© Libro N° 14621. La Liga Spartakus. Luxemburgo, Rosa. Emancipación. Diciembre 20 de 2025
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LA LIGA SPARTAKUS
Rosa Luxemburgo
La Liga
Spartakus
Rosa Luxemburgo
Este cuaderno contiene los textos «Rosa Luxemburg, el espartaquismo y la
fundación del Partido comunista alemán», de Gilbert Badia, «Nuestro programa y
la situación política» y «El orden reina en Berlín (Testamento político)», de
Rosa Luxemburg, «Los objetivos de Spartakus (Programa de la Liga Spartakus)»,
«¡A pesar de todo! (Testamento político)», de Karl Liebknecht, así como una
«Cronología de la revolución alemana» y un listado de las «Organizaciones
políticas alemanas que declaraban ser expresión de los intereses de la clase
obrera» en dicha época.
Rosa Luxemburgo
La Liga Spartakus
ePub r1.0
Titivillus 05.12.2025
Rosa Luxemburgo, 1976
Traducción: Bernat Muniesa i Brito
Revisión: Michael Faber-Kaiser
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
GILBERT BADIA
ROSA LUXEMBURG,
EL ESPARTAQUISMO Y LA FUNDACION DEL PARTIDO COMUNISTA ALEMAN[1]
Hace justamente medio siglo que fue fundado en Berlín, durante el
Congreso celebrado entre el 30 de diciembre y el 1 de enero de 1919, el Partido
comunista alemán —KPD—, el primero de los partidos comunistas nacido en un país
económicamente muy desarrollado. Quince días más tarde, Karl Liebknecht y Rosa
Lüxemburg, que habían desempeñado un papel determinante en el nacimiento del
KPD —en este sentido cabe recordar que Rosa Luxemburg redactó el programa, que
luego comentaría en un célebre discurso—, serían asesinados por los oficiales
de una de las unidades que bajo la autoridad de Noske rastreaban la capital a
la caza de los revolucionarios berlineses.
En las páginas que siguen, vamos a intentar abordar algunos de los
problemas planteados por aquellos acontecimientos. Para nosotros, se trata
menos de conmemorar un aniversario, a pesar de su importancia, que de analizar
de nuevo unas cuestiones que hoy siguen siendo actualidad. En los medios
universitarios y estudiantiles vuelven a interesar extraordinariamente —y no
sólo en Francia— el pensamiento de Rosa Luxemburg, la revolución alemana y la
experiencia de los espartaquistas.
Hay cierto número de cuestiones que vienen siendo objeto de
controversias desde hace años. En 1931, tras condenar Stalin abruptamente la
acción de la Izquierda socialdemócrata en Alemania[2], la mayor parte de los historiadores comunistas dejaron de interesarse
por este período y los nombres de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, entes
asociados cada mes de enero (el de su muerte) al de Lenin, apenas eran ya
mencionados. Únicamente se les citaba en artículos de carácter conmemorativo,
para
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destacar su coraje revolucionario, sin analizar sus planteamientos y sus
concepciones.
Sin embargo, ahora, en Polonia, en Alemania, en la U.R.S.S., en Italia,
en Gran Bretaña y en Francia, los historiadores se interesan nuevamente por el
pensamiento y la acción de aquellos revolucionarios[3]. Y ese renovado interés coincide con la posibilidad de investigar
archivos hasta hace muy poco tiempo difícilmente accesibles. Nuevos documentos
entran en juego. Se hacen menos interpretaciones y se analizan más directamente
los textos. Se habla ya menos de «luxemburguismo» y más de las ideas de Rosa
Luxemburg, expuestas en artículos y cartas recientemente publicadas, que habían
permanecido inéditas.
* * *
Durante mucho tiempo, especialmente en Alemania occidental, se ha
pretendido presentar al espartaquismo como un movimiento casi sin importancia,
alegando lo reducido del número de sus militantes como prueba de su debilidad.
Pero esta debilidad, aunque real, ha sido exagerada sin fundamento e incluso
con cierto placer. El historiador germano-occidental Kolb estima que «el núcleo
activo de los espartaquistas era como máximo de mil personas»[4]. Por otra parte, Ossip K. Flechtheim ha escrito que el KPD, en el
momento de su fundación, no disponía en Berlín más que de una cincuentena de
miembros[5], lo cual es una valoración sencillamente ridícula. Y en cuanto al
estudio de Kolb, llega incluso a precisar que en el momento de Ja fundación del
KPD solamente un militante espartaquista desempeñó un papel digno de figurar en
el «núcleo activo».
Es un hecho indiscutible que el movimiento espartaquista no pudo
compararse nunca, en cuanto a número de militantes, con el grupo de los
Mayoritarios, ni siquiera con el de los Independientes. Pero a partir de
finales de 1914, los futuros espartaquistas comenzaron a desplegar una gran
actividad, difundiendo centenares de miles de folletos y octavillas[6], que llegaron a movilizar considerables masas de la población. Así, en
abril de 1915 los nueve mil ejemplares del primer número de Die
Internationale fueron vendidos en pocas horas. El Primero de Mayo de
1916, a la llamada de los espartaquistas respondieron miles de manifestantes
—creemos que
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por lo menos unos cinco mil— convocados en la Potsdamer Platz de Berlín.
Cuando Rosa Luxemburg salió de la cárcel, en febrero de 1915, la esperaban
cerca de mil personas. El 23 de noviembre de 1918, día en que Karl Liebknecht
llegó a Berlín después de su liberación, lo recibieron en la estación unas
veinte mil personas en un ambiente triunfal.
Durante toda la guerra, perseguidos, encarcelados, obligados a actuar en
la clandestinidad, los espartaquistas tuvieron enormes dificultades para
organizarse. Después de la revolución del 9 de noviembre, cuando en teoría
todavía formaban parte de la USPD (socialistas independientes), consiguieron
movilizar, durante los días 8, 16 y 24 de diciembre, en Berlín, a unas masas de
varias decenas de miles de manifestantes (concretamente unas doscientas
cincuenta mil personas el día 16).
Siempre ha sido muy difícil evaluar de manera exacta el número de
personas que en un momento determinado se han manifestado por las calles. Pero
en el caso que nos ocupa, lo que resulta indiscutible es el progreso de los
votos espartaquistas (comunistas) y socialistas de izquierda (independientes)
en las diversas elecciones realizadas a partir de 1919, a pesar del sangriento
golpe que Noske y sus cuerpos francos proporcionaron a la actividad
espartaquista hacia mediados de enero de aquel año[7]. Desde el punto de vista electoral su avance fue indudable, y aún más
evidente por parte del USPD. De todos modos, es necesario tener en cuenta que
por lo menos durante todo el año 1919, e incluso hasta el Congreso de
unificación celebrado en 1920, muchos de los futuros comunistas militaban
todavía en el USPD. Tales serían los casos, por citar solamente dos, de Clara
Zetkin y de Thälmann. Así, al igual que no puede negarse la radicalización de
las masas obreras alemanas, tampoco puede negarse el rápido progreso de los
espartaquistas (comunistas).
Ese progreso no fue casual, así como tampoco fue un hecho fortuito la
popularidad alcanzada y reconocida por todos —incluido Kautsky[8]— de los dirigentes del espartaquismo. Popularidad que tiene su
explicación en los trabajos de desarrollo teórico y en el constante esfuerzo de
clarificación que los espartaquistas llevaron a cabo entre las masas después de
1914. Contra la política de la «Unión Sagrada» practicada por la mayoría de la
socialdemocracia, ellos analizaron incansablemente el verdadero carácter de la
guerra, presentada por los Mayoritarios como una guerra defensiva, en tanto que
los espartaquistas la denunciaban como una «guerra imperialista del más bello
estilo» (K. Liebknecht).
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En 1910 Rosa Luxemburg denunciaba ya el oportunismo de aquél que todavía
era considerado como el mejor teórico de la II Internacional: Karl Kautsky.
En 1915 le acusó de ser «el teórico de la confusión, que ha degradado la
teoría hasta convertirla en un fiel servidor de la práctica de la dirección del
Partido socialdemócrata»[9], poniendo así de manifiesto el peligro que significaba el oportunismo
para el movimiento obrero. Todos los espartaquistas insistían en la necesidad
de clarificar las causas del desmoronamiento de la Internacional y de la
traición de la socialdemocracia en agosto de 1914.
No solamente aconsejaban a los parlamentarios socialdemócratas del ala
izquierda que rechazaran los créditos militares, siguiendo con ello el ejemplo
de Liebknecht en la jornada del 2 de diciembre de 1914, sino que además
procuraban desplazar el poder de decisión del Parlamento a las calles. Apelaban
a las masas para que pasaran a la acción, poniendo como ejemplo a Liebknecht,
el cual, en la Potsdamer Platz de Berlín, el Primero de Mayo de 1916, clamaba
«¡Abajo la guerra! ¡Abajo el Gobierno!», por lo que fue arrestado y condenado a
cuatro años de presidio. En todos estos puntos, los espartaquistas diferían
radicalmente no sólo de los Mayoritarios, sino también de los Centristas.
Investigando documentos a menudo inéditos[10], el historiador germano-oriental Heinz Wohlgemuth llega a la conclusión
de que, entre 1915 y 1918, los dirigentes espartaquistas mantenían posiciones
análogas a las de Lenin en lo referente a numerosas cuestiones, o en cualquier
caso estaban muy próximos[11] —sus puntos de vista coincidían acerca del carácter de la guerra, de la
necesidad de separarse de los «socialchovinistas» y de la necesidad de tomar el
poder—. Sin embargo, contrariamente, Wohlgemuth no señala las divergencias que
subsistían entre Lenin y los espartaquistas. En lo esencial, los dirigentes del
espartaquismo denunciaban la guerra imperialista siguiendo la consigna de
«guerra a la guerra», sin recoger la tesis leninista de transformar la guerra
imperialista en guerra revolucionaria. Finalmente, y esto es importante, hasta
fines de 1918 no quisieron separarse orgánicamente de las otras corrientes
políticas opuestas a la dirección socialdemócrata. Ellos rehusaron —en líneas
generales, si se exceptúan los grupos minoritarios de los Izquierdistas de
Bremen y algunos otros[12]—, a constituirse en un
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partido, a pesar de que afirmaban su autonomía ideológica y sólo tenían
sarcasmos para los métodos de la «oposición moderada».
Esta última es una cuestión que requiere ser analizada muy de cerca. En
efecto, a partir de 1915 los futuros espartaquistas tomaban distancias respecto
a la dirección socialdemócrata, pero poco después se distanciaban también de la
oposición.
El 12 de octubre de 1914, en una carta dirigida al socialista suizo Karl
Mohr, Rosa Luxemburg manifestaba que en el Partido socialdemócrata se estaba
produciendo una grieta entre los elementos «que, hablando con propiedad, forman
parte del campo de la burguesía y constituyen como máximo un partido obrero
reformista con una fuerte influencia nacionalista» y «aquéllos que no quieren
renunciar a la lucha de clases y al internacionalismo»[13].
En 1915 los espartaquistas elaboraron una plataforma teórica, las
llamadas «Tesis» o Leitsätze, las cuales serían presentadas a la
Conferencia internacional de Kienthal. Fue en ese momento cuando puede hablarse
de una cuasi-ruptura con las otras corrientes de la oposición. En una carta
dirigida a Bertha Thalheimer —que luego representaría al espartaquismo en las
Conferencias de Zimmerwald y Kienthal—, Karl Liebknecht escribía: «Cuanto más
reducido sea el núcleo, más decidido y unido, y en consecuencia más eficaz»[14]. Rosa Luxemburg aún fue más rotunda: «Nuestra táctica en esa reunión
—la Conferencia nacional a celebrar a principios de 1916 en la que debían de
ser discutidas las tesis espartaquistas— deberá tender no a intentar englobar a
toda la oposición bajo un mismo manto, sino todo lo contrario: desentrañar de
ese magma al pequeño núcleo sólido y capaz de actuar, al cual podamos agrupar
en torno a nuestra plataforma. Es necesario ser muy prudente acerca del
problema de una organización que reuniría a toda la oposición. Yo tengo la
amarga experiencia de todos los intentos de reagrupación en el seno de la
“Izquierda” del Partido, que sólo condujeron a una cosa: atar las manos de
todos los compañeros capaces de actuar»[15]. Kate Duncker, otra dirigente espartaquista, pensaba de modo similar.
Así, escribió a su marido movilizado en el frente bélico: «Creo que estamos
obligados a romper con ellos —se refería a Georg Ledebour y Joseph Herzfeld,
también delegados en la Conferencia de Zimmerwald—. Ellos constituyen un freno
para cualquier tipo de actividad»[16].
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La posición de los dirigentes espartaquistas es testimoniada por veinte
documentos[17]. Los espartaquistas reprochaban a Haase, Hoffman y Ledebour, su temor a
la acción de las masas, de dar muestra de una excesiva prudencia, de rehusar el
votar contra los créditos militares y de dar prioridad a la gestión
parlamentaria.
La cuestión que se plantea ahora es la siguiente: ¿Por qué los
espartaquistas no rompieron totalmente, desde 1914, con el Partido
socialdemócrata, cuando por otra parte no cesaban de denunciar la política de
la «Unión Sagrada»? ¿Por qué en 1917 aceptaron formar parte del USPD, grupo de
socialistas independientes acerca de cuya combatividad los espartaquistas no se
hacían excesivas ilusiones?
En una carta a Henriette Roland-Holst, militante holandesa descontenta
de la orientación del Partido socialista y decidida a abandonarlo, Rosa
Luxemburg escribía en agosto de 1908: «… Una ruptura entre marxistas —que no
debe ser confundida con las diferencias de opinión— es un hecho fatal… Tú no
tienes el derecho de excluirte del movimiento socialista; ninguno de nosotros
tiene ese derecho. Nosotros no podemos mantenernos fuera de la
organización, sin contactos con las masas. El peor de los partidos obreros es
mejor que tener que partir de
cero»[18].
Todavía a principios de 1917, a pesar de constatar que la
«descomposición de la socialdemocracia alemana es un proceso histórico de vasta
amplitud»[19], Rosa Luxemburg no abandonó la esperanza de «reconquistar el partido»[20].
Cuando se constituyó, tras la expulsión de los «oposicionistas» por la
mayoría, el Partido socialdemócrata independiente, Leo Jogiches definió sin
ambigüedades la posición espartaquista en una circular con fecha de 13 de
febrero de 1917. Allí exponía la cuestión con suma claridad. Se trataba de
saber «si nuestra tendencia debe de organizarse abierta y oficialmente en un
partido distinto o adherirse al partido intentando reagrupar al conjunto de la
oposición». Esto es lo que había que clarificar y lo que Jogiches solicitaba.
De todos modos, es necesario precisar que el propio autor dejaba clara su
preferencia en el mismo escrito, al afirmar: «en favor de un partido común
juegan consideraciones que han determinado nuestro mantenimiento en las filas
del viejo partido (la SPD); el nuevo partido, que reunirá a grandes masas,
deberá ser concebido como un campo de
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reclutamiento para nuestras ideas; …se trata, en fin, de promover el
avance del partido a través de nuestras acciones autónomas»[21].
Sin embargo, había un dirigente espartaquista que no compartía el punto
de vista de los demás. Era Otto Rühle, diputado de Sajonia, que en 1915 fue el
primero en seguir el ejemplo de Liebknecht votando contra la concesión de los
créditos militares. El 12 de febrero de 1916, Rühle publicó en Vorwärts un
artículo en el que decía que a pesar de no ser partidario de una escisión «a la
ligera», él «respiraría, liberado, si la escisión se consumase. Ya que
solamente así será posible luchar por la consecución de los objetivos del
socialismo con una transparencia absoluta». Sin embargo, su punto de vista no
prosperó en una reunión que tuvo lugar a principios del mes de febrero. En ella
se adoptó la tesis de aceptar la escisión «si se hiciera políticamente necesaria»,
pero se rechazó el hacer de ello un objetivo, «una consigna de lucha»[22]. Fue entonces cuando Lenin tomó claramente partido en favor de Rühle y
en contra del «grupo Internacional»[23], es decir, en contra de los futuros espartaquistas.
Los espartaquistas se adhirieron al USPD, en diciembre de 1918, por las
mismas razones que les impidieron romper con los socialdemócratas después de
agosto de 1914. Ellos estaban decididos a militar allí donde se encontrasen las
masas. Tenían extraordinaria confianza en las masas y en su propia política. En
consecuencia, se sentían firmemente convencidos de que a través de su constante
agitación y su incesante trabajo de explicación ganarían para sí a la base, a
los militantes, para finalmente acabar convenciendo a los dirigentes demasiado
tibios, casi traidores.
La opción de militar allí donde están las masas es una opción legítima
de la que han participado todos los dirigentes del movimiento obrero. La
dificultad estriba en elegir el momento en que se impone otro imperativo:
construir una organización distinta, necesariamente minoritaria al principio,
pero que, precisamente por la justeza de su programa, no tardará en aglutinar a
las masas. En sus notas acerca de la Revolución rusa, Rosa Luxemburg demuestra
cómo los bolcheviques resolvieron el aparente dilema. Tal es «la dialéctica
real de las revoluciones… el camino no pasa por la mayoría para llegar a la
táctica revolucionaria, sino que pasa por la táctica revolucionaria para llegar
a la mayoría… La resolución con la que Lenin y sus camaradas lanzaron en el momento
decisivo la única consigna capaz de hacer progresar la situación, la de todo el
poder para el
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proletariado y los campesinos, ha hecho de ellos (ayer) minoría “ilegal”
y calumniada… los dueños absolutos de la situación»[24].
Por otra parte, a medida que la revolución se aproximaba, en 1918,
fueron muchos los dirigentes espartaquistas que reconocían que el mantenimiento
de su organización en el seno del USPD había sido un error. Por ejemplo,
Mehring en su Carta abierta a los bolcheviques, del 3 de junio de
1918, después de analizar la debilidad de los Independientes, escribió: «Ha
habido un punto en el que nos hicimos falsas ilusiones: cuando después de la
fundación del USPD nos unimos a ellos en una misma organización con la esperanza
de progresar»[25]. Mas, en el momento de la fundación del Partido comunista, ni
Liebknecht ni Rosa Luxemburg incidieron sobre esa cuestión. Ninguno de ellos
llegó a admitir claramente que aquella opción fuera un error político.
Al no romper orgánicamente con los Independientes, los espartaquistas
contribuyeron, en noviembre de 1918, a mantener cierta confusión entre las
masas. ¿Cómo entender que Haase fuera comisario del pueblo al tiempo que
Liebknecht reclamaba la dimisión del Gobierno, siendo ambos miembros del mismo
Partido, el USPD?
Entretanto, durante el mes de diciembre se produjeron diversas rupturas.
Por una parte, el ala derecha de los Independientes (Haase, Kautsky) se
aproximó a los Mayoritarios, y por otra, a menudo podía verse a los líderes del
ala izquierda (Ledebour, Däumig) compartiendo la misma tribuna que Liebknecht.
Sin embargo, ese proceso fue frenado por los sangrientos acontecimientos
de principios de enero. Militares y Mayoritarios no dieron tiempo a que los
espartaquistas (comunistas) consolidasen sólidamente su partido entre las masas
y afirmasen su posición. El factor tiempo desempeñó un papel fundamental. Y
posiblemente no se le ha valorado con la profundidad suficiente.
Los bolcheviques, por su parte, evitaron el enfrentamiento hasta el día
en que finalmente conquistaron la mayoría en los soviets. En cambio, los
espartaquistas se dejaron imponer el día y la hora de la confrontación armada.
* * *
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Numerosos historiadores —americanos y germano-occidentales— se han
dedicado a señalar las diferencias existentes entre los espartaquistas y los
bolcheviques. Pero las divergencias eran esencialmente el resultado de la
diversa situación existente en Rusia y en Alemania. En noviembre de 1918, la
burguesía alemana no había perdido nada —o casi nada— de su poder. La derrota
militar y la subida al poder de los socialistas les sorprendió momentáneamente,
pero como clase no cedió ninguna de sus posiciones fundamentales. Su gran
habilidad estribó en comprender que el mejor medio de salvaguardar sus
privilegios consistía precisamente en sostener a los «socialistas moderados».
Hindenburg y Groener dieron instrucciones en tal sentido a sus jefes militares
desde el mismo día de la Revolución, es decir, desde el 9 de noviembre.
Espartaquistas y bolcheviques tenían plena conciencia de obrar en favor
de la misma causa: el triunfo del socialismo sobre los mismos enemigos.
Por muchas que fueran las reservas, e incluso las críticas, que tal o
cual dirigente espartaquista expresara inicialmente acerca de determinadas
medidas tomadas por los bolcheviques, éstos no tenían en Alemania defensores
más firmes que los espartaquistas[26].
El primer número de Rote Fahne contiene esta
significativa nota: «La Rote Fahne —órgano de la tendencia
espartaquista— envía su primer saludo, su más cálido saludo, a la
República Federativa Socialista de los Soviets, al tiempo que anuncia a
nuestros hermanos rusos que los obreros de Berlín han celebrado el primer
aniversario de la Revolución rusa en compañía de los revolucionarios alemanes»[27].
Algunos han intentado crear entre Lenin y Rosa Luxemburg una oposición
total de criterios. Al respecto, es significativo el hecho de que después de la
publicación de La revolución rusa de Rosa Luxemburg, bajo la
supervisión de Paul Levi —que acababa de ser expulsado del Partido comunista
alemán— en Francia fuese editado por la Librería del Populaire.
Lo historia demuestra que fueron muchas las ocasiones en que Lenin y
Rosa Luxemburg combatieron juntos defendiendo las mismas posiciones (por
ejemplo, en 1906 y 1907, durante el Congreso internacional de Stuttgart[28] en el que ambos presentaron una enmienda común que resultó fundamental).
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A pesar de sus divergencias y de sus transitorias polémicas, la estima
entre ellos no decreció nunca[29]. Un mes antes de su muerte, el 20 de diciembre de 1918, Rosa Luxemburg
envió a Lenin el siguiente escrito:
«Querido Vladimir:
Aprovecho el viaje de nuestro amigo [ese amigo
era Eduard Fuchs, correo espartaquista] para transmitiros un saludo de
toda nuestra familia [se refiere a la Liga Spartakus], de
Karl, Franz[30] y los demás. Quiera Dios que el próximo año
satisfaga nuestros deseos. ¡Buena suerte!
Nuestro amigo os contará lo que hacemos y cómo vivimos. Os estrecha las
manos y os saluda
Rosa[31]».
Decididamente, ése no es el tono que se emplea con un enemigo, ni
siquiera con un adversario.
Lo cual no quiere decir que las diferencias que existían entre Lenin y
Rosa Luxemburg no fueron serias. Se centraban principalmente en la cuestión
nacional, en los problemas de organización y de las relaciones partido-masas,
en las medidas tomadas por los bolcheviques respecto a los campesinos, etc.
Sobre el segundo de los puntos que acabamos de citar, quisiéramos
precisar el pensamiento de Rosa Luxemburg.
Frecuentemente se reprocha a la dirigente espartaquista el haber
desarrollado la idea del espontaneísmo. Es cierto que a menudo utilizaba la
palabra espontáneo en sus escritos. En su último artículo, «El
orden reina en Berlín», Rosa Luxemburg se congratulaba de que el pueblo de
Berlín hubiera resistido espontáneamente a la decisión del gobierno
destituyendo al comisario de policía Eichhorn. Asimismo, aprobaba la
ocupación espontánea de los diarios y de las agencias de
prensa. En el mismo pasaje, insistía también acerca del «sano
instinto» y de la «asimilación instintiva»[32] de las masas. Pero Rosa Luxemburg precisaba que cuando las masas se
sublevaban espontáneamente —señalando que tal espontaneidad es siempre algo
relativo y cambiante, según las circunstancias— lo hacían careciendo de una
conciencia clara de los objetivos a alcanzar y de la táctica a seguir. Son los
dirigentes, era la socialdemocracia o los organismos revolucionarios quienes
tenían que dar
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«las consignas claras», indicar «los objetivos justos» para desarrollar
su conciencia de clase.
Por consiguiente, en este punto debe intervenir el partido. Para que las
masas posean «la inteligencia teórica de las condiciones sociales de la lucha»,
es decir, para que conozcan las leyes objetivas que rigen el desarrollo de las
sociedades y para que sepan que el capitalismo, en su desarrollo, engendra su
propia tumba, el proletariado, la socialdemocracia debe hacer que las masas
proletarias tomen una clara conciencia de su situación. Debe desarrollar la
conciencia de clase en el proletariado. Debe fijarle con precisión los
objetivos a alcanzar. Ella se coloca —o debería colocarse— resueltamente a la
cabeza del proletariado para arrastrarlo a la lucha, y suscitar en cada momento
el «máximo de acción posible»[33].
Resumiendo: para Rosa Luxemburg el partido desempeña un papel
fundamental.
En la obra de Rosa Luxemburg no es posible encontrar contemporización
alguna con el blanquismo y el anarquismo. Ella critica en profundidad la tesis
anarquista de la huelga general, concebida como medio milagroso e infalible
para asegurar el triunfo de la revolución. Asimismo, critica la concepción
blanquista de las minorías agitatorias y conspirativas. Lo que le interesa a
ella es la acción de unas masas lo más amplias posibles.
En la polémica mantenida en 1904 con Lenin, o, posteriormente, en el
artículo Cuestiones de táctica, Rosa Luxemburg demuestra los
peligros de una organización excesivamente rígida y centralizada que
paralizaría y asfixiaría las iniciativas de la base.
Al criticar las formas organizativas preconizadas por Lenin en 1903,
Rosa Luxemburg no pensaba únicamente en el Partido bolchevique. Acusaba también
a la organización de la socialdemocracia alemana, a la que reprochaba —en 1904—
de estar adaptada exclusivamente a la lucha parlamentaria: «La perfección de
esa adaptación —a las condiciones del régimen parlamentario— cierra más vastos
horizontes o tiende a considerar la táctica parlamentaria como inmutable, como
la táctica específica de la lucha socialista»[34].
Ahora bien, ¿cuál era la situación de la socialdemocracia alemana en las
vísperas de la I Guerra Mundial? Era una organización perfecta, con estricta
disciplina, con un aparato bien protegido… que reaccionaba con rapidez, que
servía para movilizar prestamente a las masas de adherentes
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cuando convenía iniciar cualquier tipo de campaña política, o un
movimiento huelguístico capaz de salir airoso de un enfrentamiento con el poder
público. Y en agosto de 1914, esa organización, es decir, su prensa y sus
aparatos político y sindical, fueron utilizados a pleno rendimiento para
conseguir que las masas, arrastradas en un primer momento por el torbellino del
chovinismo —aunque rápidamente desilusionadas—, no se opusieran a la política
de la «Unión Sagrada» decidida por la dirección del Partido y por el grupo
parlamentario.
