: «La perfección de esa adaptación —a las condiciones del régimen parlamentario— cierra más vastos horizontes o tiende a considerar la táctica parlamentaria como inmutable, como la táctica específica de la lucha socialista»[34].

 

Ahora bien, ¿cuál era la situación de la socialdemocracia alemana en las vísperas de la I Guerra Mundial? Era una organización perfecta, con estricta disciplina, con un aparato bien protegido… que reaccionaba con rapidez, que servía para movilizar prestamente a las masas de adherentes



 

 

 

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cuando convenía iniciar cualquier tipo de campaña política, o un movimiento huelguístico capaz de salir airoso de un enfrentamiento con el poder público. Y en agosto de 1914, esa organización, es decir, su prensa y sus aparatos político y sindical, fueron utilizados a pleno rendimiento para conseguir que las masas, arrastradas en un primer momento por el torbellino del chovinismo —aunque rápidamente desilusionadas—, no se opusieran a la política de la «Unión Sagrada» decidida por la dirección del Partido y por el grupo parlamentario.

 

No se entendería nada de la lucha sin cuartel desplegada por Rosa Luxemburg contra las «instancias», es decir, contra el aparato del partido, si se perdiese de vista al adversario concreto al que ella atacaba: la socialdemocracia alemana que en vísperas de la guerra dejó de ser un partido revolucionario e internacionalista, para integrarse cada vez más en la sociedad burguesa alemana.

Resumiendo: Rosa Luxemburg no era enemiga de cualquier tipo de organización. Ella insistía acerca de la importancia del «rol del partido». Simplemente afirmaba que «el fetichismo de la organización» ha hecho de la socialdemocracia alemana un partido para el cual la organización era una finalidad en sí misma, en detrimento del objetivo político esencial: el derrumbamiento del régimen capitalista y la toma del poder por la clase obrera.

Rosa Luxemburg desconfiaba de toda organización que, a causa de su rigidez, tendiera a paralizar la iniciativa creadora de las masas.

Sin embargo, es cierto que llevada por un apasionado aliento polémico, llegó en ocasiones a subestimar la importancia de la organización, particularmente en el período revolucionario. El joven Partido comunista alemán —al igual que la Liga Spartakus de donde surgió— dejaría a los grupos regionales una autonomía tan total que, de hecho, la coordinación resultaría dificilísima en el momento en que su necesidad se hizo sentir.

A menudo, algunos han intentado oponer las teorías de Rosa Luxemburg a las de Lenin sobre otro punto.

Al invocar aquella célebre frase de La revolución rusa, a menudo tan citada, «La libertad es siempre la libertad de aquéllos que no piensan como nosotros»[35], se ha pretendido hacer de Rosa Luxemburg la apóstol de la libertad, en todo el mundo y en cualquier situación. Así, en nombre de esa líder de la libertad, algunos se harían partidarios de la militancia libertaria. Lo que precisamente no era. El programa espartaquista fija una fórmula



 

 

 

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que no parece prometer libertad para la burguesía, ya que invita al proletariado a combatir a la clase dominante hasta hacerla hincar las rodillas[36]. Ya en La revolución rusa, Rosa Luxemburg aprobaba sin reserva de ninguna clase la energía desplegada por los bolcheviques contra los enemigos de la Revolución. En esta obra escribió: «Cuando las clases medias, los intelectuales burgueses y pequeñoburgueses… boicotean al gobierno soviético durante meses, paralizando el tráfico ferroviario, el correo, el telégrafo, la enseñanza y el aparato administrativo, revolviéndose contra el gobierno de los obreros, entonces, y esto es preciso entenderlo bien, se impone tomar todas las medidas necesarias al respecto: supresión de derechos políticos y de medios de existencia económicos, para romper su resistencia con puño de hierro. De tal modo ha de expresarse la dictadura socialista, que no debe retroceder ante el uso de la fuerza para obtener, en interés de la totalidad, determinados objetivos»[37].

 

Cabe preguntarse si esa «supresión de derechos políticos», admitida y justificada en el párrafo que acabamos de citar, se contradice totalmente con la exigencia de «libertad sin limitaciones de cualquier tipo» que la propia Rosa Luxemburg formula en la misma obra.

 

Durante la revolución alemana ella aprobó las ocupaciones reiteradas del Vorwärts por los revolucionarios. Fue Scheidemann y no Rosa Luxemburg quien protestó contra tales ocupaciones. Fue Scheidemann y no Rosa Luxemburg quien invocó la «libertad de prensa» para justificar los ataques antiespartaquistas de los diarios burgueses, que llegaron incluso a invitar al asesinato de los dirigentes espartaquistas.

La concepción sostenida por Rosa Luxemburg sobre la libertad no se oponía a la noción de dictadura del proletariado. Esta dictadura, en su opinión, era necesaria. Pero no por ello cabe pensar que renunciase a la democracia. Su tesis consistía en oponer a la alternativa «dictadura o democracia» de Kautsky su propia fórmula: la dictadura del proletariado es la democracia socialista. En su opinión, la dictadura del proletariado implicaba la más amplia de las democracias.

 

Por otra parte, exigía libertad para la clase obrera en el seno de sus organizaciones. Lo cual no significaba dejar el campo libre al enemigo de clase para que continuara y consolidara su explotación. Rosa Luxemburg, sin contradecirse, hubiera hecho indudablemente suya la fórmula: No hay libertad para los enemigos de la libertad.



 

 

 

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* * *

 

Todavía una precisión importante: a menudo se tiende a hacer de Rosa Luxemburg, muerta en combate, la revolucionaria «por excelencia», lo que a juicio de algunos implicaría el rechazo de toda reforma. Indiscutiblemente, Rosa Luxemburg era una revolucionaria. Mas no puede olvidarse que hace setenta años, al refutar las tesis de Bernstein, ella planteaba ya el problema de las relaciones entre las reformas y la revolución.

 

«Para la socialdemocracia, la lucha cotidiana práctica por las reformas sociales, con el fin de mejorar la situación de la población trabajadora sobre la base misma del sistema existente y la lucha por las instituciones democráticas, constituye el único modo de dirigir la lucha de clases proletaria y de trabajar para alcanzar el objetivo final: la conquista del poder político y la abolición de la figura del asalariado. Para la socialdemocracia, entre la reforma social y la revolución existe una relación indisoluble: la lucha por las reformas constituye el medio, en tanto que la revolución social constituye el fin»[38].

 

Las reflexiones que hemos presentado aquí no tienen otra finalidad que, en función de la actualidad del pensamiento luxemburguista, suscitar en los lectores el deseo de conocerlo mejor, para así evitar interpretaciones inexactas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROSA LUXEMBURG

 

NUESTRO PROGRAMA

 

Y LA SITUACION POLITICA[39]

 

 

 

 

 

 

¡Compañeros y compañeras! La razón por la cual nos proponemos hoy discutir y adoptar nuestro programa no se limita a un hecho formal influido por habernos constituido ayer en un nuevo partido autónomo, el cual, en tanto que nuevo partido debe de adoptar oficialmente un programa. La discusión de hoy acerca del programa está motivada por grandes acontecimientos históricos y especialmente por el hedió de que hemos llegado a un punto en el que el programa de la socialdemocracia, y de modo más general el programa socialista del proletariado, debe construirse sobre bases nuevas.

 

Compañeros, con ello recuperamos la trama tejida por Marx y Engels en el Manifiesto comunista, hace exactamente setenta años. Como bien sabéis, el Manifiesto comunista considera el socialismo, la realización de los objetivos socialistas, como la tarea inmediata de la revolución proletaria. Tal fue la concepción que Marx y Engels defendieron durante la revolución de 1848 y que asimismo consideraban como el fundamento de la acción proletaria en su sentido internacionalista. Ambos creyeron entonces —y con ellos todos los dirigentes del movimiento obrero— que tenían ante sí la tarea inmediata de introducir el socialismo; que era suficiente con desarrollar la revolución política, con apoderarse del aparato del Estado, para que inmediatamente el socialismo tomase cuerpo.

 

Como sabéis, Marx y Engels, poco después, revisaron tal punto de vista. He aquí lo que ellos afirmaban de su tesis anterior en el prólogo que luego redactaron conjuntamente para la edición de 1872 del Manifiesto comunista —reproducido en la edición de 1894—: «Este pasaje —el final del capítulo II, es decir, la exposición de las medidas a tomar para realizar el socialismo— tendría que ser redactado hoy de distinta manera en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los



 

 

 

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últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias, primero, de la revolución de Febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, donde por primera vez el proletariado tuvo por dos meses el poder político en sus manos, este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado, sobre todo, que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines».

 

¿Y qué es lo que afirmaba el pasaje superado por los acontecimientos?

 

He aquí lo que podemos leer en el Manifiesto comunista[40]:

 

«El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.

 

»Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista económico parecerán insuficientes o insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para transformar radicalmente todo el mundo de la producción.

 

»Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países,

 

»Sin embargo, en los países más avanzados podrán ser puestas en práctica, en casi todas partes, las siguientes medidas:

 

1.   Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta para los gastos del Estado.

 

2.  Fuerte impuesto progresivo.

 

3.  Abolición del derecho de herencia.

 

4.  Confiscación de la propiedad de todos los huidos y sediciosos.

 

5.  Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y que funcionará en régimen de monopolio.

 

6.   Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte.



 

 

 

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7.  Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción; roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general.

 

8.   Obligación de trabajar para todos: organización de ejércitos industriales, particularmente para la agricultura.

 

9.     Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo.

 

10.  Educación pública y gratuita de todos los niños: abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy; régimen de educación combinado con la producción material, etc., etc.»

 

Como podéis comprobar, se trata, con algunos detalles adicionales, de las mismas tareas que nos aguardan hoy: la puesta en práctica, la realización del socialismo. Setenta años de desarrollo capitalista separan la época actual del tiempo en que fue establecido aquel programa. La dialéctica de la historia ha querido que nosotros recuperemos ahora las concepciones que Marx y Engels habían abandonado después, considerando que eran equivocadas. En aquel entonces ellos tenían razón al creer que eran erróneas y que en consecuencia había que desecharlas. Pero el desarrollo del capitalismo durante este tiempo ha hecho que aquello que entonces era un error se haya convertido hoy en una verdad, y hoy la tarea inmediata consiste en cumplir lo que Marx y Engels pensaban hacer en 1848. Sin embargo, entre ese estadio de desarrollo, el inicial, y nuestra concepción y nuestras tareas actuales, se intercala el desarrollo, no solamente del capitalismo, sino de todo el movimiento obrero, y sobre todo del movimiento obrero en Alemania, país guía del proletariado moderno. Este desarrollo se ha producido de una forma singular.

 

Después de que Marx y Engels, desengañados por la revolución de 1848, abandonaran el concepto de que el proletariado se encontraba ya en situación inmediata y directa de realizar el socialismo, nacieron en cada país los partidos socialistas, socialdemócratas, que adoptaron un punto de vista totalmente distinto. Se fijó como tarea inmediata la lucha cotidiana en el terreno político y económico con el fin de ir formando primero los ejércitos del proletariado que, cuando haya madurado el desarrollo capitalista, habrán de poner en práctica el socialismo. Este viraje, esta base totalmente distinta sobre la cual fue establecido el programa socialista, ha



 

 

 

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revestido especialmente en Alemania una forma muy característica. Hasta su claudicación el 4 de agosto, la socialdemocracia se guiaba por el programa de Erfurt, el cual situaba en primer lugar las llamadas tareas mínimas urgentes y reducía el socialismo a una brillante y lejana estrella, el objetivo final. Pero más que la letra del programa, lo que importa es cómo se interpreta este programa en la práctica real, y esta comprensión estaba determinada por un importante documento histórico de nuestro movimiento obrero: el prólogo de la Lucha de clases en Francia que Friedrich Engels escribió en 1895. Compañeros, no analizo estas cuestiones por mero interés histórico, al contrario, se trata de un problema absolutamente actual y un deber histórico que nos incumbe en el momento de situar nuestro programa en el terreno ocupado por Marx y Engels en 1848. Teniendo en cuenta las modificaciones derivadas del desarrollo histórico, nosotros tenemos el deber de proceder a una revisión clara y consciente, opuesta a la concepción que prevaleció en la socialdemocracia alemana hasta la claudicación del 4 de agosto. Aquí es donde esa revisión debe de ser afrontada oficialmente.

 

Compañeros: ¿cómo concibió Engels la cuestión en aquel célebre prólogo a Las luchas de clases en Francia[41] de Marx —escrito en 1895 y, por consiguiente, después ya de la muerte de Marx—? Remontándose hasta 1848, Engels demuestra primero que había envejecido la concepción según la cual la revolución socialista era inminente. Y luego prosigue así su análisis:

 

«La historia nos ha dado un mentís a nosotros y a todos cuantos pensaban de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el grado de desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente, dando por vez primera verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia, Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un verdadero país industrial de primer orden. Y todo ello sobre una base capitalista, todavía muy extensible en 1848».

Engels expone después todos los cambios que se han introducido desde entonces y aborda la cuestión de las tareas del Partido en Alemania:

«Como Marx predijo, la guerra de 1870-71 y la derrota de la Comuna desplazaron por el momento el centro de gravedad del movimiento obrero



 

 

 

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europeo de Francia a Alemania. Francia, como es natural, necesitaba años para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En Alemania, por el contrario, donde la industria —impulsada como una turbina por el maná de aquellos millones pagados por Francia— se desarrollaba cada vez más rápidamente, la socialdemocracia crecía todavía más de prisa y con más persistencia. Gracias a la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio universal implantado en 1866, el asombroso crecimiento del Partido aparece con cifras indiscutibles a los ojos del mundo».

 

Engels prosigue luego con su célebre enumeración que describe nuestro crecimiento de elección en elección al Reichstag, hasta la obtención de millones de votos, de donde deduce:

«Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un método de lucha totalmente nuevo del proletariado, método que se siguió desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra esas mismas instituciones. Y se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los concejos municipales, a los tribunales industriales; se le disputó a la burguesía cada cargo vacante en cuya provisión intervenía en número suficiente el proletariado. Así, se llegó al extremo de que la burguesía y el gobierno temieran mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales que los éxitos insurreccionales».

 

Y Engels incide aquí sobre una detallada crítica de la ilusión que, en las condiciones modernas del capitalismo, supone el creer que el proletariado pudiera obtener alguna cosa en la calle, a través de la revolución. En la medida en que nosotros estamos en plena revolución — una revolución en las calles con todo lo que ello comporta—, creo que ya es hora de poner en cuestión una concepción que, hasta el último minuto, tuvo curso oficial en la socialdemocracia alemana y que en parte es responsable de nuestra experiencia del 4 de agosto de 1914.

No pretendo afirmar aquí que a causa de tales declaraciones Engels comparta personalmente la responsabilidad del curso que la evolución ha tomado en Alemania. Solamente afirmo que su prefacio a un documento clásico resume la concepción de la que sigue viviendo la socialdemocracia alemana; o mejor dicho, la concepción que la ha matado. Compañeros, con



 

 

 

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los conocimientos propios de un especialista en el dominio de la ciencia militar, Engels quería demostrar que en el estadio actual del desarrollo del militarismo, de la industria y de las grandes ciudades, es perfectamente ingenuo creer que el pueblo trabajador puede realizar su revolución en la calle y salir victorioso. Esta refutación tuvo dos consecuencias: primero, la lucha parlamentaria fue considerada como la antítesis de la acción revolucionaria directa del proletariado y casi como el único medio de la lucha de clases. Esta crítica tiene como resultado el puro parlamentarismo exclusivo. En segundo lugar, se estima, curiosamente, que la más potente organización del Estado de clases, el militarismo, o sea, la masa de los proletarios uniformados, debe ser, en tanto que tal, a priori, inmune e inaccesible a cualquier tipo de influencia socialista. Y en ese mismo prólogo se afirma que sería insensato pensar que en el estadio actual de desarrollo de las armas gigantes, el proletariado pudiera valerse de soldados equipados con ametralladoras y con los medios técnicos de combate más recientes; en consecuencia, se postula, sin lugar a dudas, que todo soldado debe permanecer por principio y para siempre como un sostenedor de las clases dirigentes; en la óptica de la experiencia actual, tal error en un hombre que estaba al frente de nuestro movimiento sería incomprensible si se ignorasen las circunstancias concretas que presidieron la elaboración del histórico documento. En descargo de nuestros dos grandes maestros, y especialmente de Engels, que murió mucho más tarde que Marx, defendiendo las opiniones de éste, es necesario clarificar que Engels escribió aquel prólogo bajo la presión directa de la fracción parlamentaria de entonces. Era la época en que en Alemania —derogadas las leyes antisocialistas de principios de los años 90— se manifestó en el seno del movimiento obrero alemán una fuerte corriente extremista de izquierdas que buscaba evitar que muchos camaradas fueran absorbidos por la lucha puramente parlamentaria. Para vencer a los elementos extremistas a nivel teórico y someterlos en la práctica, es decir, recurriendo a la autoridad de nuestros grandes maestros, para que las masas no se dejasen arrastrar por los extremistas, Bebel[42] y compañía — ejemplo típico de nuestra situación en aquel entonces: la fracción parlamentaria del Reichstag decidía ideológica y tácticamente los destinos y las tareas de nuestro partido—; repito, Bebel y compañía insistieron para que Engels, que por entonces vivía en el extranjero y por consiguiente tenía que confiar en ellos como fuente de información, para que escribiera



 

 

 

 

 

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el citado prólogo: según ellos era urgente salvar al movimiento obrero alemán de las desviaciones anarquistas. Desde entonces, esa concepción ha determinado de hecho toda la actuación de la socialdemocracia hasta esta bella experiencia del 4 de agosto de 1914. Era la proclamación del parlamentarismo como sistema exclusivo. Engels no pudo vivir el tiempo suficiente para constatar los resultados, las consecuencias prácticas de la aplicación que se hizo de su prefacio, de su teoría. Sin embargo, estoy segura de una cosa: cuando se conocen las obras de Marx y de Engels, cuando se conoce el espíritu revolucionario vivo, auténtico, inalterado, que emana de todos sus escritos y enseñanzas, se tiene la convicción de que Engels habría sido el primero en protestar contra los excesos resultantes del parlamentarismo exclusivista, contra la corrupción y la degradación del movimiento obrero que se produjo en Alemania muchos años antes del 4 de agosto —ese 4 de agosto que no cayó del cielo, que no fue una tormenta inesperada, sino la consecuencia lógica de las experiencias realizadas por nosotros anteriormente, día tras día, año tras año—; de que Engels y —si estuviera vivo— el mismo Marx habrían sido los primeros en protestar con todas sus fuerzas contra esa situación, y en retener y frenar con energía el vehículo para evitar que se hundiera en el lodazal. Pero Engels falleció el mismo año en que escribiera su prólogo. Le perdimos en 1895. Desde entonces, desgraciadamente, la dirección teórica pasó de sus manos a las de un Kautsky, y a partir de ese momento asistimos al fenómeno de que toda protesta contra el parlamentarismo puro y simple, toda protesta presentada en cada uno de los congresos del Partido, por parte de la izquierda, por parte de un grupo más o menos numeroso de camaradas en lucha encarnizada contra la paralización — cuyas funestas consecuencias debieran comprender todos—, repito, todas esas protestas fueron tachadas de anarquistas, de anarco-socialistas, o cuando menos de antimarxistas. El marxismo oficial había de servir de cobertura a todas las herejías, a todas las desviaciones relacionadas con la auténtica lucha de clases revolucionaria, a todas las posturas tibias que condenaban a la socialdemocracia alemana y al movimiento obrero en general, incluido el movimiento sindical, a vegetar en el marco y las reglas de juego de la sociedad capitalista, sin que se vislumbrara la más pequeña aspiración seria de conmocionar a la sociedad, de sacarla de quicio.

 

Ahora, compañeros, hoy estamos viviendo el instante en que podemos afirmar rotundamente que regresamos junto a Marx, que nos hallamos bajo



 

 

 

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su bandera. Hoy, cuando en nuestro programa declaramos: «La tarea inmediata del proletariado no es otra —para definirla en pocas palabras— que la de hacer del socialismo una realidad y un hecho, y la de arrancar de cuajo al capitalismo», entonces volvemos de nuevo al terreno que Marx y Engels ocuparon en 1848, y que fundamentalmente jamás abandonaron. Queda claro ahora cuál es el verdadero marxismo y cuál su sucedáneo, que tanto tiempo imperó como marxismo oficial en la socialdemocracia alemana. Contemplando a los representantes de ese marxismo, podéis ver a dónde ha ido a parar, está al servicio de los Ebert, David[43] y consortes. Allí podemos observar a los representantes oficiales de la doctrina que, durante decenas de años, nos han hecho pasar por el marxismo puro, genuino. No es marxismo lo que practican aquéllos que en compañía de los Scheidemann realizan una política contrarrevolucionaria. El auténtico marxismo combate también a quienes intentan falsificarlo, perfora como un topo los fundamentos de la sociedad capitalista, y ha conseguido que la mejor parte del proletariado marche hoy bajo nuestra bandera, bajo el estandarte de la revolución, y que, incluso en el otro bando, donde todavía parece reinar la contrarrevolución, tengamos partidarios nuestros, futuros compañeros de lucha.

 

Y así, camaradas, conducidos por la marcha de la dialéctica histórica y enriquecidos por la experiencia del desarrollo capitalista de los últimos setenta años, nos encontramos, como he dicho antes, en el punto en donde Marx y Engels estaban en 1848, cuando enarbolaron por primera vez el estandarte del socialismo internacional. Fue entonces cuando, al analizar y revisar los errores y las ilusiones de 1848, se creyó que el proletariado tenía todavía que recorrer un largo camino antes de que el socialismo se hiciese realidad. Como es lógico, ningún teórico serio ha tenido jamás la ocurrencia de fijar una fecha concreta e imperativa para el hundimiento del capitalismo; pero se supuso que el camino sería todavía muy largo, y esto es lo que precisamente se desprende de cada una de las líneas del prólogo que Engels escribiera en 1895. Pues bien, ahora es cuando podemos realizar el balance. ¿Acaso no se trata de un período muy corto en comparación con el desarrollo de las luchas de clases de antaño? Setenta años de desarrollo del gran capitalismo han bastado para que podamos pensar seriamente en hacer desaparecer al capitalismo de la faz de la tierra. E incluso más: hoy en día, no solamente nos encontramos con posibilidades de resolver esa tarea, no sólo constituye nuestro deber para



 

 

 

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con el proletariado, sino que esa vía es hoy la única salida posible para que la sociedad humana sobreviva.

 

Porque la guerra que hemos sufrido, compañeros, ¿qué ha dejado en pie de la sociedad burguesa, sino un montón de ruinas? Formalmente, el conjunto de los medios de producción y numerosos instrumentos de poder, casi todos los instrumentos decisivos del poder, se encuentran aún en manos de las clases dominantes. No nos hacemos ilusiones sobre esto. Pero sabemos que toda tentativa convulsa y violenta de restablecer la explotación a través de un baño de sangre no tendría otra salida que la anarquía. El dilema ante el cual se encuentra la humanidad es éste: el hundimiento en la anarquía o la salvación a través del socialismo. Los resultados de la guerra mundial han situado a las clases burguesas en la imposibilidad de hallar una salida en el terreno de su dominación de clase y del capitalismo. Y ésta es la razón por la que hoy estamos viviendo en el sentido más estricto de las palabras, aquello que Marx y Engels formularon por vez primera como base científica del socialismo en ese gran documento, en el Manifiesto comunista: El socialismo se convertirá en una necesidad histórica. El socialismo se ha convertido en una necesidad, no solamente porque el proletariado no quiere seguir viviendo bajo las condiciones materiales que le reservan las clases capitalistas, sino también por el hecho de que sea la humanidad entera la que esté amenazada de desaparición en caso de que el proletariado no consiga cumplir su deber de clase realizando el socialismo.

 

He aquí, pues, compañeros, la base general sobre la cual se levanta el programa que hoy adoptamos oficialmente y cuyo proyecto habéis podido leer en el folleto Los objetivos de la liga Spartakus. Nuestro programa se encuentra en oposición consciente con las posiciones definidas en el programa de Erfurt, consciente oposición contra la separación entre las llamadas reivindicaciones mínimas e inmediatas de la lucha política y económica, por una parte, y un programa máximo, del socialismo como objetivo final, por otra. En oposición consciente con ese modo de ver, nosotros resumimos los resultados de los últimos setenta años del desarrollo histórico, y en especial los resultados inmediatos de la guerra mundial, afirmando: para nosotros, hoy no existen ni programa máximo ni programa mínimo; el socialismo es uno e indivisible, es lo mínimo que debemos imponer hoy.



 

 

 

 

 

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No me detendré aquí en aspectos concernientes a las medidas que hemos propuesto en nuestro proyecto de programa, puesto que ya tendréis ocasión de discutirlas en detalle, y tomar una posición sobre cada una de ellas nos llevaría excesivo tiempo. Estimo que mi deber aquí es señalar y formular únicamente las grandes líneas generales que distinguen nuestro programa del programa anterior de la llamada «socialdemocracia alemana oficial». Por el contrario, creo que es más urgente y más importante acordar de qué modo debemos interpretar las circunstancias concretas, cómo debemos concebir las tareas tácticas, las soluciones prácticas que resultan de la situación política, del curso que ha tomado la revolución hasta el presente y de las previsibles líneas de fuerza de su futuro desarrollo. Por tanto, analizaremos la situación política según la óptica que he intentado caracterizar: desde el punto de vista de la realización del socialismo como tarea inmediata, que ha de guiar todas las medidas y decisiones que tomemos.

 

Camaradas, creo poder afirmar con orgullo que nuestro congreso es el congreso constituyente del único partido socialista revolucionario del proletariado alemán. Este congreso coincide por azar, o mejor, para hablar con la máxima exactitud, no coincide por azar con un momento álgido del desarrollo de la revolución alemana. Puede afirmarse que los acontecimientos de los últimos días cierran la fase inicial de la revolución alemana, y que entramos ahora en un segundo estadio, más avanzado, de su desarrollo. Y el deber de todos nosotros y al mismo tiempo la fuente para un mejor y más profundo conocimiento en el futuro, es ejercer nuestra autocrítica, proceder a un profundo examen crítico de aquello que hemos realizado, logrado y dejado de hacer, con el fin de obtener los instrumentos para nuestra futura actuación. Demos ahora una escrutadora mirada a la primera fase de la revolución que acaba de finalizar.

 

Su punto de partida fue el 9 de noviembre[44]. El 9 de noviembre fue una revolución plagada de insuficiencias y debilidades. Pero ello no debe sorprendernos. Esa revolución sobrevino tras los cuatro años de la guerra, tras los cuatro años durante los cuales —gracias al adoctrinamiento de la socialdemocracia y de los sindicatos libres— el proletariado alemán ha puesto de manifiesto tal dosis de infamia y de traición a las tareas socialistas, que no tiene parangón en ningún otro país. Situándonos en el terreno del desarrollo histórico —cosa que precisamente hacemos en tanto que marxistas y socialistas— no se puede esperar que en una Alemania



 

 

 

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que ofrecía la horrorosa imagen del 4 de agosto y de los cuatro años que le siguieron[45], viviera de repente el 9 de noviembre de 1918 una grandiosa Revolución consciente de sus objetivos y su condición de clase. Y a lo que asistimos el 9 de noviembre fue, en sus tres cuartas partes, al hundimiento del imperialismo existente, más que la victoria de un nuevo principio. Sencillamente, había llegado el momento de que el imperialismo, coloso de pies de barro, interiormente podrido, se derrumbara; pero lo que siguió a esto fue un movimiento más o menos caótico, sin plan de batalla, muy poco consciente. La única línea coherente, el único principio constante y liberador se resumía en una consigna: creación de los Consejos de obreros y de soldados. Esa fue la consigna clave de aquella revolución, a la cual confirió de inmediato el cuño particular de revolución socialista proletaria, a pesar de todas las insuficiencias y debilidades de los primeros instantes. Por eso, cuando arrojen calumnias contra los bolcheviques rusos, jamás debemos olvidar nuestra respuesta: «¿Dónde habéis aprendido los rudimentos de vuestra actual revolución? Los habéis aprendido de los rusos, de los consejos de obreros y de soldados». Y esos tipejos que hoy creen su misión, a la cabeza del gobierno alemán pretendidamente socialista, el tender, en connivencia con los imperialistas británicos, una emboscada a los bolcheviques rusos, formalmente también se apoyan en los Consejos de obreros y de soldados, por lo que deben admitir que fue la revolución rusa la que lanzó las primeras consignas para la revolución mundial. Podemos afirmar con certeza —y ello se deduce del conjunto de la situación— que, cualquiera que sea el país en el cual la revolución proletaria logre imponerse después de Alemania, su primer acto será la creación de los Consejos de obreros y de soldados.

 

Justamente en eso consiste la relación unificadora internacional de nuestra acción; es la consigna clave que diferencia totalmente nuestra revolución de todas las revoluciones burguesas que la han precedido. Las contradicciones dialécticas en las cuales se movió aquella revolución — cosa que por cierto ocurre con todas— se caracterizaban por el hecho de que ya el 9 de noviembre, cuando la revolución lanzó su primer grito, prácticamente su grito de nacimiento, encontró la consigna que nos conduciría hasta el socialismo: Consejos de obreros y de soldados; una consigna que lo aglutinó todo. La revolución del 9 de noviembre encontró esta fórmula por sí misma, instintivamente. Pero a causa de insuficiencias y de debilidades, por falta de iniciativa personal y de claridad sobre los



 

 

 

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objetivos a realizar, apenas dos días después de haber estallado, la revolución se dejó escapar la mitad de los instrumentos de poder que había conquistado el 9 de noviembre. Ello demuestra, por una parte, que la revolución actual está sometida a la poderosa ley de la necesidad histórica, la cual nos garantiza que alcanzaremos nuestro objetivo paso a paso, a pesar de todas las dificultades, las complicaciones y los defectos individuales; por otra parte, si se confronta la clara consigna de «consejos de obreros y de soldados» con las insuficiencias de la praxis podremos concluir que lo que se produjo fueron los primeros balbuceos de la revolución. Será necesario dedicar un formidable esfuerzo y recorrer un largo camino antes de estar maduros para poder aplicar de modo integral las primeras consignas.

 

Compañeros, ésa primera fase desde el 9 de noviembre hasta estos últimos días se caracteriza por las ilusiones que brotan por todas partes. La primera ilusión del proletariado y de los soldados que hicieron la revolución fue la de conseguir la unidad bajo la bandera del llamado socialismo. Qué mejores pruebas de la debilidad interna de la revolución del 9 de noviembre que sus primeros resultados: la dirección del movimiento fue tomada por aquellos elementos que, dos horas antes del estallido de la revolución, se habían propuesto perseguirla y hacerla imposible: ¡los Ebert-Scheidemann y los Haase![46] La idea de la unión de las diversas corrientes socialistas en el júbilo general de concordia fue la divisa de la revolución del 9 de noviembre, una ilusión que habría de tener una sangrienta revancha y que no ha cesado de preocuparnos hasta los últimos días; este mismo error de valoración se produjo igualmente por parte de los Ebert-Scheidemann e incluso por parte de la burguesía, en todos los bandos. Luego, en ese mismo estadio finalizado, también la burguesía tuvo la ilusión de poder mantener a las masas populares bajo presión y sofocar la revolución socialista gracias al combinado Ebert-Haase, gracias precisamente al llamado gobierno socialista. Igualmente existió la ilusión por parte del gobierno Ebert-Scheidemann, que esperaban poder frenar la lucha de clases socialista de las masas obreras con la ayuda de las masas de soldados procedentes del frente. He ahí, pues, las diversas ilusiones que permiten explicar también los acontecimientos de los últimos tiempos. Todas esas ilusiones desaparecieron en la nada. Ha quedado demostrado que la alianza de Haase con Ebert-Scheidemann bajo el pabellón del «socialismo» no era en realidad otra cosa que una hoja de



 

 

 

 

 

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parra para tapar una política puramente contrarrevolucionaria. Y hemos podido comprobar que hemos quedado curados de tales errores, como ocurre en todas las revoluciones. Existe un método genuinamente revolucionario para liberar al pueblo de tales ilusiones, pero el precio a pagar por ello es la sangre del propio pueblo. Esto ha ocurrido aquí igual que en todas las revoluciones precedentes. Fue la sangre de las víctimas habidas en las calles el 6 de diciembre y la sangre de los marinos asesinados el 24 de diciembre[47] lo que ante las masas certifica esa verdad: lo que había querido presentarse bajo la apariencia de un pretendido gobierno socialista, no era más que el gobierno de la contrarrevolución burguesa, y todos aquéllos que continúan tolerando tal estado de cosas, actúan contra el proletariado y contra el socialismo.

 

Sin embargo, compañeros, también se ha esfumado la ilusión de los señores Ebert-Scheidemann, que esperaban someter al proletariado de modo efectivo y duradero con la ayuda de los soldados traídos del frente. En efecto, ¿cuáles han sido los resultados del 6 y del 24 de diciembre? Todos hemos podido constatar que los soldados se sentían profundamente desengañados, que comenzaban ya a adoptar una postura crítica respecto a esos mismos señores, que intentaron utilizarlos como carne de cañón contra el proletariado socialista. Así pues, la ley del desarrollo objetivo y necesario de la revolución socialista exige también que los diversos sectores del movimiento obrero sean aleccionados poco a poco a través de amargas experiencias personales para que aprendan a distinguir el verdadero camino de la revolución. Se han hecho venir a Berlín masas de soldados de refresco con el fin de utilizarlos como carne de cañón para reprimir cualquier movimiento por parte del proletariado socialista, y hemos podido comprobar que en muchos cuarteles se solicitan hoy las octavillas de la Liga Spartakus. Compañeros, éste es el final de la primera fase. Si los Ebert-Scheidemann contaban con poder dominar al proletariado con la ayuda de los soldados reaccionarios, sus esperanzas han quedado en gran parte defraudadas. Lo que les espera en fecha no remota, es cómo en los mismísimos cuarteles se propaga una concepción revolucionaria cada vez más clara, cómo se amplía incesantemente el ejército del proletariado en lucha y cómo se debilita el campo de la contrarrevolución. Pero todavía faltaba que otro sector perdiera también sus ilusiones: la burguesía, la clase dirigente. Si leéis los diarios de los últimos días, después de los sucesos del 24 de diciembre, descubriréis en



 

 

 

 

 

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ellos un tono de decepción e indignación: sus lacayos en el poder han demostrado ser unos ineptos.

 

La burguesía esperaba que los Ebert y Scheidemann mostrasen su condición de hombres fuertes capaces de domeñar a la bestia. ¿Y qué es lo que han hecho? Han llevado a cabo algunos golpes insuficientes cuyo resultado ha sido que la hidra revolucionaria alzara la cabeza con vigor todavía mayor. En consecuencia, recíprocas desilusiones a todos los niveles. El proletariado ha perdido toda ilusión acerca de la posibilidad de que los Ebert-Scheidemann-Haase impusieran un llamado gobierno socialista. Los propios Ebert-Scheidemann han perdido la ilusión de poder dominar de una vez a los proletarios cotí mono azul mediante la ayuda del proletariado de uniforme militar. Y la burguesía ha perdido la ilusión de tergiversar las metas de la revolución socialista en toda Alemania con la ayuda de Ebert-Scheidemann-Haase. Nos encontramos con un saldo negativo por parte de todos, nada más que jirones de ilusiones truncadas. Pero el hecho mismo de que la primera fase de la revolución sólo haya dejado tras de sí miserables jirones, constituye precisamente el mayor éxito del proletariado; porque no hay nada más perjudicial para la revolución que las ilusiones, y nada es más útil que la verdad franca y nítida. Referente a esto puedo remitirme a la opinión de un clásico alemán, que no era precisamente un revolucionario del proletariado, sino un intelectual revolucionario de la burguesía. Me estoy refiriendo a Lessing, quien, en uno de sus últimos escritos, en la época en que era bibliotecario en Wolfenbüttel, escribió las siguientes frases, que me resultan muy simpáticas e interesantes:

 

«No sé si es un deber el sacrificar la felicidad y la vida misma en aras de la verdad… Pero de lo que sí estoy seguro, es de que cuando se pretende enseñar la verdad, es un deber enseñarla por entero o no enseñarla en absoluto; enseñarla en su totalidad, de modo claro y correcto, sin misterios, sin vacilación, sin desconfiar de su fuerza… Porque cuanto, mayor es el error, tanto más breve y recto es el camino que conduce a la verdad; pero hay sutiles errores que, por el contrario, pueden mantenernos eternamente alejados de la verdad, cuanto más nos cueste admitir que se trata de un error… Aquél que sólo piensa en presentar la verdad disfrazada y camuflada, querrá convertirse en su proxeneta, pero jamás habrá sido su amante».



 

 

 

 

 

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Compañeros, los señores Haase, Dittmann[48], etc., han intentado vender la revolución, la mercancía socialista, bajo todo tipo de disfraces y camuflajes; han demostrado ser los proxenetas de la contrarrevolución. Hoy nos hemos liberado ya de todas esas ambigüedades, y la masa del pueblo alemán puede ver la mercancía bajo la forma brutal de los señores Ebert y Scheidemann. Hoy día, hasta el más lerdo se da cuenta de que no representan otra cosa que la contrarrevolución en su grado máximo.

 

¿Cuáles son las futuras perspectivas de desarrollo, ahora que hemos superado la primera fase de la revolución? Como es natural, no se trata de emitir profecías, sino sencillamente de extraer las consecuencias lógicas de lo que hemos vivido hasta el presente y de deducir las vías previsibles del desarrollo futuro, con el fin de perfeccionar nuestra táctica y nuestro propio método de lucha. Compañeros: ¿hacia dónde sigue el camino? Tenemos un indicador puro y cristalino en las últimas declaraciones del nuevo gobierno Ebert-Scheidemann. ¿Qué dirección puede tomar la carrera del llamado gobierno socialista ahora que, como he demostrado, han desaparecido ya todas las ilusiones? Cada día que pasa, ese gobierno pierde un poco más el apoyo de las grandes masas del proletariado; aparte la pequeña burguesía, sólo cuenta con el soporte de tristes residuos del proletariado, pero con el transcurrir del tiempo a los Ebert-Scheidemann probablemente no les quedará ni eso. Por otra parte, su credibilidad entre las masas de soldados está en descenso, porque los soldados han entrado ya en la vía de la crítica y comienzan a tomar conciencia de sí mismos. Es cierto que este proceso se desarrolla todavía con lentitud, pero no puede detenerse hasta que la conciencia socialista sea total. Asimismo, el gobierno ha perdido el crédito que le concedió la burguesía, al no mostrarse lo suficientemente fuerte. ¿Qué derroteros puede tomar ahora? Eliminarán rápidamente la comedia de la política socialista. En efecto, si leéis el nuevo programa de esos caballeros, comprobaréis que marchan velozmente hacia la segunda fase, la fase de la contrarrevolución abierta; más concretamente, hacia la restauración de las condiciones precedentes, prerrevolucionarias. ¿Cuál es el programa del nuevo gobierno? Se trata de la elección de un presidente que ocupará una posición intermedia entre el rey inglés y el presidente americano, algo así como el rey Ebert. Y, en segundo lugar, restablecerán el Consejo federal. Hoy habéis podido leer las peculiares reivindicaciones de los gobiernos del sur de Alemania, que subrayan el carácter federal del Imperio alemán. El restablecimiento de ese



 

 

 

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viejo Consejo federal, y normalmente el de su apéndice, el Reichstag alemán, no es más que cuestión de semanas. Compañeros, los Ebert-Scheidemann se sitúan de este modo en la línea de la simple restauración de las condiciones imperantes antes del 9 de noviembre, que acabará conduciéndoles al fondo del abismo. Porque precisamente esa restauración de las condiciones anteriores al 9 de noviembre ya estuvo superada en aquella fecha, y la Alemania de hoy se encuentra a mil años luz de esa eventualidad. Para conservar el apoyo de la única clase cuyos intereses defienden, es decir, la burguesía —apoyo seriamente debilitado por los últimos acontecimientos—, el gobierno se verá obligado a proseguir una política contrarrevolucionaria cada vez más violenta. Las reivindicaciones de los Estados meridionales de Alemania, publicadas hoy por los diarios de Berlín, expresan claramente el deseo de lograr una seguridad que refuerce al Imperio alemán, esto es, en lenguaje claro y conciso, obtener la proclamación del estado de sitio contra los elementos «anarquistas», «golpistas», «bolcheviques», es decir, contra los elementos socialistas. Las circunstancias obligarán a los Ebert-Scheidemann a recurrir a la dictadura, con o sin estado de sitio. Sin embargo, resulta que precisamente el desarrollo habido hasta el presente, la lógica de los propios acontecimientos y la violencia que pesa sobre los Ebert-Scheidemann, nos permitirán asistir en la segunda fase de la revolución, a un conflicto cada vez más agudizado, a unas luchas de clases mucho más violentas. Un confiicto agudizado no solamente por el hecho de que los factores políticos que he enumerado hasta aquí conduzcan a reemprender el combate entre revolución y contrarrevolución, cuerpo a cuerpo, frente a frente, ya sin ilusiones, sino también porque una nueva llama, un nuevo incendio, una nueva llamarada venida de las profundidades de la lucha de clases, se propaga cada vez con más fuerza: las luchas económicas.

 

Compañeros, el primer período de la revolución que he descrito antes, y que aproximadamente abarca hasta el 24 de diciembre, se caracteriza — y de ello debemos tener plena consciencia— por haber sido todavía una revolución exclusivamente política. Y esto explica los balbuceos, las insuficiencias, las decisiones a medias y la falta de consciencia de esta revolución. Era la primera etapa de un cambio en el que los principales objetivos se sitúan en el terreno de lo económico: transformar las relaciones económicas. En esta fase la revolución era incipiente, inconsciente como un niño que camina tanteando sin saber adónde va.



 

 

 

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Como he dicho, es la etapa que revestía un carácter estrictamente político. No ha sido hasta las últimas semanas que las huelgas han comenzado espontáneamente a hacerse notar. Digámoslo claramente:

 

La propia naturaleza de esta revolución hace que las huelgas tomen necesariamente una mayor amplitud, que gradualmente se vayan convirtiendo en el centro fundamental de la revolución. Eso será entonces una revolución económica, y con ello una revolución socialista. Sin embargo, la lucha por el socialismo no puede ser establecida más que por las masas, en un combate cuerpo a cuerpo contra el capitalismo, en cada empresa, en cada fábrica, enfrentando a cada proletario con su patrón. Solamente entonces la revolución cobrará un carácter socialista.

A causa de una insuficiente reflexión, hasta ahora se tenía otra idea de la evolución de los hechos. Se creía que bastaba con derribar al antiguo gobierno y colocar en su lugar a un gobierno socialista, con promulgar decretos que instauraran el socialismo. Una vez más se trataba de una mera ilusión. El socialismo ni se hace ni se puede forjar mediante decretos, aunque emanen de un gobierno socialista, por muy perfecto que éste sea. El socialismo debe ser hecho por las masas, por cada proletario. La cadena del capitalismo ha de romperse por el punto en que el proletariado está atrapado por ella. Sólo eso es socialismo, sólo así puede construirse el socialismo.

¿Y cuál es la forma externa de la lucha por el socialismo? Es la huelga, y por ello hemos visto cómo en el segundo período de la revolución la fase económica del desarrollo ha ocupado el primer plano. Yo quisiera señalar aquí algo que podemos afirmar con orgullo, y que nadie nos negará: nosotros, la Liga Spartakus, el Partido comunista alemán, somos los únicos en toda Alemania que estamos de parte de los trabajadores en huelga y en lucha. Todos vosotros habéis podido ver y leer qué actitud ha adoptado el Partido Independiente en cada ocasión frente a las huelgas. No había ninguna diferencia entre la posición del Vorwärts y la de Die Freiheit[49]. Llegaron a decir: «Debéis ser laboriosos, el socialismo significa trabajar mucho». ¡Decir esto cuando el capitalismo todavía tiene la sartén por el mango! No es así como se hace el socialismo, sino combatiendo con toda energía al capitalismo, cuyas exigencias son defendidas desde los más exacerbados hasta el Partido independiente, e incluso hasta Die Freiheit; todos excepto nuestro Partido comunista. Eso



 

 

 

 

 

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quiere decir que todos los que no se sitúan en nuestro campo comunista revolucionario, combaten con extrema violencia las huelgas.

 

De aquí resulta que en la próxima fase de la revolución las huelgas no sólo se extenderán cada vez más, sino que ocuparán justamente su centro, el punto neurálgico de la revolución, desbordando a las cuestiones estrictamente políticas. Comprenderéis entonces que la lucha económica se agravará desmedidamente. Porque de esta forma la revolución alcanzará una cota en la que la burguesía ya no permitirá bromas. La burguesía puede permitirse el lujo de las mistificaciones en el terreno de la política, allí donde las mascaradas todavía son posibles, allí donde las gentes como Ebert-Scheidemann pueden presentarse todavía con etiqueta socialista, pero no allí donde estén en juego los beneficios. En ese instante la burguesía situará al gobierno Ebert-Scheidemann ante la siguiente alternativa: o acaban con las huelgas y suprimen la amenaza de estrangulamiento que los movimientos huelguísticos hacen pesar sobre ella, o bien los señores Ebert-Scheidemann habrán acabado su juego. También yo creo que sus medidas de carácter político determinarán que se acabe su juego. Los Ebert-Scheidemann sufren especialmente por no haberse podido ganar la confianza de la burguesía. Sin embargo, la burguesía se lo pensará antes de colocar el manto de armiño sobre los hombros del arribista Ebert. Cuando esto ocurra, entonces dirán que no es suficiente con tener las manos manchadas de sangre, sino que debe tener sangre azul en las venas; cuando se llegue a este punto, dirán: cuando queramos un rey, no tendremos necesidad de un arribista que ni siquiera sepa comportarse como rey.