No se entendería nada de la lucha sin cuartel desplegada por Rosa
Luxemburg contra las «instancias», es decir, contra el aparato del partido, si
se perdiese de vista al adversario concreto al que ella atacaba: la
socialdemocracia alemana que en vísperas de la guerra dejó de ser un partido
revolucionario e internacionalista, para integrarse cada vez más en la sociedad
burguesa alemana.
Resumiendo: Rosa Luxemburg no era enemiga de cualquier tipo de
organización. Ella insistía acerca de la importancia del «rol del partido».
Simplemente afirmaba que «el fetichismo de la organización» ha hecho de la
socialdemocracia alemana un partido para el cual la organización era una
finalidad en sí misma, en detrimento del objetivo político esencial: el
derrumbamiento del régimen capitalista y la toma del poder por la clase obrera.
Rosa Luxemburg desconfiaba de toda organización que, a causa de su
rigidez, tendiera a paralizar la iniciativa creadora de las masas.
Sin embargo, es cierto que llevada por un apasionado aliento polémico,
llegó en ocasiones a subestimar la importancia de la organización,
particularmente en el período revolucionario. El joven Partido comunista alemán
—al igual que la Liga Spartakus de donde surgió— dejaría a los grupos
regionales una autonomía tan total que, de hecho, la coordinación resultaría
dificilísima en el momento en que su necesidad se hizo sentir.
A menudo, algunos han intentado oponer las teorías de Rosa Luxemburg a
las de Lenin sobre otro punto.
Al invocar aquella célebre frase de La revolución rusa, a
menudo tan citada, «La libertad es siempre la libertad de aquéllos que no
piensan como nosotros»[35], se ha pretendido hacer de Rosa Luxemburg la apóstol de la libertad, en
todo el mundo y en cualquier situación. Así, en nombre de esa líder de la
libertad, algunos se harían partidarios de la militancia libertaria. Lo que
precisamente no era. El programa espartaquista fija una fórmula
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que no parece prometer libertad para la burguesía, ya que invita al
proletariado a combatir a la clase dominante hasta hacerla hincar las rodillas[36]. Ya en La revolución rusa, Rosa Luxemburg aprobaba sin
reserva de ninguna clase la energía desplegada por los bolcheviques contra los
enemigos de la Revolución. En esta obra escribió: «Cuando las clases medias,
los intelectuales burgueses y pequeñoburgueses… boicotean al gobierno soviético
durante meses, paralizando el tráfico ferroviario, el correo, el telégrafo, la
enseñanza y el aparato administrativo, revolviéndose contra el gobierno de los
obreros, entonces, y esto es preciso entenderlo bien, se impone tomar todas las
medidas necesarias al respecto: supresión de derechos políticos y de medios de
existencia económicos, para romper su resistencia con puño de hierro. De tal
modo ha de expresarse la dictadura socialista, que no debe retroceder ante el
uso de la fuerza para obtener, en interés de la totalidad, determinados
objetivos»[37].
Cabe preguntarse si esa «supresión de derechos políticos», admitida y
justificada en el párrafo que acabamos de citar, se contradice totalmente con
la exigencia de «libertad sin limitaciones de cualquier tipo» que la propia
Rosa Luxemburg formula en la misma obra.
Durante la revolución alemana ella aprobó las ocupaciones reiteradas
del Vorwärts por los revolucionarios. Fue Scheidemann y no
Rosa Luxemburg quien protestó contra tales ocupaciones. Fue Scheidemann y no
Rosa Luxemburg quien invocó la «libertad de prensa» para justificar los ataques
antiespartaquistas de los diarios burgueses, que llegaron incluso a invitar al
asesinato de los dirigentes espartaquistas.
La concepción sostenida por Rosa Luxemburg sobre la libertad no se
oponía a la noción de dictadura del proletariado. Esta dictadura, en su
opinión, era necesaria. Pero no por ello cabe pensar que renunciase a la
democracia. Su tesis consistía en oponer a la alternativa «dictadura o
democracia» de Kautsky su propia fórmula: la dictadura del proletariado es la
democracia socialista. En su opinión, la dictadura del proletariado implicaba
la más amplia de las democracias.
Por otra parte, exigía libertad para la clase obrera en el seno de sus
organizaciones. Lo cual no significaba dejar el campo libre al enemigo de clase
para que continuara y consolidara su explotación. Rosa Luxemburg, sin
contradecirse, hubiera hecho indudablemente suya la fórmula: No hay libertad
para los enemigos de la libertad.
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* * *
Todavía una precisión importante: a menudo se tiende a hacer de Rosa
Luxemburg, muerta en combate, la revolucionaria «por excelencia», lo que a
juicio de algunos implicaría el rechazo de toda reforma. Indiscutiblemente,
Rosa Luxemburg era una revolucionaria. Mas no puede olvidarse que hace setenta
años, al refutar las tesis de Bernstein, ella planteaba ya el problema de las
relaciones entre las reformas y la revolución.
«Para la socialdemocracia, la lucha cotidiana práctica por las reformas
sociales, con el fin de mejorar la situación de la población trabajadora sobre
la base misma del sistema existente y la lucha por las instituciones
democráticas, constituye el único modo de dirigir la lucha de clases proletaria
y de trabajar para alcanzar el objetivo final: la conquista del poder político
y la abolición de la figura del asalariado. Para la socialdemocracia, entre la
reforma social y la revolución existe una relación indisoluble: la lucha por
las reformas constituye el medio, en tanto que la revolución social
constituye el fin»[38].
Las reflexiones que hemos presentado aquí no tienen otra finalidad que,
en función de la actualidad del pensamiento luxemburguista, suscitar en los
lectores el deseo de conocerlo mejor, para así evitar interpretaciones
inexactas.
Página 17
ROSA LUXEMBURG
NUESTRO PROGRAMA
Y LA SITUACION POLITICA[39]
¡Compañeros y compañeras! La razón por la cual nos proponemos hoy
discutir y adoptar nuestro programa no se limita a un hecho formal influido por
habernos constituido ayer en un nuevo partido autónomo, el cual, en tanto que
nuevo partido debe de adoptar oficialmente un programa. La discusión de hoy
acerca del programa está motivada por grandes acontecimientos históricos y
especialmente por el hedió de que hemos llegado a un punto en el que el
programa de la socialdemocracia, y de modo más general el programa socialista
del proletariado, debe construirse sobre bases nuevas.
Compañeros, con ello recuperamos la trama tejida por Marx y Engels en
el Manifiesto comunista, hace exactamente setenta años. Como bien
sabéis, el Manifiesto comunista considera el socialismo, la
realización de los objetivos socialistas, como la tarea inmediata de la
revolución proletaria. Tal fue la concepción que Marx y Engels defendieron
durante la revolución de 1848 y que asimismo consideraban como el fundamento de
la acción proletaria en su sentido internacionalista. Ambos creyeron entonces
—y con ellos todos los dirigentes del movimiento obrero— que tenían ante sí la
tarea inmediata de introducir el socialismo; que era suficiente con desarrollar
la revolución política, con apoderarse del aparato del Estado, para que
inmediatamente el socialismo tomase cuerpo.
Como sabéis, Marx y Engels, poco después, revisaron tal punto de vista.
He aquí lo que ellos afirmaban de su tesis anterior en el prólogo que luego
redactaron conjuntamente para la edición de 1872 del Manifiesto
comunista —reproducido en la edición de 1894—: «Este pasaje —el final del
capítulo II, es decir, la exposición de las medidas a tomar para realizar el
socialismo— tendría que ser redactado hoy de distinta manera en más de un
aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los
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últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido
de la clase obrera; dadas las experiencias, primero, de la revolución de
Febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, donde por
primera vez el proletariado tuvo por dos meses el poder político en sus manos,
este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado,
sobre todo, que la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la
máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines».
¿Y qué es lo que afirmaba el pasaje superado por los acontecimientos?
He aquí lo que podemos leer en el Manifiesto comunista[40]:
«El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando
gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los
instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado
organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible
la suma de las fuerzas productivas.
»Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio más que por una
violación despótica del derecho de propiedad y de las relaciones burguesas de
producción, es decir, por la adopción de medidas que desde el punto de vista
económico parecerán insuficientes o insostenibles, pero que en el curso del
movimiento se sobrepasarán a sí mismas y serán indispensables como medio para
transformar radicalmente todo el mundo de la producción.
»Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos países,
»Sin embargo, en los países más avanzados podrán ser puestas en
práctica, en casi todas partes, las siguientes medidas:
1. Expropiación de la propiedad territorial y empleo de
la renta para los gastos del Estado.
2. Fuerte impuesto progresivo.
3. Abolición del derecho de herencia.
4. Confiscación de la propiedad de todos los huidos y
sediciosos.
5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio
de un Banco nacional con capital del Estado y que funcionará en régimen de
monopolio.
6. Centralización en manos del Estado de todos los
medios de transporte.
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7. Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al
Estado y de los instrumentos de producción; roturación de los terrenos incultos
y mejoramiento de las tierras, según un plan general.
8. Obligación de trabajar para todos: organización de
ejércitos industriales, particularmente para la agricultura.
9. Combinación de la agricultura y la
industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición
entre la ciudad y el campo.
10. Educación pública y gratuita de todos los niños:
abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy;
régimen de educación combinado con la producción material, etc., etc.»
Como podéis comprobar, se trata, con algunos detalles adicionales, de
las mismas tareas que nos aguardan hoy: la puesta en práctica, la realización
del socialismo. Setenta años de desarrollo capitalista separan la época actual
del tiempo en que fue establecido aquel programa. La dialéctica de la historia
ha querido que nosotros recuperemos ahora las concepciones que Marx y Engels
habían abandonado después, considerando que eran equivocadas. En aquel entonces
ellos tenían razón al creer que eran erróneas y que en consecuencia había que
desecharlas. Pero el desarrollo del capitalismo durante este tiempo ha hecho
que aquello que entonces era un error se haya convertido hoy en una verdad, y
hoy la tarea inmediata consiste en cumplir lo que Marx y Engels pensaban hacer
en 1848. Sin embargo, entre ese estadio de desarrollo, el inicial, y nuestra
concepción y nuestras tareas actuales, se intercala el desarrollo, no solamente
del capitalismo, sino de todo el movimiento obrero, y sobre todo del movimiento
obrero en Alemania, país guía del proletariado moderno. Este desarrollo se ha
producido de una forma singular.
Después de que Marx y Engels, desengañados por la revolución de 1848,
abandonaran el concepto de que el proletariado se encontraba ya en situación
inmediata y directa de realizar el socialismo, nacieron en cada país los
partidos socialistas, socialdemócratas, que adoptaron un punto de vista
totalmente distinto. Se fijó como tarea inmediata la lucha cotidiana en el
terreno político y económico con el fin de ir formando primero los ejércitos
del proletariado que, cuando haya madurado el desarrollo capitalista, habrán de
poner en práctica el socialismo. Este viraje, esta base totalmente distinta
sobre la cual fue establecido el programa socialista, ha
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revestido especialmente en Alemania una forma muy característica. Hasta
su claudicación el 4 de agosto, la socialdemocracia se guiaba por el programa
de Erfurt, el cual situaba en primer lugar las llamadas tareas mínimas urgentes
y reducía el socialismo a una brillante y lejana estrella, el objetivo final.
Pero más que la letra del programa, lo que importa es cómo se interpreta este
programa en la práctica real, y esta comprensión estaba determinada por un
importante documento histórico de nuestro movimiento obrero: el prólogo de
la Lucha de clases en Francia que Friedrich Engels escribió en
1895. Compañeros, no analizo estas cuestiones por mero interés histórico, al
contrario, se trata de un problema absolutamente actual y un deber histórico
que nos incumbe en el momento de situar nuestro programa en el terreno ocupado
por Marx y Engels en 1848. Teniendo en cuenta las modificaciones derivadas del
desarrollo histórico, nosotros tenemos el deber de proceder a una revisión
clara y consciente, opuesta a la concepción que prevaleció en la
socialdemocracia alemana hasta la claudicación del 4 de agosto. Aquí es donde
esa revisión debe de ser afrontada oficialmente.
Compañeros: ¿cómo concibió Engels la cuestión en aquel célebre prólogo
a Las luchas de clases en Francia[41] de Marx —escrito en 1895 y, por consiguiente, después ya de la muerte de
Marx—? Remontándose hasta 1848, Engels demuestra primero que había envejecido
la concepción según la cual la revolución socialista era inminente. Y luego
prosigue así su análisis:
«La historia nos ha dado un mentís a nosotros y a todos cuantos pensaban
de un modo parecido. Ha puesto de manifiesto que, por aquel entonces, el grado
de desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para
poder eliminar la producción capitalista; lo ha demostrado por medio de la
revolución económica que desde 1848 se ha adueñado de todo el continente, dando
por vez primera verdadera carta de naturaleza a la gran industria en Francia,
Austria, Hungría, Polonia y últimamente en Rusia, y haciendo de Alemania un
verdadero país industrial de primer orden. Y todo ello sobre una base
capitalista, todavía muy extensible en 1848».
Engels expone después todos los cambios que se han introducido desde
entonces y aborda la cuestión de las tareas del Partido en Alemania:
«Como Marx predijo, la guerra de 1870-71 y la derrota de la Comuna
desplazaron por el momento el centro de gravedad del movimiento obrero
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europeo de Francia a Alemania. Francia, como es natural, necesitaba años
para reponerse de la sangría de mayo de 1871. En Alemania, por el contrario,
donde la industria —impulsada como una turbina por el maná de aquellos millones
pagados por Francia— se desarrollaba cada vez más rápidamente, la
socialdemocracia crecía todavía más de prisa y con más persistencia. Gracias a
la inteligencia con que los obreros alemanes supieron utilizar el sufragio
universal implantado en 1866, el asombroso crecimiento del Partido aparece con
cifras indiscutibles a los ojos del mundo».
Engels prosigue luego con su célebre enumeración que describe nuestro
crecimiento de elección en elección al Reichstag, hasta la obtención de
millones de votos, de donde deduce:
«Pero con este eficaz empleo del sufragio universal entraba en acción un
método de lucha totalmente nuevo del proletariado, método que se siguió
desarrollando rápidamente. Se vio que las instituciones estatales en las que se
organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase
obrera para luchar contra esas mismas instituciones. Y se tomó parte en las
elecciones a las dietas provinciales, a los concejos municipales, a los
tribunales industriales; se le disputó a la burguesía cada cargo vacante en
cuya provisión intervenía en número suficiente el proletariado. Así, se llegó
al extremo de que la burguesía y el gobierno temieran mucho más la actuación
legal que la actuación ilegal del partido obrero, más los éxitos electorales
que los éxitos insurreccionales».
Y Engels incide aquí sobre una detallada crítica de la ilusión que, en
las condiciones modernas del capitalismo, supone el creer que el proletariado
pudiera obtener alguna cosa en la calle, a través de la revolución. En la
medida en que nosotros estamos en plena revolución — una revolución en las
calles con todo lo que ello comporta—, creo que ya es hora de poner en cuestión
una concepción que, hasta el último minuto, tuvo curso oficial en la
socialdemocracia alemana y que en parte es responsable de nuestra experiencia
del 4 de agosto de 1914.
No pretendo afirmar aquí que a causa de tales declaraciones Engels
comparta personalmente la responsabilidad del curso que la evolución ha tomado
en Alemania. Solamente afirmo que su prefacio a un documento clásico resume la
concepción de la que sigue viviendo la socialdemocracia alemana; o mejor dicho,
la concepción que la ha matado. Compañeros, con
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los conocimientos propios de un especialista en el dominio de la ciencia
militar, Engels quería demostrar que en el estadio actual del desarrollo del
militarismo, de la industria y de las grandes ciudades, es perfectamente
ingenuo creer que el pueblo trabajador puede realizar su revolución en la calle
y salir victorioso. Esta refutación tuvo dos consecuencias: primero, la lucha
parlamentaria fue considerada como la antítesis de la acción revolucionaria
directa del proletariado y casi como el único medio de la lucha de clases. Esta
crítica tiene como resultado el puro parlamentarismo exclusivo. En segundo
lugar, se estima, curiosamente, que la más potente organización del Estado de
clases, el militarismo, o sea, la masa de los proletarios uniformados, debe ser,
en tanto que tal, a priori, inmune e inaccesible a cualquier tipo
de influencia socialista. Y en ese mismo prólogo se afirma que sería insensato
pensar que en el estadio actual de desarrollo de las armas gigantes, el
proletariado pudiera valerse de soldados equipados con ametralladoras y con los
medios técnicos de combate más recientes; en consecuencia, se postula, sin
lugar a dudas, que todo soldado debe permanecer por principio y para siempre
como un sostenedor de las clases dirigentes; en la óptica de la experiencia
actual, tal error en un hombre que estaba al frente de nuestro movimiento sería
incomprensible si se ignorasen las circunstancias concretas que presidieron la
elaboración del histórico documento. En descargo de nuestros dos grandes maestros,
y especialmente de Engels, que murió mucho más tarde que Marx, defendiendo las
opiniones de éste, es necesario clarificar que Engels escribió aquel prólogo
bajo la presión directa de la fracción parlamentaria de entonces. Era la época
en que en Alemania —derogadas las leyes antisocialistas de principios de los
años 90— se manifestó en el seno del movimiento obrero alemán una fuerte
corriente extremista de izquierdas que buscaba evitar que muchos camaradas
fueran absorbidos por la lucha puramente parlamentaria. Para vencer a los
elementos extremistas a nivel teórico y someterlos en la práctica, es decir,
recurriendo a la autoridad de nuestros grandes maestros, para que las masas no
se dejasen arrastrar por los extremistas, Bebel[42] y compañía — ejemplo típico de nuestra situación en aquel entonces: la
fracción parlamentaria del Reichstag decidía ideológica y tácticamente los
destinos y las tareas de nuestro partido—; repito, Bebel y compañía insistieron
para que Engels, que por entonces vivía en el extranjero y por consiguiente
tenía que confiar en ellos como fuente de información, para que escribiera
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el citado prólogo: según ellos era urgente salvar al movimiento obrero
alemán de las desviaciones anarquistas. Desde entonces, esa concepción ha
determinado de hecho toda la actuación de la socialdemocracia hasta esta bella
experiencia del 4 de agosto de 1914. Era la proclamación del parlamentarismo
como sistema exclusivo. Engels no pudo vivir el tiempo suficiente para
constatar los resultados, las consecuencias prácticas de la aplicación que se
hizo de su prefacio, de su teoría. Sin embargo, estoy segura de una cosa:
cuando se conocen las obras de Marx y de Engels, cuando se conoce el espíritu
revolucionario vivo, auténtico, inalterado, que emana de todos sus escritos y
enseñanzas, se tiene la convicción de que Engels habría sido el primero en
protestar contra los excesos resultantes del parlamentarismo exclusivista,
contra la corrupción y la degradación del movimiento obrero que se produjo en
Alemania muchos años antes del 4 de agosto —ese 4 de agosto que no cayó del
cielo, que no fue una tormenta inesperada, sino la consecuencia lógica de las
experiencias realizadas por nosotros anteriormente, día tras día, año tras
año—; de que Engels y —si estuviera vivo— el mismo Marx habrían sido los
primeros en protestar con todas sus fuerzas contra esa situación, y en retener
y frenar con energía el vehículo para evitar que se hundiera en el lodazal.
Pero Engels falleció el mismo año en que escribiera su prólogo. Le perdimos en
1895. Desde entonces, desgraciadamente, la dirección teórica pasó de sus manos
a las de un Kautsky, y a partir de ese momento asistimos al fenómeno de que
toda protesta contra el parlamentarismo puro y simple, toda protesta presentada
en cada uno de los congresos del Partido, por parte de la izquierda, por parte
de un grupo más o menos numeroso de camaradas en lucha encarnizada contra la
paralización — cuyas funestas consecuencias debieran comprender todos—, repito,
todas esas protestas fueron tachadas de anarquistas, de anarco-socialistas, o
cuando menos de antimarxistas. El marxismo oficial había de servir de cobertura
a todas las herejías, a todas las desviaciones relacionadas con la auténtica
lucha de clases revolucionaria, a todas las posturas tibias que condenaban a la
socialdemocracia alemana y al movimiento obrero en general, incluido el movimiento
sindical, a vegetar en el marco y las reglas de juego de la sociedad
capitalista, sin que se vislumbrara la más pequeña aspiración seria de
conmocionar a la sociedad, de sacarla de quicio.
Ahora, compañeros, hoy estamos viviendo el instante en que podemos
afirmar rotundamente que regresamos junto a Marx, que nos hallamos bajo
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su bandera. Hoy, cuando en nuestro programa declaramos: «La tarea
inmediata del proletariado no es otra —para definirla en pocas palabras— que la
de hacer del socialismo una realidad y un hecho, y la de arrancar de cuajo al
capitalismo», entonces volvemos de nuevo al terreno que Marx y Engels ocuparon
en 1848, y que fundamentalmente jamás abandonaron. Queda claro ahora cuál es el
verdadero marxismo y cuál su sucedáneo, que tanto tiempo imperó como marxismo
oficial en la socialdemocracia alemana. Contemplando a los representantes de
ese marxismo, podéis ver a dónde ha ido a parar, está al servicio de los Ebert,
David[43] y consortes. Allí podemos observar a los representantes oficiales de la
doctrina que, durante decenas de años, nos han hecho pasar por el marxismo
puro, genuino. No es marxismo lo que practican aquéllos que en compañía de los
Scheidemann realizan una política contrarrevolucionaria. El auténtico marxismo
combate también a quienes intentan falsificarlo, perfora como un topo los
fundamentos de la sociedad capitalista, y ha conseguido que la mejor parte del
proletariado marche hoy bajo nuestra bandera, bajo el estandarte de la
revolución, y que, incluso en el otro bando, donde todavía parece reinar la
contrarrevolución, tengamos partidarios nuestros, futuros compañeros de lucha.
Y así, camaradas, conducidos por la marcha de la dialéctica histórica y
enriquecidos por la experiencia del desarrollo capitalista de los últimos
setenta años, nos encontramos, como he dicho antes, en el punto en donde Marx y
Engels estaban en 1848, cuando enarbolaron por primera vez el estandarte del
socialismo internacional. Fue entonces cuando, al analizar y revisar los
errores y las ilusiones de 1848, se creyó que el proletariado tenía todavía que
recorrer un largo camino antes de que el socialismo se hiciese realidad. Como
es lógico, ningún teórico serio ha tenido jamás la ocurrencia de fijar una
fecha concreta e imperativa para el hundimiento del capitalismo; pero se supuso
que el camino sería todavía muy largo, y esto es lo que precisamente se desprende
de cada una de las líneas del prólogo que Engels escribiera en 1895. Pues bien,
ahora es cuando podemos realizar el balance. ¿Acaso no se trata de un período
muy corto en comparación con el desarrollo de las luchas de clases de antaño?
Setenta años de desarrollo del gran capitalismo han bastado para que podamos
pensar seriamente en hacer desaparecer al capitalismo de la faz de la tierra. E
incluso más: hoy en día, no solamente nos encontramos con posibilidades de
resolver esa tarea, no sólo constituye nuestro deber para
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con el proletariado, sino que esa vía es hoy la única salida posible
para que la sociedad humana sobreviva.
Porque la guerra que hemos sufrido, compañeros, ¿qué ha dejado en pie de
la sociedad burguesa, sino un montón de ruinas? Formalmente, el conjunto de los
medios de producción y numerosos instrumentos de poder, casi todos los
instrumentos decisivos del poder, se encuentran aún en manos de las clases
dominantes. No nos hacemos ilusiones sobre esto. Pero sabemos que toda
tentativa convulsa y violenta de restablecer la explotación a través de un baño
de sangre no tendría otra salida que la anarquía. El dilema ante el cual se
encuentra la humanidad es éste: el hundimiento en la anarquía o la salvación a
través del socialismo. Los resultados de la guerra mundial han situado a las
clases burguesas en la imposibilidad de hallar una salida en el terreno de su
dominación de clase y del capitalismo. Y ésta es la razón por la que hoy
estamos viviendo en el sentido más estricto de las palabras, aquello que Marx y
Engels formularon por vez primera como base científica del socialismo en ese
gran documento, en el Manifiesto comunista: El socialismo se
convertirá en una necesidad histórica. El socialismo se ha convertido en una
necesidad, no solamente porque el proletariado no quiere seguir viviendo bajo
las condiciones materiales que le reservan las clases capitalistas, sino
también por el hecho de que sea la humanidad entera la que esté amenazada de
desaparición en caso de que el proletariado no consiga cumplir su deber de
clase realizando el socialismo.
He aquí, pues, compañeros, la base general sobre la cual se levanta el
programa que hoy adoptamos oficialmente y cuyo proyecto habéis podido leer en
el folleto Los objetivos de la liga Spartakus. Nuestro programa se
encuentra en oposición consciente con las posiciones definidas en el programa
de Erfurt, consciente oposición contra la separación entre las llamadas
reivindicaciones mínimas e inmediatas de la lucha política y económica, por una
parte, y un programa máximo, del socialismo como objetivo final, por otra. En
oposición consciente con ese modo de ver, nosotros resumimos los resultados de
los últimos setenta años del desarrollo histórico, y en especial los resultados
inmediatos de la guerra mundial, afirmando: para nosotros, hoy no existen ni
programa máximo ni programa mínimo; el socialismo es uno e indivisible, es lo
mínimo que debemos imponer hoy.
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No me detendré aquí en aspectos concernientes a las medidas que hemos
propuesto en nuestro proyecto de programa, puesto que ya tendréis ocasión de
discutirlas en detalle, y tomar una posición sobre cada una de ellas nos
llevaría excesivo tiempo. Estimo que mi deber aquí es señalar y formular
únicamente las grandes líneas generales que distinguen nuestro programa del
programa anterior de la llamada «socialdemocracia alemana oficial». Por el
contrario, creo que es más urgente y más importante acordar de qué modo debemos
interpretar las circunstancias concretas, cómo debemos concebir las tareas
tácticas, las soluciones prácticas que resultan de la situación política, del
curso que ha tomado la revolución hasta el presente y de las previsibles líneas
de fuerza de su futuro desarrollo. Por tanto, analizaremos la situación
política según la óptica que he intentado caracterizar: desde el punto de vista
de la realización del socialismo como tarea inmediata, que ha de guiar todas
las medidas y decisiones que tomemos.
Camaradas, creo poder afirmar con orgullo que nuestro congreso es el
congreso constituyente del único partido socialista revolucionario del
proletariado alemán. Este congreso coincide por azar, o mejor, para hablar con
la máxima exactitud, no coincide por azar con un momento álgido del desarrollo
de la revolución alemana. Puede afirmarse que los acontecimientos de los
últimos días cierran la fase inicial de la revolución alemana, y que entramos
ahora en un segundo estadio, más avanzado, de su desarrollo. Y el deber de
todos nosotros y al mismo tiempo la fuente para un mejor y más profundo
conocimiento en el futuro, es ejercer nuestra autocrítica, proceder a un
profundo examen crítico de aquello que hemos realizado, logrado y dejado de
hacer, con el fin de obtener los instrumentos para nuestra futura actuación.
Demos ahora una escrutadora mirada a la primera fase de la revolución que acaba
de finalizar.
Su punto de partida fue el 9 de noviembre[44]. El 9 de noviembre fue una revolución plagada de insuficiencias y
debilidades. Pero ello no debe sorprendernos. Esa revolución sobrevino tras los
cuatro años de la guerra, tras los cuatro años durante los cuales —gracias al
adoctrinamiento de la socialdemocracia y de los sindicatos libres— el
proletariado alemán ha puesto de manifiesto tal dosis de infamia y de traición
a las tareas socialistas, que no tiene parangón en ningún otro país.
Situándonos en el terreno del desarrollo histórico —cosa que precisamente
hacemos en tanto que marxistas y socialistas— no se puede esperar que en una
Alemania
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que ofrecía la horrorosa imagen del 4 de agosto y de los cuatro años que
le siguieron[45], viviera de repente el 9 de noviembre de 1918 una grandiosa Revolución
consciente de sus objetivos y su condición de clase. Y a lo que asistimos el 9
de noviembre fue, en sus tres cuartas partes, al hundimiento del imperialismo
existente, más que la victoria de un nuevo principio. Sencillamente, había
llegado el momento de que el imperialismo, coloso de pies de barro,
interiormente podrido, se derrumbara; pero lo que siguió a esto fue un
movimiento más o menos caótico, sin plan de batalla, muy poco consciente. La
única línea coherente, el único principio constante y liberador se resumía en
una consigna: creación de los Consejos de obreros y de soldados. Esa fue la
consigna clave de aquella revolución, a la cual confirió de inmediato el cuño
particular de revolución socialista proletaria, a pesar de todas las
insuficiencias y debilidades de los primeros instantes. Por eso, cuando arrojen
calumnias contra los bolcheviques rusos, jamás debemos olvidar nuestra
respuesta: «¿Dónde habéis aprendido los rudimentos de vuestra actual
revolución? Los habéis aprendido de los rusos, de los consejos de obreros y de
soldados». Y esos tipejos que hoy creen su misión, a la cabeza del gobierno
alemán pretendidamente socialista, el tender, en connivencia con los
imperialistas británicos, una emboscada a los bolcheviques rusos, formalmente
también se apoyan en los Consejos de obreros y de soldados, por lo que deben
admitir que fue la revolución rusa la que lanzó las primeras consignas para la
revolución mundial. Podemos afirmar con certeza —y ello se deduce del conjunto
de la situación— que, cualquiera que sea el país en el cual la revolución
proletaria logre imponerse después de Alemania, su primer acto será la creación
de los Consejos de obreros y de soldados.
Justamente en eso consiste la relación unificadora internacional de
nuestra acción; es la consigna clave que diferencia totalmente nuestra
revolución de todas las revoluciones burguesas que la han precedido. Las
contradicciones dialécticas en las cuales se movió aquella revolución — cosa
que por cierto ocurre con todas— se caracterizaban por el hecho de que ya el 9
de noviembre, cuando la revolución lanzó su primer grito, prácticamente su
grito de nacimiento, encontró la consigna que nos conduciría hasta el
socialismo: Consejos de obreros y de soldados; una consigna que lo aglutinó
todo. La revolución del 9 de noviembre encontró esta fórmula por sí misma,
instintivamente. Pero a causa de insuficiencias y de debilidades, por falta de
iniciativa personal y de claridad sobre los
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objetivos a realizar, apenas dos días después de haber estallado, la
revolución se dejó escapar la mitad de los instrumentos de poder que había
conquistado el 9 de noviembre. Ello demuestra, por una parte, que la revolución
actual está sometida a la poderosa ley de la necesidad histórica, la cual nos
garantiza que alcanzaremos nuestro objetivo paso a paso, a pesar de todas las
dificultades, las complicaciones y los defectos individuales; por otra parte,
si se confronta la clara consigna de «consejos de obreros y de soldados» con
las insuficiencias de la praxis podremos concluir que lo que se produjo fueron
los primeros balbuceos de la revolución. Será necesario dedicar un formidable
esfuerzo y recorrer un largo camino antes de estar maduros para poder aplicar
de modo integral las primeras consignas.
Compañeros, ésa primera fase desde el 9 de noviembre hasta estos últimos
días se caracteriza por las ilusiones que brotan por todas partes. La primera
ilusión del proletariado y de los soldados que hicieron la revolución fue la de
conseguir la unidad bajo la bandera del llamado socialismo. Qué mejores pruebas
de la debilidad interna de la revolución del 9 de noviembre que sus primeros
resultados: la dirección del movimiento fue tomada por aquellos elementos que,
dos horas antes del estallido de la revolución, se habían propuesto perseguirla
y hacerla imposible: ¡los Ebert-Scheidemann y los Haase![46] La idea de la unión de las diversas corrientes socialistas en el júbilo
general de concordia fue la divisa de la revolución del 9 de noviembre, una
ilusión que habría de tener una sangrienta revancha y que no ha cesado de
preocuparnos hasta los últimos días; este mismo error de valoración se produjo
igualmente por parte de los Ebert-Scheidemann e incluso por parte de la
burguesía, en todos los bandos. Luego, en ese mismo estadio finalizado, también
la burguesía tuvo la ilusión de poder mantener a las masas populares bajo
presión y sofocar la revolución socialista gracias al combinado Ebert-Haase,
gracias precisamente al llamado gobierno socialista. Igualmente existió la
ilusión por parte del gobierno Ebert-Scheidemann, que esperaban poder frenar la
lucha de clases socialista de las masas obreras con la ayuda de las masas de
soldados procedentes del frente. He ahí, pues, las diversas ilusiones que
permiten explicar también los acontecimientos de los últimos tiempos. Todas
esas ilusiones desaparecieron en la nada. Ha quedado demostrado que la alianza
de Haase con Ebert-Scheidemann bajo el pabellón del «socialismo» no era en
realidad otra cosa que una hoja de
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parra para tapar una política puramente contrarrevolucionaria. Y hemos
podido comprobar que hemos quedado curados de tales errores, como ocurre en
todas las revoluciones. Existe un método genuinamente revolucionario para
liberar al pueblo de tales ilusiones, pero el precio a pagar por ello es la
sangre del propio pueblo. Esto ha ocurrido aquí igual que en todas las
revoluciones precedentes. Fue la sangre de las víctimas habidas en las calles
el 6 de diciembre y la sangre de los marinos asesinados el 24 de diciembre[47] lo que ante las masas certifica esa verdad: lo que había querido
presentarse bajo la apariencia de un pretendido gobierno socialista, no era más
que el gobierno de la contrarrevolución burguesa, y todos aquéllos que
continúan tolerando tal estado de cosas, actúan contra el proletariado y contra
el socialismo.
Sin embargo, compañeros, también se ha esfumado la ilusión de los
señores Ebert-Scheidemann, que esperaban someter al proletariado de modo
efectivo y duradero con la ayuda de los soldados traídos del frente. En efecto,
¿cuáles han sido los resultados del 6 y del 24 de diciembre? Todos hemos podido
constatar que los soldados se sentían profundamente desengañados, que
comenzaban ya a adoptar una postura crítica respecto a esos mismos señores, que
intentaron utilizarlos como carne de cañón contra el proletariado socialista.
Así pues, la ley del desarrollo objetivo y necesario de la revolución
socialista exige también que los diversos sectores del movimiento obrero sean
aleccionados poco a poco a través de amargas experiencias personales para que
aprendan a distinguir el verdadero camino de la revolución. Se han hecho venir
a Berlín masas de soldados de refresco con el fin de utilizarlos como carne de
cañón para reprimir cualquier movimiento por parte del proletariado socialista,
y hemos podido comprobar que en muchos cuarteles se solicitan hoy las
octavillas de la Liga Spartakus. Compañeros, éste es el final de la primera
fase. Si los Ebert-Scheidemann contaban con poder dominar al proletariado con
la ayuda de los soldados reaccionarios, sus esperanzas han quedado en gran
parte defraudadas. Lo que les espera en fecha no remota, es cómo en los
mismísimos cuarteles se propaga una concepción revolucionaria cada vez más
clara, cómo se amplía incesantemente el ejército del proletariado en lucha y
cómo se debilita el campo de la contrarrevolución. Pero todavía faltaba que
otro sector perdiera también sus ilusiones: la burguesía, la clase dirigente.
Si leéis los diarios de los últimos días, después de los sucesos del 24 de
diciembre, descubriréis en
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ellos un tono de decepción e indignación: sus lacayos en el poder han
demostrado ser unos ineptos.
La burguesía esperaba que los Ebert y Scheidemann mostrasen su condición
de hombres fuertes capaces de domeñar a la bestia. ¿Y qué es lo que han hecho?
Han llevado a cabo algunos golpes insuficientes cuyo resultado ha sido que la
hidra revolucionaria alzara la cabeza con vigor todavía mayor. En consecuencia,
recíprocas desilusiones a todos los niveles. El proletariado ha perdido toda
ilusión acerca de la posibilidad de que los Ebert-Scheidemann-Haase impusieran
un llamado gobierno socialista. Los propios Ebert-Scheidemann han perdido la
ilusión de poder dominar de una vez a los proletarios cotí mono azul mediante
la ayuda del proletariado de uniforme militar. Y la burguesía ha perdido la
ilusión de tergiversar las metas de la revolución socialista en toda Alemania
con la ayuda de Ebert-Scheidemann-Haase. Nos encontramos con un saldo negativo
por parte de todos, nada más que jirones de ilusiones truncadas. Pero el hecho
mismo de que la primera fase de la revolución sólo haya dejado tras de sí
miserables jirones, constituye precisamente el mayor éxito del proletariado;
porque no hay nada más perjudicial para la revolución que las ilusiones, y nada
es más útil que la verdad franca y nítida. Referente a esto puedo remitirme a
la opinión de un clásico alemán, que no era precisamente un revolucionario del
proletariado, sino un intelectual revolucionario de la burguesía. Me estoy
refiriendo a Lessing, quien, en uno de sus últimos escritos, en la época en que
era bibliotecario en Wolfenbüttel, escribió las siguientes frases, que me
resultan muy simpáticas e interesantes:
«No sé si es un deber el sacrificar la felicidad y la vida misma en aras
de la verdad… Pero de lo que sí estoy seguro, es de que cuando se pretende
enseñar la verdad, es un deber enseñarla por entero o no enseñarla en absoluto;
enseñarla en su totalidad, de modo claro y correcto, sin misterios, sin
vacilación, sin desconfiar de su fuerza… Porque cuanto, mayor es el error,
tanto más breve y recto es el camino que conduce a la verdad; pero hay sutiles
errores que, por el contrario, pueden mantenernos eternamente alejados de la
verdad, cuanto más nos cueste admitir que se trata de un error… Aquél que sólo
piensa en presentar la verdad disfrazada y camuflada, querrá convertirse en su
proxeneta, pero jamás habrá sido su amante».
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Compañeros, los señores Haase, Dittmann[48], etc., han intentado vender la revolución, la mercancía socialista,
bajo todo tipo de disfraces y camuflajes; han demostrado ser los proxenetas de
la contrarrevolución. Hoy nos hemos liberado ya de todas esas ambigüedades, y
la masa del pueblo alemán puede ver la mercancía bajo la forma brutal de los
señores Ebert y Scheidemann. Hoy día, hasta el más lerdo se da cuenta de que no
representan otra cosa que la contrarrevolución en su grado máximo.
¿Cuáles son las futuras perspectivas de desarrollo, ahora que hemos
superado la primera fase de la revolución? Como es natural, no se trata de
emitir profecías, sino sencillamente de extraer las consecuencias lógicas de lo
que hemos vivido hasta el presente y de deducir las vías previsibles del
desarrollo futuro, con el fin de perfeccionar nuestra táctica y nuestro propio
método de lucha. Compañeros: ¿hacia dónde sigue el camino? Tenemos un indicador
puro y cristalino en las últimas declaraciones del nuevo gobierno
Ebert-Scheidemann. ¿Qué dirección puede tomar la carrera del llamado gobierno
socialista ahora que, como he demostrado, han desaparecido ya todas las
ilusiones? Cada día que pasa, ese gobierno pierde un poco más el apoyo de las
grandes masas del proletariado; aparte la pequeña burguesía, sólo cuenta con el
soporte de tristes residuos del proletariado, pero con el transcurrir del
tiempo a los Ebert-Scheidemann probablemente no les quedará ni eso. Por otra
parte, su credibilidad entre las masas de soldados está en descenso, porque los
soldados han entrado ya en la vía de la crítica y comienzan a tomar conciencia
de sí mismos. Es cierto que este proceso se desarrolla todavía con lentitud,
pero no puede detenerse hasta que la conciencia socialista sea total. Asimismo,
el gobierno ha perdido el crédito que le concedió la burguesía, al no mostrarse
lo suficientemente fuerte. ¿Qué derroteros puede tomar ahora? Eliminarán
rápidamente la comedia de la política socialista. En efecto, si leéis el nuevo
programa de esos caballeros, comprobaréis que marchan velozmente hacia la
segunda fase, la fase de la contrarrevolución abierta; más concretamente, hacia
la restauración de las condiciones precedentes, prerrevolucionarias. ¿Cuál es
el programa del nuevo gobierno? Se trata de la elección de un presidente que
ocupará una posición intermedia entre el rey inglés y el presidente americano,
algo así como el rey Ebert. Y, en segundo lugar, restablecerán el Consejo
federal. Hoy habéis podido leer las peculiares reivindicaciones de los
gobiernos del sur de Alemania, que subrayan el carácter federal del Imperio
alemán. El restablecimiento de ese
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viejo Consejo federal, y normalmente el de su apéndice, el Reichstag
alemán, no es más que cuestión de semanas. Compañeros, los Ebert-Scheidemann se
sitúan de este modo en la línea de la simple restauración de las condiciones
imperantes antes del 9 de noviembre, que acabará conduciéndoles al fondo del
abismo. Porque precisamente esa restauración de las condiciones anteriores al
9 de noviembre ya estuvo superada en aquella fecha, y la Alemania de hoy se
encuentra a mil años luz de esa eventualidad. Para conservar el apoyo de la
única clase cuyos intereses defienden, es decir, la burguesía —apoyo seriamente
debilitado por los últimos acontecimientos—, el gobierno se verá obligado a
proseguir una política contrarrevolucionaria cada vez más violenta. Las reivindicaciones
de los Estados meridionales de Alemania, publicadas hoy por los diarios de
Berlín, expresan claramente el deseo de lograr una seguridad que refuerce al
Imperio alemán, esto es, en lenguaje claro y conciso, obtener la proclamación
del estado de sitio contra los elementos «anarquistas», «golpistas»,
«bolcheviques», es decir, contra los elementos socialistas. Las circunstancias
obligarán a los Ebert-Scheidemann a recurrir a la dictadura, con o sin estado
de sitio. Sin embargo, resulta que precisamente el desarrollo habido hasta el
presente, la lógica de los propios acontecimientos y la violencia que pesa
sobre los Ebert-Scheidemann, nos permitirán asistir en la segunda fase de la
revolución, a un conflicto cada vez más agudizado, a unas luchas de clases
mucho más violentas. Un confiicto agudizado no solamente por el hecho de que
los factores políticos que he enumerado hasta aquí conduzcan a reemprender el
combate entre revolución y contrarrevolución, cuerpo a cuerpo, frente a frente,
ya sin ilusiones, sino también porque una nueva llama, un nuevo incendio, una
nueva llamarada venida de las profundidades de la lucha de clases, se propaga
cada vez con más fuerza: las luchas económicas.
Compañeros, el primer período de la revolución que he descrito antes, y
que aproximadamente abarca hasta el 24 de diciembre, se caracteriza — y de ello
debemos tener plena consciencia— por haber sido todavía una revolución
exclusivamente política. Y esto explica los balbuceos, las insuficiencias, las
decisiones a medias y la falta de consciencia de esta revolución. Era la
primera etapa de un cambio en el que los principales objetivos se sitúan en el
terreno de lo económico: transformar las relaciones económicas. En esta fase la
revolución era incipiente, inconsciente como un niño que camina tanteando sin
saber adónde va.
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Como he dicho, es la etapa que revestía un carácter estrictamente
político. No ha sido hasta las últimas semanas que las huelgas han comenzado
espontáneamente a hacerse notar. Digámoslo claramente:
La propia naturaleza de esta revolución hace que las huelgas tomen
necesariamente una mayor amplitud, que gradualmente se vayan convirtiendo en el
centro fundamental de la revolución. Eso será entonces una revolución
económica, y con ello una revolución socialista. Sin embargo, la lucha por el
socialismo no puede ser establecida más que por las masas, en un combate cuerpo
a cuerpo contra el capitalismo, en cada empresa, en cada fábrica, enfrentando a
cada proletario con su patrón. Solamente entonces la revolución cobrará un
carácter socialista.
A causa de una insuficiente reflexión, hasta ahora se tenía otra idea de
la evolución de los hechos. Se creía que bastaba con derribar al antiguo
gobierno y colocar en su lugar a un gobierno socialista, con promulgar decretos
que instauraran el socialismo. Una vez más se trataba de una mera ilusión. El
socialismo ni se hace ni se puede forjar mediante decretos, aunque emanen de un
gobierno socialista, por muy perfecto que éste sea. El socialismo debe ser
hecho por las masas, por cada proletario. La cadena del capitalismo ha de
romperse por el punto en que el proletariado está atrapado por ella. Sólo eso
es socialismo, sólo así puede construirse el socialismo.
¿Y cuál es la forma externa de la lucha por el socialismo? Es la huelga,
y por ello hemos visto cómo en el segundo período de la revolución la fase
económica del desarrollo ha ocupado el primer plano. Yo quisiera señalar aquí
algo que podemos afirmar con orgullo, y que nadie nos negará: nosotros, la Liga
Spartakus, el Partido comunista alemán, somos los únicos en toda Alemania que
estamos de parte de los trabajadores en huelga y en lucha. Todos vosotros
habéis podido ver y leer qué actitud ha adoptado el Partido Independiente en
cada ocasión frente a las huelgas. No había ninguna diferencia entre la
posición del Vorwärts y la de Die Freiheit[49]. Llegaron a decir: «Debéis ser laboriosos, el socialismo significa
trabajar mucho». ¡Decir esto cuando el capitalismo todavía tiene la sartén por
el mango! No es así como se hace el socialismo, sino combatiendo con toda
energía al capitalismo, cuyas exigencias son defendidas desde los más
exacerbados hasta el Partido independiente, e incluso hasta Die
Freiheit; todos excepto nuestro Partido comunista. Eso
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quiere decir que todos los que no se sitúan en nuestro campo comunista
revolucionario, combaten con extrema violencia las huelgas.
De aquí resulta que en la próxima fase de la revolución las huelgas no
sólo se extenderán cada vez más, sino que ocuparán justamente su centro, el
punto neurálgico de la revolución, desbordando a las cuestiones estrictamente
políticas. Comprenderéis entonces que la lucha económica se agravará
desmedidamente. Porque de esta forma la revolución alcanzará una cota en la que
la burguesía ya no permitirá bromas. La burguesía puede permitirse el lujo de
las mistificaciones en el terreno de la política, allí donde las mascaradas
todavía son posibles, allí donde las gentes como Ebert-Scheidemann pueden
presentarse todavía con etiqueta socialista, pero no allí donde estén en juego
los beneficios. En ese instante la burguesía situará al gobierno
Ebert-Scheidemann ante la siguiente alternativa: o acaban con las huelgas y
suprimen la amenaza de estrangulamiento que los movimientos huelguísticos hacen
pesar sobre ella, o bien los señores Ebert-Scheidemann habrán acabado su juego.
También yo creo que sus medidas de carácter político determinarán que se acabe
su juego. Los Ebert-Scheidemann sufren especialmente por no haberse podido
ganar la confianza de la burguesía. Sin embargo, la burguesía se lo pensará
antes de colocar el manto de armiño sobre los hombros del arribista Ebert.
Cuando esto ocurra, entonces dirán que no es suficiente con tener las manos
manchadas de sangre, sino que debe tener sangre azul en las venas; cuando se
llegue a este punto, dirán: cuando queramos un rey, no tendremos necesidad de
un arribista que ni siquiera sepa comportarse como rey.
De esta forma, compañeros, los señores Ebert-Scheidemann favorecen la
extensión del movimiento contrarrevolucionario. No serán capaces de apagar las
llamas de la lucha económica de clases ni satisfarán con sus esfuerzos a la
burguesía. Desaparecerán del escenario para dejar paso, ya sea a una tentativa
de la contrarrevolución que se reagrupará para una lucha desesperada en torno
al señor Groener[50], o tratará de establecer una dictadura militar abierta de la mano de
Hindenburg, ya sea para dejar paso a otras fuerzas contrarrevolucionarias.
No es posible precisar qué sucederá, ni efectuar declaración positiva
alguna en ese sentido. Sin embargo, poco nos importan las formas externas y el
instante en que se produzca esto o aquello. Nos basta con conocer las grandes
líneas del futuro desarrollo, que seguirán la siguiente trayectoria:
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la primera fase de la revolución, es decir, la fase de la lucha
primordialmente política, es seguida por una fase de lucha despiadada, cruda,
esencialmente económica, por lo que en un lapso de tiempo más o menos largo el
gobierno Ebert-Scheidemann está llamado a desaparecer en el Erebo.
Es difícil de prever lo que ocurrirá con la Asamblea Nacional durante la
segunda fase de la revolución. Cuando esta fase se consolide, es posible que se
convierta en una auténtica escuela educadora de la clase obrera, o bien, cosa
que tampoco puede excluirse, ni siquiera se llegará a establecer la Asamblea
Nacional; pero nada se puede predecir. Con el fin de que comprendáis en qué
óptica defendimos ayer nuestra posición, solamente haré aquí un breve
paréntesis: únicamente nos opusimos a enfocar nuestra táctica hacia una
alternativa. Con ello no quiero replantear discusiones; únicamente me guía la
idea de clarificar al máximo las cosas para que nadie comprenda los hechos de
modo insuficiente. Nos encontramos exactamente situados en el mismo terreno que
ayer. Pero no queremos que nuestra táctica dependa nuevamente de la exclusiva
evolución de la Asamblea Nacional, de una eventualidad que puede diluirse con
la volatilización de esa asamblea. Nosotros queremos fundamentar nuestra
táctica sobre la valoración de todas las posibles eventualidades, incluyendo la
utilización revolucionaria de la Asamblea Nacional en el caso de que esta
posibilidad se planteara. Pero nos es indiferente saber si habrá de tomarse o
no tal decisión, porque en cualquier caso la revolución sólo puede triunfar.
¿Y qué ocurrirá entonces con el gobierno Ebert-Scheidemann, en
bancarrota, o con cualquier otro gobierno autodenominado socialdemócrata que
pueda sucederle? Ya he dicho que el proletariado, como masa, se ha escapado de
sus garras y que tampoco los soldados se dejan ya utilizar como carne de cañón.
¿Qué les queda a esas buenas gentes para salvar su situación? No tienen más que
una posibilidad, y si hoy habéis leído la prensa, compañeros, veréis dónde
están las últimas reservas que la contrarrevolución alemana intentará enviar
contra nosotros cuando sea necesario el enfrentamiento directo. Todos vosotros
habéis leído que en Riga las tropas alemanas marchan de la mano con las
británicas contra los bolcheviques rusos. Compañeros, tengo en mis manos
documentos que permiten conocer lo que ocurre actualmente en Riga. Todo el
asunto tiene su origen en el pacto entre el comandante en jefe del
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VIII ejército con el señor August Winnig[51], socialdemócrata y dirigente sindical alemán. Se procura presentar los
hechos de manera que los pobres Ebert-Scheidemann aparezcan como las víctimas
de la Entente. Desde hace varias semanas, desde el inicio de la revolución, la
táctica del Vorwärts consistía en hacer creer que la Entente
intentaba decididamente yugular la revolución en Rusia, cuando fue
precisamente esto lo que hizo pensar a la Entente en esta posibilidad. Nosotros
mismos hemos comprobado, con documentos que así lo demuestran, las maniobras
dirigidas contra él proletariado ruso y la revolución alemana. En un telegrama
fechado el 26 de diciembre, el teniente coronel Buerkner, jefe del Estado Mayor
del VIII Ejército, dio conocimiento de las negociaciones que desembocaron en el
acuerdo de Riga. El telegrama en cuestión decía así:
«El 23 de diciembre tuvo lugar, a bordo del buque británico Princess
Margaret, una entrevista del delegado plenipotenciario del Reich, Winnig, con
el representante del gobierno británico, Monsanquet, antiguo cónsul general de
ese país en Riga, a la cual fue también convocado el comandante en jefe alemán
o su representante. Yo fui el designado a participar en la reunión. Objeto de
la entrevista: aplicación de las condiciones del armisticio. Desarrollo de la
reunión: por parte británica: los navíos fondeados aquí deben vigilar la
aplicación de las condiciones fijadas. En función de las condiciones del
armisticio se exigirá:
1. Que los alemanes mantengan en esta zona una fuerza de
combate suficiente para mantener a raya a los bolcheviques que avancen desde
sus posiciones actuales».
Y por otra parte:
«3. Una copia de las presentes disposiciones que afectan a las tropas,
tanto alemanas como letonas, que combaten contra los bolcheviques, será enviada
al oficial de Estado Mayor británico para que el oficial de mayor rango de la
marina británica tenga conocimiento de las mismas. Todas las futuras
disposiciones concernientes a las tropas que combaten a los bolcheviques serán
igualmente comunicadas a través de este oficial.
4. En los puntos que se describirán a
continuación, habrá de ser mantenida bajo las armas una fuerza militar
suficiente con el fin de impedir su ocupación por los bolcheviques o cualquier
avance de éstos sobre una línea general que pasa por las siguientes
poblaciones: Walk, Wolmar, Wenden, Friedrichstadt, Pensk y Mitau.
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5. La vía férrea entre Riga y Libau debe tener la protección
suficiente para hacer frente a cualquier ataque bolchevique. Todas las
provisiones y el correo británico que circulen por esa vía de comunicación se
beneficiarán de un régimen de favor».