 

De esta forma, compañeros, los señores Ebert-Scheidemann favorecen la extensión del movimiento contrarrevolucionario. No serán capaces de apagar las llamas de la lucha económica de clases ni satisfarán con sus esfuerzos a la burguesía. Desaparecerán del escenario para dejar paso, ya sea a una tentativa de la contrarrevolución que se reagrupará para una lucha desesperada en torno al señor Groener[50], o tratará de establecer una dictadura militar abierta de la mano de Hindenburg, ya sea para dejar paso a otras fuerzas contrarrevolucionarias.

 

No es posible precisar qué sucederá, ni efectuar declaración positiva alguna en ese sentido. Sin embargo, poco nos importan las formas externas y el instante en que se produzca esto o aquello. Nos basta con conocer las grandes líneas del futuro desarrollo, que seguirán la siguiente trayectoria:



 

 

 

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la primera fase de la revolución, es decir, la fase de la lucha primordialmente política, es seguida por una fase de lucha despiadada, cruda, esencialmente económica, por lo que en un lapso de tiempo más o menos largo el gobierno Ebert-Scheidemann está llamado a desaparecer en el Erebo.

 

Es difícil de prever lo que ocurrirá con la Asamblea Nacional durante la segunda fase de la revolución. Cuando esta fase se consolide, es posible que se convierta en una auténtica escuela educadora de la clase obrera, o bien, cosa que tampoco puede excluirse, ni siquiera se llegará a establecer la Asamblea Nacional; pero nada se puede predecir. Con el fin de que comprendáis en qué óptica defendimos ayer nuestra posición, solamente haré aquí un breve paréntesis: únicamente nos opusimos a enfocar nuestra táctica hacia una alternativa. Con ello no quiero replantear discusiones; únicamente me guía la idea de clarificar al máximo las cosas para que nadie comprenda los hechos de modo insuficiente. Nos encontramos exactamente situados en el mismo terreno que ayer. Pero no queremos que nuestra táctica dependa nuevamente de la exclusiva evolución de la Asamblea Nacional, de una eventualidad que puede diluirse con la volatilización de esa asamblea. Nosotros queremos fundamentar nuestra táctica sobre la valoración de todas las posibles eventualidades, incluyendo la utilización revolucionaria de la Asamblea Nacional en el caso de que esta posibilidad se planteara. Pero nos es indiferente saber si habrá de tomarse o no tal decisión, porque en cualquier caso la revolución sólo puede triunfar.

 

¿Y qué ocurrirá entonces con el gobierno Ebert-Scheidemann, en bancarrota, o con cualquier otro gobierno autodenominado socialdemócrata que pueda sucederle? Ya he dicho que el proletariado, como masa, se ha escapado de sus garras y que tampoco los soldados se dejan ya utilizar como carne de cañón. ¿Qué les queda a esas buenas gentes para salvar su situación? No tienen más que una posibilidad, y si hoy habéis leído la prensa, compañeros, veréis dónde están las últimas reservas que la contrarrevolución alemana intentará enviar contra nosotros cuando sea necesario el enfrentamiento directo. Todos vosotros habéis leído que en Riga las tropas alemanas marchan de la mano con las británicas contra los bolcheviques rusos. Compañeros, tengo en mis manos documentos que permiten conocer lo que ocurre actualmente en Riga. Todo el asunto tiene su origen en el pacto entre el comandante en jefe del



 

 

 

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VIII ejército con el señor August Winnig[51], socialdemócrata y dirigente sindical alemán. Se procura presentar los hechos de manera que los pobres Ebert-Scheidemann aparezcan como las víctimas de la Entente. Desde hace varias semanas, desde el inicio de la revolución, la táctica del Vorwärts consistía en hacer creer que la Entente intentaba decididamente yugular la revolución en Rusia, cuando fue precisamente esto lo que hizo pensar a la Entente en esta posibilidad. Nosotros mismos hemos comprobado, con documentos que así lo demuestran, las maniobras dirigidas contra él proletariado ruso y la revolución alemana. En un telegrama fechado el 26 de diciembre, el teniente coronel Buerkner, jefe del Estado Mayor del VIII Ejército, dio conocimiento de las negociaciones que desembocaron en el acuerdo de Riga. El telegrama en cuestión decía así:

 

«El 23 de diciembre tuvo lugar, a bordo del buque británico Princess Margaret, una entrevista del delegado plenipotenciario del Reich, Winnig, con el representante del gobierno británico, Monsanquet, antiguo cónsul general de ese país en Riga, a la cual fue también convocado el comandante en jefe alemán o su representante. Yo fui el designado a participar en la reunión. Objeto de la entrevista: aplicación de las condiciones del armisticio. Desarrollo de la reunión: por parte británica: los navíos fondeados aquí deben vigilar la aplicación de las condiciones fijadas. En función de las condiciones del armisticio se exigirá:

1.  Que los alemanes mantengan en esta zona una fuerza de combate suficiente para mantener a raya a los bolcheviques que avancen desde sus posiciones actuales».

Y por otra parte:

 

«3. Una copia de las presentes disposiciones que afectan a las tropas, tanto alemanas como letonas, que combaten contra los bolcheviques, será enviada al oficial de Estado Mayor británico para que el oficial de mayor rango de la marina británica tenga conocimiento de las mismas. Todas las futuras disposiciones concernientes a las tropas que combaten a los bolcheviques serán igualmente comunicadas a través de este oficial.

4.    En los puntos que se describirán a continuación, habrá de ser mantenida bajo las armas una fuerza militar suficiente con el fin de impedir su ocupación por los bolcheviques o cualquier avance de éstos sobre una línea general que pasa por las siguientes poblaciones: Walk, Wolmar, Wenden, Friedrichstadt, Pensk y Mitau.



 

 

 

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5.  La vía férrea entre Riga y Libau debe tener la protección suficiente para hacer frente a cualquier ataque bolchevique. Todas las provisiones y el correo británico que circulen por esa vía de comunicación se beneficiarán de un régimen de favor».

 

A todo esto seguía una serie de peticiones. He aquí ahora la respuesta del señor Winnig, representante plenipotenciario alemán:

«No hay duda de que es un hecho poco habitual el apremiar a un gobierno para que ocupe un Estado extranjero; sin embargo, en el caso concreto que nos ocupa, nuestros deseos están muy claros —¡esto lo declaró el señor Winnig, el dirigente sindical alemán!— porque se trata de proteger vidas alemanas [los barones del Báltico] y en consecuencia nos sentimos moralmente obligados a ayudar a un país al que hemos liberado del contexto estatal del cual antes formaba parte. Mas nuestros esfuerzos se han visto obstaculizados: primero por la situación de las tropas, que debido a las condiciones del armisticio ya no combaten, sino que quieren volver a casa y por otra parte están formadas por soldados viejos, inválidos; en segundo lugar, a causa de la actitud de los gobernantes locales [se refiere a los gobernantes letones], los cuales tachan a los alemanes de opresores. Nosotros nos esforzamos ahora por crear formaciones de voluntarios dispuestas para el combate, cosa que está ya parcialmente realizada».

 

Sencillamente, lo que aquí se está haciendo es contrarrevolución. Todos vosotros fuisteis ya informados en su momento de la creación de la división blindada destinada expresamente a luchar contra los bolcheviques en los países bálticos. La posición del gobierno Ebert-Scheidemann en este asunto no estaba entonces clara. Pero ahora ya sabéis que ha sido ese mismo gobierno el que había dado las órdenes oportunas.

Compañeros, quisiera todavía referirme brevemente al papel de Winníg. Hoy podemos afirmar que los dirigentes sindicales alemanes —no es casualidad el que un dirigente sindical sea elegido para llevar a cabo tal tipo de misiones—, que los dirigentes sindicales y los socialdemócratas alemanes son los mayores y más infames canallas que el mundo haya conocido nunca. ¿Sabéis dónde deberían estar tales individuos, los Winnig, los Ebert, los Scheidemann? ¡Según el código penal alemán, del que ellos se han declarado plenamente partidarios como panacea de la justicia, el lugar de esas gentes serían los trabajos forzados! Puesto que, según el código penal alemán, cualquier persona dedicada a enrolar



 

 

 

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soldados alemanes al servicio del extranjero es penada con trabajos forzados. Podemos decir, pues, con perfecto derecho que a la cabeza del gobierno «socialista» tenemos hoy a individuos que no solamente son los Judas del movimiento socialista y de la revolución proletaria, sino que además son reos de prisión, sin derecho a ocupar su lugar en una sociedad mínimamente decente.

 

En relación con ese asunto, al final de mi exposición os leeré una resolución que espero aprobéis unánimemente, con el fin de que dispongamos de la suficiente fuerza para poder intervenir contra los individuos que dirigen hoy los destinos de Alemania.

Compañeros, recuperando el tema central de mi exposición, debo deciros que todas esas maquinaciones, la creación de divisiones blindadas y especialmente el acuerdo con el imperialismo británico que he citado antes, no representan más que las últimas tentativas destinadas a asfixiar el movimiento socialista alemán. Este punto está estrechamente relacionado con la cuestión cardinal, la cuestión relativa a las perspectivas de paz. ¿Qué otra conclusión cabe extraer de todas esas manipulaciones si no la de que intentan de nuevo encender la llama de la guerra? Esos canallas juegan a la comedia de hacer creer que dedican sus máximos esfuerzos a la instauración de la paz, y pretenden que nosotros somos los aguafiestas, gentes que suscitan la desconfianza de la Entente 7 que frenan la consecución de la paz, mientras que en realidad están preparando la reactivación de la guerra, la guerra en el Este, a la que de inmediato seguirá la guerra en Alemania. La situación nos obliga ineludiblemente a entrar en un período de conflictos violentos. Cuando nosotros defendemos los intereses del socialismo y de la revolución, también debemos defender los intereses de la paz mundial. Esto confirma la táctica que nosotros, los espartaquistas, hemos defendido sin desaliento y en cada instante durante los cuatro años de la guerra. Defender la paz significa defender la revolución mundial del proletariado. No existe otro medio para establecer y asegurar realmente la paz, que la victoria del proletariado socialista.

 

Compañeros, ¿qué consecuencias tendrá todo lo dicho en nuestra línea táctica general cara al futuro inmediato? La primera consecuencia que desearíamos ver plasmada sería el derrocamiento del gobierno Ebert-Scheidemann y su sustitución por un gobierno explícitamente socialista, proletario y revolucionario. Pero yo quisiera que vuestra atención no se fijase en la cúspide de la pirámide, sino en la base. No podemos seguir



 

 

 

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alimentando vanas ilusiones y volver a caer en el error de la primera fase de la revolución, como el 9 de noviembre, al creer que finalmente bastaba con derribar al gobierno capitalista y reemplazarlo por otro para realizar la revolución socialista. No es posible conducir la revolución socialista a la victoria más que por un camino inverso a aquél: minar progresivamente al gobierno Ebert-Scheidemann a través de la lucha social y revolucionaria de las masas en todos los aspectos. Por ello quisiera llamar vuestra atención acerca de ciertas insuficiencias de la revolución alemana, que no desaparecieron al término de la primera fase revolucionaria y que demuestran que todavía no hemos alcanzado el nivel suficiente como para poder asegurar la victoria del socialismo tras la caída del gobierno. He intentado demostraros que la revolución del 9 de noviembre fue ante todo una revolución política y que era necesario transformarla en una revolución económica. Pero esa revolución también era solamente una revolución urbana, es decir que, hasta el presente, el campesinado ha permanecido prácticamente al margen. Sería una locura plantear la realización del socialismo sin contar con la agricultura. Desde el punto de vista de la economía socialista, es absolutamente imposible reestructurar la industria sin entroncarla con una agricultura reorganizada de forma socialista. La idea más importante del orden económico socialista radica en la supresión de la oposición y la separación entre la ciudad y el campo. Tal separación, tal contraste, tal oposición, constituyen un fenómeno puramente capitalista que es necesario suprimir de inmediato si se desea un desarrollo socialista. Si queremos seriamente una reestructuración socialista, habremos de prestar tanta atención al campo como a los centros industriales, y en esta tarea ni siquiera nos encontramos todavía en los comienzos. Hemos de tener muy clara esta cuestión no sólo porque no es posible realizar el socialismo sin tener en cuenta a la agricultura, sino también por la siguiente razón: Si acabamos de enumerar las últimas reservas de que dispone la contrarrevolución para emplearlas contra nosotros y nuestros esfuerzos, todavía nos queda por citar una importante fuerza: el campesinado. En la medida en que ese campesinado, hasta el presente, no ha sido alcanzado por la revolución, puede convertirse en una auténtica fuerza de reserva para la burguesía contrarrevolucionaria. Y cuando las llamas de las huelgas revolucionarias les prendan en los pies, la primera cosa que hará esa burguesía será movilizar al campesinado, a los fanáticos partidarios de la propiedad privada. Para evitar la amenaza de esa



 

 

 

 

 

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fuerza potencial contrarrevolucionaria, no existe otro medio que llevar la lucha de clases al campo, movilizar al proletariado sin tierra y al pequeño campesino contra el gran propietario agrícola.

 

A modo de conclusión sobre la manera de asegurar las condiciones previas para el éxito de la revolución, resumiré a continuación nuestras tareas más inmediatas: en el futuro será necesario desarrollar al máximo el sistema de consejos de obreros y de soldados, pero especialmente el de los consejos de obreros. Lo que emprendimos el 9 de noviembre no era otra cosa que tímidos inicios, y no sólo eso. En la primera fase incluso perdimos de nuevo grandes instrumentos de poder. Sabéis que la contrarrevolución se ha dedicado sistemáticamente a desmontar los consejos de obreros y de soldados. En Hesse, estos consejos han sido completamente suprimidos por el gobierno contrarrevolucionario; en otros lugares se les arrebatan sus instrumentos de poder. Es por esto que no nos basta con ampliar el sistema de consejos de obreros y de soldados; es necesario que integremos también a los trabajadores del campo y a los pequeños campesinos a ese sistema de consejos. Debemos tomar el poder. Pero para poder tomar el poder es imprescindible plantearse previamente la cuestión de la toma del poder: ¿qué hace, qué puede hacer, qué debe hacer cada consejo de obreros y de soldados en Alemania? Ahí reside el poder. Debemos socavar el Estado burgués en su base, poniendo fin a la separación entre los poderes públicos, entre poder legislativo y administración, uniéndolos y poniéndolos en manos de los consejos de obreros y de soldados.

 

Compañeros, he aquí ante nosotros un vasto campo por laborar. Hemos de preparar las condiciones a partir de la base. Hemos de dar a los consejos de obreros y de soldados un poder tal que, cuando se produzca el derrocamiento del gobierno Ebert-Scheidemann o de cualquier otro gobierno similar, éste sea el acto final. Con esto quiero decir que la conquista del poder no es algo que pueda realizarse en una sola acción, sino que debe ser un proceso progresivo: hemos de introducirnos en el Estado burgués hasta ocupar todas las posiciones clave y defenderlas por todos los medios. También es mi opinión, compartida por muchos de los compañeros del Partido, que la lucha económica debe ser llevada a cabo por los consejos de obreros. A estos consejos de obreros corresponderá la responsabilidad de dirigir la lucha económica y de extenderla a áreas cada vez más amplias. Los consejos de obreros deberán disponer de todo el



 

 

 

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poder del Estado. Y en este sentido tendremos que actuar en los tiempos que se aproximan. Al asumir esta tarea, habremos de tener presente que en un futuro se va a producir una gigantesca radicalización de la lucha de clases. Se trata de una lucha cuerpo a cuerpo, hombro con hombro, a desarrollar en cada Estado, en cada ciudad, en cada aldea, en cada comunidad; una lucha que tendrá como finalidad inmediata el arrancar a la burguesía cada parcela del poder para ponerlo en manos de los consejos de obreros y de soldados. Pero para lograr este objetivo primero debemos educar a nuestros compañeros de Partido, debemos educar al proletariado. Incluso allí donde existen consejos de obreros y de soldados, todavía falta la conciencia necesaria sobre la finalidad de los consejos de obreros y de soldados. Es nuestra tarea inmediata hacer comprender a las masas que los consejos de obreros y de soldados han de ser en todo momento la palanca de mando de la mecánica del Estado, la organización que ha de asumir todos los poderes para hacerlos converger en una misma corriente, en una misma vía: la vía de la revolución socialista. Sin embargo, distan mucho de comprenderlo así las masas de trabajadores encuadradas en los consejos de obreros y de soldados, excepción hecha de una reducida minoría de proletarios con una clara consciencia de sus tareas. Pero esto no es una debilidad, sino que es precisamente lo normal. Solamente ejercitando el poder, las masas pueden aprender el ejercicio del poder. No hay otro medio de inculcarlo. Afortunadamente, hemos superado ya la época en que se creía tener que adoctrinar al proletariado en el socialismo. Pero estos tiempos todavía parecen existir hasta hoy para los marxistas de la escuela de Kautsky. Según ellos, el adoctrinar a las masas proletarias de forma socialista, significa pronunciar discursos y distribuir octavillas y folletos. Pero no, la escuela socialista de los proletarios no tiene ya necesidad de todo eso. Su mejor educación la obtienen en la acción. He aquí la divisa: acción. La acción a través de la cual los consejos de obreros y de soldados han de sentirse llamados y han de aprender a convertirse en la única fuerza dirigente de todo el Imperio. Sólo así podemos socavar el terreno de tal forma que madure el cambio revolucionario que deberá coronar nuestra obra. Y por ello, compañeros, actué con premeditación y clara consciencia cuando ayer manifesté, cuando especialmente os dije que no os tomarais la lucha demasiado a la ligera. Algunos compañeros lo interpretaron mal, creyendo que yo les estaba acusando de permanecer con los brazos cruzados al boicotear la Asamblea Nacional. Ni en sueños se me había



 

 

 

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ocurrido esto, pero no tuve posibilidad de insistir en la cuestión. Esta posibilidad me la brinda este marco y el contexto de hoy. Quiero decir que la historia nos concede las facilidades que imperaban en las revoluciones burguesas, donde bastaba con derrocar al poder oficial central y reemplazarlo por unos cuantos o unas docenas de hombres nuevos. Hoy debemos trabajar en la base, como corresponde al carácter de masas de nuestra revolución proletaria. Debemos conquistar el poder político, pero no haciéndolo por arriba, sino por abajo. El 9 de noviembre se intentó desmontar los poderes públicos, conmover su hegemonía cíe clase, pero la tentativa fue débil, incompleta, inconsistente y confusa. Lo que exige la situación actual es dirigir de una manera plenamente consciente toda la fuerza del proletariado contra los fundamentos de la sociedad capitalista. Es en la base, allí donde cada patrón se encuentra frente a frente con sus esclavos asalariados; es en la base, allí donde se materializan todos los órganos ejecutivos de la dominación política clasista; es en esas bases donde debemos arrebatarles a los gobernantes burgueses cada fragmento de su poder y tomarlo en nuestras manos. Pero quiero advertiros que el ritmo de ese proceso es más lento de lo que pueda parecer a primera vista. Creo que es bueno que afrontemos con plena claridad todas las dificultades y todas las complicaciones de esta revolución. Espero que, al igual que yo, ninguno de vosotros se sienta abrumado por la acumulación de las dificultades, y que no se paralice vuestro ardor ni se merme vuestra energía revolucionaria. Al contrario, cuanto más gigantesca sea la tarea a desempeñar, más se han de galvanizar nuestras fuerzas. No olvidemos que la revolución puede acelerar los acontecimientos con una extraordinaria rapidez. Pero no voy a entretenerme aquí en profetizar acerca de la duración de ese proceso. Basta con que seamos plenamente conscientes de que nuestra vía es suficiente para conducirnos a la victoria. Lo fundamental, lo realmente importante, es que sepamos con precisión y claridad cuál es nuestra tarea. Y creo que, a pesar de mi debilidad, ya os he trazado aproximadamente las líneas generales de esta tarea.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LOS OBJETIVOS DE SPARTAKUS[52] (Programa de la Liga Spartakus)

 

 

 

 

I

 

El 9 de noviembre los obreros y soldados han destruido al antiguo régimen de Alemania. En los campos de batalla de Francia se habían desvanecido las sanguinarias ilusiones de la dominación mundial del sable prusiano. Las criminales bandas que propiciaron el incendio universal y sumergido a Alemania en un mar de sangre han tenido el final que merecían. Y el pueblo, engañado durante cuatro años, que al servicio de Moloch había olvidado su obligación cultural, su sentido del honor y el más mínimo residuo humanitario, ha despertado después de cuatro años de su pétreo letargo, y se ha encontrado al borde del abismo.

 

El 9 de noviembre el proletariado alemán se ha sublevado y se ha sacudido tan infame yugo. Los Hohenzollern han sido derribados y en su lugar han sido elegidos Consejos de obreros y soldados.

Sin embargo, los Hohenzollern nunca fueron más que brazos ejecutores de la burguesía imperialista y de la aristocracia latifundista. La burguesía y su hegemonía de clase: he aquí el verdadero culpable de la guerra mundial, tanto en Alemania como en Francia, en Rusia como en Gran Bretaña, en Europa como en América. Los capitalistas de todos los países: ellos son los auténticos instigadores de la matanza de los pueblos. El capital internacional: he aquí al monstruo insaciable que ha engullido millones de vidas humanas con su boca rezumando sangre.

La guerra mundial ha colocado a la sociedad frente a una alternativa: la continuación del capitalismo, con nuevas guerras y un próximo holocausto en el caos y la anarquía o bien la liquidación de la explotación capitalista.

 

El término de la guerra mundial es el testimonio definitivo que debe privar a la burguesía de sus derechos de existencia. La burguesía ya no es



 

 

 

 

 

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capaz de sacar a la sociedad del terrible desastre económico que ha dejado la orgía imperialista.

 

Infinidad de medios de producción han sido destruidos, millones de obreros, los mejores y más laboriosos hombres de la clase obrera, han sido sacrificados. A los que han quedado con vida, les aguarda al regreso el desempleo. El hambre y las enfermedades amenazan con destruir de raíz las fuerzas del pueblo. La bancarrota financiera del Estado se anuncia como resultado inevitable de las deudas de guerra.

 

Para salir de ese desorden sangriento y escapar al abismo, no hay otro recurso, no queda otra vía, otra salvación, que el socialismo. Solamente la revolución mundial del proletariado puede introducir la armonía en ese caos, puede asegurar pan y trabajo para todos, puede poner punto final a la matanza entre los pueblos y aportar a la humanidad agotada lo único que ansía después de tanta destrucción: la Paz, la Libertad, una verdadera civilización. ¡Abajo la explotación! He aquí la consigna del momento. El trabajo asalariado y la hegemonía de clase deben sustituirse por el trabajo cooperativista. Los instrumentos de trabajo deben de dejar de ser monopolio de una clase, deben ser convertidos en bien común. ¡Basta de explotadores y de explotados! Regulación de la producción y distribución de los productos en interés de la comunidad. Abolición no sólo de las formas de producción actuales, basadas en la explotación y el robo, sino también del actual comercio, que no es más que fraude.

 

En lugar de los patronos y sus esclavos asalariados, es necesario implantar la libre cooperación entre compañeros de trabajo. El trabajo ya no será más una tortura cuando sea un deber para todo el mundo. Una existencia humana digna para todo aquél que cumpla para con la sociedad. Que el hambre deje de ser a partir de hoy la gran maldición del trabajo, para ser el castigo de los parásitos.

Sólo en una sociedad así serán erradicados el odio entre los pueblos y el vasallaje. Solamente a través del advenimiento de esta sociedad la tierra dejará de ser violada por el asesinato de hombres. Solamente entonces podremos decir: esta guerra es la última de las guerras.

En esta hora el socialismo es la única esperanza de salvación de la humanidad. Por encima de las murallas del mundo capitalista que se desmoronan, brillan con fulgor de fuego las palabras del Manifiesto Comunista:

«Socialismo o barbarie».



 

 

 

 

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II

 

La realización del orden social socialista es la tarea más gigantesca que jamás le haya correspondido a una clase y a una revolución en toda la historia de la humanidad. Tal tarea implica una total transformación del Estado, una subversión general de todas las bases económicas y sociales del mundo actual.

 

Esa transformación y esa subversión, no pueden ser decretados por una autoridad cualquiera, un comité o un parlamento. La iniciativa y su materialización solamente pueden partir y ser realizadas por las masas populares.

En todas las revoluciones precedentes fue una pequeña minoría del pueblo la que tomó la dirección de la lucha revolucionaria, la que le confirió una orientación y se sirvió de las masas como instrumento para conducir a la victoria los intereses de la minoría. La revolución socialista es la primera que puede alcanzar la victoria de los intereses de la gran mayoría del pueblo, a través de la acción de la gran mayoría que son los trabajadores.

La masa proletaria está llamada no solamente a marcar con nítidos conocimientos unos objetivos y orientaciones a la Revolución. Debe también, por sí misma, por su propia actividad, poner en marcha al socialismo, darle vida.

La esencia de la sociedad socialista consiste en que la gran masa de los trabajadores cesa de ser una masa dirigida, para convertirse en una masa que vive ya por sí misma la vida en toda su plenitud política y económica, y la encauza por autodeterminación.

Desde las instancias superiores del Estado hasta el último rincón municipal, la masa proletaria debe liquidar los tradicionales órganos de dominación producto de la hegemonía burguesa: consejos de Estado, parlamentos, concejos municipales, para sustituirlos por sus propios órganos de clase, los Consejos de obreros y soldados, con los que deberá ocupar todos los cargos, asumir todas las funciones, calibrar todas las necesidades sociales y adaptar sus intereses de clase a las tareas socialistas. Solamente una recíproca influencia, permanentemente viva, entre las masas populares y sus órganos, los Consejos de obreros y soldados, puede asegurar la evolución de la sociedad en un espíritu socialista.



 

 

 

 

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Igualmente, la transformación económica no puede materializarse si no es a través de un proceso basado en la acción de las masas proletarias. Los decretos escuetos emanados de instancias revolucionarias superiores son en sí mismos fórmulas vacías. Solamente la masa obrera podrá clarificarse los objetivos y las palabras. En lucha encarnizada contra el capital, cuerpo a cuerpo, fábrica por fábrica, en la presión directa de las masas, mediante la huelga, mediante la construcción de sus órganos permanentes, los obreros pueden adueñarse del control de la producción y, finalmente, hacerse con la dirección efectiva.

 

Las masas proletarias deben aprender a superar su estadio de simples máquinas muertas que el capitalista aplica al proceso de producción, y convertirse en dirigentes pensantes, libres, protagonistas de esa misma producción social. Deben adquirir el sentimiento de su responsabilidad como miembros de la colectividad, única depositaría de toda la riqueza social. Deben de mostrar su celo cuando el látigo patronal haya desaparecido y sostener una productividad que no requiera la vigilancia capitalista. Disciplina sin control y orden sin dominación. El más elevado idealismo en interés de la colectividad y el espíritu de iniciativa de un auténtico civismo son para la sociedad socialista una base moral indispensable, como la estupidez, el egoísmo y la corrupción lo son para el capitalismo.

 

Todas estas virtudes cívicas del socialismo, al igual que los conocimientos y las capacidades necesarias para conducir las empresas socialistas, solamente pueden ser adquiridas por las masas obreras a través de su propia actividad, de su propia experiencia.

 

La socialización de la sociedad no puede ser alcanzada por otra vía que no sea la lucha infatigable de las masas obreras en toda su profundidad y en todos los lugares en donde el trabajo se enfrenta al capital, el pueblo a la dominación de clase de la burguesía. La liberación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera.

 

 

III

 

En las revoluciones burguesas, la sangre derramada, el terror y la muerte política fueron el arma indispensable utilizada por las clases hegemónicas.



 

 

 

 

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La revolución proletaria no precisa de terror alguno para alcanzar sus objetivos. Odia y aborrece el asesinato. No tiene necesidad de este medio de lucha, porque no combate a individuos, sino a instituciones, porque no sale a escena con ingenuas ilusiones, cuyas decepciones hubiera de vengar sanguinariamente. No es la tentativa desesperada de una minoría que busca modelar el mundo a su imagen y semejanza por medios violentos, sino la acción de amplias masas de millones de individuos llamados a realizar la misión histórica y a transformar las necesidades históricas en realidades.

 

Sin embargo, la revolución proletaria es al mismo tiempo el velo fúnebre de todo vasallaje, de toda opresión. Por ello todos los capitalistas, latifundistas, pequeñoburgueses, oficiales y todos los aprovechados y los parásitos de la explotación y de la dominación de clase se alzan como un solo hombre en esta lucha por la vida o la muerte en contra de la revolución proletaria.

Es una ilusión creer que los capitalistas se avendrán plácidamente a acatar los veredictos socialistas de un parlamento, de una asamblea nacional. Es ilusorio creer que renunciarán a sus bienes, a sus beneficios, a sus privilegios derivados de la explotación. Todas las clases dominantes siempre han defendido encarnizadamente sus privilegios hasta el último aliento. Tanto los patricios romanos como los barones feudales de la Edad Media, los caballeros ingleses como los mercaderes de esclavos americanos, los boyardos de Valaquia como los fabricantes textiles de Lyon, todos ellos han sido los responsables de matanzas, todos ellos han vertido ríos de sangre, han dejado rastros de cadáveres, cenizas y ruinas, han recurrido a la guerra civil y a la alta traición con el único objeto de mantener sus privilegios y sus poderes.

 

La clase de los capitalistas imperialistas, último eslabón de las castas explotadoras, ha superado en brutalidad, en cinismo y en maldad a todos sus predecesores. Para defender el sancta sanctorum de su existencia, sus beneficios y privilegios de la explotación, esa clase empleará los dientes y las uñas, utilizará al máximo cada uno de los métodos fríamente implacables que han aparecido cotidianamente en la historia política colonial y en la última guerra mundial. Esa clase desencadenará el cielo y el infierno contra la revolución proletaria. Movilizará al campesinado contra las ciudades, excitará a los sectores más atrasados e ignorantes del proletariado contra su propia vanguardia. Hará de sus oficiales



 

 

 

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organizadores de masacres, paralizará cada decisión socialista mediante las mil y una tretas de la resistencia pasiva. Lanzará a la garganta de la revolución bandas de delincuentes. Recurrirá incluso al enemigo exterior, al sable asesino de los Clemenceau, Lloyd George y Wilson, pata salvar su dominio interior. Transformará el país en un caos de ruinas humeantes, antes de renunciar a suprimir de buen grado la esclavitud del asalariado.

 

Todas esas resistencias deberán ser quebradas paso a paso, una por una, con un puño férreo, con una energía infatigable. Es necesario oponer a la violencia de la contrarrevolución burguesa la violencia revolucionaria del proletariado. Frente a las emboscadas, las trampas y las triquiñuelas de la burguesía, hay que oponer la claridad de objetivos, la vigilancia y la iniciativa permanente de las masas proletarias. Frente al peligro amenazador de la contrarrevolución, el armamento del pueblo y el desarme de las clases poseedoras. Frente a las maniobras burguesas de obstrucción parlamentaria, la intensa organización de las masas de obreros y soldados. Frente a la omnipresencia y la potencia de los medios del poder de la sociedad burguesa, la potencia elevada a su más alto grado de concentración, de cohesión e intensidad de toda la clase trabajadora. Oponer el frente de todo el proletariado alemán: meridional y septentrional, urbano y campesino, obrero y militar, el contacto vivo y activo de la revolución alemana con la Internacional: la ampliación de la revolución alemana para convertirla en revolución mundial del proletariado, éste será el fundamento indispensable para asegurar la edificación del futuro.

 

La lucha por el socialismo es la más violenta de las guerras civiles que la historia haya presenciado jamás, y la revolución proletaria debe tomar todas las disposiciones necesarias en vistas de esa guerra. Debe aprender a utilizarlas, a combatir y a vencer.

Este equipamiento de las masas compactas del pueblo trabajador con todo el poder político para la revolución, no es otra cosa que la Dictadura del Proletariado y, por consiguiente, la verdadera democracia. No es allí donde los esclavos asalariados y los capitalistas, los campesinos pobres y los latifundistas se sientan juntos, en pie de igualdad, para debatir sus «intereses comunes» a la manera parlamentaria, sino allí donde las masas proletarias, los millones de proletarios toman en sus manos endurecidas por el trabajo el martillo del poder, como Júpiter el suyo, golpeando con él



 

 

 

 

 

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en la nuca de la clase dominante, donde podrá realizarse la verdadera democracia, aquélla que no es un engaño al pueblo.

 

Para posibilitar al proletariado el cumplimiento de las citadas tareas, la

 

Liga Spartakus exige:

 

 

 

A)  Medidas inmediatas para la protección de la Revolución

 

1)    Desarme de la policía, de los oficiales y de los soldados no-proletarios. Desarme de todos los miembros pertenecientes a la clase dominante.

 

2)  Incautación de todos los depósitos de armamento y munición, así como de las fábricas de armamento, por los Consejos de obreros y soldados.

3)  Distribución de armamento a toda la población proletaria masculina y adulta, organizada como milicia obrera. Formación de una Guardia Roja formada por proletarios, como sector activo de la milicia encargada de la defensa permanente de la revolución contra los golpes de fuerza de la reacción y los traidores.

4)  Supresión del mando de jefes, oficiales y suboficiales. Sustitución de la obediencia ciega por la disciplina voluntaria de los soldados. Elegibilidad de todos los superiores por la tropa, que podrá revocarlos en todo momento. Supresión de la justicia militar.

5)    Exclusión de oficiales e individuos abandonistas de todos los Consejos de soldados.

6)    Supresión de todos los órganos políticos y administrativos del antiguo régimen, que serán sustituidos por hombres de confianza de los Consejos de obreros y soldados,

7)    Creación de un tribunal revolucionario que, en última instancia, juzgará a los principales responsables de la guerra y de su prolongación: los dos Hohenzollern, Ludendorff, Hindenburg, Tirpitz y sus cómplices, al igual que a todos los conspiradores y contrarrevolucionarios.

8)   Requisamiento inmediato de todos los alimentos para asegurar la alimentación del pueblo.

 

 

B)  Primeras medidas políticas y sociales



 

 

 

 

 

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1)      Liquidación de los Estados autónomos dentro del Reich. Establecimiento de la República socialista unitaria de Alemania.

 

2)  Supresión de todos los parlamentos y concejos municipales, cuyas funciones serán asumidas por los Consejos de obreros y soldados y por los comités y órganos que éstos deleguen.

3)  Elecciones de Consejos de obreros en toda Alemania por parte de toda la población obrera de ambos sexos, en la ciudad y en el campo, sobre la base de la empresa. Asimismo, elecciones para los Consejos de soldados por parte de la tropa, excluyendo a los oficiales y los abandonistas. Derecho de los obreros y soldados a revocar en cualquier momento a sus representantes.

4)   Elección de delegados de los Consejos de obreros y soldados de toda Alemania para el Consejo central de los Consejos, en cuyo seno será elegido un Consejo ejecutivo como instancia suprema del poder legislativo y ejecutivo;

5)   Reunión del Consejo central de los Consejos al menos cada tres meses —previa reelección de todos los delegados— con el fin de mantener un constante control de la actividad del Consejo Ejecutivo y establecer una viva relación entre la masa de los consejos locales de obreros y soldados y el máximo organismo representativo del país. Derecho de los Consejos locales de obreros y soldados a revocar y reemplazar en cualquier momento a sus representantes en el Consejo central, en caso de que éstos no se ajustasen al sentido de sus mandatos. Derecho del Ejecutivo a nombrar y revocar a los comisarios del pueblo y a todas las autoridades y los funcionarios de la administración central.

6)    Abolición de todos los privilegios de clase, órdenes y títulos. Igualdad completa de los sexos ante la ley y ante la sociedad.

7)   Introducción de leyes sociales decisivas. Reducción de la jornada laboral con el fin de solucionar el problema del desempleo, teniendo en cuenta la disminución de las condiciones físicas de los obreros a causa de la guerra mundial. Jornada laboral máxima de seis horas.

 

8)    Transformación inmediata de las condiciones de alimentación, vivienda, higiene y educación en el sentido y el espíritu de la revolución proletaria.

 

 

C)  Reivindicaciones económicas inmediatas



 

 

 

 

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1)  Confiscación de todas las fortunas e ingresos dinásticos en beneficio de la colectividad.

 

2)   Anulación de todas las deudas del Estado y cualquier otro tipo de deuda pública, así como de todos los empréstitos de guerra, a excepción de las suscripciones inferiores a cierto nivel, el cual será establecido por el Consejo central de los Consejos de obreros y soldados.

3)  Expropiación de las tierras de todas las empresas agrarias, grandes y medianas. Formación de cooperativas agrícolas socialistas bajo una dirección unificada y centralizada en todo el país. Las pequeñas empresas agrícolas permanecerán en manos de sus propietarios hasta que éstos decidan ingresar voluntariamente en las cooperativas socialistas.

4)   Nacionalización de todos los bancos, minas, y de todas las grandes empresas industriales y comerciales por la República de los Consejos.

5)   Expropiación de todas las fortunas a partir de determinado nivel, que será fijado por el Consejo central.

6)  La República de los Consejos se hará cargo de todos los transportes públicos.

7)   Elección, en cada fábrica, de un consejo que deberá gestionar los asuntos internos de acuerdo con los Consejos de obreros, es decir, deberá establecer las condiciones de trabajo, controlar la producción y, finalmente, sustituir a la dirección de la empresa.

8)  Formación de una Comisión Central de Huelgas, que en constante contacto con los delegados de los Consejos de fábricas, conferirá al movimiento huelguístico de todo el país la necesaria coordinación, una dirección socialista y un enérgico apoyo por parte del poder político de los Consejos de obreros y soldados.

 

 

D)  Objetivos internacionales

 

Establecimiento inmediato de relaciones con los partidos hermanos del extranjero para establecer la revolución socialista sobre una base internacional y para imponer y mantener la paz por la fraternización internacional y el levantamiento revolucionario del proletariado mundial.

 

 

E) Objetivos de la Liga Spartakus



 

 

 

 

 

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Porque Spartakus es el velador, el impulsor, la consciencia socialista de la Revolución, es el objeto del odio, de las persecuciones y de las calumnias de todos los enemigos declarados o secretos de la revolución y del proletariado.

 

¡Crucificadla!, gritan los capitalistas que tiemblan por sus cajas de caudales.

¡Crucificadla!, gritan los pequeñoburgueses, los oficiales, los antisemitas, los lacayos de la prensa burguesa, que tiemblan por la fuente de ingresos de la dominación burguesa.

¡Crucificadla!, claman los Scheidemann, que al igual que Judas han vendido los obreros a la burguesía y que temen por las treinta monedas de plata que han recibido por sus servicios.

¡Crucificadla!, suena todavía el eco de sectores ignorantes y engañados de obreros y soldados, que no comprenden que, en realidad, al revolverse contra la Liga Spartakus, están dirigiendo su furor contra su propio cuerpo y su propia sangre.

En el odio y en la calumnia contra la Liga Spartakus se dan cita todo contrarrevolucionario, todo individuo hostil al pueblo, todo enemigo del socialismo, todo aquél que tiene una doble cara, todo ignorante que no consigue descubrir la verdad. Ello demuestra que Spartakus es el corazón de la revolución y que el futuro le pertenece.

La Liga Spartakus no es un partido que pretenda el poder por encima o a través de las masas.

La Liga Spartakus únicamente pretende ser en cualquier circunstancia el sector más consciente de un objetivo común. El sector que a cada paso del camino recorrido por la gran masa obrera llama por el presente consciente de las tareas históricas. El sector que en cada estadio particular de la revolución recuerda los objetivos finales y que en cada cuestión local o nacional recuerda los intereses de la revolución mundial de los proletarios.

La Liga Spartakus rechaza compartir el poder gubernamental con hombres de paja de la burguesía, los Ebert-Scheidemann. Con ese tipo de colaboración traicionan los principios del socialismo y refuerzan la contrarrevolución, paralizando la revolución.

Asimismo, la Liga Spartakus rechazaría acceder al poder porque los Ebert-Scheidemann hayan cubierto su ciclo, y porque los Independientes, por su política colaboracionista, se encuentren en un callejón sin salida.



 

 

 

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Si la Liga Spartakus llegara a ocupar el poder sería bajo la forma de voluntad clara e indudable de la gran mayoría de las masas proletarias de todo Alemania, como expresión de la consciente adhesión de esas masas a las perspectivas, objetivos y métodos de lucha propagados por la Liga Spartakus.

 

La revolución proletaria no puede abrirse camino hacia la total claridad y la plena madurez más que de modo gradual, paso a paso, a lo largo de un amplio y largo camino de sufrimientos, plagado de victorias y de derrotas. La victoria de Spartakus no se sitúa al principio de ese camino, sino al final de la revolución. Ella se identifica con la victoria definitiva de las masas, objetivo que ocupa ya a millones de mentes que acaban de comenzar a caminar por la vía del socialismo.

 

¡En pie, proletario! ¡A la lucha! Hay todo un mundo por conquistar y un mundo entero a combatir. En esta batalla de clases de la historia mundial por los más elevados objetivos de la humanidad no existe la posibilidad de diálogo con el enemigo. El único lenguaje que entiende ese enemigo es el de los pulgares en los ojos y las rodillas sobre el pecho.

 

Liga Spartakus



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROSA LUXEMBURG

 

EL ORDEN REINA EN BERLÍN[53]

 

(TESTAMENTO POLÍTICO)

 

 

 

 

 

 

«El orden reina en Varsovia» declaró en 1831 el ministro Sebastiani ante el Parlamento francés, cuando, después de haber lanzado el terrible asalto al arrabal de Praga, la soldadesca de Paskievich Suvorov[54] penetró en la capital polaca y comenzó a ejercer su oficio de verdugo contra los insurrectos.

 

«El orden reina en Berlín», proclama triunfalmente la prensa burguesa, al igual que los Ebert y los Noske[55], al igual que los oficiales de las «tropas victoriosas» que la chusma pequeñoburguesa acoge en las calles de Berlín agitando sus pañuelos al grito de «¡Viva!». La gloria y el honor de los ejércitos alemanes se han salvado ante la historia mundial. Los derrotados de Flandes y de la Argonne han rehabilitado su fama gracias a una brillante victoria… sobre los 300 «espartaquistas» del Vorwärts. Las hazañas llevadas a cabo durante la gloriosa invasión de Bélgica por las tropas alemanas, las hazañas del general Von Etnmich, el vencedor de Lieja, palidecen frente a las hazañas de los Reinhardt[56] y compañía en las calles de Berlín. Masacre de parlamentarios venidos a negociar la rendición del diario Vorwärts, a los que la soldadesca gubernamental ha atacado a golpes de culata, hasta dejar sus cuerpos irreconocibles, de forma que sus cadáveres no pueden ser identificados; prisioneros puestos contra el paredón y asesinados con tanta brutalidad, que les revienta el cráneo y los sesos; ante hechos tan formidables y gloriosos, nadie recuerda ya las derrotas sufridas frente a los franceses, los británicos y los americanos. Ahora el enemigo es Spartakus y Berlín es el lugar donde nuestros oficiales obtienen su victoria. Y el general que sabe organizar tales victorias, allí donde Ludendorff ha fracasado, es el «obrero» Noske.



 

 

 

 

 

 

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¿Cómo no evocar aquí la embriaguez victoriosa de la jauría de defensores del «orden», la bacanal de la burguesía parisina danzando sobre los cadáveres de los combatientes de la Comuna, de esa misma burguesía que acababa de capitular vergonzosamente frente a los prusianos, entregando la capital al enemigo exterior después de haberle lavado los pies? Sin embargo, cuando se trató dé enfrentarse con los proletarios parisinos, hambrientos y mal armados, de enfrentarse con sus mujeres indefensas y sus niños… ¡Ah, cómo brotó entonces el viril coraje de los hijitos de la burguesía, esa «juventud dorada», de los oficiales! ¡De qué manera la bravura de los hijos de Marte, antes vencidos por el enemigo exterior, dio luego rienda suelta a sus instintos y cometió las atrocidades más bestiales contra hombres indefensos, prisioneros y caídos!

 

«El orden reina en Varsovia», «el orden reina en París», «el orden reina en Berlín». Cada medio siglo los guardianes del «orden» obtienen los comunicados victoriosos de los holocaustos de las guerras y conflictos mundiales. Esos «vencedores» exultantes son incapaces de apercibir que un «orden» que requiere ser mantenido periódicamente a costa de sangrientas hecatombes, ineluctablemente camina hacia su destino histórico, su perdición.

¿Qué nos ha aportado esta última «semana espartaquista» de Berlín? ¿Qué nos ha enseñado? Todavía en plena lucha, en medio de los clamores de triunfo de la contrarrevolución, los proletarios deben analizar ya los hechos, valorar sus resultados en comparación con la escala de valores que ofrece la historia. La revolución no tiene tiempo que perder. Prosigue su marcha hacia delante por encima de las tumbas todavía abiertas, por encima de «victorias» y «derrotas», hacia sus grandiosos objetivos. Y el primer deber de los que luchan por el socialismo internacional es analizar con lucidez esa evolución y sus líneas de fuerza esenciales.

 

¿Cabía esperar una victoria decisiva del proletariado revolucionario en el actual enfrentamiento? ¿Podía darse ya por descontada la caída de los Ebert-Scheidemann y la instauración de la dictadura socialista? Ciertamente no, si se analizan correcta y profundamente todos los factores. Bastará con que metamos el dedo en lo que en estos momentos constituye la llaga de la revolución: la falta de madurez política de soldados que continúan dejándose avasallar por sus oficiales para desempeñar tareas contrarrevolucionarias contra el pueblo, ya es una prueba de que todavía no es posible una victoria duradera de la revolución. Por otra parte, esa



 

 

 

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falta de madurez de los militares no es sino un síntoma de la falta general de madurez de la revolución alemana.