A todo esto seguía una serie de peticiones. He aquí ahora la respuesta
del señor Winnig, representante plenipotenciario alemán:
«No hay duda de que es un hecho poco habitual el apremiar a un gobierno
para que ocupe un Estado extranjero; sin embargo, en el caso concreto que nos
ocupa, nuestros deseos están muy claros —¡esto lo declaró el señor Winnig, el
dirigente sindical alemán!— porque se trata de proteger vidas alemanas [los
barones del Báltico] y en consecuencia nos sentimos moralmente obligados a
ayudar a un país al que hemos liberado del contexto estatal del cual antes
formaba parte. Mas nuestros esfuerzos se han visto obstaculizados: primero por
la situación de las tropas, que debido a las condiciones del armisticio ya no
combaten, sino que quieren volver a casa y por otra parte están formadas por
soldados viejos, inválidos; en segundo lugar, a causa de la actitud de los gobernantes
locales [se refiere a los gobernantes letones], los cuales tachan a los
alemanes de opresores. Nosotros nos esforzamos ahora por crear formaciones de
voluntarios dispuestas para el combate, cosa que está ya parcialmente
realizada».
Sencillamente, lo que aquí se está haciendo es contrarrevolución. Todos
vosotros fuisteis ya informados en su momento de la creación de la división
blindada destinada expresamente a luchar contra los bolcheviques en los países
bálticos. La posición del gobierno Ebert-Scheidemann en este asunto no estaba
entonces clara. Pero ahora ya sabéis que ha sido ese mismo gobierno el que
había dado las órdenes oportunas.
Compañeros, quisiera todavía referirme brevemente al papel de Winníg.
Hoy podemos afirmar que los dirigentes sindicales alemanes —no es casualidad el
que un dirigente sindical sea elegido para llevar a cabo tal tipo de misiones—,
que los dirigentes sindicales y los socialdemócratas alemanes son los mayores y
más infames canallas que el mundo haya conocido nunca. ¿Sabéis dónde deberían
estar tales individuos, los Winnig, los Ebert, los Scheidemann? ¡Según el
código penal alemán, del que ellos se han declarado plenamente partidarios como
panacea de la justicia, el lugar de esas gentes serían los trabajos forzados!
Puesto que, según el código penal alemán, cualquier persona dedicada a enrolar
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soldados alemanes al servicio del extranjero es penada con trabajos
forzados. Podemos decir, pues, con perfecto derecho que a la cabeza del
gobierno «socialista» tenemos hoy a individuos que no solamente son los Judas
del movimiento socialista y de la revolución proletaria, sino que además son
reos de prisión, sin derecho a ocupar su lugar en una sociedad mínimamente
decente.
En relación con ese asunto, al final de mi exposición os leeré una
resolución que espero aprobéis unánimemente, con el fin de que dispongamos de
la suficiente fuerza para poder intervenir contra los individuos que dirigen
hoy los destinos de Alemania.
Compañeros, recuperando el tema central de mi exposición, debo deciros
que todas esas maquinaciones, la creación de divisiones blindadas y
especialmente el acuerdo con el imperialismo británico que he citado antes, no
representan más que las últimas tentativas destinadas a asfixiar el movimiento
socialista alemán. Este punto está estrechamente relacionado con la cuestión
cardinal, la cuestión relativa a las perspectivas de paz. ¿Qué otra conclusión
cabe extraer de todas esas manipulaciones si no la de que intentan de nuevo
encender la llama de la guerra? Esos canallas juegan a la comedia de hacer
creer que dedican sus máximos esfuerzos a la instauración de la paz, y
pretenden que nosotros somos los aguafiestas, gentes que suscitan la
desconfianza de la Entente 7 que frenan la consecución de la paz, mientras que
en realidad están preparando la reactivación de la guerra, la guerra en el
Este, a la que de inmediato seguirá la guerra en Alemania. La situación nos
obliga ineludiblemente a entrar en un período de conflictos violentos. Cuando
nosotros defendemos los intereses del socialismo y de la revolución, también
debemos defender los intereses de la paz mundial. Esto confirma la táctica que
nosotros, los espartaquistas, hemos defendido sin desaliento y en cada instante
durante los cuatro años de la guerra. Defender la paz significa defender la
revolución mundial del proletariado. No existe otro medio para establecer y
asegurar realmente la paz, que la victoria del proletariado socialista.
Compañeros, ¿qué consecuencias tendrá todo lo dicho en nuestra línea
táctica general cara al futuro inmediato? La primera consecuencia que
desearíamos ver plasmada sería el derrocamiento del gobierno Ebert-Scheidemann
y su sustitución por un gobierno explícitamente socialista, proletario y
revolucionario. Pero yo quisiera que vuestra atención no se fijase en la
cúspide de la pirámide, sino en la base. No podemos seguir
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alimentando vanas ilusiones y volver a caer en el error de la primera
fase de la revolución, como el 9 de noviembre, al creer que finalmente bastaba
con derribar al gobierno capitalista y reemplazarlo por otro para realizar la
revolución socialista. No es posible conducir la revolución socialista a la
victoria más que por un camino inverso a aquél: minar progresivamente al
gobierno Ebert-Scheidemann a través de la lucha social y revolucionaria de las
masas en todos los aspectos. Por ello quisiera llamar vuestra atención acerca
de ciertas insuficiencias de la revolución alemana, que no desaparecieron al
término de la primera fase revolucionaria y que demuestran que todavía no hemos
alcanzado el nivel suficiente como para poder asegurar la victoria del socialismo
tras la caída del gobierno. He intentado demostraros que la revolución del 9 de
noviembre fue ante todo una revolución política y que era necesario
transformarla en una revolución económica. Pero esa revolución también era
solamente una revolución urbana, es decir que, hasta el presente, el
campesinado ha permanecido prácticamente al margen. Sería una locura plantear
la realización del socialismo sin contar con la agricultura. Desde el punto de
vista de la economía socialista, es absolutamente imposible reestructurar la
industria sin entroncarla con una agricultura reorganizada de forma socialista.
La idea más importante del orden económico socialista radica en la supresión de
la oposición y la separación entre la ciudad y el campo. Tal separación, tal contraste,
tal oposición, constituyen un fenómeno puramente capitalista que es necesario
suprimir de inmediato si se desea un desarrollo socialista. Si queremos
seriamente una reestructuración socialista, habremos de prestar tanta atención
al campo como a los centros industriales, y en esta tarea ni siquiera nos
encontramos todavía en los comienzos. Hemos de tener muy clara esta cuestión no
sólo porque no es posible realizar el socialismo sin tener en cuenta a la
agricultura, sino también por la siguiente razón: Si acabamos de enumerar las
últimas reservas de que dispone la contrarrevolución para emplearlas contra
nosotros y nuestros esfuerzos, todavía nos queda por citar una importante
fuerza: el campesinado. En la medida en que ese campesinado, hasta el presente,
no ha sido alcanzado por la revolución, puede convertirse en una auténtica
fuerza de reserva para la burguesía contrarrevolucionaria. Y cuando las llamas
de las huelgas revolucionarias les prendan en los pies, la primera cosa que
hará esa burguesía será movilizar al campesinado, a los fanáticos partidarios
de la propiedad privada. Para evitar la amenaza de esa
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fuerza potencial contrarrevolucionaria, no existe otro medio que llevar
la lucha de clases al campo, movilizar al proletariado sin tierra y al pequeño
campesino contra el gran propietario agrícola.
A modo de conclusión sobre la manera de asegurar las condiciones previas
para el éxito de la revolución, resumiré a continuación nuestras tareas más
inmediatas: en el futuro será necesario desarrollar al máximo el sistema de
consejos de obreros y de soldados, pero especialmente el de los consejos de
obreros. Lo que emprendimos el 9 de noviembre no era otra cosa que tímidos
inicios, y no sólo eso. En la primera fase incluso perdimos de nuevo grandes
instrumentos de poder. Sabéis que la contrarrevolución se ha dedicado
sistemáticamente a desmontar los consejos de obreros y de soldados. En Hesse,
estos consejos han sido completamente suprimidos por el gobierno
contrarrevolucionario; en otros lugares se les arrebatan sus instrumentos de
poder. Es por esto que no nos basta con ampliar el sistema de consejos de
obreros y de soldados; es necesario que integremos también a los trabajadores
del campo y a los pequeños campesinos a ese sistema de consejos. Debemos tomar
el poder. Pero para poder tomar el poder es imprescindible plantearse
previamente la cuestión de la toma del poder: ¿qué hace, qué puede hacer, qué
debe hacer cada consejo de obreros y de soldados en Alemania? Ahí reside el
poder. Debemos socavar el Estado burgués en su base, poniendo fin a la
separación entre los poderes públicos, entre poder legislativo y
administración, uniéndolos y poniéndolos en manos de los consejos de obreros y
de soldados.
Compañeros, he aquí ante nosotros un vasto campo por laborar. Hemos de
preparar las condiciones a partir de la base. Hemos de dar a los consejos de
obreros y de soldados un poder tal que, cuando se produzca el derrocamiento del
gobierno Ebert-Scheidemann o de cualquier otro gobierno similar, éste sea el
acto final. Con esto quiero decir que la conquista del poder no es algo que
pueda realizarse en una sola acción, sino que debe ser un proceso progresivo:
hemos de introducirnos en el Estado burgués hasta ocupar todas las posiciones
clave y defenderlas por todos los medios. También es mi opinión, compartida por
muchos de los compañeros del Partido, que la lucha económica debe ser llevada a
cabo por los consejos de obreros. A estos consejos de obreros corresponderá la
responsabilidad de dirigir la lucha económica y de extenderla a áreas cada vez
más amplias. Los consejos de obreros deberán disponer de todo el
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poder del Estado. Y en este sentido tendremos que actuar en los tiempos
que se aproximan. Al asumir esta tarea, habremos de tener presente que en un
futuro se va a producir una gigantesca radicalización de la lucha de clases. Se
trata de una lucha cuerpo a cuerpo, hombro con hombro, a desarrollar en cada
Estado, en cada ciudad, en cada aldea, en cada comunidad; una lucha que tendrá
como finalidad inmediata el arrancar a la burguesía cada parcela del poder para
ponerlo en manos de los consejos de obreros y de soldados. Pero para lograr
este objetivo primero debemos educar a nuestros compañeros de Partido, debemos
educar al proletariado. Incluso allí donde existen consejos de obreros y de
soldados, todavía falta la conciencia necesaria sobre la finalidad de los
consejos de obreros y de soldados. Es nuestra tarea inmediata hacer comprender
a las masas que los consejos de obreros y de soldados han de ser en todo
momento la palanca de mando de la mecánica del Estado, la organización que ha
de asumir todos los poderes para hacerlos converger en una misma corriente, en
una misma vía: la vía de la revolución socialista. Sin embargo, distan mucho de
comprenderlo así las masas de trabajadores encuadradas en los consejos de
obreros y de soldados, excepción hecha de una reducida minoría de proletarios
con una clara consciencia de sus tareas. Pero esto no es una debilidad, sino
que es precisamente lo normal. Solamente ejercitando el poder, las masas pueden
aprender el ejercicio del poder. No hay otro medio de inculcarlo. Afortunadamente,
hemos superado ya la época en que se creía tener que adoctrinar al proletariado
en el socialismo. Pero estos tiempos todavía parecen existir hasta hoy para los
marxistas de la escuela de Kautsky. Según ellos, el adoctrinar a las masas proletarias
de forma socialista, significa pronunciar discursos y distribuir octavillas y
folletos. Pero no, la escuela socialista de los proletarios no tiene ya
necesidad de todo eso. Su mejor educación la obtienen en la acción. He aquí la
divisa: acción. La acción a través de la cual los consejos de obreros y de
soldados han de sentirse llamados y han de aprender a convertirse en la única
fuerza dirigente de todo el Imperio. Sólo así podemos socavar el terreno de tal
forma que madure el cambio revolucionario que deberá coronar nuestra obra. Y
por ello, compañeros, actué con premeditación y clara consciencia cuando ayer
manifesté, cuando especialmente os dije que no os tomarais la lucha demasiado a
la ligera. Algunos compañeros lo interpretaron mal, creyendo que yo les estaba
acusando de permanecer con los brazos cruzados al boicotear la Asamblea
Nacional. Ni en sueños se me había
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ocurrido esto, pero no tuve posibilidad de insistir en la cuestión. Esta
posibilidad me la brinda este marco y el contexto de hoy. Quiero decir que la
historia nos concede las facilidades que imperaban en las revoluciones
burguesas, donde bastaba con derrocar al poder oficial central y reemplazarlo
por unos cuantos o unas docenas de hombres nuevos. Hoy debemos trabajar en la
base, como corresponde al carácter de masas de nuestra revolución proletaria.
Debemos conquistar el poder político, pero no haciéndolo por arriba, sino por
abajo. El 9 de noviembre se intentó desmontar los poderes públicos, conmover su
hegemonía cíe clase, pero la tentativa fue débil, incompleta, inconsistente y
confusa. Lo que exige la situación actual es dirigir de una manera plenamente
consciente toda la fuerza del proletariado contra los fundamentos de la
sociedad capitalista. Es en la base, allí donde cada patrón se encuentra frente
a frente con sus esclavos asalariados; es en la base, allí donde se
materializan todos los órganos ejecutivos de la dominación política clasista;
es en esas bases donde debemos arrebatarles a los gobernantes burgueses cada
fragmento de su poder y tomarlo en nuestras manos. Pero quiero advertiros que
el ritmo de ese proceso es más lento de lo que pueda parecer a primera vista.
Creo que es bueno que afrontemos con plena claridad todas las dificultades y
todas las complicaciones de esta revolución. Espero que, al igual que yo,
ninguno de vosotros se sienta abrumado por la acumulación de las dificultades,
y que no se paralice vuestro ardor ni se merme vuestra energía revolucionaria.
Al contrario, cuanto más gigantesca sea la tarea a desempeñar, más se han de
galvanizar nuestras fuerzas. No olvidemos que la revolución puede acelerar los
acontecimientos con una extraordinaria rapidez. Pero no voy a
entretenerme aquí en profetizar acerca de la duración de ese
proceso. Basta con que seamos plenamente conscientes de que nuestra vía es
suficiente para conducirnos a la victoria. Lo fundamental, lo realmente
importante, es que sepamos con precisión y claridad cuál es nuestra tarea. Y
creo que, a pesar de mi debilidad, ya os he trazado aproximadamente las líneas
generales de esta tarea.
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LOS OBJETIVOS DE SPARTAKUS[52] (Programa de la Liga Spartakus)
I
El 9 de noviembre los obreros y soldados han destruido al antiguo
régimen de Alemania. En los campos de batalla de Francia se habían desvanecido
las sanguinarias ilusiones de la dominación mundial del sable prusiano. Las
criminales bandas que propiciaron el incendio universal y sumergido a Alemania
en un mar de sangre han tenido el final que merecían. Y el pueblo, engañado
durante cuatro años, que al servicio de Moloch había olvidado su obligación
cultural, su sentido del honor y el más mínimo residuo humanitario, ha
despertado después de cuatro años de su pétreo letargo, y se ha encontrado al
borde del abismo.
El 9 de noviembre el proletariado alemán se ha sublevado y se ha
sacudido tan infame yugo. Los Hohenzollern han sido derribados y en su lugar
han sido elegidos Consejos de obreros y soldados.
Sin embargo, los Hohenzollern nunca fueron más que brazos ejecutores de
la burguesía imperialista y de la aristocracia latifundista. La burguesía y su
hegemonía de clase: he aquí el verdadero culpable de la guerra mundial, tanto
en Alemania como en Francia, en Rusia como en Gran Bretaña, en Europa como en
América. Los capitalistas de todos los países: ellos son los auténticos
instigadores de la matanza de los pueblos. El capital internacional: he aquí al
monstruo insaciable que ha engullido millones de vidas humanas con su boca
rezumando sangre.
La guerra mundial ha colocado a la sociedad frente a una alternativa: la
continuación del capitalismo, con nuevas guerras y un próximo holocausto en el
caos y la anarquía o bien la liquidación de la explotación capitalista.
El término de la guerra mundial es el testimonio definitivo que debe
privar a la burguesía de sus derechos de existencia. La burguesía ya no es
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capaz de sacar a la sociedad del terrible desastre económico que ha
dejado la orgía imperialista.
Infinidad de medios de producción han sido destruidos, millones de
obreros, los mejores y más laboriosos hombres de la clase obrera, han sido
sacrificados. A los que han quedado con vida, les aguarda al regreso el
desempleo. El hambre y las enfermedades amenazan con destruir de raíz las
fuerzas del pueblo. La bancarrota financiera del Estado se anuncia como
resultado inevitable de las deudas de guerra.
Para salir de ese desorden sangriento y escapar al abismo, no hay otro
recurso, no queda otra vía, otra salvación, que el socialismo. Solamente la
revolución mundial del proletariado puede introducir la armonía en ese caos,
puede asegurar pan y trabajo para todos, puede poner punto final a la matanza
entre los pueblos y aportar a la humanidad agotada lo único que ansía después
de tanta destrucción: la Paz, la Libertad, una verdadera civilización. ¡Abajo
la explotación! He aquí la consigna del momento. El trabajo asalariado y la
hegemonía de clase deben sustituirse por el trabajo cooperativista. Los
instrumentos de trabajo deben de dejar de ser monopolio de una clase, deben ser
convertidos en bien común. ¡Basta de explotadores y de explotados! Regulación
de la producción y distribución de los productos en interés de la comunidad.
Abolición no sólo de las formas de producción actuales, basadas en la
explotación y el robo, sino también del actual comercio, que no es más que
fraude.
En lugar de los patronos y sus esclavos asalariados, es necesario
implantar la libre cooperación entre compañeros de trabajo. El trabajo ya no
será más una tortura cuando sea un deber para todo el mundo. Una existencia
humana digna para todo aquél que cumpla para con la sociedad. Que el hambre
deje de ser a partir de hoy la gran maldición del trabajo, para ser el castigo
de los parásitos.
Sólo en una sociedad así serán erradicados el odio entre los pueblos y
el vasallaje. Solamente a través del advenimiento de esta sociedad la tierra
dejará de ser violada por el asesinato de hombres. Solamente entonces podremos
decir: esta guerra es la última de las guerras.
En esta hora el socialismo es la única esperanza de salvación de la
humanidad. Por encima de las murallas del mundo capitalista que se desmoronan,
brillan con fulgor de fuego las palabras del Manifiesto Comunista:
«Socialismo o barbarie».
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La realización del orden social socialista es la tarea más gigantesca
que jamás le haya correspondido a una clase y a una revolución en toda la
historia de la humanidad. Tal tarea implica una total transformación del
Estado, una subversión general de todas las bases económicas y sociales del
mundo actual.
Esa transformación y esa subversión, no pueden ser decretados por una
autoridad cualquiera, un comité o un parlamento. La iniciativa y su
materialización solamente pueden partir y ser realizadas por las masas
populares.
En todas las revoluciones precedentes fue una pequeña minoría del pueblo
la que tomó la dirección de la lucha revolucionaria, la que le confirió una
orientación y se sirvió de las masas como instrumento para conducir a la
victoria los intereses de la minoría. La revolución socialista es la primera
que puede alcanzar la victoria de los intereses de la gran mayoría del pueblo,
a través de la acción de la gran mayoría que son los trabajadores.
La masa proletaria está llamada no solamente a marcar con nítidos
conocimientos unos objetivos y orientaciones a la Revolución. Debe también, por
sí misma, por su propia actividad, poner en marcha al socialismo, darle vida.
La esencia de la sociedad socialista consiste en que la gran masa de los
trabajadores cesa de ser una masa dirigida, para convertirse en una masa que
vive ya por sí misma la vida en toda su plenitud política y económica, y la
encauza por autodeterminación.
Desde las instancias superiores del Estado hasta el último rincón
municipal, la masa proletaria debe liquidar los tradicionales órganos de
dominación producto de la hegemonía burguesa: consejos de Estado, parlamentos,
concejos municipales, para sustituirlos por sus propios órganos de clase, los
Consejos de obreros y soldados, con los que deberá ocupar todos los cargos,
asumir todas las funciones, calibrar todas las necesidades sociales y adaptar
sus intereses de clase a las tareas socialistas. Solamente una recíproca
influencia, permanentemente viva, entre las masas populares y sus órganos, los
Consejos de obreros y soldados, puede asegurar la evolución de la sociedad en
un espíritu socialista.
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Igualmente, la transformación económica no puede materializarse si no es
a través de un proceso basado en la acción de las masas proletarias. Los
decretos escuetos emanados de instancias revolucionarias superiores son en sí
mismos fórmulas vacías. Solamente la masa obrera podrá clarificarse los
objetivos y las palabras. En lucha encarnizada contra el capital, cuerpo a
cuerpo, fábrica por fábrica, en la presión directa de las masas, mediante la
huelga, mediante la construcción de sus órganos permanentes, los obreros pueden
adueñarse del control de la producción y, finalmente, hacerse con la dirección
efectiva.
Las masas proletarias deben aprender a superar su estadio de simples
máquinas muertas que el capitalista aplica al proceso de producción, y
convertirse en dirigentes pensantes, libres, protagonistas de esa misma
producción social. Deben adquirir el sentimiento de su responsabilidad como
miembros de la colectividad, única depositaría de toda la riqueza social. Deben
de mostrar su celo cuando el látigo patronal haya desaparecido y sostener una
productividad que no requiera la vigilancia capitalista. Disciplina sin control
y orden sin dominación. El más elevado idealismo en interés de la colectividad
y el espíritu de iniciativa de un auténtico civismo son para la sociedad
socialista una base moral indispensable, como la estupidez, el egoísmo y la
corrupción lo son para el capitalismo.
Todas estas virtudes cívicas del socialismo, al igual que los
conocimientos y las capacidades necesarias para conducir las empresas
socialistas, solamente pueden ser adquiridas por las masas obreras a través de
su propia actividad, de su propia experiencia.
La socialización de la sociedad no puede ser alcanzada por otra vía que
no sea la lucha infatigable de las masas obreras en toda su profundidad y en
todos los lugares en donde el trabajo se enfrenta al capital, el pueblo a la
dominación de clase de la burguesía. La liberación de la clase obrera debe ser
obra de la propia clase obrera.
III
En las revoluciones burguesas, la sangre derramada, el terror y la
muerte política fueron el arma indispensable utilizada por las clases
hegemónicas.
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La revolución proletaria no precisa de terror alguno para alcanzar sus
objetivos. Odia y aborrece el asesinato. No tiene necesidad de este medio de
lucha, porque no combate a individuos, sino a instituciones, porque no sale a
escena con ingenuas ilusiones, cuyas decepciones hubiera de vengar
sanguinariamente. No es la tentativa desesperada de una minoría que busca
modelar el mundo a su imagen y semejanza por medios violentos, sino la acción
de amplias masas de millones de individuos llamados a realizar la misión
histórica y a transformar las necesidades históricas en realidades.
Sin embargo, la revolución proletaria es al mismo tiempo el velo fúnebre
de todo vasallaje, de toda opresión. Por ello todos los capitalistas,
latifundistas, pequeñoburgueses, oficiales y todos los aprovechados y los
parásitos de la explotación y de la dominación de clase se alzan como un solo
hombre en esta lucha por la vida o la muerte en contra de la revolución
proletaria.
Es una ilusión creer que los capitalistas se avendrán plácidamente a
acatar los veredictos socialistas de un parlamento, de una asamblea nacional.
Es ilusorio creer que renunciarán a sus bienes, a sus beneficios, a sus
privilegios derivados de la explotación. Todas las clases dominantes siempre
han defendido encarnizadamente sus privilegios hasta el último aliento. Tanto
los patricios romanos como los barones feudales de la Edad Media, los
caballeros ingleses como los mercaderes de esclavos americanos, los boyardos de
Valaquia como los fabricantes textiles de Lyon, todos ellos han sido los
responsables de matanzas, todos ellos han vertido ríos de sangre, han dejado
rastros de cadáveres, cenizas y ruinas, han recurrido a la guerra civil y a la
alta traición con el único objeto de mantener sus privilegios y sus poderes.
La clase de los capitalistas imperialistas, último eslabón de las castas
explotadoras, ha superado en brutalidad, en cinismo y en maldad a todos sus
predecesores. Para defender el sancta sanctorum de su
existencia, sus beneficios y privilegios de la explotación, esa clase empleará
los dientes y las uñas, utilizará al máximo cada uno de los métodos fríamente
implacables que han aparecido cotidianamente en la historia política colonial y
en la última guerra mundial. Esa clase desencadenará el cielo y el infierno
contra la revolución proletaria. Movilizará al campesinado contra las ciudades,
excitará a los sectores más atrasados e ignorantes del proletariado contra su
propia vanguardia. Hará de sus oficiales
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organizadores de masacres, paralizará cada decisión socialista mediante
las mil y una tretas de la resistencia pasiva. Lanzará a la garganta de la
revolución bandas de delincuentes. Recurrirá incluso al enemigo exterior, al
sable asesino de los Clemenceau, Lloyd George y Wilson, pata salvar su dominio
interior. Transformará el país en un caos de ruinas humeantes, antes de
renunciar a suprimir de buen grado la esclavitud del asalariado.
Todas esas resistencias deberán ser quebradas paso a paso, una por una,
con un puño férreo, con una energía infatigable. Es necesario oponer a la
violencia de la contrarrevolución burguesa la violencia revolucionaria del
proletariado. Frente a las emboscadas, las trampas y las triquiñuelas de la
burguesía, hay que oponer la claridad de objetivos, la vigilancia y la
iniciativa permanente de las masas proletarias. Frente al peligro amenazador de
la contrarrevolución, el armamento del pueblo y el desarme de las clases
poseedoras. Frente a las maniobras burguesas de obstrucción parlamentaria, la
intensa organización de las masas de obreros y soldados. Frente a la
omnipresencia y la potencia de los medios del poder de la sociedad burguesa, la
potencia elevada a su más alto grado de concentración, de cohesión e intensidad
de toda la clase trabajadora. Oponer el frente de todo el proletariado alemán:
meridional y septentrional, urbano y campesino, obrero y militar, el contacto
vivo y activo de la revolución alemana con la Internacional: la ampliación de
la revolución alemana para convertirla en revolución mundial del proletariado,
éste será el fundamento indispensable para asegurar la edificación del futuro.
La lucha por el socialismo es la más violenta de las guerras civiles que
la historia haya presenciado jamás, y la revolución proletaria debe tomar todas
las disposiciones necesarias en vistas de esa guerra. Debe aprender a
utilizarlas, a combatir y a vencer.