 

El campesinado, de donde proviene un gran porcentaje de la masa de soldados, continúa escasamente influenciado por la revolución. Berlín todavía se encuentra prácticamente aislada del resto del Reich. No dudamos que los focos revolucionarios de provincias —en Renania, en la costa del mar del Norte, en Brunswick, en Sajonia, en Würtemberg— se identifican en cuerpo y alma con el proletariado berlinés. Sin embargo, falla la coordinación que se requiere para progresar; falta la acción común que proporcionaría a los avances y a la fuerza de choque de la clase obrera berlinesa una eficacia distinta. Por otra parte —y es precisamente ésta la causa más profunda de donde derivan las imperfecciones políticas—, las luchas económicas, auténtico volcán que alimenta sin cesar la lucha de clases revolucionaria, no han sobrepasado todavía su estadio inicial.

 

De todo ello se desprende claramente que en la actual fase todavía no era posible confiar en una victoria definitiva perdurable. ¿Acaso por ello la ludia de la semana pasada fue un «error»? Sí, en caso de que se hubiera tratado de un «avance» premeditado, de un llamado «putsch». ¿Pero de hecho cuál fue el punto de partida de las luchas de la semana pasada? Al igual que ocurrió en casos precedentes —tanto el 6 de diciembre como el 24 de diciembre— ¡la causa fue una brutal provocación del gobierno! Tal como antes lo fueron la agresión contra los indefensos manifestantes de la Chausseestrasse y la masacre de los marineros, la causa que dio pretexto para los hechos posteriores fue un supuesto golpe de mano realizado contra la jefatura de policía. De ello resulta que la Revolución no actúa a placer y con comodidad, como si se tratara de un plan sabiamente estructurado por «estrategas». Los adversarios también tienen su propia iniciativa, y por regla general la ejercen con mucha más frecuencia que la propia Revolución.

 

Emplazados por la violenta provocación de Ebert-Scheidemann, los obreros revolucionarios fueron obligados a tomar las armas. Sí, para la revolución era una cuestión de honor el repeler de inmediato con toda energía la agresión, para evitar que la contrarrevolución tuviera un aliciente para nuevas intentonas, y para evitar que se conmocionaran las filas revolucionarias del proletariado, el crédito moral de la Revolución alemana en la Internacional[57].



 

 

 

 

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Por lo demás, la voluntad de resistencia brotó espontáneamente, con una energía tan natural de las masas berlinesas, que puede decirse que desde el primer momento la victoria moral estaba del lado de la «calle».

 

Ahora bien, es ley interna de la Revolución que después de dado el primer paso no se debe caer jamás en la inacción ni la pasividad. El mejor reposo consiste en haber dado un buen golpe. Esta regla elemental de toda lucha cobra especial valor para cualquier paso que dé la Revolución. Se sobreentiende y es prueba del sano instinto y de la fresca fuerza interna del proletariado de Berlín, que éste no se sintiera satisfecho con haber conseguido restaurar a Eichhorn[58] en su cargo, sino que decidiera espontáneamente la ocupación de otras parcelas del poder de la contrarrevolución: la prensa burguesa, la agencia de noticias oficiosas, el Vorwärts. Todas estas medidas fueron resultado de la instintiva comprensión, por parte de las masas, de que la contrarrevolución, por su parte, no permanecería indiferente ante la derrota sufrida, sino que prepararía una prueba de fuerza generalizada.

 

También aquí nos encontramos en presencia de una de las grandes leyes históricas de la Revolución, frente a la cual se estrellan todas las habilidades y toda la ciencia de los pequeños «revolucionarios» del tipo de la USPD, que en cualquier lucha no hacen otra cosa que buscar pretextos para batirse en retirada. Desde el momento en que el problema fundamental de una revolución está claramente planteado —y aquí el problema inicial estriba en derribar al gobierno Ebert-Scheidemann, primer obstáculo para la victoria del socialismo—, ese mismo problema no cesa de surgir una y otra vez, siempre con una tremenda actualidad, y, con la fatalidad propia de una ley natural, cada episodio de la lucha lo presenta en toda su amplitud, por poco preparada que esté la Revolución para resolverlo y por poco propicia que sea la situación. «¡Abajo Ebert-Scheidemann!» Esta consigna brota irremisiblemente en cada nueva crisis revolucionaria, como única fórmula capaz de liquidar todos los conflictos parciales, por lo que, por su lógica interna —quiérase o no— puede conducir cualquier episodio de la lucha hasta sus consecuencias extremas.

 

En una etapa inicial de la Revolución, la contradicción entre la agudización de las tareas que se imponen y la ausencia de condiciones previas que han de permitir realizarlas, provoca que las luchas finalicen con una derrota formal. Pero la Revolución es la única forma de «guerra» en donde la victoria final no podrá ser obtenida más que a través de una



 

 

 

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serie de «derrotas». Y ésta es precisamente una de las leyes del proceso revolucionario.

 

¿Qué nos enseña la historia de las revoluciones modernas y del socialismo? La primera gran batalla de la lucha de clases en Europa finalizó con una derrota: la sublevación de los tejedores de seda de Lyon, en 1831, se saldó con un grave revés. También acabó derrotado el movimiento cartista en Inglaterra. Gran derrota asimismo la del proletariado parisino en el curso de las jornadas de 1848. Y también la Comuna de París conoció una terrible derrota. Toda la ruta del socialismo —desde el punto de vista de las luchas revolucionarias— está sembrada de derrotas.

¡Y sin embargo, esta misma historia conduce paso a paso hacia la victoria final! ¿Dónde estaríamos hoy todos nosotros sin aquellas «derrotas» que nos permitieron obtener experiencia histórica, conocimientos, fuerza e idealismo? Hoy, cuando justamente nos hallamos en vísperas del combate final de la lucha de clases proletaria, nos fundamentamos prácticamente en esas derrotas, ninguna de las cuales deberíamos olvidar, al ser cada una parte integrante de nuestra fuerza.

Los combates revolucionarios son lo opuesto de las luchas parlamentarias. Durante cuatro décadas, no hemos cesado de cosechar «victorias» parlamentarias en Alemania. Volábamos literalmente de victoria en victoria. Pero en la gran encrucijada histórica del 4 de agosto de 1914, el resultado fue una tremenda derrota moral y política, un hundimiento inaudito, una bancarrota sin precedentes. Paradójicamente, hasta ahora las revoluciones sólo nos han aportado derrotas, pero esos fracasos inevitables son precisamente la garantía irreversible de la victoria final.

¡Pero bajo una condición! Deben tenerse en cuenta las condiciones en que se produjeron las derrotas: si se debieron a que la energía combativa de las masas se estrellaba una y otra vez contra la barrera de las premisas históricas todavía inmaduras o bien si las indecisiones, la falta de resolución, las debilidades internas paralizaron la acción revolucionaria.

Disponemos de ejemplos clásicos para ambas posibilidades: la revolución francesa de febrero y la revolución alemana de marzo. La acción heroica del proletariado parisino en 1848 es el manantial vivo de donde el proletariado internacional ha extraído todas sus energías. Contrariamente, las lastimosas menudencias de la revolución alemana de



 

 

 

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marzo fueron el lastre que ha frenado la evolución de la Alemania moderna. A través de la historia particular de la socialdemocracia oficial alemana, estas menudencias repercutieron hasta en los acontecimientos más recientes de la revolución alemana, hasta la dramática crisis que acabamos de vivir.

 

A la luz de esta cuestión histórica, ¿cómo hemos de valorar la derrota de la llamada «semana espartaquista»? ¿Tiene sus orígenes en la impetuosidad de la energía revolucionaria y de la insuficiente madurez de la situación, o bien ha sido el efecto de la debilidad de la acción en sí misma?

¡Ambas cosas! El carácter ambiguo de esta crisis, la contradicción entre la vigorosa, resuelta y ofensiva manifestación de las masas berlinesas, y la indecisión, las vacilaciones, la tibieza de la dirección de Berlín, son las dos características de ese último episodio.

La dirección ha fracasado. Pero debe y puede crearse una nueva dirección, por y a partir de las propias masas. Las masas constituyen el elemento decisivo, la roca sobre la cual se fraguará la victoria final de la Revolución. Las masas estuvieron a la altura de su tarea histórica. Ellas han convertido la «derrota» en un eslabón en la serie de esas derrotas históricas que constituyen el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y por ello, sobre esta derrota florecerá la victoria.

 

«¡El orden reina en Berlín!» ¡Esbirros estúpidos! Vuestro «orden» es un castillo en la arena. Mañana la revolución se «levantará de nuevo clamorosamente», y para espanto vuestro proclamará:

¡Era, soy y seré![59]



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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KARL LIEBKNECHT

 

¡A PESAR DE TODO![60]

 

(TESTAMENTO POLÍTICO)

 

 

 

 

 

 

«¡Orden de asalto general contra Spartakus! ¡Muerte a los espartaquistas! ¡Apresadlos, acuchilladlos, fusiladlos, aplastadles los pies, despedazadles!» Tales horrores hacen palidecer las fechorías cometidas por las tropas alemanas en Bélgica.

 

¡Spartakus está vencido!, proclaman con alegría desde la Post hasta el Vorwärts.

¡Spartakus está vencido! Y los sables, los revólveres, los fusiles de la antigua policía germana se recuperan a costa de los obreros revolucionarios desarmados, certificando así nuestra derrota. ¡Spartakus está vencido! Las elecciones a la Asamblea Nacional comienzan a desarrollarse bajo las bayonetas del coronel Reinhardt y las metralletas y lanzaminas del general Lüttwitz. Es el plebiscito de Luis Napoleón Ebert.

Spartakus está vencido.

 

Es cierto. Los obreros revolucionarios de Berlín han sido masacrados. ¡Es cierto! Masacrados por centenares los mejores de entre ellos. Es cierto. Un millar de los mejores están en las cárceles…

Sí. Es cierto que están vencidos. Porque han sido abandonados por los marinos, por los soldados, por los cuerpos de protección, por la milicia popular, por todos aquéllos con cuya ayuda habían creído contar.

 

Pero, sobre todo, esas fuerzas han sido paralizadas por las indecisiones y las debilidades de sus dirigentes. La inmensa marea contrarrevolucionaria, brotada de los sectores más atrasados del pueblo y del reflujo de las clases poseedoras, les hundió y paralizó.

Sí. Los obreros revolucionarios han sido abatidos. Pero en cualquier caso su derrota habrá sido un designio de la historia. Será que los tiempos actuales no presentan las condiciones necesarias para la revolución. Y si es así, es que la revolución no está madura. Mas la lucha es inevitable. Dejar



 

 

 

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vía libre a los Eugen Ernst, Hirsch y consortes para que ocupen la Jefatura de Policía, convertida hasta ese momento en paladín de la Revolución, constituye una derrota y es un deshonor incontestable. La lucha fue impuesta al proletariado por la banda de Ebert. Con un rugido espontáneo, las masas berlinesas se sublevaron, superando dudas y vacilaciones.

 

¡Pero los obreros revolucionarios de Berlín han sido masacrados!

 

Y los Ebert, Scheidemann y Noske se sienten victoriosos. Están satisfechos porque los generales, los burócratas, los señores de las fábricas y los de la agricultura, los beatos, los banqueros y todo aquello que es socialmente asmático y retrógrado está parapetado tras ellos. Para estas gentes ha conseguido el gobierno su victoria. Por ellos ha lanzado sus bombas de gas lacrimógeno, sus granadas y su metralla.

 

Pero hay derrotas que son victorias, y victorias más dolorosas que las derrotas.

Los vencidos de la semana sangrienta de enero combatieron heroicamente. Luchaban por una gran causa, por los objetivos más nobles de la humanidad doliente, por la liberación material y espiritual de las masas oprimidas. Vertieron su sangre por un deber supremo y por ello su sangre es sagrada. De cada gota de esa sangre nacerán vengadores de los que han caído; de cada jirón de carne desgarrado surgirán nuevos combatientes por una causa que es eterna como el firmamento.

Los vencidos de hoy serán los vencedores de mañana. Porque la derrota ha sido para ellos una lección. El proletariado alemán está todavía falto de experiencia y tradición revolucionarias. A través de un calvario de intentos fracasados, de errores juveniles, de recaídas y de dolorosos reveses, el proletariado deberá adquirir la educación práctica que garantizará sus éxitos futuros.

Para las fuerzas primitivas, elementales, de la revolución social, el crecimiento constituye la ley viva del desarrollo social, y para ellas derrota significa estimulo. De derrota en derrota su camino conduce a la victoria.

… ¿Y los vencedores de hoy?

 

Ellos han provocado el repugnante baño de sangre para servir una causa infame al servicio de las fuerzas del pasado, de los enemigos mortales del proletariado.

Su destino ya puede entreverse hoy. Ya son prisioneros de aquéllos a quienes pensaban utilizar e instrumentalizar. Ellos mismos se han



 

 

 

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convertido en instrumento para siempre jamás.

 

La socialdemocracia ha ligado su nombre a la rúbrica del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero el plazo acordado en el pacto es breve. No va más allá de un cuarto de hora de gracia.

Los traidores están ya en la picota de la historia. Jamás la historia había conocido semejantes Judas. Esos Judas que no sólo han vendido a la más sagrada de las causas, sino que la han crucificado con sus propias manos. Siguiendo un camino que pasa por 1914, hasta este momento el punto más fatídico de su historia, la socialdemocracia oficial alemana, en la autora de la Revolución, presenta una imagen despreciable.

La burguesía francesa reclutó a los verdugos de junio de 1848 y de mayo de 1870 entre sus propias filas. En cambio, la burguesía alemana no ha tenido necesidad de recurrir a sí misma. Los socialdemócratas les han ofrecido sus servicios para tan despreciable y sanguinaria tarea. Allá fueron los Cavaignac y los Gallifet. Aquí es Noske, el «obrero alemán».

Las campanas repican por la masacre. Agitando sus pañuelos, la burguesía recibe en triunfo a quienes les han salvado del «terror bolchevique», a la soldadesca providencial.

La pólvora todavía está caliente, todavía está humeante. Los cadáveres de los trabajadores todavía palpitan bajo las cenizas. Los proletarios pasados por las armas todavía señalan el lugar donde cayeron asesinados y los heridos aún sangran, mientras que los Scheidemann, Ebert y Noske, henchidos de satisfacción por su victoria, hacen desfilar a las escuadras de criminales.

Pero el proletariado mundial ya ha comenzado a manifestar su desprecio y repugnancia hacia esos vencedores, que en su inaudito cinismo osan tender su mano a la Internacional, sus manos todavía calientes por la sangre que han derramado, la sangre de los obreros alemanes. Son despreciados y aborrecidos incluso por aquéllos que durante la orgía de la guerra mundial pisotearon los fundamentos del socialismo. Aislados, excluidos de la humanidad doliente y combatiente, golpeando solos a las puertas de la Internacional, odiados y maldecidos por todo proletario revolucionario: tal es su situación frente al mundo.

 

Por culpa de ellos, Alemania entera se ha visto precipitada al odio. Unos traidores a sus hermanos gobiernan al pueblo alemán. ¡Unos asesinos fratricidas! «Son los nuevos fariseos»: ésa es la sentencia.



 

 

 

 

 

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Mas su gloria es efímera. Un cuarto de hora de gracia, y ¡luego serán juzgados!

 

Su reinado alumbrará la hoguera de la Revolución en millones de corazones. La Revolución proletaria que creen haber ahogado en sangre se levantará como un gigante, y sus primeras palabras serán: «¡Muerte a los asesinos de obreros! ¡Muerte a los Ebert-Scheidemann-Noske!».

Los derrotados de hoy ya están aprendiendo. Los espejismos comienzan a desaparecer. No debe ya esperarse nada de las acciones en tropel, sin espíritu auténticamente revolucionario, aprisionadas en disciplinas tradicionales. Los espejismos desaparecen. No cabe esperar ya nada de las iniciativas de líderes que han demostrado su incapacidad y su incompetencia. Se ha superado ya de una vez por todas la confianza depositada en los centristas, los socialdemócratas llamados «independientes», que de modo vergonzoso han abandonado a las masas revolucionarias. A partir de esta dura experiencia las masas revolucionarias librarán sus futuras batallas confiando exclusivamente en sus propias fuerzas. A través de sí mismas y para sí mismas obtendrán las victorias del porvenir. La tesis según la cual la emancipación de la clase obrera no puede ser alcanzada más que por sí misma ha cobrado, a través de las experiencias de la última semana, una nueva dimensión, una nueva y profunda significación.

 

Incluso esos soldados engañados y desorientados reconocerán su error, reconocerán haber sido un fácil instrumento, cuando el poder militarista que se está reconstruyendo los aplaste de nuevo. Pero también ellos se liberarán finalmente de la ignorancia que hoy les abruma.

«¡Spartakus está vencido!»

 

¡Dulce deseo! ¡Nosotros no estamos huyendo! ¡No hemos sido derrotados! ¡Nos pueden encadenar, pero nosotros permanecemos aquí y aquí resistiremos! Finalmente la victoria será nuestra.

Porque Spartakus significa fuego y espíritu, significa alma y corazón, significa voluntad y acción de la revolución proletaria. Y significa asimismo la aspiración hacia el éxito final, la consciencia de clase del proletariado y la audacia de su lucha. Porque Spartakus significa socialismo y revolución mundial.

El camino al Gólgota de la clase obrera alemana está lejos de terminar, pero está cerca el día de la liberación. El día del juicio de Ebert-Scheidemann-Noske y de los magnates del capitalismo que hoy se ocultan



 

 

 

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tras ellos. Las olas de los acontecimientos se levantan hasta el cielo, estamos acostumbrados a ser arrastrados desde sus crestas hasta las profundidades. Pero nuestra nave seguirá inflexible e intrépida hacia el objetivo final.

 

Pero estemos vivos o no cuando se alcance el objetivo final, nuestro programa estará vivo: impregnará el mundo de la humanidad liberada. ¡A pesar de todo!

Con los estruendos del derrumbamiento económico, cuyos rugidos ya se acercan, las tropas aletargadas de proletarios despertarán como si fueran los sones de las trompetas del juicio Final. Y los cadáveres de los luchadores asesinados se alzarán para exigir cuentas a los malditos. Lo de hoy no es más que el rumor subterráneo del volcán. Mañana será la erupción que arrasará a los explotadores y a sus verdugos y los sepultará entre cenizas ardientes y ríos de lava.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CRONOLOGÍA DE LA REVOLUCIÓN ALEMANA

 

 

 

1918

 

 

Enero

 

Huelgas políticas de masas en Austria-Hungría. Protestas frente a la grave situación creada por la Gran Guerra.

 

28.     Huelga general en numerosas ciudades alemanas (Berlín, Hamburgo, Riel, Bratislava, Dantzig, Mannheim, Ludwigshafen, Múnich, Nuremberg, Magdeburg, Halle, Gotha, Dortmund, Bochum, etc.). Comienzan a formarse los Consejos de obreros.

31. Prohibición de la huelga general.

 

 

Febrero

 

Consolidación del estado de sitio. Se extiende la represión.

 

 

Marzo

 

24.       Es encarcelado Leo Jogiches, así como los militantes espartaquistas encargados de difundir propaganda en el seno del Ejército.

 

Abril

 

15, 17. Huelgas de masas en Berlín.

 

 

Mayo

 

E. Levinsohn y sus camaradas de la Izquierda radical de Sajonia son condenados a duras penas de prisión, acusados de realizar propaganda antibélica.



 

 

 

 

 

 

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Septiembre

 

22.  El Partido socialdemócrata alemán decide, en principio, participar en el gobierno del país.

 

Octubre

 

1.  Conferencia nacional de la Liga Spartakus y de la Izquierda radical. Efectúan un llamamiento en favor de la Revolución y la necesidad de formar Consejos de obreros.

 

3. El príncipe Max de Badén es nombrado canciller del Imperio. Como secretarios de Estado son nombrados: Grober (Partido de centro), Erzberger (Partido de centro), Haussmann (demócrata) y Scheidemann (socialdemócrata).

17.    Llamamiento del Partido socialdemócrata alemán reclamando vigilancia frente a acciones irreflexivas.

20.  Karl Liebknecht, liberado de la prisión de Luckau, llega a Berlín hacia las cinco de la tarde. En la estación de Anhalt es recibido por una gran multitud de trabajadores berlineses.

24.    Último discurso de Noske al Reichstag saliente. «En las circunstancias actuales, consideramos un acto necesario la colaboración de la socialdemocracia con el gobierno. El pueblo y el Imperio está en grave peligro. Nosotros postulamos la unión de todas las fuerzas para prevenir el hundimiento y la derrota».

30.   La flota alemana del Báltico se dispone a salir del puerto de Chillig. Los marineros creen que sus oficiales tienen intención de atacar a la flota británica para forzar acontecimientos. Por ello, manifiestan su protesta. Se producen motines a bordo de los cruceros Thüringen y Helgoland. El almirante Von Hipper se ve obligado a aplazar las operaciones.

31.   El almirante envía torpederos y submarinos para reprimir los motines. Después de violentos choques, los marineros del Thüringen y del Helgoland deciden rendirse, y cuatrocientos de ellos son hechos prisioneros.

 

 

Noviembre



 

 

 

 

 

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En Kiel, una numerosa asamblea de marinos exige la liberación de los detenidos. El Partido socialdemócrata entra a formar parte del Gobierno de Sajonia.

 

2.  Una segunda asamblea de marinos (en Kiel) es prohibida por las autoridades militares. Tras diversas reuniones y discusiones, se decide para el día siguiente, a las 5,30 de la tarde, la convocatoria de una manifestación. Armisticio entre Italia y Austria.

3.  Nuevos motines. Ahora a bordo del Markgraf. Los responsables son encarcelados. Octavillas manuscritas son distribuidas poco antes de la manifestación prevista. A las dos de la tarde, el comandante en jefe ordena la adopción de medidas de prevención. Las patrullas militares invitan a los marinos y los soldados a reintegrarse a sus cuarteles y a sus buques. A pesar de ello tiene lugar la concentración en el lugar y la hora previstos. Los oradores del Partido socialdemócrata y del Partido socialdemócrata independiente hacen un llamamiento a la prudencia y la distensión. Se pone en marcha un cortejo de manifestantes que en su recorrido consigue desarmar a varios oficiales y diversas patrullas militares. Una de éstas abre fuego sobre los amotinados. Dos muertos y múltiples heridos… La agitación es enorme en toda la ciudad. El almirante Souchon, gobernador de Kiel, vacila sobre las medidas a tomar. Mientras tanto, en Brunswick, G. Noske, líder del Partido socialdemócrata, habla en una reunión «en favor de profundas reformas, pero contra una revolución violenta que comportaría al pueblo alemán graves daños en una situación de por sí muy delicada». Manifestación revolucionaria en Múnich.

4.    El Gobierno envía a Kiel al secretario de Estado Haussmann (demócrata). Noske se traslada también a Kiel como representante del Partido socialdemócrata, designado por Ebert y Scheidemann.