Este equipamiento de las masas compactas del pueblo trabajador con todo
el poder político para la revolución, no es otra cosa que la Dictadura del
Proletariado y, por consiguiente, la verdadera democracia. No es allí donde los
esclavos asalariados y los capitalistas, los campesinos pobres y los
latifundistas se sientan juntos, en pie de igualdad, para debatir sus
«intereses comunes» a la manera parlamentaria, sino allí donde las masas
proletarias, los millones de proletarios toman en sus manos endurecidas por el
trabajo el martillo del poder, como Júpiter el suyo, golpeando con él
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en la nuca de la clase dominante, donde podrá realizarse la verdadera
democracia, aquélla que no es un engaño al pueblo.
Para posibilitar al proletariado el cumplimiento de las citadas tareas,
la
Liga Spartakus exige:
A) Medidas inmediatas para la protección de la Revolución
1) Desarme de la policía, de los oficiales y de
los soldados no-proletarios. Desarme de todos los miembros pertenecientes a la
clase dominante.
2) Incautación de todos los depósitos de armamento y
munición, así como de las fábricas de armamento, por los Consejos de obreros y
soldados.
3) Distribución de armamento a toda la población proletaria
masculina y adulta, organizada como milicia obrera. Formación de una Guardia
Roja formada por proletarios, como sector activo de la milicia encargada de la
defensa permanente de la revolución contra los golpes de fuerza de la reacción
y los traidores.
4) Supresión del mando de jefes, oficiales y suboficiales.
Sustitución de la obediencia ciega por la disciplina voluntaria de los
soldados. Elegibilidad de todos los superiores por la tropa, que podrá
revocarlos en todo momento. Supresión de la justicia militar.
5) Exclusión de oficiales e individuos
abandonistas de todos los Consejos de soldados.
6) Supresión de todos los órganos políticos y
administrativos del antiguo régimen, que serán sustituidos por hombres de
confianza de los Consejos de obreros y soldados,
7) Creación de un tribunal revolucionario que, en
última instancia, juzgará a los principales responsables de la guerra y de su
prolongación: los dos Hohenzollern, Ludendorff, Hindenburg, Tirpitz y sus
cómplices, al igual que a todos los conspiradores y contrarrevolucionarios.
8) Requisamiento inmediato de todos los alimentos para
asegurar la alimentación del pueblo.
B) Primeras medidas políticas y sociales
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1) Liquidación de los Estados
autónomos dentro del Reich. Establecimiento de la República socialista unitaria
de Alemania.
2) Supresión de todos los parlamentos y concejos municipales,
cuyas funciones serán asumidas por los Consejos de obreros y soldados y por los
comités y órganos que éstos deleguen.
3) Elecciones de Consejos de obreros en toda Alemania por
parte de toda la población obrera de ambos sexos, en la ciudad y en el campo,
sobre la base de la empresa. Asimismo, elecciones para los Consejos de soldados
por parte de la tropa, excluyendo a los oficiales y los abandonistas. Derecho
de los obreros y soldados a revocar en cualquier momento a sus representantes.
4) Elección de delegados de los Consejos de obreros y
soldados de toda Alemania para el Consejo central de los Consejos, en cuyo seno
será elegido un Consejo ejecutivo como instancia suprema del poder legislativo
y ejecutivo;
5) Reunión del Consejo central de los Consejos al menos
cada tres meses —previa reelección de todos los delegados— con el fin de
mantener un constante control de la actividad del Consejo Ejecutivo y
establecer una viva relación entre la masa de los consejos locales de obreros y
soldados y el máximo organismo representativo del país. Derecho de los Consejos
locales de obreros y soldados a revocar y reemplazar en cualquier momento a sus
representantes en el Consejo central, en caso de que éstos no se ajustasen al
sentido de sus mandatos. Derecho del Ejecutivo a nombrar y revocar a los
comisarios del pueblo y a todas las autoridades y los funcionarios de la
administración central.
6) Abolición de todos los privilegios de clase,
órdenes y títulos. Igualdad completa de los sexos ante la ley y ante la
sociedad.
7) Introducción de leyes sociales decisivas. Reducción
de la jornada laboral con el fin de solucionar el problema del desempleo,
teniendo en cuenta la disminución de las condiciones físicas de los obreros a
causa de la guerra mundial. Jornada laboral máxima de seis horas.
8) Transformación inmediata de las condiciones de
alimentación, vivienda, higiene y educación en el sentido y el espíritu de la
revolución proletaria.
C) Reivindicaciones económicas inmediatas
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1) Confiscación de todas las fortunas e ingresos dinásticos
en beneficio de la colectividad.
2) Anulación de todas las deudas del Estado y cualquier
otro tipo de deuda pública, así como de todos los empréstitos de guerra, a
excepción de las suscripciones inferiores a cierto nivel, el cual será
establecido por el Consejo central de los Consejos de obreros y soldados.
3) Expropiación de las tierras de todas las empresas
agrarias, grandes y medianas. Formación de cooperativas agrícolas socialistas
bajo una dirección unificada y centralizada en todo el país. Las pequeñas
empresas agrícolas permanecerán en manos de sus propietarios hasta que éstos
decidan ingresar voluntariamente en las cooperativas socialistas.
4) Nacionalización de todos los bancos, minas, y de
todas las grandes empresas industriales y comerciales por la República de los
Consejos.
5) Expropiación de todas las fortunas a partir de
determinado nivel, que será fijado por el Consejo central.
6) La República de los Consejos se hará cargo de todos los
transportes públicos.
7) Elección, en cada fábrica, de un consejo que deberá
gestionar los asuntos internos de acuerdo con los Consejos de obreros, es
decir, deberá establecer las condiciones de trabajo, controlar la producción y,
finalmente, sustituir a la dirección de la empresa.
8) Formación de una Comisión Central de Huelgas, que en
constante contacto con los delegados de los Consejos de fábricas, conferirá al
movimiento huelguístico de todo el país la necesaria coordinación, una
dirección socialista y un enérgico apoyo por parte del poder político de los
Consejos de obreros y soldados.
D) Objetivos internacionales
Establecimiento inmediato de relaciones con los partidos hermanos del
extranjero para establecer la revolución socialista sobre una base
internacional y para imponer y mantener la paz por la fraternización
internacional y el levantamiento revolucionario del proletariado mundial.
E) Objetivos de la Liga Spartakus
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Porque Spartakus es el velador, el impulsor, la consciencia socialista
de la Revolución, es el objeto del odio, de las persecuciones y de las
calumnias de todos los enemigos declarados o secretos de la revolución y del
proletariado.
¡Crucificadla!, gritan los capitalistas que tiemblan por sus cajas de
caudales.
¡Crucificadla!, gritan los pequeñoburgueses, los oficiales, los
antisemitas, los lacayos de la prensa burguesa, que tiemblan por la fuente de
ingresos de la dominación burguesa.
¡Crucificadla!, claman los Scheidemann, que al igual que Judas han
vendido los obreros a la burguesía y que temen por las treinta monedas de plata
que han recibido por sus servicios.
¡Crucificadla!, suena todavía el eco de sectores ignorantes y engañados
de obreros y soldados, que no comprenden que, en realidad, al revolverse contra
la Liga Spartakus, están dirigiendo su furor contra su propio cuerpo y su
propia sangre.
En el odio y en la calumnia contra la Liga Spartakus se dan cita todo
contrarrevolucionario, todo individuo hostil al pueblo, todo enemigo del
socialismo, todo aquél que tiene una doble cara, todo ignorante que no consigue
descubrir la verdad. Ello demuestra que Spartakus es el corazón de la
revolución y que el futuro le pertenece.
La Liga Spartakus no es un partido que pretenda el poder por encima o a
través de las masas.
La Liga Spartakus únicamente pretende ser en cualquier circunstancia el
sector más consciente de un objetivo común. El sector que a cada paso del
camino recorrido por la gran masa obrera llama por el presente consciente de
las tareas históricas. El sector que en cada estadio particular de la
revolución recuerda los objetivos finales y que en cada cuestión local o
nacional recuerda los intereses de la revolución mundial de los proletarios.
La Liga Spartakus rechaza compartir el poder gubernamental con hombres
de paja de la burguesía, los Ebert-Scheidemann. Con ese tipo de colaboración
traicionan los principios del socialismo y refuerzan la contrarrevolución,
paralizando la revolución.
Asimismo, la Liga Spartakus rechazaría acceder al poder porque los
Ebert-Scheidemann hayan cubierto su ciclo, y porque los Independientes, por su
política colaboracionista, se encuentren en un callejón sin salida.
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Si la Liga Spartakus llegara a ocupar el poder sería bajo la forma de
voluntad clara e indudable de la gran mayoría de las masas proletarias de todo
Alemania, como expresión de la consciente adhesión de esas masas a las
perspectivas, objetivos y métodos de lucha propagados por la Liga Spartakus.
La revolución proletaria no puede abrirse camino hacia la total claridad
y la plena madurez más que de modo gradual, paso a paso, a lo largo de un
amplio y largo camino de sufrimientos, plagado de victorias y de derrotas. La
victoria de Spartakus no se sitúa al principio de ese camino, sino al final de
la revolución. Ella se identifica con la victoria definitiva de las masas,
objetivo que ocupa ya a millones de mentes que acaban de comenzar a caminar por
la vía del socialismo.
¡En pie, proletario! ¡A la lucha! Hay todo un mundo por conquistar y un
mundo entero a combatir. En esta batalla de clases de la historia mundial por
los más elevados objetivos de la humanidad no existe la posibilidad de diálogo
con el enemigo. El único lenguaje que entiende ese enemigo es el de los
pulgares en los ojos y las rodillas sobre el pecho.
Liga Spartakus
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ROSA LUXEMBURG
EL ORDEN REINA EN BERLÍN[53]
(TESTAMENTO POLÍTICO)
«El orden reina en Varsovia» declaró en 1831 el ministro Sebastiani ante
el Parlamento francés, cuando, después de haber lanzado el terrible asalto al
arrabal de Praga, la soldadesca de Paskievich Suvorov[54] penetró en la capital polaca y comenzó a ejercer su oficio de verdugo
contra los insurrectos.
«El orden reina en Berlín», proclama triunfalmente la prensa burguesa,
al igual que los Ebert y los Noske[55], al igual que los oficiales de las «tropas victoriosas» que la chusma
pequeñoburguesa acoge en las calles de Berlín agitando sus pañuelos al grito de
«¡Viva!». La gloria y el honor de los ejércitos alemanes se han salvado ante la
historia mundial. Los derrotados de Flandes y de la Argonne han rehabilitado su
fama gracias a una brillante victoria… sobre los 300 «espartaquistas» del Vorwärts.
Las hazañas llevadas a cabo durante la gloriosa invasión de Bélgica por las
tropas alemanas, las hazañas del general Von Etnmich, el vencedor de Lieja,
palidecen frente a las hazañas de los Reinhardt[56] y compañía en las calles de Berlín. Masacre de parlamentarios venidos
a negociar la rendición del diario Vorwärts, a los que la
soldadesca gubernamental ha atacado a golpes de culata, hasta dejar sus cuerpos
irreconocibles, de forma que sus cadáveres no pueden ser identificados;
prisioneros puestos contra el paredón y asesinados con tanta brutalidad, que
les revienta el cráneo y los sesos; ante hechos tan formidables y gloriosos,
nadie recuerda ya las derrotas sufridas frente a los franceses, los británicos
y los americanos. Ahora el enemigo es Spartakus y Berlín es el lugar donde
nuestros oficiales obtienen su victoria. Y el general que sabe organizar tales
victorias, allí donde Ludendorff ha fracasado, es el «obrero» Noske.
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¿Cómo no evocar aquí la embriaguez victoriosa de la jauría de defensores
del «orden», la bacanal de la burguesía parisina danzando sobre los cadáveres
de los combatientes de la Comuna, de esa misma burguesía que acababa de
capitular vergonzosamente frente a los prusianos, entregando la capital al
enemigo exterior después de haberle lavado los pies? Sin embargo, cuando se
trató dé enfrentarse con los proletarios parisinos, hambrientos y mal armados,
de enfrentarse con sus mujeres indefensas y sus niños… ¡Ah, cómo brotó entonces
el viril coraje de los hijitos de la burguesía, esa «juventud dorada», de los
oficiales! ¡De qué manera la bravura de los hijos de Marte, antes vencidos por
el enemigo exterior, dio luego rienda suelta a sus instintos y cometió las atrocidades
más bestiales contra hombres indefensos, prisioneros y caídos!
«El orden reina en Varsovia», «el orden reina en París», «el orden reina
en Berlín». Cada medio siglo los guardianes del «orden» obtienen los
comunicados victoriosos de los holocaustos de las guerras y conflictos
mundiales. Esos «vencedores» exultantes son incapaces de apercibir que un
«orden» que requiere ser mantenido periódicamente a costa de sangrientas
hecatombes, ineluctablemente camina hacia su destino histórico, su perdición.
¿Qué nos ha aportado esta última «semana espartaquista» de Berlín? ¿Qué
nos ha enseñado? Todavía en plena lucha, en medio de los clamores de triunfo de
la contrarrevolución, los proletarios deben analizar ya los hechos, valorar sus
resultados en comparación con la escala de valores que ofrece la historia. La
revolución no tiene tiempo que perder. Prosigue su marcha hacia delante por
encima de las tumbas todavía abiertas, por encima de «victorias» y «derrotas»,
hacia sus grandiosos objetivos. Y el primer deber de los que luchan por el
socialismo internacional es analizar con lucidez esa evolución y sus líneas de
fuerza esenciales.
¿Cabía esperar una victoria decisiva del proletariado revolucionario en
el actual enfrentamiento? ¿Podía darse ya por descontada la caída de los
Ebert-Scheidemann y la instauración de la dictadura socialista? Ciertamente no,
si se analizan correcta y profundamente todos los factores. Bastará con que
metamos el dedo en lo que en estos momentos constituye la llaga de la
revolución: la falta de madurez política de soldados que continúan dejándose
avasallar por sus oficiales para desempeñar tareas contrarrevolucionarias
contra el pueblo, ya es una prueba de que todavía no es posible una
victoria duradera de la revolución. Por otra parte, esa
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falta de madurez de los militares no es sino un síntoma de la falta
general de madurez de la revolución alemana.
El campesinado, de donde proviene un gran porcentaje de la masa de
soldados, continúa escasamente influenciado por la revolución. Berlín todavía
se encuentra prácticamente aislada del resto del Reich. No dudamos que los
focos revolucionarios de provincias —en Renania, en la costa del mar del Norte,
en Brunswick, en Sajonia, en Würtemberg— se identifican en cuerpo y alma con el
proletariado berlinés. Sin embargo, falla la coordinación que se requiere para
progresar; falta la acción común que proporcionaría a los avances y a la fuerza
de choque de la clase obrera berlinesa una eficacia distinta. Por otra parte —y
es precisamente ésta la causa más profunda de donde derivan las imperfecciones
políticas—, las luchas económicas, auténtico volcán que alimenta sin cesar la
lucha de clases revolucionaria, no han sobrepasado todavía su estadio inicial.
De todo ello se desprende claramente que en la actual fase todavía no
era posible confiar en una victoria definitiva perdurable. ¿Acaso por ello la
ludia de la semana pasada fue un «error»? Sí, en caso de que se hubiera tratado
de un «avance» premeditado, de un llamado «putsch». ¿Pero de hecho cuál fue el
punto de partida de las luchas de la semana pasada? Al igual que ocurrió en
casos precedentes —tanto el 6 de diciembre como el 24 de diciembre— ¡la causa
fue una brutal provocación del gobierno! Tal como antes lo fueron la agresión
contra los indefensos manifestantes de la Chausseestrasse y la masacre de los
marineros, la causa que dio pretexto para los hechos posteriores fue un
supuesto golpe de mano realizado contra la jefatura de policía. De ello resulta
que la Revolución no actúa a placer y con comodidad, como si se tratara de un
plan sabiamente estructurado por «estrategas». Los adversarios también tienen
su propia iniciativa, y por regla general la ejercen con mucha más frecuencia
que la propia Revolución.
Emplazados por la violenta provocación de Ebert-Scheidemann, los obreros
revolucionarios fueron obligados a tomar las armas. Sí, para
la revolución era una cuestión de honor el repeler de
inmediato con toda energía la agresión, para evitar que la contrarrevolución
tuviera un aliciente para nuevas intentonas, y para evitar que se conmocionaran
las filas revolucionarias del proletariado, el crédito moral de la Revolución
alemana en la Internacional[57].
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Por lo demás, la voluntad de resistencia brotó espontáneamente, con una
energía tan natural de las masas berlinesas, que puede decirse que desde el
primer momento la victoria moral estaba del lado de la «calle».
Ahora bien, es ley interna de la Revolución que después de dado el
primer paso no se debe caer jamás en la inacción ni la pasividad. El mejor
reposo consiste en haber dado un buen golpe. Esta regla elemental de toda lucha
cobra especial valor para cualquier paso que dé la Revolución. Se sobreentiende
y es prueba del sano instinto y de la fresca fuerza interna del proletariado de
Berlín, que éste no se sintiera satisfecho con haber conseguido restaurar a
Eichhorn[58] en su cargo, sino que decidiera espontáneamente la ocupación de otras
parcelas del poder de la contrarrevolución: la prensa burguesa, la agencia de
noticias oficiosas, el Vorwärts. Todas estas medidas fueron
resultado de la instintiva comprensión, por parte de las masas, de
que la contrarrevolución, por su parte, no permanecería indiferente ante la
derrota sufrida, sino que prepararía una prueba de fuerza generalizada.
También aquí nos encontramos en presencia de una de las grandes leyes
históricas de la Revolución, frente a la cual se estrellan todas las
habilidades y toda la ciencia de los pequeños «revolucionarios» del tipo de la
USPD, que en cualquier lucha no hacen otra cosa que buscar pretextos para
batirse en retirada. Desde el momento en que el problema fundamental de una
revolución está claramente planteado —y aquí el problema
inicial estriba en derribar al gobierno Ebert-Scheidemann, primer obstáculo
para la victoria del socialismo—, ese mismo problema no cesa de surgir una y
otra vez, siempre con una tremenda actualidad, y, con la fatalidad propia de
una ley natural, cada episodio de la lucha lo presenta en toda su amplitud, por
poco preparada que esté la Revolución para resolverlo y por poco propicia que
sea la situación. «¡Abajo Ebert-Scheidemann!» Esta consigna brota
irremisiblemente en cada nueva crisis revolucionaria, como única fórmula capaz
de liquidar todos los conflictos parciales, por lo que, por su lógica interna
—quiérase o no— puede conducir cualquier episodio de la lucha hasta sus
consecuencias extremas.
En una etapa inicial de la Revolución, la contradicción entre la
agudización de las tareas que se imponen y la ausencia de condiciones previas
que han de permitir realizarlas, provoca que las luchas finalicen con una derrota formal.
Pero la Revolución es la única forma de «guerra» en donde la victoria final no
podrá ser obtenida más que a través de una
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serie de «derrotas». Y ésta es precisamente una de las leyes del proceso
revolucionario.
¿Qué nos enseña la historia de las revoluciones modernas y del
socialismo? La primera gran batalla de la lucha de clases en Europa finalizó
con una derrota: la sublevación de los tejedores de seda de Lyon, en 1831, se
saldó con un grave revés. También acabó derrotado el movimiento cartista en
Inglaterra. Gran derrota asimismo la del proletariado parisino en el curso de
las jornadas de 1848. Y también la Comuna de París conoció una terrible
derrota. Toda la ruta del socialismo —desde el punto de vista de las luchas
revolucionarias— está sembrada de derrotas.
¡Y sin embargo, esta misma historia conduce paso a paso hacia la
victoria final! ¿Dónde estaríamos hoy todos nosotros sin aquellas
«derrotas» que nos permitieron obtener experiencia histórica, conocimientos,
fuerza e idealismo? Hoy, cuando justamente nos hallamos en vísperas del combate
final de la lucha de clases proletaria, nos fundamentamos prácticamente en esas
derrotas, ninguna de las cuales deberíamos olvidar, al ser cada una parte
integrante de nuestra fuerza.
Los combates revolucionarios son lo opuesto de las luchas
parlamentarias. Durante cuatro décadas, no hemos cesado de cosechar «victorias»
parlamentarias en Alemania. Volábamos literalmente de victoria en victoria.
Pero en la gran encrucijada histórica del 4 de agosto de 1914, el resultado fue
una tremenda derrota moral y política, un hundimiento inaudito, una bancarrota
sin precedentes. Paradójicamente, hasta ahora las revoluciones sólo nos han
aportado derrotas, pero esos fracasos inevitables son precisamente la garantía
irreversible de la victoria final.
¡Pero bajo una condición! Deben tenerse en cuenta las
condiciones en que se produjeron las derrotas: si se debieron a que la energía
combativa de las masas se estrellaba una y otra vez contra la barrera de las
premisas históricas todavía inmaduras o bien si las indecisiones, la falta de
resolución, las debilidades internas paralizaron la acción revolucionaria.
Disponemos de ejemplos clásicos para ambas posibilidades: la revolución
francesa de febrero y la revolución alemana de marzo. La acción heroica del
proletariado parisino en 1848 es el manantial vivo de donde el proletariado
internacional ha extraído todas sus energías. Contrariamente, las lastimosas
menudencias de la revolución alemana de
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marzo fueron el lastre que ha frenado la evolución de la Alemania
moderna. A través de la historia particular de la socialdemocracia oficial
alemana, estas menudencias repercutieron hasta en los acontecimientos más
recientes de la revolución alemana, hasta la dramática crisis que acabamos de
vivir.
A la luz de esta cuestión histórica, ¿cómo hemos de valorar la derrota
de la llamada «semana espartaquista»? ¿Tiene sus orígenes en la impetuosidad de
la energía revolucionaria y de la insuficiente madurez de la situación, o bien
ha sido el efecto de la debilidad de la acción en sí misma?
¡Ambas cosas! El carácter ambiguo de esta crisis, la
contradicción entre la vigorosa, resuelta y ofensiva manifestación de las masas
berlinesas, y la indecisión, las vacilaciones, la tibieza de la dirección de
Berlín, son las dos características de ese último episodio.
La dirección ha fracasado. Pero debe y puede crearse una nueva
dirección, por y a partir de las propias masas. Las masas constituyen el
elemento decisivo, la roca sobre la cual se fraguará la victoria final de la
Revolución. Las masas estuvieron a la altura de su tarea histórica. Ellas han
convertido la «derrota» en un eslabón en la serie de esas derrotas históricas
que constituyen el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y por
ello, sobre esta derrota florecerá la victoria.
«¡El orden reina en Berlín!» ¡Esbirros estúpidos! Vuestro «orden» es un
castillo en la arena. Mañana la revolución se «levantará de nuevo
clamorosamente», y para espanto vuestro proclamará:
¡Era, soy y seré![59]
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KARL LIEBKNECHT
¡A PESAR DE TODO![60]
(TESTAMENTO POLÍTICO)
«¡Orden de asalto general contra Spartakus! ¡Muerte a los
espartaquistas! ¡Apresadlos, acuchilladlos, fusiladlos, aplastadles los pies,
despedazadles!» Tales horrores hacen palidecer las fechorías cometidas por las
tropas alemanas en Bélgica.
¡Spartakus está vencido!, proclaman con alegría desde la Post hasta
el Vorwärts.
¡Spartakus está vencido! Y los sables, los revólveres, los fusiles de la
antigua policía germana se recuperan a costa de los obreros revolucionarios
desarmados, certificando así nuestra derrota. ¡Spartakus está vencido! Las
elecciones a la Asamblea Nacional comienzan a desarrollarse bajo las bayonetas
del coronel Reinhardt y las metralletas y lanzaminas del general Lüttwitz. Es
el plebiscito de Luis Napoleón Ebert.
Spartakus está vencido.
Es cierto. Los obreros revolucionarios de Berlín han sido masacrados.
¡Es cierto! Masacrados por centenares los mejores de entre ellos. Es cierto. Un
millar de los mejores están en las cárceles…
Sí. Es cierto que están vencidos. Porque han sido abandonados por los
marinos, por los soldados, por los cuerpos de protección, por la milicia
popular, por todos aquéllos con cuya ayuda habían creído contar.
Pero, sobre todo, esas fuerzas han sido paralizadas por las indecisiones
y las debilidades de sus dirigentes. La inmensa marea contrarrevolucionaria,
brotada de los sectores más atrasados del pueblo y del reflujo de las clases
poseedoras, les hundió y paralizó.
Sí. Los obreros revolucionarios han sido abatidos. Pero en cualquier
caso su derrota habrá sido un designio de la historia. Será que los tiempos
actuales no presentan las condiciones necesarias para la revolución. Y si es
así, es que la revolución no está madura. Mas la lucha es inevitable. Dejar
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vía libre a los Eugen Ernst, Hirsch y consortes para que ocupen la
Jefatura de Policía, convertida hasta ese momento en paladín de la Revolución,
constituye una derrota y es un deshonor incontestable. La lucha fue impuesta al
proletariado por la banda de Ebert. Con un rugido espontáneo, las masas
berlinesas se sublevaron, superando dudas y vacilaciones.
¡Pero los obreros revolucionarios de Berlín han sido masacrados!
Y los Ebert, Scheidemann y Noske se sienten victoriosos. Están
satisfechos porque los generales, los burócratas, los señores de las fábricas y
los de la agricultura, los beatos, los banqueros y todo aquello que es
socialmente asmático y retrógrado está parapetado tras ellos. Para estas gentes
ha conseguido el gobierno su victoria. Por ellos ha lanzado sus bombas de gas
lacrimógeno, sus granadas y su metralla.
Pero hay derrotas que son victorias, y victorias más dolorosas que las
derrotas.
Los vencidos de la semana sangrienta de enero combatieron heroicamente.
Luchaban por una gran causa, por los objetivos más nobles de la humanidad
doliente, por la liberación material y espiritual de las masas oprimidas.
Vertieron su sangre por un deber supremo y por ello su sangre es sagrada. De
cada gota de esa sangre nacerán vengadores de los que han caído; de cada jirón
de carne desgarrado surgirán nuevos combatientes por una causa que es eterna
como el firmamento.
Los vencidos de hoy serán los vencedores de mañana. Porque la derrota ha
sido para ellos una lección. El proletariado alemán está todavía falto de
experiencia y tradición revolucionarias. A través de un calvario de intentos
fracasados, de errores juveniles, de recaídas y de dolorosos reveses, el
proletariado deberá adquirir la educación práctica que garantizará sus éxitos
futuros.
Para las fuerzas primitivas, elementales, de la revolución social, el
crecimiento constituye la ley viva del desarrollo social, y para ellas derrota significa estimulo.
De derrota en derrota su camino conduce a la victoria.
… ¿Y los vencedores de hoy?
Ellos han provocado el repugnante baño de sangre para servir una causa
infame al servicio de las fuerzas del pasado, de los enemigos mortales del
proletariado.
Su destino ya puede entreverse hoy. Ya son prisioneros de aquéllos a
quienes pensaban utilizar e instrumentalizar. Ellos mismos se han
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convertido en instrumento para siempre jamás.
La socialdemocracia ha ligado su nombre a la rúbrica del Sacro Imperio
Romano Germánico. Pero el plazo acordado en el pacto es breve. No va más allá
de un cuarto de hora de gracia.
Los traidores están ya en la picota de la historia. Jamás la historia
había conocido semejantes Judas. Esos Judas que no sólo han vendido a la más
sagrada de las causas, sino que la han crucificado con sus propias manos.
Siguiendo un camino que pasa por 1914, hasta este momento el punto más fatídico
de su historia, la socialdemocracia oficial alemana, en la autora de la
Revolución, presenta una imagen despreciable.
La burguesía francesa reclutó a los verdugos de junio de 1848 y de mayo
de 1870 entre sus propias filas. En cambio, la burguesía alemana no ha tenido
necesidad de recurrir a sí misma. Los socialdemócratas les han ofrecido sus
servicios para tan despreciable y sanguinaria tarea. Allá fueron los Cavaignac
y los Gallifet. Aquí es Noske, el «obrero alemán».
Las campanas repican por la masacre. Agitando sus pañuelos, la burguesía
recibe en triunfo a quienes les han salvado del «terror bolchevique», a la
soldadesca providencial.
La pólvora todavía está caliente, todavía está humeante. Los cadáveres
de los trabajadores todavía palpitan bajo las cenizas. Los proletarios pasados
por las armas todavía señalan el lugar donde cayeron asesinados y los heridos
aún sangran, mientras que los Scheidemann, Ebert y Noske, henchidos de
satisfacción por su victoria, hacen desfilar a las escuadras de criminales.
Pero el proletariado mundial ya ha comenzado a manifestar su desprecio y
repugnancia hacia esos vencedores, que en su inaudito cinismo osan tender su
mano a la Internacional, sus manos todavía calientes por la sangre que han
derramado, la sangre de los obreros alemanes. Son despreciados y aborrecidos
incluso por aquéllos que durante la orgía de la guerra mundial pisotearon los
fundamentos del socialismo. Aislados, excluidos de la humanidad doliente y
combatiente, golpeando solos a las puertas de la Internacional, odiados y
maldecidos por todo proletario revolucionario: tal es su situación frente al
mundo.
Por culpa de ellos, Alemania entera se ha visto precipitada al odio.
Unos traidores a sus hermanos gobiernan al pueblo alemán. ¡Unos asesinos
fratricidas! «Son los nuevos fariseos»: ésa es la sentencia.
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Mas su gloria es efímera. Un cuarto de hora de gracia, y ¡luego serán
juzgados!
Su reinado alumbrará la hoguera de la Revolución en millones de
corazones. La Revolución proletaria que creen haber ahogado en sangre se
levantará como un gigante, y sus primeras palabras serán: «¡Muerte a los
asesinos de obreros! ¡Muerte a los Ebert-Scheidemann-Noske!».
Los derrotados de hoy ya están aprendiendo. Los espejismos comienzan a
desaparecer. No debe ya esperarse nada de las acciones en tropel, sin espíritu
auténticamente revolucionario, aprisionadas en disciplinas tradicionales. Los
espejismos desaparecen. No cabe esperar ya nada de las iniciativas de líderes
que han demostrado su incapacidad y su incompetencia. Se ha superado ya de una
vez por todas la confianza depositada en los centristas, los socialdemócratas
llamados «independientes», que de modo vergonzoso han abandonado a las masas
revolucionarias. A partir de esta dura experiencia las masas revolucionarias
librarán sus futuras batallas confiando exclusivamente en sus propias fuerzas.
A través de sí mismas y para sí mismas obtendrán las victorias del porvenir. La
tesis según la cual la emancipación de la clase obrera no puede ser alcanzada
más que por sí misma ha cobrado, a través de las experiencias de la última
semana, una nueva dimensión, una nueva y profunda significación.
Incluso esos soldados engañados y desorientados reconocerán su error,
reconocerán haber sido un fácil instrumento, cuando el poder militarista que se
está reconstruyendo los aplaste de nuevo. Pero también ellos se liberarán
finalmente de la ignorancia que hoy les abruma.
«¡Spartakus está vencido!»
¡Dulce deseo! ¡Nosotros no estamos huyendo! ¡No hemos sido derrotados!
¡Nos pueden encadenar, pero nosotros permanecemos aquí y aquí resistiremos!
Finalmente la victoria será nuestra.
Porque Spartakus significa fuego y espíritu, significa alma y corazón,
significa voluntad y acción de la revolución proletaria. Y significa asimismo
la aspiración hacia el éxito final, la consciencia de clase del proletariado y
la audacia de su lucha. Porque Spartakus significa socialismo y revolución
mundial.
El camino al Gólgota de la clase obrera alemana está lejos de terminar,
pero está cerca el día de la liberación. El día del juicio de
Ebert-Scheidemann-Noske y de los magnates del capitalismo que hoy se ocultan
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tras ellos. Las olas de los acontecimientos se levantan hasta el cielo,
estamos acostumbrados a ser arrastrados desde sus crestas hasta las
profundidades. Pero nuestra nave seguirá inflexible e intrépida hacia el
objetivo final.
Pero estemos vivos o no cuando se alcance el objetivo final, nuestro
programa estará vivo: impregnará el mundo de la humanidad liberada. ¡A pesar de
todo!
Con los estruendos del derrumbamiento económico, cuyos rugidos ya se
acercan, las tropas aletargadas de proletarios despertarán como si fueran los
sones de las trompetas del juicio Final. Y los cadáveres de los luchadores
asesinados se alzarán para exigir cuentas a los malditos. Lo de hoy no es más
que el rumor subterráneo del volcán. Mañana será la erupción que arrasará a los
explotadores y a sus verdugos y los sepultará entre cenizas ardientes y ríos de
lava.
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CRONOLOGÍA DE LA REVOLUCIÓN ALEMANA
1918
Enero
Huelgas políticas de masas en Austria-Hungría. Protestas frente a la
grave situación creada por la Gran Guerra.
28. Huelga general en numerosas ciudades
alemanas (Berlín, Hamburgo, Riel, Bratislava, Dantzig, Mannheim, Ludwigshafen,
Múnich, Nuremberg, Magdeburg, Halle, Gotha, Dortmund, Bochum, etc.). Comienzan
a formarse los Consejos de obreros.
31. Prohibición de la huelga general.
Febrero
Consolidación del estado de sitio. Se extiende la represión.
Marzo
24. Es encarcelado Leo
Jogiches, así como los militantes espartaquistas encargados de difundir
propaganda en el seno del Ejército.
Abril
15, 17. Huelgas de masas en Berlín.
Mayo
E. Levinsohn y sus camaradas de la Izquierda radical de Sajonia son
condenados a duras penas de prisión, acusados de realizar propaganda
antibélica.
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22. El Partido socialdemócrata alemán decide, en principio,
participar en el gobierno del país.
Octubre
1. Conferencia nacional de la Liga Spartakus y de la
Izquierda radical. Efectúan un llamamiento en favor de la Revolución y la
necesidad de formar Consejos de obreros.
3. El príncipe Max de Badén es nombrado canciller del Imperio. Como
secretarios de Estado son nombrados: Grober (Partido de centro), Erzberger
(Partido de centro), Haussmann (demócrata) y Scheidemann (socialdemócrata).
17. Llamamiento del Partido socialdemócrata
alemán reclamando vigilancia frente a acciones irreflexivas.
20. Karl Liebknecht, liberado de la prisión de Luckau, llega
a Berlín hacia las cinco de la tarde. En la estación de Anhalt es recibido por
una gran multitud de trabajadores berlineses.
24. Último discurso de Noske al Reichstag
saliente. «En las circunstancias actuales, consideramos un acto necesario la
colaboración de la socialdemocracia con el gobierno. El pueblo y el Imperio
está en grave peligro. Nosotros postulamos la unión de todas las fuerzas para
prevenir el hundimiento y la derrota».
30. La flota alemana del Báltico se dispone a salir del
puerto de Chillig. Los marineros creen que sus oficiales tienen intención de
atacar a la flota británica para forzar acontecimientos. Por ello, manifiestan
su protesta. Se producen motines a bordo de los cruceros Thüringen y Helgoland.
El almirante Von Hipper se ve obligado a aplazar las operaciones.
31. El almirante envía torpederos y submarinos para
reprimir los motines. Después de violentos choques, los marineros del Thüringen y
del Helgoland deciden rendirse, y cuatrocientos de ellos son
hechos prisioneros.
Noviembre
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En Kiel, una numerosa asamblea de marinos exige la liberación de los
detenidos. El Partido socialdemócrata entra a formar parte del Gobierno de
Sajonia.
2. Una segunda asamblea de marinos (en Kiel) es prohibida por
las autoridades militares. Tras diversas reuniones y discusiones, se decide
para el día siguiente, a las 5,30 de la tarde, la convocatoria de una
manifestación. Armisticio entre Italia y Austria.
3. Nuevos motines. Ahora a bordo del Markgraf.
Los responsables son encarcelados. Octavillas manuscritas son distribuidas poco
antes de la manifestación prevista. A las dos de la tarde, el comandante en
jefe ordena la adopción de medidas de prevención. Las patrullas militares
invitan a los marinos y los soldados a reintegrarse a sus cuarteles y a sus
buques. A pesar de ello tiene lugar la concentración en el lugar y la hora
previstos. Los oradores del Partido socialdemócrata y del Partido
socialdemócrata independiente hacen un llamamiento a la prudencia y la
distensión. Se pone en marcha un cortejo de manifestantes que en su recorrido
consigue desarmar a varios oficiales y diversas patrullas militares. Una de
éstas abre fuego sobre los amotinados. Dos muertos y múltiples heridos… La
agitación es enorme en toda la ciudad. El almirante Souchon, gobernador de
Kiel, vacila sobre las medidas a tomar. Mientras tanto, en Brunswick, G. Noske,
líder del Partido socialdemócrata, habla en una reunión «en favor de profundas
reformas, pero contra una revolución violenta que comportaría al pueblo alemán
graves daños en una situación de por sí muy delicada». Manifestación
revolucionaria en Múnich.
4. El Gobierno envía a Kiel al secretario de
Estado Haussmann (demócrata). Noske se traslada también a Kiel como
representante del Partido socialdemócrata, designado por Ebert y Scheidemann.
En Kiel, el movimiento revolucionario ha progresado en el transcurso de
la noche. Unidades que hasta el momento habían permanecido refractarias se
suman ahora a la rebelión. Puede hablarse de 20 000 hombres en rebeldía. El
almirante Souchon desecha el empleo de la violencia. Anuncia que está dispuesto
a comprender las causas de los motines (son las dos de la tarde). Los
amotinados se organizan en Consejos de soldados —los primeros de la Revolución
alemana—, presididos por el marino Artelt, el cual es recibido por el almirante
Souchon. Artelt formula las reivindicaciones de sus compañeros: aumento del
número de licencias, supresión del saludo obligatorio, reducción del
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servicio, retirada de las tropas represivas, liberación de todos los
prisioneros y abdicación del emperador. El almirante acepta satisfacer las
reivindicaciones no políticas de los marinos y reconoce al Consejo, pero rehúsa
el punto referente a la abdicación del emperador. Por la tarde, los principales
dirigentes revolucionarios de las grandes empresas deciden declarar la huelga
general. En Stuttgart, manifestación a favor de la República Socialista.
5. Kiel en huelga. Los marinos son los dueños de la zona
portuaria. Por todas partes pueden observarse banderas y enseñas rojas. El
buque de línea Konig es la única nave que mantiene todavía la
enseña imperial. Los marinos exigen que sea arriada. Como
respuesta, se producen disparos desde el buque. De inmediato responden los
marinos: resultan muertos el comandante del buque y un oficial. Finalmente,
el Konig iza el pabellón rojo. Todo el poder pasa a depender
de los Consejos de obreros y soldados. Llega a la ciudad Noske con promesas de
amnistía a cambio de una vuelta a la normalidad, pero pronto se apercibe de la
inutilidad de su gestión. Incapaz de resistir las presiones, emplea la misma
táctica que Federico Guillermo V de Prusia en marzo de 1848: decide ponerse a
la cabeza del movimiento revolucionario y se nombra gobernador de Kiel. En
Lübeck, los marinos se hacen fuertes en la estación y en telégrafos (5 de la
madrugada). Por la tarde, toda la ciudad está en manos de los revolucionarios.
El movimiento obtiene el apoyo de las guarniciones de la región de Holstein. En
Hamburgo, a las 5 de la tarde, una asamblea del Partido socialdemócrata
independiente decide llamar a la huelga general para el día siguiente. El gran
duque de Mecklemburg democratiza la Constitución. El embajador ruso Joffé es
expulsado del país por habérsele intervenido propaganda revolucionaria en la
valija diplomática.
6. En Hamburgo, por la mañana, se producen diversos
enfrentamientos en las cercanías del Elba. Los obreros abandonan las fábricas.
A mediodía, se calcula en 70 000 personas el número de reunidos. Deciden
adoptar el programa revolucionario elaborado por Frita Wolffheim, que entre
otras cosas ordena la incautación revolucionaria del diario Hamburger
Echo. Se forma una manifestación para dirigirse al barrio de Altona, en
donde se encuentra reunido el Estado Mayor. Se producen breves enfrentamientos.
Se fuga el general Falk. Pequeños grupos armados de obreros y soldados recorren
los acuartelamientos de la ciudad. Frente a los cuarteles del 76.º Regimiento
de Infantería son abatidos a tiros seis revolucionarios, entre
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ellos Friedrich Peter, uno de los miembros más activos del movimiento de
Izquierda Radical en Hamburgo durante el curso de la guerra.
«En Kiel y en otras localidades, el movimiento revolucionario había
tomado el carácter de una simple rebelión militar. En Hamburgo, desde el
principio de la revolución, la causa proletaria pasó a primer plano.» (Precisas
palabras de la Illustrierte Geschichte der deutschen Revolution, 1929, p. 191).
Revolución y formación de Consejos de obreros y soldados en Bremen,
Cuxhaven, etc. La dirección del Partido socialdemócrata alerta a la población
contra las «turbas» y los llamados «elementos irresponsables». El Comité
Central de la Socialdemocracia solicita el armisticio y la amnistía, la
democracia y la abdicación del emperador Guillermo II.
7. Revolución y formación de Consejos de obreros en
Wilhelmshaven, Schwerin, Hannover, Brunswick y Colonia. Acontecimientos
revolucionarios en Múnich. A mediodía, en esta ciudad, se despliega una gran
manifestación convocada y organizada por los socialdemócratas independientes de
Baviera. En cabeza de la manifestación marchan Kurt Eisner, jefe de los
socialdemócratas independientes, y un representante de los campesinos bávaros.
Un grupo de manifestantes penetra en una de las cervecerías más elegantes de la
ciudad y allí se constituyen en Consejo muniqués de obreros y soldados. Al
atardecer, las masas concentradas frente al Palacio Real exigen la abdicación
del rey. A las 9 de la noche, éste, poco dispuesto a resistir, y convencido de
que ningún regimiento aceptará enfrentarse con la manifestación, abandona la
ciudad en automóvil. En Berlín, el Partido socialdemócrata exige también la
abdicación del emperador y la renuncia al trono del príncipe heredero (aunque
no de la dinastía). Todos los partidos, exceptuando los conservadores,
solicitan ya la abdicación de Guillermo II.
8. Revolución y formación de Consejos de obreros
en Oldenburg, Rostock, Magdeburg, Halle, Leipzig, Dresden, Chemnitz,
Düsseldorf, Frankfurt, Stuttgart, Darmstadt y Nürnberg. Rosa Luxemburg sale de
la prisión de Breslau. El socialdemócrata Ebert comunica con el canciller Max
de Bade: «Si el emperador no abdica, la revolución social es inevitable.
Tampoco yo deseo la revolución. Para mí es como un pecado». Guillermo II rehúsa
abdicar. En Múnich, durante la noche del 7 4 8, el Consejo de obreros y
soldados, así como el líder Kurt Eisner, se trasladan
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al palacio del parlamento. Declaran el final de la dinastía de Baviera y
proclaman la República, destituyendo al gobierno monárquico. A las 8 de la
mañana, el propio Eisner se presenta al ministro de asuntos exteriores en
calidad de nuevo presidente del Consejo y ministro de aquella cartera. De
inmediato procede a la formación de su gabinete. Auer, líder de los
socialdemócratas mayoritarios, acepta la cartera del interior para evitar
efusiones de sangre, en interés de la «unidad del proletariado», después de que
Eisner le asegure que su gobierno no empleará métodos violentos de tipo
«bolchevique». Abdica el duque de Brunswick.
9. Revolución en Berlín. Ha sido preparada por la
organización ilegal de los Delegados revolucionarios de Fábrica, creada después
de las huelgas de enero, bajo la influencia combinada de los socialdemócratas
independientes y los elementos más avanzados del proletariado. A las 9 de la
mañana, grandes masas de obreros abandonan las fábricas y los barrios
dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. La policía desiste de organizar la
resistencia frente á las masas. Abandonan sus puestos. Los cuarteles son abiertos
a las masas. Los soldados permanecen neutrales o bien se adhieren al movimiento
revolucionario. Se produce un incidente frente a un cuartel: los oficiales
ordenan disparar sobre tres manifestantes que pretenden convencer a los
soldados para que se incorporen a la Revolución. Resultado: los tres obreros,
uno de ellos militante espartaquista, resultan muertos. En el cuartel general
central, Guillermo II sigue resistiéndose a abdicar. Afirma que «deseo, después
del armisticio, volver pacíficamente a la patria, a la cabeza del ejército».
Hindenburg le responde que el ejército no actuará en su favor. Y Groener:
«Dirigido por sus jefes y generales, el ejército se reintegrará a la patria en
orden y con tranquilidad, pero no bajo la jefatura de Vuestra Majestad. El
ejército ha dejado de obedeceros». Se produce la abdicación de Guillermo II
como emperador, pero no como rey de Prusia. Max de Bade, que teme la irrupción
de los dirigentes de los Consejos de obreros y soldados en la Wilhelmstrasse,
anuncia a mediodía la abdicación del emperador, del rey de Prusia y la renuncia
al trono del príncipe heredero.
Culminada la tarea de la Revolución, los socialdemócratas, canalizan
todos sus esfuerzos para confiscar su éxito y sus beneficios. Ebert,
Scheidemann y Otto Braun proponen a la fracción socialdemócrata independiente
la formación de un gobierno común. Ledebour es convencido por la audacia de los
«socialistas imperiales» que ahora
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pretenden pasar por «socialistas revolucionarios». Ledebour decide
entonces poner al corriente de la situación a los dirigentes del movimiento
revolucionario. En ese intervalo de tiempo, Dittmann acepta el principio de una
distribución igual de los cargos ministeriales entre socialdemócratas y
socialdemócratas independientes. El doble juego de la socialdemocracia sigue su
curso: en las oficinas del diario Vorwärts fundan un «Consejo
de obreros y soldados de Berlín», integrado por doce hombres de confianza, unos
provenientes de la clase obrera, otros funcionarios y algunos líderes de la
socialdemocracia. Entre las 12 y la 1 del mediodía, Ebert, Scheidemann y Braun
obtienen la dimisión del príncipe Max de Bade y la nominación de Ebert como
canciller del Reich. Se procede a organizar la Asamblea Nacional.
A las 2 de la tarde, Scheidemann proclama la República Alemana en el
Reichstag. A las 4 de la tarde, Liebknecht, desde los balcones de Palacio
proclama la «República Socialista Libre de Alemania». Es izada la bandera roja
en las almenas del. Palacio. En el Reichstag, los dirigentes del Partido
socialdemócrata independiente discuten acerca de la formación del gobierno,
poniendo condiciones a los socialdemócratas, condiciones que éstos rechazan.
Finalmente se produce un acuerdo: hasta que la Asamblea Constituyente decida
otra cosa, se nombrará un Consejo de Comisarios del Pueblo integrado por seis
miembros; el poder político permanecerá en manos de los Consejos de obreros y
soldados, los cuales deberán enviar sus delegados a un Consejo Nacional; la
cuestión de la Asamblea Constituyente será debatida posteriormente. Los seis
Comisarios del Pueblo son: Ebert, Scheidemann y Landsberg por la
socialdemocracia; Haase, Dittmann y Barth, por la socialdemocracia
independiente. Numerosos delegados obreros revolucionarios piden el
nombramiento de Liebknecht, pero éste pone condiciones para una eventual
colaboración con los socialdemócratas que votaron en favor de la guerra,
condiciones que son rechazadas. Al atardecer, la Liga Spartakus se incauta de
los locales y del material del diario Lokal-Anzeiger. Aquella misma
tarde aparece en Berlín el n.º 1 de Die Rote Fahne [Bandera Roja].
10. Guillermo II se ha refugiado en Holanda. El
Consejo de Comisarios del Pueblo se organiza en Berlín. Ebert es nombrado jefe
de este organismo. Inmediatamente se pone en contacto con el Estado Mayor para
preparar la lucha contra el «bolchevismo».
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11. Constitución del gabinete imperial. Los ministros
permanecen en sus cargos o son reemplazados por meros funcionarios, en general
gente reaccionaria. Cada ministro es asistido por dos subsecretarios de Estado:
un socialdemócrata y un socialdemócrata independiente. Se constituye un
Gabinete prusiano. Comienzan las huelgas de mineros. Se firma el armisticio.
12. Llamamiento del Consejo de Comisarios del Pueblo.
En él se garantizan las libertades públicas, se promete la implantación de la
jornada laboral de 8 horas a partir del 1 de enero de 1919, el desarrollo de
una política social, medidas contra el desempleo, etc.
14. Un decreto declara la entrada en vigor de un conjunto de
leyes.
15. El Gobierno revolucionario de Rusia telegrafía a
Liebknecht: saluda a la Revolución alemana y ofrece la entrega de 50 000
quintales de harina como ayuda (ofrecimiento rehusado por el Consejo de
Comisarios del Pueblo).
16. Formación de una «comunidad de trabajo» entre empresarios y los
sindicatos obreros.
17. El congreso de la socialdemocracia independiente de
Würtemberg solicita la celebración de un Congreso nacional. Sus miembros se
sitúan en la línea revolucionaria de la Liga Spartakus.
22. Los Consejos de soldados de Hamburgo y sus alrededores
deciden apoyar al nuevo gobierno. Parecidas resoluciones son tomadas por muchos
otros consejos, sobre todo por los de soldados.
23. Huelga minera en la Alta Silesia. El Gobierno de los
Comisarios del Pueblo se pronuncia contra cualquier tipo de huelga. Barth
(socialdemócrata independiente) afirma: «Si los obreros rebasan los
planteamientos revolucionarios a través de un gran movimiento de aumentos
salariales, entonces estamos perdidos». Dittmann (socialdemócrata
independiente) afirma que toda huelga, en el curso de la Revolución, se vuelve
contra los propios obreros. En cuanto a Ebert, (socialdemócrata), da la consigna
de «trabajar más y más», que es la de la patronal.
25. Conferencia nacional de los gobiernos
locales. Eisner solicita cambios en el Gobierno central de los Comisarios del
Pueblo. August Merges (espartaquista), presidente del Consejo de Comisarios del
Pueblo de Brunswick, se manifiesta partidario de la dictadura del proletariado
y
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contra la Asamblea Constituyente. En cambio, la mayoría de los
representantes en la Conferencia se declara partidaria de dicha Asamblea.
26. Kurt Eisner rompe relaciones con Berlín. El Partido del
Centro, católico, lanza un llamamiento en favor del Gobierno de Ebert para
hacer frente al bolchevismo y en favor de la Asamblea Constituyente.
28. En Berlín aparecen pasquines que incitan al
asesinato de Karl Liebknecht. Huelga de mineros en la cuenca del Ruhr. Continúa
la huelga en la Alta Silesia.
30. El rey de Würtemberg, y luego todos los demás
monarcas alemanes, renuncian a sus tronos.
Diciembre
1. En algunas regiones del país, oficiales del Ejército queman
banderas rojas. El Consejo de soldados de Baviera solicita la Asamblea
Nacional, alerta contra el peligro bolchevique y aprueba la política de Kurt
Eisner (de hecho muy moderada).
2. Hindenburg, en un escrito dirigido a los soldados,
se manifiesta contra los socialdemócratas independientes y contra los
espartaquistas.
4. En Colonia, las asambleas del Centro,
católico, exigen la proclamación de la República autónoma de Renania-Westfalia.
6. El Consejo de Comisarios del Pueblo, por cinco votos a
favor y una abstención, fija las elecciones a la Asamblea Constituyente para el
15 de febrero de 1919. En Berlín, conjura contrarrevolucionaria que se traduce
en un ensayo de golpe militar. Dieciocho revolucionarios son asesinados en las
calles de la ciudad.
7. Primera manifestación autónoma de la Liga Spartakus
en Berlín (protegida por grupos armados). Karl Liebknecht es detenido en los
locales de Die Rote Fahne, tras la manifestación en cuyo curso tomó
la palabra junto a Levi y Lange.
8. Nueva manifestación de la Liga Spartakus en las calles de Berlín
(se manifiestan aproximadamente unas 150 000 personas).
9. Wels, comandante de la guarnición de
Berlín (políticamente socialdemócrata) ordena ocupar las oficinas de la Liga
Spartakus. Los revolucionarios berlineses, indignados por las muertes del 6 de
diciembre, otorgan a Wels el sobrenombre de «el sanguinario» (Blutwels).
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10. La Comisión de socialización, creada al día
siguiente de la Revolución del 9 de noviembre, se declara en favor de
socializar con indemnizaciones.
12. Ordenanza reaccionaria del Consejo de Comisarios
del Pueblo decretando la formación de una Guardia nacional voluntaria (base de
cuerpos francos).
13. Los soldados del frente izan una bandera roja en el
ayuntamiento de Potsdam. En la Alta Silesia, una huelga de prisioneros de
guerra rusos es reprimida con ametrallamientos.
14. Los Comisarios del Pueblo ordenan la requisa de armamento
bajo penas de hasta cinco años de prisión para quienes se nieguen a cumplirla.
El general Maercker lanza su primer llamamiento para la formación de un cuerpo
franco. Publicación del programa de la Liga Spartakus en Die Rote Fahne.
El programa, redactado por Rosa Luxemburg, significa la ruptura con
los socialistas independientes y plantea la necesidad de una organización común
a los grupos de la Izquierda Radical de Bremen, Hamburgo, Berlín, Dresden, etc.
15. Dos revolucionarios son asesinados por la policía en las
calles de Dresden.