En Kiel, el movimiento revolucionario ha progresado en el transcurso de la noche. Unidades que hasta el momento habían permanecido refractarias se suman ahora a la rebelión. Puede hablarse de 20 000 hombres en rebeldía. El almirante Souchon desecha el empleo de la violencia. Anuncia que está dispuesto a comprender las causas de los motines (son las dos de la tarde). Los amotinados se organizan en Consejos de soldados —los primeros de la Revolución alemana—, presididos por el marino Artelt, el cual es recibido por el almirante Souchon. Artelt formula las reivindicaciones de sus compañeros: aumento del número de licencias, supresión del saludo obligatorio, reducción del



 

 

 

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servicio, retirada de las tropas represivas, liberación de todos los prisioneros y abdicación del emperador. El almirante acepta satisfacer las reivindicaciones no políticas de los marinos y reconoce al Consejo, pero rehúsa el punto referente a la abdicación del emperador. Por la tarde, los principales dirigentes revolucionarios de las grandes empresas deciden declarar la huelga general. En Stuttgart, manifestación a favor de la República Socialista.

 

5.  Kiel en huelga. Los marinos son los dueños de la zona portuaria. Por todas partes pueden observarse banderas y enseñas rojas. El buque de línea Konig es la única nave que mantiene todavía la enseña imperial. Los marinos exigen que sea arriada. Como respuesta, se producen disparos desde el buque. De inmediato responden los marinos: resultan muertos el comandante del buque y un oficial. Finalmente, el Konig iza el pabellón rojo. Todo el poder pasa a depender de los Consejos de obreros y soldados. Llega a la ciudad Noske con promesas de amnistía a cambio de una vuelta a la normalidad, pero pronto se apercibe de la inutilidad de su gestión. Incapaz de resistir las presiones, emplea la misma táctica que Federico Guillermo V de Prusia en marzo de 1848: decide ponerse a la cabeza del movimiento revolucionario y se nombra gobernador de Kiel. En Lübeck, los marinos se hacen fuertes en la estación y en telégrafos (5 de la madrugada). Por la tarde, toda la ciudad está en manos de los revolucionarios. El movimiento obtiene el apoyo de las guarniciones de la región de Holstein. En Hamburgo, a las 5 de la tarde, una asamblea del Partido socialdemócrata independiente decide llamar a la huelga general para el día siguiente. El gran duque de Mecklemburg democratiza la Constitución. El embajador ruso Joffé es expulsado del país por habérsele intervenido propaganda revolucionaria en la valija diplomática.

6.  En Hamburgo, por la mañana, se producen diversos enfrentamientos en las cercanías del Elba. Los obreros abandonan las fábricas. A mediodía, se calcula en 70 000 personas el número de reunidos. Deciden adoptar el programa revolucionario elaborado por Frita Wolffheim, que entre otras cosas ordena la incautación revolucionaria del diario Hamburger Echo. Se forma una manifestación para dirigirse al barrio de Altona, en donde se encuentra reunido el Estado Mayor. Se producen breves enfrentamientos. Se fuga el general Falk. Pequeños grupos armados de obreros y soldados recorren los acuartelamientos de la ciudad. Frente a los cuarteles del 76.º Regimiento de Infantería son abatidos a tiros seis revolucionarios, entre



 

 

 

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ellos Friedrich Peter, uno de los miembros más activos del movimiento de Izquierda Radical en Hamburgo durante el curso de la guerra.

 

«En Kiel y en otras localidades, el movimiento revolucionario había tomado el carácter de una simple rebelión militar. En Hamburgo, desde el principio de la revolución, la causa proletaria pasó a primer plano.» (Precisas palabras de la Illustrierte Geschichte der deutschen Revolution, 1929, p. 191).

Revolución y formación de Consejos de obreros y soldados en Bremen, Cuxhaven, etc. La dirección del Partido socialdemócrata alerta a la población contra las «turbas» y los llamados «elementos irresponsables». El Comité Central de la Socialdemocracia solicita el armisticio y la amnistía, la democracia y la abdicación del emperador Guillermo II.

7.  Revolución y formación de Consejos de obreros en Wilhelmshaven, Schwerin, Hannover, Brunswick y Colonia. Acontecimientos revolucionarios en Múnich. A mediodía, en esta ciudad, se despliega una gran manifestación convocada y organizada por los socialdemócratas independientes de Baviera. En cabeza de la manifestación marchan Kurt Eisner, jefe de los socialdemócratas independientes, y un representante de los campesinos bávaros. Un grupo de manifestantes penetra en una de las cervecerías más elegantes de la ciudad y allí se constituyen en Consejo muniqués de obreros y soldados. Al atardecer, las masas concentradas frente al Palacio Real exigen la abdicación del rey. A las 9 de la noche, éste, poco dispuesto a resistir, y convencido de que ningún regimiento aceptará enfrentarse con la manifestación, abandona la ciudad en automóvil. En Berlín, el Partido socialdemócrata exige también la abdicación del emperador y la renuncia al trono del príncipe heredero (aunque no de la dinastía). Todos los partidos, exceptuando los conservadores, solicitan ya la abdicación de Guillermo II.

8.    Revolución y formación de Consejos de obreros en Oldenburg, Rostock, Magdeburg, Halle, Leipzig, Dresden, Chemnitz, Düsseldorf, Frankfurt, Stuttgart, Darmstadt y Nürnberg. Rosa Luxemburg sale de la prisión de Breslau. El socialdemócrata Ebert comunica con el canciller Max de Bade: «Si el emperador no abdica, la revolución social es inevitable. Tampoco yo deseo la revolución. Para mí es como un pecado». Guillermo II rehúsa abdicar. En Múnich, durante la noche del 7 4 8, el Consejo de obreros y soldados, así como el líder Kurt Eisner, se trasladan



 

 

 

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al palacio del parlamento. Declaran el final de la dinastía de Baviera y proclaman la República, destituyendo al gobierno monárquico. A las 8 de la mañana, el propio Eisner se presenta al ministro de asuntos exteriores en calidad de nuevo presidente del Consejo y ministro de aquella cartera. De inmediato procede a la formación de su gabinete. Auer, líder de los socialdemócratas mayoritarios, acepta la cartera del interior para evitar efusiones de sangre, en interés de la «unidad del proletariado», después de que Eisner le asegure que su gobierno no empleará métodos violentos de tipo «bolchevique». Abdica el duque de Brunswick.

 

9.   Revolución en Berlín. Ha sido preparada por la organización ilegal de los Delegados revolucionarios de Fábrica, creada después de las huelgas de enero, bajo la influencia combinada de los socialdemócratas independientes y los elementos más avanzados del proletariado. A las 9 de la mañana, grandes masas de obreros abandonan las fábricas y los barrios dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. La policía desiste de organizar la resistencia frente á las masas. Abandonan sus puestos. Los cuarteles son abiertos a las masas. Los soldados permanecen neutrales o bien se adhieren al movimiento revolucionario. Se produce un incidente frente a un cuartel: los oficiales ordenan disparar sobre tres manifestantes que pretenden convencer a los soldados para que se incorporen a la Revolución. Resultado: los tres obreros, uno de ellos militante espartaquista, resultan muertos. En el cuartel general central, Guillermo II sigue resistiéndose a abdicar. Afirma que «deseo, después del armisticio, volver pacíficamente a la patria, a la cabeza del ejército». Hindenburg le responde que el ejército no actuará en su favor. Y Groener: «Dirigido por sus jefes y generales, el ejército se reintegrará a la patria en orden y con tranquilidad, pero no bajo la jefatura de Vuestra Majestad. El ejército ha dejado de obedeceros». Se produce la abdicación de Guillermo II como emperador, pero no como rey de Prusia. Max de Bade, que teme la irrupción de los dirigentes de los Consejos de obreros y soldados en la Wilhelmstrasse, anuncia a mediodía la abdicación del emperador, del rey de Prusia y la renuncia al trono del príncipe heredero.

 

Culminada la tarea de la Revolución, los socialdemócratas, canalizan todos sus esfuerzos para confiscar su éxito y sus beneficios. Ebert, Scheidemann y Otto Braun proponen a la fracción socialdemócrata independiente la formación de un gobierno común. Ledebour es convencido por la audacia de los «socialistas imperiales» que ahora



 

 

 

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pretenden pasar por «socialistas revolucionarios». Ledebour decide entonces poner al corriente de la situación a los dirigentes del movimiento revolucionario. En ese intervalo de tiempo, Dittmann acepta el principio de una distribución igual de los cargos ministeriales entre socialdemócratas y socialdemócratas independientes. El doble juego de la socialdemocracia sigue su curso: en las oficinas del diario Vorwärts fundan un «Consejo de obreros y soldados de Berlín», integrado por doce hombres de confianza, unos provenientes de la clase obrera, otros funcionarios y algunos líderes de la socialdemocracia. Entre las 12 y la 1 del mediodía, Ebert, Scheidemann y Braun obtienen la dimisión del príncipe Max de Bade y la nominación de Ebert como canciller del Reich. Se procede a organizar la Asamblea Nacional.

 

A las 2 de la tarde, Scheidemann proclama la República Alemana en el Reichstag. A las 4 de la tarde, Liebknecht, desde los balcones de Palacio proclama la «República Socialista Libre de Alemania». Es izada la bandera roja en las almenas del. Palacio. En el Reichstag, los dirigentes del Partido socialdemócrata independiente discuten acerca de la formación del gobierno, poniendo condiciones a los socialdemócratas, condiciones que éstos rechazan. Finalmente se produce un acuerdo: hasta que la Asamblea Constituyente decida otra cosa, se nombrará un Consejo de Comisarios del Pueblo integrado por seis miembros; el poder político permanecerá en manos de los Consejos de obreros y soldados, los cuales deberán enviar sus delegados a un Consejo Nacional; la cuestión de la Asamblea Constituyente será debatida posteriormente. Los seis Comisarios del Pueblo son: Ebert, Scheidemann y Landsberg por la socialdemocracia; Haase, Dittmann y Barth, por la socialdemocracia independiente. Numerosos delegados obreros revolucionarios piden el nombramiento de Liebknecht, pero éste pone condiciones para una eventual colaboración con los socialdemócratas que votaron en favor de la guerra, condiciones que son rechazadas. Al atardecer, la Liga Spartakus se incauta de los locales y del material del diario Lokal-Anzeiger. Aquella misma tarde aparece en Berlín el n.º 1 de Die Rote Fahne [Bandera Roja].

 

10.    Guillermo II se ha refugiado en Holanda. El Consejo de Comisarios del Pueblo se organiza en Berlín. Ebert es nombrado jefe de este organismo. Inmediatamente se pone en contacto con el Estado Mayor para preparar la lucha contra el «bolchevismo».



 

 

 

 

 

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11.  Constitución del gabinete imperial. Los ministros permanecen en sus cargos o son reemplazados por meros funcionarios, en general gente reaccionaria. Cada ministro es asistido por dos subsecretarios de Estado: un socialdemócrata y un socialdemócrata independiente. Se constituye un Gabinete prusiano. Comienzan las huelgas de mineros. Se firma el armisticio.

12.   Llamamiento del Consejo de Comisarios del Pueblo. En él se garantizan las libertades públicas, se promete la implantación de la jornada laboral de 8 horas a partir del 1 de enero de 1919, el desarrollo de una política social, medidas contra el desempleo, etc.

14.  Un decreto declara la entrada en vigor de un conjunto de leyes.

 

15.   El Gobierno revolucionario de Rusia telegrafía a Liebknecht: saluda a la Revolución alemana y ofrece la entrega de 50 000 quintales de harina como ayuda (ofrecimiento rehusado por el Consejo de Comisarios del Pueblo).

16. Formación de una «comunidad de trabajo» entre empresarios y los sindicatos obreros.

17.  El congreso de la socialdemocracia independiente de Würtemberg solicita la celebración de un Congreso nacional. Sus miembros se sitúan en la línea revolucionaria de la Liga Spartakus.

22.  Los Consejos de soldados de Hamburgo y sus alrededores deciden apoyar al nuevo gobierno. Parecidas resoluciones son tomadas por muchos otros consejos, sobre todo por los de soldados.

23.  Huelga minera en la Alta Silesia. El Gobierno de los Comisarios del Pueblo se pronuncia contra cualquier tipo de huelga. Barth (socialdemócrata independiente) afirma: «Si los obreros rebasan los planteamientos revolucionarios a través de un gran movimiento de aumentos salariales, entonces estamos perdidos». Dittmann (socialdemócrata independiente) afirma que toda huelga, en el curso de la Revolución, se vuelve contra los propios obreros. En cuanto a Ebert, (socialdemócrata), da la consigna de «trabajar más y más», que es la de la patronal.

25.    Conferencia nacional de los gobiernos locales. Eisner solicita cambios en el Gobierno central de los Comisarios del Pueblo. August Merges (espartaquista), presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Brunswick, se manifiesta partidario de la dictadura del proletariado y



 

 

 

 

 

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contra la Asamblea Constituyente. En cambio, la mayoría de los representantes en la Conferencia se declara partidaria de dicha Asamblea.

 

26.  Kurt Eisner rompe relaciones con Berlín. El Partido del Centro, católico, lanza un llamamiento en favor del Gobierno de Ebert para hacer frente al bolchevismo y en favor de la Asamblea Constituyente.

28.   En Berlín aparecen pasquines que incitan al asesinato de Karl Liebknecht. Huelga de mineros en la cuenca del Ruhr. Continúa la huelga en la Alta Silesia.

30.    El rey de Würtemberg, y luego todos los demás monarcas alemanes, renuncian a sus tronos.

 

Diciembre

 

1. En algunas regiones del país, oficiales del Ejército queman banderas rojas. El Consejo de soldados de Baviera solicita la Asamblea Nacional, alerta contra el peligro bolchevique y aprueba la política de Kurt Eisner (de hecho muy moderada).

 

2.   Hindenburg, en un escrito dirigido a los soldados, se manifiesta contra los socialdemócratas independientes y contra los espartaquistas.

 

4.     En Colonia, las asambleas del Centro, católico, exigen la proclamación de la República autónoma de Renania-Westfalia.

6.  El Consejo de Comisarios del Pueblo, por cinco votos a favor y una abstención, fija las elecciones a la Asamblea Constituyente para el 15 de febrero de 1919. En Berlín, conjura contrarrevolucionaria que se traduce en un ensayo de golpe militar. Dieciocho revolucionarios son asesinados en las calles de la ciudad.

7.   Primera manifestación autónoma de la Liga Spartakus en Berlín (protegida por grupos armados). Karl Liebknecht es detenido en los locales de Die Rote Fahne, tras la manifestación en cuyo curso tomó la palabra junto a Levi y Lange.

8. Nueva manifestación de la Liga Spartakus en las calles de Berlín (se manifiestan aproximadamente unas 150 000 personas).

9.     Wels, comandante de la guarnición de Berlín (políticamente socialdemócrata) ordena ocupar las oficinas de la Liga Spartakus. Los revolucionarios berlineses, indignados por las muertes del 6 de diciembre, otorgan a Wels el sobrenombre de «el sanguinario» (Blutwels).



 

 

 

 

 

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10.   La Comisión de socialización, creada al día siguiente de la Revolución del 9 de noviembre, se declara en favor de socializar con indemnizaciones.

 

12.   Ordenanza reaccionaria del Consejo de Comisarios del Pueblo decretando la formación de una Guardia nacional voluntaria (base de cuerpos francos).

13.  Los soldados del frente izan una bandera roja en el ayuntamiento de Potsdam. En la Alta Silesia, una huelga de prisioneros de guerra rusos es reprimida con ametrallamientos.

14.  Los Comisarios del Pueblo ordenan la requisa de armamento bajo penas de hasta cinco años de prisión para quienes se nieguen a cumplirla. El general Maercker lanza su primer llamamiento para la formación de un cuerpo franco. Publicación del programa de la Liga Spartakus en Die Rote Fahne. El programa, redactado por Rosa Luxemburg, significa la ruptura con los socialistas independientes y plantea la necesidad de una organización común a los grupos de la Izquierda Radical de Bremen, Hamburgo, Berlín, Dresden, etc.

15.  Dos revolucionarios son asesinados por la policía en las calles de Dresden.

16-21. Primer Congreso de los Consejos de obreros y soldados de Alemania, compuesto por 489 delegados (405 representantes de los Consejos de obreros y 84 de los de soldados). La fisonomía política del congreso era la siguiente: 288 socialdemócratas, 90 socialdemócratas independientes (de los cuales 10 eran espartaquistas, entre ellos Leviné y Heckert), 11 «revolucionarios unidos» (grupo algo heterogéneo influenciado por Laufenberg, líder de la Izquierda Radical de Hamburgo), 25 demócratas, 25 miembros de una «fracción de soldados» y 50 miembros sin afiliación de partido. Los obreros estaban en minoría, 71 delegados eran intelectuales, 31 socialdemócratas independientes y 164 (sobre 288) socialdemócratas eran periodistas, diputados, funcionarios del partido o del sindicato. Había un arrendatario, 3 representantes de organizaciones agrarias, 13 oficiales… y solamente 179 obreros y empleados. El congreso se reunió en el parlamento de Prusia, en Berlín.

La izquierda (espartaquistas, socialdemócratas independientes de izquierda y revolucionarios unificados) propuso en dos ocasiones admitir en el congreso, a nivel de intervención deliberadora, a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Los socialdemócratas, que detentaban la mayoría



 

 

 

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absoluta y que tenían el apoyo del ala derecha del Partido socialdemócrata independiente (Kautsky, Hilferding, Haase, Dittmann); Barth, tercer comisario del Pueblo, perteneciente a este último partido, tenía buena predisposición para apoyar a los espartaquistas, pero era un hombre con una capacidad política muy limitada, consiguieron boicotear sin grandes dificultades la presencia espartaquista en la tribuna de oradores. A pesar de ello, la izquierda obtuvo excelentes resultados: vigorosos discursos de Richard Müller (socialdemócrata independiente), de Brasz (id.), de Wegmann (id.), de Ledebour (id.) y de Meckert (espartaquista) denunciaron las maniobras contrarrevolucionarias de la camarilla militar y del gobierno de Ebert coaligados. Por otra parte, la Liga Spartakus influenció la evolución de las reuniones a través de acciones en las calles y del envío de delegados al Congreso. El programa presentado por los espartaquistas puede resumirse como sigue:

 

1.     Alemania es una República Socialista Unitaria.

 

2.     Todo el poder para los Consejos de obreros y de soldados.

 

3.     El Consejo ejecutivo de los Consejos de obreros y soldados ha de ser elegido por el Congreso de tales consejos, órgano supremo, legislativo y gubernamental, que nombrará a los Comisarios del Pueblo y a los organismos centrales.

 

4.     Disolución del Consejo de Comisarios del Pueblo presidido por Ebert.

5.     Adopción y ejecución inmediata y enérgica por parte del Consejo ejecutivo, de todas las medidas necesarias para la protección de la Revolución. Ante todo: desarme de la contrarrevolución, dotar de armamento al proletariado y formación de la Guardia Roja.

 

6.     Llamamiento inmediato del Consejo ejecutivo a los proletarios de todos los países para la formación de Consejos de obreros y soldados con el fin de que cumplan las tareas comunes de la revolución socialista mundial.

 

El Congreso adoptó, sin llegar a debatir las cuestiones planteadas por los espartaquistas, un texto de los socialdemócratas que incluía tres puntos:

 

1.     Los poderes legislativo y ejecutivo serán conferidos por el Congreso (que declara representar todo el poder político) al



 

 

 

 

 

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Consejo de Comisarios del Pueblo, hasta que la Asamblea Nacional esté en condiciones de disponer y actuar.

 

2.     El Congreso elegirá un Consejo central de los Consejos de obreros y soldados, el cual ejercerá una «supervisión parlamentaria» sobre el Gobierno del Reich y el Gobierno de Prusia, así como sobre los Comisarios del Pueblo del Reich y de Prusia.

 

3.     Junto a cada funcionario superior actuarán dos auxiliares, uno socialdemócrata y otro socialdemócrata independiente, nombrados por los Comisarios del Pueblo. El Consejo central deberá dar su aprobación a los nombramientos.

 

Es fácil comprobar la radical diferencia entre la propuesta espartaquista y el programa socialdemócrata adoptado. El Consejo Central instituido por éste no era más que un organismo inoperante y redundante, compuesto únicamente por socialdemócratas, después de que los socialdemócratas independientes rechazasen los cargos secundarios ofrecidos por aquéllos.

 

17.  Una asamblea de delegados de la guarnición de Berlín, en la cual participaron el teniente Dorrenbach, jefe de la División de Marina (muerto en la prisión de Moabil el 17 de mayo de 1919) y Karl Liebknecht, adopta una resolución sobre la cuestión de las jefaturas militares. En ella se solicita:

 

1.     La creación de un Consejo Superior de soldados compuesto por delegados elegidos por los Consejos de soldados, encargado del mando de todas las tropas del ejército y de la marina.

 

2.     Abolición de todos los signos distintivos y de los grados.

3.     El Consejo de soldados será el encargado de mantener la disciplina.

 

Esta asamblea envió una delegación al Congreso de los consejos, delegación que exigió la adopción inmediata de dichos tres puntos. Ello desencadenó un gran tumulto en la reunión. Finalmente, Ebert y Haase consiguieron que el congreso no tomara ningún acuerdo concreto respecto a la cuestión de la dirección del Ejército. El texto aprobado fue propuesto por la delegación de Hamburgo:

 

1.      La jefatura suprema del Ejército será ejercida por los Comisarios del Pueblo bajo el control del Consejo Central. En



 

 

 

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las guarniciones, el comandante será elegido entre los jefes y el Consejo local de soldados.

 

2.     Serán suprimidas las condecoraciones e insignias distintivas.

 

3.     Los Consejos de soldados serán responsables del mantenimiento de la disciplina.

4.     Los Consejos de soldados y no los civiles decidirán acerca de la prohibición de llevar chatarreras y otros ornamentos similares.

5.     Los consejos elegirán sus propios jefes.

6.     Para facilitar el proceso de desmovilización, algunas categorías de oficiales conservarán sus funciones, con la condición de comprometer su honor en no interferir el desarrollo de la revolución.

7.     Se considera necesario acelerar la transformación del ejército en Guardia Nacional (Volkswehr).

 

Tales fueron los puntos propuestos por la delegación hamburguesa, invocados muy a menudo en el curso posterior de los acontecimientos, pero que en la práctica quedarían como letra muerta.

 

Asimismo, el Congreso rechazó, por 344 votos contra 98, la moción de Daumig (socialdemócrata independiente) que proponía el sistema de Consejos como base constitucional del Reich. Por otra parte, se avanzaron las fechas para las elecciones de la Asamblea Nacional constituyente (19 de enero en lugar del 15 de febrero, fecha aprobada antes por los Comisarios del Pueblo). Hilferding (socialdemócrata independiente del ala derecha) pronunció un discurso sobre la socialización.

17.  La Guardia de Seguridad de Gladbeck dio muerte a tres obreros. (Bajo este nombre, y otros similares, la burguesía venía organizando la defensa de sus posiciones desde el mes de noviembre.)