16-21. Primer Congreso de los Consejos de obreros y soldados de
Alemania, compuesto por 489 delegados (405 representantes de los Consejos de
obreros y 84 de los de soldados). La fisonomía política del congreso era la
siguiente: 288 socialdemócratas, 90 socialdemócratas independientes (de los
cuales 10 eran espartaquistas, entre ellos Leviné y Heckert), 11
«revolucionarios unidos» (grupo algo heterogéneo influenciado por Laufenberg,
líder de la Izquierda Radical de Hamburgo), 25 demócratas, 25 miembros de una
«fracción de soldados» y 50 miembros sin afiliación de partido. Los obreros
estaban en minoría, 71 delegados eran intelectuales, 31 socialdemócratas
independientes y 164 (sobre 288) socialdemócratas eran periodistas, diputados,
funcionarios del partido o del sindicato. Había un arrendatario, 3
representantes de organizaciones agrarias, 13 oficiales… y solamente 179
obreros y empleados. El congreso se reunió en el parlamento de Prusia, en
Berlín.
La izquierda (espartaquistas, socialdemócratas independientes de
izquierda y revolucionarios unificados) propuso en dos ocasiones admitir en el
congreso, a nivel de intervención deliberadora, a Karl Liebknecht y Rosa
Luxemburg. Los socialdemócratas, que detentaban la mayoría
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absoluta y que tenían el apoyo del ala derecha del Partido
socialdemócrata independiente (Kautsky, Hilferding, Haase, Dittmann); Barth,
tercer comisario del Pueblo, perteneciente a este último partido, tenía buena
predisposición para apoyar a los espartaquistas, pero era un hombre con una
capacidad política muy limitada, consiguieron boicotear sin grandes
dificultades la presencia espartaquista en la tribuna de oradores. A pesar de
ello, la izquierda obtuvo excelentes resultados: vigorosos discursos de Richard
Müller (socialdemócrata independiente), de Brasz (id.), de Wegmann (id.), de
Ledebour (id.) y de Meckert (espartaquista) denunciaron las maniobras
contrarrevolucionarias de la camarilla militar y del gobierno de Ebert
coaligados. Por otra parte, la Liga Spartakus influenció la evolución de las
reuniones a través de acciones en las calles y del envío de delegados al
Congreso. El programa presentado por los espartaquistas puede resumirse como
sigue:
1. Alemania es una República Socialista
Unitaria.
2. Todo el poder para los Consejos de
obreros y de soldados.
3. El Consejo ejecutivo de los Consejos de
obreros y soldados ha de ser elegido por el Congreso de tales consejos, órgano
supremo, legislativo y gubernamental, que nombrará a los Comisarios del Pueblo
y a los organismos centrales.
4. Disolución del Consejo de Comisarios del
Pueblo presidido por Ebert.
5. Adopción y ejecución inmediata y
enérgica por parte del Consejo ejecutivo, de todas las medidas necesarias para
la protección de la Revolución. Ante todo: desarme de la contrarrevolución,
dotar de armamento al proletariado y formación de la Guardia Roja.
6. Llamamiento inmediato del Consejo
ejecutivo a los proletarios de todos los países para la formación de Consejos
de obreros y soldados con el fin de que cumplan las tareas comunes de la
revolución socialista mundial.
El Congreso adoptó, sin llegar a debatir las cuestiones planteadas por
los espartaquistas, un texto de los socialdemócratas que incluía tres puntos:
1. Los poderes legislativo y ejecutivo
serán conferidos por el Congreso (que declara representar todo el poder
político) al
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Consejo de Comisarios del Pueblo, hasta que la Asamblea Nacional esté en
condiciones de disponer y actuar.
2. El Congreso elegirá un Consejo central
de los Consejos de obreros y soldados, el cual ejercerá una «supervisión
parlamentaria» sobre el Gobierno del Reich y el Gobierno de Prusia, así como
sobre los Comisarios del Pueblo del Reich y de Prusia.
3. Junto a cada funcionario superior
actuarán dos auxiliares, uno socialdemócrata y otro socialdemócrata
independiente, nombrados por los Comisarios del Pueblo. El Consejo central
deberá dar su aprobación a los nombramientos.
Es fácil comprobar la radical diferencia entre la propuesta
espartaquista y el programa socialdemócrata adoptado. El Consejo Central
instituido por éste no era más que un organismo inoperante y redundante,
compuesto únicamente por socialdemócratas, después de que los socialdemócratas
independientes rechazasen los cargos secundarios ofrecidos por aquéllos.
17. Una asamblea de delegados de la guarnición de Berlín, en
la cual participaron el teniente Dorrenbach, jefe de la División de Marina
(muerto en la prisión de Moabil el 17 de mayo de 1919) y Karl Liebknecht,
adopta una resolución sobre la cuestión de las jefaturas militares. En ella se
solicita:
1. La creación de un Consejo Superior de
soldados compuesto por delegados elegidos por los Consejos de soldados,
encargado del mando de todas las tropas del ejército y de la marina.
2. Abolición de todos los signos
distintivos y de los grados.
3. El Consejo de soldados será el encargado
de mantener la disciplina.
Esta asamblea envió una delegación al Congreso de los consejos,
delegación que exigió la adopción inmediata de dichos tres puntos. Ello
desencadenó un gran tumulto en la reunión. Finalmente, Ebert y Haase
consiguieron que el congreso no tomara ningún acuerdo concreto respecto a la
cuestión de la dirección del Ejército. El texto aprobado fue propuesto por la
delegación de Hamburgo:
1. La jefatura suprema del Ejército
será ejercida por los Comisarios del Pueblo bajo el control del Consejo
Central. En
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las guarniciones, el comandante será elegido entre los jefes y el
Consejo local de soldados.
2. Serán suprimidas las condecoraciones e
insignias distintivas.
3. Los Consejos de soldados serán
responsables del mantenimiento de la disciplina.
4. Los Consejos de soldados y no los
civiles decidirán acerca de la prohibición de llevar chatarreras y otros
ornamentos similares.
5. Los consejos elegirán sus propios jefes.
6. Para facilitar el proceso de
desmovilización, algunas categorías de oficiales conservarán sus funciones, con
la condición de comprometer su honor en no interferir el desarrollo de la
revolución.
7. Se considera necesario acelerar la
transformación del ejército en Guardia Nacional (Volkswehr).
Tales fueron los puntos propuestos por la delegación hamburguesa,
invocados muy a menudo en el curso posterior de los acontecimientos, pero que
en la práctica quedarían como letra muerta.
Asimismo, el Congreso rechazó, por 344 votos contra 98, la moción de
Daumig (socialdemócrata independiente) que proponía el sistema de Consejos como
base constitucional del Reich. Por otra parte, se avanzaron las fechas para las
elecciones de la Asamblea Nacional constituyente (19 de enero en lugar del 15
de febrero, fecha aprobada antes por los Comisarios del Pueblo). Hilferding
(socialdemócrata independiente del ala derecha) pronunció un discurso sobre la
socialización.
17. La Guardia de Seguridad de Gladbeck dio muerte a tres
obreros. (Bajo este nombre, y otros similares, la burguesía venía organizando
la defensa de sus posiciones desde el mes de noviembre.)
18. La Guardia de Seguridad de Essen mata a dos obreros.
20. Nuevas huelgas en Alta Silesia.
21. Militantes revolucionarios de Berlín exigen la salida del
Gobierno del Partido socialdemócrata independiente y la convocatoria de un
congreso de la organización. Entierro de las víctimas del 6 de diciembre.
22. Llamamiento de Hindenburg contra las decisiones del Congreso de
los Consejos acerca de las cuestiones militares.
23. Insurrección de marineros en Berlín. La División de
Marina había ocupado —el 15 de noviembre— las dependencias del Palacio,
autorizada por el Gobierno. La posición política de los marineros era poco
clara.
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Puede hablarse de una fuerte influencia por parte de la Liga
Espartaquista y del Partido socialdemócrata independiente, concretamente por el
ala izquierda. Esta influencia se conjugó con la cuestión del pago de sus
haberes, retrasados por diversas causas. El 23, día de cobro de salarios, los
marineros se manifiestan frente a la Comandancia. Contingentes de tropas parten
de Postdam con dirección a Berlín. Los marineros ocupan la Cancillería, sede
del Gobierno, la central de teléfonos y cierran los accesos de la ciudad para
evitar cualquier comunicación con las tropas contrarrevolucionarias. A las 4 de
la tarde nueva manifestación frente a la Comandancia. Un carro blindado dispara
contra la masa de marineros causando tres muertos, mientras Dorrenbach está negociando
con Wels. Encolerizados, los marineros toman como rehenes al propio Wels, al
Dr. Bongartz y al teniente Fischer. Poco después, Dorrenbach y los miembros de
los Consejos de soldados de Berlín se dirigen a la Cancillería para negociar
directamente con el Gobierno, encontrándose con que el edificio ha sido ya
ocupado por las tropas del general Lequis, llegadas desde Postdam. Es detenido
Barth. Ebert ordena la retirada de los contendientes. Unidades berlinesas
deberán vigilar la Cancillería. Prosigue la negociación con los marineros, los
cuales liberan a Gongartz y a Fischer, pero retienen
a Wels.
24. Durante la noche, los marineros consideran que las
condiciones de la negociación han sido violadas, ya que las tropas provenientes
de Postdam permanecen vigilando la Cancillería. En último extremo intentan
llegar a un acuerdo con el Gobierno a través de la mediación de Ledebour. Al
amanecer reciben un ultimátum: deberán abandonar sus posiciones en el Palacio
en diez minutos, depositando su armamento en plaza, o de lo contrario serán
desalojados por las tropas con ayuda de la artillería. Se inicia el bombardeo
del Palacio. Hacia el mediodía las bajas son: 11 marineros y 56 soldados
muertos. Hacia las 13 horas se negocia de nuevo. Los marineros envían como
representante a Dorrenbach y Radtke; por otra parte, han depositado su
confianza en Ledebour y en Daumig, miembros del ala izquierda socialdemócrata
independiente, para la defensa de sus intereses. Resultado: los marineros
obtienen sus salarios. A partir de ahora serán incorporados a la Guardia
Republicana. Wels abandona la Comandancia. El general Lequis es reemplazado por
el general Von Lüttwitz.
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Conferencia de los Comunistas Internacionales (Izquierda Radical). La
reunión se polariza en torno a Johann Knieff (Izquierda radical de Bremen) y
Leo Jogiches (Liga Espartaquista). Ambos son contrarios a una fusión. Radek
interviene para forzar la unión. Según él, la división perjudica a la
revolución. Finalmente se adopta un acuerdo de principio para fundar el Partido
comunista. Respecto a la actitud a adoptar frente a la Asamblea Constituyente,
los miembros de la conferencia están divididos: algo más de la mitad está
contra la participación en las elecciones; los otros están a favor. Se decide
aplazar la decisión una semana para realizar consultas con el resto de las
organizaciones.
25. Al final de una manifestación organizada por la Liga
Espartaquista y por los militantes revolucionarios de Berlín, varios miles de
obreros, espontáneamente, se dirigen hacia los locales del diario Vorwärts,
órgano socialdemócrata, con el fin de ocuparlo. Allí descubren un arsenal de
armas. Deciden utilizar la imprenta para elaborar octavillas.
26. Huelga de transportes en Alta Silesia.
27. Crisis de Gobierno.
Numerosos miembros del Partido socialdemócrata independiente protestan contra
la actitud reaccionaria y contrarrevolucionaria del Gobierno. Los
representantes del Partido se movilizan en torno a las protestas. E. Barth
adopta una postura radical.
28. El Consejo de obreros y soldados de Bremen decide
proporcionar armamento a los trabajadores. El Consejo de obreros de Múnich se
pronuncia en contra del proyecto del ministro del Interior Auer
(socialdemócrata) de crear una Guardia Cívica.
29. El Partido socialdemócrata independiente decide
abandonar el Gobierno. Entierro de los 11 marineros muertos el día 24. Ledebour
dirige la palabra a los asistentes. Ebert pide a Noske que deje Kiel y se
traslade a Berlín.
29 diciembre y 1 enero (1919). Congreso
fundacional del Partido comunista alemán. El día 29 tiene lugar la Conferencia
nacional de la Liga Espartaquista: 83 delegados representantes de 46 grupos
locales. Walcher y Pieck dirigen los debates. Se plantea y decide la ruptura
con el Partido socialdemócrata independiente y la fundación del Partido
comunista alemán. La discusión se centra sobre el tema de la participación en
las elecciones a la Asamblea Nacional constituyente. Rosa Luxemburg, Leo
Jogiches y Karl Liebknecht están a favor de la participación, pero la mayoría
de los delegados (62 sobre 85) se manifiesta en contra. Radek
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dirige un saludo al congreso en nombre de la Rusia revolucionaria. Rosa
Luxemburg pronuncia el discurso programático. Los Comunistas Internacionales de
Alemania, reunidos el día 30 deciden adherirse a la nueva organización. El
Comité Central está integrado por: Hermann Duncker, Käte Duncker, Eberlein,
Frölich (representante de los Comunistas Internacionales de Alemania), Leo
Jogiches, Lange, Levi, Liebknecht, Rosa Luxemburg, Meyer, Pieck y Thalheimer.
1919
Enero
1. Es desarmado el 75 Regimiento de Infantería de Bremen. Se trata
de un cuerpo tradicionalmente revolucionario. Se hizo célebre durante la guerra
como la «compañía roja».
3. Los socialdemócratas independientes abandonan el
Gobierno de Prusia. En Kónigshüte (Alta Silesia), 22 muertos.
4. Es destituido Eichhorn, prefecto de la Policía de
Berlín. Miembro del ala izquierda del Partido socialdemócrata independiente,
Eichhorn había organizado un cuerpo de policía con características
revolucionarias. Ebert y Noske (incorporado ya éste al Gobierno tras la salida
de los socialdemócratas independientes) se reúnen con el general Maercker.
Huelga de camareros en Berlín, que poco después se extiende por todo el país.
Al atardecer, representantes del Partido socialdemócrata independiente, del
Partido comunista alemán y diversos militantes revolucionarios acuerdan lanzar
una convocatoria de manifestación a la clase obrera para protestar contra la
destitución de Eichhorn. Entre otras cosas, el llamamiento dice: «Mostrad a los
detentores del poder vuestra fuerza; mostradles que el espíritu revolucionario
de noviembre sigue vivo en vosotros».
5. Demostración contra la destitución de Eichhorn. Enormes
masas de manifestantes recorren las calles de Berlín, arengadas por Liebknecht,
Ledebour y otros dirigentes revolucionarios. Los manifestantes proclaman su
rechazo a Eugene Ernst, socialdemócrata nombrado para ocupar el cargo dejado
por Eichhorn. Por su parte, éste apela al Consejo ejecutivo de los soviets del
Gran Berlín en contra de la decisión del ministro del
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Interior del Reich. Choques en Schwerin entre marineros y simpatizantes
de la política derechista seguida por el Comité de soldados. Por la tarde, en
la presidencia de la Policía de Berlín se celebra una reunión para discutir las
acciones a seguir. Participan en ella miembros de la organización del Gran
Berlín, del Partido socialdemócrata independiente, con Liebknecht y Pieck en
representación del Partido comunista alemán. Se decide mantener la oposición al
cese de Eichhorn, luchar por la dimisión del Gobierno Ebert-Scbeidemann y
formar una comisión revolucionaria compuesta por gran número de personas y
presidida por Ledebour, Liebknecht y Scholze. Durante la manifestación, las
masas ocupan los locales del Vorwärts y de otros diarios de la
ciudad. Por la noche, la comisión proclama la necesidad de luchar por el poder,
la huelga general y llama a los obreros a manifestarse el día 6, a las 11 de la
mañana.
6. Por la mañana, es distribuida una octavilla en la que se
advierte a los «obreros, soldados y ciudadanos» contra los «facinerosos de la
Liga Espartaquista», convocando a los «buenos ciudadanos» a manifestarse ante
la Cancillería. Mientras tanto, el Gobierno celebra Consejo de Ministros.
Gradualmente, los revolucionarios ocupan todos los diarios e incluso la Agencia
Wolff. Las tropas comienzan a dar muestras de inquietud. El ministro de la
Guerra, coronel Reinhardt, y Noske están decididos a restablecer el orden por
todos los medios. Noske exige al Gobierno que tome resoluciones concretas. Se
le responde que «actúe por sí mismo». A lo que él contesta: «Bien. Uno de
nosotros debe de ser el perro policía. No temo esa responsabilidad». Se le
otorgan plenos poderes. Se combate en las calles de Berlín. Por la noche, los
jefes del Partido socialdemócrata independiente inician negociaciones con el
Gobierno.
Noske escribió posteriormente: «Si las masas hubiesen tenido jefes
decididos, con objetivos claros y precisos, en lugar de pronunciar hermosos
discursos, al mediodía de aquella jornada habrían sido completamente dueñas de
Berlín».
7. Huelgas de solidaridad con los revolucionarios
berlineses en Brunswick, Hamburgo… En Brunswick, Dortmund y Düsseldorf las
masas ocuparon los locales de los diarios reaccionarios. Dos muertos en Múnich.
8. Nuevo llamamiento del Gobierno contra la Liga
Espartaquista. La insurrección, falta de un plan concreto, se encuentra en una
encrucijada.
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9. Combates en las calles de Berlín y en Spandau. En
Dresden, 15 muertos. Manifestaciones en Hamburgo.
10. Demostración de masas en Stuttgart: 5 muertos.
Encarcelamiento de comunistas en Nuremberg. Proclamación de la República de los
Consejos en Bremen. Dusseldorf se encuentra prácticamente en manos de los
obreros. Huelga general en la cuenca minera del Ruhr. El Consejo de obreros y
soldados de Essen decide iniciar el proceso de socialización del suelo y de los
medios de producción. Es ocupada la sede del Sindicato del Carbón (organismo de
la patronal). En Hamburgo, Laufenberg, presidente del Consejo de obreros y
soldados, es arrestado.
11. Los locales del diario Vorwärts, ocupados por
los revolucionarios, comienzan a ser rodeados por las tropas hacia las 7-8 de
la mañana. El poeta Werner Moller, enviado a parlamentar con los sitiadores, es
asesinado por éstos. Se inicia el asalto. Finalmente, los 300 defensores del Vorwärts deciden
rendirse. Noske, al frente de sus tropas, realiza una exhibición de
fuerza desfilando por las calles de Berlín. Encarcelamiento de Ernest Meyer
(comunista) y Ledebour. Este intentaba negociar una solución de compromiso con
representantes del Gobierno y en nombre de los revolucionarios. Huelga de
solidaridad con Berlín en la ciudad de Leipzig.
12. Comienzan a reeditarse los diarios cuyos locales
habían sido ocupados por los revolucionarios.
13. Ebert-Scheidemann-Noske publican una nueva ordenanza
sobre la requisa de armamento. La conferencia de los Consejos de obreros y
soldados de Renania-Westfalia decide proseguir su acción socializadora.
14. Fin de las luchas en Berlín. En Bremen, 4 muertos.
15. Son asesinados Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.
16. Prohibición del diario espartaquista Die Rote Fabne.
19. Elecciones para la Asamblea Constituyente. Una orden
publicada por el Gobierno anula los «Acuerdos de Hamburgo». El Gobierno
consolida sus posiciones. El ministro de la Guerra cobra una importancia
relevante y los jefes del Ejército recuperan su «derecho a ordenar». Los
Consejos de soldados dejan de tener competencia para nombrar o destituir a sus
jefes. Su pérdida de poder es manifiesta.
20-23. Huelgas de protesta por el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa
Luxemburg. En Eisenach, el Consejo de obreros y soldados, bajo la influencia de
los socialdemócratas independientes del ala izquierda, al
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conocer la noticia del asesinato ordenan duelo oficial durante ocho
días. En Hamburgo, una manifestación de desempleados es ametrallada por la
policía. Varios muertos y múltiples heridos. La conferencia de los Consejos de
obreros y soldados de Renania-Westfalia protesta contra la acción saboteadora
del Gobierno hacia el proceso de socialización iniciado. En Hamburgo, el
Gobierno proclama el Estado de Sitio.
24. En Berlín, la policía mata a dos obreros sin trabajo.
25. Entierro de Karl Liebknecht y de los combatientes
revolucionarios asesinados el 15 de enero.
27. En Wilhelmshaven, obreros y marineros se hacen fuertes en
la estación y en varios locales públicos.
29. Muere Franz Mehring. De avanzada edad, no
sobrevivió a la noticia del asesinato de su íntima amiga y colaboradora Rosa
Luxemburg. Los obreros de Bremen consiguen armamento.
Febrero
3. Reaparece el diario espartaquista Die Rote Fahne.
Siguen su curso las acciones judiciales contra 750 revolucionarios implicados
en las jornadas de enero.
4. El Consejo central de los Consejos de obreros y de
soldados remite sus «poderes» a la Asamblea Nacional constituyente. El coronel
Gerstenberg ocupa Bremen con sus tropas. En los combates mueren 28 obreros y 46
soldados del ejército de ocupación.
5. Los obreros de Kiel buscan armas.
6. La Conferencia de los Consejos de obreros y soldados de
Renania-Westfalia reitera una vez más su decisión de socializar la economía.
Huelga general en Kiel. Los obreros de Hamburgo reciben armamento. Se reúne en
Weimar la Asamblea Nacional constituyente (eligió esta ciudad por su
alejamiento de la capital; por otra parte, la ciudad está fuertemente protegida
por las tropas del general Maercker). La composición de la Asamblea Nacional
constituyente es la siguiente: 22 socialdemócratas independientes, 163
socialdemócratas, 4 demócratas, 89 católicos, 42 miembros del Partido
nacionalista alemán y 22 miembros del Partido popular (el orden de esta
exposición es de izquierda a derecha).
7. El Consejo de soldados de Hamburgo decide el desarme
de los trabajadores.
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8. En Berlín, la policía mata a 12 obreros sin trabajo.
9. El coronel Gerstenberg ocupa los alrededores de Bremen,
ciudad en la que los obreros disponen de armas.
10. Se vota la nueva Constitución.
11. La Asamblea Nacional constituyente elige a Ebert
presidente del Reich. El Partido socialdemócrata independiente lanza un
llamamiento a los Consejos de obreros y de soldados para que se incorporen a la
nueva Constitución. De nuevo se proclama el Estado de Sitio en Hamburgo, en
donde se procede al desarme de los trabajadores.
12. En Berlín, la policía mata a 17 obreros sin trabajo. Die
Rote Fanne (espartaquista) y Freiheit (La Libertad, diario
de la Socialdemocracia Independiente) publican los detalles que rodearon el
asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Radek es capturado (vivía en la
clandestinidad).
13. Formación del Gobierno del Reich. Su composición es la
siguiente: Scheidemann, Canciller; Noske, ministro de la Guerra; cinco
ministros socialdemócratas (como el Canciller y el de la Guerra); dos ministros
demócratas; tres ministros del Centro Católico; Brockdorff-Rantzau, un
funcionario, es nombrado ministro de Asuntos Exteriores.
14. Nuevo llamamiento de Hindenburg para
hacer frente al bolchevismo.
16. En Berlín, son encarcelados 18 miembros de la Liga de
Soldados Rojos. Manifestaciones en Nuremberg contra la política de Auer,
ministro del Interior de Baviera: 2 muertos. En Hewest-Dorten, 36 muertos en
numerosos incidentes.
16. En Múnich se celebra una gran asamblea que se pronuncia en
favor de la República de los Consejos.
17. Huelga general en la cuenca industrial del Ruhr.
18. El general Maecker ocupa Gotha, en donde
inmediatamente se produce una huelga general en señal de protesta. El general
organiza un cuerpo móvil que se encarga de dar caza a los revolucionarios. Esta
organización será adoptada por Noske para eliminar los movimientos
revolucionarios locales de Sajonia y Alemania central.
19. Combates revolucionarios en el Ruhr. En Elberfeld, 12 muertos.
En Essen, 2 muertos. Huelga del personal portuario de Stettin. Huelga general
en Eisenach contra la ocupación de Gotha.
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20. Se combate en la cuenca industrial del Ruhr
(Gelsenkirchen y Bochum).
21. En Múnich, mientras estaba reunido en el Landtag
para presentar su dimisión (a causa de su derrota en las elecciones), Kurt
Eisner, presidente del Consejo de Baviera, es asesinado por el conde Arco.
22. Se decreta el Estado de Sitio en Múnich. Son suspendidos todos
los diarios durante un plazo de diez días. En Mannheim se proclama la República
de los Consejos.
23. Encarcelamiento de dirigentes comunistas en Nuremberg.
25. Huelgas en la Alemania central. Es liquidada la República
de los Consejos de Mannheim sin efusión de sangre.
26. Huelga general en Leipzig (se prolonga hasta el 10 de
marzo). Huelga ferroviaria en Magdeburg.
27. Huelga general en Dusseldorf.
Marzo
1-3. El general Maecker ocupa Halle. Los revolucionarios resisten a las
tropas. Se han producido 55 muertos y 170 heridos.
2-6. Congreso del Partido socialdemócrata independiente en Berlín. El
ala derecha (Haase-Dittmann) reprocha a los izquierdistas el olvido de la
utilización de los medios legales y el uso de la violencia contra los
socialdemócratas.
3. Huelga general en Berlín. Los huelguistas reclaman el
cumplimiento de un programa de 6 puntos:
1. Reconocimiento de los Consejos de
obreros y soldados.
2. Inmediata puesta en práctica de
los «Acuerdos de Hamburgo».
3. Liberación de todos los presos
políticos, especialmente de Ledebour. Sobreseimiento de todos los procesos
políticos. Abolición de las jurisdicciones militares. Encarcelamiento de todos
los individuos que han participado en delitos de sangre.
4. Formación de una Guardia obrera
revolucionaria.
5. Disolución inmediata de todos los
cuerpos francos.
6. Inmediatas relaciones económicas y
políticas con la Rusia revolucionaria.
Como respuesta el Gobierno decreta el Estado de Sitio, el cual se
prolongará hasta el 5 de diciembre. Es saqueada la imprenta del diario Die
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Rote Fahne por elementos
contrarrevolucionarios.
5. Lucha armada en Berlín entre la División de Marina
incorporada a la Guardia Republicana y los cuerpos francos reaccionarios. Nueva
huelga de mineros en Alta Silesia. Primera conferencia de delegados mineros en
el Ruhr.
6. Las tropas de Noske ocupan la Prefectura de Policía de
Berlín. Se reanuda el trabajo en la Alemania central.
8. Fracaso de la huelga general en Berlín.
10. Leo Jogiches encarcelado. El mismo día un
comunicado de la policía explica que ha muerto en el curso de un intento de
fuga,
15-18. Combates en las calles de Berlín. Las tropas disparan contra las
manifestaciones de marineros y trabajadores: 1200 víctimas.
19. El Comité Central del Partido comunista se traslada
a Francfort-
Main.
23. Manifestación monárquica en Berlín.
29. Conferencia nacional del Partido comunista en
Francfort. El Partido se encuentra en la ilegalidad. Su prensa ha sido
prohibida por el Gobierno.
30. La conferencia de delegados de las minas del Ruhr
decide la huelga general en apoyo de la socialización y fundación de la Unión
General de Mineros.
31. Se inicia la huelga general en la cuenca industrial del Ruhr.
Abril
3. Huelga general en Breslau.
4. Los obreros de la factoría Krupp (Essen) se unen a la
huelga de los mineros.
7. Proclamación de la República de los Consejos de
Baviera. La historia de esta República resulta sumamente compleja. En un
principio, el papel principal lo desempeñaron los anarquistas: Landauer, Mühsam
y Toller. Luego los comunistas: Levine y Levien. Huelga general en Magdeburgo.
8-14. Segundo congreso de los Consejos en Berlín. Sus sesiones revisten
escaso interés. Dichos Consejos no desempeñan ya ningún papel revolucionario.
Apoyan decididamente al Gobierno socialdemócrata.
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10-15. Huelgas en Dantzig, Hannover, Koenisberg, Hamburgo. En Dusseldorf
son muertos 40 revolucionarios. Fin de la primera República de los Consejos de
Baviera.
14. Nacimiento de la segunda República de los Consejos de Baviera.
15-30. Huelga general en Bremen.
21. Las tropas de Noske toman la ciudad de Augsburgo,
lo que
constituye un duro golpe para la República de los Consejos de Baviera.
26. Sangrienta batalla en Nurembetg.
28. Fin de la huelga general en la cuenca del Ruhr. Durará todo el
mes de abril.
Mayo
1-4. Las tropas de Noske penetran en Múnich. Se inicia una feroz
represión. Son fusilados Landauer, Levine, Levien, Eglhofer (jefe militar de la
República) y decenas de otros militantes revolucionarios. Mühsam es hecho
prisionero. La represión se prolongará hasta el mes de junio.
8-15. Proceso contra los asesinos de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.
14. Conferencia nacional del Partido comunista alemán en Berlín.
17. Se fuga Vogel, encausado como responsable del asesinato de Rosa
Luxemburg.
19. Inicio del proceso contra Ledebour, acerca de su
responsabilidad por los sucesos de enero en Berlín.
31. Finalmente es encontrado el cadáver de Rosa Luxemburg.
Junio
10. Congreso del Partido socialdemócrata en Weimar.
13. Entierro de Rosa Luxemburg.
20 junio-3 julio. Huelga ferroviaria. El hambre aparece en
Mannheim.
Dimisión del Gobierno de Scheidemann.
21. Formación del Gobierno Bauer.
23. El hambre aparece en Berlín. El Partido comunista decide
disolver la Liga de Soldados Rojos.
26. Son detenidos los miembros del Consejo ejecutivo
berlinés, todos ellos pertenecientes al ala izquierda del Partido
socialdemócrata
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27. Noske declara ilegal la huelga de los ferroviarios.
30. Huelga de empleados de banca en Berlín.
Julio
1-14. Huelga de comunicaciones en Berlín.
16. Huelga general en Pomerania.
Agosto
El hambre provoca motines en Berlín. Se producen 27 muertos.
8. Huelga en las minas de potasa.
11. Huelga de empleados de la Banca en Hamburgo. Huelga
de mineros en Alta Silesia.
17. Conferencia nacional ilegal del Partido comunista en
Francfort. Comienza a manifestarse una oposición a la política del Comité
Central, oposición antiparlamentaria, antisindicalista y anticentralista
dirigida por Wolffheim y Laufenberg (de Hamburgo), Otto Rühle (de Dresde),
Schroder y Wendel (de Berlín).
19. El ejército ocupa Chemnitz sin encontrar resistencia.
23. El Gobierno disuelve el Consejo ejecutivo de Berlín.
Septiembre
7. Con motivo de celebrarse las Jornadas de la Juventud se
producen grandes manifestaciones. En Berlín, la policía dispara sobre los
manifestantes.
8. Motines en Breslau provocados por el hambre.
18. Se inicia la gran huelga de los metalúrgicos de Berlín
que duraría hasta el 11 de noviembre.
Octubre
20. Congreso del Partido comunista alemán en
Heidelberg. La oposición, en minoría, es expulsada de la organización. Su
posición minoritaria entre los delegados representativos no refleja su
situación
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mayoritaria entre los afiliados: 60 000 sobre un total de 107 000
miembros. Los expulsados constituyen un nuevo Partido comunista obrero
(K.A.P.). Esta organización tendría una vida breve a causa del fracaso de la
revolución de 1923 y por las múltiples crisis que sufriría en su seno.
Noviembre
7. Hugo Haase, antiguo. Comisario del Pueblo, muere víctima
de un atentado.
11. Fin de la huelga de metalúrgicos de Berlín.
29-30. Congreso del Partido socialdemócrata independiente en Leipzig.
Crispien representa la línea revolucionaria: «No a la unión con los traidores.
Es imposible la fusión entre el Partido socialdemócrata de Noske y el
proletariado consciente. No es solamente el elemento táctico lo que nos separa.
Es todo un bagaje de principios lo que nos aleja de los socialistas de Noske.
Estos socialistas se han metido plenamente en el terreno de juego de la
burguesía. Nosotros hemos de mantenernos en el terreno del proletariado, de la
revolución proletaria. Lo mismo que no es posible que nos unamos con los
capitalistas y con los terratenientes, tampoco es posible que lo hagamos con
los liquidacionistas, con los lacayos, con los traidores a la clase obrera».
Las resoluciones adoptadas en este congreso presentan un contenido claramente
radical.
Diciembre
5. Se levanta el estado de sitio en Berlín. Radek,
encarcelado el 12 de febrero, sale de prisión.
12. Reaparece en Berlín el diario espartaquista Die
Rote Fahne, después de las múltiples prohibiciones gubernamentales.
Página 90
ORGANIZACIONES POLITICAS ALEMANAS QUE DECLARABAN SER EXPRESION DE LOS
INTERESES DE LA CLASE OBRERA
1. Partido socialdemócrata (SPD). Fue el partido que
votó los créditos de guerra. También llamados sus miembros socialistas
mayoritarios o socialistas de derechas. Su papel de liquidadores de la
Revolución alemana resulta sumamente claro y revelador.
2. Partido socialdemócrata independiente (USPD).
Fue fundado durante el Congreso de Gotha (6-9 de abril de 1917) por un grupo de
diputados del Reichstag, todos ellos pacifistas, excluidos en marzo de 1916 de
la fracción socialdemócrata y organizados posteriormente en círculos de
trabajo. En el curso del año 1919, en el interior del partido se produjo una
viva polémica entre las alas derecha e izquierda. La izquierda (mayoría) se
adhirió al Partido comunista alemán en el Congreso de Halle (12-20 octubre 1920).
La derecha, en 1922, se reintegraría al Partido socialdemócrata.
3. Los Internacionalistas Alemanes (ISD)
en el curso de la guerra mundial, se fueron organizando en función de las
necesidades y posibilidades. A pesar de sus afinidades, se manifestaron en
diversas tendencias:
a. En torno a Karl Liebknecht, Rosa
Luxemburg, Franz Mehring y Leo Jogiches se formó el Grupo Internacional,
nombre de su publicación (marzo 1915). Este grupo de internacionalistas tomaría
el nombre de Grupo Spartakus, cuando su medio de expresión pasó a
ser las Cartas Espartaquistas. Los espartaquistas se unen al
Partido socialdemócrata independiente (abril 1917), con el fin de reclutar
militantes. El 1 de enero eran conocidos como Liga Spartakus.
b. En torno a Julián Borchardt y de la
revista Licbtstrahlen (Rayos de Luz), se formó el grupo
de Socialistas Internacionalistas de Alemania, de escasa
importancia.
Página 91
c. En Bremen y Hamburgo se organizó la
llamada Tendencia de Bremen. Concretamente en Bremen, captó a la
mayoría de la antigua organización socialdemócrata agrupada en
torno a Johan Knief. En Hamburgo arrastraron a un importante grupo minoritario
socialdemócrata encabezado por Laufenberg y Wolffheim. El 24 de enero de 1916
apareció en Bremen el primer número de Arbeiterpolitik (Política
Obrera), revista teórica mensual. Los miembros de Bremen se
instituyeron en Izquierda Radical, rehusando entrar en el Partido socialdemócrata
independiente. Tanto en Bremen como en Hamburgo desempeñaron un papel de gran
importancia durante la Revolución, a pesar de sus vacilaciones en fusionarse
con la Liga Spartakus.
4. Los llamados Delegados revolucionarios de
Fábricas de Berlín desempeñaron un papel muy importante en el
desarrollo revolucionario en su calidad de dirigentes. No constituían un grupo
político en sí, pero eran un auténtico estado mayor de militantes delegados por
las fábricas. Cabe destacar el papel que jugaron contra el gobierno de Ebert en
las jornadas de enero de 1919.
5. En el curso de 1919 el Partido
comunista alemán (KPD) fue reducido a la ilegalidad práctica, aunque
no de derecho. La nueva dirección derechista, Paul-Levi-Brandler, fue
continuamente desbordada por los movimientos espontaneistas de las masas. Ello
favoreció el desarrollo de una oposición interna llamada «ultraizquierda» —por
los bolcheviques—, contraria a toda participación en las elecciones y
preconizando el boicot a los sindicatos socialdemócratas. Se transformó en
el Partido comunista obrero alemán (KAP).
6. El Partido comunista obrero alemán (KAP)
nació con la escisión de la izquierda obrera y la dirección parlamentaria del
Partido comunista alemán, durante el congreso clandestino de Heidelberg. Este
último solamente conservó una parte minoritaria de la vieja organización,
especialmente en la región de Berlín. La tendencia del KAP fue considerada por
la Internacional Comunista como una reacción sana, aunque poco afortunada en su
expresión, contra el oportunismo del partido oficial. Es por esto que el KAP fue
admitido por dicho organismo
Página 92
internacionalista a título de «partido simpatizante», lo cual provocó la
protesta del VKPD.
7. El Partido Comunista Unificado de
Alemania (VKPD) fue el resultado de la fusión entre la derecha
espartaquista y la mayoría del Partido socialdemócrata independiente (Congreso
de Halle, confirmado luego por el de Heidelberg).
Página 93
ROSA LUXEMBURG o, por castellanización del apellido, ROSA LUXEMBURGO
(Zamosc, Rutenia, 1870 - Berlín, 1919). Revolucionaria y teórica del socialismo
alemán, de origen judío polaco. Hija de un comerciante de Varsovia, su
brillante inteligencia le permitió estudiar a pesar de los prejuicios de la
época y de la discriminación que las autoridades zaristas imponían en Polonia
contra los judíos. Su militancia socialista le obligó a exiliarse desde los 18
años, refugiándose en Suiza, donde terminó sus estudios de Derecho, trabó
contacto con revolucionarios exiliados y se unió a la dirección del joven
Partido Socialdemócrata Polaco.
Contraria a todo nacionalismo, en 1898 se trasladó a Alemania para
unirse al poderoso Partido Socialdemócrata de aquel país (SPD) y participar en
los debates teóricos que lo agitaban desde la muerte de Marx y Engels. Asociada
con Kautsky, defendió la «ortodoxia» marxista frente al «revisionismo» de
Bernstein e hizo aportaciones teóricas originales en torno al imperialismo y al
capitalismo (La acumulación del capital, 1913).
Se distanció de Kautsky y de la mayoría del partido a medida que éstos
se inclinaron hacia los métodos parlamentarios, pasando a ser reconocida como
la líder principal del ala izquierda del SPD; pero también criticó a
Página 94
Lenin y su concepción centralista y autoritaria del partido de
revolucionarios profesionales.
Junto con Karl Liebknecht encabezó las protestas de los socialistas de
izquierda contra la Primera Guerra Mundial (1914-18) y contra la renuncia del
SPD al internacionalismo pacifista; fue detenida por ello en 1915, pero
continuó escribiendo desde la cárcel.
Fue ella quien puso las bases teóricas para la escisión de la Liga de
los Espartaquistas (1918), transformada un año más tarde en Partido Comunista
Alemán (KPD). En libertad desde la revolución de 1918 que hizo abdicar al
emperador Guillermo II, lanzó junto con Liebknecht la Revolución espartaquista
de 1919; y, como él, murió a manos de los militares encargados de su represión.
Página 95
Notas
[1] En este artículo introductorio a la temática del espartaquismo,
su autor, Gilbert Badia, penetra en la polémica relación entre el leninismo y
el luxemburguismo. Aunque en algún pasaje de este trabajo él autor
afirma admitir la existencia de algunas divergencias, al concluir
su lectura puede quedar en el ánimo del lector una impresión de absoluta
identidad entre ambas líneas de la Teoría de la Revolución. Aquellas
divergencias eran reales y profundas, especialmente centradas en cuanto al
papel histórico del Partido Revolucionario y a la organización interna de éste.
Entre otras cosas, la teoría del Centralismo Democrático como mecanismo interno
de la organización fue un elemento de permanente y aguda controversia. «El
ultracentralismo defendido por Lenin se nos aparece como impregnado no ya de un
espíritu positivo y creador, sino del espíritu del vigilante nocturno»:
fragmentos como éste son reveladores de las dimensiones que pudo tener aquella
polémica. Asimismo, en su Crítica de la revolución rusa, Rosa Luxemburg
expone una serie de reservas acerca del modo de evolucionar los
acontecimientos en los inicios del proceso revolucionario. Sirva, pues, esta
pequeña nota, para clarificar las dudas que pudieran surgir en el lector acerca
del enfoque del artículo de Badia sobre la relación leninismo-luxemburguismo,
artículo que por lo demás presenta elementos de gran interés en cuanto a la
dinámica teórica y práctica del espartaquismo. Sirva, pues, esta pequeña nota,
para clarificar las dudas que pudieran surgir en el lector acerca del enfoque
del artículo de Badia sobre la relación leninismo-luxemburguismo, artículo que
por lo demás presenta elementos de gran interés en cuanto a la dinámica teórica
y práctica del espartaquismo. Rosa Luxemburg: «Problemas de organización de la
socialdemocracia rusa», en Teoría marxista del partido político (Lenin,
Rosa Luxemburg y Georg Lukács), vol. II, Cuadernos de Pasado y Presente,
Córdoba (Argentina), 1969. <<
[2]Josef Staline: Questions du Leninisme, Editions Sociales,
1947, tomo II, págs. 60 y ss. (José Stalin: Fundamentos del leninismo,
Ed. La Oveja Negra, Medellín, 1969.) <<
[3] Imposibilitados de poder citar aquí muchas de esas obras, nos
remitiremos a las siguientes: la bibliografía establecida por P. Nettl, Rosa
Luxemburg (ed. alemana), Koln, 1967; la bibliografía que se encuentra
en la obra de Heinz Wohlgemuth, Die Enstehung der KPD,
Berlín/DDR, 1968, y, para los lectores franceses, a las sumarias indicaciones
de nuestra obra Le Spartakisme, L’Arche, 1967, y Rosa
Luxemburg: Textes, Ed. Sociales, 1969. (De Le Spartakisme hay
traducción en castellano. Gilbert Badia, Los espartaquistas, 2
tomos, Ed. Mateu, col. Maldoror, 1971.) Por otra parte, de las obras más
importantes utilizadas en este análisis — escritas por la revolucionaria
polaco-alemana y su compañero Liebknecht
— en edición castellana podemos citar las siguientes: Luxemburg
Rosa: Huelga de masas, partido y sindicatos, editada por Siglo XXI,
Madrid, 1974, y por Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba
(Argentina), 1970. Introducción a la economía política, editada por
Siglo XXI, Madrid, 1975, y Cuadernos de Pasado y Presente, Córdoba
(Argentina), 1972. Reforma o revolución, Ed. Grijalbo, col. 70,
México, D.F., 1967. La acumulación de capital, Ed. Grijalbo,
México, D.F., 1967. Crítica de la revolución rusa (con un prólogo
de Georg Lukács), Ed. La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1965. La
revolución rusa, Ed. Anagrama, Barcelona, 1974.Liebknecht, Karl y
Luxemburg, Rosa: La Comuna de Berlín, Ed. Grijalbo, col. 70,
México, D.F., 1971. (N. del T.) <<
[4] E. Kolb: Die Arbeiterräte in der deutschen
Innenpolitik, 1918-1919, Dusseldorf, 1962, pág. 47. <<
[5] O. K. Flechtheim: Die
kommunistische Partei Deutschlands in der Weimarer Republik, Offenbach,
1948, pág. 47. <<
[6] Cf. la carta de Karl Liebknecht del 4 de diciembre de
1915 en Le Spartakisme, págs. 325-326, y en los datos aportados por
H. Wohlgemuth en Die Entstehung der KPD. <<
[7] Nosotros establecimos la demostración en cifras de esa
radicalización de las masas en Le Spartakisme, ob. cit., págs. 270
y ss. <<
[8] Víctor Adler: Briefwechsel mit August Bebel
und Karl Kautsky, pág. 630. <<
[9] Die Internationale, reproducción
facsímil, Berlín, 1965, pág. 2. <<
[10]Cabe señalar la sistemática publicación de documentos en la
República Democrática Alemana. Por ejemplo: la serie Dokumente und
Materialien zur Geschichte der deutschen Arbeiterbewegung; la serie Archivalitche
Forschungen; la publicación de las obras completas de Franz Mehring en 15
volúmenes; la de las obras de KarI Liebknecht, actualmente en curso de
publicación. Ediciones Dietz anuncia la próxima publicación de las obras de
Rosa Luxemburg. <<
[11] Esa es la tesis que se encuentra constantemente en sus dos
obras: Burgkrieg, nicht Burgfriede!, Berlín, 1963, y Die
Entstehung der KPD, Berlín, 1968. <<
[12] Wohlgemuth, ob. cit.,
págs. 218-219; en diversas partes de la obra se indican bien las fuerzas
respectivas de los espartaquistas y de los Izquierdistas de Bremen. <<
[13] Citado por Wohlgemuth, ob. cit.,
pág. 57. De él mismo puede leerse, en la Carta política n.º 19, del 22 de abril
de 1916, bajo el título análogo de Lucha por el partido: «Todas
nuestras fuerzas por el partido y por el socialismo. Pero ni un
hombre, ni un solo hombre, para ese partido, su sistema y sus dirigentes
traidores. Al contrario, frente a ellos lucha a muerte». <<
[14] Karl Liebknecht: Gesammelte
Reden u. Schriften, tomo VIII, pág. 437.
[15] Carta reproducida en Rote Fahne, el 15 de enero de
1929. <<
[16] Carta del 5 de diciembre de 1915. Citada en Le
Spartakisme, ob. cit., pág. 86. <<
[17] El 18 de marzo de 1915, Berta Thalheimer escribió a Robett
Grimm, en Suiza: «Después del encuentro de Berna —es decir, después de
Zimmerwald— se produjo una escisión en el seno de la oposición, que se extendió
por todo Alemania… La ruptura entre la dirección y la oposición resuelta —esto
es, los espartaquistas— progresa en todas partes. Estamos muy satisfechos de la
evolución de la situación». Esta carta es citada por Lademacher, Die
Zimmerwälder Bewegung, tomo II, pág. 494. Cf. igualmente la
explicación de Clara Zetkin en Die Gleichheit —13 de octubre
de 1916—, acerca de la Conferencia nacional del Partido socialdemócrata,
en Le Spartakisme, pág. 92. <<
[18] El subrayado es mío. Henriette Roland-Holst, Rosa
Luxemburg, pág. 221. <<
[19] Artículo olvidado en Der Kampf, Duisburgo, 6 de
enero de 1917. <<
[20] La Carta política n.º 19 del 22 de
abril plantea aún la alternativa en estos términos: «Salvamento del Partido o
destrucción del Partido», Spartakusbriefe, pág. 157. <<
[21] Spartakus, im Kriege, Berlín, 1927,
págs. 163-164. <<
[22] A. Lademacher, ob. cit., tomo I, pág. 230.
Intervención de Bertha Thalheimer en la reunión de la Comisión socialista
internacional, en Berna, el 5 de febrero de 1916. <<
[23] Ibidem, tomo II, pág. 497 (Carta de Lenin a
H. Roland-Holst), <<
[24] Rosa Luxemburg: Politische
Schriften, Frankfurt, 1968, III, pág. 115.
[25] Dokumente and Materialien…, ob. cit., tomo
II, pág. 161. <<
[26] Le Spartaquisme, cap. XII,
págs. 155 y ss. <<
[27] Dokumente und Materialien…, tomo II,
pág. 333. <<
[28] G. Haupt: Le Congrés manqué, pág. 26. <<
[29] Cf. El juicio de Lenin sobre Rosa Luxemburg, en
Lenin, Oeuvres, tomo 33, pág. 212. Rosa Luxemburg era para él un
«águila». <<
[30] Karl Liebknecht y Franz
Mehring. <<
[31]Facsímil de esta carta en: Rosa Luxemburg, Ausgewählte
Reden und Schriften, tomo II, pág. 624. <<
[32] Rosa Luxemburg: Textes, Editions Sociales, 1969,
págs. 247-248. <<
[33] Ibidem, págs. 154 y ss. Este texto data de 1913. Rosa
Luxemburg escribió: «El Partido socialdemócrata está llamado a ser la
vanguardia del proletariado», pág. 167. <<
[34] Rosa Luxemburg: Politische Schriften, tomo III,
pág. 134. <<
[35] Rosa Luxemburg, tomo III, pág. 134. <<
[36] Rosa Luxemburg: Textes, pág. 239. <<
[37] Rosa Luxemburg: Politische Schriften, tomo II,
pág. 132. <<
[38] Rosa Luxemburg: Textes, pág. 71. <<
[39] Discurso de Rosa Luxemburg en el Congreso fundacional del
Partido comunista alemán (Liga Spartakus), pronunciado el 31 de diciembre de
1918. <<
[40] Esta traducción del Manifiesto
comunista corresponde a: K. Marx y F. Engels, Obras escogidas,
tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1955. <<
[41] Esta traducción del prólogo de F. Engels a Las luchas
de clases en Francia corresponde a: K. Marx y F. Engels, Obras
escogidas, tomo I, Editorial Progreso, Moscú, 1955. <<
[42] August Bebel (1840-1913). Fundador y presidente del
Partido socialdemócrata alemán (SPD). Fue una de las máximas figuras de la II
Internacional. <<
[43]Friedrich Ebert (1870-1925). De profesión guarnicionero. Militante
del SPD, fue elegido diputado por el Reichstag en 1912. En 1913 fue nombrado
presidente del Comité Directivo del partido, y durante la Gran Guerra se alineó
en el ala derecha del mismo. Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo en
1918, entre 1919 y 1925 fue presidente de la República Alemana. Eduard David
(1863-1930). Diputado del SPD en el Reichstag. Fue el principal sostenedor del
revisionismo en las filas de la organización. Socialista mayoritario durante la
Gran Guerra, fue ministro sin cartera en el período 1919-1920. Asimismo fue
presidente de la Asamblea Nacional. <<
[44] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<
[45] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<
[46]Hugo Haase (1863-1919). Presidente del SPD tras la muerte de Singer.
Fue diputado del Reichstag entre 1897 y 1918. En 1916 dirigió el Arbeitsgemeinschaft,
siendo luego uno de los dirigentes del Partido socialista
independiente (USPD). Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo desde 1918.
Murió asesinado. <<
[47] Véase el apéndice Cronología de la Revolución Alemana. <<
[48] Wilhelm Dittmann (1874-1954). Miembro del Comité Directivo del
USPD en 1917. En 1918 fue Comisario del Pueblo. Como miembro del ala derecha
del USPD, se reintegró nuevamente al SPD en 1922. <<
[49]Die Freiheit: órgano del USPD. Se editó en Berlín entre
noviembre de 1918 y octubre de 1922. <<
[50] Groener: general monárquico que puso el Ejército a
disposición de Ebert con la condición de que éste se decidiese a sofocar la
revolución. <<
[51] August Winnig (1878-1956). Obrero albañil especializado. En
1913 fue elegido presidente de la Unión de obreros de la construcción. En
noviembre de 1913 fue nombrado representante plenipotenciario del Reich en los
países bálticos y Comisario del Reich en Prusia occidental y oriental. En 1919
fue nombrado Presidente de Prusia oriental. Destituido en 1920, fue expulsado
del SPD por haber participado en el golpe de Kapp. <<
[52] Panfleto, s.f. (Berlín, 1918). <<
[53]Ultimo escrito de Rosa Luxemburg, publicado en Die Rote
Fahne del 14 de enero de 1919, víspera de su asesinato. <<
[54] Error de Rosa Luxemburg. Suvorov murió
en 1800. Las tropas rusas estaban dirigidas por Paskevitch. (Nota de Gilbert
Badia.) <<
[55]Gustav Noske (1868-1946). De profesión leñador, en 1897 se adhirió a
la socialdemocracia y fue elegido diputado por el Reichstag en 1906. En
noviembre de 1918 fue nombrado gobernador de Kiel para reprimir la sublevación
de los marineros. Miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo, bajo sus
órdenes las tropas aplastaron la revuelta espartaquista. Ministro de Defensa
entre febrero de 1919 y marzo de 1920, fue obligado a dimitir por el Partido
tras el putsch de Kapp. <<
[56] Walther Reinhardt (1872-1930).
Oficial del Estado Mayor durante la I Guerra Mundial y último ministro prusiano
de la Guerra. En octubre de 1919 fue nombrado comandante en jefe del Ejército.
Dimitió al mismo tiempo que Noske, tras el putsch de Kapp. <<
[57] Se trataba, en aquel momento, de una
Internacional hipotética, puesto que el primer congreso de la III Internacional
aún no había tenido lugar.
[58] Emil Eichhorn (1871-1925). Jefe de la Oficina de prensa del
SPD y luego del USPD. El 9 de noviembre de 1918 fue nombrado jefe de Policía de
Berlín. Su destitución, el 4 de enero de 1919, desencadenó la «semana
sangrienta» o «semana espartaquista». En 1920 ingresó en el Partido comunista
alemán. (Véase el apéndice «Cronología de la Revolución Alemana».) <<
[59] Verso extraído del poema de F. Freiligrath La
Revolución. <<
[60] Ultimo escrito de Karl Liebknecht,
publicado en Die Rote Fahne del 15 de enero de 1919, fecha en
la que fue asesinado en compañía de Rosa Luxemburg. <<
FIN

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