 

18. La Guardia de Seguridad de Essen mata a dos obreros.

 

20. Nuevas huelgas en Alta Silesia.

 

21.  Militantes revolucionarios de Berlín exigen la salida del Gobierno del Partido socialdemócrata independiente y la convocatoria de un congreso de la organización. Entierro de las víctimas del 6 de diciembre.

 

22. Llamamiento de Hindenburg contra las decisiones del Congreso de los Consejos acerca de las cuestiones militares.

23.  Insurrección de marineros en Berlín. La División de Marina había ocupado —el 15 de noviembre— las dependencias del Palacio, autorizada por el Gobierno. La posición política de los marineros era poco clara.



 

 

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Puede hablarse de una fuerte influencia por parte de la Liga Espartaquista y del Partido socialdemócrata independiente, concretamente por el ala izquierda. Esta influencia se conjugó con la cuestión del pago de sus haberes, retrasados por diversas causas. El 23, día de cobro de salarios, los marineros se manifiestan frente a la Comandancia. Contingentes de tropas parten de Postdam con dirección a Berlín. Los marineros ocupan la Cancillería, sede del Gobierno, la central de teléfonos y cierran los accesos de la ciudad para evitar cualquier comunicación con las tropas contrarrevolucionarias. A las 4 de la tarde nueva manifestación frente a la Comandancia. Un carro blindado dispara contra la masa de marineros causando tres muertos, mientras Dorrenbach está negociando con Wels. Encolerizados, los marineros toman como rehenes al propio Wels, al Dr. Bongartz y al teniente Fischer. Poco después, Dorrenbach y los miembros de los Consejos de soldados de Berlín se dirigen a la Cancillería para negociar directamente con el Gobierno, encontrándose con que el edificio ha sido ya ocupado por las tropas del general Lequis, llegadas desde Postdam. Es detenido Barth. Ebert ordena la retirada de los contendientes. Unidades berlinesas deberán vigilar la Cancillería. Prosigue la negociación con los marineros, los cuales liberan a Gongartz y a Fischer, pero retienen

 

a Wels.

 

24.  Durante la noche, los marineros consideran que las condiciones de la negociación han sido violadas, ya que las tropas provenientes de Postdam permanecen vigilando la Cancillería. En último extremo intentan llegar a un acuerdo con el Gobierno a través de la mediación de Ledebour. Al amanecer reciben un ultimátum: deberán abandonar sus posiciones en el Palacio en diez minutos, depositando su armamento en plaza, o de lo contrario serán desalojados por las tropas con ayuda de la artillería. Se inicia el bombardeo del Palacio. Hacia el mediodía las bajas son: 11 marineros y 56 soldados muertos. Hacia las 13 horas se negocia de nuevo. Los marineros envían como representante a Dorrenbach y Radtke; por otra parte, han depositado su confianza en Ledebour y en Daumig, miembros del ala izquierda socialdemócrata independiente, para la defensa de sus intereses. Resultado: los marineros obtienen sus salarios. A partir de ahora serán incorporados a la Guardia Republicana. Wels abandona la Comandancia. El general Lequis es reemplazado por el general Von Lüttwitz.



 

 

 

 

 

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Conferencia de los Comunistas Internacionales (Izquierda Radical). La reunión se polariza en torno a Johann Knieff (Izquierda radical de Bremen) y Leo Jogiches (Liga Espartaquista). Ambos son contrarios a una fusión. Radek interviene para forzar la unión. Según él, la división perjudica a la revolución. Finalmente se adopta un acuerdo de principio para fundar el Partido comunista. Respecto a la actitud a adoptar frente a la Asamblea Constituyente, los miembros de la conferencia están divididos: algo más de la mitad está contra la participación en las elecciones; los otros están a favor. Se decide aplazar la decisión una semana para realizar consultas con el resto de las organizaciones.

 

25.  Al final de una manifestación organizada por la Liga Espartaquista y por los militantes revolucionarios de Berlín, varios miles de obreros, espontáneamente, se dirigen hacia los locales del diario Vorwärts, órgano socialdemócrata, con el fin de ocuparlo. Allí descubren un arsenal de armas. Deciden utilizar la imprenta para elaborar octavillas.

26. Huelga de transportes en Alta Silesia.

 

27.       Crisis de Gobierno. Numerosos miembros del Partido socialdemócrata independiente protestan contra la actitud reaccionaria y contrarrevolucionaria del Gobierno. Los representantes del Partido se movilizan en torno a las protestas. E. Barth adopta una postura radical.

 

28.  El Consejo de obreros y soldados de Bremen decide proporcionar armamento a los trabajadores. El Consejo de obreros de Múnich se pronuncia en contra del proyecto del ministro del Interior Auer (socialdemócrata) de crear una Guardia Cívica.

29.   El Partido socialdemócrata independiente decide abandonar el Gobierno. Entierro de los 11 marineros muertos el día 24. Ledebour dirige la palabra a los asistentes. Ebert pide a Noske que deje Kiel y se traslade a Berlín.

29    diciembre y 1 enero (1919). Congreso fundacional del Partido comunista alemán. El día 29 tiene lugar la Conferencia nacional de la Liga Espartaquista: 83 delegados representantes de 46 grupos locales. Walcher y Pieck dirigen los debates. Se plantea y decide la ruptura con el Partido socialdemócrata independiente y la fundación del Partido comunista alemán. La discusión se centra sobre el tema de la participación en las elecciones a la Asamblea Nacional constituyente. Rosa Luxemburg, Leo Jogiches y Karl Liebknecht están a favor de la participación, pero la mayoría de los delegados (62 sobre 85) se manifiesta en contra. Radek



 

 

 

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dirige un saludo al congreso en nombre de la Rusia revolucionaria. Rosa Luxemburg pronuncia el discurso programático. Los Comunistas Internacionales de Alemania, reunidos el día 30 deciden adherirse a la nueva organización. El Comité Central está integrado por: Hermann Duncker, Käte Duncker, Eberlein, Frölich (representante de los Comunistas Internacionales de Alemania), Leo Jogiches, Lange, Levi, Liebknecht, Rosa Luxemburg, Meyer, Pieck y Thalheimer.

 

 

1919

 

 

Enero

 

1. Es desarmado el 75 Regimiento de Infantería de Bremen. Se trata de un cuerpo tradicionalmente revolucionario. Se hizo célebre durante la guerra como la «compañía roja».

 

3.   Los socialdemócratas independientes abandonan el Gobierno de Prusia. En Kónigshüte (Alta Silesia), 22 muertos.

4.   Es destituido Eichhorn, prefecto de la Policía de Berlín. Miembro del ala izquierda del Partido socialdemócrata independiente, Eichhorn había organizado un cuerpo de policía con características revolucionarias. Ebert y Noske (incorporado ya éste al Gobierno tras la salida de los socialdemócratas independientes) se reúnen con el general Maercker. Huelga de camareros en Berlín, que poco después se extiende por todo el país. Al atardecer, representantes del Partido socialdemócrata independiente, del Partido comunista alemán y diversos militantes revolucionarios acuerdan lanzar una convocatoria de manifestación a la clase obrera para protestar contra la destitución de Eichhorn. Entre otras cosas, el llamamiento dice: «Mostrad a los detentores del poder vuestra fuerza; mostradles que el espíritu revolucionario de noviembre sigue vivo en vosotros».

5.  Demostración contra la destitución de Eichhorn. Enormes masas de manifestantes recorren las calles de Berlín, arengadas por Liebknecht, Ledebour y otros dirigentes revolucionarios. Los manifestantes proclaman su rechazo a Eugene Ernst, socialdemócrata nombrado para ocupar el cargo dejado por Eichhorn. Por su parte, éste apela al Consejo ejecutivo de los soviets del Gran Berlín en contra de la decisión del ministro del



 

 

 

 

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Interior del Reich. Choques en Schwerin entre marineros y simpatizantes de la política derechista seguida por el Comité de soldados. Por la tarde, en la presidencia de la Policía de Berlín se celebra una reunión para discutir las acciones a seguir. Participan en ella miembros de la organización del Gran Berlín, del Partido socialdemócrata independiente, con Liebknecht y Pieck en representación del Partido comunista alemán. Se decide mantener la oposición al cese de Eichhorn, luchar por la dimisión del Gobierno Ebert-Scbeidemann y formar una comisión revolucionaria compuesta por gran número de personas y presidida por Ledebour, Liebknecht y Scholze. Durante la manifestación, las masas ocupan los locales del Vorwärts y de otros diarios de la ciudad. Por la noche, la comisión proclama la necesidad de luchar por el poder, la huelga general y llama a los obreros a manifestarse el día 6, a las 11 de la mañana.

 

6.  Por la mañana, es distribuida una octavilla en la que se advierte a los «obreros, soldados y ciudadanos» contra los «facinerosos de la Liga Espartaquista», convocando a los «buenos ciudadanos» a manifestarse ante la Cancillería. Mientras tanto, el Gobierno celebra Consejo de Ministros. Gradualmente, los revolucionarios ocupan todos los diarios e incluso la Agencia Wolff. Las tropas comienzan a dar muestras de inquietud. El ministro de la Guerra, coronel Reinhardt, y Noske están decididos a restablecer el orden por todos los medios. Noske exige al Gobierno que tome resoluciones concretas. Se le responde que «actúe por sí mismo». A lo que él contesta: «Bien. Uno de nosotros debe de ser el perro policía. No temo esa responsabilidad». Se le otorgan plenos poderes. Se combate en las calles de Berlín. Por la noche, los jefes del Partido socialdemócrata independiente inician negociaciones con el Gobierno.

 

Noske escribió posteriormente: «Si las masas hubiesen tenido jefes decididos, con objetivos claros y precisos, en lugar de pronunciar hermosos discursos, al mediodía de aquella jornada habrían sido completamente dueñas de Berlín».

7.    Huelgas de solidaridad con los revolucionarios berlineses en Brunswick, Hamburgo… En Brunswick, Dortmund y Düsseldorf las masas ocuparon los locales de los diarios reaccionarios. Dos muertos en Múnich.

8.   Nuevo llamamiento del Gobierno contra la Liga Espartaquista. La insurrección, falta de un plan concreto, se encuentra en una encrucijada.



 

 

 

 

 

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9.   Combates en las calles de Berlín y en Spandau. En Dresden, 15 muertos. Manifestaciones en Hamburgo.

 

10.   Demostración de masas en Stuttgart: 5 muertos. Encarcelamiento de comunistas en Nuremberg. Proclamación de la República de los Consejos en Bremen. Dusseldorf se encuentra prácticamente en manos de los obreros. Huelga general en la cuenca minera del Ruhr. El Consejo de obreros y soldados de Essen decide iniciar el proceso de socialización del suelo y de los medios de producción. Es ocupada la sede del Sindicato del Carbón (organismo de la patronal). En Hamburgo, Laufenberg, presidente del Consejo de obreros y soldados, es arrestado.

11.  Los locales del diario Vorwärts, ocupados por los revolucionarios, comienzan a ser rodeados por las tropas hacia las 7-8 de la mañana. El poeta Werner Moller, enviado a parlamentar con los sitiadores, es asesinado por éstos. Se inicia el asalto. Finalmente, los 300 defensores del Vorwärts deciden rendirse. Noske, al frente de sus tropas, realiza una exhibición de fuerza desfilando por las calles de Berlín. Encarcelamiento de Ernest Meyer (comunista) y Ledebour. Este intentaba negociar una solución de compromiso con representantes del Gobierno y en nombre de los revolucionarios. Huelga de solidaridad con Berlín en la ciudad de Leipzig.

12.   Comienzan a reeditarse los diarios cuyos locales habían sido ocupados por los revolucionarios.

13.  Ebert-Scheidemann-Noske publican una nueva ordenanza sobre la requisa de armamento. La conferencia de los Consejos de obreros y soldados de Renania-Westfalia decide proseguir su acción socializadora.

14. Fin de las luchas en Berlín. En Bremen, 4 muertos.

 

15. Son asesinados Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

 

16. Prohibición del diario espartaquista Die Rote Fabne.

 

19.  Elecciones para la Asamblea Constituyente. Una orden publicada por el Gobierno anula los «Acuerdos de Hamburgo». El Gobierno consolida sus posiciones. El ministro de la Guerra cobra una importancia relevante y los jefes del Ejército recuperan su «derecho a ordenar». Los Consejos de soldados dejan de tener competencia para nombrar o destituir a sus jefes. Su pérdida de poder es manifiesta.

 

20-23. Huelgas de protesta por el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. En Eisenach, el Consejo de obreros y soldados, bajo la influencia de los socialdemócratas independientes del ala izquierda, al



 

 

 

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conocer la noticia del asesinato ordenan duelo oficial durante ocho días. En Hamburgo, una manifestación de desempleados es ametrallada por la policía. Varios muertos y múltiples heridos. La conferencia de los Consejos de obreros y soldados de Renania-Westfalia protesta contra la acción saboteadora del Gobierno hacia el proceso de socialización iniciado. En Hamburgo, el Gobierno proclama el Estado de Sitio.

 

24. En Berlín, la policía mata a dos obreros sin trabajo.

 

25. Entierro de Karl Liebknecht y de los combatientes revolucionarios asesinados el 15 de enero.

27.  En Wilhelmshaven, obreros y marineros se hacen fuertes en la estación y en varios locales públicos.

29.   Muere Franz Mehring. De avanzada edad, no sobrevivió a la noticia del asesinato de su íntima amiga y colaboradora Rosa Luxemburg. Los obreros de Bremen consiguen armamento.

 

Febrero

 

3.  Reaparece el diario espartaquista Die Rote Fahne. Siguen su curso las acciones judiciales contra 750 revolucionarios implicados en las jornadas de enero.

 

4.  El Consejo central de los Consejos de obreros y de soldados remite sus «poderes» a la Asamblea Nacional constituyente. El coronel Gerstenberg ocupa Bremen con sus tropas. En los combates mueren 28 obreros y 46 soldados del ejército de ocupación.

5.  Los obreros de Kiel buscan armas.

 

6.  La Conferencia de los Consejos de obreros y soldados de Renania-Westfalia reitera una vez más su decisión de socializar la economía. Huelga general en Kiel. Los obreros de Hamburgo reciben armamento. Se reúne en Weimar la Asamblea Nacional constituyente (eligió esta ciudad por su alejamiento de la capital; por otra parte, la ciudad está fuertemente protegida por las tropas del general Maercker). La composición de la Asamblea Nacional constituyente es la siguiente: 22 socialdemócratas independientes, 163 socialdemócratas, 4 demócratas, 89 católicos, 42 miembros del Partido nacionalista alemán y 22 miembros del Partido popular (el orden de esta exposición es de izquierda a derecha).

7.   El Consejo de soldados de Hamburgo decide el desarme de los trabajadores.



 

 

 

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8.  En Berlín, la policía mata a 12 obreros sin trabajo.

 

9.  El coronel Gerstenberg ocupa los alrededores de Bremen, ciudad en la que los obreros disponen de armas.

10. Se vota la nueva Constitución.

 

11.  La Asamblea Nacional constituyente elige a Ebert presidente del Reich. El Partido socialdemócrata independiente lanza un llamamiento a los Consejos de obreros y de soldados para que se incorporen a la nueva Constitución. De nuevo se proclama el Estado de Sitio en Hamburgo, en donde se procede al desarme de los trabajadores.

 

12. En Berlín, la policía mata a 17 obreros sin trabajo. Die Rote Fanne (espartaquista) y Freiheit (La Libertad, diario de la Socialdemocracia Independiente) publican los detalles que rodearon el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Radek es capturado (vivía en la clandestinidad).

13.  Formación del Gobierno del Reich. Su composición es la siguiente: Scheidemann, Canciller; Noske, ministro de la Guerra; cinco ministros socialdemócratas (como el Canciller y el de la Guerra); dos ministros demócratas; tres ministros del Centro Católico; Brockdorff-Rantzau, un funcionario, es nombrado ministro de Asuntos Exteriores.

 

14.     Nuevo llamamiento de Hindenburg para hacer frente al bolchevismo.

16.  En Berlín, son encarcelados 18 miembros de la Liga de Soldados Rojos. Manifestaciones en Nuremberg contra la política de Auer, ministro del Interior de Baviera: 2 muertos. En Hewest-Dorten, 36 muertos en numerosos incidentes.

16. En Múnich se celebra una gran asamblea que se pronuncia en favor de la República de los Consejos.

17. Huelga general en la cuenca industrial del Ruhr.

 

18.   El general Maecker ocupa Gotha, en donde inmediatamente se produce una huelga general en señal de protesta. El general organiza un cuerpo móvil que se encarga de dar caza a los revolucionarios. Esta organización será adoptada por Noske para eliminar los movimientos revolucionarios locales de Sajonia y Alemania central.

 

19. Combates revolucionarios en el Ruhr. En Elberfeld, 12 muertos. En Essen, 2 muertos. Huelga del personal portuario de Stettin. Huelga general en Eisenach contra la ocupación de Gotha.



 

 

 

 

 

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20.   Se combate en la cuenca industrial del Ruhr (Gelsenkirchen y Bochum).

 

21.   En Múnich, mientras estaba reunido en el Landtag para presentar su dimisión (a causa de su derrota en las elecciones), Kurt Eisner, presidente del Consejo de Baviera, es asesinado por el conde Arco.

22. Se decreta el Estado de Sitio en Múnich. Son suspendidos todos los diarios durante un plazo de diez días. En Mannheim se proclama la República de los Consejos.

23. Encarcelamiento de dirigentes comunistas en Nuremberg.

 

25.  Huelgas en la Alemania central. Es liquidada la República de los Consejos de Mannheim sin efusión de sangre.

26.  Huelga general en Leipzig (se prolonga hasta el 10 de marzo). Huelga ferroviaria en Magdeburg.

27. Huelga general en Dusseldorf.

 

 

Marzo

 

1-3. El general Maecker ocupa Halle. Los revolucionarios resisten a las tropas. Se han producido 55 muertos y 170 heridos.

 

2-6. Congreso del Partido socialdemócrata independiente en Berlín. El ala derecha (Haase-Dittmann) reprocha a los izquierdistas el olvido de la utilización de los medios legales y el uso de la violencia contra los socialdemócratas.

3. Huelga general en Berlín. Los huelguistas reclaman el cumplimiento de un programa de 6 puntos:

 

1.     Reconocimiento de los Consejos de obreros y soldados.

 

2.      Inmediata puesta en práctica de los «Acuerdos de Hamburgo».

 

3.      Liberación de todos los presos políticos, especialmente de Ledebour. Sobreseimiento de todos los procesos políticos. Abolición de las jurisdicciones militares. Encarcelamiento de todos los individuos que han participado en delitos de sangre.

 

4.     Formación de una Guardia obrera revolucionaria.

5.     Disolución inmediata de todos los cuerpos francos.

6.     Inmediatas relaciones económicas y políticas con la Rusia revolucionaria.

 

Como respuesta el Gobierno decreta el Estado de Sitio, el cual se prolongará hasta el 5 de diciembre. Es saqueada la imprenta del diario Die



 

 

 

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Rote Fahne por elementos contrarrevolucionarios.

 

5.  Lucha armada en Berlín entre la División de Marina incorporada a la Guardia Republicana y los cuerpos francos reaccionarios. Nueva huelga de mineros en Alta Silesia. Primera conferencia de delegados mineros en el Ruhr.

6.  Las tropas de Noske ocupan la Prefectura de Policía de Berlín. Se reanuda el trabajo en la Alemania central.

8.  Fracaso de la huelga general en Berlín.

 

10.   Leo Jogiches encarcelado. El mismo día un comunicado de la policía explica que ha muerto en el curso de un intento de fuga,

15-18. Combates en las calles de Berlín. Las tropas disparan contra las manifestaciones de marineros y trabajadores: 1200 víctimas.

 

19.   El Comité Central del Partido comunista se traslada a Francfort-

 

Main.

 

23. Manifestación monárquica en Berlín.

 

29.    Conferencia nacional del Partido comunista en Francfort. El Partido se encuentra en la ilegalidad. Su prensa ha sido prohibida por el Gobierno.

30.   La conferencia de delegados de las minas del Ruhr decide la huelga general en apoyo de la socialización y fundación de la Unión General de Mineros.

31. Se inicia la huelga general en la cuenca industrial del Ruhr.

 

 

Abril

 

3.  Huelga general en Breslau.

 

4.  Los obreros de la factoría Krupp (Essen) se unen a la huelga de los mineros.

7.   Proclamación de la República de los Consejos de Baviera. La historia de esta República resulta sumamente compleja. En un principio, el papel principal lo desempeñaron los anarquistas: Landauer, Mühsam y Toller. Luego los comunistas: Levine y Levien. Huelga general en Magdeburgo.

8-14. Segundo congreso de los Consejos en Berlín. Sus sesiones revisten escaso interés. Dichos Consejos no desempeñan ya ningún papel revolucionario. Apoyan decididamente al Gobierno socialdemócrata.



 

 

 

 

 

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10-15. Huelgas en Dantzig, Hannover, Koenisberg, Hamburgo. En Dusseldorf son muertos 40 revolucionarios. Fin de la primera República de los Consejos de Baviera.

 

14. Nacimiento de la segunda República de los Consejos de Baviera. 15-30. Huelga general en Bremen.

21.   Las tropas de Noske toman la ciudad de Augsburgo, lo que

 

constituye un duro golpe para la República de los Consejos de Baviera.

 

26. Sangrienta batalla en Nurembetg.

 

28. Fin de la huelga general en la cuenca del Ruhr. Durará todo el mes de abril.

 

Mayo

 

1-4. Las tropas de Noske penetran en Múnich. Se inicia una feroz represión. Son fusilados Landauer, Levine, Levien, Eglhofer (jefe militar de la República) y decenas de otros militantes revolucionarios. Mühsam es hecho prisionero. La represión se prolongará hasta el mes de junio.

 

8-15. Proceso contra los asesinos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

14. Conferencia nacional del Partido comunista alemán en Berlín.

 

17. Se fuga Vogel, encausado como responsable del asesinato de Rosa Luxemburg.

19.  Inicio del proceso contra Ledebour, acerca de su responsabilidad por los sucesos de enero en Berlín.

31. Finalmente es encontrado el cadáver de Rosa Luxemburg.

 

 

Junio

 

10. Congreso del Partido socialdemócrata en Weimar.

 

13. Entierro de Rosa Luxemburg.

 

20  junio-3 julio. Huelga ferroviaria. El hambre aparece en Mannheim.

 

Dimisión del Gobierno de Scheidemann.

 

21. Formación del Gobierno Bauer.

 

23. El hambre aparece en Berlín. El Partido comunista decide disolver la Liga de Soldados Rojos.

26.  Son detenidos los miembros del Consejo ejecutivo berlinés, todos ellos pertenecientes al ala izquierda del Partido socialdemócrata



 

 

 

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independiente.

 

27. Noske declara ilegal la huelga de los ferroviarios.

 

30. Huelga de empleados de banca en Berlín.

 

 

Julio

 

1-14. Huelga de comunicaciones en Berlín.

 

16. Huelga general en Pomerania.

 

 

Agosto

 

El hambre provoca motines en Berlín. Se producen 27 muertos.

 

8. Huelga en las minas de potasa.

 

11.   Huelga de empleados de la Banca en Hamburgo. Huelga de mineros en Alta Silesia.

17.  Conferencia nacional ilegal del Partido comunista en Francfort. Comienza a manifestarse una oposición a la política del Comité Central, oposición antiparlamentaria, antisindicalista y anticentralista dirigida por Wolffheim y Laufenberg (de Hamburgo), Otto Rühle (de Dresde), Schroder y Wendel (de Berlín).

19. El ejército ocupa Chemnitz sin encontrar resistencia.

 

23. El Gobierno disuelve el Consejo ejecutivo de Berlín.

 

 

Septiembre

 

7.  Con motivo de celebrarse las Jornadas de la Juventud se producen grandes manifestaciones. En Berlín, la policía dispara sobre los manifestantes.

 

8.  Motines en Breslau provocados por el hambre.

 

18.  Se inicia la gran huelga de los metalúrgicos de Berlín que duraría hasta el 11 de noviembre.

 

Octubre

 

20.    Congreso del Partido comunista alemán en Heidelberg. La oposición, en minoría, es expulsada de la organización. Su posición minoritaria entre los delegados representativos no refleja su situación



 

 

 

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mayoritaria entre los afiliados: 60 000 sobre un total de 107 000 miembros. Los expulsados constituyen un nuevo Partido comunista obrero (K.A.P.). Esta organización tendría una vida breve a causa del fracaso de la revolución de 1923 y por las múltiples crisis que sufriría en su seno.

 

Noviembre

 

7.  Hugo Haase, antiguo. Comisario del Pueblo, muere víctima de un atentado.

 

11. Fin de la huelga de metalúrgicos de Berlín.

 

29-30. Congreso del Partido socialdemócrata independiente en Leipzig. Crispien representa la línea revolucionaria: «No a la unión con los traidores. Es imposible la fusión entre el Partido socialdemócrata de Noske y el proletariado consciente. No es solamente el elemento táctico lo que nos separa. Es todo un bagaje de principios lo que nos aleja de los socialistas de Noske. Estos socialistas se han metido plenamente en el terreno de juego de la burguesía. Nosotros hemos de mantenernos en el terreno del proletariado, de la revolución proletaria. Lo mismo que no es posible que nos unamos con los capitalistas y con los terratenientes, tampoco es posible que lo hagamos con los liquidacionistas, con los lacayos, con los traidores a la clase obrera». Las resoluciones adoptadas en este congreso presentan un contenido claramente radical.

 

Diciembre

 

5.  Se levanta el estado de sitio en Berlín. Radek, encarcelado el 12 de febrero, sale de prisión.

 

12.   Reaparece en Berlín el diario espartaquista Die Rote Fahne, después de las múltiples prohibiciones gubernamentales.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ORGANIZACIONES POLITICAS ALEMANAS QUE DECLARABAN SER EXPRESION DE LOS INTERESES DE LA CLASE OBRERA

 

 

 

1. Partido socialdemócrata (SPD). Fue el partido que votó los créditos de guerra. También llamados sus miembros socialistas mayoritarios o socialistas de derechas. Su papel de liquidadores de la Revolución alemana resulta sumamente claro y revelador.

 

2.     Partido socialdemócrata independiente (USPD). Fue fundado durante el Congreso de Gotha (6-9 de abril de 1917) por un grupo de diputados del Reichstag, todos ellos pacifistas, excluidos en marzo de 1916 de la fracción socialdemócrata y organizados posteriormente en círculos de trabajo. En el curso del año 1919, en el interior del partido se produjo una viva polémica entre las alas derecha e izquierda. La izquierda (mayoría) se adhirió al Partido comunista alemán en el Congreso de Halle (12-20 octubre 1920). La derecha, en 1922, se reintegraría al Partido socialdemócrata.

 

3.   Los Internacionalistas Alemanes (ISD) en el curso de la guerra mundial, se fueron organizando en función de las necesidades y posibilidades. A pesar de sus afinidades, se manifestaron en diversas tendencias:

 

a.     En torno a Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Franz Mehring y Leo Jogiches se formó el Grupo Internacional, nombre de su publicación (marzo 1915). Este grupo de internacionalistas tomaría el nombre de Grupo Spartakus, cuando su medio de expresión pasó a ser las Cartas Espartaquistas. Los espartaquistas se unen al Partido socialdemócrata independiente (abril 1917), con el fin de reclutar militantes. El 1 de enero eran conocidos como Liga Spartakus.

 

b.     En torno a Julián Borchardt y de la revista Licbtstrahlen (Rayos de Luz), se formó el grupo de Socialistas Internacionalistas de Alemania, de escasa importancia.



 

 

 

 

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c.     En Bremen y Hamburgo se organizó la llamada Tendencia de Bremen. Concretamente en Bremen, captó a la mayoría de la antigua organización socialdemócrata agrupada en torno a Johan Knief. En Hamburgo arrastraron a un importante grupo minoritario socialdemócrata encabezado por Laufenberg y Wolffheim. El 24 de enero de 1916 apareció en Bremen el primer número de Arbeiterpolitik (Política Obrera), revista teórica mensual. Los miembros de Bremen se instituyeron en Izquierda Radical, rehusando entrar en el Partido socialdemócrata independiente. Tanto en Bremen como en Hamburgo desempeñaron un papel de gran importancia durante la Revolución, a pesar de sus vacilaciones en fusionarse con la Liga Spartakus.

 

 

4.   Los llamados Delegados revolucionarios de Fábricas de Berlín desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo revolucionario en su calidad de dirigentes. No constituían un grupo político en sí, pero eran un auténtico estado mayor de militantes delegados por las fábricas. Cabe destacar el papel que jugaron contra el gobierno de Ebert en las jornadas de enero de 1919.

 

5.    En el curso de 1919 el Partido comunista alemán (KPD) fue reducido a la ilegalidad práctica, aunque no de derecho. La nueva dirección derechista, Paul-Levi-Brandler, fue continuamente desbordada por los movimientos espontaneistas de las masas. Ello favoreció el desarrollo de una oposición interna llamada «ultraizquierda» —por los bolcheviques—, contraria a toda participación en las elecciones y preconizando el boicot a los sindicatos socialdemócratas. Se transformó en el Partido comunista obrero alemán (KAP).

 

6.  El Partido comunista obrero alemán (KAP) nació con la escisión de la izquierda obrera y la dirección parlamentaria del Partido comunista alemán, durante el congreso clandestino de Heidelberg. Este último solamente conservó una parte minoritaria de la vieja organización, especialmente en la región de Berlín. La tendencia del KAP fue considerada por la Internacional Comunista como una reacción sana, aunque poco afortunada en su expresión, contra el oportunismo del partido oficial. Es por esto que el KAP fue admitido por dicho organismo



 

 

 

 

 

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internacionalista a título de «partido simpatizante», lo cual provocó la protesta del VKPD.

 

7.    El Partido Comunista Unificado de Alemania (VKPD) fue el resultado de la fusión entre la derecha espartaquista y la mayoría del Partido socialdemócrata independiente (Congreso de Halle, confirmado luego por el de Heidelberg).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ROSA LUXEMBURG o, por castellanización del apellido, ROSA LUXEMBURGO (Zamosc, Rutenia, 1870 - Berlín, 1919). Revolucionaria y teórica del socialismo alemán, de origen judío polaco. Hija de un comerciante de Varsovia, su brillante inteligencia le permitió estudiar a pesar de los prejuicios de la época y de la discriminación que las autoridades zaristas imponían en Polonia contra los judíos. Su militancia socialista le obligó a exiliarse desde los 18 años, refugiándose en Suiza, donde terminó sus estudios de Derecho, trabó contacto con revolucionarios exiliados y se unió a la dirección del joven Partido Socialdemócrata Polaco.

 

Contraria a todo nacionalismo, en 1898 se trasladó a Alemania para unirse al poderoso Partido Socialdemócrata de aquel país (SPD) y participar en los debates teóricos que lo agitaban desde la muerte de Marx y Engels. Asociada con Kautsky, defendió la «ortodoxia» marxista frente al «revisionismo» de Bernstein e hizo aportaciones teóricas originales en torno al imperialismo y al capitalismo (La acumulación del capital, 1913).

 

Se distanció de Kautsky y de la mayoría del partido a medida que éstos se inclinaron hacia los métodos parlamentarios, pasando a ser reconocida como la líder principal del ala izquierda del SPD; pero también criticó a



 

 

 

 

 

 

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Lenin y su concepción centralista y autoritaria del partido de revolucionarios profesionales.

 

Junto con Karl Liebknecht encabezó las protestas de los socialistas de izquierda contra la Primera Guerra Mundial (1914-18) y contra la renuncia del SPD al internacionalismo pacifista; fue detenida por ello en 1915, pero continuó escribiendo desde la cárcel.

 

Fue ella quien puso las bases teóricas para la escisión de la Liga de los Espartaquistas (1918), transformada un año más tarde en Partido Comunista Alemán (KPD). En libertad desde la revolución de 1918 que hizo abdicar al emperador Guillermo II, lanzó junto con Liebknecht la Revolución espartaquista de 1919; y, como él, murió a manos de los militares encargados de su represión.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas

 

 

 

[1] En este artículo introductorio a la temática del espartaquismo, su autor, Gilbert Badia, penetra en la polémica relación entre el leninismo y el luxemburguismo. Aunque en algún pasaje de este trabajo él autor afirma admitir la existencia de algunas divergencias, al concluir su lectura puede quedar en el ánimo del lector una impresión de absoluta identidad entre ambas líneas de la Teoría de la Revolución. Aquellas divergencias eran reales y profundas, especialmente centradas en cuanto al papel histórico del Partido Revolucionario y a la organización interna de éste. Entre otras cosas, la teoría del Centralismo Democrático como mecanismo interno de la organización fue un elemento de permanente y aguda controversia. «El ultracentralismo defendido por Lenin se nos aparece como impregnado no ya de un espíritu positivo y creador, sino del espíritu del vigilante nocturno»: fragmentos como éste son reveladores de las dimensiones que pudo tener aquella polémica. Asimismo, en su Crítica de la revolución rusa, Rosa Luxemburg expone una serie de reservas acerca del modo de evolucionar los acontecimientos en los inicios del proceso revolucionario. Sirva, pues, esta pequeña nota, para clarificar las dudas que pudieran surgir en el lector acerca del enfoque del artículo de Badia sobre la relación leninismo-luxemburguismo, artículo que por lo demás presenta elementos de gran interés en cuanto a la dinámica teórica y práctica del espartaquismo. Sirva, pues, esta pequeña nota, para clarificar las dudas que pudieran surgir en el lector acerca del enfoque del artículo de Badia sobre la relación leninismo-luxemburguismo, artículo que por lo demás presenta elementos de gran interés en cuanto a la dinámica teórica y práctica del espartaquismo. Rosa Luxemburg: «Problemas de organización de la socialdemocracia rusa», en Teoría marxista del partido político (Lenin, Rosa Luxemburg y Georg Lukács), vol. II, Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba (Argentina), 1969. <<

 

[2]Josef Staline: Questions du Leninisme, Editions Sociales, 1947, tomo II, págs. 60 y ss. (José Stalin: Fundamentos del leninismo, Ed. La Oveja Negra, Medellín, 1969.) <<

 

[3]      Imposibilitados de poder citar aquí muchas de esas obras, nos remitiremos a las siguientes: la bibliografía establecida por P. Nettl, Rosa Luxemburg (ed. alemana), Koln, 1967; la bibliografía que se encuentra en la obra de Heinz Wohlgemuth, Die Enstehung der KPD, Berlín/DDR, 1968, y, para los lectores franceses, a las sumarias indicaciones de nuestra obra Le Spartakisme, L’Arche, 1967, y Rosa Luxemburg: Textes, Ed. Sociales, 1969. (De Le Spartakisme hay traducción en castellano. Gilbert Badia, Los espartaquistas, 2 tomos, Ed. Mateu, col. Maldoror, 1971.) Por otra parte, de las obras más importantes utilizadas en este análisis — escritas por la revolucionaria polaco-alemana y su compañero Liebknecht

 

— en edición castellana podemos citar las siguientes: Luxemburg Rosa: Huelga de masas, partido y sindicatos, editada por Siglo XXI, Madrid, 1974, y por Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba (Argentina), 1970. Introducción a la economía política, editada por Siglo XXI, Madrid, 1975, y Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba (Argentina), 1972. Reforma o revolución, Ed. Grijalbo, col. 70, México, D.F., 1967. La acumulación de capital, Ed. Grijalbo, México, D.F., 1967. Crítica de la revolución rusa (con un prólogo de Georg Lukács), Ed. La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1965. La revolución rusa, Ed. Anagrama, Barcelona, 1974.Liebknecht, Karl y Luxemburg, Rosa: La Comuna de Berlín, Ed. Grijalbo, col. 70, México, D.F., 1971. (N. del T.<<

 

[4]  E. Kolb: Die Arbeiterräte in der deutschen Innenpolitik, 1918-1919, Dusseldorf, 1962, pág. 47. <<

 

[5]  O. K. Flechtheim: Die kommunistische Partei Deutschlands in der Weimarer Republik, Offenbach, 1948, pág. 47. <<

 

[6]  Cf. la carta de Karl Liebknecht del 4 de diciembre de 1915 en Le Spartakisme, págs. 325-326, y en los datos aportados por H. Wohlgemuth en Die Entstehung der KPD<<

 

[7]  Nosotros establecimos la demostración en cifras de esa radicalización de las masas en Le Spartakisme, ob. cit., págs. 270 y ss. <<

 

[8]   Víctor Adler: Briefwechsel mit August Bebel und Karl Kautsky, pág. 630. <<

 

[9] Die Internationale, reproducción facsímil, Berlín, 1965, pág. 2. <<

 

[10]Cabe señalar la sistemática publicación de documentos en la República Democrática Alemana. Por ejemplo: la serie Dokumente und Materialien zur Geschichte der deutschen Arbeiterbewegung; la serie Archivalitche Forschungen; la publicación de las obras completas de Franz Mehring en 15 volúmenes; la de las obras de KarI Liebknecht, actualmente en curso de publicación. Ediciones Dietz anuncia la próxima publicación de las obras de Rosa Luxemburg. <<

 

[11] Esa es la tesis que se encuentra constantemente en sus dos obras: Burgkrieg, nicht Burgfriede!, Berlín, 1963, y Die Entstehung der KPD, Berlín, 1968. <<

 

[12]     Wohlgemuth, ob. cit., págs. 218-219; en diversas partes de la obra se indican bien las fuerzas respectivas de los espartaquistas y de los Izquierdistas de Bremen. <<

 

[13]     Citado por Wohlgemuth, ob. cit., pág. 57. De él mismo puede leerse, en la Carta política n.º 19, del 22 de abril de 1916, bajo el título análogo de Lucha por el partido: «Todas nuestras fuerzas por el partido y por el socialismo. Pero ni un hombre, ni un solo hombre, para ese partido, su sistema y sus dirigentes traidores. Al contrario, frente a ellos lucha a muerte». <<

 

[14] Karl Liebknecht: Gesammelte Reden u. Schriften, tomo VIII, pág. 437.

 

<<

 

[15] Carta reproducida en Rote Fahne, el 15 de enero de 1929. <<

 

 

[16] Carta del 5 de diciembre de 1915. Citada en Le Spartakisme, ob. cit., pág. 86. <<

 

[17] El 18 de marzo de 1915, Berta Thalheimer escribió a Robett Grimm, en Suiza: «Después del encuentro de Berna —es decir, después de Zimmerwald— se produjo una escisión en el seno de la oposición, que se extendió por todo Alemania… La ruptura entre la dirección y la oposición resuelta —esto es, los espartaquistas— progresa en todas partes. Estamos muy satisfechos de la evolución de la situación». Esta carta es citada por Lademacher, Die Zimmerwälder Bewegung, tomo II, pág. 494. Cf. igualmente la explicación de Clara Zetkin en Die Gleichheit —13 de octubre de 1916—, acerca de la Conferencia nacional del Partido socialdemócrata, en Le Spartakisme, pág. 92. <<

 

[18]  El subrayado es mío. Henriette Roland-Holst, Rosa Luxemburg, pág. 221. <<

 

[19] Artículo olvidado en Der Kampf, Duisburgo, 6 de enero de 1917. <<

 

[20] La Carta política n.º 19 del 22 de abril plantea aún la alternativa en estos términos: «Salvamento del Partido o destrucción del Partido», Spartakusbriefe, pág. 157. <<

 

[21] Spartakus, im Kriege, Berlín, 1927, págs. 163-164. <<

 

 

[22] A. Lademacher, ob. cit., tomo I, pág. 230. Intervención de Bertha Thalheimer en la reunión de la Comisión socialista internacional, en Berna, el 5 de febrero de 1916. <<

 

[23] Ibidem, tomo II, pág. 497 (Carta de Lenin a H. Roland-Holst), <<

 

[24] Rosa Luxemburg: Politische Schriften, Frankfurt, 1968, III, pág. 115.

 

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[25] Dokumente and Materialien…, ob. cit., tomo II, pág. 161. <<

 

[26] Le Spartaquisme, cap. XII, págs. 155 y ss. <<

 

[27] Dokumente und Materialien…, tomo II, pág. 333. <<

 

[28] G. Haupt: Le Congrés manqué, pág. 26. <<

 

 

[29] Cf. El juicio de Lenin sobre Rosa Luxemburg, en Lenin, Oeuvres, tomo 33, pág. 212. Rosa Luxemburg era para él un «águila». <<

 

[30]      Karl Liebknecht y Franz Mehring. <<

 

 

[31]Facsímil de esta carta en: Rosa Luxemburg, Ausgewählte Reden und Schriften, tomo II, pág. 624. <<

 

[32] Rosa Luxemburg: Textes, Editions Sociales, 1969, págs. 247-248. <<

 

[33] Ibidem, págs. 154 y ss. Este texto data de 1913. Rosa Luxemburg escribió: «El Partido socialdemócrata está llamado a ser la vanguardia del proletariado», pág. 167. <<

 

[34] Rosa Luxemburg: Politische Schriften, tomo III, pág. 134. <<

 

[35] Rosa Luxemburg, tomo III, pág. 134. <<

 

[36] Rosa Luxemburg: Textes, pág. 239. <<

 

[37] Rosa Luxemburg: Politische Schriften, tomo II, pág. 132. <<

 

[38] Rosa Luxemburg: Textes, pág. 71. <<

 

[39] Discurso de Rosa Luxemburg en el Congreso fundacional del Partido comunista alemán (Liga Spartakus), pronunciado el 31 de diciembre de 1918. <<

 

[40]      Esta traducción del Manifiesto comunista corresponde a: K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1955. <<

 

[41] Esta traducción del prólogo de F. Engels a Las luchas de clases en Francia corresponde a: K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1955. <<

 

[42]  August Bebel (1840-1913). Fundador y presidente del Partido socialdemócrata alemán (SPD). Fue una de las máximas figuras de la II Internacional. <<

 

[43]Friedrich Ebert (1870-1925). De profesión guarnicionero. Militante del SPD, fue elegido diputado por el Reichstag en 1912. En 1913 fue nombrado presidente del Comité Directivo del partido, y durante la Gran Guerra se alineó en el ala derecha del mismo. Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo en 1918, entre 1919 y 1925 fue presidente de la República Alemana. Eduard David (1863-1930). Diputado del SPD en el Reichstag. Fue el principal sostenedor del revisionismo en las filas de la organización. Socialista mayoritario durante la Gran Guerra, fue ministro sin cartera en el período 1919-1920. Asimismo fue presidente de la Asamblea Nacional. <<

 

[44] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<

 

[45] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<

 

 

[46]Hugo Haase (1863-1919). Presidente del SPD tras la muerte de Singer. Fue diputado del Reichstag entre 1897 y 1918. En 1916 dirigió el Arbeitsgemeinschaft, siendo luego uno de los dirigentes del Partido socialista independiente (USPD). Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo desde 1918. Murió asesinado. <<

 

[47] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<

 

[48] Wilhelm Dittmann (1874-1954). Miembro del Comité Directivo del USPD en 1917. En 1918 fue Comisario del Pueblo. Como miembro del ala derecha del USPD, se reintegró nuevamente al SPD en 1922. <<

 

 

[49]Die Freiheit: órgano del USPD. Se editó en Berlín entre noviembre de 1918 y octubre de 1922. <<

 

 

[50]  Groener: general monárquico que puso el Ejército a disposición de Ebert con la condición de que éste se decidiese a sofocar la revolución. <<

 

 

[51] August Winnig (1878-1956). Obrero albañil especializado. En 1913 fue elegido presidente de la Unión de obreros de la construcción. En noviembre de 1913 fue nombrado representante plenipotenciario del Reich en los países bálticos y Comisario del Reich en Prusia occidental y oriental. En 1919 fue nombrado Presidente de Prusia oriental. Destituido en 1920, fue expulsado del SPD por haber participado en el golpe de Kapp. <<

 

 

[52] Panfleto, s.f. (Berlín, 1918). <<

 

[53]Ultimo escrito de Rosa Luxemburg, publicado en Die Rote Fahne del 14 de enero de 1919, víspera de su asesinato. <<

 

 

[54]     Error de Rosa Luxemburg. Suvorov murió en 1800. Las tropas rusas estaban dirigidas por Paskevitch. (Nota de Gilbert Badia.) <<

 

 

[55]Gustav Noske (1868-1946). De profesión leñador, en 1897 se adhirió a la socialdemocracia y fue elegido diputado por el Reichstag en 1906. En noviembre de 1918 fue nombrado gobernador de Kiel para reprimir la sublevación de los marineros. Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo, bajo sus órdenes las tropas aplastaron la revuelta espartaquista. Ministro de Defensa entre febrero de 1919 y marzo de 1920, fue obligado a dimitir por el Partido tras el putsch de Kapp. <<

 

 

[56]      Walther Reinhardt (1872-1930). Oficial del Estado Mayor durante la I Guerra Mundial y último ministro prusiano de la Guerra. En octubre de 1919 fue nombrado comandante en jefe del Ejército. Dimitió al mismo tiempo que Noske, tras el putsch de Kapp. <<

 

 

[57] Se trataba, en aquel momento, de una Internacional hipotética, puesto que el primer congreso de la III Internacional aún no había tenido lugar.

 

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[58] Emil Eichhorn (1871-1925). Jefe de la Oficina de prensa del SPD y luego del USPD. El 9 de noviembre de 1918 fue nombrado jefe de Policía de Berlín. Su destitución, el 4 de enero de 1919, desencadenó la «semana sangrienta» o «semana espartaquista». En 1920 ingresó en el Partido comunista alemán. (Véase el apéndice «Cronología de la Revolución Alemana».) <<

 

[59] Verso extraído del poema de F. Freiligrath La Revolución<<

 

 

[60]     Ultimo escrito de Karl Liebknecht, publicado en Die Rote Fahne del 15 de enero de 1919, fecha en la que fue asesinado en compañía de Rosa Luxemburg. <<



FIN

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